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Espada Bambú: LA DE

Este documento presenta un resumen del primer capítulo de la historia "La espada de bambú" de Shuhei Fujisawa. Narra la llegada de un samurái llamado Tanjyūrō Oguro junto a su esposa e hijas al castillo de Unasaka buscando empleo. Tras ser recibidos con desconfianza por su apariencia harapienta, consiguen una carta de recomendación para presentarla al comandante Hachirouzaemon Tsuge a su regreso en cinco días. La esposa del comandante

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Espada Bambú: LA DE

Este documento presenta un resumen del primer capítulo de la historia "La espada de bambú" de Shuhei Fujisawa. Narra la llegada de un samurái llamado Tanjyūrō Oguro junto a su esposa e hijas al castillo de Unasaka buscando empleo. Tras ser recibidos con desconfianza por su apariencia harapienta, consiguen una carta de recomendación para presentarla al comandante Hachirouzaemon Tsuge a su regreso en cinco días. La esposa del comandante

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LA ESPADA

DE BAMBÚ
Y OTROS RELATOS DE SAMURÁIS

Shuhei Fujisawa

Traducción del japonés:


Naoko Narushima
La espada de bambú
1

El joven guardia del castillo no quitaba ojo a la extraña


familia vestida con harapos que había entrado en la plaza. Se
trataba de un samurái y su esposa, que llevaba de la mano a
sus dos hijas.
Cuando llegaron a la puerta del castillo, al guardia le sor-
prendió tanto el desaliño de la familia como la insólita belleza
de la esposa, para la que no había visto igual en ninguna aldea
cercana. El joven la miró, boquiabierto, hasta que el marido
se acercó a la puerta.
—Disculpe, ¿a dónde va? —le preguntó con recelo.
Lo trató de usted, con severidad pero en un tono formal,
porque el forastero llevaba dos espadas que dejaban clara su
condición de samurái.
Un río pasaba ante la puerta principal del castillo de Una-
saka creando un impresionante foso de dieciocho metros de
ancho. Cuando el castillo fue construido, ahondaron el río,
reforzaron sus dos orillas con muros de piedra y tendieron un
puente de acceso desde el que se llegaba a la entrada principal
del castillo.
Además de la principal, existían otras once puertas que
conducían al patio exterior en cuyo interior se alzaba otro
lienzo de murallas que rodeaba la torre del homenaje y
dominaba el horizonte. El castillo contaba con arsenales, pol-
vorines, almacenes de vituallas para la soldadesca, establos
y oficinas de administración. En el espacio entre murallas
se hallaban las viviendas de los súbditos de alto rango, que

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S H U H EI F U JISAWA QUATERNI

proporcionaban además una línea de defensa adicional para


la estructura central del castillo.
Había guardias apostados en cada una de las puertas
de acceso a la fortaleza pues el castillo recibía la visita de
numerosos comerciantes y campesinos, y también de aque-
llos que debían realizar algún trámite administrativo.
La puerta principal se abría a las seis de la mañana y se
cerraba a las seis de la tarde. Mientras estuviera abierta,
los comerciantes debían pedir autorización para acceder
al recinto y los visitantes necesitaban un permiso de circu-
lación. En los puestos de los guardias se controlaban estos
pases.
En este caso, la actitud recelosa del joven guardia no solo
respondía a la cautela habitual sino a la evidente pobreza de
la familia.
El samurái parecía tener unos treinta y cinco años. Lle-
vaba el atuendo habitual de los samuráis, con su blasón
familiar, e iba armado con dos catanas. En contraste con esta
vestimenta formal, calzaba unas alpargatas polvorientas y un
sombrero de paja agujereado. Su mujer y sus hijas también
parecían haber hecho un largo viaje. Esto no era inusual,
pero los remiendos de sus ropas eran evidentes. La casaca
del hombre había sido lavada tantas veces que el blasón
familiar era apenas distinguible.
Los cuatro desconocidos parecían extenuados, sobre todo
el padre, cuyas mejillas hundidas estaban cubiertas por una
barba descuidada. Era difícil imaginar qué asuntos lo traían
al castillo.
—Buenas tardes —dijo con un tono inesperadamente
alegre—. Me llamo Tanjyūrō Oguro. He sido samurái de la
familia del daimio de Echizen, Matsudaira, de los Tokugawa.
Me gustaría hacerle una pregunta.
—Adelante.
—Estoy buscando a un hombre llamado Hachirouzaemon
Tsuge.
—¿Tsuge? —El joven guardia se quedó pensando un
momento. De repente lo recordó—. Sí, vive aquí.

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QUATERNI LA ESPADA D E BAMBÚ

—¡Dice que vive aquí! —repitió Oguro a su familia.


Los rostros de su mujer y sus hijas se llenaron de alegría.
Las niñas brincaron un poco, sin soltar la mano de su madre.
—Hachirouzaemon Tsuge es el comandante del batallón
de infantería.
—¿Habéis oído? Es el comandante —repitió Oguro, y su
familia volvió a saltar de alegría. A continuación se dirigió al
guardia—: Entonces, ¿podría indicarme dónde se encuentra
su casa?
—Vive junto a la muralla exterior. —El guardia todavía
los miraba con desconfianza—. Si no es indiscreción, ¿podría
decirme de qué lo conoce?
Oguro buscó en el interior de su chaqueta y sacó unas
cartas atadas con un cordón. Se lamió el pulgar y el índice
y las hojeó hasta encontrar una con el nombre del oficial
Tsuge, que le mostró al joven guardia.
—No lo conozco personalmente, pero traigo una carta de
recomendación.
El guardia le echó un vistazo rápido.
—Entonces, ¿está buscando trabajo?
—Así es.
El joven guardia asintió sin decir nada más y volvió a
examinar al samurái y a su familia. Creía recordar que hacía
un mes habían contratado a algunos samuráis nuevos, por
lo que había visto a muchos hombres como Oguro yendo y
viniendo. No obstante, eso había sido en julio y las vacantes
ya estaban cubiertas. Después de ver la alegría de la familia,
no quería ser él quien los decepcionara.
—Hace tiempo que no sirvo a ningún señor. Nos encontrá-
bamos en casa de un conocido cuando nos enteramos de que
aquí estaban contratando hombres —le contó Oguro—. Afor-
tunadamente, mi conocido es un buen amigo del comandante
Tsuge. Me he quitado un gran peso de encima al descubrir
que ocupa un puesto tan importante.
—Pueden pasar —dijo el guardia. Al ver que Oguro se
guardaba la carta de recomendación, añadió—: Será mejor
que se la enseñe también al guardia de la siguiente puerta.

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Suponía que el resto de guardias lo detendrían al ver su


miserable apariencia. Observó a la familia mientras se alejaba a
paso ligero por el puente.
Un samurái que pasaba por allí y, que a juzgar por su
atuendo, se trataba de un superior, se burló de la pobre familia.
—No sé qué hace aquí, la convocatoria se cerró hace un
mes. Además, me han dicho que han contratado a cinco hom-
bres de más.
—Ya lo suponía, pero me ha dado pena decírselo.
—Bueno, de todas formas se va a enterar enseguida.

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11

Aquel día, Oguro no consiguió conocer al comandante Tsuge,


pues estaba fuera por asuntos oficiales.
Cuando la familia se presentó en la residencia de Tsuge, los
recibió su joven asistente. Este, al verlos tan harapientos, los
miró con desdén y volvió a entrar sin responder al saludo del
samurái. En su lugar apareció una mujer elegante y rechoncha
de cuarenta y tantos años. Era la esposa del comandante.
Aunque al principio los miró con extrañeza, de inmediato
esbozó una sonrisa. A continuación los escuchó con atención y
echó una ojeada a la carta de recomendación de Oguro.
—Ya veo —les dijo—. Lamentablemente, mi marido se
encuentra fuera y no volverá hasta dentro de cinco días.
—¿Cinco días? —repitió Oguro, decepcionado. Hizo una
mueca y la mujer creyó que iba a derrumbarse y llorar, pero el
samurái recuperó de inmediato la compostura.
Sabía que aquella familia había puesto todas sus esperanzas
en su marido, y su aspecto harapiento la conmovía. Ella no
conocía al amigo de Oguro ni sabía nada de las vacantes, pero
creía que debajo de aquellos harapos se escondía un espíritu
noble. La carta de recomendación decía que el samurái había
trabajado para las familias Hiraiwa y Matsudaira. No obstante,
no era la historia de Oguro sino el desamparo de su esposa e
hijas lo que más la conmovía. La mujer no aparentaba más
de veinte años; su hija mayor, que apenas tendría seis años, y
la menor, de unos tres, la miraban con ojos inteligentes. Iban
vestidas con andrajos pero conservaban el orgullo que les

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S H U H EI F U JISAWA QUATERNI

correspondía como hijas de un samurái. La esposa del coman-


dante intentó consolarlos.
—Mi marido se encuentra en Kōnuma por asuntos oficiales,
pero estará de vuelta en unos días. Si queréis, podéis esperarlo.
Kōnuma era una localidad costera situada a treinta y cinco
kilómetros de Unasaka.
—De acuerdo. Entonces volveré cuando el comandante
Tsuge haya regresado.
—¿Tenéis dónde alojaros? —les preguntó la mujer, preocu-
pada.
—No, pero ya nos apañaremos —respondió Oguro.
—Si queréis, podéis quedaros aquí.
—De ninguna manera —dijo el samurái, negándose con fir-
meza—. No podemos aprovecharnos de su amabilidad.
—Como queráis, pero prometedme que volveréis dentro de
unos días. Yo hablaré con mi esposo a vuestro favor.
—Se lo agradecemos mucho.
Dicho esto, Oguro bajó la cabeza y su esposa e hijas hicie-
ron una profunda reverencia. Antes de marcharse, el samurái
vaciló un instante.
—¿Podría devolverme la carta de recomendación?
—Por supuesto —dijo la esposa de Tsuge mientras le devol-
vía la carta que había mantenido abierta sobre sus rodillas. Lo
miró con curiosidad—. Aunque esta carta vas a entregársela a
mi marido, ¿no?
—Por supuesto, pero... —Oguro, avergonzado, se rascó la
cabeza—. Esta carta es muy importante para mí.
La esposa del comandante entendió que aquella carta era
vital para la familia y eso ablandó aún más su corazón.
—Esperad un momento —les dijo cuando ya se marcha-
ban—. Si no encontráis alojamiento, id a la posada Tokiwaya.
Allí os tratarán bien.
—Muchísimas gracias.
—Y una última cosa... —La mujer volvió a entrar en casa y
regresó con una carta y un hatillo—. No quiero incomodaros,
pero os he preparado algunas prendas usadas y una carta para
que enseñéis a los guardias la próxima vez que vengáis.

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QUATERNI LA ESPADA D E BAMBÚ

La esposa del comandante quería evitar que les denegaran la


entrada debido a su aspecto.
La mujer de Oguro se colgó el hato del brazo y, tras una
nueva reverencia, ella y su familia se marcharon. Ninguno de
ellos pronunció palabra hasta llegar a la puerta principal.
Cuando llegaron a la plaza tras la puerta, Oguro se detuvo y
miró sobre su hombro. El joven guardia estaba mirándolos con
recelo. El samurái apartó la mirada.
—No sé qué vamos a hacer... —dijo a su mujer. Sus hijas
lo miraron con preocupación—. Creí que todo se arreglaría
cuando llegáramos a la casa del comandante Tsuge.
—De todas maneras, es una buena noticia saber que vive
aquí y que tiene un cargo importante —le dijo su esposa, inten-
tando animarlo—. No te preocupes, solo tenemos que esperar
cinco días.
—Pero ¿cómo vamos a conseguirlo? —le preguntó Oguro
con inquietud.
Su esposa bajó la mirada. La noche anterior habían gastado
el dinero que les quedaba en una posada de Eguchi. Ese mismo
día se deshicieron del último objeto de valor que todavía con-
servaban, una horquilla de pelo que cambiaron por unas bolas
de arroz.
—¿Queda alguna bola de arroz? —preguntó el samurái.
Con un poco de comida, podrían pasar la noche durmiendo a la
intemperie.

Oguro había sido ronin1 en dos ocasiones. La primera vez


fue a finales de diciembre de la era Keian, después de que
Hiraiwa, a quien su padre también había servido, falleciera sin
heredero. En realidad, Hiraiwa tenía un hijo al que no nombró
sucesor por temor a las represalias políticas después de que su
suegro eligiera el bando equivocado en la batalla de Sekiga-
hara. Años después, Hiraiwa adoptó a Matuchiyo, el séptimo

1  Samurái sin amo.

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hijo del sogún Ieyasu, pero el niño falleció cuando tenía seis
años. Así fue como, sin sucesor, el clan desapareció.
En aquel entonces, Oguro tenía solo veinte años y tardó tres
en encontrar otro amo. Su padre había fallecido y él tenía que
mantener a su anciana madre y a una niña de la que la fami-
lia se hizo cargo después de que se quedara huérfana cuando
apenas tenía cuatro años de edad. Aquella niña, Tami, era ahora
su esposa.
Oguro, para mantener a su madre y a la niña, debía encon-
trar un nuevo señor. Finalmente, entró a trabajar para Yoshida,
un miembro importante del clan Matsudaira, gracias a la
mediación de un conocido. Corría el año 19 de la era Keicho.
Estaba a punto de comenzar una nueva guerra y había una gran
demanda de soldados.
El territorio de Hideyasu, el primer daimio del clan Mat-
sudaira, se extendía desde Shimousayūki hasta Echizen, por
lo que recibía ingresos de ambos feudos: quinientos sesenta
mil kokus2 anuales de Shimousa y once mil de Echizen, unas
riquezas considerables que lo convertían en un poderoso señor.
Repartía sus ganancias entre sus principales vasallos, de modo
que Yoshida recibía un estipendio anual de catorce mil kokus.
No era un simple súbdito de Matsudaira sino un pequeño
daimio.
Yoshida se suicidó durante el asedio de Osaka, un año des-
pués de que Oguro entrara a su servicio. Tras esto, empezó a
trabajar para otro pequeño daimio, Uzaemon Nagami.
En aquel momento, Uzaemon solo tenía nueve años. Aunque
era un niño, sus ingresos superaban los quince mil kokus y se
le consideraba uno de los señores más importantes del clan
Matsudaira. Su padre se había suicidado a los veinticuatro años
tras la muerte del sogún Ieyasu Tokugawa, con el que estaban
emparentados sus abuelos. Sus subalternos más fieles, entre

2  Medida de capacidad empleada para el arroz que equivale a 0,18 m3 de


grano. Se utilizaba en el periodo Edo para calcular la riqueza del feudo, y los
samuráis recibían su salario en kokus.

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QUATERNI LA ESPADA D E BAMBÚ

ellos Yoshida, se unieron entonces para proteger al joven señor.


Y a través de estos vínculos de vasallaje fue como Oguro entró
al servicio de Uzaemon.
Dos años después de entrar al servicio de Uzaemon, Oguro
se casó con Tami. Tres años después, falleció su anciana madre.
Pocos meses más tarde, como si hubiera venido a reemplazar a
su abuela, nació su primera hija.
En aquel entonces, Oguro estaba decidido a quedarse en
Echizen a pesar de que sus ingresos eran apenas treinta kokus,
muy lejos de los ciento ochenta que percibía de su señor Yos-
hida. Sin embargo, él y su mujer estaban satisfechos con lo que
tenían.
En aquella época corrían rumores sobre el comportamiento
depravado del daimio Tadanao, pero Oguro no hubiera imagi-
nado ni en sus peores pesadillas que esto afectaría a su propia
vida.
La desgracia llegó de repente y en el momento menos pen-
sado.
Tadanao había sido muy elogiado por el sogún Ieyasu Toku-
gawa por el valor que había demostrado en los dos asedios de
Osaka. A partir de entonces, el daimio comenzó a comportarse
de una manera muy extraña. Su esposa Ochahime, que era la
tercera hija del segundo sogún, Hidetada, se marchó a Edo lle-
vándose a su hijo. Tanto Tadanao como Ochahime eran nietos
del primer sogún, Ieyasu, y se habían casado cuando ella solo
tenía once años. Su hijo Senchiyomaru nació cuando ella tenía
quince años, pero la relación matrimonial estaba tan deterio-
rada que se rumoreaba que Tadanao pretendía asesinar a su
esposa e hijo para estar más tiempo con su concubina, Ikkoku
Okuni. Cuando Ochahime lo abandonó, Tadanao se dejó
influenciar por Oyamada Tamon, un adulador a quien ascendió
a un alto puesto.
Ikkoku, su concubina, disfrutaba tanto de las ejecuciones
que Tadanao exigía que estas se realizaran en su presencia.
Cuando no había condenados a muerte, Tadanao ordenaba eje-
cutar a delincuentes comunes para satisfacción de su amante, y
a veces incluso encomendaba tareas imposibles a sus sirvientes

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para sentenciarlos si se negaban a obedecer. Una vez, Tada-


nao obligó a un criado a que se tragara una moxa y disfrutó
viendo su agonía; a otro lo tiró desde la torre del castillo.
En una ocasión, el adulador Tamon invitó a Ikkoku y
Tadanao a un particular banquete en su mansión. Los recibió
en el jardín que había decorado con cabezas humanas recién
cortadas, lo cual hizo las delicias de la diabólica pareja.
Luego hizo salir a una mujer embarazada y le golpeó la
barriga con un gran mazo hasta que abortó, un espectáculo
horripilante que procuró gran diversión a sus invitados.
En 1622, seis años después de que Oguro entrara al ser-
vicio de Uzaemon, Tadanao le exigió que le entregara a su
madre como concubina. La madre de Uzaemon era una joven
viuda de treinta años que no había vuelto a casarse después
de la muerte de su marido; era famosa por su belleza y, al
haber tenido solo un hijo, conservaba su figura. Entonces
empezaron las desgracias para Oguro.
Uzaemon se negó a obedecer a Tadanao y se atrincheró
con todos sus vasallos en su residencia. Mientras tanto, su
madre se rapó la cabeza y se hizo monja. Cuando Uzaemon
sorprendió a Tadanao intentando colarse en su mansión, le
disparó con un arcabuz pero erró. El conflicto permaneció
estancado hasta el siguiente Año Nuevo, cuando Tadanao,
aprovechando que su rival había enviado a casa a sus vasa-
llos para las celebraciones, aprovechó la oportunidad para
atacar. Uzaemon, viéndose perdido, prendió fuego a su casa
y se quitó la vida.
En el fragor de la batalla, Oguro se enteró del suicidio de
su señor y se escabulló para salvar a su mujer y a su hija
y reanudar su errabunda existencia en busca de un nuevo
señor. Así pasaron cinco años, durante los que tuvieron a su
segunda hija.
Se acostumbró a la vida en la carretera y al final dejó de
importarle que su miserable apariencia fuera objeto de burla.
Mientras su familia tuviera comida, a Oguro no le importaba
dormir bajo el alero de una casa. Aceptaba cualquier trabajo,
ya fuera cortar leña para una posada o arreglar carreteras.

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QUATERNI LA ESPADA D E BAMBÚ

Lo único que importaba era conseguir algo de comida para


seguir aguantando unos días.

—Lo siento —le dijo Tami con pesar—. Quedaron tres


bolas tras el almuerzo, pero las niñas y yo nos las comimos
cuando nos detuvimos a descansar en la colina, antes de
llegar al pueblo.
«Bueno, se las habrán comido mientras yo dormía», se
dijo Oguro. Su mujer y sus hijas eran delgadas pero tenían
un apetito sorprendente, sobre todo la pequeña, que acababa
de cumplir tres años y comía como una adulta.
—Qué le vamos a hacer. Bueno, vamos a la posada que
nos ha recomendado la señora —propuso Oguro.
—Pero, cariño, si no tenemos dinero.
—Tranquila, se me ha ocurrido una idea.
Estaba seguro de que en la posada no los admitirían.
Debido a su aspecto, siempre se veían obligados a pagar por
adelantado, pero esta vez no tenían dinero. Lo único que
tenían era la carta de recomendación del comandante Tsuge,
prueba de la identidad de Oguro, y el salvoconducto que les
había facilitado su esposa; con estos documentos era impen-
sable que alguien les diera con la puerta en las narices. Una
vez alojados, no tendrían que preocuparse hasta que contra-
taran a Oguro cinco días después.
—Sabía que se te ocurriría algo.
Tami confiaba en su marido y lo apoyaba incondicio-
nalmente. Aunque se vieran en verdaderos apuros, Oguro
siempre acababa resolviendo el problema.
Preguntaron la ubicación de la posada Tokiwaya que les
había aconsejado la esposa de Tsuge, pero en lugar de acer-
carse a la puerta se detuvieron a cierta distancia.
Tokiwaya era una posada majestuosa con una entrada
principal digna de la mansión de un samurái. Estaba muy
concurrida y ninguno de sus huéspedes parecía tan pobre
como ellos. Una sirvienta salió a encender el farolillo que
colgaba de la puerta y volvió a entrar rápidamente haciendo

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S H U H EI F U JISAWA QUATERNI

sonar sus sandalias de madera. Parecía que el negocio iba


viento en popa. La luz del farol iluminaba en el crepúsculo el
letrero que decía Posada Tokiwaya.
—No creo que este sitio sea adecuado para nosotros.
Vamos a buscar otra posada más modesta.
Oguro se adentró en la calle oscura y las tres mujeres lo
siguieron.

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