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Clínica de La Inestabilidad: Intervenciones Con Pacientes Borderline

Este documento describe estrategias psicoterapéuticas para el trastorno límite de la personalidad (TLP) desde un enfoque psicoanalítico. Se discuten intervenciones conductuales como introducir una pausa entre el estímulo y la reacción para reducir la impulsividad. También se trabaja en mejorar la empatía y comprender las consecuencias de los actos. Finalmente, la historia infantil se indaga para entender cómo se formó la personalidad, validando las emociones del paciente y brindando un espacio de contención.

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Clínica de La Inestabilidad: Intervenciones Con Pacientes Borderline

Este documento describe estrategias psicoterapéuticas para el trastorno límite de la personalidad (TLP) desde un enfoque psicoanalítico. Se discuten intervenciones conductuales como introducir una pausa entre el estímulo y la reacción para reducir la impulsividad. También se trabaja en mejorar la empatía y comprender las consecuencias de los actos. Finalmente, la historia infantil se indaga para entender cómo se formó la personalidad, validando las emociones del paciente y brindando un espacio de contención.

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“CLÍNICA DE LA INESTABILIDAD: INTERVENCIONES CON PACIENTES

BORDERLINE”

INTRODUCCIÓN

El DSM IV (2002) describe al Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) como “un

patrón persistente de inestabilidad en las relaciones interpersonales, en la autoimagen

y en los afectos, además de una marcada impulsividad que comienza en la adultez

temprana y se presenta en una gran variedad de contextos” (p.666). Los criterios

incluyen: esfuerzos por evitar el abandono; relaciones interpersonales inestables e

intensas que alternan entre la idealización extrema y la devaluación; perturbación e

inestabilidad de la identidad; impulsividad (gastos excesivos, sexo, abuso de

sustancias, atracones); comportamiento suicida o autolesivo; inestabilidad afectiva

debida a estados de ánimo extremadamente reactivos y cambiantes (disforia, ansiedad,

irritabilidad); sentimientos crónicos de vacío; odio intenso o inapropiado y dificultades

para controlar la ira; ideación paranoide transitoria relacionada con el estrés o síntomas

disociativos graves.

En la clínica psicoanalítica, se diagnostica en términos de estructura: neurosis, psicosis

y perversión. Sin embargo, en la práctica surgen casos que desafían esta clasificación,

no pudiendo encajar a muchos pacientes fácilmente en una u otra categoría.

Encontramos con frecuencia pacientes comúnmente llamados “graves” que, a nivel del

discurso, son imposibles de diagnosticar como psicóticos, mientras que el cuerpo

aparece como sostén de actos “locos” o de riesgo (consumo adictivo de sustancias,

excesos —en más o en menos— con la comida, intentos de suicidio, acting, pasaje al

acto). Desde nuestro punto de vista, consideramos estas visiones —la psiquiátrica y la

psicoanalítica— no como excluyentes, sino como complementarias, sin olvidar que se

trata de marcos teóricos diversos. El conocimiento de ambas, así como de otras líneas

de la psicología, enriquecen y aseguran un mejor tratamiento del paciente.


1
Dicha problemática resulta relevante en el campo de la Salud Mental, ya que el TLP

afecta al 4,5% de la población general y un 10% de la población en instituciones

clínicas (Arias y Farinon, 2016), representando un desafío para los profesionales. Es

por ello que el objetivo de este escrito consiste en poner en común estrategias

psicoterapéuticas desde una óptica psicoanalítica, integrando aportes de otros campos

teóricos de la psicología, que posibilitan un alivio sintomático y un menor padecimiento

para el paciente. Para alcanzar el mencionado objetivo, se llevará a cabo una revisión

bibliográfica de autores clásicos y contemporáneos del psicoanálisis, así como breves

recortes de otras teorías.

BASES DE LA PERSONALIDAD E INTERVENCIONES PARA SU ABORDAJE

En el presente apartado se describen características del TLP e intervenciones posibles

para su abordaje. Un rasgo central del borderline es la reactividad, producto de la

desregulación emocional. La imposibilidad para calibrar y modular sus sentimientos y

comportamientos da lugar a la explosividad e impulsividad. Según Slucky y Wikinsky

(2004), existe un déficit en la capacidad elaborativa que expone al sujeto borderline a la

irrupción del impulso, con predominio de la acción por sobre el pensamiento. Se trata

de una descarga sin simbolización, sin elaboración psíquica. En este punto, resulta útil

la intervención denominada introducción de una pausa. Esta va de la mano de distintos

recursos conductuales que no necesariamente están preestablecidos, sino que pueden

surgir de los intereses y necesidades del paciente, tales como salir a caminar, correr,

ducharse, llamar a algún ser significativo. Su finalidad es la de interrumpir la

impulsividad que caracteriza estos cuadros e introducir un espacio para la reflexión que

medie entre la emoción activada por cierto estímulo y la reacción del paciente a nivel

de la conducta.

En esta línea, un paciente presentaba raptos de reactividad en los que solía agredir a

su pareja físicamente. Si bien se trabajaba con un enfoque psicoanalítico, develando


2
las identificaciones que operaban detrás de esas modalidades de funcionamiento (un

padre agresivo y una madre sometida), resultó útil que el paciente creara recursos

propios para poder frenar su accionar, problemático tanto para él como para su pareja.

De esta manera, comenzó a asistir a la guardia del hospital cada vez que se

aproximaba uno de estos episodios, que aprendió a identificar mediante sensaciones

en su cuerpo que anunciaban su pronta aparición.

Según Gabbard (2002), frente a los actos impulsivos, resulta útil ubicar el estado

emocional que podría haberlo desencadenado, para así poder predecirlo en una

ocasión futura y lograr, como se dijo antes, un margen de tiempo más amplio para

intervenir en pos de frenar el impulso. Asimismo, es posible establecer una conexión

entre sentimientos y acciones, ubicando que lo sucedido no fue casual. Contino (2011)

sugiere que existe una necesidad de “restablecer la cadena asociativa, hilar junto al

paciente, relacionar lo actual con lo pasado” (p. 1). De esta manera, se ayuda al

paciente a que pueda vincular la sintomatología que le aqueja con eventos de su propia

historia pasada, mejorando el entendimiento de lo que padece y, con el tiempo,

cambiando patrones de comportamiento disfuncionales.

Otra herramienta consiste en acompañar al paciente a pensar en las consecuencias de

sus acciones autodestructivas tanto a corto como a largo plazo, ubicando cómo estas

interfieren con otros proyectos valiosos.

En los cuadros borderline se observan, a su vez, rasgos caracterológicos como escasa

empatía y capacidad para evaluar de manera realista a los demás, lo cual lleva a

vínculos emocionales superficiales; tendencias explotadoras y manipuladoras;

sentimientos de inseguridad, incertidumbre e inferioridad. En esta línea, una

intervención que hallamos eficaz —tomada de la Terapia basada en la Mentalización—

es la de trabajar lo interpersonal mediante incitar al paciente a colocarse en el lugar de

sus pares para, imaginación mediante, hipotetizar cómo se siente el otro. Ya que la
3
empatía está en déficit en estos pacientes, este trabajo es activamente dirigido por el

profesional, quien presta el material faltante para construir, rudimentariamente, la

Teoría de la Mente que permita comprender de mejor manera a los demás, y así actuar

en consecuencia.

CLÍNICA PSICOANALÍTICA DEL TRASTORNO BORDERLINE: INTERVENCIONES

POSIBLES

Nuestra experiencia hospitalaria como equipo interdisciplinario nos enseñó que ciertas

herramientas más específicas son útiles y, muchas veces, necesarias para disminuir

las conductas de riesgo o altamente impulsivas. Esto permite abrir el campo para

trabajar más en profundidad con las identificaciones y bases inconscientes de la

sintomatología del paciente.

Resulta fundamental indagar en la historia infantil de estos sujetos, para poder ubicar

las coordenadas en que se constituyó su modo de ser y estar en el mundo. En la

infancia del paciente TLP, es usual hallar una crianza en un entorno invalidante, con un

maternaje inconsistente y no confiable. Esto sumerge al niño en un mundo imprevisible,

generando una fractura en el sentido de continuidad personal. Se hipotetiza que estos

pacientes han tenido una madre -o figura que cumpla ese rol- que por un lado se

presenta como abandónica o caótica, y por otro intrusiva. En este sentido, se debe

intentar que la terapia constituya un espacio de sostén para los pacientes, donde se

sientan contenidos y el terapeuta haga un semblante a veces maternal. Se apunta, de

este modo, a construir tardíamente aquello de lo que careció en su infancia: tener un

lugar benigno en sus Otros, un ambiente que valide sus emociones como verdaderas y

aceptadas.

Para ejemplificar, se recorta brevemente un caso clínico a continuación: una paciente,

al relatar un conflicto vincular, relata en sesión cómo se sintió en dicha situación, y con

4
un gran monto de autorreproche sentencia “yo sé que está mal, pero me enojé mucho y

me dio bronca, y está mal”. Una primera intervención aquí consiste en validar la

experiencia interna del paciente, indicando que los sentimientos no son ni “buenos” ni

“malos”, sino que lo que se puede llegar a intentar modificar son las conductas que

tuvieron lugar como consecuencia de esos sentimientos.

Siempre será importante recalcar que lo que los pacientes sienten, lo sienten

efectivamente y los terapeutas no iremos en contra de ello, sino que nuestro campo de

abordaje será la reacción que muestren frente a dichas emociones y localizar la causa

que las gatilla, y aquella que la originó en un principio; aunque resulte un objetivo

ambicioso, no deja de estar en el horizonte de nuestra dirección de la cura.

Es fundamental ayudar a estos pacientes a obtener experiencias que no tuvieron o que

fueron tenues al principio de sus vidas. El analista presta su capacidad simbólica al

paciente y su función principal al comienzo es de sostén. Green (1990) escribe: “El

discurso del fronterizo no es una cadena (...) Toca al observador establecer, con su

propio aparato psíquico, los nexos faltantes” (p. 114).

Asimismo, las fallas en los primeros momentos del desarrollo dan lugar a grandes

montos de ansiedad, y a una sensación de aniquilación y miedo a la desintegración. La

mencionada paciente describe claramente cómo, en momentos de intensa angustia,

siente la necesidad de “hacerse chiquita y desaparecer”, lo cual se acompaña de

restricción alimentaria extrema. A su vez, esta misma paciente, al relatar ciertos actos

impulsivos que realizó en estado de ebriedad, enuncia “esa no soy yo”. La

desintegración de la identidad es leída en términos psicoanalíticos como fallas a nivel

de la constitución narcisista, y relaciones de objeto interno caóticas. Kernberg (1985)

enfatiza el papel predominante de la escisión, dando lugar a una separación radical de

los afectos de amor y odio, así como objetos en “buenos” y “malos”. El mundo exterior,

los estados yoicos y los objetos son vividos en términos categóricos: “totalmente
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bueno” o “totalmente malo”. Esta patología de las relaciones objetales internalizadas

lleva a la persistencia en el yo de imágenes de sí mismo primitivas, irreales y

extremadamente contradictorias, lo cual impide la evaluación realista de los objetos

externos y la formación de un concepto integrado de sí mismo o de las imágenes

objetales. La tarea del terapeuta es conectar estos aspectos fragmentados e interpretar

las ansiedades subyacentes, para ayudar al paciente a integrar las representaciones

del self dispares en una totalidad coherente, buscando como objetivo la constitución de

una identidad más consistente.

Así como todos los objetos de la esfera vincular del paciente, también el terapeuta tiene

el riesgo de ser transformado en adversario/salvador idealizado de manera alternante y

a veces enloquecedora para el profesional. En esta línea, Kernberg propone señalar e

interpretar la escisión cuando esta se evidencia en su discurso, para que el paciente

integre sus objetos internos habilitando entonces la construcción de un objeto total más

realista. De esta manera, se intenta combatir la ambivalencia entre la consideración de

una persona como ideal y seguidamente como maliciosa, procurando integrarla en un

único objeto con múltiples características que puedan coexistir.

Este tipo de pacientes encuentran predecible, familiar y hasta tranquilizador el hallar un

objeto “suficientemente malo”, motivo por el cual es posible que intenten recrear

relaciones sadomasoquistas de su niñez con su terapeuta, poniendo a prueba sus

límites con llegadas tarde, llamados, agravios, e ir escalando en la agresión. Cuando

esto ocurre, el terapeuta no debe negar o ignorar esta agresión, ni tampoco tolerarla

pasivamente, sino nombrar junto al paciente lo que está ocurriendo. La Terapia

Focalizada en la Transferencia propone que aquí se ponen de manifiesto las relaciones

objetales predominantes, por lo cual enunciar e interrogar las emociones ambivalentes

surgidas en el espacio terapéutico permitirá trabajar en torno a dichos vínculos

internalizados.
6
Desde la escuela Francesa de psicoanálisis, Buchanan (2010) sostiene que si en la

neurosis hay una articulación significante en la pregunta por el lugar en el deseo del

Otro, en los borders encontramos una operación real sobre el cuerpo entregado a la

mirada del Otro. Una paciente atendida por el lapso de dos años en consultorios

externos tenía relaciones sexuales con una alta frecuencia y con personas que ella

describía como “desastres”. Se pudo ubicar que se trataba de una actuación dirigida a

su padre, quien desde pequeña la había denominado como “el cachivache” de la

familia. En el momento que esta nominación apareció en sesión, pudo caer la

identificación al objeto desecho o resto. En este caso, primero fue necesario

sintomatizar dichas conductas, para luego poder abordarlas. En general, pensamos la

función del registro imaginario como aquella que da consistencia al cuerpo; es así que

el estadio del espejo permite conformar una imagen consistente del propio cuerpo

sostenida desde lo simbólico (Ideal del yo). Sin embargo, en los borders no

encontramos que sea el registro simbólico aquel que mediatiza la consistencia de la

imagen corporal. Más bien, encontramos que es una intervención real la que cierne y

localiza un cuerpo. En el caso citado, se pudo lograr una alternativa a este modo de

actuar, que implicaba exponerse a actos sexuales no deseados y descuidados.

Se puede decir que si la pregunta por el deseo del Otro caracteriza al neurótico, en los

borders aparece la pregunta infantil por el amor del Otro “¿Puedes perderme?”. De este

modo podemos intentar abordar los fenómenos borderline como modos de actuar la

escena en la que dirigen al Otro la pregunta infantil de si pueden perderlos, si tienen o

no un lugar en su deseo. Mediante actings radicales, el border dirige al Otro la queja

por haberlo dejado sin espacio. Repetidamente observamos que nuestros pacientes

TLP tienen lugares nulos, ambivalentes o de rechazo en sus otros significativos. En

estos casos, es indispensable la intervención del analista para intentar producir el

síntoma, ahí donde uno encuentra las impulsiones (Buchanan, 2010). En otras

7
palabras, se debe intentar que se produzca en lo simbólico aquello que se producía

necesariamente en lo real del cuerpo. Volverlo una repetición significante con la

esperanza de que se vuelva posible una lectura sintomática de ello.

PALABRAS FINALES

Es posible pensar el Trastorno Límite de la Personalidad como una forma crónica de

estar en el mundo, un modo de vincularse con sí mismo y con los otros, constituido a

partir de experiencias tempranas particulares. Una inestabilidad estable.

Si bien la dirección de la cura psicoanalítica consistirá en sintomatizar sus conductas

para poder abordarlas como lo hacemos típicamente con las neurosis, tal como se dijo

anteriormente, en el camino hay un abanico de recursos útiles que no interfieren con

este enfoque, y que acarrean alivio para el paciente quien, gracias al autoconocimiento

de su cuadro, puede aprender a transitar la vida (los vínculos, el trabajo, el amor, la

familia) de modo menos disruptivo y con una menor cuota de sufrimiento para sí y su

entorno.

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BIBLIOGRAFÍA

American Psychiatric Association. (2002). DSM-IV-TR: Manual diagnóstico y estadístico

de los trastornos mentales. Editorial Masson. España.

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Boggiano, J. y Galesi, P. (2018): Terapia Dialéctico Conductual: introducción al

tratamiento de consultantes con desregulación emocional. EDULP. La Plata.

Argentina.

Buchanan, V. (2009). Bordeando la histeria II. In I Congreso Internacional de

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Winnicott D. (1993) Sobre el uso del objeto. Miedo al derrumbe. En Exploraciones

9
Psicoanalíticas, Ed. Paidós, Buenos Aires.

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“CONSTRUYENDO UN CUERPO”

INTRODUCCIÓN

La clínica actual nos desafía constantemente como analistas, abriéndonos la puerta a

nuevas formas de padecer subjetivo, de presentaciones psicopatológicas, que nos

convoca a repensar nuestra práctica. En dicho contexto, emerge el trastorno límite de

la personalidad (TLP), también conocido como presentaciones borders. Si bien dicho

diagnóstico data de varios años, ha sido siempre una presentación generadora de

dudas y debates. Dentro de los trastornos de personalidad existentes es el que, hoy en

día, parece utilizarse con mayor frecuencia, mostrando una importante prevalencia.

Las personas diagnosticadas con TLP, suelen presentar dificultades para regular sus

emociones, lo cual desemboca en cambios drásticos en su estado de ánimo,

impulsividad e inestabilidad, problemas de autoimagen, y relaciones interpersonales

inestables. Abundan los intentos por evitar situaciones de abandono real o imaginario,

que pueden manifestarse en un comportamiento destructivo, como las autolesiones o

los intentos de suicidio. Es por ello que el TLP es tan complejo a la hora de abordarlo

clínicamente, requiriendo frecuentemente de un trabajo interdisciplinario.

Debido a la relevancia de lo expuesto, el presente trabajo se propone ahondar en las

particularidades de dicha clínica, haciendo hincapié en sus modos de abordaje desde

un enfoque psicoanalítico, realizando una articulación de la teoría con un caso clínico.

CASO CLÍNICO

Camila, de 37 años, se presenta a la entrevista de admisión de Salud Mental en el mes

de junio del año 2019, tras ser derivada por el servicio de guardia del Hospital

Pirovano. En dicha ocasión, había asistido a la guardia refiriendo “intensa angustia”,

permaneciendo unas horas en observación. Expresa como principal motivo de consulta

deseos de sentirse mejor “sin tanta angustia”. Refiere que sus vínculos se alejan de

11
ella, sin poder ubicar motivo aparente. Presenta un marcado desgano y tendencia al

llanto. Asimismo, refiere ingerir alimentos solo en presencia de otras personas, en

especial de su hijo de 14 años con el cual convive, siendo que cuando se encuentra

sola, no siente apetito ni sed, llegando a sufrir internaciones por deshidratación.

“¿ME VAS A DEJAR?”

Las primeras sesiones con Camila resultaron complicadas debido a su escasa

intención de comunicarse verbalmente. Ante la invitación de que expresara qué le

pasaba y asociara, la paciente quedaba en silencio. Fue necesario un cambio en la

posición del analista, donde en un punto se vuelva “más activo”, es decir, acompañe en

la construcción del relato que, al parecer, le era imposible a la paciente por sí sola.

Asimismo, la mirada era algo que se ponía en juego en cada sesión: Camila no podía

mirar al analista. Sus ojos siempre estaban mirando al piso, la ventana, el escritorio.

Al iniciar el tratamiento, Camila no podía encontrar un motivo a su intensa angustia,

pero si manifestaba no querer sentirse así. Refería que mientras estuvo en la guardia,

el equipo tratante llamó a su madre aún cuando ella pidió que no lo hagan. Ubica que

cuando la madre se hizo presente en la guardia, ella comenzó a sentirse peor: “no me

gusta la forma que tiene de acercarse a mí”. Lentamente, se empezó a indagar sobre el

vínculo entre ambas. Camila la nomina como una madre “entrometida”, que siempre

manipuló a sus tres hermanos mayores, siendo ella la excepción: “yo no dejé que ella

me maneje la vida” … -¿a costa de qué?-

Durante su adolescencia, Camila frecuentemente discutía con su madre, llegando a

clavarse un cuchillo en su pierna delante de la misma. En ese momento, la madre dió

media vuelta y se retiró, sin llevar a la paciente a un médico para que revise la herida.

Asimismo, la paciente solía cortarse y extraerse sangre, dejando los frascos con sangre

en su habitación y los moretones y heridas en su cuerpo, pero la madre nunca pudo

detectar nada de ello. Camila se refiere a ella como una madre a quien “no le interesé”.

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Lacan hace hincapié en la importancia del deseo materno para la constitución del

sujeto. Cuando este deseo no opera, se encuentran madres que rechazan al sujeto o

son indiferentes: “casos donde si bien no estaría abolido el registro del deseo materno,

los sujetos se encuentran caídos respecto de él. Caídos del valor fálico” (Dartiguelonge,

2016, p.194). Estos sujetos carecen del valor de causa para la madre, ubicándose en el

lugar de objeto resto, quedando destituidos de su condición de sujetos.

Camila no conoce a su padre biológico. La versión de la madre fue que murió, pero la

paciente resalta que nunca le creyó. Hace unos años, una de sus hermanas le dijo que

estaba vivo y que sabía dónde se ubicaba, siendo Camila la que se negó a contactarlo.

Desde el psicoanálisis se sostiene que el padre resulta de una construcción que es una

versión, hablada por la madre “el padre siempre es hablado por la madre. A veces, es

una versión que no tiene la potencia necesaria para que el sujeto pueda servirse,

porque es una versión endeble: no ha sido pasada al hijo una versión que sirva como

S1” (Biaggo, 2012, p.31). ¿Qué versión del padre transmite la madre de Camila? La

versión de un padre muerto. Se podría inferir que no hay ley que regule a esa “madre

entrometida” como refiere la paciente, quien pone su cuerpo para propiciar un límite. En

estos casos “hay que construir una versión vía análisis que sea usable. Importa para la

dirección de la cura restarle consistencia a la versión que la madre dejó pasar” (Biaggo,

2012, p.31).

Con respecto al padre de su hijo, la paciente refiere que nunca le interesó estar con él,

sino que su único deseo era ser madre: “estaba muy mal en ese momento, pensé que

tener un hijo me iba a salvar”. Al indagar, Camila da cuenta que nunca se sintió atraída

por un hombre. Recuerda que muchas veces ella generaba el encuentro con hombres

de forma impulsiva, siendo que cuando se encontraba con ellos, no quería estar allí. Al

momento de mantener relaciones sexuales, Camila no quería, pero no podía decirlo.

Lloraba mientras se consumaba el acto sexual, sin registro por parte del otro: “no

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quería estar ahí, era una forma más de lastimarme a mí misma”.

Con respecto a la esfera social, Camila refiere tener varios amigos a los cuales les

gusta invitarlos a su casa y cocinarles, agasajarlos. Fácilmente se angustia, cuando

percibe que alguno de ellos “no le da bola”, teniendo la certeza de que la van a dejar,

que no la soportan más, y que ella se merece ser abandonada por las conductas que

tiene. Rápidamente la respuesta que encuentra para apaciguar la angustia, son los

cortes y extracción de sangre en su cuerpo que se genera de forma impulsiva. Estas

conductas son características de sujetos borders, los cuales son proclives a que

cualquier escena con Otro los arroje a la dimensión de objeto resto, perdiendo su lugar

de sujeto, y propiciando la invasión de angustia, ante lo cual apelan a respuestas

disruptivas como modo de tratamiento de la angustia masiva.

Una sesión, Camila llegó angustiada, llorando y con dificultad para hablar. Solo pudo

expresar haber discutido con su hijo, el cual le dijo: “Nadie te quiere, te vas a quedar

sola”. En dicho momento, comienza a golpearse la cabeza contra la pared del

consultorio, golpearse con el puño su panza, y rasguñarse las muñecas. En momentos

paraba y se dirigía a la profesional preguntando “¿me vas a dejar?”.

UN CAMBIO DE REGISTRO

¿Qué hacer en estos casos? ¿Cómo leer dichas situaciones? ¿Cómo maniobrar

transferencialmente? ¿Se podría pensar en las situaciones mencionadas como acting-

out? Lacan (1966) define al acting-out como una mostración, un llamado de atención

que se realiza en análisis al analista, allí donde ha fallado su función. Pero también

expresa que puede pensarse el acting-out fuera del análisis: pacientes que viven de

acting en acting, independientemente del análisis, y en cuyo caso, quien ha fallado en

su función no sería el analista, sino el Otro instituyente. En consonancia con ello,

Heinrich explica “en estos pacientes actuadores podría tratarse de una mostración, de

un llamado al Otro, para que vuelva a ocupar el lugar de sostener la palabra [...] se

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trataría de un desfallecimiento estructural del Otro en un momento instituyente”

(Heinrich, 1993, p.23). La misma autora (1993) ubica a los borderline en el borde de la

neurosis, haciendo hincapié en que dichos sujetos no pueden disponer de los recursos

del significante. No llegan a análisis representados por su síntoma y con una pregunta

en relación al mismo, sino que en su lugar aparecen las impulsiones, acting- out,

anorexia… “Cuando el sujeto no puede disponer de los recursos que el significante

ofrece- en especial del síntoma- su presentación podrá ser mediante el acting- out, las

impulsiones, enfermedades psicosomáticas, a-dicciones” (Heinrich, 1993, p.9)

Era evidente que ante la angustia, la paciente no podía apelar a lo simbólico, no podía

poner palabras. En lugar de eso ponía el cuerpo ¿qué cuerpo? Uno que era el

depositario de su enojo, angustia, frustración desde hace muchos años. Uno al cual

repudiaba y no podía concebir como fuente de placer y cuidados. Se podría inferir que

es un cuerpo que no fue investido libidinalmente, que no fue cubierto de brillo fálico, y

que servía de soporte para las escenas que la paciente desplegaba. Según

Dartiguelongue (2016), en casos como el presente, donde la operación paterna estaría

inscripta pero no operaría como metáfora, se encuentran alteraciones en el narcisismo

en su articulación con el falo, perturbaciones en la constitución del cuerpo, del deseo y

del fantasma.

En el episodio previamente mencionado, fue necesaria la intervención de la profesional

poniendo el cuerpo: allí donde la paciente se lastimaba la cabeza contra la pared hubo

que contener y poner el cuerpo como amortiguador de dichos golpes. Asimismo, ante la

pregunta de la paciente “¿me vas a dejar?”, se respondió redoblando la cantidad de

sesiones semanales, dando cuenta que había un espacio para alojar todo lo que

paciente desplegaba. Lentamente, Camila comenzó a hablar fluidamente en sesión,

mirando a la profesional y dirigiéndole preguntas “¿si te cortas te duele?”. Las

respuestas de la analista iban acompañadas por un semblante de dolor, haciendo

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hincapié en lo doloroso que era realizarse cortes y golpes en el cuerpo. Se prestaba un

cuerpo para trabajar que el mismo puede ser fuente de placer, cariño, cuidados, y no

solo de agresividad. Asimismo, se instauraron límites: si en sesión la paciente hacía

uso de su cuerpo para lastimarse, iba a ser derivada a la guardia donde seria evaluada

por otro equipo. Más allá de acotar el goce que se ponía en juego en dichas escenas,

el trasfondo de la intervención estaba dirigido a establecer un límite y un registro de lo

que ocurría, dando cuenta que dentro del consultorio las conductas disruptivas de la

paciente sí eran registradas, y que utilizar su cuerpo para lastimarse imposibilitaba el

uso de la palabra, recurso fundamental para continuar con el tratamiento. Se podría

ubicar aquí un cambio de registro, movimiento necesario con pacientes border, para

que los fenómenos que se manifestaban a nivel del acting, de la a-dicción pasen al

terreno de la dicción, pueden ser dichos. Asimismo, la “prestación de un cuerpo” por

parte de la analista, implica el tejido de una trama imaginaria, que junto con la

simbólica, permitirán que el trauma no simbolizado se inscriba.

UN SABER HACER CON LO QUE IRRUMPE

La paciente empezó a mencionar actividades que le interesaban, como cocinar y viajar.

Al indagar, Camila desplegaba un conocimiento sobre las mismas que se alojó en las

sesiones y se utilizó como disparador para que sea la profesional quien empiece a

preguntarle a la paciente. Las sesiones comenzaron a tener otro tinte: Camila hablaba

y sonreía, daba consejos a la profesional sobres viajes y recetas de cocina. Asimismo,

inició un curso de extraccionista de sangre, en el cual le ocurría que le daba “impresión”

sacarle sangre a otros, registrando que les podía dar miedo y/o doler. Es en estos

momentos cuando Camila más pudo historizar. Al poder hacer uso de la palabra, se

comenzaron a trabajar diferentes modos de responder ante la angustia. Lentamente,

ocurrieron cambios en sus modos de “idealizar” sus conductas disruptivas, pasando de

un inicio donde la paciente creía que lastimarse era la única forma de sentirse mejor, a

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ubicar que las lesiones solo apaciguaban su angustia en el momento, pero luego la

hacían sentir peor. Finalmente, llegó a detectar que ni aun en el momento de la

autolesión, la angustia disminuía, lo cual permitió comenzar a poner en duda dicho

recurso, habilitando otros menos disruptivos.

PALABRAS FINALES

A partir de lo expuesto, fue posible la construcción de hipótesis teóricas y clínicas que

permitieron la conceptualización y el abordaje del caso. Se intentó localizar los efectos

subjetivos de las intervenciones, dando cuenta de los cambios en la paciente en

relación a sus respuestas ante la angustia: los cortes y lesiones en Camila

disminuyeron notablemente, a la par que se incrementó sus posibilidades de poner en

palabras lo que le ocurría. A su vez, las pocas veces que volvió a apelar a conductas

disruptivas como modo de afrontar la angustia, pudo ubicar que ya no presentaban el

mismo efecto “calmante” que tenían antes, lo cual permitió que se puedan cuestionar

en análisis. Más allá de los efectos subjetivos mencionados, todavía hay puntos a

trabajar con la paciente, especialmente aquellos que involucran sus modos de

vincularse y su percepción de dichos vínculos.

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