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Este documento contiene el índice de un libro dividido en capítulos y extras. El índice describe los días y eventos cubiertos en cada sección, que parecen estar relacionados con una vigilia religiosa de 12 días llamada Septista. El primer capítulo se centra en un Genetor-Magos del Adeptus Mechanicus llamado Cynez Sanja, quien se encuentra atrapado en su santuario mientras disturbios tienen lugar fuera.

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Temas abordados

  • Redención,
  • Muerte,
  • Vigilia de San Balronas,
  • Eclesiarquía,
  • Conflicto interno,
  • Catedral del Emperador Ascende…,
  • Sociedad,
  • Aurum Sanctus,
  • Traición,
  • Cultura
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Este documento contiene el índice de un libro dividido en capítulos y extras. El índice describe los días y eventos cubiertos en cada sección, que parecen estar relacionados con una vigilia religiosa de 12 días llamada Septista. El primer capítulo se centra en un Genetor-Magos del Adeptus Mechanicus llamado Cynez Sanja, quien se encuentra atrapado en su santuario mientras disturbios tienen lugar fuera.

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Temas abordados

  • Redención,
  • Muerte,
  • Vigilia de San Balronas,
  • Eclesiarquía,
  • Conflicto interno,
  • Catedral del Emperador Ascende…,
  • Sociedad,
  • Aurum Sanctus,
  • Traición,
  • Cultura

Índice

Portada
Extra I
Sexto día de Septista
Capítulo I
Extra II
Séptimo día de Septista
Capítulo II
Extra III
Octavo día de Septista
Capítulo III
Extra IV
Noveno día de Septista
Capítulo IV
Extra V
Décimo día de Septista
Capítulo V
Extra VI
Undécimo día de Septista
Capítulo VI
Extra VII
Duodécimo día de Septista
Capítulo VII
Extra VIII
Decimotercer día de Septista
Capítulo VIII
Extra IX
Décimocuarto día de Septista
Capítulo IX
Extra X
Décimoquinto día de Septista
Capítulo X
Extra XI
Décimosexto día de Septista
Capítulo XI
Extra XII
Decimoséptimo día de Septista
Capítulo XII
Décimooctavo día de Septista
Capítulo XIII
Epílogo
ES EL 41º milenio. Durante más de cien siglos el Emperador se ha sentado inmóvil en el Trono
Dorado de Terra. Es el amo de la humanidad por la voluntad de los dioses, y el amo de un millón
de mundos por el poder de sus inagotables ejércitos. Es un cadáver en descomposición que se
retuerce invisiblemente con el poder de la era oscura de la tecnología. Es el Señor del Imperio, por
el que se sacrifican cada día mil almas para que no muera nunca de verdad.

AUN EN su estado de muerte, el Emperador continúa su vigilancia eterna. Poderosas flotas de


combate cruzan el miasma de la Disformidad infestado de demonios, la única ruta entre estrellas
distantes, su camino iluminado por el Astronomicon, la manifestación psíquica de la voluntad del
Emperador. Grandes ejércitos luchan en su nombre en mundos incontables. Los más grandes entre
sus soldados son los Adeptus Astartes, los Marines Espaciales, súper guerreros. Sus compañeros
de armas son legión: la Guardia Imperial e incontables fuerzas de defensa planetaria, la siempre
vigilante Inquisición y los tecnosacerdotes del Adeptus Mechanicus por nombrar sólo unos pocos.
Pero para todas sus multitudes, son apenas suficientes para contener la amenaza siempre presente
de los alienígenas, herejes, mutantes y peor.

SER un hombre en estos tiempos es ser uno entre miles de millones. Es vivir en el régimen más
cruel y sangriento que se pueda imaginar. Estas son las historias de aquellos tiempos. Olvídate del
poder de la tecnología y la ciencia, pues se ha olvidado tanto, que no se puede volver a aprender
nunca más. Olvida la promesa de progreso y entendimiento, porque en el oscuro y sombrío futuro
sólo hay guerra. No hay paz entre las estrellas, sólo una eternidad de carnicería y matanza, y la risa
de dioses sedientos.
Titulo Original: Cross re
Autor: Ma hew Farrer
Traducido: Humaneleux
Corregido: Kaohs1980
Montaje y Revisión: Valncar
Más allá de las palabras
Todo el trabajo que se ha realizado en este libro, traducción, revisión y
maquetación esta realizado por admiradores de Warhammer con el
obje vo de que más hermanos hispanohablantes disfruten y compartan de
este gran universo.
Este trabajo se proporciona de forma gratuita para uso par cular. Puedes
compar rlo bajo tu responsabilidad, siempre y cuando también sea en
forma gratuita, y mantengas intacta tanto la información en la página
anterior, como reconocimiento a la gente que ha trabajado por este libro,
como esta nota para que más gente pueda encontrar el grupo de donde
viene. Se prohíbe la venta parcial o total de este material.
Warhammer y todos los personajes, nombres y situaciones son marcas
registradas y/o propiedad intelectual de Blacklibrary.
IMPERADOR DE NOMINA
ADEPTUS ARBITES
PATENTE DE NOMBRAMIENTO
Se ha oído decir que;

POR CUANTO es la tarea y el deber del sagrado Adepto proteger y


defender incansablemente nuestro gran IMPERIO, a las órdenes de sus
más clementes presencias, los Altos Señores de Terra y por voluntad y en
nombre de su Majestad, el Dios Emperador de la humanidad.

AFIRMANDO que, por lo tanto, es el deber más correcto y noble avanzar


en el cargo a los sujetos más merecedores, poderosos y capaces del
EMPERADOR en las las del Adeptus, que el reino del IMPERIO eterno se
conserve para siempre;

OYENDO la humilde pe ción del Arbitrador Maiore y Gran Pretor Judicial


del Alto Recinto de HYDRAPHUR, el Señor Juez Krieg Dvorov, por el
avance de Shira Calpurnia Lucina, en este momento ocupando el rango
brevet de Mariscal de la Corte y Comandante de la Corte en el Recinto de
EPHAEDA, y con el rango sustan vo de Mariscal Primus en ese mismo
Recinto;

TENIENDO TESTIMONIO DE QUE Shira Calpurnia Lucina ha cumplido sus


deberes en el mantenimiento de las Leyes y la Paz del EMPERADOR con el
valor y la sabiduría más agradables para el EMPERADOR y para su
Adeptus en hazañas de armas, en la defensa del Lex Imperia y en la fe de
los Credos de el Adeptus Ministorum y el EMPERADOR inmortal mismo.

TENGA EN CUENTA que yo, Giovan Hyashi Raphardi, Provost General del
Gran Recinto de PACIFICA FIDELIS, establezco mi sello y decreto para el
nombramiento de Shira Calpurnia Lucina para el rango y posición de
Arbitrador Senioris del Alto Precinto de HYDRAPHUR, allí para con nuar
su servicio a la ley del EMPERADOR y la paz y el orden de nuestro amado
IMPERIO.
Sexto día de Septista
Doce días para la misa de san Balronas.
El Fes val de los Sevenmark. El día del Cierre.
Diezmo (Administratum).
Con siete días hasta el comienzo de la Vigilia de San Balronas, todos
aquellos que tengan deberes, deudas, obligaciones o cualquier otro
asunto imperial o personal, deberían tratar de cumplirlos. Siempre debe
tenerse en cuenta la desgracia, tanto ante la Iglesia, como entre sus
pares, de tener asuntos pendientes al comienzo de la Vigilia.
La tradición nos dice que éste, es el día en que los amos anuncian a sus
sirvientes y trabajadores tanto el hecho, como los detalles de las
vacaciones que se les otorgarán durante el período de la Vigilia, tanto la
generosidad del amo como la gratitud del sirviente son apropiadas en este
día. Los amos deben guiar a sus trabajadores, y los jefes de familia a sus
familias en modestas celebraciones; El intercambio de pequeños
obsequios y fichas es apropiado. Un bono tradicional es un rollo de
pergamino en blanco o una lista de datos vacía para simbolizar la
compensación de deudas.
En este día, las salas del Administratum estarán selladas ya que esa
orden lleva a cabo ciertas devociones propias. Cualquier asunto
relacionado con el diezmo o la administración debe completarse antes de
que los pasillos se cierren al amanecer.
Las celebraciones aún deben llevarse a cabo con un aire de templanza y
deferencia, y la jornada laboral debe terminar con un servicio o una
reunión de oración, con atuendos y circunstancias tradicionales para los
deberes y la posición de uno. La noche debe ser un momento para hacer
un balance y asegurarse de que los artículos devocionales y las ropas
correctas estén listos para el período venidero, y que la persona y el hogar
estén limpios y ordenados.
CAPÍTULO UNO
Los Cul stas-Máquina del Adeptus Mechanicus no son propensos a las
emociones fuertes: la hermosa frialdad de la Máquina se presenta como
un modelo de admiración y emulación, incluso para aquellas órdenes del
Mechanicus que no están directamente relacionadas con la sica mecánica
y la trans guración gradual de sus propios cuerpos en ciberné ca.

El Genetor-Magos Cynez Sanja era de la Orden Biologis, con una mayor


comprensión de las emociones de la carne que la mayoría. Pero esta
noche, la capacidad de catalogar los neurotransmisores exactos que ardían
dentro de su cráneo y cómo reaccionaban y reforzaban sus pensamientos
y es mulos (mucho menos las escrituras y salmos del Culto de la Máquina
en alabanza a la razón pura) fueron un pequeño consuelo. Aquí, en su
propio dominio, en el mismo santuario del Adeptus Mechanicus, en el
distrito del Adeptus en el que se suponía que era el enclave más seguro de
la colmena capital del mundo de la fortaleza de Hydraphur, Cynez Sanja se
había encontrado asediado. Estaba disgustado, frustrado y estaba, para su
propia consternación, enojado.

Los ruidos de la agitación afuera se ltraban a través de las paredes


cuando Sanja se paró en la antecámara detrás de las grandes puertas
adaman tas del santuario, escuchando con la cabeza inclinada y los ojos
cerrados. Había cortado su enlace con los óp cos externos media hora
antes, negándose a mirar lo que sucedía afuera por más empo, pero
ahora le llegaba una ráfaga de cuatro segundos de código de máquina
ultrasónica del codi cador de voz montado en la garganta de su asistente,
el Hermano-Postulante Chaim. Sanja a regañadientes lo descomprimió y lo
escaneó; Los informes y las transcripciones de los mensajes se
desarrollaban perfectamente en su cerebro.

No eran agradables. Se bloquearon las avenidas a las torres del


Administratum y la casa de recuento y el dormitorio de los Ordenados
estaban rodeados. El puente sobre los jardines acuá cos hacia la Scriptoria
fue cortado y no se había vuelto a saber de un valiente grupo de adeptos
de la torre del procurador general, que habían tratado de forzar su camino
hacia abajo por la calle de Quills, invadida por la desesperanza. El Barrio de
los Adeptus, al parecer, ya no pertenecía al Adeptus.

Como para subrayar el punto, hubo un zumbido que pareció atravesar las
paredes y el piso al mismo empo. Sanja frunció el ceño y recorrió las
pequeñas capas augmé cas en su cráneo a través de una serie precisa de
ajustes, pero las paredes aún amor guaban los sonidos hasta el punto en
que no podía dis nguir mucho más que un mar lleo rítmico y conmovedor
y los más leves rastros de gritos roncos. Se preguntó de nuevo por qué
nadie había pensado que era necesario levantar los escudos de vacío.

Abrió los ojos y miró a su alrededor, extrayendo la serenidad que pudo de


su entorno. La antecámara era un rectángulo recortado, sus medidas
calculadas hasta la millonésima de milímetro para imitar las proporciones,
si no el tamaño, de la antecámara del santuario del Alto Genetor en el
corazón del mundo del Mechanicus, Marte. El acero negro del piso estaba
incrustado en oro y rubíes, con patrones de circuitos iluminados y diseños
alquímicos.

Los frisos en las paredes eran conjuntos de pistones y válvulas de latón


bruñido, su movimiento hidráulico, constante y silencioso, el cual
transportaba catecismos de lenguaje binario de alabanza al Dios Máquina
de un lado a otro. Colocando su capucha oculta sobre sus hombros e
inclinando su cabeza hacia atrás, el Genetor-Magos contempló las obras
sobre él: capas de ruedas dentadas entrelazadas, los íconos más simples,
pero más sagrados del sacerdocio Mechanicus, colgados sin peso, girando
lentamente en el aire, oscureciendo el techo.

Sanja murmuró una oración y sin ó como los circuitos tatuados alrededor
de las cuencas de sus ojos temblaban al fusionar su vista con la óp ca de
la gárgola de acero de la pared que tenía delante y examinarse a sí mismo
a través de los ojos del espíritu máquina.
Sus propios adornos escalatas de Tecnosacerdote, parecían brillar incluso a
la tenue luz de la antecámara. Detrás de él, enmarcados por el segundo
conjunto de puertas gigantes que conducían al claustro central del
santuario, estaba su séquito, de pie con dignidad en formación ceremonial
y esperando su orden.

Chaim estaba dos pasos detrás del hombro derecho de Sanja. Detrás de
ellos había cuatro Skitarii, los soldados templarios dedicados al culto de la
Máquina, la coraza pulida de sus armaduras perforada con cables y
derivaciones ciberné cas y sus hachas de poder sostenidas en los brazos.
Flanqueando a cada uno de los skitaris, dos sirvientes guardianes, (unos
estúpidos autómatas que crecían en nas con sus propios implantes
mecanizados) con los cañones de las armas apuntando recatadamente
hacia abajo. Sus dos cráneos luminosos, cada uno medio plateado, con pan
de oro y racimos de veletas perceptoras y mecadendritas, colgaban en el
aire sobre los hombros de Sanja.

La antecámara no era ancha, pero su techo abovedado se perdía en las


sombras sobre las capas de dientes colgantes. La formación del séquito,
por pequeña que fuera, se extendía casi a lo ancho de la habitación.

El Genetor-Magos emi ó un pequeño sonido de aprobación, sin éndose


más fuerte por su momento de contemplación. No sería in midado aquí,
en su propio templo. Lo que sea que estaba sucediendo allí, lo
encontrarían como correspondía a su puesto.

-Es la hora, magos- Chaim hizo el discurso a través de su propia laringe


esta vez, no a través del voco emisor. -Solicitaste ser no cado.

Sanja no respondió, como era propio de un funcionario, sino que


simplemente se separó de la gárgola, se tomó un momento para
reajustarse a sus propios ojos, luego dio un paso hacia delante y, a través
del transmisor que tenía sobre su sien derecha, ordenó que se abrieran las
puertas.

Una avalancha de ruido fue lo primero que le llegó, y Sanja casi se


estremeció antes de que tuviera empo de atenuar sus sen dos y poner
ltros. Lo que habían sido suaves golpes con las puertas cerradas ahora era
un rugido de golpes que se sen an como impactos sicos, como si alguien
lo golpeara rápidamente en el pecho y rara de su ropa. Debajo de eso
salían gritos, gritos, chillidos, y de vez en cuando el sonido de cristales
rotos o plás co as llado. El aire estaba lleno de humo y vapor, los
enjambres de guras que se agitaban al pie de los escalones,
indis nguibles a cincuenta metros y una fuente invisible de gritos a cien
metros.

Sanja no trató de adivinar cuántos estaban en la plaza, pero la había visto


contener miles, cuando las procesiones de Adeptus se habían reunido en
aquel círculo de medio kilómetro de losas grabadas. Esa era una vista
inspiradora, rango tras rango de los sirvientes elegidos del Emperador bajo
la rica luz dorada de Hydraphur, pero esto…

De hecho, esto casi parecía una burla deliberada de esas procesiones.


Sanja podía dis nguir la la de camiones y carrozas llama vas, que
aparentemente, todos habían traído aquí en su maldito des le, cubiertos
con llama vos accesorios de papel de aluminio y plás co para conver rlos
en versiones poco entusiastas de los Land Raiders Astartes, los
monstruosos Leviathan de Mando, Carros Relicarios de la Eclesiarquia, lo
que fuesen, con sus cabinas y camas adornadas con bailarines y payasos
esparciendo bolas y dulces. Sanja no tenía ningún deseo de recalibrar sus
implantes cor cales para verlos más claramente: a medida que él y sus
asistentes avanzaban con majestuoso paso ceremonial, a media distancia y
todos a su paso, estaba viendo más que su ciente.

Dos pilares de cristal adaman no, se encontraban al pie de la rampa que


llevaba hasta las puertas del santuario, y cada pilar se alzaba sobre un
zócalo de metal que llegaba hasta la cintura. En el zócalo izquierdo había
un joven regordete con una cola de caballo rubia, ves do con un uniforme
de Comisario imperial de imitación con la gorra deslizándose sobre una
oreja.

Estaba sacando pepitas con tadas o algún po de es mulante de sus


bolsillos y arrojándolos a la mul tud que lo rodeaba. Otro niño igualmente
corpulento en un pobre intento de usar una túnica de oración eclesiarcal,
intentaba meterse en el zócalo, agarrándose con los tobillos, pero estaba
demasiado borracho para izarse. El zócalo derecho estaba plagado de
cuerpos que portaban diferentes tonos de verde: burlas de los uniformes
de la Armada o túnicas de la Scholas a Psykana. (el Scholas a Psykana es una de las
dos divisiones del Astra Telepáthica, nt)

Una mujer que ves a lo que probablemente pensaba que era el uniforme
del Legado Imperial, blandió una botella, abrió la tapa con el pulgar y
esparció el contenido sobre sus felices chillones y ahora pegajosos
compañeros cuando un hombre corpulento con una túnica de escribano
del Administratum la agarró por la cintura y apretó su boca sobre la de
ella.

Nada en el mar de cuerpos fue más edi cante: en todas partes había
horribles intentos excesivamente ornamentados de sobrepellices
Sororitas, cascos de Arbitrador, uniformes militares y del Administratum,
de todos los diseños. A pesar de su determinación de mantener la calma,
Sanja se erizó al vislumbrar brevemente una versión con lentejuelas y
dandi cada de su propio kimono escarlata del Adeptus Mechanicus, los
sellos y las insignias colocados grotescamente en todos los puntos
equivocados, antes de que la mul tud se cerrara y lo escondiera.

No se veía a su visitante. Ya era hora, ¿verdad? Chaim había calculado mal,


y Sanja no estaba complacido por tener que quedarse aquí vigilando esta
pantomima por un momento más de lo que tenía que hacerlo.

Una o dos personas debajo de ellos habían notado que las puertas se
abrían. Todavía no estaban lo su cientemente borrachos como para
pensar en subir por la rampa, pero los gritos y los vítores estaban
comenzando. Sanja estaba a punto de regresar al interior cuando vio a la
persona que debía conocer: una cuña compuesta por una docena de
uniformes negros del Adeptus Arbites, demasiado severos para ser de
atrezzo, abriéndose paso a través de la presión, del brillo y del ruido. En el
úl mo escalón, con solo unos pasos más por delante, se detuvieron; Sanja
tardó un momento en concentrar su audición en ellos y darse cuenta de
cuál era el problema.
-Hazte a un lado- era la voz de la Arbitradora principal, una cabeza más
baja que su escuadrón y con íconos de honor en su armadura, que Sanja,
no tenía duda de que eran reales.

-¡Oh! ¡Si señora! ¡Hazte a un lado de la señora Jueza!

Risitas. Otra mujer, mucho más joven y considerablemente más borracha.


Sanja supuso que era la que estaba de espaldas a él, con el pelo rizado y
teñido de brillo, usando un espeluznante intento de usar una túnica formal
del Administratum Praefecta, que le quedaba demasiado apretada.

-No estoy bromeando, y no estoy de humor. ¡Apártate de una puta vez!

Sanja se tensó re exivamente mientras sus sensores captaban el zumbido


de un arma de poder cargando.

-Oh, ¿es eso real? ¿De dónde lo has sacado? Una de esas cosas de
Arbitrador, qué es, una cosa de poder, no lo sé…

-Soy uno de estos Administr... Administratum cositas... Pref... perf... Sin


embargo, es un buen toque- más risas.

Alguien más estaba difamando: -¡Arréstenla! ¡Arréstenla!- una y otra vez.


La niña agarró un frasco.

-Brindemos por esa cosa de Arbites, y para mi nuevo amigo aquí, con un
disfraz muy aburrido, tengo que decir, ya sabes... no, déjame terminar,
muchachos, realmente estás haciendo un buen papel.

-No estoy jugando ningún “papel”, mujer. Este es el sello de un


Arbitrador senioris de Hydraphur. Te pondrás de pie así…

-Mira, ahora, Arbitrador seni, lo que sea, estás empezando a ser


aburrido. Necesitas tomar una copa y…

¡Crack! Sanja hizo una mueca, muy a su pesar.

Ignorando los gemidos de los asistentes a la esta detrás de ella, la


Arbitradora subió por la rampa hacia donde Sanja estaba esperando, con
su escuadrón detrás de ella, con un mazo de poder silbando en su mano.
En el escalón superior, apagó el campo y se relajó con un esfuerzo visible
antes de que se adelantaran para saludarse. Sanja es ró una mano de su
manga e hizo la señal de la Gran Máquina, mientras su invitada
chasqueaba los talones y colocaba la maza en su frente, luego arrastraba el
pie derecho medio paso hacia atrás y hacía una leve reverencia: la forma
corta del saludo de adepto mayor.

-En nombre del Dios Máquina, maestro y Hacedor, te doy la bienvenida a


su templo y su bendición. Que el milagro de la Máquina te cuide- Sanja
tuvo que alzar la voz sobre el alboroto a su alrededor.

-Te doy la bienvenida también en mi nombre, Cynez Sanja, Magos y


Genetor del gran Mechannicus, y ofrezco mi buena voluntad en nombre
del Emperador Omnissiah.

-Recibo y le devuelvo su saludo y doy mis humildes respetos al


Mechannicus- respondió su invitado. -Shira Calpurnia Lucina, Arbitradora
Maioris de los Adeptus Arbites, ex ende su saludo al servicio de la Lex
Imperia y el Dios Emperador de la Tierra. El emperador protege.

-Gracias. Creo que podemos estar de acuerdo en que este no es el lugar


para una gran ceremonia. ¿Me acompañarían?

Sanja estaba ansioso por abrir las puertas del templo entre él y la mul tud.
La Arbitradora debía haber sen do lo mismo: Sanja retrocedió
cortésmente mientras daba algunas instrucciones breves a su escuadrón,
que se desplegó en semicírculo con la espalda hacia la puerta.

Permanecieron allí en posiciones cen nela mientras el séquito del


Mechanicus regresaba al santuario. La Arbitradora Maioris se puso junto a
él mientras él retrocedía por las puertas.

Cuando las losas de adaman ta comenzaron a cerrarse, Sanja arriesgó su


dignidad lo su ciente como para mirar por encima de su hombro: una
docena de juerguistas se agruparon alrededor del cuerpo de la niña de
cabello resplandeciente, la mayoría mirando hacia el templo o
retorciéndose las manos. Sanja les dio la espalda al vamente y dejó que
las puertas se cerraran.

El zigura del Mechanicus se alzaba sobre ellos en proporciones


geométricas precisas y se enterraba en el costado de la Colmena
Bosporiana debajo de ellos, pero todo lo que Sanja necesitaría para tratar
con su visitante estaba aquí, en las cámaras delanteras.

Mientras atravesaban la cámara delantera, los servidores-cen nela


integrados en los dinteles de las puertas interiores cantaban una bendición
en binario, Sanja vio que su invitada se había quitado el casco y estaba
mirando con los ojos abiertos la tecnología arcana que la rodeaban. Sanja
asin ó con aprobación: estaba impresionada y le estaba haciendo el
cumplido por dejar que se notara. Cuando la canción terminó y subieron
los escalones hacia una luz más brillante, la estudió un poco más de cerca.

Era una cabeza más baja que él, con una forma grácil y segura de moverse.
Sus rasgos eran uniformes y sus ojos verdes, fríos, pero brillantes de
inteligencia. El cabello rubio oscuro caía justo por debajo de sus orejas,
despeinado por el casco, y aparecieron las primeras sugerencias de arrugas
alrededor de su boca y ojos. Su expresión era severa: cuando apareciesen
esas arrugas, pensaba Sanja, no serían amables. Tres cicatrices paralelas,
curadas desde hacía mucho empo y eran apenas más que líneas rosadas,
comenzaban en su ceja izquierda y corrían rectas y ordenadas hasta su
cabello.

Pasaron por las puertas interiores hacia el amplio claustro que corría hacia
el corazón de la torre y se bifurcaban en las escaleras a cada lado. Aquí, las
paredes y el piso eran de color gris oscuro y el contraste con la antecámara
ricamente ornamentada parecía inquietar un poco a la mujer; ella
retrocedió un paso mientras subían una larga pendiente de las escaleras y
se convir eron en el pasaje al templo devoto de los genetors. Su rostro era
sereno y obediente y él se dio cuenta de que no estaba segura de si se le
permi a hablar. Decidiendo ser un an trión cortés, Sanja también se re ró
y caminó junto a ella.

-Hemos preparado los fundamentos de la ceremonia mientras se dirigía a


nosotros, mi señora jueza, así que estaremos listos para comenzar con su
palabra. Sin embargo, su viaje aquí fue... algo menos sereno de lo que
normalmente es este trimestre. Si desea aclarar su mente y prepararse
antes de comenzar, mi hijo le llevará a nuestra capilla. Es pequeña, pero
tranquila.

-Gracias, maese genetor, pero estoy preparada. Ese asunto exterior fue
irritante, pero no fatal para el equilibrio, creo.

-La dignidad y la compostura son cualidades admirables. La felicito por


ellos, Arbitradora Lucina. Es por aquí.

-Calpurnia.

-Perdón, ¿qué?

-Arbitradora Calpurnia. Mis disculpas, Maestro Sanja. Un acto de


descuido por mi parte. En el saludo formal, uso el protocolo de Ultramar.
El apellido es el segundo, el tercero es privado. Aquí estoy como Shira
Calpurnia, así como usted es Cynez Sanja- ella dio una pequeña sonrisa
contrita.

-Una vez más, me disculpo. No tenía la menor intención de importunarlo.

-No se toma nada de esto en serio, Arbitradora Calpurnia.

Él la vio relajarse y luego, para su diversión privada, se tensó nuevamente


mientras lo seguía a través de las puertas dobles lacadas del Templo
Devoto. La pequeña y angosta cámara, con sus paredes reves das de
paneles rojos y el techo bailando con holoesculturas de moléculas de
aminoácidos, se había preparado tal como Sanja había dicho: dos hileras
de servidores que llevaban frascos de medicamentos formaron un pasillo
al pequeño almohadón de reclinatorios frente al santuario. Las reliquias en
el altar carmesí (centrífugas, guantes de inyectores, inscripciones de los códigos gené cos de
los santos Mechanicus grabados en rollos de acero delgado como el papel nt) re ejaban la luz
dorada de la lámpara.

Calpurnia saludó el altar desde la puerta y luego caminó hacia el


Reclinatorio sin más vacilaciones, soltando su media armadura, mientras
Sanja la miraba desde el otro lado del altar. Chaim tomó y sostuvo su
armadura mientras desabrochaba la parte superior del uniforme de guante
del cuerpo, sosteniéndolo contra su pecho, pero encogiéndose de
hombros para dejar sus hombros y espalda desnudos. Su compostura
seguía siendo buena, pero Sanja la miraba ahora a través de los ojos de las
luminarias y de los suyos propios, y en el mosaico de imágenes que se
alimentaban en su corteza aumentada. Su aprensión se mostraba en su
respiración, en la temperatura de su cuerpo, en la acidez de su piel, en sus
ondas cerebrales. Las luminarias se movieron entre la hilera de servidores,
las dendritas hicieron clic mientras tomaban y cargaban los viales de uido
bió co y extendían sus inyectores, luego se deslizaron en silencio para
ubicarse detrás de los hombros de Calpurnia, con las dendritas
extendiéndose en un abanico de agujas.

Sanja murmuró una breve bendición del alto gó co, luego cambió a código
de máquina y guio a las luminarias hacia abajo. El aliento de Calpurnia se
detuvo por un momento cuando los hipodérmicos se introdujeron en su
lugar, y luego las luminarias se elevaron en el aire nuevamente y se acabó.

-Camina conmigo- Sanja ya estaba bajando del estrado del altar cuando
Calpurnia se había puesto de pie y volvió a abrocharse el uniforme. Chaim
se adelantó con su armadura y ella se giró, se encogió de hombros y la
cerró con un leve gesto de dolor, luego volvió a ponerse en pie cuando
Sanja abrió el camino de regreso a través de la antecámara, a la galería
que rodeaba el ves bulo central del templo.

-Vamos a caminar un rato- le dijo. -El movimiento ayudará a las pócimas


a integrarse más rápido. Chaim te habrá dado las monedas…- ella las
levantó. -Bueno. La Rueda de Hierro y la Hélice Caducea son fuertes
talismanes del Mechanicus. Guárdelos bien y harán que su bendición sea
poderosa.
Caminaron en silencio durante varios minutos: salieron del Templo Devoto,
pasaron las escaleras por las que habían subido, rodearon una cámara
circular llena de puertas, donde la orla de medio cráneo y media rueda
dentada del Mechanicus miraba inescrutablemente desde una pared,
hacia atrás. Las escaleras hasta las puertas del Templo Devoto y así
atravesaron nuevamente el recorrido. Los skitarii y los servidores los
siguieron durante el primer recorrido y luego Sanja ordenó que se fueran.
Calpurnia se encogía de hombros de manera subrep cia ocasionalmente,
tratando de acomodar la armadura sobre sus hombros sensibles por las
agujas.

Chaim los siguió en silencio con su casco. Estaban a la mitad de su tercer


recorrido antes de que Sanja hablara.

-Me atrevería a sugerir, Arbitradora Calpurnia, que no era la primera vez


que realizaba un rito de vacunación. Parecía saber su parte en él tan bien
como yo- ella sonrió.

-Mi carrera me ha llevado a través de muchos puestos por todo el


Segmento Ul ma y ahora hasta aquí, magos. La mayoría de esos
movimientos, han sido a través de distancias lo su cientemente grandes,
para que necesite for cación para mi nuevo puesto, aunque las
ceremonias nunca fueron tan complicadas. Por lo general, se realizaban a
bordo de la nave Arbites, por uno de nuestro propio personal de
Medicae, con un Genetor junior que supervisaba, y no involucraban a
estos...- señaló con la cabeza detrás de ellos.

-¿Las luminarias? Son sirvientes y reliquias, tal vez no sean comunes en


mundos más pequeños con tradiciones Mechanicus menos dis nguidas.
El honor de con nuar el servicio al Dios de la máquina después de la
muerte orgánica no se gana todos los días.

Hizo un gesto detrás de él.

-Ese es el cráneo de Clayd Menkis, el principal adepto de este santuario


justo después del derrocamiento del Cardenal Apóstata. El otro es Bahon
Sulleya, mi predecesor y mentor inmediato. Tuve el gran honor de
preparar su cráneo para su mecanización.

Calpurnia lanzó a los seres luminosos otra mirada un poco incómoda.

-¿Pueden actuar solos?

-Soy designado como su instructor, ya que soy el instructor de mis


servidores. Ese privilegio acompaña a mi rango aquí. Las luminarias me
ayudan con mi trabajo y mis estudios. Su precisión y sen dos son todo lo
que uno esperaría de los ídolos del Dios Máquina. Normalmente, un rito
como el tuyo no requeriría más de uno, pero ya que has llegado desde
tan lejos y a un mundo como Hydraphur, en el que se introducen cepas
virales y bacterianas de todo el segmento, necesitabas un tratamiento
mucho más riguroso y en consecuencia, llamé a mis dos luminarias.

-Y también están monitoreando mi forma de ser y el comportamiento


químico para asegurarse de que soy quien digo que soy y que no tengo
mancha psíquica o hipnó ca para poner en duda su seguridad al
admi rme.

Sanja giró la cabeza para mirarla y ella se rió en voz alta.

-Dije que las prác cas aquí eran diferentes, Magos, no que nunca antes
haya tenido tratos con su sacerdocio.

-La admisión a su santuario es un gran honor y una lección de humildad,


pero cuando entré en este santuario sin registros, sin controles de armas
ni vigilantes de seguridad, comencé a preguntarme cómo era que te
estabas asegurando de que no fuera un peligro para . Soy Adeptus
Arbites, recuerda. Hacemos cumplir la ley del Emperador, aprobamos el
juicio del Emperador y hacemos cumplir la paz del Emperador. Estamos
acostumbrados a pensar en cosas como esta. No necesita con rmarlo si
pre ere no hacerlo.

-Eres tan a lada como las agujas de mis propias luminarias, señora jueza-
le dijo Sanja, sin saber si estaba enojada o entretenida. -Estoy seguro de
que el Arbitrador Maioris no se arrepen rá de enviarte desde Ultramar,
¿verdad? Un largo viaje. Es un cumplido para .

-Crecí en Ultramar. Tranquilo. Pero mi úl mo puesto fue en Ephaeda, al


noroeste de allí. Pero aún así es mucha distancia. Estoy muy lejos de
casa- una nota sombría se deslizó en su voz y caminaron en silencio por
unos minutos más. De vez en cuando, los bio-augures en una de las
luminarias zumbaban o hacían clic, registrando algunos detalles de cómo
estaba respondiendo el metabolismo de la Arbitradora. No pasó mucho
empo para que Sanja estuviera sa sfecho, y abrió el camino hacia las
puertas de regreso a la antecámara.

-¿Ya se acabó? ¿Han con rmado el informe las luminarias?

-Lo han hecho, y lo he con rmado a través de sus ojos y espíritu. No ha


reaccionado nega vamente a nuestras pociones, y sus ojos muestran que
su cuerpo está aceptando las vacunas. Los ritos y tratamientos
preliminares que tenía antes de su llegada aquí sentaron las bases. Mis
artes son más so s cadas que las del Medicae, y el proceso se habrá
completado en un día o dos más. Un enviado mío la visitará esta noche y
la instruirá en las oraciones y lecturas correctas para acabar el día y
empezar la mañana para asegurar el correcto funcionamiento. No
debería haber ningún problema Arbitradora, en tomar su lugar en la
Misa de Balronas y la Sanguinala.

-Bueno. Los estoy esperando con ansias. Leí las Cartas de peregrino de
Galimet durante mi viaje aquí y él describe la misa en términos
espectaculares. Ciertamente espero que sea un poco más edi cante que
eso- ella asin ó con la cabeza hacia las puertas exteriores cuando llegaron
a la antecámara de nuevo.

-Galimet tenía la impresión de que el período previo a la misa era de


abnegación y penitencia. El dossier que me enviaron dijo lo mismo- como
si fuera una señal, un rápido sonido de bajo y sincopado atravesó las
paredes. -Pero tengo que decir, Magos, que, si esa exhibición en el
exterior es la idea que ene Hydraphur de re exión penitente, estoy más
lejos de casa de lo que pensaba.
Sanja sonrió sin humor.

-Tu primera lección sobre el comportamiento de Hydraphur, señora


Arbitradora. Parte del ritual de la temporada hoy en día, son los intentos
las meros del Ministorum para que la aristocracia se ajuste al ideal más
general de conducta piadosa, pero cuando la nobleza se reúne y alcanza
una cierta masa crí ca, como lo han hecho aquí, obedecen las reglas de
hacerlo todo a su manera. Me parece que entre los círculos menos
estrafalarios, se siguen más estrictamente los dictados eclesiarcales
sobre el comportamiento, si eso te da algún consuelo. Esto debería
desaparecer en un par de horas más.

-Me gustaría limpiar todo antes de eso- dijo Calpurnia con el ceño
fruncido. -Quedé atrapada en medio de la maldita marea cuando todos
comenzaron a llegar al área y ya era demasiado tarde para volver a
buscar un transporte, pero estoy segura de que los escuadrones
an disturbios ya se habrán movilizado desde el Muro…

-¿Qué?- Sanja la estaba mirando.

-Quiero decir, disculpas, magos. ¿Hablé fuera de turno?

Él sacudió la cabeza.

-Para hablar con franqueza, Arbitradora Calpurnia, aunque pertenezco a


una orden conocida por su separación de los asuntos co dianos del
Imperio, no puedo evitar pensar que el funcionamiento de Hydraphur es
un poco menos sencillo de lo que tú quizás percibes.

Antes de que ella tuviera la oportunidad de preguntarle qué quería decir,


las puertas se abrieron de par en par y una vez más el estruendo de la
esta se acumuló.

La niebla era más espesa ahora. El aire tranquilo y cálido de la tarde se


llenó con una sopa de humo y perfumes ornamentales de colores y una
especie de neblina refractaria que hacía que las luces y los colores brillaran
de forma poco natural; Calpurnia se apresuró a recuperar su casco
mientras Sanja levantaba un velo de ltro sobre su rostro. No había
señales de la chica que Calpurnia había golpeado, y los otros juerguistas
solo eran visibles ahora como un hervor de movimiento a través de la
niebla. Según los sonidos, el impulso de la esta no había sido abolido.

-¿Algún problema más, Bannon?

-Ninguno- Calpurnia y su ayudante tuvieron que gritar por el ruido. En


algún lugar más allá de la rampa, la pirotecnia comenzaba a destellar a
través de la niebla: las lluvias de confe brillante y conchas de estrellas en
miniatura centelleaban y se agrietaban sobre las cabezas de la mul tud,
dejando rastros nebulosos y nubes de humo caliente. Calpurnia marchó
con su escuadrón, luego se volvió para saludar a Sanja en despedida.

La primera bala le golpeó el hombro en un mal ángulo, hizo girar su coraza


y sacó una chispa de la pared del casco, una pequeña esquirla de ceramita
negra le picó la barbilla del Arbitrador que tenía a su lado.

Sus re ejos se habían apoderado de ella antes de darse cuenta de lo que


estaba sucediendo, enviándola a toda velocidad por la rampa y hacia un
lado. La segunda bala golpeó su casco sobre el ojo derecho, sin penetrar,
pero rompió la armadura y haciéndola tambalearse hacia atrás, aturdida.
La tercera le pasó por la oreja mientras su escuadrón bajaba los escalones
tras ella, desenrollando escopetas y escudos y disparando fuertes ráfagas
sobre las cabezas de la mul tud.

El movimiento comenzó como una ondulación en la hierba cuando brota


un fuerte viento. Los esteros más cercanos chillaron y chocaron contra los
que estaban más lejos, hasta que la mul tud se espesó demasiado para
que nadie pudiera abrirse paso. La turba se recuperó, se balanceó y se
rompió en tres direcciones a la vez cuando los Arbitradores se dividieron
en dos escuadrones y se cerraron alrededor de Calpurnia. Cuando ella se
puso de pie, aturdida y sacudiendo la cabeza, sus escudos se sacudieron
bajo dos disparos más y uno cayó hacia atrás mientras que el tercero
rompía el casco de su protector de mejillas contra su mandíbula.
Calpurnia trató de evitar el zumbido de sus oídos mientras las cosas
parecían nadar a su alrededor. Le tomó una eternidad poner las piernas en
acción y otra más en formarse detrás de los escudos de sus guardias.
Sostuvieron el pie de la rampa en una línea de fuego de los Arbitradores:
una la arrodillada, escopetas bloqueadas a través de las por llas de sus
escudos para bombear un fuego constante y supresor; la segunda la
detrás de ellos disparando con más cuidado, apuntando disparos por
encima de sus cabezas. Apuntaban alto por el momento, tratando de hacer
retroceder a la mul tud, pero las balas de respuesta seguían llegando.

-¡Bannon! ¿Qué puedes ver? ¡Localizad los disparos!

El bramido sobre los cuernos de vox se había silenciado, y el tumulto de la


mul tud era algo en donde los Arbitradores estaban más que
acostumbrados a gritar.

-¡Nada! ¡No podemos ver ningún rador, ni armas, ni sonidos, ni


destellos!

La voz de Bannon tenía un borde de miedo. Un asistente a la esta, que


miraba con terror, tropezó hacia ellos y dos miembros del escuadrón lo
enviaron dando tumbos con los empujones expertos de sus escudos.

Cuando ese movimiento los separó por una fracción de segundo, una
tercera bala azotó sus escudos y raspó el caparazón de Calpurnia con un
impacto que sin ó en sus cos llas. Ella juró y trastabilló hacia atrás. Los
disparos eran planos, en algún lugar a nivel del suelo, no un franco rador
en lo alto. Nadie que ella pudiera ver había estado cerca del ángulo para
hacer ese disparo.

Hubo un golpe desde su izquierda, un brasero de perfume que saltó. Ella lo


miró, vió solo un par de esteros asustados que huían, sin armas con ellos.
Se agachó y seguía moviéndose de lado a través de la rampa hacia el
zócalo del pilar izquierdo. Los Arbitradores rompieron su muro de escudos
en una línea más uida para un roteo móvil, algunos cubriendo a
Calpurnia y dos en guardia sobre el hombre que había caído.
Una bala atravesó la armadura de su hombro y ella se tambaleó y maldijo;
los bastardos la rodeaban. Corrió los úl mos pasos hasta el zócalo y...

Pero no había nadie en esa dirección. Esto era munición de pequeño


calibre, balas de pistola. Y no había nadie remotamente al alcance de las
armas.

La plaza rugió con los disturbios en los que se había conver do la esta
cuando surgieron de un lado a otro tratando de encontrar una forma
segura de escapar del roteo. Pero no había nadie a su izquierda, nadie
alrededor donde el brasero había tocado...

Bannon se asomó por el zócalo para echar un rápido vistazo más allá y una
bala golpeó el borde de su escudo y rebotó en la oreja de Calpurnia para
que incluso a través del auricular acolchado de su casco pudiera escuchar
el gemido. Ella agarró el hombro de Bannon y ró de él hacia adentro
mientras una segunda bala cortaba el borde de su escudo.

No. No es posible… Nadie podría planear un ro de rebote como ese.


¿Podrían hacerlos ellos?

Ella tuvo que moverse.

-¡Vamos!- salió corriendo hacia ese brasero volcado. -Cubre cada lado.
Asumid que el enemigo está oculto. ¡Ahora!

Rodearon el zócalo y corrieron hacia adelante. El espacio frente a ellos


estaba vacío, la mul tud empujándose a los lados.

-¡Nada aquí!- ella estaba girando en el si o, tratando de...

¿Eso fue un movimiento?

Se agachó a un lado en lugar de pararse para disparar y le salvó la vida. La


bala le arrancó el costado del casco y la golpeó torcidamente. Un segundo
antes y le habría atravesado el labio superior. Se quitó el casco y salió
corriendo lejos de los demás. Fuera lo que fuese, un obje vo en
movimiento parecía estar dándole un pequeño problema.
Sin ltros polarizadores sobre sus ojos, la niebla del refractor hacía que
cada luz brillara y centelleara. Ella entrecerró los ojos y casi vio...

Ella corrió dos pasos hacia un lado y saltó sobre una mesa volcada
mientras dos disparos más atravesaban el aire detrás de ella. Un tercero se
estrelló contra la madera pesada y ella lanzó tres disparos resonantes a
través del espacio donde pensó que podría haber escuchado disparos.
Había sido descuidada al colocar los pies y los retrocesos la golpearon
durante casi un cuarto de vuelta; Cuando lo convir ó en un trote hacia
atrás para recuperar el equilibrio, se escuchó un rugido cuando tres
escopetas se abrieron para ayudarla.

Nada. La niebla y la luz resuenan y los sollozos de los esteros tumbados


en el suelo. Le dolía la cabeza: uno de esos disparos le había dolido,
incluso a través del casco y le estaba afectando. Se obligó a mantenerse de
pie.

Un remolino en las brumas. Lo atravesó con una bala. Mientras su


escuadrón la alcanzaba, mantenía su arma en alto y se movía hacia
adelante y hacia atrás frente a su cara, queriendo una escopeta, pero
dolorosamente consciente del lapso momentáneo en su guardia que un
intercambio de armas con uno de los Arbitradores podría signi car.

La pistola de calibre gigante con la que se le había entregado era un arma


de comandante, un arma de choque y terror, algo para que un Arbitrador
de alto rango la usase para hacer grandes y ruinosos disparos a obje vos
de alto per l para atemorizar a una mul tud de alborotadores, mostrando
la autoridad imperial en términos brutales, mientras que otros
Arbitradores y franco radores hacían los disparos de combate en sí.
Calpurnia se estaba volviendo amargamente, consciente de sus
limitaciones en una lucha directa. Ella siguió moviéndose, esquivando,
invir endo su dirección. La falta de casco la hizo sen r náuseas por los
nervios.

Una mujer acostada boca arriba cerca jadeó y tembló, y Calpurnia estuvo a
punto de dispararle por re ejo. Le tomó un momento darse cuenta de que
no había sido pánico sino shock sico, como si alguien la hubiera pisado.
Se agachó hacia sus botas, se agachó en un balón fetal y envió dos
disparos sobre la mujer tendida, apuntando alto con la esperanza de que
las balas pasaran por encima de los espectadores y dejando que el
retroceso la volteara y la pusiera de pie.

Bannon envió un disparo a través del mismo espacio una fracción de


segundo más tarde y la pequeña estera de cabello oscuro pareció decidir
que su empo se había acabado. Ella chilló y se puso de pie, asustando a
las personas a su alrededor para que hicieran lo mismo, y de repente una
veintena de personas se levantaron del humo y corrieron por sus vidas. La
niebla entre ellos se agitó como si...

Como si hubiera otra persona allí, una forma abriéndose paso entre la
mul tud, desplazando el aire y los cuerpos.

Calpurnia se deslizó a un lado. El zumbido en sus oídos se estaba


convir endo en un grito que luchaba contra los gritos de la mul tud. Hubo
un choque lejano cuando una de las carrozas del des le se acercó. Buscó
señales, las vio a medias. El humo se movía hacia el lado equivocado aquí,
había un temblor y un ujo en la mul tud, y la mul tud en movimiento no
se enganchaba a nada que pudiera ver. Se movía alrededor del borde de la
muchedumbre en re rada, y casi podía sen r su visor encañonándola a
ella.

Su escuadrón estaba frené co, desesperado por un obje vo. No había


empo para instruirlos, para cuando ella se lo explicase, estaría muerta.
Tendría que con ar en ellos para seguir su fuego cuando descubriera algo.
Podría estar moviéndose a su posición ahora, o...

Ella sabía lo que estaba buscando ahora, y tenía su pistola lista para ser
usada. La turba frente a ella vacilaba, la mul tud se separó y un hombre
tropezó con algo invisible. Ahora. Corriendo solo apoyada por sus sen dos
y re ejos, con apenas un momento consciente para apuntar, Shira
Calpurnia atravesó el espacio despejado y atravesó el corazón del asesino.
Séptimo día de septista
Once días para la misa de san Balronas.
Fiesta de Santa Rapanna y San Skey.
Conmemoración del Segundo Sacri cio de los Colchanos.
La Primera Congregación de Intercesores.

En estos días, antes de la vigilia, los santuarios imperiales colocarán


predicadores en cada púlpito de la calle, con sermones entregados al
amanecer y al atardecer. En ningún caso debe estar ausente de estos,
excepto en situaciones difíciles o por dispensación, ya que estos sermones
se habrán transmitido desde el Eparch de Hydraphur para fortalecer la
mente, el cuerpo y el alma para el trabajo físico y espiritual que se
avecina.
Es en este momento que la Eclesiarquía escucha ciertas súplicas y
peticiones especiales. Todos aquellos con indulgencias para suplicar ya
deberían haber discutido el asunto con sus predicadores locales y estar
listos para presentarse en su santuario designado, en una de las capillas
imperiales en las laderas de la Colmena Bosforiana o en la Meseta Alta, o
en las puertas de la Catedral.
Este es también el primer día en que los peregrinos que se alojan debajo
de la Catedral, se mueven a través del Augustaeum en la cima de la
colmena y se debe mostrar el debido respeto a todos en el manto de los
peregrinos marrones. Aquellos que viajan al Augustaeum a través de las
Puertas de los Peregrinos o de las Puertas de Aquila, pueden desear llevar
una pequeña ofrenda de comida simple o agua destilada para ofrecer a
los peregrinos mientras caminan por los senderos hacia el Barrio de los
Artesanos o por el Camino de Chiroslan, marca tradicional de favor y
buena fortuna de tener la comida que uno ha establecido al lado del
camino recogido por un peregrino. Las pequeñas fichas y los objetos de
devoción establecidos en el Barrio de los Artesanos, están ahí con el
mismo propósito, e interferir con ellos es una cuestión de vergüenza y no
se debe evitar.
Aquellos que participan en los servicios que conmemoran el Segundo
Sacrificio, deben usar una pequeña piedra puesta en una correa
alrededor de su cuello o cintura. La imagen de Santa Rapanna puede ser
usada por cualquier persona que le haga devociones, pero la imagen de
San Skey es sagrada en este día y solo debe ser tocada o usada por
oficiales del Adeptus Ministorum.
CAPÍTULO DOS
Hubo una serie de golpes superpuestos cuando la pila de pizarras de
datos nalmente se cayó del cojín y se dispersó por el suelo, luego un
golpe cuando la pila de copias de fax se derrumbó, y luego el pequeño
conjunto de habitaciones, el nuevo hogar de Calpurnia en su nuevo mundo
Desde hacía tres días, estaba en silencio otra vez. Ella no se molestó en
quitarse las manos de los ojos. Solo media hora más, se prome ó a sí
misma que luego dormiría, mejor hacer frente a este frescor por la
mañana, que poder acurrucarse más esta noche.

Abrió un ojo el empo su ciente para sacar la copa de vino del cojín y
beber el úl mo sorbo del rojo suave. Se quedó tendida en el sillón
reclinable mientras dejaba que el sabor le llenase la boca y luego se
ma zara hasta el retrogusto, luego se levantó a regañadientes y dejó el
vaso a un lado para que los mayordomos lo re raran. La idea de tener
sirvientes todavía la molestaba, pero estaba contenta de que le quitaran
las cosas, solo por esta noche. Estaba desbordada: deberes formales, las
heridas de la tarde anterior (había pasado esa mañana siendo molestada
por los médicos personales del Arbitrador Maioris) y náuseas persistentes
por las vacunas de Sanja. Se le ocurrió en ese momento que no hubiese
borrado el consumo de vino con el Genetor, (son una de las órdenes sagradas que
conforman el sacerdocio gobernante del Adeptus Mechanicus, especializado en gené ca. nt) y se
preguntó si podría interferir con las vacunas. Eso molestaba: no estaba
acostumbrada a olvidar cosas así. Finalmente suspiró mientras miraba por
la gran ventana el nal de la luz del día que drenaba del cielo, luego volvió
a caer en el sillón reclinable y alcanzó la siguiente pizarra.

Eran sus notas de la primera reunión de trabajo completa, formal, con sus
nuevos colegas como el Arbitrador mayor, recién designado y ordenado de
Hydraphur. Se habían reunido en las ornamentadas cámaras del Arbitrador
mayor, en lo alto de la torre más alta de la gran fortaleza Arbites conocida
como El Muro. Sentarse alrededor de una mesa con los tres Arbitradores
más an guos de posiblemente el sistema más famoso de todo un
Segmento Imperial, habría sido lo su ciente para sen rse presionada, pero
una cosa que no había imaginado era que la reunión se centraría
exclusivamente en ella. O para ser exactos, pensó mientras hojeaba sus
notas una vez más, centrada exclusivamente en el hombre que había
tratado, muy arduamente y casi con éxito, de matarla la noche anterior.

-Primero eliminemos la posibilidad más obvia- había comenzado Dvorov,


inclinando la silla hacia atrás y es rando las suelas de sus botas delante
suyo.

El Arbitrador Majore Krieg Dvorov, Gran Mariscal y Gran Pretor Judicial de


Hydraphur, tenía una cara larga y cerrada y una forma de hablar seca y
distraída. De alguna manera, él no era lo que Calpurnia había estado
esperando.

-El primer pensamiento en mi cabeza, como estoy seguro de que usted


también, fue que hubo un simple ataque de venganza para con nuestra
colega, engañando a esa joven que no se apartaría de su camino. ¿De
nuevo, cuál era su nombre?

-Keta Merkoli-Ballyne- dijo el hombre frente a Calpurnia en la pequeña


mesa redonda. -O, como estoy seguro de que ella se re ere, la
dis nguida Lady Keta del Merkoli, del más respetado Noble Ballyne.
Asumiendo que ella no toleraba la ceremonia y que usaba la forma corta.
Pero luego, su comportamiento incluso ante una in uencia tan
civilizadora como nuestra propia colega acogida recientemente, no me
sugiere que esta querida y par cular joven de la sociedad, tenga una
mentalidad par cularmente formal.

Calpurnia le dirigió una mirada aguda a su úl ma oración, pero hasta


ahora como podía ver, no la estaban atrapando. A veces le resultaba un
poco di cil saberlo: el Arbitrador Senioris Nestor Leandro, el principal de
los tres diputados de Dvoraks, era cortés y tenía una forma ornamentada
de hablar que a veces encontraba un poco exagerado. Su es lo teatral iba
bien con su voz con nua, resonante y su hermoso cabello plateado.
Calpurnia no se sorprendió al descubrir que Leandro era un mecenas de
dramas y óperas, y mantuvo una biblioteca del famoso oratorio imperial.

-En cuanto a lo que todo eso signi ca- con nuó Leandro, -no hay razón
para que haya oído hablar de Merkoli, o de Lady Keta en par cular. La
misa y sus fes vidades asociadas, han llegado en un momento en que
Ballyne preferiría que sus hogares estuvieran ansiosos por tratar de
rever r su reciente margen para los contratos de trá co cerrado en
Contoscalion, pero ha habido una angus a considerable dentro de
Ballyne sobre si hay una buena presencia aquí. Porque la Misa socavará
sus esfuerzos en esa dirección, o asegurará a sus aliados que son fuertes
y enen el control y construirán sus acciones de esa manera. Nada de
esto ha sido más que un susurro de fondo, ¿en endes? Es lo que
descubrí después de despegar algunas capas de desinterés e indiferencia.

-El resultado, sin embargo, es que incluso si Merkoli-Ballyne tuviera los


recursos para organizar un intento tan experto, e incluso si fueran lo
su cientemente estúpidos como para exponerse en escena, e incluso si
fueran lo su cientemente estúpidos como para seleccionar un agente del
Adeptus Imperialis como obje vo, no habría lógica detrás de ellos
haciendo nada de eso por una frívola, desechable y periférica como Lady
Keta. Quien por lo que puedo decir, solo se ganó el privilegio de un viaje
aquí para la Misa porque la familia, no sabía qué más hacer con ella,
aparte de tratar de emparejarla con un chico local moderadamente
respetable con la esperanza de un matrimonio polí co marginalmente
ú l. A n de cuentas, sospecho que un golpe en la nariz con una maza de
poder, es lo más interesante que le sucederá a cualquiera de su familia
durante toda la temporada.

-Desearía que hicieras una pausa para respirar ocasionalmente, Nestor.


Cuando terminas algunas de tus oraciones, me siento mareada por tu
palabrería- Dvorov se volvió hacia el cuarto en la mesa. -Tenemos una
buena idea de algún lugar del que no vino, entonces. ¿Alguna idea sobre
de dónde lo hizo?
-No- el Arbitrador Senioris Ryo Nakayama di cilmente podría haber sido
mejor calculado para ser el opuesto de Leandro. En cuclillas donde
Leandro era alto, brusco y con voz ronca donde Leandro estaba equilibrado
y meli uo.

-Nestor ene razón, esto es algo que requirió una gran can dad de
recursos. No solo dinero. In uencia, acceso a equipos raros y personal
altamente ilegal- miró a Calpurnia -¿Te acuerdas de entregar el cadáver al
Genetor después de que lo mataste?

Calpurnia asin ó. Sus recuerdos de la tarde estaban un poco


fragmentados, cortesía de la leve conmoción cerebral que las balas habían
logrado darle a través de su casco, pero lo recordaba bien. El espacio entre
los asistentes, nada más que humo y chispas, se convir ó en una mancha
pálida que se convir ó en una silueta marrón-gris, que se convir ó en un
contorno tambaleante y brumoso, que se convir ó en un cuerpo
colapsando. Recordaba vagamente tambaleándose hacia adelante y
colocando dos babosas más en su espalda, y su siguiente recuerdo era
medio tumbada en el suelo con incrustaciones del santuario Mechanicus
mientras Sanja y Chaim gritaban a los servidores.

-El Mechanicus nos ha ayudado con este po de problemas antes-


con nuó Nakayama, -aunque no con frecuencia. Sus Genetor Magi enen
las mejores herramientas y artes para quitar el conocimiento de la
evidencia sin excepción, mejor que nuestra propio laboratorio del
Verispex. Esta vez, el Maestro Sanja tomó los restos y puso a sus adeptos
a trabajar en ellos sin esperar que se lo pidieran, o incluso antes de que
pudiéramos pedirle que nos entregara el cuerpo. Creo que considera que
sucede justo en frente de su santuario como una especie de desacuerdo
personal que quería redimir. He leído su informe: te preguntó, Shira, pero
estuviste en la reunión Kalfus-Medellín. (Adepto de Lay Biologis. Aquellos que han
sido iniciados en los misterios menores del Culto Mechanicus. Los Adeptos de Verispex de los
Adeptus Arbites a menudo son entrenados por los Magos Biologis de Marte, nt)

Calpurnia se permi ó un momento de esperanza antes de que Nakayama


lo apagase.
-Se quedaron en blanco, por supuesto. Estaban furiosos al parecer, o lo
más cerca posible. Sanja estaba segura de que se habían perdido algo al
principio, pero lanzaron sus mejores augures e instrumentos sobre
nuestro amigo y todavía no hay casi nada que puedan decirnos. ¿Era un
mutante? Sí. Un psíquico entrenado. Así fue como le bloqueó la vista.
¿Fue aumentado? Por supuesto. Sus ojos y las partes motoras de su
cerebro eran material de un rador rápido especializado y mejorado de
forma masiva. ¿Es rastreable? De ninguna manera. Su muerte provocó la
respuesta de una toxina implantada en la parte baja de su espalda que
causó daños masivos a través de sus tejidos. Sanja invocó su prerroga va
de secreto bastante rápido cuando queríamos llegar a los detalles, pero
está claro que nunca obtendremos una huella gené ca u lizable. Las
medidas an -rastreo como esa, necesitan mucha habilidad y recursos, y
son ilegales para empezar. En cualquier caso, un asesino cuya naturaleza
psíquica lo some a a una sentencia de muerte automá ca, suman una
gran inversión en un solo agente y un solo ataque.

-Sorpréndeme, Ryo- dijo Dvorov, mirando al techo. -Dime que vamos a


poder rastrear las armas.

-Vamos a intentarlo, pero no parecen corresponder a ninguna impresión


de archivís ca establecida del Mechanicus. Hasta ahora, de todos
modos. El Magos Sanja ene una cámara de medicamentos bastante
so s cada, pero ese santuario no es mucho más que una avanzada
diplomá ca cuando se dice y se hace. Querían enviar las cosas a una de
sus fundiciones más grandes de las colmenas de Constanta, pero no
quería que volvieran a correr prerroga vas y conservarlas. No creo que
recuperemos la biónica tal como está.

-Probablemente no deberíamos presionarlo. Dales un momento fácil


sobre eso, Ryo, solo agradéceles por su ayuda y expresa la esperanza de
que encuentren la biónica de interés. Enmárquelo para que les hagamos
un favor a cambio de la acción rápida de pasar por encima del cuerpo.
Delegación de nivel cuatro- Dvorov tamborileó con los dedos sobre la
mesa.
-Ryo ene razón. Solo pensar en el cuidado que se tomaron para
preparar a este hombre para su misión y evitar que lo rastreemos, me
pone nervioso. Shira, si hubiéramos sido cualquiera de nosotros tres,
podríamos haber ido directamente a los expedientes de los enemigos y
con algunas ideas sobre lo que podría haber llevado a alguien a tantos
problemas. Pero lleva dos semanas en el sistema. Y en Hydraphur solo
lleva un par de días.

-Los que he pasado aquí en el Muro- dijo Calpurnia. -Ayer fue, casi
literalmente, mi primer contacto con el aire de Hydraphur. He repasado
mis movimientos una y otra vez en mi mente y no puedo pensar en nada
que pueda haber provocado algo como esto.

-Entonces con o en tu juicio- le dijo Dvorov -No podemos descartar nada,


pero por el momento la idea de un ataque oportunista contra nuestro
orden en general, debería ser nuestra opinión principal. Tampoco
podemos tratar esto a nivel de una mera colmena o un asunto
planetario. La Misa de San Balronas atrae visitantes de todo el sistema y
puedo pensar que una docena de todo el subsector. Por lo que sabemos,
podría ser un magnate de los minerales de Stahl-Theta que está
vengando un embargo de bienes ordenado por uno de nuestros colegas a
cuatro sistemas de distancia. Solo especulando, Shira, eso es todo- había
visto a Calpurnia tomando unas notas.

-Ya se ha corrido la voz de esto. He recibido una docena de solicitudes de


audiencias de todo po de partes que desean saber qué está pasando, o
armar un caso u otro que tenga que ver con esto. Kalfus-Medell es
probablemente el más importante de ellos hasta ahora, pero
ciertamente no es el único.

-Tendremos que ser crea vos con este, mis colegas- Dvorov terminó la
reunión diciendo. -Creo que todos estamos de acuerdo en que es
prerroga va de Shira ordenar las inves gaciones sobre su propio intento
de asesinato. No necesito decirte que tendrás que trabajar
estrechamente con estos dos, Shira. Tengo la con anza en usted de que
su reputación lo exige, pero esto no será exactamente una inves gación
de ru na.
-Conocimiento local, señor. En endo- eso fue lo que ella le dijo.

Y ella entendió. Estaba comenzando a sospechar que una de las verdades


de una carrera como la suya era que nunca se acostumbraba a vagar de un
mundo a otro. De un lugar a otro en un único planeta era fácil, y dentro de
un pequeño reino también era fácil: sus padres habían tenido deberes
superiores para el gobierno de Ultramar y ella había viajado más que la
mayoría antes de su introducción en los Arbites. La estación de
entrenamiento en Machiun había sido soportable, porque ella había
estado allí con otros setecientos noventa y nueve miembros asustados,
pero su primer puesto de guarnición en Drade-73 había sido mucho peor.
No había podido acostumbrarse al olor, ni al ruido constante de los
témpanos de piedra pómez que venían lavando los canales, ni los modales
locales toscos, o la con nua mugre de ceniza.

MG-Dyel, Hazhim, Don-Croix, Ephaeda. Estaba segura de que había


agotado las bibliotecas de la corte en cada una de ellas cuando la volvieron
a publicar, pero no podía recordar ningún tratado sobre esa llave inglesa
que se produjo al caer en un mundo desconocido donde no podía tomar
sus suposiciones más fundamentales, sobre cosas por sentado. Quizás
algún día ella misma escribiría uno.

Y una cosa que estaría segura de poner en un capítulo entero,


(prome endose a sí misma al alcanzar la siguiente pizarra) fue el choque
cultural. Es un hecho al que recomendaría la atención de mi lector, escribió
en su cabeza, que, aunque la fe y la dedicación de los Adeptus Arbites es
tan rme como la luz del Emperador mientras viajas por todos los mundos
del Imperio, encontrarás que nuestra orden aborda sus deberes de
maneras desconocidas para usted y para esto debe estar preparado.
Recitaré mis propias experiencias al pasar de Ephaeda al mundo de
Hydraphur ...

Hizo una mueca, tocó la nueva pizarra y vio cómo el texto se arremolinaba
sobre ella, notas de sus otras dos reuniones del día. Dos nombres, del po
de dos canónicos que a los sangre azul de Hydraphur les gustaban: Tymon-
Per, Kalfus-Medell. Uno encargado del desastre en la plaza Adeptus, el otro
del maestro de la gran esta religiosa que fue uno de los ejes principales
para el año de Hydraphur.
Tocó la entrada de Tymon-Per e hizo una mueca cuando vio que había
dejado un área en blanco en la parte superior del espacio de notas para
registrar la celda en la que se realizarían los interrogatorios.

-Choque cultural- murmuró de nuevo para sí misma. Los "interrogatorios"


no habían usado una celda en absoluto. Había seguido a Leandro a una
graciosa sala de audiencias donde el joven que esperaba encontrar
encadenado, estaba sentado en una tumbona e inhalando un vapor a base
de hierbas. Su primer impulso había sido arrancarle los malditos dientes,
luego la indignación se había conver do en desconcierto, cuando Leandro
había saludado al niño y se dio cuenta de que esto no iba a ser como
cualquier interrogatorio al que estaba acostumbrada.

Athian Tymon-Per había sido el que estuvo detrás del des le de estas
"Adeptus" y había sido rápidamente obvio para ambos Arbitradores que
no tenía mucho que decirles. Cada una de las notas de Calpurnia era
nega va. No, nadie lo había obligado a anexar las plazas de Adeptus para
su esta. -Fue idea mía, ya ves, el tema de Adeptus no se había hecho en
años, y pensé, bueno, sería original y audaz, pero también fes vo, y
sería, bueno, ya sabes, agradablemente, ya sabes, audaz... ¿no?...- y él se
había marchitado cuando ambos simplemente lo miraron. No, nadie se
había acercado a él durante el momento del des le o en su ruta. No, nadie
le había dicho que habría un Arbitrador de alto rango moviéndose por el
barrio Adeptus. No, no había veri cado las credenciales; los asistentes a la
esta no habían sido inves gados, excepto por el intento poco entusiasta
de alguien de hacer una lista para un concurso de disfraces. No, él no sabía
que era la misma Arbitradora Calpurnia a quien se había dirigido el ataque.
No, no, todo no.

-Sin culpa, sin ayuda y sin idea- había sido su opinión susurrada después
de que se habían re rado a hablar.

-Estoy de acuerdo, pero la hora no ha sido desperdiciada. Toda la


colmena está siempre en ebullición en esta época del año, y
generalmente hay un punto en el que tenemos que ponerle un sello de
autoridad. La no cia de esto terminará al nal del día, y cualquiera que
sea el valor para la inves gación, la explicación de que le demos a un
joven noble un cues onamiento tan agudo mostrará a las personas que
queremos decir lo que decimos cuando hacemos cumplir el toque de
queda de vigilia...- Calpurnia miró más allá de él, hacia donde Athian
estaba recogiendo nerviosamente su nariz y limpiándose el dedo en la
parte inferior del sillón.

-Tal que así, con respeto Arbitrador Leandro, ¡no puedo evitar pensar que
el mensaje que enviará es que estamos tratando el asunto como un
juego de salón! Si estas personas han olvidado que el alcance del
Adeptus del Emperador es absoluto, entonces creo que un resumen de
todos los asistentes a la esta por parte de los escuadrones de
Cas gadores (Chastener en el original, nt) enviaría el mensaje con mucha más
e cacia.

-¿Cómo podría molestar tener tantos alborotadores potenciales


atrapados durante unos días? Sería la lección que algunas de estas
personas parecen necesitar- estaba orgullosa de la forma en que había
mantenido su voz tan baja como la de Leandro.

-El principio de su consejo es perfectamente sólido, Arbitradora


Calpurnia- había respondido suavemente. -En cuanto a su aplicación
exacta, bueno, los asuntos de Hydraphur son quizás más complejos y
raros que los de tus publicaciones anteriores, la posición de los Arbites es
más tensa y delicada. Calibramos nuestras acciones a nuestras
circunstancias.

Al ver su expresión, agregó:

-Y nuestras acciones aquí son bastante su cientes. Ya señalamos


nuestras intenciones cuando los Arbitradores rompieron la úl ma parte
de ese pantano de desorden que este joven pensó que presidía, y ahora
les damos una nueva señal. La élite de Hydraphur está acostumbrada a
ser invitada a una audiencia diplomá ca por un heraldo de Arbites, con
mucha antelación y debido respeto por su rango y con cualquier
pregunta que hayamos formulado en una docena de capas de protocolo.
Este chico traído aquí y cues onado abiertamente, sin ninguno de sus
propios retenedores a mano, tendrá exactamente el impacto psicológico
del rodeo que propusiste, sin el efecto secundario de provocar tanta
hos lidad hacia nosotros entre la nobleza y otros Adeptus que cualquier
las huellas del ataque sobre se vuelven imposiblemente pateadas.

Con eso, Leandro había dado la señal de que se abrieran las puertas. Otros
tres nobles jóvenes se apresuraron a formar un grupo de gorjeos
alrededor de Athian, que se estremeció con angus a teatral y les susurró
hasta que Leandro irrumpió.

-Nuestra inves gación ya no requiere su presencia, mi es mado joven de


Per. Sin embargo, siempre es di cil saber cómo nos pueden llevar los
giros y vueltas de nuestros deberes. Debe considerarse disponible para
nosotros, exactamente de la manera actual, hasta que le aconsejemos lo
contrario. Por ahora, una despedida respetuosa- las palabras le
parecieron insólitamente suaves, pero provocaron una nueva oleada de
conversación siseada que solo se detuvo cuando Calpurnia, incapaz de
contenerse, golpeó el lado de la silla con su mazo.

-Y antes de que te vayas, Tymon-Per, te agradeceré que limpies tus


mocos de debajo de nuestros muebles.

Los cuatro la miraron estupefactos, hasta que Athian nalmente se dio


cuenta de que no estaba bromeando y se inclinó, con el pañuelo en la
mano y la cara blanca de indignación y humillación. Eso, al menos, la había
hecho sen r un poco mejor.

Tiempo y empo, pensó ahora mientras buscaba otro archivo. Se suponía


que iba a ser más lento que esto. El informe inicial de Dvorov para ella
había sido para un período de designaciones limpio y ordenado. Tiempo
para instalarse en su entorno, completar su preparación médica por
cortesía de Sanja, una semana más o menos de empo de familiarización,
hasta que su aparición formal en la Misa marcó su comienzo o cial del
deber, empo para aprender sobre Hydraphur y su nuevo puesto. Ella
resopló y lanzó la nueva pizarra a la pilaa. Aprendió que los sospechosos
aquí, fueron bienvenidos a audiencias formalmente corteses y se les
tomaron de las manos mientras los interrogaban. Le tomaría un empo
acostumbrarse a Hydraphur.

Sus notas de la segunda audiencia del día estaban entrecruzadas con uno
de los expedientes que le habían enviado cuando llegó por primera vez. La
pantalla de apertura estaba ocupada por mareas y honorí cos que no
tendrían sen do para ella hasta que tuviera la oportunidad de buscarlos;
sospechaba que no signi carían mucho incluso en ese momento. El
nombre en la parte superior de la página: Lord Hallyan Kalfus-Medell,
ordenado Maestro de la Vigilia por el Eparch de Hydraphur.

Ella y Dvorov se habían encontrado con el señor en una de las galerías


formales sobre la Puerta de la Jus cia, dos horas después de que Tymon-
Per hubiera sido expulsado. No era un Décimus como Tymon-Per o Lady
Keta, pero podría ser un hombre tan poderoso como un civil, podría estar
en el sistema Hydraphur dominado por la Armada, y eso lo hacía lo
su cientemente poderoso. Eso requería un mensaje diferente y un poco
más de ceremonia: Dvorov estaba ves do con la túnica formal an gua y el
tocado alto de un juez; se sentó en una tarima rodeada por una guardia de
pretores y heraldos menores cuyos bastones llevaban placas de acero
grabadas con las enseñanzas de los Mandamientos de la Jus cia. El
protocolo permi ó que Calpurnia se quedara con su sencillo uniforme de
Arbitrador negro y gris, pero ahora se sen a bastante cohibida mientras se
dirigía al lado del estrado y saludaba. Dvorov le dio un asen miento a
cambio, y luego dos de los asistentes abrieron las puertas de par en par.

Hallyan Kalfus-Medell había llegado de inmediato, un hombre grande en la


madurez de la mediana edad, solo los primeros rastros de grasa en la
cintura y la mandíbula y un per l como el de la proa de uno de los
Cruceros de la Flota de Combate Paci cus orbitando a gran altura sobre
sus cabezas. Se inclinó directamente sobre el estrado, todo ves do de
sedas azules y púrpuras y voz penetrante.

-¡Mis señores, Arbitradores! Los primeros mensajes que recibí me dijeron


que el o cial que había sido blanco de esta atrocidad había sobrevivido.
Magní cas no cias, no cias para sacar ventaja de los terribles informes
de que tal ataque incluso se había hecho. Estaba en camino desde la
colmena de Constanta cuando escuché y vine a una audiencia con go tan
pronto como pude. Lamento que me haya tomado tanto empo poder
conocerle.

Nosotros fuimos los que le otorgamos audiencia quería decir Calpurnia.


Kalfus-Medell se había detenido con un pie en el borde de su tarima, pero
Dvorov parecía decidido a dejarlo pasar.

-El ataque no tuvo éxito, mi más respetado Kalfus de Medellín. La


Arbitradora Senioris Calpurnia resultó levemente herida, pero ya está
recuperada y ha asumido sus deberes ac vos, como puede ver.

Calpurnia asin ó. Notó una expresión de sorpresa en la expresión del


noble: se dio cuenta de que había visto su uniforme de guardia y la tomó
por uno de los guardias de Dvorov. La mirada se convir ó en una de
valoración. Los ojos de Hallyan estaban hundidos y agudos, y cuando la
evaluaron, con rmaron la impresión que Calpurnia ya había sacado de su
archivo. Kalfus-Medell podría ser pomposo, pero no era estúpido.

-Arbitradora Senioris- hizo una reverencia. -Permítame expresar mi alivio.


No estaba asociado con ese... disturbio que coincidió con el ataque, pero
como el Maestro de la Vigilia para toda la Colmena Bosphoriana, me
sen responsable de la lesión que sufrió.

-Le agradezco su preocupación, señor, pero las heridas fueron leves y


fugaces. El presunto asesino está muerto por mi mano y estamos
siguiendo su rastro. Quien esté detrás del ataque será derribado, se lo
aseguro, y los Arbitradores no soportarán más "disturbios".

-Había notado el cambio cuando me dirigía aquí- dijo Hallyan cuando


Dvorov bajó del estrado. Algo sorprendida, Calpurnia siguió un paso atrás
mientras caminaban hacia las puertas -Había un puesto de control Arbites
en cada entrada al Augustaeum y escuadrones en cada calle. ¿Con o en
que esto no haya dañado su habilidad para controlar el resto de la
colmena y alrededor de la Catedral?
-Los detalles de nuestras operaciones deben seguir siendo
necesariamente un asunto de Arbites, mi embajador de con anza de
Medellín- respondió Dvorov cuando los dos hombres se alejaron un poco
de las puertas. Calpurnia giró y dio un paso rápido para ponerse al día. -
Pero no tomaría ninguna medida que amenazara nuestra capacidad de
defender el orden del Emperador y la Santa Misa. El Arbitrador Senioris
Nakayama supervisa personalmente el bloqueo de los controles sobre
Bosphorian y sus habilidades en ese po de operación son excelentes. Se
han emi do delegaciones para una mayor vigilancia en todas las partes
del sistema bajo la jurisdicción de Arbites. Y lejos de verse frenada por
sus heridas, la Arbitradora Calpurnia ha comenzado el servicio ac vo una
semana antes para ordenar la caza de aquellos que organizaron el
ataque. Ella es nueva en nuestro sistema y sus formas, pero su historial y
reputación son de primer orden y tendrá mí apoyo y el del Arbitrador
Leandro. No espero que la caza lleve mucho empo, respetado Kalfus de
Medellín.

Habían disminuido a un cuarto de ritmo. Hallyan le dirigió otra mirada


aguda.

-Las buenas no cias se basan en las buenas no cias, entonces. Está viva,
mi admirada Arbitradora, y no solo eso, sino que estás sana, y no solo
eso, sino que está persiguiendo a su enemigo con una dedicación que
solo puedo recomendar- él y Dvorov se giraron para pasear en otro ángulo
y Calpurnia, desorientada, volvió una vez más para seguir el paso con ellos.

-Es un punto que dudo en mencionar, es mada joven Arbitradora- dijo


Hallyan, -pero mis responsabilidades actuales pesan mucho sobre mis
hombros y requieren su presencia- hizo una pausa para permi r que
Calpurnia respondiera, y cuando ella simplemente lo miró, frunció el ceño
y siguió. -A pesar de la impresión que pueda haber tenido durante su
corto empo aquí, el empo de la celebración de la Misa de San Balronas
y la Sanguinala es un momento de signi cado sagrado. Ahora, tengo
entendido que los Jueces del Adeptus pueden perseguir a su presa de
manera que, ¿cómo puedo decirlo...?
-Creo que en endo a dónde lleva esto, Lord Kalfus-Medell. Sé que soy
nueva en el sistema y que soy ignorante de muchos protocolos locales.
Estoy segura de que he come do una docena de fallas menores
simplemente en el momento en que le he hablado- ella notó un destello
de sa sfacción aplacada en su expresión antes de que él lo captara y lo
borrara. -Pero sé que los pasará por alto, al igual que haré todo lo posible
para localizar a los desordenados asesinos que profanaron el fes val.
Tenemos el mismo obje vo, señor. La celebración de nuestra devoción al
Emperador y la destrucción de cualquier amenaza en sus dominios
ordenados y unidos. ¿Dónde hay espacio para estar en desacuerdo?

Él sonrió ante eso, y Calpurnia se relajó un poco.

-Estoy casi avergonzado de admi r que tenía preocupaciones, mi muy


dis nguida Arbitradora- dijo. -Pero estoy encantado de tener la
oportunidad de disfrutar de su compañía más eminente, incluso por un
empo tan breve como nos permite la presión de nuestros deberes.

-Me ha tranquilizado para que nada nos moleste, en caso de que, si se


man ene el malestar y la inquietud, le garan zo que Sanguinala le dará
la bienvenida a tu nuevo hogar con la ceremonia más gloriosa que hayas
visto.

Estaba girando para salir de la habitación; Dvorov permaneció donde


estaba y dio un minúsculo gesto de su cabeza para que Calpurnia lo
siguiera. La e queta le era familiar, un invitado importante que era
escoltado para rechazar cualquier sen miento de despido, y ella caminó
junto a Lord Hallyan, pasando por la doble la de guardias uniformados,
vio lo que los esperaba en el pasillo y se detuvo en seco, la mano
lanzándose hacia su arma. Ella solo detuvo el movimiento cuando Hallyan
caminó tranquilamente hacia la monstruosidad que se elevaba entre los
ejes de la espesa luz amarilla del día desde las altas ventanas.

El servidor del guardaespaldas tenía una cabeza más alta que Hallyan;
Calpurnia, casco y todo, apenas habría llegado a la cresta de la familia en
relieve en su placa pectoral. Entre las placas y los cables augmé cos, su
carne tenía un molde de músculos enfermizos y en forma de losa que
crecían en un tanque y mantenidos por comandos de genes y hormonas
en lugar de ejercicio y uso. La piel cul vada de clones y la armadura de
ligrana brillaban con aceite perfumado ornamental, pero cuando
Calpurnia se acercó a regañadientes, se dio cuenta de que debajo de aquel
aroma picante, tenía el mismo olor que casi todos los servidores: el olor de
un pasillo de hospital recién limpiado, an sép co pero de alguna manera
todavía débilmente repugnante. La ranura de visión en su visera dorada
extravagantemente trabajada, estaba sombreada y no había forma de
saber dónde estaba mirando.

Hallyan la observó mirándolo, otra vez, con esa expresión ligeramente


engreída. No pasaron más palabras entre ellos: pronunció una frase corta y
tartamudeante y el servidor se giró y se arrastró tras él. Sus pies estaban
acolchados con suaves tacos sinté cos, y el único sonido al caer detrás de
su maestro, quitándolo de su vista, era un sonido suave y susurrante, como
la tupida túnica contra el suelo.

Calpurnia apenas se dio cuenta del efecto que la vista de la cosa había
tenido en ella, hasta que se dio cuenta minutos después, ya que le dolía la
mandíbula por apretarla.
Parece principalmente golpeador, no rador, leía sus notas ahora.
¿Múl ples adaptaciones de combate, garra augmé ca de alta resistencia,
haces de dendritas con cuchillas en el caparazón? Alguna habilidad de
disparo, probablemente enmascarada o desac vada para permi r su
acceso a nosotros. Ac vador solo de voz: extraño - debilidad - seguimiento.
-Seguimiento- dijo en voz alta, dejó caer la pizarra sobre la alfombra y se
levantó con un gemido. El áspero nudo de tejido cicatricial que retorcía la
piel de su cadera derecha era rígido y palpitante, como siempre se sen a
cuando estaba cansada, tenía frío o se había quedado quieta durante
demasiado empo. Masajeó su pierna para a ojarla mientras caminaba
hacia la placa de enfriamiento junto a la puerta y ver a agua de la jarra
que estaba sobre ella.

Mientras estaba allí, podía sen r el leve cosquilleo en la nuca de los


escudos de energía al otro lado de la ventana. Hacer que todos los
bosporianos vieran a una Arbitradora Senioris que se escondía sería
desastroso, por lo que las persianas blindadas habían quedado fuera de
discusión, a pesar de las súplicas del armero Thekir. En verdad, todavía
estaba un poco abrumada por tener una cor na de energía puesta en sus
habitaciones: antes de Hydraphur había visto un escudo vacío
exactamente una vez, durante un golpe en Don-Croix, cuando los
escuadrones de ejecutores de élite habían salido con la selección de su
arsenal para sellar las calles al Capitolio. Pero ella todavía no se sen ría
completamente cómoda dando la espalda a la ventana hasta que el
incitador de los ataques hubiera sido atrapado.

El iniciador… Odiaba eso. El incitador, el organizador, el autor intelectual.


Torpe para decir y frustrante de pensar, pero Dvorov tenía razón. No
estaban cerca de poder ponerle un nombre al cadáver que yacía en el
santuario de Sanja. Todavía no había podido seleccionar nada de lo que
había hecho que pudiera provocar tal asalto y Leandro, su experto en
polí ca y diplomacia, no pudo trazar ningún juego de poder actual que
pudiera bene ciarse de su muerte. No es que el estado actual de la
sociedad de la colmena fuera fácil de leer, siendo la época del año que era.
En la pila de documentos impresos a su lado había gavillas de resúmenes
de informes de las casas del recinto a lo largo de la colmena, la gran
expansión de la ciudad que se extendía desde ella hasta la costa y los
informes más completos del Augustaeum: Una ciudad cerrada y lujosa
dentro de... Una ciudad en la cima de la Colmena Bosporiana. La imagen
que sumaron la habían mareado y se desesperó por llevar a cabo cualquier
po de inves gación ordenada. Levantó un puñado al azar, mirando
ocasionalmente los mapas que había colocado sobre el brazo del sofá.

El comandante del recinto en el Ramal Vastener,( dentro del barrio de los


Nobles) informó de una disputa entre dos cuarteles de familias de las
colmenas, en la costa lejana, sobre la preferencia de alojamiento en la
torre que habían alquilado para su estadía. La disputa había sido
principalmente en forma de intrincados desaires que ninguno de los
Arbitradores del lugar pretendía entender. Pero la tarde anterior dos de
sangre joven, se habían convencido de que cada uno había sido ofendido
por el otro e insis eron en celebrar un duelo formal, llegando al exterior.
La casa del recinto con par darios de cada familia a remolque y clamando
por un juez para que sancionase legalmente. Cuando los Arbitradores se
negaron, ambas familias se insultaron y ahora tenían la idea de que podían
apelar para revocar la autoridad del comandante del precinto.

La familia Rhyos-Kauteer había comenzado la temporada social con una


ceremonia de compromiso de uno de sus hijos con una hija popular de una
dinas a naval de Alta Cuna. El joven había llevado a su nueva prome da a
un recorrido por su fundición de fycelina en la base de la colmena, y
cuando alguien impresionable vio su uniforme de la orden, empezó a decir
que una redada de pandillas estaba a punto de ocurrir. La estampida
resultante en el sector desencadenó disturbios a lo largo de las dos
carreteras arteriales principales, y los escuadrones de represión de
Arbitradores que llegaron para restablecer el orden, solo reforzaron el
rumor. Los comandantes locales se consideraban afortunados de haber
tenido el área bajo control durante el día y la búsqueda del úl mo de los
alborotadores y saqueadores en el laberinto de las vías subterráneas de
carga y canales se estaba gestando.

Incluso hubo una perturbación que involucró a la propia Catedral del


Emperador Ascendente. Una nieta del comerciante rebelde Rannyer Kvan,
aparentemente tuvo un despertar religioso y tomó votos como novicia en
la Orden de la Rosa Sagrada. Lo primero que Kvan escuchó, fue cuando
regresó al sistema para la Misa después de una ausencia de cuatro años,
presentándose en la Catedral insis endo en que la niña estaba retenida
contra su voluntad y exigiendo que las Hermanas le dieran a su hija de
vuelta.

Ahora Kvan seguía tratando de estacionar un aerodeslizador sobre la


Catedral, desa ando las leyes del espacio aéreo y la Canonesa Theoc sta
insis ó en que, por principios, no dejarían que Kvan interrumpiera los
deberes religiosos de la niña ni siquiera con una visita.

Esos eran solo tres que se creían que valía la pena llevar a una Arbitradora
Senioris. Habría tramas y disputas más mundanas, violencia mezquina o
sedición, que los jueces de cada juzgado for cado manejarían por sí
mismos, y los casos que ni siquiera llegarían a los juzgados, los más bajos
de los crímenes: des guración de la propiedad imperial, simulación,
embriaguez, pelea pública, asesinatos o lesiones entre las gigantescas pilas
de habitaciones, donde las patrullas de Arbitradores rara vez se
aventuraban y usaban los cas gos callejeros sumarios más simples cuando
lo hacían. Los conspiradores aquí simplemente no destacarían como lo
harían en la próspera y piadosa Ephaeda.

Estaba empezando a comprender lo di cil que iba a ser. En su tratado,


Galimet se concentró en los procedimientos eclesiás cos y chi ados de su
historia: cómo la gente de Hydraphur había vivido años avergonzados por
la rendición del sistema a un Cardenal Apóstata, como Chye Balronas.
Cuando volvió a su sistema de origen como Pon fex Mundi (Predicador
responsable de la religión de todo un planeta, nt) después de veinte años en Terra,
había ins tuido una vigilia anual de ayuno y penitencia para unir todo el
sistema en la expiación y limpieza espiritual. Y en cómo la Vigilia culminaba
en una misa en la víspera de las grandes fes vidades de la Sanguinala,
cuando los ciudadanos abandonaban su largo ayuno y terminaban su
penitencia en una alegre celebración del Señor Ángel.

Galimet había registrado en su tratado que era costumbre de los más ricos
y poderosos de Hydraphur, reunirse para la misa en la gran catedral de la
colmena de la capital, recordando haber pensado que esto era solo como
debía ser y seguir adelante. Como Arbitrador, decidió que debería de
haber sabido lo su ciente como para deducir lo que eso realmente
signi caría. El mes anterior a la misa, el lugar estaba lleno de dignatarios:
cada rama de los Adeptus, comerciantes deshonestos y mercaderes
poderosos, o ciales de las poderosas dinas as navales con sus
propiedades espaciales y otas de feudos.

Y tan naturalmente, la reunión religiosa había encontrado otros


propósitos. Ya había tenido un ejemplo instruc vo de cómo el mes previo
a la misa se había conver do en un frenesí: un frenesí cortés, educado e
impecablemente coreogra ado, un frenesí envuelto en tantas capas de
protocolo que era impenetrable incluso para la mitad de los na vos, pero,
sin embargo, el frenesí; Ya que la élite del sistema compactaron las intrigas
de un año de alto octanaje, en tres o cuatro semanas. Las familias que
controlaban una riqueza equivalente a la producción de todo un planeta,
regateaban y cambiaban favores por el más mínimo cambio de posición en
uno de los banquetes de Kathisma.

El giro correcto de la conversación en un paseo matu no podría signi car


una alianza que podría hacer o destruir vidas. En el otro extremo de la
balanza, había una especie de borracho medio espontáneo que se había
encontrado atrapado el día anterior.

¿Alguien que quisiera aprovecharse de toda la confusión para asesinar a


un Arbitrador? Calpurnia tragó agua y volvió a suspirar. ¿Quién sabía
cuántos extraños había por ahí, o qué estaban pensando u ocultando?
Sangre de Guilliman, ¿cómo la reduciría a incluso mil?

Volvió a acercarse a la ventana, ignorando el zumbido que el campo de


poder producía en la base de su cráneo mientras miraba.

Sus aposentos estaban enfrente a la Catedral y se asomaban sobre la


pendiente de la colmena, que caía hacia la gran llanura de la ciudad. Ella
no era nueva en las grandes colmenas ar ciales que brotaban en los
mundos imperiales, cuando sus ciudades crecían demasiado y se
concentraban para que una simple conurbación pudiera contenerlas. No
había colmenas en Ultramar, pero dos de ellas, habían crecido alrededor
de los silos de lanzadores de carga orbitales en Hazhim, y de la posición de
Don-Croix, a horcajadas sobre tres corrientes de Disformidad muy
transitadas. Le habían proporcionado una población que había construido
unas respetables doce colmenas, que sobresalían de su super cie del corte
de un barranco, como tumores.

Bosporian era un pequeño asunto modesto, en comparación con la escala


de las colmenas en Necromunda o Vanaheim. De hecho, técnicamente era
apenas una colmena, más que nada era un lugar donde la expansión había
pavimentado sobre toda la llanura aluvial([terreno]) Que se ha formado a
par r de materiales arrastrados y depositados por corrientes de agua. nt)
debajo, había alcanzado un espolón de la cordillera que lo bordeaba y se
arrastraba por sus laderas. Bosporian estaba en la roca madre, nada
ar cial, hueca y llena de gente como lo era una verdadera colmena. Pero
la vista aún era lo su cientemente impresionante: una gran jungla de
torres y edi cios se curvaba por la ladera de la montaña y se adentraba en
la ciudad más oscura y más humilde de abajo.

Directamente debajo de la ventana de Calpurnia se encontraba el Muro,


alto y ancho y con su ciente espacio en sus torres y bas ones para
albergar una ciudad y contener a un ejército por sí solo. Se unía a la pared
del Augustaeum, en la imponente Puerta de la Jus cia, se hinchaba en las
imponentes for caciones que albergaban las casas y cámaras de los
comandantes y los juzgados supremos, luego corría hacia una cresta de
piedra rocosa y adaman um de treinta pisos de alto, brotando torres que
eran recintos- fortaleza enteras en sí mismas, corriendo hasta el pie de la
colmena, hasta una úl ma fortaleza monolí ca y la entrada.

El Muro tenía cámaras de prueba, salas de interrogatorios, celdas de


ejecución y penitencia, armerías, cuarteles, salas de entrenamiento,
capillas, torres transmisoras, generadores, hangares llenos de tanques
an disturbios Rhino po APC y Repressor, bibliotecas de libros en papel y
arcas de datos tan vastas que buscar un solo registro an guo podría ser el
trabajo de toda una vida. Alrededor de cada puerta brillaban las luces del
campamento donde los suplicantes esperaban semanas, meses o años, sin
importar el empo que tomaran la revisión de los Adeptus Arbites para
emi r un juicio o transmi r la no cia del des no de un ser querido en sus
paredes. Romper las guerras de colas era una caracterís ca habitual de los
deberes de la puerta en cualquier recinto de este tamaño. Calpurnia
incluso había conocido a Arbitradores que habían nacido y vivido los
primeros años de sus vidas fuera de las puertas de los juzgados en los que
crecieron para servir. En la mayoría de las guarniciones se consideraba
buena suerte tener un escuadrón.

Solo aprender a moverse por la Puerta de la Jus cia y las torres superiores
le tomaría a Calpurnia un mes o más. Pero sabía que lo haría, pensó,
aliviando algo de su tristeza. Ella había pasado por esto antes.
Independientemente de cómo se sin era ahora en Hydraphur, los
topónimos pronto tendrían sen do. La gente dejaría de ser caras por las
que pasaba y nombres a los que debía recordar. Comenzaría a saber quién
era me culoso y quién era despreocupado, quién podía tomar una
perspec va amplia y quién se perdería en detalles. Ella sabría quién
reincidía en defender la sagrada Lex Imperia y en el otro extremo, quién
ocultaba su propio juicio de ciente detrás de la dependencia paralizante
de la letra de las Escrituras.

Ella conocería a aquellos que eran devotos y realmente entendían las


doctrinas que prac caban, y aquellos para quienes "por el Emperador", no
era más que una frase vacía para gritar antes de lanzar un mazo de poder
sobre el cráneo de un inocente al azar. Ella había trabajado con todos esos
pos y más y le había ido bien. La corona del preboste y tres sellos de
alabanza colgaban en la pared detrás de ella para demostrarlo. A ella
también le iría bien aquí.

Se dio la vuelta y se apoyó contra la pared de su cámara, se frotó las


cicatrices en la frente mientras miraba a su alrededor. El Señor Domés co
y sus mayordomos habían pensado que la sencillez de sus habitaciones era
inapropiada para alguien de su puesto, pero ella había querido que al
menos, algo sobre su entorno, fuera familiar y eligió habitaciones
pequeñas y libres en lugar de la torre for cada ricamente decorada en la
que había vivido su predecesor. Tres habitaciones, su cama, sus libros, un
pequeño santuario para el Emperador y un ícono para Guilliman, un busto
del juez Traggat en un nicho sobre el escritorio, un arcón y una pequeña
armería personal. Las paredes eran de piedra oscura sin adornos, y ella
disfrutaba de su frescura y solidez a través de su túnica mientras se
apoyaba en ella; le recordaba a su habitación en el cuartel de la corte de
Ephaeda.

También había escandalizado a las personas allí, al mantener esa pequeña


habitación incluso después de que le hubieran dado la orden de
guarnición. A menudo había celebrado reuniones de mando allí, sentada
en la cama o con las piernas cruzadas en el piso de piedra, tratando de
llevar a casa una lección con el ejemplo: su deber era la ley del Emperador
y la paz del Emperador, no el culto de su propia importancia por sí misma.
Aunque, notaba ahora con una sonrisa triste, que allí no había tenido la
costumbre de dejar montones de pizarras e impresiones esparcidas por la
mitad del piso. Por un momento pensó en dejar eso también para los
mayordomos, y luego se dio una patada mental por su pereza. Tomó otra
media hora reunirlos y archivarlos en orden en los estantes de su
escritorio, y para ese momento le dolían los ojos de cansancio y la vieja
herida en su cadera la a de nuevo. Su breve oración en el santuario era
para descansar y calmarse: ya tenía la idea de que mañana iba a ser
agotador.
Sexto día de Septista
Doce días para la misa de san Balronas.
El Fes val de las Siete Marcas. El día del Cierre.
Diezmo (Administratum).
Con siete días hasta el comienzo de la Vigilia de San Balronas, todos
aquellos que tengan deberes, deudas, obligaciones o cualquier otro
asunto imperial o personal, deberían tratar de cumplirlos. Siempre debe
tenerse en cuenta la desgracia, tanto ante la Iglesia, como entre sus
pares, de tener asuntos pendientes al comienzo de la Vigilia.
La tradición nos dice que éste, es el día en que los amos anuncian a sus
sirvientes y trabajadores tanto el hecho, como los detalles de las
vacaciones que se les otorgarán durante el período de la Vigilia, tanto
la generosidad del amo como la gratitud del sirviente son apropiadas en
este día. Los amos deben guiar a sus trabajadores, y los jefes de familia
a sus familias en modestas celebraciones; El intercambio de pequeños
obsequios y fichas es apropiado. Un bono tradicional es un rollo de
pergamino en blanco o una lista de datos vacía para simbolizar la
compensación de deudas.
En este día, las salas del Administratum estarán selladas ya que esa
orden lleva a cabo ciertas devociones propias. Cualquier asunto
relacionado con el diezmo o la administración debe completarse antes
de que los pasillos se cierren al amanecer.
Las celebraciones aún deben llevarse a cabo con un aire de templanza
y deferencia, y la jornada laboral debe terminar con un servicio o una
reunión de oración, con atuendos y circunstancias tradicionales para
los deberes y la posición de uno. La noche debe ser un momento para
hacer un balance y asegurarse de que los artículos devocionales y las
ropas correctas estén listos para el período venidero, y que la persona y
el hogar estén limpios y ordenados.
Octavo día de septista
Diez días para la misa de san Balronas.
La Segunda Congregación de Intercesores.
La vigilia de los iconos ilumina.
Primera audiencia de la Asamblea Encarmine (Armada).
LOS ESPEJOS DE ESTE DÍA el anterior, ya que es tradicional
después de que se completen las oraciones y peticiones al
Ministorum, para dedicar este día a pedir favores a sus
compañeras y compañeros. En este día, se espera que los maestros,
amigos y oficiales del servicio del Monócrata y del bendito Adeptus
vean amablemente las súplicas de favor o intercesión a cambio de
oraciones y gratitud. Aquellos que buscan ese favor generalmente
lo señalarán tocando una pequeña bocina de latón en la puerta o
puerta de quien desean, pero también es aceptable organizar la
audiencia con anticipación. Sin embargo, ninguna parte de los
procedimientos de los Intercesores Menores debe permitirse
interferir con ninguna penitencia o devoción instruida por los
oficiales del Adeptus Ministorum el día anterior. Esos deberes
particulares de culto los llevarán a cabo en los templos y púlpitos
eclesiarcales y es apropiado que los transeúntes se detengan y
recen en voz alta por ellos.
Durante este día, los retratos, íconos y estatuas para la Procesión
de otros santos se llevan del Barrio de los Artesanos y se organizan
para ver a lo largo de la carretera debajo de la cara suroeste de la
Catedral. Al considerar si viajar para verlos, debe recordarse que
los Santos posteriores son aquellos que pasaron sus vidas no solo
fuera de Hydraphur sino más allá del Segmentum Pacificus, y que
esta es una oportunidad para rendir respeto y devoción a los
sagrados sirvientes del Emperador que puede no presentarse en
otros momentos. En el camino, cualquiera que tenga un cierto
personaje como su patrón es libre de cuidar esa imagen,
manteniendo linternas y velas encendidas durante la noche,
rezando y leyendo en voz alta las escrituras relevantes. También es
habitual y apropiado repartir tarjetas de oración y tratados; la
práctica de repartir golosinas, dulces y adornos y no ser alentados.
En este día, los dignatarios de todos los escuadrones de la Armada
actualmente en el muelle del sistema se reúnen en la estación
espacial conocida como la Puerta de Boucoleon para llevar a cabo
un arreglo ceremonial de deudas, tradicionalmente con la
concesión e intercambio de honores y la lucha de duelos
ceremoniales. Los tratos con los oficiales navales en Hydraphur en
este día deben llevarse a cabo con tacto y conciencia de cualquier
circunstancia especial que puedan crear estas ceremonias.
Aquellos seleccionados para realizar devociones en el Camino
Santo al día siguiente deben ayunar a partir de la hora quince, y
realizar la Segunda Oración de Maklopin antes de salir de su
hogar para viajar al Sepulcro.
CAPÍTULO TRES
S
- ólo lo quiero para que me acompañe por el camino otra vez- dijo
Calpurnia.

El Augustaeum, enclavado entre sus paredes en la cima de la Colmena


Bosporiana, no era plano: sus lados se inclinaban hacia la Meseta alta, la
avenida que corría a lo largo del pico de la colmena. La formación de
Arbitradores se abría camino a través de las empinadas y enredadas calles
del Barrio de los Artesanos, donde ya estaban lo su cientemente alto
como para poder mirar por encima del muro de Augustaeum, y hacia
abajo, a los pisos superiores de las torres en las laderas más bajas de la
colmena.

Sobre ellos, a la izquierda, la Catedral del Emperador Ascendente


atravesaba el cielo cobrizo de Hydraphur. Su aguja estaba a veinte minutos
a pie y Calpurnia ya tenía que levantar la cabeza para mirarla; se estaban
acercando lo su ciente para que ella pudiera ver las grandes estatuas de
los santos imperiales que formaban las columnas de sus niveles
superiores. Cada estatua tenía cincuenta metros de altura y estaba tallada
en mármol blanco puro, que brillaba como el oro en la espesa luz solar de
color amarillo mantequilla de Hydraphur.

Calpurnia y Leandro se movieron a través de las estrechas callejuelas entre


los bloques de talleres de techo plano, agrupados entre el elegante barrio
Adeptus detrás de ellos y los barracones de peregrinos, delante. Hombres
y mujeres se apresuraban a su alrededor con un sobrio atuendo gris y
marrón, muchos de ellos con el ribete de aguamarina de los artesanos
patrocinados por el gremio, casi todos luciendo augmé cas de latón pulido
para su o cio, que habían optado por llevar sobre los ojos o sobre las
manos.
Calpurnia había estado buscando cualquier rastro de las piezas religiosas
que se suponía que se colocarían a lo largo de todo el barrio, pero los
peregrinos aparentemente, habían robado los úl mos de ellos, dejando
sólo ocasionales estantes o caballetes vacíos en la calle o frente a la
fachada de un taller. El estallido metálico de un cuerno ceremonial la hizo
saltar.

-Una costumbre entre la aristocracia- le dijo Leandro, paseando con su


yelmo judicial bajo un brazo y el bastón en su otra mano balanceándose y
golpeando contra los adoquines.

-La evolución de muchos códigos sociales y de e queta de las élites ha


sido documentada por Dervick y Ponn, tres volúmenes entre ellos que, a
pesar de que su úl ma revisión fue hace más de quince años, no han
tenido una fecha signi ca va. Parece que la costumbre evoluciona a
par r de un período en que...- captó la mirada de Calpurnia.

-Ah, bien entonces. Resumiendo. Los negocios menos importantes en


Hydraphur a menudo se realizan paseando por el pasillo, los jardines o
cualquier otro lugar, y los cambios su les en la dirección y el ritmo
envían ciertos mensajes. Moverse hacia una salida muestra que el asunto
no es importante, la persona que llama es inferior. Moverse hacia los
asientos muestra que el asunto es di cil e intrincado, o posiblemente un
avance de la amistad, depende del contexto y ciertas otras acciones.

-Hacer una pausa antes o avanzar hacia una obra de arte signi ca que la
parte que habla, asume una relación de trabajo con able (no
necesariamente amistad obviamente) aunque de nuevo eso, puede
extraer todo po de ma ces del po de adornos, lo que se dice y toques
de entonación y lenguaje corporal, todos los cuales forman otra capa por
la cual las señales del movimiento pueden ser reinterpretadas.

-O sea, soy menos que un negocio crucial ¿verdad?- las palabras habían
salido más agudas de lo que Calpurnia había querido.

-Ni por un momento, Arbitradora, ya lo sabe. Pero piense como un noble


de Hydraphur: Te apresuras a hablar con los Arbitradores que acaban de
ser blanco de asesinos, en un momento sensible, de gran importancia
para tu futuro. ¿Cómo calmarán los temores que abarrotan su ardiente
imaginación si, a pesar de todas sus palabras aireadas a las que se está
atendiendo el asunto, lo sientan en una mesa de conferencias como si
estuvieran discu endo un asunto de gran importancia? Además, trata de
convencerte de que eres buena, mi señora Arbitradora, de que una
alarma de acción en el Muro no ene ninguna consecuencia real, incluso
mientras miras a los escuadrones de Arbitradores con equipo de
combate completo, armando y cantando un salmo de batalla. El
Arbitrador mayor simplemente ha subrayado sus certezas.

-Supongo que la e queta local es algo que me va a tomar un empo para


entender- dijo Calpurnia. La sonrisa de respuesta de Leandro tenía un
toque de pena.

-Mi buen Arbitradora Senioris, un rato, es exactamente lo que le llevará.


Pasé casi toda mi vida de servicio en Hydraphur, y habrá notado que el
señor mariscal ende a ponerme en primer plano cuando una situación
requiere diplomacia en lugar de fuerza. Y, sin embargo, sé que se me
considera cómicamente defectuoso y descalzo en cues ones de e queta
y modales. Le aseguró que tengo que usar la fuerza de mi rango para
compensar mi torpeza social en más circunstancias de las que cree.

-Mis únicos deseos, Arbitrador Leandro, son que la fuerza de nuestro


rango otorgado por el Emperador es todo lo que deberíamos necesitar y
toda la razón para respetarnos que estas personas deberían requerir. No
soy un matón que considera los huesos rotos como su primer recurso. Sin
embargo, me preguntó por el esfuerzo que parecemos dedicar a cortejar
el favor de las personas cuya deferencia debería ser una cues ón de
derecho. Pero…- levantó una mano cuando Leandro comenzó a hablar, -ya
hemos tenido esa conversación. Dejémoslo.

Había sido idea de Calpurnia viajar a pie, por la misma razón por la que se
había negado a cerrar la ventana de sus habitaciones: para mostrar que
este nuevo Arbitrador no estaría acorralado en un búnker. Pero ahora se
encontraba tratando de examinar desde todos los ángulos a la mul tud a
la vez, buscando un movimiento que pareciese fuera de lugar o el destello
de armas, tratando de mantener una dignidad acorde todo el empo. Le
había permi do a Leandro convencerla para que trajera una pequeña
escolta, un grupo de cinco Arbitradores a cada lado y un supervisor que
marchaba ante ellos separando la mul tud, pero todavía estaba tensa.

Las calles se encontraban en las intersecciones que eran casi salientes


cortados y luego construidos desde la cara de la pendiente: esta era una
de las caras más empinadas de la colmena, y el trá co a su alrededor
estaba formado por peatones o pequeñas camionetas con orugas que
resonaban a lo largo de rieles en el medio de cada camino. Se detuvieron
en una intersección y evaluaron: un puesto de control de Arbites ocupaba
la isla central de piedra rocosa, donde un Stubber pesado, (arma automá ca de
cañón pesado u lizadas para fuego sostenido, parecida a la Browning 5.0 americana, nt)
alimentado con cinturón olfateaba el aire y los manipuladores de cyber-
mas nes lo anqueaban, listos para moverse bajo el soporte del Stubber.
Grupos de Arbitradores estaban parados en cada camino inspeccionando
el trá co y deteniendo a viajeros al azar por papeles y preguntas.

La escena se repe a en cada cruce por el que habían pasado desde que
salieron de la Puerta de la Jus cia, y en cada vía pública y espacio público a
través de la colmena, y Calpurnia estaba sa sfecha con lo que había visto
hasta ahora. El arresto del Arbitrador Nakayama fue rápido y experto. Los
escuadrones de guardia saludaron a los dos Senioris y volvieron
midamente a su trabajo cuando Calpurnia y Leandro con nuaron.

-Este podría ser un tema de conversación más fácil- dijo Calpurnia


eventualmente. -¿Por qué es tan importante para la familia de Lord
Hallyan que no haya disturbios durante esta misa? No ngiré que he
tenido empo de leer todos y cada uno de mis expedientes a fondo, pero
no pude encontrar nada en la historia del hombre que explicará por qué
apareció de repente en asociación con los disturbios de este año. No es
que una preocupación por el orden adecuado, no sea adecuada en un
tema del Emperador- agregó concienzudamente.

-Ah, debes construir el puente desde ambos lados del río, como dicen en
Constanta- dijo Leandro con una sonrisa. -La clave para eso está en la
organización de la misa, más que en una caracterís ca del hombre.
Necesitará ampliar un poco sus estudios, creo. ¿Se le proporcionó una
pizarra informa va sobre la misa misma? Estoy seguro de que lo hemos
discu do en general.

-Supongamos, Arbitrador Leandro, que tal vez todavía tenga algunas


lagunas en mi lectura debido a los recientes atentados contra mi vida-
dijo Calpurnia, molesta. -¿Estaría buscando en mi archivo sobre la misa si
tuviera empo para estudiarlo esa noche?

-La misa, entonces- respondió Leandro alegremente, no alborotado en lo


más mínimo. -Fue ins tuida por Saint Chye Balronas doce años después
de que Hydraphur fuera recuperado de la Plaga de la incredulidad. Es...
ah, ¿conoces esta parte? Excelente. Bueno, como parte de su papel en la
reunión del sistema en la fe del Emperador, el Santo Pon fex decretó que
no pertenecería a ninguna parte de la sociedad Hydraphur. Era
importante que la gente no lo descartará como simplemente otra pieza
de boato en un lugar que pocos de ellos visitarían.

Así que decretó que la Vigilia no sería propiedad exclusiva de la


Eclesiarquía, y que ni una sola parte de la sociedad Hydraphur carecería
de par cipación en ella. Mientras que el Adeptus Ministorum siempre
o ciará la misa y todos los ritos formales, la Vigilia misma y muchas de
las fes vidades de Sanguinala serán plani cadas y supervisadas por el
Maestro designado de la Vigilia, que está completamente fuera de la
Eclesiarquía. Los órdenes de preferencia por los que se con ere la o cina
de un año a otro, es una cues ón de lo que entendería llamar algo de
complejidad, aunque tenemos una pequeña o cina dedicada a
rastrearla, monitorearla e informarme a mí mismo; Es inusual, pero no
desconocido, que se u lizan técnicas delic vas para intentar empujar la
elección del venerado Ministorum en una u otra dirección.

Hubo un repen no estallido de gritos en la parte superior de la calle por la


que estaban caminando, y Calpurnia se puso rígida y puso una mano sobre
su pistola. Un par de gruesas barbas grises con fajas brillantes teñidas de
aguamarina estaban discu endo con los Arbitradores, aparentemente
bloqueando la calle mientras ella y Leandro subían. Los Arbitradores a su
alrededor cambiaron a una formación de cuña, lo mejor para mantener a
los dos comandantes protegidos, pero luego un hombre en la parte
superior de la calle llevó sus argumentos un paso demasiado lejos y los
Arbitradores se enfrentaron a él. Dos de ellos le doblaron sus rodillas con
golpes hábiles de sus mazas y lo arrojaron al suelo, y otros dos patearon la
plataforma y comenzaron a abrir los paquetes. Calpurnia y Leandro se
detuvieron dónde estaban y Leandro con nuó hablando.

-El Maestro designado de la Vigilia ene cierta libertad en las


fes vidades, la posibilidad de colocar su propio sello en ellos de ciertas
maneras. En consecuencia, no hay dos años de fes vidades iguales, ya
que es un punto de desgracia presentar una mala o una muy parecida a
la de otro año. También es el punto culminante del año de Hydraphur
después de la Candelaria, por lo que puedes entender por qué la
competencia por el honor es bastante acalorada.

-Estoy empezando a entender por qué Lord Medell está ansioso de que
nada salga mal- dijo Calpurnia. -Entonces, los Medellines están
presidiendo la Vigilia este año...

-Kalfus-Medell. Kalfus es la familia, Medell es la a liación del sindicato al


que pertenece.

-Kalfus-Medell, vale... El dossier de Hallyan decía que estaba en una


posición algo incómoda en la familia: hijo fallecido, atrapado entre
generaciones, sin una base natural de pares. Ser nombrado Maestro de la
Vigilia debe ser un gran golpe para él.

-Y para su familia, no es que lo necesiten. Kalfus-Medell es una de las


combinaciones familiares más poderosas del sistema.

Comenzaron a caminar de nuevo. Calpurnia se sin ó vagamente incómoda


cuando sus escoltas se adelantaron: no había tenido empo de hablar con
ninguno de ellos, y estaba acostumbrada a saber los nombres de sus
escuadrones. Arriba, en la plaza, los dos hombres ya habían sido
encerrados con gruesas capas estrechas que cubrían sus cabezas y
sujetaban sus brazos a sus cinturas, y estaban siendo arrastrados. Otros
cuatro arrestados, dos hombres y dos mujeres, habían sido esposados y
escoltados, silenciosos y temblorosos, caminaban a punta de escopeta:
llevaban túnicas y gorras de un corte similar, pero sin fajas, y Calpurnia se
dio cuenta de que debían haber sido sirvientes o criados de la pareja que
había proferido los gritos.

Miró al equipaje esparcido por los adoquines. Los paquetes habían sido
pateados para abrirlos, y un joven Arbitrador los estaba marcando con
pintura verde para mostrar que habían encontrado unas Hojas Venenosas
(Las Hojas Venenosas son armas envenenadas con forma de aguja u lizadas habitualmente por
Asesinos Caudilus, nt). La mayoría de los sacos de plás co contenían bultos
brillantes de color marrón grisáceo que le recordaban a Calpurnia el
derre miento de los huevos de caramelo. Uno o dos contenían virutas de
metal brillante o lo que parecían sales minerales. Se giró hacia el
Arbitrador que se había movido detrás de ella.

-Resuma el problema, por favor.

-Esos dos hombres son de un colec vo de fabricantes acuartelados


contra la pared del Augustaeum. No estoy seguro de su línea de trabajo
exacta, pero creo que se apresuraron a…

-Resuma el problema, por favor- repi ó Calpurnia. El hombre tragó. Se


preguntó si ya se había dirigido a un Arbitrador Maioris antes, y mucho
menos a dos de ellos, hombro con hombro.

-Sí, señora. Estos hombres protestaron por nuestro cierre de la calle y


exigieron el paso. No se alejarían o moverían sus posesiones cuando se
les ordenará. Er, su equipaje... Señora.

-Nos viste venir por la calle. ¿Te das cuenta de que cualquier can dad de
objetos para homicidio, podrían cargarse en una de estas camillas y
lanzarlo hacia nosotros?

-Sí, señora.

-Sin embargo, permi ste que fuera llevado a la cima de la calle bajo la
posesión de sus dueños, donde tendríamos que pasar por allí, en lugar
de detenerlo u ordenar que se desviara a otro lado- hubo una pausa.
-Sí, señora.

-¿Usted es?

-O cial de escuadra de Arbitradores Madulla, Señora. Nivel Cuatro


Verde, Fortaleza de Distrito Holdark.

-Gracias, O cial de Escuadra. Apriete y mejore sus esfuerzos, por favor.


Puede con nuar.

Enrojecida, Madulla supervisó mientras los dos prisioneros eran


trasladados al Rhino, los anillas en la parte posterior de las capas estrechas
se enganchaban a los ganchos en el chasis del tanque, con sus pies
colgando del suelo. Era una forma de transportar y exhibir prisioneros que
Calpurnia no había visto antes de llegar a Hydraphur. Los criados se
sentaron en un nudo miserable a punta de pistola a pocos metros de
distancia, y el poco trá co peatonal que quedaba en la intersección se
escabulló y se alejó de los Arbitradores. Calpurnia asin ó con aprobación.
Siempre era ú l dar una lección.

-¿Y supongo que si algo interrumpe la Vigilia mientras Hallyan está


acusado de presidir, quedará gravemente deshonrado y eso afectará a su
familia y su sindicato?- preguntó mientras comenzaban a caminar
nuevamente. -¿Y supongo además, que el asesinato de un alto o cial de
Arbites podría ser una buena manera de provocar problemas, ya que la
opinión popular se podría poner en su contra, aunque sea de forma
ilógica?

-¡Bien dicho, mi Arbitradora Senioris! Está empezando a pensar como un


local.

Calpurnia gruñó y golpeó una palma enguantada contra su frente.

-Agh, espero que no. ¡Estas personas están locas! Celebran una Vigilia
dedicada a la penitencia, ahogándose en estas y polí ca, tratan a una
misa sagrada como un espectáculo de carnaval, e interpretan toda su
conversación si dan unos pocos pasos mientras hablan. No creo que
estuviera lista para este lugar, Nestor- lamentó la úl ma parte en el
momento en que había salido de sus labios.

-Lord Marshal Dvorov cree que sí, mi Senioris- le dijo Leandro mientras
comenzaban a subir la siguiente calle. -Y créame, el señor mariscal sabe lo
que está haciendo.

Calpurnia lanzó una úl ma mirada al cruce detrás de ella y lo siguió.

Dos intersecciones más, luego un tramo nal donde la calle se


empinaba lo su ciente como para conver rse en escaleras. Subieron entre
losas de hierro grabadas al aguafuerte, entre frisos de artesanos famosos y
muertos a la izquierda; a la derecha, un hueco de seis metros entre ellos y
las paredes de las casas-artesanía, luego sus techos, y luego sólo el aire
vacío.

Calpurnia pasó la escalada pensando en el obje vo que se inventó aquí y


pateándose por pensar que la bravuconería de salir a pie era una buena
idea. A cionada se dijo, el error de un novato, el error de un niño. Ella se
distrajo al concentrarse en la charla de Leandro sobre el Barrio de los
Artesanos, que tenían su lugar privilegiado en el Augustaeum a través del
patrocinio de la Catedral y los materiales devocionales y el arte religioso
que hacían, que fue comprado por los entendidos y los devotos de todo el
subsector.

El cargamento que los desafortunados arrestados, que habían


transportado en algún lugar debajo de ellos, eran conchas de o: capullos
resinosos de un an bio costero cuyos jugos cáus cos producían un
preciado efecto bruñido cuando se aplicaban adecuadamente a metales
blandos. -Las virutas y las sales probablemente habían sido para re nar
el color y el tono exacto del esmalte y el re ejo- explicó Leandro cuando
Calpurnia, asin endo sombríamente, ponía un pie frente al otro y trataba
de mantener sus ojos lejos de la caída a su derecha.
Las escaleras retrocedieron y subieron a través de una serie de rellanos
escalonados, hasta un amplio tramo de pavimento debajo de un grueso
obelisco, y de repente volvieron a estar entre personas y en un terreno
benditamente plano. Sus escoltas se dispersaron cuando pasaron junto al
obelisco y entraron en la Alta Meseta.

Esta era la Alta Meseta de la Colmena Bosporiana, la avenida pavimentada


que corría desde las puertas del palacio del Monócrata en el extremo
oriental, hasta la Catedral en el oeste. Sobresalía de la jungla de edi cios a
su alrededor como un lo de hacha, o como una hoja de sierra, se corrigió
Calpurnia, mirando los pares de obeliscos que marcaban el espacio a lo
largo de sus bordes. Allí arriba podía contemplar toda la extensión de la
capital: las torres y los techos de Bosporia, la alfombra de la ciudad
industrial que cubría la llanura, las montañas detrás de la Catedral y el
basto ocre barrido del cielo. Incluso a la luz del día, podía mirar hacia
arriba y ver ese cielo brillante con las luces entrecruzadas de las naves y el
gran Anillo de Hydraphur.

No había más artesanos decididamente fervientes o portadores de


paquetes aquí. Arriba, en la Alta Caminata, la élite de Hydraphur se
paseaba al sol de la tarde, haciendo poses elegantes, charlando
tranquilamente detrás de abanicos de encaje de cobre, inclinándose y
coqueteando, o mirando el horizonte manchado de smog. Había menos
gente aquí, menos prisa y más espacio entre los pequeños grupos, pero la
riqueza de sus ropas y movimientos aún los hacía parecer caleidoscópicos.
La adusta tropa de Arbitradores los atravesó como un escarabajo negro
entre mariposas.

Calpurnia no tardó mucho en darse cuenta de los patrones. Un es lo


común de falda y chal aquí, un gesto repe do allí. Ella notó y archivó un
cierto po de lazo más profundo que parecía ir con el saludo a alguien
ves do con un cierto corte de abrigo, y un patrón par cular de joyería que
parecía exclusivo de las personas que acompañaban a los o ciales de la
Armada con sus elaborados uniformes de ves r verdes. (Aquellos que al
menos esperaban obtener consuelo, conociendo las tradiciones de la
Armada de los miembros mayores de su propia familia, pero el Uniforme
de la Flota Paci cus, usaba insignias mucho más lujosas y complejas que el
Uniforme de la Flota Ul ma y medallas que ni siquiera reconocía). Algunas
ves mentas eran más extravagantes: vio pieles con incrustaciones de
gemas o brillantes electos, y dos veces sus caminos se cruzaron con grupos
de gente joven, que se pavoneaba en zapatos con rizos de metal que les
daban un andar elás co, alegre y vistoso.

Podía detectar rituales par culares en la forma en que ciertos grupos


saludaban a otros, o los ignoraban, o cambiaban sus posiciones para
mantener ciertas distancias rela vas.

Estaba segura de que todo era parte de un reloj social deslumbrante que
decidió que no tenía ningún interés en aprender, hasta que notó que el
pequeño baile su l parecía extenderse también a los Arbitradores. De vez
en cuando, uno de los grupos de paseo se volvía y los saludaba, o se
permi a demorarse en el camino para que pudieran hacer una
demostración de bullicio. Después del cuarto encuentro de este po,
cuando un grupo de hombres de mediana edad con capas en par cular
conver das en alas giratorias por cables de memoria implantados los
agitaban extravagantemente, Leandro con rmó su sospecha.

-Parece que se ha corrido la voz sobre , mi Arbitradora Calpurnia.

Delante de ellos, un joven noble con un guante verde y una capa de piel
blanca apuró a su séquito: tres servidores envueltos y una criada que
llevaba una vela azul en las manos ahuecadas, se detuvieron y dieron un
paso llama vo fuera de su camino.

-Iba a preguntarte qué quieres decir, pero tengo la desagradable


sensación de que ya lo sé.

-¿Te sorprendería, mi Calpurnia de Ultramar, saber que el golpe que le


diste a un tal vástago juvenil… es "vástago" una palabra apropiada? ¿Que
se ha extendido la no cia en los niveles más raros de la Colmena
Bosporiana?- Calpurnia miró a su alrededor. Cada par de ojos que veía
parecían tener la misma mirada de evaluación que Hallyan le había dado el
día anterior. O tal vez lo estaba imaginando.
-No par cularmente, supongo. Me sorprende un poco la consternación
que me produce el hecho de que lo llames como lo llames.

-Creo que mis palabras fueron: ’Me meto en todo’, es decir, super cial y
desechable, para bene cio de los sgones que se nos puedan colar- dijo
Leandro, y Calpurnia ahogó una sonrisa.

-Son una raza contraria, mi Arbitradora, listos para inver r una can dad
de energía sinceramente asombrosa en deshacerse unos de otros de la
manera más asquerosa, pero aún así están listos para formar un frente
perfecto si sienten que uno de los suyos ha sido menospreciado- lo
consideró por un momento.

-De hecho, puedo estar exagerando. Hay muchas posibilidades de que la


reacción hacia sea simple cautela. Eres un o cial superior del Adeptus
Arbites, llegaste a una posición de poder y autoridad aquí. Ayer usted
estuvo de acuerdo en que apenas ha estado aquí en ningún momento y
que no ha tenido ningún contacto con la sociedad Hydraphur. Por lo
tanto, muchos aquí estarán mirando por primera vez a un nuevo jugador
desconocido y potencialmente importante. Es posible que simplemente
deseen ver de qué se trata.

Calpurnia hizo una mueca.

-Un jugador. Eso es lo que soy para ellos, ¿verdad?

Golpeó las cintas de medallas en su pecho y el casco sobre su frente


marcada. -Tengo estos en juego, supongo.

-Es su punto de vista, nada más- Leandro estaba tan imperturbable como
antes.

-¿Y bien?- dijo entonces, señalando hacia adelante y hacia arriba con su
bastón, -¿qué piensas?

Habían llegado.
Ante ellos estaba la gran rampa hacia las puertas de la Catedral. Era la
misma piedra gris que el pavimento sobre el que se encontraban, pero
tallado en relieves pulidos de los hechos de los héroes eclesiarcales: Uriah
Jacobus aplastando a los genestealers en el Sols cio, el Maestro Reynard
liderando la Travian Fire -zaring, otros que Calpurnia no reconoció. Las
tallas parecían demasiado preciosas para caminar y le dieron a Calpurnia
un momento o dos de vacilación, pero su supervisor estaba yéndose por el
camino, por la rampa sin apenas un descanso, por lo que ella se encogió
de hombros mentalmente y lo siguió, tratando de no pisar a los santos
bajo sus pies. Resbaladiza y pulida como parecía, la base no era dura. Miró
a la cara escarpada de la fachada de la Catedral mientras se elevaba hacia
las nubes, y se arrepin ó: la pared aquí comenzaba en la rampa y se
elevaba hasta la cima misma de la aguja, y mirando hacia arriba a toda esa
piedra tallada que se asomaba sobre ella, le daba a Calpurnia una especie
de vér go inver do.

Las puertas arqueadas de la Catedral se estrechaban hasta un punto que


estaba a quince metros de altura, en lugar de seguir las curvas más suaves
que favorecían los constructores de Ultramar. Calpurnia supuso que había
obturadores y puertas de defensa: el Adeptus Ministorum era una iglesia
guerrera y se suponía que sus edi cios sagrados eran puntos fuertes
militares, pero parecían estar retraídos y sellados y se encontraban ante un
arco abierto.

Los Arbitradores que estaban a su alrededor se pusieron rmes, y el


Vigilante, golpeó su bastón en la piedra tres veces.

-Honorable Néstor Leandro, Pretor y Arbitrador Senioris del Alto Recinto


de Hydraphur, y la Honorable Shira Calpurnia, Arbitradora del Alto
Recinto de Hydraphur.

Estaba hablando con las formas blindadas que estaban en una línea para
bloquear el arco. Estos eran guerreros de la guardia de la Catedral, Adepta
Sororitas, hermanas de batalla de la Orden de la Rosa Sagrada, severas y
orgullosas con elegantes armaduras blancas y abrigos negros, bordados en
oro con la or de lis de la Eclesiarquía. Sus bólters estaban apuntando
hacia los Arbitradores, tan inquebrantables como su mirada, hasta que una
hermana superior encapuchada cruzó la línea de su escuadrón y les indicó
que levantaran sus armas. Cumplieron la orden con un estrépito que
resonó en el ves bulo exterior de la Catedral y se separaron, estampando
las botas de ceramita en la piedra mientras giraban y volvieron a quedarse
a la espera de órdenes. La hermana superior se agarró el aquila dorada de
la garganta e hizo una reverencia, hizo un gesto detrás de ella hacia el
diácono menor que había aparecido en las grandes puertas, y se hizo a un
lado para formarse con sus hermanas. Calpurnia y Leandro pasaron junto a
las Hermanas y entraron en la Catedral, el Vigilante y los otros
Arbitradores volvieron a la puerta. Ni una palabra se había dicho después
de la primera presentación.

El diácono era joven, fornido e inquieto, frotando nerviosamente sus


dedos sobre su tonsura. Los condujo a través de largos pasajes de nichos
llenos de tallas y pasando por largas paredes iluminadas con lámparas
grabadas con los nombres de los már res imperiales; Otra cosa que
Calpurnia estaba notando sobre Hydraphur, eran las capas de antecámaras
que a los edi cios o ciales les gustaba poner entre sus entradas y sus
núcleos. Los colores alrededor de la antecámara cambiaron de la luz del
día de color amarillo-marrón del exterior, a paredes de piedra, bosques de
pilares adornados y una tenue oscuridad gris, estatuas que los observaban
solemnemente desde zócalos y altas galerías. En algún lugar más profundo
dentro del edi cio, un coro prac caba frases y notas, fragmentos distantes
de canto llano que daban una textura suave al aire. Calpurnia se dio cuenta
de que estaba tratando de caminar sobre la punta de sus pies, para calmar
el ruido de sus botas.

Después de la sucesión de ves bulos y antesalas, Calpurnia solo tuvo una


breve visión de los grandes y al simos espacios de la Catedral
propiamente dicho, un momento para que se le quitara el aliento antes de
que su guía sin nombre los condujera por un largo y estrecho pasillo
amurallado en tapices oscuros, estacionado debajo de un mural de
vidrieras de Saint Sabbat y les ordenase que esperarán. Leandro se sentó
en un banco de madera y admiró el mural; Calpurnia paseaba arriba y
abajo.
-Todo es parte de la experiencia del aprendizaje, estoy segura- dijo
después de un empo. -Estoy recibiendo un valioso curso intensivo en los
pasillos delanteros y las salas de audiencia de los edi cios del Adeptus de
toda la colmena. Me preguntó si me dispararán al salir de este edi cio…

-Tus primeras semanas en el cargo siempre iban a ser así, mi Arbitradora


Senioris. Tal centro del Adeptus, no es el po de mundo donde un
puñado de Arbitradores pueden hacer su trabajo amurallados en una
fortaleza de recinto, la cual sólo dejan para romper un mo n. Espera a
que empieces a presentarte a las autoridades de la Armada. Hay muchos
más de ellos (Hydraphur es efec vamente su sistema, después de todo).

-Si te tranquiliza hasta cierto punto, asegúrate de que el trabajo que


hacemos hoy con el Cura Jenner será de gran valor para la inves gación
de tu propio asesino.

-No era mi asesino.

Leandro rechazó el comentario agrio y con nuó. -Hay, qué, ¿Una semana
hasta el comienzo de la Vigilia de Balronas? Menos, de hecho. Una
cues ón de días antes de que suenen en la Vigilia y todo Hydraphur esté
sujeto a las restricciones de la Vigilia misma. La buena voluntad de la
Eclesiarquía será esencial para con nuar nuestra caza, Arbitradora
Calpurnia. Sus edictos regulan incluso a otros Adeptus, y su disposición
nos permi rá una libertad de operación, de la que se espera que sus
conspiradores, sean quienes sean, carezcan.

-Y en cualquier caso- terminó, poniéndose de pie cuando escucharon


pasos al otro lado de la puerta, -Clah Jenner es un hombre cuyo
conocimiento te bene ciará. Por todo lo poco con able que te parezca,
sus habilidades como tutor son admirables. Sin embargo, me siento
llamado a comentar- agregó como una ocurrencia tardía, enderezando su
capa, -que imponer una espera como está a los huéspedes, de lo que
puedo referir inmodestamente como nuestro calibre, no es caracterís co
de él. Carece de diplomacia.
Cada vez que surgía el tema de su "tutoría", Calpurnia tenía que acabar
con el estallido de reacción habitual: un primer gesto de resen miento,
luego pensamientos de cuán complejas eran las costumbres religiosas de
Hydraphur. Decidió que cualquier cosa que ayudará a evitar la sensación
de ser un niño que anda detrás de un abuelo didác co probablemente
valió la pena.

El cura eclesiarcal Clah Jenner era un hombre delgado, no mucho más alto
que Calpurnia y parecía un poco pesado por el ostentoso ves do de o cio
brocado que llevaba. Tenía poco de la juventud que Leandro había
descrito, ni la suavidad que ella esperaba: su cara era duramente angulosa,
coriácea y de piel grisácea. Su cabello estaba tan endurecido como el
diácono, pero una trenza delgada de color gris hierro se extendía desde
cada sien hasta sus orejas. Mientras se inclinaba, Calpurnia vio que las
trenzas estaban muy anudadas en la nuca.

-Tú no eres Clah Jenner- era una señal de la sorpresa de Leandro el que le
hubieran despojado de su habitual discurso orido. El hombre volvió a
inclinarse.

-Estas en lo cierto, Arbitrador Senioris Leandro. Y tú, serás la Arbitradora


Senioris Calpurnia. ¿O es el Preboste Mariscal Calpurnia? ¿O el
Arbitrador General? Me dijeron que cualquiera de esos se puede aplicar.
Su más que respetada orden ene un sistema de clasi cación
par cularmente complejo.

-Cualquiera de esos tulos se aplica, pero el tulo en Alto Gó co parece


más común en Hydraphur- le dijo Calpurnia, saludando. Leandro seguía
mirando a su interlocutor con leve consternación.

-Arbitradora Senioris es, entonces. Bueno. Y yo soy Mihon Baragry,


Nuncio de Eparch Hydraphur y Vicario General de la Curia de Hydraphur.
Vengan por aquí, por favor.

Entraron en una habitación tan estrecha y de techo alto que era casi una
mazmorra interior, las paredes retorcidas en esculturas escriturales y una
gran escultura de acero de un ángel guerrero que se asomaba de la pared
para sostener un candelabro sobre tres pequeños matasellos. Calpurnia no
dudó que los sirvientes eclesiarcales estarían escondidos en algún lugar y
escuchando.

-Me doy cuenta de que tu reunión era con Clath Jenner- dijo Baragry
mientras tomaba asiento y les indicaba a los Arbitradores que hicieran lo
mismo, -pero ciertas circunstancias relacionadas con la próxima misa han
signi cado que él no podrá ayudarte... Así que comenzaré presentando
nuestras disculpas por un cambio de planes tan precipitado.

-Los cambios precipitados de planes parecen estar en el orden del


momento, Reverendo Baragry- Calpurnia podía sen rse relajada. Fue
refrescante tratar con alguien a medio camino.

-Me disculparé por uno de los míos. Soy consciente de que se hicieron
arreglos antes de llegar al sistema para una tutoría detallada que se
extendía más allá de los detalles de esta misa. Jenner iba a entrar en la
e queta más amplia que rodeaba las estas y ceremonias más pequeñas
en las que par cipaban los Adeptus, algún po de entrenamiento vocal,
ese po de cosas.

-No he tenido empo de revisar completamente las notas del sacerdote,


pero eso suena bien. El entrenamiento de voz habría sido para las
devociones de la masa. Hay diferencias de melodía y entonación
requeridas por la escala pentatónica, que usamos aquí, mientras que
en endo que el Sur galác co pre ere la octava completa.
Probablemente le tomará unas cuantas lecciones para que se sienta
cómodo con lo que se le pedirá que cante. Podría intentar arreglar una
sesión con uno de los maestros de coro.

-Su Excelencia, mi opinión es que habrá poca o ninguna posibilidad de


que esa tutoría salga según lo planeado. No sé si ha oído sobre el
atentado contra mi vida hace dos días, puedo proporcionar los detalles,
pero las lecciones aquí tendrán que ser aprobadas por la junta mientras
dure la inves gación. Intentaré hacer empo para una sesión sobre la
misa real si puedo, pero eso puede ser todo.
-De hecho, algo habíamos oído- dijo Baragry, -y su opinión nos lleva a la
mía. No es la única que quiere ver al que ejecutó ese ataque, arrestado a
la luz del día. Habló por el Eparch, cuando digo que el uso de un brujo
psíquico, (ja, incluso la presencia de un brujo psíquico) prác camente a
la sombra de la torre de la Catedral, en la colmena de la capital de un
mundo como Hydraphur, es atacarnos a todos nosotros. Este es un
momento de gran importancia para la Eclesiarquía y nuestro interés en
evitar que se contamine, es tan grande como el suyo. Posiblemente, si
puedo decir esto sin ser injusto, incluso más grande.

Baragry se inclinó hacia adelante sobre el matasellos, los codos sobre las
rodillas y los ojos negros y a lados en la cara de Calpurnia. -Quiero dejar
en claro, que los Arbitradores tendrán todo el apoyo del Adeptus
Ministorum detrás de ellos en cualquier medida que, bueno, (en este
caso usted) tomen el asunto. Legal, diplomá co, fuerza de armas,
cualquier cosa que requiera. La Canonesa Theoc sta, ha intensi cado la
Guardia de la Catedral y el Eparch, ha consultado con sus cazadores de
brujas. Su trabajo para mantener el orden dentro de la colmena ha sido
excelente; ahora creo que es hora de seguir el rastro- Calpurnia y Leandro
intercambiaron una mirada.

-Esta ha sido una reunión excelente, entonces- dijo Leandro, -no la


reunión que tal vez vinimos aquí an cipando, pero aún así. Su énfasis en
la necesidad de enlace entre la Ley Imperial y la Fe Imperial está bien
pensado, y creo que tal relación hará avanzar nuestra inves gación a un
ritmo más deseable. ¿Puedo preguntarle, Reverendo Baragry, ¿si es
usted con quién mantendremos contacto para ese n? Tengo entendido
que Curate Kale de la o cina personal del Eparch es...

-Yo seré el que trabaje con usted- Baragry extendió un pequeño disco de
cera plás ca con la marca de un anillo de sello en el centro. -Mi sello.
Familiarice a su personal con eso. Su guardia de la puerta necesitará
saber que le llamaré mañana por la tarde con una carta formal de las
cámaras de Eparch, entonces podemos planear nuestros próximos
movimientos. La Curia de Hydraphur me ha delegado como
representante del Ministorum y su asistente personal en asuntos
religiosos durante el empo que esto dure.

-La amabilidad de la curia nos abruma, su Excelencia, y estoy seguro de


que su admirada Arbitradora Maioris, recibirá a su delegación con la
mayor generosidad de voluntad, a quien presentaré su nombre a su
debido empo- Leandro y Baragry estaban mirando constantemente el
uno al otro. Era obvio que el combate estaba ocurriendo en algún nivel,
por lo que Calpurnia se sorprendió un poco cuando, después de un
momento, Baragry se levantó y se inclinó ante ellos.

-Entonces el deber llama. Ambos tenemos trabajo por tratar y nos


volveremos a encontrar pronto. Id con fe en el Emperador y la bendición
del Áquila- Baragry caminó con ellos hasta la puerta de la cámara donde
esperaba un Diácono, no su guía anterior, sino un sub-vicario de aspecto
cetrino, con un electrodo en el cuero cabelludo que proyectaba
hologramas de máximas religiosas en el aire sobre su cabeza. -Me
esperará a las 15:00 horas de mañana- acompañó a Calpurnia por un Arco
y la puerta se cerró.

Salir por las puertas y bajar por la rampa trajo su ciente déja vu para que
Calpurnia temblara. El simbolismo público de subir al frente de la Catedral
había estado muy bien, pero se dijo a sí misma que la próxima vez
conduciría un Rhino. Leandro parecía haber pensado en la misma línea:
había ordenado a su supervisor que llamara a tres de los tanques negros
rechonchos mientras habían estado en la Catedral y ahora los guiaban por
la rampa de abordaje del central. El interior bien equipado le dijo a
Calpurnia que este era probablemente el transporte personal de Leandro,
y las miradas sorprendidas que notó de las personas que se apresuraron a
salir de su camino, también le dijeron que los vehículos blindados no eran
comunes en las calles enrarecidas del Alto Bosporiano. Bueno, eso estuvo
bien.

-Entonces- dijo Leandro. -¿qué conclusiones dirías que podemos obtener


de ese pequeño intercambio de credenciales?
-Vamos a tener que determinar cómo vamos a lidiar con la interferencia
ac va de la Eclesiarquía. Como tan bien nos dijo Él, son lo
su cientemente poderosos como para hacer eso, y no me gustó en
absoluto esa referencia a sus propios cazadores de brujas. Y Baragry no
es un piadoso tutor de catecismo y entrenador de canto, aunque parecía
haber hecho algunos deberes para aparecer como uno. No mucho del
claustro sobre él. Es un hombre de acción, creo, un agente de campo.

-Controlado, serio y sin miedo a usar su autoridad- Leandro estuvo de


acuerdo. -La idea de que la Curia nos lo ha asignado con sus mentes,
únicamente en nuestro propio bienestar, no es algo en lo que deba
perder mucho empo.

-Tienes razón. Él está allí para monitorearnos y asegurarse de que la


Eclesiarquía sepa exactamente cómo va nuestro trabajo. ¿Notó esa
mención sobre mantener el orden dentro de la colmena? Lord Hallyan
comentó algo sobre lo mismo- el Rhino se inclinó ligeramente mientras
comenzaban su ruta en forma de S a través del Barrio Mercan l, hacia la
Puerta de Kathisma y luego de regreso debajo del Barrio Adeptus hasta
donde las águilas de piedra de cien metros anqueaban el arco triunfal de
la Puerta de Aquila, antes de girar de nuevo hacia la Puerta de la Jus cia y
sus propias puertas de fortaleza. Su visita a la Catedral había llevado más
empo de lo que ella creía, tan corta como la audiencia misma, y con el
ritmo rela vamente lento del viaje, la tarde ya estaba muriendo: la luz en
el otro lado de las rendijas de la visión se profundizaba constantemente.
Crepúsculo naranja.

-Sospecho- dijo Leandro al n, -que este pensamiento puede irritarte, mi


Arbitradora, tanto como me irrita a mi. La idea es que, si bien es el deseo
de los agentes de tomar sus propias decisiones en este asunto, es algo
que ene que ver también con el Arbitrador Maioris, el hecho inicial de
la presencia de Baragry en nuestra inves gación está quizás más allá de
nuestra capacidad de cambio, al menos de inmediato.

-Tenía miedo de eso- el Rhino redujo la velocidad, se movió y aceleró de


nuevo, el conductor ladeó la cabeza para recoger un poco de la
conversación del canal vox de los Arbitradores.
-Quiero decir, no me sorprende. Ojalá nos dejarán seguir con esto, pero
está bien, esto es en una liga diferente con Kalfus-Medell queriendo
plantar un empleado en nosotros. Si no podemos conseguir que saquen
a Baragry sin una confrontación, dejémoslo. Es una locura estar peleando
cuando en algún lugar hay alguien que crió y controló a un psíquico no
autorizado y lo usó para atacar a un Adeptus.

-¿Criado?

-Aparentemente, según el informe de Sanja y Nakayama. Los pos de


augmén cos que estaba usando eran cosas delicadas y de primera
categoría. Del po que enen que sintonizarse con su usuario durante
años de entrenamiento. Él era parte de un grupo estable, no un faná co
de la callejuela que se ganó el favor de un Medicae forajido.

Su conductor se inclinó sobre el enlace vox nuevamente, y Calpurnia se


giró.

-¿Cuál es el problema?

-Algún po de disturbio en la Puerta de Aquila, señora. No creo que sea


grave, no ha habido una llamada de alerta. Estamos llegando a ese
disturbio ahora. El Rhino principal informa de problemas con el trá co y
algún po de disputa en el punto de control.

Calpurnia ya se estaba abrochando el casco y revisando las cargas de su


pistola; Leandro la miró desde su asiento, con una ceja plateada levantada.

-Arbitrador Leandro. ¿Te importaría realizar una inspección rápida? No


me importaría ver de cerca los principales procedimientos de la Puerta
Augustaeum- ella se estabilizó cuando el APC se detuvo y las válvulas de la
rampa sonaron.

-Esperaré su informe, mi Arbitradora. Creo que con uno de nosotros


debería ser su ciente- Calpurnia se encogió de hombros y salió de la
rampa cuando terminó de bajar.
La Puerta de Aquila se encontraba a la cabeza del Camino Telepine, la gran
arteria de trá co de la ladera suroeste de la Colmena Bosporiana. Su arco
era tan profundo que era casi un túnel brillante, con lámparas de sodio del
mismo color que la luz del día Hydraphur. Capas de galerías y pasarelas
corrían a lo largo de cada pared, llenas de peatones que se empujaban
hombro con hombro con tallas gastadas de Adeptus muertos, que
des laban. A nivel del suelo, el camino a la propia Bosporia estaba peinado
en carriles, los exteriores delgados y llenos de fardos y estantes metálicos,
los carriles interiores con gigantescas carretas de carga que retumban con
las pisadas, o ruedas tan gordas que eran casi cilindros. Los arbitradores
estaban en todas partes, bloqueando todos los pasillos peatonales e
inspeccionando papeles, hurgando en los estantes de equipaje de los
estantes metálicos, pululando sobre los carriles como hormigas en un
ladrillo de la casa o rondando en escuadrones por el espacio más allá de la
puerta, donde las colas de vehículos retrocedían. Los conductores
colgaban de sus ventanas y gritaban, o agitaban papeleo o sellos de
iden dad, motores encendidos, botas de Arbitradores pisoteadas. El
estruendo era asombroso.

Calpurnia había pensado deslizarse en silencio, pero sus hábitos aún no


habían alcanzado su rango. La escolta que había caminado con ella hasta la
Catedral esa tarde repen namente la rodeaba de nuevo, el Vigilante, iba
avisando con una bocina de ampli cador del estante del equipo del Rhino:
-¡Adeptus Arbites! ¡Abran paso al Adeptus! ¡Abran paso a la Arbitradora
Calpurnia!- se movieron a través de la mul tud como un rompehielos
atravesando una corteza polar. Ahí va la inspección sorpresa, pensó con
pesar.

La turbulencia a su alrededor hizo imposible elegir cualquier po de orden,


pero fue la línea central de los Carros, la que pareció dejar de moverse y
Calpurnia dirigió su formación a través de la mul tud hasta que estuvo de
pie junto al Vigilante que supervisaba los registros de los carros de
combate. Estaba rosado y sudando, ya sea por el aire cercano y el
esfuerzo, o por ver sus insignias de rango, no estaba segura.
-Los carros de combate- gritó, teniendo que encorvarse para llegar a su
oído, -son di ciles de registrar. Sus superestructuras están construidas
con demasiados espacios internos. Algunos de los conductores son
servidores contratados y no enen acceso para dejarnos entrar.
Calpurnia miraba por la línea de carros de combate. El conductor del que
estaban parado al lado, estaba a medio camino de un pequeño tramo de
escaleras construido en el costado de la cabina gigante, trabajando en la
esco lla de una pasarela que conducía al espacio del motor mientras dos
Arbitradores observaban. Dos tripulantes en un vehículo y un conductor
estaban revisando un fajo de papeles con un controlador Arbites con
armadura marrón. El uno en el medio, sin embargo...
-¿Por qué esos dos todavía están en su taxi?
El supervisor solo había escuchado la mitad de la pregunta y tuvo que
inclinarse nuevamente para escucharla nuevamente. Su sudor era fuerte
bajo el olor de la armadura policiaca. En su taxi, los dos tripulantes
observaron a Calpurnia atentamente mientras los señalaba con su mazo.
-Todos en la la están de pié tratando con usted y sus escuadrones. ¿Por
qué estos no lo hacen? Ellos son los siguientes.
El supervisor ya estaba asin endo, y Calpurnia se hizo a un lado cuando
comenzó a ges cular hacia un grupo de Arbitradores cercanos para que
sacarán a los dos hombres. Un carro de munición pasó por uno de los
carriles exteriores, y el chirrido de su motor la distrajo por un momento,
pero cuando miró hacia atrás, la cabina del siguiente carro ya estaba vacía.
Algo vibró contra sus ins ntos. Muy rápido. Algo estaba mal.
Ella corría ins n vamente, su acompañante de repente empujando, para
seguirle el ritmo. El conductor estaba saltando de la parte inferior de la
escalera y corriendo de vuelta a través de la puerta. Su compañero no
estaba en ninguna parte.
Bastaba con sacudir la maza, su escuadrón también los había visto. Se
fueron, gritando a las tropas en la boca de la puerta. La confusión en la
puerta se redobló.
Calpurnia se había dejado llevar un paso atrás, observando la forma en
que se desplegaban las escuadras y comprobando los puntos débiles en su
avance. Se permi ó echar un vistazo al costado del carruaje, y fue la única
que vio la primera explosión.
Era pequeña, solo un trozo que se doblaba por el lado metálico del carro y
lanzaba llamas amarillas sucias desde los huecos entre los paneles, pero
fue su ciente para lanzarla en el aire con una pirueta, pa nando,
golpeando frené camente a su mazo de Arbitrador y civiles por igual.
-¡Cuidado! ¡Agachaos y apartaos! ¡Ahora!
La segunda explosión fue más grande, sacudió todo el remolque, hasta sus
suspensiones y envió una ola de calor que hizo que Calpurnia se encogiera,
pero fue la tercera la que lo hizo. Los costados del carro temblaron y luego
estallaron, cayendo majestuosamente, como una caja de semillas de metal
chamuscado que daba a luz a una hermosa or de fuego que rugió y llenó
la Puerta de Aquila con gritos y un fulgor amarillo-blanquecino.
Extractos de Cartas de Peregrinos
Viajes por los caminos de los eles por Jendro
Galimet
Jendro Galimet fue un producto de la nobleza del mundo de Bunikel, cuyas
tradiciones aristocrá cas decretan que un niño de cada generación familiar
renuncie a entrar en el cuerpo de o ciales imperiales y persiga en su lugar
una vocación religiosa. Después de su educación, Galimet eligió una vida de
peregrinación, prome endo realizar las tradicionales reverencias de su
familia en Ofelia, Chiros, Hydraphur y Avignor antes de morir. Mantuvo una
prolí ca correspondencia y sus cartas, publicadas por su familia después de
su muerte en M37.878, siguen siendo un popular tratado religioso e
inspirador.

Al principio del segundo turno salimos de la disformidad en Hydraphur, y


en torno a nuestros camarotes había excitación y vigor, no sólo por el
levantamiento de la opresión del tránsito, sino también por nuestra
proximidad a nuestro obje vo. El nuevo brillo del aire fue compar do
entre todos, excepto por P, que había expresado un gran deseo de visitar
las cubiertas inferiores y ver las fes vidades entre los viajeros masivos,
pero estaba constreñido por mí mismo, y S, su hermana y yo tuvimos que
hacer un inventario de las chas benditas que habíamos traído de Avignor
y de Mere's Reach, para lo cual ordené su ayuda. P sacó mucho de su mal
humor durante el ejercicio, con la intención, no me cabe duda, de
despres giar al resto de la compañía, y una vez que un segundo inventario
con rmó el primero, lo golpeé y le ordené que recitará su letanía junto a su
catre. Como nos vimos obligados a permanecer en cuarentena y no pude
enviarlo a la capilla de la cubierta.

El o cial de armas de la nave y dos de sus acompañantes nos visitaron casi


dos horas después de la alarma para hacernos la inspección y con rmar
nuestro paso seguro, pero incluso una vez que nos declararon intactos,
debíamos permanecer en nuestros camarotes. La hermana de S se sin ó
molesta por esto y compar ó sus sen mientos con otros que habían salido
de sus propias habitaciones hacia la procesión central, toda la conversación
con una voz tan fuerte que la oyeron los armeros, y se ganó a cambio la
atención de un joven galán del Ciskura Ter a que estaba dispuesto a tratar
de salirse con la suya. Tal orden, tan estrictamente ejecutada, estaba fuera
de mi experiencia, incluso para tránsitos di ciles como el Peacock Breach.
La Rosa de Gathalle tampoco era una nave cargada por la edad, como mi
o había descrito en sus viajes por el Pasaje Ghydd, en los que recordaba
que los adeptos del Mechanicus se habían visto obligados a conservar la
fuerza de la embarcación racionando la gravedad de la nave durante parte
del viaje.

Permanecimos en tal con namiento durante los dos siguientes


desplazamientos de nuestros espíritus en creciente angus a, hasta que se
supo que nos alejábamos de una de las principales Puertas exteriores, tal
es el término para las grandes estaciones for cadas que abarrotan las
eclíp cas gemelas de Hydraphur. Nos apresuramos y nos esforzamos en
ponernos presentables, pensando que íbamos a reunirnos con los o ciales
de la ota, pero la Rosa no fue abordada durante tres turnos más, o un día
completo de navegación, lo que nos hizo viajar más adentro del sistema y
amarrar en otra Puerta para nuestra inspección. Esto era mucho a la orden
de tales asuntos a lo largo de mis viajes: o cinistas y servidores del
Administratum que pasaban entre nosotros para tomar nuestras órdenes y
asuntos, pero con ellos vino un cuerpo de hombres y mujeres de la Flota
de Batalla de tal re namiento que se convir eron en el centro del
espectáculo, en uniformes de seda verde brillante con trenzas y cadenas de
todos los es los y colores en gran variedad, el signi cado de los mismos
más allá de mi alcance. Había hecho para saludarlos, pensando que esto
cumplía con lo que los modales cortesanos podían desear, pero al
acercarme, su conducta se volvió feroz y orgullosa, y ellos dejaron claro por
el conjunto de sus posturas y por la expresión de sus mandíbulas que no
querían nada de mí.

Tal fue nuestra experiencia en otras tres Puertas, cuyos nombres no me


fueron revelados. Nuestros movimientos entre estas Puertas cons tuyeron
cuatro días más de navegación, durante los cuáles mi impaciencia puso a
prueba los nervios de mis compañeros en gran medida, ya que nos
con naron primero en los cuartos, y luego nos permi eron sólo una
pequeña porción de la cubierta. No me alegró mucho saber que otros
estaban llevando el asunto con la misma dureza, y de hecho al tercer día
observé a unos hombres armados descender a una suite al nal de nuestra
cubierta para llevarse al padre de la familia de un noble pe cionario que
había tomado este régimen muy enfermo he intentado ba rse en duelo
nada menos que con su hijo pequeño. S y yo rezamos por el muchacho y el
hombre, pero confesaré que S levantó nuestros espíritus al componer
relatos pícaros de cómo pudo haber resultado un duelo así.

Al quinto día se nos permi ó entrar en las cubiertas de la galería, y


aprovechamos la vista del mundo de Hydraphur y su anillo circundante.
Esta úl ma es una maravilla para comparar con cualquiera de las que he
visto en mis viajes, destacando en mi mente la semejanza de los muros
cor na que rodeaban las fortalezas del gran templo de Gaer Boll contra el
piel verde, pero que se forjaban a una escala mucho mayor, colgando en el
espacio y desapareciendo de la vista mientras se curvaban alrededor de los
bordes del mundo. Nos maravillamos de sus grandes bas ones y torres,
marchando a lo largo del Anillo y saliendo al espacio, y de las grandes las
de luces, los bancos de armas, y el trabajo de estatuas y gárgolas para
defenderse de las maldades del espacio y complacer la mirada omnisciente
de Él en la Tierra. Entre estos, visibles entre las grandes naves amarradas
en los muelles con los que está rodeado el Anillo, divisamos construcciones
más extrañas, y pude explicar a S que se trataba de casas de los ingenieros-
sacerdotes de Adeptus Mechanicus, cuyo don y deber, nombrado por el
Emperador, es forjar estas estructuras y cuidar de las máquinas-misteriosas
que las man enen vivas.

Aunque estuvimos charlando entre nosotros a primera vista, puedo


registrar que toda la compañía se quedó en silencio mientras nos
acercábamos al Anillo. Habíamos esperado tomar el transbordador para
viajar a él y de allí a la Colmena Bosporian, pero en verdad habíamos
malinterpretado lo que con la bendición del Dios-emperador la mano
humana puede hacer. Nuestra nave, que incluso en la estación de Avignor
había tenido que apartarse de la estación y recibir a sus pasajeros y
provisiones a través de su nave (si, si el Emperador lo desea, mi carta del
comienzo del viaje le ha llegado, entonces usted tendrá mi relato de ello),
llegó a amarrar directamente al Anillo, como si no fuera más que un
transbordador de erra. Más tarde en nuestro descenso me enteré de que
incluso las naves de guerra más poderosos de la Flota del Pací co pueden
atracar directamente en el Anillo, que puede amarrar y sostener un
escuadrón de ellos con facilidad, y que las tripulaciones de la Armada
consideran un presagio de buena suerte pasar un turno atracado en el
Anillo antes de que sus naves salgan a su nuevo viaje.

Las cartas de paso, que habíamos recibido de nuestro amable y excelente


Reverendo en la Catedral de Avignor, ya eran conocidas por los o ciales de
la Armada que gobiernan la fortaleza exterior del Anillo y fuimos recibidos
por un o cial de la guardia que nos saludó por nuestro nombre y le dio las
gracias calurosas y piadosas en la Tierra por nuestra segura salida de la
profunda travesía (siendo este el lenguaje de Hydraphur para la parte de
un viaje estelar emprendido a través de la disformidad). El hecho de que
las cartas sean ahora debidamente conocidas por las autoridades del
Anillo, nuestro interlocutor, un G subalterno, siendo el más atento en
transmi rnos a través del escru nio de los guardias portuarios. Pasamos
los puentes de embarque de la nave en medio de un gran clamor, los
peregrinos y los viajeros de las cubiertas de tránsito de masas se reunieron
en una gran prensa a través de las rampas de atraque y levantando grandes
gritos e imprecaciones a los armeros que las mantenían en su si o con
cierta fuerza mientras nuestra propia compañía y las de las cubiertas
superiores descendían. Nuestro subalterno nos informó mientras nos
movíamos a través del Anillo que muchos de estos viajeros abandonan las
cubiertas de masa bajo el malentendido de que ya están en Hydraphur, y
ofrecen pelea a los o ciales en su camino en la creencia de que las puertas
de la Catedral se encuentran justo más allá de los portales de sus naves,
tan ansiosos de la tranquilidad de sus almas.

La facilidad de nuestras propias almas se vio algo perturbada por el paso a


nuestro transbordador en los muelles interiores del Anillo. Apenas
pasamos la conmoción de los puentes de embarque, detectamos un sonido
agudo, al principio tan tenue que apenas nos percatamos de ello, pero
luego nos volvimos más bajos y guturales. S y yo nos miramos unos a otros
en alguna perturbación, pero nuestro guía pareció no prestar atención al
sonido, y para mi sorpresa no lo hizo P, de lo cuál me tranquilicé,
recordando la intuición del nacido del vacío para tales cosas. Luego vino
otra nota, un trompo profundo similar a una nota de arco de bajo
dibujado, con una música inesperada que me encontré mirando hacia
arriba y hacia abajo por el estrecho pasadizo de los cuernos de vox,
pensando que un himno estaba a punto de sonar para marcar la hora.
Nuestro subalterno se dio cuenta de nuestro desconcierto, sin embargo, y
nos explicó mientras viajábamos en un pequeño vagón de tren a través de
los muelles planetarios que el poderoso Anillo ha sido diseñado para
exionarse y ceder ante las fuerzas de las mareas que la luna de Hydraphur
y los demás mundos ejercen sobre él, y tal movimiento a menudo causa
sonidos y vientos cuando la gran fortaleza se ajusta y deforma su lmente.
Observó que el Anillo había estado "en buena voz" durante los úl mos
cuatro días planetarios, y que "tenía buenas no cias"; de esto sacamos que
algunos a bordo del Anillo leían presagios de los constantes sonidos que los
rodeaban, un pensamiento que fue con rmado por nuestras posteriores
conversaciones.

Los peregrinos más adinerados o conectados enden a tomar el


transbordador en el Anillo y proceden directamente a aterrizar en o cerca
de la Colmena Bosporian. Galimet, minucioso como siempre en sus
devociones, tomó la ruta más común, cabalgando con sus compañeros en
los transportadores de masa hasta los archipiélagos ecuatoriales para
hacer abluciones rituales en el mar. La ruta sube por las mesetas del
con nente norte hasta las conurbaciones de los acan lados de Dardanne,
que cons tuyen otro punto de parada antes de la siguiente etapa del viaje
por las carreteras de peregrinos especialmente construidas para llegar a la
Colmena Constanta y, desde allí, a través de las montañas, a Bosporian. El
siguiente extracto retoma este úl mo asunto.]

Subimos por la ladera de la Colmena Bosporian por el camino Telepine, un


camino robusto cortado en punta en la ladera de la montaña, y la montaña
lo es, ya que Bosporian no es una colmena al es lo de nuestras propias
torres señoriales en Bunikel ni de las de Leyate (de las cuales su carta me
informaba de que mis primos han estado viajando úl mamente para la
selección de sus esposas), en la que esperaré con interés la
correspondencia de nuestro padre), pero en realidad es una ciudad
sencilla, por muy densa que sea, que se ex ende por la ladera de la
montaña hasta el torreón cerrado en la cima. Había sido objeto de cierto
humor entre nuestros an triones en Colmena Constanta que el Monócrata
estuviera tan decidido a que la capital planetaria debería ser llamada una
colmena, frente a este hecho sico, e incluso el Adeptus siguiendo su
ejemplo.

Aunque la condición del dosel nos impedía tener una vista adecuada, al
ascender pudimos divisar la ciudad desde el pie de la montaña y alrededor
de los brazos de la bahía. La ciudad es muy bonita, llena de torres,
torreones, campanarios y chimeneas de muchas forjas y fábricas. En mi
úl ma carta describí el color naranja de la luz natural de Hydraphur, y la
capa de humo sobre la ciudad se combinan con la luz para sombrearla en
un perpetuo crepúsculo. Aunque he visto construcciones más grandes en
mis viajes, había algo maravilloso en las luces de los edi cios y balizas que
brillaban bajo la capa de humo como chispas atadas, y las formas oscuras
de las aeronaves colgando en formación sobre la bahía, con los
gigatransportes moviéndose debajo de ellas en el agua entre los conjuntos
de grúas que me pusieron en la mente los árboles desnudos en nuestros
propios jardines de la capilla a la vuelta de la estación hacia el invierno.

Del anco de la colmena misma se veía poco, todo el lado de la montaña,


desde el pie hasta la coronilla, cubierto de torres y bloques con sus
cimientos hundidos profundamente en las laderas, o a veces construidos a
par r de las caras escarpadas en grandes contrafuertes. Los grandes
caminos que suben y bajan por los lados de la colmena son los más
u lizados por el trá co llano de la ciudad, pero nuestro Camino era el que
conducía al barrio de los peregrinos y estaba repleto de nuestros
compañeros de viaje. P se divir ó (hasta cierto punto no del todo
apropiado, de los sen mientos de S) con la manera en que la energía
alegre con la que los peregrinos habían acudido al pie del camino se había
agotado por la subida empinada; el movimiento de las mul tudes
alrededor de nuestro portador era lento y sus posturas se inclinaban. Se
agitaban entre ellos, percep bles tanto por sus ves mentas más brillantes
como por sus espíritus más elevados, vinieron mercaderes y vendedores
ambulantes de todo po, gritando sus mercancías a las mul tudes que
trepaban. Muchos sostenían pos de bara jas y talismanes que me han
llegado a ser tan familiares en mis viajes, y que estoy seguro que les serán
igualmente familiares por mi relación, pero además de los aquilae y
dolmeni terra vi muchas obras peculiares del sistema y de las costumbres
locales de adoración. Un disposi vo que vi repe do de muchas formas era
un emblema en forma de corona de tres puntos menores y uno mayor, que
en endo que hace eco al diseño del pico de la colmena, con las agujas del
palacio del Monócrata y la aguja de la Catedral cubriéndolas con su
sombra. Otro era un par de aros ovalados unidos en la base y
extendiéndose a modo de alas de águila, representando las eclíp cas
gemelas del sistema Hydraphur que forman el eco del águila triunfante
cuando se la observa desde la dirección de Terra. Este disposi vo era
trabajado a menudo en oro o bronce, un gran arte por los artesanos que
enen su hogar en el anco de la colmena, así como en pancartas y
lacterias. Vimos por lo menos a dos comerciantes que se dedicaban a su
negocio con una pequeña antorcha de gas y un hierro de marca, colocando
el emblema directamente en la piel de los peregrinos a cambio de una
pequeña moneda.

A medida que ascendíamos y el agotamiento de los peregrinos alrededor


del portador se hacía más notorio, S se angus ó por una prác ca que
vimos que usaban varios de estos vendedores ambulantes, seleccionaban a
un peregrino para escalar y bloqueaban su camino más adelante en el
camino, con ando en la fa ga de su marca para evitar que se acercaran
rápidamente a ellos y los rodearan u ofrecieran resistencia. Mi propia ira
ante esta situación se correspondía con la angus a de S, y en mi dirección
P saltó del transporte y amedrentó al vendedor con sus palabras y su
bastón, llevándolo hasta el borde del camino y permi endo que los
peregrinos siguieran subiendo.

Debo comentar la gran variedad de viajeros con los que nos encontramos
rodeados, pues mientras subíamos tenía mi pizarra de datos sobre mis
rodillas para registrarlos.
Noveno día del septista
Nueve días para la misa de San Balronas.
Devociones de peregrinos. Las Estaciones del Camino Santo.
La procesión de los santos posteriores.
El concurso del maestro.

EN ESTE DÍA, los peregrinos reciben bendiciones de las capillas en las


laderas occidentales del Augustaeum, y en ciertos casos serán recibidos
en las cámaras exteriores de la propia Catedral. Este día está reservado
para aquellos que cumplen su sagrado o cio de peregrino, y que un
residente de Hydraphur se entrometa en estos rituales es inapropiado,
ofensivo e impío. Aquellos que no tengan un deber religioso especí co en
la colmena deben permanecer en sus hogares o barracas, donde sea
posible. Las Consideraciones del Eparch Lydre en el Viaje de la Devoción,
o los capítulos primero y quinto de los Salmos del Viajero Estelar (Star
farer’s Psalms en el original, nT) son lecturas apropiadas para este día.

Los favorecidos con las bendiciones del Eparch Lydre, tendrán derecho a
realizar las Estaciones del Camino Santo. Los caminos a la entrada del
Sepulcro y del Camino, y desde las puertas de la Catedral y el nal del
Camino, estarán vigilados por la Eclesiarquía y deben mantenerse
despejados para los postulantes y peregrinos. Recuerde que por Decreto
Eclesiarcal, el único sonido audible en el Camino, deberían ser las voces
de los postulantes mientras leen los versos inscritos en su super cie. Por
lo que el habla y el movimiento deben mantenerse amor guados y no
deben funcionar ningún motor dentro de un radio de un kilómetro.

Las ornamentaciones de los Nuevos Santos se tomarán de sus lugares a lo


largo del camino a más tardar al atardecer, y se llevarán en procesión a
la luz de las linternas a lo largo del Camino Chirosiano hasta el Asiento
del Confesor. Están acompañados por aquellos que los han estado
atendiendo durante la noche y es apropiado para aquellos que se sienten
atraídos por sen mientos piadosos unirse a la procesión.
Una vez que se coloquen los adornos, el concurso comisionado por el
Maestro de la Vigilia comenzará en la plaza; aquellos que no puedan
asis r en persona deben tratar de verlo retransmi do por la picto-
pantalla (pict-slate, en el original, nT) a través de santuarios y templos
locales, y es apropiado para el jefe de hogar y lugares de trabajo para
hacer arreglos para que todos aquellos bajo su mando puedan ver el
concurso a medida que se desarrolla o tan pronto como sea posible
después.
CAPÍTULO CUATRO
Calpurnia despertó, enredada en las sábanas por un sueño corto e
inquieto, parpadeando a la luz del sol de la mañana que brillaba por la
cor na de privacidad que atravesaba la ventana blindada. Había dormido
menos de cinco horas, dijo el reloj en su escritorio, pero se sen a mucho
más descansada que eso y en el mejor estado de ánimo del que había
estado durante días. Incluso el silencio en sus aposentos fue
repen namente agradable: durante los primeros días en sus nuevas
habitaciones se había despertado sobresaltada, demasiado consciente de
que el ruido al que estaba acostumbrada a vivir en un cuartel estaba
ausente, confusamente segura de que se había quedado dormida.

Se pasó una mano por la cara e hizo una mueca. Aunque había dejado que
el equipo de Arbites medicae le irrigara los ojos después de salir del
in erno en la Puerta de Aquila, su piel todavía estaba manchada de
suciedad y su cabello apestaba por el humo espeso y extrañamente
amargo y picante. Habría mucho que hacer esta mañana, mucho para
seguir, su nueva inicia va, el saber sobre quién estaba lanzando estos
ataques. Dos prisioneros para catalogar e interrogar, y luego los
enjuiciamientos tendrían que iniciarse, y ella necesitaría supervisarlos. Era
casi seguro que los equipos forenses de Verispex tendrían que informarle
sobre sus hallazgos, ya que ella había hablado con ellos anoche, o al menos
sería mejor que lo hiciera después de cinco horas. Y de ni vamente le
debía un informe a los otros tres Arbitradores Generales, pero primero
tenía que ponerse al día.

Ella se detuvo. Si hubiera habido acontecimientos urgentes, se habría


despertado. Consideración número uno: un Arbitrador General no salía a
dar la bienvenida a los deberes de un nuevo día, sucio y apestoso como un
gato de los barrios bajos.
Diez minutos después salió del cubículo de puri cación religiosa (ablutory
cubicle en el original, nT) en la cámara más alejada, jadeando por el chorro de
agua, pero sin éndose recién nacida. Hizo un doble intento para encontrar
un uniforme nuevo tendido en la cama y una pila de mensajes en el
escritorio. Los mayordomos debieron haber entrado tan pronto como se
dieron cuenta de que estaba despierta. Otra cosa a la que acostumbrarse,
pensó, tendiendo las chas y leyéndolas mientras se ves a.

ARBITOR CALPURNIA -Lord Marshal Dvorov ha recibido su informe


resumido inicial y le solicita otro, en el momento que sea posible durante la
mañana y mientras con núan los avances. Mientras tanto, estoy
autorizado a con rmar su autorización a Nivel Cuatro para con nuar con
este asunto. -Pavlos Calapek, ayudante del Lord Mariscal.

Ella entrecerró los ojos y se abrochó el cinturón. Dormir mientras los


demás la atendían era exactamente lo que no había querido hacer, pero
una segunda lectura la tranquilizó. Una autorización de nivel cuatro
signi caba que podía proceder a su debido empo.

[Link] trabajo más admirable el de anoche, porque "anoche" es lo que


será para cuando veas esto, estoy seguro. En cuanto a mí, las
preocupaciones diplomá cas por los restos del asesino vuelven a aparecer
en primer plano. El Ministorum siente que ene nuestra aprobación para
intentar exigirle al Mechanicus el cuerpo. Calmaré las aguas turbulentas y
esperaré en una posición hasta que haya consultado con ustedes.
LEANDRO.

Su rma era tan orida como su discurso. Calpurnia lo fulminó con la


mirada. Polí ca, polí ca. El maldito bastardo psíquico todavía le estaba
causando problemas incluso cuando llevaba más de dos días muerto.

Arbitrador Senoris, hemos recibido un mensaje de las cámaras Eparcales. El


reverendo Baragry desea comunicarle su placer ante la no cia de que
resultó ilesa en las explosiones durante la noche y su expecta va de que su
reunión de esta tarde no se verá afectada. Arbitrador Intendente Raf
Draeger, Secretario de la Guardia, Puerta de la Jus cia.
-La seguridad se había grabado otra muesca, entonces- leyó como si el
mensajero de la Catedral hubiera estado escuchado en las puertas y luego
se volviera.

Bueno, estaba contenta de que Baragry estuviera contento. Estaba


contenta de no haber sufrido ningún daño. En el caos después de que
explotara el carro blindado, ella había estado ocupada arrastrándose fuera
de la esclusa de combus ble quemado: después de la llamarada inicial se
había quemado con una llama baja y humeante en lugar de la bola de
fuego al rojo vivo que esperaba, pero eso ya había sido bastante malo. Para
cuando se despejó, los vehículos a ambos lados estaban salpicados y
ardiendo, y cuando recuperó el equilibrio, el aceite en llamas había estado
lavando el suelo de roca de la puerta, en una alfombra de fuego amarillo,
espeso y alto.

El alboroto, apenas controlado en la puerta, de repente se quedó sin


ningún control. Peatones aterrorizados obstruyeron las pasarelas por
encima y lanzándose los unos a los otros gritando desde las barandas a las
llamas. Los conductores intentaron abrirse camino a través de otros
vehículos, destruyendo cualquier esperanza de escape ordenado. Los
Arbitradores habían sido sorprendidos tanto como el resto, pero Calpurnia
estaba orgullosa de los equipos de la puerta. Sin órdenes de ella, la gente
de las colmenas habían sido conducidos o arrastrados a través de las
puertas exteriores por Arbitradores enmascarados con respirador, mientras
que los escuadrones en el extremo interior de la puerta habían formado
instantáneamente una doble línea de escudos y tanques a través de los
cuales ni un solo civil, por muy frené co que estuviera, pudiera haber
escapado al Augustaeum. Si la explosión había sido la tapadera de algún
po de invasión en masa para derrotar a los puntos de control vigilados,
entonces había fallado.

Ella recogió sus insignias de rango. Alguien había pulido el hollín y la arena
de la calle de la noche anterior, e hizo una mueca. Eso era algo que debería
haber hecho ella misma, agotada o no. Y ella ni siquiera sabía el nombre de
su asistente de cámara.
Por la atención de la Arbitradora Senioris Calpurnia. Respetado
Arbitradora, ahora tengo cinco prisioneros registrados a su nombre y
asignados a celdas de detención preliminares; se adjuntan los detalles
iniciales de registro. Las medidas especiales para el encarcelamiento de los
dos prisioneros a primera hora de la mañana ahora están en su lugar
según lo dictado por usted misma anoche. Todos los prisioneros están
ahora listos para su juicio o decreto en cuanto a su orden y esperó sus
instrucciones. En el nombre del Emperador. Tranio du Toit, Señor de
Chastener, puesto de Augustaeum.

Consideró esto mientras se abrochaba la funda y el arnés de armas. Los


dos hombres a los que el mensaje hizo especial mención fueron los
conductores de carro que habían salido de su vehículo unos momentos
antes de que explotará. Su recuerdo más vívido era de sus espaldas: ambos
poderosos y con enormes hombros, uno con el cuero cabelludo afeitado y
tatuado y el otro con una trenza rubia y delgada que rebotaba contra la
camisa de su moreno aspecto mientras se agachaba y saltaba entre la
mul tud.

Sus fosas nasales estaban obstruidas por el humo y un aroma dulce e


inde nible; eso y abrirse paso entre la muchedumbre, la había llevado
desagradablemente de regreso al santuario del Mechanicus. No había
tenido empo de mirar atrás para ver si otros Arbitradores la seguían: ella
ya había perdido terreno debido a que tenían que dar vueltas y bailar
alrededor de los bordes del estanque de fuego y estaba desesperada por
no perder a ninguno de los hombres en la mul tud. Había intentado
gritarle a la mul tud que se separará, pero los que podían escucharla por
encima del ruido, estaban demasiado asustados para prestar atención y
después de una docena de pasos, estaba usando su maza con una carga
baja-media para empujar a las personas a un lado como si estuviera
abriéndose camino a través del follaje de la jungla.

Otro mensaje de Draeger, la marca de empo, de hacía menos de veinte


minutos.

Arbitradora Senioris, tenemos no cias del líder Verispex Barck en la Puerta


de Aquila. El con rma que la inspección inicial del evento de la Puerta de
Aquila está completa y espera a su llegada. Ha pedido que le comunique el
hecho de que otros están presentes. En nombre del Emperador.

Y adjunto a eso:

Arbitradora Calpurnia, en endo que deseará asis r a la Puerta de Aquila


en persona esta mañana. Me he tomado la libertad de no carlo al
Arbitrador Bannon y de reunir una pequeña escolta en el muelle central.
Debe estar listo para par r antes de su llegada allí. -Hrass. Mayordomo.

Así que ese era su nombre, o el de ella, o al menos uno de sus nombres.
Antes de que terminará el día, decidió que iba a encontrarse con ellos y
hablar con ellos. Se merecían al menos eso. Su pistola y su mazo estaban
en un estante frente al santuario.

Tocó cada uno de ellos con el aquila plateada con una bendición
murmurada, luego se inclinó ante el icono de Guilliman, se puso el casco
bajo el brazo y desapareció.

El hangar del vehículo en la Puerta de la Jus cia tranquilizó a Calpurnia.


Sus brillantes arcos colgaban de los pór cos del techo y el aluvión de ruido,
los gritos de los jefes de escuadrón, el ruido de las botas, el rugido de los
motores y el chirrido de las orugas de los tanques. Las grúas retumbaban y
resonaban en los raíles que cruzaban el techo por encima, en lo alto,
moviendo cajas de municiones, cartuchos de combus ble o fajos
encadenados de suplicantes prisioneros a través del alto espacio. Ante ella
había una plancha de adaman ta de cincuenta metros de altura que se
encontraba justo dentro de la entrada de la puerta, obligando al trá co
entrante a entrelazarse a su alrededor y amor guando cualquier asalto
rápido.

Aunque la escala era mayor, era como la mayoría de las otras garitas en las
que había trabajado y, como siempre, el equilibrio de los opuestos la
complacía. Afuera, frente al Augustaeum, la dignidad silenciosa de los
pilares de la puerta, las águilas e inscripciones talladas y las estatuas del
gran pasado de los Arbitradores, presentaban el severo rostro de la Ley
Imperial. En el interior, el reconfortante sonido de los sirvientes de la Ley
en su trabajo. Ella respiró el olor a aceite de motor como un perfume.

La larga columna vertebral de roca de Creta del Muelle Central corría desde
la entrada principal al cuartel del Muro por el medio del espacio,
dividiéndolo en dos pisos de hangar de medio kilómetro.

A cada lado, docenas de tanques Rhino y Repressor estaban alineados


como cochinillos, anclados a las sucias paredes grises por líneas de
combus ble y barreras de mantenimiento. Desde la pasarela, en la parte
superior del muelle, Calpurnia podía mirar hacia abajo desde sus techos
mientras hombres, mujeres y algún que otro servidor ocasional entraban y
salían, deteniéndose para mirar hacia arriba y saludarla al pasar.
Finalmente vio a Dvorov apoyado en la barandilla de la torreta de los
supervisores al nal del Muelle, saludándola.

-Y que buen día, Shira, contento de no verte peor por el desgaste. Pensé
que probablemente te encontraría aquí abajo. Siempre liderando desde
el frente. ¿No has comido todavía?

-Señor mariscal, sí, gracias, recogí un poco de pan y pasteles de grano de


un economato por el que pasé junto al, eh...- hizo un gesto por encima del
hombro hacia las puertas que se abrían en el muelle. -Mis disculpas por no
aparecer antes con un informe, señor. Yo…-

-No es una preocupación, pero gracias por sus disculpas de todos modos.
Con o en que me informe cuando lo necesite. Sería una gran acusación
hacia sus ap tudes, ser un Arbitrador Senioris si no pudieras- Calpurnia
no pudo evitar la desleal idea de que esto no le había impedido comprobar
las copias de los mensajes que le llegaban. Pero luego lo descartó, asin ó y
cruzó la plataforma de la torreta para mirar a los Rhinos que esperaban en
el piso del hangar. El Arbitrador Principal Bannon, estaba de pie en la
esco lla superior del primer vehículo, la saludó.
-Por supuesto, ahora voy a contradecirme dándole una instrucción
directa. Bueno, no es una orden como tal, pero quería llevarlo
personalmente a casa por un procedimiento general que he ordenado-
dijo él.

-Mayor seguridad- dijo ella.

-Correcto. Creo que en endo la cues ón que hizo mientras subía a pie
por el Barrio de los Artesanos ayer, y veo el sen do detrás de esto. Pero
este nuevo ataque comienza a hacer que parezca la apertura de una
campaña, no un solo intento de asesinato. Entonces, no más de eso. No
voy a ngir que puedes hacer tu trabajo en un búnker envuelto en
escudos vacíos, pero ya no tendrás que desplazarte a pie con otro
arbitrador general y solo un escuadrón de seguridad- hizo un gesto hacia
el Rhino que había debajo de ellos.

-Los Arbitradores Seniors van con escolta y transporte completos. Lo que


enes allí es un mínimo. O ciales menores y patrullas estarán operando
con fuerza. Estoy formalizando esa direc va esta mañana, pero quería
asegurarme de que usted en par cular lo supiera y lo entendiera- siguio
él.

-Porque soy un mando desconocido- dijo ella.

-No del todo desconocido, pero está bien, eso podría ser parte de eso.
Además, fuiste el obje vo del primer ataque y serás muy visible al
ejecutar la respuesta Arbitradora. Serás un obje vo principal, Shira-
explicó él.

-En endo, señor mariscal- ella lo saludó con cuidado, y luego, cuando
parecía haber terminado, se volvió y bajó a la esco lla de Rhino.

Después de toda la noche, el humo del fuego había quedado atrapado


entre la pared del Augustaeum y la empinada pendiente ascendente de la
erra, y alrededor de la Puerta de Aquila la neblina marrón hacía que la luz
amarilla del sol se volviera aún más fangosa, espesa con ese peculiar olor
agridulce. Salir al aire sucio hizo que Calpurnia se pusiera nerviosa de
nuevo.

-Proviene del interior de la puerta- le dijo Bannon cuando la notó


olisquear. -El combus ble que salía de ese barril resultó ser aceite de
lámpara perfumado, para algunas de las primeras fes vidades antes de la
congregación- Calpurnia asin ó e intentó sacar el término de su sobre
cocinada memoria. La Congregación Crepuscular, era cuando la campana
de la Catedral sonaba al comienzo de la Vigilia y se encendían linternas
para marcar la noche.

La puerta de Aquila seguía bloqueada. Calpurnia se sorprendió levemente


de que parecía no haber cerraduras sicas para el gigantesco arco del
túnel; en cambio, la puerta estaba acordonada en cada extremo por una
hilera de Rhinos estacionados en un semicírculo en los ves bulos, con
redes de cadena colgadas entre ellos y vigilantes Arbitradores que
empujaban un ujo constante de espectadores. Al otro lado de la puerta, la
escena se repe a a mayor escala; desde allí podía oír motores y claxons.

-¿Por qué el trá co a través de esta puerta no se ha desviado hacia las


demás?- preguntó. -Parece que hay una gran conges ón en el otro lado.

-No estoy al tanto de ningún informe al respecto- dijo Bannon. -


Ciertamente habría gente haciendo eso, pero puede haber problemas.

-¿Puede haber?- los Arbitradores de la barricada estaban desabrochando


el protector de la cadena para dejarlos pasar, y ella tomó un momento de
demora para mirarlo por encima del hombro.

-Con su permiso, señora, iré y veré. Mi pensamiento inicial es que no hay


acceso fácil a las otras puertas. No se ha permi do que la colmena se
ex enda alrededor de las laderas sudoeste de la montaña hasta la Puerta
de los Peregrinos, y el Muro corre por la pendiente de la colmena, por lo
que un camión de cualquier tamaño tendría que retroceder por Telepine.
Muy cerca de la parte inferior del Muro, luego unirse a la cola en la
siguiente cara. Supongo que está atascado en el camino a la llanura.

-¿Te importaría, entonces, dirigirte y ver si tu pensamiento inicial y tus


suposiciones son correctas y si hay algo más que necesito saber?-
Calpurnia había visto a una mujer de mediana edad larguirucha cuya
insignia la marcaba como la líder del equipo de Verispex, y cambió de
rumbo hacia ella cuando el cas gado Bannon se alejó rápidamente.

El Verispex (una rara instancia de colaboración de Adeptus Arbites y Ordo Calixis, nT) estaba
parado dentro de la sombra del arco. Una avalancha de marcas de pintura
y marcadores rotatorios parpadeantes se extendía a través de las ruedas de
los tractores y carretas quemados. A pesar de la conmoción fuera de la
puerta, todavía parecía una tumba en comparación con la noche anterior.
Calpurnia hizo una mueca ante la palabra tan pronto como lo pensó, y se
preguntó cuál habría sido el eventual número de muertos. Otra cosa por
descubrir.

Barck estaba de pie entre dos de las moles con un hombre alto, que
portaba un grueso guante azul, un servidor con varitas de grabación de voz
sobresaliendo de su cara, balanceándose hacia adelante y hacia atrás para
capturar la conversación. El hombre no llevaba la insignia de Arbitrador, y
Calpurnia no habría sen do ningún impulso por interrumpir, en cualquier
caso.

-Verispex Principal Barck. Gracias por su mensaje- el hombre alto no había


dejado de hablar.

Su voz era tranquila y gutural, todavía estaba de espaldas a ella. Calpurnia


apretó los dientes y estaba a punto de darle al hombre un fuerte golpe con
su mazo cuando vio la expresión de Barck, la cara de alguien atrapado
entre dos puntos de autoridad. Dio un paso a su alrededor para mirarlo a la
cara y vio la roseta escarlata clavada debajo de su mentón doble.

-... debe ser devuelto a mí antes de que el camino esté frío- sostuvo la
mirada de Barck por un momento hasta que la mujer dio un paso atrás. La
pausa antes de recurrir a Calpurnia fue lo su cientemente larga como para
enfa zar que fue él quien decidió que era hora de hablar con ella. Tenía la
frente y la nariz altas y huesudas, pero suaves mandíbulas alrededor de la
mandíbula y la garganta. El contraste con su delgado cuerpo era extraño.
Su cabello castaño estaba cortado militarmente corto y sus ojos eran
pálidos y fríos.

-Usted es la Arbitradora Senioris Shira Calpurnia- diciéndole su nombre y


reteniendo el suyo. Si hubiera un truco más an guo y más básico, no
podría recordarlo.

-Stefanos Zhow- agregó después de una pausa.

-De la Inquisición Imperial.

-De, como dices, la Inquisición Imperial.

El servidor de la grabadora tendría que ser propiedad del inquisidor, no se


hizo con ningún patrón que Calpurnia hubiera visto antes. Los muñones de
sus brazos terminaban en paquetes de conectores de datos envueltos y
arcos de datos colgados de su cintura, lo su ciente como para conver rla
en una biblioteca ambulante. Detrás de ella, vio ahora, había otro criado,
un hombre regordete de idén co azul, su cuero cabelludo afeitado era una
masa de alambres y cables augmé cos. Un al ler sobresalía por encima de
cada zócalo en su cráneo, cada al ler sostenía en alto un trozo de
pergamino, dándole un extraño halo de papel.

Calpurnia asimiló todo esto, luego se volvió hacia el Inquisidor Zhow. -


Saludos y cumplidos, inquisidor. Con o en que los Adeptus Arbites hayan
sido ú les para proporcionarle lo que necesite de nosotros.

-Hasta el momento si. Mi personal y yo estamos examinando el si o-


Zhow hizo un breve gesto hacia su ves menta, explicando la ves menta de
su trabajador. -Mientras tanto, es probable que desee ver los problemas
que está causando el ujo de retorno a lo largo del camino de Telepine.

Calpurnia se erizó.
-Puede estar seguro de que eso me llama la atención, inquisidor, pero
acépteme por poder caminar y mas car al mismo empo. Estoy
inves gando intentos de interrumpir la Vigilia y la Misa de Balronas,
comenzando con un ataque contra mí y con nuando con la explosión de
anoche- por el rabillo del ojo, Calpurnia pudo ver a Barck ansiosamente
atar y desatar sus dedos. El gordo esclavo de Zhow parecía estar mirando a
través de ella.

-Estoy aquí para hablar con mis colegas sobre el ataque de anoche. Si está
haciendo lo mismo, entonces creo que podemos ayudarnos unos a otros-
explicó Calpurnia.

-Oh, soy plenamente consciente de su situación, Arbitradora- la mirada


de Zhow se había endurecido. -Y voy a querer hablar con usted
directamente sobre ese asunto en poco empo; tenga la seguridad de
que ya lo habría hecho si esto no hubiera surgido- hizo un gesto hacia los
cascos y el humo que llenaba la puerta. -Pero por supuesto, ordene esto.
Tendremos que estar en un si o más privado para que pueda hablar
con go de todos modos.

Se separaron, Calpurnia y Barck caminaron hacia los restos del carro que
había explotado, Zhow hacia otro asistente ves do de azul que estaba en
una conversación profunda con dos supervisores. Calpurnia esperó hasta
que estuvieron fuera del alcance del oído antes de gruñirle a Barck por el
rabillo del ojo.

-Hubiera ayudado saber que él estaba aquí. ¿Nadie trató de obtener un


enlace de voz a mi vehículo, o simplemente llegó?- eso parecía poco
probable: buscando más prendas de color azul oscuro ella pudo contar
cuatro bullicios más alrededor de los cascos sin girar la cabeza. Parecían
haber estado allí un empo.

-Señora, se lo no qué.

-No, Verispex principal, no lo hiciste. Y deja de retorcerte las manos así.


Pongamos esto en marcha, por favor.
Los vapores todavía eran notables, y ambos se pusieron las máscaras de
ltro. El carro destrozado se cernía sobre ellos, destripado por la explosión
y viscoso por los aerosoles an in amatorios. Barck se subió a un caballete
que había sido colocado a su lado y le indicó a Calpurnia que se uniera a
ella; Calpurnia tuvo que ponerse de pun llas en el tablero para mirar a
través de la abertura en el lado del carro en el que Barck estaba mirando.

-Llevaba un envío de petróleo, pero no es solo un tanque de uido a


granel. Mira. El conductor del carro pesado, iba lleno de tambores de
metal, un hueco en las pilas al lado del agujero por el que estaban
mirando. Los barriles más cercanos no fueron arrasados, simplemente los
quitamos. Pero los más cercanos al hoyo estaban bastante destrozados.

-Por lo que hemos podido reconstruir, las llamas comenzaron fuera de los
barriles. Hubo una chispa de algún po dentro de la tolva que se ltró,
siguiendo los patrones de quemado que encontramos. El petróleo en sí
mismo arde bastante frío y con una llama baja- Calpurnia asin ó,
recordando la creciente piscina de fuego poco profundo. Sin embargo,
había sido su ciente, como para cocinar las piernas que había debajo de la
colmena por la que había intentado correr y para quemar las otras pistas y
diques cuando llegara a ellos.

-Así que fueron los vapores los que se encendieron y crearon la


explosión. En los diferentes pos de los residuos, creo que se pudo haber
introducido algún elemento adicional junto con una fuga inducida para
hacerlos aún más volá les.

-¿Fuga inducida?- preguntó Calpurnia.

Barck se detuvo y sacudió la cabeza. -Disculpas, señora, me estoy


adelantando. Hay daños en varios barriles que la explosión en sí misma
no explica. Debilidades en los sellos y adelgazamiento del metal- su voz
se estaba volviendo más rápida y segura mientras hablaba. -Te envié mi
mensaje porque Lacan y sus metalúrgicos con rmaron que el daño fue
anterior a la explosión pero que era rela vamente nuevo. Incluso había
par culas de metal del barril en los residuos quemados alrededor de los
barriles, y cuando veri camos con un microvisor parece que fueron
raspados, no quemados.

-Así que alguien debilitó deliberadamente los barriles para que tuvieran
fugas de aceite in amable, y de alguna manera dispuso una chispa allí-
Calpurnia se bajó del caballete sobre el pavimento resbaladizo.

-Correcto- Barck bajó tras ella y le indicó a otro o cial Verispex que se
adelantara. -Luxom, ¿encontraste lo que pensabas que encontrarías?- él
asin ó y se movió nerviosamente, sosteniendo un tapón circular de
cerámica.

-El sellador alrededor de éste, se horneó fuerte en lugar de derre rse,


señora, uh…, señorías. Facilitó la limpieza y eliminación de la ceniza y la
mugre, que es lo que estábamos haciendo, eh..., estaban terminando
mientras estábamos hablando en este momento.

-Gracias, Luxom- dijo Calpurnia, tomándolo de su mano. -¿Estoy buscando


una manipulación similar aquí?

-Esas, eh, líneas directamente a través de los bordes, allí. A través del
residuo de sellador. Así es, ese es uno. Es posible que necesitemos un
chequeo de microvisor para estar absolutamente seguros, pero no he
tenido empo de hacer uno. Pero parece que alguien empujó una aguja o
algo similar a través del sellador mientras todavía estaba suave, no
mucho después de que los barriles se hubieran llenado y sellado, para
permi r una ltración muy lenta.

-¿Puede alguno de ustedes decirme de dónde vino la chispa?- los dos se


miraron.

-No podemos encontrar signos de daño en el carro- dijo Barck, -o al


menos ningún daño que parezca ser anterior a la explosión. Solo el
Mechanicus puede decirnos estas cosas con seguridad, pero hemos
llegado a una idea razonable de qué po de descomposición de una
máquina, hace que su espíritu escupa y chispee. En esta etapa, creo que
estamos viendo algún po de amuleto de llamada, algún po de
mecanismo oculto en los barriles que causó la explosión y que se
consumió o se voló hasta el punto de que no hemos podido encontrar
ningunas piezas notables de eso aún.

Calpurnia asin ó, pensa va y volvió a pasear por los restos. Barck y Luxom
la siguieron cuando ella comenzó a hacer más preguntas, preguntas sobre
el patrón de explosiones e incendios, los movimientos de la mul tud,
cuántos habían muerto y cómo habían muerto. Pasó más de una hora
antes de que decidiera que había escuchado su ciente por el momento y
comenzó a buscar el camino de regreso a través de los restos y los
marcadores.

-Dirige a Verispex Barck- dijo, -me doy cuenta de que harás tu juicio
formal sobre el asunto cuando vuelvas a colocar tu informe escrito en el
Muro. Sin embargo, en este punto, con lo que has visto aquí en las
úl mas horas, ¿ enes alguna duda de que este fue un caso de sabotaje
deliberado?

-Con lo que he visto aquí... ninguno en absoluto, Arbitradora Senioris.

-Gracias. ¿Cuándo estará listo su informe completo?

-Al nal del próximo turno, señora. Haré que un corredor te lo traiga
directamente.

-Una vez más, Gracias.

Bannon cayó detrás de ella mientras caminaba hacia los Rhinos.

-Arbitradora senioris, los caminos de acceso al camino de Telepine están


cerrados. El Comando de Movilidad Urbana informó que la úl ma
barricada estaba en su lugar hace una hora.

-¿Tan recientemente como eso? Ya veo.

-Word parece ser un poco lento para llegar a las otras rutas. Los trazos
que intentan rever r el Camino probablemente estén allí al menos para
el día siguiente. Ya ha habido algo de violencia en la base del Camino y
Hakaro, en Eight-West están movilizando media vigilancia extra para
patrullar. Dice que ha habido un par de informes de pandillas atacando
los camiones parados.

-¿Están disponibles los mapas de las carreteras alrededor del fondo del
Muro?

-¿Señora? Er, de los más importantes, sin duda. ¿Me necesitáis para
obtenerlos...?

-Cuando regresemos, sí. Trabajaré exactamente lo que necesito. Este


inquisidor también cambia un poco las cosas. Desearía que Barck me
hubiera no cado que estaba aquí.

-¿No lo hizo?

-Ella dice que sí. La única pista fue su mensaje original sobre otros
asistentes.

-Ah...

Se detuvo y miró a Bannon. Los Arbitradores se volvieron buenos leyendo


el lenguaje corporal de los demás a través de armaduras y cascos y dio un
paso involuntario hacia atrás.

-¿Algo más que deba saber, Bannon?

-Ah. Es taquigra a Vox local. Una referencia a "otros asistentes"...


signi ca personas de fuera de los Arbitradores que inter eren en nuestro
trabajo. Por lo general, en el Augustaeum son los agentes del Monocrata,
y en los muelles suele ser la Armada. A veces es alguien inusual como el
Administratum o...

-O la Inquisición- miró hacia donde Zhow, estaba hablando con su orondo


asistente. Mientras observaba, el inquisidor levantó una mano y ambos
hombres esperaron mientras el servidor cambiaba algunas conexiones
entre su bandolera de arcos de datos.
-Ya que una vez más me han recordado por la fuerza lo nueva que soy en
todo este lugar del Imperio, ¿puede decirme si este es el comportamiento
habitual de un inquisidor aquí? La poca interacción que tuve con el Ordo
Paci cus derivó en rumores y órdenes críp cas y pequeñas direc vas
extrañas de nuestro alto mando. No recuerdo ninguno de ellos
simplemente merodeando y mostrando su insignia.

-Quizás es porque ahora eres alto mando, Arbitradora- Calpurnia resopló,


pero fue un resoplido de sa sfacción.

-Quizas lo es. Muy bien, vendrán, no hablemos de ellos. Tenga listo el


escuadrón de escolta para volver a abordar los Rhinos, por favor- Zhow se
estaba acercando a ella ahora. Calpurnia contuvo un suspiro y estudió las
marcas en el suelo. Las echas y líneas mostraban dónde los Arbitradores
habían formado su línea de contención y registraban el ujo y re ujo del
fuego y la mul tud; Las clavijas marcaban dónde habían estado los cuerpos
después de que la estampida disminuyó y el fuego se ex nguió. Había
muchos de ellos. Muchos habían estado en llamas cuando se estrellaron
contra la pared del escudo y al nal murieron. Los Arbitradores habían
estado disparando contra la muchedumbre para tratar de defenderse.

Su mano izquierda se arrastró hacia su cabeza, para frotar sus cicatrices


con las yemas de los dedos, antes de captar el movimiento. Odiaba la
forma en que el manierismo persis a incluso cuando llevaba puesto el
casco; para ella hablaba de falta de enfoque, falta de control. Volvió a mirar
las clavijas, pero cada una estaba coronada solo por una celda de luz y un
número, nada más que decirle sobre quién había muerto en el suelo en el
que se encontraba ahora. -¿Planeando tu próximo movimiento?- Zhow
logró que pareciera una orden.

-Sé mi próximo movimiento, Inquisidor. A estas alturas, los dos


tripulantes del carro que explotaron han pasado bastantes horas en las
celdas previas al interrogatorio. Esta visita me ha dado exactamente lo
que necesito para comenzar a interrogarlos- tuvo que apretar los dientes
para la siguiente parte, pero no había nada más que extender la invitación.
-Inquisidor Zhow, si quiere acomodarse- pero él ya estaba caminando
hacia su Rhino.
-Tienes razón, mejor que esté presente para el interrogatorio. Reasigna a
tu escuadrón de escolta a los otros vehículos en el convoy, por favor- le
dijo, -pero asegúrate de que haya espacio para mi propio personal. Tu
asistente puede viajar con nosotros si insistes, pero eso es todo- salió de
debajo de la puerta y entró en una ráfaga de murmullos de la mul tud.

-Creo que soy su asistente, Arbitradora Senioris- dijo Bannon


servicialmente. El resto de los Arbitradores ya había escuchado las órdenes
del inquisidor y se estaban distribuyendo entre los otros transpor stas en
las torretas de los Rhino. Los tres tanques estaban acelerando sus motores
y bajando sus rampas de abordaje.

-Es un inquisidor, señora, después de todo. Sé el nombre, aunque nunca


lo he conocido. Creo que el Inquisidor Zhow reside en algún lugar del
sistema Hydraphur. Se supone que han conver do las an guas
propiedades del almirante Invis cone en su propio puesto avanzado. He
oído que Zhow ha tenido tratos con el señor mariscal y el Eparch antes.
Él, bueno, se le permite...

-Le han permi do poder lidiar con nosotros, sé lo que signi ca la Insignia.
Pero existe una cosa llamada educación, sumamente básica, Bannon.
Muy bien entonces, vamos.

Los Rhinos no estaban construidos para dar charlas, y el Inquisidor


Zhow no parecía estar contento de haber tenido que inclinarse hacia
delante de su si o, para poder hablar por encima del ruido del motor. Las
paletas de audio en el servidor de grabación estaban constantemente
haciendo clic y exionando mientras trataban de separar las palabras del
ruido.

-Esto es bastante insa sfactorio- declaró. Calpurnia se encogió de


hombros.
-Se adapta a mis necesidades, respetado Inquisidor.

-¿Lo hace ahora? La mayoría de los Arbitradores generales que conozco


han solicitado un vehículo para su uso personal y se han aplicado ciertas
mejoras en ellos. Buena amor guación para uno, de modo que el o cial
en cues ón pueda llevar a cabo sesiones informa vas y discusiones
opera vas sobre la marcha. Algo que sugiero para su consideración- y se
echó hacia atrás, medio volteado hacia la ranura de visión en el casco, y no
dijo nada más. Calpurnia deseaba haberse puesto el casco: esa expresión
abofeteada quería volver a aparecer en su rostro. Esta vez su mano
encontró las tres costuras en su frente y sus dedos todavía estaban
corriendo hacia arriba y hacia abajo por las cicatrices cuando llegaron a la
Puerta de la Jus cia.

Bannon debe haber tenido razón sobre Zhow en su manera de trabajar con
los Arbitradores antes. Ni siquiera había una mirada super cial al hangar
de la Puerta de la Jus cia, simplemente caminó hacia la base de la escalera
de mano y le indicó a su criado rechoncho que subiera por él, el hombre
subía los arenosos escalones de metal con agonizante cuidado y frecuentes
paradas. El servidor trepó más rápido y hábilmente de lo que Calpurnia
había esperado dada su falta de manos, luego el propio Zhow. Una vez que
Calpurnia había subido para unirse a él, salieron a caminar por el camino.
Cuando atravesaron las puertas y se volvieron hacia la Torre de los
Cazadores, Calpurnia alcanzó al inquisidor, que nalmente había
consen do acortar un poco su paso.

-¿Crees que el sabotaje del petrolero estaba dirigido a ?- le preguntó.


Calpurnia pensó por un momento antes de responder.

-No. Lo hice al principio, porque después del rador, esto parecía una
coincidencia demasiado patente. Demasiado cerca de mí y demasiado
pronto. O eso me pareció.

-¿Crees que las mismas partes están involucradas?- interrumpió. Ella


respiró hondo.
-Todavía tenemos poca o ninguna idea sobre quién estuvo detrás del
ataque original, por lo que es di cil de decir. Pero ese es el punto, eso es
lo que me hace dudar.

-Explíquelo- doblaron una esquina en una formación doble de columnas de


Arbitradores en marcha. Calpurnia disminuyó la velocidad y pasó a un lado;
Zhow marchó por el centro de la formación, los soldados rompieron el
paso y se arrastraron a un lado cuando vieron su insignia. El servidor,
tratando de mantenerlos a ambos en el rango del sensor, se movió
vacilante entre ellos hasta que Calpurnia, jurando en silencio para sí
misma, volvió a ponerle al día.

-El ataque contra mí en el santuario Mechanicus fue preparado


escrupulosamente. El asesino había sido cuidadosamente educado y su
equipo era una de las mejores prótesis mecánicas que los Adeptos en ese
santuario habían visto. Y hubo un enorme esfuerzo para asegurarse de
que fuera imposible de rastrear.

-Las huellas gené cas se destruyeron, su rastro se apagó y se quemó más


allá de la capacidad de mi propio augur para rastrear- Zhow sacudió la
cabeza hacia su asistente, -y su iden dad es un misterio. Me he servido de
copias de los informes relevantes, aunque no pude estar presente en la
reunión donde discu ste todo esto por primera vez.

Él le dirigió una mirada diver da.

-¿Te sorprende? ¿Un asesino que opera contra un o cial de Adeptus en


una colmena en el corazón de la principal fortaleza naval de un segmento
entero? Lo que debería sorprenderte es que me tomara tanto empo
hablar con go directamente.

-Estoy seguro de que tenía sus razones, respetado Inquisidor.

-Y ves los patrones con el incidente en la Puerta de Aquila, ¿verdad?-


preguntó, ignorando el comentario.

-El esfuerzo de la Puerta de Aquila fue de mala calidad y despreocupado,


al azar en el mejor de los casos. El sabotaje a los barriles funcionó
bastante bien, pero no fue tan so s cado como la preparación detrás del
rador. ¿Cómo podrían saber que me detendría en la Puerta de Aquila?
¿Cómo podrían saber que me dirigía a ese carro pesado en concreto?

-Auxiliaste, según me han dicho, a los dos tripulantes corriendo. Parece


que enes un es lo de sumergirte en cosas que un asesino podría
explotar con bastante facilidad.

-¿Y ellos, cómo sabían esto? Sabían que pasaría exactamente en el


momento correcto, ¿cómo? El trá co era pesado y lento debido al
endurecimiento de los puntos de control. Simplemente no hubiera sido
posible contar con que el carro estuviera en el lugar correcto para
atraparme. Incluso suponiendo que el sabotaje pasó el punto de
inspección una vez que los alcanzó. Y si se suponía que los dos
conductores eran asesinos, su conducta era tan incompetente que rayaba
en lo extraño.

-¡Excelente! Tus conclusiones coinciden con las mías.

Y con eso Zhow dejó de hablar de nuevo. Estaban pasando a lo largo del
Muro mismo, a través de los puntos de control internos que marcaban
cada límite. Calpurnia se detuvo concienzudamente para el escaneo de
iden dad completo en cada punto, mientras que Zhow, que tocó su
iden cación y pasó rápidamente por cada uno, se paró en el extremo
opuesto y la miró mientras su rechoncho esclavo resoplaba. Pasaron por el
punto de control de la puerta interior, el cruce principal donde grandes
escaleras subían a la gran explanada que corría por los pisos superiores a
todo lo largo del Muro, luego a través de los portales más pequeños hacia
la antecámara de la Torre de los Cas gadores.

Chastener du Toit los estaba esperando. Sus ojos se abrieron un poco


cuando vio la iden cación de Zhow, pero Calpurnia se alegró de que le
hablará primero.

-Los dos arrestados en el Barrio de los Artesanos están en las celdas de


masas pendientes de procesamiento. Los dos de la noche anterior están
en celdas de ablandamiento individuales, que parecen haber funcionado.
Uno todavía está tranquilo, pero no ha dormido y ene algo de dolor, el
otro se rompió bastante temprano. Teme por su alma: ha estado llorando
y pidiendo un confesor durante las úl mas dos horas más o menos-
Calpurnia asin ó con aprobación.

-¿Ve alguna razón para que no comencemos con ese, inquisidor?

-Yo no. ¿Con o en que también tenga copias de los documentos


completos para los prisioneros y su vehículo?

-Lo haremos en breve- dijo du Toit. -Se u lizaron para localizar al cargador
a quien pertenece el carro. El Mayor Chastener los entregará en breve. En
cuanto al prisionero, bueno, es una confesión completa de Ministorum
que quiere hacer, así que...

-¿Tienes un potro de tormentos?- preguntó Calpurnia. -No es uno de los


estándares, me re ero al po de confesionarios de los que se instalan en
las plazas públicas cuando levantan una purga.

-Sí, señora. Hay una en la segunda rotonda, encima de nosotros y en el


muro sur, para las ejecuciones de Capita Secundus.

-Bueno. ¿Cómo se llama este prisionero, confesor?

-Hiel Jakusch.

-Que Jakusch sea llevado allí junto con esos papeles. Y puedes guiarnos al
inquisidor y a mí allí ahora.

Zhow arqueó una ceja cuando terminó de hablar, pero, por suerte, no dijo
nada más.

U
- sted es un prisionero, arrestado por la mano justa de los Adeptus
Arbites- un viaje aterrador y sofocante por un paisaje estrecho, oculto
dentro de una lona apretada y me da en un Rhino po Abductor o
simplemente colgado de los ganchos de transporte a sus lados. Se quitó la
lona en una celda en los subniveles de la colmena de la Torre Chastener,
donde los pasillos y las habitaciones son deliberadamente estrechos y
menudos, pero de piedra oscura, techos altos, mal iluminados, por lo que
siempre había la sensación de ser observado desde arriba. Cuánto empo
viva así, cuánta comida obtenga, cuánta agua o sueño, se basará en el
cuidadoso dogma del Arbitradores sobre la ruptura del prisionero.

Finalmente, en algún momento, doblado y débil y exhausto y rodeado de


severos torturadores de fajas marrones y sus voces y luces, algo cede.
Piden una confesión, y desde la penumbra apretada vienen,
tambaleándose con grilletes, y se paran en una hermosa sala de cristal
abovedado llena de aire y luz solar, mirando hacia la ciudad y las
montañas. El predicador le habla amablemente y sabe que una vez que se
haya descargado, el potro de tortura espera en el centro de ese piso de
mármol, y allí, como el Ministorum le ha enseñado desde la infancia, el
dolor limpiará su alma antes de que abandone su cuerpo para estar
delante del emperador. ¿Cómo pueden no sen r alegría? ¿Cómo no
podrían revelar todos esos secretos que has guardado dentro de ?

Calpurnia entendió la psicología de la cámara y la apreció. A menudo, la


clave de los secretos más guardados era la perspec va de una pizca nal de
dignidad y redención después de la larga ru na de las celdas. Si se paraba
en la ventana de espaldas al potro, la habitación era casi pací ca, incluso si
la luz del sol iluminaba mal. Incluso después de varios días en Hydraphur,
seguía buscando ins n vamente la nube de humo o tormenta de arena
que estaba volviendo la luz de ese color.

Pero todo lo que hizo que Zhow hablara construc vamente fue una
bendición, decidió contemplar la vista mientras esperaban parecía haber
hecho eso.

-Mi predicción es que vamos a con rmar por parte de este hombre que
esa explosión fue ar cial, pero no estaba dirigida a usted. Dudo que él
sepa quién eres.
-Entendido. Entonces, si no es un ataque contra mí, ¿estamos de acuerdo
en que es un ataque contra la Vigilia y la muchedumbre? Ese aceite era
aceite de lámpara, y hay un gran des le de faroles esta noche. ¿Qué son,
más santos?- él asin ó.

-Sus estatuas e íconos se han exhibido en el Barrio de los Peregrinos


durante el úl mo día, y esta noche llegan al Asiento al otro lado del
Augustaeum antes del Concurso del Maestro.

-Pero la fuente de la explosión estaba en el carro, en las tolvas de carga


que transportaba. No el aceite en sí. Si el obje vo era sabotear ese
des le de alguna manera... pero me estoy adelantando. Déjame pensar
en voz alta por un momento. El ataque no necesitaba estar en el des le.
De hecho, probablemente sería mejor si no fuera así. Debo hablar con
Leandro, socavar la Vigilia es un acto de equilibrio.

-Cualquier sabotaje ene que causar algún po de interrupción para


deshonrar al Maestro pero demasiado daño y fracasa. Así que destruir
ese des le sería desastroso, pero causar monstruosos problemas de
trá co en un lado de la colmena es su ciente para manchar a Kalfus-
Medell por asociación. Demonios, probablemente incluso ayudamos al
cerrar la Puerta de Aquila. No se trató de un asesinato, y no se trataba de
romper las líneas de Arbitradores para tratar de meter unos maleantes en
el Augustaeum, que era la otra idea con la que estaba jugando. Creo que
las interrupciones fueron un n en sí mismas. Inquisidor, en ende este
lugar mejor que yo. ¿Cuáles son sus pensamientos?

-Claramente te estás divir endo con esto, Calpurnia, pero es más tu


preocupación que la mía- esa sensación la abofeteó nuevamente. -
Cualquier ataque a la paz del Emperador en Hydraphur es de su
autoridad, no mía, ya que cualquier ataque directo a la Eclesiarquía será
un asunto de los o ciales de la Iglesia y de las Adepta Sororitas. Mi carta
es simplemente rastrear al asesino y destruir a su controlador y a todos
los que tuvieron que lidiar con él, mi interés no va más allá.

-Había pensado, con respeto, inquisidor, que...


-Bueno sí, lo habías hecho, pero en la actualidad los Ordos Hydraphur
están manteniendo nuestra par cipación en los asuntos eclesiarcales al
mínimo absoluto, si debieses saberlo. Estoy un poco sorprendido de que
hayas elegido sumergirte tan profundamente.

-No estoy segura de lo que quiere decir, inquisidor.

-¿Leandro ya te ha informado sobre el con icto entre la cámara eparch y


los llamados curanderos de bandera?- Calpurnia sin ó que su corazón se
hundía. No otra vez.

-No, mi respetado inquisidor, la referencia es nueva para mí.

-Bueno, quizás sea mejor que no te llegue de mí y...

-Y ese sería el curso apropiado, ciertamente- la Arbitradora y el inquisidor


se dieron la vuelta ante la interrupción; ninguno de los dos había
escuchado pasos suaves entrar por la puerta.

Mihon Baragry estaba parado a unos diez pasos detrás de ellos, con los
brazos cruzados, anqueados por dos predicadores de la Guarnición
Arbites con fajas rojas y expresiones inciertas.

-Siempre es prudente, Arbitradora Calpurnia, obtener su información en


la fuente- con nuó el emisario de la Curia. -No pensaría en solicitar
información sobre los asuntos de los Adeptus Arbites a un tercero, por
ejemplo. Simplemente haga la solicitud y la pondré al corriente con la
mayor parte del asunto que pueda.

-Te preocupa cómo irte, Baragry?- gruñó Zhow. -La insolencia ante la
Inquisición del Dios Emperador ene una forma de volverse en tu contra.
El acoso eclesiarcal de los Arbitradores sobre el cuerpo de ese asesino ya
está en nuestros registros.

-¿Acoso?- preguntó Baragry, caminando tranquilamente hacia el estante. -


Apenas acabo de llegar de una audiencia muy civilizada con el Arbitrador
Senioris Leandro para explicar la carta bajo la cual operan los cazadores
de brujas del Eparch. Tenemos una autoridad perfectamente legí ma
para llevar a cabo la destrucción del cuerpo de acuerdo con la ley del
Ministorum, de la cual sé que ene un buen conocimiento, inquisidor.

-Esa carta se origina en el Eparch y no ene peso en...- Zhow salió antes
de que Calpurnia se interpusiera entre ellos.

El efecto fue ligeramente estropeado cuando simplemente con nuaron


mirándose el uno al otro por encima de su cabeza.

-Tan construc vo como es seguro que todo esto resultará, caballeros,


¿podemos concentrarnos en algo diferente por un momento? Reverendo
Baragry, tenemos un prisionero que llegará pronto para hacer su
confesión.

-Por supuesto, y yo estoy aquí como su confesor. Él está esperando fuera


en compañía de sus carceleros.

-¿Tú?- retumbó Zhow. -¿Qué estás tramando ahora, Baragry? Calpurnia,


¿qué sabías de esto?

-Exactamente tanto como acabo de escuchar del reverendo Baragry en


este momento. Reverendo, tal vez sea solo mi inexperiencia en
Hydraphur, pero ¿es habitual que un enviado eparcal aparezca sin previo
aviso y asuma ese papel en una inves gación de Arbites?

-Como dije, vine hoy temprano para una audiencia con el Arbitrador
Leandro- Baragry nalmente había movido sus ojos de Zhow a Calpurnia. -
Con eso concluido, aproveché la oportunidad para visitar, rezar y
conversar con mis colegas en la capilla de la Puerta de la Jus cia, con el
permiso del Arbitrador senioris, naturalmente.

-Durante nuestra conversación llegó el mensaje de que un prisionero


requería un confesor eclesiarcal y los capellanes de la Guarnición me
ofrecieron el honor de invitarme a asumir el deber. Como el prisionero
está registrado a su nombre, Arbitradora Calpurnia, y como usted y yo
estamos trabajando juntos, en cualquier caso, parecía un acuerdo feliz. Le
aseguró que no se produjo una violación del proceso.
-¿Estás cooperando con Baragry en los disturbios de la muchedumbre,
Calpurnia?- preguntó Zhow acusadoramente desde detrás de ella.

-Nos hemos reunido para tratar el tema. Indicó que esa inves gación no
era de su interés- Calpurnia le dijo con cierto entusiasmo.

-Reverendo Baragry, para ganarse su penitencia, Jakusch, nos contará


todo sobre su parte en la conspiración. Solo cuando estemos sa sfechos
de tener toda la información, se le permi rá su agelación y todo lo que
pueda venir después.

-Entendido perfectamente- dijo Baragry. -Habló conmigo en el camino.


Creo que cooperará- Zhow resopló.

Calpurnia dio una señal y los carceleros de las puertas dobles los hicieron
retroceder. Hiel Jakusch resultó ser un calvo tatuado, parecido a un bloque,
pero con una suave capa de grasa alrededor de la cintura y las caderas.
Había generosas manchas de lágrimas en su rostro y miró con nostalgia el
potro y luego a Baragry.

-¿Confesor?- su voz era ronca y alta por la emoción, y las atenciones de los
carceleros habían sacudido su caminar. El criado de Zhow se acercó y se
inclinó lo su cientemente cerca del hombre como para estar casi
respirando sobre él, antes de darse la vuelta, volvió al lado del inquisidor y
susurró algo.

-No hay una evidente mancha psíquica- declaró Zhow, y la palabra hizo
que Jakusch mirará a su alrededor salvajemente.

Dos agentes menores habían traído taburetes y un pergamino; Calpurnia se


sentó en uno y tomó los papeles para mirar. Jakusch se dejó caer sobre el
otro, temblando y mirando el potro. Calpurnia lo miró hasta que la miró a
los ojos y gimió: había puesto un poco de los glaciales de Macragge en su
mirada.

-El potro está esperando, Hiel- dijo Baragry suavemente. -La puri cación
que anhelas y el cas go que te has ganado. Pero antes de eso debes
hablar. Dilo todo.
Jakusch pareció pensar en esto por varios momentos. Luego, sosteniendo
sus manos temblorosas en el signo del aquila, comenzó a hablar.

-... Sanctus. Fuimos... mal... lo hicimos mal.

-Habla con sen do. Ahora- ese era Zhow.

- Se suponía que... debería haber sucedido cuando se hubiese ido, fuera


de... ido de la órbita. Dejase el mundo.

-Una nave- dijo Baragry.

-Que comience desde el principio, Calpurnia- dijo Zhow.

-Lo hará- respondió ella, -vamos a oír todo en orden. Primero solo dime,
Jakusch. La nave, aquel cuya par da dijiste que tenías que esperar. El
nombre de la nave, Jakusch.

-Sanctus, señora. Sanctus.

-Aurum Sanctus.
Transcripción de la conferencia de mitad de juicio en la acusación
de Shemmerik Lyze de la Casa Lyze, convocada por el Pretor-
Declarador Secundus Yoss Durrandi; octavo día de Umberi/día seis
del juicio.

Presente: El Pretor Durrandi; el Detective-Inteligente Falk Doberak; el


Detective Hurshant Holg, representando al comando de la guarnición
de la órbita cercana; el Mayor Chastener Koswin Bura. También
asistieron: Pretor-Laureate Umry, miembro del personal del Árbitro
Superior; el Árbitro Principal Carthes, miembro del personal del
Pretor; Savant Blohemm, ayudante de guión del Detective-
Inteligente; Savant Mowir, escribano de la corte.

La reunión se celebró en las salas de conferencias del cuarto pretorio


superior del Muro a las 17.30 horas.

Comienza la transcripción.
DURRANDI: Me reúno formalmente. Toda la obediencia a Él en Terra.

TODOS: Alabanza y obediencia.

DURRANDI: No tendré esta carrera por mucho tiempo, colegas;


espero tener mucho que cubrir en la sesión de prueba de esta noche
y no he comido en casi nueve horas. Propongo que nos aseguremos
rápidamente de que nuestras oficinas estén al día con la acusación y
que se levante la sesión con el menor alboroto posible. Hablando de
nuestras diversas oficinas, que conste en acta la asistencia del Pretor
Umry en nombre del Arbitradora Senioris Calpurnia, y mi apreciación
de que el Arbitrador Senioris esté activo en este asunto tan pronto
en su recuperación de sus lesiones. Gracias.

UMRY: Gracias, señor. Anotado para el transporte.

DURRANDI: Bueno, entonces... La estrategia hasta ahora ha sido


permanecer bastante tranquilo y dejar que Lyze haga sus
autodeclaraciones y alegatos iniciales. Hecho en su nombre por
profesionales, por supuesto, pero notará que los Lyze han contratado
a muchos de los rangos medios, no el tipo de divas que uno esperaría
que sus recursos mandaran. Su familia se está desvinculando de él, y
no están siendo sutiles al respecto. Están tratando de poner en
cuarentena el conocimiento de la conspiración de la familia mayor, y
aún no se han dado cuenta de lo mucho que hemos descubierto
sobre la podredumbre en toda la casa. Huele a desesperación y a una
estrategia descuidada. Inteligente, me gustaría que me dieras tu
opinión sobre la probabilidad de que los Lyze cambien a una
estrategia de turncoat cuando empecemos a pelar las defensas de
Shemmerik en el banquillo de los acusados.

DOBERAK: Haré un informe más completo sobre esto después de


hoy, pero en realidad nuestra evaluación es que la Casa Lyze va a
seguir con Shemmerik. Han sido muy perjudicados por esto y
necesitan activos como él. Establecidos, conectados, políticamente
capaces. Lo salvarán si pueden.

HOLG: Bastardos insolentes, ¿no?

UMRY: Un pensamiento similar pasaba por mi mente, con su


permiso, Pretor. En las oficinas del arbitrador senior se pensaba que
la familia Lyze no sobreviviría.

HOLG: ¿El sentimiento de Mamzel Calpurnia sobre el asunto o el


suyo propio?

UMRY: Ella, bueno, quiero decir ambos. Ella estaba allí para ver el
cadáver de Therion Lyze siendo cremado por las Sororitas. Eso nos
pareció una desgracia letal en muchos niveles. Yo, por mi parte, no
esperaba que una familia pudiera volver de eso. Tomamos como
ejemplo la implosión de la familia Kalfus.

HOLG: Pero Kalfus podría decirse que era el sindicato de Medell.


Ninguno de los otros grupos familiares tiene lo que se necesita para
apuntalar a Medell en el lado de Hydraphur, y todo lo que tengo de
la mitad externa de Medell dice que simplemente cortarán sus
pérdidas. Lyze-Haggan es un asunto diferente. Están tratando de
hacer una demostración del hecho de que pueden manejar un golpe
en el cuerpo como el escrutinio de Adeptus, probablemente
necesites escribir esto, Umry, se reflejará en tu informe.

UMRY: Entendiéndolo de esta manera, señor. Augméticos corticales.


Con todo respeto.

HOLG: Hm. Bueno, el equilibrio de poder en la mitad Hydraphur del


Haggan está mucho más uniformemente distribuido. Que Lyze sea
deshonrado no acabará con el sindicato. Dreiter-Haggan y Kotzuka
Haggan son lo suficientemente potentes para mantener el sindicato
poderoso. Incluso si es una desgracia letal, como usted lo llamó. Y
Lyze son útiles porque están muy metidos en el negocio del
levantamiento de órbitas.

UMRY: ¿Así que son una familia de astronautas? Los veteranos me


han preguntado sobre esto con cierta profundidad. Quiere saber si
han tenido algo que ver con alguno de los incidentes relacionados
que hemos tenido en las eclípticas.

DOBERAK: No quiero que se piense que soy irrespetuoso con mis


superiores al mando del Emperador, Pretor, pero, ¿cómo es que los
veteranos entienden la división Hydraphur y la naturaleza de los
sindicatos?

UMRY: Ella entiende la partición claramente. Es sólo que las


operaciones de los sindicatos tienden a ser idiosincrásicas y creo que
con los estrechos lazos de Lyze con los intereses de la órbita exterior
los detalles son más difíciles de...

HOLG: Idiosincrasias o no, House Lyze no tiene intereses directos en


nada fuera de la órbita del Anillo. La partición es la partición. Desde
el día del decreto, los Arbitradores han...
DURRANDI: Ya basta, los dos. Su celo en la defensa de sus respectivos
comandantes y operaciones está anotado en los registros. Estén
satisfechos. Los Vigilantes del Trono.

UMRY: Los Vigilantes del Trono. Gracias, señor.

HOLG: Los Vigilantes del Trono. Muy bien. Lyze son muy activos en
operaciones espaciales en el lado Hydraphur de la partición. Operan
los transbordadores y los elevadores de carga al Anillo y tienen
intereses de control en la etapa final de refinamiento de combustible
del lado del planeta y en la operación del muelle de aterrizaje. Tienen
fuertes influencias en la mayoría de los gremios de pilotos de la
órbita interior. La familia Coydo-Haggan tiene el contrato para
atender las necesidades de los seis claustros más grandes del
Mechanicus en el Anillo interior, pero lo consiguieron mediante la
manipulación de Lyze y están tan totalmente endeudados como
resultado que es efectivamente una operación de Lyze.

DOBERAK: Eso es todo dentro del Anillo. Si la arbitradora senioris


está interesado en los negocios más allá, usted puede desear
mencionarle que House Lyze ha estado cultivando constantemente
conexiones en la satrapía Administratum para Hydraphur planetario,
cabildeando por una comisión para agregar y transportar el diezmo
de Hydraphur. Ese es su pasillo a través de las leyes de partición para
poder tratar con los procuradores de la Armada. Eso hace que la
familia Lyze sea la conexión crucial para todo el sindicato planetario
Haggan.

DURRANDI: Tu comando me envió un análisis de esto, Hurshant,


pero es útil escucharlo tan concisamente. Gracias. Espero que el
Pretor comparta mis sentimientos.

UMRY: El... Sí, por supuesto, gracias, detective. Si la arbitradora


senioris solicita una copia del informe que acaba de mencionar, ¿qué
puedo decirle?
HOLG: Tendré una copia por la mañana, por ti mismo, si te parece
bien.

UMRY: Así es, gracias. El aquila provee.

BURA: Hablando de proveer, lo siento, ¿entiendo que los Lyze van a


controlar el flujo del diezmo a la Armada, así como a través del
Administratum? Eso no estaba en los parámetros de interrogación
que vinieron con los familiares de los prisioneros después de que su
complejo fuera purgado. ¿Necesito cambiarlos?

DURRANDI: Todavía no. He estado revisando las transcripciones de


sus sesiones de castigo y creo que puede continuar como está por el
momento. Una vez que la fase de denuncia del juicio termine,
podremos consultar si los alegatos de Lyze requieren algún cambio
en el trabajo que estás haciendo.

BURA: Entendido. Gracias, señor.

DOBERAK: A modo de contexto, sin embargo, para que todos seamos


conscientes del patrón más amplio, Lyze no le da ni puede dar el
diezmo directamente a la Armada. La salida de todos los otros
mundos y estaciones de todo este sistema va directamente a las
tiendas de Flota Pacificus porque son instalaciones. O son propiedad
de empresas familiares de oficiales hereditarios con contratos
exclusivos para la flota, pero es lo mismo. Las leyes de partición
eximen al mundo de Hydraphur de los militares, así que diezma al
Administratum exactamente como cualquier otro mundo,
técnicamente.

HOLG: Técnicamente es correcto. El Administatum clasifica mucho


del comercio que surge a través de los muelles del Anillo como parte
del diezmo de Hydraphur. Todo lo que los productores planetarios
canalizan a la mitad externa de su sindicato y de ahí a los
escuadrones de la Flota de Batalla: vinos de las tierras bajas de
Heshmara, sedas, ópticas de las fundiciones de la Colmena
Constanta, jarabe de especias…
DURRANDI: Me recuerdas cuánto tiempo hace que fue mi última
comida, Hurshant, y se está haciendo más larga.

HOLG: Disculpa por la divagación. Así que mucho de eso se las


arregla para ser agregado al diezmo general de Hydraphur, lo que lo
hace barato para la Armada que lo recoge de la mitad fuera de la
órbita de los sindicatos, y aún así fantásticamente rentable para las
mitades en órbita del sindicato. Y esa riqueza tiene una forma de
filtrarse de nuevo a través de la partición. Es un trabajo constante
escarbar en los asuntos del Administatum y erradicar los negocios
que han ido demasiado lejos. Está de moda importar bienes de todo
el sector para "diezmar" también como parte del comercio del
sindicato.

DURRANDI: Lo cual también ha sido restringido, ¿correcto? Estoy


seguro de que tengo un par de personas en mi lista de prisioneros...

HOLG: Correcto. De todos modos, es por eso que Lyze estaban


tramando las parcelas que eran y es por eso que el maldito anillito
del que Dwerr formaba parte fue y los ayudó. Cada uno intentaba
probar que tenía lo necesario para jugar en la mesa más grande.

UMRY: Y para volver al principio de la discusión, al continuar con las


acusaciones de Lyze, les estamos dando la oportunidad de
demostrarlo aún más sobreviviendo a nuestras atenciones. ¿Estoy en
lo cierto?

DURRANDI: El potencial para eso existe. Observa con atención,


Pretor, gracias. Con eso, por favor acepte un aplazamiento hasta
después del Juicio Parte Treinta y Dos, cuando volvamos a reunir a
este grupo. Esto ha sido valioso, gracias a todos. Vox Legi, Vox
Imperator.

Se levanta la sesión.
Décimo día del Septista
Ocho días a la misa de san Balronas.
El Fes val de despedida y la Vigilia de la Shu leman.
La devoción de los marinos y la Conmemoración de la Demi-santo de
Chilaste.
La Declaración de los preceptos.

En esta peregrinos de la Jornada de pasar a las nuevas estaciones en


Chiro y en otros lugares tradicionalmente salen las colmenas
Bosporians y los viajes a la órbita de tomar la nave. Mientras que hay
habitualmente muchos que son incapaces de haber partido hasta
después de este día, el negocio de peregrinos se considera para
terminar en el Augustaeum por puesta del sol y después de ese tiempo
peregrinos no deben ser reconocidas. La devoción de los marinos se
recitan tradicionalmente en el Arco de la más miedo y la Capilla de
Konnemahle y del Vinaphii venerado a lo largo del Hight Mese.
Muchos predicadores fuera de la colmena también hacen estas
Bosporians el centro de sus servicios, por lo que aquellos que deseen
orar por las naves salientes deben determinar de antemano donde
estarán en condiciones de hacerlo.
Todas popular piadosos deben estar en sus casas o en sus
lugares de culto más cercana en el momento de la puesta del sol,
cuando se hace sonar la campana de la catedral. Los caminos de cada
templo, santuario o capilla deben ser claras para los anunciadores
designados por el Maestro para viajar a ellos - no habrá un heraldo
para cada lugar de culto en y alrededor de los Bosporians por lo que no
habrá necesidad de viajar a lo largo y los del extranjero demasiado sin
causa puede ser detenido por el árbitro del Destino, los Sororitas
obtenidos o por escuadrones de pedidos enviados por el Maestro de la
vigilia. Los que esperan en su casa debe estar alerta para el timbre o
bocina de su lugar más cercano de culto, que coincidirá con la llegada
del heraldo para anunciar los preceptos y las Escrituras en particular
que el Maestro de la Vigilia ha elegido como la piedra angular para la
observancia de los próximos días.
El picto-fundido del Maestro hacer esta declaración en persona
en las puertas de la catedral es para el beneficio del resto del planeta y
el sistema debe en ningún caso excusa la no asistencia a la propia
iglesia para el anuncio.
CAPÍTULO CINCO
Calpurnia, Nakayama y Zhow, llegaron hasta la rápida y silenciosa
Aurum Sanctus. Montaban en el crucero rápido de clase Indictor de los
Arbitradores, la Juicio de Clarion, una losa de blindaje rechoncha y de
punta roma y que acababa en una rechoncha sala de máquinas de vientre
gordo, cuyas cubiertas albergan una guarnición dedicada y en el que su
hogar era su nave, y cuya especialidad era el abordaje y el saqueo de naves
espaciales forajidas. Nakayama y su equipo de mando personal habían
tomado el mando rápida y fácilmente; Calpurnia no había traído a nadie
con ella y había pasado la mayor parte del viaje intentando descansar,
atacando su primera comida real en casi vein una horas y evitando al
Inquisidor Zhow.

Calpurnia nunca antes había par cipado en una acción de abordaje. Se


había entrenado para ello y había guiado a los escuadrones a través de las
estrechas naves industriales en Don-Croix en condiciones en las que creía
que estaban tan cerca de la nave, como sin posibilidades. Pero una acción
real de nave a nave, asaltando otra nave fuera de una atmósfera, con
trajes de soporte vital, embarcaciones de asalto, ejercicios de
descompresión, la división constante y agonizante de sus pensamientos
entre luchar contra el enemigo y mantener intactos los preciados y frágiles
sellos de embarque, disparos perdidos o incluso golpes hasta que la
ruptura del casco fuese segura... No.

Entonces entendió por qué Nakayama estaba a cargo, por qué él y Phae, el
Edil Senioris con mandíbula de piedra que lo secundaba, liderarían el
asalto del Aurum Sanctus. Nakayama había pasado casi toda su carrera a
bordo de las otas Arbites, que deambulaban (por sus dominios de
patrulla de años luz de distancia) de un lado a otro a través del Imperio,
listos para reforzar un recinto planetario asediado. Era la vida de un
Arbitrador en su forma más simple, el lado paramilitar de su llamado
deber desnudo, y Nakayama había sobresalido en todos los aspectos. Tenía
sen do para él estar aquí arriba ahora.

Excepto que eso signi caba que había sido marginada, y por mucho que
intentara no estarlo, lo odiaba. Odiaba apartarse de su propia
inves gación, odiaba la forma en que obviamente todo funcionaba tan
limpia y e cientemente bajo el mando de Nakayama y sin necesitarla,
odiaba sobre todo el hecho de que podía entender exactamente por qué
las cosas tenían que hacerse así, pero no ser capaz de ayudar, lo odiaba de
todos modos.

Su espíritu, revivido por la comida devorada, se había hundido


nuevamente cuando Zhow había declarado que él y su personal
par ciparían en el abordaje. Seguía recordando una conversación con
Heyd Maliqa, el viejo mariscal de la corte de Hazhim, años antes.

Aunque me rompe el corazón albergar un pensamiento impío sobre tan


famosos y heroicos servidores del Emperador, tuve cuatro experiencias con
ellos cuando fui des nado a la Franja Sur y, Shira, nada estropea tanto una
inves gación de los Arbites como un Inquisidor. Emperador, perdóneme
por decirlo, pero es verdad. Espero que nunca tengas que aguantarlo,
espero que nunca tengas mo vos para hacerlo. Pero tan pronto como
pongan un pie a tu lado, el campo les pertenecerá y terminarás siendo
devuelto al control de trá co, sin importar lo que sepas o lo que puedas
hacer. Y, Emperador, ayúdalo, porque no hay nada que se pueda hacer al
respecto.

Calpurnia había escuchado con inquietud el acento gutural de Hazhim, de


cómo la mujer formaba las palabras (Emp'rror te ayudaba, su gesto de
asen miento...) y se había preguntado si debería informar de esto a
alguien. Nunca se había imaginado que resultaría ser tan literalmente
cierto.

Y aquí llegaba Zhow ahora, llegando tarde a la sala de información y


abriéndose paso ostentosamente a través de los líderes del equipo
reunidos, hasta los bancos de primera la y sentándose cuidadosamente
en el lugar que dos Arbitradores le hicieron apresuradamente. Cuando
Zhow estuvo sentado, Nakayama señaló el globo holográ co por el
hombro.

-El ¡Aurum Sanctus!- indicó un icono jador de un color amarillo maligno.

-Una nave comercial en condiciones de servidumbre que operaba bajo el


estatuto directo del Adeptus Ministorum, capitaneado por Vardos del
Biel, anteriormente o cial de la ota de comerciantes en régimen de
servidumbre de Munitorum, hasta que fue deshonrado por algún po de
asunto disciplinario. Tres años después, apareció en la lista de pasajeros
del Aurum Sanctus en los muelles eclesiarcales de Avignor y fue incluido
como capitán en sus recientes viajes a Hydraphur.

-Sin embargo, los registros proporcionados a la Arbitradora Calpurnia por


los controladores del sistema de la Armada cuando pasamos por el
Anillo, muestran al menos tres capitanes para esta nave en los úl mos
ocho años y la rotación de la tripulación parece aún más rápida. Sabemos
de al menos, una docena de corredores y personal mercan l y legal
diferentes; Los cuales han realizado en la úl ma media docena de
trimestres comerciales, negocios a nombre de esta nave solo dentro del
sistema Hydraphur. La principal constante parece ser el Navegante, un tal
Peshto Vask Zemlya, quien ha sido con rmado por los registros del
Adeptus Astra Telepathica como el Navegante de esa nave durante al
menos los úl mos ciento doce años.

Nakayama miró la faxcopia que descansaba en el borde del púlpito.

-Durante la úl ma década, el Estatuto Comercial de la nave, ha sido


suscrito por el Adeptus Ministorum. Hasta en cuatro veces en los úl mos
dos años y medio, el Sanctus ha invocado cartas eclesiarcales especiales
para evitar o reducir en gran medida los protocolos de inspección. La
nave también ha tenido más de un par de enfrentamientos con la
Armada, invocando repe damente la sanción de la Iglesia por cosas
como: aprobaciones de planes de curso, auditorías de cuarentena y
acceso a muelles. Tenemos informes de con ictos armados reales entre
la tripulación del Sanctus y la Seguridad Naval, pero no sabemos mucho
sobre ellos: ambas partes han estado interesadas en mantenerlo entre
ellos. Averiguamos lo su ciente como para poner en conocimiento, que
el Sanctus ene defensas armadas que usará si siente que ene que
hacerlo.

Nakayama hizo una breve pausa antes de hacer su úl mo punto.

-No sabemos mucho sobre el Navegante Zemlya, pero tanto nuestras


propias pilas de datos, como las fuentes del Inquisidor Zhow,
con rmaron los antecedentes de la familia. Desde 874.M41 a 912.M41,
otros tres miembros de la familia Zemlya estuvieron implicados en un
grupo de contrabando bien establecido dentro y entre los Segmentos
Obscuro, Paci co y Solar. Trabajaban por medio de capitanes teres y
trucos convencionales, que los hacían parecer inocentes, pero la nave en
sí se relaciona con las posesiones de Zemlya en casi todos los casos.

-Transportaron contrabando sico a través de las barreras impuestas por


las interdicciones de cuarentena y zonas de guerra, y cartas de crédito y
transacciones que les permi eron desviar recursos de un sistema y
sector a otro, eludiendo la mayoría de los protocolos de monitoreo de los
Adeptus. Una gran can dad de riqueza terminó en manos de personas de
dudosa reputación. El seguimiento de los rastros de datos y los
interrogatorios de los informantes, sugirieron que podría haber estado
ocurriendo durante un siglo. El grupo fue desarmado por los Adeptus
Arbites, la ota de batalla Paci cus y la Liga de las Naves Negras en
915.M41. Los capitanes y sus tripulaciones fueron ejecutados
ceremonialmente por el Arbitrador Mayor Dayn Finegall al año siguiente,
pero los mismos Zemlya eran de la Navis Nobilite y eran intocables.
Peshto Zemlya no estaba en servicio ac vo con el grupo, pero ¿quién
sabe qué encontraremos en otra nave navegado por Zemlya? Lo que nos
lleva al ahora.

Señaló la cadena de brillantes puntos color esmeralda que colgaban


alrededor del Sanctus.

-Durante los dos úl mos días, una agrupación de transportadores de la


Flota de Combate Pací cus, ha estado llevando a cabo ejercicios de
formación de caza bombarderos en los campos de asteroides que rodean
la Puerta de Psamathia. Hace seis horas, el Sanctus apeló contra una
direc va de los Arbites para cambiar el rumbo de la interceptación por
parte del Pretor Katerina, citando la letanía habitual de inmunidades
eclesiarcales en su poder. En este punto, el capitán-comodoro Esmerian,
se nos acercó a través de las o cinas del enviado naval en el Augustaeum
y se ofreció a redirigir a sus escuadrones para bloquear el Sanctus hasta
que pudiéramos alcanzarlo. El Capitán del Biel, ha estado tratando de
abrirse camino a través de ese bloqueo durante la úl ma hora, pero se
vio obligado a perder casi toda su velocidad cuando Esmerian amenazó
con que sus alas de bombardero comenzarían un ataque. En este punto
nos toca a nosotros.

-Las autoridades o inmunidades que el capitán de esta nave cree que


podría tener, no son nada de lo que deba preocuparse, Arbitrador.

Las cabezas se volvieron hacia Zhow mientras hablaba. Había cambiado el


maltratado uniforme azul por una elegante armadura completa verde y
una capa, con su roseta debajo de una pequeña caja de reloj de arena
sujeta en centro de su pecho. Calpurnia tuvo que admi r que tenía cierta
presencia.

-La misión de interceptar esta nave ahora ene mi propia autoridad, la


de la sagrada Inquisición Imperial. Mi sello está sobre esta empresa.

Hubo una breve ola de murmullos hasta que Nakayama comenzó a hablar
de nuevo.

-He distribuido toda la información que tenemos sobre el armamento y


las defensas internas de la nave. No tenemos mucho para con nuar, pero
de todos modos, presten atención, por favor. Esperamos una rendición,
pero debemos prepararnos para lo contrario. Es di cil leer sus
intenciones: no nos han impedido entrar, pero no han hecho ningún
movimiento para reconocernos o admi rnos. Recuerden también que el
mando de la operación de asalto recae en mí, pero la inves gación que
condujo a ella, pertenece a la Arbitradora Senioris Calpurnia y al
Inquisidor Zhow.
Esta vez fue a Calpurnia hacia quien volvieron la cabeza. Zhow frunció el
ceño, disgustado por compar r la mención con un Arbitrador, o tal vez
solo por ser nombrado en segundo lugar.

-Vuelvan a sus puestos- terminó Nakayama.

-Se dará un aviso treinta minutos antes de la intercepción, y teneis hasta


entonces para terminar las pruebas de revisión de armamento. Los
capellanes del barco estarán en sus puestos; Las oraciones y las
bendiciones serán por destacamento y no se hará en un solo servicio.
Nomine Imperator, Nomine Legis.

Cuando Calpurnia repi ó las palabras después de él, se sorprendió al sen r


una emoción que la recorría, luego se sorprendió de su sorpresa. Trono de
Terra, se sin ó bien por estar haciendo algo totalmente de acuerdo a los
come dos de los Arbites por una vez.

Iban a entrar con la segunda ola: el Edil Senioris Phae, Calpurnia, Zhow,
ocho Arbitradores de la guarnición de Clarion, dos Augures del personal de
Zhow y seis de sus soldados, voluminosos en armaduras totalmente
presurizadas y cañones de ro y armas de gran calibre. Las cosas que
solían encajar en Zhow y sus asistentes cuando iban envueltos en
armaduras, de una manera que habría sido cómica si no hubiera frenado
tanto al equipo.

-Estos hombres son veteranos al servicio de la Inquisición y de mí mismo-


le había dicho Zhow a Calpurnia cuando la vio mirarlo jamente, -y
expertos en evitar daños a mí persona y a mi personal.

No parecía haber mucho que decir al respecto.

El pasadizo principal hacia la esclusa ventral delantera, se bifurcaba en


todas las direcciones para que los equipos de asalto pudieran formarse en
grupos de asalto y dirigirse directamente en la secuencia que tuvieran que
seguir, sin interponerse en el camino del otro. Calpurnia, segunda desde el
frente de su propio grupo después de Phae, se preparó contra el temblor
mientras las esclusas de las trampillas, se cerraban entorno a las esclusas
del Aurum Sanctus, luego con la ayuda de los ingenieros blindados con
armaduras an vacío, que se habían lanzado al cierre del espacio entre las
dos naves, aterrizaron y presionaron hasta que encontraron la
combinación correcta de gar os y sellos para formar un pasillo entre las
dos naves.

Como un beso forzado a una doncella involuntaria se dijo, y luego sacudió


la cabeza y se preguntó de dónde demonios había surgido ese
pensamiento.

Las esco llas volaron con un crujiente WHAMM, luego un rugido de aire y
un chasquido en los oídos cuando las presiones se igualaron. Las
turbulencias de la costura entre los campos de gravedad ar cial de las
dos naves enviaron extrañas brisas y remolinos por el pasillo cuando el
primer destacamento se precipitó por el pasillo y entró en el Sanctus.

-¡Segundo, Vamos!

Al grito desde el emisor vox, otra doble la irrumpió por el pasillo más allá
de su propia rama, luego otra. Calpurnia murmuró -Emperador protégelo-
a cada uno, y se dio cuenta de que Phae estaba haciendo lo mismo.

-¡Cuarto, Vamos!

Si su plani cación era correcta, habría una sola cubierta larga debajo de
esta esclusa, dos destacamentos de asalto iniciales que se moverían hacia
abajo en cada dirección.

El auricular de comunicación que llevaba incorporado en el cuello de su


armadura, no arrojaba nada de conversación, ni runas rojas de
Compromiso. Hasta ahora, todo bien.

-Primero. En nuestro punto de ruta inicial. El diseño se ajusta a la


información hasta ahora. Despejado.
-Segundo. Dentro y en el punto de paso. Despejado hasta ahora.

El tercer destacamento llamó, luego el cuarto. La primera oleada estaba


desplegada. Los equipos de mando liderarían la segunda ola, más grande,
luego los Verispex (Un Adepto Verispex es un agente de los Adeptus
Arbites procedentes del mundo de Scin lla, entrenado por la Inquisición
en una variedad de artes de detección, nT ) y los ciber-mas nes formarían
la tercera.

-Despejado para la segunda ola. ¡Comando uno, vamos!

La voz de Nakayama salió como una rasgadura, y Calpurnia y Phae se


lanzaron por el lateral hacia el pasillo. Fue un placer olvidarse de todos los
pensamientos y meditaciones oyendo el simple ritmo de sus pies sobre la
plataforma y el peso de su escopeta y escudo. La esclusa semicircular los
absorbió con un olor a quemado y una bocanada de aire, y luego se
produjo el salto, el momento de otación libre y el giro desgarrador de
noventa grados cuando pasaron de la gravedad del Clarion al Sanctus.

Aterrizó, tropezó y se hizo a un lado, fuera del camino de los Arbitradores


que caían a través de lo que ahora era, con el cambio de orientación, una
rampa que se abría al techo de un largo y alto corredor. Había esperado
que Zhow y su pequeño e intrincado escuadrón, cayeran en picado como
una maraña, pero inquisidor, guardias e incluso el gordito augur y su
compañero, hicieron la caída ordenadamente y estaban en formación un
momento después.

Phae tenía un auspex inercial y Calpurnia, que no había visto la necesidad


de uno, ahora entendió lo dañino para el sen do de la dirección que
podría ser el cambio entre las gravedades. Cuando par eron por el pasillo
Calpurnia escuchó: -¡Comando dos, vamos!- y el sonido del escuadrón de
Nakayama cayendo por la esco lla.

Se habían abierto dos tercios del camino por el casco almenado de dos
kilómetros del Sanctus, entre las máquinas y el puente; Nakayama
supervisaba el movimiento hacia la popa, las bodegas y el sector de
ingeniería, mientras que Calpurnia, Phae y Zhow empujaron en la otra
dirección hacia el rechoncho zigurat que albergaba el puente.

Las luces aquí eran casi inexistentes, pero con las linternas enganchadas a
sus escudos y hombros, Calpurnia podía ver que incluso las paredes de
este pasaje exterior estaban elaboradamente ornamentadas, un friso sin
n de símbolos sagrados y esculturas de rostros sombríos rodeados por
inscripciones en Alto Gó co. La pared exterior, la que daba al casco y al
espacio, estaba cubierta de estandartes bíblicos y sellos de pureza para
protegerse de los peligros de la Disformidad, y emi a un olor a pergamino
viejo e incienso rancio. Es como estar en las catacumbas de un monasterio
desierto, pensó mientras comenzaban a avanzar, y su mente se enganchó
con esa palabra: desierto. ¿Nadie que los hayan encontrado? ¿Ya sea para
luchar contra ellos o cualquier otra cosa? Se dio cuenta de que el polvo era
pesado al pie de cada mamparo tallado y decorado, pero se debilitaba y
desaparecía en el centro del corredor.

-Estos corredores están patrullados- murmuró a Phae.

-Las escrituras devocionales en las paredes no han sido adecentadas por


algún empo, pero mira ese polvo. Los equipos de avanzada solos, no lo
alterarían así. Alguien se mueve por aquí regularmente.

-Lo veo- respondió Phae.

-Comando uno para todos los equipos: posibles patrullas.

La serie de reconocimientos aún no había desaparecido cuando el equipo


frente a ellos se encontró con el Arco- agelante.(Un arco- agelante es
una forma especializada de Servidor, creado a par r de un ciudadano
imperial que ha sido condenado a la pena capital de arco- agelación. En
la batalla, los Arco- agelantes se llenan de un cóctel de es mulantes
narcó cos que los transforma en torbellinos frené cos de destrucción
completamente impermeables a las heridas. Un arco agelante se desata
sobre el enemigo en una carga suicida que causa una can dad máxima
de daño. Los inquisidores del Ordo Here cus y las Hermanas de Batalla
los usan individualmente o en paquetes como tropas desechables de
terror. nT )

Primero hubo una explosión de exclamaciones sobre la banda de voz.

-¡Contacto! ¡Un solo contacto, Primero! ¡Protegerse y cubrirse!

Y luego un estallido de disparos de armas en la penumbra que se avecina y


un extraño y sobrenatural aullido de ira. Luego gritos sin palabras y el
choque de metal, y los burbujeantes chasquidos sobre la banda de voz,
que signi caban que las armas de poder se descargaban demasiado cerca
de un transmisor. El escuadrón avanzó lentamente, avanzando y cubriendo
e intentando animar el impulso de correr hacia adelante.

-El aviso de fuego es el comienzo del in erno- llegó la voz de uno de los
guardias de Zhow detrás de ella.

-En cuanto lo escuches, ponte rme. En cuanto lleguemos al in erno, tres


segundos más y abrimos fuego.

-Agradecemos el aviso- respondió Phae, cuando llegaron a través de un


arco donde el pasaje se amplió para duplicar su anchura anterior y se
convir ó en una sucesión de arcos que se extendían en la oscuridad.

Ahora podían escuchar los gritos sin el comunicador vox: -¡Bloqueadlo!


¡Atrapadlo! ¡Llevadlo al int…!- y veían las bengalas intermitentes, así
como las dos luces azules que danzaban y danzaban en círculos que
chispeaban y azotaban de un lado a otro.

Calpurnia había cargado su Stubber con los proyec les especiales de baja
velocidad que llevaba el Clarion para las operaciones a bordo, pero
también había requisado una escopeta y un escudo de la armería de la
nave, ya que en su prisa por volar al espacio no había tenido la
oportunidad de cargar en su propio kit. Ahora, mientras se formaba al lado
de Phae, sin ó la parte sa sfactoria de la escopeta encerrada en el puesto
de armas de su escudo y observó la chispa roja, que designaba un proyec l
de Ejecutor, aparecer en la esquina de la ranura de visión.
Pero los equipos de avanzada la habían derrotado. La mitad del escuadrón
había formado una línea recta frente a la cosa mientras se lanzaba sobre la
otra mitad. Y ahora lo habían atrapado en un semicírculo de escudos. Este,
era un escuadrón de choque, cuyas cargas supresoras incorporadas en sus
escudos y sus descargas estroboscópicas, empujaron a la criatura hacia los
asombrosos Arbitradores a los que había estado desgarrando. Luego, la
explosión chispazo de una maza, lo envió de vuelta hacia el otro lado. Para
entonces, el escuadrón estaba lo su cientemente cerca como para ver la
criatura: una forma pálida y pesada cuyos brazos con punta de hoz se
balanceaban y jereteaban sobre él con una rapidez inhumana, hasta que
tres disparos de escopeta a quemarropa, reventándolo y desparramando
extremidades y entrañas a través de la cubierta y las paredes.

Los Arbitradores le dispararon de nuevo cuando el equipo de Calpurnia se


acercó a ellos y tomaron posiciones de apoyo, aunque ahora la cosa estaba
de ni vamente muerta.

-Haced un balance y reagruparos- espetó Phae, pero la orden era


innecesaria: los Arbitradores que no estaban heridos, ya se estaban
reorganizando en escuadrones más pequeños mientras, el personal del
Medicae se inclinaba sobre las guras gimientes de la cubierta. En medio
del desastre que habían dejado sus armas, había una chapa de plata que
brillaba a la luz de las antorchas. Calpurnia le dio la vuelta con la punta del
pie: PROFANADOR DE LAS ESCRITURAS. Todavía estaba clavada en un trozo
de lo que parecía ser el esternón del agelante. Se ajustaba. Los Arco-
agelantes no eran cul vados en depósitos, sino que fueron construidos a
par r de herejes condenados a los que sus cuerpos se llenaban de drogas
y augmen cos para conver rlos en máquinas asesinas a prueba de dolor,
cuyas mentes conscientes eran arrancadas, dejando sólo los ins ntos de
un animal depredador y una lealtad total al Ministorum.

Calpurnia le habló a su enlace de vox.

-Calpurnia, Comando uno. Un arco- agelante encontrado y destruido en


la entrada de proa. Las bajas- les lanzó una mirada, -son tres víc mas
mortales, tres más heridas e incapacitados, no pueden con nuar.
Necesitamos un equipo de refuerzo detrás nuestro.
-Aquí Clarion. Equipo de refuerzo en camino. Equipo cinco, enviados,
equipo seis en espera.

-Comando dos- era la voz de Nakayama.

-No hay resistencia, pero hemos encontrado dos sotanas abandonadas,


recién arrancadas, cubiertas de máximas y sellos. Ves menta de Arco
agelantes. Habrá al menos uno más por aquí, en alguna parte. Avanzad
hacia adelante. Muévanse antes de que la resistencia se organice más.

El segundo arco-bandera apareció doscientos metros más arriba, donde la


galería ensanchada se dividía en una rampa de subida y bajada a las otras
cubiertas. Habían comenzado a escalar la rampa en una cuidadosa
formación cuando apareció, corriendo en grandes zancadas silenciosas por
la rampa de bajada y haciendo un increíble salto en picado para estrellarse
contra la línea exterior de Arbitradores. Uno de ellos pudo hacer un
disparo que lo giró en el aire, y estaba desequilibrado cuando golpeó los
escudos. Los Arbitradores estaban listos y cargaron con sus escudos en él
para derribarlo del aire mientras los manojos de lá gos eléctricos que
brotaban de los muñones de sus antebrazos dejaban huellas sobre los
bordes de los escudos y a través de sus cascos y respaldos blindados. La
cosa se retorció como un gato en el aire y aterrizó en las puntas de sus
pies, y Calpurnia la vio tensar sus patas, lista para otra nueva andanada
antes de que se oyera un grito de "Hellbreak" por parte del equipo de
Zhow, y los cañones de los fusiles de asalto se abrieron de par en par, y el
ruido de los cañones estallando. Se retorció y saltó cuando se desplegaron
y llegó a empo para evadir los dos primeros estallidos antes de que una
ráfaga de cuatro balas lo destrozara. Calpurnia miró por encima del borde
de la rampa por un momento, pero si tenía una placa, no podría verla
desde aquí. Ellos subieron.

Nakayama encontró a su agelante cuando el grupo de Calpurnia encontró


el primer portal más profundo en la nave. La puerta había sido soldada,
pero las soldaduras eran viejas, frías y enlucidas con sellos eclesiás cos.
Calpurnia estaba pasando su mano sobre las costuras cuando el estallido
de la charla se apoderó del vox.
El agelante se había colado a través de dos líneas de escudos y se dirigía
al escuadrón de mando, antes de que una salva concentrada de proyec les
de los ejecutores lo derribara. Un muerto y tres más que no irían más
lejos. La tercera ola de equipos de asalto entró a través de la esco lla y
después de ellos, una cuarta ola se les unió.

-Me pregunto si esta es la razón por la que hay tan poca resistencia- se
preguntó en voz alta Phae.

-Las soldaron para tener una cubierta completa de pasajes y corredores


entre los espacios que usan y el casco. Luego dejan a los arco- agelantes
vagando en esos espacios como una patrulla permanente de caza y
destrucción. Pero no tendrán ninguna posibilidad contra cualquier po
de acción de abordaje completa, los hemos desarmado...

-No necesariamente- dijo Calpurnia, -no, si tuviesen tanta con anza en la


protección de la Eclesiarquía.

-No son un buque de guerra, de lo único que tendrían que preocuparse


es de la piratería y la mayoría de los piratas no montan acciones de
embarque a escala militar.

-Pero aún así tendrían que salir a controlar a los agelantes: reconsagrar
las partes de su máquina, asegurarse de que sus cuerpos humanos estén
alimentados y mantenidos adecuadamente. Tiene que haber un camino
hacia esta otra cubierta en alguna parte. Una de estas puertas no estará
sellada.

-Sigue siendo una respuesta extraña a un abordaje o cial. Nos dejan


atracar sin dar señales, ni resistencia, pero no frenan estas acciones.
¿Qué demonios?

-El inquisidor desea saber por qué se detuvo el avance- llegó una llamada
de voz desde el interior de las planchas de fuego an aéreo, detrás de ellos.
Calpurnia hizo una mueca y siguieron adelante.
Parecía no haber un patrón en los movimientos de los agelantes, ningún
intento de organización. Los equipos de Nakayama destrozaron dos más en
los siguientes veinte minutos; y otro subió la rampa detrás de Zhow, se
topó con el equipo de refuerzo que se había movido para proporcionar
una retaguardia y mató a dos Arbitradores con un ri e de fusión injertado
en su hombro antes de que fuera derribado. Pero cuando pasaron por
otros dos grandes arcos sellados y encontraron uno que aún funcionaba,
libre de soldaduras o polvo, todavía no había ninguna otra oposición, solo
estos berserkers que alguna vez fueron humanos que aparecían en la
oscuridad.

Irrumpir en las cubiertas habitadas del Sanctus fué un an -clímax. Zhow


salió del interior del búnker portá l que sus guardias llevaban a su
alrededor y colocó su sello inquisi vo en una trampilla junto a la esco lla y
hubo un retumbar inmediato de motores en el mamparo y la cubierta. La
luz blanca y dorada se desvaneció cuando el grueso metal cayó al suelo:
los equipos de asalto, se colaron por la persiana antes de que descendiera
por completo y Calpurnia los siguió, mientras Phae emi a otro aviso para
que el Clarion les sirviera como apoyo.

Los claustros por los que corrían, girando de izquierda a derecha, por las
direcciones que Phae gritaba desde su localizador, estaban
elaboradamente abovedados y tallados para imitar el diseño de los
edi cios Eclesiarcales dentro y alrededor del complejo de la Catedral en el
Augustaeum, con un constante olor a incienso que debía de haber estado
circulando deliberadamente en el aire interno de la nave. Incluso había
ventanas, colocadas en la parte superior de cada nicho y respaldadas por
paneles luminosos que proporcionaban una dorada luz solar simulada.

La resistencia aquí todavía era puntual. Calpurnia había temido a la


guardia de una nave Adepta Sororitas, pero solo había grupos de jóvenes
armados que intentaban desesperadamente, pero de manera
incompetente, bloquear los escalones o el eje de la grúa de carga. Los
Arbitradores desarmaron cada bloqueo casi sin disminuir la velocidad: los
equipos de choque avanzaban con fuego de láser, que chisporroteaba en
sus escudos, disparando una breve descarga de supresión a través de
armas portadas o arrojando una granada mientras el segundo rango
apuntaba.

Luego, los defensores eran destruidos por ráfagas rápidas y precisas de


disparos y cualquier sobreviviente eran eliminados con proyec les
Ejecutor. Calpurnia ya podía escuchar a Phae en el canal vox, organizando
a los encargados de los ciber-mas nes en los grupos que venían detrás de
ellos para comenzar a cazar los pocos sobrevivientes que habían huido y
dispersarlos.

Fue debajo del puente-zigurat donde encontraron su única pelea real. Dos
docenas de hombres armados, algunos ensangrentados por las
escaramuzas anteriores, se hundieron entre hileras de cajas destrozadas y
bas dores de penitencia, a los que se les unieron otros cinco servidores de
transporte po pór co, cuyas carnosas cabezas y torsos cuasihumanos
colgaban de manera incongruente en el medio de sus patas, parecidas a
zancos y chirridos de garras. Habían anqueado la puerta con servidores y
grupos de ar lleros, pero cuando llegó el asalto de los Arbitradores, su
organización no fue mejor que antes y rápidamente desaparecieron.

Calpurnia los condujo a través de las puertas y fue golpeada por una garra
en forma de gar o, que deformó su escudo y le adormeció el brazo.
Maldiciendo, pateó con los talones, se impulsó detrás de un pesado
relicario de acero y trató de quitarse el escudo roto y destrozado del brazo.
Phae, corriendo por las puertas un momento después, se arrojó a su lado y
lanzó tres ráfagas de disparos a los hombres armados que se apiñaban
detrás del servidor y disparaban las nas pistolas láser. El servidor se
tambaleó hacia adelante, con uno de los motores de la pierna carcomido y
humeando por los disparos, y trató de sacar a Phae de detrás de su
cobertura. Calpurnia apareció a su lado y golpeó la garra con su mazo para
destrozar el mecanismo, dejando que la máquina moviera su garra
paralizada como si estuviera dando una bendición idiota.

Un momento después se tambaleó y se derrumbó cuando Phae disparó


sobre su cuerpo orgánico, y los hombres armados huyeron, gritando. Al
otro lado del pasillo, un segundo servidor fue destrozado por granadas
krak y un tercero comenzó a girar en un círculo loco y a arrancar grandes
ras de las paredes mientras que una pequeña herida en sus componentes
orgánicos arrojaba su cerebro desorientado y blanco en un estado de
confusión.

Calpurnia cambió su mazo a su izquierda y sacó su tobillo con su derecha,


ella y Phae cayeron en silencio con el abanico de Arbitradores ahora
extendiéndose a través del humo y el laberinto de cajas. La tripulación no
había huido muy lejos, pero sus emboscadas eran poco entusiastas y su
puntería era espantosa: un rayo láser o un estallido de pistola automá ca
sonarían en un escudo en la primera la, luego habría un rápido boom de
escopeta y, a veces, un solo grito.

Calpurnia, sin escudo, ahora se encontraba en el segundo equipo con poco


que hacer: todas las órdenes que quería decir, eran an cipadas por los
Arbitradores a su alrededor. Se descuar zaron, se entrecruzaron y
arrojaron a los úl mos a un fuego cruzado cruel en los escalones del
extremo más alejado: el cuarto servidor fue derribado por una metódica
lluvia de granadas krak de dos Arbitradores que habían entrado con la ola
detrás de ellos, y el quinto simplemente dejó de moverse y se quedó
desplomado cuando cayó el úl mo de los hombres armados y el amuleto
de control que llevaba se cayó al suelo.

Apenas se había detenido antes de que las puertas dobles de la parte


superior de los escalones comenzasen a abrirse. Al instante estaban a
cubierto y preparados con las armas de más de treinta Arbitradores y
Calpurnia, caminaba al frente de la formación, todos agachados y con sus
armas en ristre.

Pero incluso antes de que pudieran dis nguir alguna gura al otro lado de
la puerta, una voz llegó a través de los emisores vox del techo, era la voz
suave y cansada de un anciano:

-Levanten sus armas, hombres y mujeres de los Adeptus Arbites. No


pelearé con ustedes, y ustedes no pueden pelear conmigo. Dejen que este
desperdicio y destrucción se detengan por un empo.
Calpurnia se levantó y, con cierto esfuerzo de voluntad, bajó la pistola. La
gura encapuchada era grotescamente alta, los hombros debajo de su
capa púrpura y dorada estaban demasiado caídos y estrechos, los dedos
de la mano que levantaba eran demasiado largos y gruesos. Unos hombres
con el uniforme de subo cial se arrodillaron a cada lado, con las manos
extendidas delante de ellos, con las armas en los regazos atadas con una
tela blanca para simbolizar la rendición, pero fue al hombre encapuchado
que los ojos de Calpurnia volvieron. Una barbilla larga y barbuda y la boca
temblorosa de un anciano, pero la capucha ocultaba el resto y fue
entonces cuando lo adivinó.

-Navegante Peshto Zemlya.

-Ese soy yo, y no toleraré más de... de todo esto, por mi parte.

Pesados dedos hicieron un gesto hacia la habitación.

-No necesitáis asaltarme para saber lo que necesitáis. Ven, mujer de los
Arbites, y te diré lo que parece que deseas saber.

Subieron al puente en silencio, en un glorioso elevador (Howdah en el


adornado con joyas que se deslizaba silenciosamente a través de
original, nT)
un eje gravitatorio bañado en luz blanca. En cada nivel del zigurat, el pozo
estaba encerrado por una jaula de ligrana de oro, fantasiosas gárgolas de
metales extravagantes, que se perseguían para siempre en círculos, y más
allá, cada uno de los pisos, aunque iluminado, parecía tranquilo y vacío.

Nakayama se había quedado entre las cubiertas para hacerse cargo de un


barrido completo de la nave, pero Phae lo acompañó. Aunque los dos se
quedaron parados frente a Zemlya como una señal de con anza, dos
supervisores mantuvieron sus armas sobre el descomunal navegante por
detrás, donde el ojo disforme de su frente no pudiese afectarlos, si de
repente lo desenmascaraba. Alrededor de ellos, había Arbitradores que
Phae había seleccionado a pe ción de Calpurnia, entrenados en vuelo
espacial, listos para comandar la nave si era necesario. Zhow, que había
dejado atrás a sus guardias y parecía que lo lamentaba, miró a Zemlya y
agarró una pistola bólter chapada en plata pulida, que refulgía como un
espejo.

El viaje fue incómodo: la estructura bellamente diseñada y tranquila a su


alrededor era bastante inquietante, pero el Navegante simplemente no
estaba inquieto. No había una proporción natural sobre él: era como si
cada medida hubiera sido torcida aleatoriamente durante más o menos
empo. Su barbilla se estrechaba demasiado, pero el bulto de la frente
debajo de la capucha baja era demasiado prominente. Sus dedos eran
gruesos pero sus manos y muñecas más delgadas que las de Calpurnia.
Pero incluso más allá de su sico, su postura oscilante, su respiración
jadeante y su olor extraño, acre y ahumado, solo había una manifestación
en él, algo que irritaba sus pensamientos y sen dos.

Calpurnia pensó que, aunque se diese la vuelta, sabría de qué manera lo


podría enfrentar, pues se vería donde estaba su piel expuesta. Se preguntó
si así era como se sen an los augures del inquisidor en presencia de naves
disformes. ¿Fue así como lo rastrearon?

El puente en sí era igualmente desorientador, a su manera. No era el


búnker de una nave Arbites que se veía mal iluminado, sino un majestuoso
mirador de mármol con ventanas de vidrio enmarcadas en elegantes arcos
de metales preciosos y ligranas. Los cuencos de perfume estaban
colocados en soportes a ambos lados del trono del capitán, calentados por
suaves velas debajo de ellos, y cadenas de plata cruzadas en lo alto
sosteniendo linternas, los lamentos en guras de vidrio hueco de
querubines y animales heráldicos extravagantes.

Los paneles de control se construyeron en forma de instrumentos


musicales, edi cios en miniatura o tocones de árboles y los paneles debajo
de las ventanas se trabajaron en forma de árboles y enredaderas con hojas
cobrizas que se agitaban en suaves movimientos programados para
simular el viento. Durante unos instantes después de que llegasen al
puente, oyó el canto de pájaros mecánicos en las ramas de metal.
Calpurnia sacudió la cabeza. Mimarse así era bastante malo en una casa
privada, pero ¿cómo sería este lugar en una alerta de emergencia?

Zemlya estaba bajando al piso con un paso pesado y desvencijado que la


hizo recuperar el aliento esperando que él se cayera. Más allá de él, los
servidores con nuaban asin endo y zumbando en los pozos de control,
pero la tripulación humana del puente, con espléndidos ves dos rojos y
dorados, se reunieron en semicírculo alrededor de un cadáver ricamente
uniformado que se extendía boca abajo en la cubierta. Calpurnia asimiló
las charreteras y el rango del muerto y decidió que había encontrado al
desafortunado Vardos del Biel antes de volver a mirar a los o ciales.
Ninguno llevaba pistolas o sables, y todos eran extrañamente huecos y
demacrados, con una mirada hos l en sus ojos. Todos tenían almohadillas
mecánicas cubriendo sus orejas, y al mirar más de cerca, Calpurnia pudo
ver tapones de ltro en sus fosas nasales.

Técnicamente, la tripulación del puente había superado en número y


habían atrapado a los Arbitradores, pero cuando Calpurnia miró a su
alrededor no sonaron las campanas de alarma ins n vas a pesar de la
lucha que había ocurrido. Los o ciales estaban en poses idén cas a niños
cas gados, con las manos cruzadas y los ojos bajos.

Siguieron a Zemlya hacia abajo, con Phae y Zhow detrás de ella, e indicó a
los otros Arbitradores que se desplegaran entre los paneles de mando.
Hubo un poco de agitación y murmullos entre la tripulación, que terminó
cuando alguien vio la roseta de Zhow y un gemido bajo los atravesó.
Zemlya extendió los brazos en busca de silencio, Calpurnia notó con
inquietud que los brazos eran de dis nta longitud y se apoyaban
demasiado en su torso.

-¿Y bien?

Exigió el inquisidor, tratando de tomar la inicia va de regreso ante el


talento para el espectáculo de Zemlya, menoscabando a Calpurnia por un
momento. Zemlya asin ó y señaló a uno de los miembros de la tripulación,
un hombre pálido de ojos amarillos y bigote caído.
-Soy Jassala Krathe, Maestro de Auspex del Aurum Sanctus. Mi madre y
mi o conspiraron para dar refugio y socorro a los hombres corruptos
que engañaron al Sub-Eparca del sistema Beishi con parte de sus diezmos
trienales. Cuando el complot fue purgado justamente, mi madre fue
ejecutada. Vivo avergonzado por mi sangre contaminada, esclavo del
Emperador a bordo del Sanctus por la traición de mi familia.

-Soy Schacht Eramo, la principal astróloga del Aurum Sanctus- dijo una
mujer corpulenta con mejillas huecas y cabello rubio lacio.

-Fui entrenada por la Misionariata Imperial en Asherkin y honrada con el


regalo de una peregrinación a Chiros, Macharia, Gathalamor y la mayoría
de las Tierras Santas. Juré que, si terminaba la peregrinación durante mi
vida, regresaría y predicaría lo que había visto. Fui seducida por la pereza
y la reincidencia, y demostré mi indignidad de una con anza tan sagrada.
Cuando los sirvientes del Emperador me persiguieron en las colonias de
Z'lata, me arrepen y rogué por la ejecución, pero para ganar esa gracia
sirvo al Aurum Sanctus en sus viajes.

Las palabras tenían una cierta tonalidad de cán co, más recitación que
confesión. Mirando más de cerca la tripulación, Calpurnia pudo ver los
bordes de las ropas penitenciales apenas visibles en los cuellos y los
puños.

Zhow estaba chasqueando los dedos al primer o cial, quien le respondió


con voz vacilante. Había un ligero sudor en su frente e incluso con el
pesado abrigo del uniforme, su postura casi se estremecía por la tensión.

-Soy Ammon Ginzane, primer o cial y, uh…- miró el cadáver a sus pies.

Mirándolo de nuevo, Calpurnia notó que la sangre se ltraba de sus orejas


y se acumulaba debajo de sus ojos.

-Capitán-nominado del Aurum Sanctus. Fui capitán de la Voz del Deacis


en Avignor y Lodesha. Mi hermano fue ungido Vicario en la Eparquía de
Crado y me pidió que hablara como tes go en la inves dura. Por mis
pecados, el Emperador me cas gó con un breve paso por la Disformidad
y me perdí el servicio. Mi nave fue con scada y mi mandato fue
prome do a la Iglesia durante tres años, pero en el segundo año de mi
servicio fuimos destripados por los corsarios de los xenos. Por mis dos
fracasos renuncié a mi derecho a la capitanía y milité en el Sanctus como
Primer O cial bajo la dirección del Capitán del Biel y la dirección del Cura
Majjiah.

Los adornos religiosos en los pasillos exteriores, los casos de reliquias por
los que habían luchado. Una tripulación del puente de o ciales en
desgracia, rodeándose de belleza de la que se separaron. El aire
perfumado se detuvo con tapones para la nariz, uniformes hermosos y
lujosos, pero con tela de paja que marcaba sus pieles debajo...

-Es una nave de penitencia.

Calpurnia había dicho las palabras en voz alta antes de pensar en ello, pero
Zhow asin ó con aprobación y habló como si el resto de la tripulación no
estuviera allí.

-¿Conoces el concepto, entonces? Explica la renovación de o ciales y los


arco- agelantes en los pasillos exteriores. Presumiblemente, la
tripulación se asigna dentro y fuera a medida que comienzan y terminan.
Lo que no en endo…- y se volvió hacia Zemlya, -es su papel, Maestro
Zemlya. Es el Navegante en una nave de malhechores y pecadores, cuyo
anhelo por expiar su culpa, asegura su obediencia. Pero las familias de
los Navegantes están fuera de casi todas las leyes del Imperio, señor, y
pueden hacer lo que quieran. No enen que temer a la Iglesia, aunque la
Iglesia os considere un bicho raro, cuya existencia apenas es tolerada
gracias a los Estatutos de la Navis Nobilite. El hecho de que se esté
poniendo en riesgo al estar delante mía aquí, en lugar de estar sellado en
la torre del Navegante, indiferente a lo que hacemos, hace que nos
planteemos esa pregunta, ¿no es así?

-Entonces déjeme hacer mi propia confesión y dejar que esa pregunta


tenga una respuesta- dijo Zemlya.

-Soy Peshto Vask Zemlya, de la Casa de Zemlya, sobrino nieto de Novator


Eskol Zemlya. Mi cuerpo deforme es un simple tes monio de mi legado
de pecado. La familia de Zemlya siempre ha sido orgullosa y apasionada.
Pensaban llegar a lo más alto del poder, aferrándose sobre las gargantas
de sus rivales. El desdichado con icto de Belisarius y Ferraci, la
aniquilación de sus propios hermanos contra los D’Kark, creó una gran
confusión entre nuestra raza, que la familia Zemlya pensó que les abriría
las puertas del Poder. Mi familia estaba desesperada por tener los
medios para nanciar su impulso y lo encontró en círculos ricos e
in uyentes que necesitaban movilidad secreta. Mis familiares corruptos
fueron justamente destruidos, pero su vergüenza aún perdura. Que mi
familia se ría de su perdición y escupa en el concepto de penitencia, solo
se basa en los cimientos que establecieron mis antepasados. Les cuento
la desgracia que tan pocos de nuestra raza conocen, para mostrarles por
qué vivo con este legado y por qué sigo rascando y des gurando el gran
edi cio de las ofensas de mi familia.

-Un navegante con conciencia- la voz de Zhow era plana e incrédula.

-Un navegante con una epifanía religiosa.

-Un navegante repudiado por su familia y por toda su raza, que se fue
solo con la carga de la expiación como consuelo.

Calpurnia se dio cuenta de que la ronquera en la voz de Zemlya era


emoción.

-¿Es tan sorprendente, Inquisidor? En mi alto asiento desde donde miro


hacia el Inmaterium, veo la sombra que nuestro propio universo
proyecta en la disformidad. Este ojo- tocando la capucha sobre su frente
de cúpula alta, -este ojo ve los suaves ujos de las cosas del alma, donde
la mente en calma podría morir de hambre, y mareas y agitaciones de
genio y odio. La Disformidad se burla del poder de las palabras para
describir. Pero a lo que nunca puedo darle la espalda es al poder y la
belleza del Emperador.

-Veo su alma brillar desde Terra y su presencia llenar cada rincón del
inmaterium. Me desprecian por lo que les digo que veo, despreciado por
mi familia, que así sea. Algunos dicen que cada uno de nosotros ve una
cara de la Disformidad pensada solo para él, una Disformidad que nadie
más verá, pero no importa. Desde la primera vez que lo vi, supe que no
podía hacer nada más que seguir esa luz durante toda mi vida.

Hubo silencio en el puente durante un largo momento hasta que Calpurnia


habló.

-Si se trata de una nave de penitencia, y si toda su tripulación se ha


propuesto a cumplir su penitencia como usted dice, ¿por qué pelearon?
¿Y dónde están los sacerdotes que deberían haberle detenido?

No había sen do que la ira la invadía, pero de repente estaba allí,


encogiéndole los hombros y los puños. La gran cabeza de Zemlya se giró
para mirarla.

-Vardos del Biel se ha ido a la oscuridad.

Señaló la forma iluminada en la cubierta.

-Sus órdenes no pueden hacerle más daño.

-Basta de acer jos, Navegante- dijo Zhow, medio levantando su pistola.

-¿Qué hizo él? ¿Qué hizo usted?

-Íbamos a seguir las mareas de la disformidad hacia el norte galác co-


dijo Zemlya en voz alta, -y luego mantenernos en contra de ellos mientras
enviábamos comunicados a Avignor y las ciudadelas diocesanas allí.
Luego debía espiar la corriente compensatoria más baja en el plano
galác co para llevarnos hacia el sur a Rhanna, Colcha, Gathalamor
Oscuro, al bendecido Chiros.

-Para cada uno de esos mundos, nos llevamos un enviado de las cámaras
Eparcales de aquí, de Hydraphur. Fueron sellados en sus habitaciones y
no me dijeron sus asuntos, pero debía haber uno, y ninguno más, para
cada uno de nuestros des nos y subieron a bordo en secreto.

-Creo que puedo completar el resto- dijo Zhow.


-Es esta disputa estúpida y condenable entre la Eclesiarquía y la Armada.
El alto clero de Chiros y Ofelia logró llevar a Baszle al trono Eparcal, aquí,
como un leal a las facciones terranas más estrictas, pero todos los
comisarios navales lo odian ahora porque lo habían impuesto aquí, en
lugar de uno de ellos. Cualquier comunicación que quisiera hacer en el
sistema, normalmente pasaría por una de las estaciones de Astrópatas
de la Armada, o a bordo de una nave de la Armada. Incluso el envío de
Emisarios, por trá co civil no escaparía al escru nio de la Armada.

-Entonces, si quisiera enviar informes y solicitudes de ayuda a sus


autoridades- dijo Calpurnia. -Enviarlos a otros poderosos centros de la
Iglesia en los sectores circundantes y hacerlo sin interferencia, entonces
tendría que hacerlo no solo en una nave Eclesiarcal, si no que tenía que
ser en uno que tuviese la posibilidad de salir del sistema sin ningún po
de búsqueda o vigilancia. Una nave de penitencia tendría a toda su
tripulación, que sería faná camente leal a sus comisarios y predicadores.

Podía seguir la lógica, incluso aunque no le gustase.

-El encuentro en Hydraphur debe haber sido una distracción, solo una
excusa para estar en órbita para encontrarse con la lanzadera.

-No es de extrañar que la Armada estuviera tan dispuesta a ayudar-


agregó Phae.

-Incluso nos llegaron con la oferta antes de que les pidiéramos que los
interceptaran. Deben de haber sospechado el por qué el Sanctus estaba
siendo tan reservado, pero no tenían ninguna forma de hacer una
inspección. No me sorprendería si la evidencia que tenemos sobre que el
Sanctus está involucrado en toda esa mierda de la colmena Bosphoriana,
fuese urdida para empujarnos a hacer exactamente esto.

-Del Biel pensaba que sí- dijo Zemlya.

-El lugar del penitente es la obediencia y la sumisión, pero Del Biel se


había vuelto insensible. Intenté recordarle su deber y le ordené que se
some era, pero nalmente se separó de mí y comenzó a dar órdenes de
pelear contra ustedes. Cuando lo miré, vi una mente como un carbón
incandescente.

El Navegante se encogió de hombros.

-No todos los espíritus enen la fuerza para hacer frente a su penitencia.
Le enseñé mi ojo, sin trabas y le quité la vida. Él ya está inmerso en las
oscuras mareas. No creo que el Emperador sea amable con él.

Calpurnia no era la única airada por este asunto, la ira llenaba ahora la
cámara. Los Arbitradores golpearon a la tripulación y se rindieron sin
oposición; El equipo de Phae se acercó a los mandos de la nave y
comenzaron a rever r los protocolos de seguridad que habían bloqueado
la nave. Se envió un mensaje de Calpurnia a Nakayama y se envió una
orden de Nakayama a los Arbitradores que aún salían del Clarion hacia el
Sanctus.

-Buscamos al Vicario Majjiah. Otros miembros del personal de


Ministorum a bordo. Pasajeros, probablemente con el Vicario,
probablemente o ciales eclesiarcales. ¡Encuéntrenlos!

Y, por supuesto, fueron encontrados. El barrido de los Arbitradores fue


e ciente y despiadado. Los Tecnosacerdotes del Enginarium, hicieron que
sus hombres se reuniesen y se rindieran instantáneamente, y las
tripulaciones de los vehículos en los niveles de carga fueron rápidamente
detenidas. El Sanctus viajaba con la tripulación ligera y carecía de la
gigantesca mano de obra de un buque de guerra de todos modos, y el
sondeo tomó menos de una hora. Fue después de eso que los ciber-
mas nes y sus controladores comenzaron a peinar las cubiertas, armados
con rastros gené cos de los dormitorios de los predicadores y paquetes de
auspex de espionaje de alta capacidad.

Cada pequeño grupo fue sacado de su escondite, fue llevado al puente


donde los Arbitradores mantenían el Sanctus en el centro del anillo de
barcos de la Armada. Los predicadores estaban asustados pero
desa antes, mientras que los úl mos hombres armados que los vigilaban
simplemente estaban asustados. Hubo tres roteos, todos pequeños y en
desbandada. Cuatro hombres armados más estaban muertos y dos
Arbitradores heridos, antes de que todos los sacerdotes se congregasen
como una mul tud indignada en el puente.

Y a medida que las úl mas horas del día desvanecían, Calpurnia,


Nakayama y Zhow volvieron a embarcarse hacia Hydraphur, con las manos
vacías y todos de mal humor. El gran Augur de Zhow había marchado,
jadeando, arriba y debajo de la nave una y otra vez y aseguró que no podía
encontrar el menor rastro de mancha de brujas: el aura del Navegante se
contó y fué anotada, el resto de la nave estaba limpio. Los ciber-mas nes
peinaron los mismos túneles y tanques y se sostuvieron con las rmas de
olor de Hydraphur encerradas en sus cerebros y tampoco encontraron
nada. No había rastro de aceite de lámpara perfumado, explosivo o de
otro po, y no había huellas aromá cas pertenecientes al pistolero
invisible, ni a ninguno de los prisioneros del Muro. Calpurnia había estado
tan segura, y ahora todo lo que tenía eran más preguntas.

Callejón sin salida.

Calpurnia se sentó con la barbilla entre las manos en una galería de la


ventana en la cara interior del anillo, la gran cinta adaman na que colgaba
sobre el ecuador de Hydraphur. Su pared se curvaba a ambos lados de la
ventana, salpicada de torretas y muelles de atraque, brillando como la
ciudad que efec vamente era el Anillo. La cara arrugada de Hydraphur se
extendía debajo de ellos, pero la ventana se elevaba lo su ciente como
para que ella también pudiera mirar más allá de Galata, la luna de
Hydraphur, un fantasma de color melocotón visto desde la super cie, pero
rígido y plateado como el hielo, salpicado de racimos brillantes que eran
las estaciones de defensa.
Alrededor de ellos había paredes de hierro oscuro con incrustaciones de
paneles de madera, y trabajos metálicos rizados, adornaban los muebles,
puertas y rieles. Todas las cámaras del Anillo que Calpurnia había visto,
tenían un aspecto extraño y an guo que no parecía coincidir con ninguna
otra nave o edi cio en el que hubiese estado, pero aquella atmósfera
perturbadora la distrajo rápidamente. Evitar que una construcción del
tamaño del Anillo fuera hecha pedazos por los movimientos del sol, Galata
y el resto de la extraña eclíp ca doble de Hydraphur, fue en primer lugar
un desa o que tuvo que superar la construcción de tal cosa: secciones de
decenas de kilómetros de largo se construyeron de manera que se
exionase y deslizase, permi endo que el anillo se distorsionase
suavemente en lugar de permanecer rígido y quebradizo. A intervalos, la
banda del Anillo pasaba a través de grandes bas ones cuadrados, las
partes más for cadas y protegidas de una construcción que en sí misma
era una fortaleza gigante, que albergaba los generadores de campo
gravitatorio que ayudaban a suavizar las tensiones más duras sin interferir
con la gravedad en las cubiertas del anillo. Alguien le había dicho a
Calpurnia en su camino a Hydraphur que los Adeptus Mechanicus
entrenados allí, eran verdaderamente bien reconocidos a través del
Segmentum por su dominio de la ingeniería gravitacional, simplemente
por la experiencia a la hora de manejar el Anillo.

La constante exión y movimiento de la estación fue lo que le permi a


sobrevivir, pero signi caba una constante corriente de ruido, suaves
gemidos, divagaciones y algunos chillidos ocasionales.

Los equipos de veteranos bromeaban sobre la algarabía del Anillo, o las


canciones de cuna que cantaban; Aparentemente había una gran variedad
de supers ciones acerca de lo que signi caban ciertos ruidos para quienes
los escuchaban. Todo lo que Calpurnia sabía era que estaba destrozando
sus nervios.

Las formas unidas entre sí del Aurum Sanctus y el Juicio de Clarion todavía
estaban en algún lugar en el espacio, y lo seguirían siendo hasta que
terminaran las legalidades. Calpurnia se negó a permi rse pensar cuánto
empo podría llevar aquello. El capitán-comodoro Esmerian, por otro lado,
había estado de buen humor una vez que escuchó los informes del
abordaje del Sanctus e inmediatamente ordenó a un Transbordador
Dromon para que los llevase de regreso a Hydraphur a toda velocidad. Los
Dromonae, eran naves que operaban dentro del sistema, estrechos y
cargados y sin ninguno de los espacios elevados de las naves
interestelares, aunque eso se adaptaba perfectamente al estado de ánimo
de Calpurnia.

-Hemos eliminado una alterna va, Arbitradora- le dijo Zhow, -y eso es


valioso- parecía que estaba tratando de convencerse a sí mismo.

Calpurnia pensó que aún quería creer que el Sanctus era el culpable: había
dejado a sus Augures a bordo para mantener el barrido de las cubiertas,
aunque insis an en que ya habían olfateado a fondo.

-No sé si lo hemos hecho. El momento aún es sospechoso. Es posible que


esa nave no haya traído el arma, pero aún puede haber vínculos con la
explosión.

Zhow conicidió.

-Mi especialidad son los psíquicos exclusivamente- dijo.

-Evitar que la nave no se involucrara con él era mi prioridad.

-Ya veo- dijo Calpurnia.

-¿No crees que la par cipación del Navegante con la Eclesiarquía es un


poco extraña? ¿Y qué hay de su terror a la Armada? ¿Por qué los
enviados Eparcales estarían tan asustados? Ahora que lo pienso, ¿por
qué la Armada se apresuró a ponerse de nuestro lado? Entendí todo lo
que se habla sobre enviados secretos y bases de poder, pero no entendí
por qué.

-Eso, al menos, puedo responderlo.

Zhow puso la espalda contra la ventana, con las manos entrelazadas detrás
de él.
-Esa nave estaba al servicio de la Catedral, es decir al Alto Reverendo
Eparcal Baszle, el clérigo más importante de Hydraphur. Ahora bien, el
Eparca en realidad sólo ene autoridad sobre el mundo de Hydraphur en
sí, y sobre algunos de los muelles y las compuertas controladas por
civiles que se encuentran en las afueras. Es decir, solo un bolsillo en el
medio del sistema. Eso hace que los sacerdotes unidos a los escuadrones
navales, sean una fuerza poderosa: son los responsables ante su propia
jerarquía militar-religiosa y enen su propia cadena de mando hasta
delante del Pon fex Militas, a bordo de la nave del Almirante. Se les
conoce como "Los custodios de la bandera", aunque el tulo es
vernáculo, sin moneda eclesiás ca formal. Una facción poderosa en el
sistema, ya que sus jurisdicciones pueden cruzar la división entre las
zonas navales y civiles mejor que la mayoría. Y debido a que reclutan y
nombran a sus propios sucesores, se autoperpetúan.

-Suena como una excelente razón para que el Ministorum y la Armada


trabajen juntos, no se debiliten entre sí de esta manera. Pero hay algo
que no sé, ¿no? Por supuesto que sí- gruñó Calpurnia.

-Cuando el Lord Almirante Invis cone fue asesinado- le dijo Zhow con
una mirada de reprobación, -el Ministorum en Terra, tomó medidas muy
rápidas.

-En esa coyuntura, el nombramiento de un nuevo Eparca estaba a punto


y sin Lord Almirante designado formalmente, vieron la oportunidad de
obtener uno propio, alguien que tuviese una visión rígida sobre la
autoridad eclesiarcal tradicional y sería una cuña contra los custodios de
la bandera, quienes en opinión de los cardenales, han adquirido
demasiada cultura de la Armada para ser de ar completamente.

-¿Por qué sabes todo esto?- dijo Nakayama al otro lado de la habitación.

-Lo sé cómo trasfondo. Nosotros...

Zhow interrumpió todo lo que había estado a punto de decir y comenzó a


dar una nueva conferencia a Calpurnia nuevamente.
-El de Baszle, es un nombramiento rela vamente reciente; se tardó tanto
empo para ayudar a que terminasen las peleas internas por la elección
de Eparca y se llevara a cabo el nombramiento. Desde entonces ha
estado tratando agresivamente de construir la autoridad de la Catedral.
Por eso, creo que sus agentes temían el juego sucio de las naves de la
Armada, y por eso la Armada fue tan ú l para ayudar en una operación
que sabían que humillaría a la o cina del Eparca.

-Probablemente deberías saber- con nuó cuando Calpurnia se puso de


pie, -que Baragry, tu sombra designada en Hydraphur, pertenece al
círculo ín mo de Baszle. Ciertamente se le ha asignado que supervise
nuestra inves gación y la dirija de manera conveniente. Tendrá algo que
decir sobre quedarse atrás, estoy seguro. Si me disculpa ahora,
comprobaré nuestro vuelo de regreso a la colmena Bosporiana.

-Gracias por su informe, inquisidor- respondió Calpurnia.

-Si me necesita, estaré en el pasillo golpeándome repe damente en la


cabeza con una maza de electrosock- Zhow le dirigió una mirada extraña,
pero se fue sin decir nada más.

-No dejes que esto te afecte, Shira- dijo Nakayama.

-Nunca tendrás a todos en Hydraphur rando en la misma dirección, no


importa cuánto lo intentes- suspiró, su mano se levantó para frotar sus
cicatrices de nuevo: arriba, abajo, arriba.

-Lo peor es que sigo olvidando que esto es solo el comienzo de mis
deberes- dijo.

-La colmena bosporiana ya es un desa o. Estoy seguro de que podría


pasar los próximos diez años de mi vida aprendiendo aproximadamente
la mitad de lo que hay que saber sobre cómo funciona esa colmena, y
¿cuántas colmenas más hay aquí?

-Ocho en Hydraphur, sin contar las pequeñas conurbaciones y los


santuarios for cados y las forjas. El doble en el resto del sistema, sin
contar los grupos de for cación, los complejos de la Armada y los
asentamientos espaciales.

Se había acostumbrado al discurso orido de Leandro y las conferencias de


Zhow, por lo que ahora seguía esperando las respuestas de Nakayama con
pocas palabras. El pequeño y robusto Arbitrador, se sentó en la silla que
Zhow había desocupado; en reposo, daba la impresión de una poderosa
máquina embalada y guardada.

-Vein cinco colmenas, quién sabe cuántas otras comunidades, dieciséis


planetas, cientos de diques y fortalezas espaciales, más de cuarenta mil
millones de personas. Esa es la población permanente. La navegación
naval y civil a través del sistema puede aumentarlo entre un uno y un
diez por ciento.

-Es humillante- dijo.

-Conocía la escala de este sistema cuando viajé hasta aquí, pero sólo me
está afectando a nivel visceral. ¿Cómo se puede empezar a mantener la
ley en un lugar tan complejo?

Ella se encogió por dentro ante la pregunta tan pronto como la había
formulado: era una pregunta para novatos, y de inmediato se preguntó
cómo sonaría al llegarle a Dvorov. Pero Nakayama no parecía tomarlo de
esa manera.

-Al no tratar de hacer todo tu misma- dijo simplemente.

-Mira la forma en que manejaste el incidente de la Puerta del Aquila.


Rápidamente, correcta y completamente. Pero lo hiciste todo en
persona. Ejemplo perfecto: preocuparse por los patrones de trá co y
mantener el orden en la Vía Telepine, al mismo empo que intentabas
consultar con los equipos Verispex, decidir sobre el procesamiento de sus
prisioneros y coordinar sus operaciones con el Inquisidor Zhow. Justo en
línea con tu es lo.

-Oh, vaya si has estado estudiando este sistema- con nuó mientras ella se
giraba para mirarlo, -pero nosotros también te hemos estudiado a . ¿Te
sorprende que hayamos estudiado sobre a quién estábamos recibiendo?
¿Creías que te ganamos en una ronda de siete barajas? Tu reputación es
excelente, no he leído sobre muchas carreras más prolí cas para alguien
de tu edad. Demonios, de las mejores carreras, punto nal. Pero tu
reputación también dice que quieres manejar todo tu misma. Apuesto a
que no hubo ni una docena de veces en todo tu comando en Ephaeda, en
la que dieras una delegación por debajo del Nivel Tres, y apuesto a que
puedes recordar cada vez que lo hiciste. Eso está bien en una casa del
recinto, pero no aquí. Aquí ni siquiera tendrás un comando jo.

El Maioris nos envía a cualquier parte del sistema donde él siente que
nuestras fortalezas par culares están jus cadas, para hacerse cargo de
un punto de acceso par cular durante el empo que sea necesario.
Habrás estado alrededor de Hydraphur en un año, no lo dudo, Krieg
elegiría tus tareas con eso en mente.

Calpurnia todavía no pudo evitar parpadear ante su uso casual del primer
nombre del señor mariscal, pero lo dejó pasar. Fuera del puerto, el cielo
todavía estaba lleno de cientos y cientos de puntos de luz en movimiento,
cada uno de ellos una gigantesca nave de guerra o fortaleza de defensa
centenaria. Más allá de ellos más puntos, los planetas más cercanos.

Aún no conocía lo suficiente el cielo de Hydraphur para reconocerlos, ni


siquiera para reconocer su eclíptica. Había visto mapas y modelos del sistema
de Hydraphur y había intentado obedientemente seguir los tratados de los
astrógrafos sobre él, pero la mayoría de ellos eran lo suficientemente técnicos
como para inundar sus conocimientos sobre el tema: había decidido aceptar
que nadie sabía realmente cómo podían formarse o permanecer estables dos
planos planetarios que se cruzaban, aceptar que lo sabían y lo hacían y seguir
adelante con su trabajo de vigilarlos.

Quédate con ese pensamiento se dijo a sí misma, y se volvió para mirar a


Hydraphur de nuevo. Pronto subiría a un transbordador y se irían, entonces la
curva del horizonte apenas sería visible, la superficie monótona se centraría en
montañas, mares poco profundos, colmenas y ciudades forjadas llenas de
gente y parcelas y enemistades y rivalidades. De repente, el descenso de
vuelta al planeta le pareció más como una gota en el fango que la esperaba
para succionarla hasta su muerte.
Prefacio de un brie ng pre-inaugural preparado para el Maestro
Ordenado Yakulius Bo del Administratum, poco antes de su adhesión
como Gran Maestro Ordenado de Logís ca Praefectural (en funciones) en
el Sector Kunvazi.

Esta sesión informa va está des nada a que Su Serena Presencia se vuelva
a familiarizar con aquellos elementos de los Adeptus Arbitradores con los
que el Gran Maestre Ordenado, etc., etc., puede ser llamado a interactuar.
De acuerdo con la pe ción de Su Serena Presencia, se man ene un
enfoque en las diferencias que emergen entre el nivel planetario y el
subsector.

Se en ende que el puesto anterior de Su Presencia Serena en la logís ca


de campo de la recolección del diezmo y la absolución ha incluido la
interacción con las guarniciones de los Arbitradores, par cularmente
durante los sacri cios de colmena de Baello-Beukin y la Segunda Guerra en
Hougeran Ter a. Por lo tanto, el escrito central no presumirá de ofrecer
más detalles de las operaciones sobre el terreno de las fuerzas de
Arbitradores de los distritos electorales. (Si Su Serena Presencia desea esta
información para propósitos de integridad, su atención es
respetuosamente dirigida a la Sección K, y a los Apéndices B y G así como
al anexo F). Los deberes del Gran Maestre Ordenado, etc., etc., requerirán
más generalmente el trato con el brazo judicial de los Arbitradores más
que con el Militante.

I) Un resumen de la estructura
I-a) Se recomienda respetuosamente a Su Serenidad, etc., tener en cuenta
que estos dos pos de Arbitradores a los que se ha hecho referencia
anteriormente son, en efecto, divisiones formales, cuya naturaleza
separada es tan clara para los Arbitradores como las diferencias entre un
Ordinario Ejecutor y un Ordinario Parajunto lo son para nosotros. La
estructura completa de los rangos de los Arbitradores es de una
complejidad que rivaliza con algunas de nuestras propias o cinas de
Administratum (un mapa de rangos observados se presenta
respetuosamente en el Anexo B y un mapa conjetural de rangos completos
basado en el trabajo de la Dirección de Intradependientes se encuentra en
el Apéndice P), pero los dos centrales forman su base y núcleo. A medida
que estos dos se desvían de los rangos de base, se vuelven a fusionar en el
nivel más alto, el General de los Arbitradores, una estructura de mando
supremo que entremezcla a los Arbitradores de ambas especialidades.

I-a-i) (Su Sereno, etc., puede que desee familiarizarse con el mapa de
rangos abreviado en la Sección A-A2 de la sesión informa va completa, y
con el comentario ofrecido en el Anexo D, rela vo a las subespecialidades
que se derivan de la central. Cabe destacar, por su visibilidad, a los
Cas gadores, cuya especialidad es la captura, interrogatorio y cas go de
prisioneros. Destacan por su implicación con otros Adeptus los Detec ves,
cuyas ac vidades están más protegidas por las medidas de secreto de los
Arbitradores, pero que se cree que controlan la vigilancia, la in ltración, la
inteligencia y las redes de informantes y agentes provocadores. Se
recomienda humildemente que las sesiones informa vas sobre la ac vidad
de los detec ves conocidos se hagan cara a cara bajo ciertos protocolos de
privacidad con los que su Sereno, etc., se en ende que está familiarizado.
Los Arbitradores también man enen subespecializaciones a lo largo de
patrones familiares como capellanes y predicadores de guarnición,
técnicos-ministros ordenados y armeros, sabios, médicos y similares).

II) Los Precintos y su Jerarquía


II-a) Los Precintos de las Arbitradores siguen un principio organiza vo muy
similar a los establecidos en nuestras propias estructuras de diezmo y
gobierno, aunque se pide que Su Serenidad, etc., perdone la observación
personal de que sin las tradiciones y las ideas del Administratum para
guiarlos, su organización debe inevitablemente carecer de la inspiración y
la elegancia de las estructuras establecidas en la Res Demograf o la
Principia Administrata. Sin embargo, su célula esencial, su Recinto,
corresponderá generalmente a las divisiones de la población, moderadas
por las evaluaciones demográ cas y polí cas. Se llama humildemente la
atención de Su Serenidad, etc., sobre la información de los Anexos D, N y V
del Anexo K, que detallan ejemplos de principios organiza vos de los
Recintos observados y conjeturas en cuanto a las polí cas sobre sus
variaciones, principalmente la estructura rela vamente escasa de los
Recintos para la población baja y dispersa de Kedums Mundi (grado de
diezmo Invidita Secundus) y la red considerablemente más densa de
Recintos que gobiernan las colmenas y las pilas de granjas de fuerza de
Spaaken (grado de diezmo Copis Op ma). Si desea más información sobre
estas u otras organizaciones de recintos dentro de nuestro subsector,
puede solicitarla a su Serene, etc.

II-b) Se somete con humildad y respeto que las necesidades de Su Sereno


etc. pueden centrarse más en el conocimiento de las estructuras
superiores del Recinto, y por lo tanto en las secciones B-D97.7 a Cl2
inclusive, G557 y T8 a T93-V5 inclusive de la sesión informa va principal.
Por razones de brevedad, los Precintos dentro de un sistema generalmente
se entrelazarán para formar un Precinto Superior, al que se en ende que a
menudo se hace referencia en los círculos Arbites con el Gó co Bajo de un
'Precinto de Sistema'. Al carecer del no dominio de la organización y la
coordinación mostrado por nuestras propias tradiciones bendecidas por el
Emperador, los Arbitradores eligen imponer un punto de ruptura
organiza va en el punto en el que el tránsito por la inmateria se hace
necesario para el contacto con la organización más amplia. El Arbitrador
que cons tuye el rango más alto en un Superior de Precinto asumirá el
tulo honorí co de "Comandante de la Corte" en el bajo gó co, además de
cualquier tulo que su rango le otorgue actualmente.

II-c) Una red de Recintos Superiores formará un Recinto Superior, que


podrá estar formado por varios sistemas pero que no necesariamente (y
frecuentemente no será en la actualidad) congruente con la jerarquía
subsectorial que delinea nuestras propias obras espléndidas. (Un análisis
de las excepciones conocidas se presenta en el Anexo L.) Los Altos Recintos
se entrelazan a su vez para formar el Gran Recinto, cuyos límites, como los
del Alto Recinto, a menudo desa arán nuestros propios límites de Sector, y
el Gran Recinto con núa construyéndose sobre el Gran Recinto antes de
que los Arbitradores se sometan nalmente al inevitable orden y dividan
sus penúl mas órdenes de acuerdo con las Segmentae Imperiales antes de
la cúspide de mando en la persona del Gran Mariscal Preboste.
II-d) Una estructura subsidiaria que se considera digna de sostenerse a la
luz de Vuestra Serenidad etc. es la ota de los Arbitradores. Se lamenta
que los detalles de organización de este cuerpo sean di ciles de con rmar
con certeza, aunque la sección E-44 del escrito principal y el anexo S y su
anexo B2 con enen detalles observados y conjeturales respec vamente.
Las otas cons tuyen fuerzas móviles capaces de reforzar el trabajo de los
recintos planetarios con recursos tanto de pericia y erudición judicial como
de una considerable fuerza militar y paramilitar; las observaciones sugieren
que las otas operan en gran medida dentro del cursus arbitral y su
función principal es el ejercicio de la fuerza armada en apoyo de sus
colegas planetarios. Los mandos de las otas siguen una jerarquía de
mando que no di ere de la jerarquía ja de la que se habla en otros
lugares, y se sugiere respetuosamente que, a este respecto, podría ser ú l
considerarlos como recintos espaciales.

II-e) Por la disposición general de los rangos de Arbitradores los


comandantes del Superior del Precinto y hacia arriba serán seleccionados
del escalón más alto de los rangos, el General de Arbitradores. El patrón
que más comúnmente hemos observado es que un Superior de Precinto
sea comandado por un Arbitrador senioris, un Precinto Superior por un
Arbitrador Majore, un Gran Precinto por un Arbitrador Imprimis y un Gran
Precinto por un Arbitrador Majestas. Los tulos de bajo gó co más
comunes que coinciden con estos rangos son Alto Mariscal, Dama/Lord
Mariscal, Gran Mariscal, Lord Gran Mariscal, aunque por indulgencia de Su
Serenidad etc. un estudio de caso de variaciones y excepciones conocidas a
este patrón aparece en el Anexo II del Anexo S con referencias asociadas y
anotadas en el Apéndice 4-W y una conexión es respetuosamente señalada
a (III), abajo.

III) El Alto Recinto de Hydraphur


III-a) Aunque se especula con adamente que la esfera de administración a
la cual la atención de Su Serenidad, etc., residirá más dignamente es el
Sector Kunvazi. Humildemente se le hace notar que el Superior del Recinto
Kunvazi ha tendido a ser la base de poder secundaria de los Arbitradores
para ser considerada en asuntos que pertenecen al trabajo del Gran
Maestro, etc., etc. Debido a la con uencia de tradiciones, circunstancias
históricas y conjeturas de equilibrios de poder dentro de la jerarquía
Arbitrador del Gran Recinto de Paci ca Fidelis (una tesis sobre los detalles
de tales circunstancias está presente en el Anexo IV del Anexo S), el Alto
Recinto de Hydraphur forma tanto una base de poder simbólica como real
para las operaciones de Arbitradores a través de su propio Sector y los
Sectores limítrofes, incluyendo el nuestro.

III-b) En el Adjunto S-15 se presenta una relación completa de la


disposición sica y organiza va del Mando del Alto Recinto de Hydraphur,
preparada conjuntamente por los Claustros Satélico y Supradepor vo de la
O cina de la Prefectura Transmilitante bajo la coordinación de la Dirección
General de Preservación de Datos Transcomunicados, y los anexos adjuntos
per nentes V a XII se presentarán ante Su Serenidad, etc., según las
instrucciones. Se sugiere humildemente que los siguientes aspectos
par culares sean los que más se bene cien de la pronta atención de Su
Serenidad, etc.

III-b-i) La jurisdicción del Alto Precinto de Hydraphur se complica por la


par ción del sistema Hydraphur mismo, bajo el cual el mundo de
Hydraphur es eximido del control de la Armada mientras el resto del
sistema con núa en su función militar. Por lo tanto, el Arbitrador Majore
no sólo debe dirigir un comando a través de dos poblaciones muy
diferentes, sino también administrar las leyes de la par ción misma,
asegurando que las ac vidades de las preocupaciones planetarias en el
mundo, y tanto las preocupaciones navales como las civiles fuera del
mundo, interactúen de una manera que se convierta en, y obedezca a, la
ley Imperial.

III-b-ii) El Arbitrador Mayor de Hydraphur, Krieg Dvorov, fue promovido a


General de Arbitrador desde las las del Pretor, aunque se observa que su
administración muestra lo que podría considerarse una temeraria
indiferencia por la prác ca establecida y con nua. Tres árbitros de alto
rango reportan directamente al árbitro, aunque, en violación de la
convención, no están vinculados a un comando o función geográ ca
especí ca, sino que se u lizan para una variedad de tareas sobre una base
ad hoc. Actualmente, dos de estos puestos están ocupados por los
Arbitradores Néstor Leandro y Ryo Nakayama. Se en ende que están en
marcha los procesos para nombrar a un candidato para el tercer puesto
actualmente vacante. Se pondrá a disposición de Vuestra Serenidad, etc.
una lista de posibles candidatos tan pronto como se dé a conocer.

III-b-iii) Tanto el brazo Judicial como el Militar de los Arbitradores que


operan en este sector han sido fuertemente in uenciados por el
procedimiento y la lealtad al Alto Precinto de Hydraphur. El Gran Pretor-
Dignatario Liomu y muchos miembros in uyentes de su personal
comenzaron la parte sustan va de sus carreras judiciales en las
instalaciones escolás cas de Hydraphur, ya sea en la fortaleza de mando
conocida como 'La Muralla' o en el campus separado de 'Trylan Tor'. El
laureado de la Flota-Marshal Treneal ha comandado los recintos de la ota
bajo el ahora árbitro Senioris Nakayama y sirvió en el personal del árbitro
Majore Dvorov. Se en ende que ambos enen una notable lealtad
personal al Arbitrador Majore, complementando las cadenas de mando
que pasan por Hydraphur en su camino hacia el mando del Gran Recinto de
Paci ca Fidelis.

Preparado para el sello de: Jefe de Estado Mayor en funciones al Jefe de


O cina al Gran Maestre de Logís ca Prefectural.
Undécimo Día del Septista
Siete días para la misa de San Balronas.
Las Devociones del Maestro y el Rito de Lamentación
Común.
La penitencia de los anacoretas (Eclesiarquía).

El día de hoy marca la última semana de preparativos para la gran


misa y el comienzo de la Sanguinala. Las Devociones del Maestro son la
primera de las observancias fijas del día, y aquellos que no pueden asistir
al servicio en sí, deben considerar uno de los servicios de "apoderado"
que se llevan a cabo en otros lugares entre los predicadores de la Iglesia y
de la Armada, aun cuando las Devociones sean conducidas por el
Maestro de la Vigilia y la Curia Naval. Aunque aquellos con asuntos
urgentes pueden ser excusados de las Devociones, toda la gente piadosa
debe estar lista para el Rito de Lamentación Común al mediodía y vestida
con al menos un artículo de color verde; idealmente, las manos deben
estar envueltas en tela o gasa verde. Los guantes verdes o la cadena o el
hilo verde envueltos en las manos es un sustituto aceptable.
Para hoy, la ropa festiva para la Sanguinala debe estar terminada
y lista. Es inapropiado usar estas prendas entre el día de hoy y la mañana
de la misa, así que esta tarde es la última oportunidad para asegurarse de
que estén limpias y en buen estado. Esto se debe hacer en privado y solo
cuando sea posible, y la ropa se debe empacar cuidadosamente después,
mientras que los que cuidan a los niños o a los enfermos deben
proporcionar toda la ayuda que sea necesaria a este respecto.
CAPÍTULO SEIS
Las armas descansaban sobre ricas felpas azules de medianoche,
aseguradas por pequeños alambres de plata debajo de los diagramas y las
cartas del fabricante, pintadas y bordadas sobre seda del mismo azul
intenso. Las armas en sí eran de un simple gris metálico, desprovistas de
adornos, y el contraste daba a las formas de la gruesa tela una amenaza
propia.

El cortador de microhilos, montado en una pulsera y diseñado para salir de


una manga y volver en un microsegundo. La varita de toxinas para detectar
de los husmeadores de veneno y los auto inmunizadores, pudiendo
seleccionar el cóctel adecuado para evitarlos.

El lanza echas, con sus mortales espuelas de alas de fuego que podían
guiarse mediante el rastro de feromonas de un obje vo durante una hora
antes de acelerar para matar. Y la pistola subsónica de cañón largo,
silenciosa, precisa y mortal. Calpurnia sabía que tendía a ser demasiado
recta en estos asuntos, pero se sorprendió por la fuerza del malestar y el
desagrado que le producía mirar las armas.

Los armeros habían montado su exhibición en la fría y gris sala de


reuniones de la fortaleza del distrito Cruce Cuatro, al otro lado de la llanura
de la ciudad, desde la colmena de Bósporo, cerca de los acan lados del
mar.

La torre-fortaleza servía como una pista de aterrizaje dedicada a los


Arbitradores, construida en lo alto de los tugurios circundantes, sobre
grandes pilones de rococemento, adornados con alambre de cuchillas y
clavos de defensa, y tachonados con Emisores de vox que cada pocos
minutos emi an una de las severas máximas del Primer Libro de Horas de
los Arbitradores por encima de los techos debajo de ellos. Mientras ella
aprobaba la emisión de aquello, Calpurnia no podía evitar preguntarse si
alguien en esas colmenas dormitorio debajo de ellos, dormiría mucho.

Media hora después de abandonar el Anillo, Nakayama había preparado


una lista de datos y le dijo a Calpurnia que cerrara los ojos y la señalara.
Sin éndose cohibida, sacó un dedo, abrió los ojos y descubrió que estaba
señalando, más o menos, un mapa en la pantalla de la pizarra.

-Cruce Cuatro- había dicho Nakayama, -tan buen lugar como cualquier
otro.

Y se habían desviado de su curso registrado para aterrizar en el Cruce


Cuatro. Calpurnia había visto la sensación de aleatorizar su trayectoria de
vuelo, y de todos modos las restricciones de espacio aéreo se habían
endurecido para mantener una gran columna de aire despejado sobre la
colmena y era mejor mantenerla bien despejada. Por casualidad, también
estaba cerca de los fabricantes y torres residenciales de la familia Tudela,
considerados algunos de los mejores armeros y vendedores del Imperio, y
Nakayama había aprovechado la oportunidad para sacarlos de la cama y
llevarlos a la fortaleza.

Ahora la cámara, normalmente desnuda, parecía una feria de muestras.


Los Tudela se habían recuperado de su confusión al tener que reunir sus
mercancías para un paseo a medianoche, y montaron sus exhibiciones
como si estuvieran en la corte de la audiencia de un noble de la colmena.
Calpurnia y Nakayama los recibieron allí, Zhow se había apoderado de un
Rhino justo después de que aterrizaran y había desaparecido hacia la
lejana colmena, sin contarles a ninguno de ellos su propósito y mostrando
poco interés en el público de Tudela. Calpurnia había seguido su ejemplo,
pero no fue hasta que un escuadrón completo de Arbitradores, marchó
alrededor de una camioneta que ella entendió completamente el plan de
Nakayama. Ella había estado construyendo otro de sus estados de ánimo
melancólicos sobre el manejo de sospechosos por parte de la guarnición
de Hydraphur. Los Tudela no eran sospechosos, eran expertos.

Calpurnia estaba contenta de poder recurrir al conocimiento de otros


Adeptus (Mechanicus, Administratum, Telepathica) los cuales, compar an
sus juramentos de lealtad al Trono de Terra. En todo caso, ella sabía que su
imagen del Adeptus como aliados incues onables era mal vista para
muchos de sus colegas. Pero la idea de ir de la mano de un súbdito
Imperial ordinario (sin duda un súbdito digno, se añadió a sí misma con
culpa, un ciudadano digno y piadoso, cuyo po mantenía unido al Imperio)
era extraña. Lo que le molestaba, cuando nalmente logró centrar el
pensamiento, era su convicción de que todo lo que valía la pena conocer
ya debía ser conocido por el Adeptus. La idea de que este podría no ser el
caso la estaba molestando.

Los Arbitradores llevaron la maleta hasta el centro de la cámara y abrieron


la parte superior hacia atrás. El grupo de los Tudela, amontonado en un
grupo de ves dos de terciopelo azul noche, delgadas joyas de plata y
cuellos y capuchas que cubrían la cara, comenzaron a murmurar y a
arrastrarse hacia adelante. Dvorov o Leandro debían haber persuadido al
Adeptus Mechanicus a deshacerse de sus pruebas, al menos durante un
empo.

Allí, en los estantes desplegados, había otro juego de herramientas para


matar: un pesado ocular augmé co, montado sobre una placa de acero
con una curva que encaja en el cráneo, con los lamentos que lo habían
unido a los nervios del hombre; una corona tachonada con espinas
perceptoras y alambres que apuntaban hacia adentro y que habían
alimentado y acelerado el cerebro; y nalmente, sentada en un estante
propio, la propia pistola, esquelé ca y de cañón largo, con un protector de
mano como los sables de la Armada, tachonada como los otros dos, con
alimentadores e interfaces que habían incrustado con cuerdas en su
espoleta.

Debería haber sido casi imposible no verlo, y Calpurnia volvió a dar las
gracias en silencio por las neblinas calientes y las demostraciones
incendiarias que habían cegado el obje vo de ese ojo augmé co. El dogma
imperial daba por sentado que los espíritus de los anteriores portadores
colgaban sobre todas las armas, y en cada componente había un sello de
pureza escarlata y una película de bálsamos sagrados para exorcizar
cualquier presencia persistente del anterior propietario.
Los armeros se enclaustraron, entretejiendo un rumor, entre el gó co
imperial y algún po de dialecto extraño y croante que ella asumió que era
una lengua de la Casa o un canto técnico. Dos de ellos, una viajera con
máscara de ligrana y un hombre que le había sido presentado como el
anciano de la casa Makriss Tudela, con un mechón de pelo blanco y un
discreto polvo de diminutos pedacitos de pla no en los hombros y mangas
de su túnica, se inclinaron sobre las armas para acariciarlas con diminutos
microcepillos augmé cos en las puntas de sus dedos, tomando las medidas
exactas y saboreando la forja y composición de las armas.

La viajera de la casa Tudela, miraba solemnemente desde encima las ricas


capuchas de tela que estaban en alto sobre sus cabezas. Los augmé cos
que llevaban eran sorprendentemente delicados y elegantes, de plata
(como los de Makriss) en lugar de latón como los del Barrio de los
Artesanos. No sabía si eso simbolizaba algo o no. Probablemente lo
simbolizaba.

El análisis no tardó mucho. Makriss y su informante se re raron de las


armas y toda la delegación, se re ró al otro lado de una exhibición de
cuchillas subcutáneas para conferenciar. Calpurnia se puso al lado de
Nakayama.

-¿Pudiste oír más de “eso” de lo que yo oí?- le preguntó.

-No que yo entendiera- dijo con un ligero movimiento de cabeza.

-Pero creo que aprendí lo su ciente para saber que están perplejos y no
quieren admi rlo.

-Yo llegué a la misma conclusión- dijo Calpurnia.

-Puede que se sientan orgullosos de sus secretos, pero necesitan trabajar


para enmascarar su lenguaje corporal. ¿Es eso signi ca vo?

-¿El que no podamos reconocerlos? Muy signi ca vo, sí.

Varios Tudela habían elaborado varias pizarras de datos y Makriss y su


viajera estaban acariciando las puntas de los dedos sobre sus super cies.
Los ojos de Makriss estaban cerrados, sus párpados temblaban; la viajera
había comenzado a balancearse ligeramente.

-Una de las primeras cosas que el viejo Makriss me dijo fue que, si él y su
personal no conocen un diseño de arma, entonces no hay un diseño
estándar para ese po de arma.

-¿Tiene razón?

-Sospecho que si…- le dijo Nakayama.

-Tudela es la crema, los mejores armeros artesanales del sistema, lo que


signi ca de todo el sector y quizás de todo el segmento. Son tan
respetados que han podido mantener su posición sin a liarse a ninguno
de los sindicatos mercan les.

-Entonces ¿Por eso no enen uno de esos apellidos dobles? Me lo había


estado preguntando.

-Así es.

Nakayama inclinó la cabeza hacia el armamento a su alrededor.

-El mando de la Flota de Batalla Pací ccus encarga a Tudela que entregue
algunas de sus armas a sus o ciales como un premio por sus batallas, si
eso te da alguna idea. Y sin embargo, mira el equipo de ese pistolero y
dice que son tan raros que ni siquiera puede discernir el patron que
usaron o la escuela que siguió el diseñador. No tengo toda su experiencia,
pero puedo ver que estas piezas de exhibición que han traído, son
ejemplos de la mayoría de las escuelas de diseño básicas de Hydraphur, y
que el arma no ene mucho en común con ninguna de ellas.

Se detuvo cuando la delegación se acercó nuevamente y Makriss Tudela


se inclinó.

-Arbitrador Senioris Nakayama, Arbitradora Senioris Calpurnia. En


nombre de la familia Tudela, con rmamos que las armas y los
disposi vos son del po que construimos, primos de nuestra propia
artesanía, por así decirlo. Pero nos hemos inclinado a una búsqueda,
puesto que no muestran rastros de las huellas del legado del bendito
Mechanicus, o ni siquiera revelan rastros de nuestros propios herreros o
incluso, si no fuera demasiado audaz al hacer tal referencia, la de
nuestros rivales.

-¿Tus rivales?- preguntó Calpurnia.

-¿Puedes a rmar, por esas armas, que no se fabricó en este sistema? ¿O


estás hablando de un área más grande? ¿O una más pequeña?

Tudela parpadeó ante la pregunta y le dio a Calpurnia una mirada sobre lo


que estaba empezando a pensar: -Oh, así que tú eres la que no es de aquí.

-¿De nuestros propios Armeros?

-No- respondió.

Calpurnia podía sen r como bajaba el lenguaje orido a un nivel inferior.

-Tudela ha heredado ciertos axiomas de diseño y huellas privilegiadas


que no detallaré, pero que no se adhieren en sus armas. ¿En cuanto a los
que u lizan nuestra propia línea de artesanía? Solo hay unos pocos a los
que consideraría capaces de realizar trabajos de esta calidad. De ellos, los
Zaphraoi, que están unidos a Kraegen-Medell para obtener metales y
usan aceros provistos por ese cartel.

-No había nada de su labor dis n va en los metales que inspeccionamos.


Durska-Haggan puede producir augme cos de avistamiento tan buenos
como este, pero su experiencia en armas de fuego reales es muy
super cial. Para unir el mecanismo de la pistola y el augmen co de su
portador, requiere una comprensión de los misterios mecánicos y
biométricos que sé que están más allá de sus capacidades.

Makriss re exionó por un momento, pasando un pulgar sobre los nos


lamentos de plata trenzados en su bigote.

-Las endas de armas en el Muelle Bescalion: estas operan directamente


bajo el control de la Armada, en Gyre Marmarea, ¿en endes? Creo que
tendrían la delicadeza de producirlos, presididos directamente por los
Inductores del Mechanicus. Pero todos los principales fabricantes de
Bescalion, operan en gravedad cero. Sus procesos de microingeniería
dependen bastante de ese hecho. Y todos los componentes de sus
especímenes aquí fueron elaborados bajo el efecto de la gravedad.

-¿Es capaz de discernir eso?- le preguntó Calpurnia.

-Ciertos detalles diminutos en densidad y equilibrio, vemos que


corresponden exactamente a armas equivalentes fabricadas por nosotros
mismos, lo que signi ca que sus especímenes, fueron hechos en una
gravedad equivalente a la de Hydraphur. Esos detalles son lo que la forja
libre de gravedad está especí camente des nada a contrarrestar.

-Se descarta la Armada casi por completo- dijo Nakayama.

-Les gusta mantener sus navios y estaciones una fracción por debajo del
estándar Hydraphur gee. Nada que alguien foráneo notase, pero
aparecería en el po de escalas que imagino que maneja un maestro
Tudela.

-Exactamente, así es- dijo Makriss, viéndose complacido.

-Creo que mi conclusión original se man ene. Mi propia sospecha, es que


estas piezas provienen de una distancia considerable de Hydraphur. De
ninguno de los más respetados Armeros de este sistema, ninguno
par cipó en su creación.

Terminó sus palabras con una pequeña reverencia caballeresca, y el


repen no cambio de ac tud hizo que Calpurnia se pusiera a parpadear.

-Entonces, gracias por su empo, Maestro Tudela, por su ayuda y por sus
conclusiones. El supervisor, organizará un regreso ordenado a su hogar.

-El servirles, fue un placer para mí y para mi familia- respondió Makriss


con otra reverencia.

-Hay algo que quería suplicarle, ¿debería suponer...?


Nakayama inclinó ligeramente la cabeza.

-Me atrevo a decir, que ni siquiera debería tener que señalar que, aunque
nuestra habilidad y nuestros trabajos son nuestros mejores
representantes, en ocasiones también se debe mantener una posición
como la nuestra, ¿cómo se diría... un conocimiento de...

-Creo que en endo- le dijo Nakayama.

-Si descubrimos quién hizo estas armas y dónde, intentaré en la medida


de lo posible compar r esa información con usted.

Sa sfecho, Makriss se inclinó nuevamente y su séquito lo imitó,


permaneciendo inclinados mientras los dos Arbitradores Senioris se
alejaban.

Cuando salieron de la cámara, Calpurnia escuchó un repen no y apagado


estallido de ac vidad cuando Tudela comenzó a hacer pedazos su
exhibición.

-Y una vez más, estamos de vuelta donde empezamos- gruñó ella cuando
las puertas se cerraron detrás de ellos y subieron la gran escalera de
caracol que formaba la columna vertebral de la fortaleza.

En el hechizo silencioso entre los turnos nocturnos, las escaleras estaban lo


su cientemente vacías como para que oyeran el eco de sus pasos.

-No exactamente- dijo Nakayama.

-Podemos concluir algunas cosas. No creo que el asesino haya sido


introducido de contrabando desde otro lugar, creo que esa fue la forma
en que Tudela nos aseguró de que no se puede fabricar un arma en este
sistema sin que ellos lo sepan.

-Me preguntaba sobre eso. ¿No con rmó que las armas habían sido
fabricadas bajo gravedad idén cas a las de Hydraphur? ¿Cómo podría
alguien falsi car eso tan exactamente?
-Bien dicho. De modo que el enemigo ene acceso a un herrero de armas
privado, tan secreto, que puede producir diseños de alta calidad de tal
manera, que el mejor armero de Hydraphur no puede iden car.

-Y dicho armero también es tan poco escrupuloso, que construirán esos


diseños para un brujo psíquico proscrito- agregó Calpurnia.

-Las armas se unieron demasiado bien con las habilidades del asesino,
para que no fueran hechas a propósito.

-Y sabemos que estaban bien preparados, como para arriesgarse a que


todo esto se revelase en el transcurso de un ataque contra - nalizó
Nakayama.

Habían llegado al rellano más alto, donde las galerías conducían a los
rincones de la fortaleza. Calpurnia hizo una pausa para mirar la gran águila
de acero que colgaba de las cadenas en la cúpula del techo y se mor có
al darse cuenta de que estaba respirando con di cultad; en el servicio de
guarnición podría haber subido y bajado estas escaleras y apenas notar el
esfuerzo. Se preguntó cuándo esta inves gación le permi ría entrenar
sicamente. Era solo otra cosita que parecía estar escapando a su control.

-Entonces, nuestro enemigo- dijo, -es aún más poderoso de lo que


pensábamos e incluso ene más intención de verme muerta de lo que
nos habíamos dado cuenta.

-Si eso no es progresar, ¿qué es?- preguntó Nakayama.

Su rostro aún estaba inexpresivo, y Calpurnia simplemente esperaba que


estuviera bromeando.

Antes de que el Inquisidor Zhow hubiera desaparecido, había


abroncado a los Arbitradores por completo, sobre la falta de un vehículo
Skimmer para llevarlo de regreso a la colmena Bosporiana y exigió una
habitación libre de altavoces–vox, donde pudiera interrogar a su personal.
A Calpurnia le había parecido un ataque de rabia, por no haber sido
informada sobre su cambio de lugar de aterrizaje como le informaban de
cualquier otra cosa.

En el momento en el que fueron recibidos, en el rellano por un empleado


de la guarnición con un mensaje para Calpurnia de que el enlace vox se
había mantenido funcionando: la Maestra de la Vigilia de San Balronas,
Hallyan Kalfus-Medell, había recibido la no cia de que estaba en el Cuarto
Cruce y le pidió que hablara con ella lo antes posible. Normalmente, habría
esperado un momento antes de responder, pero necesitaba algo para
distraerse de la decepción de las armas aún imposibles de rastrear.

La cámara de transmisión estaba ubicada en la muralla más alta de la


fortaleza, debajo de la cúpula, uno de los bosques de dedos de metal que
portaban transmisiones cifradas de vox y pictogra cas, anclaban los
escudos de vacío de la fortaleza cuando se levantaban, o simplemente eran
muñecos para ahuyentar a atacantes y saboteadores.

La cámara en sí estaba des nada a las transmisiones privadas de los altos


Arbitradores, o como un Búnker, para que un Arbitrador o dos se sellen y
sigan transmi endo si el resto de la fortaleza fuese invadida de alguna
manera.

Calpurnia se encontró en una estrecha cavidad de piedra con un simple


panel de voz a la altura de la cabeza (su cabeza, de todos modos) en la
pared del fondo, el espacio parcialmente bloqueado por un asiento de
cuero incongruentemente suave. No era aparente si era un accesorio, o
algo que Zhow había traído.

Calpurnia notó un leve zumbido en el panel mientras se recomponía y


pensaba en sus palabras iniciales. Era hora de comenzar a tratar con estas
personas de la manera correcta, cortés pero no servil. Pensaba que ella...

-Arbitradora Calpurnia- se sobresaltó cuando la voz de Hallyan se oyó


desde el panel. Solo un poco, pero lo su ciente como para alegrarla, ya
que el panel solo transmi a vox y no imágenes.
-Lord Hallyan- respondió ella.

-Su mensaje decía que no podía esperar hasta que volviera a Bosporia. Si
eso la hace esperar hasta altas horas para hablar conmigo, supongo que
es algo urgente.

-Entonces usted está allí aún, Arbitradora. Pensé que podía oírla
moviéndose. Debo hablar con usted acerca de esta aparente
inves gación sobre los intentos de destruir lo que es la época más
sagrada y piadosa del año para todo el sistema Hydraphur, la Armada y la
población civil. Esto no es algo de lo que usted pueda ignorar. Ha estado
justo en el centro de cada interrupción importante, desde el momento en
que las cosas comenzaron a salir mal.

Lord Hallyan estaba enojado, estaba claro. Las su lezas del lenguaje y la
manera cuidadosa de su primer encuentro se estaban desvaneciendo y su
voz se rompía con ira, el efecto se magni caba por los tonos ligeramente
metálicos del enlace vox.

-Para repe rle sus palabras, Lord Hallyan, en efecto, he tenido una
par cipación bastante personal en cada paso del camino.

Sabía que él no podía verla, pero seguía adoptando una postura formal,
con los pies separados y las manos detrás, a su espalda.

-Par cipación en cosas menores, como atentados contra mi vida, cosas


que quedan en la memoria. ¿Qué más le gustaría recordarme sobre mi
"aparente" inves gación?

-Me gustaría recordarle un asunto simple- Hallyan empezó a hablar antes


de que ella hubiera terminado.

-Este es un momento crucial en nuestro calendario religioso, y el Adeptus


Ministorum me ha encargado que lo supervise. Creo, Arbitradora, que yo
y aquellos miembros del Ministorum que me están ayudando, merecen
un trato mejor del que ustedes han considerado oportuno. ¡El reverendo
Baragry y yo hemos sido informados del tratamiento del Aurum Sanctus,
una nave que opera bajo los auspicios directos de la Eclesiarquía que, por
alguna razón, los Adeptus Arbites consideraron necesario someter a una
interceptación vergonzosamente dura!

-Tenga cuidado, mi señor- interrumpió Calpurnia.

-Recuerde a quién se dirige. Su cargo es temporal, le permite cierta


familiaridad, pero no es ni un Adeptus, ni un Arbitrador.

Hubo una pausa, el empo su ciente para que el enlace comenzara a crujir
y burbujear nuevamente. Calpurnia incluso pudo dis nguir el leve zumbido
y el n neo de las ruedas de oración del Mechanicus entre el equipo de
vox.

-Muy bien- llegó la voz de Hallyan eventualmente.

-Mis... mis disculpas por mi brusquedad, mis deberes me pesan en este


momento. Hice la declaración de los Preceptos en la úl ma puesta de sol
y hoy compar ré la Conducta de la Lamentación Común, así como ciertas
responsabilidades ceremoniales conferidas exclusivamente a mí persona-
parecía cansado, pero todavía contento de poder señalar su estación.

-Pero le pediría que recuerde- con nuó, -que la Eclesiarquía fue lo


su cientemente generosa, como para proporcionarle al reverendo
Baragry como asesor, porque las implicaciones religiosas de incluso la
acción más pequeña de los Arbitradores durante este período, podrían
ser profundas. No puedo entender por qué ha dejado de lado a Baragry
como lo hizo. En endo que lo dejó deliberadamente aquí cuando
tomaron la nave para interceptar el Sanctus. ¿Es esto cierto?

Calpurnia se preocupó por la pregunta. Si Hallyan estuviera tratando con la


Eclesiarquía, habría sabido que pasaba. Por otro lado, su cargo temporal,
pero casi religioso, la hizo dudar ante la idea de decirle directamente, que
lo úl mo que necesitaban era un agente eclesiarcal tras sus talones,
mientras perseguían una nave que operaba bajo la bandera Eclesiarcal.

Nakayama había decidido dejar de lado a Baragry mientras se preparaban


para lanzar el vuelo de intercepción, y Calpurnia había dejado a Bannon
con él para que pareciera menos sospechoso.
Pensó en los aristócratas sobreves dos que había visto alrededor de Alto
Mese y se preguntó qué pensaría uno de ellos y cómo lo expresaría.

-Nos pareció, Lord Hallyan, que era lo mejor que podíamos hacer por la
Eclesiarquía en esas circunstancias. En endo que existe cierta fricción
entre la Eclesiarquía y la Armada sobre ciertos asuntos de jurisdicción
religiosa. No estábamos seguros del vínculo entre la nave y los eventos
de la Puerta del Aquila; ahora parece nimio, pero al principio no
teníamos manera de decidirlo. Dado que la posibilidad de interceptar el
Sanctus pudiera avergonzar a la Eclesiarquía, excluimos al Reverendo
Baragry, y a usted mismo, para que fuese mucho más fácil para la
Eclesiarquía distanciarse y denunciar al Sanctus como si fuese un
delincuente.

Ella no estaba orgullosa de sí misma. La historia, y la facilidad con la que la


había sacado de la nada, dejaron un sabor desagradable en su boca. Pero
por la reacción de Hallyan, parecía haberlo hecho bien.

-Sigo algo disgustado- dijo después de un momento, -aprecio las tác cas
de su decisión. Sin embargo, podría considerar informarnos de cualquier
situación futura, mi Arbitradora. Le aseguro que podemos desempeñar el
papel si lo necesitamos y aún así disociarnos de la manera en la que
usted comentó- le tomó un momento entender lo que estaba diciendo, y
cuando lo hizo, su disgusto se profundizó.

-Lo que también podemos hacer- con nuó Hallyan, -es evaluarle las
rami caciones de cualquier acción propuesta, como deber central, para
poder llevar a cabo la misa sagrada.

-Yo mismo he supervisado gran parte de los prepara vos. En cualquier


momento, estaré bien equipado para aconsejarle sobre cualquier curso
de acción propuesto que desee tomar, para llevar a cabo su propia
inves gación, sobre su potencial para interrumpir los procedimientos
religiosos de la próxima semana y, por lo tanto, sobre su conveniencia.

-¿Está hablando de dar órdenes a los Adeptus Arbites, señor?


-Cómo decida sus propias ac vidades y realice sus inves gaciones,
probablemente sea en gran medida su propio asunto- le dijo Hallyan
alegremente.

O no había notado el tono sarcás co en su voz o el panel de vox lo había


apagado.

-Y reconozco el buen trabajo que ha hecho en el sabotaje del envío de


petróleo y en la persecución del asesino denunciado que intentó dañarle
personalmente. Pero como hombre con experiencia en la sociedad de
Hydraphur, estoy en condiciones de llamar su atención sobre las
consecuencias que usted, señora Arbitradora, podría haber pasado por
alto. Por ejemplo, el sabotaje en la Puerta de Aquila, del que tengo
entendido que usted fue tes go personalmente. Ahora, la destrucción
del úl mo envío de petróleo no fue una gran consecuencia y las
existencias de reemplazo fueron suministradas al Augustaeum para el
momento en que debía comenzar la Procesión de los Nuevos Santos.

-En el esquema de las cosas, el asunto puede no haber sido de gran


importancia: el daño no fue signi ca vo, ni las muertes. Pero creo que
era consciente, Arbitradora Senioris, de la considerable interrupción. Del
hecho de la inmovilización de la carga y el trá co en una pendiente
completa de la colmena y las perturbaciones que generaron. Este es un
momento delicado, Arbitradora Calpurnia. Ciudadanos respetables de la
colmena superior y Augustaeum, se esfuerzan por cumplir con sus
deberes piadosos y completar los asuntos mundanos a empo para
comenzar sus celebraciones. ¿No puedo encontrar en mí parecer que no
desea ayudarles y eliminar de su camino cualquier obstáculo sobre el que
tenga poder?

-Cerramos la Puerta de Aquila por una razón- dijo Calpurnia.

-La destrucción de ese depósito de petróleo no fue solo la irritante


interrupción de las preparaciones masivas, que tanto parece querer
tratar. Fue un crimen, señor, un acto de destrucción y de pérdida de vidas
y una grave violación de la ley del Emperador y la paz del Emperador y,
por lo tanto, dentro de nuestra competencia, el inves gar según sea
necesario. Reconozco los posibles vínculos entre ese acto y su masa; le
hemos dicho que mantener el orden es una prioridad para nosotros, pero
los Arbitradores no son una fuerza de seguridad privada para la masa.
En enda eso, por favor. Somos Adeptus, al igual que el Ministorum que
le otorgó su posición temporal, y nuestra carta es otorgada por el
Emperador al igual que la de ellos.

Demasiado para la su leza y la diplomacia. No había duda de que sus


sen mientos se habían mostrado a Hallyan esta vez.

-Me dijeron, Arbitrador Maioris, que se había familiarizado con la vida


en Hydraphur.

La voz del Lord era fría.

-En mis próximos tratos con sus colegas y comandante y con el propio
Eparcado de Hydraphur, creo que voy a transmi r que su familiaridad es
imperfecta.

-Nunca he pretendido lo contrario, pero mi comprensión sobre mis


deberes, es clara como el cristal. Aparte de eso, diga sobre mí lo que
quiera. Informaré sobre mis úl mos hallazgos al Arbitrator Maioris esta
mañana, me aseguraré de expresarle sus sen mientos, y cumpliré con
gusto cualquier direc va que él elija darme.

-¿Hallazgos?- exigió Hallyan. -¿Qué hallazgos? Todo el asunto de Aurum


Sanctus me fue no cado como si fuera un callejón sin salida.

¿Era por eso? Pensó Calpurnia.

¿Y quién le informó de eso, entonces? Pero ella contuvo la pregunta.

-¿Conoce a la familia Tudela? Man enen un Taller de Manufacturación en


la llanura de la ciudad y enen una carta hereditaria para usar ciertas
huellas de armas del Mechanicus y técnicas de mecanizado laico.

-Concédame un poco de reconocimiento. La familia Kalfus era mecenas


en jefe del pabellón de Tudela en la Exposición Marcial, en los palacios de
verano de Monocrat el año pasado.

Su tono cambió.

-¿No habrá estado acosando a Tudela también? Pensar que podrían estar
involucrados en algo así, es algo menos que increíble. Podría haberle
dicho...

-Nada de eso, Lord Kalfus-Medell, cálmese- interrumpió Calpurnia.

-El Arbitrador Nakayama y yo, los consultamos sobre el armamento que


el asesino de brujas usó en el primer atentado contra mi vida.

-Pensé que el Mechanicus se había encargado de eso.

-No. Presentamos las armas a una delegación de los Tudela esta noche.
Un tal Makriss Tudela las estudió y dice que no corresponden a ningún
armero conocido que opere en Hydraphur; ni el puñado de armeros en
este sistema capaces de producirlos, no. Realmente solo es ú l en
términos nega vos: podemos ampliar nuestra lista de personas que no
creemos que estén detrás de ella. Pero sugiere uno o dos pasos más.

-¿Cuáles son?- preguntó.

-Todavía se está decidiendo- faroleó Calpurnia.

-Me aseguraré de que reciba cualquier información que le sea ú l, Lord


Hallyan. Debemos con nuar cooperando para mantener la paz del
Emperador durante el empo de la Vigilia y estoy seguro de que también
cooperaremos en la inves gación. ¿Por qué no discu mos el asunto
cuando regreso a Bosporia? Espero volver allí durante el día.

Hubo un rápido disparo doble de está ca y otra larga pausa. Calpurnia se


preguntaba si el enlace había muerto cuando Hallyan respondió.

-Parece que todavía tenemos ciertas cosas que discu r y aclarar,


Arbitradora Calpurnia. Muy bien. Tendrá no cias mías.
No hubo ningún clic cuando el enlace se rompió, solo silencio por un
minuto, dos, tres, hasta que Calpurnia decidió que la conversación debía
de haberse terminar.

El hangar de vehículos de los Cuatro Cruces se encontraba en una


plataforma entre los pilotes debajo de la masa principal de la fortaleza, con
una maraña de rampas y polipastos que daban acceso a las calles y vías
aéreas de la ciudad. Calpurnia desaprobaba esta con guración en el poco
empo que tuvo para pensarlo: el hangar y las rampas parecían
dolorosamente vulnerables a los disparos de franco radores y misiles
desde los bloques de la torre a su alrededor.

Su convoy Rhino, retumbó por las rampas cinco horas antes del nuevo día,
justo en el centro del cambio de patrulla. Los Rhinos salieron a la vez,
espaciados entre el resto del trá co, luego al unísono se balancearon y se
alejaron rápidamente por una amplia carretera elevada. Un escuadrón
para el vehículo líder, un escuadrón en el úl mo y Calpurnia sola con los
dos conductores de la tripulación en el medio con los bancos para ella sola.

Nakayama se quedaba en los Cuatro Cruces para auditar los


procedimientos de seguridad del espacio aéreo; Calpurnia había estado de
acuerdo, pero ahora sen a su ausencia: había querido hablar con él
nuevamente. Recordar su viaje en los úl mos días fue casi ver ginoso: la
Catedral de la Puerta de Aquila al Aurum Sanctus y de regreso. El callejón
sin salida en el Sanctus signi caba que el camino era más duro de lo que
ella había pensado, y que por el momento se estaba enfriando. Incluso
comenzaba a preguntarse si los ataques en la Puerta estaban relacionados
con el brujo-pistolero.

Y todavía había consideraciones que apenas había abordado. El segundo


prisionero del carro, la tarea de localizar a los propietarios del vehículo.
Una revisión de seguridad en todas las puertas de Augustaeum, para
asegurarse de que los Arbitradores estuvieran mejor preparados en el
futuro.

El trá co interrumpido, al subir y bajar por la ladera suroeste de la


colmena, apenas comenzaba a disminuir después de dos días. A pesar de
su estatus y sus extrañas peculiaridades, la Colmena Bosporiana y su falda
de expansión no eran diferentes de cualquier otra ciudad imperial de alta
densidad, por lo que los gruñidos habían creado tensión, la tensión había
creado inquietud y la violencia había surgido a lo largo de las principales
raíces del trá co. como incendios forestales.

Ciudadanos imperiales sin culpa también habían muerto en la Puerta de


Aquila, pisoteados en las estampidas o atrapados en las llamas. Calpurnia
sabía que, si hubiera tenido que volver a revivir todo el terrible incidente,
sus órdenes habrían sido las mismas y esas personas habrían muerto. En
Iusta esse, lex nobis severus necesse est(De acuerdo con la ley, lo más
estrictamente necesaria), eso le habían enseñado desde muy temprano y
con frecuencia en el Schola Arbitorum, “para ser justos, nuestra ley debe
ser cruel”, y también que: Lex Imperatoris, quia via vitarum nobis,
obiesquat, “la ley del Emperador sea obedecida, incluso de la misma
manera al nal de nuestras vidas ”. Era algo duro en lo que pensar, solo en
un banco de acero en un tanque retumbante, en una ciudad extraña, en la
oscuridad antes del amanecer, pero cada Arbitrador sabía que el gobierno
de la Ley Imperial tenía un precio.

Pero "el derecho al mando se compra con el deber" era una máxima de
Ultramar que Calpurnia había internalizado cuando tenía diez años: estaba
tallada en el dintel de cuarzo pulido de la casa de la casa de los Calpurnii, y
había sido inscrita debajo del sello en La breve carta de buenos deseos de
su fama, cuando fue brevemente enviada al comando de la guarnición de
Ephaeda. En muchas guarniciones del Ul ma Segmentum, donde las
muertes de civiles eran necesarias en una acción de Arbitradores, los
predicadores de la guarnición visitaban a sus familias, para dar devociones
especiales, y así acelerar el paso de las almas desafortunadas al lado del
Emperador.
No sabía si esa tradición se había extendido tanto (una pequeña parte
resignada de su mente razonó una cosa más sobre la vigilancia de
Hydraphur que no conocía), pero si no era así, ese era un poco de la
cultura de su hogar que quería implantar aquí.

Hubo un breve rayo de luz a través de los puertos de visión y Calpurnia se


asomó. Acababan de pasar por debajo de un arco de roca, un arco en la
penumbra urbana repleta de equipos de trabajo que eliminaban la
acumulación de mugre contaminante. Recordó algo en su montaña de
informes sobre el apuro de construcción de úl ma hora y los
embellecimientos en los que tanto la Colmena Bosporiana, como la ciudad
llana, se apresuraban a cumplir ante la inminente misa; A su alrededor,
ahora podía ver otros proyectos diseminados por la ciudad, todos
iluminados, todos todavía siendo trabajados febrilmente, a pesar de la
hora olvidada de los santos, para terminar antes de que comenzaran los
forzados días de descanso.

Las pequeñas manchas iluminadas se hicieron más frecuentes a medida


que la brillante masa de Bosporia se asomaba en la distancia media, sobre
las chimeneas de la ciudad envueltas en humo. En media hora observaron
una procesión de estatuas de már res imperiales que Calpurnia no
reconoció, pero con heridas esculpidas apropiadamente espantosas y
miradas santas al cielo, luego una ciudad en miniatura, hechas de
an teatro-capillas temporales de andamios y láminas reforzadas, paradas
una al lado de la otra en una explanada peatonal vacía.

Después de eso, un par de obeliscos triunfales que conmemoraban a


almirantes muertos hacía mucho empo, que los trabajadores estaban
cubriendo con cor nas oscuras y colocando cuidadosamente con
lanzadores automá cos que arrojarían la tela de luto y llenarían el aire con
fuegos ar ciales escarlatas en el momento en que sonó la Sanguinala. en
donde las calles se estrechaban, se estaban creando grandes vallas y
pancartas colgadas entre edi cios; en las fes vidades después de la misa
serían alegres y de colores brillantes, pero ahora todos estaban en el
espíritu de la Vigilia, sombríos e instantes al arrepen miento.
Las imágenes gigantes eran simplistas hasta el punto de la crueldad, pero
aún así llama vas: herejes agonizantes y de ojos salvajes que tropezaban
en la oscuridad que simbolizaba sus almas, o imágenes es lizadas del
Emperador con la cara vuelta y los santos y los ángeles llorando a su
alrededor. Los focos de ac vidad localizados e iluminados le daban a la
ciudad un aspecto extraño, intermitente, a medida que pasaban por ella.
Calpurnia se dio cuenta de que estaban viendo tantos, porque estaban
marchando por una de las carreteras arteriales hasta la base de la
colmena, y eso le hizo venir una idea a la cabeza.

-Cambie nuestro curso, por favor- gritó hacia adelante, en el


compar miento del conductor.

-Elija una ruta de patrulla menor, por la base del Muro y sígala, no esta
carretera principal. No queselo a los otros dos Rhinos en el código,
incluso si la banda de voz es segura.

Menos de un minuto después salieron de la carretera y bajaron al laberinto


del cañón entre las Chimeneas y las agujas. Las calles más bajas eran tan
estrechas como las ranuras y estaban dominadas por las torres que las
bordeaban; la moda de Hydraphur parecía ser la de los muros escarpados
para al menos la primera docena de pisos y las calles estaban cerradas y
oscuras. Ahora que estaban fuera de la autopista, ella podía ver más gente:
gente cambiante y escurridiza de noche que se alejaba de las luces de los
Rhinos de los Arbitradores, temerosa de una parada para ver credenciales
o de un toque de queda total.

Pero incluso aquí abajo, se estaban preparando para las celebraciones,


para sorpresa poco carita va de Calpurnia. Las tripulaciones eran más
pequeñas, y notó con aprobación que algunas estaban ves das con
círculos de púas y gruesos sacos de cilicio con detalles penales, trabajando
bajo capataces con uniformes Arbites o eclesiarcales. Las obras también
eran más modestas, menos estatuas y vallas gigantes, reparaciones más
básicas en las carreteras y edi cios y banderines devocionales simples.

Se escuchó un crujido de la rejilla de vox en la cabina del conductor, y


Calpurnia se arrastró hacia adelante para averiguar lo que había dicho.
-La ruta más adelante está bloqueada, señora- le dijo el copiloto.

Tenía una cicatriz anudada que bajaba por una mejilla y debajo de su
mandíbula que hacía que su labio se moviera de manera extraña.

-Los contralores de la Torre Lowdock acaban de comprobarlo. Las obras


cívicas previas a la construcción de la torre se están retrasando. No lo
sabíamos hasta que una de las patrullas a pie de este sector nos llamó.
Nos lo enviaron una vez que los controladores se dieron cuenta de dónde
estábamos.

-¿Cómo sabían que estábamos aquí?

-Se realiza un seguimiento de los convoyes, e informamos cuando salimos


de la autopista.

-Elige una ruta alterna va al azar, entonces. Ahora.

El conductor asin ó con la cabeza y murmuró sobre la vox de corto


alcance, y un momento después se desviaron hacia una calle aún más
estrecha, entre paredes de rococemento parecidas a un acan lado y
sombrías cuerdas de luces

-Y no más conversaciones vox de largo alcance. No me importa si el


despachador nos llama o no. Solo de corto alcance, y solo para
mantenernos unidos cuando cambiamos rutas y para transmi r
instrucciones.

-Entendido, señora.

Calpurnia aprobaba las reglas y el orden, y en sus puestos de Arbitrador


junior había sospechado mucho de la importancia que sus entrenadores y
comandantes daban a la intuición y al sen do de las situaciones.

Era un comportamiento que se había visto obligada a reevaluar, y había


agregado a su lista de las principales armas de los Arbitradores: el asombro
y el miedo; la maza de choque y los halcones-gar o y los proyec les
Execu oner; los Rhino y el ciber mas n y el Libro de la Ley... y la forma en
que un hecho aparentemente inocuo, pesaba extrañamente en la mente,
la forma en que las cosas golpeaban los sen dos como si algo estuviese
perturbándolos, como una imagen colgada torcidamente en la esquina de
su visión, la pequeña voz inquieta susurrando: “espera... algo sobre esto se
siente mal”.

El sen miento se hizo más fuerte en la segunda redirección. Su nueva calle


estaba completamente bloqueada con un camión oruga, estacionado en el
medio de la carretera y que sostenía una gruesa red de andamios
apoyados contra las paredes. Su conductor principal estaba lo
su cientemente alerta como para desviarse mientras todavía había un
desvío entre ellos y los trabajadores, pero Calpurnia estaba mirando calle
abajo a través de un monitor oscuro mientras giraban. Había hombres en
el pór co que llevaban algo, trabajando para anclarlo a las paredes. Pero
no había otro equipo, ni pancartas o murales, y todos habían dejado de
funcionar cuando los Rhinos se acercaron y los observaron mientras se
apartaban.

Se apresuraron a través de un callejón lo su cientemente estrecho como


para que Calpurnia pudiera haber sacado su mano de la ranura de visión y
haber perdido la piel de las yemas de los dedos en las paredes del edi cio.
Luego se dirigieron a otra calle e intersección, el camino adelante
bloqueado por motores pintados de naranja que comenzaban a despejar la
super cie del camino, y rampas de bajada a cada lado, brillantemente
iluminadas pero vacías. En el de la izquierda dos hombres se agacharon
fuera de la vista al pasar. Un rápido y agudo estallido de sa sfacción pinchó
la inquietud de Calpurnia. Habían resbalado.

-Giro. Retroceso completo, ahora, antes de la intersección. Volviendo por


donde vinimos, volvemos sobre nuestros pasos. Movimiento. Ahora- el
conocimiento de que algo andaba mal, había surgido y se había formado
en su cabeza completamente y no perdió el empo dudando. Se estabilizó
cuando los tres APC giraron casi a su propio largo y aceleraron
nuevamente. Ella se impresionó cuando volvieron a la callejuela: los Rhinos
fueron construidos para la resistencia y la abilidad, no para la agilidad a
alta velocidad, pero los equipos los hacían bailar en las esquinas como
carritos de persecución. Salieron del callejón, se alejaron del andamio y
Calpurnia les permi ó dar una vuelta más, luego se detuvieron y se golpeó
con fuerza contra la par ción del conductor cuando los tres APC frenaron.
Estaban en una calle silenciosa y vacía, casi inclinada lo su ciente como
para ser un pasadizo de asfalto y piedra rocosa, sucia, casi negra, con
gra s y zonas irregulares cubriendo las paredes. Calpurnia ordenó apagar
las luces, armó su pistola y alcanzó la esco lla.

Tardaron tres minutos silenciosos en decidir que los hombres de las


obras viales no iban a doblar la esquina tras ellos, y otros dos para anular
rmemente las protestas del supervisor del convoy, de que debía llamar
como respaldo. Ocho minutos después de haberse detenido y apagar los
Rhinos, se bajaron. El primer y el tercer transporte, llevaban cada uno diez
Arbitradores equipados con equipos de combate, y con ellos llegaron los
tres copilotos, armados más ligeros y nerviosos por dejar atrás a sus
compañeros.

-Ustedes tres no vendrán con nosotros- dijo suavemente, mirando a la


mujer con cicatrices en la cara, de su propio Rhino.

-Abre las esco llas superiores en tus Rhinos y carga las armas de
puntería. Que llevas: ¿cañón corto, ametralladoras...? Bólters-trueno.
Bueno. Los Rhino, serán la segunda ola.

-El resto de ustedes, escuchen. Estos equipos de trabajo son falsos.


Fueron movilizados para atraparnos cuando salimos de la carretera, pero
los engañamos cambiando de ruta. Han tenido que seguir moviéndose,
tratando de mantenerse frente a nosotros. Son lo su cientemente
buenos como para seguir espiando o adivinando las rutas por las que
cambiamos y nos movemos para bloquearlos, pero tuvieron que moverse
demasiado rápido para que pareciera una coincidencia.
-¿Los estamos atacando, señora?- preguntó uno de los supervisores del
escuadrón.

-No frontalmente. Lo que sea que tengan en mente, estará con gurado
para tratar con tres Rhinos que vienen hacia ellos, porque eso es lo que
esperarían. Todas las puertas de esta ciudad deberían tener un sistema
de aviso de Arbitradores en sus sellos. ¿Verdad? Bueno. ¿Entraremos en
este edi cio y saldremos, bien? en algún lugar, donde podamos entrar o
detrás de ese andamio. Necesitaremos una buena can dad de granadas
de choque, ¿ enen? Bueno. Una vez que hayamos desorganizado la
emboscada, los Rhinos, vendrán y prestarán apoyo desde la calle.
Comuniquen la operación también en la casa del recinto más cercano en
ese momento y obtendremos nuestro propio respaldo en movimiento.

-Arbitradora senioris, ¿está segura de que no deberíamos esperar


refuerzos ahora y asegurarnos de que los golpeemos con abrumadora
fue...

-No. Incluso si no interceptan la transmisión o escuchan la copia de


seguridad que enviamos, para cuando lleguen aquí los refuerzos, nos
habrán corrido o rastreado y atacado en sus términos, no en los nuestros.
De esta manera es arriesgado, pero no correr ese riesgo no va a
funcionar. Nos estamos demorando demasiado.

Se puso el casco.

-La Ley ordena y el Emperador protege. Vámonos.

Las puertas principales de la torre entre ellos y el rastreador de la calle


estaban bajo un saliente oscuro en la esquina más alejada. Calpurnia aún
no tenía un sello de llave, pero el sello del supervisor fue su ciente para
anular las cerraduras y enviar los grilletes de seguridad contra las paredes.
Después de un momento, subieron por una estrecha escalera y entraron
en una galería alrededor de una gran cámara que ocupaba los primeros
tres pisos de la torre y, al parecer, posiblemente también un nivel
subterráneo. Era la o cina de una especie de casa de mensajería: la luz de
la antorcha mostraba estantes de cajas y arneses para humanos y
servidores debajo de ellos, y la galería estaba llena de las y las de
escritorios estrechos e inclinados sobre los cuales los despachadores y los
contadores se inclinarían durante el día.

Estaban a la mitad de la galería cuando se encontraron con el vigilante. Era


de mediana edad y tenía los ojos entrecerrados, apretando las manos
nerviosamente sobre una pistola láser de cañón largo. Calpurnia dudaba
que él reconociera sus insignias de rango, pero debió haberse dado cuenta
de que ella era muy superior a los principales Arbitradores y supervisores a
los que estaba acostumbrado.

-Lo siento mucho, señor arb, er, señora Arbitradora. No se me ocurre


ninguna razón por la que la hubieran llamado, no sé nada que lo
requiera. No es que usted, no es que no sea bienvenida, por supuesto,
pero yo...

-No estamos aquí para ningún problema de su edi cio, necesitamos


pasar por él. Tenemos que llegar a la...- ella trató de orientarse.

¿El muro oeste, el sur?

-... el muro sobre una de las calles estrechas donde un equipo de trabajo
está colocando algún po de andamio.

-Oh. Los he estado vigilando, señora, nada sospechoso que denunciar. No


creo que a los vigilantes de este edi cio se les dijera si iban a hacer ese
trabajo esta noche, lo cual es un poco irregular, pero en endo que los
procedimientos para informar...

-Bien. Necesitamos acceso a una ventana o un balcón o lo que sea que


tenga cerca de ese andamio. Ahora.

Sangre de Guilliman, ¿todos en Hydraphur eran tan charlatanes?

El vigilante se escabulló por delante de ellos a través de la galería hasta un


amplio ascensor que subía zumbando por su pozo para un ascenso cuya
distancia era imposible juzgar adecuadamente.
Luego se abrieron paso a través de un desorientador laberinto de pasillos y
salas de cubículos repletos de montones de documentos y pizarras de
datos, los Arbitradores maldijeron subrep ciamente detrás de ella,
mientras maniobraban sus escudos a través de aquel angosto espacio. Casi
estaba temblando de ansiedad, cuando el vigilante abrió un obturador de
seguridad y les indicó una cavidad resonante entre las habitaciones
interiores y la pared exterior.

Calpurnia no podía oír nada. Si los hombres del andamio realmente habían
estado haciendo algo al edi cio en lugar de mantener una ilusión, se
habían detenido.

-Esto lleva a una repisa que u lizamos para mantener los pozos de aire
externos- dijo el vigilante desde un pequeño escalón de metal debajo de la
esco lla de acceso, incrustada en la pared.

-Los accesos están cerrados ahora. La repisa rodea el edi cio, pero es
angosta, principal y sin barandilla. ¿Querrá tener cuidado?

Parpadeó cuando un pensamiento lo golpeó.

-Tal vez si salgo primero a la cornisa, espío como van las cosas y tal vez...

-No- lo interrumpió Calpurnia.

-Estas personas estarán muy deseosas de dispararle a la cornisa tan


pronto como le vean en ella.

Ella se rió al ver el alivio fur vo bajo su expresión aba da y aliviada de que
él no hubiera presionado sobre el asunto. Los otros ya se estaban
reuniendo alrededor de la esco lla, bendiciendo sus armas e
intercambiando signos de aquila. Calpurnia caminó entre ellos para poner
una mano en el manubrio de apertura, murmuró una bendición de batalla
y la abrió.

Salieron del edi cio diez pisos más arriba y al otro lado del andamio. El
andamio, muy por debajo de ellos, sostenía las vigas extensibles del
pór co central y los brazos se habían girado para apuntalarlo contra las
paredes, aseguradas al gancho con grapas. Una parte periférica de ella, vio
los bas dores y tuberías en los puntales y supuso que se trataba de algún
po de plataforma de limpieza, diseñada para desintoxicar y lavar los
contaminantes de los lados del edi cio. Pero toda su mente consciente se
regocijaba al saber que había estado en lo cierto. La gente encaramada
inmóvil en el andamio no era un equipo de limpieza: estaban apoyados en
posturas cautelosas, levantando armas, observando hacia la otra dirección
en caso de que los Rhinos, volvieran a la vuelta de la esquina.

La repisa era en realidad un surco cortado en el lado del edi cio, a la altura
de la cabeza y a un metro de profundidad, pero la penumbra ayudó a
Calpurnia a olvidar cuán alto estaban y fue capaz de moverse fácilmente.
Todavía estaban en un nivel donde todos los demás edi cios tenían
paredes transparentes y sin ventanas, lo que impedía cualquier vista. Los
demás la siguieron tan silenciosamente como pudieron, pero las botas de
Arbitradores no permi an mucho sigilo y no habían podido evitar el ruido
de la propia escuadra. Algunos de los emboscadores estaban girando para
ver qué era lo que hacía el sonido detrás de ellos. No más sigilo, no más
empo para sen rse precario y encaramado aquí. Hora de ser Arbitrador.

-Saludos- dijo, y las antorchas se encendieron de la la de hombres detrás


de ella, sostenidas en alto y lejos de sus cuerpos. Sus aspirantes a
malhechores, se transformaron de siluetas en personas, fornidos,
trabajadores con uniformes caqui indescrip bles, sobresaltados y
parpadeantes.

-¡ADEPTUS ARBITES!- dijo Calpurnia desde el hueco de su emisor vox. En


las pocas horas de silencio de la calle, sus propios pulmones eran lo
su cientemente adecuados, pero su voz también fue aumentada y
disparada por los pequeños emisores de voz sujetos a los bordes de los
escudos de los Arbitradores detrás de ella.

-En nombre del Lex Imperia, levanten sus brazos y entréguense al juicio
justo.

Y, por supuesto, los hombres en el andamio traían sus armas. El primero en


disparar puso su puntería sobre las luces que arrojaban en sus ojos y una
granada krak sacó un trozo de la pared sobre sus cabezas. Cuando apuntó,
plantó la espalda contra la pared y le disparó desde su posición, Calpurnia
decidió que nada de esto la sorprendía en absoluto.

Los Arbitradores conocían bien sus roles. La parte posterior,


sosteniendo las luces, mantenía las luces de las antorchas sobre las caras
de los emboscadores. Los que estaban más arriba acurrucaron sus
espaldas contra el edi cio y apoyaron sus escudos frente a ellos, llevaron
sus escopetas a través de los huecos y comenzaron un fuego constante de
supresión. Las as llas chisporroteaban y saltaban por el aire mientras
Calpurnia bajaba por la cornisa con media docena de Arbitradores detrás
de ella, golpeando su pistola contra la funda y sacando su mazo del
cinturón.

La tripulación de la emboscada había sido tomada por sorpresa, y lo


estaban manejando mal. Demasiado comprome dos con su plan de
disparar contra un Rhino que había en la calle, algunos de ellos se habían
atado a sus posiciones de estabilidad y estaban luchando por moverse.
Otros entraron en pánico y comenzaron a balancearse hacia abajo a través
del pór co, soltando sus armas o dejándolas colgando de puntales y vigas.

-¡Rhinos, muévanse!- ladró en un grito desgarrador.

-¡Cubran el fondo del pór co!- habían estado esperando su orden y ahora
doblaron la esquina, con las sirenas de alarma, casi ahogando los disparos.

Los bólter-tormenta de cada esco lla de clavija, enviaron sus mor feros
proyec les de microcohetes a través de la base del pór co, disparando
desde la parte superior de la cabina del conductor y golpeando las vigas de
la base.

Los emboscados quedaron atrapados, pero no se rindieron. El fuego de


regreso del andamio comenzó a enfocarse más. Una granada de
fragmentación se disparó por encima de la repisa y la metralla crujió contra
escudos y cascos: dos Arbitradores fueron alcanzados por la explosión y se
derrumbaron, gritando, al espacio.

-¡Munición Explosiva!- llegó desde detrás de Calpurnia . Se encorvó y se


me ó en su escudo lo mejor que pudo, ya que tres tubos de granadas se
encendieron detrás de ella. Hubo un momento para que las granadas se
arquearan y entraran, y podía escucharlas claramente sonando y
rebotando en el pór co, y luego estaba el ka-whapp plano de granadas de
fragmentación, que comprimían sus oídos incluso a través de su casco. Y
más giros y golpes cuando cuerpos aturdidos cayeron desde el pór co a la
calle.

Olvidando la caída, Calpurnia corrió hacia donde el pór co llegaba a la


pared del edi cio, agarró una barandilla y se me ó en ella. Los
Arbitradores detrás de ella, avanzaban un poco más despacio,
manteniendo sus escudos en alto y disparando a su alrededor. Habían
realizado disparos con munición Execu oner, y ahora sus disparos pasaban
a Calpurnia con su zumbido dis n vo mientras se curvaban hacia el
andamio para buscar sus obje vos.

Una granada pasó silbando, sobrepasó el escudo de un Arbitrador detrás


de ella y explotó en el aire. Golpeada por la explosión, Calpurnia
aprovechó el impulso para agarrar otra barandilla y balancearse sobre una
plataforma de malla de acero.

Una bandolera de granadas todavía colgaba de un gancho de u lidad allí;


el hombre con el lanzador se había re rado a la red de vigas debajo de él y
la estaba mirando mientras bajaba por el tobogán. Ella no podría
alcanzarlo a empo, así que agarró la barandilla, se abalanzó y golpeó un
travesaño con su mazo. La llamarada azul del potenciador, la hizo gritar y
estremecerse, mientras las imágenes posteriores todavía bailaban en sus
ojos, ella se abalanzó, recuperó el equilibrio, mientras que él levantaba el
lanzador y le golpeó la rodilla con un golpe bajo sin potencia. Un golpe de
regreso le cortó los dedos mientras gritaba y buscaba un asidero, y luego
se cayó y se estrelló.
Más allá de él, otra forma en la oscuridad, el sonido de un disparo de un
arma de fuego automá co lo golpeó. Calpurnia agarró el apoyo a su lado,
pateó sus pies y se dejó caer para sentarse duro en la viga sobre la que se
había estado balanceando mientras su rata se amarraba a través del
andamio. Al sonido de los juramentos y gritos de los Arbitradores sobre
ella, bailó dos pasos hacia delante, encontrando sus puntos de apoyo tanto
por re ejo y fe como por cualquier otra cosa, y cogió al ar llero en el
estómago con una estocada extendida de esgrimista. La descarga de poder
chispeó y golpeó, dobló al hombre hacia arriba y lo derribó.

Los Rhinos, se habían detenido debajo de ellos y encendieron sus


re ectores. De repente, el andamio pasó de ser una tenue telaraña de
sombras, rayos de antorcha y formas revueltas a una dura telaraña de
metal amarillo y negro. Eso rompió a sus atacantes por completo. Con los
Arbitradores de la repisa todavía en la sombra y los proyec les
Execu oner, dirigiéndose con e ciencia, el roteo se convir ó en una
derrota, el úl mo de los emboscados saltó y se balanceó hacia abajo como
primates sobresaltados, gritando de miedo o ira, mientras uno o dos,
todavía se molestaban en disparar salvajemente, hasta que las explosiones
cruelmente precisas de los bólter tormenta de los Rhinos, los hicieron
volar.

Dos más aterrizaron en el andamio y huyeron hasta que una granada de


choque los destrozó, tambaleándose con sangre en sus fosas nasales y
orejas. El otro puñado de maleantes, se detuvo dónde estaban, se
prepararon y extendieron las manos para mostrar su rendición. Debajo de
ellos yacían sus compañeros golpeados por la lucha, aquellos que ahora
podían gemir y pedir ayuda.

Sin endo el esfuerzo de los úl mos minutos en sus brazos y hombros,


Calpurnia observó a su copiloto con la cicatriz en la cara, salió de la
esco lla superior del Rhino, levantando un puñado de grilletes de
prisionero. Salió del techo del APC a la plataforma de los rastreadores, y
fue entonces cuando Calpurnia, todavía encaramada a metros sobre los
pistoleros de abajo, escuchó jadeos y un grito estrangulado que sonó
como: -¡Ella!
Ese nervio, ese sen miento de que algo iba mal, estaba gritando de nuevo.
La urgencia repen na parecía hacer que sus manos y pies pesaran y
resbalaran en las vigas, mientras gritaba a la mujer que se detuviera, para
que volviese a estar dentro del alcance de los bólters Tormenta.

Demasiado tarde, e incluso cuando los Arbitradores abrieron fuego sobre


ella para un toque de advertencia, dos hombres apoyados en el andamio
se retorcieron y cayeron. Uno de los heridos en el suelo, agarró la pistola
infernal que le había colgado del cuello y le voló la parte delantera de la
cabeza de la mujer. Se murió antes de que tres chorros de luces blancas y
brillantes de los bólter-tormenta, barrieran a todos los seres vivos de la
cubierta de los andamios.
Una homilía sobre la dignidad de la obediencia
Entregado por Kostazin Baszle, Eparca de Hydraphur, a una congregación
privada en el palacio del Monócrata de Hydraphur, en la tercera víspera de
la Candelaria.

Hay una palabra de la que me gustaría hablarles esta noche. Una palabra y
una idea.

Ah y puedo ver a algunos de ustedes asin endo con la cabeza. Es un


concepto simple, ¿no? Una parte fundamental de nuestra educación
espiritual. ¿Hay alguno de nosotros que no sepa lo que signi ca? Por
supuesto que no. Es una parte de los Principia Magna. Nadie merece [1] la
plena par cipación en la congregación imperial si no la han entendido y
demostrado que pueden dominarla.

Pero incluso ahora me estoy quedando corto. Las palabras ordinarias


siempre deben quedarse cortas en los conceptos en los que nuestra fe
debe educarnos, porque esos conceptos vienen de una fuente inmortal,
divina. Pero estamos encargados de preservar y transmi r lo que Él en la
Tierra nos ha dado, y nuestras palabras son herramientas para hacerlo. Así
que, como D'Oroq arrojando a los herejes con los escombros de su propio
altar, hagamos uso de las herramientas que tenemos.

Entenderemos mejor la palabra si entendemos que en el tradicional Alto


Gó co son dos palabras: Subacta Anima. Se re ere a un espíritu humano,
con todas aquellas cosas que reconocemos de nuestras parábolas, nuestras
historias, las vidas de nuestros santos y héroes y de nosotros mismos:
orgullo, fe, voluntad, ambición, valen a; todos conocemos las cualidades. Y
se re ere a un espíritu humano en su lugar correcto, sofocado y puesto en
subordinación. He visto muchas escrituras y enseñanzas que usan
exactamente esos términos, y otros más fuertes. Algunos sacerdotes con
los que me entrené antes de mis días en los caminos de peregrinos solían
hablar de la ruptura de espíritu. Decían que la inclinación natural de
nuestros espíritus debe ser destruida, violentamente destruida, antes de
que podamos ocupar nuestro lugar en el redil humano. [2]

No creí que esos sacerdotes tuvieran la comprensión adecuada. No lo hice


entonces y no lo hago ahora. Trata nuestro espíritu y todas sus cualidades
como algo que debe ser aplastado para que otra cosa funcione, como un
augme sta que ene que derribar un hueso. Niega que la esencia de la
humanidad sea algo más que un obstáculo. Reduce el acto de consagrarse
a nuestro Emperador a un acto de brutalidad espiritual, y niega el acto de
adoración de su nobleza y belleza, y si hay algo que debe armonizarnos con
nuestra divinidad es la belleza.

¿Cómo podemos ser felices si no podemos servir a nuestro señor con todo
nuestro corazón? Te han hecho esa pregunta en la misa, y en las clases de
devoción. Y cada sirviente ene su lugar, no importa cuán humilde sea.
Sobresalir en él es su mayor gloria y la sa sfacción de su señor su mayor
recompensa. [3]¿Cuántas veces hemos dicho eso en el catecismo?
¿Demasiadas veces para recordarlo? ¡Y lo habré recitado más veces que
vosotros, estaré obligado! [Risas]

Pero piensa en lo que dije. Piensa, piensa realmente en este maravilloso


concepto detrás de la palabra subac ma. Piensa en esa primera recitación.
Mucha gente piensa que es una forma de imponer la lealtad, pero mira la
pregunta: es su propia respuesta, está hablando de cómo podemos ser
felices. El catecismo habla de la gloria, ¡la gloria!, en encontrar el lugar que
nos ha sido asignado en el gran ejército de la humanidad que marcha
detrás del estandarte de la Tierra. Cuando encuentras ese lugar, es tuyo y
de nadie más. En ese lugar, ningún otro pie que no sea el suyo encajará en
la cadencia de marcha. Ese lugar en la cohorte es donde el Emperador
mirará, queriendo ver tu cara, sabiendo que debería estar allí. Su rostro.
No hay otro. Una vez que conozcas tu posición y te esfuerces, entonces de
todos los hombres y mujeres que han nacido y todos los hombres y
mujeres que nacerán, de todos ellos, tú serás el que el Emperador querrá
ver cuando mire desde el Trono. Ningún otro ser humano en todo el
pasado y futuro del Imperio puede tener ese vínculo par cular con el
Emperador, excepto tú.
¿No es eso algo hermoso? ¿Una cosa grandiosa? ¿Gloriosa? Lograr la
sublime no se trata de romper tu espíritu, y no se trata de la hosca y
derrotada aquiescencia. La verdadera subac ma es ver la dignidad en tu
servidumbre, y la belleza en tu obediencia. Se trata de elegir que tus pies
coincidan con el ritmo de marcha de toda la humanidad, y elegir mantener
la mirada hacia arriba, hacia donde vuela el aquila, en vez de hacia abajo,
en las sombras bajo tus pies, donde los condenados se pudren vivos y
ruegan por arder.

No voy a decir mucho más sobre esto ahora, pero es algo que me gustaría
que meditarais más a fondo mientras llegamos a la Candelaria y a nuestros
juramentos de piedad para el año nuevo. Terminaremos el servicio de hoy
con una oración para la claridad [4] y en sus devociones nocturnas de esta
noche puede que desee rezar al Emperador para una comprensión más
completa de lo sublime y la fuerza para trabajar hacia ella.

Ciertamente rezaré por esa comprensión y esa fuerza. Son dos armas que
todos debemos poseer en nuestra lucha de por vida contra las sombras
que nos pisan los talones, ya sea que nuestro lugar asignado sea uno que
tenemos desde el nacimiento hasta la muerte [asiente con la cabeza al
Monócrata] o uno de los muchos que el Emperador ha planeado para
nosotros a través de nuestras vidas. Insolencia, hosquedad, rebelión,
desobediencia, cisma, herejía descarada, son las señales que debemos
observar en nosotros mismos por nuestra imperfecta comprensión de lo
sublime. Y son los signos que debemos vigilar en quienes nos rodean, que
si no pueden fortalecer su fe, deben ser cas gados para que se comporten
mejor, y que si no pueden mejorar mediante el cas go, deben ser
eliminados o destruidos.

No dejes que el rango o la pompa te ciegue del comportamiento del


espíritu humano que hay detrás de ellos. La subac ma [5] correcta no
viene de nuestro lugar asignado, alto o bajo, sino de cómo nos
relacionamos con él. Un peregrino caminando en el polvo al fondo de una
procesión ceremonial con su único chal e icono agarrado a ella puede
mostrar una subac ma a más na que un Rector de la Flota que posa
orgulloso frente a la capilla del almirante y sólo sueña con pavonearse en
un barco más no y un altar más rico. [6]

Ahora formen sus lugares, por favor, y cantaremos nuestro próximo salmo.

Las notas del interrogador Perelmann al inquisidor Zhow

[1] Notarán que el lenguaje es delicadamente especí co aquí. Baszle sigue


las tradiciones olfa vas más duras que explícitamente rechazan la
congregación a cualquiera que no haya pasado por las enseñanzas
formales en cada uno de los Principados. No puede salir y ser tan calvo
aquí porque las doctrinas sureñas de Segmentum no han llegado tan lejos
como las de Hydraphur, así que salir y decir que la congregación es
imposible corre el riesgo de alienar a demasiada gente que necesita como
apoyo. Un ejemplo: el tribunal de Monocrat, que en mi opinión es la razón
por la que se está volviendo más blando, pero tratando de sembrar la idea
de que cualquiera que no haya sido educado en sus tradiciones debe serlo.
Los tutores religiosos de la corte de Monócrat serían un mul plicador de
in uencias para la catedral a expensas de la bandera.

[2] He encargado búsquedas a algunos de nuestros colegas en el


Segmentum sur y me dicen que si realmente hay algunos de los
eclesiás cos que expresan los sen mientos que Baszle describe aquí, no
representan una escuela de pensamiento lo su cientemente grande u
organizada como para registrarse en nuestros expedientes principales. (Y
esto es después de una veri cación cruzada de los principales enclaves con
los que Baszle tuvo contacto en la fase de su carrera a la que se ha hecho
referencia anteriormente). Mi propia opinión es que, o bien esto surgió en
una conversación con uno o dos colegas una vez y está exagerando para
enfa zar el alcance de su desacuerdo, o que está usando deliberadamente
una posición falsa por la misma razón, y atribuyéndola a una camarilla
c cia de sacerdotes con nes retóricos.

[3] Está usando una traducción más an gua del an guo Alto Gó co, pero
lo he comprobado y no se desvía de las versiones actuales de ninguna
manera dañina. Puedo hacer versiones de todos estos textos disponibles si
quieres comprobarlo.
[4] No se incluye la transcripción, era el 89 del Libro de Recitaciones,
palabra por palabra. Baszle se ha echado atrás en el intento de introducir la
versión de Gathalamor de los libros de oraciones después de que la
Cámara de Exegetas se puso de pie y no podía estar seguro de que
Theoc sta lo apoyara. Espero que empiece a maniobrar de nuevo para la
misa de Balronas del año que viene.

[5] Esta frase es la carne de este pasaje, aunque las amenazas que la siguen
puedan ser más llama vas. Aquí es donde hace el rme vínculo entre el
po de discurso que las curas de la bandera han estado haciendo con la
impudicia y la indignidad. Nos preguntabas a Shengo y a mí por qué no
pensábamos que había hecho un movimiento directo contra la camarilla
eclesiás ca de la Flota, y presento esto como una prueba de por qué. No
puede tomar una base de poder tan atrincherada como el sacerdocio de la
Armada cuando acaba de llegar a Hydraphur, así que se está preparando
para anquearlos. Lo está arreglando para que bloque de poder tras
bloque de poder en el sistema empiece a ver la forma en que se están
llevando como una responsabilidad. Y ene cuidado de hacerlo en privado,
en servicios cerrados de alto nivel como este. Predigo que tendremos
informes de muchas más homilías como esta durante el próximo año, año y
medio más o menos.

[6] Esto es lo más abierto que Baszle ha conseguido hasta ahora sobre la
muralla de las cajas de banderas en la forma que describí anteriormente.
Está tratando de asegurar que la corte de Hydraphur vea las cosas de una
manera muy de nida la próxima vez que haya un con icto entre la Catedral
y la Flota. También, para usar sus propias palabras, está sembrando la idea
de que la dignidad religiosa merece igual consideración que la autoridad
temporal, viendo su elección de un humilde peregrino como una imagen
contrastante. Inteligente, también, ya que es una imagen con la que todos
estamos familiarizados, y se alimenta de la forma en que ha lanzado tantos
recursos en la construcción de su propia Catedral como centro de
peregrinación, trayéndole in uencia dentro del Ministorum y tal vez
incluso la ota civil que le permite anquear a los curas desde otro ángulo.
De acuerdo con el informe inicial que me ha dado, tengo una
preocupación, que pretendo discu r con usted en persona a su regreso.
Quiero llamar su atención sobre el contraste en el úl mo pasaje principal,
con su no muy su l sugerencia de que los que están en la autoridad
podrían usarlo de manera imperfecta y así estar abiertos a la pregunta. No
sé si el Eparca ha estado recogiendo ideas de este nuevo árbitro senioris,
que en endo que es de Ultramar, donde enen algunas ideas extrañas
sobre estas cosas, pero creo que un funcionario de alto rango del Adeptus
Ministorum que hace un cuidadoso sermón que deja abierta la idea de que
la autoridad imperial podría en algunos casos ser dudada o cues onada,
merece un con nuo escru nio y atención. Incluso elogiar el compromiso
del intelecto en lugar de la simple obediencia del cuerpo va en contra de
cualquier número de enseñanzas imperiales que pueda citar. Encuentro
di cil reconciliar el pensamiento detrás de las úl mas partes de esta
homilía con el ethos de la obediencia sin esca mar, cues onar o dudar, lo
cual es el deber del Adepto de hacer cumplir.

Dicho esto, también sugiero que conservar este ángulo de acusación, para
cuando parezca que hay un daño real o para cuando nos sea ú l, es el
mejor curso de acción aquí. Soy consciente del pensamiento actual sobre
los reajustes polí cos locales y hay mérito en el argumento de que la actual
dis-posición y agenda de la catedral son bene ciosas en una escala más
amplia.

Desembarco seguro, inquisidor, y volveré a hablar con usted una vez que se
recupere de su viaje.

PERELMANN
Duodécimo Día del Septista
Seis días para la misa de san Balronas.
Conmemoración de los Inocentes de Suelac.

LAS OBSERVACIONES PARTICULARES para este día habrán sido


expuestas por el Maestro de la Vigilia y pasadas a cada lugar de culto por
los Heraldos; en consecuencia, los tres servicios se llevarán a cabo de
acuerdo con las lecciones y textos seleccionados cada año y se pueden
hacer pocas instrucciones generales al respecto. El servicio en la Puerta de
los Peregrinos que conmemora el Suelac, solo debe ser atendido por
aquellos cuya descendencia directa de los Inocentes del Suelac, haya sido
avalada por la Eclesiarquía.
Recordando la fiesta del día siguiente, las comidas de hoy deberían ser
frugales.
CAPÍTULO SIETE
El roteo en el andamio, le había costado a los Arbitradores cuatro
vidas: los Arbitradores que cayeron del borde y uno más, que, por suerte,
le habían acertado por la ranura de la visera del escudo. A Calpurnia le
había llevado más de una hora descubrir que el nombre del copiloto
asesinado del Rhino, era “Arbitrador Principal Vassbin”, completando con
eso el recuento.

Los otros controles de carretera también habían sido emboscadas, tal


como ella había adivinado. El bloqueo de tres vías en la intersección, del
que había dado marcha atrás el transporte Rhino, había sido preparado
con maquinaria al otro lado de la calle y radores listos para subir las
rampas y cerrar la caja. La que había sido avisada por vox y a la que no se
había acercado nadie, había comenzado como un verdadero proyecto de
repavimentación, pero para cuando seis escuadrones de Arbitradores se
acercaron a ella, los ar lleros que la habían preparado, ya se habían ido,
dejando sólo la rampa de erra áspera que habían levantado, una caja de
proyec les y un lanzagranadas, todavía en su bípode, apuntando a la calle
en la dirección que habían esperado que vinieran los Rhinos.

Aquel bloqueo de tres vías, no se había roto ni de lejos tan limpiamente,


puesto que estaban indecisos ante los sonidos de lucha de la calle
con gua. Habían vacilado y discu do; algunos habían huido cuando el
úl mo de los pistoleros del andamio fue barrido y otros se habían
quedado en sus puestos para ser cortados en ras por el primero de los
escuadrones de apoyo de los Arbitradores.

Habían atrapado a ocho de ellos, seis hombres y dos mujeres, de los


cuales, ninguno de ellos estaba al mando o no sabían nada sobre quién
estaba detrás del plan. Algunos de ellos habían sido trabajadores reales,
algunos incluso de los equipos de trabajo, cuyo equipo había sido robado
para las barricadas improvisadas.

Sus órdenes habían venido de los supervisores de la cuadrilla y ninguno de


ellos había sobrevivido. Al amanecer, cada lugar de trabajo civil designado,
estaba plagado de Arbitradores, alineando a trabajadores confundidos
contra los costados de los Rhinos y saqueando carros de herramientas y
camionetas.

Esa orden vino de algún lugar del comando de la ciudad, no de la misma


Calpurnia. Podría haberles dicho que no tenía sen do, que los
emboscadores habían sido malhechores de poca monta, con poca
disponibilidad y pocos escrúpulos y respeto por los Arbitradores.

-Anzuelos.

El término aparentemente estaba aquí, una referencia a la es ba de


criminales a lo largo de los lados de Rhino. Pero para entonces, Calpurnia
estaba de vuelta en la Torre de los Cazadores, observando a cada
prisionero que se traía, asegurándose de que fueran arrastrados delante
suyo en su camino hacia las celdas. Se había asegurado de haberse quitado
el casco y de que cada prisionero tuviese la oportunidad de ver su cara
claramente, y sus reacciones con rmaron sus sospechas.

Sólo se enteró de la segunda tanda de prisioneros cuando le pusieron los


papeles delante y exigió saber por qué estaba rmando por los prisioneros
de algo llamado las redadas Tell-Kerligan.

Mientras perseguía al Sanctus, resultó que un grupo de trabajo había


atacado las casas de embarque de los Tell-Kerligan, donde se encontraba
una plataforma explosiva, introduciendo dos docenas de empleados de
carga y carre lleros aterrorizados. Le llevaron un informe de Barck, el cual
Calpurnia no tenía empo de leer y por lo tanto se introdujo en una bolsa
de cinturón.

Calpurnia se las arregló para dormir en la segunda mitad de su viaje de


regreso al Muro, a pesar del ruido y las sacudidas, pero se aseguró de estar
en sus propias habitaciones antes de dejar que el cansancio la alcanzara.
Tendida en su cama, sin caparazón y con las botas sobresaliendo por el
borde, cerró los ojos por un momento para descansar y se despertó con un
sobresalto dos horas más tarde para encontrar fruta, jarabe de cafeína y
toallas frías puestas sobre la mesa en la habitación principal.

Se preguntaba si sería apropiado nombrar al personal que nunca había


conocido en candidatos para las medallas, a medida que engullía la fruta y
disfrutaba del escozor mientras la toalla se frotaba sobre su piel. Fue
entonces cuando sonó la alerta de la puerta.

Era el Ayudante Principal de Pavlos Calapek Dvorov, con su gesto solemne,


ves do con un impecable uniforme de gala y una faja o cial, además de
con un mensaje de que el Arbitrador Maioris la recibiría en sus aposentos.

Empezó a elaborar una respuesta (algo sobre la preparación de un informe


sobre la admisión de prisioneros) pero el ayudante se apartó e hizo un
gesto de cortesía po “después de usted”, haciéndose evidente que no se
trataba de una delegación de nivel 4 a su conveniencia. Ella
resignadamente, se volvió a poner el caparazón sobre su guante corporal y
luego lo siguió.

Aparentemente Calapek no soportaba vagabundear por los pasillos a pie, y


Calpurnia se sentó pacientemente en la parte trasera del pequeño trineo
que los llevó a través de los niveles del barrio y a la cámara de altos arcos,
en el corazón del bas ón de la Puerta de la Jus cia, hojeando lo que pudo
del informe de Barck por el camino.

Como siempre, ( eles al carácter de la gente de Hydraphur), nadie en este


lugar parecía comenzar sus informes con un resumen. Bajo la mirada
severa de los Arbitradores y Jueces del mosaico de vidrio y mármol, se
bajó de un trineo en el bloqueado y custodiado ascensor, que la había
llevado a la primera de las cadenas de antecámaras que conducían a la sala
de audiencias del Arbitrador Principal. Eso no ayudó a su humor mientras
los atravesaba (los encontró llama vos y faltos de seriedad, pico de la
gente de Hydraphur) y sólo se quedó un poco sorprendida cuando Dvorov
abrió el úl mo par de puertas por su cuenta.
-Pasa, Shira. Tienes que acostumbrarte a venir y verme aquí, creo. Ya no
eres una recluta, no enes que estar de pie ante mis puertas como una
novata esperando una lección del comandante de su escuela.

La pequeña mesa de reuniones en la que se sentó en su primera visita a


esta habitación fue re rada y sus tuida por un banco de servicio blanco,
en el que se había colocado el desayuno de Dvorov.

Más allá de ella, el sol apenas se estaba levantando su borde inferior del
horizonte: los brillantes puntos de las órbitas más bajas y brillantes y la
raya plateada del Anillo, pinchaban y rasgaban el cielo del amanecer de
color albaricoque.

-Tienes un verdadero don para meterte en problemas a horas muy


incivilizadas, Shira- dijo Dvorov detrás suya, cuando la sorprendió mirando
el amanecer.

-Estoy seguro de que eso es lo que Néstor dirá la próxima vez que te vea.
Yo, sólo admi ré cierta preocupación. No me ayudas a mí ni a nadie más
desollándote tratando de mantenerte en pie a cada hora del día.

Dos taburetes tallados en una madera oscura y roja fueron colocados en


forma de caballetes, y Dvorov le señaló que asiera uno mientras
enganchaba el otro con un pie y se dejaba caer sobre él.

-Cumplo con mi deber tan bien como puedo, señor- respondió Calpurnia,
un poco rígida.

-Aparentemente tengo la reputación de ser mala a la hora de delegar,


pero creo que tengo una buena razón para querer estar al frente. Son los
atentados contra mi propia vida los que estoy tratando aquí, Arbitrador
Mayor. Aunque estoy segura de que Hydraphur ene todo po de
protocolos enrevesados de cómo se supone que uno debe lidiar con tales
cosas de una manera socialmente aceptable.

Los acontecimientos habían hecho que Calpurnia no se sin era del todo
bien, no podía recordar la úl ma vez que había hablado así con un o cial
superior. Para su alivio, Dvorov sólo sonrió confuso y señaló la mesa.
-Bien apos llado- dijo mientras ensartaba un pedazo de pastel en una
aguja de plata.

-Pero dame una oportunidad de explicarme. Sé que si no te hubiera


ordenado venir aquí, estarías inves gando un día entero para poder
interrogar a la gente que acabas de traer y supervisar la redada de las
cuadrillas de construcción. Y estarías muerta de pie para cuando el sol se
ponga de nuevo. Y créeme, me preocupa que estés muerta casi tanto
como a .

-Ya veo, señor- dijo, mirando la comida. De repente se dio cuenta, de que
como había estado en el viaje al Sanctus, que estaba hambrienta y
agotada, pero no pudo ver nada en la mesa que pudiera iden car
fácilmente y todavía se sen a demasiado cohibida para empezar a comer
el desayuno de un Arbitrador Mayoris en su lugar.

-En primer lugar, Shira, no me gustaría perder a un joven Arbitrador tan


es mado y prometedor como tú, sobre todo después de haberte traído
hasta aquí. Incluso dejándote personalmente fuera, también odio la idea
de que alguien lleve a cabo un asalto tan organizado a los Adeptos
Arbites y el orden que representan. Par cularmente odio que esto llegue
en un momento en que la relación de trabajo entre las Autoridades
Imperiales en Hydraphur es tan tensa como ahora.

Miró con curiosidad la mesa en la que estaba sentada Calpurnia y ella,


tardó en darse cuenta de que la comida había sido preparada para más de
uno.

-Está hablando de estos con ictos entre el Ministorum y la Armada- se


inclinó hacia adelante y trató de iden car el plato de aspecto menos
elaborado.

-Bueno, el Ministorum y esta agresiva campaña del Eparca para obtener


el control de las inves duras navales es el punto álgido, pero ha
conver do todo el papel del Adeptus en Hydraphur en un asunto
delicado otra vez. Hydraphur parece un mundo imperial como cualquier
otro cuando estás en él, pero no dejes que eso te engañe. Es un sistema
de la Armada, y la Armada nunca ha sido feliz con tener el planeta
principal negado a ellos. Ha sido así desde la Era de la Apostasía, por
supuesto. La huella que Bucharis y sus compañeros dejaron en todo este
segmento fue profunda. Aquí, el decreto de par ción del Administratum
fue un intento de crear un contrapeso civil a la autoridad de la Armada
en el sistema y equilibrarlos entre sí.

-Algo parecido al impedimento de que la Guardia Imperial no pueda


tener su propia ota o la forma en la que Guilliman dividió a los Astartes-
apos lló Calpurnia, recogiendo una rebanada de fruta blanca y
mas cándola con precaución. Era una tarta muy na.

-Bueno, el mismo principio, sí- dijo Dvorov, alcanzando la cafetera en su


pequeño quemador de alcohol en el centro de la mesa.

-El planeta siempre había carecido de presencia militar, lo que había en


él era un santuario dedicado a la Eclesiarquía, un convento del Adepta
Sororitas, una estación de paso para los navegantes… ese po de cosas.
Incluso mucho de lo que la Armada hizo aquí, no era militar. Como
granjas para proveer la mejor clase de provisiones para los o ciales,
haciendas para las mejores dinas as de o ciales.

-La jerga Naval aún se re ere a las familias que perdieron sus
propiedades de un lado del planeta como "las líneas desalojadas",
aparentemente. De la misma manera que las familias Navales más
orgullosas llaman al Monócrata y a la nueva nobleza planetaria
"transplantes". Pero encontraron todo po de formas de retrasar y
apelar el decreto.

-La Armada tuvo par cipaciones en Hydraphur hasta que el Lord


Almirante Invis cone fue asesinado hace unos doscientos años. Después
de su muerte, la Inquisición se hizo cargo de la fortaleza que había
ocupado en el otro hemisferio y desde entonces el planeta Hydraphur ha
sido el lugar de autoridad no militar que se suponía que debía ser.

-¿Y eso ha funcionado?- Calpurnia se sorprendió de que le había llevado


un momento pasar de hablar de los asesinatos a la historia de Hydraphur,
pero se estaba interesando por ella muy a su pesar.

Dvorov terminó de verter su cafeína en una extraña taza, una bola de latón
aplanada con una cavidad del tamaño de un vaso de chupito perforado en
ella, y buscó otro po de jarabe para mezclarlo.

-En realidad no- dijo.

-Siempre me ha gustado imaginarme al Imperio como un glaciar:


Poderoso, rígido, abriéndose camino más allá de la capacidad de
cualquiera para detenerlo. Pero cuando se considera nuestra sociedad en
general, a menudo es más como el agua: Di cil de contener y siempre
queriendo encontrar su propio nivel y su propio camino sobre las cosas.

-No estoy segura de entenderlo del todo, Señor.

Se acomodó y dio otro mordisco a la fruta.

-Bueno, cierto es que ha habido un crecimiento de poderes paralelos en


Hydraphur, como se pretendía. La navegación civil aumentó, hay una
presencia mucho mayor de los Adeptus, los Navegantes y la Scholas a
Psykana enen una base permanente mucho más grande en la Torre
Ciega.

-La Catedral se ha conver do en un importante centro de poder por


derecho propio, la unión de toda una serie de rutas de peregrinación
desde los sectores del norte a través de Gathalamor y puntos del sur. El
problema es que no ha proporcionado el contrapeso a la Armada que se
pretendía. Todo lo que hizo fue dar a la Armada la excusa para insis r en
un control aún más estricto del resto del sistema.

-Abarcaron los otros mundos y todas las principales rutas orbitales en


ambas direcciones con for caciones y as lleros (como es su derecho,
por supuesto, su perfecto derecho) pero los términos de la par ción les
permi ó dirigir todo ese territorio con aún más autonomía que antes.

-Y luego, por supuesto, están todas las lagunas del decreto del que
hablaba, los matrimonios mixtos y los tratados y los gremios. Cualquiera
con propiedades o intereses en el planeta no se le permite ejercer
ninguna autoridad fuera de él, y los cárteles mercan les quieren gente
en la comunidad civil en Hydraphur con la que puedan comerciar...

-¿Como los sindicatos?- preguntó Calpurnia, mientras Dvorov tomaba un


sorbo de cafeína.

Asin ó con la cabeza y le dio un segundo trago.

-Encontrarás esto explicado en tus expedientes informa vos cuando


tengas empo para leerlos.

-Cada sindicato está nominalmente patrocinado por intereses fuera del


sistema, bajo los estatutos del Administratum. Eso, proporciona un
acceso a la navegación civil que la Armada no posee (el acceso al
comercio y los viajes fuera del planeta que los aristócratas del planeta
enen prohibido) y los privilegios de navegación y las cartas de paso que
sólo la Armada puede proporcionar y los otros dos necesitan.

-Esa combinación convir ó a los sindicatos en una importante ins tución


doscientos años después de la entrada en vigor del decreto de par ción.
Hasta el punto en que las relaciones de los sindicatos parecen estar tan
arraigadas como las familiares.

-Nadie se presenta como Lord Kalfus del sindicato de Medell, es Kalfus-


Medell desde el principio- apuntó Calpurnia.

-Exactamente, aunque a te parezca que esto solamente es una


costumbre de este lado de Hydraphur.

Para los Cárteles de fuera del sistema, la relación de sindicación no es tan


de nida, y para las familias de la Armada acercarse demasiado a todo el
asunto es un poco confuso.

Y por supuesto, mientras los sindicatos constantemente maniobran para


posicionarse entre ellos (las oportunidades de ac vidad alrededor de
Hydraphur son más amplias de lo que la Par ción pretendía, pero
todavía son nitas) las familias también están luchando todo el empo
por las posiciones de liderazgo dentro del sindicato.

-Eso hace que sea interesante que se pregunte sobre las reglas para
defenderse de los intentos de asesinato- añadió mientras recogía puré de
frutas en una rebanada de pan crujiente.

-En realidad hay algunas tradiciones, sobre cómo se comportan las partes
en este po de guerras, dependiendo de si es entre sindicatos, o dentro
del sindicato, la estatura rela va de las partes y así sucesivamente. Hasta
qué punto esas tradiciones se respetan una vez que dejan de ser
convenientes es otra cues ón, por supuesto.

Dvorov notó el trozo de fruta en la mano de Calpurnia y le señaló una


sopera de bayas guisadas.

-En realidad deberías empezar por las bayas.

-Espero no estar inter riendo estas reglas yo misma- dijo, recogiendo uno
de los pequeños cuencos esmaltados de al lado de la sopera.

-Los Adeptus Arbites responden al Emperador y la Ley, o por lo menos,


deberíamos hacerlo. ¿Se supone que debemos atarnos a algún noble
código idiota? Bueno, si, es verdad, esto es Hydraphur.

Seguramente fue el cansancio el que habló. Antes de dejar el tazón de


bayas y volverse hacia él, tuvo empo para un momento de incredulidad
ante su tono y sus palabras.

-Señor, mis disculpas por ese arrebato. Fui descuidada en cuanto a quién
era...- pero Dvorov ya sonreía y la hacía callar.

-No te disculpes, Shira- le dijo cuando terminó de hablar.

-Este no es tu an guo puesto. Estamos aquí como dos o ciales


superiores del Adeptus, no en un cuartel donde te quedas mirando la
pared mientras yo te grito.

Asin ó con la cabeza al cuenco de la mesa.


-Debes comer eso mientras esté caliente. Usa uno de esos pequeños
cucharones de la pila de ahí.

Permi éndose respirar un poco más suavemente, Calpurnia cogió un


cucharón y lo volcó en su tazón. Las bayas eran ligeramente ácidas, con
una ligera reminiscencia frugal, pero estofadas con alguna especia
almizclada y dulce que le dieron ganas de estornudar.

-En realidad, creo que esta charla sobre cómo te estás adaptando a tu
nuevo puesto y yo guiándote, nos hace recordar por qué te llamé aquí.

-¿No me salvará de un día de desollarme viva durante los


interrogatorios?

-En parte. Pero hay algo que creo que necesito decirte, y pre ero hacer
este po de observaciones en persona- dijo Dvorov atrapando la mirada
de Calpurnia.

-Cómete tus bayas, Shira, no voy a despojarte de tus galones ni a


acusarte de nada. No has fallado en tu deber. De hecho, supongo que
quiero hablarte del problema opuesto.

-¿Del problema opuesto? ¿Cumpliendo demasiado con mi deber? He


reconocido que he tratado de esforzarme un poco más, tal vez.

-Me molesta un aspecto par cular de lo que se puso de mani esto en la


Puerta de Aquila y en esa contra-emboscada que dirigisteis en la ciudad
baja.

Comenzó Dvorov su disertación, mientras observaba a Calpurnia.

-Shira, el Imperio ene una noble y apreciada tradición de liderar desde


el frente. Mientras caminabas por las antecámaras, habrías pasado por
delante de las imágenes de muchos hombres y mujeres de nuestra
orden, cuyas estatuas honran exactamente eso. No es que lo desapruebe
por principio. Sin embargo, debo preguntarme: si todo este esfuerzo se
gastó en crear una trampa diseñada para culminar en tu muerte, ¿no fue
quizás un poco imprudente por tu parte, precipitarse en la trampa y
ofrecerles exactamente lo que querían?

-¿Cree que debería haberme re rado de la emboscada?

Dvorov rechazó el tono de la pregunta con un gesto de su mano.

-No me dedico a cues onar cada decisión que toman mis subordinados.
No voy a traer un mapa y hacer que jus ques cada paso que diste. Ni
siquiera voy a tratar de decirte que siempre va a ser malo que dirijas a
tus tropas. Te aseguras de no enviar a la gente bajo tu mando a una
situación sin demostrar que estás preparada para enfrentar esa situación
tú misma, ¿no es así?

Calpurnia asin ó con la cabeza y se comió otro cucharón de las


desagradables bayas, porque ella misma estaba a punto de decir
exactamente lo mismo.

-No pretendo conocer cada pensamiento que pasa por tu cabeza-


con nuó Dvorov, -pero puedo hacer algunas suposiciones.

-Eres muy consciente de la inusual novedad de su rango y posición. Y


también eres consciente de que estás en un nuevo mundo, en una nueva
sección de la galaxia, en la que muy pocas cosas te resultan familiares. Es
natural que quieras comportarte de forma impecable, y eso para
signi ca no acobardarte ante el peligro y estar hombro con hombro con
los miembros de tu equipo.

La mayoría de las veces ni siquiera sé los nombres de mi grupo se dijo la


mitad a sí misma, pero Dvorov se dio cuenta.

-Por lo tanto, para , es una situación di cil, aunque una que estás
manejando bien. De verdad. Y no voy a tratar de ponerte una correa y
tampoco voy a tratar de quitarte la libertad de ejercer esas habilidades
que me llamaron la atención la primera vez que te vi.

-Pero no quiero que sea un gran impedimento, (al menos una vez que te
acostumbres) decirte que hasta que los casos de asesinato se resuelvan
mejor, te contendrás. El riesgo es parte del trabajo de los Arbitradores, el
combate es parte del trabajo de un Arbitrador, pero sin embargo no te
precipitarás a los brazos de cualquier nuevo atentado recibido.

-Está diciendo, señor ¿que debería enviar a otro Arbitrador a la línea de


fuego mientras me mantengo a salvo?- dijo ella mientras controlaba su
voz, a medida que un nudo de ira crecía en su interior. Los comentarios
sobre su imprudencia no se sen an mejor viniendo de su propio superior
que de Zhow.

-Digo que, aunque eso pueda ser desagradable para …

-Desagradable…

-…. te enfrentas a un enemigo que te quiere muerta, y nuestro obje vo


es negarles eso al enemigo, no entregarle su obje vo en una bandeja.
Puedes considerarlo una pe ción, si eso es lo que se necesitas.

-En endo, Arbitrador Majore.

Calpurnia tomó otro bocado de las bayas (ahora frías) y se obligó a


tragarlas.

-Si has terminado con eso, ahora es el momento de comer esa fruta del
bosque.

Dvorov había cambiado de tema otra vez. Calpurnia tomó el primer trozo
que había probado y lo mordió de nuevo. Su sabor se atenuó un poco por
el perfume residual de las bayas, y encontró su paladar limpio.

-Bien. Ahora, escoge un sirope para tu cafeína (Te recomiendo el Hercus,


que es el amarillo pálido de la esquina) y dime lo que has podido
averiguar sobre los ataques que te afectaron en la ciudad esta mañana.

Parpadeó, sirvió y bebió, el jarabe le dio a la cafeína un sabor ahumado y


malteado que con cautela decidió que le gustaba y luego comenzó a
hablar, empezando con su salida del Cruce-Cuatro y terminando con ella
supervisando el des le de los prisioneros.
Dvorov escuchó en silencio, cortando pequeñas rodajas de medio melón y
mas cándolas pensa vamente mientras miraba hacia la colmena.

-¿Por qué no un convoy más grande inicialmente?- preguntó después de


haber tenido unos momentos para digerir su historia junto al melón.

-Para confundir a cualquiera que estuviera vigilando las rampas de salida


de la fortaleza. Tres Rhinos es el tamaño de una de las patrullas
ru narias del turno de noche. Esto fue antes de que supiéramos que
serían capaces de volver a casa por nuestra ruta original.

-Y tú elegiste el andamio... pero no, borra eso, dije que no te micro


ges onaría y lo dije en serio…. ¿Ves un vínculo directo entre el sabotaje
en la Puerta de Aquila, el vuelo al Aurum Sanctus y los ataques contra ?

-Parece frágil, y puede que descubramos que no tenemos nada por


dónde empezar. Sería halagador creer que alguien hizo arreglos
increíblemente elaborados para atraparme en la explosión de la nave en
la Puerta de Aquila, pero creo que fue un simple sabotaje. Los
contenedores eran de una especie de aceite de lámpara perfumado de
camino a un almacén en el Barrio de los Peregrinos. Era para la Procesión
de los Santos Posteriores o para la gran congregación de los faroles de
mañana por la noche.

-Por lo que tengo entendido. También ha habido algunos


acontecimientos allí, ¿verdad?- Dvorov le dio una aguja de plata como la
que había estado comiendo antes y asin ó con la cabeza a los pasteles.

-Los contenedores de petróleo amañados parecen estar menos


relacionados con el Sanctus que con el juego ilícito del almacén en el que
estaban guardados. No he tenido empo de repasar el informe del
Verispex en detalle, sólo lo recibí cuando volví al Muro esta mañana.
Pero el almacén de carga está lleno, completamente lleno, con más
suministros de petróleo. Ninguno de ellos ha sido destruido como el
primer lote, pero el Verispex mostró varios sellos que dicen que
muestran alguna manipulación. Barck sigue trabajando en ello.

Dvorov le echó una mirada extrañada.


-El Líder Verispex Barck, señor. El líder del equipo forense de la Puerta de
Aquila. También se ha hecho cargo de la inves gación de la estación de
carga.

-Ah. Gracias. Normalmente no trabajo a nivel de líder de equipo. Pasa al


melón si has terminado con los pasteles.

El melón era acuoso y de sabor débil, pero le quitaba la riqueza de los


pasteles de la boca de forma agradable. Se terminó dos rebanadas y su
cafeína. La extraña bola para beber parecía más pesada y se dio cuenta de
que el cansancio la estaba alcanzando de nuevo. Respiró profundamente
unas cuantas veces y miró hacia los dientes de la muralla iluminados por la
mañana y la capa de smog que ya se estaba asentando sobre la ciudad
debajo de ella. Estaba familiarizada con los primeros signos del cansancio
gris que le llegaba durante las largas y tensas operaciones. No era tan malo
una vez que conocías los signos y podías prepararte para ellos.

Demostró ser una gran men rosa al darse cuenta de que se había perdido
lo que Dvorov acababa de decir.

-¿Perdón, señor?

-Dije que necesitas recordar el orden en el que comiste en este


momento. Esta combinación de alimentos se asocia con las estas
sagradas de la Vigilia, y serán servidos en el desayuno de oración que
debes asis r conmigo mañana por la mañana.

-¿Habrá empo para eso?- fue lo primero que se le pasó por la cabeza
decir.

-Creo que sí. Repasemos los hilos del caso hasta la fecha, Shira: Tienes un
equipo de Vérispex aclarando lo que pasó en la Puerta de Aquila. La
inves gación del Aurum Sanctus, tras la interceptación realizada por y
por Ryo, parece cercana a descartarlo como sospechoso. Un atentado
organizado contra tu vida anoche fue frustrado y los autores están bajo
custodia. El asesino original está muerto, y aunque está resultando di cil
de rastrear, ahora tenemos la ayuda de la Inquisición Imperial para
rastrearlo, ¿no es así?

Calpurnia se dio cuenta de que no había pensado en Zhow desde que se


separaron en Cruce-Cuatro.

-El inquisidor se negó a reunirse conmigo a su regreso, pero sí se dignó


hacerme saber que quiere ser el único perseguidor del rastro de tu amigo
invisible. Debemos suspender nuestras operaciones en este asunto hasta
que nos solicite y lo autorice.

Dvorov arqueó una ceja mientras levantaba la bola de bronce para beber a
sus labios.

-Las patrullas alrededor del Cuartel de los Adeptus, han reportado que ha
estado ahí durante las úl mas tres horas con ese sabio suyo, caminando
de un lado a otro en los caminos que conducen al Kathisma y teniendo
muchas conversaciones tranquilas.

-¿Así que tenemos gente vigilándolo?

-No, para nada- dijo Dvorov alegremente.

-Te lo he dicho, nos han adver do. Pero los equipos de patrulla en esa
área enen líderes de equipo un poco más altos que los Protectores y
Arbitradores Principales, y sienten que es parte de sus deberes enviar
informes a través de ciertas líneas directas de comunicación a su
Arbitrador Majore.

-Ya veo- tenía sen do.

-Tiene los ojos puestos en él de la misma manera que el Eparca ha


designado a uno de sus miembros para vigilarnos. Lord Kalfus-Medell
intentó lo mismo. ¿Sólo otra manera de ver las cosas por aquí, entonces?

-Parte de la forma en que las cosas están en todas partes, creo que lo
averiguarás. Admito que me sorprende un poco que nunca hayas
encontrado este po de cosas antes. Tenías un comando de la guarnición
en Ephaeda, ¿no?

Calpurnia suspiró.

-Me gustaría pensar que las cosas eran diferentes allí. Tal vez no soy la
clase de persona que ene mucho que ver con ellas.

-Eso es lo que más me gusta. Bueno, estás aquí para aprender, como
todos nosotros.

Dvorov drenó su cafeína.

-¿Has pensado en un asistente personal propio?

-No. No ha habido empo. Recuerdo a Zhow hablando sobre la


adaptación de un Rhino. ¿Era ese el po de cosas de las que hablaba?

-Entre otras cosas. Te lo recomiendo encarecidamente. Ahora eres un


Arbitrador Senioris, Shira. Desearás requisar un transporte de los
hangares, sacar el mejor, elegir los ar culos de la armería para que
entren a formar parte de tu uso y de tu personal, seleccionar a las
personas que necesitas para tus operaciones del día a día. Arbitradores,
Jueces, Escoltas, Clérigos de la guarnición, Técno - Adeptos. Una vez más,
no puedo creer que sea la primera vez que te enfrentas con la idea de
que un comandante forme su propio personal.

-Estoy familiarizado con la idea, señor, sólo que tengo poco empo. Un
transporte estándar y el que se me asigne será su ciente por el
momento.

-Como quieras. ¿Qué hay del Arbitrador Principal que te ha acompañado


desde el ataque inicial? ¿Es material de apoyo?

-¿Bannon?- ella lo consideró.

-No. La razón por la que terminó siendo mi informante para la


inves gación, es que dirigía mi escuadrón de escolta al principio de todo.
Se encariñó conmigo de alguna manera. Es bastante obediente, pero no
está a la altura del trabajo. No lo mantendré en esa posición.

-Hm...- dijo Dvorov. -La Vigilia de Balronas comienza en dos días como el
úl mo paso hacia la Misa. ¿Estás preparada para los problemas que las
prohibiciones religiosas causarán en tus operaciones?

-Lo estaré- dijo Calpurnia.

Se estaba acostumbrando a los cambios de rumbo repen nos de Dvorov


(había pensado que eran para ponerla a prueba, pero genuinamente
parecía ser como él pensaba.)

-Me he centrado en el aspecto de la operación de Arbitradores, pero si


podemos conseguir que el reverendo Baragry siga aconsejándome sobre
lo que puedo y no puedo hacer...

-Ese será un ejercicio interesante. ¿Cómo te las arreglaste para dejarlo de


lado cuando te fuiste al Sanctus?

-¿Cómo? Se había nombrado a sí mismo confesor de uno de los


prisioneros que nos dio el nombre de la nave en primer lugar. Lo dejamos
con el prisionero y nunca le dijimos que nos íbamos a subir al Juicio de
Clarion.

-Creo, Shira, que enes más astucia de la que te atribuyes. Aunque el


efecto secundario fue, que Baragry estaba completamente furioso por
haberse quedado atrás. Mis ayudantes tuvieron una audiencia
apasionada con el hombre y recibí dos cartas formales de reprimenda
desde las cámaras del Eparca. Tendré que enseñártelas alguna vez.
¿Mencioné que Néstor pasó el empo que estuviste en el espacio
poniendo mucha de su energía en arreglar las cosas?

-Me disculparé la próxima vez que lo vea, señor.

Dvorov le hizo señas con la mano para que re rara sus palabras.

-Es su competencia- dijo.


-De todos modos, mi argumento fue, que creo que vamos a tener que
resignarnos al hecho de que vas a enfrentar tu primera Fes vidad
Religiosa en Hydraphur con un poco menos de instrucción de la que
esperábamos. ¿Puedes tener en cuenta el orden de los platos aquí
servidos?

-Bayas, frutos del bosque, pastelería y sirope, cafeína y sirope diferente,


melón.

-Bien. Hay ciertos ma ces que, bueno, no importa, ya sabes lo que enes
que hacer. Esta comida se come al amanecer al comienzo de la Vigilia y
en el primer día de la Sanguinala. Se supone que es única para la ocasión,
por cierto, así que no intentes pedirla en otros momentos. Mis
mayordomos se escandalizaron cuando les dije que lo prepararan para
hoy, incluso después de que les dijera que era para tu instrucción
religiosa. Lo cual es algo en lo que no estoy seguro de que podamos
esperar mucha ayuda del Reverendo Baragry.

-Estoy totalmente de acuerdo con el Arbitrador Leandro- dijo Calpurnia.

-Bueno, el consejo sobre cómo podemos llevar a cabo nuestras


operaciones es algo en lo que probablemente podamos con ar en
Baragry. Cada vez con o más en que puedo evitar la interferencia polí ca
del verdadero obje vo. Si puedo seguir obteniendo un comportamiento
básico como de misma y de los otros Arbitradores, lo su ciente para
evitar deshonrarme, entonces creo que podré arreglármelas este año.
Me conformaré con ser alguien que cumple con su deber por encima de
alguien que ene modales impecables en la mesa.

-Muy bien hablado.

-Bueno entonces, Arbitrador Senioris. Con sus indicaciones en la mano,


¿qué planea hacer ahora?

Calpurnia se rió.

-Necesito descansar y recuperar algo de energía, señor, y también


necesito quemar algo de tensión. Iba a decir que planeo resolver cómo
puedo hacer ambas cosas en un día, pero creo que acabo de pensar en
una manera.

No había podido ver con claridad lo que le había disparado, pero la


visión del movimiento fue su ciente para juzgar su dirección y velocidad, y
los re ejos hicieron el resto. Su escopeta estaba bloqueada en la abertura
del escudo y la empuñadura se dobló cuando el escudo chocó contra su
hombro y su muslo. Su ojo había sido certero: la escopeta cayó al suelo
con un ruido sordo cuando se soltó de la rejilla.

Se giró en la otra dirección, lista para hacer más disparos, pero no hubo
movimiento en el breve barrido de su linterna enganchada en la parte
superior de su escudo. Cuatro largos pasos y estaba al nal del callejón,
frunciendo el ceño hacia arriba: había varias maneras en que un Arbitrador
entrenaba para escalar una pared, y todas ellas eran condenadamente
incómodas si uno estaba solo, pero no era para tanto. Desenganchó la
escopeta y la colocó en la funda de su espalda, y luego colgó su escudo
para que cubriera el ángulo entre las paredes.

Con una mano en la pared y la otra en las empuñaduras del escudo,


levantó los pies, colgó por un momento gruñendo con esfuerzo (estaba en
peor forma de lo que se había dado cuenta) y luego se deslizó y cayó hacia
el espacio que había más allá, ya balanceando el escudo sobre su brazo y
girando para enfrentarse a la forma que salía de la oscuridad.

Era aproximadamente humanoide, un torso autómata construido sobre un


anillo de ruedas motorizadas que se movía al azar. Cadenas y cables de
control serpenteaban desde su cabeza hacia la oscuridad. Un brazo pesado
terminaba en un cañón corto y el otro en un grueso pistón: dos disparos
del cañón resonaban en su escudo antes de que un golpe del pistón
golpeara el borde del escudo en su cara y la hiciera rebotar contra la
pared.
No hubo empo de volver a sacar la escopeta, y mucho menos de volver a
encerrarla en la tronera, para poder dispararla con una mano y con el
escudo para estabilizarla. Aunque la cosa era demasiado rápida para
esquivarla, fue capaz de dar un paso rápido hacia un lado y dejar que el
siguiente golpe de pistón la impulsara lejos del camino de la máquina.
Tuvo que retroceder para absorber el impulso y con ar en que no había
nada esperando detrás de ella mientras desenvainaba su bastón: la
sensación tranquilizadora del chasquido del guante de seguridad alrededor
de sus empuñaduras fue instantánea y tardó un segundo en poner un pie
por detrás de ella para disparar. Su puntería era perfecta: la bala atravesó
una costura de la armadura bajo el brazo del autómata, y después de un
momento se desplomó cuando quien la dirigía decidió que estaba fuera de
combate.

Se tomó un momento para recuperar el aliento y encender la lámpara,


luego avanzó de nuevo. Media docena de cautelosos pasos. Acababa de
cargar su pistola y estaba alcanzando la escopeta por encima del hombro
cuando un estante de re ectores la embis ó. Re exivamente, se agachó y
se deslizó hacia un lado, rando la escopeta el resto del camino y
preparándose para quitar su escudo: el puerto de armas era bueno para
disparos a quemarropa y fuego de supresión, pero ahora iba a necesitar
dos manos para apuntar. Incluso con el visor del casco oscurecido para
contrarrestar las luces, todavía parpadeaba por el cambio de iluminación
cuando el piso comenzó a moverse.

Le tomó un momento registrar el ruido de los engranajes y los


cabrestantes y los gritos débiles de los equipos de máquinas en el nivel de
ingeniería de abajo, pero ahora sen a que el piso vibraba y se inclinaba,
mandándola en dirección a las luces, mientras la pared que había
presionado su espalda se deslizaba hacia abajo y desaparecía de la vista.

Cambio de planes. A medida que el piso se empinaba, agarró su pistola de


nuevo, dejando que la pendiente la llevara hacia abajo, con el cuerpo
parapetado detrás de su escudo para dejar que clavara la armadura de
cualquier cosa frente a ella. Las luces aún se apagaban, manteniendo todo
lo que estaba más allá del alcance de los brazos en la sombra, por lo que
se arrodilló, se apoyó contra la pendiente y realizó dos disparos sobre la
parte superior del escudo hacia los re ectores.

Falló, pero no hubo oportunidad de volver a apuntar. Más estruendo vino


de más allá de la pared replegada y pudo ver luces que se oscilaban allí
abajo, rojas y verdes, pasando delante y detrás de cada uno como si
estuvieran siendo llevadas por miembros de una turba. Disparó un ro, y
luego otro. El golpe de retroceso atravesó el guante y llegó a su hombro,
pero los disparos indicaron que cuatro luces rojas se apagaron cuando
cada bala atravesó dos de las formas cilíndricas más allá de la rampa.

Con un golpe, el suelo se inclinó más y tuvo que atravesarlo como un


frené co cangrejo de caparazón negro, un cangrejo que intentaba
desesperadamente guardar su arma y luchar por conservar su arma de
fuego. Saltó de la rampa un segundo antes de que se hubiera inclinado por
completo y se dirigiera hacia las formas toscas que había más allá,
humanoides corpulentos colgando de cadenas con brazos extendidos
delante suya y lámparas verdes y rojas para las caras. Cuatro yacían
inmóviles en el suelo: las pinzas de las cadenas que los sujetaban, se
habían abierto cuando sus operadores vieron que habían recibido un
disparo.

Calpurnia se alejó cuando el primer armatoste trató de cerrar sus brazos


sobre ella y se encontró con otro cuyo rostro era una lámpara roja: golpeó
el borde inferior del escudo en el lugar donde habrían estado sus rodillas, y
mientras se balanceaba y se movía, nalmente liberó su mazo y lo empujó
hacia arriba. Las chispas volaron y el blanco cayó de su cadena mientras la
luz roja se apagaba. Más servo-brazos la agarraron por detrás y otra luz
roja brilló sobre su hombro, pero ya había recuperado el equilibrio,
girando el mazo y haciendo retroceder la punta. El blanco que la había
agarrado se estrelló contra el suelo y ella se giró, bailando alrededor de
una forma iluminada en verde y en el centro de ellos.

Era consciente de la di cultad de su respiración y de la forma en que el


escudo comenzaba a pesar sobre su brazo. Lo acercó a su cuerpo para
minimizar la tensión, pero eso también causó problemas al cortar a los
obje vos y sus brazos: era más di cil usar el escudo como un arma,
golpearlo contra los cuerpos o sofocar los ataques, y se conver a en un
punto ciego en ese lado.

Los armatostes aquellos, no podían perder el equilibrio con un golpe de


escudo como lo haría un humano, simplemente se alejaban con sus
cadenas y volvían a ella. Ella trató de compensar alejándose siempre de su
brazo-escudo, dando vueltas a su derecha y redoblando sus movimientos
con su mazo, pero ahora ese brazo también se estaba cansando y sus pies
tropezaban con los bultos que ya había derribado. Los obje vos se
acercaron más incluso cuando su número había disminuido.

Eventualmente golpeó uno verde, lo derribó con un golpe salvaje del mazo
que se suponía que iba a alejar un blanco rojo de su escudo. Aquel torpe
error, rompió su ritmo, no tardó mucho en que el escudo fuera agarrado
por dos juegos de brazos cubiertos de goma. Tuvo que soltarlo, y aunque
pudo cambiar su mazo y su pistola entre sus manos en un hábil
movimiento cruzado y comenzó a usar ambos, en pocos minutos estaba
encajonada, agobiada por su propio cansancio y por un blanco que le
había caído encima. Un par de brazos la rodearon brutalmente y el olor a
goma quemada de los blancos que había acertado, se mezcló con el olor a
sudor durante los veinte segundos que tardó en sonar el mbre.

Cuando miró desde la plataforma de observación el pequeño pozo


donde había sido eliminada, éste se había conver do en un muro extruido
y en una torre de armas. Calpurnia se paró en la losa transparente de la
plataforma detrás del banco de controladores, observando el lugar donde
llovían rondas de pintura a alta velocidad sobre una manada de
Arbitradores que trataban de abrirse camino a través de un cementerio de
restos simulados de Rhino, para poder disparar granadas contra el
mecanismo. No habían llegado muy lejos.

-¿Recién incorporados?- le preguntó a un controlador, que estaba mirando


a través de uno de los espíritus oculares esclavos de la torre y trabajando
con topes y palancas para apuntar sus armas.

-Oh, y se nota, ¿no es así, señora?- respondió con una risita mientras otro
traqueteo de perdigones levantaba gritos de alarma y dolor debajo de
ellos. A su alrededor, en la penumbra, venían más ruidos: el estruendo de
las armas de fuego y el doble chirrido de los bólter, el chisporroteo de las
armas de fuego, las sirenas, las voces y el incesante deambular de las
pesadas cadenas, pistones, correas y cables bajo el suelo y sobre sus
cabezas, que lo accionaban todo. Las paredes y los pisos se movían, los
ataques eran lanzados por autómatas, sirvientes o armatrostes de prác ca
bajados en cadenas, áreas llenas de humo o las bañaban con agua, luz,
granizo ar cial, ráfagas de arena o ruido desorientador.

Calpurnia estaba exhausta de nuevo, dolorida y con el pelo colgando como


cuerdas, pero era un buen po de agotamiento. Había pasado demasiado
empo desde que se había entrenado en un Laberinto de Klavier, y se dio
cuenta de que esto era lo más relajante que había sen do desde la
primera vez que aterrizó en Hydraphur. La comida con Dvorov, varias horas
más de sueño y una vuelta por el Laberinto, hicieron exactamente el bien
que ella esperaba.

-Tal vez el reporte de jóvenes que enfrentan a su némesis escupe-pintura


podría incluir una revisión de su propia y más loable actuación, mi
Arbitrador Senioris.

La rica voz de Néstor Leandro se deslizó sobre ellos al subir a la plataforma,


la nura del traje de Juez relucía en las lámparas.

-No es mi mayor logro, Arbitrador Leandro.

Tenía en sus manos la copia impresa de la sesión que acababa de terminar


y aún tenía que llegar hasta el punto con las listas de porcentajes de
aciertos y proporciones de obje vos.

-Fui descuidada e impetuosa- dijo Calurnia, -se puede ver en los registros
de los minutos ocho, doce y del diecisiete al vein trés, y he permi do
que mi condición sica, decaiga inexcusablemente durante el viaje hasta
aquí. Pero gracias por sus amables palabras.
-No, en absoluto. ¿Las con guraciones del laberinto de las guarniciones
del Segmentum Ul ma son similares a las nuestras?

-Solo puedo hablar por los sistemas en los que serví- dijo Calpurnia
recogiendo su kit antes de que se dirigieran a la salida, -pero en general,
sí. Se hace más hincapié en la movilidad y en los re ejos: este laberinto
u liza mucho más el juicio y los ejercicios de selección de obje vos, que
los que u lizamos los campos de ro.

-Así de simple.

Habían emergido en un pasillo embaldosado (el pasaje que unía las


abluciones con las entradas principales al Laberinto un nivel más abajo)
todo el complejo de entrenamiento se había excavado profundamente en
la roca, en la mitad del Muro. El aire estaba húmedo por los bloques de
ducha en la parte superior del corredor, y el uniforme de Juez de Leandro
parecía demasiado exuberante y fuera de lugar entre los uniformes de
Arbitradores y Cas gadores.

-Buscando una manera ingeniosamente equilibrada y apropiada sobre las


no cias que tengo para usted, Arbitrador Calpurnia, ya que me
encuentro perdido y debo presentarle los acontecimientos sin rodeos,
antes de llegar a las abluciones y el respeto por la modes a de un
compañero comandante me obligue a re rarme.

Me encanta la forma en que los acontecimientos siempre parecen venir


cuando hago otras cosas pensó Calpurnia.

Bueno, al menos no lo dije en voz alta esta vez.

Lo que dijo en voz alta fue: -Aprecio que haya venido aquí para
informarme en persona.

-De nada. Bueno, para ser breve- se aclaró la garganta.

-El cargamento de aceite de lámpara, vino desde la casa naviera Tell-


Kerligan, un corredor de mercancías menores que está al pie del Camino
de Telepine. Tell-Kerligan se especializa como comerciante en artefactos y
suministros religiosos y la exportación de una remesa de iconos y
encuadernaciones especialmente elaboradas de textos religiosos
des nados a misiones privadas y colegios a lo largo de la frontera del
Segmentum, que habían cons tuido el pretexto o cial del Sanctus para
abandonar la órbita y salir del sistema, haciéndolo pasar por sus
posesiones.

-Los lazos de la casa con el Sanctus, se extendían poco más allá del
suministro de parte de su cargamento, aunque una posición de
intermediación en las compras de obras de arte y las conexiones de
transporte con la Eclesiarquía, formaba parte de las ac vidades del
sindicato de Kerligan en el que la familia Tell, había estado maniobrando
para entrar durante algún empo y traduciéndose en algo de progreso
para ellos.

-¿El Sanctus no operaba bajo una carta Eclesiarcal directa?

-Tales cartas- respondió Leandro, esquivando torpemente un grupo de


apresurados Arbitradores, -dejan un vacío legal entre las casas de
almacenamiento de la iglesia unidas alrededor de la colmena y la carga a
bordo de barcos eclesiarcales propietarios, un vacío legal dentro del cual,
un número de transpor stas especializados y operadores de ascensores
orbitales con estrechos lazos con las cámaras de la Eparquía, actúan
bastante prósperamente.

-Ya veo…

-Un equipo de detec ves se ha unido al grupo de trabajo de


acordonamiento- con nuó, -y han estado haciendo todo po de
solicitudes en materia de lexmecánica y personal sabio y acceso a los
centros de datos en el Muro. El progreso más revelador, sin embargo,
debo informarle, ha sido el de un colega con el que usted está
familiarizado: el Líder Verispex Barck y su equipo, que asumieron la tarea
de examinar las casas de embarque como una extensión del trabajo que
usted le encargó después de lo de la Puerta de Aquila.
-Inicialmente buscaban pruebas de señales de trabajo de mecanizado, de
ese sabotaje que estuvo tan cerca de engullirte, de que se había llevado
a cabo en las instalaciones. Pero el sabotaje que los absorbió no fue el
mecánico, Arbitrador Calpurnia. Fue químico.

Habían llegado a la puerta del Ablutorio. El vapor y las salpicaduras que


salían por la puerta, estropearon el nal de la conclusión de Leandro,
aunque la gente retrocedía a ambos lados de las puertas para darles
espacio a los dos comandantes.

-¿Qué es lo que pretende decir con eso, Arbitrador Leandro?- preguntó


cuándo se dio cuenta de que esperaba que ella lo preguntase.

-Aceite de lámparas. El almacén estaba lleno de aceite para lámparas,


hasta el techo. Aceite para lámparas consagrado y perfumado, para ser
exactos.

-Preparado especí camente para ser quemado en las linternas


ceremoniales usadas durante este período sagrado, pero en mayores
can dades de las que nadie podría esperar usar. Y todos los barriles que
el Verispex ha sido capaz de manejar y probar antes de informarnos,
habían sido contaminados. Veneno, mi Arbitrador. Cuidadosamente
mezclado y colocado deliberadamente. Veneno.
La lista de devoción matutina de la capilla de los
mártires de Delfos en la Catedral del Emperador
Ascendente, Colmena de Bósforo, Hydraphur
Nombre: Ara no Moyant
Ofensas: Impiedad verbal en segundo grado, dos delitos. Blasfemia en el
venial, una ofensa.
Asis ó a la penitencia: Sí. Veri cado por: Var Hemry, Diácono.
Detalles: Dos confesores laicos oyeron al suplicante hacer un sonido de
placer al observar al Cura Hindall tropezar con el dobladillo de su túnica
mientras caminaba en procesión alrededor de la capilla durante una
oración matu na por la Cuarta Devoción Estacional. Fue entonces
presenciado por otros once adoradores hablando de manera impía y
jocosa después de la culminación de la oración, mientras aún estaba
dentro del espacio de la capilla. Al ser regañado por sus impurezas después
de dejar la capilla, se oyó al suplicante responder: -¿Necesita el Santo que
me delates por él, entonces?
Penitencia: El suplicante debía renunciar a tres horas de trabajo para
caminar no más de tres o menos de un paso detrás del Cura Sloek,
abanicándole con un abanico de plumas suministrado por la capilla; dicho
abanico debía tener un mango pun agudo y abrasivo para cas gar la carne
de las manos del suplicante. El salario de dichas tres horas de trabajo se
presentará a las arcas de la catedral.

Nombre: Kaph Tymra


Ofensas: Pequeña Simonía en segundo grado, una infracción; gula impía en
primer grado, una infracción.
Asis ó para la penitencia: Sí. Veri cado por: Akesh Buolon, diácono
asistente.
Detalles: El suplicante se unió a la la para comprar cenizas san cadas
para el ayuno de oración en la víspera de la Bendición Halónica. El
suplicante dejó la la para ir a las letrinas, suplicando indulgencia en la
Fiesta de Regalos del día anterior en la Capilla de los Caminos al pie de la
colmena. (Veri cado por el quirofano de Demi-curate Oztanev). Al regresar,
el suplicante fue escuchado ofreciendo la mitad de su ración de cenizas a
cambio de su an guo lugar en la la.
Penitencia: El suplicante debe purgarse y ayunar durante treinta y seis
horas antes de la asistencia. Suplicante para comprar y quemar ritualmente
una inscripción iluminada de la Oración de Contrición abreviada, las
cenizas de dicha quema serán retenidas por la Capilla para su bendición y
uso ritual. El solicitante comprará una segunda inscripción para exhibirla en
su dormitorio; esto se veri cará mediante una inspección sin previo aviso.
(El diácono Hemry determinará al azar una fecha para esto dentro de los
próximos dos meses)

Nombre: Adro Corio Yelm


Ofensas: Debilidad espiritual culposa en el cuarto grado, una ofensa.
Conducta degradante para la congregación en tercer grado, una ofensa.
Conducta degradante para la congregación en el quinto grado, una ofensa.
Asis ó a la penitencia: Sí. Veri cado por: Akesh Buolon, diácono asistente.
Detalles: El suplicante fue ates guado indicando su disposición a permi r
el acceso indebido a la cola de las cenizas san cadas para el ayuno de
oración en la víspera de la Bendición Halónica a cambio de la mitad de una
ración de dichas cenizas. El suplicante respondió al cas go de los tes gos
con un lenguaje degradante y comenzó una pelea sica contra los intentos
de restringirlo sicamente.
Penitencia: El suplicante debe sufrir tres golpes de un azote No. 6 en cada
juego de nudillos, dando gracias en nombre del Emperador con cada golpe
a la sa sfacción del clérigo que lo administra. Suplicante que realice dos
subidas en la escalera de la Capilla, con los nudillos hacia abajo en lugar de
las palmas habituales, después de lo cual debe pasar no menos de una
hora limpiando la reserva de agelos de la Capilla, trabajo que debe ser
inspeccionado por el coadjutor de turno.

Nombre: Vinter Hool


Ofensas: Blasfemia en el venial, una ofensa. Irreverencia gratuita en cuarto
grado, una ofensa.
Asis ó para la penitencia: Sí. Veri cado por: Chozier Pallom, demi-rector
de la capilla.
Detalles: El suplicante se había unido a una reunión en la calle para
observar el des le de los tres iconos principales del Beato Ushtaf a lo largo
de la carretera de Upper Verdian. Se oyó al Suplicante pasar el viento
cuando el icono del rostro del Beato pasaba por allí; los miembros de la
congregación agrupados a su alrededor y dos clérigos menores de la propia
procesión informaron de ello. El informe posterior fue hecho por la
Hermana Niir de la Rosa Sagrada, que estaba apostada en la parte superior
de una Orden Rhino en la parte trasera del des le sosteniendo un
estandarte del templo y que declaró que el suplicante era audible sobre los
pla llos del des le y el motor Rhino y las pisadas. Nota del mismo informe:
el suplicante se acercó al des le sin avisar, declaró su culpabilidad y pidió la
absolución en el acto.
Penitencia: El suplicante debe ayunar un día y diez horas antes de
presentarse a la penitencia. Suplica que le rapen la cabeza ritualmente
mientras se arrodilla con su hombro izquierdo hacia la Catedral. El
suplicante debe comprar dos medidas estándar de incienso de or de vicio
(la variedad amarilla es con rmada como aceptable por el Cura Steeg) y
proceder alrededor de la Capilla, incluyendo todos los pasillos y claustros
laterales y entre las bancas, recitando las oraciones de contrición
apropiadas del Libro de Horas de ese día, como sea seleccionado por el
diácono de turno. La penitencia procederá hasta que el incienso se haya
consumido.

Nombre: Reave Laesta


Ofensas: Conducta degradante para la congregación en el quinto grado,
una ofensa.
Asis ó para la penitencia: No. Veri cado por: Akesh Buolon. Diácono
asistente.
Detalles: El suplicante estaba esperando en la cola para comprar cenizas
san cadas para el ayuno de oración en la víspera de la Bendición
Halónica. El suplicante a rma haber observado a sus compañeros
preparándose para realizar un acto de pequeña simonía en interferencia
con la conducta ordenada de los asuntos de la congregación. El suplicante
intentó detener sicamente la transacción y se peleó en la cola de la capilla
cuando los otros congregantes rechazaron sus súplicas de detener sus
ac vidades.
Penitencia: Penitencia inicial: El suplicante debe realizar tres humillaciones
completas en la capilla lateral sabinita, seguidas de una hora de limpieza
general en la capilla y la sacris a. Penitencia suspendida tras la revisión del
cura Steeg, dado el celo del suplicante por mantener el orden y la conducta
piadosa en la congregación. El suplicante debe presentarse al predicador
en su casa de escribanos en los próximos tres turnos de oración para
con rmar la buena conducta. La sentencia no será suspendida si se
informa de alguna preocupación. (Punto de acción: El diácono Buolon
con rmará el nombre del predicador y vigilará al solicitante.)

Nombre: Hlenn Feyneck


Ofensas: Conducta degradante para la congregación en el sexto grado, una
ofensa. No informar de pensamientos impíos en tercer grado, una ofensa.
No informar de acciones impías en segundo grado, una infracción.
Incitación a la debilidad espiritual en segundo grado, una infracción.
Incitación a la impiedad en quinto grado, una infracción.
Asis ó a la penitencia: Sí. Veri cado por: Hes on Liu, Diácono Punitor,
Células de anclaje de la Avenida Solar.
Detalles: El suplicante fue observado cerca de la escena de un altercado
sico en la la para comprar cenizas san cadas para el ayuno de oración
en la víspera de la Bendición Halónica. Tres feligreses y un o cial de la
capilla observaron que el suplicante dejó de ocuparse de su trabajo de
barrer los escalones inferiores de la capilla y en su lugar se ocupó de la
pelea. Al ser interrogado por el personal de la capilla, el suplicante admi ó
haber visto el altercado en la la pero omi ó su propio comportamiento en
su relato hasta que dos feligreses de la la pidieron descripciones de sus
acciones.
Penitencia: El suplicante está actualmente retenido en una jaula de
declaración en la Avenida Solar. La contrición ha sido es pulada por el
Diácono-Punitor Liu como dos entregas del Sexto Salmo de Cenizas para
cada ofensa mencionada anteriormente. El suplidor será liberado según el
debido proceso para las jaulas de declaración y traerá una con rmación
escrita de la nalización de la penitencia para ser refrendada por el cura de
turno en la Capilla.
Decimotercer Día del Septista
Cinco días para la misa de san Balronas.
Fiesta de los Rethores. Vispera de la Vigilia.
Día de la Congregación Silenciosa

Hoy es el último día antes de que comience la Vigilia de San Balronas y de


que la normativa Eclesiarcal entre en vigor en toda la colmena Bosporiana
y sus alrededores. Este debería ser un día de contemplación y
fortalecimiento. La fiesta de los Retores comienza una hora después del
amanecer y aunque es permisible usar la fiesta para preparar el ayuno que
se avecina, la conducta de la glotonería es una marca de debilidad
espiritual, que debe ser reportada a un predicador o confesor. Cuando un
banquete particular es declarado como terminado por su anfitrión, el
alimento restante debe ser retirado inmediatamente.
Entre el final de la fiesta y la Congregación del Silencio hay un tiempo para
la oración individual en el hogar, aunque se puede buscar el fortalecimiento
espiritual en la Eclesiarquía si se necesita urgentemente. Es preciso dedicar
tiempo a asegurar que el vestido esté limpio y ordenado, que las linternas se
limpien y se llenen con el aceite perfumado suministrado por el Ministorum.
La vestimenta deberá ser sobria y respetuosa; se permiten las prendas o
uniformes oficiales siempre que sus colores más brillantes se adornen con
un abrigo o un chal. El diálogo debe mantenerse al mínimo mientras se
avanza hacia el Alto Mese y mantenerse hasta que suene la campana. Las
luces deben apagarse en los edificios donde no haya nadie que las apague al
sonar la campana.
Este día es de especial importancia para la Armada Imperial y no se debe
intentar ninguna comunicación, social o de otro tipo, con el personal de la
Armada en este día. Hacerlo o, por ejemplo, invitar a un oficial de la
Armada en otro momento a una reunión que caiga en este día, se tomará
como un desprecio personal.
CAPÍTULO OCHO
VENENO. El pensamiento todavía pesaba en su mente al día siguiente,
durante la plegaria antes del desayuno, que daba comienzo a la Fiesta de
los Retores. El veneno en el aceite de la lámpara.

La plegaria antes del desayuno, fue dispensada por el Prefecto del


Monetariado de Hydraphur, una mujer delgada como un riel, con ojos
nerviosos y saltones.

El servicio se llevó a cabo en la Capilla del Monetariado, una galería lateral


de la Sala Principal de Cuentas, tan estrecha que el pasillo apenas podía
acomodar a una persona a la vez y los bancos no eran más grandes que
sillas. Los inciensos para las ceremonias en Hydraphur eran empalagosos y
demasiado perfumados, y al olerlos, Calpurnia se puso a meditar sobre el
aceite envenenado de nuevo, de modo que siguió perdiendo su paso entre
los extraños y cantarines ritmos de las oraciones imperiales, que, por otra
parte, le eran familiares. Afuera podía escuchar el zumbido de los eruditos
procesando sus algoritmos nancieros, murmurando los números y frases
de ac vación, alimentando cada dato a través de las complejas fórmulas
hipnó camente implantadas en ellos. Como contrapunto a las sagradas
liturgias que se pronunciaban, aquello le pareció bastante impío.

El desayuno en sí, fue más agradable. Comieron en un balcón situado en


una arboleda que rodeaba la torre monárquica cinco pisos más arriba,
encerrado por una brillante pantalla de cristal blindado que conver a la
luz amarilla del día en un extraño y acuoso arco iris.

-Es mejor no mencionar que ayer tuvimos la misma comida- le había


dicho Dvorov.

-No hay nada malo en que nadie sepa que rompimos un poco el
protocolo religioso- le replicó Calpurnia, que sabía lo muy mal men rosa
que era (no estaba segura de eso) pero el tema no había surgido.

Había recordado el orden de la comida, sin embargo, cuando come a


cualquier error obvio, el otro Adeptus, que parecía molesto por su
uniforme de Arbitrador, entonces se decía a Dvorov. No le importaba: le
daba la libertad de pasear por la ventana de cristal y mirar a través de uno
de los claros, a través del bosque inclinado de torres, hasta donde la
catedral se alzaba desde la cima de la colmena

Más allá de la base del edi cio, estaban el santuario y las avenidas
bordeadas de estatuas y los cuarteles de peregrinos del Barrio Sagrado, las
empinadas laderas sudoccidentales del Augustaeum a las que los
conspiradores de sus celdas habían intentado llenar de veneno.

La naturaleza de la conspiración no se había aclarado adecuadamente para


Calpurnia hasta que encontró un momento la noche anterior para releer
su dossier en las estaciones religiosas de la sagrada Vigilia.

Y si el Eparca hubiera considerado conveniente enviarme el tutor que me


habían prome do en lugar de un agente e informante, no habría
necesitado armarlo por mi cuenta pensó con amargura.
Le había parecido extraño que can dades tan extravagantes de
combus ble para un po de linterna tan an cuado, hubieran sido objeto
de tanta atención, pero ahora lo entendía. Durante la Vigilia las luces de la
colmena y de la ciudad (en todo el planeta y en todo el enjambre de naves
y estaciones que componían el sistema Hydraphur) se atenuaban o
apagaban, las noches se volvían oscuras para conmemorar la oscuridad
espiritual de la Plaga de la incredulidad.

Los puertos marí mos y los espaciopuertos, los muelles y las bases
militares mantendrían sus luces, y las Patrullas de la ciudad de Arbites y la
Guardia de Adepta Sororitas en el propio Augustaeum iluminarían su
camino por las calles. Pero para la mayoría en el sistema Hydraphur, las
noches de la Vigilia, sólo podían romper su oscuridad con pequeñas velas
o el bajo brillo de los pequeños faroles de latón, quemando el aceite
sagrado hecho sólo para las noches de la Vigilia, aceite que ardía bajo,
caliente y con el amargo olor del incienso de luto.
El transporte había sido sólo el comienzo. Ni siquiera mucho del aceite que
había llevado se había contaminado. Pero el almacén de Tell-Kerligan era
enorme, y casi todo su espacio estaba lleno de grandes tambores de aceite
envenenado. El trono solitario, pero si ese material hubiera sido
distribuido y quemado…

Ese pensamiento la mantuvo tan preocupada que pasó casi media hora en
la cor na de cristal, mirando el recinto de la Catedral y la cresta del Alto
Mese con sus dientes en forma de obelisco, re exionando sobre los
úl mos días y preguntándose de vez en cuando por qué le irritaba tanto
que los distritos del Augustaeum todavía se llamasen cuarteles, aunque
fueran más de cuatro.

Durante los úl mos días se había enfadado por el empo que tendría que
dedicar a la inves gación para asis r al desayuno. Pero cuando terminó de
comer y presentó sus excusas para poder escabullirse, se alegró de ello.
Había hecho por su mente lo que el ejercicio en el laberinto de Klavier
había hecho por su cuerpo: la cas gaba, la sacaba de la inmersión casi
total en la inves gación y le quitaba las telarañas.

Pero el descanso había terminado. Era hora de visitar las celdas de


nuevo

Parte de la carrera de cada joven Arbitrador, incluía el servicio como


Guardia Penal, y Calpurnia había hecho su aportación. Había pasado un
viaje de ida y vuelta desde Drade, de dieciocho meses, en un transporte
que llevaba legionarios condenados, a batallones suicidas reunidos en la
frontera con los Tau.

Y había terminado su recorrido en Don-Croix (como líder de sección) a


bordo de una de las naves piquete de los Arbites, que mantenían la
vigilancia sobre los infernales mundos-prisión del sistema.
Sus elogios y su reputación escrupulosa, le habían valido una estancia de
seis meses en la infame prisión del espacio profundo conocida como la
Jaula Veinte-Veinte, donde los herejes más peligrosos, eran puestos en
cuarentena para ser interrogados o cas gados ritualmente antes de su
ejecución.

Aún así, nunca había visto un sistema como el de Hydraphur. No las


prisiones sicas (dudaba de que hubiera algo en los campos planetarios
algo más diferente a los búnkeres de los mundos internos de Don-Croix,
pensando que la Jaula había sido el punto culminante del arte espacial.
Pero lo que la fascinó fue la Prisión Gris.

El Cálculo Penitencial era un sistema con nombre propio. Hydraphur


mantenía a sus prisioneros en una larga cadena de campos conectados por
toda la super cie del planeta, entre dos gigantescas estaciones espaciales
que sobresalían del Anillo en espacios fuertemente protegidos, y a bordo
de un circuito interminable de transbordadores y naves mensajeras que
los mantenían unidos en migraciones cuidadosamente elaboradas.

Gobernando esa maraña de datos, estaba el Cálculo, un código, un


laberinto, una cuna de codi caciones, de pruebas doble ciego y
aleatoriedades. Por una parte, había claves para un prisionero, para una
celda, o una nave penal. Por otro lado, sentencias y empos y lugares de
transferencia.

Y toda esa maraña, nadando en las profundidades de un mar sin luz de


datos falsos y claves de código siempre cambiantes.

Incluso si el Gran Preboste Mariscal (El Gran Provost Mariscal es el comandante de


losAdeptus Arbites. Miembro permanente de los Altos Señores de Terra, representa la Ley del
Emperador ante el resto de los Altos Señores y es una fuente clave de asesoramiento legal. Sin
embargo, se ocupa principalmente de asuntos polí cos en Terra, dejando la mayoría de las
se hubiera movido desde su palacio
operaciones de los Arbites a sus subordinados, ndT)
en Terra, para exigir el paradero del menor de los prisioneros detenidos en
Hydraphur, habría tenido que esperar meses, hasta que el nombre se
hubiera pasado por el Cálculus y se hubiera sacado un informe codi cado,
para saber si el sujeto era un prisionero en Hydraphur.
Nunca había encontrado nada parecido en su carrera, pero la razón era
obvia: en un sistema como este, una de las mejores maneras de mantener
a los prisioneros a salvo de interferencias, era asegurarse de que ni
siquiera los propios prisioneros pudieran estar completamente seguros de
dónde estaban o a dónde estaban a punto de ser trasladados.

El papel de Maestro de Cálculos, había sido otorgado al Cónsul Arbitrador


Narranze, como un cargo hereditario mil doscientos años antes y desde
entonces, generaciones de la familia Narranze habían ostentado el rango y
el tulo, pasando sus vidas en las cámaras más profundas, en una
mazmorra, en las catacumbas más olvidadas del Muro. Con ellos, estaban
los mejores Registradores que el Adeptus Mechanicus podía entrenar y
tres familias de sabios y lexmecánicos cuyos hijos estaban vinculados al
Cálculus nada más nacer.

Los códigos y fórmulas se habían vuelto tan intrincados con el paso del
empo, que ahora cada generación de sabios comenzaba su
entrenamiento y acondicionamiento mental casi desde el momento en
que podían hablar y contar, y los o ciales que llevaban la comida y los
mensajes a aquella mazmorra, eran también posiciones hereditarias,
juramentadas y vigiladas a su vez.

Esperando el veredicto, estaban los trabajadores y el personal de la casa


de embarque Tell-Kerligan y los supervivientes de la emboscada de los
alborotadores. Aquellos que no terminaron en las horcas, fueron llevados
al laberinto de las penitenciarías. Pero antes de que sus iden dades
desaparecieran en las matrices de la Prisión Gris, de donde se tardaría
meses en extraerlas, Calpurnia quería verlas.

Los Cas gadores e interrogadores ya habían pasado un día y una noche


con ellos, y le habían dicho que habían extraído lo que creían que era un
relato completo, con tanta coacción como cada acusado parecía ser capaz
de soportar sicamente. No era menos de lo que Calpurnia habría
esperado, y a ella, eso no le importaba. Todavía quería verlos por sí misma.

Tal vez todavía fuese el Arbites de la emboscada callejera, pero los quería
en su memoria como un par de ojos que había mirado en lugar de como
un nombre en una pantalla de datos. Aquella idea le dio una sensación de
ligereza, de que las cosas se movían de nuevo en la dirección correcta, y se
sentó y leyó las transcripciones del interrogatorio del día anterior mientras
los Cas gadores preparaban la habitación.

La Torre de los Cazadores tenía un número inde nido de cámaras,


dependiendo del ambiente que los interrogadores pensaran que sería
mejor para su prisionero. Para aquellos que habían sido alguien de
importancia, acostumbrados a la deferencia y al espacio personal, había
pequeños cubículos donde un interrogador podía cernirse sobre ellos,
borrando la luz y tragándose toda la claridad de la habitación disponible.
Para los plebeyos, acostumbrados a las mul tudes y la claustrofobia de la
ciudad, había cámaras del tamaño de salones de baile, donde los al simos
espacios presionarían al prisionero encogido con más fuerza que la mirada
severa de los Arbitradores o las preguntas retumbantes en un emisor de
vox.

Calpurnia no gustaba de llegar a tales extremos. Bastaba una habitación de


tamaño moderado, paredes de piedra lisa y un solo electrolumen brillante,
en una rejilla del techo. Le instalaron un estrado, con un asiento de Juez,
de respaldo alto y un grueso atril de piedra, que le llevaron tres
Cas gadores con hombros de toro para poder levantarlo y colocarlo. Había
una hilera de luces en una serie de vigas y rieles en lo alto, pero solo las
que estaban detrás de ella estaban encendidas.

Calpurnia había asis do a muchos de estos interrogatorios, pero sería la


primera vez que presidía uno. Tuvo empo de sen r unos breves nervios,
que paradójicamente empeoraron por la obediencia silenciosa que
mostraban los corpulentos Cas gadores, antes de poner las dudas bajo un
bloqueo mental y asen r con la cabeza para que entrara el primer
prisionero.

-Galpen Tell-Kerligan. ¡Forajido, condenado a los ojos de los Adeptus


Arbites y sentenciado por nuestra mano!- retumbó el Cas gador Zimny, a
la vez que un hombre delgado con el cuero cabelludo rapado fue llevado al
centro de la habitación y anclado al estrado.
Sus muñecas estaban atadas hacia abajo, pero una maza le golpeó la
espalda cuando intentó sentarse, de modo que se asomó a las luces
mediante una dolorosa postura encorvada. Por la expresión de su cara,
Calpurnia sabía que el cuidadoso retablo que habían montado era
perfecto.

-¡Soy inocente!- aulló con su voz chillona y rota.

-¡Estoy siendo agraviado! ¡Soy un hombre piadoso! ¡Lo juraré! Sólo


tráiganme un Aquila sagrada y lo juraré…

El guardia que estaba detrás de él lo golpeó de nuevo, para que


guardase silencio.

-¿Un hombre piadoso?- apuntó Calpurnia echando un vistazo a los


papeles del atril.

-Ha confesado que presidía una casa de negocios, que se usaba para
almacenar veneno, con el n de infringir los Ritos de la Vigilia y matar a
todos los que la prac caran. Ha atentado contra mi propia vida,
provocando la pérdida de muchas otras vidas. No se equivoque, sólo vine
aquí para ver por mí misma qué clase de asesino blasfemo estábamos
sentenciando.

-¡No!- su tono era agónico.

-¡Mi piedad fue usada en mi contra!

Calpurnia miró a Zimny y le susurró: -¿De qué está hablando ahora?

La transcripción estaba en el papel delante suya, pero quería que Galpen la


oyera, para que intentase limpiar su buen nombre.

-Tomé instrucciones secretas, lo con eso, ¡ya se lo he dicho!- gritó, sin


decepcionarla.

-¡Recibí una carta del Ministorum, de la curia del Eparca! ¡No pude
negarme! ¡Soy un hombre piadoso!
-¿Un clérigo de la o cina del Eparca, quería que envenenara a todos los
asistentes a la vigilia?- preguntó secamente.

-Oh, claro, purgaremos a toda la catedral si usted me lo dice.

-¡No, no! El aceite, no tenía ni idea del aceite, ¡ni siquiera sé qué es este
veneno!

-Se está contradiciendo a sí mismo, creo que hemos terminado- declaró


Calpurnia.

-¡No! ¡Tienen que escucharme! ¡No soy lo que ustedes piensan!- dijo
Galpen rompiendo a llorar.

-Sólo quería restaurar mi familia a los ojos del Emperador. ¡Quería


ganarme de nuevo el favor que teníamos! ¡No hice nada malo, soy
piadoso!

-Tal vez no tanto…- le dijo Calpurnia a Zimny, que por supuesto seguía
inmóvil a su lado.

-Deja que me diga lo que necesita.

Durante diez minutos Galpen Tell-Kerligan explicó su historia.

La familia Tell-Kerligan, se encargaba del transporte desde el Barrio


Sagrado hasta la órbita, cierto, pero hoy en día sólo eran textos y arte
religioso. Hubo un empo, en el que la familia hacía más que eso,
encargándose de todo po de tareas para el viejo Eparca. Habían equipado
a los Predicadores y Misioneros Eclesiás cos, alojado a importantes
peregrinos, eran personas de pres gio.

Todo eso se había perdido gracias a las subastas del Ministorum, una
disputa entre el clero, el colapso de algo llamado la Orden del Taper, en la
que se habían con scado las fortunas de Tell Kerligan. La familia había
caído, no del todo en el olvido, pero lo su cientemente bajo como para
que los Galpen, sin eran nostalgia de los viejos empos cuando miraban
sus historias y reliquias.
-Así que fue su separación de la Eclesiarquía lo que le hizo atrac vo para
este menester- re exionó Calpurnia .

-El Eparca quería que algunos hombres de alto rango del Adeptus
Ministorum pudieran salir del sistema sin conocimiento de la Armada.

-Hay una nave de Penal de la Eclesiarquía en órbita para sacarlos del


sistema, pero los portadores que podrían llevar a estas personas hasta el
Anillo, son todos conocidos y están vigilados.

-Y entonces, ¿quién mejor para hacer eso, que una familia con acceso a
elevadores orbitales, una vieja amistad con el Ministorum, y que están
desesperados por volver a ganarse el favor de la Iglesia?

Galpen palideció ante el modo en que se usaba la información y no dijo


nada más. Algo en el tono de Calpurnia lo había detenido. Hizo un gesto
para que se re rara, esta vez de verdad, no una estratagema para hacerlo
parlotear. Le quitaron las esposas del armazón y las esposas de los tobillos
y se lo llevaron en el preciso momento en que se inclinó. Solamente
transcurrió un momento entre el cierre de la puerta de la pared derecha
detrás de Galpen y la puerta de la izquierda que se abrió para el siguiente
prisionero.

-Hlinden Fochs. ¡Forajida, condenada a los ojos de los Adeptus Arbites y


sentenciado por nuestra mano!

Hlinden Fochs era una mujer gorda, cuyos ojos profundos, brillaban en las
luces. Permaneció en silencio mientras la traían y la encadenaban. Fochs
tenía dedos gruesos, callosos debido a las cuerdas, y las marcas y electos
de un funcionario menor del gremio en sus mejillas y hombros.

Silencio. Y en sus ojos, ese profundo y lejano brillo.

-¿Hay alguna razón para que me siente aquí a mirar a esta mujer? ¿Quién
es ella, exactamente?- le preguntó Calpurnia a Zimny.

-Uno de los principales conspiradores, señora Arbitradora Senioris- le


dijo.
-Fochs era la encargada de trasladar el aceite envenenado a la casa de
embarque.

Un Arbitrador Junior, dispuso los papeles en el atril para llevar las


transcripciones del interrogatorio de Fochs a su superior. La expresión del
rostro de la otra mujer no había cambiado.

-Lo interesante de todo esto, Arbitrador Zimny, es que esta marginada


criminal, fue efec vamente liberada por un atentado contra mi vida,
aunque no lo hizo ella misma.

¿Fue un c en la cara de Fochs? Calpurnia se inclinó hacia adelante y puso


sus codos sobre sus rodillas, mirando jamente a esos ojos sombríos.

-El aceite envenenado no estaba dirigido a mí. Cualquiera que fuera lo


su cientemente astuto para preparar el veneno y la bomba no iba a usar
una técnica tan descuidada de ataque y fracaso como la de la plataforma
de explosión. Mi muerte habría sido una causa adicional de regocijo,
estoy segura, pero no… ese no era el obje vo. Por un empo pensé que
se trataba principalmente de arruinar el trá co en la Vía de Telepine,
causando la mayor interrupción posible durante un momento delicado,
pero tampoco era eso.

Fochs no se puso a su altura. No quería regodearse y no quería hacer un


drama.

-El obje vo eran las bodegas de almacenamiento excavadas en los


cimientos de la Catedral, en el borde del Barrio de los Artesanos, ¿no es
así, Fochs?- le preguntó Calpurnia.

-Allí se dirigían esos cargamentos de petróleo, a los almacenes de la


catedral para ser entregados a los que asistan a los servicios de
iluminación. Para cuando el úl mo carro se dirigió a la Puerta de Aquila,
las reservas estaban llenas, y las puertas debían ser abiertas al primero
de los eles al amanecer siguiente. Había que añadir un úl mo envío
para asegurarse de que las existencias eran adecuadas. No sé todavía si
ese envío era autén co o si tú, Fochs, lo manipulaste para tu sabotaje. Lo
sabré pronto.

La cara de Fochs era una máscara, inmóvil.

-El viaje al Aurum Sanctus fue espectacularmente mal plani cado.


Supuso su ciente confusión y secreto en las casas de embarque de Tell-
Kerligan como para envenenar casi cada gota de aceite de lámpara.
También conoceré los detalles de cómo lo hizo. Salió muy bien. ¿No es
una lás ma que el temple de su gente se haya roto? Romper la ley
Imperial es romper la fe con el Emperador, Fochs, y ambos son signos de
degeneración. Una mente que puede hacerlo es por de nición
defectuosa, creando invariablemente un pensamiento y un
comportamiento defectuosos, que son síntomas de la inferioridad
esencial de un ser humano, de que puede ponerse en contra de su
Emperador. Los criminales se equivocan. Y cuando se equivocan, los
atrapamos. ¿No es esa la verdad, Cas gador Principal Zimny?

-¡Loado sea el Emperador! ¡La palabra del Emperador es la Ley, y los


Arbitradores son la voz por la que se expresa esa palabra!- anunció
Zimny, cuya voz reverberó por la cámara.

A Fochs no se le movió un músculo.

-Esto, supongo, es lo que ene que saber antes de salir de esta cámara:
Eligió hombres débiles e inapropiados para tripular la nave. Vieron a mis
apestosos Arbites en la Puerta del Aquila. No sabían del decreto general
de control, y no estaban preparados para un puesto de control de
Arbites. Entraron en pánico. Se suponía que esa bomba iba a explotar en
los almacenes de la Catedral, para incinerar sus reservas de petróleo,
¿no? Se suponía que los destrozaría y haría que pareciera un accidente,
para que los procuradores de la catedral estuvieran demasiado frené cos
para comprobar los envíos de repuesto que los Tell-Kerligan tenían a
mano y repar eran aceite envenenado a cientos, miles de eles. Y Tell-
Kerligan habría sido la parte culpable y habría humillado aún más al
Ministorum por su amistosa asociación. Tendrían que proteger el secreto
de los pasajeros del Aurum Sanctus, o al menos intentarlo. ¿Sabe que
uno de los tripulantes del carruaje, el primero que asaltamos, era tan
ignorante que incluso pensó que el Sanctus era lo que buscábamos?
Debió haber oído algo en los almacenes mientras se ocupaba de su
sórdido asunto.

En algún lugar de la torre, alguien se lamentaba. El lejano y anémico


sonido bajaba por los conductos de aire y a través de las rejillas de
ven lación en lo alto de una pared. Nadie en la cámara lo reconoció.

-Pensé que estaba inves gando un magní co y su l atentado contra mi


vida, sólo para descubrir que lo que realmente causó la explosión en la
Puerta esa noche, fue sólo un par de debiluchos criminales que se
asustaron, volaron su carga y corrieron hacia la vista de una línea de
Arbitradores. ¿Está tan decepcionada como yo? ¿Acaso esperaba que
todos aguantaran un poco más antes de que su naturaleza defectuosa y
criminal los descubriera?

No hubo respuesta.

Calpurnia se preguntaba si Fochs había sido dañada de alguna manera en


las celdas.

Frunció el ceño mirando las heridas de la cabeza durante los


interrogatorios, las cuales podían afectar la abilidad de los tes monios.

-La otra cosa que será ú l saber, Fochs, es que encontraremos el resto de
ese pequeño círculo del que formabas parte en los barrios bajos. Eso…
¿cómo se llamaba?

Echó un vistazo a los papeles del atril.

-La Sociedad del Quincuagésimo Octavo Pasaje. Cuando hayamos


terminado, los interrogadores de la Eclesiarquía se pondrán a trabajar. El
Adeptus Ministorum ene poca paciencia con los ataques a sus
ceremonias sagradas, y cuando pidieron compar r la jurisdicción sobre
este asunto con los Adeptus Arbites no nos importó decir que no.
Tratamos con ustedes como la ley demanda que tratemos con criminales,
pero ellos tratarán con ustedes como la fe demanda que traten con
herejes. Esta sociedad suya ene los días contados en el mejor de los
casos.

Miró con indiferencia a los documentos e inclinó la cabeza.

-Eso es todo.

Y fue entonces, cuando Fochs habló, emi endo un graznido polvoriento y


una tos, que tardó un momento en ser reconocible como una voz.

-La adoración al Emperador es una bendición, la Iglesia del Emperador es


una maldición. El Emperador está en todas las cosas, Su verdad hace que
ningún humano sufra, sino solamente, gracias a los Bienaventurados, y la
Sociedad del Quincuagésimo Octavo Pasaje, verá cómo la podrida
falsedad de la iglesia se derrumba de tal manera que…

Cuando el poder de la maza encontró sus riñones, Fochs apretó la


mandíbula y convulsionó en silencio mientras los Cas gadores la
arrastraban.

-Vivía literalmente a la sombra de una gran catedral y toda la inspiración


que ofrece, y miren cómo se envenenó a sí misma- le comentó Calpurnia
a Zimny.

-¿Necesita un momento para calmarse, Arbitrador Senioris?- preguntó él,


subiendo hasta el asiento.

Pero ella sacudió la cabeza y le hizo señas para que se fuera.

-Cullos Sclay. ¡Forajido, condenado a los ojos de los Adeptus Arbites y


sentenciado por nuestra mano!

Otro arrogante, pensó Calpurnia esobre el prisionero, torpe, de ojos


pálidos y mejillas caídas, fue arrastrado y encadenado. Sus ojos se posaron
sobre Calpurnia, se jaron en su rostro y se quedaron allí, aunque su
expresión se perdería en las sombras desde donde él estaba.

-Que las luces me iluminen- le murmuró a Zimny y dos lámparas más se


encendieron.
Calpurnia luchó por no parpadear mientras la bañaban en la luz
proveniente del frente, y cuando se ajustó a la iluminación vio que la
expresión insolente de Sclay no había cambiado en lo más mínimo.
Levantó la mano y tocó las líneas de la cicatriz sobre su ojo.

-¿Me recuerdas?

No respondió.

-Yo soy el Arbitrador por el que fuiste enviado a matar. La mujer Arbites
con la cara llena de cicatrices que te mandaron a matar. Tú y tus
compañeros criminales matasteis a la mujer equivocada, y eso os dio
miedo. Lo vi en vuestras caras cuando os vi entrar en las celdas.

-Parte de mí teme al dolor y teme por mi vida. Parte de cada hombre lo


hace. Pero yo no temo por mi alma.

Sus ojos se quedaron mirando tranquilamente a Calpurnia.

-Su historial es bueno. Era un prac cante de química laica, un mezclador


de pinturas. Eso era lo que hacías en el equipo de trabajo, ¿no? Estabas
allí para ayudar a los pintores en un mural de…- miró al atril.

-El mural de los már res de Tesla- le dijo Sclay.

-Eran un grupo de valientes hombres y mujeres de la Armada Imperial,


que no doblarían la rodilla ante el Apóstata. Los reclamaré como mis
protectores cuando me presente ante los jueces de la Eclesiarquía- le
espetó Sclay.

-¿Protectores? Ciertamente eres un po diferente a las otras miserables


cosas que acabo de ver. Me parece, Sclay, que estás des nado al Calculus
y eventualmente a un pa o de ejecuciones, pero también hay un tratado
permanente con la Armada para suministrar convictos para sus equipos
de trabajo. Usar tus habilidades para preparar la ciudad para un ritual
sagrado es mi idea de trabajo noble. Pero el Imperio aún podría obtener
algún servicio ú l de antes de tu muerte.
-Si no logro nada más antes de ir a la tumba, ya habré logrado bastante.
Me preparé para luchar contra usted. Habría luchado contra usted.

Fochs había sido di cil de descifrar, no traicionando nada a pesar de las


mofas de Calpurnia a su competencia. Tell-Kerligan había sido fácil,
convencido de su inocencia y protestando frené camente cuando ella
asumió en voz alta su criminalidad. Sin embargo, no se esperaba esto.

-Muy bien- dijo Calpurnia.

-Tu no estabas en el pór co. Te acorralaron a una calle de distancia, ¿no?


No fuiste parte de los asesinatos.

-No puedes decir lo mismo, mujer.

Hubo jadeos de asombro a su alrededor por las palabras y los guardias le


clavaron sus mazos en la espalda. Se estrelló contra sus grilletes, gimiendo,
pero Calpurnia alejó a los Cas gadores. Todos se sentaron en silencio
mientras Sclay se estremecía en el suelo y sufría espasmos hasta que
consiguió abrió los ojos y respiró con regularidad. Sus ojos se abrieron
camino hasta los de ella otra vez.

-Nada de esto salió en tu interrogatorio inicial, Sclay. ¿Estabas


guardándolo para cuando me conocieras cara a cara?

Asin ó con la cabeza, débilmente.

-Bien… Escucharé sus acusaciones- con nuó Calpurnia.

Jadeó de nuevo, y una vez más hizo un gesto de silencio.

-Y todos ustedes pueden escuchar. Recuerden, “El permanecer sobre los


principios de la Ley es nuestro gran deber...” Zimny, termina la cita.

-“Y presumir de estar por encima de ella es nuestra peor herejía"-


respondió Zimny.

-¡Pero Arbitrador Senioris, no podemos permi r que éste la acuse con


sus palabras!
-Ya me habéis oído- le dijo fríamente Calpurnia.

-Y tú y todos los Arbitradores de esta sala, pueden aprender ahora que


somos leales y humildes ante la Ley, y que no nos escondemos
arrogantemente de las acusaciones- declaró de manera seca Calpurnia.

-¿Y bien, Sclay? Tienes la oportunidad de acusar a un Arbitrador Senioris


ante una sala llena de Arbites. Esto no es algo común, señor, así que le
aconsejo que haga lo mejor que pueda.

El silencio expectante entre los otros Arbitradores era casi palpable. En


algún lugar del otro extremo de ese laberinto de conductos de aire, ese
prisionero anónimo se lamentaba de nuevo.

-Por su culpa, dos hombres inocentes han muerto.

-No me arrepiento de los hechos- dijo Calpurnia.

-Para ser justos, nuestra ley debe ser cruel. Ningún arbitrador se
retractará de lo que es necesario para el cumplimiento de la ley. Cuando
me presente ante el Emperador, las almas que he enviado estarán allí y
las enfrentaré con la conciencia tranquila. Entonces, ¿esos hombres
murieron en la Puerta del Aquila?

Por primera vez los ojos de Sclay parpadearon con la duda.

-¿Dónde los Arbitradores quemaron a la gente que tenía conocimiento


de vuestros crímenes?

-El lugar- lo corrigió Calpurnia, -donde sirvientes inocentes del


Emperador, pagaron un precio criminal de una manada de blasfemos
asesinos llamada la Sociedad del Quincuagésimo Octavo Pasaje.

-No- dijo Sclay.

-No murieron allí. Fueron asesinados en sus camas, en nuestro


acuartelamiento en la plaza, bajo el Obelisco de Bialtes. Ya sabe cuál,
Arbitrador.
-No, Sclay, en realidad no... ¿Zimny?

Después de un momento de cuchicheo con un subordinado, se volvió


hacia ella.

-Una plaza en las afueras de la colmena propiamente dicha, señora,


bajando la pendiente de la Puerta Kathisma. Hay muchos barracones
temporales allí para las cuadrillas de acondicionamiento, que trabajaron
toda la noche. Todos han sido destruidos desde los ataques.

-Y de este modo esconde la evidencia de su crimen, tratando de ocultarlo


asesinando a los hombres y mujeres con los que Robika y Janand
trabajaban- espetó Sclay despec vamente.

-¿Lo hice? Me atacasteis, y además, con una emboscada múl ple


moderadamente so s cada y bien armada para ello. ¿Eso fue un intento
de asesinato por mi parte contra ?

Parte de furia, estaba volviendo a la voz de Sclay.

-Sabíamos que estarías viajando a través de la ciudad y decidimos


vengarnos de . Aquellos que vinieron a nosotros, eran los que habían
perdido a sus seres queridos por vuestros asesinatos, nos dieron armas.
Nos dijeron que había gente tratando de arruinar la sagrada Vigilia de
Balronas, con asesinatos y sabotajes y que nosotros mismos podríamos
ser obje vos, además de que una Arbitradora de otro mundo, que vino
aquí llena de desprecio por nuestros métodos, estaba detrás de ellos. Y
por supuesto, a las pocas horas de recibir la no cia, Robika y Janand,
nuestro capataz y nuestro pagador, fueron asesinados.

-¿Cómo?

-Quemados… Hombres buenos, abrasados como sabandijas, aunque


eran inocentes y eles. Una bomba de combus ble en la cabaña del
campamento donde dormían. Luego otros vinieron con armas y dijeron
que sabían cuándo la mujer que había causado todo esto pasaría a
distancia de ataque, y tomamos nuestros camiones de carretera y
salimos para detenerlos y hacérselo pagar.

-¿Quién te dijo todo esto, exactamente? ¿Y cómo te convencieron para


que tomaras las armas contra un o cial de la Ley que estás obligado a
obedecer?- quiso saber Calpurnia.

-Un Adepto que esconde el pecado detrás de un sello imperial no es un


Adepto. Recuerdo mis enseñanzas. ¿No declaró el propio poderoso
Dolan? Robaré del plato de la decadencia para alimentar la boca de los
impotentes.

-Ese era Thor, no Dolan- lo corrigió Calpurnia.

-Y ya que estás a punto de volver a tu celda, te sugiero que pienses en


asuntos tales como la mezquindad de tu fe y la disposición con que la has
retorcido. La explosión en la Puerta fue un sabotaje, y tu ataque a mí, fue
después del ataque de un brujo asesino mutante hace unos días. Refuto
y rechazo tus acusaciones, Sclay. De haber informado de lo que te pasó,
podrías haberle hecho un servicio al Imperio. Al aceptar medias
verdades, has causado más muertes, que las que buscabas vengar y
falseaste lo que creías que estabas protegiendo. Tú eres el criminal, Sclay,
y morirás por ello.

Sus ojos seguían sobre ella, incluso por encima de su hombro mientras se
alejaba, pero ella no podía leer la expresión en ellos. Tal vez pensaría en
sus palabras y se arrepen ría, o tal vez no. Ella decidió que ya no era su
problema.

Salas de audiencia y Rhinos. Para Calpurnia, todo Hydraphur se de nía


por las salas de audiencia y los Rhinos.

Ella se encontraba ahora en la segunda antecámara más allá de las puertas


de la catedral. En su primera visita ella y Leandro habían pasado por estas
cámaras demasiado rápido para mirar alrededor, pero ahora estaba
tratando de obtener una idea de su forma y disposición. El edi cio
exterior, como ella sabía, era mucho más grande que el gran espacio de la
Catedral. Entre ellos, había un gran panal de cámaras y o cinas, desde
donde se dirigían los asuntos del Eparca y el Ministorum, laberintos de
claustros y habitaciones que llenaban las paredes y se reunían sobre el
techo abovedado de la Catedral, para llenar piso tras piso en la torre
mientras subía al cielo.

Había subido en un convoy, un resonante vehículo de los guardias que ella


y Leandro habían traído en su primera visita; esta vez era un cuadrado
ruidoso de brillantes APC´s negros, Rhinos al frente y en retaguardia y los
ominosos tanques Repressor en los ancos, con lanzallamas en sus cúpulas
listos para barrer cualquier signo de ataque. Calpurnia aún se sentaba en
la cabina y re exionaba sobre todas las formas en que el convoy podría ser
detenido y destruido si alguien estaba lo su cientemente decidido.

Aparentemente, nadie lo había hecho, y ahora los tanques estaban al pie


de la rampa, custodiados por sus tripulaciones y dentro de un semicírculo
de Arbitradores con armadura negra y Sororitas con armadura blanca que
separaban la rampa de las mul tudes del Alto Mese.

Esas mul tudes no eran los nobles aristócratas entre los que ella había
pasado hace cinco días. Ahora, con el fervor religioso de la vigilia, todas las
calles alrededor de la catedral estaban llenas de postulantes envueltos en
arpillera, con el pelo salvaje manchado de ceniza, gritando oraciones y
súplicas. La Catedral actuaba como un imán para los más intensos, y los
escuadrones de Arbites se habían visto obligados a crear un pasillo para los
transportes y luego formar un perímetro detrás de ellos, con los devotos
más allá de ellos aullando de frustración al ser empujados lejos de la
Catedral, los raros consiguiendo lanzarse sobre la parte superior de su
pared de escudos, tratando de tocar la brillante armadura blanca de las
Sororitas para tener suerte, o san dad, o perdón.

Calpurnia le dio la espalda al ruido y miró hacia la pared. Estaba rodeada


de mosaicos que inundaban las paredes con colores deslumbrantes. Los
tronos ceremoniales se colocaban en altos nichos sin camino aparente
para subir o bajar (Calpurnia supuso que había entradas ocultas para que
los curas pudieran estar en sus asientos, ves dos y mirando a quienquiera
que estuviera allí para pedir un favor, sin la indignidad de los escalones o
escaleras).

Los techos de Hydraphur eran abombados, no como las super cies planas
que se construían en los edi cios de los Adeptus en el Ul ma Segmentum.
Eso signi caba que los ar stas tenían que exponer sus obras de diferentes
maneras, con ciertas consecuencias para el tema y la composición.

Ella se había inclinado hacia atrás para poder observar el mosaico que
estaba encima de ella, cuando el convoy de Dvorov se detuvo afuera, y
permanecieron juntos, admirando el friso de la Pasión de Dolan, cuando
Leandro llegó para completar la delegación. Debía de haber espías en la
habitación gente observando, porque en el momento en que los tres
estaban de pie reunidos, las puertas del otro lado de la antecámara se
abrieron y Baragry marchó a través de ellas, con Lord Hallyan Kalfus-
Medell un paso o dos detrás de él. Los cinco se pararon en un pequeño
círculo en el centro de la cámara y hablaron en tonos tan bajos, que hacían
que el gran espacio pareciera conspiratorio, a pesar de la cálida luz de la
tarde que se ltraba por los pozos de luz.

Calpurnia se sin ó extraña, informándoles a todos en lo que parecía un


lugar público, pero tan brevemente como pudo, expuso los hechos: lo que
sabía del plan de Eclesiarquía para hacer un contrabando emisarios hacia
otros centros diocesanos a bordo del Aurum Sanctus.

Hallyan en ese momento, ensanchó sus fosas nasales y miró a su


alrededor, Baragry simplemente la miró sin expresión.

Explicó el papel de Tell-Kerligan en ese contrabando y el desorden que


habían causado las operaciones de Tell-Kerligan, como también la forma
en que este desorden, le había llevado a una célula de saboteadores
heré cos, que se autodenominaban: Sociedad del Quincuagésimo Octavo
Pasaje.
Aprovecharon una oportunidad para instalar una bomba para incinerar el
aceite de la Catedral para que las existencias de reemplazo envenenadas
se pusieran en circulación.

-¿Qué es exactamente este Quincuagésimo octavo Pasaje, de todos


modos?- preguntó Hallyan.

-¿Quién sabe?- le dijo Dvorov.

-Las sociedades secretas en Hydraphur pre eren nombres oscuros.


Probablemente solo signi que algo para los conspiradores. Estoy seguro
de que saldrá a la luz. en el interrogatorio.

O cómo el pánico de la tripulación en la Puerta de Aquila había paralizado


el plan; y cómo todavía había dos puntos en blanco fatales en todo este
patrón.

-Como la conexión con el pistolero que te disparó ese día en el Barrio de


los Adeptus y la conexión con las fuerzas de emboscada que se
movilizaron contra cuando volvías de tu aterrizaje- dijo Baragry
pensa vamente.

-Los esfuerzos para cubrir las pistas en cada caso fueron bastante
so s cados- dijo Calpurnia.

-Al primer asesino se le prac có un trabajo considerable, para hacerlo


imposible de rastrear en caso de captura o muerte. Los equipos de
emboscada recibieron información errónea a través de sus supervisores,
quienes fueron asesinados de tal manera que aparentemente
con rmaban las men ras, mientras se aseguraban de que los equipos no
tuvieran forma de saber quién estaba detrás de ellos. Hay una destreza
allí, que no encaja con las operaciones de la Sociedad del Quincuagésimo
Octavo Pasaje.

-A mí me parece- declaró Hallyan, mirándola, -que la in ltración en la


casa Tell-Kerligan es un trabajo de especialistas.
-Uno fue un intento de sabotaje dirigido a la Eclesiarquía- dijo Dvorov, -y
los otros dos, intentos de asesinato contra un comandante Adeptus
Arbites. Son lo su cientemente diferentes que creemos que están
desconectados.

-Lo con rmaremos, por supuesto, Lord Hallyan- intervino Calpurnia.

-He dado órdenes para que se redoblen los recursos de detec ves y del
Verispex para rastrear a las personas que incitaron estos disturbios.
Pronto sabremos quiénes son.

-Así de simple- coincidió Hallyan después de una pausa, y quedándose


mirando a Calpurnia.

-Sunset no nos está esperando- dijo Baragry, justo cuando comenzaba a


sen rse incómoda.

-En cuanto a la segunda razón de su visita, Arbites. Por aquí.

Cuanto más se introducía en el edi cio, más calmada se sen a Calpurnia


en la Catedral.

De alguna manera se parecía poco a las simples fortalezas de Arbitradores:


las paredes tenían cientos de años de incrustaciones, tallas, murales,
nichos para urnas e iconos de sacerdotes y Sororitas que habían
desaparecido. Pero cuando salieron de la antesala y comenzaron a
moverse a través de los claustros, encontró que el aire formal y lleno de
propósito la hacía sen r como en casa.

Sólo pudo echar un breve vistazo a la Catedral principal, a través de las


grandes puertas dobles que se abrieron después de tres antecámaras más.
Subieron por las puertas para inclinarse ante los altares y presentar sus
respetos antes de empezar a subir por la Catedral, y eso fue su ciente para
asombrarla.

La Catedral era un único y vasto espacio cuyo techo se elevaba por encima
de un entrecruzamiento de vigas amarillas redirigidas hacia abajo a través
de gigantescos pozos de luz re ejados. Dos las de columnas, más gruesas
que un transporte Rhino, eran largas, caminando a lo largo de su longitud,
separando la extensión del piso de baldosas pulidas en tres pasillos, cada
uno lo su cientemente grande para que una división de Arbitradores
marchara a lo largo; anillos concéntricos de escalones se elevaban
alrededor de la base de cada columna como un an teatro vuelto del revés.

Los santos y Primarcas de piedra que cubrían las paredes eran tan altos,
que Calpurnia habría necesitado una agarradera y una cuerda para
ponerse de pie.

En el extremo del espacio, bajo una gran representación del Emperador en


pan de oro, en el muro del fondo, se encontraban los cuatro altares de la
Catedral, levantados tal y como Galimet los había descrito. Cada uno
estaba encima de un zigurat más grande que algunas capillas en las que
había estado: los Altares Dolanita, Sanguinal y Toriano uno al lado del otro,
y el Altar Imperial levantándose sobre ellos por detrás. Sobre cada altar
colgaba un ángel de mármol, suspendido silenciosamente en una columna
gravitacional, con la cabeza inclinada y las manos plegadas en oración.

Se inclinó ante cada uno de ellos y murmuró una vieja bendición del gó co
bajo de Ultramar, luego dio un paso hacia atrás de las puertas y se alejó.
Pasaron horas trabajando en el edi cio, mientras afuera la tarde empezaba
a dar sombra al espeso atardecer de Hydraphur. La visita fue en parte
cortesía, en parte consulta: ni Iglesia ni Arbites podían permi rse correr
riesgos con la seguridad de la Vigilia ahora, y Calpurnia y Dvorov estaban
decididos a asegurarse de que las dos organizaciones trabajaran
perfectamente en conjunto.

Con la asistencia de Baragry y Hallyan, merodeaban nivel tras nivel del


gigantesco edi cio en compañía de una sucesión de guías del Adepta
Sororitas. La Orden de la Rosa Sagrada guardaba cada parte de la Catedral,
y en la esquina y al nal de cada pasillo, una Hermana de armadura blanca,
estaba de pie en un nicho de guardia como una estatua, bañada en una
suave luz blanca y con el bólter presente.

Calpurnia y Dvorov fueron escoltados por amplios claustros que resonaban


y a través de laberintos de pequeños pasadizos que debían atravesar en
la india, pasando por grandes muros de vidrios de colores o pequeñas
rendijas de visión en las gruesas murallas. Calpurnia tomó una mini placa
de su cinturón y grabó un nombre tras otro en ella, luchando por grabar
rostros en su memoria para cuando los encontrara de nuevo. De cada uno
de ellos tomó nota de la guarnición y la seguridad establecida para esa
sección de la Catedral, y una lista de requisitos para los Arbites que
complementarían la guarnición para la misa.

Cuando salieron a las terrazas, Calpurnia siguió mirando hacia abajo al


Mese, las líneas de Arbites y Hermanas, así como las mul tudes de
adoradores, se hacían cada vez más pequeñas y borrosas a medida que
subían por la torre de la catedral, saliendo a las laderas iluminadas de la
Colmena Bosporiana que caía debajo de ellos, en el crepúsculo de color
naranja-negro cada vez más intenso.

Las hermanas de las terrazas, hacían guardia en cilindros de vidrio


blindado sobre grandes re ectores que proyectaban columnas de
resplandor blanco azulado, haciéndolas brillar como estrellas en la
oscuridad creciente. Los banderines blancos y escarlata en los puños de
sus estandartes ceremoniales revoloteaban y se agitaban con la brisa del
atardecer.

Finalmente, después de subir más pisos de los que Calpurnia podía seguir,
siguieron un estrecho corredor en zigzag hasta un balcón con una sola
escalera encadenada. Aquí arriba el viento era frío y la altura ver ginosa:
Calpurnia le dio la espalda a la caída con una mueca. No había crecido
alrededor de las alturas, había pocos edi cios altos en lax.

Su acompañante de las Sororitas, la Hermana Ius na, estaba repar endo


pequeños lazos de metal con sus murmullos de bendición. Calpurnia miró
jamente a la suya, y a los intrincados globitos de los extremos, hasta que
vio a los demás enrollando los suyos alrededor de sus cabezas y los imitó.
Hubo un breve y perturbador momento en que las cuentas se retorcieron
y se ajustaron a sus oídos; los sonidos que la rodeaban se hicieron más
tenues pero no menos dis n vos.
-Un objeto de Tecnología Arcana, proporcionado por nuestros
compañeros del Adeptus Mechanicus- le dijo Leandro mientras la
hermana Ius na desencadenaba la escalera y les hacía señas para que la
siguieran.

-Ciertos sonidos son ltrados y otros permi dos. Verás por qué en un
momento.

Y con eso emergieron de la escalera a la plataforma más alta de la torre de


la catedral.

Se pararon en una gran galería, de doscientos metros de largo y alineados


con gigantescos arcos abiertos que enmarcaban la ardiente puesta de sol
de Hydraphur. Desde aquí Calpurnia podía ver incluso la cima del palacio
del Monócrata, y el polvo de luces que se extendía por la llanura más allá
de él. Detrás de ella, cuando se volvió, estaban las silenciosas las de las
montañas, que se extendían en una cuña y desaparecían a medida que la
noche se deslizaba sobre ellas. La altura había dejado de molestarle de
repente; se sen a casi ingrávida.

-Mis Arbites- la voz de Hallyan Kalfus-Medell la llevó de vuelta a la erra y


ella se volvió hacia él. Era una forma negra contra un cielo de fuego en el
arco occidental. Su guardia-servidor debía estar aguardando por él aquí, y
eso hizo que una monstruosa mancha se asomara a su lado.

-Nuestro horario fue perfecto, y su presencia aquí, mi Arbitradora


Calpurnia, es un honor y una delicia. Esto es algo que esperaba
mostrarle, la clase de introducción a la magni cencia de mi mundo natal
que sen que usted merecía. Es un placer estar en su presencia aquí.

Su voz era más suave de lo que ella había oído antes, y tomó el codo de
Calpurnia para llevarla al arco detrás de ellos, ella se puso rígida ante la
familiaridad, pero vio a Dvorov dar una rápida sacudida de la cabeza en la
esquina de su visión. Se dejó llevar hasta el extremo oriental de la galería y
el arco que daba al fondo sobre los Mese; no había gradas en este lado de
la aguja y la caída al suelo era casi ver cal.
Se estaba haciendo de noche y la plaza, brillantemente iluminada, era una
distante nube de color. Calpurnia se dio cuenta de que era algo más que
las mul tudes que habían estado alrededor de la puerta a su llegada. Toda
la Mese estaba abarrotada hombro con hombro. Parecía como si la mitad
de la población del Augustaeum se hubiera inundado mientras recorrían la
Catedral.

Sin ó otro toque en su brazo, pero esta vez no era Hallyan. La hermana
Ius na comprobó que sus orejeras estaban seguras y se alejó. Consultó un
reloj en el reverso de su guante e hizo un gesto y Calpurnia, viendo a los
demás abrir la boca, le siguió. Hallyan dijo otra breve explicación a su
sirviente en ese canto de código parlanchín y luego frunció sus labios
abiertos como si estuviera soplando un anillo de humo.

Las esferas eliminaban la mayor parte del sonido y por eso Calpurnia sin ó
el golpe de la campana principalmente como un choque sico. Era como
un saco de boxeo pesado que se balanceaba y la golpeaba desde todos los
ángulos a la vez, haciendo vibrar su diafragma como si acabara de toser y
haciendo vibrar su armadura de caparazón sobre su cuerpo. Hicieron falta
todos sus re ejos para no tropezar al dar un paso y todo su autocontrol
para no dar vueltas y gritar una vez que vio que el resto de la par da no se
había alarmado.

Y debajo de ella, las luces de la colmena se apagaron.

Por un momento la única iluminación fue la tenue y tenue luz de los


complejos habitacionales en la llanura, y luego la luz comenzó a arrastrarse
hacia la jungla de torres y campanarios en las laderas debajo de ellos.
Suaves y modestas avenidas comenzaron a brillar desde el palacio y los
muros de la Catedral, las Sororitas se iluminaron con sus focos como si el
lado de la Catedral hubiera sido ensartado con diamantes.

Un momento después, las linternas de los ciudadanos comenzaron a


encenderse en la plaza. Al principio sólo un chorrito, puntos aquí y allá,
pero la luz creció hasta que la plaza brilló como una alfombra de
luciérnagas, luego como un río que se desborda cuando se encendieron
más faroles en las oscuras calles del Kathisma y más en cada calle y
callejón de la colmena. En el silencio mientras el único sonido de la
campana se ex nguía, la brillante red era mágica, hipnó ca.

-¿Ves, Arbitradora Calpurnia, por qué estoy tan preocupado por ? Mira
esta colmena, mira las mul tudes debajo de nosotros. ¡Imagina cómo
será cuando las campanas suenen al comienzo de la esta de la
Sanguinala! Imagina cómo será, la mul tud echando los mantos de luto
sobre sus ropas fes vas escarlatas, las banderas rojas desplegándose
desde todos los campanarios y torres, pétalos carmesí llenando el aire- le
dijo casi susurrando.

-Esta masa será una cosa hermosa, mi arbitradora. He trabajado tan


duro, tanto empo para hacer de este empo sagrado uno que será
recordado y relatado a lo largo de los años. Quienquiera que te haga
daño, o a cualquiera de los grandes Adeptus o a mí, o incluso al más bajo
sirviente de la masa, profanaría lo que el Eparca de Hydraphur me honró
con la tarea de hacer. Quiero que en endas eso.

-Creo, mi Señor Kalfus-Medell, la verdad es que sí lo hago.

Se pararon y observaron las luces en silencio durante un empo.


Evidencia de su toque en las reuniones de fundación de Hydraphur
¿Presencia en los si os de Hydraphur? Movimientos

No hay pruebas de que haya puesto un pie en el propio Hydraphur. Las


a rmaciones contrarias en Halum y Klah parecen estar basadas en
especulaciones de los registros de las primeras construcciones de fuertes
orbitales. Largas brechas, mucha proyección. La conclusión puede estar
abierta... Registros de ni vos de sus aterrizajes y movimientos en Lembu y
Tordisch, no son equivalentes para H.

Las referencias con los documentos existentes deben ser revisadas para el
geog. Referencias - ¿Edicto de Gálata? ¿Otras estaciones? Con rmado.
Tampoco hay referencias tangenciales. Las cartas comerciales de Phrax,
Lhunbond y Kersto -Sceis ilustran la gran can dad de ac vidad a nivel de
los cimientos del sistema durante al menos medio año, sideral.

Reprod. Los manuscritos del Ministorum en el [Link]'n muestran


a rmaciones de la fundación de la catedral al mismo empo que la
sucesión planetaria/fundación de la administración.

¡Interrogue con IT! La única reclamación es con los documentos del


Ministorum; no hay corroboración en otros edictos de ese período, no hay
referencias. Las cuentas de material realmente chocan, 2 referencias al
si o de la catedral como 'sede de control de complacencia'; referencias en
MS K15-LL a la coordinación en la 'dirección de plani cación de
arqueología'.

(Chequeo de terminología en "Arcología".) <--- Lo tengo, término


temprano-imperial para colmena.

¿Necesitas veri car que la presencia del Ministorum data de M31?


¿Después? Las fechas de fundación de los edi cios religiosos exteriores
parecen coincidir con algún período de hos lidad - la construcción del
templo coincide con el mes con los registros de la for cación sonstruc on
y la reparación del edi cio por los daños de la batalla. Veri ca con los
archivos de Munitorum cuando/si están disponibles en G.

Comprueba las fechas rmes de la fundación y compruébalo con los


archivos posteriores.

Nuevo ángulo: veri cación de registros posteriores. Las fechas son mucho
más rmes una vez que las divisiones reales se formalizan. Sucesión del
administrador y del gobernador. El término actual Arbites pospone eso
considerablemente... ¿brazo de la administración?

Estandarizada en múl ples lugares, la correspondencia de los jueces


fundadores lo con rma. Impuesta desde fuera como un sistema.

Discurso de W y M., referencias al mantenimiento del orden y la


refundación (?) de las ins tuciones imperiales. El contexto de los
fragmentos indica que esto estaba fuera de Hyd. ¿Era la época de la
Cruzada? ¿Después?

Los registros de la Cruzada con rman que el Hyd. entró en conformidad


voluntariamente; ya tenía as lleros y trá co con los sistemas cercanos; las
a rmaciones de lealtad de Hydraphur copiadas por otros sistemas.
Ninguna acción militar registrada en las fundaciones Imperiales en el Hyd,
al menos lo que queda registrado. Se convir ó en el centro militar para las
guerras de cumplimiento más allá; por lo tanto, el núcleo de envío, Rogue
Trader garan za.

Los documentos parecen separarse con los registros de violencia justo


después de la fundación y mucho más tarde. La con nuidad de los registros
desapareció, varios son intraducibles. Un largo período de guerra en Hyd.
¿Fronteras con huecos en medio de los registros, o dos con ictos? Habla
con el Mst Arc.

Solicitudes de datos internos: formulario #101-1015 ARRQ. Cer cado de


solicitud de datos cruzados #EXTD-16-16; consulta personal con el Pretor en
el Muro.
Registros de ni vos de la organización formal de Arbites por segundo
con icto, estructuras desar culadas con acciones tempranas. Algunos
juicios separa stas... atribuidos. ¿Administratum?

Incidente Haekulum. Los registros de la corte que sobrevivieron son cuentas


de tercera mano; sólo con rmaron la fecha cien años después del hecho.
Las referencias a los Jueces Imperiales pueden haber sido insertadas aquí;
el es lo de redacción parece cambiar en estos párrafos. ¿Otros documentos
del período equivalente se re eren a los tribunales del Administratum, con
personal militante y poderes...?

Necesidad de solicitar la Seg. Solar; parte de la correspondencia de W


sugiere que esto es una prác ca importada de Segmentum Solar.

El nuevo archivo de la correspondencia de W con información sobre las


fechas, será…

Se ha planeado una ceremonia de dedicación para la estación de gravedad


en el Anillo. ¿Referencias a la fundación y construcción, algún po de
dirección imperial universal? MS se re ere a transiciones/días tempranos
pero Arbites cursi & Administratum/Munitorum bureaux ya de nidos para
esa fecha, con rmados en 2ª y 4ª colecciones. ¿Qué?

Conjetura: ¿La organización imperial establecida en línea por Él pero sólo a


medias cuando se prueba por la guerra prolongada, al menos una, dos,
generaciones aparte? La presión de supervivencia inmediata, el diseño y el
trabajo de las organizaciones no pueden con nuar con el plan más amplio,
las amenazas y las exigencias del día a día.

Nombramiento: n de la semana 1745, en la cámara del subarchivista. 1


día para cotejar, redactar y preparar 1 día, 1 hora verbal y estar preparado
para las preguntas.

Solicitud de trabajo: 6 horas en 18 telares de datos y los servicios de un


sabio a anzado.

Compruébalo con los horarios.


¡Emocionante!

El texto anterior formaba el cuerpo de un manuscrito escrito a mano y sin


rmar que se encontró en las pilas de los cubículos en las instalaciones de
Trylan Tor en el Archipiélago Largo de Hydraphur, al parecer las notas de
alguien que estudia los registros más an guos disponibles en los archivos
de Tor. El autor es desconocido. Después de ser encontrado y reportado el
manuscrito fue con scado por el personal de los archivos y se cree que ha
sido secuestrado para el cotejo de datos y el trabajo de Verispex.
Decimocuarto Día del Septista
Cuatro días para la misa de san Balronas.
Primer día de la Vigilia de San Barlonas.
Conmemoración de Cirza la Semi-Santa (Adepta Sororitas).

A partir de este día está prohibido todo viaje en vehículo en el Augustaeum, así
como en la ciudad baja, a menos que sea por negocios de Adeptus. Estas leyes
serán aplicadas por Arbites y Sororitas, a quienes se les debe informar de
cualquier violación de estas leyes. El toque de queda religioso, comienza al
anochecer y ningún ciudadano debe estar fuera de sus casas a menos que sea
por asuntos religiosos. Los viajes hacia y desde los servicios religiosos deben ser
parte de una procesión eclesiástica, de la cual habrá docenas por cada santuario
y capilla en constante movimiento durante la noche. La única iluminación
permitida en la casa son las velas del tamaño especificado por la Eclesiarquía, o
la lámpara perfumada que se encendieron para la Congregación del Silencio.
Los propietarios deben admitir a los oficiales de la Eclesiárquia o del Ministorum
que por ley pueden entrar en cualquier casa en cualquier momento durante este
período para vigilar este edicto y pronunciar una bendición sobre la casa si todo
va bien.
CAPÍTULO NUEVE
Ambas elíp cas del sistema Hydraphur, estaban plagadas con
for caciones de la Armada. Desde el propio Anillo, a través de los collares
de fortalezas orbitales que usaba cada mundo en el sistema, las estaciones
libres, navegaban por las mareas gravitacionales cambiantes entre las
elíp cas, así como los pesados grupos de batalla del Escuadrón Hydraphur.

Éstos, rondaban el sistema como panteras en una jaula, pequeñas


estaciones cen nela y los puntos duros otantes escondidos en los
cinturones de asteroides rizados, las nubes de torpedos muertos en las
franjas del sistema. Los bunkers y ciudadelas se extendían por todos los
mundos y cortaban la corteza de cada luna.

Pero la mayor parte de las instalaciones de segunda línea de la Armada, los


planetas feudo que controlaba, sus forjas y construcciones navales, (las
estaciones Navigator y las matrices telepá cas, las cuatro academias
navales gigantes y las lujosas propiedades espaciales de los aristócratas
o ciales) se concentraban en el Gyre Marmarea, la eclíp ca más grande
que se inclina hacia los bordes del Segmentum Obscurus.

A las 09.57 del decimocuarto día de Sep sta, mientras Shira Calpurnia
revisaba los informes de incidentes que intentaban encontrar vínculos con
los atentados contra su vida, un código de autorización fue transmi do
erróneamente al Aven s Sapphire 7, un Transporte Dromon, que
transportaba la mitad de los dignatarios de la Liga de las Naves Negras en
Gyre Marmarea con mo vo de la Vigilia. Cuando los astrópatas y los
registros de la nave intentaron auten car sus respec vas mitades del
código con las patrullas navales sobre el Anillo, se registraron como
correctos para el primer pase y autorizaron al Dromon a acercarse. A la
mitad de su aproximación, las transmisiones de código, a pesar de las
capas de seguridad y los elaborados procedimientos de tolerancia a fallos,
comenzaron a chocar y contradecirse abruptamente y el Carguero se
dirigió con gracia hacia la trayectoria del Highcaster, una barcaza de carga
que se alejaba del Anillo y se dirigía hacia un crucero de la Armada.

Los Dromon, fueron diseñados para funcionar como naves de defensa del
sistema en caso de emergencia, y la nave tenía la agilidad su ciente para
girar y evitar a la barcaza y la resistencia estructural su ciente para no
romperse de inmediato. Con el costado de estribor como una masa de
surcos, expulsando salvajemente oxígeno de sus cubiertas y plasma de sus
unidades, el Dromon, se alejó lentamente en espiral mientras las señales
de alarma, aullaban a través del Anillo y los remolcadores y naves de
emergencia atravesaban las puertas de lanzamiento.

La barcaza tuvo menos suerte, golpeando directamente hacia el Anillo con


la parte posterior destrozada por el impacto. Los rugidos del comandante
de Control de Ar llería para que las baterías de la fortaleza esperaran, le
dieron empo su ciente a un tercio de la tripulación para alcanzar las
cápsulas de salvamento, pero el resto, o tantos como habían sobrevivido a
la colisión, fueron incinerados con la nave cuando los ar lleros del Anillo
decidieron que no había más empo.

Quince minutos después de la agonía nal de Highcaster, los


Transmecánicos y los Astrópatas habían sido re rados de sus cúpulas de
comunicaciones. Veinte minutos después, el Comandante de la Guardia les
gritaba preguntas en sus propias cámaras, en una de las cúpulas de mando
del Anillo. Durante la siguiente media hora esa cúpula fue asediada por la
Armada, directores de la compañía a la que el Highcaster había
pertenecido, furiosos enviados del Adeptus Astropathica exigiendo saber
cómo sus es mados hermanos podrían haber sido some dos a esto, y
representaciones bastante más discretas del palacio del Monócrata.

Dos horas después de la colisión, entraban las autopsias de los sistemas a


prueba de fallas. La buena no cia era que cualquier problema que había
causado la colisión había sido localizado y las cajas de seguridad lo habían
contenido. La desventaja era que estaba empezando a señalar algo más
oscuro. Sabotaje.
Un enviado formal de las o cinas del Maestro de Órbitas, llegó a las tres
horas. Entró en la cúpula de mando casi al mismo empo que dos
miembros de la Adjudicatura Naval, con un equipo de vigilantes de
Seguridad Naval, para hacer su propio informe formal.

Una de las primeras cosas que encontraron, después de exigir ver a los
involucrados, fue que el astrópata que había transmi do por primera vez
las llamadas entre el Aven s Sapphire 7 y el Anillo se había suicidado con
una inyección de insulina que había sacado del forro de su túnica. La
discusión sobre el sabotaje se intensi có.

A las 14.04, poco más de cuatro horas desde que el primer código
incorrecto hubiese llegado a la mente de los astrópatas del Aven s, Shira
Calpurnia se embarcó hacia la fortaleza de los Arbites del Cruce Siete y fue
llevada a bordo del Anillo una vez más. Cuando atravesó la esco lla de
acoplamiento, la paranoia era lo su cientemente espesa como para ser
sacada del aire por un doble puñetazo. Y toda la tripulación de transmisión
y el equipo de astrópatas estaban bajo la custodia de la Armada.

E
-¿ llos están qué?- espetó Calpurnia, luchando contra el impulso de dar
un paso adelante y darle un puñetazo al escritorio.

-Bajo la custodia de la Armada- dijo Hadre Gutamo, Comandante de la


Guardia del vigésimo octavo segmento del Anillo de Hydraphur.

De pie, tras una gran mesa de madera pulida de la pequeña o cina, en el


corazón de sus aposentos, rodeado de ricos tapices y pergaminos de honor
imperiales enmarcados, Gutamo tenía el porte de alguien decidido a
sobrellevar valientemente el dolor y la desgracia: Formal y con la espalda
recta como si de un des le ceremonial se tratase, pero aún así dando la
impresión de acidez, como si su cuerpo se hubiera debilitado y solo
estuviera siendo sostenido por un arnés y cables. Un ojo era verde, el otro
amarillo anaranjado y rodeado de cicatrices (Calpurnia, lo tomó como un
injerto de tejido de algún po) y ambos ojos desparejados mirando hacia
sus manos, dobladas frente a su pecho. Un pequeño temblor de miedo en
su voz y la más leve sacudida de su bigote encerado, contradecían su
aparente compostura.

-Ya veo. Esta es la zona límite interplanetaria: es decir, comparten la


jurisdicción completa del Adeptus y la jurisdicción Naval en el espacio
abierto, ¿no es así?

Por lo que había oído en su camino a la estación, Calpurnia ya había


adivinado que las personas involucradas en la transmisión errónea, fueron
expulsadas de la estación, pero había reprimido su ira hasta que tuvo la
con rmación de su comandante para con nuar. Ahora, que se había
con rmado, su temperamento, comenzaba a chirriar para ser liberada.

-Sí. El Maestro de Órbitas se reporta tanto al Monócrata como al Adeptus


y al Comando Naval del sistema.

-Y tú te reportas al Maestro de Órbitas.

-Sí…

-¿Y se aseguró de él, o te dijo, que esto puede estar relacionado con una
serie de intentos de sabotaje y asesinato en el corazón de la colmena
Bosporiana en Hydraphur, dirigido a la misma Vigilia de San Balronas, y
que tal vez deberías haber permi do el acceso de los Adeptus Arbites a
este personal?

Tragó saliva antes de empezar la explicación.

-La cadena de comunicación que causó el... incidente... el choque, en


realidad, comenzó en una estación naval en el perímetro lejano de la
órbita. La Compuerta Interior de Charisia (bajo el mando del Capitán de
Compuerta Sambin de Jauncey), hizo una pe ción inmediata para que
todos los culpables le fueran entregados para que pudieran enfrentarse a
un consejo de guerra, junto con los miembros de su propia tripulación
bajo el protocolo naval.
Gutamo levantó la vista cuando terminó de hablar y se estremeció.

"Verde como el hielo del glaciar Macragge", fue como uno de los
miembros de Calpurnia describió sus ojos cuando ésta se enfurecía.

Su mirada volvió a sus manos enguantadas. Una de ellas había


desarrollado un ligero c que coincidía con el de su bigote.

-¿Quién se encargará del Consejo de Guerra, comandante Gutamo?- la


voz de Calpurnia era más tranquila, pero la ira aún no había desaparecido.

-Hay una serie de autoridades elegibles bajo los protocolos de la ley


naval- la voz de Gutamo también se había calmado.

-La fuerza exacta de cada demanda en el juicio de este caso, tendrá que
ser sopesada a la luz de los juicios y precedentes per nentes.
Probablemente requeriría alguna consideración por parte de los sabios,
especialistas y los archiveros, ya que la mayoría de los casos se remontan
a la pre-Apostasía…

-Estoy segura de que tal aportación será de gran ayuda- le dijo Calpurnia.

-Le invito, comandante, a colaborar. No dudo que los Arbites, querrán


examinar cuidadosamente el papel de cada miembro de la tripulación
del Anillo en este incidente y ciertamente, espero que nuestra relación
de trabajo aquí comience de la mejor manera posible. Espero que nada
en su propia cooperación tenga el efecto de perjudicar ese examen sobre
sus colegas aquí.

Gutamo registró la amenaza no muy evidente con el aire de un ahogado


que ha sen do que empieza a llover. Dio un largo parpadeo y luego
levantó los ojos lentamente hasta la cara de Calpurnia.

Había mirado a muchos ojos condenados, pero aún así el peso de la


mirada bicolor de Gutamo, casi le hizo retroceder.

-Por lo que he visto en los comunicados de la Compuerta- dijo Gutamo, -


el capitán de Jauncey, se propone presidir él mismo las audiencias y
hacer que todas las sentencias sean inmediatas. Se habló de ejecuciones
sumarias… y puede que ya se hayan llevado a cabo. Eso es todo lo que
puedo revelarle, Arbitradora Senioris Calpurnia, sin ponerme más en
peligro, corriendo el riesgo de la inexac tud. En este momento, mi
familia será mantenida después de que pague la pena por lo que pasó en
mi turno. Si empeoro las cosas para mí, puede que no sea así. Con o en
que lo comprenda.

Ella lo entendió, pero lo descartó por irrelevante.

Repen namente, estaba ansiosa por llegar a la Compuerta Interior de


Carisia, antes de que se ocultara el rastro de los saboteadores, quienquiera
que fueran. Hizo el más breve de los saludos formales de los Arbitradores,
que Gutamo devolvió haciendo el saludo con la mano curva de la Flota del
Pací co, y luego sacudió su cabeza para que Bannon la siguiera.

-¿No vamos a arrestar al comandante?- susurró, mientras se re raban al


mismo empo de la cámara de Gutamo, bajo los ojos del personal de la
cúpula. Ella esperó a responderle hasta que estuvieron a punto de volver a
su nave, caminando ruidosamente a través de pasillos de hierro deslucido
y crudo, cuyas paredes estaban atravesadas por pesadas vigas y
tachonadas con grandes remaches del doble del tamaño del puño de
Calpurnia.

Al llegar a cada nuevo pasillo o escalera, vio pequeños grupos de personal


de la estación romperse con presteza y salir corriendo, sin querer quedarse
a la vista de un Arbitrador Senioris tan pronto, después de un crimen tan
terrible.

-Gutamo no va a ninguna parte. Él en ende su deber y creo que lo


cumplirá. Y estamos tan cerca de Hydraphur que puede ser arrestado si
lo encuentran culpable. ¿Pero no te preocupa la Compuerta interior, que
es como llamáis a ese anillo de fortalezas, justo fuera de la órbita
máxima, no es así, las Compuertas interiores?

-Sí, eso es.


-La Compuerta interior, la cual podría estar implicada, es el núcleo del
escuadrón que le dio a ese Transporte su autorización. ¿Y en pocas horas
el comandante de la estación, ha arrestado a todos los tripulantes
implicados, hasta un punto en el que podrá arrojarlos por una esclusa a
golpes con un fusil apuntando su nuca sin que nadie más pueda
interrogarlos o reba r cualquier informe que él proporcione? ¿Nada de
eso te molesta?

-Tal vez deberíamos cooperar con las autoridades de la Armada en el


juicio, ¿verdad? Tal vez podamos enviarles un embajador...

-Estará bien, si este de Jauncey simplemente se muestra apasionado-


respondió Calpurnia, bajando a zancadas una escalera de ascensor ya en
movimiento, -y totalmente inú l si está haciendo lo que mi desagradable
mente de Arbitrador sospecha que está haciendo.

-¿Qué plan de acción u lizaremos antes de despegar hacia Cruce-Siete?

-Creo que lo dejaré en tus manos, ¿no?

-Uh, um… Dimos instrucciones que… umm… realizaríamos un


interrogatorio inmediato del Comandante de la Guardia, luego
realizaríamos la acción que creyésemos que era necesaria a bordo del
Anillo mientras esperábamos una fuerza de trabajo más completa de
Jueces y sabios judiciales para comenzar a negociar sobre la
superposición de jurisdicciones legales.

La voz de Bannon se hizo más rme al recordar gradualmente lo que había


escrito.

-Correcto. Bueno. Estoy contraponiendo eso a par r de ahora. No…-


agregó, captando su expresión, -no hiciste nada malo, hiciste
exactamente lo que necesitaba que hicieras. Es sólo que 'la acción que
creyésemos necesaria' se ha vuelto un poco más urgente.

-¿Saldremos de esta estación ahora, sin esperar al grupo de trabajo?


-Sé sobre cómo elegir grupos de trabajo. Pasarán horas antes de que
estén listos para levantar, y necesito estar en esta estación ahora. Sólo el
Trono sabe lo que de Jauncey será capaz de obtener si está escondiendo
algo.

-Las cues ones jurisdiccionales...

-En órbita sobre Don-Croix- le dijo Calpurnia fríamente mientras bajaba a


medias una empinada escalera de reja hasta los niveles del muelle, -
realizamos una acción de abordaje completo de un crucero de la Armada,
cuando teníamos razones para creer que había una infestación de xenos
oculta por la tripulación. No intentes decirme que alguna vez ha vivido o
respirado un solo o cial de la Armada que está fuera del alcance de la
Ley. ¿Qué te hicieron recitar en el pa o de armas cada mañana de tu
instrucción, Bannon?

-Determinamos al culpable. Nosotros decidimos el cas go.

-¡Maldita sea que lo hacemos! Y me complace escuchar que hay algunas


cosas que son iguales en toda la galaxia. De todos modos, parece que sin
querer generamos algo de buena voluntad por parte de la Armada
cuando detuvimos el Sanctus, así que tal vez eso ayude cuando
aparezcamos y nos abramos camino a bordo.

Estoy hablando como Dvorov, pensó con tristeza y luego le ladró a Bannon
otra vez.

-Adelántate y ordena a nuestro equipo que prepare el despegue. Haz que


el piloto ponga rumbo a la puerta y ordene a los controladores del Anillo
que nos abran un camino, bajo mi autoridad. Esta es una delegación de
nivel cuatro. ¡Corre!

Él se alejó disparado de ella como escaldado.

Por un momento se quedó sola en la cima del muelle de atraque, y se


detuvo para recuperar el aliento. Se dio cuenta de que ni siquiera sabía
cuánto empo le quedaba para llegar a la puerta de embarque. Tal vez
podría pedir un Dromon propio... pero no. Enviaría una transmisión a la
puerta en cuanto salieran y no se arriesgaría a empantanarse en un
regateo con el comandante en caso de que no hubiera una nave
disponible. Si tan solo el Juicio de Clarion hubiera estado estacionado en el
Anillo, pero el pequeño transporte había sido llamado desde la
intercepción del Aurum Sanctus para una operación de contención en el
borde del Aurucon Gyre, y no volvería a Hydraphur hasta dentro de
algunas semanas.

Por un momento Calpurnia deseó poder estar tan segura como le había
sonado a Bannon, luego se dijo que estaba siendo pesimista. Ella era
Adeptus Arbites y tenía la buena voluntad de la Armada; eso lo sabía ella.
Y el ataque al Anillo fue un ataque hacia ambos estamentos. Cuando
comenzó a bajar los escalones, escuchando el murmullo de los
prepara vos de lanzamiento que comenzaban a estremecer las paredes,
se dijo que no sería di cil.

N
- o piense que se le permi rá quedarse aquí- gruñó la voz en el canal
de vox de la Compuerta de Charisia, mientras las abrazaderas se agarraban
al casco en el exterior.

-Nos acoplaremos a usted por sufragio. Su nave será reabastecida y su


espíritu-máquina descansará, y luego se pondrán en camino, bajo escolta
armada hasta que lleguen al Anillo. El Capitán de la Compuerta ha dado
instrucciones especí cas a tal efecto.

Asustada por cualquier respuesta inmediata, Calpurnia se mantuvo rme


en su sillón de mando, mientras el transporte era empujado sin gracia
hacia los muelles de la Puerta Interior de Charisia. La voz crepitante que
provenía de la reja, era un cubo de agua helada sobre su anterior
op mismo. De repente, se sin ó rígida e incómoda en el sillón, ya que, en
ese oportuno momento, el nudo de tejido cicatrizado que tenía en la parte
delantera de su cadera derecha pareció tensarse y endurecerse.
En los sistemas en los que Calpurnia había servido en la franja sudeste, las
fortalezas que ocupaban posiciones vitales en la elíp ca del sistema, se
conocían como balizas; en Hydraphur se conocían como compuertas. Se
movían por encima del pozo gravitatorio, en los puntos donde el trá co
más pesado tendía a pasar, donde era más fácil pasar de un giro a otro, o
rodear los gigantes gaseosos más grandes o pasar los densos cinturones de
asteroides que giraban y se retorcían a través del sistema. Esto hacía que
las puertas de las estaciones tuvieran más que un nombre (casi todas las
naves que querían pasar al sistema por una ruta segura y estable tendrían
que pasar en algún momento por el espacio que controlaba cada una de
las puertas de la estación)

La Compuerta Interior de Charisia era una de las más pequeñas, no una


fortaleza autónoma, sino parte de un conjunto de plataformas y estaciones
que sobresalían de la órbita para formar un segundo y disperso anillo de
cañones y bahías de naves de ataque. Pequeña, podría ser para los
estándares de los gigantes más lejanos, pero aún así llenó la ventana de la
cabina cuando Calpurnia se deslizó hacia adelante para ver su
aproximación. Se movió e inclinó frente a ellos, mientras su piloto, los
pasaba a través de los campos de minas apilados y los pasillos de armas de
las torres estabilizadoras. Las siluetas a sbadas de las minas inac vas y las
hambrientas torretas de fuego, eran a su manera una poderosa señal de
que estaban entrando en un nuevo dominio.

Pronto la Compuerta se había extendido para llenar cada rincón del


puerto, un gordo huevo estrellado en un asteroide, reluciente, con
ventanales, anillado con escudos de vacío y pór cos de atraque y con
grandes escalones de adaman um reforzado que sobresalían por encima y
por debajo.

Había dejado órdenes en el Anillo para informar a los astrópatas de la


puerta de su llegada, y las llamadas y contra-llamadas habían sido suaves a
medida que se acercaban. No fue hasta que el ladrido repen no del
controlador de aproximación a ella desde la rejilla de voz, que sus
sen mientos sobre la visita, de repente se volvieron malos. Volvió a mirar
al equipo en el transporte: Bannon y dos Arbitradores que había cogido de
Cross-Seven, ahí fue cuando se dio cuenta de que probablemente debería
tener una escolta. El transporte vibró y sonó cuando se tensó contra el
brazo de acoplamiento de la estación y Calpurnia pensó en todo el espacio
vacío entre ella y los refuerzos Arbites más cercanos.

No tenía más remedio que cuadrar los hombros, bajar la mirada a la


mirada autoritaria apropiada, enderezar su insignia de rango y subir la
escalera. Para alguien fuera de la estación, parecería que el transporte
había sido agarrado por una larga aleta de metal que se extendía desde la
estación y se sujetaba a su espalda.

Desde el interior, esa "aleta" hueca era una alta bodega donde la parte
superior del casco del transporte formaba el piso. Calpurnia estaba ahora
en ese casco, con las botas plantadas en el metal esmerilado, y miraba
hacia arriba.

El nivel de atraque fue un asalto a los sen dos. El metal a su alrededor era
tan frío como el casco debajo de ella, y podía ver su aliento surgiendo de
sus labios y el rocío convir éndose en escarcha en las paredes, las
pasarelas y en las cadenas gigantes que habían salido de la boca del
muelle y se habían enganchado en el casco del navío. Entrecerrando los
ojos por encima de las luces de los arcos, Calpurnia podía ver los cilindros
gigantes que ella consideraba como el conjunto del cabrestante. El ruido
de la maquinaria era como un mar llo.

Sus pilotos se habían quedado en la cabina, y solo Bannon y su


improvisada escolta de dos Arbitradores se unieron a ella en el pasadizo.
Calpurnia sonrió interiormente mientras resoplaban y pateaban mientras
el aire frío les golpeaba la piel: todos estaban acostumbrados a los climas
de Hydraphur, mientras que el frío, le recordaba agradablemente los
acan lados oceánicos de Talassar y su única visita, media peregrinación, a
los polos de Macragge. Entonces ella les susurró que se detuvieran y se
recuperaran. No tenía ninguna duda de que estaban siendo observados, y
tenían que comportarse adecuadamente.

Pensar eso a su vez le hizo darse cuenta de cuánto empo había estado
parada allí. Echó la cabeza hacia atrás y gritó:
-Soy Shira Calpurnia, Arbitradora Senioris de los Adeptus Arbites. Deseo
hacer un saludo formal a un o cial de esta instalación para que pueda
ocuparme de mis asuntos aquí. Me están haciendo esperar.

Su voz era clara y poderosa, resonando sobre el retumbar y el ruido de la


maquinaria. Y o bien su tono había dado un salto en la recepción, o había
estado a punto de comenzar de todos modos, porque un momento
después pudieron ver un carruaje de rejas que caía por una pared
escarchada. Descendió uniformemente hasta alcanzar dos o tres veces la
altura de su cabeza, luego redujo una marcha y bajó el resto del camino
con una dolorosa len tud. Las luces sobre la parte superior de su puerta se
encendieron cegándolos, y Calpurnia tuvo que quitarle el casco a Bannon y
ponérselo; una vez detrás de las lentes polarizadoras pudo ver bien al
grupo en el carruaje.

No eran una vista agradable. En medio del carruaje, ocupando gran parte
de la habitación a pesar de la postura agrupada y controlada común a los
constantes viajeros espaciales, estaba un subo cial de la Armada cuyo
uniforme verde hasta la rodilla estaba adornado con los cortes carmesí de
los adornos para las acciones de combate a bordo. Su sable y una pesada
pistola naval estaban colgados a sus lados y la mitad derecha de su
mandíbula era un augmen co acerado, que brillaba bajo las luces. Estaba
anqueado por dos o ciales, sin rostro, reves dos de pesados ponchos y
capuchas de goma, que llevaban pesadas espadas motorizadas en los
extremos de voluminosos fustes de combate, espadas para cortar
mamparos destrozados, cables enredados o carne del enemigo con la
misma facilidad. Un soldado de seguridad naval con un uniforme, que era
casi un espejo del de los Arbitradores completó la esta, con un
lanzallamas preparado... con el chorro de ignición encendido.

El efecto deseado (y el desaire que aquello implicaba) era obvio. Calpurnia


apretó los dientes. Ella era una Arbitradora Senioris, el cuarto máximo
ejecutor de la Ley Imperial en este maldito sistema, y no iba a tener miedo
de actuar como tal.
Avanzó hacia las puertas del carruaje y miró al Subo cial a través de los
barrotes hasta que se abrieron.

-Mis escoltas y yo estamos aquí para realizar arrestos por sabotaje y


muertes en el Anillo de Hydraphur. Por favor, acompáñenos a bordo de
la estación. El Capitán de la Compuerta de Jauncey, debería de haber sido
adver do de nuestra llegada y nos estará esperando.

-Si está aquí señora, entonces, sabrá que la gente detrás de ese acto ya
ha sido arrestada. Arrestados y traídos aquí. No ene nada más de qué
preocuparse. Incluso haremos las ejecuciones por usted.

El discurso del hombre era extraño, el labio sinté co, en la parte ar cial
de su mandíbula, no era capaz de hacer su parte al formar palabras. Su
expresión no era tan despec va.

-Los culpables que ustedes se encargaron de arrestar, son buscados por


alguien más que la Armada- le dijo Calpurnia.

-Están implicados en…- se detuvo un momento, lo su ciente para


preguntarse si la palabra implicado era demasiado fuerte para ser verdad,
y luego decidir que no iba a jus carse ante un o cial subalterno, -...en
asuntos planetarios que discu ré con el capitán de la Compuerta. Si
usted no es él, entonces tenga la amabilidad de hacer los arreglos para
mi admisión.

-No eres un o cial de la Armada. Más allá del Anillo Hydraphur, el


sistema es un feudo naval, mundo, luna y espacio por igual- su expresión
se había puesto de mal humor, y a Calpurnia le gustó eso. La reivindicaba:
no tenía la autoridad para ordenarle que saliera de la estación, por mucho
que deseara y actuara de otra manera. Con su dignidad en mente, ella
simplemente lo miró jamente cuando él comenzó a moverse incómodo
en el aire helado, e indicó a sus acompañantes que entraran en el carruaje
cuando él se apartó a regañadientes. Con los otros Arbitradores entre ella
y el grupo de la Armada, no miró a través de los barrotes nada en
par cular hasta que la jaula se abrió paso hasta la parte superior de la
oublie e y pudieron atravesar la serie de esclusas de aire en la puerta.
A pesar de su recepción, Calpurnia se encontró relajada mientras pasaban
por la estación. Físicamente le parecía tan exó co como Hydraphur, con
esa forma arqueada en forma de arco en sus puertas y los pasillos parecían
más una sucesión de cámaras abovedadas que simples pasillos. Pero al
igual que los claustros de la Catedral o los niveles opera vos del Muro,
este era un lugar de trabajo, no un lugar existente por el bien de su propia
grandeza. Estaba lleno de o ciales uniformados de color esmeralda,
rangos alistados en gris-verde grueso que se apresuraban bajo los
bramidos de sus superiores, mano de obra de estación contratada con sus
bocas cerradas, injertadas y marcas faciales. Una o dos veces vio también a
otros Adeptus, así como a los Magi del Mechanicum, en algún recado para
que el arcano sistema de la estación siguiera opera vo, o Astrópatas con
capuchas o jaulas metálicas de psico amor guación, que se arrastraban en
la con la cabeza baja. Simplemente no había espacio en una estación para
reservar espacio para el desuso ceremonial, y la puerta tenía la
reconfortante cama de un lugar en el trabajo.

A medida que salían de la parte central de la roca hacia el torreón y las


paredes a su alrededor cambiaban de piedra a acero, la mul tud también
cambió. Aquí había más o ciales, y los alistados, tenían mejores uniformes
y eran más orgullosos en su andar. No se trataba de la mano de obra
masiva de los niveles inferiores, que trabajaban duro hasta que eran
aplastados en la maquinaria o cocinados o electrocutados por los fallos del
sistema y reemplazados como una cues ón de ru na. Estos eran los
trabajadores cuali cados, los que dirigían el funcionamiento de los
motores o la puntería de las defensas, que controlaban los zumbidos de
los Astrópatas o los crepitantes generadores de escudo de vacío.

Calpurnia pensó que los llevaban al puente, pero su an trión, a


regañadientes, los llevó a una puerta de doble persiana anqueada por
dos soldados de seguridad de la nave, con cañones de gran calibre
apuntando al pasillo. Les hizo una seña con la cabeza y abrió las puertas,
hizo un gesto a los Arbites para que las atravesaran y las cerró sin decir una
palabra.
Estaban en un planetario. La cámara esférica era lo su cientemente
grande como para que la galería que habían pisado estuviera varios metros
por encima del suelo, o al menos por encima del polo más bajo de la
esfera. Las paredes estaban pintadas de azul de medianoche, y el sol que
colgaba en el medio era una linterna globular de vidrio ahumado de color
naranja quemado. Colgando en formación a su alrededor, se cruzaban aros
de plata para las eclíp cas gemelas de Hydraphur, órbes de metal para los
planetas y lunas que se deslizaban a lo largo de ellas con un débil sonido
sibilante. Las nubes de polvo eran redes de gasa con alambre, remolcadas
mediante pequeños semicírculos de plata; los cinturones de asteroides
eran cuerdas de cuentas de cristal. Miraba con franca admiración su
discreta elegancia tanto como la complejidad del diseño.

El capitán de la puerta, Sambin de Jauncey, estaba apoyado contra la


barandilla, dándoles la espalda. Era un hombre esbelto, no alto, pero
aparentemente por su postura arrogante. Su cabello era negro como la
seda y corto, su piel oscura, sus movimientos elegantes y sus ojos, cuando
se volvió para mirarlos, estaban alerta como los de un gato. No llevaba
sable ceremonial, solo una delgada daga en un cordón de oro trenzado
alrededor de su cuello. El cuello alto de su uniforme llevaba un emblema
ricamente bordado que Calpurnia supuso que era un escudo familiar.

-Está poniendo a prueba mi paciencia, Señora Arbitradora- comenzó sin


preámbulos, -que precisamente, no era abundante hoy, para empezar.
Entonces dígame, ¿qué puedo hacer para sacarla de mi estación y que
siga su camino?

-Estoy aquí para perseguir a los perpetradores de sabotaje en el Anillo,


que destruyó dos naves, costó muchas vidas, puso en peligro muchas
más.

Calpurnia pensaba que su tono desagradable llegaba y mantuvo su voz fría


y nivelada.

-Esas personas estaban a bordo del Anillo, pero fueron re radas de él


bajo custodia naval, aparentemente por orden suya, y traídas aquí. Ha
habido acciones de sabotaje igualmente insensibles y destruc vas en
Hydraphur, y creemos que la misma gente podría estar detrás de ambos
actos. Al cooperar podemos eliminar una amenaza criminal para los
Arbites, la Armada, la Vigilia sagrada en Hydraphur y un enemigo del
Imperio y su gente.

-Es ciertamente ambiciosa, pero no muy atenta. No ha respondido a mi


pregunta.

Había dado un paso hacia ella, con los oscuros ojos ardiendo, y Calpurnia
se dio cuenta de que de Jauncey, no sólo estaba siendo grosero. Estaba
furioso.

-Mi pregunta, y se la repe ré, es ésta: ¿qué debo hacer para apartarla de
mi camino?

-Su pregunta, Capitán de la Compuerta, era: “¿qué puedo hacer, por


favor dígame, para sacarla de mi estación y dejarla irse tan pronto como
sea posible?” Su memoria está en el mismo estado en el que alega sobre
mi atención, aparentemente. Y en cuanto a la respuesta, lo que puede
hacer es alojarme a mí y a mis acompañantes en la estación hasta que
llegue mi personal adicional de Arbites. Entonces podrá unirse a mí en el
interrogatorio de los prisioneros, que son ciertamente culpables bajo la
ley Imperial y por lo tanto deben responder a los principales legisladores
del Imperio. Como muestra de buena voluntad, estoy dispuesta a
permi rle co-procesarlos una vez que los interrogatorios y la recopilación
de pruebas del Verispex haya terminado. Entonces podrá permi r que las
sentencias y cas gos que se requieran procedan, par cipando donde sea
necesario, y después de eso, capitán de la puerta, estará libre de mí
presencia.

-No es aceptable.

Se dio la vuelta y se inclinó de nuevo sobre la barandilla. Una bola de plata


que representaba uno de los mundos más lejanos, susurraba a un lado de
su cara, haciendo girar un par de lunas de piedras preciosas a su alrededor.

-Esto, es un sistema militar, Arbitradora, y hasta que fuimos forzados a


salir de él por la polí ca, Hydraphur era un mundo militar. El ataque fue a
la Armada Espacial, que es un asunto de prerroga va Naval. Someterme
a las órdenes de una autoridad planetaria, entregar la autoridad sobre
los prisioneros que están en mi estación, bajo mis órdenes... Me
pregunto si en ende completamente lo que pide… Lo que se atreve a
pedir.

-Mi tulo, Capitán de la Compuerta de Jauncey, es Arbitradora.


Arbitradora Senioris. Puede dirigirse a mí como Arbitradora Senioris o
Arbitradora Calpurnia, como desee.

-Si lo mejor que puede hacer es corregirme en algún punto de la


declaración formal...

-También puedo corregirle en un punto de la ley formal. Somos los


Adeptus Arbites. El vehículo por el cual las leyes del Emperador han
viajado a través de los empos. Encendemos y guardamos el faro de la
Ley del Emperador, para que todos en Su Imperio, puedan guiar sus vidas
por él, encargándonos de que aquellos que se alejan de ese faro y se
hacen tropezar a sí mismos y a los demás, lo paguen. Determinamos a los
culpables, decidimos el cas go.

-He sido tes go de juicios de o ciales de la Armada y de la Guardia


Imperial y de gobernadores planetarios y de sistemas- con nuó
Caplurnia. -He ayudado dos veces a dictar sentencia a hombres y mujeres
de ambas organizaciones, algunos de ellos de mayor rango que usted,
Capitán de la Compuerta. Si me desea fuera de su camino, entonces
supongo que la solución, es que me asesinen antes de que la nave llena
de Arbitradores llegue a la estación, teniendo luego alguna forma de
asegurarse de que esos, no sospechen lo su ciente como para declararle
renegado y exigir el cas go apropiado para usted, así como para
cualquier miserable que tenga en su calabozo.

De Jauncey estaba agarrado a la barandilla en la que se apoyaba. Llevaba


guantes suaves que escondían sus manos, pero ella podía ver por su
postura que bajo la seda verde acolchada sus nudillos estarían blancos.
-O- nalizó, -podría unirse a mí para hacer lo que ambos, mi Capitán de la
Compuerta, se supone que debemos pasar el resto de nuestras vidas
haciendo. Comba r las amenazas al Imperio y a su gente. ¿Es realmente
tan di cil ver lo que tenemos en común aquí?

-¿Tanto tenemos en común, usted cree? ¿Cuánto tengo en común con


una mujer que entra en mi propia estación, la estación de la que soy el
Capitán debidamente designado, para exigir que me ponga a su altura?
Todos los tripulantes de esta Compuerta saldrían por las esclusas si yo lo
ordenara, porque un Capitán, en su navío (y esta estación de la
Compuerta es mi navío) Arbitradora, encarna la autoridad nal.

-Si no se siente con esa responsabilidad ante los Arbites, de Jauncey,


entonces bien. Puedes discu r los puntos exactos de la ley con los sabios
y locutores cuando lleguen tras mis pasos. Podemos reunirnos todos en
esta cámara y explicarle su posición. Si todavía desea oponerse a la
voluntad de la ley, entonces, bueno, creo que le mencioné que no será el
primer o cial renegado que he ayudado a eliminar.

Se balanceó de nuevo, con los puños apretados y los ojos encendidos.

-Eso fue una amenaza, Arbitradora Calpurnia. Me ha amenazado. Ha


venido a mi Compuerta y se ha parado ahí y me ha amenazado.

-Sí, Capitán de Compuerta, eso es exactamente lo que hice. Estoy harta


de bailar y decir palabras extravagantes para obtener la cooperación que
debería esperar por derecho. Tengo la autoridad y la jus cación para
amenazarle y la estoy usando.

-Se arrepen rá de esto- dijo de Jauncey. Respiraba con di cultad.

-El Cruzado Ascendente, debe atracar en esta puerta dentro de seis


horas. Me re ero, para su información, a la nave insignia del Comodoro
Hayl Omen , comandante del Cuarto Escuadrón de Hydraphur y
Guardián de las Puertas Interiores. No duden de que él tendrá algo que
decir sobre la forma en que algunos…- haciendo un gesto de desprecio. -
Algún pequeño Arbitrillo vino a bordo, en un transportador de órbita
planetaria para tratar de subver r la autoridad de un capitán de
Compuerta.

-Hay una simetría agradable en eso, capitán de Compuerta, porque,


aunque no puedo citar un nombre elegante para usted, una nave lleno
de jueces también está en camino. Por lo cual, entonces, me darán a mí y
a mis compañeros Arbites un alojamiento adecuado. Cuando lleguen mis
colegas, nos sentaremos con usted y con quien sea que esté interesado
en el personal del comodoro y dejaremos claro exactamente cuánta
autoridad ene en este asunto. Y cuando haya terminado, procederemos
con los juicios y las sentencias.

Dio un paso hacia la puerta.

-Que alguien nos muestre nuestros cuartos, por favor. Ahora mismo.

Les dieron cuartos de un solo camarote y un anexo, que sería cómodo


para uno, pero estaba lleno con cuatro. Calpurnia se propuso hablar un
rato con cada uno de los dos Arbites que había traído de Cruce Siete:

Gomry, un joven de ojos almendrados y musculoso, de los archipiélagos de


la isla de Hydraphur, y Sylda , una mujer cuyo pelo y piel eran tan blancos
como sus ojos, y cuyos labios eran oscuros, con un acento extraño que dijo
que provenía del sistema DiMa na, dos sectores hacia el borde.

Ambos eran rela vamente jóvenes y se sen an tan incómodos como


Bannon al verse atrapados de repente, en una disputa así entre su propio
comandante y la Armada. Calpurnia siguió hablando de vez en cuando,
tanto para relajarse como ellos, y los incómodos silencios se fueron
suavizando hasta conver rse en silencios de compañía, mientras se
sentaban uno al lado del otro, despojándose de armas y equipo e
intercambiando alguna que otra anécdota o broma.
Calpurnia no estaba segura de cuánto empo había pasado antes de que
sonara el cambio de guardia. Todos saltaron mientras las bocinas sonaban
en los pasillos de afuera; era un sonido áspero, que llenaba los oídos, con
una extraña calidad de capas a medida que las bocinas de los pasajes más
lejanos se unían al coro. El pasillo exterior se llenó de mar lleantes botas y
voces gritonas durante casi media hora, antes de que se calmara el
alboroto del cambio.

Empezaba a preguntarse sobre la organización de los turnos de sueño,


cuando todos saltaron de nuevo al golpear la puerta. Era un empleado de
la estación, que se desplazaba con incomodidad en una tarea desconocida.
Detrás de él, el pasillo estaba en sombra y las luces (ya apagadas como un
guiño a la Vigilia) se habían atenuado aún más para el ciclo nocturno.

-Señora, el Capitán de Compuerta de Jauncey, le informa que el piloto del


Dromon Lumen Geodésica, ha entrado en el exterior de nuestras
defensas y debería atracar en una hora. El Cruzado Ascendente nos ha
llamado y pronto llegará también.

Calpurnia asin ó, chasqueó los dedos para que se quedara un momento y


les hizo señas a Bannon y Sylda .

-Escolte a mis dos empleados al punto de acoplamiento que use la


Geodésica, por favor. Ustedes dos, repórtense con el líder del grupo de
trabajo de Arbites cuando llegue. Denle un informe rápido de lo que ha
pasado aquí hasta la fecha, ambos estuvieron conmigo todo el empo.
Luego acompáñenlos hasta aquí. Tienen una delegación de nivel dos,
reportándose con el líder del grupo de trabajo hasta que se reúnan
conmigo.

El tripulante parecía lo su cientemente nervioso como para tranquilizar a


los dos Arbitradores, que intercambiaron miradas, se pusieron los cascos y
le pisaron los talones, con paso pesado y con ado. Gomry los ayudó, y
luego se dirigió a Calpurnia.

-Esperaremos aquí- le dijo, -en caso de que haya un nuevo mensaje del
capitán de Compuerta. Y porque estoy harto de pegar tanto salto sobre
mí mismo. Me quedaré aquí arriba, recuperaré el aliento y es raré las
piernas.

-Tienes suerte, Gomry, de poder quedarte aquí y es rar las piernas


también.

El constante trá co y el ruido de los turnos de día habían desaparecido, y


la fresca penumbra del pasillo, fuera de su habitación parecía espaciosa y
tranquila en la quietud.

Calpurnia se alejó un poco de la puerta, respirando profundamente. No


tenía idea de si era o no solo su fantasía, pero el aire parecía más fresco.
Se arriesgó a es rarse, poniéndose de pun llas e inclinando la cabeza
hacia atrás, comenzó a revisar la lista de cosas que tenía que repasar con
el grupo de trabajo, y luego se rindió. Habría empo para...

Hubo un suave sonido detrás de ella y luego un par de brazos la rodearon


brutalmente, a la altura de sus bíceps, sujetando sus propios brazos a su
cuerpo y levantándola de pun llas. Brazos pesados, un fuerte y seguro
agarre.

-Te tenemos ahora, ¿verdad?- le lanzó una voz al oído, y un cosquilleo de


vapores de alcohol se enroscó para encontrar sus fosas nasales.

La voz era ronca, masculina, joven, apagada. Se giró para mirar hacia la
puerta de su habitación, derramando luz en el pasillo; tres hombres más
estaban allí, con pantalones de uniforme de la Armada y camisas sueltas
con al leres de iden dad quitados, oscuros envoltorios de tela que
amor guaban sus rostros, pesadas porras en sus manos. Lo que podía ver
de su piel parecía sonrojado. Quienquiera que la sujetara no parecía ser el
único que había reforzado su coraje con una botella.

Gomry entró por la puerta un momento después, sin casco y sin


preparación. Sus ojos se abrieron de par en par y sus ins ntos le
traicionaron: su primera reacción no fue volver a entrar en la habitación
para coger un arma de fuego, sino decir:

-¡Suelte a la Arbitradora sen…!


Entonces un golpe de porra se rompió en su frente y lo lanzó
silenciosamente de vuelta al camarote.

-Vas a pagar por eso- dijo Calpurnia por encima del hombro a quien la
sostenía.

-Hasta hace un momento, podría haber cali cado esto como una especie
de truco de cadetes entusiastas, pero ahora tenemos un Arbitrador que
necesitará una buena can dad de medicamentos o un funeral. No
pienses que no voy a acabar personalmente con go por esto. Con todos
vosotros. Y también lo haré con De Jauncey, si sospecho que él está
detrás de eso.

-Llena de fanfarronería, ¿no es así, entrome da perra?- el hedor de


alcohol otra vez, pero su captor se las arregló para mantener la voz baja.

-¿Crees que puedes venir a donde no te quieren? ¿Crees que puedes


presentarte aquí y ordenarnos y deshonrarnos? Tenemos una buena idea
para hacerles un pequeño regalo y que lo encuentren tus amigos. Vamos
a enviar un pequeño mensaje sobre las pequeñas perras que meten sus
narices en lugares donde no enen derecho a estar.

Sus compañeros se reían y el que había derribado a Gomry, estaba


golpeando su porra en su palma enguantada.

Calpurnia estaba asimilando las cosas. Estaban borrachos, pero


probablemente no lo su ciente para que ella contara con que se pararan o
se desvanecieran. Eran más grandes que ella, más poderosos. Sus porras
eran macizas, de madera o plás co, no lo sabía, pero dependían de su
peso y no eran tan potentes como su mazo. La adrenalina que obtenían de
su propia audacia los impulsaba. Estaban mal posicionados, tomándose
demasiado empo para regodearse, sin quitarle las armas.

La raron de nuevo hacia el camarote. Una vez que la me eran allí, sus
posibilidades serían radicalmente peores. De forma experimental, ella
cambió su peso. El abrazo seguía siendo fuerte, pero el hombre no
intentaba controlar su equilibrio o su centro.
-¡Ah-ha!

Movió sus caderas hacia la derecha. Sus hombros no se movieron, y el


hombre que la agarraba tenía su sen do de los movimientos de ella
embotado por su altura y su equilibrio inferior y por la armadura alrededor
de su pecho y sus hombros. Ella empujó la empuñadura de su mazo hacia
adelante, girándola y haciendo palanca con la punta hacia arriba, detrás de
ella. Él gruñó molesto, y luego el gruñido se transformó en un grito de
agonía mientras ella hacía que el mazo cobrara vida. Los brazos que la
rodeaban desaparecieron y ella se agachó mientras el hombre que la había
sostenido se doblaba tan rápidamente que sus pies dejaron la cubierta y se
estrelló en un rizo fetal.

Sus tres compañeros quedaron aturdidos e inmóviles en su propio


movimiento y Calpurnia se movió para reducir los números mientras
pudiese, dando dos rápidos y elegantes pasos hacia adelante y hacia los
lados, inclinándose de tal manera que cuando empujó el mazo hacia las
tripas del segundo atacante en una estocada de esgrima de libro de texto,
la descarga de energía le hizo tener arcadas y devolverle el golpe al
hombre que estaba detrás suya.

Enredados entre sí, los dos se estrellaron contra la pared del salón y
Calpurnia giró a empo para agacharse y deslizar la cabeza hacia un lado,
para esquivar un golpe que le hubiera par do el cráneo. El ins nto, le
impidió contraatacar de inmediato, evitando el contragolpe que pasó por
delante de su nariz.

Después de eso, el otro hombre se inclinó demasiado en sus golpes y


perdió el equilibrio, por lo que tuvo un momento para acercarse y
romperle la rodilla con su bota. Entonces ella, estaba inmersa en el tercer
movimiento de la porra, posicionada para atrapar el brazo del hombre en
su hombro, meter su cadera en la de él y dejar que su propio movimiento
lo retorciera. Su rodilla rota se dobló y aterrizó torpemente, gritando de
dolor y conmoción e intentando arrastrarla con él.
Ella le dio un fuerte golpe en la cara y le pateó con más fuerza en las
cos llas y la cabeza, luego se giró y se encorvó y recibió el golpe por detrás
de ella en su armadura del hombro. El hombre que había logrado salir de
debajo de su compañero medio consciente, agarró su porra con dos
manos para darle un golpe y arrancarle la cabeza.

Calpurnia, que aún había sen do el impacto y estaba agradecida más allá
de las palabras por haber mantenido su caparazón puesto, no le dio su
oportunidad. Ahora tarareando y escupiendo con fuerza, su mazo no
necesitaba un gran balanceo para hacer daño y ella amagó con él y luego
golpeó sus manos cuando él trató de bloquear. Ella había subido el nivel y
el golpe del poder le voló la porra de las manos y le quitó las puntas de
seis dedos. Él gritó y se tambaleó hacia atrás y Calpurnia, sin ánimo de ser
misericordiosa, inclinó su hombro hacia adentro e hizo un brusco golpe
hacia abajo que le destrozó la clavícula y dejó un bulto quemado y
arruinado desde su hombro hasta su vientre. El mazo se dobló en su mano
al golpear y el hombre se estrelló hacia atrás, se deslizó a lo largo de la
pared y bajó por ella hasta estrellarse en el suelo.

Ella devolvió el mazo a su presa y corrió hacia Gomry. Sus ojos estaban en
blanco, su pulso revoloteaba y el moretón en su frente era cruel y oscuro.
Calpurnia gruñó para sí misma y habría escupido a las formas postradas
del pasillo, pero no tenía sen do desperdiciar la energía. Escuchó su pulso,
le habló, le ayudó a respirar cuando tenía que hacerlo, le arengaba, le
ordenó que no muriera, y aún estaba encorvada sobre él, manteniéndolo
tan vivo como podía, cuando llegó la Seguridad de la Armada.
Extractos seleccionados de la monogra a A Declaración de la polaridad de
la disposición humana del inquisidor Kvander Tonnabi, publicada en
privado en Gathalamor y posteriormente reimpresa y distribuida a través
de varios canales de Ministorum y Munitorum. Los números de página de
los siguientes extractos se basan en la edición distribuida en las colmenas
de los puertos de Marentull Secundus, nanciada por un patrocinador
anónimo al que se hace referencia en las notas de portada como "Una
piadosa dama de las agujas". Los lectores deben tener en cuenta que la
mayoría de los ejemplares de esta edición fueron con scados y destruidos
por los propios cuadros polí cos del gobernador planetario tras una gran
presión de los representantes de la Liga de las Naves Negras y de los Navis
Nobilitas. Los informes de un intercambio de asesinatos dentro del
Cónclave Inquisitorial del sector sobre el tema aún no han sido veri cados.

***Pag. 3***

En su esencia, la humanidad es noble.

Eso es lo que creo. Esto lo sé. Este conocimiento me llega en la verdad


revelada a través de mi fe en Él en la Tierra y en la verdad recibida
consagrada en las enseñanzas de su Adepto. El trabajo del Adepto me
muestra la nobleza humana cada día, en todos los sen dos, el poder
humillante de la mente y el alma humana. La capacidad de mi especie para
la fe, la obediencia y la tradición. Ser un ser humano, inteligente y dotado
de nuestras mentes y almas un re ejo de la suya: simplemente nacer así es
ya el mayor honor que la galaxia puede otorgarnos.

De ello se desprende que si lo que nos ennoblece es nuestra mente, que


nos permite comprender nuestro lugar y nuestro deber y guiar nuestras
acciones hacia lo que es correcto, y nuestra alma, que nos permite las
bendiciones de la fe, la reverencia y el odio justo, entonces la profanación
de nuestra mente y nuestra alma humanas debe ser primordial en nuestra
comprensión aquí. La forma humana ene la dignidad como un eco de su
propia forma, y su pureza gené ca es fundamental para la gran obra de la
Humanidad. Su preservación es una parte legí ma y justa del mandato
imperial divino.

Sin embargo, el cuerpo puramente sico puede ser objeto de obras


humanas, construidas y moldeadas por la mente humana. Sabemos que el
augme co y el injerto de carne caen dentro de ese mandato: podemos ver
tales trabajos en los cuerpos del Adepto a través de cientos de
generaciones y por lo tanto podemos inferir la rec tud por tradición.
Progresando a ejemplos más enfá cos, podemos ver la forma humana
trabajada para un propósito mayor en la creación del servo cráneo y el
luminante, sin mencionar el arco- agelante, o en la génesis de cada
guerrero del Adeptus Astartes. El servocráneo proporciona el argumento
más poderoso, tanto en su forma culta como renderizada. El siervo culto
comparte un gen y una forma humana pero ha carecido de la mente y el
alma ennoblecedora desde su creación; el siervo rendido tenía la
apariencia super cial de un humano completo, capaz de actuar y hablar
como uno solo, pero demostró su defecto a través de la maldad, y la
rendición hace que su naturaleza sica exterior se alinee con su naturaleza
esencial. Ambas clases de servidores son trabajadas para crear la forma
sica que sus deberes demandan de ellos.

Esto se basa en la visión que me dieron mis oraciones y meditaciones. La


mente y el alma humana son los recipientes de la luz del Emperador. El
cuerpo humano, aunque merece respeto, está subordinado a las exigencias
que el deber le impone. De ello se deduce que la interacción de la carne
básica con los atributos de la artesanía de guerra, aunque presenta
peligros que nunca debemos subes mar, no es intrínsecamente
repugnante desde el punto de vista moral. Un cuerpo humano sin mente ni
alma pero que interactúa con la disformidad es un peligro necesario. Es la
cohabitación de nuestros dones de mente y alma con el toque de la
disformidad lo que cons tuye una afrenta. Esa es la afrenta a la que los
deberes del Ordo Here cus y el bendito Ministorum deben ser dirigidos a
remediar.

***Pag. 12***
Las contrademandas no son nuevas para mí. He sido víc ma de muchos
ataques de los reincidentes, de los perezosos morales, de los indignos.
¿Debo explicar la pereza moral que ha dado lugar a la contaminación
humana de los psíquicos que nos rodean incluso en el Adepto, incluso en la
Inquisición?

Debo hacerlo.

He sido acusado de miopía y me han dicho que no en endo nada. He sido


acusado de un esfuerzo deliberado de sabotaje, una acusación que no se
de ene hasta la traición contra el bendito Adepto.

Llevo estos ataques con desprecio. Son falsedades. ¿Cómo puedo ser
culpable de lo que reclaman estos lados vacíos cuando todo mi trabajo es
acercar el Imperio a lo que fue creado y de lo que ha caído tan lejos?

Declararé de nuevo la causa de la caída. No podemos, por un momento,


dejar de mantener nuestros ojos en nuestros enemigos. Permítanme
repe rlo. El desmoronamiento de nuestra fuerza moral viene de nuestra
voluntad de tolerar la mezcla venenosa de la mente humana y la a nidad
psíquica.

La savia de la Diomede Dorada es dulce, y los jugos de sus bayas


inofensivos; sólo su mezcla los convierte en la toxina cuya potencia es
legendaria en una docena de sectores a lo largo del Segmentum Paci cus,
y ha hecho "doblemente mor feras" tales palabras a lo largo de los
sectores del Golfo de Anyen. Tómese esto como su presunción: la
capacidad de ejercer la fuerza de nuestra mente y fe en este universo y la
capacidad de ejercer la fuerza de nuestra voluntad en el otro universo;
ambas son en su corazón bendiciones, por todo lo que nuestra historia nos
muestra que cualquiera de ellas puede ser conver da en nes venenosos.
Es la mezcla de ellos lo que produce el veneno, la maldita alquimia que no
exis a antes. Escribo este tratado para los lectores que no necesitan
recordar las terribles cicatrices que ese veneno ha dejado en nuestro
Imperio. Me re ero a Kota-Tchera y a la caída de los con nentes de Gelro.
Lector, tanto si eres compañero mío en la Inquisición, como si sirves en la
Armada Imperial o llevas los votos del Ministorum, conocerás estos
nombres y sabrás a dónde conduce la tolerancia.

Aunque el veneno no fuera obvio en sus efectos, debe serlo en la blasfemia


de su propio concepto. Esta es una de las formas más potentes en que el
Emperador nos ha hecho conocer su divinidad, porque Él y sólo Él ha
demostrado que puede tomar el espantoso don del psiquiátrico y
permanecer impoluto; prueba de su naturaleza divina que trasciende los
principios que he esbozado hasta ahora, por los cuales sus siervos mortales
están obligados. Mente y psique contenidos en un solo ser; esta es una
plan lla de la más pura divinidad que sufre burlas y blasfemias cuando los
tontos reincidentes permiten que el monstruo de un psíquico consciente
exista, ciego a la desgracia que han creado.

***Pag. 16***

La simple tontería se corrige simplemente. Los más peligrosos de estos


lisiados espirituales son los que enen el ingenio su ciente para
comprender pero que se han cegado voluntariamente por conveniencia y
bene cio. La simple ceguera puede ser corregida cuando se abren los ojos,
pero incluso mientras escribo estas palabras, los ciegos voluntarios
trabajan a mi alrededor para enterrar mis verdades.

Costoso, a rman. Inú l, dicen. Porque un psíquico en su estado legí mo


debe ser unido a otros y controlado más estrechamente, incluso como un
sirviente debe ser programado y manejado en lugar de ser soltado en
violación de todos nuestros ins ntos más puros hacia la jerarquía. Porque
dicen que no puedo jus car el drenaje de los recursos imperiales para
atender a los psíquicos despojados de las mentes que por derecho
pertenecen a sus superiores. Incluso el psíquico de mente débil, me han
dicho, puede manejar un millón de veces y más el trabajo de su compañero
curado. Dicen que haré que la visión del Navegante sea turbia, que
reduciré el canto del astropá co a un murmullo, que necesitaré un
regimiento de mis "cáscaras" para hacer el trabajo que media docena de
abominaciones podrían hacer.

Costoso.
Inú l.

Porque permi r burlas de la doble cara de la Divinidad, corroyendo nuestra


moral y debilitando nuestro Imperio, por supuesto esto debe quedar en
segundo lugar a la conveniencia de algún perezoso y desleal adepto.

Peligroso, a rman. Se equivocan, dicen. Porque una mente que es


consciente y quiere ser fuerte es supuestamente una defensa contra el
gran Enemigo que siempre nos observa desde las sombras más allá de la
luz del Emperador. Porque se supone que debemos creer que un psíquico
es un humano completo y dotado de un don, con derecho a servir según
sus luces tanto como cualquiera de nosotros.

Peligroso.

Incorrecto.

Porque se espera que destripemos nuestra comprensión moral y la


pongamos al revés, felicitándonos por nuestra sabiduría al saludar como
humanos a un psíquico, cosa que nunca debió hablar ni pensar, y que ha
brotado como un tumor, una falsa burla de un intelecto que nunca debió
tener. Así que, entonces, ¿debo nombrar como humano al montón de
bazo a y despojos bajo los paracaídas de mi colmena?

***Pag. 27***

El psíquico puede hacer pensamientos, y el psíquico puede hacer palabras.


Ninguno de los dos es un argumento para la humanidad. Los servidores
pueden ser programados con la habilidad de hablar. Los animales pueden
imitar nuestros sonidos. Los xenos pueden presentar la apariencia de la
verdadera vida que un alma humana imparte, pero un xenos que puede
hacer palabras humanas sigue siendo una farsa vacía de humanidad, la
basura y los obstáculos sólo caben para ser barridos. Debemos mirar más
allá de las apariencias. La presencia psíquica en una cáscara con forma
humana no deja espacio para el alma. Cualquier manierismo que un
psíquico pueda presentar y que parezca ser virtud o emoción humana son
mímicas envueltas alrededor de un núcleo que es ajeno a nosotros,
conocido sólo por él en la Tierra. El sirviente que camina por la calle puede
parecer inclinado bajo su carga, pero extenderle compasión o
compañerismo humano es una locura sen mental sólo apta para niños. Así
es para un psíquico que puede ser capaz de pronunciar los sonidos de la fe,
el deber y la lealtad, pero que nunca tendrá la esencia humana que da
signi cado a esas palabras.

***Pag. 31***

Este desa o no es insuperable. Por muy escarpada que parezca la montaña


delante de nosotros, la piedra puede ser as llada, luego taladrada y luego
destrozada. Sólo podemos fracasar en este gran trabajo si primero fallamos
en nuestra fe y resolución.

Y el gran trabajo ya ha comenzado. Antepasado año pude contar una


docena de victorias, naves y estaciones que rehicieron sus psíquicos de
acuerdo a los verdaderos principios morales. El año pasado, el doble de
veces sólo en Gathalamor, y ahora el trabajo está comenzando en todo el
sistema. Mientras escribo esto mi personal me trae mensajes desde tan
lejos como Hydraphur, a rmando su comprensión y comprome éndose a
la restauración del gran orden. Un molino quirúrgico ha sido fundado en
Chehn y tengo grandes esperanzas de que otro esté en marcha en Séforda
por la Candelaria.

Una vez que el escudo ha sido roto la barrera no puede ayudar pero
perece. Ahora la grieta se ha hecho en la oxidada y putrefacta armadura
que ha protegido la corrupción que hay debajo. Esta es nuestra hora.

La humanidad es noble.

La humanidad prevalecerá.
Decimoquinto día del septista
Tres días para la misa de San Balronas.
Segundo día de la Vigilia de Balronas.
Procesión de los mártires de Thesea.
Conmemoración de Cartigan y de Lucullus Traph.

En este día, toda la comida restante de la fiesta en la víspera de la


vigilia debería haberse consumido. Todo lo que quede al amanecer, debe ser
desechado, lo ideal sería quemarlo en los braseros que están delante de la
capilla más cercana después de ser bendecido por el predicador allí. Si la
comida se quema en un santuario hogareño, es apropiado que el jefe de la
familia, lea el Cuarto Salmo de Ofelio o los primeros diez versos de la
Epístola de Trior a los Dannitas. También es aceptable colocar la comida en
el escalón del diezmo en el púlpito de la calle.
Los asistentes a la Procesión de los Mártires de Thesea, deben
ayunar desde el amanecer hasta que los ataúdes los hayan pasado en el
tercer y último circuito alrededor de la Catedral. Mientras se llevan los
ataúdes, es tradicional reflexionar sobre la conducta de uno ante sus amos y
el Emperador durante el año pasado. La ropa tradicional para este día debe
ser una diadema oscura o un pañuelo alrededor de la frente para los
hombres, y el mismo o un velo oscuro para las mujeres. Los ciudadanos
particularmente devotos pueden desear usar una venda en los ojos o una
correa sobre los ojos durante las celebraciones religiosas.
Al final del día, los ciudadanos deberían haber decidido el ayuno que
harán para prepararse para el resto de la Vigilia. El comienzo del ayuno al
atardecer, como máximo, debe ser muy alentado como práctica piadosa.
Durante las primeras horas del ayuno, los pensamientos deben centrarse en
los pecados y fechorías de uno y en la necesidad de arrepentimiento y
redención: mantener una vigilia sin dormir hasta que los Servicios de las
Plumas se consideren una señal de devoción en este momento.
CAPÍTULO DIEZ
E
- l, no lo haría- comentó Calpurnia en voz alta, -pero a mí, se me ha
ocurrido proporcionaros atención médica. A cualquiera de vosotros. Se
me ocurre al menos un hombre que tenía, que ene, mucho más
derecho a reclamar los recursos médicos de la puerta que cualquiera de
vosotros.

Estaba de pie en un extremo de la explanada central, entre dos niveles de


la Compuerta Interior de Charisia, ignorando las miradas curiosas u
hos les de la tripulación de la estación a su alrededor. Las escaleras
comenzaban a cada lado suyo y conducían a la sala del tribunal por un
lado y a la suite Astropáthica por el otro, y a cada lado de cada escalera,
había un juego de pesados plás cos atornillados a una placa en el suelo.

A la izquierda estaba el cadete Gin s, el segundo asaltante que cayó en la


pelea de la noche anterior. Como todos ellos, había sido anclado en los
cepos con el uniforme completo del cual, habían sido arrancados los
al leres de rango e iden dad. Parecía ser el eslabón débil: el más joven, el
menos criminal, y ahora el más asustado y miserable. Al otro lado de la
escalera estaba el cadete mayor Bourdieu, el úl mo que había derribado.
Estaba muy golpeado, con las manos llenas de sangre envueltas en gasa
blanca; los mariscales habían improvisado un marco de metal para evitar
que se desplomara y se as xiara, ya que Calpurnia le había dañado el torso
lo su ciente como para impedir que se sostuviera en pie.

Junto a la escalera derecha estaba el alférez junior Cicourel, cuya rodilla se


había roto. Sus patadas posteriores le habían roto la nariz, los pómulos y
dos cos llas pero no (aparentemente) su espíritu insolente: la mirada que
le dirigió mientras se apoyaba en su pierna buena y pasaba a través de los
vendajes de su nariz aplastada estaba llena de odio.
-Si te queda alguna pizca de honor en - le dijo Calpurnia a aquella mirada
llena de odio, -si eres realmente capaz de llegar a ser digno del uniforme
que vistes, entonces tendrás la capacidad de aprender de esto.

Se dirigió al cuarto hombre, el alférez Talgaard. Él fue el que la agarró, el


cabecilla, aquél al que se le subió la bebida a la cabeza y fantaseó con
poner en su lugar a la pequeña mujer-arbitradora que se arrastraba por el
planeta y enmendar el insulto hecho a su capitán.

-No dudo que a su capitán de Compuerta, no le importaría verme bajo


una sábana de gasa en la enfermería de su estación, a un suspiro de
morirme, como el Arbitrador Gomry. Pero cuando a ustedes cuatro se les
me ó en la cabeza actuar, ¿qué hizo él? ¿Qué lado tomó? Mirad dónde
estáis ahora. Vuestro capitán de Compuerta se puso del lado de la Ley.

-Tú... no en endes... insultar... el honor... debe...

Era Talgaard el que hablaba. No estaba segura de si su voz se as xiaba por


el dolor de su lesión o si era por la constricción de lo que tenía en la
garganta. Pero sus palabras y el temblor de su labio, fueron su cientes
para convencerla de que iba a perder el empo aquí tratando de hablar
con él. Algunas personas estaban decididas a resis rse a la corrección.

Pasó junto a él y subió las escaleras hacia las puertas de la sala de


audiencias. Probablemente hubiera podido quedarse adentro y escuchar,
incluso par cipar, mientras el personal del comodoro Omen y los Arbites
regateaban y discu an, pero su buena formación, dictaminaba que debía
ausentarse mientras se discu a su caso.

El comodoro y los Arbites habían llegado a la estación casi


simultáneamente. Néstor Leandro, se había hecho cargo de la delegación
de Arbites, una vez que supo que Calpurnia había ido a la Puerta Interior
de Charisia, y el propio comodoro, había subido a bordo una vez que se
enteró de que un Arbitrador Senioris, había sido asaltado por una banda
de o ciales subalternos.
Cuando se reunieron en el despacho de De Jauncey, Gomry estaba en
coma en la estación médica, atendido por cuatro médicos de la Armada.
Calpurnia había aceptado nalmente una comida, y dormía un poco en un
catre de repuesto, pero Gomry todavía seguía en coma cuando la despertó
un recadero de las o cinas de De Jauncey. Se tomó su empo, volviendo a
su pequeña habitación, lavándose y poniéndose en orden antes de salir
para la o cina del capitán de la puerta.

El comodoro Omen , con la cabeza rapada, el bigote caído y la piel tan


oscura como la de de Jauncey, era la imagen de la cortesía fría, ver endo
cafeína negra con ponche y coñac en pequeños globos de latón como los
que usaba Dvorov. De Jauncey había permanecido en silencio durante
todo el empo, Leandro había sido inusualmente reservado (siendo lo que
él era) lo que signi caba, que hablaba sólo un poco más que los otros en la
habitación juntos. Omen conversó comprensivamente sobre los intentos
de sabotaje en la Colmena de Bosporia y el calvario de Calpurnia (como él
se refería al asunto) a bordo de la Puerta Interior de Charisia. Algo parecía
haber surgido del ataque a ella después de todo el hecho de que los
propios o ciales subalternos de De Jauncey, hubiesen asaltado a un
dignatario visitante: habían hecho trizas sus quejas y Leandro estaba
usando toda su su leza diplomá ca para hacer presión con el comodoro,
mientras el capitán de Compuerta estaba todavía mal encarado.

Calpurnia estaba mucho más a gusto con los modales de Omen , rmes
pero conciliadores. Aunque no le agradaba la forma en que sus ojos
seguían cayendo sobre su cadera y la línea de su muslo dentro del traje
negro de Arbitrador, comenzaba a sen rse cautelosamente op mista
sobre la cooperación de De Jauncey y el acceso a los prisioneros.

Un op mismo cauteloso, pensaría más tarde, era la pesadilla de su vida.

A
- su debido empo, señora- dijo la asistente de la Armada que abrió
la puerta al llegar a la parte superior de la escalera.
-El comodoro y el Arbitrador Senioris desean que esté presente. El otro
Arbitor Senioris, es decir, señora- añadió diplomá camente.

La sala del tribunal parecía sorprendentemente sencilla, un lugar de


bancos sencillos y una mesa en forma de herradura. Leandro y Omen , se
sentaron en el lado más alejado de la curva de la mesa, lo su cientemente
lejos como para reconocer sus diferencias, pero lo su cientemente cerca
como para conver rlo en una discusión, no en una confrontación. Junto al
hombro de Omen , estaba un hombre de cintura gruesa con el siniestro
uniforme negro del Comisariado Imperial, cuya cara y cuello rojizos
parecían sobresalir de su rígido cuello como si hubieran sido extrudidos de
él, como la pasta de un tubo.

Aparte del comisario, el séquito de sabios y empleados de cada lado se


había re rado a las esquinas de la sala.

De Jauncey entró por una puerta lateral, sus ojos negros eran
sospechosos. Ni Leandro ni Omen se levantaron, cada uno simplemente
hizo un gesto a su respec vo colega para que se uniera a él. El comisario
miró jamente a Calpurnia, y luego a De Jauncey, con una expresión
ilegible.

-Directos al asunto, entonces- comenzó Omen .

Su voz era suave y su dicción bien educada, pero a pesar de todo parecía el
po de hombre que nunca hablaría soltando rugidos.

-El asunto en cues ón es la superposición y el con icto (o al menos la


cues ón de ello) entre los Adeptus Arbites y la Flota Imperial Paci cus,
sobre el asunto de arrestar y procesar a los responsables de lo que
parece haber sido un acto deliberado de sabotaje contra nuestros
hermanos, al servicio de la Liga de las Naves Negras.

-La cues ón que, en nuestra opinión preliminar y con ngente, resolverá


el tema es: a quién se dirigieron los ataques, como lo que consideramos
que fueron.
Leandro tomó el hilo de la conversación.

-Tal acto de agresión es uno que ambas órdenes, y de hecho cualquier


sirviente del Dios-Emperador, se deleitaría en ver equilibrado con los
actos de juicio correspondientes.

-Sin embargo, la discusión de los precedentes y acuerdos de varios


cientos de años de interacción entre nuestras organizaciones (apenas
su ciente para hacer jus cia a toda la complejidad del tema, pero que
debe bastar en este momento) el enfoque que se ha encomendado a
nuestra atención, es que los o cios del buen comodoro y del es mable
Capitán de la Puerta Sambin de Jauncey, se encargarán de rastrear
cualquier ofensa dirigida especí camente a la venerable Liga de las
Naves Negras.

-Mientras, que el trabajo realizado por la respetada Arbitradora Senioris


Calpurnia en la búsqueda de los saboteadores (que se han puesto en
contra de la realización de la Vigilia y la Misa de San Balronas) descubra
que esta inves gación nos lleve al asunto del ataque en el Anillo,
con núe.

De Jauncey estaba frunciendo el ceño, Omen tenía una ceja levantada; el


comisario permaneció inexpresivo. Hubo un momento de silencio.

-¿Está diciendo, señor?- estalló De Jauncey, -¿que esta gente va a


permanecer en mi estación, interrogando a los prisioneros sobre los que
ya he dado órdenes?

-Está diciendo que si ese ataque fue dirigido a los jefes de las Naves
Negra, y ocurrió sobre Hydraphur por coincidencia, entonces es todo
tuyo, de Jauncey, y los Arbites se re ran.

La voz del Comisario era una esco na plana que indicaba una especie de
reparación augmé ca de su garganta.

-Pero si es otro de estos intentos de hacer caer la misa, que por


casualidad involucró a la Liga de las Naves Negras, entonces es de los
Arbites y les das cualquier ayuda que necesiten.
-¿Y cómo establecemos eso? ¿No cree que habría informado de todo lo
que aprendí en mis propias audiencias aquí? Soy un hombre respetuoso
de la ley y temeroso del Emperador, sin importar lo que esta mujer le
haya dicho.

-Su comportamiento contradice eso, capitán de Compuerta. Un hombre


así mostraría un poco más de respeto ante un Adepto del Emperador de
lo que me has mostrado a mí.

-Su ciente, De Jauncey- Omen le interrumpió, -la Arbitradora Calpurnia


llevará a cabo sus propios interrogatorios junto con los especialistas
Árbites, que deduzco que el Arbitrador Leandro ha traído de Hyraphur.
Los Arbites enen más conocimiento de las primeras etapas de esta
conspiración y sabrán más sobre qué preguntas hacer. No hay duda de
que ese es su campo más que el nuestro.

De Jauncey se autorizó a sí mismo.

-Comodoro Omen , protesto respetuosamente, pero formalmente. Estos


Arbites a rman que todos estamos del mismo lado en la lucha contra los
criminales y los enemigos del Emperador, y si fuera cierto, aceptarían la
palabra de un o cial de la Armada Imperial y se irían inmediatamente.

-Les he dado mi palabra formal y solemne como o cial de que se ha


hecho jus cia- Calpurnia, que no recordaba tal compromiso, llamó la
atención de Leandro y le hizo un pequeño movimiento de cabeza; él hizo
un asen miento igualmente pequeño de reconocimiento, -y el sabotaje
que destruyó el Aven s Sapphire 7, ha sido cas gado. Insinuar lo
contrario no sólo es una subversión de mi autoridad, sino que es un
desaire a mi honor. Tal vez el concepto de los Arbites sobre esto, puede
diferir del nuestro señor, pero esto exige nada menos que una
rec cación hacia mí persona.

-¿Una rec cación?- preguntó el comodoro.

-Pareces decidido a causarme problemas, De Jauncey, pero si vas a decir


lo que creo que vas a decir, entonces oigámoslo para que podamos seguir
adelante.

-Sí, señor. Mi honor ha sido menospreciado por la Arbitradora Senioris


Shira Calpurnia de los Adeptus Arbites. Ella, ha rechazado mi palabra
como o cial y por sus palabras y acciones, me ha hecho sospechoso de
esos lamentables eventos. Las expecta vas de que coopere en este
ultraje, sólo agrava el insulto, y en nombre mío y de la familia de
Jauncey, exijo una rec cación.

-Ya veo- Omen se volvió hacia Calpurnia.

-Probablemente lo haya visto, Arbitradora Calpurnia, pero en todo caso


debo informarle, que el capitán de Compuerta Sambin De Jauncey del
escuadrón Hydraphur de la Flota Imperial Paci cus, ha reivindicado un
insulto suyo y exige una compensación. De acuerdo con las tradiciones
de esta ota sobre asuntos de honor entre o ciales, puede es pular esa
compensación como una condición previa para cualquier asociación
futura con usted.

-¿Está hablando de un duelo, por lo que en endo?- le preguntó.

Omen asin ó con la cabeza; La expresión de Jauncey era triunfante.

-Entonces, ¿esta tradición entre los o ciales de la Flota de batalla


Paci cus se ex ende a los miembros del Adeptus fuera de la Armada?

-Los duelos de honor entre las órdenes rivales de Adeptus enen


precedentes una vez que se cumplan ciertas condiciones previas
formales - Comenzó Leandro.

-Dos ejemplos recientes son la disputa entre Kjin Bassonel del


Administratum y el Vicario Varengo del Adeptus Ministorum, que
intercambiaron insultos por una interpretación de los decretos del
diezmo en 942.M41, y…

-Estoy seguro de que el Arbitrador Leandro está en lo cierto al citar los


precedentes del Adeptus planetario- intervino Omen suavemente.
-Mis disculpas, Arbitrador Leandro, no pretendo faltarle el respeto- y
Leandro inclinó su cabeza gen lmente, -pero el precedente no es un
problema.

-No solo la tradición, sino el decreto formal, (el cual no está en mi poder
anular) prohíbe los duelos de honor entre un o cial de la Armada y
cualquier persona fuera de la Armada. No se puede celebrar un duelo de
honor formal, y no se puede proporcionar una reparación.

Omen claramente iba a decir algo más, pero de Jauncey se enderezó,


chasqueó los talones y lanzó un saludo, con su sonrisa como una antorcha
blanca. El comisario se inclinó sobre el hombro de Omen y murmuró
algo.

-Calpurnia y De Jauncey se ausentarán durante un momento de


deliberación- declaró Omen , y el capitán de la puerta salió por las
puertas dobles después de Calpurnia en lugar de alejarse por su entrada
privada.

-Entonces, ¿realmente piensa que lo he insultado, De Jauncey, o sólo


¿cree que ha encontrado una manera de evitar tener que cooperar?

La voz de Calpurnia era tan fría como cálida era la sonrisa del capitán de
Compuerta, y aunque sabía que la pregunta podría abrir de nuevo toda la
cues ón del honor, estaba demasiado enfadada para ser diplomá ca.

-Lo que siento es que he encontrado una manera de librarme y de mi


puesto lleno de valientes y leales guerreros, de una insolente amenaza a
nuestra autoridad, nuestra integridad y nuestra capacidad de seguir
cumpliendo con nuestro deber de vigilar las puertas del Sistema
Hydraphur y a todos aquellos en este sistema que dependen de que
mantengamos esa vigilancia. ¿Sa sfecha?

-¿Cree que voy a dejar que explote alguna laguna en la tradición para
que nunca tenga que cooperar conmigo por un insulto inventado?

-¿Inventado?
-Le dijo al comodoro que me había dado su palabra de o cial de que se
había hecho jus cia. No ha hecho nada de eso.

-Él me creerá por...

-Y me ha acusado de acusarle de estar implicado en los ataques de


sabotaje, de Jauncey, y sé que nunca lo he hecho.

Su expresión se volvió incierta.

-Usted claramente, quiero decir, durante todo el trayecto que ha venido a


mi estación con estas acusaciones…

-¿Qué acusaciones fueron esas? Vine a su estación con la intención de


interrogar a los prisioneros que había arrestado en el Anillo y que trajo
directamente aquí.

Recordó sus palabras a Bannon sobre sus sospechas sobre esa acción y
sabía que estaba incómodamente cerca de men r.

-Muestreme de que manera desprecié su honor haciendo una acusación


infundada en su contra- eso, ella estaba un poco más a gusto con eso, lo
había conseguido.

De Jauncey simplemente se paró y la miró jamente.

-Bueno, capitán de Compuerta, ¿qué es un insulto más, además de todo


lo que ya me reclaman? No tenía mo vos para pensar que estuviese
involucrado en algo antes de venir aquí, más allá de la sospecha normal
de un Arbitrador- maldijo la verdad que le había hecho añadir eso úl mo,
y siguió insis endo a pesar de todo.

-Ahora sí. Creo que ene algo que ocultar, y lo está poniendo nervioso y
se está esforzando demasiado para sacarnos de la estación. Eso hace que
sospeche muchísimo, De Jauncey.

-Sospeche todo lo que quiera. Lo considerará dos veces antes de


enfrentarse a la ota del Pací co otra vez. Deberíais alegraros de que sea
el hombre que soy. Si estuviera a la altura de tantos de vosotros, sucios
rastreadores de planetas, podría dar a esos hombres otra oportunidad.

Estaba preparando una respuesta a eso cuando las puertas se abrieron


para dos guras ves das de negro: Leandro, con la capa en su lugar y el
tocado judicial debajo de un brazo, le sonrió desde el lado del comisario.

-Capitán de Compuerta De Jauncey, Arbitradora Calpurnia: puedo


anunciar que solo la discusión más simple ha sido necesaria para una
solución a nuestro callejón sin salida. Era un asunto pequeño llevar los
detalles del tema (los conceptos, más que los hechos ) al escru nio de los
recursos legales en ambos lados del debate. Me complace tanto (como
seguramente debe complacerlos a los dos)- sus ojos parpadearon, -que
hemos encontrado que en cualquier interpretación, podemos reunir el
juicio derivado del enjuiciamiento de las acusaciones de crímenes de
guerra, contra ciertos elementos de los seguidores del renegado
Almirante de Flota Krayle en el siglo anterior al nuestro, apoya un camino
a seguir.

-¿Crímenes de guerra?

Por una vez, Calpurnia se encontró de acuerdo con De Jauncey, cuyo tono
era incrédulo.

-¿Está alegando seriamente crímenes de guerra ahora?

-Cálmese, De Jauncey, nada de eso- espetó el comisario.

-Me siento corregido y amonestado por la brusquedad del buen


comisario Modjeska- dijo Leandro con una reverencia.

-La no cia que tengo para usted no es, le aseguro capitán de Compuerta,
no cias de cargos o procesamientos. La no cia es que no hay el punto
muerto que pensábamos que había. Los precedentes en cues ón, enen
que ver con los mecanismos de la jus cia Imperial dentro de un cuerpo
organiza vo autónomo como la Flota de Batalla de Segmentum, y el
papel del Comisariado de la Flota.
-Lo que está diciendo- dijo Modjeska, -es que el Comodoro Omen , ha
dictaminado que la ley permite un apoderado en los casos en que un
duelo de honor no se pueda resolver de otra manera, incluso cuando se
trata de un contendiente de fuera de la ota.

Los ojos de De Jauncey se abrieron de par en par, y Calpurnia pudo


entender por qué Leandro había estado sonriendo.

-La parte recusada, en este caso, no puede par cipar en el duelo, lo que
signi ca que está impedida de nombrar un apoderado naval, pero el
precedente, dice que un miembro del Comisariado de la Flota,
proporciona el apoderado en un caso como este. Por consiguiente,
capitán de Compuerta, su duelo por la reparación será contra mí, como
apoderado de la Arbitradora Senioris Calpurnia. El Comodoro Omen se
ha ofrecido como voluntario para usar el campo de duelo a bordo del
Cruzada Ascendente como terreno neutral aceptable, y presidirá el
combate.

-Como presidente, ha jado la hora del duelo en una hora en la tercera


guardia, dos horas después de la conclusión del servicio a los már res de
Thesea.

Saludó a De Jauncey.

-Gracias, capitán de Compuerta, le veré en el salón de duelos.

Y con eso giró sobre sus talones y marchó de regreso a través de las
puertas con un remolino del abrigo negro, la espalda recta como un ariete
y las botas golpeando en la cubierta.

Leandro y Calpurnia se calmaron y miraron jamente a De Jauncey, pero él


también había girado y marchado, a través de una mul tud de tripulantes
de la estación que de repente estaban ocupados con los mandados que,
por notable coincidencia, les exigían a todos estar de pie a poca distancia
de las escaleras hasta hace un momento.

-El dromón en el que vine es uno de los Arbites semi-dedicados, Shira- le


dijo Leandro, mientras estaban bajo las miradas silenciosas de los cuatro
jóvenes del cepo.

-Ordené a sus escoltas que se subiesen a él para descansar un poco y


comer algo... ¿pasamos por ahí para deleitarnos con lo mismo? Tal vez
incluso algo un poco inusual y rico. A pesar de la austeridad que se
supone que acompaña a esta época del año, no puedo evitar sen r que
tal vez merecemos un poco de libertad otorgada.

-¿Más de esa cafeína con brandy? Me di cuenta de que la disfrutaste


mucho.

-Ah, tal vez no haya tóxicos, pero ayer conseguí dos jarras de sirope del
archipiélago de Shequa, cada una adecuada para un brebaje de cafeína
ligeramente diferente. Con eso que soy lo su cientemente indulgente
como para haberlas traído conmigo.

-Creo que sería un desperdicio para mí, Néstor. Tengo un paladar muy
poco educado según los estándares de Hydraphur.

-Los siropes son una especie de marca registrada de la cocina de


Hydraphur- dijo Leandro.

-No siempre fue así, por supuesto. Hubo un largo período que parece
haber terminado en la época del Eclesiarca Thor, donde se permi a que
ciertos brebajes se cristalizaran y se sirvieran como polvos o resinas. Eso,
dio lugar a que ciertas técnicas de cocina se favorecieran, pero el cambio
de condimentos a base de jarabe, se remonta a la migración desde los
mundos periféricos del sector Colonna que vio la introducción de….
¿estoy divagando otra vez?

Calpurnia sonrió.

-Un poco. Y tengo asuntos en otra parte de esta estación. Pero uno de
estos días, arbitrador Leandro, me las arreglaré para encontrar un
aspecto de Hydraphur sobre el cual no me pueda lanzar un seminario en
el acto.
-Un desa o al que muchos aspiran pero ninguno ha vencido- dijo Leandro
felizmente. -Bien entonces. No estamos invitados a las devociones de las
capillas de la Armada y por lo tanto, haremos un breve servicio a los
már res de Thesea a bordo de la Geodésica en honor al día. Le animo a
que suba a bordo para eso, mi Arbitradora, si es posible. Me preocupa
que la concatenación de acontecimientos, le haya hecho retrasarse en
sus deberes religiosos. Pero si las circunstancias no lo permiten, la veré
de nuevo en el salón de duelos del Cruzada Ascendente.

Se saludaron mutuamente, y Calpurnia no pudo resis r una úl ma mirada


de sa sfacción a los hombres del cepo antes de marchar hacia las cámaras
médicas.

La galería contenía bancos de madera tan empinados y estrechos que la


cabeza de la persona en una la quedaría prác camente enclavada entre
las rodillas de la persona detrás de ellos, y las cabezas de la la superior
rozarían el techo bajo. Había una caída profunda de la barandilla frente al
banco principal; después de un metro de espacio vacío estaba el salón de
una ra de plás co perforado, suave y áspero para dar tracción a las botas,
de cuatro metros de ancho y que se extendía alrededor de diez de una
pequeña puerta a la otra. Estaba bañado por focos amarillos profundos,
que Calpurnia suponía que estaban allí para reproducir la luz del día de
Hydraphur. Al otro lado de la franja, podía ver el destello de la tela y las
medallas como una galería idén ca llena de o ciales.

Durante su camino Calpurnia había estado demasiado preocupada para


estar nerviosa. Tenía un poco de experiencia con los duelos en Ultramar,
donde ese derroche de luchas internas se consideraba despreciable, y las
leyes internas de Arbites sobre los duelos eran duras como el acero. Pero
ella sabía de la reverencia que los duelos ceremoniales se llevaban a cabo
en otros lugares y sabía que era un evento serio, incluso sin la contribución
de De Jauncey en juego, y estaba preocupada de hacer alguna metedura
de pata que deshonrara a Modjeska o dañara la conducta del duelo. Todo
lo que había podido conseguir de sus an triones hasta ahora era que se le
diera a Modjeska "la ventaja delantera", fuera lo que fuera, y que los dos
hombres usaran armas letales a pesar de que el duelo fuera o cialmente a
primera sangre o hasta ceder. Miró a su alrededor, ahora lista para
concentrarse en las acciones de aquellos a su alrededor y asegurarse de
que se conformara.

No tenía por qué preocuparse. Lo primero que la golpeó cuando la puerta


se abrió fue una ráfaga de charla, humo de cigarro picante y el n neo de
los vasos.

Las gradas de o ciales estaban sumidas en una profunda y jocosa


conversación, se retorcían para llamarse unos a otros, pasando pequeñas
bandejas de dulces, tabaco y aguardiente de un lado a otro y ver endo
licores decantados cuyos aromas hacían que la cabeza de Calpurnia diese
vueltas. Tuvo que abrirse paso hasta Leandro a través de una mul tud de
uniformes verdes, todos empeñados en ignorarla alegremente, pero
decidió al sentarse que era mejor que la hos lidad para la que se había
estado preparando.

-¿Y cómo está tu herido?- preguntó Leandro.

-Se llama Arbitrador Gomry, y está mejor que antes, lo que no es decir
mucho. Está profundamente inconsciente, pero los médicos de la
estación son buenos en su trabajo.

-Uno podría ser perdonado por poner cierta fe en la capacidad de los


médicos a bordo de una estación militar para manejar las heridas de
combate.

-Justo así. Bueno, el siguiente paso es tratar de que sea lo


su cientemente fuerte para viajar. Si lo hacen bien, y hubiera un
Apotecario a bordo de su dromón…

-Eso existe.

-Bien, bueno, podríamos llevarlo de vuelta a Bósphoro con nosotros.


Sería bueno para él regresar al Muro, entre amigos. Si Modjeska gana,
me pregunto si podemos lograr que esos cuatro bastardos sean….-
Leandro le hizo un gesto para acortar la sentencia, e inclinó la cabeza hacia
la mul tud de o ciales que casi habían llenado los bancos detrás de ellos.

El Capitán de Compuerta De Jauncey, había emergido en un extremo del


piso del duelo y estaba de pie con otros dos que Calpurnia tomó como
segundos, hablando en voz baja y sorbiendo de una bola de latón para
beber. El capitán de Compuerta, fue despojado de su largo abrigo
uniforme y llevaba un chaleco blanco ajustado, que enfa zaba su delgada
complexión. No hizo ningún signo de que estuviera registrando a ninguna
de las turbas de o ciales de ambos lados, y la reacción fue mutua: si acaso,
el n neo de utensilios y el humo del cigarro se habían espesado. La
conversación general, parecía haberse conver do en elaborados juegos de
palabras sobre los duelistas y otras personalidades de la ota. Calpurnia
pensaba que no tenían sen do para ella aunque conociera el sistema (era
consciente de que no tenía mucho sen do del humor, y que tendía a
descon ar vagamente de la gente que lo tenía). Supuso que eso apuntaba
a algún po de terrible defecto de carácter, pero nunca se había
preocupado por ello.

Las luces sobre los dos conjuntos de bancos de espectadores se atenuaron


como si estuvieran en una obra de teatro. Calpurnia vio que los segundos
de De Jauncey, se habían re rado por la puerta y el capitán de Compuerta,
ahora tenía un arma. Un momento después, la puerta del fondo se deslizó
hacia atrás, Modjeska la atravesó y comenzó el duelo.

Calpurnia esperaba elaboradas formalidades previas al duelo después de


todo lo que se hablaba de tradición y costumbre, pero ni siquiera hubo un
saludo. Modjeska simplemente marchó hacía De Jauncey y comenzó a
balancearse en arcos cortos y brutales. Desnudo de botas, pantalones y
camiseta como su oponente, llevaba una hoja de un solo lo, parte alfanje
y parte hacha, la hoja se acampanaba y se ponderaba en la cabeza para
permi r golpes feroces y con las partes dañadas. Su otra mano sostenía un
bastón con peso, más como un disposi vo de detención y un escudo que
como un arma por la forma en que lo usaba.
De Jauncey se defendía con algo más largo, un arma de aspecto ridículo,
que hacía pensar a Calpurnia en un hacha de dos manos con un mechón
de pelo extraño, como el de un vaso cómico en un circo. No fue hasta que
ella los vio intercambiar arreme das por lo menos durante un minuto, que
volvería a casa después de haber recibido un seminario de armas an guas:
era un arma de a bordo, los lamentos azotados en el extremo de las
puntas de las agujas, sacaban una carga de un paquete de energía en el
contrapeso al nal del eje.

Era un arma para la acción de abordaje, cuando los compar mentos


estaban demasiado cerca para las armas de fuego o los lanzallamas,
diseñada ya fuese para balancearse y cortar al enemigo o para ser arrojada
hacia delante de modo que al menos una o dos de las cerdas encontraran
su camino a través de un punto débil en los pesados trajes reforzados y
capuchas que los abordantes de nave a nave usaban para protegerse.
Viendo a De Jauncey usarlo de esa manera ahora, manteniendo
hábilmente el haz de púas a ladas entre él y cada intento de Modjeska de
cerrarlo, Calpurnia se dio cuenta de que tenía que estar cargado ahora.
Uno o ambos hombres podrían ser fácilmente llevados al hospicio o a la
morgue al nal del mismo.

El duelo era un hábil contraste de técnicas: las elegantes y danzantes poses


de De Jauncey, los golpes de empuje de su arma tan rápidos como la
lengua de un lagarto, y el es lo agresivo y brutal de Modjeska que
ocultaba una astuta ofensa tras un barniz de cruda agresión. La técnica de
De Jauncey era la clásica esgrima aristocrá ca, que enfa zaba el aplomo,
la habilidad y la delicadeza, y la de Modjeska era el clásico es lo del
comisario, diseñado tanto para hacer polí ca como para ganar una pelea:
una a rmación de la salvaje autoridad del comisario para imponer la
disciplina imperial por cualquier medio necesario.

De Jauncey había cedido terreno. Había estado a un tercio del camino de


salida al suelo cuando Modjeska había entrado, pero ahora otro paso atrás
lo dejaría con los talones en la puerta detrás de él. Necesitaba espacio, y lo
hizo con un complejo patrón de arreme das y golpes que obligaron a
Modjeska a ceder terreno a su derecha, golpeando las púas electri cadas
con el bastón de su mano izquierda. Debe ser de ceramita o de plás co,
pensó Calpurnia, viendo las chispas escupir entre las plumas, pero nada
bajó por el bastón hasta el brazo del comisario. Entonces De Jauncey giró
el mango y esquivó con rapidez de gato a su derecha, tratando de arrastrar
los pies alrededor de Modjeska y alejarse de la puerta. Casi lo lograba,
pero tuvo que corregirse para mantenerse alejado de la caída del borde
del piso del duelo y Modjeska, que obviamente había visto venir el
movimiento, u lizó el momento de distracción para terminar y golpeó el
mango del hacha larga con un golpe de revés que estrelló en los nudillos
de De Jauncey y casi le hizo perder el arma de sus manos.

Su boca se torció en forma agónica, De Jauncey retrocedió frené camente


mientras Modjeska mantenía el giro de su cuerpo y apuntaba un golpe de
derecha al otro brazo de De Jauncey. Deslizando su agarre por el mango, el
capitán de compuerta trató de crear cierta distancia con largos y agitados
giros de la cabeza del hacha que necesitaban menos de un agarre no,
pero Modjeska tuvo el empo de presionar un poco más detrás de cada
giro, forzando a De Jauncey a retroceder si quería controlar el espacio que
necesitaba para los grandes golpes. Finalmente se rindió e intentó hacer
retroceder al comisario con una serie de embes das profundas y bajas que
obligaron a Modjeska a ceder terreno o a agacharse para bloquear y
exponer su cabeza.

Ahora había un completo silencio en la cámara, excepto por el roce de las


botas de los duelistas y el sonido de su respiración. Ambos hombres
estaban derramando sudor: la suave piel oscura de De Jauncey brillaba
mientras que la de Modjeska, áspera y cubierta de un grueso pelo rojo por
todos sus hombros y brazos, goteaba y se escurría.

Los nervios de De Jauncey lo traicionaron una vez más. Se había dejado


llevar por sus arreme das y trataba de hacer lo mismo, una y otra vez, sin
darse cuenta de que la defensa de Modjeska contra cada uno de ellos
estaba cada vez más asegurada y que el juego de piernas del comisario era
cada vez más corto, lo que lo ponía en tensión para una salida de vuelta.
Los o ciales también se habían dado cuenta, y Calpurnia oyó un murmullo
de "Ahí ha errado" desde algún lugar.
Un momento después Modjeska se movió. De Jauncey estaba
telegra ando mal: una cierta colocación de los pies, un pequeño giro hacia
atrás. Modjeska lo observó mientras colocaba sus pies, balanceaba su
arma hacia atrás, y luego se movía hacia adelante en un pivote que giraba
más allá del manojo de plumas. De pronto se encontró en el lado ciego de
De Jauncey, detrás de su hombro, y mientras el otro hombre trataba
frené camente de enrollar su estocada y tomar el control del espacio
entre ellos, la cabeza de la hoja de Modjeska mordió el bíceps de su brazo
bueno y un segundo después el bastón se rompió en su cabeza.

De Jauncey se tambaleó y cayó, Modjeska golpeó la cabeza del hacha con


la parte posterior de su cuchillo y la sacó de las manos del capitán de
Compuerta, luego agarró a De Jauncey por el brazo antes de que pudiera
caer por el lado del suelo del combate y lo arrastró a su centro.

Se quedaron quietos en un escenario durante un largo momento, el


esbelto o cial se tumbó en el suelo y el pesado comisario de pie sobre él,
con la bota sobre su pecho, y entonces De Jauncey levantó
temblorosamente una mano. Las puertas se cerraron y los asistentes
saltaron al suelo y, mientras Calpurnia y Leandro saludaban al comisario
Modjeska y se dirigían a la puerta, los o ciales de la Batalla del Pací co se
pusieron de pie para aplaudir.

De Jauncey cooperó. Tenía que hacerlo. El duelo había sido el úl mo


ro en su casillero, como Calpurnia de manera poco elegante le dijo a
Leandro mientras cruzaban por el esbelto, vibrante y francamente
asombroso puente de mando. Por lo menos tenía la fuerza de la gravedad,
que era más que el vínculo con la Geodésica. Leandro la acompañó de
vuelta a la estación médica, pero Calpurnia sospechó que tenía más que
ver con postergar el paso a través de los cambios de gravedad y
orientación. Leandro, resultó ser, que odiaba la sensación aún más que
ella.
-¿Él aceptará ser interrogado?- Calpurnia preguntó mientras se dirigían a
la bahía médica superior de la Puerta de Charisia.

-Lo hará. Creo que logré establecer una relación su ciente con el
comodoro y considerarme informado; Y puedo decirte, que Omen ha
fortalecido sus puntos de vista sobre el asunto. Es posible que hayas
notado que el respetado Comodoro, ene una ac tud más diferente en
la cooperación con los Arbites que cierto capitán de Compuerta bajo su
mando. Se considera que dicho capitán de Compuerta ha traído bastante
despres gio a su ota de batalla, sin tomar en cuenta la atención
desfavorable de una orden del Adeptus que, como aparentemente, ha
señalado el capitán de Compuerta, es capaz de exigir sanciones
perfectamente legí mas de la Armada si ve la necesidad.

-Ha demostrado ser incapaz de controlar su estación hasta el punto en


que un miembro de esa misma orden del Adeptus, se vio obligada a
defenderse de un feroz ataque, de no menos que de cuatro de sus
subordinados. Y ahora una cues ón de honor por la que insis ó en que
se le indemnizara le ha hecho caer en desgracia...

-Perdió el duelo, Omen le ha dicho que no ene opciones de revancha y


que nos diga lo que sabe.

-Ah, mi Arbitradora Senioris Calpurnia, sus palabras llegan al corazón del


asunto con la rapidez de la propia espada de Macharius.

-¿Macharius usó una espada?

-Creo que aparece con una en la mayoría de las ilustraciones históricas


de mi biblioteca. Con toda franqueza he cogido el asunto por fe de
aquellos.

-Mi padre guardaba una excelente colección de historias militares. Las


usaba para enseñar a mis hermanos a leer y a orar. Tenía la impresión de
que se inclinaba más por las armas de fuego y algún po de arma de
poder.
-La espada con la que lo he visto ilustrado, bien podría haber sido un
arma de poder. Tendré que inspeccionar las placas a color de nuevo.
Después de todo, estamos mucho más cerca de las áreas de las
conquistas reales de Macharius que de Macragge.

-Los libros que leí cuando era más joven fueron obtenidos de este
Segmentum, sin embargo, Néstor.

Discu eron amablemente en las salas de medicina, mientras los médicos


iban y venían. Todavía estaban en desacuerdo sobre el tema, cuando llegó
el informe de que Gomry (pasaba de un estado de aturdimiento al de semi
inconsciencia cuando lo despertaban) Calpurnia se negó a irse sin visitarlo,
pero estaba inconsciente de nuevo.

-Debe haber sido un golpe terrible- dijo Leandro suavemente mientras se


alejaban.

-Lo fue- dijo Calpurnia, - y fue golpeado por mi culpa.

Quedó muy callada durante el paseo a las habitaciones de De Jauncey.

El capitán de la compuerta ya había empezado a hablar cuando llegaron.


Pálido y cansado, se sentó en una silla acolchada junto a una ventana de
medio metro de grosor de cristal blindado que daba a un grupo de
cañones de lanza y a las tenues formas de dos Dromones acoplados.

El comisario Modjeska, estaba sentado en una silla frente a él. Un segundo


comisario, más joven y delgado y con cierto parecido al propio De Jauncey,
asin ó con la cabeza a los Arbitradores cuando fue presentado como el
Comisario de Compuerta Chalce. Al otro lado de la sala, había un o cinista
encaramado a un taburete con cables trenzados, que iban desde su cráneo
hasta una pizarra de datos encaramada a su rodilla, y otro o cial con capa
verde cuyas insignias de Aguila y Balanza, le marcaban como parte de la
judicatura de la Armada. Se presentó simplemente como la teniente
Rybell, y volvió a mirar a De Jauncey.

Toda la escena parecía bastante casual, con el brazo y los vendajes de De


Jauncey y la atención de los demás, un observador podría haber pensado
que estaban allí para presentar sus respetos al capitán herido. Pero el
hecho de que se trataba de una sesión de interrogatorio se hizo evidente
muy pronto.

-Lyze-Haggan- dijo el capitán de Compuerta, y Leandro se sin ó


inmediatamente entusiasmado.

-¿Qué es lo que ha dicho?- preguntó animosamente Leandro.

-La casa Lyze-Haggan. Le he dicho al comisario lo que sé sobre el montaje


del sabotaje. Yo no tuve nada que ver. Mi... mi error fue no levantar una
mano para detenerlo, cuando supe que estaba siendo planeado. Pensé
que sería un golpe contra los Kalfus-Medell. La familia Kalfus y los De
Jauncey…

-Soy consciente y comprendo su historia- dijo Leandro.

Calpurnia puso una cara agria que sólo Rybell captó, y la otra mujer la miró
con curiosidad.

-Entonces no me detendré en ello- con nuó De Jauncey, -excepto para


decir que los puestos de mando hereditarios en el Gyre Aurucon (los
mismos que nos han puesto en con icto con la familia Kalfus) también
nos han dado razones para vigilar los movimientos y tratos de los
miembros del Adeptus Astropathica. Lo que pasa entre esas personas
cuando se congregan en la Torre Ciega es una incógnita, pero como
deben pasar empo alrededor del cuerpo de o ciales cuando están en
sus puestos no es di cil para nosotros rastrearlos.

Ahora se estaba poniendo a su ritmo, y Calpurnia contuvo el impulso de


aporrear el corte en su brazo para recordarle que no se trataba de una
anécdota de comedor. Pero ella sabía lo su ciente sobre interrogar para no
interrumpir a un hombre que estaba tomando impulso. Ese interrogatorio
era lo que ella estaba empezando a pensar como un Especial de
Hydraphur, todo guantes de seda y e queta.

-El sindicato Haggan, es ahora in uyente en gran parte de las rutas civiles
del sistema interno. La familia Lyze, según tengo entendido, Arbitrador
Leandro, es uno de los más importantes dentro del sindicato, rico pero
tosco y apenas considerado entre la nobleza- Leandro asin ó sin
comprometerse.

-Pero en los úl mos dos años, han estado en todas las partes del Anillo y
como invitados a bordo de tantas estaciones navales como les hacían
visitar. Desde que se volvieron de interés para la familia De Jauncey,
hemos tenido la oportunidad de verlos construir lazos diplomá cos con
media docena de cabalistas de los astropatas.

-Un hecho que no parecía afectar a ninguno de ustedes indebidamente-


colocó Modjeska.

Se había desplazado de tal manera que de Jauncey tenía que mirar hacia
atrás y adelante entre él, Calpurnia y Leandro, una tác ca básica de
interrogatorio.

-El propósito del ejercicio, era desviar los intereses de Medell en los
muelles civiles, lo que habría perjudicado principalmente a la familia
Kalfus.

-Dice que su disputa con Kalfus signi có que era conveniente que te
sentaras a ver cómo esta gente echaba sus garras a quién sabe cuántos
astrópatas- terminó Calpurnia, incapaz de ocultar el desprecio en su tono.

-Los atrópatas no son niños, aunque sean calvos y de aspecto bulboso-


respondió De Jauncey.

-Eran capaces de comprender perfectamente los mo vos de Lyze-Haggan


por sí mismos. Por lo que yo sé, el Adeptus Astropathica disfrutó de
relaciones formales, excelentes y honestas con Lyze-Haggan.

-¿Excelentes y honestas?- sonó como si Modjeska estuviera rechinando


los dientes. -¿Eso se extendía a...?

-¿Sabotear las transmisiones para provocar una colisión?- los ojos del
capitán de Compuerta eran rmes y solemnes.
-No, señor, no fue así. La in ltración que realizaron para crear ese
desastre, fue tan profunda que se escapó por debajo de la red que
cualquiera de los agentes de MI FAMILIA fue capaz de rastrear.

De Jauncey puso un poco de énfasis en mi familia, y Calpurnia tuvo que


ceder a regañadientes al respecto: no debería haber dependido de los
esfuerzos privados de una sola familia naval el descubrir un complot como
este.

-Mi familia ha estado al mando de la Armada Imperial durante más


generaciones de las que puedo recordar. La idea de tolerar un acto como
el que tuvo lugar en el Anillo me repugna. Confesaré que mi
comportamiento con los Arbites fue mo vado por el deseo de preservar
mi propio nombre, pero no duden que quería el cas go para los
culpables tanto como ellos. Esa fue la razón por la que ejercí mi
autoridad para que los sacaran del Anillo, ninguna otra.

-¿Y qué fue capaz de averiguar de esas personas que había traído aquí,
de Jauncey?- le preguntó Calpurnia. -¿Los interrogó cuando llegaron?

-Me quedé observándolos cuando los sacaron del dromón que había
enviado- respondió, y debió sonar ridículo incluso para él, porque
inmediatamente se puso a la defensiva.

-Su propia llegada, bastante repen na, fue muy brusca, si lo recuerda,
Arbitradora Calpurnia, y una vez que supe que venía, sen que tenía
otros asuntos que atender. Simplemente debía re exionar sobre lo que
había aprendido al verlos marchar por el puente de atraque.

Su ac tud defensiva se había agudizado, y Calpurnia tuvo que recordarse a


sí misma que sólo cooperaba en absoluto porque había sido golpeado por
el comisario.

-¿Y qué pudo concluir de estas observaciones?- le preguntó Leandro con


una voz más suave. El cambio de tono funcionó, como casi siempre lo
hacía.

De Jauncey se volvió hacia Leandro y habló más rápido.


-Reconocí a varios de los astrópatas traídos a bordo. Creo que ahí, es
donde se origina todo esto, con los propios astrópatas, no con los tecno
Adeptos o los servidores mecánicos.

-Mis o ciales informaron de que varios, intentaron suicidarse de camino


a la estación y uno se ha suicidado con éxito desde su llegada aquí. Su
comportamiento es extraño, sí… lo sé, pero incluso para los astrópatas es
extraño: cs corporales, cs faciales, falsos inicios de conversación,
dirigidos al aire libre. Hice que mis propios representantes astropá cos
los observaran sobre un enlace de imágenes y reconocieron las señales
inmediatamente. Exigieron la oportunidad de retomar sus trances y
enviar un mensaje a la Torre Ciega inmediatamente.

Ambos Arbites y ambos Comisarios se inclinaron hacia adelante


intensamente.

-Me dijeron que estos son los síntomas de un truco psíquico- con nuó De
Jauncey, -una orden mental aburrida tan profundamente en el cerebro
que la propia víc ma puede no saberlo. Estos pueden ser construidos
su lmente por un psíquico experimentado para hacer que la huella sea
casi imposible de detectar, o pueden meterse en una mente
completamente intacta. Tal orden resonará dentro de la mente y pronto
quemará a la que ha sido forzada, pero hasta que eso suceda, será
irrastreable.

Psíquicos… Calpurnia vio la imagen por un momento, clara detrás de sus


ojos: coronas de humo, pánico, gritos de mul tudes, y una forma
tambaleante y colapsante que parecía desaparecer en el aire...

-Introducir una orden en una mente tan fortalecida como la de un


astrópata requiere una voluntad poderosa- con nuó De Jauncey, -tal
como no se encuentra entre las órdenes inferiores del Adeptus. No
interrogué a ningún prisionero, Arbitradora Calpurnia, pero hice que mis
astrópatas me dieran una idea de la clasi cación que tal hazaña
necesitaría y luego la comparé con los registros de transmisión y las
no caciones de movimiento, como son mi derecho de acceso como
capitán de la puerta.

Su mandíbula se levantó un poco ante eso.

-Puede que no sea un agente de los Arbites, pero encontré un nombre.


¿Le gustaría saber quién y dónde está?

Calpurnia se quedó en silencio, permi éndole su pequeño momento de


orgullo para salvar su cara.

-El Maestro Astrópata Yannod Dwerr era el líder de la célula Astropá ca


para ese segmento del Anillo. Mis tres astrópatas mayores, con rman
que Dwerr es fácilmente lo su cientemente poderoso como para forzar
un comando incrustado en una mente fuerte, un comando tal como para
diseñar una colisión y suicidarse después. Me han dicho que los informes
que han recibido de sus hermanos a bordo del Anillo, parecen indicar
que Dwerr pasó empo solo esta mañana con el pobre desgraciado que
envió las transmisiones contaminadas.

-Mis astrópatas también con rman, aunque de mala gana, que Dwerr
también está involucrado en algún po de intriga interna contra
miembros de la Liga de las Naves Negras. Y según mis sabios
transmecánicos y logis cos, el Maestro Astrópata Yannod Dwerr fue
registrado dejando su puesto en el Anillo tres horas antes de la colisión,
en su camino hacia Hydraphur. Su des no guraba como en las afueras
de la Colmena Bosphoriana. La ciudadela de la familia Lyze-Haggan.

-Ahí enen… ahora, Arbites- De Jauncey miró de nuevo a Calpurnia y todo


el fuego arrogante volvió a su voz.

-Con o en que mi asistencia a usted ha valido la pena por todas sus


moles as.
Una carta de la
Casa Piriya
¡Mi querida hermana mayor!

Hace demasiado empo que no sé nada de , e incluso con todas estas


no cias sombrías y angus osas, fue una alegría cuando me entregaron el
paquete. Habíamos oído hablar de una corriente gris que envolvía gran
parte de la parte media de su ruta pero regañé al o cuando intentó
decirnos que debíamos tener las capuchas de luto listas. ¡Tu ojo siempre ha
sido más agudo que el suyo!

¡Me gustaría poder decir lo mismo de tu ingenio! (Oh, te conozco,


'Hermana mayor, puedo decir que estás poniendo esa cara en mi grillete
ahora mismo y deseando que esté allí para que puedas gritarme así. ¿Por
qué nunca ves que estoy bromeando con go?) ¿Pero todo este revoloteo
sobre este tonto retraso en Hougeran? ¡Cómo me gusta tanto de ! Si
estuviera allí con go, quizás podría hacer que me explicara lo que vale la
pena hacer por un árbitro que decide que quiere ver cómo viven sus
superiores.

Debe ser todo uno para nosotros, estoy segura de que mamá te lo dijo
como me lo dijo a mí. ¡Oh, y debo escribir esto mientras recuerdo, mi
hermana, que me envió ayer mismo la no cia de que su pe ción debe ser
llevada a la Corte del Paternoval tan pronto como las corrientes de aire
debajo de la Nebulosa de la Corona lleguen a la marea correcta! ¡Pronto
creo que la Casa de lo Piriya va a tener una no cia tan emocionante!
Realmente no les gustamos, por supuesto que no. Todos los demás
Adeptus. Por supuesto que saben que deben mantenerse fuera de nuestro
camino, excepto por la sucia Inquisición, ¿recuerdas cómo los llamaba
siempre el abuelo? No les gustan nuestros ojos y no les gusta la forma en
que podemos hacer lo que queramos y no arrastrar estas reglas de los
grilletes de la vida todo el empo. ¡Y ciertamente no viven de la manera en
que nosotros podemos proveer tan bien para nosotros mismos! Es un
pequeño precio a pagar, hermana mayor, que de vez en cuando un
estúpido hombrecillo viene dando vueltas tratando de mostrarnos que no
nos ene miedo y que no nos envidia. Piensa que la próxima vez que una
de estas naves Arbites acapare uno de los nuestros, no podrán hacer nada.
¡Mira cómo se escabullen para ngir que no son impotentes! Lo
encontrarás tan diver do como yo, ¡qué risas tendremos juntos cuando
nos encontremos la próxima vez!

Lo único que puedo pensar al releer su carta es que Markov ha estado


poniendo pensamientos en su cabeza otra vez. Espero haberle dicho cómo
terminó todo ese asunto de la Victoria en Jantespont, pero ahora no puedo
recordarlo y se lo diré de nuevo. El problema era que esos dos sacerdotes
hacían tanto alboroto en la estación de paso, ¿recuerdas? Bueno, resultó
que uno de los tes gos que Markov tuvo que limpiar era un Adepto, por lo
que todo tenía que hacerse en secreto. Pero aún así, a pesar de que era
una persona tan insigni cante, trivial, sabes que si es un Adepto entonces
los Arbitradores se involucran. ¡Cómo deben odiar que les pongan
semejante trabajo por una muerte tan insigni cante! De todos modos,
Markov sospechó que los Arbitradores habían intentado que uno de los
llamados detec ves espiara lo que hacíamos con el Victory, así que por
supuesto tuvo a sus sospechosos fuera en poco empo. Ahora escúchame,
hermana mayor, porque puedo decirte que yo misma usé mi ojo en ellos.
Siempre dijiste que era el mejor en las cosas prác cas, ¡y habrías estado
tan orgulloso de mí! Pero Markov sabe de información y dijo que si estas
personas no dejaban la nave después de lo que les hice, eso signi caba que
no había ningún detec ve a bordo. Pasó bastante empo explicándome y
pensé que sería muy aburrido, pero estoy seguro de que Markov sabe más
sobre el trabajo de los detec ves de lo que le permi rían saber.

Me dijo que personalmente había "enrollado" (esto es lo que le gusta


decir) una red que algunos detec ves de Arbites habían instalado a lo largo
de la ruta Kyryde-Zenj para rastrear algún po de comportamiento de una
nave que el o estaba navegando. Dijo que algunas de las personas que
mató eran Arbitradores, pero muchas de ellas no lo eran. ¡No tenía ni idea!
Dijo que los detec ves no son como el estúpido y sus arbitradores que te
abordaron. Dijo que se supone que están muy orgullosos de cómo pueden
vigilar e in ltrarse en cualquier lugar, y a menudo u lizan estas redes y
disposi vos para poder hacer estos enormes archivos sobre cualquiera.
Dijo que a veces u lizan su red para empujar a la gente a cometer delitos
para poder arrestarlos, sólo para demostrar que son pos de criminales
que necesitan ser cas gados. Tal vez haya alguien que te esté viendo leer
esto ahora mismo, ¡ja!

De todos modos, Markov dijo que los detec ves nunca son tan listos como
creen que son, y nunca son tan listos como él. Pasó mucho empo
contándome todas las formas en que puede saber cuando hay un detec ve
Arbitrador tratando de monitorear una operación que está llevando a cabo
para nosotros y siguió diciéndome que simplemente no podría haber un
peligro para . Si hubiera habido agentes de Arbites escarbando en los
detalles de lo que su nave va a llevar realmente al Paci cus, ¿por qué
entonces Markov los habría encontrado y matado? ¡Claro que sí! No
estarían vivos para decirle a ese coágulo del que escribiste que viniera a
pavonearse como si le debieras algo. Si los Arbitradores tuvieran gente tan
lista como nuestro Markov, entonces tal vez incluso tú y yo tendríamos que
empezar a ser cuidadosos. Pero como no lo hacen, hermana mayor, todo lo
que enes que hacer es aguantar y mantener tu adorable y agudo ojo en la
proa. Cuando pongamos en marcha este plan, todo el sistema Eilgard será
un desastre y la Casa Chiban con él, y la Casa Dorel se dará cuenta de que
deben apoyar nuestra oferta. ¡Qué lás ma que la bisabuela no viviera para
ver tantos contratos de los Ferraci!

Cuando leas esto, la Luna de Wiccolo estará en el muelle y disfrutarás de


un maravilloso descanso. ¡Espero que esta carta le traiga algún placer y
tranquilidad antes de que pase a la siguiente etapa de nuestro plan!
¡Ignoren a esos ridículos Arbitradores, e ignoren a ese cierto General Tú-
Sabes-Quién! ¡No será un gran problema para nosotros en muy poco
empo!

¡Su querida hermana!


Decimosexto día del septista
Dos días para la misa de san Balronas.
Tercer día de la Vigilia de Balronas. El servicio de las plumas.
La dedicación de los azotes.

Desde la medianoche, durante tres horas, sacerdotes y


diáconos recorrerán las calles llamando a los piadosos para que
preparen sus confesiones. Es el momento de encender la lámpara de
la Congregación del Silencio, y con su luz, todos los miembros de
cada casa o cuartel, escriben los motivos por los que desean
desahogarse y expiar durante la Vigilia. Deben usar pergaminos del
tipo decretado por el Ministorum y perfumados con los inciensos
necesarios, y han de ser sellados con pastillas de cera de plástico que
serán entregadas por los sacerdotes.
Los clérigos que salen a difundir la llamada a empezar a
escribir, llevan este papel y cera, pero la vergüenza de no estar
preparados y tener que pedírselo no debe tomarse a la ligera. Es
apropiado que los escribas y clérigos ayuden a los analfabetos, pero
esto sólo debe permitirse cuando esa persona haya prestado
juramento ante su predicador y lleve el sello correspondiente.
Durante el servicio y después, la lectura de la lista de las faltas debe
suscitar pensamientos de arrepentimiento y redención. El Credo de
los Gyrae es una lectura comunitaria apropiada para la noche, una
vez que todas las confesiones han sido escritas.
Las confesiones deben ser registradas al amanecer, y luego selladas
en el exterior de la casa o en un púlpito o santuario. Desde el
amanecer, los ciudadanos deben caminar por las calles con la vista
puesta en las confesiones y los pensamientos sobre la culpabilidad y
la salvación.
El clero seguirá por las calles y quien lo desee podrá seguirlos
o unirse a ellos en la oración. Una hora después del atardecer, todos
los ciudadanos deben presentarse en una capilla con las
herramientas para sus flagelos del día siguiente. Éstas deben ser
bendecidas y afiladas ritualmente por un miembro del Ministorum o
de las Sororitas. Los niños demasiado jóvenes para los azotes, deben
ayudar a afilar las espadas de sus padres como una forma de
prepararlos para la edad en la que participarán. Aquellos que no
han comenzado a ayunar, deben hacerlo después de que sus hojas
hayan sido bendecidas.
Un comportamiento abatido y una voz tranquila son
esenciales para este día, especialmente cuando se viaja fuera de
casa. Las prendas de tela lisa o de saco son apropiadas para este día
y todo hasta la misa misma.
CAPÍTULO ONCE
Corriendo para interceptar al Sanctus, corriendo para inves gar el
sabotaje Astropá co, ahora corriendo para perseguir a Dwerr hasta
Hydraphur. Calpurnia sospechaba que, durante el resto de su carrera, iba a
asociar los quejidos de los pasillos y los curvados hierros negros del Anillo
de Hydraphur con una prisa desesperada.

Regresaron disparados desde la Puerta Interior de Charisia, con los


motores de la Geodésica funcionando a plena potencia, incapaces de
conversar por los comunicadores vox, debido al ruido. Los magos que
supervisaban el núcleo de plasma, habían declarado este momento, como
un mal momento para la con guración de motores de alta velocidad y alta
potencia, y su congregación de tecnosacerdotes, se afanaban en transmi r
sus cantos a través de toda la nave en un esfuerzo por mantener su
espíritu apaciguado a causa de la tensión. El zumbido y el crujido de los
hipermotores, entraban y salían de los cuerpos de los adeptos, en una
mezcla de sonidos que Calpurnia encontraba perturbadora.

Habían tenido cuidado de mantener todas sus comunicaciones


astropá cas tan ru narias como fuera posible, pero no era posible
disfrazar las anulaciones de código rojo que habían apartado el trá co
normal de su camino. Si todavía había astrópatas en el Anillo con las
órdenes profundamente implantadas por Dwerr, órdenes que ellos
mismos no sabrían que llevaban, no se les podría permi r saber que algo
andaba mal.

Una vez que estaban a bordo de su módulo de aterrizaje, las cosas se


volvieron más fáciles. Calpurnia se inclinó sobre una estación de
transmisión, gritando para hacerse oír sobre los motores y la fricción del
viento raspando el casco, ordenando a las patrullas que cambiaran de
rumbo, a los equipos de asalto que se movilizaran, a los Cas gadores que
prepararan las armas y las celdas. Sus órdenes fueron al Muro, luego a las
fortalezas del recinto que estaban dispersas, y gradualmente la red fue
lanzada alrededor de la gran ciudadela familiar de Lyze-Haggan.

Para cuando estuvieron en la atmósfera baja, estaba empezando a recibir


actualizaciones de los controladores de la comisaría. El agotamiento la
perseguía como siempre y el tener que concentrarse por el ruido le daba
dolor de cabeza, pero incluso cuando le repe an los informes no tenían
sen do.

Dos equipos de patrullas que bloqueaban las calles de la ciudadela, habían


sido atacados ferozmente desde los muros, pero los ataques cesaron tan
repen namente como habían empezado y la milicia de la familia Lyze salió
a rendirse. En otra ocasión, los equipos de asalto habían oído disparos y se
apresuraron a romper una de las puertas de la fortaleza, para encontrarlas
abiertas y las barricadas que estaban detrás de ellas, ya destrozadas por
las cargas explosivas. Algún po de autogiro había tratado de despegar de
una plataforma de aterrizaje en la mitad de la pared norte de la ciudadela
sólo para ser derribado por una corriente de granadas de cohetes desde la
misma plataforma de donde había despegado, y luego se desvió y chocó
con su propia plataforma de lanzamiento en lugar de estrellarse.

Después de cuarenta y cinco minutos de aquello, Calpurnia se rindió,


arrugó las notas que había estado tratando de hacer en un puñado con la
mano vacía, y comenzó a hacer los controles previos a la batalla y a
bendecir sus armas en lugar de lo anterior. Cualquiera que fuera la locura
que se estaba desarrollando ahí abajo, sabía cómo actuar con un mazo y
una escopeta.

Al principio, la fortaleza de Lyze parecía imponente. Estaba lejos de la


colmena Bosporiana, en la orilla de las lagunas contaminadas que
terminaban su marcha hacia el norte y el este. Tres torres gruesas,
nudosas con vías aéreas externas, salientes y plataformas de vivienda lo
su cientemente grandes como para albergar casas, se alzaban sobre los
cincuenta y sesenta pisos que las rodeaban, y los puentes elevados entre
ellas se habían hecho más gruesos y pesados hasta el punto de que las tres
agujas simplemente formaban los postes de las esquinas de un gran casco
triangular cuyos muros de contención dejaban un extraño hueco de
cincuenta metros hasta el suelo.

La Guardia de la casa de Lyze tenía puestos de mando, buen armamento y,


al menos en un principio, determinación. Las armas de los Arbitradores
tendían a ser para la represión de mul tudes y acciones de asalto (en
contraposición a la poderosa ar llería de la Guardia Imperial) por lo que el
cerco se había re rado de los muros, sobre todo cuando los registros de la
Comisaría, mostraron que en la úl ma inspección se habían colocado dos
capas de campos de minas bajo el hueco y granadas de demolición en la
parte inferior de los muros. Los comandantes se atrincheraron y esperaron
las armas de asedio.

Pero eso fue antes de que la locura se apoderase de ellos. Para cuando el
módulo de aterrizaje que llevaba a Calpurnia y Leandro bramó por encima
de sus cabezas, algunos de los an guos defensores habían abierto puertas
y detonado a distancia algunos de sus campos de minas para permi r la
entrada de los Arbites. Sospechando al principio (y luego frené cos para
aprovechar la oportunidad) los Arbitradores, junto a la carga de los
tanques, se dirigieron a las puertas, y en el momento en que el módulo
móvil logró aterrizar cerca de los pisos inferiores, se habían abierto una
docena de brechas.

La lucha fue rápida, feroz y fragmentada. Los Árbites se encontraron aquí


luchando contra mul tudes de empleados domés cos que blandían piezas
de mobiliario y cuchillos de mesa, allí enfrascados en combates con hábiles
y tenaces equipos de radores de la milicia de Lyze, en otros lugares en
desconcertantes escaramuzas en tres o cuatro direcciones, lucharon a un
ritmo constante a través de la fortaleza entre los Árbites y las bandas
rivales de empleados domés cos.

Cuando Calpurnia y sus escoltas atravesaron las puertas destrozadas de la


torre sudeste, las descripciones que llegaban a su vox eran a menudo
"dementes", "descerebrados" y "bizarros", mezclados con
improperios de Hydraphur que ella no reconocía ni quería reconocer.
Para entonces, la ocupación de los niveles inferiores era indiscu ble,
dejando nivel tras nivel sembrado de muebles destrozados y las formas
desplomadas de los dueños de casa, muertos o demasiado heridos para
moverse, apartados sin gracia para los equipos de limpieza de Arbites. Las
batallas contra los Arbites invasores, habían sido alrededor de las cocinas,
salas de plantas y talleres.

Calpurnia empezaba a pensar que era porque las fuerzas de los


Arbitradores habían dado por sentado que esos serían los obje vos y los
buscaron pronto, atrayendo la lucha allí. Lo peor de la violencia interna
parecía haber estallado en los dormitorios y en los comedores, y sólo
había emigrado hacia el exterior a medida que la violencia se había
extendido.

Estaba en el piso 18 cuando se supo que los equipos de asalto estaban en


acción, y rechinó los dientes con la urgencia de estar ahí arriba hombro
con hombro con ellos.

Pensó en el Arbitrador Gomry, en coma en una cama de la Armada, por


culpa de cuatro hombres a los que había dejado acercarse sigilosamente,
cuando le vino a la mente Dvorov diciéndole que no debía precipitarse
ciegamente a las trampas. Se acordó de que su determinación de no
retroceder ante un deber di cil estaba mal enfocada: el valor para ponerse
en peligro era algo que nunca le había faltado, pero permanecer detrás de
las líneas mientras otros luchaban bajo sus órdenes estaba resultando
cruelmente duro.

Se detuvo, parpadeó y se volvió hacia un grupo de cadáveres que había a


la entrada de un montacargas. Bannon y Sylda , que casi habían corrido
detrás de ella, cogieron sus escopetas y miraron a su alrededor; dos
Ingenieros de Arbites quienes estaban trabajando para quitar los cerrojos
fundidos de las puertas del ascensor bajo el ojo de un vigilante doblaron
su velocidad suponiendo que ella se había detenido a mirarlos.

-Mirad esos cuerpos- señaló ella.


Al otro lado del cadáver, el supervisor le ladró a sus subordinados para que
siguieran trabajando.

-Ese. Y la mujer, allí. Y ese hombre de pelo blanco con el cuchillo de


deshuesar.

Los tres tenían la parte delantera de sus delgadas túnicas empapadas de


sangre, y Calpurnia trazó el contorno de una de las manchas de sangre.
Tenía una forma extrañamente regular, extrañamente limpia en el centro,
extrañamente similar a las otras dos. Enganchó la punta de su arma en la
camisa del viejo y la ró hacia abajo, rompiendo los botones, y los otros
dos se asomaron sobre sus hombros. El pecho del hombre había sido
cortado, ligeramente como si fuera un pequeño cuchillo de cinturón o un
utensilio de cocina, siguiendo el contorno crudo de un aquila. Parecía
como si el no material de sus ropas hubiera sido presionado
deliberadamente contra su cuerpo para que la sangre se absorbiera y
creara la misma imagen en su camisa.

-¿Alguno de ustedes recuerda manchas de sangre de forma extraña en


alguno de los otros cuerpos? ¿O en alguno de los que se han rendido?

-No lo había apuntado como un patrón, señora- dijo Sylda .

-¿Debo hablar con el puesto de mando y tratar de veri car cuán


extendidas están esas marcas?

-Bien pensado, arbitrador. Sigamos adelante.

Salieron de nuevo, Sylda murmurando entre dientes. Calpurnia notó que


Bannon se movía midamente por no haber pensado en ello primero.

En la torre central, donde las escalerillas mecanizadas golpeaban y se


deslizaban entre los pisos, los Arbitradores habían instalado un puesto de
mando: un bo quín de primeros auxilios, un punto de reunión, depósitos
de municiones y suministros frescos de los trenes ar culados que
encerraban a los prisioneros capturados en largas las para su traslado.
Rodeada de armaduras negras, el ruido de las botas y los olores de la
batalla, el humo de las armas de fuego y el ozono de las bombas de
energía descargadas, Calpurnia se sin ó de nuevo en su elemento en casa.
Vio con desinterés cómo dos grupos de prisioneros salían de las escaleras,
tropezando un poco al pasar los escalones metálicos bajo sus pies.

A primera vista, ambos eran una manada aleatoria de moradores de Lyze,


hasta que miró más de cerca y vio que en la segunda columna todos tenían
manchas de sangre cubriendo la parte delantera de sus ropas.

En la mayoría de los casos la mancha se había borrado y era irreconocible,


pero cuando ella ordenó a un Arbitrador que arrancara la tela, los
contornos del aquila cortados en la piel eran claros.

-Tuvimos que separarlos, señora- le dijo uno de los agentes, -incluso


después de haberlos encadenado, seguían tratando de atacarse entre
ellos. No sé qué le pasa a esta gente, pero simplemente están en estado
salvaje ahí arriba.

-¿Hasta dónde llega la lucha?- le preguntó, mirando las las de


prisioneros.

Podía captar hos lidades ocasionales entre ellos todavía: una mirada
venenosa, o un escupitajo en dirección a la otra la de prisioneros.

-¿Hasta dónde? A mi entender, señora, parece que es a través de toda la


ciudadela. No creo que hayamos encontrado todavía una resistencia bien
organizada que no haya sido rota por esta lucha. El Emperador ha sido
previsor, señora, y los ha enfrentado entre sí.

-En realidad creo que no estás muy equivocado- dijo Calpurnia medio
para sí misma, con otra mirada a los cortes en la carne del prisionero más
cercano.

-Muy bien, entonces, ¿qué han estado diciendo? ¿A y al otro?

-¿"Decir"?- parecía desconcertado por un momento, -no puedo decir que


haya estado prestando tanta atención, señora. ¿Había algo en par cular
a lo que debimos haber estado escuchando?

-No hay forma de saberlo ahora, ¿cierto?

Calpurnia pidió un poco más de lo que había pensado. Se esforzó en


quedarse aquí para interrogar a algunos de los prisioneros... pero lo más
probable es que tardara mucho en intentar doblegarlos aquí.

Llamó a Bannon y a Sylda ; de repente tuvo una idea de a qué lugar del
edi cio dirigirse.

La escalera mecánica terminaba en el nivel 55 con otro ves bulo, casi


indis nguible del que había dejado, pero con menos prisioneros y heridos,
más equipos de combate y portadores de municiones, y un arbitrador con
la insignia roja de un técno-adepto, que había anulado parte del sistema
de vox de la ciudadela. Calpurnia le quitó el micrófono un poco de forma
provisional.

Por un lado, había sido educada en la creencia de que el Dios Máquina del
Adeptus Mechanicus era a lo sumo un subordinado (y más probablemente
sólo un aspecto del divino Emperador) por lo que los rituales de un
miembro debidamente ordenado del Adeptus del Emperador, debían ser
subyugados al sistema. Pero no podía librarse de las oscuras supers ciones
sobre espíritus de máquinas renegadas, de las que había oído susurros en
Hazhim y en Machiun (¿Qué pasaría si las fuerzas que dirigían los
comunicadores hubieran conservado alguna lealtad blasfema a los Lyze?
¿Cómo podía ella con arle a ellos su voz?)

El Tecnoadepto parecía tener los mismos pensamientos, porque comenzó


una nueva revisión del sistema con un disposi vo propio, examinando los
relojes de sintonía y murmurando abjuraciones, mientras la transmisión se
desplazaba. Al cabo de un minuto respondió el vox o cial del puesto de
mando; un momento después estaba hablando con Leandro en el puesto
de mando de afuera, a través de los silbidos y chasquidos del resen do
transmisor.

-¿Los prisioneros aquí?- parecía un poco sorprendido por su pregunta. -A


falta de mis propios conocimientos, me arriesgaré a suponer que se
comportan como prisioneros, permaneciendo encadenados y esperando
la sentencia, ya que no he oído alarmas que digan lo contrario. He
dedicado mi empo principalmente a vigilar los combates a través de la
ciudadela e informar a los comandantes sobre el interés del mando de
Arbites en este asunto, una cortesía que la prisa inicial de nuestro
desembarco no nos permi ó.

-Muy bien. ¿Cómo va la lucha? Estoy en... tú ahí, ¿dónde es esto?… el


ves bulo superior de la escalera mecánica en el nivel 45, justo al lado del
segundo núcleo.

Tuvo que esperar un minuto para que Leandro respondiera, a través de un


ladrido de está ca y luego el sonido distante de las voces y los dis n vos
chasquidos y zumbidos de un holograma de comando Arbites actualizando
su pantalla.

-Estás abajo y detrás de la lucha- le dijo cuando regresó el enlace cortante


en este momento.

-El tercer núcleo a par r del nivel ochenta y arriba, es donde la mayoría
de nuestros equipos de combate y de asalto se están reuniendo, y los
equipos de avanzada reportan gran aglomeración y más violencia a par r
del nivel ochenta y cinco. Los niveles 90 y superiores del tercer núcleo
son salvajes para nosotros tal y como están las cosas ahora.

-¿Eso es todo? ¿No hay ninguna otra ac vidad importante?

-No en este momento, aunque la limpieza de habitación por habitación,


aún no ha comenzado. Dos destacamentos de manipuladores de ciber-
mas nes están en camino para facilitar la búsqueda de resquicios, pero
no estarán aquí hasta dentro de media hora más o menos, según lo
es man.
Se alejó de la consola y echó otra mirada a los grupos de prisioneros. Algo
que no había notado antes: los prisioneros sin el Aquila tallada en ellos
(que, por su condición más golpeada, se veía que eran los que habían
luchado más contra los Arbitradores) todos llevaban todavía escudos de la
familia Lyze en los hombros o en el pecho, algunos con cintas en la cabeza,
otros como hebillas de cinturón. Los que tenían la marca del Aquila no,
pero podía ver desgarros donde los blasones habían sido obviamente
arrancados. Habló de nuevo usando el micrófono.

-¿Dónde está la capilla principal de la ciudadela?

Más siseos, más charla y chasquidos y zumbidos y lo que sonaba como


datos que se acoplaban y leían.

-¿Arbitradora Calpurnia? ¿Estás ahí?- la voz de Leandro llegó a través de


un repen no zumbido en la línea.

-Estoy aquí. ¿La capilla?

-Está en el nivel más alto, pero hay dos, en el núcleo en el que se


encuentran. Hay una vía hasta cada una de sus puertas laterales, a lo
largo de la parte superior del piso ciento dieciocho de cada una de las
alas. Una escalera mecánica la llevará a menos de diez pisos, y una
rampa en espiral, una especie de ves bulo ceremonial, conduce hacia las
puertas de la capilla principal. No ha habido casi ningún combate en esa
zona... espere…- había voces débiles detrás de él, -y los equipos de
combate no encontraron resistencia en esa parte del edi cio. La urgencia
de la lucha debajo y más allá de ellos en el ala posterior los alejó.

-¿Ha sido barrida la capilla entera?- se dirigía a alguien que estaba lejos
de la máquina. Luego, volvió a pasar a ella.

-No. Ha habido un lamentable descuido en cuanto a la seguridad de la


propia capilla.

-Lo inves garemos más tarde- le dijo. -Mientras tanto, por favor, que el
comando de operaciones, transmita las órdenes a todos los equipos de
combate en esa área de la torre. Todas las rutas hasta la Capilla deben
ser mantenidas y vigiladas. ¿Cuántos equipos de asalto están cerca?

Otra pausa, más voces. Otro agudo silbido, chasquidos y murmullos, que
hizo que sus ojos quisieran lagrimear.

-Ninguno- devolvió la voz de Leandro.

-Todos se han trasladado al ala más septentrional para comenzar a


romper las barricadas de la escalera alrededor de los niveles noventa y
dos. Hay dos escuadrones que tuvieron que detenerse para poder
recargar y recibir granadas frescas y deben estar a unos diez minutos de
viaje del hueco de la escalera principal. ¿Debo llamarlos?

-Si pudiera ser, gracias, Arbitrador Senioris. Diríjalos al pie de la rampa


que mencionó, con tantos equipos de combate como se pueda prescindir
cómodamente. Deje…- estaba a punto de empezar a especi car números
y patrones de despliegue para acordonar la capilla, antes de que se diese
cuenta. Leandro en el puesto de mando tenía los mapas, y los Arbites de
los pisos superiores, ya tenían el conocimiento directo.

-Deje que el Edil que comanda esa sección, determine quién se necesita y
dónde. Transmítaselo como una delegación del Nivel Cuatro, hasta mi
llegada, por favor, Arbitrador Leandro.

Honrar y preservar el nombre de la familia, sí, recordar y respetar los


logros familiares, sí, dedicar bibliotecas y galerías a las obras y recuerdos
de antepasados respetados, sí. Calpurnia podía entender todas estas cosas
porque era de una familia que se enorgullecía de su servicio a Ultramar y
al Imperio y no veía nada malo en enseñar sus tradiciones a las
generaciones más jóvenes. Una o dos veces se había atrevido a imaginar
su propia imagen, en pintura o en mármol, en la parte superior de la
chimenea sobre un lienzo, y luego, como es pico en ella, se preguntaba si
ese sueño, era engreído e indigno, o si formaba parte de un deseo de
realizar un servicio encomiable y, por tanto, noble y jus cado.

La rampa de acceso a las puertas de la capilla era un valioso recordatorio,


según decidió, de lo que sucedía cuando tales pensamientos decaían en el
ensalzamiento propio. La aproximación a un lugar sagrado debería inspirar
fe y devoción, o adver r de las consecuencias de un fracaso ante el Dios-
Emperador, pero aquí, el gran espacio en el interior de la rampa en espiral,
estaba lleno de bustos y máscaras de grandes miembros de la familia Lyze,
colgando de la cúpula en lo alto mediante cadenas doradas, y la pared
exterior lucía exuberantes murales de hojas plateadas, terciopelo azul y
verde y ópalo, religiosos sólo como un recuerdo.

Lyze-Haggan en peregrinación a Dimmamar, Chiros y Ofelia, Lyze-Haggan


presentando ricos regalos a la Eclesiarquía (que siempre se mostraban con
expresiones de alegría rapsódica ante tal bene cencia) la rica familia Lyze-
Haggan ayudando a nanciar regimientos de la Guardia Imperial o
armando las cruzadas de la Missionaria Galaxia, que luego se mostraban
de pie sobre montones de herejes o alienígenas muertos, dirigiendo
miradas de adoración hacia sus patrones.

Ya habría empo para una inspección ru naria de este lugar más tarde,
pero el primer impulso de Calpurnia fue hacer que un lanzallamas o unos
disparos, arruinaran este paseo de la vanidad, (sólo para hacer un inciso)
antes de encontrar que alguien se les había adelantado. Los nos adornos
de la rampa habían sido marcados ritualmente, las caras de los grandes de
Lyze quemadas o rasgadas con cuchillos. Cuanto más alto marchaban, peor
era el daño. Las sospechas de Calpurnia sobre lo que había detrás de todo
esto se rea rmaban a cada paso.

Se dirigió a la entrada de la rampa con dos escuadrones de asalto


caminando detrás de ella y tres escuadrones de combate detrás de ellos.
Aquí arriba, las incrustaciones en las paredes fueron atravesadas con oro e
hilos de pequeños diamantes, y las guras esculpidas que colgaban en el
pozo central, estaban cubiertas de za ros. Las puertas de la capilla,
mostraban el Trono Dorado atendido por ángeles que llevaban escudos y
pergaminos, (todos decorados con el escudo de la familia Lyze) ahora
toscamente des gurado. Para Calpurnia, el Emperador sentado en ese
Trono parecía estar frunciendo el ceño, pero pensó que probablemente no
había sido la intención del escultor. Dos escuadrones de combate más se
extendieron a través de la rampa para bloquear las puertas en su parte
superior, en un básico muro de escudos de doble hilera. Una fornida
Arbitradora con la coraza y la pistola de un Edil Arbitral en su caparazón,
saludó a Calpurnia, mientras el resto de los Arbites se colocaban detrás de
la línea.

-Hemos revisado las puertas tanto como hemos podido sin alertar a
quien estuviera dentro, señora; no hemos hecho ningún otro
movimiento en espera de su autorización. Están sin cerrar y sin asegurar
hasta donde podemos saber. No ha habido signos de resistencia, pero
ahora creemos que hay mucha gente dentro de la Capilla.

-¿Sus mo vos?

-Podemos escuchar un canto, señora. Er… oraciones y catecismos y cosas


por el es lo.

-¿Alguno que reconozca?- preguntó Calpurnia. La otra mujer pensó por un


momento.

-Algunos del Sancta Meptorum- dijo, -sobre todo el segundo libro.


Algunos himnos comunes, comunes en Hydraphur de todos modos,
señora, disculpando su presencia. Y un par de viejos salmos militantes
que no he escuchado desde mi escuela.

Su tono parecía un poco confuso, y Calpurnia podía decir que estas


preguntas no eran las que se esperaba. No importa. Era hora de apostar
por su ins nto sobre lo que había pasado aquí, en lo que estaba segura
que era una mano ganadora. Sacó su pistola y ocupó un lugar en el
segundo rango, detrás de los escuadrones de asalto, se tomó un momento
para dar algunas órdenes breves y asegurarse de que las entendieran,
luego ordenó que se abrieran las puertas.

Y oh, fue bueno tener razón.


La capilla era un pequeño an teatro, un semicírculo de asientos
suavemente acolchados y dorados, su ciente para unos cincuenta a la vez,
mirando hacia dentro y hacia abajo en un altar adornado con lo que una
vez fue el escudo de Lyze. Que había sido aplastado y quemado y ahora un
aquila devocional de oro había sido colocado en su lugar.

Mientras Calpurnia miraba a su alrededor, pudo ver que el acto se había


repe do por todas las paredes y sobre cada conjunto de puertas laterales.
Las aquilas de reemplazo, a menudo eran poco más que siluetas raspadas
con ceniza o quemadas con soplete a baja altura. Las partes más bajas de
las paredes, desde el nivel de los ojos hasta el del suelo, estaban cubiertas
de crudas hojas escritas a mano, enlucidas apresuradamente en las
paredes.

Antes del altar, los asientos más ricos y más importantes se habían dividido
en piras, y el humo llenaba el espacio de la capilla y picaba los ojos de
Calpurnia mientras se movía. Debajo estaba el olor a gases in amados y el
hedor más espeso y grasiento de carne quemada. . Y alrededor de las piras
estaban la congregación.

Ante el altar, los asientos principales y más ricos, habían sido desmontados
para las piras, y el humo llenaba el espacio de la capilla y hacía arder los
ojos de Calpurnia mientras entraba. Debajo de él, estaba el olor de los
gases de combus ón y el hedor más espeso y grasiento de la carne
quemada. Y alrededor de las piras estaba la congregación.

No había más de treinta personas, estaban harapientos, deliberadamente


harapientos, con sus ropas y pieles rasgadas. Sostenían fragmentos de los
blasones rotos de Lyze, y los usaban para cocer a fuego lento y arrancar su
propia carne, al empo que cantaban e interpretaban himnos. Apenas
vieron a los Arbitradores llenar el túnel del pasillo y derramarse en el
espacio abierto delante del altar, sin dejar de cantar y, en todo caso,
redoblándolo si veían a un Arbitrador por el rabillo del ojo.

Calpurnia se movió con cautela entre la mul tud, agachándose de un lado


a otro para evitar el balanceo de los cuerpos y el balanceo de los
miembros. Las diferencias entre los penitentes comenzaron a ser claras:
eran de todas las edades, de ambos sexos. Todos eran andrajosos, pero las
ropas de algunos de ellos eran de un tejido mucho más rico y de un corte
más no que las de otros. Algunos tenían heridas de combate, pólvora y
quemaduras de láser, así como las que se habían in igido ellos mismos.

Silenciosa, con su pistola en la funda, se abrió paso a través del semicírculo


para mirar las piras, que ahora ardían con fuerza, cada una lo
su cientemente grande como para que sus llamas engulleran un cuerpo.
En una, había una forma obesa cuya piel y ropa habían sido quemadas,
pero cuyas ricas joyas aún eran visibles a través de las llamas mientras se
cocinaban con la carne de debajo. En la otra, igualmente consumida a
medias, se veía una gura delgada con el cráneo erguido de un Astrópata y
el brillo de los tapones metálicos y los augmén cos neurocerebrales a
través de su carne ennegrecida. El hedor a grasa cocida era intenso.

El canto se ex nguió, cuando las guras que estaban delante de las piras
hicieron un gesto. Dos mujeres, de mirada dura y porte majestuoso,
habían dirigido el canto con voces claras, poderosas y entrenadas. Miraban
a Calpurnia ahora, en medio del crepitar de las llamas y los intermitentes
sonidos metálicos del auto-cas go de la congregación. Ambas llevaban las
sagradas Aquilas alrededor de sus cuellos, y la insignia de la or de lis de la
Adepta Sororitas.

No eran las Hermanas Militantes de la Orden de la Rosa Sagrada que


custodiaban la Catedral, sino que llevaban los elaborados ves dos, capas y
velos de la Orden de la Sagrada Moneda, una de las Órdenes Famulatas,
nombradas por la Eclesiarquía como maestras, feligresas y supervisoras
espirituales de las grandes familias del Imperio en toda la galaxia.
Calpurnia asin ó con la cabeza, y cuando las Hermanas tomaron eso como
un saludo, ambas hicieron profundas y formales reverencias de rodillas a
ella y a los confundidos Arbitradores detrás suyo.

Calpurnia respondió a eso a su vez con un saludo claro de Adeptus.

Oh sí, fue agradable tener razón.


Sus nombres eran Hermana Mimetas y Hermana Superiora Gallans, y
mientras la congregación retomaba sus himnos, informaron a Calpurnia en
voz baja junto a las puertas de la capilla. Ella había estado esperando otro
pequeño discurso ritualizado como los del Sanctus, pero las dos Sororitas,
le dieron un rápido y completo resumen del cual, decidió Calpurnia,
cualquiera de sus empleados podría estar orgulloso.

Le dijeron que el sindicato Haggan, había atraído la mirada suspicaz de las


Sororitas ciento cincuenta años antes, cuando la Inquisición encontró
mo vos para purgar una de las propiedades de su familia en el polo sur de
Hydraphur. Y dentro del sindicato Haggan, la despiadada y decreciente
piedad de los Lyze, había provocado esfuerzos silenciosos pero cada vez
más urgentes por parte de la Orden de la Moneda Sagrada para contenerla
ya que dos generaciones de Hermanas Famulatas, descubrieron que los
esfuerzos para inculcar la fe y los ideales Imperiales eran cada vez menos
exitosos.

Gallans y su propio mentor, habían comenzado sus propias maniobras


su les veinte años antes. Habían trabajado diligentemente para
contrarrestar la expansión de la base de poder de Lyze en el espacio,
nutriendo las relaciones con familias planetarias con impecables registros
religiosos, y redirigiendo silenciosamente tanto como podían los esfuerzos
económicos de Lyze hacia emprendimientos que involucraban el contacto
con funcionarios del Ministorum. Cuando los Lyze comenzaron a cortejar
ac vamente a los astrópatas como aliados y a contactar a las sospechosas
Hermanas, Gallans en cuidadosa colaboración con sus homólogos en otras
partes de la ciudad, comenzaron a poner en marcha una nueva estrategia:
arreglaron matrimonios de criados de nivel inferior con diáconos devotos y
ex-misioneros que se habían a la fortaleza de Lyze.

Comenzaron así a inocular a la población de la ciudadela la lealtad al Trono


Dorado y al Santo Emperador, por encima de la lealtad de sus amos hacia
ellos mismos y sus arcas.
La Catedral, les dijo que tuvieran cuidado, una vez que la no cia de un
intento de asesinato contra un Arbitrador Senioris con buenos recursos,
hubo volado alrededor de la colmena. Habían mantenido los ojos abiertos
tanto como pudieron, pero a pesar de la repen na ac vidad de Lyze
alrededor de los muelles orbitales, no pudieron encontrar nada que
apuntara rmemente a su par cipación en los atentados contra la vida de
Calpurnia o las muertes en la Puerta de Aquila.

Eso había cambiado con el sabotaje en el Anillo. Se les dijo rápidamente,


que Yannod Dwerr había sido el Maestro Astrópata a cargo de ese
segmento, y poco después el mismo Dwerr había llegado en secreto a la
casa de los Lyze.

La hermana superiora Gallans, había preguntado educadamente al Pater


Domus (Representante de una Casa Nobiliaria, nT) Therion Lyze, si debía informar de
la visita de Dwerr al Administratum y al Adeptus Arbites (como se requería
en Hydraphur) y éste le dijo que eso ya lo había hecho el propio personal
de Therion, a pesar de que los propios informadores de Gallans le habían
dicho lo contrario. Al mismo empo, llegó a Mimetas la no cia de que la
familia estaba preparándose para preparar algún po de escondite secreto
para Dwerr.

Fue entonces cuando Gallans comenzó a supervisar los discretos hurtos


desde las armerías de la Casa a sus propias habitaciones, y las Hermanas
usaron el programa de observaciones religioso dictado por la Vigilia, para
reunir y armar a sus propios par sanos, listos para su señal.

Cuando los APC de los Arbites aparecieron en las avenidas exteriores, esa
señal fue dada cuando la voz de Therion Lyze fue transmi da a través de la
ciudadela, exhortando a los criados de la familia a oponerse con sus vidas
a las fuerzas de una ley corrupta (Calpurnia palideció cuando Gallans
repi ó las palabras) al empo que la injusta familia Lyze lograba escapar.
Entonces los propios leales de las Hermanas comenzaron a abandonar sus
puestos, saboteando los intentos de resis r a los Arbites, recogiendo
armas de la capilla y consiguiendo el símbolo del Aquila cortado en sus
pechos (mientras la Hermana Mimetas le enseñaba el pequeño cuchillo
que había usado para hacer cada marca), como signo de su bendición y
como marca con la que los leales pudiesen reconocerse.

Los criados de Lyze se habían quedado atónitos por los ataques repen nos
dentro de sus propias las, pero la milicia de la familia mantuvo la
su ciente disciplina para recuperarse de su consternación y lanzar una
furiosa escaramuza interna por su parte. La confusión sobre exactamente
quién les había traicionado y por qué, les retrasó lo su ciente para que las
dos hermanas interceptaran personalmente a Therion Lyze y Yannod
Dwerr mientras huían de un hangar para autogiros, que dos de los
par sanos de las Hermanas se habían inmolado para sabotear su huida. La
maltrecha y aterrorizada pareja había sido rápidamente arrastrada a la
capilla.

-Habíamos planeado un corto rito de excomunión y ciertos cas gos


rituales, tal vez confesiones dado el signi cado del día- dijo la Hermana
Superiora, -pero el psíquico, comenzó a atacarnos mentalmente, y tres de
mi congregación fueron entregados al Emperador antes de que no
viésemos forzadas a realizar la ejecución improvisada.

Había inclinado su cabeza hacia los bultos colocados en la pared de la


Capilla, donde tres cuerpos yacían bajo pálidos paños de luto. Manchas de
rojo oscuro habían empapado el lugar donde la violencia psíquica que los
había matado, había hecho brotar sangre de sus ojos y boca. Así que
Therion y Dwerr habían sido disparados en la cara y arrojados a las piras.

-Y así las cosas se arreglan a la vista del Emperador inmortal y su


Adeptus- nalizó Gallans, y Calpurnia los siguió en el signo del aquila.

-Han actuado con valen a y resolución, Hermanas, y les presento los


saludos y el respeto de los Adeptus Arbites.

Ambas se inclinaron levemente.

-Aunque- con nuó Calpurnia, -quizás nuestras respec vas órdenes de


Adeptus deberían consultar sobre asuntos como este en el futuro, para
que podamos actuar al unísono en este po de amenazas. Si los Arbites
hubieran sabido lo que estaba sucediendo en este edi cio, podríamos
haber acudido en su ayuda y esos dos criminales podrían haber muerto
bajo una sentencia completa de la Corte.

-Sen mos que el pronunciamiento de un miembro debidamente


ordenado del Adeptus Ministorum fuera su ciente- respondió Gallans un
poco rígida, -y podemos citar las infracciones de la ley Eclesiarcal por
parte de los condenados si es necesario.

-No pretendía ofender a la Hermana Superiora, simplemente cumplir con


mis deberes para con mi propia orden- dijo Calpurnia, tratando de no
parecer apresurada por su réplica. Pero no pudo evitarlo.

-Me acompañó hasta aquí el Arbitrador Senioris Néstor Leandro, cuyo


conocimiento de los ma ces de las escrituras legales y del dogma,
seguramente serán más re nados que los míos. Soy un Arbitrador de
formación, no un juez. El Arbitrador Leandro podrá complementar sus
propias ejecuciones con rmando su sentencia retroac vamente para que
Dwerr y Lyze sean condenados por la Lex Imperia así como por el decreto
de la Iglesia. Un resultado que podamos acordar como deseable, ¿no es
así?

Su comportamiento seguía siendo frío, y Calpurnia se permi ó un


momento para pensar. -Disculpe por tratar de cumplir con mi deber
cuando salió de la capilla al cuidado de los líderes del escuadrón y se fue
para supervisar lo úl mo de la búsqueda de la ciudadela de Lyze.

Sin embargo, su ira estaba en parte consigo misma: escuchar los relatos de
las dos Hermanas sobre sus ac vidades en la fortaleza de Lyze-Haggan le
había dado la idea de que de repente se estaba pateando por no haberlo
pensado antes.

Una vez que se publicó la no cia sobre la lealtad de los que tenían el
diseño del Aquila grabado en ellos, la limpieza de la ciudadela fue más
rápida. Ella debía estar aprendiendo a delegar, decidió Calpurnia: después
de ir detrás de una formación de escuadrones de asalto y de equipos de
limpieza Arbitrador, viendo la velocidad y la habilidad con la que se abrían
camino a través de la ciudadela, decidió que estaba sa sfecha, dejó que
los comandantes con nuaran su trabajo y se dirigió de nuevo a través de la
ciudadela a donde Leandro la estaba esperando.

Lo encontró parado al pie de los escalones metálicos plegables del chasis


extendido del Rhino modelo Legatus, con su bosque de antenas
transmisoras, mirando benignamente al atestado y caó co campamento
Arbites en que se habían conver do las puertas principales de Lyze.

-Hemos estado escuchando las indicaciones que ha estado dando sobre


los sistemas de la ciudadela, mi Arbitrador Senioris, ahora que nuestros
propios hombres, han logrado controlarla.

Leandro se había puesto un pesado chaleco an balas sobre su toga de juez


como precaución, aunque el úl mo roteo en las puertas principales había
sido hace horas.

-La toma de este lugar parece haber sido un modelo de método


minucioso y ejecución e ciente. Y lo que he podido entender, con sus
mensajes al puesto de mando desde la capilla de esta ciudadela, ¿Me
lleva a creer que ene cosas buenas que impar r a los que debemos
acechar tras la línea de batalla?

-Algunas cosas- le dijo ella, -algunas de las cuales pueden esperar hasta
que volvamos al Muro. Creo que hemos cerrado el asunto del accidente
de esas dos naves, con la ayuda de la Adepta Sororitas, pero por lo que
me han dicho (y su conocimiento interno de lo que ha pasado con la
familia Lyze parece bueno) Lyze no tuvo nada que ver con los ataques
contra mí.

-Una lamentable falta de compromiso, entonces- dijo Leandro mientras


observaba a los primeros prisioneros marcados con la marca del Aquila
que se some an a escáneres de huellas dac lares, lecturas de ojos y
análisis de muestras de su sangre.
-No es que desee la enemistad de nadie con usted, mi Arbitradora, sólo
lamento que toda esta cadena de eventos no nos haya acercado al
problema esencial de un asesinato dirigido a su persona.

-En cuanto a eso, creo que se nos ha abierto una pequeña vía de
inves gación muy ú l. Cuando tengamos un momento en un ambiente
un poco menos agitado- se arrastraron contra el casco del Puesto de
Mando, mientras un grupo de Arbitradores pasaban en doble la
dirigiendo, n neando, silbándole a los ciber-mas nes, -te pondré al
corriente. Implicará algo de diplomacia con el Adeptus Ministorum, o al
menos con el Adepta Sororitas.

-Ya veo. Bien, el Preceptorio de la Rosa Sagrada está unido a la Catedral y


por lo tanto a la cámara del Eparca, pero, aunque el acercamiento inicial
debe hacerse por protocolo al Eparca, es la Canonesa Preceptora
Theoc sta quien tomará la decisión. Ella ene la autonomía para hacer
eso, ya ves.

-Con o en tus habilidades, Néstor. No creo que la cooperación sea un


problema.

-Bien.

-Creo que necesitaremos la ayuda de la Eclesiarquía en cualquier caso, en


el asunto de…

-Oh, Trono de Terra, ¿cómo llegaron esos dos aquí?

Caminando hacia ellos, a través de las ruidosas formaciones de Arbites y


mul tudes de prisioneros y de APC, estaban Lord Hallyan Kalfus-Medell y
el inquisidor Stefanos Zhow.

N
- o es que no disfrute de su compañía, mi señor- dijo Calpurnia. -pero
tengo que cues onar la sabiduría de venir desde la Colmena Bosphoriana
hasta aquí de esta manera.

Estaban sentados en la litera del señor, un carruaje delgado sobre un cojín


graví co a un metro del suelo, con un conductor en la parte delantera y un
asiento de repisa para el guardia gigante de Hallyan en la parte trasera. La
carrocería de la litera estaba rodeada por una carcasa azul plateada que se
arqueaba desde el chasis debajo de ellos para soportar cor nas de
terciopelo azul y cadenas de pequeñas linternas de color azul, y que ahora,
a un gesto de Hallyan, creaba un brillante espacio de in midad que
impedía que nadie se acercara a ellos.

Hallyan le había dicho a su conductor, que iniciara un recorrido lento


dentro del perímetro que los Arbitradores habían creado delante de la
ciudadela, y Calpurnia podía sen r el ligero balanceo del asiento bajo su
cojín mientras el equipo de elegantes sirvientes con zancos ponían en
movimiento el carruaje.

Zhow no estaba con ellos. Había pasado por delante de Calpurnia y


Leandro, hablado con uno de los mariscales en el Rhino de mando, y luego
desapareció en la ciudadela. Al parecer, su personal estaba en camino,
probablemente para examinar lo que quedaba de la pira de Yannod Dwerr.
A Calpurnia no le importaba. Que el inquisidor la ignorara y persiguiera sus
propias ideas si insis a, estaba segura de que Dwerr no tenía nada que ver
con el asesino psíquico o las emboscadas en el barrio.

La litera podría estar preparada para proteger la in midad de sus


integrantes, pero no estaba blindada ni protegida. Calpurnia se sen a
desnuda sentada en ella.

-Estamos comenzando a comprender la escala de recursos que el


enemigo está movilizando contra nosotros- con nuó, -y en el futuro le
pediría que lo tenga en cuenta. Si el obje vo es dañar a la Vigilia,
entonces está quedando horriblemente vulnerable al ataque. Un velo de
privacidad no es una protección. ¿Qué pasaría si nuestro enemigo
simplemente, decidiera detonar una bomba incendiaria sobre la litera?
Hallyan, que había estado a punto de decir algo cuando Calpurnia
comenzó a hablar, ahora simplemente la estaba mirando con los ojos
entornados. Cuando ella terminó, él hizo una inclinación rígida y desigual
de la cabeza.

-Palabras bien elegidas y excelente cautela, mi Arbitradora, aunque en mi


defensa, para un oponente tan dis nguido como el que está detrás de los
intentos de su buena persona, bueno… si yo hubiera sido el obje vo al
igual que usted misma, ¿no cree que lo habrían intentado ya? ¿Ha sido
informada acerca de algo dirigido a mi persona? He estado por todo el
Augustaeum durante los úl mos días, supervisando la Vigilia, y nadie ha
venido en mi contra. Nada.

Su voz se había vuelto cada vez más dura pero Hallyan se contuvo y
suavizó su expresión.

-Mis… disculpas, Arbitradora Calpurnia. Es posible que hubiera un par de


cosas, que me hicieran olvidarme de mí mismo, hasta cierto punto.
Observé que los Arbites se desplegaban en la colmena superior con un
grado de precaución encomiable. Me reuní y conversé con el Arbitrador
Nakayama y sus ayudantes superiores y su estricta seguridad. Ahora que
los Adepta Sororitas los complementan y protegen los lugares sagrados
de la colmena según sus propios deberes, la vigilancia se ha duplicado.

La litera se inclinó al girar bruscamente, de regreso por donde habían


venido. Calpurnia no podía entender por qué Hallyan no había dejado la
litera quieta, si todo lo que quería era el escudo de privacidad.

-También debes recordar que estamos en las úl mas etapas de la Vigilia-


con nuó Hallyan, -un empo en el que a la gente de esta colmena se le
prohíbe realizar tareas sin propósito o que les distraigan. Hay un toque
de queda Eclesiarcal, así como uno judicial, y hay prohibiciones en
restaurantes y bares, juegos, entretenimientos teatrales, cualquier po
de asociación pública que no sea ciertas procesiones religiosas.

-Estuvo a mi lado, Arbitradora Calpurnia, y vio las luces de la colmena


ex nguirse en el acto que inició la Vigilia propiamente dicha. Cualquier
ac vidad que inicie otro intento de asesinato ahora, sería demasiado
obvio y fuera de lugar, y sus Arbites y las guarniciones de Hermanas de la
Catedral, están demasiado alerta, como para permi r que tal acto llegue
lejos.

-Los Arbites son Arbites más allá del Imperio- respondió Calpurnia,
devolviéndole la mirada, -y yo con aría y con o en su vigilancia junto con
mi vida. Pero estos son empos excepcionales, y creo que mi consejo
sigue en pie.

Hallyan hizo como si mirara por la puerta de la litera, aunque no había


nada que ver excepto los cambiantes y profundos grises del campo de la
privacidad. Mirarlo hizo que la piel de Calpurnia se encrespara: podía
entender el gusto de la aristocracia por esas cosas, pero la hacía sen r
fur va y deshonesta. Además, odiaba la idea de no poder ver lo que los
otros Arbites estaban haciendo y lo que podría estar sucediendo. Las
yemas de sus dedos siguieron las cicatrices de su ceja.

-Dijiste dos cosas, mi respetado Kalfus de Medell- dijo Leandro, y Hallyan


respondió con el aire de alguien que había estado esperando
pacientemente a que le preguntaran.

-El segundo asunto, mis Arbites, era uno que creía que no podía
permi rse que se volviera obsoleto, una vez que me acordé de tu misión
con la es mada familia Tudela.

Tiró de una delgada trenza de seda azul-blanca, y un panel del piso se


elevó sobre barras. para conver rse en una mesa. Sobre ella, Hallyan
colocó un bulto de seda atado con cuerdas de terciopelo color
aguamarina.

-Ahora es bien sabido, en buenos círculos, que estáis tratando de


determinar la fuente de las armas u lizadas en el ataque a la noble
Calpurnia.

La voz de Hallyan estaba más animada ahora. Calpurnia estaba todavía


bastante segura de que lo había ofendido al principio, pero parecía que lo
había superado.

-Caí en la tentación de discu r sobre una desafortunada guerra de


asesinos entre las familias de Medell y cierta nobleza de... bueno, los
detalles, mis Arbites, sólo serían tediosos. Pero piensen en esto.

Desató un cordón y desenrolló el bulto, y por segunda vez Calpurnia se


encontró mirando piezas de metal opacas sobre una rica cama de tela.
Placas augmé cas con cierto patrón de clips y lamentos de carne, la
mitad de una banda para la cabeza phylacteriana, que irradia espinas de
percepción esbeltas. Y una pistola de asesino de cañón largo con una
empuñadura hacia atrás.

Los detalles tardaron unos minutos en asimilarse, pero cuando lo hicieron


de repente, la sensación de potencial que había experimentado al
comienzo de la audiencia de Tudela se inundó.

Leandro ya estaba volteando una de las partes en sus manos. No eran


idén cos, ciertamente no idén cos, pero las similitudes...

-Nunca he tenido mucha sensibilidad militar- decía Hallyan. -Pero


recuerdo que me mostraron estos ar culos en las salas de trofeos de
Kalfus y me dijeron que los habíamos guardado por curiosidad. En endo,
mis Arbites, que los contra-asesinos de mi familia nunca pudieron
rastrear a sus creadores de manera concluyente. Cuando escuché que el
rastro de las armas de su asesino, era importante para su inves gación,
naturalmente pensé que podía brindarte algo de valor.

-¿Cuál fue especí camente su origen?- Calpurnia había elegido un sistema


de agarre y alimentación que parecía muy similar al que le habían
mostrado a los herreros de Tudela. Leandro sostenía el armazón de la
pistola y miraba la carcasa. Hallyan estaba sacudiendo la cabeza.
-Estas armas fueron con scadas a ciertos miembros de los hogares de
mis oponentes, su creador nunca fué rastreado con certeza. Hay
tradiciones en este po de asuntos, de las cuales usted, mi Arbitradora
Calpurnia, no sería consciente, pero hay prác cas establecidas en este
po de con icto...

-No, no las hay.

La sonrisa de Hallyan se deslizó un poco por las palabras de Calpurnia.

-Puede que sea nueva en Hydraphur, Lord Hallyan- le dijo, -pero ya sé lo


su ciente como para saber algo mejor que eso. Y también conozco la
polí ca aristocrá ca.

-¿De veras?- la voz del noble era plana.

-De verdad- dijo Calpurnia.

-Los luchadores callejeros en Drade-73 también tenían sus tradiciones,


cuando yo era Arbitradora allí. "Honor de trinchera", lo llamaban. Nunca
golpeabas a un oponente que no podía ver el golpe, nunca apuntabas
una navaja contra las manos desnudas, había una docena de otras reglas.
Y nunca les impidió a ninguno de ellos, lanzarse a la espalda con un
fragmento de botella o montar una pelea de cinco contra uno si
pensaban que nadie estaba mirando. Así que perdone mi cinismo, Lord
Hallyan, pero no creo que con el po de cosas en juego en un lugar como
este, la gente juegue sus peleas como juegos de ajedrez cortesanos,
excepto cuando se adapte a sus propósitos exactos.

-Si estaba a punto de decirme que Kalfus-Medell, nunca fue a buscar


quién estaba proporcionando estas armas deliberadamente, tengo que
preguntarme si es simplemente que nadie admi ó que lo habían hecho.

La cara de Hallyan era inexpresiva y más pálida de lo habitual. Calpurnia


encontró su mirada hasta que Leandro los interrumpió con sus tonos más
suaves y ricos.
-¿Por qué, mis admirados compañeros, no esperaremos a tener más para
seguir, a que se haya arrojado más luz sobre el camino que tenemos
delante, antes de disputar lo seguro que es nuestro paso? Mi señor
Kalfus de Medellín, con o en que haya traído estas piezas para ponerlas
a nuestra disposición.

Los ojos de Hallyan se entrecerraron, pero apenas podía hacer otra cosa
que estar de acuerdo.

-Porque, además, nuestros propios Verispex enen tremendas


habilidades que aportar y estoy seguro de que, si comparten un origen
con los instrumentos de asesinato que el abominable asaltante de
Calpurnia llevaba, esto se sabrá muy pronto. Por qué tenemos no sólo los
recursos de los Adeptus Arbites, sino sin duda los del temible inquisidor
Zhow.

-Incluso podemos llevarlos de regreso a Tudela- retomó Calpurnia, -


seguramente, habrá medidas de diseño y de mano de obra que quiero
analizar. Y los detec ves se acercarán a usted, señor, para discu r el
problema por el que vino.

-Perdón, mi Arbitrador, pero debo ser claro- Hallyan se dirigió


deliberadamente solo a Leandro.

-¿Vas a con rmar que estos fueron diseñados para una familia noble?

-Eso es- dijo Calpurnia, -y podemos usar sus cuentas, para averiguar qué
familias entregaron a sus agentes armas como estas, para ver si pueden
relacionarlas con algo que nos pueda servir para aclarar el asunto del
ataque inicial. Sin mencionar que agregamos un poco de vigilancia
adicional a los representantes de esas familias en la Colmena
Bosphoriana.

Ella golpeó sus manos con los guantes. La agenda le parecía


increíblemente ambiciosa incluso mientras la hablaba, pero esa sensación
de poder, de un avance casi en su poder, la abrumaba.
-Apreciaría una lista tuya, Hallyan, de lo que consideras que son las
posibilidades centrales. Me gustaría empezar a establecer
acordonamientos y equipos de búsqueda, aunque no podamos
movilizarnos hasta mañana por la mañana. Ja..., tener a todo el mundo
moviéndose a la luz de las linternas ciertamente contribuye a la
atmósfera de la Vigilia, pero complicará un poco nuestros movimientos-
apuntó también Leandro.

La mandíbula de Hallyan se había caído.

-¡No puedo permi r esto! ¡Soy el representante principal, designado


como Maestro de la Vigilia por el propio Eparca de Hydraphur! ¿Tiene
alguna idea de las consecuencias para la Vigilia si esto, si usted...

Cerró los ojos por un momento, se recuperó y luego miró a Calpurnia con
una mirada azul pálido.

-Le convendría aprender al menos un poco de cómo se hacen las cosas


aquí, en vez de en las alcantarillas de Drade. A pesar de lo que pueda
pensar de nosotros, la Vigilia de San Balronas no es una vanidad. El
Decreto de restricciones sobre la colmena es muy real, y hay
restricciones similares en todas las demás ciudades de este mundo.
Nadie puede dedicarse al comercio. Los asuntos que no sean las
necesidades básicas y los deberes devocionales no pueden llevarse a
cabo al aire libre. No sólo eso, sino que la Vigilia exige devoción y culto.
¡Miren las calles a su alrededor, desde aquí hasta la Colmena Bosporiana
y el propio Augustaeum! ¡Miren los confesionarios sellados en las
paredes, y al devoto del Emperador preparándose para la agelación del
Redentor de la Pasión! ¿Tengo que recordarte también que estos son
igualmente vinculantes para el Adeptus, por mucho que quiera pensar
que está por encima de la piedad? Si no ene respeto por mi propio
rango, ¿quiere enfrentarse al Supremo Gobernante Eclesiarcal de este
subsector?

-Su dominio de los detalles religiosos es admirable, Lord Hallyan- añadió


Leandro mientras Calpurnia apretaba sus puños.
-Así que no necesitaré citar la Vigilia de 198.M41, cuando una estación
de ven lación sobrecargada en el bajo Bósforo, amenazó con un gran
incendio y una fuga de toxinas y las leyes de la Vigilia impidieron a los
equipos del Mechanicus trabajar para repararla. Estoy seguro de que
sabrá que el entonces Eparca, concedió indulgencia y absolución a los
Magus-Ingenieros que se encargaron de la operación, así como a la
Canonesa Preceptora de la Sagrada Rosa, que se saltó la misa y pasó el
día en la estación.

-Debe saber que el arbitrador Senioris y yo, le explicamos hoy al Eparca


en una carta, que un intento de asesinato tan potente implica una
amenaza y una circunstancia potencialmente iguales. La Arbitradora
Calpurnia estará mañana en la Catedral para prestar juramento y recibir
el sello de absolución para que ella y su personal puedan con nuar
haciendo el trabajo del Emperador durante el período más estricto de la
Vigilia.

Calpurnia no sabía de ninguna absolución, pero captó la intención de


Leandro y le siguió la corriente.

-Y no se equivoque, señor, el trabajo del Emperador es de lo que estoy


hablando. ¿Tiene alguna otra pregunta?

Hallyan bajó los ojos a regañadientes y los mantuvo bajos, mientras


Calpurnia guardaba su bulto debajo de su brazo y luego le daba un
golpecito con la mano. El campo de privacidad se desvaneció en una
repen na oleada de sonido, y los dos Arbites salieron silenciosamente de
la litera y se alejaron hacia el puesto de mando. Calpurnia no se volvió y
miró hacia atrás hasta que oyó el n neo de las largas piernas augmé cas
de los servidores en el pavimento y se volvió para ver cómo re raban la
enducha. Calpurnia pensó que esos servidores tenían una velocidad de
giro increíble una vez que daban el paso, o tenía algún otro motor; le
gustaría pasar un día cruzando la ciudad al ritmo que iban.

Hallyan había vuelto a colocar el velo de privacidad a caja de la litera de


plata estaba completamente gris. En la parte posterior, el servidor seguía
sentado, sus enormes hombros redondeados y su cabeza inclinada.
Calpurnia lo señaló mientras la litera se alejaba y dijo: -Ah-hah...

Leandro la miró interrogante.

-Ese servidor- dijo, -ese guardaespaldas de enorme construcción. ¿Lo


viste? Estaba en una especie de cuna en la parte posterior de la litera.
Eso signi ca que ene que tener un desencadenante más so s cado que
esas frases que usa. Sabía que tenía que hacerlo.

-El interés me obliga a ser tan grosero como para pedirte que expliques
tu razonamiento.

-Aún no he visto a Hallyan sin que ese monstruo se haya marchado a


alguna parte. Obviamente, es algo que u lizaría mucho para defenderse
si es atacado. Y sin embargo, tenía el campo de privacidad entre él y
eso... no había forma de ac var la cosa verbalmente. Tenía que haber
una orden más avanzada que pudiera ac var a través del campo. No creí
que nadie fuera tan poco prác co como para montar una guardia tan
so s cada con sólo un patrón de mando hablado.

-Ah, bueno, una observación acertada hasta el momento. Eso de hecho,


se consideraría la forma lógica y prác ca de hacerlo.

La expresión de Calpurnia se agrió.

-No me lo digas, puedo adivinarlo. Esta es otra de esas malditas cosas de


conocimiento local, ¿no es así? Maravilloso. Me tropecé con mis propios
pies otra vez. ¿Qué me he perdido esta vez?

-Ah, ahora, sé más amable con go misma, Arbitradora Calpurnia. La


idiosincrasia de Hydraphur, hace que sea un lugar más di cil que la
mayoría para establecerse.

-Solía pensar que estaba a la altura de los trabajos di ciles- todavía tenía
el ceño fruncido. -Muy bien, ¿qué me he perdido?

-Sólo una costumbre aristocrá ca, como la que se encuentra en todo el


sector y no tengo dudas de que más allá, en diferentes formas. La
costumbre de emprender una tarea (cualquiera que sea, de manera
ine ciente como una cues ón de elección deliberada) con la intención de
presentar y subrayar el simbolismo de esa ine ciencia.

-En endo…- dijo Calpurnia mientras se abrían paso entre dos escuadrones
de Arbitradores que marchaban del puesto de mando a las puertas de la
ciudadela.

-Le restriegas a todos en las narices, el hecho de que eres demasiado


privilegiado para preocuparte por ser prác co. Tienes razón, sucede en
todas partes. Los maestros de la fundición del espacio profundo en
Hazhim, solían llevar ropas sueltas que eran imposibles de manejar si
uno era liviano. Así es como anunciaban que estaban por encima del
trabajo servil.

-Exactamente así.

Leandro inclinó la cabeza en la dirección en la que la litera de Hallyan


había desaparecido, más allá de las líneas exteriores de Arbites y a través
de las mul tudes que se arrastraban por las calles bordeadas por papeles.

-Y ahora has observado el mismo principio funcionando en Hydraphur.


Gran parte del supuesto honor y gen lidad de los con ictos armados
entre la aristocracia aquí es una fachada, como has podido percibir con
precisión. Lo que realmente cuenta es que ciertas facciones (y podría
nombrar a Kalfus-Medell como un ejemplo instruc vo) se vuelven tan
poderosas que su mejor arma es el puro terror de lo que pueden hacer
en represalia, lo que podría considerarse una muestra de fuerza al revés.

-El mensaje cuidadosamente calculado es: “Mi poder y posición es tal,


que el poderoso servidor que ves antes de , está programado con un
torpe código de ac vación verbal... y aún así camino con una seguridad
que sólo puedes envidiar”. La verdadera crema de la élite, ni siquiera
pone los comandos del auto-reactor, ya sabes. Uno podría acercarse y
golpearlos en los dientes y el guardia se quedaría allí y te miraría, hasta
que realmente le dijeran que te matara. Podríamos suponer que esa es la
con guración detrás del guardia de Lord Hallyan también. Verás
versiones de ese gesto por ahí mientras tratas con las élites locales un
poco más.

Calpurnia suspiró, miró el grueso de la ciudadela de Lyze por un momento


y luego lo siguió los úl mos pasos hasta el puesto de mando.

-¿Algo de esto te molesta?- preguntó mientras subían los escalones de


metal.

-¿Molestarme? ¿Esa tontería con los comandos de servicio?

Leandro inclinó un hombro cubierto de negro en un elegante


encogimiento de hombros.

-Creo que es inú l, como veo que tú lo haces. Y yo podría hablar durante
una semana y un día sobre asuntos de derecho histórico (que tratan de
los derechos y obligaciones y las expecta vas que un Juez puede tener de
un ciudadano de cualquier rango) en relación con el uso de la fuerza de
las armas de ese ciudadano. Hay su cientes sentencias y precedentes y
decretos contradictorios, para que un ejército de consejeros-salvadores
los sopese y debata, y cada envío de nuevos volúmenes del Libro de la
Ley de Terra añade más de ellos. ¿Dónde estábamos?

-Estabas hablando de esa tontería con los comandos de los sirvientes-


dijo Calpurnia, suprimiendo una sonrisa.

-Es lo que hacen- dijo Leandro simplemente.

-Se comportan de una manera que les conviene, y nosotros cumplimos


nuestro deber dado por el Emperador lo mejor posible y en el debido
servicio al Adepto y a la Ley. ¿Qué más hay, en realidad, en el mundo?

Entraron en el puesto de mando y la esco lla se cerró detrás de ellos.


Acto IV scIII de "Un Juez en Negro y Carmesí, o un precio justo por un
mo n”, una obra corta producida con el patrocinio del Monócrata de
Hydraphur y presentada por primera vez a un público invitado de
dignatarios de las colmenas de Bosporian, Constanta y Estann.

Entra el JUEZ.

La la se ha ido, en procesión, ante mis ojos. El Comerciante llevó la


antorcha a las sombras, y señaló el camino, y el Falso y el Verdadero
Heredero han caminado por igual por el sendero de vuelta para seguirlo.
¡Vacío! ¡Vacío y sombras ahora!

CORO: ¡Vacía la casa del Comerciante se levanta, ensombrecía su acto y su


línea!

¿Sobre quién recae ahora mi palabra? ¿Debe mi juicio estar vacío?

CORO: ¿Qué queda en las manos del guante alado? ¿Ha llevado el viento el
úl mo polvo mortal entre sus dedos?

Introduce el VERDADERO y el FALSO, como apariciones.

HERMANO VERDADERO: Hermano para mí nunca fuiste en la vida,


hermano para mí nunca podrías llegar a ser. La burla de la hermandad te
alejó más de mi carne y sangre de lo que podrías haber ido por un simple
acto.

FALSO HÉROE: La muerte cambia con el atardecer hasta el amanecer, y la


nueva luz hace nuevo el paisaje. Sólo la muerte puede hacernos hermanos
donde la vida debe retroceder del pensamiento.

CORO: Deja que el sol se mueva de nuevo, el atardecer y el amanecer, y los


ojos de los vivos y los muertos se encienden.

El JUEZ se arrodilla e inclina la cabeza. Entra el SACERDOTE, la HERMANA,


el CAPITÁN DE LA FLOTA, y un JUEZ NEGRO, encapuchado.
SACERDOTE: Aunque anhelamos el refugio de las brillantes alas del águila,
una garra de águila corta la rapidez del alma.

CORO: ¿Qué valdrán nuestras heridas?

Glorioso es el signo del águila en el hombro, pesado por el agarre de sus


garras.

CORO: ¿Cuál será el juicio cuando nuestra sangre pinte las escamas?

La fe alegra el peso del deber, la devoción alegra el dolor del juicio.

CORO: El gran motor del juicio hace e meras las estrellas en su curso.

Y así debe caminar cada alma ante el Trono para inclinarse ante las
consecuencias de sus actos.

CORO: Bajo las alas de la eclíp ca, ¡que levante la mano! Si ene la
voluntad de hacerlo, ¡que levante la mano! Si es el a su carga, ¡que
levante la mano!

El Juez se levanta y ex ende su mano.

Yo marcho en las cohortes del Trono. El la do de mi corazón es el de las


alas del Águila. ¡Seré probado!

FALSO HÉROE (al JUEZ): ¡Una carga tan grande para tus hombros! ¿No te
has ganado la seguridad del perdón si tu carga toca el polvo?

(al Juez): ¡En cada alma mortal está la dulce y fresca sombra que susurra a
nuestros más débiles! Mídase y pregunte qué le sobra una vez que haya
dejado que su núcleo se desvanezca.

Hay sangre en el altar de la Ley. El hedor de los asesinatos de ene los


sen dos de la brillante Galata. La ceniza de un cadáver en el viento solar
embota las alas doradas. Mi arca, mi tarea, yace derramada en el polvo y
yo con ella. Dejar que mis ojos se cierren, dejar que mi voluntad duerma;
¿el abandono mantendrá su aguijón una vez que el ancla de mi conciencia
se haya deshecho?

Si tu rodilla se dobla bajo el peso, ¿no es eso una sumisión digna? Si tu


cabeza se inclina y tus ojos se hunden desde la estrella de Terra hasta la
oscuridad de abajo, ¿no puedes descansar un rato en tu curso? Todas las
huestes que te rodean y te siguen en la estela de su bandera, ¡cuán ligeras
serán sus manos para hacer esto!

Cuando hablamos del n del deber, ¿hablamos de la muerte de la carne o


de la muerte de la voluntad? Mi voluntad está vacía. Tengo miedo.

Tu juramento te quita la carne, los huesos, el aliento y la voluntad. La


sangre que hay en no uye por , sino que se le jura a Él. Ya no te jactas
de la fuerza de tus tendones porque cada movimiento de ellos es para su
n, no el tuyo. ¿Qué es el dolor, qué es el cansancio, de un cuerpo que sólo
te presta el empo que Él ene deberes que exigir de ? Más ligero que el
aleteo de una polilla contra un bas ón. Sólo haz de mismo ese bas ón y
el miedo nunca podrá quebrantarte.

Cuando el aire huye de una nave abierta, sólo queda el vacío. Mientras me
desangro las venas del miedo no se precipitan de nuevo con la esperanza.
He visto la marea más profunda llenar los canales de un barco con un
veneno que ennegrecerá el alma que toque. ¿Qué esperanza tengo de
volver a encender el faro que hay en mí, de reavivar mi fortuna y de
iluminar mi camino hacia el Trono?

¡Bara jas y falsa luz de estrellas! Aleja de tales tonterías, esperanzas


super ciales y las fantasías infan les del yo. Considérate a mismo y tus
ojos caerán de su bandera a tu propia carne imperfecta. Admírate y roba lo
que es legí mamente suyo, usurpa su privilegio y aleja tus pies de su
camino. ¿Qué espíritu es tan débil que dejará que el cansancio lo arrastre
sobre el labio del precipicio?

CORO: La parte de las elecciones como antes del lo de una espada.


¿Cómo se cortará nuestro des no?
Entonces que mi voz no hable por mí, sino por mi o cio. Entonces que mis
manos se muevan no por mi dirección sino por la de mi o cina. Que mi
voluntad sea que mi voluntad sea unida al deber en nombre de Él en la
Tierra. Dejadme subir al estrado, dejadme llevar los signos y señales de
toda esta perdición, para colocarlos en el escalón de la capilla.

La voluntad del Adepto sigue su curso, la voluntad del Trono es llevada


adelante. Salgan.

Bajo mi juramento, no me encontrarán faltando. Por la doble mirada del


áquila, por la aguja única y el triple palacio, por todos los cantos y actos
que se elevan como la luz del fuego del Augustaeum, no me faltará nada.

Los que llevamos el estandarte de la Tierra lo vemos desplegado de nuevo,


y nuestro deber reivindicado.

Salgan.

Que se cumpla no mi voluntad, sino la de la ley. Que se cumpla no mi


voluntad, sino la del Trono.

La concha de plasma y el rayo láser están detrás del ariete diaman no y yo


al mando, y aún así, ¿quién puede dominar las armas en nuestras manos
mientras la voluntad rebelde corre libre? Saludo a la voluntad humana re-
musculada.

Salga.

No mi voluntad, sino la del Emperador, que se haga.

¡La gran marcha con núa a través de las cenizas, y la sombra es fugaz, los
colores de la humanidad vuelan sin mancha, el trono es levantado y
glori cado!

FALSO HÉROE (dibujando un velo sobre su rostro): No encuentro ninguna


compra en la fe, no hago ninguna marca en el deber aunque mi garganta
jadee y mis dedos sangren en su cara. Solo camino por el sendero hacia la
sombra, sin llorar doy la espalda a las obras humanas y entrego mi alma al
vacío.

¡Desaparece, sombras, no tejas más preocupaciones en el camino del


peregrino, el camino de los eles!

Entra el Juez Encapuchado.

No es la hora de las palabras y los fantasmas, sino del hierro de la ley y el


rme juicio.

Exeunt el SACERDOTE, el VERDADERO HÉROE y el FALSO HÉROE.

La pisada de las tropas suena como un mar llo sobre una armadura. La
belleza del progreso de la ley se man ene a través del rmamento como el
Anillo contra las estrellas. Mo n, rebelión y apostasía, todo derrocado y
pisoteado en el suelo. Están a la sombra de la Ley, el Deber y la Fe, bajo las
miradas de los santos y las alas aguileñas. Que todas las cabezas se inclinen
al veredicto. Que la penitencia cierre las las de la Gran Obra. Que el alma
más orgullosa se incline ante el Trono y que el Emperador reine en la luz,
bendecido y glori cado, para siempre.

Porque la Jus cia se trabaja como el Trono manda,


Así que la jus cia será trabajada por todas nuestras manos.

Exeunt el Juez y el Juez Encapuchado.

Termina.
Decimoséptimo día del septista
Víspera de la misa del Cuarto día de la Vigilia de Balronas.
El servicio del Conde. El Renacimiento de la Pasión.
Conmemoración del Maestro Reiner y de San Chye Balronas.

Todos los ciudadanos deben estar en las calles una hora después del
anochecer, aunque lo ideal es fomentar la práctica de caminar por la calle
con las procesiones sacerdotales durante la noche. A la hora señalada, el
clero en las calles dará la orden y cada ciudadano, deberá poner la
confesión que previamente sellaron en su casa o en la antorcha. Sacerdotes,
diáconos y jefes de familia o maestros de cuartel, dirigirán la oración una
vez que las confesiones estén encendidas. Los miembros del rebaño del
Emperador, deben recordar que sus almas deben estar libres de pecado
mientras sus confesiones se queman, y las pequeñas hojas bendecidas el día
anterior, deben ser atadas en el extremo del cordón del azote; listo para que
la oración termine. Los azotes deben provocar el colapso para cuando se
quemen las confesiones, y los que estén demasiado débiles física o
moralmente para alcanzar ese estado a tiempo, pueden pedir ayuda a los
miembros del clero que patrullarán con este fin.
Los ciudadanos deben intentar volver a sus casas tan pronto como
puedan; todas las puertas y postigos deben estar ya cerrados. Durante la
noche no se deben encender luces en absoluto. Ahora el alma limpia puede
llorar por la debilidad y la caída de Hydraphur hace todos esos años, y por
las buenas almas que perecieron bajo el dominio del Apóstata y el
incrédulo.
CAPÍTULO DOCE
Calpurnia se las arregló para tener su primer buen descanso en más de
una semana: durmiendo durante once horas y despertando con la pesada
rigidez que trae el sueño extenuante e inmóvil. Pero el descanso, había
despertado su ape to (aplacado en su mayoría con bocados agarrados a la
carrera) y el hecho de que ahora tuviera empo para una comida
adecuada, que estaba ligada a los edictos de ayuno de la Vigilia, era una
ironía para la que no estaba de humor. Se sin ó tensa y brusca mientras
pulía sus insignias de rango y honor y limpiaba sus armas para prepararse
para otro viaje a la Catedral.

Leandro no había estado fanfarroneando sobre la absolución del


Ministorum, (o si lo había hecho, había conver do el fanfarroneo en
acción). Ahora Calpurnia y un pequeño equipo escogido a dedo, tendrían
la indulgencia de trabajar sin impedimentos por los edictos de la Vigilia,
capaces de viajar en un vehículo, hablar con impunidad, entrar en las
casas, luchar. Y ahora, también tenía toda una nueva línea de inves gación
que lanzar. Siendo Ultramar un feudo del Adepto Astartes, su propia
familia nunca había experimentado mucha de la atención de las Hermanas
Famulatas, pero la conversación con las dos Hermanas en la ciudadela de
Lyze (y la evidencia de Hallyan de que la nobleza estaba detrás del primer
atentado contra ella), la hizo temblar de emoción. Entre ellas descubrieron
una rica veta de información, que ella simplemente, no había pensado en
aprovechar. Ella se sin ó sa sfecha cuando Leandro estuvo de acuerdo con
el enfoque.

Zhow era otro asunto. Después de una hora de inú les graznidos por vox
en la ciudadela de Lyze, se había rendido y se puso en marcha por las
calles llenas de gente, estudiando en silencio los rollos de confesión que
cubrían cada pared, o trotando detrás de los palanquines de los
sacerdotes, que gritaban súplicas de bendición y se desgarraban el pelo y
la ropa.
Luego, le llegó el informe de que Zhow había marchado al puesto de
mando y ordenado a todos los Arbites que salieran del lugar, y luego
estacionó a la milicia inquisitorial en cada entrada, (cada equipo
sosteniendo pergaminos de prohibición con elaboradas palabras, clavados
en picas) listos para disparar a matar a cualquiera que intentara entrar en
la fortaleza.

Finalmente, visitó las casas de los distritos más cercanos e hizo que sus
sirvientes se llevaran cada pizarra de datos, fotos y notas de la redada. La
fortaleza de Lyze y las recientes ac vidades del difunto Yannod Dwerr,
estaban ahora bajo la supervisión directa de la Inquisición. Mientras
Calpurnia aceptaba que esto era como debía ser, en nombre de todos los
Arbitradores, también empezaba a sen rse bene ciada. Como broche
nal, el mensaje le decía que el personal de Zhow había mencionado
advertencias y reprimendas formales a los cuatro comandantes de Arbites
por no no car a Zhow del asalto con antelación.

La cosa no mejoraba con Baragry, al cual no le importaban los detalles del


asalto, pero había enviado mensajes desaprobando que Calpurnia no
hubiera par cipado en los actos del Renacimiento de la Pasión. Los Arbites
no estaban obligados a par cipar en la gran auto- agelación que había
llenado las calles esa mañana, pero Calpurnia tuvo la impresión de que se
suponía que Bagary, había preparado algo levemente simbólico para la
ocasión. Sabía que estaba desatendiendo las celebraciones que se suponía
que debía hacer, ni siquiera se había asegurado de preparar el uniforme
ceremonial que usaría para la Sanguinala (que se suponía que lo había
hecho hace días)

Pero encubrió su irritación consigo misma, con la irritación de Baragry,


cuya dedicación a su supuesto papel como su instructor, parecía bastante
selec va.

Lo que se le había quedado grabado en la mente, era lo úl mo que le


había dicho Sylda antes de regresar a su Cuartel, una hora después.
La no cia de que el Arbitrador Gomry, había muerto en la sala del Medicae
de la Puerta Interior de Charisia. Sylda había estado muy callada, después
de su despedida, hasta que Calpurnia le preguntó qué pasaba.

-Solo quería decirle, con su permiso, Señora, que, bueno…, no


olvidaremos lo que hizo allí arriba.

-¿Lo que hice? No te sigo.

-Lo que hizo por Gomry, Señora. Se quedó con él en la enfermería, no lo


dejó.

-Por supuesto no. Estaba bajo mi mando.

-Hay comandantes aquí, que no lo habrían hecho, señora. Lo que hizo...


quedará grabado por todo el cuartel. No lo olvidaremos.

Inmediatamente la saludó y se re ró, dejando a Calpurnia perpleja, pero


vagamente complacida.

Además de los Rhinos y las cámaras de audiencia, Calpurnia añadió otra


cosa que de nía su imagen de Hydraphur: el humo. El humo coloreado y
perfumado de esa terrible mascarada en la plaza del Adeptus, la niebla
quieta y enfermiza que había llenado la Puerta de Aquila, del hedor de las
piras de carbón en la capilla de Lyze. Cada vez que pensaba en las úl mas
dos semanas sus recuerdos estaban siempre envueltos en él.

Y ahora aquí estaba otra vez, marchando a través del humo. Aquella
mañana la gente del Augustaeum, y del resto de la colmena y de la ciudad
debajo de ella (de todo Hydraphur), habían saltado y llorado y se habían
golpeado las espaldas con montones de hojas a ladas (como las grandes
hojas de pergamino que cubrían cada edi cio, que se habían cogido y
quemado. Se quemaban lentamente como se les había enseñado a hacer),
quemando el relato de cada penitente de sus pecados… mientras que el
dolor de la agelación quemaba los pecados mismos de sus almas.

Ahora, las llamas se habían apagado desde hacía mucho empo


(quedando únicamente ecos en aquella neblina gris del aire inmóvil, los
restos de papel y ceniza deslizándose alrededor de sus pies como nieve
extraña) y los trozos de papel con gotas de cera de plás co derre da,
todavía se pegaban a las paredes chamuscadas de los edi cios. Alguien le
dijo que permanecerían de esa manera, hasta que las primeras lluvias de
la temporada de lluvias los borraran en un mes.

También quedaban restos de grupos de humanos en las calles:


desparramados y gimiendo, con la espalda ensangrentada, hombres y
mujeres que se habían arrojado con todo su corazón a la penitencia y
estaban demasiado débiles para levantarse. Calpurnia no estaba segura de
cómo reaccionar, hasta que vio las formas fantasmales de las Hermanas
Hospitalarias moviéndose por las calles, ordenando a sus Subalternos, que
se llevaran a los afectados. Las únicas otras personas que vió, fueron
escuadrones de Arbites o Sororitas, moviéndose con lenta dignidad
mientras hacían sus rondas (los Arbites embu dos en armaduras negras,
en busca de actos delic vos, las Hermanas embu das en armaduras
blancas en busca de actos blasfemos) saludándose mutuamente mientras
se entrecruzaban en rutas de patrulla plani cadas conjuntamente.

No había voces, ni motores.

Calpurnia marchaba a la cabeza de su formación, inquieta en medio de


aquellas calles vacías y espeluznantes, mirando a su alrededor los edi cios
con persianas y recordando sus propias palabras a Hallyan sobre la
precaución, los movimientos telegrá cos, los asesinos obs nados, las balas
y las bombas. Casi maldijo el planeta cuya maraña de reglas y costumbres
hacía tan condenadamente di cil seguir sus propios consejos, y luego
abandonó ese pensamiento.

Las leyes habían sido hechas por la Eclesiarquía, una parte tan sagrada del
Adeptus como ella, no un aristócrata planetario engreído. Y además, dijo
para sí misma mientras marchaban a lo largo de la rampa de la Catedral:
los Adeptus Arbites no se esconden. Y tampoco Calpurnia. La gran torre
que se eleva al nal de los Mese, la hizo sen r más humilde, orgullosa y
valiente.

A algunos ciudadanos les quedaba su ciente fuerza para arrastrarse y


tambalearse hasta la rampa de la catedral y había más de un centenar de
personas tendidas allí, pasando sus manos sobre las tallas de la rampa o
tendidas sobre sus espaldas ensangrentadas mirando hacia la torre,
protestando débilmente mientras las Hospitalarias se los llevaban.

Cuando los Arbites llegaron marchando por el Mese, dos Hermanas se


separaron de la guardia de la puerta y condujeron por una calle que se
estrechaba hasta un callejón de paredes altas alrededor del costado de la
Catedral, que conducía a los barrios for cados de la Preceptoría de la
Orden de la Rosa Sagrada de Hydraphur.

La Preceptoría no se parecía en nada a la ornamentada capilla


Mechanicus, o al imponente laberinto de la propia catedral, más bien se
parecía a los cuarteles del Muro: desnudos y funcionales. Pero el ritual
rápidamente le recordó su visita a Sanja: fue rápido, extraño… ciertamente
no era lo que esperaba. Las Sororitas, ves da de blanco, se reunieron con
ellos tan pronto como entraron por las puertas, sus insignias de o ciales y
sus huellas oculares se comprobaron fría y minuciosamente, mientras las
blindadas Hermanas Militantes cogían sus armas. Desde allí, fueron
conducidos a las profundidades del edi cio, donde Calpurnia se separó
tranquilamente de los demás y avanzó por un pasillo largo y resonante
seguido de un estrecho tramo de escalones que terminaban, en contra de
sus expecta vas, en un jardín.

-Bienvenidos.

El cabello de Canonesa Preceptora Theoc sta, era tan blanco como su


hábito y capucha, su piel cur da y cobriza, su voz suave.

-Arrodíllate, por favor.

Arrodillándose en la hierba cortada con los ojos mirando hacia el suelo,


Calpurnia sin ó la mano de la Canonesa en la coronilla. uso su propia
mano derecha en su pecho acorazado y repi ó las líneas del juramento
mientras eran repe das por ella.

-Soy Shira Calpurnia Lucina, de los Adeptus Arbites, y hago este


juramento por devoción y deber al Dios-Emperador de Terra. Ruego Su
absolución por mis acciones y voluntad, y juro que esta absolución será
un arma en mis manos, para el servicio del Todopoderoso Emperador y
de ningún otro. Este es mi juramento de devoción y deber.

-Levántate.

Se puso de pie, y la canonesa se inclinó hacia adelante y le ajustó su


insignia de absolución. Un sello tradicional de la Eclesiarquía: cera plás ca
carmesí con serpen nas de seda blanca cubiertas con escritura en Alto
Gó co.

-Cuando la Vigilia se complete, volverás aquí y yo me llevaré el sello de


vuelta. Todos vosotros debéis mostrarlos en todo momento hasta
entonces. Las Sororitas saben que deben ayudaros y obedeceros si lleváis
ese sello y... sancionaros si no lo hacéis.

-Reverenda Canonesa, mi otro personal, los que vinieron aquí conmigo...

-Sus juramentos y absoluciones están en marcha en otros lugares. No te


preocupes, sus bendiciones llevarán un sello diferente pero no tendrán
menos autoridad. Se separaron por orden mía. Hay un asunto que debo
discu r con go.

La Canonesa se levantó lentamente, apoyada en un bastón de madera


pálida. Dos novicias, con sus rostros invisibles bajo velos blancos, alejaron
su asiento y el pequeño atril en el que estaba su sello y la olla caliente de
cera plas. Calpurnia se preguntó si una de ellas era la nieta del
Comerciante Independiente (Rogue Trader en el original, nT) Kvan.

El pequeño jardín era circular, totalmente rodeado de una pared redonda


de piedra que se abría al cielo dos pisos más arriba, dispuesto en arcos
concéntricos de césped y senderos. Las vistosas rosas blancas de la orden
crecían en sencillos lechos de piedra, iluminados con un delicado amarillo
por la luz del sol. En el centro del jardín, otra pieza heráldica: una estatua
del escudo de la orden, una mano con guante que sostenía una rosa en lo
alto, hecha en la misma piedra desnuda de los muros del jardín.
Comenzaron un lento circuito alrededor de ella.

-Estás en busca de asesinos, poderosos y desconocidos, con los inmundos


y los mutantes en su redil.

-El psíquico asesino, sí- Calpurnia notó que ante la palabra psíquico, la
Canonesa tocaba el Aquila de oro blanco de su garganta.

-Sin embargo, es posible que hayamos destruido al que lo envió contra


mí.

-Señora Canonesa. Ahora creemos que un astrópata psíquico- ese toque


de nuevo, -dirigió una especie de camarilla contra otros miembros de
Adeptus, miembros de la Liga de las Naves Negras, yo misma…

-¿No hay certeza, solo creencia?

-Solo creencia, Señora Canonesa- dijo Calpurnia, preguntándose si solo


creer, era una expresión incongruente viniendo de una Canonesa
Preceptora.

-Hm- dijo la otra mujer, dando media vuelta a la escultura. Finalmente,


Theoc sta volvió a hablar.

-Durante su persecución de los que la están atacando, ha estado tratando


con un Hallyan de la familia Kalfus y la casa del sindicato de Medell.

-Sí.

-Debes saber que en algún momento durante la noche, la hermana Arlani


Leyka de la Moneda Sagrada, asignada por la Orden Famulata, como
Castellana a la casa de Lord Hallyan, fue asesinada.

Caminaron unos pasos más en silencio. Para Calpurnia, el aire que


respiraba de repente parecía helado.
-La hermana Leyka se puso en contacto conmigo mediante un mensaje
sellado ayer a úl ma hora- dijo la Canonesa.

-Me dijo que necesitaba hablar conmigo, y que bastaría con una
audiencia cara a cara en una de nuestras cámaras selladas. Dijo que me
daría más información entonces. Sen que debía ser informada.

La mente de Calpurnia estaba dando vueltas. Un ataque a ella, un ataque a


Hallyan. O en la casa de Hallyan. Un muerto, y la canonesa había dicho
"asesinado", así que no podía ser un ataque a gran escala, ni una batalla
campal. Se habría enterado si eso hubiera ocurrido, ¿no? ¿Signi caba esto
un cambio de estrategia por parte de los aliados de Dwerr, o algo
diferente? ¿Otro ataque de la Sociedad del Quincuagésimo Octavo Pasaje?
Ciertamente encajaría con su deseo de destruir la Vigilia.

-¿Arbitradora?- los ojos de Theoc sta estaban puestos en ella; Calpurnia


se dio cuenta de que había estado en silencio por varios momentos.

-Lo siento, Reverenda Canonesa. Estaba tratando de incluir esto en


nuestras propias inves gaciones. Claramente está relacionado. Vamos a
tener que averiguar cómo. Dependiendo de las pruebas nales de
algunas armas que Hallyan puso a nuestra disposición, creemos que
podemos reducirlo a una selección de familias nobles en Hydraphur. Por
eso quería comenzar a enviar solicitudes a todas las Hermanas
Famulatas, pero si esto está conectado, las cosas se volverán inciertas de
nuevo y nosotros…- se paró para tranquilizarse.

-Mis disculpas de nuevo, porque estoy divagando un poco. Los úl mos


días no han sido... apacibles.

-Tranquilícese, entonces, arbitradora- le dijo la canonesa con brusquedad.


-Rezaré para que la mano del Emperador la guíe.

Calpurnia respiró hondo.

-Debería ver por mí mismo el mensaje que la hermana Leyka le envió


ayer. El cuerpo también. Puede que sea capaz de...
-No es posible. Los asuntos de las Sororitas, los de las Órdenes Famulatas
en par cular, son un deber sagrado.

La voz de Theoc sta era tan tranquila que Calpurnia casi quiso inclinarse
para escucharla, pero la simple autoridad que había en ella, le hizo sen r
que debía estar atenta al mismo empo. En algún lugar del edi cio sonó
un gong, y mientras se desvanecía una voz alta y clara emi a una llamada
a las oraciones de la tarde desde los claustros del jardín.

-Quédese aquí o venga a rezar con nosotros, Arbitradora- le dijo la


canonesa, -y le proporcionaré toda la ayuda que pueda cuando regrese.

La canonesa Theoc sta se alejó, sus dos novicias reaparecieron para


atenderla. Mientras Calpurnia observaba su majestuosa caminata hacia el
arco de la escalera, nalmente se dio cuenta de un sonido que había
estado sonando después de las úl mas notas de la llamada a la oración, un
extraño y arenoso sonido que provenía de arriba y detrás de ella. Al
principio no pudo ver ningún otro movimiento en el jardín, pero luego la
escultura se balanceó en su zócalo y ese sonido volvió, no desde la base
sino desde la punta, y trozos de roca salieron escupidos desde la mano
tallada y la or… Y luego, nalmente, la piedra se rompió en pedazos y se
desprendió y la masa negra zumbante que la estatua sostenía se derramó
hacia ellos.

No es una simple masa se dio cuenta Calpurnia. Era un enjambre, un


enjambre de insectos gordos negros y metálicos, que ahora se retorcían
por la estatua como garras, corriendo como hormigas, saltando como
grillos pesados. Hicieron un zumbido que comenzó como un chirrido de
cigarra y se intensi có con el sonido de una sierra mecánica que se
estrellaba contra la roca.

El enjambre se sumergió en la base de la estatua, y Calpurnia pudo


escuchar un extraño y casi mecánico clic, mientras las pequeñas formas
negras rebotaban y se arrastraban unas sobre otras. Entonces, a medida
que ella comenzaba a retroceder cautelosamente, ellos comenzaron a
retorcerse hacia adelante, siguiendo sus pasos a través de la hierba.

Calpurnia se quedó inmóvil por un momento, luego agarró una pequeña


piedra de uno de los rosales y la hizo rodar hacia el enjambre. Hubo un
ligero chisporroteo cuando pasó a través de la nube y cayó a la hierba del
otro lado. El enjambre pareció seguirlo hacia atrás y hacia abajo, como si
fuera un trozo de tela que se había enganchado alrededor de la piedra, y
por un momento Calpurnia pudo ver claramente que las larvas que se
arrastraban por encima de ella dejaban rastros marcados en la piedra.
Luego avanzaron de nuevo.

-¡Poned a la Canonesa a salvo!- gritó sobre su hombro, pero las novicias


estaban muy por delante de ella: miró a su alrededor y vio un destello de
tela blanca que desaparecía por los escalones. Pensó en seguirlas por un
momento, y luego descartó la idea. No sabía qué iba a poder hacer con
esas cosas, pero no iba a dejarlas aquí sin vigilancia.

Los pequeños insectos avanzaron sobre ella, moliendo y castañeteando.


Calpurnia dio dos pasos hacia el lado, esperando un movimiento que la
alejara, pero en vez de eso se aceleró hasta donde ella había estado
parada y luego se dobló. Mirando hacia atrás en su camino vio que el
enjambre había conver do la hierba en restos despojados y pulidos a su
paso. De alguna manera no se sorprendió. Las criaturas también se habían
acelerado un poco, y..., sí, el enjambre de ni vamente estaba creciendo.
Era más ancho, más denso que cuando se había derramado por primera
vez por el lado de la estatua. Calpurnia tenía una idea de dónde había ido
la masa de la hierba y la erra despojada, pero ¿cómo podía algo
reproducirse tan rápidamente? El miedo carcomía su vientre y ella lo
pisoteó, lo aplastó, tratando de pensar.

Su espalda estaba contra una hilera de rosas y se abrió paso a través de


ellas, las espinas chirriando contra su caparazón. Un momento más tarde
el enjambre los alcanzó y durante una fracción de segundo, Calpurnia
pudo ver los troncos de los rosales deshilacharse y evaporarse bajo cientos
de mandíbulas de molino, antes de que los arbustos se desplomaran y
formaran parte del enjambre. Incrementó su velocidad otra vez y el
enjambre siguió sus pasos.

Otra vez echó a correr olvidandose de pensar, presa del pánico. La


perseguía, no podía llevarlo a los claustros, donde podría ir tras la
Canonesa, unas inocentes novicias o… el Emperador sabía quién. La
alarma ya debería estar ac vada, alguien volvería antes de que todo el
jardín se hundiera hasta las rodillas en las formas negras y chirriantes.

Se equivocó y tuvo que corregir su equilibrio, y una vanguardia del


enjambre se puso en pie antes de que pudiera alejarse. Calpurnia saltó
hacia atrás y se subió a un banco de piedra y pateó con el empeine de su
pie en el banco y con la parte trasera de su otra bota, deseando oír el
sonido del crujido de una coraza. El resto se apiló alrededor de las patas
del banco y los cuerpos gordos y acorazados, empezaron a treparse unos a
otros para alcanzarla. Hubo una ligera sensación como si una uña rascara
ligeramente la parte superior de su bota, y pudo sen r una vibración
similar que subía por la piedra del banco, mientras las cosas se comían sus
soportes. Una frené ca sacudida de su pie desplazó las mandíbulas que se
habían subido a él, pero cada una había dejado una parte de sí misma, una
cabeza que seguía taladrando y acariciando su acorazado empeine.
Calpurnia luchó contra el pánico, esperó un momento más hasta que
estuvo segura de que estaban tan apretados alrededor de la base del
banco como podrían estarlo. Entonces se puso en cuclillas, sacó las piernas
y se zambulló sobre el montón de insectos para rodar hasta sus pies en la
hierba.

Su pie se tambaleó, y el empeine de su bota se estaba arrugando, podía


sen r que estaba a punto de ceder. Necesitaba empo para desabrocharse
la bota, pero el enjambre había arrastrado el banco hacia sí mismo y las
hormigas mas cadoras empezaban a balancearse en el aire como si
estuvieran olfateando en su busca. La sangre de Calpurnia se enfrió al ver
que la pila se doblaba sobre sí misma para seguir donde ella se había
arqueado en el aire. Ahora el negro de los caparazones se expandía con
rayas grises y plateadas y ella pensó que podía ver diferentes formas de
criaturas (gusanos, larvas, hormigas, moscas) mientras venían detrás de
ella otra vez, ahora casi a la velocidad de carrera. Se estrelló contra otra
la de rosas cuando un extremo del enjambre encontró su rastro.

El material de su bota se abrió y las mandíbulas comenzaron a pellizcar y


morder el tejido de debajo. Su piel se agolpó al pensar en ellas en su piel,
pero no podía dejar de moverse para quitarse la bota. Trató de pensar.
Estaban ciegos, tenían que estarlo, no veían sus movimientos, pero
seguían su rastro. (La piel de su pie comenzó a arder). Tenían problemas
para subir al aire. ¿Podría usar eso? ¿Podían trepar? Miró los muros del
jardín: ásperos, pero no lo su cientemente ásperos para los puntos de
apoyo, y las cosas habían mas cado la base de un banco de piedra. (El
picor en su pie se estaba convir endo en una quemadura, y en otro
momento el enjambre se ensancharía lo su ciente como para empezar a
rodearla. Ella tenía que moverse).

-¿Por qué sigues aquí?- una voz se oyó desde el otro lado del jardín y
Calpurnia trató de retroceder en ángulo hacia la Hermana alta y con
armadura de combate que estaba en la base de los escalones.

-¡Necesitaba contenerlos, observarlos !- le gritó.

-Me están siguiendo de alguna manera. ¡No dejes que ninguno te toque!
¡Puede que estén contaminados!

La hermana la miró un momento, luego levantó una pistola bólter y


disparó un cuidadoso ro al centro del enjambre. El rayo desapareció en el
negro y ambas escucharon el sonido, cuando detonó justo debajo de la
capa superior del suelo. Las criaturas se agitaron mientras la explosión
arrojaba erra. La Hermana cedió, y disparó tres veces más. El enjambre la
ignoró, se condensó y se acercó a Calpurnia.

-Es demasiado espeso, no puedo abrir un camino para - el enjambre


mandó una columna directamente hacia su pie herido. La Hermana
levantó la pistola con cuidado, esta vez a la cabeza de Calpurnia. Calpurnia
se dio cuenta de su intención y tragó, cerró los ojos y comenzó a
trastabillar con la oración que le habían enseñado de niña, enseñada por si
alguna vez necesitaba que la Gracia del Emperador la sacara de...
El disparo de bolter aulló por encima de la cabeza y se estrelló contra la
pared detrás de ella. La hermana estalló de nuevo:

-Abre los ojos, mujer, he prac cado un asidero en la pared, pero eso sólo
nos dará un momento.

El dolor en su pie era abrasador ahora pero giró, dio dos pasos y saltó para
enganchar el borde del pequeño cráter en la pared con la punta de los
dedos. El enjambre llegó a la base del mismo, bajo sus pies, y Calpurnia
plantó sus dedos contra la piedra y se sujetó, preguntándose cuánto
empo podría aguantar.

Detrás de ella, la voz de la Hermana dijo: - Aquí, muévela así. Así está
mejor.

Y entonces la masa que se arrastraba bajo ella se volvió amarillo-


blanquecina, mientras el silbido de una llama y un desagradable olor a
metal quemado empapaba el aire.

ARBITRADORA, ¡ÁRBITRADORA CALPURNIA!


-

La parte superior de los escalones del jardín estaba rodeada de


Arbitradores y Hermanas, las Hermanas tenían la cara sombría y
levantaban armas y los Arbites miraban hacia abajo para tratar de verla. La
hermana alta la agarró del pie y apretó el ga llo del ardiente lanzallamas
contra ella, quemando las pequeñas garrapatas de metal debajo de su piel
hasta quedar inmóvil antes de entregar un cuchillo de combate a Calpurnia
para desenterrarlas. Salieron fácilmente, pero ahora Calpurnia estaba
cojeando sobre ese pie y el empeine borboteaba sangre a través de la piel
cauterizada. Se quedó balanceándose por un momento en el murmullo de
voces, luego trató de responderlas.

-No, no sé qué eran. Hermana, ¿le eran familiares? Digo que no lo sé. Los
viste, una especie de creación depredadora, auto-reproduc va. ¿Viva?
No, no lo creo, porque mira lo que se me ó en mi carne. Aquí. Eso es
metal. Esas cosas fueron construidas. Algún po de disposi vo asesino.
Se movían más rápido cuanto más empo estaban..., afuera, o allí, o lo
que sea. Me siguieron, pero ignoraron a la Hermana. No, no sé por qué-
sacudió la cabeza.

-Esperad, parad, todos vosotros.

Ella miró a su alrededor, a sus caras.

-Dejadme deciros lo que vamos a hacer a con nuación. Canonesa


Theoc sta, usted me dice que no puede revelar detalles del mensaje de
la Hermana Leyka. Guárdalo, Bannon- ella rechazó su pregunta, -te lo
explicaré más tarde. Puede con rmarme, Canonesa, ¿si tuvo algo que ver
con la Vigilia?

Los ojos de Theoc sta se abrieron.

-No he dicho nada al respecto.

-No, pero la Hermana Leyka era de la Orden de la Moneda Sagrada, una


Orden Famulata. Usted es de la Orden de la Rosa Sagrada, una Orden
Militante. Sé que las estructuras de órdenes de Sororitas son lo
su cientemente rígidas como para que Leyka no hubiera acudido a
usted, en lugar de su propia Canonesa sin una razón extraordinaria. Y lo
extraordinario es, que sus hermanas están involucradas en este
momento en la vigilancia y en la guardia de la misa. ¿Y bien?

La otra mujer asin ó de mala gana.

-Había cosas que ella dijo que habían llegado a su posesión. Alguna
información, algo que creo que ella quería mostrarme. Ella quería mi
orientación sobre cómo afectaría a la Misa. Me sorprendió. La hermana
Leyka no era una de mis pupilas, pero había oído hablar de ella como
alguien inteligente e ingeniosa. Decidí que, si algo la había obligado a
dejar las buenas prác cas, debería averiguar qué era.

-Pero nunca lo hizo.


-No. Lo siguiente que supe de esa familia fue cuando un tal Maestro
Nomikros, el mayordomo de Lord Kalfus-Medell, me visitó para contarme
su muerte. Parecía estar al tanto de que ella había planeado verme esa
tarde. Lo vi no mucho antes de recibirla a usted, Arbitradora Calpurnia.
Se sentó ante mí en el mismo jardín, insis ó en que fuera un lugar
tranquilo porque la no cia le apenaba mucho- ella agitó una mano ante
el desastre humeante debajo de ellos. -Y él parecía a igido. Trajo un cojín
de la litera de su señor e insis ó en sentarse en el jardín con él- siguió
retorciéndolo en sus manos. -Me pareció que había una cierta falta de
compostura.

-Gracias, Canonesa. Bannon, el resto de ustedes, tenemos nuestras


autorizaciones, nuestro obje vo es la casa Kalfus.

Ella bajó la mirada a su pie.

-No intentaré caminar hasta allí. Uno de ustedes puede enviar un


mensaje a la Puerta de la Jus cia y solicitar un Rhino, no, esperen, somos
los que tenemos una autorización para conducir. Un equipo de ustedes,
entonces.

Ella frunció el ceño, tratando de concentrarse más allá del dolor en su pie y
elaborar un plan.

-Un momento, Arbitradora…

La Hermana alta y de cabello oscuro que había salvado la vida de Calpurnia


en el jardín, dio un paso adelante.

-En cuanto a eso, con el permiso de la canonesa, puedo darles una mejor
idea.
El interior del Rhino de las Sororitas era una copia de los transportes
Arbites en los que Calpurnia había viajado durante casi 20 años, pero
también era diferente. Se sen a extrañamente espacioso, sin armarios,
estantes de cañones, mazos, lanzagranadas y redes, gar os, escopetas,
escudos, sin equipos an disturbios guardados alrededor de las paredes y
el techo. Pero había sido diseñado teniendo en cuenta el blindaje
motorizado: bancos estrechos, con cinta an fricción para evitar que los
cuerpos blindados se deslicen sobre el metal, los respaldos de los asientos
tachonados con acoplamientos para las conexiones del blindaje.

Estos, habían hecho insoportables los bancos, y Calpurnia pronto se dio


por vencida y se puso de pie junto a la puerta trasera de la rampa del
transporte. El tamaño y la forma equivocada de los asientos diseñados
para hombros anchos acorazados, los otros Arbitradores se retorcían y
sacudían mientras giraban en las esquinas, aceleraban y disminuían la
velocidad en las intersecciones: la tripulación se acoplaba a los controles y
conducía más rápido y más brutalmente que cualquier tripulación de
Arbites.

Mirando a través de la rendija de visión sobre su hombro, Calpurnia pudo


ver a un segundo Rhino siguiéndolos en perfecta formación. La Orden de la
Rosa Sagrada tenía sus libertades par culares durante la Vigilia, y
Theoc sta no dudó en ordenar a sus Hermanas que llevaran a Calpurnia
directamente a la mansión Kalfus.

Cinco sororitas, se sentaban en los bancos lejanos, con la cabeza baja y


absortas en su trabajo de rezar sobre cada escudo, mientras lo cargaban
en los anclajes del bólter. En la parte delantera del compar mento, estaba
sentada la Hermana de cabello oscuro del jardín, que se había presentado
como la Celes na Superior Aurean Romille. Romille ya había cargado su
bólter de ligrana plateada y encajó un cuchillo de combate en su parte
superior, un pequeño y pesado cuchillo de poder con una punta
a ladísima.

Esa punta ahora estaba envainada y apoyada contra el suelo, mientras


Romille estaba sentada con la frente apoyada en la culata, con los ojos
cerrados. Tenía una cara redonda y pálida y una nariz casi tan larga y
a lada como la de Hallyan, y Calpurnia recordó irrespetuosamente los
soportes de auspex dispuestos por la plataforma de aterrizaje en Cross-
Four.

Las vibraciones de los motores de los Rhinos, cambiaron cuando bajaron


en picado por una rampa, con un acan lado a su izquierda y una caída de
cien metros hasta la siguiente calle a su derecha. Calpurnia se preparó
para que el Rhino girara 90 grados y la rampa se bajara y se abriera.
Salieron del tanque rápida y silenciosamente. Inmediatamente, Calpurnia
los condujo a través de las puertas de los Kalfus sin decir una palabra más,
cojeando sobre el pie herido de su bota destrozada, pero con la cara
inexpresiva.

La casa de los Kalfus bloqueaba el nal del camino como una caída de
rocas a través de un camino de montaña. No era la torre o el palacio que
Calpurnia había estado esperando, ciertamente nada como el poderío
crudo de la ciudadela de Lyze, sino un grupo de cajas y cúpulas gris-marrón
desgarbadas que se derramaban a lo largo de uno o dos kilómetros de
colmena lo su cientemente escarpada como para ser casi otra cara del
acan lado. Las pesadas persianas de acero que sellaban el complejo de la
carretera se deslizaban hacia el acan lado. Viéndolos, Calpurnia se volvió
hacia Bannon y Romille.

-Las puertas están abiertas. Puede que haya habido más problemas.
Tengan cuidado.

-Es la ley local, señora- la corrigió Bannon, y Romille asin ó con la cabeza.

-Es parte de la Vigilia- dijo la Hermana. -El Maestro de la Vigilia


representa a todos los eles del sistema y nunca debe poner barreras
ante ellos. Se remonta a...

-Gracias, hermana Celes na, lo en endo.

Calpurnia cojeó a través de las puertas y las botas crujieron en la grava


detrás de ella mientras los Arbites y las Hermanas iban detrás. Romille se
adelantó para alcanzarla.
-Iba a decir, sin embargo, que estoy de acuerdo con su advertencia. Una
hermana ha muerto y esa ley de no cerrar las puertas ha sido explotada
antes.

Y reforzó con acciones aquellas palabras, encendiendo su cuchillo de


combate: la lanza estaba rodeada por un campo de poder azul nebuloso, y
Calpurnia hizo que su propio maul se ac vara y sus energías crujieran y
ardieran.

-¿Lista para cualquier cosa, Arbitradora?

-Llevo esperando este momento medio camino, Hermana. Estoy de un


humor de muerte. Estoy harta de trotar por la colmena como un blanco
en movimiento, corriendo detrás de las sombras… cuando no estoy
saltando sobre ellas. Cada pista que hemos encontrado, se ha
marchitado y desaparecido por sí misma… y no estoy más cerca de saber
quién me quiere muerta de lo que estaba hace diez días. ¡Fantasma de
Guilliman, sólo quiero algo a lo que pueda disparar!

-Levantar las voces en público, no es apropiado durante la Vigilia,


Arbitradora. Lo siento.

Calpurnia intentaba pensar en una réplica cuando llegaron a los escalones


de la casa misma y marcharon hacia las puertas abiertas y hacia una gura
ves da de color azul oscuro.

Calpurnia había aprendido su cientes modales de Hydraphur, para saber


que el azul marino era el color tradicional de los miembros más an guos
de la casa de un aristócrata, no de la nobleza en sí. Pero las ropas del
hombre eran de tela na y buen corte, bastante más nas de lo que la
dureza de las leyes de la Vigilia se suponía que permi a. Ella lo adivinó.

-¿Mayordomo Nomikros?

Parpadeó y asin ó con la cabeza.


-Soy la Arbitradora Senioris Shira Calpurnia de los Adeptus Arbites. Esta
es la hermana Celes na Aurean Romille, de la Orden de la Rosa Sagrada.
Viajamos con miembros de nuestras respec vas órdenes y comandos.
Me alegro de que nos conozcamos en persona.

-Yo... bueno, fue por casualidad, Arbitradora, con toda franqueza, ya que
gran parte de la casa, fue al santuario público del Arco de la Ascensión
para llorar el terrible fallecimiento, el, bueno...

-El asesinato.

-El asesinato de la querida hermana Leyka. Ella y yo habíamos rezado


juntos la noche anterior, señora, y nos habló de los terribles
acontecimientos de los úl mos días y de la magní ca manera en que los
Arbites se habían enfrentado a la ocasión. ¡Y luego esto!

-¿Entonces iba de camino a la Preceptoría?

-¿No lo sabía, Arbitradora? No se llevó a nadie con ella, salvo a una


criada que yo mismo le había asignado, pero la criada me dijo que el
ataque había llegado al pasar por la Segunda Vía Imperial, debajo de la
Sala de los Sabios.

-Entonces, ella se quedó a un tercio del camino- dijo Romille. -Pero en


una de las calles más pequeñas y sinuosas.

Calpurnia sin ó que su expresión se endurecía.

-Teníamos patrullas en cada esquina. Alguien debería habernos avisado.

-Las leyes...

-¡Conozco las malditas leyes! No hay uso del enlace de vox, sólo habla
directa en voz baja, cuando está en público. Sabía de ellas cuando
inves gué los planes para revisar la vigilancia de todo el maldito
Augustaeum, cuando pensamos que no íbamos a atrapar a los asesinos a
empo. Cada patrulla tenía instrucciones de mantener contacto visual
con al menos uno de los otros, para que pudiéramos transmi r la
información sin romper la vigilancia. Alguien debería habernos avisado…

Logró contenerse.

-Pero está bien. Estamos aquí ahora. Nomikros, supongo que la hermana
Leyka tenía sus propias cámaras aquí en la casa. Bien, empezaremos por
ahí. Muéstrenosla, por favor.

El mayordomo se levantó.

-¡De ninguna manera! ¿Le ha abandonado el sen do común,


Arbitradora? ¿La Sagrada Vigilia no signi ca nada para usted? ¿Acaso
deben saquear hasta la mismísima casa del Maestro y perturbar la
serenidad de la Vigilia a menos de un día de la misa? ¡El Señor Hallyan se
enterará de esto!

-Cuanto antes mejor, entonces. ¿Dónde está?

-Él... si desea hablar con él tendrá que esperar su regreso del santuario.
Mi señor es un hombre piadoso, Arbitradora, y ha guiado a la casa en el
luto por la terrible muerte de la hermana Leyka. Aunque creo que le
interesará más llevar su conducta a sus superiores. Con o en que tenga
una delegación formal del Señor Mariscal para comportarse de esta
manera.

Calpurnia señaló la marca en su pecho e inclinó su cabeza hacia Romille.

-Tengo toda la autoridad que necesito, Nomikros, y una vez más me


encuentro cansada de tener que hablar con un local advenedizo que no
sabe cuál es su lugar.

Acto seguido, empujó al hombre y entró en el atrio de la casa, los


restantes entraron detrás de ella.

El lugar no parecía palaciego desde fuera, pero dentro estaba a la altura de


su propietario. Estaban en un espacio abovedado de mármol con
nervaduras verdes, iluminado por suaves lámparas colgantes otantes y
atravesado por intrincadas celosías de enredaderas, tratadas para que
crecieran a lo largo de patrones invisibles de microcables. Las salpicaduras
de agua provenían de fuentes que se encontraban más allá de las cor nas
de las parras que formaban el pasillo hacia el pa o central de la casa, y
ahora un cuarteto de sirvientes en el muro lejano registraba su llegada y
comenzaba una ligera melodía con arpas y campanillas.

Sobre la melodía llegó el sonido de pies descalzos que no eran los suyos:
media docena de criados de Kalfus con túnicas azul oscuro habían
aparecido en el jardín. No llevaban uniforme, pero su porte era familiar.
Calpurnia reconoció a los guardias de la casa cuando los vio. Cada uno
tenía una mano descansando casualmente cerca de un bolsillo o en una
pinza para el cinturón, y no tenía duda de que sus armas serían tan caras
como el resto del entorno.

-¡Esto es totalmente inadmisible!- balbuceaba Nomikros detrás suya. -


¿Qué es lo siguiente? ¿Querrá cancelar la misa en sí? ¿Requisar los
relicarios de la Catedral?

Respondiendo a su tono, los sirvientes cambiaron a una melodía más


rápida y dura, llena de claves menores y percusión, hasta que Nomikros les
hizo una furiosa seña para que se callaran.

-¡Usted se está oponiendo gravemente a la autoridad y la buena


naturaleza del Señor Hallyan!

Los músculos de la parte inferior del pecho y la parte superior del


estómago son importantes para la respiración. En sus con guraciones
menos dañinas, el mazo de energía de Arbites, cuando se golpea
ligeramente contra el plexo solar, lleva la carga su ciente a través de una o
dos capas de ropa para provocar una convulsión dolorosa de esos
músculos durante varios segundos.

Nomikros se dobló y se tambaleó hacia atrás, peleando por respirar, y


Calpurnia mantuvo su mazo levantado mientras se giraba y miraba
jamente al más cercano de los guardias de la casa. Todos ellos tenían
pistolas y apuntaban, y ella podía oír movimientos rápidos detrás de ella
mientras su grupo tomaba posiciones de ro.

-Ya he terminado de jugar, créanme. Si todos son tan leales a su amo


como espero, consideren cuánto más di cil será para él, si los Arbites y
las Sororitas enen que luchar para entrar en su casa, mientras intentan
salvaguardar la Vigilia que él mismo preside.

Hubo silencio por un momento, luego las armas comenzaron a descender


cautelosamente. Calpurnia hizo un gesto detrás de ella para que su propio
equipo la siguiera.

-Descansen- les dijo, -todavía hay gente en la casa de Hallyan Kalfus-


Medell que sabe dónde está su deber.

Otro asunto era Nomikros, que estaba a cuatro patas delante de ella
babeando y con di cultades para respirar. Ella lo rodeó y señaló a un
guardia.

-Usted. Muéstreme las habitaciones de la hermana Leyka. Designe a


alguien más para que muestre al Arbitardor Principal Culann, las
habitaciones de la criada que la acompañó.

Señaló a los dos líderes de escuadrón en su escolta, Bannon y un joven del


comando de la Puerta de la Jus cia.

-Culann, su obje vo par cular es cualquier cosa que la hermana Leyka


haya llevado con ella en el viaje, lo que la criada trajo de vuelta después
del asesinato. Esta es una delegación de Nivel Dos. Hermana Celes na,
es posible que desee enviar algunos de los suyos con él.

Su juicio había sido bueno: por la forma fácil y discreta en que murmuró
las órdenes, el hombre que ella había elegido, era el o cial de rango de los
guardias. Las habitaciones de la Hermana y la criada estaban una al lado
de la otra en una larga terraza que sobresalía de la ladera del edi cio
principal como una aleta de burón al revés, y las dos partes terminaron
juntándose por los largos pasillos de la casa. Nomikros se había quedado
en el atrio, sentado en el suelo y gimiendo suavemente.
Las puertas de las dos cámaras daban a un arboreto cuyas paredes de
vidrieras, formaban paletas caleidoscópicas en la armadura blanca de las
Hermanas. Calpurnia se giró al oír un doble disparo de bólter detrás suya,
pero fue una de las hermanas que disparó a las cerraduras de la puerta de
la criada.

Su propio guardia de rostro sombrío, había abierto la puerta de las


habitaciones de la Hermana y Romille insis ó en entrar primero con un
intrincado objeto de la Eclesiarquía en la mano.

-¿Qué ha encontrado?- preguntó Calpurnia cuando la Hermana abrió la


puerta un minuto después.

Romille no respondió, pero les indicó que entraran.

La Hermana Leyka, tenía tres habitaciones asignadas a ella, y ella había


mantenido cada una de ellas sobria y ordenada. Las paredes estaban
cubiertas de cuadros y listas, algunas obviamente de genealogía y
posesiones de la familia Kalfus y otras que Calpurnia no era capaz de
entender. Un estante de libros y pizarras junto al pequeño futón
(obviamente religioso), coronado con dos inciensos y un Aquila plateada
en un soporte, pero las otras habitaciones estaban llenas de archivadores,
contenedores de pizarras y el escritorio contenía montones de notas y
memorandos escritos por la limpia y bastante impersonal mano de la
Hermana.

Calpurnia suspiró.

-Deberíamos haber traído a otra o dos hermanas Famulatas y algunos


detec ves Arbites con nosotros.

-Tenemos un lugar por donde empezar- respondió Romille.


-En respuesta a su pregunta, Arbitrador, esto es lo único que he tocado,
porque de otro modo no lo habría encontrado. No ha sido entrenada en
nuestros protocolos de ocultación.

Romille sacó un pequeño estuche de documentos, luego se paró sobre el


hombro de Calpurnia mientras lo abría, mirando al guardia de la casa de
Kalfus, hasta que se re ró al arboreto de nuevo.

A través del arco que lleva a la alcoba de Leyka, se produjo la sacudida de


los muebles que se estaban moviendo. Resultó no haber nada debajo de la
cama, pero aún estaban los libros religiosos privados en el santuario de la
habitación y una tranquila pero vehemente discusión estalló entre Bannon
y la Hermana Rea Mankela sobre si era apropiado revisar el diario de la
mujer muerta.

Después de varios minutos acordaron llevar el asunto de nuevo al estudio


y dejar que la hermana Celes na y la Arbitradora Senioris lo discu eran,
pero para entonces el asunto era indiscu ble: Shira Calpurnia estaba
encorvada con los ojos como platos sobre el diario de la hermana Leyka,
mientras Aurean Romille estaba fuera reuniendo a sus hermanas y
gritándoles que consiguieran refuerzos y bloquearan todas las salidas de la
casa de los Kalfus que pudieran encontrar.

Los cuadernos eran de vitela simple, con una bella Áquila y un "Nomine
Imperator" escritos a mano en la parte superior de cada página. Había
resumido los intentos de los de Medell de arrebatar el puesto de Maestro
de la Vigilia a la familia Kalfus, y luego los intentos de los Kalfus de
arrebatárselo a Hallyan. Leyka simplemente había comentado que Hallyan
se había movido para mantener su premio con "mucho más de su habitual
crueldad", una declaración seca con implicaciones que la enfriaban cada
vez más cuanto más leía. Leyka había documentado su obsesivo afán de
perfección en el desempeño de cada rito y función, y su propio papel en la
ayuda a sus esfuerzos iniciales, y añadió su comentario sobre su creciente
paranoia también.

“Nadie dentro de la familia ahora, puede moverse para impedirlo, ya que


ha llegado a la etapa en que la fortuna de todos los de la familia Medell,
está ligada a lo que Hallyan logrará y están comprome dos en su apoyo
para que no compartan la desgracia en caso de que algo salga mal. Pero
H. sabe muy bien que otros intereses trabajarán para socavarlo,
interrumpirlo y deshonrarlo al sabotear la Vigilia. Teme a los Haggan,
par cularmente a los Lyze-Haggan, y ciertas dinas as navales que
asis rán a la colmena para la misa, pero también...”

Más nombres, pero que no signi caron nada para Calpurnia.

Ella leyó un poco más adelante.

“Un nuevo comandante de los Arbites entró en el sistema y hoy hubo un


atentado contra su vida. Hasta ahora, he podido encontrar un poco más,
pero registraré que H. estuvo tenso y de mal humor durante toda la
mañana, como lo es cuando hay riesgos o amenazas en el proceso, y
cuando escuchó la no cia del intento entró en ira y se encerró. He enviado
no cias de esto a la Preceptora, pero aún no tengo respuesta.”

Pero en el primer mensaje que Hallyan había recibido, le había dicho que
todavía estaba viva. Él mismo lo había dicho. Ella con nuó leyendo de
nuevo.

“H. ha ordenado un envío de su galería de armas personales en secreto: los


correos recibieron instrucciones de no revelarme esto, pero el piloto era
uno que a menudo me había pedido que escuchara las confesiones de sus
pensamientos impíos y pude usar esto para obtener la información de él. El
ataúd estaba cerrado, pero dijo que sabía que contenía armas, algo que su
propio abuelo de los Kalfus, había usado en una guerra interna hacía dos
generaciones. Creo que es esto lo que H. se ha preparado para llevar
consigo cuando vaya a encontrarse con los Arbites. Está muy sa sfecho
con las duras medidas que han tomado para mantener la colmena y el
Augustaeum en silencio, pero hay algo en sus acciones que lo ha
perturbado. Él no con ará en mí y debo tener cuidado de ocultar mis
conocimientos y sospechas.”

Las partes del arma. Los componentes que Hallyan le había dicho
provenían de un enemigo. No. Eran de su propia familia, de su propio
abuelo. Su propia.

Otra página.

“H. ya no ene lo que ahora sé que son partes de armas. Los Arbites deben
tenerlos. Regresó furioso, pero los guardias domés cos están armados y
las cerraduras no me responderán. H. debe planear crímenes espirituales,
tanto como temporales si desea alejarlos de mí y de la Hermandad. No sé
si me ha observado de maneras que no conocía, o si estoy traicionándolo,
pero creo que él sabe que debe actuar contra mí. Ha u lizado las leyes de
la Vigilia, como pretexto para cerrar el trá co de vox y los guardias están
observando mis movimientos. Sacó un cojín de la litera y habló con
Nomikros al respecto, algo relacionado con el nuevo comandante Arbites,
pero no pude acercarme lo su ciente como para escuchar lo que dijeron.”

La úl ma entrada.

“Nomikros planea llevar el cojín a la sala Capitular. Ha hablado con uno de


los armadores de la Casa sobre algún po de signo de olor. El emperador
me proteja, por sus palabras, esta casa viciada ha logrado extender su
dominio a nuestros propios claustros sagrados, se habló de alguna trampa
para que se ac ve allí cuando llegue el Arbites. No sé lo que será. H. ha
donado servidores, armas y obras de arte como diezmos a todas las
Órdenes, tal vez sea en uno de esos.”

“No me puedo demorar. Debo llegar a la sala capitular antes que


Nomikros. La Canonesa de la Rosa Sagrada, sabe que voy camino a su
encuentro. Nori me acompañará, y voy a toda prisa y armada. Imperator
Nómine.”

Las discusiones fuera de la cámara se estaban encendiendo cada vez más.


Nomikros debía de haber recuperado el aliento; Podía oírlo gritar algo
sobre que se había enviado un mensaje a su señor. Calpurnia vio a Bannon
asomándose por la puerta y le habló, callada y mortalmente seria.

-Ve y habla con la Hermana Romille, luego comanda uno de los Rhinos en
los que entramos y conduce como un demonio hacia la Puerta de la
Jus cia. Trae de vuelta un equipo de operaciones completo equipado,
para una unidad de prisioneros en masa. Si se mueven a pie y vienen
directamente aquí, deberían estar dentro de las leyes de la Vigilia, pero
ordénalo como lo necesite, para que puedan llegar aquí sin ningún
problema por parte del Ministorum. Haz que Romille y Culann terminen
de acordonar la casa lo mejor que puedan. Ordena a los guardias del
hogar que cooperen. Ejecuta a cualquiera que se resista. Túy Culann tenis
delegaciones de nivel cuatro.

Bannon salió corriendo y la hermana Mankela lo siguió. Sola en la cámara,


Calpurnia respiró hondo y con cuidado y volvió a mirar los diarios. Dijo el
nombre en voz alta, el nombre del hombre que los había enviado contra
ella. El psíquico con su truco fantasmal y su pistola, los equipos de
emboscada cegados por las men ras, las máquinas devoradoras ocultas.

-Hallyan…. Kalfus…. Medell.


Decimoctavo día del septista
La misa de San Balronas.
La Sanguinala
CAPÍTULO TRECE
En la mañana de la Misa de San Balronas, tres de los cuatro Adeptus
Arbites de Hydraphur más an guos, se reunieron en la Puerta de la Jus cia
una hora antes del amanecer.

Shira Calpurnia llevaba despierta desde hacía una hora y media,


demasiado nerviosa y distraída para dormir. Sabía que Dvorov, Leandro y
cualquier otro Arbitrador de alto rango fueron preparados por la ayuda de
cámara desde el momento en que despertaron, pero ella se había resis do
a la prác ca hasta hoy, cuando llegó su uniforme ceremonial con dos
asistentes y se vis ó mientras se preocupaban por ella. Ahora ves a su
uniforme formal duplicado en escarlata brillante, la insignia y la trenza en
tela de oro brillante en lugar de gris plateado sobre negro.

Calpurnia seguía sorprendiéndose por los destellos de color cuando se


movía, no podía recordar la úl ma vez que había llevado algo tan
extravagante. También le habían dado ropa para que la llevara encima
durante las úl mas horas de la Vigilia: una sobria túnica gris de falda que
le llegaba a los tobillos y una capa con una capucha de arpillera marrón
barro. Casi como un pensamiento tardío, se había sujetado el sello de la
absolución de Theoc sta en su garganta bajo el pasador del manto. Salió
de la puerta hacia la oscuridad de la madrugada en el Augustaeum,
Leandro caminando al frente de una procesión de jueces y una docena de
Arbitradores armados y Dvorov a su lado.

-Aún estás nerviosa, Arbitradora Calpurnia.

-Lo parece, ¿verdad? Sé que estamos caminando porque caminar a la


Misa es la ley del Ministorum, pero recibí la absolución de esa ley y estoy
seguro de que usted también podría haberlo hecho, señor. Podríamos
haber montado en uno de nuestros Rhinos, o convencer a Romille de que
nos llevara de nuevo, mantener la guardia alta, revisar algunas de las
patrullas en el camino.

-La presencia en la calle va bien, Shira. Hay muchos excelentes


comandantes de escuadrón asegurándose de que nadie pueda repe r lo
que le pasó a la hermana Leyka.

Dvorov hizo un gesto a los Arbitradores con armadura negra que formaban
largas las en el centro de cada calle, mirando alterna vamente a
izquierda y derecha, con las escopetas listas.

Pasaron por la Avenida de los Defensores y se encontraron con más


Adeptus, igualmente caminando, igualmente cubiertos y envueltos. Para
cuando habían pasado el Arco de los Escarlata y subido por el Camino del
Diezmo, se habían unido a una modesta corriente de otros asistentes en
masa, que subían por la Puerta de Kathisma, y la creciente mul tud fue
tragada por el ujo de gente del Barrio de los Nobles.

De modo que nalmente entraron en el Alto Mese en una gran marea


lenta de guras ves das de oscuro que llenaban la avenida de lado a lado,
todas caminando con la cabeza gacha y en silencio.

Ocasionalmente, alguien miraba la Catedral que se elevaba por encima y


Calpurnia captaba un destello carmesí bajo sus túnicas de luto. Para ella, el
paseo era casi como un sueño por su silencio y su majestuosidad. La rica
tela de su nuevo uniforme se sen a extrañamente suave y pesada en su
propia piel, y parecía extraño que no volviera a usarla durante todo un
año.

Una punzada de las heridas aún ernas en su pie la trajo de vuelta a la


erra, y ella hizo una mueca y trató de caminar con más cuidado. El dolor
que podía soportar (era parte del ritual de esta ocasión, después de todo)
pero no le gustaba la idea de que la retrasaran si algo sucedía. Con la
ves menta formal y las insignias de un Juez, con su capa de luto sobre ella
para empezar, Dvorov tenía que tener cuidado con su paso también. Los
mantos usados durante la mañana tenían que ser tratados con cuidado:
los al leres que los sostenían estaban diseñados para romperse y así
poder soltarlos en el momento en que sonara la Sanguinala al mediodía,
pero hacer que se re raran antes de eso y se quedaran allí con un ves do
fes vo escarlata sería una profunda desgracia.

-Todavía te irrita- le dijo después de un momento, -puedo notarlo.

-¿La nueva bota? No, encaja bien. Salió delgada y plana.

Nunca había sido buena con los chistes. Ella se acercó a él y bajó la voz un
poco.

-¿Tener que estar aquí mientras Nakayama y Zhow están al otro lado del
planeta saqueando las propiedades de Kalfus-Medell? Honestamente,
señor, lo hace.

-Dos asesinatos fueron dirigidos a mí. Los viscosos discursos de Hallyan


sobre mi seguridad fueron dirigidos a mí. Sus intentos de darnos órdenes
y su santurronería sobre mantener la Vigilia sacrosanta me apuntaban a
mí. Así que sí, me gustaría estar allí. Siento que debería estar allí. Quiero
darle la vuelta a su roca y arrastrarlo hacia la luz, junto a todos los demás
miembros de su familia tan na y su maldito sindicato y sentarlos a su
alrededor encadenados mientras se lee el cuaderno de Leyka antes de su
ejecución. He estado yendo y viniendo, jugando juegos de sombras
desde que llegué, y quería conseguir un buen trabajo de Arbites en mi
haber.

-Tendrás tu oportunidad, Shira. Nakayama es bueno en su trabajo y ene


una fuerza de trabajo de casi mil personas y una delegación de Nivel
Cinco. Zhow lo respalda con el sello Inquisitorial y su propio personal y
milicias. La familia Kalfus se acabó en el momento en que encontraste las
notas de Leyka, sus aliados los han abandonado, no hay forma de que
puedan seguir ocultándolo, incluso suponiendo que quieran hacerlo por
mucho más empo. Están llegando al punto en que reducir sus pérdidas
y entregarlo será, con mucho, el curso más fácil. Descubriremos dónde
ha desaparecido Hallyan.

-Es…- suspiró Calpurnia mientras trataba de encontrar las palabras. -Es la


sensación de estar tan fuera de lugar… Como si fuera un adulto en un
mundo de niños jugando juegos incomprensibles, excepto que es con las
vidas de los demás. Se en erran en estas pequeñas intrigas retorcidas y
se prodigan tanto en sí mismos y su Emperador, que su Imperio
desaparece de su memoria. Creo que es irónico. Soy de Ultramar, un
mundo que ni siquiera está gobernado por el Administratum, y aquí
estoy, en un planeta conocido como una de las más grandes fortalezas en
defensa del Imperio y soy la que habla de la debida deferencia al
Adeptus y estos engreídos imbéciles a mi alrededor, son los que están
convencidos de que de alguna manera nacen fuera y por encima de él.

-Un oriundo de Hydraphur podría citarte un dicho local sobre que el


rango ene sus privilegios.

-Y el privilegio del rango es el servicio. Eso es lo que nos enseñan en casa,


y solía pensar que enseñaban lo mismo en todas partes. Si sirves bien
eres recompensado con el rango y el privilegio de poder realizar mayores
servicios. Por la forma de ese servicio demuestras que esos privilegios no
se desperdiciaron en .

Miró a Dvorov de reojo, sonriendo bajo su capucha.

-Dígame que simpa za conmigo al menos un poco, señor. Le tomé por


alguien que veía a través de toda la mierda de la sangre azul.

-Descansa, Shira. Estaba sonriendo ante otra ironía que no creo que
hayas captado.

-¿Oh?

-Sé mucho sobre , Shira Calpurnia. La seleccioné y supervisé su


nombramiento yo mismo, di cilmente podría ser de otra manera. La
misma rareza del Inmaterium (la corriente de Shodama, creo que se
llama) que te trajo a este Segmentum tan rápidamente, permite que el
trá co de mensajes venga de la misma manera, por supuesto, y es
costumbre compar r despachos entre los Arbitradores de cierto rango.
Sus antecedentes no han escapado a mi atención.

Dvorov le lanzó una mirada pícara.


-Los Calpurnii no son muy conocidos aquí, pero estamos casi al otro lado
de la galaxia con respecto a su hogar. Pero la suya es una familia notable,
prominente en el gobierno de Ultramar desde que se han mantenido
registros y parte de cada élite que uno se preocupa por de nir:
mercan l, escolar, militar. Y fuera de Ultramar, una vez que empecé a
buscar, encontré ilustres Calpurnii en cada brazo del Adeptus.
Comandantes de la Guardia Imperial, o ciales de la Flota de Batalla
Ul ma, Arbitradores como usted, sirvientes del Ministorum y de la
Sororitas, altos cargos en el Administratum, uno con un estatuto de
Comerciante Renegado. Incluso consulté las listas del Adeptus Astartes, y
hay un Scaero Calpurnius sirviendo en la Segunda Compañía de
Ultramarines...

-Mi tatara- o abuelo.

-...y un tal Fedro Calpurnio aparece en la lista de muertos de la Primera


Compañía durante la Primera Guerra Tiránida.

-De la familia de un primo. No es una relación directa.

-Sin embargo, ahí enes la ironía…- con nuó Dvorov.

-Estaba sonriendo por la forma en que hablabas de la nobleza y la


aristocracia, caminando a mi lado con un pedigrí por el que
probablemente la mitad de los nobles del Augustaeum darían un ojo.
Pero realmente no te consideras de alta alcurnia, ¿verdad? Ves tu linaje
como una responsabilidad que cumplir, no como una marca de
superioridad. Eso dice mucho de , mi arbitradora. Por eso sonreía.

Calpurnia caminaba a su lado, tratando de apoyarse en el pie bueno y sin


saber qué decir. Alrededor de ellos, la mul tud se iba haciendo más densa
a medida que se les unían más desde el Pozo de Alabastro y la Avenida de
los Santos, y a lo largo de los caminos de hierro desde la Puerta de la
Fragua. Al acercarse la presión, los dos Arbites abandonaron la
conversación y la imaginación de Calpurnia se encargó de poner un
cuchillo en cada mano y una pistola bajo cada capa. En silencio dio gracias
por el sello de absolución en su cuello que le permi a conservar su propia
arma.

Había leído, que la mayor parte de los años, los muros de la catedral antes
de la misa estaban rodeados de suplicantes y penitentes en un arrebato
que rayaba en el frenesí, abarrotado con cincuenta o más personas,
aullando el nombre del emperador y pidiendo visiones y bendiciones
divinas. Este año los Arbitradores no se arriesgaron y despejaron la rampa
y todo el extremo de los Mese, vacíos y sellados hasta que los dignatarios
hubieran entrado en la Catedral. A su alrededor Calpurnia escuchó uno o
dos murmullos sobre lo tranquila que estaba la mañana antes de que ella y
Dvorov subieran por la rampa, atravesaran las puertas y se adentraran en
la oscuridad del más allá.

El humo del incensario era amargo y casi químico, diseñado para


recordar el hedor de las llamas. Los servidores esquelé cos simuladores de
ángeles, se deslizaron por encima de los peregrinos, arrastrando
pergaminos irregulares de escritura oscura y transmi endo gemidos
a igidos sobre sus emisoras de voz. La catedral estaba en penumbras, las
columnas y las vastas estatuas desaparecían en la sombra. El coro,
concentrado como un ejército en cubículos a cada lado de los escalones
del altar y sobre las puertas, cantaba un cán co bajo y discordante de
lamento y desesperación. Las estatuas de ángeles que colgaban sobre los
altares, estaban envueltas en tela de saco negro.

Calpurnia lo había recordado en su mente una y otra vez. Quería estar


segura de que no había dejado nada, pero cada vez que trataba de
convencerse de ello, no podía. Hallyan no estaba en la capilla. Se había ido
mientras el resto de su familia rezaba por el alma de Leyka, diciéndoles a
los criados en las puertas, que volvía a la casa para hablar con el
Arbitrador. Y luego se desvaneció, simplemente caminó por uno de los
senderos desde la Puerta y, por lo que se sabe, simplemente se disipó en
el aire.
La congregación se había reunido en el suelo empedrado, conducido por
los asistentes del Ministorum en cuatro masas gruesas, con tres pasillos
vacíos que los atravesaban. Ahora, por cada pasillo, venía una procesión
de diáconos ves dos de negro con los estandartes hechos jirones de todas
las Casas, las naves de la Armada, los gremios y regimientos y las órdenes
que habían doblado la rodilla ante Bucharis. El primero ya había alcanzado
los escalones del pequeño zigurat en el que se encontraba el altar
principal, el nal de la procesión todavía se perdía en las sombras detrás
de ellos. El comandante en jefe del comisariado naval de Hydraphur, se
paró en los escalones debajo del Altar Sanguinal, leyendo cada nombre
caído en desgracia de un pergamino, mientras su pancarta llegaba a la
creciente masa que tenía ante él.

Se habían producido extraños avistamientos de las patrullas de


Arbitradores por todo el Augustaeum, informes de diferentes calles de él…
que se dirigía en direcciones contradictorias, pero cuando las órdenes
salieron para traer al hombre... nada. El Rhino de Romille, era el único
vehículo que patrulló las calles todo el día; Los guardianes de la Puerta,
que monitoreaban las salidas del Augustaeum hacia el resto de la colmena,
informaron que Hallyan no había intentado salir de ella. Los Arbitradores
en los aeropuertos y pistas de aterrizaje de la ciudad no informaron de
lanzamientos de aviones, ni siquiera de intentos. ¿Cómo se las arregló para
huir?

Una canción alta y rápida surgió del coro: notas de soprano agudas y
urgentes, palabras feroces, dolor y sacri cio, penitencia y contrición. Los
fuegos surgieron alrededor de las paredes cuando los guardias de las
Sororitas encendieron braseros sagrados. Y en la Catedral iluminada por
las llamas, la Canonesa Casia de la Orden del Léxico, caminó hasta la base
del Altar Dolanita y comenzó a leer los Diálogos del Confesor.

Calpurnia estaba en la planta baja, al frente de la congregación entre los


adoradores más pres giosos, pero podía imaginar cómo se verían las las
de braseros para aquellos que estuvieran en las altas gradas detrás de
ellos. Pensó de nuevo que estaba de pie con Hallyan en la cúspide de la
catedral, viendo las luces apagarse y las suaves lámparas fantasmas de la
Vigilia iluminando la plaza de abajo. Recordó sus descripciones y las que
había leído de cómo era la plaza en el momento en que la mul tud a las
puertas de la Catedral se quitaba las ropas de luto, recordó que él hablaba
del cuidado que había puesto en ese momento crucial de las fes vidades.
Una pena que no pudiera verlas.

Y era tan simple que se preguntó cómo podría haberlo pasado por alto.

Shira Calpurnia se apartó de su lugar y se abrió camino fuera de la línea de


Arbites. Dvorov y Leandro la miraron jamente pero no inter rieron
mientras ella retrocedía hacia un espacio despejado, saludó en dirección al
altar por precaución, y luego caminó tan rápido como la dignidad se lo
permi ó hacia la parte de atrás de la Catedral y los pasadizos de las
cámaras de la sacris a. Una onda de sonido escandaloso se extendía por
su camino, casi demasiado bajo para oírlo sobre sus pasos: nadie se atrevía
a hablar en voz alta, así que el susurro estaba hecho de respiraciones,
preguntas y exclamaciones murmuradas, el crujido de la tela mientras las
cabezas se volvían rápidamente para ver las ceremonias en los altares. Dos
diáconos salieron de una de las bases de la columna escalonada para
bloquear su camino, pero se miraron el uno al otro y se hicieron a un lado
cuando ella señaló el sello en su garganta.

Un golpe de tambor, y los braseros se apagaron.

Calpurnia apretó sus labios para evitar la maldición y se apartó del pasillo
en el que estaba, justo en medio de un grupo de sorprendidos o ciales de
la Armada. A través de la oscuridad, cada uno bajo una sola lámpara
llevada por uno de los esqueletos de ángeles deslizantes, vinieron tres
procesiones, a la cabeza de las cuales había sacerdotes ves dos de negro,
con máscaras lascivas que representaban a los traidores de la Apostasía:
Bucharis, Sehalla y Gasto.

Una columna de las Hermanas Repen stas seguía a cada sacerdote,


a lando y rasgando sus uñas a través de sus cabezas crudamente afeitadas
y sus rostros demacrados. Calpurnia cambió de un pie a otro hasta que
pasaron una distancia respetuosa, luego comenzó a caminar de nuevo.
Estaba segura de que podía sen r la mirada de las personas a su alrededor
sobre sus hombros como un peso. Llegó a las cámaras de la sacris a al
mismo empo que las procesiones llegaban al Altar Thorian, y el
estruendo del coro la siguió a través de la puerta.

Su entrada estuvo a punto de hacer que la devoraran dos hojas maestras


hasta que las hermanas de la puerta vieron el sello y levantaron sus armas.
Más allá, un impactado Pon fex Senior ves do de blanco y oro la miró
jamente por encima de la máscara de Dolan que estaba a punto de
ponerse para dirigir la siguiente procesión. Calpurnia registró su memoria
en busca del nombre de las personas que habían puesto a cargo de la
seguridad de esta zona.

-Necesito hablar con la Hermana Superiora Za ri y con el Proctor Essker.

El pon ce todavía la miraba con ojos de insecto mientras un diácono la


llevaba a toda prisa a través de la sacris a y a las salas de clasi cación más
allá de ella.

-¡Arbitradora senioris!- Essker se veía tan sorprendido como el pon fex,


alejándose de la ventana lejana y llamando la atención tan rápido que
Calpurnia medio esperó que le arrancara algo en la columna.

Harta de la capa de tela que lo oprimía, Calpurnia rompió los al leres y la


capa y la túnica cayeron como estaban diseñadas para hacerlo. El arbolista
junior se tragó el agua.

-Señora, no debería ir por ahí ves da de Sanguinala antes de...

-No te pongas ceremonioso, Essker, no tenemos empo. ¿Dónde está la


hermana Romille? La Celes na Superiora Aurean Romille. Y creo que el
Arbitrador Principal Bannon está afuera, tráiganlo aquí también.

-No lo sé. Uh, lo averiguaré.

Essker se estaba recuperando de tan abrupta irrupción.

-Haz eso y consígueme cualquier escuadrón que esté de servicio como


apoyo en este momento. Que alguien me consiga los diarios de
seguridad de las guarniciones de la Catedral, tanto las nuestras como las
de las Hermanas. Pero primero muéstrame dónde enes el depósito de
equipos, quiero poner un caparazón sobre esto.

Estaba contenta de que hubieran decidido mantener un equipo escondido,


y más contenta de que allí hubiera un caparazón que le quedara bien. En el
momento en que había acabado de sujetárselo Romille, Essker, Bannon y
media docena de Arbitradores la estaban observando. Supuso que se veía
un poco extraña con la armadura de batalla negra desgastada sobre el
magní co rojo y dorado de su uniforme.

-Le estoy dando el bene cio de la duda, señora Arbitrador, porque le


tengo un poco de respeto- dijo Romille con frialdad mientras Calpurnia
volvía a colocar su funda.

-Salir de una ceremonia Eclesiarcal, y mucho menos de la misa de San


Balronas, no es algo que mi orden o cualquier persona en esa catedral
tome a la ligera, sin importar lo que hagan en el lugar de donde usted
viene.

-Soy plenamente consciente de lo que acabo de hacer, Hermana. En un


momento voy a mostrarle mis razones.

Tomó las pizarras de troncos sin mirar a quien se las había entregado y
comenzó a revisar la información en ellas con toques rápidos y cuidadosos
del dedo índice.

Si me equivoco sobre esto pensó, entonces estoy total e indudablemente...

Pero ella no lo estaba. Ella arrojó una sonrisa triunfal antes de que pudiera
explicarse y levantó la pizarra para que la Hermana lo viera. Romille tardó
un momento en comprender lo que estaba señalando, otro momento para
comprenderlo y quitar el seguro de su bólter. Tras un momento más, su
cara se iluminó con una sonrisa.

-¿Qué?- le preguntó a Calpurnia. -¿a qué estamos esperando entonces?


E
-¿ stos retrasos son sensatos? Quiero subir y ver si tu corazonada es
correcta.

Se habían detenido nuevamente, para que Calpurnia pasara instrucciones


de con ngencia a los cen nelas en los claustros. Era la quinta parada de
ese po mientras avanzaban por el edi cio: ya habían subido lo
su cientemente alto como para estar al nivel del techo del espacio de la
Catedral. Dos pisos antes habían pasado por una ventana que daba a la
cámara central donde se celebraba la misa: los ángeles de mármol habían
dejado de estar envueltos y brillaban con re ectores blancos mientras el
Jefe Confesor Militante dirigía a la congregación en el Segundo Salmo de
los Már res.

-Las campanas sonarán en cincuenta y tres minutos- dijo Calpurnia,


revisando su reloj.

-Estoy segura de que tendremos al menos tanto empo para ponernos


en posición y quiero aprovechar al máximo el empo. Pero si te hace
más feliz...

Ella reinició su temporizador en una cuenta regresiva inversa.

-¿Este coincide con el tuyo? ¿Puedes señalar el minuto cuando suena el


nal de la masa?

-Al microsegundo. Está escrito en las leyes de la misa misma.

-Tonta de mi...

Romille simplemente gruñó, revisó la cuenta regresiva del temporizador de


Calpurnia nuevamente y los condujo.

Recogieron dos Arbitradores más de uno de los escalones del balcón;


Romille se había apoderado de tres hermanas más. Calpurnia los detenía
en cada nivel, asegurándose metódicamente de que cada área supiera lo
que estaba sucediendo, escuchando mientras Romille daba órdenes a las
Sororitas y recogía Arbitradores de sus puntos de control de enlace.
Romille tenía ocho Hermanas con armadura blanca detrás de ella ahora, y
el improvisado escuadrón de Arbitradores que seguía a Calpurnia y
Bannon, era una docena de soldados.

Estaba teniendo cuidado de dejar una buena presencia de guardianes


detrás, y estaba teniendo cuidado de que los pasajes entre cada nivel se
sellaran detrás de ellos mientras subían. El viaje de regreso a través de la
Catedral iba a ser imposible. No es que se tratara de eso, se corrigió
sombríamente. De ningún modo.

Otro viaje en ascensor de cinco segundos. El nivel cuarenta y dos,


bibliotecas eclesiás cas, salas de enseñanza y devocionales. Dos nerviosos
Arbitradores en el ves bulo del ascensor y otras veinte Hermanas
moviéndose por el pasillo. Las dos mujeres dieron sus órdenes y siguieron
adelante y hacia arriba. Para el sexagésimo nivel tenían quince personas
cada uno y Calpurnia, comenzó a espaciarlos de vuelta a lo largo de los
pasillos, temiendo que las cosas se volvieran demasiado di ciles de
manejar si había problemas. Para el nivel noventa y ocho faltaban
vein dós minutos, Romille estaba apretando los dientes y Calpurnia había
comenzado a ladrar sus órdenes y mirar su reloj. En el momento en que
salió del pequeño pasillo al pie de los escalones de la columnata de
campana e hizo un gesto para que se reunieran los escuadrones, su cuenta
regresiva leyó exactamente quince minutos.

A los trece minutos y cuarenta segundos, el sirviente de Hallyan bajó las


escaleras de la cámara de la campana con la uida y silenciosa velocidad
de un burón que se acercaba. Su garra trituradora se arqueó como una
bola de demolición y el Proctor Essker voló hacia arriba y hacia afuera
pasando por encima de ella, muerto por el golpe incluso antes de que
atravesara la barandilla del balcón y comenzara a caer. La máquina de
carne aprovechó el impulso del columpio para girar y conducir su otro
brazo hacia adelante y embis ó un manojo de puntas de perforación de
alta velocidad a través de la placa pectoral de la hermana Ius na. Los
dientes del taladro zumbaron contra la ceramita cuando los gordos trozos
de pinchos sobre sus hombros se quejaron y rastrearon y escupieron balas
de proyec les no más largos que el meñique de Calpurnia. Parecía estar
chillando, pero Calpurnia se dio cuenta de que el sonido provenía de su
rasgadura. Algo estaba bloqueando su banda de transmisión.

Romille gritó una bendición de batalla y la chisporroteante lanza del


cuchillo de batalla en su bólter, se deslizó sin esfuerzo a través de la
armadura de la cosa; parecía que estuviese clavando una bayoneta en el
aire. Fue un golpe mortal perfecto, perfectamente por donde debería
haber estado el corazón, pero el servidor golpeó el cuerpo de Ius na
contra el de Romille con un golpe de su brazo y ella se derrumbó y su arma
golpeó la piedra.

En ese momento, Calpurnia tenía su pistola afuera y estaba colocando


disparos cuidadosos, tratando de alcanzar la base del cuello donde se
detenía la visera del casco, sus disparos arrancando agujeros de los
hombros de la cosa. El servidor se lanzó y par ó a un Arbitrador en dos
con su garra. El Arbitrador y la Hermana detrás suya, realizaron dos
disparos cada uno antes de que las puntas de perforación en el brazo
derecho de la cosa se retrajeran, una matriz de triple hoja sierra se
extendió y los cortó a los dos por la mitad, en un aterrador doble golpe. La
parte dorada de la visera estaba salpicada de rojo, su palidez era más
aterradora de lo que hubiera sido una cara viva y gruñona.

Calpurnia cambió de obje vo ahora, retrocediendo y disparando a las


caderas y piernas de la cosa, mientras Bannon se ponía a su lado y le
lanzaba proyec les en la cara para tratar de cegarlo. Sus disparos lo
hicieron caer de rodillas, pero apenas disminuyó la velocidad al girar y
poner una bala en cada de hombro a través de la cara de un Arbitrador.
Los proyec les de dos Hermanas abrieron cráteres rojos en su costado,
antes de que uno cayera con otro disparo en la cabeza y el otro con una
estocada, y luego un tercero con la garra.
Romille estaba a cuatro patas, sacudiendo la cabeza y tratando de ponerse
de pie hasta que la golpeó, haciéndola volar contra la pared en el otro
extremo del balcón lo su cientemente fuerte como para romper la piedra
donde impactó, inmediatamente colapsó y se quedó quieta. Bannon se
agachó, tratando de colocar otro disparo en el costado de la cosa, entre
sus placas de armadura, pero las púas fueron demasiado rápidas.
Ensartaron el pecho de Bannon y lo alzaron alto, luego se retrajeron para
dejarlo caer sobre las espadas sierra. Un golpe del brazo hizo que el
cadáver destrozado cayera por las escaleras.

Calpurnia, la única que quedaba ahora, blandió su mazo delante suya


antes de que la garra de la trituradora se la quitara más rápido de lo que
podía pensar y la rompió. Se dio la vuelta para huir y conseguir algo de
espacio para recargar su pistola cuando la garra la golpeó en un ángulo
descendente que le destrozó el hombro y el brazo izquierdos como
porcelana y la hizo arrodillarse. Tuvo empo de ver caer el arma de sus
manos antes de que su visión se enrojeciera y se pusiera a gritar. No llegó
un segundo golpe y trató de pararse a medias para buscar un arma, hasta
que un segundo golpe más ligero, la envió contra la pared y un tercero la
envió de espaldas hacia el úl mo tramo de escaleras. Por un momento
permaneció acostada allí, vomitando y jadeando ante la tormenta de
agonía que le estaba comiendo el lado izquierdo por completo.

Antes incluso de que en algún lugar debajo de ellos, se dieran cuenta de lo


que iba a pasar. Blanca de dolor y tambaleándose, Shira Calpurnia subió las
escaleras hacia la galería debajo de la campana de la Catedral, para
encontrarse por úl ma vez en su vida con Lord Hallyan Kalfus-Medell.

Hallyan estaba de espaldas hacia ella en el extremo noreste de la


galería, mirando el Mese como lo habían hecho en la víspera de la vigilia.
Llevaba un gris lúgubre como ella lo había estado haciendo, aunque podía
ver el color escarlata en su cuello y tobillos donde la túnica de luto no le
cubría del todo. Hallyan estaba ves do para la misa. Calpurnia se detuvo y
su pierna izquierda cedió; Al oír su caída sobre una rodilla, Hallyan habló.

-Pensaste que no lo adivinaría.

-¿No adivinaría qué?- su propia voz sonó delgada y se extendió hasta sus
oídos.

-No sabría, pequeña cerda, que vendrías aquí después de mí. Tengo ojos
y oídos más agudos que los tuyos, ya lo sabes.

Se volvió y señaló al servidor mientras se paraba a su lado. El daño que


había sufrido en la pelea parecía no haberlo frenado en absoluto.

-Voy un paso por delante de , pequeña Shira. Un paso por delante cada
vez. Un paso... la puta Pequeña Shira.

Por un momento, regresó al oscuro pasadizo a bordo de la Puerta


Charisiana Interior. Se encontró oliendo el olor a alcohol en el aliento del
Alférez Talgaard.

No. No debía perder el contacto... no debía perder el rastro... Ella trató de


recuperar los pies y no pudo. La postura de Hallyan era arrogante, su ropa
estaba ordenada, pero sus ojos...

Se obligó a jadear las palabras.

-No te adelantaste a la hermana Leyka, ¿verdad, Hallyan? Apenas


lograste alcanzarla antes de que ella pudiera decirle a alguien lo que
estabas haciendo.

-Ella... me preguntó. Lo mismo que estás haciendo. Ella trató de


juzgarme. Ella trató de juzgarme. Soy... ya sabes quién soy. Y ustedes,
ustedes son... piensan que debería... jus car...

Su mano se movió una y otra vez, e incluso a través de la niebla, Calpurnia


se dio cuenta de la voluntad de hierro que necesitaba para mantener la
compostura. Sus ojos estaban invadidos por la casi locura.
-Las palabras no importan. La ira, la cólera se acabó y no tendrías lo que
hace falta para entenderme.

La mirada de Hallyan vagó de nuevo y Calpurnia aprovechó el momento,


arreme endo y poniendo su pierna izquierda debajo de ella y dando un
paso hacia él.

Hallyan captó el movimiento y escupió una frase en clave; el servidor dio


un paso adelante y levantó el brazo de las puntas de perforación hasta que
ella retrocedió nuevamente.

Emperador ayúdame, emperador ayúdame.

-Nunca lo entenderás- dijo como si no hubiera sido interrumpido.

-El resto de ellos hablarán de lo terrible que soy, y mi familia le dirá a ese
patán campesino de Nakayama que actué solo, que fui un pícaro, su
perdición va con la mía…- se alejó y pareció temblar por un momento.

Su brazo y su hombro aullaban, y el color oscilaba dentro y fuera de su


mundo, pero en su interior, sus pensamientos se volvían extrañamente
claros.

-Es... es por eso que nos enseñaste esas partes de armas- dijo Calpurnia
dolorida.

-Me preguntaba por qué nos diste algo que nos llevaría a una búsqueda
más cerca de . Pero no fue así como lo pensaste, ¿verdad? No te dabas
cuenta de que nosotros…- ella respiró hondo y fue como respirar metal
caliente, -sen mos lo mismo acerca de la nobleza que tú. Usted nos avisó
que era una familia noble la que estaba en la raíz de todo esto, para que
yo recordara mi posición y cancelara la inves gación en lugar de acosar a
mis superiores.

Se puso de pie, aunque no podía dejar de balancearse mientras sus huesos


destrozados aullaban.

-Para lo que sea que valga ahora, eso nunca estuvo cerca de funcionar.
Se había estado preguntando si eso lo provocaría; no lo hizo, y de repente,
otro pensamiento pasó sobre las brumosas olas de agonía. Ella no podía
provocarlo, todavía no. Tenía que esperar su empo.

-No funcionó, no. Te aferraste como el barro de la colmena. Ja! Eres


como una colmena de barro. Barro. ¡Barro y enfermedad!

Escupió sobre ella, sobre su hombro roto. Miró hacia abajo, con aire
entrecortado, para ver cómo su saliva se mezclaba con su sangre.

-Sin duda, ¿estás tan terriblemente orgullosa de haber eludido un


disposi vo que me costó mucho empo y recursos ocultarlo?

-El enjambre en el jardín…- ella parpadeó lentamente mientras otra


conexión se mostraba. -El cojín de la litera. Era…

-Nomikros cogió el cojín en el que te habías sentado en mi litera para


llevar un rastro de feromonas tuyas al jardín, para que el nido de
máquinas lo recogiese. Tecnología Arcana que está más allá de nuestra
producción ahora, ya sabes. Uno de los pocos que quedan en todo el
sector, el único que mi familia tenía a su disposición, ¿en endes eso? Por
supuesto que no. ¿Qué puedes entender? ¡Ni siquiera puedes entender
la obediencia!

Sus manos se retorcían en la tela de su túnica. Hallyan comenzaba a


desmoronarse.

-Originalmente había colocado ese enjambre con la intención de usarlo


para algo considerablemente más importante que tú, desgraciada. Ya
había desperdiciado mi preciado cazador de brujas con go.

Sus párpados se sen an pesados. Shock. Ella estaba en estado de shock.


Ella no podía. No podía entrar en shock, no podía, no podía. Sus
pensamientos corrían en un desconcertante laberinto de agonía.

Santo Emperador, amado Protector, por Tu luz, camino sin miedo en los
lugares sombríos...
Acunó su brazo izquierdo roto en su derecha, apretó los dientes y lo hizo
saltar. Ella maulló y siseó de dolor, pero la sensación de aturdimiento
disminuyó. Hallyan no se había dado cuenta. Miró al servidor y dio un paso
adelante. Recordó lo que Leandro había dicho. Oh, el emperador le da la
razón, emperador…

Mantenlo hablando.

-No urdiste nada más contra mí, hasta que te diste cuenta de que iríamos
a por especí camente. Pasamos días encerrados en el Augustaeum, en
toda la colmena, pero no te importó.

Dio otro paso adelante. Sus labios se sen an entumecidos y sus palabras
sonaban lodosas a sus oídos.

-Pero creo que sé por qué. Nunca fuimos nosotros. Fueron tus rivales.
Los Lyze-Haggan, la gente de tu propia casa y el sindicato, la aristocracia.
Sé lo su ciente para entender lo que tenían que ganar interrumpiendo el
fes val, mientras tú eras designado para presidirlo. Si pudieran
deshonrarte, podrían destruirte.

Él la estaba mirando jamente. Quería bajar los ojos al cronómetro, pero


se obligó a sostener su mirada.

-Eso fue lo que empezó todo. El asesinato del cuarto o cial de Arbites
más importante del sistema... pondría a todos los Adeptus nerviosos.
Provocaría que nos pusiéramos nerviosos. Matar a otro noble local no lo
haría. Yo era una recién llegada y desde lejos… un blanco fácil. Y mi
muerte, habría forzado a los Arbites a cerrar todo el lugar tan
fuertemente, que ninguno de tus rivales habría tenido espacio para
intentar nada, y estarías a salvo porque ¿quién habría pensado que
socavarías tu propia Vigilia de esa manera?

-Y funcionó. Hiciste exactamente lo que quería. Cerraste la colmena, no


hubo complots capaces de acercarse a mí. Y retroceda, por favor,
Arbitradora, antes de que vuelva a ordenarle algo a mi guardia. Colocará
un ro entre tus ojos si se lo digo.
Luchando contra la desesperación, retrocedió un paso, jadeando. La
sangre uía constantemente de su brazo y el piso parecía rodar
suavemente debajo de ella.

-Entonces obtuviste lo que querías, Hallyan. Tienes a los Arbitradores


bailando a tu ritmo, puedes pararte en la cima de la Catedral y verlos
cantar en la Sanguinala.

Ella se maldijo por usar la palabra, se apresuró antes de que él pudiera


captarla.

-Sin embargo, nunca soñaste que te seguiríamos, que mis compañeros


Arbites serían tan... leales a mí. No te das cuenta de que la gente piensa
así, ¿verdad... Hallyan? Excepto por la cues ón insigni cante de
subes mar... a los Arbites del Emperador, has superado esto...
notablemente bien.

Ella logró echar un vistazo a su temporizador.

-Subes mando.

Las manos de Hallyan se apretaron en puños en su túnica.

-Soy un idealista. Pensé que vivía en un mundo donde la gente se


comportaba como debía, donde una basura como tú, tenía el respeto
su ciente para dejar en paz a los que nacían en casas. ¡Estás sonriendo!

Lo estaba. Se preguntó si estaba delirando. Su ojo izquierdo solo parecía


ver rojos y grises borrosos.

-Me recuerdas algo que dijo el señor mariscal… No importa.

Hallyan respiró hondo y volvió a mirar el temporizador.

No falta mucho, no falta mucho. Emperador por favor, oh santo Guilliman


préstame tu fuerza...

-… Pero soy un hombre de voluntad férrea y un hombre de palabra. Juré


que te vería muerta y que vería terminar la Vigilia y comenzar la
Sanguinala. Lo juré.

-Ya me di cuenta.

Calpurnia podía escuchar su voz cada vez más fuerte.

No falta mucho empo, no falta mucho. Mantenlo hablando.

-Allá abajo en el piso de la Catedral. No había forma de que dejaras que


nada se interpusiera entre tú y tu triunfo, tenías que estar aquí para ver
el nal de tu Vigilia con tus propios ojos. Una vez que supe que los
registros de seguridad de las entradas de la Catedral lo con rmarían.
Nunca huyó después de que tomáramos su casa. Tomaste un camino en
zigzag a través de la colmena para que tus movimientos fueran di ciles
de predecir, llegaste aquí antes de que se supiera de tus crímenes, te
paseaste por delante de los guardias y te escondiste. ¿Lo he entendido
bien? Eres tan valiente y despiadado como tu reputación me dice.
Podrías haber sido un buen Arbitrador, si alguien te hubiera tomado en
sus manos.

Eso le dolió, y Hallyan tuvo que cerrar los ojos por un momento. Ella notó
que su manto estaba manchado de sangre seca, sangre que no era la suya.
La sorprendió mirándolo.

-¿Qué? ¿Crees que me gustó tener que hacer esto? ¿Crees que me gustó
sentarme en una ratonera en algún lugar de este si o, mirando el
cadáver de ese viejo escuálido toda la noche? No debería haber tenido
que... alguien como yo... alguien en mí, mi posición... Incluso después de
matarlo sus ojos se burlaban de mí y no me escuchaban.

Ahí era donde se había escondido. Había asesinado a uno de los


anacoretas en sus celdas de meditación, en algún lugar de la torre de la
Catedral y se había sentado en la celda toda la noche con el cadáver y su
silencioso servidor. Hablando con el cadáver. Trono de Terra, el hombre se
estaba desmoronando por las costuras. Se preguntó cuánto empo había
estado ocultando esta faceta suya, mientras sonreía y decía palabras
educadas y cuidaba sus argumentos, la presión lo comía vivo. Ella debería
haberlo detenido, debería haberlo visto...
Calpurnia gimió de dolor y bajó los ojos; Su pantalla del temporizador se
volvió borrosa en su visión y estuvo a punto de entrar en pánico
nuevamente. Ella cerró los ojos con fuerza y se concentró. Hallyan se rio a
carcajadas.

-A diferencia de , no necesito manchar mis propias manos con el


trabajo. Te mataré. Será el arma esta que enes a mi lado, pero mi orden
y, por lo tanto, te mataré yo mismo. Otro concepto que solo mi especie
puede entender. Pero aún no te mataré, mujer, te haré ver que esa plaza
se ilumina con…

Se detuvo en seco. La había visto mirando el temporizador en su muñeca,


y gruñó.

-¿Qué estás haciendo, perra, qué has preparado? Muy bien, al diablo
con go. Te mataré ahora y moriré feliz cuando termine la misa. Se volvió
hacia su servidor, la señaló y pronunció las palabras que lo enviarían a
toda velocidad para acabar con su vida.

La cuenta regresiva de Calpurnia llegó a cero.

Apenas había escuchado el chirrido de aire detrás de ellos, cuando el


mar llo comenzó a moverse, pero ahora el sonido de la campana de la
Catedral se estrelló contra ellos, como si la campana hubiera sido golpeada
sobre sus espaldas. Calpurnia sin ó que el sonido penetraba en los
costados de su cráneo, estaba segura de sen rlo zumbar en sus huesos
as llados. El ruido era monstruoso, el ruido era salvaje.

Había visto moverse la boca de Hallyan, sabía que había dicho la frase
desencadenante. Y fue tragada, enterrada, golpead por la voz del dios de
la campana de la Catedral.

Se obligó a moverse, sin ó que se tambaleaba hacia adelante y luchó por


no caerse de frente. Mientras corría hacia adelante, gritando
silenciosamente por el dolor, mientras dejaba caer su brazo izquierdo para
liberar el derecho, estaba segura de que en cualquier momento el servidor
saltaría sobre ella, pero incluso la segunda llamada de Hallyan era apenas
una mota que se desvanecía frente al tañido de la campana. Giró con los
ojos como platos para mirarla y Calpurnia empujó el borde de sus nudillos
hacia adelante y hacia arriba, estrelló su emisor de ordenes vox y lo dejó
tambaleándose contra el parapeto, as xiándose por la falta de aliento.

Podría haberlo matado allí, solo con un buen empujón. Estaba aturdido,
gorgoteando y no podría resis rse. Ella pensó en ello durante un largo
momento.

No. Sólo había un camino correcto.

Dejó a Hallyan jadeando y as xiándose contra el costado del arco y caminó


inestablemente por las escaleras. Su pistola estaba donde había caído en
medio de la camada de cuerpos. La recogió, se preguntó vagamente cómo
iba a cargarla y logró abrirla de alguna manera. Trabajó en el cargador,
gimiendo cuando el dolor pareció enviarle la gazos sigilosos a través de su
cuerpo, hacia sus piernas, hacia su cabeza. El chasquido del guante de
seguridad la ayudó a concentrarse mientras agarraba el arma y se ponía de
pie nuevamente. Volvió a levantarse, con el brazo del arma pesado y
colgando tan débil como la lluvia. Su cabeza quería hundirse, su cuerpo
quería desmayarse. No. Debe hacerse bien.

Hallyan todavía estaba contra el pequeño parapeto sobre los Mese. Se


apoyaba en su sirviente, miraba implorantemente a su visor y le hacía
gorgoritos suplicantes. Se paró impasible, mirando a la distancia delante
de él, ignorando las garras de sus manos en su brazo, esperando su orden.
La tela de luto de Hallyan había desaparecido y el rojo de sus sedas
masivas se mezclaba con la sangre de las heridas de su servidor, y la sangre
de los Arbitradores y Hermanas que manaban de sus armas.

Su oído estaba lleno de silbidos y estrépitos, sólo podía oír sus pasos como
débiles sonidos de grava y su voz, cuando se dirigía a él, apenas se
percibía.

-Lord Hallyan Kalfus-Medell de Hydraphur. Con la evidencia de mis ojos y


la prueba en mi mano te condeno como es mi derecho como Arbitradora
Senioris del Adeptus Arbites, al servicio de la ley del Dios-Emperador de
Terra. Te condeno por asesinato y por la conspiración impía contra el Dios
Emperador de la humanidad. Bendito sea el Dios-Emperador, en su
nombre llevo a cabo la sentencia.

Hallyan la miró, paralizado y aparentemente apenas entendiendo, ya que


apuntó con cuidado y le disparó una vez entre los ojos.

La campana había sonado en el momento en que el sol naciente despejaba


el horizonte, y en el (Mese y en todas las calles del Augustaeum y la
Colmena Bosporiana y su gran ciudad circundante y en todos los lugares al
otro lado de Hydraphur) las mul tudes se habían despojado de sus túnicas
de luto y saltaban y gritaban con sus ropas fes vas escarlatas: la Vigilia
había terminado, la Sanguinala había comenzado. Banderines rojos se
habían desplegado desde cada torre y serpen nas rojas se derramaban
desde cada ventana; brillantes lluvias pirotécnicas rojas iluminaban, la ya
de por sí, rica luz del amanecer.

Calpurnia observó cómo el cuerpo de Lord Hallyan, con la cabeza por


encima del labio inferior, caía de la galería y se alejaba, girando de un
extremo a otro, desapareciendo de la vista en el aire lleno de confe ,
fuegos ar ciales, gritos e himnos exultantes. Se tambaleó y dio un paso
atrás, luego otro. Le pareció vagamente que esto no estaba bien, que ya
había una esta.

Ella sabía la siguiente parte: había una esta y luego alguien que no podía
ver le dispararía y luego se encontraría con nobles y volaría al espacio y
sería perseguida en un jardín. Ella no debería tener que hacer todo eso
otra vez...

Finalmente, extasiada, Calpurnia se derrumbó lentamente al suelo de la


galería mientras su mente se deslizaba hacia la oscuridad.
EPÍLOGO
Justo después del mediodía del vigésimo cuarto día del Sep sta, Shira
Calpurnia, ves da con uniforme de gala y un manto funerario negro como
el polvo, esperó en las puertas exteriores de la Catedral del Ascendente del
Emperador. Los otros dolientes se habían ido al brillante día de afuera. A
media distancia, a través del piso de la Catedral, podía ver a hombres y
mujeres con ves dos de color amarillo-marrón de penitentes (ciudadanos
que habían sido llevados y come eron algunas infracciones menores en las
estas de Sanguinala) por los cuales, ahora estaban expiandolas. Se
agitaban en los escalones de la columna y en los altares, barriendo y
lustrando y ven lando el incienso funerario. Calpurnia sabía que el aire
debía ser dulce para una procesión esa tarde, pero aún así deseaba no
haber visto esto. Había una impersonalidad que la entristecía.

El Eparca Baszle, había realizado los ritos funerarios en el Altar Thorian. Las
familias nobles, habían enviado representantes al servicio, porque ninguno
de ellos se había atrevido a no hacerlo, y ninguno de ellos parecía
contento con un ritual tan dis nguido por lo que consideraban
funcionarios tan humildes. El Cardenal había llenado su elogio con
referencias a la mayor nobleza en humildad y deber, muertes heroicas y
verdadera dignidad, y Calpurnia tampoco imaginaba que la alta sociedad
alli reunida, se hubiese tomado eso con gracia. La única persona que se
acercó a ella después del servicio, fue el Inquisidor Zhow, quien le
presentó sus condolencias y la felicitó con dureza pero aparentemente
sinceramente por su "victoria".

Ella aceptó ambas cosas con gracia, y Zhow se fue sin más. Calpurnia no
había oído nada más sobre las reprimendas con las que la había
amenazado después del asalto de Lyze-Haggan, y sospechaba que iba a
dejarlo pasar.

Se oyó una discreta tos detrás de ella. Baragry estaba allí de pie con una
simple bata de o cina negra y roja, ofreciendo un pergamino de lino
negro. Desenrollándolo torpemente en una mano (el brazo destrozado por
la garra del sirviente, había sido reconstruido sobre un hueso injertado,
pero aún estaba atado a su cuerpo mientras se curaba), miró la ordenada
columna de nombres en nta blanca, los nombres que el Eparca había
leído de este pergamino durante el funeral, los Arbitradores y Hermanas
muertos del combate bajo la cámara del campanario. El Arbitrador Essker,
la hermana Ius na, más. El nombre de Bannon era el segundo desde abajo
y ella cerró los ojos e inclinó la cabeza por un momento cuando llegó a él.

-El Eparca le envía sus bendiciones personales, mi señora Arbitradora-


dijo Baragry mientras volvía a enrollar el pergamino y lo guardaba en su
cinturón, -y espera poder reunirse pronto con usted en audiencia. Pero
ene curiosidad (y diré que yo también) por el rollo de nombres. Con
mucho gusto os lo regalamos, pero ¿de qué servirá?

-El libro de oraciones que me dieron en mi inducción, nos instruye a


re exionar sobre el servicio y el sacri cio, Reverendo Baragry. Lo pondré
en el santuario de mis aposentos y leeré estos nombres junto con mis
escrituras. No puedo pensar en mejores escrituras que los nombres de
los hombres y mujeres que murieron a mi lado, porque ese era su deber
para con el Emperador.

Baragry asin ó con la cabeza, entendiendo de inmediato, y la bendijo con


el signo del Aquila. Calpurnia lo devolvió lo mejor que pudo y salió de la
catedral. Había despedido a su guardia cuando el servicio había terminado
y ahora caminaba sola por la rampa, estudiando las tallas bajo sus pies.
Había decidido que iba a aprender las historias de todos los santos del
Segmentum Paci cus que representaban. Tal vez Leandro o uno de los
capellanes de la comisaría podría enseñárselas.

Había una brisa fresca y limpia que venía de las montañas (la temporada
de lluvias estaba en camino, según la gente) que rodeaba las agujas de la
catedral y le despeinaba el pelo, y por primera vez en tres días la micro-
membrana que reparaba sus mpanos parecía picarle un poco menos
mientras se curaban.

Guardó el pergamino en su cinturón y apoyó su otra mano en la


empuñadura de su mazo. Su nuevo mazo, obsequiado por Dvorov de su
propia armería para reemplazar el que el sirviente había destrozado, el
primero que le habían dado en Machiun. Ese había sido un mazo clásico de
diseño Ul ma, corto y pesado, sin adornos, mejor para golpes bruscos. El
nuevo era un es lo Hydraphur, más largo, ligero y delgado, con un
guardamanos de púas que hacía imposible realizar las maniobras de agarre
y retroceso en las que había sido entrenada. Su viejo mazo había sido
contundente y poderoso, efec vo como porra incluso sin el campo de
fuerza, capaz de romper huesos con golpes rápidos; el nuevo llevaba
menos peso propio y necesitaba mayor nura, casi una técnica de esgrima,
golpeando ligeramente con la punta y dejando que el campo de fuerza
hiciera el resto. Supuso que se acostumbraría a ello.

Su Rhino esperaba más allá de la rampa, con el motor al ralen , listo para
llevarla por el Mese y de vuelta al muro. Podía ver a su guardia a su
alrededor, uno en cada esquina, y se sorprendió a sí misma preguntándose
cuál sería Bannon antes de apartar el pensamiento y seguir caminando.

Había un grupo de feligreses que se habían detenido a hablar antes de


seguir su camino. La vieron, y la conversación se calló. El párroco y los
ciudadanos se miraron durante un momento, luego el grupo se separó
inseguro para dejarla pasar.

Ella sabía que nunca la perdonarían. Sabía tan bien como ellos que Hallyan
Kalfus-Medell había muerto como un criminal excomulgado, o cialmente
sin luto. Y sabía tan bien como ellos que no importaba, que ella era una
burda forastera y él uno de los suyos.

Una de las úl mas en apartarse fue una joven ves da de negro púrpura
con una extraña máscara oscura (no era una máscara en absoluto,
Calpurnia se dio cuenta , sino un hematoma catastró co, una cresta de
carne negra hinchada que atravesaba el puente de su nariz, que se
desvanecía en amarillo intenso en sus mejillas y frente, donde había
empezado a curarse). Pasaron varios segundos antes de que Calpurnia se
diera cuenta de quién era.

-Lady Keta- dijo, y elevó su nuevo mazo en un saludo simbólico. La chica se


estremeció, y Calpurnia la miró a sus ojos grises y acuosos.
Se preguntó si alguna vez podría explicárselo a la chica. Lo dudaba. Incluso
podía verse a sí misma a través de sus ojos, toda sonrisa cruel y arma
oreció en sus rostros, el nuevo matón se deleitaba en su sumisión, el
nuevo poder que había destruido a su enemigo y se estaba poniendo en su
lugar. Así es como sus mentes funcionaban.

Un día se prome ó a sí misma que se sentaría con Keta, o Athian Tymon-


Per, o con cualquiera de ellos que creyera que podía persuadir para que le
escuchara, e intentaría hacerles ver. Les leería las máximas que había
aprendido en Ultramar, y sacaría las car llas de sus hijos si fuera necesario.
Les hablaría de su deber, de la ley y el honor. Que la Ley podía ser fría y la
Ley podía ser cruel, pero la Ley era su guardiana y guía y guardiana de la
paz y protectora. Intentaría hablarles de hacer lo correcto.

Todo esto pasó por su mente en un largo y silencioso momento allí, antes
de la Catedral. Pero justo en ese momento tenía trabajo que hacer.
Silenciosa, con los ojos llorosos, la otra mujer se hizo a un lado y Shira
Calpurnia, Arbitradora Senioris de Hydraphur, pasó orgullosamente junto a
ella y se fue a donde sus Arbitradores la estaban esperando.

FIN

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