Guía: Fillke txipa zugu müleyelu pu fütal mapu mew.
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Contenido Cultural: Fillke txipa zugu müleyelu pu fütal mapu mew (Distintos relatos existentes en las diversas
identidades territoriales). A continuación, se presenta un extracto de un texto que se refiere a un Piam sobre el
gran líder militar mapuche Kallfükura, con la finalidad de que se analice su estructura y contenido, considerando
aspectos como: hechos, espacios, actitudes de los personajes, aspectos socioculturales, principios y valores
mapuche. Además, reflexionar sobre la importancia de los mensajes y enseñanzas presentes en el Piam.
EL PERIMONTU DE KALFUKÜRA.
Recopilado por Bertha Koessler, 1962
El héroe de la guerra y jefe de muchas naciones, el chao Kalfukura, le hizo llegar a sus aliados la flecha sangrienta
para llamarlos. Quería vengar un hecho y ellos tenían que ayudarlo. Llenos de gloria iban a volver. Cargados del
botín volverían. Nuestros abuelos siempre decían que el Grande del cielo azul no quiere las personas que tienen
dos corazones, pero que estaba haciendo una excepción con Kalfukura, con darle esa gran memoria no más, y que
lo quería, por el modo en que lo ayudaba siempre, que los espíritus lo cuidaban. Que de verdad tenía dos
corazones en el cuerpo, se supo recién después, cuando lo desmembraron para buscar el corazón. Una mujer que
adivinaba por la luna, que mantenía relación con los muertos de hace mil años, quienes le daban consejo, le dijo a
Kalfukura: “El Welu Witrau no te va a ser fiel esta vez. Casi, por poco, eso te digo yo, va a empezar en esta lucha
tu otra vida, la que sigue del otro lado de las grandes aguas, el wiñoliwentun, Kalfukura había ido a ver a la
adivina en una gruta, donde solían estar los espíritus de sus abuelos, que no se mostraban a todos; de noche nomás
se mostraban esos. Envueltos en sus pieles salían, prendidas sobre el hombro derecho. Trarilonko de cuatro
plumas llevaban en la cabeza. Eran abuelos ariscos, había que saber llamarlos. La adivina siguió diciendo: “La
muerte se te va a acercar por todos lados. Vas a tener que tener tu caballo ensillado al lado, no lo olvides. Mejor
que pases hambre antes que comer carne de vaca. Encima de la montura ponga una manta de nutria. Elija los
mejores mauidanches porque se juega tu vida”. Otros consejos más le dijo que, después, cuando se salvó, a pesar
de todo, lo hicieron reír. La pelea fue fácil. Kalfukura había perdido pocos hombres. Rico era el botín que le
tocaba a él y a su gente: oro y plata, cautivos, mujeres con chicos. La ciudad había ofrecido poca resistencia, cosa
rara, y había mucho contento entre los vencedores. Ya podían hacer fiestas los rapaces. Pero Kalfukura no estaba
contento todavía, quería gozar con los tesoros que, según la adivina, los habían escondido en la montaña cuando
él estaba al caer. Mucho oro y plata había al fondo de la cueva. Demasiado había hablado de eso la adivina, la
recomendadora. Demasiado había aconsejado que él no buscara el tesoro. Mejor se hubiera callado. Mucho
tiempo perdió Kalfukura en buscar el tesoro. Mientras hizo juntar los animales conseguidos y, como estaban muy
gordos, mandó asar la carne. A Kurafilu, el comilón del agua, no le dieron nada. Cuando todos estaban comiendo
carne de vaca, Kalfukura se olvidó que él no tenía que comer, y comió bien con los demás. Pero tenía el caballo
ensillado cerca de él. De repente, vino a salir de la cueva del tesoro un jinete, un hombre enano, vestido a la
antigua, en un caballo blanco y muy lindo. Tan lindo era el caballo que parecía una aparición. El enano le dijo a
Kalfukura: “Corra, escape, deje todo, sálvese. Va a haber pelea. Soy Tripaiñam, tu antepasado. Escuche,
Tripaiñam te avisa. Es Tripaiñam que te habla desde el mundo de abajo”. Entonces, Kalfukura escupió el último
bocado de carne, tomó al caballo de las riendas, montó y dio orden de salir a la disparada. Pero los comilones no
querían largar tan pronto la rica carne; sobre todo, que no habían visto al perimontu, al enano del precioso caballo
blanco. Aunque muchos de ellos estaban al lado, no vieron nada en la cara del jefe. Pero en seguida después salió
un ventarrón, un remolino de la cueva, que casi lo volteó a Kalfukura con caballo y todo. Con el ventarrón se oían
chillidos, gritos, balidos, mientras que el remolino amontonaba todo, revolcaba todo, juntaba los caballos con la
gente aturdida que todavía estaba mascando, que no quisieron atender la orden. No todos los días se puede comer
carne gorda.
Pero en eso la cueva empezó a vomitar los enemigos, que estaban preparados para atacar. Hay que ver cómo se
asustaron los mauidanches y los demás kalfukuraches. Perdidos estaban. Armas, monturas, el botín, todo había
estado amontonado cerca de las fogatas, y andaba desparramado por el campo. Kalfukura nomás tenía las riendas
de su caballo, y al lado de él estaba su segundo, de modo que pudieron huir. Gritaba la gente, maldecían la carne
de vaca. Con la tormenta, el fuego se desparramaba por todos lados. Aturdidos, los mapuche buscaban sus
caballos, pero los animales les ganaron la delantera. No podía huir la gente. Kalfukura se salvó de morir, con unos
pocos. Perdieron el botín, los cautivos, los animales, el tesoro; todo perdieron. Su gente cayó en cautividad. Les
dieron fieros castigos. Las chinas volvieron a sus familias. Los derrotados fueron martirizados. Pero Kalfukura
dijo: “Ya no me alegra hacer guerra. Siempre que yo salía, me brillaba en el cielo el Welu Witrau, que ilumina no
más al amanecer y al atardecer. Siempre me brillaba, y hacía lucir más coloradas las caras de mi gente, pintadas
con kolo. Pero esta vez se me ocultó el Welu Witrau. Me voy al Este ahora, a visitar un amigo en la Argentina.
Me han derrotado, todo perdí. He perdido la fuerza, que yo creí que nunca se acababa. Los guerreros perdí, que
eran tantos. Quiero ir al Este. Quiero hacer paz al lado de mi amigo, que no vamos a ser enemigos, aunque
siempre peleamos. Me estoy poniendo viejo”. En Chile está la “cueva del susto”, que la llaman. Allí había sido la
pelea, la trampa.
(Fuente: Fernández, C. (1995: 51-52). Cuentan los Mapuches. Buenos Aires: Ediciones Nuevo Siglo. Adaptación
de José Quidel).