Usos de lo Popular en Colombia
Usos de lo Popular en Colombia
Tesis o trabajo de investigación presentada(o) como requisito parcial para optar al título
de:
Doctor en Estudios Políticos y Relaciones Internacionales - Universidad Nacional de
Colombia, Doctor en Ciencias Políticas y Sociales - Universidad Católica de Lovaina
Directores:
Leopoldo Alberto Múnera Ruíz, Ph.D., Universidad Nacional de Colombia
Matthieu de Nanteuil, Ph.D., Universidad Católica de Lovaina
Jurado:
Patricia Sierra Pardo, Ph.D., Universidad Nacional de Colombia
Línea de Investigación:
Teoría Política
He obtenido el permiso del autor o editor para incluir cualquier material con derechos de
autor (por ejemplo, tablas, figuras, instrumentos de encuesta o grandes porciones de
texto).
Fecha /01/2023
Agradecimientos
Todo esfuerzo individual implica necesariamente una red de afectos y complicidades que
lo posibilita. Solo acudiendo a la imaginación o la fantasía resulta posible concebir la
existencia de individuos radicalmente autónomos, carentes de relaciones y vínculos
comunes. En este sentido, esta investigación no hubiera sido posible sin el esfuerzo,
confianza o apoyo de varias personas que dejaron huellas profundas en mi vida académica
y/o personal.
En primer lugar, agradezco a Paulo Freire, Orlando Fals Borda y el padre Camilo Torres
por los variados y ricos aportes brindados, aunque jamás nos hayamos conocido. Ese
diálogo imaginario que solemos tener con los muertos termina afectando nuestras
«propias» trayectorias personales. En mi caso, la decisión de presentarme a la
convocatoria de cotutela doctoral en la Universidad Católica de Lovaina (UCL) estuvo
mediada, en buena medida, por el deseo de seguir los rastros y huellas de Camilo. Pese
a que no pude hallar ningún vestigio de su legado en el contexto belga francófono, dejo
este trabajo como constancia de la influencia y relevancia que adquieren aquellos que se
la juegan por la Vida hasta las últimas consecuencias.
En segundo lugar, quiero agradecer a todos mis amigos del «pedazo» -Ronald, Cali, Ratón,
Julián, Pipe, Camilo, Manuel, Guama y Karen- por haberme llenado de cercanía y afecto
en el peor momento de mi vida. Es algo que tengo muy presente y jamás voy a olvidar.
Parte de esta investigación se escribió en el barrio Brasil -localidad de Bosa- mientras
administraba lo del arriendo y la comida en sobrecitos, veía los partidos de Millonarios con
los parceros y tomaba pola donde Don Gerard o en La Iglesia hasta el amanecer. También,
fue allí donde hicimos un pequeño proceso de formación política, creamos una red de
apoyo para contribuir a mitigar los efectos de la Covid-19, y salimos a repartir mercados
Agradecimientos IX
solidarios en asocio con algunos parches feministas del sector. Todos ustedes son parte
de mi familia. Aguante y larga vida para la escuela de fútbol popular Por la Banda Izquierda.
En tercer lugar, agradezco a Camilo Vanegas, Cristian Barrera y Valki -Diego Valcárcel-
por estar siempre ahí. Considero que en la Universidad Nacional de Colombia se tienden
a formar rebeldías efímeras y pasajeras, las cuales después de que se aseguran un buen
salario, oportunidades de ascenso o espacios para hacer nombre y prestigio, asumen el
camino de la justificación de las renuncias, el de la militancia en el papel o el del ingreso a
las redes y circuitos del statu quo, las ONG o la «New Age». Ustedes, cada uno a su
manera, están hechos de otra cosa. Es por ello que me siento orgulloso de haber
participado en su proceso formativo. Sobre todo, me honra su amistad y lealtad a prueba
de balas, estatus, honorarios y dividendos.
En quinto lugar, aprovecho estas líneas para expresar un sincero agradecimiento a las
personas y agrupaciones que en forma solidaria me permitieron acceder a su archivo. En
este sentido, agradezco a Violeta Quimbayo y Martha Lucía Castellanos por permitir la
digitalización de la revista Lanza y Letras; al Partido Socialista de los Trabajadores (PST)
por el préstamo durante varias semanas de todos los ejemplares del periódico El Socialista
que se publicaron durante el periodo de estudio; al Partido Comunista Colombiano (PCC)
por compartir conmigo el archivo digital del periódico Voz; a la docente de la Universidad
Pedagógica Nacional (UPN), Sonia Torres, por facilitarme todos los ejemplares de la
revista La Sureña; y a mi promotor de tesis, Leopoldo Múnera Ruiz, por el préstamo de
varios libros y artículos escritos por él.
X Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
En sexto lugar, agradezco a mis amigos Javier Medina, Camilo Vanegas y, especialmente,
a uno de mis grandes maestros, Mauricio Archila, por los valiosos aportes y comentarios
realizados al capítulo 4 -historia social-. Asimismo, agradezco a Edgar Novoa por los
consejos e indicaciones que me dio para que el trabajo de grado, en todo momento,
guardara relación entre el marco teórico-metodológico y el apartado propiamente
investigativo -tercera parte-. Al respecto, considero que Edgar continuará estando en el
mundo de los vivos siempre que lo siga queriendo y recordando. También, agradezco a
Renán Vega Cantor y, sobre todo, a Alfonso Torres por los intercambios de correos que
contribuyeron a la precisión sobre aspectos relacionados con sus respectivas obras. Por
último, deseo expresar un sincero agradecimiento al profesor de la Universidad Nacional
de Colombia, Luis Eduardo Gama, por haberme recibido en el curso de hermenéutica que
imparte cada semestre en el pregrado de filosofía. Esto último, me permitió librarme de
tener que asistir y deberle algo a uno de los principales tanques de pensamiento del orden
neoliberal en Colombia, a la universidad privada en la que durante décadas se han venido
formando las élites económicas y políticas del país, y a ese lugar en el que una franja de
las pequeñas burguesías -críticas, acríticas y contracríticas- que estudian en la universidad
pública, asisten en época de postgrados para adquirir o retomar la red de contactos
perdida, como consecuencia de la experimentación de un ambiente juvenil de crítica social,
multiclasismo e interculturalidad de bajo costo o tarifa reducida, cuando salen del colegio
y desean vivir la «loca experiencia» de rodearse de pueblo1.
En séptimo lugar, agradezco a mi colega Edwin Cruz, por haberme ayudado en distintos
momentos de la escritura de la tesis de grado, sobre todo, durante las primeras fases. El
hecho de que Edwin se encontrara realizando una historia conceptual sobre el federalismo
en Colombia, posibilitó que tomara como referente y punto de partida su proyecto de
investigación. Por consiguiente, fue la generosidad y disposición de un compañero de
estudio -a quien conozco desde que ingresamos al pregrado de Ciencia Política de la
Universidad Nacional de Colombia en el 2001-, lo que favoreció que pudiera entrar en
contacto con autores y debates que resultaron fundamentales. Se podría decir que, en
buena medida, Edwin «deshierbó», «alinderó» y «preparó» el camino metodológico que
permitió el inicio de mi «propio» recorrido investigativo.
1
Obviamente, me refiero a la Universidad de los Andes.
Agradecimientos XI
En octavo lugar, agradezco a todos los participantes del coloquio Saberes múltiples,
ciencias sociales y políticas realizado en la sede Bogotá de la Universidad Nacional de
Colombia durante la segunda semana de octubre de 2016, en especial, a Silvia Rivera
Cusicanqui, Mara Viveros, Maristella Svampa, Jean de Munck, Alfredo Gómez Müller y
Raúl Fornet Betancourt. En la vida hay hitos o episodios que resultan decisivos desde el
punto de vista experiencial, identitario o cognitivo. Pues bien, ese encuentro de una
semana me permitió entrar en contacto con una basta y rica red de intelectuales, los cuales,
contribuyeron sustancialmente a la ampliación de mi comprensión sobre el mundo y la
realidad. En buena medida, esta investigación es una respuesta de algunos de los
interrogantes y debates surgidos en dicho encuentro. Agradezco a la vida por haberme
permitido estar en Bogotá en ese momento, sobre todo, por haber podido entrar en
contacto con la obra Raúl Fornet Betancourt antes de haber realizado la primera estancia
doctoral en Lovaina la Nueva.
En noveno lugar, agradezco a Guy Bajoit, Namur Corral, Andrés Felipe Mora y Miriam
Barrera por haberse convertido en mi familia durante el tiempo que viví en Bélgica. Fueron
muy relevantes y fructíferos los encuentros en los que pudimos dialogar sobre sociología
crítica, teoría política, movimientos sociales, procesos emancipatorios, política de
educación superior, diálogo intercultural o teorías sobre el reconocimiento. Sin embargo,
más allá de las preocupaciones e indagaciones de índole académico, agradezco a la Vida
por los vínculos de cariño, solidaridad y complicidad. Ustedes son lo mejor que me llevo
de esta experiencia. Sepan que cada uno de ustedes dejó una huella profunda en mi ser.
En undécimo lugar, quiero agradecer a Verina, Ibi, Blanca y Dantecito por su amor y apoyo.
Fue Vera la que insistió para que dejara el trabajo y realizara el doctorado, a pesar de la
drástica disminución salarial que ello significaba. Sinceramente, no creo que vaya a
alcanzarme la vida para retribuir tantas cosas lindas y valiosas aportadas por ella durante
el tiempo en que fuimos compañeros. Asimismo, agradezco a Ibi por cuidarme, amarme y
estar pendiente de mí durante todos y cada uno de los días en los que escribí la tercera
parte de la investigación. Siento mucha felicidad y tranquilidad de estar realizando la
existencia en un barrio popular, mientras vamos construyendo juntas un hogar y una
familia.
2
La idea era poder socializar mis ingresos con personas que tenían trabajos precarizados, a la vez que
socializaba el peso de las obligaciones académicas que no podía realizar debido a la carga laboral que me vi
en la obligación de asumir.
Agradecimientos XIII
de lo que es, en caso de no haber contado con su acompañamiento. Esto no es algo que
afirmo por cortesía o etiqueta. Lo digo en serio y lo creo en verdad.
Resumen
Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular por parte de
algunos sectores críticos colombianos (1991-2016)
*Descripción: Esta tesis reconstruye los usos de lo popular para los sectores críticos
colombianos en el periodo 1991-2016. Para ello, se realiza una historia conceptual en la
que se analizan e interpretan piezas documentales producidas en los estratos semánticos
de los intelectuales, la prensa escrita y las organizaciones populares. Adicionalmente, se
efectúa un ejercicio de teorización sobre la crítica social desde un enfoque o perspectiva
hermenéutica; un estado del arte alrededor de las ideas sobre lo popular en el campo de
los estudios sociales colombianos; una historia social de abajo hacia arriba en la que se
describen distintos procesos de lucha popular agenciados por parte de distintos sectores
sociales; y las conclusiones del estudio, las cuales deben entenderse como la autocrítica
o balance crítico del mismo.
Palabras clave:
popular, pueblo, teoría política, historia conceptual, historia social, crítica social, teoría
crítica, Colombia.
XVI Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Abstract
*Description: This thesis reconstructs the uses of the popular concept for the Colombian
critical sectors in the period 1991-2016. For this purpose, a conceptual history is made in
which documentary pieces produced in the semantic strata of intellectuals, the written
press, and popular organizations are analyzed and interpreted. Additionally, a theorization
exercise is carried out on social criticism. It is executed from a hermeneutic approach or
perspective; a state of the art around the ideas about the popular in the field of Colombian
social studies; a social history from the bottom up, which describes different processes of
popular struggle done by different social sectors; and the conclusions of the study, which
should be understood as the self-criticism or critical balance of the same.
Key words:
popular, people, political theory, conceptual history, social history, social criticism, critical
theory, Colombia
Contenido XVII
Contenido
Pág.
AGRADECIMIENTOS .....................................................................................................................VIII
RESUMEN ...................................................................................................................................... XV
1 . INTRODUCCIÓN .......................................................................................................................... 1
PRIMERA PARTE
2.2 Hacia una historia conceptual de lo popular para algunos sectores críticos de la
sociedad colombiana..................................................................................................................... 41
3.4 Sobre el posible malestar que esta propuesta podría causar en algunos científicos
sociales críticos ........................................................................................................................... 188
3.5 Consideración final: sobre los actores y sectores críticos que hicieron uso del
concepto de lo popular en Colombia durante el periodo 1991-2016 ...................................... 195
SEGUNDA PARTE
4.1 Lo popular para las ciencias sociales y humanas en Colombia ................................. 199
XX Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
4.3 Acerca de la importancia de realizar una historia conceptual de lo popular ............ 224
TERCERA PARTE
9.1 El campo discursivo o los lenguajes de debate sobre lo popular .............................. 549
CUARTA PARTE
9.6 La tesis de grado sin pañete y lista para la Vida .......................................................... 587
Lista de ilustraciones
Pág.
Ilustración 4-1 Formas de comprensión de lo popular en las ciencias sociales y humanas
en Colombia (1962-2012) ..............................................................................................209
Ilustración 4-2 Estudios de historia social a nivel nacional sobre lo popular (1967-2007)
......................................................................................................................................222
Ilustración 4-3 Estudios de historia social a nivel regional sobre lo popular (1967-2007)
......................................................................................................................................223
Ilustración 4-4 Estudios de historia de las ideas, intelectual o conceptual sobre lo popular
(1967-2007)...................................................................................................................223
Ilustración 4-5 Estudios que critican el uso de lo popular en el campo historiográfico (1967-
2007) .............................................................................................................................224
Lista de tablas XXIV
Lista de tablas
Pág.
Tabla 6-1 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la obra de Orlando Fals Borda 1991-2016 ............................................................... 354
Tabla 6-2 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la obra de Jesús Martín Barbero 1991-2016 ............................................................ 362
Tabla 6-3 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la obra de Renán Vega Cantor 1991-2016 ............................................................... 373
Tabla 6-4 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la obra de Leopoldo Múnera Ruiz 1991-2016........................................................... 383
Tabla 6-5 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la obra de Alfonso Torres Carrillo 1991-2016 ........................................................... 398
Tabla 6-6 Tipos de uso de lo popular según nivel de recurrencia y relevancia en el estrato
semántico de los intelectuales críticos 1991-2016 ........................................................ 414
Tabla 6-7 «Metaintencionalidades» asociadas al uso de lo popular en el estrato semántico
de los intelectuales críticos 1991-2016 ......................................................................... 418
Tabla 7-1 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en el Semanario Voz 1991-2016 ................................................................................... 440
Tabla 7-2 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en el periódico Tribuna Roja y el informativo Revista de Prensa 1991-2016 ................. 449
Tabla 7-3 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en el periódico El Socialista 1991-2016 ........................................................................ 457
Tabla 7-4 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la revista Lanzas y Letras 1991-2016 ....................................................................... 467
Tabla 7-5 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la revista Cien días vistos por CINEP 1991-2016 ..................................................... 476
Lista de tablas XXV
Tabla 7-6 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la revista Aportes 1991-2016 ....................................................................................488
Tabla 7-7 Tipos de uso de lo popular según nivel de recurrencia y relevancia en el estrato
semántico de los medios de comunicación escritos, impresos y críticos 1991-2016 .....490
Tabla 7-8 «Metaintencionalidades» asociadas al uso de lo popular estrato semántico de
los medios de comunicación escritos, impresos y críticos 1991-2016 ...........................494
Tabla 8-1 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la CUT 1991-2016 ....................................................................................................517
Tabla 8-2 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la ACNUR-UR y otras plataformas agrarias -CNA y Cumbre Nacional Agraria,
Campesina, Étnica y Popular- 1991-2016 .....................................................................523
Tabla 8-3 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en la OFP 1991-2016 ....................................................................................................531
Tabla 8-4 Usos principales e intencionalidades asociadas al uso del concepto de lo popular
en el MPM-LaSureña 1991-2016 ...................................................................................537
Tabla 8-5 Tipos de uso de lo popular según nivel de recurrencia y relevancia estrato
semántico de los sectores populares críticos 1991-2016...............................................539
Tabla 8-6 «Metaintencionalidades» asociadas al uso de lo popular estrato semántico de
las organizaciones populares críticas 1991-2016 ..........................................................541
Tabla 9-1 Tipos de uso de lo popular según nivel de recurrencia y relevancia para los
actores sociales críticos 1991-2016...............................................................................551
Tabla 9-2 «Metaintencionalidades» asociadas al uso de lo popular para los actores
sociales críticos 1991-2016 ...........................................................................................553
Tabla 9-3 Figuras literarias y modos de operación de términos o categorías analíticas en
contraste con el concepto de lo popular ........................................................................562
Lista de imágenes XXVI
Lista de imágenes
Pág.
Imagen 7-1 Graffiti en la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales Universidad
Nacional de Colombia (sede Bogotá) ............................................................................ 500
1. Introducción
Desde el comienzo de la década del noventa del siglo XX lo popular ha sido objeto de
cuestionamientos en el campo académico. La estrecha relación que algunos autores ven
entre las prácticas populares y los espacios de interacción cultural referidos
específicamente al Estado Nación, lo amplio y difuso que puede resultar lo popular en
distintas tradiciones críticas en el contexto nuestroamericano, o la tendencia a la
subsunción y homogeneización de la diversidad y singularidad de los actores colectivos al
intentar integrarlos en un contenedor semántico que pretende la unificación de las
procesos de lucha social, ha llevado a que muchos autores prefieran emplear otros
conceptos o categorías analíticas que resulten menos problemáticas, polisémicas y
polémicas. Surge entonces el siguiente interrogante: ¿por qué lo popular sigue estando
presente de forma recurrente, relevante y significativa en los enunciados críticos de los
actores colectivos, movimientos sociales, intelectuales comprometidos y medios de
comunicación críticos de carácter escrito u oral, tanto en Colombia como en
Nuestramérica?
3
Elias Palti (2007) define a los lenguajes políticos como “entidades objetivas, que se encuentran
públicamente disponibles para diversos usos posibles por distintos interlocutores, y existen de manera
independiente de su voluntad (p.73) (…) Un lenguaje político no es un conjunto de ideas o conceptos, sino
un modo característico de producirlos. Para reconstruir el lenguaje político de un periodo no basta, pues, con
analizar los cambios de sentido que sufren las distintas categorías, sino que es necesario penetrar la lógica
que las articula, cómo se recompone el sistema de sus relaciones recíprocas (p. 17) (…) Los lenguajes, a
diferencia de los “sistemas de pensamiento”, no son entidades autocontenidas y lógicamente integradas,
sino sólo histórica y precariamente articuladas (…) En definitiva, reconstruir un lenguaje político supone no
sólo observar cómo el significado de los conceptos cambió a lo largo del tiempo, sino también, y
fundamentalmente, qué impedía a éstos alcanzar su plenitud semántica. Esto es, más precisamente, lo que
Pierre Rosanvallon llama una historia conceptual de lo político” (p. 251).
4
La guerrilla más numerosa y mejor armada en la historia del país.
5
Exactamente, el 26 de agosto del 2012.
6
Jairo Estrada (2006) considera al respecto que “Aunque en sentido estricto los antecedentes de política
neoliberal se sitúan en la década del setenta y se presenta evidencia en torno al desarrollo de algunos
lineamientos de política neoliberal durante la década del ochenta, existe un consenso en torno al papel clave
de la administración del presidente César Gaviria Trujillo (1990-1994) en esta materia, pues el inicio de este
cuatrienio puede ser tomado como punto de inflexión en la tarea de construcción del orden neoliberal en
Colombia. Desde ese entonces, y durante los últimos tres lustros, se asistió a la formación sistemática, no
lineal en todo caso, de un régimen jurídico-económico cuyos contenidos esenciales son coincidentes con los
lineamientos de la política neoliberal. Con independencia de los gobiernos de turno, ha sido evidente una
línea de continuidad en la tarea de juridizar la desregulación de la economía y la llamada disciplina fiscal.
Podría aseverarse que la construcción de un orden neoliberal se convirtió en política de Estado” (p. 250).
Introducción 3
Las variaciones y cambios ocurridos en los contextos discursivos de los sectores críticos
colombianos durante los veinticinco años que comprenden la investigación, es el escenario
en el que se ubican los matices, tensiones y variaciones semánticas que se presentaron
en el proceso de definición de los horizontes de sentido que enmarcaron la acción colectiva
de los distintos tipos de izquierdas, organizaciones progresistas y movimientos sociales
escogidos para llevar a cabo este estudio.
Por otra parte, cabe precisar que la realización de una historia conceptual sobre lo popular
tiene como propósito ayudar a comprender las relaciones conflictivas, polisémicas y
complejas en las que se produce y desplaza el campo de debate que contribuye a
enmarcar las condiciones de posibilidad en las que emergen las acciones sociales. De esta
manera, lejos de construir un significado acabado y definitivo de lo popular para ser puesto
a prueba en un periodo histórico específico, lo que plantea esta investigación es la
necesidad de reconocer las trayectorias disimiles, contrapuestas y divergentes que van
adquiriendo los lenguajes políticos. Esto último, es una apuesta epistemológica de
raigambre materialista, mediante la cual se busca contextualizar la teoría política
atendiendo a los elementos discursivos y no discursivos que condicionan las formaciones
intelectuales y simbólicas, al mismo tiempo que se cuestiona abiertamente la
atemporalidad que caracteriza a las definiciones y los tipos ideales, sobre todo, si se tiene
en cuenta que, estas formas de construcción analítica tienden a desconocer u obviar la
historicidad que tienen los actores, discursos y conceptos.
Para ello, la investigación consta de cuatro partes: marco teórico y metodológico en el que
se precisa el modo en que decidí estudiar el concepto de lo popular, a la vez que se
establece la manera en que entiendo la crítica y los actores sociales críticos;
contextualización intelectual y social sobre lo popular y las luchas populares o, dicho de
otra manera, estado del arte sobre lo popular en el campo de los estudios sociales
colombianos desde la segunda mitad del siglo XX, seguido de una pequeña historia social
de abajo hacia arriba en la que se describen los distintos tipos de lucha popular que
agenciaron los actores sociales críticos durante el periodo de estudio; reconstrucción
historiográfica sobre los usos de lo popular para los sectores sociales críticos colombianos,
en particular, para los estratos semánticos de los intelectuales críticos, los medios de
comunicación críticos de carácter escrito y las organizaciones populares críticas; y las
4 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
conclusiones del estudio, las cuales podrían comprenderse como la autocrítica o balance
crítico del mismo. Asimismo, un elemento transversal de este estudio es la comprensión
de la verdad como la ampliación de las posibilidades para realizar la vida en común, y el
reconocimiento de la alteridad entre el conocimiento científico y otras formas de acercarse
a la aprehensión del mundo en el proceso de intervenir y coparticipar en la producción
conflictiva de la realidad de lo social. Lo anterior, resulta significativo dado que es la
apuesta o referente ético-político desde el cual me aproximo a la interpretación del
concepto.
Por último, antes de dar comienzo a la investigación considero pertinente realizar una serie
de aclaraciones. En primer lugar, estimo conveniente precisar que en el marco de la
investigación el calificativo de lo popular se refiere a la dilucidación de un objeto lingüístico
-los usos e intencionalidades del concepto de lo popular- antes que a la reflexión,
caracterización o designación de una realidad social -por ejemplo, las prácticas culturales
de determinados grupos sociales-. Pese a ello, dado que durante el desarrollo del estudio
se reivindica el carácter polisémico y polívoco que caracteriza a los conceptos políticos -
en particular, a los diversos usos e intencionalidades asociadas al uso de lo popular-,
existen momentos en que empleo conscientemente dicho concepto como contenedor
semántico para nombrar a «los de abajo» -lo popular referido a las clases subordinadas-,
nominar a los actores colectivos de tipo contencioso7 -lo popular en clave de movimiento o
crítica social- o designar formas de agrupación que abarcan la parte mayoritaria de la
sociedad -lo popular asociado con uno de los usos del concepto pueblo-8. Esto último, lejos
de evidenciar falta de rigor o indeterminación en el acercamiento al objeto de estudio,
puede entenderse como una manera coherente de emplear el concepto atendiendo a los
7 Empleo en todos los casos el término contencioso en el mismo sentido en que Mc Adam, Tarrow y Tilly
(2005) comprenden la contienda política. Para estos autores, dicha categoría analítica se refiere a “La
interacción episódica, pública y colectiva entre los reivindicadores y sus objetos cuando: (a) al menos un
gobierno es uno de los reivindicadores, de los objetos de las reivindicaciones o es parte en las
reivindicaciones, y (b) las reivindicaciones, caso de ser satisfechas, afectarían a los intereses de al menos uno
de los reivindicadores” (p. 5). Asimismo, los episodios contenciosos se refieren a momentos en los que la
dinámica política se caracteriza por la existencia de “reivindicaciones enfrentadas” (p. 9).
8
Esto sucede, sobre todo, en el capítulo 4 cuando reconstruyo las luchas sociales agenciadas por parte de los
actores sociales críticos colombianos en el periodo 1991-2016.
Introducción 5
En segundo lugar, aunque a simple vista pareciera que lo popular es un derivado del
pueblo, en el contexto nuestroamericano -específicamente, en el colombiano- dicha
expresión contiene una carga semántica propia. De ahí que, lo popular lejos de asumirse
como sintagma nominal o adjetivo deba ser considerado, ante todo, como núcleo o palabra
sustantiva. En otras palabras, lo popular en Nuestramérica es un concepto político
relativamente autónomo10 y continuamente empleado, en el que se expresan una serie de
acepciones o significados que contribuyen a posibilitar y orientar el sentido de las prácticas
del conjunto de los actores sociales, sobre todo, de aquellos que se asumen o resulta
posible caracterizar como críticos.
9
Esto sucede, sobre todo, en el capítulo 1 y en la tercera parte de la investigación -capítulos 4, 5, 6, 7 y 8- y
las conclusiones -capítulo 9-.
10
La autonomía es relativa dado que, como se verá más adelante, en el transcurso de la investigación
encuentro que es altamente probable que existan superposiciones parciales entre lo significado por distintos
conceptos políticos.
11
Por ejemplo, los debates y trabajos sobre las culturas populares que se realizaron en el campo de la
Educación Popular en la década del ochenta del siglo XX.
PRIMERA PARTE
Marco teórico y metodológico
12
El párrafo introductorio y algunas de las ideas contenidas en los capítulos 1 y 2 se reprodujeron e integraron
en el artículo Defensa del concepto de calidad en el ámbito de la educación (superior): en búsqueda de una
educación calidosa, incluido en el libro Sentidos de la educación superior y perspectivas críticas sobre el
concepto de calidad, aproximaciones al caso colombiano, compilado por el profesor de la Universidad
Nacional de Colombia, Andrés Felipe Mora (2022). Lo anterior, guarda relación con el requisito de aprobación
de créditos académicos mediante la publicación de artículos asociados con el objeto de la tesis de grado que
establece el doctorado en Estudios Políticos y Sociales de la Universidad Católica de Lovaina (UCL). Hago
alusión a ello, debido a que en la versión final de dicho documento se omitió la siguiente aclaración -incluida
en las versiones preliminares del documento-: En algunos apartes específicos se retoman y utilizan extractos
de los capítulos 1 y 2 de la tesis de grado que estoy realizando, en el marco del convenio de cotutela doctoral
entre la Universidad Nacional de Colombia (UN) y la Universidad Católica de Lovaina (UCL), bajo el título:
Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular por parte de algunos sectores críticos
colombianos (1991-2016).
13
Así como a los esfuerzos diferenciados y convergentes realizados principalmente por los historiadores de
la revista Annales y el grupo de historiadores marxistas británicos (Archila, 2015), se les designó con el
nombre englobante de historia social a partir del final de la década del cincuenta del siglo pasado
(Hobsbawm, 1983), propongo retomar la categoría de nueva historia intelectual desarrollada anteriormente
por Solís (2013), con el fin de integrar tres modalidades investigativas o vertientes diferenciadas y
convergentes entre sí, como son la escuela de Cambridge, la historia conceptual y la historia conceptual de
lo político, como se verá más adelante.
8 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
de las ideas desarrollada, entre otros autores, por Leo Strauss (1958)14 y Arthur Lovejoy
(1940 y 1960), y manteniendo distancia crítica con aquellos enfoques historiográficos que
determinan la formación de los conceptos, lenguajes y discursos como consecuencia
mecánica de los contextos en los que se construye la realidad de lo social (Gómez Obando,
2022),
(…) la nueva historia intelectual ha ido definiendo unas bases y principios comunes -pese a
los evidentes matices y diferencias existentes-, a partir de los cuales se ha logrado poner en
duda la “mitología de la coherencia” (Skinner, 2007, p. 131), la “falacia de la definición
lexicográfica” (Fernández, 2002, p. 11), los “baremos constantes de las ideas que
permanecen inmodificables” (Koselleck, 1993, p. 113), y la “comprensión de las obras como
teorías autónomas de un imaginario social más global” (Rosanvallon, 2003, p.45) (Gómez
Obando, 2022, pp. 40 y 41).
14
Quentin Skinner toma como ejemplo a estos dos autores con el fin de establecer los grandes problemas
que caracterizan a este enfoque historiográfico. Para Skinner (2007), “la mitología de doctrinas puede
ilustrarse (…) en las «historias de las ideas» en sentido estricto. Aquí el objetivo (en palabras de Arthur
Lovejoy, un pionero del enfoque) consiste en rastrear la morfología de alguna doctrina dada a través de todas
las esferas de la historia en que aparece. El punto de partida característico es exponer un tipo ideal de la
doctrina en cuestión (…) El peligro específico de este enfoque es que la doctrina que debe investigarse quede
rápidamente objetivada en una entidad (…) puede decirse entonces que la primera forma de la mitología de
las doctrinas consiste en tomar erróneamente algunas observaciones aisladas o circunstanciales hechas por
uno de los teóricos clásicos por su «doctrina» sobre uno de los temas que el historiador está inclinado a
esperar. La segunda forma de la mitología es la inversa de este error. En este caso, un teórico clásico que
omite claramente dar con una doctrina reconocible sobre uno de los temas obligatorios es criticado
posteriormente por su fracaso (…) Leo Strauss, el principal partidario de este enfoque, «no vacila en afirmar»,
cuando estudia las obras políticas de Maquiavelo, que éstas deben denunciarse como «inmorales e
irreligiosas». Aquí, el paradigma determina la dirección de toda la investigación histórica. La historia sólo
puede reinterpretarse si se abandona el paradigma mismo” (pp. 118- 123).
15
En relación con los nexos existentes entre modalidad investigativa y los enfoques teóricos y
epistemológicos véase: Ramírez (2005).
Capítulo 1 9
La crítica a la historia de las ideas emprendida por Pocock (1962, 1985, 1989, 2003 y 2011)
y Skinner (1966, 1970, 1974 y 2007), los llevó a diferenciar los significados de las palabras
de sus usos e intencionalidades. Tomando como referencia la obra de Austin, Cómo hacer
cosas con palabras (2003), los dos más grandes exponentes de la Escuela de Cambridge16
definieron a los textos como actos de habla. Esto último, les permitió advertir que además
de decir o significar algo -acto locutivo- cada discurso lleva implícita una intencionalidad
que se erige como algo distinto del acto de decir algo -acto ilocutivo-, lo cual, a su vez,
puede generar ciertas consecuencias o efectos sobre el público que lo recibe -acto
perlocutivo17-. El puente analítico construido por Skinner entre los planteamientos de Austin
y el estudio de los textos y discursos en el campo historiográfico, le permitió establecer
que:
16
Elias Palti (2005) establece que “ni Skinner ni Pocock han usado tal término” (p. 67). Además, ubica en esta
escuela a autores como “John Dunn, Stefan Collini, Anthony Pagden, Richard Tuck, James Tully, y Donald
Winch” (p. 67).
17
Véase al respecto: Austin (2003).
10 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
18
Al respecto, Pocock (2011) establece que, “Sabemos que, para reconstruir el texto en tanto que suceso
histórico, debemos situar al texto (y al autor) en un contexto (…) A los historiadores de la Escuela a la que
pertenecemos Skinner y yo mismo (entre otros), nos parece evidente que el elemento primario del contexto
es el lenguaje (…) Debemos situar al orador, el autor y a su texto o discurso en el contexto de lenguaje en el
que se expresan. En este punto se puede se puede argumentar de muy diversas formas. Podría aparecer un
vulgar marxista y señalar (con toda razón) que el lenguaje se forma en un contexto de relaciones sociales de
forma que (añade erróneamente) podemos inferir el carácter del lenguaje del contexto de las relaciones
sociales. El marxista dirá que estudiar el lenguaje como si fuera una realidad autónoma es idealismo o algo
igual de perverso. La réplica es que evidentemente el lenguaje se forma en un contexto social, pero a estas
alturas ya sabemos que no se limita a ser un espejo (…) Lo que seguirá diferenciando al historiador orientado
hacia el lenguaje de un marxista inteligente (dejamos al marxista vulgar a solas con su autocompasión) es
que al segundo le interesa la relación existente entre lenguaje y sociedad y, al primero la relación entre
lenguaje e ilocución” (p. 123).
Capítulo 1 11
trabajos genealógicos en los que se rastreen los conceptos evaluativos que se emplean
en un régimen discursivo, así como también, los cambios en sus aplicaciones, buscando
con ello, observar no sólo los reflejos sino además uno de los motores del cambio social
(p. 301).
Se podría plantear a primera vista que existe una relación evidente entre la propuesta de
la Escuela de Cambridge y los métodos arqueológico y genealógico de Michel Foucault19,
tal y como lo sostiene el mismo Quentin Skinner (2007). No obstante, es posible advertir
diferencias de fondo entre estos dos enfoques, teniendo en cuenta que, en cierto momento
de su producción intelectual, Foucault (1970) llegó al punto de afirmar la muerte del autor
y su obra, lo cual para Skinner (2007) resulta una afirmación exagerada toda vez que, para
él,
(…) los textos, después de todo, tienen autores, y los autores tienen intenciones al
escribirlos. [Por ello,] tal vez la aspiración correcta sería la de tratar de acercar las
diferencias entre la postura que reclama que un texto está haciendo algo y la que reclama
que es el autor el que lo está haciendo (p. 210).
19
Ana Mercedes Abreo (2011) establece que “la arqueología, según como es presentada por Foucault en su
texto La arqueología del saber, puede ser entendida como el examen o investigación de las formas
discursivas, en el que se pretende describir y analizar los enunciados inmersos en los discursos, sus funciones
enunciativas, contenidos, las formas de organización, sus discontinuidades, cortes, umbrales, límites; en
definitiva, las reglas que gobiernan los discursos y al hombre en tanto objeto/sujeto de un discurso. La
arqueología, entonces, corresponde a la necesaria reorganización de la lectura de los discursos a partir de las
reglas que rigen las prácticas discursivas” (p. 81). A su vez, esta autora establece que “Aunque el término
genealogía pareciera direccionar la búsqueda hacia el origen (Ursprung) de los acontecimientos, Foucault,
siguiendo la enseñanza de Nietzsche, es cuidadoso con el término, apartándose de dicha pretensión, pues
hacerlo sería quedarse en una trampa metafísica. La genealogía no es la búsqueda del origen o esencia exacta
de las cosas (…) Antes de hablar sobre el origen, conviene en cambio hablar de procedencia (Herkunft),
entendida como tronco o vieja pertenencia a un grupo, en el que tiene cabida el hombre y su cuerpo, su
consanguinidad y su pertenencia a tradiciones, la conformación de sociedad y sus costumbres, y los tejidos
que conforman heterogeneidades y guardan elementos difíciles de develar (…) Ahora bien, la genealogía
también es búsqueda de las emergencias (Entstehung) o puntos de surgimiento, es decir, del principio o ley
singular de la aparición de una lucha de fuerzas (…) En este punto es importante tener en cuenta que no se
está haciendo referencia al origen metafísico de las causas primeras, sino al restablecimiento de los diversos
sistemas de sometimiento, al juego azaroso de las dominaciones” (p. 82 y 83).
12 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
A su vez, mientras que los autores de la Escuela de Cambridge se centran, sobre todo, en
el establecimiento de los contextos discursivos que condicionan los «grandes lenguajes»
del debate político y filosófico en un periodo y lugar determinado, Foucault (1992) se
preocupa por establecer las relaciones entre el poder, la distribución de los sujetos, las
disciplinas, los regímenes de verdad y los mecanismos de control que se encarnan en
formaciones discursivas específicas, al mismo tiempo que se esfuerza por explicitar en sus
estudios genealógicos las luchas, tensiones y acoplamientos que se producen entre “los
conocimientos eruditos y las memorias locales” (Foucault, 2000. p. 22), así como las
distintas maneras en que el cuerpo se impregna de historia, y la historia produce-destruye
el cuerpo (Foucault, 2004).
Pese a ello, existe una dimensión del análisis en la que sí podrían considerarse
ampliamente convergentes estos dos enfoques, asociada a la manera como debería
producirse la historia desde el punto de vista teórico. Al respecto, Foucault realiza una
afirmación que bien podría ser sacada de un texto de Pocock o Skinner, cuando sostiene
que:
mutua relación de afectación que se presenta entre las palabras y las cosas, los lenguajes
políticos y los procesos sociales, y las estructuras conceptuales y las sociales, desde una
perspectiva analítica en la que se privilegia la larga duración.
(…) ambas se necesitan y se remiten mutuamente, sin que esto signifique que puedan ser
en algún momento idénticas. Lo que «realmente» tuvo influencia a largo plazo y sufrió
modificaciones no puede sin más deducirse de las fuentes escritas transmitidas. Para ello
lo que se necesita es en realidad un trabajo teórico y terminológico previo. Por otro lado,
lo que puede exponerse histórico conceptualmente –en los textos transmitidos-, remite a
un campo de experiencia limitado lingüísticamente y atestigua impulsos innovadores que
registran o pueden iniciar nuevas experiencias; sin embargo, este hecho no justifica la
conclusión de que se trate de la historia real (Koselleck, 2012, p. 25).
20
Para Koselleck (2012), desde el punto de vista historiográfico no tiene mucho sentido establecer la
diferencia entre los contextos lingüísticos y los sociales, si se tiene en cuenta que “La relación (…) entre el
hacer y el discurso, entre actuar y hablar se disuelve tan pronto como la atención pasa de la historia que
tiene lugar in evento a la historia pasada ex eventu, de la que se ocupa el historiador profesional (…) Aun en
el caso de que el lenguaje haya sido un factor secundario –parcialmente- en la ejecución de la acción y su
padecimiento, desde el momento en que un acontecimiento pasa a formar parte del pasado, el lenguaje se
convierte en un factor primario sin el cual no es posible ningún recuerdo ni ninguna trasposición científica de
ese recuerdo” (p .16).
21
En la propuesta de Koselleck (1993) el estudio de la terminología sociopolítica tiene implicaciones crítico-
históricas, y se constituye en un elemento de gran ayuda para realizar trabajos que tengan como objeto de
estudio la historia social, ya que “la consideración sobre el uso de conceptos sociopolíticos, la investigación
de sus significados, alcanza un rango socio histórico. Los momentos de la permanencia, del cambio y de la
futuridad contenidos en una situación política concreta quedan comprendidos en la adquisición del lenguaje.
Así, se tematizan ya –hablando genéricamente- los estados sociales y sus cambios” (p. 110).
14 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
La potencia análoga que tienen tanto la historia conceptual como la historia social para
trascender el contexto particular y sincrónico de los acontecimientos históricos, a través de
la utilización de métodos que posibilitan elaborar reconstrucciones diacrónicas en las que
las historias singulares se reúnen, agrupan e interpretan desde el punto de vista de sus
recurrencias y regularidades, con el fin de comprender la «totalidad» de lo social en un
periodo o ciclo largo, posibilita el diálogo permanente entre estas dos modalidades
investigativas.
22
Al respecto, Koselleck (2012) establece que “existe una analogía entre la historia social y la historia
conceptual (…) Lo que acontece en la historia de forma concreta solo es posible debido a que las condiciones
previas se repiten con regularidad a largo plazo (…) Lo que se denomina «de larga duración» solo existe
históricamente en la medida en que el tiempo concreto de los acontecimientos alberga estructuras de
repetición cuya velocidad de repetición es distinta a la de los propios acontecimientos. La temática de la
historia social consiste en esta interacción, definida de forma insuficiente mediante la «sincronía» y
«diacronía». La correlación existente entre cualquier discurso concreto y el lenguaje previamente dado se
define de forma análoga, pero no igual” (pp. 25 y 26).
23
La Modernidad alemana que el autor interpreta de la siguiente manera: “En nuestra traducción hemos
optado generalmente por el término Modernidad para referirnos a Neuzeit. El término alemán Neuzeit
abarca desde el Renacimiento hasta el presente y se divide a su vez en Frühe Neuzeit, para el periodo anterior
a la Revolución francesa y Neuere Geschichte para el posterior, reservándose el término Vormärz para la
Restauración, es decir, para la fase absolutista previa a los levantamientos de 1848 en Berlín y Viena”
(Koselleck, 2009, p. 95).
Capítulo 1 15
La lucha semántica por definir posiciones políticas o sociales y en virtud de esas definiciones
mantener el orden o imponerlo corresponde, desde luego, a todas las épocas de crisis que
conocemos por fuentes escritas. Desde la Revolución francesa, esta lucha se ha agudizado
y se ha modificado estructuralmente: los conceptos ya no sirven solamente para concebir
los hechos de tal o cual manera, sino que se proyectan hacia el futuro (…) De este modo
disminuyó el contenido experiencial de muchos conceptos, aumentando
proporcionalmente la pretensión de realización que contenían. Cada vez podían coincidir
menos el contenido experiencial y el ámbito de esperanza (p. 111).
pasa a formar parte globalmente de esa única palabra24” (p. 117). Finalmente, una
característica de los conceptos es su carácter condicionado y condicionante de los
contextos sociales y políticos en los que devienen. Por lo tanto, “con cada concepto se
establecen determinados horizontes, pero también límites para la experiencia posible y
para la teoría concebible” (p. 118).
El interés que tiene Koselleck de estudiar la red de relaciones semánticas existentes entre
aquellos conceptos «fundamentales» en los que se expresa lo político en toda su magnitud
y complejidad25, implica necesariamente investigar la manera en que los cambios que
operan a nivel discursivo se constituyen o no en indicadores de cambio en los niveles no
discursivos, al mismo tiempo que se develan los distintos estratos de significado -incluidos
los anacronismos- que se condensan en la formación procesual y permanente de los
conceptos.
24
Koselleck (1993) usa el concepto de Estado para clarificar lo aquí expuesto. Según él, el Estado puede ser
considerado como un concepto solamente porque alrededor suyo se agrupan otros contenidos significativos
como son: dominio, territorio, clase media, legislación, judicatura, administración, impuestos y ejército
(p.117).
25
Para Koselleck, “No political action, no social behaviour can occur without some minimum stock of basic
concepts that have persisted over long periods; have suddenly appeared, disappeared, reappeared; or have
been transformed, either rapidly or slowly. Such concepts therefore must be interpreted in order to sort out
their multiple meanings, internal contradictions, and varying applications in different social strata” (Koselleck
en Abellán, 2007, p. 222).
Capítulo 1 17
políticos. Es por ello que podría hablarse de al menos tres grandes posturas en relación
con lo aquí descrito: a) los análisis «optimistas» que consideran válido y fructífero este tipo
de acercamiento, b) los análisis «escépticos» que encuentran diferencias metodológicas y
epistemológicas de fondo que dificultan el diálogo entre teorías, y c) las propuestas
eclécticas que rescatan elementos específicos y parciales de estos dos enfoques, con la
finalidad práctica de realizar investigaciones conceptuales en ámbitos nacionales o
regionales.
El historiador estadounidense Melvin Richter (1990 y 1995) fue quizá el primer teórico en
el campo de la historia conceptual que se interesó por relacionar y mostrar las posibles
convergencias entre los planteamientos de Koselleck y los de Pocock y Skinner. Para
Richter (1990) el lexicón de conceptos alemán dirigido por Otto Brunner, Werner Conze y
Reinhart Koselleck -publicado en 1972-, aunque no es la única expresión de la
Begriffsgeschichte, sí se erige en el esfuerzo más acabado y sistemático en el estudio de
los conceptos políticos de la lengua alemana. Por esta razón, su propuesta se centra en
presentar las contribuciones y avances de la propuesta de Koselleck en relación con los
planteamientos epistemológicos, teóricos y metodológicos de los dos más grandes
exponentes de la Escuela de Cambridge26.
Para Richter (1990) la convergencia entre estos dos enfoques historiográficos es posible
por las siguientes razones: 1) ambas modalidades investigativas le prestan especial
26
Richter (1990) tiende a considerar que la propuesta de Koselleck tiene mayor poder explicativo-
comprensivo que la de la escuela de Cambridge. Al respecto sostiene, por ejemplo, que “Pocock and Skinner
seem relatively insensitive to units of analysis larger than the individual theorist or school of thought. This
may be due to earlier Cambridge antipathies to the social history and unhistorical sociology of the 1950s and
1960s, as well as to a philosophical theory of linguistic action that limited the scope of inquiry to individuals
regarded as actors in speech situations. It may also be that the relationships between politics and language
studied by Pocock and Skinner have been affected by their specializations in late medieval, early modern,
and eighteenth century history. In both cases their inquiries end before the massive structural changes which
cannot be ignored by those who have had to deal with the political vocabularies developed in the wakes of
the French and industrial revolutions. The GG's longest article, that on the concept of revolution, includes
those earlier periods, but goes on to trace the concept's history and political functions up to our own time”
(p. 68).
18 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
En definitiva, frente a la pregunta “how compatible are these German and Anglophone
modes of treating political language by rigorously historical methods?” (Richter, 1990, p.
67) este autor termina concluyendo que “In my view, there are no major obstacles to
bringing them together. They share considerably more with each other than with more
modish alternatives that dismiss the very notion of historical reconstruction” (Richter, 1990,
p. 67 y 68).
Capítulo 1 19
Para Palonen (1999), la relación entre estas dos vertientes de la nueva historia intelectual,
se pueden sintetizar en cinco grandes similitudes: 1) tanto Skinner como Koselleck otorgan
una importancia decisiva a la historicidad de los cambios conceptuales. Sin embargo,
mientras que Skinner se ocupa por dilucidar los juegos retóricos que están presentes
durante los procesos singulares de cambio conceptual en un periodo específico, Koselleck
construye una metodología para comprender las grandes variaciones conceptuales
ocurridas en la historia desde una perspectiva de larga duración, 2) ambos enfoques
expresan su disidencia respecto a las posturas dominantes en el mundo académico
contemporáneo, si se tiene en cuenta que, tanto Skinner como Koselleck consideran que
el cambio de los conceptos políticos no sólo es un hecho inevitable, sino que además
representa un fenómeno de vital importancia que no puede despreciarse, lamentarse u
obviarse, 3) Skinner y Koselleck insisten en las afectaciones decisivas que producen los
cambios conceptuales en la vida política y social de las comunidades humanas, 4) estos
dos autores rechazan cualquier forma de teleología en el estudio de los conceptos
políticos, cuando afirman el carácter contingente que caracteriza a los usos específicos
que éstos adquieren en un determinado periodo histórico, y 5) en las propuestas de
Koselleck y Skinner se puede advertir un estilo de escritura de la teoría política en forma
de estudios de caso de carácter histórico, a través de los cuales es posible comprender la
centralidad que tienen los usos específicos de los conceptos políticos durante el desarrollo
de las luchas y controversias que se presentan a nivel social.
(…) make the Skinnerian and Koselleckian approaches complementary to each other. This
could be done either by including temporal elements of the Koselleckian inspiration to the
Skinnerian programme of linguistic action, or by a consequent nominalization of the
Koselleckian programme into one of temporal action (…) The point is, however, that even
by making these moves we cannot include the two programmes into a more comprehensive
whole. On the contrary, the problems always differ depending on the angle from which
conceptual change is approached, and the singularity of the profiles can be strengthened
by incorporating elements from the opposite perspective. (Palonen, 1999, p. 56 y 57).
27
Palonen (1999) plantea sus objeciones a Skinner desde lo planteado por Koselleck y viceversa. En este
sentido, sostiene que “My obvious Koselleckian question to Skinner is, why does he not accentuate the
temporal dimensions of linguistic action? Are the conceptual problems of ideological innovation and apology,
for example, not inherently questions of time, of «timing» the moves or composing a strategic «rhythm» of
successive moves? Or, could we not construct different temporal dimensions, different relations to the
present, past and future, as distinguishing criteria for the appraisal of, for example, conceptions of liberty?
Or could we add this aspect of the historical analysis to the struggle between their proponents? (…) For
Skinner the temporality of a linguistic action is concentrated in moves which aim at marking specific points.
From the Koselleckian perspective this temporal paradigm appears to be quite «pointillist»: it turns the
history of conceptual changes a history of sudden and successive kairos situations, which are more or less
sucessfully captured and used by political agents. The slower, long and medium term history of the chronos
time is much less accentuated” (pp. 53-55). A su vez, establece que “My first Skinnerian objection to
Koselleck’s view on conceptual change is typical of an analytic philosopher. Koselleck’s ideas on theories of
historical times and the temporalization of concepts are highly suggestive, but they remain sketchy and
require more specific distinctions between the different aspects of time. I would have expected, in particular,
a discussion on the temporalization of temporalization (…) A further objection concerns the formulations of
time as a force in history, as well as the idea of different phenomena as having «a time of their own» (…) I
think the processualist view on history and the trans-individual structures of temporality and of conceptual
change tend to lean towards a questionable objectification of time (…) My gravest doubts about Koselleck’s
discussion of historical times concern his search for historical anthropology. He looks for the borderlines
between natural and historical times, but often in a manner which also comes close to a naturalization of
historical times (…) Temporalization-by-metaphorization could be interpreted as a rhetorical view in which
all such distinctions and classifications are human constructions, which must be invented and legitimated”
(pp. 55 y 56).
Capítulo 1 21
Dos de los más grandes exponentes de la llamada «Escuela de Padova» (Biset y Soria,
2013) como son Giuseppe Duso y Sandro Chignola, se han mostrado contrarios a la idea
de conciliar y proponer diálogos epistémicos entre el programa investigativo de Koselleck
y el de Skinner y Pocock. Duso, por ejemplo, sostuvo en una entrevista que en el campo
de la historia conceptual existen dos propuestas claramente diferenciadas y paralelas, lo
cual llevó a que los miembros de la Escuela de Padova optaran por construir una propuesta
de trabajo en clara sintonía con los planteamientos principales del enfoque de la historia
conceptual de origen germano. Para este investigador:
Por otra parte, desde el punto de vista epistemológico y metodológico, ha sido sobre todo
Chignola (1998, 2003 y 2007) quien se ha encargado de expresar abiertamente su
22 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
desacuerdo y distancia con aquellas posturas que proponen construir puentes y diálogos
entre estos dos enfoques28. Pese a que Chignola (1998) reconoce la importancia de los
planteamientos de Richter (1990 y 1995), considerándolos como un “importante y utilísimo
objeto de confrontación y discusión para quienes se sientan empeñados en la historiografía
de los conceptos y del pensamiento político” (p. 10), sostiene que estos dos enfoques son
incompatibles entre sí por las siguientes razones:
En segundo lugar, Chignola (1998) considera que la metodología de Skinner tiene como
propósito relativizar la importancia del “análisis histórico-social del contexto en que actúa
el discurso” (p. 24), al mismo tiempo que se propone recuperar las intenciones del autor
contenidas en un texto, con el fin de romper la idea universalista que afirma la “persistencia
de los «problemas eternos» de la filosofía” (p. 25). Esto último, lleva a Chignola a sugerir
que la historiografía del discurso político tiende a construir una propuesta para poder
28
Pese a ello, en Duso (1998) también se afirma una propuesta metodológica explícita que sin entrar en
debate directo con Pocock o Skinner, sí deja en claro que la historia de los conceptos a la que él se adscribe
resulta muy cercana a los planteamientos expresados y desarrollados principalmente por Koselleck. Para este
intelectual italiano hacer historia conceptual implica: 1) producir un tipo o forma de filosofía política en la
que se reconozca la historicidad, novedad y relación de los conceptos con el contexto social en el que se
producen, 2) realizar estudios de larga duración que permitan reconocer el carácter inédito que adquieren
los conceptos modernos, en relación con palabras que expresaron conceptos distintos en otras épocas -como
sucede, por ejemplo, en el caso de Estado, sociedad, pueblo o Constitución-, 3) comprender los conceptos
como indicadores de cambio y transformación de las sociedades, 4) producir análisis que permitan
reconstruir el nacimiento, contexto epocal, presupuestos y relaciones existentes entre los conceptos
modernos y, 5) definir un tiempo «bisagra» o «umbral epocal» en el que los conceptos modernos se crearon
y unieron entre sí creando una red de relaciones.
Capítulo 1 23
“recuperar el auténtico «significado» de un texto” (p. 25), a partir del empleo de una
metodología que pretende “fluidificar e «individualizar» los términos de la relación entre
acción histórica y discurso político” (p. 24), a diferencia de Koselleck para quien lo
importante es acudir a la historia social, la semántica histórica, la anticipación teórica y la
representación historiográfica, con el fin de elaborar reconstrucciones diacrónicas en las
que se libere a los conceptos de su contexto inmediato para poder agruparlos, establecer
relaciones y producir acumulaciones conceptuales29. De esta manera, la historiografía del
discurso político quedaría atrapada en la singularidad de los textos individualmente
considerados, y se erigiría en una modalidad investigativa con serias dificultades para
comprender las variaciones, innovaciones y transformaciones conceptuales que ocurren a
nivel societal.
A partir del reconocimiento de las contribuciones que, desde finales de la década del
sesenta del siglo XX, lograron “poner de manifiesto la centralidad del lenguaje a la hora de
interpretar adecuadamente el pensamiento del pasado” (Fernández y Fuentes, 2002, pp.
25 y 26), estos autores consideran válido rescatar los aportes de las escuelas de
Cambridge (Skinner y Pocock), Bielefeld (Koselleck), Heidelberg (Gadamer) y Saint-Cloud
29
Al respecto, Koselleck (1993) establece que “Al liberar a los conceptos en el segundo paso de una
investigación, de su contexto situacional y al seguir sus significados a través del curso del tiempo para
coordinarlos, los análisis históricos particulares de un concepto se acumulan en una historia del concepto.
Únicamente en este plano se eleva el método histórico-filológico a historia conceptual, únicamente en este
plano la historia conceptual pierde su carácter subsidiario de la historia social” (p. 113).
30
Proyecto investigativo dirigido por Javier Fernández en compañía de Juan Francisco Fuentes.
24 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Asumiendo casi por completo los presupuestos de Koselleck en relación con la formación
de los conceptos, la interrelación entre historia social y cambio léxico, y el reconocimiento
del «umbral epocal» en el que se produce la profunda mutación conceptual que da paso a
la modernidad (Fernández y Fuentes, 2002), estos autores han planteado la posibilidad de
complejizar sus proyectos investigativos, integrando aquellos aspectos del componente
metodológico de Skinner y Pocock que obligan “al investigador a tomarse muy en serio la
cuestión del vocabulario y las convenciones lingüísticas de la época estudiada31” (p. 27).
De esta manera, el resultado de la investigación es en sí mismo un cuestionamiento
testimonial a toda forma de purismo que argumente en contra de las posibilidades de
convergencia y «contaminación» metodológica entre estos dos enfoques historiográficos.
Tal y como Fernández y Capellán (2011) plantean,
Los meritorios esfuerzos de autores como Melvin Richter, Kari Palonen o Elías Palti, entre
otros, por poner en comunicación a ambas corrientes y hacerlas entrar en diálogo, aunque
no puede decirse que se hayan visto plenamente coronadas por el éxito, han logrado al
menos difuminar sus fronteras y desarmar a los más obcecados guardianes de las
respectivas esencias. Hoy, entre los miembros de la principal red internacional que reúne a
los especialistas en este campo (me refiero al History of Political and Social Concepts Group,
HPSCG) suele admitirse sin problemas la conveniencia de combinar ambas aproximaciones,
o al menos de no desaprovechar las herramientas heurísticas forjadas por estos dos
programas de investigación, así como por otras metodologías emergentes (p. 13).
31
En una entrevista que Fernández y Fuentes (2006) le realizan a Koselleck se insiste en este aspecto. Al
respecto, Fernández sostiene que “Al sostener esta postura ecléctica coincidimos con las consideraciones de
Palonen sobre las ventajas de simultanear los análisis histórico-semánticos de la Begriffsgeschichte y la
atención a los aspectos pragmáticos y a las estrategias persuasivas de los actores, autores y locutores que
caracteriza a la metodología de Quentin Skinner y la escuela de Cambridge” (Párr. 13).
Capítulo 1 25
En el campo de la nueva historia intelectual existe un tercer enfoque que resulta de vital
importancia por la centralidad que le otorga a lo político en el estudio de los conceptos. La
propuesta de Pierre Rosanvallon (2003 y 2006) se basa en proponer “una historia de las
aporías, pero también una historia de los límites y los bordes” (Rosanvallon, 2003, p. 61),
en la que se aspira a reconstruir el surgimiento y variación de las racionalidades políticas,
así como de los sistemas de representación y sentido que caracterizan a una época
determinada, a partir de las maneras como los distintos sectores sociales construyen
respuestas a lo que van percibiendo y definiendo como un problema, al mismo tiempo que
se develan las interacciones que se producen de forma constante entre la realidad y su
representación (Rosanvallon, 2006).
Para este autor, el objeto de la historia conceptual de lo político32 tiene que ver con:
(…) identificar los «nudos históricos» en torno a los cuales se organizan nuevas
racionalidades políticas y sociales, se modifican las representaciones de lo social atadas a
las transformaciones institucionales, las técnicas de gestión y las formas del vínculo social.
Es historia política en tanto la esfera de lo político es el lugar de articulación de lo social y
de su representación. Es historia conceptual pues es alrededor de conceptos -la igualdad,
la soberanía, la democracia, etc.- que se anudan y se ponen a prueba la inteligibilidad de
las situaciones y el principio de su activación. Esta definición permite explicar el énfasis en
dos grandes «momentos» históricos: primero, el de la pérdida de sentido autónomo de lo
social entendido como cuerpos: la historia de lo político en tanto ligada a la disolución de
las representaciones orgánicas de lo social. Y segundo, el periodo propiamente democrático
32
Lo político en este enfoque se refiere a tres cosas: 1) la existencia de una sociedad que es percibida por
sus distintos miembros como totalidad provista de sentido, 2) las relaciones de poder, formas de
identificación y diferencia, representaciones de la igualdad, la justicia, la ciudadanía y la civilidad, y el
relacionamiento con la ley, el Estado y la Nación que van más allá del ejercicio de la política, es decir, más
allá de la competencia partidaria, la acción gubernamental y la vida ordinaria de las instituciones, y 3) Las
formas de conflictividad, contradicción y controversia que se producen en el proceso de pensar y representar
la sociedad, así como en las propuestas y soluciones que se van elaborando con el fin de resolver los
problemas y desafíos que se perciben en determinado momento (Rosanvallon, 2003).
26 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
que le sucede. Estos dos grandes momentos se diferencian muy claramente. Hay, de un
lado, una historia del nacimiento de las formas políticas modernas, del estado, ligado al
advenimiento del individuo; y de otro lado, una historia de aquello que podría llamarse la
«experiencia democrática» (Rosanvallon, 2006, p. 79).
Por otra parte, este enfoque historiográfico se realiza con la intención de producir una
“historia global” (p. 79) o “genealogía extensa” (Ronsanvallon, 2003, p. 25), que permita
comprender las tramas, tensiones y recorridos que han tenido los problemas más urgentes
que se perciben actualmente -la intelección del pasado es una manera de interrogar al
presente-, al mismo tiempo que se intentan reconstruir desde un enfoque holístico, las
diversas tramas y trayectorias de lo político para el conjunto de la sociedad de una época.
En este sentido, es que Rosanvallon (2006) considera que “mientras que la academia
fracciona lo político (historia política, ciencia política, historia de las ideas políticas) mi
interés es instituirlo en tema universal y global de investigaciones” (p. 78).
33
Al respecto, se considera que la historia conceptual de lo político “Imprime claramente a la historia de las
ideas la preocupación por incorporar el conjunto de elementos que componen ese objeto complejo que es
una cultura política (…) Pues es a un nivel "bastardo" que hay que aprehender siempre lo político, en los
entrelazamientos de las prácticas y las representaciones” (Rosanvallon, 2003, p. 48).
Capítulo 1 27
Hasta aquí, se ha venido describiendo cada una de las modalidades investigativas que
podrían agruparse en lo que he venido llamando nueva historia intelectual. Sin embargo,
todavía no se ha «tomado partido» en relación con alguno de estos tres enfoques, ni
tampoco se ha querido asumir un posicionamiento frente a los grandes debates
epistemológico-teórico-metodológicos que se han venido presentando, con la finalidad
práctica de allanar y delimitar el camino para estudiar el concepto de lo popular por parte
de los sectores críticos colombianos en el periodo 1991-2016.
Es por ello que, en este acápite se realiza un balance crítico de la discusión a la luz de las
posibilidades de convergencia entre los planteamientos de la Escuela de Cambridge y la
Begriffsgeschichte, a la vez que se establecen los alcances y límites que tiene la historia
34
En relación con esta crítica pareciera que Rosanvallon (2003) se hubiera anticipado y construido un esbozo
de respuesta cuando sostuvo que “una historia económica del precio del trigo puede perfectamente ser
escrita y lograda en el primer intento, aquí [en el campo de la historia conceptual de lo político, por el
contrario], hay una dimensión experimental que hace que no se cumpla necesariamente su programa. Es, en
suma, el inicio de un trabajo” (Rosanvallon, 2006, p. 82).
28 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Los aportes de Skinner y Pocock al estudio de los lenguajes políticos realizados durante
la mitad de la década del sesenta del siglo XX, contribuyeron a redefinir radicalmente el
objeto de estudio de la historia intelectual. El cambio que implica comprender “no qué dijo
cada autor, sino cómo fue posible para este decir lo que dijo en un contexto determinado”
(Palti, 2005, p. 70), supone una ruptura epistemológica y metodológica frente a la manera
como las ciencias sociales en general y la historia de las ideas en particular, definen,
significan, clasifican y agrupan los conceptos que empleamos para aprehender y
transformar la realidad de lo social.
Sin embargo, la diferencia principal entre estas dos propuestas radica en que, mientras
que la Escuela de Cambridge se dedica a estudiar el carácter retórico del cambio
conceptual en sus estudios historiográficos, es decir, la manera en que el sentido de un
término varía en función de la intención de persuadir a los demás con el fin de imponer una
nueva perspectiva moral sobre el funcionamiento de la sociedad, la propuesta de historia
conceptual de Koselleck tiene la pretensión mucho más ambiciosa de comprender el
proceso total de cambio conceptual en una época.
Capítulo 1 29
Pese a ello, resulta cuestionable la reducción que Chignola (1998) plantea respecto a los
presupuestos metodológicos de la historiografía del discurso político. En primer lugar, el
olvido de la centralidad que tiene la construcción del contexto discursivo en la propuesta
de la Escuela de Cambridge, posibilita que se reduzca su alcance únicamente a los hechos
históricos singulares -aquellos que Koselleck denomina como sincrónicos-. Sin embargo,
la comprensión o «aprehensión» del significado e intencionalidad de cualquier expresión
contenida en un texto, pasa necesariamente en la propuesta de Pocock y Skinner, por
establecer el contexto argumentativo que la posibilita y permite. Al respecto, Skinner (2007)
sostiene que:
35
Véase al respecto: Blanco (2012).
30 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
(…) si queremos hacer justicia a aquellos momentos en que una convención es desafiada, o
en que un lugar común es efectivamente subvertido, no podemos deshacernos de la
categoría de autor. El punto adquiere mayor relevancia cuando reflexionamos que, en la
36
Lo cual, por otra parte, resulta contradictorio con la manera en que este académico comprende la
propuesta metodológica de la Escuela de Cambridge, tal y como se acaba de ver.
Capítulo 1 31
Por último, la comprensión metodológica de la historiografía del discurso político como una
conexión lineal “entre actor/locutor histórico y recepción directa de su intención
comunicativa” (Chignola, 1998, p. 26), impide reconocer la invitación que hace la Escuela
de Cambridge en el sentido de comprender las intenciones de las expresiones
«sedimentadas» en los textos escritos, a partir de la construcción de las formaciones
discursivas que posibilitan la enunciación y producción de las obras y textos particulares.
En relación con esto último, ¿no podría comprenderse la historiografía del discurso político
como un ejercicio diacrónico -la construcción de un contexto discursivo-político «epocal»-
a partir del cual se busca aprehender un hecho sincrónico específico -expresiones y
significados contenidos en un texto histórico-?, ¿hasta qué punto la propuesta
metodológica de la Escuela de Cambridge podría comprenderse como una inversión
metodológica del proceso de acumulación conceptual planteado por Koselleck?, ¿el
contexto argumentativo no resulta ser un elemento que permite el diálogo y
enriquecimiento de la dimensión discursiva que reconoce la historia conceptual germana,
como uno de los dos presupuestos necesarios para poder estudiar los conceptos políticos?
Ahora bien, es claro que el desconocimiento de la manera en que los procesos sociales
condicionan aquello que resulta posible pensar y decir en un lugar y tiempo determinado
-tal y como aquí se ha venido sosteniendo que sucede en la propuesta de Skinner y
Pocock-, es un problema estructural que limita seriamente los alcances de esta propuesta.
Lo anterior, es mucho más claro si se tiene en cuenta que:
Los discursos y los contextos no sólo son relevantes en lo que atañe al lenguaje, sino
también con el papel que el lenguaje tiene en las relaciones sociales. Por ejemplo, en el
estudio sobre Hobbes no sólo importa el contexto argumentativo cuando éste habla de los
individuos, sino que además resulta fundamental comprender el proceso de
individualización que ya había sido realizado por la sociedad capitalista o por la sociedad
posesiva de mercado. Hobbes habla de un individuo que ya había sido «producido» dentro
de la historia social. Así mismo, cuando Marx habla de la «lucha de clases», los grupos
32 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
37
Aunque esta lógica argumentativa nos podría llevar al dilema que implica el tener que establecer si fue
primero el huevo o la gallina, toda vez que se podría contra-argumentar, por ejemplo, que el proceso social
de la individualización sólo fue posible cuando el concepto de individuo ya se encontraba disponible y
operando en el contexto argumentativo de la época, considero que en esta cita se ejemplifica con bastante
claridad los problemas analíticos que se presentan cuando se desconocen los elementos no discursivos que
inciden en la producción de los lenguajes políticos.
Capítulo 1 33
es preciso comprender los usos y significados que tuvieron dichos términos. Sólo de esta
manera es posible comprender la imposibilidad práctica que existe, por ejemplo, para
asociar el concepto de Polis de la Antigua Grecia con el concepto de Estado que surge de
forma inédita en la Modernidad «euro-occidental».
38
En este punto sólo se tendrán en cuenta las críticas que resultan fundamentales para el desarrollo de la
investigación aquí propuesta.
34 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Asimismo, para que lo anteriormente descrito logre dar cuenta de los cambios, matices e
intencionalidades que se van definiendo en la lucha política por la orientación del sentido
societal en los periodos cortos, resulta necesario reconocer la importancia y centralidad
que adquiere la propuesta de Rosanvallon, en aras de poder caracterizar y reconstruir lo
político en el proceso de estructuración y variación conceptual. Valga aclarar que a
diferencia de lo que sucede entre la Escuela de Cambridge y la Begriffsgeschichte, las
posibilidades de convergencia entre la historia conceptual y la historia conceptual de lo
político son enormes, debido a que ambas propuestas parten definiendo momentos de
Capítulo 1 35
ruptura -a Modernidad- en los que se transforman radicalmente tanto los conceptos como
las formas de organización política de las sociedades occidentales; reconocen la
necesidad de ampliar las fuentes históricas y los estratos semánticos, más allá de las
grandes obras o autores que van emergiendo en una época determinada; y proponen
reconstruir la emergencia y variación conceptual mediante la realización de historias
globales o genealogías extensas39.
El recorrido realizado por la nueva historia intelectual a lo largo del capítulo permite
comprender, entre otras cosas, la importancia que para esta corriente historiográfica tiene
39
De ahí que la crítica anteriormente realizada a Koselleck, relacionada con los problemas asociados al
estudio de los conceptos desde una perspectiva de larga duración pueda extendérsele sin problema alguno
a Rosanvallon.
40
Aunque se considera que este no es un elemento ausente en el campo de la historia conceptual, se
reconoce la importancia que tiene el énfasis y centralidad que Ronsavallon le otorga a esta «variable» en su
propuesta.
41
Debido a lo problemático que resulta nombrar de una manera en la que sea posible incluir a las distintas
culturas, comunidades y pueblos que coexisten en la región conocida como Latinoamérica, se ha optado por
seguir el camino propuesto por Mara Viveros (2018). Para ella, “En la actualidad, el imaginario continental
se nutre de nuevos aportes, provenientes de los distintos pueblos indígenas, personas afrodescendientes y
grupos que reivindican un pensamiento fronterizo crítico y cuestionan la lógica que estructuró la idea
36 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Lejos de querer ofrecer una contestación exhaustiva y definitiva -lo cual supondría realizar
un trabajo que específicamente se dedicara a rastrear y ofrecer respuestas a estos tres
interrogantes- considero, a manera de hipótesis, que la experiencia moderna en el contexto
nuestroamericano ha estado enmarcada por el dominio colonial, el mestizaje colonial42 y
su continuación como colonialismo interno en cada una experiencias post-
independentistas43, razón por la que, en nuestro caso, resulta tan importante tener en
cuenta la negación-creación violenta de nuevas experiencias y horizontes de expectativa
enmarcados en la experiencia colonialista, como los efectos posteriores que este proceso
ha tenido para el desarrollo de nuestra(s) propia(s) Modernidad(es)44.
decimonónica de América Latina (…) conservo el apelativo nuestramericano, como una forma de
reconocimiento a esas luchas tempranas de reapropiación y re-significación de nuestra identidad, pero
incluyo en su significado, las contribuciones que han hecho dos pensadoras feministas, Gloria Anzaldúa y
Silvia Rivera Cusicanqui, a la comprensión de su carácter mestizo” (p. 174).
42
Respecto al mestizaje colonial andino véase: Rivera Cusicanqui (2010a).
43
Véase al respecto: Rivera Cusicanqui (2010a y 2010b).
44
Sería muy interesante indagar también la manera en que las distintas «aventuras» colonialistas realizadas
por parte de los imperios, gobiernos y/o empresas europeas durante los últimos cinco siglos, han tenido o
no efectos sobre las representaciones, mentalidades y conceptos que emergieron en estas sociedades. De
esta manera, se podría dejar de considerar a la Modernidad occidental únicamente como un proceso
«endógeno», buscando con ello, la comprensión de los efectos que el dominio y saqueo colonialista podría
haber tenido al «interior» de las sociedades coloniales. Obviamente, lo aquí señalado, dista por mucho los
alcances de esta investigación.
Capítulo 1 37
Por lo tanto, la manera ch’ixi45 como los distintos sectores sociales de las sociedades
colonizadas en el contexto nuestroamericano, hemos ido experimentando nuestro
«ingreso» impuesto a la Modernidad dominante, ha permitido la irrupción de alternativas a
la Modernidad que exceden las herencias de las alternativas provenientes de la tradición
europea que logró imponerse -no sin resistencias y propuestas alternativas- dentro y fuera
de sus propias fronteras46 (Gómez Obando, 2022). En el caso de los pueblos indígenas,
por ejemplo, Pedro Pitarch y Gemma Orobitg (2012), establecen lo siguiente:
45
Silvia Rivera (2010c) considera que “La hibridez asume la posibilidad de que de la mezcla de dos diferentes,
pueda salir un tercero completamente nuevo, una tercera raza o grupo social capaz de fusionar los rasgos de
sus ancestros en una mezcla armónica y ante todo inédita. La noción de ch’ixi, por el contrario, equivale a la
de “sociedad abigarrada” de Zavaleta, y plantea la coexistencia en paralelo de múltiples diferencias culturales
que no se funden, sino que antagonizan o se complementan. Cada una se reproduce a sí misma desde la
profundidad del pasado y se relaciona con las otras de forma contenciosa” (p. 70).
46
Raúl Fornet Betancourt (2007) considera que “Todas las culturas generan saberes que son saberes de sus
tradiciones y normalmente de las tradiciones que se imponen, no de todas. De ahí, insisto, asistimos hoy a
un choque entre saberes tradicionales y no entre modernidad y tradición. Ahora bien, por otra parte es
necesario comprender que esos saberes tradicionales no son saberes puros, desarrollados en completo
aislamiento cultural. Hay todo un intercambio, todo un proceso de comunicación antes de fijar lo que
sabemos. Antes de saber tal y como sabemos nosotros está la interacción. Es decir, el proceso intercultural
o de intercambio no está fuera de lo que llamamos cultura propia o tradición propia del saber sino que está
dentro e incluso antes de la construcción cultural del saber que tradicionalmente reconocemos como propia.
Lo que llamamos propio, nuestra propia manera, nuestro modo ancestral de saber, es construido sobre una
base que no tiene la singularidad del fragmento aislado sino la del contexto que se ve permeado por el
tránsito de gente muy distinta, esto es, por el “trato y contrato” entre vecinos” (p. 44).
38 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
todo, cómo los indígenas producen sus propias formas de modernidad (Pitarch y Orobitg
en Gómez Obando, 2022, p. 44).
Desde la óptica de los lenguajes políticos, esta existencia de formas ch’ixi de experimentar
y producir modernidades abigarradas47 -especialmente, por parte de algunas comunidades
indígenas y afrodescendientes que se empeñan luchando por perseverar en la existencia-
, termina cristalizando en forma de excedentes conceptuales en los que se expresan y
representan otras formas de pensamiento distintas a las que provienen de la Modernidad
dominante. Por consiguiente, la manera en que dichos excedentes emergen en las lenguas
alternativas y complementarias de los pueblos y comunidades que han sido oprimidos -
pero no vencidos48- durante la experiencia colonialista, posibilita que en Nuestramérica
contemos con diversos tipos de lenguajes políticos para imaginar-haciendo alternativas a
nuestra propias Modernidades impuestas, heredadas e internalizadas (Gómez Obando,
2022).
Al respecto, cabe aclarar que tanto la segunda como la tercera alternativa sólo la podrían
realizar aquellos investigadores que conozcan a fondo al menos una lengua dominante y
una subalterna, y los respectivos sistemas de pensamiento-actuación que se expresan en
47
Respecto al desarrollo de este término véase, a manera de ejemplo: Zabaleta (1983) y Rivera Cusicanqui
(2010c).
48
Aquí se está haciendo alusión al libro de Silvia Rivera Cusicanqui “Oprimidos pero no vencidos” Luchas del
campesinado aymara y qhechwa 1900-1980, publicado por primera vez en el año 1984.
Capítulo 1 39
Elías Palti (1998, 2005 y 2007) es tal vez el autor que mejor ha podido comprender lo que
implica reconocer el carácter inédito del proceso de apropiación de los conceptos
provenientes de las lenguas dominantes en el contexto nuestroamericano. A partir de la
crítica a la historia de las ideas de Leopoldo Zea (1943), a los intentos revisionistas que se
dieron al interior de esta modalidad investigativa (Hale, 1971 y 1980; Morse, 1964 y 1989;
Escalante, 1991), y a las posibilidades y límites que ofrece la crítica al teleologismo
historicista de Francois-Xavier Guerra (1993, 1999a y 1999b), Palti (2007) plantea la
necesidad de emprender un proyecto de historia intelectual enfocado en el estudio de los
lenguajes políticos. Para ello, establece como presupuesto necesario trascender el
esquema de los «modelos» y las «desviaciones» que se encuentra implícito en las distintas
formas típico-ideales que, según él, se han empleado hasta ahora para comprender la
historia de las ideas en la tradición historiográfica nuestoramericana.
49
Esto es lo que cuestiona Silvia Rivera a Walter Mignolo y otros representantes del llamado giro decolonial,
cuando sostiene que “el multiculturalismo de Mignolo y compañía es neutralizador de las prácticas
descolonizantes, al entronizar en la academia el limitado e ilusorio reino de la discusión sobre modernidad y
descolonización. Sin prestar atención a las dinámicas internas de los subalternos, las cooptaciones de este
tipo neutralizan. Capturan la energía y la disponibilidad de intelectuales indígenas, hermanos y hermanas
que pueden ser tentados a reproducir el ventriloquismo y la alambicada conceptualización que los aleja de
sus raíces y de sus diálogos con las masas movilizadas” (pp. 68 y 69).
50
Dado que, como se verá más adelante, la historia conceptual de lo popular se ubica en la alternativa de
estudio sobre la migración, apropiación y variación de los conceptos de la tradición occidental heredada que
se expresa en una lengua dominante –el castellano-, se ha considerado importante ahondar y profundizar en
esta alternativa.
40 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
51
El diálogo con el campo de la lingüística le permite establecer a Palti (2007) que “las «ideas» (el nivel
semántico) suponen proposiciones (afirmaciones o negaciones respecto al estado del mundo). Éstas no se
encuentran determinadas contextualmente: el contenido semántico de una proposición («qué se dice»)
puede establecerse más allá del contexto y modo específico de su enunciación. Las consideraciones
contextuales remiten, en cambio, a la dimensión pragmática del lenguaje. Su unidad es el enunciado
(utterance), no la proposición (statement). Lo que importa en el enunciado no es el significado (meaning),
sino el sentido (significance). Esto último, a diferencia del anterior, ni puede establecerse
independientemente de su contexto particular de elocución. Éste refiere no sólo a «qué se dijo» (el contenido
semántico de las ideas), sino también a «cómo se dijo», «quién lo dijo», «dónde», «a quién», «en qué
circunstancias», etc. La comprensión del sentido supone un entendimiento del «significado», sin embargo,
ambos son de naturaleza muy distinta” (pp. 293 y 294).
Capítulo 1 41
realizan entre el(los) Norte(s) y los Sures del planeta52, al mismo tiempo que abre la puerta
para pensar la singularidad y originalidad de los enunciados que se producen de forma
ambivalente, conflictiva y diferencial en los contextos subalternos.
52
Para Palti (2007), “las ambivalencias son causa y efecto al mismo tiempo de desequilibrios. Los desarrollos
desiguales producen necesariamente asimetrías entre los códigos y los subcódigos (jerarquías y desniveles
en cuanto a relaciones de poder), lo que conlleva siempre, en todo proceso de intercambio, la presencia de
cierta violencia semiótica (operante tanto en los mecanismos de estabilidad de los sistemas como en los
impulsos dinámicos que dislocan éstos), y deriva en compensaciones simbólicas insuficientes” (p. 300).
53
A partir del diálogo y reformulación de la teoría de Roberto Schwarz sobre las ideas fuera de lugar en el
contexto latinoamericano, Palti (2007) plantea la siguiente paradoja: “si bien nunca las ideas están «fuera de
lugar» (puesto que su significado no preexiste a sus propias condiciones de inteligibilidad), éstas están, al
mismo tiempo, siempre «fuera de lugar» (dado que todo sistema alberga protocolos contradictorios de
lectura); más precisamente, éstas se encuentran «siempre parcialmente desencajadas»” (p.302).
42 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
En primer lugar, es preciso aclarar que tal y como se pudo ver anteriormente, se considera
acertado y pertinente el enfoque de eclecticismo metodológico que propone Javier
Fernández Sebastián (2004), como presupuesto necesario para emprender el reto que
implica la reconstrucción histórica de un concepto. Por esta razón, durante el desarrollo de
la investigación se utilizan fuentes primarias de carácter escrito54 -textos académicos,
prensa escrita y publicaciones de organizaciones emblemáticas nacionales pertenecientes
a tres sectores populares-, a través de las cuales se identifican los principales
desplazamientos que fue teniendo el concepto de lo popular para algunos de los sectores
críticos, considerando sus modos particulares de uso -Koselleck-, así como su
intencionalidad -Skinner y Pocock- en contextos discursivos más amplios. La idea entonces
es poder ampliar el rango de estudio de la investigación incluyendo una serie de actores
académicos y no académicos, con el propósito de recurrir:
(…) a una gama lo suficientemente variada y masiva de fuentes para permitirnos una
aproximación a los usos lingüísticos de un rango mucho más amplio de usuarios de la
lengua, pues se parte de la premisa wittgensteiniana de que sólo el uso consagra y
determina el sentido, siempre provisional y fluctuante, de las palabras (Fernández, 2004, p.
5).
54
Absalón Jiménez (2006) considera que, “en general, las fuentes historiográficas se pueden clasificar así: en
primer lugar, escritas (manuscritas o impresas), en donde se encuentran los documentos públicos (de
carácter político, económico, jurídico y estadístico); también, la prensa diaria y semanal; revistas, memoria y
correspondencia manuscrita o impresa. En segundo lugar, se pueden clasificar los testimonios orales:
entrevistas estructuradas o en profundidad, individual o colectiva, las historias de vida, los testimonios y las
charlas informales. En tercer lugar, en la actualidad podemos ubicar a las nuevas tecnologías lideradas por
internet y fuentes magnetofónicas (…). En cuarto lugar, se encuentran las iconográficas: fotos, cine,
diagramas, planos y mapas; y las obras plásticas: pintura, escultura, arquitectura, restos arqueológicos,
monumentos y obras. Otras fuentes, como la literatura, instrumentos del trabajo y útiles de la vida diaria,
representan en ocasiones un testimonio o un vestigio importante del pasado. En la actualidad, la reflexión
de las fuentes se aplica incluso a la ausencia de los documentos, a los silencios de la historia. De tal modo, se
debe elaborar un inventario de los archivos del silencio, y hacer la historia a partir de los documentos y de
las ausencias de los documentos” (p. 143 y 144).
Capítulo 1 43
Por otra parte, aunque se reconoce que tanto el estudio de las maneras en que varían y
actualizan los conceptos que se expresan en las lenguas subalternas, como la
reconstrucción de los entrecruzamientos y afectaciones conceptuales que se presentaron
durante la experiencia colonialista y sus sucesivas actualizaciones en el contexto del
colonialismo interno, son las maneras más «llamativas» y «potentes» de conocer la
excedencia conceptual existente en el contexto nuestroamericano, esta investigación se
realiza con el fin de comprender e interpretar la trayectoria de un concepto proveniente de
la tradición occidental dominante. Es por ello que se considera importante tener en cuenta
el llamado de atención de Palti (2007) sobre la necesidad de estudiar los significados y
desplazamientos conceptuales y discursivos, tomando en cuenta las lógicas de migración
y apropiación en las que se encuentran inmersos. De esta manera, considero que se logran
comprender mejor las formas de adecuación y resignificación que los sectores críticos
hacen de la red conceptual que se encuentra asociada al uso y sentidos de lo popular.
En segundo lugar, dado que se reconoce que un concepto es “una realidad bifronte e
impura, que sirve de vínculo entre el lenguaje y el mundo extra-lingüístico” (Fernández,
2004, p. 9), y a que se comparte la idea de que “el “historiador conceptual”, desde su lugar
de observación (…) en el punto de engarce entre la palabra y la cosa, debe esforzarse
permanentemente por poner en relación, en el seno de las sucesivas constelaciones
históricas, los cambios léxicos y los cambios sociales” (p. 9), durante el desarrollo de la
investigación se reconocerá la importancia de estudiar los elementos discursivos y no
discursivos que inciden en la formación y variación conceptual.
la manera en que distintos estratos semánticos críticos utilizan y otorgan utilidad práctica
a las categorías fundamentales que les sirven para orientar sus propias experiencias y
formas de acción colectiva. Por consiguiente, los Núcleos Conceptuales y las
Intencionalidades Macro van emergiendo y constituyendo de forma inductiva, a partir de la
observación de los posibles procesos de migración, apropiación, uso e intencionalidad que
se van definiendo durante el periodo de estudio.
En tercer lugar, con el fin de poder comprender los contextos específicos de sentido en los
que lo popular se define (Palti, 2004, p. 64), así como la manera conflictiva como algunos
sectores sociales críticos incorporan, apropian y hacen uso de este concepto, la
investigación no se desarrollará atendiendo a una perspectiva de larga duración. De esta
forma, es mucho más probable que las intencionalidades, cambios sutiles, matices y
variaciones semánticas que se producen al fragor de la lucha por definir el sentido de la
realidad de lo social, puedan ser advertidos, analizados e interpretados durante el
desarrollo de la reconstrucción histórico-conceptual que se propone realizar.
estudios políticos, toda vez que, en definitiva, lo que se está indagando es la centralidad o
no que actualmente tiene este concepto como horizonte de sentido que contribuye a la
articulación de las luchas políticas y sociales que agencian los sectores críticos de la
sociedad colombiana.
55
Desde el punto de vista teórico, se considera igualmente relevante el debate introducido anteriormente
respecto a las excedencias conceptuales características de la Modernidad nuestroamericana.
56
Respecto a la diferencia entre el concepto de lo político y la política, así como la caracterización de amigo
y enemigo, véase -además de Rosanvallon (2003 y 2006)-: Schmitt (1991). A su vez, para comprender las
diferencias entre agonismo y antagonismo, adversario y enemigo véase: Mouffe (1999).
46 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Para ello, se ha decidido tomar como punto de inicio el debate -ya clásico- entre Hans-
Georg Gadamer y Jürgen Habermas, sobre los alcances universales o no de la
hermenéutica filosófica, debido a que es un hito importante en la teoría política
contemporánea europea que contribuye a esclarecer, hasta cierto punto, los supuestos
epistemológicos y normativos afirmados por parte de la tendencia crítica dominante que
considera a la ciencia como el lugar privilegiado de producción del conocimiento y la crítica
social. Asimismo, he decidido continuar dicho debate teniendo en cuenta, por una parte,
los planteamientos expuestos por autores que se ubican en las tradiciones de la teoría
crítica germano-parlante, de la sociología crítica y de la sociología de la crítica francófona57
y, por otra parte, algunas de las propuestas elaboradas por hermeneutas críticos que han
venido desarrollando su trabajo en el contexto anglo-americano o europeo. Por último, en
el apartado en el que propongo la interacción entre la teoría crítica, la sociología crítica y
la sociología de la crítica, alrededor del reconocimiento subordinado o no de los actores
sociales en el proceso de construcción de enunciados críticos, decidí incluir a un autor
boliviano que en su propio contexto de enunciación se ha identificado como marxista y
perteneciente a la tradición crítica de carácter «euro-occidental», ya que sus
planteamientos resultan altamente convergentes con aquellas posturas que en el
seno de la hermenéutica crítica, afirman y defienden la alteridad epistemológica
entre los científicos y los actores sociales.
57
Este es un camino similar al emprendido recientemente por Robin Celikates (2012), quien propone un
diálogo entre la sociología crítica de Bourdieu, la sociología de la crítica de Boltanski y los planteamientos
expresados en la teoría crítica de Honneth, buscando con ello, conciliar los trabajos de estos dos últimos
autores. Al respecto, Mauro Basaure (2014) sostiene que “Celikates reconoce que con el cambio
paradigmático pragmatista, operado por la sociología boltanskiana de la crítica, se supera ampliamente el
déficit sociológico originado por el desconocimiento de la lógica de la competencia [del actor social],
asimismo él no deja de ver que la sociología de la crítica tiende ella misma a ser ciega frente al hecho de que,
por causas estructurales, las capacidades de practicar efectivamente la crítica social se encuentran
objetivamente distribuidas de modo desigual en la sociedad y de que existen condiciones sociales, subjetivas
y objetivas que tienden a limitar o a coartar la posibilidad de que esas capacidades –no obstante su carácter
innegable en tanto que aspecto de la realidad social– logren manifestarse en los hechos y actuar sobre el
mundo social” (p. 16). De esta manera, aunque se reconoce la capacidad de reflexión crítica que tienen los
actores sociales, en última instancia quienes logran advertir en forma adecuada los bloqueos que dificultan
-en ciertos casos y momentos- la producción de la crítica por parte de dichos actores, son los científicos
sociales que construyen o emplean teorías «exitosas». Por lo tanto, aunque el punto de partida escogido por
Celikates para construir su teoría crítica de la sociedad sea, en cierto modo, similar al aquí planteado, tanto
la trama argumentativa como el punto de llegada que se pretende alcanzar resultan diametralmente
opuestos, como se verá más adelante.
Capítulo 2 49
58
Domingo Cía Lamana (2002) sostiene que “Gadamer quiere proseguir el camino emprendido por Heidegger
(…) [Para estos dos autores] El comprender es la forma originaria de realización del estar-ahí, del ser-en-el-
mundo. La comprensión constituye el modo de ser del estar-ahí, previo a toda ulterior diferenciación, por
tanto, algo originario en la vida humana. Se trata de un factum existencial, pues es imposible retroceder por
detrás de la facticidad de este ser. Este descubrimiento heideggeriano de la preestructura de la comprensión
ha sido aprovechado por Gadamer para su teoría de la experiencia incidiendo en la historicidad de la
comprensión. Desde aquí se transforma el problema epistemológico, ya que la razón no puede ser más que
real e histórica. De modo que la hermenéutica tendrá que mostrarse en la comprensión de la realidad de la
historia. Lo decisivo no se encuentra en la autoreflexión, pues a la comprensión reflexiva precede la vital e
histórica” (p. 1).
59
Diana Rueda (2017) considera que “El círculo hermenéutico se refiere en primera instancia a la circularidad
que hay entre una tradición y la interpretación, como parte de esa misma tradición; es decir, un texto sólo
puede interpretarse como parte de un todo, como integrante de una tradición que constituye el presupuesto
que condiciona su comprensión. Así, el texto es el mismo (identidad), pero las interpretaciones posibles son
múltiples (diferencia). La descripción que hace Martin Heidegger (1889-1976), es que el círculo no debe ser
degradado a círculo vicioso, ni siquiera a uno permisible. En él yace una posibilidad positiva del conocimiento
más originario, que por supuesto sólo se comprende realmente cuando la interpretación ha comprendido
que su tarea primera, última y constante consiste en no dejarse imponer nunca por ocurrencias propias o
por conceptos populares ni la posición, ni la previsión ni la anticipación, sino en asegurar la elaboración del
tema científico desde la cosa misma. Entender es definitivamente un acto de circular en el pensar, deducir,
derivar, concluir, es decir de interpretación plena y total; se comprende mediante la comparación de lo que
se necesita entender con algo que ya se conoce. Siempre nos sometemos a un círculo de interpretación o
sea, se está siempre en un círculo hermenéutico” (p. 1).
60
Gadamer (1998) concibe la objetividad hermenéutica de la siguiente manera: “El que intenta comprender
está expuesto a los errores de opiniones previas que no se comprueban en las cosas mismas. Elaborar los
proyectos correctos y adecuados a las cosas, que como proyectos son anticipaciones que deben confirmarse
«en las cosas», tal es la tarea constante de la comprensión. Aquí no hay otra objetividad que la convalidación
que obtienen las opiniones previas a lo largo de su elaboración” (p. 333). “Lo que importa es hacerse cargo
de las propias anticipaciones, con el fin de que el texto mismo pueda presentarse en su alteridad y obtenga
así la posibilidad de confrontar su verdad objetiva con las propias opiniones previas (…) Una comprensión
llevada a cabo desde una conciencia metódica intentará siempre no llevar a término directamente sus
anticipaciones sino más bien hacerlas conscientes para poder controlarlas y ganar así una comprensión
correcta de las cosas mismas” (p. 336).
Capítulo 2 51
desvirtuación de la tradición (…) «Prejuicio» no significa pues en modo alguno juicio falso,
sino que está en su concepto el que pueda ser valorado positivamente o negativamente (p.
336) (…) A los ojos de la Ilustración la falta de una fundamentación no deja espacio a otros
modos de certeza sino que significa que el juicio no tiene un fundamento en la cosa, que es
«un juicio sin fundamento». Esta es una conclusión típica del espíritu del racionalismo.
Sobre él reposa el descrédito de los prejuicios en general y la pretensión del conocimiento
científico de excluirlos totalmente (pp. 336 y 337).
Desde el punto de vista de este autor, los prejuicios correctos o acertados son aquellos
que le posibilitan al intérprete ir ganando familiaridad para avanzar en la penetración del
sentido de aquello que se espera conocer, ya que “la interpretación empieza siempre con
conceptos previos que tendrán que ser sustituidos progresivamente por otros adecuados”
(p. 333), una vez que existe la disposición para “estar abierto a la opinión del otro o la del
texto” (p. 335). De esta manera, los prejuicios lejos de ser aquellas trabas o
«contaminaciones culturales» que impiden el conocimiento real -o más aproximado a la
realidad- de las cosas como son, se erigen en aquellos condicionamientos históricos que
nos posibilitan y habilitan para conocer desde nuestra finitud y limitaciones61 aquellas
dimensiones del ser con los otros que pueden llegar a interpretarse como importantes o
significativas para la realización de la vida, toda vez que, en definitiva, “los prejuicios de un
individuo son, mucho más que sus juicios, la realidad histórica de su ser” (p. 344).
61
Para Gadamer (1999) “La depreciación fundamental de todo prejuicio, que vincula al pathos empírico de
la nueva ciencia natural con la Ilustración, se vuelve, en la ilustración histórica, universal y radical. Este es
precisamente el punto con el que se debe enlazar críticamente el intento de una hermenéutica histórica. La
superación de todo prejuicio, esta exigencia global de la Ilustración, revelará ser ella misma un prejuicio cuya
revisión hará posible una comprensión adecuada de la finitud que domina no sólo nuestro ser hombres sino
también nuestra conciencia histórica. ¿Estar inmerso en tradiciones significa real y primariamente estar
sometido a prejuicios y limitado en la propia libertad? ¿No es cierto más bien que toda existencia humana,
aún la más libre, está limitada y condicionada de muchas maneras? Y si esto es así, entonces la idea de una
razón absoluta no es una posibilidad de la humanidad histórica. Para nosotros la razón sólo existe como real
e histórica, esto es la razón no es dueña de sí misma sino que está siempre referida a lo dado en lo cual se
ejerce (p.343) (…) Si se quiere hacer justicia al modo de ser finito e histórico del hombre es necesario llevar
a cabo una drástica rehabilitación del concepto de prejuicio y reconocer que existen prejuicios legítimos”
(p.344).
52 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Asimismo, este autor considera a la tradición como una forma de autoridad anónima que
posibilita la transmisión de las costumbres que pueden legitimarse, precisamente, por el
hecho de que provienen de una tradición62. De ahí que, toda tradición “al margen de los
fundamentos de la razón (…) conserva algún derecho y determina ampliamente nuestras
62
Al respecto, Gadamer (1999) sostiene que “La realidad de las costumbres es y sigue siendo ampliamente
algo válido por tradición y procedencia. Las costumbres se adoptan libremente, pero ni se crean por libre
determinación ni su validez se fundamenta en ésta. Precisamente es esto lo que llamamos tradición: el
fundamento de su validez” (p. 348).
Capítulo 2 53
(…) nos encontramos siempre en tradiciones, y éste nuestro estar dentro de ellas no es un
comportamiento objetivador que pensara como extraño o ajeno lo que dice la tradición;
ésta es más bien siempre algo propio, ejemplar o aborrecible, es un reconocerse en el que
para nuestro juicio histórico posterior no se aprecia apenas conocimiento, sino un
imperceptible ir transformándose al paso de la misma tradición (p. 350).
Por otra parte, en lo que atañe al método científico y los conocimientos que se derivan de
su aplicación, Gadamer (1998) considera que el problema principal de la racionalidad
científica que predomina en la ciencias naturales y buena parte de las ciencias sociales y
humanas, más allá de la marcada tendencia a reducir y simplificar el problema de la verdad
al seguimiento riguroso de un método, radica en la pérdida de vista del sentido y
consecuencias que tiene para la realización de la vida, una forma de conocer en la que los
resultados investigativos terminan autoproclamándose como un fin en sí mismo. De esta
manera, tanto las intencionalidades como las consecuencias de las investigaciones
científicas terminan obviándose o desestimándose63.
63
Gadamer (1998) considera que “Si creamos un mundo técnico nuevo sobre la base de la ciencia moderna,
un mundo que modifica todo nuestro entorno, eso no significa que el investigador que ha adquirido los
conocimientos decisivos para ello haya tenido en cuenta ni siquiera vagamente tales consecuencias. Lo que
mueve al verdadero investigador es el auténtico afán de conocimiento y nada más. Y hay que preguntar, a
pesar de todo, si no le falta también algo a nuestra civilización basada en la ciencia moderna, y si no quedan
en la penumbra los presupuestos de estas posibilidades de conocimiento y de producción, una penumbra
que puede hacer que la mano que aplica tales conocimientos sea destructiva” (p. 219).
54 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Pese a ello, lejos de afirmar una postura «anticientificista», este autor lo que sostiene es
que la ciencia moderna -“que se basa en el principio de exclusión de postulados y
prejuicios” (p. 218)- debería empezar por reconocer la dimensión hermenéutica que tiene
todo conocimiento, lo cual necesariamente implica comprender y explicitar los intereses
prácticos que animan la formulación de las preguntas que anteceden y orientan cualquier
tipo de investigación, así como tener claridad sobre las afectaciones y penumbras que una
mirada técnica y utilitaria sobre el mundo puede significar para este.
64
La especificidad de la interpretación de los textos escritos por parte de especialistas radicaría en lo
siguiente: “El lenguaje auténtico que tiene algo que decir y por eso no da señales previstas, sino que busca
palabras para llegar a los otros, es una tarea humana general... pero una tarea especial para aquel que intenta
trasvasar una tradición escrita al discurso hablado; por ejemplo, para el teólogo que tiene encomendada la
transmisión de un mensaje que está escrito” (Gadamer, 1999, p. 224).
65
Para Gadamer (1999) el mundo social es uno “que ya se ha interpretado a sí mismo, un mundo ya
cohesionado en sus relaciones, en el cual entra la experiencia como algo nuevo que trastoca lo que había
guiado nuestras expectativas, y que al trastocarse se reordena de nuevo. El malentendido y la extrañeza no
son lo primero, ni la evitación del malentendido es la tarea primordial sino que, a la inversa, el asentamiento
en lo familiar y en el consenso permite la salida a lo extraño, la recepción de lo ajeno y por ende la ampliación
y el enriquecimiento de nuestra propia experiencia del mundo (pp. 222 y 223).
Capítulo 2 55
Jürgen Habermas (1988) retoma el camino hermenéutico para establecer, al igual que
Gadamer, una crítica a la racionalidad técnica-instrumental. Sin embargo, distinto a lo
planteado por Gadamer, este autor se propone diferenciar la hermenéutica profunda
-aquella que solamente es practicada en el campo de las ciencias sociales críticas y se
encuentra mediada por la objetivación teórica- de la hermenéutica como arte -aquella que
se practica cotidianamente por parte de los actores sociales y se refiere a la “«capacidad»
que adquirimos en la medida en que aprendemos a dominar un lenguaje natural” (p. 277)-
y de la hermenéutica filosófica -aquella que se practica en las llamadas ciencias humanas
o del espíritu y se caracteriza por ser una “actitud reflexiva [crítica que] pone ante la
conciencia las experiencias que hacemos con el lenguaje en el ejercicio de nuestra
competencia comunicativa” (p. 277)-, con la finalidad práctica de otorgarle un carácter
central a la ciencia en el proceso de producción de la crítica.
Para Habermas (1988), la hermenéutica filosófica tiene una gran importancia para la
ciencia y para las interpretaciones de los resultados de las investigaciones científicas,
debido a que:
Sin embargo, en relación con el último aspecto tratado en esta larga cita, Habermas (1988)
considera que el intento hermenéutico-filosófico de relacionamiento entre ciencia y vida
resulta cuestionable y problemático, debido a que la verdad en el campo científico se
obtiene gracias al empleo de teorías, mediante las cuales se busca tomar distancia de los
horizontes de sentido en los que se producen las situaciones normales de habla, buscando
con ello, poder explicar y develar aspectos de la vida social y natural que no podrían ser
advertidos por los actores sociales, cuando estos se encuentran inmersos en el contexto
de realización de su lenguaje cotidiano. En este sentido,
Por otra parte, este autor considera necesario rastrear formas de comprensión que no sean
dependientes del contexto de ocurrencia del lenguaje natural, tales como el psicoanálisis -
casos individuales- y la crítica ideológica -casos colectivos-, en las que existe un tipo de
“comunicación sistemáticamente distorsionada” (p. 286) que permite establecer el límite
comprensivo de la hermenéutica filosófica, expresado en aquellas situaciones en las que
existe una manifestación inteligible u oculta que “no puede superarse mediante el ejercicio
de la competencia comunicativa adquirida naturalmente, por refinado que ese ejercicio
sea” (p. 286).
En el caso del psicoanálisis, Habermas (1988) define a las patologías como formas de
comunicación distorsionada en las que “la habitual congruencia entre símbolos lingüísticos,
acciones y expresiones corporales concomitantes se quiebra” (p. 288), lo cual obliga a
rebasar las lógicas del participante reflexivo del lenguaje natural, con el fin de proponer un
tipo de explicación sistemática en la que, con ayuda de “supuestos teoréticos” (p. 290), se
llega a comprender el sinsentido o distorsión de las “manifestaciones vitales
específicamente ininteligibles” (p. 290) que dificultan o imposibilitan que un individuo se
exprese y realice “según las reglas de la comunicación pública” (p. 288).
A su vez, en el caso de la crítica ideológica, este autor considera que todo intento de
develamiento y denuncia de “la represividad de las relaciones de poder que deforman la
intersubjetividad del entendimiento como tal y distorsionan sistemáticamente la
comunicación lingüística cotidiana” (p. 302), necesariamente requiere la realización de una
teoría general de los lenguajes naturales y la acción comunicativa, que permita establecer
las condiciones normativas ideales en las que se podría realizar un consenso exento de
distorsiones.
De esta manera, Habermas (1988) se vale de la “hermenéutica profunda” (p. 299) que
según él se practica en las ciencias sociales críticas, para cuestionar la validez que
Gadamer otorga a la tradición en su propuesta teórica debido a que, esto último, no sólo
implica la inexistencia de oposición alguna entre autoridad y razón, sino que además
supondría el reconocimiento dogmático de las coacciones y violencias que acompañan a
todo “acuerdo pseudocomunicativo” (p. 304). En definitiva, Habermas (1988) termina
58 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Paul Ricœur (2002) retomó el debate entre Gadamer y Habermas, con fin de explicitar los
elementos críticos presentes en la propuesta hermenéutica, y los elementos
hermenéuticos presentes en la teoría crítica. Sin embargo, este autor lejos de pretender la
creación de una teoría de gran formato que las abarcara a las dos, lo que se proponía era
lograr el reconocimiento mutuo sobre su importancia y legitimidad pese a que “cada una
de las dos teorías habla desde un lugar diferente” (p. 309).
Para Ricœur (2002), la validez de la hermenéutica radica en que “es un gesto humilde de
reconocimiento de las condiciones históricas a las cuales está sometida toda comprensión
humana bajo el régimen de la finitud” (p. 334), mientras que, la validez de la crítica a las
ideologías radica en que “es un gesto altivo de desafío dirigido contra las distorsiones de
la comunicación humana” (p. 334). En este sentido, pese a que sus intencionalidades
pueden llegar a divergir, resulta posible esclarecer, en primer lugar, cómo puede haber
crítica en la hermenéutica y, en segundo lugar, cómo puede haber hermenéutica en la
crítica.
66
Para este autor, “La Ilustración, pese a todo el interés que podamos tener en entendemos, exige que se
haga valer la razón como principio de una comunicación exenta de coacción frente a la doliente realidad de
una comunicación distorsionada por el poder” (Habermas, 1988, p. 301)
Capítulo 2 59
En relación con el primer aspecto anteriormente señalado, este autor establece que el
trabajo ontológico de Heidegger -en el que, en buena medida, se basa Gadamer para
formular su teoría-, es un intento sistemático de deconstrucción de la tradición metafísica
predominante en la cultura occidental, lo cual, sin duda alguna, podría interpretarse como
una confrontación con la tradición filosófica que “ocupa el lugar de una crítica de los
prejuicios” (p. 335). Asimismo, el hecho de que Gadamer establezca la posibilidad de
“discernimiento entre precomprensión y prejuicio [o, dicho de otra manera, entre prejuicio
legítimo e ilegítimo] se constituye en problema y la cuestión crítica surge de nuevo, en el
corazón mismo de la comprensión” (p. 336).
67
Ricœur (2002) considera que existen cuatro temas provenientes de la crítica que complementan en forma
adecuada a aquella hermenéutica que le otorga mayor centralidad y relevancia a la interpretación textual,
60 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
De igual manera, en relación con el segundo aspecto anteriormente señalado, este autor
considera que existen cuatro aspectos en los que los planteamientos de Habermas
resultan problemáticos. En primer lugar, Ricœur (2002) considera que los tipos de interés
-técnicos, prácticos y emancipatorios- que Habermas desarrolla para caracterizar las
formas de relación entre conocimiento y mundo de la vida, lejos de ser “una teoría, en el
sentido dado a este término por ejemplo en psicoanálisis, es decir, en el sentido de una
red de hipótesis explicativas que permiten, la reconstrucción de la escena primitiva” (p.
342), podrían ser considerados como existenciarios -en el mismo sentido que los trabaja
Heidegger-, es decir, como aquellos fundamentos que terminan siendo las condiciones de
posibilidad que anteceden y posibilitan el conocer, y cuyo “análisis resulta de una
hermenéutica, en la medida en que son a la vez lo más próximo y lo más disimulado, y que
es necesario desocultarlos para reconocerlos” (p. 342).
En segundo lugar, la oposición dicotómica entre las ciencias sociales críticas y las ciencias
histórico-hermenéuticas que pretende ubicar el interés por la emancipación en las
primeras, es visto por Ricœur (2002) como una distinción dogmática en la que se olvida
como son: “a) El distanciamiento, en el que esta hermenéutica tiende a ver una especie de degradación
ontológica, aparece como un componente positivo del ser para el texto; pertenece propiamente a la
interpretación, no como su contrario sino como su condición (…) es propio de la obra descontextualizarse,
tanto desde el punto de vista sociológico cuanto psicológico, y poder recontextualizarse de otra manera, que
es lo que constituye el acto de lectura (…) b) La hermenéutica debe satisfacer una segunda condición, para
poder dar cuenta de una instancia crítica a partir de sus propias premisas. Debe superar la ruinosa dicotomía,
heredada de Dilthey, entre explicar y comprender (…) a diferencia del simple discurso de la conversación,
que entra en el movimiento espontáneo de la pregunta y la respuesta, el discurso como obra arraiga en
estructuras que reclaman una descripción y una explicación que mediatizan el comprender (…) c) En tercer
lugar, la hermenéutica de los textos se dirige hacia la crítica de las ideologías. Me parece que el momento
propiamente hermenéutico es aquel donde la interrogación, transgrediendo la clausura del texto, se dirige
hacia lo que Gadamer llama la cosa del texto, la suerte de mundo abierto por él (…) Ahora bien, este poder
del texto de abrir una dimensión de realidad incluye, en su principio mismo, un recurso contra toda realidad
dada y, por ello mismo, la posibilidad de una crítica de lo real. En el discurso poético este poder subversivo
es más vivo (…) d) Por último, la hermenéutica de los textos designa el lugar vacío de una crítica de las
ideologías. Este último punto se refiere al estatuto de la subjetividad en la interpretación. En efecto, si la
preocupación primera de la hermenéutica no es descubrir una intención oculta detrás del texto, sino
desplegar un mundo delante de él, la auténtica autocomprensíón es la que, según el deseo mismo de
Heidegger y de Gadamer, se deja instruir por la cosa del texto (…) la crítica de las ideologías puede ser
asumida en un concepto de comprensión de sí que implique orgánicamente una crítica de las ilusiones del
sujeto” (pp. 337- 341).
Capítulo 2 61
que “El interés por la emancipación sería (…) abstracto y exangüe si no se inscribiera en
el plano mismo donde se ejercen las ciencias histórico hermenéuticas, es decir, la acción
comunicativa” (p. 343). Asimismo, este autor considera que:
En tercer lugar, Ricœur (2002) considera que aunque se aceptara que la técnica y la
ciencia son las dos grandes esferas o ámbitos de producción ideológica que aseguran la
continuación de las relaciones de dominación-racionalización en el capitalismo tardío, lo
cual querría decir que “la ideología consiste actualmente en disimular la diferencia entre el
orden normativo de la acción comunicativa y el condicionamiento burocrático, o sea, en la
disolución de la esfera de interacción mediatizada por el lenguaje en las estructuras de la
acción instrumental” (p. 346), su posible superación sólo sería posible en el “despertar de
la acción comunicativa misma” (p. 346), la cual, por otra parte, tendría que apoyarse
necesariamente para su realización práctica en la “recuperación creadora de las herencias
culturales” (p. 346).
Por último, este autor considera que la pretensión habermasiana de estar hablando desde
un no lugar -en el momento en que reivindica que el ser científico apela al uso de teorías
para reflexionar críticamente sobre el mundo-, hace parte de una tradición: la de la
ilustración. De esta manera, llega a la conclusión de que “La crítica también es una
tradición. Diría incluso que hunde sus raíces en la tradición más impresionante, la de los
actos liberadores, la del Éxodo y la de la Resurrección” (p. 346).
62 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
68
Ricœur (2002) pareciera compartir la tesis que se desprende de su propia interpretación de Gadamer,
cuando señala que “la investigación científica, no escapa a la conciencia histórica de quienes viven y hacen
la historia. El saber histórico no puede liberarse de la condición histórica. Por esta razón, el proyecto de una
ciencia libre de prejuicios es imposible (…) la historia como ciencia recibe sus significados, tanto al comienzo
como al final de la investigación, del vínculo que mantiene con una tradición recibida y reconocida. Entre la
acción de la tradición y la investigación histórica se establece un pacto que ninguna conciencia crítica podría
deshacer so pena de privar a la investigación misma de sentido (…) El vínculo del hombre con el pasado
precede y abarca el tratamiento puramente objetivo de los hechos del pasado” (p. 322).
69
Ricœur (2002) parece desconfiar de la posibilidad de realizar un tipo de comunicación exenta de cualquier
tipo de tradición, distorsión o coacción, en la que finalmente –y como destino último de lo humano- se
Capítulo 2 63
Sin embargo, pese a la importancia de los aportes de Ricœur (2002) para integrar la
posibilidad de la crítica en el terreno comprensivo-interpretativo de la hermenéutica, no
dejan de ser cuestionables varios aspectos que este autor pasa por alto en su esfuerzo de
encontrar una salida al desafío emancipatorio que la teoría crítica supone para la crítica a
la emancipación que se desprende de los planteamientos de Gadamer70. En primer lugar,
el hecho de que Ricœur (2002) opte por seguir el camino de la propuesta habermasiana
de la crítica a las ideologías, lleva a que su propia comprensión de la crítica -al igual que
sucede en los planteamientos de Habermas- tienda a centrarse únicamente en los
discursos legitimadores de un orden social que posibilitan la aceptación y naturalización
del privilegio y supremacía por parte de unos actores sobre otros. No obstante, ¿el
encubrimiento ideológico es el problema principal del que debe encargarse la
hermenéutica crítica?, ¿las negatividades de una tradición -es decir, las dominaciones,
injusticias y violencias- se reducen solamente a aquellos obstáculos internos que
distorsionan, dificultan o impiden la comprensión? Adelantándome un poco a lo que será
mi propuesta crítica, quisiera plantear al respecto lo siguiente: el problema ideológico que
se encuentra inmerso en la existencia de lo que Habermas llama una comunicación
sistemáticamente distorsionada no puede ser el objeto principal de la crítica, debido a que
la emergencia de ésta en el seno de una tradición se encuentra asociada, sobre todo, con
las maneras diversas como los sujetos sociales van reconociendo e interpretando las
negatividades71 que dificultan o impiden la realización de la vida de algunos sectores que
son, se realizan y pueden advertir aquello que consideran como negativo, en y gracias a
las tradiciones en las que coexisten conflictivamente. Dicho en otras palabras, el problema
de la crítica no son los obstáculos que nos impiden aproximarnos a un conocimiento
absoluto o más aproximado a las cosas como realmente son72, sino aquellos obstáculos
que dificultan -en algunos casos, hasta impiden- la realización de algunas formas de vida
exprese un consenso «verdadero». Es en este sentido que debe comprenderse el término escatología de la
liberación.
70
Al respecto, sostiene Ricœur (2002) que “contra una crítica de las ideologías erigida en instancia suprema,
la hermenéutica pretende finalmente erigirse en crítica de la crítica, o metacrítica” (p. 322).
71
Me refiero a todo aquello que se va interpretando y considerando como dominante, injusto o violento.
72
En esto, como ya se pudo observar, la hermenéutica escoge el camino humilde de la finitud.
64 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
que se encuentran existiendo inmersas en las tradiciones que las habilitan, posibilitan y
permiten ser.
En segundo lugar, aunque Ricœur (2002) menciona la tensión existente entre Gadamer y
Habermas respecto al reconocimiento o desconocimiento de la racionalidad y validez de
la autoridad, al final, este aspecto no se retoma y trabaja cuando este autor se propone
conciliar parcialmente ambas propuestas. En relación con esto último, considero que existe
un cierto rezago o tufillo conservador en la propuesta gadameriana que se evidencia, sobre
todo, cuando se desestima o relativiza el problema de la violencia en la realización de los
consensos sobre los que se basan y fundamentan algunas relaciones de autoridad. En
este sentido, el problema no estaría en la reivindicación de los prejuicios que nos ayudan
a ganar familiaridad para comprender mejor nuestro mundo social e históricamente
construido, ni en el reconocimiento de las tradiciones que nos posibilitan como seres finitos
abrir el mundo y conocerlo. El problema, desde mi punto de vista, se expresa en la marcada
tendencia que existe en los planteamientos de Gadamer a validar y preferir la racionalidad
y conveniencia de la autoridad como parte del acuerdo que somos, en contraposición -y
desestimando abiertamente- aquellos momentos abruptos, radicales y conflictivos en los
que los actores sociales cuestionan, impugnan y logran reconfigurar algunas de las
relaciones negativas de mando-obediencia en las que transcurre la normalidad y
cotidianidad de su vida, atendiendo a las posibilidades restaurativas o imaginativas que les
garantiza y permite, precisamente, su propia tradición -o el trato y apertura hacia otras,
como se verá más adelante-.
Ahora bien, aunque en este punto encuentro algún tipo de identificación con la crítica de
Habermas a Gadamer, considero problemática la manera en que Habermas pretende
resolver lo anteriormente advertido, toda vez que termina afirmando una postura abierta y
radicalmente ilustrada en la que: 1. el lugar de enunciación de la crítica se circunscribe
única y exclusivamente al ámbito de las ciencias sociales, 2. se desestima el carácter
necesario de la tradición para el poder estar siendo y conociendo de manera finita por parte
de los seres humanos, y 3. se termina proponiendo -no sin cierta candidez- un consenso
«verdadero», libre de distorsiones y coacciones de cualquier tipo, en el que finalmente la
vida podría realizarse plenamente y de manera definitiva. Llegados a este punto, cabría
preguntarse si toda crítica a las negatividades de la autoridad proviene de una matriz
ilustrada o si, por el contrario, existen distintas tradiciones y fuentes críticas de las
Capítulo 2 65
Dicho olvido no sólo restringe -todavía más- los alcances del intento de acercamiento entre
la hermenéutica de Gadamer y la teoría crítica de Habermas, sino que también supone: 1)
un desafío para cualquier propuesta crítica que se realice desde la tradición hermenéutica,
toda vez que obliga a reflexionar respecto a las maneras en que los actores sociales logran
interpretar críticamente un orden social dado, y 2) una tensión al interior de la teoría crítica
sobre las posibilidades que tienen los actores sociales no científicos para cuestionar,
problematizar y reflexionar adecuadamente sobre sus condiciones de existencia. De ahí
que, resulte conveniente y relevante revisar algunas expresiones tanto de la tendencia
dominante como de las tendencias alternativas en el campo de la teoría crítica
contemporánea, la sociología crítica y la sociología de la crítica, antes de proceder a
explorar algunos de los caminos que ha seguido la crítica en el campo de la hermenéutica
con posterioridad a los trabajos de Gadamer.
66 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Esto que aquí se expresa, guarda relación con aquello que establece Leopoldo Múnera
Ruiz (2009) en el momento en que reconstruye los cuatro grandes sentidos que el concepto
de crítica ha tenido en las ciencias sociales, en especial, cuando plantea la distinción entre
lo que denomina crítica hetero-referencial y altero-referencial73. Si se tiene en cuenta que,
73
Los otros dos tipos de crítica que este autor define, se encuentran asociados con: a. la pretensión crítica
que tiene toda forma de conocimiento científico para ser considerado como tal, asociado con la existencia
de un mecanismo de legitimación interno, a partir del cual el discurso científico puede afirmar su propia
validez, superioridad y límites en relación con otro tipo de interpretaciones de la vida social, como serían,
por ejemplo, la religión, la magia o la ideología. Esto último, es lo que Múnera Ruiz (2009) define como crítica
auto-referencial, es decir, la necesidad de crítica racional que tiene “la ciencia en nombre de la ciencia, la
cual le otorga su especificidad como forma de conocimiento en el conjunto amplio de saberes sociales” (p.
18), y b. la necesidad de distanciamiento que debe existir entre el investigador y los fenómenos sociales
objeto de estudio, buscando con ello, poder observarlos “con un lente que (…) permita evaluar los saberes
de primer grado, con criterios de validación de segundo grado” (p. 20). Para él, esta necesidad que tiene la
ciencia de “someter los fenómenos sociales y el conocimiento inmediato que los conforman a los criterios de
Capítulo 2 67
para Múnera Ruiz (2009) la crítica social se expresa de dos maneras: bien sea, a partir del
compromiso teórico que algunos científicos establecen con aquellas fuerzas sociales que
afirman un interés emancipatorio, lo cual posibilita la articulación entre los que luchan y
quienes se arrogan el derecho de pensar los derroteros de sentido de las luchas, debido a
que se parte del supuesto de que el conocimiento científico es “el lado intelectual de la
emancipación, como si los saberes sociales de los subordinados o subalternos no
existieran” (p. 27) -crítica exo-referencial-, o bien sea, a partir de la existencia de un
reconocimiento ampliado en el que los científicos sociales además de considerar los
derechos y aspiraciones de los sujetos y clases subordinadas, afirman la necesidad de
validar los conocimientos y formas de vida de éstas, mediante la realización de diálogos
epistémicos de carácter horizontal en los que las distintas lógicas en juego se afectan,
transforman y enriquecen mutuamente -crítica altero-referencial-, se pueden comprender
las tensiones existentes entre la postura dominante en la literatura contemporánea del
contexto «euro-occidental» que afirma a la ciencia como el lugar privilegiado y
preponderante de la producción de la crítica, y aquellas posturas emergentes que
reconocen como críticos potenciales y en igualdad de condiciones al conjunto de los
actores sociales -incluidos, desde luego, los actores científicos-.
Es por ello que la continuación del debate propuesto al inicio de este capítulo se
desarrollará, en primer lugar, presentando la manera en que algunos de los máximos
exponentes de la teoría crítica -con posterioridad a Habermas-, la sociología crítica y la
sociología de la crítica han desarrollado planteamientos teóricos concernientes al
contenido y los alcances de la crítica, subordinando o no las capacidades de los actores
sociales para realizar enunciados críticos en relación con los científicos sociales y, en
segundo lugar, retomando algunos trabajos que con posterioridad a Ricœur podrían
ubicarse en el campo de la hermenéutica crítica, toda vez que considero de gran relevancia
estudiar el grado de reconocimiento que al interior de esta tradición se otorga a los actores
sociales en el proceso de comprensión e interpretación crítica de la realidad de lo social,
validación científicos” (p. 20), se constituye en lo que denomina como crítica hetero-referencial. A juicio de
este autor, tanto la crítica auto-referencial como la crítica hetero-referencial, se encuentran estrechamente
ligadas y guardan relación con los principios generales, mediante los cuales las ciencias sociales pretenden
operar, funcionar y legitimarse ante el conjunto de la sociedad.
68 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
al mismo tiempo que se clarifican los contenidos y alcances emancipatorios que tienen las
propuestas científicas o filosóficas que integran este paradigma.
A este respecto, cabe aclarar que lejos de pretender la realización de un estado del arte
sobre la crítica, lo que pretendo es poder emplear algunos de los planteamientos teóricos
expuestos por autores relevantes y conocidos74, pertenecientes a cuatro de las tradiciones
críticas más importantes en el contexto «euro-occidental», con la finalidad práctica de
presentar un balance ilustrativo sobre el reconocimiento o no de la alteridad de los actores
sociales en el proceso de producción de la crítica. También, como ya se dijo antes, me
propongo explicitar cuáles son los contenidos de la crítica propuesta por dichos autores,
así como también, establecer los alcances emancipatorios de dichas teorías, buscando
con ello, realizar balances críticos que me permitan realizar al final del capítulo, una
propuesta sobre la manera en que entiendo la crítica y los actores sociales críticos.
En buena parte de su obra, Pierre Bourdieu se esfuerza por delimitar y privilegiar a las
ciencias sociales -en particular, a la sociología- como el lugar de la producción de
conocimiento más sistemático, riguroso y pertinente sobre la realidad de lo social. Para
74
De la teoría crítica alemana escogí a Axel Honneth, Rainer Forst y Hartmut Rosa; de la sociología crítica de
la dominación francesa escogí a Pierre Bourdieu; de la sociología crítica belga –francófona- escogí a Jean de
Munck; de la sociología de la crítica francesa escogí a Luc Boltanski; de la hermenéutica crítica escogí a Charles
Taylor y Michael Walzer; y de la hermenéutica intercultural crítica escogí a Boaventura de Sousa y Raúl Fornet
Betancourt, debido a que todos estos autores son emblemáticos en sus respectivas tradiciones críticas o, al
menos –como sucede en el caso de Forst y Rosa-, han logrado traspasar las fronteras nacionales y lingüísticas,
y sus textos se encuentran traducidos y circulando en contextos como el nuestroamericano. También, decidí
incluir a Luis Tapia quien, como ya se dijo antes, pese a no haber nacido en Europa reivindica y asume en el
debate boliviano su pertenencia al modelo civilizatorio «occidental», y se define a sí mismo como marxista.
De hecho, a nivel inter-teórico su propuesta sobre la crítica ha quedado explicitada en el libro Marxismo
Transcrítico. Al respecto, véase: Tapia (2017).
Capítulo 2 69
ello, este autor propone delimitar las fronteras entre el sentido común -asociado a la
manera como los actores sociales significan y representan de forma ingenua y limitada los
hechos que les resultan más inmediatos, familiares y evidentes-, la ciencia social
espontánea -definida como una mala práctica científica que se produce cuando los
investigadores “tropiezan inevitablemente con la filosofía ingenua de la acción y de la
relación del sujeto con la acción” (Bourdieu, Chamboredon & Passeron, 2002, p. 32), y
terminan defendiendo el punto de vista que los actores sociales tienen respecto a “la
verdad vivida de su experiencia de la acción social” (p. 32)- y la ciencia social bien
practicada -comprendida como una manera de acercarse al conocimiento de lo social
acudiendo a la “explicación sistemática que proporciona la teoría acabada” (p. 47), siempre
que ésta pueda ser apoyada con datos empíricos, construya “el sistema de relaciones
objetivas en el cual los individuos se hallan insertos” (p. 34), exista un control permanente
sobre el lenguaje empleado, y se evite caer en el profetismo que implica ofrecer
“respuestas totales a los interrogantes últimos sobre el hombre y su destino” (p. 43)-.
Desde esta perspectiva, la ciencia social bien practicada tendría primacía sobre la ciencia
social espontánea, debido a la toma de distancia y cuestionamiento riguroso y sistemático
que establece, frente a los errores que se desprenden de los juicios y opiniones sobre la
realidad de lo social que van haciendo los actores, mediante el empleo “de una teoría del
conocimiento de lo social cuyos principios contradigan, punto por punto, los supuestos de
la filosofía primera de lo social” (p. 30). Asimismo, la ciencia social bien practicada tendría
supremacía sobre el sentido común, debido a la mayor capacidad explicativa que tienen
algunos enfoques investigativos para develar y hacer evidentes “las causas profundas [de
la vida social] que escapan a la conciencia" (p. 30) o a la observación inmediata.
[Esta disciplina] tiene tantas mayores posibilidades de defraudar o contrariar a los poderes
cuanto mejor cumpla su función propiamente científica. Esta función no es la de servir para
algo, es decir, a alguien. Pedirle a la sociología que sirva para algo siempre es una manera
de pedirle que sirva al poder. Por el contrario, su función científica es comprender el mundo
social, comenzando por el poder. Operación que no es neutra socialmente, y que cumple
sin ninguna duda una función social. Entre otras razones, porque no hay poder que no le
75
Bourdieu y sus colaboradores consideran que además de la explicación de primer orden que los actores
sociales otorgan a su acción, resulta necesario “establecer un segundo principio de la teoría del conocimiento
de lo social que no es otra cosa que la forma positiva del principio de la no-conciencia: las relaciones sociales
no podrían reducirse a relaciones entre subjetividades animadas de intenciones o "motivaciones" porque
ellas se establecen entre condiciones y posiciones sociales y tienen, al mismo tiempo, más realidad que los
sujetos que ligan” (Bourdieu, Chamboredon & Passeron, 2002, pp. 33). (…) “El principio de la no-conciencia
impone (…) que se construya el sistema de relaciones objetivas en el cual los individuos se hallan insertos y
que se expresa mucho más adecuadamente en la economía o en la morfología de los grupos que en las
opiniones e intenciones declaradas de los sujetos. El principio explicativo del funcionamiento de una
organización está muy lejos de que lo suministre la descripción de las actitudes, las opiniones y aspiraciones
individuales; en rigor, es la captación de la lógica objetiva de la organización lo que proporciona el principio
capaz de explicar, precisamente, aquellas actitudes, opiniones y aspiraciones” (p. 34) (…)“Si el principio de la
no-conciencia no es sino el revés del referido al ámbito de relaciones, este último debe conducir al rechazo
de todos los intentos por definir la verdad de un fenómeno cultural independientemente del sistema de
relaciones históricas y sociales del cual es parte” (p. 35).
76
Bourdieu, Chamboredon y Passeron (2002) sostienen que “el lenguaje común que, en tanto tal, pasa
inadvertido, encierra en su vocabulario y sintaxis toda una filosofía petrificada de lo social siempre dispuesta
a resurgir en palabras comunes o expresiones complejas construidas con palabras comunes que el sociólogo
utiliza inevitablemente. Cuando se presentan ocultas bajo las apariencias de una elaboración científica, las
prenociones pueden abrirse camino en el discurso sociológico sin perder por ello la credibilidad que les
otorga su origen: las precauciones contra el contagio de la sociología por la sociología espontánea no serían
más que exorcismos verbales si no se acompañaran de un esfuerzo por proporcionar a la vigilancia
epistemológica las armas indispensables para evitar el contagio de las nociones por las prenociones” (p.37)
(…) De ahí que, los científicos sociales se vean obligados a “redefinir las palabras comunes dentro de un
sistema de nociones expresamente definidas y metódicamente depuradas, sometiendo a la crítica las
categorías, los problemas y esquemas que la lengua científica toma de la lengua común y que siempre
amenazan con volver a introducirse bajo los disfraces de la lengua científica más formalizada” (p.38).
Capítulo 2 71
77
Esto es así, porque aunque quienes hacen ciencia social expresan una subjetividad que puede incidir en el
proceso de conocer la realidad de lo social, resulta posible que realicen procesos reflexivos “sur la science
qu’eux-mêmes produisent et sur leurs pratiques en la produisant” (Múnera Ruiz, 2018, p. 97), logrando, de
esta manera, “neutraliser les prénotions des sujets sociaux et des scientifiques eux-mêmes dans la pratique
de production scientifique” (p. 97). Por lo tanto, este intento de explicitación, abstracción y aparente
neutralización del sujeto que observa, permite sostener que “seule la logique objective de la société,
construite par les scientifiques, -dans le cas présent, par les sociologues- pourrait nous aider à expliquer et à
comprendre les attitudes, les opinions et les aspirations des agents sociaux” (p. 97).
78
Parte de los planteamientos aquí expuestos han sido retomados de la presentación que realicé en el libro
Los saberes múltiples y las ciencias sociales y políticas, publicado por la Universidad Nacional de Colombia en
el año 2018. Al respecto, véase: Gómez, Múnera y Moore (2018).
72 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
esta disciplina han existido, al menos, dos grandes tipos: la convencional y la crítica. En lo
que atañe a la extensión de los autores o corrientes de pensamiento que podrían inscribirse
en el campo de la sociología crítica, De Munck establece que ésta no puede ser
comprendida mediante una definición subinclusiva en la que su alcance se reduzca a un
determinado monopolio (el de Marx, la escuela de Frankfurt, Bourdieu, Touraine, Foucault,
etc.), ni tampoco mediante una definición sobreinclusiva en la que la crítica se asocie al
combate racional y reflexivo de carácter externo e interno que la sociología realiza a los
«mitos», las explicaciones sin fundamento y a los prejuicios de todo tipo.
Es por ello que este autor retoma la definición de programa de investigación de Imre
Lakatos, con el fin de comprender la tradición sociológica crítica atendiendo a la diversidad
y variedad de escuelas que la componen, y establece que se puede hablar de sociología
crítica cuando en la práctica científica existe una integración adecuada de tres elementos
o dimensiones. En primer lugar, estaría la dimensión descriptiva que se refiere a la
pretensión que tiene toda empresa científica de conocer lo real social, a partir del
despliegue de “una objetividad explicativa y descriptiva” (De Munck, 2018, p. 332), basada
en principios racionales y con “una cierta pretensión de generalidad e incluso de sistema”
(p. 336).
Por último, de Munck (2018) considera que en los distintos programas investigativos de la
sociología crítica existe una dimensión práctica, asociada directamente con la manera en
que el investigador de la sociedad “toma posición, interviene y participa en el debate (y en
la práctica) de los actores mismos” (p. 333). Asimismo, este autor sostiene que la mejor
relación entre teoría -el punto de vista del sociólogo crítico- y práctica -el punto de vista de
los actores sociales-, es aquella en la que se establece “una articulación entre crítica social
y sociología crítica” (p. 334), para la cual se debe disponer de una teoría comunicativa que
dé cuenta “de las capacidades reflexivas de los sociólogos-actores y de los actores-
sociológicos” (p. 334). Sin embargo, pese a que se reconoce la capacidad reflexiva-
imaginativa que tienen los actores sociales para formular una crítica a sus condiciones de
existencia, para de Munck (2018) es evidente que:
Esto no implica del todo que la sociología crítica sea trivializada al punto de consistir en un
punto de vista de un actor entre otros. Entre el discurso del sociólogo y aquel de los actores,
dos diferencias perduran, dos cortes se mantienen insuperables. De entrada, hay una
diferencia de intervalo: el sociólogo crítico dispone, en relación a los discursos y prácticas
locales, de posibilidades de conexión con otras realidades externas, aparentemente lejanas,
que arrojan nueva e informada luz sobre los contenidos normativos y explicativos
estudiados (…) el sociólogo crítico deslocaliza la crítica social, busca despojarla de sus
idiosincrasias y asciende en generalización (…) Es capaz de proponer comparaciones
instructivas, en el tiempo y el espacio, tanto en el plano normativo como en el plano
explicativo. Es capaz de establecer las conexiones de mediano y largo alcance entre las
prácticas locales y las prácticas sociales invisibles para los actores locales. Otorga a la crítica
74 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
social un alcance más general que no tendría por sus propias fuerzas (pp. 335 y 336) (…) En
segundo lugar, la validez del discurso de la sociología crítica no apunta únicamente a los
actores sino también a los sociólogos (…) El medio de comunicación sociológica es el de la
exposición científica, el del artículo y el del libro, no el del manifiesto o el del comunicado
del partido. El diálogo con el actor no es solo el diálogo en el que se compromete el
sociólogo crítico; este diálogo externo es mediatizado por el diálogo interno en la
comunidad de los sociólogos (p. 336).
Resumiendo todo lo dicho hasta aquí se podría decir que, para De Munck (2018) tanto la
crítica sociológica como la crítica social tienen en común que en ambas se expresa un
juicio sobre el deber ser de la realidad intersubjetivamente construida, y se participa con el
propósito de oponerse o cuestionar “un grupo o una postura (moral, política) en el seno de
la sociedad” (p. 326). Sin embargo, la crítica sociológica tiene mayor centralidad e
importancia sobre la crítica social debido a: 1) la manera en que logra reunir la explicación
-empresa científica-, evaluación -empresa filosófica- e intervención -empresa política- en
el proceso de ir aprehendiendo la realidad de lo social, 2) la capacidad de deslocalización
y generalización que la caracteriza, y 3) el doble diálogo que realiza con la comunidad de
científicos -hacia el interior- y con el resto de la sociedad -hacia el exterior-.
Por consiguiente, la lucha social -es decir, la marcada conflictividad en la que se expresan
las relaciones de reconocimiento- sería, en última instancia, el «motor» principal del
“desarrollo moral de la sociedad” (p. 115), lo cual implica un alejamiento de posturas que
expresan cierta tendencia al consensualismo como, por ejemplo, la de Gadamer (1999) o
la de Habermas (1988) -quienes defienden la posibilidad del desarrollo moral a partir del
acuerdo o entendimiento social fundamental en torno a lo que resulta bueno y correcto, o
mediante la creación de una esfera pública deliberativa en la que sea posible una
comunicación ilimitada exenta de dominación-. En definitiva, una de las razones principales
-tal vez, la razón principal- por la que Honneth (1997) retoma los planteamientos del joven
Hegel y Mead, se encuentra asociada con la idea de que estos dos pensadores consideran
que:
(…) los cambios sociales normativamente orientados son impulsados por las luchas
moralmente motivadas de grupos sociales, el intento colectivo de proporcionar la
implantación de formas ampliadas de reconocimiento recíproco institucional y cultural (…)
Con ello, frente a la teoría tradicional desde Maquiavelo y Hobbes hasta Nietzsche, ambos
pensadores han dado una interpretación de la lucha social, en la que ésta puede devenir
una fuerza estructurante del desarrollo moral de la sociedad (p 115).
Debido a que Honneth (1997) considera que existen algunos elementos no desarrollados
de manera suficiente en las teorías de estos dos autores, considera pertinente “describir
los tres modelos de reconocimiento de manera que puedan ser controlables en los estados
76 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
En el caso de los tres modelos de reconocimiento, este autor establece que el amor
-basado en la confirmación recíproca de la necesidad afectiva que experimentamos hacia
un otro ocasional y concreto, cuyos sentimientos nos proporcionan una valoración
específica-, el derecho -una “expresión de los intereses generalizables de todos los
miembros de la sociedad” (p. 135), en la que seres racionales, libres e iguales aceptan y
obedecen las normas sobre las que pueden decidir y reclamar, razón por la que, los
contenidos normativos sobre los que funda la responsabilidad moral son siempre
susceptibles de ser ampliados desde el punto de sus alcances materiales (aumento de las
oportunidades individuales para realizar las libertades sociales garantizadas) y sociales
(universalización del reconocimiento jurídico al conjunto de los miembros de la sociedad)-
y la solidaridad -asociada directamente con la valoración social que le permite a los seres
humanos “conseguir una ininterrumpida autorrealización” (p. 148), al mismo tiempo que se
participa en el proceso de realización de los otros que coexisten con uno, “pues sólo en la
medida en que yo activamente me preocupo de que el otro pueda desarrollar cualidades
que me son extrañas, pueden realizarse los objetivos que nos son comunes” (p. 159)-, son
las tres formas como se expresa el actuar recíproco entre individuos en las sociedades
modernas.
A su vez, en lo que atañe a las formas de menosprecio -es decir, formas de “«ofensa» o
«humillación»” (p. 160) en las que se deniega parcial o totalmente el reconocimiento-,
Honneth (1997) sostiene que la violencia -menoscabo o negación del amor que afecta o
destruye la autoconfianza-, la desposesión -exclusión o negación de derechos que
disminuye o destruye el autorrespeto- y la deshonra -desvalorización o negación de la
solidaridad que dificulta o impide la autorrealización- son las tres maneras en que sería
79
Al respecto, resulta necesario recordar que este autor estima conveniente encuadrar su teoría crítica en el
campo del discurso científico. Por esta razón considera que “ceñirse al modelo de pensamiento de Hegel bajo
los presupuestos teóricos hoy modificados” (Honneth, 1997, p. 88) implica presentar su “complejo de
aseveraciones, altamente especulativas y difícilmente separables” (p. 88) desde una lógica teórica en la que
“cada una de las hipótesis es sometida a una verificación específica” (p. 88).
Capítulo 2 77
Llegados a este punto habría que determinar entonces, la manera en que se expresaría y
realizaría la crítica que anima “a la lucha por el reconocimiento” (p.161). A este respecto,
se podría pensar que, dado que Honneth (1997) afirma los sentimientos de injusticia que
animan la realización de luchas sociales, no habría por qué suponer que para este autor
la ciencia tendría necesariamente que tener algún tipo de preponderancia o prevalencia
en la orientación racional de estos procesos. No obstante, una observación más detenida
sobre la manera en que esto sucede, hace que lo anteriormente señalado deba
desestimarse.
La aceptación de la división del trabajo entre los que piensan y los que luchan, ubica a los
«grandes intelectuales» -por lo general filósofos y en la modernidad científicos sociales-,
en el lugar de los «iluminados» o «profetas» ilustrados capaces de mostrar y ampliar los
horizontes de sentido sobre los que se articulan los procesos de resistencia o
emancipación social. A manera de ejemplo, a continuación, se citan dos apartes del libro
La lucha por el reconocimiento en los que se expresa lo anteriormente descrito:
La «lucha por el reconocimiento» arranca de ideas morales en las que personalidades (…)
supieron ensanchar el «otro generalizado» de su entorno social de acuerdo con las
expectativas intuitivas de sus contemporáneos; tan pronto como tales innovaciones
intelectuales podían tener influjo en la conciencia de grandes grupos, tenía que surgir una
lucha por el reconocimiento de más amplias pretensiones en cuanto al derecho, que podían
poner en tela de juicio el orden institucional (Honneth, 1997,p. 106) (…) El proceso de
desvalorización de la eticidad tradicional interviene en el momento en que el acervo del
pensamiento de la filosofía y de la teoría del Estado posconvencionales ha ganado influjo
cultural, ya que el estatus de las convicciones valorativas tampoco puede permanecer
inalterado (p. 152).
78 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Lo anterior se refuerza en otros escritos en los que se establece con mucha mayor claridad,
la manera en que los científicos sociales críticos estarían llamados a ser los actores
sociales destinados cumplir las tareas de 1) “reorientación a largo plazo de un público que
confía en las concepciones dominantes” (Honneth, 2009, p. 205), 2) construcción de
teorías y explicaciones capaces de conferir “un efecto corrosivo sobre los mitos sociales”
(p. 205), o 3) ampliación de los horizontes de cognoscibilidad de la sociedad en su
conjunto. Por ejemplo, en un pasaje del artículo La idiosincrasia como medio de
conocimiento. La crítica de la sociedad en la era del intelectual normalizado, Honneth
(2009) sostiene lo siguiente:
(…) cuando Horkheimer y Adorno acuñaron el concepto de «industria cultural» para criticar
diversos procesos de comercialización y mercantilización del sector cultural, no podían
sospechar que estaban poniendo en marcha un proceso de aprendizaje cultural que en
Alemania, después de todo, ya ha llevado a una demanda de calidad de la radio y la
televisión mayor que en casi todos los demás países. La vía por la que esta eficacia se fue
dando con vacilaciones tal vez represente paradigmáticamente el modo en el que la crítica
social puede contribuir a cambiar el estado de una sociedad: primero se creó con el recurso
retórico del quiasmo una fórmula cuyo contenido era demasiado incómodo, demasiado
incomprensible como para modificar al instante las percepciones y las convicciones del
público lector; además, su comprensión presuponía demasiada familiaridad con
argumentos de la teoría social (la contraposición tradicional de los dos conceptos de
«cultura» e «industria», el remate especial que debía producirse con la fusión de ambos
conceptos), como para que hubiera podido influir directamente sobre la dispersa formación
de opinión en el espacio público. Seguramente por eso es que la idea de una «industria
cultural» sólo influyó al principio sobre un pequeño círculo de intelectuales, estudiantes y
productores culturales, en el que de todos modos seguramente generó un sentido más
agudo de los peligros vinculados con la infiltración de imperativos del mercado y criterios
de rentabilidad en la esfera cultural. Y desde allí y por las vías invisibles de la comunicación
cultural habrá encontrado el leitmotiv de esta fórmula su camino hacia un público más
amplio en el que tal vez haya despertado, sin una conciencia clara de su procedencia
teórica, mayores reservas aun con respecto a las tendencias económicas que amenazaban
seriamente los estándares culturales de la producción radiofónica, televisiva y editorial (…)
Capítulo 2 79
La historia de este proceso de aprendizaje público en Alemania todavía no está escrita, pero
lo poco que ya ahora podemos vislumbrar de la repercusión subterránea de las ideas de
Adorno y Horkheimer permite reconocer con suficiente claridad la influencia que su crítica
social ejerció sobre las sensibilidades y percepciones de la opinión pública de Alemania
federal (pp. 207 y 208).
80
Pese a que existe una diferencia evidente entre los planteamientos defendidos por Honneth a principios
de la década del noventa del siglo pasado -trabajados a lo largo de este acápite-, y el aparente
replanteamiento al concepto de reconocimiento que este autor realiza, a partir del acercamiento a los
conceptos de reificación (Lukács) y al de «cura» o «cuidado» (Heidegger) –lo cual podría comprenderse
como el intento de reducir y afinar el concepto de reconocimiento, por la vía de profundizar en ese vínculo
fundamental y primario de implicación recíproca, que antes ya había ubicado en una de las tres formas de
reconocimiento: la del amor-, es evidente que la lógica argumentativa seguida por este autor en los dos
trabajos es bastante similar: 1) retomar conceptos planteados y desarrollados por filósofos que contribuyen
al propósito de su teoría, 2) intentar construir un puente analítico entre la filosofía y las ciencias sociales –en
especial, las que se encargan de estudiar enfermedades o patologías-, con la intencionalidad de otorgarle
una base de sustentación empíricamente comprobable a su presentación, y 3) construir una teoría propia en
la que se profundizan los conceptos inicialmente tomados de teorías filosóficas. Respecto al replanteamiento
del concepto de reconocimiento véase: Honneth (2007).
80 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
(…) si todas las epistemologías comparten las premisas culturales de su tiempo, quizás una
de las premisas del pensamiento abismal mejor establecida todavía hoy en día es la creencia
en la ciencia como la única forma válida y exacta de conocimiento. Ortega y Gasset (1942)
propone una distinción radical entre creencias e ideas, tomando las últimas para referirse
a la ciencia o la filosofía. La distinción descansa en el hecho de que las creencias son una
parte integral de nuestra identidad y subjetividad, mientras que las ideas son exteriores a
nosotros. Mientras que nuestras ideas se originan desde las incertidumbres y permanecen
ligadas a ellas, las creencias se originan en la ausencia de duda. Esencialmente, esta es una
distinción entre ser y tener: nosotros somos lo que creemos, pero tenemos ideas. Un rasgo
característico de nuestro tiempo es el hecho de que la ciencia moderna pertenece a ambos
reinos, el de las ideas y el de las creencias. La creencia en la ciencia excede ampliamente
cualquier cosa que las ideas científicas nos permitan realizar (…) La relación entre creencias
e ideas con respecto a la ciencia, ya no es una relación entre dos entidades distintas sino
que es una relación entre dos modos de experimentar socialmente la ciencia. Esta dualidad
significa que el reconocimiento de la diversidad cultural en el mundo no necesariamente
significa el reconocimiento de la diversidad epistemológica en el mundo (p. 51).
Sin embargo, pese a que existe la creencia por parte de la tendencia dominante de las
teorías críticas, respecto a la primacía y centralidad que tiene la ciencia en el proceso de
producción y enunciación de la crítica, resulta necesario establecer los matices y
diferencias que resulta posible avizorar entre las distintas posturas que comparten esta
premisa básica. Por ejemplo, en lo que concierne estrictamente a las tradiciones de
pensamiento retomadas y trabajadas en este aparte, considero que existen posturas que
Capítulo 2 81
van desde la negación rotunda de las capacidades que pudieran tener los actores sociales
para advertir y cuestionar las negatividades que se expresan en un orden social dado,
hasta el reconocimiento escatimado de la crítica social que se considera no científica o
precientífica.
En los casos de De Munck y Honneth, por el contrario, no podría decirse que existe una
negación total de las capacidades que tienen los actores sociales para realizar la crítica
social. Es más, atendiendo a la lógica de sus presentaciones se podría señalar que hasta
podrían llegar a cuestionar el elitismo en el que cae Bourdieu, al momento de intentar
reducir la crítica social únicamente a los planteamientos y disertaciones que suceden en
el campo de la sociología crítica. Sin embargo, pese al reconocimiento de las capacidades
que tienen los actores para producir crítica social -De Munck- o una práctica crítica
82 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Lo anterior sucede de manera similar -pero con otro ropaje argumentativo y lingüístico- en
los planteamientos de Honneth. Si se tiene en cuenta que, como ya se dijo antes, para
este autor la crítica social es el punto de partida precientífico sobre el que debería apoyarse
la teoría crítica para “alumbrar [erschließen] categorialmente la realidad social” (Honneth,
2011, p. 131), resulta apenas lógico pensar que a la luz de este planteamiento la crítica
que realizan los actores sociales es apenas un insumo y apoyo práctico, sobre el que
sustentan los esfuerzos -en este punto Honneth retoma una idea que se encuentra
contenida en los trabajos tempranos de Adorno- de construir una teoría crítica capaz de
81
Boaventura de Sousa (2010a) cuestiona formas de argumentación como la propuesta por De Munck, en el
momento en que sostiene que su propuesta de ecología de saberes “está basada en la idea pragmática de
que es necesario revalorizar las intervenciones concretas en la sociedad y en la naturaleza que los diferentes
conocimientos pueden ofrecer. Esta se centra en las relaciones entre conocimientos y en las jerarquías que
son generadas entre ellos, desde el punto en que las prácticas concretas no serían posibles sin tales
jerarquías. Sin embargo, más que subscribirse a una jerarquía única, universal y abstracta entre
conocimientos (…) [se reconoce la necesidad de establecer] jerarquías dependientes del contexto, a la luz de
los resultados concretos pretendidos o alcanzados por diferentes prácticas de conocimiento” (p. 55).
Capítulo 2 83
Esta subordinación relativa de la crítica social a la sociología o teoría crítica, lleva a que
tanto en De Munck como en Honneth82 -y con mayor razón en Bourdieu- se desconozca la
alteridad de los actores sociales con respecto a los científicos sociales. Dado que el
científico crítico puede intervenir, ampliar u orientar el sentido y contenido de las luchas
sociales, mientras que a los actores críticos se les niega la posibilidad de enriquecer,
reformular o incluso impugnar los enunciados que se presentan públicamente como
científicos, al final, se terminan minusvalorando e inferiorizando las capacidades
intelectuales que tienen los actores no científicos, al mismo tiempo que existe un
desconocimiento de la manera en que las luchas sociales -antes de que emerjan los
«grandes pensadores» que formalizan y sintetizan en el lenguaje letrado los procesos y
cambios históricos-, permiten y posibilitan la ampliación de los horizontes de visibilidad83
con los que cuenta una sociedad para conocerse a sí misma en un momento dado.
82
Como se pudo ver anteriormente, esto es algo que también ocurre en el caso de Habermas.
83
Este término fue inicialmente desarrollado por el intelectual boliviano René Zavaleta Mercado. Al respecto,
Luis Tapia sostiene en el prólogo de la antología de la obra de Zavaleta compilada por él, lo siguiente:
“Zavaleta pensaba que el conocimiento social es algo que se produce o se puede producir a partir de los
horizontes de visibilidad que se configuran en la historia de cada país, sociedad, región y época. En este
sentido, la capacidad del científico social deviene del trabajo de explotación de las posibilidades articuladas
por la configuración histórica” (Tapia en Zavaleta, 2009, p. 10).
84 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
La exigencia de reconocimiento del otro subordinado va mucho más allá de lo que supone
Honneth, no se reduce a que sea aceptado como un miembro único e igual en derechos
dentro de una determinada sociedad; implica además que sus formas de conocimiento, sus
experiencias de vida y su cultura tengan las garantías para su pleno desarrollo y para
establecer un diálogo horizontal como el que sugería Gadamer (…) con las ciencias sociales
y con la razón científica que permita la transformación mutua. En consecuencia, que no
sean relegadas a un plano secundario, a un lugar subalterno y «pre-científico» (p. 27).
Recuerdo que durante el mes que antecedió a esta importantísima cita con la historia, me
esmeré por ver, escuchar y leer los análisis que hacían expertos de distintas tendencias
políticas alrededor del proceso en los medios de comunicación masivos. También,
recuerdo que me reuní en distintas oportunidades con académicos, científicos y estadistas
que conversaron de manera formal o informal al respecto. Para mi tranquilidad y alegría
siempre -y sin excepción alguna- en los distintos programas de análisis, foros académicos
y charlas informales de cafetería, la totalidad de los analistas afirmaron categóricamente
que el Sí le ganaría al No por un amplio margen el día de las votaciones.
Las justificaciones en las que se basaban las afirmaciones realizadas por los distintos tipos
de analistas y científicos sociales a los que tuve la oportunidad de escuchar, se
sustentaban casi siempre en balances históricos –la ciudadanía colombiana a lo largo del
siglo XX siempre había respaldado los distintos procesos de paz adelantados entre las
insurgencias y el gobierno nacional-, morales -era altamente improbable que una sociedad
que ha padecido las consecuencias de la guerra y el terror durante más de cincuenta años,
decidiera votar mayoritariamente por la continuación de la confrontación armada-,
económicos -a la mayoría de actores capitalistas nacionales y extranjeros les convenía la
refrendación de un acuerdo de paz que aumentaba la seguridad jurídica y material que
podría contribuir al incremento de la rentabilidad de los capitales invertidos en el país- y/o
políticos -era altamente improbable que los sectores de derecha y ultraderecha que
declararon su oposición a los acuerdos de paz, pudieran alcanzar la mayoría de votos para
derrotar la refrendación del proceso liderado por el gobierno nacional, debido a las
asimetrías que existen cuando una iniciativa defendida por un sector de la sociedad civil
debe competir con la publicidad, presupuesto y prebendas que posibilita tener el control
del Estado durante una contienda electoral-. Sin embargo, el factor principal que nos hacía
pensar a todos los analistas -por supuesto, me incluyo- en que el Sí le ganaría de manera
contundente al No el día del plebiscito, eran las encuestas que distintas firmas, todas ellas
muy prestigiosas y conocidas, habían realizado la semana anterior a la votación, en las
que se daba como ganador al Sí con más del 60%84.
84
Según la Revista Semana en su artículo La debacle de las encuestadoras, estos fueron los resultados de las
encuestas realizadas por las principales firmas que trabajan del país: “Ipsos Napoleón Franco: 66 % por el Sí
y 34 % por el No. Centro Nacional de Consultoría (CNC): 65 % por el Sí y 29 % por el NO. Cifras & Conceptos:
86 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Durante ese mes cargado de constantes y multitudinarias marchas convocadas con el fin
de respaldar la refrendación de los acuerdos entre el gobierno y la insurgencia, a la única
voz a la que escuché decir que el plebiscito perdería fue a Rosita. Para ella, la campaña
sin precedentes que en los barrios populares y zonas veredales se encontraban realizando
la mayoría de iglesias cristianas y evangélicas en contra del proceso de paz -asociaban
los acuerdos con la «ideología de género» que supuestamente defendían tanto el gobierno
como las FARC-, el hecho de que la ministra de educación, Gina María Parody, fuera
lesbiana y hubiera decidido cumplir un fallo de la Corte Constitucional -a menos de dos
meses del día de la votación del plebiscito- en el que se ordenaba educar a niños y jóvenes
desde el respeto a la diversidad sexual y en contra de la discriminación, mediante la
realización de unas cartillas que generaron gran rechazo y propiciaron la movilización de
los sectores religiosos que exigían que a sus hijos no se les enseñara «aberraciones» y
«pornografía» en las escuelas, y el hecho de que existiera un sector de la ciudadanía que
hacía lo que dijera el expresidente Álvaro Uribe Vélez -independientemente de lo
conveniente o inconveniente que esto resultara para el país o incluso para sus propias
vidas-, eran tres factores que la llevaban a pensar que el resultado del plebiscito no sería
favorable para todos aquellos que, en ese momento, nos estábamos movilizando a favor
de la firma de los acuerdos de paz.
Todavía retumban en mi memoria las palabras con las que terminó su intervención el día
en el que me la presentaron. Ese día, me dijo algo más o menos así:
Santi, yo creo que esa votación va a ser bien reñida. Mis hijos y yo vamos a ser los únicos de
toda la familia que vamos a votar por el Sí. El resto, le está comiendo cuento a los pastores
y creen que votar en favor de la paz significa que todos nos vamos a volver gays. Lo peor es
que conozco como diez familias distintas en Bogotá y Cali que les está pasando lo mismo, y
como siete en algunos pueblos y veredas de Cundinamarca y Boyacá que están metidas en
ese cuento de la ideología de género, o en ese otro cuento que es todavía peor, porque lo
único que hacen es repetir como loros el credo del uribismo, y lo que quieren es vengarse en
62 % con el Sí y el 38 % por el No. Invamer Gallup: el 67,6 % por el Sí y el 32,4 % por el NO. Encuesta de
Opinión Nacional: el 67,7 % de los encuestados por el Sí, contra el 32,4 % por el No”.
Capítulo 2 87
Con esto no pretendo, de ninguna manera, afirmar -¡apelando a la casuística!- que las
formas de distanciamiento y conocimiento de los actores sociales deban considerarse
como mejores o más pertinentes que las de los científicos. Simplemente rescato la
importancia que tiene el reconocimiento de la alteridad de los actores sociales y los actores
científicos, durante la puesta en escena de un ejercicio de articulación igualitario, que
contribuya al enriquecimiento mutuo de las distintas formas de conocimiento y aprehensión
de lo social que participan en el proceso de realización de la crítica.
Otro aspecto que resulta de vital importancia al momento de hacer un balance de todo lo
dicho hasta aquí, se encuentra asociado con la manera en que los autores establecen el
contenido y alcance de la crítica. Es por ello que, el resto de este acápite lo dedicaré a
ahondar en estos dos aspectos. En lo que concierne a Bourdieu, queda claro que la crítica
se dirige contra las distintas formas de dominación social que posibilitan que la sociedad
se estructure y represente con arreglo a los valores e intereses de las clases dominantes.
Sin embargo, pese a que los actores sociales subordinados podrían llegar a dominar los
distintos campos sociales que se encuentran en disputa, modificar los principios
normativos que reglan sus formas de actuación e interacción, e incluso imponerse en el
88 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
campo del poder donde se establece cuál es el principio de dominación dominante que
rige el conjunto de las relaciones sociales en un momento dado, desde los planteamientos
de este autor no resulta clara la manera en que se podría producir una ruptura radical de
un orden social, en la que en lugar de la sustitución de una forma de dominación por otra
o la ocurrencia de un relevo de los actores dominantes, se pudiera realizar una
transformación cualitativa de las relaciones sociales que posibilitara la utopía realizable
que Steven Lukes (2007) reconoce en el último Foucault -el que se dedica al estudio las
prácticas del yo-, cuando sostiene que “el problema (…) ahora, es permitir que los juegos
del poder «se jueguen con un mínimo de dominación»” (p. 115). Por ende, aunque la crítica
de Bourdieu es un intento sistemático y radical de develamiento de las relaciones de
dominación que se encuentran ocultadas e interiorizadas, no parece quedar clara la
manera en que sería posible reducir la negatividad que implica para la realización de la
vida, la existencia de instituciones, normas, creencias y formas de relacionamiento en las
que se produce, reproduce y promueve incesante y continuamente la obligación de tener
que competir, vencer y dominar.
85
Dado que Jean de Munck realiza una teoría evaluativa de la crítica, en la que define las tres grandes
dimensiones que debería desarrollar a plenitud cualquiera de los programas investigativos que se inscriben
en el campo de la sociología crítica, sin entrar a definir cuáles son los contenidos y alcances específicos que
debería desarrollar una teoría crítica, no se tendrá en cuenta en este momento de la presentación.
86
Asociado a la valoración de la alteridad existencial, cognitiva y cultural que significan aquellos que son
definidos como los Otros.
Capítulo 2 89
87
Autores como Honneth, en ciertos pasajes de su obra, han tomado el camino de obviar en el debate los
planteamientos de Carl Schmitt simplemente porque lo consideran antidemocrático, en lugar de asumir el
reto que significa para sus propios planteamientos, el hecho de tomarse en serio los cuestionamientos
lúcidos y perspicaces que este autor realiza a la democracia liberal. Al respecto, véase: Honneth (2009).
88
En la mayoría de los casos en que luchan por el mantenimiento o ampliación de los contenidos de ciertas
normas -por ejemplo, cuando defienden una ley que los beneficia y contribuye a continuar su lucha
comunitaria por perseverar y preservar la existencia de sus formas de vida, tradiciones, cosmovisiones y
costumbres-, lo tienden a ver como una actuación táctica que les permite defender acumulados y prepararse
para continuar la lucha por descolonizar la sociedad en su conjunto.
90 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Esto que sucede en el caso concreto de las luchas anticoloniales indígenas, bien podría
extenderse a las luchas anticapitalistas, antipatriarcales y antiespecistas que adelantan
sectores críticos y radicales dentro y fuera del contexto «euro-occidental», en las que existe
“un proyecto «utópico» de transformación radical del orden vigente” (Fornet Betancourt,
2001a, p. 277) que “está en condiciones de señalar críticamente que «lo que hay» puede
darse de otra manera y que puede haber más «mundo», más «realidad» de la que nos
dice «lo que hay» en el sistema dominante” (p. 277 y 278). Por lo tanto, se podría decir
que en Honneth, máximo exponente de la tercera generación de la escuela de Fráncfort,
ocurre algo similar a lo que Raúl Fornet Betancourt (2001a) le cuestionaba a Habermas,
cuando señalaba que:
Tengo la impresión, en efecto, de que con la sustitución del paradigma del trabajo humano
vivo por el paradigma del lenguaje (…) la segunda escuela de Frankfurt pierde mucha
potencialidad crítica porque ello le lleva a limitar el horizonte de lo posible a las
posibilidades formales, estructurales e institucionales contempladas en el marco del
derecho constitucional vigente. De esta suerte, dicho con cierto tono polémico, la segunda
escuela de Frankfurt transforma el material crítico en un instrumento de «civilidad» y
propaga una filosofía «civilizada» que ha neutralizado el aguijón de la crítica (p. 277).
(…) como una práctica determinada de justificación (…) en la que personas que están
sometidas a determinadas normas o instituciones -dicho brevemente: a un «orden
normativo» como orden de normas de validez concreta que al mismo tiempo reclaman
validez—, verifican los fundamentos de la validez de este orden, los rechazan tal vez y lo
determinan nuevamente, modificando al mismo tiempo este orden (pp. 16 y 17).
Lo anterior, quiere decir que en los espacios políticos la justificación implica el derecho
fundamental que tienen los actores que se encuentran sometidos a una determinada forma
de dominio89, a que se les aclare “quién puede ejercer dominio –si es que puede- sobre
89
Este autor diferencia algunas categorías como poder, dominio, dominación y violencia de la siguiente
manera: “Llamemos poder, en general, a la capacidad de A para ejercer influencia sobre el espacio de las
razones de B de tal modo que B piense o actúe de una forma que se remita a la influencia de A, que debe ser
de naturaleza intencional, si no se hablaría solo de acción y no de poder. Dominio es, entonces, una forma
específica de ejercer el poder en la que las relaciones sociales o políticas son ensambladas en un orden
basado en determinadas justificaciones, que lo sostienen. Hablamos de dominación cuando existen
relaciones asimétricas que se apoyan en un cierre del espacio de justificación para beneficio de determinadas
legitimaciones no fundamentadas, que presentan un orden tal como justo, divino o no modificable. Entonces,
el espacio de las fundamentaciones probablemente esté sellado ideológicamente u ocupado por amenazas
efectivas. Esto quiere decir que hay coerción. Finalmente encontramos la violencia pura allí donde una
relación de justificación, también asimétrica, que despliega fuerza inteligible, es reemplazada por la acción
física” (pp. 24 y 25).
92 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
quién y de qué manera” (p. 17), al mismo tiempo que se les reconoce el derecho a participar
en la creación de los principios que continuamente reglan las actuaciones del conjunto de
la sociedad. En el fondo, “todo radica en determinar adecuadamente la práctica política de
la justificación, y en ceñirse al principio de la autonomía que dice que los sometidos mismos
son los que deben ser los sujetos y no solo los objetos de la justificación” (p. 17). Por
consiguiente, Forst (2014) construye una teoría política de la justicia que:
Entiende la cuestión fundamental acerca del dominio legítimo como cuestión del dominio
justo -esto quiere decir: dominio justificado, que excluye la arbitrariedad y no es
dominante- y reconstruye recursivamente las normas, algunas de naturaleza
procedimental, otras, de naturaleza sustantiva, que posibilitaron tal justificación. Aquí la
justicia no es solo lo que vale como justo en una sociedad sino lo que debería valer como
recíproco y general si los sometidos a las normas fueran autores de las mismas, libres e
iguales. Que se conviertan en esto es la primera exigencia de la justicia (p. 19).
Esta idea de justicia discursiva, entendida como “la primera práctica de la justicia social y
política” (p. 17) y como “el fundamento al mismo tiempo sustancial y procedimental de una
sociedad justa sin caracterizar de antemano sus instituciones” (p. 17), afirma una idea
racionalista de la política90 en la que la legitimidad siempre dependerá de los argumentos
que puedan ofrecer quienes ejercen el dominio sobre otros, con el fin de afirmar la validez
de un determinado procedimiento, norma o institución. Asimismo, este planteamiento tiene
como telón de fondo una aspiración democrática radical, en la que solamente serían justos
aquellos “procedimientos de justificación en los que (…) todos participen como libres e
iguales” (p. 34), razón por la que más allá de la asignación y distribución de bienes, de lo
que debería ocuparse la justicia es “de la justificabilidad de las relaciones sociales y, por
consiguiente, de la distribución del «poder de justificación» en un contexto político” (p. 34),
90
Para Forst (2014), “Los hombres -esta es la tesis filosófico-social que defiendo aquí- son siempre
participantes de una multiplicidad de prácticas de justificación; todo lo que pensamos y hacemos tiene lugar
en determinados espacios (sociales) de razones, y aquello que llamamos razón es el arte de orientarse en
ellas y entre ellas” (p. 17).
Capítulo 2 93
En lo que concierne a la posibilidad de realizar la crítica social, Forst (2014) considera que
todos los actores sociales pueden y deberían “determinar activamente las estructuras
normativas que valen para ellas” (p. 18), debido a que “nadie es absorbido totalmente por
la práctica de justificación en la que participa, ya que siempre existe la posibilidad de
cuestionarla y de criticarla reflexivamente” (p. 18). Es más, este autor sostiene que uno de
los grandes errores en los que han caído varias teorías políticas, es en el de concebir a los
actores sociales como seres pasivos e incapaces de cuestionar las justificaciones
ideológicas o limitadas que pueden llegar a ofrecer quienes ejercen el dominio en
determinadas situaciones o circunstancias, lo cual lleva a que, en muchas ocasiones,
terminen siendo los científicos o filósofos quienes se arrogan el derecho de exclusividad
para establecer y definir los valores y contenidos normativos sobre los que debería basarse
la justicia. Al respecto, considera lo siguiente:
Con demasiada frecuencia la filosofía política sigue viviendo en una edad predemocrática.
Les asigna prioridad a valores teleológicos que han de servir de base a un orden justo o
bueno sin que en este orden aparezcan quienes están sometidos a este orden como autores
del mismo. Exhorta a veces a volver a la práctica, pero no ve a los implicados primeramente
como los sujetos que determinan esta práctica sino que reconstruye lógicas propias o
«puntos» de tales prácticas, como si estas tuvieran una validez propia (…) Las
justificaciones, sean buenas o ideológicas, son la materia de lo político, y el derecho a
cuestionarlas es el primer derecho político (pp. 18 y 19).
91
En el transcurso de su presentación, Forst (2014) establece que “el concepto de justicia posee un núcleo
de significado que tiene como concepto contrapuesto esencial el de la arbitrariedad (…) El dominio de la
arbitrariedad es el dominio de los hombres por los hombres sin razones legítimas, y la lucha contra la
injusticia está siempre dirigida contra estas formas de dominación. El impulso básico contra la injusticia no
es primordialmente el de querer tener algo o algo más sino el de no querer seguir siendo dominado, acosado
o ignorado en la pretensión y el derecho fundamental a la justificación: esta pretensión contiene la exigencia
de que no haya condiciones políticas o sociales que no puedan ser justificadas adecuadamente frente a los
afectados. En esto reside la esencia profundamente política de la justicia (p. 35).
94 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Para Forst (2014), el principio de justificación que defiende y afirma “es al mismo tiempo
un principio de autonomía y uno de crítica” (p. 20), en el que se retoma la vieja pretensión
de la primera generación de la Escuela de Fráncfort, concerniente a la respuesta del “por
qué la sociedad moderna no está en condiciones de crear formas racionales de orden
social” (p. 20). En este sentido, dado que “cada orden normativo lleva en sí mismo el
aspecto del cierre, lo que significa que el espacio de la justificación se estrecha y solo
admite como válidas determinadas demandas” (p. 22), lo que habría que buscar -con
ayuda de la crítica social- es conseguir “el potencial de la apertura, del cuestionamiento,
que también puede ser radical” (p. 22).
Finalmente, este autor considera que una crítica de las relaciones de justificación en las
sociedades contemporáneas, tendría las siguientes tareas fundamentales: 1) analizar
críticamente las relaciones que no son justificables en los ámbitos social, político,
económico y cultural, 2) realizar trabajos genealógicos en los que se haga un rastreo
histórico de los discursos de justificación «falsos», es decir, de aquellas formas de
justificación ideológica que presentan como válidas relaciones y estructuras que no
deberían o podrían haberse justificado, 3) contribuir a que la justificación racional sea el
primer imperativo de cualquier demanda de justicia, más allá de los espacios y contextos
de justificación estatal, 4) explicar el fracaso o problema que significa la falta de estructuras
de justificación que permitan evidenciar y modificar relaciones sociales que se consideran
como arbitrarias, y 5) identificar autocríticamente los puntos ciegos y exclusiones que
limiten el alcance de la teoría. De esta manera, lejos de establecer un principio máximo o
rector, se debería vincular “consecuentemente toda pretensión de validez con la posibilidad
de que los sometidos a las normas las aprueben. Este principio es imprescindible para la
crítica, y también para la crítica de la crítica” (pp. 22 y 23).
La teoría crítica de Hartmut Rosa (2016) parte del siguiente supuesto: “la aceleración es el
proceso medular de la modernización y, por consiguiente, cualquier crítica de la sociedad
moderna haría bien en tomarla como su punto de partida” (p. 114). Asimismo, Rosa (2016)
Capítulo 2 95
Con el fin de precisar y aclarar de mejor manera todo lo dicho hasta aquí, considero
conveniente establecer cuáles son las categorías de la aceleración y la desaceleración que
este autor construye. En lo que atañe a las categorías de la aceleración, Rosa (2016)
sostiene que la aceleración tecnológica -asociada al “aumento deliberado de velocidad de
los procesos orientados a metas específicas del transporte, la comunicación [la
administración] y la producción” (p. 22), que ha tenido un impacto enorme en “la
percepción y la organización del espacio y del tiempo en la vida social” (p. 22)-, la
aceleración del cambio social -asociada a la rápida transformación de “las actitudes y los
valores, además de las modas y los estilos de vida, las relaciones y obligaciones sociales,
además de los grupos, clases, entornos, lenguajes sociales, formas de práctica y hábitos”
(p. 24), que lleva necesariamente a la “contracción del presente” (p. 25)-, y la aceleración
del ritmo de la vida -asociada con “el hambre de tiempo” (p. 29) que lleva a que los actores
sociales experimenten “el deseo o necesidad sentida de hacer más cosas en menos
tiempo” (p. 31)-, serían los tres ámbitos de la realidad en los que se expresa el aumento
desmedido y constante de la aceleración social92.
92
Rosa (2016) advierte una paradoja en su planteamiento en el momento en que establece que “la
aceleración tecnológica debería, por lógica, provocar un incremento en el tiempo libre que, a su vez, debería
reducir el ritmo de vida, o por lo menos eliminar o aliviar el «hambre de tiempo»” (p. 34), Sin embargo, dado
que inventos como, por ejemplo, el correo electrónico -que facilitó y redujo el tiempo de las comunicaciones
96 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
A su vez, las cinco formas de desaceleración que este autor encuentra son: los límites
naturales de velocidad -relacionados con “procesos que por principio no pueden ser
acelerados, a menos que se destruyan o sean sometidos a manipulaciones cualitativas
importantes” (p. 56), tales como el “procesamiento por parte de nuestros cerebros y
nuestros cuerpos, o el tiempo que lleva la reproducción de la mayoría de los recursos
naturales (p. 56)-, los oasis de desaceleración -relacionados con aquellos nichos
territoriales, sociales y/o culturales que “todavía no han sido tocados por la dinámica de la
modernización y la aceleración (…) aunque en principio fueran accesibles a los mismos (p.
57)-, la desaceleración como consecuencia disfuncional de la aceleración -relacionada
con “fenómenos de reducción de velocidad como consecuencia no intencional de los
procesos de aceleración y dinamización” (p. 58), tales como los embotellamientos de
tráfico, la depresión, el desempleo y las recesiones económicas-, la desaceleración
intencional -relacionada con formas “deliberadas de desaceleración social que incluyen los
movimientos ideológicos en contra de los procesos de aceleración de la modernidad y sus
efectos” (p. 60)- y la inercia cultural y estructural -relacionada con la manera en que los
principios de la competencia, el crecimiento y la aceleración “formarían un «triángulo
estructural» tan firmemente parapetado que cualquier esperanza de cambio cultural o
político parece totalmente ilusoria” (p. 65), lo cual genera la paralización extrema de una
parte residual de la población-. No obstante, como ya se dijo antes, dado el marcado
desequilibrio que existe entre las dinámicas generalizadas y progresivas de aceleración, y
las respuestas residuales o reaccionarias que se expresan en sentido contrario a este
proceso, Rosa (2016) concluye que el rasgo principal de las sociedades modernas es estar
sometidas a un proceso constante de aceleración social.
interpersonales a distancia- o la lavadora -que facilitó y redujo el tiempo que tardaban las familias limpiando
su ropa- no hicieron que la gente disminuyera el tiempo de vida que dedicaba a estas dos tareas, debido a
que empezaron a intercambiar muchísimos más correos o a lavar más cosas de la casa -cortinas, sábanas,
etc.-, a la vez que se reducía el tiempo de espera para lavar la ropa «sucia», este autor considera que
“podemos definir a la sociedad moderna como una «sociedad de aceleración» en el sentido de que se
caracteriza por un aumento en el ritmo de vida (o escasez de tiempo) a pesar de las tasas de aceleración
tecnológica tan impresionantes” (p. 39).
Capítulo 2 97
Dado que la sociedad moderna y, con mayor razón, la tardomoderna “no está regida y
coordinada por reglas normativas explícitas, sino por una fuerza normativa silenciosa de
reglas temporales, que se presenta bajo la forma de plazos, cronogramas y otros límites
temporales” (p. 71), Rosa (2016) establece que “las normas temporales [impuestas por los
procesos de aceleración social] alcanzan una cualidad casi totalitaria en nuestra época”
(p. 133), lo cual supone un incumplimiento de una de las promesas más importantes de la
modernidad «euro-occidental», como es la posibilidad de realizar la autonomía -es decir,
la posibilidad ética que tiene un individuo para determinar libremente el rumbo de su
existencia-. De esta manera, la enorme distancia que existe entre el compromiso ético
hacia la búsqueda y afirmación de la autodeterminación por parte de los actores que
coexisten en las sociedades tardomodernas, y las posibilidades realmente existentes que
éstos tienen para realizar dicha aspiración de forma práctica, conduce “necesariamente a
un estado de alienación” (p. 144), definido por este autor como:
(…) un estado en el cual los sujetos persiguen fines o realizan prácticas que, por una parte,
no les son impuestos por actores o factores externos -hay opciones alternativas realizables-
pero que, por otra parte, no tienen ningún deseo «real» de apoyar. Así, nos sentimos
98 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
alienados cuando trabajamos todo el día hasta la medianoche sin que nadie nos lo haya
ordenado e incluso cuando nuestro verdadero «deseo» es regresar a nuestra casa
temprano (y tal vez hasta se lo prometimos a nuestra familia). O puede surgir también la
alienación cuando ponemos en práctica nuevas reformas educacionales o económicas, o
directrices administrativas que realmente no apoyamos, o cuando tenemos que despedir
trabajadores para obtener mayores beneficios o competitividad. Abrigamos muchas dudas
sobre los resultados y hubiéramos podido actuar de otra manera, pero “por alguna razón
lo tuvimos que hacer” (p. 144).
[En] el mundo de la ciencia (…) se podría argüir que la velocidad y la sucesión de las
conferencias y las presentaciones de trabajos son tan altas -y, peor aún, la cantidad de
trabajos, libros y revistas que se publica es tan excesivo- que aquellos que escriben y hablan
en esta época de «publicar o morir» apenas encuentran tiempo para desarrollar
apropiadamente sus razonamientos, mientras que aquellos que leen y escuchan se hallan
perdidos en una maraña de publicaciones y presentaciones repetitivas y no siempre
razonadas a fondo. Estoy firmemente convencido de que, al menos en las ciencias sociales
y las humanidades, apenas existe en la actualidad una deliberación común sobre el poder
de convicción de los mejores argumentos, sino más bien una fiebre incontrolable por más
publicaciones, más conferencias y más proyectos de investigación, el éxito de los cuales se
basa más en estructuras de red que en la fuerza de sus razonamientos (p. 92).
93
Respecto al uso convencional de este término, referido a la aceptación acrítica del dominio ejercido por un
gobernante tiránico, o por determinadas instituciones políticas en las que existe una cesión de la libertad por
parte de los sirvientes o el pueblo hacia el amo o el soberano, véase: La Boétie (2016) y Macpherson (2005).
100 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Por otra parte, el hecho que este autor reconozca la existencia de actores críticos que no
necesitaron las «luces sin sombras» de la ciencia social crítica -de hecho, Rosa (2016)
considera que el problema de la aceleración “ha pasado inadvertido en gran medida por la
filosofía social” (p. 80)- para comprender y comprometerse en la lucha contra este poder
totalitario, es un indicador del lugar modesto que este autor le otorga a los alcances
sociales de la intervención de los teóricos críticos en su propuesta. Sin embargo, lo anterior
no quiere decir que Rosa (2016) niegue la importancia y relevancia que tiene para el
conjunto de la sociedad, el hecho de que los académicos e intelectuales se comprometan
a estudiar, explicar y comprender ciertas “fuentes de sufrimiento social” (p. 80).
Pese a ello, Boltanski (2014) considera que tanto el programa cenital95 -Bourdieu- como el
programa pragmático -Boltanski- resultan limitados en su intento de ofrecer una explicación
94
Boltanski fue estudiante y colaborador cercano de Bourdieu hasta 1982, cuando sostuvieron “un debate
teórico... no un debate propiamente tal, porque a Bourdieu no le gustaban mucho los debates teóricos,
mucho menos con sus ex estudiantes (risas)” (Bourdieu en Madariaga & Galleguillos, 2011, p. 140).
95
En un aparte del libro en el que se utiliza la expresión sociologías cenitales hay una nota de los traductores
en la que se establece que “Traducimos así la difícil expresión francesa «sociologies surplombantes», en
Capítulo 2 101
satisfactoria de la crítica social. Debido a ello, este autor propone la realización de una
nueva teoría metacrítica de la dominación,
(…) que permita integrar las aportaciones (…) por un lado, el programa cenital y, por otro,
el programa pragmático. Del programa cenital, dicho marco habría de conservar la
posibilidad -que le ofrece el apriorismo de la exterioridad- de cuestionar la realidad y de
proporcionar a los dominados las herramientas necesarias para resistirse a la
fragmentación, y todo ello ofreciéndoles una imagen del orden social, y también diversos
principios de equivalencia a los que puedan recurrir para realizar comparaciones entre los
mismos e incrementar su fuerza mediante su unión con determinados colectivos. En
cambio, lo que dicho marco debería retener del programa pragmático sería, por un lado, la
atención que presta a las actividades y a las competencias críticas de los actores y, por otro,
el reconocimiento que hace de las expectativas pluralistas que parecen ocupar, en las
sociedades capitalistas-democráticas contemporáneas, una posición central en el sentido
crítico de los actores, incluso en el caso de los que padecen un grado de dominación más
elevado (p. 83).
referencia a la postura característica de Pierre Bourdieu y los sociólogos críticos franceses. Con ella se alude
a la actitud metodológica y epistemológica consistente en «sobrevolar» u observar «desde arriba», sin
implicación reflexiva, el objeto social, en lo que no es, según señala el filósofo Bruno Latour al cuestionar este
enfoque, sino un «pretexto que permite a los investigadores ocupar un punto de vista no situado en parte
alguna, la perspectiva de Dios», construyendo los sistemas sobre una base puramente lógica” (p. 78).
102 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
inconmensurables maneras en las que los actores sociales podrían llegar a comprender la
realidad si no existieran instituciones, abriendo, de esta forma, un camino en el que se le
concede “importancia a la incertidumbre y a la «inquietud» (…) que, de forma tácita,
pueblan de manera continua la vida social, haciéndose patentes en las situaciones de
disputa en las que viene a desplegarse la crítica” (pp. 93 y 94).
Para Boltanski (2014), existe una “relación entre, por un lado, aquello que se sostiene y,
por otro, aquello que se ve asaltado por la incertidumbre (abriendo así la puerta a la crítica)”
(p. 97). Sin embargo, esta tensión permanente que hace evidente la fragilidad del orden
social, no podría comprenderse si el análisis partiera de la predisposición natural que
supuestamente tendrían “las personas que viven en sociedad (…) de proteger las
disposiciones y los ajustes sociales” (p. 91). Por esta razón, Boltanski (2014) considera
conveniente y necesario establecer los dos factores que permiten evidenciar el alto grado
de incertidumbre que caracteriza a las relaciones sociales96: 1) la distinción entre el mundo
y la realidad, y 2) el hecho de que cada individuo exprese su propio y único punto de vista.
A su vez, en lo que respecta al punto de vista único que expresa cada individuo, Boltanski
(2014) sostiene que el hecho de que todos los seres humanos posean un cuerpo, es decir,
que todos los individuos realicen sus experiencias en el mundo de una manera situada,
96
La posición original de la que parte Boltanski (2014) es el experimento mental o situación ideal que este
autor construye para cuestionar la “consistencia del mundo social” (p. 95), en una situación previa a la
existencia de instituciones “en la cual reine una incertidumbre radical” (p. 95).
Capítulo 2 103
dificulta la idea “de concebir y efectuar un acuerdo entre unos seres humanos que se hallan
invariablemente inmersos, sí bien todos de forma diferente, en el flujo de la vida” (p. 100).
De esta manera, la crítica y las disputas en el proceso de interpretar estarán siempre
latentes, ya que todos los individuos comprenden la realidad desde su propia lectura del
mundo, y no hay ninguno:
(…) que se halle en situación de poder decir a los demás, a todos sus semejantes, en qué
consiste lo que es (…) De este modo, y desde la posición que pudiéramos llamar original,
no hay ningún participante humano que cuente con los recursos capaces de permitir la
reabsorción de la incertidumbre y la disipación de la inquietud que esta suscita (p. 100).
Atendiendo a los tipos de acción en los que resulta posible que la crítica emerja y se
exprese, este autor establece la distinción entre el registro práctico -momentos de la vida
en los que los actores orientan sus actuaciones con el propósito de realizar alguna tarea
concreta, y en los que generalmente se busca impedir o retrasar la emergencia de disputas
que dificulten la realización de dicha actividad, lo cual demuestra la existencia de un alto
nivel de tolerancia respecto a los desacuerdos, así como un “bajo nivel de reflexividad” (p.
107) respecto a lo que la realidad es- y el registro metapragmático -momentos específicos
de la vida en los que emergen disputas y se supera “el umbral de tolerancia” (p. 111) que
los actores admiten, llevándolos a plantearse la incertidumbre sobre la realidad de lo social-
. Para Boltanski (2014), los registros metapragmáticos, es decir, aquellos momentos de
alta reflexividad sobre lo que está siendo la realidad por parte de los actores, pueden
expresar la necesidad de conservación y confirmación de las cosas como son -dispositivos
de confirmación- o bien pueden “impugnar la realidad de lo que se toma por existente, ya
sea en las expresiones oficiales, ya sea en las manifestaciones del sentido común97” (p.
103) -formas críticas-. Sin embargo, para este autor es evidente que:
97
Aunque Boltanski (2014) critica la prevalencia y centralidad que la sociología le ha dado al sentido común,
con el propósito de proponer una imagen de lo social en la que los actores colaboran y se adhieren a la
realidad de manera «natural», no niega, de ninguna manera, su existencia. Es por ello que considera que los
dispositivos de confirmación de la realidad contienen “tanto las asunciones que podríamos denominar
oficiales como las que se hallan contenidas en las expresiones de lo que llamamos el sentido común,
concebido como un acuerdo mínimo sobre lo que es” (p. 103).
104 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Por otra parte, dado que la realidad no podría concebirse ni realizarse desde la profunda
fragmentación y atomización que significaría el encuentro conflictivo y problemático entre
los distintos puntos de vista existentes en y sobre el mundo, Boltanski (2014) considera
que los actores deben necesariamente precisar “lo que es para todos, lo que es aquí igual
que allá” (p. 122). Es entonces el momento en el que este autor introduce el problema-
solución que significan las instituciones para la vida social. Para él, una institución es un
tercero “al que se le concede, «por convención», la prerrogativa «de tener la última
palabra», esto es, el monopolio de la interpretación correcta” (p. 124). Asimismo, una
institución:
(…) es un ser sin cuerpo en el que se viene a delegar la tarea de decir qué sucede con lo que
es (…) Las instituciones son las que asumen la tarea de decir y de confirmar lo que importa.
Dicha operación implica el establecimiento de tipos, tipos que han de quedar fijos y
atemorizados de un modo u otro (ya sea en la memoria de los antepasados, en códigos
jurídicos escritos o por medio de relatos, de cuentos, de ejemplos, de imágenes, de ritos,
etcétera), y muy a menudo almacenados en forma de definiciones, a fin de hallarse
disponibles, en caso de necesidad, para calificar, cuando se dé una situación de
incertidumbre, aquellos estados de cosas que son objeto de usos y de interpretaciones
ambiguas o contradictorias. Las instituciones han de distinguir, muy particularmente, entre
lo que ha de ser respetado y lo que no puede serlo. Esto significa también que hay que
separar lo que es, aquí y ahora, de lo que es en otro punto del espacio, de lo que ha sido
anteriormente en el pasado o de lo que será más tarde en un futuro indeterminado (…) [Las
instituciones tienen] como propiedad esencial la capacidad de instaurar toda una serie de
entidades duraderas, o incluso eternas en cierto modo. A diferencia de los cuerpos
individuales de quienes les conceden voz, sirven en ellas o simplemente viven y mueren en
Capítulo 2 105
los ámbitos de realidad que ellas mismas contribuyen a mantener y a perpetuar, las
instituciones parecen sustraerse a la corrupción causada por el tiempo (pp. 124 y 125).
Boltanski (2014) plantea que la formación de instituciones “se asienta en una inmensa labor
de homogeneización de los vocabularios y de las sintaxis” (p. 126), y considera que su
principal función es la fijación de referencias mediante “la «denominación controlada» de
los objetos” (p. 128). En consecuencia, las instituciones se diferencian de las
administraciones y las organizaciones98, por la manera en que garantizan la seguridad
semántica99 de los seres concretos -individuos de carne y hueso- y abstractos -aquellos
que no se pueden señalar o tocar-, a quienes les otorga y reconoce “un conjunto de
propiedades permanentes” (p. 131). Pese a ello, “las instituciones no se contentan con
establecer diccionarios” (p. 133), sino que también dictan una serie de pruebas de verdad
y reglas100 “cuya ignorancia lleva aparejada la aplicación de sanciones. En este caso, la
tarea semántica y las labores policiales van de la mano” (p. 133).
98
Este autor sostiene que “Asignar a las instituciones un papel de carácter predominantemente semántico,
consistente en estabilizar las referencias, y no teniendo al mismo tiempo en cuenta más que de forma mínima
el contexto de uso, permite no confundirlas con otros dos tipos de entidades con las que muy
frecuentemente suelen asociarse, pese a que convenga distinguirlas analíticamente de ellas. Por un lado, hay
que diferenciarlas de las administraciones, que se encargan de atender un conjunto de funciones vinculadas
con la gestión politicé, y por otro es necesario distinguirlas de las organizaciones, cuya labor consiste en
realizar funciones de coordinación. O si se prefiere, estas dos clases de entidades designan los medios de que
han de estar dotadas las instituciones para poder actuar en el mundo de los cuerpos (…) No obstante, si la
articulación entre las organizaciones y las instituciones puede efectuarse de forma indirecta (como sucede,
por ejemplo, con las empresas capitalistas, que no poseen una autoridad institucional propia, con lo que el
capitalismo aparece invariablemente vinculado al Estado) no sucede lo mismo con el binomio que forman las
instituciones y las administraciones, ya que no es posible proceder a un deslinde completo de ambas
entidades” (Boltanski, 2014, pp. 132 y 133).
99
Boltanski (2014) utiliza como ejemplo la esclavitud para que resulte posible comprender aquellos casos en
los que no existe seguridad semántica. Al respecto, señala que “En determinados contextos, los dueños de
los esclavos podían perfectamente apreciarlos, establecer lazos afectivos con ellos, escucharles recitar
poemas, etcétera. Sin embargo, bastaba con que la fortuna se les revelara adversa para que esos mismos
esclavos se vieran abocados a la venta. Amigo un día, mercancía a la mañana siguiente. En cierto modo, así
es, de hecho, como actuamos actualmente con nuestros animales domésticos. El esclavo es por tanto un ser
carente de seguridad semántica, pese a que pueda ser objeto de una protección personal y contextual” (p.
132).
100
En un momento de su presentación este autor establece que “si no quieren perder el perfil que las define
y acabar en cierto modo deshaciéndose, las propias «instituciones» han de someterse a un continuo proceso
de reinstitucionalización. En el transcurso de estos procesos de reparación hay actores, o al menos algunos -
por regla general aquellos que se consideran investidos de una determinada autoridad-, que se esfuerzan
por restaurar la presencia (ficticia) del ser sin cuerpo, recordando la exigencia que obliga a actuar de acuerdo
con las formas establecidas, a fin de frenar la dilución de la institución en el conjunto de formaciones
106 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Las instituciones deben hacer uso de la violencia desde esta perspectiva, debido a que
tienen la responsabilidad de determinar lo que la realidad es, y esto las lleva a tratar de
conseguir permanentemente que los actores representen el mundo conforme a la
gramática construida por ellas. No obstante, dado que dichos actores siempre tienen la
posibilidad de acudir al mundo para tomar elementos de éste con la intención de criticar la
realidad:
(…) la violencia semántica, ejercida en la textura misma del lenguaje con el objetivo de fijar
sus usos y de estabilizar sus referencias, no basta para verificar la configuración de las
conductas, de modo que siempre o casi siempre se hace necesario asociarla a una violencia
física -o, cuando menos, a la amenaza de dicha violencia- para estabilizar las
interpretaciones y alejar de ese modo el riesgo de una disputa abierta (p. 155).
Como se puede ver, a la luz de lo planteado por Boltanski (2014) “la crítica no adquiere
sentido sino en relación con el orden que viene a poner en crisis” (p. 96), de la misma
forma en que las instituciones se actualizan o reinstitucionalizan gracias “a la constante
amenaza (…) que representa la posibilidad de la crítica” (p. 96). Debido a ello, resulta
necesario precisar con claridad la manera en que este autor entiende la crítica, para así
estar en condiciones de comprender el papel que ésta tendría, en el proceso de
cuestionamiento e impugnación de las formas y efectos de la dominación que suceden en
los regímenes políticos de la modernidad «euro-occidental».
Al respecto, cabe señalar que lo primero que Boltanski (2014) hace cuando plantea la
posibilidad de crítica a las instituciones, es trabajar la categoría de contradicción
hermenéutica. Para él,
Por otro lado, en lo referente a la manera en que debe expresarse la crítica, Boltanski
(2014) considera que para que ésta pueda ser exitosa o, al menos, para que aumente sus
probabilidades de incidir en la plaza pública, debe incrementar tanto el nivel de generalidad
numérico -contar con el respaldo de una gran cantidad de personas y colectivos- como el
108 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
de los contenidos -reivindicar la validez de general de las demandas-, a la vez que resulta
conveniente -y hasta necesario- que la crítica tenga un arraigo en el espacio de proximidad
del actor, ya que esto le permite tener un vínculo con el mundo del cual se extraen las
experiencias que posibilitan poner en duda la manera como se presenta la realidad.
En lo concerniente a los tipos de crítica, este autor establece que existen dos101: la crítica
reformista, que se daría en aquellas situaciones en las que un actor expresa una queja por
el inadecuado o injusto funcionamiento de una prueba, al mismo tiempo que acepta la
validez de la misma, lo cual significa la aceptación de “la realidad como tal, pudiéndose
decir incluso que, desde determinados puntos de vista, estas operaciones críticas pueden
contribuir a reforzar la realidad de la realidad” (p. 173), y la crítica radical, que se encuentra
relacionada con aquellas situaciones en las que la crítica se vale de pruebas existenciales,
es decir, de “un determinado tipo de experiencias dolorosas, como las del desprecio o la
negación” (p. 175), con la intención de “revelar la insuficiencia tanto de las relaciones
confirmadas como de las pruebas de realidad instituidas” (p. 177), al mismo tiempo que se
desvela “la incompletitud de la realidad e incluso su contingencia” (p. 182).
101
Boltanski (2014) considera que existe un tipo de crítica alienada que se opone al orden establecido sin
tomar como punto de referencia “un conjunto de elementos posibles y ya identificables en la experiencia del
mundo” (p. 183). Por esta razón, para él este tipo de crítica no es nada más que una transgresión estética y
nihilista que “constituye para la crítica una tentación y una amenaza” (p. 182).
102
Para este autor la dominación “no son unos hechos consumados e inevitablemente abocados a imponerse
a todo el mundo de manera definitiva y acabada, sino la cualidad de un conjunto de procesos. Por medio de
esos procesos, las instancias que se encargan de la determinación de lo que es y del mantenimiento de la
realidad se esfuerzan en refrenar y limitar la crítica, tratando de taparle la boca, de lograr que se aleje, es
decir, intentando conseguir -por emplear otro lenguaje- que la realidad tenga la solidez suficiente para
abarcar del modo más completo posible el mundo e impedirle que se manifieste” (Boltanski, 2014, pp. 186 y
187). Además, considera que “un efecto de dominación podrá caracterizarse por su capacidad para restringir,
en proporciones más o menos importantes, el campo de la crítica o, lo que viene a ser prácticamente lo
mismo, por su facultad de despojarle de todo asidero sobre la realidad. En una situación de dominación, los
bucles de reflexividad por los que se establece una circulación entre la confirmación y la crítica se encuentran
rotos. La función de confirmación tiende a prevalecer sobre la función crítica hasta reducirla más o menos
por completo al silencio, lo cual se manifiesta por la absoluta preeminencia que se da a las pruebas de verdad
sobre las pruebas de realidad y, más aún, por la preponderancia que se le confiere sobre las pruebas
existenciales, cuya toma en consideración no puede acceder ya al orden de la comunicación pública” (p. 187).
Capítulo 2 109
relación con dos maneras distintas de rechazar la contradicción hermenéutica” (p. 196).
En primer lugar, está la dominación simple que, salvo en aquellas situaciones límite en las
que la crítica no puede emerger -como, por ejemplo, en un régimen esclavista103-, se
caracteriza por el ejercicio continuado de la represión sobre las personas que ponen en
evidencia la contradicción hermenéutica, un rechazo e intento de inhibición de cualquier
cambio que altere el funcionamiento «normal» de la realidad, y un formalismo en el
tratamiento de la crítica por parte de las instituciones. Por consiguiente, en esta forma o
modalidad de dominación:
(…) el esfuerzo de las instituciones se orienta a la contención del cambio, O para ser más
exactos, dicho esfuerzo tiende al mantenimiento de la realidad, a fin de impedir que esta
se vea desbordada por los elementos que surgen del mundo, lo que implica refrenar la
crítica, no solo mediante la violencia semántica, sino también, caso de revelarse necesario,
por medio de la violencia física (…) Esta voluntad se justifica decretando o conservando
aquellas normas (que a su vez definen los procedimientos, las calificaciones, los formatos
de las pruebas, etcétera) cuya observancia ha de permitir el mantenimiento del orden, es
decir, la perpetuación de la realidad tal como es y como forzosamente ha de ser (pp. 199 y
200).
En segundo lugar, estaría la dominación compleja -mucho más cercana a la manera como
en la actualidad funcionan las sociedades capitalistas-democráticas en el contexto «euro-
occidental»- que se caracteriza por: 1) romper con el modelo de la dominación simple
evitando, “en la medida de lo posible, cualquier recurso a la represión -al menos en relación
con aquello que da en ofrecerse como espectáculo al público, por oposición a cuanto es
realizado al margen de toda publicidad y entre bastidores-” (p. 200), 2) estar “sometidos a
103
En el caso de “aquellas situaciones límite que aparecen asociadas a contextos en los que las personas se
hallan parcial o totalmente privadas de las libertades elementales y en las que se mantiene o se crea un
conjunto de asimetrías profundas mediante la aplicación directa de la violencia, aunque esta no sea de
carácter exclusivamente físico (…) -que tiene en la esclavitud su más perfecto paradigma-, me parece
preferible hablar de opresión (…) Como muestra adecuadamente la literatura relacionada con la esclavitud
(por no abordar siquiera el caso límite de los campos de concentración), la noción de colectividad resulta
imposible o muy difícil de establecer. La fragmentación es total, y por ello mismo la posibilidad de la crítica
queda sencillamente excluida” (Boltanski, 2014, pp. 196 y 197).
110 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
un imperativo de justificación” (p. 201) que obliga a los responsables a escuchar la crítica,
“aunque no sea necesariamente satisfecha” (p. 201), al mismo tiempo que los
responsables de tomar decisiones están obligados a ofrecerle explicaciones al resto de los
actores sociales, 3) gestionar el dominio social por medio de la aceptación,
acompañamiento y orientación controlada del cambio social, 4) incrementar la explotación
entre los hombres, al mismo tiempo que se profundizan las asimetrías sociales y el dominio
sobre la naturaleza, 5) reducir los espacios de intervención de tipo político como
consecuencia de la centralidad y autoridad que adquieren los expertos y científicos, sobre
todo, cuando estos proyectan los cambios y justifican el por qué la sociedad debe cambiar
en el sentido en que lo hace, logrando, de esta manera, que exista una “asimilación entre
la voluntad y la necesidad” (p. 205), 6) disminuir la responsabilidad política de los
gobernantes, debido a que buena parte de los procesos de cambio que favorecen a las
clases dominantes se justifican argumentando que son razonables y necesarios, 7) utilizar
las leyes científicas “que aparecen indisociablemente vinculadas con la realidad y el mundo
-según el modelo que de él construyen los expertos-, lo cual permite reabsorber en cierto
modo el mundo, volviéndolo indistinto de la realidad en la que acaba por verse incorporado
a partir de ese momento” (p. 206), y 8) utilizar los periodos de crisis como experiencias
pedagógicas en las que se les enseña a los actores sociales dominados, “tanto el
imperioso carácter de las «leyes de la economía» o de la «sociedad» como la competencia
de los expertos” (p. 214).
cuestión la realidad de la realidad. Pese a ello, este autor propone un programa general
que permitiría “bien, por un lado, el aumento de la capacidad de acción de quienes la
sustentan, bien, por otro, la consolidación de su poder, esto es, de su capacidad de
conectar con la realidad con el fin de modificar sus límites” (p. 235).
En este sentido, las acciones principales que deberían enmarcar el sentido de la acción de
las clases sociales que padecen los estragos de la dominación compleja, deberían
encaminarse a: 1) “garantizar a las personas una seguridad semántica mínima, a fin de
permitir su reidentificación (…) lo cual contribuye a sustraerlas, en una medida por lo
demás muy variable, a la brutalidad de las formas contextuales de dominación” (p. 242),
2) consolidar un movimiento que propenda por la “transformación radical de la relación
existente entre las instancias de confirmación” (p. 243), dándole preponderancia y
centralidad a éstas últimas, lo cual significaría la consolidación de un tipo de acción
colectiva encaminada “a la sujeción de las potencias de dominación” (p. 243), que amplíe
las posibilidades de cuestionar los procesos de explotación y distribución desigual de la
propiedad, 3) creación e “instauración de un conjunto de formas de relación nuevas entre
las instancias críticas y las instancias institucionales” (p. 247), más allá del Estado-Nación,
y 4) movilizar las energías sociales contra el capitalismo, buscando con ello, el
establecimiento de “formas menos violentas de utilización de los recursos de la Tierra” (p.
249), al mismo tiempo que se imaginan formas “de organización de las relaciones entre los
seres humanos que no pertenecieran ya al orden de la explotación” (p. 249). En definitiva,
lo que pretende Boltanski (2014) es la emergencia de un movimiento que le devuelva “a la
palabra comunismo -convertida en un vocablo poco menos que inmencionable- la
orientación emancipadora que ha terminado perdiendo tras varias décadas de capitalismo
de Estado y de violencia totalitaria” (p. 249).
Por último, en lo que tiene que ver con la relación entre la sociología -pragmática y
renovada- de la crítica y la crítica social, lo que este autor propone es la necesidad de la
mutua colaboración y enriquecimiento, a fin de que ambas puedan “converger en un
conjunto de formaciones de compromiso que nunca se hallan exentas de tensiones” (p.
13). De acuerdo con esto, pese a que es muy poco lo que las teorías críticas -
metacríticas- le “aportan al despliegue de la crítica en sus aspectos más cotidianos y
ordinarios” (p. 86), no dejan de ser relevantes debido a la mayor posibilidad que tienen
112 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
para realizar explicaciones generales sobres las formas de dominación que han existido y
existen en la sociedad. En conclusión, para Boltanski (2014) resulta necesario:
(…) resaltar la importancia de establecer una distinción analítica entre las teorías
metacríticas y las críticas a las que pudiéramos dar el nombre de ordinarias. Las primeras,
asociadas a diferentes cuadros sociológicos, vienen a desvelar y a poner en cuestión, desde
una posición de exterioridad, las formas de dominación presentes en un determinado
orden social. Las segundas se efectúan desde una posición interior y emanan de los actores
implicados en las disputas estudiadas, insertándose además en un conjunto de secuencias
constituidas por críticas y justificaciones, las cuales muestran además unos niveles de
generalidad muy variables. No obstante, también hemos insistido en la interdependencia
que caracteriza a la relación que media entre estos dos tipos de críticas, habida cuenta de
que las teorías metacríticas no pueden pasar por alto las insatisfacciones que manifiestan
los actores, lo que las lleva a asumir por tanto, como objetivo final, su reencuadre, puesto
que lo que se pretende es conferirles una forma sólida. Y en cuanto a los actores, es
frecuente que acudan a buscar en las teorías metacríticas diversos tipos de recursos
destinados a alimentar sus reivindicaciones” (p. 85).
104
Una parte de lo aquí expuesto se basa en lo planteado por Tapia en el seminario Estructuras sociales,
procesos políticos y pensamiento en América Latina, ofertado por la maestría en Estudios Políticos
Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Colombia, durante el primer semestre del 2018.
Específicamente, aquí se rescatan y recogen varios aspectos que fueron tratados y debatidos en la sesión del
día jueves, 22 de marzo.
Capítulo 2 113
(…) una serie de procesos por medio de los cuales se realiza la construcción de una
comunidad de derechos, a través de procesos de conocimiento de otras matrices culturales,
no sólo en un sentido sino en varias direcciones, es decir, una sociedad que conoce a otras
y viceversa, pero en la cual no sólo se transmiten concepciones de mundo e historia
particulares, sino que también se entabla un proceso de crítica a algunos principios
organizadores de otras matrices sociales y políticas, no para convencer de la superioridad
de otra cultura, sobre todo de la que históricamente fue dominante, sino para propiciar un
proceso de selección normativa, en este caso de derechos que permitan construir el núcleo
de la vida política común, sin desechar totalmente otros ámbitos de organización social
propios de cada cultura. La transcrítica implica un proceso de conocimiento de otras
matrices culturales, la utilización de ese conocimiento para autocriticarse y reformar la
organización y vida política de la propia matriz cultural. Desde ese proceso de autocrítica
se cuestionan aquellos puntos que en la historia y estructuras de otras sociedades nos
parece que internamente también organizan la desigualdad y límites a las libertades
personales y colectivas. Se trata de articular todo este proceso en torno a momentos de
105
Este término indica “que en un mismo territorio -país en los términos políticos de hoy- existen varios tipos
de sociedad, no sólo varias lenguas y conjuntos de creencias y tradiciones. Una sociedad implica un tipo de
articulación de relaciones sociales que producen estructuras y conjuntos institucionales, que producen un
tipo de continuidad cualitativa entre las formas de producción y transformación de la naturaleza como
condición de posibilidad de la reproducción del orden social y las formas de gobierno que éste va
adquiriendo, lo cual se acompaña de una concepción del mundo, que contiene un tipo de conocimientos,
valores, fines, lengua. La sociedad es un tipo de unidad de estos subconjuntos de relaciones e instituciones
sociales, articuladas por un mismo tipo de civilización” (Tapia, 2006, p. 30).
114 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
deliberación que permitan configurar una nueva comunidad de derechos, y que permitan
establecer igualdad entre los principales pueblos, culturas y sociedades que configuran el
país. En este sentido, una transcrítica democrática o igualitaria no nos lleva a la destrucción
de otras estructuras políticas y el conjunto de derechos en torno a las cuales se articulan,
sino a la construcción de una nueva comunidad intercultural a nivel político (Tapia, 2006,
pp. 41 y 42).
(…) se necesita la institución del principio del reconocimiento igualitario, lo cual habilita a
cada una de las culturas a sostener que su forma de autogobierno no sólo es buena o
pertinente para dirigir los asuntos colectivos en el seno de su pueblo, sino también para
procesar la dirección del país. Si se da la situación de que uno de los pueblos y culturas
postule que su forma política de gobierno es superior y puede servir para gobernar por si
sola el resto de los otros pueblos y culturas, pasamos a una nueva forma de etnocentrismo
y se anula la posibilidad de la igualdad política. No se trata de que otra forma política nos
Capítulo 2 115
haga más iguales, sino que lleguemos a ser iguales a partir de nuestra propia historia,
transformándola si ésta ha producido predominantemente desigualdad (p. 48).
(…) [pasa por la] utilización del conocimiento para hacer la autocrítica de las instituciones,
normas y estructuras sociales que producen desigualdad en el seno de cada una de las
culturas del resto de los potenciales ciudadanos de la unidad política que se pretende
construir (…) también por la crítica de las estructuras que producen desigualdad en las
formas políticas de los otros pueblos y culturas. Por último, cabe llegar a un proceso de
construcción política que, de manera selectiva, seleccione aquellas relaciones, normas e
instituciones que posibiliten, de la mejor manera, producir la igualdad política entre
culturas, entre pueblos y entre individuos en el seno de cada una de ellas y en la articulación
de un orden político común para todo el país. Esto implica innovación y nueva construcción
también (pp. 48 y 49).
Los tipos de transcrítica que Tapia define son la intrasocietal y la intersocietal. Al respecto,
cabe señalar que la transcrítica intrasocietal se encuentra asociada con la revisión
reflexiva, analítica y crítica de dos o más formas de pensamiento e interacción que se han
generado en un mismo modelo societal, mientras que la transcrítica intersocietal se refiere
al proceso de conocimiento reflexivo, analítico y crítico que se da entre formas de
pensamiento que corresponden a modelos societales distintos. Dado que la apuesta,
desde esta perspectiva, es el enriquecimiento y ampliación de los propios límites a partir
del conocimiento e interacción con los Otros, para este autor lo ideal sería que en el seno
de cada sociedad se llevaran a cabo varios procesos simultáneos de transcrítica intra e
intersocietal. Sin embargo, lo anterior requiere que se amplíen los lazos de comunicación,
afecto e implicación.
116 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
de conocimiento social, en clara sintonía con lo que en otros contextos han venido
proponiendo desde hace varias décadas tradiciones críticas como, por ejemplo, la de la
Educación Popular, la Investigación Acción Participativa (IAP), los feminismos
interseccionales, las teorías anticoloniales y, más recientemente, las teorías decoloniales.
Ahora bien, es evidente que el reconocimiento de las capacidades críticas de los actores
sociales por parte de los científicos sociales -alteridad epistemológica-, varía en cada uno
de los autores que, a modo de ilustración, decidí escoger en este apartado. Por
consiguiente, los planteamientos de Forst -uno de los principales representantes de la
cuarta generación de la Escuela de Fráncfort-, Rosa -uno de los principales representantes
de la nueva teoría crítica alemana- y Boltanski -principal representante de la sociología
pragmática de la crítica de origen francés-, que hasta aquí he utilizado como ejemplos que
ilustran las posibilidades de emprender caminos alternativos para realizar procesos de
diálogo horizontal entre la crítica social y la crítica científica en la literatura contemporánea
del contexto «euro-occidental», tienen en común el hecho de reconocer o bien la igualdad
de posibilidades críticas que tienen estos dos registros para cuestionar el orden y la
realidad, o bien la igualdad de dificultades que tienen para identificar aquello que entorpece
la realización de la vida, o bien la complementariedad y mutuo enriquecimiento que
caracteriza sus procesos de estructuración diferenciada.
106
El hecho de que el problema de la aceleración del tiempo haya sido, hasta ahora, un punto ciego de la
teoría crítica -tal y como sostiene Rosa-, podría ser consecuencia de la enorme dificultad que tienen los
científicos sociales para comprenderse a sí mismos como actores, y no sólo como observadores o
interventores «externos» de la realidad.
107
Podría suceder también que la demanda de aprendizaje del inglés respondiera a la necesidad de poder
dar debates y discusiones que se consideran relevantes, más allá de la espacio-frontera que significa la lengua
«materna», o de posibilitar un espacio de interacción común –valiéndose del imperialismo lingüístico que
significa este idioma en el contexto de la globalización neoliberal- que podría favorecer, de alguna manera,
la realización de procesos de diálogo y encuentro intercultural. No obstante, este tipo de argumentos no son
los que he tenido la oportunidad de escucharle a los defensores del «realismo» y el «pragmatismo», en los
momentos en que se discute alrededor de la necesidad que tienen los científicos sociales de comunicarse y
publicar en inglés actualmente.
Capítulo 2 119
orientar los contenidos de las luchas sociales o intervenir de manera más «sólida» y
«consistente» en los escenarios comunes de deliberación-acción crítica.
Desde mi punto de vista, esto se debe a los lugares en los que la sociología pragmática
de la crítica -punto del que parte Boltanski para actualizar su teoría- ha tendido a estudiar
las capacidades críticas de los actores sociales. Debido a que el principal espacio de
observación de la crítica son las disputas concretas y específicas que ocurren en el puesto
de trabajo o en la selección y ascenso de personal cuando se llevan a cabo pruebas de
méritos, sólo por citar dos ejemplos, resulta posible concluir cosas como que “es raro, al
menos en el curso habitual de la vida social, que las personas corrientes den en cuestionar
el marco general en el que se hallan encuadradas las situaciones que suscitan su
indignación y sus protestas” (Boltanski, 2014, p. 60), o que los actores sociales que
formulan críticas no disponen “de instrumentos de totalización” (p. 60). No obstante, en el
mundo -lo que existe más allá de la realidad que intenta fijar y representar
108
Sin embargo, la diferencia fundamental entre Boltanski y De Munck se encuentra en la manera
subordinada o no en que ambos autores interpretan las disparidades que establecen entre la crítica científica
y la crítica social.
120 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
De igual modo, en aquellos contados momentos en los que Boltanski (2014) se dedica a
estudiar formas más generales de crítica social, se tienden a escoger “las protestas
relacionadas con una injusticia” (p. 65), cuyos pliegos de petición podrían caracterizarse
como formas de reivindicación puntual de exigencias por parte de los actores hacia las
instituciones110. De esta manera, el lugar de observación de la crítica nuevamente termina
limitando la interpretación sobre la generalidad o no de sus contenidos. En relación con
esto último, cabe señalar que resultaría mucho más fácil y provechoso advertir las críticas
que los actores colectivos realizan a los «marcos generales» de lo instituido, si se
escogieran otro tipo de piezas comunicativas como, por ejemplo, los manifiestos y
proclamas, en los que se tienden a expresar los horizontes generales de lucha en los que
enmarcan su propia actuación estas formas colectivas o comunitarias de encuentro y
experimentación cultural.
Con esto no estoy sugiriendo -valga la aclaración- que la crítica científica no sea relevante
y significativa para el conjunto de los actores críticos que coexisten en un espacio social,
ni tampoco pretendo negar el valor explicativo y/o comprensivo que, eventualmente,
109
Al respecto, basta con traer a colación algunas piezas comunicativas provenientes del campo literario
-reducidas a meras pruebas existenciales del sufrimiento y la humillación en la teoría de Boltanski-, por
ejemplo, El Castillo de Franz Kafka -crítica general de la dominación burocrática-, 1984 de George Orwell
-crítica general del totalitarismo- o La Caverna de José Saramago -crítica general del capitalismo
contemporáneo-; del campo documental y cinematográfico, por ejemplo, La isla de las flores de Jorge
Furtado -crítica general del capitalismo mercantil-, Memoria del saqueo de Pino Solanas -crítica general del
neoliberalismo- o Tiempos Modernos de Charles Chaplin -crítica general del fordismo-; y del campo político,
por ejemplo, los escritos y discursos de líderes como Gandhi -no violencia-, Mandela -
anticolonialismo-, Malcolm X -antiracismo- o la comandanta Ramona del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional -feminismo comunitario-, para darse cuenta de la importancia que tienen otro tipo de metacríticas
distintas a las científicas, en el proceso de elaboración y reelaboración constante y en común de las
tradiciones críticas.
110
Las revoluciones serían los únicos momentos excepcionales y poco frecuentes, en los que existe “una
elevación de la envergadura de las protestas, aumento que a su vez resulta de un debilitamiento de los
condicionantes que el sentido de la realidad ejerce sobre las reivindicaciones en las situaciones ordinarias de
la vida social” (Boltanski, 2014, p. 68).
Capítulo 2 121
111
Al respecto, véase: Morin (1999 y 2005).
122 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Otro aspecto -relacionado con el anterior- que considero limitado en los planteamientos de
Forst, Rosa y Boltanski es la oposición constante y marcada que establecen entre teoría
crítica y crítica social. Aún en las propuestas de Forst y Boltanski, donde se plantea una
idea afirmativa y democrática de la reflexividad crítica, continuamente se establece la
demarcación de los linderos entre el conocimiento científico y el resto de conocimientos, o
entre la ciencia social crítica y el resto de las críticas. Lo anterior, no tendría por qué ser
problemático o cuestionable, si dicha distinción tuviera un simple propósito expositivo o
descriptivo. Sin embargo, el problema, a mi juicio, es que el telón de fondo en el que se
apoya y descansa esta oposición, es la necesidad de establecer una visión dicotómica y
excluyente entre teoría científica y práctica social, que favorece la ubicación del
conocimiento científico afuera o al margen de las relaciones que permiten la significación
y aprehensión del mundo. De esta manera, la teoría crítica no sólo afirma conocer mejor
la verdad sobre las negatividades que impiden, dificultan o niegan la realización de la vida,
sino que además considera conveniente distanciarse y alienarse de ese necesario,
inagotable y decisivo flujo vital en el que la crítica se «escenifica» y «hace carne».
Esto que acabo de señalar es todo lo contrario a lo que sucede en la propuesta transcrítica
de Luis Tapia. Si se tiene en cuenta que para este autor la teoría social es una más de las
dimensiones en la que se expresa el pensamiento y la vida de una sociedad determinada,
y que lo importante de la crítica -incluida la teoría crítica- es cuestionarse, ser cuestionado
y cuestionar en el proceso de ir ampliando los conocimientos socialmente disponibles, con
Capítulo 2 123
Por otra parte, en lo que atañe a los contenidos y alcances de la crítica en cada una de
estas propuestas, considero que pese a la importancia que tienen tanto la crítica a la
arbitrariedad del dominio formulada por Forst, como el cuestionamiento de los efectos
perversos de la aceleración social propuesto por Rosa, no deja de ser problemático que
los grandes exponentes y representantes de la teoría crítica alemana hayan tendido a
buscar, desde la segunda generación de la escuela de Fráncfort, la «piedra filosofal» de la
emancipación humana. Ciertamente, desde el momento en que Habermas logró que la
crítica se desplazara de la observación de las relaciones sociales de producción hacia el
estudio de la acción comunicativa, el interés de varios de los continuadores de la teoría
crítica alemana ha sido encontrar “el potencial de razón liberadora en el que (…) [se
puedan] poner las esperanzas de emancipación” (Honneth, 2009, p. 184). Por
consiguiente, ya sea que se apele al reconocimiento -Honneth-, a la justificación -Forst- o
a la alienación -Rosa-, existe en todos los casos la necesidad de reducir el problema de la
integración social, el de la justicia o el de la realización de la vida, a la identificación e
intento de solución de un sólo tipo de negatividad social, lo cual, además de evidenciar la
finitud y parcialidad cognitiva que caracteriza a cualquier tipo de crítica, supone un
desconocimiento de la pluralidad de fuentes de dominio, injusticia y violencia que
continuamente significan, interpretan y enfrentan los actores sociales críticos.
con esto: dado que Forst considera que lo importante es que las distintas formas de
imposición normativa que existen sobre la vida sean justificadas, en lugar de proponer que
las instituciones políticas tengan como objetivo procurar y garantizar que todas las formas
de vida -cuyo despliegue no atente o niegue la integridad de los demás- puedan y deban
realizarse, termina construyendo una teoría en la que aquellos que dominan el arte de la
técnica o la ciencia -es decir, aquellos que pueden lograr que su voluntad política se
considere como necesaria y «objetiva»- tienen «carta blanca» para hacer pasar como
válidas, legítimas y razonables las dominaciones que promueven y contribuyen a
materializar.
En este punto considero que los planteamientos de Boltanski resultan de gran ayuda para
mostrar la manera en que el aguijón de la crítica de Forst se termina neutralizando. Esto
es así, porque en el momento en que Boltanski (2014) trabaja los efectos de dominación
complejos, establece que en las sociedades capitalistas-democráticas contemporáneas
“los comportamientos desarrollados en un espacio público, así como los discursos que los
refieren, se hallan sometidos a un imperativo de justificación, a fin de que puedan adquirir
la condición de hechos discutibles por cualquier destinatario” (pp. 200 y 201). De esta
manera, la principal función de los científicos y técnicos al servicio del orden, es la de
ofrecer:
(…) un conjunto de intervenciones cuyo objetivo se centra en los formatos de las pruebas y
en las calificaciones, sin caer por ello en la acusación de arbitrariedad, es decir, sin que
dichos cambios puedan ser denunciados como cambios cuyo principal objetivo consista en
mantener las ventajas de un grupo dominante (p. 207).
Por lo tanto, pese a que en la forma de dominación que prevalece en las sociedades
contemporáneas, existe una constante justificación racional de las normas -y sus
cambios-, y a que la «lucha» contra la arbitrariedad es una de las prioridades de los
responsables de orientar las políticas institucionales, “resulta posible identificar un conjunto
de efectos de dominación de otra clase” (201) que son altamente “compatibles con las
exigencias de una sociedad capitalista-democrática” (p. 201).
Capítulo 2 125
Lo anterior, se agrava en el momento en que Rosa (2016) se esfuerza por aclarar que para
él “las fuerzas impulsoras de la aceleración social en la sociedad moderna rebasan el reino
del capitalismo económico” (p. 147), pero no parece estar muy interesado en aclarar o
tomar partido respecto a la necesidad que tienen los actores críticos de intentar ir «más
allá» de aquella forma de organización de la vida que se constituye en el principal factor
-aunque podría no ser el único- de la aceleración social. Por consiguiente, la falta de interés
que demuestra Rosa por luchar -así sea desde el escritorio y en el papel- contra las formas
126 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
De esta manera, la visión dicotómica que tiene Boltanski acerca del estudio y descripción
de lo social -bien sea como una entidad producida y determinada por la historia, bien sea
como una entidad en proceso permanente de elaboración114-, es lo que obliga a que tenga
112
De esto me ocuparé más adelante.
113
Se podría argumentar que su teoría de la alienación nada tiene que ver con la dominación patriarcal,
colonialista o racista. Sin embargo, debido a la centralidad que tiene el capitalismo en el proceso de
aceleración de la vida social, no deja de ser cuestionable que Rosa (2016) renuncie a la idea de pensar su
teoría en términos de las luchas y búsqueda de alternativas, que contribuyan a superar la forma institucional
que promueve y en la que se «perpetúa» la negatividad que advierte.
114
Para Boltanski (2014) “La descripción de lo social puede emprenderse, en efecto, desde dos posturas
diferentes. La primera de ellas consiste en partir de un mundo social ya constituido. En ese caso, el sociólogo
asume como objetivo la elaboración de un cuadro del entorno social en el que se ve inmerso a su pesar todo
nuevo ser humano al venir al mundo. Para ese recién llegado, la sociedad está ya ahí, y él se ve arrojado a un
determinado punto de la misma. Desde este punto de vista, la descripción puede realizarse desde una
Capítulo 2 127
posición cenital, poniendo más o menos entre paréntesis a las personas y considerándolas en función de su
capacidad de actuar (es decir, en tanto que actores). La descripción presentará así los visos de una
cartografía, una metrología y una morfología sociales (y utilizará métodos estadísticos), mostrando en último
término una orientación histórica (puesto que ese mundo que ya está ahí es producto del pasado) (…) La
segunda postura consiste en partir del mundo social como entidad en proceso de elaboración. En tal caso, el
sociólogo utilizará un conjunto de observaciones relativas a distintas personas en acción, resaltando la forma
en que producen ese mundo o -por emplear un neologismo de origen anglosajón- lo «performan». En este
último caso, la descripción se efectuará from below y se centrará preferentemente en las situaciones, puesto
que ese es el marco en el que la acción se manifiesta. El análisis vendrá a poner de relieve la competencia
interactiva e interpretativa de los actores. Pero tendrá dificultades para totalizar los efectos de esas acciones”
(pp. 76 y 77).
128 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
En tercer lugar, debido a la necesidad -relevante y legítima- que tiene Boltanski (2014) de
demostrar empíricamente que los actores sociales son capaces de distanciarse para poner
en entredicho la realidad en la que transcurren sus prácticas, termina ubicando la crítica
en el terreno de las disputas locales que suceden cuando los actores se interrogan sobre
el sentido y la validez de las actividades que realizan. Sin embargo, el problema de la
crítica social no es el mismo al que se refiere cualquier tipo de crítica, ya que no atañe a la
"elevación del nivel de reflexividad" (p. 112) que sucede cuando se pone en tela de juicio
la realización de una tarea específica, sino en la puesta en duda de ciertas fijaciones de
referencias semánticas -acompañadas de sus respectivos dispositivos de confirmación,
pruebas, reglas, sanciones y violencias- de carácter oficial que dificultan, impiden o niegan
la realización de la vida. El problema entonces, desde el punto de vista de las instituciones,
se encuentra referido al intento de reducir la complejidad que supone el cuestionamiento
de los efectos que tiene para el conjunto de los cuerpos la manera como se va
construyendo socialmente la realidad -piénsese, por ejemplo, en el problema de la
aceleración de la vida que señala Rosa en el caso de las sociedades modernas y
tardomodernas- o en la intolerancia y sanción de ciertas formas de vida -como, por
ejemplo, los sectores LGBTIQ+115- que emergieron gracias a que ya existían las
condiciones de posibilidad social para que esto fuera así, pero que al mismo tiempo son
menospreciadas, humilladas, inhibidas o negadas.
En cuarto lugar, considero problemática la manera en que este autor construye la distinción
entre crítica reformista y crítica radical, debido a que podría considerarse que la ampliación
115
Me refiero a las Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgeneristas, Intersexuales, personas Queer y otro tipo
de cuerpos e identidades de sexo-género que ya existen o que pudieran surgir.
Capítulo 2 129
A este respecto, considero que la manera en que este autor comprende los momentos de
crisis en las sociedades contemporáneas, puede ser un buen escenario de observación
para ilustrar, de mejor manera, esto que afirmo. Desde la lectura de Boltanski (2014) los
momentos de crisis tienen actualmente “efectos «pedagógicos»” (p. 214), dado que logran
demostrar “ante los actores «ordinarios», tanto el imperioso carácter de las «leyes de la
economía» o de la «sociedad» como la competencia de los expertos” (p. 214). Esto que,
sin duda alguna, resulta válido y pertinente para comprender la realidad desde el punto de
vista de los actores institucionales, tendría que empezar a problematizarse y matizarse, si
se tuviera en cuenta que las crisis también pueden ser comprendidas como momentos de
130 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
anormalidad en los que se expresa con mayor claridad y crudeza la injusticia de las normas
y decisiones que los actores responsables -políticos, técnicos y científicos- adoptan para
favorecer a los sectores empresariales y financieros.
Nosotros los desempleados, los mal remunerados, los subcontratados, los precarios,
jóvenes, etc., queremos un cambio y un futuro digno. Estamos hartos de reformas
antisociales, de que nos dejen en el paro, de que los bancos que han provocado la crisis nos
suban las hipotecas o se queden con nuestras viviendas, de que nos impongan leyes que
limitan nuestra libertad en beneficio de los poderosos. Acusamos a los poderes políticos y
económicos de nuestra precaria situación y exigimos un cambio de rumbo (R+EVOLUCIÓN,
2011, p. 1).
Como puede verse, las crisis -y las luchas sociales que suceden en las crisis- pueden ser
momentos cognitivos en los que se termine ampliando el horizonte de visibilidad de la
dominación. Por esta razón, resulta pertinente emplear una cita de Boltanski (2014) que
puede ser utilizada para cuestionar al «otro Boltanski» que estudia la dominación compleja:
Capítulo 2 131
(…) en el caso de las clases dominadas es preciso elaborar otras interpretaciones, unas
interpretaciones capaces de tener en cuenta la relación que existe entre, por un lado, el
estado de los dispositivos que garantizan la consistencia de la realidad -que puede revelarse
más o menos sólida-, y, por otro, el estado de los dispositivos colectivos en los que pueden
apoyarse los actores para extraerse de la realidad, cuestionar su validez y, sobre todo,
menguar su poder (pp. 73 y 74).
En sexto lugar, encuentro inconveniente que en el momento en que este autor analiza las
dos formas de dominación -simple y compleja- propias del contexto moderno «euro-
occidental», solamente describa una sola trayectoria: la del capitalismo. Por esto,
negatividades que dificultan, impiden o niegan la vida como el patriarcado, el colonialismo,
el racismo o el antropocentrismo, quedan obviadas cuando Boltanski intenta «aterrizar» su
propuesta teórica describiendo la generalidad de algunos regímenes políticos. Esto último,
no sólo impide a este autor comprender las imbricaciones y mutuas afectaciones que
existen entre las distintas formas de dominio, sino que también limita la recomendación
general acerca de las acciones que los sectores críticos deberían emprender para lograr
emanciparse de los efectos del dominio complejo. Aquí, al igual que sucedía en el caso
anterior, me parece conveniente citar a Boltanski (2014) para recordarle a Boltanski que,
actualmente, es necesario “alejar (…) a las teorías críticas de la tentación de reducir todas
las dimensiones de la vida social a un factor que en «último análisis» se juzga
determinante, orientándolas, por el contrario, hacia el pluralismo” (p. 83).
Finalmente, a la luz de lo planteado por Tapia, una crítica transversal que se podría hacer
a todos los científicos críticos «euro-occidentales» aquí trabajados116, es la incapacidad
que tienen sus respectivas propuestas para integrar el problema de la otredad societal y
cultural. La marcada tendencia que tiene la ciencia social crítica europea a explicar lo que
sucede únicamente atendiendo a lo que pasa «adentro» de sus propias tradiciones117, le
dificulta abrir el mundo para poder comprender la importancia que han tenido los Otros -
116
Incluidos, por supuesto, Habermas, Bourdieu, De Munck y Honneth.
117
A veces llegando al extremo de situar dicho «adentro» en los estrechos límites definidos por las fronteras
nacionales o lingüísticas.
132 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Desde el punto de vista teórico considero que la crítica europea ha tendido a optar por: 1)
preferir el camino de la ampliación de la justicia-emancipación «interna», desechando casi
por completo el de la impugnación de la violencia-colonialismo-apropiación «externa»118, y
2) afirmar la validez de sus propios valores y “eticidad ya establecida” (Honneth, 2009, p.
31), al mismo tiempo que se cuestiona la diferencia existente entre el marco normativo que
debería guiar la manera como se despliega la realidad, y la manera como ésta
efectivamente se realiza en las prácticas y rutinas cotidianas.
118
Esto que digo se basa, de alguna manera, en la teoría de la línea abismal propuesta por Boaventura de
Sousa. Al respecto, véase: De Sousa (2010a).
Capítulo 2 133
Charles Taylor dialoga con la hermenéutica para establecer una crítica epistemológica al
etnocentrismo europeo, y una crítica sociopolítica al igualitarismo universalista de corte
liberal. En lo que respecta a la crítica epistemológica cabe aclarar que para Taylor (2005)
ésta se encuentra referida a la manera en que la antropología ha tendido a estudiar las
culturas Otras desde el punto de vista que los científicos tienen sobre lo que la realidad es,
o sea, interpretando a las “otras sociedades en términos derivados de la cultura de Europa,
a menudo con el resultado de una extrema distorsión y no pocas veces también bajo una
luz poco halagüeña” (p. 210). La consecuencia de esto es un evidente y marcado
etnocentrismo que lleva a que los científicos sociales se sientan con el derecho:
(…) [de] «corregir» las comprensiones de sí de otras culturas menos poderosas y sustituirlas
por la suya. Entonces, lo que sucede en los hechos se convierte ni más ni menos en lo que
nosotros podemos reconocer según nuestros propios puntos de vista; y las descripciones
de sí de las otras culturas son erróneas en la medida en que se desvían de la nuestra (p.
210).
Igualmente, Taylor (2005) cuestiona la postura opuesta que sostiene que la comprensión
adecuada de las sociedades o culturas Otras resulta imposible, toda vez que se parte de
134 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
un supuesto en el que se defiende que las diferencias entre quien investiga y lo que
investiga es tan grande, que habría que pensar el trato entre culturas diferentes desde la
lógica de la inconmensurabilidad, lo que en términos concretos supondría aceptar que las
distintas formas de pensamiento, conocimiento y actuación “no tienen una traducción
exacta en otras lenguas” (p. 205). Por consiguiente, desde esta perspectiva, la tarea de la
ciencia debería limitarse simplemente a “describir a la gente en sus propios términos” (p.
205), evitando, en todo momento, la «corrección» o crítica del objeto de estudio.
Para Taylor (2005), lo fundamental del estudio del Otro de manera adecuada, es adoptar
“un lenguaje de contrastes transparentes” (p. 11) que podría evidenciar que “la
comprensión de la otra sociedad está distorsionada o es inadecuada en algunos aspectos,
o emitir un juicio similar sobre el nuestro” (p. 211), abriendo así la posibilidad de ampliar el
entendimiento de lo que uno es en el proceso de ir comprendiendo e interpretando a los
Otros. De manera simultánea, desde el punto de vista de los enunciados críticos, esto
querría decir lo siguiente:
Capítulo 2 135
Desde el punto de vista de este autor habría dos maneras de afrontar y tratar esta
divergencia en el liberalismo. Por una parte, están aquellas posturas que le otorgan
primacía a los derechos universales e igualitarios, y “en la mente de sus propios partidarios,
sólo pueden otorgar un reconocimiento muy limitado a las distintas identidades culturales”
(p. 88), lo cual supondría una tendencia hacia la homogeneización social, causada por la
136 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
existencia de “un liberalismo «ciego a la diferencia»”119 (p. 101). Por otra parte, están
aquellas posturas que intentan resolver “cómo el liberalismo de los derechos se relaciona
con la diversidad” (p. 90), y proponen lo siguiente:
(…) distinguir las libertades fundamentales, las que nunca deben ser infringidas y por tanto
deben encontrarse al abrigo de todo ataque, por una parte, de los privilegios y las
inmunidades que a pesar de su importancia se pueden revocar, o restringir por razones de
política pública -aun cuando necesitaríamos una buena razón para hacerlo-, por la otra.
Según esta opinión, una sociedad con poderosas metas colectivas puede ser liberal cuando
también sea capaz de respetar la diversidad, en especial al tratar a aquellos que no
comparten sus metas comunes, y siempre que pueda ofrecer salvaguardias adecuadas para
los derechos fundamentales. Sin duda habrá tensiones y dificultades en la búsqueda
simultánea de esos objetivos, pero tal búsqueda no es imposible (pp. 98).
Este segundo camino, el del multiculturalismo liberal, es por el que opta Taylor (2009). Sin
embargo, para él resulta necesario dejar en claro que “el liberalismo no puede ni debe
atribuirse una completa neutralidad cultural. El liberalismo es también un credo
combatiente” (p. 102), por esta razón, la tendencia tolerante en la que se inscribe “tiene
que establecer un límite. Habrá variaciones cuando se trate de aplicar la cédula de
derechos, mas no cuando se trate de la incitación al asesinato” (p. 102). Además, este
autor considera que el reconocimiento de la igualdad de status a las otras culturas que se
reclaman diferentes a la tradición liberal, no significa el reconocimiento de la igualdad de
valor de sus producciones culturales, ya que la afirmación que defiende que “todas las
culturas que han animado a sociedades enteras durante algún periodo considerable tienen
algo importante qué decir a todos los seres humanos” (p. 107), debe ser considerada
apenas como una hipótesis que tendría que “demostrarse concretamente en el estudio
119
Para Taylor (2009), “Hay una forma de la política del respeto igualitario, consagrada en el liberalismo de
los derechos, que no tolera la diferencia, porque a) insiste en una aplicación uniforme de las reglas que
definen esos derechos, sin excepción, y b) desconfía de las metas colectivas. Desde luego, esto no significa
que esta modalidad del liberalismo trate de abolir las diferencias culturales. Tal acusación sería absurda. Pero
he afirmado que es intolerante con la diferencia porque en ella no tiene cabida aquello a lo que aspiran los
miembros de las distintas sociedades, que es la supervivencia” (pp. 99 y 100).
Capítulo 2 137
auténtico de una cultura” (p. 108). En definitiva, lo que Taylor (2009) considera al respecto
es que:
(…) es razonable suponer que las culturas que han aportado un horizonte de significado
para gran cantidad de seres humanos, de diversos caracteres y temperamentos, durante
un largo periodo -en otras palabras, que han articulado su sentido del bien, de lo sagrado,
de lo admirable-, prácticamente deben tener algo que merezca nuestra admiración y
nuestro respeto, aun si éste se acompaña de lo mucho que debemos aborrecer y rechazar.
Tal vez podamos decirlo de otra manera: se necesitaría una arrogancia suprema para
descartar a priori esta posibilidad (…) Pero lo que esa suposición exige de nosotros no son
juicios perentorios e inauténticos de valor igualitario, sino la disposición para abrirnos al
género de estudio cultural comparativo que desplazará nuestros horizontes hasta la fusión
resultante. Ante todo, lo que dicha suposición exige es que admitamos que aún nos
encontramos muy lejos de ese horizonte último desde el cual el valor relativo de las diversas
culturas podrá evidenciarse (p. 116).
Michael Walzer (1993) ubica la crítica social en los senderos del descubrimiento, la
invención y la interpretación, debido a que es allí donde encuentra tres maneras distintas
de hacer filosofía moral. En primer lugar, Walzer (1993) caracteriza el sendero del
descubrimiento a partir de la descripción de la manera en que operan sus dos vertientes:
la religiosa y la filosófico-científica. Para él, desde el punto de vista religioso “el
descubrimiento es una consecuencia de la revelación” (p. 10) en la que un líder logra
“buscar al Dios-que-revela, y traer de vuelta su palabra” (p. 10). De esta manera, dicho
individuo se convierte ante el resto de los hombres en el descubridor y revelador de la ley
moral, gracias al testimonio que Dios -creador del mundo y de la moralidad- le comunicó
en forma de mandato previamente a él. Para este autor, aquello que se revela por el camino
del descubrimiento religioso es:
138 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
(…) un conjunto de decretos: ¡haced esto!, ¡no hagáis aquello! Estos decretos tienen un
carácter crítico desde el comienzo, porque difícilmente hablaríamos de una revelación si
Dios nos ordenara hacer y no hacer lo que ya estábamos haciendo y no haciendo. Una
moralidad revelada siempre se plantará en agudo contraste con las ideas y prácticas
antiguas. Esa bien puede ser su principal ventaja. Pero se trata, necesariamente, de una
ventaja de corta vida, ya que, una vez que se acepta la revelación, una vez que se puebla el
nuevo mundo moral, el filo crítico se pierde (p. 10).
Además, dado que “toda moralidad que ha sido antes descubierta, por supuesto, siempre
puede ser redescubierta” (p. 11), y a que los mandatos divinos tienden a presentarse en
un texto escrito o libro sagrado, este autor considera que dicho redescubrimiento implica
un esfuerzo interpretativo de carácter arqueológico que, al final de cuentas, “es la base de
toda reforma religiosa y moral” (p. 11).
(…) está en alguna parte camino al punto de vista de Dios, y lo que él filósofo ve desde allí
es algo parecido al valor objetivo. Es decir, si es que entiendo el argumento, que se ve a sí
mismo y a todos los demás, él mismo no diferente de los otros, y reconoce los principios
morales que gobiernan, por necesidad, las relaciones de criaturas como ésas (p. 11).
El problema es que por más que alguien se esfuerce por tomar distancia de sus “prácticas
y opiniones provincianas” (p. 12), con la intención de encontrar principios críticos objetivos
-es decir, lo que podría ser considerado como natural en la realidad-, lo que descubren los
filósofos y científicos tienen mucho menos fuerza moral que los descubrimientos religiosos
por la siguiente razón:
Las más de las veces, los principios morales que aquí se nos entregan ya están en nuestra
posesión, incorporados, por decirlo así, hace mucho tiempo, familiares y muy manoseados
Capítulo 2 139
inventado (…) Las moralidades que descubrimos e inventamos siempre resultan, y siempre
resultarán, notablemente semejantes a la moralidad que ya tenemos. El descubrimiento y
la invención filosóficos (dejando a un lado la revelación divina) son interpretaciones
disfrazadas; en realidad sólo hay un sendero en la filosofía moral (pp. 24 y 25).
Desde el punto de vista de Walzer (1993) la interpretación de las normas morales -cuyo
punto de referencia permanente es la tradición, es decir, la “masa de conocimiento moral”
(p. 36) con la que cuenta una sociedad como “precedente histórico (…) de discusión e
interpretación” (p. 27)-, debe entenderse como un juego siempre abierto, en el que no
podría existir algún tipo de descubrimiento o invención que pudiera “dar término a la
discusión” (p. 36), debido a que las normas morales siempre están abiertas a la
confirmación o impugnación, del mismo modo en que la pluralidad interpretativa va
abriendo permanente el camino para que resulte posible criticar a los actores dominantes.
Sin embargo, para este autor,
Hasta donde podemos reconocer el progreso moral, este tiene menos que ver con el
descubrimiento o la invención de nuevos principios que con la inclusión bajo los antiguos
de hombres y mujeres previamente excluidos. Y eso es más una cuestión de crítica social y
lucha política (esmeradas) que de especulación filosófica (destructora de paradigmas) (pp.
31 y 32).
Finalmente, en lo que concierne a la manera en que se expresa la crítica y los actores que
la enuncian, este autor sostiene que: 1) la crítica es una actividad social en la que muchas
personas participan. Debido a ello, la crítica -tal y como se ha venido afirmando- no puede
ni debe reducirse al intento de descubrimiento o invención en el que se empeñan los
filósofos y científicos sociales que pretenden salirse o tomar distancia de la realidad en la
que viven, 2) el crítico social debe estar conectado con su propia realidad –su cultural local-
, al mismo tiempo que se encuentra en disposición de dialogar y obtener el respeto y
autoridad que requiere en el trato con sus semejantes. Por esta razón, más que un
“extranjero desapasionado o (…) nativo extranjerizado” (p. 42), el actor crítico “es uno de
nosotros” (p. 43), 3) la oposición a los principios morales, mucho más que el apartamiento
o la toma de distancia, “es lo que determina la forma de la crítica social. El crítico toma
partido en los conflictos reales o latentes; se contrapone a las fuerzas políticas
predominantes” (p. 58), 4) los críticos sociales son aquellos intelectuales -“sacerdotes y
profetas, maestros y sabios, narradores, poetas historiadores y, en general, escritores” (pp.
43 y 44)- que se encargan “de la elaboración y afirmación cultural” (p. 43), pero que logran
distanciarse de la función apologética que les asignan las clases dominantes120, 5) la
función de los críticos sociales es revisar y reinterpretar de una manera distinta las antiguas
ideologías, con el fin de posibilitar la emergencia de otras nuevas, 6) la crítica social debe
realizarse atendiendo a las experiencias y significados que ya comparte un determinado
tipo de formación social, de lo contrario, cualquier principio moral o normativo de carácter
externo que se intente introducir desconociendo las prácticas locales, debe ser
comprendido como un intento de conversión o conquista, y 7) el hecho que todas las
normas deban justificarse en virtud de ciertos principios morales, abre las puertas para que
en la sociedad exista la posibilidad de hacer interpretaciones tanto apologéticas como
críticas.
120
Al respecto, Walzer (1993) sostiene lo siguiente: “La crítica no nos exige que demos un paso atrás de la
sociedad en su conjunto, sino solamente que nos alejemos de ciertos tipos de relaciones de poder dentro de
la misma. No es de la conexión sino de la autoridad y la dominación de las que debemos distanciarnos” (p.
62).
142 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Boaventura De Sousa (2010b) propone tomar distancia de las teorías críticas de corte
eurocéntrico, aduciendo tres grandes razones o justificaciones. La primera de ellas se
encuentra relacionada con la ausencia de un lenguaje propio que posibilite imaginar
procesos emancipatorios, más allá de las gramáticas de la dominación. Al respeto, este
autor considera que:
Esto último, ha propiciado que el pensamiento crítico carezca actualmente de sus propios
sustantivos, lo cual ha llevado a que se tengan que adjetivar los sustantivos utilizados por
parte de las formas institucionales vigentes, buscando con esto, poder otorgarles un
contenido contrahegemónico. Pese a ello, para De Sousa (2010b) la falta de conceptos
propios hace que el campo de la imaginación y el sentido en el que se produce la crítica
«euro-occidental», tienda a estar enmarcado dentro de los límites de posibilidad que
permiten y posibilitan los discursos dominantes -capitalismo, Estado, democracia,
derechos humanos, desarrollo, mundialización, etc.-.
A su vez, la segunda razón se encuentra relacionada con la enorme distancia que existe
actualmente entre los planteamientos esgrimidos por parte de las teorías críticas más
relevantes en el contexto «euro-occidental», y los referentes de sentido y actuación que
Capítulo 2 143
animan las luchas sociales y populares que se vienen agenciando en el resto del planeta.
En palabras de De Sousa (2010b),
La segunda razón para tomar distancia con relación a la tradición crítica eurocéntrica reside
en la enorme discrepancia entre lo que está previsto en la teoría y las prácticas más
transformadoras en curso en el continente. En los últimos treinta años, las luchas más
avanzadas han sido protagonizadas por grupos sociales (indígenas, campesinos, mujeres,
afrodescendientes, piqueteros, desempleados) cuya presencia en la historia no fue prevista
por la teoría crítica eurocéntrica. Se organizaron muchas veces según formas (movimientos
sociales, comunidades eclesiales de base, piquetes, autogobierno, organizaciones
económicas populares) muy distintas de las privilegiadas por la teoría: el partido y el
sindicato. No habitan los centros urbanos industriales sino lugares remotos en las alturas
de los Andes o en llanuras de la selva amazónica. Expresan sus luchas muchas veces en sus
lenguas nacionales y no en ninguna de las lenguas coloniales en que fue redactada la teoría
crítica. Y cuando sus demandas y aspiraciones son traducidas en las lenguas coloniales, no
emergen los términos familiares de socialismo, derechos humanos, democracia o
desarrollo, sino dignidad, respeto, territorio, autogobierno, el buen vivir, la Madre tierra (p.
31).
Por último, la tercera razón -tal vez, la más importante- por la que De Sousa (2010b)
propone tomar distancia de la tradición crítica «euro-occidental»121, se encuentra asociada
al hecho de que lo que define a “la segunda modernidad y le confiere su carácter dominante
es la línea abismal que establece entre las sociedades metropolitanas (Europa) y las
sociedades coloniales” (p. 35). Para este autor, la línea abismal tiene que ver con la
manera en que la tendencia dominante del pensamiento occidental estableció “un sistema
de distinciones visibles e invisibles” (De Sousa, 2010a, p. 29) que hacen que una parte del
mundo desaparezca de la observación y se conciba como no existente122, permitiendo, de
121
Al respecto, resulta importante aclarar que para este autor “Tomar distancia no significa descartar o echar
a la basura de la historia toda esta tradición tan rica, y mucho menos ignorar las posibilidades históricas de
emancipación social de la modernidad occidental” (p. 35).
122
De Sousa Santos (2010a) considera que “No existente significa no existir en ninguna forma relevante o
comprensible de ser. Lo que es producido como no existente es radicalmente excluido porque se encuentra
más allá del universo de lo que la concepción aceptada de inclusión considera es su otro” (p. 29).
144 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
esta forma, que la realidad de lo social se divida en dos: “el universo de «este lado de la
línea» y el universo del «otro lado de la línea»” (p. 29). De ahí que, para De Sousa, (2010a)
aquello que es definido como parte de «este lado de la línea» -las sociedades
metropolitanas- sean espacios en los que se instaura y aplica el derecho, y en los que
permanentemente se presenta “la tensión entre regulación social y emancipación social”
(p. 30), mientras que, aquello que es definido como parte del «otro lado de la línea» -las
sociedades coloniales-, son espacios en los que se instaura “el reino del no derecho” (p.
31) y en los que la lógica que opera es “la dicotomía entre apropiación/violencia” (p. 30).
La tesis que defiende De Sousa Santos (2010a) cuando analiza la realidad mundial
contemporánea, es que el efecto polarizante y dicotómico de la línea abismal “es tan
verdadero hoy en día como en el período colonial”124 (p. 36). Por esta razón, propone la
búsqueda de un pensamiento posabismal que, a partir del rescate de la diversidad
inagotable del mundo, permita pensar desde la perspectiva del «otro lado de la línea», es
decir, desde el Sur global125. Esto último, implica la confrontación “de la monocultura de la
ciencia moderna con la ecología de saberes” (p. 49), la cual entiende como “el
123
Para este autor, estos tipos de conocimientos son los “populares, laicos, plebeyos, campesinos o
indígenas” (De Sousa, 2010a, p. 31).
124
No obstante, De Sousa (2010a) reconoce que las líneas abismales han sido históricamente cambiantes y
movidas por sacudidas tectónicas.
125
Entendido como “la metáfora del sufrimiento humano sistémico e injusto causado por el capitalismo
global y el colonialismo” (De Sousa, 2010a, p. 49).
Capítulo 2 145
traducción intercultural” (p. 57) que permitan clarificar lo que puede y no puede ser
comunicable, interpretable y aprendido, y 10) la ampliación del “horizonte de posibilidades”
(p. 60) de los actores subalternos para desarrollar “una nueva teoría y práctica, no
conformista, desestabilizadora, y de hecho rebelde” (p. 60), en la que pueda surgir algo
nuevo partiendo de lo que ya existe.
La hermenéutica diatópica se basa en la idea de que los topoi de una cultura individual, no
importa lo fuertes que sean, son tan incompletos como la cultura misma. Semejante
incompletud no es visible desde dentro de la propia cultura, puesto que la aspiración a la
totalidad induce a tomar la parte por el todo. El objetivo de la hermenéutica diatópica no
es, por tanto, alcanzar la completud -puesto que este es un objetivo inalcanzable- sino,
por el contrario, elevar la conciencia de la recíproca incompletud a su máximo posible
entablando un diálogo, por así decirlo, con un pie en cada cultura. Aquí reside su carácter
diatópico (De Sousa, 2010a, p.73) (…) El reconocimiento de las recíprocas incompletudes y
debilidades es una condición sine qua non de cualquier diálogo transcultural. La
hermenéutica diatópica se construye tanto sobre la identificación local de la incompletud y
debilidad como sobre su inteligibilidad translocal (p. 75).
Finalmente, la manera como este autor entiende la relación entre la crítica social y la
ciencia social crítica, está enmarcada en dos tipos de acciones que podrían ser
caracterizadas como opuestas y complementarias. Por un lado, en el campo de la
producción científica crítica, De Sousa (2010b) considera que debería consolidarse una
sociología de las ausencias y las emergencias126, capaz de cuestionar la racionalidad
126
De Sousa (2010a) define estos dos tipos de sociología de la siguiente manera: “Por sociología de las
ausencias entiendo la investigación que tiene como objetivo mostrar que lo que no existe es, de hecho,
activamente producido como no existente, o sea, como una alternativa no creíble a lo que existe. Su objeto
empírico es imposible desde el punto de vista de las ciencias sociales convencionales. Se trata de transformar
objetos imposibles en objetos posibles, objetos ausentes en objetos presentes. La no existencia es producida
Capítulo 2 147
monocultural que concibe al Otro -aquél que se interpreta como inexistente porque se
concibe del «otro lado de la línea»- como “el ignorante, el retrasado, el inferior, el local o
particular y el improductivo o estéril” (p. 22), y en la que sea posible investigar las
alternativas culturales-cognitivas-críticas. Por otro lado, en el campo de las luchas sociales,
este autor considera que el lugar del teórico -y su teoría- está en la retaguardia. Esto es
así, por la siguiente razón:
El análisis debe ser siempre tan incompleto y abierto cuanto lo es aquello que se analiza.
Acompaña los procesos en curso en tiempo analítico real, por así decirlo (…) La construcción
teórico-analítica tiene así una necesaria dimensión programática que, sin embargo, no se
imagina como vanguardia de la construcción transformadora en curso. Al contrario, es más
una construcción de retaguardia que examina lo que los destacamentos de la construcción
van acumulando en función de temas olvidados, aliados perdidos, errores no asumidos,
promesas no cumplidas, traiciones disfrazadas (pp. 19 y 20) (…) como las teorías de
vanguardia son las que, por definición, no se dejan sorprender, pienso que, en el actual
contexto de transformación social y política, no necesitamos de teorías de vanguardia sino
de teorías de retaguardia. Son trabajos teóricos que acompañan muy de cerca la labor
transformadora de los movimientos sociales, cuestionándola, comparándola sincrónica y
diacrónicamente, ampliando simbólicamente su dimensión mediante articulaciones,
traducciones, alianzas con otros movimientos. Es más un trabajo de artesanía y menos un
trabajo de arquitectura. Más un trabajo de testigo implicado y menos de liderazgo
clarividente. Aproximaciones a lo que es nuevo para unos y muy viejo para otros (p. 34).
siempre que una cierta entidad es descalificada y considerada invisible, no inteligible o desechable (p. 22)
(…) La sociología de las emergencias consiste en proceder a una ampliación simbólica de los saberes, prácticas
y agentes de modo que se identifique en ellos las tendencias de futuro (lo todavía no) sobre las cuales es
posible actuar para maximizar la probabilidad de la esperanza con relación a la probabilidad de la frustración.
Tal ampliación simbólica es, en el fondo, una forma de imaginación sociológica que se enfrenta a un doble
objetivo: por un lado, conocer mejor las condiciones de posibilidad de la esperanza; por otro, definir
principios de acción que promuevan la realización de esas condiciones” (p 26).
148 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
1) es una manera de hacer-pensar filosofía que resulta inédita, ya que “no se trata de una
simple reubicación teórica de lo que tenemos ni de una radicalización de planteamientos
heredados” (p. 29). Por el contrario, lo que se pretende es “crear desde las potencialidades
filosóficas que se vayan historizando en un punto de convergencia común, es decir, no
dominado ni colonizado culturalmente por ninguna tradición cultural”127 (p. 29), 2) es un
proceso que rescata la polifonía cultural, sintonizando y armonizando “las diversas voces
por el continuo contraste con el otro y el continuo aprender de sus opiniones y
experiencias” (p. 29), 3) supone la puesta en marcha de una actitud hermenéutica en la
que se reconoce la finitud del individuo y de la cultura, lo cual implica “renunciar a la
tendencia, tan propia a toda cultura, de absolutizar o de sacralizar lo propio; fomentando
por el contrario el hábito de intercambiar y de contrastar” (p. 30), 4) renuncia a toda postura
que afirme una hermenéutica reduccionista, es decir, que se reconoce y promueve “el
proceso de búsqueda creadora que tiene lugar justo cuando la «interpretación» de lo propio
y del otro va brotando como resultado de la interpelación común” (p. 30), 5) reconoce el
carácter necesariamente contextual de cualquier práctica filosófica y cultural, pero
“descentra la reflexión filosófica de todo posible centro predominante” (p. 30), lo cual quiere
decir que ubica “la discusión filosófica en el momento de la inter-conexión, de la inter-
127
Este planteamiento de la historicidad de la filosofía intercultural aunque se sigue reconociendo y
considerando relevante, es matizado y problematizado en trabajos posteriores, buscando con ello,
cuestionar “la historicidad del logos de la modernidad europea (…) [que] no conoce la historicidad más que
como puesta en escena de su poder racional” (Fornet Betancourt, 2009, p. 97), al mismo tiempo que se
rescata y otorga validez a las culturas que reconstruyen su historicidad valiéndose de “memorias culturales
con una experiencia cosmológica del tiempo” ( p. 101).
Capítulo 2 149
comunicación” (p. 30). De ahí que, el punto de partida sea la propia tradición cultural128,
“pero sabiéndola y viviéndola no como instalación absoluta sino como tránsito y puente
para la inter-comunicación” (p. 31), 6) reconoce el carácter histórico, abierto e inter-
cambiante de las culturas, a la vez que se las comprende como referencias más o menos
estables y duraderas en el proceso de constitución de identidades, y 7) denuncia que a lo
largo de la historia “no se ha conocido ni, mucho menos, realizado históricamente la
universalidad” (p. 31), debido a que lo que ha existido, hasta ahora, es un proceso de
universalización de lo particular. En este sentido, la filosofía intercultural busca “contribuir
a rehacer la idea de la universalidad, en el sentido de un programa regulativo centrado en
el fomento de la solidaridad consecuente entre todos los «universos» que componen
nuestro mundo” (pp. 31 y 32).
128
En relación con lo que en una cultura se considera como propio este autor considera que, “Antes de saber
tal y como sabemos nosotros está la interacción. Es decir, el proceso intercultural o de intercambio no está
fuera de lo que llamamos cultura propia o tradición propia del saber sino que está dentro e incluso antes de
la construcción cultural del saber que tradicionalmente reconocemos como propia. Lo que llamamos propio,
nuestra propia manera, nuestro modo ancestral de saber, es construido sobre una base que no tiene la
singularidad del fragmento aislado sino la del contexto que se ve permeado por el tránsito de gente muy
distinta, esto es, por el «trato y contrato» entre vecinos” (Fornet Betancourt, 2007, p. 44).
150 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
(…) una hermenéutica de la alteridad que parte del reconocimiento del «extraño» como
intérprete y traductor de su propia identidad, que supera el horizonte de la división «sujeto-
objeto» y hace del trabajo hermenéutico un proceso de intercambio de interpretaciones,
esto es, una tarea de comprensión participada y compartida entre intérpretes que,
mediante ese proceso, van tomando cada vez más conciencia de lo que pierden cuando
cierran su interpretación y se encierran en ella buscando una garantía estable para su
identidad o tradiciones. Pues una de las enseñanzas fundamentales de la hermenéutica
intercultural es la idea de que la comprensión profunda de lo que llamamos «propio» o
«nuestro» es un proceso que requiere la participación interpretativa del otro (Fornet
Betancourt, 2001b, p. 423).
Por otra parte, Raúl Fornet (2009) entiende a las culturas como “manifestaciones históricas
que se han desarrollado, sin excepciones, a partir de la lucha diaria por superar todos los
problemas de la vida (desde el sentido de la vida hasta los problemas sociales)” (p.38), las
cuales se caracterizan por “la organización social del universo contextual material que
afirman como propio porque están en él” (Fornet Betancourt, 2001a, p. 181), por la
interacción con otros universos contextuales que le posibilitan ir definiendo y redefiniendo
históricamente sus contornos y fronteras, por la interacción de biografías personales -
inquietas y activas- que utilizan la herencia cultural como punto de apoyo para emprender
su propio camino de realización129, por la existencia de múltiples tradiciones, conflictos y
contradicciones que hace que no sea posible considerarlas como monolitos sin fisuras130,
129
Al respecto, Fornet Betancourt (2001a) considera que “El hombre es, con seguridad, un ser cultural; está
en su cultura como en su situación histórica original, pero esto quiere decir precisamente que el ser humano
es a la vez, paciente y agente cultural. Pues la cultura es la situación de la condición humana, y no la condición
humana misma. Dicho en otros términos: Para el ser humano no hay uso de la libertad -ni, lógicamente,
tampoco de la razón- sin condicionamiento cultural, pero tampoco hay cultura humana sin la praxis de la
libertad ni el ejercicio reflexivo de la razón” (pp. 199).
130
El hecho de que las culturas sean contingentes, es decir, que a partir de la historización de sus
conflictividades pueda establecerse que aquello que es hubiera podido ser y darse de otra manera, hace que
resulte válido “sospechar que la imagen que en la actualidad nos presenta una cultura es una imagen
respaldada por el consenso entre el total de sus miembros. Podemos, y debemos, suponer que siempre hubo
alguien que protestó y el problema es, evidentemente, el de cómo trata una cultura a esa minoría que crea
el disenso. A este nivel son muchos los factores que hay que tener en cuenta porque la costumbre va a regir
no solamente a la cultura sino también a la sociedad, su organización social, y dentro de ella el proceso
Capítulo 2 151
Las culturas son siempre más que sus tradiciones desarrolladas y más o menos estables. Es
verdad que no hay cultura sin tradición, pues el desarrollo de la cultura, independiente de
como se la defina, requiere de la memoria y de experiencias conjuntas compartidas. Y éstas
son la base que conforma la tradición. Sólo que la formación de tradiciones no significa el
punto final en el desarrollo de una cultura. Las tradiciones dan personalidad y contorno a
las culturas, pero no significan en modo alguno el fin de su desarrollo. Esto, por una parte,
está bien así porque en cada cultura puede surgir más de una tradición. Cada cultura
conoce, en efecto, una pluralidad de tradiciones que luchan por definir lo respectivamente
«propio». En cada cultura, por tanto, se puede hablar de un conflicto entre tradiciones, que
es muchas veces un conflicto por el poder, y que no sólo debe entenderse de manera
práctica sino también hermenéutica, debido a que se trata también de la lucha por la
hegemonía de la interpretación. Y, por otra parte, porque los miembros de una cultura
determinada no simplemente «heredan» su cultura. Para que sea «nuestra», la cultura en
que nacemos, necesitamos ser «criados» en ella. La cultura, por muy tradicional que se la
entienda, es y se desarrolla por transmisión; una transmisión que se lleva a cabo a través
Sin embargo, un problema que Fornet Betancourt (2009) advierte para el desarrollo de su
propuesta de diálogo intercultural, son las condiciones de “empobrecimiento del mundo”
(p. 104) que genera la exportación e imposición unilateral-colonialista de una forma de
comprender la realidad, el tiempo, la vida, los cuerpos, la razón, etc., y que en la
contemporaneidad se expresa en una “contextualidad histórica dominante” (Fornet
Betancourt, 2001a, p. 279). Por consiguiente, para este autor existe actualmente una
cultura con la capacidad de sobredeterminar “los campos de acción de las culturas así
como las relaciones consigo mismas y entre ellas” (p. 279). Es por ello que, como condición
previa al diálogo, se requiere:
El hecho de que desde los trabajos pinoneros de Gadamer, se estableciera que todos los
seres humanos somos intérpretes y participamos en el proceso de significación y
comprensión del mundo -lo que aquí he venido llamando el segundo gesto humilde de la
hermenéutica-, posibilita que las propuestas críticas que se inspiran desde esta
perspectiva o enfoque, reconozcan con mayor empeño o ahínco la alteridad de los actores
sociales con relación a los filósofos y científicos, en el proceso de interpretar y criticar la
realidad de lo social. Por lo tanto, se podría afirmar que, en términos generales, es posible
encontrar por el camino de la hermenéutica una mayor preocupación por la otredad y la
alteridad, si se compara con lo evidenciado anteriormente en el caso de los autores
escogidos para estudiar la teoría crítica contemporánea en el contexto «euro-occidental»,
lo cual resulta fundamental en el propósito de construir una idea o sentido sobre la crítica
social, en el que se incluyan las producciones intelectuales del conjunto de los actores
sociales que coexisten en la sociedad de una época.
Salvo en el caso de Walzer quien, como se verá a continuación, construye una visión de
los actores críticos con cierto tufillo elitista, y una comprensión de la crítica social que
podría tener algunos rasgos etnocéntricos, en los demás casos existe un reconocimiento
de otros contextos culturales distintos al «propio», lo cual tiene una marcada incidencia al
momento de formularle críticas al liberalismo, a la modernidad y/o al capitalismo. A su vez,
en los casos de Boaventura de Sousa y Raúl Fornet Betancourt, existe un reconocimiento
pleno de la centralidad que tienen las comunidades y culturas subalternas en la ampliación
de las posibilidades del conocimiento, y de los actores críticos en la ampliación de las
Capítulo 2 155
posibilidades para realizar la vida133, lo cual significa, entre otras cosas, que estos autores
ubican a la ciencia como una producción cultural humana, cuya estimación y valor
dependerá -en cada situación y en cada contexto- del impacto positivo o negativo que
genere sobre aquello que está vivo.
La razón por la que considero que Walzer termina construyendo una visión de los actores
críticos que, hasta cierto punto, podría considerarse como elitista es la siguiente: pese a
que este autor sostiene que la crítica es una actividad social, al final, termina desplazando
al actor crítico desde la figura del filósofo o del científico134 hacia la del intérprete
profesional -individualmente considerado-. Lo anterior, aunque amplía la franja social de
los actores que podrían considerarse como críticos, sigue siendo una lógica reduccionista
en la que se desconoce, por un lado, la posibilidad que tienen los sectores populares de
realizar enunciados críticos135 y, por otro lado, la manera en que los actores colectivos o
comunitarios que agencian luchas sociales y populares -me refiero a lo que se tiende a
englobar con el genérico nombre de movimientos sociales136- ponen en práctica eso que
Walzer (1993) sugiere, cuando plantea que hay que comprender “la crítica social como una
reflexión colectiva sobre la vida colectiva” (p. 59). Por consiguiente, lo que cabría
preguntarse es ¿por qué si todos los actores sociales que hacen parte de una misma
formación cultural pueden interpretar y actualizar las normas morales existentes,
solamente la franja disidente de los intelectuales podría ser considerada como crítica?
En este punto considero de vital importancia rescatar el esfuerzo que durante más de
treinta años ha venido haciendo Boltanski -y el resto de autores que conforman la llamada
sociología pragmática de la crítica- por reconocer y demostrar la capacidad crítica que
133
Dado que Taylor no establece en su cuestionamiento a la vertiente mayoritaria del liberalismo, la manera
en que la crítica social o la crítica científica podrían abrir caminos para realizar el liberalismo multicultural,
no es posible establecer de qué forma este autor comprende las relaciones entre estos dos tipos de crítica.
134
Dos actores que son desestimados en el análisis de Walzer, debido a que los considera como seres que se
auto-marginan sin necesidad de la realidad, en su búsqueda del “descubrimiento” o “invención” de la crítica.
135
Para una aproximación histórica a la manera en que los artesanos, obreros, indígenas y campesinos
producen lecturas y acciones críticas sobre su propia realidad, véase: Rivera & Lehm (1988).
136
Respecto a la manera en que los movimientos sociales son procesos de deconstrucción, experimentación
e innovación cultural, en los que emergen nuevos conocimientos, formas de ser-habitar el mundo y prácticas
discursivas, con independencia de la existencia de teorías y autores con los que este tipo de actores pudieran
converger en el plano puramente discursivo, véase: Melucci (1999).
156 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
tienen todos los actores sociales. Pese a que, como ya se dijo antes, el problema de
Boltanski es que durante la puesta en marcha de esta apuesta académico-política, olvida
o es incapaz de observar a los actores colectivos e individuales -distintos a los «grandes»
y «consagrados» científicos sociales- que a lo largo de la historia han realizado verdaderas
metacríticas, no se puede desconocer la importancia que tienen las investigaciones
realizadas por este autor para cuestionar las teorías que niegan, subordinan o restringen
la crítica social. De ahí que, la imagen de los actores sociales como entes pasivos que son
«convencidos» y «enamorados» por las interpretaciones y reinterpretaciones que realizan
los intelectuales críticos disidentes -casi siempre, profesionales comprometidos-, es una
imagen restrictiva de la manera como la crítica emerge y circula en los distintos ámbitos y
sectores de la sociedad.
Por otra parte, en lo que atañe a los contenidos de la crítica, estoy de acuerdo con Jesús
Conill (2006) cuando establece que “sólo algunos hermeneutas hablan de crítica” (p. 11),
y también con aquellos que suelen acusar “a la hermenéutica de carecer de sentido crítico”
(p. 11). Lo anterior, resulta más evidente cuando el balance se sitúa únicamente en
aquellas reflexiones que buscan tender puentes entre la hermenéutica y la crítica social137.
Esto puede deberse al hecho de que durante mucho tiempo Heidegger haya sido
137
Es por esta razón que aquí no se tuvo en cuenta, por ejemplo, la crítica ética de aguijón minúsculo y
neutralizado de Adela Cortina (1996), o la crítica nihilista y ontológica de Gianni Vattimo (1987).
Capítulo 2 157
Pese a ello, en términos generales, resulta significativo el hecho de que los hermeneutas
críticos aquí trabajados -con excepción de Walzer-, hayan enfilado las baterías de la crítica
contra el etnocentrismo y/o el colonialismo. De esta manera, el reconocimiento de las
«otredades» no sólo se encuentra referido a la validación de las capacidades críticas de
los actores sociales, sino que además implica el estudio y comprensión de la relación de
dominio o preeminencia que existe entre el contexto «euro-occidental», y las demás
contextualidades que fueron y siguen siendo invadidas, despojadas, inferiorizadas,
asimiladas o negadas.
Sin embargo, aunque no debe escatimarse la importancia que tienen los hermeneutas
críticos para ayudar a pensar la crítica social en términos de alteridad epistemológica y
cultural, encuentro problemática la manera en que el localismo crítico de Walzer expresa
ciertos rasgos etnocéntricos, a la vez que me parece insuficiente el reconocimiento limitado
y subordinado de las otras culturas que propone Taylor. En el caso de Walzer, la dificultad
radica en el hecho de que este autor reduzca la crítica social únicamente a la relación de
138
Al respecto, Andrés Felipe Parra (2014) sostiene que “El pensamiento filosófico hermenéutico guarda una
relación espinosa y problemática con la política. Las imágenes icónicas de un Heidegger nazi y de Gadamer
como un pensador conservador han creado la distancia y la imposibilidad de un dialogo entre la filosofía
hermenéutica y la teoría política. Algunos han visto en las tesis hermenéuticas sobre la pluralidad del sentido
un escepticismo conservador y un relativismo vulgar que deshacen cualquier fundamento racional o
razonable de la política. La hermenéutica llevaría todo pensamiento a sostener consecuencias cavernícolas
sobre la vida social y la actividad política: la pluralidad del sentido se convierte inevitablemente en un todo
vale (…) Mientras tanto, otras interpretaciones de la hermenéutica, y en especial del pensamiento de
Gadamer, han visto (…) que esta se convierte en un discurso que defiende las tradiciones de forma a-critica,
dotándolas de un velo universalista que, desde una concepción abstracta de la verdad, responde a
preocupaciones políticamente conservadoras. (…) Un cálido pero peligroso apretón de manos con la tradición
y con el statu quo estaría en la base del pensamiento de Gadamer. La hermenéutica destierra a la crítica del
terreno político y, bajo el concepto de tradición, legitima formas de dominación política a partir de la excusa
de que estas deben ser comprendidas (…) Hay un rasgo en común que comparten estas dos interpretaciones,
estos dos lugares comunes, aunque se opongan entre sí: ambos se amparan en una comprensión poco
profunda y poco acertada de lo que significa una pluralidad de sentidos desde una visión hermenéutica y no
tienen una concepción precisa de lo que Gadamer considera tradición según sus planteamientos ontológicos”
(p 61).
158 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Dado que este autor desatiende la manera en que el trato e intercambio entre culturas
contribuye históricamente a formar y reformar aquello que se considera como el «adentro»
de una formación cultural, su análisis se encuentra impedido para observar los excedentes
«externos» de tipo experiencial, moral y normativo con los que cuentan los actores
sociales, para poder criticar la forma estabilizada y dominante en la que se expresan sus
«propios» valores normativos. En este sentido, la manera en que Walzer asocia lo
«externo» con el migrante extranjero -aquel que carece de conexión con el medio local y
no tiene posibilidad alguna de ser acogido e integrado-, el misionero -aquel que pretende
convertir a las otras culturas porque juzga como erróneo aquello que son, desde el punto
de vista de su «propio» criterio moral- o el invasor -aquel que se impone violentamente a
los Otros para conquistarlos y obligarlos a adoptar unos principios morales ajenos a su
«propia» tradición-, hace que desde los planteamientos de este autor resulte muy difícil
pensar la posibilidad de alcanzar la fusión de horizontes culturales que propone Taylor, e
imposible imaginar siquiera la realización de propuestas como la transcrítica intersocietal
de Luis Tapia, la ecología de saberes de Boaventura de Sousa o el diálogo intercultural de
Raúl Fornet Betancourt.
Si se tiene en cuenta que las lógicas dialógicas de apertura, conocimiento, diálogo, crítica
y corrección intercultural son una apuesta de superación, por un lado, del etnocentrismo y,
por el otro, del colonialismo, resulta posible imaginar o encontrar caminos interpretativos y
críticos en los que se amplíen los límites de las dinámicas y procesos locales, sin tener
que reproducir las lógicas del descubridor, el inventor, el turista139, el misionero o el invasor.
139
Considero que el término turista es el mejor que se puede emplear para indicar la falta de implicación que
puede experimentar alguien, cuando se relaciona con un contexto de interacción distinto al que considera
como «propio». El problema, en este caso, es que Walzer comprende al migrante extranjero como alguien
externo y ajeno al que no se puede acoger, escuchar y entender desde su alteridad, razón por la que se
termina subvalorando la importancia de su crítica. En relación con esto, considero pertinente recordar que
“La tolerancia que acoge al otro migrante es una tolerancia interactiva cuya acogida es aceptación del otro
como interlocutor activo que nos ofrece su mundo y, con ello, la posibilidad de transformar el mundo propio
Capítulo 2 159
A este respecto, resulta conveniente traer a colación lo dicho por Raúl Fornet Betancourt,
cuando señala que la filosofía intercultural:
desde ese otro mundo que ahora, por la acogida, ya tenemos en casa (…) La experiencia de los desafíos
concretos de convivencia con que confronta la migración, puede entenderse (…) como el punto de partida
para dar a la tolerancia la calidad de un proceso de comunicación recíproco, es decir, para convertir la
tolerancia de la diferencia del otro en una ocasión de escucha y aprendizaje que sería a su vez la base de un
caminar, apoyados en la mutua comunicación, hacia una posible comunidad en la que las fronteras entre los
miembros de las sociedades receptoras y los «de fuera» son cada vez menos rígidas o fijas” (Fornet
Betancourt, 2009, p. 60).
140
Desde el punto de vista de la hermenéutica diatópica o la transcrítica faltaría la otra cara de la moneda. Si
es verdad, como establece Taylor (2005), que resulta posible la modificación “de sí a raíz de los contactos
con otros” (p. 217), sería necesario -desde un planteamiento igualitario en el que se reconociera la alteridad-
160 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Por consiguiente, mientras que los representantes de la tradición liberal y sus responsables
institucionales, cuentan con el derecho a valorar y redefinir los criterios de valoración en el
proceso de ir conociendo aquello que reclama su derecho a la diferencia, las culturas Otras
no pueden hacer lo mismo con aquellas producciones culturales, institucionales y
normativas que les son impuestas. Esto último, lleva a que la fusión unilateral de horizontes
propuesta por Taylor (2009), sea simplemente el reconocimiento e inclusión al mundo
como mayoritariamente está siendo -es decir, la inclusión a las sociedades que se van
estructurando en la contextualidad globalizada liberal, patriarcal antropocéntrica, euro-
moderna, colonialista y capitalista- y no como podría ser -partiendo de la interpretación
crítica y democrática de las distintas formas de organizar la vida en común que ya existen-
.
que a los Otros también se les concediera el derecho de modificarse, a raíz del contacto con aquella cultura
que se autoproclama como el único «sí» de la relación.
Capítulo 2 161
En este punto -al igual que sucedía anteriormente en el caso de Walzer- considero
relevante rescatar algunos de los planteamientos epistemológicos y ético-políticos que
defiende y afirma la filosofía intercultural, ya que en ciertos pasajes en los que Fornet
Betancourt (2001a) describe el diálogo intercultural, establece lo siguiente:
Es obvio, por todo lo expuesto hasta aquí que los planteamientos de Boaventura de Sousa
y, sobre todo, Raúl Fornet Betancourt, resultan ampliamente convergentes con los dos
162 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
grandes propósitos que animan la realización de este capítulo: 1) construir una idea o
sentido sobre la crítica que reconozca e incluya las producciones intelectuales del conjunto
de los actores sociales que coexisten en la sociedad de una época de manera igualitaria,
y 2) proponer un concepto de crítica que permita delimitar cuáles son los sectores críticos
de un determinado tipo de sociedad. No obstante, desde el punto de vista de los contenidos
de la crítica considero que existen algunos elementos problemáticos en estas dos
propuestas. Por esta razón, me parece conveniente señalar algunos límites que advierto
en las dos reflexiones sociológicas o filosóficas que considero más cercanas, antes de
proceder a realizar el balance de los alcances que tiene la crítica en cada una de las cuatro
propuestas aquí trabajadas.
141
Véase al respecto, por ejemplo: Mignolo (1995, 2000, 2010 y 2011).
Capítulo 2 163
En los últimos cincuenta años, por ejemplo, la apropiación crítica de los feminismos -quién
podría negar el marcado énfasis «euro-occidental» que tuvo este movimiento en su renacer
y resurgir moderno-, ha contribuido a fortalecer, diversificar y radicalizar «nuestras» luchas
sociales. Por ende, la emergencia de los llamados feminismos poscoloniales, decoloniales
y comunitarios, es un hecho altamente significativo que ha permitido la impugnación de la
dominación sistémica que sufren aquellos cuerpos que son definidos como mujer, por parte
de las distintas formas culturales de codificación binaria -blancas, mestizas,
afroamericanas e indígenas- que coexisten y se refuerzan mutuamente en la
contextualidad nuestroamericana, al mismo tiempo que dichos feminismos
interseccionales y anticoloniales, han logrado cuestionar el carácter blanco, burgués y
europeo que se encuentra universalizado acríticamente en la categoría mujer que afirman
y defienden algunos feminismos liberales y socialistas.
164 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
142
Así como ningún país nuestroamericano o africano puede llegar a conocer y comprender lo que ha sido y
está siendo, dejando de lado los rastros y las huellas que ha dejado tras de sí «nuestra» herencia colonial y
colonialista «interna», tampoco debería ser posible que en el contexto «euro-occidental» se estudien las
riquezas y miserias de sus «propias» tradiciones y culturas, sin advertir las huellas y rastros que el uso de la
violencia, el saqueo y el sometimiento de Otros pueblos les ha permitido y negado.
143
Este autor sólo se encarga de aclarar el uso contrahegemónico que podría hacerse de la ciencia.
Capítulo 2 165
Por último, en cuarto lugar, pese a la importancia y enormes posibilidades que encuentro
en la hermenéutica diatópica de Boaventura de Sousa -término pensado y desarrollado
con antelación por Raimon Panikkar144-, considero problemático que: 1) se tienda a reducir
únicamente al estudio comparativo de la isomorfía conceptual, lo cual lleva a que este tipo
de hermenéutica sea únicamente textual y no contextual, y 2) sea una interpretación
monológica y no dialógica de los diferentes topoi producidos por algunas tradiciones
culturales, lo cual lleva a que más que una forma de encuentro intercultural, deba
comprendérsela como una manera sugestiva de proponer analogías entre categorías
aparentemente inconmensurables.
144
Aunque en textos como Universalismo, contextualización cultural y cosmopolitismo (2000) este autor
reconoce que la hermenéutica diatópica es una categoría que retoma de Raimon Panikkar, en algunos de los
libros que más han circulado y por los que ha ganado fama y prestigio en el contexto nuestroamericano,
aparece como si este término fuera una invención suya. Por ejemplo, en el libro Descolonizar el saber,
reinventar el poder no se referencia ni una vez a Panikkar cuando se habla de hermenéutica diatópica –a
pesar de que en otras partes del libro se utilizan algunas citas y referencias de este autor-, y la primera vez
que se introduce esta categoría se establece lo siguiente: “Comprender una determinada cultura desde los
topoi de otra cultura puede resultar muy difícil, si no imposible. Por tanto, propondré una hermenéutica
diatópica” (De Sousa, 2010a, p. 72). Esto mismo sucede en el libro Refundación del Estado en América Latina
–donde no se nombre o referencia ni una vez a Panikkar- en el que la primera vez que se introduce este
término se afirma que “El trabajo de traducción incide tanto sobre los saberes como sobre las prácticas (y
sus agentes). La traducción entre saberes asume la forma de una hermenéutica diatópica. Este trabajo es lo
que hace posible la ecología de los saberes (…) He propuesto un ejercicio de hermenéutica diatópica a
propósito de la preocupación isomórfica con respecto a la dignidad humana entre el concepto occidental de
derechos humanos, el concepto islámico de umma y el concepto hindú de dharma” (De Sousa, 2010b, p. 46).
Para ver la manera en que Panikkar definió y trabajó por primera vez la hermenéutica diatópica, véase:
Panikkar (1979).
166 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
regionalmente, mediante los cuales se pretende mejorar las condiciones de vida de los
seres humanos en su conjunto. En consecuencia, describir la manera en que este autor
trabajó a comienzos de este siglo el problema de los derechos humanos, podría ser un
buen lugar de observación para comprender mejor lo que vengo aquí afirmando.
En uno de los momentos en que Raúl Fornet Betancourt (2001a) trabaja la importancia de
universalizar algunos contenidos emancipadores que favorecen la liberación de toda la
humanidad, establece lo siguiente:
(…) si consideramos los derechos humanos como parte de esa cultura humana de la
memoria de liberación, se evidencia que operamos con una percepción de los mismos en
la que su instrumentalización imperialista por parte de políticos y estados occidentales
-hecho evidente que no debe ser relativizado- no ocupa el primer plano sino que lo ocupa
su calidad ética, es decir, su dimensión de memoria históricamente actuante que nos
recuerda personas que, desde su experiencia de humanos violentados, se han rebelado
para luchar por los derechos del ser humano y que, de este modo, lo que realmente
transmiten como herencia es el compromiso por universalizar la humanidad del hombre.
Pues bien, para el debate intercultural sobre los derechos humanos esta visión tiene la
ventaja de poner en relieve el contenido liberador de los mismos bajo la óptica de una
herencia cuyo objetivo fundamental no solamente puede ser aceptado por todos sino que
puede ser además configurado solidariamente por las distintas culturas de la humanidad.
Sería entonces una visión que propone entender los derechos humanos como un
patrimonio común de toda la humanidad (pp. 290 y 291).
Para este autor, el actual discurso de los derechos humanos resulta inconveniente y
problemático en el caso de algunas tradiciones y culturas, debido a que: 1) tiende a
otorgársele un reconocimiento exclusivo al individuo -aspecto que resulta ampliamente
convergente con las formas en que se expresa el individualismo posesivo-, 2) se le otorga
a la propiedad privada el reconocimiento de derecho -el más importante e inviolable de
todos los derechos económicos-, y 3) se le otorga prioridad a los derechos civiles y políticos
sobre los económicos, sociales y culturales. Debido a ello, De Sousa (2010a) considera
que en lugar de proponer la universalización de una forma de dominio en la que se
expresan también y de manera subordinada las memorias de las luchas y resistencias, lo
que deberían hacer los actores sociales críticos es reconocer la diversidad de
concepciones que existen sobre la dignidad humana, y encontrar un camino alternativo e
intercultural que impugne y supere el imperialismo cultural que supone la actual versión -
con arreglo, sobre todo, a los valores de la contextualidad «euro-occidental»- de los
derechos humanos.
Llegados a este punto habría que preguntarse si los cuestionamientos que varios actores
críticos le realizan a la categoría «universalidad» -justificados, en buena medida, por los
significados y usos que este concepto ha tenido en obras como la de Hegel y Marx-, así
como el riesgo y tentación que significa la universalización de los particularismos -ya sea
que se consideren emancipatorios o no- que tiende a ocurrir cuando se utiliza este término,
no llevaría a pensar en la necesidad de «decretar» su jubilación o salida de circulación en
el corto plazo. En lo que a mí respecta, considero que términos como la producción común
de lo común145 u otros similares, podrían ayudar a que se siga apostando por un proyecto
que se compromete radicalmente con la ampliación y mejoramiento de la vida para todos,
y en el que no se acepta, de ninguna manera, el relativismo cultural y/o moral, a la vez que
se imaginan contenedores semánticos que no tengan una carga histórica negativa, y en
los que el lenguaje se emplea intencionalmente como salvaguarda mental contra la
universalización de los particularismos146.
145
De alguna manera, la propuesta de invención del núcleo político común de Luis Tapia (2006), me ha
servido como fuente de inspiración para pensar y proponer esto que aquí afirmo.
146
Resulta difícil pensar que un particular se pueda convertir en universal cuando debe pasar por un proceso
de producción común, en el que los resultados del diálogo podrían llevar a que se establezca
interculturalmente lo que vale para todos, es decir, lo que es común.
168 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Del mismo modo, imaginar algo que pudiera estar más allá de los derechos humanos
-teniendo en cuenta que el ser humano es solamente una de las maneras limitadas y finitas
como se expresa la vida en el universo-, debería partir del rescate e interpretación crítica
de lo que para las distintas formaciones culturales significa la vida. De ahí que, los
derechos de la vida tendrían que ser necesariamente pensados y acordados, a partir del
reconocimiento-interpelación-corrección de las distintas maneras en que los seres
humanos comprendemos -desde nuestra finitud- la vida y lo que está vivo.
Finalmente, en lo que atañe a los alcances de la crítica considero que, pese a que Walzer
reconoce que la revolución -asociada con la crítica radical- es un proceso interno que debe
ser considerado como opuesto a la conquista, por momentos plantea una distinción entre
oposición y derrocamiento que le permite asociar la crítica social con el hecho de hacer y
estar en la oposición. De esta manera, la crítica inmanente de Walzer tendería a privilegiar
la reinterpretación de las normas en el marco de las instituciones vigentes, antes que
explorar la posibilidad de una alternativa en la que se avizore una “nueva sociedad
desarrollándose en las entrañas de la antigua”147 (Walzer, 1993, p. 60). De manera similar,
la crítica de Taylor se podría considerar como una corrección multicultural del liberalismo
para continuar el liberalismo, atendiendo a la reducción de la complejidad que significa la
integración de la Otredad cultural y el derecho a la diferencia, sin que ello implique la
transformación de las instituciones vigentes o la disminución-superación de algún tipo de
negatividad que impida, inhiba, limite o niegue la realización de la vida. Por lo tanto, en los
casos de estos dos autores se podría afirmar que sus críticas tienen un aguijón modesto y
diseñado con el propósito de neutralizarse antes de inocular cualquier tipo de veneno.
Por el contrario, tanto en los planteamientos de Boaventura de Sousa como en los de Raúl
Fornet, se expresa una crítica radical en la que se plantea una opción, sobre todo,
147
Esto que se señala aquí es todavía más evidente cuando se observa la teoría de la justicia elaborada por
este autor, en la que se afirma una idea de igualdad compleja, mediante la cual se pretende reducir el
predominio que pueda llegar a tener algún bien social sobre todos los demás, sin restringir o destruir el
monopolio en la distribución que pudiera presentarse en cada una de las esferas de la justicia. Al respecto,
véase: Walzer (1997).
Capítulo 2 169
En este sentido, la manera en que, por ejemplo, Luis Tapia se ha comprometido en los
procesos de diálogo y transcrítica intercultural con algunas de las tradiciones indígenas
bolivianas, es un claro ejemplo de esto que aquí señalo. Dado que este autor entiende que
el valor de sus reflexiones y teorías se mide por los impactos positivos que éstas generen
en el mundo de la vida, y a que comprende «verdaderamente» a la ciencia social crítica
como una forma importante y limitada de intervenir en la realidad de lo social, no se niega
ni le niega a Otros la posibilidad de participar en el proceso de producción común de lo
común, a partir del rescate crítico y autocrítico de las distintas tradiciones que en el
contexto boliviano están intentando subvertir las negatividades que limitan, dificultan,
inhiben o impiden la realización de la vida. Por lo tanto, el arraigo e implicación que Tapia
tiene con su «propia» realidad, así como la postura anti-etnocentrista que afirma y defiende
148
En ambos casos se podría hablar también de una crítica a la dominación patriarcal, aunque es un elemento
que tiene un peso secundario y es incluido tardíamente en sus reflexiones.
170 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
cuando reconoce las riquezas y pobrezas que tienen todas las tradiciones que coexisten
en Bolivia -empezando por la «suya»-, le permite participar e involucrarse como actor
crítico en la invención del núcleo común de su propia contextualidad multisocietal149.
Por último, en el caso de Raúl Fornet Betancourt considero que su propuesta crítica al
nacer de un proyecto-esperanza que pretende la transformación radical de la filosofía, por
momentos tiende a centrar sus esfuerzos de actuación en el terreno del diálogo y no en el
de la confrontación y la lucha -más allá del ámbito estrictamente académico- contra
quienes niegan el trato igualitario y la alteridad en el mundo. En otras palabras y para
aclarar mejor lo que quiero decir, la propuesta de Fornet Betancourt es una crítica radical
al monoculturalismo -de cualquier tipo- y al etnocentrismo -de cualquier tipo-, al mismo
tiempo que enfila sus baterías específicamente contra la monocultura capitalista,
imperialista y colonialista -referida en la «modernidad» a la vertiente dominante de una
tradición específica: lo «Occidental reducido»-, sin embargo, por la centralidad que tiene
la reflexividad-contextual-dialógica en el proceso de producción común de lo común -en
palabras de Raúl Fornet, lo universal-, se tiende a desatender la necesidad de implicarse
-radicalmente- y participar -directamente- en los procesos sociales y contenciosos de
confrontación-experimentación cultural contra aquellas formas de organizar la realidad -y
sus respectivas cristalizaciones institucionales- que, como la llamada globalización
neoliberal, inhiben, limitan, impiden o niegan la vida, es decir, que clausuran el sentido,
homogeneizan la realidad y por su forma de comprender al hombre y a la naturaleza, están
poniendo en riesgo la existencia del mundo -ese del que todos hacemos parte y
necesitamos para poder realizar procesos de encuentro y diálogo intercultural-.
149
Para Tapia (2006) “Lo común sólo puede ser nuevo, lo nuevo construido, sin embargo, a partir de lo que
contienen nuestras historias de resistencia en formas comunitarias e igualitarias de vida política y social, a
partir de lo compartido en la historia de luchas contra el colonialismo, el liberalismo y el capitalismo. Lo
común tiene que ser inventado, o se tiene que continuar inventándolo, a partir de la institucionalización de
las formas históricas de deliberación y participación política de la diversidad de colectividades y comunidades
existentes en los territorios e historias del país. Este texto es un argumento a favor de la invención del núcleo
político común (p. 6).
Capítulo 2 171
No quiero que se malentienda esto que estoy tratando de decir, y por la figura que utilizo
para ilustrar esta idea con un ejemplo, se piense siquiera que estoy relacionando eso de ir
hasta las últimas consecuencias con la decisión de usar las armas para confrontar a los
violentos con violencia. No, de ninguna manera. Aunque considero que la situación límite
del uso de la violencia por parte de los actores críticos radicales que luchan contra las
dominaciones sistémicas -o, en términos positivos, por la realización de la vida-, en algunos
momentos puntuales del desarrollo de las luchas, es un tipo de acción que podría llegar a
considerarse como válida o legítima, lo que estoy intentando dar a entender es que Martí
se comprometió en la imaginación-concreción del proyecto o programa de una
172 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Nuestramérica libre, digna y diversa, pero también -y esto es muy importante- en la lucha
decidida contra los poderes e instituciones que empobrecían al mundo, y desplegaban la
brutalidad de su fuerza con la finalidad de impedir la realización de un proyecto-esperanza.
***
Este recorrido por cuatro de las tradiciones críticas que coexisten en la contextualidad
«euro-occidental», me ha permitido comprender mejor las luces y sombras de la
hermenéutica crítica, la teoría crítica, la sociología crítica y la sociología de la crítica. Sin
embargo, ha llegado el momento de continuar y proponer respuestas a los dos
interrogantes que al comienzo de este capítulo había señalado como los más relevantes
para poder estudiar los usos del concepto de lo popular en Colombia por parte de los
sectores críticos. Es momento entonces de «despedirme» y «distanciarme», hasta cierto
punto, de las teorías y reflexiones sobre la crítica que he venido trabajando, hasta ahora,
con el fin de emprender un camino «propio» que me posibilite precisar qué es la crítica y
quiénes son los actores sociales críticos.
Este apartado lo dedicaré a desarrollar mi propuesta sobre la crítica, con el fin de concretar
los dos objetivos principales que, como ya se dijo antes, justifican la inclusión de este
capítulo en el marco de la investigación sobre los usos de lo popular en Colombia en el
periodo 1991-2016: 1) construir una idea o sentido sobre la crítica social en el que sea
posible incluir las producciones intelectuales del conjunto de los actores sociales que
coexisten en la sociedad de una época, y 2) establecer un concepto de crítica que posibilite
delimitar cuáles son los sectores críticos de un determinado tipo de sociedad, así como
también, establecer en qué se diferencian dichos actores individuales, colectivos o
comunitarios de los sectores sociales que se consideran como no críticos.
Para ello, retomo los tres criterios temáticos que orientaron transversalmente el desarrollo
de la mayor del capítulo -los contenidos de la crítica, sus alcances emancipatorios y el
Capítulo 2 173
Eso quiere decir que una vez que establezca la manera en que comprendo la existencia y
realización de la vida humana, me detendré a explicitar en mi propio bosquejo sobre la
crítica: 1) los contenidos, 2) los alcances, y 3) la manera en que se expresa la alteridad
entre los actores sociales y los científicos en el proceso de producción de enunciados
críticos, al mismo tiempo que defino qué es la crítica, cuáles son los actores críticos y
presento algunas consideraciones concernientes a ciertos cuestionamientos que podrían
realizarse a mi propuesta en el contexto belga -francófono-.
150
Raquel Gutiérrez (2017) establece una distinción analítica entre teoría y estrategia teórica. Para ella, "Aun
cuando la emancipación social es, ante todo, una cuestión práctica -un asunto en relación con el mosaico
móvil de actividades que se despliegan en momentos tensos e inciertos de enérgico despliegue de la
confrontación social- antes que una «teoría» -entendida como conjunto fijo y exterior de argumentos
ordenados y sistemáticos- requerimos de una estrategia teórica para entender, en sus alcances históricos,
los rasgos emancipatorios de los movimientos y rebeliones sociales recientes. En segundo lugar, a diferencia
del significado clásico de la palabra teoría, una estrategia teórica no tiene la pretensión de encubrir, en
nombre de cierta noción de objetividad, al sujeto que teoriza. Más bien, busca presentar los sucesos, los
hechos, como producción práctica y reflexiva de personas situadas socialmente, que asumen determinadas
intencionalidades políticas sean estas explícitamente señaladas o implícitamente asumidas. La estrategia
teórica que propongo se inserta entonces, no en la tradición que privilegia la producción de conocimiento
objetivo, sino en la que auspicia la comprensión práctica del acontecimiento social de quiebre, resistencia e
impugnación al orden social por aquellos que lo producen" (pp. 56 y 57). Agradezco a Leopoldo Múnera por
la sugerencia de lectura e inclusión de esta cita.
174 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Voy a defender de aquí en adelante que la vida -independientemente a las formas como
esta se presenta- es, ante todo, Positividad151. La manera en que los seres humanos -que
somos naturaleza, nos relacionamos con la naturaleza y dependemos de la naturaleza-
desde que venimos al mundo vamos generando vínculos de interdependencia biológicos
y culturales con otros seres humanos, es la manera como se nos presenta la vida. De ahí
que nuestra lucha por la existencia sea siempre y necesariamente un esfuerzo común.
Ahora bien, esta lucha por la existencia en la que devenimos los seres humanos -insisto,
siempre y necesariamente en relación con otros seres y la naturaleza- implica un doble
esfuerzo: por una parte, la significación-interpretación-comprensión del mundo en el que
ya estamos siendo y, por otra, la resolución de nuestras necesidades biológicas -comer,
dormir, guarecernos, reproducirnos, etc.- y afectivo-culturales -comunicarnos, conocernos,
cuidarnos, amarnos, jugar, etc.-. Es durante la realización de esta doble exigencia que nos
plantea la existencia -y en el proceso de experimentación-significación-interpretación de la
151
El sentido que le otorgo al término Positividad se encuentra estrechamente relacionado con una de las
acepciones o significados de lo positivo en el lenguaje cotidiano u «ordinario»: aquello que expresa la
existencia o presencia de algo (RAE, 2022). Específicamente, entiendo la Positividad como el flujo de la vida
en común realizándose y perseverando en la lucha por la existencia. Esto último, no puede confundirse o
asociarse, de ninguna manera, con el positivismo científico, el cual entiendo como una corriente filosófica en
la que se afirma la premisa básica de que al conocimiento se accede únicamente por la vía de la comprobación
de hechos empíricamente demostrables y la explicación analítica de estos, a partir del empleo del método
científico. Es más, atendiendo a la relevancia y centralidad que en mi «propia» propuesta tienen tanto las
tradiciones como la alteridad cognitiva entre los actores sociales y los científicos sociales, se podría establecer
que, en buena medida, afirmo una postura «anti» o «contra» positivista.
Capítulo 2 175
Todas las formas en las que se expresa y realiza la vida en común son entonces, ante
todo, Positividad, porque significan una historia de aprendizajes, entendimientos y luchas
para perseverar en la existencia. Por consiguiente, hasta las formas más opresivas -como
las sociedades esclavistas-, totalitarias -como el nazismo- o predatorias -como el
capitalismo- son y deben ser consideradas como Positividades, atendiendo a la lógica que
subyace en la manera como estoy presentando aquí la ontología relacional-hermenéutica-
finita de la vida152. El hecho de que los seres humanos continuemos existiendo es la prueba
que demuestra la Positividad de nuestra lucha por la existencia.
152
Teniendo como telón de fondo de mi argumentación los planteamientos de autores como Spinoza, Marx
o Gadamer, así como también, las cosmovisiones de varios pueblos y comunidades indígenas
nuestroamericanas. Por otra parte, cabe destacar que lo aquí señalado guarda relación con la manera como
se comprende la existencia en las propuestas de Luis Tapia, Boaventura de Sousa y, sobre todo, Raúl Fornet
Betancourt.
176 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
tradiciones153, pueden llevar a que se produzca el cierre o clausura parcial del sentido de
la realidad, a partir del momento en el que una tradición se institucionaliza, bien sea porque
logró prevalecer -el camino de la argumentación- o bien sea porque logró imponerse -el
camino de la fuerza- sobre todas las demás. Sin embargo, lo aquí expuesto no quiere decir
que las diferencias interpretativas, la conflictividad social, el contacto con otras formas
comunes o la institucionalización de las relaciones sociales deban considerarse como algo
malo, indeseable o inconveniente. Todo lo contrario. Simplemente, lo que se está
señalando es que dada la permanente incertidumbre y fragilidad en la que deviene la
existencia humana (Boltanski, 2014), a que entre las distintas tradiciones que hacen parte
de una forma común pueden presentarse conflictos de poder en el proceso de definición
de lo «propio», es decir, una lucha por la hegemonía de la interpretación de las herencias
culturales (Fornet Betancourt, 2009), y a que algunos procesos de encuentro intercultural
se caracterizan por instaurar lógicas de apropiación/violencia colonial (De Sousa, 2010a),
es posible que existan actores o sectores sociales que interpreten como negatividades
ciertas experiencias, encuentros o arreglos sociales que, al mismo tiempo que expresan la
singularidad y diversidad de maneras en que se realiza la vida, pueden llegar a
comprenderse como formas de clausura o negación en las que tienden a expresarse
ciertas prácticas, valores y/o sentidos que se van significando como dominantes, injustos
o violentos154.
Por consiguiente, es probable que parte de los acumulados culturales que nos habilitan y
posibilitan para ser, puedan llegar a comprenderse también como limitaciones o
impedimentos. En este sentido, las negatividades de una tradición cultural serían aquellos
valores, reglas o prácticas institucionalizadas, que siendo interpretadas como lesivas para
la realización de la vida del conjunto o una parte de los actores sociales que coexisten en
153
Siempre que se reconozca la conflictividad en nuestra sociabilidad, resulta necesario pensar las herencias
culturales en plural. De ahí que, esta propuesta crítica encuentre mayor convergencia en este punto con los
planteamientos de Fornet Betancourt que con los de Gadamer.
154
Al ser esta una propuesta de corte hermenéutico, es claro que se concede un alto grado de importancia a
las maneras diversas en las que los actores sociales van comprendiendo, significando y criticando la realidad.
En este sentido, mientras que la Positividad -en mayúscula-, como ya se dijo antes, es el flujo de la vida en
común realizándose y perseverando en la lucha por la existencia, las positividades y negatividades serían la
manera en que los actores sociales van comprendiendo, interpretando y otorgando valor a la Positividad en
la que se hallan inmersos. Esto que aquí se expresa guarda relación, de alguna manera, con la distinción que
Boltanski (2014) establece entre el mundo y la realidad, basándose, para ello, en los planteamientos
filosóficos de Wittgenstein.
Capítulo 2 177
una forma común, son significadas como dominaciones, injusticias o violencias. Dicho de
otra manera, las negatividades serían aquellos aspectos de la realidad que se van
interpretando y considerando como obstáculos que inhiben, dificultan o incluso niegan la
realización de ciertas formas de vida que se encuentran existiendo inmersas en el seno de
una forma común que las habilita, posibilita y permite ser. O todavía mejor, las
negatividades serían comprensiones legítimas y razonables de las intolerancias, sanciones
y violencias que se ejercen contra ciertas formas de vida que emergieron gracias a que ya
existían las condiciones de posibilidad para que esto fuera así, pero que al mismo tiempo
son interpretadas como menospreciadas, humilladas y/o negadas.
Como se pudo ver a lo largo del capítulo, las tradiciones críticas contemporáneas estudian
y problematizan alguna o algunas de las negatividades que los filósofos o los científicos
sociales críticos van comprendiendo e interpretando en sus «propias» formas comunes.
En consecuencia, teorías como las de la crítica a la dominación (Bourdieu, 2000; Boltanski,
2014), las ideologías (Habermas, 1988; Ricœur, 2002), las injusticias (Walzer, 1993; Forst,
2014), la aceleración (Rosa, 2016), el etnocentrismo (Taylor, 2009), el capitalismo y el
colonialismo (Tapia, 2006; De Sousa 2010a; Fornet Betancourt 2001a), o aquellas que
afirman la necesidad del reconocimiento (Honneth, 1997) -sólo por mencionar varias de
las propuestas teóricas trabajadas a lo largo del capítulo-, comparten la preocupación por
explicar y comprender la manera en que operan determinados tipos de negatividad que
obstaculizan y entorpecen la realización de la vida en las formas comunes moderno-
capitalistas.
Sin embargo, los científicos y filósofos críticos no son los únicos actores capaces de
significar, interpretar y denunciar las negatividades que van comprendiendo en su lucha
común por la existencia. Cotidianamente, se van presentando situaciones que nos
permiten distanciarnos de la realidad con el fin de cuestionar e impugnar la manera como
178 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
esta se nos presenta (Boltanski, 2014). Igualmente, el hecho de hacer parte de tradiciones
o formas comunes distintas, como ya se dijo antes, puede llevar a que exista un conflicto
interpretativo sobre aquello que se reconoce como «propio» (Fornet Betancourt, 2009).
Por último, existen determinados contactos experienciales con la realidad, que nos
habilitan para reflexionar e interpretar críticamente la justeza y pertinencia tanto de
nuestras formas de vida como de nuestras instituciones. En este sentido, las muertes por
hambre, los feminicidios, la violencia intrafamiliar, la brutalidad policial, el racismo, la
xenofobia, la destrucción de ecosistemas o la contaminación de los ríos que
cotidianamente percibimos, experimentamos y vamos significando los hombres y mujeres
del siglo XXI, en la mayoría -estoy tentado a decir todas o casi todas- las formas comunes
que coexisten de forma subordinada, como consecuencia de la expansión colonialista de
una contextualidad histórica dominante que ha logrado determinar un tipo de globalización:
la neoliberal (Fornet Betancourt, 2001a), pueden comenzar a ser entendidas como
situaciones límite, en el momento en que son significadas e interpretadas críticamente,
permitiendo, de esta manera, que nos cuestionemos la positividad o validez de algunas de
nuestras herencias culturales -ya sea que hayan sido heredadas, como sucede en el caso
del contexto «euro-occidental», o impuestas, como sucede en el caso de las demás
contextualidades que coexisten en nuestro planeta-.
Por lo tanto, la manera en que los actores sociales vamos comprendiendo e interpretando
las dominaciones -imposición de una determinada forma de vida sobre el resto de los
congéneres «dentro» de una forma común-, injusticias -arbitrariedades, exclusiones y
desigualdades sociales que dificultan la realización de algunos seres en beneficio de otros
con arreglo a los valores morales y las normas que se establecen, estabilizan e
institucionalizan-, y violencias -el empobrecimiento o la negación óntica mediante la cual
se busca «corregir» o exterminar a quienes se considera como enemigos, contrincantes o
disidentes-, nos habilita para poder criticar y luchar contra los tres tipos de negatividades
que dificultan, impiden o niegan la realización de la vida para algunos o, incluso, para la
mayoría de seres que coexisten en una forma común determinada155.
155
Propongo que se comprendan las dominaciones, injusticias y violencias –negatividades- que los actores
sociales van significando e interpretando en la realidad de lo social, de manera semejante a la forma en que
Marx (2009) comprende la historicidad y espacialidad del término tiempo de trabajo socialmente necesario.
Para este autor, “El tiempo de trabajo socialmente necesario es aquel que se requiere para producir un valor
Capítulo 2 179
de uso cualquiera, en las condiciones normales vigentes en una sociedad y con el grado social medio de
destreza e intensidad de trabajo” (p. 975). Lo anterior, quiere decir que el tiempo de trabajo socialmente
necesario, varía en función de las particularidades y especificidades que caracterizan a cada uno de los
contextos histórico-concretos de observación o estudio. Esto mismo es lo que sucede con los contenidos
específicos de aquello que se va significando como dominante, injusto o violento, toda vez que dichas
comprensiones son dependientes de la manera como la realidad se va experimentando, estructurando e
interpretando por parte de los actores sociales, en determinados momentos y lugares.
156
Al respecto, véase: Crenshaw (1989) y Hill Collins (2000).
157
Al respecto, véase: Lugones (2014), Espinosa (2014) y Curiel (2014).
158
Al respecto, véase: Paredes y Guzmán (2014).
159
Julieta Paredes y Adriana Guzmán (2014) utilizan el concepto entronque patriarcal para mostrar la manera
en que el sistema de opresión sexo-género de los conquistadores españoles, y el de las distintas formas
comunes que coexistían conflictivamente en lo que después se conocería como NuestrAmérica, se terminó
imbricando y mezclando. Al respecto, consideran que “las mujeres andinas no estaban desprotegidas como
sus contemporáneas en Europa de los siglos XIII XIV y XV, los hombres y las mujeres tenían acceso y derecho
a los recursos y riqueza del ayllu y los sistemas eran sistemas paralelos de hombres y mujeres. Claro que el
sistema sexo género también había permeado la sociedad inca y se había institucionalizado poco a poco (…)
pero las maneras de ejercerlo no eran de la misma manera que en Europa y su resultado era unas condiciones
mucho mejores para las mujeres andinas, que lo que las mujeres en Europa tenían en aquella época y sin
duda mucho mejor de lo que es la situación y condición de las mujeres en las comunidades y ayllus actuales
en el área rural y en las organizaciones de nuestros pueblos originarios (p. 80) (…) “En nuestros territorios las
condiciones para la vida de las mujeres eran mejores, pero también había patriarcado o sea que había
también discriminación y opresión a las mujeres, entonces, los territorios de nuestras y nuestros ancestros
no eran una maravilla para las mujeres y no es verdad que el patriarcado y el machismo lo trajeron los
españoles (…) los Invasores, trajeron su propio patriarcado y su machismo como un tronco falo céntrico que
se entroncó, con el tronco falo céntrico del patriarcado local y el machismo de nuestros pueblos originarios.
Se combinaron, se complementaron, se repartieron tareas y afinaron sus formas de oprimir a las mujeres (…)
Ocurrió el Entronque Patriarcal” (p. 82).
180 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
El carácter sistémico de las dominaciones estaría dado entonces, por la recurrencia con la
que las negatividades se realizan sobre determinadas formas de vida en diversos niveles
y ámbitos de la realidad. Así, por ejemplo, en el caso de los cuerpos que distintas
tradiciones dominantes han logrado estabilizar y definir como mujeres, las injusticias se
expresan en la diferencia de oportunidades que existen para que «ellas» puedan acceder
a la justicia, a la educación, a la participación política o a la producción de la vida material
e inmaterial. También, las injusticias y violencias contra los cuerpos feminizados se
manifiestan en espacios de interacción como la casa, la escuela, el lugar de trabajo o la
calle. Finalmente, algunos tipos de violencia como los crímenes pasionales, el acoso
sexual, la trata de personas o el abuso sexual, tienen una ocurrencia muchísimo mayor en
el caso de las «mujeres». Por consiguiente, el problema de las negatividades no se reduce
únicamente a X situación o actividad, ni a la manera injusta y violenta en la que un(os)
abusivo(s) A(s) ejerce(n) el dominio sobre B(s).
160
Retomo aquí, el concepto introducido por Hartmut Rosa (2016).
161
Al respecto, véase: Hill Collins (2000).
Capítulo 2 181
como no blancos-, colonialista -sobre todas las culturas y sociedades que han sido y
continúan siendo negadas, expropiadas y humilladas-, capacitista162 -sobre todos los
cuerpos que son definidos como anormales, limitados o enfermos- y antropocentrista -
sobre las demás formas de vida no humanas, es decir, sobre la naturaleza-, podrían
comprenderse e interpretarse como los contenidos específicos de las negatividades
sistémicas de carácter global que actualmente reconocen y contra las que luchan una parte
significativa de los actores sociales críticos a lo largo y ancho del planeta163.
Hasta aquí, me he esforzado por señalar en qué consiste la Positividad de la lucha por la
existencia, al mismo tiempo que he establecido las negatividades que los actores sociales
van significando e interpretando críticamente, sean éstas sistémicas o no. Sin embargo,
llegados a este punto, considero necesario reflexionar sobre los alcances emancipatorios
que es posible «obtener» cuando se lucha contra las negatividades que se van significando
e interpretando «dentro» de una forma común, en la que una tradición dominante se
estabiliza y, sobre todo, se cristaliza institucionalmente. Dicho de otra manera, estimo
conveniente analizar hasta qué punto es posible superar las negatividades sistémicas que
162
Agradezco a mi estudiante-amigo Juan David Osorio -activista, intelectual y educador popular
comprometido en la defensa del derecho a la igualdad y a la diferencia de las formas de vida que, como la de
él, tienen algún tipo de «discapacidad» física- por haberme ayudado a comprender la manera en que las
tradiciones dominantes que se asumen como «normales» e interpretan el mundo desde la «normalidad»,
producen la realidad espacial y cultural de una forma que permite la estabilización y cristalización de un tipo
específico de negatividad sistémica.
163
Se podría considerar la aceleración del tiempo que establece Rosa (2016) como otro tipo de negatividad
sistémica de tipo planetario, dado que es una forma de dominación que en el tiempo-espacio específico de
la tardomodernidad, afecta -aunque de manera desigual- a las distintas contextualidades que coexisten en
el planeta. Sin embargo, debido a que la movilización social por la desaceleración de la vida no es un hecho
recurrente, y a que no es una negatividad que haya sido interpretada socialmente como una situación que
dificulte o impida la realización de la existencia, decidí no incluirla como parte de los contenidos específicos
de las negatividades de carácter sistémico en el espacio-tiempo específico de la globalización neoliberal.
182 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
se significan e interpretan en los arreglos institucionales de las formas comunes. Para ello,
retomaré algunos de los elementos trabajados a lo largo del capítulo.
En forma reiterada he venido utilizando la metáfora del aguijón de la crítica que emplea
Raúl Fornet Betancourt (2001a), en el momento en que cuestiona la pérdida del impulso
emancipatorio que, según él, caracteriza a la segunda generación de la Escuela de
Fráncfort, con el fin de señalar la diferencia que hay entre aquellas propuestas críticas que
buscan el mejoramiento o ampliación de las condiciones de existencia en el marco de las
instituciones y formas comunes instituidas, y aquellas propuestas críticas radicales que
sostienen “que «lo que hay» puede darse de otra manera y que puede haber más
«mundo», más «realidad» de la que nos dice «lo que hay» en el sistema dominante” (p.
277 y 278). Además, realicé un cuestionamiento a la distinción entre crítica reformista y
crítica radical propuesta por Boltanski (2014) debido a que, desde esta perspectiva,
podrían considerarse algunas de las ampliaciones del reconocimiento jurídico como formas
de crítica radical, en lugar de comprenderlas como reformas no reformistas que aumentan
las posibilidades de realizar la vida y continuar las luchas. Por último, en el caso de la
ampliación del reconocimiento jurídico planteado por Honneth (1997), afirmé que el gran
problema de este autor es la desestimación u olvido de la imposibilidad que existe en las
formas comunes liberal-capitalistas de subvertir ciertos principios materiales normativos y
formas de institucionalidad política que se presentan como inmodificables (Schmitt, 1971)
y se defienden con la fuerza de las ideas y la de las armas.
Ahora bien, teniendo como telón de fondo todo lo anteriormente expuesto, quisiera señalar
los tres tipos de crítica que estimo pertinente establecer, desde la óptica o punto de vista
de los alcances emancipatorios de la reflexión sobre la crítica social que vengo
desarrollando. En primer lugar, se podría hablar de crítica reformista, cuando se pretenden
modificar aspectos de la realidad o de las instituciones en la que ésta se va cristalizando,
con el fin de preservar y continuar el dominio o hegemonía de una tradición -cambiar algo
para que todo siga igual-. A nivel teórico, un ejemplo de ello sería la propuesta de inclusión
subordinada de las Otredades en el marco de las instituciones liberales desarrollada por
Taylor (2009).
En segundo lugar, se podría hablar de crítica de apertura democrática, cuando los actores
críticos logran realizar cambios jurídicos o institucionales que favorecen tanto la ampliación
Capítulo 2 183
Finalmente, en tercer lugar, se podría hablar de crítica revolucionaria, cuando los actores
críticos se plantean la transformación radical de las instituciones, es decir, cuando se
proponen subvertir aquellas cristalizaciones de las tradiciones dominantes que existen y
persisten en una forma común, buscando con ello, superar alguna o algunas de las
negatividades sistémicas que van significando e interpretando -derrocamiento
institucional-. Ejemplo de ello a nivel teórico-práctico, sería la invención transcrítica del
núcleo común propuesta por Tapia (2006).
164
Me gustaría -y en esto rescato a Walzer (1993)- proponer una acepción «modesta» de lo que es y de lo
que implica una revolución. Así pues, considero a la revolución como un “inédito viable” (Freire, 2005, p. 126)
en el que se continúan y reorganizan buena parte de las tradiciones en disputa, pero en el que al mismo
tiempo se subvierten aquellos principios materiales inmodificables que un determinado orden social afirma
y defiende. En otras palabras, una revolución -como aquí la estoy entendiendo- simplemente sería la
emergencia de nuevos arreglos institucionales, mediante los cuales se espera modificar y superar alguna,
algunas o todas las negatividades sistémicas que los actores sociales críticos van significando e interpretando.
Esto último, como es obvio, implica un cambio cualitativo en las relaciones sociales, así como el
184 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
se encuentra referida a los esfuerzos que agencian los actores sociales para significar e
interpretar las dominaciones, injusticias y violencias que consideran como un menoscabo
para la realización de la vida. Cualquier crítica que aspire a ser considera como social,
requiere que sus enunciados críticos no se reduzcan simplemente a las disputas
específicas que suceden cuando los actores se interrogan y cuestionan el sentido y validez
de las actividades que realizan -recuérdese una de las críticas realizadas anteriormente a
Boltanski (2014)-, lo cual quiere decir que la crítica social -a diferencia de la crítica
individual- no se encuentra referida al aumento de los niveles de reflexividad que suceden
cuando alguien pone en cuestión la manera en que se lleva a cabo una tarea específica.
En el campo de las luchas sociales que se realizan «dentro» de una forma común, los
enunciados críticos pueden tener un alcance puntual, sectorial o general. Por esta razón,
la crítica social puede ser de tipo singular -aquellas interpretaciones que cuestionan e
impugnan, por ejemplo, la falta del servicio de agua y alcantarillado en un barrio, la
discriminación social a los inmigrantes en un programa de asistencia social, o la falta de
oportunidades laborales para las mujeres en el sector de la construcción-, particional
-aquellas interpretaciones que cuestionan e impugnan, por ejemplo, las inequidades en el
acceso al sistema educativo, el racismo en el mercado laboral o los daños al ecosistema
que ocasionan prácticas como el fracking y la minería- o metacrítico -aquellas
interpretaciones que cuestionan e impugnan, por ejemplo, al capitalismo, al patriarcado o
el colonialismo interno-.
Por otra parte, en lo que atañe a la relación entre la crítica científico-filosófica y la crítica
social (De Munck, 2018), considero conveniente continuar el camino propuesto por lo que
165
Una propuesta hermenéutica que se realice desde una postura de igualdad y alteridad epistemológica, no
significa la aceptación de la validez igualitaria y relativista de todas las formas de comprensión, interpretación
y conocimiento del mundo o de la realidad instituida de lo social. Esto es así porque: 1) el mundo y la realidad
se pueden interpretar de muchas maneras, pero no de cualquier manera, y 2) este enfoque no niega que
existan interpretaciones del mundo y la realidad que pueden resultar más adecuadas o válidas, desde el
punto de vista de la comprensión y la realización de la vida. Ahora bien, lo que sí debe quedar claro es que
una postura hermenéutica implica “estar abierto a la opinión del otro” (Gadamer, 1998, p. 335), lo cual
requiere que se ponga “la opinión (…) [de ese otro] en alguna clase de relación con el conjunto de las
opiniones propias, o (…)[a las opiniones de uno] en cierta relación con las del otro” (p. 335), a la vez que, en
el caso concreto de esta propuesta, se precisa que las jerarquías cognitivas se establezcan -en cada situación
y en cada caso- “a la luz de los resultados concretos pretendidos o alcanzados por diferentes prácticas de
conocimiento” (De Sousa, 2010a, p. 55), y atendiendo a una lógica en la que la búsqueda -siempre humilde
y finita- de la verdad, sea comprendida como un proceso en el que “cada uno acepte poner en juego su
verdad y la someta a la dialéctica de la contrastación que se crea necesariamente por el carácter
interdiscursivo del diálogo intercultural” (Fornet Betancourt, 2001a, p. 48).
166
Entiendo a la ciencia y a la filosofía como espacios diferenciados en los que se comparte la intención de
aprehender la realidad, y en los que coexisten una amplia y rica gama de tradiciones, escuelas y modos
específicos de funcionamiento. En este sentido, lejos de afirmar una idea monolítica, unitaria o esencialista
de dichas ramas del conocimiento humano, considero que debe considerárselas como campos en los que
existen continuamente relacionamientos, posicionamientos, distanciamientos y disputas «internas». Por
consiguiente, cuando empleo los términos la ciencia o la filosofía (en singular) simplemente deseo enunciar
las premisas básicas y elementales que comparten aquellos actores que son reconocidos o designados como
científicos o filósofos. Asimismo, propongo que en aquellos contados pasajes en los que realizo críticas a la
ciencia -en general-, se las entienda, sobre todo, como el cuestionamiento al modo dominante en que operan
las ciencias sociales -en particular-.
186 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Esto que afirmo guarda relación con la manera en que el filósofo colombiano, Alfredo
Gómez Müller (2018), establece la superación de la dicotomía entre el mundo del
conocimiento y el mundo de la vida, cuando sostiene que:
167
Recuérdese el cuestionamiento inicialmente dirigido a Habermas (1998) y Ricœur (2002), por reducir la
crítica solamente al cuestionamiento de aquellos obstáculos internos que distorsionan, dificultan o impiden
la comprensión del mundo.
Capítulo 2 187
que lo instituirían sobre una base «objetiva», sino a través de su capacidad efectiva para
generar comunidad humana y proteger la vida en la tierra (p. 98).
Por consiguiente, en el caso de la crítica social su valor reside, sobre todo, en la manera
en que contribuye a significar las negatividades sociales que se van interpretando como
lesivas para la realización de la vida o, a la inversa, en la manera en que contribuye a la
ampliación de los horizontes de posibilidad y realización para todos los seres -humanos y
no humanos- que coexisten en un espacio-tiempo determinado.
Aunque todos los actores, en principio, tienen la capacidad de distanciarse para poner en
entredicho la realidad en la que transcurren sus prácticas (Boltanski, 2014), en otras
palabras, aunque todos los actores sociales en algún momento de su vida puede que
realicen críticas individuales, no todos se comprometen y participan en la realización de
enunciados críticos que pongan en entredicho la manera en que interpreta y estabiliza la
vida una tradición dominante que se cristaliza institucionalmente. Por esta razón, es posible
advertir en todos los campos -político, social, económico y cultural- y ámbitos -las ciencias,
la filosofía, las religiones, las artes, el mundo laboral, escolar, etc.- la existencia de actores
críticos y no críticos, ya que solamente una parte del «todo» que coexiste conflictivamente
«dentro» de una forma común, se compromete en la realización de la crítica social.
168
Realidad que también va siendo interpretada y estructurada gracias a la relación abierta y permanente
que existe entre diversas formas comunes y, en la modernidad, por el despliegue e imposición de la matriz
global de negatividades sistémicas que ha venido siendo producida y estabilizada, sobre todo, con arreglo a
la tradición dominante de lo que Fornet Betancourt (2001a) llama «Occidente reducido».
188 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Por lo tanto, aquellos actores que producen enunciados críticos y se comprometen en las
luchas sociales -así sea desde el papel y en el escritorio- por transformar aspectos de la
realidad que se comprenden como menoscabos para la realización de la vida, serán
aquellos que en el marco de la investigación sobre los usos y sentidos de lo popular en el
periodo 1991-2016 se considerarán como actores sociales críticos171.
169
Formas de vida que emergieron porque ya existían las condiciones de posibilidad para que esto fuera así,
pero que al mismo tiempo son menospreciadas, humilladas y violentadas.
170
Aquí no se deben olvidar los costos en seguridad –personal y familiar- y estabilidad –emocional y material-
que puede representar el hecho de comprometerse y participar en los procesos sociales de crítica social, es
decir, que no se puede obviar la manera en que la violencia contribuye, en todo momento, a estructurar y
desestructurar la realidad, tal y como sostienen De Nanteuil (2014) y Múnera Ruiz (2014).
171
Ser crítico no implica una fijación de sentido más o menos estable y permanente como podría ser, por
ejemplo, el considerase «hombre» o «mujer». Eso quiere decir que alguien puede ser crítico y dejar de serlo
o nunca haber sido crítico y empezar a serlo. Siempre dependerá, en todo caso, de la manera en que un actor
se comprometa o no con la enunciación de la crítica que cuestiona e impugna las negatividades que se van
experimentando, significando e interpretando en la realidad de lo social.
Capítulo 2 189
Atendiendo a los textos publicados y las conversaciones que he sostenido con Bajoit y De
Munck, me atrevería a decir que el malestar que planteamientos como el que aquí defiendo
les genera a ellos, se justifica por las siguientes razones: 1) poner a la ciencia en el mismo
nivel del resto de conocimientos socialmente disponibles, lleva a que en las formas
comunes «euro-occidentales» se pierda el contrapeso que los científicos sociales ejercen
sobre los políticos, es decir, el contrapeso que la autoridad de la razón ejerce sobre la
autoridad de las autoridades, 2) la relativización de la ciencia como productora privilegiada
de conocimiento y de crítica social, no es más que una de las maneras como las posturas
postmodernas afirman el discurso de la postverdad, 3) en el momento en que el científico
empieza a ser comprendido como actor social y se propone su involucramiento en las
luchas sociales, se produce una pérdida de objetividad que impide ver la realidad desde
«afuera» del propio modelo cultural -Bajoit-, o una pérdida de distancia cognitiva que
impide la generación y devolución de un conocimiento distinto al producido por parte de
los actores sociales críticos -De Munck-, y 4) la sobredeterminación del compromiso
político sobre el compromiso cognitivo es una “enfermedad infantil” (De Munck, 2018, p.
340), en la que el científico social pasa de hacer esfuerzos investigativos a piezas
comunicativas que se parecen más a un manifiesto.
Creo que hay que tomarse en serio cada uno de estos cuestionamientos sin
caricaturizarlos o simplificarlos, ya que están expresando una manera específica de
comprender la ciencia, la crítica y la vida. Es por ello que este acápite lo dedicaré a
responder cada una de estas posibles críticas. En primer lugar, en lo concerniente a la
pérdida del contrapeso social entre los científicos y los políticos que se produce cuando la
190 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
ciencia se pone al mismo nivel de todos los conocimientos socialmente disponibles, hay
que señalar, por una parte, que el hecho de cuestionar la jerarquía abstracta (De Sousa,
2010a) que supone la consideración a priori de la supremacía de la ciencia sobre otras
formas de conocimiento, no quiere decir que en algunas -inclusive en muchas- situaciones
y casos concretos, la ciencia pueda servir como un enunciado crítico que contribuya a
desmontar la arbitrariedad e injusticia que se expresa en una política pública, una ley, el
Estado o la misma sociedad. De ahí que cuestionar el juicio de valor que afirma la
superioridad cognitiva -definitiva e incuestionable- de la ciencia moderna, no quiere decir
que se desconozca u obvie la complicidad histórica que ha existido entre esta forma
específica de conocimiento y la dominación moderno-capitalista (Fornet Betancourt, 2018),
ni tampoco que se desatienda la manera en que la ciencia y la técnica se han venido
«apropiando» de la interpretación del mundo, en los regímenes políticos en los que los que
existen efectos de dominación compleja (Boltanski, 2014). Por lo tanto, me parece
innegable la importancia que tiene para los actores críticos que coexisten en las formas
comunes contemporáneas -colonialistas y colonizadas- el uso contrahegemónico de la
ciencia social crítica (De Sousa, 2010a).
Sin embargo, lo que sí me parece cuestionable de esta postura, es que se pase por alto el
rezago vanguardista y elitista que en el fondo la caracteriza. A mi modo de ver, pretender
que sean los científicos sociales quienes sean el contrapeso -o el principal contrapeso-
social y argumentativo en las luchas contra las dominaciones, injusticias y violencias, es
una manera «suave» o «blanda» de tolerar -y hasta promover- la existencia del régimen
político aristocrático de los científicos -aquellos «sabios» contemporáneos que en la
segunda modernidad deberían encargarse de gestionar, tanto las instituciones como la
crítica a los efectos de dominación, injusticia y violencia que producen dichas instituciones-
. Por consiguiente, aunque es necesario reconocer a la ciencia como una -muy importante-
de las armas de la crítica, también me parece necesario cuestionar las relaciones de poder
que justifican y normalizan la creencia socialmente aceptada -tradición dominante que ha
logrado prevalecer o imponerse- de su supremacía y superioridad para orientar y conducir
el destino de todos.
172
Fornet Betancourt (2012) considera que esta expresión “quiere nombrar el resultado problemático de un
proceso que ha llevado a que el ser humano y sus fines queden sometidos a la fuerza de la lógica publicitaria
de los saldos o las rebajas. Sobre este telón de fondo se entiende que la tarea de la humanización del ser
humano se nos presente como una cosa fungible que puede ser negociada en el mercado de las liquidaciones
totales. Y la pregunta inquietante que se plantea al respecto es la de averiguar en qué sentido y por qué la
tendencia a la «banalización de lo humano» se ha convertido en una especie de necesidad para el tipo
humano moderno (tardío)” (p. 113).
192 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
desde hace varias décadas existen en las ciencias sociales por superar la separación entre
sujeto y objeto de estudio173. Para Boltanski (2014), por ejemplo,
(…) trabajos, como los que ha efectuado, por ejemplo, Michel Callon, centran su objeto en
una serie de procesos que cada vez es más frecuente ver asociados con la etiqueta de
performatividad de lo social. Esta óptica se ha venido desarrollando de forma muy
particular en relación con la economía, vinculada con el objetivo de reducir la distinción
entre economy (es decir, la vida económica de las sociedades) y economics (la ciencia
económica), al objeto de poder resaltar el hecho de que la primera depende de la segunda.
Sin embargo, esta perspectiva ha comenzado a penetrar en el ámbito de la sociología sin
haber alcanzado a producir en esta esfera, a nuestro juicio, todos los efectos posibles, los
cuales deberían conducir en último término a una profunda redefinición de dicha disciplina,
todavía habitada con frecuencia por la distinción positivista entre el sujeto del
conocimiento (la ciencia social) y el objeto de dicho conocimiento (la sociedad) (pp. 208 y
209).
(…) caracteriza la búsqueda, a otro nivel, de los mismos científicos que empiezan a
preocuparse del asunto reflejado en iniciativas como la ciencia de la ciencia (distinto a la
filosofía de la ciencia, o a la historia de la ciencia). Los epistemólogos han llegado a una
173
Se podría rastrear este esfuerzo, por lo menos, desde el momento en que Georg Lukács introdujo la
categoría de reificación en el marxismo. Al respecto, véase: Honneth (2007).
174
Modalidad investigativa surgida en el contexto nuestroamericano en la que, superando las dicotomías
entre compromiso y acción, teoría y práctica, y objeto y sujeto de estudio, se involucró a los sectores
populares como actores en la investigación de su propia realidad para transformarla. Al respecto, véase: Fals
Borda (1970, 1981, 1987, 1994 y 1999).
Capítulo 2 193
etapa tal de saturación, que encuentran necesario examinar a los científicos y a la ciencia
como tales, con los instrumentos y técnicas de la ciencia que ellos mismos han desarrollado.
En este caso, resultan ser sujeto y sujeto, y así lo han planteado, lo cual es interesante. El
método de la ciencia ha pasado a otras disciplinas como la historia, y ahora se está hablando
de la historia de la historia, que es igualmente el rompimiento de aquellas relaciones de
sujeto a objeto en el estudio de esta disciplina (Fals Borda, 1987, p. 127).
El hecho de que los sociólogos puedan hacer sociología de las ciencias sociales y, en
particular, el hecho de que puedan hacer sociología de la sociología sin sentir o pensar
que ponen en riesgo su objetividad o su capacidad de distancia cognitiva, pone a los
científicos críticos que niegan o invalidan la participación de otros científicos críticos
radicales en las luchas sociales ante un dilema: o bien se acepta que existen campos o
ámbitos de la existencia que no podrían ser observados y estudiados por los científicos, lo
cual querría decir que otros actores sociales tendrían el derecho -y el deber- de informar
sobre lo que sucede en dichos espacios sociales -mejor dicho, aceptar que los actores
sociales le informen a la ciencia lo que está sucediendo en su «propio» campo de
interacción-, o bien se reconoce que involucrarse en la acción no es un óbice o
impedimento para poder conocer la realidad de lo social. Por consiguiente, atendiendo al
sentimiento de superioridad cognitiva que los científicos sociales suelen expresar sobre el
resto de actores, considero que es más fácil que se acepte que existan científicos críticos
que participen y estudien las luchas sociales, antes que se valide y reconozca que actores
no científicos evalúen y expliquen a los científicos, la manera en que funciona y opera el
campo de producción común de la ciencia.
Por último, en cuarto lugar, en lo que atañe a la enfermedad infantil que significa la
militancia por parte de los científicos críticos, no deja de ser curioso que se utilice este
término por dos razones: 1) fue empleado por Lenin para cuestionar a todo aquél que no
aceptara la idea de trabajar con disciplina férrea partidista, en los dos frentes que él
consideraba como necesarios durante un proceso revolucionario: el legal y el ilegal175, y 2)
tanto la infantilización como la enfermedad han sido dos de las maneras más eficaces que
175
Al respecto, véase: Lenin (2011).
194 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Fanon nos dice que en el mundo colonial la medida de humanidad la define la distancia o
cercanía al hombre blanco. De ahí que los negros sean infantilizados, es decir, vistos como
una etapa premoderna, primitiva, inmadura de la humanidad. El negro es visto como
alguien que no habla sino que balbucea, lo cual lo infantiliza y lo hace más cercano a los
niños. Las estructuras de inferiorización racial y su epidermización (internalización) por los
sujetos colonizados mismos es constitutivo de la experiencia de los negros en un mundo
colonial blanco (Grosfoguel en Fanon, 2009, pp. 270 y 271).
Ahora bien, es evidente que en De Munck (2018) el término enfermedad infantil es utilizado
para mostrar la incompletud e inferioridad cognitiva que significa para la sociología, por un
lado, el camino de Bourdieu en el que se presenta “el aislamiento de las dimensiones
epistemológica y normativa en relación a la dimensión práctica” (p. 340), y, por el otro, el
camino de los sociólogos activistas en el que se presenta “el aislamiento de las
dimensiones normativa y práctica en relación a la dimensión cognitiva” (p. 340), lo cual -
como ya se dijo antes- lleva a que los trabajos sociológicos se empobrezcan o ideologicen.
En relación con esto último me parece que muy pocos estarían dispuestos a dudar del
valor cognitivo que tiene una obra como la de Marx, la cual fue realizada en sintonía con
la línea de acción propuesta por De Munck (2018): “superar una relación instrumental entre
sociólogos y participantes para llegar a una cooperación reflexiva que permita al sociólogo
Capítulo 2 195
contribuir a la transformación social176” (p. 340). Igualmente, considero que muy pocos
estarían dispuestos a dudar del valor cognitivo de obras como la Antonio Gramsci o Frantz
Fanon, las cuales fueron realizadas en sintonía con una de las dos líneas de acción que
De Munck desestima: “la de seguir a los actores críticos y contribuir a sus luchas” (p. 340).
Por lo tanto, me pregunto si el problema está en la manera en que los científicos críticos
se relacionan con el resto de actores sociales críticos, o en el valor -desde el punto de vista
académico-cognitivo y también desde el punto de vista de la ampliación de la positividad
de la vida- que adquiere eso distinto que algunos científicos críticos tienen para aportarle
y comunicarle a sus congéneres.
Después de haber realizado el recorrido por algunas de las tradiciones críticas del contexto
«euro-occidental», y de haber presentado una disertación «propia» en la que se logró
establecer qué es la crítica y cuáles son los actores sociales críticos, resulta necesario
considerar la manera en que lo anteriormente expuesto se verá reflejado en la
investigación. Al respecto, cabe señalar que los actores sociales críticos -individuales y
colectivos- que se tendrán en cuenta en los estratos semánticos de los intelectuales, los
comunicadores y los sectores populares, serán aquellos que durante el periodo 1991-2016
hayan realizado continuamente enunciados críticos, mediante los cuales se buscaba
cuestionar o impugnar algún tipo de negatividad -sistémica o no- que se significaba e
interpretaba como un menoscabo para la realización de la vida en Colombia. Asimismo, en
la investigación se emplea el término sector social crítico para distinguir a la parte de un
176
Se acepta, aunque con reservas, la utilización de Marx como ejemplo paradigmático o ilustrativo de dicha
postura. Basta con recordar, por ejemplo, el involucramiento y esfuerzo de posicionamiento de sus criterios
personales y políticos durante el proceso de creación de la Asociación Internacional de los Trabajadores (IAT)
-redacción de estatutos y programa político-, así como la encarnizada lucha que libró posteriormente contra
Bakunin por la dirección de dicho proceso de encuentro y articulación del movimiento obrero europeo, para
darse cuenta de que el compromiso de Marx con la acción iba mucho más allá de una simple e inocente
«cooperación reflexiva».
196 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
estrato semántico que luchó -así sea desde el escritorio y en el papel- por ampliar aquello
que se fue significando como positivo para la realización de la vida en el territorio nacional
durante el periodo escogido para realizar el estudio.
SEGUNDA PARTE
Contextualización
Al respecto, cabe aclarar que aunque se considera a la historiografía como parte integrante
de las llamadas ciencias humanas, es decir, pese a que se parte del supuesto de que las
producciones historiográficas conforman necesariamente el campo general de estudio que
se establece en el primer acápite del capítulo, se ha decidido hacer un zoom o
acercamiento mucho más detallado a los trabajos realizados en el marco de dicha
disciplina por las siguientes razones: 1) lo popular ha tenido un uso mucho más sistemático
y reiterado en el subcampo de la historia social que en otras disciplinas como la
sociología177, la antropología, la ciencia política o la literatura durante el periodo escogido
177
En el caso de Orlando Fals Borda ocurre lo mismo que con Michel Foucault en el contexto euro-occidental,
cuya obra contribuyó a enriquecer disciplinas como la sociología, la historia y la filosofía. Por lo tanto, aunque
Capítulo 3 199
En los estudios académicos que se han realizado en Colombia durante los últimos sesenta
años, es posible establecer al menos siete grandes mojones desde los cuales se define y
caracteriza el campo de significaciones y sentidos que se han venido configurando
alrededor de lo popular. La primera línea argumentativa la integran aquellos estudios
«folcloristas» que identifican lo popular con las expresiones culturales o artísticas de una
determinada comunidad, pueblo o región. Pese a que este tipo de trabajos son
característicos, sobre todo, de las décadas del cincuenta, sesenta, setenta y ochenta del
en esta revisión se ubica a Fals Borda como uno de los grandes referentes de los estudios sociológicos
producidos en la segunda mitad del siglo XX en Colombia, ello no quiere decir que una parte significativa de
su producción intelectual no deba considerarse como un gran aporte a la historiografía que, en buena
medida, ha sido elaborada por los historiadores profesionales del país.
200 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Muñoz (1992), por ejemplo, realiza un estado del arte de los estudios y trabajos sobre
cultura popular en el departamento de Nariño. Para esta autora, la cultura popular es el
“compendio de las expresiones tradicionales de un pueblo o etnia” (p. 2), por esta razón,
su investigación tiene como propósito recopilar sistemáticamente los distintos estudios
asociados con la elaboración de artesanías, alfarería, cultos funerarios, literatura oral,
mingas indígenas, alimentos típicos, juegos, bailes, fiestas y medicina tradicional.
En esta misma línea puede ubicarse la sistematización que hace Elda Arteaga (2004)
sobre los principales mitos, leyendas y coplas del municipio de Pupiales. El propósito de
este estudio es exaltar el valor de la historia oral de su propio pueblo, como una forma de
resistencia a la absorción cultural que, según su autora, producen los procesos de
transculturación que se vienen produciendo con el proceso de globalización capitalista.
Arteaga considera que las tradiciones populares son un espacio de resistencia y afirmación
colectiva, y retoma una frase célebre de León Tolstoi para terminar concluyendo que “hay
que conocer bien tu aldea para descubrir el mundo” (p.22).
Por último, Osvaldo Granda (2010) realiza un estudio sobre la manera en que
históricamente se elaboraron las artesanías en el sur del país. Para este autor, las
expresiones artísticas de esta región son el resultado del mestizaje cultural. De ahí que,
las vasijas, tejidos y grabados pastusos deban ser considerados como la síntesis particular
entre las formas prehispánicas -populares-, coloniales y modernas que se desplegaron y
superpusieron conflictivamente en esta región del país.
178
Véase al respecto: Miñana (2000).
179
Véase al respecto: Araújo (1973), Abadía (1977), Marulanda (1984), Ocampo (1985), Valencia (1987) y
Mora (1998).
Capítulo 3 201
Pese al enorme valor que tienen todos estos trabajos, el hecho de reducir lo popular
simplemente a los saberes, festividades, juegos, comidas, labores y hábitos que conforman
una tradición, encierra una lógica de «cultura de museo» en la que pareciera que lo popular
debiera ser considerado simplemente como aquellas expresiones folclóricas que buscan
condensar el carácter inédito de nuestra propia cultura, o como aquel espacio en el que se
preserva el «verdadero» ser regional capaz de mantenerse al margen de la modernidad
dominante, la modernización capitalista o la globalización neoliberal.
La segunda línea la integran aquellos estudios «binarios» que construyen lo popular a partir
de la contradicción que se presenta entre dos polos opuestos y asimétricamente
relacionados. A diferencia del carácter estático de la cultura que caracteriza a las
investigaciones folcloristas, en estos trabajos se estudia lo popular a partir de la relación
conflictiva que se presenta entre la «alta» y «baja» cultura (Rey, 1990); las elites y el
pueblo, la comunicación comunitaria y la masiva, y la palabra escrita y la oral. Los trabajos
de Edgar Rey (1990), Edgar Gutiérrez (2000) y Félix Martínez (2012) son tres ejemplos
que ilustran lo anteriormente descrito en el periodo estudiado.
Rey (1990) realiza un estudio cultural en el que afirma la importancia que tienen el fútbol y
el carnaval como expresiones vivenciales de la cultura popular de los habitantes de la costa
atlántica colombiana. Los carnavales, el fútbol, las fiestas, las danzas, la parranda, la
cosmología del río y la poesía de los campesinos y pescadores, se constituyen a través de
su relato en los principales elementos que conforman la cultura popular costeña, ya que
“la cultura de un pueblo es su expresión propia. El hombre en sus relaciones con los demás
seres manifiesta sus pensamientos y creencias por medio de palabras y de hechos. Las
diversas maneras de hacerlo pueden ser las formas superiores o estructurales del arte y
la ciencia, o bien las sencillas expresiones directas del pueblo” (p. 177). De esta manera,
lo popular vendría a ser todas aquellas prácticas culturales y cotidianas que no hacen parte
de la «alta» cultura.
Finalmente, Martínez (2012) rescata en su investigación el valor que tiene la oralidad como
ese otro registro en el que se expresan históricamente las representaciones, imaginarios,
construcciones y formas de acción de las distintas culturas populares que coexisten a nivel
nacional y regional. A lo largo de su exposición, Martínez considera a la cultura popular
como el resultado de un constante proceso de dominación/resistencia,
asimilación/impugnación, escritura/oralidad en el que, pese a todo, lo oral ha logrado
sobrevivir inmerso en el campo de lo escriturado. Por esta razón, los sectores blanco-
pobre, indígena, mestizo y negro (p. 13), adquieren la posibilidad de ser dos cosas a la
vez: “por una parte agachan la cabeza y dan muestras de obediencia, por otra, en la
opacidad, edifican prácticas especialmente narrativas para resistir los embates de los
poderosos con palabras, a veces, hasta utilizando los mismos cánones de occidente que
podrían parecer en primera instancia su derrota” (p. 14).
concluir que esta perspectiva analítica no permite explicar o comprender otro tipo de
dinámicas y mediaciones que complejizan la conformación y definición de lo popular, tales
como las relaciones de subordinación, cooptación, asimilación, negociación, mestizaje,
hibridación e incluso cooperación que se pueden presentar entre los sectores dominantes
y subalternos, debido a que este tipo de análisis sólo tienen en cuenta las relaciones de
conflictividad existentes entre dos tipos de sujetos -élites-pueblo / grupos dirigentes-
sectores populares- que parecieran coexistir e interactuar en una suerte de batalla
simbólica de carácter permanente.
La tercera línea la integran los trabajos «literarios» que tratan aspectos concernientes a la
cultura popular. La tesis de Aura Cecilia Erazo (1991) para obtener el título de Doctora en
Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México -UNAM-, es probablemente el
esfuerzo académico mejor logrado desde esta perspectiva, teniendo en cuenta el número
de obras de un mismo autor que se analizan e interpretan, así como también, la agudeza
con la que se logra articular el contexto histórico, teórico y literario180.
Tomando como referente de análisis la propuesta de Batjin sobre la cultura cómica popular,
Erazo se esfuerza por estudiar e interpretar cinco de las obras de Gabriel García Márquez,
relacionándolas con las prácticas culturales y la vida cotidiana del pueblo colombiano. Esto
último, le permite reconocer la visión carnavalesca que se encuentra presente en varias de
las novelas literarias del Nobel colombiano, al mismo tiempo que se propone “la
modelización popular de las imágenes «grotescas» como formas de parodización del
discurso oficial de nuestra historia” (p. 19).
180
También se destaca el trabajo de Blanca Inés Gómez de González (1997) sobre la cultura popular en los
funerales de la Mamá Grande.
204 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
y completamente autonómica entre la cultura de los subordinados y las élites -de manera
similar a lo que sucede en el caso del segundo grupo antes reseñado-, esta investigación
abre una línea de análisis muy interesante, sugestiva y poco explorada en el campo de los
estudios literarios colombianos, en la que lo popular se comprende e interpreta atendiendo
a las producciones culturales que permiten evidenciar formas inéditas de construir sentidos
alternativos para comprender la vida, la muerte, la religión, el humor, lo festivo y la política.
La cuarta línea la integran los estudios «antropológicos» que han logrado superar el
folclorismo e investigan lo popular desde una perspectiva relacional capaz de trascender
los estudios de caso181. Jorge Pinzón y Gloria Garay (1997), por ejemplo, realizan un
trabajo etnográfico de las culturas populares colombianas desde un enfoque de redes
sociales. Según estos autores, la interconexión permanente entre las distintas expresiones
populares existentes en el país posibilita “un entramado singular que conecta múltiples
códigos de la más variada procedencia. Aquí se ensamblan concepciones de historia,
sociedad, ecología, salud, enfermedad, etc.” (p.20). Aunque este estudio se centra
únicamente en las redes de chamanes y curanderos que se han ido constituyendo y a que
por momentos ubica lo popular en la tensión tradición/modernidad182, es interesante la
manera como se establece un proceso de producción permanente de las culturas
populares, a partir de la relación problemática que se presenta entre los agenciamientos
territoriales particulares y los campos de fuerza hegemónicos en los que devienen sus
propias experiencias o, dicho en otros términos, entre las formas de vida y tradiciones de
ciertas comunidades y la tensión que se produce con ciertas dinámicas impuestas por
instituciones como el Estado o el mercado.
La quinta línea la integran aquellos trabajos «políticos» que estudian lo popular desde su
relación con el poder, las clases sociales y la democracia participativa183. Este enfoque
181
Al respecto, véase: Adarve (1990), Durán (1991), Rueda (1993) y Pinzón, Suarez y Garay (1993).
182
Aunque no se puede afirmar que sea un rasgo característico de todos los estudios antropológicos que
utilizan el concepto de lo popular, al menos, sí existe una tendencia marcada en trabajos como los de Idrobo
(1977), Jimeno (1988), Adarve (1990), Guevara (1990), Gómez y Portela (1993), Rueda (1993) y Pinzón, Suarez
y Garay (1993).
183
Véase al respecto: Buenaventura (1990), Aguilera (2008), Medina Gallego (2008) y Centro de Investigación
Libertaria y educación Popular (2011).
Capítulo 3 205
tiende a relacionar y casi diluir la distinción entre el pueblo y lo popular184, a partir del uso
de la categoría de poder popular. La compilación de varios escritos, ensayos y artículos de
Mario Giraldo Vélez (2010) se erige en un buen ejemplo de esta perspectiva analítica. A
partir del estudio de las relaciones entre paz, poder y movimiento cívico, Vélez considera
que es el pueblo colombiano -entendido como constituyente primario y mayoría numérica
de la sociedad colombiana- quien debe encargarse de expresar un poder popular capaz
de constituir un nuevo Estado de derecho, producto de la democracia participativa que
podría llegar a realizar plenamente el Movimiento Cívico. Cabe aclarar que, en este
contexto discursivo sectores populares y movimiento cívico vendrían a significar
prácticamente lo mismo, sobre todo, si se tiene en cuenta que, para Giraldo los actores
colectivos “Comunales, Sectoriales y Sociales, de género, generacionales, culturales,
ecológicos, étnicos y de viviendistas, entre otros de no menor importancia pero cuya
enumeración se haría demasiado extensa (…) por su naturaleza civilista y plural, han sido
componentes históricos del Movimiento Cívico” (p. 58).
184
El pueblo tiende a comprenderse como ese otro dominado compuesto por muchos sectores plurales que
surge como consecuencia de las relaciones hegemónicas en el momento en que la comunidad política se
escinde, mientras que lo popular vendría a ser todo aquello que es propio del pueblo.
206 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
porque “es la expresión que el pueblo entiende” (p. 426). Además, la clase popular era una
categoría tan amplia que permitía reconocer e incluir cuando se la empleaba a sectores
sociales tan diversos como el de las mujeres, los sindicatos, las cooperativas, las
mutualidades, los desempleados, las ligas campesinas, los sectores populares y las
comunidades indígenas, al mismo tiempo que incluía “a todos los inconformes, a todos los
no alineados en los partidos políticos tradicionales” (Torres, 1965, p. 1).
Por su parte, en el caso de Orlando Fals los resultados de varias experiencias de trabajo
desde el enfoque de la Investigación Acción Participativa -IAP-, se constituyen en uno de
los principales esfuerzos por caracterizar las culturas populares, los saberes populares, las
formas de organización popular y las luchas populares de carácter local, desde un enfoque
metodológico en el que se reivindica la necesidad de acudir a la oralidad y afirmación de
la vida cotidiana de los grupos subalternos y de base con los que se realizan este tipo de
investigaciones. Para Fals Borda, rescatar los saberes, formas de organización y
participación local facilita la realización de un contrapoder -poder popular- capaz de
oponerse y luchar contra las formas centralistas, verticales y asimétricas como se expresa
el dominio de los sectores hegemónicos de nuestras sociedades. Por lo tanto, el
empoderamiento de las bases y comunidades desde esta perspectiva, se encuentra
íntimamente ligado al rescate de la alteridad y potencia de los sectores populares, “aunque
sin caer en el peligro de idolatrar la sabiduría popular por sí misma, de pensar que «el
pueblo siempre tiene la razón», porque esto no es cierto ni histórica ni socialmente” (Fals
Borda, 1985, pp. 103 y 104).
Pese a que las propuestas de Camilo Torres y Orlando Fals Borda tienden a construir una
caracterización binaria de las culturas populares -de manera similar a lo que sucede en lo
que aquí se denomina la segunda línea de estudios sobre lo popular-, son evidentes los
aportes de estas dos perspectivas en el proceso de reivindicación y afirmación de los
sectores populares como sujetos sintientes, pensantes, actuantes, éticos y políticos.
Asimismo, resulta de gran importancia la manera en que estos autores comprenden a los
sectores populares como actores estratégicos, procesuales e imperfectos, cuyo despliegue
de fuerza potencial podría significar la transformación de la sociedad en su conjunto.
Capítulo 3 207
185
Aunque trabajos sobre mestizaje y cultura como los de Álvarez (1997), Morales (1998), Wade (2003) y
Vignolo (2010), utilizan esporádicamente términos como prácticas populares o mentalidades populares para
referirse a procesos no elitistas o segmentos de la población no blancos, es evidente que distan mucho de
trabajar los procesos de hibridación, festividad o blanquitud en relación con el concepto aquí estudiado.
186
Buenaventura (1962) considera que “Durante varios siglos, desde que se empezó a formar nuestra
nacionalidad, desde los tiempos de la conquista y la colonia españolas, hasta ayer no más, hasta hace un siglo
más o menos, Colombia fue eso: fue el campo” (p. 12).
208 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
otra exterior o transnacional. Una tradicional y otra moderna. Una típica o regional y otra
universal. Una del campo y otra de la ciudad” (p. 28). Para Buenaventura, en nuestro país
existe una sola cultura en formación o desarrollo como es la del desarraigo, la cual se
produce como consecuencia del dominio de los sectores dirigentes -la exclusión y
subordinación de lo popular-; la relación conflictiva entre diversas tradiciones y prácticas
cotidianas de carácter local y comunal -lo popular desde adentro-, la emergencia de la
cultura masiva -lo popular construido desde afuera-, y los sucesivos procesos de migración
y desplazamiento forzado -la desterritorialización de lo popular-.
Desde otra perspectiva analítica, Jesús Martín Barbero (1987) comprende lo popular en la
frontera entre los estudios culturales y los de comunicación187. En su libro ya «clásico» De
los medios a las mediaciones: comunicación, cultura y hegemonía, se inaugura un nuevo
paradigma en el estudio de lo popular en la región. En este estudio, Barbero trabaja el
concepto de lo popular desde una perspectiva histórico-estructural. Es por ello que en el
diálogo crítico entre románticos e ilustrados -el pueblo mito-, marxistas y anarquistas -clase
y pueblo-, comunicación masiva -pueblo o masa-, teorías de la cultura y la hegemonía -
pueblo y cultura / pueblo y poder / pueblo y comunicación-, este autor encuentra un lugar
para pensar lo popular en relación con las industrias culturales y sus mediaciones,
cotidianidades, hibridaciones y resistencias. Durante el desarrollo de su propuesta,
Barbero construye una imagen de las culturas populares en las que lo masivo trabaja
desde adentro, sin que ello necesariamente implique el sometimiento de las culturas
populares a las industrias culturales del entretenimiento y la información. En este sentido,
las mediaciones culturales -es decir, la actividad crítica que las y los sujetos producen en
relación con la información que consumen, vinculada directamente a las redes culturales
de significado que existen en los espacios cotidianos-, permiten que los sectores populares
resignifiquen sus consumos mediáticos. De esta manera, las culturas populares se
encuentran permanentemente y conflictivamente construidas por el peso de las
tradiciones, dominaciones, resistencias, afirmaciones, impugnaciones y reproducciones
del orden social. Lo anterior, lleva a complejizar y problematizar aún más los análisis de la
cultura que tienen como referente principal los procesos de sincretismo cultural.
187
Véase al respecto: Barbero (1982, 1983 y 1984), Mejía y Londoño (2007) y Valencia (2012).
Capítulo 3 209
Elaboración propia.
188
Con excepción de los estudios historiográficos que, como se estableció anteriormente, serán tratados de
manera particular con posterioridad.
210 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Más allá del carácter lineal y teleológico que encierra la propuesta analítica de Giraldo, lo
más problemático del estudio es que en muchos momentos pareciera que los sectores
populares fueran vistos como simples fuerzas de apoyo que permitieron el éxito de las
189
En su texto se usan los conceptos de masa y pueblo para caracterizar las luchas de los pueblos indígenas,
afrodescendientes y mestizos contra el imperio español antes de la guerra de independencia, y para
enmarcar la participación de los campesinos, artesanos y servidumbre urbana en los episodios contenciosos
del periodo 1928-1902.
Capítulo 3 211
Por otra parte, desde un enfoque analítico completamente distinto, Francisco Gutiérrez
(1995) realiza un estudio sobre los cambios sociopolíticos profundos que ocurrieron entre
1849 y 1854 en la Nueva Granada, desde una perspectiva metodológica en la que se
rescatan elementos de tipo simbólico, tales como las identidades, imaginarios y
representaciones de los actores subalternos que participan en luchas de tipo social. Para
ello, este autor propone replantear la manera como la «nueva historia» ha trabajado este
periodo, proponiendo que “el punto de partida es que el 17 de abril de 1854 se produjo una
revolución, en el sentido clásico de la palabra, tal como podrían entenderla, por ejemplo,
Marx o Burnham, la única revolución triunfante de nuestra historia” (p. 25). Esto último,
lleva a Gutiérrez a caracterizar los sujetos y estrategias que definieron lo que él denomina
como movimiento plebeyo, es decir, el conjunto de fuerzas sociales provenientes e
identificadas con los de «abajo» que lograron articularse sobre la base de un ideario
democrático de carácter progresista, representado principalmente -aunque no únicamente-
por la Sociedad Democrática de Artesanos, teniendo en cuenta que “es allí donde vamos
a encontrar las manifestaciones menos mediadas, más directas, de la expresión autónoma
de los sectores plebeyos; allí donde podremos ejercer una observación inmediata del
proceso de constitución de autonomías de los sectores subordinados que desemboca en
una revolución” (p. 63).
Lo popular -el movimiento visto desde adentro- y lo plebeyo -el movimiento como tal- son
conceptos casi análogos y equivalentes que le ayudan a Gutiérrez a tomar distancia frente
a las lecturas que suponen la existencia de clases sociales claramente definidas y
delimitadas durante este periodo (p. 125). No obstante, la alusión a lo plebeyo evidencia
cierta tendencia a considerar algunas expresiones de protesta postindependistas como no
contemporáneas o premodernas, sobre todo, si se tiene en cuenta que, Antonio Gramsci -
autor a quien Gutiérrez considera que sigue “un poco laxamante en la construcción del
movimiento plebeyo” (p. 127)- utiliza este término para oponerlo a los nobles o patricios de
la Antigüedad greco-romana (Gramsci, 1916, 1984a, 1986 y 2000), para designar una
212 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
El extenso trabajo de cuatro tomos de Renán Vega (2002a, 2002b, 2002c y 2002d) sobre
las luchas de los sectores populares en las primeras tres décadas del siglo XX191, es un
claro ejemplo de lo anteriormente descrito. El propósito de este autor es poder “mostrar el
importante papel jugado por aquellos grupos sociales, tradicionalmente olvidados y
despreciados por las historias oficiales, escritas por los vencedores y sus testaferros
intelectuales” (Vega, 2002a, p. 23). De ahí que, a partir de una definición de protesta
popular y cultura popular desde una perspectiva materialista y desde abajo hacia arriba,
este autor pretenda rescatar “lo específico [de las expresiones culturales de las clases
subalternas] (…) en referencia a los procesos de resistencia y enfrentamiento contra la
dominación o de asimilación de la hegemonía ejercida por las clases dominantes” (p. 38).
Esto último, le permite observar las expresiones de lucha de los sectores populares en
relación con otras formaciones subalternas y dominantes que componen el espectro más
amplio de la «sociedad civil» colombiana.
190
En una clara relación de sinonimia con el concepto de lo subalterno.
191
El temario de los cuatro volúmenes es resumido por Vega (2002a) de la siguiente manera: “En el primero
se examina la emergencia del capitalismo, el contexto en el que discurren las luchas sociales, y las luchas de
los enclaves norteamericanos y del sistema de transportes. En el segundo se estudian las luchas indígenas,
los conflictos agrarios y la república independiente del Arauca de enero de 1917. En el tercero se consideran
las luchas de las mujeres, las movilizaciones populares desarrolladas en Bogotá entre 1909 y 1929 y las
protestas cívicas de la época. Por último, en el cuarto se estudia la ideología y la cultura socialista, resaltando
los orígenes de la fiesta del primero de mayo, los aspectos centrales del socialismo y la incidencia de las
nuevas protestas populares en el fin de la cincuentenaria República Conservadora” (pp. 15 y 16).
Capítulo 3 213
Aunque el estudio de Vega resulta fundamental para comprender los procesos en los que
se expresaron las luchas políticas y sociales de los sectores populares que ayudaron a
debilitar y dar por terminada la hegemonía conservadora del periodo 1886-1930, y a que
se pretende “rescatar la importancia de los símbolos en concordancia con las prácticas de
los sectores sociales” (p. 41), este trabajo no indaga las mentalidades, ideas y lenguajes
políticos que posibilitaron la acción colectiva de los grupos, sectores y movimientos
estudiados, salvo en lo que atañe a la recepción popular y socialista de la revolución
Francesa192, y a las influencias del ideario y cultura socialista en algunas expresiones
organizadas de los sectores populares.
La tercera línea la integran los trabajos «contenciosos» de lo popular que estudian este
concepto desde sus potencialidades de integración como fuerza alternativa o movimiento
social, posibilitando así la comprensión de aquellos momentos específicos de la acción
colectiva de los sectores populares y sociales, en los que éstos llegan a trascender las
dinámicas características de las protestas o luchas de tipo sectorial y logran articularse
parcial y conflictivamente. Los trabajos de Medina (1990), Múnera Ruiz (1998), Sánchez
(1976) y Callejas (1988) se erigen en cuatro grandes exponentes de esta perspectiva
analítica.
El trabajo de Medina (1990) sobre la historia del Partido Comunista Colombiano, dedica
uno de sus capítulos a estudiar la conformación del Frente Popular en el periodo 1935-
1941. Para este autor, el Frente Popular hizo parte de una estrategia de varios sectores
políticos y sociales193 que buscaron oponerse a algunos acuerdos firmados entre el
gobierno colombiano y el de los Estados Unidos, al mismo tiempo que exigían mejoras
económicas y laborales para el conjunto de los trabajadores colombianos. De esta manera,
lo popular se comprende como una fuerza aglutinadora de diversas tendencias de
izquierda que reivindican un lugar en la arena política.
192
Aspecto que se desarrolla en el volumen N° 4 y en el que se retoma, en gran medida, lo ya dicho en un
trabajo anterior escrito junto a Mario Aguilera (ver más adelante).
193
Tales como: “liberales de izquierda, obreros, campesinos, artesanos, pequeños comerciantes e
industriales de todos los matices” (Medina, 1990, p. 277).
214 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Pese a que Medina considera que este proceso surgió como consecuencia de la iniciativa
y liderazgo del Partido Comunista Colombiano (PCC), este estudio resulta importante para
ayudar a comprender uno de los primeros momentos de la historia colombiana en la que
los sectores críticos hicieron uso del concepto de lo popular, con la finalidad práctica de
articular y unificar las distintas expresiones de oposición y protesta que existían tanto a
nivel social como político.
Desde otro enfoque y periodo histórico de estudio distinto (1968-1988), Leopoldo Múnera
Ruiz (1998) se encarga de caracterizar e interpretar varios procesos de acción colectiva
enmarcados en relaciones estructurales de dominación. Teniendo como propósito analizar
a los movimientos populares como un tipo específico de movimiento social, Múnera Ruiz
construye una propuesta analítica en la que se intentan relacionar las clases subordinadas
-forma de dominación de tipo estructural que tiene origen en el espacio de la centralidad
societal- con el pueblo -forma genérica que trasciende el espacio económico-productivo y
reconoce otras formas de dominio existentes en la sociedad-. Por ende, conceptos como
clase popular o movimiento popular le sirven a este autor para delimitar y comprender las
relaciones de poder en las que devienen las acciones colectivas de algunos sectores
populares -campesinos, obreros y cívicos-.
Pese a que el trabajo de Múnera Ruiz es uno de los estudios más importantes que se han
hecho en el país sobre la acción colectiva de los grupos subalternos, y a que se esfuerza
por construir un marco analítico para caracterizar lo popular en movimiento, no deja de
resultar problemático el hecho de que su estudio sólo tome en cuenta algunos de los
actores colectivos que integran el movimiento popular colombiano, lo cual lleva a que
expresiones étnicas -como las de los grupos indígenas y afrocolombianos- y sociales -
como la de algunos colectivos de mujeres y estudiantes que viven formas de dominación
estructural como consecuencia de su pertenencia a una de las clases subordinadas, y de
dominación específica como resultado de otras formas de opresión que se encuentran
asociadas con la categoría pueblo194- no sean tenidas en cuenta a lo largo de la
reconstrucción histórica realizada por este autor.
194
Múnera Ruiz (1998) no toma en cuenta las franjas o expresiones populares de los movimientos sociales
multiclasistas. Por esta razón, en su estudio no se incluye, por ejemplo, los feminismos populares o los
Capítulo 3 215
Por último, el estudio de caso que presenta Apolinar Díaz Callejas (1988) sobre lo sucedido
en la ciudad de Barrancabermeja durante los días diez días posteriores a la muerte de
Jorge Eliecer Gaitán -9 de abril de 1948-, se erige en otro esfuerzo importante en el intento
de rescatar los momentos insurreccionales de carácter local, protagonizados por parte de
los sectores populares colombianos. Para Díaz, “los diez días de poder popular constituyen
una experiencia sin antecedentes en el país y contiene elementos importantes para la
formulación de un proyecto alternativo de poder” (p.99), toda vez que en esta coyuntura se
constituyó de facto un gobierno y una policía cívica revolucionaria, capaz de expresar una
soberanía popular liderada por el movimiento obrero petrolero, el cual pese a su falta de
programa político -una de las razones que Díaz interpreta como posible causa de su
derrota posterior- fue capaz de expresar la materialización del poder del movimiento
popular urbano, más allá de la lógica de la confrontación bipartidista entre los partidos
políticos liberal y conservador. Lo popular se comprende entonces, como una fuerza
trabajos de educación, comunicación y teatro popular. Esto es algo de lo que me ocuparé más adelante
(capítulos 6 y 8).
195
Renán Vega (2002d) plantea que además de la insurrección bolchevique del Líbano, también se
presentaron las de Puerto Wilches y San Vicente de Chucurí durante el año 1929.
216 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Aunque los estudios de Sánchez (1976) y Callejas (1988) tienen un marcado carácter
coyuntural y local, y pese a que tienen la limitación de que no permiten comprender otros
procesos de articulación colectiva menos «espectaculares», pero mucho más
generalizados desde el punto de vista territorial y poblacional -caso contrario a lo que
sucede en los estudios de Medina (1990) y Múnera Ruiz (1998)-, estos trabajos tienen el
mérito de acercarse desde un enfoque histórico-etnográfico a la cotidianidad de las
prácticas de los actores y acontecimientos que reconstruyen y describen.
La cuarta línea la componen los trabajos «urbanos» que estudian lo popular en el marco
de reivindicaciones, protestas o luchas agenciadas en las ciudades. En una interesante
investigación Mario Aguilera (1990), por ejemplo, se encarga de reconstruir las expresiones
populares de protesta que surgieron durante el periodo de la regeneración (1886-1903).
Centrándose específicamente en el estudio del motín bogotano de enero de 1893, la
conspiración de 1894 y el intento fallido de contienda civil de 1895, Aguilera muestra la
manera en que la pueblada196 logró constituir un movimiento social capaz de realizar una
forma de acción directa de carácter colectivo relativamente autónoma de los partidos
políticos. Aquí, al igual que en el texto de Medófilo Medina (1990) antes reseñado, lo
popular es concebido como una estructura aglutinadora de diversas fuerzas críticas. Sin
embargo, mientras que para Medina dichas tendencias corresponden al proceso de
articulación y convergencia, sobre todo, de algunos partidos políticos, para Aguilera estas
guardan relación directa con los procesos de lucha agenciados por los diversos sectores
subalternos que habitaron la Bogotá de finales del siglo XIX.
196
En el motín de enero de 1893, por ejemplo, participaron distintos tipos de artesanos y trabajadores
urbanos, tales como: albañiles, carpinteros, sirvientes, cargueros, jornaleros, revendedores, alfareros,
curtidores, herreros, negociantes, talabarteros, zapateros, periodistas, policías y ebanistas (Aguilera, 1990,
p. 231).
Capítulo 3 217
El elemento más importante que este trabajo aporta para la comprensión de las acciones
cívico-populares, se encuentra relacionado con el carácter simultáneamente festivo, lúdico,
afectivo, ritual, racional, científico, violento y trasgresor que éstas tienen para los sectores
y sujetos individualmente considerados que participan en ellas. Además, la investigación
del padre Giraldo propone una forma de comprender la cultura política de los sectores
populares, desde una lógica ambivalente en la que se expresan elementos pragmáticos -
la necesidad del rebusque y la supervivencia- y utópicos -el deseo de justicia y realización
colectiva- (pp. 94-97), en la que tiende a primar la necesidad sobre el deseo.
Por último, los trabajos de Alfonso Torres (1993a y 2007) sobre las luchas urbanas en
Bogotá, definen y rescatan las expresiones organizadas de movilización, resistencia y
acción directa de los sectores populares que fueron articulándose y organizándose en los
197
Entre los que se encuentran la realización de paros, tomas, disturbios, bloqueos, movilizaciones y
desobediencia civil (Giraldo, 1987, p. 45).
218 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
barrios periféricos y marginales de la capital del país, desde una perspectiva metodológica
en la que se reconoce la centralidad que tiene la oralidad para dar cuenta “de la memoria
colectiva popular” (Torres, 1993a, p. 14). Bien sea a través del estudio de los procesos de
adquisición legal o ilegal de predios urbanos por parte de los sectores populares que
habitaron algunos de los barrios urbano-marginales que se crearon durante el frente
nacional (1993a), o bien sea a través del estudio de organizaciones populares urbanas
emblemáticas que se constituyeron para reivindicar el goce efectivo de los derechos
económicos, sociales y culturales en la ciudad de Bogotá durante el periodo 1980-2000
(Torres, 2007), este autor se encarga de mostrar la manera en que las clases subalternas
han participado en la construcción y reelaboración de sus propios espacios de hábitat y
articulación política.
Pese a que los trabajos de este autor únicamente se encargan de explorar las acciones
colectivas de los sectores y grupos que se organizan en los barrios periféricos de la ciudad
de Bogotá, es importante y pertinente la afirmación de otras expresiones de acción
colectiva popular que, aunque no logran constituirse como movimientos sociales, sí tienen
una participación permanente y cotidiana en las luchas de carácter local que se agencian
y realizan en el mundo urbano.
Finalmente, la quinta línea la constituyen los estudios «críticos» de los usos y sentidos de
lo popular, en los que se intenta ubicar este concepto como parte de los lenguajes políticos
de los sectores dominantes de la sociedad colombiana (Silva, 2000), o simplemente se
pretende desestimar su utilización en el marco de trabajos académicos sobre protestas
sociales, acciones colectivas y/o movimientos sociales (Archila, 2005).
Capítulo 3 219
No obstante a que este estudio muestra la ruptura y novedad que representa lo popular en
el periodo de la República Liberal, desde el punto de vista de los sectores dirigentes de la
sociedad colombiana, los planteamientos de Silva resultan insuficientes para ayudar a
comprender las maneras en las que las expresiones críticas del pueblo colombiano
hicieron un uso consciente de categorías como pueblo y popular, con el fin de articularse,
impugnar y negociar su propia participación política en lo público durante este periodo199,
198
Proceso que en palabras de Silva (2000) “replanteaba muchas de las formas tradicionales de dominio y
hegemonía en el país” (p. 14).
199
Esta acepción de lo popular se acerca a las comprensiones que asocian dicho concepto con el populismo,
y al populismo con una forma de realizar la política en la que se manipula las necesidades y deseos del pueblo
para asegurar la legitimidad de un gobierno o la continuación del dominio. Sin embargo, como se verá más
adelante, dicha superposición parcial de la carga semántica del populismo en lo popular no suele presentarse
en los usos dados al concepto por parte de los actores sociales críticos colombianos, razón por la que no será
considerada en la investigación, pese a que considero que es un aspecto relevante que podría retomarse en
estudios posteriores que se encarguen de estudiar el populismo, y/o ampliar la investigación sobre los usos
de lo popular por parte de distintos actores, grupos o sectores sociales en el contexto colombiano o
nuestroamericano.
220 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
tal y como se pudo advertir, por ejemplo, en el estudio antes reseñado de Medófilo Medina
sobre el Frente Popular en el periodo 1935-1941.
Desde otra perspectiva y enfoque analítico, la introducción del estudio de Mauricio Archila
(2005) sobre protesta social y movimientos sociales en Colombia durante el periodo 1958-
1990, realiza una devastadora crítica a los conceptos de pueblo y popular200. Para Archila
estas dos categorías resultan problemáticas por las siguientes razones: 1) son conceptos
polisémicos que varían de acuerdo a los sectores que se incluyan o excluyan, 2) en el uso
común suponen la falsa homogeneidad de quienes lo constituyen y, 3) son una puerta de
entrada para revivir la ilusión de un sujeto revolucionario latinoamericano, capaz de
transformar radicalmente un orden social que se considera injusto (pp. 80 y 81).
Por otra parte, en relación con el concepto de movimientos populares este autor sostiene
que, aunque puede llegar a tener una mayor pertinencia, no deja de ser problemático el
hecho de que siga transpirando “algo de la homogeneidad y la teleología revolucionaria
atribuidas a la categoría pueblo” (p. 81). Por ello, Archila prefiere utilizar el concepto de
sectores subalternos, teniendo en cuenta que para el estudio de los movimientos sociales
dicha categoría tendría las siguientes consecuencias prácticas: 1) no supone una
determinación socioeconómica de los grupos designados con este apelativo y, 2) no existe
posibilidad alguna de unificación mientras no puedan convertirse en Estado (p. 82).
200
Aquí, sólo se tendrá en cuenta al «segundo» Archila, es decir, al que a partir del 2005 desestima la
categoría de lo popular y la sustituye por la de lo subalterno. Para ver el uso de la categoría de lo popular por
parte de este autor antes del 2005, véase, por ejemplo: Archila (1992 y 1996).
Capítulo 3 221
Estado-, no encierra una cierta teleología de la dispersión necesaria que impide observar
lo que Archila designa como coyunturas históricas en las que brotan tendencias
integradoras dentro de los actores sociales (p. 80)? En cuarto lugar, ¿la negación de lo
popular no diluye por completo las asimetrías, distinciones, desigualdades y diferencias de
tipo socioeconómico existentes en el interior de los sectores subalternos y los movimientos
sociales? Finalmente, ¿conceptos como clases sociales o movimientos populares implican
necesariamente homogeneidad o en su reconocimiento de la pluralidad reflejan la marcada
heterogeneidad de los sectores populares?201
201
Esto es algo de lo que me ocuparé más adelante (capítulo 6).
202
Por esta razón, en este aparte no se habla de una sexta línea de estudios sobre lo popular, asociada con
trabajos producidos en el campo de la historia de las ideas y/o la historia intelectual.
203
La cual es caracterizada por estos autores como “la gran pretensión de la investigación histórica” (p. 31).
204
Lo cual generó que sectores populares como los artesanos, el naciente movimiento obrero o hasta el
mismo caudillo Jorge Eliécer Gaitán, hicieran uso de consignas como libertad, igualdad, fraternidad, derechos
humanos; mencionaran a personajes como Danton, Marat, Robespierre, o utilizaran símbolos como la
Marsellesa y las banderas rojas (Aguilera y Vega, 1991).
222 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
A manera de síntesis, en las ilustraciones 4-2, 4-3, 4-4 y 4-5 se establecen las principales
líneas de relación y diferencia, asociadas con la literatura sobre el concepto de lo popular
en el campo de los estudios de corte historiográfico en Colombia:
Ilustración 4-2 Estudios de historia social a nivel nacional sobre lo popular (1967-2007)
Elaboración propia.
205
Al respecto, véase: Palti (2007).
Capítulo 3 223
Ilustración 4-3 Estudios de historia social a nivel regional sobre lo popular (1967-2007)
Elaboración propia.
Ilustración 4-4 Estudios de historia de las ideas, intelectual o conceptual sobre lo popular
(1967-2007)
Elaboración propia.
224 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Ilustración 4-5 Estudios que critican el uso de lo popular en el campo historiográfico (1967-
2007)
Elaboración propia.
Aunque textos como los de Barbero (1987) y Aguilera y Vega (1991) trabajan la categoría
de lo popular desde un enfoque cercano al de la historia de las ideas, hasta el momento,
no existe un solo trabajo que se haya encargado de estudiar sistemáticamente la
trayectoria del concepto de lo popular en Colombia desde una perspectiva historiográfica.
Lo anterior, resulta problemático si se tiene en cuenta que esta categoría ha tenido una
centralidad y preponderancia en el proceso de definición de los horizontes de sentido de
la mayoría de los actores dominantes y, sobre todo, subalternos que lograron articularse e
incidir en la historia social del país, tal y como se pudo ver en el acápite anterior. En este
sentido, resulta fundamental comprender el lugar que ha tenido el concepto de lo popular en
la construcción de los distintos lenguajes políticos que han posibilitado la emergencia de
estructuras de significado en las que se enmarca la acción colectiva de un amplio grupo de
actores socio-políticos, exhaustiva y ampliamente estudiados por parte de la historiografía
social colombiana.
Por otra parte, el estudio de lo popular en distintos estratos semánticos permite comprender
las formas diversas en que este concepto ha sido empleado por parte de los actores críticos,
Capítulo 3 225
así como también, la diversidad de actores y sectores sociales que contribuyen en el proceso
de formación y variación de los lenguajes políticos. De esta manera, resulta factible interpretar
lo popular atendiendo a los múltiples registros que contribuyen a la construcción y
estructuración social de realidad por parte de un segmento de los actores que se disputan
el sentido y orientación del mundo en un espacio-tiempo específico. Además, la
investigación sistemática de lo popular posibilita conocer las grandes razones por las que
dicho concepto sigue teniendo vigencia y relevancia para casi todos los actores sociales
críticos, pese a que una franja o sector del mundo académico pareciera haber «decretado»
su crisis, al mismo tiempo que sugiere su exclusión del «repertorio categorial» de las
ciencias sociales206.
206
Además de Archila (2005), véase, por ejemplo: García Canclini (1989), Hardt y Negri (2004) o Burke en
Florenzano y Somarriva (5 de noviembre de 2006).
5. Capítulo 4: el contexto social, político y
económico de Colombia en el periodo 1991-
2016
En el capítulo 1 se estableció que en la historia conceptual -a diferencia de lo que sucede en
la Escuela de Cambridge- existe una relación entre los elementos discursivos y no discursivos
que inciden en las formaciones y variaciones conceptuales. Es por ello que este capítulo lo
dedicaré a presentar un contexto económico, político y social de Colombia en el periodo 1991-
2016, buscando con ello, enmarcar los grandes hechos y procesos en los que lo popular
contribuyó a orientar los horizontes de experiencia y articulación de las acciones colectivas
que realizaron los actores sociales críticos.
negociación entre el Estado y una parte de los actores partícipes del conflicto armado que
aqueja a Colombia, por lo menos, desde la década del sesenta del siglo XX207.
Por otra parte, este periodo de la historia reciente de Colombia podría comprenderse como
el intento de negociación de una nueva forma de institucionalidad que posibilitara el tránsito
de la confrontación bélica a la confrontación política. Sin embargo, esto se dio una vez que
buena parte de los actores armados que continuaron existiendo con posterioridad a los
acuerdos de paz de 1991, decidieron modificar -al menos parcialmente- la lógica ofensiva
que había orientado sus apuestas de derrocamiento o defensa del statu quo. Por
consiguiente, este periodo de intensificación del conflicto previo a la celebración de un
207
Hay múltiples lecturas sobre el origen del conflicto interno armado colombiano. Por ejemplo, en el caso
del informe presentado en febrero de 2015 por parte de la Comisión de Historia del Conflicto y sus Víctimas
(CHCV), creada con ocasión de los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, se pudo
establecer que los doce expertos que elaboraron textos académicos para nutrir este esfuerzo común
divergían en el establecimiento del origen del conflicto interno armado colombiano. Al respecto, Eduardo
Pizarro (2015) señalaba lo siguiente: “En los ensayos presentados hay quienes consideran necesario
remontarse hacia el pasado remoto para esclarecer los factores que han incidido en los diversos períodos de
violencia que ha sufrido el país, incluido, el reciente [Renán Vega y María Emma Wills]. Otros consideran que,
si bien la violencia actual refleja lejanas resonancias del pasado, sus actores y sus dinámicas se pueden
estudiar tomando solamente en consideración un período histórico más restringido. Este fue el caso de
Francisco Gutiérrez, Gustavo Duncan, Jorge Giraldo y Vicente Torrijos quienes, sin desconocer el valor de una
amplia mirada histórica -de la cual hacen referencias a menudo- prefirieron centrar sus interpretaciones en
el período posterior (…) [a la creación del] Frente Nacional. Daniel Pécaut escogió un camino intermedio, al
comenzar su análisis mediante el estudio de los factores que, según su perspectiva, incidieron durante la
República Liberal en la Violencia de los años cincuenta y su impacto posterior en la historia contemporánea
del país. Darío Fajardo, Alfredo Molano, Sergio de Zubiría y Javier Giraldo comienzan sus relatos con el
surgimiento de los conflictos agrarios en los años veinte” (p. 8).
Capítulo 4 229
nuevo acuerdo de paz, propongo que se considere como el momento de la historia reciente
de Colombia en el que la violencia sociopolítica tuvo mayor protagonismo y centralidad en
el proceso de enmarcación y estructuración de la realidad sociopolítica de nuestro país.
Sin embargo, esta apuesta política por la apertura de mercados, la reducción del Estado y
la desregulación de la economía208, que se realizaba en consonancia con las
208
Jairo Estrada (2006) considera que el neoliberalismo realmente existente lejos de funcionar basado en el
dogma de las capacidades autoreguladoras del mercado, “demanda una fuerte dirección centralizada del
230 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
proceso económico y de la política económica” (p. 146). Es por ello que este autor considera que en el caso
de Colombia, “esta aseveración se expresa en la constitución de una triada en la dirección de la economía,
que define las orientaciones fundamentales del proceso económico y los lineamientos principales de las
políticas de construcción del orden neoliberal. Esta triada posee vínculos e identidades ideológicas fuertes
con los organismos transnacionales de gobierno de la economía. Desde el punto de vista del ordenamiento,
sus alcances y sus posibilidades se encuentran definidos en el ámbito constitucional y poseen sus desarrollos
legales correspondientes, en los regímenes de la planeación, del presupuesto y de la banca central” (pp. 146
y 147).
209
Aunque en países como Chile y Argentina el neoliberalismo fue el «experimento económico» puesto en
marcha, precisamente, por los gobiernos militares golpistas.
210
Este término ha sido utilizado anteriormente por autores como Anton Pannekoek (1937) o Nicos
Poulantzas (1979), para designar una forma de organizar la vida en común en la que existe una retórica
«socialista» que legitima la persistencia de una burocracia dominante y explotadora, que sigue excluyendo
del control efectivo de los medios de producción de la vida material y del dominio de los procesos de trabajo
al conjunto de la sociedad.
211
Eduardo Sáenz Rovner (14 de mayo de 2016) considera que “El término carteles del narcotráfico no es
apropiado. El término Kartell utilizado hace un siglo para describir las empresas alemanas que se reunían
para fijar precios y cantidades no aplica al narcotráfico. El narcotráfico es un sector altamente competitivo,
de entrada libre, en el que muchos empiezan desde abajo y van construyendo su banda y sus rutas. Por eso
no tiene sentido hablar de cartel de Medellín, cartel de Cali, cartel del norte del Valle, aún menos de
«cartelitos»” (Párr. 11). Pese a ello, en este texto se rescata la resignificación y uso contemporáneo del
término cartel que se ha hecho en países como Colombia y México, para dar cuenta de aquellas estructuras
criminales mafiosas que logran controlar zonas de producción, establecer rutas de exportación y monopolizar
zonas de comercialización de drogas a nivel transnacional.
Capítulo 4 231
Si se tiene en cuenta que el cartel de Medellín logró detonar cien bombas tan sólo entre
los meses septiembre y diciembre de 1989; ochenta y cinco bombas entre enero y mayo
de 1990 contra las sedes de Drogas la Rebaja213 en Cali, Bogotá, Medellín y Pereira; diez
bombas tan sólo en diciembre de 1992; y aproximadamente otras veinte en Bogotá y
212
Pese a ello, autores como Rodrigo Uprimny (18 de noviembre de 2006) han sostenido –apoyados en
sentencias judiciales- que “la responsabilidad por el paramilitarismo en Colombia no es tanto del narcotráfico
sino de la persistencia de estructuras antidemocráticas en la propiedad agraria y en la política colombianas”
(Párr. 1).
213
Una de las empresas fachada que a través del lavado de activos había logrado posicionar en varias
ciudades colombianas el cartel de Cali, en cabeza de los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela,
quienes libraban una guerra contra el cartel de Medellín desde finales de la década del ochenta.
232 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Medellín durante el año 1993 (Semana, 23 de noviembre de 2013), es posible hacerse una
idea de la magnitud del daño causado en contra de la población civil urbana, a partir del
momento en que Pablo Escobar y sus aliados decidieron radicalizar la lucha, bien sea
contra la extradición214, bien sea contra sus enemigos mafiosos, o bien sea contra el bloque
de búsqueda de la policía que logró debilitar y desmantelar las estructuras criminales del
gran «capo» del narcotráfico.
Al respecto, es preciso aclarar que Escobar logró presionar y persuadir tanto al gobierno
nacional como a los constituyentes del 91 para que en la carta política se prohibiera la
extradición de nacionales, a través de medidas como los atentados contra políticos215 y los
secuestros de personalidades públicas216, al mismo tiempo que pudo negociar su
sometimiento a la justicia -gracias a la intermediación de la iglesia católica en cabeza del
padre Rafael García Herreros- en un centro carcelario escogido y acondicionado por él
mismo -conocido como la cárcel de la Catedral-, en el que continuaría delinquiendo en
compañía de sus más cercanos lugartenientes, durante los trecientos noventa y ocho días
que estuvo recluido, desde junio de 1991 hasta julio de 1992, momento en el que, ante la
inminencia de su traslado hacia otro centro penitenciario, decidió poner en marcha un
exitoso plan de fuga (El Tiempo, 23 de julio de 1992).
Durante dicho periodo de reclusión Escobar llegó al extremo de asesinar a dos de sus
principales socios, Fernando Galeano y Gerardo Moncada, quienes fueron a la Catedral
con el fin de aclarar un problema originado con ocasión del robo de una caleta de dinero y
214
Un hecho emblemático fue el atentado realizado contra el Departamento Administrativo de Seguridad
(DAS) el 6 de diciembre de 1989. Ese día, un bus cargado con 500 kilos de dinamita explotó junto a la sede
del DAS ubicada en Bogotá, provocando la muerte a más de medio centenar de personas y heridas al menos
a otras 600 (El Espectador, 5 de diciembre de 2009).
215
En el proceso electoral de 1990 fueron asesinados por Pablo Escobar y el paramilitarismo -en particular,
por la tendencia que lideraban los hermanos Fidel y Carlos Castaño- tres candidatos presidenciales: Luis
Carlos Galán -18 de agosto de 1989-, Bernardo Jaramillo Ossa -22 de marzo de 1990- y Carlos Pizarro -26 de
abril de 1990-. Además, en este periodo fueron igualmente asesinados el gobernador de Antioquia, Antonio
Roldán Betancur -4 de julio de 1989-, y el exministro de justicia, Enrique Low Murtra -30 de abril de 1991-.
216
Por ejemplo, entre el 30 de agosto y el 19 de septiembre de 1990 los hombres de Pablo Escobar lograron
secuestrar a ocho personas, entre las que se encontraban Diana Turbay –hija del expresidente Turbay-,
Francisco Santos -miembro de una de las familias más influyentes del país- y Mariana Montoya –hermana
del exsecretario general del gobierno de Virgilio Barco (1986-1990)- (Cardona, 27 de septiembre de 2017).
Al respecto, cabe agregar que en un intento de rescate fallido por parte de la Policía fue asesinada en
cautiverio Diana Turbay Quintero -25 de enero de 1991-.
Capítulo 4 233
Por otra parte, en el caso de la lucha contra las FARC y el Ejército de Liberación Nacional
(ELN), es posible advertir durante los primeros años de la década del ochenta un proceso
de crecimiento y expansión territorial de estas dos guerrillas. En el caso de las FARC, esto
se dio como resultado de lo acordado en su VII Conferencia en la que se tomó la decisión
de transitar de guerrilla defensiva a una ofensiva (Grupo de Memoria Histórica, 2013),
mediante la adopción de “una estrategia de crecimiento basada en el desdoblamiento de
los frentes existentes (…) hasta llegar a la meta de tener uno por departamento” (Echandía,
2015, p. 96), que inicialmente priorizó la expansión hacia algunas regiones en las que el
Partido Comunista Colombiano (PCC) realizaba trabajo político y sindical de tipo legal
(Grupo de Memoria Histórica, 2013), y en la que al mismo tiempo que se exploraba la
posibilidad del camino de la paz -expresado en los acuerdos de la Uribe-Meta suscritos
con el gobierno de Belisario Betancur el 28 de marzo de 1984, y en la posterior creación
del partido político Unión Patriótica (UP) el 28 de mayo de 1985-, se hacían esfuerzos para
multiplicar y fortalecer económica y militarmente a la organización, en buena medida,
posibilitados por la canalización de recursos provenientes de algunos territorios sembrados
con hoja de coca (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2014).
En el caso del ELN, la Reunión Nacional de Héroes y Mártires de Anorí realizada en 1983,
fue el espacio de encuentro en el que se propuso continuar y profundizar el proceso de
reestructuración interna, mediante el cual se buscaba superar su dispersión orgánica
(Medina Gallego, 2010), a la vez que se tomó la decisión de duplicar las estructuras
234 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
217
Tal y como afirma el Centro Nacional de Memoria Histórica (2014) “El grupo guerrillero que registra más
número de secuestros en el periodo comprendido entre 1979 y 1990 es el Eln (663 secuestros, el 32%),
seguido por el M-19 (546 secuestros, el 28%) y por las Farc (537 secuestros, el 27%)” (p. 151).
218
El Grupo de Memoria Histórica (2013) del Centro Nacional de Memoria Histórica considera que “La
explosión del fenómeno paramilitar puso en escena el entrecruzamiento del narcotráfico con el conflicto
armado. Esta nueva intervención del financiamiento del narcotráfico se produjo por la confluencia de los
intereses de tres sectores: los de las élites económicas, que buscaban defender su patrimonio, como sucedió
con la Asociación de Campesinos y Ganaderos del Magdalena Medio -ACDEGAM-, organización que les sirvió
de fachada en Puerto Boyacá; la los de los propios narcotraficantes, que buscaban expandir sus negocios
ilegales y querían protegerse de las presiones extorsivas de la guerrilla a los laboratorios y a la compra de
hoja de coca; y los de los militares, que tenían como propósito atacar a la guerrilla y al enemigo civil interno.
Esto último puede concluirse a partir del informe de la Procuraduría General de la Nación, acerca del MAS
[Muerte a Secuestradores], del 20 de febrero de 1983. El ente de control documentó que en realidad no
existía un solo grupo llamado MAS, sino que era un nombre genérico bajo el cual actuaba el paramilitarismo
del Magdalena medio, y en el que estaban involucradas 163 personas, de la cuales 59 estaban en servicio
activo de las Fuerzas Armadas” (p.143). Al respecto, véase también: Centro Nacional de Memoria Histórica
(2018a).
Capítulo 4 235
y el despliegue de intensos operativos sobre las áreas en las que se asentaban las
comandancias guerrilleras (Medina Gallego, 2010), mientras que, por el otro, hubo un
incremento constante del número de integrantes tanto de las FARC como del ELN
(Echandía, 2015), la ocupación de territorios anteriormente controlados por las guerrillas
que habían hecho parte de los acuerdos de paz, y un reajuste del plan estratégico de las
FARC -como resultado de la VIII Conferencia celebrada en 1993-, mediante el cual se
buscó conformar un ejército revolucionario capaz de realizar golpes militares con alto valor
estratégico, crear milicias bolivarianas urbanas y formalizar el distanciamiento y autonomía
frente al Partido Comunista Colombiano (Grupo de Memoria Histórica, 2013).
Por otra parte, aunque la administración de César Gaviria puede ser considerada como un
periodo de disminución y estancamiento de la violencia y el conflicto en Colombia219
(Spagat, Restrepo y Vargas, 2006; Durán, 2011), fue durante los últimos meses de este
gobierno -exactamente el día 11 de febrero de 1994- cuando el Presidente de la República
y su ministro de defensa, Rafael Pardo Rueda, firmaron el decreto 356 de 1994, mediante
el cual se legalizaba la creación de cooperativas, juntas de acción comunal o empresas
comunitarias de vigilancia y seguridad privadas, que posteriormente serían una de las
piezas claves para la expansión y consolidación del paramilitarismo en varias regiones.
Fue entonces un país marcado por la apertura económica y las reformas neoliberales, el
progresismo jurídico y político que se expresaba en la nueva Constitución, y la continuación
y recomposición de los actores de la guerra y el narcotráfico al que tendría que enfrentarse
219
Pese a ello, el padre Javier Giraldo sostuvo en el mes de agosto de 1994 lo siguiente: “(…) en la
administración Gaviria queda un saldo de 14.856 muertes violentas relacionadas con el conflicto social y
político, así como 5.043 prisioneros políticos. El gobierno de Barco había dejado un saldo un poco inferior:
13.635 víctimas por las mismas causas. Toda comparación es repugnante. Sin embargo, la coyuntura nos
obliga a mirar las épocas más oscuras de las dictaduras militares del continente, que llenaron de sangre y de
tumbas otros países hermanos, para medir de alguna manera las dimensiones de nuestra tragedia: En
URUGUAY, 16 años de dictadura, dejaron 220 víctimas fatales, desaparecidas o muertas bajo la tortura, y un
promedio de 5.000 prisioneros políticos por año durante la década de 1968-78, la inmensa mayoría de los
cuales soportaron la tortura. En ARGENTINA, durante 8 años de dictadura fueron registrados 9.000 casos de
desaparición forzada. En BRASIL, durante 15 años de dictadura se supo que 7.367 personas pasaron por
procesos militares, la mayoría de los cuales fueron torturados, y que hubo 125 desapariciones
documentadas. En BOLIVIA, en un lapso de 17 años que cobijaron 6 gobiernos militares, hubo 1.778 muertes
violentas por motivos políticos, 243 desaparecidos y 8293 prisioneros políticos. En CHILE, la Comisión
"Verdad y Reconciliación" recibió 2.666 denuncias por desaparición o asesinato, perpetrados durante los 17
años de dictadura militar” (Giraldo, 1994, p. 2).
236 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
No obstante, fue hasta abril de 1995 que el fiscal de la época, Alfonso Valdivieso, anunció
a la opinión pública la captura del ex senador Eduardo Mestre y del periodista Alberto
Giraldo, y le pidió a la Corte Suprema de Justicia investigar a nueve congresistas por
vínculos con el narcotráfico (El Espectador, 22 de abril de 1995), dando inicio a lo que
desde entonces se conocería como el «proceso 8000». A este respecto, cabe señalar que
en dicho proceso se pudo conocer que efectivamente habían ingresado cerca de cuatro
mil millones de pesos del cartel de Cali a la campaña presidencial de Ernesto Samper, y
se logró vincular a más de cincuenta personas a la investigación -la mayoría políticos y
220
Junto con el llamado cartel de Medellín –organización ilegal con la que libró una guerra desde el 13 de
enero de 1988, cuando estalló una bomba con setecientos kilos de dinamita en el Edificio Mónaco (Semana,
29 de octubre de 1990), hasta el día de la muerte de Pablo Escobar-, esta estructura criminal mafiosa
conformada a finales de la década del setenta, fue la responsable de garantizar buena parte de la demanda
de cocaína de los Estados Unidos en la década del ochenta y los primeros años de la década del noventa. Su
poder y control del negocio del narcotráfico llegó a ser tan fuerte que, en un artículo de 1995, el periodista
Carlos Agudelo del periódico El Tiempo señalaba lo siguiente: “Bajo el argumento de que la mafia de Cali es
el enemigo público número uno, el director de la DEA, Thomas Constantine, utilizó la amenaza del cartel de
drogas colombiano, responsable según él de por lo menos el 80 por ciento de la cocaína que hay en las calles
de Estados Unidos, como la principal razón para que el Congreso apruebe la asignación presupuestal de 810
millones dólares solicitada por la administración para el año fiscal de 1996” (Agudelo, 19 de marzo de 1995,
Párr. 1).
Capítulo 4 237
funcionarios públicos-, de las cuales fueron encontradas culpables, entre otras, el tesorero
de la campaña, Santiago Medina, el gerente administrativo de la misma, Juan Manuel
Avella, y el primer ministro de la Defensa del gobierno de Samper, Fernando Botero
(Semana, 23 de junio de 1997).
En el caso del presidente de la República, pese a que Santiago Medina y Fernando Botero
declararon que Samper sí conocía de la existencia de dineros ilícitos en su campaña,
finalmente, en junio de 1996 la plenaria de la Cámara de Representantes aprobó el
proyecto de preclusión presentado por parte de la Comisión de Acusación221 con un
resultado de 111 votos a favor y 43 en contra (El Espectador, 23 de abril de 2015). Sin
embargo, aunque el primer mandatario había logrado su absolución jurídica, esto no
impidió que tuviera que enfrentar continuamente la presión de la oposición política, los
jerarcas de la iglesia católica, la Fiscalía General de la Nación (FGN) y los Estados Unidos.
En este sentido, la enmienda legal aprobada el 15 de julio de 1994 por el gobierno de Bill
Clinton que buscaba condicionar el apoyo económico a Colombia, atendiendo a la
certificación que entregara el presidente de dicho país frente al cumplimiento de metas y
objetivos de la política antinarcóticos (Semana, 1 de agosto de 1996), las declaraciones
del saliente Director de la DEA en Colombia, Joseph Toft, quien en septiembre de 1994
calificó a Colombia como una «narco-democracia» (El Tiempo, 30 de septiembre de 1994),
la certificación condicionada expedida a Colombia por parte del gobierno de Estados
Unidos el 1 de marzo de 1995 (Semana, agosto 1 de 1996), o la decisión de la Casa Blanca
de cancelar la visa de Ernesto Samper en julio de 1996 (El Tiempo, 12 de julio de 1996),
fueron medidas que dificultaron aún más el escaso margen de maniobra con el que
contaba el presidente para gobernar.
A pesar de ello, el gobierno nacional buscó acallar las críticas propinando duros golpes a
los carteles de Cali y el Norte del Valle222. En el caso del cartel de Cali, por ejemplo, la
221
Instancia compuesta en ese entonces por quince miembros que tenían, entre otras funciones, preparar
proyectos de acusación contra el presidente de la República, siempre que hubiera causas constitucionales
para hacerlo.
222
Esta estructura criminal creció y se consolidó en la década del noventa del siglo pasado. Inicialmente lo
integraron ex miembros del cartel de Cali y su líder era Orlando Henao Montoya, quien se entregó a las
autoridades el 29 de septiembre de 1997 y fue asesinado estando en la cárcel Modelo de Bogotá, el 13 de
238 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
noviembre de 1998 (Semana, 19 de enero 2004). Esto último, hizo que a finales de esta década dicha
organización se dividiera en dos facciones: la que lideraba Diego Montoya y la que dirigía Wílber Varela.
Capítulo 4 239
Por otra parte, en lo que concierne a la crisis política que significó la carta entregada por
Fernando Botero a Enrique Santos Calderón -en ese momento subdirector del periódico El
Tiempo- el 22 de enero de 1996, en la que se señalaba que Samper sí sabía del ingreso
de dineros ilícitos a su campaña, cabe señalar que este fue un hecho que generó malestar
en un sector de las fuerzas militares, llevando incluso a la renuncia del comandante de la
Segunda División del Ejército, mayor general Ricardo Emilio Cifuentes, a finales de enero
de 1996, quien en una declaración pública sostuvo que el presidente no merecía su
respaldo (El Tiempo, 27 de enero de 1996a). Pese a ello, Samper logró conjurar la crisis y
una vez que contó con mayor margen de maniobra en la conducción de los asuntos del
Estado, tomó la decisión de destituir al comandante del ejército, Harold Bedoya, a finales
de julio de 1997 (El Tiempo, 25 de julio de 1997).
En materia económica el gobierno de Ernesto Samper fue la expresión del continuismo del
gobierno anterior. No obstante, a que durante la contienda electoral Samper se había
presentado ante la opinión pública como una alternativa que pretendía atenuar los efectos
negativos del neoliberalismo (Archila, 2018), lo cierto es que durante su gobierno se
mantuvo el proceso de liberalización económica, extendiéndose incluso a otros campos.
Por consiguiente, la aprobación de normas que favorecían procesos de privatización en el
sector minero-energético -Ley 226 de 1995-, la tendencia aperturista de la inversión
extranjera -Decretos 517 de 1995 y 1295 de 1996- (Estrada, 2006) y el aumento de los
impuestos directos al consumo -Ley 223 de 1995-, aunada a la continuidad de una
concepción no universalista de la política social, expresada en formas de asignación de
223
El magnicidio de Gómez Hurtado todavía no ha sido esclarecido por parte de las autoridades. Sin embargo,
el 22 de diciembre de 2017 la Fiscalía declaró este asesinato como un crimen de lesa humanidad, y empezó
a manejar la hipótesis de que el autor de este hecho fue el cartel de Norte del Valle, debido al temor que le
generaba a esta estructura criminal que ante un eventual escenario de golpe de Estado, Gómez Hurtado
fuera nombrado presidente y aprobara nuevamente la extradición de nacionales hacia los Estados Unidos
(Semana, 23 de diciembre de 2017). Por otra parte, durante la primera semana del mes de octubre de 2020,
el exintegrante de las FARC y por ese entonces senador del Partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del
Común (P-FARC), Carlos Antonio Lozada -Julián Gallo-, declaró que dicho crimen había sido perpetrado por
integrantes de la Red Urbana Antonio Nariño de las FARC (Colombia 2020, 6 de octubre de 2020).
240 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
recursos y prestación de servicios focalizados hacia los sectores más pobres y vulnerables
de la población, tales como el Régimen Subsidiado del Sistema de Seguridad Social en
Salud (SGSSS) –Decreto 1895 de 1994- o la Red de Solidaridad Social -Ley 368 de
1997-, fueron desarrollos de tipo legal que contribuyeron a la profundización y
consolidación del orden neoliberal en Colombia224.
Otro aspecto que resultó problemático en el gobierno de Samper fue el escalamiento del
conflicto, que desde entonces y hasta el año 2002 se fue recrudeciendo (Spagat, Restrepo
y Vargas, 2006; Durán, 2011). Esto último, fue ocasionado por el vigor que demostraron
las FARC a comienzos de la década del noventa en lograr la concreción del Plan
Estratégico adoptado a partir de la VII conferencia realizada en mayo de 1982, que llevó a
que esta guerrilla se involucrara de lleno en la producción y comercialización de la pasta
de coca225 (Centro de Memoria Histórica, 2014), posibilitando, de esta manera, el
progresivo y considerable aumento de sus actividades y presencia en buena parte del
territorio nacional. A su vez, la puesta en marcha de incursiones de tipo armado contra
objetivos militares en los que las FARC tomaban rehenes con la finalidad de presionar una
zona de despeje y la realización del intercambio humanitario de militares por presos
224
Esta lectura de la política económica de Samper dista, en buena medida, de trabajos como el de Ocampo
(1998) en los que se establece que “el gobierno del presidente Samper tuvo tanto elementos de continuidad
como de discontinuidad con respecto a la administración Gaviria. El nuevo gobierno mantuvo la apertura
comercial y la inversión extranjera concebida a comienzos de los años noventa, y la política de apertura a las
inversiones del sector privado de áreas tradicionalmente reservadas al Estado. Así mismo, mantuvo la
reforma de la seguridad social adoptada en 1993, la prestación descentralizada de servicios sociales dispuesta
por la Constitución de 1991 y la tendencia ascendente del gasto social que acompañó a ambos procesos. Por
otra parte, algunos programas fueron reformulados y, lo que es más importante, se dio una nueva
orientación general al quehacer del gobierno, en la que se hizo énfasis en la política social y en el desarrollo
de la infraestructura” (pp. 155-156).
225
Según el Grupo de Memoria Histórica (2013) del Centro Nacional de Memoria Histórica “En el suroriente
del país (…) la prevalencia de la guerrilla de las FARC estuvo acompañada de la expansión de la economía
cocalera como alternativa a una economía campesina cada vez menos viable en las zonas de colonización y
en los bordes de la frontera agrícola. De acuerdo con el censo de cultivos de coca del Observatorio contra el
Delito de las Naciones Unidas, Colombia se convirtió en el principal productor de coca de América Latina a
partir de 1997, superando a Bolivia y Perú, con un total de 80 mil hectáreas sembradas. Esta cifra creció
vertiginosamente hasta alcanzar el umbral de 163.300 hectáreas en el año 2000 y 144.807 en el año 2002,
duplicando en un lapso de tres años el área cultivada en 1997. Esta expansión de la economía cocalera no
fue exclusiva de las FARC; también fue promovida por los paramilitares en el sur de Bolívar, el Catatumbo y
el andén pacífico, sin renunciar con ello a la imposición de un tipo de desarrollo que se ajustaba a los
requerimientos de competitividad del sector agrícola, de acuerdo con las demandas del mercado
internacional, en particular con la expansión de monocultivos para biocombustibles” (pp. 177 y 178).
Capítulo 4 241
Por un lado, el decreto 356 de 1994 que había legalizado que la población civil se armara
y organizara a través de Servicios Especiales de Vigilancia y Seguridad Privada, se
materializó en la Resolución 368 del 27 de abril de 1995 con la entrada en vigencia de las
llamadas CONVIVIR -cooperativas de vigilancia y seguridad privada que se crearon con el
pretexto de adelantar labores de apoyo y defensa contra la guerrilla, en aquellas zonas
rurales en las que la presencia de las FFMM era débil o inexistente-. Esto último, trajo
como consecuencia que en un lapso de apenas dos años y tres meses, en el país 3531
personas integraran las 414 CONVIVIR que se habían creado hasta ese momento228 (El
Tiempo, 27 de agosto de 1997a). Pese a las denuncias sobre los riesgos que implicaba
226
En las postrimerías del gobierno Samper, las FARC pusieron en marcha un plan ofensivo sin precedentes
en contra de las Fuerzas Militares (FFMM): entre el 3 y el 6 de agosto de 1998, la guerrilla realizó 67 atentados
en distintas zonas del país (El Tiempo, 10 de agosto de 1998).
227
Con excepción del frente de guerra Norte, los frentes Nororiental, Noroccidental, Suroccidental y Central
lograron tener la iniciativa en la correlación de fuerza con las FFMM durante el gobierno Samper.
228
A finales de agosto de 1997, el 82,12% de las CONVIVIR se concentraba en seis departamentos: 106 en
Santander, 83 en Cundinamarca, 64 en Boyacá, 56 en Antioquia, 19 en Córdoba y 12 en Caldas (El Tiempo,
27 de agosto de 1997a).
242 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Por otro lado, la relativa centralidad político-militar que tuvieron las Autodefensas de
Córdoba y Urabá (ACCU) a partir de su creación en el año 1995230 (Grupo de Memoria
Histórica, 2013), así como el liderazgo mediático ejercido por Carlos Castaño durante el
llamado periodo de transición que permitió la irrupción en 1997 de la segunda generación
paramilitar, expresada en la articulación precaria y confederal que significó la emergencia
de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) (Duncan, 2006; Ronderos, 2014; Centro
Nacional de Memoria Histórica, 2018a), permitió que durante estos años el paramilitarismo
comenzara una ofensiva por el control del Urabá, Córdoba, Magdalena, Casanare y el sur
del Cesar (Echandía, 2000), con la finalidad de contener a sangre y fuego la expansión
229
Antes de proferir este fallo, la Corte Constitucional realizó una audiencia pública -26 de agosto de 1997-
en la que se trató el tema de los Servicios Especiales de Vigilancia y Seguridad Privada. Ese día, funcionarios
públicos, políticos y personalidades como el ministro del interior Carlos Holmes Trujillo, el ministro de la
defensa Gilberto Echeverri Mejía, el viceprocurador general Eduardo Montealegre, el director del
Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), general Luis Enrique Montenegro, el superintendente de
Vigilancia y Seguridad Germán Arias, el gobernador de Antioquia Álvaro Uribe Vélez, y el presidente de la
Federación Colombiana de Ganaderos (FEDEGAN), Jorge Visbal Martelo, se pronunciaron a favor de la
existencia de las CONVIVIR (El Tiempo, 27 de agosto de 1997b).
230
La consolidación de las ACCU en la zona del Urabá fue posibilitada, en buena medida, por la arremetida
en contra de los desmovilizados y las disidencias del EPL por parte de las FARC en esta región del país. Al
respecto, el Grupo de Memoria Histórica (2013) del Centro Nacional de Memoria Histórica considera que “La
entrada de los desmovilizados del EPL a la vida política y electoral, organizados en el movimiento político
Esperanza, Paz y Libertad, fue considerada por las FARC como un alineamiento de ese grupo con el Estado.
Tal polarización se incrementó con la aparición de los comandos populares, compuestos por desmovilizados
del EPL, y con la incorporación de algunos de sus excombatientes al Departamento Administrativo de
Seguridad – DAS. Ante la violencia de las FARC contra los esperanzados del reinsertado EPL y la violación de
los acuerdos de no agresión entre ellos, se produjo el alineamiento de los comandos populares con los
paramilitares, que obtuvieron así el tiquete de entrada a la región de Urabá” (pp. 162 y 163). Respecto a las
masacres cometidas por las FARC en contra de los desmovilizados del EPL véase: Centro de Memoria Histórica
(2014).
Capítulo 4 243
territorial de las FARC y el ELN, preparar su ingreso a territorios en los que históricamente
tenían presencia las guerrillas, aumentar el control sobre el negocio del narcotráfico
(Centro Nacional de Memoria Histórica, 2018a), reconfigurar la estructura de la propiedad
rural a través de prácticas intimidatorias y violentas que favorecían el desplazamiento,
abandono y despojo de tierras, e imponer en algunas regiones un modelo de desarrollo
pensado en función de la inserción en las dinámicas del narcotráfico, el capitalismo agrario,
la ganadería extensiva, la agroindustria, el avance del sector minero-energético (Centro de
Memoria Histórica, 2014), y el impulso a ciertos monocultivos que se requerían para la
producción de biocombustibles (Grupo de Memoria Histórica, 2013), en asocio “con
amplios sectores militares, económicos, políticos y sociales de todo el país” (p. 160).
Si bien es cierto que a partir del segundo año del gobierno Samper se produjo el
recrudecimiento del conflicto armado, es preciso reconocer que durante su administración
se realizaron acercamientos de paz tanto con el ELN como con las FARC. En relación con
esto último, cabe destacar los encuentros sostenidos entre el gobierno nacional y el ELN
en Madrid-España -febrero de 1998- y Maguncia-Alemania –15 de julio de 1998-, en los
que se acordaron los términos para convocar una Convención Nacional en la que estaba
previsto que participaran las diversas expresiones de la sociedad civil colombiana231, así
como también, los acercamientos realizados con las FARC, en los que se logró la
liberación de los sesenta soldados que habían sido retenidos en la toma a la base de Las
Delicias, una vez que el gobierno aceptó despejarle a la guerrilla 13.161 kilómetros en el
departamento de Caquetá, desde el 23 de mayo hasta el 24 de junio de 1997 (El Tiempo,
24 de agosto de 1997), lo cual se constituyó en la base metodológica de la propuesta de
diálogos de paz que las FARC le presentaron al país el 10 de octubre de 1997 (El Tiempo,
1 de septiembre de 1998), y que posteriormente sería retomada, ajustada y puesta en
marcha durante el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002).
231
Desde el día 2 de febrero de 1996 el ELN había planteado la necesidad de convocar una Convención
Nacional, en la que participaran “todos los sectores de la opinión nacional, las organizaciones sociales, las
organizaciones políticas, los gremios, la iglesia, los intelectuales, la izquierda, los demócratas y los patriotas”
(Ejército de Liberación Nacional, 1996, Párr. 12), buscando con ello, superar la crisis institucional y política
que vivía el país.
244 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Antes de dar inicio al proceso de paz entre el gobierno de Andrés Pastrana y las FARC,
esta guerrilla continuó la estrategia de retener militares para presionar el intercambio
humanitario, buscar el reconocimiento del estatus de beligerancia y llegar fortalecida a la
mesa de negociación (Grupo de Memoria Histórica, 2013). De ahí que la toma a Mitú
-capital del departamento de Vaupés- que comenzó en la madrugada del 1 de noviembre
de 1998 y se prolongó durante 72 horas, en la que murieron 16 policías, 8 civiles y fueron
secuestrados 70 uniformados (El Tiempo, 6 de noviembre de 1998), fue uno de los
primeros actos de guerra que evidenciaba la manera en que se producía el escalamiento
del conflicto, al mismo tiempo que se exploraba la posibilidad de dar inicio a un nuevo
proceso de paz. Pese a ello, dando cumplimiento a lo estipulado en la Resolución N° 85
del 14 de octubre de 1998 en la que se declaraba el inicio del proceso de diálogo con la
insurgencia, se reconocía el carácter político de las FARC y se ordenaba el despeje de los
municipios de Mesetas, La Uribe, La Macarena, Vista Hermosa y San Vicente del Caguán
Capítulo 4 245
-una extensión un poco mayor a los 42.000 kilómetros cuadrados-, durante la segunda
semana de noviembre de 1998 se produjo el retiro de los militares de la llamada zona de
distensión, en la que tendrían lugar los diálogos entre el gobierno y la guerrilla, a partir de
la instalación de la mesa el día 7 de enero de 1999232 (El Tiempo, 5 de octubre de 2001).
El proceso de paz fue un escenario en el que ambas partes acordaron negociar salidas a
la confrontación armada, al mismo tiempo que se fortalecían militarmente. Por
consiguiente, a pesar de la disposición que tenía el gobierno para encontrar una salida
política al conflicto, durante las negociaciones se produjo el aumento de la iniciativa militar
de las FFMM, evidenciada en el uso de helicópteros y aviones para atacar de manera
coordinada y simultánea a la guerrilla por tierra y aire (Grupo de memoria histórica, 2013),
al mismo tiempo que se aprovechaba la retórica de guerra contra las drogas que había
caracterizado al discurso del gobierno de los Estados Unidos en el contexto de posguerra
fría, a través de la realización de una campaña internacional que durante el año 1999 se
encargó de conseguir apoyo económico de la comunidad internacional para que Colombia
pudiera derrotar al narcotráfico, y que en el fondo lo que buscaba era reorganizar y
fortalecer al ejército y la policía para combatir de manera efectiva a las FARC233. Al
respecto, cabe destacar que el principal financiador de la nueva estrategia de guerra -
expresada en el llamado Plan Colombia- fue el gobierno de los Estados Unidos, quien el
13 de julio del 2000 aprobó un paquete de ayuda correspondiente a los años fiscales 2000
y 2001 por 860 millones de dólares, el cual se debía sumar a los recursos previamente
programados para este periodo por 330 millones de dólares, convirtiendo a Colombia en
uno de los países que más apoyo financiero recibía por parte del gobierno de Bill Clinton
(Ramírez, 2003).
En el caso de las FARC las cosas no fueron muy diferentes. La estrategia acordada por
ambas partes de negociar la paz en medio de la guerra, contribuyó a que la confrontación
232
Ese día, el comandante en jefe de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, no acudió a la apertura de la
negociación en San Vicente del Caguán, dejando vacía la silla que estaba al lado del presidente Andrés
Pastrana. Este hecho que fue interpretado por muchos como la primera gran frustración de los diálogos de
paz, con los años se convertiría en el símbolo del fracaso de este proceso.
233
María Clemencia Ramírez (2003) señalaba lo siguiente en relación con el énfasis militar que tenía el Plan
Colombia: “Es importante resaltar que para el fortalecimiento militar (60%) y policial (14%), se destina en
total un 74% de esta ayuda, mientras que para inversión social sólo se destina un 26%” (Párr. 8).
246 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Aun así, durante los 1.316 días que duraron las conversaciones de paz entre el gobierno
y las FARC, se realizaron varias audiencias públicas a las que asistieron 23.795 personas
y se presentaron 1.069 exposiciones (Valencia, 23 de diciembre de 2002), a la par que se
logró, en primer lugar, la firma del intercambio humanitario -junio 2 de 2001- que permitió
la liberación de 42 soldados y policías enfermos, a cambio de la salida de la cárcel de 15
guerrilleros que presentaban problemas de salud (El Tiempo, 3 de junio de 2001) y, en
segundo lugar, la entrega unilateral por parte de las FARC de 242 soldados y policías -28
de junio de 2001- que habían sido secuestrados años atrás. Sin embargo, la lentitud y
escaso avance en las negociaciones, la pérdida progresiva del apoyo político y gremial
que tenía el presidente Pastrana, el cuestionamiento al uso que las FARC le estaban dando
a la zona de distensión, y el cambio que significó a nivel interno la intempestiva irrupción
del discurso antiterrorista a escala mundial, como consecuencia de los atentados al
pentágono y a las torres gemelas ocurridos en los Estados Unidos el día 11 de septiembre
de 2001 (Centro de Memoria Histórica, 2014), así como también, la resistencia ejercida por
parte de algunas élites regionales a la continuidad de los acercamientos entre el Estado
colombiano y la insurgencia, el asesinato de tres indigenistas norteamericanos -25 de
febrero de 1999-, la muerte en cautiverio de la exministra de Cultura Consuelo Araújo
-29 de septiembre de 2001-, el secuestro del representante a la Cámara Óscar Tulio
Capítulo 4 247
Lizcano -5 de agosto del 2000-, del exministro de Desarrollo del gobierno Pastrana,
Fernando Araújo -4 de diciembre del 2000-, del senador Luis Eladio Pérez -10 de junio de
2001-, del gobernador del Meta Alan Jara -15 de julio de 2001- y del senador Jorge
Eduardo Gechem Turbay -20 de febrero de 2002- (Grupo de Memoria Histórica, 2013),
llevó a que en una alocución presidencial realizada el día 20 de febrero de 2002, el
presidente Pastrana le anunciara al país la finalización del proceso de paz con las FARC234.
En lo que tiene que ver con el escalamiento de la conflagración, cabe señalar que durante
el periodo 2000-2002 se evidenció el momento de mayor intensidad del conflicto armado
colombiano, expresado en el aumento de los ataques y combates sostenidos por los
distintos actores de la confrontación, así como en el número de víctimas (Spagat, Restrepo
y Vargas, 2006; Durán, 2011). En consecuencia, el aumento del número de combatientes
de los grupos paramilitares que pasaron de tener 850 integrantes en 1992 a 8150 en el
2000235 (Díaz y Sánchez, 2007), y que se incrementó nuevamente a 12.000 en el año 2002
(Valencia, 23 de diciembre de 2002; Centro de Memoria Histórica, 2014), la consolidación
234
El gobierno nacional exploró la posibilidad de continuar los acercamientos de paz con el ELN que se habían
iniciado al final del gobierno Samper, evidenciado en el encuentro de Río Verde -12 de octubre de 1998- y en
el anuncio realizado el 24 de abril del 2000 en el que se informaba que las partes habían acordado el despeje
de los municipios de Cantagallo y San Pablo, algunas zonas rurales de Simití, Santa Rosa y del casco urbano
de Yondó -equivalentes a 4727 kilómetros cuadrados- (El Tiempo, 25 de abril del 2000). No obstante,
Pastrana y sus colaboradores renunciaron a negociar la paz con esta guerrilla por las siguientes razones: 1. el
avance del paramilitarismo en el sur de Bolívar y el nordeste antioqueño impedía que existieran condiciones
para garantizar la seguridad en esta zona (Semana, 12 de junio del 2000), 2. organizaciones instigadas y
alentadas por el paramilitarismo como la Asociación Civil para la Paz (ASOCIPAZ) y el movimiento No al
despeje se opusieron a la salida de la fuerza pública en los municipios de Cantagallo y San Pablo (El Tiempo,
17 de enero de 2001), y 3. el ELN buscó mostrar su poderío militar con el fin de conseguir reconocimiento
político y un trato similar al que el gobierno le estaba dando a las FARC. Esto último, ocasionó que en los
primeros años del gobierno de Pastrana, esta guerrilla realizara una serie de ataques que tuvieron un fuerte
impacto en la población civil, tales como la voladura de un tramo del Oleoducto Colombia que produjo un
incendio en las Fraguas, corregimiento del municipio de Segovia en Antioquia, en el que murieron 73
personas -18 de octubre de 1998-, el secuestro de 41 pasajeros de un avión de Avianca que cubría la ruta
Bucaramanga-Bogotá -12 de abril de 1999-, de cerca de 200 feligreses que asistían a misa en la iglesia La
María en Cali -30 de mayo de 1999- (Grupo de memoria histórica, 2013), y de cerca de 70 personas en el
Kilómetro 18 de la vía Cali-Buenaventura -17 de septiembre del 2000- (El Tiempo, 18 de septiembre del 2000;
El País, 26 de septiembre de 2010), provocando el repudio y rechazo de una parte de la sociedad que valoraba
la orientación más humanista y democrática que caracterizaba a esta guerrilla, en comparación con el
proyecto político con acento militarista adoptado por las FARC, especialmente, a partir de la década del
noventa del siglo pasado.
235
Según Díaz y Sánchez (2007) “entre los años 1998 y 2000 estos grupos crecieron 5 veces más de lo que lo
hicieron los grupos guerrilleros (81% contra un 16% de la guerrilla)” (p. 398).
248 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
236
Un factor adicional que pudo haber contribuido al debilitamiento del ELN, fueron los ataques que
empezaron a tener por parte de las FARC, como resultado del proyecto de expansión territorial de esta
guerrilla en zonas como el oriente antioqueño y la serranía del Perijá durante los años 1999 y 2000 (Grupo
de Memoria Histórica, 2013).
237
Tan sólo tres días después de la declaración de guerra que había significado el anuncio presidencial en el
que se decretó el fin del proceso de paz, Betancourt -en compañía de su asesora, un camarógrafo, un
fotógrafo y un ingeniero que hacía las veces de conductor- decidió dirigirse por tierra a la que durante más
de tres años había sido la zona de despeje, debido a que Pastrana no había accedido llevarla a ella y sus
acompañantes en los helicópteros en los que había partido hacía San Vicente del Caguán la comitiva
presidencial. Pese a que algunos integrantes del DAS, la policía y le ejército le advirtieron sobre los riesgos
de seguridad que implicaba el desplazamiento por tierra hacía la antigua zona desmilitarizada, la candidata
decidió continuar la travesía que concluiría abruptamente en el momento en que le notificaron que se
encontraba retenida por las FARC (El tiempo, 25 de febrero de 2002).
238
Proceso que se intensificó y profundizó con la puesta en marcha del Plan Colombia.
Capítulo 4 249
239
El 13 de enero de 1997 Ernesto Samper decretó el estado de emergencia económica y social, buscando
con ello, recortar los gastos de inversión y funcionamiento del Estado, incrementar los impuestos y reducir
las exenciones fiscales (El Tiempo, 14 de enero de 1997).
240
Para Jairo Estrada (2006) los críticos del neoliberalismo de la época explicaban la crisis “como el resultado
de la implantación de tales políticas, en especial por sus efectos sobre el aparato productivo, el estímulo a la
especulación financiera y el crecimiento del servicio de la deuda pública. En ese sentido, se señala que el
crecimiento económico en la década de 1990 está asociado al aumento del endeudamiento de los hogares
(créditos de vivienda y de consumo), de los empresarios (inversiones de innovación o de especulación) y del
Estado (financiamiento del déficit fiscal), lo cual habrá generado una especie de «prosperidad al debe»” (p.
161).
250 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
fueron medidas que contribuyeron a evidenciar los sectores que se veían beneficiados y
afectados durante la crisis, a la vez que se establecía con claridad quiénes eran los
llamados a pagar los costos sociales de las políticas de ajuste y «modernización»
económica.
Un caso emblemático que demuestra esto que aquí se afirma, es el de la pérdida masiva
de viviendas ocasionada por las sucesivas modificaciones introducidas a la Unidad de
Poder Adquisitivo Constante (UPAC) que venía operando desde el año 1972. Lo anterior
se originó desde el momento en que los pagos en los créditos hipotecarios de vivienda
-que inicialmente se calculaban teniendo como referencia el Índice de Precios al
Consumidor (IPC)- fueron modificados en el año de 1984, con el fin de introducir un
componente de tasa de interés al cálculo de la Corrección Monetaria, que posteriormente
sería elevado en los años 1988 -35% del valor de la tasa de captación para depósitos a
término fijo (DTF) del mes anterior- y 1992 -50% del promedio de la DTF calculado para
las ocho semanas anteriores- (Molina en Mora, 2010), llegando al punto de excluir el IPC
del cálculo en 1994, lo cual permitió que la fórmula quedara “totalmente dependiente de la
tasa de interés de mercado” (p. 17). Debido a ello, 900.000 personas se vieron afectadas
por las deudas e intereses sobre las deudas que debieron contraer para continuar pagando
las cuotas mensuales de los créditos hipotecarios, a la par que 300.000 familias terminaron
perdiendo su vivienda y el dinero que habían invertido durante años para poder adquirirla
(Jiménez, 20 de abril de 2013). Aun así, con posterioridad a que la Corte Constitucional
profiriera la Sentencia C-700 del 16 de septiembre de 1999 que obligó al gobierno nacional
a tener que reformular la política de crédito a la vivienda -Ley 546 de 1999-, fue la banca
privada y no las familias quienes recibieron una inyección de capital por parte del Estado,
a través del Fondo de Garantías de Instituciones Financieras (FOGAFÍN) (El Tiempo, 5 de
agosto de 2002).
En segundo lugar, la Operación Génesis fue una acción coordinada entre el ejército y los
paramilitares durante la última semana de febrero de 1997, en la que miembros de la
brigada XVII del ejército llevaron a cabo una operación militar contra las FARC, al mismo
tiempo que las ACCU realizaban la «Operación Cacarica», en la que ocurrió un evento
masivo de desplazamiento forzado después de que “los paramilitares aterrorizaron a la
población decapitando sin piedad al campesino afrodescendiente Marino López Mena,
luego de lo cual jugaron fútbol con su cabeza y arrojaron su cuerpo desmembrado al río”
(Gallón, 8 de enero de 2014, Párr. 2). Pese a que el Estado colombiano negó en reiteradas
oportunidades la responsabilidad del ejército colombiano en la comisión de dicho crimen,
el entonces comandante de la brigada XVII, Rito Alejo del Río, fue condenado en agosto
del 2012 por el asesinato de López Mena (El País, 24 de agosto de 2012), y en noviembre
de 2013, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) concluyó en la sentencia
241
Pese a que, por razones expositivas se presentan los crímenes de guerra cometidos por organizaciones
guerrilleras en la misma línea o secuencia de los crímenes de lesa humanidad cometidos por agentes del
Estado y/o grupos paramilitares, no se puede inferir de ello que exista simetría o proporcionalidad entre los
distintos actores del conflicto armado. Por ejemplo, en el caso de las 1.982 masacres cometidas entre 1980
y 2012, el Grupo de Memoria Histórica (2013) que elaboró el informe ¡BASTA YA! Colombia: Memorias de
guerra y dignidad, sostiene que el 67,4% corresponden a los grupos paramilitares y/o la fuerza pública, el
17,3% a las guerrillas, el 14,8% a grupos no identificados y el 0,4% a otros grupos. Referente a esto, considero
que existe una gravedad diferencial de los crímenes de Estado, la cual se expresa “en el origen del conflicto,
la promoción del paramilitarismo y la degradación de la confrontación armada” (Gómez Obando, 2021a, p.
13).
242
Del lado de los exmilitantes de Esperanza, Paz y Libertad se sostiene la hipótesis de que el móvil del
atentado se relaciona con el hecho de que las FARC pensaban que los lideres políticos de dicho movimiento
político se encontraban en el lugar. Al respecto, véase: Verdad abierta (3 de septiembre de 2016).
252 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
270 que hubo actos de colaboración entre los actores armados legales e ilegales que
participaron en esta operación conjunta.
Al respecto, existe una serie de factores que contribuyen a explicar este hecho, tales como
el cambio en los repertorios de actuación de los actores sociales que se dieron como
consecuencia de la ampliación de la participación ciudadana en la formulación y veeduría
de las políticas públicas promovida por la Constitución del 91; el viraje hacia la participación
electoral que tendió a presentarse en el movimiento cívico hacía finales de la década del
ochenta, una vez que varios líderes que pertenecían a este sector analizaron las ventajas
que tenía la elección popular de alcaldes -Acto Legislativo 01 del 9 de enero de 1986-; o
la apertura del sistema electoral y de partidos que se produjo con la nueva Constitución
(Archila, 1995; Cruz, 2016). Pese a ello, las dos grandes causas que explican la
disminución de las luchas sociales en este periodo son: el impacto que la violencia armada
generó en las formas organizativas y la crisis del pensamiento crítico como consecuencia
de la caída del Muro de Berlín (Cruz, 2016; Archila, 2018).
243
Según el Centro de Investigación y Educación Popular –en adelante CINEP- (2009) la movilización social
“entre 1975 y 1990 asciende a una media de 476 [protestas sociales] por año (…) [y] entre 1991 y 2001 baja
ligeramente a 429 por año” (p. 3).
244
Expresadas, por ejemplo, en la creciente y marcada mercantilización de la salud, la educación y la vivienda,
en la flexibilización de los contratos de trabajo y en el aumento de la precariedad laboral, y en la entrada en
vigencia de una política de importaciones agrícolas sin restricciones de alimentos como el maíz y el frijol, que
tuvo un fuerte y negativo impacto sobre los productores, en especial, sobre los campesinos (Herrera, 1996).
254 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
personas desde 1984 hasta el 2002 -4.141 de la UP245 y 205 de ¡A Luchar!246-, son dos
casos paradigmáticos en los que se muestra el debilitamiento de formas dinámicas de
organización social, en las que se combinaban y entrecruzaban repertorios de acción que
podrían corresponder tanto a los movimientos sociales como a los partidos políticos
(Fajardo, 2017). Además, si se tiene en cuenta que, por ejemplo, “entre 1991 y 1999 fueron
asesinados 1.336 sindicalistas, 266 de ellos dirigentes” (Archila, 2006, p. 84), y que según
el Registro Único de Víctimas (RUV) de la Unidad para la Atención y Reparación Integral
a las Víctimas (UARIV) en el periodo 1991-2001 se desplazaron 2.472.886 personas -la
gran mayoría campesinos-, se puede comprender la manera en que la violencia y el terror
contribuyeron a estructurar y desestructurar la realidad de las luchas populares que se
realizaron en Colombia durante esta época (Múnera Ruiz, 2014a).
Si bien es cierto que no existe una relación directa, causal y necesaria entre la existencia
de violencia armada y la inhibición o ausencia de organización social (Peñaranda et al.,
2011; Cruz, 2016), y a que la existencia de guerra o conflicto armado puede llevar a que
la gente decida movilizarse y protestar -piénsese, por ejemplo, en las marchas y
movilizaciones sociales por la paz-, no se pueden desconocer los impactos negativos que
prácticas sistemáticas y continuadas como los asesinatos, las desapariciones, las torturas
o el desplazamiento forzado tienen para la construcción de tejido y articulación social. En
el caso colombiano, la estrategia de «quitarle el agua al pez» desarrollada por los grupos
paramilitares que consistía en dirigir la violencia contra las comunidades y sectores
245
En el balance de las víctimas de la UP en el periodo 1984-2002 elaborado por el Centro Nacional de
Memoria Histórica (2018b), se establece lo siguiente: “El primer subperiodo va desde 1984 hasta 1988, se
distingue por una violencia con una tendencia creciente que tiene su momento crítico en el año 1988. Se
registran en el subperiodo un total de 1.690 de las víctimas agregadas, 1.284 de las cuales corresponden a
asesinados y desaparecidos (p. 110) (…) Un segundo subperiodo va desde 1989 hasta 1994 (…) En este
subperiodo se registran 1.631 víctimas agregadas, 1.280 asesinadas y desaparecidas (p. 111) (…) Un tercer
subperiodo se extiende desde 1995 hasta 1997 y se destaca por el crecimiento abrupto en la tendencia y las
dimensiones de la violencia (…) En solo dos años fueron 1.604 víctimas del universo agregado, de las cuales
1.034 asesinadas o desaparecidas (p. 112) (…) El último subperiodo va desde 1998 hasta 2002 (…) En este
subperiodo se registraron 1.265 víctimas de violencia agregada que representan una de cada cinco víctimas
del periodo 1984-2002. Se reportaron 543 asesinados y desaparecidos” (pp. 112 y 113).
246
Diego Fajardo (2017) sostiene que “¡A Luchar! es (…) un caso de represión sistemática en su contra. Ya en
1989, su informe presentado al Tribunal Permanente de los Pueblos que sesionó en noviembre de ese año
en Colombia mencionaba la suma de 205 miembros de este movimiento asesinados o desaparecidos (¡A
Luchar!, 1989). Las investigaciones deben permitirnos esclarecer esa cifra que, lastimosamente, siguió
aumentando durante los restantes años de su existencia [1984-1991]” (Párr. 18).
Capítulo 4 255
sociales a los que se les considerara como apoyo civil de las guerrillas (Centro de Memoria
Histórica, 2014), llevó a que en regiones como Urabá a mediados de la década del noventa
sucediera la reconfiguración de la política local -se pasó del apoyo electoral mayoritario a
la izquierda, al predominio de los partidos políticos tradicionales o de nuevos partidos de
derecha-, a la vez que se producía “el desvertebramiento de lo que fuera en su momento,
el mayor movimiento sindical agrario de Colombia, que había pasado de una actitud
contestataria a convertirse en un sindicato patronal y corporativo” (Centro de Memoria
Histórica, 2018a).
En segundo lugar, la crisis del pensamiento crítico de la izquierda que sucedió con
posterioridad a la caída del Muro de Berlín, tuvo en Colombia gran impacto sobre lo que
Archila (2018) llama el horizonte utópico de las luchas. No obstante, a que sería erróneo o
impreciso suponer que todos o incluso la mayoría de los actores sociales críticos
compartían un ideario centrado relativa o exclusivamente en el marxismo -en particular, en
el marxismo leninismo-, es indudable que el colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas (URSS) generó una crisis de tipo más cualitativo que cuantitativo (Archila,
2018), en la que el sentido y orientación utópica de los proyectos de articulación social que
aspiraban «tomarse» el Estado con el fin de debilitarlo, extinguirlo y transitar hacia el
comunismo, se vieron abruptamente cuestionados y puestos en entredicho, al mismo
tiempo que las formas de organización basadas en identificaciones clasistas -obreros,
campesinos y sectores cívicos- disminuían su visibilidad, centralidad y, en algunos casos,
su radicalismo247. Por lo tanto, aunque la crisis global de la izquierda venía de tiempo atrás
(Cruz, 2016), fue durante la década del noventa del siglo XX en la que se debilitaron los
actores colectivos que habían sido los principales protagonistas de las protestas sociales
durante el siglo XX colombiano (Archila, 2018).
247
Esta tendencia de la confrontación hacia el colaboracionismo en el movimiento sindical colombiano a
comienzos de la década del noventa, la describe muy bien un testimonio de una trabajadora de la Federación
Nacional de Trabajadores al Servicio del Estado (FENALTRASE), cuando sostiene en el año 1994 que “En el
movimiento obrero hay diversidad de criterios pero el debate se está civilizando. Antes había mucha
radicalidad y la suerte de las empresas no importaba al movimiento. Hoy la organización sindical se preocupa
institucionalmente para emprender la lucha. Ahora Fenaltrase no defiende el puesto de trabajo sino la
función social de la empresa en la comunidad, la eficiencia de la empresa y del trabajador. Esa imagen
anterior, negativa, del sindicalismo fue manejada por el gobierno en casos como Colpuertos y Ferrocarriles
Nacionales. Ahora, en lugar de cerrar las empresas, la idea es que ellas funcionen bien (...) No se trata de
defender a troche moche la convención colectiva" (Delgado, 2004, pp. 45 y 46).
256 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Aun así y pese a los fuertes impactos que tuvo la flexibilización laboral, la apertura
económica, y cierta tendencia hacia la desindustrialización y financiarización de la
economía para los sindicatos y las organizaciones campesinas (Sarmiento, 2016), durante
este periodo dichos sectores siguieron protagonizando varias luchas populares. En el caso
del sindicalismo se registraron 1405 huelgas, 161 movilizaciones, 47 tomas, 23 bloqueos
y 2 huelgas de hambre, para un total de 1638 protestas sociales en el periodo 1991-2001
(Archila et al., 2012). Desde el comienzo de la década del noventa, los trabajadores
organizados realizaron marchas y una contrapropuesta de reforma laboral (El Tiempo, 25
de noviembre de 1992), actos de rechazo al proyecto de reforma de la seguridad social (El
Tiempo, 5 de diciembre de 1993), varias huelgas y tomas en contra de anuncios de
privatización como el de Puertos de Colombia (COLPUERTOS), Ferrocarriles Nacionales
de Colombia (FNC), la Caja Agraria, la Empresa Nacional de Telecomunicaciones
(TELECOM) y la Empresa Colombiana de Petróleos (ECOPETROL)248, y paros en favor
de mayor estabilidad laboral y en contra de algunos despidos masivos de servidores
públicos en entidades como el Ministerio de Obras Públicas, el Instituto de Seguros
Sociales (ISS), el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (INCORA) y el Servicio
Nacional de Aprendizaje (SENA) (El Tiempo, 28 de febrero de 1992; El Tiempo, 18 de
febrero de 1993).
Por otra parte, aunque durante los dos primeros años y medio del gobierno Samper las
luchas sindicales tendieron a enfrascarse en debates que se centraban en la fijación del
precio de los salarios -como consecuencia de la búsqueda de un pacto social promovido
por el gobierno para frenar y disminuir la inflación-, desde el momento en que el gobierno
nacional decretó la emergencia económica y social -13 de enero de 1997- con el fin de
poder recortar un billón de pesos los gastos de inversión y funcionamiento del Estado,
incrementar los impuestos, ampliar las sobretasas y reducir las exenciones fiscales (El
Tiempo, 14 de enero de 1997), las protestas que los sindicatos venían protagonizando
ganaron fuerza y relevancia ante la opinión pública.
248
Al respecto véase: El Tiempo (2 de agosto de 1991), El Tiempo (28 de abril de 1992), El Tiempo (2 de mayo
de 1992), El Tiempo (29 de mayo de 1992) y El Tiempo (3 de marzo de 1993).
Capítulo 4 257
En este sentido, el paro nacional indefinido que se realizó durante la segunda semana de
febrero de 1997, que permitió mejorar sustancialmente la propuesta de ajuste salarial que
el gobierno había estado negociando con las centrales obreras (El Tiempo, 19 de febrero
de 1997), aunado a los sucesivos paros y movilizaciones que tuvieron lugar entre la última
semana de agosto y la primera semana de septiembre249, en oposición abierta al plan de
privatizaciones de las entidades públicas, de las políticas de ajuste fiscal, de la apertura
del sector de las telecomunicaciones y del incumplimiento de varios acuerdos laborales
que el gobierno había suscrito con los empleados de las entidades estatales (El Tiempo, 1
de septiembre de 1997), llevó a que la redacción del diario El Tiempo llegara a comparar,
de manera un tanto apresurada y ligera, esta coyuntura con el clima de agitación e
inconformidad que habían logrado expresar los sectores populares durante el paro cívico
nacional de septiembre de 1977250.
Sin embargo, el pico más alto de las luchas sociales durante este periodo se daría en el
año 1999 (Archila, 2006 y 2018; Velasco, 2007), cuando se registraron en total 675
protestas251, de las cuales 213 fueron realizadas por los sindicatos (Archila et al., 2012;
Archila, 2018). Las explicaciones que algunos autores le han dado a este significativo
aumento de las acciones contenciosas, son la oportunidad política que significó la
discusión pública por primera vez de un Plan Nacional de Desarrollo, las esperanzas de
reforma que se anunciaban con el inicio de los diálogos de paz con las FARC (Archila,
2018), así como el aumento del desempleo y el decrecimiento de la economía (Velasco,
2007). Con todo, un factor adicional y decisivo que habría que tenerse en cuenta, es el
malestar y sentimiento de injusticia que pudo haberle causado a la ciudadanía el anuncio
de creación de un impuesto a los retiros de dinero en cuenta corriente o de ahorro de 2
249
Al respecto véase: El Tiempo (26 de agosto de 1997), El Tiempo (29 de agosto de 1997), El Tiempo (1 de
septiembre de 1997), El Tiempo (2 de septiembre de 1997) y El Tiempo (3 de septiembre de 1997).
250
A comienzos de septiembre de 1997 el diario más importante del país –cuya línea editorial podría ubicarse
en el espectro de la centro-derecha- escribía lo siguiente: “La última gran jornada de inconformidad laboral
se registró precisamente hace 20 años, durante la administración de López Michelsen. Desde esa fecha, los
trabajadores no habían alcanzado un grado de solidaridad como el que se registra ahora. La parálisis podría
afectar renglones neurálgicos de la actividad productiva nacional, de acuerdo con el anuncio de los
sindicatos: telecomunicaciones, televisión, energía eléctrica, transporte, petróleo, magisterio, rama judicial
y sector financiero” (El Tiempo, 1 de septiembre de 1997, párr. 2 y 3).
251
La protesta social se incrementó sustancialmente durante este año, si se tiene en cuenta que el promedio
de luchas durante esta década –sin contar el año 1999- estuvo bordeando las 400 anuales (Archila, 2018).
258 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
pesos por 1.000, mediante el cual se buscaba que los usuarios de las entidades financieras
«aportaran» 2 billones de los 2.5 que el Estado colombiano le entregaría a los bancos,
como parte de las medidas que el gobierno adoptó para superar la emergencia económica
y social que se había decretado el 16 de noviembre de 1998 (El Tiempo, 17 de noviembre
de 1998), justo en el momento en que en los medios masivos de comunicación adquiría
relevancia el drama que para cientos de miles de familias había significado la crisis de la
UPAC, se anunciaban recortes a la política social, se proponía una fuerte alza en los
peajes, y se le incumplía al ochenta por ciento de los maestros con el pago de las primas
de navidad -situación que motivó la convocatoria y realización de una inusual protesta el
día 30 de diciembre (El Tiempo, 30 de diciembre de 1998)-. De esta manera, la correcta
comprensión e interpretación por parte de las organizaciones sociales respecto a quienes
eran los sectores y grupos poblacionales que debían pagar los costos sociales de la crisis
económica, podría ser uno de los motivos principales y de fondo que contribuye a explicar
el aumento de la protesta social y las acciones contenciosas durante este año.
Otro hecho que resulta de vital importancia durante la segunda mitad de la década del
noventa para el sindicalismo colombiano, fue la creación en 1997 del Comando Nacional
Unitario, en el que desde entonces se recogen y articulan las tres centrales obreras
colombianas -Central Unitaria de Trabajadores (CUT), Confederación de Trabajadores de
Colombia (CTC) y Confederación General del Trabajo (CGT)-, y que logró convocar entre
1998 y 2000 cinco jornadas nacionales de protesta en rechazo a las reformas de políticas
sociales (Gallego, 2014), lo cual es un claro avance frente al clima de división y
fragmentación que había caracterizado a las formas organizativas de los sectores sociales
y populares a comienzos de la década del noventa (Archila, 1995).
En el caso de las luchas agrarias, pese a que existe un marcado descenso de la protesta
popular que pasó de un promedio de 124 acciones por año en la década del ochenta a
sólo 73 en el primer quinquenio de los noventa (Prada, 2003), no se puede desconocer la
importancia que tuvieron algunos procesos de lucha durante este periodo. Por
consiguiente, las protestas que se dieron en varias regiones del país, como consecuencia
de la pérdida de ingresos del sector agropecuario con posterioridad a la desregulación de
mercados que se llevó a cabo durante el gobierno de Gaviria, cuyas demandas tendieron
a centrarse en la refinanciación de créditos, la condonación de deudas y el freno a las
importaciones de alimentos (CINEP, 2013), tal y como sucediera en el paro del nororiente
Capítulo 4 259
-mayo de 1992- en el que participaron más de cinco mil personas (El Tiempo, 4 de mayo
de 1992), en el del Huila y Caquetá -noviembre de 1994- en el que participaron seis mil
manifestantes (El Tiempo, 17 de noviembre de 1994; El Tiempo, 18 de noviembre de
1994), en la toma al parque Murillo Toro de la ciudad de Ibagué por parte de mil
campesinos provenientes del norte del Tolima -desde el 19 de julio de 1995 hasta el 20 de
septiembre de 1995- que posteriormente daría lugar a un paro cafetero que contó con la
participación de seis mil agricultores (El Tiempo, 19 de julio de 1995; El Tiempo, 4 de
agosto de 1995; El Tiempo, 27 de diciembre de 1995), o en el paro que realizaron 50.000
campesinos en el departamento del Huila durante la última semana de abril de 1996 (El
Tiempo, 25 de abril de 1996), son algunos ejemplos en los que se muestra la manera en
que las políticas de desprotección y apertura económica, generaron la respuesta
contenciosa y decidida de una parte importante de los pequeños y medianos productores
agrarios.
Otro tipo de luchas agrarias que se realizaron a mediados de la década del noventa, fueron
las que protagonizaron las poblaciones campesinas que se opusieron a la erradicación de
cultivos ilícitos en algunos departamentos del sur del país. Aunque la política de aspersión
de cultivos de marihuana comenzó de manera localizada y esporádica en 1978 (Moreno,
2015), fue en el periodo comprendido entre 1988 y 1994 que los campesinos de algunas
zonas del Cauca, Guaviare y Putumayo empezaron a realizar denuncias sobre la
existencia de una política gubernamental que promovía la «lluvia de glifosato» sobre sus
territorios (CINEP, 2013).
Sin embargo, las demandas de los campesinos de estos tres departamentos252 lejos de
reducirse a un reclamo puntual concerniente a las consecuencias económicas y
ambientales que tenía la política de erradicación de cultivos ilícitos adelantada por el
gobierno, fueron la expresión coyuntural de una serie de protestas y paros cívicos que se
venían adelantando desde comienzos de la década del ochenta, en los que los habitantes
de estas zonas denunciaban su marginalidad y desconocimiento histórico, al mismo tiempo
252
Quienes habían logrado encontrar en la cadena de cultivo, raspaje y procesamiento artesanal de la coca
una alternativa digna y viable para superar su condición de exclusión y pobreza (Ramírez, 2001).
260 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Por lo tanto, las sucesivas marchas y paros «cocaleros» que se realizaron entre diciembre
de 1994 y agosto de 1996, en los que llegaron a participar 25.000 personas en el Guaviare
(El Tiempo, 30 de julio de 1996), 30.000 en el Putumayo (El Tiempo, 8 de agosto de 1996)
y 45.000 en el Caquetá (El Tiempo, 16 de agosto de 1996), y que se fueron extendiendo a
otras regiones como Guainía, Meta, Cauca, Norte de Santander y sur de Bolívar (CINEP,
2013), deben ser comprendidos como otra de las manifestaciones de rechazo del
campesinado frente a la profundización de las desigualdades, el mantenimiento de las
estructuras de dominación y exclusión, y la escasez de alternativas productivas para los
pequeños y medianos productores, desde que Gaviria puso en marcha la apertura
económica.
253
Tales como los servicios de agua, luz y alcantarillado.
254
Tales como la educación, salud y vivienda.
Capítulo 4 261
En el caso de los sectores estudiantil y cívico la década del noventa fue de crisis y
recomposición (García, 2001; Archila, 2012a). En lo concerniente a los estudiantes, la
primera parte de los noventa tendió a ser un momento de contracción y reflujo, en gran
parte ocasionado por la crisis política que había significado para este sector la caída del
muro de Berlín, y la proclamación del aparente triunfo de la globalización neoliberal
(Archila, 2012a; Archila, 2018). Esto último, como ya se dijo antes, significó el
debilitamiento del horizonte utópico del conjunto de las luchas sociales y políticas durante
esta década, lo cual afectó especialmente a sectores como el obrero, campesino, cívico y
estudiantil. De ahí que, las expresiones políticas de las organizaciones y plataformas
estudiantiles tendieran a carecer de fuerza y contenido crítico255, a diferencia de lo que
venía sucediendo desde hacía varias décadas atrás.
A este respecto, basta con señalar que, a mediados de la década del sesenta del siglo XX
los estudiantes y otros sectores populares acompañaron al padre Camilo Torres en el
Frente Unido del Pueblo; que en 1971 se realizó un paro nacional universitario que
posibilitó la construcción de un «programa mínimo», ratificado por todas la universidades
públicas y varias universidades privadas del país (Mora, 2017); que en septiembre de 1977
255
Pese a que estudiantes de algunas universidades privadas de élite organizaron marchas que exigían la
renuncia de Ernesto Samper durante el primer trimestre de 1996, como consecuencia del llamado «proceso
8.000» (El Tiempo, 24 de enero de 1996; El Tiempo, 27 de enero de 1996b; El Tiempo, 7 de febrero de 1996;
El Tiempo, 9 de febrero de 1996), y a que miembros de estos planteles educativos organizaron algunas
marchas en favor de la paz y en contra de la violencia a comienzos del año 1997 (El Tiempo, 23 de febrero de
1997), el contenido de dichas protestas lejos de ser crítico o siquiera progresista, se constituía en un acto de
afirmación y defensa del statu quo. Al respecto, señalaba Eduardo Santos Calderón a comienzos de 1997:
“Fueron cerca de 4 mil estudiantes de distintas universidades, los que se congregaron en la Plaza de Bolívar
para clamar contra el desangre que anega a Colombia. Discutieron entre ellos, lo cual es normal, mientras
portaban fotos de los soldados secuestrados por la guerrilla, lo cual es más inusual: antes las manifestaciones
estudiantiles eran contra los soldados y a favor de la guerrilla. Signo de cuánto han cambiado las cosas en
este país. No todas saludables, porque uno de los síntomas más desalentadores de estos cambios ha sido la
pasividad y el conformismo que se ha apoderado de la juventud, que hoy parece resignada ante la infamia
que la rodea, dedicada a gozar del presente y despojada de toda fe en el futuro. Algo marcha mal en un país
cuando su universidad calla ante la iniquidad, no protesta contra la inequidad y ya no lucha por el cambio.
Tradicionalmente los estudiantes habían representado una especie de vanguardia ética: los primeros en
movilizarse contra la opresión, la injusticia y la corrupción. Entusiasmo e idealismo hoy desdibujados” (El
Tiempo, 23 de febrero de 1997).
262 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
256
Al respecto véase: El Tiempo (19 de mayo 2001); El Tiempo (5 de junio de 2001); El Tiempo (6 de junio de
2001); El Tiempo (8 de junio de 2001); El Tiempo (14 de junio de 2001); El Tiempo (15 de junio de 2001); El
Tiempo (20 de junio de 2001); El Tiempo (21 de junio de 2001).
257
Lo que tendió a cambiar en esta década comparada con las del setenta y ochenta, fue la importancia cada
vez menor que tuvo la demanda por el acceso y mejora de los servicios públicos (García, 2001).
Capítulo 4 263
Si se tiene en cuenta que 27 de las 158 luchas agrarias que se realizaron entre 1990 y
1994 fueron paros cívicos liderados por campesinos (Archila, 1995), que la toma de la
carretera Panamericana durante 26 días en el mes de noviembre de 1999 (El Tiempo, 27
de noviembre de 1999), uno de los paros cívicos más importantes durante la década del
noventa, fue encabezado por las organizaciones campesinas que se agrupaban en el
Comité de Integración Social del Macizo Colombiano (CIMA), y que las luchas por el
acceso y mejora a servicios sociales como la educación y la salud -demanda que adquirió
una mayor importancia y centralidad durante la década del noventa (García, 2001)-
tendieron a ser agenciadas y lideradas por los sindicatos y estudiantes universitarios, se
puede comprender el proceso de transformación, institucionalización y reducción que
caracterizó, en buena medida, las dinámicas de actuación de este sector social durante la
década del noventa.
258
Edwin Cruz (2016) considera al respecto que “En muchos casos, los líderes de los movimientos cívicos
compitieron entre ellos y sus organizaciones se dividieron al calor de la contienda electoral o, dada su
inexperiencia en el terreno político y en el gobierno, terminaron por difuminar el capital político acumulado
(…) En esa participación, muchas veces entran en coalición con facciones de los partidos políticos
tradicionales en sus regiones, lo que merma sus procesos de base, los fragmenta o los deslegitima (…) Los
movimientos cívicos participaron en elecciones y obtuvieron una representación importante en 1988 y en
comicios posteriores, pero no tenían estructuras organizativas ni experiencia en este ámbito, que les
permitiera gobernar” (p. 38).
264 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
259
Aunque en la investigación se hace uso de esta sigla durante el periodo de estudio se solía hablar de la
población LGBT y hacia el final del mismo del sector LGBTI.
260
Pese a ello, Mauricio Archila (1995) considera que “fueron las luchas lideradas primero por Manuel Quintín
Lame, en los años diez y veinte, y luego por José Gonzalo Sánchez y Eutoquio Timoté, en los treinta y cuarenta,
las que les dieron visibilidad a los indígenas” (p. 277). Así mismo, Andrés Felipe Mora (2017) sostiene que la
modernización capitalista de las décadas del cincuenta y sesenta permitió que la «cuestión indígena»
adquiriera visibilidad. En particular, destaca la Ley 81 de 1958 como un momento de resistencia y oposición
indígena, que se originó como consecuencia del intento gubernamental de “dividir los resguardos en
unidades agrícolas familiares y convertir a los indígenas en minifundistas campesinos” (p. 369).
261
Aunque Maguemati, Arocha, Salgado y Carabalí (2012) ubican el origen de las luchas afrocolombianas en
los movimientos cimarrones de la segunda mitad del siglo XVI, y a que rescatan la existencia de formas de
liderazgo negro durante el proceso de independencia, la irrupción de formas organizativas afrocolombianas
durante buena parte del siglo XIX, el resurgimiento del liderazgo afrocolombiano entre las décadas del veinte
y sesenta del siglo XX, así como los antecedentes de encuentro, formación y articulación que permitieron la
emergencia de procesos organizativos y paros cívicos durante la década del ochenta, es evidente que fue
durante esta década que se dio la consolidación organizativa y visibilidad «definitiva» de los afrocolombianos
como sector social.
Capítulo 4 265
Sin embargo, a pesar de la victoria parcial que pudo haber significado para los grupos
étnicos la Constitución del 91, desde el punto de vista del aumento de las garantías,
salvaguardas y derechos, a que se abrió el camino para que las mal llamadas «minorías»
contaran con representación en el Congreso262, a que buena parte de la sociedad
colombiana en un lapso relativamente corto dejó de ver al indígena como un ser
semisalvaje, atrasado o inferior, y a que como resultado de sus luchas los afrocolombianos
lograron que el Estado reconociera los territorios ancestrales de algunas comunidades
rurales negras -Ley 70 de 1993-, a lo largo de la década del noventa estos dos sectores
sociales tuvieron trayectorias y métodos distintos para logar que el Estado colombiano
cumpliera con aquello a lo que se había comprometido, tanto en la Constitución como en
aquellos espacios institucionales de participación y/o negociación.
262
Los efectos de la participación en espacios políticos de corte liberal por parte de los pueblos indígenas a
comienzos de la década del noventa, tuvo un impacto negativo para este sector social. Al respecto, Archila
(1995) sostenía que “La reciente acción parlamentaria de los grupos indígenas, salvo en la defensa de las
disposiciones de la Constitución, ha sido deficiente no sólo por las divisiones y las políticas integradoras del
Estado y los partidos tradicionales, sino por la inexperiencia de quienes siempre estuvieron excluidos de la
política nacional. Otra dificultad adicional es que los elegidos no siempre cuentan con el respaldo decisivo de
sus propias comunidades, y más bien han recibido votos de los «indios de corazón» de las ciudades. Ello,
aunque favorece proyectos más amplios de integración con otros movimientos sociales, deja al garete la
vocería de las comunidades” (p. 279).
266 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
263
El resultado de esta protesta fue la negociación con el gobierno de Samper de una Comisión de Derechos
Humanos, un Programa Especial de Atención a los Pueblos Indígenas y una Mesa Permanente de
Concertación, creadas mediante los decretos 1396 y 1397 de 1996 (Mora, 2017). Respecto al alcance y
relevancia que tuvo este proceso, cabe destacar que un columnista del diario El Tiempo de la época, veía con
preocupación que los pueblos indígenas hubieran logrado que el decreto 1397 creara una “Mesa Permanente
de Concertación que, entre otras funciones, puede revocar permisos y licencias concedidos a obras que
vulneren los territorios indígenas. El decreto señala que la Mesa tiene la facultad de revisar los permisos y
licencias otorgados sobre territorios indígenas y los que estén en trámite, y solicitar su suspensión o
revocatoria, cuando sean violatorios de los derechos de los pueblos indígenas de conformidad con la
legislación especial. Entre las actividades productivas afectadas estarían las exploraciones y explotaciones
petroleras, los oleoductos, poliductos y gasoductos y los proyectos de generación de energía que se
construyen como parte de los programas contemplados en el plan de desarrollo del actual gobierno”
(Cárdenas, 16 de agosto de 1996, Párrs. 4-6).
264
Durante la construcción de esta represa los grupos paramilitares asesinaron y desaparecieron a varios
voceros Embera. Véase al respecto, por ejemplo: El Tiempo (17 de junio de 2001).
265
En julio de 2001 Armando Valbuena, presidente de la ONIC, señalaba lo siguiente: “tanto el Defensor del
Pueblo como la ONU dicen que hay etnocidio en Colombia. Y diez años después de la constituyente tenemos
registrados 365 asesinatos de líderes. Podríamos afirmar, de acuerdo con esto, que hay un muerto
semanalmente y todos en la impunidad” (Valbuena en El Tiempo, 25 de julio de 2001, Párr. 12).
Capítulo 4 267
procesos que habían surgido en la década del ochenta, es igualmente cierto que la nueva
institucionalidad tendió a promover la proliferación de una multiplicidad de micro-
organizaciones, así como el personalismo, la politiquería y el clientelismo en algunas de
ellas (Maguemati et al., 2012). Esto último dificultó, en gran medida, la creación de uno o
varios espacios de articulación nacional de las organizaciones sociales afrocolombianas,
de la misma manera en que la violencia armada y la ausencia de formas de identificación
históricamente ligadas a referencias espaciales en varias zonas y regiones del país
(Archila, 1995), fueron factores adicionales que obstaculizaron las dinámicas de
agrupación y encuentro de quienes componían este sector social durante la década del
noventa. Pese a ello, las luchas que varios consejos comunitarios realizaron por la defensa
de sus territorios, la resistencia al desplazamiento forzado o el retorno a sus lugares de
origen, son hechos de enorme valor y valentía en los que se expresa un ethos comunitario
estrechamente ligado a la tierra y el territorio.
Las luchas sociales que abiertamente afirman la justicia y equidad entre los géneros, el
reconocimiento social, jurídico o político de las mujeres, la ampliación y goce efectivo de
sus derechos, o el cuestionamiento de la normalización y naturalización de los privilegios,
dominaciones, injusticias y violencias de carácter sistémico que se expresan en la vida
afectiva, familiar, educativa, barrial, laboral e institucional, fueron parte de los contenidos y
mensajes que el sector social de las mujeres logró «instalar» decidida y progresivamente
en los espacios de socialización íntimos, privados y públicos en los que fue irrumpiendo y
participando, sobre todo, a partir de las décadas del veinte (Wills, 2004) y treinta (Luna y
Villareal, 1994; Archila, 1995) del siglo XX. Pese a que las luchas de las mujeres en
Colombia fueron impulsadas, en buena medida, gracias a la apropiación creativa de ideas
y procesos que ya se venían desarrollando en otros países nuestroamericanos, a que sus
trayectorias han estado marcadas por fuertes disputas internas de tipo ideológico,
estratégico e identitario -las cuales se profundizaron a mediados de la década del setenta,
cuando emergieron organizaciones feministas «autonómicas» que criticaban al Estado y
la academia, y buscaban romper cualquier vínculo con los partidos de izquierda (Luna y
Villareal, 1994)-, y a que un rasgo característico de este sector social es su marcada
heterogeneidad de clase, opciones y tendencias políticas (Archila, 2005), no se puede
negar o desconocer la revolución en la subjetividad que significó para el conjunto de la
sociedad colombiana las luchas realizadas por las mujeres, sobre todo, a partir de la
268 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
década del setenta, cuando algunas feministas lograron desarrollar una apuesta
subversiva, antisistémica y radical (Lamus, 2009).
Es por ello que, de la misma manera que sucede en el caso de los grupos étnicos, los
logros y garantías que se expresan en materia de género en la Constitución de 1991 deben
ser comprendidos como una victoria parcial de las luchas adelantadas durante varias
décadas por el sector social de las mujeres, y como el despliegue de una estrategia
adelantada por los grupos feministas que hicieron parte del movimiento por la
Constituyente y participaron en sus mesas de trabajo (Luna y Villareal, 1994), quienes
además contaron en ese momento con el apoyo de constituyentes indígenas, del M-19 y
del liberalismo (Archila, 1995). Aun así, dado que buena parte de las violencias, injusticias
y dominaciones contra las mujeres tendieron a mantenerse y reproducirse durante la
década del noventa, las luchas que expresan contenidos de género-sexo continuaron
siendo agenciadas por este sector social, ya sea que fueran realizadas dentro o fuera de
las organizaciones sindicales, campesinas, cívicas, indígenas o afrocolombianas.
No obstante, a que el relativo éxito de las luchas de las mujeres se debe al trabajo cotidiano
y constante que realizan a nivel micro, meso y macro en distintos ámbitos donde se
estructura y define la realidad de lo social266, y a que dentro de su repertorio de actuación
las reivindicaciones y demandas específicas con enfoque de género-sexo267, no tendieron
a expresarse públicamente mediante acciones de protesta social268 (Archila, 2005),
durante el periodo 1991-2001 las mujeres salieron a la calle a manifestar su rechazo contra
la privatización del Puerto de Buenaventura (El Tiempo, 10 de abril de 1992), y realizaron
cacerolazos para oponerse a la política económica, laboral y social del gobierno de Gaviria
266
Doris Lamus (2009) considera que “el movimiento amplio de mujeres/feministas de Colombia, llega al siglo
XXI incursionando por todos los espacios posibles: la calle, la plaza, el aparato burocrático administrativo
estatal, las instancias de designación y de elección, los partidos, la academia, los organismos no
gubernamentales y en una tupida trama de grupos, redes, asociaciones, locales, regionales, nacionales e
internacionales, que hoy en mayor o menor medida se inspiran en un proyecto de transformación cultural y
epistémico que se propuso luchar contra las múltiples formas de discriminación, exclusión y explotación de
las mujeres” (p. 126).
267
Las cuales tendieron a centrarse a comienzos de esta década en la reivindicación del derecho al aborto, el
rechazo de la violencia contra la mujer y la salida política y negociada al conflicto interno armado (Archila,
1995).
268
Lo cual no quiere que las mujeres no sean una de las actrices protagónicas de las acciones de tipo
contencioso que suelen realizar sectores como el sindical, campesino, cívico, estudiantil o indígena.
Capítulo 4 269
Por último, en lo que atañe al sector LGBTIQ+ cabe aclarar que su reciente identificación
y agrupación como sector social, fue el resultado de procesos de acercamiento, encuentro,
concertación y producción de marcos de sentido que se fue dando desde mediados de la
década del noventa (Sánchez, 2017), así como de la comprensión y «explotación»
adecuada de la oportunidad política que significó la mayor visibilidad y reconocimiento
jurídico que la nueva constitución política garantizó en temas como el libre desarrollo de la
personalidad, la igualdad de derechos y la ampliación de la ciudadanía (Torres, 2013). Sin
embargo, los esfuerzos por despenalizar el homosexualismo270 y reivindicar la diversidad
sexual en Colombia, tienen como antecedente y condición de posibilidad, las
repercusiones sociales que generaron los distintos y sucesivos procesos de lucha
269
Al respecto, véase: (El Tiempo, 18 de noviembre de 1993; El Tiempo, 9 de marzo de 1995; El Tiempo, 26
de abril de 1996; El Tiempo, 28 de agosto de 1996; El Tiempo, 14 de junio de 2000; El Tiempo, 23 de junio del
2000; El Tiempo, 25 de julio del 2000).
270
El acceso carnal homosexual fue considerado delito en Colombia desde 1936 hasta 1980.
270 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
271
Leidy Torres (2013) da este nombre a los sectores de la población que sin ser necesariamente gays,
desarrollan acciones cuyo fin es “eliminar la carga sexual y el imaginario promiscuo del homosexual” (p. 209).
272
El 28 de junio de 1969, “como resultado de una violenta redada policial hecha en el bar Stonewall, ubicado
en el barrio neoyorquino Greenwich Village, se desarrollaron diversas marchas y enfrentamientos de
personas homosexuales para exigir la despenalización de su conducta. Ese día se convertiría en un hito, y
cada año se realiza en esa fecha la marcha del «orgullo gay»” (Torres, 2013, pp. 209 y 210).
Capítulo 4 271
esfuerzos previamente realizados por los activistas que se habían «tomado» las calles
durante las décadas del setenta y ochenta, desde el año 1996 se llevan a cabo este tipo
de manifestaciones en algunas ciudades (Torres, 2013), las cuales al igual que lo que
ocurrió desde el momento en que estas poblaciones aumentaron su participación en
eventos festivos como los carnavales y reinados de belleza (El Tiempo, 7 de febrero de
1997; El Tiempo, 29 de agosto de 2000), contribuyeron a que en un lapso muy corto el
sector LGBTIQ+ se ganara el respeto y cariño de una parte de la sociedad colombiana, a
pesar de las múltiples discriminaciones y violencias que durante esta década tuvo que
padecer y soportar273. Por lo tanto, se podría decir que ellas, elles y ellos han sido el sector
social que ha logrado expresar, de mejor manera, la dimensión carnavalesca, lúdica y
festiva que caracteriza a las luchas populares (Giraldo, 1987).
Finalmente, como respuesta a la agudización de los efectos del conflicto armado sobre el
conjunto de la sociedad, en el transcurso de esta década fueron adquiriendo relevancia las
luchas de las poblaciones desplazadas por la violencia, y las de las organizaciones,
comunidades y sectores sociales que se movilizaron por la paz, a la vez que se
consolidaba un sector compuesto mayoritariamente por profesionales críticos, agrupados
en torno a la reivindicación y defensa de los derechos humanos274.
273
La redacción del periódico El Tiempo consideraba a finales de 2001 que, pese a que había “50 grupos
organizados en Colombia según (…) y cerca de 70 lugares de encuentro en Bogotá para la comunidad
homosexual (…) los grupos paramilitares y guerrilleros continúan considerando al homosexualismo como un
mal por erradicar. En Puerto Berrio y Turbo, los paramilitares han obligado a salir a los peluqueros gay. La
guerrilla los erradica de sus zonas de influencia. El candidato gay al Congreso, Manuel José Bermúdez, resume
en una frase el problema secular de Colombia: uno puede ser marica, pero calladito” (El Tiempo, 25 de
noviembre de 2001, Párrs. 9 y 10).
274
Nótese como el ejercicio continuado y sistemático de la violencia contra los sectores sociales y populares,
llevó a que el sector del campesinado que se vio obligado a transitar del mundo rural al urbano, desplazara
sus demandas agrarias hacia el restablecimiento del goce efectivo de los derechos y la estabilización
socioeconómica -marco de sentido que orienta las luchas populares de las víctimas-. Asimismo, buena parte
de las reivindicaciones de los actores sociales críticos tuvieron que reorientarse hacia la búsqueda de la salida
política a la confrontación armada, el respeto de los derechos humanos más elementales -la vida, la seguridad
y la integridad personal- y la realización de una sociedad en paz. Sin embargo, a pesar de los efectos
innegables que la violencia sociopolítica tuvo en el proceso de estructuración de la realidad colombiana en
el periodo de estudio, es cierto también que fue justo en el momento de mayor intensificación y escalamiento
del conflicto armado que se presentó el reacomodamiento, articulación, fortalecimiento y proliferación de
«viejas» y «nuevas» formas de lucha, las cuales, valga la aclaración, no expresaron sus demandas únicamente
en términos defensivos o restaurativos. Es más, como se verá más adelante, en el periodo 1991-2016 se
realizaron alianzas, agrupamientos e incluso procesos de unificación, que favorecieron las posibilidades y
oportunidades para que los sectores populares comenzaran su tránsito hacia la ofensiva, aun cuando el
272 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
En primer lugar, el éxodo de campesinos hacia las cabeceras municipales y ciudades que
se agudizó, especialmente, en el periodo 1997-2001, cuando fueron expulsadas 2.039.788
de las 2.472.886 personas que según el Registro Único de Víctimas (RUV) se desplazaron
en el periodo 1991-2001275, obligó a que estas poblaciones presionaran al Estado
colombiano para que se comprometiera a adoptar medidas de atención humanitaria de
emergencia -tal y como había quedado estipulado en la Ley 387 de julio 18 de 1997-,
condiciones de seguridad que permitieran el retorno de los desplazados a sus territorios, y
apoyos económicos que permitieran resolver la condición de extrema vulnerabilidad en la
que se encontraban.
En este sentido, las constantes tomas pacíficas de plazas públicas, entidades estatales,
iglesias y oficinas de algunos organismos internacionales, llevada a cabo por la población
en situación de desplazamiento durante estos años, tales como la toma de colegios e
instituciones técnicas y universitarias que realizaron 6.000 campesinos en
Barrancabermeja, desde la última semana de julio hasta la primera de octubre de 1998 (El
Tiempo, 2 de agosto de 1998; El Tiempo, 7 de octubre de 1998), acompañada por un
campamento que instalaron 150 desplazados del Sur de Bolívar a un costado de la
Embajada de los Estados Unidos, como protesta ante el financiamiento de grupos
paramilitares por parte de empresas norteamericanas (El Tiempo, 13 de agosto de 1998);
la toma del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en Bogotá por parte de 1.200
desplazados que exigían políticas de estabilización socioeconómica en enero del 2000276
(El Tiempo, 7 de enero de 2000), o la toma de la Pastoral Social de la Iglesia Católica en
bloque hegemónico de los actores, sectores y clases dominantes en el poder, se articuló en torno a una figura
carismática que radicalizó los rasgos autoritarios, coercitivos e intimidatorios del régimen. Por consiguiente,
a pesar de la violencia y el ejercicio de una política basada en la administración controlada de la muerte, la
inculcación del odio y la generalización del miedo, los defensores y guardianes de la vida lograron perseverar
en la existencia y ampliar su «propia» potencia, porque como dice el poeta guatemalteco, Otto René Castillo,
“nada podrá contra la vida porque nada jamás pudo contra la vida”. En definitiva, lo valioso y rescatable de
este periodo de la historia de Colombia es que esto que afirmo, basado en hechos y datos empíricamente
demostrables, de ninguna manera, podría ser calificado como panfletario, utópico o voluntarista.
275
Lo cual quiere decir que el 82,48% de la población que fue expulsada de sus territorios en el periodo 1991-
2001, se desplazó entre 1997 y 2001.
276
Aunque la mayoría de familias que realizaron esta protesta fueron retirándose con el paso del tiempo, al
final, fue necesario que la FGN ordenara un allanamiento que terminó con el desalojo de 106 personas,
después de casi tres años de ocupación del predio (El Tiempo, 22 de diciembre de 2002).
Capítulo 4 273
julio del 2000, por parte de 500 personas que demandaban el otorgamiento de proyectos
productivos (El Tiempo, 13 de julio de 2000); son ejemplos en los que se refleja el drama
que significó para un importante sector del campesinado, los estragos que la guerra estaba
causando en varias regiones del país, y las deficiencias estructurales que caracterizó a la
actuación del Estado colombiano en materia de prevención y atención a la población
víctima de desplazamiento forzado durante estos años.
Dado que uno de sus promotores y convocantes era Francisco Santos -miembro de la
familia que hasta el año 2007 tuvo el control mayoritario del periódico El Tiempo, y cuyo
tío abuelo, Eduardo Santos, fue presidente de Colombia en el periodo 1838-1942-, esta
iniciativa contó con un amplio y constante cubrimiento mediático. Igualmente, otras
expresiones de rechazo a la violencia que habían sucedido algunos meses atrás, como la
consulta infantil en la que 2.700.000 niños habían reclamado su derecho a la vida -octubre
de 1996-, o las marchas realizadas en cinco ciudades del país en contra del secuestro y la
277
Año en el que se observa el pico más alto de acciones colectivas por la paz (262) registrada en la base de
datos del CINEP (Datapaz) durante el periodo 1978-2015.
274 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
A pesar de la importancia y trascendencia que tuvieron las iniciativas sociales por la paz
de carácter nacional durante este periodo, fueron los procesos comunitarios quienes
tuvieron un mayor impacto social, desde el punto de vista del mejoramiento de las
condiciones de vida de grupos específicos, la participación social democrática, la
transformación de los conflictos y la consecución de la paz a nivel local (González, 2010).
Por ende, esfuerzos como el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio
(PDPMM) que comenzó a imaginarse a mediados de 1994 (González, Castilla y Merchán,
2003) y, sobre todo, el ejemplo de resistencia contra todos los actores armados -incluida
la fuerza pública- que significó para Colombia la emergencia de comunidades de paz como
la de San José de Apartadó -marzo de 1997-, San Francisco de Asís en Pavarandó
-octubre de 1997- o las Comunidades de Autodeterminación, Vida y Dignidad del Cacarica
278
Pese a ello, un sector de la ciudadanía que había participado en la votación interpretaba este mandato
como una muestra de rechazo hacia las guerrillas, o como un llamado de la ciudadanía para derrotarlas. Al
respecto, por ejemplo, se expresaba un lector al que El Tiempo le publicó una carta: “(…) el esfuerzo hecho
por los casi diez millones que votaron en busca de la paz en Colombia se va a perder. No creo que la mal
llamada guerrilla, con excelentes estrategas y expertos politólogos, le preste atención al, sin duda alguna,
apabullante rechazo del pueblo de Colombia a la insurrección, en busca de la paz del país. El mensaje debe
ser directo y debe estar lleno de indignación, cólera, ira, hacia los perversos que han convertido a Colombia
en el país más violento del mundo. El mensaje debe ser dado en una sólida manifestación de la ciudadanía
que en masa debe salir a las calles de las ciudades, pueblos, villorrios, gritando: no los queremos, los odiamos,
los rechazamos, déjenos tranquilos, desaparezcan de nuestras vidas” (El Tiempo, 30 de octubre de 1997,
Párrs. 1 y 2). En esta misma línea puede inscribirse el análisis sobre el mandato que realizó el general Álvaro
Valencia Tovar, quien sostuvo que: “El domingo 26 de octubre va a hacer historia en Colombia. Un aliento de
optimismo flota sobre la nación en medio de una cadena de infortunios y calamidades. Nuestra gente de
todos los estratos sociales se lanzó a la calle en busca de las mesas de votación, en rechazo y desafío abierto
a la guerrilla criminal, que recibió así el regreso del bumerán de la barbarie” (El Tiempo, 31 de octubre de
1997, Párr. 1). Por lo tanto, testimonios como estos en los que se expresa la tensión entre pacificación y
negociación de la paz, hace que deban matizarse planteamientos como los de Mauricio García (2010), quien
resalta el carácter consensuado de las demandas en contra de la violencia y la promoción de la búsqueda de
la paz, que aparentemente caracterizaría a lo que él denomina como “movimiento (social) por la paz” (p. 12).
Capítulo 4 275
(CAVIDA) -1998- (Hernández, 2002), son muestras testimoniales de que la lucha por la
paz involucra aspectos como la cotidianidad, la tierra y el territorio, a la vez que podrían
interpretarse como la ampliación de las luchas por la autonomía territorial que durante
buena parte del siglo XX adelantaron, sobre todo, los pueblos y comunidades indígenas.
Por último, en lo que concierne a las luchas sociales por la reivindicación y defensa de los
derechos humanos, cabe señalar que desde la década del setenta del siglo XX los
familiares de las víctimas279, varios colectivos de profesionales comprometidos y algunas
comunidades eclesiales comenzaron a organizarse por la defensa de los derechos
humanos en Colombia. Con el surgimiento en 1972 del Centro de Investigación y
Educación Popular (CINEP) y tan sólo un año después del Comité de Solidaridad con los
Presos Políticos (CSPP), se da inició a un proceso de estudio, recolección de datos,
acompañamiento y asesoría jurídica a las víctimas de la violencia con ocasión del conflicto
armado interno. Posteriormente, la creación del Comité Permanente por la Defensa de los
Derechos Humanos (CPDH) -1979-, el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo
(CAJAR) -1980- y la Comisión Andina de Juristas Seccional Colombiana (CAJSC)280
-1988-, contribuyó al fortalecimiento de las luchas por la defensa de los derechos humanos
de las víctimas de persecución o represión política, e incrementó las oportunidades de
asesoramiento legal de los sectores populares281 (CNMH, 2016).
279
Una organización emblemática es la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (ASFADDES). A
partir de su creación en el año de 1982, la lucha por la verdad y contra la impunidad de los crímenes
cometidos por el Estado y sus agentes permitió que este tema adquiriera mayor relevancia y visibilidad, en
un momento en el que el desarrollo de una Doctrina de Seguridad Nacional basada en la noción del enemigo
interno, favoreció el hecho de que algunos sectores de las FFMM, el sector defensa y las fuerzas políticas de
extrema derecha, concibieran las luchas por los derechos humanos como “una amenaza para el orden
establecido y para su propia supervivencia” (CNMH, 2016, p. 30). Desde entonces, tanto las labores de
búsqueda de personas desaparecidas como la demanda de reconocimiento de este crimen de lesa
humanidad, hacen parte de los derroteros de sentido que animan los procesos de denuncia e incidencia que
ha venido agenciando este sector de la sociedad.
280
En 1995 pasó a llamarse Comisión Colombiana de Juristas (CCJ).
281
Otras organizaciones emblemáticas que surgieron en la década del ochenta fueron: la Corporación Casa
de la Mujer -1982-, la Corporación Regional para la Defensa de los Derechos Humanos (CREDHOS) -1987-, la
Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz -1988- (refundada en el año 2002 con el nombre de Comisión
Intereclesial de Justicia y Paz), y la Corporación Servicios Profesionales Comunitarios (SEMBRAR) -1989-.
276 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
282
Algunas de las organizaciones emblemáticas surgidas en el periodo 1990-1999 fueron: la Asociación para
la Promoción Social Alternativa Minga -1992-, Humanidad Vigente Corporación Jurídica -1996-, Sisma Mujer
-1998- y la Corporación Opción Legal –1999-.
283
Durante el proceso de investigación la Corporación Reiniciar pudo determinar la existencia de 6.528
víctimas, de las cuales 3.136 fueron asesinadas (El Espectador, 15 de mayo de 2018).
Capítulo 4 277
Unas semanas antes de que finalizaran los diálogos de paz entre el gobierno y las FARC,
esta guerrilla realizó una serie de voladuras de torres de energía que obligó al
racionamiento de luz en el departamento del Meta, comenzó una ofensiva en
Cundinamarca y Bogotá que buscaba crear una imagen de asedio y cerco a la capital del
país, y perpetró varios ataques en el sur occidente colombiano (El Tiempo, 27 de enero de
2002), los cuales se incrementaron con posterioridad al anuncio del fin del proceso de paz,
momento en que las FARC decidió poner en marcha una arremetida en la que, entre otros
hechos, se registró un carro bomba en Villavicencio que dejó 10 muertos y 70 heridos -7
de abril de 2002-, y el secuestro de 12 diputados de la Asamblea del Valle del Cauca -11
de abril de 2002- (Grupo de Memoria Histórica, 2013). Este clima de guerra favoreció, sin
duda alguna, las aspiraciones presidenciales del ex gobernador de Antioquia y defensor
público de las CONVIVIR, Álvaro Uribe Vélez, quien a comienzos de octubre de 2001 se
ubicaba segundo en la primera gran encuesta realizada por El Tiempo, RCN televisión,
RCN radio y la Revista Semana con un porcentaje del 22,4% (El Tiempo, 1 de octubre de
2001), y menos de dos meses después ya lideraba la segunda gran encuesta con el 39%,
sacándole una ventaja de nueve puntos porcentuales al candidato del Partido Liberal,
Horacio Serpa Uribe, quien había pasado del primer al segundo lugar perdiendo un poco
más de once puntos respecto a la primera medición, como consecuencia de la disminución
en la intención de voto del 41,2% al 30% (El Tiempo, 20 de enero de 2002). De esta
manera, al igual que había sucedido en la contienda electoral de 1998, las FARC lograron
ser un factor decisivo en el resultado de las elecciones.
En la orilla opuesta y por razones completamente distintas, otro actor armado que
contribuyó para que Uribe ganara las elecciones presidenciales de 2002 en la primera
278 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
vuelta284 fueron los grupos paramilitares285. Si se tiene en cuenta que altos miembros de
las AUC como Salvatore Mancuso, Diego Fernando Murillo -alias «Don Berna»- o Jorge
Iván Laverde -alias «El Iguano»-, afirmaron algunos años después ante jueces
colombianos o estadounidenses haber invertido dinero, constreñido o invitado a la gente
que habitaba en sus zonas de influencia o control, para que votaran por el candidato al que
veían como un aliado para derrotar a las guerrillas e iniciar un proceso de desmovilización
(Semana, abril 22 de 2009; El Espectador, 24 de agosto de 2012), y a que en los distritos
electorales controlados por el paramilitarismo la ciudadanía votó masivamente por Álvaro
Uribe (Ávila, 1 de marzo de 2016), se puede comprender el apoyo que este grupo le brindó
a dicha candidatura presidencial. No obstante, es un hecho que Uribe no precisaba de ese
apoyo para derrotar a Serpa (Ávila, 1 de marzo de 2016), aunque muy probablemente el
marginamiento de los paramilitares en las elecciones presidenciales de 2002, hubiera
significado que la elección presidencial se definiera en dos vueltas.
La incursión de las AUC en la política regional comenzó en el año 2000 (Valencia, 2007),
cuando este grupo desplegó una estrategia descentralizada, diferenciada y regionalizada
de acumulación de poder político, mediante la cual logró copar espacios del orden local
que le posibilitaron, posteriormente, acceder a los espacios de representación del nivel
nacional (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2018a), y en el marco de la ofensiva y
expansión territorial que adelantaban mientras el gobierno negociaba en la zona de
distensión con las FARC, realizaron por lo menos 14 pactos286 en los que se acordó apoyar
la candidatura en cargos de elección popular de varios políticos en los departamentos de
Magdalena, Córdoba, Sucre, Bolívar, La Guajira, Antioquia, Santander, Casanare, Tolima,
Chocó y Caldas (Sevillano, 2016), siendo el más importante el llamado pacto de Ralito, en
284
En 2002 Uribe “logró ganar las elecciones presidenciales en primera vuelta con un total de 5.862.655
votos; es decir, con el 53% del total de votos con una participación del 46,47 % del censo electoral, hecho
que se repetiría en las elecciones de 2006 con un total de 7.397.835 votos, 62,35% del total de votos con una
participación del 45,05% del censo electoral” (López, 2016, p. 102).
285
Mientras que, en el caso de las FARC, su incidencia en las elecciones estuvo relacionada con la estrategia
de intensificación de la guerra y toma del Estado que sus mandos habían trazado años atrás, en el caso de
las AUC esto se debió a las cercanías ideológicas y programáticas que mantenían con el candidato
presidencial que prometía combatir y derrotar militarmente a las guerrillas.
286
Los pactos entre miembros de las AUC y políticos regionales que se firmaron o acordaron entre los años
2000 y 2003 fueron: el de Chívolo (2000), Granada (2000), Coordinación-Casanare (2000), La Lorena (2000),
Ralito (2001), Puerto Berrío (2001), Urabá (2001), Pivijay (2001), San Ángel (2002), Caramelo (2003), El
sindicato-Córdoba (2003), Chocó, eje cafetero-Caldas y las Canarias (Sevillano, 2016).
Capítulo 4 279
el que once congresistas, dos gobernadores, tres alcaldes, una concejal, un ex alcalde y
un ex diputado acordaron “la irrenunciable tarea de refundar nuestra patria, de firmar un
nuevo contrato social” (Semana, 19 de enero de 2007). Esto último, posibilitó que el
paramilitarismo incidiera en varios cargos de elección popular a nivel local y regional, al
mismo tiempo que lograba que más del 30% de los congresistas elegidos en el año 2002
hicieran parte o fueran aliados de los grupos paramilitares, tal y como lo expresó el jefe
paramilitar Salvatore Mancuso a comienzos de 2002 (El Tiempo, 19 de febrero de 2002),
y unos años más tarde lo ratificó Vicente Castaño (Semana, 5 de junio de 2005).
En este sentido, el hecho de que una parte importante de la coalición legislativa que
apoyaba al gobierno287 tuviera vínculos o afinidades de tipo político con grupos
paramilitares, resultó ser un factor decisivo que favoreció el proceso de desmovilización de
estos grupos288. Desde el inicio, se produjo un proceso de compraventa de franquicias de
287
La cual se fue configurando, ampliando y fortaleciendo durante el proceso de debate al referendo con el
que Uribe buscaba dotar de legitimidad la realización de una serie de reformas al Estado, la participación
política y la justicia, que amparadas en el discurso de la lucha contra la corrupción y la politiquería, contenían
medidas de ajuste fiscal que atentaban contra los derechos adquiridos de los trabajadores que devengaban
más de 2 salarios mínimos, congelaba durante dos años los gastos de funcionamiento del Estado –incluyendo
las asignaciones en materia de educación y salud-, transformaba el legislativo de bicameral a unicameral,
eliminaba mecanismos de control como las contralorías y disminuía los frenos y contrapesos de los poderes
públicos. A este respecto, cabe señalar que pese a la masiva y significativa participación de los sectores
sociales que apoyaban al presidente Uribe el día de las votaciones -25 de octubre de 2003-, al final, se terminó
imponiendo la abstención activa propuesta por los sectores sociales y políticos mayoritariamente de
izquierda que se agruparon en la Gran Coalición Democrática (GCD) –cuya estrategia de campaña se basó en
aprovechar la tradición de baja participación política del pueblo colombiano en las elecciones, promoviendo
que los pobladores se ausentaran de las urnas para que el referendo no pudiera alcanzar el umbral del 25%
del censo electoral, tal y como había quedado estipulado en la Constitución del 91-. De esta manera, se logró
que “de las quince preguntas sometidas a consulta popular la ciudadanía únicamente aprobara la
concerniente a la pérdida de derechos políticos para los funcionarios corruptos, que modificaba el Art. 122
de la Carta Magna” (Amezquita, 2008, p. 79).
288
Este proceso se inició en noviembre de 2002 cuando Uribe invitó a los paramilitares a negociar, y las AUC
respondieron a este gesto declarando una tregua permanente a comienzos de diciembre de ese mismo año
(El Tiempo, 15 de diciembre de 2010a), que permitió dar inicio a una serie de reuniones entre los jefes de las
AUC y miembros de la comisión exploratoria de paz, creada por el gobierno a comienzos de enero de 2003
(El Tiempo, 5 de enero de 2003). Posteriormente, el día 23 de marzo culminó la fase de acercamiento y se
inició la de negociación (El Tiempo, 14 de abril de 2003) que culminaría en abril de 2006, cuando “se
desmovilizó el último de los 30.150 hombres que según Luis Carlos Restrepo -alto comisionado para la Paz-
pertenecían a las filas de las Auc” (El Tiempo, 15 de diciembre de 2010a). Unos años después -exactamente
el 13 de mayo de 2008- Uribe ordenó la extradición hacia los Estados Unidos de 14 de los 59 ex comandantes
paramilitares que estaban recluidos en la cárcel de Itagüí, argumentando que habían reincidido en delitos
después de su sometimiento a la justicia, situación que había preocupado unas semanas atrás a la Corte
Suprema de Justicia, al Fiscal General, al Procurador y a las organizaciones de víctimas, quienes consideraban
280 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Por otra parte, este fue un proceso cargado de polémica y polarización, ya que los sectores
de oposición, la mayoría de las ONG defensoras de derechos humanos y un sector de la
comunidad internacional cuestionaba el status político que el gobierno pretendía darle a
las AUC, a la vez que se ponía en entredicho la distinción entre el Estado y el
paramilitarismo, debido a las constantes denuncias sobre la connivencia entre las FFMM
y este actor armado en varias regiones del país, mientras que, los defensores del proceso
de paz, lo veían como una oportunidad para reducir el número de combatientes ilegales,
afianzar el monopolio legítimo de la fuerza por parte del Estado y evitar una mayor
degradación del conflicto.
Adicionalmente, el proyecto de Ley presentado por el gobierno para que los paramilitares
pudieran desmovilizarse, “contemplaba la casi total impunidad para los responsables de
crímenes atroces y no reconocía los derechos de las víctimas” (Grupo de Memoria
Histórica, 2013, p. 179), hecho que generó la reacción de varios defensores de derechos
humanos y víctimas de la violencia, que ejercieron presión y lograron que la Corte
Constitucional modificara y mejorara varios aspectos de la Ley 975 de 2005. Por lo tanto,
aunque este proceso fracasó en su intención de superar el paramilitarismo, debido a que
rápidamente se produjeron reacomodos internos que permitieron la emergencia de una
tercera generación de estos grupos (Grupo de Memoria Histórica, 2013), a que no significó
un avance en materia de justicia y reparación a las víctimas, y a que no permitió conocer
en detalle la responsabilidad de los distintos sectores sociales que apoyaron el surgimiento
y consolidación de las AUC, un aspecto positivo y relevante de la llamada Ley de Justicia
que la eventual extradición de los máximos jefes paramilitares por parte del primer mandatario, dificultaría
el esclarecimiento de la verdad sobre los nexos de las AUC con sectores políticos, económicos y militares
(Gómez, 15 de abril de 2008). Al respecto, Salvatore Mancuso señaló en el año 2014 que “Uribe nos extraditó
a Estados Unidos para silenciarnos” (El País, 18 de septiembre de 2014).
Capítulo 4 281
y Paz, fue el hecho de haber logrado que los paramilitares reconocieran su responsabilidad
en centenares de crímenes, al mismo tiempo que se esclarecía su composición, lógicas de
funcionamiento y formas de relacionamiento con políticos y militares (Centro Nacional de
Memoria Histórica, 2018a).
En el caso de la realización de procesos de paz con las guerrillas, pese a que el discurso
gubernamental se basaba en la negación del conflicto interno armado y en la consideración
de estos actores armados como terroristas289, durante su primer mandato, Uribe exploró la
posibilidad de realizar un canje de prisioneros con las FARC, llegando incluso a decretar
el indulto de 23 guerrilleros que se encontraban en la cárcel a finales del 2004 (El Tiempo,
3 de diciembre de 2004). Sin embargo, ante la propuesta de despeje de los municipios de
Florida y Pradera en el departamento del Valle del Cauca hecha por las FARC, el
presidente anunció que durante su gobierno no habría zonas sin la presencia de la fuerza
pública (El Tiempo, 8 de diciembre de 2004) y continuó con la política de rescate militar de
los secuestrados290.
289
Las FARC había sido catalogada como «Organización Terrorista Foránea» por el gobierno de los Estados
Unidos desde 1997, decisión que fue ratificada el 2 de noviembre de 2001, cuando el gobierno de George W.
Bush las incluyó en el listado de organizaciones «Terroristas globales con designación especial» (Restrepo, 4
de marzo de 2015). Además, la ofensiva diplomática del gobierno Pastrana en Europa había logrado que esta
guerrilla fuera incluida en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea (UE) en junio de 2002 (La
Vanguardia, 12 de junio de 2002). Por su parte, el ELN también fue considerado como una organización
terrorista por el gobierno de los Estados Unidos el 2 de noviembre de 2001 (El Tiempo, 3 de noviembre de
2001), e incluido en el listado de la UE el 5 de abril de 2004 (El Tiempo, 6 de abril de 2004). Pese a que las
AUC también aparecían en dichas listas, esto no fue óbice para que el gobierno de Álvaro Uribe les concediera
reconocimiento político y un trato diferenciado. A nivel discursivo, por ejemplo, durante su primer gobierno
Uribe no nombraba a los grupos paramilitares como narcoterroristas -apelativo que solía utilizar para
referirse a las insurgencias, en particular, a las FARC-.
290
Durante el segundo mandato de Uribe el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se ofreció como
mediador para que se diera el canje de guerrilleros presos por militares y políticos secuestrados, hecho que
se empezó a concretar a partir de la segunda semana del mes de agosto, cuando la senadora Piedad Córdoba
contó con el aval del primer mandatario colombiano para que realizara labores de facilitación con miras a
lograr un intercambio humanitario (El Tiempo, 15 de agosto de 2007). Sin embargo, la desconfianza que le
generó a Uribe los contactos que Chávez estaba realizando con generales del ejército colombiano, en aras
de persuadirlos para que no se opusieran a un eventual despeje que posibilitara la realización del canje, llevó
a que el 21 de noviembre de 2007 el gobierno de Colombia decidiera dar por terminadas las gestiones de paz
que estaban adelantando Chávez y Piedad Córdoba (El Tiempo, 22 de noviembre de 2007), generando, de
esta manera, un conflicto diplomático con el gobierno de Venezuela, así como la continuación de las
tensiones entre los defensores del intercambio humanitario y los promotores del rescate militar de los
políticos que estaban en poder de las FARC.
282 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
Por su parte, en el caso del ELN, desde el mes de septiembre de 2005 cuando se autorizó
la salida temporal de la cárcel de Francisco Galán -quien ya llevaba algunos años
realizando gestiones de paz en su lugar de reclusión- y se anunció la creación de la Casa
de Paz en Medellín (El Tiempo, 1 de noviembre de 2005), pasando por la instauración de
la Mesa de Acercamiento en el Exterior, cuya primera reunión se realizó en La Habana -
Cuba- durante el mes de diciembre de 2005 (Valencia, 18 de diciembre de 2005; El
Espectador, 5 de mayo de 2018), hasta que el ELN consideró conveniente dar por
terminados los encuentros exploratorios en junio de 2008 (Indepaz, 2010), no se logró
llegar a la firma de un acuerdo marco que permitiera dar inicio a un proceso de negociación
política entre el gobierno y esta guerrilla.
291
Los altos niveles de popularidad y aceptación que tenía el presidente Uribe -en buena medida,
ocasionados por la manera en que logró «capitalizar políticamente» el rechazo que una parte importante del
país sentía hacia las FARC, como consecuencia de la estrategia mediática que durante varias décadas se utilizó
para deslegitimarla y combatirla, pero también por el dolor e indignación que despertaba en la gente
prácticas como el secuestro, o la instrumentalización que hicieron del proceso de paz para fortalecerse
militarmente durante el gobierno de Pastrana-, llevó a que algunos políticos, empresarios y periodistas
propusieran su reelección. Esto último, se materializó en el Acto Legislativo 02 aprobado por el congreso en
el 2004 -27 de diciembre- (El Tiempo, 1 de diciembre de 2004), en el que desde entonces se faculta al
presidente de la república para aspirar por segunda vez al cargo de primer mandatario, y que en el caso de
Uribe le permitió presentarse a las elecciones presidenciales del 2006 -28 de mayo-, donde obtuvo la victoria
con el 62,35% de los votos (Caracol Radio, 28 de mayo de 2006).
292
Algunos discursos -como, por ejemplo, el neoliberal- tienden a utilizar el calificativo de populista para
etiquetar o descalificar al adversario político, en el momento en que se aparta de su credo y realiza una
política social que beneficia al conjunto de la población. Sin embargo, el sentido que aquí se le da a este
término guarda estrecha relación con los planteamientos de Ernesto Laclau (2005). Para este autor el
populismo es una manera legítima de hacer política en la que se acude a una totalidad-parcial –el pueblo-
para oponerse y luchar contra aquello que se excluye o niega –las oligarquías, las élites y en el caso de Uribe
las guerrillas «narco-terroristas»-. A su vez, considero que el populismo uribista es de corte autoritario
porque a partir de la construcción de un enemigo interno, busca construir una unidad de sentido y actuación
que garantice, justifique y celebre el exterminio físico y simbólico de la guerrilla, es decir, su negación óntica.
Véase al respecto: Schmitt (1991).
293
El presupuesto para seguridad y defensa que había venido incrementándose en los gobiernos de Samper
y Pastrana, contó con recursos adicionales durante los dos periodos presidenciales de Álvaro Uribe. Al
Capítulo 4 283
respecto, Mauricio Archila (2012b) señala que “Según datos oficiales de la Contraloría General de la
República, el gasto en defensa y seguridad pasó de ser el 2,7% del Producto Interno Bruto (PIB) en 1994 al
5,1% en 2009 (…) Por su parte, el investigador Libardo Sarmiento da la cifra de 5,6% en 2010” (p. 165). Por
ende, medidas como el impuesto para financiar la política de seguridad que se aprobó utilizando la figura de
conmoción interior al inicio del primer periodo presidencial de Uribe -decreto 1838 de 2002-, y los sucesivos
impuestos al patrimonio que se orientaron para ampliar y fortalecer al sector defensa –Ley 863 de 2003, Ley
1111 de 2006 y Ley 1370 de 2009- (Niño, 2015), llevaron a que Colombia fuera el país del continente que más
dinero destinó de su PIB para financiar el gasto militar entre 2001 y 2007 -4,7% mientras que el promedio del
resto de países fue del 1,6% del PIB- (El Espectador, 15 de abril de 2008). Todo esto sin contar los cuantiosos
recursos que provinieron del Plan Colombia –rebautizado en el 2003 como Plan Patriota y en el 2006 como
Plan de Consolidación-, que “en promedio eran de 600 millones de dólares anuales hasta 2005 y
descendieron levemente a 500 en el segundo lustro de este decenio” (Archila, 2012b, p. 169).
294
El Grupo de Memoria Histórica (2013) del Centro Nacional de Memoria Histórica establece que “El enorme
esfuerzo militar en que incurrió el Estado para conducir su ofensiva lo llevó a pasar de un pie de fuerza de
215.000 hombres en 1998 a 445.000 en 2010” (p. 179).
295
Un complemento al fortalecimiento militar del Estado era la cooperación y participación de la sociedad
civil en la ubicación y delación de las guerrillas. Referente a esto, Uribe sostuvo que “El concepto clave aquí
es solidaridad. Solidaridad entre los ciudadanos y solidaridad con la Fuerza Pública” (Uribe en Presidencia de
la República y Ministerio de Defensa Nacional, 2003, p. 6). Esto se materializó en medidas como el
fortalecimiento del programa de recompensas, la organización de comités asesores de los Consejos
Regionales de Seguridad, y la creación de la red de cooperantes civiles, mediante las cuales se buscaba
promover “la cooperación voluntaria y patriótica de los ciudadanos, en cumplimiento de sus deberes
constitucionales y en aplicación del principio de solidaridad que exige el moderno Estado social de Derecho
(18), con el fin de que cada ciudadano contribuya a la prevención del terrorismo y la delincuencia,
proporcionando información relacionada con las organizaciones armadas ilegales” (Presidencia de la
República y Ministerio de Defensa Nacional, 2003, pp. 60 y 61).
296
Las ejecuciones extrajudiciales por parte de miembros de la fuerza pública, quienes hacían pasar como
guerrilleros muertos en combate a civiles que habitaban en zonas rurales apartadas o barrios populares, las
cuales entre el año 2000 y 2008 representan el 78% de la victimización registrada en el periodo 1978-2016,
siendo el año 2002 el comienzo de un escalamiento vertiginoso, si se tiene en cuenta que se presentó un
incremento “equivalente a más de seis veces lo reportado en el año inmediatamente anterior”
(JEP, 2021, p. 10) -el caso de los «falsos positivos»-; la captura ilegal del guerrillero de las FARC, «Rodrigo
Granda», en territorio venezolano (El Tiempo, 9 de enero de 2005); la violación de la soberanía de Ecuador
el 1 de marzo de 2008, cuando las FFMM colombianas bombardearon el campamento de las FARC en el que
se encontraba «Raúl Reyes», quien resultó muerto como resultado de dicho operativo (El Espectador, 17 de
marzo de 2008); el uso de prendas y logotipos de organizaciones que asumen y defienden principios de
imparcialidad, neutralidad e independencia en las guerras y conflictos armados, tal y como sucedió el 2 de
julio de 2008, cuando en un «espectacular» operativo militar se logró el rescate de Ingrid Betancourt, tres
contratistas estadounidenses y once militares secuestrados por las FARC -Operación Jaque- (El Mundo, 6 de
agosto del 2008); y la interceptación ilegal de las comunicaciones a magistrados, periodistas, defensores de
derechos humanos y políticos de la oposición por parte del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS),
hecho que se filtró en los medios y pudo ser conocido por el resto del país en el año 2009 -el caso de las
«chuzadas»- (Semana, 19 de diciembre de 2009), son algunos ejemplos de lo que aquí se afirma.
284 Hacia una reconstrucción de los usos del concepto de lo popular
297
Uribe construyó un discurso en el que se justificaba el gasto militar como una manera de asegurar las
inversiones de capital, y con ello la estabilidad y garantías sociales para el conjunto de la población. A este
respecto, por ejemplo, sostuvo que “El imperio de la ley es también garantía de desarrollo y prosperidad
económica. Cada vez que hay un secuestro se afecta profundamente la confianza de los inversionistas, se
dispersan los capitales y se pierden fuentes de empleo. Cuando la Seguridad Democrática desarrolla una
política para eliminar el secuestro, está defendiendo al pueblo y las garantías sociales básicas” (Uribe en
Presidencia de la República y Ministerio de Defensa Nacional, 2003, p. 7).
298
«Manuel Marulanda Vélez», quien fuera el máximo comandante de las FARC, murió por causas naturales
el 26 de marzo de 2008 (El Tiempo, 10 de diciembre de 2010).
Capítulo 4 285
En lo que atañe al ELN, pese a que el factor decisivo de su debilitamiento fue la incursión
armada de las AUC desde el Bajo Cauca antioqueño hasta Norte de Santander, y en
ciudades como Barrancabermeja, Cúcuta y Medellín, lo cual tuvo un impacto en buena
parte de sus estructuras, y significó la penetración de grupos paramilitares en zonas de
alto valor estratégico299 (Echandía, 2013b), durante el primer gobierno de Uribe se inició
una ofensiva militar en Antioquia, el eje cafetero y el norte del Tolima que tuvo como
objetivo principal diezmar el poder del ELN en dichas regiones. Además, como
consecuencia de la consolidación de las AUC en el norte del país y la ofensiva de las
FFMM en buena parte del territorio nacional, la presencia activa de esta guerrilla se vio
reducida en los departamentos de Magdalena, Sucre, Santander, Bolívar, La Guajira, Valle
del Cauca y Cundinamarca (Echandía 2013a), lo cual obligó a su repliegue y generó la
ostensible disminución de su presencia municipal, “al pasar de 169 en el periodo 1999-
2002 a 85 entre 2003-2006” (p. 14).