Pastoral Misionera
Diócesis de Santiago del Estero
Subsidio N° 2: PERFIL MISIONERO
En el Documento Ad Gentes N°1 encontramos:
«La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser "el sacramento universal de la
salvación", obedeciendo el mandato de su Fundador (Mc, 16,15), por exigencias
íntimas de su misma catolicidad, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los
hombres. Porque los Apóstoles mismos, en quienes está fundada la Iglesia,
siguiendo las huellas de Cristo, "predicaron la palabra de
la verdad y engendraron las Iglesias". Obligación de sus
sucesores es dar perpetuidad a esta obra para que "la
palabra de Dios sea difundida y glorificada" (2 Tes, 3,1), y se
anuncie y establezca el reino de Dios en toda la tierra.
Más en el presente orden de cosas, del que surge una
nueva condición de la humanidad, la Iglesia, sal de la
tierra y luz del mundo (Mt, 5,13-14), se siente llamada con
más urgencia a salvar y renovar a toda criatura para que
todo se instaure en Cristo y todos los hombres constituyan
en Él una única familia y un solo Pueblo de Dios.»
i bien comprendemos que todos los cristianos somos misioneros en virtud del
S
bautismo que hemos recibido, también somos conscientes de que no todos viven
como tales, no se preocupan por cumplir el mandato recibido de Nuestro Señor (Mt
28,19-20). Es por ello que nuestra actividad apostólica, como misionero es de vital
importancia, ya que estamos llamados a Evangelizar y buscar a los alejados y a
animar a nuestros hermanos que se quedaron estancados en la comodidad de una
Iglesia aislada y avejentada. Somos los encargados de ser signos del amor
Misericordioso del Jesús que incendia el corazón, renueva la comunidad y busca a
los alejados. Es justo en este momento, en el que podríamos plantearnos el gran
interrogante: ¿Qué significa ser misionero? ¿ Por qué soy misionero?
Durante este subsidio intentaremos responder a estas preguntas.
Definición de Misionero:
Se llama misionero a aquella persona cuyo objetivo principal es el anuncio del
Evangelio mediante obras y palabras entre aquellos que no creen, dando a
conocer el Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesucristo,
Nuestro Salvador. Y esta actividad misionera se desarrolla,
principalmente, en lugares donde el evangelio no ha sido
suficientemente anunciado o acogido, o en ambientes refractarios
ubicados más allá de las propias fronteras donde se dificulta la
predicación y aceptación del mensaje.
Por lo tanto, el misionero terminaría siendo aquel “cristiano” que, encontrándose
con el amor salvífico de Jesús, experimentando su misericordia y gozando de la
amistad divina, que crece día a día por medio de los sacramentos y formación,
descubre el deber, el derecho y la necesidad de salir al encuentro de los demás,
para llevarles al AMOR.
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“Cuando estabas debajo de la higuera, yo te veía” ( Juan 1,48)
“Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20)
“Ay de mí si no anunciara el Evangelio” (1Cor 9,16)
“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en
aquel de quien no han oído?” (Rom 10,14)
Es por eso que el centro del mensaje misionero es el anuncio del Kerigma
“Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, nunca te abandona, y desea que
aceptes su amor liberador para hacerte feliz”. Teniendo en cuenta esto, es que
podemos afirmar que el ser misionero, no es un trabajo o un papel que
interpretamos al momento de realizar misiones aisladas y efímeras, sino que más
bien, es una condición o estado del ser mismo del cristiano. Los misioneros viven de
tal manera que las características de Cristo están entretejidas en las fibras de su ser.
El cristiano que se ha encontrado y dejado transformar por el Amor de los Amores,
cambia su forma de vivir y ver la realidad, es tal el amor de Dios que inunda su
corazón que no puede ocultarlo ni callarlo, sino que debe contárselo a los demás,
desea que todos lo conozcan, valoren y acepten ese
amor que le cambió la vida. Un misionero que sale al
encuentro de los hermanos sin experimentar la amistad
de Dios, fortalecida por la vivencia de los sacramentos,
la Palabra y la formación, es un misionero que lleva,
anuncia y proclama el amor de Jesús sin Jesús. Es una
tentación frecuente entre los misioneros, el llevarse a sí
mismo, sus ideas e ideales y dejar de lado las
enseñanzas de Jesús. Es por esto que el ser misionero
nos obliga a tener una relación constante con Dios, en la cual la oración, la lectura de
la Palabra, los sacramentos y la formación no es algo pasajero o casual, sino que
forma parte de nuestra vida, algo que realizamos con gozo y alegría, porque no hay
mayor felicidad que el hablar con nuestro ser amado (oración), aceptar lo que
nuestro ser amado nos quiere decir o regalar (Palabra – Sacramentos), y profundizar
en el conocimiento de nuestro ser amado (formación).
La misión nos exige una verdadera vivencia de espiritualidad cristiana, en la que me
descubro como portador de Jesús “La Buena Noticia”. Es poder decir a viva voz “Yo
soy misión, mi vida es una misión constante, en la que con mis obras y palabras
llevo a los demás a mi buen amigo Jesús”.
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Así lo explica el Papa Francisco en el Evangelii Gaudium:
«La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que
me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo
que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en
esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como
marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar,
liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma,
esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno
separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y
estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias
necesidades. Dejará de ser pueblo. Para compartir la vida con la gente y
entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona
es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su
lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones
que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura
suya. Él la creó a su imagen, y refleja algo de su gloria.
Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del
Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su
preciosa sangre en la cruz por esa persona. Más allá
de toda apariencia, cada uno es inmensamente
sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega.
Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir
mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo
ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud
cuando rompemos las paredes y el corazón se nos
llena de rostros y de nombres!»
Propuestas para reflexionar nuestro ser misionero
❏ 1er Momento: Lectura de Mateo 10, 1-19
❏ 2do Momento: Reflexionar de forma individual
1. ¿Me siento llamado y enviado a ser misionero?
2. ¿Cuál ha sido la experiencia de encuentro con Jesús que ha despertado en
mí el deseo de anunciarlo?
3. ¿A quiénes me siento llamado anunciar este, el amor misericordioso y
salvífico de Jesús?
4. ¿De qué cosas me tengo que desprender? ¿Qué cosas o situaciones impiden
reflejar mi identidad misionera con los demás?
5. ¿Cómo está hoy mi amistad con Dios?
❏ 3er Momento: Compartimos lo meditado en Grupo.