Johannes
Baptist
Bauer
Los
Apócrifos
Neotestamentarios
Ediciones Fax
Zurbano 80
Madrid
Original alemán: JOHANNES BAPTIST BAUER. Die neutesta
mentlichen Apokryphen. Patmos-Verlag Düsseldorf. —Esta
edición española ha sido hecha con autorización de Patmos-
Verlag Düsseldorf.
© 1968 Patmos-Verlag Düsseldorf.
Ediciones Fax. Madrid. España.
Traducción por
José María Bernáldez Montalvo
Es propiedad
Impreso en España 1971
Printed in Spain
Depósito legal: M. 12892.—1971
Gráficas Halar, S. L.-Andrés de la Cuerda, 4.-Madrid-15.-1971.
ACTUALIDAD BIBLICA
La Palabra y el Espíritu
1.—BOISMARD, LÉON-DUFOUR, SPICQ y otros. Grandes temas bíblicos.
2.—AUZOU. De la servidumbre al servicio. Estudio del Libro del Éxodo.
3.—SCHNACKENBURG. Reino y reinado de Dios. Estudio bíblico-teoló-
gico.
4.—AUZOU. El don de una conquista. Estudio del Libro de Josué.
5.—LENGSFELD. Tradición, Escritura e Iglesia en el diálogo ecumé-
nico.
6.—AUZOU. La fuerza del espíritu. Estudio del Libro de los Jueces.
7.—JEREMIAS. Palabras de Jesús.
8.—BOISMARD. El Prólogo de San Juan.
9.—CERFAUX y CAMBIER. El Apocalipsis de San Juan leído a los cris
tianos.
10.—BERNARD REY. Creados en Cristo Jesús. La nueva creación, según
San Pablo.
11.—CERFAUX. Mensaje de las parábolas.
12.—VAN IMSCHOOT. Teología del Antiguo Testamento.
13.—TOURNAY. El Cantar de los Cantares. Texto y comentario.
14.—CASABÓ. La Teología moral en San Juan.
15.—AUZOU. La danza ante el Arca. Estudio de los Libros de Samuel.
16.—SCHLIER. Problemas exegéticos fundamentales en el Nuevo Testa-
mento.
17.—TROADEC. Comentario a los Evangelios Sinópticos.
18.—HAAG. El pecado original en la Biblia y en la doctrina de la Iglesia.
19.—ANDRÉ BARUCQ. Eclesiastés. Qoheleth. Texto y comentario.
20.—SCHELKLE. Palabra y Escritura.
21.—JEREMIAS. Epístolas a Timoteo y a Tito. Texto y comentario.
22.—J. B. BAUER. Los Apócrifos neotestamentarios.
23.—J. M. GONZÁLEZ RUIZ. Epístola de San Pablo a los Gálatas. Texto
y comentario.
PROLOGO
Con este libro sólo pretendo hacer más perceptible
la refracción experimentada por el rayo luminoso de
la Revelación de Cristo al atravesar el prisma del mun
do espiritual de los primeros siglos, cómo se mudó
legendariamente en el alma popular la nueva de la
andanza y la obra de Cristo en la tierra. Tendencias
que sólo en esbozo podemos consignar dentro del Nue
vo Testamento canónico, brotan groseras y desenfre
nadas en los escritos extracanónicos pertenecientes a
la época postapostólica.
No puedo detallar aquí —ni mucho menos— todos
los documentos apócrifos de esta especie; menos aún,
estudiarlos o traducirlos por entero. Presentaré lo más
importante, a la vez que hago hablar una y otra vez
a los mismos escritos con nueva traducción original.
Quien desee ampliar la información, encontrará orien
tación adecuada en las notas bibliográficas adjuntas a
cada caso especialmente.
En las obras de Michaelis 1 y Hennecke-Schneemel-
1 W. Michaelis, Die Apokryphen Schriften zum Neuen Testa
ment (Sammlung Dieterich 129), 3.ª edición, Bremen 1962.
10 Prólogo
cher 2, puede encontrarse riquísimo material. Me re
feriré a ellas con frecuencia; simplemente, citando el
nombre de estos autores.
2 E. Hennecke - W. Schneemelcher, Neutestamentliche Apokry
phen. Tomo I : Evangelien; Tomo II : Apostolisches, Apokalyp
sen und Verwandtes; Tubinga 1959 y 1964 respectivamente. Con
la sigla Santos, remito a la excelente colección de textos publi
cada por Aurelio de Santos Otero, Los Evangelios Apócrifos. Edi
ción crítica y bilingüe, 2.ª edición, BAC, Madrid 1963.
PRELIMINAR
«APOCRIFO» Y «CANONICO»
Entenderemos qué son los apócrifos, en cuanto co
nozcamos el significado de «canónico». El término
griego «canon» significa —entre otras cosas— regla, tipo,
modelo, principio. En jerga arquitectónica quiere de
cir módulo medidor: aquello que se acomode al canon
es perfecto. Los griegos emplearon el canon como «mó
dulo supremo de perfección», en diferentes ámbitos:
los maestros alejandrinos estatuyeron como canon aque
llos escritores cuyo lenguaje podía servir de modelo;
por su parte algunos filósofos, entre ellos Epicuro y
Epicteto, hablan del «canon moral» y señalan como tal
determinados ideales y máximas.
También en el Nuevo Testamento aparece la pala
bra canon con el sentido de juicio o medida (Gal 6,
15; 2 Cor 10, 13-16).
Cuando en el siglo II p. Cr. surgió el peligro de la
prevalencia del sincretismo y de la disolución del men
saje cristiano —ni más, ni menos—, la Iglesia se vio
ante la necesidad de fijar aquello que tenía valor vincu
lante. Empleóse entonces la palabra canon para refe
rirse a la norma que abarcaba las creencias ortodoxas
y excluía las erróneas. Y se habló a la sazón de un
canon de la verdad, refiriéndose al que incluía el men
saje de la Verdad anunciada por la Iglesia como obli-
14 Preliminar
gatoria; esta Verdad se expresaba en el canon de la
fe, en la regula fidei. Al ser la propia Iglesia la pro
tectora de este módulo, pudo hablarse también de un
canon eclesiástico que no es más que la armonía de
la Ley y los Profetas con la Alianza sellada por la pre
sencia del Señor (Clemente de Alejandría, Stromata 6,
15; 125, 3). El canon de Cristo vive en la Iglesia, que
se siente ligada a él (Orígenes, De principiis 4, 2, 2)
y lo comunica con tradición viva.
Ya desde un principio se leyó reverentemente lo
que perteneciendo a esta viva tradición había queda
do fijado por escrito desde los primeros momentos. Y
pronto aparecieron junto a la Biblia de Jesús y de la
Ig lesia primitiva —esto es junto al Antiguo Testamen
to—, esos 27 escritos que hoy se conocen bajo la de
nominación general de Nuevo Testamento. Solamente
ellos han sido reconocidos finalmente por la Iglesia
como continentes de la tradición cristiana total y sin
falsificaciones, de modo que con toda justicia debían
ser denominados «canónicos».
Varios supuestos de hecho motivaron la fijación de
un canon neotestamentario. Súbitamente comenzaron
a ser invocados una y otra vez no sólo los escritos de
la Antigua Alianza, sino también las palabras del Se
ñor que habían sido transmitidas oralmente o manus
critas. Por eso pronto la Tradición escrita de Cristo
fue llamada «Escritura», igual que los Libros de Moi
sés y los Profetas. Ahora bien, ya en época muy tem
prana —por lo menos a partir del siglo II— surgieron
otros documentos cuyos autores se enmascaraban bajo
nombres de Apóstoles para difundir subrepticiamente
su propio pensamiento y no el del Señor. Por esta ra
zón la Iglesia, vigilantemente, tuvo que trazar fron-
“Apócrifo” y “Canónico” 15
teras que rechazasen semejantes chapuzas. Un ejem
plo de esto lo veremos al ocuparnos del Evangelio de
Pedro.
Pero la configuración eclesiástica del canon vino
exigida también por diferencias surgidas con maestros
del error como Marción. Este hereje gnostizante, que
entró en escena hacia la mitad del siglo II y unía celo
religioso con talento organizador, rechazaba el Anti
guo Testamento en su totalidad. Vino así obligado a
proclamar una nueva Biblia: precisamente el Nuevo
Testamento. Pero tampoco le placía de éste todo lo
que hoy es para nosotros su contenido habitual; sólo
reconoció el Evangelio de Lucas y las Epístolas pauli
nas (excluidas las pastorales); y éstas, abreviadas.
Hubo pues que asegurar la herencia, a la vista de tan
enérgica contracción y supresión de materiales perte
necientes a los escritos neotestamentarios, que ya por
aquel entonces eran leídos con toda reverencia en la
Iglesia. Desde antes de la venida de Marción contaba
ella con un canon neotestamentario. Marción lo presu
puso y lo llenó de supresiones; y así, por vez primera,
la Iglesia se hizo rectamente consciente de lo que poseía.
Si preguntamos por los criterios empleados para
determinar la canonicidad de los escritos transmitidos,
nos enfrentaremos con un problema harto complejo:
ninguno de los principios aducidos por el repertorio
canónico más antiguo, pudo ser empleado sin reservas.
Se exigió un origen apostólico, pues así parecía ga
rantizarse la autenticidad de la doctrina. Pero había
materiales que corrían entre las comunidades con el
nombre de un Apóstol sin proceder realmente de nin
guno (el Evangelio de Pedro, entre otros), mientras
que escritos indiscutiblemente canónicos como son los
16 Preliminar
Evangelios de Marcos y Lucas no se atribuían —y
esto era cosa sabida— a Apóstoles; en el caso de Lu
cas ni siquiera se trataba de un testigo ocular. Se
exigió después que los escritos en cuestión estuviesen
dirigidos a toda la Iglesia, pero resultaba que Pablo
no sólo escribió dirigiéndose a comunidades singulares
sino hasta a personas aisladas.
Consideremos ambos criterios con profundidad ma
yor. En el siglo II, apenas nadie podía probar seria
mente, utilizando métodos históricos, la procedencia
apostólica de un escrito. Ahora bien, si los ministros
de la Iglesia eran conscientes de poseer el canon de
la verdad, tenían que revisar a la luz de esta tradición
normativa de la fe, con toda justicia y derecho, el ge
nuino origen de un escrito apostólico auténtico o su
puesto. Así ocurrió por ejemplo con el Evangelio de
Pedro.
Cuando en el repertorio canónico llamado Canon
Muratori en honor de su descubridor, se exige también
que los escritos, para ser canónicos, debían ir dirigi
dos a toda la Iglesia, se apuntaba a la aplicación de
una regla que no cumplían ninguno de los escritos de
carácter esotérico y tampoco las revelaciones ocultas.
Hoy hemos de afirmar con precisión mayor, que tal
criterio no resulta aplicable (ya que los escritos del
Nuevo Testamento son coyunturales y precisamente
ahí radica para nosotros una poderosa garantía de su
autenticidad); pero desde el punto de vista de la Igle
sia del siglo II, que los leía ya públicamente en todas
sus comunidades, no carecía de fundamento la recu
sación de materiales surgidos súbitamente con carác
ter de revelaciones a entidades singulares: unos au
ténticos escritos apostólicos hubieran sido difundidos
en vez de quedar reservados; por esta razón no era
“Apócrifo” y “Canónico” 17
seguro el origen apostólico de materiales que no estu
viesen divulgados ni se leyesen por la Iglesia toda.
Así pues la determinación del canon es un acto
emanado de la plenipotencia magisterial de la Iglesia.
La autoridad de los primeros testigos no se transfirió
a un conjunto de escritos, sino a la de los ministros
que siguieron como discípulos a aquellos testigos pri
meros, y continuaban poseyendo y transmitiendo la
santa Tradición eclesial. Por eso pudo la Iglesia vivir
trescientos años sin un canon escriturístico sólidamen
te delimitado.
Pues bien, los escritos apócrifos nos dan a conocer
los materiales que la Iglesia no quiso incluir en su
canon escriturístico. La mano afortunada de la Iglesia
está siempre presente a lo largo de toda la delimita
ción canónica; o dicho con claridad mayor: leyendo
los escritos suprimidos por ella como apócrifos, es como
más intuitiva y convincentemente podemos percibir
que la Iglesia estuvo dirigida por el Espíritu Santo
al acometer esta tarea 1 .
El término griego ¢pÒkrifoj significa ocultado. Se
ocultaban escritos, porque se consideraba su conte
nido tan valioso que no se quería comunicarlo a otros;
y también se escondían aquellos cuyo fondo era re
chazable. Por último, la expresión «apócrifo» podía re
ferirse asimismo al origen oculto de estos «libros se-
1 Sobre la formación del canon, véase especialmente A. Vögtle,
Das Neue Testament und die neuere katholische Exegese I, pá
ginas 11-67, Friburgo 1966 (Traducción española, en preparación).
También: W. Schneemelcher, en Hennecke-Schneemelcher I, pá
ginas 1-38; K. Aland, en Neue Zeitschrf. f. systemat. Theologie 4
(1962) 220-242; E. Fleesman - van Leer , en Zeitschrf. f. Theol . u.
Kirche 61 (1964) 404-420; N. Appel , Kanon und Kirche, Pader
born 1964.
18 Preliminar
cretos». Una y otra vez se lee en los llamados papiros
mágicos la advertencia de esconderlos y mantener se
creto el lugar. Se ha desvariado mucho, a propósito
de los libros secretos de los cuales se derivaría su
puestamente la filosofía griega. Especialmente los
gnósticos poseyeron libros esotéricos. Como ya he di
cho estos apócrifos no fueron reconocidos como canó
nicos. De ahí que el término de referencia llegase a
significar entre los escrituristas eclesiásticos lo mismo
que “falso”, “falsificador»” “no canónico”.
Y ahora vamos a pasar a conocer Evangelios, He
chos de los Apóstoles, Epístolas y Apocalipsis apócri
fos.
PRIMERA PARTE
EVANGELIOS APÓCRIFOS
Originariamente la palabra griega eÙaggšlion 1 quería
decir «buena noticia». El cumpleaños y subida al
trono del emperador, del soter («salvador») constituían
buenas noticias dentro del culto que se le rendía. Ya
la cristiandad prepaulina tomó de ahí esta expresión
para referirse mediante una palabra singular y rica en
contenido, al mensaje salvífico de Jesucristo. A la sa
zón se utilizaban también las expresiones «la Palabra»
o «la Predicación», juntamente con el término «evan
gelio», para designar una misma cosa: el mensaje oral.
Cuando Pablo dice «mi evangelio» no es que anuncie
un evangelio especial, sino que quiere recalcar sola
mente su servicio al anuncio de un único evangelio.
Incluso cuando esta expresión se empleó para nombrar
el mensaje fijado por escrito, se aludía con ella a un
único mensaje. Las cabeceras —tanto de los textos ori
ginales, como las de las traducciones— de los cuatro
evangelios están redactadas de forma que remiten a
uno solo : Evangelio «según» Marcos, o «según» Lucas,
o «según» Juan. Tratábase pues de un solo evangelio
1 Cfr J. Schmid, Evangelium, en J. B. Bauer, Bibeltheologi
sches Wörterbuch, págs 369-375, 3.ª edición, Graz 1967 (hay tra
ducción española, Herder); también: H. Schlier, Wort Gottes,
2.ª edición, Würzburg 1962.
22 Evangelios apócrifos
que cada cual comunica según su peculiar manera. El
plural «Evangelios» apareció más tarde.
Podemos señalar tres clases o tipos distintos de
evangelios apócrifos 2 :
— el tipo sinóptico, que recuerda plenamente a esta
clase de evangelios canónicos;
— el tipo gnóstico, acuñado por la gnosis; es decir:
esta clase de escritos ven la presentación de un
asunto evangélico como simple medio para pro
pagar la doctrina gnóstica;
— y como tercer tipo conocemos aquellos escritos
cuyo motivo determinante fue la complementa
ción. Una veces se colman las lagunas existentes
en la narración transmitida por los evangelios,
y otras se da satisfacción a la curiosidad piadosa.
2 Así dice acertadamente W. Schneemelcher, en Hennecke
Schneemelcher I, págs 48-51, y en «Ecclesia», Festschrift Bakhui
zen van den Brink, págs 18-32, Gravenhage 1959.
I. EVANGELIOS APÓCRIFOS DE
TIPO SINOPTICO
Pueden clasificarse dentro de este tipo de apócri
fos los Evangelios Judeocristianos, el Evangelio de Pe
dro y, en cierto sentido, también el Evangelio de los
Egipcios; y finalmente, ciertos hallazgos de fragmentos
papiráceos con escritos evangélicos. Como ejemplo de
estos últimos podemos citar una pequeña hoja de unos
quince siglos de antigüedad encontrada en Oxyrhinkos
el año 1905; perteneció a un libro en pergamino y pro
bablemente fue utilizada como amuleto. El texto grie-
go que contiene nos da noticia del final de un discurso
de Jesús pronunciado en Jerusalén y describe a con
tinuación una polémica habida entre él y los príncipes
de los sacerdotes farisaicos, en la explanada del Tem
plo.
Traduzco literalmente este texto ª. El blanco entre
los dos párrafos marca lo de cada lado de la hoja.
a Como es natural utilizo traducciones directas al español
siempre que existen (por ejemplo, en el presente caso); teniendo
en cuenta las posibles variantes ofrecidas por Bauer en la traduc
ción alemana hecha por él. (N del T).
24 Evangelios apócrifos
... «antes de atacar injustamente, traman toda cla
se de ardides. Pero estad atentos, no sea que os sobre
venga a vosotros también lo mismo que a ellos. Por
que estos malhechores de los hombres no sólo reciben
su castigo entre los vivos, sino que habrán de sufrir
penas y muchos tormentos. Y, tomándolos consigo, los
introdujo en el lugar mismo de las purificaciones y se
puso a pasear por el templo. Entonces, cierto fariseo,
un pontífice por nombre Leví, se acercó, salió a su
paso y dijo al Salvador: “¿Quién te ha dado permiso
para pisar este lugar de purificación y ver estos vasos
sagrados sin haberte lavado tú y sin que tus discípulos
se hayan mojado los pies? Sino que estando contami
nado, has hollado este templo, que es un lugar puro,
donde nadie puede pisar sin haberse primero lavado
y mudado y donde nadie osa mirar los vasos sagrados.”
Y parándose al momento el Salvador con los discípu
los, le respondió:
»“Entonces tú, que estás en el templo, ¿(crees) estar
puro?” Dícele él: “Sí estoy puro, pues me he lavado
en el estanque de David y he subido por distinta es
calera de la que utilicé para bajar y me he puesto ves
tidos limpios y blancos, y (sólo) entonces he venido y
(me he atrevido a) mirar estos vasos sagrados.” El Sal
vador le respondió diciendo: “ ¡Ay (de vosotros)!, cie
gos, que no veis. Tú te has lavado en esta agua estan
cada donde se han echado perros y puercos de noche
y de día, y, al lavarte, has limpiado lo exterior de la
piel, que es lo que las meretrices y flautistas perfuman,
lavan, acicalan, adornan para concupiscencia de los
hombres, siendo así que su interior está lleno de es-
Tipo sinóptico. Judeocristianos. Nazoreos 25
corpiones y de toda clase de maldad. Mas, por lo que
se refiere a mí y a mis discípulos, de quienes tú afir
mas que no nos hemos lavado, (yo te aseguro que) lo
hemos hecho utilizando las aguas vivas que proceden
de... Mas ¡ay de aquellos que...!”» 3.
Joachim Jeremias ha disipado las consideraciones
en contra de la historicidad de esta narración y ha mos
trado cómo ella posee un perfecto conocimiento del
Templo de Jerusalén y su ritual. La acre toma de pos
tura contra la hipocresía farisaica es genuinamente je
suánica. Por lo demás, recuerda a Mc 7, 1-23.
1. EVANGELIOS JUDEOCRISTIANOS
De los evangelios judeocristianos 4 , sólo han llegado
hasta nosotros fragmentos. Asimismo, las noticias más
antiguas referentes a estos escritos son tan imprecisas,
que no nos permiten iniciar nada con certeza.
Cabe distinguir —con cierta verosimilitud— tres
evangelios judeocristianos: Evangelio de los Nazoreos,
Evangelio de los Hebreos y Evangelio de los Ebionitas,
que quizá sea el mismo que el Evangelio de los Doce.
A. Evangelio de los Nazoreos
Estrechamente emparentado con el canónico según
Mateo. Leído entre los judeocristianos sirios; parece
3 Santos, págs 78-83; J. Jeremias, Unbekannte Jesusworte,
3.ª edición, Gütersloh 1963, ofrece traducción y comentario; Mi
chaelis, págs 125 s.
4 Santos, págs 29-53. Resumen por Ph. Vielhauer, en Hen
necke-Schneemelcher I, págs 75-108; cfr. Michaelis, págs 112-131.
26 Evangelios apócrifos
desde luego haber sido una paráfrasis aramea de nues
tro Evangelio según san Mateo, en griego.
Según sabemos por san Jerónimo, la petición del
pan que figura en el Padre Nuestro debió sonar en
este evangelio apócrifo como sigue: «Nuestro pan de
mañana, dánoslo hoy.» Jerónimo pone una palabra,
mahar, que difícilmente pudo pertenecer al texto ori
ginal, pues este término semítico no hubiera sido tra
ducido según Mateo y Lucas mediante la palabra grie
ga ™pioÚsioj difícil de entender y desusada. La redac
ción de la petición del pan tal como aparece en el
Evangelio de los Nazoreos, constituye más bien la más
antigua de las investigaciones sobre el significado de
esta difícil palabra griega, como justamente ha obser
vado Vielhauer b .
También ofrece el Evangelio de los Nazoreos una
lectura diversa para Mt 10, 16: «Sed más prudentes
que las serpientes.»
El mismo san Jerónimo nos ofrece la siguiente pe
rícopa de este evangelio apócrifo: «Dijo Jesús: Si tu
hermano ha pecado contra ti en alguna cosa y te ha
ofrecido satisfacción, perdónale siete veces al día. En
tonces su discípulo Simón preguntó: ¿Siete veces al
día? Y el Señor respondiendo le dijo: Te digo que sí,
y aun hasta setenta veces. Puesto que ni los mismos
profetas fueron sin pecado después de la unción del
Espíritu» 5.
b Véase J. Jeremias, Palabras de Jesús, Actualidad Bíblica 7,
páginas 149 ss, FAX, 2.ª edición, Madrid 1970. (N del T).
5 Cfr a este propósito J. B. Bauer, Sermo Peccati, en Bibli
sche, Zeitschrift, serie nueva 4 (1960) 122-128, donde se indica que
san Jerónimo exagera al decir que él había traducido el Evan
gelio de los Nazoreos.
Tipo sinóptico. Judeocristianos. Hebreos 27
Según Eusebio de Cesarea también el logion que
transcribimos a continuación perteneció al Evangelio
de los Nazoreos: «Yo he de escogerme los que me com
plazcan; (y éstos son) los que me da mi Padre en el
cielo.»
Este evangelio apócrifo hubo de tener su origen
en el canónico de Mateo y en todo caso fue escrito an
tes del año 180; Hegesipo lo cita alrededor de esta
fecha. Probablemente fue redactado en la primera mi
tad del siglo II; y en contraposición con los otros dos
evangelios judeocristianos, no hay en él impactos he
réticos.
B. Evangelio de los Hebreos
Debió de aparecer hacia la misma época que el an
terior; desde luego fue escrito en griego. Los judíos de
habla griega eran llamados «hebreos»: por tanto este
evangelio apócrifo se dirige a círculos lectores forma
dos por judeocristianos que hablaban en griego, así
como el Evangelio de los Egipcios era leído por cris
tianos egipcios procedentes de la gentilidad.
Muestra este Evangelio de los Hebreos una pecu
liar espiritualidad gnóstico-mística: «El que pide, no
cejará hasta que encuentre. Y en encontrando, se lle
nará de estupor; y en llenándose de estupor, reinará;
y en reinando, descansará.»
Otro fragmento perteneciente a este evangelio, ci-
tado por Jerónimo (en cursiva lo que san Jerónimo
atribuye a este apócrifo): «Mas el Señor, después de
haber dado la sábana al criado del sacerdote, se fue
28 Evangelios apócrifos
hacia Santiago y se le apareció. Pues es de saber que
éste había hecho voto de no comer pan desde aquella
hora en que bebió el cáliz del Señor hasta tanto que
le fuera dado verle resucitado de entre los muertos. Y
poco después dijo el Señor: Traed la mesa y el pan.
Y a continuación se añade: Tomó un poco de pan, lo
bendijo, lo partió y se lo dio a Santiago el Justo, di
ciéndole: Hermano mío, come tu pan, porque el Hijo
del hombre ha resucitado de entre los muertos.» San
tiago era para los judeocristianos fieles a la Ley, mo
delo de devoción a ella; de ahí el especial interés
de éstos por su persona en el evangelio apócrifo de que
ahora tratamos.
San Jerónimo cita otro logion del Señor tomado
del Evangelio de los Hebreos: «Nunca estaréis conten
tos sino cuando miréis a vuestro hermano con amor.»
C. Evangelio de los Ebionitas
Igual que el de los Hebreos fue escrito desde un
principio en griego, durante la primera mitad del si
glo II y quizá en los territorios situados al Este del
Jordán que era donde los ebionitas habitaban prefe
rentemente.
Lo que conocemos de este evangelio nos muestra
el carácter herético del mismo. Los ebionitas negaban
el nacimiento virginal de Jesús; por eso su evangelio
carece, verbigracia, de paralelos con la historia preli
minar de Mt 1 y 2. Según ellos la filiación divina de
Jesús no procede de su divina generación y milagroso
nacimiento, sino de la unión del Espíritu Santo con
El cuando su bautismo.
Tipo sinóptico. De Pedro 29
San Epifanio cita como perteneciente a este evan
gelio el siguiente logion de Jesús: «He venido a abo
lir los sacrificios y, si no dejáis de sacrificar, no se
apartará de vosotros mi ira.»
Siguiendo el testimonio de Epifanio, el Evangelio
de los Ebionitas pone en boca de los discípulos esta
pregunta hecha al Señor antes de la última cena:
«¿Dónde quieres que preparemos para que comas la
Pascua?» Y esta respuesta en boca de Jesús: «¿Es que
he deseado yo, por ventura, comer carne con vosotros
en esta Pascua?»
Los heréticos ebionitas se distinguían de los nazo
reos, profundamente eclesiales, por su cristología gnos
tizante, su enemiga contra el culto, y su vegetarianis
mo del que Epifanio nos ofrece otro ejemplo: «Y su
cedió (así el Evangelio de los Ebionitas) que estaba
Juan bautizando, y vinieron hacia él los fariseos y
fueron bautizados, lo mismo que Jerusalén entera. Te
nía Juan una vestidura de pelo de camello y un cin
turón de piel alrededor de sus lomos. Su alimento era
miel silvestre, cuyo gusto era el del maná, como em
panada en aceite.» En Num 11, 8 se compara el sabor
del maná con el de la empanada en aceite. Los ebio
nitas comparan el sabor de la miel silvestre con el del
maná y no mencionan las langostas. Así fue cómo la
ingeniosa manipulación lingüística de aquellos vegeta
rianos sustituyó las langostas, ¢kr…j por empanada en
aceite, ™gcr…j.
2. EVANGELIO DE PEDRO
En su Historia de la Iglesia (6, 12), Eusebio ha con
servado para nosotros una carta de Serapión, obispo
30 Evangelios apócrifos
de Antioquía, dirigida a la comunidad de Rhossos, en
la que se expresa de este modo refiriéndose al Evan
gelio de Pedro:
«Nosotros, en efecto, hermanos, recibimos tanto a
Pedro como a los demás apóstoles cual si se tratara de
Cristo mismo, pero rechazamos con conocimiento de
causa las obras falsificadas con sus nombres, sabiendo
que semejantes escritos no los hemos recibido por tra-
dición. Yo, cuando me encontraba en medio de vos
otros, suponía que todos estabais adheridos a la ver
dadera fe, y por no hojear el evangelio atribuido a
Pedro, que ellos me presentaban, dije que si era aque
llo lo único que les acongojaba, podían leerlo. Mas aho
ra, al enterarme de que su verdadero sentir estaba en
marañado en cierta herejía, a juzgar por lo que se
me ha dicho, me apresuré a personarme de nuevo
entre vosotros. Así pues hermanos, esperadme en bre
ve... Nos ha sido posible por medio de los que ma
nejaron este mismo evangelio, es decir por los suce
sores de los que lo entronizaron, a los que llamamos
docetas —pues la mayor parte de sus doctrinas están
impregnadas en las enseñanzas de estos herejes—, he
mos podido, digo, por medio de éstos manejar el libro
en cuestión, leerlo y comprobar que la mayor parte
del contenido está conforme con la recta doctrina del
Salvador, si bien se encuentran algunas recomendacio
nes nuevas que hemos sometido a vuestra considera
ción.»
No nos han sido transmitidos los reparos que el
obispo ponía a este evangelio apócrifo, como tampoco
dispusimos de ningún fragmento perteneciente a él
hasta el invierno 1886-87. Fue entonces cuando en
Ajmim (Alto Egipto) se encontró dentro de la tumba
Tipo sinóptico. De Pedro 31
de un monje cristiano un trozo del Evangelio de Pedro
junto con fragmentos de la Apocalipsis de Pedro y del
Libro de Henoch; todos ellos en griego. El manuscrito
procede de los siglos, VIII o IX.
El fragmento del Evangelio de Pedro, así llegado a
nosotros, comienza después del lavatorio de manos de
Pilato, narra la sentencia, muerte y resurrección de
Jesús y se interrumpe al comenzar la descripción de
las primeras apariciones del Resucitado junto al mar
de Tiberíades. Este evangelio apócrifo presupone los
canónicos, por tanto tuvo que nacer de ellos. Como
época más tardía se propone la segunda mitad del si
glo II, ya que Serapión lo fecha retrotrayéndolo un lapso
de tiempo equivalente por lo menos a la vida de una
persona 6 . (Serapión fue obispo de Antioquía del año
190 al 211).
Dada la importancia de este texto, ponemos segui
damente la traducción del fragmento de Ajmim c :
«Pero de entre los judíos nadie se lavó las manos:
ni Herodes ni ninguno de sus jueces. Y, al no quererse
ellos lavar, Pilato se levantó. Entonces el rey Herodes
manda que se hagan cargo del Señor, diciéndoles:
Ejecutad cuanto os acabo de mandar que hagáis con él.
»Se encontraba allí a la sazón José, el amigo de Pi-
6 Texto griego , traducción y comentario en Santos, págs 64-67,
374-393; L. Vaganay, L’Evangile de Pierre, París 1930. Cfr. Chr.
Maurer, en Hennecke-Schneemelcher I, págs 118-124; W. Schnee
melcher, en Hennecke-Schneemelcher I, págs 109-117; Michaelis,
págs 34-36, 45-61.
c Bauer pone el texto todo seguido. Para aligerar la lectura
he preferido fraccionarlo en párrafos que hago coincidir con la
división en capítulos propuesta por Robinson en The Gospel ac
cording to Peter and the Revelation of Peter , 2.ª edición, Lon
dres 1892 (según Santos, loc. cit.). (N del T).
32 Evangelios apócrifos
lato y del Señor. Y, sabiendo que iban a crucificarle,
se llegó a Pilato en demanda del cuerpo del Señor para
su sepultura. Pilato a su vez mandó recado a Herodes
y le pidió el cuerpo (de Jesús). Y Herodes dijo: Her
mano Pilato: aun dado caso que nadie lo hubiera re
clamado, nosotros mismos le hubiéramos dado sepul
tura, pues está echándose el sábado encima y está es
crito en la ley que el sol no debe ponerse sobre un
ajusticiado. Y con esto se lo entregó al pueblo (de los
judíos) el día antes de los Ázimos, su fiesta.
» Y ellos, tomando al Señor, le daban empellones
corriendo, y decían: Arrastremos al Hijo de Dios, pues
ha venido a caer en nuestra manos. Después le revis
tieron de púrpura y le hicieron sentar sobre el tribu
nal, diciendo: Juzga con equidad, rey de Israel. Y uno
de ellos trajo una corona de espinas y la colocó sobre
la cabeza del Señor. Algunos de los circunstantes le
escupían en el rostro, (mientras que) otros le daban
bofetadas en las mejillas y otros le herían con una
caña. Y había quienes le golpeaban diciendo: Este es
el homenaje que rendimos al Hijo de Dios.
»Después llevaron dos ladrones y crucificaron al Se
ñor en medio de ellos. Mas él callaba como si no sin
tiera dolor alguno. Y cuando hubieron enderezado la
cruz, escribieron encima: Este es el rey de Israel. Y
depositadas las vestiduras ante él las dividieron en
lotes y echaron a suerte entre ellos. Mas uno de aque
llos malhechores les increpó diciendo: Nosotros sufri
mos así por las iniquidades que hemos hecho; pero
éste, que ha venido a ser el Salvador de los hombres,
¿en qué os ha perjudicado? E indignados contra él,
mandaron que no se le quebraran las piernas para
que muriera entre tormentos.
»Era a la sazón mediodía, y la oscuridad se pose-
Tipo sinóptico. De Pedro 33
sionó de toda la Judea. Ellos fueron presa de agita
ción, temiendo no se les pusiera el sol —pues (Jesús)
estaba aún vivo—, ya que les está prescrito que “el
sol no debe ponerse sobre un ajusticiado”. Uno de ellos
dijo entonces: Dadle a beber hiel con vinagre. Y ha
ciendo la mezcla, le dieron el brebaje. Y cumplieron
todo, colmando la medida de las iniquidades acumula
das sobre su cabeza. Y muchos discurrían (por allí)
sirviéndose de linternas, pues pensaban que era de
noche, y venían a dar en tierra (a pesar de eso). Y el
Señor elevó su voz, diciendo: ¡Fuerza mía, fuerza
(mía) tú me has abandonado! Y diciendo esto fue su
blimado (al cielo). En aquel mismo momento se rasgó
el velo del templo de Jerusalén en dos partes.
»Entonces sacaron los clavos de las manos del Se
ñor y le tendieron en el suelo. Y la tierra entera se
conmovió y sobrevino un pánico enorme. Luego brilló
el sol y se comprobó que era la hora de nona. Se ale
graron, pues, los judíos y entregaron su cuerpo a José
para que le diera sepultura, puesto que (éste) había
sido testigo de todo el bien que (Jesús) había hecho.
Y, tomando el cuerpo del Señor, lo lavó, lo envolvió
en una sábana y lo introdujo en su misma sepultura,
llamada Jardín de José.
»Entonces los judíos, los ancianos y los sacerdotes
se dieron cuenta del mal que se habían acarreado a
sí mismos y empezaron a golpear sus pechos, diciendo:
¡Malditas nuestras iniquidades! He aquí que se echa
encima el juicio y el fin de Jerusalén. Yo, por mi par
te, estaba sumido en la aflicción juntamente con mis
amigos y, heridos en lo más profundo del alma, nos
manteníamos ocultos. Pues éramos hechos objeto de
sus pesquisas como malhechores y como (sujetos) que
pretendían incendiar el templo. Por todas estas cosas
34 Evangelios apócrifos
nosotros ayunábamos y estábamos sentados, lamentán
donos y llorando noche y día hasta el sábado.
»Entretanto, reunidos entre sí los escribas, los fari
seos y los ancianos, al oír que el pueblo murmuraba
y se golpeaba el pecho diciendo: Cuando a su muerte
han sobrevenido señales tan portentosas, ved si debe
ría ser justo, los ancianos, pues, cogieron miedo y vi-
nieron a presencia de Pilato en plan de súplica, di
ciendo: Danos soldados para que custodien su sepul
cro durante tres días, no sea que vayan a venir sus
discípulos, lo sustraigan y el pueblo nos haga a nos
otros algún mal, creyendo que ha resucitado de entre
los muertos. Pilato, pues, les entregó a Petronio el cen
turión con soldados para que custodiaran el sepulcro.
Y con ellos vinieron también a la tumba ancianos y
escribas. Y, rodando una gran piedra, todos los que
allí se encontraban presentes, juntamente con el cen
turión y los soldados, la pusieron a la puerta del se
pulcro. Grabaron además siete sellos y, después de
plantar una tienda, se pusieron a hacer guardia.
»Y muy de mañana, al amanecer el sábado, vino una
gran multitud de Jerusalén y de sus cercanías para
ver el sepulcro sellado. Mas durante la noche que pre
cedía al domingo, mientras estaban los soldados de
dos en dos haciendo la guardia, se produjo una gran
voz en el cielo. Y vieron los cielos abiertos y dos va
rones que bajaban de allí teniendo un gran resplandor
y acercándose al sepulcro. Y la piedra aquella que ha
bían echado sobre la puerta, rodando por su propio
impulso se retiró a un lado, con lo que el sepulcro
quedó abierto y ambos jóvenes entraron.
»Al verlo pues aquellos soldados, despertaron al cen
turión y a los ancianos, pues también éstos se encon
traban allí haciendo la guardia. Y estando ellos expli-
Tipo sinóptico. De Pedro 35
cando lo que acababan de ver, advierten de nuevo tres
hombres saliendo del sepulcro, dos de los cuales ser
vían de apoyo a un tercero, y una cruz que iba en
pos de ellos. Y la cabeza de los dos (primeros) llegaba
hasta el cielo, mientras que la del que era conducido
por ellos sobrepasaba los cielos. Y oyeron una voz pro
veniente de los cielos que decía: ¿Has predicado a los
que duermen? Y se dejó oír desde la cruz una res
puesta: Sí.
»Ellos entonces andaban tratando entre sí de mar
char y de manifestar esto a Pilato. Y mientras se en
contraban aún cavilando sobre ello, aparecen de nuevo
los cielos abiertos y un hombre que baja y entra en el
sepulcro. Viendo esto el centurión y los que estaban
junto a él, se apresuraron a ir a Pilato de noche, aban
donando el sepulcro que custodiaban. Y llenos de agi
tación contaron cuanto habían visto, diciendo: Verda
deramente era Hijo de Dios. Pilato respondió de esta
manera: Yo estoy limpio de la sangre del Hijo de Dios;
fuisteis vosotros los que lo quisisteis así. Después se
acercaron todos y le rogaron encarecidamente que or
denara al centurión y a los soldados guardar secreto
sobre lo que habían visto. Pues es preferible —decían—
ser reos de mayor crimen en la presencia de Dios que
caer en manos del pueblo judío y ser apedreados. Or
denó pues Pilato al centurión y a los soldados que no
dijeran nada.
»A la mañana del domingo, María la de Magdala,
discípula del Señor —que atemorizada a causa de los
judíos, pues estaban rabiosos, no había hecho en el
sepulcro del Señor lo que solían hacer las mujeres
por sus muertos queridos—, tomó a sus amigas con
sigo y vino al sepulcro en que había sido deposi-
36 Evangelios apócrifos
tado. Mas temían no fueran a ser vistas por los judíos
y decían: Ya que no nos fue posible llorar y lamentar
nos el día aquel en que fue crucificado, hagámoslo aho
ra por lo menos junto a su sepulcro. Pero ¿quién nos
removerá la piedra echada a la puerta del sepulcro, de
manera que, pudiendo entrar, nos sentemos junto a él
y hagamos lo que es debido? Pues la piedra era muy
grande y tenemos miedo no nos vaya a ver alguien.
Y si (esto) no nos es posible, echemos al menos en la
puerta lo que llevamos en memoria suya; lloremos y
golpeémonos el pecho hasta que volvamos a nuestra
casa.
»Fueron pues, y encontraron abierto el sepulcro. Y
en esto ven allí un joven sentado en medio de la tumba,
hermoso y cubierto de una vestidura blanquísima, el
cual les dijo: ¿A qué habéis venido? ¿A quién buscáis?
¿Por ventura a aquel que fue crucificado? Resucitó ya
y se marchó. Y si no lo queréis creer, asomaos y ved el
lugar donde yacía. No está, porque ha resucitado y ha
marchado al lugar aquel de donde fue enviado. Enton
ces las mujeres, aterrorizadas, huyeron.
»Era a la sazón el última día de los Ázimos y muchos
partían de vuelta para sus casas una vez terminada la
fiesta. Y nosotros, los doce discípulos del Señor, llorá
bamos y estábamos sumidos en la aflicción. Y cada
cual, apesadumbrado por lo sucedido, retornó a su
casa. Yo Simón Pedro por mi parte, y Andrés mi her
mano, tomamos nuestras redes y nos dirigimos al mar,
yendo en nuestra compañía Leví el de Alfeo, a quien
el Señor...»
Algunas cosas de este texto suenan a docetismo;
con todo, admiten una explicación sencilla. Así, cuando
se dice que Jesús estaba silencioso en la cruz —como
Tipo sinóptico. De los Egipcios 37
si no sintiese padecimientos—, puede significar también
el dominio que El tenía sobre sí mismo y no hay por
qué entenderlo como si sus sufrimientos fuesen aparen
tes pero no reales. Algo parecido cabe decir de la excla
mación del moribundo «¡Fuerza mía, fuerza mía, tú
me has abandonado!», o de la expresión «fue sublima
do» que se deja entender naturalmente como una ida
al cielo desde la cruz. Sólo si partimos de todo el con-
junto de este evangelio, podremos emitir un juicio fun
dado sobre su carácter gnóstico y docético. No se pase
por alto la tendencia apologética del autor, puesta de
manifiesto especialmente al describir la resurrección,
que se desarrolla ante soldados paganos y judíos no
tables; esto es: ante los ojos de los enemigos de Jesús.
Con razón se ha hecho notar que el autor del Evangelio
de Pedro ignoró la «prueba de Escritura» de los evan
gelios; es decir, los evangelios. También ignora que la
pasión y resurrección de Jesús constituye el cumpli
miento escatológico de la Antigua Alianza, que la muer
te de Cristo sucedió como purgación de pecados que al
canza a todo el mundo. Por ello promueve el problema
de la culpabilidad al primer plano: los judíos, y sola
mente ellos, son los culpables de la muerte de Jesús;
y no Pilato.
3. EVANGELIO DE LOS EGIPCIOS d
Apareció en Egipto ya durante la primera mitad del
siglo II. Este evangelio fue leído en círculos gnósticos
d Santos, págs 53-58. (N del T).
38 Evangelios apócrifos
y encratitas de la cristiandad primitiva de este país.
Clemente de Alejandría lo cita un par de veces y fuera
de estas noticias nada seguro sabemos sobre él; de
modo que cualquier consideración más, tocante a po
sibles parentescos entre este Evangelio de los Egip
cios y otros evangelios apócrifos, debe mantenerse en
el estricto ámbito de las puras hipótesis.
Clemente Alejandrino polemiza con los encratitas
que rechazaban el matrimonio y la procreación, y cita
al propósito el Evangelio de los Egipcios que era re
gular entre estos herejes (en cursiva lo que san Cle
mente atribuye a este apócrifo): «Salomé preguntó al
Señor: ¿Durante cuánto tiempo estará en vigor la
muerte? El le dijo: Mientras vosotras, mujeres, sigáis
engendrando.» Según Clemente, Jesús dio esta respues
ta «no porque la vida sea mala y la procreación per
versa, sino queriendo dar a entender lo que naturalmen
te acontece; pues la corrupción suele seguir ordinaria
mente a la generación.»
En otro pasaje de Clemente de Alejandría, se dice:
«Aquellos que se oponen a la potencia creadora de Dios
por santa abstinencia, citan también las palabras di
chas a Salomé, mencionadas poco ha por mí. Están
contenidas según pienso en el Evangelio de los Egip
cios. Y afirman que el Salvador dijo en persona: He
venido a destruir las obras de la mujer. De la mujer,
esto es, de la concupiscencia; las obras de ella, esto es,
la generación y la corrupción.»
Gracias también a Clemente contamos con otra cita
más del Evangelio de los Egipcios. Es ésta: «Pregun
tando Salomé cuándo llegarían a realizarse aquellas
cosas de que había hablado, dijo el Señor: Cuando ho
lléis la vestidura del rubor y cuando los dos vengan a
Tipo sinóptico. De los Egipcios 39
ser una sola cosa, y el varón, juntamente con la hem
bra, no sean varón ni hembra.»
La total comprensión de los textos que acabamos
de citar supone estar familiarizados con la ideología
gnóstica. Vamos a ocuparnos pues seguidamente de
los evangelios apócrifos que llevan el sello de la gnosis.
II. EVANGELIOS APÓCRIFOS DE TIPO
GNÓSTICO
Cerca de Kenobosquion (Alto Egipto), allí donde
Pacomio fundara su monasterio en el siglo IV, a unos
100 kilómetros más al norte de las afamadas ruinas del
templo de Luxor, un grupo de campesinos que trabaja
ba la tierra halló una vasija, en un cementerio junto
al pueblo de Nag Hammadi. Llenos de curiosidad —qui
zá dentro hubiera algún tesoro— los campesinos rom
pieron la vasija, y así cayó en sus manos, simplemen
te, cierta cantidad de libros con tapas pergaminá
ceas 7. Esto sucedió —no es posible precisarlo con exac
titud— casi a la vez que el sensacional descubrimiento
de manuscritos junto al Mar Muerto; o poco antes.
Ahora bien, mientras que en el Mar Muerto el hallazgo
fue de «megilloth», es decir, «rollos», en Egipto se en
contraron «códices», verdaderos «libros», desde luego
todavía en papiro, aunque con tapas de pergamino, es
tampadas en parte. Alrededor de mil páginas en total.
La sustitución, casi general, de la forma en rollo
7 Sobre todo este hallazgo véase W. C. van Unnik, Evange
lien aus dem Nilsand, Frankfurt 1960.
Tipo gnóstico 41
por la de códice tuvo lugar durante el siglo IV; y a esta
época pertenecen también los 13 códices que ahora ocu
pan nuestra atención. De ellos una parte fue a parar
al Jung Institut de Zürich tras algunos rodeos, mien
tras que el resto se quedó en el Museo Copto de El
Cairo.
La noticia del hallazgo se hizo pública muy tarde,
y más tarde aún aparecieron las primeras ediciones
de textos con sus traducciones correspondientes. La
lengua en que están redactados estos libros es el copto
—la misma que hablaban los cristianos egipcios, últi
mos parlantes del idioma del antiguo Egipto—, aun
que escrita en caracteres griegos más siete grafismos
pertenecientes a la escritura demótica. Por lo demás,
el copto no fue la lengua original de estos textos, sino
que más bien son una traducción del griego.
Los trece códices recibieron numeración romana a
fin de citarlos más cómodamente. Por cierto que sus
dos primeros refundidores no se pusieron de acuerdo,
y así Henri Charles Puech presenta una numeración
y otra Jean Doresse, de modo que para prevenir mal
entendidos hay que usar ambas numeraciones conjun
tamente.
El tomo primero contiene el Apokryphon de Juan 8 ,
el Libro Sagrado del Espíritu Invisible, la Epístola del
Bienaventurado Eugnostes, la Sophia de Jesu, el Diá
logo del Redentor.
El tomo segundo (XIII, según la numeración de
8 Traducción alemana por W. C. Till, en W. C. van Unnik,
op. cit., págs 185-213. Ediciones por: S. Giversen, Apocryphon
Iohannis with Translation, Introduction and Commentary, Co
penhague 1963; y M. Krause, Die drei Versionen des Apokryphon
des Johannes, Wiesbaden 1962. (Ver también, Santos, pág 105.)
42 Evangelios apócrifos
Doresse) contiene, entre otros, el Evangelio de la Ver
dad 9 .
El tomo tercero (X, según Doresse) contiene el
Apokryphon de Juan, el Evangelio de Tomás, el Evan
gelio de Felipe, la Hypostasis de los Arcontes, Revela-
ción (sin título), la Explicación sobre la Esencia del
Alma, el Libro de Tomás, y sentencias secretas que el
Redentor dijo a Judas, Tomás y Matías.
En los tomos restantes encontramos diversas apo
calipsis, epístolas y tratados herméticos, junto con otros
documentos más.
Por lo demás, adviértase que sólo con estos títulos
no cabe hacerse, ni mucho menos, una idea del conteni
do de los referidos escritos; por otra parte tampoco un
índice de materias por sí solo daría mucho de sí, pues
las abstrusas ideas con las que topamos repetidas ve
ces son difícilmente captables.
Toda esta variada biblioteca —pues así hay que ca
lificarla, a la vista de sus numerosos escritos que hacen
un total de más de 1.000 páginas— procede con seguri
dad de círculos gnósticos. El carácter de la obra es par
cialmente judeo-gnóstico, y en parte gnóstico-pagano.
Hasta el presente son pocos los materiales pertenecien
tes a ella hechos accesibles mediante ediciones o tra
ducciones.
9 Traducciones alemanas por H. M. Schenke, en W. C. van
Unnik, op. cit., págs 174-185; por W. C. Till, en Zeitschr. f. d.
neutest. Wissenschaft 50 (1959) 165-185.
No se trata de un evangelio sino más bien de una homilía o
carta. Tampoco el enunciado Evangelio de la Verdad es su título,
sino el comienzo de este escrito, que va sin él: «El evangelio de
la verdad es júbilo para aquellos que han recibido del Padre de
la verdad, la gracia de conocerle por la virtud de su Verbo,
emanada del Pleroma y que estaba en el pensamiento y la mente
del Padre; este Verbo, del que se habla como Redentor...»
(Ver también Santos, págs 106-107.)
Tipo gnóstico. Según Tomás 43
1. EVANGELIO SEGUN TOMAS 10
El Evangelio según Tomás procedente del hallazgo
de Nag Hammadi no tiene nada que ver con la leidísi
ma Narración de la Infancia de Jesús, de Tomás. Gra
cias a él logramos comprender correctamente antiguas
noticias sobre un Evangelio de Tomás, usado por la
secta gnóstica de los naasenos (ofitas), y citado ya en
la predicación de los naasenos, según afirma Hipólito de
Roma e . También los Logia de Oxyrrinkos, descubiertos
a fin de siglo, aparecen ahora bajo luz nueva; ofrecen el
principio y algunos fragmentos de este evangelio apó
crífo según Tomás, en su texto griego primigenio, aun
que también sea probable que el texto copto de Nag
Hammadi presente una redacción propia y suponga ya
una cierta evolución del texto precedente. Respecto a
la forma literaria diré que el Evangelio de Tomás se
presenta como «fuente de logia», del tipo de la postula
da durante mucho tiempo por los investigadores como
raíz común de Mateo y Lucas. A saber: el Evangelio
10 Edición de A. Guillaumont , H. Ch. Puech, G. Quispel, W.
Till y Yassah Abd Al Masih, Leiden 1959; traducción alemana
por H. Quecke, en W. C. van Unnik, op. cit., págs 161-173, y allí
también (págs 108-150) J. B. Bauer, Echte Jesus Worte im Tho
masevangelium; E. Haenchen, Die Botschaft des Thomasevange-
liums, Berlín 1961; R. M. Grant - D. N. Freedman , Geheime Worte
Jesu. Das Thomasevangelium, Frankfurt 1960 (con un informe
sobre los trabajos de investigación , por J. B. Bauer, págs 182-
205). Cfr también R. Kasser, L’Evangile selon Thomas, Neuchâ
tel 1961 (comentario e intento de retroversión); R. McL. Wilson,
Studies in the Gospel of Thomas, Londres 1960; W. Schrage, Das
Verhältnis des Thomasevangeliums zur synoptischen Tradition...,
Berlín (Cuadernos adjuntos a la Zeitschrf. f. d. neutest. Wissen
schaft, 29); sobre esto, también J. B. Bauer , en Bibl. Zeitschrf. 10
(1966) 312-314, y H. Schürmann, ibidem 7 (1963) 236-260.
e Véase Santos, págs 60-62. (N del T).
44 Evangelios apócrifos
de Tomás contiene únicamente una colección de dichos
del Señor. Con lo que de hecho tenemos ante nosotros
el referido género literario.
Este hecho tiene también importancia para el pro
blema de los sinópticos, pues cada vez prevalece más
la llamada «Teoría de las dos fuentes», actualmente
aceptada de manera poco menos que general, por los
neotestamentaristas católicos alemanes. Y dado que las
dos fuentes principales de Mateo y Lucas —es decir:
Marcos y la fuente de logia postulada por los investi
gadores— fueron escritas probabilísimamente en grie
go, pierde bastante terreno la probabilidad de que Ma
teo hubiese escrito originariamente en arameo o hebreo.
Los testimonios antiguos que se aportaron en pro de
un Mateo escrito en lengua aramea y que se remontan
conjuntamente a Papías, han sido referidos hace ya
tiempo al Evangelio de los Nazoreos —que ofrecería
según esto una paráfrasis aramea del texto primigenio
de Mateo (en griego como se ha dicho). Recientemente
J. Kürzinger 11 ha entendido la dudosa expresión de
Papías (hebraidi dialekto) como refiriéndose a la ma
nera semítica de exponer; de modo que no cabe ha
blar en absoluto de una «lengua» aramea en este caso.
Con esto se despeja también el camino por parte de la
Tradición, para la tesis —sustentada con buenas razo
nes— de que nuestro Mateo canónico no es una tra
ducción.
Por lo que atañe a las fuentes del Evangelio de To
más, hasta el presente ha quedado establecido que
entre ellas figuran evangelios judeocristianos —quizá
el de los Nazoreos y el de los Hebreos — y también evan
gelios de cristianos procedentes de la gentilidad, como
11 Bibl. Zeitschrf. 4 (1960) 19-38.
Tipo gnóstico. Según Tomás 45
es el de los Egipcios. Resulta imposible por otra parte
dar a este problema una respuesta con algún fundamen
to, dada la fragmentaria transmisión de estos apócrifos.
Tras todas estas consideraciones, resulta sin embargo
seguro que nuestra colección de logia según el Pseudo
tomás fue compilada ya en el siglo II.
¿En qué círculos ideológicos habremos de buscar
a su autor? Esto es más difícil de determinar todavía;
con todo, pudo muy bien tratarse de un gnóstico. Mul
titud de textos pertenecientes al Evangelio de Tomás
parecen —si los comparamos con nuestros evangelios
canónicos— haber sido modificados o abreviados para
ponerlos al servicio de especulaciones gnósticas, base
del texto que ahora estudiamos. Por otro lado no hay
que desechar la posibilidad de que el compilador haya
acudido de cuando en cuando a fuentes judeocristia
nas buenas y antiguas, y así, pasando por el Evange
lio de Tomás, cabe que hayan llegado hasta nuestros
días tal o cual sentencia de Jesús en una forma de
transmisión más antigua, o también, en resumidas
cuentas, un auténtico logion del Señor desconocido has
ta el presente.
El logion 2.° del Pseudotomás procede del Evange
lio de los Hebreos: «Dice Jesús: Quien busca, no ce
jará hasta que halle; y cuando hallare se llenará de
estupor; y cuando se llene de estupor, se maravillará
y reinará sobre todo.» Este pasaje encuentra su expli
cación, quizá en la espiritualidad místico-gnóstica tal
como se revela en los Pseudoclementinos judeocristia
nos y en el Corpus Hermeticorum: también allí llenar-
se de estupor es un grado hacia la paz escatológica, y
en los Pseudoclementinos la paz es el último y máximo
46 Evangelios apócrifos
de los predicados de Dios: «Señor de todas las cosas,
Padre y Dios..., Tú eres la Paz» 12.
También del citado Evangelio de los Hebreos ha de
proceder otro logion que ha levantado ya una gran pol
vareda. Es el siguiente: «Dijéronle a Jesús los discí
pulos: Sabemos que te nos irás. ¿Quién será entonces
el primero de entre nosotros? Jesús les dijo: Donde
quiera que llegareis id a Santiago el Justo, por cuyo
motivo fueron hechos el cielo y la tierra» (Logion 12).
Hasta Der Spiegel f se ha referido a una conferen
cia pronunciada en Bonn por el Prof. E. Dinklers. Der
Spiegel se expresó al propósito en estos términos: «La
Iglesia católica tiene razones de peso para rechazar
ásperamente el Evangelio de Tomás, aun antes de exa
minarlo con mayor precisión científica.» Al decir recha
zar ásperamente por parte de la Iglesia, esta revista
alude a una opinión —a la que Der Spiegel se refirió
poco antes en ese mismo artículo— sustentada por
K. Th. Schäfer 13 y por mí mismo; con eso se nos co
locó el sambenito de «papistas» y se nos acusó de emi
tir juicios temerarios («aun antes de examinarlo con
mayor precisión científica»).
Recalquemos expresamente que la opinión cientí
fica sobre esta cuestión es rotundamente firme. Sabe
mos —como respuesta al problema del primado de San-
12 Cfr Ph. Vielhauer, Aufsätze zum NT, págs 215-234, Mu
nich 1965, tomado de Festschrift E. Haenchen, págs 281-299, Ber
lín 1964.
f Ni que decir tiene que esta revista, leidísima, carece de au
toridad en las materias que ahora tratamos. Como es sabido, sue
le ocuparse de temas de gran actualidad internacional, dándoles
un enfoque pugnaz. (N del T).
13 Der Primat Petri und das Thomasevangelium, en Festgabe
Jos. Kard. Frings, págs 353-363, Colonia 1960.
Tipo gnóstico. Según Tomás 47
tiago— que éste era jefe de la comunidad primitiva de
Jerusalén y representante de un judeocristianismo es
tricto (cfr. Hech 15; 21, 18 ss, y Gal 2). El Evangelio
de los Hebreos le hace «en contradicción con los he
chos históricos, participante en la Ultima Cena del
Señor y uno de los primeros testigos, y con eso uno de
los más importantes valedores, de la Resurrección de
Jesús» g . Así se expresa el Prof. Ph. Vielhauer, neotes
tamentarista protestante de Bonn, en la introducción
a su nueva refundición del Evangelio de los Hebreos14 .
No hay duda de que cuando se recalca la preeminencia
de Santiago, se trata de esfuerzos realizados por parte
de judeocristianos disidentes, que desde el punto de
vista histórico carecen de sustancia y resultan total
mente secundarios para la cuestión del primado de
Pedro. También colegas míos, ciertamente no aqueja
dos de temerarios juicios, participan de la misma opi
nión. Las hipótesis tan aventuradas como esta del pri
mado de Santiago, no están pues mejor fundadas que
las afirmaciones de un sectario moderno.
No es raro que se pueda lograr captar el espíritu
del que el compilador de nuestro apócrifo se halla im
buido, si consideramos más de cerca las divergencias
que presenta su texto respecto a los canónicos o las
combinaciones que hace con ellos. Así, por ejemplo,
g Tres son los personajes llamados Santiago, que los Evan
gelios nos dan a conocer: Santiago el Mayor, Apóstol, hermano
de Juan, martirizado el año 44; Santiago el Menor, Apóstol, hijo
de Alfeo; Santiago, llamado «Hermano del Señor» (Gal 1, 19),
que gobernó hasta su muerte la comunidad de Jerusalén y era
hijo de María (Mc 16, 1), denominada en otro lugar (Jn 19, 25)
María de Cleofás a causa de su marido (Nacar-Colunga). Bauer
se refiere al último de los tres. Algunos autores identifican a
este tercer Santiago con el segundo. (N del T).
14 En Hennecke-Schneemelcher I, pág 105.
48 Evangelios apócrifos
en el logion 79 del Pseudotomás se dice: «Dijo una
mujer de entre la multitud: Bendito el vientre que te
llevó y los pechos que te amamantaron. El le dijo:
Benditos los que han oído la Palabra del Padre y la
han guardado en verdad. Pues vendrán días en que
digáis: Bendito el vientre que no concibió y los pe
chos que no dieron leche.»
La alabanza a la madre de Jesús, que aparece en
Lc 11, 27 s se combina aquí intencionadamente con
las palabras de Cristo tocantes a la ruina de Jerusalén
(Lc 23, 29); entonces, según la profecía del Señor,
serán tenidas por afortunadas aquellas mujeres que
no tienen hijos o que «todavía» no los tienen, pues al
verse libres de cuidados maternales podrían huir más
fácilmente. Estas últimas palabras de Jesús adquieren
en el Pseudotomás al ir inmediatas a la alabanza de
su madre, resonancias (totalmente no jesuánicas) de
demanda encratita, como si quisiese dar «bienaventu
ranza, en verdad» a los continentes.
El logion 107 trae una forma abreviada de la pa
rábola de la oveja perdida: «Dijo Jesús: Semejante es
el Reino a un pastor que tiene cien ovejas. Una de ellas
—¡era la mayor!— se perdió. Dejó las noventa y nue
ve y buscó a esa una hasta que la encontró. Cuando
hubo descansado dijo a la oveja: A ti te amo más que
a las noventa y nueve.» El ingrediente más llamativo
de este logion, comparándolo con las redacciones trans
mitidas por Mateo y Lucas, consiste en la aseveración
de que la oveja perdida era la mayor de todas. En el
logion 8 narra Jesús una parábola que recuerda a
Mt 13, 47-50. Nos habla allí de un pescador sabio que
echó su red al mar cobrando una copiosa pesca: mu
chos peces pequeños y, entre éstos, uno grande; el
Tipo gnóstico. Según Tomás 49
pescador sabio devolvió al agua todos los peces chicos
y eligió sin vacilar el grande. Algo parecido cuenta
Jesús —logion 96— a propósito de la mujer que mezcló
un poco de levadura en la masa, y la trabajó haciendo
de ella grandes (!) panes. No nos podrá extrañar que
se encuentre también en el Evangelio de Tomás la
parábola del grano de mostaza, pues en ella el creci
miento hacia lo grande adquiere inmensas proporcio
nes ya en el texto canónico. En un escrito gnóstico
esto se explicará por «el punto inmediato que deviene
magnitud inconmensurable», éste es el «uno» el ›n
(= lo uno) que hay que volver a encontrar, la plenitud,
el pleroma. Cristo, como redentor liberado, señala con
su muerte el camino que también ha de seguir el gnós
tico: por eso se dice aquí como en otros pasajes del
Pseudotomás, que el pastor «descansó»; el término
copto «hise» puede significar también «padecer», pero
en realidad siempre corresponde al griego kopi£w
( = estar cansado). Reconsiderándolo todo desde la
interpretación de la parábola dentro del mito gnóstico,
vemos sin dificultad por qué se redujo el texto primi
tivo a una redacción abreviada; esto es: a aquello que
para los gnósticos era esencial.
Con seguridad, el logion 53 no procede de Jesús.
«Dijéronle sus discípulos: ¿Aprovecha o no, la cir
cuncisión? El les dijo : Si aprovechase, vosotros, pa
dres, los hubierais engendrado circuncisos en su ma
dre. Pero la verdadera circuncisión en el espíritu, sí
encuentra pleno provecho.» Este logion tiene un pa
ralelo judaico: Tineius Rufus, que fue gobernador de
Judea en 132, preguntó en cierta ocasión al famoso
Rabbi Akiba ( † hacia 135), entre otras cosas lo siguien-
te: «Si Dios gusta tanto de la circuncisión, ¿por qué
50 Evangelios apócrifos
el niño no sale ya circunciso del vientre materno?» Y
Rabbi Akiba contestó con otra pregunta, como era
usual entre rabinos: «¿Por qué sale pues con él su
cordón umbilical? ¿Acaso no tiene la madre que cor
társelo también? Y ¿por qué sale incircunciso? Porque
Dios dio sólo a Israel el mandamiento, para que se
purificase por él.» El emperador Adriano prohibió la
circuncisión y ésta fue una de las razones que llevaron
a los judíos a sublevarse el año 132.
Para la tradición sinóptica, la circuncisión todavía
no había sido puesta en tela de juicio. Jesús y el Bau
tista estaban circuncidados. La necesidad de la circun
cisión hubo de ser discutida por primera vez, al admi
tirse gentiles en el cristianismo. Pablo exige la circun
cisión del corazón (Rom 2, 29; cfr. Jer 4, 4 entre otros),
y sólo con dificultades logra imponerse al judaísmo y a
la titubeante comunidad primitiva (Concilio Apostóli
co; Hech 15, 6-31 y Gal 2, 1-10). Por todo lo dicho, Jesús
no pudo haber pronunciado este logion 53: de haberlo
hecho, cualquier discusión sobre el valor de la circun
cisión hubiera quedado erradicada de antemano. No
obstante, la Iglesia pudiera más tarde haberse sentido
autorizada a poner en boca de Jesús esta sentencia. El
gnóstico pensó —seguro— en el despojamiento de la
vida carnal, siguiendo su peculiar manera de pensar;
esto es análogo al uso que ellos hacen también de
Ef 4, 22-24 y 2, 14-16: al dejar la vida carnal, el hom
bre dividido vuelve a ser uno, un nuevo ente humano
que ya no es varón ni hembra.
Un sistema de composición del que especialmente
gustan los apócrifos que ahora estudiamos, consiste en
introducir paralelismos contradictorios, tal como apa
recen en la sentencia de Jesús transmitida por seis ve-
Tipo gnóstico. Según Tomás 51
ces: «Quien quiere guardar su vida, la perderá, y quien
la pierde (por mi causa) la salvará» 15 . Aquí se juega
con el doble sentido de la palabra «vida» (la de acá
abajo, y la imperecedera y de verdad), y eso mismo
suele suceder también muchas veces en el Evangelio
de Tomás con términos de doble significado. Un ejem
plo nos lo ofrece el logion 43: «Dijéronle sus discípu-
los: ¿Quién eres tú, que nos dices esto? Dijo Jesús:
¿No conocéis quién soy yo por las cosas que os hablo?
Iguales os habéis hecho a judíos, que aman el árbol
mas odian su fruto, y aman el fruto pero detestan el
árbol.» Ciertamente, de lo que aquí se trata es del se
creto mesiánico. Jesús diría a propósito de los judíos:
Aman su pueblo y odian al Hijo de ese pueblo, al Me
sías (que es El), pues no lo conocen; y por otra parte
aman al Mesías (tal como ellos se lo representaban),
con lo que odian al árbol (a su propio pueblo) porque
un Mesías entendido así no podrá redimir en verdad
a su pueblo.
Siguiendo esta misma clase de paralelismos con
tradictorios, el logion 101 amplía una conocida sen
tencia del Señor: «Quien no odie a su padre y a su
madre como yo, no podrá ser mi discípulo. Y quien a
su padre y a su madre no ame como yo, no podrá
ser mi discípulo.» Sépase que en las lenguas semí
ticas el Espíritu Santo es femenino y fue califica
do de «madre» dentro de los sistemas gnósticos. La
primera parte de estas pretendidas palabras de Jesús
hay que tomarla en su sentido usual, pero la segunda
alude al Padre celestial y al Espíritu Santo como Ma-
15 Estas palabras fueron tomadas probablemente de un tópico
castrense, que procuraba infundir valor en los soldados ante el
combate, cfr. J. B. Bauer, en Neutestamentliche Aufsätze, Fest
schrift Jos. Schmid, págs 7-10, Regensburg 1963.
52 Evangelios apócrifos
dre de perfección. Afrahates, el más antiguo de los es
critores eclesiales sirios (Tratado 18, 10), da testimonio
de esta manera de entender el texto a la que acabo de
referirme, cuando explica el pasaje Gen 2, 24: «Deja
rá el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su
mujer, y ambos serán una sola carne.» Dice así Afra
hates : «Es ésta una grande y poderosa profecía.
¿Quién deja pues realmente padre y madre, al tomar
mujer? El sentido es más bien el siguiente: El hombre
mientras no ha tomado mujer ninguna, ama y honra a
Dios, su Padre, y al Espíritu Santo, su Madre, y no co
noce otros amores. Pero tan pronto como el hombre
toma mujer, abandona a ese Padre y a esa Madre a
quienes acabo de referirme; su espíritu, su corazón y
su pensamiento dejan de dirigirse a Dios para ir hacia
el mundo, que él posee con agrado y al que ama “como
un hombre ama a la mujer de su juventud” (Prov 5, 18).
Este amor hacia la mujer es totalmente distinto del
amor al Padre y a la Madre.»
¿No constituye este texto de Afrahates una confir
mación sorprendente de mi manera de entender el lo
gion 101, tal como nos lo ha transmitido el Pseudoto
más? Con seguridad pertenece a un tipo de espiritua
lidad ascética, de la que también Afrahates estaba im
buido. También el Evangelio de la Verdad (24, 6s) con
sidera así la acción redentora del Logos; dice: «El
(el Logos) los purifica (a los eones caídos). Y los vuel
ve a llevar al Padre y a la Madre.»
Ciertas variantes textuales referentes a determina
das sentencias de Jesús en el Evangelio de Tomás, nos
llevan a plantearnos el problema del grado o escalón
en que se hallan dentro del proceso transmisorio; es
decir: si son más antiguas o si son posteriores a la
Tipo gnóstico. Según Tomás 53
forma que nos es familiar por tradición sinóptica. To
memos el pasaje Lc 12, 49 : «He venido a poner fue
go en la tierra (pàr bale‹n, es un semitismo y no debe
traducirse con la expresión “arrojar fuego”), y ¡cómo
deseo que arda ya!» El logion 10 del Pseudotomás
reza así: «Dice Jesús: Yo he puesto fuego en el cos
mos y lo preservo mientras él (en copto tanto “cos
mos” como “fuego” son masculinos; por lo tanto no
puede decidirse a cuál de los dos sustantivos se re
fiere) arde.» San Lucas pone a continuación el ver
sículo 50, que trata sobre el bautismo, de modo que ba
sándose en su paralelismo con el versículo precedente,
hay que considerar al fuego como objeto ardiente (y
no a la tierra). Con todo, es perfectamente posible que
el logion de Jesús en el Pseudotomás tenga ante sus
ojos el incendio cósmico y escatológico del mundo o
al menos el del juicio y sentencia. Es sorprendente la
sustitución de la expresión lucana «tierra» por la joá
nica «cosmos», como los otros giros típicamente joáni-
cos de «preservar», «guardar», thršw. No hay duda
de que aquí hemos de ver una indicación referente al
grado de transmisión. Así también en Lucas el fuego
aún no se ha encendido, mientras que en el Pseudoto
más arde ya. Ahora bien, Tomás alude seguro con esta
palabra a una cosa distinta, como veremos en seguida.
Algunas veces el compilador ha conseguido flexio
nar el sentido original de un logion gracias a la sus
titución de una sola palabra; por ejemplo, en el lo
gion 113 : «Sus discípulos le dijeron: ¿Qué día ven
drá el Reino de los Cielos? Jesús dijo: No viene
en el andar buscándolo con la vista...» Aquí se ha
puesto «andar buscándolo con la vista» — expecta
ción—, en lugar de «ostensiblemente» (con aparato
de signos apocalípticos). Con lo que el sentido jesuá-
54 Evangelios apócrifos
nico (Lc 17, 20 va contra los cálculos apocalípticos
anticipados) queda totalmente dejado a un lado: para
los gnósticos el Reino ha venido ya «se halla extendi
do sobre la tierra, sólo que los hombres no lo ven».
De manera semejante se expresa el logion 51: a la
pregunta de los discípulos sobre cuándo llegaría la
paz de los muertos, sobre cuándo habría de venir el
mundo nuevo, Jesús contesta así: «Lo que andáis
buscando con la mirada, ha venido ya, pero no lo co
nocéis.» Para los gnósticos el Reino no es la Iglesia,
sino el reino de la luz, y esa parte de él —el rayo que
viene de lo alto— que el gnóstico lleva en sí. Es fácil
imaginar que a la vista de todas estas concepciones
cualquier escatología cristiana queda demasiado cor
ta. No puedo desarrollar aquí esta cuestión con ampli
tud mayor 16.
Ultimo logion (114) del Evangelio de Tomás. «Dí
joles Simón Pedro: María pudiera írsenos, pues las
mujeres no son dignas de vivir. Habló Jesús: La lle-
varé conmigo para hacerla hombre y así llegue tam
bién a ser espíritu vivo igual que vosotros, hombres.
Pues una mujer que se hace hombre, entrará en el
Reino de los Cielos.» Ya nos es conocida esta concep
ción ideológica gracias al Evangelio de los Egipcios.
Resulta notable que estas palabras «las mujeres no
son dignas de vivir», estén puestas precisamente en
boca de Pedro, pues este apóstol escribe expresamen
te en 1 Pe 3, 7 que las mujeres «han de heredar con
vosotros la gracia de la vida eterna». El logion 114
parece ser un comentario gnóstico de este pasaje.
16 Cfr a este propósito, por ejemplo R. Haardt, en K. Schu
bert, Vom Messias zum Christus, págs 315-336, Viena 1964.
Tipo gnóstico. De Felipe 55
Hay pues que admitir como resultado de nues
tras consideraciones, que el compilador gnóstico del
Evangelio de Tomás dio su propia y gnóstica inter
pretación a todas las sentencias y parábolas de Jesús
que aparecen en este apócrifo; como hemos visto, no
sin introducir cambios en ellas. A pesar de eso no es
seguro ni mucho menos, que el compilador haya he
cho un excerpta de nuestros textos canónicos. Por lo
demás, hablar de un compilador no resulta totalmen
te exacto, pues es poco menos que seguro que el úl
timo de los recopiladores fuese precedido por otros
varios. De ellos tomó, como puede comprobarse, ma
teriales procedentes de fuentes extracanónicas y, con
seguridad, también tomó ocasionalmente otras cosas
pertenecientes a la tradición que corría paralela a
nuestros sinópticos.
2. EVANGELIO DE FELIPE
En el mismo códice III (X) de Nag Hammadi e
inmediatamente después del Pseudotomás, viene el
Evangelio de Felipe 17 . Todo lo consignado a propó
sito del Evangelio de Tomás vale para el de Felipe,
con sentido aún más estricto. A saber: no se trata de
17 Texto y traducción: W. C. Till, Das Evangelium nach Phi
lippos (Patristische Texte und Studien, 2) Berlín 1963; cfr sobre
esto mi reseña en Theologische Revue 61 (1965) 236-238. Primera
traducción alemana por H. M. Schenke, Theologische Literatur-
zeitung 84 (1959) 1-26, reimpresa en J. Leipoldt - H. M. Schenke,
Koptischgnostische Schriften aus den Papyrus-Codices von Nag
Hammadi, págs 31-65, Hamburgo-Bergstedt 1960. Traducción in
glesa con comentario, por R. McL. Wilson, The Gospel of Philip,
Londres 1962. J. B. Bauer, De Evangelio secundum Philippum
Coptico, en Verbum Domini, Roma 41 (1963) 290-298.
56 Evangelios apócrifos
un evangelio en la acepción corriente que podemos
darle a este término. Si a pesar de esto se le denomi
na así, es simplemente para indicar que ahora aludi
mos con tal expresión a un producto literario deter
minado. Mientras que el Evangelio de Tomás — en el
cual campea el nombre de un apóstol tan injustamen
te como en este otro— consta de sentencias singula
res del Señor, el que ahora comentamos no es más
que una antología, un florilegio de textos con variado
contenido y no pocos con sello gnóstico; valentiniano,
para ser más exactos. Buena parte de estos materiales
proceden con seguridad de textos cristianos antiguos,
cuya utilización se consiguió merced a una exégesis
gnóstica adicional. Los coptólogos fechan el manuscrito
con ciertas garantías de acierto, durante el siglo IV [Link].
El texto copto es, casi seguro, una traducción del grie
go. Los textos son antiguos; proceden probablemente
del siglo II. Una antigüedad tan venerable hace que
muchos de estos materiales —de suyo carentes de sen
tido gnóstico y procedentes quizá de círculos ortodo
xos— tengan especial valor para nosotros.
Vamos a estudiar algunos.
«Un gentil no muere, pues nunca vivió para que
pueda morir. Quien ha venido a la fe en la verdad, ha
venido a la vida y corre el peligro de morir, ya que
vive» (n.° 4). Ya en el logion «deja a los muertos ente
rrar a sus muertos» (Mt 8, 22; Lc 9, 60), aquellos que
no vinieron a la fe o todavía no han creído son deno
minados «muertos», mientras que Jn 4, 36 precisa al
respecto que aquel que creyere en el Hijo, tiene ya
vida eterna, dio ya el paso desde la muerte a la vida
(Jn 5, 24; cfr 6, 47; 17, 3, etc.). Partiendo de esta ter
minología es como se origina en el texto objeto ahora
Tipo gnóstico. De Felipe 57
de estudio, el tono admonitorio de que prestemos aten
ción, pues sólo el vivo puede morir y, así, quien —como
decimos— ha comenzado a poseer vida sobrenatural ha
llegado ya a la situación de poder volverla a perder.
Algo semejante expresó Pablo mediante una imagen:
«Así, pues, el que cree estar en pie, mire no caiga»
(1 Cor 10, 12), pues solamente quien esté en pie podrá
caerse. «Quien ha venido a la fe en la verdad» recuer
da a la expresión paulina «conocimiento de la verdad»
de Heb 10, 26; 1 Tim 2, 4; 2 Tim 2, 25; 3, 7, que alu
de a la ilustración por el bautismo y a la profesión de
fe baptismal. Esta terminología constituye también un
indicio de la época en que apareció el texto que nos
ocupa.
El número precedente (3) del Evangelio de Felipe
trabaja imágenes emparentadas con las que acabamos
de referir: «Aquellos que heredan a los muertos están
muertos ellos mismos y a muertos heredan. Empero
quienes a vivos heredan, vivos están y heredan a vi
vos y muertos. Los muertos a nadie heredan, pues
¿cómo puede heredar un muerto? Si el muerto hereda
al vivo, el vivo no morirá, pero el muerto vivirá tanto
más.» Nosotros tenemos eterna herencia, vida eterna,
por la muerte de aquel al cual no puede retener la
muerte y por eso es denominado el Vivo (es decir, el
Resucitado) (cfr Heb 9, 15; Tit 3, 7). Una vez más se
interpreta aquí en su hondo sentido una evidencia:
un muerto no puede ser heredero; por tanto, quien
no cree, y en consecuencia no tiene verdadera vida sino
que está muerto, no hereda aquello— la Vida— que po
dría heredar de Cristo.
Al parecer existió una antigua máxima: «Un muer
to no hereda a un vivo.» En el Apophthegmata Patrum,
58 Evangelios apócrifos
dichos de los monjes del desierto (Casiano, 8); leemos
que cierta vez hubo un monje que vivía en una cueva
del yermo y al cual vinieron sus parientes para anun
ciarle que su padre se hallaba enfermo de muerte:
«¡Ven y recoge su herencia!» Mas el monje respon
dió: «Ante mi padre he muerto para el mundo: un
muerto no hereda a un vivo.» Vemos, también aquí, el
mismo y profundo sentido. Pudiera ser que este mon
je conociera el Evangelio de Felipe.
Claramente hemos de entender el número 43 como
refiriéndose a la señal indeleble que el cristiano recibe
por el bautismo: «Dios es (como) tintorero. Los buenos
colores son llamados verdaderos y desaparecen con las
cosas que ellos tiñeron; así sucede con aquellos a quie
nes Dios tiñó. Y como sus colores son imperecederos,
vuélvense (también) imperecederos (los teñidos) por sus
drogas. Mas Dios bautiza con agua, a los que El bau
tiza.» El original griego hacía un juego de palabras en
este pasaje: en griego teñir se dice b£ptein y bautizar
se dice bapt…zein 18 . Como es sabido, ya los antiguos
griegos apreciaban los colores indelebles que no deste
ñían al lavar.
El número 54 se relaciona con el que acabamos de
estudiar: «El Señor fue a la tintorería de Leví. Tomó
setenta y dos colores y los echó en una tina. Todos los
sacó blancos y dijo: Así también ha venido el Hijo del
Hombre; como tintorero.» Nuevamente se hacen idén
ticos «teñir» y «bautizar» mediante el susodicho juego
de palabras. El tintorero borra todo color en el bautis
mo y hace surgir la radiante blancura de la inocencia.
Ignacio de Antioquía dice a propósito de la comunidad
18 Cfr sobre esto J. Ysebaert, Greek Baptismal Terminology,
its origins and early development, Nimwegen 1962.
Tipo gnóstico. De Felipe 59
cristiana de Roma (en la introducción a su carta diri
gida a ella) que está llena de gracia y limpia de todo
color extraño.
El número 51 habla de aquellos que han recibido
el Espíritu. No es cosa decidida que bajo este título
haya que entender primariamente a los gnósticos. «Los
vasos de cristal y de alfarería nacen por el fuego. Mas
los de cristal, cuando se rompen, serán refundidos;
pues surgieron de un soplo (espíritu).» El texto suena
a meditación sobre la resurrección, tal como es profe
tizada en Ez 37, 1-14; el bautismo pone los fundamen
tos de la resurrección, ya que en él nos es dado el Es
píritu como prenda de resurrección corporal (Rom 5,
5; 8, 11; Gal 3, 2; 4, 1; 1 Tes 4, 8; Ef 1, 13). El Espí
ritu es primicias (Rom 8, 23), sello de Dios que garan
tiza su total efusión (2 Cor 1, 22; Ef 1, 14). El Espíritu
de Dios es el poder que obrará la resurrección de la
carne (2 Cor 3, 6; Gal 6, 8). Dentro de este cuadro, la
figura del fuego no puede significar más que los sufri
mientos y pruebas propios de la vida terrena; al final
de ella se romperá el vaso del cuerpo (cfr. también
Ap 2, 27).
El número 52 nos ofrece un ejemplo que habla por
sí solo: «Un asno que hacía girar la piedra de un mo
lino, andando recorrió cien leguas. Cuando lo soltaron,
se encontró con que estaba en el mismo sitio. Hay hom
bres que recorren mucho camino sin avanzar nada. Y
al llegar la noche no vieron ciudad ni poblado... En
vano se han esforzado los miserables.» Piénsese en la
enérgica acentuación de la ética como medio para lo
grar la salvación, de Mt 7, 21-23; recuérdese también
el salmo 127.
60 Evangelios apócrifos
En cuanto al número siguiente (53) declara: «La
Eucaristía es Jesús, en siríaco se le denomina Phari
satha, que quiere decir “el extendido”. Pues Jesús vino
para ser crucificado en pro del mundo.» Este término
siríaco tiene doble significado: unas veces quiere de
cir el pan ya partido (como en Hech 2, 46), incluso hos
tia (como enseña el diccionario sirio de Brockelmann);
otras en cambio significa lo expresado en este texto:
el que es extendido en la cruz (cfr sobre esta expresión
Epicteto 3, 26, 22; Jn 21, 18; Epístola de Bernabé 12,
1; Ireneo 1, 7, 2).
El número 56 se expresa como sigue, a propósito
de los espiritualmente ciegos, de los incrédulos: «Cuan
do un ciego y uno que ve se hallan en la oscuridad,
no se diferencian uno del otro. Venida la luz, el viden
te verá la luz y el ciego permanecerá en tinieblas.»
Como se anuncia en el prólogo de san Juan, el logos
preexistente era ya la luz que vino al mundo y al que
los hijos de las tinieblas no quisieron conocer. Cierto
que tampoco el que ve, el que cree, ha de poder con
templar verdaderamente la luz antes de la parusía
(cfr 2 Cor 5, 7; 1 Cor 13, 12a; 1 Tim 6, 16). La luz,
el Mesías, ciertamente ha venido ya en lo básico, pero
será manifestado cabalmente por vez primera cuando
regrese al final de los tiempos (Is 49, 6; Lc 2, 32;
Hech 13, 47; cfr Epístola de Bernabé 14, 7-9 donde se
ofrece una vinculación con los recién citados textos de
Is 49, 6s y 61, 1s). Entonces será cuando el creyente
verá por primera vez «cara a cara».
El único texto que nombra al apóstol Felipe es el
número 91 : «Dijo el apóstol Felipe: José el carpin
tero plantó un bosquecillo, pues necesitaba maderas
para su trabajo de artesano. El fue quien fabricó la
Tipo gnóstico. De Felipe 61
cruz con los árboles que había plantado. Y su Hijo col
gó de aquello que él plantara. Su Hijo era Jesús; su
plantío, la cruz.»
Esto parece ser una leyenda ilustrativa de lo escri
to (Gen 3, 17-19) sobre la tierra maldita que únicamen
te germina espinas y abrojos para el hombre, tras du
ros trabajos: da noticia sobre el mayor de los fracasos
que jamás haya aquejado a trabajo humano alguno. Mas
precisamente en este fracaso va incluida la salvación,
pues el que en un árbol venciera, en otro árbol había
de ser vencido (ut qui in ligno vincebat, in ligno quoque
vinceretur). El tratado de Afrahates el sirio (Trac. 5,
16) trae una historia comparable a ésta, en el pasaje
que describe la viña que es Israel: « Y ellos trenzaron
las espinas que habían nacido en la viña, y las pusie
ron sobre la cabeza del Hijo del Señor de la viña; pues
desde que existía la viña maduraba tales frutos.» En
ambas ocasiones vemos a un pensamiento revestirse
con el ropaje de la historia.
Leamos un texto más, el último. Número 112: «A
aquel que la mujer ama, a ése se igualan los que ella
parirá. Si es a su marido, se igualan a su marido; si
es a un adúltero, al adúltero se igualan. Muchas veces,
cuando una mujer duerme con su marido de manera
obligada, mientras su corazón está junto al adúltero
con quien ella acostumbra a unirse, pare al que ha de
parir de suerte que resulta semejante al adúltero. Mas
vosotras que estáis con el Hijo de Dios, no amáis al
mundo sino al Señor, y así lo que produzcáis no será
semejante al mundo, sino que, por eso, será semejante
al Señor.»
El concepto es muy antiguo; se remonta a Empé
docles. Orígenes parece haberlo aplicado con el sentido
expuesto; Tertuliano sabe que las «doncellas» licen-
62 Evangelios apócrifos
ciosas conciben fácilmente y sin rebozo traen hijos al
mundo, que son como calcados de la misma cara de sus
ocasionales padres (simillimos patribus, Virg. vel. 14,
4). Las obras descubren el carácter del hombre, dan
prueba manifiesta de su amor al Señor (cfr 1 Cor 13;
1 Jn 2, 15-17).
Difícilmente podemos sustraernos al singular en
canto de estos textos paleocristianos, cuyo origen, como
el de muchos otros materiales del Evangelio de Felipe,
apenas es gnóstico.
Renuncio a ofrecer más muestras de evangelios de
esta clase. Son productos que no sólo se alejan profun
damente en cuanto a la forma literaria, de otras canó
nicas comparables, sino que también se hallan muy
distantes por lo que toca al contenido. Para compren
derlos es menester un conocimiento de los sistemas
gnósticos, que cae fuera de lo corriente. Un conocimien
to que no presupongo en el lector y que, por otra parte,
tampoco puedo proporcionárselo aquí dado el marco
donde ahora me muevo.
III. EVANGELIOS APOCRIFOS DE TIPO
COMPLETIVO
Como tercera categoría de apócrifos habíamos se
ñalado aquellos cuyo origen hay que agradecérselo a
la curiosidad piadosa del pueblo, que no aceptaba las
lagunas existentes en las narraciones canónicas, sino
que las colmaba con leyendas. Los evangelios apócri
fos de la infancia 19 sobrepasan con mucho lo que Ma-
teo y Lucas nos permiten saber 20 en sus narraciones
sobre el nacimiento y niñez de Jesús.
19 Como introducción cfr O. Cullmann, en Hennecke - Schne
emelcher I, págs 272-276. Una exposición de conjunto y sistemá
tica, no superada hasta el presente, de lo que los apócrifos nos
dicen sobre la vida de Jesús, es la de W. Bauer, Das Leben Jesu
im Zeitalter der neutestamentlichen Apokryphen, Tubinga 1909.
20 Lease sobre esto A. Vögtle, en Bibl. Zeitschrift, serie nue
va 8 (1964) 45-47, 239-261; 9 (1965) 32-48; y del mismo autor, en
Bibel und Leben 6 (1965) 246-279; K. H. Schelkle, Palabra y Es
critura, Actualidad Biblica 20, FAX, Madrid; el mismo autor, en
Bibel und zeitgemässer Glaube, II: Neues Testament, edición de
J. Sint, págs 11-36, Klosterneuburg 1967; H. Schürmann, en Bibel
und Kirche 21 (1966) 106-111; I. Hermann, Endstation Mensch,
páginas 97-121, Olten und Freiburg 1966.
64 Evangelios apócrifos
1. EVANGELIOS DE LA INFANCIA
El más antiguo de todos, aparecido probablemente
poco después de mediado el siglo II, y en lengua grie
ga, es el llamado Protoevangelio de Santiago.
A. Protoevangelio de Santiago 21
Se le denomina protoevangelio o primer evangelio
porque informa de cosas anteriores a la narración evan
gélica, tales como el nacimiento y niñez de la Madre
de Dios. El título que campea en los más antiguos ma
nuscritos (Papiro Bodmer 5) es el de Nacimiento de
María, Revelación de Santiago. Suele ser frecuente
también «Historia» o «Relación», o, en Orígenes, sim
plemente «Libro de Santiago». Con este nombre se alu
de probablemente al primo de Jesús 22, el cual —según
este apócrifo— sería un hermanastro del Señor habido
de un primer matrimonio de José. El autor utiliza con
mucha libertad las narraciones canónicas sobre la in
fancia y trabaja también con tradiciones legendarias
orales. No conoce muy a fondo las situaciones judaicas,
21 Texto en C. Tischendorf, Evangelia Apocrypha, 2.ª edición,
págs 1-50, Leipzig 1876; reproducido con la correspondiente tra
ducción, notas críticas y nota introductoria por Santos, págs 126-
176. Ediciones críticas del Papiro Bodmer 5, encontrado hace poco:
E. de Strycker, La forme la plus ancienne du Protoévangile de
Jacques, Bruselas 1961. Introducción y traducción, O. Cullmann,
op. cit., págs 277-290 y Michaelis, págs 62-95.
22 Sobre los «hermanos de Jesús», cfr J. Blinzler, en Trierer
theol. Zeitschr. 67 (1958) 129-145, 224-246; y J. B. Bauer, Bibeltheol.
Wörterbuch, págs 171-174, 3.ª ed, Graz 1967.
Tipo completivo. Infancia. De Santiago 65
por lo que difícilmente podrá tratarse de un judeo
cristiano.
Desde el punto de vista teológico y literario, el Pro
toevangelio de Santiago se despega ventajosamente de
los evangelios de la infancia posteriores. Se redactó
para reverencia de María Virgen; y no sólo da muy
tempranamente testimonio de una honda hiperdulía,
sino que proporcionó a la mariología un impulso inau
dito durante los siguientes siglos. Un hecho nos mues
tra lo hondamente que sentía el autor en su corazón
el momento apologético: por razones de esta clase ol
vida de cuando en cuando la discreción usual en esta
materia; por ejemplo, cuando hace que una partera
atestigüe cómo María quedó intacta en su parto. El
Protoevangelio —cuyo autor fue identificado más tar
de con el Santiago llamado el Menor, de Mc 15, 40—
no sólo revistió importancia dogmática, sino que por él
se introdujo toda una serie de fiestas litúrgicas: la
Concepción, la Natividad y la Presentación de María,
y también las festividades de sus padres san Joaquín
y santa Ana. También el arte cristiano se dejó inspirar
reiteradas veces y desde los tiempos más antiguos, por
el apócrifo que ahora estudiamos. Quien desee entender
la iconografía de Nuestra Señora y de la infancia del
Redentor, no podrá llevar adelante su empeño si des
conoce este Protoevangelio h .
Su contenido es como sigue:
Joaquín, hombre rico y estimado, no tiene descen-
h Véase por ejemplo F. J. Sánchez-Cantón, Los grandes temas
del arte cristiano en España: I, Nacimiento e infancia de Cristo,
BAC, Madrid 1948; M. Trens, Santa María. Vida y leyenda de la
Virgen a través del arte español, Subirana, Barcelona 1954.
(N del T).
66 Evangelios apócrifos
dencia. Por eso es rechazado cuando acude al templo
a presentar sus ofrendas. Presa de indecible tristeza
se retira al desierto. Ana, su mujer, que ha quedado
sola, entona una elegía y lamenta su esterilidad. Sen
tada bajo un laurel, mira al cielo y divisa un gorrión
posado en el árbol: «¡Ay de mí!..., he venido al mun
do para ser como tierra maldita... ¡Ay de mí! ¿A quién
me asemejo yo? No a las aves del cielo, puesto que
ellas son fecundas en tu presencia, Señor...» He aquí
que se le aparece un ángel y le anuncia que tendrá
descendencia. También Joaquín recibe esta buena noti
cia por mediación angélica; vuelve a casa y ambos se
regocijan por ella.
Al séptimo mes pare Ana. Este dato cronológico ni
pretende expresar un prodigioso nacimiento prematu
ro, ni tampoco indicar el lapso de tiempo transcurrido
desde el regreso de Joaquín. Más bien, esta cifra sagra
da debe ser expresión —gracias a su simbolismo— de la
santidad de la niña, a quien Ana pone el nombre de
María. La criatura crece robusta. A los seis meses su
madre la pone en el suelo para ver si ya podía tenerse
en pie y María da siete pasitos que son señal de su santo
caminar por la vida. Tenía tres años cuando fue pre
sentada en el templo por sus padres. Allí permaneció
como una palomica, recibiendo alimento de manos de
un ángel.
Cuando María alcanzó la edad de doce años, Zaca
rías, que era sumo sacerdote, hace reunir a los viudos
de Israel. También José deja la azuela y acude. Una
señal milagrosa le designa a él para que tome a María
bajo su protección. José guarda cuidadosamente en
casa a la doncella mientras él va a continuar su tra-
bajo.
Por entonces los sacerdotes acordaron encargar un
Tipo completivo. Infancia. De Santiago 67
velo para el templo del Señor. Y echando suertes entre
siete doncellas, le toca a María bordar la púrpura y la
escarlata, con las que trabaja en casa. Un día de aqué
llos cogió María un cántaro y fue por agua. Mas he
aquí que oye la voz de un mensajero celestial que dice:
«Salve, bendita tú entre las mujeres.» Y se puso a mi
rar a derecha e izquierda para ver de dónde podía pro
venir aquella voz; asustada se vuelve a casa, deja el
cántaro, toma la púrpura, se sienta en su escaño y se
pone a hilarla. Pero de pronto se presenta ante ella un
ángel, diciendo: «No temas, María, pues has hallado
gracia ante el Omnipotente y vas a concebir por su pa-
labra.» Después de la anunciación, María va de visita
a casa de Isabel. Al volver José de sus edificaciones,
ella está ya en el sexto mes. José se hiere en el rostro,
se echa en tierra sobre saco y llora. También María
llora amargamente y da esta respuesta a la pregunta de
José: «Pura soy y no conozco varón.» Replica éste:
«¿De dónde, pues, proviene lo que hay en tu seno?»
María responde: «Por vida del Señor, mi Dios, que no
sé de dónde me ha venido.» Entonces José se llena de
pavor; mas he aquí que un ángel se le aparece en sue
ños y lo tranquiliza.
Cuando Anás, el escriba, se entera casualmente del
estado de María, José ha de comparecer ante el sumo
sacerdote para rendir cuentas de la doncella, que él
tomara bajo su protección. Ambos (María y José) tienen
que beber el agua de la prueba del Señor y marchar
al desierto de donde regresan sanos y salvos. Todo el
pueblo se maravilla de que el agua no hubiese puesto
de manifiesto ningún pecado en ellos. Y el sumo sacer
dote sentencia: «Puesto que Dios, el Señor, no ha de
clarado vuestros pecados, tampoco yo voy a condena-
ros.»
68 Evangelios apócrifos
Cumpliendo la orden de Augusto, se traslada José
a Belén con María y sus hijos (recuérdese que era viu
do, según este apócrifo). Durante el viaje le llega a
María su hora. José encuentra una cueva y deja allí
a María bajo la protección de los otros hijos, mientras
él va en busca de una partera. Encuentra a una que se
viene con él a la cueva. Súbitamente la gruta queda
sombreada por una nube. Cuando la nube se retira,
aparece en su lugar una gran luz irresistible a los ojos,
y cuando ésta se hubo apagado, aparece el niño. La par
tera se maravilla ante aquel nacimiento prodigioso;
sale de la cueva y encuentra a Salomé, a la que cuenta
inmediatamente lo ocurrido. Salomé adoptó a la sazón
el papel de Tomás el incrédulo: «Por vida del Señor,
mi Dios, que si no me es dado introducir mi dedo y
examinar su naturaleza no creeré que una doncella ha
parido.» Mas por haber tentado al Dios vivo, su mano
se desprende carbonizada. En el aprieto ora al Señor,
y entonces un ángel se le aparece, anunciándole: «El
Señor ha escuchado tu oración. Ven, toma al Niño y
serás curada.» Así lo hace Salomé y sana.
Viene ahora la narración de la visita de los Magos
y de la matanza de inocentes por Herodes. María es
conde al niño en una pesebrera. Isabel huye con el pe
queño Juan el Bautista; una montaña se abre permi
tiendo así que madre e hijo encuentren refugio. Hero
des envía emisarios a Zacarías para preguntarle dónde
había escondido a su hijo. El responde que lo ignora y
es asesinado por eso en el templo. Tras descubrir su
cadáver, los sacerdotes celebran consejo, recayendo so
bre Simeón el ser elegido para suceder a Zacarías. Un
breve epílogo en el que el autor se presenta a sí mis
mo cierra este apócrifo.
Tipo completivo. Infancia. De Tomás 69
Resulta notable la antigua transmisión presentada
por este texto, de la noticia del nacimiento de Cristo
en una cueva 23 . Más importante es la descripción del
propio natalicio, pues según ella, y en contraposición
con los canónicos, el parto de María es negado por com
pleto: el niño no nace, sino que aparece. Un decreto
del papa Gelasio rechazó como herético el Protoevan
gelio de Santiago.
B. Narración sobre la infancia del Señor,
de Tomás 24
Posterior al Protoevangelio de Santiago, pero toda
vía dentro del siglo II apareció este otro apócrifo que
recibe el nombre de Evangelio de Tomás. No tiene nada
que ver con el otro Evangelio de Tomás, de tipo gnós
tico-copto, ya estudiado en este libro.
Originariamente fue redactado en griego, pero tam
bién ha llegado a nosotros en traducciones a otras len
guas (latina, siríaca). Nos ha sido transmitido asimismo
su título: «Narración sobre la Infancia del Señor por
Tomás, filósofo israelita».
En este apócrifo se nos da noticia de numerosos mi
lagros obrados por el Niño Jesús antes de tener doce
años, y concluye con el episodio de Jesús en el Templo
23 Cfr Th. Innitzer, Das Höhlenmotiv im Urchristentum, Dis-
curso de Rectorado, Viena 1928.
24 Traducción con su correspondiente introducción y notas crí
ticas, en Santos, págs 282-306, que utiliza y reproduce el texto
editado por Tischendorf, op. cit., págs 140-180; introducción y tra
ducción al alemán, en O. Cullmann, op. cit., pgs 290-299; Mi-
chaelis, págs 96-111.
70 Evangelios apócrifos
cuando ya el Redentor había alcanzado la referida
edad.
A la vista de los escasos conocimientos del autor en
materia de situaciones judaicas, habremos de buscarlo
entre los cristianos procedentes de la gentilidad. Su
pretensión era mostrar llamativamente que la sabiduría
y el poder de hacer milagros se manifestaron ya duran
te la niñez de Cristo. Por ejemplo, leemos que un ra
bino paró su atención en el Niño Jesús y aconsejó a
José que lo enviase a su escuela, como sucedió en efec
to. El rabino se pone a enseñar las letras a los ni
ños. De pronto cae en la cuenta de que el Niño Jesús
le miraba con fijeza. Súbitamente el muchacho comien-
za a hacerle preguntas hasta que, acorralado, el rabino
no sabe qué responder. Entonces Jesús le increpa di
ciendo: «¿Cómo te atreves a explicar a los demás la B
si ignoras tú mismo la naturaleza de la A? ¡Hipócrita!»
Y ante numeroso auditorio —así pone— comenzó el niño
a explicar al maestro la naturaleza de la primera letra:
«Escucha, maestro, la constitución de la primera letra
y fíjate cómo tiene líneas y trazos medianos, a los que
ves unidos transversalmente, conjuntos, elevados, di
vergentes. Los trazos que tiene la A son de tres signos:
homogéneos, equilibrados y proporcionados.» No es ex
traño que el enfurecido rabino solicitara de José que
volviese a llevarse el niño a casa.
Mas el Niño Jesús no sólo es omnisciente, sino que
su poder para obrar milagros no conoce límite. Por
ejemplo: «Días después se encontraba Jesús en una
terraza jugando. Y uno de los muchachos que con él
estaba cayó de lo alto y se mató. Los otros muchachos,
al ver esto, salieron corriendo de miedo y quedó solo
Jesús. Después llegaron los padres del accidentado y
Tipo completivo. Infancia. De Tomás 71
le echaban a él la culpa: Tú lo has tirado. Cuando ellos
pretendieron incluso maltratarle, Jesús subió a la te
rraza y dio un salto desde arriba, viniendo a caer jun
to al cadáver. Y se puso a gritar a grandes voces: Ze
nón —así se llamaba el muchacho muerto—, levántate
y respóndeme: ¿He sido yo el que te ha tirado? El
muerto se levantó al instante y dijo: No, Señor, Tú
no me has tirado, sino que me has resucitado. Al ver
esto quedaron consternados todos los presentes, y los
padres del muchacho glorificaron a Dios por aquel he
cho maravilloso y adoraron a Jesús.»
Cuenta también este apócrifo cómo «otra vez mandó
José a su hijo Santiago, habido en su primer matrimo
nio, que fuera a atar haces de leña para traerlos a casa.
El Niño Jesús le acompañó. Mas ocurrió que mientras
Santiago recogía los sarmientos le picó una víbora en
la mano. Cuando cayó al suelo sintiendo ya las sacudi-
das y las convulsiones de la muerte, se le acercó Je
sús y le sopló en la mordedura. Inmediatamente des
apareció la picadura, reventó la alimaña y Santiago
recobró la salud».
También este apócrifo anuncia al Señor del Sábado,
cuando el niño hace cosas vedadas ese día: «Después
hizo una masa blanda de barro y formó con ella doce
pajaritos. Era a la sazón día de sábado.» Cuando le in
crepan diciendo «¿por qué haces en sábado lo que no
está permitido hacer?», Jesús batió sus palmas y se di
rigió a las figurillas gritándoles: «¡A volar!» Y los
pajarillos se marcharon gorjeando. Así fue cómo se jus-
tificó Jesús.
72 Evangelios apócrifos
C. Otros evangelios de la Infancia
Por fin una última historia procedente del llamado
Evangelio Arabe de la Infancia 25 y que constituye para
nosotros un hermoso ejemplo de cómo trabaja un pseu
doevangelista:
«Jugueteando un día Jesús con los muchachos, vino
a pasar frente a la tienda de un tintorero llamado Sa
lem, quien tenía allí depositados muchos paños para
teñir. Entró Jesús en el taller y se entretuvo en coger
todos los paños que allí había e irlos metiendo en un
recipiente lleno de añil. Pero al llegar Salem y per
catarse del estropicio, se puso a gritar desaforadamen
te y a reñir a Jesús diciendo: ¿Qué es lo que me has
hecho, hijo de María? Me has deshonrado ante los ve
cinos, pues cada uno deseaba un color a su gusto y tú
lo has echado todo a perder. Respondió Jesús: Todos
los colores que quieras cambiar, yo me comprometo a
cambiártelos. Y en seguida empezó a sacar las prendas
del recipiente, teñidas cada una del color que quería el
tintorero, hasta que estuvieron todas fuera. Los judíos,
al ver el portento, alabaron a Dios.»
Un escritor antiguo, Plinio el Joven, nos da noticias
de una práctica de tintorería usada sólo en uno de los
países del mundo de la Antigüedad: Egipto. Primero se
trataban los paños con cierto adobo, para meterlos
después todos juntos en una caldera que contenía un
solo colorante. Entonces cada tela tomaba uno u otro
color, según el adobo con que fue tratada antes. Plinio
no sale de su asombro: en la caldera —nos dice— no hay
25 Santos, págs 307-338; cfr Tischendorf, op. cit., págs 200s;
O. Cullmann, op. cit., pág 299.
Tipo completivo. Infancia. Otros 73
más que un tinte, pero en los paños se veían después
los colores más variados. Naturalmente él ignoraba el
secreto profesional de los tintoreros egipcios, tanto
como la persona que, habiendo contemplado en cierta
ocasión esta experiencia, se basó en ella para inventarle
a Jesús la historieta reseñada i .
i Consta este apócrifo de 55 capítulos, que podemos dividir
en tres grupos.
Primero (capítulos 1-10): influido por el Protoevangelio de
Santiago; abarca desde la ida a Belén para empadronarse, hasta
la cólera de Herodes (nacimiento, pastores, circuncisión, presen
tación en el templo, magos, etc). Merece señalarse como lo más
curioso, la curación de la partera paralítica y su intervención en
la circuncisión; ella fue también quien guardó el prepucio en
una redoma de ungüento de nardo, que luego fue la que María,
la pecadora, compró y derramó sobre la cabeza y pies de Jesús.
Así se dice en este apócrifo.
Segundo (capítulos 11-41): el más original; abarca las peripe-
cias en Egipto y las de la estancia en Belén (sic) al regresar la
Sagrada Familia del país del Nilo. La mayoría de estos fantás
ticos sucesos son curaciones milagrosas (leprosos, posesos, niños
apestados...) obradas —recalquemos esto— por mediación de Ma
ría; casi siempre al aplicar un objeto que estuvo en contacto
físico con Jesús: pañales, agua del baño, cuna, fajas... Una cu-
ración harto original es la de un novio que había sido convertido
en mulo por obra de encantamiento. El episodio del Niño Rey y
Juez, es clásico en la literatura india (Santos). Señalaré también lo
ocurrido con los segundos bandidos: uno de ellos, llamado Tito,
libra a la Sagrada Familia del asalto, sobornando a otro bando
lero, llamado Dúmaco; luego serán el ladrón bueno y malo del
Calvario. También aparecen entre los niños curados los futuros
Apóstoles Bartolomé (o, según la redacción siriaca de este apó-
crifo, Tomás el Gemelo) y Judas Iscariote (que muestra ya su
maldad en el momento de la curación). A este grupo pertenece
el episodio del tintorero, arriba narrado.
Tercero (capítulos 42-55): nuevos sucesos en Belén, hasta la
ida de Jesús al Templo a los doce años de edad. Buena parte de
los episodios que forman este grupo, aparecen también en el
Pseudotomás: la picadura de Santiago, hermanastro de Jesús;
el niño caído desde la terraza; reparación milagrosa del cántaro
de María; los pajaritos de barro que vuelan y castigo del que
74 Evangelios apócrifos
Tenemos que contentarnos con estas muestras de
apócrifos de la infancia, por muy apasionante que sea
adentrarse también por las elaboraciones latinas de es
tos pretendidos evangelios. Me refiero, por ejemplo, al
llamado Evangelio del Pseudomateo 26 , que apareció
escrito en latín quizá durante el siglo VI y fue leidísimo
a lo largo de la Edad Media. En su capítulo 14 se citan
al buey y al asno (sic) del Portal, como adoradores del
Señor j .
injurió a Jesús por haberlos fabricado en sábado; el maestro
confundido y castigado, etc. El episodio de Jesús en el templo
se presenta como un tríptico —entre doctores, entre físicos y
entre astrónomos— y se incluye un canto de alabanza a María
en el momento del hallazgo del niño perdido.
Algunas de estas leyendas —por ejemplo, la de los pajarillos
de barro— han llegado a nuestros días: yo mismo las he oído
contar a gentes sencillas, meramente con carácter de cuentecillos
para niños pequeños. (N del T).
26 Santos, págs 177-242.
Consta este apócrifo de 42 capítulos, divididos en dos gru-
j
pos bien marcados.
Primero ( capítulos 1-17:): es una reelaboración del Protoevan
gelio de Santiago; si bien pudo derivar, según Amann, del Liber
de Infantia Salvatoris et de Maria vel obstetrice (Santos). El ca
pítulo 14, al que Bauer alude en el texto dice así: «Tres días
después de nacer el Señor, salió María de la gruta y se aposentó
en un establo. Allí reclinó al niño en un pesebre, y el buey y el
asno le adoraron. Entonces se cumplió lo que había sido anuncia
do por el profeta Isaías: “El buey conoció a su amo, y el asno
el pesebre de su señor.” Y hasta los mismos animales entre los
que se encontraba le adoraban sin cesar. En lo cual tuvo cumpli
miento lo que había predicho el profeta Habacuc: “Te darás a
conocer en medio de dos animales.” En este mismo lugar perma
necieron José y María con el Niño durante tres días.» La tras
cendencia iconográfica de este capítulo 14 ha sido inmensa (en
nuestros «belenes», sin ir más lejos); aunque la mayoría de las
veces el sentir popular español explica la presencia de los dos
animales no como adoradores, sino dándole calor simplemente.
Segundo (capítulos 18-42): contiene elementos heterogéneos.
Tipo completivo. Infancia. Otros 75
Citemos también De transitu beatae Mariae Virgi-
Algunos son originales; por ejemplo: la adoración y reverencia
de otros animales como dragones, leopardos, leones... ; o de las
plantas, como es el caso de la palmera que se inclina para darles
de comer; también las distancias se acortan milagrosamente
para los fugitivos camino de Egipto. Animales, vegetales y cosas,
obedecen y reverencian pues a su Hacedor. Otros elementos pro
ceden del Pseudotomás (y aparecen también muchas veces en el
Evangelio Árabe de la Infancia); cabe citar: la caída de los
ídolos a su paso; los pajaritos de barro que vuelan y castigo del
que increpa a Jesús por trabajar en sábado; castigo del que le
empujó en son de burla; el maestro confundido; el niño caído
desde la terraza; reparación milagrosa del cántaro de María;
castigo del maestro que quiso golpear a Jesús, etc.
No se da en este apócrifo la mediación de María, tan desta
cada en el Evangelio Árabe de la Infancia; es Jesús quien gene
ralmente toma la iniciativa para proteger milagrosamente a
María y José.
Y ahora un curioso, inédito —y bellísimo— ejemplo de pervi-
vencia en España del capítulo 14 de este apócrifo. Lo he tomado
en Viniegra de Abajo (Logroño) en el verano de 1970, del pueblo,
que lo ha ido transmitiendo por tradición oral y ha llegado a
nuestros días:
Allá juntito a Belén, el Niño de Dios se hiela;
contra el reino de Judea, con el aliento la vaca,
está la Virgen parida el Niño de Dios consuela.
y alumbrándola una estrella. ¡Si el Niño de Dios naciese
Pasó por allá José; en medio la primavera,
le dijo de esta manera: cuando la rosa y la flor,
«¿Qué haces ái, Virgen parida? y no cuando el mundo hiela!
¿Qué haces ái, Virgen doncella?»
Y en viendo al Niño de Dios Y el que esta oración dijiese
metido en tanta pobreza, todos los viernes del año,
sin tener en qué envolverlo sacaría un alma de pena,
si no en una poca hierba y la suya, de pecado.
—y la mula se la come
y la vaca se la lleva [al Niño]— El que l’óy y no lo dice,
maldiciere y a la mula a Nuestro Señor maldice;
y a la vaca bendiciere. el que l’óy y no lo aprende,
Con el aliento la mula, a Nuestro Señor ofende.
Con motivo de la festividad del Domingo de Ramos, los mozos
76 Evangelios apócrifos
nis 27, relación latina sobre los últimos días, la muerte
y la asunción de María. Esta obra fue rechazada ya por
el Decreto del Papa Gelasio. Originariamente se redac-
de Mansilla de la Sierra, cercano a Viniegra de Abajo, recorren
el pueblo cantando este texto y llevando ramas de árbol. Esto, que
puede parecer extraño, tiene su explicación en que, junto con lo
transcrito, cantan también un romancillo más largo sobre la Pa
sión. El desconocido autor es evidentemente el mismo. La cos
tumbre sigue en vigor.
La tonada, que va a continuación, tiene un ritmo lento, macha
cón y muy acompasado.
Esta cantilena se repite sin variación por todo el romance.
Nótese: cómo se recalca la virginidad de María; José queda
totalmente marginado. Muy típicas, las amonestaciones finales y
las gracias espirituales anejas a la oración.
En los versos 15 y 16, la rima se rompe y el sentido se hace
oscuro. Para salvar ambas cosas parece que habría de ser: «Maldi
ciera y a la mula / y a la vaca bendiciera», salvando siempre la
forma popular del verbo. Pero todos los muchos testimonios orales
que he recogido coinciden en “maldiciere” y “bendiciere”. Muchas
gracias a Agustín Rocandio y a Antonio Zavala por su inaprecia
ble colaboración. (N del T).
27 Santos, págs 647-659, reproduce y da la traducción caste
llana del texto editado por C. Tischendorf, Apocalypses Apocry
phae, págs 95-112, Leipzig 1866.
Tipo completivo. Infancia. Otros 77
tó en griego —quizá ya en el siglo v— y ha sido conser
vada en diferentes versiones k .
k Transcribo los momentos principales, según traducción de
Santos:
«Llegado el domingo, y a la hora de tercia, bajó Cristo acom
pañado de multitud de ángeles, de la misma manera que había
descendido el Espíritu Santo sobre los apóstoles en una nube, y
recibió el alma de su madre querida. Y mientras los ángeles en-
tonaban el pasaje aquel del Cantar de los Cantares en que dice
el Señor: “Como el lirio entre espinas, así mi amiga entre las hi
jas”, sobrevino tal resplandor y un perfume tan suave, que todos
los circunstantes cayeron sobre sus rostros (de la misma manera
que cayeron los apóstoles cuando Cristo se transfiguró en su pre
sencia en el Tabor), y durante hora y media ninguno fue capaz
de incorporarse.
»Pero a la vez que el resplandor empezó a retirarse, dio co-
mienzo la asunción al cielo del alma de la bienaventurada Virgen
María entre salmodias, himnos y los ecos del Cantar de los Can
tares. Y, cuando la nube comenzó a elevarse, la tierra entera su
frió un estremecimiento, y en un instante todos los habitantes de
Jerusalén pudieron darse cuenta claramente de la muerte de Santa
María.»
Así dicen los capítulos XI y XII. En los anteriores se narra el
anuncio de la Asunción, su expectación y la milagrosa venida de
todos los Apóstoles —menos Tomás—, que se hallaban dispersos
por la tierra. Los que siguen describen el entierro de María y el
episodio del judío que intentó profanar el féretro. La Asunción
del cuerpo de María viene en los capítulos XVI y XVII: «Después
los Apóstoles depositaron el cadáver en el sepulcro con toda clase
de honores y rompieron a llorar y a cantar, por lo excesivo del
amor y de la dulzura. De pronto se vieron circundados por una
luz celestial y cayeron postrados en tierra, mientras el santo ca
dáver era llevado al cielo en manos de ángeles.
»Entonces el dichosísimo Tomás se sintió repentinamente
transportado al monte Olivete y, al ver cómo el bienaventurado
cuerpo se dirigía hacia el cielo, empezó a gritar diciendo: “¡Oh
madre santa, madre bendita, madre inmaculada! Si he hallado
gracia a tus ojos, ya que me es dado contemplarte, ten a bien
por tu bondad alegrar a tu siervo, puesto que te vas camino del
cielo.” Y en el mismo momento le fue arrojado desde lo alto al
bienaventurado Tomás el cinturón con que los Apóstoles habían
ceñido el cuerpo santísimo (de María). Al recibirlo entre sus ma
nos, lo besó, y, dando gracias a Dios, retornó al valle de Josafat.»
78 Evangelios apócrifos
En cuanto a la Historia de José, el carpintero 28 , nos
ha sido transmitida en versión copto-arábiga y en ver
sión latina. Jesús se halla en el Monte de los Olivos
y cuenta a sus apóstoles cosas referentes a su padre
san José, y a su enfermedad y muerte. Este escrito, que
presenta mitos egipcios con ropaje interpretativo cris
tiano, quizá apareciera ya en el siglo IV después de
Cristo, en el país del Nilo l .
Mostrando este cinturón podrá luego Tomás defenderse (capí
tulos finales) de las increpaciones que le dirigen los demás Após
toles, por no haber sido testigo del entierro de María. Consta este
apócrifo de 24 capítulos. (N del T).
28 Santos, págs 339-358. Traducción alemana: S. Morenz, Die
Geschichte von Joseph, dem Zimmermann, Berlín 1951.
l Transcribo los momentos principales, según traducción de
Santos:
«Yo me puse a mirar hacia el sur y vi a la Muerte que se diri
gía hacia nuestra casa. Iba seguida de Amenti, que es su instru
mento, y del Diablo, a quien acompañaba una multitud ingente de
satélites vestidos de fuego, cuyas bocas vomitaban humo y azufre.
Al tender la vista se encontró mi padre con aquel cortejo que le
miraba con rostro colérico y rabioso, el mismo con el que suele
mirar a todas las almas que salen del cuerpo, particularmente a
aquellas que son pecadoras y que considera como propiedad suya.
Ante la vista de este espectáculo, los ojos del buen anciano se nu
blaron de lágrimas. Este fue el momento en que mi padre exhaló
su alma con un gran suspiro, mientras procuraba encontrar un
sitio donde esconderse y salvarse. Cuando yo observé el suspiro
de mi padre, provocado por la visión de aquellas potencias hasta
entonces para él desconocidas, me levanté rápidamente y conmi
né al Diablo y a todo su cortejo. Por lo cual ellos se dieron a la
fuga avergonzados y confusos. Y ninguno de entre los circunstan
tes, ni aun mi misma madre María, se percató de la presencia de
aquellos terribles escuadrones que van a la caza de almas huma
nas. Cuando la Muerte cayó en la cuenta de que yo había conmi
nado y echado fuera a las potestades infernales para que no pu
dieran tender asechanzas, se llenó de pavor. Yo me levanté apre
suradamente y dirigí esta oración a mi Padre, el Dios de toda
misericordia:
»“Padre misericordioso, Padre de la verdad, ojo que ve y oído
que oye, escúchame que soy tu hijo querido; te pido por mi pa-
Tipo completivo. Pasión 79
2. EVANGELIOS DE LA PASIÓN
No sólo la historia de la infancia del Señor recibió
un modelado tendencioso y legendario dentro de la
literatura apócrifa que nos ocupa, sino también la his
toria de su Pasión. Apareció todo un cúmulo de escritos
en torno a la figura de Pilato, que no se limitan a ex
culpar al procurador de la muerte del Redentor, sino
que además lo presentan dando testimonio del divino
origen del Cristianismo y de la divinidad de Jesús; ya
hemos visto algo de esto en el Evangelio de Pedro. Se
gún Tertuliano, Pilato era cristiano en su corazón y
dre José, la obra de tus manos. Envíame un gran coro de ángeles
juntamente con Miguel, el administrador de los bienes, y con Ga-
briel, el buen mensajero de la luz, para que acompañen al alma
de mi padre José hasta tanto que haya salvado el séptimo eón te
nebroso. De manera que no se vea forzada a emprender esos ca
minos infernales, terribles para el viajero por estar infestados de
genios malignos que por ellos merodean y por tener que atrave
sar ese lugar espantoso por donde discurre un río de fuego igual
a las olas del mar... ” Yo os digo, venerables hermanos y apóstoles
benditos, que todo hombre que, en llegando a discernir entre el
bien y el mal, haya consumido su tiempo siguiendo la fascinación
de sus ojos, cuando llegue la hora de su muerte y haya de fran
quear el paso para comparecer ante el tribunal terrible y hacer
su propia defensa, se verá necesitado de la piedad de mi buen
Padre...
» ... Entonces puse su alma en manos de Miguel y Gabriel para
que le sirvieran de defensa contra los genios que acechaban en el
camino. Y los ángeles se pusieron a entonar cánticos de alabanza
ante ella, hasta que por fin llegó a brazos de mi Padre.»
Los primeros capítulos de este apócrifo (que consta de un to
tal de 32) están claramente influidos por los de la infancia. La
muerte de José va fechada el 26 de Epep, que equivale a nuestro
20 de julio, día en el que empieza a crecer el Nilo y era comienzo
del año entre los antiguos egipcios. Nótese cómo el texto recalca
las angustias y peligros que corre el alma en su viaje hasta el
tribunal divino. (N del T).
80 Evangelios apócrifos
envió al emperador Tiberio un informe. Antes de este
autor, Justino menciona ya por dos veces unas Actas
del proceso de Jesús ante Pilato. Por otro lado, Eusebio
al informar en su Historia de la Iglesia (9, 5, 1) sobre
las persecuciones habidas bajo Maximino Daza —año
311 ó 312— se expresa en los siguientes términos:
«Ellos fingieron unas Actas de Pilato y nuestro Reden
tor, repletas de toda clase de blasfemias contra Cristo,
y las difundieron por deseo del regente en todo su te
rritorio con orden escrita de darlas a conocer por do
quier a todos en campos y ciudades. Los maestros ha
bían de utilizarlas, en lugar de los textos, con sus
niños y hacerlas aprender de memoria.» Omite aquí
Eusebio una indicación —que vendría muy a la mano—
sobre la existencia de Actas de Pilato cristianas. Y de
esto se ha sacado la conclusión de que Eusebio no las
conocía porque no existieron, y de que únicamente
fueron compuestas estas Actas cristianas cuando hubo
que oponerse y rechazar las de origen pagano. Sin em
bargo no se debe cometer la ligereza de dejar a un lado
el testimonio de Justino: más bien hay que aceptar
que las Actas en discusión remiten a fuentes más an
tiguas.
Actas de Pilato o Evangelio de Nicodemo
El Evangelio de Nicodemo 29 —recibió tal título por
vez primera en su versión latina— consiste en las Ac-
29 Santos, págs 396-471, reproduce y da la traducción caste
llana del texto editado por C. Tischendorf, Evangelia Apocrypha,
págs 210-332 (versiones griegas A y B); Tischendorf publicó
también la versión latina, op. cit., págs 333-432. Traducción alema
na y comentario, en Michaelis, págs 132-214; y sobre todo véase
F. Scheideweiler, en Hennecke - Schneemelcher I, págs 330-358.
Tipo completivo. Pasión. Actas de Pilato 81
tas de Pilato propiamente dichas (capítulos 1 a 16), y
en el llamado Descensus Christi ad Inferos, Bajada
de Cristo a los Infiernos (capítulos 17 a 27). El ape
lativo «Evangelio de Nicodemo» se debe a que en el
prólogo de la redacción que nos ha sido transmitida
aparece un tal Ananías, el cual afirma haber investi
gado en unas actas pertenecientes al proceso seguido
contra Jesús, que los judíos consignaron por escrito y
dejaron en depósito a Poncio Pilato. El —sigue dicien
do de sí mismo Ananías—, efectivamente, las encon
tró escritas en lengua hebrea y las tradujo al griego;
a saber: «Todo lo que comprobó y narró Nicodemo a
raíz del tormento de cruz y la pasión del Señor, sobre
el proceder del Sumo Sacerdote y los demás judíos.»
Los capítulos 1-11 dan cuenta de la Pasión de Je
sús hasta el momento en que José de Arimatea va
ante Pilato y le pide el cadáver del Señor. Al enterarse
los judíos, pusieron a José en prisiones; mas cuando
quisieron llevarlo ante el Sanhedrín, no lo encontra
ron. Todo el pueblo fue presa del terror, pues los se
llos de las puertas estaban intactos y la llave seguía
en poder de Caifás. Con lo cual no se atrevieron a po
ner sus manos sobre los que habían hablado ante Pila
to en defensa de Jesús. Y mientras estaban aún sen
tados en la sinagoga, vinieron algunos de los guardia
nes del sepulcro de Jesús y dieron cuenta de la resu
rrección del Señor y de cómo habían oído a un ángel
que Él estaba en Galilea. Después de estos hechos, un
sacerdote, un doctor y un levita bajaron de Galilea a
Jerusalén e informaron haber visto a Jesús en compa-
ñía de sus discípulos sentado en un monte y cómo Él
se elevó al cielo.
Por consejo de Nicodemo buscan a Jesús por todas
82 Evangelios apócrifos
partes; mas no lo hallaron. Al que sí encontraron fue
a José de Arimatea y le ruegan que vuelva a Jerusa
lén; allí José narra cómo fue liberado de su prisión por
el Resucitado. Por último Leví, doctor, les informa del
canto de acción de gracias que el anciano Simeón «gran
doctor» entonó cuando tuvo a Jesús niño en sus bra
zos. Vuelven a interrogar a los tres galileos. Y así se
llega finalmente a un cambio fundamental de actitud
por parte del Sanhedrín; sacerdotes y levitas se dicen
unos a otros refiriéndose a Jesús: «Si dura su memo
ria cincuenta años, sabed que su dominio será eterno
y que suscitará para sí un pueblo nuevo.»
La parte final del Evangelio de Nicodemo, la Bajada
de Cristo a los Infiernos (caps 17-27), que originaria
mente era autónoma, pretende ser obra de los dos hi
jós de Simeón, que habían sido devueltos a la vida
junto con otros muertos cuando resucitó Jesús, mos
trándose en Jerusalén a las gentes. Ambos hermanos
—que más tarde recibieron los nombres de Karino y
Leucio— escribieron su informe y sellaron los rollos,
dando la mitad a los pontífices y la otra mitad a José
de Arimatea y a Nicodemo. «Ellos (Karino y Leucio)
por su parte, desaparecieron al momento para gloria
de Nuestro Señor Jesucristo.» No trataremos aquí de
esta Bajada de Cristo a los Infiernos 30 , pues por muy
interesante que sea, nos llevaría demasiado lejos m .
30 Santos, págs 442-471. Véase J. Kürzinger, en J. B. Bauer,
Bibeltheologisches Wörterbuch, págs 745-750, 3.ª edición, Graz 1967
(con bibliografía); y P. A. van Stempvoort, Und in ihrem Herzen
blieben sie blin, págs 110-118, Constanza 1956.
m Sucintamente: descripción de la disputa entre Satanás, em
pecinado en prohibirle la entrada a Jesús, y el Infierno que le
responde no poder resistir la fuerza del Señor; entrambos se ven
a su vez combatidos por las almas de los justos, confortadas por
las palabras de Adán, Set, Isaías, Juan el Bautista, patriarcas y
Tipo completivo. Pasión. Actas de Pilato 83
Con esto hemos hablado ya sobre los ejemplos más
importantes de cada tipo de evangelios apócrifos 31. Y
ahora ocupémonos del siguiente género literario de
escritos no canónicos: los Hechos de los Apóstoles.
profetas en general. Por fin Cristo hace su entrada gloriosa des
trozando puertas y cerrojos, y arroja a Satanás encadenado a lo
profundo de los abismos infernales; mientras, los justos entonan
himnos de alabanza.
El cuadro descriptivo tiene viveza, animación y colorido; y
no carece de grandiosidad. (N del T).
31 Sobre los restantes evangelios apócrifos, véase Santos,
op. cit.; en alemán: Hennecke-Schneemelcher I; y J. Michl, en
Lexikon f. Theol. u. Kirche III, págs 1217-1233, 2.ª edición.
PARTE SEGUNDA
HECHOS DE LOS APÓSTOLES APÓCRIFOS
San Lucas era teólogo, historiador y escritor; todo
en una pieza. Su segunda obra, los Hechos de los Após
toles, hay que apreciarla desde este triple punto de
vista. Hoy se reconoce que la exposición lucana busca,
bajo su ropaje historiográfico, elaborar y anunciar una
teología determinada.
Pues bien, los grandes Hechos de los Apóstoles apó
crifos de los siglos II y III (Acta Petri, Acta Pauli, Acta
Iohannis, Acta Andreae, Acta Thomae) solamente tie
nen correspondencia con los de san Lucas, en un aspec
to: también ellos están al servicio de la creación y difu
sión de cierta teología y determinada espiritualidad;
si bien siguen principios configurativos distintos a los
de la obra de Lucas. Los Hechos apócrifos no sólo no
fueron pensados como continuación de un evangelio,
sino que —al contrario que los Hechos lucanos— no pre
sentan aportaciones a la verdadera historiografía. En
cuanto a su género literario pertenecen más bien a la
literatura novelística de la Antigüedad.
Así pues no fueron realizados de manera análoga
a la obra de Lucas; pero tampoco su redacción sigue
meramente el modelo de la novela helenística (en la
que faltan motivos aretológicos y teratológicos). Yo
diría que son un precipitado de narraciones popula
res. Sus autores se sirven sin duda de los medios es-
88 Hechos de los Apóstoles apócrifos
tilísticos a la sazón vigentes; de ahí sus vigorosos pun
tos de contacto con la novelística helena y con la
aretología filosófica.
De entre los varios motivos existentes en los He
chos apócrifos se han decantado cinco elementos prin
cipales 1, consiguiéndose así una caracterización muy
atinada. El primero es el motivo viajero. El segundo,
el elemento aretológico: se ensalza la ciencia y el po
der milagroso del héroe. El tercero, la teratología: se
describen con gusto cosas y hechos maravillosos —ta-
les como caníbales y animales parlantes— que son pie
dras de toque para el héroe. En cuarto lugar está el
elemento tendencioso, que resulta especialmente per
ceptible en los sermones. Y por último, el elemento
erótico que aparece tanto en motivos propiamente amo
rosos como en los rasgos ascéticos de la continencia.
1. HECHOS DE JUAN
Quizá sean éstos 2 los más antiguos dentro del gé
nero, ya que parecen haber sido utilizados por los res-
1 Cfr R. Söder Die apokryphen Apostelgeschichten und die
Literatur der Antike (Würzburger Studien zur Altertumswissen
schaft, 3), Stuttgart 1932; M. Blumenthal, Formen und Motive in
den apokryphen Apostelgeschichten (Texte und Untersuchungen
48, 1), Leipzig 1933; W. Schneemelcher y K. Schäferdiek, en
Hennecke - Schneemelcher II , págs 110-125. Véase entre otros:
W. Schneemelcher, Die Apostelgeschichte Lukas und die Acta
Pauli, en A pophoreta (Festschrift Ernst Haenchen), Berlín 1964
(Beih. z. Zeitschrf. f. d. neutest. Wiss. 30), págs 236-250; y E. Pe
terson, Frühkirche, Judentum und Gnosis, págs 183-220, Roma
1959.
2 Texto en R. A. Lipsius - M. Bonnet, Acta apostolorum apo
crypha II/1, págs 151-216, Leipzig 1898. Traducción en Michaelis,
págs 222-268; y K. Schäferdiek, en Hennecke - Schneemelcher II,
págs 125-176 (con introducción y bibliografía).
Hechos de Juan 89
tantes. Aparecieron en la segunda mitad del siglo II.
Fuentes posteriores citan como autor suyo a un tal
Leukios Karinos, del que nada más sabemos. La obra
—que ha llegado a nosotros mayormente en griego y
latín— pretende ofrecer un testimonio ocular de los via
jes misioneros del Apóstol Juan por Asia Menor.
El comienzo de los Hechos de Juan no nos ha sido
transmitido 3 . Quizá contase su salida de Jerusalén y
el viaje del Apóstol hasta Mileto. Cuando llega a esta
ciudad, Juan no se detiene, sino que se apresura a ir
a Éfeso empujado por una visión. Ya ante las mismas
puertas, sale a su encuentro Lycomedes, hombre prin
cipal, el cual también había tenido una visión y le pide
al Apóstol que cure a su mujer, Cleopatra, que había
quedado paralítica. Juan y su séquito se dirigen a casa
de Lycomedes. Cleopatra muere y el pesar hace que
su marido expire también. El Apóstol los resucita a
ambos. Entonces el matrimonio —todavía incrédulo—
pide a Juan que se quede, pues dicen: «Aún no tene
mos esperanza en tu Dios, y nuestra resurrección sería
inútil si tú no permanecieses con nosotros.» Así pues
Juan y su séquito se quedan, para robustecerlos en la
fe. Lycomedes hace pintar un retrato del Apóstol sin
que éste lo sepa; lo enguirnalda y lo coloca en su dor
mitorio flanqueado por candeleros. Cuando Juan lo ve,
adoctrina así a Lycomedes: «Has hecho pintar el
muerto retrato de un muerto»; y se pone a hablar de
los verdaderos colores con los que ciertamente pinta
Jesús el retrato de nuestras almas: son los colores de
la fe, el reconocimiento, el temor de Dios, el amor, la
3 Los cap 1-17 no pertenecen a los Hechos de Juan en la edi
ción de Lipsius.
90 Hechos de los Apóstoles apócrifos
bondad, la pureza, la serenidad y la honradez. Poco
después hace reunir Juan en el teatro a todas las mu
jeres de Éfeso que llevasen tiempo enfermas, con ob
jeto de curarlas; pero antes predica lo siguiente:
«¡Gentes de Efeso! Lo primero, que sepáis por qué
me hallo en vuestra ciudad. No he sido enviado con
embajada humana alguna y tampoco a un viaje inútil.
No soy comerciante que cierre tratos, sino que Jesu
cristo, a quien yo anuncio y que es compasivo y bon
dadoso, quiere convertiros y liberaros de vuestros erro
res por medio de mí...» Terminado el sermón Juan
sana con el poder de Dios todas las enfermedades. Este
es el contenido de los capítulos 18-37 (comienzo).
Evidentemente hay que acolar aquí —después de
una laguna— los capítulos transmitidos como 87-105.
Dan cuenta de la predicación evangélica de Juan. En
contramos aquí algunos elementos maravillosistas re
ferentes a la apariencia terrena de Cristo. Por ejemplo,
en el capítulo 93 se dice: «Hermanos: cuando yo que
ría asirlo, unas veces topaba con un cuerpo sólido y
material, mientras que otras, cuando lo tocaba, la sus
tancia era inmaterial e incorpórea, como si no exis
tiese.» Se ha dicho —y con razón— que en toda la li
teratura paleocristiana no hay otra descripción que
ilumine, con colores tan llamativos como ésta, al doce
tismo como fenómeno espiritual y vivo. En los capí
tulos 94-96 Cristo entona un himno, coreado por los
suyos. También aquí aparecen frases como «conocerás
quién soy, cuando me vaya. Lo que ahora ves, no lo
soy; lo que soy, lo verás cuando vengas». En los ca
pítulos 97-105, Cristo revela a Juan el misterio de la
cruz: «Juan: para los hombres de acá abajo yo seré
crucificado en Jerusalén, me herirán con lanzas y me
darán a beber hiel y vinagre. Mas contigo hablo; oye
Hechos de Juan 91
pues lo que te digo ... No te aflijas a causa de esto por
la multitud, y desprecia a quienes se hallan fuera del
misterio. Conoce que yo estoy plenamente cabe al Pa
dre, y el Padre junto a mí. Nada pues de eso que sobre
mí han de decir, lo he padecido en realidad.»
Nueva laguna. Tras ella debe ponerse el capítulo 37
y siguientes que narran la ruina del templo de Arte
misa y la resurrección de su sacerdote.
Los capítulos 48-54 describen el encuentro del
Apóstol con un parricida, al que convierte. Tras todos
estos acontecimientos sucedidos en Éfeso, llega a Juan
una embajada de la comunidad de Esmirna, que de
seaba ser visitada por él (capítulo 55).
Entre los capítulo 55 y 58 ha debido de perderse
una larga crónica de viaje, cuyo contenido sería la vi
sita girada por el Apóstol a las Siete Ciudades del Asia
Menor; así se las denomina en el Apocalipsis (Ap 1,
11). Seguidamente se nos informa de la ida de Juan
desde Laodicea a Éfeso y de un episodio ocurrido en
un albergue abandonado. Viendo el santo que no podía
dormir por las molestias que le causaban las chinches,
les indica que abandonen su vivienda habitual y así
le permitan conciliar el sueño. Efectivamente las chin
ches esperan a la puerta del aposento hasta la mañana
siguiente y dejan dormir en paz a Juan y a sus com
pañeros de fatigas. Al llegar el día, Juan hace que las
chinches vuelvan a la yacija y exclama: «Este rebaño
ha oído la voz de un hombre y no ha transgredido su
indicación. Empero nosotros oímos la voz de Dios y no
obedecemos sus mandamientos.»
Los capítulos 62-115 tratan de la segunda estancia
del Apóstol en Éfeso. El episodio de Drusiana y Calí
maco ocupa aquí un amplio espacio; en él se encuen
tran por igual, momentos ascéticos y eróticos.
92 Hechos de los Apóstoles apócrifos
Al final —capítulos 106 a 115— viene la narración
del óbito del Apóstol. Un domingo, estando en Éfeso,
celebró Juan, todavía lleno de vigor, el servicio divi
no: sermón, celebración eucarística y beso de paz.
Después dejó su casa saliendo de la ciudad acompaña
do por su diácono Vero y dos hombres más provistos
de cestos y palas, que cavaron una honda fosa en un
campo perteneciente a un cristiano. Juan se quitó el
manto y lo extendió sobre el fondo de la huesa. Rezó
una larga oración y bajó a la sepultura tendiéndose
sobre el manto que allí había él colocado. Y con las
palabras «la paz sea con vosotros, oh hermanos», en
tregó gozosamente su espíritu.
Probablemente el autor de la novela apostólica que
estamos estudiando fuese natural de la cristiandad
gnóstica de Siria. Nada seguro puede averiguarse so
bre la fecha de redacción. Eusebio conoce estos Hechos
de Juan, lo que demuestra que existían ya en el si
glo III. Pero hay noticias ya en el siglo II de las tradi
ciones joánicas elaboradas en estos Hechos, como puede
inferirse del Apokryphon Iohannis y de los escritos
de Clemente Alejandrino.
Durante largo tiempo se aceptó la teoría de que el
autor de los Hechos de Pedro utilizó los de Juan. Pero
esta hipótesis no puede probarse. Los contactos recí
procos existentes entre ambos apócrifos pueden expli
carse suficientemente merced a un común origen his
tórico-religioso de las respectivas redacciones. Con
todo, una y otra no debieron de estar muy separadas en
el tiempo. Por tanto los Acta Iohannis debieron nacer
ya en el siglo II.
Hechos de Pedro 93
2. HECHOS DE PEDRO
En caso de que los Hechos de Pedro 4 hayan sido
usados efectivamente por el autor de los Hechos de
Pablo — teoría que se considera segura— lógicamente
tienen que ser anteriores. Ahora bien, gracias a Ter
tuliano sabemos que los Hechos de Pablo fueron re
dactados antes de finalizar el siglo II, de donde se de
duce que entonces los Hechos de Pedro tuvieron que
haber sido escritos quizá entre los años 180 y 190. No
es posible decidir si su patria fue Roma o Asia Menor.
Desde luego aparecieron en círculos eclesiásticos; pero
muestran rasgos propios de la piedad popular de aque
llos tiempos, que no estaba libre de conceptos perte
necientes al docetismo ni de tendencias enkratitas.
El contenido principal de la obra es la lucha del
Apóstol con Simón Mago. Era éste un exponente satá
nico, y al ser aniquilado por Pedro se demuestra la
victoria de Dios sobre Satanás. Los Hechos de Pedro
no aparecen en modo alguno como escrito polémico
contra la gnosis simoníaca, contra la doctrina de Si
món el Mago, sino más bien como escrito edificante de
tipo novelado.
De la redacción griega original sólo quedó —y eso
es lo que ha llegado hasta nosotros— aquella parte que
ya desde época muy temprana fue transmitida separa-
4 Texto en R. A. Lipsius - M. Bonnet, Acta apostolorum apo
crypha I, págs 45-103, Leipzig 1891; y L. Vouaux, Les actes de
Pierre, París 1922. Traducción en Michaelis, págs 317-379; y
W. Schneemelcher, en Hennecke-Schneemelcher II, págs 177-221
(con introducción y bibliografía).
94 Hechos de los Apóstoles apócrifos
damente; a saber: el Martirio de Pedro, difundido
también en numerosas versiones orientales.
La mayor parte de este apócrifo la hemos recibido
en una traducción latina procedente de los siglos III
o IV. Se contiene en un códice que se custodia en Ver
celli. Junto a esto ha llegado a nuestras manos un frag
mento perteneciente a los Hechos de Pedro coptos. Se
narra en él la historia de la hija de san Pedro, mucha
cha muy hermosa pero que estaba paralítica. Las gen
tes no lo entienden y preguntan a Pedro: «Vemos a
los que curaste; mas de tu propia hija no te has pre
ocupado.» Inmediatamente el Apóstol sana a su hija,
pero en seguida la vuelve a la dolencia que la aqueja
ba, ya que esto constituía en realidad una suerte para
ella. En efecto: ya a la edad de diez años, su hermo
sura despertó en los baños el amor de un hombre rico.
Quiso aquel hombre desposarse con la niña allí mismo,
pero no hubo forma de convencer a la madre. Enton
ces Dios envió sobre la muchacha una enfermedad que
le paralizó totalmente uno de los lados del cuerpo,
desde la punta del pie a la cabeza. Sus padres alaba
ron a Dios, pues de este modo su hija quedaba a cu
bierto de mancilla y violación. El rico Ptolomeo —así
se llamaba aquel hombre— quedó sumido en llanto;
hasta quiso ahorcarse. Pero súbitamente se le aparece
al desesperado una gran luz y oye una voz celestial
que le informa de los planes divinos a propósito de la
niña. Aquello le consoló. Se convierte, lega un campo
a la hija de Pedro y muere. Pedro vende el campo y
entrega el producto a los pobres sin guardarse nada.
No es posible pasar por alto la tendencia encratita,
enemiga del matrimonio, que preside toda la narra
ción cuyo escenario es a todas luces Jerusalén.
Otra historia similar ha llegado hasta nosotros, con-
Hechos de Pedro 95
tenida en la Pseudoepístola de Tito (véase más adelan-
te, pág 133). Según testimonio de Agustín esta histo
ria perteneció también a los Hechos de Pedro. Dice
así:
«Un hortelano tenía una hija, todavía doncella.
Como era su única hija pidió a Pedro que orase por
ella. Después de haber rezado, Pedro dijo al padre (de
la moza) que el Señor le concedería a la muchacha
aquello que fuese bueno para su alma. Al punto cayó
muerta. ¡Oh provecho magnificente y gustoso a Dios,
este de escapar a la liviandad carnal y quebrantar la
soberbia de la sangre! Mas aquel desconfiado viejo
desconoció el valor de la gracia del cielo y pidió la re
surrección de su única hija. A los pocos días de su
vuelta a la vida, vino uno que se las daba de creyente,
a hospedarse en casa del viejo. Sedujo a la muchacha
y ninguno de los dos regresó más.»
La tendencia que rige el desarrollo de toda esta
historia es claramente del todo similar a la citada algo
más arriba: más vale morir que ser mancillado por
el trato conyugal.
El mayor de los fragmentos referentes a los He
chos de Pedro que ha llegado a nosotros está escrito
en latín. Recibe el nombre de Codex Actus Vercellen-
ses. El contenido de este códice no dice nada sobre los
sucesos de Jerusalén. Comienza narrando la salida
de Roma del Apóstol de las Gentes. El Señor se le apa-
reció a Pablo y le dijo: «Pablo: levanta y sé médico
para las gentes de España.» Después de una celebra
ción eucarística, la comunidad acompaña a Pablo has
ta el puerto y él marcha a España. Quedó así la comu
nidad romana sin protección ante la venida de Simón
el Mago y entregada a sus enredos y artes persuasivas.
Simón vuela hacia Roma pasando por encima de las
96 Hechos de los Apóstoles apócrifos
puertas de la ciudad; todo el pueblo lo reverencia y
considera a Pablo un charlatán. Los pocos que han per
severado en la fe rezan día y noche al Señor para que
se digne volverles a enviar al Apóstol de las Gentes.
Mas entre tanto, el Señor había preparado ya a Pe
dro en Jerusalén para que se dirigiese a la capital del
Imperio. Pedro alcanza por barco —durante la travesía
convierte al timonel Theon— Puteoli (la actual Puz
zuoli, junto a Nápoles) y Roma. En esta ciudad predica
al pueblo y le anuncia el perdón divino, que también
le llegó a él pese a sus negaciones. Llenos de arrepen
timiento, los cristianos informan entonces a Pedro de
que incluso un varón tan respetado y firme en la fe
como era el senador Marcelo, había caído; Simón el
Mago paraba en su casa. Los cristianos piden a Pedro
que emprenda la lucha contra aquel impostor. El Após
tol se dirige en seguida a casa de Marcelo, donde se
hospedaba Simón, pero éste había encargado al portero
que dijese que estaba ausente. Acto seguido Pedro
envió a casa de Marcelo un perro que soltó en sus cer
canías. El can salió a escape, se coló raudo en medio
de la reunión formada en torno al Mago y, levantán
dose sobre las patas traseras, gruñó: «Pedro, el siervo
de Cristo, que está a la puerta, te comunica: ¡Simón!
Sal afuera, pues por tu causa he venido a Roma. ¡Oh
tú, el más impío! ¡Oh tú, embaucador de innumerables
almas!» Simón no pudo articular palabra; Marcelo se
convirtió. Todavía obró Pedro varios milagros más
para revivificar la fe en Jesucristo de aquella comu
nidad. Por ejemplo, hizo que un atún ahumado vol
viese a la vida y nadase, expulsó un demonio de un
adolescente y sanó a varias mujeres ciegas que ven
a Cristo cada una bajo una forma distinta, según con
taron después.
Hechos de Pedro 97
Por fin llega la colosal batalla entre Pedro y Simón
el Mago, tan largamente anunciada. Acude todo Roma,
los senadores, los prefectos, los funcionarios públicos...
Pedro les invita a que sean jueces llenos de rectitud.
Acto seguido Simón niega la divinidad de Cristo, a lo
que Pedro responde aduciendo pruebas escriturísticas
e invitándole a que obre una de sus señales. El Pre
fecto es el encargado de determinar cuál ha de ser
esa señal: que Simón mate a uno de sus esclavos y
Pedro lo resucite. «Y allí mismo musitó Simón algo al
oído del muchacho y, sin decir palabra, le mandó ca
llar y morir.» Entonces una viuda empezó a clamar di
ciendo que también su único hijo había muerto. Al
instante, Pedro pidió a unos mozalbetes que le traje
sen a aquel otro difunto. Entre tanto el Apóstol hace
que el Prefecto Agripa tome de la mano al muchacho
muerto por Simón, el cual vuelve así a la vida. Y tam
bién resucita gracias a las oraciones de Pedro al hijo
de la viuda que le había sido traído mientras ocurrían
estos sucesos.
Aparece otra madre más que le pide al Apóstol la
resurrección de su hijo. Por voluntad de Pedro, este
caso había de decidir quién de los dos —él o Simón el
Mago— poseía la verdadera fe. El pueblo solicita de
Simón que muestre sus poderes, que llegan a conse
guir que el difunto alce la cabeza. Se intenta entonces
quemar a Pedro. Pero éste dice a la multitud que el
muerto no había resucitado; ni mucho menos. Y en
tonces es a Simón a quien quieren matar. El Apóstol
se opone: hay que amar también a los enemigos. Pe
dro resucita al difunto. Simón queda derrotado, mien
tras que a Pedro se le venera como si fuese el mismo
Dios. Sigue curando a cuantos enfermos le traen; el
Mago por su parte ensaya varias pruebas de habilidad,
98 Hechos de los Apóstoles apócrifos
pero sólo consigue ponerse aún más en ridículo. Por
fin predice su ascensión al Padre.
«Al día siguiente se reunió una gran multitud en
la Vía Sacra, para ver volar a Simón. También acudió
Pedro —que había tenido una visión—, para refutar a
su contrincante también en este punto, ya que Simón
había sembrado el desconcierto entre el pueblo con su
vuelo de venida a Roma. Pues bien, (Simón) se subió
a un lugar elevado y, habiendo divisado a Pedro, co
menzó a decir:
»“¡Pedro! Ahora (en este lugar desde) donde he de
elevarme ante todos los que esto ven, te digo que si
tu Dios —al cual mataron los judíos, quienes también
os apedrearon a vosotros sus elegidos— es poderoso, ha
de mostrar que la fe en él es (cosa) de Dios. Ojalá se
revele en esto si él (tu Dios) es digno a los ojos de
Dios, pues he aquí que yo me elevo y muestro quién
soy ante el pueblo entero.”
» Y al momento se elevó hacia las alturas y todos
le vieron sobre Roma, sus templos y colinas. Los cre
yentes volvieron entonces sus ojos hacia Pedro, el cual
al ver aquel prodigioso espectáculo, clamó a Jesucris-
to, el Señor:
»“Si le dejas hacer lo que ha emprendido, todos
aquellos que vinieron a creer en ti se escandalizarán
ahora, y los milagros y señales que a través de mí has
dado les parecerán falaces. Concédeme, oh Señor, pron
tamente en tu misericordia, que él caiga impotente des
de lo alto, mas no muera; vuélvase inofensivo y quede
con el muslo fracturado por tres sitios.”
»Y efectivamente Simón se desplomó desde las al
turas, rompiéndose el muslo por tres partes. Entonces
el pueblo lo apedreó y se volvieron a sus casas dando
otra vez crédito a Pedro.»
Hechos de Pedro 99
Algunos que seguían siéndole fieles a pesar de todo,
llevaron a Simón durante la noche fuera de Roma en
unas parihuelas. Fue operado y así halló su fin el
«Angel del Demonio».
Desde entonces Pedro permaneció en Roma, ale
grándose con sus hermanos en el Señor y dando gra
cias día y noche por los muchos que, por la gracia de
Dios, diariamente venían a la fe. También se convir
tieron las cuatro concubinas del Prefecto Agripa; es
cucharon la predicación de la castidad y todos los dis
cursos del Señor, y ya no quisieron continuar teniendo
relaciones con Agripa. Enterado éste por sus esbirros
de la razón de aquel cambio de actitud por parte de
sus concubinas, las amenazó con causar su perdición
y hacer quemar a Pedro vivo; mas ellas no se dejaron
amilanar por aquellas amenazas. También la esposa de
un tal Albino había dejado de cohabitar con su marido,
movida por la predicación de Pedro. Albino se unió a
Agripa y entrambos tramaron el asesinato del Após
tol. Mas la mujer de Albino le puso sobreaviso y le
rogó que abandonase Roma. Pedro se resistió al prin
cipio, pero acabó siguiendo el consejo de los hermanos
y abandonó la ciudad disfrazado y solo.
«Empero, cuando estaba saliendo por las puertas,
vio venir al Señor hacia Roma y cuando él a su vez le
vio, Pedro le dijo: ¿Adónde vas, Señor? El Señor le
respondió: Voy a Roma para ser crucificado. Pedro le
contestó: ¿Otra vez, Señor? El le dijo: Sí, Pedro, otra
vez seré crucificado. Pedro volvió en sí y vio cómo el
Señor retornaba a los cielos; y regresó Pedro a Roma
alabando y ensalzando al Señor porque él mismo le
había dicho: Seré crucificado. Mas esto había de acon
tecerle a Pedro.»
A su regreso informó el Apóstol de lo ocurrido a
100 Hechos de los Apóstoles apócrifos
los hermanos, los cuales hubieron gran duelo. Cuatro
soldados le prenden y conducen ante Agripa, que or
dena su crucifixión. Pobres y ricos, poderosos y humil
des, acudieron entonces corriendo, y el pueblo todo
clamaba al unísono: «¿En qué delinquió Pedro? ¿Qué
te ha hecho? Dínoslo a nosotros, los romanos.» Mas
Pedro calmó a la multitud y se refirió a las señales
y milagros que él había obrado en nombre de Cristo:
«Esperadle; en su venida pagará a cada uno según
sus obras.»
Estando ya en pie junto a la cruz, Pedro ensalza
su oculto misterio y su gracia inefable. Finalmente
pide a sus verdugos: «Crucificadme cabeza abajo y no
de la otra manera.» Así lo hicieron. Entonces Pedro
vuelve a tomar la palabra y adoctrina a los circuns
tantes sobre el sentido místico de esa forma de cru
cifixión, para terminar con la siguiente oración de ac
ción de gracias a Jesucristo:
«Tú eres mi padre, mi madre, mi hermano, mi ami
go, mi servidor. Tú eres el todo y el todo está en ti;
y eres el ser, y nada hay que sea, excepto tú solo. Re-
currid a él, oh hermanos, y entended que vuestro ser
solamente se halla en él. Entonces conseguiréis aque
llo a propósito de lo cual él os dice que ni el ojo vio,
ni el oído oyó, ni llegó a corazón humano alguno. Te
pedimos pues eso que tú prometiste darnos, oh Jesús
sin mancilla. Te alabamos; te damos gracias. Como
hombres débiles te reverenciamos, y reconocemos que
sólo tú, y nadie más que tú, eres Dios. Tuya es la gloria
ahora y por toda la eternidad.»
Y mientras la multitud circunstante exclamaba
«amén» en voz alta, entregó Pedro su espíritu al Se-
ñor.
Hechos de Pablo 101
3. HECHOS DE PABLO
Sabemos por Tertuliano (Bapt. cap 17; redactado
hacia el año 200) que este apócrifo fue compuesto en
Asia por un presbítero, como con la pretensión de po
derle sumar algo de su propio prestigio al prestigio de
Pablo. Esto dio motivo a que fuese alejado de su mi-
nisterio, si bien confesó que había hecho tal cosa mo
vido de su amor al Apóstol de las Gentes. Hipólito y
Orígenes citan en cambio esta obra sin pararse a hacer
consideraciones en torno a ella. Eusebio enumera los
Hechos de Pablo 5 entre los escritos más falsos. Jeró-
nimo, por su parte, los rechaza de plano por su calidad
de apócrifos, adhiriéndose a Tertuliano.
El texto griego original ha llegado a nosotros frag
mentariamente y en traducciones parciales. Poseemos
diez hojas de un libro papiráceo, procedente del año
300, y varios fragmentos de papiro más pequeños. La
traducción copta la conocemos gracias a un papiro cus
todiado en Heidelberg, que ofrece pasajes de mayor
extensión; procede del siglo VI. Los Hechos de Pablo
y Tecla han llegado a nosotros en griego, latín y otras
varias versiones más. También fue descubierto hace
poco el intercambio epistolar entre los corintios y Pa
blo, en su versión griega original (Papiro Bodmer X;
siglo III). Y por último el Martyrium Pauli nos ha sido
5 Texto en R. A. Lipsius - M. Bonnet, Acta apostolorum apo-
crypha I, págs 235-272, Leipzig 1891; W. Schubart y C. Schmidt,
Acta Pauli. Nach dem Papyrus der Hamburger Staats- und Univer
sitätsbibliotek, Hamburgo 1936; C. Schmidt, Acta Pauli, 2.ª edi
ción, Leipzig 1905. Traducción con introducción y bibliografía en
Michaelis, págs 268-317; y W. Schneemelcher, en Hennecke-Schnee-
melcher II, págs 221-270.
102 Hechos de los Apóstoles apócrifos
transmitido en griego y en traducciones a otras len
guas.
El principio de este apócrifo no ha llegado hasta
nosotros. Debió de tratar sobre la manifestación de
Cristo al Apóstol, camino de Damasco, y sobre su pos
terior viaje a Jerusalén. Tras eso el Apóstol aparece
en Antioquía, sin que sea posible dilucidar si se trata
de la de Grecia o de la de Siria, dado que los fragmentos
son muy escasos.
Inmediatamente viene la historia de Pablo y Tecla.
Es claro que fue segregada de todo el conjunto (algo
similar ocurrió con el Martyrium Pauli), sólo porque se
servían de ella como lectura litúrgica. Pablo llega a
Ikonium huyendo desde Antioquía y es recibido como
huésped en casa de Onesíforo. En esta ciudad predica
la castidad y la resurrección: «Bienaventurados los
cuerpos de las doncellas, pues serán gratos a los ojos
de Dios y no quedarán privados del galardón (mere
cido) por su castidad.» Y la narración prosigue confor-
me al esquema que ya nos es conocido por los Hechos
de Pedro, en los cuales veíamos cómo una serie de per
sonajes intentaban matar al Apóstol, impulsados por la
continencia de sus esposas.
Entusiasmada por la predicación de Pablo, una don
cella llamada Tecla, mujer distinguida, decide dejar
a su prometido Thamyris y servir a Dios virginalmen
te. El enfurecido novio denuncia a Pablo ante el go
bernador. El Apóstol es azotado y expulsado de la
ciudad. Se descubre que Tecla le había visitado cuan
do se hallaba en prisiones, por cuyo motivo la conde
nan a morir en la hoguera. Su propia madre solicita
del gobernador: «Sea quemada esta mujer sin ley;
sea quemada esta malhadada novia en medio del tea-
Hechos de Pablo 103
tro.» Pero cuando ya las primeras llamas subían desde
la pira, lamiendo el cuerpo de la heroína sin dañarlo,
la tierra tembló y un nubarrón negro soltó un chapa
rrón de agua y granizo que sofocó el fuego, salvándose
Tecla.
La doncella se suma entonces al cortejo del Apóstol
y marcha con él a Antioquía. Y allí fue donde su be
lleza se le entró por los ojos a un tal Alejandro. Como
no podía menos de ocurrir, también este pretendiente
es desdeñado bruscamente y se venga denunciando a
la doncella ante el gobernador. Tecla es condenada a
las fieras. Contra ella sueltan leones y osos, pero una
leona se tiende a sus pies protegiéndola, destroza a un
oso y muere en lucha con otro león al que logra ma
tar. Tecla ve detrás de ella un estanque con agua y
allí se zambulle al tiempo que exclama : «En el nom
bre de Jesucristo yo me bautizo en mi último día.»
Un rayo acaba con las focas que había en la piscina
aquella. Entonces atan a la valiente doncella a unos
toros bravos, a los que se procura enfurecer mediante
hierros candentes para que descuarticen a la mucha
cha. El ardor de los hierros chamusca a los toros que
salen de estampida, pero Tecla queda libre. Esta vez
se apaciguó hasta la ira de Alejandro, que solicita del
gobernador deje libre a la heroína, como así fue.
Tecla marcha a Myra en pos de Pablo y desde allí
viaja con él a Ikonium, donde se entera de la muerte
de su antiguo prometido. Marcha a Seleucia «y tras
haber iluminado allí a muchos con la palabra de Dios,
murió dulcemente». El culto a santa Tecla se extendió
pronto desde Seleucia y fomentó la leyenda.
Resulta interesante la descripción física del Após
tol que aparece en el capítulo III de estos Hechos de
104 Hechos de los Apóstoles apócrifos
Pablo y Tecla: «Era hombre de pequeña estatura, calvo
y patizambo, ligero de movimientos, cejijunto y con
nariz un tanto prominente. Irradiaba amistad, pues
tan pronto parecía un hombre como tomaba la expre
sión de un ángel.» ¿Deberá el autor algunos de estos
rasgos a la tradición oral, como pretenden ciertos in
vestigadores? Resulta punto menos que imposible, dar
una respuesta a esta pregunta.
Doy a continuación una reseña sucinta del conte
nido del Martyrium Pauli. El Apóstol de las Gentes
llega a Roma, alquila un granero y predica la «palabra
de la verdad». Muchos le dan crédito. Incluso Nerón
tiene noticias de Jesucristo, rey de la eternidad, por
mediación de su copero Patroclo, que había sido re
sucitado por Pablo. Y así fue como el Apóstol hubo de
comparecer ante el César. Pablo invita al emperador
Nerón a que milite entre las filas de Cristo, «pues no
es (el poder que da) la riqueza lo que te salvará, sino
que serás salvo si te sometes y le ruegas, ya que ha
de venir un día en el cual todo el orbe será arrasado
por el fuego». Nerón reacciona ante esta provocación,
ordenando quemar a todos los cristianos y decapitar
a Pablo. Se ve que el autor del apócrifo sabía que Pa
blo había sido degollado y quiere atenerse a ello, aun
que no resulte lógico dentro del contexto de su na
rración, ya que siendo ésta una pena más leve, el
César no se la hubiera impuesto precisamente a Pablo,
que era el cabecilla.
El prefecto Longres y el centurión Cesto, son los
encargados de ejecutar la sentencia. Durante el cami
no se dejan convertir por Pablo. Un speculator degüe-
lla a Pablo, que salpica de leche las vestiduras de los
soldados. Llegada la hora nona, el Apóstol se le apare-
Hechos de Andrés 105
ce al emperador y le anuncia su castigo inminente.
Longres y Cesto se hacen bautizar por Tito y Lucas.
4. HECHOS DE ANDRÉS
De los Hechos del Apóstol Andrés solamente han
llegado a nosotros restos insignificantes. Fueron escri
tos quizá en la segunda mitad del siglo II 6, y debieron
de ser muy extensos.
En primer lugar describen claramente un viaje de
este Apóstol desde Ponto a Acaia, durante el cual obró
numerosos milagros. El Libro sobre los milagros del
Apóstol Andrés, escrito por Gregorio de Tours, nos
ofrece una idea de los mismos. La primera de las par
tes principales de estos Hechos, está formada por la
narración del viaje; la segunda, por la del martirio.
Distingue al autor cierta proximidad con la teología
de Tatiano. Hay que destacar especialmente las ten
dencias enkratitas. Una vez más se desencadena la
enemistad contra Andrés, por haberse negado Maxi
mila, mujer de Aegates, que era el procónsul de Pa
trae (Acaia), a mantener trato conyugal a causa de la
predicación del Apóstol. Se comprende que Aegates
hiciese arrojar a una mazmorra al causante de aquella
nefasta actitud de su consorte.
Andrés termina en la cruz, saludada por él con una
solemne oración: «¡Oh cruz, instrumento salvífico de
aquel que es el mayor entre todos! ¡ Oh cruz, signo de
6 Texto en R. A. Lipsius - M. Bonnet, Acta apostolorum apocry
pha II/1, págs 1-127, Leipzig 1898. Estudio detallado con traduc
ción: M. Hornschub, en Hennecke-Schneemelcher II, págs 270-297;
cfr también Michaelis, págs 379-491.
106 Hechos de los Apóstoles apócrifos
la victoria de Cristo sobre los enemigos! ¡Oh cruz,
plantada en la tierra y en el cielo fructífera! ¡Oh nom
bre de la cruz, colmado de todas las cosas! Mas ¡cuán
largo sigo hablando, en lugar de dejarme transformar
por la cruz para ser vivificado por ella! Oh servidores,
amigos míos, vosotros los siervos de Aegates ¡venid!
Y cumplid nuestro deseo: unid al cordero con el sufri
miento, al hombre con el Creador, al alma con el Sal
vador.»
Los Hechos de Andrés y Matías en la ciudad de los
caníbales, pertenecen a otro ciclo distinto dentro de
las historias de san Andrés. Narran cómo ambos lan
guidecían en las mazmorras del país de los antropó
fagos; pero son liberados y se dedican a anunciar el
evangelio. Lo mismo cabe decir de los Hechos de Pe
dro y Andrés. Estos dos apócrifos que acabamos de
citar, pertenecen con seguridad a una época posterior.
5. HECHOS DE TOMÁS
Son los únicos que poseemos en su totalidad 7. Fue
ron escritos probablemente en Edessa y su lengua ori
ginal fue el siríaco. Pretenden ser la narración, la vida
y obras de Tomás una vez muerto Jesús, como misio
nero en la India, hasta su martirio. Este apócrifo cons
tituye una obra esencialmente unitaria, cuyas tenden-
7 Texto griego en R. A. Lipsius - M. Bonnet, Acta apostolorum
apocrypha II/2, págs 99-288, Leipzig 1903; traducción inglesa del
texto siríaco en A. F. J. Klijn, The Acts of Thomas, Leiden 1962.
El mejor estudio de todos sus problemas, con bibliografía y tra
ducción, lo ofrece G. Bornkamm, en Hennecke-Schneemelcher II,
págs 297-372. Véase además Michaelis, págs 402-438.
Hechos de Tomás 107
cias gnostizantes básicas son insoslayables. La redacción
siríaca que nos ha sido transmitida, las ha dulcificado
algo. Por ello la versión griega, que remite a una re
dacción siria más antigua que la otra que acabamos
de citar, resulta más importante para reconstruir el
tenor literal primigenio. Este esfuerzo por amortiguar
los rasgos gnósticos y lograr una concordancia con la
doctrina católica, sólo prueba en el fondo que esta
literatura recreativo-edificante constituida por los He
chos apócrifos, gozaba de una inusitada popularidad.
La leyenda de Abgaro (cfr más adelante en la par
te dedicada a las epístolas apócrifas, la corresponden
cia de Jesús con el rey Abgaro) atribuye a Tomás la
misión en Edessa. Otra antigua tradición señala al país
de los partos como objetivo. Y en los Hechos de Tomás
vemos por vez primera la legendaria tradición que lo
ensalza como Apóstol de la India. Este apócrifo cita,
no sin habilidad, personajes históricos; por ejemplo,
el rey Gundafor, que vivió efectivamente en el siglo I
después de Cristo, según las indicaciones que nos han
sido suministradas por monedas antiguas.
Queda fuera de toda duda la concepción básicamen
te gnóstica del autor de estos Hechos: el mito gnosti
zante del redentor se destaca con demasiada claridad
en numerosos pasajes. Es como sigue: el redentor ce
lestial depone su gloria y se aparece bajo figura humana
a las potencias del mal, que son derrotadas sin que lle
guen a conocerle. El redentor arranca del Hades a los
creyentes, es decir, los libera de la materia, de lo cor
poral. Así pues él es guía, pastor, médico, alimento de
los creyentes, su fuente, su paz y su refugio, conforme
a un sentido auténticamente gnóstico. Se les revela y
con esta su revelación los conduce al autoconocimiento.
Y gracias a esta gnosis —es decir, conocimiento— los
108 Hechos de los Apóstoles apócrifos
creyentes quedan capacitados para cruzar el reino de
las potencias malignas y ascender hasta el cielo.
Partiendo de esta ideología han de entenderse las
narraciones en las que reiteradamente descubrimos alu
siones a motivos gnósticos y dobles significados de tipo
místico. Los himnos y oraciones intercalados en este
apócrifo expresan de manera inimitable el mito gnós
tico. Esto que acabo de decir sirve sobre todo para el
«Canto Nupcial» (cap 6 s) y para el «Canto de la Perla».
Los diversos sistemas gnósticos de la conocida reden
ción por la sof…a, en la que participan los elegidos, vie
nen representados aquí mediante la imagen de las bodas
de la doncella de la luz con su celestial prometido.
En cuanto al «Canto de la Perla» diré que desarrolla
de la forma más hermosa y pura, el mito gnóstico del
redentor: envío fuera del reino de la luz, con la mi
sión de apoderarse de la Perla; ser extranjero y des
pertarse; levantarse y logro del conocimiento; retor
no al reino de la luz.
Estos Hechos ahora en estudio, nos muestran lo
que fue la cristiandad gnóstica de Siria durante el
siglo III, en cuya primera mitad fueron escritos. Sin
duda alguna, la transformación de los mitos gnósticos
en leyendas veló el carácter herético de este escrito,
promoviendo así ampliamente su lectura entre católi
cos ingenuos.
Carecemos de espacio para reseñar el contenido de
los Hechos de Tomás, con más detalle. Los manuscri
tos griegos estructuran el material en trece «hechos»
singulares, a los que sigue como decimocuarto el mar
tirio del Apóstol, ocasionado según el esquema que
ya conocemos : Tomás convierte a la esposa de un
príncipe y la lleva así a retirarse del trato carnal con
su marido; el Apóstol es encarcelado y acaba siendo
Hechos de Tomás 109
muerto de cuatro lanzazos, tras haber superado otros
varios intentos para darle muerte. Después varios ami
gos sepultan su cuerpo. Al cabo de mucho tiempo, el
hijo de aquel rey se curó por la virtud del polvo pro
cedente de la tumba de Tomás; esto motivó la conver
sión del malvado monarca. Y así la historia encuentra
su «happy-end».
Y dejamos este extenso campo de la literatura edi
ficante novelada, pasando por alto otros Hechos per
tenecientes a una época más tardía 8 . Quien busque
aún más monstruosas historias maravillosistas, bestias
parlantes y ejemplos de antiguas creencias populares,
o desee divertirse con los productos de la manía fa
buladora paleogriega-cristiano-oriental, tendrá que re
currir a las traducciones detalladas que he citado en
las notas.
8 Sobre otros Hechos de los Apóstoles apócrifos, especialmente
de época más cercana a nosotros, cfr W. Schneemelcher y A. San-
tos, en Hennecke-Schneemelcher II, págs 399-404. Véase también
la compilación J. Michl, en Lexikon für Theologie und Kirche I,
págs 747-754, 2.ª edición.
PARTE TERCERA
EPÍSTOLAS APÓCRIFAS
Al parar mientes en el hecho de que un tercio del
total de nuestro Nuevo Testamento está constituido
por epístolas, nos extraña que, propiamente hablando,
sean pocas las cartas apócrifas existentes. La razón
radica probablemente en la breve extensión que ca
racteriza al género epístola: no es apropiado para dis
cusiones doctrinales más largas y tampoco para narra
ciones prolijas que entretengan la fantasía popular,
como es especialmente el caso de los Hechos de los
Apóstoles y también de los Evangelios y Apocalipsis
apócrifas.
1. EPÍSTOLAS DE JESÚS
San Agustín sale al paso de los maniqueos, que
afirmaban poseer cartas de Cristo, diciendo que si
tales epístolas fuesen auténticas serían sin duda leídas
por la Iglesia y consideradas con la mayor de las re
verencias (Contra Faustum Manichaeum 28, 4). Tam
bién san Jerónimo recalca que el Señor no escribió
nada por sí mismo y, por tanto, todos los productos de
ese tipo son invenciones gratuitas (Comentario a Ez
44, 29-30).
APOCRIFOS—8
114 Epístolas apócrifas
Una de estas invenciones la constituye el preten
dido intercambio epistolar entre Jesús y el rey de
Edessa (la actual Urfa, en Turquía), Abgaro V Ukka
ma (esto es: «El Negro»), que reinó durante los años
9 a 46 de la era cristiana. El historiador eclesiástico
Eusebio († 339), da cuenta en el capítulo XIII del Li
bro I de su Historia de la Iglesia, de cómo él encontró
en los archivos edessianos esta correspondencia junto
con otras noticias, y la tradujo literalmente del siríaco.
Nosotros vamos a traducirla ahora de la versión grie
ga ofrecida por Eusebio:
«Abgaro Ukkama, Príncipe, envía su saludo a Je
sús, el buen Redentor que ha aparecido en Jerusalén.
»Han llegado a mis oídos noticias referentes a ti
y a tus curaciones que, por lo visto, realizas sin nece
sidad de medicinas ni de hierbas. Pues, según dicen,
devuelves la vista a los ciegos y la facultad de andar
a los cojos; limpias a los leprosos y expulsas espíritus
inmundos y demonios; devuelves la salud a los que
se encuentran aquejados de largas enfermedades y
resucitas a los muertos.
»Al oír pues todo esto acerca de ti, he dado en
pensar una de estas dos cosas: o que tú eres Dios en
persona, o bien que eres el Hijo de Dios que bajó del
cielo y (por esto) realizas estos portentos. Esta es la
causa que me ha impulsado a escribirte, rogándote al
propio tiempo te tomes la molestia de venir hasta mí
y curar la dolencia que me aqueja.
»He oído decir además, que los judíos murmuran
contra ti y pretenden hacerte mal. Sábete, pues, que
mi ciudad es muy pequeña, pero noble, y nos basta
para los dos.»
Epístolas de Jesús 115
(Contestación que envió Jesús al príncipe Abgaro
por el correo Ananías):
«Dichoso de ti por creer en mí sin haberme visto.
Pues escrito está de mí [Is 6, 9; 52, 15; Mt 13, 13] que
los que me hubieren visto no creerán en mí, mas los que
no me hayan visto creerán y tendrán vida.
»Por lo que se refiere al objeto de tu carta, en la
que rogabas viniera a ti, (he de decirte que) es de todo
punto necesario que yo cumpla íntegramente mi mi
sión y que, cuando la hubiere cumplido, suba de nuevo
al lado de Aquel que me envió.
»Mas, cuando estuviere allí, te enviaré uno de mis
discípulos para que cure tu dolencia y te dé vida a
ti y a los tuyos.»
Eusebio toma del mismo archivo un informe, se
gún el cual Tomás envió a Abgaro al apóstol Tadeo
después de la Ascensión de Jesús. Este Tadeo o Addai
tuvo una actuación afortunadísima, en su predicación
y milagros, ganando Edessa para la cristiandad.
¿Qué hay de verdad en todo esto? El mismo Euse
bio no exterioriza ninguna duda; quizá tuviese ante
él efectivamente tales documentos siríacos y los tra-
dujo: ciertas peculiaridades de la redacción griega de
los mismos hablan en pro del hecho de que el texto
original no fue escrito en esta lengua. La autenticidad
de esta correspondencia fue impugnada por los cien
tíficos ya durante el siglo XIX. En contra de ella está
el hecho de que en la época anterior a Eusebio, nadie
supiese nada sobre tal cruce de cartas; ni siquiera
Efrén († 373), que alaba retóricamente la conversión
de Edessa. Además, unos documentos tan sagrados no
los hubieran dejado comer por el polvo durante siglos,
116 Epístolas apócrifas
sino que hubieran sido publicados, de haberlos poseído
efectivamente. La sospecha de Walter Bauer tiene mu
chos visos de verosimilitud. Es ésta: ciertamente se
inventó en Edessa la leyenda de Abgaro (quizá por el
Obispo Kune y su círculo), mas no osaron publicarla
allí mismo. Entonces lo que hicieron fue ponerle los
textos por delante a Eusebio, que andaba buscando por
todas partes materiales para sus trabajos históricos,
con la bien fundada esperanza de que él se encargaría
de publicarlos en sus escritos; como efectivamente su
cedió. La ventaja de todo aquel manejo era, natural
mente, para los buenos cristianos de Edessa, que veían
así probado contra toda duda y de manera sobresalien
te, el origen apostólico de su iglesia local 1 .
2. LA CARTA DE JESÚS, CAÍDA DEL CIELO
El obispo Liciniano de Cartagena ª impugnó en el
siglo VI una supuesta carta de Cristo caída del cielo, de
la que han llegado a nosotros diversas redacciones:
griega, latina, siríaca, armenia, karshuní, árabe y etío
pe 2 . La traduzco literalmente del texto latino antiguo,
1 Santos, págs 662-669; E. Kirsten, «Edessa», Reallexikon für
Antike und Christentum 4, 552-593, sobre «Abgaro» véase columna
588-593; también W. Bauer, en Hennecke-Schneemelcher I, pági
nas 325-329; Michaelis, págs 452-461; Quasten, I, págs 140-143;
J. Michl, en Lexikon für Theologie und Kirche II, pág. 688,
2.ª edición; Altaner-Stuiber , pág 139.—La Historia de la Iglesia de
Eusebio de Cesarea, existe en edición de E. Schwartz (últimamen
te editio minor, Berlín 1952).
a Véase Madoz, Liciniano de Cartagena y sus cartas, edición
crítica y estudio histórico, publicada por Estudios Onienses, se
sie I, volumen IV, Madrid 1948. (N del T).
2 Cfr J. Michl, en Lexikon für Theologie und Kirche II, pá
gina 689, 2.ª edición (con bibliografía).
Carta de Jesús, caída del cielo 117
publicado por Delehaye 3 ; omitiendo, eso sí, las frases
superfluas en aras de una más clara concatenación de
pensamientos b :
«Comienza la carta de Cristo sobre el santo (día del)
domingo.
3 H. Delehaye, Note sur la Légende de la lettre du Christ tom
bée du ciel, en Bulletin de la Classe des Lettres... de la Academie
Royale de Belgique, año 1899, págs 171-213 (nuestro texto aparece
en las págs 179 s), Bruselas. Sobre estas «Cartas» véase J. Schnei
der, en Reallexikon für Antike und Christentum 2, págs 572s;
sobre «Cartas cristianas» en general, op. cit., págs 574-578.
b En español puede verse: D. Molins de Rei, Notes sobre a
«Lletra caiguda del cel», en Estudios Franciscanos 43 (1931) 53-
94; Madoz, op. cit., págs 69-75, 125-129; Santos, págs 670-672, trae
—además del acostumbrado estudio previo— la traducción y el
texto del códice 925, págs 548-561 (siglo xv), de la Biblioteca Na
cional de París.
Un curioso ejemplar se halla en la Biblioteca Nacional de Ma-
drid, manuscrito 6.149, folio 204: «Este es traslado de una carta
que cayó de los cielos, la qual Dios fizo de coraçon e así lo deve
mos todos creer. La qual fue hallada en Santa María la Nueva,
que es a siete leguas de Avila...»
Algunas de sus numerosas versiones han llegado a nuestros
días, por ejemplo la que circulaba entre ciertos peregrinos de Tie
rra Santa no hace mucho tiempo (Madoz). A título de curiosidad
transcribo el comienzo de esta carta, tal cual lo trae Molins de
Rei, art. cit., pág 65:
«Jesús, María y José. Copia de una carta milagrosa copiada
de un Padre Reverendo el 6 de julio de 1892, que dice así: Mi
lagro de una carta que bajó del cielo en manos de un sacerdote
llamado Nicolás Vicente, estando celebrando la Santa Misa en la
Iglesia de San Pedro en Roma, en ocasión de estar consagrando,
le cayó en la patena. Cogió él entonces la carta que nadie pudo
explicarla, sino un niño sordo y mudo, llamado Ángel; en vista
de cuyo prodigio Su Santidad dispuso que fuese copiada al pie
de la letra, dice así:
»“Hijos muy queridos y redimidos con mi sangre la que derra
mé por vosotros al pie de la cruz. Si no fuera por los ruegos de
mi Santísima Madre y de los Santos de vuestra devoción ya os
hubiese confundido en vuestras maldades y prevengo que si no
118 Epístolas apócrifas
»Ya no consentís en guardarlo; por eso la ira de
Dios viene sobre vosotros y el azote para vuestro tra
bajo y ganados está en camino. Vienen gentiles y ma
tan a los unos, y a los otros hacen esclavos, porque
no guardáis el domingo. Por eso caen sobre vosotros
lobos rapaces... y yo aparto de vosotros mi faz... y os
ahogo como a Sodoma y Gomorra.
»Con terrible látigo he de fustigar... a aquel que
durante el santo (día del) domingo se ponga en camino,
a pie o a caballo, hacia un lugar que no sea la iglesia,
para visitar a un enfermo o para apaciguar a quienes
disputan... Si alguno comercia en domingo, yo lo des
barataré; o si trabaja en su casa, corta el pelo, lava la
colada o amasa pan, o realiza otro de los trabajos pro
hibidos en domingo, yo lo desbarataré. Esos tales no
hallarán bendición, sino maldición. Haré venir enfer
medades sobre ellos y sus hijos. Si uno pleitea en do
mingo con su prójimo, o promueve una calumnia, una
disputa o un jolgorio prohibido, yo haré que le acaez
can toda suerte de males. ¡Escucha, oh incrédulo pue
blo mío, generación mala y perversa que no quiere
creer! Contados están vuestros días; diariamente se
acerca vuestro fin. Tuve paciencia con vosotros. Mas
yo esperaba que los pecadores se moviesen a peniten-
os enmendáis y guardáis las fiestas, especialmente los domingos,
pasaréis hambre y sed, sin que logréis cosa buena. Si no lo hacéis
asi, a primeros de agosto veréis el sol que os atemorizaréis unos
con otros. Os mando que hagáis penitencia, si no tendréis trabajos
y tormentos. No mováis escándalo. No os acordéis de las almas
que os han enfadado, por lo tanto os mando que las encomendéis
al Señor de todo lo creado, dando limosna los que puedan, y no
juréis en vano mi santo nombre. No profanéis la señal de la cruz,
no guardéis rencor alguno unos con otros. Si no hacéis peniten
cia de vuestras culpas, se os abrirá la tierra que os tragará y ar
deréis en llama viva...”», etc. (N del T).
Carta de Jesús, caída del cielo 119
cia. ¡Oíd, pueblos todos, no juréis en domingo! En ese
día resucité yo de entre los muertos, tras haber pade
cido por la salvación de todos vosotros; os arranqué
del infierno y del poder del demonio, el día de mi resu
rrección. Me provocáis en muchas cosas, pero sabéis
que en seis días creé cielo y tierra, el mar y todo lo
que allí existe. Mas al séptimo día descansé de toda
obra. Así también vosotros, tanto los libres como los
siervos, debéis descansar de todas vuestras obras y es
fuerzos, si queréis tener vida y paz conmigo. En ver
dad os digo, que si no guardáis el santo (día del) domin
go desde la hora nona del sábado, a la primera del
lunes, yo os excomulgaré —yo y mi Padre— y no ten
dréis parte conmigo y los ángeles por toda la eternidad.
Amén.
»Una vez más os digo que si no guardáis el santo
(día del) domingo, he de enviar sobre vosotros granizo,
fuego, rayo, trueno y tempestad, que aniquilarán vues
tros trabajos. Desbarataré vuestras viñas y os negaré
la lluvia para que no tengáis cosecha. Una y otra vez
os amonesto y mando que deis a mis sacerdotes el
diezmo completo. No verá la vida eterna quien de
fraude mi diezmo, y en su casa nacerán hijos ciegos,
sordos y tullidos.
»En verdad os digo que si guardáis el domingo, de
jaré llover del cielo toda especie de bienes, haré que
vuestra cosecha sea pingüe y os daré paz y larga vida;
y yo permaneceré en vosotros y vosotros en mí... y
mantendré alejado de vosotros todo mal.
»A vosotros, mis sacerdotes, encargo que cada cual
muestre esta carta a las gentes, y diga que mía es. Y
si no lo creyeren, serán excomulgados por mí eterna
mente.
» Yo, Pedro, obispo, juro por la majestad de Dios,
120 Epístolas apócrifas
creador de cielo y tierra, del mar y todo lo que allí
hay, por Jesucristo, por María, santa paridora de Dios,
por todos los ángeles de Dios, por todos los patriarcas,
profetas, apóstoles, mártires, confesores, vírgenes, por
las reliquias de todos los santos y elegidos de Dios,
(juro) que esta carta no procede de mano de los hom
bres, sino que ha sido escrita por el dedo de Dios y de
nuestro Señor Jesucristo; y cayó a la tierra desde el
séptimo cielo, desde el trono de Dios, para que vos
otros guardéis el santo (día del) domingo.»
La carta, estilísticamente descuidada, procede pro
bablemente del siglo VI; no puede precisarse más el
lugar y lengua de su aparición original. Aquéllos eran
tiempos de reverdecimiento en la Iglesia, de la legis-
lación ceremonial judaico-veterotestamentaria. Cesáreo
de Arles († 542) dice en uno de sus sermones: «Si bien
los desdichados judíos celebran el sábado con tanto re
cogimiento que durante él no emprenden trabajo al
guno, mucho más aún deben los cristianos estar libres
para Dios el domingo» (Sermones 13, 3). El III Con
cilio de Orleans prohibió el año 538 «los trabajos ser
viles» por vez primera, y el año 650 acuñó el Concilio
de Rouen la fórmula —usual hasta el presente— que
determinaba el descanso en días festivos 4 .
4 F. X. Pettirsch, en Zeitschrift für kath. Theologie, 69 (1947)
257-327, 417-444 (en especial 440-443), ha publicado una investiga-
ción sobre el problema de la prohibición de los «trabajos serviles»,
pero no menciona nuestra «Carta». (Una redacción más breve de
este trabajo a cargo del autor, en Der christliche Sonntag, págs 57-
58, editada por K. Rudolf, Viena 1956).—Por entonces tuvo lugar
la introducción del pago del diezmo, sustituyendo al óbolo volun
tario de los fieles.
Carta de Pilato a Tiberio 121
3. UNA CARTA DE PILATO A TIBERIO
En el capítulo 21 de su Apologeticum —un escrito
en defensa del cristianismo—, Tertuliano, después de
narrar los acontecimientos referentes a la muerte y
resurrección de Jesús, escribe: «Pilato, que en su fue
ro interno era ya cristiano, dio cuenta a Tiberio, que
por aquel entonces era el César, de todas estas cosas
sobre Cristo.» Tal carta ha llegado a nosotros, efecti
vamente, incluida en los Hechos de Pedro y Pablo.
Aun cuando los manuscritos citen al emperador Clau
dio como destinatario, se trata en definitiva también
de la carta aludida por Tertuliano sea cual sea la ex
plicación que se dé a este error. Debió de ser escrita
durante el siglo II.
Texto 5 :
«Poncio Pilato envía a Claudio su saludo.
»Hace poco ha ocurrido algo, que yo mismo he
puesto en claro 6 . Los judíos han acarreado sobre sí
y sus descendientes terribles castigos, como conse
cuencia de (su) envidia. Ciertamente, sus padres te
nían profecías de que Dios les enviaría desde el cielo
a su Santo, el cual había de titularse con derecho
Rey. Sería enviado a la tierra por mediación de una
virgen; fue anunciado de antemano. Pues bien, fue
5 Texto griego en Lipsius, I, págs 196 s (y I, págs 136 ss);
traducción alemana por Scheidweiler, en Hennecke-Schneemel
cher I, págs 353 s; y Michaelis, págs 450 s. —Santos, págs 472 s,
ofrece el texto y la traducción de la llamada Segunda Carta de
Pilato, según el texto de Tischendorf.
6 'EgÚmnwsa, no necesita ser corregido: tal término es utili
zado frecuentemente con este sentido (cfr Lampe, en A patristic
greek Lexicon, 325 b).
122 Epístolas apócrifas
durante mi mandato como gobernador de Judea cuan
do vino. Ellos vieron que daba vista a los ciegos, cu
raba leprosos, sanaba a los tullidos, arrojaba de los
hombres malos espíritus, resucitaba a los muertos,
mandó a las tempestades, anduvo sobre las olas del
mar y realizó otros muchos prodigios; sí, vieron cómo
todo el pueblo judío le llamaba Hijo de Dios. Por eso,
llenos de envidia contra él, los príncipes de los sacer
dotes lo hicieron prender y me lo enviaron. Alegaron
en su cargo una mentira tras otra: que era un hechi
cero y actuaba en contra de su ley.
»Creyendo yo que así había sucedido todo realmen
te, le hice azotar y lo abandoné a su (de los judíos)
capricho. Ellos lo crucificaron e hicieron vigilarlo en
su sepulcro. Pero él resucitó al tercer día, mientras
mis soldados montaban guardia. Tanto se enardeció
con esto la maldad de los judíos que dieron dinero a
mis soldados, exigiéndoles a cambio: Decid que sus
discípulos han robado su cadáver. Empero los solda
dos tomaron el dinero y no pudieron tener su lengua
a propósito de lo ocurrido. Y así fueron ellos quienes
atestiguaron que él había resucitado y cómo habían
recibido dinero de los judíos.
»Todo esto quise someterlo yo a tu majestad desde
la raíz, a fin de que ningún otro viniese con una expo
sición falsa y tú opinases que debías creer las menti
ras de los judíos.»
Esta fingida carta tenía como meta acreditar di
recta y oficialmente la resurrección de Jesús. El tex
to se presenta como informe de servicio, del goberna
dor romano al emperador. Hace recaer la culpa de la
muerte de Jesús sobre los judíos, con más ahínco aún
que los evangelios canónicos. A Pilato se le atribuye
Carta de Pilato a Tiberio 123
aquí credulidad, pero la verdad es que según la na
rración canónica sabía muy bien que Jesús era ino
cente. No en vano hizo tres intentos seguidos para
salvarle: mete a Herodes Antipas en el asunto; hace
una proposición de amnistía (liberación de un preso
con ocasión de la fiesta); y, por último, la concesión
parcial significada por la flagelación.
Pilato consintió en condenar a Jesús cuando los
judíos jugaron su última baza («no eres amigo del
César») y le amenazaron con denunciarle, pues temió
perder la carrera y la vida. Este efecto de la referida
amenaza resulta harto comprensible. El esfuerzo que
se nota al final de la carta apócrifa ahora en estudio,
para tratar de anticiparse a cualquier información
insidiosa ante el César, está muy bien motivado des
de el punto de vista psicológico. La carta es una fic
ción, pero su motivo no lo es. Un motivo que el anó
nimo autor de este documento supo captar muy bien.
No podía venirle más a propósito a la carta; aunque
resultara alejado del que a él le movía personalmente.
Nos ha sido transmitida también toda una serie
de otras cartas de Pilato procedentes del siglo v. Por
ejemplo, un informe suyo dirigido al emperador ro
mano, referente a la ejecución y resurrección de Je
sús c . También la correspondencia cruzada entre Pi
lato y Herodes, en la que este último le da cuenta de
las tribulaciones que padecía y le exhorta a que abra
ce la vida cristiana d . Y finalmente, existe una carta
eUn ejemplo en Santos, págs 477-484. (N del T).
d «... Pues has de saber que mi hija Herodíades, a quien yo
amaba ardientemente, ha perecido por estar jugando junto al agua
cuando ésta desbordaba sobre las márgenes del río. Efectivamen-
124 Epístolas apócrifas
de Tiberio a Pilato, en la cual el César reprocha a su
gobernador la injusta ejecución de Jesús, por cuyo mo
tivo le condena a él y a los jefes judíos a sufrir la úl
tima pena e .
te, el agua la cubrió de repente hasta el cuello; su madre enton
ces la agarró de la cabeza para que no se la llevara la corriente,
pero se desprendió ésta del tronco y fue lo único que mi esposa
pudo recoger... Lesbónax, mi hijo, se encuentra en una necesidad
extrema, presa de una enfermedad agotadora desde hace muchos
días. Yo a mi vez, me encuentro enfermo de gravedad, sometido
al tormento de la hidropesía, hasta el punto de que salen gusanos
de mi boca. Mi mujer ha llegado incluso a perder el ojo izquierdo
por la desgracia que se ha cernido sobre mi casa... Por todo lo
cual ciñe ahora tus lomos, asume tu autoridad judicial de noche
y de día, unido a tu mujer en el recuerdo de Jesús, y será vuestro
el reino, pues nosotros hemos hecho padecer al Justo...» Texto y
traducción en Santos, págs 484-489.
e « ... Por cuanto tuviste la osadía de condenar a muerte a
Jesús Nazareno de una manera violenta y totalmente inicua y,
aun antes de dictar sentencia condenatoria, le pusiste en manos
de los insaciables y furiosos judíos; por cuanto, además, no tu
viste compasión de este justo, sino que, después de teñir la caña
y someterle a una horrible sentencia y al tormento de la flagela
ción, le entregaste, sin culpa alguna por su parte, al suplicio de
la crucifixión, no sin antes haber aceptado presentes por su muer
te; por cuanto, en fin, manifestaste, sí, compasión con los labios,
pero le entregaste con el corazón a unos judíos sin ley; por todo
esto, vas tú mismo a ser conducido a mi presencia cargado de ca
denas, para que presentes excusas y rindas cuentas de la vida que
has entregado a la muerte sin motivo alguno... Pues sábete que,
así como tú le condenaste injustamente y le mandaste matar, de
la misma manera yo te voy a ajusticiar a ti con todo derecho;
y no sólo a ti, sino también a todos tus consejeros y cómplices,
de quienes recibiste el soborno de la muerte...» Texto y traduc-
ción en Santos, págs 474-475. (N del T).
Epístola de Bernabé 125
4. CARTA CIRCULAR (ENCÍCLICA) DE LOS
ONCE APÓSTOLES
Se hace pasar por tal la llamada Epistola Aposto
lorum, dirigida «a las iglesias del Este y el Oeste, del
Norte y del Sur».
Contiene: revelaciones del Resucitado, adverten
cias contra la deletérea actividad de los falsos profe
tas Simón y Kerinto; después de dar cuenta de los
milagros obrados por Jesús en la tierra y de su resu
rrección, pasa a ocuparse de temas referentes al fin
de los tiempos, precisa la fecha de la parusía y discu
te cuestiones tocantes a la resurrección de los muertos.
Es probable que la Epistola Apostolorum fuese es
crita originariamente en griego. Nosotros la hemos
recibido en lengua etíope y copta. Fue compuesta pro
bablemente en la primera mitad del siglo II y muestra
quizá las doctrinas de una comunidad cristiana de
Egipto, que había sido relegada al aislamiento por obra
de sus contrincantes gnósticos. Sin embargo, ella mis
ma tampoco se vio libre de ideas gnostizantes e inclu
so se alimenta con pensamientos pertenecientes al ju
daísmo tardío de tipo sincrético-heterodoxo 7 .
5. EPISTOLA DE BERNABÉ
A Bernabé, acompañante del Apóstol de las Gen
tes, le es falsamente atribuida una epístola que, pro-
7 Cfr H. Duensing, en Hennecke-Schneemelcher I, págs 126-
155; y M. Hornschub, Studien zur Epistula Apostolorum (Patris
tische Texte und Studien 5), Berlín 1965.
126 Epístolas apócrifas
piamente hablando, es más bien un tratado teológico,
un escrito doctrinal y admonitorio.
Los judíos entendieron la Ley literalmente y por
su ligereza perdieron la Alianza. El carácter judeófobo
que preside el contenido de la Epístola de Bernabé
cobró un puesto especial dentro de la literatura paleo
cristiana. Bernabé considera al Antiguo Testamento
como obra del demonio, mientras que Pablo lo ve como
obra de Dios. Por este motivo el apócrifo de que aho
ra tratamos no puede provenir del compañero del
Apóstol de las Gentes.
La Epístola de Bernabé apareció quizá en Alejan
dría, posiblemente pasado el año 130, y fue traducida
al latín ya en el siglo II. Clemente Alejandrino la apre
cia como epístola apostólica y Orígenes la tiene por
inspirada. No obstante, Eusebio la rechaza, incluyén
dola entre los escritos no canónicos 8 .
6. PSEUDOEPÍSTOLAS DE PABLO
A. Epístola a los Laodicenses
En Col 4, 16 se hace mención de una epístola del
Apóstol de las Gentes dirigida a los habitantes de Lao
dicea. No ha llegado a nosotros, salvo que con la refe
rida cita se aluda a la Epístola a los Efesios que sí nos
fue transmitida. En cambio llegó a nuestras manos una
8 Ediciones: Th. Klauser, Florilegium patristicum 1, Bonn
1940; F. X. Funk - K. Biblmeyer, 2.ª edición, Tubinga 1956; traduc
ción alemana por H. Windisch, Die Apostolischen Väter III, Der
Barnabasbrief (Handbuch zum Neuen Testament), Tubinga 1920;
y por K. Thieme, Kirche und Synagoge, Olten 1945.
De Pablo. Tercera a los Corintios 127
Epístola a los Laodicenses, escrita en latín y conteni
da en muchos manuscritos de la Biblia latina. Trátase
de una burda falsificación, cuyo propósito es incluir
dentro del cuerpo epistolar paulino a los laodicenses,
que son echados en falta.
Su contenido resulta ser una compilación carente
de método, de frases paulinas tomadas en su mayor
parte de la Epístola a los Filipenses. Harnack y Quis
pel han intentado demostrar la presencia en este apó
crifo de elaboraciones marcionitas, pero no han conse
guido que su teoría prevalezca.
Esta epístola apareció probablemente entre los si
glos II y III, y fue tenida por inspirada aunque no por
canónica 9.
B. Una tercera Epístola a los Corintios
En los Hechos de Pablo se contiene como parte in
tegrante original (en contra de la opinión de Testuz)
y junto con un escrito preliminar de los presbíteros
de Corinto dirigido al Apóstol, una Tercera Epístola
suya a los Corintios.
Primeramente los corintios escriben que habían lle
gado a su ciudad dos hombres, Simón y Cleobio, los
cuales predicaban cosas jamás oídas antes a ningún
apóstol: «Que no se ha de apelar a los Profetas, que
Dios no es todopoderoso, no hay resurrección de la
9 Cfr J. Schmid, Lexikon für Theologie und Kirche, 2.ª edición,
págs 6, 792 s; W. Schneemelcher , en Hennecke-Schneemelcher II,
págs 80-84 (incluye traducción). Texto en A. v. Harnack, Apo
crypha IV, Kleine Texte 12, editado por H. Lietzmann, 2.ª edición,
Berlín 1931. Anteriormente se añadía también la edición del NT
griego de Nestlé.
128 Epístolas apócrifas
carne, la creación del hombre no es obra de Dios, el
Señor no se encarnó ni nació de María, el mundo no
es de Dios sino de los ángeles. Por eso hermano, te pe
dimos que vengas a nosotros con la mayor premura,
a fin de que la comunidad se vea libre de escándalo y
sea puesta de manifiesto su insania. Adiós en el Se
ñor.» En su respuesta (la pretendida 3 Epístola a los
Corintios), Pablo procura rebatir las opiniones de
aquellos dos heresiarcas gnósticos. Por cierto que se
expresa algo concisa y autoritariamente; sólo se ex
playa algo más al tratar de la resurrección.
Naturalmente esta epístola no procede de Pablo.
Partiendo del hecho de que no todas las epístolas que
el Apóstol dirigió a la comunidad corintia habían lle
gado a nosotros (Cfr 1 Cor 5, 9 y 2 Cor 2, 4; 7, 8), se
le ocurrió al falsificador incluir en su obra —Acta Pau
li— un intercambio epistolar del tipo reseñado. Pronto
circuló en versión latina, siríaca, copta y armenia; y
hace poco que se ha descubierto el texto también en
griego. Las iglesias de Siria y Armenia dieron a esta
epístola valor de canónica durante varios siglos; iba
detrás de las dos epístolas auténticas a los Corintios 10 .
10 Texto latino en Harnack (véase nota precedente); otro en
H. Boese, Zeitschrf. f. d. neutest. Wissenschaft 44 (1952/53) 66-
76. Texto griego en M. Testuz, Pap. Bodmer X, Cologny-Ginebra
1959. Traducción alemana: Schneemelcher, en Hennecke-Schnee
melcher II, págs 258-260; cfr Schneemelcher, ibídem, págs 234s;
J. Schmid, en Lexikon für Theologie und Kirche, 2.ª edición,
págs 6, 556; Michaelis, págs 441-443.
De Pablo. Con Séneca 129
C. Correspondencia con Séneca
Sobre una Epístola de san Pablo a los Alejandrinos
no sabemos más que la noticia ofrecida por una ano
tación existente en un antiguo repertorio de escritos ca
nónicos. En cambio poseemos la pretendida corres
pondencia mantenida en latín entre Pablo y Séneca
(muerto por suicidio el año 65, tras el fracaso de la
conjura antineroniana que capitaneara Pisón y en la
que el filósofo había colaborado). Se trata de 8 breves
cartas de Séneca a Pablo, caracterizadas por su falta
de contenido, penuria ideológica y torpeza de estilo;
y 6 cartas de Pablo a Séneca, la mayoría más breves
aún.
1.ª carta: Séneca comunica a Pablo, haber leído en
la Huerta Salustia y acompañado por Lucilio, algo de
las epístolas paulinas, y manifiesta su admiración por
la altura moral de las mismas.
2.ª carta: Pablo se considera dichoso —así dice—
por este juicio sobre sus epístolas.
3.ª carta: Séneca quiere leerle al emperador (¿una
epístola del Apóstol?).
4.ª carta: Pablo contesta que una visita de Séneca
le alegraría mucho.
5.ª carta: Séneca exterioriza sus recelos por la pos
tura reservada de Pablo y pregunta si su causa es la
indignación de la Señora (es decir, de la emperatriz
Popea Sabina) por el cambio de creencias del Apóstol.
APOCRIFOS.—9
130 Epístolas apócrifas
6.ª carta: Pablo le dice que no quiere responderle
a esta pregunta «con cálamo y tinta».
7. ª carta: Nuevamente se goza Séneca con el subli
me contenido de las epístolas paulinas; pero dice que
desearía que su estilo correspondiese a lo elevado del
fondo: ut maiestati earum (rerum) cultus sermonis non
desit! El —Séneca— leyó al emperador retazos de las
Epístolas y éste opinó «que no podía menos de admirar
cómo un hombre carente de la formación usual, era ca
paz de tales pensamientos». A lo que el filósofo le había
replicado que Dios hablaba por la boca de los niños
(cfr Ps 8, 3; Mt 11, 25).
8.ª carta: Con todo, Pablo le pide que no le lea al
emperador más cosas «que contradigan a su fe y doc
trina», ya que eso podría acarrear las iras de la Seño
ra (la emperatriz).
9.ª carta: Séneca le pide disculpas y en compensa
ción por lo sucedido le dedica una estilística latina (De
verborum copia)— quizá su obra más reciente —no sólo
para contentar plenamente al Apóstol, sino, es claro,
para ayudarle además a que pula su mal estilo.
10.ª carta: Entonces Pablo cree que debe disculpar
se a su vez por anteponer su propio nombre al de
Séneca en el encabezamiento de las cartas.
11.ª carta (según los manuscritos; por el orden de
ideas debiera ser la 12.ª): Se queja Séneca de que los
cristianos sean condenados a muerte, de que todo el
pueblo esté convencido de su nocividad y se les eche
la culpa del incendio de Roma. A propósito de esto,
De Pablo. Con Séneca 131
resulta interesante la mención de 132 palacios y 4.000
casas de vecindad ardiendo durante seis días; el sép
timo, trajo el fin (del fuego).
12. ª carta (o bien la 11.ª): Séneca tranquiliza a Pa
blo en cuanto a los escrúpulos que éste manifestó (car
ta 10.ª) a propósito del orden de los nombres en el en
cabezamiento de las cartas.
13. ª carta: Vuelve Séneca a exhortar a Pablo para
que se aplique en conseguir un mejor latín.
14. ª carta (última de la colección): Pablo guarda
silencio una vez más respecto a esta advertencia del
filósofo; pero nombra a Séneca, no sin aludir indirec
tamente a su formación retórica, heraldo de Jesucristo
en la corte imperial. Séneca ha de anunciar pues la
sabiduría de Jesucristo —a la cual casi (!) se había con
vertido (sophiam, quam propemodum adeptus)— ante
el rey temporal, sus servidores y amigos.
El «casi» de esta última carta muestra que tam
poco el falsificador de toda esta correspondencia se
atrevió a afirmar la conversión de Séneca al cristia
nismo. Un amigo de Petrarca, Giovanni Colonna, fue
el primero en sacar esta conclusión (hacia el año 1332)
a propósito del intercambio epistolar que estamos es
tudiando 11 .
Según Bickel esta correspondencia pertenece al si
glo III, pero es más probable que fuese redactada en
el siglo IV. Jerónimo la conoce en su catálogo de escri
tores, aparecido el año 392.
11 Según A. Momigliano, Contributo alla Storia degli Studi
classici, capítulo I, Roma 1954.
132 Epístolas apócrifas
¿Cabe la posibilidad de que todo esto no fuese más
que un ejercicio de redacción? Difícilmente hubiera
pensado entonces el autor en despertar, por este me
dio, también entre los amigos de Pablo, el deseo de
leer a Séneca. Más bien hay que atribuirle la inten
ción de querer realzar el prestigio del Apóstol de las
Gentes a trueque de indicar éste su familiar trato con
el filósofo; con otras palabras: buscaba hacer propa
ganda entre las gentes cultas de su tiempo en pro de
las epístolas paulinas, traducidas a un latín poco cui
dado 12, fingiendo que Séneca las había tenido en mu
cho a causa de la profundidad de su contenido, pese a
su tosco estilo.
Por último, no es imposible que nuestro anónimo
autor estuviese sugestionado por leyendas antiguas re
ferentes a relaciones entre Séneca y Pablo, cuya ac
tuación en Roma fue contemporánea a la del filósofo.
Por lo demás Séneca fue hermano de aquel Gallio,
procónsul de la provincia de Acaia, ante el cual los
judíos presentaron querella contra Pablo. El procón
sul no sólo la desestimó, sino que permitió incluso que
Sóstenes, jefe de la sinagoga, fuese golpeado ante su
tribunal (Hech 18, 12-17). Gallio no quería meterse en
estas para él disputas «internas entre judíos», actitud
que por aquel entonces favoreció mucho a la predica
ción del cristianismo 13.
12 Jerónimo (Epístola 22) se queja lo mismo que Agustín
(Confesiones) de los fallos lingüísticos de la antigua Biblia latina.
13 La definitiva edición de C. W. Barlow resulta hoy cómoda
mente accesible, en Patrol. Lat. Supplementum I, págs 673-678.
Traducción alemana por A. Kurfess, en Hennecke-Schneemelcher
II, págs 85-89.—Cfr además en general: P. Benoit, «Seneca und
Paulus», en Exegese und Theologie, págs 297-320, Düsseldorf 1965;
J. N. Sevenster, Paul and Seneca, Leiden 1961.
Epístola de Tito 133
7. EPÍSTOLA DE TITO
En un manuscrito latino de Würzburg, proceden
te del siglo VII, nos ha sido transmitida una Epístola
de Tito (el discípulo de Pablo) que trata «Sobre el es
tado de castidad» (véase Hechos de Pedro, pág 93).
Fue escrita quizá en el siglo v.
La meta que su desconocido autor se propuso con
este documento, es la alabanza de la vida virginal. A
lo largo de todo este apócrifo, se vuelve expresamente
contra todos los que menosprecian la castidad; arre
metiendo en especial contra aquellos que, habiendo
hecho voto de vida casta, contraen no obstante las
llamadas «nupcias espirituales» (suneisaktoi) f . Esto con
ducía a comprensibles inconvenientes, pues la convi
vencia de ascetas de ambos sexos solía acabar «en la
carne». Con esto se suscitaba la rechifla de las gentes.
Las fuentes no dejan lugar a dudas a propósito de
la frecuencia con que se cometían estas transgresio
nes. Por eso desde el siglo III, los sínodos eclesiásticos
procedieron contra semejante práctica que, a pesar de
todo, se mantuvo hasta entrado el siglo VI 14 .
f (Virgines) subintroductae: En la Iglesia antigua, mujeres
que vivían (monásticamente) asociadas con hombres en matrimo
nio espiritual. (N del T).
14 La mejor visión de conjunto y primera traducción al ale-
mán, por el especialista español Aurelio de Santos Otero, en Hen
necke-Schneemelcher II, págs 90-109; el texto latino fue publicado
por D. de Bruyne, en Revue Bénédictine 37 (1925) 47-72.
134 Epístolas apócrifas
8. VARIAS
Y con lo dicho, podemos ya cerrar nuestra ojeada
general sobre la literatura epistolar apócrifa.
En honor de la integridad digamos que poseemos
también una Epístola del Apóstol Pedro apócrifa, pro
cedente del siglo II; está escrita en griego y tiene ca
rácter de acompañamiento del llamado Pseudoclemen
te. Conocemos asimismo otras epístolas apócrifas atri
buidas a Pedro. Una de ellas va dirigida a Felipe y
está redactada en lengua copta. Su descubrimiento
tuvo lugar en Nag-Hammadi y todavía no ha sido edi
tada.
Contamos además con una Epístola de Santiago al
apologeta Cuadrato. Está redactada en idioma arme
nio y siríaco; se ocupa de un informe enviado por
Pilato a Tiberio y también se solicitan de Cuadrato
noticias procedentes de Italia sobre las futuras dispo
siciones de Tiberio tocantes a los judíos.
También en Nag-Hammadi apareció otra Epístola
de Santiago dirigida a un destinatario desconocido.
Está compuesta en lengua copta. En ella se da cuenta
de un pretendido coloquio que mantuvieron Cristo
—después de haber resucitado—, Pedro y él, y tuvo
como tema el martirio y otras diversas cuestiones.
Para terminar, diré que el Pseudocipriano mencio
na una supuesta Epístola de Juan y aduce, como per
teneciente a la misma, el siguiente logion de Jesús:
«Vedme en vosotros, como vosotros os veis en el agua
o en un espejo» (De montibus Sina et Sion 13)15 .
15 Cfr J. Michl, en Lexikon für Theologie und Kirche I, 2.ª edi-
ción, págs 692 s; Schneemelcher, en Hennecke-Schneemelcher II,
págs 55-58; Michaelis, págs 445 s.
PARTE CUARTA
APOCALIPSIS APÓCRIFAS
La Apocalipsis, la «Secreta Revelación» de san
Juan, ha dado nombre a todo un género literario, si
bien las apocalipsis apócrifas se diferencian básica
mente de la canónica.
Por lo pronto vamos a precisar estas diferencias
de la canónica respecto a las otras :
l.ª Su autor no se oculta detrás de un pseudónimo.
2.ª No finge pretemporalidad.
3.ª Cristo aparece como figura central de todo
acontecimiento; su cruz y su resurrección son consi
deradas hechos salvíficos decisivos 1.
Bajo el término «apocalíptico» se entienden por
una parte el género literario al que las apocalipsis per
tenecen, y por otra el mundo de representaciones y
conceptos mediante el cual se expresa el pensamiento
orientado hacia el fin de los tiempos. La irrupción de
la literatura apocalíptica hay que relacionarla con el
retroceso experimentado por la profecía y con la des
dichada situación en que se hallaba el pueblo judío
1 Cfr especialmente A. Vögtle, Das Neue Testament und die
neuere katholische Exegese I, págs 147-179, Friburgo 1966 (tra
ducción española, en preparación).
138 Apocalipsis apócrifas
durante la época del helenismo. Los autores apocalíp
ticos no se tenían a sí mismos por profetas, a los que
consideraban extinguidos (cfr Bar. syr. 85, 3), pero sí
ocuparon el puesto de éstos y continuaron su obra. La
apocalíptica se distingue de la profecía por un dualis
mo, un determinismo y un pesimismo muy marcados.
También aquí resulta claro lo mucho que la apocalíp
tica bíblica se despega de la propiamente judaica: en
Mt 13, 32, se rechaza estrictamente todo cómputo an
ticipado del día y hora del fin de los tiempos; y en
Ap 1, 3; 22, 7, Juan afirma que su Apocalipsis es una
auténtica profecía.
Los temas apocalípticos capitales son las últimas
cosas, los apuros antecedentes al fin, la parusía del Se
ñor, el juicio y la resurrección, la bienaventuranza y
la condenación. La descripción del mundo del más allá
ocupa un amplio espacio dentro de las revelaciones del
judaísmo tardío. El escritor apocalíptico sabe todo lo
tocante al cielo y a los que en él están, al infierno y
a los condenados; conoce los nombres, jerarquías y
funciones tanto de los ángeles como de los demonios;
le resultan familiares toda suerte de especulaciones
cosmológicas, astronómicas y meteorológicas.
Un distintivo especialmente característico de lo apo
calíptico es, como hemos dicho, su dualismo. Existen
dos tiempos para el mundo; dos eones: éste en el que
nos hallamos será sustituido por el venidero, es pasa
jero mientras que el otro eón es eterno. No hay con
tinuidad entre el viejo y nuevo eón; el viejo tendrá
que ser aniquilado antes de que el nuevo eón se ins
taure definitivamente. Pero ambos eones son creados
por el Dios y Señor, por lo que no se puede hablar aquí
de un dualismo absoluto como ocurre al tratar de la
gnosis.
Apocalipsis apócrifa 139
Al ser el actual eón pasajero, caduco, malo y digno
de aborrecimiento, se comprende fácilmente que nos
veamos llevados a una postura de total pesimismo res
pecto a él. Un pesimismo que impregnará, pues, ínti
mamente el pensamiento apocalíptico, que por eso se
dirige tensamente hacia el futuro, esperando el eón
venidero, la nueva creación, el cielo nuevo, la nueva
tierra, los nuevos hombres, la Jerusalén celestial 2 .
También caracteriza a lo apocalíptico una manera uni
versal de considerar las cosas: ya no se trata del pue
blo de Israel y de Palestina solamente, sino de todos
los pueblos y toda la tierra, del cosmos entero; el mun
do y la humanidad son una gran unidad constituida
como frente-a-Dios. Verdad es que esto no quiere de
cir que el individuo se pierda en la masa, quede recu
bierto por la colectividad; muy al contrario: el indivi
duo comparece ante el Tribunal como tal individuali
dad; y ha de salir airoso en el Juicio como tal indi
viduo, pues también como individuo resucitó para ser
juzgado.
Por último. El escritor apocalíptico mantiene la idea
de que todo se halla determinado por Dios, todo está
predestinado y, por eso, todo puede calcularse antici
padamente. He de decir al propósito, que todos estos
cálculos suelen estar presididos —poco menos que siem-
2 Esto explica también la reviviscencia del pensamiento apo
calíptico siempre que se viven tiempos apurados. Casi todos los
elementos apocalípticos se encuentran, por ejemplo, en Fátima:
visión del infierno, anuncio de un fin próximo lleno de guerras y
necesidades, y por último, una perspectiva de la conversión de
Rusia y el triunfo del Inmaculado Corazón de María en una era
pletórica de paz.
(Véase sobre esto Staehlin, Apariciones, «Psicología. Medicina.
Pastoral» 2, Razón y Fe, Madrid 1954; especialmente págs 141-147
y 367-379. Adición bibliográfica del traductor).
140 Apocalipsis apócrifas
pre— por la idea de que el fin se halla próximo. Por
tanto, al encontrarnos ya en el período final, al ima
ginarse erróneamente que vivimos al cabo de los tiem
pos, resulta indiferente el número de períodos en que
se divida toda la historia. Claramente, las divisiones
en períodos —por las que tanta afición muestran— sir
ven sólo para hacer resaltar que ya despunta el tiempo
postrero, el último trocito de temporalidad, para que
perfeccionemos el tiempo del mundo conforme al plan
de Dios. Surge también con frecuencia un salvador es
catológico, un mesías cuyas tareas se delinearán dis
tintamente dentro de las diversas apocalipsis del ju
daísmo tardío, de modo que no cabe hablar —fuera de
los rasgos básicos ya descritos— de un mundo de imá-
genes que sea en alguna medida unitario para todos.
Como distintivos formales de las apocalipsis apó
crifas pueden enumerarse los procedimientos estilísti
cos siguientes. Por lo pronto el uso de pseudónimo:
el autor no escribe bajo su propio nombre sino que se
adhiere al de un personaje conspicuo de los tiempos
precedentes, pues se siente por decirlo así como pro
longación de la personalidad de éste. Naturalmente
protrae también su actividad a un tiempo anterior,
con lo que el pretérito y el presente del escritor apo
calíptico se convierten en futuro al considerarlos des
de esta perspectiva cronológica. Un «futuro» que —como
no podía menos de ocurrir— él «profetizará» tanto más
exactamente 3 cuanta mayor sea su cercanía al tiempo
3 Sin embargo, cuando se ocupa del tiempo en el cual él, efec
tivamente, escribe, se sirve de símbolos, imágenes y alegorías es
pecialmente herméticas. Este tiempo, encubierto a propósito pero
acentuado a fuerza de secretos, permite, precisamente por estas
características, ser localizado como época de la redacción del apó-
Apocalipsis apócrifas 141
en el cual vive verdaderamente el autor. De esta
manera, los lectores adquieren la confianza de que
también el futuro siguiente resultará predicho con
igual exactitud; una confianza susceptible de propor
cionarles gran consuelo.
Las formas con que el escritor apocalíptico recibe
sus revelaciones son visiones, sueños, audiciones..., el
visionario puede viajar en éxtasis por todo lo celestial.
Con frecuencia lo que ve son símbolos e imágenes ne
cesitadas de interpretación, que no es raro le sea pro
porcionada por ángeles.
Si observamos ahora la composición literaria de
las apocalipsis —muchas veces esquemática y bien ejer
citada conforme a una técnica determinada y tradicio
nal— reconoceremos en ella cierta sabiduría libresca y
con razón dudaremos en la mayoría de los casos de su
autenticidad vivencial 4 .
En cuanto a su ámbito: hubo pocas apocalipsis cris
tianas; los escritores apocalípticos se limitaron funda
mentalmente a adornar con adiciones tomadas del cris
tianismo, apocalipsis pertenecientes al judaísmo tardío.
Esto satisfacía las necesidades. Generalmente la curio
sidad que se pretendía saciar mediante tales revelacio
nes fue en aumento, lo que hizo que los contenidos
crifo apocalíptico de que se trate en cada caso; la mayoría de las
veces con seguridad.
4 Sobre apocalíptica, cfr Ph. Vielhauer, en Hennecke-Schnee
melcher II, págs 407-454 (con bibliografía); K. Schubert, Bibel- und
zeitgemässer Glaube I, págs 265-285, Klosterneuburg 1965; K. Koch,
Kontexte 3 (1966) 51-58; H. H. Rowley, Apokalyptik, ihre Form
und Bedeutung zur biblischen Zeit, 3.a edición, Einsiedeln 1965;
D. S. Russell, The Method and Message of Jewish Apocalyptic,
Filadelfia 1964; F. Dingermann, en Wort und Botschaft, editado
por J. Schreiner, págs 329-342, Würzburg 1967.
142 Apocalipsis apócrifas
auténticos de la fe cayesen con frecuencia fuera del
campo visual de estos escritos. Por eso la Iglesia se
distanció, y con razón, de la literatura apocalíptica, ya
durante el siglo II. A partir de entonces la lectura y
transmisión de este género literario continuó dentro
de círculos sectarios cada vez más reducidos y con fre
cuencia gnósticos.
1. ASCENSIÓN DE ISAÍAS
Es el ejemplo más destacado de apocalipsis judaica
con refundición cristiana. En este apócrifo el material
cristiano resulta incluso más extenso que el original
mente judío.
Comienza con una leyenda judía precristiana so
bre el martirio de Isaías. Interpolada en el cuerpo de
esta leyenda, puede leerse una profecía referente a
Cristo y a su Iglesia (3, 13 - 4, 18). A la narración del
martirio se añadió una descripción —procedente quizá
del siglo II — de la ascensión visionaria de Isaías al cie
lo. Este texto cristiano gnostizante narra cómo Isaías
subió a Cristo, pasando por el séptimo cielo, y cómo
éste bajó a la tierra como redentor, para regresar otra
vez a Dios.
La obra fue compuesta originariamente en griego.
Quizá tomase en los siglos III o IV su forma actual, que
sólo nos es conocida íntegramente gracias a una tra
ducción al etíope 5.
Aduciré como muestra el pasaje 11, 1-14. Isaías
5 Cfr J. Flemming - H. Duesing, en Hennecke-Schneemel
cher II, págs 454-468; y J. Michl, en Lexikon für Theologie und
Kirche I, pág 699, 2.a edición.
Ascensión de I saías 143
contempla el nacimiento de Cristo. Resulta de interés
el siguiente concepto del autor, impregnado de doce
tismo: el niño no ha sido parido; simplemente está
ahí, ha aparecido nadie sabe cómo; Dios se ha hecho
hombre únicamente en apariencia. Doy el texto adhi
riéndome a Flemming:
«Y entonces miré, y el ángel que conmigo hablaba
y me conducía, me dijo: Pon atención, Isaías, pues
para eso he sido enviado por Dios. Y vi una mujer del
linaje de David, llamada María, la cual era doncella
y había contraído esponsales con un varón llamado
José, carpintero, también del linaje de David. Y él
quería tener un heredero de aquella con quien él ha
bía contraído esponsales, y aconteció que ella estaba
ya encinta; y José el carpintero quería abandonarla.
Mas el ángel del Espíritu apareció en este mundo y
por eso José no abandonó a María sino que la guardó
sin descubrir nada de este asunto a nadie. Y durante
dos meses no vivió con ella. Y pasados dos meses, en
los días en que José se hallaba en casa con María su
mujer, aunque solos los dos, ocurrió que, mientras se
hallaban en casa solos, María miró con sus ojos y vio
un niño pequeño, y se turbó. Y cuando su turbación
hubo pasado, su seno materno se encontró como antes
de estar preñada. Y al preguntarle José su marido
“¿Qué es lo que te conturba?”, sus ojos se abrieron y
vio al niño, y alabó a Dios por haberse hecho el Se
ñor heredero suyo. Y descendió sobre ellos una voz:
¡No contéis a nadie esta historia! Mas el rumor sobre
el niño se extendió por Belén. Algunos decían : La
doncella ha alumbrado antes de llevar dos meses ca
sada. Pero muchos decían: No ha parido; la coma
drona no ha estado en su casa y tampoco hemos oído
ningún grito de dolor. Y todos se hallaban en tinie-
144 Apocalipsis apócrifas
blas a propósito de él; todos sabían de él, mas ninguno
conocía de dónde era.»
6
2. APOCALIPSIS DE ELÍAS
Remite también a un texto judío. Ha llegado a nos
otros en traducción copta. La refundición cristiana se
sitúa lo más tarde en el siglo IV (Weinel); hay algu
nos autores (P. Riessler, H. Gross) que piensan hasta
en el siglo I de la era cristiana.
En el capítulo 32 se describen los criterios que sir
ven para distinguir al verdadero Mesías del falso:
«Cuando el Ungido viene, lo hace en figura de palo
ma; le rodea una corona de palomas, flota (en el aire)
por encima de las nubes del cielo y le precede el signo
de la cruz. Y todo el orbe ha de verlo como al sol, que
luce desde las comarcas del orto hasta las del ocaso.
Así vendrá, y todos los ángeles estarán en torno suyo.»
Partiendo de estas ideas es como hay que interpre
tar las palomas representadas, por ejemplo en el ni
cho situado al este del baptisterio de Albenga (final
del siglo v), que aparecen rodeando un jrismon o
monograma de Cristo. Igual sentido tiene la composi
ción del mosaico perteneciente al ábside de S. Michele
in Affricisco (Ravenna), hoy en el Museo de Berlín. La
posibilidad de interpretar como apóstoles las doce pa
lomas, basándose claramente en el pasaje Mt 10, 16:
6 Cfr P. Riessler, Altjüdisches Schriftum ausserhalb der Bi
bel, págs 114-125 y 1272, Augsburg 1928. Además W. Schneemel
cher, en Hennecke - Schneemelcher II, pág 534; H. Gross, en
Lexikon für Theologie und Kirche I, pág 697, 2.ª edición. Nueva
traducción H. P. Houghton, en Aegyptus 39 (1960).
Apocalipsis de Pedro 145
«Sed pues prudentes como serpientes y sencillos como
palomas», aparece ya en Paulino de Nola. Ahora bien,
cuando se sabe que la profecía contenida en Mt 24,
27-30 («Porque como el relámpago que sale del oriente
y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo
del hombre... Y entonces aparecerá el estandarte del
Hijo del hombre en el cielo») condujo a los cristianos
de los primeros tiempos a considerar la señal de la
cruz situada al Este como signo de la segunda venida
del Señor y por tal motivo rezaban vueltos hacia la
referida dirección, cuando se sabe esto, digo, no puede
resultar dudosa la interpretación ofrecida por mí más
arriba. La interpretación apostólica, en cambio, es se
cundaria 7.
3. APOCALIPSIS DE PEDRO
Este apócrifo es el más antiguo entre las apocalip
sis cristianas, equiparado en cuanto a su cronología a
los Libros del Nuevo Testamento. Estuvo perdido —sal
vo unas pocas citas— hasta que, corriendo el año 1887,
vino a la luz todo un fragmento en una tumba de
Ajmim. Poco después se publicó también una versión
7 Cfr F. Sühling, Die Taube als religiöses Symbol im christ
lichen Altertum, en Röm. Quartalschrift, suplemento 24, pági-
nas 214-216, Friburgo 1930; E. Peterson, Frühkirche, Judentum
und Gnosis, págs 15-35 («Das Kreuz und das Gebet nach Osten»),
Roma-Friburgo-Viena 1959; Chr. Ihm, Die Programme der
christlichen Apsismalerei Wiesbaden 1960 (Index); E. Dinkler,
Das Apsismosaik von S. Apollinare in Classe, págs 60 s, Colonia
1964 (con otra significación; sin embargo, el mosaico se encuen
tra en el nicho Este precisamente del Baptisterio de Albenga, y
la A y la O remiten igualmente al contexto Ap 1, 7 s).
146 Apocalipsis apócrifas
etíope íntegra de este apócrifo, que quizá fuese hecha
ya en los albores del siglo II 8.
Su contenido es breve :
Los discípulos le piden al Señor en el Monte de los
Olivos que les hable de la parusía y del fin de los
tiempos. Cristo accede a este ruego, propone la pará
bola de la higuera y profetiza que Henoc y Elías ven
drán en calidad de contrincantes del Anticristo. Des
cribe también los signos que han de preceder al fin
de los tiempos y además permite que sus discípulos
echen una ojeada sobre los diversos castigos de los con
denados. Tras una descripción de las venturas de los
elegidos, Cristo marcha al cielo junto con Moisés y
Elías.
Traduciremos a continuación el fragmento de Ajmim
desde el versículo 21 al final. El Vencedor (Pedro) con
templa los castigos de los condenados. Indiquemos sim
plemente que aquí se han recogido antiguas concep
ciones paganas que a través de la Edad Media —nos
viene a las mientes Dante —se mantuvieron poderosa
mente activas hasta la Edad Moderna. Dice así:
«Mas también vi otro lugar, enfrente de aquél, que
era todo tiniebla. Y era el lugar de los castigos. Y
los allí castigados y los propios ángeles que (les) cas
tigaban, estaban vestidos tan tenebrosamente como (te
nebroso) era el aire de aquel lugar.
8 Cfr entre otros A. Dieterich, Nekyia. Beiträge zur Erklä-
rung der neuentdeckten Petrusapokalypse, 2.ª edición, Leipzig
1913; Michaelis, págs 469-481; Ch. Maurer y H. Duensing en
Hennecke-Schneemelcher II, págs 468-483 (el texto griego según
Dieterich y también según E. Preuschen, Antilegomena, 2.ª edi
ción 1905, y E. Klostermann, Kleine Texte 3). Es interesante
E. Peterson, «Die Taufe im Acherusischen See», en Frühkirche,
Judentum und Gnosis, págs 310-332, Roma-Friburgo-Viena 1959.
Apocalipsisde Pedro 147
»Y había allí gentes colgadas de la lengua. Eran los
blasfemos contra el camino de la justicia. Y bajo ellos
ardía un fuego que les atormentaba. Y había un gran
mar repleto de cieno ardiente, dentro del cual estaban
las gentes que abandonaron el camino de la justicia;
y ángeles les torturaban. También había mujeres col
gadas de los cabellos sobre el hirviente barro. Eran
las que se habían engalanado para cometer adulterio.
En cambio los hombres que con ellas trabaron rela
ciones adúlteras colgaban de los pies y metían la ca
beza en el cieno, y decían: ¡Nunca imagináramos ve
nir a este lugar!
» Y vi a los asesinos, junto con sus cómplices, arro
jados a un barranco colmado de perversas sabandijas;
y eran mordidos por las alimañas aquellas y su tor
mento les hacía retorcerse. Apretujábanse (tanto) los
gusanos aquellos (que parecían) nubarrones negros.
Las almas de los asesinados estaban allí contemplando
el castigo de sus matadores y decían: ¡Oh Dios! ¡Jus
to es tu juicio!
»Cerca de allí vi otro barranco por el cual corrían
sangre y excrementos por debajo de los castigados en
aquel lugar, formándose un lago. Y allí estaban sen
tadas mujeres a las que la sangre llegaba hasta el cue
llo, y frente a ellas se sentaban muchos niños que
habían nacido prematuramente y lloraban. De ellos bro
taban rayos que pegaban a las mujeres en los ojos.
Eran las que habiendo concebido fuera del matrimo-
nio, cometieron aborto.
»Y otros hombres y mujeres estaban en pie, cu
biertos de llamas hasta la cintura; y habían sido arro
jados a un tenebroso lugar, y eran azotados por malos
espíritus y sus entrañas devoradas sin pausa por gu-
148 Apocalipsis apócrifas
sanos. Eran los que persiguieron a los justos y les de
nunciaron traidoramente.
»Y no lejos de ellos se hallaban más mujeres y hom
bres que se rasgaban los labios con los dientes y reci
bían hierro ardiente en los ojos, como tormento. Eran
aquellos que habían blasfemado y hablaron perversa
mente contra el camino de la justicia.
» Y frente a ellos había otros hombres y mujeres
más, que con los dientes se rasgaban sus labios y
tenían llameante fuego dentro de la boca. Eran los
testigos falsos. Y en otro lugar había pedernales pun
tiagudos como espadas o dardos, y estaban incandes
centes; y sobre ellos se revolcaban, como tormento,
mujeres y hombres cubiertos de mugrientos harapos.
Eran los que habían sido ricos, pero se abandonaron
a su riqueza y no se compadecieron de las viudas ni
los huérfanos, sino que desatendieron el mandamiento
de Dios.
» Y en otro gran mar repleto de pus y sangre e hir
viente cieno se erguían hombres y mujeres (metidos
allí) hasta la rodilla. Eran los usureros y los que exi
gieron interés compuesto. Otros hombres y mujeres
eran despeñados por fortísimo precipicio; y tan pron
to llegaban abajo, eran arrastrados hacia arriba y pre
cipitados nuevamente por sus torturadores; y su tor
mento no conocía reposo. Eran los que mancharon sus
cuerpos entregándose como mujeres; y las mujeres
que con ellos estaban, eran las que yacieron unas con
otras como hombre con mujer.
» Y junto a aquel precipicio había un lugar repleto
de poderoso fuego y allí se erguían hombres que se
fabricaron con su propia mano ídolos, en lugar de
Dios.
» Y al lado de éstos había otros hombres y mujeres
Apocalipsis de Pedro 149
que tenían barras de rusiente hierro y se golpeaban
unos a otros, y no podían detener aquel fustigamien
to... Y, cerca, más hombres y mujeres que eran que
mados y asados y dados vuelta (sobre el fuego). Eran
los que habían abandonado el camino de Dios.»
Con estas muestras de apocalipsis no canónicas de
tenemos nuestro recorrido por la literatura apócrifa,
sin haber tratado sobre otras apocalipsis más tardías
que se adornan con los nombres de Pablo, Tomás y
Esteban, entre otros. El hallazgo de Nag Hammadi nos
ha deparado también nuevos documentos de esta clase.
APOCRIFOS.—10
COLOFÓN
¿QUÉ QUEDA?
El atento lector de esta nuestra breve exposición
sobre los apócrifos neotestamentarios habrá adquirido
dos cosas. Primera, una imagen intuitiva —aunque no
total— de cómo continuó narrándose y tejiéndose la
historia de Jesús en los tiempos postneotestamentarios;
de cómo se aceptó y desplegó su doctrina dentro y fue
ra de los círculos ortodoxos (en sentido amplio). Se
gunda, a nadie se le podrá escapar lo justificadísima
que resulta la frontera canónica trazada por la Iglesia,
en cuanto examine seriamente la diferencia de nivel
que existe entre los escritos canónicos y los apócrifos.
Por lo demás no debe ser silenciado el hecho de
que esas mismas tendencias, que podemos captar en
toda su grosería dentro de los textos apócrifos, actua
ron también de manera parcial en los escritos canó
nicos: así lo han puesto en claro diversas investiga
ciones 1 . No obstante, gracias precisamente a la men
cionada labor comparativa, los textos canónicos se des
pegan de sus apócrifos hermanos merced a la benéfica
sobriedad y objetividad que distingue a los primeros.
Con frecuencia el impulso retórico arrastra a los
1 Véase especialmente R. Bultmann, Die Geschichte der sy
noptischen Tradition, 4.ª edición, Göttingen 1958.
154 Colofón
narradores apócrifos y pone en sus plumas descrip
ciones verbalistas y cuadros abigarrados. Ya en el Dia
tessaron se leía que cuando Jesús fue bautizado se
extendieron sobre el Jordán cándidas nubes y apare
cieron ejércitos celestiales cantando el Gloria por los
aires. Incluso el Jordán detuvo su curso y brotaron por
doquier aromas y perfumes.
En incontables peculiaridades añadidas al relato de
los evangelios canónicos, podemos reconocer un es
fuerzo por narrar de manera más gráfica y dramática.
Por ejemplo, el Evangelio de los Nazoreos describe al
rico a quien Jesús recomendara «ve, vende todo lo que
tienes, dáselo a los pobres, ven y sígueme», de la si
guiente manera: «Entonces el rico comenzó a rascarse
la cabeza, pues no le habían gustado aquellas palabras.»
La historia de la adúltera fue dramatizada por cier
tos copistas antiguos, quienes al texto de Jn 8, 6 «Je
sús, inclinándose hacia abajo, escribía con el dedo en
tierra», añadieron lo siguiente: «...los pecados de
cada uno de ellos».
El esfuerzo por precisar más es otro signo de ale
jamiento respecto al origen. Se intenta así dar respues
ta a posibles preguntas, atender posibles deseos; se
procura satisfacer la curiosidad. Ya en san Juan resul-
ta frecuente que reciban un nombre diversos persona
jes citados innominadamente por los Sinópticos: la
mujer que lo unge era María de Betania (Jn 11, 2,
12, 1-8); el criado del Sumo Sacerdote se llama Malco
(Jn 18, 10), y fue Pedro quien echó mano a la espada
en el Huerto de Getsemaní (Jn 18, 10), en vez de «uno
de los presentes» (Mc 14, 47), o «uno de los que estaban
con Jesús» (Mt 26, 51), o bien «uno de ellos» (Lc 22, 50).
En la narración de san Lucas, aparecen sin nombre
tanto el joven de Naim como su madre; mientras que
¿Qué queda? 155
en la narración joanea de la resurrección de Lázaro,
se da también el nombre de sus hermanas.
Los autores no canónicos no muestran, desde luego,
el menor rebozo cuando se trata de colocar nombres.
Según las Actas de Pilato, su mujer se llamaba Procla;
la hemorroísa, Berenice; los dos ladrones, Dimas y
Gestas; el soldado de la lanzada, Longinos (proviene
sin duda de que en griego lanza se dice lÒgch), así
como el niño resucitado por Jesús en el Pseudotomás
se llamaba Zenón, a todas luces porque con este nom
bre se nos quería recordar el griego z»w (vivir); el
capitán que mandaba la guardia del sepulcro, se lla
maba Petronio, según el Evangelio de Pedro.
Pero no sólo las épocas posteriores están mejor
orientadas en materia de nombres de personas que eran
desconocidos en tiempos más tempranos, sino que afir
man además saber con exactitud mayor su estado y
profesión, e incluso su origen no pocas veces: la he
morroísa procedía de Paneas (Eusebio, Historia de la
Iglesia, 7, 18); el hombre de la mano seca curado por
Jesús (Mt 12, 9-13) era moro (Evangelio de los Nazo
reos); y el anciano Simeón, de quien únicamente nos
dice Lc 2, 27 que «movido del Espíritu vino al templo»,
se convierte en sacerdote en el Protoevangelio de San
tiago.
Y ya que acabo de citar el Protoevangelio de San
tiago, diré que precisamente este apócrifo, con sus
atribuciones de nombre e historias inventadas, resultó
de gran importancia para los tiempos posteriores. O
expresándome con más exactitud: resultó de una mal
hadada importancia, pues así como da muestras de
querer penetrar con la fe en la Historia de la Salva
ción, desvió también del conocimiento e interpretación
teológicamente hondos y condujo a muchísimas fabu-
156 Colofón
laciones y otras lindezas por el estilo. Hoy lamentamos
que nunca se haya decidido nadie a retirar de la Li
turgia ciertas festividades, cuya base realmente no
tiene nada que sea ni siquiera histórico a medias ª.
Por ejemplo. Todavía seguimos celebrando la fes
tividad de la Presentación de María en el Templo
(21 de noviembre), aunque hoy apenas haya nadie que
se crea que los padres de la Virgen la llevaron al tem
plo cuando tenía tres años de edad. Pío V abolió esta
fiesta, pero Sixto V volvió a ponerla para toda la Igle
sia. Esta festividad, fundada en una invención de los
apócrifos, hubiera sido suprimida definitivamente por
la reforma del breviario y del misal que se discutió
bajo el pontificado de Benedicto XIV; pero la muerte
sorprendió a este papa antes de que pudiese conver
tir en hechos su laudable propósito.
Joaquín, nombre dado al padre de María, es así
mismo un puro invento del Protoevangelio de Santia-
go. Ha sido impugnado por san Agustín (Contra Faus
tum 23, 9), Inocencio I y el Decretum Gelasium. La fes
tividad de san Joaquín —celebrada en Oriente desde
el siglo VII y en Occidente desde el siglo XV— fue de
hecho suprimida hacia el año 1572; pero, por desgra
cia, Gregorio XV, volvió a introducirla el año 1622.
Otro tanto ocurre con la fiesta de santa Ana, la
«abuela del Niño Jesús» como se la llamó mucho tiem
po. Prescrita por Gregorio XIII para toda la Iglesia,
el año 1584; Gregorio XV llegó hasta darle categoría
de fiesta de precepto (1628). El culto a santa Ana había
florecido en la Edad Media tardía. Muchos cuadros
a Mientras se traducía esta obra tuvo lugar la reciente re
forma del calendario litúrgico. No afectó para nada a lo que
aquí se dice sobre determinadas festividades. (N del T).
¿Qué queda? 157
«Santa Ana y...», la representan junto con María y
Jesús. Fue estimada como modelo de maternalidad y
fue patrona de las madres, las viudas, los pobres, el
matrimonio, las parturientas, etcétera.
En el caso de santa Ana es donde con más clari
dad podemos percibir el fenómeno de cómo una ima
gen ideal es festejada bajo un nombre, de cómo la
fantasía popular se crea una santa y pone carne y vida
en una figura pretérita —de la que ni siquiera se co
noce el nombre y muchísimo menos quién fuese su
marido— y la venera como modelo. No vayamos por
eso a juzgar con dureza la credulidad de las genera
ciones que nos precedieron. Pero eso de crearse santos
para así poderlos venerar es algo que se opone pro
fundamente a nuestro actual sentir. Hoy pensamos,
con sobriedad, que san Juan Nepomuceno sucumbió
bajo los engranajes de la política, sencillamente; por
muy edificante que haya sonado la historia del patro
no del sigilo sacramental. Con las festividades antedi
chas tendría que hacerse lo mismo que se hizo, hace
ya mucho tiempo, con innumerables reliquias, tales
la leche de la Madre del Redentor, el Praeputium
Christi b , las lágrimas lloradas por el Señor ante la
tumba de Lázaro y otras por el estilo: someterlas ex
clusivamente al juicio de los historiadores y los etnó
logos. Hoy no se tienen miramientos cuando se trata
de retirar la falsa moneda de la circulación.
Con razón puntualiza W. Bauer 2 : «A los cristianos
a la sazón sumergidos en la época de la fundación de
su religión, les resultaba imposible estar exentos de
b Sobre el origen de esta «reliquia», véase la nota i de la
Parte I. (N del T).
2 Das Leben Jesu im Zeitalter der neutestamentlichen Apo
kryphen, pág 521.
158 Colofón
prejuicios hasta ese extremo. Lo que les agradaba, lo
que les parecía edificante y provechoso, o expresión
atinada de pensamientos y sentires religiosos, era in
troducido a hurtadillas dentro de la historia de Jesús.
Y constituyeron, ingenua e inconscientemente, a la
esfera conceptual propia y a la dirección marcada por
los propios gustos, en jueces de los procesos históricos,
de su posibilidad y de su probabilidad. El pasado lo
veían únicamente a través de este mágico cristal, que
les mostraba la vida de Jesús limpia de los rasgos que
no iban de acuerdo con la propia mentalidad y manera
de sentir, a la vez que, por otro lado, repoblaba con
figuras los espacios vacíos y los llenaba de escenas
acordes con los dictados de su mundo interior.» No
sólo actuó por aquel entonces la curiosidad piadosa
como estimulante, sino que más bien fue el gusto de
la época quien se hizo valer: los conceptos del mundo
y de la vida a la sazón vigentes, exigieron sus derechos.
Esto es algo que puede verse en el importante ámbi
to de la ascesis con más detalle que en todos los de
más 3. Ciertamente, Jesús vivió célibe, pero nunca, ni
con su ejemplo, ni con su palabra, presentó el no ca
sarse como ideal para sus discípulos. Apurando un
poco las cosas, hasta se le puede, digámoslo así, tildar
de amigo del buen yantar y del buen beber. Hasta su
violenta muerte, llevó una vida dura y sin descanso;
pero no fue un «asceta» si hemos de hablar con propie
dad. La «ascética» cristiana estuvo fundada desde un
3 Es muy sugestiva la lectura de J. Leipoldt, Griechische
Philosophie und frühchristliche Askese, Berlín 1961; cfr espe
cialmente H. v. Campenhausen, Tradition und Leben, págs 114-
156, Tubinga 1960; G. Kretschmar , en Zeitschrift für Theologie
und Kirche 61 (1964) 27-67; y P. Nagel, Die Motivierung der
Askese in der Alten Kirche..., Berlín 1966.
¿Qué queda? 159
principio en lo cristológico y en lo escatológico; con
otras palabras: el cristiano vivía en pleno seguimien
to de Cristo, convencido como su Maestro del fin que
se acerca. De ahí una cierta distanciación —no huida—
respecto al mundo. La herencia helenista fue la prime
ra en introducir dentro del cristianismo, una variedad
de conceptos enemigos del cuerpo y del matrimonio;
y todavía hoy adolece de ellos con frecuencia, ya que
los narradores pseudobíblicos que acabamos de estu
diar, los hincaron hondamente en el espíritu creyente
popular.
Los escritos apócrifos nos apartan pues de la esen
cia y del origen del cristianismo, no sólo cronológica-
mente. Apenas puede deducirse de ellos otra enseñanza.
Ciertamente podemos encontrar aquí y allá un par de
pensamientos elevados, y recibimos diversas perspec
tivas del mundo de creencia y oración paleocristiano.
Y fue partiendo de estas lecturas como los teólogos
pulieron los módulos que señalarían las verdaderas
fuentes de la Revelación y la auténtica tradición de
la Iglesia.
INDICE
Prólogo .................................................................................... 9
Preliminar. “Apócrifo” y “Canónico” ............................ 11
Parte primera. Evangelios apócrifos ............................... 19
I. Evangelios apócrifos de tipo sinóptico ............... 23
1. Evangelios Judeocristianos ............................ 25
A. Evangelio de los Nazoreos ...................... 25
B. Evangelio de los Hebreos ...................... 27
C. Evangelio de los Ebionitas ...................... 28
2. Evangelio de Pedro .......................................... 29
3. Evangelio de los Egipcios .............................. 37
II. Evangelios apócrifos de tipo gnóstico 40
1. Evangelio según Tomás ................................. 43
2. Evangelio de Felipe ........................................ 55
III. Evangelios apócrifos de tipo completivo .......... 63
1. Evangelios de la Infancia ................................ 64
A. Protoevangelio de Santiago ..................... 64
B. Narración sobre la infancia del Señor,
de Tomás .................................................... 69
C. Otros evangelios de la Infancia ............... 72
2. Evangelios de la Pasión .................................. 79
Actas de Pilato o Evangelio de Nico-
demo .......................................................... 80
162 Indice
Parte segunda. Hechos de los Apóstoles apócrifos ... 85
1. Hechos de Juan ......................................................... 88
2. Hechos de Pedro ........................................................ 93
3. Hechos de Pablo ........................................................ 101
4. Hechos de Andrés ..................................................... 105
5. Hechos de Tomás ...................................................... 106
Parte tercera. Epístolas apócrifas .................................. 111
1. Epistolas de Jesús ...................................................... 113
2. La Carta de Jesús, caída del cielo ......................... 116
3. Una carta de Pilato a Tiberio ................................ 121
4. Carta circular (encíclica) de los once Apóstoles. 125
5. Epistola de Bernabé ................................................. 125
6. Pseudoepístolas de Pablo ......................................... 126
A. Epistola a los Laodicenses .............................. 126
B. Una tercera Epistola a los Corintios .............. 127
C. Correspondencia con Séneca ........................... 129
7. Epístola de Tito .......................................................... 133
8. Varias .......................................................................... 134
Parte cuarta. Apocalipsis apócrifas................................ 135
1. Ascensión de Isaías .................................................. 142
2. Apocalipsis de Elías .................................................. 144
3. Apocalipsis de Pedro ................................................ 145
Colofón ¿Qué queda? .......................................................... 151
Nihil obstat: D. Vicente Serrano. Madrid 26 de abril de 1971.
Imprímase: Ricardo, Obispo Aux. y Vic. General.