“CLÍNICA DE LA INESTABILIDAD: INTERVENCIONES CON PACIENTES
BORDERLINE”
INTRODUCCIÓN
El DSM IV (2002) describe al Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) como “un
patrón persistente de inestabilidad en las relaciones interpersonales, en la autoimagen
y en los afectos, además de una marcada impulsividad que comienza en la adultez
temprana y se presenta en una gran variedad de contextos” (p.666). Los criterios
incluyen: esfuerzos por evitar el abandono; relaciones interpersonales inestables e
intensas que alternan entre la idealización extrema y la devaluación; perturbación e
inestabilidad de la identidad; impulsividad (gastos excesivos, sexo, abuso de
sustancias, atracones); comportamiento suicida o autolesivo; inestabilidad afectiva
debida a estados de ánimo extremadamente reactivos y cambiantes (disforia, ansiedad,
irritabilidad); sentimientos crónicos de vacío; odio intenso o inapropiado y dificultades
para controlar la ira; ideación paranoide transitoria relacionada con el estrés o síntomas
disociativos graves.
En la clínica psicoanalítica, se diagnostica en términos de estructura: neurosis, psicosis
y perversión. Sin embargo, en la práctica surgen casos que desafían esta clasificación,
no pudiendo encajar a muchos pacientes fácilmente en una u otra categoría.
Encontramos con frecuencia pacientes comúnmente llamados “graves” que, a nivel del
discurso, son imposibles de diagnosticar como psicóticos, mientras que el cuerpo
aparece como sostén de actos “locos” o de riesgo (consumo adictivo de sustancias,
excesos —en más o en menos— con la comida, intentos de suicidio, acting, pasaje al
acto). Desde nuestro punto de vista, consideramos estas visiones —la psiquiátrica y la
psicoanalítica— no como excluyentes, sino como complementarias, sin olvidar que se
trata de marcos teóricos diversos. El conocimiento de ambas, así como de otras líneas
de la psicología, enriquecen y aseguran un mejor tratamiento del paciente.
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Dicha problemática resulta relevante en el campo de la Salud Mental, ya que el TLP
afecta al 4,5% de la población general y un 10% de la población en instituciones
clínicas (Arias y Farinon, 2016), representando un desafío para los profesionales. Es
por ello que el objetivo de este escrito consiste en poner en común estrategias
psicoterapéuticas desde una óptica psicoanalítica, integrando aportes de otros campos
teóricos de la psicología, que posibilitan un alivio sintomático y un menor padecimiento
para el paciente. Para alcanzar el mencionado objetivo, se llevará a cabo una revisión
bibliográfica de autores clásicos y contemporáneos del psicoanálisis, así como breves
recortes de otras teorías.
BASES DE LA PERSONALIDAD E INTERVENCIONES PARA SU ABORDAJE
En el presente apartado se describen características del TLP e intervenciones posibles
para su abordaje. Un rasgo central del borderline es la reactividad, producto de la
desregulación emocional. La imposibilidad para calibrar y modular sus sentimientos y
comportamientos da lugar a la explosividad e impulsividad. Según Slucky y Wikinsky
(2004), existe un déficit en la capacidad elaborativa que expone al sujeto borderline a la
irrupción del impulso, con predominio de la acción por sobre el pensamiento. Se trata
de una descarga sin simbolización, sin elaboración psíquica. En este punto, resulta útil
la intervención denominada introducción de una pausa. Esta va de la mano de distintos
recursos conductuales que no necesariamente están preestablecidos, sino que pueden
surgir de los intereses y necesidades del paciente, tales como salir a caminar, correr,
ducharse, llamar a algún ser significativo. Su finalidad es la de interrumpir la
impulsividad que caracteriza estos cuadros e introducir un espacio para la reflexión que
medie entre la emoción activada por cierto estímulo y la reacción del paciente a nivel
de la conducta.
En esta línea, un paciente presentaba raptos de reactividad en los que solía agredir a
su pareja físicamente. Si bien se trabajaba con un enfoque psicoanalítico, develando
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las identificaciones que operaban detrás de esas modalidades de funcionamiento (un
padre agresivo y una madre sometida), resultó útil que el paciente creara recursos
propios para poder frenar su accionar, problemático tanto para él como para su pareja.
De esta manera, comenzó a asistir a la guardia del hospital cada vez que se
aproximaba uno de estos episodios, que aprendió a identificar mediante sensaciones
en su cuerpo que anunciaban su pronta aparición.
Según Gabbard (2002), frente a los actos impulsivos, resulta útil ubicar el estado
emocional que podría haberlo desencadenado, para así poder predecirlo en una
ocasión futura y lograr, como se dijo antes, un margen de tiempo más amplio para
intervenir en pos de frenar el impulso. Asimismo, es posible establecer una conexión
entre sentimientos y acciones, ubicando que lo sucedido no fue casual. Contino (2011)
sugiere que existe una necesidad de “restablecer la cadena asociativa, hilar junto al
paciente, relacionar lo actual con lo pasado” (p. 1). De esta manera, se ayuda al
paciente a que pueda vincular la sintomatología que le aqueja con eventos de su propia
historia pasada, mejorando el entendimiento de lo que padece y, con el tiempo,
cambiando patrones de comportamiento disfuncionales.
Otra herramienta consiste en acompañar al paciente a pensar en las consecuencias de
sus acciones autodestructivas tanto a corto como a largo plazo, ubicando cómo estas
interfieren con otros proyectos valiosos.
En los cuadros borderline se observan, a su vez, rasgos caracterológicos como escasa
empatía y capacidad para evaluar de manera realista a los demás, lo cual lleva a
vínculos emocionales superficiales; tendencias explotadoras y manipuladoras;
sentimientos de inseguridad, incertidumbre e inferioridad. En esta línea, una
intervención que hallamos eficaz —tomada de la Terapia basada en la Mentalización—
es la de trabajar lo interpersonal mediante incitar al paciente a colocarse en el lugar de
sus pares para, imaginación mediante, hipotetizar cómo se siente el otro. Ya que la
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empatía está en déficit en estos pacientes, este trabajo es activamente dirigido por el
profesional, quien presta el material faltante para construir, rudimentariamente, la
Teoría de la Mente que permita comprender de mejor manera a los demás, y así actuar
en consecuencia.
CLÍNICA PSICOANALÍTICA DEL TRASTORNO BORDERLINE: INTERVENCIONES
POSIBLES
Nuestra experiencia hospitalaria como equipo interdisciplinario nos enseñó que ciertas
herramientas más específicas son útiles y, muchas veces, necesarias para disminuir
las conductas de riesgo o altamente impulsivas. Esto permite abrir el campo para
trabajar más en profundidad con las identificaciones y bases inconscientes de la
sintomatología del paciente.
Resulta fundamental indagar en la historia infantil de estos sujetos, para poder ubicar
las coordenadas en que se constituyó su modo de ser y estar en el mundo. En la
infancia del paciente TLP, es usual hallar una crianza en un entorno invalidante, con un
maternaje inconsistente y no confiable. Esto sumerge al niño en un mundo imprevisible,
generando una fractura en el sentido de continuidad personal. Se hipotetiza que estos
pacientes han tenido una madre -o figura que cumpla ese rol- que por un lado se
presenta como abandónica o caótica, y por otro intrusiva. En este sentido, se debe
intentar que la terapia constituya un espacio de sostén para los pacientes, donde se
sientan contenidos y el terapeuta haga un semblante a veces maternal. Se apunta, de
este modo, a construir tardíamente aquello de lo que careció en su infancia: tener un
lugar benigno en sus Otros, un ambiente que valide sus emociones como verdaderas y
aceptadas.
Para ejemplificar, se recorta brevemente un caso clínico a continuación: una paciente,
al relatar un conflicto vincular, relata en sesión cómo se sintió en dicha situación, y con
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un gran monto de autorreproche sentencia “yo sé que está mal, pero me enojé mucho y
me dio bronca, y está mal”. Una primera intervención aquí consiste en validar la
experiencia interna del paciente, indicando que los sentimientos no son ni “buenos” ni
“malos”, sino que lo que se puede llegar a intentar modificar son las conductas que
tuvieron lugar como consecuencia de esos sentimientos.
Siempre será importante recalcar que lo que los pacientes sienten, lo sienten
efectivamente y los terapeutas no iremos en contra de ello, sino que nuestro campo de
abordaje será la reacción que muestren frente a dichas emociones y localizar la causa
que las gatilla, y aquella que la originó en un principio; aunque resulte un objetivo
ambicioso, no deja de estar en el horizonte de nuestra dirección de la cura.
Es fundamental ayudar a estos pacientes a obtener experiencias que no tuvieron o que
fueron tenues al principio de sus vidas. El analista presta su capacidad simbólica al
paciente y su función principal al comienzo es de sostén. Green (1990) escribe: “El
discurso del fronterizo no es una cadena (...) Toca al observador establecer, con su
propio aparato psíquico, los nexos faltantes” (p. 114).
Asimismo, las fallas en los primeros momentos del desarrollo dan lugar a grandes
montos de ansiedad, y a una sensación de aniquilación y miedo a la desintegración. La
mencionada paciente describe claramente cómo, en momentos de intensa angustia,
siente la necesidad de “hacerse chiquita y desaparecer”, lo cual se acompaña de
restricción alimentaria extrema. A su vez, esta misma paciente, al relatar ciertos actos
impulsivos que realizó en estado de ebriedad, enuncia “esa no soy yo”. La
desintegración de la identidad es leída en términos psicoanalíticos como fallas a nivel
de la constitución narcisista, y relaciones de objeto interno caóticas. Kernberg (1985)
enfatiza el papel predominante de la escisión, dando lugar a una separación radical de
los afectos de amor y odio, así como objetos en “buenos” y “malos”. El mundo exterior,
los estados yoicos y los objetos son vividos en términos categóricos: “totalmente
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bueno” o “totalmente malo”. Esta patología de las relaciones objetales internalizadas
lleva a la persistencia en el yo de imágenes de sí mismo primitivas, irreales y
extremadamente contradictorias, lo cual impide la evaluación realista de los objetos
externos y la formación de un concepto integrado de sí mismo o de las imágenes
objetales. La tarea del terapeuta es conectar estos aspectos fragmentados e interpretar
las ansiedades subyacentes, para ayudar al paciente a integrar las representaciones
del self dispares en una totalidad coherente, buscando como objetivo la constitución de
una identidad más consistente.
Así como todos los objetos de la esfera vincular del paciente, también el terapeuta tiene
el riesgo de ser transformado en adversario/salvador idealizado de manera alternante y
a veces enloquecedora para el profesional. En esta línea, Kernberg propone señalar e
interpretar la escisión cuando esta se evidencia en su discurso, para que el paciente
integre sus objetos internos habilitando entonces la construcción de un objeto total más
realista. De esta manera, se intenta combatir la ambivalencia entre la consideración de
una persona como ideal y seguidamente como maliciosa, procurando integrarla en un
único objeto con múltiples características que puedan coexistir.
Este tipo de pacientes encuentran predecible, familiar y hasta tranquilizador el hallar un
objeto “suficientemente malo”, motivo por el cual es posible que intenten recrear
relaciones sadomasoquistas de su niñez con su terapeuta, poniendo a prueba sus
límites con llegadas tarde, llamados, agravios, e ir escalando en la agresión. Cuando
esto ocurre, el terapeuta no debe negar o ignorar esta agresión, ni tampoco tolerarla
pasivamente, sino nombrar junto al paciente lo que está ocurriendo. La Terapia
Focalizada en la Transferencia propone que aquí se ponen de manifiesto las relaciones
objetales predominantes, por lo cual enunciar e interrogar las emociones ambivalentes
surgidas en el espacio terapéutico permitirá trabajar en torno a dichos vínculos
internalizados.
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Desde la escuela Francesa de psicoanálisis, Buchanan (2010) sostiene que si en la
neurosis hay una articulación significante en la pregunta por el lugar en el deseo del
Otro, en los borders encontramos una operación real sobre el cuerpo entregado a la
mirada del Otro. Una paciente atendida por el lapso de dos años en consultorios
externos tenía relaciones sexuales con una alta frecuencia y con personas que ella
describía como “desastres”. Se pudo ubicar que se trataba de una actuación dirigida a
su padre, quien desde pequeña la había denominado como “el cachivache” de la
familia. En el momento que esta nominación apareció en sesión, pudo caer la
identificación al objeto desecho o resto. En este caso, primero fue necesario
sintomatizar dichas conductas, para luego poder abordarlas. En general, pensamos la
función del registro imaginario como aquella que da consistencia al cuerpo; es así que
el estadio del espejo permite conformar una imagen consistente del propio cuerpo
sostenida desde lo simbólico (Ideal del yo). Sin embargo, en los borders no
encontramos que sea el registro simbólico aquel que mediatiza la consistencia de la
imagen corporal. Más bien, encontramos que es una intervención real la que cierne y
localiza un cuerpo. En el caso citado, se pudo lograr una alternativa a este modo de
actuar, que implicaba exponerse a actos sexuales no deseados y descuidados.
Se puede decir que si la pregunta por el deseo del Otro caracteriza al neurótico, en los
borders aparece la pregunta infantil por el amor del Otro “¿Puedes perderme?”. De este
modo podemos intentar abordar los fenómenos borderline como modos de actuar la
escena en la que dirigen al Otro la pregunta infantil de si pueden perderlos, si tienen o
no un lugar en su deseo. Mediante actings radicales, el border dirige al Otro la queja
por haberlo dejado sin espacio. Repetidamente observamos que nuestros pacientes
TLP tienen lugares nulos, ambivalentes o de rechazo en sus otros significativos. En
estos casos, es indispensable la intervención del analista para intentar producir el
síntoma, ahí donde uno encuentra las impulsiones (Buchanan, 2010). En otras
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palabras, se debe intentar que se produzca en lo simbólico aquello que se producía
necesariamente en lo real del cuerpo. Volverlo una repetición significante con la
esperanza de que se vuelva posible una lectura sintomática de ello.
PALABRAS FINALES
Es posible pensar el Trastorno Límite de la Personalidad como una forma crónica de
estar en el mundo, un modo de vincularse con sí mismo y con los otros, constituido a
partir de experiencias tempranas particulares. Una inestabilidad estable.
Si bien la dirección de la cura psicoanalítica consistirá en sintomatizar sus conductas
para poder abordarlas como lo hacemos típicamente con las neurosis, tal como se dijo
anteriormente, en el camino hay un abanico de recursos útiles que no interfieren con
este enfoque, y que acarrean alivio para el paciente quien, gracias al autoconocimiento
de su cuadro, puede aprender a transitar la vida (los vínculos, el trabajo, el amor, la
familia) de modo menos disruptivo y con una menor cuota de sufrimiento para sí y su
entorno.
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BIBLIOGRAFÍA
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Winnicott D. (1993) Sobre el uso del objeto. Miedo al derrumbe. En Exploraciones
9
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“CONSTRUYENDO UN CUERPO”
INTRODUCCIÓN
La clínica actual nos desafía constantemente como analistas, abriéndonos la puerta a
nuevas formas de padecer subjetivo, de presentaciones psicopatológicas, que nos
convoca a repensar nuestra práctica. En dicho contexto, emerge el trastorno límite de
la personalidad (TLP), también conocido como presentaciones borders. Si bien dicho
diagnóstico data de varios años, ha sido siempre una presentación generadora de
dudas y debates. Dentro de los trastornos de personalidad existentes es el que, hoy en
día, parece utilizarse con mayor frecuencia, mostrando una importante prevalencia.
Las personas diagnosticadas con TLP, suelen presentar dificultades para regular sus
emociones, lo cual desemboca en cambios drásticos en su estado de ánimo,
impulsividad e inestabilidad, problemas de autoimagen, y relaciones interpersonales
inestables. Abundan los intentos por evitar situaciones de abandono real o imaginario,
que pueden manifestarse en un comportamiento destructivo, como las autolesiones o
los intentos de suicidio. Es por ello que el TLP es tan complejo a la hora de abordarlo
clínicamente, requiriendo frecuentemente de un trabajo interdisciplinario.
Debido a la relevancia de lo expuesto, el presente trabajo se propone ahondar en las
particularidades de dicha clínica, haciendo hincapié en sus modos de abordaje desde
un enfoque psicoanalítico, realizando una articulación de la teoría con un caso clínico.
CASO CLÍNICO
Camila, de 37 años, se presenta a la entrevista de admisión de Salud Mental en el mes
de junio del año 2019, tras ser derivada por el servicio de guardia del Hospital
Pirovano. En dicha ocasión, había asistido a la guardia refiriendo “intensa angustia”,
permaneciendo unas horas en observación. Expresa como principal motivo de consulta
deseos de sentirse mejor “sin tanta angustia”. Refiere que sus vínculos se alejan de
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ella, sin poder ubicar motivo aparente. Presenta un marcado desgano y tendencia al
llanto. Asimismo, refiere ingerir alimentos solo en presencia de otras personas, en
especial de su hijo de 14 años con el cual convive, siendo que cuando se encuentra
sola, no siente apetito ni sed, llegando a sufrir internaciones por deshidratación.
“¿ME VAS A DEJAR?”
Las primeras sesiones con Camila resultaron complicadas debido a su escasa
intención de comunicarse verbalmente. Ante la invitación de que expresara qué le
pasaba y asociara, la paciente quedaba en silencio. Fue necesario un cambio en la
posición del analista, donde en un punto se vuelva “más activo”, es decir, acompañe en
la construcción del relato que, al parecer, le era imposible a la paciente por sí sola.
Asimismo, la mirada era algo que se ponía en juego en cada sesión: Camila no podía
mirar al analista. Sus ojos siempre estaban mirando al piso, la ventana, el escritorio.
Al iniciar el tratamiento, Camila no podía encontrar un motivo a su intensa angustia,
pero si manifestaba no querer sentirse así. Refería que mientras estuvo en la guardia,
el equipo tratante llamó a su madre aún cuando ella pidió que no lo hagan. Ubica que
cuando la madre se hizo presente en la guardia, ella comenzó a sentirse peor: “no me
gusta la forma que tiene de acercarse a mí”. Lentamente, se empezó a indagar sobre el
vínculo entre ambas. Camila la nomina como una madre “entrometida”, que siempre
manipuló a sus tres hermanos mayores, siendo ella la excepción: “yo no dejé que ella
me maneje la vida” … -¿a costa de qué?-
Durante su adolescencia, Camila frecuentemente discutía con su madre, llegando a
clavarse un cuchillo en su pierna delante de la misma. En ese momento, la madre dió
media vuelta y se retiró, sin llevar a la paciente a un médico para que revise la herida.
Asimismo, la paciente solía cortarse y extraerse sangre, dejando los frascos con sangre
en su habitación y los moretones y heridas en su cuerpo, pero la madre nunca pudo
detectar nada de ello. Camila se refiere a ella como una madre a quien “no le interesé”.
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Lacan hace hincapié en la importancia del deseo materno para la constitución del
sujeto. Cuando este deseo no opera, se encuentran madres que rechazan al sujeto o
son indiferentes: “casos donde si bien no estaría abolido el registro del deseo materno,
los sujetos se encuentran caídos respecto de él. Caídos del valor fálico” (Dartiguelonge,
2016, p.194). Estos sujetos carecen del valor de causa para la madre, ubicándose en el
lugar de objeto resto, quedando destituidos de su condición de sujetos.
Camila no conoce a su padre biológico. La versión de la madre fue que murió, pero la
paciente resalta que nunca le creyó. Hace unos años, una de sus hermanas le dijo que
estaba vivo y que sabía dónde se ubicaba, siendo Camila la que se negó a contactarlo.
Desde el psicoanálisis se sostiene que el padre resulta de una construcción que es una
versión, hablada por la madre “el padre siempre es hablado por la madre. A veces, es
una versión que no tiene la potencia necesaria para que el sujeto pueda servirse,
porque es una versión endeble: no ha sido pasada al hijo una versión que sirva como
S1” (Biaggo, 2012, p.31). ¿Qué versión del padre transmite la madre de Camila? La
versión de un padre muerto. Se podría inferir que no hay ley que regule a esa “madre
entrometida” como refiere la paciente, quien pone su cuerpo para propiciar un límite. En
estos casos “hay que construir una versión vía análisis que sea usable. Importa para la
dirección de la cura restarle consistencia a la versión que la madre dejó pasar” (Biaggo,
2012, p.31).
Con respecto al padre de su hijo, la paciente refiere que nunca le interesó estar con él,
sino que su único deseo era ser madre: “estaba muy mal en ese momento, pensé que
tener un hijo me iba a salvar”. Al indagar, Camila da cuenta que nunca se sintió atraída
por un hombre. Recuerda que muchas veces ella generaba el encuentro con hombres
de forma impulsiva, siendo que cuando se encontraba con ellos, no quería estar allí. Al
momento de mantener relaciones sexuales, Camila no quería, pero no podía decirlo.
Lloraba mientras se consumaba el acto sexual, sin registro por parte del otro: “no
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quería estar ahí, era una forma más de lastimarme a mí misma”.
Con respecto a la esfera social, Camila refiere tener varios amigos a los cuales les
gusta invitarlos a su casa y cocinarles, agasajarlos. Fácilmente se angustia, cuando
percibe que alguno de ellos “no le da bola”, teniendo la certeza de que la van a dejar,
que no la soportan más, y que ella se merece ser abandonada por las conductas que
tiene. Rápidamente la respuesta que encuentra para apaciguar la angustia, son los
cortes y extracción de sangre en su cuerpo que se genera de forma impulsiva. Estas
conductas son características de sujetos borders, los cuales son proclives a que
cualquier escena con Otro los arroje a la dimensión de objeto resto, perdiendo su lugar
de sujeto, y propiciando la invasión de angustia, ante lo cual apelan a respuestas
disruptivas como modo de tratamiento de la angustia masiva.
Una sesión, Camila llegó angustiada, llorando y con dificultad para hablar. Solo pudo
expresar haber discutido con su hijo, el cual le dijo: “Nadie te quiere, te vas a quedar
sola”. En dicho momento, comienza a golpearse la cabeza contra la pared del
consultorio, golpearse con el puño su panza, y rasguñarse las muñecas. En momentos
paraba y se dirigía a la profesional preguntando “¿me vas a dejar?”.
UN CAMBIO DE REGISTRO
¿Qué hacer en estos casos? ¿Cómo leer dichas situaciones? ¿Cómo maniobrar
transferencialmente? ¿Se podría pensar en las situaciones mencionadas como acting-
out? Lacan (1966) define al acting-out como una mostración, un llamado de atención
que se realiza en análisis al analista, allí donde ha fallado su función. Pero también
expresa que puede pensarse el acting-out fuera del análisis: pacientes que viven de
acting en acting, independientemente del análisis, y en cuyo caso, quien ha fallado en
su función no sería el analista, sino el Otro instituyente. En consonancia con ello,
Heinrich explica “en estos pacientes actuadores podría tratarse de una mostración, de
un llamado al Otro, para que vuelva a ocupar el lugar de sostener la palabra [...] se
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trataría de un desfallecimiento estructural del Otro en un momento instituyente”
(Heinrich, 1993, p.23). La misma autora (1993) ubica a los borderline en el borde de la
neurosis, haciendo hincapié en que dichos sujetos no pueden disponer de los recursos
del significante. No llegan a análisis representados por su síntoma y con una pregunta
en relación al mismo, sino que en su lugar aparecen las impulsiones, acting- out,
anorexia… “Cuando el sujeto no puede disponer de los recursos que el significante
ofrece- en especial del síntoma- su presentación podrá ser mediante el acting- out, las
impulsiones, enfermedades psicosomáticas, a-dicciones” (Heinrich, 1993, p.9)
Era evidente que ante la angustia, la paciente no podía apelar a lo simbólico, no podía
poner palabras. En lugar de eso ponía el cuerpo ¿qué cuerpo? Uno que era el
depositario de su enojo, angustia, frustración desde hace muchos años. Uno al cual
repudiaba y no podía concebir como fuente de placer y cuidados. Se podría inferir que
es un cuerpo que no fue investido libidinalmente, que no fue cubierto de brillo fálico, y
que servía de soporte para las escenas que la paciente desplegaba. Según
Dartiguelongue (2016), en casos como el presente, donde la operación paterna estaría
inscripta pero no operaría como metáfora, se encuentran alteraciones en el narcisismo
en su articulación con el falo, perturbaciones en la constitución del cuerpo, del deseo y
del fantasma.
En el episodio previamente mencionado, fue necesaria la intervención de la profesional
poniendo el cuerpo: allí donde la paciente se lastimaba la cabeza contra la pared hubo
que contener y poner el cuerpo como amortiguador de dichos golpes. Asimismo, ante la
pregunta de la paciente “¿me vas a dejar?”, se respondió redoblando la cantidad de
sesiones semanales, dando cuenta que había un espacio para alojar todo lo que
paciente desplegaba. Lentamente, Camila comenzó a hablar fluidamente en sesión,
mirando a la profesional y dirigiéndole preguntas “¿si te cortas te duele?”. Las
respuestas de la analista iban acompañadas por un semblante de dolor, haciendo
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hincapié en lo doloroso que era realizarse cortes y golpes en el cuerpo. Se prestaba un
cuerpo para trabajar que el mismo puede ser fuente de placer, cariño, cuidados, y no
solo de agresividad. Asimismo, se instauraron límites: si en sesión la paciente hacía
uso de su cuerpo para lastimarse, iba a ser derivada a la guardia donde seria evaluada
por otro equipo. Más allá de acotar el goce que se ponía en juego en dichas escenas,
el trasfondo de la intervención estaba dirigido a establecer un límite y un registro de lo
que ocurría, dando cuenta que dentro del consultorio las conductas disruptivas de la
paciente sí eran registradas, y que utilizar su cuerpo para lastimarse imposibilitaba el
uso de la palabra, recurso fundamental para continuar con el tratamiento. Se podría
ubicar aquí un cambio de registro, movimiento necesario con pacientes border, para
que los fenómenos que se manifestaban a nivel del acting, de la a-dicción pasen al
terreno de la dicción, pueden ser dichos. Asimismo, la “prestación de un cuerpo” por
parte de la analista, implica el tejido de una trama imaginaria, que junto con la
simbólica, permitirán que el trauma no simbolizado se inscriba.
UN SABER HACER CON LO QUE IRRUMPE
La paciente empezó a mencionar actividades que le interesaban, como cocinar y viajar.
Al indagar, Camila desplegaba un conocimiento sobre las mismas que se alojó en las
sesiones y se utilizó como disparador para que sea la profesional quien empiece a
preguntarle a la paciente. Las sesiones comenzaron a tener otro tinte: Camila hablaba
y sonreía, daba consejos a la profesional sobres viajes y recetas de cocina. Asimismo,
inició un curso de extraccionista de sangre, en el cual le ocurría que le daba “impresión”
sacarle sangre a otros, registrando que les podía dar miedo y/o doler. Es en estos
momentos cuando Camila más pudo historizar. Al poder hacer uso de la palabra, se
comenzaron a trabajar diferentes modos de responder ante la angustia. Lentamente,
ocurrieron cambios en sus modos de “idealizar” sus conductas disruptivas, pasando de
un inicio donde la paciente creía que lastimarse era la única forma de sentirse mejor, a
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ubicar que las lesiones solo apaciguaban su angustia en el momento, pero luego la
hacían sentir peor. Finalmente, llegó a detectar que ni aun en el momento de la
autolesión, la angustia disminuía, lo cual permitió comenzar a poner en duda dicho
recurso, habilitando otros menos disruptivos.
PALABRAS FINALES
A partir de lo expuesto, fue posible la construcción de hipótesis teóricas y clínicas que
permitieron la conceptualización y el abordaje del caso. Se intentó localizar los efectos
subjetivos de las intervenciones, dando cuenta de los cambios en la paciente en
relación a sus respuestas ante la angustia: los cortes y lesiones en Camila
disminuyeron notablemente, a la par que se incrementó sus posibilidades de poner en
palabras lo que le ocurría. A su vez, las pocas veces que volvió a apelar a conductas
disruptivas como modo de afrontar la angustia, pudo ubicar que ya no presentaban el
mismo efecto “calmante” que tenían antes, lo cual permitió que se puedan cuestionar
en análisis. Más allá de los efectos subjetivos mencionados, todavía hay puntos a
trabajar con la paciente, especialmente aquellos que involucran sus modos de
vincularse y su percepción de dichos vínculos.
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