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Reseña de Chikamatsu y Mori Ogai

1) El documento presenta reseñas de dos libros recientemente publicados por la editorial Trotta: Los amantes suicidas de Amijima de Chikamatsu Monzaemon, una obra teatral de 1720 considerada como su obra maestra; y Vita sexualis de Ogai Mori, una novela autobiográfica de 1909 sobre la madurez sexual. 2) Ambas obras ocupan un lugar privilegiado en las letras japonesas a pesar de la distancia de dos siglos que las separa. Mientras que la obra de Chikamatsu es una

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Reseña de Chikamatsu y Mori Ogai

1) El documento presenta reseñas de dos libros recientemente publicados por la editorial Trotta: Los amantes suicidas de Amijima de Chikamatsu Monzaemon, una obra teatral de 1720 considerada como su obra maestra; y Vita sexualis de Ogai Mori, una novela autobiográfica de 1909 sobre la madurez sexual. 2) Ambas obras ocupan un lugar privilegiado en las letras japonesas a pesar de la distancia de dos siglos que las separa. Mientras que la obra de Chikamatsu es una

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[fuente: Revista Española del Pacífico no.

13, 2001]

Reseña de los libros


 Los amantes suicidas de Amijima
Monzaemon Chikamatsu
Título original: Shinju Ten no Amijima (1720)
Edición y traducción del japonés de Jaime Fernández
132 págs. 2600 pts. ISBN: 84-8164-429-3
 Vita sexualis. El aprendizaje de Shizu
Título original: Vita sexualis (1909)
Ogai Mori
Traducción del japonés de Fernando Rodríguez-Izquierdo
181 págs. ISBN: 84-8164-445-5
Trotta. Colección Pliegos de Oriente (serie lejano oriente). 2001
Alfonso Falero
Universidad de Salamanca

Con un breve intervalo entre una y otra, la ya imprescindible Colección Pliegos de Oriente de
Trotta, con la colaboración de los mejores especialistas y traductores de nuestro país, nos ofrece dos
joyas más de su inapreciable colección. Si bien son de signo muy heterogéneo, y sólo en la
modernidad alcanzan el honor de entrar a formar parte de la historia de la literatura japonesa, y a
pesar de la distancia de dos siglos que separan una de otra, de lo que no cabe duda es de que cada
una a su manera ocupan un puesto privilegiado en las letras japonesas.

La pieza de Chikamatsu es considerada por algunos especialistas su obra cumbre y ocupa un lugar
de honor en las letras universales. Destinada originalmente para el marco del teatro de marionetas
joruri, en su época fue considerada como entretenimiento popular, y sólo en la transición a la
modernidad y la cancelación del concepto confuciano de literatura y su sustitución por el europeo, el
libreto pasó a formar parte del acervo dramático japonés y universal. Chikamatsu se inspira en un
tema de gran atractivo popular en su momento, por la veracidad de su argumento. Tratándose, pues,
de una historia real, Chikamatsu con esta obra sabe llegar a los resortes más ocultos del corazón de
su auditorio. La historia trágica de un amor imposible, pero tan sincero que cruza la barrera de la
misma muerte. Versión japonesa de un amor a lo Tristán e Isolda o Romeo y Julieta, pero en un
contexto social completamente diferente. Lo que se opone al éxito de los amantes no es su
diferente origen familiar o social, sino el mundo. Como si el verdadero amor perteneciera a otro
orden de cosas, y fuera incompatible con el orden social, de modo que estuviera condenado por un
destino irremisible, que los personajes aceptan con total dignidad y naturalidad.

“….. sólo cabe añadir que el hecho de que la voz de Chikamatsu suene por primera vez en
castellano debe considerarse un acontecimiento cultural de primera magnitud, que tememos no
encuentre una acogida a la altura de su significado”. Lo dice Carlos Martínez Shaw (El país,
“Babelia”), que además, siguiendo al traductor, equipara la obra de Chikamatsu con la de nuestro
Lope de Vega. Pero siendo ésta la primera traducción de Chikamatsu, un autor completamente
desconocido en nuestro culto país, es lógico que no se sepa dónde encajarla. Obviamente, en el joruri
de Chikamatsu el libreto no es lo esencial. Para entender la obra se requiere de una cierta
familiaridad con la tradición del joruri, que no ha sido introducido en nuestro país. Por lo tanto, la
simple lectura del libreto no nos puede transportar al ambiente cargado de expresividad sutil, de
doble lenguaje, de pugna entre la cultura confuciana oficial y las artes populares, de un
florecimiento del pulso artístico en la clase burguesa que llega a producir lo mejor de la literatura y
el arte del momento.

Chikamatsu Monzaemon (1653-1724) contribuyó sustancialmente con sus libretos a establecer la


diferencia de lo que se había hecho en el teatro joruri hasta entonces. Su trabajo como libretista se
unió indisolublemente al despegue en la concepción interpretativa y técnica que dieron sus
coetáneos Ujikaga no Jo (1635-1711) y Takemoto Gidayu (1651-1714). La diferencia en la
concepción del libreto se debe a que Chikamatsu había trabajado anteriormente con el kabuki,
introduciendo de este modo elementos de éste en aquél. A pesar de que las grandes obras de
Chikamatsu pertenecen al género popular, y fueron escritas en su época de madurez, en su momento
el otro género del joruri, el histórico, era el dominante, y ello explica que de la larga producción de
Chikamatsu sólo algo más del 20% pertenezca al género popular. Según Konishi Jin’ichi (Nihon
bungakushi. 1993. Kodansha), el concepto clave para comprender la concepción dramática de
Chikamatsu es el de giri. Pero giri normalmente se entiende como el conjunto de deberes sociales del
individuo. En el caso de Chikamatsu, por el contrario, dice Konishi: “giri, según mi opinión, parece
más bien ser un término compuesto referente al mecanismo, a la lógica ….. i. e., precisamente en la
dramatic situation se debe perseguir la dramaticidad, pues depender del sentimentalismo del
argumento es el camino equivocado.” (149-150).

Una palabra sobre Jaime Fernández. El profesor de la Universidad de Sophia (Tokyo) es el primer
español conocido en haber escrito una tesis comparativa en japonés (creo que Ruiz Tinoco es el
segundo, y el tercero me resulta extremadamente familiar). El tema de su tesis fue precisamente un
estudio comparativo entre Chikamatsu y Lope (“Filosofía del honor en el pueblo según los teatros
de Lope de Vega y de Monzaemon Chikamatsu”. Inédita. 1984), sacando como conclusión cuán
cercanas en la insalvable distancia son ambas tradiciones literarias. I. e., seguramente no haya nadie
mejor preparado que él para acometer tal tarea, que de hecho acomete con toda dignidad,
ofreciéndonos un texto en una prosa castellana limpia y coloquial, sin caer en vulgarismos. Se trata
de una traducción al castellano contemporáneo, que en ocasiones hace echar de menos algún sabor
de lo antiguo, pero que evidentemente opta por la claridad de exposición, resultando un texto
perfectamente reconocible en una cultura tan alejada como la nuestra. Tiene además abundancia de
notas que ayudan en gran medida a entender los detalles que de otro modo se escaparían. Animo
desde aquí al profesor Fernández a ofrecernos su versión de la mejor pieza histórica (según la crítica)
de Chikamatsu: “La batalla de Coxinga”.

“….. La mujer no tiene opción a pronunciarse sobre sus gustos. Basta con que el hombre, como
protagonista, manifieste lo que le gusta o disgusta. Puede decirse que el padre de la joven es el
vendedor, y uno es el comprador, mientras que la joven recibe el trato de una mercancía cualquiera.
Si esto se escribiera en términos de derecho romano, habría que decir tajantemente que la mujer, a
semejanza de un esclavo, se considera res – una cosa--. Y la verdad es que yo no tengo ganas de salir
a comprar una bonita muñeca.” (Vita sexualis: 143). Así se expresaba Mori Ogai (1862-1922) en su
novelita autobiográfica sobre el despertar al sexo, y a mucho más que el sexo. A las relaciones entre
amigos, a la naturaleza del círculo familiar, a la estructura de las convenciones sociales. Ogai había
descubierto, además, como intelectual de Meiji, a otra sociedad y otra cultura: la cultura europea y la
sociedad alemana. Sencillamente no podía ya atenerse a los usos tradicionales de su país. Ogai era ya
un japonés intelectual y europeizado. Culturalmente consciente de las lacras de la propia cultura, y
en búsqueda de una nueva definición de su identidad como ciudadano japonés y del mundo. Su
personalidad propia como intelectual, sus intereses personales, y por ende su literatura no podía
estar ya cortada por el patrón de la tradición. Los usos y costumbres de su país le eran tan extraños
como los de otras naciones. Sencillamente no podía ya expresarse en un japonés puro, propio de
una literatura para él caduca. El tenía una seria formación en los clásicos japoneses y la escritura
china, pero también la tenía en estudios europeos, alemán y en la lengua de la ciencia por excelencia: el
latín.

Ogai adopta una escritura elegante y refinada, ajena al nuevo gusto por el coloquialismo de la
literatura social. Pero su concepción del hecho literario está profundamente marcada por su interés
en los clásicos de la literatura alemana. De ellos aprende un estilo novedoso en la literatura japonesa,
convirtiéndose en el adalid del nuevo romanticismo japonés. Toda su literatura está marcada por el
marco romántico de su producción. Desde su periodo autobiográfico, del que Vita sexualis se
reconoce como su obra cumbre, al periodo historicista al que pertenecen la serie de cuentos de su
época de madurez. Por suerte para el lector español, los más importantes de éstos, liderados por el
famoso “El barco del río Takase” fueron traducidos del japonés al castellano por la traductora de
nueva generación Elena Gallego y publicados por la editorial con sede en Kamakura y en Burgos,
Luna Books (www.vapt.org/luna), en abril del 2000. En éstos relatos también domina la perspectiva
romántica en la selección de leyendas con base histórica, que van desde el Japón altomedieval al
moderno temprano. Ogai presenta las narraciones como si hablara de un mundo ya extinguido, con
otras costumbres y otros estilos de vida, ya hundidos para los japoneses en la corriente del pasado.
Un pasado más lejano en la propia mente de Ogai de lo que históricamente era en algunos casos.

Es esa conciencia de ruptura, esa mirada distanciada de médico que diagnostica con precisión, y a la
vez esa admiración por los clásicos, lo que permite a Ogai obtener esa escritura pulcra, relajada,
punzante pero sin pretensiones, honesta hasta el final. Vita sexualis es el parangón japonés del
bildungsroman. Ogai aquí se separa conscientemente del gusto pornográfico de la literatura popular
de finales del periodo Edo, con la que su sensibilidad excesivamente refinada no le permite
identificarse, pero también del carácter obsesivo del nuevo interés por la actividad sexual humana
recién aparecido en algunos círculos intelectuales europeos del momento. Vita sexualis tiene un
componente nostálgico, de un tipo de despertar ligado a un modelo cortés del amor, que encontraría
su versión idealizada 20 años después en la estética del iki de Kuki Shuzo. Pero además, para Ogai
su propio despertar sexual despierta un interés científico. Siendo un chico diferente de la mayoría, en
Vita sexualis Ogai escrutina con ojo de observador entrenado y con objetividad extrema el proceso
de su propio despertar, como si de la historia clínica de un paciente se tratara, los sucesos se
archivan sin otra relación que la sucesiva manifestación de distintos síntomas de un mismo
síndrome: el despertar sexual. El uso frecuente de términos en latín indica esta circunstancia, y a los
ojos japoneses debió otorgar a esta obrita de un talante exótico y a la vez esotérico, ambos efectos
seguramente pretendidos por el autor.

Según Konishi Jin’ichi (1993: 200-1), la literatura de Ogai, junto con la de Natsume Soseki
(1867-1916) representan la reacción de un determinado intelectualismo frente al naturalismo entonces
en su momento álgido. Ogai hacía tiempo que había dejado de crear para dedicarse exclusivamente
a la traducción, cuando se produjo su vuelta a la creación literaria con Vita sexualis. Para Ogai,
frente al excesivo énfasis en el yo del naturalismo, la literatura le sirve de exploración de otro
modelo del yo más entroncado en el ser social. Incluso en la literatura biográfica de Ogai, el yo es
un elemento en cierto modo secundario, sin ambiciones especiales y sin una necesidad compulsiva
de autoafirmación. Por el contrario, antiheroico por excelencia, acaba perdiéndose completamente
en la tercera etapa de su literatura, en la novela histórica, donde el interés se centra sobre la
humanidad, especialmente en cuanto víctima de sí misma, de los abusos y las contradicciones del
poder o de los avatares del insondable destino.

No se debe de concluir que Ogai era un simple europeísta, o un europeísta radical, al estilo de
Fukuzawa Yukichi (1834-1901), sino más bien como Uchimura Kanzo (1861-1930) un creyente en
la universalidad de la virtud moral, visible en Europa tanto como en el pasado reciente japonés. Un
relato breve relativo a esta traza de su personalidad intelectual es “La señora Yasui” (Yasui fujin),
incluido en el conjunto de relatos históricos publicados por Luna Books y mencionados arriba (vid.
también M. Marcus, 1993. Paragons of the Ordinary.The Biographical Literature of Mori Ogai. Un. of
Hawaii Pr.)

Finalmente de la traducción poco hay que decir, más que informar al que no lo sepa de que
Fernando Rodríguez-Izquierdo es hoy por hoy seguramente el mejor traductor que tenemos en
España de literatura japonesa. Sus traducciones ya se van acumulando en nuestras bibliotecas, y
deseo que aún vengan muchas más, a pesar de que sea un oficio que se ve obligado a realizar fuera
de su docencia, y quitándole horas a la familia. Precisamente por ello sus traducciones tienen ese
valor añadido de la generosidad impagada.

También es necesario que nuestras editoriales aborden de manera más sistemática y comprehensiva
la traducción de clásicos del pensamiento japonés y no sólo de la literatura. No sé cuál será el
criterio de Trotta al rechazar la publicación de otro clásico moderno del pensamiento, La estructura
del iki, de Kuki Shuzo, un texto de 1930 traducido ya prácticamente a todos los idiomas de nuestro
entorno, contribuyendo de este modo a esta isla intelectual que somos. Me consta que la dirección
de la editorial no fue quien la rechazó.
Salamanca, 11 junio 2001

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