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Luis de Góngora: Vida y Culteranismo

El documento resume la vida y obra de los poetas barrocos Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Góngora fue el máximo representante del culteranismo, corriente que buscaba expresiones brillantes y complejas. Sus obras más importantes fueron Fábula de Polifemo y Galatea y las Soledades. Quevedo destacó por su ingenio y uso del lenguaje conceptista para criticar diversos aspectos de su época. Exploró temas como la angustia vital, el amor y la muerte a través de poemas, prosas y la

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Temas abordados

  • Crítica social,
  • Amor y desamor,
  • Vida en la corte,
  • Metáforas en poesía,
  • Barroco,
  • Soledades,
  • Vida de Góngora,
  • Obras de Quevedo,
  • Estilo literario,
  • Poesía filosófica
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Luis de Góngora: Vida y Culteranismo

El documento resume la vida y obra de los poetas barrocos Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Góngora fue el máximo representante del culteranismo, corriente que buscaba expresiones brillantes y complejas. Sus obras más importantes fueron Fábula de Polifemo y Galatea y las Soledades. Quevedo destacó por su ingenio y uso del lenguaje conceptista para criticar diversos aspectos de su época. Exploró temas como la angustia vital, el amor y la muerte a través de poemas, prosas y la

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  • Amor y desamor,
  • Vida en la corte,
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  • Barroco,
  • Soledades,
  • Vida de Góngora,
  • Obras de Quevedo,
  • Estilo literario,
  • Poesía filosófica

COLEGIO PAULA FRASSINETTI

LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA 3ºESO – 3ª EVALUACIÓN


ABRIL 2023
LUIS DE GÓNGORA

Luis de Góngora y Argote (1561-1627) nació en Córdoba, en el seno de una


familia acomodada y de origen converso, según sugería el que fue su gran
enemigo personal y literario, Francisco de Quevedo; estudió en la Universidad de Salamanca y se
ordenó sacerdote muy joven, aunque su amor a cuestiones profanas como la buena conversación,
la vida de las tabernas, el juego o las composiciones poéticas profanas y satíricas hicieron que
fuera amonestado por las autoridades eclesiásticas.
Su traslado a la corte no solucionó los problemas económicos que le acompañaron toda su
vida, debidos, parece ser, a esa afición a algunos placeres mundanos. Allí entró en muchas
polémicas literarias y algunos pleitos, pero consiguió un puesto muy importante: capellán del rey
Felipe III. En 1626, arruinado por intentar conseguir cargos y bienes para todos sus familiares,
enfermó y volvió a Córdoba, donde murió, sumido en la pobreza.
Apenas publicó alguna de sus obras en vida, pero circularon en la época y fueron muy leídas
y comentadas. Fue el máximo representante del culteranismo, hasta el punto de que a este
movimiento se le llamó también gongorismo: tendencia o corriente estilística dentro del Barroco,
que complica la forma buscando siempre la expresión brillante, llamativa, retorcida, complicada y
oscura, mediante la abundancia de adjetivos, las metáforas y comparaciones deslumbrantes y
sorprendentes, las aliteraciones, las alusiones mitológicas, los hipérbatos, los cultismos, que a
veces dificultan la comprensión del sentido literal de los poemas. Esta oscuridad, que se da sobre
todo en los poemas mayores de su última etapa, la Fábula de Polifemo y Galatea y las Soledades,
fue criticada ya en aquel momento, pero Góngora se mostraba orgulloso, llegando a decir: “Honra
me ha causado hacerme oscuro a los ignorantes, que esa es la distinción de los hombres cultos”.

En su poesía se distinguen dos grandes tendencias que se suelen hacer coincidir con dos
etapas, aunque esto no sea del todo exacto:

• Una de estas tendencias serían sus poemas menores, de tema amoroso, moral o satírico,
que, aunque ya presentan rasgos culteranistas, no muestran la oscuridad y retorcimiento
expresivo de sus poemas mayores.
Emplea tanto la métrica italianizante, especialmente el soneto, como la tradicional castellana
basada en el octosílabo: décimas, romances y letrillas (composiciones satíricas en las que aparece
un estribillo). Estos poemas predominan hasta 1610 y algunos críticos apodaron al Góngora de esta
etapa “Príncipe de la luz”.

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• A partir de 1610, los recursos culteranistas, presentes ya en los poemas menores de la
primera etapa, se intensifican y se hacen cada vez más abundantes, hasta el punto de complicar
la comprensión del poema, por lo que algunos críticos lo apodaron en esta etapa “Príncipe de las
Tinieblas”, y a ella pertenecen sus tres poemas mayores:
- Fábula de Polifemo y Galatea: un largo poema en octavas reales que cuenta una historia
mitológica muy del gusto Barroco, sobre todo por los contrastes: el cíclope Polifemo, un gigante
monstruoso de más de cuatro metros con un solo ojo en la frente, que vive en la maravillosa y
exhuberante isla de Sicilia, se enamora de una hermosa y delicada ninfa, Galatea, que lo rechaza,
al estar enamorada de Acis, joven y apuesto. Los celos llevan a Polifemo a aplastar a Acis con una
piedra y de su sangre surgirá el principal río de Sicilia, llamado precisamente Acis. Góngora
describe la isla y a los personajes y narra esta historia mediante una acumulación de recursos
culteranistas tal que hoy -y para muchos ya entonces- es prácticamente imposible leerla sin
aclaraciones y "traducciones".
- Soledades, un larguísimo poema incompleto que mediante la silva (sucesión de versos
endecasilabos y heptasilabos sin un esquema métrico definido) recrea el tópico clásico de la vida
apartada y sencilla en contacto con la naturaleza, el Beatus ille.
- Fábula de Piramo y Tisbe, romance que recrea esta historia mitológica con un argumento
muy similar a Romeo y Julieta, de amores imposibles por oposición familiar que termina con la
muerte de los dos protagonistas por un encadenamiento de azares desgraciados, pero parodiada,
es decir, burlándose de ella. Con ello intentó dignificar la parodia, al utilizar la lengua hiperculta y
extrema del culteranismo.

Góngora, precisamente por su oscuridad y dificultad, fue un poeta olvidado y casi


menospreciado durante mucho tiempo, hasta que a principios del siglo XX un grupo de jóvenes
escritores vinculados a las Vanguardias del momento lo reivindicaron y homenajearon activa y
públicamente en el tercer centenario de su muerte, en 1927, de modo que eso se convirtió en un
acontecimiento que los unió y les puso nombre como grupo poético, la Generación del 27, de la
que formaron parte Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Luis Cernuda o el Premio
Nobel de Literatura Vicente Aleixandre.

FRANCISCO DE QUEVEDO

Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) es una de las mentes y las


plumas más deslumbrantes de nuestras letras, que dio lugar a una amplia
producción literaria, tanto en verso como en prosa, personalísima y de gran
ingenio.
Como es propio de su época y movimiento, el Barroco, es la suya una personalidad y una
obra llena de contrastes: es capaz de moverse con la misma habilidad en lo culto y lo vulgar, lo
sublime y lo grotesco, lo serio y lo burlesco, el amor y la misoginia, la angustia y la broma.
Nació en una familia vinculada a la corte y el poder. Esto, aparte de honores como el ser
nombrado Caballero de la Orden de Santiago, le trajo muchos sinsabores y etapas difíciles, al
pasar varias veces por el destierro e incluso la cárcel. Estuvo vinculado a personajes

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poderosísimos, como el Duque de Osuna, con en el que estuvo en Italia, donde participó en
algunas intrigas y famosas conjuras, o el mismísimo Conde-Duque de Olivares, valido de Felipe
IV, con el que terminaría enemistándose. Estuvo casado, pero fue el suyo un matrimonio fracasado
y los distintos episodios oscuros de su biografía, sin duda, contribuyeron a su desengaño, su
pesimismo y el carácter hipercrítico e incluso intolerante que mostró durante toda su vida y que,
unido a su ingenio, le hicieron famoso ya entonces por su mordacidad, y le procuraron no pocos
enemigos, el más famoso, literariamente hablando, Luis de Góngora, al que dedicó sátiras literarias
que rozan el insulto.
La suya es, por tanto, una personalidad compleja y no demasiado amable. Se mostraba muy
ácido e incluso hiriente para criticar todo aquello que le molestaba. Escribió críticas sinceras y
mordaces, en serio y en broma, en prosa y en verso, a políticos, jueces, médicos, jóvenes, viejas,
calvos, mujeres pequeñas, altas, bajas, negros, judíos, cornudos... y un largo etcétera de personas
y situaciones que nos ofrecen un panorama caricaturesco de su época. Pero, por otra parte, es
capaz de expresar como nadie la angustia vital por el paso del tiempo y la llegada inevitable y
segura de la muerte, además de haber escrito alguno de los poemas de amor más bellos jamás
compuestos en castellano.
Y todo ello con un lenguaje ingeniosísimo, deslumbrante, que va de la metáfora más
delicada, bella, culta o refinada al taco más soez. Quevedo fue el máximo representante del
conceptismo, corriente estilística que exprime las posibilidades expresivas del idioma jugando
con los significados de las palabras, a través de metáforas sorprendentes, comparaciones,
antítesis, paradojas, dilogías, juegos de palabras y constantes asociaciones de ideas que
relacionan cosas que en la realidad están muy alejadas -esto era lo que significaba "concepto" en
la época- logrando así, como pretende todo el arte Barroco, sorprender al lector.
En prosa son famosos sus Sueños, una obra filosófica y satírica en la que reflexiona sobre
distintos aspectos de la vida y la sociedad de su época, con la misma lengua conceptista que
utiliza en su poesía, y una novela picaresca, el Buscón, en la que exagera todas las características
del género: la deshonra del personaje, las penurias por las que pasa, los personajes con que se
encuentra... y vuelve a hacer alarde de su habilidad en el manejo de los recursos del conceptismo.
Su obra poética está llena de los contrastes extremos del Barroco y va desde lo más sublime
y elevado a lo más vulgar y grotesco. Como Góngora, emplea tanto los metros italianizantes (los
versos endecasílabos, los tercetos, las octavas reales y el soneto) como tradicionales castellanos
(versos octosílabos, romances, décimas, letrillas con estribillo...), y aunque trató infinidad de temas
distintos, es posible clasificar sus poemas en tres grandes grupos:
ü La poesía filosófica, existencial y moral, en la que expresa de forma extrema esa visión
desengañada de la vida propia del Barroco, que él vive con verdadera angustia. Para él la vida no
es más que tiempo imparable e inconsistente que nos lleva a la muerte, hasta tal punto que para
él vivir es en realidad morir: cada minuto vivido es un paso que nos acerca a la muerte inevitable.
En algunos poemas encuentra consuelo en el estoicisimo, es decir, aceptar con serenidad lo que
no se puede cambiar, o la religión, con su promesa de una vida eterna tras la muerte.
ü Su poesía amorosa parte de los tópicos del petrarquismo, pero introduce dos novedades:

ü el uso del lenguaje conceptista, que juega con las contradicciones de este sentimiento
y todos sus
tópicos en metáforas, antístesis, paradojas, asociaciones sorprendentes de ideas...
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ü la idea novedosa de que ese sentimiento, puro y espiritual, que pertenece al alma y no
al cuerpo, y se mantiene constante a pesar del paso del tiempo, sobrevivirá también a la muerte
(su famoso "polvo enamorado", en que se convertirá el amante tras morir)
ü La poesía satírica-burlesca, en la que Quevedo hace un continuo alarde de ingenio
conceptista para criticar todo tipo de defectos físicos y morales, individuales y sociales, mediante
la caricatura, la hipérbole desmesurada y el humor, a veces cruel, que recurre sin dudar a los
juegos de palabras y la inclusión de la lengua coloquial y hasta vulgar, con sus frases hechas, sus
dobles significados y hasta sus tacos. Aquí se incluyen también los famosos poemas escritos
contra su máximo rival literario, el culterano Góngora, con el que se muestra hiriente sin pudor.

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