Pondus, ordo et virtus
En este breve escrito nos proponemos considerar la relación entre pondus ordo et virtus
en dos escritos de San Agustín.
Son, principalmente, dos los textos que nos han de acompañar en esta reflexión. Por un
lado: La ciudad de Dios, lib. XIX cap.13 §1, allí donde se afirma que la paz de todas las cosas es la:
“tranquilitas ordinis”. Y, por otro lado, el texto de Confesiones, lib. XIII cap.9, §10, donde el Santo
doctor afirma: “pondus meum amor meus”.
Ya había afirmado, el doctor de Hipona, siguiendo a libro de la Sabiduría (11,21), que Dios
había dispuesto la creación según: “mensura, et numero et pondere…” 1. Lo cual nos lleva a
considerar la existencia de un orden inherente a la creación. De Dios, autor de todos los bienes,
han tenido lugar las cosas buenas y, de tal modo, que estas, fueron creadas con su medida, con su
número y con su peso. Luego, si a observamos el desorden ¿cuál ha de ser la causa? La libre
voluntad del hombre…
Teniendo presente esta idea de orden y desorden tres son las consideraciones que se nos
imponen. Dos a modo discursivas y una conclusiva.
Primero, San Agustín considera que la creación está ordenada según mensura, et numero
et pondere, cada cosa ocupa su lugar. Y cada cosa es trasladada a ese lugar que debe ocupar por su
propio peso porque: “que los cuerpos de los animales tengan su propio peso ¿quién lo niega?” 2. El
agua, el fuego, el aceite, tienen su propio peso; y por él son llevados hacia arriba o hacia abajo. Las
rerum naturae: “obran conforme a sus pesos, y cada cual tiende a su lugar” 3. Este peso (ordenador
y quisciente4) obra el orden entre las cosas. Mas en el hombre el peso no es su cuerpo, como en
los animales, sino que su peso es el amor: “Pondus meum amor meus; eo feror, quocumque
feror”5.
Segundo. Debemos considerar que si todas las cosas poseen un peso, y este peso, en el
decir de las Confesiones (lib.XII, cap.9 §10), es ordenador y en él descansan las cosas, si se afirma
que la paz es: “tranquilitas ordinis” 6 el ordo, concluimos, es impuesto por el pondus. Por cuanto las
cosas a través de su pondus tienden a su propio lugar7 según su orden. Y cuando cada cosa está en
su lugar, según su peso (el cuerpo, el alma, el hombre, el mando, etc.) hay paz. El pondus lleva las
cosas a su lugar y si las cosas están en su lugar hay paz. Por cuanto la paz es: “tranquilitas ordinis”.
1
Conff., lib.5, cap.4 §7.
2
De la cuantidad del alma, lib.18, cap.22 §38.
3
Conff., lib.XII, cap.9 §10.
4
“Las cosas menos ordenadas se hallan inquietas: ordénanse y descansan”. Conff. lib.XII, cap.9 §10.
5
Conff., lib.XII, cap.9 §10.
6
De Civ. Dei., lib. XIX cap.13 §1
7
Cf. Conff., lib.XII, cap.9 §10.
1
Tercero. Si las cosas poseen un peso, y si eso peso las conduce a su lugar según un orden.
Y, aún, si ese orden conduce a la paz. Debemos considerar cómo esto se realiza en el hombre. Por
cuanto él, gozando de libre albedrío, ha de ordenarse según su peso y su peso es el amor libre. El
hombre debe ordenar en el amor para que, por medio de él, pueda ser llevado a su propio lugar.
De allí que sea imperioso en él conciliar, ajustar y convenir un ordo amoris; esto es aprender a vivir
conforme a la virtud. Puesto que eso es la virtud, según expresión de San Agustín: “virtud es el
orden del amor”8.
Por ello, concluimos que si la virtud es el orden del amor, y el orden no es más que la
disposición armoniosa, tranquila y ordenada de las cosas; y que las cosas se ordenan por su peso
(siendo el peso del hombre el amor), luego, en el hombre, se estrecha, se une y se ciñe la relación
entre pondus, ordo et virtus. Pues faltando en él la virtud, que es el orden del amor, se rompe la
paz, que es tranquilidad en el orden, por cuanto se desequilibran los pesos por los cuales las cosas
han de disponerse según naturaleza. Así, el hombre no sabiendo amar, no siendo virtuoso será,
por su libre albedrío, principio de desorden, según aquello de que:
“la avaricia no es un vicio del oro, sino del hombre que ama perversamente
el oro, dejando a un lado la justicia, que debió ser puesta muy por encima
del oro. La lujuria tampoco es un defeco de la hermosura corporal (…), sino
del alma que ama perversamente los placeres corporales… No es la
jactancia un vicio de la alabanza humana, sino del alma que ama
desordenadamente ser alabada por los hombres…” 9.
8
De civitate Dei, lib.15, cap.22.
9
De civ. Dei, lib. XII, cap.8
2