¡Importante!
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Índice
¡Importante! ________________ 3 Capítulo 16________________ 160
Colección Kingpins of The Syndicate Capítulo 17________________ 163
Series ______________________ 6 Capítulo 18________________ 170
Advertencia _________________ 8 Capítulo 19________________ 177
Créditos ____________________ 9 Capítulo 20________________ 186
Sinopsis ___________________ 10 Capítulo 21________________ 195
Prólogo ___________________ 11 Capítulo 22________________ 203
Capítulo 1 _________________ 17 Capítulo 23________________ 214
Capítulo 2 _________________ 23 Capítulo 24________________ 224
Capítulo 3 _________________ 30 Capítulo 25________________ 237
Capítulo 4 _________________ 43 Capítulo 26________________ 251
Capítulo 5 _________________ 49 Capítulo 27________________ 259
Capítulo 6 _________________ 58 Capítulo 28________________ 263
Capítulo 7 _________________ 66 Capítulo 29________________ 265
Capítulo 8 _________________ 76 Capítulo 30________________ 273
Capítulo 9 _________________ 90 Capítulo 31________________ 283
Capítulo 10 ________________ 95 Capítulo 32________________ 308
Capítulo 11 ________________ 99 Capítulo 33________________ 317
Capítulo 12 _______________ 120 Capítulo 34________________ 325
Capítulo 13 _______________ 134 Capítulo 35________________ 334
Capítulo 14 _______________ 138 Capítulo 36________________ 340
Capítulo 15 _______________ 143 Capítulo 37________________ 354
Capítulo 38 _______________ 365 Capítulo 58________________ 489
Capítulo 39 _______________ 375 Capítulo 59________________ 493
Capítulo 40 _______________ 384 Capítulo 60________________ 507
Capítulo 41 _______________ 393 Capítulo 61________________ 516
Capítulo 42 _______________ 400 Capítulo 62________________ 523
Capítulo 43 _______________ 409 Capítulo 63________________ 535
Capítulo 44 _______________ 413 Capítulo 64________________ 538
Capítulo 45 _______________ 415 Capítulo 65________________ 554
Capítulo 46 _______________ 418 Capítulo 66________________ 564
Capítulo 47 _______________ 421 Capítulo 67________________ 567
Capítulo 48 _______________ 426 Capítulo 68________________ 578
Capítulo 49 _______________ 434 Capítulo 69________________ 585
Capítulo 50 _______________ 441 Capítulo 70________________ 594
Capítulo 51 _______________ 445 Capítulo 71________________ 607
Capítulo 52 _______________ 452 Capítulo 72________________ 615
Capítulo 53 _______________ 458 Capítulo 73________________ 620
Capítulo 54 _______________ 462 Epílogo ___________________ 628
Capítulo 55 _______________ 468 Próximo Libro _____________ 635
Capítulo 56 _______________ 472 Este Libro Llega A Ti En Español
Gracias A _________________ 636
Capítulo 57 _______________ 486
Colección Kingpins of The Syndicate
Series
Cada libro de esta serie puede leerse por separado.
Esta serie también está relacionada con los personajes de las series Belles
& Mobsters y Corrupted Pleasure. Ciertos acontecimientos de este libro
hacen referencia a libros anteriores.
A mis hijas, las amo siempre y para siempre.
A mis lectores - GRACIAS por leer mis creaciones y todos sus maravillosos
mensajes.
A mis chicas de la hora feliz: ¡lo que pasa en la hora feliz, se queda en la hora feliz!
Advertencia
Este libro contiene escenas perturbadoras y lenguaje para adultos. Puede
resultar ofensivo para algunos lectores y toca temas más oscuros.
Por favor, proceda con cautela.
Créditos
Traducción
Hada Fay
Hada Carlin
Hada Musa
Corrección Corrección Final
Hada Carlin
Hada Aine
Diseño
Maquetación, Epub
Hada Anjana
Sinopsis
Encantador. Mortal. Un monstruo vestido con un traje de tres
piezas.
Wynter Star.
Realista con el más romántico de los corazones, ocultándolo todo
bajo su fama de princesa de hielo.
Los dos nunca estuvieron destinados a cruzarse. Cuando lo hacen, los
mundos chocan y los volcanes entran en erupción.
Basilio la hace sentir de todo cuando está con él. Protegida. Amada.
Deseada.
Todo monstruo tiene una debilidad. Ella es la suya. Su obsesión. Su
adicción. Su única salvación.
El suyo es un amor retorcido por los secretos y manchado por las
mentiras. Y cuando la historia llama a su puerta, podría destrozarlo todo.
Prólogo
Basilio
La crueldad corría por mis venas.
Era parte de mí. Al igual que la sangre, el oxígeno y el ajetreo. Era lo
que éramos los DiLustros. La gente se caga en los pantalones cuando me
ve.
Sin embargo, la chica de los rizos dorados ni siquiera parpadeó. Ella
se cayó del balcón, literalmente, y fue directo a mis brazos, dándole un
vuelco a mi vida. Bueno, más bien, ella inclinó mi mundo hacía arriba, y
por primera vez en mi existencia, no se trataba de sangre y dinero.
Se trataba de una mujer. Mi mujer.
Nunca me había sentido tan malditamente feliz. Tan bien, y fue
gracias a ella. Wynter Star. Y al igual que su nombre, se había convertido
en mi estrella. Mi luz guía en la oscuridad de mi inframundo.
Las últimas semanas habían sido, sin duda, los mejores días de toda
mi vida. Y ahora que me había jurado su amor y lealtad, sabía que nuestro
futuro sería feliz. Juntos.
Y todo fue gracias a ella. Mi ángel de rizos dorados y grandes ojos
que brillaban como piedras preciosas cuando me miraba. Solo a mí.
Había visto y hecho suficientes mierdas; y he acabado con más de
unas miserables vidas para saber que, cuando encontrabas esto, tenías que
arrebatarlo y conservarlo. Mi única oportunidad de ser feliz.
Ella era mi única oportunidad en la vida de mantener la humanidad
en mi alma. A diferencia de todos los demás en mi mundo, ella era
impoluta y gentil, dando amor sin querer nada tangible a cambio. Solo a
mí.
Ella tenía poder sobre mí, sin intentarlo. No iba a arruinarlo y
arriesgarme a perderla.
Por nadie: primos, familia, mafia rival o cualquier otro lo
suficientemente estúpido como para joder e intentar algo.
Pondría fin a los planes de robo que tenía en marcha con sus amigas.
A la mierda. Si esas cuatro tenían problemas de cleptomanía, les pondría
tiendas que pudieran robar y que fueran mías. Tenía dinero de sobra para
las próximas veinte vidas.
Metí mi mano en el bolsillo, la cajita de terciopelo quemando mi traje
de tres piezas. La acaricié, por centésima vez desde que la recogí.
No podía esperar a deslizar una promesa en su dedo. Mientras ella
llevara mi anillo, eso era lo único que me importaba.
Mis labios se curvaron en una sonrisa pensando en cómo la dejé.
Desnuda. La sonrisa más suave que jamás había visto en el rostro de una
mujer. Su piel enrojecida por lo que acabábamos de hacer. Sus ojos
brillando como las más bellas esmeraldas. Y su cabello. Jesús, sus rizos
dorados se esparcían por mis sábanas de satén negro. Era como un ángel
capturado en la cama del diablo. Un ángel dispuesto en la cama del diablo.
Mía.
Nunca la abandonaría. Me importaba una mierda a quién tuviera que
arruinar o matar. Ella era mi perfección. La mejor parte era que ella se
quedaba porque quería ser mía.
Mis enemigos me llamaban el Villainous Kingpin 1. Un diablo con
traje de tres piezas. Ella me llamaba suyo. Ella me amaba, tal y como era.
Y Dios sabía que yo la amaba tal como era. Mi más bella perfección.
Doblé la esquina de mi calle y una alerta instantánea me atravesó.
El auto de mi padre estaba aquí.
¿Qué mierda estaba haciendo aquí?
El temor subió por mi columna y mi sexto sentido activó las alarmas.
Nunca venía de visita. Nunca, maldición. Cada célula de mi ser se puso en
alerta, me desabroché la chaqueta para asegurarme de tener fácil acceso a
mi arma.
Luego abrí la puerta principal de un empujón. Sangre.
Huellas de manos ensangrentadas manchaban las paredes del
vestíbulo. Manos pequeñas. El sabor del miedo era nuevo. Algo que no
había sentido en tanto tiempo, olvidé su sabor amargo en el fondo de mi
garganta. Como el metal y la pólvora que seguramente te arrebataría algo
que amabas, más que nada en este mundo.
Se apoderó de mi garganta y me ahogó. Mi visión se nubló y una
neblina roja descendió sobre todo.
Como una maldita y sangrienta película.
1
Capo villano.
Saqué mi arma y, a cada paso que daba, mi pie crujía sobre cristales
rotos, rompiendo el ominoso silencio. De esos que traen noticias que te
cambian para siempre.
No ella, recé por primera vez en mi vida. Tómalo todo, pero déjame
a ella.
Escuché las voces silenciosas de hombres, los gruñidos, y enrosqué
el silenciador en la boca del cañón sin detener mis pasos. Cada segundo
contaba ahora. Doblé la esquina de mi sala de estar.
Entonces lo vi.
Mi padre, sangrando como un cerdo en medio de mi salón. Dos balas
en su pierna derecha. Un trozo de vidrio clavado en su cuello, y el lado
derecho de su cara rebanado. Angelo, su hacker y mano derecha, lo
atendía, vendando sus heridas.
Los ojos de ambos se alzaron hacia mí. Uno receloso y el otro furioso.
Este último era mi padre.
—¿Dónde está ella? —pregunté, mi voz vibrando de rabia mientras
miraba a mi alrededor. El miedo era como una cadena alrededor de mi
corazón, apretando cada vez más fuerte—. ¿Dónde diablos está ella? —
ladré, con mi voz rebotando en las paredes y devolviendo mi propio eco
como respuesta.
Tenía que mantener la calma; de lo contrario, la rabia me cegaría y
dejaría de pensar racionalmente. Pero la adrenalina que corría por mis
venas se negaba a prestar atención a la advertencia. Solo me importaba
encontrar a mi mujer.
El salón estaba completamente desordenado. El suelo de madera
estaba manchado de sangre, los cristales estaban rotos y los muebles
volcados; estaban esparcidos por toda la habitación.
—Rusos —escupió mi padre, con la sangre brotando de la comisura
de los labios—. Se la llevaron.
Tenía un feo tajo en la cara, del que brotaba sangre, y dos agujeros de
bala en la pierna. Sin embargo, eso no lo mataría.
—Nombres —gruñí, arrodillándome para cruzar miradas con mi
padre.
Tuve que tragarme la rabia ardiente hasta tener los hechos para poder
recuperar a mi chica. Quería matarlo por permitir que se la llevaran. Por
no dar su vida para protegerla.
La furia se apoderó de mí, la sangre retumbó en mis oídos. Mi control
se estaba perdiendo.
—No los reconocí. —Algo en el tono de su voz me advirtió que estaba
mintiendo—. Intentó huir —dijo mi padre—. La maldita chica trató de
correr y ya sabes cómo les gusta la persecución.
La niebla roja en mi visión se oscureció hasta convertirse en carmesí,
imaginando lo aterrorizada que debía estar. Las imágenes de cómo el
miedo habría inundado sus grandes ojos seguían jugando en mi mente. Lo
juro por Dios que si esos bastardos le ponen un solo dedo encima,
quemaría sus casas, sus ciudades y mataría a sus familias.
—¿Dónde estaban ustedes dos? —gruñí—. ¿Los trajiste hasta aquí?
¿Cómo es que no los mataron?
La Bratva no dejaba supervivientes. Al igual que ninguno de nosotros,
los kingpins, dejaba testigos. Por una razón.
—Los atrapamos cuando salían —replicó mi padre, escupiendo
sangre en el suelo. Un diente rebotó en la madera—. Bastardos —maldijo.
Cerré los ojos, respiré hondo y me puse de pie.
Más valía que no hubiesen tocado a mi chica. Ni una maldita hebra
de su cabello dorado. Y si alguien le había hecho algún daño, haría llover
el infierno sobre ellos y su maldito mundo.
Salí furioso del salón, con mi arma aún en la mano, mientras subía a
toda prisa las escaleras hacia mi dormitorio. Mientras subía las escaleras
de tres en tres, mis dedos se clavaron en la barandilla de caoba, los
escalones de mármol resonaron bajo mis pies, y no pude evitar recordar
que ella se burlaba de mí. Ella lo llamó una elegante casa de mafioso.
Se suponía que era la maldita casa más segura de este país. Le prometí
que estaría a salvo aquí.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta, la empujé, pero era como
si nada hubiera pasado aquí. Todavía podía oler su débil aroma a flores.
Las sábanas estaban desordenadas, igual que cuando la dejé. Excepto que
ella no estaba entre ellas.
Su bolsa de viaje estaba en el alféizar de la ventana, donde le gustaba
sentarse.
Se la habían llevado.
Mi estrella. Mi luz. Mi vida.
Cualquiera menos a ella, recé. Tráela de vuelta.
Y por primera vez en mi vida, caí de rodillas.
A menos que la recuperara, sería el villano más despiadado del
mundo.
No había vida sin ella.
Capítulo 1
Wynter
Cuatro Meses Antes
—Esta es una noche de chicas —se quejó Juliette, mirándome con
rabia—. Quédate.
Sacudí la cabeza. No podía permitirme el lujo de perder el tiempo.
Teóricamente, debería estar en California ahora mismo, entrenando
enérgicamente cada maldito día con Derek. Era campeona de patinaje
artístico individual, pero el patinaje en pareja era nuevo para mí. Mi madre
había sido una prometedora patinadora artística, pero el hecho de tener una
hija y una lesión en la rodilla truncaron su carrera. Ella había patinado con
mi padre, pero yo sabía muy poco de él. Ella nunca dijo nada sobre él,
salvo que confiaba en él sobre el hielo. Supongo que eso era todo lo que
le importaba.
Para mí, la confianza era más difícil. Confiar en que alguien me
atraparía después de lanzarme al aire me tomó un tiempo para
acostumbrarme. Mi instinto quería que aterrizara de pie en lugar de
depender de Derek, mi compañero de patinaje, para atraparme. Estaba
acostumbrada a confiar en mi propia fuerza y confianza para volar por el
aire, saltar y patinar sobre el hielo con velocidad y precisión.
El patinaje artístico me encantaba. Para mí era una de esas cosas que
disfrutaba haciendo sola. Pero después de ganar mi oro olímpico en
patinaje artístico individual, mamá no dejaba de mencionar la posibilidad
de probar el patinaje artístico en pareja. Me resistí durante unos años y
finalmente cedí.
No estaba en mi naturaleza ceder ante la gente, pero odiaba ver a mi
madre disgustada. Los fantasmas que acechaban en sus ojos, la forma en
que me miraba en el hielo con esa mirada melancólica; pero con su rodilla
lesionada, apenas podía caminar con un bastón y mucho menos patinar.
Quería hacerla feliz.
—Lo sé, pero necesito aprovechar cada hora que pueda para practicar
—le dije por millonésima vez mientras me ponía los tenis.
Me puse mis mallas negras, calentadores de piernas y un gran jersey
blanco que me llegaba a la mitad de los muslos. Los inviernos en Nueva
York eran brutales. Sí, me llamaba Wynter, pero no había nada que me
gustara sobre congelarme el culo.
El patinaje sobre hielo era diferente. Era un ejercicio, mi sangre
bombeaba adrenalina y me mantenía caliente.
—Bueno, ya has escuchado a mi papá —respondió Juliette, engreída
con su razonamiento. Ella debería saberlo, habíamos hecho muchas cosas
a escondidas mientras crecíamos—. No podemos merodear por la casa.
Nunca detuve mis movimientos. Metí mis patines de hielo en mi bolsa
de viaje, donde tenía un cambio de ropa. Siguió mi teléfono y cerré la
cremallera de la bolsa.
Davina, Juliette, Ivy y yo decidimos, en el último momento, pasar el
fin de semana en la casa del tío Liam en la ciudad. Éramos amigas desde
hacía cuatro años y, después de este semestre, nuestra estancia en Yale
llegaría a su fin. No podía decidir si estaba feliz o no.
Mi madre era implacable y una entrenadora difícil de complacer.
Había logrado más en el patinaje artístico de lo que ella jamás había
soñado; pero por alguna razón, no parecía ser suficiente para ella.
Sospechaba que no sería suficiente hasta que consiguiera la medalla a la
que aspiraba, con mi padre. Patinaje artístico por parejas olímpico.
—Esa es la razón por la que iré por el balcón —le dije con calma—.
Que alguien me tire la bolsa cuando esté abajo.
Me miré en el espejo. Mi cabello estaba recogido en una coleta,
manteniéndolo fuera de mi cara. Era un gran dolor de cabeza patinar con
el cabello en la cara.
—¿Es eso prudente? —preguntó Ivy preocupada, sus ojos
parpadeando—. Podrías romperte las piernas.
Agité mi mano. Tenía buenos reflejos y piernas fuertes.
Juliette refunfuñó y se quejó, llamándome la peor prima del mundo.
Ella seguía olvidando que yo era su única prima, así que no había mucha
competencia en ese campo. Al menos eso era lo que sabíamos, ya que al
igual que la inexistente información sobre mi padre, lo mismo ocurría con
la madre de Juliette.
Sacudiendo las manos para aflojar mis articulaciones, inhalé y luego
exhalé lentamente.
—Bien, aquí vamos —murmuré, abriendo de golpe la gran puerta
francesa. Casi esperaba que Quinn, la mano derecha de mi tío, nos gritara
desde algún lugar, pero no pasó nada.
Salí al balcón y miré la distancia hasta el suelo.
—Maldición, espero no romperme las piernas —murmuré. Era
ridículo que tuviera que recurrir a esto. Pero conocía a mi tío. Si él decía
“quédense quietas y quédense en el segundo piso”, nada lo disuadiría.
Pasé la pierna por encima de la barandilla de mármol, probando la
hiedra que serpenteaba por la mansión. Esperaba que soportara mi peso.
La otra pierna siguió y me equilibré en el borde mientras mis dos manos
se agarraban a la hiedra.
—Te juro que si me caigo y me rompo el cuello —refunfuñé mientras
buscaba el mejor lugar para encontrar mi equilibrio—, mataré a mi tío y a
su visitante.
Quienquiera que fuera su invitado.
Sabía que si el visitante no había llegado, vendría pronto, y el balcón
estaba a tres metros de la entrada principal. Tenía que salir de aquí antes.
Miré hacia abajo, observando el suelo con anhelo. Tenía que concentrarme
en bajar un pie a la vez.
Busqué la rama de hiedra más gruesa y extendí la mano para tirar de
ella. Parecía lo suficientemente resistente. Moví la pierna, buscando apoyo
en otra liana enmarañada. Apoyé mi peso en ella y la rama se partió.
—Maldito infierno —dije con voz áspera, colgando, con mis manos
agarrando las ramas como si fuera mi vida.
—Esa caída va a doler. —Me puse rígida al escuchar la voz del
hombre y miré por encima del hombro para encontrar unos ojos oscuros
que me miraban fijamente. Estaba demasiado oscuro para verle la cara.
—Hola —susurré, tratando de actuar con despreocupación—. ¿Cómo
estás?
Me ardían los brazos. Mi cuerpo era fuerte, pero la fuerza superior de
Derek era mucho mejor que la mía. Después de todo, él levantaba mi peso
por encima de su cabeza, no al revés.
—Parece que estoy mejor que tú —respondió.
Sabelotodo.
Volví a mirar por encima de mi hombro. Deseé poder ver su cara.
—¿Podrías ayudarme, por favor? —le pregunté—. Te pagaré —ofrecí
esperanzada, mis músculos ya temblaban. Tendría que empezar a levantar
pesas. Esto era inaceptable.
En mi cabeza repasé mi mesada. El tío y mi mamá eran generosos,
pero yo solía gastar mucho dinero en mi equipo. Además, nunca
cocinábamos, así que nos gastábamos mucho dinero en comida, fiestas y
otras chatarras.
—Quinientos dólares —añadí, gruñendo mientras movía mi peso—.
Solo no dejes que se me rompan las piernas. Valen mucho.
—Sí, se ven muy bien desde aquí abajo —reflexionó, el humor
coloreando su profunda voz—. No tienen precio.
—Gracias a Dios que llevo pantalones —refunfuñé.
—Qué pena. —Dios, este tipo era algo—. Apuesto a que sería una
vista aún mejor.
—Vamos —supliqué—. Te daré cualquier cosa. Solo atrápame.
Una risa suave.
—De acuerdo, principessa2 fugitiva. Suéltate y te atraparé. —
¿Principessa? Lo decía con acento italiano.
Incapaz de pensar en eso ahora, cerré los ojos por un momento,
rezando para que el tipo no fuera un idiota y no estuviera bromeando sobre
atraparme.
—¿Lo prometes? —respiré, con los músculos doloridos y temblando
a estas alturas.
—Por mi vida. Prometo atraparte.
Cerré los ojos y me dejé llevar.
2
Principessa: Princesa en italiano.
Capítulo 2
Basilio
El pequeño y delgado cuerpo aterrizó en mis brazos, y un ligero aroma
a flores llegó a mis fosas nasales, mientras sus largos rizos rubios me
rozaban la cara. Sorprendentemente, su cuerpo era todo músculos magros.
Fuerte y con el culo más increíble que jamás había visto en una mujer.
Se giró y su cuerpo rozó mi traje de tres piezas como si necesitara ver
quién acababa de salvar sus preciosas piernas. Tenía unas piernas muy
bien formadas, pero fue su cara con esos ojos verdes claros lo que golpeó
mi pecho. Un ángel me miraba con sus largos rizos dorados, brillando
como una estrella. Pero no era nada comparado con sus ojos. Eran grandes,
almendrados y brillantes. Brillaban como esmeraldas claras con motas de
oro en su profundidad.
Pecho con pecho, cuando nuestros ojos se conectaron, el mundo dejó
de girar durante una fracción de latido. Nos miramos el uno al otro y tuve
la certeza de que, desde ese momento, nada volvería a ser igual.
Sus deliciosos labios rojos se curvaron en una sonrisa mientras
inclinaba la cabeza.
—Supongo que te debo quinientos dólares —dijo, con los ojos
brillando.
No se rozó accidentalmente contra mí. Ninguna mirada coqueta. Solo
pura curiosidad mientras esos orbes verde claro me estudiaban. Ella era
diferente.
No podía decidir si me importaba o no. Por primera vez en mi vida,
realmente quería que una mujer mostrara interés. No me faltaban mujeres,
buscadoras de emociones, chicas mimadas y superficiales aburridas de sus
vidas que querían probar el peligro. Coqueteaban y estaban siempre
ansiosas, pero siempre había una mirada de miedo subyacente en sus ojos.
Si es que eran inteligentes.
Sin embargo, no percibí ningún miedo en esta chica, y no pensé que
fuera tonta. La inteligencia brillaba en sus ojos.
—Quédate con el dinero —le dije.
Se rio suavemente y sus ojos brillaron como estrellas en el cielo. Se
deslizó suavemente por mi cuerpo y cayó de pie, dando un pequeño paso
atrás. Luego, inclinó el cuello, levantó la cabeza y sus ojos siguieron
estudiándome.
Ella era mucho más baja que mi metro noventa y cinco. Casi frágil.
Sin embargo, sentí sus músculos de primera mano cuando cayó en mis
brazos.
—Normalmente discutiría e insistiría en pagarte el dinero prometido
—bromeó, sus labios carnosos y rosados en una sonrisa divertida—. Pero
gasté demasiado dinero en mi equipo este mes y mi mesada no llega hasta
dentro de dos semanas. —Ella se encogió de hombros—. Intenté
convencerla de que me aumentara la paga. —Se apartó un rizo rebelde de
la cara y puso los ojos en blanco—. Eso te enseña a administrar el dinero,
Star —habló nasalmente, y deduje que imitaba a su madre.
Levanté una ceja. Esta chica realmente no tenía reparos en hablar
conmigo. ¿Y su nombre era realmente Star? Sería lo más apropiado.
—Oh, mierda, mi bolsa de viaje —murmuró, luego se dio la vuelta y
volvió a mirar hacia el balcón, pero no había nadie.
—Tira mi bolsa. —Su voz era como un susurro ronco mientras
susurraba-gritaba. Supuse que no quería que la atraparan. ¿De todos
modos, qué estaba haciendo ella en la casa de Liam Brennan? No parecía
irlandesa, y él no tenía hijas. La idea que ella fuera su mujer no me sentaba
nada bien.
—¿Qué demonios? —espeté y di un paso a la derecha, atrayéndola
hacia mí justo a tiempo, para que no fuera golpeada por la bolsa que
viajaba por el aire.
—Malditas borrachas —murmuró Star, mirando hacia el balcón—.
¿Intentan matarnos?
—¿“Matarnos”? ¿A quién más te refieres? —cuestionó una voz, pero
no podía ver a nadie en el balcón.
Star gimió suavemente y me puso el dedo en el labio. Supongo que
para asegurarse que no hiciera notar mi presencia.
—Yo y mi fabuloso ser —explicó a quienquiera que estuviera
hablando. Yo seré su pequeño secreto, pensé.
—¿Estás bien, Wyn?
—Sí, estoy bien —le aseguró. Ella me miró, con su dedo aún en mis
labios. Luego, como si se diera cuenta, lo retiró rápidamente y se alejó de
mí, con sus mejillas ligeramente sonrojadas. Volvió a prestar atención al
balcón—. Déjame adivinar. Ella está molesta y tiro mi preciosa carga con
la esperanza de que cayera sobre mi cabeza.
Al parecer, había bastantes chicas ahí arriba.
—No. Ten cuidado. Y mantén tu teléfono encendido. —Parecía que
a Star no le gustaba que le dijeran qué hacer, porque volvió a poner los
ojos en blanco.
Sus ojos volvieron a mí.
—De todos modos, tengo que irme —susurró, manteniendo la voz
baja—. Gracias por atraparme. —Tomo su bolsa de viaje del suelo y se la
echó al hombro. Por la forma en cómo lo hizo, me di cuenta de que lo hacía
muchas veces.
Se colocó un rizo rubio salvaje detrás de la oreja, sonriendo, con esos
ojos sabios y cautivadores. Era asombrosamente hermosa. Impresionante,
de hecho.
—Nos vemos.
Mis ojos se centraron en su bolsa de viaje roja, pero lo único que había
en ella eran tres letras bordadas en blanco.
W. S. F.
Con una última sonrisa, se dio la vuelta y luego se alejó rápidamente.
La observe hasta que su cabeza rubia desapareció de mi vista. Algo en ella
me hizo querer ir tras ella para asegurarme de que llegara a su destino sana
y salva. Era imposible que formara parte del inframundo. No había ningún
rastro de cautela o miedo en su rostro y era demasiado libre con sus
sonrisas. Demasiado feliz.
No pasó mucho tiempo antes de que el motor de un auto rugiera y la
música sonara a todo volumen por los altavoces.
Youngblood de Five Seconds of Summer.
Era lo suficientemente fuerte como para despertar a los muertos.
Ciertamente alertó al dueño de la casa. La puerta principal de la casa de
Brennan se abrió de golpe y Liam se quedó allí con toda su furia. El
hombre era de mi altura, pero tenía la constitución de un luchador de MMA.
—DiLustro —escupió, pero sus ojos no estaban puestos en mí. Debía
de estar buscando a Start. Cuando volvió su atención a mí, se hizo a un
lado para dejarme entrar—. ¿A quién viste? —preguntó, aparentemente
despreocupado; pero con los hombros demasiado tensos.
—A nadie —respondí con indiferencia—. Aunque es posible que
haya algunos gánsteres conduciendo por tu vecindario con la música
desagradablemente alta. Y no, no me refiero a mí ni a mis primos.
Eso pareció apaciguarlo.
¿Quién es ella?, me pregunté. Aunque esa pregunta no importaba en
este momento. La música fuerte subió de volumen desde el piso de arriba,
y por los sonidos que bajaban, era una fiesta bastante salvaje. Los labios
de Liam se apretaron con molestia.
—¿Fiesta? —pregunté cuando la puerta se cerró tras de mí,
dejándome a solas con el jefe de la mafia Irlandesa.
—Alquilé el piso de arriba —refunfuñó, y yo enarqué una ceja ante
la inesperada respuesta. No es que me importe una mierda. En cambio,
mantuve la mirada fija en el hombre que dirigía la mafia Brennan.
Los irlandeses y los italianos habían estado en guerra desde que yo
recordaba. Lo mismo ocurría con los irlandeses y los rusos. De hecho, las
cosas eran aún peores entre la Bratva y los Brennan. El odio era
excepcionalmente profundo allí. Entre la Bratva se decía que los rusos
culpaban a los Brennan por una princesa de la mafia rusa perdida hace
tiempo. Y, recientemente, creían haberla encontrado entre los irlandeses.
Quienquiera que fuera, los rusos la querían de vuelta a toda costa.
La relación de los DiLustros con los Brennan no era mucho mejor.
Fue hace veintiún años más o menos que las cosas se intensificaron.
Cuando Liam Brennan perdió a su hermana. Se quedó sin familia. Se decía
en la calle que los miembros de la familia Brennan en Irlanda se negaban
a reconocer a su hijo adoptivo, y ya tenían a la posición de Liam en la mira.
Los rusos seguían atacándolo. No podía permitirse luchar contra nosotros,
los rusos y sus propios miembros. Así que tenía una sugerencia para él,
una que reforzaría mi posición.
Mi posición, la de mi hermana y la de mis primos. Definitivamente
no la de mi padre.
Mi padre era un bastardo sádico, y algunos días había considerado
meterle una bala en la cabeza. Acabar con toda esta mierda y gobernar
Nueva York de la manera correcta. Dejó demasiada sangre y muerte
innecesaria a su paso. No tenía problemas en torturar a mujeres y niños
inocentes. Le encantaba infligir dolor. Lo ponía duro; lo vi de primera
mano.
Insistía en que la crueldad y la sangre eran una necesidad en nuestros
puestos. Yo no estaba de acuerdo. Sí, la mano dura era necesaria, pero la
crueldad y los asesinatos fuera de lugar no lo eran. Desgraciadamente, mi
padre fue uno de los hombres que inició el Sindicato. La gente lo seguía a
pesar de sus métodos bárbaros.
Pero yo había reforzado mi posición en el Sindicato, mi riqueza ya
superaba a la de mi padre. Mis primos; Priest y Dante, mi hermana, y yo
logramos hacer crecer nuestro imperio sin un constante baño de sangre y
sin luchar entre nosotros. Si hubiera una manera de operar dentro de esta
ciudad sin una batalla constante, la tomaría. Lograr algún tipo de paz con
los irlandeses en mi ciudad era un paso en la dirección correcta.
—Tengo una propuesta para ti, Brennan —empecé, metiendo las
manos en los bolsillos—. Creo que te hará feliz, y espero que ponga fin a
este derramamiento de sangre entre nosotros. Mantener a los irlandeses en
el lado oeste y a los italianos en el lado este de Nueva York.
Una hora después, el trato estaba hecho. Sabía que Liam Brennan
tenía más sentido común que mi propio padre.
Mientras salía de la casa de Brennan, mis ojos recorrieron el gran
patio cubierto por la oscuridad.
La princesa dorada no estaba a la vista.
Capítulo 3
Wynter
Tres Meses Antes
Nos sentamos en mi Jeep en el estacionamiento de Whole Foods en
el Upper West Side de Nueva York. La capota estaba abajo, soplaba la
brisa de mayo y era un bienvenido respiro. Yo echaba humo por dentro,
como si las llamas me lamieran la piel. Es irónico, dada nuestra situación
actual.
Solo queríamos ir a buscar las cosas de Davina mientras Garrett, su
ex novio, seguía en el trabajo. Desgraciadamente, Juliette se puso en plan
villana e Ivy dejó caer torpemente un fosforo sobre la alfombra empapada
de alcohol.
Podría gritarles, pero no me serviría de nada. Era tan culpable como
ellas.
Apreté la cabeza contra el volante, el arrepentimiento y la
retrospectiva me atormentaban. Fue una maldita estupidez. Debería
haberlo sabido. Ahora toda la maldita casa del ex novio de Davina se había
quemado. Tuvimos suerte de que no se incendiara todo el barrio.
El hollín manchó mi mejilla y mi ropa, pero estaba demasiado
cansada para seguir quitándomelo. Parecía que limpiaba una mancha y
aparecía otra. Como una maldita enfermedad. Solo necesitaba una ducha.
—Ay, Dios mío. Ay, Dios mío. —La voz de pánico de Davina
atravesó y su respiración era agitada—. Vamos a ir a la cárcel.
Dios, si la amenaza de Garrett iba en serio, y yo estaba vinculada a un
delito, mis posibilidades de participar en los Juegos Olímpicos se irían por
el retrete. Decepcionaría a mi madre. Este era su sueño tanto como el mío.
A veces parecía que el amor de mi madre solo llegaba cuando yo patinaba.
Naturalmente, siempre quise apaciguarla, así que me aseguré de patinar lo
mejor posible.
Y esto... Esto lo arruinaría todo. Mi madre estaría decepcionada.
El mensaje de texto de Garrett a Davina sonaba en mi mente una y
otra vez, como un disco rayado.
*Estúpidas perras. Sé que fueron ustedes cuatro. Las cámaras
estaban encendidas. Quinientos mil dólares. Veinticuatro horas.
Traigan el dinero antes de las diez de mañana. O iré con la policía.*
Si mi nombre estuviera relacionado con algo así, me prohibirían
competir. Todo se iría por el retrete.
—Lo siento —gritó Ivy—. Fue un accidente. Tal vez podamos
explicarlo.
Era la más torpe de las cuatro. Me golpeé suavemente la cabeza contra
el volante, deseando inútilmente poder retroceder el tiempo.
—¿Explicar qué? —murmuró Juliette, con los ojos muy abiertos por
la sorpresa. Supongo que su locura temporal había desaparecido—.
Teníamos fósforos y alcohol. Teníamos intención.
De repente mi prima conocía la ley. Era un poco tarde. Debería haber
pensado en eso antes de entregarle los malditos fósforos a alguien.
—Tuviste intención. —Davina estaba furiosa. Con razón—. ¡Solo
quería mis cosas y luego largarme de allí!
—Davina tiene razón —murmuró Juliette, con aspecto ligeramente
derrotado.
—No debería haberlas dejado ir —gemí, y luego seguí con unas
cuantas palabrotas creativas. Escuchaba muchas de mi primo Killian—.
No debería haberlas llevado. Debería haber hecho que todas nos
quedáramos en los dormitorios. Deberíamos haber llamado al tío Liam y
pedirle que enviara a alguien.
Me enderecé, encontrando los ojos de mis amigas. Hicimos esto
juntas y saldríamos de esto juntas. Para eso estaban los amigos y la familia,
estábamos juntas.
—Tal vez podríamos pedirle al tío que nos ayudé ahora —sugerí,
pasando ambas manos por mis rizos. Mis manos temblaban mucho—.
Estamos fuera de nuestro elemento aquí.
—¡No! —gritó Juliette, con los ojos desorbitados.
—No —protestó Davina con firmeza—. Todas ustedes ya hicieron
suficiente. Debería ir a la policía y decirles que yo lo hice. Estaba enfadada
y perdí los estribos.
—Maldición, no —replicamos al unísono Juliette, Ivy y yo.
—Además, ese imbécil dijo que nos tiene grabadas a las cuatro —le
dije, intentando razonar con ella—. No tiene sentido admitir nada con esas
pruebas.
—Esa maldita comadreja —espetó Juliette—. Deberíamos matarlo.
—Sí, añadamos el asesinato a los cargos de destrucción de la
propiedad e incendio provocado. —Me reí. Era seguro que haría que me
expulsaran de las Olimpiadas.
Solo si me atrapan, susurró mi mente.
Uno de estos días, Juliette ladraría a la persona equivocada y acabaría
haciendo que nos mataran. A veces era demasiado imprudente. Y, en serio,
¿matarlo? No éramos asesinas. Demonios, ni siquiera éramos criminales.
El tío Liam y Killian hicieron un buen trabajo manteniéndonos a
Juliette y a mí en la oscuridad sobre sus actividades en el inframundo. A
pesar de no formar parte de la mafia Brennan y de la distancia geográfica
del territorio del tío, habíamos escuchado rumores sobre la guerra de él
con los rusos y los DiLustros. No sabíamos los motivos. Diablos, mi tío y
Killian podían hacer desaparecer a la gente y nosotras ni siquiera
sabríamos cómo colarnos en una casa sin ser detectadas. Por supuesto,
incendiar la casa de Garrett no estaba en el plan original.
Ugh, desearía que el tío y Killian nos hubieran enseñado algunas
actividades delictivas, en lugar de tratarnos como cosas frágiles que
necesitaban protección. Podríamos haber sabido cómo salir de este
embrollo.
—Pero la cinta mostrará que ocurrió por accidente —razonó Ivy.
Suponiendo que alguien nos diera tanto crédito, por ser tontas y
torpes, seguiríamos siendo culpables de provocar un incendio. Accidente
o no.
—Juliette, deberíamos salir de la ciudad —dije. Buscar refugio en la
casa del tío en los Hamptons nos daría tiempo para reagruparnos, y quizás
incluso, para tener una idea de cómo manejar el lío en el que nos habíamos
metido—. Vamos a la casa de playa del tío en los Hamptons.
—¿Quieres irte de vacaciones ahora? —preguntó Ivy conmocionada,
sus ojos avellana se movían entre las chicas y yo.
—Puede que tengas algo de razón —aceptó Juliette pensativa. Las
dos compartimos una mirada, y luego Juliette explicó—: Podríamos
encontrar algo de valor y pagarle a este imbécil. O, como mínimo, pasar
desapercibidas hasta que sepamos cómo salir de este lío.
El dinero en efectivo sería mejor, reflexioné en silencio; aunque no
había nada divertido en esta tormenta de mierda.
—¿Y qué pasará cuando no se detenga en solo quinientos mil? —
preguntó Davina. Al menos ella era inteligente. Lo más probable es que
Garrett intentara chantajearnos de nuevo—. A estas alturas, no me
sorprendería que nos chantajeara por el resto de nuestras vidas.
—Entonces lo matamos —concluyó Juliette, como si esa fuera una
solución normal para cualquier chantajista. Si escuchabas a Killian, de
hecho era una solución.
—No nos convirtamos en asesinas todavía —repliqué secamente,
poniendo los ojos en blanco ante la idiota sugerencia de mi prima, y luego
arranqué el Jeep para que pudiéramos dirigirnos a la casa de la playa.
—Dios, necesito un trago —murmuró Juliette desde el asiento trasero.
—Yo también —coincidió Ivy.
Juliette e Ivy siguieron lanzando ideas mientras yo ponía el Jeep en
marcha y salía del estacionamiento de Whole Foods. Ignoré a esas dos, no
estaba de humor para escuchar sus ideas; la mayoría de ellas nos llevarían
entre rejas antes de recibir nuestros diplomas de Yale.
Davina se sentó a mi lado, con un estado de ánimo sombrío que
coincidía con el mío. Sabía que se culpaba a sí misma, pero la verdad es
que todas la habíamos jodido. Todas sabíamos distinguir el bien del mal.
Mi teléfono sonó y miré el identificador de llamadas. Era mi tío.
Ignoré el mensaje. Había exigido que Juliette o yo lo llamáramos. Ninguna
de las dos respondió. Hoy no podía aguantar tanta mierda. Juliette lo había
estado ignorando durante meses, y yo no estaba de humor para jugar a la
pacificadora.
Aceleré por las calles mientras mi cerebro trabajaba vigorosamente
en las posibilidades. No era una mente criminal, pero debería haber una
forma de salir indemne de esto. Las cuatro.
Matar a Garrett, el ex infiel de Davina, era un imposible. Nos pondría
en más problemas.
Darle dinero era una opción, pero como dijo Davina, no me extrañaría
que nos chantajeara de nuevo. Suponiendo que pudiéramos reunir
quinientos mil dólares. El tío Liam era rico, pero eso no significaba que
nos diera dinero. Tanto mamá como el tío, creían que nos forjaría el
carácter si Juliette y yo ganábamos nuestro propio dinero.
No es que las ganancias de sus actividades delictivas fueran realmente
dinero ganado con esfuerzo.
Mis dedos agarraron el volante. Odiaba esta sensación de impotencia.
Mamá siempre decía que el trabajo duro me llevaría a donde quisiera.
Bueno, trabajaba duro desde que tenía memoria. Era increíble en el hielo,
y la medalla de oro en patinaje artístico por parejas era lo que deseaba.
El semáforo se puso en rojo y me detuve en un paso peatonal de cuatro
vías. Observé las luces, pero en mi cabeza estaba muy lejos. El
desconocido de ojos oscuros y cabello aún más oscuro pasó por mi mente.
Habían pasado tres meses desde que lo había visto, pero a menudo se me
pasaba por la cabeza.
Algo en él despertó mi curiosidad, incluso antes de saber quién era.
Cuando volví a escondidas después de mi sesión de entrenamiento,
escuché a mi tío mencionar la visita de él a Quinn.
Basilio DiLustro. Kingpin 3 del Sindicato de Nueva York.
Había oído hablar de los DiLustro, pero la verdad es que no sabía
muchos detalles sobre ellos. Así que lo busqué. Google estaba lleno de
información sobre la familia DiLustro. Se rumoreaba que los Kingpins del
Sindicato eran una de las familias criminales más peligrosas del mundo.
Se especulaba que el Sindicato estaba formado por las principales cabezas
de los yakuza, hasta la rússkaya máfiya, y todos los que estaban en medio.
Tenían conexiones con las familias más influyentes de Estados Unidos.
Leer sobre Gio DiLustro no me interesaba especialmente. En cambio,
sobre Basilio DiLustro devoré todo lo que pude encontrar.
Un día, Basilio se convertiría en el jefe del Sindicato de Nueva York.
Y era tan mortífero, si no más, que su padre. Aunque no me pareció tan
cruel como el infame Gio DiLustro.
Después de todo, me atrapó al caer del balcón. Fue algo romántico, si
realmente lo pensabas. Como un romance tipo Romeo y Julieta. Mis cejas
se fruncieron. Esos dos tenían una trágica historia de amor.
Tal vez debería abstenerme de hacer esa comparación.
3
Capo.
De cualquier manera, mi respiración se cortó en el momento en que
nuestras miradas se conectaron. Sentí como si el mundo dejara de girar por
un solo instante y mi vida cambiara para siempre. Era ridículo, lo sabía.
Pero no había podido dejar de pensar en él desde entonces.
Lo busqué. Más de una vez.
A diferencia de mis mejores amigas, no perdía mi tiempo con los
chicos. Los chicos eran una distracción que no necesitaba. Pero ese
hombre lo cambiaba. Él no era un chico. Basilio DiLustro era un hombre
que sabía lo que quería y cómo conseguirlo. Apostaría mi vida en ello. Mis
medallas de oro olímpicas. Una cálida ráfaga recorrió mi espina dorsal
cuando me encontré con su intensa mirada con los ojos marrones más
oscuros y las pestañas más largas que jamás había visto en un hombre.
Incluso ahora, al pensar en él, algo inquietante revoloteaba en la boca del
estómago.
La mano de Davina cubrió mis manos agarrando el volante
obligándome a centrarme en el presente.
—Lo siento, Wynter —dijo Davina.
La miré, dejando a un lado todos los pensamientos sobre Basilio
DiLustro. Mi boca se torció hacia abajo y negué con la cabeza, mis
malditos rizos rebotando con cada movimiento.
—Es tanto mi culpa como la tuya. —Sonreí con cansancio. No me
gustaba verla molesta. De las cuatro, Davina se partía el culo trabajando.
Era la mejor de su clase y trabajaba en una cafetería por las mañanas y
cerraba los turnos por la noche.
—Todo pasó muy rápido.
Un fuerte bocinazo sonó detrás de nosotras, sobresaltándonos a todas.
Juliette e Ivy saltaron en sus asientos y empezaron a maldecir el auto como
neoyorquinas nativas. Sacudí la cabeza, mirando por el espejo retrovisor,
y luego volví a mirar la carretera.
Fue entonces cuando lo vi a él. Venía en dirección contraria,
conduciendo un elegante carro deportivo negro.
Mis ojos se abrieron e inmediatamente una idea apareció en mi
cabeza. Basilio DiLustro era la respuesta a todas mis oraciones. Nuestras
miradas se conectaron. Esa misma sensación de aleteo se disparó a través
de mí, pero también la esperanza.
Las puertas de mi Jeep rojo estaban desprendidas y ahora me
arrepentía. Porque yo era un desastre y estaba a su entera vista. Tenía
marcas de hollín en las piernas y mis ajustados pantalones cortos blancos
ya no eran tan blancos. Mi blusa rosa con los hombros descubiertos,
manchada de hollín, era transparente y dejaba entrever mi sostén rosa.
Aunque parecía que le gustaba lo que veía. Su mirada se sintió como
una brisa cálida sobre mi piel desnuda y el calor subió a mis mejillas. El
momento apenas duró un segundo, pero me parecieron largos minutos. Mi
cerebro trabajó furiosamente en una idea.
—¿Qué pasa, Wynter? —preguntó Davina, con sus ojos detrás de mí,
siguiendo al hombre que invadía mis sueños y pensamientos durante los
últimos tres meses.
—T-tengo una idea —murmuré. Aunque no estaba segura de si era
una buena o mala idea.
—¿Qué?
Sin demora, antes de que se alejara demasiado, hice girar el volante.
Los neumáticos chirriaron y di un brusco giro en “u” en medio de la
ciudad, violando múltiples leyes de tráfico. Acelerando, adelanté a dos
autos, antes de encontrarnos detrás del McLaren negro.
Apuesto a que él sabe cómo deshacerse de ese vídeo de vigilancia y
de cualquier prueba que nos vincule a la casa de Garrett, pensé para mis
adentros. No era un despistado como nosotras, y probablemente tenía
vastos recursos a su disposición. Todo lo que teníamos era la una a la otra.
Sí, el tío Liam y Killian nunca permitirían que nos hicieran daño, pero de
qué servía cuando tenías que depender de otra persona para que te salvara
todo el tiempo.
Presioné la palma de mi mano contra la bocina.
Beep. Beep. Beep
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Davina, con los ojos muy
abiertos.
Beep. Beep. Beep
El auto se detuvo de repente y yo frené de golpe para no chocar con
su caro automóvil. El tráfico que nos rodeaba ya estaba tocando la bocina.
Mi corazón tamborileaba con anticipación y ansiedad, ignorando todo y a
todos. Esta podría ser nuestra salida.
—¿Qué estás haciendo? —Juliette exigió saber.
—Tengo una idea —les dije a todas—. Podría haber una manera de
borrar la vigilancia.
Todo el mundo sabía que los DiLustros hacían que las cosas
sucedieran. Los Brennan también, pero acudir a mi tío o a Killian no era
una opción. El último lo habría sido si no se hubiera ido del país; pero, al
parecer, estaba persiguiendo sus propios fantasmas. Su mensaje para
Juliette y para mí fue literalmente: *Volveré. Voy a cazar algunos
fantasmas.* Fuera lo que Fuera que eso significara.
Empecé a sentir que a Juliette y a mí nos mantenían en la oscuridad
en muchos más asuntos que las actividades criminales.
—¿Cómo? —Davina exigió saber.
Salté del jeep y me pasé los dedos por el cabello, con la esperanza de
parecer algo presentable, pero probablemente fracasando
estrepitosamente. Estuve tentada de preguntarles a las tres cómo me veía,
pero sabía que levantaría sospechas, así que opté por no hacerlo.
Mis ojos las recorrieron a las tres.
—Solo confíen en mí.
Escuché sus jadeos detrás de mí mientras caminaba hacia el elegante
auto negro, pero las ignoré a todas.
Basilio DiLustro podía sacarnos de este lío. La pregunta era: ¿cuánto
nos costaría?
O a mí.
Mis manos se humedecieron mientras me dirigía a su auto. Actuaba
ante millones de personas y, sin embargo, nunca había estado tan nerviosa.
Me pasé los dedos por los rizos una vez más y luego los alisé. Solo
esperaba que en el proceso no me manchara de hollín toda la maldita
cabeza.
Cuando llegué al auto, vi que no estaba solo. Lo único que pude ver
de su pasajero fueron unas largas piernas y un traje de tres piezas. Basilio
también llevaba un traje negro de tres piezas y, bajo el sol del cálido día
de mayo, parecía aún más llamativo.
Un fuerte escalofrío recorrió mi columna cuando nuestras miradas se
encontraron. Algo divertido y peligroso bailaba en la mirada de Basilio,
tentándome a caer bajo su oscuro hechizo. Los latidos de mi corazón se
aceleraron y sonreí. Aunque no sabía por qué. No había nada de feliz en la
situación actual, ni en hablar con un hombre con la peor reputación de
Nueva York.
Me gustaba. Es decir, cómo no podría con esa hermosa y completa
sonrisa y unos ojos oscuros que podían consumir tu alma.
Cabello negro, despeinado. Pómulos afilados, mandíbula fuerte. Un
rostro precioso en general. Hermosa boca con una sonrisa arrogante. Una
expresión sombría y melancólica mientras me observaba. Toda su persona
gritaba poder despiadado y su atractivo sexual rezumaba a su alrededor.
Prácticamente podía saborearlo. Y por primera vez en mi vida, quise
dejarme llevar para que ese hombre pudiera atraparme.
Me abofeteé mentalmente. Este tenía que ser el efecto de desmayo del
que siempre hablaban las chicas.
—Hey —lo saludé, con mi voz un poco sin aliento.
—Hola de nuevo —dijo él. ¡Él se acuerda de mí!, pensé
vertiginosamente, para luego reprenderme mentalmente. No había tiempo
para desmayarme ahora.
Aunque cuando sus ojos me recorrieron de pies a cabeza, mis mejillas
se sonrojaron al instante.
—Umm. —Me moví de un pie a otro. Mis nervios estaban un poco
alterados. Nunca había tenido problemas para hablar con los chicos, por
muy guapos que fueran. Eran demasiado superficiales, demasiado salvajes
o simplemente demasiado exigentes. Y nunca tuve tiempo para nada de
eso o esas cualidades.
Sin embargo, este... Bueno, era sexy. Cualquiera con dos ojos podía
verlo. Pero era más que eso. La forma en que sus ojos oscuros me
observaban, como si ya fuera suya, hizo que mi corazón revoloteara como
una mariposa atrapada en un frasco.
—¿Sí? —La comisura de sus labios se levantó y la diversión brilló en
sus ojos. Luego, como si hubiera revelado demasiado, endureció su
expresión y se pasó un pulgar por el labio inferior, sus ojos se oscurecieron
aún más. Esperaba que eso no significara que estuviera enfadado conmigo.
Ni siquiera había hecho nada todavía.
Ok, aquí vamos.
Respiré profundamente y exhalé.
—Sé quién eres —empecé.
Un latido.
—Entonces tienes ventaja —dijo, pasando una mano por su corbata,
en un movimiento distraído—. Todo lo que tengo es tu nombre, Star. —
Mis cejas se fruncieron. No recuerdo haberle dado mi nombre—. Imitaste
la voz de tu madre —me recordó.
Ahhh. Sus palabras eran profundas y suaves, un extraño tipo de calor
recorrió cada centímetro de mí. Pero la forma en que me observaba hizo
que mis mejillas se sonrojaran.
—Es justo que me digas quién eres.
Dos latidos.
—Wynter —respiré. Me encantaba la forma en que me observaba.
Posesivo. Y ni siquiera sabía quién era yo—. Wynter Star —dije con voz
ronca, dándole solo mi nombre y mi segundo nombre.
Capítulo 4
Basilio
Wynter Star.
El nombre le sentaba bien. Tenía un aire de princesa de hielo, excepto
cuando sonreía y sus ojos brillaban, se sentía como un cálido sol en la piel.
Mírame poniéndome todo poético, me burlé de mí mismo en silencio.
Se colocó un mechón de cabello rebelde detrás de la oreja y su mano
temblaba visiblemente. Me pregunté si la había asustado. O si le había
pasado algo malo. Tenía manchas de hollín en la mejilla y algo en la ropa.
Aunque todavía se veía impresionantemente hermosa. Más aún bajo los
brillantes rayos del sol. Sus rizos rubios brillaban como el oro bajo la luz
del día, y sus ojos verdes me recordaban los colores del lago de Como4
justo antes de una tormenta.
Una mezcla de verde claro, gris y azul.
4
El lago de Como, situado en la región de Lombardía, en el norte de Italia, es un destino turístico
exclusivo famoso por su espectacular paisaje alpino.
—Yo… Mis amigas y yo necesitamos ayuda. —Sus ojos se movieron
nerviosamente, como si alguien la estuviera persiguiendo. Algo protector
levantó la cabeza en mi pecho. Fue inesperado, sorprendente—.
Incendiamos una casa.
Mi primo Dante, que estaba sentado en el asiento del copiloto, tosió;
probablemente, ahogando una risa.
—¿Eso es todo? —reflexionó Dante.
Los ojos de Wynter brillaron detrás de mí, pero a menos que se
agachara, no podía verlo. Y tuve la sensación de que no quería inclinarse
hacia delante y mostrarme su escote. Me alegré por ello, porque no quería
que Dante lo viera.
—Fue un accidente —añadió, con un tono miserable—. Bueno, algo
así. Era incendiar su casa o cortarle la polla. Ninguna de las dos cosas era
ideal, pero al menos así está vivo. —Las palabras salieron volando de su
boca como si no pudiera contenerlas más—. Y ahora nos está chantajeando
con el video de vigilancia de nosotras incendiando su casa. Aunque
realmente fue un accidente. Las chicas se volvieron un poco salvajes.
La risa de Dante llenó el auto. Apostaba a que al imbécil nunca le
pasó una mierda así en Chicago. Bienvenido a Nueva York, donde todo y
cualquier cosa era posible.
Wynter se mordió el labio inferior con nerviosismo.
—Mi madre me matará si...
Su voz se interrumpió. Sabía quién era yo, pero en lugar de tener
miedo de mí, tenía miedo de su madre y de meterse en problemas. Otro
auto pasó volando, tocando la bocina como si su vida dependiera de ello.
Tiré de la manija de la puerta y salí a la acera. Que traten de sentarse
en la bocina del auto conmigo aquí afuera. Si me conocían, y la mayor
parte de Nueva York lo hacía, sabrían que iría por ellos.
Wynter no se apartó y el miedo no apareció en sus ojos. De hecho, el
alivio apareció en su rostro, y fue una novedad. Me miraba como si yo
fuera su salvador. Y maldición, quería serlo.
Aunque, si ella necesitaba ser salvada, significaba que no tenía nada
con Liam Brennan. De lo contrario, él estaría haciendo toda la salvación.
Hablando del jefe de la mafia irlandesa, acababa de salir de su oficina,
pactando una tregua que nos ayudaría a eliminar las constantes peleas por
el territorio. Mañana obtendría la escritura del Eastside Club.
—Dime con qué necesitas ayuda —exigí, empapándome de ella como
si fuera mi sol personal.
—¿Hay alguna forma en que puedas...?
No pudo terminar la frase, así que lo hice por ella.
—¿Matarlo?
Un jadeo se deslizó a través de sus labios entreabiertos. Y, maldición,
mi polla se agitó solo con ese pequeño gesto inocente.
—No, matarlo no —aclaró, sus ojos mirándome como si yo fuera un
dios—. ¿Tal vez borrar la evidencia?
Ella se humedeció los labios con nerviosismo y mis ojos bajaron hasta
ellos. Eran tentadores, llenos y rosados. Apostaba a que también eran
suaves. Nunca había sentido la necesidad instantánea de alguien.
¡Malditamente nunca! Pero algo en ella lo hizo por mí. ¿Cuántas veces ella
había pasado por mi mente en los últimos tres meses? Más de las que me
importaba admitir.
Y ahora ella estaba aquí. Necesitando un favor y libre para tomarla.
Mis ojos se dirigieron a su Jeep rojo. La atención de sus amigas estaba
puesta en mí. Las dos del asiento trasero parecían ligeramente desaliñadas,
con la cara manchada de hollín. Como si hubieran bajado por la chimenea
o algo así. Tenía sentido si prendieron fuego a la casa de alguien.
Volví a prestar atención a la joven rubia que tenía delante y una
sonrisa se dibujó en mis labios.
—¿Qué obtengo a cambio? —dije.
La quiero a ella. Y nada más que eso. Reforcé mis facciones,
preocupado por si la asustaba si leía mis pensamientos.
Sus pálidas mejillas se tiñeron de un rojo más intenso. Todavía sin
miedo. Cosita valiente.
—¿Qué quieres? —preguntó, levantando la barbilla. Ella nunca dudó
en encontrar mi mirada, aunque tuvo que estirar el cuello. Solo llegaba
hasta mi pecho, su cuerpo pequeño comparada con mi metro noventa y
cinco.
Metí mis manos en los bolsillos mientras la estudiaba. Su cabello era
increíble, como una melena rizada con un halo de luz sobre su cabeza. Si
alguna vez hubo una imagen para una niña de oro, era ella.
—Wyn, aléjate de él. —Una de sus amigas o quizás las tres gritaron—
. Parece un maldito italiano.
Un suspiro exasperado escapó de los labios de Wynter. Las miró
poniendo los ojos en blanco y les hizo un gesto con la mano, diciéndoles
que se callaran. Entonces su mirada brillante volvió a mí.
—Lo siento —murmuró, alisándose sus rizos—. Jules, mi prima,
puede ser demasiado. Pero tiene buenas intenciones. —Ella divagó, con
un ligero tono en su voz. Ella incluso era bonita cuando divagaba—. Su
nombre es Juliette en realidad.
Noté la marca de una quemadura roja inflamada en su antebrazo
derecho y tomé su mano en la mía, pasando el pulgar por su suave piel.
Una ligera mueca de dolor cruzó su expresión y saqué un pañuelo.
—Ponte un poco de aloe vera cuando llegues a casa —le dije,
envolviendo su antebrazo.
Ella no trató de tirar de su brazo, sus ojos estaban fijos en mí,
observando cada uno de mis movimientos.
—Lo haré. Ahora dime qué quieres a cambio.
—Tu número de teléfono —dije perezosamente—. Y una cita para
cenar.
Me observó por un momento, con una expresión cautelosa.
—¿Eso es todo? —preguntó con desconfianza.
Tenía razón en sospechar. Pero yo quería su rendición, porque ella lo
quería. No como pago de un favor.
—Sí.
Saqué un bolígrafo del interior de mi traje, dejando la funda de mi
arma expuesta. Por suerte, ella estaba demasiada concentrada en mi cara
como para darse cuenta. Se lo entregué.
—Si eso es todo, lo tienes —respondió ella, reprimiendo una suave
risa mordiéndose el labio inferior—. Aunque tengo la sensación de que me
estás saliendo barato.
Mis labios se estiraron en una sonrisa. Hermosa e inteligente. Ella
tomó mi mano, sus dedos eran pequeños comparados con los míos.
Empezó a escribir su número en la palma de mi mano. Hablando de
movimientos retro. ¿No solían hacer eso los chicos en la secundaria?
Afortunadamente, era muy bueno con los números, así que
inmediatamente memoricé el número de teléfono.
—¿Cuál es la dirección? —le pregunté. Ella la recitó, sin dejar de
mirarme a la cara. Si ella seguía mirándome así, podría sucumbir y besarla
ahora mismo—. Te enviaré un mensaje cuando esté hecho —le dije.
—Gracias. —Apretó mis dedos suavemente, y volvió a mirarme de
nuevo. Había algo tranquilizador en su mirada que hacía efecto sobre mí.
Mi pulgar rozó su suave piel, amando la sensación. Un rubor rosado subió
a sus mejillas, aunque no se apartó.
Esperaba que no fuera porque le preocupara que no le hiciera este
favor. Aunque no lo creía. Su sonrisa era demasiado sincera, sus ojos
demasiado brillantes, su expresión demasiado suave.
—Bueno, será mejor que me vaya —murmuró suavemente, bajando
la mirada hacia mi pulgar que acariciaba su piel. Todavía no había retirado
su mano—. No queremos encontrarnos con Garrett por accidente.
La solté de mala gana, y la pérdida fue instantánea. Me golpeó como
un tren fuera de control.
La vi correr de vuelta a su auto y ponerse al volante, solo hasta que
su Jeep estuvo fuera de mi vista, subí a mi auto.
—Ella realmente quería hablar contigo, ¿eh? —Dante sonrió—.
¿Quién es Wynter Star?
—La chica con la que me voy a casar.
Capítulo 5
Basilio
Al día siguiente, Dante y yo entramos en el Eastside Club. El guardia
de la entrada no se molestó en preguntarnos nada cuando entramos. A estas
alturas, todos sabían que el bar estaba pasando a manos de la familia
DiLustro.
Que estuviera lleno lo tomé como una buena señal. Apenas se
acercaban las ocho de la noche y el club estaba a tope. Era uno de los
establecimientos más populares del este de Nueva York.
Miré mi teléfono y comprobé si había mensajes. Se suponía que
Angelo, la mano derecha de mi padre, confirmaría que había borrado todas
las pruebas de que Wynter y sus amigas habían incendiado la casa. Estaba
revisando todas las cintas de vigilancia para asegurarse de cubrir todas las
bases, y que nada apuntaba a las chicas. Y él me enviaría todas las pruebas.
—Él nos está esperando, ¿verdad? —preguntó Dante mientras la
canción cambiaba a una de Selena Gomez. Distraídamente, hice una nota
para mejorar la música aquí. Ya que sería mi club, me aseguraría de que
todo fuera de primera categoría.
—Sí, va a entregarnos la escritura —le dije—. Su límite es a
medianoche.
Con suerte, no esperaría hasta el último minuto.
Mi teléfono vibró y miré la pantalla, esperando que fuera Wynter. Le
envié un mensaje hace más de tres horas, haciéndole saber que la limpieza
estaba casi terminada. Era Angelo.
*Limpio. Tienes la única copia.*
Pulsé la grabación y vi a las mujeres correr frenéticamente por la casa.
La de cabello castaño seguía intentando hacer el fuego más grande,
mientras las otras gritaban. Wynter parecía ser la única que intentaba
mantener la cabeza fría y extinguirlo.
Satisfecho con eso, guardé el teléfono.
—¿Dónde diablos está él entonces? —reflexionó Dante, mientras sus
ojos recorrían la multitud. Brennan estaría aquí, no tenía ninguna duda.
El ritmo retumbaba en el suelo. En la zona principal sonaban los
vítores de los hombres, pero aún no habíamos llegado allí.
—¿Así que lo hiciste? —preguntó Dante.
Los dos nos criamos como hermanos. Nosotros estábamos lejos de
ser solo primos. Su padre dirigía el Sindicato de Chicago, al igual que el
mío dirigía Nueva York. Y así como yo sorprendí a mi padre, Dante
también lo hizo. Nuestros viejos podían ser los jefes del Sindicato, pero
nosotros éramos los Kingpins. Dante, Priest; que gobernaba Filadelfia, y
yo. Mi hermana dirigía Las Vegas; pero solo mis primos, mi padre, mi tío
y yo sabíamos que ella era realmente la que manejaba los hilos.
Con cada día, nos hicimos más poderosos y más fuertes de lo que
nuestros padres nunca fueron.
—¿Hacer qué? —respondí distraídamente. Tenía que concentrarme.
Desde que me encontré con Wynter de nuevo, no podía quitármela de la
cabeza.
—¿Hiciste desaparecer la vigilancia para la princesa dorada? —Dante
se rio sombríamente. La diversión cruzó su expresión, aunque sus ojos
estaban fijos en la multitud que nos rodeaba. Ninguno de nosotros confiaba
en los irlandeses—. Nunca te había visto mirar así a una mujer.
Me encogí de hombros. No significaba nada. Era una mujer
impresionante, y estaba seguro de que estaba acostumbrada a la atención
masculina con su apariencia.
La canción cambió a Legends Are Made de Sam Tinnesz y todo el bar
se alborotó, aún más que hace unos minutos. El sonido de los vítores y de
los aullidos resonó en todo el establecimiento mientras los altavoces
bombeaban con el ritmo y la letra de la canción.
Era malditamente ruidoso.
—¿El entretenimiento viene con el club? —pregunto Dante—. Veo a
tu principessa dorada y a un par de alborotadoras más.
Seguí su mirada para encontrar a tres mujeres bailando encima de la
barra, sus vestidos juntos formando el color de la maldita bandera
irlandesa. Y mi principessa con el halo dorado bailando encima,
seduciendo a todos como una tentadora. Wynter Star se movía
seductoramente, cada balanceo de su cuerpo era elegante como si hubiera
hecho esto un millón de veces antes.
Los ojos de los hombres la devoraban, ávidos de ver su suave piel.
Mis ojos recorrieron su cuerpo en lo que debía ser el vestido blanco más
corto del planeta. Nunca me había quejado de que una mujer llevara tan
poco. Así que esta era la primera vez.
Todos los ojos de este bar estaban puestos en ellas.
Una bola de energía ardiente me atravesó y quemó mis entrañas.
—¿Qué demonios? —gruñí, mirando a todos los hombres. Quería
matarlos a todos. Tal vez podría romper una botella de cerveza y usarla
como arma. Cortarles el cuello a todos, uno por uno. Aunque,
probablemente, sería más rápido dispararles.
Las tres chicas compartieron una mirada, y luego sus cabezas se
volvieron en la misma dirección. Dante y yo seguimos su línea de visión
para ver a Liam Brennan caminando hacia ellas con una expresión
seriamente enojada.
—Supongo que el jefe de los irlandeses no lo aprueba —se burló
Dante, aunque la diversión coloreaba su voz.
Los dos vimos a Liam gruñir a las mujeres, tratando de atravesar la
multitud salvaje de hombres.
—Saquen a las malditas mocosas de la barra —gritó, pero era un
punto discutible. La multitud ya estaba demasiado salvaje—. ¿Dónde está
la cuarta mujer? —gruñó, con los ojos recorriendo la multitud y buscando
a quién coño sabía.
Dante y yo observamos a las mujeres en la barra. Estaba claro que
estaban tramando algo. La pregunta era qué y por qué le estaban haciendo
pasar un mal rato a Liam Brennan.
Liam se volvió hacia su hombre, Quinn, y ladró una orden; aunque su
cabeza estaba girada y no pude leer sus labios.
Los ojos de Quinn se volvieron hacia las chicas y asintió, luego se
abrió paso entre la multitud. Observé cómo las tres mujeres de la barra
compartían una mirada, cambiaban de posición y una de ellas le bajaba la
cremallera del vestido a Wynter mientras ésta se balanceaba, quitándose
los tacones.
El vestido se deslizó por su cuerpo, dejándola en un cachetero corto
blanco y un sostén blanco de cobertura completa.
¡Jesucristo!
Los hombres se volvían locos, pero lo único que podía oír era un
zumbido en mis oídos. La sangre corría a través de mi cuerpo e iba
directamente a mi ingle. Wynter Star tenía el cuerpo más dulce que jamás
había visto. Era malditamente digno de una página central. Me llamaba,
como una canción llama a un sinsajo.
Ella era el sueño húmedo de todo hombre. Más importante aún, ella
era mi sueño. Un cuerpo perfectamente tonificado, pequeño y con curvas.
Y su culo.
¡Demonios!
Las dos mujeres se dirigieron al extremo derecho de la barra mientras
Wynter se paseaba como si estuviera en la pasarela hacia la izquierda, con
su ropa interior. La verdad es que parecía un traje de baño, pero si intentaba
quitárselo, seguiría una matanza.
—¿Son irlandesas? —preguntó Dante.
Maldición si lo sabía. Busqué el nombre de Wynter Star, pero apenas
apareció información. Le pedí a Angelo que la investigara. Nada. Hice que
Priest lo hiciera también. Nada. Era como si la chica apenas existiera.
Nacida y criada en California. Sin familia. Nada realmente valioso o
notable en su historial. Sin embargo, su forma de comportarse me decía
que tenía que haber algo más en ella. Se comportaba con confianza, como
si supiera su valor y no permitiera que nadie se lo quitara. Daba la
impresión de ser una princesa de hielo, pero apostaría mi vida a que debajo
de todo eso, había un corazón cálido y brillante.
En cualquier caso, no tenía intención de dejar de indagar. Encontraría
cada pieza de información sobre esta mujer.
—No lo creo —murmuré, mientras veía a Wynter mover el culo
encima de la barra. Las otras mujeres también movían el culo como si
estuvieran en una competición de twerking, pero yo no podía apartar los
ojos de la figura de Wynter.
Luego, de la nada, Wynter recogió su vestido y se enderezó apenas a
un metro y medio de donde yo estaba. Mirando a Quinn, le guiñó un ojo
mientras él maldecía como un hijo de puta.
—Ustedes tres serán expulsadas —él enfureció—. Necesitan una
buena paliza.
La chica de cabello rojo salvaje le mostro el dedo de en medio. Ella
podría ser irlandesa; lo parecía. Tras una última mirada compartida por las
tres mujeres, Wynter asintió y luego se enfrentó a la alborotada multitud
con una dulce sonrisa.
—Todo el mundo —gritó ella y la sala se calmó un poco—. Muévanse
para que pueda saltar. —Los hombres se separaron como el Mar Rojo.
Levantando las manos en el aire, Wynter se elevó en una voltereta y
aterrizó de pie, justo delante de mí.
Sin mirar, se adelantó y se estrelló contra mi pecho.
—¡Ouch! —gritó, dando un pequeño paso atrás y frotándose la frente
con la mano.
Levantó los ojos. Un destello de reconocimiento y sorpresa brilló en
ellos.
—Hola —me saludó con su voz musical, con esos labios carnosos
curvados en una sonrisa. Miré por encima de su hombro y seguí su mirada.
Quinn estaba demasiado lejos y no podía vernos. Al menos, todavía no.
—¿Sueles bailar en las barras de los bares semidesnuda? —pregunté,
con un tono ligeramente posesivo. Si ella lo notó, no le importó. Esta
sensación abrumadora de guardarla toda para mí era una novedad. No
había habido una sola mujer en toda mi vida por la que me obsesionara.
Malditamente jamás. Pero las curvas de Wynter. Sus pechos. Necesitaba
ser el único hombre que las viera.
—Oh, esto no es nada —reflexionó—. Estoy acostumbrada a estar
semidesnuda con todo mi entrenamiento. —Un gruñido surgió en lo
profundo de mi garganta. Por el rabillo del ojo, noté la sonrisa retorcida de
Dante—. ¿Quieres tener esa cena ahora? —preguntó, metiéndose el
vestido por encima de la cabeza y bajándolo por el cuerpo como si nada—
. Quiero pagar mi deuda.
Ahora vestida, mis ojos viajaron por su cuerpo, el vestido blanco
abrazando sus curvas. ¡Diablos! Esa visión quedaría tatuada para siempre
en mi memoria. Cada centímetro cuadrado de ella era perfecto. Su piel
tonificada y suave. Sus rizos rubios y salvajes. Sus ojos brillantes. Y su
boca que sonreía, como si estuviéramos solos en el mundo.
—Te faltan los zapatos —le dije, tratando de controlarme.
Ella se rio, sus ojos brillaron como jodidas esmeraldas. Esta chica se
iluminaba cuando reía. Ella malditamente brillaba. Me tomó la mano y tiró
de ella, arrastrándome.
—Cómprame un par nuevo y te lo pagaré con otra cena —sugirió con
picardía—. Pero tienes que pagar. No tengo dinero. —Seguía mirando por
encima del hombro, en dirección a Quinn. Ni siquiera se fijó en Dante—.
Vamos. —Tiró de mi mano.
Los ojos de Dante se encontraron con los míos por encima de su
cabeza.
—Yo me encargo de esto —dijo Dante tranquilizadoramente, con una
sonrisa en su rostro. Tendría que borrar esa sonrisa de su cara la próxima
vez que lo viera. Pero, de nuevo, me estaba haciendo un gran favor; así
que, tal vez, lo dejaría salirse con la suya.
—Vamos. —Volvió a tirar de mí, tentándome con su sonrisa y fui de
buena gana. Como un moribundo que es conducido al agua.
Le pasé mi brazo alrededor de los hombros y la acurruqué contra mí,
luego comencé a usar mi altura y mi fuerza para apartar a los hombres
fuera del camino. Una vez afuera, buscó entre la gente que estaba
alrededor. Vi a sus amigas al mismo tiempo que se metía los dedos en la
boca y silbaba con fuerza.
Arqueé una ceja, sorprendido por su habilidad. De alguna manera,
parecía demasiado pulida para silbar como un marinero.
—Vamos, Wyn —gritó la pelirroja—. Antes que el maldito imbécil
salga y nos atrapé.
Wynter hizo un gesto con la cabeza.
—Vayan ustedes. Nos vemos en los dormitorios más tarde.
—¿Qué? —chilló la mujer de cabello oscuro y ojos azules. Adiviné
que tenía que ser su prima por la forma en que fruncía el ceño hacia mí—
. ¿Por qué?
Wynter puso los ojos en blanco.
—Yo no te interrogo cuando sales con chicos —protestó.
Tuve que burlarme de ella llamándome chico. Ni siquiera podía
recordar la última vez que me sentí como un chico. Probablemente el día
que mi madre me dejó.
—¿Cómo se llama? —siseó su prima.
—No es asunto tuyo —replicó Wynter secamente—. ¿Dónde está
Davina? —preguntó.
Las dos mujeres se encogieron de hombros y señalaron el teléfono
móvil. Wynter metió la mano por debajo del vestido y me di cuenta de que
tenía un bolsillo secreto. Sacó el teléfono y leyó un mensaje.
*Todo bien. Vayan sin mí. Las veré en los dormitorios.*
—Qué raro —murmuró.
—¿Tú y tus amigas se están metiendo en problemas?
Levantando la cabeza, sus ojos brillantes se encontraron con mi
mirada.
—Nunca —contestó, pero sus ojos brillaron con picardía.
Capítulo 6
Wynter
Dejando a Juliette e Ivy boquiabiertas tras de mí, seguí a Bas hasta su
auto.
Me abrió la puerta del copiloto y me senté en el asiento de su
Lamborghini. Mientras lo observaba dar la vuelta al auto, me pasé los
dedos por el cabello. No era exactamente como me imaginaba encontrarme
con él de nuevo, pero no podía evitarlo. No era como si fuera a admitir
ante el Kingpin italiano que mis amigas y yo éramos una distracción
mientras nuestra cuarta amiga le robaba a mi tío. ¿Quién resultaba ser el
jefe de la Mafia Irlandesa Brennan?
Sí, pasaría de esa explicación.
La puerta del conductor se abrió y él se puso al volante.
—No más bailes semidesnuda en las barras de los bares —gruñó Bas
en voz baja mientras arrancaba el auto y salía a la calle.
—Encantada de verte también —dije perezosamente y le dediqué mi
sonrisa más brillante—. ¿No me digas que tus ojos estaban ofendidos?
Mis mejillas se calentaron ante mi intento de coqueteo. Nunca me
había molestado en hacerlo, aunque ahora deseaba tener más práctica. Bajé
los ojos, estirando las piernas mientras miraba mi pedicura francesa.
—¿Siquiera eres legal para estar en los clubes? —exigió saber.
Lo miré por debajo de mis pestañas. Tenía razón, yo no era lo
suficientemente legal para entrar en ese club. Pero eso nunca era un
problema, teniendo en cuenta a su dueño. Por supuesto, decirle a Bas que
estaba relacionada con el conocido mafioso dueño del club estaba fuera de
discusión. El tío Liam nos mantenía al margen de sus actividades, pero yo
sabía lo suficiente como para comprender que confraternizar con cualquier
DiLustro estaría en serio mal visto. Además, mi madre odiaba todo lo
relacionado con el inframundo.
—Cumpliré veintiún años en unas pocas semanas —admití en voz
baja.
—Jesús, eres más joven de lo que pensaba —refunfuñó en voz baja—
. ¿Cómo entraste en The Eastside?
—A la vieja usanza —me burlé—. Con una identificación falsa. —
Sonrió—. ¿Cuántos años creías que tenía? —le pregunté con valentía,
girando la cabeza para observar su perfil.
Y qué perfil tan hermoso era. Mi corazón latía a un ritmo desigual,
como nunca antes. Lo único que me había emocionado antes era el patinaje
sobre hielo. Por muy patético que sonara. Pero era mi vida. Vivía y
respiraba patinaje artístico.
Sin embargo, ahora temía vivir y respirar por este hombre.
Maldición, esto tenía que ser el karma por todos mis comentarios
sarcásticos sobre el amor instantáneo.
—Bueno, esperaba que tuvieras al menos veintiún años —respondió.
Me encogí de hombros.
—Los tendré en unas semanas —repliqué—. ¿Eso ayuda? —Su risa
llenó el auto y me gustó bastante el sonido. Tenía la sensación que no se
reía a menudo—. ¿Cuántos años tienes?
—Veintisiete.
—Hmmm.
—Pronto cumpliré veintiocho.
—Hmmm.
—¿Y qué significa “hmmm”? —desafió.
Lo miré juguetonamente.
—Estoy tratando de decidir si eres viejo.
Otra risa.
—Tal vez solo soy lo suficientemente viejo.
Fue mi turno de reír.
—Tal vez.
—Veo que voy a tener que convencerte —dijo perezosamente.
Volví a hacer un ruido de hmm mientras se me cortaba la respiración
ante todas las formas potenciales en las que podía convencerme. Y
déjenme decirles que las imágenes en mi mente eran de categoría X. Para
alguien que nunca había tenido sexo, me sorprendí un poco de mí misma.
Una extraña emoción me recorrió las venas y el calor se apoderó de
mis mejillas.
Bas soltó otra carcajada.
—Algo me dice que tus pensamientos no son tan puros ahora mismo,
Wynter.
Puse los ojos en blanco.
—¿Y los tuyos sí, Bas?
—Touché. —Algo divertido y seductor se reflejó en su mirada cuando
sus ojos se dirigieron a mí—. ¿Bas? —preguntó con voz suave, sus ojos
ardiendo.
Mi corazón revoloteó tan rápido que creí que se me saldría del pecho.
Estaba acostumbrada a los entrenamientos de intervalos de alta intensidad
en el hielo y en la cinta de correr para preparar mi corazón en las doscientas
pulsaciones por minuto de mis actuaciones. Sin embargo, ninguno de esos
ejercicios podía prepararme para este tipo de aceleración cardíaca.
—¿No es ese tu nombre? —respiré.
Un rápido parpadeo en mi dirección, sus ojos en mis labios, y
devolvió su atención a la carretera.
—Nadie me llama Bas. Solo Basilio. —Su voz era profunda y suave.
—Oh. Basilio es tan rígido, ya sabes. —Se encogió de hombros—.
¿Sabes que tu nombre significa “rey”? —solté, probablemente sonando
como una tonta. El hecho de que supiera lo que significaba su nombre,
probablemente revelaba lo detallada que era mi mirada sobre él.
—Sí, lo sabía —reflexionó.
—Bueno, me gusta tu nombre, pero me gusta más Bas.
Se rio divertido, ofreciéndome una mirada fugaz.
—Me gusta, pero solo tú puedes llamarme así.
Mi respiración se volvió superficial, y algo cálido parpadeó en mi
pecho. Algo tan simple e inocente y, sin embargo, sentí que había hecho
algo bien y que me había ganado sus elogios. Era una estupidez, lo sabía.
Pero no podía deshacerme de esa sensación.
—Okey, Bas —acentué su nombre—. ¿Dónde vamos a comer? Me
muero de hambre.
Mi piel estaba ardiendo. Esta reacción al sexo opuesto era una
novedad. Leí sobre ello. Escuché sobre eso. Pero nunca lo había sentido.
Nunca experimenté ni siquiera un atisbo de posibilidad de atracción hacia
alguien. Y aquí, con este hombre, la ola de atracción se abalanzó sobre mí
y empapó cada una de mis células.
—¿Supongo que no leíste mi mensaje? —me preguntó y yo recordé.
Me envió un mensaje de texto hoy, pero yo estaba sosteniendo la cabeza
de Ivy sobre el inodoro.
Pasamos la noche en la casa del tío en los Hamptons. Tuvimos que
salir de la ciudad, y una vez que ideamos el plan para robar la caja fuerte
de mi tío en The Eastside, Ivy, Juliette y Davina empezaron a beber. Hay
que reconocer que yo me uní, pero no me emborraché como esas tres.
—Lo siento mucho —me disculpé rápidamente y busqué mi
teléfono—. Abrí tu mensaje pero luego no llegué a leerlo. Ivy empezó a
vomitar las entrañas.
—¿Noche de borrachera? —reflexionó. Asentí, sonriendo—. Olvida
tu teléfono. Estoy aquí ahora, así que puedo entregar el mensaje
personalmente.
—Tan malditamente mandón —repliqué, fingiendo irritación. Estaba
acostumbrada a que la gente me diera órdenes. Entrenadores, tutores,
preparadores. Siempre que sus consejos eran buenos, los escuchaba. Tenía
la sensación de que Bas siempre daba buenos consejos.
Llevé la mano a la radio para ocultar mi sonrisa, aunque sospechaba
que nada se le escaparía a este hombre. La canción que sonó no podía ser
más apropiada, Eastside con Halsey & Khalid. Qué oportuno, ya que me
lo encontré en The Eastside y huíamos juntos de Quinn y el tío.
Poéticamente hablando.
El silencio se prolongó, las palabras sonando en sus altavoces a un
volumen bajo. Se me puso la piel de gallina y una llama encendida me
recorrió. Mi estómago dio un vuelco.
Contrólate, Wynter.
Debía estar perdiendo la maldita cabeza. ¿O el corazón? Quiero decir,
no podía suceder tan rápido. Solo lo había visto dos veces antes. Apenas
lo conocía.
—La vigilancia fue borrada.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿En serio? —jadeé. De repente, la semana estaba mejorando.
—Sí —confirmó.
—¿Qué pasa con los vecinos y sus cámaras?
—Todo fue borrado —me aseguró—. La vigilancia de Garrett. La de
los vecinos. Incluso la de la ciudad. No hay rastro de que te hayas
aventurado por ese camino alguna vez.
Le di mi sonrisa más radiante. Podía ser un criminal notorio, pero
ahora mismo era mi héroe.
—Muchas gracias, Bas.
—No hay problema —dijo perezosamente—. Después de todo, tú
estás pagando.
Se detuvo en el semáforo en rojo, en el corazón de Manhattan. Las
luces de la ciudad parpadeaban. La sirena de una ambulancia resonó en la
distancia. El autobús se detuvo con un chirrido junto a nosotros. Pero todo
eso no era más que un ruido de fondo para mí. Distante y débil.
Todos mis sentidos se concentraron en el hombre que iba a mi lado.
—No es una gran dificultad —respiré.
—Me alegra escucharlo. —Nuestras miradas chocaron, la suya me
quemaba. De la mejor manera posible.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo, lentamente, como si estuviera
memorizando cada centímetro. Sus ojos se detuvieron en mis pies
descalzos antes de tomar mi mano entre las suyas y se sintió como si me
marcara como suya. El calor de su tacto se filtró en mi torrente sanguíneo
mientras su pulgar rozaba mis nudillos.
Tal y como lo hizo cuando le pedí que borrara la vigilancia.
—Vamos a buscarte unos zapatos —dijo. Mis ojos se posaron en
donde él sostenía mi mano. Su mano grande contra la mía pequeña. Su
agarre era firme, posesivo. Como si ya me considerara suya. Y no me
importaba. Sabía que mataba a los hombres con esa misma mano y, sin
embargo, el miedo en mi interior estaba ausente.
Su mirada volvió a recorrer mi cuerpo, y sentí que cada centímetro de
mi piel zumbaba bajo su escrutinio. Mi pulso se aceleró, mi pecho se agitó.
—¿Bas? —dije con voz ronca, mi voz apenas por encima de un
susurro.
—¿Sí?
—¿Por qué solo pediste una cita para cenar? —Él podría haber pedido
mucho más y lo habría hecho.
—Porque, Wynter Star —Su voz ronca y profunda—, tú me darás
todo lo demás. Por tu propia voluntad.
Capítulo 7
Basilio
El semáforo se puso en verde y conduje por la carretera, hasta que nos
detuvimos frente a Corso Vittorio, una zapatería de alta gama que era
propiedad de una de las esposas de los hombres que trabajaban para mí.
Wynter permaneció callada tras mi declaración. Más bien se quedó
sin palabras. Realmente la dejé caer sobre ella.
¡Pero a la mierda! ¿Por qué andarse con rodeos?
Sabía lo que quería y ella lo era. Sin un ápice de duda en mi mente,
jodidamente lo sabía. Y la tendría. Pero quise decir lo que dije. Ella
también me querría. Hasta entonces, esto sería puramente platónico.
—Los zapatos de Corso Vittorio son caros —murmuró—. Demasiado
caros.
Tiré de la manija de la puerta del auto y rodeé el auto, luego abrí la
puerta del pasajero.
—Deja que yo me preocupe por el dinero —le respondí—. Vamos a
comprar tus zapatos aquí.
Sus ojos parpadearon hacia la tienda.
—Parece que van a cerrar —protestó.
—Seguirán abiertos para nosotros —le aseguré. Extendí mi mano y,
sin dudarlo, colocó sus dedos en la palma de mi mano y me miró a los
ojos. Dios, me encantaba la forma en que me miraba. Confianza,
curiosidad y algo más.
Las estrellas parpadeaban sobre nosotros, las luces y los transeúntes
de Manhattan zumbaban a nuestro alrededor. Sin embargo, si me
preguntaran quién estaba a mi lado o detrás de mí, nunca podría decírselo.
Había dos reglas que siempre seguía. Nunca ir a ninguna parte sin mi
cuarenta y cinco; y nunca preocuparme tanto por alguien que, al perderlo,
pueda destruirme. Sin embargo, mientras miraba a esta joven con estrellas
en los ojos, sabía que había roto la segunda regla. No sería capaz de
soportar perderla.
Apenas la había tocado y ya estaba ardiendo. Quería alimentar el
fuego hasta que nos consumiera a los dos.
Dante y Priest se partirían de risa si lo supieran. El más mínimo roce
me tenía excitado, con hambre de más.
Wynter Star me calmaba y me inquietaba. Un sentimiento tan confuso
y contradictorio con el que no estaba familiarizado.
—Vamos a buscarte zapatos, Cenicienta —dije perezosamente,
mientras cerraba la puerta del auto.
Ella se rio cálidamente, dejando su mano en la mía.
—Muéstrame el camino, Príncipe Encantador.
Príncipe Encantador. Nunca nadie me había llamado así. Tal vez el
príncipe del diablo. Un villano definitivamente. Ciertamente nunca
encantador.
Sin sus zapatos, apenas me llegaba al pecho. Ella parecía demasiado
pequeña y frágil. Aunque impresionantemente hermosa. Y no era el único
que lo notaba. Los peatones que corrían a derecha e izquierda no pudieron
evitar darle una doble mirada. La admiración y el hambre en los rostros de
los hombres y la envidia en los de las mujeres.
Acercándola a mí, nuestros dedos se entrelazaron y entramos en la
tienda justo cuando la mujer de Vittorio, Emilia, estaba a punto de cerrar
la puerta. Emilia era la esposa de uno de los hombres de mi padre.
—Basilio —exclamó con una gran sonrisa—. ¿Qué haces aquí?
Vittorio no está aquí.
Los ojos de Emilia revolotearon y sonrió seductoramente. Llevaba
años intentando meterse en mi cama. Nunca sucedería, pero eso nunca le
impidió intentarlo.
—No estoy aquí por Vittorio —le dije, acercando a Wynter a mí.
Nunca entendería por qué ese hombre se casó con ella; aunque sospechaba
que mi padre había tenido algo que ver y que Vittorio se arrepentía
enormemente. La mujer era una serpiente.
Sus ojos se dirigieron a Wynter, observándola con curiosidad. Emilia
tenía más de cuarenta años, pero aún se comportaba como si tuviera veinte.
También se vestía como si los tuviera. Llevaba un fino vestido rojo que
hacía juego con su brillante lápiz labial y unas botas hasta la rodilla.
—Tenemos una emergencia —le dije, mirando los pies de Wynter—
. Perdimos sus zapatos. ¿Te importaría ayudarnos?
—¿Quién es ella? —Los ojos de Emilia se entrecerraron en Wynter—
. Se parece a esas malditas mujeres rusas. —Sentí que Wynter se ponía
ligeramente rígida a mi lado. Un gruñido amenazante se formó en mi
garganta, la sobreprotección surgió en cada onza de mí.
—Ella es importante para mí —dije, clavando la mirada perezosa y
autocrática que me caracterizaba en la mujer de Vittorio. La advertencia
estaba clara en mi rostro. Además, quién carajo era ella para juzgar cuando
puso a su propia hija en subasta hace unos años. No dudó en utilizar a su
hija, Thalia, para saldar su deuda con Benito King. Por desgracia para ella,
fue mi padre quien se lanzó a comprarla. No es que hubiera muchos
hombres honrados participando en esas subastas con los que le hubiera ido
mejor.
Emilia era una vergüenza de madre. Siempre fingía tristeza, pero no
me lo creía ni por un puto segundo. Ofreció a Thalia en lugar de usarse a
sí misma para pagar su propia deuda.
El disgusto brillaba en sus ojos oscuros.
—Nunca he oído hablar de ella —se mofó, con una expresión fría
hacia Wynter. Me cabreó muchísimo—. Parece una ramera rusa.
Me incliné sobre Emilia, frunciendo el ceño.
—Te cortaré la lengua si vuelves a decir otra maldita palabra grosera.
O incluso si la miras mal. Y sabes que nunca es bueno estar en mi lado
malo, Emilia. Para ti o para tu esposo. Así que tú le mostrarás respeto a
mi mujer.
Ella palideció. Quería recalcar el punto. Wynter era mía y Emilia
nunca lo sería. Y si ella molestaba a Wynter, habría un infierno que pagar.
Ella sabía que mis amenazas no eran vacías. Era una cualidad de mi padre
que se me había transmitido. Excepto que yo podía ser mucho más
despiadado que el viejo.
En este caso, no me importaba porque Emilia se lo pensara dos veces
antes de decir otra palabra sobre ella.
Una sonrisa forzada y falsa apareció en su rostro.
—Por supuesto. ¿Talla de los zapatos?
De nuevo, apenas miró a Wynter. Me pregunté si alguna vez había
pensado en Thalia, su propia hija. Emilia era egoísta más allá de lo
razonable.
—Siete —murmuró Wynter, con los hombros tensos, mientras Emilia
desaparecía hacia el fondo de la tienda.
Tomándola de la mano, nos dirigimos hacia la sala de estar.
—Parece enfadada —susurró Wynter con Emilia fuera del alcance del
oído—. No la enfades más.
Su mirada se encontró con la mía, y pude ver la preocupación nadando
en esos grandes ojos.
—No te preocupes.
Conseguiremos los zapatos, dejaré a Emilia con dinero extra y nos
pondremos en camino. Que esa maldita mujer reflexione sobre las
consecuencias de sus palabras y acciones.
Sus dientes tiraron de su labio inferior, su mirada fugaz en la dirección
de los tacones de Emilia. Luego suspiró resignada.
—¿Por qué eso me preocupa más? —Porque Wynter tenía buenos
instintos—. ¿Bas?
—Sí.
—Y-yo no puedo meterme en problemas. —Su mirada volvió a
dirigirse a mí. Fue un comentario extraño, pero lo atribuí a que ella sabía
quién era yo. Si ella me hubiera buscado, sabría que los problemas seguían
donde yo iba—. ¿De acuerdo?
—Principessa, te mantendré alejada de los problemas —le aseguré
suavemente—. Nadie te hará daño.
En ese momento, Emilia estaba de regreso con varias cajas,
colocándolas sobre la pequeña otomana y abriendo la primera. Los tacones
rosas de diseñador y el suave jadeo de Wynter llenaron el espacio que me
rodeaba. Parecía que a Wynter, como a muchas otras mujeres, le
encantaban los zapatos.
Emilia le entregó el zapato a Wynter, pero yo lo tome antes que ésta
pudiera hacerlo.
—Déjame —le dije a Wynter. Me arrodillé, le agarré el pie y le puse
el zapato—. Mira eso. Un ajuste perfecto.
La suave risa de Wynter llenó el espacio.
—Y no desaparecen a medianoche —bromeó. Su mirada se dirigió a
Emilia, que nos observaba como un halcón. Era casi cómico.
—Tus diseños de zapatos son increíbles —la elogió Wynter—. Los
he amado desde siempre.
—¿Has venido antes a esta tienda? —le preguntó Emilia y Wynter
negó con la cabeza.
—A esta no —explicó mientras yo observaba el intercambio—. He
estado en la de San Francisco.
Un segundo de silencio.
—Me resultas familiar. —Emilia la miró, como si tratara de recordar
algo. No había ninguna posibilidad que alguien que hubiera visto a
Wynter, la olvidaría.
—Me lo dicen todo el tiempo —le dijo Wynter.
—¿Quiénes son tus padres? —Emilia continuó interrogándola y
estaba a punto de cortarla, cuando Wynter le respondió.
—Bueno, mi padre está muerto y mi madre es entrenadora deportiva
—le dijo Wynter, la suavidad de su voz era una señal inequívoca de que
se preocupaba por su madre—. Es una de las mejores. Por supuesto, soy
parcial. —Wynter se rio, pero Emilia no se molestó en responderle, y
Wynter desvió la mirada de su espalda hacia mí—. Umm, estos están bien.
¿Podemos irnos?
Nunca hice daño a las mujeres. Ni las intimidaba. Aunque ahora
estaba seriamente tentado de hacerlo. Alrededor de Wynter, mi instinto de
protección se multiplicó por diez. Emilia incomodaba a Wynter; y yo no
lo toleraría. Sospeché que la mirada de advertencia que acababa de dirigir
a Emilia resultaba asesina.
—Nos los llevaremos todos, Emilia. ¿Hay algún zapato plano en esas
cajas?
—No, no, Bas —protestó Wynter en voz baja—. Es demasiado. Solo
un par.
—Sí, un par de zapatos planos negros y otro blanco —respondió
Emilia, ignorando las protestas de Wynter.
—Bas...
Le agarré la barbilla con suavidad y detuve su protesta.
—¿Qué prefieres ponerte esta noche? —le pregunté suavemente,
manteniendo sus ojos en mí. Emilia pagaría por su falta de respeto.
—Zapatos planos blancos, por favor.
Wynter se puso los zapatos con mi ayuda y me puse de pie,
encontrándome con la mirada de Emilia. Dando un paso adelante hacia
ella, le dediqué una fría sonrisa.
—Mantén la boca cerrada sobre nuestra visita —le advertí—. Si haces
algo que ponga en peligro a Wynter o hablas de ella con alguien, volveré.
—La advertencia de lo que vendría después flotaba en el aire. La expresión
de Emilia decayó por un momento y sus ojos se llenaron de miedo, pero
rápidamente lo enmascaró con desafío—. ¿Entendido? —gruñí.
Ella dio un paso atrás, asintió rápidamente y bajó la mirada. A Emilia
le gustaba causar problemas a los que consideraba menos dignos. Wynter
era definitivamente más digna que ella, pero Emilia no lo veía así. A
menos que tuviera poder y estatus, no era nadie para ella.
Mis músculos rebosaban de tensión, la necesidad de hacerla pagar por
haber molestado a mi mujer me arañaba.
—¿Bas? —La suave voz de Wynter calmó la rabia que llevaba dentro
e inhalé profundamente, su aroma a miel se coló en mis pulmones. Era tan
condenadamente hermosa y amable que casi me dolía mirarla. Era mucho
mejor de lo que yo merecía—. ¿Estamos listos?
Asentí, rodeándola con mis brazos y encontrando su mirada. Dios,
esos ojos suyos podían calmar a la bestia que llevaba dentro en los días
más oscuros. Había algo notablemente calmante y consolador cuando te
ahogabas en sus ojos.
Veinte minutos después, estábamos de vuelta en mi auto.
—Gracias de nuevo —dijo suavemente—. Y-yo no quería decir nada
en la tienda, pero no puedo llevarme todos esos zapatos a casa.
—¿Por qué no?
—Bueno, todavía estoy en la residencia. Me mudaré pronto y explicar
a las chicas lo de los zapatos de veinte mil dólares será difícil.
—¿A qué universidad vas? —le pregunté—. ¿Aquí en la ciudad?
Sacudió la cabeza, con sus rizos dorados rebotando.
—No en la ciudad. Voy a Yale.
Mis labios se curvaron en una sonrisa.
—Una chica lista, ¿eh?
Se rio.
—No soy súper inteligente. Davina, mi amiga, es brillante y sensata.
Entré con una beca deportiva.
—¿Qué tipo de deporte?
Se encogió de hombros.
—Del tipo general.
Qué raro. Evitó los detalles y me pareció extraño que se sintiera
incómoda al compartirlo.
—¿Qué estás estudiando? —pregunté con curiosidad. Tal vez la
familia de Wynter no estaba bien económicamente y le resultaba
incómodo hablar de la beca. Por supuesto, nunca más tendría que
preocuparse por el dinero.
—Matemáticas y física.
—Y dices que no eres inteligente —me burlé—. Matemáticas y
administración de negocios fueron mis carreras, pero ni siquiera yo pude
sacar adelante la física.
Dejó escapar una carcajada, cuyo sonido resonó en el auto.
—De alguna manera lo dudo. —Me dio un golpe juguetón en el
antebrazo. La chica realmente no me temía. Me encantaba, y mientras
sonreía de felicidad, no podía apartar mis ojos de ella. Al notar mis ojos
en ella, levantó las cejas—. ¿Qué? —preguntó, con sus hermosos labios
curvados y sus ojos brillantes.
—Me gusta tu risa —admití. Y entonces decidí volver a su pregunta
original—. Te guardaré los zapatos en mi casa —le ofrecí—. Quiero ver
cómo te los pones.
Se le iluminó la cara y me pregunté cómo podría mantener todas sus
sonrisas y la atención para mí.
—¿Significa eso que puedo volver a verte? —Me miró fijamente, con
una mirada suave y esperanzada. Si ella supiera las ideas que flotaban en
mi cerebro. Quería encerrarla y tirar la llave.
—Cuenta con ello, principessa.
Porque nunca te dejaré ir.
Capítulo 8
Wynter
—Esto es hermoso —respiré, mirando el horizonte de la ciudad de
Nueva York—. Llevo cuatro años aquí y no sabía que existía esto.
Convencí a Bas para que evitara una cena en un restaurante elegante.
En su lugar, pedimos sushi para llevar en un pequeño restaurante japonés.
Él juró que tenían el mejor sushi de la ciudad. Entramos juntos en el
abarrotado restaurante, donde la gente miraba a Bas con ojos muy abiertos.
Nunca me había alegrado tanto de convencer a alguien que pidiera comida
para llevar.
De vez en cuando, me encontraba con un fanático del patinaje
artístico y se ponía incómodo. Pero esta vez, Bas se llevó todo el
espectáculo. Probablemente era conocido, teniendo en cuenta quién era.
Cuando recogimos nuestro pedido, Bas nos llevó al parque Hamilton
y ahora estábamos sentados en el capó de su Lamborghini, hombro con
hombro, con la mejor vista de la ciudad que se extendía por kilómetros
frente a nosotros. Las luces brillaban, pero el ruido de la ciudad no llegaba
hasta aquí. Había tanto silencio, que lo único que escuchaba era nuestra
respiración y el suave sonido de las olas que nos separaban de la gran
manzana.
Sacó unos palillos de la bolsa y me los dio. Busqué un poco, tratando
de averiguar la mejor manera de agarrarlos.
—¿No me digas que nunca has usado palillos antes?
Empuje mi hombro contra el suyo.
—No lo he hecho —admití—. Pero no te preocupes, aprendo rápido.
—¿Quieres que te ayude? —ofreció, mientras sacaba la comida de la
bolsa. Luego abrió la primera caja con rollos de atún.
Estaba hambrienta. Los últimos días, con todas las travesuras que
habíamos hecho, había quemado más calorías de las que consumía.
Agarrando los palillos, intenté agarrar un rollo sin que se me cayera.
Después de unos cuantos intentos, me rendí. Tenía demasiada hambre para
esto ahora mismo.
—Ah, a la mierda. —Deshaciéndome de un palillo, sostuve el otro
como un tenedor y apuñalé el rollo de sushi, luego lo recogí y lo sumergí
en la salsa de soja. Se rio cuando me metí el rollo en la boca y, al instante,
el sabor del wasabi se encendió en mi lengua—. Santa mierda —respiré,
con la nariz y la lengua ardiendo mientras buscaba la bebida.
Sus continuas carcajadas llenaron el silencioso aire nocturno,
mientras sacaba una botella de agua con gas y me la entregaba. Si no me
ardiera la lengua, me habría reído por haber conseguido agua mineral cara.
Como una borracha, le arrebaté la botella y me la llevé a los labios.
La engullí como un hombre que se muere de sed, parpadeando para
evitar las lágrimas.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—¿Qué diablos? —dije con voz áspera, dejando la botella en el
suelo—. ¿Cuánto wasabi había en esa salsa de soya?
—Debería haberte avisado —dijo, con el humor todavía en su voz—
. En ese sitio saben que me gusta extra picante, así que suelen prepararlo
así. —Sacó un pañuelo de algún sitio y me limpió los ojos—. Lo siento.
Resoplé y dejé que me limpiara las lágrimas que rodaban por mi
mejilla con su pulgar. Su toque fue gentil, casi reverente, e hizo que mi
pecho palpitara. Lo único que me hacía temblar el corazón era el patinaje
sobre hielo y sentirlo cerca de este hombre me sorprendía cada maldita
vez.
Más preocupante aún era lo mucho que me gustaba.
—No es tu culpa —murmuré, moqueando—. Solo fue inesperado. La
próxima estará bien. No dejaré que mi rollo de sushi se empape tanto en la
salsa de soya.
Bas tomó otro rollo y lo sumergió durante un segundo. Luego lo
subió, sosteniéndolo frente a mí. Me incliné hacia adelante, sosteniendo su
mirada, y cerré los labios alrededor de los palillos, luego me retiré.
—Hmmm. —Degusté el sabor—. Mucho mejor.
Los ojos de Bas se oscurecieron, su mirada se clavó en mí como si yo
fuera el mejor espectáculo que había visto. Nunca nadie me había mirado
de esa manera ni me había hecho revolotear el estómago con mariposas.
La sensación me emocionó y me asustó al mismo tiempo.
Tragué la comida, mientras las palabras de mi madre resonaban en
algún rincón de mi mente. Las palabras que solía decirnos a Juliette y a mí
durante nuestra adolescencia todo el tiempo. Hacía tiempo que no las
decía. Sin embargo, ahora gritaban en mi cerebro.
El primer amor destroza tu inocencia y acaba con tus sueños.
¿Era esa la razón por la que nunca me molestaba con los chicos? Los
chicos siempre intrigaron a Juliette, más aún después de esas palabras. No
hice caso de la advertencia porque el patinaje sobre hielo lo era todo para
mí, y eso parecía complacer enormemente a mamá.
Por supuesto, mi madre no se comportaba como las madres de
nuestras amigas. Ellas las acompañaban a las citas, educaban a sus hijas
en el sexo seguro y las ponían en control de la natalidad. La mía atiborraba
mi horario con entrenamiento y el de Juliette con ballet.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Bas, su mirada me quemaba
con su intensidad.
—Recordé algo que mi madre solía decirnos a mi prima y a mí.
—¿Qué cosa? —preguntó con curiosidad.
Era una tontería decírselo a un hombre de veintisiete años, cuya
reputación de hábil asesino y soltero codiciado le precedía. Llámenme
estúpida, pero confiaba en él y quería compartir todo lo que pudiera con
él.
—Cuando empezamos a mostrar interés por los chicos en la
secundaria, ella nos decía que el primer amor destrozaba los sueños y la
inocencia —dije, manteniendo mi voz baja.
—Bastante morboso —reflexionó.
Asentí. No le dije que la frase nunca me había sonado hasta ahora.
Porque algo de este hombre podría destrozarme. Apostaría mi vida por
ello. Lo peor de todo, es que se lo permitiría.
Tomó otro trozo de sushi y lo recibí con entusiasmo. La comida
siempre era más fácil de manejar que las discusiones profundas sobre
amor. Como renuncié a mis propios palillos, dejé que me alimentara.
—No te olvides de comer un poco. —Le recordé antes de dar un
bocado, así que él tomó el siguiente y comimos en silencio. Este momento
bajo las estrellas se quedaría conmigo para siempre. Era sencillo y
complicado. Romántico y peligroso.
Nada de eso me detuvo. Me gustaba este hombre. El borde oscuro que
lo rodeaba movía hilos que no sabía que existían y susurraba a algo en lo
más profundo de mi alma.
—¿Comes sushi a menudo? —me preguntó.
Pensé en la última vez que comí sushi. Fue con mi madre justo antes
de partir para Yale. Nos llevó a Juliette y a mí a un pequeño agujero en la
pared, pero tenían el mejor sushi de California. Al menos ella lo creía así.
Por supuesto, las tres optamos por tenedores en lugar de palillos.
Todavía recordaba ese silencio tenso, pero cómodo mientras comíamos
nuestros rollos. Supongo que todas estábamos decepcionadas ese día. Yo
esperaba que, por una vez, ella me acompañara a la Costa Este y después
a la universidad. Ella esperaba que yo eligiera una universidad en la Costa
Oeste. Juliette estaba de mi lado, solo por principio.
Suspiré.
—Mi última noche en California, antes de que Jules y yo fuéramos a
la universidad, mamá nos llevó a comer sushi —le dije en voz baja,
mirando al cielo. Ella era una buena madre. Sabía que me amaba. Tanto a
Juliette como a mí. Pero, a veces, se sentía más como una entrenadora que
como una madre. Era como si hubiera muerto junto con mi padre—. Le
decepcionó que eligiéramos Yale en lugar de una universidad de la Costa
Oeste, así que no fue la noche más agradable.
El cielo estrellado brillaba contra la oscuridad, susurrando secretos en
un idioma que nunca entendería. Y yo sabía, sin lugar a duda, que había
muchos secretos. No fue hasta hace poco que empecé a reflexionar sobre
lo que escondían mi tío y mi madre. Su negativa a venir alguna vez a
Nueva York o a la Costa Este, y todo el asunto sobre que Juliette
encontrara partidas de nacimiento con los nombres de los Cullen como
padres de ella y Killian. Nos ocultaron muchas cosas, dejándonos ciegas
sobre quiénes éramos realmente.
Lo miré para ver que me había estado observando y sonreí.
—¿Cómo terminaste tan...? —Peligroso. Pero esa no era la palabra
correcta. Los periódicos lo llamaban peligroso y despiadado. El Villainous
Kingpin. Esas tampoco eran las palabras correctas. Sin embargo, ninguna
otra encajaba mejor que esas. Así que al no saber cómo decirlo con
delicadeza, lo escupí.
—¿Cómo terminaste siendo uno de los hombres más temidos de
Nueva York?
Tenía curiosidad acerca de este hombre. Quería saberlo todo, no solo
lo que contaban los periodistas y los paparazzi.
—Siguiendo los pasos de mi padre —respondió, con la voz
ligeramente amarga.
Ladeé la cabeza pensativamente. Dudaba que hubiera una persona en
toda la Costa Este que no hubiera oído hablar de Gio DiLustro. Los
monstruos eran reales, y por todo lo que había oído, Gio DiLustro era uno
de ellos. Todo lo que tenías que hacer era buscar su nombre en Google, y
las pistas sobre su crueldad y sus crímenes estaban por todas partes. Dueño
de negocios sospechosos, muertes en su club de striptease y en sus
restaurantes.
Era un hombre del que había que mantener la distancia. Su hijo
también. Según la prensa, Basilio DiLustro no era menos despiadado ni
letal que su padre. Excepto que yo ya había caído bajo su hechizo en el
momento en el que me sorprendió escabulléndome por el balcón.
Gracias a la apariencia de Bas, los informes lo calificaban como
carismático, intrigante y uno de los solteros más codiciados. No se
equivocaban, pero tenía la sensación de que ocultaba algo mucho más
debajo de todo eso.
—No soy como los chicos de Yale —gruñó Bas, con voz grave y
oscura.
Pero mientras lo observaba, no sentí miedo. Podía sentir su oscuridad
filtrándose a través de cada palabra y mirada. La ligera necesidad posesiva
psicótica acechaba bajo cada palabra y cada mirada. De todos modos, lo
enfrenté. Me encantaba, y esa era la parte que me asustaba. La forma en
que parecía atraerme como una corriente subterránea y me tragaría por
completo.
—No lo eres —reconocí en un susurro. Nadie podía confundir a
Basilio con un chico cualquiera. Su poder y confianza rezumaban por cada
fibra de su traje de tres piezas.
—No soy un buen hombre, Wynter. —Asentí, con sus ojos oscuros y
posesivos. Cada mirada y toque de él exudaba dominio, control y poder—
. He matado a muchos.
Mi corazón martillaba contra mis costillas, amenazando con
romperse. Dios, deseaba poder decir que era por miedo. Tal vez, incluso
con el tío Liam protegiéndonos a Juliette y a mí del inframundo, fue en
vano. Habíamos nacido en él, habíamos formado parte de él sin saberlo, y
moriríamos en él.
—Lo sé —dije con voz áspera.
—¿Quieres irte? —La última oportunidad de salir. Su voz era
profunda, incluso sin emociones, como si se preparara para que yo huyera.
Negué con la cabeza como respuesta—. ¿Incluso sabiendo que he visto y
hecho algunas cosas malas? —Negué con la cabeza, así que continuó—:
¿Incluso sabiendo que tengo las manos manchadas de sangre? No voy a
pretender que soy alguien bueno y mentirte.
Mi corazón, mi alma y mi mente estaban de acuerdo aquí. Me
quedaría. Quería esto. A él. ¿Era inteligente? No, probablemente no. Pero
eso no me detendría. No cuando se trataba de todos estos nuevos
sentimientos que se hinchaban dentro de mi pecho, y apenas habíamos
comenzado.
—No voy a ir a ninguna parte —respiré.
Agarró mi nuca e inclinó mi cabeza para que lo mirara a los ojos,
nuestras narices estaban a centímetros de distancia.
—Una vez que seas mía, no te dejaré ir.
Sus palabras eran profundas. Suaves. Definitivas. Y que Dios me
ayude, sentí que ya era suya.
Mi familia no lo aprobaría. El tío no lo haría. Mi madre
definitivamente no lo haría. Ni siquiera estaba segura de que Juliette
estuviera de mi lado con esto. Y en toda mi vida, ella siempre había estado
de mi lado. Nada de eso me iba a detener.
La punta de su nariz rozó la mía.
—Tu familia probablemente conoce mi reputación —dijo.
A la mierda si me importaba en este momento. Su mano se sentía
cálida en mi piel, sus dedos firmes en mi nuca, sujetándome en su control.
Los latidos de mi corazón rebotaban erráticamente en mi pecho y la
excitación corría por mis venas. Eso era lo único que me importaba. Esto
era más fuerte que mi pasión por el patinaje sobre hielo.
—No creo que seas del todo malo —murmuré—. Hay algo bueno en
ti, Bas —susurré suavemente. Tal vez era una estúpida, pero estaba
convencida de ello. Un hombre malo no habría venido a rescatarme. Un
villano habría exigido un precio más alto para ayudarme—. Y mi familia
también lo verá.
Estaba segura de ello.
Si tan solo no se demostrara que estaba equivocada.
Compartimos sushi, agua e historias durante horas. Era, sin duda, la
mejor cita que había tenido.
—Juliette, mi prima, es un poco salvaje —le dije cuando me preguntó
por mi familia—. Solo somos ella, su hermano y yo. Su hermano se quedó
con el tío —le dije. El tío Liam y Killian eran miembros activos del
inframundo, por lo que oculté sus nombres—. Jules se quedó conmigo y
con mi madre. Así que realmente nos criamos como hermanas.
—Apuesto a que te metía en problemas todo el tiempo —reflexionó.
Parecía que leía bien a mi prima sin siquiera conocerla.
—Aquí y allá —admití con una sonrisa—. Pero ella es una de esas
personas que nunca me traicionaría. Ella siempre está a mi lado. Pase lo
que pase.
Él asintió.
—Yo también tengo algunos primos así. Es importante tener gente
que te apoye, pase lo que pase.
Algo me decía que hablaba por experiencia. Aunque, quién se
atrevería a traicionarlo o ser tan estúpido estaba más allá de mí.
—Tengo suerte de tener a Davina e Ivy, junto con Jules —le dije—.
Juliette y yo conocimos a Davina e Ivy cuando empezamos en Yale, pero
congeniamos enseguida. Ivy y Juliette eran un poco salvajes. Davina era
demasiado seria.
—El escuadrón de chicas, ¿eh? —La diversión acechaba en sus ojos,
y apostaba todo mi dinero a que había visto el vídeo de las cuatro locas
quemando la casa del ex de Davina.
—¿Vienes aquí a menudo? —le pregunté en su lugar, tratando de
cambiar de tema mientras volvía a mirar la vista. Sería mejor concentrarme
en Bas, que pensar en secretos que no podía desentrañar sobre mi tío y
Killian.
—No, no desde que tenía como cinco años.
Incliné la cabeza hacia él. Encontró mi mirada, pero había algo
vulnerable en ella que me atravesó el pecho. Sin pensarlo, mi mano se
extendió hacia su mano libre.
—¿Estás bien?
Y así como así, su expresión fue borrada de todas las emociones.
—Antes de que mi madre se fuera, me trajo aquí —dijo, con la voz
distante. Su explicación me sorprendió. Esperaba todo menos esa clase de
admisión—. Me dejó aquí y se fue con mi hermanita. Todavía era una niña.
Mi padre no toleraba la desobediencia. Ni la traición. La encontró. Ella
murió.
Las palabras no pronunciadas eran más claras que la noche del cielo
estrellado. Y un escalofrío me recorrió. Su padre había matado a su madre.
Apostaría mi vida por ello.
—¿Por qué nos trajiste aquí? —pregunté en voz baja, apretando su
mano suavemente—. ¿Quieres irte?
Se quedó en silencio por un momento, sus ojos oscuros se encontraron
con los míos. Mi corazón dolía en mi pecho por él, a pesar de que borró
cualquier rastro de vulnerabilidad en él.
—Podemos reemplazarlo por un recuerdo mejor —ofrecí
suavemente, observándolo.
La comisura de sus labios se levantó y me miró con una expresión
ensombrecida. Se sentía como mirar al sol, cegarse por su oscuridad y
amar cada segundo.
Mi pulso se aceleró. Mis mejillas se calentaron y el calor se acumuló
en la boca del estómago.
Las chicas dirían que era mi primer enamoramiento. Yo no lo creía.
Sentía que era mucho más que eso. Como si el mundo se saliera de su eje
y solo este hombre pudiera mantenerme de pie. Me habían gustado chicos
antes, incluso había tonteado un poco. Pero nunca me había parecido tan
excitante, así que terminaba antes de empezar.
Sin embargo, ahora, mientras observaba a este hombre, sabía que era
a él a quien estaba esperando. Nadie me había hecho sentir suya con una
simple mirada. Caliente por todas partes. Derribó muros invisibles dentro
de mí, me desentrañó, y luego se grabó en la médula de mis huesos.
Y ni siquiera me había besado. Aún.
Sabía que era solo cuestión de tiempo. Era parte de cada mirada que
compartíamos. Cada respiración. Cada latido del corazón.
—¿Quieres bailar? —No era una pregunta, aunque la formuló como
tal. Pero tampoco era una exigencia.
Me deslice del capó de su auto caro. Él me siguió. Sacó su teléfono,
abrió una aplicación y encendió el auto. Una música suave sonó por los
altavoces y tomó mi mano.
Durante un instante, nos quedamos uno frente al otro, con el corazón
en la mano y nuestras miradas fijas.
Dejé escapar un suspiro y di un paso más hacia él, poniéndonos frente
a frente. La forma en la que se elevaba sobre mí debía asustarme. En
cambio, este hombre hacía que algo caliente se deshiciera dentro de mí y
me sumergí en él, necesitando cada gramo de él.
Tomó mi mano entre las suyas, entrelazó nuestros dedos y
empezamos a movernos. Nuestros cuerpos bailaban, encajando
perfectamente el uno contra el otro.
Lento. Sensual. Mágico.
A través del zumbido de mis oídos llegó la letra de la canción I Found
de Amber Run.
Mis pechos rozaron su traje de tres piezas, mis pezones se tensaron.
Mi corazón se aceleraba tanto que no podía inhalar suficiente oxígeno en
mis pulmones.
Elevándose sobre mí como una nube oscura y protectora, sus ojos se
posaron en mis labios. Tragué con fuerza, pero me negué a apartar la
mirada. En cambio, me ahogué en su cálido y picante aroma, y en su oscura
mirada, embriagándome con ella. Las mariposas de mi estómago alzaron
el vuelo y un hormigueo vibraba bajo mi piel.
Nunca había deseado nada más que a él en este momento y, de alguna
manera, sabía que él podía verlo en mis ojos. O tal vez podía sentirlo.
Agachó la cabeza y acercó sus labios a los míos.
—Te encontré —susurró, con su aliento rozando mis labios.
Sin importarme las consecuencias, o quién era él, rodeé su cuello con
mis manos y cerré la pequeña brecha que nos separaba. Nuestros labios se
conectaron y los fuegos artificiales explotaron a través de cada célula de
mi cuerpo.
Besar a Basilio DiLustro fue como cometer el pecado más delicioso.
Abrí la boca y él profundizó el beso, su lengua rozó mi labio inferior
y un gemido subió por mi garganta. Mis entrañas se estremecieron con una
necesidad desconocida.
El toque de sus labios sobre los míos hizo arder cada centímetro de
mi piel. No podía respirar; era demasiado. No era suficiente. Me mareé,
perdida en su sensación. Sus labios eran suaves, mis venas ardían con algo
caliente y un dolor palpitaba entre mis muslos, que solo él podía saciar.
Besarlo era mejor que cualquier otra cosa que hubiera experimentado.
Mejor que el patinaje artístico o los saltos más altos y difíciles sobre el
hielo. Mejor que experimentar ese primer salto perfecto del cuádruple
AxeI sobre hielo o el triple Lutz.
Besar a Bas era como estar al borde de un acantilado mientras una
cálida brisa acariciaba mi rostro, viendo el mundo desplegarse ante mi. Era
eufórico.
Nada ni nadie se acercaba a esta sensación. Ni siquiera mi Lutz
cuádruple o mi voltereta cuádruple.
Capítulo 9
Basilio
La cosa más platónica que había hecho con una mujer.
Mi cuerpo cobró vida como nunca lo había hecho. El aroma de ella se
filtraba a través de mi piel y en mis pulmones. En el momento en el que
separó los labios y mi lengua acarició su labio inferior, se rindió a mí sin
pensarlo dos veces. Eso hizo que mi deseo se disparara.
Sabía a miel y a ráfagas de nieve. La combinación más extraña, pero
me encantó. Sabía bien. Como mi perfección.
Mi beso se volvió más exigente. Y mierda, a ella no parecía
importarle. Su cuerpo se apretó más contra el mío. No tenía ni puta idea
en qué momento mis manos habían viajado por su cuerpo, pero mis dedos
agarraron su culo. Con fuerza, necesitando cada centímetro de ella.
Quería reclamarla. No dejarla ir nunca.
Fue en ese mismo momento cuando me di cuenta de que si había algo
en este mundo que pudiera debilitarme, era ella. Sacrificaría todo y a todos
por ella. Para mantenerla conmigo.
Nunca la dejaría ir.
Mi beso se volvió más fuerte con esa auto-revelación. Quería que ella
sintiera el mismo hechizo que yo. Que se aferrara a mí como si lo fuera
todo. Que nunca se fuera.
Desde el momento en el que puse mis ojos en ella, algo en mí se
restableció.
Soltando su culo, subí mi mano y la introduje en sus rizos dorados y
agarré su melena suavemente. Otro gemido.
—Mírame —exigí.
Sus ojos se abrieron de golpe. El halo dorado de su cabello la hacía
parecer un ángel. Como si hubiera nacido para mí. Para ser mía.
—Ahora eres mía —murmuré contra su boca, su suave aliento
abanicando mi boca.
Ella permaneció en silencio, mirándome. Sin confirmación. Sin
negación.
Tomé su barbilla entre mis dedos. Con suavidad, pero con firmeza.
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, preocupado de que se negara.
Ella era joven. No formaba parte del Sindicato ni del inframundo. Me
negaba a perderla antes de atarla a mí.
—Wynter, no soy de los que comparten —gruñí, dejando que una
pizca de mi oscuridad se filtrara en mis palabras.
Sin embargo, el miedo no apareció en sus ojos. Sus labios se curvaron
en una sonrisa y se puso de puntillas, rozando sus labios con los míos.
—Bien. Yo tampoco —dijo, sorprendiéndome—. Seré tuya mientras
tú seas mío.
Sus ojos brillaban con promesas y un futuro que sería más feliz con
ella a mi lado.
—Tuyo —juré.
—Tuya —repitió mi promesa con su suave voz y, maldita sea, si no
se sentía como los votos pronunciados ante Dios.
Choqué mis labios con los suyos y nuestras lenguas chocaron. Quería
consumirla, saborear cada centímetro de su boca y de su cuerpo. La forma
en la que me respondía era adictiva. Me excitaba más que nunca. Su cuerpo
se fundía conmigo y sus manos apretaban mi camisa como si no pudiera
acercarme lo suficiente. Desplacé mi boca por su mandíbula, sobre la
suave piel que había debajo de su oreja.
Sus caderas chocaban contra mí, sus movimientos eran bruscos e
imprecisos. Y era la visión más erótica.
—Bas —gimió, con las mejillas teñidas de rosa.
—Eres tan jodidamente hermosa —rasgué, mordiendo su cuello.
Esperaba que dejara marcas para que el mundo las viera. Seguí chupando
la suave piel de su cuello mientras mi mano se deslizaba entre sus muslos.
—Ohhh.
Nunca pensé que un gemido tan suave y necesitado de una mujer
pudiera ponerme tan jodidamente duro. Apreté mis dedos contra su núcleo,
lo único que me separaba de su coño era el fino material de sus bragas. Y
estaba empapada.
Movió sus caderas, apretándose contra mi mano.
—Oh, Dios mío —respiró.
—Dios no, principessa —gruñí, celoso de que lo llamara a él y no a
mí—. Di mi nombre cuando te corras —le exigí, apretando más el cabello
e inclinando su cara hacia arriba para que me mirara. Para que supiera
quién le daba placer.
Sus ojos esmeralda se oscurecieron, su mirada se fijó en la mía y una
sensación de satisfacción me invadió. Su mirada se volvió pesada cuando
aumenté la presión sobre su clítoris, a través del material húmedo. Sus
labios rosados se separaron. Mientras nos mirábamos fijamente, sus
caderas chocaban con mi mano cada vez más rápido.
Gruñí mirándola, sin querer perderme el parpadeo de una sola
emoción en su rostro.
—¿Quieres correrte?
Los ojos de Wynter bajaron a mis labios mientras su lengua recorría
su labio inferior. Asintió y la besé de nuevo mientras mi otra mano seguía
descansando entre sus muslos. Aparté sus bragas y deslicé mi dedo sobre
su clítoris y ella empezó a temblar, con la respiración agitada. Acaricié sus
pliegues con mis dedos y luego introduje un dedo en su interior.
Estaba tan jodidamente apretada y no pude evitar imaginar cómo se
sentiría cuando la penetrara. Pensaba que me iba a correr en mis pantalones
aquí y ahora. Sus entrañas se apretaron con avidez alrededor de mis dedos
mientras gemía suavemente en mi boca.
Era como corromper a un ángel, pero no me sentía culpable. La guie
suavemente hacia atrás, hasta que sus piernas tocaron la parte delantera de
mi Lamborghini. La senté en el capó de mi auto y me incliné sobre ella.
Y, mientras tanto, mis dedos frotaban su clítoris y mi lengua acariciaba la
suya.
Sentí que su cuerpo se estremecía bajo el mío, que sus caderas se
levantaban para frotarse contra mí. Dios, era tan sensible. Tan jodidamente
hermosa.
Sus manos se aferraron a mis hombros y sus uñas se clavaron en mis
músculos mientras se estremecía debajo de mí.
—Bas —gimió, necesitada—. Bas. Bas. Bas.
Su cuerpo se balanceó contra mi mano y pude saborear su orgasmo
casi como si fuera el mío. Podía oler su excitación, dulce y delicioso. Sus
jugos empaparon mis dedos y me negué a dejarlos. Deslizando mi dedo
dentro y fuera de su resbaladizo coño, se retorció bajo mí.
—Mírame —le ordené y abrió los ojos para mirarme a través de los
pesados párpados.
Estaba cerca. Su hermoso rostro era tan expresivo mientras la guiaba
más y más cerca de su orgasmo. Era el primero conmigo, pero
definitivamente no el último. A partir de ese día, todos serían míos.
Estaba tan jodidamente duro, pero valía la pena ver cómo se deshacía
por mí. Los escalofríos recorrieron su cuerpo y ella jadeó, sus gemidos
aumentaron de volumen. Entrando y saliendo de sus pliegues, mientras
mantenía un dedo presionado contra su clítoris, lo froté más rápido y
empujé mis dedos con más fuerza.
Sus manos se apretaron a mi alrededor y me encantó ver cómo me
necesitaba.
Se corrió con fuerza, con su cuerpo temblando, su coño
convulsionando alrededor de mis dedos y mi nombre en sus labios. Enterró
su cabeza en el hueco de mi cuello y la paz me invadió.
Por primera vez en mi vida, saboreé la luz.
Capítulo 10
Wynter
—Me verás mañana.
La calidez llenó cada fibra de mí. Nos sentamos en su auto frente al
edificio de mi residencia. Era casi medianoche y me sentía realmente como
Cenicienta. Mi cuerpo aún zumbaba con las secuelas del orgasmo más
fuerte que había experimentado. Era mi primer orgasmo con un hombre,
así que quizás fuera por eso. Aunque no lo creía.
Su tacto abrasaba. Sus labios consumían. Y sus dedos entregaron.
Lo sentí en todas partes, aunque nuestras ropas permanecían puestas.
—¿Aún quieres verme? —Exhalé la pregunta, con la lengua
recorriendo mi labio inferior nerviosamente. Todavía podía sentir su sabor
en mis labios. Era un afrodisíaco.
Esperaba que lo llevara hasta el final después de que me corriera en
sus dedos. En lugar de eso, le vi lamerse los dedos. Y, Dios mío, fue tan
erótico que un delicioso escalofrío recorrió mi columna vertebral con
anticipación. Quería sentirlo dentro de mí. Darle mi virginidad.
Él era el que había estado esperando.
Sin embargo, en lugar de tomarme, me ayudó a bajar del capó y me
acomodó en el auto.
—Ahora eres mía —repitió su afirmación anterior. No me importaba
su posesividad, pero me confundía.
—Pero tú no... —Mi voz vaciló y mis mejillas se calentaron. Estaba
bastante segura de que mi cuerpo le mostraba claramente que lo deseaba.
No me contuve. ¿Lo hice?
Me agarró la barbilla y la sujetó entre sus dedos. Mis ojos se
encontraron con los suyos, ahogándose en su oscuridad.
—¿No hice qué? —exigió saber.
Puse los ojos en blanco.
—No intentaste acostarte conmigo —espeté, ligeramente agitada
porque me hiciera decirlo en voz alta.
Se rio suavemente, con la nuez de Adán moviéndose en su garganta,
y me pareció tan condenadamente sexy. Tuve que luchar contra el impulso
de inclinarme hacia delante y lamerle el cuello. Todo en este hombre era
atractivo.
Me tomó la mano y la colocó sobre su ingle y yo jadeé, con las
mejillas calientes. Estaba duro. Y tan condenadamente grande que no creí
que cupiera dentro de mí.
—Dime ahora que no quiero follar contigo —espetó.
Mis mejillas se sonrojaron de color carmesí y mis entrañas ardían.
—¿Entonces por qué no lo hiciste? —Exhalé la pregunta con valentía.
—Wynter Star. —Se inclinó hacia delante y me pasó la lengua por la
comisura del labio—. Cuando te folle, no será un polvo rápido en el asiento
trasero. Será en una cama, para poder abrirte bien y tomarme mi tiempo
para adorar cada centímetro de ti. —Un escalofrío recorrió mi cuerpo ante
sus palabras—. Te comeré el coño. Luego me lo follaré. Y me vas a montar
toda la puta noche. —Mi boca se abrió y mis ojos se abrieron de par en
par—. Quiero tus labios, tu coño y tu cuerpo porque quieres darlo, Wynter.
No porque quieras pagar una deuda.
Algo caliente ardía en lo más profundo de mi ser, provocando un
dolor sordo entre mis muslos.
—Mierda —murmuré, con todo mi cuerpo encendido. Casi estuve
tentada de rogarle que me llevara a su casa esta noche—. Te invitaría a
empezar esta noche —dije, tratando de resultar seductora, pero mi voz era
demasiado gutural. Estaba recubierta de una lujuria espesa y profunda que
sentía en la boca del estómago—. Pero tengo compañeras de piso.
—¿Nos vemos mañana? —volvió a preguntar, con su propia voz más
grave que de costumbre y sus ojos ardiendo con oscuras llamas que sentí
dentro de mí.
No había nada ni nadie que me impidiera verlo.
—De acuerdo —respiré—. Tengo clase de ballet con Madame Sylvie
mañana por la tarde. ¿Después?
Asintió sin demora.
—Mándame un mensaje con la dirección y la hora.
Salió del auto y se acercó para abrirme la puerta. Para ser un mafioso,
era todo un caballero. La parte romántica de mí, que permanecía dormida
hasta que conocí a este tipo, se sintió vertiginosa.
Agarré su mano, me levanté y él me empujó contra su alto y duro
cuerpo. Antes de que pudiera saborear sus fuertes brazos alrededor de mí,
me agarró por la nuca y apretó sus labios en un beso que me consumió.
Un beso de esos que hacían doblar los dedos de los pies.
Era el beso sobre el que se escribían canciones. El tipo de beso que te
cambiaba para siempre.
Capítulo 11
Basilio
Atravesé la entrada de mi casa un poco después de las dos de la
madrugada. Después de dejar a Wynter en Yale, me dirigí a toda velocidad
por la oscura carretera de vuelta a Nueva York.
Su olor aún permanecía en el auto. Era como una droga para mí.
Intoxicante y, al mismo tiempo, relajante. Nunca pensé que hubiera luz en
mi vida. Todo lo que había conocido era la penetrante oscuridad, la
crueldad que rodeaba al mundo del Sindicato. Cada Kingpin era conocido
por ello, y yo no era diferente.
Desde muy joven, luchaba para no convertirme en él. Mi padre. Su
sangre era mi sangre. Sus monstruos eran mis monstruos. Nuestra crueldad
era como un veneno. Corría por nuestras venas hasta infectar el corazón.
Más monstruo que hombre. Era lo que la gente susurraba a mis
espaldas. A espaldas de todos los DiLustro.
Sin embargo, en presencia de Wynter, todo lo que sentía era el calor
del sol. Incluso bajo el cielo nocturno, juré que su halo dorado proyectaba
sol.
—¿Qué haces todavía levantado? —pregunté cuando vi a Dante con
los pies sobre la mesa de café, mirando el béisbol.
Miró por encima del hombro.
—Viendo a los Yankees perder contra los Cubs.
Me burlé.
—Ya quisieras.
Se acercó a la mesa auxiliar, agarró un papel y me lo lanzó.
—Escritura para el Eastside —replicó, sus ojos de nuevo en la
pantalla—. Apareció tu maldito padre.
Mis hombros se tensaron. Se suponía que no debía entrar en ese club.
¡Mierda! Odiaba a ese jodido cabrón entrometido. Estaba tan paranoico
con la idea de que todo el mundo, incluida su propia familia, lo derrocaría
y acabaría con la patética vida que tenía. Por supuesto, no se equivocaba
cuando se trataba de su familia. Lo odiábamos a muerte, yo sobre todo.
—No te preocupes; Liam en realidad le hizo creer que ya habías
recogido la escritura.
—¿Por qué?
—Supongo que nos odia menos que a él —murmuró. Agarré una
botella de agua y me senté a su lado, estirando las piernas—. ¿Estabas por
ahí mojando la polla?
No me molesté en contestarle. No quería hablar de Wynter. Ella no
era como otras mujeres. Todo lo que pasara entre ella y yo era solo para
que lo supiéramos los dos. Ella era solo mía.
—Así que la rubia es para ti, ¿eh? —preguntó Dante cuando me quedé
callado.
—Sí.
Wynter no era objeto de discusión, independientemente de que no
había habido nada que le ocultara a Dante, a su hermano Priest o a mi
hermana. Los cuatro éramos la única familia con la que contaba, a pesar
de la distancia. Emory se quedaba en Las Vegas, tan lejos de nuestro padre
y de nuestro tío, Priest gobernaba Filadelfia y Dante Chicago.
Todos odiábamos a nuestros padres. Sus formas sádicas. Y, sobre
todo, odiábamos saber que nos convertiríamos en ellos. Aunque Gio, mi
propio padre, ganó el primer lugar en crueldad. Al menos la crueldad de
mi tío no se extendía a su familia. La de mi padre sí.
Durante un tiempo, temí que ya me había convertido en él. Hasta el
día en el que Wynter cayó en mis brazos. Literalmente. La forma en que
me miró insufló esperanza y luz en mi alma. Cursi, sí. Pero demonios, la
forma en que me hacía sentir era intensa. Posesivo. Era la primera mujer
que me hacía sentir.
Tomé un trago de agua, con el aroma de la excitación de Wynter
todavía en mis dedos. Casi no quería ducharme, para poder mantener su
aroma en mí.
Mañana, me tranquilicé. Mañana la volvería a ver.
—¿Recogiste el comentario de Liam de ayer? —le pregunté a Dante,
dejando de lado el tema de Wynter.
Antes que Liam entregara la escritura del Eastside Club, nos reunimos
con él en su edificio de oficinas. Había conseguido parte de la propiedad
que yo tenía en el lado oeste a cambio del club. Desgraciadamente, mi
padre llegó y puso las cosas más tensas de lo normal. Liam lo odiaba a
muerte, y su comentario sobre padre aludía al pasado.
Fuiste tú quien empezó este lío entre nuestras familias. Esas fueron
sus palabras exactas. Los DiLustros y los Brennan nunca se llevaron bien,
pero nunca oí que mi padre lo hubiera empezado.
—¿Cuál? —se rio Dante—. Tu padre y Liam se comportaron como si
estuvieran preparados para una batalla. Tuvimos suerte de que no sacaran
las armas.
Tenía razón. Esos dos se odiaban mutuamente desde que tenía uso de
razón. Ni siquiera se molestaron en ocultar su animosidad.
—Liam llamando a mi padre para comenzar esta guerra. —Había
permanecido en el fondo de mi mente desde entonces. Liam Brennan era
nuestro enemigo, pero era un hombre justo. A diferencia de mi propio
padre.
La mirada seca de Dante se dirigió hacia mí.
—Probablemente estén guardando algún secreto. Preocupados por
mostrarnos sus verdaderos colores. —El aliento sardónico me abandonó.
Era demasiado tarde para eso. Había visto los verdaderos colores de mi
padre cuando tenía cinco años y mató a mi madre delante de mí—. Si
tuviera que adivinar, diría que el comentario de Liam probablemente tenía
algo que ver con el hecho de que Gio había disparado a la hermana de
Brennan.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Gio le disparó a la hermana de Liam —explicó Dante.
—No, no lo sabía. —Apenas había información sobre la hermana de
Liam. No hay fotos. Killian era su hijo adoptivo, pero incluso su
información era difícil de conseguir—. ¿Cómo lo sabes?
Dante se encogió de hombros.
—Priest. Ya sabes que le gusta desenterrar cosas. Además, escuchó
la conversación de papá con el tío Gio. Gio no quería apoyar tu trato con
Brennan y se debatió en arrastrarlo frente al Sindicato. —Mierda, eso
habría sido arriesgado. Especialmente con los miembros más antiguos, ya
que estaban atascados en sus costumbres—. El odio de tu padre hacia los
Brennan va más allá de la rivalidad normal. Pero papá lo convenció para
que lo aceptara y acabara con todo el asunto de disparar a la hermana de
Liam.
¡Jesús!
—¿Por casualidad, Priest escuchó por qué le dispararía a una mujer?
—pregunté. Independientemente de que fuera una Brennan, era una mujer.
Matar mujeres y niños estaba mal visto. No, a menos que hayan hecho algo
que nos comprometa. Dante negó con la cabeza—. Por supuesto que no.
No sería tan fácil.
—Si tuviera que adivinar, tendría que ser por el poder —especuló
Dante—. Es lo único que le importa.
Nuestros padres todavía dirigían el Sindicato, pero solo de nombre.
Durante los últimos ocho años, Dante, Priest y yo habíamos trabajado para
aumentar nuestra influencia, poder y riqueza. Incluso Emory. Durante los
últimos tres años, ella gobernó Las Vegas, construyendo el poder del
Sindicato ahí. En el mundo de mi padre, era hundirse o nadar. Y él le aplicó
eso a mi hermana también. La protegía tanto como podía, pero no era
suficiente. Tenía que ser fuerte y despiadada. Así que la ayudé a
convertirse en eso, con la ayuda de Dante y Priest, y ella superó nuestras
expectativas.
Me hizo sentir muy orgulloso. A pesar de lo que nuestro padre le hizo,
ella salió adelante. Algún día pagaría por lo que le había hecho. Se lo juré
a ella, y había estado trabajando para arañar lentamente las cosas que más
le importaban.
El poder. El dinero. Conexiones.
Nuestro poder y riqueza ahora superaba a la de nuestros padres por
diez veces. Por desgracia, en nuestros círculos se seguía cierta jerarquía y
patriarcado. Y matar a tu propio padre estaba mal visto. Muy mal visto.
Así que seguí buscando otras opciones. No estaba más allá de contratar a
un asesino, el problema era encontrar a alguien en quien confiar para que
no se volviera en mi contra.
—¿Cómo murió la hermana de Liam? —le pregunté.
—Tuve curiosidad y lo busqué —murmuró Dante y, por el tono de su
voz, supe que no me iba a gustar lo que iba a suceder—. Murió tras recibir
un disparo. Su hijo no nacido tampoco sobrevivió.
—Mierda —murmuré.
—Sin embargo, es extraño —continuó Dante, con la voz baja, como
si tratara de dar respeto a la mujer que nunca conocimos—. No se
mencionó que le hubieran disparado ni nada por el estilo. Según la
documentación oficial, su muerte fue un accidente. Ni una sola foto de ella
en ningún sitio. Uno pensaría que Liam habría ido con toda su fuerza a
encerrar a Gio. Si Priest no me hubiera contado la conversación entre su
padre y el mío, no lo habríamos sabido. No hay rastros de ella en ninguna
parte de la web.
—Brennan debería haberlo matado —refunfuñé.
Nos habría ahorrado a todos tantos años de brutalidad y dolor. A mi
madre. A mi hermana menor. Era la razón por la que mi madre se había
ido. No pudo soportarlo. Más aún porque no quería ver a su hijo
convertirse en un monstruo como su padre. Así que tomó a Emory y huyó.
Como un ladrón en la noche, se fue, excepto que no era de noche. Era
pleno día cuando me dejó en el parque y me dejó allí. Una ventaja que no
la salvó. Mi padre la encontró y la mató, luego trajo a mi hermana pequeña.
Debería haber sabido que una ventaja no habría importado. No había
forma de esconderse de él. Ningún lugar a donde correr para que él no la
encontrara.
Sin embargo, tenía razón al preocuparse por mí, porque me había
vuelto igual que mi padre. Maté a mi primer hombre a los doce años. Y
todavía recordaba esa primera muerte. La forma en que la sangre caliente
y pegajosa manchó mis manos, el olor a cobre y orina mezclado con el
sonido de los gritos del hombre en el sótano húmedo. Los puños, los
cuchillos y las duras palabras de mi padre me convirtieron en un monstruo.
El poder no ofrece piedad, solo brutalidad. Ese había sido mi cuento
para dormir desde la muerte de mi madre.
Mirando la repetición del partido de béisbol, tanto Dante como yo,
perdidos en nuestros pensamientos, los fantasmas venían persiguiendo,
acechando en la oscuridad de nuestras mentes. Excepto que yo vi la luz en
la forma de una mujer joven.
La luz de Wynter brillaba en mi oscuridad, más que la luna en el cielo
nocturno. Y la mantendría así. Nunca dejaría que nadie apagara esa luz. Si
lo intentaran, se ganarían mi ira, y no dudaría en usar la brutalidad que me
habían enseñado.
Y lo más importante, mantendría a Wynter lejos de mi padre a toda
costa. Destruía todo lo que tocaba, las mujeres jóvenes en particular.
Pensaba que solo servían para follar y romper. Si alguna vez se atrevía a
tocarla, lo mataría. Mis manos se cerraron en puños apretados con ganas
de cortarlo pedazo a pedazo, de matarlo, sin importar las consecuencias.
—Sabes que uno de estos días tendremos que matarlo. —Era la
primera vez que pronunciaba esas palabras en voz alta.
Dante se encontró con mi mirada.
—No traigas a tu mujer cerca de él —advirtió, reflejando exactamente
mis pensamientos—. ¿Por qué crees que evito la idea del compromiso?
Lo sabía. Hasta Wynter, era exactamente lo que sentía sobre los
compromisos y el matrimonio. Cuando cayó en mis brazos hace tres
meses, algo hizo clic en mi pecho. Aun así, la dejé alejarse de mí. Pero
luego la vida la arrojó de nuevo a mis brazos.
Tenía que significar algo. Que era mía para conservarla.
Me levanté y salí de la habitación con los fantasmas en la cola.
—Me voy a duchar y luego a las sábanas. Deberías intentar descansar
un poco.
Ninguno de los dos dormía mucho. Supongo que era el resultado de
años de entrenamiento.
Mientras me preparaba para la ducha, esos viejos fantasmas me
llamaron, y mi mente vagó hacia el pasado, que nunca visitaba de buena
gana.
Vi a mi madre salir corriendo con la pequeña Emory en brazos,
llorando. Todavía era un bebé y lloraba mucho. Necesitaba mucha
atención, pero me parecía bien. Siempre y cuando mi madre me
mantuviera con ella. A veces, me enviaba con papá a su club. No me
gustaba.
De pie en el parque lleno de felicidad y risas, lo único que sentía era
mi corazón acelerado. Esperaba que se diera la vuelta. Nunca lo hizo. Ni
una maldita vez.
Los minutos se convirtieron en horas. Los desconocidos me lanzaban
miradas curiosas. También lo hicieron los otros niños, pero yo no me moví
de mi sitio, mirando fijamente en la dirección en la que se había ido mi
madre.
—Volverá —susurré en voz baja—. Volverá por mí. Me ama.
Me picaban los ojos, me palpitaba la cabeza y se me secaba la boca.
El aire húmedo de agosto me dificultaba la respiración. Hacía calor,
mi frente estaba pegajosa. Mi estómago rugía de hambre. Pero no me
moví. Me negué. Necesitaba estar aquí cuando ella volviera. Un momento
y podría echarla de menos.
Tardé años en comprender que ella no soportaba mirarme. Veía a mi
padre cada vez que sus ojos se posaban en mí y llevándome con ella, habría
sido su recuerdo de lo que soportaba con él cada maldito día.
Una sombra oscura se cernió sobre mí, y lentamente levanté la vista
para encontrar el rostro furioso de mi padre mirándome.
—¿Dónde está tu madre? —me gritó.
Parpadeé mirando a mi padre, sin tener la respuesta para él. Parecía
algo borroso, así que volví a parpadear.
Me agarró por el cuello y me sacó de allí. Como si yo fuera un pedazo
de basura. Una vez que llegamos a su auto, me sacudió y me metió en el
auto.
—¡Deja de llorar o te daré algo por lo que llorar!
Por alguna estúpida razón, el niño de cinco años que había en mí,
notó que no me había puesto en el asiento del auto. Mamá siempre me
ponía en el asiento del auto.
Mi padre se puso al volante y pisó el acelerador con tanta fuerza que
salí volando de mi asiento y mi frente golpeó el respaldo del asiento
delantero. Me costó levantarme, luego volví a subirme al asiento y alcancé
el cinturón de seguridad y tiré de él sobre mi pecho para abrocharlo.
No tenía idea de cuánto tiempo habíamos conducido. Mi padre ladró
varias veces para que me detuviera, pero yo no estaba seguro de qué
parar. Mis ojos seguían los autos y edificios que pasaban, y luego la
autopista. El viaje duró demasiado y no lo suficiente. Mi estómago se
revolvió, amenazando con vaciar el contenido; pero, en el fondo, sabía
que eso me ganaría una paliza.
Mamá no estaba aquí para detenerlo.
El auto se detuvo de repente. Antes de que pudiera parpadear, la
puerta del auto se abrió, y papá me golpeó con fuerza en la cara.
—¡Deja de llorar!
Me agarró por la camisa, mirándome con desprecio; pero creo que
seguí llorando porque me golpeó aún más fuerte.
—Vamos —ordenó, tirando de mí por el brazo. El vecindario era
áspero, las miradas lanzadas en nuestra dirección fueron rápidamente
evitadas.
—Esa puta cree que puede huir de mí —siseó, con el rostro retorcido
por la rabia—. Llevándose a mi hija. —Me agarró el brazo con más
fuerza, tirando de mí. Me dolía el hombro, sus dedos se clavaban en mis
brazos; pero no me atreví a hacer ningún ruido.
Llegamos a una puerta de aspecto raído, por la que sonaba el
familiar llanto de un bebé. Papá no se molestó en llamar. Abrió la puerta
de una patada y unos familiares ojos marrones oscuros llenos de miedo
nos encontraron a papá y a mí.
Los gritos llenaron el pequeño y sucio espacio. El cuerpo de mi padre
chocó con el de mi madre y el tono de sus gritos subió unos cuantos
grados. También lo hicieron los de mi hermanita. Corrí hacia ella, la
levanté del suelo y la senté en mi regazo. Tal y como me enseñó mi madre.
Era la única forma en la que me dejaba agarrarla y, mientras sus gritos
arreciaban, yo me esforzaba por calmarla.
Observé con los pulmones apretados cómo papá volvía a golpear a
mamá.
—Para —le grité, con la voz temblorosa—. Para, papá. Por favor.
Su rostro se transformó en una máscara fea y aterradora cuando su
ira se dirigió hacia mí. Me preparé porque sabía que se avecinaba otro
golpe. Moví mi cuerpo y protegí a mi hermanita en mi regazo, justo
cuando mi padre me dio un revés. Su palma conectó con mi mejilla
derecha, la sensación de ardor fue instantánea y las lágrimas picaron mis
ojos.
Entonces su atención volvió a mi madre, mientras sacaba un cuchillo
y lo agarraba con fuerza. Observé con horror cómo daba dos zancadas y
le cortaba la garganta antes que ella tuviera siquiera la oportunidad de
abrir la boca y suplicar por su vida.
Me quedé helado, viendo a mi madre gorgotear, ahogándose en su
propia sangre y con los ojos muy abiertos por el terror. Jadeó, con la
desesperación en sus ojos mientras me miraba. No, a mí no... a mi
hermanita. Mi padre la empujó al suelo y la sangre se acumuló
rápidamente a su alrededor, cada segundo la alejaba más y más de mí.
De nosotros.
El olor a cobre se mezclaba con el perfume de mamá y perfumaba el
aire. Vi cómo la luz apagaba lentamente sus ojos marrones oscuros,
dejando un horror congelado en su rostro. Triste y solitaria, asustada,
mirándome fijamente.
Excepto que ella no me veía.
Era el primer cadáver que veía y no el último.
Con el tiempo, supe que mi padre había instalado un chip en mi madre
que le permitía rastrearla. Estaba condenada desde el principio.
Ese mismo día, después de haber dormido pocas horas, recibí un
mensaje de mi padre. Quería vernos a Dante y a mí.
Qué mal momento, refunfuñé en silencio.
Esperaba que después de todo el calvario de El Lado Este, no hubiera
necesidad de verlo. Al menos durante unas semanas más.
Dante me dirigió una mirada interrogativa.
—¿Por qué coño quiere verme?
Hice una mueca.
—¿Quieres que le transmita ese mensaje?
Se burló, aunque parecía haberse tragado un trago amargo.
—No. Todos sabemos lo mucho que le gusta que lo interroguen. —
Su voz contenía sarcasmo al hacer su comentario—. Debería haberme ido
anoche, ahora tengo que hablar con él antes de ir al aeropuerto.
—Estoy seguro de que tu avión no saldrá sin ti —repliqué
secamente—. Vamos para que puedas volver a Chicago.
Cuando llegamos frente a la mansión de la Quinta Avenida, tuve que
luchar contra el impulso de quemar todo el maldito edificio hasta
convertirlo en cenizas. Odiaba este maldito lugar. Odiaba a mi maldito
padre. Y, sobre todo, odiaba la oscuridad que prosperaba en los recuerdos
que este lugar evocaba.
Aparcando mi auto al pie de las escaleras que conducían a las puertas
dobles, tal y como odiaba mi padre, Dante y yo salimos del auto y nos
dirigimos a las escaleras. Este lugar estaba mejor asegurado que la Casa
Blanca. Había cámaras de alta tecnología por todas partes, y guardias.
Nos encontramos con Thalia, la hija de Emilia y la mujer que mi padre
compró a Benito King en la subasta de “Bellas y Mafiosos” hace unos
cinco años.
Se quedó en el vestíbulo, mirando la salida con anhelo. Mierda, quería
sacarla de este infierno. Tenía la cara manchada de lágrimas y un moretón
negro le marcaba todo el lado de la cara derecha.
Gimió al vernos, dando un paso atrás. Tanto Dante como yo nos
quedamos quietos.
—Mierda —murmuró él.
No tenía buen aspecto. Probablemente la razón por la que se había
pegado al interior de la casa. Esperando a que se le quitaran los moretones
antes de mostrar su cara en público.
La rabia me llenó ante la brutalidad de mi propio padre. Una cosa era
golpear a los hombres y torturar a los traidores. Otra cosa era abusar de los
inocentes que no podían defenderse. Mi padre era diez veces más fuerte
que Thalia, incluso a su edad.
Y Thalia solo tenía veinticinco años. Ella no había hecho nada para
merecer esto.
Acabaría matándola uno de estos días, al que a la hermana de
Brennan. No era de extrañar que Liam nos odiara a muerte.
—Thalia, deberías dejar que te ayudemos —susurré en voz tan baja
que solo ella y Dante podían oír.
Ella negó con la cabeza.
—Él mataría a mi madre.
Apreté la mandíbula. Thalia se preocupaba por su madre y esa maldita
zorra solo pensaba en sí misma.
Mi teléfono zumbó y deslicé el mensaje para abrirlo sin comprobar
de quién era.
Wynter: *Lo siento mucho. Tengo que salir de la ciudad.
¿Podemos vernos cuando vuelva?*
Yo: *No tardes mucho*.
Solo había pasado menos de medio día y ya la echaba de menos.
Quería tenerla conmigo en todo momento. Aunque una parte de mí sabía
que eso no sería posible. No con mi padre cerca.
Con el sonido de unos pasos que eran inconfundiblemente los de mi
padre, volví a meter el teléfono en el bolsillo mientras Thalia se alejaba
rápidamente. Probablemente quería estar en cualquier sitio menos donde
estaba mi padre. No es que pudiera culparla.
—Ah, aquí estás. —Su voz retumbó en el gran vestíbulo. Realmente
no estaba de humor para hablar con él. El odio que sentía hacia él, era
profundo y nunca se aliviaría. No hasta su último aliento.
Se acercó a nosotros, vestido con su traje de tres piezas, sin arma.
Parecía tan seguro de sí mismo que creía que no la necesitaba. Sería muy
fácil sacar mi arma y dispararle. Excepto que sabía que su señal de
vigilancia iba directamente al Sindicato. Maldito bastardo enfermo.
Mientras él vagaba por su casa sin armas, yo siempre llevaba mi
pistola. Cuando dormía, estaba en mi mesita de noche o bajo mi almohada.
Nunca se sabía cuándo iba a llegar el ataque.
—Querías vernos —le dije fríamente.
—Sí, vamos a mi despacho. —Se dio la vuelta y se dirigió a los
pasillos, que llevaban a la parte trasera de la casa. Esperaba que lo
siguiéramos como perros y yo lo odiaba tan jodidamente.
Dante y yo compartimos una breve mirada, pero no dijimos nada.
Sabíamos que no debíamos decir nada delante de él.
Una vez en su despacho, cerré la puerta tras de mí y me metí las dos
manos en los bolsillos del traje. Así era más fácil ocultar las ganas de
golpear a mi padre. Me apoyé en la repisa de mármol de la chimenea,
manteniendo la compostura relajada y la expresión aburrida.
Dante hizo lo mismo, excepto que se sentó y apoyó el tobillo en la
rodilla mientras se recostaba en su silla con una expresión igualmente
aburrida.
Mi padre estaba sentado detrás de su escritorio y sus ojos se movían
entre los dos. Le gustaba mostrar su poder, además de ejercerlo. Aunque
estaba demasiado ciego para ver que se le escapaba lentamente de las
manos. Era demasiado arrogante, demasiado seguro de ser invencible.
Ni Dante ni yo rompimos el silencio. Quería vernos retorcer, pero ya
no éramos niños pequeños. Habíamos hecho y visto nuestra cuota de
brutalidad y el silencio no nos molestaba en lo más mínimo. Salvo que me
permitiera contemplar unas cuantas formas más creativas de matarlo.
Sostuve su expresión, ocultando todos mis planes y mi agitación en
el fondo, donde él nunca lo vería. Después de todo, tuve dos décadas para
perfeccionarlo. A mi viejo le gustaba burlarse, y yo no le daría esa
satisfacción.
—Los rusos atacaron a Brennan. —Mi padre rompió finalmente el
silencio, con una sonrisa benévola en los labios—. Creen que tiene algo de
ellos.
—¿Qué es eso? —pregunté, ocultando mi curiosidad tras un tono
aburrido.
—Una mujer —murmuró con una expresión oscura.
Una mujer sería la perdición de mi padre. Lástima que no pudiera
llegar ya.
—Seguro que Brennan tiene muchas mujeres a su disposición —dije
encogiéndome de hombros—. ¿Tenemos alguna en concreto?
—Es la bisnieta de un poderoso Pakhan —refunfuñó, con amargura
en su voz—. Se supone que tanto su madre como su hija están muertas. —
Dante y yo compartimos una mirada, pero ninguno de los dos pronunció
una palabra. Era mejor no dejar que papá supiera nada—. El rumor es que
tanto la madre como la hija están vivas y se esconden del inframundo. El
Pakhan quiere recuperarlas.
—¿Por qué parece que quieres encontrarlas antes que el Pakhan? —
pregunté secamente.
—Nos daría una ventaja —dijo, con la expresión cruel y oscura que
he llegado a conocer bien acechando en sus ojos—. No solo sobre los
rusos, sino también sobre los irlandeses.
Dios, me pone enfermo. Mis dedos se crisparon, la necesidad de sacar
mi pistola y meterle una bala entre los ojos era tan fuerte que mis músculos
rebosaban tensión. Si encontrábamos a las princesas perdidas de la mafia
rusa, me aseguraría que desaparecieran antes de que él les pusiera las
manos encima. No repetiría el mismo error que con Thalia. Si ella me
dejaba ayudarla, también la haría desaparecer.
—¿Cómo se llama la niña? —pregunté—. ¿Qué edad tiene la chica?
—Tendrá unos veinte años —dijo papá—. Su madre era un buen
pedazo de culo. Estoy seguro que su hija también lo es. Está en sus putos
genes.
Mis manos se cerraron en un puño, la culpa de hace mucho tiempo se
me agolpó en la boca del estómago. No salvé a mi propia madre, tal vez
podría salvar a esta mujer y a su hija. Al menos de mi viejo.
—Brennan ni los rusos son de nuestra incumbencia —le dije—. Si
encontramos o escuchamos algo, seguiremos la pista.
Pero solo para asegurarla lejos del maldito. Se me revolvió el
estómago al pensar lo que mi padre les haría a las mujeres. Lo que le hizo
a Thalia. Ese temido miedo a que las palabras de mi madre se convirtieran
en verdad, siempre acechaba en lo más profundo de mi mente. Sí, la
crueldad corría por mis venas. Estaba metida en mí, pero era donde ponía
el límite. No dañaría a una mujer inocente. Crúzame y te haré pagar.
—Este es el momento débil de Brennan —protestó mi padre. Siempre
quería pasar al modo de ataque con los Brennan—. Podríamos borrarlo a
él y a su miserable familia de la faz del planeta.
Me sorprendió que Brennan permitiera a los rusos volver a la ciudad
si en realidad su hermana y su sobrina estaban vivas. En los últimos veinte
años, los rusos atacaban aquí y allá, pero siempre era algo esporádico. No
tenían presencia en Nueva York. No desde hacía algunos años. Hasta hace
unos tres meses. Por toda la información que tenía, se peleaban con los
rusos peor que con DiLustros y él nos odiaba a muerte.
—No es un buen momento. —Sin mencionar que me dio la mano y
le di mi palabra que tendríamos paz. Me negaba a romperla.
—Deberíamos aprovechar la oportunidad y atacar a Brennan —
continuó mi padre con obstinación. La alerta se disparó en mi columna
vertebral, pero mantuve mi expresión inmóvil—. No puede luchar contra
nosotros dos. Deberíamos atacarlo en su punto más débil.
Dejó que su rabia o sus celos, o la maldita venganza personal que
tenía con los Brennan, dictaran su comportamiento. Lo hizo estúpido e
imprudente. Pero que me condenen si voy en contra de mi palabra. Mi
promesa a Liam Brennan era que me mantendría en el lado este, siempre
y cuando él se mantuviera en el lado oeste de la ciudad de Nueva York.
No tenía intención de romper mi acuerdo.
—Brennan tiene alianzas —le dije con calma—. Con Cassio King y
su banda. Buscar pelea con él significa ir contra todos ellos.
Padre agitó la mano como si nada.
—Tenemos a Chicago, Filadelfia y Las Vegas para apoyarnos.
Apreté la mandíbula con fuerza. No había nada que quisiera hacer
más que acercarme a él a grandes zancadas y rodear su garganta con mi
mano, y luego ver cómo se extinguía esa luz cruel de sus ojos. Igual que
la apagó en los ojos de mi madre cuando la degolló.
Pero el Sindicato nunca aceptaría el parricidio. Si permitían que un
hombre matara a su padre, entonces otros le seguirían.
—Y Brennan tiene a Cassio King y su banda —repetí—. Esa banda
es mucho más grande.
—Tenemos al Sindicato —replicó, golpeando el puño sobre la mesa
e ignorando la razón. Al bastardo nunca le gustaba atender a la razón—.
¿Qué dices, Dante? —preguntó a mi primo, sonriendo con una mueca de
autosatisfacción.
—Somos fuertes —respondió Dante con diplomacia, dedicándole una
sonrisa tensa—. Aunque actualmente estamos luchando contra La Unione
Corse en Filadelfia y contra los canadienses en Chicago. Alessio Russo,
que también es muy amigo de Cassio King, también nos tiene en el punto
de mira. Sería difícil apoyar otra pelea.
La Unione Corse era una mafia corsa. Su hogar y principal operación
estaba en Córcega y Marsella, pero también tenían presencia en Estados
Unidos. Llevaban años intentando expandirse, y gracias a Priest y a
nuestros esfuerzos no lo consiguieron.
En resumen, Dante y Priest tenían las manos llenas sin añadir otro lío
que pudiera evitarse.
—Necesitamos que los Brennan se vayan —dijo con voz extraña, y
cada fibra de mí se puso en alerta—. Han sido una espina en nuestro
costado durante demasiado tiempo.
Entornó los ojos hacia mí y mis músculos se tensaron. A decir verdad,
rara vez pensaba en los Brennan. No me molestaban. Había muchos tratos
para dividirlo en veinte partes. Liam se dedicaba principalmente a sus
cosas y nosotros a las nuestras. Excepto cuando mi puto padre intentaba
atizar al oso.
Me obligué a relajarme. Empecé a pensar que sería inevitable que un
día matara a mi propio padre, pero no podía ser hoy. No en su propia casa.
Tendría que matar a toda su tripulación, y eso sería difícil de ocultar.
—Si los rusos ya lo están atacando, ¿por qué no dejarlo pasar? —
pregunté en cambio, con una sonrisa fría—. Que acaben con él.
Lo miré fijamente a los ojos, insistiendo en el punto. Me picaba la
mano para sacar mi arma, pero me obligué a permanecer inmóvil.
Él estrechó sus ojos hacia mí, y luego hacia Dante. ¿Se daba cuenta
de que todos lo odiábamos? No lo creía. Dante era tan bueno como yo para
ocultar sus emociones. La crueldad corría por las venas de DiLustro y
llegaba directamente a nuestros corazones.
Entonces, como si nos hubiera imaginado, papá se rio.
—Tienes razón, hijo. Dejaremos que los rusos acaben con él. —
Entonces me dio esa sonrisa que conocía tan bien. La que hablaba del
infierno—. Ahora háblame de esa chica de la que me habla Emilia.
La ira me invadió. Forcé mi cuerpo a permanecer inmóvil o
arriesgarme a volar sobre su escritorio y matarlo. Emilia se lo había
contado. Ella pagaría por eso.
—Solo una chica que me encontré en un club. Ella no es nadie. —
Ella lo es todo. Pero ese sentimiento permanecería enterrado en lo más
profundo para que él nunca lo viera.
Revolvió algunos papeles en su escritorio, aparentemente
desinteresado; pero yo lo conocía mejor que eso. Esperó a que me deslizara
y le diera más información porque Emilia no tenía ninguna. Era la única
explicación de que supiera lo de Wynter. Esa zorra probablemente
esperaba ganar algunos puntos con el cabrón.
—Solo recuerda, Basilio —dijo, levantando los ojos y estrechándolos
sobre mí—. Las mujeres solo sirven para follar. No olvides lo que le pasó
a tu madre.
La rabia se cocinó a fuego lento bajo mi piel y la niebla roja empañó
mi visión. Estaba listo para abalanzarme sobre él y estrangularlo con mis
propias manos, cuando la voz de Dante se hizo presente.
—Lo sabemos, tío. Nos has enseñado bien.
Demasiado jodidamente bien.
Capítulo 12
Basilio
La frustración me arañaba el pecho.
Habían pasado varios días y mi padre no había aflojado. ¡Maldita
Emilia! Tenía que abrir la boca y cotorrear sobre Wynter con mi padre.
Así que ahora, encima de montar mi culo por los putos Brennan y borrarlos
de la existencia, también había montado mi culo por Wynter. Quería saber
quién era ella.
Preferiría cortarme la polla antes que hablarle de ella.
Nunca me había alegrado tanto de que ese cártel viniera de visita,
interrumpiendo el interrogatorio de papá.
Maldita Emilia.
Al parecer, necesitaba que le recordaran quién coño era yo. Justo
después de esto, iría a darle una lección a la celosa mujer. Era una perra
codiciosa y hambrienta de poder. Si había una cosa que mi padre me
inculcó, era que el perdón te hacía parecer débil.
Así que después de esta reunión, me aseguraría de hacerle una visita.
Y si le pasaba algo a Wynter, la haría pedazos.
El ambiente en la sala era tenso. Nos reunimos con el cártel en uno de
nuestros almacenes que también tenía una sala de conferencias para las
reuniones con los miembros de mayor rango. Prefería no llevarlos a mis
establecimientos, y mi padre me dejaba bastante libertad en cuanto a las
reuniones.
Me senté en mi silla y crují mis nudillos. Debería estar concentrado
en la situación de la sala, pero solo podía pensar en Wynter. Su último
mensaje me decía que estaba de vuelta. Y yo sabía dónde había estado. Por
supuesto, lo sabía por Dante.
Voló de vuelta esta mañana temprano después del fiasco en su casino.
Mi mujer estuvo directamente involucrada en él. Su escuadrón de chicas
era más problemático de lo que había pensado inicialmente. Qué carajo.
Ella me había aceptado por lo que era, así que yo la aceptaría por lo que
era. Si le gustaba engañar y robar, a la mierda, la dejaría. Tal vez la
contendría en ambientes seguros donde pudiera protegerla.
Finalmente la vería mañana. No podía jodidamente esperar.
La ardiente necesidad y la preocupación por Wynter surgieron en mis
venas. Me preocupaba lo que ella y sus amigas estaban tramando y que se
hiciera matar. Me preocupaba que mi padre la estuviera husmeando.
Me preocupaba ella, y punto. Sabía que no podía soportar que le
pasara algo.
La mirada cambiante de Dante parpadeó hacia mí, advirtiéndome que
mantuviera la calma. Tendría mis cosas en orden cuando disparara a todos
esos malditos idiotas, incluido mi propio padre. No tenía tiempo para esta
mierda y esta supuesta negociación era una puta pérdida de tiempo.
El puto Sebastian Tijuana podría haber llamado, en lugar de insistir
en una reunión cara a cara. Ya debería de saber que sería a mi manera o la
puta carretera.
—Diez millones de dólares por dos camiones y...
—Siete millones —corté al jefe del cártel de Tijuana, con la voz
impasible. Me había enterado de que el hermano del cabrón le hizo pasar
un mal rato a Raphael Santos. De ahí la razón de su prematura muerte—.
Una semana. Un camión aquí y el otro en Filadelfia. Tómalo o vete a la
mierda.
No tenía tiempo para esta mierda. Había muchos distribuidores en el
mercado, y este cabrón lo sabía. Sebastian Tijuana no era tonto, y mucho
menos ignorante para no darse cuenta de que me estaba cobrando de más
por el cargamento de droga.
Un aire tenso recorrió la habitación. Podía ver, incluso desde mi lugar,
que la tez de mi padre se ponía roja; pero, por suerte, no dijo nada. Al fin
y al cabo, este era mi negocio y mi almacén. Últimamente, él no había
tenido éxito en la gestión de sus negocios. Quizás tenía algo que ver con
eso, con el hecho de que lo haya hecho pedazos.
La venganza es una perra y su venganza está muy atrasada.
Tal vez si sacara su cabeza del culo y dejara de obsesionarse con los
Brennan, lo notaría. Tal vez, incluso, lograría hacer crecer algunas de sus
propias relaciones de mierda. Él se lo perdía, yo lo ganaba.
—Siete millones —aceptó Sebastian, poniéndose de pie. Nos
estrechamos y salió por la puerta.
¡Gracias a Dios!
Ahora, si tan solo mi padre lo siguiera, el día se vería mejor.
—Bueno —dijo mi padre desde el asiento detrás de mí—, si así es
como conduces los negocios, hijo, no sé cómo seguimos en el negocio.
Apreté los dientes. Apenas se movía con sus ideas antiguas y
anticuadas. El Sindicato Italiano prosperaba con los negocios que
hacíamos Dante, Priest, Emory y yo. Aunque, en este momento, los
negocios eran la menor de mis preocupaciones.
—No es un buen negocio cabrear a los proveedores, Basilio —
continuó, recostándose en su silla, con los ojos puestos en mí—. ¿O tiene
esto algo que ver con la rubia libertina de la que me habló Emilia?
Decidí que la mataría. Desollarla viva. Debería haberla matado
cuando vendió a Thalia para saldar su deuda.
—Salió bien —dije, mirando hacia la mesa donde mi padre estaba
sentado con Angelo, su mano derecha—. No dejaría que nos jodiera.
—¿Y la mujerzuela? —No podía dejarlo pasar, aunque algo en la
petulancia de sus ojos me desagradaba.
—Como he dicho, no es nadie. —Un tono oscuro se coló en mi voz.
Me negaba a hablar con él sobre Wynter. Mi padre tenía tendencia a
destruir las cosas buenas. Que me condenaran si dejaba que intentara
siquiera manchar a la mujer de cabello dorado que sonreía inocente y
felizmente.
Podía que Wynter y sus amigas tuvieran actividades sospechosas,
pero que me jodieran si las juzgaba. Tal vez estaban escasas de dinero, y
ésta era la única forma de conseguirlo. Me aseguraría de que a Wynter
nunca le faltara. Tenía dinero de sobra para apoyar cualquier cosa que ella
tuviera en marcha.
Aunque la revelación de Dante seguía sin tener sentido para mí. Una
partida de póker amañada y algunos daños materiales en su casino, el
Royally Lucky, en Chicago. Ahí era donde Wynter y sus amigas fueron,
por eso ella me había cancelado, costándole a Dante un par de cientos de
miles de dólares en ingresos perdidos. Dante reconoció a la mujer que
había visto con Liam y el resto de las chicas que bailaban en la barra de
The Eastside.
Al parecer, había un equipo femenino de Misión Imposible con las
cuatro mujeres. Aunque tenía que admitir que estaba impresionado por las
habilidades de juego de Wynter. Estaba claro que contaba las cartas, y
nunca hubiera imaginado que era capaz de hacerlo. Por suerte, Dante era
mi primo, pero si hubieran entrado en uno de los negocios que tenía mi
padre o alguien como él, estarían muertas.
Ya empezaba a estudiar la posibilidad de comprar clubes que pudiera
robar con sus amigas. O eso o le pondría fin. Por el bien de Wynter.
Me había dado cuenta de que había estado suspirando por Wynter
desde que cayó en mis brazos hacía tres meses. Pensaba en ella demasiado
a menudo desde aquella noche, pero acepté que siguiera siendo un misterio
para siempre. Era mejor así, para ella y para mí.
Pero entonces nos cruzamos y la hice mía, le gustara o no. Y ella lo
hizo, al igual que yo. Tenía un cuerpo en el que quería enterrarme. Sus
sonrisas eran mi versión personal del cielo. No hacía falta ser un genio
para darse cuenta de que mi control se estaba perdiendo a su alrededor, y
apenas habíamos empezado.
Estaba colgado de ella, cayendo rápido, furiosa y profundamente.
Sabía que sería mejor casarme con ella rápidamente.
Viendo que no conseguiría nada conmigo, mi padre se levantó y nos
hizo un gesto con la cabeza a Dante y a mí, antes de salir de la habitación.
Se ganó su diez por ciento solo por estar sentado aquí y molestarme.
¡Cabrón!
Una vez que la puerta hizo clic, Dante finalmente rompió el silencio.
—Tienes que disimularlo mejor, Basilio —advirtió—. Te juro que
veo humo saliendo de tu cuerpo. Está a punto de iniciar un incendio
forestal y consumirlo todo.
Le mostré el dedo medio. No tenía ni idea de lo bien que se sentía
tener el pequeño cuerpo de Wynter apretado contra mí. El momento en el
que sus labios se conectaron con los míos, fue lo más vainilla que había
experimentado en más de una década. Sin embargo, me inquietó más que
cualquier otro acto sexual que hubiera realizado. Se repitió en un bucle en
mi mente.
La forma en que gimió en mi boca. El olor de su excitación. La
necesitaba, y no había necesitado nada en mucho tiempo.
Que me jodan.
Dante tenía razón. Debería ocultarlo mejor.
—¿Cuál es tu plan con la mujer de Brennan? —le pregunté. Hice que
Angelo me enviara información sobre Davina Hayes. Al igual que Wynter,
no tenía ninguna conexión con el inframundo. Bueno, excepto con Liam
Brennan. Me hizo preguntar cómo demonios se habían juntado esos dos,
teniendo en cuenta su marcada diferencia de edad.
Se encogió de hombros.
—Le cobraré las pérdidas del póker y los daños.
Todavía no podía asimilar las imágenes de Wynter jugando al póker.
Más aún, lo buena que era en ello. Si hubiera sabido que estaría en Chicago
en el casino de Dante, me habría asegurado de estar allí. Entonces la habría
agarrado y habría pasado días enterrado en ella. Parecía un millón de
dólares caminando por el casino como si fuera la dueña del lugar. Y la
forma en la que mantenía la calma mientras jugaba su mano, era una jodida
excitación.
La mujer me estaba sorprendiendo.
—Vamos a llamar al bastardo irlandés —anunció Dante—. Es la
única razón por la que volé de vuelta a Nueva York.
Así que marqué a Liam desde el altavoz de la sala de conferencias.
No tardó en contestar.
—¿Qué? —ladró.
—¿Es así como saludas a todos tus socios? —exclamé, molesto por
tener que volver a hablar con él.
—Solo a los molestos —gruñó—. Y tú estás lejos de ser mi socio.
—Todos necesitamos objetivos —contesté, aunque la verdad es que
me importaba un bledo ser socio de Liam.
—¿Por qué me molestas, DiLustro?
Señalé con la cabeza a Dante. Más le valía explicarlo. Lo único que
me importaba era que el nombre de Wynter se mantuviera al margen de
esa conversación.
—La mujer de The Eastside estuvo en mi casino —empezó Dante.
—Ella arruinó su primer piso y le costó a Dante días de negocios —
añadí para que entendiera que habría una factura que pagar.
—¿Ella qué? —ladró Liam con un gruñido—. ¿Estás jugando
conmigo?
Mis labios se curvaron en una sonrisa. Pocas veces había visto al
hombre enfadado; pero, fuera quien fuera esa mujer, se las había arreglado
para llegar al jodido irlandés. Ya me caía bien.
—No eres mi tipo —le dije secamente.
—Tampoco el mío. Aunque tu chica, por otro lado... —Dante dejó la
frase sin terminar, y ya podía imaginarme al cabrón en la línea echando
humo de la ira.
—Sus culos se acercan Davina y voy a cortar sus dos pollas —gruñó,
confirmando mis sospechas. Me importaba una mierda su mujer. O
cualquier otra, para el caso.
—Me gustaría ver cómo lo intentas —dije, aburrido de la
conversación.
—Tengo algunos años más que ustedes dos. Ustedes todavía estaban
cagando en sus pañales mientras yo trataba con los colombianos, lo rusos,
y ustedes, malditos italianos.
Sí, ¡así que era un viejo imbécil! Si yo estuviera en su lugar, no le
habría recordado a nadie mi edad.
—Dios, me siento amado —dije—. ¿Y tú, Dante?
—Tan malditamente amado —se burló Dante—. ¿Enviaste a tu mujer
a mi casino?
—Dime exactamente qué pasó —exigió, evitando la pregunta.
Confirmó mi sospecha de que no tenía idea de lo que hacía su mujer.
—Bueno, ella tiró de la manilla de emergencia, arruinó las ganancias
de la noche y luego, para rematar, vertió aceite de lavanda por todo mi
suelo de mármol. El maldito edificio huele como un spa —dijo Dante,
molesto—. No es exactamente el ambiente que buscaba.
—¿Estaba sola? —Brennan exigió saber.
—El casino estaba lleno de gente, pero ella estaba sola —respondió
Dante, con un tono uniforme—. No te preocupes, viejo, no tenía otro papá
allí con ella.
—Quiero ver pruebas —exigió. Lo esperábamos.
—Pensé que lo preguntarías —dijo Dante—. Las imágenes están
llegando ahora.
Oímos el teléfono de Liam sonar por el altavoz.
—También necesito otros ángulos —añadió—. Si está en el casino,
tiene que haber jugado a las tragamonedas, o al menos a una partida. ¿Por
qué iba a aparecer allí solo para activar la alarma de incendios y verter
aceite de lavanda en tus preciosos suelos de mármol?
—Espera un segundo —intervine, y luego silencié la línea.
—Mi mujer ya está en el radar de mi padre gracias a Emilia. No quiero
que Liam también haga preguntas sobre ella —le dije a Dante—. La
primera vez que la vi, saltó por su ventana. Así que es probable que la
reconozca.
¡Mierda! Había cometido un error y él lo supo por la sonrisa de
complicidad que me dedicó.
—Tu mujer, ¿eh? —Como no contesté, continuó—: ¿Lo sabe ella?
—Lo sabrá. Muy pronto.
—Bien, Basilio. Le enviaré otros ángulos, excepto aquel en el que
vemos a tu mujer.
Desactivé el altavoz.
—Dante te está enviando las imágenes de las cámaras sur y oeste. Las
otras cámaras tienen información confidencial, así que no la recibirás. —
No había nada más que necesitara saber.
Un minuto de silencio y solo pude imaginarme cómo echaba humo
mientras veía la cinta. Ni puta idea de lo que estaba pensando su mujer
tirando aceite de lavanda en el mármol. Miré la grabación varias veces. No
se me escapaba la forma en que Dante miraba a la chica que le dio la patada
en los huevos. Conocía bien a mi primo y la quería. El hecho de que ni
siquiera la mencionara lo confirmaba.
—¿Cuál es el maldito daño? —Se oyó la voz de Liam. No hubo
ningún otro comentario, aunque no lo esperaba. Las pruebas eran bastante
convincentes.
Y se cerró otro trato.
Era tarde cuando me encontré frente al dúplex de ladrillos rojos de
Vittorio en la ciudad. Él vivía en un lado, y su madre en el otro. Su madre
no soportaba a Emilia, y la anciana apenas hablaba con su hijo desde que
se casó con ella. Ella sabía, al igual que los demás, cómo Emilia había
sacrificado a su hija para su propio beneficio. Mientras su hija quedaba a
merced de mi padre, Emilia se había casado con Vittorio y a vivir una vida
mucho mejor que la de su hija.
Naturalmente, todas las madres decentes la despreciaban.
Golpeé la puerta. Una vez. Dos veces.
Luego esperé. Los sonidos de los pasos, demasiado pesados para
pertenecer a una mujer.
La puerta se abrió y me encontré cara a cara con Vittorio.
La sorpresa apareció en su rostro.
—Basilio, ¿qué haces aquí?
Pasé mi pulgar por la mandíbula, dirigiéndole una mirada dura.
—He venido a tratar con Emilia.
Apretó los dientes.
—¿Qué ha hecho?
Se hizo a un lado y me indicó que entrara. Atravesé la puerta mientras
me desabrochaba la chaqueta para asegurarme de tener un acceso rápido a
mi funda.
Una vez que la puerta se cerró tras de mí, dije:
—Le advertí que mantuviera la boca cerrada sobre algo importante
para mí. Y fue a mis espaldas y le dio un puto grito a mi padre.
El disgusto cruzó su rostro, y el maldito parecía cansado. Casi
derrotado. Todavía llevaba su traje, pero su corbata estaba ligeramente
torcida y su cabello plateado era un desastre, como si se hubiera pasado la
mano por él demasiadas veces.
—Hay que ocuparse de ella, Vittorio —gruñí—. Thalia está pagando
el precio de su madre todos los días. Emilia puso a alguien que me importa
mucho en el radar de mi padre. Ella no vale la pena.
—Thalia ama a su madre —refunfuñó—. La destruirá.
Mi expresión se ensombreció.
—Se queda con mi padre solo para proteger a Emilia. Se está
muriendo cada día y rechaza mi ayuda para huir. Por culpa de su madre.
Para protegerla. —Lo sabía, su expresión lo decía todo—. La matará uno
de estos días —siseé—. Thalia tiene suerte de haber sobrevivido tanto
tiempo.
Unos pasos suaves se acercaron a nosotros, arrastrando los pies sobre
el suelo de madera. En el momento en que Emilia nos vio, sus pasos se
detuvieron y nos observó con aquellos ojos oscuros. El sonido de la ciudad
zumbaba en el exterior, pero no se comparaba con la atmósfera volátil del
interior de esta casa.
—¿Qué hacen aquí? —susurró, con los ojos muy abiertos. Llevaba
una bata roja de satén y el cabello oscuro suelto sobre los hombros. Se me
revolvió el estómago al ver que vivía rodeada de lujo y satisfacción,
mientras su hija era torturada a treinta minutos de distancia.
—¿Qué te dije cuando vine a tu tienda? —dije, aparentemente
despreocupado.
Ella me sostuvo la mirada, las mentiras y el engaño nadando en su
mirada.
—Niente 5. No dije nada.
—Eres una pieza de trabajo —dije—. No dudas en destruir a
cualquiera en tu camino, incluyendo a tu propia hija.
—Quiero a mi hija —gimoteó.
—Patética y egoísta mentirosa. ¿Cuándo fue la última vez que
visitaste a Thalia? —pregunté, entrecerrando los ojos. Cuando no
respondió, lo hice por ella—. Ha pasado todo un puto año.
5
Nada en italiano.
No se merecía a su hija.
Miró a Vittorio esperando ayuda. Ella también arruinó su vida,
corriendo sobre él y poniendo en ridículo su buen corazón. ¿Por qué iba a
apoyarla?
Al darse cuenta de que su marido no la ayudaría, Emilia enderezó los
hombros y levantó la barbilla.
—Mi relación con mi hija no es de tu incumbencia —espetó—. Y Gio
es el jefe, no tú.
Maldita perra.
—¿Cómo quieres pagar tu traición? —le dije sin expresión—.
¿Rápido y relativamente indoloro? ¿O largo y muy doloroso?
Era más de lo que se merecía, aunque se había librado más fácilmente
que su hija.
Su expresión decayó por un momento, pero luego se recompuso.
—Debes estar bromeando. Tu padre no lo permitirá.
—Te advertí que mantuvieras la boca cerrada, ¿no es así? —dije
fríamente, mirándola con dureza.
—Y-yo no he dicho nada —mintió de nuevo.
La boca de Vittorio se afinó. El sentimiento de culpa se reflejaba
claramente en el rostro de Emilia. Los dos compartieron una mirada. No
hacían falta palabras. O lo hacía él, o lo haría yo.
Inclinó la cabeza, permitiéndome terminar con ella. No es que su
permiso significara mucho. O era él quien apretaba el gatillo o yo.
Saqué mi arma y luego el silenciador, mi mirada helada sobre ella.
Ella abrió la boca para gritar, pero ni un solo tono salió de su garganta.
Un estallido sordo sonó en la habitación, la sangre había salpicado la
madera y ella se desplomó en el suelo.
La perra estaba muerta.
Capítulo 13
Wynter
No podía esperar para verlo de nuevo.
Las chicas y yo habíamos ido a Chicago. Teníamos un plan brillante,
o no, para jugar en el Casino Royally Lucky. Jugué al póquer y gané
trescientos mil. Conté las cartas, por supuesto. No es que nadie más que
las chicas lo supiera. La estrategia de salida no había sido tan elegante
como la de entrada, pero salimos de allí intactas.
Vi cómo el semáforo se ponía en rojo y gemí en silencio. La
conducción de Davina era demasiado lenta. Siendo realistas, ella respetaba
el límite de velocidad y las leyes de tráfico. Era la razón por la que la
dejaba conducir siempre mi Jeep. A diferencia de Juliette, Davina era
responsable. Pero hoy deseaba que acelerara por la autopista y me llevara
a mi destino antes que después.
Le había dicho a Bas que tenía una clase de ballet con Madame Sylvie
y que podría verlo después. Le pareció bien y me preguntó si estaría
dispuesta a ir a Filadelfia con él. Nuestra pequeña escapada de fin de
semana. Por supuesto, dije que sí, e inmediatamente llené mi bolsa de lona
con ropa bonita, equipo para correr y la ropa interior más sexy que pude
encontrar.
Ojalá faltar a clases de ballet fuera una opción. Me había saltado los
dos últimos días. Perder otro día era un pase difícil. Ella le avisaría a mi
madre, así que era mejor que me ciñera a mi horario.
En el momento en que entramos en el aparcamiento del edificio de
Madame Sylvie, lo vi vestido con su traje de tres piezas, apoyado en su
elegante McLaren negro. El hombre tenía demasiados autos.
El corazón me dio un vuelco, sus ojos ya estaban puestos en mí. No
esperaba que estuviera allí. Dijo que me recogería después de mi clase.
Me miré y agradecí a todos los santos que me vestí y me sequé el
cabello. Lo había hecho para que a Madame Sylvie no le pareciera raro
que llegara con una ropa y saliera con otra. Llevaba unos jeans recortados,
una blusa rosa brillante, unas zapatillas rosas a juego, y el cabello recogido
en una coleta alta.
—Llámame si me necesitas —susurró Davina cuando aparcó. No la
necesitaría; tendría a Bas. Me incliné y le di un beso en la mejilla, sin poder
evitar una sonrisa de felicidad.
Luego agarré mi bolsa del asiento trasero y la dejé, corriendo hacia
Bas. Lo había echado de menos en los últimos días. Intercambiamos
algunos mensajes, pero no era lo mismo que estar con él. Me esperaba con
las manos en los bolsillos, pero con los ojos puestos en mí, y mi corazón
latía a mil por hora.
Su mirada oscura y ardiente se encontró con la mía, y el calor me llegó
a la boca del estómago, luego se extendió por mí como un incendio. Era la
misma mirada que me había dirigido antes de besarme. Como si yo lo fuera
todo, y lo único que quería y necesitaba.
Me consumió sin siquiera intentarlo. Mi respiración se ralentizó y mi
corazón bailó cuando sus ojos recorrieron mi cuerpo. Me detuve en seco,
apenas un centímetro delante de él. Mi piel zumbaba de excitación y
ansiaba sentir sus manos sobre mí de nuevo.
—Hola, Bas —respiré, con el corazón martilleando contra mis
costillas—. No pensé que estuvieras aquí todavía.
—No podía esperar a verte —admitió suavemente, y levanté mi rostro
hacia el suyo. Su presencia era grande y podía ser intimidante,
especialmente si creías todos los rumores sobre los DiLustros. Sin
embargo, no sentía nada de eso cerca de Bas.
La brisa que nos rodeaba se calentó, y mis pechos se estremecieron al
sentir su duro cuerpo presionando contra el mío. Todas esas emociones
por él inundaron mi torrente sanguíneo, calando profundamente en mis
huesos.
Se inclinó hacia mí, con su aliento caliente contra el lóbulo de mi
oreja.
—Te he echado tanto de menos.
La aspereza de su voz recorrió mi cuello y un escalofrío pasó por mi
columna vertebral. Me levanté de puntillas y presioné mi boca contra su
cuello, su calor quemando mis labios. Sabía tan bien.
A pecado, a whisky y a malas decisiones. Como un hombre que me
quería por mí. No a la patinadora artística. No al atleta. No a la mujer que
rompió récords. Solo a mí.
Nunca había deseado tanto deshacerme de mi horario regimentado
como en este momento.
—Yo también te he echado de menos —murmuré contra su cuello,
con su fuerte pulso vibrando directamente en mi interior. Su mano me
rodeó la cintura y me atrajo hacia él.
—Bien —dijo con voz áspera y profunda—. Quiero que me eches
tanto de menos que nunca te vayas.
Capítulo 14
Basilio
Que me jodan.
Era preciosa cuando bailaba.
No podía apartar mis ojos de su forma. A pesar de su pequeña
estructura, era jodidamente fuerte. Fui testigo de primera mano al ver sus
saltos y aterrizajes.
Durante la última hora, la vi bailar con una mirada decidida. Ella y su
pareja de baile repetían una y otra vez la misma maniobra. No me pareció
un movimiento de tipo ballet, pero qué carajo sabía yo. No veía ballet.
Todo lo que sabía, era que se veía impresionante. Absolutamente hermosa.
La sorprendí balanceando sus hombros unas cuantas veces mientras
su instructora de francés seguía ladrando mierda. Tuve que luchar contra
el impulso de ir a callar a la mujer. Fuera lo que fuera lo que le estaba
diciendo a Wynter, no era bueno porque prácticamente podía saborear la
tensión de ella.
—Otra vez —ladró Madame Sylvie con su marcado acento. La piel
de Wynter brillaba con una capa de sudor. Tenía que estar agotada, pero
se negaba a pedir un indulto.
Los ojos de Wynter miraron el reloj, Madame Sylvie lo captó y ésta
frunció el ceño, luego una retahíla de palabras en francés salió de su boca.
Wynter se encogió de hombros y murmuró algo que no pude oír.
Fuera lo que fuera, a Madame Sylvie no le gustó.
—Repetición —exigió—. Otra vez.
Wynter se giró para mirar a su compañera y dijo algo, luego ambas
asintieron. Más pasos, movimientos tan sincronizados que era hipnotizante
verlas. Entonces su compañera la lanzó tan alto en el aire, que mi corazón
se detuvo. Quería irrumpir en el estudio y darle una paliza.
Wynter giró en el aire, luego aterrizó sobre sus pies y se equilibró.
—Bien —exclamó Madame Sylvie—. Bien.
—Malditamente por fin —oí decir a Wynter, ganándose una mirada
de su instructora mientras mis labios se curvaban en una sonrisa.
Mi teléfono zumbó y revisé los mensajes. Era de Priest.
*La suite presidencial es toda tuya. Será mejor que aparezcas,
cabrón*.
Luego envié un mensaje a Dante.
*¿Tienes todo listo para sacar a Thalia?*
Ahora que su madre estaba muerta, la sacaríamos. Le habíamos
preparado un lugar y suficiente dinero para que nunca tuviera que trabajar.
La respuesta de Dante llegó al instante.
*Mientras tú te acuestas en Filadelfia, yo la sacaré y la esconderé.
El viejo nunca la encontrará*.
Antes de que tuviera la oportunidad de responder, la puerta de la suite
se abrió y los ojos de Madame Sylvie se entrecerraron sobre mí.
—¡Ah! Por eso está distraída —se quejó con su marcado acento
francés—. No hay chicos. Nada de chicos.
Wynter llegó justo detrás de ella y puso los ojos en blanco, luego
agarró mi mano y me arrastró lejos.
—Le gusta torturar a la gente —se quejó Wynter, todavía con el body
puesto—. Tengo que ducharme. Sé que esto ha durado más de cuarenta y
cinco minutos. ¿Tenemos tiempo?
—Sí, tómate tu tiempo.
—Sabía que nos traerías aquí de una pieza —dije, sentado en el
asiento del copiloto de mi McLaren, mientras Wynter aparcaba el auto
delante del edificio del club y el hotel de mi primo en Filadelfia.
Me miró de reojo y luego puso los ojos en blanco.
—Bas, o estás loco o ciego. Casi choco con otro auto al menos tres
veces. Y no me llores cuando encuentres un arañazo en tu caro y lujoso
auto —advirtió.
Sonreí ampliamente.
Era la mejor manera que se me ocurría para distraerla de su clase de
ballet. O empezaba a besarme con ella o hacía que nos llevara a Filadelfia.
Hubiera preferido lo primero, pero besarme con Wynter en el
aparcamiento del edificio de Madame Sylvie, no era el momento ni el
lugar.
—Y tampoco me envíes una factura —añadió, entrecerrando los ojos,
pero su amenaza quedó arruinada por un brillo travieso en sus ojos—.
Podría haberte destrozado el auto. O peor aún, haberte hecho daño. Nunca
he conducido un auto con palanca de cambios.
—Es solo un auto —la tranquilicé—. Y presté atención todo el
tiempo. Nunca dejaría que te pasara nada.
Tiré de la manilla y salí del auto, luego me acerqué para ayudarla a
salir, mientras agarraba su bolsa de viaje y la mía del asiento trasero.
Con mi mano alrededor de ella, entramos juntos en el club y el hotel
del que era propietario mi primo Priest.
—Ahora, quiero que te relajes y disfrutes de nuestras pequeñas
vacaciones —exigí.
—¿Compartimos habitación? —preguntó con curiosidad.
—Tenemos la suite presidencial. Hay espacio de sobra para que
duerman diez personas. —Me detuve y ella también lo hizo, su cara se
volvió hacia mí con curiosidad—. Wynter, no quiero que te preocupes por
nada.
Sus cejas se alzaron, con una mirada desconcertada en sus
hipnotizantes ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que nunca te tocaré sin tu consentimiento. —Como
no dijo nada, continué—: Si estás más cómoda, puedo conseguir otra
habitación y tú te quedas con la suite.
Ella negó con la cabeza.
—No te atrevas a dejarme sola —advirtió, pero su voz era demasiado
suave para ser efectiva—. Si me preocupara de que me vas a obligar a
hacer algo, no habría venido. —Se puso de puntillas y me dio un beso en
la mejilla—. Confío en ti, Bas. Así que será mejor que te quedes en la
misma habitación conmigo.
Ella era mía. Mía para protegerla. Y mía para amar.
Capítulo 15
Wynter
Estaba acostumbrada al lujo.
Mamá y Liam insistían en que nos ganáramos nuestro propio dinero
para ciertas cosas, aunque a Juliette y a mí no nos faltara nunca nada. Sin
embargo, con Bas era diferente. Se desvivía por asegurarse de que yo
tuviera todo y cualquier cosa que pudiera desear. Como un par extra de
AirPods. Para asegurarse de que pudiera salir a correr si los míos se
morían, porque olvidé llevar un cargador. O paquetes y paquetes de ropa
y joyas dispuestos para mí. Solo porque sí, decía.
Pero ahora mismo, mientras recorría toda la última planta del hotel
reservada para nosotros, me di cuenta de que esto era un lujo. Teníamos
toda la última planta del hotel con una magnífica vista de la ciudad. Me
sentía como una princesa atrapada en una torre con un príncipe a mi lado,
mostrándome su imperio. La ciudad resplandeciente con un río que la
atravesaba.
De pie en el gran balcón de la suite, admiré el horizonte de la ciudad.
Nunca pensé en Filadelfia como una ciudad romántica, pero para mí lo
sería por siempre. El cielo oscuro brillaba con las estrellas mientras las
luces de la ciudad resplandecían debajo.
—¿Te gusta? —La voz de Bas vino de detrás de mí y me giré para
mirarlo.
Estaba apoyado en la puerta de cristal con un cigarrillo sin encender
en la boca. Parecía el chico malo más guapo que había conocido, o con el
que me había relacionado. Había una emoción en él, pero era mucho más
que eso.
La forma en que me miraba. La forma en la que me sonreía.
—Es la primera vez que vengo a Filadelfia —admití sonriendo,
mientras la brisa me revolvía el cabello. Acomodando mis rizos detrás de
la oreja, di un paso más hacia él—. Me gusta. Tú me gustas.
Nunca había sido cobarde. Pero no quería quedar como una chica
tonta y pegajosa que se encaprichaba de este hombre que tenía delante. Era
mucho más que eso.
—No sabía que fumabas —comenté, porque la forma en que me
miraba me inquietaba. Hacía que cada fibra de mí cobrara vida para él.
Era cierto que no sabía mucho sobre él; pero, por alguna razón, nunca
me había sentido tan cómoda cerca de otro ser humano. Era como volver
a casa.
—Lo dejo. —Su mirada se clavó en mí y, con el cielo iluminado por
las estrellas, el ambiente desprendía vibraciones románticas.
En toda mi vida, nunca me habían acusado de ser una romántica. Más
bien realista. Pero cerca de Bas, era como si hubiera nacido una nueva yo.
Me derretía con cada palabra o acción dulce. Su simple presencia hacía
que algo caliente se desenredara dentro de mí, y sospechaba que solo
reaccionaría de esa manera ante él. Mi cuerpo dormido esperaba ser
despertado por mi propio príncipe encantador.
Sacudí la cabeza y me burlé en silencio de esa idea.
—¿En qué estás pensando? —me preguntó, su profunda voz hizo que
mi pulso se agitara.
Di otro paso, dejando medio metro de espacio entre nosotros. Debió
de darse cuenta que miraba su cigarrillo porque se lo quitó de los labios y
me lo dio.
—No quiero que mueras de cáncer de pulmón —murmuré, porque
admitir mis otros pensamientos, no era una opción. Al menos, todavía no.
Una oscura diversión apareció en su expresión.
—¿Me echarías de menos?
Algo se apretó en mi pecho al pensar en perderlo. No era nada que
hubiera sentido antes.
—Lo haría —admití, tomando su cigarrillo sin encender—. Mucho.
Observé cómo su hermosa boca se curvaba en esa sonrisa medio
arrogante y una lánguida descarga llenó mi torrente sanguíneo. Mi cuerpo
reaccionó con tanta fuerza ante él, que temí que me destruyera sin siquiera
intentarlo. Y yo se lo permitiría.
Volvieron las palabras de mi madre. Primero el amor destroza tu
inocencia y acaba con tus sueños.
Entonces, ¿por qué sentía que mis sueños en torno a este hombre me
llevaban cada vez más alto? Él nunca me destrozaría.
—Entonces, ¿por qué me trajiste a Filadelfia? —pregunté, en un
intento de cambiar de tema.
—Mi primo dirige esta ciudad. —Mis cejas se alzaron—. Y tengo
algunos asuntos que atender.
—¿Tienes muchos primos? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Los tengo. Pero solo cuentan Dante y Priest. Y, por supuesto, mi
hermana.
—Priest, ¿eh? —inquirí con curiosidad sobre su primo—. ¿Su apodo?
Bas asintió.
—Recita los últimos ritos a los hombres antes de acabar con ellos.
Sentí que mis ojos se abrían de par en par, y un grito sonó entre
nosotros. Sin saber cómo responder a ello, decidí que probablemente era
mejor que no dijera nada. Priest debía de ser un tipo temible, y ahora no
estaba muy segura de sí era inteligente conocer a alguien así.
Así que volví a un tema más seguro. La hermana de Bas.
—Antes mencionaste a tu hermana. ¿Cómo se llama? —Era cierto
que no sabía mucho sobre las familias del Sindicato, pero no recordaba
haber visto nada sobre una hermana cuando lo busqué. También mencionó
a su hermanita en nuestra primera cita.
—Emory. Tiene veintitrés años. —Incliné la cabeza estudiándolo—.
¿Y tú?
—Solo las dos primas que mencioné —dije—. Somos principalmente
Jules, mamá y yo.
—Jules, la loca —reflexionó—. Ese debería ser su título. —Cuando
ladeé la ceja, me explicó—. He visto las imágenes. Fue ella la que reunió
los suministros para incendiar la casa.
Suspiré.
—Está pasando por momentos difíciles.
Jules encontró un certificado de nacimiento con los nombres de sus
padres biológicos. Al principio, pensábamos que eran falsos, pero resultó
que eran reales. Fue un shock para todos nosotros, sobre todo para Juliette.
—Eres protectora con ella y con tus amigas.
Asentí.
—¿Eres cercana con tu madre? —preguntó y mis ojos volvieron a
dirigirse a la ciudad.
Era una respuesta complicada a una pregunta sencilla. Suspiré, porque
no tenía a nadie con quien comparar mi relación con mamá. Davina creció
bajo el cuidado de su abuelo. Juliette y Killian no tenían madre. Y la madre
de Ivy murió cuando ella era muy joven.
—Creo que sí —respondí finalmente. Cuando Bas enarcó una ceja,
intenté explicarle—: También es mi entrenadora. Algunos días parece que
es más mi entrenadora que otra cosa. Mi desayuno lo determinó mi
entrenadora, no mi madre. Mi horario de clases. Mis vacaciones. Todo. —
Volví a prestar atención al fascinante hombre que tenía delante—.
Probablemente por eso había elegido Yale. Estaba en la costa opuesta a la
de mamá.
—Me alegro de que lo hicieras —dijo, el profundo timbre de sus
palabras encendió las llamas en mi interior—. ¿Qué entrena ella?
—Un poco de todo —le dije—. Es experta en coreografía, patinaje y
ballet. Lo que sea, ella tiene un don para ello.
—Una mujer capaz.
—Lo es —coincidí—. Su carrera se vio truncada por su lesión de
rodilla, pero es muy buena en todo, y una entrenadora muy solicitada.
Tengo suerte de tenerla.
—Apuesto a que ella también tiene suerte de tenerte. —Su voz era
suave y cálida, tejiendo su red a través de mi corazón. Como una polilla
moviéndose hacia la llama, pero su calor encendió algo crudo y profundo
dentro de mí, cambiándome para siempre.
—Cuando te busqué —susurré—, no vi nada sobre tus primos o tu
hermana. —Me sonrojé al instante de admitirlo, cada centímetro de mi piel
se calentó.
—Me buscaste, ¿eh? —musitó. Otro asentimiento—. ¿Qué has
encontrado?
Miré al cielo estrellado, temiendo ahogarme en el calor de su mirada
si seguía observándolo.
—Que eres un hombre muy peligroso —respondí en voz baja.
—Ven aquí, Wynter. —Su voz era suave como el terciopelo, con una
exigencia entretejida en su voz profunda. Mi cuerpo se movió por sí mismo
otros dos pasos y nos pusimos de pie, pecho con pecho.
—¿Te doy miedo? —Mi corazón se detuvo antes de saltar, mi pulso
se agitó en mi cuello.
No le tenía miedo. Al menos no en el sentido que él pensaba. Tenía
miedo de la forma en que mi cuerpo y mi corazón reaccionaban ante él.
Tenía miedo de lo que me podría hacer al enamorarme de él tan
profundamente. Mi madre había sido una cáscara de mujer toda mi vida.
Una vez escuché a mi abuelo y a mi tío discutir que era por su relación.
Fuera lo que fuera que significaba eso. Siempre supuse que perder a mi
padre la había destruido.
—No —susurré—. ¿Debería?
Acarició mi cara entre sus grandes palmas y esta vez me dejé ahogar
en su oscuridad.
—Nunca me tengas miedo, principessa.
Kingpins of the Syndicate 6.
Observé el cartel en la pared con una gran calavera. Contrastaba con
toda la habitación, como si Priest y Bas quisieran que todo el mundo
pensara que eran intocables. Es más que probable que lo fueran.
La pista de baile tenía unos cuantos cuerpos balanceándose sobre ella,
las luces rojizas arrojando un resplandor sobre ellos. La música llenaba la
sala y el ritmo vibraba en cada centímetro de mí. Por eso me encantaba
patinar y bailar. Sentía la música; me ponía triste, feliz, melosa.
Mis dedos se enredaron en el cabello negro como el carbón de Bas,
su cuerpo musculoso se pegó al mío. Me sentí más feliz que nunca.
Despreocupada, a pesar de lo que se avecinaba.
Seis meses de ejercicio intenso y vigoroso. Sin vida social. Apenas
tiempo para dormir y comer. Mi madre era una entrenadora exigente, y el
hecho de que yo fuera su hija, la hacía aún más exigente. A veces, incluso,
hasta el punto de tenerme al borde de las lágrimas. Pero ella las odiaba, así
que me había vuelto buena para ocultar mis emociones. Sabía que tenía
buenas intenciones y que quería lo mejor para mí. Quería que yo fuera la
mejor.
6
Capos del Sindicato.
Los ojos de Bas recorrieron todo mi cuerpo, ignorando a todos los que
nos rodeaban. Estábamos los dos solos en el club. Guardaría este momento
para siempre en mi corazón.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Bas, y me tomé un segundo
para ordenar mis pensamientos. No quería parecer una quejosa.
Sonreí.
—Tengo otras semanas en Yale, como mucho —le dije—. Luego
tengo que volar de vuelta a California.
Sus dedos en mi cintura se apretaron y contuve la respiración.
—Quédate. Olvídate de California.
Mi pecho rozó su traje de tres piezas. El pulso me latía con fuerza en
la garganta y, dondequiera que me tocaba, sentía su calor abrasando mi
piel. Olía tan bien que no pude evitar inhalar su aroma en lo más profundo
de mis pulmones.
El club estaba lleno. Nos balanceábamos al ritmo de la música, y
todos los que nos rodeaban se desvanecieron en el fondo. Estábamos solos
los dos. Como en nuestra primera cita.
Un hombre tan alto y fuerte como Bas no debería moverse con tanta
gracia en la pista de baile. Sus ojos clavados en mí y sus manos posesivas
en mi cintura, me hacían sentir segura.
Los labios de Bas se estrellaron contra los míos, exigentes y duros.
—Quédate por mí —gruñó.
¿Era esto normal? Ya nos habíamos visto tres veces, si contábamos
aquella pequeña interacción cuando me sorprendió saltando por el balcón.
Sin embargo, me sentía como si lo conociera de toda la vida. Como si mi
alma se hubiera perdido hasta que me encontré con él.
Todavía quería el oro olímpico. Pero lo quería más a él.
—Quiero quedarme —dije con voz ronca—. Pero tengo que resolver
algunas cosas con mi madre primero.
Sus ojos no se apartaron de los míos mientras bailábamos. La melodía
de Hypnotic de Zella Day sonaba en los altavoces del club, y nuestros
cuerpos se balanceaban juntos. Era obvio, por su forma de moverse, que
era un buen bailarín.
El aliento caliente de Bas rozó mi oreja mientras me estrechaba contra
su cuerpo.
—Podemos hablar con tu madre juntos.
El hecho de que se ofreciera, lo convertía en un verdadero príncipe
azul. Esta atracción debería asustarme. Debería hacerme correr en
dirección contraria. Mis instintos me advertían que los sentimientos que
consumen todo, son los que pueden hacerte feliz; pero también destruirte.
Incliné la cabeza para contemplar su ardiente mirada oscura, y un
escalofrío recorrió mi espalda. Me hizo sentir protegida. Invencible.
Ninguno de los dos se fijó en un hombre alto y rubio que apareció a
nuestra derecha.
—¿Se la están pasando bien? —preguntó con unos ojos azules
brillantes que se movían entre Bas y yo.
No pude luchar contra mi curiosidad ni contra mis modales.
—Hola.
—Vete a la mierda, primo —replicó Bas secamente, sin mirar hacia
él.
Mis cejas se alzaron. No parecían primos, excepto por la oscuridad
que brillaba en sus ojos claros. Su cabello rubio sucio y sus ojos azules, lo
diferenciaban del llamativo cabello y los ojos oscuros de Bas. Cada uno
de sus movimientos gritaba intriga, y esa boca llena probablemente tenía
a las damas cayendo a sus pies.
No podía evitar la sensación de que había algo familiar en él. No podía
precisarlo. Tal vez fuera la oscuridad que se asemejaba a la de Basilio, o
tal vez la forma en que llevaba su traje de tres piezas.
—Hola. —Lo saludé de nuevo—. Soy Wynter.
—Soy Priest —se presentó. Me puse rígida por un segundo,
recordando la explicación de Bas sobre su apodo. Este hombre
administraba la extremaunción de un hombre antes de matarlo. Sin
embargo, parecía demasiado guapo para ser un psicópata. ¡Jesús!
—No asustes a mi novia —gruñó Bas, y al instante, mi preocupación
se evaporó. No dejaría que Priest me recitara la extremaunción. Le daría
una patada en el culo.
Así que sonreí y extendí mi mano derecha. Él la tomó con un apretón
firme.
—Encantado de conocerte, Wynter.
—Lo mismo digo. —Lo estudié con curiosidad. Era extremadamente
guapo. Algo misterioso y carismático. Por supuesto, nada que ver con
Basilio. Aunque había una cosa que los dos primos compartían. El aura
despiadada que los rodeaba.
—Déjame adivinar, naciste en invierno —se burló Priest.
Sacudí la cabeza.
—En realidad, ni siquiera cerca.
Su ceja se alzó.
—Estoy intrigado. ¿Por qué Wynter, entonces?
—Era el nombre de mi abuela —le expliqué—. El mío solo se deletrea
de forma diferente. Mi abuelo insistió en tener una nieta con el nombre de
su verdadero amor.
—¿Familia romántica, eh? —dijo con tono inexpresivo.
Me encogí de hombros y volví a prestar atención a Bas, que me
escuchaba atentamente.
—Basilio es un nombre romántico —dije, sonriendo.
La risa de Priest vibró en el aire, mezclándose con el ritmo de la
música.
—Hombre, tengo que compartir eso con Dante. Se meará en los
pantalones.
Puse los ojos en blanco.
—De acuerdo, eso es muy maduro —murmuré con sarcasmo, y Priest
se rio aún más.
—Ya veo por qué le gustas a Basilio.
El calor subió a mis mejillas, y miré al hombre que me arrasaba.
Nunca me había sonrojado, hasta que conocí a este hombre.
La mirada de Bas estaba llena de promesas, su oscuridad no tenía
disculpa. No se molestó en negarlo, y lo amé aún más por ello. La forma
en que su ardiente mirada acariciaba mi rostro, prometía placer y pecados.
—A mí también me gusta —murmuré, sin importarme quién me
oyera mientras la mirada abrasadora de Bas incendiaba mi torrente
sanguíneo.
—Basilio, nos reuniremos con los distribuidores en cinco minutos, y
quería hablar de lo otro. —Le recordó Priest a su primo—. Ustedes dos
pueden jugar después.
Puse los ojos en blanco, sonriendo ante la insinuación de Priest. Bas
no había sido más que un caballero todo el tiempo. Para mi desgracia.
Podría tener que aprovecharme de él si no hacía un movimiento pronto.
El arrepentimiento inundó su rostro y me pareció oírle refunfuñar
maldito negocio en voz baja.
—Está bien —le dije—. Vuelve cuando hayas terminado. Estaré aquí
—le aseguré.
Bas miró hacia la barra y luego a los dos porteros del lateral,
haciéndoles un tenso gesto con la cabeza.
—Esos hombres te vigilarán. Volveré tan rápido como pueda.
Asentí.
—Está bien, Bas.
Tomó mi barbilla entre sus dedos y me pasó el pulgar por el labio
inferior.
—Guárdame otro baile.
Sonreí.
—Ya lo creo. —No quería bailar con nadie más, solo con Bas.
Entonces, él y Priest atravesaron la multitud que se separaba para
ellos, presintiendo el peligro. Me di la vuelta y me dirigí a la zona de la
barra, sentándome en un taburete vacío.
En mi periferia, vi a un hombre sentado a mi lado, pero no me molesté
en reconocerlo. A lo largo de los años, aprendí que algunas personas se
tomaban un simple saludo como una señal para avanzar. Yo no quería los
avances de nadie. Solo había un hombre para mí, y estaba sentado con
Priest detrás de una gran ventana de cristal.
Me había dejado hace unos minutos y había prometido que no
tardaría.
Me moví en mi taburete de la barra y me encontré con los ojos del
camarero. Llevaba una camisa blanca y un chaleco negro. Era un uniforme
diferente, pero funcionaba. Le daba un aire de bar mafioso. Tuve que
reírme de mi descripción.
—¿Qué es tan gracioso, amor? —Una voz a mi lado ronroneó, y me
aparté ligeramente. Podía sentir literalmente su aliento caliente en mi
cuello y jodidamente lo odiaba. Su cabello castaño claro estaba revuelto y
desordenado, sus labios se curvaron en una sonrisa burlona.
Decidí ignorarlo y pedí un agua mineral. El camarero enarcó una ceja
ante mi elección de bebida, pero no dijo nada. Había visto quién me había
sentado aquí y le había advertido que me diera lo que quisiera. No se
atrevería a cuestionar la elección de la bebida de Basilio DiLustro.
—Te haces la dura, ¿eh? —continuó el tipo que estaba a mi lado.
Le lancé una mirada gélida. Estaba demasiado cerca para mi gusto.
—No estoy sola.
Podía que Bas no estuviera aquí, pero sus gorilas sí. ¿No era así?
Eché una rápida mirada por encima de mi hombro, pero antes de que
pudiera verlos, la mano de aquel tipo se acercó a mi muslo. La aparté,
asqueada por su contacto.
—Disculpa —espeté, sintiéndome repentinamente nerviosa—. No
toques nada.
Se rio como si hubiera dicho algo gracioso y solté un suspiro,
sintiendo que la agitación se cocinaba a fuego lento bajo mi piel. Incómoda
por la forma en que me miraba con desprecio, aparté la mirada. El hombre
me daba escalofríos.
Pasó por delante de mí para agarrar un palillo, su brazo me rozó y me
aparté aún más. Me estaba dando serias vibraciones de asco. Me preparé
para levantarme y alejarme, cuando su mano me agarró el culo y su aliento
rancio llegó a mi oído.
—Te has puesto ese vestidito brillante porque quieres que te follen.
Lo fulminé con la mirada y aparté su mano de un manotazo.
—No me toques —siseé.
Me di la vuelta para alejarme de él cuando me agarró del brazo y me
atrajo hacia él. Un grito de mujer sonó en algún lugar detrás de mí, pero
mantuve la vista en el peligro que tenía delante.
—No te hagas la difícil, coño. —Su boca apestaba a aliento de
cigarrillo rancio—. Te voy a follar sin miramientos y-
No llegó a terminar la frase porque el siguiente sonido que llenó la
habitación fue su aullido, seguido de un grito de agonía. Me soltó y tropezó
con el suelo. Hubiera tropezado hacia atrás, pero un par de brazos fuertes
me atraparon. El olor de Bas me llegó de inmediato y exhalé un suspiro de
alivio.
Mis ojos se alzaron hacia su rostro para encontrar su mirada
entrecerrada en el hombre. Su rostro estaba desprovisto de emociones, y
si ésta hubiera sido la primera cara que hubiera visto al conocerlo, me
habría asustado. Llevaba una máscara carente de emociones, pero sus ojos
ardían con tanta ira, que temí que matara a alguien.
Seguí sus ojos hacia el hombre y me di cuenta de que Bas le había
dado un puñetazo. No sé cómo, no me había dado cuenta; pero el hombre
se puso de pie a duras penas y la zona que rodeaba su ojo derecho ya se
estaba poniendo azul.
—Has tocado a mi mujer —le gruñó Bas, y el otro hombre parecía a
punto de cagarse encima—. ¿Te dice que no te quiere y luego la amenazas
con follarla?
La voz de Bas me produjo un escalofrío en la espalda. Por fin veía de
primera mano al capo del que había leído. Esta era la versión de él que
daba mucho miedo.
El hombre sacudió la cabeza frenéticamente, levantando las manos.
—No sabía que era tuya.
Bas me miró, luego al hombre que estaba detrás de mí.
—Priest, vigílala —ordenó y, entonces, antes de que tuviera la
oportunidad de parpadear, Bas rodeó con su mano el cuello del otro
hombre y lo levantó del suelo. Mis ojos se abrieron, y toda la escena se
reprodujo en cámara lenta. La cara del hombre se tiñó de rojo sangre y
todo su cuerpo tembló mientras intentaba desesperadamente ponerse en
pie.
Bas utilizó su mano libre para clavarle el puño en la cara. Le siguió
otro puñetazo, un chasquido de nariz rota. Y otro puñetazo.
La atención de todos estaba puesta en nosotros. Ni siquiera se
molestaron en ocultar sus miradas. Dios mío, si hubiera un solo periodista
aquí, estaría arruinada. Sin Olimpiadas. Decepción para mamá. Impacto
para mi compañero de patinaje, Derek.
—Bas, no vale la pena —dije con voz ronca, y luego di un paso para
agarrar su mano, pero el agarre de Priest se apretó sobre mí, tratando de
arrastrarme.
Giré la cabeza para mirarlo, pero me encontré con la fría mirada de
Priest dirigida al tipo que Bas estaba golpeando. Era como si quisiera
unirse a su primo, con un brillo excitado en sus ojos. Era casi aterrador.
¿Quién demonios se emociona por hacer daño a alguien?
Mis ojos recorrieron el club. La música ya no sonaba. Unas cuantas
personas estaban grabando todo el incidente. Los dos porteros asignados
para vigilarme mantenían a raya a la multitud.
—Se va a meter en un lío —murmuré en voz baja, volviendo a mirar
a Bas, que estaba ahogando al hombre.
—La has tocado —rugió Bas.
—Y-yo n-no... —El tipo no llegó a terminar su declaración porque
Bas lo arrojó al otro lado de la habitación y el cuerpo del hombre se estrelló
contra la pared con un fuerte golpe y luego se desplomó en el suelo.
—Solo me estaba divirtiendo un poco —gimió el tipo, y luego
comenzó a llorar—. No iba a hacerle daño.
Sus ojos revolotearon hacia mí como si esperara mi ayuda, pero eso
pareció enfadar aún más a Bas. En cinco zancadas, Bas estaba de nuevo
frente a él y se encorvó, poniéndose en su cara.
—No la mires —rugió—. Ahora dame la mano con la que te atreviste
a tocarla. —El hombre empezó a llorar. No sentía pena por él, pero no
quería que arrestaran a Bas—. Tu mano, o te corto la polla.
Miré frenéticamente a Priest.
—Haz algo —siseé en un susurro—. Hay gente grabando esto.
No parecía preocupado en absoluto. En cambio, levantó su muñeca
izquierda y dijo algo en ella.
Mis ojos se abrieron al ver a los porteros hacer una ronda por la sala,
agarrando los dispositivos de los invitados.
Volví a centrar mi atención en Bas, cuyo rostro se retorcía de rabia.
Era como si el atisbo del hombre que había llegado a conocer, hubiera
desaparecido.
Este era el hombre despiadado que el mundo conocía y temía. Basilio
DiLustro. El villano con traje de tres piezas.
Capítulo 16
Basilio
La jodidamente manoseó.
La rabia ardiente se extendía por mis venas como un puto ácido.
Había traído a Wynter aquí para una escapada romántica, y porque sabía
que estaría a salvo en el club de Priest. En lugar de eso, tuvo que soportar
que este cabrón la manoseara.
La ira se deslizaba bajo mi piel, ardiendo y exigiendo que le hiciera
pagar.
No debería haberme sorprendido que otro hombre la deseara.
Esperaba que le lanzaran miradas hambrientas. Estaba jodidamente guapa
con el vestido rosa claro y las zapatillas blancas que le había comprado.
No pretendía ser glamurosa; pero, a pesar de ello, se veía como un millón
de dólares.
—¿Qué mano usaste? —pregunté por última vez, con voz fría. La
rabia roja se apoderó de mí, tamborileando en mis oídos.
—Por favor, por favor —gimió.
Ninguna súplica funcionaría conmigo. Acerqué mi cara a la suya y
sonreí con dureza.
—Cortaré la polla —dije, y la comisura de mis labios se levantó en
una sonrisa cruel.
Saqué el cuchillo y el cabrón por fin entendía el mensaje. Sacó su
mano derecha, temblando como una hoja. Bajé mi cuchillo sobre sus dedos
de la mano derecha, presionando la hoja contra su piel, rompiéndola. La
sangre se escurría y él gritaba como el maldito cobarde que era.
—Bas. —La pequeña mano de Wynter se acercó a mi hombro, y parte
de mi rabia se deslizó—. Bas, mírame.
Levantando los ojos, me encontré con su rostro marcado por la
preocupación y la aprensión que perduraba en sus esmeraldas. Priest
intentó apartarla, pero Wynter se negó, empujándolo.
Sus manos tomaron mi rostro entre sus palmas.
—No vale la pena —murmuró en voz baja, su mirada verde claro me
transmitió calma—. Simplemente ponle un ojo morado y déjalo estar.
Me encontré con su mirada que me rogaba que mantuviera la calma.
Pero la simple idea de que ese pedazo de mierda la tocara, me hizo sentir
una rabia ardiente en el pecho, haciéndome ver rojo.
—Muy bien —murmuré, y entonces le corté limpiamente los dedos
índice y corazón de su mano derecha.
Su grito agudo llenó la habitación, pero lo ignoré mientras asentía a
Priest. Él sabría qué hacer. Miré alrededor del grupo de gente que se había
quedado boquiabierta ante la escena. Me puse de pie y me centré en
Wynter, que parecía pálida.
—Eso no es exactamente un ojo morado —dijo débilmente, su mirada
se centró en mí.
—Te ha tocado —rasgué, apoyando mi frente contra la suya.
La idea de que cualquier otro hombre le pusiera la mano encima, me
hacía sentir furia por la espina dorsal y empañaba mi visión con una niebla
roja. La ira era tan fuerte que tuve que ahogarla. Por ella. Sí, me aceptaba
por lo que era, pero matar a un hombre delante de ella sería ir demasiado
lejos.
No era racional. O tal vez lo era, al diablo si lo sabía. Mi brújula moral
estaba jodida. En toda mi vida, nunca me había arrepentido de una sola
cosa que hubiera hecho. No había lugar para los arrepentimientos en
nuestra vida. Esos te mataban.
—Sí, pero cortarle los dedos fue demasiado —susurró, sin romper
nuestro contacto visual.
Involuntariamente le había dado una visión de quién era yo realmente,
para bien o para mal. En cualquier caso, ella había visto de primera mano
quién era yo, quién estaba destinado a ser siempre. Y lo hice muy bien.
Nací en el lado equivocado de la ley y prosperé con ello.
Nunca había tenido la tentación de seguir la ley. Hoy, menos aún.
Ahora sabía que nunca sería capaz de soportar de ver a otro hombre
tenerla. La rabia me quemó en las venas cuando este cabrón la había
tocado, y tuve que luchar contra el impulso de golpearlo aún más.
Mi pecho se retorcía con algo desconocido.
Ella sería mía. Para el resto de mi vida.
Capítulo 17
Wynter
Me senté al lado de Bas, cuyos nudillos tenían marcas rojas por haber
golpeado al hombre que se atrevió a tocar mi culo. Él y Priest estaban
hablando de negocios. La única razón por la que estaba aquí, era porque
Bas se negaba a perderme de vista.
Esta noche no era exactamente como lo esperaba. Debería haberle
dicho a Bas que lo esperaría en la suite. Me mordí el interior de la mejilla
mientras los pensamientos se arremolinaban en mi mente. Ver este lado de
Bas debería haberme asustado muchísimo y haberme hecho correr. Sin
embargo, la feroz protección me calentó desde adentro hacia afuera.
Quizás me pasaba algo. O tal vez, a pesar de vivir con mamá en
California, lejos del tío, de Killian y de su submundo, estaba tan
contaminada como ellos. Mataría igual que ellos seguramente. Igual que
Bas.
Un pesado suspiro me abandonó.
—¿Estás bien? —la pregunta de Bas me hizo levantar la vista para
encontrar seis pares de ojos sobre mí.
La iluminación era baja, y el aire tenía un toque de humo de cigarrillo.
En realidad, era un despacho muy elegante, con detalles en azul oscuro,
varios televisores de pantalla plana y el minibar más grande que jamás
había visto. No es que hubiera muchos. Los hombres sentados alrededor
de la mesa estaban tensos, discutiendo algún negocio. Alternaban el
italiano y el inglés, y como las únicas lenguas extranjeras que yo hablaba,
eran el gaélico y el ruso, no podía seguir lo que decían, aunque tampoco
me importaba.
El ritmo de la música latía a través de las paredes y el vidrio que nos
separaba de la pista de baile y del bar.
Una atmósfera densa flotaba en el aire entre los hombres sentados
alrededor de esta mesa redonda de caoba.
—Sí, todo bien —dije, ofreciendo una sonrisa tranquilizadora.
Los hombros de Bas se tensaron mientras dejaba escapar un suspiro
de despreocupación. No dijo nada más, pero supuse que no me creía. Pero
no sabía cómo asegurarle que su comportamiento, ligeramente
perturbador, no era la causa de mi angustia.
Era la revelación de que no me molestaba tanto como debería. No me
hacía huir de él, y toda mi razón decía que debía hacerlo.
—Me resultas familiar —comentó uno de los hombres de la mesa—.
Juro que te he visto en alguna parte.
Busqué mi teléfono en el bolsillo y vi que tenía un montón de
mensajes perdidos.
—Me pasa siempre —respondí, sin levantar la cabeza y deslizando el
primer mensaje para abrirlo.
Juliette, Ivy y Davina lanzaron un montón de ideas para la escuela
que planeábamos fundar algún día. Un mensaje perdido de mi madre.
—Ya me llegará —insistió el chico—. No se olvida a una chica
guapa.
Bas gruñó y reconocí la voz de Priest.
—Es la chica de Basilio, así que reconsidera tus próximas palabras.
Una sonrisa tiró de mis labios. Era una tontería ser etiquetada como
la chica de Basilio, me daba vértigo. Intenté disimularlo, manteniendo la
mirada baja.
En cambio, leí el mensaje de mi madre.
*Tres semanas y tienes que volver a casa. Derek ha resuelto su
rutina. Madame Sylvie ha confirmado que la tuya también está lista.
Ella mencionó una distracción de un chico. ¿De qué está hablando?*
Otro suspiro pesado se deslizó. No le tomó mucho tiempo obtener una
actualización.
Escribí la respuesta.
*No estoy segura de lo que está hablando*.
Me quejé en mi mente. Debería decirle que quería quedarme más
tiempo. En cambio, no comenté su petición de volver a casa. Ese era el
plan desde el principio, pero ahora tenía una razón de peso para quedarme.
Bas se levantó de su sitio y mis ojos se dirigieron a él. Su mirada se
centró en mí mientras se acercaba. Su humor era sombrío y lo observé
mientras se desabrochaba la chaqueta del traje. Se metió las manos en los
bolsillos, su mirada era intensa y luego se puso en cuclillas ante mí.
Llevó sus manos a mis muslos y le sostuve la mirada mientras el
corazón retumbaba en mi pecho. Su aroma picante me invadía los
pulmones y estiré la mano para pasarla por su espesa cabellera
—No corras, principessa. —Su voz era un susurro áspero que nadie
más podía oír—. Te avisé con tiempo.
Era todo aspereza con los demás, pero me ofrecía destellos de su
vulnerabilidad. No quería ser la causa de ello.
—No correré —juré.
Se quedó quieto como si lo hubiera sorprendido con mi promesa;
pero, entonces, sus dedos se apretaron en mis muslos y el calor se extendió
en mí. Dios, me estaba enamorando rápido y con fuerza de este hombre.
Mi respiración se hacía superficial ante su proximidad, su mirada cálida
sobre mí. Como si fuera mi gravedad, me acerqué a él, inhalando
profundamente.
—¿Qué te ha molestado? —exigió saber.
—Ah, mi madre envió un mensaje —murmuré.
Mi teléfono sonó en ese mismo momento y la pantalla parpadeó con
la persona que llamaba. Mamá. Fruncí el ceño, mirándolo con
incertidumbre. La evasión a veces era mucho más fácil.
—Puedes contestar en la habitación de allí —dijo Bas, inclinándose
hacia la habitación que no había visto antes—. Los hombres de Priest
usaron esa habitación. Así puedes tener algo de privacidad.
No era la privacidad lo que me preocupaba. Era recibir una
reprimenda.
—Gracias —susurré, y luego le di un beso en la mejilla. También
podría morder la bala y hablar con ella.
Me levanté de un salto y me dirigí a la habitación mientras contestaba
al teléfono.
—Hola, mamá.
—Wynter, ¿quién es ese hombre que mencionó Madame Sylvie?
Solté un suspiro frustrado. Nada de “hola”. Ni “cómo estás”. Nada.
Solo una inquisición.
—Davina me pidió prestado el Jeep —le dije en tono exasperado—.
Así que necesitaba que me llevaran.
Entré en la habitación, justo cuando un hombre salía.
—Voy al baño —articuló y yo asentí. Sospechaba que solo quería
darme un poco de privacidad.
La voz de mamá llegó a través del teléfono.
—Nada de distracciones —advirtió.
—No me distraigo —argumenté en voz baja—. Terminé la sesión y
cumplí con mi horario.
—Eso no es lo que me dice Madame Sylvie —argumentó, y pude oír
la desaprobación en su voz. Casi podía imaginarme sus cejas fruncidas y
su mirada crítica sobre mí.
—Mamá, dame algo de crédito —protesté—. No es mi primer rodeo
y sé lo que se necesita para ganar.
—¿Cómo puedo hacerlo si guardas secretos? —dijo, con una voz
llena de desaprobación—. Tanto tú como Juliette.
—No lo estamos haciendo —gemí—. Hemos estado ocupadas
empacando el dormitorio. —Y lidiando con el resultado de quemar la casa
de Garrett, así como planeando atracos; pero esas palabras me las
guardaría para mí—. Solo quiero... —Hice una pausa por un momento,
luego continué—, necesito poder tomarme un descanso, también.
—Wynter, te dije que es importante mantener la concentración. —Su
voz mesurada llegó a través de la línea, pero en lugar de calmarme,
alimentó mi frustración—. Las Olimpiadas no tendrán lugar hasta dentro
de cuatro años. Ya es hora. Ya estás en desventaja desde que Derek y tú
no practican juntos. Las grabaciones solo llegan hasta cierto punto.
Dios, no escuchó nada de lo que había dicho.
Cerré los ojos con incredulidad.
—¿Te mataría ser mi madre por un minuto? —Las amargas palabras
se escaparon con un estremecedor aliento—. ¿Tienes que ser mi
entrenadora todo el maldito tiempo? —pregunté secamente.
El tenso silencio se prolongó y me di cuenta de mi error. Mi madre
odiaba el teatro. Vivía y respiraba la disciplina. La utilizaba como si fuera
su propia jaula y me metía en ella también. Creo que nunca la había oído
reír. Sus sonrisas eran escasas, y sus elogios se reservaban solo para mis
logros en el patinaje.
—Podríamos entrenar aquí —murmuré, las palabras salieron de mis
labios con una esperanza en mi corazón.
—¿Quién es el hombre? —preguntó ella, sin responder a mi pregunta,
y supe que ninguna cantidad de ruegos la haría venir.
—Nadie —respondí con resignación.
Ella hizo un comentario sobre los peligros de la Costa Este, pero en
mi mente ya había dejado de escuchar. Mis ojos bajaron al documento que
estaba sobre la mesa. Era un calendario de fechas y rutas. Lo agarré y lo
giré en mi mano, y en el anverso decía "Pago en efectivo".
Mirando por encima de mi hombro, observé que la puerta estaba
cerrada, y rápidamente le hice una foto, mientras mi madre seguía
hablando de mi disciplina y de la necesidad de un horario estricto.
Este podría ser nuestro próximo proyecto.
Capítulo 18
Basilio
Los rizos rubios de Wynter brillaban bajo las luces del club.
Los hombres le lanzaban miradas, pero ninguno se atrevía a acercarse
demasiado a ella. No después de lo que le había hecho al último hombre
que se había atrevido a tocarla sin su permiso. A decir verdad, lo habría
hecho aunque ella le diera permiso. Solo por atreverse a tocarla.
Nadie tocaba lo que era mío, y ella lo era.
Se movía sensualmente al ritmo. Después de verla bailar en casa de
Madame Sylvie, no me sorprendió verla moverse con tanta gracia.
Me incliné hacia su oído y le susurré:
—¿Estás bien? —Sus ojos verde claro se encontraron con los míos y
su ceja se alzó en forma de pregunta—. Escuché una parte de tu
conversación con tu madre.
Un suave suspiro se deslizó por sus labios y sus hombros se
desplomaron ligeramente.
—Le preocupan las distracciones —explicó, encogiéndose de
hombros—. Los chicos son una distracción.
Me reí.
—Eso es fácil de rectificar.
—¿Lo es? —preguntó con curiosidad.
—Sí, la haremos venir a Nueva York y verá que no soy un chico.
Echó la cabeza hacia atrás y su melodiosa risa sonó entre nosotros.
—Una laguna, ¿eh? —reflexionó y yo sonreí—. Ella odia Nueva
York y dice que hay demasiados criminales aquí.
—Hmmm, las probabilidades están en mi contra —dije, pero no me
importó. Impresionaría a su madre, aunque fuera lo último que hiciera.
Wynter sería mía.
La acerqué a mí y ella sonrió suavemente. Mierda, me ponía de
rodillas con esa sonrisa. Esta oleada de posesividad era abrumadora, y me
recordaba a mi padre. Odiaba la comparación, pero no podía evitarla.
Excepto que Wynter me quería. Ella había visto mi brutalidad, y aun así
me quería. Sabía que nunca le haría daño.
Agarré sus caderas con más fuerza y nos movimos juntos. Este
momento en el que nada ni nadie importaba, solo nosotros dos.
La sorprendí ahogando un bostezo y sonreí.
—¿Te aburro, principessa?
Se rio suavemente, sus ojos brillaron con diversión.
—Bas, nunca podrías ser aburrido. —Se puso de puntillas y rozó sus
labios con los míos—. Estoy despierta desde el amanecer. Rara vez me
quedo despierta hasta tarde. Aunque las últimas semanas han sido una
locura con las chicas.
Teniendo en cuenta que ella y sus amigas habían quemado una casa y
luego se fueron a Chicago a jugar al póquer, mientras Wynter entrenaba,
apostaba a que estaba cansada.
Acaricié su mejilla, rozando nuestras narices. Si Priest nos observaba,
sabría que estaba azotado. Me importaba un carajo. Había encontrado mi
perfección y mi luz en la oscuridad del inframundo.
Todo en ella me fascinaba. Cada palabra. Cada mirada. Cada maldita
cosa.
Ella era mi perfección. Mi opuesto perfecto. Mi más dulce obsesión.
—¿Quieres volver a nuestra habitación? —pregunté mientras rozaba
su labio inferior con el pulgar.
—Pensé que nunca lo pedirías —respondió con picardía, con los
labios curvados en una suave sonrisa.
Salí de la ducha y encontré a Wynter profundamente dormida y el
programa Good Girls que estábamos viendo todavía en cartelera. No
habría sido mi elección. Una película de chicas, pero quería hacerla feliz.
Parecía entusiasmada y le daría lo que quisiera con tal de ver sus ojos
brillar.
Aunque sospechaba que la serie podría ser una mala influencia para
ella y sus amigas.
Me dejé caer sobre mis rodillas junto a ella y la observé dormir por
un momento. Estaba acurrucada en posición fetal, de cara a la puerta del
baño, como si me estuviera esperando. Tenía las manos cruzadas bajo la
mejilla y uno de sus suaves pies medio colgando de la cama. Llevaba una
pequeña camiseta de tirantes y unos shorts rosas.
Mierda, su culo era perfecto. Cuando empezó a pasar sus dedos por
mis músculos, con un toque ligero como una pluma, me hizo luchar contra
el impulso de no darle la vuelta y arrancarle la ropa. Solo su olor era
suficiente para ponerme duro como una piedra.
Pero estaba demasiado excitado por la noche anterior, la necesidad de
matar me quemaba el pecho. Wynter no se merecía un polvo furioso. No
le haría eso. Nunca a ella. Se merecía un romance, un vino y una cena.
Me froté la cara. Mierda, había perdido la maldita cabeza, suspirando
por una mujer tan desesperadamente.
Todo monstruo tenía una debilidad, y ella era la mía. Mi obsesión.
Mi adicción. Mi única salvación.
Parecía un ángel con sus largas pestañas rubias abanicando sus
mejillas. Respiró profundamente y suspiró suavemente. Qué tranquila se
veía. Quería que mantuviera esa mirada pacífica e inocente que tenía.
Dejándola dormir en paz, salí de la habitación y bajé al sótano
vigilado, que Priest guardaba para hombres como nuestro invitado más
reciente. A Priest le gustaban las ironías de la vida. Tres pisos más arriba,
estaban los dormitorios más lujosos de Filadelfia. Aquí abajo, era un
infierno para cualquiera que se atreviera a traicionarnos.
Encontré a nuestro invitado atado a una silla y a Priest ya entretenido,
recitando su versión de los últimos ritos del hombre.
—Que el Espíritu Santo te libere de esta miserable vida, y que tus
pecados te traguen con la gracia del Espíritu Santo. Amén, hijo de perra.
Priest era un puto enfermo. Menos mal que era mi primo y lo quería.
Me dirigí hacia nuestro invitado, con la furia ardiendo en mis venas.
Lo mejor sería aplastar su cráneo contra la pared y que su cerebro se
derramara por el suelo. Eso sería un final demasiado rápido para esta
comadreja espeluznante.
—¿Así que crees que puedes manosear a mi mujer, eh? —pregunté,
con la voz ronca por la rabia que intentaba contener.
—No sabía que era tuya —gritó, con los ojos brillantes llenos de
terror. Su mano estaba cubierta de sangre, los dedos que le corté, colgaban
de un collar que Priest debió hacer mientras me esperaba.
Como dije... un enfermo hijo de perra.
—No importa, amigo —dijo Priest—. No se manosea a ninguna
mujer en mi club. Acabas de joder un extra por tocar a la mujer de Basilio.
—Los ojos de mi primo se encontraron con los míos—. Es hora de
ensuciarse.
Y acababa de ducharme, fingí decepción; aunque la ira quemaba mi
garganta. La única razón por la que me había duchado era para conseguir
algo de espacio de Wynter antes de ceder a la tentación más dulce. Quería
tocarla y follarla hasta que sintiera esa misma obsesión que me quemaba
el pecho.
Agarré un cuchillo de Priest y lo clavé en el muslo de nuestro invitado.
Rugió de agonía, pero yo solo estaba empezando. Torcí el cuchillo,
girándolo bruscamente, y sus ojos se pusieron en blanco.
No duraría mucho.
—Ves, cabrón —empecé con mi sonrisa psicótica—, hay una cosa
que odio más que nada en el mundo. —Gimoteó, como el bebé que era—
. Pregúntame qué es —dije.
—¿Q-qué es?
—La gente que hace daño a los más débiles. Los inocentes. ¿Sabes lo
que les hago? —Gimoteó en respuesta, sacudiendo la cabeza—. Matarlos.
Lo vi palidecer, con las pupilas dilatadas comprendiendo que nunca
saldría de esta. Era un hombre muerto. Pero, primero, sufriría y me rogaría
que lo matara. Mis ojos se posaron en él, tratando de decidir la mejor
manera de causarle dolor. O la peor manera, según se miraba.
La barbilla del cabrón se tambaleó y empezó a llorar, con los ojos
crispados de terror. Comenzó a suplicar, pero lo ignoré. No había cantidad
de ruegos que le perdonaran la vida.
Tenía la cara ensangrentada. Lo agarré por la garganta y lo levanté de
un tirón, junto con su silla, y lo estrangulé. Al cortar la cuerda que lo ataba,
la silla cayó con un fuerte golpe, y luego lo lancé por los aires. Se estrelló
contra la pared y luego cayó al suelo. La habitación se llenó de sus gritos
agónicos.
Sus ojos se dirigieron a Priest, que estaba apoyado contra la pared,
con las manos en los bolsillos. Parecía muy aburrido. Di cinco pasos hacia
él y me arrodillé frente a él. Priest se unió, con esa mirada loca y
desquiciada centrada en el cabrón que gemía frente a nosotros.
—Ya estás muerto —anunció Priest, con voz aburrida—. Lo estabas
en el momento en que te leí tus ritos.
—Estás jodidamente loco —gritó el cabrón—. Los dos. Apenas he
tocado el culo de la chica.
Fue entonces cuando perdí la cabeza. Le bajé los pantalones y llevé
mi cuchillo hasta su polla. Mi labio se curvó de asco al oler su orina y su
colonia barata.
Acerqué mi cara a la suya, sonriendo con dureza.
—No tienes ni idea de lo jodidamente loco que estoy.
Introduje mi cuchillo más profundamente en su ingle, luego lo llevé
a su polla y corté la suave carne. Sus gritos eran agudos, el cabrón gorjeaba
en su propia saliva y la sangre se acumulaba a su alrededor.
Me levanté, con la polla desechada en el charco de sangre, y el cabrón
retorciéndose en su propio vómito y el mar de sangre a su alrededor.
—Ahora tengo que volver a ducharme —gruñí, con mi oscuridad y
brutalidad a fuego lento bajo mi piel.
—Y tú me llamas a mi enfermo hijo de perra. —Sonrió estúpidamente
Priest.
Capítulo 19
Basilio
Me recosté en el asiento y estiré las piernas, disfrutando de la vista de
mi conductora.
Wynter estaba al volante del Jeep de Priest. A diferencia del suyo,
éste era una fantasía. A ella no le importaba la fantasía, pero la había
convencido para que condujera. La capota estaba bajada, al igual que las
puertas, y el viento azotaba sus rizos alrededor de su cara, que no podía
meter dentro de su gorra de béisbol rosa.
Me miró, con una gran sonrisa en la cara.
—Comienzo a creer que me has traído para ser tu chófer.
Ella no sabía que rara vez me sentaba en el auto con alguien si no era
yo quien conducía. Me aseguraba el control, y la mayoría de la gente era
una mierda al volante.
—Eso y algunas otras cosas —dije.
Al instante se sonrojó y me reí. Honestamente, nunca había pensado
que un sonrojo podría ponerme tan duro. Después de otra ducha, anoche
me había metido en la cama con Wynter y, por primera vez en mi vida,
dormí en la misma cama que una mujer. Nunca confié en nadie más allá
de mis primos y mi hermana. Cuando tu propia madre te traicionaba, era
difícil confiar en la gente. Pero anoche, al escuchar su respiración
uniforme, tranquila y suave, fue la canción de cuna que no había tenido el
lujo de escuchar cuando era niño.
Wynter Star estaba cambiando mi mundo. Para mejor.
La vi conducir, con sus diminutos pantalones cortos verdes que
dejaban ver la mayor parte de sus largas piernas, y con su blusa rosa que
le daba unas vibraciones totalmente femeninas. La chica estaba seriamente
obsesionada con el rosa. No creí que pudiera volver a ver ese color sin
pensar en ella.
La observé a través de mis gafas de aviador. No se molestó en ocultar
sus ojos, y me alegré por ello. Me dirigió una mirada y sus ojos recorrieron
mi cuerpo.
Se mordió el labio inferior entre los dientes y sus ojos me recorrieron.
—Me gustas sin traje de tres piezas. —Levanté una ceja, divertido—
. Te hace parecer... más joven.
Me reí.
—Mi objetivo es complacer, principessa.
Siguió mordisqueándose el labio.
—Tú también te vas a poner un traje de baño, ¿verdad?
Una risa profunda me abandonó.
—¿Intentas aprovecharte de mí?
Ella devolvió la atención a la carretera, pero no antes de que viera sus
labios carnosos curvarse en una sonrisa.
—¿Puedes culparme?
Su sinceridad era refrescante. Ni en mis sueños más locos pensaba
que estaría suspirando por una chica. Y menos de una que no tuviera
conexiones con el inframundo. La forma en que me miraba con su
expresión curiosa y suave me quemaba la piel y hacía que la sangre
corriera directamente a mi polla.
—Supongo que tú también llevarás traje de baño, principessa.
Sonrió.
—Lo llevo. Compré uno en la tienda del hotel. Lo puse en la cuenta
de la habitación. —Sus cejas se fruncieron como si estuviera disgustada
por ello. Insistí en que pusiera todo en la cuenta de la habitación y se
comprara varias cosas—. Sabes que esa tienda podría ser acusada de
extorsión por lo locos que son sus precios.
Había delitos peores que la extorsión.
—Me lo puedo permitir.
Puso los ojos en blanco.
—El más rico y el más joven de los multimillonarios.
Me reí.
—¿Multimillonario, eh?
Se encogió de hombros.
—Eso es lo que decían los periódicos.
—¿Te crees todo lo que lees y oyes en los medios de comunicación?
Por un momento se puso rígida y una sombra pasó por su expresión.
—No, no todo.
Los rayos de sol atraparon los mechones de su cabello, haciéndolos
brillar como el oro. Era un misterio y un libro abierto. No se hacía la
tímida. Percibí su honestidad al responder, pero había partes de ella que
ocultaba. No podía quitarme esa sensación y normalmente mi sexto
sentido nunca me fallaba.
Anoche había escuchado parte de su conversación con su madre. Tuve
la sensación de que se preocupaba mucho por ella, pero estaba claro que
había algunos problemas en su relación.
El chirrido de los neumáticos sonó detrás de mí, y eché un vistazo al
espejo retrovisor. Vi la esquina de un Land Rover negro tres autos más
atrás. Era una costumbre comprobar los alrededores y me alegraba de ello
ahora porque juraba que el mismo Land Rover negro nos seguía desde que
habíamos salido del hotel.
—¿Wynter?
—Hmmmm.
—¿Crees que podrías perder ese Land Rover negro tres autos detrás
de nosotros?
Miró por el espejo retrovisor, y sus cejas se fruncieron, la
preocupación cruzó su rostro. Entonces sus ojos se dirigieron hacia mí.
—No quiero que me multen —murmuró. No pude evitar sonreír. Le
preocupaba que la multaran, mientras que a mí me había ido mucho peor.
—No lo harás —le aseguré—. Si nos paran, yo me encargo de la
policía.
Una chispa brilló en sus ojos.
—¿Lo prometes?
Asentí. Era todo el estímulo que necesitaba. Pisó el acelerador, y el
auto aceleró tan rápido que mi espalda se apretó contra el asiento. Esta
chica tenía algo de imprudencia en ella, reflexioné mientras levantaba mi
teléfono y le enviaba un mensaje a Priest.
Vi cómo su cuentakilómetros marcaba ochenta... noventa. Era una
conductora segura. Todavía no había encontrado algo que no me gustara
de esta chica.
—Será mejor que le digas a Priest que es tu culpa si choco su elegante
Jeep —bromeó—. Y no dejes que recite mi extremaunción.
Eché la cabeza hacia atrás y me reí.
—Le aplastaría la garganta antes de que sea capaz de decir la primera
palabra.
Ella sonrió alegremente, y luego estiró la mano y subió el volumen de
la música. Fue lo primero que hizo cuando se sentó en el Jeep. Conectó su
música al bluetooth. Tenía un montón de canciones de chicas y clásicas;
aunque mientras estuviera contenta, no me importaba.
Mirando detrás de mí, noté que el Land Rover seguía allí. Mi teléfono
zumbó. Era un mensaje de Priest. Tenía un pin de mi ubicación y envió
hombres. No esperaba que nadie nos siguiera en Pensilvania, así que solo
llevaba un arma, metida en la parte trasera del pantalón. Me negaba a
arriesgar la vida de Wynter si había hombres tras de mí.
Señalé la salida que debíamos tomar y Wynter aminoró la marcha
para llegar a ella, luego miró por encima del hombro y atravesó tres carriles
en el momento justo para tomarla, deshaciéndose de nuestros amigos del
Land Rover.
—Buen trabajo, la felicité.
Ella sonrió.
—Gracias. Mi primera persecución a alta velocidad.
—Puede que te esté corrompiendo —reflexioné.
Se encogió de hombros, con los ojos brillantes.
—Me gusta.
Que me jodan. Ella podría estar corrompiéndome también, de la
mejor manera posible.
Porque esta sensación a su alrededor era adictiva. Su sonrisa. Haría
cualquier cosa por verla sonreír.
Me acerqué a los dos hombres que colgaban del techo. Dos días
seguidos en el sótano de Priest. ¿Qué tenía Wynter que sacaba la locura?
¿O tal vez ella estaba sacando la locura aún más en mí?
Mirando alrededor, la sangre fresca cubría el suelo de hormigón.
Parecía que Priest ya le había tomado el gusto a uno porque estaba en mal
estado.
Los ojos del otro tipo se movieron con maldito terror. Funcionó bien
cuando pudieron presenciar la tortura de su compañero cómplice.
—¿Algo sobre la razón por la que me estaban siguiendo? —le
pregunté a Priest.
Priest agarró la garganta del hombre al que había golpeado hasta casi
matarlo y lo levantó de un tirón, asfixiándolo.
—Dile lo que me has dicho —le ordenó.
—Buscando a la princesa perdida —murmuró con su marcado acento.
Ladeé una ceja.
—Odio tener que decírtelo. No soy una princesa. Soy tu puta peor
pesadilla.
Enrollando mis mangas, me acerqué a él y miré fijamente a uno y
luego al otro. El tipo al que Priest había torturado se desmayó, o tal vez
había muerto, no tenía ni puta idea, pero el otro temblaba con el miedo en
los ojos.
—Dime, camarada. —Sonreí sombríamente mientras acercaba mi
cara a la suya—. ¿Por qué me sigue la Bratva?
Intentó escupirme, a pesar del claro miedo que coloreaba su
expresión.
—Haz lo peor. Nunca traicionaré a nuestro Pakhan.
Me enderecé y busqué el cuchillo en la mesita.
—Antes de morir, me lo contarás todo.
Mis dedos sobre el cuchillo se apretaron, y luego lo bajaron hasta su
meñique, cortando el hueso y la carne. Sus gritos fueron música para mis
oídos. No me detuve ahí. Pasé al siguiente dedo, luego al siguiente. Sus
putos gritos resonaron en las paredes de hormigón del sótano.
—No sabía que fueras cantante de ópera —comentó Priest—. Pésimo
como la mierda, pero aun así.
Con todos sus dedos cortados, volví a preguntar:
—¿Por qué me estabas siguiendo?
—Vete a la mierda. Idiota.
Con una amplia sonrisa, lancé el cuchillo al aire.
—Esperaba que dijeras eso. —Antes de que pudiera parpadear, le
clavé el cuchillo en las tripas y lo giré bruscamente. Su rostro se volvió
ceniciento y sus ojos se pusieron en blanco, mientras rugía de agonía.
—No, no —gritó—. Por favor.
El cabrón por fin había entrado en razón.
—Ahora estás entrando en razón.
—No sé nada —afirmó, gimiendo como un cobarde.
Hizo falta dos horas y veinticinco minutos con un montón de sangre
derramada para doblegar al imbécil ruso llorón. En este momento, estaba
cubierto de sangre de pies a cabeza. Iba a llevar a Wynter a cenar y no me
quedaba mucho tiempo para este cabrón.
Me incliné más hacia él y gruñí, su hedor invadiendo mis sentidos.
—Dime otra vez por qué me sigues.
La hoja de mi cuchillo presionó contra su cuenca ocular y no me
contuve.
Gimoteó.
—Estamos buscando a la princesa perdida de la mafia.
—¿Cuál es su nombre? —exigí saber.
—No lo sé —gritó—. Me van a matar.
—¿Qué crees que te haré? —cuestioné con una sonrisa mientras
presionaba con más fuerza la punta del cuchillo en su sien.
—Nos dieron esta ubicación y nos dijeron que te siguiéramos a ti y a
la mujer que estaba contigo —espetó—. Eso es todo lo que sé.
Le clavé la hoja en el ojo y vi cómo la luz abandonaba sus ojos y
ponía fin a su miserable existencia.
Capítulo 20
Wynter
Durante los dos últimos días, solo fui la chica de Basilio.
No me quejé.
Me contó historias sobre sus primos y su hermana. Yo le conté
historias sobre Juliette, Davina e Ivy. Pero ambos nos ceñimos a los
comentarios generales. Tal vez era una coincidencia afortunada, o tal vez
era la autopreservación. No tenía idea.
Incluso había encendido la televisión y puesto un maratón de Good
Girls. Se rio porque adelanté muchas partes. Solo necesito el resultado
final, le dije sonriendo. En ese momento era la chica más feliz del mundo.
Normalmente, nunca tenía tiempo para ver la televisión o seguir las
series; y sabía que, si no lo terminaba, no lo haría en un futuro próximo.
Así que me siguió la corriente y me acompañó, aunque no era exactamente
su tipo de programa. Había que admitir que nos distrajimos durante parte
de este. Nos besamos. Nos tocamos, pero él no fue más allá de eso.
Créeme, lo intenté. Cuando se sentó contra el cabecero de la cama,
con la camisa blanca desabrochada y la corbata colgando del cuello, se me
cayó la baba. Sus abdominales me hacían agua la boca. Y no pude
resistirme a su tatuaje, que jugaba al escondite conmigo. Era un tatuaje
peculiar y se asemejaba a la calavera que había sobre el club de Priest,
justo debajo del cartel de Kingpins of The Syndicate. Lo exploré,
recorriendo con mis dedos cada centímetro duro de él.
Hasta que se puso tan caliente que creí que me iba a quemar. Él
también estaba duro; podía ver el contorno de su dura longitud empujando
contra sus pantalones. Mi corazón se agitó con expectación e
incertidumbre mientras deslizaba mi mano hacia abajo y acariciaba su
erección a través de los pantalones. Dejó escapar un áspero gemido,
mientras sus ojos se oscurecían y él me animaba a agarrar su cinturón. Mi
coño latía con la necesidad de sentirlo dentro de mí y sus manos agarraron
mis rizos, apartándolos.
Se apretó aún más contra mi palma, con su dura longitud grande y
caliente a través de la tela. Era grueso y grande, tan condenadamente
perfecto.
Apoyé mis labios en su cuello. Su piel caliente me quemaba los labios
y su sabor se había metido en el torrente sanguíneo. Bajé, rozando con mi
boca su estómago y besando sus duros abdominales. Luego lamí su piel,
justo encima de su cinturón desabrochado que ni siquiera recordaba haber
desabrochado.
Un rugido escapó de su pecho.
—Wynter —gimió cuando intenté introducir mis dedos en sus bóxers.
Me agarró de la muñeca y saltó de la cama.
Luego me tomó la cara y me besó.
—Es tarde y estás cansada.
—No estoy tan cansada —protesté, negando con la cabeza.
Su pulgar rozó mi mejilla.
—Si estás despierta cuando salga de la ducha...
El significado quedó en el aire mientras se dirigía al baño y yo
admiraba su culo. Un hombre no debería tener un culo tan fino.
Me moví, decidida a mantenerme despierta mientras veía Good Girls
y a las mujeres meterse en más problemas que mis amigas y yo. Mis
párpados se volvieron pesados, pero me froté los ojos, el sonido de la
ducha seguía corriendo.
—Saldrá de un momento a otro —me susurré, cerrando los ojos un
segundo y el sueño me absorbió. Era la perdición de despertarse al
amanecer o incluso antes.
Me desperté con la mejilla apretada contra su cálido pecho y su brazo
rodeándome. Puede que se me cayera la baba, pero me la limpié
rápidamente. Me quedé entre sus brazos, disfrutando del calor de su cuerpo
y de los constantes latidos de su corazón bajo mi oreja. Tan fuerte y
confiado.
Al despertarme así, quise abandonar mi sesión de footing y quedarme
más tiempo en la cama. Para disfrutar de este momento. Pero era difícil
romper el hábito y la culpa de saltarse el ejercicio vigoroso. Tenía
kilómetros que quemar. Una medalla que ganar. Récords que batir... y
cosas así.
Me moví para salir y Bas se removió, sus ojos encontraron los míos y
mis labios se curvaron en una sonrisa. Dios, nadie me había hecho sonreír
como él. Podría acostumbrarme a despertarme junto a él. Podría
acostumbrarme a esto.
—¿Adónde vas? —exigió saber.
Suspiré.
—Tengo diez millas para quemar.
Ladeó una ceja y miró la hora.
—¿A las cinco de la mañana?
Me encogí de hombros y salté de la cama antes de que la tentación se
apoderara de mí. Mientras me quitaba el pijama y me ponía un pantalón
corto para correr y un sujetador deportivo, sus ojos no se apartaron de mí.
Su intensa mirada me atravesó, haciendo saltar chispas en mi interior y,
por primera vez en mi vida, agradecí tener un cuerpo tonificado.
Tal vez debería sacar el culo, hacer un twerking o algo así, reflexioné
en silencio y me planteé cómo podría hacerlo con gracia.
—Voy contigo —anunció, mientras saltaba de la cama y me sacaba
de mi plan de twerking.
—Quédate en la cama —protesté.
—Mierda, no —gruñó—. No me voy a quedar en la cama mientras
mi chica hace footing al amanecer.
Fue imposible resistirse a él, así que corrimos diez millas juntos y
conseguimos impresionarnos mutuamente. Después de nuestro footing,
nos duchamos y fuimos a la playa.
Había sido uno de los mejores días.
Cuando volvimos al hotel, él quedó con su primo y yo me duché.
Después, quedamos para cenar en uno de los restaurantes de lujo.
Y ahora esperábamos que el ascensor nos llevara a nuestra suite del
hotel. Era nuestra última noche antes de volver a Nueva York.
La puerta del ascensor sonó y se abrió. Entramos juntos, con la palma
de su mano en la parte baja de mi espalda. Una sensación de tensión me
envolvió los pulmones. No quería irme de Filadelfia sin tener a Bas.
Necesitaba que él supiera que lo quería.
—¿Bas? —Encontré su mirada con valentía, mi corazón
tamborileando y el pulso palpitando entre mis piernas.
—¿Hmmm? —Sus hombros estaban relajados. Sus ojos estaban
hambrientos de mí. Pero se negó a hacer un movimiento. Entonces sus
palabras de nuestra primera cita volvieron a mí.
Quiero tus labios, tu coño y tu cuerpo porque quieres darlo, Wynter.
No porque quieras pagar una deuda.
Tal vez no le había dicho explícitamente que lo deseaba y él estaba
esperando eso. Entré en su espacio y tomé su corbata entre mis dedos.
Siempre parecía llevar un traje de tres piezas. Recordé haber oído a Killian
bromear sobre los italianos y sus trajes de tres piezas.
Me puse de puntillas y apreté los labios contra la línea de su
mandíbula, con la barba áspera contra mis labios. Mis entrañas se
estremecieron de placer. Me encantaba sentir su duro pecho contra mi
cuerpo. Su aroma picante. Inhalé una profunda bocanada de su aroma. Olía
tan bien. Nadie olería nunca tan bien como él.
Besé una línea por su garganta, mareándome por su olor.
—Te deseo —exhalé mi admisión—. Tanto que me duele por ti.
Se quedó quieto, con una mirada pesada y oscura. Ardía, como si
estuviera frente a una chimenea, las llamas lamiendo mi piel, amenazando
con quemarme viva. Y aun así, fui incapaz de moverme, dejando que el
fuego me consumiera.
Entonces, en un rápido movimiento, me agarró por la nuca y su boca
presionó la mía. Me besó profunda y lentamente, encendiendo mi cuerpo.
Un deseo ardiente recorrió mi cuerpo mientras me apretaba contra el suyo.
Su beso me consumía y mis manos lo rodeaban.
Se apartó y gemí en señal de protesta.
—Bas, por favor —gemí, inclinándome hacia delante.
—Aquí no —dijo con voz áspera, sus ojos ardían como brasas. La
puerta del ascensor sonó, con su brazo alrededor de mi cintura, mientras
nos apresurábamos a entrar en nuestra suite.
En el momento en que entramos, un suave jadeo me atravesó mientras
miraba la habitación hipnotizada.
Toda la suite estaba decorada con rosas rojas y blancas, y las velas
parpadeaban, dando a toda la habitación un aire romántico.
—¿Quién... qué...? —No pude formar una pregunta.
—Nuestra primera vez juntos será especial, Wynter Star. —Sus
palabras enviaron calor por mi cuerpo, ardían en mi pecho y hacían que
mi corazón se acelerara. Me encantaba este chico. Ya fuera un flechazo o
un amor verdadero, me hacía feliz. Me hacía sentir viva.
Estábamos frente a frente; sus labios estaban tan cerca de los míos
que podía sentir su aliento caliente abanicando mis labios. Había caído
bajo el hechizo de Bas y nada podía alejarme de él.
Mis dedos recorrieron la tela de su traje de tres piezas, sintiendo sus
músculos debajo. Di un paso atrás, mis dedos agarraron su chaqueta y él
me siguió. Otro paso atrás. Volvió a seguirme.
—No importa a dónde vayas, Wynter —dijo—. Siempre te seguiré.
Mi pecho se hinchó. Aprendí a no dejar que mis emociones se
mostraran a lo largo de los años. Mi madre siempre decía que era impropio.
Que mostraba debilidad al mundo. Sin embargo, en este preciso momento,
mis emociones eran tan fuertes que las lágrimas me escocían en el fondo
de los ojos.
Nunca había deseado a nadie ni a nada tanto como a este hombre.
Incluido el patinaje artístico. Nada había igualado la intensidad de estos
sentimientos.
Me asustaba y me emocionaba al mismo tiempo. Apenas habíamos
empezado y ya sentía tanto por él.
—¿Bas?
Su boca tocó la mía y mis ojos se cerraron, inhalando su aroma en lo
más profundo de mis pulmones. Cuando su boca tiró suavemente de mi
labio inferior, gemí de aprobación. Entonces nos besamos, hambrientos y
desesperados. Nuestras respiraciones calientes y necesitadas se mezclaron.
El beso se detuvo demasiado rápido.
—Sí.
Mis dedos se enredaron en su cabello, atrayéndolo hacia mí. Lo
necesitaba como el desierto necesitaba agua.
—Me estoy enamorando de ti —admití suavemente contra sus labios.
Su cuerpo se detuvo durante una fracción de segundo. Pasó un latido.
—Ya me he enamorado de ti.
Más tarde, mucho más tarde, me daría cuenta de que ya había
entregado mi corazón a este hombre mucho antes de darme cuenta.
Me ahogué en su oscura mirada, encontrando en ella una seguridad
que nunca creí posible. Su lengua recorrió mi labio inferior y, antes de que
me diera cuenta de lo que estaba pasando, mi cuerpo se apretó contra el
suyo, ávido de él.
—No te vayas nunca, Wynter —murmuró, rozando su nariz con la
mía.
No podía prometerle eso. Todavía no. Mi corazón quería quedarse
con él para siempre, pero sabía que había cosas que tenía que resolver.
Pero no podía pensar en eso ahora.
Así que le di todo menos palabras. Subiendo mis manos por su
espalda, recorrí con mis palmas sus músculos, sintiéndolos contraerse bajo
su traje. Me besaba con el más dulce tirón mientras capturaba mi labio
superior suavemente entre los suyos. Mi boca se separó y un gemido subió
por mi garganta. Los latidos de mi corazón bailaron alegremente y me
perdí en la sensación.
Mi lengua rozó su labio inferior y un gemido salió de lo más profundo
de su pecho. Sus manos me rodearon con fuerza y profundizó el beso. Su
lengua se deslizó entre mis labios y exploró mi boca. Cada centímetro de
ella.
Me agarró la nuca y me inclinó la cabeza mientras me besaba más
fuerte y más profundamente. El pulso me retumbaba en los oídos y en el
pecho. Me estaba consumiendo y yo felizmente lo dejé. Él era el aire de
mis pulmones.
—Te amo. —Las palabras se deslizaron. Su mirada oscura buscó la
mía y la sostuve. Un escalofrío me recorrió, preocupada por haber
arruinado el momento. Pero no retiraría las palabras.
No sabía si era un amor de enamoramiento o de los que se quedan
para siempre. Todo lo que sabía era que quería darle todo lo que tenía y
tomar todo lo suyo. Protegerlo. Amarlo. Hacerlo reír. Quería compartirlo
todo con él.
—¿Estás segura? —Lo miré fijamente a los ojos y asentí. Nunca hice
nada a medias, y no empezaría ahora.
—Sí. —Si no quería mi amor, ahora era el momento de decirlo.
—Yo también te amo. —Su nariz tocó la mía, rozándola de un lado a
otro. Luego presionó su frente contra la mía, sus ojos se clavaron en mí—
. Es como si fueras una parte de mí y te hubiera estado buscando todo el
tiempo.
Mi alma se estremeció ante tan hermosa admisión.
Entonces sus labios volvieron a tomar los míos mientras me levantaba
y me acompañaba hasta la cama llena de rosas.
Capítulo 21
Basilio
Ella me amaba.
La confianza brilló en los hermosos ojos de Wynter y mi pecho se
apretó. Nunca había deseado nada como a esta mujer. Apenas la conocía,
pero ella hablaba con mi esencia. Era como si una parte que me faltaba
volviera a mí y me recompusiera.
Cuando la bajé sobre la cama, mi polla se tensó contra mis pantalones.
Me deshice de la chaqueta y la tiré al suelo sin hacer ruido. Luego me quité
la funda y la puse sobre la mesita de noche. Sus ojos se desviaron hacia
ella durante una fracción de segundo, pero no se asustó.
En cambio, sus ojos hambrientos volvieron a mirarme. Extendió las
manos y sus dedos tantearon los botones de mi chaleco, así que la ayudé.
Mi camisa le siguió.
—Eres tan hermoso —susurró, con sus dedos recorriendo mis
abdominales. Me coloqué encima de ella, reclamando sus labios. Su sabor
era perfecto, como el de una miel adictiva. Necesitaba poseerla por
completo. La ayudé a quitarse el vestido.
Sabía que era impresionante. Lo vi esa noche en el Eastside. Pero aun
así me dejaba sin aliento. Dejé que mis ojos la recorrieran, memorizando
cada centímetro de ella.
—Eres mía —gruñí, observándola con avidez. Parecía un ángel, con
su cabello dorado extendido alrededor y sus ojos brillando como
diamantes.
—Tú también eres mío —afirmó y nada era más cierto. Yo era solo
suyo. Para el resto de mis días.
Enganché mis dedos en sus bragas y las empujé hacia abajo de sus
esbeltas piernas.
—Bas, quítate tú también la ropa —suplicó Wynter, con sus ojos
llenos de lujuria clavados en mí. Me encantaba que no pretendiera ser
tímida. Ella daba y tomaba. Así que me levanté y me quité la ropa.
Con las piernas separadas y los ojos fijos en mí, parecía una virgen
sacrificada, hambrienta de placer. Ella era tan pequeña; me preocupaba
romperla. Sin embargo, vi de primera mano lo fuerte que era su cuerpo. El
resplandor de la ciudad bajo nosotros brillaba sobre su cuerpo desnudo, y
nunca había visto nada tan dolorosamente hermoso.
Me desplacé por su cuerpo y posé mi boca sobre sus pechos. Wynter
arqueó la espalda e hizo que su resbaladizo coño rozara con mis
abdominales.
—Bas —gimió. Tiré de su pezón entre los dientes, sosteniendo su
mirada, y me deleité con sus estremecimientos y pequeños ruidos mientras
jadeaba. Era magnífica. La perfección, hecha solo para mí. Recorrí con
mis manos sus costillas y su esbelta cintura. Mientras tanto, ella se retorcía
debajo de mí, gimiendo de necesidad. Bajé mi boca por su cuerpo,
adorándola.
Separé sus muslos, abriendo su rosado coño para verlo por completo.
Y maldición, se me hizo agua la boca. Estaba reluciente y húmeda, y el
aroma de su excitación melosa se filtraba en mis pulmones.
—Eres tan hermosa —tarareé, presionando un suave beso en el
interior de su muslo.
Dejó escapar un pequeño gemido y le mordí ligeramente el interior
del muslo.
—Bas —jadeó, arqueándose.
—¿Qué necesitas? —pregunté, con la mirada perdida en ella.
Se retorció debajo de mí, apretándose contra mí.
—P-por favor.
—¿Quieres que te bese el coño? —pregunté, viendo cómo su cuerpo
se estremecía en respuesta.
—Sí —jadeó.
—¿Qué más? —Levanté la vista para encontrar su mirada esmeralda
sobre mí. Estaba preciosa con los ojos empañados y la boca abierta,
observándome con tanta confianza que me dolía el pecho.
—Todo —respiró—. Lo quiero todo.
Manteniendo mis ojos fijos en sus esmeraldas llenas de lujuria, metí
las palmas de mis manos bajo su culo y levanté su coño hacia mi boca.
Besé sus pliegues empapados y sus labios se separaron con un suave
gemido.
—¿Te gusta eso? —murmuré contra sus suaves pliegues internos. Su
aroma era embriagador. La abrí con el pulgar y lamí sus jugos mientras
ella se agitaba debajo de mí—. Dime —le pedí, y luego chupé sus labios
ligeramente.
—Sí —gimió apretándose contra mi boca—. Sí, por favor.
Rodeé su abertura y luego introduje mi lengua en su interior. Sus
muslos se cerraron en torno a mí y levantó las caderas.
—Por favor, Bas —suplicó. Estaba tan condenadamente receptiva a
mí. Se mojaba cada vez más, retorciéndose y gimiendo. Le rocé el clítoris
con la lengua y se estremeció violentamente.
—¿Quieres que te chupe el clítoris? —gruñí la pregunta.
—Sí, sí, por favor.
Cerré los labios alrededor de su clítoris y empecé a chupar mientras
deslizaba mi dedo dentro y fuera de Wynter. Estaba tan jodidamente
apretada, y la idea de que me agarrara la polla con sus paredes hizo que mi
polla palpitara de necesidad.
Se estremeció debajo de mí y su rostro se enrojeció de placer, con los
ojos clavados en mí, montando la ola de su orgasmo.
—Bas, necesito más de ti —suplicó, con la cara enrojecida, y nunca
había visto nada más hermoso.
Rodeé su clítoris con mi lengua por última vez y subí, separando
suavemente sus piernas.
Alineando mi polla con su caliente entrada, pude sentir cómo se
apretaba su codicioso coño. Le besé la comisura de la boca, luego el labio
inferior y el superior, mientras movía mis caderas para que mi punta se
introdujera en su caliente entrada.
El dolor apareció en su cara y me quedé helado. Estaba muy mojada,
no debería haber ninguna molestia.
—Wynter. —Sus ojos me buscaron y mi pecho se apretó al ver la
confianza en sus ojos—. ¿Haz...?
Mierda, esto debería haber sido algo que hubiéramos hablado antes.
—Estoy tomando anticonceptivos —murmuró, besando mi cara. Por
Dios. Eso era lo mucho que me sacudía. Ni siquiera había pensado en el
control de la natalidad. Nunca había follado con nadie sin ninguna
protección, pero no quería que nada nos separara a los dos.
—Iba a preguntarte si eres virgen. —No necesité que me lo
confirmara para saber que lo era. Su cara era expresiva y la admisión
estaba escrita en ella.
Ella me dio una pequeña sonrisa.
—Debería haber dicho algo antes —murmuró, sus manos
envolviéndome, como si tuviera miedo que me fuera.
—¿Estás segura de que me quieres como tu primero? —Mi última
pizca de honor, solo para ella.
Ladeó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque voy a querer todas tus primeras veces —dije con voz ronca.
Ella lo era para mí.
Su agarre alrededor de mí se hizo más fuerte.
—Por favor, no pares.
Besando su sien, moví mis caderas para que la punta se introdujera
apenas un centímetro en su entrada y ella se sintió como en el cielo.
—Nada me haría parar —dije con voz ronca—. Excepto tú. Dime si
es demasiado. ¿De acuerdo?
Ella asintió y me agarró los bíceps.
—No será demasiado —murmuró, rodeándome con sus piernas. Me
deslicé más dentro de ella, con mi boca rozando su frente. Sería el único
que sentiría cómo se apretaba a mí alrededor. Sería el único hombre que
la tendría.
Tomando su boca para un beso, empujé hacia adelante y me tragué su
jadeo, su respiración se volvió agitada. Me estremecí, sintiendo que sus
paredes se apretaban alrededor de mi polla y la ordeñaba. Ella era el cielo
en esta tierra.
Me ahogué en sus grandes ojos, las ligeras motas doradas, verdes y
grises que había en ellos me cautivaban. Entonces, de un solo empujón,
me introduje más en ella, rompiendo su barrera. Dios, se sentía bien. El
agarre de sus paredes, ordeñando mi polla, me proporcionó un placer como
nunca antes había experimentado.
—Eres mía —le susurré al oído—. De nadie más.
—Tuya. —La forma en que me miraba, con esos ojos que brillaban
de amor, estaba cayendo bajo su hechizo. Sabía que nadie más lo haría por
mí. Solo ella.
—Bas —gimió, levantando las caderas—. Por favor.
Empecé a moverme, con pequeños y superficiales empujones. Sus
entrañas me apretaron con avidez y mantuve mis ojos en su rostro,
buscando cualquier signo de dolor y miedo. No hubo ninguno. La
necesidad de tenerla me estaba consumiendo. Me preocupaba que mi
control se rompiera y la follara hasta el olvido.
—Mierda, qué bien te sientes —gruñí. Me retiré ligeramente y luego
me introduje más profundamente en ella, haciendo chocar mi pelvis contra
su clítoris. Los labios de Wynter se separaron y parpadeos de placer
cruzaron su cara.
—Más, Bas —suplicó, arqueando la espalda sobre la cama. Mi
empuje se hizo más fuerte, podía sentir sus uñas rozando mi espalda.
Mis músculos temblaron mientras me deslizaba dentro y fuera de ella,
llenándola hasta la médula. Mi placer se enroscaba cada vez más, sus
gemidos se hacían más fuertes y necesitados. Apreté nuestras bocas,
tragándome todos sus sonidos como un bastardo codicioso. Empujé dentro
de ella con más fuerza, golpeando más profundamente. Se sentía como el
cielo en esta tierra.
—No te detengas —me rogó como si pudiera, aunque quisiera. Estaba
fuera de control. El placer hormigueó en la parte inferior de mi columna y
mis pelotas se tensaron. Metí la mano entre nuestros cuerpos y froté su
clítoris con furia mientras la penetraba.
—Mierda —gemí, mis empujones se volvieron bruscos.
Su espalda se arqueó y observé hipnotizado a través de los pesados
párpados cómo el placer cruzaba su rostro. Su coño ordeñaba mi polla,
apretándola con un fuerte agarre, y yo disparé mi semen dentro de ella. Mi
polla se agitó, llenándola con mi semilla.
Una fuerte emoción me recorrió junto con mi orgasmo. Enterré mi
cara en sus rizos dorados y ambos respiramos agitadamente. Su cálido
aliento se abanicó sobre mi piel y sus palmas acariciaron mi espalda, con
un tacto suave y tierno.
Inhalando su aroma, disfruté de la sensación de su suave cuerpo bajo
el mío y de la mezcla de nuestros olores.
Me deslicé muy lentamente y me aparté de ella, luego la abracé.
Quería su cercanía y, obviamente, ella también necesitaba la mía, porque
se acurrucó en mi costado. Inclinó la cara, mirándome con esos preciosos
ojos, y no pude resistirme a darle un beso en la nariz.
Rocé su mejilla con mis dedos. Era impresionantemente hermosa. Sus
rizos rubios coronaban su cabeza y su cuerpo desnudo se estrechaba contra
el mío.
—¿Te he hecho daño? —le pregunté, pero ella negó con la cabeza.
—No, nunca podrías hacerme daño.
Si tan solo eso fuera la verdad.
Capítulo 22
Wynter
Echaba de menos a Bas y solo habían pasado unos días.
Las chicas y yo conseguimos llevar a cabo nuestro plan, aunque
dudaba si decir que nuestro atraco en Filadelfia había sido un éxito.
Seguimos el camión de dinero blindado desde el club de Priest hasta la
gasolinera. Ivy sedujo a los hombres y los drogó, luego lo robamos y lo
condujimos a Trenton, al lugar perfecto en el río Delaware.
Ocurrió un pequeño contratiempo.
Alexei y Sasha Nikolaev nos atraparon con las manos en la masa,
empujando el vehículo blindado hacia el río. Casi nos cagábamos en los
pantalones al ser acorraladas por Alexei y Sasha Nikolaev. Sí, eso era
inesperado.
En retrospectiva, era mejor que nos atraparan ellos dos y la hermana
de Davina, en lugar de Priest. Después de todo, no me pareció un hombre
indulgente, sobre todo teniendo en cuenta que le robamos cuarenta
millones. Sin duda, Priest nos habría dado la extremaunción.
Un escalofrío recorrió mi columna vertebral.
Sinceramente, no estaba segura de quién daba más miedo. Priest.
Alexei Nikolaev. O un Sasha Nikolaev de aspecto ligeramente
desquiciado. Jesús, nos hundimos más y más en el inframundo. El tío y
mamá nos mantenían al margen durante veintiún años y nos las arreglamos
para saltar directamente. En lo más profundo.
Pero lo manejamos admirablemente. Yo creía que sí. ¿Quizás?
Bueno, considerando que nunca tratábamos con mafiosos, diría que
merecíamos una maldita medalla. Aunque no estaba segura si me ganaría
una medalla por salir con el capo más sexy. Sí, yo no compartiría eso
todavía.
El tío Liam estaba lo suficientemente furioso sin divulgar ese pequeño
detalle extra. Pero al menos se había sincerado con Jules. Ella merecía
saber la verdad sobre sus verdaderos padres. El hecho que no fuéramos
parientes de sangre no disminuía el hecho que fuera mi prima. Nada podía
quitar eso. Aunque me hizo preguntarme: ¿cuánto nos ocultaban
realmente?
Tal vez era el estrés de la última noche lo que hizo que mi patinaje
fuera pésimo. Llevaba dos horas y media en el hielo y cada vez era peor
en mis saltos.
Por lo general, cuando tocaba el hielo, dejaba de pensar. Para mí, se
trataba de instinto y sentimientos mientras saltaba y me deslizaba. Era una
sensación de libertad tan estimulante que resultaba adictiva.
Hasta hace poco. Pero hoy había sido especialmente malo.
Con cada latido, mi corazón tiraba de mí, empujándome hacia Bas y
alejándome de mi madre y del hielo.
No quería dejar Nueva York. Lo único que sentía era angustia porque
mis días en Yale se acercaban al final. Sabía que la única manera de
quedarme con Bas era haciendole daño a mamá.
Quería quedarme con él. Me sentía viva y feliz a su lado. Sabía que
después de mi conversación con ella mientras estaba en Filadelfia, nunca
consideraría mudarse aquí. Y aun así le envié un mensaje anoche
preguntándole si podíamos continuar nuestras prácticas aquí en Nueva
York. No podía dejar de esperar. No quería decepcionarla y no quería dejar
a Bas.
Su respuesta fue inmediata. Mi esperanza se había desvanecido.
Así que volqué toda mi frustración en el patinaje. Trabajé en mis
elementos técnicos: saltos, triples Salchows, giros, más saltos. Bombeé mi
corazón, con la esperanza de quemar este sentimiento rebosante dentro de
mí que odiaba.
La impotencia.
Giré mi cuerpo para patinar hacia atrás lo más rápido posible para
poder entrar en un triple Lutz. Ese salto en particular siempre me hacía
sentir mejor. Sin embargo, mientras volaba por el aire, sabía que la había
cagado. Una vez más. Mi peso estaba fuera de lugar; mi velocidad estaba
fuera de lugar; mi maldita mente estaba fuera de lugar.
Aterricé. Apenas. Mi pierna cedió en el momento en que mis patines
tocaron el hielo. Mi cuerpo trató de compensar y soportar el peso. Me sentí
como si hubiera caído sobre el puto cemento. En todos mis años de
patinaje, nunca me había caído tantas veces como hoy.
Culpar al agotamiento no tenía sentido. Ya había patinado con menos
horas de sueño. Era mi mente la que me estaba jodiendo todo. Bueno, mi
mente y mi corazón.
Tumbada sobre el hielo, me di la vuelta y miré al techo. No tenía
sentido seguir adelante. Mi cabeza estaba en otra parte. Así era mi corazón.
Pero, ¿cómo le explico eso a mi madre? Basilio DiLustro era conocido por
ser parte del Sindicato y mi madre odiaba cualquier cosa que tuviera que
ver con ese tipo de vida.
No cedería por su hermano; ciertamente no lo haría por un simple
extraño. Sin embargo, no podía dejar de preguntarme qué había pasado
para que huyera del inframundo. Ahora que el tío Liam había confirmado
que Jules y Killian no eran sus hijos biológicos, no podía evitar
preguntarme qué otros secretos acechaban en nuestros pasados. De alguna
manera, no creía que la historia terminara ahí. Mi instinto me advertía que
había grandes cosas que el tío Liam y mamá nos habían ocultado.
Davina apareció junto a mí y se puso de rodillas. A veces la utilizaba
para grabarme y así poder detectar mis errores cuando revisaba los vídeos.
No tendría que ver este porque cada uno de los movimientos que había
hecho en las últimas dos horas era una gran cagada.
—Wynter, ¿qué tal si te tomas un descanso? —sugirió—. No tiene
sentido magullar todo tu cuerpo. Ayer tuvimos una larga noche. Necesitas
un buen día de descanso.
Me quedé mirando al techo. Lo que necesitaba era mucho más que un
buen día de descanso, pero no quería decírselo a Davina. Ella ya guardaba
suficientes secretos para su marido. Davina y el tío Liam. ¿Quién lo
hubiera pensado? Estaba emocionada por ellos, pero aún estaba
asimilándolo.
—Sí —acepté. No había solución para mi apuro. Al menos no una
que no molestara a alguien. O rompo el corazón de mi madre, o rompo el
mío y el de Bas.
Davina agarró mi cara entre las palmas de las manos y sus ojos grises
se clavaron en mí.
—¿Qué pasa? —preguntó suavemente—. ¿Es por el dinero que
robamos?
Un suspiro pesado se deslizó por mis labios y una nube de aliento
caliente se esparció por el aire frío. Uno pensaría que nuestros atracos
serían mi problema y el trato con los mafiosos. Los mafiosos Nikolaev.
Pero no, algo tan simple como continuar mi carrera en la Costa Este
frente a la Costa Oeste era mi problema.
—¿Es por tu chico? —susurró Davina, mirando a su alrededor como
para asegurarse de que nadie pudiera oírnos. Cuando no respondí,
continuó—: ¿La escuela? ¿Sobre lo que pasó ayer?
Asentí.
—Me alegro que todo haya salido bien ayer. Y que hayamos conocido
a tu hermana.
Era mejor que la dejara pensando que se trataba de eso. Nos habían
atrapado. El tío Liam había estado a punto de perder la cabeza.
Moviendo la cabeza, volví a concentrarme en el techo, con la
preocupación pululando en mi mente. ¿Por qué no podía quedarme en la
Costa Este? Derek, mi compañero de patinaje, podría trasladarse aquí por
un tiempo y yo podría tener el patinaje, a Bas y a mis amigas. Después de
todo, la propiedad que queríamos comprar para la escuela estaría en esta
costa.
—Dime, Wyn —Davina interrumpió mis pensamientos dispersos—.
Estoy preocupada por ti.
Un pesado suspiro se deslizó por mis labios. Clavé mis patines,
picando el hielo mientras doblaba las piernas.
—No quiero volver a California —admití—. Mi madre no vendrá…
Buscar a otro entrenador no era una opción. No es que pudiera
permitírmelo. Mi herencia no entraría en vigor hasta que tuviera
veinticinco años o me casara. Pero, aún más importante, no podía hacerle
eso a mi madre. El oro olímpico era para ella tanto como para mí. Su sueño
era patinar, pero un extraño accidente mientras estaba embarazada de mí
le había jodido la rodilla y nunca pudo recuperarse.
Nunca habló de eso, pero la dañó más que físicamente. Mató a mi
padre. Los detalles eran vagos y nunca más le había preguntado sobre lo
que pasó, viendo el dolor en el rostro de mi madre. Sin embargo, siempre
reflexioné sobre ello. Dijo que su accidente ocurrió en Nueva York, pero
negarse a visitar tu ciudad natal durante veinte años, parecía un poco
extremo. A menos de que hubiera algo más.
Tenía que haber algo más. ¿Qué había pasado realmente? ¿Estaba
relacionado con la muerte de los padres de Juliette y los mejores amigos
del tío?
—Ya veo. —La mirada de Davina se encontró con la mía y, de alguna
manera, sentí que veía más de lo que yo quería.
Golpeando mis manos en el hielo, gruñí suavemente mientras me
ponía de pie, balanceándome sobre mis cuchillas. Fue entonces cuando vi
a Bas a la salida de la pista. Parecía casi fuera de lugar, vestido con su traje
oscuro de tres piezas y su cabello oscuro como el carbón que brillaba como
si acabara de ducharse.
Nuestras miradas se conectaron y las mariposas revolotearon en mi
vientre mientras un calor se extendía por mi pecho. No podía renunciar a
él. Lo amaba. Tanto que no me sentía completa sin él.
—Tu Bas está aquí —anunció Davina innecesariamente. La reconocí,
manteniendo mis ojos en Bas y mis labios se curvaron en una sonrisa por
primera vez desde que me desperté hoy. Él me hacía feliz.
—Bueno, al menos puede sacarte del hielo —bromeó—. Tu triple
Salchows puede esperar.
No me molesté en corregirle que mi último salto era un “tres” L. En su
lugar, nos dirigimos hacia el pequeño muro que rodeaba la pista.
—Ouch —murmuré en voz baja. Ahora que la adrenalina no corría
por mis venas, podía sentir el dolor en mis músculos y huesos. Caerse en
el hielo era una mierda.
—Te llevas mi Jeep, ¿verdad? —pregunté, frotando mi cadera
izquierda mientras nos acercábamos a la puerta, y donde estaban mis
protectores de patines.
—Sí. —Volvería con el tío Liam y luego irían a ver al abuelo de
Davina para anunciarle la noticia de su matrimonio. Me alegraba por ellos,
aunque me daba un poco de envidia—. Está buenísimo —añadió en voz
baja.
—Es genial. —Es mucho más que sexy. Tan atento y amable. Incluso
sus locuras psicóticas me hacían desfallecer por él.
Una vez que llegamos a él, Davina lo saludó.
—Hola.
—Hola —le devolvió el saludo con voz grave, pero sus ojos no se
apartaron de mí. Me encantaba la forma en que me observaba. Intenso.
Consumidor. Posesivo.
—Hablaremos más tarde, Wyn. —Davina me dio un beso en la
mejilla y mis ojos la miraron.
—Me parece bien —dije. Davina se dirigió a la salida y yo volví a
mirar a Bas—. Llegas pronto —murmuré suavemente.
Me agarró por la nuca, enhebrando sus dedos en mi cabello, y luego
enterró su cara en mi cuello inhalando profundamente.
—Te he echado de menos —dijo con voz áspera.
Un ruido masculino de satisfacción vibró en su pecho y pude sentirlo
en lo más profundo de mis muslos.
—Yo también te he echado de menos —admití. Dios, no puedo
dejarlo. Solo de pensarlo me dolía el corazón y me daban ganas de gritar
de agonía.
Miró detrás de mí.
—¿Por qué querías patinar sobre hielo?
Me encogí de hombros. Debería decirle que era para las
competiciones, lo que siempre había hecho; pero, por alguna razón, no me
apetecía. Me gustaba que no supiera quién era yo y que me siguiera
amando.
—Solía patinar en la universidad —añadió, y mis ojos se abrieron—.
Hockey —aclaró.
—El intrépido capo jugaba al hockey —reflexioné incrédula—.
¿Cuándo tuviste tiempo de jugar? ¿Y por qué los periodistas no están
encima de eso? —me burlé.
Me mordió el labio inferior.
—Practicaba por la mañana. Luego, por la noche, era el capo. A
menos que hubiera un partido.
Una suave risa vibró en mi pecho.
—Parece un horario muy ocupado. —Miré a mi alrededor. La pista
seguía vacía y se me ocurrió una idea—. ¿Quieres patinar? —pregunté—.
Sé dónde esconden los patines.
—Principessa, ¿estás sugiriendo que robe los patines? —replicó,
fingiendo estar sorprendido.
—Solo los tomaremos prestados —justifiqué—. No te dejaré caer y
mantendremos intacto tu impecable traje.
Se rio.
—No me preocupa.
Diez minutos después, los dos estábamos sobre el hielo. Sus patines
negros contra los míos blancos. Mis leggings y mi camisa suelta frente a
su traje de tres piezas. Probablemente nos veíamos ridículos; no me
importaba. Mi corazón cantó cuando me tomó de la mano, como si le
preocupara que me cayera y no pude evitar sonreír ante su consideración.
—Eres sorprendentemente estable sobre tus patines —me felicitó,
con el profundo timbre de su voz calando en mi alma.
Sonreí. Quizá podría impresionarlo y volar por los aires. O tal vez no,
ya que hoy había caído más de culo que de pie. Aun así, esto era muy
divertido.
—Usted también, señor Kingpin. —Fue un poco tonto porque todavía
llevaba su traje de tres piezas. Sin embargo, lo llevaba con garbo. Este
hombre no podía equivocarse. Al menos no a mis ojos.
Era elegante, peligroso y fascinante, todo en uno. Mi propio villano
romántico.
Levanté los ojos y lo observé, mientras mi pecho se llenaba de calor.
Él enarcó una ceja, como preguntando si todo estaba bien y mi corazón
revoloteó como una mariposa capturada en un frasco. Salvo que yo era su
víctima voluntaria.
Sus brazos me rodearon la cintura y me levantó como si no pesara
nada. Mis manos rodearon su cuello y nuestros labios se encontraron,
mientras mi cuerpo se apretaba contra el suyo. No tenía experiencia en
relaciones, pero estos sentimientos... quería ver a dónde nos llevaban.
Había algo cómodo y fácil en estar con él. Incluso mejor que la
estimulante sensación que tuve desde el momento en que pisé el hielo. Los
reporteros y locutores me llamaron princesa del hielo. Una natural en el
hielo, como si hubiera nacido en él. Pero ni siquiera eso se comparaba con
lo que sentía por Bas.
Nuestras lenguas se deslizaron una contra la otra, su boca me
consumía y me besaba más profundamente. Gemí y él se lo tragó, luego
me mordió el labio inferior.
—¿Lista para ir a casa? —murmuró contra mis labios. A casa. Sí,
estaba lista para ir a casa. Con él. Y llevar esto a cabo. Sin importar si
terminaba en un cuento de hadas o en un corazón roto, porque había una
cosa que sabía que sería aún peor. Preguntarme durante el resto de mi vida
si había perdido mi oportunidad de amar.
Asentí con mi respuesta.
Él patinó hacia atrás y lo seguí. Recordé sus palabras de antes.
Siempre te seguiré. Yo también lo seguiría siempre, porque él era mío
tanto como yo era suya.
Fue en ese mismo momento cuando decidí que me quedaría con él.
Basilio DiLustro se había grabado en mi carne, en mi médula, y no
podía soltarlo.
Capítulo 23
Basilio
Supe que algo iba mal en el momento en que salimos de la pista de
patinaje para llegar a mi moto. La había aparcado a unas cuantas plazas de
distancia de su Jeep cuando llegué.
Wynter se puso rígida, sus ojos se movieron frenéticamente de un
lado a otro y casi dejó caer su bolsa de viaje.
—¿Qué pasa? —pregunté, arrastrándola hacia mi izquierda para
poder recuperar fácilmente mi arma con la mano derecha.
—Mi auto sigue aquí —dijo ella, con aspecto de estar agitada—. Se
suponía que Davina se lo llevaría.
Se apresuró a ir a su Jeep y tomé su mano entre las mías, apretándola
con comodidad. Mientras tanto, me mantuve alerta para asegurarme de que
nadie nos sorprendiera. Solo había un auto aquí, y era el Jeep de Wynter.
Este lado estaba demasiado aislado, y te dejaba vulnerable si pasaba
algo. Pero la salida de la pista estaba en este lado. Una vez junto a su Jeep,
Wynter jadeó. Seguí su mirada para ver un sujetador deportivo en el suelo,
en el lado del conductor.
—A alguien se le debe haber caído —le dije, pero Wynter negó con
la cabeza.
—No estaba aquí cuando llegué. —Fue a abrir la puerta pero la
detuve.
—Déjame a mí. —La puse detrás de mí y luego abrí la puerta para
encontrar una bolsa en el asiento del conductor, abierta y a la vista. Wynter
me rodeó y la tomó.
—Dios mío —gimió—. Es la bolsa de Davina. —Su cara se volvió
hacia mí y pude ver cómo sus ojos brillaban con lágrimas que intentaba
contener—. Alguien se la llevó, Bas.
Busqué mi teléfono para marcar mis conexiones, mientras Wynter
sacaba el suyo.
—Tengo que llamar a mi tío.
Mientras ella llamaba a su tío, yo llamé a Angelo y le pedí que se
encargara de la vigilancia de los alrededores.
Su tío debió contestar al primer timbre porque las palabras salieron
de la boca de Wynter.
—Tío, Davina ha desaparecido. Alguien debió habérsela llevado. Oh,
Dios mío. Esto es malo. ¿Verdad? Esto es muy malo.
No pude oír lo que dijo su tío, pero debió de decirle que se calmara
porque Wynter inspiró profundamente y luego exhaló.
—Se suponía que Davina iba a llevarse mi Jeep. Pero todavía está
aquí. Y su bolso está aquí. Eso fue hace como una hora.
Siguió el silencio, y luego Wynter respondió:
—Northwell Health Ice Center.
Otro tramo de silencio.
—Pero...
—Está bien. —Suspiró ella—. Tengo un amigo aquí conmigo. Así
que no estaré sola. —Sacudí la cabeza ante su etiqueta de amigo para mí.
Ella tuvo que haber leído mis pensamientos porque me dio una mirada de
disculpa—. No mandes a nadie a buscarme. Estoy bien.
Mi teléfono sonó y era la respuesta de Angelo. Él estaba en ello. Si
Davina significa tanto para Wynter, entonces también me importaba a mí.
Nunca quise ver a Wynter molesta.
—No, no —protestó ella, moviendo la cabeza como si su tío pudiera
verla—. No me iré del lado de mi amigo. Lo prometo.
Por supuesto que no lo haría. Tal vez robaron a la persona equivocada
y ahora sus vidas estaban en peligro. No estaba fuera de la posibilidad.
—Estoy a salvo —le aseguró ella—. Mi amigo no se irá de mi lado.
Esta vez oí una pregunta amortiguada a través de sus auriculares.
—¿Qué amigo?
Wynter se sonrojó de color carmesí y mi polla respondió al instante.
Jodido, lo sé.
—Ummm, no lo conoces. De la universidad. —Otra mirada de
disculpa—. Ustedes vayan a buscar a Davina. Creo que...
Más preguntas apagadas y silencio. Entonces Wynter continuó:
—Ummm, no. No lo creo. Nada más que lo que ya sabes.
Una cosa era segura. Wynter no era una buena mentirosa. Ignoré el
resto de su conversación y me alejé para enviar mi propio mensaje. No
toleraría ninguna amenaza directa o indirecta contra Wynter.
Me pregunté si Liam Brennan sabía que su mujer tenía problemas.
Desde mi lugar, observé a Wynter asentir mientras hablaba por teléfono
con su tío y mientras escribía un mensaje a Angelo para que comprobara
la vigilancia en la pista de hielo. Llevaba una camiseta blanca larga sin
hombros y unos leggings negros. Parecía que se ponía mucho eso, como
si fuera su vestuario de cabecera.
Al terminar su llamada, se limpió la nariz con el dorso de su mano
temblorosa. Eso me dijo lo asustada que estaba. Era un gesto tan infantil.
Verla molesta y con lágrimas en los ojos era como una puñalada en mi
corazón. No me gustaba una mierda.
Este tipo de cosas no me aceleraban el corazón. Había visto cosas
mucho más aterradoras en mi mundo y, por una fracción de segundo, mi
conciencia me señaló cuánto peor sería mi mundo para ella.
Sin embargo, me negué a considerar siquiera la posibilidad de
renunciar a ella. La necesitaba en mi oscuridad, para mantenerme cuerdo.
Para evitar que me convirtiera en un monstruo. Todo monstruo tiene una
debilidad y ella era la mía.
Y como un cabrón egoísta, me quité de la cabeza cualquier
posibilidad de vivir sin ella y la abracé.
—He mandado un mensaje a mi chico y está comprobando la
vigilancia —murmuré en su cabello—. No dejaremos que le pase nada a
tu amiga.
Ella olfateó en mi pecho y, maldición, si eso no hizo que me doliera
mi propio pecho.
—Debería haber dejado que Jules lo matara —murmuró en mi pecho.
Se me escapó una risa ahogada.
—¿Ella quería matarlo?
Ella asintió.
—Cortarle la polla, quemar su casa, matarlo. Está un poco
desquiciada.
—Yo diría que sí. —Le froté la espalda, sintiendo que sus músculos
tensos se relajaban lentamente—. ¿Qué hará tu tío?
Ella se tensó ligeramente.
—Llamará a la policía —murmuró—. Tiene gente que conoce. —Sus
ojos se apartaron de mí—. Me preocupa que no hagan nada hasta que pasen
veinticuatro horas. ¿No son esas las reglas?
Sacudí la cabeza.
—No necesariamente. —Se mordió el labio inferior con
nerviosismo—. Si sus contactos en la policía no pueden ayudar, tengo mis
propios contactos trabajando en ello.
La cara de Wynter se iluminó con esperanza.
—¿De verdad?
Asentí.
—No te preocupes por nada.
Tragó, sus emociones brillando en sus ojos.
—Muchas gracias, Bas —exhaló—. No puedo agradecerte lo
suficiente.
—No hace falta que me lo agradezcas —le dije—. Vamos a mi casa.
Sus ojos parpadearon hacia mi moto.
—¿Vamos a montar eso?
Sonreí.
—¿No me digas que tienes miedo? —bromeé, tratando de distraerla.
—Por supuesto que no —respondió indignada—. Simplemente no
quiero hacerme daño. Necesito que mis piernas funcionen perfectamente
durante unos diez meses más. —Mis ojos recorrieron sus leggings,
dándome una visión perfecta de sus curvas y la forma de sus piernas.
—Tus piernas son realmente preciosas —murmuré—. Las mantendré
a salvo, principessa.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Pero es un traje de tres piezas la ropa adecuada para un paseo en
motocicleta? —preguntó—. Podríamos ir en el jeep —sugirió.
Sacudí la cabeza.
—No te preocupes por mi traje, principessa —ronroneé—. Súbete a
la moto. Quiero sentir esas preciosas piernas contra las mías.
La verdad era que jodidamente odiaba ir en moto con algo que no
fueran jeans, pero tuve que dejar el auto en el almacén y agarrar la moto
para llegar a tiempo.
El rubor coloreó sus mejillas y nunca había visto algo tan jodidamente
hermoso.
—Bien —cedió en un suspiro.
Pasé la pierna por encima del asiento de la moto, luego la ayudé a
ponerse detrás de mí y le entregué el casco. Se puso a tientas y yo la ayudé
a ponérselo, con sus rizos rubios asomando por debajo. Una vez que me
aseguré que estaba bien colocado, me puse mi propio casco y arranqué la
moto. Sus manos me rodearon al instante por la cintura, agarrándome con
fuerza. Se sentía bien tener su cuerpo apretado contra el mío.
Tomé el camino largo hacia mi casa en la ciudad, y con cada calle que
quedaba atrás, sentía que su cuerpo se relajaba en mí. Sus delgados dedos
se deslizaban por el lazo de mis pantalones y mi corazón hacía un extraño
boom-thump contra mis costillas. Solo lo hacía con ella.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que el día en que aterrizó
en mis brazos, fue el día en que empecé a vivir. Ella reinició mi corazón y
nunca la dejaría ir.
Observé a Wynter recorrer mi salón, con sus delgados dedos
recorriendo la superficie de los muebles. De vez en cuando se detenía a
estudiar un cuadro. No tenía muchos, y los pocos que tenía estaban ahí
porque Emory los había hecho y los había colgado.
—Priest no se parece en nada a ti —observó, lanzándome una mirada
por encima del hombro—. Aunque parece ligeramente... ummm... brutal,
como tú. Pero el otro se parece a ti.
—Dante. Es el hermano de Priest.
—Sí, Dante. —Ella pasó al siguiente. El único con Dante, Emory,
Priest y yo juntos—. ¿Tu hermana vive en Nueva York?
Sabía que ella estaba tratando de mantener su mente fuera de las
cosas, pero me tensé de todos modos. Ella no lo notó porque su atención
estaba en la fotografía. Mantuvimos un hermetismo sobre la ubicación de
Emory y que ella dirigía Las Vegas, temiendo que si la gente sabía que era
una mujer, encontrarían a Las Vegas como un blanco fácil.
—No, en Nueva York no —acabé respondiendo.
Si Wynter se había dado cuenta de que evité contestarle, no siguió.
—Supongo que se parece a ti. Con su cabello oscuro y sus ojos
oscuros.
Ahí acababa nuestro parecido. Yo me parecía a nuestro padre. Ella se
parecía a nuestra madre.
—¿A quién te pareces? —pregunté.
Ella se encogió de hombros, con sus rizos rebotando en la espalda.
—A mi madre y a mi abuela.
Un fuerte suspiro la abandonó y me puse de pie, yendo detrás de ella.
—Todo irá bien.
Se dio la vuelta y apretó su cara contra mi pecho.
—Todo se me ha ido de las manos —murmuró contra mi corazón.
Tomé su barbilla y levanté su cara hacia la mía. Mi mirada se encontró
con la suya y presioné mi frente contra la de ella. Abrí la boca para decirle
que lo arreglaría todo, pero mi teléfono sonó.
Le besé la punta de la nariz y volví al sofá donde había dejado el
teléfono.
Era Dante.
—Sí —contesté.
—No te vas a creer esta mierda —siseó y me tensé al instante.
—Habla.
—Gio le dio un golpe a la mujer de Liam. —Mis ojos se dirigieron
instintivamente a Wynter. Si se enteraba de esto, se iría de una puta vez—
. Era capturar o matar. Mientras Brennan no la tuviera.
La rabia era tan fuerte que tuve que ahogarla o arriesgarme a asustar
a Wynter. Ella me lanzó una mirada vacilante, probablemente percibiendo
la furia. Me quemaba la garganta, el pecho, los malditos pulmones.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, conteniendo la ira en mi voz.
—Priest hackeó el ordenador de Garrett. Al parecer, al tipo le gusta
guardar notas sobre sus negocios ilegales, y tenía grabados todos sus
planes e instrucciones de Gio. Maldito imbécil.
—¿Has enviado a nuestros hombres tras ella?
—Lo hice, pero los hombres de Liam se nos adelantaron. —Mierda,
si se enteraba de la conexión de papá con su secuestro, tendríamos una
puta guerra—. Tenemos que hacer algo —gruñó.
Tenía que derrocar a mi padre. O hacer que lo mataran. Cualquier
cosa antes de que nos sumiera en el puto caos. Aún más aterrador era que
Wynter estaba con Davina. Si no hubiera hecho planes, el maldito podría
haberse llevado a Wynter también.
—Si no, estaremos todos muertos. Brennan tiene buenos contactos y
no necesitamos su atención —continuó Dante. Mierda, si no lo sabía. No
necesitábamos joder a Cassio King y su banda. Los viejos cabrones
estaban casados y asentados. Preferiría mantenerlos centrados en sus
familias en lugar de mirar hacia nosotros. Nos tocaba gobernar y nuestro
alcance a través del Sindicato abarcaba todo el mundo.
El teléfono de Wynter empezó a vibrar y ella dio un respingo, luego
se apresuró a tomarlo y contestó al primer timbrazo. Observé su rostro y
vi que el alivio inundaba su expresión.
—Sí, tendremos que ocuparnos de ello —reconocí la insinuación de
Dante.
—Ven a Chicago —refunfuñó—. Hagamos un plan y ejecutémoslo.
—Tengo a Wynter conmigo.
—Tráela —razonó—. Él ya sabe que tienes una mujer y tiene
curiosidad. Ella tampoco estará a salvo de él. Suponiendo que no haya
desenterrado ya toda la información sobre ella.
Tenía razón. Aunque los antecedentes de Wynter no le revelarían
nada. Su vida era sencilla comparada con la nuestra.
—Iremos juntos. —Pero primero me casaría con ella—. Te llamaré
más tarde.
Capítulo 24
Wynter
Una ráfaga de alivio me llenó y las lágrimas picaron mis ojos. Si le
hubiera pasado algo a Davina, nunca me lo habría perdonado. Deberíamos
haberla acompañado hasta el jeep y asegurarnos de que saliera sana y
salva.
Por un momento, pensé que nuestras fechorías nos habían alcanzado.
Primero, quemamos la casa de Garrett, luego contamos cartas en Chicago,
y finalmente robamos el camión blindado. Gracias a Dios, Davina estaba
bien.
Me acomodé en el sofá al lado de Bas y él envolvió su mano alrededor
de mí.
—¿Estás bien?
Asentí.
—Sí. Por un momento... —No pude pronunciar las palabras. Solo
pensar en alguien a quien amaba siendo lastimado me causaba tanta
angustia—. Las chicas y yo, hicimos algunas cosas estúpidas en las últimas
semanas. Pensé que nos había alcanzado.
Se quedó quieto, pero no me interrumpió. Mordí mi labio inferior,
mientras Bas me observaba atentamente.
—Yo... las chicas y yo robamos algo de dinero —murmuré,
mirándolo por debajo de las pestañas—. No deberíamos haberlo hecho y
fue una estupidez. Al principio, lo hicimos para pagar el rescate de Garrett,
en caso de que no cumplieras. Luego, cuando lo hiciste, nos lo quedamos.
Hicimos algunas otras cosas estúpidas.
Los ojos oscuros de Bas me evaluaron, aunque no parecía
sorprendido.
—Pensé que nos había alcanzado —murmuré ligeramente
avergonzada.
Su mano agarró mi barbilla, inclinando mi cabeza para que me viera
obligada a mirarlo a los ojos.
—Sin juzgar, principessa —afirmó, rozando sus labios con los
míos—. Pero no más robos. Tengo suficiente dinero.
Se me escapó una risa ahogada.
—Yo tampoco estoy precisamente en la ruina.
Realmente no lo estaba. El abuelo tenía un fondo fiduciario
establecido para mí. También el tío Liam. Mamá insistió en que ni Juliette
ni yo recibiéramos demasiado para que aprendiéramos el valor del dinero.
El tío estuvo de acuerdo, aunque nunca nos dejó sin nada.
—Tengo algo para ti —anunció Bas, interrumpiendo mis
pensamientos.
—¿De verdad? —pregunté emocionada, enderezándome. Me
encantaban las sorpresas—. ¿Qué es?
Sonrió.
—Es un regalo de cumpleaños.
Parpadeé.
—Pero mi cumpleaños no es hasta dentro de unos días.
—¿Quieres esperar? —bromeó—. O podrías conseguirlo ahora y
decirme si no te gusta para que pueda comprarte algo que te guste.
Una sonrisa vertiginosa que no pude contener curvó mis labios. Se
inclinó y abrió el cajón de su mesita. En él había un arma y una pequeña
caja que sacó y me entregó. El tío nunca tenía un arma en el salón.
—Feliz cumpleaños, principessa. —Lo retorcí en mis manos,
preguntándome qué era—. Ábrela —exigió, con la palma de la mano
apoyada en mi cadera.
Levanté la tapa y mi respiración se detuvo al contemplar el hermoso
collar que sostenía un colgante. Era una calavera que hacía juego con su
tatuaje. Tracé el delicado oro con el dedo.
—Es el colgante del kingpin —murmuró—. Así que no importa
dónde estés, si alguien te hace daño, sabrá de quién será la ira que se va a
ganar. Priest, Dante, Emory y yo llevamos el tatuaje.
Recordé el tatuaje. Lo repasé en Filadelfia. Sería imposible olvidar
algo que me fascinaba y todo lo relacionado con este hombre me
interesaba.
Lo saqué de la caja con cuidado.
—Me encanta —susurré suavemente—. Es parte de ti.
Bas me levantó, colocándome en su regazo, y luego me ayudó a
ponerme el collar. Una vez colocado, su boca rozó mi nuca y se me puso
la piel de gallina.
—Bas —susurré mientras inclinaba la cabeza para permitirle un
mejor acceso.
—¿Hmmm?
—Me quedaré contigo —dije, se quedó inmóvil, su aliento rozando
mi piel. Alguien podría haberme acusado de haber tomado una decisión
sobre la marcha, pero se sentía tan malditamente bien—. Aquí, en Nueva
York. No volveré a California.
Contuve la respiración con expectación mientras mi corazón latía con
fuerza bajo mi caja torácica.
—¿Sí?
—Sí —confirmé.
Me agarró por la nuca, enhebró sus dedos en mi cabello y luego
enterró su cara en mi cuello. El ruido masculino de satisfacción que hizo
vibró en lo más profundo de mi estómago y la opresión de mi pecho se
aflojó.
—Mierda —gimió—. Eso me hace tan jodidamente feliz. —Su brazo
me rodeó la cintura y me hizo girar sobre su regazo para que quedara frente
a él—. Ven a Chicago conmigo —rasgó contra mi garganta—. Mañana.
Asentí, cada célula de mi cuerpo zumbaba de amor y de un anhelo tan
intenso que me hacía palpitar el corazón.
—Siempre te seguiré —prometí en un susurro sin aliento, repitiendo
sus propias palabras.
Apoyé las palmas de las manos en su pecho y su calor se filtró en mí.
Dios, amar tanto a alguien podía ser emocionante y aterrador al mismo
tiempo.
Pasé las manos por su chaleco y mis dedos temblaron al desabrochar
un botón, luego el siguiente. Con cada botón suelto, mi corazón tronaba
más fuerte y mi pulso se aceleraba.
Acorté la distancia entre nosotros, quedándome a un suspiro, con su
forma inmóvil. Como si esperara algo. Entonces acorté la distancia. Me
besó con tanta pasión que no pude mantener los ojos abiertos y todo
pensamiento me abandonó.
Nuestros besos se volvieron rápidamente frenéticos. Una presa se
rompió, dejando a su paso un deseo desquiciado. Le pasé los dedos por el
cabello, tirando de él más cerca. Necesitaba su piel sobre la mía.
—Bas, por favor —le supliqué.
Sus manos me agarraron por el culo y me levantaron, mis piernas
rodearon su cintura.
Me mordió el labio inferior, con suavidad; pero lo suficiente como
para que me picara y gimiera en su boca. Podía sentir su deseo ardiendo y
chocando con el mío. No tenía idea de cómo nos encontrábamos en el
baño, con la espalda apoyada en la fría baldosa, refrescando mi abrasada
piel.
Abrí los ojos y me encontré con su mirada fija en mí, absorbiéndome.
Su mirada oscura ardía con fuego, un infierno en sus profundidades.
Me deslicé por su cuerpo y tiró de la camiseta por encima de mi
cabeza, luego desabrochó mi sostén y lo arrojó a un lado. Sus dedos
bajaron por mi cuerpo, poniendo la piel de gallina en cada centímetro de
mi cuerpo. Su áspera palma contra mi suave piel me provocó escalofríos.
Luego metió los dedos en los pantalones y las bragas, mientras bajaba
sobre sus rodillas, deslizándolas por mis piernas.
Un siseo de agradecimiento salió de sus labios. Mis piernas temblaron
y me habrían fallado si sus fuertes brazos no me hubieran sostenido.
Separó mis piernas, su mirada oscura quemaba mi piel y me provocaba un
dolor palpitante entre los muslos. Mi sexo latía, la evidencia de mi
excitación corría por la parte interna de mi muslo. En el momento en que
su boca se conectó con mi coño, un fuerte gemido resonó en el baño,
vibrando contra el azulejo.
Levantó mi pierna y la colocó sobre su hombro, sin que su boca
abandonara la parte más íntima de mí.
—Mmmmm. —El ruido de él vibró en mi interior y mis dedos se
enredaron en su cabello oscuro.
—Bas. Dios mío, Bas. —Me besó con la boca abierta, metiendo su
lengua en mi entrada—. Mierda.
Me doblé y mi espalda se arqueó contra la pared de azulejos. La
sensación era demasiado. No era suficiente. Su dedo se introdujo en mi
interior. Su lengua recorrió mis pliegues húmedos, provocando una serie
de escalofríos en mí.
Me estoy muriendo. El mejor tipo de muerte. Dulce, estimulante,
volcánica.
Chupó y lamió mi parte más privada sin descanso. Cada fibra de mí
se estremeció de placer. Estaba justo ahí, a mi alcance.
—Mírame, Wynter —me ordenó, con la voz ronca.
Abrí los párpados y me encontré con su mirada oscura mientras los
músculos de su mandíbula se contraían al comerme el coño. Me mordió el
clítoris y me sacudí contra la pared, arqueándome en su boca. Su mano se
dirigió a mi estómago, manteniéndome quieta, y mis manos se aferraron a
su cabeza.
—Oh, oh, oh —jadeé, sus lengüetazos no cesaban. Con sus
lengüetazos firmes, deslizó un dedo dentro de mí. El placer se encendió,
enviando un lánguido calor a través de mi torrente sanguíneo. Un temblor
me recorrió, mientras él movía sus dedos dentro y fuera, una y otra vez.
Con fuerza y rapidez.
Dios, los profundos ruidos de satisfacción que vibraron en él iban a
ser mi muerte. Su oscura mirada se fijó en mí y volvió a pellizcarme el
clítoris. El orgasmo me desgarró como una presa abierta. El placer nadó
por mis venas, extendiendo el cosquilleo por todo el cuerpo.
Su lengua no se detuvo, chupó y lamió, tomando hasta la última gota
del orgasmo. Me temblaban las piernas y me zumbaban los oídos mientras
me recostaba contra la pared. Su boca dejó un rastro de besos por la parte
interna de mi muslo.
Dejando escapar una respiración temblorosa, el rostro de Bas volvió
a enfocarse y mis dedos siguieron enredados en su cabello oscuro. Sus ojos
ardían de hambre, pero no hizo ningún movimiento para desnudarse.
Todavía vestía su traje de tres piezas, mi débil intento con varios botones
desabrochados.
Se levantó, con una mano todavía en mi cadera, mientras con el dorso
de la otra se limpiaba la boca.
Nuestros ojos se encontraron, nuestra respiración sincronizada,
ninguno de nosotros miró hacia otro lado. Quería darle el mismo tipo de
placer. Él era dueño de todo lo mío, yo quería ser dueño de todo lo suyo.
Cuando no se movió, estiré la mano y le quité el traje de los hombros,
y luego le aflojé el resto de los botones del chaleco. El hecho de que no
me detuviera alimentó mi coraje, disparando la adrenalina por mis venas.
Los nervios revolotearon en mi vientre, pero los ignoré. En lugar de
eso, lo miré a los ojos.
—Dime si no lo estoy haciendo bien —dije con voz áspera.
—Todo, contigo, está bien. —Su voz era profunda y gutural, su
control a punto de desmoronarse.
Le quité la camisa de sus abultados hombros y la tiré al suelo. Sus
anchos hombros me dejaron sin aliento. La visión de sus músculos y su
hermosa piel dorada y bronceada me hizo agua la boca. Alcancé su
cremallera y la desabroché, el sonido de la cremallera resonando en el
baño. Y todo el tiempo mantuvo su mirada oscura sobre mí. Le bajé los
pantalones hasta los tobillos. No llevaba nada debajo.
Este hombre era perfecto.
Su estómago era duro como una roca, sus abdominales hacían que el
interior de mis muslos palpitara de dolor. Su gran polla colgaba pesada y
gruesa entre sus piernas. Lo absorbí todo, bebiéndolo. Unas gruesas venas
recorrían su dura longitud.
Se quitó los pantalones y los zapatos, dejándolo gloriosamente
desnudo. Se quedó quieto, con una mano en mi cabello y la otra a su lado,
mientras mis ojos lo absorbían.
Apoyé la palma de la mano en su pecho, y su corazón tronó bajo mi
contacto.
—Eres tan hermoso —susurré, bajando los ojos.
El semen goteaba del extremo de su polla y mi mano se envolvió
alrededor de su eje grueso, frotando su semen con el pulgar. Una fuerte
inhalación salió de sus labios y mis ojos se alzaron hacia su oscura mirada.
Mi pecho subía y bajaba, luchando por respirar. Esta necesidad
desesperada de él, su sabor, sería mi adicción. Lo sabía.
Él era mi propia marca de droga.
Mi corazón latía dentro de mi pecho. Mis manos temblaban mientras
envolvía mis dedos alrededor de su erección. Se sentía tan cálido y suave,
el pre-semen me tentaba a probarlo. Así que lo hice, lo lamí y un gemido
bajo vibró contra las baldosas.
Mi cuerpo zumbó en respuesta.
Esto se sentía como un tipo de poder peligroso y me encantaba. Pasé
la lengua alrededor de su cabeza antes de succionarla en mi boca. Su
mirada oscura se volvió negra como el carbón y su cabeza cayó hacia atrás.
—Mierda, eso es, principessa.
Animada por sus elogios, volví a chuparlo, introduciéndolo más
profundamente en mi boca. Moví la cabeza, arriba y abajo, tomando todo
lo que podía.
El agarre de su mano en mi cabello se hizo más fuerte y movió mi
cabeza, controlando el ritmo. Y la forma en que me dominaba me hacía
sentir caliente y palpitante por él de nuevo.
Movió mi cabeza. Hacia arriba y hacia abajo, introduciéndose cada
vez más profundamente en mi boca.
—Mírame cuando te follo la boca —exigió, con la voz ronca.
Mis ojos se desviaron hacia él y descubrí que su mirada ardía. Por mí.
Sus caderas empujaron hacia delante, introduciéndose más
profundamente en mi boca y golpeando el fondo de mi garganta, mis ojos
se aguaron. Pero me negué a rendirme. Sus respiraciones salieron pesadas,
la tensión en él crecía hasta el punto máximo.
Su mano libre se posó en un lado de mi mejilla y su pulgar la acarició
como si yo lo fuera todo.
—¿Puedo correrme en tu boca, principessa? —preguntó con un
gemido.
Un ligero asentimiento y continuó follando mi boca. Más profundo y
más duro. Mis dos manos se aferraron a sus muslos, mis uñas se clavaron
en sus músculos. Gemí, había algo emocionante en verlo desmoronarse.
Su gemido retumbó desde lo más bajo de su garganta, el sonido fue
fuerte contra la baldosa y pude sentirlo vibrar entre mis piernas. Cuando
terminó, me tragué todo su semen, deseando cada una de sus gotas.
Mientras tanto, su mirada oscura me encendía y me derretía el alma.
Los dos nos miramos, el silencio entre nosotros lleno de esperanzas
para el futuro. Permanecí arrodillada, con el corazón retumbando en mi
pecho y un dolor palpitante entre mis piernas.
Se me escapó un pequeño chillido cuando se agachó, de repente me
levantó agarrándome los muslos y envolví mis piernas alrededor de él. Su
boca se presionó contra la mía, nuestras lenguas se deslizaron una contra
la otra.
—Te amo, Wynter Star —murmuró contra mis labios y mi corazón
se detuvo de golpe, antes de ponerse en marcha. Nunca me cansaría de oír
esas palabras de su boca.
—Yo también te amo, Bas. Siempre. —Era mi promesa para él.
Nos acompañó a los dos a la ducha y la puso en marcha. Chillé,
sintiendo las gotas frías en mi piel caliente. Me apreté más contra él,
robando su calor.
—¡Basilio! —protesté.
Se rio y nos dio la vuelta para que él recibiera todo el frío. Ya había
tomado duchas heladas antes después de las prácticas de patinaje, pero eso
no significaba que me importara.
—Yo te mantendré caliente —dijo—. Siempre. Con mi cuerpo y mi
p...
—Bas —exclamé, sintiéndome repentinamente muy caliente por
todas partes.
Él sonrió, pareciendo de repente más joven que sus veintisiete años.
Sus dedos agarraron mis muslos y me froté contra él.
Otro gemido salió de sus labios y nuestras bocas chocaron. El corazón
se me hinchó y las emociones me recorrieron. Estaba muy enamorada de
él y, por primera vez en mi vida, temía estar sin alguien.
Pero entonces se deslizó dentro de mí y el mundo entero se olvidó.
Éramos solo él y yo.
Una hora más tarde, nos acostamos entre las sábanas de satén negro
desordenadas de Basilio. Apoyé mi cabeza en su pecho y escuché los
latidos de su corazón, que me arrullaban. No habría nada que pudiera
compararse con esto. Ni siquiera el patinaje sobre hielo, y a mí me encanta
el patinaje artístico.
Su mano rozó mi espalda, su tacto me tranquilizó. Arriba y abajo,
arriba y abajo. Sabía que tenía algo en la cabeza, pero no quería
entrometerme. Supuse que me diría cuando estuviera listo.
—Principessa. —Su voz era un susurro caliente contra el lóbulo de
mi oreja.
—Hmmm —murmuré, mi cuerpo se relajó contra él y mi mente se
alejó lentamente.
—Cásate conmigo. —Todo mi cuerpo se levantó de golpe, buscando
su rostro.
—¿Qué? —No lo había escuchado bien.
Tomó mis hombros entre sus manos, su toque firme, pero gentil: y
nuestras miradas se encontraron. Separó nuestros rostros unos centímetros.
—Cásate conmigo, Wynter Star.
Mi pulso se aceleró y mis oídos zumbaron. No podría haberlo oído
bien. El intenso orgasmo que acababa de darme debió haber arruinado mi
cerebro.
—Has sido mía desde el momento en que caíste en mis brazos —
continuó y la convicción en su voz hizo que la adrenalina corriera por mi
sangre y fuera directa al corazón—. Dijiste que me amabas.
—Lo hago —confirmé en voz baja, mientras la sangre latía en mis
oídos. Lo amaba tanto que me dolía.
Se deslizó fuera de la cama, vistiendo solo sus bóxers y una gran
sonrisa en su rostro. Se apoyó en una rodilla, sus ojos oscuros nunca me
dejaron.
—Wynter Star, ¿me harías el honor de convertirte en mi esposa?
Se me escapó una risa ahogada, mientras me debatía si esto era
romántico o no. Mi corazón cantó cuando me miró con tanta intensidad,
que me derritió el corazón. Mataría por este hombre porque vivir sin él no
sería vivir.
—Sí —dije con voz áspera, moviéndome en la cama para estar más
cerca de él. Luego me lancé sobre él, tirándolo al suelo—. Sí, sí, sí. Me
casaré contigo.
Capítulo 25
Wynter
Vestida con una de las camisetas blancas de Bas que me llegaba a la
mitad de los muslos y mis bragas muy cortas, recorrí su casa.
A diferencia de la mayoría de los solteros de los que había oído
historias, el lugar de Basilio estaba impecable. Podía ir a la cocina, pero
probablemente era más seguro que no lo hiciera. Aunque era buena en el
hielo, era terrible en la cocina. No quería arriesgarme a quemar su casa.
Caminé de habitación en habitación. Había que admitir que era un
poco entrometida. Hoy temprano estaba demasiado preocupada por
Davina y luego me vi envuelta en Bas para absorber este lugar, pero ahora
tenía tiempo.
Su cocina era grande y elegante para un soltero. No es que me
encontraría en ella. Pero el resto de su casa era el epítome de la comodidad
con una sensación de hogar. Un despacho con un gran escritorio de caoba
y muebles a juego, un baño de invitados pintado en blanco y negro, y una
habitación de invitados en tonos tierra oscuros parecían acogedores,
aunque no se comparaban con el propio dormitorio de Bas.
Las paredes de su habitación eran de un blanco nítido, con una gran
cama vestida con sábanas de raso negro. Le quedaba perfectamente, dando
a su habitación la apariencia de una guarida del diablo que tienta a las
mujeres con las promesas del pecado, el placer y la felicidad.
Estaba flotando en una nube mientras exploraba su casa, con las
palabras de su propuesta sonando una y otra vez. Una y otra vez,
haciéndome saltar. Me casaría con él. Y no podía esperar.
Desde que conocí a Basilio, la vida había sido diferente. Disfrutaba
más. Apreciaba los momentos libres y disfrutaba pasándolos fuera del
hielo. Además, le había prometido a Basilio que me quedaría aquí. Mi
mano buscó el collar que llevaba en el cuello y mis dedos hicieron girar el
colgante de la calavera.
Metiéndomelo debajo de la camisa, miré a mí alrededor, mis pies
descalzos estaban fríos contra la madera dura.
Él había tocado algo en lo más profundo de mi ser, se había metido
en mi carne, en mi médula, y no hubo manera de dejarlo ir.
Le prometí que nunca me iría y tenía la intención de cumplir esa
promesa. A pesar de la oscuridad que lo rodeaba, también había luz en él.
O quizás era precisamente su oscuridad lo que me atraía.
Estaba tan sumida en mis ensoñaciones que no escuché los pasos.
—Ahora comprendo lo que ha mantenido ocupado a mi hijo —dijo
una voz desconocida en el aire. Me giré y me encontré cara a cara con una
versión mucho más vieja de Basilio. Una versión mucho más oscura y
cruel.
Era curioso porque físicamente el hijo y el padre se parecían mucho.
Su cabello negro azabache tenía mechones plateados por todas partes.
Basilio era uno o dos centímetros más alto que su padre y aunque ambos
eran fuertes, su padre parecía más fornido porque era más bajo. No tenía
ninguna duda de que Basilio se parecería a su padre en su vejez.
Sin embargo, algo en la crueldad de los ojos de este hombre lo
diferenciaba de Bas. Basilio nunca podría convertirse en este hombre.
El despiadado jefe del Sindicato de Nueva York estaba a apenas metro
y medio de mí.
Puede que el tío y Killian nos mantuvieran a Juliette y a mí a ciegas
en el inframundo, pero había oído suficientes historias sobre Gio DiLustro
para saber que no era inteligente estar a solas con él. O estar en su radar.
El corazón me dio un vuelco, pero mantuve el rostro inexpresivo.
Después de todo, tenía años de práctica.
El padre de Bas se apoyó en la puerta del salón, como si estuviera en
su propia casa. Su propio territorio. Bueno, estaba en su territorio. Esta
parte de la ciudad pertenecía a los DiLustros. ¿Cuántas veces nos había
advertido el tío Liam que no cruzáramos a este lado de la ciudad?
Podía saborear el miedo en mi lengua mientras observaba a uno de
los hombres más temidos de la ciudad de Nueva York. A diferencia de
Bas, este hombre era todo crueldad y corrupción. Maldad. Estaba en su
mirada. En la oscuridad del aire que parecía palpitar a su alrededor con
cada leve movimiento que hacía.
—Basilio no está en casa —dije con firmeza, aunque el corazón me
retumbaba con tanta fuerza que podría haberme roto las costillas.
—Casa, ¿eh? —Se rio, aunque había algo amenazante en su risa.
Depredador—. Veo que ya te sientes como en casa.
No me gustaba su tono. Estar a solas en la casa de Basilio con este
hombre seguro terminaría mal.
No se había movido, pero por la forma en que me miraba, como un
depredador, sentí que estaba demasiado cerca. La habitación se estaba
cerrando sobre mí. Su mirada bajó, observando mis dedos de los pies
pintados con brillo, luego viajó sobre mis piernas desnudas. Me sentí
demasiado expuesta, demasiado desnuda.
Dio un paso hacia mí, e instintivamente, di un paso atrás. No quería
que se acercara más a mí; aunque por la forma en que sonreía, parecía que
le había alegrado el día. A este hombre le gustaban las persecuciones y
ahora mismo parecía un gato a punto de atrapar al canario.
Mis ojos buscaron mi teléfono. Estaba en la mesa de café.
¡La mesa de centro!
Lo vi cuando Basilio me dio el collar. En ella guardaba su arma. Su
padre no se molestó en apartar la vista de mí. No me consideraba una
amenaza.
Me desplacé a mi derecha, hacia la mesa. Él me siguió.
—¿Cuánto? —Mi corazón se detuvo y parpadeé confundida. Se rio
con una sonrisa oscura—. ¿Cuánto por dejar que te folle? —Mi corazón
latía con fuerza en el pecho, pero me negaba a mostrarlo. Bas llegaría
pronto a casa. Él me mantendría a salvo—. Di tu precio. Estoy dispuesto
a negociar.
El arma y la mesa de café se olvidaron temporalmente, y me quedé
mirándolo sorprendida.
—No tengo un precio —dije ahogadamente, tragando un nudo en mi
garganta—. Esto no tiene nada que ver con usted.
Me miró con una sonrisa cruel en la cara. La forma en que me miraba
me hacía sentir un escalofrío de miedo. Su boca se convirtió en una gran
sonrisa amenazante que levantó los pequeños vellos de mi piel. Un terror
sin precedentes me obstruyó la garganta.
No estaba preparada para esto. Para luchar. Para defenderme.
Mi corazón tronó contra mi caja torácica. Por primera vez en mi vida,
tenía miedo porque la forma en que este hombre me miraba prometía
pesadillas y represalias. Al hombre no le gustaba que se le negaran.
—Todo el mundo tiene un precio.
Y aquí era en donde mi infame temperamento irlandés entraba en
acción. Cuadré mis hombros y lo miré con desprecio.
—Pues yo no —le espeté—. No quiero ni necesito tu asqueroso
dinero.
En dos grandes zancadas, el hombre estaba en mi cara. Lo había
hecho enojar. Este era el mafioso aterrador, despiadado y loco.
Literalmente se elevaba sobre mí, ejerciendo su intimidación.
Pero lo que me sorprendió fue el odio en sus ojos. ¿Qué podía haber
hecho yo para que este hombre me odiara tanto? El odio suele ser personal
y este hombre acababa de conocerme.
Usando toda mi fuerza de años de entrenamiento, le di una patada
entre las piernas y corrí hacia la mesa de café. No fui lo suficientemente
rápida o no le pegué lo suficientemente fuerte. Me agarró del brazo y me
tiró hacia atrás. Perdí el equilibrio y caí al suelo. Mi cabeza crujió contra
el suelo de madera. Las estrellas bailaron frente a mi visión.
Eran peculiares los pensamientos que pasaban por la cabeza de uno
cuando entraba en pánico. No pensé en mi madre. No pensé en Basilio. No
pensé en sobrevivir. Mi único y maldito pensamiento era no romper nada
ni sufrir una conmoción cerebral para poder continuar con mi
entrenamiento.
Mis prioridades estaban jodidas. O tal vez el patinaje sobre hielo y el
entrenamiento se me habían inculcado durante tanto tiempo que no sabía
pensar en otra cosa.
Mis dedos se cerraron alrededor de la pata de la mesa y la agarré con
fuerza mientras me ponía de rodillas. Estaba desesperada por alejarme de
él. No fui lo suficientemente rápida. Sus manos me agarraron por las
caderas y me empujaron hacia atrás.
Al perder el equilibrio, mis rodillas cedieron y mi cabeza golpeó la
esquina de la mesa de café. Las estrellas volvieron a aparecer en mi visión.
¡Mierda!
Su risa áspera llenó la habitación. Perforó mis tímpanos. Envió miedo
a cada célula de mí. Sentí un líquido pegajoso deslizándose por mi sien, el
rojo goteaba frente a mi visión.
No podía rendirme. Tenía que luchar.
Su mano se envolvió alrededor de mi garganta desde atrás, su cuerpo
se presionó contra mi culo y con horror me di cuenta de que el hombre
estaba jodidamente duro. El bulto en sus pantalones no podía confundirse
con nada más.
Al segundo siguiente, me volteó sobre mi espalda. Mi cabeza volvió
a golpear el suelo. Me sacudí contra él, resistiendo; pero no pareció
inmutarse en absoluto. Sus dedos rasgaron mi camisa por la mitad.
Giré mi cabeza hacia un lado. Me dio un revés; mi mejilla ardía, mi
visión se nubló y mis oídos zumbaban por la fuerza del golpe. Mi boca se
llenó de sangre, con un sabor metálico abrumador. Estaba en mi lengua,
en mi garganta. Podía olerla.
Las lágrimas me empañaron los ojos, no sé si por el dolor de la
bofetada o por el terror helado. Nunca me habían pegado en toda mi vida.
—No te preocupes —siseó contra mi oreja, mientras su otra mano
aferraba mi cabello y tiraba de él hacia atrás—. Te voy a domar. Sabía que
tu madre estaba viva. Esa puta irlandesa mentirosa y asquerosa.
Parpadeé, confundida por su referencia a mi madre.
Pero no pude reflexionar sobre ello. Su respiración era fuerte, su
aliento vil contra mi piel mientras separaba mis muslos. Lucha, exigía mi
mente. Lucha.
El sonido de la cremallera fue siniestro. Su polla salió disparada y yo
retrocedí de un tirón, girando. La bilis subió a mi garganta y amenazó con
vaciar mi estómago.
Tenía que alejarme de él. Me arrastré sobre las manos y las rodillas.
—También puedo follarte el culo. Te voy a romper, chica.
Luché contra él. Le di un codazo lo suficientemente fuerte como para
escuchar sus gruñidos y su asqueroso aliento en mi cuello. El cristal se
hizo añicos, un jarrón de la mesa de café. Sus manos me agarraron del
cabello y tiraron mi cabeza hacia atrás con tanta fuerza que un dolor agudo
recorrió mi cuello y la espalda.
Las náuseas se me enroscaron en el estómago. Su risa sonó en mis
oídos. Agarró mis bragas y las bajó por mis piernas. Sus dedos se
introdujeron entre mis piernas y sentí el sabor del vómito en mi garganta,
el ácido quemándola en carne viva.
Eché la cabeza hacia atrás y le di un cabezazo. No vi venir su puño,
ni su mano que me ahogaba la vida. Ignorando el dolor que sentía en cada
centímetro de mí, volví a darle un cabezazo. Su agarre se aflojó lo
suficiente como para clavarle el codo en el estómago.
Aproveché su recuperación y empecé a arrastrarme, con los cristales
cortándome las palmas.
Solo le tomó un segundo reaccionar y apretar su agarre en mi cabello.
Se me escapó un grito y mi cuero cabelludo ardió de dolor.
Su boca se aferró a mi nuca y mordió con fuerza. Grité. Grité con
tanta fuerza y durante tanto tiempo que me ardían los pulmones. Las
lágrimas me pincharon los ojos. Este hombre me iba a violar. Tenía que
pensar en una forma de escapar de este monstruo.
Tenía que poner mis manos en el arma. Utilizando todos mis
músculos, le di una patada con el talón del pie. Su agarre se aflojó lo
suficiente como para permitirme moverme.
Ignorando el dolor en mi palma y mi hombro, agarré la manija del
cajón. Tiré con fuerza, todo el cajón se salió de las correderas y salió
volando al suelo.
—Qué fiera, estamos ¿verdad? —se burló. Al segundo siguiente sentí
su mano abofetearme en la cabeza con tanta fuerza que me zumbaron los
oídos.
No voy a morir así, susurré en mi mente. No puedo morir así.
Se rio, casi como si hubiera escuchado mis pensamientos.
—Deberías haber aceptado la oferta —se burló—. Te habría dado
unos cuantos millones y te habría follado. Ahora, voy a follarte y a matarte.
Mi cara palpitaba. Todo mi cuerpo palpitaba. La sangre manchaba
mis manos. Mis piernas. Podía ver el arma por el rabillo del ojo. Me
abalancé sobre ella, pero su mano tiró de mi camisa y otro sonido de
algodón rasgado llenó el aire.
El arma era mi objetivo final. Necesitaba esa arma.
Sus manos llegaron a mi cintura y me voltearon, mi espalda
golpeando el suelo. La camisa rasgada no podía proteger mi espalda
desnuda de los fragmentos de vidrio que cortaban mi piel. Un grito salió
de mi garganta. Las lágrimas comenzaron a fluir. Su puño golpeó mi
mandíbula y unas manchas bailaron frente a mi visión, tonos negros y
rojos. Tal vez azul. No sabría decirlo.
—Tu madre también se creía demasiado buena —siseó, con su aliento
golpeando mis fosas nasales. Olía a whisky y a cigarrillos.
Sus palabras no tenían sentido. Quizás estaba loco.
Su rodilla me separó más las piernas y otro grito salió de mis labios.
Lleno de angustia. Lleno de dolor. Lleno de terror.
Le di una patada. Lo arañé y acuchillé la cara. Su palma conectó con
mi mejilla y al instante mi mejilla explotó de dolor.
Piensa, mi mente seguía susurrando. Piensa.
Relajé mi cuerpo y al instante pude ver cómo la victoria se reflejaba
en su rostro. La maldad de sus ojos era negra y empañada.
—Sabía que lo verías a mi manera —siseó, con la respiración agitada.
Mantuve mi cuerpo relajado y esperé. Su mano acarició mi pecho. Su
tacto me disgustó. Me subió la bilis a la garganta. Concéntrate, susurró mi
mente.
—Ya veo por qué le gustas —dijo, con su aliento golpeando mis fosas
nasales. No tenía idea de qué mierda estaba hablando, pero me mantuve
quieta. Seguí mirándolo con los párpados medio cerrados, esperando mi
oportunidad—. Tu fuego probablemente lo excita. Igual que me excita a
mí.
Dios, quería escupirle a la cara. Y luego romperla contra todos los
cristales del suelo.
—Pero es solo un chico —ronroneó—. Te voy a enseñar cómo folla
un hombre de verdad.
Estaba tan excitado que soltó mis muñecas para acercar su polla a mi
entrada, y fue entonces cuando vi mi oportunidad. Con todas mis fuerzas,
le di un rodillazo en las pelotas y mi puño voló por el aire y conectó con
su cara. Lo empujé y me apresuré a agarrar el arma que estaba a medio
metro de mí.
La agarré, me puse en pie y lo apunté, deslizando la cámara hacia
atrás para asegurarme que había una en la recámara, lista para disparar.
Se rio.
—No vas a dispararme.
—Yo no apostaría por eso.
Me observó y debió ver algo en mi cara que lo convenció que
apretaría el gatillo. Mantuve mi dedo fácilmente en él, asegurándome de
que se mantuviera alejado de mí mientras me ponía de nuevo los
pantalones cortos.
—¿Sabías que conocía a tu madre? —Mis ojos se abrieron. Fue un
error. Se aferró a mi sorpresa y siguió insistiendo en esa debilidad—. Se
suponía que era mía.
—Estás mintiendo —dije con voz ahogada.
—No, no miento —protestó—. Pregúntale a ella. Ella no amaba a tu
padre.
Esto no tenía sentido. Mi madre no hablaba de mi padre, pero decía
que lo amaba. ¿No era así? Mi mente trabajó vigorosamente, recordando
lo poco que me había dicho.
“Me enamoré. No era aceptado”.
“Tuve que elegir. El amor o mi carrera. Terminé perdiendo ambos”.
Gio estudió mi expresión.
—Te pareces a ella —dijo—. Pero ella eligió mal.
Un grito ahogado recorrió la habitación. ¿Mi madre amaba a Gio
DiLustro? ¿Cómo entró en juego mi padre? No, no, no. Este hombre era
cruel. Malvado. Era evidente en sus ojos y en su expresión. No había
posibilidad de pasarlo por alto.
—La bala en su rodilla... —Observé que sus ojos oscuros se
endurecían—. Yo la puse ahí. —Mi pecho se congeló y luego se convirtió
en un infierno furioso. Me consumió por dentro y me hizo temblar las
manos.
Gio se rio, como si fuera la cosa más divertida cuando eso arruinó su
vida. Solo alimentó mi ira aún más. Patinar sobre hielo era como respirar
para mamá. Para mí.
—¿Crees que le gustará mi hijo como yerno?
Ella no lo haría. Finalmente tuvo sentido por qué mamá se negaba a
venir a la Costa Este. La oportunidad del futuro con Bas se alejaba
lentamente como una pluma en la brisa.
El dolor en mi pecho abrumaba todos mis otros sentidos y opacaba el
dolor físico. Era el tipo de dolor que dificultaba la respiración. El tipo de
dolor que hace que las rodillas se debiliten de la peor manera.
—Mi mamá respiraba patinaje sobre hielo —dije, mi pecho se
apretaba con cada respiración—. Ella lo vivía, y prosperaba con ello.
Ni un solo músculo se movió en la cara de Gio. Sin arrepentimiento.
Ninguna pena. Nada.
—¿Por qué serías tan cruel? —susurré, sabiendo lo mucho que
rompió a mi mamá haber perdido su oportunidad de patinar. Su pasión.
Lo vi todos los días en su cojera. O cuando le molestaba la rodilla. La
forma en que el dolor llenaba sus ojos a veces cuando me veía patinar. Ella
tenía eso y lo perdió. Todo por culpa de este hombre.
—La amaba —dijo él, con voz fría—. Su herencia rusa era una
ventaja. —Mis cejas se fruncieron—. Sí, tu madre era la amada hija del
Pakhan. ¿Por qué crees que los rusos no soportan a tu familia? Los
Brennan secuestraron a tu abuela. —La sorpresa me invadió ante esa
revelación y lo único que podía hacer era mirar fijamente—. Pero tu
maldita madre, todo lo que quería era a mi hermano. Cuando ella lo dejó,
en lugar de venir a mí, se casó con un patinador. —Se burló y casi parecía
que quería escupir—. Tu padre era un puto chiste. Tan jodidamente débil.
Bajé la mano a mi costado, el arma de repente se sintió demasiado
pesada para sostenerla. Mis pulmones carecían de oxígeno, cada aliento
tembloroso hacía más difícil respirar. Había demasiada información.
Demasiada historia que no entendía.
—Por supuesto, en el momento en que Basilio te vio, supo quién eras
—continuó y mi corazón se hizo añicos—. Hemos planeado esto. Eres
nuestro billete hacia el Pakhan, y los rusos que siguen negándose a unirse
al Sindicato.
Tragué con fuerza, los latidos de mi corazón me destrozaban con cada
latido contra mi pecho. Era irónico que lo mismo que aseguraba que
viviera fuera tan doloroso.
—Te casarás con Basilio, y la familia DiLustro hará una alianza con
el Pakhan —se jactó—. Nos desharemos de los irlandeses, de una vez por
todas.
Sobre. Mi. Cadáver.
—Estás loco —siseé.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio como si hubiera contado un chiste
o toda esta situación fuera divertida.
—Realmente no pensaste que Basilio estaba persiguiendo a una chica
tonta sin un final en mente. Todo el tiempo, fue para asegurar una alianza
y acabar con tu tío. Sabía que esto sucedería. Él lo sabía, por eso se fue.
Dio un paso adelante y, al instante, levanté mi arma.
—Te la jugaron. —Se rio Gio—. Después de todo, soy el que le
enseñó a mi hijo a jugar el juego.
No soy un buen hombre. Las palabras de Basilio de nuestra primera
cita volvieron con fuerza. Me dijo que era un mal tipo y, sin embargo,
como una tonta, me negué a verlo.
—Dame esa arma —me dijo. Otro paso—. No eres una asesina, así
que ahórranos el tiempo a los dos.
Se movió hacia mí y apunté a su rodilla derecha, luego apreté el
gatillo.
Pum.
—Tienes razón —le dije mientras caía al suelo—. No soy una asesina.
Pero no estoy más allá de hacerte perder una pierna.
Amartillé el arma y apreté el gatillo de nuevo.
Capítulo 26
Wynter
Me temblaban las piernas, el cuerpo me dolía y la sangre me cubría
las manos y la cara. Sujeté los jirones de mi ropa con una mano mientras
me apoyaba en las paredes del pasillo con la otra.
Tenía que salir de ahí. Apretando los dientes e ignorando el dolor que
me producía cada paso, seguí avanzando y salí a trompicones de la casa de
ladrillo rojo de Bas.
El aire caliente me golpeó. El ruido de la ciudad coincidía con mi
estado de agitación. Mis pasos se detuvieron.
Un automóvil estaba estacionado frente a la casa de Basilio y un
hombre estaba de pie frente a él. Grande, voluminoso. Nuestras miradas
se cruzaron y, por un momento, pensé que me mataría o me enviaría de
vuelta al interior, para enfrentarme a la muerte.
—Vete —articuló y el alivio se apoderó de mí. Incliné la cabeza y las
lágrimas quemaron mis ojos.
Salí corriendo. Iba descalza, la sangre manchaba mi camisa rasgada,
dejando mi espalda al descubierto. Solo llevaba unas bragas cortas, ahora
manchadas de sangre. Mi teléfono quedó atrás. Todo.
Bas jugó conmigo. Bas jugó conmigo.
Las palabras gritaban en mis oídos mientras corría por la calle, las
miradas se dirigían hacia mí, pero las ignoré todas mientras mi pecho
ardía.
¡Oh, Dios mío! El padre de Bas le había disparado a mi madre.
¿Cuántos secretos tenía nuestra familia? Ni siquiera sabía que le
habían disparado a mi madre. ¿Tenía un pasado con DiLustro? DiLustro
tenía que estar mintiendo.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó un transeúnte; pero lo ignoré,
corriendo sin rumbo por la calle. No podía llamar al tío Liam. Mataría a
Bas.
Idiota, no debería preocuparme por Bas. Me había traicionado. Me
había dejado con su padre para...
Un escalofrío recorrió mi columna vertebral y el miedo me heló las
venas. Bas me dejó.
El sonido de los neumáticos chirriando. Gritos. Lo ignoré.
Fui una idiota. Caí en su trampa. Como un cordero al matadero.
—Wynter.
Mi corazón se aceleró. Él venía detrás de mí. DiLustro venía a acabar
conmigo. Aceleré, mis oídos zumbando con adrenalina y terror.
Una mano se envolvió alrededor de mi muñeca y grité, sacudiéndome
contra ella.
—Wynter, soy yo. —Dos manos me rodearon y me hicieron girar.
Unos ojos azules pálidos se encontraron con los míos y parpadeé—. ¿Te
acuerdas de mí?
Miré frenéticamente a mí alrededor. No había nadie más, solo él.
—Sasha —susurré, con desesperación. Los ojos me ardían y el dolor
me arañaba el pecho y me robaba el aliento. Los sollozos que intentaba
contener desesperadamente me ahogaban, haciendo que cada inhalación y
exhalación fueran físicamente dolorosas.
Él asintió y rompí a llorar. No había forma de detener la compuerta
de las lágrimas. Los grandes brazos de Sasha me rodearon y mi cuerpo se
estremeció con los sollozos.
—¿Quién te ha hecho esto? —gruñó.
Mis sollozos me destrozaron y las palabras se negaban a salir. ¿Cómo
podía decírselo? La maldita idiota que había en mí todavía se preocupaba
por lo que le pasaría a Bas. No debería importarme. No me importaría. Un
día, pero ahora mismo, no podía pronunciar esas palabras. Además, si Bas
y su padre eran tan despiadados, pondría al tío y a mamá en peligro. Juliette
y Killian, mis amigas. No podía dejar que les pasara nada, y sabía que en
el momento en que pronunciara Gio DiLustro, el tío se pondría en pie de
guerra contra todos ellos.
—Dime —exigió, su pecho vibrando bajo mi mejilla. Sacudí la
cabeza contra él. Nunca diría el nombre.
—Tenemos público —refunfuñó, quitándose la chaqueta del traje.
Levanté una mirada inexpresiva hacia su azul pálido. En el momento en
que apoyó su chaqueta sobre mis hombros, me estremecí y un músculo de
su mandíbula se tensó.
—Déjame llevarte a casa. —Algo amargo pasó por sus ojos, como si
le persiguieran fantasmas. El pensamiento no tenía sentido, pero no pude
quitármelo de encima—. Llamaré a Brennan desde el auto.
Saqué todo mi cuerpo de su agarre y sacudí la cabeza frenéticamente.
—No. Al tío no —supliqué, con la voz ronca—. A su casa no. Todavía
no.
Miró a nuestro alrededor, gruñendo al público que se dispersó
inmediatamente.
—Ven al auto conmigo. Mi hermano está allí. Te llevaremos a un
lugar seguro.
—A casa no —repetí, con mi exigencia clara. Si el tío me veía, sería
malo. No podía dejar que eso sucediera. Era una carga que debía soportar.
Incluso sabiendo quién era Bas, fui de buena gana a verlo. A pesar de las
advertencias que había escuchado, había confiado en Basilio DiLustro.
—No, a casa no —prometió, y luego su brazo rodeó mi cintura,
impulsándome hacia adelante.
Con su único y voluminoso brazo me empujó hacia el auto y lo seguí
mientras miraba la tinta de sus dedos. Parecían símbolos, pero no podía
distinguir lo que eran. Tenía la vista nublada por las lágrimas y la
concentración aún más.
Una vez junto al Mercedes G-Benz negro, abrió la puerta trasera y me
ayudó a entrar en él, para luego deslizarse a mi lado. Su hermano estaba al
volante. Me aferré a la chaqueta de Sasha cuando me encontré con los
pálidos ojos azules de Alexei en el espejo retrovisor.
En sus ojos brilló algo oscuro y desquiciado que me hizo encogerme
en el asiento.
—¿Qué coño le ha pasado? ¿Quién? —escupió en ruso, con una voz
más fría que las temperaturas del Ártico. Sasha respondió también en ruso
y mis ojos se movieron entre los dos.
—N-nadie —respiré, mi voz sonaba ligeramente distorsionada desde
mi labio que comenzó a hincharse. Me pasé la lengua por él y el corte me
dolió mucho.
—¿Entiendes el ruso? —preguntaron Sasha y Alexei al mismo
tiempo, con sorpresa en sus rostros.
Asentí.
—Era una asignatura optativa y, por alguna razón, me funcionó —
murmuré, doliéndome cada músculo de la cara mientras hablaba.
—Dime un nombre —dijo Alexei, la exigencia clara en su fría voz.
Sacudí la cabeza.
—Sabes que no podemos dejar que quien te hizo esto se salga con la
suya —fue la respuesta de Sasha.
—No —respondí con obstinación.
Sasha se pasó la lengua por los dientes con agitación. Tomé la gran
mano de Sasha con las dos mías y apreté desesperadamente.
—Por favor. Por favor, déjalo ir. N-no voy a ir por ahí B... —Me
interrumpí justo a tiempo—. No iré por esa zona. Por favor.
Alexei negó con la cabeza y buscó algo en sus pantalones. Lo observé
con los ojos muy abiertos, conteniendo la respiración. Era su móvil, lo
miró y marcó un número.
—Nico, necesito la vigilancia en el lado este de Nueva York —dijo,
con voz monótona y áspera—. Luego recitó la manzana de la ciudad en la
que me encontró.
—Por favor —le supliqué en un ronco susurro—. Por favor, no. Te
daré cualquier cosa.
Alexei me ignoró y me volví hacia Sasha.
—Sea quien sea, Wynter, no te preocupes. Te protegeremos. No
volverán a llegar a ti.
Sacudí la cabeza con desesperación y mi visión se nubló, con lágrimas
y dolor. El dolor físico no se comparaba con el dolor de mi corazón. Se
suponía que era un órgano que insuflaba vida a un cuerpo, pero cada
bombeo y latido del mismo dolía más que cualquier otra cosa que hubiera
experimentado antes.
—Eso es imposible —refunfuñó Alexei en el teléfono y mis ojos
dejaron a Sasha para mirar a Alexei, tratando de leer su expresión
imposiblemente pasiva.
—Jesús, estás sangrando por todas partes —siseó Sasha, y luego me
llevó un pañuelo a la cara, el movimiento me recordó a Bas.
Mis oídos empezaron a pitar, mis pulmones se cerraron y mis
respiraciones salieron irregulares. No podía respirar. Agarré el dobladillo
de su chaqueta y mi cuerpo empezó a temblar. Las lágrimas picaban mis
cortes, corriendo por mis mejillas.
—Maldición —murmuró Alexei desde el asiento delantero—.
Hablaré contigo más tarde, Nico. Sigue intentándolo. Sasha y yo queremos
ese nombre.
Sasha me atrajo en un abrazo de oso y me estreché contra él. El
conocimiento de que nunca tendría a Bas atravesó mi pecho, abriendo mi
corazón de par en par. Se me hizo un nudo en la garganta y apreté los ojos.
Nunca lo tuve, susurró mi corazón. Todo era una mentira.
—¿Qué dijo Nico? —Pude escuchar la furia en la voz de Sasha y
quemó más miedo por mis venas. Si el nombre DiLustro salía a la luz, irían
a la caza de Bas, de su padre... de todos los DiLustro. Si ellos no lo hacían,
el tío Liam lo haría con toda seguridad. No era de extrañar que mamá no
quisiera venir a Nueva York.
—La vigilancia de la ciudad estaba borrada —comentó Alexei,
poniendo el auto en marcha. Un pequeño alivio me invadió—.
Comprobará las privadas.
No tenía ni idea de lo que significaba. Mi cuerpo temblaba
incontrolablemente y, ahora que la adrenalina había desaparecido, el dolor
aumentaba con cada segundo.
—Tenemos que llevarla al hospital —refunfuñó Alexei—. Brennan
se enterará y quemará esta maldita ciudad. Lo sabes, Sasha. Tenemos que
llamarlo.
Mis dientes rechinaron mientras negaba desesperadamente con la
cabeza.
—N-no. P-por favor.
—Wynter, el hospital lo llamará y tú necesitas atención médica.
Especialmente si fuiste v... —Violada.
Se cortó. Pero no fui violada. Estuvo muy cerca, pero me escapé.
—H-hospital, n-no —dije toscamente, todo mi cuerpo temblando
incontrolablemente—. P-periódico. Me reconocerán.
Sasha me miró sin comprender, y luego se volvió para encontrarse
con los ojos de Alexei.
—Es una patinadora artística olímpica —explicó Alexei. Si no
estuviera en un estado tan horrible, me sorprendería que alguien de su
calibre supiera eso.
Sasha debió pensar lo mismo porque murmuró:
—No te tomé por un fanático del patinaje artístico.
—Vete a la mierda, Sasha —le dijo Alexei—. A Aurora le gusta.
Se desplazó por su teléfono y marcó a otra persona mientras todo mi
cuerpo se estremecía y una neblina se hinchaba en mi cerebro.
—Cassio, tenemos que llevar a alguien a tu ático. —La voz monótona
de Alexei llenó la niebla de mi cabeza. Una mano invisible rodeó mi
garganta, cortándome el oxígeno.
Intenté aferrarme a mi conciencia, pero el zumbido en mis oídos
crecía y crecía. Moví la cabeza, al menos lo intenté.
—Sasha, creo que...
Y el mundo se volvió negro.
Capítulo 27
Basilio
Debería haber sabido que los villanos no tenían un final feliz.
Demasiada sangre en mis manos. Demasiados errores. Pero me di
cuenta en las últimas horas que destrozaría este mundo. Pedazo a maldito
pedazo, hasta que la encontrara a ella o a algún lugar olvidado por Dios
donde pudiera poner mi dolor.
Este dolor dentro de mi pecho arañaba mi corazón y mi alma. La
presión había sido una compañera constante, desde el momento en que
entré en mi casa para encontrar sangre por todo el pasillo y el salón.
Encontrar a mi padre allí. Pero sin Wynter.
Hubiera deseado que se intercambiaran. Deseaba que los rusos se
hubieran llevado a mi padre, no a mi mujer. Aunque había un sentimiento
del que no podía deshacerme. Mi padre nunca venía a visitarme.
Malditamente nunca. Prefería citarme en su casa. Cuando comprobé mi
vigilancia, la encontré limpia. Técnicamente, los rusos podrían haber
hecho eso también.
Hice que Angelo revisara la vigilancia de las calles aledañas en mi
presencia, pero encontramos la mayor parte borrada también. Con una
pequeña excepción. Un vistazo al cabello rizado y dorado manchado de
sangre que se metía en un Mercedes G-Benz negro tres calles más allá. Era
inconfundiblemente Wynter, el tono exacto de su cabello rizado rubio
dorado. Apenas dos segundos capturada, pero fueron suficientes para ver
lo maltratada que estaba. Y todo lo que pudimos obtener del hombre que
la empujó al auto fue su gran espalda y un vistazo a un tatuaje en su dedo.
El número de la placa no nos llevó a ninguna parte. Tratar de
encontrar un ángulo diferente también fue infructuoso.
Nunca me había sentido tan impotente. Ni siquiera podía permitirme
pensar en lo que le había pasado a Wynter, preguntándome si seguiría viva.
El miedo y la furia se cocinaban a fuego lento bajo mi piel. No podía
pensar con claridad.
En el momento en que entré en mi casa y la encontré desaparecida,
un enorme agujero me atravesó el pecho y crecía a cada segundo. Mi mente
se agitó, dispuesto a desatar una maldita guerra y causar estragos en todo
el mundo. Rusos, irlandeses. A – cada – maldito. Me llamaban Villainous
Kingpin, pero iban a probar a un capo psicótico.
A menos que recuperara a mi chica, perdería mi maldita mierda.
Todo lo que podía pensar era en que le había fallado. No la protegí.
Igual que no protegí a mi propia madre.
Mi mundo no valía nada sin ella. Este agujero en mi pecho dolía más
ahora que después de perder a mi madre.
Hice que Priest buscara en los registros de Yale. Vigilancia. Hasta
ahora, no habíamos encontrado nada. Ni una maldita pista. Como si
hubiera desaparecido en el aire.
Llegué a la esquina de un edificio que pertenecía a la Bratva. Esta era
mi segunda en cuestión de horas. Estaba desesperado por localizarla.
Mantuve vivo a un captor del último ataque y lo interrogué. Sin respuestas.
Ninguna pista. Nada de nada.
La Bratva no poseía ningún edificio en la ciudad, pero justo en las
afueras tenían unos cuantos almacenes. Agachado, eché un vistazo y
encontré a dos hombres vigilando la entrada.
Mi teléfono vibró débilmente. Introduje el código en mi teléfono para
abrirlo y descubrí que el mensaje era de Dante.
Dante: *¿Dónde estás?*
Yo: *Ocupado*.
Priest: *Deja de cazar a ciegas*.
A no ser que alguno de ellos pudiera darme información sobre
Wynter, o la vigilancia de mi casa para poder ver lo que había pasado con
ella o quién había invadido mi casa, no tenía nada que decir. Tenía el mejor
sistema de control de vigilancia y para qué carajo. No hubo una segunda
captura del ataque. Angelo debía estar volviéndose descuidado en su vejez,
y yo quería matarlo por ello, carajo. Ni Angelo ni Priest pudieron
conseguir información sobre las amigas de Wynter tampoco.
Dante: *Vas a conseguir que te maten yendo solo por la Bratva*.
No estaba solo. Traje a tres de mis mejores hombres. Los miré
fijamente.
—Mantén a uno vivo —ordené.
Un asentimiento escueto. Y levantamos nuestras armas y disparamos.
Uno caído. Dos caídos.
Las balas comenzaron a volar. Seguí el camino y divisé la ventana de
dónde venían las balas. Apunté y apreté el gatillo. Otro caído. Corrimos
hacia la entrada, manteniendo un ojo atento. No dispararon más balas.
Miré a mi hombre, que escaneó el edificio en busca de calor corporal
con nuestro dispositivo de grado militar. Levantó cinco dedos. Excelente,
esto debería ser fácil entonces.
Al atravesar la puerta, dos atacantes vinieron por mí. Disparé a uno y
corrí hacia el siguiente. De los otros tres se encargaron mis hombres. Sin
balas, saqué mi cuchillo. El hijo de puta me golpeó el estómago, pero lo
esquivé y le clavé la hoja en el hombro. Gritó y mi siguiente movimiento
fue clavar mi cuchillo en su muslo.
Antes de que pudiera atacarme de nuevo, lo agarré por detrás y le
rodeé la garganta con un brazo. Siguió luchando contra mí como un
maldito loco. Todavía no había visto la locura. Con la culata de mi arma,
le golpeé la sien y su cuerpo se aflojó.
Media hora después, mi ropa estaba empapada de sangre y seguía sin
tener respuestas.
Sus últimas palabras antes de morir fueron:
—Pakhan quiere a la mujer.
¿Estaba hablando de mi mujer.
Capítulo 28
Wynter
Las voces en la distancia estaban distorsionadas. Hacían que me
doliera la cabeza. Podía sentir la tensión tan fría en el aire. Lamía mi carne,
enviando un escalofrío a través de mi cuerpo.
—No seas jodidamente estúpido, Sasha. —Una voz clara gruñó—.
Brennan tolerará muchas cosas. Ocultarle algo como esto, no lo hará.
Quemará la ciudad, el mundo, e irá a la guerra por esto.
—Ella no quiere ir con él —respondió Sasha—. Déjala sanar aquí. O
puedo llevarla a mi casa, pero hay que dejar que el médico termine de
limpiar sus heridas.
Intenté con todas mis fuerzas abrir los párpados, o al menos moverme,
pero mi cuerpo se negaba a obedecer.
—Podría tener una conmoción cerebral. —Otra voz, la de una
mujer—. Si lo tiene, esto saldrá a la luz. Es una patinadora olímpica, tendrá
que someterse a pruebas médicas para comprobar su estado físico. Saldrá
a relucir. Necesita los mejores médicos para esto.
—Que se jodan todos —refunfuñó la voz de Sasha—. En cuanto el
médico termine, la llevaré a mi casa. Si Brennan se entera, será mi culpa.
—No seas estúpido, Sasha. —La misma voz de mujer replicó
secamente. Sonaba vagamente familiar—. Como si Alexei o Vasili te
dejaran luchar solo contra él. Nos estás arrastrando a todos y obligándonos
a luchar contra él.
—Tienes que llamar a Brennan. —La voz de un hombre discutió—.
Al menos dile que está contigo y que está bien. Acaba de recuperar a su
mujer y está preocupado por asegurarse de que está bien, pero irá por
Wynter. Es solo cuestión de horas.
—¿Fue violada? —preguntó una voz femenina desconocida. Mi
cuerpo se estremeció y abrí la boca para negarlo. Pero no podía oír mi voz.
¿Les dije que no lo había hecho?
—Dios mío. Brennan perderá la cabeza. Nos quemará a todos y nos
llevará a la guerra, sin importar si puede ganarla o no. —Ojalá conociera
esa voz—. ¿Recuerdas lo malo que fue cuando su hermana fue disparada
por DiLustro? —Un dolor agudo atravesó mi pecho—. Quemó su lado de
la ciudad, carajo. Los cazó y...
Mi mente se alejó y una negrura bienvenida llenó mi cerebro. Y todo
el tiempo las voces se quedaron cerca.
Capítulo 29
Sasha
Me importaba una mierda lo que dijeran Cassio, Alexei o cualquiera.
No rompería mi promesa a Wynter. Incluso después de todos estos
años, recordaba haberle fallado a otra mujer. El resultado fue su muerte.
Me quedaría con Wynter a pesar de todo, y si la guerra con Brennan era
necesaria para mantener mi promesa, a la mierda, lo haría.
No tenía nada mejor que hacer de todos modos. Me negué a fallarle a
esta mujer también.
El médico examinó su cuerpo y la enfermedad se sentó en la boca de
mi estómago con moretones y cortes por todas partes. Se defendió de quien
la había atacado, de eso no había duda. Sus puños y nudillos lo
demostraban.
Me negué a salir de la habitación cuando el médico revisó sus heridas
y la enfermera limpió la sangre de su cuerpo. Había mucha. En la cara, en
las manos, en los muslos, en las piernas. Había estado inconsciente durante
horas. Demasiado tiempo. No podía especular con una conmoción
cerebral, al menos no hasta que ella despertara.
Solo deseaba que se despertara ya.
La llevaría a mi casa después y ella podría quedarse allí hasta que
estuviera lista para irse. Cuando fuera y donde fuera. Las luces de la ciudad
brillaban a través de las ventanas y se reflejaban en su cabello.
Incluso en su maltrecho estado, la chica parecía vulnerable y
angelical.
Alargué la mano y le toqué la frente. No tenía fiebre.
—Creo que solo está descansando —dijo la enfermera, tratando de
reconfortarme. Mierda, debería haberla seguido. Ella y sus amigas eran
una receta para el desastre, especialmente entre hombres despiadados
como nosotros.
¿En qué estaba pensando Brennan cuando protegía tanto a las chicas
que no podían distinguir lo imprudente y peligroso de una aventura?
Tatiana, mi hermana; e Isabella, la esposa de Vasili, hicieron algunas
cosas aventureras y locas; pero nunca temerarias. Nunca peligrosas.
—¿Debemos hacer un escáner cerebral? —le pregunté a la enfermera.
Wynter no se había despertado ni una sola vez.
La puerta se abrió detrás de mí y no necesité girarme para saber quién
era. Alexei estaba tan perturbado con esto como yo. Por una razón
diferente. Él lo vivió.
—¿Algo? —Sacudí la cabeza como respuesta. No me gustaban
mucho las emociones, pero maldición si no me estaban ahogando ahora
mismo. Ciertos fantasmas eran difíciles de olvidar.
La mano de Alexei se acercó a mi hombro y se posó allí. Nunca tocaba
a nadie, excepto a su mujer, así que sabía que le estremecía ver a Wynter
así.
—Es fuerte —dijo en su forma monótona.
No estuve de acuerdo. Ella era débil. Demasiado feliz. Demasiado
descuidada. Demasiado inocente.
Saqué diferentes imágenes de ella y, demonios, la chica sí que era una
patinadora artística. Una jodidamente buena. Pero era demasiado blanda.
Incluso abrazaba a las chicas que eran descalificadas en sus competiciones
para consolarlas.
¿Quién coño hacía eso? Aplastabas a tus oponentes, no las abrazabas.
—Si quieres quedarte con ella —continuó Alexei a su manera—, te
ayudaré.
Dios, sonaba como si quisiera secuestrarla y mantenerla como mi
mascota.
—Ustedes dos suenan como idiotas. —La voz de Aurora nos regañó
suavemente. Miró a la enfermera que se levantó y salió de la habitación.
Supongo que la enfermera quería asegurarse de que la chica nunca
estuviera a solas con un hombre—. No puedes quedarte con ella. Ella es
un ser humano. Me refiero a lo que corre por las venas de los Nikolaev.
Movió al bebé en su cadera.
—Ella pertenece a su familia, Sasha. Y tú lo sabes.
—Aurora —gruñí. Me gustaba mi cuñada, pero Dios, me suicidaría
si fuera mi esposa. Tan jodidamente obstinada—. Wynter estará con su
familia cuando esté lista para estar con su familia. Ni un momento antes.
—¿La has conocido antes? —preguntó con curiosidad. Cuando negué
con la cabeza, continuó con curiosidad—: ¿Cuál es tu obsesión con ella?
Es demasiado joven para ti.
Apreté las manos. ¿Por qué todo el mundo asumía que quería follarla?
Por el amor de Dios.
—¿No eres un poco joven para Alexei? —respondí secamente.
—La chica no tiene ni veintiún años —objetó—. Eso no se compara
con Alexei y yo.
Mi mandíbula se tensó y apreté los dientes o me arriesgaba a gritarle
a mi cuñada y que Alexei se pusiera a gruñir o, peor aún, intentara pelearse
mientras Wynter permanecía inmóvil.
—¿Por qué no se despierta? —volví a preguntar.
—No lo sé —respondió mientras se acercaba a la forma dormida de
Wynter. Los ojos del pequeño Kostya estudiaron a Wynter y, por primera
vez desde que nació, se mantuvo concentrado durante más de un segundo.
Tenían que ser esos rizos dorados—. El médico dijo que no está seguro de
si fue agredida. Tendrá que hacer una prueba de violación, pero necesita
su consentimiento.
No lo dará, pensé inmediatamente. Apostaría mi vida por ello.
Áine, la esposa de Cassio, se ofreció a ayudar si Wynter quería hablar
con alguien cuando despertara. Era un mal momento para traerla aquí.
Cassio y Alexei planeaban tener una cita doble. Por supuesto, eso se fue
por la puta ventana y todos se quedaron en el ático.
Otra serie de pasos. Mierda, esto era como una maldita reunión en la
habitación del enfermo.
—Brennan llamó a Nico —siseó Cassio en voz baja—. Ha intentado
llamar a Wynter y no ha obtenido respuesta. Ella le dijo hoy que se iba a
quedar con un amigo.
—Creía que las cuatro chicas eran inseparables —dijo Aurora
pensativa.
—Brennan dijo que siempre estaban juntas —confirmó Alexei.
—Davina está con Brennan. Juliette e Ivy están en la casa, tratando
de descubrir cómo planear otro atraco sin que las atrapen. —Puso los ojos
en blanco para enfatizar lo imprudentes que eran—. Eso significa que
Wynter probablemente estaba con un chico.
—¿Y se te ocurrió eso antes o después de que la asaltaran? —Todos
me estaban poniendo de los nervios—. Teniendo en cuenta el estado en el
que se encontraba, todos podemos llegar a la conclusión de que no estaba
con una novia.
—Sasha… —Alexei gruñó.
El cuerpo de Wynter se agitó y todas nuestras cabezas se volvieron
hacia ella. Los ojos verde claro se abrieron y se encontraron con los míos.
Me incliné hacia delante, inclinándome sobre ella.
—¿Wyn?
Los moretones oscuros alrededor de sus ojos y en un lado de su rostro
contrastaban con su piel pálida.
Alguien debió de llamar a la enfermera y al médico para que
volvieran, porque, de repente, ambos nos apartaron de la cama.
—Hola, querida —la arrulló el médico como si fuera una bebé.
Jodidamente quería golpearlo—. ¿Recuerdas tu nombre? —Wynter
parpadeó lentamente y luego asintió—. ¿Sabes cómo has llegado hasta
aquí?
Ella lo miró por un momento como si tratara de recordar y luego
asintió lentamente.
—Limpiamos tus cortes y moretones. Tenemos que comprobar tu
conmoción cerebral y hacer una prueba de violación. —Ella se puso rígida
al instante y yo podría haberle dado un golpe en la cabeza al estúpido
médico. Cassio debería encontrar un médico más brillante que este
imbécil.
Su lengua pasó por sus labios secos.
—No me han violado.
El médico le agarró la mano y la acarició suavemente.
—Hagamos una prueba y...
Wynter echó la mano hacia atrás.
—Se lo acabo de decir —espetó—. No fui violada. Me escapé.
La observé en busca de cualquier signo de que pudiera estar
mintiendo o negando la realidad. No lo creía. Sus ojos se dirigieron a mí,
ignorando a todos los demás.
—¿Cuánto tiempo tardarán en desaparecer los moretones y los cortes?
—murmuró, girando la cabeza para mirar por la ventana.
—Unas pocas semanas. —El médico no parecía contento que le
cerraran el grifo. Era evidente que no le creía. No es que importara.
—Wynter, tenemos que llamar a tu tío. —Maldito Cassio, siempre
quería hacer lo correcto. ¡Maldito sea!
La cabeza de Wynter se volvió hacia nosotros, sus ojos magullados
parecían algo derrotados.
—No. Traería la guerra.
—¿Los DiLustros te hicieron esto? —preguntó Cassio bruscamente.
—No es de tu incumbencia —espetó Wynter, entrecerrando los ojos;
aunque por la expresión de su rostro, ese pequeño movimiento le dolió.
—Wynter, soy Áine. Podemos ayudarte. En lo que necesites. Alguien
con quien hablar, cualquier cosa.
Wynter sacó las piernas de debajo de la sábana de la cama y se sentó
lentamente, mientras la enfermera y el médico protestaban. Ignorándolos,
su cabeza se inclinó hacia atrás y nos miró a todos sin pestañear.
—Si le dicen algo a mi tío, lo negaré. —Dejó que las palabras se
hundieran—. Los culparé si es necesario. No voy a volver con el tío y
mamá hasta que esté curada.
Cassio le gruñó y di un paso más cerca de Wynter, por si el idiota
intentaba algo.
—Intenta algo, Cassio, y serás hombre muerto —advertí.
El silencio y la tensión eran espesos en la habitación. Nada nuevo. Me
seguía a todas partes.
—Por favor, no quiero que nadie muera por mi culpa —suplicó
Wynter, dándose cuenta que sus palabras fueron tomadas como una
amenaza—. Solo quiero alejarme de mi familia por ahora.
Cassio dejó escapar un suave gemido, claramente en desacuerdo con
esa petición.
—Te quedarás en mi casa hasta que estés lista para volver —le dije
con firmeza, mirando a mis amigos y desafiándolos a que dijeran algo.
Los labios magullados e hinchados de Wynter se curvaron en una
sonrisa y vi el parecido de aquella chica que abrazaba a sus compañeras
de patinaje ofreciendo consuelo. Esta mujer nunca sería dura.
—Gracias, Sasha.
Tenía el tipo de sonrisa que rompía corazones. Al igual que alguien
había roto el suyo.
Capítulo 30
Wynter
Observé a Sasha quitarse la funda y luego quitarse la camisa por la
cabeza, revelando su torso musculoso y tatuado. Mi corazón ni siquiera
dio un vuelco.
—Wyn, realmente no tienes ningún reparo en mirar el cuerpo de un
hombre —comentó Sasha con sarcasmo.
—No me digas que eres tímido —me burlé suavemente.
He estado con Sasha en su casa durante las dos últimas semanas y me
he acostumbrado a su peculiar estilo de humor. Estaba casi completamente
curada. Al menos, físicamente. Las pesadillas me atormentaban y las
cicatrices emocionales se negaban a sanar. No me estaba ayudando a mí
misma al no lidiar con eso. Excepto que, cada vez que pensaba en lo que
había sucedido, el pánico me desgarraba el pecho, frío y oscuro, y mi
respiración se hacía más superficial.
Así que cuando Sasha se ofreció a enseñarme a luchar, acepté la oferta
con entusiasmo. Lo vi como una forma de sanar. Me haría más fuerte y
nunca volvería a ser vulnerable. Así no.
El tío Brennan había enloquecido. Lo único que le impidió atacar a
Sasha fue Davina. Gracias a Dios por ella. Había sido el mayor tiempo que
había pasado sin ver a mis mejores amigas. Las echaba mucho de menos,
pero seguía retrasando el reencuentro con ellas. Hubiera sido difícil
explicar las marcas en mi cara.
—Estoy lejos de ser tímido —respondió Sasha secamente—. Aunque
la mayoría de las mujeres desvían la mirada en señal de respeto.
Puse los ojos en blanco.
—Claro que lo hacen —murmuré—. Seguramente están embobadas
con la boca abierta. —Sasha negó con la cabeza, la incredulidad cruzando
su expresión—. De todos modos, he visto a muchos atletas cambiarse a lo
largo de mi vida. Tú no eres nada especial.
Está bien, una pequeña mentira. Nunca había visto a un atleta con una
constitución como la suya. Tal vez si tratara de luchadores de MMA; pero,
ciertamente, no con patinadores artísticos.
Sasha esbozó esa sonrisa de tiburón a la que me había acostumbrado,
e insinuó que lo siguiente que saldría de la boca del intrépido mafioso sería
algo inapropiado o simplemente imprudente.
—Confía en mí, Wyn. Todo en mí es especial.
Resoplé pero no pude evitar sonreír. Realmente era el hombre más
temerario que había conocido, pero tenía un corazón de oro debajo de ese
gran pecho. Cualquier mujer sería afortunada de tenerlo.
Le di la espalda mientras seguía cambiándose. Había un límite en
cuanto a lo que debía mirar.
—¿Tus tatuajes significan algo, Sasha? —pregunté, mirando las
colchonetas de combate que tenía por todo el gimnasio. Tenía sacos de
boxeo en la esquina más alejada, incluso equipo de esgrima, y luego una
pared entera llena de cuchillos. Un poco inquietante, pero no había forma
de que me quejara.
Quería aprender a luchar y a defenderme con éxito. No volvería a ser
vulnerable.
—Algunos los obtuve cuando estaba en el ejército —respondió Sasha.
—No sabía que los mafiosos se unían al ejército.
Su risa llenó el espacio detrás de mí.
—Te sorprendería saber hasta dónde llega nuestro alcance.
Algo había estado en mi mente desde que Sasha me llevó a su casa.
Era estúpido, pero casi esperaba que Bas me encontrara. Después de todo,
fue capaz de borrar la vigilancia y todas las evidencias relacionadas con el
incendio de la casa de Garrett. Así que, en teoría, debería ser capaz de
encontrarme.
—Bien, estoy decente —anunció Sasha, su voz directamente detrás
de mí.
Me di la vuelta lentamente y me encontré con esos notables ojos.
Realmente esperaba que supiera lo agradecida que estaba por su ayuda.
Por todo.
—Sasha —comencé vacilante y él esperó, como si supiera que algo
grande saldría de mi boca—. ¿Alguien... ha estado buscándome?
Se quedó inmóvil, sus ojos fijos en mí.
—¿Cómo quién?
Todavía no le había dado un nombre. Nunca le daría un nombre,
aunque en el fondo sabía que lo había adivinado.
—Cualquiera —susurré.
—No.
El anhelo en mi corazón dolía. En realidad, me dolía más que todos
mis moretones. Y, aunque mis cortes y moretones se estaban curando, el
dolor de mi corazón no lo hacía. Se convirtió en parte de mis latidos. Y mi
mente susurraba cosas que no quería admitir. Bas me había utilizado. No
le importaba una mierda, de lo contrario, me habría buscado.
Aún más preocupante fue que le había disparado a su padre. Hasta el
momento, no se habían producido represalias. El tío había puesto
seguridad adicional en todos. Si era el resultado del secuestro de Davina,
no estaba segura.
—¿El tío y mis amigas están a salvo? —pregunté. Me debatí durante
semanas si debía advertirles, porque existía la posibilidad de que lo que
había hecho, pudiera arrastrar a mi familia a una guerra. Pero no sabía
cómo decirlo sin arriesgar la vida de Basilio.
Disgustada conmigo misma por preocuparme siquiera de si él vivía o
moría, sentía que traicionaba a mi propia familia cada día que guardaba
este secreto.
—Están a salvo, Wyn —dijo Sasha, sus ojos me observaban y veían
demasiado. El hombre era demasiado perspicaz. Probablemente era lo que
lo mantenía a salvo, pero en mi caso, daba miedo.
Forcé una sonrisa y asentí escuetamente.
—Vamos a empezar.
Corrí mis kilómetros en este gimnasio. Trabajé mi ballet y pilates
aquí. Incluso mi coreografía. Lo único que no podía hacer aquí era patinar
sobre hielo, pero no me atrevía a volver a la pista. Era demasiado
arriesgado.
Sasha me entregó el cuchillo que había hecho especialmente para mí.
Tomé aire y traté de olvidarme de todo, agarrándolo con fuerza. Me
concentré en las instrucciones de Sasha.
—Mantén el contacto visual. No mires en la dirección a la que
apuntas. Pon todo tu músculo en ello. Apunta a matar.
—Das demasiadas instrucciones —murmuré mi queja y luego avancé
hacia él. Justo cuando me agarró, apunté una patada entre sus piernas.
Se rio.
—Así es. No juegues limpio —alabó; aunque, por desgracia, me
atrapó el pie antes de que pudiera hacer contacto.
Aterricé de espaldas con un fuerte golpe mientras me quedaba sin
aliento. Agradecí a todos los santos que las colchonetas de Sasha
estuvieran tan bien acolchadas, de lo contrario, me habría dolido.
Miré el techo del tragaluz, el cielo azul claro de su gimnasio en el
ático me dio un vistazo de un hermoso día afuera. Contrastaba tanto con
lo que sentía por dentro.
Dos semanas. Se sentía como si toda una vida de cambios se hubiera
metido en dos semanas.
—Sabes, tu escuadrón de chicas me están reventando el teléfono —
dijo Sasha mientras se sentaba a mi lado—. Me están volviendo loco, de
hecho.
Cerré los ojos.
—Las echo de menos —susurré—. Solo que no quiero molestarlas. Y
Juliette se volvería loca si supiera...
Sasha se rio.
—La ayudaré y me aseguraré de que salga con vida.
Giré la cabeza hacia un lado para encontrar una mirada sin disculpa
en su rostro. Este hombre iría de buena gana a matar.
—Si te hubiéramos conocido cuando éramos niñas —le dije—, tal vez
todas sabríamos cómo manejarnos y resolver nuestros propios problemas.
Pero, entonces, probablemente no le habría pedido ayuda a Bas. Lo
echaba mucho de menos. Por un lado, esperaba que me encontrara. Por
otro lado, tenía que seguir recordándome que todo era una mentira. Él no
me amaba. Pero no podía evitar sentir dolor por él. Le prometí que me
quedaría, pero todo el tiempo me mintió. Me tomó por tonta. No había
futuro para nosotros.
¿Sabía lo que su padre le había hecho al mío? ¿Sabía que su padre
destruyó a mi madre?
—¿Tienes una hermana? —le pregunté con curiosidad. No sabía
mucho sobre la familia Nikolaev, aparte de que había tres hermanos.
—Sí tengo. Tatiana es la menor de los hermanos. Ella y su amiga, que
ahora está casada con mi hermano mayor, se volvieron locas durante sus
años de universidad. —Su hermana y su cuñada tenían suerte de tenerlo.
Por la forma en que hablaba de ellas, sabía que se preocupaba mucho por
ellas—. Aunque esas dos no pueden competir con tu ola de crímenes y la
de tus amigas.
Me burlé.
—Somos las peores criminales de este planeta.
No se me escapó que no me contradijera. Le robamos a mi tío y
fracasamos. Apenas salimos ilesas de Chicago. Nos atraparon robando a
Priest, aunque afortunadamente no por él. Probablemente nos recitaría la
extremaunción y luego nos mataría a todas. Obviamente, Bas mintió
cuando dijo que me protegería.
¡Maldita sea! No podía olvidarme de Bas. Seguía repasando cada
minuto de nuestro encuentro desde el momento en que lo había conocido,
tratando de detectar las señales que podría haber pasado por alto. No podía
encontrar ninguna. Tal vez solo era excepcionalmente bueno en el engaño.
—Tendrás que hablar con alguien en algún momento —Sasha
interrumpió mis pensamientos—. Àine, la esposa de Cassio, ha visto
algunas cosas. Tal vez te ayude hablar con ella.
Volví a mirar el tragaluz y el claro cielo azul. ¿Qué podría decir para
darle sentido a todo esto? Era muy sencillo. Me enamoré del enemigo.
Podía haberlo pasado por alto. Que su padre disparara a mi madre y que
Bas me utilizara para ganar más poder para sí mismo, no podía.
Las palabras de Gio DiLustro aún resonaban en mis oídos. ¿Cómo
podría mi madre aceptar a Bas cuando se parecía tanto a su padre? Y luego
estaba el asunto de que Bas me utilizara para fortalecer su posición con los
rusos.
—¿Prometes no ir tras ellos? —pregunté en voz baja.
Ba-boom. Ba-boom. Ba-boom.
—Lo prometo.
Cerré los ojos un momento, luego exhalé y abrí los párpados.
—Me encontré con Basilio cuando salía a escondidas de la casa de mi
tío hace varios meses —empecé en voz baja, manteniendo la mirada en el
claro cielo azul—. Salté por el balcón y me atrapó. —Me reí suavemente—
. Romántico, pensé.
—Más como Romeo y Julieta —resopló—. Trágico.
—De todos modos, no sabía quién era hasta que oí hablar al tío y a
Quinn, su hombre de confianza. Sí, sabía que los DiLustros y los Brennan
no estaban en buenos términos. Aun así, me gustaba. —Suspiré con
fuerza—. Y cuando quemamos la casa de Garrett, estábamos fuera de sí.
En una afortunada coincidencia, me encontré con Bas de nuevo. —Ahora
me preguntaba si había sido a propósito. Me cuestioné todo—. Le pedí
ayuda.
Sasha escuchó atentamente. Seguí esperando que interrumpiera, pero
no lo hizo.
—Me pidió una cita para cenar conmigo como pago por ayudarnos
—dije con voz áspera, emociones espesas ahogándome—. Puedes reírte
todo lo que quieras, Sasha, pero fue la cita más increíble de la historia. —
Mi estúpido labio tembló y las lágrimas se agolparon en mis ojos, mientras
todos los sentimientos que mantenía ocultos me apretaban la garganta,
dificultando la respiración.
—No me estoy riendo, Wyn.
Los pulmones me ardían y me mordí el labio para recomponerme. Las
emociones nos hacen débiles, decía mi madre. Y el amor nos destroza.
Resultó que tenía razón. En parte, al menos. Perder a Bas me había
destrozado. Amarlo me hizo completa.
—Le dije que me quedaría con él —continué, con la voz apenas por
encima de un susurro—. Iba a decirle a mamá que practicaría para las
Olimpiadas aquí o no lo haría. —Tal vez lo que ocurrió fue el karma,
porque estaba siendo muy egoísta—. Bas dijo que olvidó algo en su club,
a dos cuadras de distancia. Salió. Y su padre… —Mis dedos se cerraron
en un puño, mis uñas se clavaron en mis palmas. Sin embargo, fue bueno.
El dolor me ayudó a mantener la concentración—. Su padre apareció e
intentó...
Dios, no podía ni siquiera decir las palabras. Intentó violarme, gritó
mi mente. Incluso sabiendo lo que dijo el padre de Bas, no podía decirle a
Sasha que todo era una trampa. Simplemente no podía. Tal vez decirlas en
voz alta las haría demasiado reales.
Así que no dije nada. Demasiada asustada para enfrentar la verdad.
Demasiada asustada que le costara la vida a Bas.
Sasha se levantó, mientras yo seguía inmóvil.
—¿Quieres entrenar un poco más?
Asentí.
Extendiendo su mano, puse mis dedos en su palma y me puso de pie.
—¿Wyn?
De pie, pecho con pecho, incliné la cabeza para encontrar su mirada.
—Nunca traicionaré tu confianza. —Tragué el nudo en mi garganta—
. Pero si alguno de ellos vuelve a hacerte daño, lo mataré. Con promesa o
sin ella.
Era todo lo que una chica podía pedir.
—¿Otra vez? preguntó y yo asentí.
Iría tantas veces como fuera necesario.
Hasta que pudiera vencer a hombres como Gio DiLustro. Porque me
juré a mí misma que algún día haría pagar a ese hombre.
Lo quebraría, tal como él quebró a mi madre.
De la misma manera que él intentó romperme a mí.
Capítulo 31
Wynter
Tres semanas desde que sentí los labios de Bas sobre los míos. Tres
semanas desde que lo inhalé profundamente en mis pulmones. Tres
semanas desde que me sentí viva.
Entré en la ducha y la abrí. El agua fría bañó mi piel, lloviendo gotas,
pero antes de que comenzaran los escalofríos, el agua se volvió caliente,
dolorosa contra mi piel. Sin embargo, este dolor no se comparaba con el
que sentía en el pecho. Me apoyé en la pared y me hundí lentamente.
El collar de kingpin que Basilio me había dado ya no colgaba de mi
cuello. En su lugar, lo envolví alrededor de mi muñeca y lo usé como un
brazalete. Mantuve la calavera kingpin oculta bajo la cadena, preocupada
de que alguien lo reconociera.
Levantando mis piernas contra mi pecho, comencé a llorar. Lo echaba
de menos. No importa lo que hiciera, nunca sería capaz de olvidarlo. Cada
respiro que tomaba era para él. Quizás solo quería mi maldita conexión
con los rusos, pero todo eso no podía haber sido una mentira.
¿O sí?
Le pedí a Sasha que investigara a mi abuela. Winter Volkov.
Necesitaba saber más sobre mi familia. Me han mantenido en la oscuridad
el tiempo suficiente.
La historia no era buena. Comenzó con un secuestro por parte de mi
abuelo. Como un ladrón en la noche, el abuelo se coló en Rusia y robó a
una mujer joven. Mi abuela. Para asegurarse que el Pakhan no se uniera al
Sindicato. Se enamoró. Pero mi abuela murió al dar a luz a mi madre y la
guerra entre los Brennan y los Volkov Pakhan se intensificó.
Dios santo. El abuelo nunca dejó de llorarla. Incluso ahora, después
de todos estos años, nunca habló de nadie más que de la mujer que perdió.
La mujer que robó de su hogar, pero no mencionó esa parte.
¿Fue su castigo? Perder algo que no debía ser suyo y luego tener un
recordatorio en su hija y su nieta. Cuántas veces me ha dicho que me
parecía a su verdadero amor y el recuerdo siempre era agridulce.
Al igual que todo me recordaba a Bas.
Un olor. Una palabra. Una canción.
La imagen de Bas arrodillado frente a mí, con mi pie sucio en sus
manos y mirándome como si fuera mi dueño. Las palabras de su padre me
estaban matando lentamente por dentro. Palabras venenosas y
demoledoras que alteraron mi mundo para siempre.
Sin embargo, ¿y si eran mentiras? El tío también mintió. Sí, sus
intenciones eran buenas, pero me había mentido durante tanto tiempo.
Quizás Gio también mintió.
O tal vez yo era un tonta.
Dios, esto era una tortura. Me estaba desmoronando por dentro.
Cuando estaba cerca de Sasha, era capaz de mantener la compostura.
Me lo exigían desde que empecé a competir. Nunca se toleraron arrebatos
o reacciones en público. Pero cuando estaba sola, mi corazón se rompía
una y otra vez.
Me arrastré fuera de la ducha y me puse la ropa. Jeans blancos y
camiseta verde. Lanzando una mirada fugaz en el espejo, me aseguré que
el reflejo que me devolvía la mirada no se pareciera a mi estado interior.
Afortunadamente, me veía bien por fuera. Probablemente gracias a Sasha.
Me compró ropa nueva y consiguió algunas de mis cosas de las chicas para
que me sintiera más cómoda.
Con un suspiro pesado, puse mi cara de “estoy bien” y me dirigí a la
sala de estar, donde una gran ventana del piso al techo ofrecía magníficas
vistas de la ciudad. Solo eran las nueve de la mañana y Sasha tenía trabajo
que hacer hoy, así que lo pasaría sola.
Probablemente tenga que matar a alguien, pensé irónicamente. ¿Me
molestaba? No, la verdad es que no. Me juró que solo mataba a gente mala.
Así que supongo que estaba bien. Mierda, a lo mejor mi brújula moral ha
estado torcida todo este tiempo.
Mi suspiro resonó con fuerza en el espacioso ático vacío decorado en
blanco y negro.
Hacía tres semanas que me había alejado de DiLustros. Me había
quedado con Sasha en su ático del lado de Jersey con vistas a Nueva York.
Era casi una tortura porque me recordaba a mi primera cita con Bas.
Y como una tonta a la que le gustaba abrir la herida y dejar que
sangrara de nuevo, miraba la ciudad todas las mañanas y noches y
recordaba nuestro primer baile. Su cálido aliento contra mi piel y sus
palabras en mi oído.
El sonido del timbre llenó el ático y salté, sobresaltada. Mirando a mi
alrededor, me quedé insegura sin saber si debía contestar o no.
Entonces golpearon la puerta. Quienquiera que fuese, no estaba
contento. Golpeaban como locos.
—Sabemos que estás ahí. —La voz de Juliette sonó apagada y no
pude evitar poner los ojos en blanco. Bueno, los golpes maníacos en la
puerta tenían sentido ahora—. Abre la maldita puerta o voy a patearla.
—Siempre tan dramática —murmuré en voz baja, pero me dirigí a la
puerta y la abrí, para luego encontrarme cara a cara con mis tres mejores
amigas.
Tres pares de ojos azules, grises y avellana me devolvieron la mirada.
Mis tres mejores amigas me miraron con lástima y tristeza. Me destripó y,
en algún lugar de mi interior, un grito burbujeó en mi garganta. No quería
compasión. Quería gritarles que había sobrevivido y que ahora era más
fuerte. Pero en lugar de eso, sonreí y abrí más la puerta.
—¿Quieren entrar? —pregunté con voz ronca.
En un momento estaban mirándome, al siguiente las tres se lanzaron
sobre mí y me rodearon con sus brazos. Era como ahogarse de amor.
—Te he echado de menos, Wyn. —La voz de Juliette era ligeramente
aguda por las emociones.
Tragué el nudo que tenía en la garganta.
—Yo también las he echado de menos.
—Killian quería atacar este edificio —anunció Ivy. Se me escapó una
risa ahogada. Eso sonaba a mi primo—. Fue tan jodidamente tenso sin ti
—añadió—. Brennan grita por teléfono a todo el mundo y a cualquiera,
exigiendo que te traigan a casa o borrará a los hombres de Nikolaev de la
faz de este planeta.
—Davina tuvo que distraerlo por cualquier medio necesario —agregó
Jules, poniendo los ojos en blanco—. Sexo todos los días, todo el día. En
la cama, en el escritorio, en el baño... follando por todos lados. Estoy
tratando de no escuchar esos ruidos.
Davina la golpeó contra el hombro.
—Funcionó, ¿no? —Davina refunfuñó—. Querías planear el ataque
con Killian.
Jules sonrió culpable.
—Bueno, algún día tenemos que aprender la estrategia de ataque.
Y sin más, las cosas volvieron a la normalidad. Como si no hubiera
pasado nada, pero habían pasado muchas cosas.
—Pasan —les insté a entrar.
Una vez dentro, Juliette silbó.
—Wow, así que así es como viven los malditos rusos, ¿eh?
Me estremecí al oír su tono. La aversión del tío Liam por los rusos
siempre fue evidente, pero ahora que conocía parte de mi herencia, no
sabía cómo tomármelo. Ignorando sus comentarios habituales, las conduje
a la sala de estar y, en lugar de sentarnos en el sofá, las cuatro nos sentamos
en el suelo y cruzamos las piernas.
Igual que hacíamos en nuestro pequeño dormitorio. Parecía que hacía
siglos de aquello, pero solo había pasado un mes.
—¿Qué diablos pasó, Wyn? —Juliette no perdió el tiempo—. ¿Por
qué te negaste a vernos?
Suspiré.
—Maldita sea, Jules —la regañó Davina—. Dijimos que le daríamos
tiempo.
Mi prima la ignoró.
—Estaba muy preocupada. Preguntándome si estabas bien o qué
ocultabas. —Tragué con fuerza—. Sé que ocultas algo. Ha pasado algo y
no quieres que lo sepamos.
Negué con la cabeza e intenté sonreír, pero fracasé estrepitosamente.
—Maldita sea, Jules —gimió Ivy—. Basta ya. La estás molestando y
nos echará. Deja que nos lo diga cuando esté lista.
Desde cuándo Ivy ha entrado en razón.
—Estoy bien. —Agité la mano.
—No estás bien —protestó mi prima—. Hemos crecido juntas. Sé
cuándo te duele y con una mirada sé que estás herida.
El nudo en mi garganta se hizo más y más grande, y las lágrimas
ardían en la parte posterior de mis ojos, mientras mi corazón y mi alma se
estremecían. Juliette se quedó inmóvil y nuestros ojos se conectaron. Ella
nunca me había visto así. Después de todo, no todos los días te enamorabas
de tu enemigo.
Mi villano.
Todavía pensaba en él como mío.
Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla y mi labio tembló. Antes de
verla dar un paso, Jules me envolvió entre sus brazos. No lloraría. No podía
llorar. Si empezaba, no pararía.
—Está bien —murmuró—. Lo siento, no quise molestarte.
—Está bien —balbuceé, apenas encontrando mi voz.
—No, no lo está.
Al momento siguiente, Davina e Ivy se unieron, intentando asfixiarme
con amor, supongo.
—Sabes que estamos aquí para ti —susurró Davina—. Cuando
quieras. Donde sea. No tienes que esconderte aquí. Puedo mantener a raya
a Liam y advertirle que te deje espacio. —Asentí—. Simplemente ven a
casa con nosotras. Te echamos de menos.
Mordí mi labio, saboreando el cobre en mi lengua. Tenía razón, tal
vez era hora que dejara de esconderme. También se me estaba acabando
el tiempo de entrenamiento con Derek.
—Dime lo que me perdí —pregunté en su lugar.
—Ah, no, no, no —protestó Ivy—. Dinos tú lo que nos hemos
perdido.
—¿Sasha y tú tienen algo? —Juliette volvió al modo boca sin filtro—
. ¿Es esa la razón por la que quieres quedarte aquí? ¿Porque Brennan odia
a los rusos?
Suspiré. En el chat de grupo que habíamos tenido no paraba, ella se
quejaba de que me quedara aquí. Precisamente con los rusos. Casi me
arrepentí que Sasha me hubiera comprado un teléfono nuevo. Juliette
necesitaba un filtro.
—Ya te lo dije, Jules —murmuré—. No somos nada. Solo me está
ayudando con algunas cosas.
—Nos ayudamos mutuamente —protestó—. Es un extraño.
Ivy puso los ojos en blanco.
—Davina y yo también lo somos.
Juliette negó con la cabeza.
—No, somos un escuadrón cuádruple y no se aceptan nuevos
aspirantes. Sasha tiene que irse.
Davina puso los ojos en blanco.
—¿Y qué quieres que haga con mi marido? —preguntó secamente a
Jules—. ¿Quieres que me deshaga de él también?
—Bueno, ya que preguntas... —Juliette empezó y las tres gemimos.
—Deberíamos buscarte un maldito tipo, así te obligaríamos a
deshacerte de él —murmuró Ivy molesta.
Mi prima se limitó a encogerse de hombros.
—Y lo haría. Los hombres son una distracción innecesaria. —Jesús,
quizás las palabras de mi madre se le habían pegado a Juliette—. Además,
tenemos problemas mayores.
Nunca se sabía lo que saldría de la boca de Juliette.
—¿Cómo cuáles? —pregunté, cuando se hizo evidente que ni Davina
ni Ivy querían preguntarle. Probablemente les preocupaba en qué clase de
problemas locos nos metería. Y con razón.
—Bueno, nos quedamos sin el dinero que robamos —anunció Juliette
y todas nuestras miradas se clavaron en ella.
—Eso fue casi cincuenta millones, Jules —le dije, horrorizada que
gastara tanto en cuestión de semanas.
—Bueno, compramos ese terreno adicional y pagamos todo en
efectivo —murmuró—. Luego vinieron los impuestos, los arquitectos para
los edificios y el diseño, cómo distribuirlo, los permisos, el material. Se
acabó todo. Pum. —Agitó las manos en el aire, como si imitara una
explosión.
—¿Cuánto nos falta para terminar? —pregunté en tono exasperado.
Se encogió de hombros.
—Todavía necesitamos tres edificios y un dormitorio extra. Entonces
creo que habremos terminado.
—¿Obtuvimos elementos que no necesitábamos? —preguntó Davina,
molesta—. Realmente esperaba hacer esto sin usar el dinero de nadie más
que el nuestro.
—Teóricamente, dinero robado —nos recordó Ivy.
Juliette puso los ojos en blanco.
—Ya no necesitamos que nos lo recuerden. Necesitamos terminar
esto para que podamos obtener una licencia de la Junta de Educación, crear
un personal, un plan de estudios y quién sabe qué más.
—Wow —murmuré, un poco impresionada. Juliette podría haber
encontrado finalmente lo suyo.
—¿Qué te parece si jugamos una partida de póquer? —preguntó.
—Juliette, dijimos que no más —gimió Davina—. Liam se volverá
loco. Hay una cantidad limitada de sexo calmante y distractor que puedo
tener.
Juliette levantó la palma de la mano y la dirigió hacia Davina.
—Escucha madrastra, no necesito que me recuerdes tus travesuras
con mi padre, que en realidad no es mi padre, pero lo considero como un
padre.
—Bueno, confúndenos más, ¿por qué no? —Ivy intervino—. Si nos
metemos en problemas y mi padre se entera, me enviarán a Irlanda.
—Como un saco de patatas —añadió Davina.
—No dejaremos que eso ocurra—. Juliette agitó la mano—. Si
conseguimos construir al menos uno de los edificios de la escuela, no
necesitaremos la casa de papá. Podemos quedarnos allí. La escuela
necesitará toda nuestra atención de todos modos.
—Sí, quedémonos allí mientras los obreros están golpeando y
construyendo la mierda —dijo Ivy sarcásticamente—. Es mi sueño hecho
realidad.
Alcé una ceja, sorprendida por la reticencia de Ivy a meterse en
problemas. Normalmente eran Jules e Ivy las que se lanzaban de cabeza al
caos.
—Está bien, esto es lo que tenemos que hacer —anuncié—. Juliette
no pagará las facturas. Necesitamos ser más inteligentes con nuestros
gastos. Sé que queremos que todo sea perfecto, pero siempre podemos
mejorar más adelante, una vez que la escuela genere ganancias.
—Yo me encargaré de todos los arreglos comerciales y contratos —
estuvo de acuerdo Davina—. Wynter, tú te encargas de los fondos.
Sonreí, sintiéndome más ligera por primera vez en más de dos
semanas.
—Yo seré el banquero.
—Me parece bien —comentó Juliette—. Yo quiero ser el ejecutor y
matar gente.
Las tres compartimos una mirada y pusimos los ojos en blanco.
—Has manejado todo asombrosamente hasta ahora —elogié a
Jules—. Sigue organizando los próximos pasos, pero deja que Davina haga
las negociaciones. Sé que quieres que todo sea perfecto y lo será, pero no
hasta el punto en que tengamos que seguir jugando al póquer.
Juliette asintió.
—Puedo ayudar con la decoración y los muebles —se ofreció Ivy—.
Cuando estemos en la fase de decoración interior, también deberíamos
empezar a hacer ofertas a las personas que queremos que trabajen para la
escuela.
Las cuatro asentimos, entusiasmadas con nuestros objetivos a largo
plazo.
—Pero hasta entonces, necesitamos encontrar a alguien a quien robar.
—Juliette tuvo que arruinar el momento. Ignorando nuestras protestas,
continuó—: Creo que deberíamos robar a Nico Morrelli.
—¿Estás loca? —Ivy siseó—. ¿No te he dicho que se le conoce como
El Lobo?
Se encogió de hombros.
—¿Y qué? Somos cuatro y él es uno.
—Jules, detente. Nos vamos a meter en problemas —le dije—. No
hemos tenido éxito con nada de eso. Pero puedo ir allí y jugar al póquer.
Eso no era robar.
—Exacto —estuvo de acuerdo—. Contar cartas. No es robar
exactamente.
Suspiré.
—Tampoco es estrictamente legal.
—En realidad, estoy de acuerdo con Juliette —intervino Davina,
sorprendiéndome. Normalmente se ponía del lado cuerdo, conmigo—.
Vayamos a uno de los casinos de Nico en Baltimore y juguemos al póquer.
—Sabes que no hay forma de conseguir millones contando cartas —
murmuré—. Al menos no de la manera normal y sin llamar la atención.
—Estamos tan jodidas —gimió Ivy, pasándose la mano por el cabello
rojo—. Tan jodidamente jodidas.
—Hagámoslo por los viejos tiempos —dijo Davina, mirándome a los
ojos—. Pero luego, si fallamos, buscamos formas normales de obtener
dinero. Inversores. Liam quiere invertir y no quiere ninguna participación
en la escuela.
Ah, así que esa era la razón por la que estaba de acuerdo con Jules.
—Si hacemos esto, no más robos —le dijo Davina con firmeza—. Y
quiero tu palabra, Juliette. Promesa, juramento de sangre, todo el puto
asunto.
Sería cómico si fuera cualquier otra persona.
—Bien, tienes mi voto de sangre y toda esa mierda —aceptó
Juliette—. Seré una mejor ejecutora de todos modos.
—Estoy segura —refunfuñó Ivy—. Pero primero tienes que atrapar a
un tipo malo y matarlo sin cagarte en los pantalones.
Y sin más, las cuatro rodamos sobre la alfombra persa de Sasha riendo
como cuatro idiotas.
—Tomar el auto de Sasha fue una buena decisión. —Sonrió Davina,
mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos—. Este maldito auto es bonito.
Me encogí de hombros. Sasha me ofreció su Mercedes G-Benz blanco si
tenía que ir a algún sitio. Davina trajo a las chicas en mi Jeep, pero pensé que
era demasiado arriesgado conducir en él. DiLustro se daría cuenta, estaba
segura.
—Los asientos traseros están perfectamente nivelados y son anchos —
continuó Davina—. No tendría que agacharme para poner al bebé en un asiento
infantil.
Espera… ¿Qué?
—¿Qué? —chilló Juliette, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué bebé? ¿El de
tu hermana?
Davina seguía mirando alrededor del auto, evaluándolo, y yo miré por el
retrovisor. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, supe que no era por el bebé
de su hermana.
—Estoy embarazada —anunció, mordiéndose el labio inferior—.
¡Sorpresa!
Dios, la cara que pusieron Ivy y Juliette fue cómica. Tal vez yo habría
tenido la misma reacción si no estuviera conduciendo. Volví los ojos a la
carretera. Me alegré por mi mejor amiga y mi tío. De verdad.
Entonces, ¿por qué sentía esa punzada de envidia que recorría mis venas?
Era fea y me hacía sentir como una mierda. No era como si fuera a tener un
bebé pronto. Patinar era mi prioridad ahora mismo.
—Estás callada, Wyn —observó Davina.
Sacudí la cabeza y sonreí.
—Solo pienso en lo maravilloso que será tener una sobrina o un sobrino
—le dije—. Me alegro mucho por ustedes. Por los dos.
—Vaya, pensaba que ibas a esperar para tener hijos —gimió Juliette.
Se encogió de hombros.
—Ocurrió antes de lo que esperaba. No lo lamento.
—Claro que no —dijo Ivy rápidamente—. Y todas nos alegramos por ti.
Los ojos de Ivy parpadearon en mi dirección, la preocupación en su mirada
color avellana era inconfundible. Asentí y volví a centrarme en la carretera. Aún
nos quedaba una hora para llegar a Baltimore.
El silencio de los cinco minutos siguientes fue más intenso que todos los
gritos de Jules. El gran elefante de la habitación, o del auto, en nuestro caso,
acabaría saliendo a relucir. No pensé ni por un momento que fingirían que no
había pasado nada. Especialmente Juliette.
—¿Quién te hizo daño, Wyn? —Ivy finalmente preguntó. Me sorprendió
que se adelantara a Juliette.
Miré fijamente hacia delante y mi vista se nubló mientras las lágrimas me
escocían, amenazando con derramarse. Parpadeé, intentando contenerlas. Pero
perdí la batalla. Las lágrimas se deslizaron por mis mejillas y me las sequé con
rabia con el dorso de la mano.
La mano de Juliette me rodeó por detrás, el alcance era incómodo porque
tenía que hacerlo por encima del asiento.
—Estoy bien —dije con una sonrisa forzada.
—No, no lo estás —protestó Juliette en voz baja—. Y no pasa nada por
admitirlo. El maldito italiano te rompió el corazón.
Sacudí la cabeza. No quería que Juliette tuviera ideas.
—No, no es eso —murmuré. Estaba harta de las lágrimas y de revolcarme
en la autocompasión. La gente pasaba por cosas peores que un desamor, y un
suegro loco que casi intentaba violarte y matarte.
—Entonces ¿qué pasa? —espetó con amargura—. Nunca nos has
abandonado. Nunca ignoras a tu madre o a tu tío. Y luego te vas y te quedas con
ese ruso. Tenía que ser algo malo.
La angustia inundaba mis venas y cortaba cada respiración que daba.
—Las cosas con Bas no funcionaron —murmuré en voz baja. Las tres
contuvieron la respiración, esperando a que continuara. Preferiría que no lo
hubieran hecho. Preferiría que Juliette empezara a soltar amenazas. Pero
ninguna de ellas dijo nada—. He descubierto algo que mi tío y mi mamá me
ocultaron.
Juliette se puso rígida.
—¿Tú también eres adoptada? —susurró, con incredulidad en el rostro.
Negué con la cabeza.
—No, me enteré que a mamá le dispararon en la rodilla. Fue lo que acabó
con su carrera. Gio DiLustro. —Y lo hizo el padre de mi novio.
—¿Qué carajo? —susurraron los tres—. ¿Estás segura? —preguntó Jules.
Asentí, con los ojos en la carretera.
—Sí, estoy segura. —Mis ojos se centraron en la carretera, aunque mi
mente estaba en algún lugar lejano—. Los Brennan y los DiLustro son enemigos
porque Gio DiLustro intentó utilizar a mamá por sus conexiones.
—¿Qué conexiones? —preguntaron las tres.
—Oh, solo un pequeño detalle insignificante —repliqué amargamente—.
La conexión de mamá con los rusos. Me enteré que el abuelo secuestró a mi
abuela. Era la hija del Pakhan, el jefe de la mafia rusa.
—¿Mafia rusa? —repitió Juliette, parpadeando confundida.
—Pero yo creía que los Brennan odiaban a los rusos —murmuró Ivy.
Me encogí de hombros.
—Creo que hay muchas cosas que no sabemos. El tío nos ocultó muchas
cosas. Mamá también.
Aunque no podía culpar a mamá. Podía imaginar que perder la capacidad
de patinar sobre hielo era como perder una extremidad para ella. He visto sus
cintas de patinaje artístico. Era magnífica sobre el hielo.
—Deberíamos hablarlo con ellos —recomendó Davina—. No lo
postergues.
—Tienen que ser confrontados. —Jules estuvo de acuerdo.
Era demasiado tarde para eso. Nos mantuvieron en la oscuridad y caí en la
trampa. Si hubiera sabido lo que Gio le había hecho a mamá, nunca habría ido
con Bas. ¿Lo habría hecho? El dolor familiar se hinchó en mi pecho. El amor
se había vuelto amargo. La traición escocía. Pero lo empujé todo a un rincón
profundo y oscuro por ahora. Me ocuparía de ello en otro momento.
—Centrémonos en ir al casino de Morrelli y en que yo cuente las cartas
para que podamos conseguir algo de dinero —le dije—. Por favor, hazlo por mí
—le supliqué suavemente, mi mirada encontrando sus ojos en el espejo
retrovisor—. Por favor.
Los ojos azules de Jules se fijaron en los míos, escrutando mi rostro. No
sabía por qué. Pero fuera lo que fuera, finalmente cedió.
—Bien —aceptó y la mano de Davina se acercó a mi hombro y apretó en
señal de consuelo.
No tenía sentido que le contara tantas cosas a Sasha y no a mis amigas.
Quizá era más fácil porque Sasha era un desconocido hasta hacía tres semanas.
Una hora más tarde, las cuatro entramos en el casino Morrelli &
Associates, en el centro de Baltimore. Nos pusimos los vestidos en el
aparcamiento y entramos en el casino. Nico Morrelli tardó exactamente
veintidós minutos en aparecer en la mesa en la que me senté cinco minutos
antes.
—Señoritas —nos saludó, con sus ojos grises de lobo recorriéndonos a las
cuatro. El traje de tres piezas que llevaba, era azul oscuro con finas rayas grises.
Solo le faltaba un sombrero anticuado y daría vibraciones de Al Capone. Salvo
que este tipo estaba mucho más bueno que Al Capone y era mucho más alto—.
Vendrán conmigo.
Bueno, eso no tomó mucho tiempo. Suspiré y dejé mis cartas.
—Queremos nuestro dinero de vuelta —dije con frialdad, encontrando su
mirada de acero.
Aquel hombre era letal; lo llevaba escrito. Pero no sentí miedo. Quizá
después de lo ocurrido con Gio, mi tolerancia a las amenazas había aumentado.
Su boca se curvó en una sonrisa y se metió las manos en los bolsillos del
traje.
—Por supuesto, señorita Flemming. —Luego se volvió hacia Davina,
Juliette e Ivy—. Después de ustedes, señoritas.
Juliette se me acercó y, como la prima temeraria que era, me susurró:
—Sabes que somos cuatro. Podríamos acabar con él.
Negué con la cabeza, sintiéndome de repente cansada de tanta estupidez.
Como si pudiéramos acabar con alguien.
—Seguro que está llamando al tío —murmuré—. No hemos hecho nada
malo. Así que no matemos al viejo y salgamos intactas de esta.
—Pero… —empezó Juliette y la corté.
—Recuerda el trato con Davina —le recordé—. No más robos.
Exhaló un suspiro frustrado.
—Menuda tontería —resopló—. Ni siquiera intentas ser una buena
delincuente.
Rodé los hombros.
—Lo siento, estoy ocupada con otras cosas.
Sus ojos me miraron y finalmente lo dejó. Cinco minutos más tarde,
estábamos frente al casino de lujo con una limusina esperándonos. Nico
Morrelli nos metió en ella y se sentó atrás con nosotras, desabrochándose la
chaqueta y mostrando su funda.
—Será mejor que no me envíen de vuelta a Irlanda por esta mierda —
espetó Ivy—. Te dije que somos lo peor.
Nico la miró, diversión en su expresión.
—No hemos hecho nada malo —le aseguró Davina—. Probablemente es
porque nos fuimos de la ciudad y Liam no lo sabía.
Me acurruqué en mi asiento y apoyé la mejilla en la ventana, observando
los edificios de la ciudad que pasaban a nuestro lado. Sentí las miradas
ocasionales de Nico hacia mí. Me preguntaba qué sabía o qué no sabía. Durante
las dos últimas semanas, Sasha me había adelantado quién era quién en el
inframundo. Según él, Nico Morrelli era uno de los pocos hombres que podía
conseguir información sobre todo el mundo. A veces sabía cosas que la propia
gente no sabía sobre sí misma.
¿Sabía quién era yo? Una maldita princesa de la mafia rusa. ¿Sabía que me
había enamorado del enemigo?
No, gritó mi corazón. Basilio no podía ser el enemigo. Tenía que ser la
persona más estúpida de este planeta, porque mi corazón todavía lo quería. Solo
a él.
Se me hizo un nudo en la garganta y clavé mis uñas en las palmas de las
manos, concentrándome en el dolor físico. El amor por Bas me destrozaba,
pedazo a pedazo. Cerré los ojos, luchando contra las lágrimas que me escocían
y amenazaban con derramarse.
El camino a casa de Nico transcurrió en absoluto silencio. No abrí los ojos
hasta que el auto se detuvo. Nos detuvimos ante la puerta y, por lo que parecía,
toda la propiedad estaba rodeada de altas vallas y árboles.
El portón se deslizó hacia la derecha, y el conductor atravesó la entrada y
siguió el sinuoso camino a través del bosque hasta que llegamos a un claro.
Al final del claro se alzaba una gran finca señorial. Parecería inmaculada
y prístina, si no fuera por los niños que correteaban por allí.
—Esto parece una puta guardería —murmuró Juliette, y Davina le dio un
codazo para que se callara. El auto se detuvo frente a la gran escalera de mármol
que caía en cascada delante de la casa.
Jesús, ¡qué elaborada!
En el momento en que Nico salió del vehículo, dos niñas idénticas que
parecían tener unos siete años vinieron corriendo hacia él.
—Papá, papá.
Y observé hipnotizada cómo el despiadado mafioso se agachaba y sonreía
a sus niñas. Juliette y yo no teníamos eso. No porque el tío no fuera un hombre
cariñoso, sino porque estaba en la costa este, mientras que nosotras dos
estábamos principalmente en California.
El par de idénticos ojos azules se asomaron a la puerta abierta y nosotras
también salimos lentamente de la limusina.
—Hola, chicas —las saludó Davina—. Soy Davina.
—Wynter —me presenté, luego Juliette e Ivy siguieron su ejemplo.
—Sasha y el viejo ya están aquí, papá —anunció una de ellas y Juliette
soltó una risita.
—Ha llamado viejo a tu marido —resopló Juliette.
—Es tu padre, mujer —replicó Davina secamente—. Y yo podría ir de
madrastra malvada si no lo dejas, Jules.
—Ahora hay una idea para un disfraz de Halloween —dijo Ivy, tratando
de contener la risa.
—Si ya han terminado, vamos a buscarlos antes que el tío intente matar a
Sasha —les espeté a las tres—. ¿Por dónde es, señor Morrelli?
—Vayan corriendo y díganle a mamá que tenemos cuatro invitadas más
—les dijo a las gemelas, y salieron corriendo antes que terminara la declaración.
Subió las escaleras y las cuatro lo seguimos.
Contemplamos su casa. La riqueza y el lujo eran evidentes en todas partes.
Podía oír los ecos de risas y música. El llanto de un bebé.
—¿Así suenan los hogares felices? —murmuré en voz baja.
Juliette y yo compartimos una mirada. No tuvimos exactamente una
infancia infeliz, pero sí tranquila. Ninguna de las dos entendía la necesidad de
mamá de tener un horario regimentado para nosotras. Yo lo entendía ahora, pero
antes no.
A veces, Jules y yo fantaseábamos con una gran familia, mucha música y
risas cuando éramos pequeñas. Pero luego se nos pasó. Pensábamos que solo
era un cuento de hadas.
Al darme cuenta que me había detenido a mirar en dirección a las risas,
reanudé la marcha hasta el gran vestíbulo con una gran araña de cristal y alcancé
a Nico.
—Nos dirigimos a mi despacho —explicó Nico, llevándonos a todas hacia
el ala izquierda de su casa. Mientras nos acercábamos, pude oír las voces del tío
y de Sasha. Ambos sonaban enfadados, aunque no podía distinguir las palabras
que se decían.
En cuanto entramos en el despacho, me invadió el olor a puro y la tensión
viable.
Dos pares de ojos azules nos miraron; uno pálido como el cielo más claro
y otro oscuro como el océano más profundo, y ninguno parecía feliz.
—Lo siento, Sasha —murmuré, yendo a lo fácil primero—. Íbamos a
devolver el auto.
Se encogió de hombros.
—Solo es un auto.
Me volví hacia mi tío por primera vez después de la noche en que los
hombres de Nikolaev nos sacaron de nuestra misión de atraco en Filadelfia. Su
mirada me recorrió, como asegurándose que no estaba herida. Solo me
quedaban unas pocas magulladuras en el cuerpo y mi ropa las cubría.
—Hola, tío Liam —susurré en voz baja, sintiendo que mis emociones me
ahogaban. Nunca había pasado tanto tiempo sin hablar con él. Aunque, a veces,
pasaba meses sin verlo; siempre hablábamos: mensajes, llamadas, emojis.
—Wyn. —Dio dos grandes zancadas y estaba frente a mí—. Jesucristo,
estaba muy preocupado.
—Estoy bien —murmuré. Miró a Davina y luego a Juliette, como pidiendo
su confirmación. Era la razón por la que no podía contarles todo lo sucedido. Si
lo supieran, no podrían asegurarlo, como ahora, con cara seria.
—¿Por qué no vienes a casa? —me preguntó, acariciándome la mejilla—.
Tu madre está muy preocupada, se está volviendo loca.
Le sostuve la mirada y me preparé para lo que sabía que iba a ocurrir.
—Tienes que volver a casa. Puedo tener un avión listo para llevarnos a
California.
Di un paso atrás y negué con la cabeza.
—No, todavía no.
La tensión en la habitación creció otra muesca. Los ojos del tío estaban
llenos de incredulidad, evaluándome.
—¿Por qué no?
Porque en el momento en que me pusiera un traje, mi espalda quedaría al
descubierto, dando a todo el mundo una visión completa de cicatrices y
moretones.
—Necesito una semana más o menos —supliqué.
El tío se pasó la mano por el cabello. Casi parecía que envejeció diez años
en el último mes. No hemos sido amables con él con toda nuestra mierda desde
que quemamos la casa de Garrett.
—Dale otra semana, Liam —intervino Davina—. Se lo merece antes que
empiece su entrenamiento completo.
—¿Por qué? —exigió saber—. Puedes tener un maldito año entero si
quieres, Wyn. Quiero saber por qué. Algo pasó, y quiero saber qué.
Sacudí la cabeza.
—No ha pasado nada, tío. Te lo prometo —mentí.
—Si no ha pasado nada, entonces ven a casa. —Me tendió una trampa
estupenda y caí en ella. Él también lo sabía.
Sasha también lo sabía e inmediatamente salió en mi defensa.
—Brennan, dale otra semana. No puede hacer daño y luego me la llevaré
personalmente a California.
Y el tío perdió los papeles.
—No te quiero cerca de ella, Sasha —gruñó—. Te pedí que la siguieras,
no que mi sobrina se mudara contigo. Tú y ella... nunca será.
Un aliento exasperado me abandonó.
—Él y yo no tenemos nada, tío —resoplé—. De verdad. Solo me está
dando un lugar donde quedarme.
—Wyn, intento protegerte —gruñó—. Tienes que confiar en mí.
Y fue entonces cuando perdí la cabeza. Estaba tan harta que me
mantuvieran como a una muñeca frágil y quebradiza, y lo peor de todo, que me
mantuvieran en la oscuridad. Era ajena a todos y cada uno de los peligros que
acechaban en las sombras. No sabía nada.
La mujer de Nico entró justo en ese momento con galletas en las manos,
pero me temblaban las manos y me zumbaban los oídos para siquiera intentar
ser cortés.
—¿Protegerme? —chillé—. Quieres protegerme manteniéndome ajena a
TODO. —El tío me miró confuso—. Podría mirar al enemigo a la cara y sonreír,
y ni siquiera sabría quién es. ¿Sabes por qué? Porque me mantienes en la
oscuridad —grité.
Mi pecho subía y bajaba, mi respiración se agitó y sabía que todos me
miraban como si hubiera perdido la cabeza. Los arrebatos eran inexistentes en
mi infancia. Todo era disciplina y control. Pues bien, yo ya había perdido el
maldito control. Lo había perdido todo.
—Wynter, yo...
—No me digas más jodidas mentiras —le espeté, con la voz aguda—. Si
tu protección significa dejarme a oscuras y descubrir quiénes son los putos
enemigos mientras me...
Me detuve, incapaz de terminar la frase. Me zumbaron los oídos, se me
cerraron los pulmones y se me hizo un nudo en la garganta. Era como si alguien
la hubiera agarrado con fuerza. Como si el mismísimo Gio DiLustro me ahogara
la vida.
No podía respirar. Cada segundo que pasaba, crecía el pánico en mi pecho.
Desesperada, luchaba por respirar, solo una onza de oxígeno. Mierda, un ataque
de pánico va a matarme, mi mente susurró. Nunca fui propensa a ellos, pero se
los había visto a mi madre una o dos veces.
Agarré mi pecho con las manos, como si desgarrármelo fuera a darme aire
para respirar. Temblaban tanto, que ni siquiera podía hacerlo bien. El zumbido
en mis oídos crecía, este terror me retorcía algo dentro y no me soltaba.
La cara del tío se acercó, pero mi visión era demasiado borrosa. Apenas
podía enfocarlo. Las voces de Juliette, Ivy y Davina sonaban como ecos en mi
cerebro, cada vez más lejanas.
Capítulo 32
Sasha
Tanto Brennan como yo agarramos el cuerpo de Wynter al mismo tiempo,
antes que cayera al suelo.
—¿Qué le pasa? —Brennan exigió saber.
Estaba alarmado, sus ojos se movían entre las mujeres y yo, exigiendo
saber.
Sabía que Wyn no les había dicho nada, no quería disgustarlas; pero ellas
sabían que había pasado algo. No eran tontas. Imprudentes; pero no tontas.
Aun así, las tres negaron con la cabeza y no dijeron nada y, mierda, estaba
orgulloso de las amigas locas y un poco idiotas de Wyn porque se habían negado
a traicionarla.
Entonces sus ojos volvieron a mí.
—Sé que lo sabes, Nikolaev —gruñó.
—Dios, cuánta maldita testosterona. Qué tal si te preocupas por mi prima
y no por este concurso de meadas en el que parecen estar metidos los dos. —
Por supuesto que sería Juliette la que diría algo así.
—Juliette. —Su padre le lanzó una mirada de advertencia.
—Mi prima yace inerte en tus brazos. ¿Qué tal si nos centramos en
ayudarla y puedes gruñir a la gente más tarde? —razonó con él.
—Así que a esto te referías cuando me aconsejaste que buscara un colegio
muy vigilado —reflexionó Nico.
Y como si las gemelas supieran que su padre hablaba de ellas, entraron al
mismo tiempo que yo levantaba a Wynter en brazos.
—Me la llevo a mi casa —le dije a Brennan.
—No me jodas —gruñó—. Es mi sobrina. Mi familia.
—Y volverá contigo cuando esté preparada —le dije con voz fría—. Ni un
momento antes.
—¿Qué tal si la acostamos en una de las habitaciones de invitados? —
sugirió Bianca, la mujer de Nico. Me recordaba tanto a Isabella, que ni siquiera
tenía gracia. La mujer no tenía nada que hacer entre hombres como nosotros.
Al igual que Wynter.
Juliette, por otro lado, esa podría convertirse en una maldita asesina.
—Dámela, Nikolaev —ordenó Brennan. Supongo que el cabrón no se
había enterado que yo era malísimo siguiendo órdenes. Hice suficiente de esa
mierda en el ejército para durarme dos vidas—. O acabaré contigo, al infierno
con tus hermanos.
Mi expresión se ensombreció.
—Puedes intentarlo —dije fríamente—. Pero no acabará bien para ti. Da
gracias a los santos, Brennan, que tenga a tu sobrina en brazos, o te aplastaría
la garganta.
—Whoa, whoa. Cálmense todos. —La mujer de Brennan se interpuso, y
la chica intervino entre su marido y yo—. Dejemos a Wynter con Sasha. Ella lo
quiere así y él la ha mantenido a salvo hasta ahora.
—¿Por qué no dejamos que se peleen? —Las gemelas de Nico se apoyaron
a cada lado de la puerta—. Hagamos apuestas. Quiero ver quién es mejor.
—Hannah —la regañó Bianca, lanzándole la mirada más amenazadora que
pudo sacar. Parecía una gatita malvada. Estaba seguro que sus gemelas se
estaban cagando en los pantalones. No.
La pequeña rubia se limitó a encogerse de hombros y cruzar los brazos
frente al pecho.
—¿Qué? Tengo que ganar dinero de alguna manera.
—Mierda, deberíamos conseguir que esta nos de algunos consejos —
murmuró Ivy—. Deberían asistir a nuestra escuela.
—Estaba pensando lo mismo —añadió Juliette, y luego se volvió para
mirar a Nico—. ¿Considerarías enviar a tus hijas a nuestra escuela? Puede que
esté lista para cuando tengan edad suficiente. Solo tenemos que encontrar otros
mafiosos a los que robar —murmuró Juliette—. Fuiste una mala elección.
—¿Tú crees? —musitó Nico, entretenido.
—No, no más robos —siseó Davina, fulminando con la mirada a su amiga,
que pestañeó.
—¿Puedes acostarla y luego pelear con él? —preguntó la otra gemela.
—Nadie va a pelear —dijo Bianca con firmeza—. Pero ustedes dos
podrían ganar un tiempo muerto. Por separado —advirtió, dirigiéndoles una
mirada mordaz.
Parece que tuvo el efecto deseado, porque las dos se hicieron a un lado de
inmediato.
—Dejen que los acompañe a la habitación de invitados —se ofreció Bianca
y yo asentí, pero antes de salir de la habitación, Brennan gritó.
—Cuando se despierte, quiero hablar con ella —dijo, con voz sombría.
Mis hombros se tensaron, sabiendo que era inevitable que Wynter y Brennan
hablaran. Sinceramente, me sorprendió haber conseguido mantenerlo a raya
durante tanto tiempo.
Seguí a Bianca por la casa de la finca. No paraba de hablar en voz baja,
probablemente era su forma de liberar tensiones. A diferencia de la mujer de
Cassio o la de Luciano, Bianca y Bella nunca se habían sentido del todo
cómodas con hombres como nosotros. Sus maridos eran la excepción, por
supuesto.
Una vez en el dormitorio de invitados, tumbé el cuerpo de Wynter en la
cama. Había perdido peso en las últimas dos semanas. Por lo que había oído,
solía tener buen apetito, pero no desde su encuentro con el viejo DiLustro.
—¿Se pondrá bien? —susurró Bianca.
Asentí. No le había dado suficiente crédito a Wynter. Era fuerte. Lo había
visto en las últimas tres semanas, en su persistencia y determinación. Tenía un
corazón muy grande, y me temía que romántico, que escondía bajo su apariencia
de princesa de hielo.
—No me puedo creer que tenga una medallista de oro olímpica en casa —
murmuró Bianca—. Quizá las gemelas tomen nota e intenten aspirar a algo más
que a ser unas pequeñas alborotadoras problemáticas.
Mi labio se torció.
—Entonces quizá quieras mantenerlas alejadas de Wynter y sus amigas.
Son unas alborotadoras consumadas. E imprudentes.
Se rio suavemente.
—Ya me di cuenta. ¿En qué estaban pensando al intentar ganar dinero en
el casino de Nico contando cartas?
Sospeché que era su forma de llamar la atención. Davina me envió un
mensaje, contándome su plan. Por supuesto, esperó a que estuvieran metidas de
lleno en él.
—¿Cómo te trata la vida de casada? —le pregunté con curiosidad—.
Todavía recuerdo aquella boda de drama de Hallmark. Creo que lo único que
superó aquel acontecimiento fue atrapar a esas cuatro delincuentes temerarias…
—Incliné la cabeza hacia la forma dormida de Wynter—. Empujando un
vehículo blindado a un río después que robaran millones.
—¡Jesús! —Bianca sonó ligeramente consternada. Miró a Wynter dormir
durante unos segundos y luego añadió—: Sabes, no puedo evitar pensar que
tenía razón.
Enarqué una ceja.
—¿Sobre qué?
—De que no nos digan nada —aclaró—. Está en sus genes proteger a las
mujeres. Es como si se los hubieran inculcado desde que nacieron. —Ella no
estaba muy lejos—. Mi familia lo hacía. Nico todavía lo hace, conmigo y con
las niñas. Y, aunque no me molesta en absoluto, de hecho me encanta, me
preocupa cómo afectará a nuestros hijos. Especialmente en las niñas. Como dijo
Wynter, está tan protegida que no sabría si está mirando a la cara a un enemigo.
No estaba en desacuerdo. Wynter era tan ajena a la causa de la pelea en su
familia y la de DiLustro, que fue y se enamoró de uno. Sí, ella se negaba a decir
que lo amaba. Pero estaba más claro que el agua.
Wynter se removió en la cama y Bianca fue olvidada. Di dos zancadas
hasta un lado de la cama y me agaché.
Sus ojos se abrieron, y aquellos ojos verdes que tenían al mundo cayendo
a sus pies, se encontraron con los míos.
—Hola, rebelde.
Por un momento se quedó mirando en silencio, probablemente tratando de
averiguar cómo había llegado hasta aquí.
—Los ataques de pánico no son buenos —susurró finalmente.
—No, no lo son —coincidí—. Pero se pueden controlar.
—Siempre tan positivo —murmuró, curvando un poco los labios. Fue
entonces cuando se dio cuenta que Bianca también estaba en la habitación.
—¿Qué tal si te traigo limonada y galletas? —Bianca se ofreció, siempre
dispuesta a dar de comer a todo el mundo.
Wynter negó con la cabeza.
—No, gracias. Pero ¿podría hablar con mi tío, por favor?
—Claro, iré a buscarlo.
Una vez que Bianca nos dejó, clavé los ojos en Wyn.
—Puedes quedarte en mi casa el tiempo que necesites.
Ella se movió en la cama, luego se sentó, tirando de sus rodillas hacia su
pecho.
—Gracias. Solo necesito una semana para que el resto de los moretones
desaparezcan.
—También tienes que pensar en tomarte un tiempo para recuperarte
mentalmente, Wyn. Tu madre lo entenderá si se lo explicas. —Ella negó
enérgicamente—. Siempre están las próximas Olimpiadas.
—No, no, no —protestó ella en voz baja—. No puedo seguir
escondiéndome. Sabes que es exactamente lo que he estado haciendo.
Me importaba un carajo. Que se escondiera todo el tiempo que quisiera.
Eso no la convertía en una cobarde, no después de todo lo que había pasado.
—Jesús, me diste un susto. —La voz de Brennan vino de detrás de mí y se
acercó al otro lado de la cama para sentarse. El tipo era tan grande que Wynter
casi rodó sobre él.
—Ven a casa conmigo —exigió Brennan en voz baja, pero Wynter negó
con la cabeza—. Hablaré con tu madre y podrás quedarte en Nueva York si lo
deseas. Dentro de dos meses visitaremos a tu abuelo. Puedes ganarle al póquer
o al ajedrez. El abuelo de Davina vendrá. Será bueno.
Manchas rojas de agitación recorrieron la delicada garganta de Wynter.
—No, me iré a California. Terminaré lo que empecé. No puedo volver a
Nueva York. No por un tiempo. Te veré en Irlanda. Pero, por favor, deja que
Ivy y Juliette vengan conmigo. —Brennan asintió—. Y tú ven a visitarme con
Davina también.
Carajo si no sonaba como si se estuviera despidiendo. Al menos de la costa
este.
—Lo siento, Wyn. —Brennan ahuecó su barbilla—. Siempre he querido
protegerte. A ti y a tu madre. Parece que fracasé con las dos.
Le acomodó los rizos detrás de la oreja, como si fuera su padre.
Probablemente él era su padre, ya que ella nunca había tenido uno.
Wynter apretó la mano grande de él contra la pequeña de ella.
—No lo hiciste. No es tu trabajo protegernos.
—Sí, lo es —discrepó él con un gruñido.
Wynter negó con la cabeza.
—Sé lo que pasó con los DiLustros —susurró su admisión en voz tan baja
que apenas se oía.
—¿Cómo? —Sinceramente, no podía creer que fuera capaz de ocultarle un
secreto tan grande durante tanto tiempo.
—No importa. Lo importante es que deberías habérmelo dicho. No debería
ser sorprendida por otra persona sobre cosas que me conciernen. De quién soy
nieta, mis conexiones con los rusos, sobre los DiLustros y lo que le hicieron a
mi madre.
Un gruñido vibró en lo más profundo de Liam. La historia y la información
que obtuve fue que Liam perdió la cabeza cuando le dispararon a Aisling. Tenía
fama de ser un hombre justo; pero, durante ese tiempo, mató a cualquiera que
estuviera relacionado con Gio DiLustro.
—Ese bastardo la destruyó —siseó Liam—. Si hubieran sabido de ti y de
Jules, habrías sido un objetivo. Quería que ambas tuvieran una infancia normal,
lejos del inframundo. Era lo que quería mi hermana. Tenía que protegerte a ti y
a Jules para evitar que la historia se repitiera.
—Tal vez cuando éramos niñas. Ahora ya no. Haznos más fuertes, no
ciegas y dependientes que otro nos salve.
Wynter podría tener sangre irlandés en ella; pero podría decir,
honestamente, que no heredó ni un solo rasgo de ello. Tal vez la imprudencia.
Pero entonces, incluso eso podría ser el lado ruso de ella.
—Algunos hábitos son difíciles de romper —dijo sombríamente.
Ella lo miró a los ojos con la terquedad que conocía bien.
—Pues rómpelos. Si no, nos perderás a todos.
Capítulo 33
Basilio
Cuatro malditas semanas.
La he buscado por todas partes. Incluso tenía hombres vigilando la casa de
Brennan. Su Jeep estaba allí. Sus amigas estaban allí. Wynter no estaba.
Fui a Yale, y me enteré por el encargado del edificio que todas sus cosas
fueron empaquetadas y enviadas a Davina Hayes-Brennan. Cuando le pregunté
por qué, se limitó a decir que la chica había desaparecido y que una de sus
compañeras de piso se ocupaba de sus asuntos.
Si tan solo pudiera ponerle las manos encima a Davina. Me planteé
seriamente secuestrarla para poder interrogarla. Priest hackeó el teléfono de
Wynter para descubrir que estaba limpio. Intentó entrar en la red de Brennan,
pero estaba bloqueado.
—No puedes seguir así —murmuró Dante—. Estamos persiguiendo
fantasmas.
Nos sentamos al fondo de la entrada grafiteada de uno de los almacenes de
la Bratva en Long Island, que les servía de laboratorio. Había una cosa que había
aprendido en las últimas cuatro semanas. Los rusos se habían estado
expandiendo por todo Nueva York. Eso tenía que terminar.
—No, no lo haremos —siseé. Los tres vinimos con nuestros diez mejores
hombres—. Ella está en alguna parte. La gente no desaparece en el aire.
Había algo que me había estado molestando sobre el secuestro de Wynter.
Carecía de lógica y razonamiento. Dejaron a mi padre vivo, muy a mi pesar.
Hubiera preferido que lo mataran o se lo llevaran, y dejaran a Wynter atrás. Pero
parece que mi padre también engatusó a los rusos y se libró que lo mataran.
—Jesús, Basilio. Tienes que serenarte —añadió Priest, con los ojos fijos
en la hoja de su cuchillo mientras le daba vueltas—. Tal vez escapó de los rusos
y simplemente cambió de opinión sobre casarse contigo.
Dante golpeó a su hermano menor en el hombro para que yo no lo hiciera.
Apreté los dientes porque dijera algo así.
—Mi padre no debería haber estado en mi casa —dije, aquel maldito día
repitiéndose en mi mente una y otra vez. Nada de lo que dijo mi padre me gustó.
Nada tenía sentido. Demasiadas incoherencias.
—¿Sospechas que él lo organizó? —Dante preguntó. El hecho que
tuviéramos que preguntárnoslo era jodido. Pero así era mi padre. Apuñalaría a
cualquiera por la espalda, incluyéndome a mí.
—Demasiadas coincidencias —dije, frustrado por no poder resolver aquel
rompecabezas—. Era casi como si el secuestro de su amiga fuera una
distracción. —Sus expresiones me dijeron que estaban de acuerdo—. Mi padre
aparece, la vigilancia en mi casa falla, la mayor parte de la manzana alrededor
de mi casa estaba dañada. Los rusos lo dejan con vida. Nadie tiene tanta suerte.
—Excepto tu padre —comentó Priest—. Aunque tengo que estar de
acuerdo. La Bratva no es conocida por dejar supervivientes.
En el momento en que lo dijo, se dio cuenta de su error y una serie de
maldiciones lo dejaron.
—Vamos —les dije a todos.
No había tiempo que perder.
El ataque fue brutal y sangriento. Casi perdimos un hombre. La Bratva
tenía más hombres de lo que esperábamos, pero lo superamos.
Después de horas de luchar y matar, y luego torturar a los imbéciles rusos
para obtener información, nos quedamos con los dos últimos bastardos.
—Nyet, nyet 7 —empezó uno de ellos. Luego, una retahíla de palabras rusas
salió de su boca.
Nada los salvaría. Pero primero conseguiría algo de información.
—Cambia a inglés o italiano —dije mientras amartillaba mi arma. El feo
cabrón cubierto de tatuajes intentó escupirnos.
Entonces, como a cámara lenta, mi compostura se rompió. Durante las
últimas cuatro semanas, había estado pendiendo de un hilo. La rabia se apoderó
de mí y me abalancé sobre él. La Glock que tenía en la mano se convirtió en un
arma. Pero no para dispararle, sino para golpearlo. Una y otra vez.
7
No en ruso.
—¿Quién eres? —rugí—. ¿Por qué estás en mi ciudad?
Sonrió, estúpido y horripilante, mostrándome la boca y los dientes
manchados de sangre.
—Mata a este —dijo Dante con una sonrisa retorcida, mirando al otro
cautivo—. Y trabajaremos con éste. Apostaría mi dinero a que éste habla inglés.
La cabeza del otro tipo se sacudió vigorosamente, luego pronunció
palabras en ruso. Suka 8. Sí, esa la entendí.
El disparo sonó con fuerza y acabó con el primer ruso. Entonces todos
dirigimos nuestra atención al siguiente. Lo llamaríamos tipo suka mientras
durase su corta y miserable vida.
—Es sensible a que lo llamen perra —Priest comentó despreocupadamente
al otro, que a punto estuvo de mearse en los pantalones.
—¿Puedo? —Priest preguntó cuando me preparé para empezar a trabajar
en el hijo de puta. Ha sido la única forma de liberar mi maldita frustración
últimamente. Matar gente.
Maldición, quería negárselo. Necesitaba liberar esa rabia que supuraba en
mi interior, pero también sabía que había estado caminando por la delgada línea
que separa la rabia de la cordura. Y el monstruo que disfrutaba infligiendo dolor
no estaba satisfecho. Aún no, pero asentí.
Priest sacó un trozo de cristal de alguna parte y se adelantó para clavárselo
en el dorso de la mano al cabrón. Luego vi cómo le abría la boca mientras se lo
clavaba en la lengua.
—¿Cómo demonios se supone que va a hablar con un agujero en la boca?
—se quejó Dante.
8
Perra en ruso.
Priest se encogió de hombros.
—No es un corte limpio. Todavía puede hablar. —Dante puso los ojos en
blanco—. Bien, ya que eres tan sensible —cedió Priest, y luego dejó escapar un
suspiro exagerado—. Dejaré de jugar con su lengua.
Entonces le hundió la punta más afilada del vaso en las costillas.
—Solo jugaré con sus costillas.
—Eres un enfermo hijo de perra —le dije a mi primo Priest.
Su respuesta fue una sonrisa ligeramente desquiciada.
Dante nos miró a ambos y luego se encogió de hombros.
—Los dos son unos enfermos de mierda.
—Gracias —respondimos Priest y yo al mismo tiempo.
Mis demonios bailaban por mis venas, ansiosos por jugar con el cabrón.
Deseoso de hacerlo sufrir. Habían pasado semanas y yo seguía esperando la
oportunidad. Por cualquier dato que me acercara un paso más a ella.
Así que cedí ante el monstruo y di un paso hacia el ruso, mientras Priest
murmuraba sus últimos ritos. Mientras retorcía el cristal en sus costillas, mi
mano rodeó su garganta y apreté.
—¿Por qué está aquí la Bratva? —gruñí—. ¿Quién es tu puto Pakhan?
La sangre le salía por la comisura de los labios mientras se ahogaba. Solté
el agarre lo justo para dejarlo hablar.
—Nunca verás venir a nuestro Pakhan —balbuceó, resollando—. La
muerte vienen por todos ustedes.
Golpeé mi frente contra la suya. Hueso contra hueso. El zumbido en mi
cabeza fue bienvenido. Era exactamente el tipo de dolor que necesitaba. Pero él
no. Su grito recorrió la habitación vacía como una onda expansiva.
—Malditos italianos locos —siseó, gorgoteando sobre su propia sangre,
mirándonos con recelo.
—Aún no has visto al verdadero loco. —Se rio Priest, y empezó a recitar
la extremaunción. Otra vez—. Que el Espíritu Santo te libre de esta miserable
vida y los pecados te traguen entero con la gracia del Espíritu Santo.
A Priest le gustaba mucho ésta.
Saqué mi cuchillo y se lo clavé en el muslo. Mientras Priest le clavaba el
cristal en las costillas, yo me dedicaba a desgarrarle el muslo.
—Empecemos de nuevo. —Dante se apoyó en la pared, observando cómo
se desarrollaba la escena—. Verás, mi primo y mi hermano disfrutan bastante
torturando. Pueden durar días jugando con sus presas. Así que tal vez quieras
acelerar y decirnos lo que sabes.
Entonces, para probar su punto, golpeé la Glock en su cráneo. Y otra vez.
El crujido de los huesos rotos se mezcló con sus gritos de dolor.
—¿A quién buscan los rusos? —pregunté. No había duda, buscaban a
alguien. Los cabrones estaban por todo Nueva York, atacando diferentes
organizaciones. Brennans. A mí. Rusos en Nueva Orleans. Colombianos.
Incluso Yakuza—. ¿Quién es tu maldito Pakhan? Última advertencia.
Para demostrarle que iba en serio, le clavé el cuchillo en el muslo.
—Winter Volkov —gritó un nombre y me congelé. También Priest. El
shock me inundó y me quedé inmóvil.
—¿Quién? —pregunté, con voz fría y distante.
—Winter Volkov —jadeó, con acento fuerte—. La hija del Pakhan. Está
muerta, pero buscan a los descendientes de Winter Volkov.
—¿Quiénes son? —pregunté con dureza.
—Akim Kazimir —gimoteó—. Tiene una pista y trabaja directamente con
el Pakhan. Es todo lo que sé, lo juro.
Lloró como un bebé, repitiendo que era todo lo que sabía. Una y otra vez.
—Te creo —le dije finalmente y levanté mi arma.
—Amén, hijo de perra —Priest terminó su último rito, justo cuando apreté
el gatillo.
Volviéndome hacia Priest, lo encontré ya rastreando la web, buscando
información.
—Sabes que estoy manchando de sangre mis putos aparatos electrónicos
—refunfuñó mientras sus dedos volaban sobre la pantalla.
—Te compraré otro —le prometí.
—Te quejas de la sangre en tus aparatos electrónicos, mientras estás
empapado de ella. —Dante sacudió la cabeza—. Los dos son unos putos idiotas.
No entrarán así en mi auto. Tengo asientos de cuero blanco.
Nos desentendimos de él sin levantar la mirada de la pantalla del lujoso
aparato de Priest.
Todo el tiempo mi corazón tronaba y la oscuridad en mi visión se disipaba
lentamente. Esto tenía que ser una señal. El nombre no podía ser una
coincidencia. No era precisamente un nombre común, y todo el mundo conocía
a la familia rusa Volkov. Prácticamente la realeza de la mafia rusa.
—Que me jodan... —La voz de Priest interrumpió mis pensamientos y mis
ojos se clavaron en los suyos. Dio la vuelta a la pantalla y una imagen llenó mi
visión.
Me quedé paralizado, mirando la imagen de la mujer que había estado
buscando. Era casi idéntica: los mismos ojos, los mismos rizos, la misma cara.
Lo único diferente eran las pecas de la cara de mi Wynter.
—Winter Volkov —dijo Priest con voz áspera—. Winter con “i”, en lugar
de “y”.
Qué. Me. Jodan.
Mi Wynter era una princesa de la mafia rusa.
Capítulo 34
Basilio
—Esto no puede ser una coincidencia —refunfuñó Dante, haciéndose eco
de mis pensamientos exactos. Los tres nos quedamos en mi casa de los
Hamptons. Era más fácil que volver a la ciudad. Después de asearnos, nos
sentamos en el patio trasero frente al océano, reflexionando sobre los hallazgos
de hoy.
—De acuerdo.
Una vez, mi padre quiso a Volkov Pakhan en la mesa del Sindicato. No
fue así. En cambio, consiguió una alianza rusa diferente en la mesa. Una más
débil.
Pero conociendo a mi padre, le guardaba rencor. No había ni una pizca de
duda en mi mente de que, o bien trabajó con los rusos para poner sus sucias
garras en mi mujer, o se inventó una historia diferente. Aquella en la que
terminaría en la cima.
—¿Cuál es su enfoque? —Priest preguntó.
—Quizás reconoció a Wynter —espeté, con el hielo corriendo por mis
venas—. Si conoció al Pakhan y a su familia hace décadas, es imposible que no
viera el parecido. —Mis ojos volvieron a parpadear hacia la pantalla. Nunca
había visto a dos seres humanos tan parecidos—. Eso explicaría su odio por los
Brennan.
—Nada de esta mierda tiene sentido —dijo Dante—. Así que el viejo
cabrón de Brennan secuestró a Winter Volkov para mantener al Pakhan fuera
del Sindicato. Cuando la mujer murió, ¿qué habría evitado que el Pakhan se
uniera?
—La nieta. Aisling Brennan —dije. Wynter formaba parte del inframundo
desde el principio. Sin embargo, parecía haber tantas desconexiones. Mi sexto
sentido me decía que ella no creció en el inframundo. No podía ser. Nada en su
comportamiento lo indicaba.
—Pero todos los registros apuntan a que Aisling Brennan y su hijo nonato
murieron —razonó Dante.
—Sabemos que los datos pueden manipularse —siseó Priest, mirando
fijamente las imágenes—. Es imposible que este tipo de parecido fuera una
coincidencia.
Princesa rusa.
—No la tienen —concluí—. El cabrón dijo que están buscando a los
descendientes. Eso significa que no la encontraron.
—Quizás sea hora de unir fuerzas con otras organizaciones —sugirió
Dante—. Está claro que el Sindicato está haciendo movimientos sin que nadie
se entere.
—O tal vez es solo mi padre haciendo esos movimientos.
No me extrañaría de él. Se creía invencible. Se suponía que el Sindicato
debía repartir el poder entre los diferentes miembros, pero mi padre parecía
olvidarlo convenientemente. O simplemente lo ignoraba. Usó el Sindicato para
conseguir lo que quería, a cualquier precio.
—¿Podría esto ser suficiente para sacarlo del Sindicato? —Priest
reflexionó—. Si hizo un movimiento sin su conocimiento, este fue un claro
intento de tomar el poder.
Sacudí la cabeza.
—Si el Pakhan fuera miembro del Sindicato, habría ido contra las reglas.
Pero cualquiera que no pertenezca al Sindicato tiene vía libre. Es el resquicio
que permitió a mi padre continuar sus ataques contra los Brennan.
Los tres nos sentamos en silencio mientras las olas rompían contra la costa.
Yo también había querido traer a Wynter aquí. Tenía tantos malditos planes
para nosotros y ahora...
Tenía que estar viva. Si los rusos la tenían, estaba viva. El Pakhan nunca
haría daño a su bisnieta. Casarla, sí. Beneficiarse de ella, sí. Pero el bastardo
nunca la mataría.
Mi padre, por otro lado, la rompería. La amargura era como un puto ácido,
carcomiéndome por dentro. Era una puta broma que esperara a que la tuvieran
los rusos y no mi puto padre.
¡Maldición!
Si le tocaba un pelo a Wynter, lo jodidamente mataría. Al diablo las reglas,
acabaría con él.
—Tal vez podamos llegar a Brennan —sugirió Dante—. Es su familia,
después de todo.
—¿Entonces por qué no está destrozando la ciudad, buscándola? —siseé—
. No podemos confiar en nadie fuera de nosotros tres y Emory. —No me
arriesgaría. Si mi padre hacía un trato con los rusos, Brennan se volvería loco.
Nos atacaría, y nos distraería de buscar a Wynter—. Seguimos buscando a
Wynter, nos centramos en ella y en la eliminación de Gio del Sindicato.
Priest y Dante asintieron.
—Si vamos a sacar a Gio del Sindicato, es el mejor plan —murmuró
Dante—. Me pone jodidamente enfermo que debamos jugar a este juego del
gato y el ratón con él. Ojalá Liam le hubiera disparado a Gio hace décadas y
hubiera acabado con todo.
Estuve de acuerdo. Puede que fuera mi padre, pero solo de nombre. En
toda mi vida, no había mostrado ni una sola emoción paternal. Ni a mí ni a
Emory. Destruyó su vida incluso antes que empezara.
Gritos sonaron por toda la casa, sacándome de mi pesadilla.
Siempre era la misma.
La primera muerte que presencié. La forma en que gorgoteaba y se
ahogaba con su propia sangre mientras mi padre permanecía de pie junto a
ella con una dura sonrisa en el rostro.
Habían pasado siete años desde aquel día. Yo ya no era un niño de cinco
años. Mi madre era un recuerdo borroso en el suelo de una sucia habitación de
motel. Emory ni siquiera sabía qué aspecto tenía, porque papá había eliminado
toda prueba de la existencia de nuestra madre.
Pero cuando él no estaba, yo le susurraba sobre mamá. Lo poco que
recordaba. Y cuando me preguntaba lo guapa que era nuestra madre, le decía
que se mirara en el espejo. Porque Emory era tan guapa como nuestra madre.
La puerta se abrió y Emory, de siete años, corrió hacia mi cama con los
ojos muy abiertos por el miedo y el cabello revuelto. Caminó descalza por la
habitación, guiada por la luz de la luna.
—¿Qué ocurre? —le pregunté en voz baja—. ¿Una pesadilla?
Ella también las tenía. Cortesía de nuestro maldito padre. Aunque la suya
era ligeramente diferente a la mía.
—Hay gritos —susurró—. Abajo.
Saqué mi arma de la mesita de noche y salí disparado de la cama.
—Escóndete debajo de la cama —le ordené—. Y no hagas ruido. Pase lo
que pase.
Padre la habría arrastrado a la mitad de lo que sea que estuviera pasando.
Pero me negué. Los miedos de Emory ya eran bastante malos y ella solo tenía
siete años.
Una vez seguro que estaba escondida, me arrastré escaleras abajo. El
pulso me retumbaba en los oídos mientras me acercaba a la cocina, de donde
procedían los ruidos. Fue entonces cuando lo vi.
Una mujer atada a la silla. Estaba desnuda, con las piernas abiertas con
algún instrumento que no reconocí. Tenía sangre por toda la cara interna de
los muslos, muy marcada por la palidez de su piel, incluso en la penumbra.
Mi padre se agachó detrás de la mesa que estaba volteada. Otros dos
hombres en el lado opuesto de la cocina. Uno escondido detrás del gran
frigorífico Subzero y el otro detrás de la isla donde desayunábamos. Estaba de
espaldas a mí y habría sido el más fácil de acabar.
Los ojos de mi padre revolotearon hacia mí. Tenía sangre en la camisa y
en la cara. Instintivamente mis ojos se desviaron hacia la mujer que seguía
atada, su silla en medio del fuego cruzado. ¿Intentaba salvarla?
Tenía que salvarla, pero la necesidad de matar a mi padre era aún más
fuerte. Lo odiaba. Nos hizo daño a Emory y a mí, minando nuestra humanidad
día a día. Pero no podía dejar que mi odio pesara más que lo correcto. No
podía sacrificar a la mujer que gemía, ensangrentada y desnuda, en medio de
nuestra cocina.
Así que levanté la mano y disparé a uno de los hombres. Luego apunté al
siguiente, justo cuando me vio. Apreté el gatillo y él intentó esquivar la bala.
Pero le alcanzó y se le clavó en la clavícula.
Cayó de rodillas, agarrándose el hombro y el cuello, mientras mi padre
saltaba de su escondite y corría hacia él. Yo hice lo mismo, aparté el arma de
una patada y corrí hacia la mujer atada.
Gimió cuando me acerqué a ella.
—No pasa nada —le susurré mientras tocaba los nudos de sus muñecas.
Mi padre disparó al atacante superviviente en ambas rodillas. El grito
atravesó el aire, tanto el del hombre como el de la mujer, haciéndome dar un
respingo de sorpresa. ¿Por qué lloraba y miraba así a los atacantes? Como si...
Tragué fuerte. Como si él le importara.
La bilis y el ácido se atascaron en mi garganta. Error de cálculo. Maté a
los hombres que intentaban proteger a la mujer. Mi corazón tronó contra mi
pecho y la culpa no tardó en alojarse en lo más profundo de mi corazón y de
mi alma.
Mis piernas cedieron, mi pecado demasiado duro de soportar y caí de
rodillas. Quería hundirme en el suelo de baldosas y dejar que la tierra me
tragara. Era un monstruo, igual que mi padre.
Mis ojos conectaron con los suaves ojos marrones, llenos de angustia y
dolor. Yo lo había causado. Yo era el responsable directo. Iría al infierno por
ello.
No tenía idea de quién era. Debería saber de quién era la causa de mi
perdición, ¿no? Sin embargo, no me atrevía a preguntarle. Cada suave gemido
suyo me culpaba. Gritaba mi traición a su inocencia.
Le había dado a mi padre libre acceso a ella.
Mi padre se acercó a mí y me levantó bruscamente.
—Contrólate —siseó, y luego me empujó a una silla vacía—. Lo has hecho
bien, chico.
Tuve que luchar contra las ganas de escupirle a la cara. Odiaba tanto sus
entrañas que una niebla roja empañó mi visión. Este odio me ahogaba,
amenazando con tragarme entero y dejarme en la oscuridad total. Sin embargo,
sabía que tenía que luchar contra él. Por Emory.
Si sucumbía a la oscuridad, mi hermana pequeña no tendría a nadie. Ella
me necesitaba.
Mi padre se movió hacia el único atacante vivo. No trató de alejarse, sino
que se arrastró hacia la mujer. La mujer que amaba, me di cuenta por la mirada
de sus ojos. Lo había visto en la televisión cuando mi niñera veía sus
telenovelas.
Mi padre levantó al hombre con una mano y lo ató a la silla más cercana
a la mujer. Pero lo suficientemente lejos como para que no pudiera alcanzarla.
Luego, con un brillo cruel en los ojos, la mirada de mi progenitor se centró
en la mujer.
Se desabrochó los pantalones y sacó el cinturón de las trabillas con un
movimiento rápido.
—Ahora, terminemos lo que empezamos —ronroneó mientras la bilis
subía por mi garganta—. Ahora, hijo, quiero que veas cómo se folla a una
mujer. Son buenas solo para el placer. Ni más ni menos.
Los gritos llenaron la habitación, agudos y viscerales.
Primero, le folló la boca tan violentamente que ella tuvo arcadas. Pero
todo el tiempo, mantuvo un arma apuntando al atacante.
—Si siento un solo rasguño de tus dientes, le disparo otra vez —gruñó
mientras se introducía más profundamente en su garganta. La cosa no acabó
ahí. Las lágrimas corrían por su cara, y cada minuto que pasaba veía cómo
algo moría lentamente en sus ojos.
Cuando terminó, mi padre derramó su semen por toda su cara.
—Así es como tratamos a las putas. Y todas son putas.
Dejando colgar su polla, como un pepino asqueroso y arrugado, se acercó
al hombre atado.
—¿Qué se siente, “figlio di puttana9”, al saber que nunca te follarás su
coño virgen? ¿Su culo virgen?
Mi padre agarró su cuchillo y lo acercó a la herida de bala del hombre,
luego clavó la punta en ella. Los gritos sonaron, mi sangre zumbó y el olor de
la sangre metálica llenó mi nariz.
“Error de cálculo”, susurró mi mente. Perdí mi oportunidad y elegí salvar
a mi padre, a costa de un inocente.
Mi padre me miró.
—¿Has aprendido algo hoy, hijo? —murmuró padre.
Asentí, pero permanecí insensible. Mi respuesta no le gustaría, incluso
podría ganarme una bala.
Desató a la mujer y le tiró del cabello. Luego la inclinó sobre la mesa de
la cocina, de modo que quedara frente a mí. Después de un fuerte empujón, se
enterró profundamente en su culo. Mientras la follaba, su cuerpo desnudo se
deslizaba de un lado a otro sobre la mesa, ella no me quitaba los ojos de
encima.
9
Hijo de puta en italiano.
Acusadora. Rota. Hiriente.
—No le quites los ojos de encima, puta —gruñó mi padre. Mis manos
temblaron, un rugido se formó en mi garganta, arañando para salir—. Está
aprendiendo.
Ese día aprendí que nunca podría coexistir con mi padre.
Esa noche, arrojó a la mujer a los traficantes. Fue una retribución por la
traición de su padre. Muchos años después, la busqué. Quería salvarla, expiar
mis pecados y darle explicaciones.
'No sabía' parecía inadecuado. Sin embargo, no tenía nada más.
Pero antes de llegar a ella, Nico Morrelli la salvó. Trabajaba para él,
incluso dirigía un refugio para mujeres maltratadas. Sus ojos aún eran oscuros,
pero su cabello era blanco como la nieve. Como su inocencia antes que mi padre
la destruyera.
Apartando mis pensamientos de aquel oscuro día, me centré en el ahora y
en las cosas que podía arreglar.
—Violar las normas es una forma segura de que nos echen del Sindicato
—dije finalmente, dejando el pasado donde pertenecía. En el puto pasado—. Y
eso dejará a Emory vulnerable. A Wynter también. La única forma de
protegerlas es ocupar los puestos de nuestros padres en el Sindicato.
Una calurosa brisa de verano recorrió el gran patio trasero, y los recuerdos
de mi tiempo con Wynter en la playa se convirtieron en un recuerdo reacio. Casi
podía oler su bronceador, oír su risa, imaginar sus ojos brillando con ese brillo
travieso en la mirada.
La encontraría, aunque fuera lo último que hiciera antes de dar mi último
suspiro.
Era la única esperanza que tenía ahora.
Capítulo 35
Wynter
Una semana para Navidad.
Seis meses desde la última vez que lo vi.
El tío Liam, Davina, Juliette, Ivy y yo estábamos en Portugal. Necesitaba
algo de tiempo a solas, así que les había dicho a todos que me reuniría con ellos
en su casa. El tío insistió en que nos quedáramos en el hotel. Probablemente
porque quería intimidad con Davina.
Me alegré por ellos. Realmente lo estaba. Excepto que era un doloroso
recordatorio del corto tiempo que tuve algo similar. Sin importar si era real o
falso. Dios, se sentía real. Mi corazón creía que era real.
En lugar de dejar que mi mente vagara por el pasado, volví a cambiar de
canal. La cobertura del patinaje artístico era tan intensa aquí como en Estados
Unidos. Y de alguna manera seguí aterrizando en el de Derek y mi número.
Mi fracaso, lo llamaba mi madre. Su crítica era acertada, y me culpé a mí
misma más de lo que mi entrenador podría haberlo hecho jamás.
Tercer lugar. Lo llamaron una desgracia para la princesa de hielo. Mierda,
odiaba ese título.
Vi cómo tanto Derek y yo nos lanzamos en un quad Lutz10. El público se
lo atribuía a él, pero todo fue mi culpa. Me distraje, perdida en mi mente y en
esa maldita canción. Aterricé demasiada cerca de mi compañero. La caída dolió
mucho, pero seguí adelante. A pesar de la canción que tenía mi corazón
sangrando y todo mi lado derecho que dolía como el infierno. No coincidía con
el dolor en mi pecho.
La primera canción que bailé con Bas bajo la noche estrellada y los faros
de su auto iluminándonos. Esa canción no debería volver a sonar. “I Found” de
Amber Run estaría para siempre en mi lista prohibida. Porque no podía escuchar
la letra sin sentir las manos de Bas sobre mí, su boca sobre mi piel y su olor por
todas partes.
Tercer lugar. No era suficiente. Todo el lado derecho de mi cadera estaba
magullado y me dolía. Mi ego podría doler aún más y mi corazón estaba tan
acostumbrado al maldito dolor que apenas lo noté.
Los Juegos Olímpicos de Invierno empezarían dentro de dos meses. El
mundo especulaba sobre quién competiría. Yo no quería participar. Mi madre
se negaba a oír hablar de ello. Me esforcé tanto en los últimos seis meses. Si
estuviera en individuales, podría superarlo. Pero no con Derek y la forma en
que tenía que luchar contra el estremecimiento cada vez que sus manos
descansaban sobre mí.
—Todavía tenemos una oportunidad para el oro —protestó mamá cuando
intenté decirle que no podía hacerlo.
Excepto que ya no sentía la música, ni la pasión.
10
El quad Lutz es un salto de patinaje artístico.
—¿Es este el final de Star Flemming? —gritó el locutor de la televisión—
. Brilló con luz propia, pero toda estrella acaba quemándose.
Tiré el control remoto a la televisión. La peor parte fue que no estaba
equivocado. Estaba quemada. No tenía nada más que dar. Solo sentía dolor. Ni
siquiera sabía cómo aceptarlo.
Bas, su padre, mi madre, su carrera arruinada, mi padre. Ya no sabía nada.
Sasha me dio hechos, pero había mucho más en la historia que solo mi
madre sabía. Sin embargo, no podía preguntarle y causarle dolor.
Y este maldito dolor en mi pecho era insoportable. Quería aliviarlo para
que cada respiración no me doliera tanto. Quería olvidar, para ser la vieja yo a
la que solo le importaba patinar.
Alguien llamó a la puerta de mi hotel. Lo ignoré. Otro golpe.
—No hace falta servicio de habitaciones —grité.
—Abre la maldita puerta. —La voz de Juliette llegó y me cubrí la cara con
mis manos. No podía lidiar con nadie—. Te oigo repetir esa estúpida mierda.
Déjame entrar antes que tire esta puerta abajo y el hotel llame a papá.
No podían dejarme sola un momento, por el amor de Dios. ¿Era mucho
pedir un poco de tiempo a solas?
A medida que sus golpes se hacían más violentos, suspiré y me tranquilicé
con la máscara que me había acostumbrado a llevar. La máscara de todo va bien.
Me levanté de la cama, caminé hacia la puerta y la abrí.
—Creí que ya te habías ido —murmuré.
—Nop, no tienes tanta suerte.
Puse los ojos en blanco. Obviamente. Volví a sentarme en mi cama y
Juliette se tiró encima.
—Saca de tu mente toda la mierda que pasó en el campeonato —dijo
exasperada—. Dejas que las cosas se pudran dentro de ti demasiado. Los
nacionales ya han pasado. Vas a arrasar en las Olimpiadas.
Me quedé mirando la pantalla, sin ganas de hacer comentarios.
—Sus días como patinadora individual fueron increíbles. Su talento es
incomparable. —Otro locutor reflexionó—. Pero quizá su ambición llegó
demasiado lejos. Debería haberse quedado en individual.
Mis labios se afinaron y finalmente pulsé el botón de silencio. El locutor
no estaba del todo equivocado. Patinaba mejor sola. Ahora más que nunca,
porque más que nunca, odiaba tener que confiar en que alguien me atrapara
mientras me balanceaba por el aire. Confié en Bas y mira cómo acabó.
Con el corazón roto, así fue. No necesitaba un cráneo roto también.
Cuando me quedé callada, Juliette se incorporó y me abrazó.
—He oído lo que ha dicho tu madre —susurró—. No fue solo tu fracaso.
No eres un fracaso. Eres increíble sin importar el lugar que ocupes.
Entonces, ¿por qué mi propia madre no puede decir eso? Pensé en
silencio.
—Todavía tienes una oportunidad de conseguir el oro olímpico —me
consoló Juliette—. Si tú quieres. Tienes derecho a decir que no.
Se me hizo un nudo en la garganta tan fuerte que no pude pronunciar ni
una sola palabra. Así que me limité a asentir. Como decía aquel refrán: “Toda
nube tiene su lado bueno”. Intenté encontrar el lado bueno, pero se me escapaba.
Nos miramos fijamente en un silencio espeso y volví a centrar mi atención
en el televisor silenciado donde mi fracaso se reproducía en repetición.
—Todavía recuerdo aquel día en que pisaste el hielo —dijo Juliette en voz
baja, rompiendo la tensión que era tan asfixiante que apenas podía respirar—.
Encontré un lugar seguro para sentarme, pero tú seguías patinando y cayéndote.
Estabas decidida a mantenerte de pie. —Giré la cabeza para encontrarme con
los ojos azules de Juliette, preguntándome a dónde quería llegar—. Sí, tenías
esa mirada de loca que decía que el hielo es tu vida. —Puso los ojos en blanco—
. Déjame decirte que era la mirada más molesta. Pero no era tu amor por el hielo
lo que siempre me fascinó. Era tu maldita determinación.
Parpadeé ante su inesperado comentario.
—¿Determinación?
—Mierda, sí, Wynter. —Me empujó con el hombro—. Eres la mujer más
decidida y molesta de la historia. Lo sabía cuándo tenía cinco años y lo sé hoy.
—Caray, gracias —murmuré—. Me siento querida.
Me abrazó como para compensar sus palabras. La verdad era que no me
molestaban. Nunca me importó la honestidad de Juliette. Sus maneras locas y
desquiciadas... un poco. Pero nunca su honestidad o franqueza. La amaba tal
como era.
—Te amo, Wyn. —Sus manos a mi alrededor se apretaron—. Pero me está
matando verte así. Te cierras, te niegas a hablar de lo que pasó. —Como no dije
nada, continuó—: No creas que se me escaparon los moretones amarillos y
descoloridos cuando por fin volviste a casa. —A pesar de lo imprudente y
salvaje que era Juliette, se daba cuenta de demasiadas cosas—. Si no quieres
compartirlo, no te obligaré. Solo tienes que saber que, pase lo que pase, estoy
aquí. Siempre estaré aquí.
Las lágrimas ardían y la garganta me arañaba.
—Estoy bien —dije con voz ahogada, incapaz de decir nada más.
—Dices que estás bien, pero por dentro es como si siguieras sangrando.
Quería soltarlo todo, contarle lo que había pasado. Pero no confiaba en su
carácter. Se pondría en pie de guerra y utilizaría todos los recursos disponibles
para acabar con todos los DiLustro del planeta. A mis mejores amigas les conté
lo justo. Prefería dejarlo en un corazón roto que en un intento de violación.
Pasara lo que pasara, sabía que Juliette iría por él. El problema era que no
sería capaz de vivir sabiendo que cierto hombre con el cabello de color carbón
y los ojos más oscuros ya no caminaba por esta tierra.
Sin importar si él jugó conmigo o no.
Capítulo 36
Wynter
Convencí a Juliette para que fuera delante de mí. Le prometí que iría detrás
de ella. Y así fue, salvo que al acercarme a la villa Nikolaev, en la capital de
Portugal, di un rodeo. Unos minutos más a solas.
—Recalculando —Siri se quejaba. Tomar el camino más largo tenía un
nuevo significado para mí. Seguía buscando excusas para retrasar el momento
de volver a verlos a todos. Había evitado a mi tío y a toda la familia Nikolaev,
con la excepción de Sasha. Sasha aparecía siempre que quería para ver cómo
estaba. Si viviera en la costa este, estaba segura que lo vería aún más.
Era la única ventaja de estar en California, en casa de mi madre. Era un
mundo diferente.
Sasha incluso me acompañó a Irlanda hace tres meses, cuando fui a visitar
al abuelo. El hombre se encargó personalmente de controlarme.
Recorrí las viejas calles de Lisboa. Era una ciudad preciosa. Sin edad y con
un ambiente acogedor. El tiempo era templado, aunque todavía fresco. Por todas
partes se respiraba el aliento de los viejos tiempos coloniales. Y mucha historia.
No es que me gustara la historia. Sobre todo cuando la mía parecía tan
jodida.
Observé el horizonte de esta vieja ciudad. La espectacular vista desde el
castillo de San Jorge se extendía por kilómetros. La hermana de Davina, Aurora,
vivía en una villa junto al mar. El tío Liam y Davina la visitaron varias veces.
Yo había estado demasiado ocupada entrenando y evitando a todo el mundo.
Incluso Juliette dejó de pasar tanto tiempo en California, ocupada con
nuestros nuevos planes escolares.
Bajé los escalones milenarios y me quedé mirando el horizonte, con los
dedos recorriendo el brazalete de mi muñeca, el pulgar encontrando de vez en
cuando el colgante oculto del kinping y rozándolo. Incluso después de todo este
tiempo, seguía sin encontrar el valor para quitármelo.
—¿Te escondes aquí? —Una voz grave y familiar vino de detrás de mí y
me di la vuelta para encontrar a Sasha Nikolaev allí de pie, apoyado contra la
pared del castillo. Llevaba su característico traje de tres piezas que odiaba desde
que conocí a Basilio. Aunque, a decir verdad, no me recordaba a Basilio en
absoluto. Sasha tenía más constitución de MMA. Bas era más... bueno, guapo.
—No me estoy escondiendo.
De alguna manera, no me sorprendió encontrar a Sasha aquí. El hombre
tenía algunas habilidades de acecho aterradoras y seriamente perturbadoras.
Muy parecido a su hermano, Alexei, por lo poco que había oído.
Los ojos de Sasha me recorrieron, como siempre lo hacían. Era como un
hermano molesto y dominante, asegurándose que no me hicieran daño.
—Entonces, ¿por qué estás aquí, mirando al vacío con esa expresión vacía?
—me desafió.
Sacudí la cabeza con cansancio.
—¿Qué quieres, Sasha?
Se hizo un silencio tenso, roto únicamente por el sonido del viento y los
ruidos lejanos de la ciudad que teníamos debajo. Solo quería sentarme y que
esos ruidos me hicieran compañía. La sola idea de una reunión social y sonrisas
falsas era agonizante.
—Dilo, Wyn —dijo—. Y está muerto.
Solté un suspiro exasperado.
—¿No tienes suficiente gente en tu lista para matar?
Me dedicó su sonrisa de tiburón.
—Algunos son negocios. Otros son por placer. Estoy buscando algunos
asesinatos por placer.
Entrecerrando los ojos, lo miré con cautela.
—Estás loco. Lo sabes, ¿verdad?
Se encogió de hombros.
—Sí, pero te gusto.
Puse los ojos en blanco. Me puse mis cálidos leggings negros Lou & Grey
y un gran jersey gris. La temperatura aquí era lo suficientemente suave como
para no necesitar chaqueta.
—Sí, pero más de lejos —murmuré—. Algo así como los leones. Criaturas
magníficas, pero no quieres estar a su lado.
Se sentó a mi lado, sin importarle su traje caro.
—No me digas que ahora me tienes miedo.
Lo miré de reojo.
—No, no me das miedo. Pero hay algo trastornado en ti. Y tengo mucho
de eso con Jules. —Me dedicó otra de sus características sonrisas de tiburón—
. Sinceramente, no sé por qué Juliette y tú no se llevan bien. Los dos están locos.
—¿Le gusta el BDSM? —preguntó con curiosidad y yo casi me caigo.
Menos mal que estaba sentada.
—Estás bromeando, ¿no? —Tragué. No le diría que Juliette era virgen. Era
del tipo de chica que solo hablaba y no hacía nada cuando se trataba de
interacción sexual.
—Sí, solo quería una reacción de tu parte. —Me empujó el hombro
juguetonamente—. Es demasiado joven para mí. Ustedes dos son básicamente
niñas.
Me burlé.
—No me jodas. Tengo veintiuno.
—Ah, ahí está tu espíritu —musitó—. Me preguntaba si los nacionales lo
habían aplastado.
Y sin más, la autocompasión hizo acto de presencia. Me escocían los ojos
y parpadeé para asegurarme que ninguna lágrima se atreviera a hacer acto de
presencia.
—Sasha, eres agotador. —Mi voz salió temblorosa y retorcí mis dedos.
—¿Quieres hablar de los nacionales?
Miré al horizonte, intentando encontrar la calma. O mi voz. Algo.
Cualquier cosa. Estaba harta de este dolor que oprimía mi pecho. Seguía
pensando que sería más fácil -al día siguiente, me decía. Aquí estaba seis meses
después, y me dolía tanto como el primer día. Si no peor.
—Me ahogué —susurré, incapaz de mirarlo a los ojos—. Derek cambió la
música. Fue... —Tragué el nudo de mi garganta—. La canción significaba algo.
Me trajo recuerdos y me ahogué. Por un momento, olvidé que tenía un
compañero de patinaje.
Lo miré de reojo. Me miró a los ojos y asintió, como si lo entendiera. De
algún modo, pensé que sí.
—Tu tío está preocupado por ti —dijo.
—Se preocupa demasiado —murmuré.
—Contrató a Morrelli para que desenterrara toda la información sobre el
amigo con el que estabas cuando secuestraron a Davina.
Cerré los ojos un momento recordando aquel día. Irónico. Ese día decidí
que me quedaría con él. Ese mismo día lo dejé.
—¿Se lo dirá? —dije con voz áspera.
—Borré la vigilancia de la pista de patinaje. Toda la demás vigilancia de
la ciudad ya estaba borrada.
Puse mi mano sobre la mano grande y tatuada de Sasha.
—Gracias —susurré. Sabía que él no lo aprobaba. Sabía que no era así
como esos hombres se cubrían las espaldas. Aun así, Sasha lo hizo por mí.
—Wyn, creo que ambos sabemos que no estás bien. —Tomó mi mano
entre sus dos grandes palmas. Mi mano parecía demasiado pequeña en la suya,
pero no era eso lo que me fascinaba. Era que su tacto se sentía seguro—.
Todavía no te he visto sonreír.
—Sonrío todo el tiempo —protesté débilmente.
—Las sonrisas falsas son tu especialidad —convino—. He visto tus viejas
cintas de patinaje y las nuevas. Ya no sonríes.
—A lo mejor es que no hay nada por lo que sonreír.
—Tal vez —respondió pensativo—. O quizá es hora que le digas a tu
madre qué es lo que quieres. O dime que está bien matar a ese bastardo. Dinos
a todos lo que te hará feliz, te ayudará a sanar y a seguir adelante.
Tenía la nariz y la garganta obstruidas por las lágrimas que amenazaban
con derramarse. Luché contra ellas desesperadamente, intentando mantener la
compostura. Pero fue en vano. Me derrumbé y enterré la cara en la chaqueta de
Sasha. Después de seis meses intentando ser fuerte, perdí la batalla y me
derrumbé en público. Lloré feo, los sollozos sacudían mi cuerpo.
—No sé cómo —jadeé, con las palabras llenas de desesperación. Sabía lo
que quería. A Bas. Siempre Bas—. Me siento tan jodidamente rota. En un
momento lo tenía todo y al siguiente...
No pude terminar las palabras y enterré mi cara más profundamente en el
pecho de Sasha. Me dolía mucho.
—Creía que mamá amaba a mi padre. No lo hacía. —Lloré, sin que
ninguna de mis palabras tuviera sentido—. Gio dijo que era de su hermano, pero
él la quería. Ya no sé nada.
Sasha me agarró la cabeza y sus pálidos ojos azules se clavaron en los
míos.
—Olvídate de tu madre, Wyn. Tiene que ocuparse de sus propios
fantasmas, no cargarte con eso a ti. Olvídate de todos. Haz lo que quieras. Sé
feliz por ti.
Tragué fuerte. Bas me hacía feliz. Con él, me sentía contenta de ser la típica
yo. No la patinadora. No la hija del tío. No cualquiera, solo yo.
Resoplé.
—Dijiste que Gio le disparó a mi madre. Arruinó su carrera. Y luego está
esta mierda de la mafia rusa. Pero Bas nunca me dijo nada de eso. Yo… —Mis
palabras vacilaron por un momento y luego se precipitaron—. No sé si me
utilizó. O cuál era el trato de mi madre con el hermano de Gio. Quiero
preguntarle, pero ¿cómo sacar a relucir algo así? Siempre que le pregunto por
el pasado, el dolor cruza su expresión y me da coraje provocarlo.
Me sostuvo la mirada.
—¿Segura que quieres saberlo?
Asentí. No saber era lo que me había traído hasta aquí. Me hizo ciega y
vulnerable a los DiLustros. Aunque algo en el fondo me decía que por mucho
que conociera a los DiLustro y la historia de mi familia, igual me habría
enamorado de Bas.
—Tu madre tuvo una aventura con el hermano de Gio. Él estaba casado y
dejar a su esposa no era una opción. Por un tiempo, casi un año, ella vivió en
Chicago. Una chica de diecisiete años viviendo con un hombre casado en un
apartamento. Eran felices por lo que había oído. Liam no lo era. Tu madre
finalmente dejó a DiLustro y se casó. Ella tenía sueños de patinaje artístico, y
también el hombre con el que se casó. Desafortunadamente, Gio también tenía
a tu madre en la mira. Fue tras ella, no estaba dispuesto a aceptar el rechazo. No
sé todo lo que pasó allí, pero sé que estaba embarazada de ti cuando la hirieron.
Tu padre murió, y oficialmente, tu madre y su recién nacido murieron también.
Tu tío les consiguió nuevas identidades a ella y a ti.
—Gio DiLustro le disparó —susurré, con el pavor llenándome las venas—
. Me lo dijo él mismo. Se regodeó de ello.
El silencio acompañó mi admisión.
—Te digo esto, Wyn. Si te ponen un dedo encima, están muertos.
La convicción en su voz era firme y fría. Este tipo de declaraciones de
Sasha me hacían comprender que era un hombre temido en el inframundo. A
pesar de su actitud despreocupada, él sería quien mataría a una persona con una
sonrisa feliz en la cara. Era aterrador.
—Sabes, no tiene ningún maldito sentido que mi tío y mi mamá me dejaran
patinar y competir si se suponía que estábamos escondidas.
Se encogió de hombros.
—Sí que lo tiene. Tu madre perdió su oportunidad de patinar. Así que
probablemente quería vivir a través de ti. Tu tío hace que la empresa de Nico
Morrelli borre información sobre tu familia a diario. Tal vez pensó que era
suficiente. Con todo el mundo pensando que habían muerto y creándose nuevas
identidades, quizás pensó que estarían a salvo.
—Tantos secretos —murmuré. Por alguna razón, me guardé una
revelación que Gio me contó—. ¿Y este Pakhan? —pregunté—. ¿Por qué es tan
importante el Pakhan?
—Es el poder —dijo Sasha—. El Pakhan gobierna una gran parte del
inframundo ruso y tu conexión con él inclinaría el poder a favor de DiLustro.
Era la razón por la que Gio quería a tu madre.
—Todo esto es muy jodido —murmuré, cerrando los ojos y apoyé la
mejilla contra su ancho pecho mientras él me abrazaba con fuerza.
Encontré consuelo en el lugar más inverosímil.
El salón Nikolaev de la casa de Alexei y Aurora era enorme.
Todos los invitados ya estaban aquí cuando Sasha y yo llegamos. Los
Nikolaev. Los Ashford. Los Kings. El tío y mis tres mejores amigas.
En cuanto entramos en el salón, la atención de todos se centró en nosotros
y el ambiente se volvió más tranquilo. Parecía ser la norma.
—Hola a los dos —nos saludó Vasili. Él y Alexei parecían ser los únicos
a los que no les molestaba la amistad entre Sasha y yo.
Cassio frunció el ceño y su mujer le dio unas palmaditas en la mano,
calmándolo, mientras sostenía a su hija con el otro brazo y su hijo se colgaba
de su pierna. Tenían gemelos, Océane y Damon.
Los ojos del tío se oscurecieron y gruñó. Gruñó de verdad. Le dije que
Sasha solo me mantenía a salvo, pero él se imaginó otra cosa. Davina le dio un
suave golpe con el hombro y luego susurró:
—Basta.
—Hola, Brennan —lo saludó Sasha con una amplia sonrisa—. Wyn y yo
dimos un agradable y romántico paseo por Lisboa. Realmente es una de las
ciudades más románticas del mundo.
A Sasha le gustaba burlarse de él.
Puse los ojos en blanco. Aurora puso los ojos en blanco. También Vasili y
su mujer, Isabella. Alexei era demasiado malote para poner los ojos en blanco.
Los hermanos Ashford solo parecían divertidos.
—Detente —le advertí a Sasha en voz baja.
Byron y Winston se parecían, ambos apoyados despreocupadamente
contra la repisa de la chimenea, sorbiendo su veneno y observando a todos con
aquellos ojos avellana, mientras Royce y Kingston permanecían a un lado, cada
uno con una cerveza. Aquella familia tenía unos genes increíbles.
—Buen patinaje —elogió Royce y yo me puse rígida al instante. No era
buen patinaje y todo el mundo lo sabía. Kingston le dio una palmada.
—Ignóralo —refunfuñó, con voz áspera—. Lo hago. A veces es lento.
Alexei se acercó a mí, con su mujer de la mano y el bebé en la cadera.
—¿Quieres tomar algo?
Negué con la cabeza.
—No, gracias —murmuré, sonriendo.
—Nada de alcohol hasta que ganes ese oro, ¿no? —intervino Aurora,
mientras Kostya seguía acercándose a mí.
—Sí —asentí, con los ojos fijos en su hijo. Era mucho más fácil tratar con
los pequeños.
Me enteré que Aurora era en realidad prima de Basilio. La madre de
Aurora era la tía de Basilio. Qué pequeño es el mundo, ¿eh? No es que pudiera
preguntarle nada sobre ellos. Ella no tenía conexiones con los capos o ese lado
de la familia.
—No sé qué pasa contigo y este bebé —refunfuñó Sasha—. Siempre que
estás cerca, es como si no existiera nadie más.
Inclinándome hacia delante, sonreí y le tomé la manita.
—Hola.
Kostya esbozó su sonrisa desdentada y mi corazón se derritió. Entonces
sus deditos agarraron un mechón rizado de mi cabello y lo jaló.
—Cuando tengas tu cabello, te devolveré el favor —protesté.
Sonrió aún más.
—Hola, Wyn. —Juliette se unió a nosotros. Me dio un beso en la mejilla—
. Pensé que estabas justo detrás de mí. A menos que tú y Sasha hicieran un tour
de hanky panky11.
11
Hanky-panky expresión coloquial que se utiliza para referirse a la actividad sexual entre dos personas,
especialmente cuando se considera impropia o poco seria.
—No digas hanky panky delante de los pequeños —refunfuñé, y luego me
dirigí a Aurora—. ¿Quieres que lo cargue un rato?
Mis ojos se desviaron hacia Alexei, al igual que los de su mujer. Era
obsesivamente protector y no quería llevarle la contraria.
Asintió y su mujer lo acercó a mí.
—Ha crecido —murmuré en voz baja, cambiándolo de sitio para que
estuviera cómodo sobre mi cadera.
—Los bebés crecen —observó Juliette, poniendo los ojos en blanco—.
Espero que te vomite encima. Porque si te subes al carro de Davina y de repente
quieres un bebé, voy a ser yo la que vomite.
Me reí suavemente.
—Vamos a vomitar sobre Juliette, Kostya. ¿Qué te parece?
Sus manos y piernas se agitaron con excitación y todos nos reímos.
—Ugh, bebés —gimió—. Somos demasiado jóvenes para esta mierda.
Deberíamos estar buscando a algún cabrón al que podamos robar.
—Juliette —advirtió mi tío bruscamente.
Mi prima, siendo quien era, se limitó a encogerse de hombros.
—¿Qué? No íbamos a robar a ninguno de los presentes. —El tío y Davina
gimieron—. O a gente que conocemos.
—Jesucristo —refunfuñó.
—No te preocupes. —Ivy se unió a la conversación, sorbiendo su ponche
de huevo—. Después robaremos al cártel. Luego a los rusos, excluida la
compañía actual, claro.
Negué con la cabeza.
—Están bromeando —le aseguré al tío Liam, que miró a su mujer.
Davina asintió.
—Así es. El último fue una mierda y Juliette acordó no más atracos. Todo
el mundo lo oyó.
—Sí —asentí.
—Si necesitas dinero para la escuela, solo pídelo —ofreció Sasha—. Estos
rusos todavía quieren ayudar.
Antes que pudiera responder, Juliette soltó:
—Preferiría robarte a ti.
La expresión de Juliette se volvió pensativa, como si estuviera
contemplando seriamente algo y yo realmente esperaba que no fuera un robo.
—No sé por qué no se dan una oportunidad —le dijo Juliette a Sasha—.
Se llevan muy bien. Y todo el mundo dice que el verdadero amor surge de la
amistad.
Parpadeando, la miré sin palabras. Sonaba seria. No sarcástica ni asqueada,
sino realmente seria.
—Ni siquiera sé qué decir a eso —murmuré, negando con la cabeza.
Con Kostya en brazos, me dirigí al sofá y el hijo de Cassio se tambaleó
hacia nosotros. Me agaché hasta el suelo y apoyé la espalda en el sofá para que
pudiera estar a la altura de mis ojos. Los hijos de Vasili no tardaron en seguirme.
—Realmente eres un imán para los niños —dijo Áine en voz baja.
—Probablemente porque parece un ángel —bromeó Juliette—. Ese
cabello suyo brilla. Como las malditas barras luminosas en la oscuridad.
Kostya se agitó en mis brazos y se giró para poder mirarme. Sus claros
ojos azul pálido se encontraron con los míos, y juré que cuando el chico me
miraba, me sentía más ligera. Sus ojos se parecían tanto a los de su padre y a
los de su tío que me daba un poco de miedo. No tenía ni un solo rasgo físico de
su madre.
La conversación fluía, el ambiente era ligero. A pesar de todo, me sentía
bien rodeada de gente que se preocupaba por mí y yo por ellos. Solo deseaba
que mi madre pudiera formar parte de ello. De algún modo, cuanto mayor me
hacía, menos la tenía.
Algunos días deseaba poder hablar con ella de todo. Quería preguntarle
qué había pasado, ayudarla y ayudarme a mí misma. Estábamos unidas, pero
solo cuando se trataba de objetivos y entrenamientos.
—¿Cómo está la situación en Nueva York? —Oí preguntar a Vasili. Yo
estaba medio escuchando su conversación, haciendo rebotar a Kostya en mi
regazo y jugando al cucú con el hijo de Cassio.
—El maldito DiLustro está causando estragos. —Mi espina dorsal se puso
rígida y mis ojos se desviaron hacia el grupo de hombres. Ninguno de ellos me
prestó atención, excepto Sasha. Tragué fuerte y aparté la mirada.
Sasha quería matar a todos los DiLustros y solo su promesa a mí lo retenía.
La promesa de Sasha me recordó mi propia promesa rota. Aunque si todo era
mentira, en realidad no era una promesa. ¿Lo era?
—El joven Basilio está tan jodidamente loco como su viejo. Está atacando
a los rusos en la ciudad y en los alrededores. A su vez ellos están atacando a
todos los demás.
—¿Morrelli sabe algo? —preguntó Cassio.
—No, no tiene ninguna información útil —respondió Alexei.
—¿Pero por qué los rusos? —preguntó el tío—. DiLustro nunca había
tenido problemas con ellos.
—¿Quién carajo lo sabe? —murmuró Cassio—. Tal vez decidió que los
odia de repente y quiere causar estragos. Sabemos que a su papá le gusta causar
estragos.
Todos bajaron la voz y ya no pude oír lo que decían.
Les dirigí una mirada y descubrí los ojos de Alexei clavados en mí.
Rápidamente apartando mis ojos, sentí mis mejillas arder. Todo mi cuerpo.
Era como si mis células recordaran ese sentimiento mientras estaba con Bas y
nunca lo abandonaran. Era el tipo de adicción que se queda contigo para el resto
de tu vida.
Nunca lo olvidaría. Lo peor de todo es que no quería.
Capítulo 37
Basilio
La obsesión por encontrar a Wynter era cada vez más profunda.
No era sano. No era bueno para el negocio. Sin embargo, no podía
rendirme. La necesidad de encontrarla ardía. Era Nochebuena y me preguntaba
si la principessa de cabellos dorados lo estaría celebrando en Rusia o en algún
otro lugar del mundo.
Sonó mi teléfono y miré el identificador de llamadas. Priest.
—Sí —contesté.
—¿Vienes? —Priest, Dante, Emory y yo pasaríamos las Navidades en
Filadelfia. Había evitado la puta Filadelfia como la peste, pero era o pasarla solo
en Nueva York y arriesgarme a ver a mi maldito padre, o pasarla con una familia
que realmente me cubriera las espaldas. Además, Emory se merecía tenernos a
todos allí.
—Sí.
—Entonces mueve el culo y ven aquí —refunfuñó—. Es fin de semana de
Navidad. Dale un descanso a esta cacería. —Como no le contesté, continuó—:
Basilio, a lo mejor no quiere que la encuentren. ¿Has pensado en eso?
Todos los malditos días.
—¿Has localizado a Brennan? —No tenía sentido responder a su pregunta.
Él sabía la respuesta.
—Lo he localizado. Está en Portugal con su mujer y la familia de ella.
Volví a pensar en los antecedentes de Davina que Angelo había
desenterrado. Como en el caso de Wynter, no había mucho.
—Pensé que solo tenía un abuelo. —En este punto, empezaba a pensar que
todo lo que sabíamos era una mierda. Tal vez Angelo nos alimentaba con mierda
por orden de mi padre.
—Mierda, no. Está conectada con los Nikolaev a través del matrimonio de
su hermana.
Sí, Angelo nos dio mierda. Si esto no era evidencia suficiente, no sabía qué
lo era.
—¿Sus amigas con ella? —pregunté.
—No dijiste nada de amigas, así que solo busqué a Brennan, a su mujer y
a Wynter. Aunque, todo lo relacionado con Wynter es un callejón sin salida.
Así que, o la chica se esconde o alguien está ocultando su rastro.
—¿Has hackeado la actividad de mi padre y Angelo? —No me extrañaría
que lo hicieran y ocultaran el rastro.
—Lo he hecho, y no son ellos. —Sonaba seguro—. Sabes que es imposible
que ella no lo supiera, ¿verdad?
—¿Qué cosa? —siseé.
—Sobre la disputa entre los DiLustros y los Brennan. Que resulta que es
descendiente de uno de los paquistaníes más poderosos de la rússkaya máfiya.
Que es una jodida princesa de la mafia rusa.
Seguí dándole vueltas y por mucho que odiara admitirlo, Priest tenía razón.
Era difícil creer que ella no lo supiera. Aunque supusiera que no sabía nada de
su herencia rusa, seguro que sí sabía de su herencia irlandesa y lo ocultó.
Todavía era difícil creer que Wynter fuera descendiente de la familia
Volkov. Ella fue parte del inframundo todo el tiempo. El parecido con sus
antepasados era notable. Era como si no hubiera heredado ni un solo rasgo de
la familia Brennan.
Excepto su engaño. Jugó bien conmigo. Ni por un momento dudé de su
papel en el inframundo y allí tenía conexiones con los rusos y los irlandeses. No
es de extrañar que mi brutalidad no la molestara.
Y, aun así, me negaba a soltarla.
—Te veré pronto —dije finalmente—. Mantén a mi hermana entretenida
y feliz.
Terminé la llamada y observé la calle desierta.
Vacía. Igual que la búsqueda de Priest sobre los descendientes de los
Volkov. Buscó todo sobre Winter Volkov. No había mucho. Se casó con el viejo
Brennan y murió joven. Buscamos información sobre Aisling Brennan, pero era
un camino sin salida. Sin fotos. Lo mismo cuando se trataba de su hija. La única
explicación razonable era que Wynter era la hija de Aisling Brennan. La mujer
a la que disparó mi padre.
Aunque todo apuntaba a que la hermana de Brennan estaba muerta, era
imposible que lo estuviera. Brennan debía haber cambiado la identidad de
Aisling y su bebé.
¡Dios santo!
Dejé escapar un suspiro frustrado, con el frío aire invernal llenándome los
pulmones.
A estas alturas, estaba seguro que la presencia de mi padre en mi casa aquel
día no fue una coincidencia. Por supuesto, no tenía pruebas. Debería matarlo y
acabar con el cabrón. Si al menos no hiciera caer al Sindicato sobre nosotros.
No me importaba si era solo yo, pero sería contra Emory, Priest y Dante
también.
Así que en vez de eso, me concentré en encontrar a Wynter.
La esperanza de encontrarla se hacía cada día más tenue, pero me negaba
a dejar que se extinguiera. No sobreviviría. Mi humanidad ciertamente no lo
haría. La necesitaba y nunca había necesitado nada. Nunca besé una boca que
supiera como la suya. Nunca experimenté un tacto que calmara y quemara como
el suyo.
Sacudí la cabeza, con la frustración arañándome el pecho. Nací de un
monstruo y me convertí en uno. Durante los últimos seis meses, mi oscuridad
me dominó. Corría por mis venas como veneno y la ligereza de Wynter era mi
única cura. No dejaría de buscar hasta encontrarla. Hasta hacerla cumplir su
promesa.
Dijo que se quedaría. Yo haría que se quedara.
Hora de concentrarse.
Miré alrededor de la calle en las afueras de Jersey City. Solo había un
restaurante en toda la calle, probablemente en toda la manzana. A la Bratva no
les gustaba la competencia en ningún ámbito de la vida. El restaurante daba a
las turbias y contaminadas aguas de la bahía de Newark. El restaurante se
jactaba de tener vistas al agua. Más bien con vistas a una cloaca. Déjaselo a un
ruso para que le guste la vista.
La calle estaba vacía. La mayoría de la gente normal prefería quedarse en
casa y celebrar la Nochebuena con su familia. Los rusos no eran gente normal
en mi libro. Además, no celebraban la Nochebuena el mismo día que los demás.
Me vino bien.
Entré en el restaurante y me senté junto a la mesa que me dio toda la vista
del restaurante y el agua de mierda.
Solo había dos hombres sentados alrededor. Probablemente un cocinero y
una camarera en alguna parte. Clavé los ojos en un hombre bigotudo que parecía
haber nacido en el siglo pasado por su forma de vestir. Una especie de bigote al
estilo Romanov. No tendría más de cuarenta años, pero vestía como si tuviera
ciento cuarenta. Estos rusos no tienen estilo.
Sus ojos se movieron de un lado a otro, nerviosos y asustados. Luego miró
hacia la puerta, no sabía si estaba pensando en huir o esperando refuerzos. No
importaba. Mataría al hijo de perra tanto si sabía algo como si no. A mis ojos,
todos los rusos eran culpables.
Una camarera asomó la cabeza, comprobando si efectivamente había algún
cliente. Mi corazón se detuvo. Cabello rubio dorado. Nuestras miradas se
cruzaron. Me invadió la decepción. Eran del color equivocado. Salió de la
trastienda y más amargura se deslizó por mis venas.
También era el cabello equivocado. Rubio, pero no del mismo tono. Liso.
Uno pensaría que después de casi seis meses de cazar a Wynter, me
acostumbraría a este sentimiento. Decepción. Angustia. Arrepentimiento.
Se acercó a mi mesa.
—¿Qué desea?
Parecía abatida. De la edad de Wynter, parecía maltratada mental y
físicamente.
—Cualquiera cosa que sea el especial de la noche.
Ella asintió y se fue a la cocina. Mientras yo desplegaba los cubiertos
envueltos sin apartar la vista del bigotudo. Akim Kazimir, el hombre de mayor
confianza del Pakhan. El segundo hombre debía de ser su guardaespaldas,
porque mientras su jefe comía y sorbía como si fuera su última comida, el otro
tipo se limitó a sentarse a la mesa.
Haré que sea su última comida, pensé sardónicamente. Solo esperaba que
el hijo de perra no vomitara toda la mierda con la que se estaba atiborrando.
Sería una mierda limpiarlo, aunque yo no lo haría personalmente. O podría
hacer que mis hombres volaran este maldito restaurante con vista al agua. Nos
ahorraría tiempo.
La comida no tardó en llegar, teniendo en cuenta que yo era el único
cliente. No me molesté en comerla. Me senté en mi silla, observando al hombre
que había buscado durante los últimos meses.
La camarera no tardó en volver, con pasos vacilantes y mirada dubitativa.
—¿Desea algo más de beber o comer? —preguntó, sus ojos revoloteando
hacia la mesa vecina. Sabía muy bien que no quería nada más, ya que no había
tocado nada.
—Tal vez quieras quedarte un rato en la cocina —le dije, mientras rodeaba
con los dedos el cuchillo de carne que tenía en la mano. A su favor, no se
inmutó. No miró hacia la mesa vecina. Vi un destello de comprensión en sus
ojos, se dio la vuelta lentamente y se dirigió al fondo del restaurante.
El cabrón de la otra mesa no paraba de comer. Tenía que estar seguro de
sí mismo, teniendo en cuenta que yo estaba solo.
En el momento en que la camarera desapareció, lancé el cuchillo, cuyo
sonido oscilante surcó el aire hasta golpear al guardaespaldas justo en la
garganta. El estrépito de los cubiertos y los gorgoteos apenas se hicieron notar
y, antes que el otro cabrón pudiera hacer algo, yo ya estaba en su mesa
atravesándole la mano izquierda con el tenedor.
—No tan rápido, compañero —dije, ignorando su aullido—. Primero
vamos a hablar.
—Malditos DiLustros, están todos locos —siseó.
—Ahhh, así que ya sabes quién soy —dije sin gracia—. Bien, vayamos al
grano entonces. Dime dónde tienes a mi mujer.
Se rio.
—¿Qué mujer?
—Ah, mira, cuando lo dices así, estoy seguro que la tienes.
Sacudió la cabeza.
—¿Quién es tu mujer? —gimoteó.
—Wynter Star. —Sinceramente, no pudimos confirmar si ese era su
verdadero nombre. Yo pensaba que sí, ya que ella siempre respondía sin
demora. Además, si ocultaba su identidad, ¿por qué elegir el nombre de su
abuela? Todo el mundo sabía el nombre de la hija del Pakhan. Bueno, todos
menos yo, hasta hace poco.
Lección aprendida.
Sus ojos brillaron de sorpresa y me di cuenta de mi maldito error. Revelé
mis cartas. Él no sabía que estaba buscando a Wynter.
No importaba, no saldría vivo de ésta.
Agarró el cuchillo con la otra mano y me lo clavó. Rápido de reflejos, le
agarré la muñeca y se la retorcí hacia atrás, el sonido de huesos crujiendo
llenando el aire. Le agarré el cuello y apreté con fuerza.
—Juguemos limpio —gruñí—. ¿De acuerdo?
Me escupió, al menos lo intentó. Fue pésimo en eso también, porque la
saliva solo babeó por su cara. Maldito imbécil.
—Me dirás lo que sabes —declaré sombríamente—. Y haré que tu muerte
sea rápida.
—¡Nunca! —siseó.
—Todos dicen eso al principio —dije fríamente, y luego sonreí con toda
la crueldad nadando en mis venas. Ya no había necesidad de enmascararla.
Mi padre era un asqueroso pedazo de mierda con una vena sádica, pero en
momentos como este, era bienvenida. Dejé que se apoderara de mis venas.
Su mano izquierda seguía luciendo un tenedor clavado en ella, saqué mi
arma y le disparé dos veces. Uno en la mano izquierda y otro en la derecha.
Sus ojos se desorbitaron y chilló como un bebé.
—Aquí vamos —ronroneé—. Tus dos manos están inutilizadas. Ahora
habla. —La sangre se acumuló en la mesa, mezclándose con su asquerosa
cena—. Puedes tomarte tu tiempo —le dije, sonriendo—. No tengo ningún otro
sitio donde estar.
Bueno, excepto en Filadelfia, pero eso era otro tipo de tortura. La
autoinfligida.
—Estás tan loco como tu padre —gritó, con el dolor retorciéndole la cara.
Hizo que su bigote quedara mal. No es que estuviera bien para empezar—. Los
DiLustros son monstruos. Monstruos asquerosos y enfermos.
Mi boca se curvó en una sonrisa cruel.
—Entonces sabes de lo que soy capaz. ¿De verdad quieres guardar todos
tus secretos? —Saqué mi cuchillo Ka-Bar y corté su cutre traje ruso a medida.
Luego repetí el movimiento, solo que esta vez corté a través de su carne. Una
larga línea desde su hombro hasta su muñeca—. Todavía estoy practicando mis
habilidades de fileteado.
Entonces empecé a rebanar, separando su piel de sus músculos y sus gritos
agudos llenaron la habitación.
—Puedo hacer esto durante días —dije con una sonrisa retorcida.
—Nosotros también la buscamos —gritó como una mujer. Detuve mi
movimiento y esperé a que continuara—. Pakhan también la está buscando —
repitió, jadeando—. Queremos recuperarla a ella y a su madre.
—¿No la tienen? —pregunté para asegurarme que no hubiera
malentendidos.
Negó con la cabeza, gotas de sudor goteando por su frente.
—Creíamos que estaban muertas, hasta hace poco. Recibimos una pista
que vivían. Aisling Brennan y su hija.
Luego se rio, un poco loco y psicótico, tosió sangre.
—Fue tu padre quien nos dio la pista a cambio de una novia. Quiere hacer
crecer su poder.
Qué. Me. Jodan.
La rabia hervía en mi interior, consumiéndome. Al igual que la sangre de
este hijo de perra empapaba mi ropa, también lo hacía el odio que sentía por mi
padre. No creí que pudiera odiarlo más. Estaba tan jodidamente equivocado.
—Quería una alianza, un acuerdo matrimonial entre DiLustro y Volkov —
continuó, escupiendo sangre sobre sí mismo.
—¿Qué DiLustro? —pregunté, con la voz extrañamente calmada.
—No lo sé. Nunca lo dijo. Pakhan rechazó su despreciable oferta. Volkov
no quería diluir aún más la línea de sangre con un DiLustro —se atragantó, y
volvió a toser—. Los Brennan ya eran bastante malos.
Me importaba una mierda su linaje. Wynter era mía. Estaba desesperado
por destrozarlo y acabar con su miserable vida. Pero no podía hacerlo
demasiado pronto.
—¿Qué más? —Mordí, la furia hirviendo a fuego lento por mis venas.
—Nuestros hombres las siguieron en Filadelfia, pero luego las perdieron.
—El Land Rover negro. Los hombres que Priest y yo torturamos—. Estábamos
tan cerca. Y ahora desapareció de nuevo. Tú y tu padre tienen la culpa.
Era todo lo que necesitaba saber. Los rusos no la tenían.
Esta vez le agarré la garganta y apreté tan fuerte como pude hasta que las
venas de sus ojos empezaron a saltar y sentí cómo los huesos de su garganta se
aplastaban bajo la fuerza de mi agarre. Siguió luchando. Los malditos rusos
tenían cuellos gruesos. Así que levanté mi cuchillo con la otra mano y lo corté
de oreja a oreja.
Vi cómo la luz se extinguía en sus ojos y su sangre empapaba mis manos.
Respirando con dificultad, me di la vuelta y vi a la camarera mirándome
con terror en los ojos. No podía culparla.
—No te haré daño —dije con voz ronca—. Puedes irte o puedo ayudarte a
desaparecer. Tú eliges.
Parpadeó. Una, dos veces.
—Mi madre es la cocinera.
—Las dos entonces —le ofrecí, la adrenalina todavía bombeando por mis
venas.
¿En dónde estás, Wynter?
Capítulo 38
Wynter
Presente
Nueve meses sin Basilio DiLustro.
Contar los días sin él se convirtió en parte de mi rutina. Sin importar lo que
estuviera pasando en mi vida.
Sin importar lo brutales que habían sido los últimos dos meses.
Habían sido los meses más agotadores de mi vida. Tal vez era el estado de
mi mente. Incluso después de todo este tiempo, Bas era un susurro constante en
el fondo de mi mente. A veces incluso tenía una conversación en toda regla con
él.
Sí, era inquietante, pero me ayudaba a salir adelante.
—Caray, incluso cuando estás sudada, estás jodidamente hermosa —
comentó Derek.
Sonreí ante su cumplido. Derek me gustaba, pero me preocupaba
demostrárselo. Salimos unas cuantas veces, pero enseguida me di cuenta de mi
error. Para mí solo era una forma amistosa de pasar el rato y sentirme cómoda
con mi pareja. Para él, era más.
Así que cada vez que teníamos que hacer acto de presencia en un evento o
para un patrocinador, arrastraba a mis chicas conmigo. Muy a su pesar, pero
siempre cumplían.
—Está bien, una vez más. —Llegó la voz de mi madre a través de la pista
de patinaje.
—Tu madre no tiene piedad —refunfuñó Derek, con las comisuras de los
labios apenas flexionadas.
Tenía razón. No tenía piedad. Era casi medianoche y nuestro vuelo salía
mañana. Las Olimpiadas no empezaban hasta dentro de cinco días, pero no
queríamos arriesgarnos a que el tiempo empeorara.
Los dos llegamos a nuestras posiciones, en medio de la pista. Rodé los
hombros y Derek hizo lo mismo. A veces nos movíamos de forma tan parecida
que daba miedo.
Giré la cabeza para mirarlo. No era un hombre feo, con su cabello castaño
y sus ojos cálidos. Era alto y fuerte, apenas unos años mayor que yo. Pero no
podía evitar compararlo con Bas. Comparaba a todo el mundo con él y, de
alguna manera, todo el mundo se desvanecía en comparación con él.
Brad Pitt. No, paso.
Theo James. No, estoy bien.
Basilio DiLustro. Sí, por favor y gracias. Patético, considerando que me
traicionó. Claramente, me faltaba amor propio.
—¿Listos? —La voz de mi madre detuvo la comparación de mi apuesto
ranking.
Ambos asentimos.
Sonó la música. Mi canción favorita de Dua Lipa. Tuve que pelearme con
mi madre y Derek por la elección de la música. Gané, aunque a regañadientes.
“Hotter than Hell” sería nuestro estilo libre, el programa corto.
Apagué mi mente, deseando que mamá me dejara patinar con los AirPods
puestos. Era mucho más fácil desconectar del mundo, pero no estaba permitido
durante las competiciones, así que era lógico que también me lo prohibiera
durante los entrenamientos.
En cuanto empezamos a patinar, sentí que me quitaba un peso de encima.
Era lo que me gustaba de este deporte, aunque prefería patinar sola. La
adrenalina de la última hora de patinaje todavía corría por mis venas.
—Altura perfecta —me felicitó mamá. Derek y yo volamos por el aire,
haciendo saltos juntos de lado a lado. Triple Lutz. Luego el salto Axel.
Teníamos que estar haciéndolo bien porque no nos gritó ninguna corrección a
través de la pista con su firme voz de entrenadora.
Probablemente otra razón por la que no me dejaba usar auriculares
mientras patinaba.
Cuatro minutos y treinta segundos.
Y habíamos terminado. Derek y yo respiramos con dificultad y
entrecortadamente, con el corazón acelerado. Nuestras miradas se cruzaron y
ambos lo supimos. Lo conseguimos.
Me agarró la cara y tuve que reprimir una mueca de dolor.
—El oro olímpico es nuestro. —Sonrió.
Asentí. La competencia sería feroz, lo sabía. Pero trabajamos duro y lo
dimos todo. Era todo lo que podíamos hacer.
Mis ojos buscaron a mi madre, nuestra entrenadora, sentada en las gradas.
Un gesto de aprobación.
—Estamos listos.
Nosotras. Esto era por ella, incluso antes de conocer la historia completa
de lo sucedido. Estaba feliz por mis logros de hace cuatro años. Después de eso,
patiné para relajarme y perderme en ello. Nunca imaginé volver a ello como
profesional.
Se levantó y la vi hacer una mueca de dolor, luego cojeó lentamente hasta
la puerta abriéndola para esperarnos.
Derek y yo nos dirigimos hacia ella, donde ya nos esperaba con unas
protecciones para los patines. Tomé el plástico que me ofrecía y me los puse
sobre las cuchillas. Derek hizo lo mismo.
Luego pisamos tierra firme. La entrenadora nos miró fijamente.
—Mañana volamos —empezó, y luego miró a Derek—. Volarás con
nosotras. —El tío Brennan nos consiguió un avión privado. Era más fácil viajar.
Y más seguro. Luego volvió a mirarme—. Patinaste lo mejor que pudiste, Star.
Estoy orgullosa de ti. —Mi madre era la única persona en todo el planeta que
me llamaba Star. Era mi segundo nombre; pero, según ella, debería haber sido
el primero. Pero cedió ante el abuelo—. Lo has hecho bien sintiendo la música
y sincronizando tus movimientos con los de Derek.
Asentí, con la respiración aún entrecortada.
—Damas, ¿quieren que las lleve a casa? —Derek se ofreció y yo negué
con la cabeza.
—No, gracias —le dije—. Traje el auto de mamá.
Mi Jeep seguía en Nueva York, pero mamá tenía un auto aquí a pesar que
la mayor parte del tiempo no podía conducir. Le dolía demasiado la rodilla y
nunca pudo dominar la conducción con el pie izquierdo. Incluso le habían
reemplazado la rodilla, pero le seguía molestando.
Derek me dio un beso en la mejilla, saludó con la cabeza a su entrenadora,
se dio la vuelta y se fue.
Me senté en el banco más cercano y estiré las piernas hacia delante. Me
dolían todos los músculos del cuerpo cuando me agaché y empecé a
desabrocharme los cordones. En mi cabeza, estaba repasando la lista de cosas
que tenía que empacar y cosas de las que debía hablar con mamá, pero seguía
evitándolo.
Quizá podría hacerlo después de las Olimpiadas. No quería disgustarla y
arruinarle este momento.
—Tu guardaespaldas vino a ver cómo estabas. —Rompió el silencio, y mis
hombros se tensaron al instante. Dejó claro que Sasha le caía mal. Desde que
volví a California, había estado apareciendo y desapareciendo, al azar. Se
nombró a sí mismo mi guardián. Lo apreciaba, de verdad. Excepto que hacía
que mi madre se agitara cada vez.
—Hmmm. —Hice un pequeño ruido. Esperaba que lo dejara. Estaba
segura que estaba tan cansada como yo.
—No me gusta que esté cerca de ti. —Sí, no hubo suerte. Ni siquiera las
horas de medianoche podían domar su disgusto. Deseé que Juliette estuviera
aquí para distraerla. Se había vuelto buena en eso.
—Sasha es un buen tipo —murmuré, mientras me calzaba los chucks y un
dolor agudo me atravesaba el pecho. Dios, ¿parará alguna vez? Cada vez que
me ponía los zapatos, la imagen de Bas arrodillándose aparecía en mi mente.
Empezó como un cuento de hadas y terminó...
No, no podía pensar en eso ahora.
Guardé los patines en su funda protectora y cerré la cremallera. Saqué las
llaves del auto del bolsillo del bolso, lo levanté del suelo y lo puse en mi
hombro.
—¿Estamos listas?
Ambas nos dirigimos fuera del complejo y sobre el aparcamiento vacío
que ahora estaba iluminado como un maldito estadio. Cortesía de Sasha
Nikolaev. Para asegurarse que no había nadie merodeando en la oscuridad
cuando él no estaba cerca.
Y a mi madre no le gusta, me burlé en mi cabeza. Estaba loca. Debería ser
exactamente el tipo de chico que las madres deberían querer para sus hijas.
Pulsé el botón del mando y me senté en el asiento del conductor. Tardó un
momento, porque le dolía doblar la rodilla. Nunca me quejé que se tomara su
tiempo. Era lo menos que podía hacer.
Una vez dentro, se abrochó el cinturón y yo hice lo mismo.
Justo cuando puse las llaves en el contacto y arranqué el auto, mi madre
volvió a hablar:
—Los hombres como él, sean buenos o no, destrozan la vida de la gente.
La miré de reojo. Ahora entendía por qué decía algo así. Yo tampoco
estaba necesariamente en desacuerdo. Pero nacimos en este mundo. En el
inframundo. No importa lo lejos que nos mudáramos, esa vida siempre formaría
parte de nosotras. No había forma de escapar de ella.
—Mamá, después de las Olimpiadas ya no competiré más —declaré,
cambiando de tema.
Mi madre giró la cabeza hacia mí.
—Eres demasiado joven para retirarte.
Me encogí de hombros.
—Las chicas y yo queremos empezar una escuela. Podría abrir una pista y
entrenar. No lo sé. Pero no competiré.
Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac.
—¿Por qué?
Respiré hondo y exhalé lentamente.
—Estoy haciendo esto por ti. Tú querías esto, no yo. El patinaje individual
era lo mío. Las parejas eran lo tuyo. Tuyo y... —Mis palabras vacilaron. No
quería causarle angustia; pero al igual que el tío, me mantenía a oscuras, mamá
también lo hacía. Ninguno de los dos se molestó en iluminarnos ni a Juliette ni
a mí. Además, el momento parecía oportuno y había algo más fácil en conducir
y hablar—. Tuyo y de mi padre, supongo. Pero eso te lo quitaron cuando te
dispararon en la rodilla.
El jadeo de mamá sonó en la cabina de su pequeño auto Honda. Mis ojos
se desviaron hacia ella para verla pálida y jodidamente odié, haberla disgustado.
En cierto modo podía ver por qué el tío seguía protegiéndonos, sabiendo que
decir algunas cosas podía traer dolor. Pero al final, el dolor llegaba a pesar de
todo.
—¿Qué pasó, mamá? —susurré. Por una vez, quería que alguien me
contara toda la historia.
El silencio se prolongó y, justo cuando estaba segura que no me lo contaría,
empezó:
—No sé cuánto sabes.
—Haz como si no supiera nada —le dije—. Y cuéntamelo todo.
Una risa oscura y amarga, diferente a cualquier otra que le hubiera oído
antes, salió de sus labios.
—Bueno, empecemos por mi padre, que secuestró a mi madre de un
poderoso Pakhan. —Sus manos se aferraron a su grueso jersey gris. Nunca se
molestaba en llevar chaqueta—. Pero luego se enamoró. Tu abuelo puede ser
muy romántico, ¿sabes? —Asentí porque lo sabía. La forma en que hablaba de
la abuela podía hacerte llorar—. Temo que hayas heredado ese gen —continuó.
No dije nada, porque a decir verdad, no estaba segura de no haberlo hecho.
Juliette me acusó una vez de ser realista con el más romántico de los corazones.
»—De todos modos, yo fui el producto de ese fiasco. Liam me cuidó más
que mi padre. Le dolía demasiado, o quizá yo le recordaba demasiado a mi
madre. No lo sé. Aprendí mucho más tarde que tú que me gustaba patinar sobre
hielo. Era buena. —Asentí. Tenía buen ojo para todo lo relacionado con el
patinaje sobre hielo—. Aunque me atrevería a decir que tú eres mejor. —
Cuando fui a protestar, levantó la mano y me detuvo—. Eres mejor, Star. Y
estoy muy orgullosa de ti. Tanto de ti como de Juliette. Sé que no lo digo lo
suficiente.
Se me hizo un nudo en la garganta y agarré el volante con tanta fuerza que
mis nudillos dolieron. Rara vez nos elogiaba. Así que las dos teníamos por
costumbre elogiarnos mutuamente. Incluso cuando hacíamos tonterías. Como
robarle dinero a la mafia.
Mierda, ojalá Juliette estuviera aquí para oír esto. Ella también lo
necesitaba.
Mamá extendió su mano izquierda y la colocó sobre mi derecha, que se
aferraba al volante.
—Te amo, Star. Independientemente de la historia.
Tragué fuerte.
—¿Qué quieres decir?
—Me mudé a Chicago cuando apenas tenía dieciséis años. Tenían un
programa de patinaje sobre hielo y tenía que participar. —La forma en que lo
dijo, me hizo pensar que había insistido en participar—. Liam lo hizo posible
para mí. Mi pobre hermano siempre trataba de hacer que las cosas sucedieran
por mí. Dos meses en una ciudad extranjera y aprendí a engañar a mis guardias.
Fingía que me iba a dormir y luego me escapaba. —No pude evitar sonreír, ya
que era exactamente lo que hacíamos Juliette y yo—. Una noche me encontré
con un hombre. Me enamoré; pensé que moriría sin él. Pasaba más tiempo con
él que patinando. Quería ser todo su mundo, igual que él era el mío. Pero yo era
demasiado joven para comprender la brutalidad de nuestro mundo. Fue
demasiado tarde cuando supe quién era. Un hombre casado, con un hijo propio.
Para entonces, ya estábamos en casa y aparqué el auto. Ninguna de los dos
se movió. Nunca habíamos tenido conversaciones como esta, y yo no iba a
interrumpirla.
—Tuve un bebé a los diecisiete años y lo perdí —dijo, su expresión llena
de dolor me rompió el corazón. No pude soportarlo, así que me incliné y la
rodeé con mis brazos. La abracé con fuerza, deseando poder aliviar todo su
dolor. Incluso después de todos estos años, su dolor era tan vibrante. No me
daba esperanzas de sanar y superar lo de Bas—. Volví a Nueva York. Por
desgracia, llamé la atención de Gio DiLustro. —Un escalofrío repugnante
recorrió mi espina dorsal. No podía pensar en aquel hombre despreciable sin
sentir miedo y asco.
—¿Por qué te disparó? —espeté.
—Porque lo rechacé —susurró—. Gio DiLustro quería más poder y,
gracias a mi conexión con la familia Volkov, pensó que lo conseguiría. Quizás
lo consiguiera, o quizás no. No me importaba averiguarlo. Liam lo mantuvo
alejado de mí mientras yo puse toda mi energía en patinar con tu padre. Era un
buen hombre. No era un amor apasionado. Más bien del tipo de cariño mutuo.
Pero fue suficiente para mí. Después del dolor que experimenté, no quería el
tipo de amor que podría consumirte, solo para dejarte vacía cuando no
estuvieras con él.
Mamá se apartó un poco y tomó mi cara entre sus manos.
—Sabes de lo que hablo, ¿verdad? De tu distracción.
Mi corazón se paralizó y se congeló. Si se enteraba que otro DiLustro
estaba destruyendo a nuestra familia y se lo contaba a Liam, podría causar más
muertes. La de mi familia. La de Basilio, me preocupé a regañadientes.
Y como una cobarde permanecí en silencio. No podía admitirlo. Todavía
no. No ahora.
—Termina la historia, mamá —dije, las palabras ahogando mi garganta y
la prensa alrededor de mi corazón apretando.
—Me quedé embarazada, el patinaje se detuvo, pero entrené un poco. No
soportaba estar lejos de la pista de hielo. Estaba embarazada de cinco meses de
ti —murmuró, con la mirada fija en el parabrisas y en la oscuridad—. Tu padre
y yo nos encontramos con Gio a solas, justo después que él se enterara que fue
a su hermano a quien le había dado mi virginidad. Así que decidió quitármelo
todo, para hacerme pagar por mi negativa. Tu padre, mi patinaje y tú. Lo
consiguió con los dos primeros, pero no contigo.
El pasado azotó a nuestro alrededor, el aire frío del invierno se filtró a
través de las ventanas, pero no era tan frío como la verdad.
—Te amo, mamá —susurré, abrazándola con fuerza—. Lo siento mucho.
Siento tanto no haber matado a Gio DiLustro cuando tuve la oportunidad
y haber acabado con su cruel vida.
Capítulo 39
Basilio
Era mediado de febrero. No visitaba a mi hermana Emory tanto como
debería. Dante y Priest también estaban aquí. Combinamos el placer con los
negocios.
Nos ocupamos de los negocios antes. Aseguramos un trato con un
distribuidor e interceptamos otro cargamento de armas que iba en dirección a
mi padre. Los clientes se agitaron y se disgustaron con él. Lento, pero seguro,
le dieron la espalda y vinieron corriendo a nosotros.
Ojo por ojo, padre.
Las suaves notas del piano llenaban el aire del salón de la casa de mi
hermana en Las Vegas. Ella siempre tuvo afición por el lujo, la ópera y todo lo
chick-flick12. Yo odiaba toda esa mierda. Solo hubo un breve período de mi vida
en que lo toleré. No me importaba pensar en ese período.
12
Chick-flick es un término slang para un género cinematográfico principalmente relacionado con el amor y
el romance, y diseñado para atraer a una audiencia principalmente femenina.
Mi mandíbula se tensó mientras el veneno recorría mis venas, igual que
cada vez que pensaba en ella. Y pensaba en ella todo el maldito tiempo. Habían
pasado doscientos ochenta y nueve días.
La buscaba por todas partes. Sin embargo, era como si nunca hubiera
existido. Incluso Madame Sylvie desapareció.
—Deberías dejar de andar matando, Basilio —me regañó Emory.
Cualquier otro se cagaría en los pantalones por decirme algo así. No mi hermana
y mis primos. Y últimamente me habían estado dando consejos más de lo que
me importaba oírlos—. Los hombres que trabajan para nuestro padre nunca lo
traicionarán, ya lo sabes.
Sí, así que amplié mi coto de caza a los hombres que trabajaban para mi
padre. Angelo también entró en esa lista.
—¿Me estás escuchando, Basilio? —me regañó.
—Me estoy esforzando mucho por ignorarte —refunfuñé—. Pero lo estás
poniendo difícil. ¿No hay un corazón de hombre que tengas que aplastar o algo
así?
Estaba tan dañada como yo. Mi protección no la habría librado de la
brutalidad de nuestro padre. Dejó una marca. Todavía la recordaba como solía
ser. Suave y cariñosa.
Nuestro padre borró esa mierda. Igual que hizo con todo lo suave en
nuestras vidas.
Todavía la recordaba escondiéndose debajo de mi cama, rogando por un
cuento para no tener que oír los gritos.
—¿No hay una esposa que tengas que encontrar? —replicó sarcástica.
Nadie más se atrevería a sugerir eso. Los destriparía vivos.
La idea de llevarme a cualquier otra mujer a la cama era repugnante. El
amor y el afecto no tenían cabida en nuestro mundo. Yo lo había probado y me
había arruinado. Para cualquier otra persona.
La parte racional de mí comprendió que no podía permanecer soltero el
resto de mi vida. Cuanto antes me asegurara un heredero, menos posibilidades
habría que mi padre declarara otro heredero. Tomó otra amante después de
Thalia, y el rumor era que estaba tratando de tener otro hijo.
Porque Emory y yo éramos sus mayores decepciones. Como si me
importara una mierda.
—No. —Ok, en cuanto a conversaciones, esta no era tan buena. Sabía que
tenía que casarme, asegurar un heredero. Pero a la mierda si estaba de humor
para ello.
Solo había una mujer que me hacía querer dar ese salto.
De repente, Emory se levantó de un salto y sonrió.
—Vamos a ver los Juegos Olímpicos esta noche —anunció.
Dante y Priest resoplaron. Yo estaba de acuerdo con el sentimiento, pero
sabía que Emory siempre había querido más de la vida que esta vida del
inframundo. Era lo menos que podíamos hacer. Concederle una noche viendo
las Olimpiadas.
Maldición, será una noche larga.
La gran pantalla de cincuenta pulgadas se encendió y la entusiasta voz del
locutor llenó la habitación.
Jesucristo.
Dante, Priest y yo compartimos una mirada. Dante puso los ojos en blanco
sonriendo. Emory le parecía cursi. No iba desencaminado, pero la amábamos.
Priest se pasó rápidamente una mano por la boca en un pobre intento de ocultar
su diversión. Sabía que Emory intentaría patearnos el culo a todos si nos pillaba
riéndonos de ella.
Debería inventarme alguna excusa de mierda y largarme. Si decía que era
hora de ir a cazar rusos o a quien fuera, todos me creerían.
Decidido, me levanté y me ajusté los gemelos. Abrí la boca para excusarme
por esta noche cuando el comentarista empezó a hablar de nuevo.
—El siguiente equipo es nuestra querida princesa de hielo Star Flemming
y su compañero Derek Konstantin.
—Dios mío —dijo Emory—. Estos dos son los favoritos absolutos de todo
el mundo. Ella es jodidamente buena, ya ganó una medalla de oro olímpica en
individuales cuando apenas tenía diecisiete años.
Lancé una mirada agitada al televisor y nada me habría hecho más feliz
que disparar al maldito aparato para que estallara. El público aplaudió y gritó
como si hubieran nacido nuevos dioses.
Una pareja salió al hielo y Emory chilló, recordándome a la niña que solía
ser hace mucho tiempo.
—Star lo ha pasado mal últimamente, pero sé que saldrá adelante. —
Emory debía de ser su fan número uno. Maravilloso, del inframundo a una
fanática.
Me congelé, incapaz de apartar la mirada. Las dos figuras se deslizaban en
perfecta armonía, de la mano. Cabello oscuro y sol dorado. Cabellos de oro
hilado y ojos verde claro que miraban fijamente a la pantalla.
Ella estaba en la televisión.
La familiar sonrisa brillante en el rostro de una mujer que solía conocer
tan bien. Sus rizos rubios rebeldes recogidos en un moño apretado. Estaba un
poco más delgada, pero era inconfundiblemente ella. La única mujer que
siempre había deseado.
La mujer que había estado buscando desesperadamente.
—Ayer la pareja patinó sin esfuerzo. ¡Estos dos son increíbles juntos! Qué
química.
El comentarista de la pantalla arrullaba emocionado mientras en la pantalla
aparecían fragmentos de su actuación de ayer. Giros. Espirales. Saltos.
Mierda. No me extraña que sus piernas fueran tan importantes para ella.
Las imágenes pasaban como polaroid por mi mente. La primera noche cuando
me ofreció quinientos dólares para atraparla, alegando que sus piernas eran
valiosas. Sus extrañas clases de ballet. El día que nos conocimos en la pista de
patinaje sobre hielo, pero desde luego no daba la impresión de ser una
campeona.
Sin embargo, ahora que miraba la pantalla, cada movimiento sobre el hielo
reflejaba a una patinadora artística profesional. No sabía una mierda de patinaje
sobre hielo, aunque no hacía falta saber mucho para ver que la actuación de ayer
fue buena.
—A ver qué espectáculo nos ofrecen hoy. Tengo la sensación que será
espectacular. Y si cumplen, los veremos mañana. No tengo ninguna duda que
estos dos están en la carrera por el oro.
Emory soltó una risita.
—Si no gana la medalla de oro, las Olimpiadas están amañadas.
Observé aturdido cómo una mujer que se parecía a mi Wynter patinaba
hacia el centro de la pista, con aspecto de princesa del hielo. O una reina.
Dante me puso un vaso en la mano.
—Toma, siéntate.
Por primera vez en más de una década, permití que alguien me dijera lo
que tenía que hacer. Mis ojos se clavaron en la pantalla, como si temiera que
volviera a desaparecer. La vi ocupar su sitio en medio de la pista de hielo.
La vi mover los hombros, inspirar profundamente y luego espirar, y
entonces entró en la zona. Igual que cuando la veía tomar sus clases de ballet.
Por el amor de Dios, pensé que estaba entrenando para ser una bailarina
profesional. No una patinadora sobre hielo profesional.
Star Flemming.
Ella me dio un nombre diferente. Wynter Star.
Su compañero y ella compartieron una mirada. El público los aclamaba.
Coreando su nombre como si fueran celebridades.
¡Star! ¡Star! ¡Star!
¡Derek! ¡Derek!
La gente se volvió loca por ellos.
Los dos se dieron la vuelta al mismo tiempo para mirar hacia el centro del
hielo. Su compañero le tendió la mano a un lado y, sin mirarlo siquiera, Star
puso la suya en la de él. Los dos estaban tan sincronizados, casi como si
compartieran la misma respiración y los mismos pensamientos.
Jodidamente lo odiaba.
Su mano se apretó contra su pecho, su cuello se extendió con gracia
mientras surgían las notas de una canción. Empezó la música. Unstoppable de
Sia. No podía apartar los ojos de ella.
Bailaba con él, pero yo solo la veía a ella.
La música la guiaba, sus músculos se relajaron mientras bailaba
expresando cada melodía de la canción con su movimiento. Sentías su baile,
sentías su mensaje. Mierda, era imparable.
Mientras patinaba, toda su cara brillaba.
Era imposible apartar la mirada de ella. Como si sintiera cada palabra y
cada nota de la canción.
—¡Mira la altura! ¡Triple Lutz! Y otro. ¡Mira esos saltos! Nunca había
visto tanta química ni dentro ni fuera del hielo.
Mi agarre se tensó alrededor del vaso y el hielo traqueteó en él,
protestando. La expresión de Wynter era de pura felicidad. Era esa expresión la
que me había perseguido durante los últimos nueve meses. Era la forma en que
me miraba. Como si yo fuera todo su mundo.
—Wow, ella es realmente buena —murmuró Priest.
—¿Crees que se lo está follando? —Dante preguntó con curiosidad, y yo
no quería nada más que darle un puñetazo.
—Se ha especulado que los dos son pareja —intervino Emory sin ánimo
de ayudar y, sin saberlo, alimentó la rabia que hervía en mi interior—. Ella lo
negó, pero su compañero se negó a confirmarlo o desmentirlo, lo que alimenta
todo el frenesí sobre ellos.
Lo cazaré y lo mataré, resolví.
—¡Salchows triples impecables, sincronizados a la perfección! —gritó el
narrador, sus palabras atravesando mi cerebro. No tenía ni puta idea de lo que
eso significaba. Excepto que volaba por el aire. Se movía rápido sobre el hielo.
Tan rápido que si se caía, se rompería más de un hueso de su maldito cuerpo.
—¡Mira esa espiral de la Muerte! ¡Increíble! Estos dos son realmente
imparables.
—¡Mierda! —exclamó Emory—. ¡Vaya remontada!
Mi hermana saltaba de la emoción mientras yo sentía mi rabia expandirse
en mi pecho, amenazando con explotar.
Wynter estaba arqueada hacia atrás sobre un pie, pegada al hielo mientras
su compañero la lanzaba en espiral. Un error y se le abriría el cráneo. Al
momento siguiente voló por los aires y aterrizó de pie. Los gritos excitados de
Emory sonaban lejanos, el ajetreo en mis oídos lo ahogaba todo.
—Triple axel. Otra vez, ¡sincronizado perfectamente!
Ambos aterrizaron en el mismo momento. Como si fueran uno, cuerpo y
alma. Su aspecto sobre el hielo me dejó sin aliento y ni siquiera estaba seguro
que fuera en el buen sentido.
—Mira ese salto de lanzamiento.
Odiaba verla con él. Sus manos en su cuerpo.
—Estos dos tienen la química más increíble que he visto nunca.
El odio se deslizó por mis venas. Venenoso y poderoso. Debería dejar de
verlo antes de explotar.
La actuación terminó, las últimas notas de la canción terminaron en el
mismo momento exacto que su pose final. El público estaba enloquecido. La
pareja sobre el hielo jadeaba, ambos sin aliento.
Entonces su pareja la levantó por su esbelta cintura, la hizo girar en el aire
y luego le estampó un beso en los labios. Agarré mi vaso como si mi cordura
dependiera de ello, el crujido del cristal reflejaba el estado de mi corazón y de
mi alma.
El ruido de cristales rompiéndose llenó la habitación y se hizo añicos a mi
alrededor. Oír al narrador hablar maravillas de la pareja fue como un golpe en
el estómago. Me dejó sin aliento, hizo arder mi sangre y mató algo dentro de
mí. Lo perdí.
Tomé mi arma y apreté el gatillo. La pantalla del televisor echó chispas.
Luego destruí cada maldita cosa en la sala de estar de Emory.
Capítulo 40
Basilio
Priest agitó su iPad, la única pieza electrónica intacta que sobrevivió
después que perdiera los papeles.
Extendí mi mano, pero entrecerró los ojos.
—No lo creo —gruñó—. Esta es la única pieza superviviente en un radio
de ocho kilómetros.
Después de haber destruido todo lo que caía en mis manos, Priest se aferró
a su iPad como si su vida dependiera de ello. Menos mal, porque una vez que
la neblina roja sobre mi cerebro se contrajo, pude volver a pensar con claridad.
Y puse a Priest a trabajar. Averiguaría todo sobre Star Flemming. Estaba claro
que no se podía contar con Angelo, la mano derecha de mi padre, si era incapaz
de recuperar un solo dato sobre la mujer que todo el mundo conocía. Maldito
traidor.
—¿Qué tienes? —le pregunté, mirando fijamente la oscuridad de la noche.
Emory y Dante estaban sentados en la habitación con nosotros. Mi
hermana conocía el lado atlético de Wynter y era capaz de compartir todo lo
que sabía sobre Star Flemming. Pero yo necesitaba saberlo todo.
—Todo lo que tuvimos que hacer fue buscar Star Flemming y la
información fluyó —Priest soltó la bomba y toda nuestra atención se fijó en
él—. ¿Y adivina qué?
—¿Qué? —refunfuñé.
—Brennan tiene un acuerdo permanente con Nico Morrelli, borrando todo
rastro de su familia a diario, posiblemente cada hora. Encuentro algo sobre ella
y luego desaparece. Pude hackear el marco web de Morrelli durante quince
segundos, pero fue suficiente para averiguar su nombre.
Apreté los puños, la necesidad de golpear algo era tan fuerte que me dolían
los músculos.
—La escondió a ella y a su madre de los DiLustros después de lo que
hubiera pasado entre Aisling Brennan y tu padre, Basilio. Y las mantuvo fuera
del radar ruso.
La frustración contenida se agitó en mi cuerpo. Reconocía estar cerca de
mi objetivo y quería abalanzarme. Pero tenía que ser calculador y cuidadoso.
De lo contrario, la perdería, y la próxima vez podría no volver a encontrarla.
El tipo de Priest entró en la habitación y colocó una gran pantalla de
escritorio sobre la mesa del despacho de Emory.
—Abstente de destruir esto —refunfuñó Emory, mirándome fijamente—.
¿Necesitas cables? —preguntó a Priest.
Éste negó con la cabeza.
—Lo tengo conectado por Bluetooth.
Dos golpes, la pantalla se encendió y la imagen de Wynter llenó mi vista.
Me congelé.
Me dejaba sin aliento. Cada. Jodida. Vez.
Llevaba unos leggings negros, unas Chucks rosas y una camiseta rosa
suelta que le llegaba a la mitad del muslo. Con el bolso de viaje colgado del
hombro y la mirada distante, sonrió a alguien. Los paparazzi la fotografiaron
cuando salía de uno de sus entrenamientos.
Mierda, era tan dolorosamente hermosa. Sus rizos rubios daban una
expresión de halo incluso en la foto. Sabía de primera mano lo suaves que eran
esos rizos. El cabello le caía por los hombros. Su rostro era impecable. Pero
fueron sus ojos los que me cautivaron. La forma en que brillaban, grandes y
curiosos, incluso en la foto.
Ahora que sabía que estaba viva y bien, viviendo su vida feliz y libre,
mientras yo quemaba este mundo buscándola, una neblina roja empañó mi
visión. La ira que ella me había dejado era tan fuerte que tuve que ahogarla. Se
quemó en mi garganta, dejando ceniza y ácido a su paso.
Quería hacerle daño, para que probara el dolor por el que yo había pasado
los últimos nueve meses.
—¿Quién es el tipo a su lado? —Dante preguntó—. No parece su
compañero de patinaje.
—Sasha Nikolaev —respondió Priest—. Lo verás mucho.
Mi mirada se ensombreció y Dante soltó una risita.
—Mierda, puedo ver que tendremos que matarlo.
Se pasó una mano por la boca en un pobre intento de ocultar su diversión
y emoción ante el reto. Al maldito Dante le encantaban los retos. Maldito loco.
—Pueden intentarlo —replicó Priest en tono sarcástico—, pero lo más
probable es que fracasen. Se rumorea que Sasha Nikolaev es uno de los mejores
asesinos contratados por Cassio King, su banda y los hombres Nikolaev. Ella
ha estado bajo la protección de Sasha.
—Poniéndote dulce con un ruso, ¿eh? —Dante incitó y tuve que luchar
contra el impulso de dispararle—. La ironía de todo esto.
No podía pensar en Wynter y el imbécil rubio de la pantalla; si no, les
metería una bala a todos en la maldita cabeza.
—Es platónico entre Nikolaev y la estrella del patinaje —añadió Priest.
Eso no calmó la furia. Agarré un cigarrillo y lo golpeé contra la mesa, aunque
no lo encendí.
—Tienes que admitir que hacen una pareja impresionante —reflexionó
Dante.
Inclinándome hacia atrás, rodeé un cigarrillo entre mis dedos y le di a
Dante una mirada que indicaba que estaba cerca de ser mi primo muerto.
—Los dos son demasiado rubios —razonó Emory, intentando calmar mi
furia.
Priest giró la pantalla y, por desgracia, cambió a una imagen de Sasha y
Wynter juntos en Portugal. Un reportero debió de hacerles una foto haciendo
footing juntos. Odiaba lo bien que se veían. Tendrían bebés rubios y guapos.
Sobre. Mi. Maldito. Cadáver.
—Priest. Continúa. —Mi voz azotó el aire mientras un humo rojo nublaba
mi visión. Resultó que mi madre tenía razón al temer que me convirtiera en un
molde de mi padre y el Sindicato. Fue exactamente lo que ocurrió.
Aún recuerdo la mirada desdeñosa de sus ojos mientras se alejaba, con la
pequeña Emory en brazos.
—Te convertirás en tu padre —susurró mientras se alejaba sin mirar atrás.
Me odiaba incluso antes que tuviera la oportunidad de demostrarle que podía
ser un hombre mejor.
Por Wynter, yo quería ser un hombre mejor, y ella también se marchó sin
mirar atrás. Después de nueve meses de enloquecer, resultó que estaba viva y
bien. Maldito patinaje.
Imágenes de la mujer que he estado cazando durante los últimos nueve
meses parpadearon en la pantalla. Medallas de oro. Competiciones. Logros.
Viajes. Amigos.
—Congela eso —ladró Dante, enderezándose en su sitio—. ¿Quién es?
Una imagen de una mujer con un rostro parecido al de Wynter nos miró
fijamente. Ojos que parecían vacíos. Rostro dibujado pero que hablaba de una
belleza que se desvanecía en pena y resignación.
—Es su madre, Aisling Brennan —respondió Priest—. También la
entrenadora de Wynter.
Dante negó con la cabeza.
—No puede ser —murmuró—. Se parece como...
—Como Wynter —espeté, molesto por su comportamiento—. Ya lo veo.
Dante negó con la cabeza.
—No, se parece a la antigua amante de mi padre.
Todos nos enderezamos.
—¿Qué?
—La recordaría en cualquier parte. Se parece a la antigua amante de mi
padre. De cuando éramos niños. Su cabello era negro en ese entonces, pero
podría haber sido de color. O una peluca. Siempre ocultaba su cara tras unas
gafas de sol y su cabello bajo sus chales.
Los cuatro compartimos una mirada.
—¿Estás seguro?
—Sí, estoy jodidamente seguro —espetó—. Y el día que la vi traer al bebé.
Priest. No olvidas a una mujer que trajo un bebé a tu puerta.
Priest tenía el cabello rubio, su coloración era diferente a la del resto de
nosotros. Dante y Priest compartían padre, pero tenían madres diferentes.
—¿Quién es el padre de Wynter? —Mantuve la voz baja, con el miedo
acumulándose en la boca de mi estómago. Estaba demasiado metido con esta
chica y el incesto no estaba en mis putas cartas.
—No te preocupes, su padre era patinador artístico —me aseguró Priest—
. El compañero de patinaje de su madre.
—¿Estás seguro? —ladré. No permitiría ningún maldito obstáculo entre
nosotros, pero ese sería imposible de superar. Dios santo. Más valía que mi tío
no se hubiera follado a la madre de Wynter y la hubiera dejado embarazada de
Wynter.
—Sí —confirmó Priest—. Aisling Brennan se sometió a una transfusión
de sangre fetal para tratar la anemia del feto mientras estaba embarazada de
Wynter. El recuento sanguíneo del feto era demasiado bajo y la situación ponía
en peligro su vida. Utilizaron la sangre de su padre para la transfusión mientras
estaba en su lecho de muerte. Ivan Flemming. El feto era Rh positivo y los
glóbulos rojos estaban siendo destruidos por el sistema inmunológico de la
madre sensibilizada al Rh-.
—Está bien, ¿supongo que solo se pudo haber usado la sangre de los
padres? —preguntó Emory—. Porque eso sonó como un montón de tonterías
para mí.
—La madre de Wynter es Rh negativo y nuestros padres también —le
resumió Dante—. Nosotros también. Significa que la probabilidad de que
DiLustro sea el padre de Wynter es nulo. Los factores Rh siguen un patrón
común de herencia genética. Si ambos padres tienen un factor Rh negativo, el
bebé también lo tendrá. Pues bien, Wynter es Rh positivo.
—Menos mal —murmuré.
En la pantalla apareció otra imagen. Wynter con sus tres amigas. El equipo
cuádruple. Las cuatro estaban sentadas juntas en el Jeep de Wynter, sombrías y
con los ojos fijos, probablemente contemplando el próximo atraco.
Priest congeló la pantalla y señaló a la mujer.
—¿Quién es? —Señaló a la amiga pelirroja de ojos color avellana de
Wynter.
—Una de las amigas de Wynter. Las cuatro quemaron la casa de un tipo.
Según Wynter, todas fueron juntas a Yale. —Por supuesto, no podía estar
seguro que me dijera la verdad.
—Ella estaba en mi club la noche que robaron mi camión blindado —
declaró Priest, con los ojos clavados en la mujer.
—Si ella estaba allí, también lo estaban sus amigas —le dije.
—Significa que Wynter y sus amigas tuvieron algo que ver con el robo del
camión —gruñó Dante—. Igual que hicieron ese truco en mi casino.
¿Por qué no me sorprendía?
—La pelirroja es mía —gruñó Priest. Ladeé una ceja ante la inesperada
declaración.
—Bueno, si estamos lanzando reclamaciones —sonsacó Dante—, la de
ojos azules es mía.
Sonreí satisfecho.
—Esa es una psicótica —dije con sorna—. Quemó una puta casa.
Dante se encogió de hombros. Por supuesto, a ninguno de nosotros nos
importaba lo que hicieran. Mientras fueran nuestras.
Emory se burló.
—Ustedes tres son idiotas.
Ignorando a mi hermana, clavé los ojos en Priest.
—Voy a necesitar comprar tu club de Filadelfia, con fecha de compra del
año pasado.
—¿Por qué? —preguntó Emory, con las cejas fruncidas.
—Porque voy a hacer que Wynter salde esa deuda —le dije, sonriendo
sombríamente—. Dante, ¿ese Ashford ilegítimo de Canadá sigue pidiendo
información sobre un proveedor afgano?
Se burló.
—El cabrón nunca lo conseguirá.
Sonreí.
—Nunca digas nunca. Sé que Byron Ashford está intentando arreglar la
relación con su hermano ilegítimo. Así que usaremos la conexión del proveedor
afgano para chantajear a nuestros queridos primos Ashford para que nos
respalden.
—¿Por qué coño los queremos de nuestro lado? —Emory preguntó.
—No podemos ganar contra los Brennan, los Nikolaev y la banda de
Cassio. Pero con los cuatro hermanos Ashford de nuestro lado, las
probabilidades serán mejores. Tenemos que planear para el peor de los casos.
—Brennan va a querer una guerra —adivinó Priest.
—Y la tendrá —le dije.
—Basilio, eres un hijo de perra que da miedo cuando conspiras —comentó
Emory secamente. Sería un desgraciado temible si perdiera a Wynter para
siempre.
Volví a centrar mi atención en la mujer de cabello dorado de la pantalla.
Me casaría con esa chica aunque fuera lo último que hiciera en este maldito
mundo.
Capítulo 41
Wynter
—Lo has hecho bien, Star. Ahora termínalo y trae el oro a casa.
Asentí, sin girarme para mirar a mi madre.
En ese momento, ella era mi entrenadora. A decir verdad, había sido más
entrenadora que madre toda mi vida. Al menos ahora, después de nuestra
conversación, entendía la razón y me parecía bien. Tal vez el entrenamiento era
su mecanismo de supervivencia, igual que el hecho de esconder todos mis
sentimientos en algún lugar profundo de un oscuro abismo era mi forma de
lidiar con toda la mierda.
El familiar y sordo dolor se hinchó en mi pecho. Ya estaba acostumbrada.
No creía que fuera a desaparecer nunca. Podría aliviarse, pero formaría parte de
mí hasta el día de mi muerte. Bas retumbaría para siempre en mis venas con
cada latido.
Derek se colocó detrás de mí y sus manos llegaron a mis hombros. Odiaba
el contacto de cualquier hombre, pero con Derek era una necesidad. Había
aprendido a soportarlo.
—¿Bien?
Mantuve la respiración tranquila.
—Sí.
No le había dicho que ésta sería mi última competición. Mamá lo sabía y
las dos estábamos de acuerdo en que no tenía sentido ponerle esa carga. Esta
era nuestra carrera de carrera. Una vez que ganáramos el oro, tenía que poner
fin a todo esto. Averiguar quién era yo. Sin patinaje sobre hielo y sin Bas.
Derek tendría que buscarse una nueva pareja.
Mis ojos se centraron en la pareja que actuaba. Seríamos los últimos sobre
el hielo. Ir a lo grande o ir a casa. Tenía la intención de ir a lo grande, y luego
ir a casa. Donde sea que fuera.
Un hormigueo de conciencia me recorrió y busqué entre el público de las
gradas. Estaba abarrotada. Aficionados con pancartas de sus parejas favoritas.
No vi a nadie que destacara, pero no pude deshacerme de la sensación de ser
observada. Y no por la multitud de aficionados.
Era el tipo de mirada familiar que me producía escalofríos. Como una
caricia cálida sobre mi piel. Se me puso la piel de gallina y la conciencia me
llegó al alma. Dios, a veces deseaba no sentir nada. Como Alexei Nikolaev.
En lugar de eso, sentía tantas cosas que por dentro me sentía como un
cristal hecho añicos, mientras que por fuera intentaba mantener la compostura.
Ser la patinadora perfecta. Ser la compañera perfecta. Ser la hija y amiga
perfecta.
Ya no era perfecta para nada, excepto para ser la mujer de Bas. Una
necesidad familiar de gritar me arañó la garganta.
Parpadeé. Traje negro. Hombros anchos. Ojos azul pálido.
Alexei y Aurora estaban de pie con Davina, las dos últimas me observaban
con preocupación en los ojos. Sonreí, mientras se me hacía un nudo en la
garganta. Me estaba desmoronando. Yo lo sabía. Ellos lo sabían. El hilo se
rompería. Solo tenía que hacer una última actuación.
—No tienes que hacer esto —dijo Davina. Su barriga era tan grande que
estaba segura que albergaba gemelos en su vientre. Me aseguró que los médicos
decían que solo había un bebé.
—Solo di la palabra. —Sasha se unió a los tres—. Y nos vamos. A la
mierda las Olimpiadas.
Derek se burló detrás de mí.
—¿Por qué querría irse? Estamos a una última actuación del oro.
Esta vez miré a Derek a los ojos y negué con la cabeza.
—Concentrémonos —dije con la voz enronquecida—. Hacemos esto y
tendremos el oro.
Eres de oro.
Volví a sentir las manos de Derek sobre mis hombros y no pude evitar
estremecerme, pero lo oculté rápidamente.
Hemos calentado. Repasamos la rutina una vez más. No había nada más
que hacer. Solo esperar nuestro turno. Quería que terminara de una vez, pero
por otro lado, me preocupaba lo que ese final significaría para mí.
—Tu tío está aquí —me susurró Derek al oído y me hizo levantar la vista.
La última vez que mi tío vino a mi competición, fue en las últimas Olimpiadas.
Aparte de eso, no venía a mis competiciones. No era lo suyo.
Lo reconocí sentado junto a Juliette e Ivy, Cassio y su mujer al otro lado
de él. Incluso Nico, su mujer y sus hijos estaban aquí. Todo el maldito hampa.
Me sorprendió que mi madre no dijera nada al respecto.
Las mujeres agitaban los brazos como locas, sonriendo, y más que
probablemente, gritando. Parecían tan jodidamente excitadas mientras yo... no
sentía nada. Muerta por dentro.
Tan malditamente vacía.
Empujé los sentimientos que amenazaban con surgir y ahogarme en algún
lugar profundo de un agujero oscuro. Ya no podía sentir más. Si el dolor se
apoderaba de mi garganta, perdería incluso antes de pisar el hielo. Perderíamos,
me recordé.
Tragué el nudo que tenía en la garganta, levanté la mano y la agité hacia
mi familia.
Mi tío y yo llegamos a un acuerdo, aunque a veces seguía habiendo mucha
tensión. Utilizamos a Davina para calmar nuestras tensiones.
Terminó la música y volví a fijarme en los dos patinadores artísticos que
salían del hielo.
Mamá tomó mi mano y la de Derek entre las suyas, nos miró fijamente y
dijo:
—Los dos están listos. Hagan que me sienta orgullosa. —Nos dedicó una
sonrisa, una de esas raras—. Es su momento. A lo grande. —O irse a casa.
Ambos asentimos. Deslicé mi mano en la de Derek y nos dirigimos a la
entrada del hielo. Me quité las protecciones de los patines y se las entregué a mi
entrenadora. A mi madre. Nuestros ojos se cruzaron y capté un destello de
preocupación en los suyos, pero lo disimuló rápidamente. Era buena ocultando
sus sentimientos. Me estaba poniendo al día poco a poco.
En cuanto mi puntera tocó el hielo, el público estalló en una sonora
ovación. Me olvidé de todo. La multitud salvaje. Los vítores. Los cánticos.
—Se están volviendo locos por ti —me murmuró Derek al oído.
—Y por ti —respondí automáticamente.
Vivía y respiraba patinaje. Me sentía como en casa. Como el amor, tan
jodidamente correcto e invencible. Y ahora me sentía como un fraude, porque
la única forma en que podía funcionar sobre el hielo era fingiendo que Bas
estaba conmigo. Siempre se trataba de él. Él era mi principio y mi fin.
Agarrados de la mano, Derek y yo patinamos juntos hacia el centro del
hielo. Los gritos del público eran cada vez más fuertes y salvajes.
¡Star! ¡Star! ¡Star!
¡Derek! ¡Derek! ¡Derek!
Ambos nos pusimos en nuestros sitios. Mis manos y rodillas se pusieron
en posición. Nuestros ojos se fijaron y la música empezó.
Mi primer deslizamiento sobre el hielo y todo el mundo se olvidó. Sonó la
canción Astronomical de SVRCINA y la cara de Bas apareció en mi mente. Mi
cuerpo se relajó y la sensación de olvido recorrió mis venas.
Temporalmente, lo olvidé todo. El dolor. El pasado. La crueldad.
Floté entre el cielo y la tierra.
Me sentí como cuando Bas me abrazaba. Como la euforia de un amante.
No pensaba, solo dejaba que la rutina y la memoria muscular me guiaran y todo
el tiempo mi corazón estaba con el hombre por el que perdí mi corazón. La
mezcla musical cambió a Legends Are Made y con el ritmo entré en triple Axel,
perfectamente sincronizado con el de Derek.
La adrenalina corría por mis venas mientras hacíamos un medio bucle y
luego saltábamos en el aire en un cuádruple salto en Salchow.
Otro bucle, la música y cada movimiento formaban parte de mí, estaban
enterrados en mis huesos. Arraigados en cada fibra, como lo estaba Bas.
Yo patinaba hacia atrás, Derek hacia delante mientras nos desplazábamos
en una elevación de baile y el mundo giraba en círculo. Vivía para esto, era la
mejor sensación del mundo. El dolor, la adrenalina, la euforia. Era mi inyección
de adrenalina, la única que me funcionaba.
Hasta Basilio DiLustro.
Meses de práctica y dolor al golpear la dura superficie del implacable
hielo. Esto era todo. Todo era para esto. Mi respiración se elevó, una capa de
sudor recorrió mi espina dorsal a pesar de la gélida temperatura. Otro crescendo
alcanzó su punto álgido y esto era todo.
La espiral de la muerte.
Derek me giró alrededor de una curva sosteniendo mi mano izquierda, mi
cuerpo horizontal y bajo el hielo. No podía ver nada, lo único que sentía eran
los movimientos, cada movimiento arraigado en mí, anticipado. Luego me
lanzaron, volando por el aire, aterrizando perfectamente.
Oí gritos y vítores entre el público.
Me detuve perfectamente, con los cuerpos alineados y la respiración
agitada, y clavé los ojos en Derek. Con nuestra pose final, la música terminó.
Una respiración. Dos respiraciones.
—Lo hemos conseguido —exhalé, jadeando. Y estuvimos jodidamente
increíbles si los vítores y los gritos eran algo para tener en cuenta.
—Sí —gritó Derek, moviendo la mano en el aire.
Respiré con dificultad, me tapé la cara con las dos manos y me agaché.
Los pulmones me estaban matando.
—Así es como se hacen las leyendas —gritaba el público una y otra vez.
A pesar de todo, sonreí con incredulidad y devolví el abrazo a Derek.
—Lo hemos jodidamente conseguido —susurró.
Capítulo 42
Basilio
—Estabas en llamas, Wynter. —La voz de Brennan estaba llena de orgullo.
Todo el grupo estaba de pie en el pasillo, frente al vestuario femenino.
Wynter y su escuadrón de chicas, Brennan y su supuesta hermana muerta, los
hombres Nikolaev y sus mujeres. Parecía un maldito asunto familiar y yo quería
dispararles a todos y robarles la princesa dorada. Aunque eso podría ser ir
demasiado lejos.
Ninguno de ellos se movió ni se molestó por el constante alboroto de
chicas que entraban y salían de los vestuarios.
Observé que Nico Morrelli y Cassio King se marcharon con sus familias
en cuanto Wynter y su compañero se aseguraron el oro.
—Ha sido espectacular —continuó—. El abuelo vio el espectáculo desde
Irlanda, animándolos.
Liam la abrazó y mis puños se cerraron. Por fin tenía sentido por qué me
había encontrado con Wynter en casa de Liam. Era su sobrina. Todo el tiempo
había estado delante de mis narices.
Aunque estoy de acuerdo con Brennan en una cosa. Wynter sobre hielo era
un espectáculo para la vista. Era como si hubiera nacido en él. Su elegancia y
velocidad al patinar eran incomparables. Ella y su compañero se movían como
amantes, viviendo y respirando el uno al otro en aquella masa de agua helada
olvidada de Dios.
Incluso Dante se quedó boquiabierto ante sus saltos y su fuerza.
Y yo... Me daban envidia todas las superficies congeladas de este maldito
planeta. Cuando patinaba, sus ojos brillaban y su cara resplandecía como la luz
de una vela en la oscuridad de la noche. Como si acabara de ser follada a fondo.
Y yo estaba jodidamente celoso. Quería derretir cada maldito trozo de hielo de
esta tierra para que solo me mirara a mí de esa manera.
Y a su compañero. Si volvía a acercarse a ella, sería hombre muerto. Ella
solo me miraría así en adelante. ¡Hijo de perra!
—Gracias, tío.
Wynter dio un paso atrás, echando los hombros hacia atrás. Como si no
pudiera liberar la tensión que la atormentaba. La sorprendí mirando hacia la
zona en la que me senté con Dante y Emory, como si pudiera sentirme allí. Pero
era imposible que nos viera. No con la multitud que nos rodeaba.
Priest se quedó atrás, controlándolo todo. Hasta que no confirmáramos
nuestras sospechas, no podíamos arriesgarnos a que se cruzara con los Brennan.
Además, estaba trabajando en conseguirnos una copia de las llaves del hotel y
en poner en marcha nuestro plan de huida. Necesitaríamos una huida rápida una
vez que mi plan se pusiera en marcha.
—¿Te apuntas? —le pregunté a mi hermana en voz baja. Hice que mi
piloto nos sacara de Las Vegas en mitad de la noche sin tiempo que perder. Mi
plan se había puesto en marcha, y tenía que suceder hoy. Antes que volviera a
desaparecer.
Era el último día de los Juegos Olímpicos de Invierno. Los ganadores
fueron anunciados. Wynter añadió otra medalla de oro a sus logros.
Emory asintió.
—Por supuesto. Vamos a tener una celebridad en nuestra familia.
Dos latidos.
—Dios mío —chilló Emory, entrando en modo fan.
Dante gimió a mi lado, murmurando:
—Demasiado.
Seis pares de ojos se volvieron hacia nosotros, pero solo un par importaba.
El reconocimiento parpadeó en esos ojos verde claro. Su boca se entreabrió de
asombro y se quedó inmóvil, mientras una amplia gama de emociones destelló
en su mirada.
Pero la última emoción fue el desdén.
No era exactamente la reacción que buscaba. Seguía llevando su traje con
una chaqueta azul por encima.
—Soy toda una fan —continuó Emory, abalanzándose hacia Wynter—.
Soy Emory. Te he visto patinar desde que eras una niña.
Brennan frunció el ceño, con los ojos entrecerrados en mí.
—DiLustro, ¿qué haces aquí?
—¿DiLustro? —Sonaron los suaves jadeos de las damas, un destello de
sorpresa cruzó sus rostros. Wynter nunca les había dicho a sus mejores amigas
quién era yo. Interesante.
—Lo mismo que tú, supongo —repliqué secamente, con los ojos fijos en
la mujer que ya debería haber sido mi esposa.
Los ojos de Brennan se desviaron hacia Emory y luego volvieron a mí.
—Adiós, DiLustro.
No tan rápido, viejo.
—¿No me vas a presentar? —le dije.
—No —respondió Brennan, con voz fría. Mi mirada se ensombreció. No
es que esperara otro tipo de respuesta del cabeza de familia de los Brennan.
Reconocí a su mujer, Davina. Se acercó tambaleándose a su marido, con
la mano en su enorme barriga mientras deslizaba la otra mano en la de su
marido.
Inclinando la cabeza hacia nosotros, le dijo a Liam:
—Cariño, no creo que Wynter tenga ganas de cenar. ¿Qué te parece si
volvemos al hotel?
—Por supuesto. —Liam calmó a su mujer. Por la forma en que ella lo
miraba, estaba seguro que él le ofrecía el sol y la luna—. Dile a Sasha que te
lleve al hotel, Wynter.
Una quemadura recorrió mis nudillos agrietados. En los últimos nueve
meses los había utilizado más de lo normal. La necesidad de golpear a Liam era
como un picor que tenía que rascarme. Con Sasha, ni siquiera me molestaría
con mis nudillos. Una bala.
Wynter no se movió, su mirada se posó en mí. Era diferente a la de antes.
La curiosidad en sus ojos fue reemplazada por algo más. Desdén. Tal vez
incluso arrepentimiento. Posiblemente ambas cosas.
No había rastro de la sonrisa que estaba acostumbrado a ver en sus labios.
Emory dio un paso adelante y extendió la mano.
—Soy Emory —se presentó—. Soy la hermana de Basilio.
Otro parpadeo en los ojos de Wynter. Bajó lentamente la mirada,
observando la mano extendida de Emory, y luego la tomó vacilante. Traer a
Emory había sido un acierto.
—Soy una gran fan —dijo Emory—. Y la actuación de hoy ha sido
increíble.
—Gracias. —Wynter le retiró la mano y la dejó caer por su cuerpo.
—Este es mi hermano, Basilio —continuó Emory con una gran sonrisa en
la cara. Interpretaba su papel a la perfección. Tendría que comprarle toda una
maldita ciudad por su persistencia—. Y mi primo, Dante.
Wynter inclinó la cabeza, mirándome. Ni siquiera miró a Dante, su luz
chocó con mi oscuridad. Mi agarre se tensó, la necesidad de tocarla quemaba
mi piel.
La observé tragar, el delicado movimiento de su cuello. Una sonrisa
educada y falsa apareció en sus labios. Era el tipo de sonrisa que reservaba para
los desconocidos.
—Encantada de conocerte —reconoció finalmente, con voz tranquila.
No lo creo, principessa pensé.
—En realidad, ya nos conocemos —dije, enojado porque fingiera que no
me conocía.
Las tres mujeres negaron frenéticamente con la cabeza. Como si eso fuera
a detenerme. Era mía ahora y para siempre.
—¿Recuerdas, Wynter Star?
—¿Alguna vez has oído que los soplones reciben puntos 13? —Juliette, la
mujer que Dante reclamó, siseó. Luego miró a Dante mientras sus mejillas se
encendían. Al parecer, Juliette recordaba demasiado bien a Dante.
—Pero en lugar de acabar en cunetas, acabarás en mi cama, cariño —
respondió Dante. Juliette le hizo un gesto de desprecio.
Por mí, Juliette y su desquiciado culo podían irse a enloquecer a Dante.
Ajusté mis mangas, con los ojos fijos en Wynter. Sus ojos miraron mis manos
y, por un instante, sus ojos parpadearon con el mismo fuego de siempre. El
mismo deseo y lujuria.
Bien, me conformo con la lujuria. Por el momento. La usaría contra ella.
—Star ¿quién es? —La mujer con una cara que se parecía a su hija se
acercó a nosotros, sus pasos tentativos. Los ojos de su madre se desviaron entre
Dante y yo, como si estuviera viendo un fantasma.
Los dedos de Wynter se envolvieron alrededor de su muñeca derecha,
haciendo girar su pulsera. Una y otra vez. Me fijé en él. Era el collar de kinping
que le había regalado, convertido en una pulsera improvisada. Su pulgar seguía
rozando el amuleto, como si la tranquilizara.
—Nadie, mamá.
¡Qué bien! Yo no era nadie para ella y ella lo era todo para mí.
13
El término SNITCHES GET STITCHES es un término idiomático que simplemente significa que la gente
que te delata (chivato) tendrá que enfrentarse a las repercusiones (puntos).
La multitud que nos rodeaba era demasiado grande; de lo contrario,
pondría en marcha mi plan ahora mismo. Entonces le mostraría exactamente
quién era yo.
Claramente, Aisling Brennan no le creyó a su hija, porque se volvió hacia
su hermano, sus ojos de regreso a Dante y a mí.
—¿Liam?
—Voy a tener que manejar —le aseguró él, con los ojos entrecerrados
sobre nosotros—. Wynter, vámonos.
Sasha Nikolaev se acercó por detrás de Wynter, con sus ojos azul pálido
fijos en nosotros tres. La forma en que se alzaba sobre ella y con su jodidamente
fornido cuerpo de MMA, ella parecía una niña en comparación.
—¿Listos para acostarnos? —ronroneó Sasha, con una oscura expresión
de diversión en el rostro. Apreté la mandíbula y los puños, luchando contra el
impulso de matar al desgraciado. Quería que atacáramos. De hecho, lo deseaba.
Pronto cumpliría su deseo.
—Encantada de conocerte, Emory —dijo Wynter en voz baja a mi
hermana antes de darse la vuelta para marcharse.
Se alejó de mí sin mirar atrás.
¿Todas las malditas mujeres que me importaban en la vida se alejarían de
mí sin mirarme?
—¿Estás listo? —preguntó Dante, sonriendo de emoción.
La adrenalina chisporroteaba bajo mi piel, pero por un motivo distinto.
Dante esperaba una pelea en toda regla, mientras que mi objetivo era secuestrar
a la mujer y sacarla de la ciudad antes que alguien se diera cuenta que se había
ido.
Y si tenía suerte, le pondría el anillo en el dedo y la dejaría embarazada
antes que su familia nos descubriera. No era exactamente una boda de ensueño,
pero esto requería medidas extremas. Aunque sabía con certeza que su familia
no tardaría meses en encontrarla. Más bien días.
Comprobé mi arma y la volví a meter en la funda.
—¿Planeas dejarla embarazada? —preguntó Dante, leyéndome la mente—
. Así podrás sostener a los bebés sobre su cabeza para que se quede contigo.
—Jesús, dime que ese no es tu plan, Basilio —gimió Emory.
—Centrémonos en sacar a Wynter de sus garras —dije mientras mi boca
se dibujaba en una oscura sonrisa.
—Hermano, te amo —Emory sacudió la cabeza—, pero eres un maldito
loco.
—Gracias.
Sin que los Brennan y los Nikolaev lo supieran, ni ninguna otra maldita
pandilla, nos alojábamos en el mismo hotel que Wynter. De hecho, en el mismo
piso. Me costó una pequeña fortuna, pero valió la pena. Y si el maldito Sasha
Nikolaev estaba en su habitación, le dispararía. Acabaría con él para siempre.
—¿Priest te ha dado las llaves? —pregunté con firmeza.
Dos asentimientos de confirmación.
—El piloto también está listo —añadió Emory.
Comprobé la vigilancia de nuestra planta; estaba vacía. Casi a medianoche,
la mayor parte del hotel dormía profundamente.
Capítulo 43
Wynter
Me quedé mirando el techo oscuro.
Bas estaba aquí. En la misma ciudad que yo. Escuché al tío hablar con los
hombres Nikolaev. Sasha quería trasladarme esta noche. El tío quería esperar
hasta mañana y no alarmar a mamá.
Demasiado tarde.
Tal como predije, bastó una mirada a Basilio y Dante DiLustro para que
ella los reconociera. Perdió la cabeza y el tío tuvo que sedarla. Jodidamente
sedarla. ¿Qué coño pasaría si supiera que me había enamorado de uno de ellos?
Sasha y yo la acompañamos fuera del edificio y la metimos en el auto.
Luego la ayudé a entrar en su habitación y la metí en la cama.
—¿Es él, Star? —susurraba—. Ha vuelto.
—No, mamá —la tranquilicé mientras le pesaban los párpados—. Estás a
salvo. No está aquí.
Ahora estaba tumbada en la cama, incapaz de descansar. Debería estar
asustada, pero no lo estaba. Debería estar sorprendida de verlo de nuevo; no lo
estaba. Por ese momento, cuando estuve frente a él, su aroma especiado
envolviéndome, me sentí completa de nuevo.
Dios, sentir tanto por alguien no podía ser sano. Sin embargo, temía que
no hubiera cura. En el fondo, esperaba que me encontrara. ¿Por qué? Tal vez
porque yo era una maldita glotona de castigo. No era como si pudiera conseguir
un “felices para siempre” con él.
La expresión de mi madre cuando miró a Bas fue desgarradora. Podía ver
los fantasmas que la atormentaban, arremolinándose a su alrededor. Cuando el
padre de tu novio le dispara a tu madre, prácticamente anula tus posibilidades
de futuro. ¿Verdad?
Y luego estaba la cuestión de su engaño. Era una idiota por sentir algo por
él. Tan malditamente estúpida.
Sin embargo, no podía olvidar ese momento en que nuestros ojos se
conectaron. Una simple mirada suya podría prenderme fuego y derretir mi alma.
De la manera más consumidora.
Volví a moverme en la cama, con el cansancio pesando en mis huesos.
Semanas y meses de entrenamiento constante fueron duros, pero ahora todo
había terminado. Y de nuevo, no podía descansar.
No tenía idea de lo que haría conmigo misma. Necesitaba mantenerme
ocupada. Con el tiempo, la escuela nos mantendría ocupadas a mí y a las chicas,
pero pasaría un tiempo antes que eso ocurriera. Hasta entonces, tendría que
encontrar una manera de mantenerme ocupada. No podía soportar tener todo
este tiempo para pensar.
Como ahora.
Me sentía cansada, pero mi mente se negaba a calmarse. Los pensamientos
se arremolinaban en mi mente y todos giraban en torno a él. Basilio DiLustro.
Tenía que haber algo malo en mí porque una parte retorcida de mí lo
ansiaba. El hijo del hombre que destruyó a mi madre.
El hombre del que me enamoré. Sabía que era un DiLustro cuando le pedí
ayuda. Sabía que era un asesino. Un criminal. Nada de eso me importó, porque
veía al hombre que valía la pena amar detrás de todo eso.
Hasta su padre. Hasta que el pasado desconocido llamó a la puerta. Hasta
la traición de Bas.
Si lo hubiera sabido, habría mantenido las distancias. Habría luchado
contra la atracción. No me habría acercado a Bas. No me habría enamorado de
él.
Mi mente se burló de esa afirmación tácita.
—No lo habría hecho —protesté en un susurro a la habitación oscura y
vacía. La verdad era que la atracción hacia él había sido tan condenadamente
diferente y curiosamente excitante. Una sensación tan nueva y desconocida.
Sí, se me había dado bien mentirme a mí misma. En el fondo, sabía que el
camino siempre me habría llevado a Basilio DiLustro.
—¿Hablando sola, principessa? —Una voz grave y familiar habló. Me
levanté de la cama para encontrar dos figuras oscuras sobre mi cama.
—¿Qué hacen aquí? —siseé. Mi corazón latía con fuerza mis pulmones
luchaban por tomar aire.
—Vas a cumplir tu promesa, principessa.
Abrí la boca para gritar, pero antes que un sonido pudiera salir una mano
me tapó la boca, amortiguándolo. Con los ojos muy abiertos, vi cómo me
introducía la aguja de una jeringuilla en el cuello. Intenté forcejear, pero mi
visión se volvió borrosa.
Mis ojos se clavaron en el rostro borroso de Bas con incredulidad.
—Te dije que siempre te seguiría —susurró.
Lo último que recordaba era un aroma picante familiar en mi nariz,
llenando mis pulmones y mis ojos cerrados mientras la oscuridad se arrastraba.
Luego no había nada más que un abismo.
Capítulo 44
Basilio
El cuerpo de Wynter se desplomó en mis brazos.
Haciendo un breve gesto a Dante, levanté su pequeño cuerpo y salimos de
la habitación. No pude evitar mirarla a la cara. Estaba un poco más delgada, con
ojeras.
—Habrá que pagar un infierno —murmuró Dante mientras nos dirigíamos
a la escalera de salida. Encontrarse con alguien a estas horas era poco probable,
pero no podíamos arriesgarnos. Dejaría un reguero de cadáveres a su paso.
Seguí tomándole el pulso mientras bajábamos la escalera. Ahora que la
tenía, estaba jodidamente asustado de perderla de nuevo. No pensaba dejar que
eso ocurriera. Llevaba el cabello suelto, jodidamente largo, y aquellos rizos que
normalmente le daban un aire travieso, la hacían parecer aún más delgada.
En cuanto salimos del hotel, Emory nos vio y arrancó el motor.
—Siéntate delante —le dije a Dante y él arqueó una ceja, sonriendo con
complicidad.
No sabía una mierda. No dejaría que otro hombre agarrara a Wynter. Ahora
era mía y yo sería el único hombre que la tocaría. Una vez en el auto, bajé la
mirada para observar su rostro. Parecía un jodido ángel con aquel halo dorado
de rizos alrededor de la cabeza y la piel pálida. Recorrí con la mirada la suave
curvatura de sus pechos. Respiraba entrecortadamente y volví a tomarle el
pulso.
—No me digas que le diste demasiado sedante y la mataste —siseó Emory,
mirando por el retrovisor.
—Ella respira —dije, sin apartar los ojos de Wynter—. Concéntrate en
conducir y en sacarnos de aquí.
Wynter llevaba una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos. Otra vez
rosa. Algunas cosas nunca cambiaban, suponía. Un ligero escalofrío recorrió su
cuerpo y me maldije. Debería haber tomado una manta; estábamos en pleno
maldito invierno, con temperaturas bajo cero en las montañas.
Estaba demasiado concentrado en el hecho que finalmente la tenía. ¿Por
qué los Juegos Olímpicos de Invierno no podían celebrarse en una zona
tropical?
Me quité la chaqueta y cubrí su cuerpo.
Se movió ligeramente y un suave gemido sonó en sus labios. Y a la mierda
si no me dio una maldita erección. Sí, era un cabrón enfermo. Pero nueve meses
sin una mujer te hacen eso. Te convierten en un imbécil malhumorado, a punto
de estallar y cachondo.
Tardamos diez minutos en llegar al helicóptero y otros treinta en llegar al
avión que nos esperaba. Wynter no volvió a moverse.
Como un ladrón en la noche, me había robado a mi novia.
Capítulo 45
Wynter
Un zumbido constante de un motor atravesó la niebla, exigiéndome que
me despertara. Todavía estaba en la habitación del hotel. ¿Qué podía ser ese
ruido?
Parpadeé lentamente, desorientada. Sentí un cuerpo caliente debajo de mí
y un brazo pesado a mí alrededor. Fui a moverme, pero mis movimientos eran
lentos y perezosos. Mi respiración se aceleró y un terror helado me arañó las
entrañas.
Apretando los puños, empujé contra el cuerpo y retrocedí tropezando hacia
atrás. Luché por sentarme, la habitación dando vueltas y la vista se me nubló.
El rostro del hombre que tanto amaba se enfocó y parpadeé de nuevo.
—¿Bas? —susurré, con la confusión inundándome—. ¿Qué...?
Mi boca estaba seca y mi cuerpo se negaba a escuchar mientras me alejaba
de él. La visión de él era borrosa y seguía moviéndose.
—Vuélvete a dormir, principessa. —Oí su voz profunda. Luché por
mantener los ojos abiertos, y perdí.
La siguiente vez que me desperté fue en un auto, acurrucada en mí misma
y con una chaqueta encima. El olor familiar me rodeaba.
Levanté los ojos y encontré a Bas en el asiento trasero, a mi lado. Sus ojos
oscuros me provocaron un escalofrío. El problema era que no podía distinguir
si era miedo u otra cosa que no presagiaría nada bueno para mí.
Me levanté con dificultad y las manos de Basilio me ayudaron.
—No —le dije, sacudiéndome sus manos del hombro.
Al volante iba un conductor que reconocí. Dante DiLustro y la hermana de
Bas. ¿Ayudó a su hermano a secuestrarme? La tensión era palpable, me dolía el
cuerpo y mis ojos revoloteaban alrededor, mirándolos a los tres.
No había disculpas ni arrepentimiento en ninguno de sus ojos oscuros.
—¿Qué han hecho? —siseé, con la voz temblorosa—. Llévame de vuelta.
Ahora mismo.
Bas sonrió, como un lobo, con los ojos llenos de algo oscuro y cruel. Una
mirada muy parecida a la de su padre, me di cuenta con terror.
—Cumplirás tu promesa, principessa —murmuró Bas, con voz oscura y
llena de amenaza, mientras sus ojos me recorrían.
Y como una tonta, me ahogué en ellos, dejando que me arrastrara al
abismo.
Ódialo, Wynter. Ódialo.
Era mi única arma contra él. Sin embargo, mi corazón no podía encontrar
ni una pizca de odio hacia él. Estúpido corazón traidor.
El auto se detuvo. Me sobresalté, mis manos alcanzaron la manilla de la
puerta y salté fuera. Aunque al instante me di cuenta de mi error.
No había a donde correr. Estaba en medio de un desierto.
Capítulo 46
Basilio
El sedante debilitó a Wynter, que salió a trompicones del auto.
Inmediatamente levanté su pequeño cuerpo en brazos y entré en casa de
Emory. Estábamos de vuelta en Nevada. Lo suficientemente lejos de todo el
mundo como para ver venir a alguien desde kilómetros de distancia.
—No sabes lo que has hecho —siseó débilmente, sus puños golpeando
contra mi pecho—. Vendrán por ti.
Me encogí de hombros.
—Que vengan. Cuento con ello, y si intentan llevarte, los mataré a todos.
Les demostraré por qué me llaman el “Villano Kingpin”.
Ella se puso rígida y se me escapó una risa amarga.
—¿Qué pasa, principessa? ¿Tienes más de lo que esperabas?
Me había dejado, se había marchado, sin pensárselo dos veces mientras yo
me volvía loco buscándola.
—No estaba negociando, idiota. —Sus ojos se entrecerraron—. No quiero
tener nada que ver contigo ni con tu familia.
Dante se rio detrás de mí y luché contra el impulso de darle un puñetazo
en la cara.
Dando pasos por el mármol, entré en el dormitorio que designamos que
sería de Wynter mientras estuviéramos aquí. La más alta de la torre para mi
principessa sin salida al balcón.
La dejé caer sobre la cama, su esbelto cuerpo rebotando contra el mullido
colchón.
—Bienvenida a casa, principessa —dije, más brusco de lo que pretendía.
—Esta no es mi casa —replicó ella—. No puedes hacer esto, Basilio.
Llévame de vuelta ahora mismo antes que alguien se dé cuenta que me he ido
—exigió, aunque su voz era demasiado jadeante. Demasiado ronca.
Recorrí con los dedos su delgada garganta. Dios, cómo me tentaba.
—A partir de ahora, donde yo vaya será tu casa —le dije.
Mierda, mi polla estaba dura, haciendo fuerza contra mis pantalones,
ansiosa por probarla por fin después de todo este tiempo sin ella. No podía
soportar el tacto de otra mujer desde el momento en que la había tocado, y nueve
malditos meses era mucho tiempo para permanecer abstinente. Mi puño solo
llegaba hasta cierto punto.
—Esta no es mi casa —siseó—. Eres el enemigo.
Mi mano se envolvió alrededor de su delgado cuello. No me apartó, aunque
algo oscuro brilló en sus ojos. Maldición, eso me excitó aún más.
—Estás muy hermosa con mi mano alrededor del cuello —ronroneé,
apretando más los dedos.
La mirada que me dirigió habría congelado a un hombre con corazón. Por
suerte para mí, me arrancó el corazón cuando me dejó atrás. Sin pensarlo dos
veces.
Antes que hiciera algo lamentable e imperdonable, solté su tentadora
garganta y me dirigí a la puerta.
—Duérmete, principessa —le dije sombríamente—. O lo consideraré una
invitación para meterme en tu cama y hacerte gritar mi nombre.
Cerré la puerta tras de mí justo cuando oí su suave jadeo.
Capítulo 47
Wynter
El hombre había perdido la maldita cabeza.
Sin embargo, algo dentro de mí se estremeció ante su grave amenaza.
El calor y el miedo chocaron mientras los latidos de mi corazón
retumbaban en mis oídos y corrían por mis venas. Bas siempre me hacía
sentir segura. Me dijo que nunca me tocaría sin mi permiso.
Le creí. En el pasado.
Ahora, no estaba tan segura. Sus ojos me recordaban demasiado a su
padre. Ya no era el mismo hombre. Y yo ya no era la misma mujer.
El cielo oscuro de afuera coincidía con la oscuridad de Basilio. La
ansiedad y los fantasmas me recorrían, mi corazón martilleaba con fuerza
contra mi pecho.
No, no pienses en ello.
Apreté mis ojos, esperando que cerrara mi mente. No lo hizo.
Las imágenes y el olor de su padre, repugnante y aterrador, se
acercaban. La sensación de sus manos frías y repugnantes sobre mí me
hizo sentir terror. Su aliento rancio me tocó y luché contra la desesperación
de arrastrar una respiración profunda a mis pulmones.
El miedo me atenazaba la garganta.
Planeamos esto. Eres nuestro billete al Pakhan y a los rusos.
No podía volver a estar cerca de su padre. Me negaba a dejar que
Basilio me utilizara de nuevo.
Y, aun así, había tantos días en los que deseaba que solo estuviéramos
él y yo, nada más. Sin fantasmas de nuestros padres y nuestras familias.
Sin tratos que hacer.
Pero el poder y el dinero gobernaban el inframundo. El dinero y el
poder gobernaban Bas.
Aun sabiendo todo eso, ansiaba sentir sus manos sobre mi piel. Tuve
que endurecerme para aceptar que Derek me tocara mientras patinábamos.
Sin embargo, cuando Bas rodeó mi cuello con la mano y mi cuerpo se
movió hacia él, el mismo calor lánguido y el mismo deseo se encendieron
en mi vientre.
Cambiando de lado, miré por la gran ventana francesa mientras las
estrellas brillaban sobre el oscuro desierto. Me concentré en mi respiración
y en los recuerdos de Bas arrodillado como mi príncipe azul.
Esa imagen me había mantenido cuerda durante los últimos nueve
meses. El hombre que se comportaba como un monstruo con todo el
mundo menos conmigo.
Pero ya no. Ahora también se había convertido en mi monstruo.
Abrí los ojos y lo primero que vi fue a Bas sentado en el sofá con los
ojos cerrados. Dormido, con la respiración fuerte y uniforme. Tumbada de
lado, observé las líneas de su rostro. Incluso dormido parecía tenso. Su
expresión era dura y tenía las cejas fruncidas, como si contemplara el
siguiente movimiento mientras dormía. Respiraba oscuridad con cada
inhalación, con cada latido de su corazón. Lo sentía en la piel y en el alma.
Basilio DiLustro fue mi principio. Y temía que también fuera mi final.
Por mucho que me resistiera. Océanos y continentes de distancia nunca
serían suficientes para olvidarlo.
Mis ojos parpadearon hacia la ventana. Afuera todavía estaba oscuro,
lo cual no era de extrañar. Las noches de invierno eran largas. La luna llena
arrojaba un resplandor sobre el desierto. Lo hacía parecer hermoso, en
cierto modo mortal.
Como este hombre, pensé en silencio.
—¿Estás pensando en saltar por la ventana? —La voz de Bas sonó
con algo oscuro y burlón.
Dirigí la mirada hacia él. Se movió ligeramente y su rostro se ocultó
entre las sombras.
—Es espeluznante observar a la gente mientras duerme —espeté. Mi
corazón se aceleró en mi pecho al ver su rostro familiar, pero en cierto
modo más viejo y agotado.
¿Le hice eso? me pregunté con una punzada aguda en el corazón.
—Tuviste una pesadilla —respondió, pasándose la mano por la cara,
cansado—. Gritabas.
Cerré los ojos un momento, maldiciendo mis estúpidas pesadillas y
maldiciendo aún más a Gio.
Cuando abrí los ojos, era Bas mirándome, pero esta vez no había burla
ni petulancia en su rostro. Dios, sería mucho más fácil si él fuera un chico
y yo una chica sin todo el jodido equipaje que teníamos detrás. O sin la
ambición de DiLustro de dominar el mundo.
Pero Basilio era el hijo de su padre.
—¿Quién te ha hecho daño? —Su exigencia fue pronunciada en voz
baja, llena de amenaza, aunque no iba dirigida a mí.
—Nadie.
Un tenso silencio llenó el espacio que nos separaba y una expresión
atormentada parpadeó en sus ojos antes que la fría máscara se apoderara
de su rostro.
—¿Tienes pesadillas a menudo? —preguntó con voz apagada.
Sí.
—No —mentí.
Odiaba lo débil y aterrorizada que me hacía sentir su padre.
Vulnerable y quebradiza. Un momento más de duda y su padre me habría
violado. Y Bas me dejó en manos de su padre. Para destruirme, como había
destruido a mi madre.
En lugar de eso, le disparé. Dios, deseé haberlo matado. Para vengar
a mi madre. ¿Bas estaba aquí para vengar a su padre?
Bas se levantó y me di cuenta que aún llevaba ropa, aunque su camisa
estaba descuidadamente desabrochada y su corbata colgaba suelta. Era
como si hubiera venido corriendo justo cuando iba a desvestirse.
Mis ojos se clavaron en sus abdominales y en aquel tatuaje que
siempre admiré en el pasado. La calavera Kingpin. Envolví los dedos en
las palmas de las manos, luchando contra el impulso de estirar los brazos
y tocarlo. Aún recordaba lo duros que eran sus músculos bajo mis palmas
y lo cálida que se sentía su piel bajo las yemas de mis dedos.
Se acercó más a mí y se agachó hasta quedar encorvado, con las caras
a escasos centímetros. Tan cerca, su mirada era más negra de lo que jamás
la había visto.
—Me dejaste.
Dos palabras. Dos corazones. Una promesa rota.
Capítulo 48
Basilio
Esperé a que dijera algo. Cualquier cosa.
No dijo nada, pero los fantasmas de sus ojos eran inconfundibles.
Cuando oí sus gritos en mitad de la noche, el terror que se reflejaba en su
voz, casi me hizo caer de rodillas. No podía despertarla, su piel brillaba de
sudor mientras se retorcía.
Así que hice lo único que sabía. Lo que mi madre solía hacer las
noches que tenía miedo de mi padre. Empecé a hablarle en voz baja. Ella
no podía oírme, pero eso pareció calmarla. Le conté que la había buscado
día y noche. Cómo nunca había renunciado a ella porque renunciar
significaba vivir en la oscuridad permanente.
Ella era mi luz. Mi sol.
Sin ella, solo había oscuridad.
Ella era mi calma en la tormenta.
Cuando se alejó de mí, se llevó la única luz de mi vida, así como mi
corazón. O tal vez dejó de funcionar, no estaba seguro.
Ella era la razón por la que sobreviví a mi desdichado padre y a toda
la brutalidad de mi mundo. Todos los caminos me llevaban a ella, y que
Dios me ayudara, me quedaría con ella.
A. Cualquier. Jodido. Costo.
Yo no era nada sin ella. Solo un reflejo de mi padre y yo odiaba eso.
Sin embargo, para ella, yo no era nadie ahora. Nada.
Mis dientes se apretaron, mi mirada se volvió dura y sonreí
sombríamente.
—Me dejaste sin miramientos, principessa —gruñí—. ¿Por qué?
Sus labios se afinaron y su barbilla se inclinó hacia arriba,
obstinadamente, mientras el desafío brillaba en sus ojos. No me lo iba a
decir. Todavía no. Pero yo derribaría esos muros a martillazos. Le gustara
o no.
—Hiciste una promesa y tengo la intención que la cumplas —le dije.
Antes que esto terminara, yo sería su maldito todo.
—Deberíamos trasladarla —dijo Priest escuetamente.
Dante, Priest y yo estábamos sentados en el despacho de Emory.
Apenas eran las ocho de la mañana,
Me senté en el sofá con los pies sobre la mesita. El despacho tenía
toques femeninos. Cuadros y destellos de rosa y azul aquí y allá. A pesar
que Emory rara vez vestía de color.
Me senté y crují mis nudillos. Una y otra vez. La inquietud recorría
mi piel, exigiéndome que fuera a ver a Wynter. Quería tenerla a la vista
todo el maldito tiempo. No podía dejar de pensar en ella.
Seguía oliendo a miel y hielo, tal como la recordaba. Cuando por fin
se calmó de sus terrores nocturnos, no pude apartar mi mirada de ella. La
forma en que la luna se reflejaba en su piel clara y hacía brillar sus rizos.
La necesidad de tocarla me corroía las venas, pero me negué a
hacerlo. No sin su permiso. No podría soportar que me mirara como lo
hizo mi madre cuando se alejó de mí. O como mamá miraba a mi padre.
—¿Estás escuchando o soñando despierto, Basilio? —espetó Priest y
Dante lo miró con dureza.
—Basilio solo necesita follar —dijo Dante, sentándose frente a mí y
sonriendo como un hijo de perra—. En cuanto consiga que su princesa de
hielo le congele las pelotas, volverá a la normalidad.
—¿Qué coño te pasa? —soltó Priest, fulminando con la mirada a su
hermano mayor.
Definitivamente, Priest se había despertado con algo en el culo, y no
estaba de humor para ello. Debería ir a recitar la extremaunción de alguien.
Eso normalmente lo ponía de buen humor.
—Estoy dispuesto a pegarles un tiro a los dos, imbéciles —gruñí—,
si no me dicen por qué mierda tengo que moverla de aquí. Nadie conoce
este lugar. Ni siquiera nuestros propios padres.
—Todo el mundo va a saber de este lugar pronto —dijo Priest—.
Secuestraste a una patinadora olímpica de fama mundial.
¿Qué carajo le pasaba a mi primo?
—No te quejaste cuando se nos ocurrió el plan.
Dante debió de notar mi mal humor porque intervino:
—Wynter tenía una entrevista programada para las siete de la
mañana. Priest pudo piratear la vigilancia del hotel. Brennan perdió la
cabeza. El gran ruso no se quedó atrás. Los dos se pelearon. Al parecer, su
guardaespaldas quería llevarla en avión anoche, pero Brennan se negó.
—Bueno, eso debe haber sido entretenido —intervino Emory,
entrando en el despacho como si estuviera haciendo una maldita pasarela
con botas de combate y una funda—. Alguien tenía que tener a la princesa.
—Me lanzó una mirada mordaz—. Será muy divertido cuando ataquen los
irlandeses y los rusos. Será como una guerra mundial de la mafia. Quizá
podamos convertirlo en un sangriento banquete de bodas.
—Cállense —les dije a los tres—. Déjenme ver las imágenes.
Priest sacó su teléfono y abrió la vigilancia del hotel. Efectivamente,
Brennan y Sasha Nikolaev se estaban peleando.
—Ya están pirateando toda la vigilancia y comprobando todos los
registros de vuelo —advirtió Priest—. Están usando a Nico Morrelli. Es el
mejor.
—Creía que tú eras el mejor —repliqué secamente.
Me miró de reojo.
—Lo soy, pero Nico tiene una empresa de tecnología que solo se
dedica a eso. Y con los hermanos Ashford respaldando a Brennan, estamos
en desventaja.
—Excusas, malditas excusas —refunfuñé—. Los Ashford no lo
respaldarán por mucho tiempo.
—Basilio, no tardarán en encontrarnos —advirtió Priest.
Me levanté, me abroché la chaqueta y me di la vuelta para marcharme.
—Déjalos —respondí, antes de separarme de los tres para ir a buscar
a Wynter.
—Échate un polvo —gritó Dante detrás de mí—. No podemos
aguantarte mucho más así.
Le hice una seña por encima del hombro y continué mi camino hacia
la habitación de invitados del piso más alto, la que no tenía opciones de
escapar, donde habíamos escondido a Wynter. Después de todo, la conocí
bajando por el balcón de su tío y estaba seguro que no era la primera vez
que se escapaba.
Irrumpí en su habitación sin llamar. Mis ojos vagaron desde la cama
vacía hacia la pared, el balcón y luego el baño. No estaba.
Salí corriendo de allí y rugí:
—¡Wynter!
Si se escapaba, la encerraría la próxima vez. No habría libertad
vagando por la casa. Estaba de vuelta en el despacho de Emory, los tres en
el mismo sitio donde los dejé con expresión seria en sus rostros.
Si la dejaban ir a mis espaldas, les aplastaría la garganta. Les daría
una lección que nunca olvidarían.
—¿Dónde está Wynter? —bramé, fuera de mí. No estaba en su
habitación. Ni en el baño. En ninguna parte.
—Está en el gimnasio del sótano —contestó Emory, mirándome con
suspicacia—. ¿Qué coño te pasa?
Ignorándola, salí corriendo de la habitación y casi me estrellé contra
su guardia.
A cada paso que me acercaba al gimnasio del sótano, la música subía
de volumen. Abrí la puerta y los graves de los altavoces casi hacían
temblar las paredes de lo alto que los tenía puestos. Sería capaz de
despertar a los muertos con este tipo de música. Una especie de versión
furiosa de la canción Paparazzi de Lady Gaga, pero gritada por un tipo.
Wynter corría sin parar en una cinta, sin darse cuenta que había
alguien más en la habitación. La sangre corrió hacia mi polla, viendo su
hermoso cuerpo en un sujetador deportivo y pantalones cortos ajustados
que apenas cubrían su culo. Y mierda, tenía un buen culo.
Sería mejor que mis primos se mantuvieran alejados de aquí. Les
sacaría los ojos si la miraban.
La sorprendí llevándose la mano a la oreja, pero su mano vaciló y me
di cuenta que estaba acostumbrada a tener los auriculares puestos. Recordé
que una vez me dijo que le gustaba ponerse los auriculares y no oír nada,
ni siquiera sus pensamientos. La ayudaba a concentrarse.
Saqué mi teléfono y le envié un mensaje a Priest para que me
consiguiera unos AirPods de Apple, de todas las versiones y modelos, y
un nuevo teléfono desechable de Apple. Luego me apoyé en la puerta y
me quedé mirándola.
Probablemente me convertía en una especie de acosador psicótico,
pero la visión me tranquilizaba. Mientras supiera dónde estaba, podría
respirar.
—Tiene algo de resistencia. —La voz de Emory vino de detrás de mí
y me puse rígido. Carajo, ni siquiera la había oído acercarse a mí. No podía
ser ajeno a lo que me rodeaba, sobre todo con Wynter bajo mi protección.
—Es olímpica, dos veces medalla de oro, ¿qué esperabas? —Dante
casi sonaba impresionado.
—¿Tienen que estar los dos en todas partes? —refunfuñé—. Y por el
amor de Dios, Dante, deja de mirarla.
—Es que no puedo evitarlo. —Se rio—. Puede que me prefiera a mí
antes que a mi primo.
Un gruñido subió por mi garganta.
—Dante —le advertí antes que dijera más estupideces.
—Sí, ustedes dos tendrán suerte que su tío no les dispare o uno de
esos rusos que utiliza como guardaespaldas. —El mundo se había ido al
carajo si mi hermana era la única a la que le quedaba algo de sentido
común.
—¿Qué coño le pasa a Priest? —les pregunté, en lugar de comentar
la acertada observación de mi hermana.
No se me escapó una fugaz mirada que ambos compartieron.
—¿Qué? —exigí saber, con los ojos clavados en la figura de Wynter.
—Necesita un tiempo para asimilarlo —dijo mi hermana en voz baja.
—¿Qué cosa?
—Comparó su ADN con el de ella. —Dante no parecía contento.
—¿Y?
—Priest y Wynter comparten la misma madre.
Capítulo 49
Wynter
Me bajé de la cinta, con la respiración agitada. Llevaba así una hora
y media. Pero me sentí bien. El calmante que necesitaba, a pesar de lo poco
que había dormido.
Me acerqué al equipo de música, lo apagué y me di la vuelta para
encontrarme con tres pares de ojos clavados en mí. Me detuve un segundo,
sin saber por qué estaban allí. Sus rostros eran sombríos y Dante me miró
acusadoramente.
Algo dentro de mí se rompió y le devolví la mirada.
—¿Qué estás mirando? —pregunté, con los ojos entrecerrados en
Dante—. Tú me secuestraste, ¿recuerdas? Así que no puedes parecer
descontento que esté aquí.
La hermana de Bas se rio y le dio una palmada en el pecho.
—Hombre, de verdad que no le caes bien.
Puse los ojos en blanco.
Emory era sorprendentemente... agradable. Para ser una
secuestradora. Sabiendo que tenía un horario de entrenamiento
regimentado, vino a buscarme a la habitación y me ofreció ropa de
gimnasia.
—¿Quieres desayunar con nosotros? —me ofreció.
Mis ojos se desviaron hacia Bas y jodidamente odié, que casi
pareciera que estaba pidiendo permiso.
—Sí, desayunará con nosotros —respondió Bas por mí y mis ojos se
entrecerraron en él con molestia. O quizás a mí misma, diablos si lo sabía.
—Puedo responder por mí misma, muchas gracias.
Entonces volví a centrar mi atención en su hermana.
—Sí, gracias.
—Jesús, ni siquiera están casados todavía y ya están discutiendo —
comentó Dante, sonriendo como un idiota.
Entonces comprendí el significado de sus palabras y mis ojos se
dirigieron a Dante y luego a Bas.
—¿Casados? —repetí, como si no supiera lo que significaba casados.
—Te llevaré a tu habitación para que puedas ducharte —ofreció Bas,
y luego despidió a su hermana y a Dante. Me tomó del brazo y me llevó
escaleras arriba hacia mi habitación. No dije nada, esperando a que me
explicara a qué se refería Dante con sus palabras.
En cuanto llegamos a mi habitación, me giré y me encontré con sus
ojos. Oscuros, intensos, ardiendo con algo que podía sentir en lo más
profundo de mis dedos.
—¿De qué está hablando Dante? —exigí saber, con la respiración
entrecortada.
Bas me observó. Sus ojos oscuros me arrastraban cada vez más
profundamente hacia su abismo. Sí, había dureza en ellos, crueldad y algo
desquiciado. Pero también indicios de la vulnerabilidad y el dolor que le
causé al alejarme de él.
Se alzaba sobre mí, sus ojos llenos de oscura obsesión. Luego agachó
la cabeza, sosteniéndome la mirada. Casi como si esperara que diera un
paso atrás. Pero no lo hice. Mantuve la cabeza alta y le sostuve la mirada.
Acortó la distancia y sus labios rozaron mi barbilla.
Mi corazón latió desbocado, como si fuera mi primer beso. Su boca
me abrasó la piel, su aroma se filtró en mi torrente sanguíneo. Dios, era mi
veneno. El más dulce que acabaría matándome. Contuve la respiración
mientras sus labios bajaban por mi mejilla hasta encontrarse con mi boca.
Me quedé quieta, luchando contra el impulso de inclinarme hacia él.
Como una polilla acercándose a la llama, esperando a que él encendiera
mis alas.
Inspiré con fuerza y mi respiración se cortó cuando su mano se acercó
a mi cintura y me agarró con firmeza. Mi pecho rozó el suyo y el pulso
retumbó en mis oídos. Su tacto era tan abrasador como recordaba.
—Dúchate, principessa —me susurró al oído, con voz áspera—. O te
bañaré yo mismo.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándome con la mirada fija en el lugar
donde estaba. Incapaz de apartar la mirada, permanecí inmóvil.
Mi garganta se sentía espesa, la necesidad ahogó mis pulmones y la
desesperación arañó en mi pecho.
Nunca sobreviviría a él, no esta vez.
Cuando salí de la ducha, encontré ropa para mí tendida sobre la cama.
Un simple par de ropa interior nueva, unos jeans negro y una camiseta
negra de cuello redondo. No hacía falta ser un genio para darse cuenta que
pertenecía a Emory.
Parecía tener debilidad por el negro, pero le estaba agradecida. Una
vez vestida, bajé las escaleras. Encontré a los Kingpins de la familia
DiLustro susurrando entre ellos solo para detenerse en cuanto entré.
Eran las once de la mañana y era más tarde de lo habitual para
desayunar, pero con sus actividades delictivas de la noche anterior,
concretamente secuestrarme a mí, imaginé que todos habían empezado la
mañana más tarde.
—Hola, Wynter —me saludó Priest, frunciendo profundamente el
ceño y observándome con una mirada extraña.
Me quedé de pie un momento, luego ladeé la cabeza y me acerqué a
una silla vacía. La más alejada de los cuatro. Ellos me siguieron y tomaron
asiento. Excepto Bas. Se acercó y se sentó a mi lado. Le lancé una mirada
molesta, pero no dije nada.
—¿Tienes todo lo que necesitas? —preguntó Bas, mientras colocaba
una servilleta sobre su regazo.
—¿Los italianos siempre llevan traje de tres piezas? —solté, irritada.
Un latido de silencio y la habitación se llenó de risas. Incluso Bas.
Odiaba lo mucho que echaba de menos su risa, cómo el sonido de su risa
me ponía nerviosa por dentro y enviaba un cálido timbre retumbando por
mi espalda.
—No siempre. —Se rio Dante.
—Cuando follamos, no lo llevamos —comentó Bas, con una voz
oscura y sugerente.
Duh, lo sabía, pero no reconocí sus palabras.
—¿Cuánto tiempo llevas patinando? —preguntó Emory mientras
agarraba los carbohidratos de su lado de la mesa. Supongo que era su
intento de ayudarme a esquivar una bala.
—Mucho tiempo —murmuré. A decir verdad, no podía recordar una
época en la que no patinara.
Mientras comíamos, los cuatro charlaban y yo me limitaba a escuchar
y comer. Se ciñeron a temas genéricos. Al fin y al cabo, eran las mentes
maestras del inframundo. A diferencia de Juliette, Ivy, Davina y yo.
Nosotras cuatro éramos una catástrofe del inframundo.
No pude evitar fijarme en lo cómoda que estaba Emory con el arma
sujetada a la funda. Era como una mujer fatal. ¿Se lo había enseñado su
padre o Bas?
Un escalofrío recorrió mi espalda al recordar a su padre. Lo odiaba a
muerte. Hubo tantas noches en las que deseé apuntarle a la cabeza y apretar
el gatillo. Estaría muerto y ya no formaría parte de mis pesadillas. Habría
pagado por destruir la vida de mi madre.
—¿Wynter? —La voz de Priest me devolvió a la compañía actual.
Tres pares de ojos oscuros y uno azul me miraron. Entre sus primos, su
cabello y ojos parecían aún más crudos.
—¿Estás bien? —preguntó Emory, frunciendo el ceño.
—Sí.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó Bas.
En que quiero matar a tu padre. Pero no dije eso, sino que respondí:
—En nada.
—Umm, te pregunté por qué cambiaste de patinaje individual a
patinaje en pareja —declaró Emory, con sus ojos fijos en mí. Puede que
no se pareciera a su hermano, pero era tan aguda como él.
Mis ojos ardían y parpadeé para aliviar el escozor. Los recuerdos del
ataque de su padre arañaban mi pecho con cada respiración superficial.
Pero aún peor, para mi madre, que lo había perdido todo cuando tenía mi
edad.
—La especialidad de mi madre era el patinaje en pareja —respondí,
con la voz distante para mis propios oídos. Me volví para mirar a Bas. Me
dolía por él, cada minuto del día. Era un dolor crudo, presente
constantemente en mi pecho. Se había convertido en un compañero
constante desde el momento en que me alejé de él. Pero mi amor por él era
una traición directa a mi madre—. Le dispararon en la rodilla. Arruinó...
—A ella—… su carrera. Pero eso ya lo sabías, ¿no? —pregunté,
manteniendo mi atención en Bas. La tensión era tan palpable que temí que
se rompiera y dejara la muerte a su paso—. Después de todo, eres hijo de
tu padre.
Los ojos de Bas se volvieron oscuros y duros, algo duro y brutal en
ellos me hizo sentir miedo. Por primera vez en mi vida, Bas me
aterrorizaba. Intenté ocultarlo, de verdad. Pero mis manos y labio
temblaron cuando intenté apretarlos.
Si me ponía a llorar, perdería la cabeza. ¡No empieces a llorar! No
empieces a llorar.
Bas se levantó de su silla y aterrizó hacia atrás con un fuerte golpe,
haciéndome saltar en mi asiento. Salió furioso de allí con una expresión
sombría en la cara y la mandíbula tan apretada que tenía que dolerle.
Dante y Priest lo siguieron de cerca, dejándome a solas con Emory y
preguntándome si Bas sabría lo que me había hecho su padre.
Capítulo 50
Basilio
Mi padre disparó a su madre y Wynter lo sabía.
—Basilio, espera —gritó Dante y me giré para ver a mis dos primos
que me seguían a grandes zancadas.
—Priest, piratea los registros de mi padre a ver si localizas su próximo
envío —le dije—. Dante, calcula el horario del proveedor de Afganistán y
guárdalo en el bolsillo trasero. Por si lo necesitamos con los Ashford.
Los dejé atrás, atravesando la gran puerta de la terraza y
adentrándome en el ardiente sol del desierto que abrasaba. No se
comparaba con la furia que me consumía por dentro. Tenía que calmarme
o arriesgarme a perder la calma. Si lo hacía, le daría un susto de muerte.
Sinceramente, no debería sorprenderme que lo supiera.
Probablemente lo sabía desde el principio. Después de todo, mi padre le
disparó a su propia madre. ¿Por qué me sentía como si yo hubiera sido el
ciego todo el tiempo?
La tensión se envolvía bajo mi piel, acercándose al éxtasis, y temí que
si explotaba, se desataría el caos. Metí la mano en el bolsillo y saqué mi
paquete de cigarrillos. Los mismos que tenía durante mi viaje a Filadelfia
con ella. El mismo paquete que me pidió que no fumara porque le
preocupaba que me diera cáncer de pulmón.
Sacudí un poco la cabeza.
Mi razón se iba a la mierda cuando se trataba de la princesa de hielo.
Deseaba cada puto centímetro de su cuerpo y de su alma, lo único que ella
veía en mí era a mi padre. Igual que mi madre.
Solté un aliento sardónico, mientras algo me apretaba la garganta y
me dolía el pecho. ¡Jodidamente dolía!
Así que encendí un cigarrillo porque eso seguro que curaba el dolor
de mi pecho. Inhalé profundamente hasta que me ardieron los pulmones y
luego exhalé suavemente. La nicotina se extendió por mis venas,
calmándome un poco. Era un tipo de calma antinatural, pero aun así la
disfrutaba. O perdería la maldita cabeza. Todos estos meses me negué a
encender un cigarrillo por sus palabras en Filadelfia y aquí estaba ahora,
fumando uno por su culpa.
La ironía en su máxima expresión.
Mi mirada se posó en el paisaje desértico. Podía ver por qué a mi
hermana le gustaba estar aquí. Lejos de la civilización y de la gente. El
olor a aceite salía de su garaje exterior, donde pasaba la mayor parte del
tiempo trasteando con chatarra. Era su escape.
¿Cuál era el de Wynter?
La calma me invadió con certeza cuando tomé una decisión. No
importaba una mierda lo que Wynter supiera o lo que mi padre hubiera
hecho. Ella era mía y me negaba a dejarla ir. Le había advertido desde el
principio que no era un buen hombre, así que no debería sorprenderle.
El móvil zumbó en mi bolsillo, lo saqué y eché un vistazo al
identificador de llamadas.
El momento perfecto para que mis primos llamaran.
—¿Sí?
—Basilio. —Era Byron Ashford, mi siempre controlador primo.
—Byron, ¿a qué debo este placer? —le dije.
El silencio sonó durante cinco latidos y no tenía la más puta intención
de romperlo.
—Secuestraste a Wynter, que está bajo la protección de Sasha
Nikolaev. —Mi mano se tensó alrededor del teléfono, el plástico
protestando contra mi agarre. Si nunca oía el puto nombre, sería demasiado
pronto—. ¿Por qué? —exigió saber.
Me pasé la lengua por los dientes.
—¿Qué te importa? —contesté, un aliento sardónico escapando de
mí.
—Es una amiga de la familia. Basilio, si tú... —La voz de Byron
contenía una advertencia, excepto que no hizo absolutamente nada por mí.
—Tú no mandas aquí, Byron. Quédate en tu mundo y yo me quedaré
en el mío.
—Eres un idiota, lo sabes, ¿verdad? —Una voz furiosa sonó de
fondo—. Maldición, dile que es un idiota muerto.
Parecía la voz de Brennan.
—Saluda a Brennan de mi parte —dije.
—Winston, evita que esos dos se maten —ordenó Byron a su
hermano pequeño, y entonces oí que se cerraba la puerta.
—¿Qué se necesita para liberarla? —preguntó mi primo.
Nada en este maldito mundo me haría liberarla. Era mía.
—Ella se queda conmigo. Sin embargo, escuché que tú y tus
hermanos están acosando a Dante. Tenemos algo que tu hermano en
Canadá quiere. Lo conseguirá, pero solo si me apoyas contra Brennan y
los Nikolaev.
Desearía poder ver la expresión de Byron. Me diría lo que estaba
pensando. Byron siempre trataba de compensar los pecados de su padre.
La similitud no pasó desapercibida para mí, pero al carajo con señalarlo.
Él querría hacer lo correcto por su medio hermano. Esta podría ser
posiblemente la única relación de Byron con su medio hermano. El cabrón
de Canadá era más rico que Midas, y nunca necesitaría el dinero de Byron,
y definitivamente no quería el apellido de su padre. De hecho, despreciaba
el apellido Ashford.
—¿Vas a hacerle daño a la chica? —preguntó en voz baja.
—No.
—Entonces tienes un trato —respondió, aunque de mala gana.
Capítulo 51
Basilio
A la mañana siguiente, ordené a uno de los guardias de Emory que
llevara a Wynter al comedor. Dante, Emory y Priest ya estaban sentados
alrededor de la mesa, con una tensión en el aire tan densa que se podía
cortar con un cuchillo.
Una mirada compartida por Dante y Emory no se me escapó.
—¿Qué? —ladré.
Dante enarcó la ceja imperturbable.
—No he dicho una mierda.
—Pero lo pensaste. —Emory se rio.
—Tú también —le dijo Dante.
—¿Quieren dejar de discutir cómo bebés? —solté—. Y díganme qué
les pasa por la cabeza.
Emory se encogió de hombros.
—Me han avisado que Brennan está a quince minutos. Viene por ella.
—¿Cómo la ha encontrado tan rápido? —Sabía que era cuestión de
tiempo, pero esperaba que tardara más.
—Nico Morrelli —dijo Dante.
—Maldita sea, tenemos que encontrar la forma de bloquear a ese viejo
—espeté molesto—. O trabajar con él.
—Fue estúpido secuestrarla —argumentó Priest, con expresión
asesina—. No estuvo bien, Basilio.
Mi mirada entrecerrada encontró la suya.
—Métete en tus putos asuntos. —Nunca me había enfrentado a Dante
ni a Priest. Pero si intentaban quitarme a Wynter, lo haría. Nadie volvería
a quitármela. Nadie.
Priest se levantó al mismo tiempo que yo.
—Es mi maldita hermana. Eso lo cambia todo.
Me puse en la cara de Priest mientras una quemazón irradiaba en mi
pecho.
—Y es mi mujer —rugí—. Lo juro por Dios, Priest. Si la tocas, te
leeré tu maldita extremaunción.
Dante y Emory compartieron una mirada, pero se negaron a interferir.
Aunque todos sabíamos que si llegaba el caso, Emory se pondría de mi
lado y Dante del de Priest.
—Estás jodidamente ciego cuando se trata de ella. —Priest se negó a
retroceder. No es que esperara que lo hiciera—. Estás tan jodidamente
obsesionado que no puedes ver que la chica te tiene miedo. No dejaré que
le hagas daño.
Mi cuerpo chocó con el de Priest y los platos de la mesa sonaron.
—Prefiero cortarme la polla antes que hacerle daño —siseé—. Si
vuelves a sugerir algo parecido, acabaré contigo.
En toda nuestra vida, nunca había tenido desacuerdos con Priest o
Dante. Jamás. Hasta hoy. Y todo se reducía a Wynter. Priest tenía razón,
estaba obsesionado con ella. De hecho, era mucho más que una obsesión.
Era una locura. Era amor.
La amaba tanto. La vida sin ella no era una opción. Ella me amó una
vez. Haría que me amara de nuevo.
Mierda, estaba tan metido que no tenía forma de salir a tomar aire.
—Basilio, ella está relacionada con Brennan y el Pakhan. Tiene un
maldito ruso loco como guardaespaldas y es una celebridad —dijo Dante
desde su lugar, aunque sus hombros tensos no pasaron desapercibidos.
—¿Te he pedido tu opinión? —gruñí—. Wynter se queda conmigo.
Allá donde voy, ella viene. —Clavé los ojos en Priest—. ¿Entendido?
Se quedó en silencio. Un segundo. Dos segundos.
Asintió.
—Pero si le haces daño, te mato de una maldita vez. Primo o no.
¿Entendido? —amenazó.
—Me parece justo. —Di un paso atrás.
—A todos se les escapa que Priest también está emparentado con el
Pakhan —dijo Emory—. Y si ustedes tres, imbéciles, le hacen daño, los
mataré a todos.
—Vamos a relajarnos todos —anunció Dante, el pacificador—.
Tenemos que trabajar juntos, sobre todo ahora que vienen visitas.
—Basilio, ¿Wynter sabe que será tu pegamento el resto de tu vida?
—murmuró Emory, con una clara advertencia en los ojos—. Tienes que
darle a elegir.
Apreté la mandíbula y mi humor se ensombreció. El hecho era que
Wynter huiría si le daban la oportunidad. Para eso no necesitaba que me
leyeran la mente. Ya me abandonó una vez; volvería a hacerlo.
Ahora estábamos todos sentados, aparentemente tranquilos; pero la
tensión rebosaba bajo todos nosotros.
—¿Y qué vas a hacer, Basilio? Arrastrarla por el cabello hasta el altar
—continuó, incitándome.
—Si tengo que hacerlo.
Alguien se aclaró la garganta desde el otro lado de la habitación y los
tres miramos para encontrar a un guardia junto a la puerta.
—¿Es un buen momento? —preguntó.
—Oh, por el amor de Dios —Wynter se rio detrás de él y dio un paso
al costado—. Me importa una mierda si es un buen momento. Tengo
hambre.
Evitando mis ojos, Wynter se dirigió al asiento más alejado de
nosotros tres y se sentó como una reina. Como alguien acostumbrada a
salirse con la suya. Como alguien que sabía exactamente cuánto valía.
Era lo que me encantaba de ella cuando nos conocimos. Su fuerte
personalidad. Su determinación. Y la forma en que me miraba. Como si
yo fuera su príncipe. Esto último ya no estaba allí.
Uno de los empleados atendió su petición de desayuno y desapareció
para ir a buscar su comida. El silencio llenó la habitación, la atención de
Wynter estaba en todo menos en nosotros tres. Nos ignoraba a propósito y
cada segundo que pasaba aumentaba mi enfado.
Que se atreviera a ignorarme.
—¿Dormiste bien? —le preguntó Emory, tratando de romper el
silencio.
Wynter se puso rígida un momento y luego nos miró a los tres.
—No, no he dormido bien. Me secuestraron —siseó—. También tuve
un visitante inoportuno en mitad de la noche, mirándome mientras dormía.
Durante dos noches seguidas. Es raro —siseó, mirándome fijamente. No
pude evitarlo, tenía una pesadilla—. Quiero irme a casa. —Entonces nos
miró fríamente—. Ahora.
—Tú no mandas aquí, cariño —musitó Dante, lo que le valió un
pequeño gruñido por parte de nuestra invitada—. Pero ya que estás aquí,
cuéntame cómo ganaste la partida de póquer en mi mesa el año pasado.
Hace tiempo que me lo pregunto.
—Y yo me he preguntado durante bastante tiempo qué sentiste
cuando Juliette te dio una patada en las pelotas —soltó Wynter con una
risita, y luego tomó un sorbo de su zumo de naranja.
Emory ahogó la risa, ganándose una mirada fulminante de nuestro
primo.
—¿Qué? —preguntó Emory inocentemente—. No lo has
mencionado. A mí también me gustaría saber qué se siente.
—Duele como una mierda —refunfuñó.
—¿Por qué te dio una patada en las pelotas? —Emory preguntó con
curiosidad.
—La señorita Flemming tenía una pequeña operación de atraco en
marcha —dijo Dante—. Vinimos a interceptar su conteo de cartas y su
maldita prima me distrajo y luego me dio una patada en las pelotas.
Wynter se encogió de hombros.
—Sinceramente, me ofende, Dante —se burló de él—. Llamando
pequeña a nuestra operación.
La diversión cruzó la expresión de Dante y se tapó la boca con la
mano para ocultarla. No todos los días alguien se burlaba de nosotros.
El desayuno de Wynter llegó en ese momento, interrumpiendo la
conversación.
—Gracias a Dios —murmuró, alcanzando sus carbohidratos. Nunca
había conocido a una mujer que comiera tanto como Wynter. Finalmente
entendí por qué, con su vigoroso horario de patinaje sobre hielo.
—No tienes que comerlo todo de una sola vez —se burló Dante.
Wynter lo fulminó con la mirada y la risa de Emory llenó la habitación.
Hacía mucho tiempo que no oía reír tanto a mi hermana.
Mis ojos parpadearon hacia mi hermana, estudiándola. Así habría sido
ella si hubiera tenido una vida normal. Probablemente habría tenido
amigos como Wynter, metiéndose en líos y riéndose. Todo el tiempo. En
cambio, estaba endurecida. Lo ocultaba tras su pequeña figura, engañando
a sus enemigos con que era débil. Pero no era menos despiadada que
nosotros.
Tenías que serlo para sobrevivir a nuestro padre.
La casa tembló y una voz retumbante recorrió la casa.
—¿Dónde está? —La demanda de Brennan retumbó en el primer piso
y, al momento siguiente, la puerta del comedor se abrió con estrépito.
No habían pasado ni quince minutos.
Wynter salió disparada de su asiento, y yo también. Dante y Emory
la siguieron, ambos con las armas desenfundadas. Antes que Wynter
pudiera acercarse a Liam, yo estaba a su lado, con el brazo alrededor de su
cintura y levantándola.
—Suéltame, bruto —siseó Wynter cuando Brennan entró en la
habitación.
—DiLustro, quita tus jodidas manos de mi sobrina ahora mismo —
gruñó Brennan.
Wynter seguía intentando darme codazos, retorciéndose contra mí.
—Si quieres vivir —amenazó el imbécil rubio que reconocí como
Sasha Nikolaev—, le quitarás las manos de encima.
Brennan llegó con refuerzos.
Capítulo 52
Wynter
Las armas apuntaban en todas direcciones.
El tío apuntó a Bas. Sasha también. Luca tenía dos armas apuntando
a Dante y a Priest, mientras Killian sostenía la suya contra Emory que
parecía jodidamente divertida. Como si estuviera disfrutando esto.
¡Jesús! Estaba tan desquiciada como su hermano y sus primos.
Y los hermanos de Davina, Byron y Winston Ashford venían justo
detrás de mi tío y sus aliados. Aunque no parecían estar en modo de pelea,
ambos apoyados contra la pared y las manos en los bolsillos. Observaban
toda la escena desarrollarse como si fuera un programa de televisión en
directo.
¿Qué coño estaba pasando?
Me sacudí contra Bas, intentando una vez más liberarme.
—DiLustro, último aviso —gruñó el tío—. Antes que te meta una bala
entre ceja y ceja.
—El cabrón no necesita advertencias —escupió Sasha, su mirada
preocupada se conectó con la mía.
—Yo digo que los matemos y acabemos con esta mierda.
Mi sangre se congeló de miedo. Por Bas. Por el tío. Por todos.
—Sasha, por favor… —susurré, pero no pude terminar la frase. Me
encontró ensangrentada. Él quería volver y matar a todos los DiLustro.
Tuve que rogarle que no lo hiciera. Él juró que no lo haría, a menos que
algún DiLustro me tocara de nuevo—. Por favor, no lo hagas.
Negó con la cabeza, sus pálidos ojos azules ardían de furia.
—Nadie se sale con la suya en esta mierda, Wyn. No después de lo
que te hicieron.
La mirada del tío Liam se interpuso entre nosotros. No tenía
conocimiento del trato que Sasha y yo hicimos. El tío no sabía que Gio
DiLustro casi me violó.
—¿Qué está diciendo? —Bas gruñó, su agarre se tensó.
—Sí, ¿qué estás diciendo Sasha? —El tío se hizo eco de las palabras
de Basilio.
Sacudí la cabeza, rogándole a Sasha que no dijera nada. No quería la
muerte de nadie en mis manos. Excepto por un DiLustro, pero ese no
estaba en esta habitación.
—Malditos rusos bocazas —gruñó Dante con disgusto.
Luca King se pasó una mano por la mandíbula con socarrona
diversión.
—Se creen invencibles, ¿eh? Malditos Kingpins.
El corazón amenazaba con salírseme del pecho mientras mis ojos
recorrían la habitación. Me daría un serio mareo si continuaba.
—No pareció importarte que fuéramos Kingpins cuando necesitaste
ayuda con cierta dama. —Emory se burló de él—. No creas que olvidé tu
viaje y el de tu hermano a Las Vegas.
Parpadeé confundida. No tenía ni puta idea de lo que estaban
hablando.
—Dios, ustedes son algo —anunció Winston mientras una chispa
divertida parpadeaba en sus ojos. Los dos hermanos Ashford no se
movieron, relajados contra el marco de la puerta.
Solo necesitaban un bol de palomitas para completar su
entretenimiento.
—Ya, ya, todos —Byron dijo con esa civilidad enmascarada. Era tan
brutal como el resto del inframundo. Apostaría mi vida en ello—. Tenemos
que resolver esto como gente normal. Deja que mis primos digan lo que
quieren, y todos podemos llegar a un acuerdo. Sin derramamiento de
sangre.
—Primos —se burló Emory—. Solo porque tu madre era hermana de
nuestro padre, no nos hace familia.
—Yo no los he llamado familia, ¿verdad? —Byron se burló, sus ojos
fríos en ella.
—Byron, tus primos están locos —espeté, con la respiración agitada.
Nadie me hizo caso. Byron y Winston tenían sus ojos en los hombres
listos para dispararse el uno al otro. Me sentí como una presa atrapada en
la guerra, sin saber hacia dónde huir.
¿Quizás quedarme con el captor actual?
—Me importa una mierda de quién son primos —escupió Killian—.
Secuestraron a una mujer. A mi prima. DiLustro ha ido demasiado lejos.
—Wynter es mía —gruñó Bas—. Ella es el pago de una deuda
pendiente. —Confusión se retorció en mi estómago mientras mis ojos
buscaron frenéticamente a mi tío y a Killian, luego a Sasha. Mi sexto
sentido me advirtió, pero mi cerebro no daba con los detalles lo
suficientemente rápido.
—Cuarenta millones de dólares.
Me di cuenta de golpe.
—Mierda —maldije al mismo tiempo que el tío. Intenté darle un
codazo a Bas pero su brazo a mi alrededor no se movió. En lugar de eso,
mi culo se pegó a él.
Sus labios se pegaron a mi oreja.
—Cuidado, principessa —me dijo en voz baja para que nadie más
pudiera oírlo—. Me estás dando una erección, empujándome así.
Me quedé quieta al instante, mis ojos se dirigieron al tío y a Sasha.
Este último parecía que estaba listo para empezar a disparar y dar por
terminado el día. Mi tío era el estratégico.
—Haré que te envíen el dinero —le aseguró el tío—. En la mañana.
Una sonrisa sardónica apareció en la expresión de Basilio.
—No puede ser, Brennan.
—¿Qué quieres entonces, DiLustro? —gritó el tío.
Mi corazón martillaba contra mi caja torácica; realmente me dolía
respirar. Algo en la pregunta del tío hizo que mi instinto de supervivencia
se activara. Y al igual que la presa, sentí la necesidad de correr.
Giré la cabeza y encontré los ojos de Bas brillando en la oscuridad.
Por una fracción de segundo sus ojos se encontraron con los míos, y algo
vulnerable que brilló en esas profundidades, hizo que me doliera el pecho.
Mi respiración se entrecortó cuando todos los sentimientos
reprimidos se abalanzaron sobre mí. El hombre que solía conocer me
ofrecía destellos de su vulnerabilidad, pero justo cuando iba a abrir la boca,
su expresión volvió a cambiar a una máscara fría y oscura.
—Una esposa —respondió Bas y su mirada se endureció al volver a
mi tío. Un frío llenó mis pulmones al ver cómo los ojos de mi tío se
oscurecían, como los océanos más profundos durante una violenta
tormenta. Nunca antes había visto esa mirada en su rostro, ni siquiera
cuando nos pillaba en nuestras travesuras, ni cuando perdí los papeles con
él.
—Pon un anuncio en el periódico —dijo el tío—. No tendrás a mi
sobrina. De hecho, a nadie de mi familia.
Lentamente, como si estuviera atrapada en una película a cámara
lenta, miré a Dante, luego a Emory... cuyos ojos parpadearon con pesar.
—¿Por qué iba a hacer eso? —dijo Bas—. Ya he encontrado a mi
novia.
Sacudí mi cabeza, incapaz de respirar. Se me escaparon las palabras
y mi corazón se apretó en mi pecho. No podía casarme con él. Me enamoré
de él una vez y seguir adelante casi me destruyó.
No podía estar cerca de él; mi corazón volvería a enamorarse de él.
No sobreviviría.
El silencio que cayó sobre la habitación fue de odio y enojo por parte
del tío y Sasha, molestia de Luca King, consideración de los hermanos
Ashford y apatía de Bas.
—No, no, no —respiré.
—Ella no te quiere, cabrón —dijo Killian, con voz fría, mientras la
mirada de Bas me atravesaba.
No sobreviviría a mi antiguo amante.
Capítulo 53
Basilio
Ella no me quería.
Me importaba una mierda. Me tendría a mí. Solo a mí. Por el resto de
nuestras vidas.
La princesa de hielo sería mía. Incluso si la sangre cubría el altar
mientras decíamos nuestros votos. No había forma de evitarlo, para
ninguno de los dos.
—Un miembro de tu familia me robó —dije—. Y este es mi pago. O
habrá guerra.
—Ese club no es tuyo —gruñó Brennan.
—Es mío —dije, sonriendo sombríamente—. Deberías recibir una
copia de la escritura… ahora mismo.
El teléfono de todos sonó.
—Caballeros, esa sería la escritura —anunció Priest.
Brennan no se molestó en mirar el mensaje, pero su mirada se desvió
hacia Priest y sus cejas se fruncieron. Luego sacudió un poco la cabeza y
volvió hacia mí con su sobrina en mis brazos.
Byron, mi primo reacio, fue el único que lo comprobó. Sus ojos se
desviaron hacia mí.
Una respiración. Dos respiraciones.
—Es suyo —reconoció Byron—. Desde hace más de un año.
—Te enviaré el doble de lo que se llevó —ofreció Brennan.
Dejé escapar un suspiro sardónico.
—No es suficiente.
No había nada ni nadie que sirviera, excepto esta mujer en mis brazos.
Empezaría atándola a mí, luego haría que me amara. Tendría su lealtad, su
confianza, su... amor. Lo quería todo.
Y ella me lo daría. Tal y como lo prometió.
—Nombra cualquier cosa —dijo Brennan secamente—. Cualquier
cosa, excepto ella.
Lancé una mirada hacia él y sus refuerzos. Aunque Brennan no lo
sabía, los hermanos Ashford estaban aquí para respaldarnos, no él. Si
Alessio Russo, el hijo ilegítimo del senador Ashford quería que el contacto
de nuestro proveedor entrara en Afganistán, entonces los Ashford tendrían
que pagar.
Familia o no. Nada en esta vida era gratis.
Mis primos y yo estábamos entre los raros que teníamos la manera de
entrar en ese país y Alessio quería entrar desesperadamente. A toda costa.
—Ella es mi término. —Sonreí. Y negármelo no era una opción.
—Tendrás tu guerra entonces —gritó Brennan—. No puedes tener a
Wynter.
Los ojos de Wynter recorrieron frenéticamente la habitación. Dejó de
luchar contra mí, su cuerpo tenso en mis brazos.
—¿No estarán hablando en serio? —susurró—. Diganme que esto es
una broma.
—Así es como se hacen las cosas —Luca dijo en tono inexpresivo—
. Pensé que tú y tu equipo de chicas estudiaban actividades criminales.
—Cállate, Luca. —La mirada amenazante de Sasha probablemente
haría que un hombre menor se cagara encima. Por desgracia para todos los
presentes, estábamos acostumbrados a cosas mucho peores.
—Estaba ocupada entrenando —le siseó Wynter—. Me faltaba un
poco de tiempo para estudiar tus jodidas costumbres medievales.
Luca sonrió.
—Te apuesto oro olímpico a que esta chica mata a DiLustro al final.
—Me apunto a la apuesta —añadió Byron—. Yo digo que no lo hace.
—Basta —refunfuñó Brennan—. DiLustro, suelta a mi sobrina. Te
enviaré cien millones. Y seguiremos adelante.
Dante silbó.
—Ella vale mucho para ti, ¿eh?
—Todo —admitió—. Hice la promesa de mantenerla a salvo. Ella no
está a salvo cerca de ti. Igual que su madre no estaba segura cerca de tu
padre.
Apreté los dientes. La mantendría a salvo hasta mi último aliento.
—Puedes tener una guerra, Brennan, pero Wynter es mía de cualquier
manera.
Capítulo 54
Wynter
La expresión del tío era asesina.
El desprecio y el odio eran tan densos en el aire que tocaron mi piel
mientras permanecía congelada en los brazos de Bas, saboreando el miedo.
Por la vida de Bas. Por la vida del tío. Por la vida de todos.
Mientras nadie más parecía preocupado, mi corazón se convirtió en
un bloque de hielo.
El miedo se retorcía tan violentamente en mi estómago, que sentí la
necesidad de vomitar. No podía dejar que esos hombres se mataran. Giré
la cabeza y me encontré con la oscura mirada de Bas.
Sin palabras. Ni una sonrisa. Nada.
Sin embargo, en el fondo había una vulnerabilidad que percibí más
que vi. El dolor en mi pecho se hinchó. Si no hacía algo, significaría
violencia y muerte. Una guerra.
Sabía lo que tenía que hacer. Lo que debía hacer. Pero la
autopreservación era algo difícil de superar.
Mi mirada se desvió hacia el tío. No habíamos hablado desde que
descargué mi ira con él... meses atrás. Lo culpaba de demasiadas cosas.
Estaba mal y ver de primera mano que estaba dispuesto a ir a la guerra
para mantenerme protegida lo resaltaba aún más.
—Lo haré —dije con voz ronca. El brazo de Basilio alrededor de mi
cintura se tensó y juré que me atrajo más cerca de él. Mientras tanto, un
nudo en la garganta crecía y la tensión se cernía sobre la habitación como
una nube tormentosa.
Los ojos del tío se desviaron hacia mí.
—Wynter, eso no es lo que tu madre quiere para ti.
—Tampoco una guerra —razoné.
—Chica lista —me elogió Luca. No me sentí inteligente.
—Wyn, no —protestó el tío—. No, te mereces algo mucho mejor. —
Entonces entrecerró sus ojos en Bas, y si las miradas mataran, el amor de
mi vida estaría muerto.
—Tengo que estar de acuerdo —dijo Sasha—. Nunca estoy de
acuerdo con tu tío, pero en este caso sí. Solo dilo, Wyn.
Sacudí la cabeza. Nunca sería capaz de decir la palabra. No cuando
se trataba de matar al hombre que amo. A su padre... sí. Pero nunca a
Basilio.
—¿Wyn? —Mi tío llamó y me sentí como una tramposa. Él se
preocupaba por mí y yo ansiaba a mi villano con todo mi corazón. Nunca
sería capaz de cortar este amor que sentía por él. Mi corazón lo sabía.
También mi alma y mi cerebro.
—Yo me encargo —le dije en gaélico, sosteniéndole la mirada—.
Déjame casarme con él y mantengamos la paz.
Tal vez al menos tendría la oportunidad de matar a Gio.
Me quedé encerrada en mi habitación.
Tres guardias de los DiLustro me rodearon, me acompañaron a mi
habitación y me encerraron.
El tío quería llevarme a casa. Bas se negó. No confiaba en nosotros.
Creía que yo desaparecería a la primera oportunidad. No estaba segura de
si lo haría.
Me quedé mirando la puerta.
Me casaría con Basilio DiLustro. Antes de conocer la historia de
nuestra familia, era un sueño hecho realidad. Ahora, era... complicado. Y
estaba la cuestión del padre de Basilio.
Apreté los puños, dejando que las uñas se clavaran en mis palmas,
saboreando el dolor. Era mi determinación matarlo, hacerlo pagar por lo
que había hecho. Fue aterradoramente fácil apretar el gatillo la última vez.
Especialmente cuando la adrenalina y la ira corrían por mis venas. Podía
volver a hacerlo.
Solo tenía que pensar en mi madre y encontraría el valor para acabar
con él.
Volví a la ventana y salí al balcón. El piso de baldosas del balcón era
fresco para mis pies descalzos. Me apoyé en la pared y lentamente recogí
las piernas contra mi pecho y apoyé la frente en mis rodillas.
No había oído ningún disparo y lo tomé como una buena señal.
Aunque odiaba que hubieran conversaciones sobre mí, sin mí.
Mirando al horizonte, el desierto parecía interminable, rodeando la
mansión. El paisaje se convirtió en una familiaridad renuente.
Me quedé allí sentada, mirando al horizonte pero sin verlo realmente.
Me preguntaba si mamá estaría bien. Ni siquiera le pregunté al tío.
Me levanté de un salto, corrí hacia la puerta y, a pesar de saber que
estaba encerrada, tiré de ella.
Entonces golpeé como una loca.
—Basilio —grité mientras golpeaba con el puño la dura puerta de
caoba—. Basilio.
Seguí golpeando, me dolían los puños por el impacto.
Unos pasos retumbaron hacia la habitación y me detuve.
—Basilio —grité.
La puerta se abrió de golpe y me encontré cara a cara con Dante.
—¿Qué coño pasa, Wynter? —refunfuñó.
—¿Mi tío sigue aquí? —pregunté frenéticamente. Asintió—. Tengo
que preguntarle por mi madre —exhalé.
—Dime qué quieres que le pregunte —gruñó molesto.
Negué con la cabeza.
—No, quiero preguntárselo a él.
Por un momento dudó.
—Por el amor de Dios —cedió—. Date prisa, porque se están
preparando para salir. Asentí y lo seguí—. Y no intentes nada estúpido y
hagas que me arrepienta de esto.
—Deberías arrepentirte de haberme secuestrado —siseé, con mis
pasos apresurados.
Llegamos al vestíbulo justo cuando el tío, Killian y Sasha se dirigían
a la puerta principal.
La mano de Dante me rodeó el antebrazo cuando estaba a punto de
correr hacia ellos.
—Tío —grité. Dante me tiró hacia atrás y le lancé una mirada
molesta—. Dante, suéltame.
Antes que pudiera decir una palabra, Basilio estaba a mi lado.
—Suéltala ahora —Bas ordenó, su voz fría, la advertencia enviando
escalofríos por mi columna. Su mirada estaba en Dante, oscura y
fulminante.
Dante soltó mi brazo y Bas inclinó su cabeza en reconocimiento. No
tenía idea de qué coño iba eso, pero cuando volví la vista hacia mi tío, él
y Killian compartieron una mirada fugaz.
—Tío, ¿cómo está mamá? —pregunté, dando un paso para ir hacia él,
pero Bas se aferró a mí ahora. Tiré de mi brazo—. Suéltame, Basilio —le
espeté.
—No vas a ir a ninguna parte sin mí —me advirtió, y solté un suspiro
frustrado.
Di cinco pasos y me detuve, a un metro de los tres hombres que me
protegían.
—¿Mamá? —Exhale—. ¿Está bien?
Bas permaneció a mi lado, el contorno de su arma presionando mi
espalda. Un recordatorio que si hacía algo estúpido, esto podría terminar
en un derramamiento de sangre. No me arriesgaría, pero tenía que saber
que ella estaba bien.
—Ella está bien —me aseguró el tío—. Juliette, Davina e Ivy están
con ella.
—No... No la dejes sola, ¿vale? —susurré.
—Jamás.
Ignorando el agarre de Bas, mi tío me rodeó con las manos y me
abrazó. Era un poco incómodo con Bas a mi espalda, permitiéndome
abrazarlo con una sola mano.
Y entonces Sasha, que Dios lo ayude... o a mí... dio un paso adelante
y me abrazó, tirando de Bas.
—Hiere un solo pelo de su cabeza y estás muerto —gruñó Sasha.
—Adelante, rubia —respondió Bas con voz oscura. Los labios de Bas
se curvaron en un gruñido, sus ojos duros e implacables—. Y no vuelvas
a tocar a mi mujer. O te haré pedazos.
—Maldito diablo italiano —le espetó Sasha.
—Ruso imbécil —se mofó Bas.
—Jesús, ¿esto es el instituto? —siseé—. Estaré bien —le dije a Sasha
en ruso y sonriendo con confianza—. Me has enseñado bien. —Algo
peligroso parpadeó en sus ojos y rápidamente añadí—: Adiós, Sasha.
Capítulo 55
Basilio
La puerta se cerró tras el idiota ruso y fue entonces cuando solté el
brazo de Wynter.
Brennan y yo nos estrecharemos en la boda, y solo en la boda. Fue un
acuerdo reacio y apenas civilizado. Me importaba una mierda, mientras
Wynter estuviera conmigo.
Le dije que yo me encargaría de la boda. Él conseguiría la hora y el
lugar.
—Ansiosa por salvarlo, ¿eh? —me burlé de ella con voz oscura, pero
en verdad, estaba tan jodidamente celoso que una niebla roja cubrió mi
visión.
Wynter me miró y se encogió de hombros.
—Sasha no necesita que lo salven —me espetó—. Y si hubieras
mantenido la cabeza fría, te habrías dado cuenta.
Una risita sonó detrás de mí y la seguí hasta donde estaban mis primos
y mi hermana de pie, los tres mirándonos.
—Cabeza fría y Basilio, cuando se trata de ti no van en la misma frase
—mi hermana anunció.
—Emory —advertí.
—Es verdad —replicó ella—. Y sabes que lo es, así que ahórranos a
todos el dolor de cabeza y escucha a tu futura esposa.
Wynter se puso rígida por un momento, su respiración se calmó y sus
ojos se desviaron hacia mí.
Tragó fuerte antes de preguntar:
—¿Cuándo?
—Este sábado —le dije. Si es que podía esperar tanto—. Nos
casaremos en la catedral de St. Patrick en Nueva York.
—Esperemos que no se convierta en una boda sangrienta —comentó
Emory.
—Tengo que hacerme eco del sentimiento —repitió Wynter,
mirándome de forma acusadora. Ignoré su insinuación. No podía
prometerle nada al respecto. Si alguien intenta quitármela, habría
derramamiento de sangre. No hay manera de evitarlo.
—¿Quieres dar un paseo? —pregunté en su lugar.
Sus cejas se alzaron.
—¿Por qué? —preguntó desconfiada.
—Han pasado dos días y has estado encerrada. —Se quedó quieta,
como si no confiara en que la sacara afuera—. Vamos —le ordené.
—Caramba, creía que me lo pedías —comentó sarcástica.
Nos dirigimos al pasillo trasero y salimos por la puerta doble. En el
momento en que el sol le dio en la cara, sus pasos se detuvieron y ella
exhaló, luego inclinó la cara hacia el cielo.
La observé en silencio. La expresión de su rostro me dejó sin aliento.
Sus largas pestañas y sus labios se curvaron en una sonrisa.
La primera que veía desde que la secuestré.
Cuando por fin abrió los ojos, me encontró mirándola. Me importaba
una mierda. Después de nueve meses sin ella, quería bebérmela y
saciarme.
—Principessa, ¿por qué te fuiste? —Tenía que saberlo. Me lo debía.
La vacilación apareció en su expresión, pero la disimuló rápidamente—.
Prometiste quedarte y luego te fuiste. ¿Por qué?
Sus cejas se fruncieron, como si evaluara mis palabras. O mis
intenciones. Luego empezó a caminar, apartando la cara de mí.
Caminamos en silencio. Si pensó que me daría por vencido en encontrar
la razón por la que se fue, estaba tristemente equivocada.
Yo era implacable cuando quería algo. Y la quería a ella. Es lo que
me mantuvo durante los últimos nueve meses.
—Tengo algo que decirte —empecé, rompiendo el silencio que no era
exactamente incómodo.
Priest era su hermano. Tenía derecho a saberlo y no estaba bien
ocultarle ese conocimiento. Aunque me preguntaba cuánto sabía
exactamente.
—¿No me digas que estás nervioso? —señaló, con tono sarcástico.
—Nos vamos a casar —empecé, ignorando su sarcasmo—. No
deberíamos tener secretos entre nosotros. —Se burló, pero la ignoré. Ya
entraría en razón—. Priest analizó tu ADN.
Se puso rígida, pero no dijo nada.
—Priest y tú son hermanastros —continué.
Sus ojos se abrieron de par en par y la expresión de asombro de su
rostro reveló la verdad.
Ella no lo sabía.
—¿Q-qué? —espetó con los ojos muy abiertos—. ¿C-cómo?
—Comparten la misma madre —le expliqué. Parpadeó y volvió a
parpadear, probablemente tratando de asimilarlo—. Hace veinticinco
años, tu madre y mi tío tuvieron algo.
—Un hermanastro —repitió—. Pero ella dijo que había perdido al
bebé.
Mis ojos se clavaron en ella.
—¿Lo sabías?
Un suspiro pesado se deslizó por sus labios rosados.
—Me lo dijo hace poco. —Sus ojos se desviaron hacia el horizonte y
los jardines que se extendían alrededor de las piscinas que Emory tenía
aquí—. Dijo que había perdido al bebé, no que el bebé murió —susurró,
como si hablara consigo misma.
—¿Crees que lo sabe? —le pregunté.
Los ojos de Wynter se encontraron con los míos.
—No lo sé —murmuró—. Ya no sé nada.
Capítulo 56
Wynter
Bas me trajo de vuelta a mi habitación después de pasar una hora
afuera.
Después de la revelación sobre Priest, ya no hablamos. No me atreví
a decirle lo que sabía. No podía confiar en él. Aunque me hizo
preguntarme por qué me confió su información. Él ni siquiera la había
compartido con el tío.
Dios, ¡qué desastre!
No podía llamar a mamá para preguntarle. ¿Ella lo sabía? Debo haber
malinterpretado a mamá cuando dijo que había perdido al bebé. Entendí
que el bebé había muerto.
Con un gran suspiro, me di cuenta. Estaba sola aquí, hasta la boda.
Bas dijo que mi familia estaría allí, junto con sus invitados.
Quienesquiera que fuesen.
Volví al balcón y me senté. Se convirtió en mi lugar cuando estaba
atada a este dormitorio. Cerré los ojos, apoyé la cabeza en la pared y
escuché el susurro del viento en el desierto. A diferencia de la ciudad, me
parecía calmante y tranquilizador. Irónico considerando cómo me encontré
aquí.
Bas me preguntó por qué me había ido. ¿Por qué? Él lo sabría. Él
realmente no esperaba que me quedara, no después de esa cruel actuación
de su padre. No después de descubrir que fue su padre quien disparó a mi
madre.
La última vez, puse mi fe en él. Confié ciegamente en él. No repetiría
el mismo error de nuevo. No podía permitirme repetir el mismo error otra
vez. Podría destruirme. A mamá. Al tío Liam. A mis amigas.
No estaba segura de cuánto tiempo estuve sentada así cuando Basilio
salió al balcón y mis ojos revolotearon en su dirección. Ni siquiera lo había
oído entrar. Mientras yo me puse unos pantalones cortos y una camiseta
de tirantes, él todavía llevaba su traje de tres piezas.
Se agachó ante mí, me agarró la barbilla y la levantó suavemente hasta
que nuestras miradas se encontraron. Sus ojos oscuros me observaron,
escrutando mi rostro.
No podía leer sus emociones, su mirada era oscura pero cálida. Había
algo en él que se sentía tan bien. Tan cálido. Tan mío. Pero sin confianza,
todo era en vano. Con la historia entre nuestras familias, estaba condenado
desde el principio.
Y aun así, no lo aparté.
El aire a nuestro alrededor se aquietó, todo el ruido ahogado por los
latidos de mi corazón.
Sus ásperas palmas acariciaron mi cara y rozó con su boca la punta
de mi nariz.
Nos destruiremos el uno al otro. Las palabras quedaron encerradas
tras mis labios.
Este hombre persiguió todos mis pensamientos durante los últimos
nueve meses. Dicen que el tiempo cura todas las heridas, pero la mía solo
se enconó. El dolor de su pérdida se hizo permanente en mi alma.
La curación no empezó hasta que volví a verlo.
—No me iré —le susurré una promesa que sabía que no creería.
Se inclinó hacia mí y besó mi cuello. Suspiré e incliné la cabeza,
dándole mi sumisión.
—Mentirosa —susurró. Me lo esperaba, pero aún así me dolía el
corazón.
Los recuerdos de las promesas que le había hecho nueve meses atrás
siempre jugarían en mi contra. A pesar de la electricidad que ardía entre
nosotros, robando todo el oxígeno de la habitación.
Su mano bajó para estrechar mi muñeca derecha entre las suyas. Se
apartó mientras sus ojos se fijaron en el collar que me regaló convertido
en una pulsera improvisada. Nunca me la quité. Ni siquiera cuando
patinaba. Siempre lo quería conmigo, aunque fuera en una pequeña ficha.
Pasó el pulgar por encima.
—¿Lo llevabas con él?
Sabía que se refería a Sasha. Todo el mundo siempre se refería a
Sasha.
Mis pulmones se apretaron y mi corazón dio un golpe doloroso. Algo
en su suposición atravesó agudamente mi pecho. Entrecerré los ojos. La
amargura ahogó mis pulmones y me dejó sin aliento.
—Vete al maldito infierno —siseé. Que se joda por pensar que me
iría sin pensarlo dos veces. Que se joda por él hacerlo tan fácilmente y
asumir que yo haría lo mismo.
Su mirada se entrecerró.
—He pasado por eso, principessa. —Un destello de emoción en sus
ojos revolvió mi estómago—. Casi pierdo la puta cabeza cuando
desapareciste. Te busqué por todas partes.
¿En serio?
—Princesa de hielo —murmuró, mirándome fijamente con la
oscuridad arrastrándome más y más al abismo.
—No me llames así —dije con voz ronca, intentando a medias apartar
la cara de su agarre.
—¿Cómo has podido irte sin decir una palabra? —Apretó su frente
contra la mía y me dolió el corazón. Me dolía tanto que pensé que me
moriría—. ¿Qué pasó, por qué te fuiste?
Una lágrima corrió por mi mejilla y me la sequé. No podía contárselo.
No confiaba en él. Y sin embargo, la desesperación me arañaba el pecho,
mis instintos me gritaron que me lo llevara. Hacerlo Mío. Dárselo todo y
exigírselo todo.
—Durante semanas, creí que habías muerto. Luego supe quién eras.
—Su amargura era tranquila—. ¿Estuviste jugando conmigo todo el
tiempo? Reuniendo información para tu tío.
Me puse rígida, insegura de si se refería a mi herencia irlandesa o
rusa.
—¿Tu padre no te lo dijo? —Respiré, con un hilo de incertidumbre
serpenteándome por las venas.
Una risita oscura vibró entre nosotros.
—¿Contarme qué, principessa? —Pasaron unos segundos y contuve
la respiración. No sabía por qué. Debería aprovechar esta oportunidad y
exponérselo todo. Pero, ¿y si se ponía de parte de su padre? ¿Y si no me
creía?—. ¿Que mi principessa era una mentirosa y una ladrona?
Su acusación dio en el clavo. No le mentí exactamente, pero tampoco
le dije la verdad.
—Puede que yo sea una mentirosa, pero tú también, Basilio.
No me habló de mi herencia rusa. No me dijo que quería mis
conexiones con el Pakhan.
Su pausa fue el único indicio de su sorpresa, pronto sustituida por una
lenta sonrisa.
—Me encanta tu fuego, principessa. Y siempre estoy dispuesto a
aceptar un desafío. —Lo fulminé y su risa sardónica siguió—. Debería
haberlo sabido por tu forma de comportarte. —murmuró crípticamente.
—Deberías haberme dejado ir a casa con mi familia —murmuré,
apartando mi mirada de él, asustada de ahogarme en él. Cada vez que
empezaba a odiarlo, la imagen del hombre que conocí bailando conmigo
bajo las estrellas con las luces de Nueva York brillaba en mi mente. O el
hombre sobre sus rodillas mientras me ponía el zapato.
Aquello me pareció crudo, mágico y condenadamente real.
—Nunca —gruñó, bajo y casi salvaje—. Ahora soy tu familia. Tú eres
mía. —Cuando no dije nada, su mano rodeó mi cuello y sus dedos
apretaron. No con fuerza, sino con la suavidad suficiente para
advertirme—. Si me dejas de nuevo, voy a cazar a cada miembro de tu
familia y amigos que tengas. Los torturaré hasta que me digan dónde estás.
Ahora me perteneces.
Ya soy tuya. Pero no estaba preparada para admitirlo.
—No puedes poseer a un ser humano —dije en voz baja, inclinando
la barbilla hacia arriba y me encontré con su mirada mientras apoyaba mi
cuello en su agarre—. Y si me voy, nunca me encontrarán. Ninguno de
ustedes lo hará. —Dejé que las palabras se hundieran antes de continuar—
. Pero he dicho que me quedaré. Así que me me quedaré, a menos que me
des una razón de peso para irme.
Mis palabras cortaron el aire de la habitación, la batalla de voluntades
vibrando entre nosotros. Caliente y pesada.
Su agarre se tensó un poco más y la adrenalina recorrió mi cuerpo.
Había partes retorcidas y rotas de mí que disfrutaban de su dominio. No
me asustaba, no físicamente. La parte que temía era que me rompiera el
corazón irrevocablemente y me dejara vivir el resto de mi vida como una
cáscara de persona.
Como mi madre.
—Lo juro por Dios, Wynter. Si vuelves a dejarme, tendrás la muerte
en tus manos. Mataré a todas las personas que te importan. Quemaré todo
este mundo.
Sus ojos se endurecieron, las sombras dentro de ellos subiendo a la
superficie.
—Dame tu palabra que nunca te irás —exigió.
—Basilio, ya te lo he dicho, me quedaré. —Le sostuve la mirada. No
me arriesgaría a admitirle que la vida sin él me asustaba más que la
oscuridad que albergaba o las amenazas que lanzaba. Pero le haría esta
promesa—. A pesar que eres el enemigo de mi familia, me quedaré.
—Si tan solo pudiera creer tus promesas —dijo con voz áspera.
—También me encantaría creer que no me harías daño —repliqué—
. O a mi familia.
Me agarró por la nuca y estampó sus labios contra los míos. La ira
rebosaba dentro de mí y saboreé esa misma ira en sus labios.
Y aun así, su beso se sintió tan bien.
Abrí la boca para protestar y él aprovechó para meterme la lengua. La
necesidad reprimida que había sentido desde el momento en que nuestros
ojos se cruzaron aquel día de invierno, hacía un año, había estallado. Me
perdí en él, en su olor, en su calor.
—Mierda, qué bien te sientes —gimió contra mi boca.
Rodeé su cuello con las manos, le apreté el cabello y tiré de él para
acercarme más. Necesitaba su cuerpo contra el mío.
Gemí en su boca y él gimió, luego deslizó sus manos por mi cuello,
por mi espalda y por la parte posterior de los muslos.
Sin ningún esfuerzo, me levantó. Lo rodeé con las piernas,
disfrutando de lo bien que encajaban nuestros cuerpos. Como piezas de
puzzle perfectas. Sus dedos apretaron la piel de mis muslos, posesivos, y
su palma se deslizó bajo mis bragas hasta mi culo mientras nos llevaba de
vuelta a la habitación.
Con un puñado de mi culo en sus palmas, se sentó en la cama y yo me
subí a horcajadas sobre sus muslos. Nuestras bocas se separaron para que
pudiera quitarme la camiseta por la cabeza. En el momento que me la quité
nuestras bocas volvieron a chocar. Mis pantalones cortos siguieron con un
fuerte sonido de desgarro.
Era pura lujuria y deseo. Necesidad de liberación. Sin embargo, para
mí, era mucho más. Esta hambre de él sería mi perdición.
Agarró mis caderas, las palmas deslizándose hacia arriba. Más y más
alto. Mi punto dulce entre mis piernas me dolía y sabía que era el único
hombre que podía aliviar ese dolor. Sus dedos rozaron el interior de mis
muslos, mientras me mordía el labio inferior con un suave tirón. Como si
quisiera darme una lección.
Acarició las curvas de mi culo, mientras sus labios recorrían mi
garganta hasta la parte superior de mis pechos. Mordisqueó la suave piel
y mi cabeza cayó hacia atrás.
—Bas —exhalé su nombre con un gemido. Lo sentía por todas partes,
cada nervio dentro de mí temblando de placer.
—Mía —dijo bruscamente, mientras acariciaba las curvas desnudas
de mi culo. Que Dios me ayude, yo era suya. Siempre había sido suya y
ninguna negación lo cambiaría.
Su otra mano áspera se deslizó bajo mi sujetador y apretó la carne. El
placer fue instantáneo, me invadió por completo y hundí la cara en su
cuello.
Apretó sus labios contra mi oreja.
—Pídemelo.
—Por favor —tarareé contra su cuello, con las caderas rechinando
contra él. Ya reflexionaría y me arrepentiría más tarde. Ahora mismo, lo
necesitaba como una flor marchita ansiaba el sol y el agua—. Por favor,
Bas. Necesito esto.
Gimió profundamente, como si mi admisión lo complaciera.
Desabrochó mi sujetador y me lo quitó. Sentí los pechos pesados cuando
el aire frío los rozó. Se apartó y sus ojos recorrieron mis pechos con una
mirada casi reverente. Con algo oscuro y posesivo en su mirada que
parecía locura. Tal vez mía, tal vez suya.
Me pasó un pulgar por el pezón, luego se inclinó y se metió un pezón
en la boca. Un fuerte gemido llenó la habitación y mi cabeza cayó hacia
atrás mientras pasaba una mano por su cabello, apretándoselo con el puño.
Tiró de mi sensible pezón y juré sentir el calor entre mis piernas. Apretó
la suave carne de mis pechos, luego mordió, lamió y chupó de uno a otro.
Las llamas se agolpaban en mi estómago y me mojaba más a cada
segundo.
—Puedo oler tu excitación —gimió contra mi piel—. Echaba de
menos tu olor.
—Más —le supliqué, rechinando contra su erección con un jadeo.
—¿Lo quieres aquí? —preguntó, con la mano cubriéndome el coño a
través de la fina tela de mis bragas.
Un gemido desesperado y un movimiento de cabeza.
—Por favor.
Su pulgar se deslizó bajo la tira de mis bragas, tirando de ella hacia
abajo. Luego acercó sus labios contra mi oreja.
—Quítatelas —me ordenó. Ni siquiera se me ocurrió objetar. Con
manos ansiosas, me bajé las bragas por los muslos, ajustándomelas en su
regazo. Unas cuantas veces accidentalmente contra su dura erección y él
soltó un suspiro entrecortado.
Se quedó mirándome el coño con una mirada tan oscura como la
medianoche. Mis manos temblaban en sus hombros, agarrando el material
de su traje.
—Eres mi maldito vicio —gimió, con tono áspero. Como si odiara
encontrarme deseable—. Este cuerpecito me pertenece a mí y a nadie más.
Su mano corrió por mi muslo y alrededor de mi culo, tirándome más
fuerte contra él. Luego me apretó el cabello con el puño, inclinó mi cara
hacia la suya y me miró con dureza.
—Dilo. —Su exigencia era implacable.
Su rostro se acercó al mío. Nuestros labios estaban a centímetros de
distancia y nuestras miradas se ahogaban entre sí.
Debería luchar contra él. Negarle. Pero no tenía sentido mentirle, al
menos en este aspecto.
—Mi cuerpo te pertenece a ti y a nadie más. —Respiré—. Soy tuya.
Siempre y para siempre.
Me pasó un pulgar por los labios y yo los separé, rozando con la
lengua la punta de él. Le sostuve la mirada mientras nos sentábamos pecho
con pecho. Latido a latido. Se inclinó y rozó mi garganta con los labios.
Incliné la cabeza para darle más acceso, el movimiento sumiso. Me
daba igual. Le confiaba mi cuerpo. Podía ser un capo despiadado, mi
villano, pero conocía mi cuerpo mejor que yo misma.
—Te sientes tan bien —gimió contra mi garganta. El calor de sus
labios envió un chisporroteo entre mis piernas. Como si lo supiera, su
palma se coló entre nuestros cuerpos y presionó mi clítoris, aplicando la
más mínima fricción. Su mano era áspera, y yo ya estaba tan cerca. No
necesitaba mucho más. Me mordí el labio para contener un gemido.
Bas observó su mano entre mis piernas a través de sus pesados
párpados. Su palma se movió tortuosamente contra mi clítoris y la
frustración burbujeó en mi interior. Sabía exactamente cómo excitarme,
pero retenía el placer a propósito.
—Deja de jugar conmigo —le espeté, mirándolo con las mejillas
sonrojadas. Quería excitarme y lo único que él hacía era aumentar mi
frustración.
Su mano se detuvo, como si le sorprendiera mi fuego, y después de
un segundo que se extendió como horas, una risa baja se le escapó.
Me mordió la mandíbula a modo de castigo y luego levantó sus ojos
oscuros hacia los míos. El toque de oscuridad manchó sus próximas
palabras.
—¿Qué pasó con mi dulce principessa?
—Murió —respiré. Sentí como si una parte de mí hubiera muerto de
verdad aquel día.
—¿Quieres correrte? —ronroneó sombríamente. Asentí y deslizó dos
dedos a través de mi humedad y los empujó dentro de mí.
Arqueé la espalda, clavé las uñas en sus hombros y gemí de placer.
Esto era más duro que todo lo anterior, pero el dolor aumentaba el placer.
Sus dedos gruesos entraban y salían, ambos respirábamos
agitadamente.
—Cuando vuelva a penetrarte, voy a ser duro —dijo con dureza.
Sus palabras solo parecieron encender una mecha dentro de mí y la
adrenalina se desplegó en mis venas como una inyección de una poderosa
droga. Dio en lo más profundo de mí. Mi cuerpo se estremeció y mis ojos
se pusieron en blanco mientras mis entrañas se apretaban con avidez
alrededor de sus dedos.
La presión caliente se expandió y cerré los ojos con fuerza,
alcanzando esas alturas. Bas golpeó mi culo con la otra mano. Mis ojos se
abrieron de golpe, su mirada oscura, apasionada y profunda.
—Mírame, principessa —retumbó, con la tensión visible en los
hombros. Entonces volvió a golpearme el culo y el inesperado pinchazo
me hizo vibrar hasta el fondo. Gemí contra sus labios, respirando su aire.
A juzgar por el estruendo que vibró en su pecho, le gustó mi reacción.
El siguiente azote fue más fuerte. Más firme.
—Ouch —me quejé.
—Porque me dejaste —espetó, y volvió a azotarme.
Me provocó un ardor que se acrecentó mientras seguía follándome
lentamente con los dedos. Lo observé con los ojos entornados antes de
bajar la mirada para ver cómo sus dedos se impregnaban de mis jugos,
bombeando dentro y fuera de mí mientras mis caderas se movian contra
él.
Todo mi cuerpo temblaba ante la inminente liberación, como un
volcán a punto de estallar. Estaba tan mojada que goteaba por su mano y
mi pierna. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, cada músculo de
mi cuerpo se estremeció y él me besó rudamente. Y todo el tiempo me
agarré a su mano y jadeé mientras escalaba la cima. Mis uñas se clavaron
en sus bíceps, y la inminente liberación recorrió mi espalda.
—¿En quién estás pensando? —preguntó entre dientes apretados. Sus
dedos con fuerza, dando vueltas en mi interior y haciéndome ver las
estrellas—. ¿En quién? —preguntó bruscamente.
—En ti —gemí.
Como si quisiera recompensarme por mi confesión, presionó mi
clítoris con el pulgar y me introdujo otro dedo. Mis entrañas se apretaron
y mi cuerpo se estremeció ante la presión extra. La presión crecía y crecía.
Otro empujón de sus dedos y me envió al precipicio mientras me
agarraba a un puñado de su cabello.
El calor estalló en cada fibra de mi cuerpo, mi visión se oscureció y
mi corazón latía con fuerza para seguir el ritmo de la sangre abrasadora
que bombeaba a través de mí, robándome el aliento. Mi piel ardía mientras
jadeaba en busca de aire y mientras sus dedos se movían lentamente,
entrando y saliendo de mí.
El zumbido de mis oídos se desvaneció, la niebla de mi visión se
despejó y sus dedos permanecieron dentro de mí. Con la cara hundida en
su cuello, aspiré profundamente su aroma y emití un suave sonido de
agradecimiento. Olía tan bien, a whisky, a pecado y a especias. Tan
masculino. Tan mío.
El calor se extendió por mi cuerpo mientras me exprimía el último
pulso y, en ese momento no me importó la jodida historia de nuestras
familias, el pasado o la forma en que me secuestró. Solo me importaba él.
Conmigo.
Besé su cuello, tarareando un suave sonido de agradecimiento. Inhalar
su aroma embriagador era mi propia marca de alcohol. El éxtasis post-
orgásmico me hacía sentir cruda y vulnerable. Estaba completamente
desnuda y él estaba completamente vestido.
Pasé los dedos por su erección, sintiendo su longitud gruesa y dura, y
la lascivia que había en mí lo deseaba. Ahora. Dentro de mí. Era tan duro
y grande, y mi cuerpo todavía recordaba cómo se sintió dentro de mí. Mi
coño se apretó, listo para que él me reclamara.
Mis ojos se encontraron con los suyos y contuve la respiración. Sabía
que podía ver mi deseo en ellos, pero también debió ver algo más en ellos.
Porque soltó un suspiro frustrado, me besó en los labios y me metió bajo
las mantas.
—Duérmete, principessa —ronroneó—. Pronto.
Me tumbé en la cama con la mirada perdida mientras se levantaba y
salía por la puerta.
Un dolor agudo recorrió mi pecho. Una sola lágrima corrió por mi
mejilla y un sollozo ahogado se me escapó.
Me advirtió que era un villano cuando nos conocimos. Nunca me
advirtió que me robaría el corazón.
Capítulo 57
Basilio
La imagen de Wynter desnuda contra la pared, con la piel enrojecida
por su excitación, ardía en mi cerebro. Estaba duro como una piedra y listo
para tomarla. Después de nueve meses de soñar y fantasear con ella, por
fin la tenía a mi alcance y estaba decidido a hacerla mía. Marcarla. Follarla
hasta dejarla sin sentido.
Sin embargo, todo estaba mal.
Sus ojos, del color de lagos fríos, me miraban con tanta desconfianza
que me desgarraba el pecho. No había rastro de esa mirada que solía tener
hacia mí. La confianza ciega había desaparecido.
Una puta mierda.
Me dejó sin mirar atrás. Me sentí jodidamente loco durante los
últimos nueve meses, imaginándola herida, torturada o muerta. Esperé una
explicación. Nunca llegó. Mi padre era una serpiente sádica y mentirosa,
así que preguntarle estaba fuera de lugar. Intenté con Angelo y eso no llevó
a ninguna parte. Sospeché que retenía información, pero sin torturarlo no
la revelaría.
Aun así, mi polla quería entrar en su apretado y húmedo coño. No le
importaba la razón. Solo ella. Ella era mía, desde el momento en que
aterrizó en mis brazos. Y quemaría todo el puto mundo para quedármela.
Nadie me la quitaría de nuevo.
En mi habitación, me tumbé en la cama, maldiciéndome en silencio
por haber llegado tan lejos. Ahora estaba duro como una piedra y corría el
riesgo que se me pusieran las pelotas azules. Excepto que la necesidad de
tocarla era una picazón que exigía ser rascada. Tenía que sentir su suave
piel, o arriesgarme a perder la maldita mente.
Así que sucumbí a la tentación. Y ahora, la inquietud fantasma bajó
sobre mi piel, exigiendo que volviera y la tomara.
Que me jodan. Dante tenía razón todo el tiempo. Estaba demasiado
obsesionado con Wynter. Estaba tan metido en ella que no sabía cómo
subir.
Esta mujer me jodió el cerebro y el corazón. Pero ella era mía ahora
y no había posibilidad de dejarla ir. Ella tenía un cuerpo en el que quería
enterrarme, pero sobre todo, tenía un alma que quería consumir.
Ella me dio lujuria. Me dio su cuerpo. Pero no era suficiente.
Tomaría todo lo que ella me prometió.
Dormir esta noche sería un punto discutible.
Así que me tumbé en la cama, en bóxer, con la cabeza apoyada en las
almohadas y mis ojos fijos en la claraboya. El cielo oscuro estaba lleno de
estrellas pero todo lo que hicieron fue recordarme a ella. La chica que
dormía en la habitación a mi alcance; la chica que quería consumir.
La tensión me picaba en la piel, exigiendo que me liberara. Mi polla
quería estar dentro de su apretada y húmeda entrada. Mi refugio personal.
Tomé mi polla en mi mano, imaginando las suaves manos de Wynter
envueltas alrededor de mi polla. Ella bombeaba arriba y abajo, demasiado
suavemente al principio, pero yo le enseñaría a hacerlo con más fuerza.
Apreté mi polla con fuerza, bombeándola arriba y abajo, acariciándola y
todo el tiempo imágenes de Wynter retorciéndose de placer debajo de mí
pasaban por mi mente.
Una tabla crujió, la tensión se disparó a través de mí antes que
alcanzara mi arma y abriera los ojos.
Encontré a Wynter mirándome con los ojos muy abiertos y los labios
entreabiertos.
Me quedé quieto, preguntándome cuánto tiempo se quedaría allí. Ni
siquiera oí la maldita puerta abrirse.
—¿Cómo has entrado aquí? —gruñí.
Caminó hacia mí, con sus pies descalzos silenciosos sobre la madera.
Dios, esas piernas largas y ágiles serían mi muerte.
—N-no quiero dormir sola —susurró, lamiéndose los labios y con la
respiración un poco agitada.
El deseo inundó mis venas y mi polla palpitó dolorosamente. Mierda,
no era el momento para que me buscara. Mi control pendía de un hilo.
—Principessa —murmuré, incapaz de apartarla.
Capítulo 58
Wynter
Dios, ver a Bas masturbándose era tan erótico que me olvidé del
comienzo de mi pesadilla. Su ruido gutural mientras sus dedos bombeaban
arriba y abajo hizo que mi coño doliera. El corazón retumbaba en mi pecho
y el fuego quemaba mis venas.
Di un paso. Luego otro. No salió ninguna protesta de sus labios, así
que acorté la distancia hasta su cama y me subí a ella.
No podía apartar los ojos de su mano que envolvía su enorme y gruesa
polla. Los débiles sonidos de la canción que reconocí provenían de algún
otro lugar de la casa. La canción "Ashes" de Madi Diaz susurraba palabras
que podía sentir en mi alma.
Comenzó a bombear su polla de nuevo, arriba y abajo, sus suaves
gruñidos mezclándose con las melodías de la canción, haciéndolo para
siempre deliciosamente sucio.
La bruma en el aire se espesó; ardía con cada inhalación. Levanté la
vista hacia su rostro para encontrar su mirada entrecerrada ardiendo de
deseo y sobre mí. Mi lengua lamió mi labio y un gemido burbujeó en mi
garganta.
Mi piel ardía, mi corazón se aceleró y mi respiración era entrecortada
como si acabara de patinar un programa de diez minutos a alta velocidad.
La punta de su polla brillaba con semen, tentándome con su sabor.
Recordé lo bien que sabía.
Mi mano se estiró hacia su dura polla, envolviendo mis dedos
alrededor de los suyos fuertes.
—Mierda, principessa. —Su voz era torturada, la tensión se
desprendía de su cuerpo.
—Déjame —dije con voz aspera.
Retiró la mano con demasiada impaciencia. En el momento en que mi
mano tocó la piel de su polla, un fuerte gemido resonó en su habitación y
llegó hasta mis entrañas. No importaba que acabara de darme un orgasmo
apenas unas horas antes. Lo deseaba de nuevo.
Empecé a bombear su suave y dura polla, arriba y abajo, mientras él
me miraba con los párpados entrecerrados. Parecía tan fuerte y vulnerable
al mismo tiempo. Su cuerpo musculoso era un espectáculo para la vista.
—Bas —susurré tragando fuerte. Lo deseaba tanto que sentía un dolor
en todas partes—. ¿Puedo probarte?
Sus dos manos agarraron mi cintura y me puso encima de él. Mis
rodillas se separaron, a horcajadas sobre sus fuertes muslos. Mi coño
estaba tan cerca de su polla que podía sentir su calor y un dolor punzante
latía entre mis piernas.
Pero esto era para él. Él me había dado placer y ahora yo quería
dárselo a él.
Bajé por su cuerpo y lamí su eje desde la base hasta la punta, mis ojos
en él. Respiró hondo y sus ojos se nublaron. Un escalofrío recorrió mi
espalda y gemí con su polla en mi boca.
Su mano agarró un puñado de mi cabello, sus ojos me miraban con
una mirada entrecerrada. Pasé mi lengua alrededor de su cabeza y lo chupé
dentro y fuera de mi boca.
—Tómalo todo —dijo con dureza, la tensión vibrando en cada célula
de su cuerpo. Aún más inquietante fue la forma en que mi cuerpo
respondió a su tono mandón. La humedad se acumulaba entre mis piernas
y mi coño palpitaba.
Ésta era solo la segunda mamada que le hacía, pero la sensación era
distinta a la de la primera. Era más desesperada, sus embestidas en mi boca
eran espasmódicas, como si se tambaleara en el borde.
Lo metí todo en mi boca, mis pechos rozaban sus muslos y causaban
fricción sobre mi delgado top.
Movió mi cabeza arriba y abajo, controlando el ritmo. Empujó
profundamente, su polla golpeó la parte posterior de mi garganta, y mis
ojos se cerraron, gimiendo de necesidad.
Su sabor era salado y jodidamente adictivo.
—Mírame —me ordenó bruscamente, y un escalofrío recorrió mi
cuerpo cuando mi mirada se desvió hacia él—. Mía —murmuró.
Tarareé mi aprobación, apretando mis muslos para aliviar el dolor.
Mientras seguía agarrando mis rizos con una mano, la otra acariciaba mi
mejilla como si fuera su todo. Al igual que lo hizo todos esos meses atrás.
Emociones crudas parpadearon en mi pecho, y temí que pudiera ver
mi amor por él brillando en mis ojos. Continuó follando mi boca y lo dejé.
Porque él era mi todo.
Sus gemidos retumbaron a través de su pecho, nuestras miradas se
encontraron mientras seguía empujando dentro y fuera. Más profundo y
más fuerte, y su gemido se convirtió en un sonido ronco mientras se
derramaba en mi boca. Tragué y lamí mis labios, sin romper nunca nuestro
contacto visual.
Me senté sobre mis talones, todavía a horcajadas sobre él. El pecho
de Bas subía y bajaba, su respiración áspera llenaba el silencio entre
nosotros y la oscuridad se acumulaba como whisky en su mirada.
Entonces, sin mediar palabra, se subió el bóxer. Luego me tiró sobre
su torso desnudo y rodeó mi cintura con las manos. Apoyé la mejilla en su
pecho y escuché los latidos de su corazón.
Era la primera vez en más de nueve meses que dormía sin pesadillas
que plagaran mis sueños.
Capítulo 59
Basilio
Me desperté con los rizos de Wynter en la cara, su olor sobre mí y su
cara apretada contra mi pecho.
Se veía tan pacífica, su respiración uniforme y su palma descansando
sobre mi pecho. No quería moverme y despertarla.
Empecé a sospechar que las sombras negras bajo sus ojos eran el
resultado de sus pesadillas. Si tan solo confiara en mí lo suficiente como
para contarme de qué se trataban. Tenía que ser malo si venía
voluntariamente a mi cama.
Desde el momento en que conocí a Wynter, quise protegerla. Los
últimos nueve meses no habían disminuido esa necesidad. En todo caso,
la necesidad se hizo más feroz. Sin embargo, algo sucedió y apostaría todo
el dinero del mundo que mi padre tuvo algo que ver con eso.
Besé la parte superior de su cabeza, mi pecho dolía con todas estas
jodidas emociones. Ella era la única que tenía el poder de mi destrucción
y ni siquiera lo sabía.
Y mierda, cuando me metió en su boca y sus labios rosados se
cerraron alrededor de mi polla casi me vuelvo loco. Podría haber explotado
en ese momento. Eso fue lo mucho que me impactó. Su suave expresión
fija en mí y sus ruidos mientras me follaba su boca eran de lo que los
sueños eróticos estaban hechos.
Pasé mis dedos por su cabello sedoso, su respiración abanicando mi
piel caliente. Mi mano todavía estaba envuelta alrededor de su brazo y no
podía dejar de pasar el pulgar por su piel suave.
Dentro de tres días sería mi esposa. Casi quería arrastrarla hasta el
juez pero le prometí a Brennan que se haría como es debido.
Volaríamos de vuelta a Nueva York hoy, pero no quería volver a mi
antigua casa. Hasta que no descubriera exactamente lo que mi padre le
había hecho, no me arriesgaría a tenerla cerca de ese bastardo. Así que la
llevaría al nuevo ático que compré y que nadie lo sabía. Nadie más que yo
tenía acceso a él.
Ella se movió en mis brazos y sus ojos se abrieron. Nuestras miradas
se conectaron y sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Hola —murmuró somnolienta.
Por un instante, me recordó a la chica de hace nueve meses. Sus ojos
se cerraron de nuevo y un suspiro de satisfacción salió de sus labios.
—Buenos días, principessa.
Volvió a abrir los ojos y se incorporó bruscamente. El aire se detuvo,
su mirada recorriendo la habitación. Parpadeó lentamente y luego se pasó
una mano por los ojos.
—Dormí toda la noche —murmuró distraídamente y confirmó mi
sospecha sobre sus pesadillas.
—Sí —confirmé.
Dudó antes de continuar:
—¿Yo...? —vaciló antes de continuar—, ¿te mantuve despierto?
Negué con la cabeza.
—Me acabo de despertar.
Un gesto de alivio apareció en su rostro, pero luego apartó la mirada.
Se me hizo un nudo en la garganta y la boca se me llenó de un sabor
amargo. Era como si no pudiera soportar mirarme. Entonces se apartó de
mí, se peinó el cabello y miró a cualquier parte menos a mí.
Como si no pudiera soportar verme.
—Volamos de vuelta a Nueva York hoy —dije con más dureza de la
que pretendía. Ella palideció—. Tengo un ático que acabo de comprar.
Nadie más lo conoce, así que nos quedaremos allí hasta la boda.
—¿Nadie? —preguntó en voz baja, mordisqueándose el labio inferior
con nerviosismo—. ¿Ni siquiera tu padre.
—Nadie —confirmé—. Ni mi padre. Ni siquiera mi hermana y mis
primos.
—¿Y la boda? —espetó. Se apartó un mechón de cabello rebelde de
la cara con un pequeño temblor en su mano—. ¿Estará tu padre?
—No.
¿Qué coño pasó aquel día?
Medio día después, estábamos en Nueva York, tomando el ascensor
hasta el último piso de mi nuevo ático.
El ascensor emitió un pitido y se detuvo para abrirse al espacio que
ya estaba decorado pero bastante vacío. De camino hacia aquí, encargué
una entrega de comestibles, ropa para Wynter y para mí, así como una cena
temprana.
Le hice un gesto a Wynter para que entrara y ella dio unos pasos
vacilantes hacia el gran vestíbulo.
—Nunca me he alojado aquí, así que faltarán cosas —le dije—.
Hazme saber lo que necesites y lo ordenaré.
Me miró por debajo de las pestañas.
—Si me consigues un teléfono, puedo ordenarlo yo misma.
La verdad es que ya le había pedido un teléfono, unos AirPods y un
Apple Pro. ¿Por qué no se lo di? Porque me preocupaba que se largara.
Maldita sea, demándame. Nunca pretendí ser un buen tipo.
Se negó a abrirse, lo que me hizo sospechar de sus verdaderas
intenciones.
Sus ojos recorrieron la habitación y se acercó a las grandes ventanas
francesas. Emory le había comprado un vestido rosa que le llegaba a las
rodillas y unas botas Ugg blancas. Parecía una verdadera princesa de
invierno.
Y desafortunadamente, la chica me puso duro como una roca. Todo
el maldito tiempo.
Dio dos pasos a la izquierda y abrió la puerta, luego salió a la gran
terraza de la azotea. La seguí y observé cómo se inclinaba para comprobar
el empinado descenso.
—Desde aquí no se baja —le dije mientras me inclinaba a su lado.
Ella sonrió.
—A menos que consiga un helicóptero —replicó. Antes que pudiera
decir algo más, añadió en voz baja—: Bas, dije que me quedaré.
Excepto que ella dijo eso la última vez y luego se fue.
Dondequiera que miraba, ella estaba allí. Su olor. Sus ojos. Su cuerpo,
esperando que yo lo reclame. Me quité la chaqueta y el chaleco, luego la
funda y seguí colocando mi arma en la mesita de noche.
Me sorprendió que no hubiera pedido dormir en la habitación de
invitados. La respuesta habría sido no, pero aun así esperaba que me lo
pidiera.
Tal vez ella me quería después de todo. Al menos en la puta cama.
Maldita sea, debería ser suficiente. Cualquier otro hombre estaría
encantado de ser deseado por una mujer como ella.
Excepto que yo lo quería todo. Su cuerpo, su corazón y su alma.
Mierda, quería ser parte de cada latido de su corazón. De cada uno de sus
pensamientos. Quería ser todo su mundo. Igual que ella era todo mi
mundo.
La puerta del baño se abrió y ella salió vestida con unos diminutos
shorts rosas y un top negro. Jesús, ella estaba tratando de matarme.
—¿Qué lado de la cama quieres? —preguntó, señalando la cama.
—El más cercano a la puerta —dije, mi control flotando en el borde.
Se acercó al otro lado de la cama y se inclinó para dejarme ver su
glorioso culo.
La tentación tenía un nombre. Era Wynter Star. Era mía. Siempre
sería mía.
No tenía idea de qué coño estaba buscando, pero deseaba que dejara
de doblar el culo y de darme todo tipo de ideas que nos llevaría toda la
noche para ejecutar.
—¿Vas a seguir mirándome el culo? —preguntó, enderezándose,
luego dándose la vuelta para mirarme a los ojos.
Sus ojos verdes adquirieron un tono más oscuro y sus labios
entreabiertos suplicaban ser besados. O follados. No pude decidirme.
Luego olí su excitación y se acabó el juego para mí.
En un segundo, estaba en el lado opuesto de la cama; en el otro, la
tenía contra la pared. Mi cuerpo se abalanzó sobre ella, empujándola
contra la pared. Empujé mis caderas contra ella y un suave jadeo se escapó
de sus labios.
Sin previo aviso, enganché los dedos en su short y se lo bajé por las
piernas, arrodillándome al mismo tiempo.
Al colar la mano entre sus muslos, la encontré empapada y un gruñido
de satisfacción vibró en mi pecho. Quería golpearme el pecho. Mi mujer
estaba empapada.
Por mí.
Le acaricié el coño con la mano y tarareé satisfecho cuando su espalda
se arqueó, empujando aún más mi mano.
—Deseas esto —gemí—. Como yo.
—No estés tan satisfecho —murmuró, con la voz ronca y los ojos
entrecerrados—. Es solo una reacción normal.
Sin previo aviso, le di una ligera bofetada en el coño.
Un gemido vibró entre nosotros y, como si se hubiera dado cuenta
demasiado tarde de lo ocurrido, abrió los ojos de golpe. Aunque no me
apartó. O estaba demasiado aturdida. O demasiado excitada.
Antes que tuviera tiempo de reflexionar sobre ello, rocé con mis
dedos su núcleo. Observé su coño rosado como un hombre que se muere
de sed. Acerqué mi cara a él e inhalé su aroma hasta lo más profundo de
mis pulmones.
Su espalda se arqueó contra la pared y sus ojos se cerraron. Vi cómo
la felicidad se reflejaba en su expresión. Había estado soñando con tenerla
durante tanto maldito tiempo. Quería que rogara por mi polla, pero la
maldita mujer tenía una voluntad fuerte.
Había cambiado. La joven de sonrisas y reacciones abiertas ahora se
escondía de mí. Pero fue justo en ese momento que decidí, que cazaría a
cada hombre que tuvo el placer de verla deshacerse desde que se alejó de
mí. Y los mataría.
Yo sería el único hombre en esta tierra que la ha visto desmoronarse
cuando alcanzaba su punto máximo.
Deslicé mis dedos dentro de sus húmedos pliegues y esta vez, un
suave gemido se le escapó. Sus entrañas se apretaron con avidez alrededor
de ellos y pensé que me correría solo por eso.
—Dime que quieres esto —dije con voz áspera contra su coño, mis
ojos pegados a su rostro. Observé su labio inferior atrapado entre los
dientes. Lamenté no oír sus gemidos.
—¿P-podemos dejar de hablar?
Me levanté en toda mi longitud, listo para sacar mis dedos de sus
pliegues cuando su mano voló a mi muñeca.
—P-por favor, Bas. —Desde que volví a su vida, me encantaba cada
vez que me llamaba por el apodo que me había puesto. La necesidad
lasciva de sus ojos calmó mi ira, pero no fue suficiente. Quería todo lo que
me había prometido antes de abandonarme.
Sus ojos verde claro me miraban a través de los párpados
entrecerrados, llenos de lujuria, y supe que, pasara lo que pasara, haría
cualquier cosa por ella cuando me miraba así.
Volví a meterle los dedos en el coño, su boca se entreabrió y estrellé
mi boca contra la suya. Mordió mi labio, el aguijón me atravesó, pero
cuando su lengua lo lamió, mi maldito pecho explotó.
Esta mujer era más dura, más exigente que la que me abandonó nueve
meses atrás. Y jodidamente me encantaba.
Nuestras bocas chocaron, nuestras lenguas bailaron juntas, mis dedos
se deslizaron dentro y fuera de ella. Dentro y fuera. Mi polla latía
dolorosamente contra mis pantalones, pero en este momento, quería verla
desenredarse. Por mí.
—Bas —gimió en mi boca, con las caderas agitándose. Estaba cerca.
Con esta mujer, mi sangre ardía más y la palabra “mía” quemaba en mi
pecho.
Wynter Star DiLustro. ¡Pronto!
Se estrechó contra mi mano y sus gemidos llenaron la habitación.
Supe cuándo se acercaba al orgasmo. Sus manos se aferraron
frenéticamente a mis hombros y sus dedos se clavaron en mi piel.
—Así es, principessa. —Le mordí el lóbulo de la oreja—. Dámelo
todo.
Su cabeza cayó hacia atrás, exponiéndome su cuello. La mordí,
mordisqueándola suavemente y marcándola. Quería que todo el mundo
supiera que era mía.
Empujando mis dedos dentro y fuera. Dentro y fuera, su agarre sobre
mí se hizo más fuerte. Detuve el movimiento de mi mano y ella levantó
los ojos.
—No —dijo frenéticamente, sus caderas rechinando contra mi
mano—. No pares.
Solté una risita oscura.
—Acabaré contigo —prometí groseramente—. Pero te pondrás de
rodillas y me la chuparás.
Necesitaba su boca alrededor de mi polla para correrme y poder llegar
a nuestra noche de bodas. Entonces me la follaría toda la maldita noche.
Lento. Duro. Rápido. Tenía nueve meses de sexo para compensar.
Mirando la cara de Wynter, me di cuenta que quería regañarme. Pero
ella quería correrse aún más.
—Puedo correrme sola —murmuró, pero al mismo tiempo sus
caderas chocaban contra mi palma, hambrienta de fricción.
—Pero no es lo mismo —dije. Lo sabía. Llevaba nueve meses
excitándome. No soportaba follar con ninguna otra mujer. El olor no era
el mismo. El color del cabello era apagado. Todo en ellas estaba
apagado—. ¿Lo es, principessa?
Pasé mi boca por su cuello. Lamiendo. Mordisqueando.
—Voy a hacer que te corras tan fuerte. Luego me comeré tu coño
codicioso. —Un gemido vibró a través de su pecho y directo a mi ingle—
. Y después de lamer todos tus jugos, me enterraré tan jodidamente
profundo dentro de ti y te follaré tan fuerte que gritarás hasta que tu
garganta se ponga en carne viva.
—Sí —jadeó, con los ojos cerrados. Me pregunté si se imaginaba a
sus otros amantes. El pensamiento quemó como ácido a través de mí.
—Abre los ojos —le ordené con dureza.
Ella obedeció sin cuestionar, y algo en sus ojos me calmó. Sin
preguntar, se inclinó hacia adelante, sus labios apenas a una pulgada de mi
boca.
—Haz que me corra —susurró, lamiéndome la boca con la lengua—
. Y te la chuparé.
Tan pronto como pronunció su última palabra, golpeé mi boca contra
ella al mismo tiempo que mis dedos se hundían en ella. Con fuerza. Nos
besamos como dos personas desesperadas. La follé con los dedos como si
su orgasmo fuera lo último que vería en esta tierra.
Sus manos arrancaron mi camiseta, ansiosas por quitármela. Sus
pequeñas palmas se sentían frías contra mi piel caliente. Y Dios, podía
sentir su tacto por todas partes. En mi espalda, en mis hombros, en mi
pecho. Como si estuviera tan hambrienta de mí como yo de ella.
—Ahhh... Ah.... Ahhh, Bas —jadeó.
—Abre los ojos —le ordené, los celos eran un pensamiento oscuro en
el fondo de mi mente. Obedeció sin demora, probablemente asustada de
que le negara el placer. Nuestros ojos se entrelazaron, sus profundidades
verdes brillantes mientras se derrumbaba. Seguí empujando mis dedos
profundamente dentro de ella, sin importarme lo rudo que era. Necesitaba
esto tanto como ella.
—Oh, Dios mío —gimió, mirándome a través de los párpados
pesados.
Me reí oscuramente.
—No, Dios no —dije arrastrando las palabras, mi polla dura como
una maldita roca—. Tu futuro marido.
—Más —suplicó, agitando las caderas.
Metí un dedo dentro de ella y toqué su punto. Y ella se descontroló.
—Sí, sí. Bas, p-por favor. —Nuestras bocas chocando juntas, bebí sus
gemidos y jadeos. Su coño se apretó mientras se derrumbaba para mí. Por
mí. Para nadie más. Era suficiente para mantenerme y saciar la rabia que
sentía desde que me abandonó.
Sus jugos gotearon por mis nudillos, sobre mi mano. Tuve la tentación
de ponerme de rodillas y lamerla, follarla con la lengua, comérmela para
que se derrumbara por mí otra vez. Pero me derramaría en mis jodidos
pantalones. Estuve cerca.
—Tu turno —dije, un poco demasiado duro.
Sus ojos brillaban como las estrellas, su respiración agitada. Tenía esa
mirada satisfecha en su rostro, la mezcla de felicidad y asombro. Justo
como antes. Mis entrañas se endurecieron pensando en antes.
Ella jodidamente me dejó.
Sus manos recorrieron mi pecho, su tacto ligero y suave. Saqué mis
dedos resbaladizos con sus jugos y los llevé hasta sus labios y los unté
sobre su labio inferior, luego los llevé a mis labios. Mientras me chupaba
los dedos, sus ojos nunca se apartaron de mí. Su lengua se deslizó sobre
su labio inferior, la vista enloquecedoramente erótica. Y ella ni siquiera lo
estaba intentando.
Jodidamente odiaba lo mucho que la necesitaba para mantener mi
cordura.
—Una promesa es una promesa —susurró.
Me quitó la camiseta de los hombros y cayó al suelo sin hacer ruido.
—No se te da bien cumplir promesas —le dije en tono sombrío, mi
humor agriándose al recordar su última promesa.
Prometió quedarse conmigo, no dejarme nunca. Y luego me dejó sin
mirar atrás, sin una sola nota. Me dejó para que me volviera loco
buscándola.
Algo parpadeó en su expresión, pero no dijo nada. En lugar de eso, se
arrodilló y se puso a tantear mi cinturón. No podía esperar, así que me hice
cargo, me deshice del cinturón y me desabroché los pantalones.
Entonces mi mano se envolvió alrededor de su nuca y la agarré con
fuerza. La ira en mi pecho ardía, como ácido y el fuego salvaje. Una mala
combinación.
Bajó mis boxérs por mis piernas y su lengua se deslizó por su labio
inferior. Tal vez ella me deseaba tanto como yo la deseaba a ella. Por
ahora, me diría eso. De lo contrario, perdería mi puta mierda.
Su pequeña mano se envolvió alrededor de mi polla y se inclinó,
lamiendo con la lengua la punta de mi polla.
—Mierda —gemí, empujando mis caderas en su boca. No podía
escapar, mi mano la mantenía sujeta. Amplié mi postura y empujé aún más
dentro de su garganta—. Mírame mientras te follo la boca —le ordené, con
el control temblando.
Su mirada se desvió hacia mí, suave y llena de lujuria.
—Mierda —murmuré. Casi se me sale el semen mientras hundía mi
polla más profundamente en su boca.
Dios, se veía perfecta de rodillas, con la boca llena de mi polla. Mis
respiraciones salieron pesadas mientras la miraba con los ojos entornados.
Era perfecta. Sus mejillas sonrojadas y sus ojos brillantes me miraban
mientras me chupaba más profundamente en su boca.
Con nuestro ritmo sincronizado, empecé a moverme más rápido. Más
fuerte. Más profundo. Sus gemidos guturales me hacían vibrar la polla,
enviando descargas por toda mi columna.
Sus manos agarraron mis caderas, sus dedos se clavaron en mi carne.
Se estaba excitando tanto como yo. Su cabeza se movía arriba y abajo con
entusiasmo y mis abdominales temblaban con la necesidad de bajar por su
garganta. Pero no estaba listo. Quería prolongar este cielo.
—Eres mía —gruñí, penetrando más profundamente en su garganta—
. Cada centímetro de ti.
Empujé más profundo y más rápido en su boca húmeda y caliente.
Los únicos sonidos que llenaban nuestra habitación eran mi respiración
entrecortada y sus gemidos ahogados. No me lo tomé con calma, como si
cada embestida brusca fuera un castigo por lo que me hizo pasar. Sus
gorgoteos salían de su garganta pero no me detuvo, no me apartó. De
hecho, ella me acercó más.
—Te vas a tragar hasta la última gota —le dije con la voz ronca. Ella
parpadeó en señal de acuerdo—. Porque eres mía. Empecé a penetrarla,
más rápido y más profundamente en su garganta—. Y yo soy tuyo.
Su agarre sobre mí se hizo más fuerte, mientras un gemido vibraba en
lo profundo de su garganta. Mierda, le gustó mi afirmación. Al menos en
este mismo momento lo hizo.
Me corrí más fuerte que nunca, mi semen llenó su boca y goteó por
su barbilla. Mi orgasmo me consumió, salvaje y ardiente, aunque no se
comparaba con lo que sentía por ella. Serían mi perdición, lo sabía. Pero
no podía detenerlos. Ella me consumía y me daba vida. Sin ella, estaba
amargado y enojado, una cáscara de hombre. Con ella, lo sentía todo. Cada
respiración, cada sonrisa, cada mirada.
Un rubor rosa pálido tiñó sus mejillas, su mirada en mí y su boca
entreabierta. Parecía una diosa de rodillas. Y la mirada en sus ojos... Podía
convencerme que sentía algo por mí.
Algo, me burlé en mi cabeza. El odio también era un sentimiento.
Aunque ella no me miraba en este preciso momento como si me odiara.
Así que la follé y la hice gritar mi nombre toda la noche.
Capítulo 60
Wynter
Me desperté con una mano pesada envolviéndome y el aroma que tan
bien había llegado a conocer. Mi cuerpo dolía con el cansancio más dulce.
Algunas cosas que habíamos hecho anoche harían sonrojar a una mujer
mucho más experimentada.
Y cuando murmuró algo en italiano, me jodidamente derretí.
¡Derretida! Quería preguntarle qué dijo, pero luego su lengua se deslizó
dentro de mí y olvidé todos los malditos lenguajes excepto los gemidos.
Me folló lentamente, de todas las formas posibles, murmurando suaves
palabras en mi oído.
Nuestros cuerpos encajaban a la perfección. Sus manos me marcaron;
su boca me dio esperanza; su corazón me poseyó.
Por unos momentos, me quedé allí, mirando por la gran ventana que
cubría una pared entera de la habitación, con la ciudad extendida en el
horizonte y me golpeó una comprensión sorprendente.
Ninguna pesadilla.
Dos noches consecutivas sin pesadillas y ambas mientras dormía con
Bas. Me sentía mejor. Descansada. Como si sintiera mi revelación
mientras dormía, el agarre de Bas sobre mí se hizo más fuerte. Comodidad.
Él era mi consuelo.
Poco después de llegar al nuevo y lujoso ático de Basilio, llegó
nuestra ropa y la compra. Bas y yo lo guardamos todo. Se sentía natural,
casi como si lo hubiéramos retomado donde lo dejamos antes que todo
estallara. Antes de su padre.
El aire estaba tenso, como si esperara algo.
Miré por encima del hombro y parecía tan malditamente tenso,
incluso mientras dormía. Como si esperara que lo traicionara. Excepto que
no lo hice. Fue él quien me traicionó al no revelar nunca sus verdaderas
intenciones.
La atracción estaba ahí a pesar de todo. Pero quizás si me hubiera
contado todo lo que sabía y hubiera mantenido alejado a su maldito padre,
habría cumplido mi promesa y no me habría ido como su madre. Aun así,
me dolió saber que mis acciones lo habían vuelto más frío.
Quizás en vez de huir, debería haber buscado a Bas. Empecé a intuir
que tal vez, solo tal vez, la visita de su padre no salió exactamente como
Bas la había planeado. Tendría que confrontarlo sobre lo que pasó.
Volviendo mi atención a la ventana, miré el horizonte de la ciudad.
Tal vez debería haber confiado en mi corazón. Maldita sea, no lo sabía.
Pero ahora que conocía el dolor, dudaba en confiar plenamente en él.
No pude evitar reírme de la ironía de que mamá nos mantuviera a
Juliette y a mí alejadas del inframundo, solo para hundirnos en él hasta los
codos.
Y nuestro pasado volvió para atormentarnos con venganza.
¡Mamá! ¡Y Priest!
¿Ella lo sabía? Él no estaba en las Olimpiadas, así que ella no lo habría
visto. Un medio hermano. Así que técnicamente eso lo hace irlandés, ruso
e italiano también. ¿No es así? Entonces, ¿por qué diablos me necesitan
para hacer una conexión con el Pakhan?
No tenía sentido. Nunca lo averiguaría, a menos que le preguntara y
le exigiera a Bas todas las respuestas.
Con cuidado de no despertarlo, me deslicé de su agarre y salí de la
cama. Me miré, vistiendo pantalones cortos negros y una camiseta sin
mangas rosa. Me compró toneladas de cosas rosas, y cuando le pregunté
por qué tanto rosa, refunfuñó que era mi color.
Caminé descalza hasta la cocina, sin saber qué hacer conmigo misma.
Aquí no había gimnasio, ni aparatos. Nada. Dijo que en su casa de
Hampton había un gimnasio y que me conseguiría lo que necesitara.
Sin embargo, solo una cosa seguía viniendo a mi mente cuando
pensaba en lo que necesitaba. A él.
Pero él no había mencionado palabras de amor, y yo me negaba
obstinadamente a admitirlo. Dios, ojalá tuviera un teléfono para poder
llamar a... ¿Mamá? Alguien que pudiera decirme qué era normal en esta
situación.
Miré alrededor de la cocina. Incluso esta habitación tenía un gran
ventanal con vistas al río Hudson. Desde aquí arriba, la ciudad parecía
tranquila y lo único que la traicionaba era el movimiento de los autos.
Dos días más.
Sería su esposa. Aunque después de todo lo de anoche, me sentía su
esposa en todos los sentidos menos en el nombre. Mis mejillas ardían con
el recuerdo de todo lo que pasó anoche. Era casi como si Bas estuviera
tratando de recuperar todo el tiempo perdido y meterlo todo en una noche
de sexo.
No había duda: aquello era follar. No había nada de suave o amoroso
en ello. Que Dios me ayude, me encantó.
Ojalá pudiera casarme con él, los dos solos y nadie más. No, no...
Nosotros dos, mi madre, mi tío, las chicas y Sasha. Podría tener a sus
primos y hermana allí también. Los perdonaría por el secuestro. Después
de todo, Priest era mi hermano, Emory es su hermana, y Dante es... Bueno,
no estaba segura de lo que era.
Un suspiro salió de mí y la inquietud revoloteó en lo más profundo de
mí ser. No era por el matrimonio forzado. Después de todo, quería casarme
con Bas hacía nueve meses. Tenía miedo de ver a su padre.
¿Y si volvía a intentar algo?
Mis manos temblaban cuando abrí la puerta del refrigerador. Observé
el contenido, centrándome en los ingredientes. Mucha fruta, pastas
preparadas, leche de almendras, espinacas y yogur griego.
—Plátano, moras, leche de almendras, espinacas —murmuré,
obligando a mi mente a alejarse de los pensamientos oscuros—. Plátano,
moras, leche de almendras, espinacas.
Mi estómago rugió. Miré por encima de la puerta, en dirección a
nuestro dormitorio y mis labios se curvaron en una sonrisa. La idea me
golpeó como un rayo.
—Despierta, despierta —susurré alegremente. Me acerqué a la isla,
recogí mi cabello en un moño desordenado y empecé a buscar una
batidora—. Ajá —exclamé en voz baja, con cuidado de no despertar a
Bas... bueno, al menos no de esa manera.
Pelé los plátanos y los metí en la batidora. Luego lavé las moras, las
espinacas y las añadí a la licuadora. Seguí con la leche de almendras y, con
una sonrisa malvada en la cara, apreté el botón de encendido.
El rugido de la batidora llenó el silencio de la mañana y sonreí al
escucharla moler. Ya me imaginaba a Bas gimiendo, maldiciendo el día
en que me arrastró hasta aquí.
Fácilmente rectificable, musité para mis adentros, manteniendo mi
dedo en el botón para picar hielo. Pero enseguida sentí una opresión en el
pecho. Lo amaba tanto que me dolía. Era el tipo de amor enloquecedor que
duele, pero te niegas a dejarlo ir porque forma parte de cada aliento. Cada
latido de tu corazón.
Un fuerte pinchazo en la nalga me hizo dar un respingo y solté el
botón para girar sobre mí misma. Por supuesto, sabía que era él. No había
nadie más, pero aun así mi corazón retumbó en mi pecho.
Bas estaba de pie en la cocina, a medio metro de mí, vistiendo solo
un bóxer negro y el cabello negro despeinado. Su mirada penetrante estaba
clavada en mí y la mía en sus abdominales, cubiertos por el tatuaje de la
calavera Kingpin a lo largo de su costado derecho. El tatuaje que lamí
anoche.
Mis mejillas se calentaron y el anhelo ardió con un dolor en la boca
del estómago. Ardía por él con una necesidad tan cruda que me asustaba.
Bueno, esto fracasó bastante rápido.
—¿Qué haces? —refunfuñó, con la mirada fija en mí, pero algo
oscuro y devorador brilló detrás de sus ojos.
—Batido para el desayuno —respiré—. ¿Quieres un poco?
Realmente debería ponerse algo de ropa y esconder ese cuerpo. Su
pavoneo era cruel con las mujeres débiles como yo, tentándome. Mis
palmas recordaron la sensación de sus abdominales, picaban por tocarlo
de nuevo. Quería recorrer la línea de vello debajo de su ombligo con mis
dedos, sentir sus músculos tensarse y su control romperse de nuevo. Por
mí.
Dios, ayúdame. Me estaba convirtiendo en una loca del sexo.
—¿Vas a mirarme todo el día? —Su voz era profunda, enviando
escalofríos por mi espalda con una caricia áspera.
Tragué, con el calor subiendo a mis mejillas. De repente, mi brillante
idea no parecía tan brillante, porque ver a Bas en boxér me daba otro tipo
de ideas.
Del tipo que nos llevaría de vuelta al dormitorio.
Basilio conducía su auto con confianza y control. Tal como follaba.
Mi pulso se agitó y un dolor palpitante viajó entre mis muslos. Este
hombre sería mi muerte, porque todo lo que podía pensar y sentir era a él.
Tantas palabras no dichas flotaban en el aire y yo no encontraba el
comienzo para empezar a desentrañar el pasado para encontrarnos de
nuevo en el día en que caí en sus brazos.
El sol brillaba intensamente y el aire se sentía húmedo pero dejamos
las ventanas bajadas. Conducía en silencio y no pude evitar echarle una
mirada. La oscuridad brillaba a su alrededor, incluso bajo los brillantes
rayos del sol, pero No pude evitar mirarlo.
—¿Adónde vamos? —le pregunté.
Simplemente me dijo que me pusiera un traje de baño y agarrara una
toalla de playa, y luego lo dejó así. Su cabeza se inclinó hacia un lado,
encontrándose con mi mirada antes de regresarla a la carretera.
—Playa.
Puse los ojos en blanco.
—Me di cuenta de eso cuando me dijiste que me pusiera el traje de
baño. ¿Pero dónde?
Miré su perfil y vi aparecer una pequeña sonrisa en sus labios.
—La curiosidad mató al gato —dijo.
Me lanzó una mirada y una diversión oscura brilló en sus ojos.
Levanté una ceja, sorprendida por su burla. El aire cálido rozó mis
mejillas y agitó mis rizos a mí alrededor. Este momento casi me recordó
cómo se sentía antes... antes de su padre.
—Este gato podría matar a Basilio DiLustro —comenté
despreocupadamente, pero mi sonrisa arruinó la amenaza.
Él sonrió.
—Si tuviera que elegir cómo morir, sería por tu mano, principessa.
Un dolor crudo atravesó mi pecho al pensar en Bas muerto. Solo
pensarlo me destrozaba los latidos del corazón uno a uno y sabía que nada
volvería a ser lo mismo si él ya no caminaba por esta tierra. Yo no sería la
misma.
El auto se detuvo e inmediatamente reconocí la zona. La casa de mi
tío en Hampton estaba cerca. Me enderecé en mi asiento.
—¿Los Hamptons? —pregunté mis ojos moviéndose de un lado a
otro—. ¿Están aquí las chicas?
Sacudió la cabeza.
—No, están con Davina y el bebé en California.
Mis hombros se hundieron.
—Es verdad, lo había olvidado. Davina tuvo el bebé.
La semana pasada, justo después del ataque en casa de Emory. Me lo
perdí por culpa de Bas. El tío llamó a Bas a regañadientes ya que no tenía
aparatos electrónicos conmigo. Luego le entregó el teléfono a Juliette,
quien rápidamente maldijo a Basilio y le dijo que lo cortaría en pequeños
pedazos cuando pusiera sus manos sobre él.
Las reuniones familiares serán muy divertidas, pensé secamente.
—Esta es mi casa —interrumpió mis pensamientos—. Quiero que
veas dónde haremos la recepción. —Incliné la cabeza y lo miré en
silencio—. Quiero que veas el montaje y que me des tu opinión. —
Parpadeé, algo confusa. ¿Era su rama de olivo?—. Cualquier cosa que no
te guste, en la casa o para el banquete de bodas, podemos cambiarlo.
—De acuerdo —dije por fin mientras las emociones tiraban de mi
corazón, instándome a inclinarme y besarlo. Él era mi centro de gravedad
y la vida sin él no tenía sentido. Pero también lo era el orgullo que me
retenía.
El auto se detuvo y el motor de su Chevy Corvette negro se apagó.
Los dos salimos del auto, y él se acercó para tomar mi mano entre las
suyas, luego me entregó su teléfono móvil.
—Llámala —me dijo con voz cálida.
Tomé su teléfono, aunque algo en lo más profundo de mí se rebeló.
—Quiero que me devuelvas mi teléfono, Basilio —le pedí en voz
baja—. ¿Cuándo...? —¿Cuándo confiarás en mí? Pero tenía que estar
asustada por su respuesta, porque no me salían las palabras—. No me iré
—prometí.
Metió la mano en el asiento trasero de su Corvette y agarró el bolso
de playa. Podría parecer ridículo llevando un gran bolso rosa, pero no.
Estaba jodidamente guapo, con sus gafas de aviador, pantalones negros de
vestir y una camisa blanca de manga corta. Pude ver a través de ella un
atisbo de su tinta en el lateral de sus abdominales y el calor se precipitó a
la boca de mi estómago, a pesar de mi agitación por su desconfianza.
—Da igual —murmuré, abrí su y me congelé ante la imagen que me
devolvió la mirada.
El protector de pantalla de Bas era nuestro selfie de hacía nueve
meses, cuando conduje el Jeep de Priest hasta la playa. Cuando llegamos
a la playa, insistí en que nos hiciéramos un selfie y él me complació. Tomó
la foto justo cuando me volteé para decirle que presionara el botón, así que
los dos nos quedamos mirándonos fijamente cuando se tomó el selfie.
Yo parecía completa y absolutamente enamorada de él.
Capítulo 61
Basilio
—¿Encerraste a mi hermana en tu ático? —Priest gruñó.
Me reuní con Dante, Emory y Priest en el Eastside Club. Mañana era
el día de nuestra boda y necesitaba que todo saliera bien. Necesitaba mi
anillo en su dedo antes de perder la cabeza.
Los cuatro nos sentamos alrededor del despacho que solía pertenecer
a Liam. Un auténtico cuadro de Picasso era lo único que presenciaba
nuestra discusión.
—Para mantenerla a salvo —le dije. Sí, no era el mejor plan, pero
mierda, era el único que tenía. Hasta ahora, nadie sabía nada de aquel
lugar. Pero yo confiaba en mis primos y en mi hermana. Aunque Priest se
estaba comportando como un hermano chiflado y prepotente—. Emory,
necesito que vayas y te quedes con ella esta noche. Dante las acompañará
mañana a la iglesia con nuestros hombres.
Emory puso los ojos en blanco.
—No puedo creer que te estés molestando con la tradición de no ver
a tu novia la noche antes de tu boda. Considerando que rompiste todas las
otras tradiciones.
La miré de reojo.
—Es supersticioso —se burló Dante.
—Es un idiota obsesivo —espetó Priest—. No pueden mantenerla
encerrada y encadenada el resto de sus vidas.
Me encogí de hombros.
—Mírame. —Hasta que ella aprendiera a amarme y me prometiera
todo su amor, no me arriesgaría. Sí, era moralmente cuestionable, pero me
sacaba adelante y mantenía a raya mi oscuridad. Si la perdía, yo...
Sí, no sería bueno para el mundo.
Priest perdió la cabeza y se abalanzó. Yo hice lo mismo y antes de
que su enorme cuerpo pudiera chocar contra mí, lo esquivé desplazándome
hacia la derecha. Sonó el crujido de la madera, las astillas protestando y el
escritorio se derrumbó.
Antes que pudiera hacer algo más, lo agarré por las muñecas y puse
mi rodilla en su espalda.
Tanto Emory como Dante se pusieron de pie.
—Priest, es mi mujer. No te metas —advertí, con voz tranquila y fría.
—Todavía no, no lo es—, rugió. Sacudió su brazo, sin importarle si
se dislocaba el hombro. Era una cosa que mis primos y yo teníamos en
común. Nos cortaríamos el brazo, siempre y cuando llegáramos a nuestro
objetivo—. ¿Te has preguntado si ella sería tu esposa si le dieras a elegir?
—Cada maldito minuto del día—. Elige a otra mujer, no a mi hermana.
—Ella era mía antes de ser tuya —siseé—. Te amo, Priest, pero no
dejaré que nadie se interponga entre mi mujer y yo. ¿Entendido?
No el cielo. Ni Dios. Ni el diablo. Nadie me alejaría de ella nunca
más.
—Ustedes son unos malditos idiotas —dijo Emory, molesta y
agitada—. Tenemos que hablar de mañana. Y el hecho que Padre te haya
convocado.
—De acuerdo. —Miré a Priest—. ¿Estás lo bastante calmado?
Mantener a Wynter y Emory a salvo mañana y a mi padre lejos es nuestra
prioridad.
Priest refunfuñó algo en voz baja, pero asintió. Lo solté, con el cuerpo
aún sin relajar por si Priest volvía a perder la cabeza.
Se levantó en toda su estatura, quitándose las pequeñas motas del
traje. Todavía estaba enojado, era evidente en la tensión de sus hombros,
su mandíbula apretada y sus ojos oscurecidos.
—Estoy tranquilo —finalmente dijo entre dientes—. Siempre te
cubriré las espaldas, Bas. Pero primero la cubriré a ella.
Asentí.
—Me parece justo.
—Esto es demasiada tensión para mí —anunció Dante, sonriendo
como un idiota—. Es como una telenovela.
—No sabía que los veías —comentó Emory secamente.
—No las veo, pero los pequeños atisbos que capté cuando las estás
viendo fueron suficientes para relacionarlo.
Emory le miró de reojo.
—Quizá mi hermano y yo les pateemos el trasero a Priest y a ti. Por
los viejos tiempos.
—Puedes intentarlo, prima —esbozó, sonriendo con un claro desafío
en los ojos. Negué con la cabeza. Solíamos hacer eso cuando éramos niños.
Siempre terminaba con el hueso roto de alguien.
—Está bien, eso es jodidamente suficiente. —Metí las manos en los
bolsillos y me acerqué a la pared con el cuadro de Picasso—. Tengo que
ir a ver a Padre después de esto. Si algo sucede, ustedes dos vigilen a
Emory y Wynter.
—No necesito que me jodidamente me vigilen —siseó Emory, con
los ojos relampagueantes. La ignoré, concentrándome en Priest y Dante.
—Seguro que se ha enterado de la boda y quiere saber dónde está su
invitación —Dante supuso lo mismo que yo.
—No lo mates todavía —advirtió Emory—. Sé que quieres hacerlo,
pero nos traerá toda una serie de nuevos problemas. A todos nosotros y
eso no ayudará a Wynter. Ten paciencia, ya llegará nuestro momento.
No jodidamente lo suficientemente pronto.
—De cualquier manera, él no vendrá mañana. —Sobre mi cadáver se
acercaría a mi mujer. O a Emory. Ni a la madre de Wynter. Mi padre le
disparó y arruinó su carrera—. Emory, te quedarás con Wynter en el ático.
—Me siento honrada —musitó—. Puedo quedarme en tu ático
secreto.
Ignoré su comentario.
—Si Wynter tiene una pesadilla, habla con ella. Sobre cualquier cosa,
mantén la voz baja y simplemente habla.
Tres pares de ojos me observaron con un escrutinio que no me gustó.
—Jesús, estás azotado —Dante rompió el silencio—. Quiero decir, lo
sabía, pero no sabía lo azotado que estabas hasta este momento.
Le saqué el dedo corazón.
—No estoy lo suficientemente azotado como para patearte el culo a
menos que te calles de una puta vez.
—Está bien, tal vez Wyn sea feliz —Priest murmuró pensativo.
—¿Wyn? —Emory y yo preguntamos al mismo tiempo.
Priest se encogió de hombros.
—Es como la llaman sus allegados.
¿Sasha la llamó Wyn? Nunca me pidió que la llamara Wyn. Por el
amor de Dios, tenía que controlarme. La llamaría mía, esposa... nadie más
podría llamarla así.
—Dante, no pasarás la noche en el ático, pero estate allí a primera
hora. Y Priest, vigila el lugar. Si pasa algo inusual, saca a Wynter.
La mantendría a salvo, incluso a su costa. Confiaba en él. Solo que no
confiaba lo suficiente en él como para traer a Wynter a la iglesia y poder
ponerle por fin un anillo en el dedo. Sospechaba que si ella le suplicaba
que se la llevara, él cedería.
Porque era su hermana.
Mi padre estaba sentado en su despacho.
Apestaba a alcohol, antiséptico y puta carne muerta.
Mis ojos revolotearon hasta su rodilla. Estaba jodida. Parecía una
mierda. Apestaba aún peor. No es que me importara. Deberían haberle
disparado a través de su negro corazón.
Desde que le dispararon, rara vez se sentaba detrás de su escritorio.
No podía estirar la rodilla lo suficiente. En vez de eso, tenía que sentarse
junto a la mesa y apoyar la pierna en un taburete.
—¡Por fin! ¿Por qué has tardado tanto? —espetó.
—El tráfico. —Era después de la hora pico. Era una excusa de mierda.
Ambos lo sabíamos.
Sus ojos me miraron de cerca, esa cara que mi madre detestaba me
devolvía la mirada y yo sabía que era la misma cara que tendría en mi
vejez. Pero tendría a Wynter. Ella mantendría la luz en mi vida y evitaría
que me convirtiera en mi padre.
—Así que te vas a casar. —No era una pregunta. Una afirmación. Una
acusación. Un juicio.
—Sí.
—Con la chica de Brennan.
—Sí. —Que se joda. No podía impedírmelo. Que me eche a todo el
maldito Sindicato encima, me negaba a renunciar a ella. Había preparado
suficiente dinero y residencias por todo el mundo para escondernos.
Se puso de pie, alcanzando su bastón. Estaba apenas fuera de su
alcance, pero no me molesté en moverme para ayudarlo. Nunca ayudó a
una sola persona en su vida.
Finalmente lo agarró y se puso de pie con ese maldito bastón
tambaleándose. Dios, ¡lo que daría por romperle el cráneo con él! Acabar
con él para siempre.
—Supongo que Brennan no me quiere en la boda. —No te quiero en
la boda. Pero permanecí en silencio. Dejé que sacara sus propias
conclusiones—. La alianza con ellos será buena. Será mejor que les saques
alguna propiedad más por tomar a una puta irlandesa por esposa.
Un gruñido sonó en mi garganta. Fue imposible contenerlo.
Sus ojos brillaron victoriosos y sus labios se curvaron con una risa
oscura. Seguí sin decir nada.
—Deberías mudarte a nuestra casa familiar una vez que te hayas
casado. —Nunca va a pasar—. Después de todo, te criaste aquí. Querrás
que tus hijos se críen aquí.
Claro que sí. Planeaba quemar este maldito lugar hasta los cimientos
en cuanto él muriera.
Una vena palpitaba en mi sien, mi rabia quería salir. Hacerlo sufrir.
Acabar con él, de una vez por todas.
—Tengo mi propio lugar —le dije—. Viviremos en nuestra propia
casa y crearemos nuestros propios recuerdos. —Recuerdos felices sin tu
puto culo en ellos.
—Angelo cableará tu casa —dijo. Ese hijo de puta nunca volvería a
poner un pie en mi casa—. Los Brennan no son parte del Sindicato.
Necesitamos proteger los intereses de nuestra organización.
—Envía a Angelo a mi casa y es hombre muerto.
Giré sobre mis talones y salí. O me arriesgaba a matar al hombre en
el acto.
Capítulo 62
Wynter
Bas realmente pensó en todo.
Desde el masaje, el baño con aceites perfumados, el tratamiento
facial, la manicura y la pedicura, así como el equipo de maquillaje y
peluquería. Lo único que no tenía eran mis amigas. No confiaba en ellos
ni en mí.
Dante nos recogió a Emory y a mí en el ático y condujo hasta la
catedral conmigo en la parte trasera de un lujoso Rolls Royce. Eran mi
seguridad, o mejor dicho, mis guardias. Bas no confiaba en nadie más que
en su familia. Cuando nos detuvimos frente a la catedral de San Patricio,
un enjambre de hombres con trajes negros llenó la entrada.
Vi a Davina, Juliette e Ivy y agarré la manilla con la mano.
—Pare aquí —le dije al conductor—. Ellas lo lograron.
Davina me aseguró que nada les impediría venir, pero yo seguía
preocupada. Después de todo, acababa de tener un bebé.
Dante negó con la cabeza.
—Nos detendremos a un lado y puedes esperar adentro hasta que
comience la ceremonia.
Lancé una mirada molesta en su dirección. Se parecía mucho a Bas,
con su cabello oscuro y sus ojos oscuros. Tenía una constitución similar a
la de Bas, pero había algo diferente en Dante. Si bien Bas y Priest tenían
algo desquiciado y loco, yo no lograba entender a Dante.
Mis ojos se dirigieron a Emory. Se veía bonita con un vestido rosa
suave. Iba a ser mi dama de honor junto con Ivy, Juliette y Davina.
Sinceramente, todo parecía un circo. Un circo de lujo.
Cuando el auto se detuvo, Dante y Emory me ayudaron a salir.
La cola de mi vestido era jodidamente larga y Emory la recogió
rápidamente para que no se arrastrara por el suelo. Qué criminal tan
experimentada, pensé, y una risa histérica me subió por la garganta, pero
me la tragué rápidamente.
Dante miró los alrededores, su mano debajo de su chaqueta en el
arma, listo para dispararle a cualquiera que se atreviera a acercarse a
nosotros.
Como dije, un maldito circo.
—Esto es una mierda —murmuré, cuando varios paparazzi nos vieron
y corrieron hacia nosotros, ya tomando fotos—. Es demasiado largo para
caminar con estos tacones.
Dante se rio entre dientes, ofreciéndome su brazo para ayudarme a
caminar con mis tacones. Ponme en hielo y me mantendría estable. Ponme
tacones y estaba destinada a caerme.
Una vez dentro, mis tacones repiquetearon contra el suelo de mármol.
Después de dar unas cuantas vueltas, Dante se detuvo y me abrió la puerta
de la rectoría. A lo lejos se oía el sonido de un órgano y Dante extendió su
mano, diciéndome que entrara.
Mi mirada se dirigió a Emory, luego a Dante.
Emory me dedicó una sonrisa reconfortante.
—Pronto terminará —murmuró.
—No puedo esperar —refunfuñé al entrar, y luego me di cuenta que
estaba siendo un poco maleducada con ella—. Umm, gracias por... —Mis
palabras fallaron. Ayudó a Bas a secuestrarme, pero también hizo todo lo
posible para que me sintiera cómoda—. Supongo que por todo —
murmuré.
—No hay problema —respondió ella, sonriendo ampliamente—. Sé
que Bas y tú serán felices juntos. —Un latido de silencio—. Es duro por
fuera, pero es un gran blandengue por dentro.
Una suave inhalación de aire. Yo le habría descrito exactamente igual
antes del incidente con su padre.
Cuando guardé silencio, continuó:
—Desde que tengo memoria, me ha estado protegiendo de nuestro
padre a su costa. Ya era hora que encontrara su felicidad. Incluso si lo
robó.
Cada célula de mi cuerpo se llenó de esperanza. Esa peligrosa
esperanza que puede elevarte muy alto.
—Gracias, Emory.
Ella inclinó la cabeza y luego cerró la puerta. Casi esperaba escuchar
el clic de la cerradura, pero no hubo nada.
Me dejaron en una habitación sin llave. ¿Quizás era una prueba? Me
quedé en medio de la habitación, sin saber qué hacer hasta que comenzara
la ceremonia. Fue entonces cuando capté mi reflejo en el espejo.
Mis rizos rubios estaban recogidos en un moño con perlas
entretejidas. El vestido era impresionante. Las perlas y la plata que
bordada en el vestido brillaban, resplandeciendo cada vez que me movía.
Ceñía mi cuerpo y bajaba por la larga cola. Me hizo sentir como una
princesa y no tenía con quién compartirlo.
No tenía idea de quién sería parte de esta boda ya que no participé en
su planificación. A decir verdad, no tenía idea de quién lo hizo, y con un
período tan corto de preparación, esperaba que fuera un asunto pequeño.
Oí un sonido suave y giré la cabeza en su dirección. La alfombra que
colgaba de la pared este se movió y de ella salieron Juliette e Ivy.
—¡Jules! —jadeé, poniéndome de pie—. ¡Ivy! ¿Qué hacen aquí? —
Y entonces me lancé a sus brazos, arrugando sus preciosos vestidos rosas
de dama de honor—. Me alegro mucho de verlas —chillé, parpadeando
con fuerza y asustada de arruinar mi maquillaje.
—Duh, ¿no es obvio? —replicó Juliette—. Salvándote—.
Miré a mí alrededor cuando pronunció esas palabras, casi esperando
que alguien irrumpiera en la habitación y se desatara el infierno.
—Nada de salvarme —susurré. Por alguna razón no me sorprendió
que Juliette ideara un plan para salvarme—. No quiero que tengas
problemas.
Si Bas las encontraba aquí o escuchaba las palabras de Juliette, temía
lo que haría. El hombre con el que me iba a casar hoy era un hombre
diferente al que había abandonado. Además, le prometí que me quedaría.
—Los DiLustros están locos —anunció Juliette—. No puedes casarte
con ese chiflado que te secuestró, diga lo que diga papá.
—¿Y qué ha dicho el tío? —pregunté, sin saber qué hacer con ellas
dos.
Ivy agitó la mano.
—Que tienes que pagar la deuda por haber robado entre las cuatro ese
camión blindado.
Bueno, eso lo resumía todo. Pero era mucho más que eso.
—Wyn, no puedes hacer esto —siseó Juliette—. No dejaré que te
sacrifiques.
—No es... —No me dejó terminar.
—¿Y sabes lo que hizo Dante DiLustro? —continuó, con la voz
aguda—. Le pidió mi mano a papá.
—¿Tu mano? —pregunté, confundida.
—Le pidió a papá que jodidamente me casara con él —escupió—.
Debería haberle cortado las pelotas en vez de darle una patada en ellas.
Parpadeé, viendo sus mejillas sonrojarse. Mi prima nunca se
sonrojaba. Jodidamente nunca. Pero algo sobre Dante DiLustro hacía que
Juliette se pusiera furiosa. Cada vez.
—¿Qué le dijo el tío? —pregunté con curiosidad.
—Malditamente, no —dijo ella—. Pues eso. Gracias al cielo. Si no,
aprovecharía el día de hoy para matarlo en vez de salvarte el culo. Ahora
vámonos antes que aparezca ese monstruo de DiLustro. Solo tenemos unos
minutos para salir de este bloque.
La puerta se abrió con un fuerte golpe contra la pared, el marco de
madera traqueteó. Basilio estaba allí de pie, con expresión sombría y
tormentosa.
—No vas a ninguna parte —gruñó Bas—. Y desde luego no te vas a
llevar a mi novia. ¡Fuera!
Las tres nos encogimos ante su expresión asesina.
Sabía que Juliette era pura palabrería. ¿Verdad que sí?
—Bas, son mis damas de honor y mis mejores amigas —dije
ahogadamente, lanzando una mirada a mis amigas.
Juliette se recompuso, disimulando su reacción inicial, y lo fulminó
con la mirada. Se llevó las manos a las caderas y dio un paso, como si
fuera a abalanzarse sobre él.
—Escucha, DiLustro —le espetó—. Está jodidamente mal secuestrar
a la gente. Y ahora arrastrarla por el pasillo. ¿No tienes vergüenza? —
Luego soltó una risita como si recordara algo—. Oh, es verdad. Ninguno
de ustedes los DiLustros tienen vergüenza. Como tu maldito primo.
Montón de italianos. —Sus ojos se dirigieron a mí, satisfecha de haberle
dado a Bas su opinión.
Ivy nos miró a todos, con un destello de incertidumbre.
Bas dio un paso hacia Juliette y se alzó sobre ella, aunque sin tocarla.
—Y tú, Juliette, ¿no tienes vergüenza? —le espetó, entrecerrando los
ojos—. Después de todo, fuiste tú quien empezó esta mierda cuando
prendiste fuego a esa casa.
Juliette se estremeció y por un momento pensé que iba a empezar a
llorar.
—Basta, Bas —gruñí, no quería ver llorar a mi prima.
—Tu prima tiene que aprender que todas las acciones tienen
consecuencias —gritó—. Y prácticamente te empujó a mis brazos cuando
se volvió loca. Así que quizá debería mirarse al espejo si quiere culpar a
alguien.
Oh, Mierda. ¿Por qué tenía que ser tan brutalmente sincero?
Tiré de su manga y le supliqué.
—Bas, eso no es justo.
Bas se quedó inmóvil.
—Piérdanse. Las dos —les gruñó a ella y a Ivy.
—Vayan —articulé.
Ivy tomó la mano de Juliette y tiró de ella, saliendo corriendo por la
puerta, en lugar del pasaje secreto. La boda ni siquiera había comenzado y
ya se estaba convirtiendo en una catástrofe.
A solas con Bas, su mirada negra como el carbón se clavó en mí. Fue
entonces cuando me fijé en su esmoquin negro entallado. Le daba un
aspecto más oscuro y siniestro, pero también tan condenadamente guapo.
Le sostuve la mirada, ahogándome en su oscura posesividad que me
producía escalofríos. Su pecho subía y bajaba mientras un silencio lleno
de tensión se arremolinaba en el aire.
—Ibas a huir, principessa —dijo en voz baja, con la mirada
ensombrecida. Negué con la cabeza, pero antes que pudiera decir algo,
continuó—: No me mientas. Oí su plan de despejar el bloque. Tú no
estabas en desacuerdo.
La ira creció lentamente dentro de mí.
—Es porque irrumpiste como un demonio listo para matar —respondí
bruscamente.
—Dile a esa bruja de prima que se ocupe de sus asuntos y que nos
deje a los dos con los nuestros.
—¿Por qué no empiezas a golpearte el pecho y ruges 'mía'? —siseé,
molesta—. Jules solo quiere protegerme. Todo lo que sabe es que me
secuestraste, así que, ¿qué demonios esperabas de ella?
Dio un paso, poniéndonos pecho con pecho.
—Dile que si alguna vez se atreve a sugerir una maldita idea estúpida
que te ponga en peligro otra vez, haré que se arrepienta de haberte hablado.
Un temblor me recorrió al oír sus palabras. Debo haber perdido la
cabeza porque su oscuridad tiró de algo muy dentro de mí.
Se inclinó hacia delante hasta que su frente se apoyó en la mía.
—Hoy eres mía. Mi esposa. Nada ni nadie me separará de ti —susurró
con fuerza.
Mis entrañas ardieron mientras le sostenía la mirada.
—Todo esto está mal —dije, con las emociones apretándome la
garganta y dificultándome la respiración—. No debería ser así.
Basilio agarró mi muñeca con fuerza y tiró de mí hacia la puerta. Mis
ojos se clavaron en él, alarmados.
—¿Qué estás haciendo? —siseé en voz baja. Intenté zafarme de su
agarre. Sin éxito.
Me agarró con fuerza, como si le preocupara que me escapara. ¿No
creyó en mi promesa?
—Nunca te haré daño —siseó, arrastrándome por un largo pasillo. Me
burlé de aquella declaración. ¿Qué se creía que estaba haciendo ahora?—
. Pero no toleraré tu negativa. Eres mía y cuanto antes te des cuenta, mejor.
Si huyes, te seguiré. Si tocas a otro hombre, lo mataré. Recuérdalo el resto
de nuestros días.
Mi paso vaciló y mis ojos se abrieron de par en par. ¿Dónde estaba el
hombre del que me enamoré? Los cálidos ojos marrones habían sido
sustituidos por una mirada oscura y fría que podría congelar esta tierra, por
no hablar de mi corazón.
Negué con la cabeza, ya fuera por mis pensamientos o por sus
acciones, no estaba segura.
—Nos vamos a casar —gruñó, y luego tiró de mí hacia adelante.
—P-pero no podemos ir juntos al altar —protesté débilmente. Bas
había perdido la maldita cabeza.
Tirando de mí, llegamos a una puerta arqueada. La entrada a la capilla
principal. ¡Por Dios! Hablaba en serio. Me arrastraría hasta el altar donde
esperaba el sacerdote porque no confiaba en que caminara sola. Delante
de todos nuestros invitados.
—Bas, por favor, sé razonable —le supliqué. Me ignoró y siguió
tirando de mí.
Se me hizo un nudo en la garganta, el corazón me retumbaba,
robándome el aliento.
Su padre le había hecho esto. Su madre se lo había hecho cuando lo
abandonó de niño. Yo lo abandoné. Y ahora que me había encontrado,
creía que volvería a abandonarlo.
En el momento en que los invitados nos vieron, un suave murmullo
se extendió por la iglesia. No hubo sonidos de asombro y suaves jadeos.
En cambio, me encontré con miradas sorprendidas y fuertes murmullos.
La caminata por el pasillo de la enorme iglesia terminó demasiado
rápido. La música sonó anunciando mi caminata. Los pétalos de rosas
blancas y rojas cubrieron mi camino y me pareció irónico que coincidiera
con nuestra historia. Sangre e inocencia. Excepto que no había inocentes
aquí.
Sin preocuparse por nadie más, los pasos de Bas fueron apresurados
y no se detuvo hasta que estuvimos frente al altar, con un sacerdote
sorprendido mirándonos fijamente. Al igual que un centenar de invitados.
Reconocí a algunos, a otros no.
Por el rabillo del ojo, vi al tío Liam y a Killian dar un paso adelante,
con miradas furiosas en sus rostros. Mis ojos buscaron a mi madre, pero
se limitó a permanecer sentada con una expresión ligeramente vacía en el
rostro.
Los padrinos de boda de Basilio, vestidos con chalecos y pantalones
de vestir oscuros, no llevaban chaquetas, pero las fundas eran claramente
visibles. Tres padrinos de boda. Dante DiLustro, Priest y Killian.
Tres damas de honor. Juliette, Ivy y la hermana de Bas, Emory. Mis
ojos volvieron a mirar a mamá, preguntándome si habría visto a Priest.
Al parecer, Killian y Emory fueron arrojados a los lobos, para estar
en el lado equivocado del ring de combate.
Mis ojos conectaron con las miradas de mis mejores amigas.
Consuelo. Apoyo. Amor. Y, por supuesto, su sorpresa.
—¿Qué coño estás haciendo, DiLustro? —El tío soltó furioso—.
Quítale las manos de encima. Acordamos el matrimonio, no que abusaras
de mi sobrina.
El agarre de Bas en mi mano se hizo más fuerte y se me escapó un
pequeño gemido.
—Quítale las manos de encima, DiLustro —advirtió Sasha,
apareciendo de la nada y con el arma ya apuntando a Bas—. O te mato.
Ahora mismo.
Los hermanos de Sasha vinieron a colocarse detrás de él, Quinn se
colocó justo detrás del Tío y Killian, mientras que Dante y Priest se
colocaron detrás de Bas. Los únicos que parecían despreocupados con este
volcán a punto de estallar eran los hermanos Ashford. Aunque vinieron a
ponerse detrás de Bas.
—Fuiste demasiado lejos, DiLustro —gruñó Sasha, sus ojos furiosos
sobre Bas—. Por esto, morirás.
¡Oh, Dios mío!
Habría derramamiento de sangre en la iglesia. El día de mi boda.
Delante de todos los invitados. Los Ashford. Nikolaevs. Los Morrellis. El
maldito mundo.
Negué con la cabeza, incapaz de pronunciar una sola palabra.
—Intenta apartarla de mí y te mataré —rugió Bas mientras me
arrastraba hacia su izquierda y sacaba un arma de debajo de su esmoquin.
Sus ojos se entrecerraron en el tío y Sasha—. A ti y a toda tu puta familia.
El zumbido en mis oídos ahogó los murmullos de los invitados. La
sangre corrió por mis venas.
—Él no lo dice en serio —respiré, sacudiendo la cabeza. Empujé a
Bas y me puse en medio—. Solo ha sido un malentendido —les dije a
todos, mis ojos mirando alrededor—. Está todo bien. Por favor, por el
amor de Dios, guarden sus armas.
¡Quien haya planeado esta boda debería ser despedido!
Capítulo 63
Wynter
El sacerdote celebró la ceremonia, temblando como una hoja contra
la brisa.
La ceremonia y las palabras pronunciadas durante ella fueron una
bruma. Me concentré en mi respiración y en las personas que matarían a
Bas si perdiera la cabeza.
No. Pierdas. Tú. Mierda.
Amaba a mi villano. Era una estupidez. Suicidio. Excepto que no
podía olvidar sus sonrisas. Cómo me atrapó desde el balcón. La forma en
que deslizó los zapatos en mis pies descalzos.
Eso era tan malditamente patético incluso sin decirlo en voz alta. Me
secuestró, me drogó y yo lo amaba. Era un psicótico. Tal vez yo también.
Bas susurró sus votos en mi oído, sus palabras eran una oscura
promesa.
—Nadie me separará de ti. Ni los dioses. Ni el cielo. Ni el infierno.
Siempre serás mía. Te tendré, y tú me tendrás. Hasta que la muerte nos
separe.
No podía decidir si era un voto romántico o simplemente una loca
obsesión.
La mano fuerte de Basilio tomó la mía y sin dudarlo deslizó el anillo
en mi dedo. Mi corazón tamborileaba enérgicamente bajo mi caja torácica,
pero mis dedos no temblaban. Mi rostro era una máscara perfecta.
Ante un centenar de testigos, nuestro destino estaba sellado. Los
rostros desconocidos de Nueva York, Chicago, Filadelfia, Nueva Orleans
e incluso Washington presenciaron la unión. Los grilletes me fueron
colocados permanentemente. Pero ninguno de ellos sabía que había
aceptado esos grilletes nueve meses atrás porque me había enamorado del
monstruo.
Mis ojos se desviaron hacia Davina. Se había casado con mi tío. No
fue en circunstancias perfectas, pero funcionó. Eran felices. Pero no tenían
la historia que nuestras dos familias tenían.
—Puedes besar a la novia. —Las palabras del cura penetraron en mis
pensamientos.
Levanté la cabeza y me encontré con la mirada oscura y líquida de
Basilio. Esos ojos que me enloquecieron desde el momento en que me
atrapó esa noche. Parecía hace mucho tiempo, como si le hubiera pasado
a dos personas diferentes. Él no era el mismo; ni yo.
Inclinó su enorme cuerpo para acortar la distancia que nos separaba y
me besó sin dudarlo. Nuestro primer beso como marido y mujer. Suave.
Posesivo. Desgarrador.
Separé los labios y sentí el calor de los suyos. Su lengua rozó mi labio
inferior y un gemido llenó el aire entre nosotros.
Tomé su labio inferior entre mis dientes y lo mordí con fuerza. Su
cuerpo se puso rígido, pero no retrocedió. Nada. Terminó el beso, su
lengua recorriendo el escozor, como si disfrutara con el dolor.
Nuestros ojos permanecieron fijos cuando se apartó, con algo oscuro
y posesivo en el fondo de su mirada. Me recorrió un escalofrío, aunque no
sabía si era de anticipación o de miedo.
Tomó mi mano y una sonrisa tensa enmascaró su expresión mientras
caminábamos por el pasillo pasando a los invitados y hacia la salida de la
iglesia. Afuera, la limusina ya nos esperaba y nos dirigimos directamente
hacia ella.
—Espera, quiero viajar con…
—Viajas conmigo —gruñó, una advertencia clara en su voz.
—¿No deberíamos agradecer a los invitados? —dije con voz áspera—
. Apenas pude ver a mi familia. Mi mamá.
Todavía no podía creer que estuviera de vuelta en Nueva York. No
habría pasado nada si no hubiera podido venir, sobre todo teniendo en
cuenta cómo reaccionó después de ver a Bas y a Dante. El tío no ha dicho
mucho y esperaba que no la sedaran para convencerla de venir.
—Lo haremos en la recepción.
Durante todo el trayecto hasta la recepción en la propiedad de Basilio
en la playa de Hampton, el aire entre nosotros era tan tenso que podrías
cortarlo con un cuchillo.
Capítulo 64
Wynter
Basilio y yo nos paramos junto al arco, su mano sosteniendo la mía.
Como la pareja de novios perfecta.
Su casa de Hampton era muy elaborada. Demasiado elaborada para
alguien tan joven; parecía un poco extravagante. El edificio de mármol
blanco podía albergar fácilmente a treinta personas. Una fila de autos caros
rodeaba la entrada. Todos pertenecían a Bas.
Docenas de camareros esperaban afuera con copas de champán
preparadas, junto con pequeñas bandejas de aperitivos.
Mientras esperábamos la llegada de los primeros invitados, casi
parecíamos unos felices recién casados. Casi.
Se inclinó, sus labios rozaron mi oreja y susurró:
—Sonríe, principessa.
Su cálido aliento envió un delicioso estremecimiento por mi espalda
y el recuerdo brilló en mi mente.
—Te encontré. —Su aliento era cálido en mi oído mientras nuestros
cuerpos se movían juntos, las lentas melodías de los altavoces de su auto
llenaban el aire. Las estrellas parpadeaban sobre nosotros y las luces de
la ciudad brillaban a lo lejos, pero lo único que sentía y veía era a él—.
Quiero tus labios y tu cuerpo porque tú quieres dármelos. No porque
quieras pagar la deuda.
Esos momentos con él eran los más felices. Nunca pensé que nos
traería hasta aquí. Los recuerdos me sabían un poco amargos después de
todo lo que había pasado, pero aun así no los cambiaría por nada. Aquellos
eran el combustible de los latidos de mi corazón, sin importar si sufría o
no.
Abrí la boca para asegurarle, de nuevo, que realmente no iba a huir,
cuando los primeros invitados llegaron frente a nosotros. El tío y Davina,
junto con su recién nacido. Un hermoso bebé, Aiden.
—¿Estás bien? —El tío refunfuñó, sus ojos en mí como si esperara
encontrar evidencia de abuso. No me extrañaría que matara a Bas y diera
por terminada toda esta farsa.
Forcé mi sonrisa más brillante.
—Sí, estupenda. —Por el rabillo del ojo, pude ver a Bas mirándome
con desconfianza. El tío me estudió también, y de alguna manera, dudé
que alguno de los dos se hubiera dejado engañar—. ¿Mamá está bien?
El tío asintió.
—Ella insistió en estar aquí.
La sorpresa me invadió.
—¿En serio?
No podía culparme por dudar de él. Después de veintiún años de
negarse a visitar la costa este, todo lo que necesitaba era una boda para que
ella viniera.
—Sí. Se niega a perderse más momentos. Sus palabras; no las mías.
Oh.
—Felicidades, Wyn. —Davina me abrazó, con el pequeño Aiden en
sus brazos durmiendo plácidamente—. Estás preciosa.
Sostenía a su recién nacido con tanto amor que se me llenaron los ojos
de lágrimas.
—Es tan pequeño —susurré, asustada de despertar a mi sobrino en
sus brazos. Pasé ligeramente los dedos por su mejilla y el pequeño Aiden
no se movió—. Es mi sobrino, ¿verdad?
El tío tiró de mí para abrazarme.
—Sí, tu sobrino. —Luego me susurró al oído—: ¿Quieres ser viuda?
Me aparté y negué con la cabeza, esperando que estuviera bromeando.
Aunque nunca podrías estar segura con una familia loca del inframundo.
Los Ashford eran los siguientes en la fila.
—Maravillosa boda —felicitó Byron, luego se volvió hacia Bas—.
Tienes a tu mujer. Esperaré ese contacto.
Mis ojos se movieron con curiosidad entre los dos.
—¿Qué contacto? —pregunté vacilante.
Bas se encogió de hombros.
—Mi primo tiene un hermanastro con el que quiere hacer las paces.
—Nunca había visto una ceremonia así —anunció Royce Ashford—
. Y he estado en unas cuantas. Ese cura probablemente se jubiló justo
después de casarlos a los dos. Aunque ese beso del final... sí, erótico,
erótico.
Parpadeé ante su extraño comentario. Bas le sacó el dedo corazón,
mientras el primero sonreía, articulando maldito psicópata directamente a
Basilio. Royce y Bas eran los más cercanos en edad, así que tal vez se
entendían mejor.
—Ignóralo —refunfuñó Kingston, con una mirada aterradora. De los
cuatro hermanos, era el que me hacía sentir más incómoda. Desprendía
vibraciones de Alexei y sabías que te mataría sin perder el sueño—.
Felicidades.
Asentí agradeciendo pero permanecí en silencio. No era como si me
creyeran si sonreía como una novia efusiva.
Los siguientes invitados fueron Aurora y Alexei con su pequeño.
Honestamente, me sorprendió que las familias con niños pequeños no se
dispersaran. Especialmente después de ese fiasco en la iglesia.
Mis ojos buscaron detrás de ellos pero Sasha no estaba por ninguna
parte. Por un momento, me encontré con los ojos de Alexei pero su mirada
inmóvil no reflejaba nada.
—Estás preciosa —dijo Aurora, y luego se inclinó para besarme en la
mejilla—. Sasha tuvo que ir a refrescarse un poco.
—Ah, está bien —murmuré. Podría ser lo mejor, aunque lamenté no
haberlo visto.
La mano de Kostya se extendió.
—Mía —gimió.
—Jesús, ya es posesivo —musitó Aurora—. Deben ser los genes.
Sorprendiéndonos a todos, Bas se rio.
—Ah, no, amiguito. Ella es mía. Búscate tu propia princesa.
Aurora le miró sorprendida.
—No sabía que bromeabas, primo —murmuró.
Dando un paso más cerca de ella, tomé las pequeñas manos de
Kostya.
—Cuando termine con esta farsa —murmuré en su cabello, luego
besé su frente—. Iré a buscarte.
La interminable fila de invitados tardó mucho más de lo que pensaba.
No tenía idea de cómo terminamos con tantos invitados en tan poco
tiempo. Me dolían las mejillas por la sonrisa falsa que mantuve durante
tanto tiempo.
De vez en cuando, me arriesgaba a mirar a Bas. Me miraba a los ojos
cada vez. La oscuridad y las llamas ardían profundamente en su mirada.
Él era mi amor, mi lujuria y mi felicidad... a pesar de todo. No podía luchar
contra él. Él era mi llama y sin él yo no viviría. Solo existiría.
—¿Bas? —susurré para que nadie más pudiera oírnos.
Su mirada encontró la mía y los recuerdos de todas nuestras primeras
veces pasaron por mi mente. Había tanto que podía ver en la intensidad de
su mirada que temí que él también lo sintiera. ¿O fue solo mi imaginación?
—No iba a huir —murmuré en voz baja—. En la iglesia.
Un gruñido de satisfacción, o tal vez de incredulidad, subió por su
garganta e inclinó la cabeza para darme un beso en la boca. Pero no dijo
nada, dejándome con la duda de si me creía.
Estábamos en esto para bien o para mal. Tendríamos que aprender a
confiar el uno en el otro.
—¿Bas?
—Hmmm.
—¿Podemos hablar esta noche? —El día del ataque de Gio tendría
que ser abordado. Me había preguntado por qué me fui. Repetidamente. Si
no aclarábamos las cosas y llegábamos a algún acuerdo, no sería un buen
comienzo para nuestro matrimonio.
—Esperaba que hiciéramos algo más que hablar en nuestra noche de
bodas —respondió, con sus ojos oscuros llenos de promesas pecaminosas.
—Pero quizá podamos hablar del día.... —Hice una pausa. Era difícil
pensar en ese día, y mucho más hablar de él—. Hablar del día en que me
fui —terminé.
La sorpresa brilló en sus ojos.
—Esta noche —aceptó.
Deslizó su mano entre las mías y nos dirigimos a nuestros asientos,
donde la suave música llenaba el gran patio trasero con vistas al océano
Atlántico que se extendía a kilómetros a la redonda.
Una vez sentada, Davina tomó mi mano que agarraba mi vestido y la
apretó suavemente.
—Ya casi ha terminado.
En nuestra mesa estaban sentados mamá, tío, Dante, Emory, Priest,
Ivy, Juliette, Killian y el tío de Basilio. Mis ojos se dirigieron a mi madre
que estaba sentada rígidamente al lado del tío Liam. No pude evitar
recordar lo que me había dicho sobre enamorarse del hermano de Gio.
Tenía que ser el tío de Bas.
Quería disculparme con ella. Abrazarla y decirle que Bas no era su
padre. Decirle que Priest era el hijo que había perdido. Ella ni siquiera
había mirado a su lado de la mesa. Aunque me di cuenta que Priest, Dante
y su padre la habían mirado más de una vez.
No sabía qué pensar al respecto.
Dante se levantó de la silla y chocó su copa para llamar la atención
de todos. Intenté concentrarme en su brindis, pero mis oídos zumbaban tan
fuerte que no oía nada más que el trueno de mi propio corazón.
El tío fue el siguiente. Por el rabillo del ojo, capté su cuerpo tatuado
y voluminoso moviéndose con elegancia entre las mesas para sentarse en
la de los Nikolaev. Me levanté de golpe y todos me miraron.
Me congelé y los ojos de Sasha se encontraron con los míos. Asintió
y esbozó una sonrisa. Respiré aliviada. Me aseguró que no le haría daño a
Bas.
Davina tomó mi mano y tiró de mí hacia abajo. Lentamente, volví a
sentarme en el asiento. Bas apretó los labios y sus ojos oscuros se
sostuvieron en los míos. Se inclinó hacia mí, su aliento caliente contra el
lóbulo de mi oreja.
—Si te atrapo con él, es hombre muerto.
Se me escapó una risa ahogada. Me preocupaba proteger a Bas de
Sasha, mientras mi temerario marido amenazaba con matarlo. ¡Qué
perfectamente irónico! Un maldito circo.
Mi tío empezó su brindis.
—Desde el momento en que nació Wynter y la tuve en mis brazos,
les hice una promesa a ella y a mi hermana. Juré que la mantendría a salvo.
—Sus ojos se entrecerraron en mi nuevo marido—. Ella es mi familia y no
importa su apellido, si es herida, iré por ella.
—Nada supera ese discurso —murmuré en voz baja, excepto que
todos en nuestra mesa lo oyeron.
—Apuesto a que podría superarlo. —Juliette se rio.
Negué con la cabeza.
—Por favor, no lo hagas.
Sonrió.
—Solo porque te quiero.
—Y quiere tu Jeep —añadió Ivy, lo que le valió una mirada
fulminante de Juliette.
—Juliette no va a tener auto —espetó el tío—. No hasta que pueda
demostrar que es segura para los demás y para sí misma mientras conduce.
—Eso sería nunca —se burló Davina.
—Hey —protestó ella—. He mejorado mucho.
—Ni en tus putos sueños —murmuró Davina.
—No digas palabrotas delante de mi sobrino —le advertí—. Es de
muy mala educación.
—Te compraré un auto nuevo —intervino Dante, con los ojos puestos
en Juliette—. Solo tienes que decir que sí.
Y si las miradas mataran, Dante estaría muerto.
Una ronda de risitas siguió y otro tintineo me hizo girar la cabeza con
curiosidad hasta casi caerme de la silla. Mi madre se levantó, con los ojos
fijos en mí.
—Me gustaría hacer un brindis —empezó con su voz suave—. ¿Te
parece bien?
Mi garganta se apretó. Odiaba la atención sobre ella y, sin embargo,
quería hacer un brindis. Asentí.
—Por supuesto —dije con voz ahogada.
Un mesero hizo rodar un carrito con un televisor de pantalla grande y
asintió a mi mamá. Ella inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y
luego se volvió para mirarme a los ojos.
—Sé que no he dicho lo suficiente cuánto te amo —comenzó
suavemente.
—Está bien, mamá —dije con voz áspera, las emociones apretando
mi garganta.
—Estoy agradecida todos los días porque el día que perdí tanto, no te
perdí a ti. —Se me hizo un nudo en la garganta al saber que se refería al
día en que Gio le disparó a papá y a ella—. Has superado mis sueños más
salvajes y me has hecho sentir muy orgullosa. —Ella retorció sus manos—
. Dentro y fuera del hielo, mi pequeña Star. —Dejé escapar un suspiro
tembloroso y sentí una gran mano apretar la mía debajo de la mesa—.
Desde el momento en que naciste, fuiste mi luz. Tú y Juliette me hicieron
seguir adelante.
Sus ojos se dirigieron a Juliette y luego volvieron a mí.
—Hice un pequeño video de imágenes y grabaciones para ti —
anunció en voz baja—. También tengo uno para Jules para cuando se case.
—Será mejor que me lo entregues ahora —murmuró Juliette—.
Nunca me casaré.
Luego miró a Dante y tuve que morderme el interior de la mejilla o
reírme. Una ronda de risas siguió a la proclamación de Juliette y mamá
pulsó el botón de inicio.
Miré la pantalla. Apareció una foto de mamá en el hospital conmigo
en sus brazos. Una sonrisa triste y suave. Pasaron fotos que nunca había
visto. Primer rollo. Primeros pasos. El primer patinaje sobre hielo. Yo
tirada en el hielo, mi cabello hecho un desastre. Fue mi primer salto y mi
primera caída.
—Todavía recuerdo ese momento —murmuró Juliette—. Después
que te caíste, te diste la vuelta y besaste el hielo. Asqueroso.
Me ardía la garganta y el nudo que tenía en ella me dificultaba tragar.
Yo también lo recordaba. Era tan feliz sobre el hielo. De verdad que lo era.
Algunas personas buscan toda su vida algo que les apasione. Yo encontré
la mía antes de aprender a escribir.
Entonces se reprodujo un vídeo. Mi primera competencia. El primer
día de clase.
—No sabía que seguías grabando todo eso —murmuré en voz baja,
mirando a mi madre,
—¿Cómo no iba a hacerlo? —ella dijo con voz áspera—. Sabía que
el tiempo volaría y me dejaría sin ti.
Me levanté de mi asiento y di tres pasos hacia ella, rodeándola con
mis brazos.
—Siempre estaré aquí —le prometí—. Te amo, mamá.
Inhalando profundamente, traté de evitar que las lágrimas cayeran
delante de todos.
—Yo también te amo, Star. Siempre. —Rara vez nos transmitía
emociones. A veces, Juliette y yo nos quejábamos al respecto. Sabíamos
que nos amaba, pero rara vez lo decía o nos mostraba afecto. Así que
cuando hacía cosas tan atentas como esta, me estremecía hasta la médula.
Se apartó y nuestras miradas se cruzaron.
—Tu distracción te encontró. —Una aguda inhalación de mi aliento
resonó entre nosotros. ¿Cómo lo sabía? La culpa se me agolpó en el pecho
y en los ojos, y abrí la boca para empezar a explicarme, cuando ella
continuó—: Sé feliz, Star. Y tu distracción —dijo dirigiendo una mirada a
Bas—... más vale que adores el suelo que pisa. O seguiré el ejemplo de mi
hermano y haré que te maten.
Se me escapó una risa ahogada. Mi madre nunca le había levantado
la voz a nadie. No podía imaginarla amenazando de muerte a nadie. Hasta
ahora.
Volvió a mirar a mi marido.
—Hazla feliz, Basilio. —O de lo contrario, quedó en el aire.
Bas asintió, su mirada se encontró con la mía consumiéndome.
—Lo haré —juró—. Lo juro por la vida de mi madre.
Mierda. Puede que hoy acabe llorando a mares.
—Vuelve con él —me susurró mamá al oído. Cada paso que daba
hacia él se sentía mucho más. Demonios, casi se sentía como encontrar mi
camino de regreso a él.
Este lado romántico de mí sería mi fin, pensé irónicamente.
Los camareros empezaron a traer la comida. Parecía estrictamente
cocina italiana. Todos comieron, la ligera tensión en torno a nuestra mesa
era evidente pero, de algún modo, no creí que tuviera nada que ver con
Bas y conmigo, y sí con mamá y Franco DiLustro.
Una banda empezó a tocar y Bas se levantó, tendiéndome la mano.
—Es hora de nuestro primer baile, principessa. —Algo en la forma
en que me miró me hizo palpitar el corazón y, sin quererlo, me vino a la
mente nuestro primer baile.
Diferentes momentos, diferentes circunstancias. Y la misma canción,
me di cuenta con una realización sorprendente.
Con el corazón en la garganta y probablemente estrellas en los ojos,
nos dirigimos a la pista. No dijimos nada, los invitados guardaron silencio
o tal vez se desvanecieron en el fondo mientras él me atraía contra su
pecho.
La funda bajo su chaleco se presionó contra mí y nuestros ojos se
conectaron.
—Te encontré —murmuró, casi en voz baja mientras las melodías de
la primera canción que bailamos bajo el cielo estrellado hace más de nueve
meses llenaban el patio trasero de su casa en Hampton.
Las mesas estaban dispuestas en círculos alrededor de la gran pista de
baile para que todo el mundo pudiera ver a los novios en primera fila. Pero
para mí no había nadie. Solo nosotros dos, como hace nueve meses.
Nuestros cuerpos se movieron juntos, como si hubiéramos hecho esto
un millón de veces.
—¿Por qué esta canción? —murmuré suavemente.
Él inclinó la cabeza, sus labios contra mi frente.
—Porque no importa a dónde vayas, Wynter, siempre te seguiré.
No estaba segura de sí era una amenaza o una promesa. Pero mi
corazón se derritió igualmente.
Bailé con tanta gente y esbocé tantas sonrisas falsas que, cuando por
fin apareció Sasha, respiré aliviada. No tenía que fingir.
—Hey —lo saludé, sonriendo suavemente—. ¿Dónde te has estado
escondiendo?
—Manteniéndome fuera del alcance de tu marido —refunfuñó—. O
lo mato o él me mata.
Negué con la cabeza.
—No lo hará.
Siempre y cuando mantuviera las distancias con Sasha. Al parecer, en
los últimos nueve meses, Bas también se había vuelto obsesivamente loco.
—¿Te ha hecho daño? —Tenía la mandíbula apretada, sus músculos
tensos.
—No. —Era la verdad. Físicamente nunca me haría daño—. Gracias
por…
Mis palabras vacilaron porque sabía que no era lo que él quería oír.
—Por no matarlo —terminó por mí.
Mis dedos se cerraron alrededor de su bíceps.
—Lo amo —admití en voz baja—. Solo la idea de vivir sin él me hace
pedazos.
Suspiró.
—Tiene que ser algo en el agua —murmuró. Fruncí el ceño y él
sacudió la cabeza, desestimando su extraño comentario—. Me tomo como
una buena señal que su padre no esté aquí.
Los recuerdos se abalanzaron sobre mí. El mal aliento en mi cara; El
agarre de Gio mientras empujaba contra mí. Me estremecí y bajé los ojos,
y mantuve mi enfoque en la corbata de Sasha.
Gio DiLustro dejó una marca.
—Wyn, te juro... —empezó a hablar y empujé el pasado a un rincón.
—Estoy bien —dije—. Me entrenaste bien. Y si me encuentro cara a
cara con Gio, lo mataré.
Otro gruñido vibró entre nosotros. ¿Qué pasaba con estos hombres y
los gruñidos?
Sasha, al igual que sus hermanos, podía dar miedo. Ese cabello rubio
y esos ojos azul pálido con las vibraciones de peligro que gritaban por cada
poro. Basilio tenía el oscuro encanto que se escondía bajo su exterior
caballeroso. Con Sasha, ninguna cantidad de trajes y educación ocultaría
su crueldad. No sabía si era la tinta que cubría la mayor parte de su cuerpo
o su fornido cuerpo de MMA.
Pero a diferencia de sus hermanos, no le temía. Tal vez porque me
abrazó mientras lloraba como un bebé. O tal vez porque me cuidó después
de lo que pasó con el padre de Bas.
Aurora y Alexei se balanceaban a nuestro lado, con su pequeño
Kostya protestando y tratando de alcanzarme.
—Puedo tomarlo —le ofrecí. Me quedé mirando a Alexei solo un
segundo antes de desviar la mirada hacia Aurora. Ella era la alternativa
segura.
—No sé por qué siempre se retuerce por ti —murmuró.
Me encogí de hombros.
—Soy una susurradora de bebés.
—Te quedas embarazada y lo juro por Dios —Juliette apareció al otro
lado de ellos, bailando con Ivy—, que se acaba esta amistad. Contigo y
con Davina.
—Menos mal que somos familia entonces —repliqué—. No hay
escapatoria.
Moví al pequeño Kostya sobre mi cadera, que arrulló felizmente.
—Mía —afirmó, tirando de mi rizo.
—Está bien, amigo —reflexioné—. Eres una cosita mandona, ¿sabes?
Al igual que parece ser la tendencia en la familia Nikolaev, tenía ojos
azul claro y cabello rubio claro. Sería un chico hermoso algún día. Sasha
y yo seguimos bailando, Aurora y Alexei apenas a medio metro de
nosotros. Alexei tenía algunas formas seriamente obsesivas y psicóticas,
pero a su esposa no parecía importarle.
—Tu marido no estará feliz que un niño de un año le robe a su esposa
—bromeó Aurora.
—Le vendría bien —refunfuñó Sasha, y los ojos del pequeño Kostya
se clavaron en él.
—Shhh —lo calmé antes que empezara a llorar—. Tu tío es un
gruñón.
—Me importa una mierda lo que te prometí, Wyn —gruñó Sasha—.
Veo que te duele un solo cabello de la cabeza, y voy por todos ellos.
No hay nada mejor que un hermano mayor psicótico designado y un
nuevo marido psicótico.
Capítulo 65
Basilio
—¿No me digas que tu esposa te está ignorando? —se burló Dante, y
no quería nada más que darle un puñetazo.
Me apoyé contra la pared, observándola bailar con Sasha Nikolaev y
mi sangre hervía a fuego lento. Tampoco me gustaba el pequeño bebé
Nikolaev. La miraba con estrellas en los ojos, como si fuera su juguete
personal.
—Habrían hecho una pareja impresionante —comentó Priest,
apareciendo de la nada. Había estado observando a Ivy, la amiga de
Wynter, como si fuera su trabajo a tiempo completo. Y eso además de
mirar a la madre de Wynter. Mi tío se negó a decir nada sobre la madre de
Priest, pero se aseguró una invitación a la boda. Mi padre no—. ¿Te
imaginas lo rubios que habrían sido sus bebés —se burló Priest.
Le devolvería el favor al hijo de puta y, por las miradas que le había
lanzado a Ivy y sus mejillas sonrojadas, sería más temprano que tarde.
—Demasiado rubio —observó Emory, golpeando a Priest en el
estómago—. Sus bebés habrían cegado a todo el mundo en este planeta.
Quiero decir, la prueba está ahí mismo con ese niño que lleva en brazos.
Tanto Sasha como Wynter tenían el cabello dorado y rubio. Mientras
que a mi lado se parecía más a un ángel consumido por un demonio, a su
lado parecía angelical en el abrazo de un ángel. Un maldito ángel corrupto
y caído, pero aun así un maldito ángel.
La vi devolver el bebé a su padre y a su madre. Gracias dios; de lo
contrario, la imagen de la familia perfecta ya estaba grabada en mi mente.
Los putos celos me quemaban más que el sol.
—¿Has oído que la madre de Wynter no había estado en la costa este
en más de dos décadas? —Dante preguntó en voz baja.
Miré a mi primo a los ojos. Asentí, pero no di más detalles. Fue la
única condición que puso Brennan para la boda. Nada de Gio. No era como
si fuera una dificultad. Apenas hablaba con el hombre desde la
desaparición de Wynter, nueve meses atrás.
Mi padre era un hijo de puta cruel, pero nunca dejaría que le hiciera
daño. De hecho, lo mantendría lo más lejos posible de ella. Sería mejor
para todos si terminara con mi padre, pero si saliera a la luz, no solo me
perseguiría a mí, sino también a mi mujer y a toda mi familia.
El ritmo aumentó y volví mi atención a la pista de baile para encontrar
a Wynter girando, todavía bailando con Sasha.
—No creo que sea la primera vez que esas dos bailan esa canción —
dijo Dante mientras retrocedía sobre sus talones, con las manos en los
bolsillos.
Wynter y Sasha empezaron a hacer playback con “Don't You Know”
de Jaymes Young, ambos sonriendo, como si esta fuera su propia maldita
boda. Dejé a mis primos y mi hermana parados allí y me dirigí hacia Sasha
y mi esposa.
Los ojos de Sasha se desviaron hacia mí y se oscurecieron un poco.
El frío y calculador bastardo que era, dijo:
—Sabes que te quiero, Wyn.
—Yo también te quiero, Sasha.
Me invadió una furia abrasadora y necesité toda mi fuerza de voluntad
para no sacar mi ama y disparar al hijo de puta. Hervía a fuego lento bajo
mi piel, haciéndome querer arremeter contra todos los hombres de
Nikolaev.
—Sasha, deja que Wynter baile con su marido —dijo Vasili, su
hermano, con un tono frío y molesto, cargado de su acento ruso. Brennan
insistió en que los invitaran y ahora lo lamentaba. Hubiera preferido
matarlos.
—Solo si ella quiere —replicó Sasha, mirándome como si estuviera
listo para una pelea.
Me moví hacia adelante, pero Wynter soltó su mano de inmediato,
mientras que Vasili agarró a su hermano menor y lo arrastró hacia su mesa,
siseando algo en su lengua pagana.
Rápidamente tomé la mano de Wynter y la hice bailar el resto de la
canción conmigo.
—Realmente tienes que calmarte —comentó con un profundo
suspiro.
—Entonces deja de bailar con otros hombres —le advertí.
Ella puso los ojos en blanco. ¡Jodidamente puso los ojos en blanco!
—Antes eras más divertido —murmuró y luego, como si se hubiera
dado cuenta que se había resbalado, sus ojos se clavaron en los míos.
Una sonrisa perezosa se curvó en mis labios.
—La última vez que bailamos tuve que golpear a otro hombre por
tocar lo que era mío. Tal vez necesito mejorar mi juego —dije arrastrando
las palabras.
—No le hagas daño a Sasha —advirtió, y me jodió que le importara
si le hacían daño o no.
—¡Hora de lanzar la liga! —gritó Dante y ambos giramos la cabeza
para encontrar a Juliette fulminando a Dante con la mirada. Mi primo le
sonrió, como si estuviera a punto de devorarla. Había estado fascinado con
ella desde que le dio un rodillazo en las bolas. Pensarías que tendría el
efecto contrario, considerando cuánto dolía esa mierda. Pero no, mi primo
desquiciado lo tomó como su propio desafío personal.
La multitud nos rodeó y alguien trajo una silla. La senté, luego me
encorvé y enarcando una ceja miré a mi mujer. Estaba sentada, con los
ojos congelados sobre mi cabeza, y sus manos agarrando su vestido con
tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Seguí su mirada y la encontré en mi padre. ¿De dónde diablos había
salido? Mis ojos encontraron a Priest y Dante, los dos asintieron y lo
rodearon. Para mi sorpresa, también lo hizo Sasha, que parecía listo para
abalanzarse sobre él.
Y todo el tiempo, mi padre sonrió y sus ojos estaban fijos en mi
esposa.
—¿Cuándo veremos sábanas ensangrentadas? —exclamó mi padre y
Wynter se estremeció, luego lo miró con los ojos entrecerrados. Sasha
gruñó y Brennan alcanzó su arma. La madre de Wynter palideció y mi tío,
de todas las personas, se encontró junto a ella, protegiendo su cuerpo con
el suyo.
—No te has enterado —dijo Wynter, inclinando la barbilla hacia
arriba y dedicándole una sonrisa orgullosa. Mi padre no podía ver las
manos de Wynter cerradas en un puño sobre su vestido blanco porque yo
le impedía la visión—. Esa cereza se reventó hace un tiempo. —Alguien
empezó a ahogarse detrás de nosotros, pero no me volví para ver quién,
manteniendo la mirada fija en mi padre—. La única sangre que verás esta
noche podría pertenecer a un DiLustro.
Bien hecho, pensé con orgullo.
Un silencio mortal llenó el aire helado y los invitados se callaron, cada
hombre protegiendo a su propia familia con las manos en sus armas. La
tensión era más fuerte que una explosión y la ira me quemaba el pecho.
Mis dedos se crisparon con la necesidad de sacar mi arma y disparar al
hijo de puta, sin importar las consecuencias.
Lo único que me detuvo fue Wynter. La sentí temblar bajo mi toque
y no quería causarle más angustia.
Mi tío asintió a Brennan y se dirigió hacia su hermano mayor. Los
seguí a los dos, mi tío hizo pasar a mi padre a la casa, y no les di la espalda
hasta que mi padre desapareció de la vista.
Wynter también los miró y la mirada en sus ojos era inquietante. Me
desgarró el corazón negro.
—Principessa —murmuré suavemente y sus ojos bajaron hacia mí.
Lentamente, la tensión en sus hombros se alivió, pero la angustia aún
permanecía en aquellas profundidades verdes. La conversación que me
había prometido tenía que suceder. Pronto—. Mírame —le dije, y ella
asintió.
Acaricié sus pantorrillas, su piel suave y cálida bajo mis ásperas
palmas. Fue a levantarse el vestido, pero la detuve.
—Ya lo encontraré —le dije.
Suavemente, le quité el tacón y nuestra primera cita pasó a primer
plano. Cuando nuestras miradas se cruzaron, supe que ella también pensó
en eso. Ese día en la tienda de Emilia. El primer asesinato que hice por
ella; no fue el último.
Deslicé las palmas lentamente hacia arriba hasta llegar a sus muslos.
Pude sentir la piel de gallina, un pequeño temblor recorriendo su cuerpo.
Pero me sostuvo la mirada, como si encontrara fuerza en ella. Subí más y
más, hasta que mis dedos rozaron la liga de su pierna derecha. Le levanté
el vestido, lo justo para meter la cabeza debajo él, la cara contra su suave
piel.
Besando la piel justo encima de su rodilla, cerré los dientes alrededor
de la liga y la arrastré por su pierna hasta que cayó al suelo. Levantó el pie
y agarré el trozo de tela con volantes. Luego volví a ponerle el tacón.
—Al igual que el príncipe azul —la oí murmurar en voz baja—.
Villano encantador.
—Pero siempre tuyo.
Me levanté con la liga y la ayudé a ponerse de pie, luego envolví mi
brazo alrededor de ella protectoramente.
—¿Quién quiere casarse después? —grité.
Los hombres se reunieron alrededor y la risa de Wynter desvió mi
atención. Sus ojos brillaron y seguí su mirada para encontrarlos en Sasha,
que estaba dando un paso atrás.
—Sabes que lo quieres, Sasha —bromeó con picardía.
Éste puso los ojos en blanco y retrocedió otro paso, por si acaso.
Envolviendo mi brazo alrededor de mi esposa, levanté mi brazo libre
y arrojé la liga a la multitud de hombres solteros. No me sorprendió ver a
Dante lanzarse por ella y luego ponérsela entre los dientes para volverse y
mirar fijamente a Juliette.
Ella lo rechazó y luego le dio la espalda.
La multitud se dispersó y Wynter se distrajo con sus amigas y Emory.
Me acerqué a mis dos primos y, una vez fuera del alcance de todos,
pregunté:
—¿Cómo diablos entró?
El rostro de Priest era sombrío. La de Dante no era mejor.
—Padre lo está controlando.
Mantuve mi rostro neutro, consciente de las miradas que nos
lanzaban, incluso si mi sangre hervía de furia. Fue lo único en lo que
Brennan insistió. Me importaba una mierda que mi padre fuera el jefe del
Sindicato de Nueva York mientras estuviera vivo. No acercaría a ese
bastardo enfermo a mi mujer, ni a mi hermana.
—¿Qué ha pasado? —gruñí en voz baja.
—Nuestro padre está cuidando de él —siseó Dante—. Deja que Gio
aparezca sin invitación. Lo sacará y se quedará con él.
—Gracias al cielo—murmuré.
Los ojos de Priest seguían desviándose hacia Wynter y su madre. Su
madre. No tenía ni puta idea de si la madre de Wynter sabía que tenía un
hijo. Mantuvo su mirada lejos de mi tío y de la mayoría de nosotros los
DiLustros.
No es que pudiera culparla, considerando que los DiLustros
destruyeron su vida.
De repente, la música subió tanto de volumen que los altavoces
temblaron. Las miradas de todos se dirigieron a Wynter y sus amigas en la
esquina, sus rostros brillaban con animación mientras todas se reían. Fuera
lo que fuera, las cuatro y Emory se rieron tanto que se sujetaron el
estómago.
La letra de la canción “Problem” de Natalia Kills seguía gritando y
las chicas seguían sacudiendo la cabeza mientras Juliette continuaba
diciendo algo con su loca forma animada. Wynter alargó la mano y bajó
el volumen de la canción.
—No dice nada sobre doblar el culo. —Emory resopló, sus mejillas
realmente sonrojadas.
Ivy se encogió de hombros.
—Bueno, la hemos estado cantando doblando el culo, así que nos
ceñimos a ella.
La risa plateada de Wynter recorrió el aire. —Tú y Juliette lo habéis
estado cantando de forma pervertida—.
Juliette se burló de sus amigas, volvió a subir el volumen de la música,
luego se subió a la mesa y empezó a menear el culo al ritmo de la canción
que seguía sonando a todo volumen por los altavoces. Emory se rio mucho
y me alegré de verla llevarse bien con las chicas. Era algo que ella nunca
había tenido antes.
—¿Escuché que fuiste tan estúpido como para pedirle a Brennan
casarte con Juliette? —Priest preguntó en un tono aburrido.
Dante deslizó sus manos en sus bolsillos, su mirada nunca vaciló de
la mujer de cabello oscuro que tenía problemas y desquiciamiento escrito
por todas partes.
—Lo intenté —dijo—. De una forma u otra, voy a tener a esa chica.
Dante sonrió y ya podía sentir problemas en el horizonte. Entrecerré
mis ojos en él.
—Simplemente no lo arruines, Dante.
Dante se pasó una mano por la mandíbula.
—No te preocupes —me aseguró, aunque de alguna manera me puso
nervioso—. Seré el perfecto caballero.
—¿Incluso cuando te vuelva a dar una patada en las pelotas? —
preguntó Priest con una risita.
—Espero que la pelirroja te corte las pelotas —dijo Dante, apartando
los ojos de Juliette.
La música bajó y los hombres Nikolaev se rieron de lo que dijo
Wynter. Mi esposa encontró la manera de tener al pequeño Kostya en sus
brazos nuevamente y estaba besando sus manitas.
—Jesús, ella es realmente buena con los pequeños —murmuró Dante,
viéndola ayudar al pequeño Kostya a empujar a Sasha. El gran bruto fingió
caerse y Kostya se rio en voz alta, agitando las manos y las piernas.
Entonces Wynter lo hizo de nuevo y Sasha fingió tropezar hacia atrás.
Amaba y odiaba lo cómoda que estaba con la familia Nikolaev. Eran
mis celos, lo sabía. Antes ella me decía que me amaba. Esas palabras ya
no se deslizaban entre sus labios.
Obligando a mi rostro a mantener la calma mientras los observaba a
todos, los ojos de mi esposa se movieron rápidamente, como si buscara a
alguien.
Capítulo 66
Wynter
No vi a mi madre por ninguna parte.
Mis ojos recorrieron la multitud de invitados y nada. Mi tío estaba allí
pero no había ni rastro de ella. No se había separado de él en todo el día.
Dándole Kostya a Aurora, me disculpé y fui a buscarla.
Tal vez fue al baño, pensé.
Entré en la casa y giré por un pasillo. Los camareros estaban ocupados
entrando y saliendo.
—Disculpe. —Detuve a una mujer con cabello largo y rubio—. ¿Ha
visto a una de nuestras invitadas bajando por aquí? —Cuando me miró sin
comprender, continué—: Mi madre
Sacudió la cabeza.
—El otro pasillo —murmuró—. El de la derecha.
—Gracias. —Me apresuré a volver por donde había venido y giré a la
derecha por el largo pasillo. Prácticamente corrí, abriendo cada puerta a
mi paso. Había llegado casi al final cuando oí un gemido.
Atravesé la puerta de la sala de almacenamiento para encontrar la
mano de Gio envuelta alrededor del cuello de mi madre, con una mirada
de horror en sus ojos. Había un cuerpo desplomado en el suelo y reconocí
al tío de Basilio. No tenía ni puta idea de lo que pasó aquí, pero no lo iba
a tolerar.
—Aléjate malditamente de ella. —Volé hacia él y lo golpeé en la
cabeza. Ni siquiera se inmutó y su agarre debe haber sido más fuerte en la
garganta de mi madre, porque sus ojos se hincharon y le arañó la mano,
desesperada por respirar.
—Quítale tus asquerosas manos de encima —grité, golpeándolo
furiosamente la espalda—. Voy a matarte.
El rostro petrificado de mi madre me miró fijamente y me negué a
dejar que este hombre ganara. Salté sobre su espalda y le mordí el hombro.
Su grito fue música para mis oídos.
Empujó a mi madre y ella cayó de rodillas.
—Puta inútil —le espetó, aunque no sabía a quién se dirigía. A mamá
o a mí.
—Métetelo en la cabeza dura —siseé—. Ella no te quiere. Tampoco
yo.
Sus ojos me miraron, oscuros y despiadados, prometiendo un
doloroso castigo. Que jodidamente lo intente.
—¿Cómo está tu rodilla? —me burlé—. Debería haberte disparado en
el cráneo.
El grito ahogado de mamá llenó la habitación, pero no aparté la
mirada.
—Apuesto a que ninguna mujer te querrá con esa pierna jodida que
tienes.
Levantó la mano y me dio una fuerte bofetada en la cara. Mis oídos
zumbaron y un sabor metálico llenó mi boca.
—Corre, mamá —dije mientras toda la atención de Gio parecía estar
puesta en mí. Él fue a voltear su mirada hacia ella, pero rápidamente le
dije—: Esta vez, voy a matarte, Gio DiLustro —dije con convicción—.
Por lo que le has hecho a mi madre. Y por lo que me has hecho a mí.
Esta vez, su mano se cerró en un puño y voló por el aire. Lo esquivé
para que no me golpeara la cara, pero no lo suficientemente rápido como
para evitar que me golpeara el hombro.
—Te enseñaré cómo presentamos las sábanas ensangrentadas incluso
con tu cereza reventada, puta.
Capítulo 67
Basilio
Me acerqué a la puerta y una niebla roja llenó mi visión.
—Esta vez, voy a matarte, Gio DiLustro. —La voz de Wynter era
fuerte, pero subrayada por el temblor—. Por lo que le has hecho a mi
madre. Y por lo que me has hecho a mí.
Mi boca se torció y perdí el control. Se atrevió a tocar a mi mujer. Lo
rebanaría, pedazo por jodido pedazo.
Su puño conectó con su hombro y el dolor atravesó el rostro de mi
esposa, pero ella lo contuvo.
—Te enseñaré cómo presentamos las sábanas ensangrentadas incluso
con tu cereza reventada, puta.
Sacando el cuchillo de mi funda, cargué contra él. Mi mano rodeó su
garganta en un apretón y presioné mi cuchillo contra la parte inferior de su
abdomen.
—La has tocado —rugí—. Jodidamente la tocaste.
Nunca me vio venir; estaba tan concentrado en las dos mujeres. La
madre de Wynter estaba en el suelo, junto a mi tío.
Mi padre agarró mi mano, ahogándole la vida, y sus ojos se
desorbitaron.
—N-no puedes matarme —se atragantó, con la respiración
irregular—. El Sindicato te aniquilará. Matará a todos los DiLustros,
incluida tu mujer.
Retorcí el cuchillo en su abdomen, jodidamente odiando que tuviera
razón.
—Morirás de un modo u otro —dije, con una sonrisa retorcida
curvando mis labios—. Como dijo mi mujer, hoy se derramará tu sangre.
No la de ella. Nunca la suya.
—El Sindicato va a...
No llegó a terminar sus palabras porque saqué el cuchillo y volví a
apuñalarlo. Su grito vibró contra las paredes y fue la mejor puta banda
sonora.
Lo torturaría, pero luego tendría que huir. Tendría que llevarme a
Wynter y esconderla para que este enfermo hijo de puta nunca la
encontrara.
Abrió la boca para decir algo y empujé mi cuchillo más
profundamente en él. Gorgoteos de dolor llenaron el aire.
—Basilio. —Reconocí la voz de Dante detrás de mí.
—Wyn, ¿estás bien? —Sasha bajó sobre su rodilla, comprobando a
mi esposa. Yo debería estar comprobándola, excepto que perdí mi mierda.
Mis ojos se desviaron hacia mi esposa, sin soltar a mi padre de mi
agarre. Sasha estaba hablando con ella, pero sus ojos estaban puestos en
mí.
—Principessa —murmuré, con pesar en mi voz. ¿Hasta qué punto la
había herido mi padre? Había visto a lo largo de mi vida de lo que era
capaz. Una sensación de terror se instaló en mi estómago. ¿Vería a mi
padre cada vez que me viera? ¿Me odiaría?
Por fin entendí por qué huyó. Tenía todo el derecho a alejarse. Sabía
que la culpa era de mi padre. Había hecho daño a su madre y a Wynter. Y
yo no estaba allí para protegerla. Ese maldito bastardo.
Ya había hecho suficiente infierno en esta tierra.
Mi tío Franco se movió y la madre de Wynter se inclinó sobre él.
—¿Estás bien? —Ella lo observó con inquietud.
—Papá. —Priest bajó para ayudar a su padre, con los ojos mirando a
su madre. Los dos se miraron y la madre de Wynter miró hacia otro lado
mientras la vergüenza cruzaba su expresión. Lo sabe.
Apostaría mi vida a que sabía que Priest era su hijo.
El tío Franco se incorporó con ayuda de su hijo y de su mujer. Por la
forma en que miraba a la madre de Wynter, no había duda que era su
mujer.
—¿Quién sabe que estamos aquí? —preguntó el tío.
—Nadie —dije con voz áspera, apretando la garganta de mi padre un
poco más fuerte. Por desgracia, no fue lo bastante fuerte como para
matarlo—. Solo nosotros siete. Ocho incluyendo a este asqueroso padre
mío.
Wynter se puso de pie, Sasha permaneciendo detrás de ella como una
sombra oscura.
—Basilio, sabes que ninguno de nosotros puede matarlo —dijo con
voz áspera el tío Franco, frotándose la nuca. Un gran bulto me dijo que
papá debió haberlo golpeado por la espalda. Bastardo traidor.
—Yo puedo matarlo —dijo Wynter con firmeza, pero todos negamos
con la cabeza.
—Ahora eres la mujer de Basilio. Si lo matas, la culpa es de tu marido
—explicó el tío.
La madre de Wynter tragó.
—Podría intentarlo.
Pero todos nosotros inmediatamente negamos con la cabeza. Esa
mujer no era una asesina.
—Lo haré —intervino Sasha—. No tengo ninguna relación con el
cabrón y me han negado ese placer durante nueve meses. El mayor tiempo
que he tenido que aguantar para matar. Es peor que tener las pelotas azules.
Wynter le lanzó una mirada de reojo y negó con la cabeza.
—Nadie quiere oír hablar de tus pelotas azules, Sasha. —Se rio entre
dientes, y entonces lo supe. Mi mujer nunca se había acostado con Sasha
Nikolaev. Entonces sus ojos volvieron a mí, suaves y brillantes.
—Te deberé una muy grande —le dije a Sasha, sin apartar los ojos de
ella. Esperaba que me perdonara. Algún día.
Porque pasara lo que pasara, no podía dejarla ir. Se necesitaría un
hombre mejor que yo.
Cerré la puerta de la biblioteca tras de mí y luego eché el pestillo. No
habría necesidad de testigos y definitivamente no quería interrupciones
para esto.
La biblioteca estaba en el lado opuesto de la mansión, pero aún se
oían las voces de los invitados.
—Tenemos que hablar —dije con voz áspera, ahuecando su cara.
Tenía una mejilla enrojecida por el golpe de mi padre. La ira hervía tan
caliente dentro de mí que tuve que sofocarla.
—Sí, creo que sí —aceptó.
—Dime por qué te fuiste. —Necesitaba que me contara toda la
maldita historia.
Una respiración lenta y temblorosa la abandonó, una pizca de pánico
en esa mirada verde que me fascinaba.
—Yo-yo esperé por ti —admitió—. Entonces tu padre apareció y...
Su voz se quebró y el dolor de su expresión me golpeó en el pecho.
El sonido de la música sonaba a lo lejos, vibrando suavemente contra
las ventanas y reflejando la angustia en el rostro de mi mujer y en mi
pecho. Fue como una puñalada en el pecho.
—Sea lo que sea, está bien —susurré, sabiendo exactamente lo que
mi padre les hacía a las mujeres. Lo había presenciado muchas veces—.
Lo superaremos juntos —prometí—. Y se lo haré pagar.
Mi pecho ardía, la necesidad de hacer pagar a mi padre ahora como
llamas que se preparaban para convertirse en un incendio forestal en toda
regla.
—Apareció —susurró en voz baja—. Él dijo que ustedes dos lo
planearon. Que me dejaste ahí sabiendo que venía. Solo querías mi
conexión con los rusos. —Me quedé quieto, conteniendo mi rabia. Me
ardía en el pecho como un ácido y tuve que tomarme un momento para
tragarla—. Intentó... —Tragó, el trago sonó fuerte entre nosotros—.
Intentó violarme, pero no lo consiguió. Escapé y Sasha me encontró.
Sus dientes tiraron de su labio inferior y desvió la mirada hacia algún
lugar detrás de mí. Me alegré que evitara mirarme, porque habría visto al
monstruo loco que sus palabras desató. Que exigía venganza. El monstruo
dentro de mí sacudió los barrotes de su jaula, exigiendo que lo liberara
para poder vengar a mi mujer.
Mi esposa.
—Él pagará. —Mi voz sonaba distorsionada por el zumbido de rabia
en mis oídos—. Por lo que te hizo a ti y a tu madre. Y a muchas otras.
Estábamos en el sótano de Nikolaev, especialmente diseñado para la
tortura. Digamos que Sasha Nikolaev era un loco hijo de puta, pero yo
estaba considerando seriamente redecorar mi propia sala de torturas.
Le estampé el puño en la cara.
—Tocaste a mi esposa —gruñí.
Sus huesos crujieron bajo mis nudillos y nunca nada había sonado tan
jodidamente bien.
Los ojos pequeños y brillantes de Gio me encontraron y, por primera
vez en mi vida, esa crueldad en su mirada fue reemplazada por miedo. El
cadáver de Angelo yacía inerte a su lado. La única razón por la que tuvo
una muerte rápida fue porque dejó ir a Wynter cuando ella salió de la casa
magullada y ensangrentada. En lugar de obligarla a volver para que Gio
acabara con ella.
—Ella no era tu esposa en ese momento —trató de razonar con voz
ronca. Eso solo me cabreó más.
Dante, Sasha, Priest y el tío miraban desde su lugar contra la pared,
dejándome tener este momento. Durante nueve meses, me volví loco,
cazando a todos los bastardos rusos en un radio de cien millas.
Todo era su culpa.
Lo arrastré del suelo y lo empujé a una silla, luego lo até. Intentó
forcejear. Sin éxito.
—Es hora de que pruebes tu propia medicina, padre. —La última
palabra me supo amarga en la lengua.
Las imágenes de él intentando violar a mi esposa se repetían en mi
mente. Lo asustada que probablemente estaba. Ella no tenía un solo hueso
cruel en su cuerpo y ese bastardo trató de forzarla. Él le mintió, haciéndole
creer que yo lo sabía, que sabía quién era ella realmente.
No me extraña que huyera.
Con mi cuchillo, me incliné más cerca de él y sonreí cruelmente
mientras presionaba la hoja contra su piel y le hacía un corte en el pecho.
Su sangre recorrió su piel desnuda mientras pedía clemencia.
—¿Le mostraste piedad a mi esposa? —gruñí. Ella me esperó, en mi
lugar, donde debería haber estado a salvo y mi padre la jodidamente
atacó—. ¿Le mostraste piedad a mi madre? —Aplasté mi puño en su
costado—. ¿O a Emory?
—Te lo di todo —espetó, con la sangre chorreando por su boca.
Otro puño en su nariz.
—¿O a cualquier otra mujer? —Le di otro puñetazo de nuevo.
Le corté el antebrazo. Luego la oreja. Sus muslos. Su dedo. El
recuerdo de la voz en mi cabeza mientras buscaba a Wynter estaba
demasiado fresco. Demasiado crudo. Casi me cuesta mi mujer.
Otras horas torturándolo, mi respiración agitada. Sentí salpicaduras
de sangre en mi cara, mis manos estaban empapadas con la sangre de mi
padre. No estaba de vuelta al cien por cien, pero esto era demasiado bueno
para perderlo. Demasiado bueno para acortarlo.
Mi celular sonó y lo miré.
El rostro sonriente de Wynter me saludó. Mi esposa estaba llamando.
—Principessa —contesté—. ¿Va todo bien?
—Sí. Me preguntaba si vendrás pronto a casa. —Una pregunta tan
sencilla. Sin embargo, me dio la mejor sensación del mundo. Volver a casa
con ella era lo mejor de cada escenario.
—Estaré pronto en casa —le dije—. ¿Emory está contigo?
Mi cuerpo gritaba por descansar. Habíamos estado en esto durante las
últimas veinticuatro horas. Después de todo, nuestra boda resultó
sangrienta, tal como predijo Emory. Excepto de la mejor manera posible.
Se rio entre dientes.
—Sí, ella y las chicas. Y mi mamá.
Bien, no quería que estuviera sola.
—¿Los hombres de tu tío vigilan la casa? —le pregunté.
Mis hombres también la vigilaban, pero por primera vez, no me
importaban los refuerzos.
—Sí, es como una base militar.
—Bien, te veré pronto.
Terminé la llamada y miré el estado ensangrentado de mi padre. No
valía la pena que le dedicara más tiempo.
Dándome la vuelta, le ofrecí el cuchillo a Sasha. Estaba agradecido
que cuidara de Wynter después de su ataque, pero había una parte de mí
que todavía lo envidiaba. Debería haber sido yo ayudándola a sanar,
aliviando sus heridas.
Sasha se apartó de la pared y caminó hacia mí. Tomando el cuchillo,
asintió y luego miró a mi padre.
La mirada de puro odio brilló en sus ojos mientras lo miraba.
Coincidió con mi propio odio.
—Esto es por Wyn y su madre. —Se puso de rodillas y se acercó a
él—. Por cada mujer a la que lastimaste. —Levantó el cuchillo sobre el
pecho de mi padre y luego se inclinó aún más cerca.
Clavó la hoja en el jodido corazón negro de mi padre y lo dejó allí.
—Y esto es de una amiga en común. —Luego sacó su propio cuchillo
y le cortó la garganta—. Gia, ¿la recuerdas?
Mi padre estaba demasiado débil para confirmarlo. Aunque no
importaba. La recordaría y pensaría en sus pecados en el infierno.
—Te veré en el infierno —gruñí.
Cuatro horas más tarde, finalmente estaba en casa.
Llamé a Brennan con antelación para decirle que la hazaña estaba
hecha. La deuda con la familia Brennan que comenzó hace más de veinte
años estaba pagada. Luego me duché y me cambié antes de volver a casa.
Nadie podía verme cubierto de sangre, y menos la noche en que aparecería
muerto.
Mi padre estaba muerto. Después de décadas de desearle la muerte,
por fin se había ido. Para siempre.
El tío Franco, Dante y Priest ya habían pasado por la casa.
Aparentemente, el tío y la madre de Wynter fueron a su propio atico. Ni
puta idea de adónde fueron Dante y Priest. Ni Emory. Brennan se llevó a
las mujeres a su casa, dejándonos a Wynter y a mí empezar nuestra luna
de miel.
¡Por fin!
Mi cuerpo palpitaba de hambre oscura por ella. Aún tenía que
tomarme mi tiempo y saborear su cuerpo desde que la secuestré. La parte
loca de mí quería reservarlo para nuestra noche de bodas.
Cuando entré en mi casa de Hampton, la casa estaba en silencio y a
oscuras.
—¿Dónde está mi esposa? —le pregunté a mi hombre vigilando la
entrada principal de nuestra casa.
—Arriba —respondió—. Me pidió que le diera esto.
Extendió la mano con un pequeño sobre cerrado. Al abrirlo, leí el
mensaje.
Si estoy dormida cuando llegues a casa, despiértame.
Eran casi las diez de la noche y sabía que probablemente estaría
dormida. Era como una niña pequeña con un horario de sueño. Asentí,
crucé el vestíbulo y subí las escaleras de dos en dos.
Cuando entré en el dormitorio, la encontré acurrucada a un lado y
dormida. Su corto camisón rosa se le subió hasta la cintura, dejando al
descubierto su culo en un tanga rosa a juego. Debería dejarla dormir, pero
incluso mientras pensaba en eso, me puse en cuclillas y puse mi mano
sobre su suave muslo que estaba fuera de las sábanas.
La curva de su culo desnudo me tentaba, me rogaba que la mordiera.
Sin embargo, no pude hacerlo. Como si sintiera mi presencia, sus ojos se
abrieron y nuestras miradas se conectaron.
—Estás en casa —murmuró suavemente.
—Siempre —prometí en voz baja—. Siempre volveré a casa contigo.
Capítulo 68
Wynter
Bas ya se había puesto en cuclillas frente a nuestra cama, nuestras
caras juntas.
Por alguna razón me vino a la mente el día que me propuso
matrimonio. El día que rompí mi promesa con él. Después de ver su
reacción hacia su padre, lamenté no confiar más en él. Se merecía toda mi
confianza.
—Está muerto —dijo, con un toque de vehemencia en cada una de
sus palabras—. Él nunca te lastimará de nuevo.
El alivio me golpeó cuando solté un suspiro tembloroso.
—Debería decir que lo siento —susurré. La verdad era que no lo
sentía. De ninguna manera.
Su rostro se acercó más al mío.
—¿Por qué?
—Porque era tu padre.
Sus hombros se tensaron y un gruñido vibró en su pecho.
—Era un imbécil sádico. Nunca fue padre. Nos torturó a Emory y a
mí con su crueldad. Nunca debió tocarte.
Extendí la palma de la mano.
—Tampoco debería haberte tocado nunca a ti —murmuré
suavemente—. Ni a tu hermana. Nunca debí poner sus pecados sobre ti. O
al menos haberte dado la oportunidad de explicarte. Me asustó, y cuando
apenas salí con vida de aquello, yo...
Inhalando un suspiro tembloroso, reflexioné sobre las palabras
correctas para decirle. No quería lastimarlo más. Le conté la versión
abreviada en la biblioteca.
Como si leyera mis pensamientos, dijo:
—Todo. Cuéntamelo todo.
Tragué, odiando esos recuerdos.
—Cuando tu padre apareció inesperadamente, me ofreció dinero. Lo
rechacé. Me convenció que ustedes dos estaban juntos en esto. Que te
fuiste a propósito para dejarlo… —Dios, ¿por qué era tan difícil decir esas
palabras? Su frente se acercó a la mía y había tanto dolor en su mirada que
me rompió el corazón en mil pedazos—. De todos modos, él atacó, yo me
defendí. Estuvo cerca, pero luego recordé tu arma. La vi cuando me diste
el collar.
Mi mano se envolvió alrededor de mi muñeca, el brazalete siempre
tenía ese efecto calmante sobre mí.
—Él no me violó, lo juro —le dije y un destello de alivio y algo crudo
sangró por cada poro de él—. Pero sus palabras sobre mi madre dolieron
igual —me ahogué—. Él no pensó que le dispararía. Entonces empezó a
hablar de mi mamá. Cómo le disparó en la rodilla y le quitó su carrera. De
mi papá. Cómo lo mató.
—Mi mujer valiente —dijo con voz áspera mientras su mirada se
clavaba en la mía—. Le disparaste en la rodilla.
—Ojo por ojo —respiré—. Aunque desde entonces he deseado tantas
veces haberlo matado.
Un silencioso ruido de ira subió por su garganta.
—La próxima vez, aunque me aseguraré que no haya una próxima
vez, ven a mí. No a Sasha. No a tu tío. A mí. —De alguna manera, con este
hombre cerca, no pensé que nadie se atreviera a venir a por mí—. Siempre
protegeré lo que es mío. Y tú, Wynter Star DiLustro, has sido mía desde
que caíste en mis brazos saltando desde aquel balcón.
Desvié la mirada, avergonzada por haber sido tan estúpida de creer
una sola palabra de Gio DiLustro.
—Después de todo lo que me dijo, después de lo que intentó hacer...
—Cerré los ojos recordando ese último día y una sola lágrima resbaló por
mi rostro—. Parecía imposible encontrar el camino de regreso a ti.
El silencio era ensordecedor y una fuerte tensión llenaba el espacio
entre nosotros. Un sollozo ahogado se escapó de mis labios.
—Sin ti, soy un cascarón de mujer, Bas.
Sus palmas ahuecaron mi mejilla.
—Mírame, principessa —exigió en voz baja. Abrí mis ojos y encontré
sus ojos oscuros intensos en mí—. Te quiero a ti —dijo con voz áspera, su
pulgar rozando suavemente mi labio inferior—. Solo a ti. Todos tus
primeros y tus últimos. Quiero ser tu principio y tu fin. Porque eres mía.
Soy un cascarón de hombre sin ti. A la mierda tus conexiones. A la mierda
con tu familia. Solo tú y yo.
Sus labios rozaron los míos. Dulce. Suave. Devorador. Era el tipo de
beso que podía romper tu corazón y repararlo en el mismo aliento.
—Tengo algo para ti —murmuró contra mis labios.
Alejándome un poco de él, lo miré con curiosidad.
—Vi todos los zapatos que guardaste —respiré.
Sacudió la cabeza con diversión.
—No soportaba deshacerme de ellos, pero no son los zapatos. —Su
nariz rozó la mía. Sacó algo del bolsillo. Tenía una cajita de terciopelo en
la mano—. Esto es lo que fui a buscar aquel día. —Abrió la caja y en ella
estaba el anillo de compromiso más precioso. Un diamante talla princesa
rodeado de esmeraldas en forma de lágrima—. Hace juego con el anillo de
bodas.
—¿Lo has guardado todo este tiempo? —gruñí mientras mi corazón
se aceleraba en mi pecho, anhelándolo.
—Siempre te seguiré. —Su palma rozó mi mejilla y me incliné hacia
su toque, absorbiendo su calor—. Un día sin ti es un infierno en esta Tierra.
Prométeme que nunca te irás.
Presioné mis labios contra los suyos, suave y posesivamente.
—Nunca me iré, Bas —dije con voz áspera. Observé mientras
deslizaba el anillo en mi dedo—. Dondequiera que vayas, te seguiré.
Estos votos eran nuestros. Por nuestro futuro. Por nuestra felicidad.
Agarró el dobladillo de mi camisón y me lo pasó por la cabeza,
dejándome solo en tanga. Mi piel ardía con la necesidad de sentirlo sobre
mí, dentro de mí. Su boca aplastó la mía, devorándome. Profundo y
consumidor. Cuando separé mis labios, su lengua se deslizó dentro de mi
boca y gemí.
Ardía como una cerilla, lo necesitaba con desesperación. Llevó la
mano a mi cabello, apretándolo mientras sus labios abandonaban los míos
y bajaban por mi cuello. Se incorporó y su peso se asentó sobre mí. Se
sentía tan bien, tan bien.
Levantó mi muslo con una mano y envolví mis piernas alrededor de
su torso, su erección presionando entre mis piernas. El dolor entre mis
piernas palpitaba y me arqueé hacia él, apretándome contra él.
El deseo ardía, saltaban chispas y los corazones brillaban.
Tiré de su camisa y él se detuvo para sacársela por la cabeza. Entonces
volvió a tener la boca sobre mi piel, mordisqueándome los pechos,
mientras su polla dura se estremecía contra mi coño caliente.
Deliraba de necesidad. Nueve meses sin él habían sido demasiado.
Ahora necesitaba una sobredosis de él. Me aferré a su erección,
desesperada por correrme. La fricción entre nosotros era deliciosa, mi
coño goloso aferrándose a su polla, necesitándolo dentro de mí.
El sonido de un desgarro cortó el aire. No me importaba lo que
rompiera o destruyera, siempre y cuando siguiera follándome.
Inclinando su polla dentro de mí, se sintió caliente y duro en mi
entrada. Mis músculos se apretaron, hambrientos de él, necesitándolo con
desesperación.
—Bas —rogué con una voz sin aliento.
—Ruega por mi polla, principessa —dijo con voz áspera,
mordisqueando el lóbulo de mi oreja.
Giré la cabeza y sus ojos me atravesaron. Agarré su rostro y lo acerqué
más.
—Por favor, dame tu polla —le dije. Me dio un beso abrasador en los
labios y se deslizó hasta el fondo de un solo empujón. Mi cuerpo agradeció
la intrusión, calentando mi sangre. Empujó dentro de mí con movimientos
largos y profundos. Duro e implacable.
—Mierda, lo echaba de menos —gruñó, clavándome su dura y gruesa
polla.
Me apreté contra su dura polla, con la respiración entrecortada. Una
oleada de sensaciones invadió mi cuerpo, absorbiendo cada uno de sus
potentes empujones.
—Tan jodidamente bueno —elogió, su voz gutural. Esas tres
pequeñas palabras me tenían jadeando con lujuria enloquecida, al borde
de un orgasmo.
Mi coño y mis entrañas se habían amoldado a la forma de su polla,
acogiendo su intrusión. Era la pieza del rompecabezas que me faltaba.
Gemidos y quejidos salieron de mis labios, sus ojos se clavaron en mí con
una posesividad enloquecida.
—Ahhh, por favor —supliqué. Cada centímetro de mí ardía. Tenía
que apagarlo. Cada embestida suya me ensanchó y me estiró, acercándome
a la cima. Nunca en mi vida me había sentido tan deliciosamente llena
como cuando Bas me follaba, implacable y duro. Mi espalda se arqueó
fuera de la cama, cada embestida comenzó a encender una chispa y se
extendió desde mi clítoris hacia afuera.
Mi cabeza golpeó contra la almohada, mi cuello expuesto a él. Estaba
tan cerca de alcanzar las estrellas. Su gran mano se envolvió alrededor de
mi cuello y, con un ligero apretón, mi cuerpo se hizo añicos. Esto era lo
que necesitaba: su dominio, su intensidad.
Un gemido salió de mi boca, su nombre en mis labios mientras mi
cuerpo explotaba. Un orgasmo me sacudió y me abrumó. El calor recorrió
cada fibra de mí, los temblores sacudieron mi cuerpo.
Cuando volví en mí, me encontré con la oscura mirada de Basilio.
—¿Quién te folla? —gruñó, apoyando su frente contra la mía.
Me estremecí.
—Tú.
Conseguiría cualquier admisión por mi parte después de un orgasmo
tan intenso.
—¿Quién más?
—Nadie más —exhalé.
—Hasta mi último aliento, solo tú y yo —gruñó.
—Sí —jadeé, una lánguida sensación recorriendo mi torrente
sanguíneo—. Solo tú y yo.
La satisfacción retumbó en su pecho. Sus embestidas se hicieron más
superficiales, sus músculos se tensaron y, con un gruñido, se derramó
dentro de mí, su propio cuerpo se estremeciéndose
—Te sientes increíble, principessa —ronroneó, con su aliento caliente
sobre mi piel. Su espeso semen se deslizó por la parte interna de mi muslo
y mi pecho se hinchó por el elogio—. Eres mía.
Suspiré satisfecha.
Porque Basilio DiLustro era mío.
Capítulo 69
Wynter
La felicidad empezó con la letra B y terminaba con la letra O.
Pasamos dos días en su habitación. Follamos, nos besamos, volvimos
a follar hasta que me dolía tanto que me dolía caminar. La mejor maldita
luna de miel de todas.
No necesitaba París. Ni Venecia.
Mientras tuviera a este hombre conmigo, flotaba. Él era todo mi
mundo.
Y cuando me dio mi regalo de bodas, me emocioné y empecé a llorar.
Me compró una pista de hielo. Mi propia pista de hielo.
—No te he comprado nada —refunfuñé en voz baja.
—Tú eres mi regalo —dijo arrastrando las palabras, luego presionó
su rostro entre mis piernas y casi me ardí como una estrella.
Había hecho tantas promesas en los últimos dos días. No dejarlo
nunca. Confiar siempre en él. No dejar que otro hombre me tocara. Llevar
siempre su anillo.
Había una cosa de la que nunca hablábamos. Otras mujeres que él
pudo haber tenido en los últimos nueve meses y otros hombres que él creía
que yo había tenido. Era como si ambos tuviéramos miedo de lo que nos
haría.
El pasado ya no importaba. Solo el futuro.
Él era todo mío y yo toda suya.
Era tan feliz que temía que algo más pasara.
Me sequé el cabello, llevando solo otro conjunto de ropa interior rosa.
Entré en nuestro vestidor que compartíamos, buscando algo que ponerme.
Nos encontraríamos con mamá, Priest y su padre.
El novio de mi madre. O algo así.
Solo pensaría en él como el tío de Bas. Mamá teniendo novio era un
concepto extraño que no podía entender del todo.
Luego, esta tarde, asistiríamos al funeral de Gio DiLustro. Preferiría
no hacerlo, pero la etiqueta lo requería. Sobre todo porque Bas ocuparía
oficialmente su lugar en el Sindicato como jefe de Nueva York.
Un fuerte pinchazo en mi trasero me hizo girar para encontrarme cara
a cara con mi marido.
—¡Bas! —exclamé indignada, pero fallé porque una gran sonrisa se
dibujó en mis labios.
—No puedes andar por ahí medio desnuda y esperar que no tenga una
erección —gruñó mientras me levantaba y me arrojaba sobre la cama.
Me reí, tirando de él hacia abajo conmigo. En cuanto su peso se asentó
sobre mí, solté un suspiro. Separé mis muslos y presioné contra su
erección.
—Dime lo que quieres —gruñó, con su aliento caliente en mi oído.
—A ti —exhalé—. Dentro de mí.
—Ustedes dos llegan con una hora de retraso —refunfuñó Priest
mientras nos acercábamos a la mesa.
Noté que mi zapato estaba desabrochado. Estos eran los zapatos que
me compró hace nueve meses y no quería que se estropearan. Justo cuando
iba a bajar, Bas se me adelantó.
—Déjame —murmuró, sus dedos rozaron la parte posterior de mi
tobillo, poniendo mi piel de gallina.
Una ronda de jadeos y asombro resonó, pero lo único que pude hacer
fue mirarlo fijamente. Respiraba a este hombre. Me sentía segura con él.
Mató a su padre para mantenerme a salvo. Bueno, técnicamente Sasha le
dio el último golpe, pero Bas lo hizo sufrir primero.
La felicidad recorrió cada centímetro de mi cuerpo mientras lo veía
abrocharme la correa y luego ponerse de pie en toda su altura. Sin él, la
vida era una muerte dolorosamente lenta.
—¿Por qué no puedes hacer esto por mí? —Una voz desconocida me
hizo girar la cabeza justo a tiempo para ver a una mujer golpear a su cita
en el pecho y luego girarse para mirar a mi marido con corazones en los
ojos.
Deslicé mi mano en la de Basilio. Puede que fuera una tontería, pero
quería que todo el mundo viera que era mío.
—Vengan, ustedes dos —nos gritó el tío de Basilio.
Apretando mi mano en señal de consuelo, Bas ignoró a todo el mundo
e inclinó la cabeza para darme un beso en los labios.
—No seas celosa —murmuró contra mis labios—. Eres la única para
mí.
Mis labios se curvaron en una suave sonrisa y mi corazón se hinchó,
temí que explotara por estos sentimientos que bullían en mi interior.
Caminamos hacia la mesa donde mamá, Priest y su padre estaban
sentados en el restaurante Eleven Madison Park en Madison Avenue, en
el corazón de la ciudad de Nueva York. Habían reservado un asiento en la
ventana que daba al Madison Square Park. La calle estaba llena de
peatones, a pesar del frío que hacía. El buen tiempo atraía a la gente, que
esperaba ansiosa la primavera.
—¿Qué demonios estaban haciendo ustedes dos? —añadió Priest.
Me sonrojé evitando mirar en su dirección. Temía que si me veía a
los ojos, sabría exactamente lo que estábamos haciendo.
Bas simplemente se encogió de hombros.
—Estuve ocupado.
—Son recién casados —nos defendió el tío de Bas—. Dejemos que
Bas disfrute de su luna de miel.
—Hola, mamá. —Rodeé la mesa y la abracé—. ¿Estás bien?
Se apartó para mirarme. Estaba preciosa, llevaba un jersey verde claro
y jeans blancos combinados con un par de bailarinas blancas. Llevaba el
cabello recogido en un moño y, por primera vez en mi vida, no parecía
tener fantasmas acechando en los ojos.
Tomando mis dos mejillas entre sus palmas, sostuvo mi cabeza con
firmeza.
—La próxima vez, corre. No intentes salvarme. —Sacudí la cabeza
ante sus palabras—. Tenía miedo que te llevara a ti también. No habría
sobrevivido.
—Eres mi mamá —susurré—. Te amo. Por supuesto, siempre te
salvaré.
Ella negó con la cabeza, la tristeza cruzando su expresión.
—Puede que después de lo de hoy no pienses lo mismo —respondió
enigmáticamente.
Priest asintió escuetamente y el tío de Bas le tendió la mano.
—No nos conocemos oficialmente. Soy Franco DiLustro.
Llevaba un traje de tres piezas y también Priest, ambos preparados
para asistir al funeral de Gio. Yo llevaba un sencillo vestido negro que me
llegaba a las rodillas con zapatos negros.
—Wynter —murmuré, aceptando su mano vacilante—. ¿Cómo está
tu cabeza?
Una expresión sombría pasó por su rostro.
—Está bien, gracias.
Sin saber qué más podía decirle, le ofrecí una sonrisa tensa y ocupé
el asiento que Bas me tendió. Una vez sentados todos, apareció el
camarero y tomó el pedido de Bas y mío.
Cuando el camarero se marchó, fue Franco quien rompió el incómodo
silencio.
—He oído que juegas al póquer —me dijo.
Me moví incómoda y miré a Priest.
—Sí —murmuré, preguntándome cuánto sabía Franco.
—Conseguiste un buen juego en Royally Lucky —continuó. Bueno,
parecía que sabía mucho.
—Star le gana a mi padre en el póquer y en ajedrez —comentó
mamá—. Es muy buena.
—A veces —murmuré.
El camarero volvió y puso mi moca de caramelo delante de mí.
Envolví mis dedos alrededor de mi taza, mis hombros ligeramente tensos.
—Ya te estás pasando con las calorías, ¿eh? —bromeó mamá.
Me reí incómoda.
—Pensé que podría disfrutar de todo lo que se me ha antojado.
La mano de Bas se acercó a mi pierna por debajo de la mesa y apretó
para tranquilizarme.
—Se lo ganó —le dijo a mamá.
—Mierda, sí —coincidió Priest, lanzando una mirada ligeramente
desaprobatoria en dirección a mi madre—. Dos veces medallista de oro
olímpica, puede comer y beber lo que quiera.
—Cuidado, hijo —replicó su padre—. Muestra respeto.
—¿Cómo te sientes, Star? —preguntó mamá—. Recibí solicitudes de
entrevistas de algunos de tus patrocinadores.
Negué con la cabeza.
—Te lo dije, mamá. Se acabó la competición para mí. —Miré a Bas
y asintió—. Basilio me compró un regalo de bodas. Una pista de hielo.
Quiero limpiarla, cambiarle el nombre y quizás entrenar. —Apreté los
dedos y los de Bas se entrelazaron con los míos, su pulgar rozó suavemente
mi palma. Me pareció un movimiento relajante—. Si quieres, podemos
entrenar juntas. No estoy segura de sí te vas a quedar en Nueva York o…
Mamá y Franco compartieron una mirada y la sonrisa que el hombre
le dedicó me dijo que la amaba. No sabía su historia completa, pero estaba
feliz por mi mamá. Ella finalmente consiguió su felicidad. Era justo.
—Bueno, estoy pensando en mudarme a Chicago. —Sonrió.
Yo sonreí.
—Chicago es bueno —acepté—. Más cerca que California.
Y no estará sola.
—¿Vendrás a visitarme? —preguntó.
Bas y yo compartimos una mirada, y él asintió.
—Te visitaremos a menudo. Tú también tienes que visitarnos.
Priest resopló con frustración.
—¿Por qué no les decimos a Wyn y a Bas la información que me has
contado?
Priest estaba agitado. Era evidente en sus hombros tensos y en la
forma en que sacudía la cabeza con disgusto. Todavía no me he hecho a la
idea de que Priest sea mi hermano. No tenía idea de cómo comportarme,
sobre todo porque mamá no había dicho ni una palabra al respecto.
Tampoco Priest.
El pesado suspiro de mamá cambió el aire entre nosotros cinco y no
pude evitar tensarme de nuevo.
—¿Recuerdas lo que te conté sobre un bebé que perdí? —Asentí,
tragando fuerte—. Bueno, Priest... Christian, es tu hermanastro.
—¿Eh?
—Él es...
Agité mi mano.
—Sí, lo sabía. Basilio me lo dijo después que Priest hiciera una
prueba de ADN. —La confusión marcó el rostro de mamá y me volví hacia
Priest—. ¿Tu verdadero nombre es Christian?
Se limitó a encogerse de hombros.
—No se lo digas a nadie.
—No lo haré —prometí. Esto se sintió un poco incómodo. Sentí que
no era la bomba que estaba a punto de caer.
Me volví hacia mi madre, que miraba a Priest con anhelo en los ojos.
No entendía su historia.
—Mamá —susurré, y sus ojos volvieron a mí—. ¿Por qué dijiste que
perdiste al bebé?
Mamá parpadeó, luego volvió a parpadear.
—No te lo dije todo, Star. —Me quedé quieta, esperando que me
dijera cualquier otra cosa que tuviera que sacar de su pecho—. Mi abuela,
tu bisabuela se volvió loca cuando perdió a su hija. Su marido, el Pakhan,
declaró la guerra a los Brennan y juró secuestrarles a todos los
descendientes de la familia Volkov.
—¿Qué? —Respiré confundida—. ¿Por qué?
—Mi madre, tu abuela, era hija única —explicó—. Les robaron a sus
herederos. Así que cuando tuve a Christian, arriesgué su vida. Por no
hablar que el abuelo y mi hermano se habrían vuelto locos. Franco estaba
casado y yo... —Sí, no era el escenario ideal, pero ¿por qué dejar a su bebé
atrás?
—Franco y yo decidimos que lo mejor era esconder a Christian. Era
la opción más segura. Luego regresé a Nueva York y finalmente me casé
con tu padre. Cuando Gio... —Sus ojos revolotearon hacia mi marido y
esta vez apreté su mano en señal de consuelo—. Cuando Gio atacó y mató
a tu padre, se presentó una oportunidad perfecta. Liam hizo que me
declararan muerta, cambió mi identidad y el Pakhan dejó de cazar. Pero
hace nueve meses, Gio los alertó sobre ti, Wynter. No saben nada de
Christian, pero vienen por ti.
Bas gruñó a mi lado.
—Déjalos que jodidamente lo intenten.
Capítulo 70
Wynter
El funeral de Gio fue lujoso.
Había muchos asistentes pero no muchas caras afligidas. Y tuve la
sensación que los que estaban afligidos eran falsos.
El clima era hermoso y de alguna manera encajaba con la ocasión.
¿Estuba mal? Carajo, no. Gio DiLustro era un cabrón sádico y este mundo
era un lugar mejor por ello. Me paré al lado de Bas, su hermana al otro
lado de él. Dante, Priest y Franco también estaban aquí. Mi madre no
estaba. Incluso en su muerte, ella le temía.
El rostro de Basilio era una máscara inmóvil. Muchos hombres se
acercaron a nosotros, dándonos el pésame. Sostuvo mi mano con su
izquierda, necesitando mantener su mano derecha libre.
—Por si acaso —dijo.
Emory estaba ligeramente pálida, pero cuando los invitados se fueron
retirando y Dante, Priest y su padre se fueron, fue su turno de arrojar una
rosa sobre la tumba de su padre, susurró en siseo:
—Púdrete en el infierno. —Lanzó una rosa roja, arrugada y podrida
y se fue sin mirar.
Un escalofrío recorrió mi espalda, sin querer saber lo que había
sufrido para odiar tanto a su padre.
El funeral no duró mucho y me alegré por ello. Unos cuantos hombres
del Sindicato se hicieron a un lado, hablando de negocios y eso pareció
llevar más tiempo. Mientras tanto, Emory permaneció conmigo.
—¿Cómo es que no puedes estar allí con ellos? —le pregunté,
inclinando mi barbilla hacia el grupo de hombres.
—No tengo el cerebro pequeño —murmuró en voz baja y tuve que
reprimir mi risa.
Sus ojos, tan oscuros como los de Basilio, se dirigieron a mí y sonrió.
—Estoy feliz de ver que tú y Basilio hayan llegado a un acuerdo.
Mis ojos gravitaron de nuevo hacia mi marido para verlo ya
observándome. Me guiñó un ojo, sonreí y su atención volvió al grupo de
hombres. Sin embargo, supe todo el tiempo que me tenía en su punto de
mira.
—Sabes, me atrapó cayéndome del balcón de mi tío —le dije con una
suave sonrisa. Su ceja levantada me dijo que no—. Él es mi cuento de
hadas.
—No te tomaba por una romántica —se burló.
Mis ojos volvieron a encontrar a mi marido.
—Solo cuando se trata de Bas.
Eran más de las seis de la tarde cuando nos dirigimos a casa.
Bas aceleró a toda velocidad por la carretera, cubierta de ráfagas de
viento. Supongo que la última visita de la madre naturaleza. No era la
condición ideal de la carretera para su Bugatti.
Miré hacia él, su cuerpo tenso y la expresión oscura.
—Basilio... —Empecé, pero no llegué a terminar la frase. Algo chocó
contra nuestro maletero y mi cuerpo se sacudió hacia delante.
Miré hacia atrás y vi los faros de un todoterreno negro. Un Land
Rover. De repente, Bas pisó a fondo el acelerador, pero también lo hizo el
conductor del todoterreno. Otro golpe en la parte trasera del auto de Bas.
—¿Qué está pasando? —Gimoteé.
—Malditos rusos —siseó.
—¿Cómo sabes que son rusos? —le pregunté, mirando detrás de
nosotros.
—Siempre conducen malditos Land Rover.
—¿C-crees que es mi...? —No pude forzar la palabra bisabuelos a
salir de mis labios—. ¿Crees que es el Pakhan?
—No lo sé. —Excepto que su lenguaje corporal me decía que pensaba
que eran exactamente ellos.
Me moví, mis manos temblando. Bas debió notarlo, porque intentó
consolarme:
—No dejaré que te pase nada.
—A los dos —espeté. Ladeó una ceja y aclaré—: Que no nos pase
nada a los dos.
—Ambos —aceptó. Giró bruscamente el volante y tomó una curva
cerrada a la derecha—. Cabeza abajo —ladró, con voz firme y fría.
Sin demora, obedecí y me incliné hacia delante. Tan pronto como lo
hice, las balas comenzaron a volar. La ventana del copiloto estalló, al igual
que la ventana trasera. Ambas manos cubrieron mi cabeza mientras Bas
seguía conduciendo.
Mi cara estaba presionada contra mis piernas, mi cuerpo se sacudía
con cada giro brusco que Bas tomaba. Las balas seguían volando y giré la
cabeza hacia la de mi marido. El miedo me ahogó. Por fin tenía mi cuento
de hadas y ahora pasaba esta mierda.
Mantuve la mirada fija en Bas, deseando poder hacer algo para
ayudarlo. Estaba en una clara línea de fuego y eso me aterrorizó. Él
mantuvo la calma, pero yo no. Sentí que se me llenaban los ojos de
lágrimas y recé para que saliéramos vivos de ésta.
De algún modo, Basilio consiguió sacar su propia arma y empezó a
disparar al todoterreno. Recibimos más disparos. Siguió disparando pero
estaba en desventaja, tratando de conducir y disparar al mismo tiempo.
Y me sentí inútil.
Dobló otra esquina y mi cuerpo se estrelló contra la puerta, mi cabeza
golpeó la manija.
—¿Estás bien? —preguntó Bas, la preocupación atravesaba su voz.
Le estaban disparando y le preocupaba si yo estaba bien.
—Sí. Dime cómo puedo ayudarte —le pedí.
—Toma mi teléfono —ladró—. Bolsillo derecho.
Me acerqué y metí la mano izquierda en su bolsillo. Era lo único que
tenía en el bolsillo, así que lo saqué.
—Llama a Dante o a Priest.
Asentí, abrí el teléfono y empecé a buscar en su agenda.
—D. D, D aquí no hay ni un solo nombre con D —le dije
frenéticamente.
—Busca por primo —aclaró, sus ojos sobre mí—. Mierda —gruñó y
seguí su línea de visión.
Sonaron más disparos, el sonido ensordecedor de las balas contra el
metal del auto. No pude evitar sobresaltarme, con los ojos desorbitados
por el miedo. El terror se apoderó de mi garganta y el miedo de perder a
Bas por la muerte era la mayor parte de él.
Un fuerte silbido a mi izquierda me hizo girar la cabeza. Bas nunca
redujo la velocidad del auto y siguió disparando a los hombres que nos
perseguían, pero le dieron.
—Bas, estás herido —grité.
No redujo la velocidad. Siguió disparando otra ronda de tiros. Su
manga estaba empapada de sangre y me levanté para ayudar a detener la
hemorragia. No podía soportar la idea de él sufriendo. Mis manos
temblaron, nuestros ojos se conectaron. Todavía había tanto que quería
decirle. Tantas cosas que quería hacer con él.
—Bas, yo... —Su mano se posó en mi cabeza y la empujó hacia abajo
justo a tiempo para escuchar una bala pasar cerca de mi oído. En una
agonizante cámara lenta, vi cómo la bala le rozaba la cabeza y la sangre
salpicaba mi cara y la suya.
El auto se salió de control y con el último sentido de la razón, pulsé
el botón de llamada a su primo. El débil tono de llamada se mezcló con el
arma de fuego y el chirrido de los neumáticos. El auto salió disparado hacia
una barandilla y tuve la certeza que era nuestro fin.
Giré la cabeza para verlo por última vez.
—Te amo, Bas. —Nuestras miradas se encontraron, mi boca se movió
pero no pude oír mi voz. Algo parpadeó en sus ojos y tuve que creer que
sabía lo que había dicho. No podía morir sin decir esas palabras una vez
más.
Un ruido ensordecedor sonó cuando chocamos contra la barandilla.
El auto se volcó y mi cuerpo se sacudió de un lado a otro, volando por el
aire. El cinturón de seguridad cortó mi cuello, clavándose en mi clavícula.
Mi cabeza chocó contra algo duro y una fuerte explosión me destrozó los
oídos.
Mi visión se volvió negra, mis oídos zumbaban, me dolía todo el
cuerpo. Pero podía oír voces. Voces rusas en la distancia. Mi cuerpo yacía
inerte y mis párpados se negaban a abrirse. El repentino silencio fue
ensordecedor. Inquietantemente aterrador.
Durante varios latidos, permanecí inmóvil. Escuchando.
El motor de un automóvil rugió, pero no se movió. Quienquiera que
nos atacó todavía estaba aquí. Ignorando mi punzante dolor de cabeza, me
obligué a abrir los ojos. Mi visión era borrosa y los puntos nadaban en el
aire dondequiera que miraba. Parpadeé una vez. Dos veces.
Mi vista se aclaró y vi el humo que nos rodeaba.
Giré hacia el lado del conductor y se me cortó la respiración. Bas
estaba desplomado sobre el volante. La sangre empapó toda su manga,
goteando por sus dedos. También había sangre en su sien y un miedo como
nunca antes se apoderó de mi garganta.
¿Estaba muerto?
Sentí el pánico subir por mi garganta pero lo contuve. En cambio,
escuché cualquier sonido de él. Cualquier cosa. Contuve la respiración,
orando en silencio a cualquiera que estuviera escuchando.
No dejes que muera. No dejes que muera. Mi garganta estaba en carne
viva, tantas emociones me asfixiaban.
Fue entonces cuando lo vi. Sus dedos se movieron. Como si quisiera
seguir luchando.
Está vivo, mi mente y mi corazón suspiraron aliviados.
Las duras palabras rusas se acercaron y miré frenéticamente a Bas en
busca de su arma. No podía dejar que acabaran con nosotros. El olor a
gasolina viajó con el humo y llegó a mis pulmones. Me mantuve inmóvil
mientras mis ojos se movían alrededor, el pánico se extendió por cada
célula de mí.
El humo y el calor llenaron el auto, y temí que nos quemaríamos vivos
si nos quedábamos aquí.
¡Arma! Divisé la pistola de Bas junto a su pie. No podía perder
tiempo. Ignorando mi dolorido cuerpo, desabroché mi cinturón de
seguridad y me moví hacia la izquierda. Luego agarré el arma y me
desplacé hacia la derecha.
Había dos hombres a tres metros del auto y y sin pensarlo, puse mi
dedo en el gatillo y lo apreté.
Bang.
Fallé. ¡Mierda! Me obligué a calmarme y apunté. Justo como Sasha
me enseñó.
Bang. Bang. Bang.
Les di. Tropezaron. Uno cayó de rodillas. El otro lo siguió. Este
último levantó su arma pero apreté el gatillo de nuevo. Bang. Bang.
Cayó, la sangre se acumuló rápidamente a su alrededor.
Maté a un humano. La realización me golpeó duro, pero no me
arrepentí.
Saltaron chispas bajo el capó. Sin tiempo que perder, agarré la manilla
de la puerta y empecé a empujar. No cedía. Levanté las piernas y apoyé la
parte inferior de mis Chucks contra ella, luego apliqué toda mi fuerza para
empujarla y abrirla.
Gracias a Dios me cambié de ropa antes de volver a casa después del
funeral. Era un pensamiento extraño mientras intentabas salir de un auto
destrozado.
—Vamos —gruñí. Pateé la puerta. Una y otra vez. El capó del auto
estaba ardiendo y el pánico se apoderó de mí. Empecé a patear
frenéticamente, luego alterné con el hombro.
La puerta se abrió de golpe. Las manos y las piernas me temblaban y
las lágrimas corrían por mi cara. Mis músculos ardían, pero no podía parar.
Salí corriendo del auto y di la vuelta hacia la puerta de Bas.
El fuego se estaba extendiendo rápidamente, llegando ahora al
parabrisas. Agarré la puerta del auto y tiré con fuerza, gruñendo mientras
mis músculos gritaban en protesta. La puerta se abrió de golpe y caí de
espaldas.
El humo llenó el auto mientras el fuego lamía el parabrisas. El miedo
se apoderó de mis pulmones, quemándolos en carne viva. El humo y los
gases entraron en mi nariz y bajaron a mis pulmones, dificultándome aún
más la respiración.
Me puse en pie a trompicones y busqué a Bas. No llevaba cinturón,
así que envolví mis dos manos alrededor de su bíceps y comencé a tirar de
él. Era mucho más fuerte y más grande que yo, pero rendirme no era una
opción. Él nunca me dejaría atrás.
El fuego se estaba extendiendo demasiado rápido y Bas era
demasiado pesado para que yo pudiera moverme rápidamente fuera del
alcance en caso de que el auto explotara. Lágrimas de frustración se
acumularon en mis ojos y mi vista se volvió borrosa, pero me negué a
parar.
—Por favor, Bas —gemí—. Simplemente no me mueras —supliqué
sin aliento. La sangre empapó rápidamente su cabello oscuro y el pavor se
agolpó en la boca de mi estómago. Cada paso que daba me parecía pesado
como el plomo. Pero seguí adelante hasta que estuvimos a una distancia
segura.
Me arrodillé. Recorrí su cuerpo con la mirada, alarmada por la
cantidad de sangre que se acumulaba alrededor de su cabeza. Me incliné
sobre su rostro y sentí el suave aliento en mi mejilla. Con dedos
temblorosos, rocé mis dedos sobre el pulso en su garganta.
—Está ahí —exhalé con un suspiro de alivio. El pulso estaba ahí.
Cerré los ojos y sentí un alivio abrumador. Y recé, prometiéndole a
Dios cualquier cosa y todo. Con tal de que Bas se quedara conmigo.
Me escocían los ojos y mi pecho se sentía apretado, haciendo que cada
respiración que inhalaba doliera. No podría vivir sin este hombre en esta
tierra. Podría sobrevivir sabiendo que estaba en algún lugar del planeta,
caminando y respirando. Sano y vivo. Pero no sobreviviría a su muerte.
—Te amo, Bas —susurré, apoyando su cabeza en mi regazo—. Nunca
he dejado de amarte. Te prometí que nunca te dejaría. Me fui, pero mi
corazón se quedó atrás. —Incliné la cabeza y le di un suave beso en la
frente—. Por favor, quédate conmigo.
Apenas se movió y me congelé, casi asustada de haberlo imaginado.
—¿Bas? —dije con voz áspera.
Contuve la respiración, esperando a que volviera a moverse. Que
dijera algo. Cualquier cosa. Cuando no lo hizo, mi corazón se hundió. ¿Tal
vez debería seguir hablando? No lo sabía.
—Bas, por favor, no te mueras —le supliqué en voz baja, susurrando
contra su frente húmeda—. Te amo tanto que duele. No ha habido nadie
desde que me alejé ese día, y si me dejas, me romperás. Por favor, aguanta.
Por mí.
Un fuerte chirrido de neumáticos me hizo levantar la cabeza. Un Land
Rover negro. Otro más. Mis ojos buscaron frenéticamente el arma. Estaba
tirada cerca del auto en llamas. Durante un segundo permanecí inmóvil,
dudando sobre lo que debía hacer. No quería dejar a Bas, vulnerable en su
estado inconsciente.
Excepto que, sin un arma, ambos seríamos vulnerables. Apoyé su
cabeza en el frío suelo de tierra y me acerqué al auto en llamas. Lo alcancé
y me quemó la palma de la mano. Un pequeño gemido sonó en mi
garganta, pero lo ignoré.
Escuché la puerta de un auto cerrarse detrás de mí y me giré para
encontrar a una mujer saliendo del Land Rover negro. Llevaba un abrigo
de piel que le llegaba hasta las rodillas y un sombrero de piel a juego.
Llevaba gafas de sol y, si el escenario fuera otro, juraría que era una
vieja estrella de Hollywood. Se movía con elegancia y seguridad. Casi
esperaba que tuviera uno de esos cigarrillos largos y delgados en los dedos
y se lo llevara a los labios. Tres hombres que parecían aterradores la
rodearon, sus ojos y sus armas en mí.
Volví a acercarme al cuerpo inmóvil de Bas, la pistola agarrada entre
mis dedos.
Poniendo la mano en su pecho para asegurarme que estaba respirando,
levanté mi mano y apunté hacia ellos.
—Quédate donde estás —exigí con el valor que no sentía
precisamente.
Para mi sorpresa, la mujer se detuvo y susurró algo a sus hombres.
—Wynter Star Volkov.
La voz de la mujer era baja y suave. Y sobre todo espeluznante.
Se quitó las gafas de sol y sus ojos se encontraron con los míos. Eran
de color marrón oscuro, pero algo en sus ojos me asustó aún más que en
los de Gio. Dio un paso, luego otro.
Le disparé un tiro de advertencia que casi rozó su estúpido gorro de
piel.
—Detente ahí —gruñí.
—Te pareces a tu abuela —dijo con su voz suave que era jodidamente
espeluznante—. Winter era todo mi mundo. Lo único bueno de mi mundo.
Me puse rígida. ¿Ella era...?
No, ella no podría ser. Esta mujer de piel aceitunada no podía ser rusa.
Tal vez trabajaba para el Pakhan.
—¿Quién es usted? —Me mordí.
—Soy tu bisabuela. —Sus ojos se desviaron hacia mi marido—.
Sophia Catalano Volkov. Y tú, hija mía... Vendrás conmigo.
—A la mierda que lo haré —le espeté—. Nos disparaste. ¡A mi
marido! Y yo no soy tu maldita hija.
—¿Sabes quién soy? —preguntó, ignorando mi arrebato.
—Duh, me lo acabas de decir.
Se rio entre dientes, su risa espeluznante.
—Fui el primer pago de mi familia al jodido arreglo de Bellas y
Monstruo, vendida al notorio Ivan Petrov. Su Pakhan me vio y me tomó
para él. Pasé por un infierno, pero salí victoriosa. —Contuve la
respiración, insegura de adónde iba esto. Nunca había oído hablar del
acuerdo del que hablaba—. Hice que el Pakhan se enamorara de mí. Y
luego tuve a mi hija. Ella era todo mi mundo.
Tragué.
—Eso no tiene nada que ver conmigo. Ni con mi marido.
Otra risa espeluznante.
—Pero sí tiene que ver. Porque son hombres como tu marido y como
tu tío los que juegan con las vidas. Son hombres como ellos los que me lo
han quitado todo. Yo les quitaré todo. Pero necesito a alguien de mi sangre
que ocupe mi lugar. Gobierna este mundo y haz que estos hombres se
arrepientan de haberme quitado a mi bebé.
—¿D-dónde está tu Pakhan? —pregunté, algo en mi subconsciente
me hacía cosquillas, empujándome. Excepto que mi dolor de cabeza estaba
empeorando.
Su carcajada hirió mis oídos. La mujer tenía que estar loca. Una
chiflada certificada.
—¿Pakhan? —Su voz chillona estaba haciendo que mi cabeza
doliera—. Soy el maldito Pakhan. Yo lo gobierno todo.
Mi boca podría haber caído al suelo. O tal vez me golpeé la cabeza
más fuerte de lo que pensaba.
—Apúntale y dispara —ordenó suavemente en ruso—. Si la golpeas
a ella, haré que te destripen a ti y a toda tu familia.
¡Jesús, estaba loca!
Levantaron sus armas. No pensé, solo actué mientras me arrojaba
sobre el cuerpo de Bas y lo cubría con el mío.
Si no podían dispararme, era la mejor defensa.
Oí el chasquido antes que las balas empezaran a volar. Pero nunca
llegaron. Mantuve el cuerpo de mi marido cubierto, mirando por encima
de mis hombros. Solo entonces percibí el rugido de un motor y el chirrido
de neumáticos.
—Solo espera —susurré al oído de mi marido—. Los refuerzos están
aquí.
Al menos esperaba por Dios que lo fueran. Quienquiera que fuera
tenía a los rusos corriendo. Mataron a uno, hirieron a otro pero la loca
logró llegar hasta su auto.
Fue entonces cuando lo vi y podría haber llorado del alivio que me
invadió.
Dante y Priest estaban aquí. Gracias a Dios, rastrearon el teléfono.
—Recibirás tu extremaunción, perra —siseé.
Capítulo 71
Wynter
Mamá seguía lanzando miradas en mi dirección.
Desde que llegamos al hospital, ha sido un desfile interminable de
pinchazos y sondeos. Y preguntas. Tantas malditas preguntas. Mis sienes
palpitaban, el olor a humo y sangre permanecía en mi nariz y mis
pulmones.
Pero la emoción dominante era el miedo. Por Bas.
Yo no podría sobrevivir.
Mi mirada se clavó en su rostro pálido. Ya debería haberse
despertado. Han pasado horas desde que se desató el infierno. La puta loca,
mi bisabuela, escapó. Sasha, Priest y Dante aparecieron justo a tiempo.
Mataron a todos sus hombres. Aparentemente, la mujer también tenía
refuerzos detrás de ella.
—Star, ¿estás bien? —La voz de mamá me hizo girar la mirada para
encontrarme con sus ojos. Incluso con las cejas fruncidas y una expresión
de preocupación en el rostro, parecía más feliz de lo que nunca la había
visto.
El padre de Priest estaba a unos metros de nosotras, para darnos
intimidad, pero sus ojos estaban en mamá todo el tiempo. Como si le
preocupara que ella desapareciera. Priest estaba junto a su padre, pero era
difícil leerlo.
Él aún estaba asimilando todas estas revelaciones.
—Sí. Solo necesito que Bas esté bien. —Sostuve la mirada de mamá,
preguntándome cómo estaría—. ¿Cómo estás?
Sus ojos se dirigieron a su hijo, el dolor cruzando su rostro.
—Estoy mejor de lo que he estado en mucho tiempo. Solo desearía...
—Su voz le falló y tomé su mano en la mía, apretándola suavemente. Dejó
escapar un fuerte suspiro—. Solo desearía poder hacerle ver que tenía
buenas intenciones. Sí, lo dejé con su padre pero fue para protegerlo.
—Se dará cuenta, mamá. —Realmente creía eso. Puede que le lleve
tiempo, pero en el fondo, bajo sus últimos ritos locos y su mirada
desquiciada en esos ojos azules que ahora sabía que eran los ojos azules
de los Brennan, era un buen hombre—. Dale tiempo. Es mucha
información en tan poco tiempo. Y no sabemos por lo que ha pasado.
No te levantas un día y decides leerles la extremaunción a los hombres
antes de matarlos. Al menos, esperaba que no. Tuvo que haber algo
traumático que lo llevó a ese punto.
—No ha pasado un día en el que no haya pensado en él —susurró su
admisión—. Nunca quise dejarlo, pero era la única manera de mantenerlo
oculto.
Nuestras miradas se encontraron, todos los secretos que guardaban
nuestras familias, bailando alrededor de este pasillo del hospital. Eran
grandes secretos. Del tipo que nunca deberían habernos ocultado, pero en
este momento me di cuenta que ninguno de ellos me importaba una
mierda. Ellos me trajeron aquí, a este preciso momento. A Bas.
Lo único que necesitaba era que Bas estuviera bien.
Mis ojos buscaron al hombre del que me había enamorado desde el
momento en que caí en sus brazos. De acuerdo, tal vez no en ese mismo
momento, pero en el momento en que deslizó ese zapato en mi pie, sus
ojos como diamantes negros, me perdí en él. Mientras él estuviera a mi
lado, sobreviviría a cualquier cosa.
—Guardaste muchos secretos —le dije, manteniendo mi mirada en
mi marido—. Tú, el tío y el padre de Priest. Sí, estuvo mal. Pero me trajo
a Bas.
—Tu distracción —murmuró suavemente.
Mis labios se curvaron en una sonrisa.
—Sí, mi distracción. No estuvo bien ocultarnos todo eso. Mantener a
Priest alejado de su madre. Pero ayúdalo a ver que, a pesar de todo, lo
hiciste por una buena razón y le aportó algo bueno. Encuentra qué es ese
bien y no te rindas con él.
Era el único consejo que tenía. Lo mejor que se me ocurrió.
—No te merezco, mi pequeña estrella. —Su voz tembló levemente y
me giré para ver una lágrima solitaria rodando por su mejilla.
Envolviendo mis brazos alrededor de ella, la apreté con fuerza.
—Oh, mamá. Te lo mereces todo. Ahora ve a buscarlo. Fuiste buena
con Jules y conmigo. Tuvimos suerte de tenerte. Pero ahora, Priest te
necesita. No te preocupes por nosotros. Si te necesitamos, sabemos cómo
localizarte.
Franco DiLustro se acercó a nosotras y yo di un paso atrás, dejando
que consolara a mi madre.
—¿Qué tal si nos vamos a casa? —sugirió—. Necesitas descansar.
Ella negó con la cabeza.
—No, esperemos un poco más.
Los dos se alejaron, dejándome de pie con Priest a mi lado. El silencio
se prolongó, aunque no podría decir que fuera incómodo.
El pitido de la máquina, señal que Bas respiraba calmó mi
preocupación y me concentré en eso. Bas seguía dormido e incluso en su
estado, parecía una fuerza a tener en cuenta.
—¿Están ustedes dos admirando a Basilio durmiendo? Me recuerda a
la mierda de la bella durmiente invertida. —La voz de Sasha vino detrás
de mí y me giré para encontrarlo de pie detrás de mí con Alexei y su
esposa, junto con Nico Morrelli y su esposa—. Quiero decir, sé que él es
guapo y todo eso, pero me atrevo a decir que yo soy aún más guapo.
Me burlé y puse los ojos en blanco.
—Tienes el cabello demasiado rubio.
—¿Te has mirado en el espejo últimamente?
Mis ojos se movieron entre todos ellos.
—Gracias por aparecer cuando lo hiciste —dije seriamente—. Si no
hubieras...
Ni siquiera podía pensar en eso.
Mis ojos se movieron hacia mi hermano. Jesús, todavía me impactaba
pensar en él como mi hermano.
—Si me olvido de darle las gracias a Dante, por favor házselo saber.
¿De acuerdo, Priest?
Asintió, con una expresión sombría en el rostro. Como si fuera una
señal, el chillido de Jules resonó en el pasillo del hospital y se marchó
furiosa.
—Esos dos están jugando al gato y al ratón —reflexionó Bianca, la
esposa de Nico—. ¿Adivina quién es el ratón?
Y Jules estaba haciendo que la persecución fuera aún más
emocionante.
—Deberíamos anunciar mi conexión contigo —dijo Priest,
cambiando de tema—. Te quitará la atención de la perra loca.
Bianca hizo una mueca y abrió la boca para decir algo, pero Franco y
mamá estaban de vuelta.
—Absolutamente no —siseó mamá—. No sacrifiqué todos esos años
para ponerte en peligro ahora.
—He estado en peligro todo el tiempo —espetó y mi madre palideció.
—Priest, no puedes decirle una mierda así a nuestra madre —lo
regañé.
—Tu madre —gruñó por lo bajo—. Tu madre, Wynter.
La expresión de mamá se rompió y sus sollozos destrozaron el aire.
—Hablaremos de esto más tarde —advirtió Franco a su hijo—. En
privado.
—Buena suerte encontrándome —espetó Priest—. Ya terminé de
pedir permiso. Tú haces lo tuyo, yo hago lo mío.
Franco y mamá se alejaron arrastrando los pies. Sabía que podríamos
resolver toda esta tensión y fantasmas del pasado que parecían haber
dejado una marca en todos nosotros. La pregunta era cuánto tiempo
llevaría.
—Así que sé que este podría ser un mal momento para mencionar esto
—comenzó Bianca tentativamente—. La mujer. Tu bisabuela.
—La perra loca —agregué amablemente—. Prefiero eso.
Bianca compartió una mirada fugaz con su marido.
—Sí, sobre eso. Bueno, ella es mi tía abuela. Sasha dijo que te dio un
nombre. Sophia Catalano.
Mis cejas se alzaron.
—¿Lo dices malditamente en serio? —Priest preguntó exactamente
lo que yo estaba pensando.
Nico metió su mano en el bolsillo, con aspecto casual y letal.
—Muy en serio.
Priest y yo compartimos una mirada.
—No te ofendas, pero la perra está muerta en cuanto le ponga las
manos encima —anunció Priest—. Por lo que le hizo a mi primo y por
poner a Wyn en peligro con su ataque psicópata. —Asentí en acuerdo—.
Y no esperen reuniones familiares si esa mujer está ahí.
Amo a mi hermano.
Priest tardó unos cinco minutos en ahuyentar a todos. Bueno, todos
menos Sasha. No pude evitar sonreír mientras los miraba a ambos.
Realmente me sentía rica. Ahora, si tan solo mi marido despertara, estaría
completa. El médico me aseguró que estaría bien, pero hasta que pudiera
ahogarme en esos ojos oscuros, la preocupación arañaba mi pecho.
—Sabes, Sasha, tengo a Wynter —Priest rompió el silencio—. Soy
su hermano. Cuidaré de ella.
Sasha encogió su enorme hombro que he usado para llorar. Bastantes
veces.
—Yo la conocí primero —dijo Sasha. Aunque técnicamente estaba
equivocado y por la sonrisa de tiburón de Priest, él lo sabía.
—Ah, equivocado, Ruso —dijo Priest—. Yo la conocí primero. En
Filadelfia.
—Así es —dijo Sasha, con cara de aburrimiento—. Cuando ella te
robó el culo.
—Es solo dinero. Y ella es mi hermana. Pero ese no fue su primer
viaje a Filadelfia.
—Está bien, amiguito —dijo Sasha—. Pero si haces llorar a la niña,
te voy a patear el trasero.
—Oye, oye, no soy una niña. Soy una mujer casada —protesté.
Ninguno de los dos me prestó atención.
—Está bien, viejo. Puedes intentarlo, pero no tendrás éxito —gruñó
Priest. Me rodeó con el brazo y me abrazó—. Es mi hermana.
—Umm…
Con los ojos muy abiertos, observé a Sasha, pero su expresión no
reveló nada. No entrarían en una pelea aquí. ¿No?
Entonces sonrió.
—Mantenla a salvo —dijo Sasha—. Y si necesitas ayuda, me llamas.
Con un guiño, Sasha se alejó, dejándome con Priest.
—Así que Christian —empecé, volviendo a su nombre real ya que
estábamos los dos solos—. ¿Muy posesivo?
—No. —Mantuvo sus brazos alrededor de mí y levanté la cabeza para
mirarlo a los ojos—. Solo de mi familia.
—¿Eso se extiende a nuestra madre? —pregunté suavemente. Su
rostro se oscureció. No lo confirmó, pero tampoco lo negó—. Dale una
oportunidad —murmuré en voz baja. Recordé el día en que me habló del
bebé que perdió. Por supuesto, en ese entonces lo entendí de otra manera—
. Es una mujer increíble con un gran corazón que se rompió.
Permaneció en silencio y envolví mis brazos alrededor de él. Lo sentí
ponerse rígido por un momento, pero luego se relajó lentamente.
—Si no lo haces por ella, entonces hazlo por mí. —Era una petición
atrevida, teniendo en cuenta que no éramos cercanos. Al menos no todavía.
—Ella me abandonó —gruñó—. Una vez que fue declarada muerta,
podría haber regresado por mí y haberme criado contigo.
Jesús, ¿qué tan mal lo pasó Priest?
Capítulo 72
Basilio
Bip. Bip. Bip.
Mi cabeza se sentía pesada, con dolorosas punzadas en las sienes.
Tenía la boca seca, como si alguien me hubiera metido algodón en ella.
Juré que me dolía cada centímetro de mi cuerpo. Como si me hubieran
golpeado sin sentido.
Algo así como cuando era un niño y era demasiado débil para
defenderme de mi padre. Gemí e intenté moverme, pero parecía imposible.
Bip. Bip. Bip.
¿Qué coño era ese molesto ruido?
Bip. Bip. Bip.
Le dispararía a la maldita cosa. Moví mis dedos para agarrarlo, pero
todo lo que sentí fue piel suave.
Dios, ¿qué diablos pasó?
Entonces los eventos volvieron lentamente a mí. El viaje de regreso
después del funeral, el ataque. Escuchar la voz de Wynter a través de la
niebla de mi cerebro.
Te amo tanto que duele. No ha habido nadie desde que me alejé ese
día, y si me dejas, me romperás. Por favor, aguanta. Por mí.
¡Mierda! Nunca me había aferrado tan desesperadamente como
cuando escuché esas palabras. Por ella.
La declaración gritó fuerte en mi cerebro. No hubo nadie para ella.
Había sido el tema evitado entre nosotros porque sabía que si ella
confirmaba que había otros, yo desenterraría esos nombres y los cadáveres
se amontonarían. No quería que nadie más que caminara por esta tierra
hubiera probado lo que yo había probado. El idiota egoísta en mí la quería
solo para mí.
Abrí los ojos lentamente, parpadeando con fuerza contra la luz, solo
para encontrar a mi esposa acurrucada a mi lado, su mano envuelta
alrededor de mi torso.
Sus rizos salvajes ocultaban su rostro, y no pude resistirme a estirar
la mano suavemente y apartar algunos de sus rizos dorados de su rostro.
Mierda. Mi pecho se apretó al verla así. Sus labios estaban ligeramente
separados mientras respiraba y sus gruesas pestañas descansaban contra su
piel. Ella frunció el ceño como si estuviera pensando incluso en sueños.
Ella nació para mí. La convicción era dura y firme. Cada respiración
que había tomado desde el momento en que nací, había sido para el
momento en que ella irrumpiera en mi vida. No podía vivir sin esta chica
porque había estado irremediable e irrevocablemente enamorado de ella
desde el primer momento.
—Tampoco ha habido nadie para mí, principessa —dije con voz
áspera, con la garganta en carne viva. Nunca habría nadie más para mí.
Sus ojos se abrieron y nuestros ojos se encontraron. Parpadeó, luego
volvió a parpadear como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
Luego se incorporó y sus ojos me recorrieron.
—¿Estás despierto? —susurró. Antes que pudiera responder, se arrojó
sobre mí, bañándome la cara con besos. Ni siquiera me importaba el dolor,
mientras ella siguiera besándome—. Estaba tan preocupada, Bas. ¿Cómo
te sientes?
Fue a apartarse, pero la atraje hacia mí.
—Mejor ahora que me han besado a fondo. —Entonces enterró su
cara en mi cuello y sus labios rozaron mi piel, depositando pequeños
besos—. ¿Te lastimaste?
—No, estoy bien —murmuró, inhalando profundamente—. Solo un
pequeño golpe en la cabeza.
—Ella tiene una conmoción cerebral. —La voz de Priest salió de la
nada. Se apoyó contra la puerta, ambas manos en los bolsillos—. Se negó
a separarse de tu lado y la única razón por la que el médico le permitió
acosarte el trasero fue porque es una patinadora olímpica famosa.
Me reí entre dientes, el pequeño movimiento me causó dolor, pero me
importó una mierda.
—¿Qué pasó? —gruñí.
—Mi hermana loca se arrojó sobre ti cuando la perra rusa vieja y loca
ordenó a sus hombres que te dispararan —refunfuñó Priest
despreocupadamente.
Me tensé y busqué los ojos de mi mujer para ver la verdad en ellos.
—Principessa —gruñí.
Ella negó con la cabeza, entrecerrando los ojos en mí.
—¡Nada de principessa! Primero, lo habrías hecho por mí. Así que
no te atrevas a sermonearme —dijo, un poco molesta—. Mamá, tío y Priest
ya lo han hecho lo suficiente. Y segundo, la vieja loca les dijo a esos
hombres que los destriparía si me lastimaban. Así que tenía todo el sentido
del mundo ser tu escudo.
Era un pensamiento inteligente, pero aun así me produjo un jodido
escalofrío. Si algo le hubiera pasado, la vida sin ella sería imposible.
Nunca nada me afectó tanto como esta mujer.
—¿Quién era ella? —gruñí. Sus ojos se posaron en Priest y luego
volvieron a mí—. ¿Qué?
—Es la Pakhan —explicó Wynter en voz baja—. Mi bisabuela es la
Pakhan y quiere destruir todo el inframundo. Hacerles pagar por haber
perdido a su hija a manos de mi abuelo.
—Ella no dejará de perseguir a Wynter —dijo Priest, con un tono de
voz frío. Mi primo era protector con la familia. Sería sobreprotector con
su hermana—. Tenemos que hacerle saber que existo. De esa manera ella
retrocederá.
Wynter negó con la cabeza.
—De ninguna manera. Mamá nunca nos perdonará, si dejamos que
eso ocurra.
Se le escapó una risa ligeramente amarga.
—Ella no parecía preocupada por mí durante los últimos veinticinco
años. No debería empezar ahora.
La tristeza brilló en el rostro de Wynter.
—Christian… —susurró suavemente—. Ella pensó que te estaba
protegiendo.
—Siento que me perdí toda una jodida conversación aquí —gemí,
moviéndome ligeramente—. ¿Qué diablos está pasando?
Priest se encogió de hombros.
—Dejaré que tu esposa te lo cuente. —Luego se dio la vuelta para
irse.
—Cierra la maldita puerta —exigí.
Priest me sacó el dedo corazón.
—Nada de sexo en el hospital.
No cerró la maldita puerta.
Capítulo 73
Wynter
Una vez que Priest se fue, Bas volvió a estrecharme entre sus brazos.
Apoyé la cara contra su pecho e inhalé profundamente aquel aroma
familiar. El último mes había sido un torbellino, pero no fue hasta que vi
a Bas sangrando que me golpeó. La vida era demasiado corta y me negaba
a perder un solo momento conteniéndome.
Él era mío y yo era suya. Nadie me lo quitaría. Mentiría, robaría y
mataría por él.
—Ahora dime lo que me perdí —ordenó, el capo en plena forma, de
nuevo en control.
Pero no me importaba. Así era él. Me lo había advertido desde el
principio y entré con los ojos bien abiertos. Su padre causó un obstáculo,
pero Bas lo torturó por mí. Sasha lo mató para protegernos.
—Bueno, debería empezar diciendo que mi bisabuela está loca. —
Suspiré, recordando aquella mirada desquiciada en sus ojos—. Priest,
Dante, Sasha y su hermano aparecieron en el momento perfecto. De lo
contrario, los guardaespaldas de la Pakhan me habrían arrancado de tu
cuerpo y te habrían disparado, y luego probablemente me habrían
arrastrado a algún lugar de la jodida Siberia.
—Y una mierda —gruñó, con voz oscura—. Yo iría por ti.
Mis labios se curvaron en una sonrisa.
—Incluso muerto, ¿eh?
—Nada me alejará jamás de ti. Ni la muerte ni la maldita Pakhan. —
Si había alguien que podía hacer que eso sucediera, sin duda era Basilio
DiLustro.
Rocé mi boca con la suya.
—Afortunadamente, eso no es necesario. Tus primos y los hombres
Nikolaev mataron a sus hombres, pero ella escapó. —Un escalofrío
recorrió mi espina dorsal al recordar aquella mirada espeluznante en sus
ojos—. Sin embargo, el mundo es un pañuelo porque, al parecer, la mujer
es la tía abuela de Bianca Morrelli o algo así. Hermana de su abuelo.
Sophia Catalano. Alexei la reconoció.
—Mierda, el mundo es muy pequeño —murmuró.
—Bueno, mi hermano quiere sacrificarse y dar a conocer que él
también es descendiente de la familia Volkov. Mamá y tu tío se oponen.
Mamá en particular. Ella sacrificó criarlo, y si él siguió adelante y lo hizo,
siente que fue en vano.
Con mirada pensativa, su mano a mí alrededor se tensó.
—Priest es terco y, según mi experiencia, si decide algo, nada ni nadie
lo detendrá. ¿Dante lo sabe?
Tragué. Aquello no presagiaba nada bueno para nadie.
—Sí. Está bastante enojado con todos. Mamá, tu tío y yo... —Se puso
rígido, pero no interrumpió—. Y Juliette no está ayudando. Algo pasó
entre los dos, y cuando ella salía del hospital, rayó su auto y le rompió las
ventanas.
—Jesucristo.
—Exactamente mis pensamientos —murmuré—. Y ahora Cassio y su
pandilla también están en pie de guerra por esta Pakhan. Y luego estaban
los Ashford. Byron también apareció. Te revisó y luego acosó a Dante por
una deuda. Esto parecía una telenovela.
Sacudió la cabeza, con una pequeña sonrisa en los labios.
—Tal vez sea bueno que haya dormido un poco. Byron
probablemente quería confirmarse a sí mismo que yo no estaba muerto. Si
me pasa algo, el puesto en el Sindicato le corresponde a él como el pariente
más cercano que no es miembro.
—Es un cúmulo —murmuré—. Y yo que pensaba que entrenar para
las Olimpiadas era duro.
Se rio entre dientes y luego rozó sus labios con los míos.
—Serás mi Reina Kingpin. —Su agarre se hizo más fuerte y sentí su
mano recorrer mis caderas—. Quiero follarte otra vez.
Una oleada de calor recorrió mis venas, pero luché contra ello.
—Por supuesto que no. La enfermera me echará.
Dejó escapar un suspiro frustrado y mi mirada se desvió hacia la suya,
que ardía oscura y caliente.
—Si tengo una erección, estoy fuera de la zona de peligro.
—Estás loco, Bas —dije con voz áspera, mirando hacia la puerta.
Pasó un médico y rápidamente aparté su mano—. Basta. Hablo en serio.
El médico se detuvo en la puerta, nos lanzó una mirada molesta a los
dos y luego se fue. Me giré para mirar a mi marido y me di cuenta de por
qué el médico se fue corriendo. Los ojos de mi marido amenazaron con
represalias si entraba.
—Eres la peor paciente —murmuré, volviendo a recostarme contra
él. Su mano recorrió mi espalda y luego volvió a subir, casi distraídamente.
Como no dijo nada durante un rato, lo miré a la cara—. ¿En qué estás
pensando?
—Eres pariente de Nico Morrelli —comentó pensativo.
Levanté la cabeza y puse los ojos en blanco.
—Supongo que a través del matrimonio.
—Nico forma parte de la banda de Cassio. Podría dar lugar a extrañas
reuniones familiares si el Sindicato y Cassio no están en la misma sintonía.
Me aclaré la garganta incómoda.
—Será raro de todos modos, porque cuando Sasha me encontró
después que tu padre.... —Mis palabras vacilaron y sentí que el cuerpo de
Bas tensarse debajo de mí—. De todos modos, me llevó a casa de Cassio
y su médico. Cassio insistió en llamar al tío y yo lo amenacé.
Su pecho retumbó con una risa que intentaba reprimir.
—¿Qué le dijiste a Cassio? —dijo, con la aprobación resonando en su
voz.
—Que lo culparía si me enviaba de regreso con el tío —admití, un
poco avergonzada—. No quería que el tío Liam fuera tras de ti. No me
importaba que tu papá saliera lastimado en el proceso, pero nunca tú.
—Mi reina —murmuró suavemente.
Me burlé, pero sus palabras me hicieron sonreír.
—Todo esto es un poco raro. Robarle a Nico, amenazar a Cassio. No
creará una buena reputación.
Se rio entre dientes e hizo una mueca al segundo siguiente.
—¿Qué pasa con ustedes, chicas, robando dinero? Sabes que somos
ricos, ¿verdad?
Sonreí.
—¿En serio?
Asintió.
—Lo que es mío es tuyo —dijo, sus ojos oscuros brillando con
diversión.
—Es bueno saberlo —dije—. Lo tuyo es mío y lo mío es mío.
Su mano tiró de mi cabello.
—Nuestro, principessa. Todo es nuestro. Ahora dime, ¿por qué
necesitas el dinero?
—Las chicas y yo queremos montar una escuela —le dije—. Cuando
incendiamos la casa de Garrett, nos dimos cuenta de lo ineptas que éramos
para manejar el crimen. Nacimos en el inframundo y ni siquiera sabíamos
cómo borrar la vigilancia después que ese idiota de Garrett nos amenazara.
—Viniste a mí. Fue lo correcto.
Negué con la cabeza.
—No, nosotras también queremos poder hacerlo. De todos modos,
después que borraras la vigilancia, guardamos el dinero que le robamos al
tío y decidimos que fundaríamos una escuela. Para ayudar a las hijas
protegidas de hombres como... bueno, tú. —Me miró como si estuviera
loca—. Sin embargo, la escuela será para niños y niñas. No discriminamos.
Me miró fijamente y comencé a preguntarme si pensaba que podría
detenerme.
—Jodidamente me encanta —dijo finalmente—. Te daré el dinero.
Alcé una ceja sorprendida.
—¿Te encanta?
—Sí. Era exactamente lo que Emory necesitaba. Priest, Dante y yo le
enseñábamos lo que sabíamos, pero fue difícil para nosotros luchar contra
el impulso de protegerla de algunas cosas. Una escuela como esa… habría
sido perfecta.
En ese momento, estaba sonriendo tanto que me dolían las mejillas.
No me importaba.
—Y estará a solo unas horas de la ciudad. Así que ganamos todos.
Puedo ser tu esposa, entrenadora, manejar las cosas de la escuela, y
podemos tener hijos que serán una gran parte de eso.
—¿Quieres tener hijos?
—Algún día —susurré—. ¿Tú?
La mirada de Bas estaba llena de posesividad y tiró de mi cabeza para
que mi frente descansara contra la suya. Inhalando un suspiro, me besó tan
suavemente que hizo que me doliera el corazón. Era el beso que podía
romperme el corazón o hacerlo volar a alturas inimaginables.
—Solo contigo. Lo quiero todo, pero solo contigo.
Los latidos de mi corazón se ralentizaron y la felicidad vibró bajo mi
piel. Era el tipo de amor crudo, apasionado y que lo consumía todo. El tipo
de amor que hacía que todo mereciera la pena.
—¿Bas? —Empecé con voz vacilante. Sus ojos estaban cerrados, su
mandíbula cubierta de barba. Presioné mis labios contra su mandíbula, la
piel ligeramente áspera contra mi boca—. ¿Es verdad lo que has dicho?
—Sí —murmuró, abriendo los ojos. Dios, me encantaban sus ojos.
Me encantaban su sabor y su olor. Me encantaba todo de él. Incluso sus
maneras psicóticas—. ¿Pero de qué parte estamos hablando exactamente?
Besé una línea en su garganta.
—¿No ha habido nadie para ti? —susurré mi pregunta, pasando mi
lengua por su garganta.
Tomó mi rostro entre sus manos y lo acercó al suyo. Acorté la
distancia y le besé la comisura de los labios. Era más fácil besarlo, luego
ahogarme en su mirada y dejarle ver lo asustada que estaba que viera lo
mucho que lo amaba. Era el tipo de amor demente que te consumía y podía
destruirte. Aun así, no había forma de detenerlo.
Se tragó mi suspiro en su boca, besándome húmedo y áspero hasta
que mordió mi labio inferior.
—No ha habido nadie más para mí, Wynter. Eres mi estrella, mi luna
y mi sol. Te amo y nunca te abandonaré. Haría falta un hombre mejor que
yo. Es bueno que hayamos establecido desde el principio que no soy un
buen hombre. Soy un villano.
Mi corazón brilló en mi pecho y el fuego se extendió por mis venas.
—Pero tú eres mi villano. Te amo —respiré, con la garganta ahogada
por todas esas emociones—. Después de que me fui, me sentí muerta por
dentro. Mi mamá dijo que el amor te destroza pero no es verdad. Renunciar
a ti me destrozó.
—Mierda, principessa —dijo con voz áspera, besándome con un
nuevo tipo de posesión y exigencia—. Lo nuestro es para toda la vida. Te
haré feliz, te lo prometo.
Sonreí, saboreando la sal en mis labios.
—Yo también te haré feliz, Bas. Te lo prometo.
Él era mi cuento de hadas. Mi príncipe villano.
Epílogo
Basilio – 7 años después
Inauguración de la escuela St. Jean d'Arc.
Extraoficialmente, la escuela de las mujeres rudas. Aunque hay
muchos chicos en ella.
—Papá, cuando sea grande, ¿puedo venir a la escuela aquí? —
preguntó mi hija de cuatro años. Mi pequeña Miss Independiente era la
viva imagen de Wynter. Sus grandes ojos verdes brillaban cuando me
miraba. Sabía cómo tocarme, como un maldito violín.
Y yo se lo permitía. Cada maldita vez, porque no podía soportar verla
infeliz. Fallon, fiel al significado de su nombre, sabía cómo dominar una
habitación y a la gente que había en ella. Para consternación de Wynter.
Mi esposa lo llamó venganza por la mierda que habíamos hecho. Yo
lo llamé una maldita bendición.
—Solo si vengo. —Mi hijo mayor intervino. Incluso a los seis años,
Grayson actuaba como un hermano mayor autoritario—. Nadie toca a mis
hermanas. —Era un puto terror y de vez en cuando llevaba la protección
de sus dos hermanas pequeñas a otro nivel.
Nuestra pequeña, Noelle, de veinte meses, agitó las piernas y los
brazos, emocionada de escuchar la voz de su hermano mayor.
—No vas a venir —Fallon chilló su protesta con indignación—.
Mujeres rudas. No eres una mujer.
Levantó la mano como si fuera a darle una bofetada a su hermano
mayor cuando le agarré la mano.
—No pegues, Fallon —la regañé y sus ojos verdes se llenaron de
fuego—. Y nada de malas palabras. Mamá no estará muy contenta si lo
oye. Y le prometí a tu mamá que siempre la haría feliz.
Con sus coletas rubias y rizadas, y sus grandes ojos, parecía un ángel.
Hasta que se enfadaba. Entonces ella era un maldito monstruo disfrazado.
¿Mencioné que Fallon tenía un maldito temperamento irlandés?
Igual que su maldita tía Jules.
Nuestra familia era una maldita pesadilla. Pero no la cambiaría por
nada del mundo.
—Golpear es malo —expliqué, mi voz severa.
El bebé se retorció en mis brazos como un animal salvaje, chillando:
—Abajo. Abajo.
—Lo que sea —murmuró Fallon, poniendo los ojos en blanco. ¿Se
supone que los niños de cuatro años pueden poner los ojos en blanco?
Todo lo que sabía era que Fallon llevaría a un maldito santo a la bebida.
—Hola, señor DiLustro. —Dos pares de ojos azules se encontraron
con los míos. Las hijas mayores de Nico Morrelli. Su padre y su madre se
acercaron lentamente a nosotros con sus propios pequeños demonios.
—Hannah. Arianna. —Nunca pude averiguar cuál era cuál, así que
simplemente lo dejé pasar—. ¿Con ganas de ir a la escuela aquí?
—Diablos, sí —respondió uno de ellas—. No puedo esperar para
probar la libertad.
Sí, esas dos darían problemas.
—Hola, Basilio. —Bianca fue la primera en saludarme, inclinándose
para darme un beso en la mejilla. Sí, estas mujeres estaban estableciendo
nuevas normas, supuestamente normales, por aquí. Nico gruñó y su esposa
puso los ojos en blanco. Sus veinte hijos corrían como locos. De acuerdo,
tal vez no veinte pero muchos niños. Gemelos. No tenía ni puta idea de
cómo los mantenían en orden.
—Abajo, abajo —volvió a exigir mi hija menor. La pequeña
monstruo era un gusano—. Yo quiero —balbuceó.
Noelle sabía cómo hacer oír sus deseos.
—Veo que los niños lo están haciendo bien —anunció Nico—. Debes
estar orgulloso.
Mis ojos se desviaron hacia donde estaba mi esposa. Orgulloso ni
siquiera empezaba a describirlo.
—Más que orgulloso.
Bianca se rio.
—Y pensar que tuviste que arrastrarla hasta el altar.
Por supuesto, era un tema de discusión casi todos los días festivos.
Hijos de puta.
Bianca tomó la manita de Noelle que seguía acercándose a su tía. O
era prima, que me jodan si lo sabía. La conexión familiar era complicada,
conectando a mi mujer con Bianca a través de la loca Pakhan.
—Por lo que escuché, Nico también te obligó a caminar por el altar
—reflexioné mientras bajaba para dejar a mi niña pequeña.
Ella se rio.
—Tienes razón. El mejor puto día de mi vida.
Sonreí. No sabía si habíamos corrompido a nuestras mujeres o
viceversa.
Mis tres hijos se fueron en dirección a su madre, que estaba rodeada
de nuevos alumnos. Algunos fascinados por su carrera de patinaje sobre
hielo y otros haciendo preguntas sobre la escuela.
—Voy a saludar a Wynter —anunció Bianca y yo asentí. Los minutos
pasaron en silencio.
—Nunca desaparece, ¿eh? —El comentario de Nico me hizo levantar
las cejas—. La preocupación persiste constantemente de que algo podría
cambiarlo todo. Quitarnos todo.
Mis ojos volvieron a buscar a mi mujer. Tenía razón. La preocupación
nunca terminaba de verdad. Pasara lo que pasara, probablemente nunca
acabaría. Me preocuparía por mi mujer y nuestros hijos hasta mi último
aliento.
—Nunca desaparece —confirmé.
Nico se dispersó para ir a ayudar a sus hijas a instalarse en el
dormitorio en el que se quedarían. Hablaría con Wynter sobre poner un
seguro adicional en ese edificio, porque esas dos seguramente causarían
estragos.
Los ojos de mi esposa parpadearon en mi dirección e
instantáneamente mi pecho se llenó. Sí, gobernaba el Sindicato junto a mis
primos. Sí, aún nos ocupábamos de la mierda ilegal. Y demonios, sí,
mataba a cualquiera que intentara amenazar a mi familia.
Pero al final del día, siempre volvía a casa con ellos. A una casa llena
de niños, juguetes esparcidos y mi mujer mientras intentaba cocinar. Era
mejor en el patinaje sobre hielo y en la dirección de la escuela, pero mi
mujer no se rendía. Mi cocinera se aseguró de ello.
Noelle encontró el camino hacia su madre, sonriendo y levantando
sus brazos regordetes. Pude oír su débil demanda.
—Arriba.
Antes que mi mujer tuviera la oportunidad de recoger a nuestro bebé,
la abuela se la agarró.
—¿Dónde está mi niña? —Aisling la arrulló—. Adivina lo que tengo.
La madre de Wynter encontró una cura para el envejecimiento.
Aunque solo funcionó con ella. Mi mujer juraba que nunca había visto a
su madre así. Brillaba de felicidad. Y mi tío la mimaba muchísimo.
Aunque la mujer se lo merecía.
—¡Sito de goma! —Noelle chilló emocionada e instantáneamente
abrió la boca.
Era su comida chatarra favorita. De la nada, Fallon y Grayson se
encontraron junto a su abuela. Pequeños granujas.
El aire salado del océano llegaba desde la orilla. A pesar que el
escuadrón de chicas apestaban en su actividad criminal, tenía que admitir
que lo habían hecho bien con este proyecto. Han encontrado la ubicación
perfecta, la gran extensión de bosque que las oculta de la carretera más
cercana de transeúntes entrometidos y las vistas al océano en el lado
opuesto.
Las manos de mi esposa se envolvieron alrededor de mi cintura desde
atrás, su toque envió un pequeño escalofrío a través de mi columna. Cada.
Maldita. Vez.
A este ritmo, terminaríamos llenando la escuela con nuestros propios
hijos.
—Hola, marido. ¿Cómo va tu trabajo de padre en casa? ¿O ser el capo
es más de tu agrado?
La acerqué a mi frente, para poder perderme en sus ojos. Era mi
paraíso personal.
—Bueno, me quedan otras diez horas. Solo conseguimos derramar un
zumo y un puñado de galletas de animalitos dentro del auto. Este capo
estará siempre feliz de pasar un día con nuestros hijos. Y contigo,
principessa.
Su suave risita vibró contra mi pecho.
—Lo hiciste bien —murmuró—. Eres tan bueno en tu trabajo de
padre como en el de capo.
Había días en que era tan jodidamente feliz que temía que todo fuera
un sueño. Me despertaría y me daría cuenta de que todavía estaba
buscando el amor de mi vida, persiguiendo a los rusos y a todos los demás
villanos de esta Tierra.
—Te amo —murmuró y la satisfacción corría por mi sangre cada vez
que me decía esas palabras. Nada me importaba más que ella y nuestra
familia. Mis primos y los de ella vinieron de visita. La familia de nuestros
sueños se hizo realidad.
Su labio inferior quedó entre sus dientes y una alerta me atravesó
instantáneamente.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué crees que pasa algo? —me preguntó.
—Porque te conozco.
—Me conoces —confirmó—. ¿Qué opinas de otro bebé?
Me quedé quieto, buscando en su cara alguna señal de que estuviera
bromeando. No había ninguna.
Tomé su rostro entre sus manos y pasé un pulgar por su mejilla.
—¿Estás feliz? —Ella asintió, sus labios se separaron y un rubor
subió a sus mejillas—. Entonces estoy feliz. Podemos tener tantos bebés
como quieras. —Levanté una comisura de los labios—. Nada me hace más
feliz que hacerlos.
Se puso de puntillas y respiró contra mi boca.
—Soy tan jodidamente feliz que a veces me asusta.
Me incliné para morder su labio inferior. —El único que puede
asustarte soy yo, principessa. Cualquier otro, lo mataré.
FIN
Próximo Libro
Devious Kingpin: Enemies-to-Lovers
Mafia Romance
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