Untitled
Untitled
Título
Copyright
SINOPSIS
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
SOBRE LA AUTORA
REFERENCIAS MUSICALES
Mi Pequeño Mundo
Sonia Puente
Título original: Mi Pequeño Mundo
Autora: © Sonia Puente
Primera edición:
Diseño de portada: Nerea Pérez Expósito de [Link]
Correctora: Elisa Mayo • elisamayoescritora@[Link]
Maquetación: Roma García • romagcia@[Link]
Aviso legal: Reservados todos los derechos. Queda prohibido reproducir el contenido de este libro, total
o parcialmente, por cualquier medio analógico y digital, sin autorización previa y por escrito de los titulares
del copyright.
Todos los personajes, escenarios, eventos o sucesos de esta obra son ficticios, producto de la
imaginación de la autora, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
SINOPSIS
Sophie
***
Nunca pensé, hace casi siete años, cuando hui de New York, mi casa, que
podría llegar a ser tan feliz en Madrid. Cuando me enteré de la traición y
cuernos de alce, de Mark y mi hermana, quise poner tierra de por medio.
Ese motivo fue la gota que colmó el vaso, yo ya no era feliz. Vengo de una
familia con bastante poder adquisitivo; mi padre es americano y propietario de
una famosa marca de ropa deportiva, vaya, que jamás de los jamases, nos faltó
de nada, tangible, claro está. Mi madre es española, de ahí que hable
perfectamente el idioma. Es una mujer absorbente y prejuiciosa que siempre
está donde debe, independientemente de si es lo que quiere o no; en este
mundo, las apariencias lo son todo, ya os lo imagináis. Resumiendo; no
podíamos hacer nada que no estuviese estipulado por nuestra encantadora
madre. Digo podíamos porque somos tres hermanos; Jana es la mayor, de ella
no quiero hablar, después, estoy yo y, por último, el niño de mis ojos, Nico.
Ay, Nico… es todo un personaje y fue el más valiente de todos al liarse la
manta a la cabeza y hacer lo que le da la real gana, literalmente, y lleva a mi
madre por el camino de la amargura. Tiene veintiocho años y con las
hormonas a flor de piel; músico, toca la guitarra eléctrica en un grupo de rock
o heavy, no sé, la verdad es que a mí me rallan un poco la cabeza. Su cuerpo
parece un lienzo, lleva el pelo corto por los lados y, en la parte de arriba, un
tupe; ojos azules y sonrisa perpetua, porque es feliz.
Y la segunda en hacer lo que le da la gana soy yo, harta de tanta hipocresía
y un mundo de mentiras, fingiendo caras todo el día por el que dirán. Tanto mi
hermano como yo tuvimos suerte con nuestro padre, la verdad, siempre estaba
trabajando, pero nunca nos negó una charla para escuchar nuestras inquietudes;
por eso, cuando le dije que no quería hacerme cargo del legado familiar, sino
tener un BookCafé, me ayudó económicamente para poder empezar.
Así nació Mi pequeño mundo. Es mi gran proyecto profesional, uno de esos
objetivos que una tiene en la vida, que te llenan y te hacen feliz. Adentrarse en
el local, es poder disfrutar de la experiencia de leer o comprar un buen libro,
tomándose un café, té o, incluso, pastas y pasteles. Poco después de nacer
Cloe, decidí hacer obras, y adaptar una parte para los más pequeños; de ese
modo, padres e hijos pueden gozar conjuntamente de lo maravillosa que es la
lectura.
Este es mi mundo desde hace siete años, donde estoy rodeada de personas
fabulosas, hago lo que quiero y soy feliz; aunque siempre hay gente envidiosa
que no soporta la felicidad de los otros.
—Tita, tita, corre… que ya tenemos todo preparado —me dice Cloe,
mientras viene hacia mí con una cosita rubia que corre detrás de ella. ¡Oh,
Dios! ¡Creo que me he enamorado!
—Venga, vamos a por esas galletas, churri. Pero antes, ¿no me vas a
presentar a tu amigo?
—No soy su amigo, nos acabamos de conocer y todavía no podemos ser
amigos —contesta el pequeño. Parece tener cuatro o cinco añitos, rubio, con
cara de pillín… Qué renacuajo más guapo.
—Pues, tienes razón —le contesto—. Iremos poco a poco. Me llamo
Sophie y soy la tía de Cloe. —Le tiendo la mano, como si fuera mayor.
—Yo soy Pol, y soy el nuevo vecino con mi papá, Jorge. Es bombero,
¿sabes? —dice el pequeño muy resuelto y poniendo cara de «aquí estoy yo».
—Encantada, Pol, hijo del bombero —Levanto la cabeza y veo a Tammy,
apoyada en la puerta, muerta de risa. ¿Será posible que hasta con los niños del
sexo opuesto me cueste entenderme?
—Hechas las presentaciones correspondientes, ¿qué os parece si nos
ponemos con las galletas? No nos va a dar tiempo, y mañana hay cole —dice
Tammy, con su cara de madre sabelotodo.
Y así, conectando, primero, nuestro ordenador con la lista de música,
empezamos nuestra tarea de pastelería.
Jorge
—Vamos, tío, solo nos quedan unas cuantas cajas —le digo a Dani, que me
mira resignado. Los demás ya se han ido, así que estamos solos.
—Joder, estoy muerto. Ya estás llamando a tu padre para que haga de
niñero el fin de semana que viene; me vas a invitar a unas birras, y a ver si
pillamos cacho. Mi vida parece un pozo seco, colega —contesta con cara de
pena.
—Tendrás queja. ¿Qué pasó con la rubia del viernes? ¿Te salió rana?
—Sí, algo parecido. Me salió una llamada del jefe para una redada de
urgencia.
—¿Fue bien, al menos? —pregunto, ya que esas redadas son bastante
peligrosas.
—Bueno, no mal del todo. Se nos escapó uno, pero logramos coger a los
otros tres.
Dani es policía, concretamente inspector, y se le da bien. Es de los que se
implican, quizá, demasiado.
Nos conocimos hace, más o menos, diez años. Éramos muy jóvenes y
pardillos. Un día nos vimos envueltos en una pelea y cuando llegó la policía,
los dos salimos por patas, juntos; casualidades de la vida. Él dice que fue el
destino el que nos unió, tonterías de las suyas. Desde entonces, somos Zipi y
Zape, a muerte los dos, pero diferentes en todo.
—Hola, chicos, ¿cómo lo lleváis? —pregunta Juana, la propietaria del
edificio y, por lo visto, gran amiga de mi padre; cosa que nunca me había
contado. Tengo que hablar muy seriamente con él. Nos ofrece unas cervezas
fresquitas.
—Ay, doña Juana, es usted un ángel —dice Dani—. Un ángel muy…
—Y, tú, un zalamero, y te vas a llevar una colleja como vuelvas a tratarme
de doña —lo interrumpe Juana, fingiéndose ofendida.
—No le haga caso, Juana, ya lo irá conociendo; perro ladrador… Por hoy,
ya hemos acabado. Nos bebemos estas cervezas y vamos a buscar a Pol. Por
cierto, muchas gracias, por todo.
La verdad es que Juana nos está ayudando mucho; parece una mujer
estupenda y es muy guapa, se nota que hace las cosas de corazón.
—No es nada. Cuando quieras, subimos. Se ha quedado con Sophie, Tammy
y Cloe, las vecinas. Son tres cielos, ya verás. Son como mis niñas, yo no pude
tener hijos, así que ellas son un trocito de mí. Son estupendas y muy guapas,
por cierto.
—¿Y dónde dice que están esas monadas? Mire, estoy harto de cargar cajas
y muebles, y una buena visión, ahora, no me iría nada mal… —pregunta Dani.
Este chico va muy salido…
Dani es así, donde esté una mujer bonita, allí está él; hasta que le llegue la
adecuada y acabe enamorado como un tonto, aunque él diga que eso nunca
pasará. Solo espero que tenga más suerte que yo en ese aspecto.
Yo sí que me enamoré, como un tonto, de Clara. Éramos muy jóvenes, yo
tenía veinticinco y ella solo veinte años. Fue en la fiesta de un amigo, y quedé
prendado de ella nada más verla, de esa manera que, cuando la miras, solo
piensas en que tiene que ser tuya. No era muy alta, metro sesenta y ocho, pelo
largo y rubio como el trigo, ojos verdes y un cuerpo de infarto; imagino que
seguirá igual, pues hace unos cuantos años que no la veo.
Supongo que tuve suerte, pues ella también se fijó en mí, fue todo un
flechazo, por eso no fui capaz de ver cómo era en realidad. Es de una familia
bien posicionada y siempre fue la niña consentida, de esas mujeres que tienen
claro que, en la vida, lo que quieren es triunfar y ser importantes, a pesar de lo
que dejen por el camino.
Cuando yo conseguí mi sueño, seguir los pasos de mi padre y ser bombero,
a ella no le hizo mucha gracia y discutíamos muy a menudo, pero supongo que
por comodidad siempre acabábamos juntos de nuevo. Hasta que un día
tuvimos la mala suerte (para ella; buena para mí, pues no cambio a mi niño
por nada del mundo), de encontrarnos con uno de esos preservativos que se
rompen, y se quedó embarazada.
Yo sabía que éramos muy jóvenes, y fue todo un drama; fueron los peores
meses de mi vida, cada día con la misma música. Que si, «ahora no podría
hacer nada en la vida con un hijo», que «su perfecto cuerpo se iba a echar a
perder». Así, mes tras mes, uno tras otro, hasta que llegó Pol, mi ángel. Cuatro
meses después, Clara se dio cuenta, una mañana, después de dejar a Pol en la
guardería, que ser madre la superaba, que ella todavía tenía que hacer muchas
cosas, y nosotros estorbábamos para conseguir sus objetivos. Y, con un
mensaje de móvil, me informó que se largaba y nos abandonaba. Sí, esa es la
parte mala del amor, que no te deja ver de qué clase de personas te enamoras,
aunque la gente que te rodea, como mi padre o Dani, me lo intentaran hacer ver
en muchas ocasiones.
***
Por fin, habíamos acabado de guardar todas las cajas dentro del piso y nos
habíamos bebido las cervezas, así que, fuimos en busca de Pol a casa de las
vecinas.
—Juana, ¿le importaría acompañarme a recoger a Pol? Mañana hay colegio
y no me gustaría que se acostara muy tarde.
—Claro, cariño. Vamos. —Los tres subimos el piso que nos separa del
tercero, donde viven ellas.
La verdad es que siento curiosidad por ver cómo son. Juana dice que son
muy guapas, así que, quizá, son chicas jóvenes, de nuestra edad.
Cuando llegamos a su rellano, Juana llama al timbre en dos ocasiones; en el
interior se escucha música y está bastante alta. Dani y yo nos miramos, no
entendemos nada.
—Creo que hemos llegado en la fase tres de hacer galletas —nos explica y
se ríe al ver nuestra cara. Saca unas llaves para abrir la puerta—. Las chicas
tienen cuatro fases para hacer las galletas —continúa—. La primera, preparar
los ingredientes; la segunda, hacer la masa y al horno; la tercera, esperar a que
se cocinen con la danza de las galletas; y la cuarta, adornarlas. Vais a flipar,
como decís los jóvenes.
Flipar se queda corto, os cuento el panorama…
Al abrir la puerta, lo primero que siento es un olor a galletas que hace que
mis tripas rugan y me pongo rojo de golpe, me recuerdan que hoy solo he
comido un bocadillo. Lo segundo que ocurre es que la música suena cada vez
más alta a medida que nos internamos en el piso. Normal que no nos escuchara
nadie. De pronto noto una presión en el pecho. Juana mira a las chicas con una
sonrisa y cara de orgullo, y Dani y yo, pues eso, se nos queda cara de tontos
rematados. Muertos, así nos quedamos, viendo lo que tenemos delante.
La canción que suena es Shape Of You, de Ed Sheeran. Frente a nosotros
tenemos, a la derecha, a una de las chicas; pelo negro, cuerpazo y piernas
largas, un bombón en toda regla. Viste una camiseta larga hasta la rodilla
(camisola, creo que la llaman), pero blanca, y el tanga negro debe de ser muy
bonito, le debe de quedar de muerte, por lo que puedo percibir. Más o menos
de nuestra edad o un poco más joven. En el medio, aparte de Pol, que se lo
está pasando de muerte, hay una niña de unos seis años aproximadamente, con
una mirada dulce y mucho arte bailando. A la izquierda, ella… con un pantalón
muy corto y camiseta de tirantes, pelo negro y largo, recogido en una especie
de moño. Tiene pinta de medir cerca del metro setenta, parece un poco más
alta que la otra chica, y también aparenta ser algo más joven que nosotros.
Todo un panorama. Pasito para un lado, ahora para el otro, que si movemos
el culito para delante y para atrás… la verdad es que no lo hacen nada mal, y
yo empiezo a notar cierta presión en una zona concreta de mis pantalones. El
único que está un poco fuera de lugar es Pol, pobre, está alucinando; nunca ha
visto tantas mujeres juntas y tan guapas, pues casi siempre está con mi padre,
con Dani o conmigo. Dani, ese es otro. Se le cae la baba y ni siquiera
pestañea. Y yo no me quedo atrás, claro. Cuando la canción acaba, Juana
delata nuestra posición.
—Bravo, mis niñas. Cada vez lo hacéis mejor —dice orgullosa, mientras
aplaude como una loca hasta que las chicas son conscientes de nuestra visita y
se sonrojan como colegialas; no sé si de enfado o de vergüenza.
—Juana, ¿no sabes llamar antes de entrar? Jolín, qué vergüenza… —dice la
que lleva la camisola.
—Pero Tammy, corazón, si hemos llamado dos veces; te lo pueden decir los
chicos, ¿a que sí, chicos? —Nosotros solo somos capaces de mover la cabeza,
afirmando.
—Perdón por molestar, venimos a buscar a mi hijo. Pol, cariño, recoge tus
cosas que nos vamos, mañana hay que ir al cole. —No sé cómo, pero consigo
que la voz me salga para llamar a mi hijo.
—Jopelines, papi… —refunfuña mi hijo. Y que conste que lo entiendo
perfectamente, yo tampoco quiero irme.
—Por cierto, soy Jorge, el papá de Pol, y él es Daniel, un amigo —comento
para romper el hielo.
—Para vosotras, mejor Dani, mucho gusto —apunta él, alargando la mano
para saludar.
—Perdón, qué mal educadas somos. No esperábamos visita —contesta la
del pantalón, mirando a Juana con cara de «te vas a enterar cuando estemos
solas»—. Perdonad por las pintas.
—No hay problema, la verdad es que la visión es estupenda —comenta
Dani, mordiéndose el labio. Observo que con su mirada repasa a la chica de la
camisola de arriba a abajo.
—Yo soy Sophie, y ella es mi amiga Tamara; Tammy para los amigos. Y
esta pequeñaja es Cloe —se presenta la chica del pantalón corto, mientras
estrecha nuestras manos y nos mira a los ojos.
Es una mujer preciosa. De cerca se puede apreciar mucho mejor su belleza.
Ojos color chocolate, grandes, muy expresivos y unos labios carnosos, de esos
que te incitan a probar. No es española, lo digo por ese acento tan sexy que
tiene al hablar. No sé si pasan segundos o minutos cuando mi hijo me saca de
mis pensamientos.
—Papi, ya estoy. ¿Crees que podré venir otro día a hacer galletas? —
pregunta mi pequeño con cara de súplica. No sabe nada, el colega…
—Eso habrá que preguntárselo a las chicas, ¿no crees? —le digo, mientras
miro a Sophie.
—¿Puedo, puedo…? Me voy a portar súper bien, lo prometo.
—Claro que sí, cielo. Otro día le dices a papi que te traiga y haremos un
pastel —contesta Sophie con una sonrisa.
—Tita, también podría venir a la noche de palomitas y peli, ¿no? —apunta
la pequeña Cloe.
—Poco a poco, princesa. Ya iremos viendo, ¿sí? —comenta Sophie a los
pequeños.
—Bueno, chicas, ya no molestamos más, y muchas gracias por quedaros un
ratito con este diablillo. Ha sido un placer conoceros, y perdonad la
intromisión. Nos vemos en otro momento.
Doy media vuelta y salgo por la puerta con mi hijo delante. Me sigue Juana,
y cuando creo que Dani viene detrás, lo oigo decir:
—Chicas, el viernes he quedado con este explotador de amigos, para que
me devuelva el favor. Cena y cervezas, ¿os apuntáis? —La madre que lo parió,
este no pierde baza.
—Por mí bien, buscaré a alguien que se quede con Cloe y me apunto —
contesta Tammy, mientras le hace ojitos. Creo que estos dos son tal para cual.
—Dani, colega, todavía no sé si mi padre puede quedarse a Pol y tú ya
haces planes.
—No te preocupes, Jorge, si Eduardo no puede, yo me quedo con los dos
—dice Juana, como si tal cosa—. ¿Verdad, Pol? Si el yayo no puede, te
quedas con Cloe y conmigo.
Los cuatro adultos la miramos como si le hubiera salido otra cabeza; no por
el hecho de querer quedarse con los niños, lo cual me parece todo un detalle,
sino por la confianza de llamar a mi padre por su nombre. Estos dos se traen
algo entre manos, y tengo que averiguarlo.
—Con que Eduardo, ¿eh? Qué confianzas y qué calladito te lo tenías. Así
que conoces al padre de Jorge —dice Tammy, con cara de diablillo y una
sonrisa que hace que se le marquen unos hoyuelos preciosos, y dejan a Dani en
estado de shock.
—Pues sí, bonita. Nos conocimos hace muchos años. ¿Qué os pensáis? Que
yo no tengo vida, ¿o qué? La pena es no tener treinta años menos, si no, os
ibais a enterar. Y hasta ahí puedo leer. —Nos mira a los cuatro y se queda tan
ancha—. Me recojo, que mañana madrugo. Y lo dicho, si necesitáis que me
quede con los niños ya sabéis a qué puerta llamar. Hasta mañana.
—Hasta mañana —contestamos todos a la vez.
La vemos marchar hacia su piso, mientras deja una estela de misterio que
nos mantiene a todos en silencio un rato, cada cual sumido en sus
pensamientos.
—Entonces, chicas, ¿os animáis? —Dani rompe el momento—. Venga,
seguro que lo pasamos genial. Por lo menos nosotros, así nos despejamos de
esta pesadilla de mudanza. Estos dos tienen más trastos que un domingo en el
rastro.
—Vale. Estamos en contacto y quedamos en hora y lugar —responde
Sophie.
Y así, como quien no quiere la cosa, mi querido Daniel consigue, no solo,
que quedemos con mis preciosas vecinas el mismo día que nos conocemos,
sino también sus números de teléfono. Es todo un crack, ¿verdad?
—Tío, eres lo más. No me puedo creer que las acabemos de conocer y ya
quedes para cenar con ellas, pero ¿cómo lo haces? —le comento en un
susurro, ya que Pol va delante de nosotros.
—Hay que saber. Uno que tiene su encanto, pero vamos, que yo no dejo
escapar a Tamara, ni loco. Pero ¿tú has visto qué pedazo de vecinas? Creo que
me voy a venir a vivir aquí contigo, te sobra una habitación, ¿verdad? —dice
muy decidido, al entrar por la puerta.
Una vez en el salón, me doy cuenta de que nos queda muchísima faena por
hacer. El piso está lleno de cajas por todas partes, y todavía me queda por
comprar algún mueble, sobre todo, para la habitación de Pol. Le prometí una
habitación nueva.
—¿Sabes qué? —dice mi amigo, al ver el desorden y el jaleo que hay en el
piso—. Casi prefiero vivir en mi piso y, en todo, vengo a verte más a menudo,
¿te parece?
Y así acabamos un día durísimo, eso sí, con una sonrisa en la cara.
Me meto en la cama, mientras Pol ya duerme a mi lado. Va a ser difícil
conciliar el sueño, cada vez que intento cerrar los párpados, la veo a ella;
esos ojos, esa boca…
CAPÍTULO 2
Sophie
Esto no es normal, no pueden existir hombres así; los dos son muy guapos,
pero Jorge, con esa mirada verde esmeralda que me deja cautivada, y ese
rictus tan serio que parece que nunca se va a reír.
Y su cuerpo… cómo se nota que es bombero. Me gustaría poner las manos
debajo de la camiseta que llevaba, donde se le marcaban todos los músculos.
Va a ser difícil resistirse a este hombre, mis bragas se han ido volando al
verlo.
No estaría mal para una noche loca, aunque seguro que es de esos hombres
atentos que te preparan el café por las mañanas. Pero ¿qué me pasa? ¿Me he
vuelto loca?
—A ver, Sophie, no pienses cosas que no pueden ser, acuérdate de lo mal
que lo pasaste en su momento —me digo a mi misma, en voz baja, más que
nada, para ser consciente de lo que pienso.
—Florecilla. —Oigo a Tammy detrás de la puerta de mi habitación—.
¿Puedo pasar?
—Claro que sí.
—¿Estás bien? No has dicho nada desde que los vecinos se han ido. —Me
mira preocupada—. Ya sé que impresionan. ¡Madre mía!, vaya hombretones,
my love. Con estos, sí que me iba yo al fin del mundo, sobre todo con Daniel.
Me encantan sus ojos, y esa pinta de chico malo, me pierde. Seguro que es un
dios en la cama, ya te lo contaré.
—Se nota que no tienes abuela, petarda —digo, mientras pongo los ojos en
blanco—. Sí, estoy bien. Me he quedado muy cortada de que nos pillaran
mientras estábamos bailando y con estas pintas. Ya le vale a Juana. Es que a
mí se me ve todo, no dejo mucho a la imaginación.
—¿Y qué, Sophie? No pasa nada. Se lo hemos hecho pasar genial y se han
recreado la vista. Y qué vistas, ¿verdad? —lo dice contorneándose de forma
sexy. No tiene remedio.
—Sí, seguro que se han ido encantados. Pero ¿cómo los miro yo ahora a la
cara?
—Pues míralos a otro sitio, tonta.
Nos ponemos a reír como locas. Eso tiene Tammy, me encuentre en el
estado en el que me encuentre, siempre consigue sacarme una sonrisa. Al final,
vamos a despertar a Cloe con nuestras risas…
***
***
***
Sophie
Por fin es viernes, hoy es el día en que hemos quedado con los chicos para
cenar. No he vuelto a ver a Jorge desde ayer. Madre mía, qué vergüenza
recordarlo. El señor Connor siempre suele sacarme a bailar cuando viene al
BookCafé y suena alguna canción de salsa. Somos compañeros en las clases
de baile del gimnasio.
Es un hombre encantador y, al ser también americano, hemos hecho muy
buenas migas. Normalmente, no me importa que me saque a bailar, pero
delante de Jorge… Espero que no piense que estoy loca; siempre me pilla
bailando, será posible…
Llevo delante del armario como veinte minutos, no sé qué ponerme, estoy
desesperada y casi es la hora.
—Sophie, ¿ya estás lista? Los chicos están a punto de llegar —grita Tammy,
desde la cocina. Como no le digo nada, se acerca a mi habitación.
—Pero ¿aún estás así? Eso te pasa por ser beneficiaria de semejante
armario; si solo tuvieras un vestido no habría tanto problema.
—Ay, honey, ¿qué me pongo? —La miro y hago pucheritos para que se
compadezca de mí.
Ella va fantástica, como siempre. Lleva unos leggings de cuero, un top
dorado con un escote de vértigo y unos botines negros con taconazo.
—Uy, pero ¿a ti qué te pasa? Siempre sabes qué ponerte. ¿Por qué tan
indecisa esta vez? ¿Me he perdido algo? —dice con cara de asombro. Y tiene
razón, yo nunca dudo.
—No sé qué me pasa con Jorge, Tammy. Es como si me transformara, me
deja sin palabras o, simplemente, digo tonterías. Parece que siempre quedo en
ridículo delante de él, me pone cardiaca. Cuando me mira o me toca, me entran
unos escalofríos y se me revuelve el estómago. Estoy asustada, nunca había
sentido tantas cosas por un hombre, y menos por uno que conozco de cuánto,
¿tres días?
—Ay, mi niña. Creo que ese hombre ha destruido esa coraza que tenías en
tu corazoncito desde hace tanto tiempo. Déjate llevar, cielo. Disfruta de la
vida, lo que tenga que ser, será. No te aferres a los malos momentos, no te
pierdas las cosas bonitas que seguro que el amor y, sobre todo, el sexo, te
pueden dar. Seguro que el bombero te hace mojar las bragas, ¿a que sí?
—¿Tú qué crees? Las princesas de hielo también mojamos las bragas y con
la sequía que yo llevo, aún más; creo que vuelvo a ser virgen.
Me mira seria. Intenta no soltar la carcajada que se está aguantando, pero
sin éxito, y estallamos las dos hasta que nos duele la barriga y se nos caen las
lágrimas.
—Anda, tonta, ahora tengo que volver a maquillarme, se me ha corrido todo
el rímel —dice como puede, pues todavía no hemos parado de reír.
—Venga, ¿qué me pongo para poder deslumbrar a ese bomberazo?
—Creo que ya lo tienes en el bote. Al lío, voy a meter la cabeza en este
armario, a ver si encuentro algo decente…
Al final, acabo con una minifalda elástica de color negro, una camisa verde
flúor y algo transparente, por supuesto. Debajo, llevo un sujetador matador de
La Perla, de tul bordado en color negro. Un capricho que me compré hace unos
meses. No pueden faltar unos tacones negros. Sencilla, pero sexy.
Me dejo el pelo suelto, lo tengo largo hasta media espalda y ondulado, así
que no me da mucho trabajo. No suelo maquillarme en exceso, pero como, hoy,
hay que ir a matar, aprovecho. Pinto mis ojos de forma ahumada en negro con
un toque de plateado y rímel; algo de colorete y un brillo en los labios, es la
parte que menos me gusta maquillar. Y voilà.
—¡¡Sophie!! Dani me ha enviado un mensaje, dice que nos esperan abajo,
¿estás lista?
—Sí, ya voy.
—¡Guauuuu, nena! Estás impresionante. ¡Yo sé de uno que se va a morir
cuando te vea!
—Anda, tonta. Vamos, no los hagamos esperar más.
Bajamos en el ascensor y al llegar a la calle, los vemos apoyados en un
coche. Madre, qué dos maromos, a cuál más guapo.
Daniel lleva pantalón tejano azul desgastado, con un jersey negro, fular al
cuello, botas negras y chaqueta de cuero. Con su eterna sonrisa, son tan
opuestos que supongo que por eso se llevan tan bien, les pasa, un poco, como
a nosotras.
Junto a él, está Jorge. Este hombre me quita el aliento, sobre todo cuando
cruzamos nuestras miradas, como es el caso. Está guapísimo, con un pantalón
color beis, jersey negro de pico, botas negras y lleva una chaqueta en la mano.
Dejamos de mirarnos para pasar a repasar nuestros cuerpos, la verdad es
que el panorama es espectacular. Cuando vuelvo la vista a su cara, veo que su
ojeada también le ha gustado, pues tiene esa sonrisa de medio lado que tanto
me gusta.
Nos acercamos y nos saludamos con dos besos, su aroma me embriaga y,
cuando nos separamos, echo en falta su cercanía, su calor…
—¿Qué tal todo, chicas? —pregunta Dani—. Estáis espectaculares. Esta
noche, vamos a ser los más envidiados.
—Creo que nosotras también debemos de tener cuidado con las lagartas,
¿verdad, Sophie? —me pregunta Tammy para sacarme de mi atontamiento.
—Vaya, estáis muy guapos, chicos.
—Tranquilas, hoy somos vuestros, no tenéis por qué preocuparos —
comenta Dani, cogiendo a Tammy de la cintura para acercarla a él. Yo creo
que estos dos, esta noche, no van a dormir solos—. Jorge ha reservado mesa
en Tívoli.
—Perfecto, me encanta. Es uno de mis restaurantes favoritos —comento.
Fue uno de los primeros restaurantes al que fui cuando llegué a Madrid, y
me encantó; es de tapas, y tienen unas patatas bravas de la muerte.
—Vamos, entonces —dice Dani—. Pero tenemos que ir separados, yo he
traído a mi nena.
Señala una moto impresionante, en color rojo, preciosa. A Tammy se le
salen los ojos de las órbitas; le encantan las motos.
—Sophie, tú te vas con Jorge y yo me llevo a Tammy, ¿te parece?
—Claro, por mí no hay problema si a Jorge no le importa cargar conmigo.
Tammy ya sé que está encantada de ir en la moto.
—Por mí tampoco, te cargo encantado —contesta Jorge, con expresión
traviesa.
Me subo al coche de Jorge; es de color gris, bastante nuevo, y, al girarme,
me hace gracia ver la silla de Pol y unos cuantos juguetes en el asiento.
—No te asustes, Pol es un marranito; hay cosas suyas por todas partes.
Hacemos muchos kilómetros cada día para ir al colegio, todavía no he podido
hacer las gestiones para inscribirlo en otro más cerca de casa.
—No te preocupes, es un niño. Además, no me asusto con facilidad, te
recuerdo que vivo con una princesa. Ya me dijo Juana que Pol todavía va a su
anterior colegio y que os queda bastante lejos.
—Sí, bueno, al tener que salir tan rápido no era una prioridad cambiarlo,
pero ahora… —dice con cara de preocupación, concentrado en el tráfico.
—Si quieres, te puedo echar una mano —comento de forma precavida. No
sé si le hará gracia que me meta en sus cosas, apenas nos conocemos—. Puedo
hablar con Adela, la directora del centro, suele pasarse por el BookCafé, y
concertarte una cita.
—¿En serio? Me harías un gran favor. Últimamente tengo algunos
problemillas con el pequeño y me gustaría comentárselo.
—¿Qué ha pasado? ¿Está bien de salud? —pregunto preocupada—. Perdón,
quizá me meto donde no me llaman.
—No, qué va. De salud está perfectamente. Es que creo que no he sabido
gestionar de forma correcta la ausencia femenina. Ahora que es más mayor y
se da cuenta de que no tiene madre, está como más… rabioso. El otro día se
peleó con un compañero que le dijo que no tenía madre porque era feo. Casi
cada semana nos comentan alguna incidencia de este tipo y ya no sé cómo
manejar el tema.
—Supongo que son procesos por los que tienen que pasar. Yo no creo, en
absoluto, que lo hagas mal; al contrario, veo que es un niño muy feliz y te
quiere un montón. Igualmente, si os podemos ayudar en algo, no dudes en
pedirlo, ¿vale? Ahora estáis rodeados de mujeres.
—Muchas gracias, Sophie, eres un cielo. Por cierto, todavía no te he dicho
que estás preciosa —dice, mirándome con su media sonrisa—. Ya hemos
llegado, ¿vamos?
Al salir del coche, en la entrada, ya nos esperan Dani y Tammy. Están muy
cerquita el uno del otro, de forma muy íntima y riéndose de algún comentario
que han hecho.
Cuando llego a la acera, Jorge me sorprende al cogerme de la mano para
entrar en el restaurante. Me quedo un poco parada, mientras miro nuestros
dedos unidos. Al ver que no avanzo, se gira y, al levantar la mirada, veo una
media sonrisa de orgullo en sus labios.
Entramos en el restaurante; hace tiempo que no vengo, pero no ha cambiado
mucho. En la entrada hay una barra donde esperamos a que nos indiquen la
mesa que tenemos reservada. Tiene un pasillo largo; a la izquierda, las mesas
son altas con taburetes, en cambio, a la derecha, son bajas. Tiene aspecto de
restaurante antiguo, con vigas de madera y paredes adornadas con cuadros.
Hay varios paisajes de diferentes ciudades e, incluso, esas placas metálicas de
varias marcas o alguna matrícula de otros países.
Nos sentamos en una mesa al fondo del local. Tammy se acerca a Dani, así
que no me queda mucho margen, pero la verdad es que me encanta estar al
lado de Jorge; ya echo de menos el calor de su mano mientras agarraba la mía.
Escogemos las tapas; patatas bravas, jamoncito, croquetas, chipirones…
vamos, lo normal en estos sitios, y cerveza, por supuesto.
—A ver, chicas, contadnos alguna cosa de vosotras, ¿cómo os conocisteis?
—pregunta Dani.
—Pues, yo era una mendiga, la vida no me había ido muy bien y cuando
Sophie llegó de Nueva York se apiadó de mí y me acogió —contesta Tammy
como si nada.
Dani la mira con los ojos muy abiertos, creo que se ha tragado la broma y
todo, pobre chico… Jorge me mira y calibra las palabras de mi amiga, creo
que a él no lo ha convencido.
—Es broma, tonto —le dice a Dani, partiéndose de risa—. Hasta has
perdido el color de la cara, te has quedado pálido.
—Serás cabrona —murmura por lo bajo, mientras empieza a hacerle
cosquillas.
Jorge y yo también nos reímos por el espectáculo que dan nuestros amigos.
—Cuéntalo tú, Sophie, que eres de fiar —pide Dani, mientras mira a mi
amiga con mala cara.
—Fue casualidad, la verdad. Cuando llegué de Nueva York, estuve una
temporada buscando piso hasta que un día salí a correr por el barrio y vi el
anuncio de Juana. Justo cuando lo iba a coger, una tía muy descarada me lo
quitó de las manos. Nos pusimos a discutir como dos locas hasta que apareció
Juana y puso paz. Cuando Tammy me contó el motivo de su necesidad por ese
piso me di por vencida, pues yo podía buscar otra cosa, no lo necesitaba con
tanta urgencia. Me fui y dos días después me llamó Juana para decirme que a
la otra chica no le importaba compartirlo y… hasta ahora.
—Seguro que te engañó para que le cedieras el piso —dice Dani,
mirándola, divertido.
—Pues no, listo. Me acababa de enterar de que estaba embarazada. No
quería abortar y él no quería ser padre. La solución: él se largó y yo busqué un
piso dentro de mis posibilidades. Tuve mucha suerte de encontrarla —dice
Tammy, alargando la mano para coger la mía—. Es la mejor decisión que he
tomado en mi vida junto a la de no abortar y tener a mi pequeña.
—Tonta, me vas a hacer llorar —le digo—. Sabes que ha sido mutuo,
¿verdad? Las dos nos hemos ayudado mucho. Es fantástico encontrar gente
como Tammy. En el mundo de donde yo vengo no hay gente con tanto corazón,
os lo puedo asegurar.
—Y vosotros, ¿cómo os conocisteis? —pregunta Tammy a los chicos.
—Bueno, lo nuestro no tiene mucho misterio. Nos salvamos mutuamente de
la policía hace unos diez años y… hasta ahora —comenta Jorge.
—Noooo, eso es una mentira. —Los mira, incrédula, Tammy.
—Pues no, esta vez es verdad. Jorge nunca miente. Estábamos de fiesta y
empezó una pelea muy fea; de pronto, se oyeron las sirenas y salimos por
patas. Hubo un momento en que yo, con los nervios, iba directo hacia una
patrulla. Justo cuando más apurado me vi, apareció Jorge de un callejón y
pudimos escapar.
—¿Dejaste mucho en Nueva York? —pregunta Jorge, cambiando
completamente de tema.
Este asunto no me gusta tocarlo, no suelo hablar con nadie de mi vida en
Nueva York. Solo la conoce Tammy, solo ella sabe qué me pasó y a qué se
dedican mis padres. Pero no sé si son las cervezas que llevamos o que,
realmente, estos chicos me caen muy bien, que me lío la manta en la cabeza y
les cuento lo que pasó con Mark.
—Nada importante, la verdad. Después de pillar a mi prometido en la cama
con mi hermana, podéis imaginar que lo que menos me apetecía era quedarme
allí.
—Qué cabrones. —Oigo decir a Dani—. Dame sus nombres y pongo una
alerta para que no puedan entrar en España. —comenta muy serio, y creo que
sería capaz.
De pronto, la temperatura del ambiente parece haber descendido veinte
grados, y al mirar a Jorge creo que se va a partir la mandíbula de como la
aprieta; parece que no le ha hecho mucha gracia mi comentario.
—¡¡¿¿En serio??!! ¿Cómo podemos hacerlo? —le pide Tammy a Daniel—.
¿Habría alguna manera de meterlos en una de esas cárceles de Latinoamérica?
—Claro que sí, nena, soy poli. Por los amigos puedo hacer muchas cosas.
—Sonríe socarrón.
—Chicos, estáis como cabras —les contesto, riéndome para intentar acabar
con esta tensión que se ha creado—. Todo eso es pasado y ya está olvidado.
Poco a poco, y con la ayuda de Dani y Tammy, seguimos la cena con risas y
desaparecen las tensiones. Aparte de ese rato, disfrutamos mucho de la cena.
Me encantan los momentos que Jorge intenta rozarse conmigo o cogerme la
mano con disimulo, no sé si porque, realmente, le gusto o porque siente pena
de mi historia.
Jorge
Cuando acabamos de cenar, nos acercamos a un pub que hay cerca del
restaurante. Todavía estoy un poco en shock por lo que nos ha explicado
Sophie del cabrón de su ex y su hermana. Madre mía, yo no sé si lo podría
superar; ya no solo el engaño de tu pareja, sino la traición de tu hermana, tu
familia de sangre. Con su explicación, también he averiguado de dónde sale
ese acento tan sexy que tiene.
Me encantaría poder abrazarla y decirle que no voy a permitir que le pase
nada malo nunca más. Esto es algo que, con sorpresa, se me ha pasado por la
cabeza esta noche, más de una vez. Yo, que me peleo con mi padre cada vez
que me dice que soy muy joven y tengo que rehacer mi vida, o que mando a la
mierda a Dani cada vez que quiere liarme con alguna de sus amigas…
Ahora me doy cuenta de que me gustaría que Sophie fuese mía, poder
protegerla, y sería fantástico que Pol pudiera quererla y confiar en ella como
si fuese su madre. No creo que sea amor, pero sí me gusta mucho y lo quiero
intentar.
—¿Qué vais a tomar, chicas? —pregunta Dani.
—Yo quiero un ron con Coca-Cola y Sophie un mojito. Ahora venimos,
chicos, vamos al baño —grita Tammy para que la oigamos por encima de la
música. Y vemos como se alejan.
—¿Qué pasa, colega? Estás muy callado.
—No sé qué me pasa, Dani. No sé cómo afrontar esto con Sophie. Me
encanta esta chica. No quiero estropearlo, pero es que llevo tanto tiempo
dedicado a Pol y sin que ninguna chica me guste… Ahora no sé cómo actuar, ni
cómo mantener una conversación.
—Déjate llevar, colega. No fuerces las cosas, que pase lo que tenga que
pasar. Que sepas que me gusta mucho para ti, creo que es una tía muy legal.
—Sí, eso parece. ¿Y tú qué me cuentas? Parece que te mola Tammy y, por
lo que puedo ver, ella también te hace ojitos, ¿no?
—La verdad es que está que cruje y, sí, yo le gusto. También ha quedado
claro que ninguno quiere tener una relación, así que, sin ataduras, y, por cierto,
esta noche no se me escapa —dice, guiñándome un ojo—. Mira, por ahí
vienen.
Una vez las chicas llegan del baño y cogemos nuestras bebidas,
encontramos unos sofás libres donde nos acomodamos. Yo no soy de bailar, no
me gusta demasiado, y si, encima, añades que estoy tan nervioso, que parezco
un quinceañero en su primera cita, pues… no pienso levantarme siquiera.
—Al final, ¿has podido dejar a Pol con tu padre? —me pregunta Sophie,
que se ha sentado a mi lado. Los otros dos ya están en la pista, magreándose.
—Sí, se ha quedado con el abu. Y mi padre encantado, mañana por la tarde
se va de viaje, es de un pueblo de Orense. Tiene que arreglar unos papeles y
estará fuera una semana.
—¿Y ya tienes todo organizado con Pol? ¿No tienes que trabajar esa
semana? Bueno, sé que tenéis unos horarios muy raros y si necesitas que me
quede algún día con Pol, me lo dices, ¿vale?
—Gracias, Sophie. Si necesito algo ya te lo haré saber. La verdad es que
tengo mucha suerte de contar con buenos amigos y, aunque trabaje jueves y
viernes, ya lo hemos medio organizado con Dani y Paula.
Veo que asiente con la cabeza y desvía la mirada hacía la pista, como si
tuviera vergüenza de preguntar algo, y se toca el pelo. Me he dado cuenta de
que es un gesto que hace cuando está nerviosa y, conmigo, lo hace muy a
menudo. No me gusta que esté tan nerviosa a mi lado, quiero que disfrute. Así
que decido coger su mano y acercarme un poco más a ella para ver si se
tranquiliza. Cuando hago ese gesto, levanta la mirada y me mira fijamente, veo
que hay una sonrisa en su cara, me gusta… me gusta mucho.
—¿Paula es tu chica? —pregunta con curiosidad.
—¿Mi chica? ¿Tú crees que estaría así contigo si tuviera novia? Mira,
Sophie, me gustas y mucho. Paula no es mi chica, es una gran amiga, pero nada
más. Sé que todavía no nos conocemos mucho, pero quiero que sepas que yo
no soy como tu ex —le explico, aunque mi tono de voz sale más severo de lo
que pretendo.
—Vale, lo siento, no quería incomodarte.
En ese momento, empieza a sonar la canción Despacito, de Luis Fonsi, y
veo como Tammy viene hacia nosotros y se la lleva a la pista. Antes de irse
me mira y veo que le ha dolido mi comentario; joder, no hago más que cagarla
con ella. Dani se sienta a mi lado y nos quedamos embobados, mientras
miramos como bailan. ¡Qué chicas más sexis! Vemos como se contonean de un
lado a otro y menean sus caderas.
Ya empiezan a haber moscones a su alrededor, pero ellas bailan mientras
nos miran. Presto atención a la letra y me doy cuenta de que está hecha para
nosotros; a mí también me encantaría que le enseñara a mi boca sus lugares
favoritos…
A medida que pasa la canción nos tenemos que levantar para que los
hombres no las acaparen y, sobre todo, sepan que están acompañadas. Me
pongo detrás de ella y oigo como canta la canción mientras mueve su trasero,
despacito. Lo que provoca que no pueda controlar la presión que se forma en
mis pantalones y no me cabe duda de que ella es totalmente consciente. Aun
así, no parece que le disguste, pues sigue con su contoneo.
En un momento de la canción, se da la vuelta y pone sus manos en mi
cuello. Está demasiado cerca, no sé hasta cuándo podré aguantar.
—Despacito, quiero respirar tu fuego, despacito, deja que te diga cosas
al oído, para que te acuerdes si no estás conmigo, despacito, quiero
desnudarte a besos, despacito, firmo en las paredes de tu laberinto y hacer
de tu cuerpo todo un manuscrito…
Como os podéis imaginar, después de esas palabras, ya no me queda
cordura, ni en la cabeza ni en el cuerpo.
—Lo siento —me disculpo, antes de acercar mi boca a la suya y devorarla.
El beso es devastador, por las dos partes. No es para nada como me lo
había imaginado. Noto como se me ponen los pelos de punta y no quiero que
acabe nunca; la verdad es que se nota mucho la tensión sexual que nos
envuelve. La aprieto contra mí y, agarrándola por el culo, la anclo a mi cuerpo
para que vea lo que me provoca. Me van a reventar los pantalones.
—Nena, debemos parar. Si seguimos así, te voy a follar aquí mismo;
daríamos todo un espectáculo y Dani nos tendría que encerrar por escándalo
público —le digo, apoyando mi frente en la suya.
—Tienes razón, lo siento. No sé qué me ha pasado —me contesta, bajando
la mirada.
—Eh, pequeña. No tienes que disculparte por nada. —Le cojo la barbilla
para levantar su mirada—. Vamos a llegar hasta donde tú quieras. Pero quiero
que sepas, que después de muchos años, yo estoy dispuesto a seguir. Me gustas
mucho, Sophie. Eres una chica preciosa y con un gran corazón. No sé qué me
pasa contigo, pero desde que te conozco no te he podido quitar de mi cabeza.
—Oh… vaya… no pensaba que tú… —Parece que se ha quedado sin
palabras.
—Chicos, nos vamos. Estoy muy cansada —dice Tammy con una sonrisa y
un guiño de ojo—. Iremos a casa de Dani que está más cerca.
—Dile a mi amigo que no gaste mucha energía; hemos quedado mañana
para ir a escalar. Recuérdaselo, ¿vale? Cuídamelo —le digo al oído, mientras
le doy dos besos.
—Lo mismo te digo, o te cortaré esas canicas que tienes —me contesta.
Y es capaz, no me cabe la menor duda, yo haría lo mismo por Dani; es mi
hermano, así que quien le haga daño se las tendrá que ver conmigo, y sé que es
recíproco.
—Sophie, ¿quieres quedarte o nos vamos también?
—Prefiero marcharme, mañana tengo que ir a trabajar.
—Pues vamos, te acompaño a casa, ¿te parece? —Levanto las cejas con
ironía.
—Eres todo un caballero.
—Solo porque eres tú, esto no lo hago por cualquiera —le contesto,
robándole un beso.
Llegamos al aparcamiento de nuestro edificio, no quiero separarme de ella,
creo que ella tampoco de mí. Me ha cogido la mano y no me la ha soltado en
todo el camino. Me encanta sentir la suavidad de su piel.
— ¿Quieres subir a casa a tomar la última? Cloe está con Juana y Tammy
no creo que aparezca tan pronto.
—Te iba a proponer lo mismo, pero será mejor que vayamos a tu casa, la
mía está patas arriba. Me faltan muchas cosas, todavía tengo que ir a comprar
algunos muebles, sobre todo la cama de Pol —le comento, mientras subimos
en el ascensor donde empiezo a notar el ambiente cargado.
—¿Necesitas que te eche una mano?
—Pues no estaría nada mal, ¿te atreves a ir con un hombre de compras?
—¿Por quién me tomas? Soy una guerrera; además, tengo un hermano
pequeño, así que he soportado toda clase de salidas, tanto de compras como
nocturnas.
—Vaya, no sabía que tienes un hermano —contesto, mientras ella abre la
puerta del piso—. Entonces, ¿sois tres o hay más?
—No, somos tres. Jana es la mayor, después estoy yo y el pequeño, y mi
ojo derecho, es Nico. Si lo vieras, fliparías. No tiene nada que ver conmigo —
dice con una sonrisa. Se nota que quiere mucho a su hermano, le brillan los
ojos cuando habla de él—. ¿Qué quieres beber? ¿Cerveza?
—Perfecto.
Mientras espero a que Sophie regrese de la cocina con la bebida, le echo un
vistazo al salón. Tienen un sofá grande de color azul lleno de cojines, a los
lados hay dos sillones individuales, tipo butacas. En el centro, una mesita
redonda donde hay varias revistas y algunas plantas. En la pared, detrás del
sofá, hay un cuadro grande con una foto de alguna playa con rocas; se parece a
la playa de Las Catedrales de Lugo. También hay una estantería con muchos
libros y varias fotos.
Regresa de la cocina con dos cervezas y unos frutos secos sobre una
bandeja. Son las dos de la mañana, así que nos viene que ni pintado el
piscolabis para que no se nos suba más la bebida a la cabeza. Veo que coge su
móvil y conecta la música, no muy alta para no molestar dada la hora que es.
—¿Tienes hermanos? —pregunta, acercándose a mí. Apoya su cabeza en mi
hombro, levanto mi brazo y la acerco a mí para que se apoye en mi pecho.
—De sangre no, pero tengo a Dani y a Paula que son como mis hermanos;
desde que los conozco han estado a mi lado, incluso, cuando Clara nos
abandonó.
—¿Algún día me lo explicarás? —Me besa en la mejilla.
—Supongo que sí. Cuando esté preparado. Es un tema del que no me gusta
demasiado hablar, todavía hace daño —contesto, besando su pelo.
—¿Todavía la quieres? —Su voz suena nerviosa, como si, realmente,
tuviera miedo a la respuesta.
La separo de mí para que me mire, sus ojos brillan, supongo que por culpa
del alcohol o, quizá, por la situación. En ese momento empieza a sonar la
canción Dive, de Ed Sheeran, que viene como anillo al dedo.
—No, creo que lo nuestro murió, incluso, antes de nacer Pol. Nunca sentí
con ella lo que me haces sentir tú —le digo. Cojo su rostro con mis manos—.
No lo entiendo, apenas te conozco. Acabé tan harto que cerré mi corazón, pero
tú…
No puedo continuar, Sophie ha sellado mi boca con la suya.
—No me hagas daño, por favor —susurra, mientras apoya su frente en la
mía.
—Nunca, y si así fuera, no sería intencionado, te lo prometo.
Nos volvemos a besar y me coge de la mano para llevarme a su habitación.
Al cerrar la puerta, apoyo a Sophie en ella y la elevo hasta que enrosca sus
piernas en mi cintura. Nos lanzamos con locura a besarnos, boca, cuello…
Nos tocamos desesperados como si la magia fuera a desaparecer. Me suelta el
cuello para levantar mi camiseta y quitármela. La dejo en el suelo para
desabrochar su camisa y estar en las mismas condiciones. Es preciosa,
perfecta, y quiero que sea mía.
Me siento en la cama y Sophie se sienta encima de mí. Consigo quitarle el
sujetador antes de que me empuje para caer sobre la cama. Me desabrocha los
pantalones y me los baja, acompañados de mi ropa interior hasta dejarme
desnudo. Me doy la vuelta para quedarme encima de ella y hago el mismo
proceso; le quito primero la falda, los zapatos, las medias, el tanga…
—Me encanta esta tabletita —ronronea, pasando las uñas por encima de
mis abdominales; gesto que me pone cardiaco y sigue hacia abajo poco a
poco.
—Pequeña, no sigas o no voy a aguantar mucho. —Me lanzo a su cuello
para morderlo y bajo hasta encontrarme con uno de sus pechos.
—Ah, Jorge… Hace tiempo que no estoy con un hombre y no sé si voy…
—Gime de placer.
—No te preocupes, nena. Tenemos toda la noche para disfrutarnos.
Me separo un poco de ella, recojo mi pantalón del suelo para coger un
preservativo y lo rasgo con los dientes. Ella me mira y se muerde el labio
inferior. Me lo pongo con cuidado y me agacho para besar su boca. Guío mi
erección para poder penetrarla, no necesito comprobar si está húmeda, se nota
en el placer que expresa su cara. Entro con suavidad, no quiero hacerle daño.
Escucho nuestros gemidos y yo aprieto la mandíbula para intentar controlarme,
está tan prieta.
Hacemos el amor suavemente, pero no aguantamos mucho, sobre todo, por
el tiempo que hace que los dos no tenemos relaciones sexuales y por lo que
nos deseamos el uno al otro. Repetimos dos veces más; una, en la cama con
más calma y, otra, de pie contra la pared.
Caemos rendidos, por supuesto. Nos metemos los dos en su cama y nos
abrazamos. No me quiero ir, solo lo haré si ella me lo pide, cosa que dudo
porque no han pasado ni dos minutos y ya se ha dormido entre mis brazos.
CAPÍTULO 4
Sophie
Oigo el despertador. Maldita sea, qué sueño tengo. Hoy va a ser un día
difícil. De pronto, recuerdo lo que pasó anoche y una sonrisa ilumina mi cara;
me doy la vuelta en la cama, pero está vacía. Se me encoge un poco el
corazón, ¿y si se ha arrepentido?
Me incorporo para ir al baño y empezar a prepararme. Me fijo que en la
mesita hay una nota:
«He tenido que irme pronto para recoger a Pol y rescatar a mi padre. Lo siento, me hubiera
encantado despertar contigo y repetir lo de ayer. Nos vemos después, nena».
Vuelvo a recuperar la sonrisa y hasta tengo ganas de empezar el día; este
hombre me aporta una energía increíble. Se me genera una inquietud en el
estómago por no saber qué voy a hacer cuando lo vea.
Me doy una ducha y me visto con unos tejanos gastados, una camiseta color
morado y mis Converse negras. Salgo al salón y me encuentro a mis chicas.
—Buenos días, dormilona. ¿Has tenido una noche agitada? — pregunta
Tammy con una sonrisa y un guiño de ojo.
—Buenos días, chicas —respondo, dando un beso en la cabeza a mi
princesa y un achuchón a Tammy y Juana.
—¿No te encuentras bien, mi niña? —pregunta Juana con cara inocente,
como si no supiera de qué va la cosa.
—Juana, solo estoy cansada y con un poco de resaca.
—Sí, resaca… de tanto darle…
—Por Dios, Tammy. Y tú, ¿todo bien? ¿Acabas de aterrizar?
—Todo perfecto, y no acabo de llegar, me ha traído sobre las seis, tenía que
hacer cosas…
—Tita, ¿sabes que hoy mami me va a llevar al zoo? ¿Por qué no vienes con
nosotras?
—Lo siento, mi niña, pero tengo cosas que hacer. Seguro que te lo vas a
pasar súper guay.
—Síííí, seguro que veo jirafas y tigres. A lo mejor puedo tocar un delfín…
—Cloe, ya veremos. No todos los días dejan tocar a los delfines —le
contesta su madre.
Es la hora de ir al zoo, así que las chicas se despiden de mí con besos y
abrazos, aunque mi loca ya me ha susurrado al oído que después tenemos que
hablar. Acabo de tomarme un café para poder reactivar mi cuerpo. Cojo mis
cosas y salgo del piso en el momento en que me suena el móvil. Miro la
pantalla y veo que es mi padre.
—Hola, papá, ¿cómo estás?
—Hola, mi niña. Todo bien, con mucho trabajo. Los deportistas famosos
son un poco coñazo, me tienen loco. ¿Y tú como vas, pitufa?
—Bien también, trabajando, que no es poco —le respondo, mientras bajo
por la escalera para no perder la cobertura en el ascensor.
—¿Cómo están las chicas? Tengo ganas de verlas; seguro que Cloe ya está
muy grande.
—Están muy bien…
Justo cuando llego al rellano de abajo, se abre la puerta de Jorge y este sale
con Pol.
—Cariño, ¿sigues ahí? —me pregunta mi padre al no oírme hablar.
—Sí, papá. Un momento… —le susurro—. Buenos días —le digo a los
chicos, tapando el altavoz.
—Hola, Sophie —me saluda Pol—. ¿Sabes que papá ya me ha leído el
libro que cogí en tu trabajo? ¿Crees que esta tarde puedo ir a coger otro?
—Claro que sí, cariño. Cuando quieras, puedes venir y lo cambiamos.
—Buenos días —me dice Jorge, mientras se acerca y me besa en la mejilla
—. Estás preciosa —susurra.
Veo como se alejan, y, al recomponerme, recuerdo que tengo a mi padre al
teléfono.
—Papá, ¿estás ahí?
—Sí, cariño, ¿qué ha sido eso? Tú siempre vas preciosa, pero que te lo
diga un hombre… ¿Tienes novio y no me lo has dicho?
¡Maldita sea! No me acordaba del fino oído que tiene, veo que se ha
enterado de nuestra conversación. ¿Y ahora qué le digo yo a este hombre?
—Qué va, papá. ¡Qué cosas dices! ¿Solo me llamabas para preguntar si
tengo novio? —Lo oigo reírse.
—No, pitufa. El motivo de mi llamada es que ayer me llamaron de la
residencia y, al parecer, la abuela ha empeorado bastante. Me han pedido que
estuviéramos pendientes, que no aguantará muchos días.
—¡Oh, papá! Lo siento mucho. Sé que lo estás pasando mal, pero en su
estado, quizá, es mejor que descanse tranquila, ¿no crees?
—Supongo que sí. Es muy triste ir a visitarla y que ya no me conozca. Con
la vitalidad que ella siempre ha tenido… Ya sé que no puedes venir a
despedirte en vida, pero sí me gustaría que vinieras a darle el último adiós.
¿Crees que podrías? No tendrías que preocuparte por nada, yo te enviaría el
billete de avión o te mando el jet. Sé que es duro para ti tener que volver, pero
te necesito a mi lado.
—¡Ay, papá! Por supuesto que sí, nada ni nadie me va a impedir ir a
despedirme de la yaya y estar a tu lado. Por el billete no te preocupes, de
momento, no me va mal la vida. Tú solo tienes que avisarme. Te quiero mucho,
papi.
—Yo también, cariño, muchas gracias. Estamos en contacto y te voy
informando. Adiós, mi niña.
—Adiós, papá.
Pobre, mi papi. En una de las últimas conversaciones íntimas que tuvimos,
cuando pasó todo el lío con Mark y Jana, me confesó que nunca había sido
feliz junto a mi madre. Su matrimonio fue forzado por mi abuelo y ellos nunca
se habían querido. Que sus mejores momentos fueron cuando nacimos y que, al
final, por comodidad y por nosotros, ya no se esforzó en buscar su felicidad.
Ahora que nosotros ya no estamos revoloteando por casa, se da cuenta de
que no es feliz, y está solo. La verdad es que es un hombre muy guapo y se
mantiene muy bien físicamente, seguro que tiene una larga lista de
admiradoras. Tiene cincuenta y nueve años, si él quisiera, podría encontrar a
una mujer que lo hiciera feliz de verdad. Tiene el pelo corto y canoso como su
barbita de varios días, que suele dejarse, y que a mi madre no le gusta nada.
De cuerpo está espectacular, ya quisieran muchos jovenzuelos…
***
***
***
Sophie
Leo el mensaje que me escribe Jorge, sé que ayer no lo hizo de mala fe,
pero me fastidia que me recriminen cosas. Bastantes explicaciones he tenido
que dar durante toda mi vida como para que ahora tenga que justificar mis
acciones.
Lo siento, pero hoy necesito pensar, no me puedo ir con ellos como si no
pasara nada. Además, está Pol, tenemos que pensar también en él y no ir a lo
loco.
Sé que no le va a hacer gracia, pero es lo que hay. Aprovecho y le comento
que le conseguí una cita para mañana con Adela, la directora del cole.
Sophie:
«Lo siento, pero tengo mucho lío, otro día. Por cierto, he hablado con Adela, la directora del
cole. Me ha dicho que te puedes pasar mañana, sobre las nueve y media».
Sé que soy muy seca, pero no me queda más opción, necesito aclarar mis
ideas y mis sentimientos, no quiero que me vuelvan a hacer daño. Noto que mi
teléfono vibra en mi mesa de trabajo. Llevo desde las ocho de la mañana
liada. Casi no he podido dormir, así que he madrugado y he aprovechado para
avanzar la novela. Le he dado un cambio y, ahora, estoy más contenta con el
resultado. Desbloqueo el teléfono. De fondo está sonando la canción Y Caíste
Del Cielo, de Los Rebujitos.
Jorge:
«Pequeña, no me hagas esto… Vamos a hablarlo, por favor. No sé qué hechizo me has lanzado,
que no te puedo quitar de mi cabeza. Gracias por lo de Adela, allí estaré. Te echo de menos».
Mientras leo los mensajes, escucho parte del estribillo de la canción… Mi
mundo también se para cuando él me mira y todo parece más pequeño si no
está a mi lado. ¿Entonces por qué no puedo dejarme llevar y disfrutar? Yo que
pensaba que lo tenía todo superado, no es así; parece que lo que pasó con
Mark y mi hermana lo voy a arrastrar toda mi vida. Maldita sea.
No le respondo y sigo tecleando. Me gusta tanto escribir que es lo único
que me ayuda a desconectar de todo, y de todos. Cuando miro el reloj, ya es la
hora de comer, así que recojo y cierro por hoy; es domingo, por lo que voy a
intentar pasar la tarde con mis chicas.
—Hasta mañana, Trini. Si hay cualquier cosa me llamas al móvil.
—Claro que sí, reina. Descansa, que falta te hace, tienes una carita...
Llego al portal con la inquietud de poder encontrarme con los chicos, pero
no ocurre, menos mal; todavía no estoy preparada para hablar con él.
—Hola, ¿hay alguien en casa?
—Titaaaa, mira lo que me ha comprado Juana —dice mi princesa,
enseñándome un DVD de dibujos.
—¡Qué chuli! Eso es que te has portado muy bien, ¿no?
—Bueno, tú ya sabes que no hace falta portarse muy bien para que la
malcríe, ¿verdad, Juana?
—Ay, mi niña. Yo ya no voy a ser abuela, así que ya sabes que vosotras
sois mis niñas y Cloe es como mi nieta.
Me acerco a darle un beso a las chicas. Cloe ya se ha ido a ver la nueva
película, no me ha hecho ni puñetero caso, la tía…
—Tienes mala cara, cielo, ¿no has dormido bien? —me pregunta Juana con
cara de preocupación.
—No he dormido muy bien, la verdad.
—Ayer discutió con Jorge. ¿No has hablado con él? Esta mañana ha venido
a buscarte para ir al parque.
—No, no he hablado con él, pero me ha enviado un mensaje para invitarme
a ir al parque con ellos. He aprovechado para informarlo de que hablé con
Adela y mañana puede recibirlo.
—Si estás aquí es porque no has aceptado la invitación —comenta Juana.
Niego con la cabeza—. ¿Tan grave es la pelea para que no los puedas
acompañar a dar un paseo?
—No, Juana. Ha sido una tontería. Pero estoy un poco superada por todo.
Hace tan pocos días que lo conozco y tengo la sensación de que todo va tan
rápido... Hacía mucho que no tenía estas mariposas en el estómago. Bueno,
hace tiempo que no sentía, en definitiva.
Me siento en la silla de la cocina, estoy sobrepasada, y ellas lo saben. Se
sientan a mi lado y Juana me coge la mano, dándome el apoyo que necesito, el
apoyo que da una madre.
—A ver, cielo… Se nota que os gustáis, hasta un ciego puede ver eso, se
respira en el ambiente cuando estáis cerca el uno del otro. Él es un chico
maravilloso, ha conseguido sacar adelante a un bebé. Te puedo asegurar que
no lo ha pasado nada bien. Su corazón ha sufrido mucho. ¿Y qué voy a decir de
ti, mi niña? Eres muy grande y lo sabes, pero también lo has pasado muy mal.
Sois dos personas heridas. Primero, hay que sanar el corazón dañado y
después, pasito a pasito, el tiempo y el destino dirán.
—Sophie, ya te he dicho muchas veces que no todos los hombres son como
Mark. Que tú y yo vamos a encontrar a nuestro príncipe y seremos muy felices.
Quién sabe si Juana también lo encuentra —le dice Tammy con cara de pícara.
Juana la mira con las cejas levantadas y le da un empujón como si estuviera
muy ofendida, antes de dirigirse a mí.
—Tienes que hablar con él y abrir el corazón, aclarar las cosas. Inténtalo,
cielo, solo hay que ver como se te ilumina la mirada y te sale esa sonrisa tan
bonita que tienes cuando él está cerca, esa que ocultas tan a menudo.
—Mami, tengo hambre —nos interrumpe Cloe.
—Claro, mi niña, ayúdame a poner la mesa para comernos estos
macarrones tan ricos que ha hecho Juana.
Aprovecho que montan la mesa para ir a mi habitación, ponerme cómoda y
pensar en todo lo que me han dicho las chicas. Tienen razón, me merezco ser
feliz, quiero ser feliz. Intentaré hablar con Jorge y abrir mi corazón. Lo que sí
tengo claro es que no quiero que se entere de quién es mi familia, al menos,
todavía no. No me apetece que mi madre y mi hermana se enteren de que ellos
existen y puedan llegar a estropear lo bonito que es tenerlos cerca. Ellas son
así, todo lo que tocan lo destruyen con su maldad.
Cojo el teléfono del bolso y veo que tengo un mensaje, es de Jorge. Al
abrirlo solo puedo reír, me ha enviado una foto de los dos con un helado,
haciendo muecas. Debajo de la foto leo: «Mira lo que te has perdido».
La verdad es que están muy graciosos con la cara manchada de helado y
esas muecas tan raras; hasta así están guapos, los puñeteros. Pienso en cómo
devolverle la foto y, mientras comemos, le pido a Cloe que nos manche los
morros de tomate. Tammy nos hace una foto, poniendo muecas como han hecho
ellos y se la envío, con el mensaje: «Nosotras también lo hemos pasado muy
bien, comiendo los macarrones de Juana. De la muerte ;)».
Recibo su contestación en pocos segundos.
Jorge:
«Estáis preciosas las dos, pequeña».
***
Estoy contento. He ido a hablar con Adela y, por fin, hay plaza en el colegio
para Pol, así que el curso que viene ya empezará más cerca de casa. Al ser el
mismo al que va Cloe, podemos aprovechar para organizarnos mejor.
Jorge:
«Morena ya he acabado, ¿te apetece un divertido día de compras? Necesito algunas ideas y
mucho apoyo».
Le envío el mensaje a Sophie, tal y como acordamos ayer, a ver si, con un
poco de suerte, me acompaña a comprar los muebles que me faltan y le
preparo la habitación a Pol.
Sophie:
«Me apetece, pero solo si prometes comida incluida».
Menos mal, no sabe lo feliz que me hace poder tener un día con ella. La
verdad es que me siento muy cómodo cuando estoy a su lado, aparte de
tenerme loco todo el día.
Jorge:
«Dame veinte minutos y te espero en la esquina».
Así aprovecho para tomarme un café, tranquilo. En ese momento me suena
el teléfono, es mi padre.
—Hola, papá, ¿cómo estás?
—Hola, hijo, todo viento en popa. Ya casi he acabado de arreglar todos los
papeles, nos falta pasar mañana por el notario con tu tío. Creo que el viernes
ya podré estar de regreso. Y mi pequeño, ¿cómo va?
—Bien, ayer estuvimos dando un paseo por el parque y fuimos a buscar
unas hojas a la estación. Después, tomamos algo con las vecinas.
—Qué bien, hijo. Así que, con las vecinas, ¿no? —Oigo como se ríe, de
tonto no tiene un pelo.
—Vamos, no empieces que te conozco. Por cierto, cuando vuelvas me
tienes que explicar qué pasa con Juana...
—¡Ay, hijo! Cosas de mayores. Que sepas que Sophie me gusta mucho para
ti. Parece una chica estupenda y es muy guapa.
—¿Y tú cómo sabes que es Sophie y no Tammy? Ella también es una mujer
muy guapa.
—Sí, hijo, también es preciosa, pero la cara de tonto que se te pone cuando
miras a Sophie te delata; además, eres mi hijo y te conozco. —Será puñetero,
el tío. No pensaba yo que se me notaba tanto que esta mujer me tiene loco.
—Bueno, papá, te dejo que he quedado con ella para ir a comprar algunos
muebles.
—Claro que sí, hijo. Me gusta mucho verte feliz, te lo mereces, sin duda. Te
quiero, hijo. Le das un beso a mi niño, ¿vale?
—Claro, estamos en contacto.
Ni café ni puñetas, con la llamada de mi padre no he podido hacer nada
más. Así que me encuentro en la esquina, con mi coche, mientras espero a que
llegue. La veo caminar en mi dirección, está preciosa, como siempre. ¿Cuándo
no lo está? Va vestida con un tejano apretado (pitillo, creo que lo llaman), y
una camiseta blanca con los hombros descubiertos, una chaqueta tejana en la
mano y zapatillas. Lo dicho, preciosa.
—¡Hola, fireman! —me saluda, cuando se sube al coche y se acerca para
darme un beso en la mejilla, pero rozando la comisura de mis labios.
—Hola, pequeña, estás preciosa. ¿Preparada para un maratón de compras?
—Claro, ¿qué hay que comprar? ¿Ya tienes una idea?
Pasamos parte del día de tienda en tienda. Compro todos los muebles y
artículos de decoración que necesito, y que no necesito también. Hemos
comprado millones de cosas que no sé ni para qué sirven, pero con tal de
verla feliz y con esa sonrisa… Es fantástico. Lo bueno es que ya tengo la
habitación para Pol. A ver si le gusta cuando esté montada.
***
El resto de los días pasan sin pena ni gloria, consigo montar la habitación
de mi campeón y, como bien dijo Sophie, le encantó. La estructura de la cama
es de hierro y la funda nórdica de los superhéroes. Se la compró ella y está
como loco por dormir en su cama. He acoplado una estantería con cubos para
meter sus juguetes y otra para los libros que, al verla, ya me dijo que le
molaba mucho porque era como las que tenía Sophie, palabras textuales.
Como podéis comprobar esta mujer nos tiene locos a los dos.
Ya es jueves, así que hoy toca trabajar, dejo a Pol en el colegio y voy a la
estación. Entro y me pongo el uniforme. Espero que sea un día tranquilo y no
tengamos que hacer muchas salidas, eso sería lo mejor para todos.
Nada más entrar en la sala de descanso donde tenemos mesas, sillones para
descansar y la televisión, me encuentro a Oso. ¿Que por qué lo llamamos así?
Imaginaos a casi dos metros de hombre, con una espalda y unos músculos que
dan miedo y cara de «no me toques los cojones». Menos en el pelo, que no
tiene mucho y va rapado, en el resto es como ver a uno oso grizzly de pie y
enseñándote los dientes, acojona, y mucho. Lleva un tatuaje en el pectoral
derecho y, ¿a qué no sabéis qué es? Correcto, un oso.
De fondo se oye música, algo de guitarra, como si fuera flamenco. Me he
olvidado deciros que Oso es de Cádiz y siempre tiene puesta su música.
—¿Qué pasa, Oso? ¿Cómo vas? ¿Qué cojones de música estás escuchando,
tío? ¿Ya estás otra vez con tus mariconadas?
—No te pases, rubiales, que te machaco. No insultes a mis paisanos, Los
Rebujitos. Además, esta canción nos viene que ni pintada, se titula Envuelto
En Llamas, capullo.
—J, no lo chinches que tiene mal de amores —me dice Blue, que acaba de
entrar por la puerta.
—No me fastidies, Oso, ¿qué ha pasado esta vez? ¿Se acabó el amor?
—Blue y yo soltamos una carcajada. Siempre le pasa lo mismo, al pobre, tan
grande y tan bonachón.
—Joder, tío, me voy a quedar para vestir santos. Después de tres meses, me
entero de que la tía está casada. Pero se enfada con su marido y aquí está el
tonto de Manuel, que cómo es grande y asusta, nadie se mete con él —nos
comenta compungido—. El amor es una mierda y las tías también, me voy a
hacer gay. ¿Quieres salir conmigo, Blue?
—A la mierda, capullo —le contesta este.
Como podéis ver, casi todos tenemos un apodo y también somos muy mal
hablados; es lo que tiene estar tantas horas rodeados de hombres.
Noto como me vibra el teléfono en el bolsillo y veo que es el número del
colegio de Pol.
—Buenos días, ¿el señor Gutiérrez?
—Sí, yo mismo.
—Le llamamos del colegio de su hijo. Verá, tenemos a Pol en la secretaría.
Ha vomitado en varias ocasiones. ¿Cree que podría venir a buscarlo? El pobre
está llorando y quiere a su papá.
—Claro, en veinte minutos estoy allí.
—Perfecto, hasta ahora, señor Gutiérrez.
Cuelgo y me dirijo hacia mi superior para informarle de que debo salir un
momento a recoger a mi pequeño, ya que mi padre sigue fuera.
No sé qué narices voy a hacer ahora, ni dónde puedo dejarlo. Mi primera
opción es Dani, pero me dice que está fuera de la ciudad y no volverá hasta la
tarde que era cuando tenía que recogerlo del colegio. Mi segunda opción es
Paula, nos conocemos de toda la vida, pero estará en el trabajo, es pediatra.
Incluso Juana parece haber desaparecido, pues no me coge el teléfono. Así que
como último recurso se lo pido a Sophie, me da rabia molestarla, no quiero
que piense que puedo estar abusando de ella.
—¡Hola, fireman!
—Hola, pequeña, necesito un favor —le digo, y creo que mi voz suena un
poco desesperada porque ella cambia su tono jovial por uno más serio.
—Claro, ¿pasa algo? Te noto nervioso.
—Me han llamado del colegio, y voy a buscar a Pol; ha vomitado en varias
ocasiones. El problema es que hoy tengo que trabajar y no tengo con quién
dejarlo. ¿Crees que te lo puedas quedar un rato? Solo hasta que llegue Dani y
lo recoja.
—Por supuesto, no hay problema. ¿Dónde quieres que lo recoja?
—Si no te va mal, ¿puedes pasar por la estación y te lo llevas?
—Claro, nos vemos en un rato.
Apago el manos libres, aparco el coche en doble fila y corro para coger a
mi pequeño. Al entrar en la secretaría ya veo a mi guerrero. Tiene la cara
pálida.
—Hola, soy el papá de Pol —le digo a la señora del mostrador, señalando
a mi hijo.
—Pol, cariño, mira quién ha venido a buscarte.
Me acerco y lo cojo. Pobrecillo, se ve tan indefenso que se te encoge en
corazón.
—Hola, cariño, ya está aquí papá.
Me despido de la señora del colegio, dándole las gracias. De camino a la
estación, donde he quedado con Sophie, se queda dormido. Aprovecho para
llamar a la consulta de Paula, su secretaria ya me conoce y me la pasa en un
momento.
—Hola, chicarrón, ¿va todo bien? Tú solo me llamas a la consulta si pasa
algo.
—Hola, preciosa, es que he tenido que coger a Pol del cole, me han dicho
que ha vomitado en varias ocasiones y está hecho polvo.
—Vaya, pobre, mi niño. Seguramente sea una gastroenteritis. Dale mucho
líquido y si tiene fiebre, ibuprofeno. Sobre las cinco me paso por tu casa y le
echo un ojo.
—Perfecto, gracias, Paula. Oye, te paso por mensaje mi nueva dirección y
el piso, es el de Sophie, mi vecina, que se lo quedará un rato.
—Muy bien, Jorge. Nos vemos después. Un beso.
Al llegar, dejo a Pol en mi cama y le doy un poquito de agua. Él pobre está
hecho polvo y sin fuerzas, con lo movido que es, cuesta verlo así, tan parado.
—J, colega, en la entrada hay un bombón y como no te des prisa Oso se la
va a comer, tío —me dice Blue, para hacerme saber que Sophie ha llegado.
Cojo a mi pequeño y corro como si se acabara el mundo, no sé lo que le
pueden decir estos animales. Cuando llego a la entrada de la sala, veo un
corrillo de hombretones, donde imagino que, en el centro, estará Sophie.
—Pero bueno, parecéis sabuesos, ¿vosotros no habéis visto una mujer en
vuestra vida o qué? —les pregunto con tono de enfado.
La tropa se dispersa hasta que consigo ver a Sophie en medio. No tiene
cara de susto, al contrario, está sonriente y habla con Oso. Cuando ve que se
empiezan a marchar, me mira y sonríe. ¡Dios mío, es tan bonita! Seguro que ya
tengo cara de tonto como siempre que la tengo cerca.
—Tranquilo, rubiales, solo estábamos hablando. ¿Sabes que nos gusta la
misma música? Chúpate esa, sargento —me dice Oso, por haberme reído de él
antes—. Ha sido un placer conocerte Sophie, un día que tenga fiesta, ya me
pasaré por Mi pequeño mundo.
—Para mí también ha sido un placer, Oso —contesta ella, guiñándole un
ojo. Pero ¿qué narices ha sido eso?—. Allí te espero para poder seguir con
nuestra conversación.
Mi compañero se queda allí, de pie, embobado. Esta chica nos deja a todos
tontos.
—Oso, colega, creo que te llama el capitán —le digo, para ver si pilla la
indirecta.
—Sí, ya, el capitán... —Se da media vuelta y lo oigo murmurar un «será
capullo».
—Disculpa a estos cavernícolas. Espero que no hayan sido muy groseros.
—No, qué va, al contrario. Oso ha sido muy agradable conmigo. Y este
campeón, ¿cómo sigue?
—Bueno, de momento no ha vuelto a vomitar. He hablado con Paula, que es
pediatra, y me ha dado unas instrucciones. Mucho líquido y si tiene fiebre
ibuprofeno.
—Perfecto, no hay problema, tengo de todo en casa.
—Espero que no te importe, pero me ha dicho que después se pasará para
revisarlo mejor.
—Claro, allí la esperamos. Y tú… ¿cómo estás?
—Bueno, ahora mejor, la verdad es que siempre pasan estas cosas, tengo un
montón de días de fiesta y se pone enfermo el día que trabajo y el resto del
mundo está ocupado...
—Papi, tengo sed.
—Claro, campeón. Vete con Sophie y ahora te traigo un poco de agua. Oye,
tienes que irte un ratito con ella, a su casa, ¿vale? Más tarde verás a Paula y te
mirará esa barriguita para saber cómo está.
—Vale, papi. ¿Y tú cuándo vienes?
—Yo iré cuando acabe de trabajar, cariño. Después, el tío Dani se quedará
contigo por la noche.
—Pol, ahora nos pondremos en el sofá a ver dibujos. —Mi hijo asiente con
la cabeza.
—Voy a buscar agua y te lo llevas, ¿vale?
—Claro, ve.
Regreso con el agua, se la bebe y los acompaño al coche. Me despido de
mi niño con un beso en la frente y de ella con uno en la comisura de los labios.
Cada día que pasa me cuesta más tenerla tan cerca y no poder demostrarle lo
que me gusta, que no tuviera que mantener las distancias y poderla besar
cuando yo quisiera.
CAPÍTULO 6
Sophie
Por fin, la hora de salir de trabajar. Vaya mierda de día hemos tenido hoy.
Nos han llamado para tres salidas bastante complicadas, y estoy reventado.
Tengo ganas de llegar a casa, abrazar a mi niño y ver cómo está. Por la noche
se lo llevó Dani a nuestro piso a dormir y hoy han estado todo el día juntos.
Parece que ya se encuentra bastante mejor. Tengo que hablar con Sophie, no sé
qué le habrá pasado ayer por la tarde para notarla tan decaída. Al final, con el
lío que tuvimos, no la pude llamar por teléfono.
—J, colega, ¿qué vas a hacer mañana? Hemos quedado para salir a cenar,
Blue con su santa esposa, Tom y yo. ¿Por qué no te apuntas e invitas a Sophie?
—me pregunta Oso—. Puedes decirle al madero que venga con alguna amiga,
a ver si Tom y yo tenemos algo de suerte.
—No tienes cara, tú. Parece mentira, con lo grande que eres, que tengamos
que buscarte rollo para pasar la noche.
—Tío, no seas duro con él que tiene el Corazón Partío, como decía
Alejandro Sanz, ¿cómo era la canción? —Blue se pone a pensar y, de pronto,
arranca a cantar—. Quién me va a entregar sus emociones, quién me va a
pedir que nunca la abandone, quién me tapará esta noche si hace frío, quién
me va a curar el corazón partío, quién llenará de primaveras este enero y
bajará la luna para que juguemos...
Nos echamos todos a reír, mientras vemos a Oso correr, medio en pelotas,
detrás de Blue para pillarlo; estos hombres, a veces, son peores que los niños.
Me acabo de vestir y recojo todas las cosas. Me acerco a la tropa para
despedirme.
—Me voy, tíos, portaos bien. Oso, mañana te digo algo sobre el plan de
salir a cenar. Se lo comentaré a Sophie y a Dani, a ver qué les parece la idea.
—Ok, J, nos vemos mañana.
***
Llamo a mi padre para saber cómo está y cuándo vuelve, a ver si nos
podemos organizar.
—Hola, hijo, ¿cómo estás?
—Hola, papá. Todo bien, saliendo de trabajar. No hemos parado. Nos han
llamado para tres incendios de los duros y estoy molido.
—La verdad es que hace mucho calor para ser primavera y eso para
nosotros no es bueno...
—Sí, es cierto, el calor no ayuda. El primero ha sido un accidente en un
bloque de pisos y los otros… creo que han sido provocados.
—Vaya, la gente está muy loca, hijo. Ahora desconecta y vete a casa.
¿Cómo está mi pequeño?
—Por eso te llamaba. Ayer, me avisaron del colegio porque había
vomitado. Ya lo ha revisado Paula y tiene una gastro. Se quedó toda la tarde
con Sophie y hoy ha estado con Dani. ¿Sabes si llegarás mañana? Paula me ha
dicho que sería conveniente no llevarlo al colegio hasta el lunes. Necesito
saber si puedo contar contigo para organizarme.
—Ay, pobre, mi niño. ¿Por qué no me has llamado antes? Ya estaría de
vuelta, hijo. Mira, ya tengo el coche cargado, pensaba salir mañana temprano,
pero me pongo en marcha ahora mismo y haré noche por el camino. Nos vemos
mañana cuando llegue, ¿vale?
—Vale, papá, pero ven despacio, no hay prisa. Ya se encuentra mejor, así
que tómatelo con calma. Mándame un mensaje cuando pares a dormir.
—Perfecto, hijo. Hasta mañana, entonces. Un beso.
—Un beso, papá.
Llego a casa, destrozado, no puedo con mi alma y, encima, cuando llego a
la puerta, parece que tienen una fiesta montada en el interior. Oigo la música y
a alguien cantando. Me voy a cargar a Dani.
Entro por la puerta y saludo, pero nadie me contesta; no me extraña, la
música está a todo trapo. Entro en el salón y el panorama es para grabarlo.
Suena Chantaje, de Shakira y Maluma, y frente a la televisión, donde se ve el
videoclip, están Dani y Cloe, tienen algo en la mano para hacer de micro y
cantan cada uno su parte. Encima del sofá está mi hijo, que intenta bailar como
Shakira en el vídeo.
Me he quedado en la puerta, con la boca abierta, no sé si echarme a reír,
llorar o unirme a la fiesta. Noto que alguien me coge por detrás y me da un
beso en el cuello. Sé que es Sophie, la reconozco por el olor; huele a pomelo,
es un olor suave que me encanta. Creo que ya ha visto el panorama, noto como
su cuerpo tiembla de la risa. También hay una presencia a mi lado y al girarme
me encuentro con Tammy. Está como yo. Su cara es de alucine y parece que los
ojos se le van a salir de las órbitas. Nada más acabar la canción, Tammy
murmura un «la madre que me parió» que alerta a Dani. Nos mira y veo que se
sonroja. ¿Dani de color rojo pasión? Ver para creer.
—Hola, mami, estamos cantando —dice la pequeña, mientras mira a su
madre más orgullosa que si estuviera en Eurovisión.
—Ya veo, cariño, lo has hecho muy bien. Maluma no lo ha hecho tan bien,
creo que se le da mejor coger a los malos que cantar —le contesta Tammy,
mientras se ríe de Dani.
—Qué graciosilla, la morena. Que sepas que no lo haré tan bien, pero soy
bastante más guapo que él.
—Menos lobos, Caperucita...
Estos dos son increíbles, están tirándose pullas el uno al otro
constantemente y, por otro lado, se nota una electricidad a su alrededor cuando
están juntos, que no sé cómo no estamos todos electrocutados.
—Hola, papi —saluda mi pequeño. Por lo que veo, está bastante
recuperado.
—Hola, cariño. Ya te encuentras mejor, ¿verdad?
—Sí, ya estoy mucho mejor, hoy no he vomitado nada.
—Genial, pues ya es tarde, recogemos todo y a la ducha.
—Vale. —Sale corriendo hacia el baño.
—Joder, colega, qué cara traes, ¿te encuentras bien? A ver si vas a pillar
algo tú también —me dice Dani.
—Solo estoy cansado, ha sido un día muy duro. ¿Y tú qué?, ¿preparándote
para algún concurso de la televisión?
—Otro gracioso, encima que me quedo con los niños y los entretengo,
tenemos cachondeo. Voy a ayudar a Pol en la ducha y tú ponte cómodo para
descansar, pareces un cadáver.
—Oye, pero no te enfades...
Se aleja por el pasillo y veo como me enseña el dedo del medio. Creo que
a Dani no le ha hecho gracia que cierta morena de ojos azules como el mar
haya visto su parte más tierna. Ahí donde lo veis, mi colega tiene un corazón
de oro y hace el payaso como nadie.
—Bueno, nosotras también nos vamos a la bañera, Cloe. Te esperamos
arriba, Sophie.
Me quito la chaqueta y voy de cabeza a sentarme en el sofá. ¡Oh, qué
placer! Me apoyo en el respaldo y cierro los ojos. Creo que ahora mismo sería
capaz de quedarme dormido en esta posición.
—¿Día duro? Parece que vengas de la guerra, tienes cara de estar muerto
—me dice Sophie, sentándose a mi lado en el sofá.
—Estoy reventado. Creo que, en estas veinticuatro horas de trabajo, he
dormido unas tres o cuatro. Y tú, ¿cómo estás? Casi no hemos podido hablar y
tenemos una charla pendiente. Por cierto, Oso te manda saludos. Te lo has
metido en el bolsillo a él también.
—Parece un buen tío, un poco grandote, pero... —Me mira y se echa a reír.
Tiene una sonrisa preciosa. Madre mía, estoy tan cansado que parece que
estoy viendo un ángel—. Yo estoy bien, no te preocupes más por lo de ayer.
Son tonterías de mi cabeza.
La miro incrédulo, pero no quiero insistir; además, ahora mismo, no me
encuentro con ganas de querer averiguar nada, ya buscaré la forma de
enterarme, en otro momento.
—Mañana, los chicos de la estación van a cenar y me han comentado si
queríamos ir. ¿Te apetece? Se lo podemos decir también a Dani y Tammy, a
ver si se apuntan.
—Por mí bien. Mañana lo acabamos de decidir. Ahora a dormir, que ya te
toca. Ya nos encargamos nosotros de Pol.
—Gracias, Sophie, eres un cielo.
Me acerco a ella despacio, cojo su cara con mis manos y acaricio sus
mejillas. Esta mujer me tiene loco. Oigo que los chicos todavía están en el
baño, así que aprovecho para acercar mi boca a la suya. Muerdo su labio
inferior, haciendo una pequeña presión que permite que ella abra la boca. Me
adentro en su interior y es como llegar al paraíso. Me encanta besarla, me
encanta tocarla, me encanta que sea mía.
Al oír que Pol se aproxima me separo de ella, quedándome con ganas de
más, nunca me canso de ella. Mientras ellos preparan alguna cosa para cenar,
yo aprovecho para estar un ratito con mi hijo y que me explique cómo ha ido el
día. Finalmente, caigo rendido en la cama, ni la ropa me he quitado. Tampoco
he tenido ocasión de hablar con Dani para darle las gracias por todo y ver qué
grado de enfado tiene. Bueno, mañana será otro día.
***
Sophie
Estoy nerviosa, y solo es una cena. Así que, para no dejarme las uñas en la
espera, me pongo a navegar un poco en Internet y actualizarme con las redes
sociales. También aprovecho para enviarle un mensaje a mi hermano.
Sophie:
«Hola, brother, ¿cómo está mi hermano favorito?».
Veo que lo ha leído y está escribiendo.
Nico:
«Mi querida sister, ¿hoy se encuentra en modo payaso?
Estoy haciendo de caballero por los parajes de Escocia».
Sophie:
«OMG, qué envidia me das, yo quieroooo».
Nico:
«Pues, ya sabes, no seas tan tacaña y haz una escapadita.
Por cierto, ¿cómo va mi cuñadito?».
Sophie:
«Jaja, ¿quién está ahora en modo payaso? Por aquí todo en orden. Hoy nos vamos de cena
con los compañeros de Jorge».
Nico:
«Caramba, ya estáis en la fase de presentación en sociedad, no perdéis el tiempo, ¿eh?».
Sophie:
«Creo que los aires escoceses no te hacen bien, o ¿será tanta pelirroja...?».
Nico:
«Será eso... ni tiempo para pelirrojas tenemos. Pasadlo bien esta noche.
Te tengo que dejar, pitufa. TQM».
Sophie:
«Yo más, cuídate».
Lo echo tanto de menos...
Oigo el timbre de la puerta y como Cloe corre para abrir.
—Juanaaaa. —La oigo gritar, creo que la ha extrañado, pues llevamos sin
verla unos cuantos días—. ¿Dónde has estado? Te he echado mucho de menos.
Eso quiero saber yo también; a veces, esta mujer es todo un misterio.
—Pero bueno, mi niña, estas guapísima, hasta parece que hayas crecido y
todo... No sé si te va a servir lo que te he traído. —Cómo se nota la veteranía,
le ha dado un giro a la conversación sorprendente.
—Sí, eso, tú cambia de tema. Yo también quiero saber dónde has estado
estos días. Te has largado como si se acabara el mundo, ¿tan mal te tratamos?
—le dice Tammy.
—Hola, Juana, qué gusto verte… sana y salva. Pensábamos que te habías
fugado con un millonario y solo te veríamos en las revistas del corazón. —Se
ríe y niega con la cabeza.
—Sois unas cotillas... Toma mi regalo, princesa, a ver si te gusta.
Le entrega un paquete que Cloe tarda cero segundos en abrir. Es un bikini
de princesas como ella quería. Dice que ya es muy mayor para ir enseñando
las lolas, que eso es una guarrada y solo lo hacen los bebés. Inocencia de los
niños.
—¡Me encanta! Me lo voy a probar. —Sale corriendo, como alma que lleva
al diablo, hacia su habitación.
—Bueno, ¿nos vas a explicar qué has hecho estos días? Y rapidito, que en
una hora nos vienen a buscar los chicos —le pide, bueno no, le exige Tammy.
—He ido a despejar la cabeza unos días, y lo que no es la cabeza... —dice
picarona, y nos deja con la boca abierta; como se pasee una mosca por la
cocina, ya veremos donde acaba—. Chicas, no me miréis así que, si no, no os
cuento nada. Ya sé que tengo una edad, pero todavía no soy una vieja y tengo
unas necesidades que cubrir. Hacía mucho tiempo que estaba en dique seco,
pero ha aparecido una persona muy importante en mi vida y bueno...
—Eduardo —le digo con la boquita pequeña. Ella afirma con la cabeza—.
¿Te has ido con él estos días? ¿A Orense?
—Sí, hablamos y decidí ir allí a pasar unos días con él. ¡Ay, niñas… y qué
días!
—Noooo, por Dios, no sigas —chilla Tammy—. No quiero saber detalles,
solo de imaginármelo... Joder, Juana, que eres como mi madre. No quiero
hacerme la idea de verte cabalgando a Eduardo, qué repelús. ¿Ves?, ya me lo
estoy imaginando.
—Eres más bruta... Que sepas que es todo un lujo cabalgar a un hombre
como Eduardo. Sophie, ¿tú no me vas a decir nada? Ya que te toca un poco
más de cerca, me gustaría saber tú opinión.
—Bueno, Juana, trato de digerir la información y las imágenes de mi
cerebro —le digo con una sonrisa—. Lo único que quiero es que seas feliz,
seguro que Eduardo lo consigue, parece un buen hombre. Es muy guapo y está
muy bien físicamente, puedo entender perfectamente esa sonrisa de amazona
que llevas, sobre todo, si has podido montar todos los días.
—¿Y la que va salida soy yo? —dice Tammy, y nos echamos a reír. Así es
como nos pilla Cloe, que viene con su mochila llena de cosas y su bikini
puesto.
—Juana ya estoy preparada para irnos.
—Vamos a ver, pequeñaja, ¿adónde pretendes ir tú en bikini? Pasa a
cambiarte y a revisar esa maleta, a saber qué llevas ahí dentro... —dice su
madre.
—¡Jope! Yo quería ir así a casa de Juana.
—Venga, princesa, pórtate bien y haz caso a mamá. Te cambias, revisamos
esa mochila y, si no te quejas, a lo mejor, mañana nos vamos al parque Warner
con Pol y su abuelo. ¿Te parece?
—¡Yupiiii! Eres la más guay del mundo mundial —le dice Cloe, tirándose a
sus brazos.
—Anda, pelotera, al final, va a tener razón tu madre… Haces conmigo lo
que quieres.
Se van a la habitación a revisar la mochila y cambiarse. Cuando las
perdemos de vista, Tammy se gira y me mira.
—Creo que todavía estoy en estado de shock. Joder, con nuestra Juana, no
pierde el tiempo.
—Oye, creo que nosotras no podemos decir absolutamente nada. Hemos
caído rendidas a esos dos y, por lo menos, Juana y Eduardo ya se conocían
anteriormente, nosotras ni eso.
—Muñeca, rendida has caído tú. Te recuerdo que yo solo estoy pasándolo
bien. Tú sí que parece que vas a piñón, mona, ¿para cuándo la boda?
—Qué tonta eres. —Le saco la lengua—. Yo también lo paso bien y me
siento muy a gusto a su lado. Por lo menos, no soy hipócrita y lo reconozco, no
como otras...
—Qué sabrás tú, princesa de hielo... —contesta, mientras se va hacia su
habitación, enseñándome el dedo corazón en todo su esplendor—. Me voy a
poner divina para triunfar esta noche y tú tendrías que empezar a hacer lo
mismo. Que siempre llegamos tarde por tu culpa.
Juana ya se ha llevado a Cloe y nosotras estamos en proceso de chapa y
pintura. Yo me he decidido por un pantalón ceñido, con lentejuelas y en color
negro, una blusa en blanco con los hombros descubiertos, mis tacones rojos a
juego con mi bolso de mano y mi pelo suelto, un poquito de maquillaje,
bastante natural, y lista. No me gusta para nada ser el centro de atención, ya lo
he sido durante mucho tiempo, entre las amistades de mis padres y la prensa,
acabé un poco harta. Por eso, cuanto más discreta, mejor.
Cuando salgo al salón, Tammy me espera, mirando su teléfono. Ella va
matadora, como siempre. Viste un short brillante de color champán, una
camisa blanca transparente que no deja nada a la imaginación y un sujetador
bralette negro de encaje. Hoy, sé de un policía que se va a morir cuando la
vea.
Bajamos a la calle y nuestros demonios ya nos esperan. El madero viste un
tejano oscuro y camisa blanca con los tres primeros botones desabrochados.
El fireman, bueno, yo no soy nada objetiva en este punto, para mí estaría
guapo con cualquier cosa, pero... pantalón tejano azul desgastado, jersey de
punto azul marino con rayas rojas. Como no tiene músculos... Por Dios.
—¡Guau! Pero ¿esto qué es, chicas? Cada vez nos ponéis más difícil salir
con vosotras —dice Dani, al que se les salen los ojos, mirando las piernas de
mi amiga.
—Pues tú te lo pierdes, seguro que hay muchos chicos que estarían
encantados de acompañarnos, ¿a que sí, Sophie?
—Oye, oye, a Sophie no la metas en vuestros líos, que yo no he dicho nada
y, a no ser que ella diga lo contrario, hoy, sale conmigo —contesta Jorge,
mirándome intensamente. Dios mío, qué dura va a ser la noche—. Estás
preciosa, nena.
Se acerca más a mí y me planta un besazo intenso, de esos que te dejan las
piernas temblando. Cuando puedo recuperar mi cordura, aprovecho la
cercanía para observarlo mejor. Hacía días que no estábamos tan cerca. Su
olor y su calor me envuelven y me doy cuenta de lo loca que me tiene este
hombre. Ha conseguido descongelar mi frío corazón. Con sus manos, me
acaricia las mejillas y me vuelve a dar otro beso, no tan intenso, pero igual de
sabroso.
—Tú también estás muy guapo, fireman.
Al girarnos, un poco, para buscar a nuestros amigos, vemos que también se
comen el uno al otro. Estos mucho pelear, pero, después, no pueden mantener
sus manos y sus cuerpos quietos.
—Vaya dos, ni contigo ni sin ti. Venga, pareja, que vamos a llegar tarde —
les grita Jorge para llamar su atención.
—Qué cortarrollos eres, colega.
Por lo visto, han quedado en una pizzería que está a dos calles de nuestros
pisos, por lo que vamos dando un paseo. Hablamos de todo un poco, de cómo
nos ha ido el día y no paramos de reír de algunas anécdotas que nos comenta
Dani. Hasta que Tammy, cómo no, saca el tema clave. Ella no sabe estar
callada, ya me extrañaba a mí que hubiera aguantado tanto.
—Por cierto, Jorge, ¿ya ha llegado tu padre?
Me giro de golpe y la recrimino con la mirada. Cuando la pille se va a
enterar.
—Sí, claro, si no, no hubiera podido salir. Se ha quedado con Pol.
—¿Y le ha ido bien el viaje? ¿Ha vuelto contento?
—¿A qué viene ese interés, nena? —pregunta Dani a mi amiga con una
sonrisa.
—No he podido hablar mucho con él, parece que las gestiones que ha ido a
hacer se han podido arreglar. Y si tenemos en cuenta la sonrisa que traía y que
Juana es una mujer preciosa, entiendo que ha vuelto muy contento, sí. ¿Es eso
lo que querías saber, Tammy? —Vaya zasca le acaba de meter a mi amiga.
—Eso te pasa por chismosa —le digo en voz baja, a la cara de besugo que
se le ha quedado.
Oigo que los dos hombretones se echan a reír, por lo que puedo suponer
que Eduardo le ha explicado algo a su hijo, y este a Dani. Con esas risas,
llegamos a la puerta del restaurante. Allí ya nos esperan los compañeros de
Jorge. Puedo reconocer a Oso, al que es imposible no ver, dadas sus
dimensiones. También hay otro chico que me suena de mi visita al parque de
bomberos.
—Hombre, pero si ya ha llegado el soso de J y te has traído al madero —le
dice Oso, mientras lo estruja entre sus enormes brazos —. Y qué bien
acompañados venís, cabrones.
—Oso, no seas grosero, ¿qué van a pensar estas señoritas? —le dice Dani,
saludándolo efusivamente.
—No creo que ellas se asusten, ¿verdad, señoritas? Sophie, preciosa, qué
gusto verte de nuevo.
—Hola… ¿Oso? No sé cómo llamarte, me suena raro hacerlo así.
—Tú puedes llamarme como quieras, pero si estás más cómoda, mi nombre
es Manuel —me dice con un marcado acento andaluz—. ¿No me vais a
presentar a esta chica tan guapa? —pregunta, mirando a Tammy.
—Hola, Manuel, yo soy Tammy y soy amiga de Sophie. Por favor, ¡eres
enorme!
Todos estallamos en risas, la verdad es que tener a Oso cerca intimida. Es
una mezcla entre Vin Diesel y Dwayne Johnson. Veo que Jorge se dirige al
resto y se saludan, se nota que hay muy buen rollo entre ellos.
—Venid, chicas, que os presento —nos dice Jorge, mientras Oso y Dani se
quedan detrás, jugando como si fueran niños—. Sophie, Tammy; estos son
Blue, bueno, Pedro, y su mujer, Marta.
—Encantada de conoceros. Puede ser que tu cara me suene del otro día,
¿verdad? —Él me lo confirma con un movimiento de cabeza.
—Mucho gusto, chicas, no sabéis la ilusión que me hace poder salir a cenar
con más mujeres —nos dice Marta.
—Y él es Tom. Oso, Blue, Tom y yo llevamos varios años trabajando juntos
en los mismos turnos y la misma estación —nos aclara Jorge.
Después de todas las presentaciones, nos dirigimos a la entrada para ir
hasta nuestra mesa. La cena es maravillosa, no solo por la comida, que
también, sino por la compañía. Me duele la barriga de tanto reírme. Incluso
Jorge, con lo serio que parece, ha estado toda la noche con una sonrisa en la
cara. No me ha soltado la mano, cosa que no ha pasado desapercibida para sus
compañeros y hemos sido parte de las bromas y risas de la noche.
Casi al final de la cena, con el brindis y promesas de que esto hay que
repetirlo, Pedro y Marta nos sorprenden con la noticia de que van a ser papás.
Los chicos están muy contentos por Pedro y, sobre todo, porque va a ser el
centro de sus burlas durante los próximos meses.
Salimos de la pizzería sobre las doce y media. En la acera decidimos ir a
tomar algo y echar unos bailes. Estamos concretando si ir a una disco actual o
a un sitio de música latina, cuando me fijo en una figura que hay en la otra
acera. Hombre, metro noventa, más o menos; cabeza rapada, muy musculoso y
con traje y corbata. Levanta con disimulo la mano libre para saludarme. No
puede ser él.
Hace mucho tiempo que no lo veía, pero sé que ha estado siempre ahí.
Jorge me mira y se da cuenta de que ocurre algo. También lo ha visto, lo
demuestra la tensión de su cuerpo.
—Sophie, ¿va todo bien? Nena, ¿conoces a ese hombre? –me pregunta
preocupado.
—Eh… Sí, solo que... Ahora vengo.
No me salen las palabras y necesito respuestas. Lo dejo plantado en la
acera y cruzo. Sé que estará muy enfadado, pero...
Necesito saber qué narices hace aquí Steven.
Jorge
***
Sophie
Pobre, mi niña, debe de estar muerta de miedo, menos mal que está con
Juana, aunque esta estará como loca; seguro que se siente culpable. La pobre,
hace tantas cosas por nosotras…
—Jorge, ¿podrías llamar a Dani, a ver si coge el teléfono? Yo he vuelto a
llamar a Tammy y nada —le pido a Jorge, mientras subimos al coche.
—Claro, nena, pero tienes que estar tranquila. Los niños son así, siempre
con sus aventuras; anda que no me he caído yo veces —me dice Jorge para
calmarme, mientras marca en su móvil—. Dani, colega. Oye, ¿está Tammy
contigo? ¿Le puedes pasar el teléfono? Sophie tiene que hablar con ella. —
Jorge me entrega su teléfono.
—¡Hola, mi niña! ¿Me vas a invitar a comer? Supongo que has llamado a
mi móvil, pero estoy sin batería y el cargador de Dani no me sirve.
—Anda, loca, que no tienes cara ni nada. Mira, después, sí que vamos a ir a
comer, pero ahora necesito una cosa. Primero, tienes que poner el altavoz para
que Dani también me oiga, seguro que necesito su ayuda —le pido para
intentar no soltar la noticia, así, de golpe. Conozco a Tammy y, aunque seguro
que no es nada, es su niña y el susto hasta que no la vea será importante.
—Jolín, bonita, qué misterio. ¿No me digas que ya tenéis fecha para la
boda? —Oigo reírse a Dani por el altavoz.
—Calla, boba. Hola, Dani.
—Hola, preciosa, ¿qué necesitas?
—A ver, chicos, necesito que vayáis al hospital de La Paz. Juana y Eduardo
llevan un rato intentando localizarnos.
—Mierda, Sophie, ¿qué ha pasado? ¿Es Cloe? ¿Está bien mi niña? —Su
voz ya empieza a ser de histeria.
—Dani, ahora es cuando entras tú en acción. Mira, no tenemos mucha
información, solo que se ha caído del tobogán y están en Urgencias, parece
que se ha hecho algo en el brazo. No hemos podido hablar con Juana, pero sí
con Eduardo. Están allí a la espera del resultado, pero no es más que eso, una
caída, ¿vale?
Lo único que oigo al otro lado de la línea es como mi amiga del alma llora
y la voz de Dani dándole consuelo. Me duele tanto no poder estar ahí con ella
ahora mismo y poder abrazarla.
—Vamos, nena, te tienes que tranquilizar. —Oigo a Dani—. Oye, Sophie,
salimos ahora mismo hacia el hospital. Tammy está muy nerviosa y no puede
hablar, pero todavía te escucha, ¿le quieres comentar algo más?
— Tammy, cielo, tranquilízate que, si no, no la vas a poder ayudar a ella, es
una niña y seguro que estará asustada. Pero solo es el brazo, cariño, ya verás
como solo es el susto…
—Te ha oído, Sophie. Nos vamos ya, nos vemos allí.
Concentrada en hablar con Tammy, no me he dado cuenta de que ya hemos
llegado. Bajamos del coche y en la entrada del hospital, vemos a Eduardo y
Pol. La cara de nerviosismo de Eduardo lo dice todo. Pol ya nos ha visto y
corre hacia su padre, explicándole todo lo ocurrido.
—Papi, no veas que tortazo se ha metido Cloe, ha sido por culpa de otro
niño que la ha empujado para que bajara deprisa. ¡El muy tonto! —dice el
pequeño enfadado.
—Lo siento, chicos. No los hemos perdido de vista ni un momento, pero
ese niño... —nos dice Eduardo.
—Y a ti, ¿qué te ha pasado en la frente? —le pregunta Jorge a su hijo.
—Nada, ha sido solo un golpe —le responde el niño, bajando la cabeza.
Hasta yo, que todavía no lo conozco mucho, sé que miente. Miro a Eduardo
y veo que intenta esconder una sonrisa y su cara es de orgullo total.
—¿Qué hemos dicho de las mentiras, Pol? Sabes que papá te ha dicho
muchas veces que siempre tenemos que decir la verdad y, sobre todo a la
familia, así que ya me puedes explicar qué ha pasado.
El niño levanta la mirada y la alterna entre su padre y su abuelo, este último
asiente, dándole ánimos para que diga la verdad. Es una imagen tan tierna y me
encanta ser yo la que la pueda presenciar… Estos hombres son increíbles.
—Es que... es que... —El pobre está tan nervioso que no sabe cómo decirlo
—. Era muy tonto, papá. Y le ha hecho mucho daño a Cloe, y es mi chica.
Tenía que saber que a las niñas no se les hace daño, tú siempre me lo dices,
papi; que a las mujeres hay que tratarlas muy bien. Era más mayor que
nosotros y yo solo lo empujé y le dije que le tenía que pedir perdón, pero...
pero... —explica, atropelladamente y con unas lágrimas asomando a sus ojos.
—El otro, al ser más mayor, lo ha empujado y se ha dado con el tobogán, ha
sido solo un chichón —acaba su abuelo por él.
Es increíble que tan pequeño se haya enfrentado a otro niño por hacerle
daño a su chica, como dice Pol. Su padre no cabe dentro de él, se ve como el
orgullo le crece en el pecho por tener otro héroe en la familia. Ellos, muchas
veces, han arriesgado sus vidas para salvar la de los demás; estoy convencida
de que eso se lleva en la sangre. Mientras Jorge abraza a su hijo y le da la
charla de lo bien que lo ha hecho, pero que, para la próxima vez, sería bueno
que pidiera ayuda a algún adulto; oímos el ruido de la moto de Dani y vemos
como Tammy baja de esta; bueno, no baja, salta, más bien, y sin esperar a Dani
se dirige hacia nosotros.
—¿Y mi hija? ¿Dónde está? Quiero verla —pregunta, dirigiéndose a
Eduardo. Pronto se da cuenta de que Pol también tiene una herida y,
acariciando su cabecita, le pregunta—. Y a ti, ¿qué te ha pasado?
—Después te lo explicamos, es un poco largo —le digo yo—. Vamos al
mostrador a preguntar.
—¡Tammy! —la llama el pequeño. Cuando ella se da la vuelta, él continúa
—. ¿Le puedes dar un beso de mi parte? Para que se ponga buena pronto.
—Claro que sí, cariño —le contesta con una tierna sonrisa en la cara.
Entramos en el hospital ella y yo. Dani, va detrás de nosotras, no se ha
querido quedar con los hombres. Aunque ya le hemos dicho que, al no ser de
la familia, no lo van a dejar entrar, pero, el cabezón, ahí viene. No sé cómo,
pero consigue adelantarnos y es él quien pregunta por la niña. Tammy y yo nos
miramos, sorprendidas por su reacción. Parece que el duro policía tiene su
lado tierno.
—Saben que solo pueden entrar los familiares directos. ¿Ustedes son? —
pregunta la enfermera, que tiene una cara de malas pulgas que no veas.
—Somos sus padres —le contesta Dani, y coge a Tammy por la cintura
acercándola a su cuerpo. Esta mira a la enfermera y asiente con la cabeza,
vaya dos.
—Entren por esa puerta y los acercaré al box donde está su hija.
Tammy me mira con cara de disculpa, pero sé que está encantada de que la
acompañe Dani y no yo; no sabe nada, la tía. Les digo que esperaremos fuera y
los veo desaparecer a los dos cogidos de la mano. Mientras me alejo hacia la
entrada, noto mi móvil vibrar en mi bolsillo. Es mi padre, así que no dudo en
coger la llamada.
—Hola, papá, ¿cómo estás?
—Sophie, cariño... —Su voz suena apagada, por lo que deduzco que las
noticias no son nada buenas—. Ya está, ya se ha ido. Hace diez minutos que ha
dado su último suspiro.
Se me encoge el corazón y noto como las lágrimas descienden por mis
mejillas. Mi yaya. Siempre fue un gran pilar en la familia, fue una mujer recta,
pero con un gran corazón; en eso, mi padre siempre fue como ella, se
entendían a la perfección. Aún recuerdo mi última charla con ella, fue la que
me animó a dejar todo atrás y empezar una nueva vida lejos de todo lo que allí
me hacía daño. Nunca se llevó bien con mi madre, era una mujer muy lista y la
caló rápidamente; me aconsejó que, si quería ser feliz, me alejara de ella.
Suspiro profundamente, e intento mantener la compostura y no dar un
espectáculo en la calle. Al levantar la cabeza, a lo lejos, veo a Jorge con el
pequeño y su padre riendo y, como si lo llamara con la mente, levanta la
cabeza y me mira. Supongo que se da cuenta de mi estado porque veo como
frunce el ceño. Giro mi cuerpo para romper el contacto con él y me centro en
la conversación con mi padre.
—Papá, lo siento mucho. ¿Cómo estás?
—Bien, dentro de lo que cabe. Pero necesito salir de aquí, tu madre me va
a volver loco. Ya ha empezado a mandar a todo el mundo para que el funeral
sea por todo lo alto. Estoy hasta las narices de que, para ella, siempre sea
prioritario lo que la gente diga y no los sentimientos de los demás. Necesito
sacar la cabeza de toda esta mierda, hija.
Las últimas palabras ya han adquirido un tono más elevado de lo normal.
Tiene que estar muy desesperado, pues nunca pierde la compostura, no suele
chillar ni perder los papeles; bueno, solo con mi madre. Ella tiene esa
facilidad para sacar de quicio a todo ser viviente.
—Pitufa, he pensado que, si no te importa, iré yo a buscarte con el jet, así
me alejo de todo esto y, de vuelta, podemos charlar de cómo te va todo. ¿Te
parece bien la idea? —me pregunta, un poco contenido.
Él sabe que no me gusta depender de todo ese lujo y que quiero valerme
por mí misma. Supongo que es la manera que tengo de demostrarle a mi madre
que, para vivir mi vida, no necesito todo ese mundo que se ha creado a base
de apariencias y esa frialdad que hay a su alrededor.
—Claro que es buena idea. Si es lo que necesitas, no hay más que hablar.
Dime a qué hora llegas y me preparo para volver contigo.
Me comenta que sale en una hora y, como tampoco me voy a llevar mucha
cosa porque mi estancia va a ser muy corta, tengo tiempo de sobra para
prepararme. Me despido y cierro los ojos. Intento poner en orden mis ideas y
asimilar que voy a tener que volver a mi pesadilla durante unos días, que serán
muy duros. Noto a alguien detrás de mí, creo que reconocería su olor y su
energía en cualquier sitio, mi cuerpo se reactiva y estremece con su presencia.
Me coge de la cintura, acerca mi cuerpo al suyo, pone sus manos en mi vientre
y su barbilla en mi hombro y me abraza. No se puede ni imaginar cómo
necesitaba ese abrazo.
—Todo va a ir bien, pequeña. Sabes que estoy aquí para lo que necesites y
me podrás llamar sea la hora que sea, ¿vale? —me dice, cuando me da la
vuelta y acaricia mis mejillas con sus grandes manos, mientras me limpia las
lágrimas—. Siento tú perdida, nena.
Supongo que ha escuchado parte de la conversación, pero también se ha
dado cuenta de que parte de mis lágrimas y mi inquietud es tener que volver a
casa, aunque sean unos días.
—¡Juanaaaa! —Vemos pasar a Pol, por nuestro lado, y tirarse a los brazos
de Juana que sale por la puerta—. ¿Cómo estás? Sabes que no ha sido culpa
tuya, ¿verdad?
—Lo sé, pequeño, pero ha sido un buen susto, ¿no crees? Y tu chichón,
¿cómo va? —le pregunta ella, dejándolo en el suelo.
—Bien, ya casi no me duele. ¿Cloe va a salir pronto?
—Sí, ya falta poco para que salga.
Por un momento veo que desvía la mirada a nuestra espalda y vemos que
Eduardo se acerca despacio, al llegar a su altura ella se desmorona y se tira a
sus brazos para cobijarse en su cariño. Oímos como le susurra palabras que no
entendemos, pero supongo que son para tranquilizarla. Ella levanta la cabeza y
se dan un beso en la boca, cargado de ternura y amor.
—¡Jolínnnn! Ahora ya todo el mundo sabe nuestro secreto —dice el
pequeño, señalando con las manos a toda la gente que hay en la calle—. Hasta
papá y Sophie se han enterado de que sois novios y después soy yo el chivato.
Aunque Pol está enfadado, nosotros no podemos más que reír de sus
ingeniosas salidas. Dentro de la tristeza, siempre consigue sacarnos una
sonrisa.
Media hora después, le dan el alta a Cloe. Sale con su bracito escayolado y
en los brazos de Dani, al que se ha metido en el bolsillo con la misma rapidez
que a su madre. Nos vamos todos hacia casa para comer algo y descansar un
poco de esta tensión.
Mientras estamos en la cocina, les explico a las chicas que mi abuela ha
fallecido y que me voy unos días. Sé que puedo contar con ellas para lo que
necesite y así me lo hacen saber con sus abrazos y sus palabras. Juana sabe lo
que me pasó, pero no tiene ni idea de quién es mi familia, o eso creo; yo solo
se lo conté a Tammy, por lo que intento no hablar mucho del tema. No se hacen
una idea de lo que debe de estar montando mi madre por allí. Solo espero que
no haya mucha prensa. Después de comer, mientras todos descansan, yo
preparo una maleta pequeña con mi ropa y mis cosas de aseo.
—¿Puedo pasar? —me pregunta Tammy, asomándose—. Sabes que puedes
contar conmigo, ¿verdad? No te dejes vencer por esa gente, mi princesa de
hielo, tú eres muy fuerte y cien mil veces mejor que ellos, y lo sabes.
—Lo sé, honey. Pero va a ser muy duro. No te he dicho que viene mi padre
a buscarme en el jet —le digo, mientras pongo mis ojos en blanco—. Voy a
necesitar tu ayuda para que nadie me acompañe al aeropuerto.
—Claro, cuenta con ello. ¿Y Jorge?
—Intentaré explicárselo todo cuando vuelva, de momento tengo otras cosas
que afrontar. Oye, me voy a ir al BookCafé para organizar todo por allí, ¿vale?
Te quiero, brujilla —le digo, abrazándola con todo mi cariño.
—Y yo a ti.
Salgo de casa y me voy a mi negocio para poner todo al día y dejarlo en
manos de Trini y Carlos.
Jorge
Cómo la voy a echar de menos. Sé que está preocupada por tener que
volver a Nueva York, pero espero que entienda que no está sola. Que ahora es
diferente y que no tiene de qué preocuparse. Pol y yo hemos subido a su piso
para pasar un rato con ella antes de que se vaya, pero Tammy nos ha dicho que
se ha ido a Mi pequeño mundo, así que aprovechamos y nos dirigimos allí.
Pol entra delante de mí y yo echo un vistazo. Está en una esquina, la más
discreta. Mi hijo charla con Carlos, como si fueran amigos de toda la vida. La
verdad es que el tío me cae como el culo, pero tiene buena mano con los
niños; bueno, para ser justo, con la gente en general. Me acerco a ellos y lo
saludo con la cabeza, él responde de la misma forma e informa a mi hijo de
donde se encuentra Sophie, ya que él todavía no la ha visto. Ella habla con un
hombre de unos cincuenta años, con muy buena percha; va vestido con un
pantalón de traje en color beis, camiseta blanca, chaleco gris de punto y
americana marrón. Su ropa no es de cualquier tienda, se nota que es de
calidad, por lo que debe de tener dinero. Eso no es lo que más me inquieta,
podría ser cualquier cliente, pero no es el caso; la tiene abrazada por los
hombros, la mira con cariño y admiración e, incluso, le ha dado algún beso en
la sien.
—¡Hola, Sophie! Hemos venido a pasar un ratito contigo, antes de que te
vayas —le dice mi pequeño—. ¿Y tú quién eres? ¿Quieres ser el novio de
Sophie? Pues que sepas que ella ya está ocupada.
Todo esto se lo ha dicho con los brazos cruzados y pose de «chulito». Este
es mi niño, siempre defendiendo a la familia, aun así, voy a tener una charla
con el piojo este. Oigo como Sophie y el hombre se ríen y a mí también se me
escapa la sonrisa, pero no es plan.
—Pol, hijo, eso ha sido de mala educación, pide disculpas al señor, por
favor —le pido a mi hijo que sigue enfurruñado.
El hombre me mira, recto, serio, supongo que quiere intimidarme, cosa que
no consigue, por cierto. Se arrodilla para estar a la altura de mi hijo, supongo
que, para recriminarle, por lo que mi cuerpo se pone en estado de alerta. Mi
mirada se desvía momentáneamente hacia Sophie, esta me mira y me sonríe
con la mirada tímida.
—Así que esta chica tan guapa, ¿está ocupada? —le pregunta él, en español
con un marcado acento americano. Mi hijo asiente con la cabeza, pero no dice
ni mu—. ¿Y se puede saber quién es el afortunado?
—Pues mi papá, ¿tú no ves que buena pareja hacen? Además, Sophie es
muy guapa y muy buena, me gusta mucho que esté con nosotros, la quiero
mazo.
Al hombre se le ilumina la cara y se le escapa una carcajada al oír a mi
hijo. No sé cómo tomarme eso, pero lo que hace que mi pecho se expanda para
dar cabida a mi corazón, es ver como Sophie se limpia unas lágrimas que se le
han escapado.
—Vaya, pitufa, veo que lo tengo muy difícil. Es muy complicado ganarle la
batalla a este pedazo de admirador que tienes, no sé si quiero saber cómo te
defiende el padre —le dice a Sophie, riéndose—. Bueno, vamos a aclarar el
tema, que no quiero yo llevarme un ojo morado de España. —Vuelve a
agacharse a la altura de mi hijo, que está un poco descolocado, supongo que
no se esperaba la reacción de este hombre; él quería más guerra, estoy seguro
—. Me llamo Thomas y soy el papá de Sophie. Que sepas que me encanta,
que, al estar yo tan lejos, tenga a hombres como tú aquí, cuidándola. —Le
extiende la mano para que se la estreche.
—Yo soy Pol —le responde mi hijo, correspondiendo el gesto—. Sophie,
¿puedo ir a buscar un libro?
—Claro, cielo. Ven a darme un abrazo, anda —le pide. Él le dice algo al
oído y corre hacia la zona infantil.
Intento seguirle para saber qué le pasa a mi hijo, esa reacción no es habitual
en él. Le gusta mucho hablar con la gente, es muy sociable, en eso no sale al
padre, por supuesto, y me extraña que no haya acribillado a preguntas al padre
de Sophie. Supongo que yo me he quedado como él, un poco impresionado.
Ninguno de los dos nos esperábamos que su padre estuviera aquí, ni que la
viniera a buscar a punto de enterrar a su madre, porque a eso ha venido, ¿no?
—Déjalo un rato solo, después ya iremos a hablar con él —me pide
Sophie, agarrándome del brazo—. Jorge, te presento a mi padre, Thomas.
Papá, él es Jorge, el padre de Pol, el bombero, mi vecino...
—Su chico —le digo, mirándola—. Un placer conocerlo, señor. Siento
mucho los comentarios y la actitud de mi hijo, normalmente no es así de
grosero; no sé qué le ha pasado.
—No te preocupes, chico, me ha encantado ver que mi hija está bien
protegida en mi ausencia. Y, por favor, llámame Thomas. Para mí también es
un placer conocerte, Jorge. Me han hablado mucho de ti; aunque en la
distancia, yo también cuido de mi niña —dice, dándole un beso en la cabeza a
su hija.
—Siento mucho su pérdida. ¿Ha venido a buscar a su hija?
Me parece un poco raro que venga él a recoger a Sophie desde tan lejos.
Creo que hay algo que ella no me ha contado.
—Sí, necesitaba hacerme a la idea de su pérdida y alejarme un poco. Así
que he decidido venir a por mi pequeña —me contesta Thomas.
No me ofrece más explicaciones, lo que me lleva a estar más expectante
todavía. Sé que me estoy perdiendo alguna cosa, algo me ocultan y eso me
pone de mal humor.
—¿A qué hora sale nuestro vuelo, papá? —pregunta ella.
—A las seis de la mañana. Steven y yo —dice, mira detrás de mí y allí está
el personaje de la otra noche— pasaremos la noche en el Villa Magna, así que
puedes despedirte tranquilamente. A las cinco te pasamos a buscar.
La otra noche, ese tío salió de la nada y estuvo hablando con Sophie. Hoy
su padre se presenta aquí, como si fuera lo más normal del mundo meterse
siete u ocho horas de viaje, cuando está a punto de enterrar a su madre, para
venir a buscar a su hija y con el tal Steven, como si fuera algún tipo de
guardaespaldas. ¿Qué coño pasa? ¿A qué narices se dedica la familia de
Sophie para tener que llevar guardaespaldas? Salgo de mis pensamientos
cuando Thomas se despide de mí.
—Bueno, chico, ha sido un placer. Espero que podamos tener más rato para
charlar, en otra ocasión. Despídeme de tu pequeño y cuida de mi niña cuando
regrese —me dice, extendiendo su mano.
—Eso no lo dude. El placer ha sido mío —le respondo.
Se aleja de nosotros para despedirse de Carlos, al que parece que conoce
muy bien.
—Jorge, sé que todo esto te parece muy raro, que te extraña esta situación,
pero antes tengo que lidiar con la muerte de mi abuela y todo lo que eso
conlleva. Cuando vuelva, prometo explicártelo todo —me dice, acariciando
mi pecho—. ¿Por qué no subís después a cenar con nosotras y así nos
despedimos?
—Claro, después subimos —le contesto, y beso sus labios—. Voy a buscar
a Pol.
Cuando salimos, su padre ya se ha marchado con el guardaespaldas, y nos
dirigimos a nuestro piso. Los dos vamos tristes, parecemos dos almas en pena.
No nos gusta que Sophie se aleje de nosotros, aunque sean solo unos días.
Pero el que peor lo lleva es mi pequeño.
—Papi, ¿tú crees que Sophie volverá? No me gustaría que ella se fuera
para siempre como hizo mamá —me pregunta mi hijo con los ojos llenos de
lágrimas.
—Cariño, claro que va a volver, ella tiene aquí su vida. ¿Por qué piensas
que no volverá?
—Es que ha venido su papá, desde muy lejos, a buscarla. A lo mejor la
echa mucho de menos y la convence para que se quede con él, allí, en el otro
mundo.
—¿El otro mundo? —le pregunto, riendo. Mi hijo tiene cada cosa…
—Sí, el otro día Sophie me explicó de dónde es y me dijo que estaba muy
lejos, al otro lado del mundo. Digo yo que será otro mundo diferente si está tan
lejos, ¿no?
Cuando nos damos cuenta ya son las nueve de la noche y subimos a casa de
las chicas para cenar y despedirnos. Tengo miedo, señoras y señores. Podría
hacerme el valiente y actuar de forma fría, tal y como hacemos en los
incendios, pero no puedo, estoy acojonado. Sé que no hay motivos, pero tengo
la misma inquietud que mi hijo. ¿Y si no vuelve? La cena es rara, tensa, creo
que todos estamos tristes, cada uno con sus problemas y como hoy no está
Dani, porque trabaja, pues no tenemos payaso con quien reír.
—¿Has dejado todo atado en el BookCafé? —le pregunta Tammy, en un
momento de la cena.
—Sí, ya está todo listo con Carlos y Trini. Aun así, estaremos en contacto
todos los días. Igual que con vosotros, solo hay que recordar la diferencia
horaria con Nueva York.
—Vas a volver, ¿verdad? —le pregunta mi pequeño con la cabeza
agachada.
—Claro que sí, campeón —le contesta, sentándolo en sus piernas—. Aquí
está mi casa y mi trabajo, está Tammy y Cloe, que son mi familia, y, ahora,
también estáis vosotros. ¿Cómo no voy a volver?
Mi pequeño se queda más tranquilo y después de cerrar la cena con un
riquísimo postre, nos despedimos.
—Te voy a echar mucho de menos, nena —le digo en el rellano de nuestro
piso, mientras Pol ha ido a ponerse el pijama—. Van a ser unos días muy duros
para todos, pero ya sabes que, para cualquier cosa, a la hora que sea, yo estaré
aquí, ¿vale?
—Vale. Yo también os voy a echar mucho de menos. No me hace ninguna
gracia tener que volver y ver gente que no quiero ver, pero tengo que hacerlo.
Cuando regrese tenemos una charla pendiente —me dice, acercándose a mi
pecho.
Me rodea el cuello con sus brazos y yo la abrazo a mi cuerpo. Me vuelve
loco tenerla tan cerca. Pongo mi boca en la suya y le muerdo el labio inferior
para oírla gemir. La devoro, como si no hubiera un mañana, por si no
volviera…
***
No he pegado ojo en toda la noche. Menos mal que hoy no tengo que
trabajar, porque no rendiría correctamente. Son las ocho de la mañana, así que
solo hace unas horas que Sophie se ha ido y ya la echo mucho de menos.
Despierto a mi pequeño y, después de prepararnos, nos acercamos al colegio.
Al volver a casa, decido que iré al gimnasio un rato o a correr para despejar
la cabeza y dejar de pensar tanto. Estoy hecho un lío y no paro de elucubrar
sobre la vida de Sophie. Del misterio que envuelve el viaje de su padre. De
que el tal Steven haya estado presente estos días.
No soy capaz de desconectar y en vez de seguir los planes que tenía
pensados, hago algo que nunca pensé que haría. Enciendo el ordenador, abro
Google y, como en la visita de Thomas, cuando se despidió de Carlos le oí
decir su apellido, sin pensarlo demasiado y como tengo el presentimiento de
que esto no me traerá nada bueno, tecleo Sophie Prescot.
No me puedo creer todo lo que aparece, todo lo que ven mis ojos, pero mi
mente no es capaz de asimilar. Tendría que haber esperado a que ella me
explicara. Toda esta información es superior a mí. Hay un montón de fotos de
Sophie, en algunas sola, en otras con un hombre que se repite en varias, el que
supongo que será Mark, su ex. También hay alguna con Nico y con su padre.
De su familia al completo. Vestida de gala, de calle, en cenas o fiestas varias...
Leo algún titular: «La familia Prescot ya se encuentra entre las cinco familias más
poderosas de América». «Kick, la marca más utilizada por los deportistas».
Hay fotos de la familia con deportistas muy conocidos del otro lado del
charco. Toda esta información me satura y no sé cómo voy a ser capaz de
digerir todo lo que veo y leo. Tengo tantas dudas, tantas preguntas...
¿Dónde cojones me he metido?
CAPÍTULO 9
Sophie
Ya estamos en el jet, no recordaba que fuera tan bonito, hace tanto tiempo
que no me subía... Caben diez personas más la tripulación, con sus asientos de
cuero beis; a la derecha, hay seis asientos y a la izquierda cuatro más. Las dos
zonas con su mesa en medio, de las que aprietas un botón y aparecen y
desaparecen. Por supuesto los asientos se estiran, se recogen, se mueven... Al
fondo, hay un sofá con su televisión y una puerta donde se encuentra un
dormitorio, con su cama king size y un baño completo.
Parece mentira que ahora me pueda abrumar tanto semejante lujo, después
de todos estos años alejada de todo esto me doy cuenta de que, realmente, he
conseguido ser feliz sin vivir en este mundo.
—Sophie, cariño, ¿estás bien? —me pregunta mi padre.
—Sí, papá, solo pensaba… Soy tan feliz con mi vida que no he echado de
menos nada de esto —le comento, mientras señalo a nuestro alrededor.
—Eso es estupendo, cariño. Era lo que querías, ¿no? Empezar tu vida de
forma diferente y lejos de todo ese mundo mediático de carroñeros; lejos de
las personas que tanto daño te han hecho.
—Sí, así es. Y dado que lo he conseguido, tengo tanto miedo de que me lo
puedan volver a quitar... Ya sé que soy mayor y puedo hacer lo que yo quiera,
pero tanto mamá como Jana son personas tan manipuladoras y centradas en sus
objetivos, se lleven lo que se lleven por delante, que solo pensar en que
puedan llegar a hacer daño a las personas que tanto quiero...
—¿Por eso casi nadie en España sabe quién eres realmente? —Asiento con
la cabeza—. Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites, pero
creo que a Jorge se lo tendrías que contar. Parece un gran muchacho y te mira
con esos ojos de enamorado...
—¡Papá! ¿Pero qué tonterías dices? Sí que es verdad que es un gran
hombre, es una persona que se preocupa mucho por mí y nos estamos
conociendo, pero solo hace unas semanas que estamos liados. El amor no llega
así, de un día para otro.
—Hija, el amor llega cuando llega, mírame a mí, llevo unos treinta y cinco
años con tu madre y nunca conseguí enamorarme de ella, pero... —se queda
callado, sin continuar su explicación, como si le diera vergüenza decirme
algo.
—¿Pero…? Sigue papá, sabes que puedes contarme lo que quieras. Yo solo
quiero que seas feliz —le digo, mirándolo a los ojos.
—Sé que lo que te voy a explicar, no está bien. Solo te pido que no me
juzgues antes de que acabe la explicación. Que todo esto que te cuento, solo lo
sabía la yaya, bueno, y Steven —me dice, mientras mira hacía él—. Y del
mismo modo que yo respeto que, fuera de América, reniegues de tus raíces
porque tu motivo es poderoso, también pido tu respeto hacia mi silencio.
—Por Dios, papá, eso no lo tienes ni que pedir, son tus cosas, tus
problemas, yo jamás le diría nada a nadie. —Me mira y sonríe dándome a
entender que lo sabe.
Durante un rato se hace un silencio entre nosotros, no es incómodo, pero sí
lo noto inquieto. Traga saliva y cuando pienso que ya no me va a decir nada,
rompe su silencio.
—Fue una tarde, poco después de que tú te fueras, sabes que entre tu madre
y yo nunca hubo amor, ni tan siquiera una pizca de cariño; nada. Ese día me
llamaron para los resultados de la yaya, no eran buenas noticias y, aunque lo
imaginaba, reafirmar mis dudas fue durísimo. Tú te habías ido lejos, Nico
siempre fue una alma libre y Jana… ella es otro caso aparte. —Suspira para
coger fuerzas—. Ese día llegué pronto a las oficinas y decidí ir a tomar un
café fuera de allí. Me di cuenta de que al otro lado de la calle había una
pequeña cafetería y allí acabé. Me sentía tan triste, tan solo...
—Papá, mira, si no quieres seguir contándome... —Lo noto tan triste que no
sé si quiero que continúe.
—Pitufa, déjame acabar. Necesito desahogarme. —Su expresión es
demoledora, nunca había visto así de deshecho a mi padre—. No sé si fue el
destino o qué narices, pero allí estaba ella. Fue verla y resucitar de repente,
me cautivó su sonrisa permanente, su sencillez y la calidez que desprendía.
Bueno, también tuvo que ver lo guapa que es, claro. Desde aquel primer día,
fui todos los siguientes, era verla y volver a respirar. Alison me da la
tranquilidad y la serenidad que necesito. Me hace feliz, hija. Lo que más me
duele es no poder gritar al mundo entero que es mi chica. Quiero poder salir a
cenar o pasear con ella sin tener que ocultarnos. Tengo la suerte de que me
quiere tanto que lleva aguantando así casi siete años, Sophie.
Estas últimas palabras me las ha dicho mirándome fijamente. Yo lo único
que puedo hacer, es dejar escapar mis lágrimas por la congoja que siento en
mi padre, la impotencia que se aprecia por tener que frenar la vida que tanto le
gustaría vivir y ser feliz, por fin. Él levanta la mano y seca mis lágrimas. No
sé qué decirle, estoy sin palabras, pero no por rabia o por recriminarle nada,
más bien es por la impotencia de no poder ayudarlo.
Cuando me recupero del shock, me doy cuenta de que lleva con otra mujer
muchos años y que eso es muy difícil de esconder, sobre todo, para personas
como nosotros. También siento una gran curiosidad por la mujer que hace feliz
a mi padre. Por cómo es físicamente, si es de su edad, si tiene familia...
—¿Mamá lo sabe?
Es lo primero que se me pasa por la cabeza. Sé que a ella le daría
completamente igual, mientras tenga el dinero necesario para vivir su vida, lo
demás poco le importa.
—No lo sé, hija, supongo que sí. A tu madre no se le escapa nada. Siempre
tiene un as bajo la manga. Seguro que se imagina que hay más mujeres, hace
muchos años que ni siquiera nos acercamos íntimamente. Mientras pueda
seguir con su vida...
No sé qué decir, tengo tantas cosas en la cabeza que creo que me va a
estallar. Mi padre me dice que le gustaría aprovechar mi estancia para que
pueda conocer a Alison. Me hace mucha ilusión y, la verdad, es genial ver
como le cambia la expresión y su cara es de felicidad completa cuando habla
de ella.
Después de abrir nuestras almas como hacía tiempo que no nos pasaba, nos
damos cuenta de que ya hemos llegado a Nueva York. Al ser consciente, me
vuelve a atacar la ansiedad; además, le he enviado varios mensajes a Jorge y
no he obtenido respuesta alguna. Lo echo tanto de menos que, todavía no
hemos llegado, y yo ya tengo ganas de volver.
Cuando aterrizamos en la pista, ya nos espera un coche en el que meten
nuestros equipajes. Steven me abre la puerta para subir y posteriormente se
sienta en el asiento del conductor. La verdad es que, hasta ahora, casi no he
sido consciente de que él nos acompaña. Tiene una facilidad de pasar
desapercibido y parece que nunca se entera de nada, aunque estoy segura de
que es la persona que sabe más secretos de mi familia. El día que se canse de
aguantarnos y le dé por escribir un libro, nos vamos a cagar. Me mira por el
retrovisor y me dedica su media sonrisa, parece que me haya leído el
pensamiento. Estoy tan convencida de que nunca nos traicionaría que me
jugaría mi BookCafé. Steven es un gran hombre, para mí es como mi hermano
mayor, de forma muy discreta ha estado a mi lado; siempre he tenido un abrazo
por su parte cuando más lo he necesitado y ha velado por mí en la sombra.
Estoy convencida de que, incluso, todos estos años en Madrid, él ha estado al
tanto de todo y cuidándome como siempre.
Cuando veo que estamos en la cuesta hacia la casa de mis padres, decido
llamar a Jorge para informarlo de que hemos llegado y así poder escuchar su
voz, lo echo tanto de menos... El teléfono me indica que está apagado y me
extraña, ya que por su trabajo casi nunca lo apaga. Decido enviarle un mensaje
y le pido que me se ponga en contacto conmigo para poder hablar. Aprovecho
para llamar a Tammy, allí es mediodía.
—¡Hola, nenita! ¿Ya habéis llegado? —me pregunta, nada más descolgar.
—Sí, honey. Ya estamos entrando en casa. ¿Cómo estáis? ¿Está todo bien
por ahí?
—Sí, todo en orden, empezando la semana. Por cierto, esta mañana me ha
dicho Juana que te enviara muchos besos. ¿Tú estás bien? ¿Ya has visto a tu
madre?
—Estoy, que no es poco, y no, todavía no la he visto. Más tarde te envío un
mensaje y te cuento.
—Vale, mi princesa de hielo. —La oigo reír—. Dale un beso a tu padre, de
mi parte, y un abrazo al superhéroe. Te quiero mucho.
No me da tiempo a responderle cuando ya ha colgado. Tammy es tremenda
y doy gracias, todos los días, por tenerla a mi lado. El hombre que la
conquiste va a ser muy afortunado.
—Papá, Tammy te manda un beso y a ti, superhéroe, un abrazo. —Veo por
el retrovisor como Steven sonríe y niega con la cabeza.
Como podéis imaginar, mis padres poseen varias propiedades y no todas en
Estados Unidos, pero para poder tener una vida más cómoda (nótese la
ironía), viven en una casa adosada en Upper East Side. Podría decir que, para
poneros los dientes largos, la casita dispone de siete habitaciones y cinco
baños, una biblioteca y un despacho que utiliza mi padre. Un precioso, e inútil,
ascensor para subir los cinco pisos de que dispone el edificio. Y la parte que
más me gusta a mí, su preciosa terraza en la azotea. Pues eso, pero, al tener
una madre como la mía, os puedo asegurar que esto no es nada.
Steven nos ha dejado en la parte trasera, como casi siempre, por temas de
seguridad, como él nos dice, pero también porque la puerta de delante está
llena de periodistas.
—¿Preparada, pitufa?
Me pregunta mi padre una vez hemos parado frente a la puerta. Le confirmo
que sí con la cabeza, aunque estoy muy nerviosa; si solo hubiera podido hablar
con Jorge, seguro que él sabría qué decir para tranquilizarme. Pero ni un
mensaje, ni una llamada...
—¡Por Diosito lindo! Mi niña, Sophie... —Oigo que dicen en la puerta.
Este acento mexicano, sin duda, es de mi nana, Camila.
Lleva muchos años en nuestra casa, fue la persona que siempre nos cuidó y
ahora, que no hay niños, es la mujer para todo. Nos conoce tan bien que es
imposible vivir sin ella. Emigró de su país como muchos otros, muy jovencita,
y desde entonces está con nosotros. Aun con el tiempo que lleva en Estados
Unidos, su acento es inconfundible.
—Mi nana querida. —La abrazo con cariño—. Pero ¡qué guapa estás! Por
ti no pasan los años, Camila.
—¡Ay, mi niña! Tú sí que estas rechula, mírate, estás hermosa. Yo ya ando
viejita, muchacha. Los años pasan y no perdonan, mi niña Sophie. Solo le
pido, cada día, a mi virgencita de Guadalupe que me conserve para poder
volver a ver muchachitos por esta casota. —Me abraza con fuerza. Sé que me
quiere mucho, tanto como yo a ella.
Entramos abrazadas y charlando; preguntándole cómo sigue su salud. Sé,
por papá, que ha estado algo delicada, pero me alegro mucho de que ya esté
bastante mejor. Camila también fue un pilar muy importante cuando sucedió
todo con Mark y también sé que, desde entonces, mi madre no ha sido, lo que
se dice, muy amable con ella.
—¡Vaya! Si parece que la hija desagradecida ha vuelto a su hogar... —Esa
es mi madre, todo amor. Cuando nuestras miradas se encuentran, un escalofrío
cruza mi espalda, como si me hubieran clavado un puñal.
—Marga, no empecemos —le reclama mi padre, poniéndose en medio de
las dos—. Sophie no está aquí por gusto y lo sabes. Solo os pido que, por
respeto a mi difunta madre, podamos estar en paz estos días. ¿Ha quedado
claro?
Yo asiento con la cabeza y noto como Camila presiona mi mano para darme
fuerza. Todos estamos muy nerviosos y eso se nota en la tensión que se respira
en la sala.
—¿Ya sabemos a qué hora está previsto el entierro? —pregunta mi padre.
—A las cuatro. Si hubieras estado donde tenías que estar, ya lo sabrías —le
contesta mi madre, con esa frialdad que la caracteriza.
—Me voy a duchar y a descansar un rato. Tú deberías hacer lo mismo,
Sophie. Después, nos vemos.
Santa paciencia. No sé cómo mi padre todavía la aguanta, supongo que para
no armar un escándalo y que toda su vida se vea afectada por la prensa. Yo no
llevo aquí ni quince minutos y ya estoy hasta el gorro de su pose, de su mirada
despiadada y superior, como si todo girara a su alrededor y solo ella fuera la
dueña; y, sobre todo, de su frialdad.
—Véngase, mi niña, que la acompaño a su cuarto —me indica Camila,
tirando de mi brazo.
Cuando me deja a solas en mi antiguo cuarto, me doy cuenta de que mi
madre lo ha cambiado absolutamente todo. Ahora no es el cuarto de su hija, es
el cuarto de invitados, así que me queda claro que eso es lo que soy ahora; una
invitada más. Me siento en la cama y suelto un gran suspiro para despejar toda
mi mala leche del cuerpo y darme ánimos para afrontar todos estos días.
Cómo echo de menos a los chicos. Me encantaría poder oírlos para coger
fuerzas, así que aprovecho para llamar de nuevo, a ver si tengo más suerte,
pero nada. Sigue apagado y, ahora, sí que ya no puedo retener más mis
lágrimas de rabia y tristeza. Me siento tan sola...
Jorge
***
Voy camino del colegio para recoger a Pol y mi cabeza da vueltas con todas
las palabras de Juana. Intento asimilar todo lo que me ha dicho, hay muchas
cosas que encajan, pero, en otras, todavía tengo dudas.
—¡Hola, papi! ¿Ha llegado ya Sophie al otro país? ¿Has podido hablar con
ella? —me pregunta mi hijo, nada más aterrizar en mis brazos y darme un
beso.
—¡Hola, campeón! Sí, Sophie ya está en Nueva York, me ha enviado un
mensaje, pero todavía no he hablado con ella.
—¿Y tú crees que podríamos llamarla desde el coche con el sin manos? —
Me echo a reír por las expresiones de mi hijo.
—Se dice manos libres, no sin manos, hijo —lo corrijo—. Podemos
intentarlo, a ver si puede hablar.
Nos dirigimos al coche y, una vez dentro, activamos el manos libres y
marcamos el número, suenan cuatro tonos y oímos como descuelga. Mi hijo,
con el ansia de hablar con ella, no la deja ni contestar.
—¡Hola, Sophie! —le chilla mi hijo… literalmente.
—¡Hola, campeón! ¿Cómo estás? ¿Ya has salido del cole?
—Sí, hoy hemos ido a la piscina a nadar. Y tú, ¿ya has llegado a tu país?
¿Es muy grande? Yo quiero que nos envíes una foto para ver si es chulo.
Sophie se ríe y se me encoge el corazón solo de pensar en no volver a oír
su risa nuevamente. Cada día que pasa, soy más consciente de lo profundo que
se ha metido en mi interior.
—Claro, os envío una foto y, a lo mejor, algún día podemos venir hasta
aquí todos y os enseño las cosas tan chulas que hay. Por cierto, ¿por qué
chillas tanto?
—Es que estás muy lejos y quiero que me oigas bien.
—Pol, cariño, Sophie está muy lejos, pero por teléfono te oye
perfectamente, no hace falta que chilles; me vas a dejar sordo.
—¿De verdad me oyes si te hablo así, de normal? —le pregunta mi hijo.
Qué poca credibilidad tengo como padre.
—Te oigo súper bien, cielo.
—Te echo mucho de menos, vas a volver, ¿verdad?
Le pregunta mi hijo con los ojos brillantes, hay que ver el cariño que le ha
cogido en tan poco tiempo. No soy el único que ha caído a sus pies.
—Claro que voy a volver, Pol, sabes que solo he venido porque mi abuelita
se ha ido al cielo y le tengo que decir adiós. Pero en unos días estoy de vuelta
e iremos a dar un paseo al parque y a comernos un helado, de esos de
chocolate que tanto nos gustan, ¿vale?
—Vale —le contesta mi hijo, recuperando ya su sonrisa—. Podremos llevar
a Cloe, ¿no?
—Claro que sí, campeón.
—Bueno, ya está bien de tanto charlar, que se nos hace tarde. Despídete de
Sophie hasta otro día, colócate en tu silla y te atas —le pido a mi hijo, que se
había sentado en mi regazo.
—Adiós, Sophie, hasta otro día.
—Adiós, cariño. Un besito muy fuerte.
Mi hijo se dirige a su silla, en la parte trasera, y comienza a atar el
cinturón. Mientras, desactivo el manos libres para recuperar un poco de
intimidad y la saludo con un escueto «hola».
—Hola, fireman, ¿cómo estás? Te he enviado mensajes y te llamé en varias
ocasiones, pero no pude hablar contigo. ¿Va todo bien?
Cierro los ojos y suspiro profundamente, recordándome que tengo a mi hijo
en el asiento trasero y me debo controlar.
—Por aquí, todo como siempre. Y tú, ¿qué tal? ¿te está tratando bien la
prensa?
Mi tono ha sido duro y seco, pero necesito que vea que sé cosas y que estoy
enfadado. Se hace un silencio que parece eterno.
—Jorge, yo... —Noto como su voz tiembla. Sé que está preocupada y
sorprendida.
—Mira, Sophie, ahora tengo que llevar a Pol a karate, que ya vamos tarde.
Después ya volvemos a hablar. —Se genera un silencio incómodo, hasta que la
oigo aclararse la garganta para contestar.
—Claro, el entierro es a las cuatro de la tarde, hora de aquí. Cuando todo
acabe y llegue a casa, te llamo con tranquilidad y hablamos.
Su voz tiene un tono triste y da la sensación de que está llorando. Se me
encoge el corazón, pero no podemos empezar con mentiras y ocultando cosas.
Después de despedirnos y dejar a mi hijo en su clase de karate, decido
llamar a Dani, mientras espero a Pol, a ver si consigo que mi cabeza deje de
pensar tanto.
—Hombre, colega ¿qué es de tu vida, que andas desaparecido?
—Eso tú, que, si yo no te llamo, no te acuerdas de que existimos, está claro
que como no tenemos dos tetas, no nos necesitas para nada, capullo.
—Jajajaja, la verdad es que he estado un poco liado y no solo con dos
tetas; sobre todo con el curro. Tenemos mucho lío. ¿Vosotros cómo vais? ¿Qué
tal llevas la ausencia de la churri?
—Joder, Dani, tengo un cabreo de cojones. —Ya he estallado—. Me he
enterado de que Sophie me engaña.
—No jodas, ¿con otro tío?
—No, capullo, no es eso. Me he enterado de que su familia tiene mucha
pasta y nos lo ha ocultado. Bueno, supongo que Tammy sí que lo sabe, pero,
incluso, Juana no tenía ni idea.
—Joder, qué susto me has dado. ¿Y qué hay de malo en que tengan pasta?
Mira, así podrás comprarte un Porsche y me llevas a dar un paseo.
—Coño, Dani, contigo no se puede hablar. Todo te lo tomas a cachondeo.
—Perdón, perdón... A ver, explícame lo que te inquieta.
—Busqué a su padre en Internet y resulta que tiene una empresa de ropa y
accesorios deportivos y son unas de las familias más ricas de América. Lo que
no sé, es por qué nos lo ha ocultado. Ya sabes lo que me molestan las mentiras
y que me oculten cosas. Joder, no quiero volver a sufrir por una tía, Dani. Tú
ya sabes lo jodido que estuve. Y tengo la sensación de que lo que sentí con
Clara, no era ni la mitad de profundo que lo que siento ahora por Sophie. Ella
sí que puede hundirme por completo.
—Vaya, colega, pues sí que estás jodido. ¿Has podido hablar con ella?
—He hablado con ella, pero estaba Pol con nosotros y solo le he dejado
caer que sabía algo. Se ha quedado cortada y me ha dicho que, después del
entierro, intentará llamarme.
—Jorge, seguro que hay un motivo para que ella no haya comentado nada
del tema. Deja que se explique, que te exponga sus motivos. No te ofusques,
que te conozco y rápido sacas conclusiones precipitadas, y después te puedes
arrepentir. —Mi amigo me conoce muy bien—. Voy a intentar hablar con
Tammy, a ver si le saco algo. Más tarde te cuento, ¿vale?
Me despido de Dani, dándole las gracias, y acordamos que si se entera de
alguna cosa me lo contará. No sé qué pensar, todo se me hace cuesta arriba y
difícil de asimilar, pero más duro se me hace pensar en no volver a besar sus
labios o notar su cuerpo desnudo junto al mío. A eso, no me hago a la idea.
CAPÍTULO 10
Sophie
Madre mía, qué mal he hecho las cosas. Resulta que todo lo que yo
intentaba que no pasase, ha pasado. No sé lo que sabrá Jorge, ni de qué tipo de
información dispone, pero se lo tenía que haber explicado yo, maldita sea,
todo me sale mal...
Me siento triste y rota, me duele tanto el corazón... Entre la despedida de mi
abuela y la posibilidad de que Jorge no quiera saber nada más de mí, con la
consecuencia de no poder ver más a Pol, con el cariño que le tengo, me mata.
No puedo dejar de llorar, estar tan lejos y no poder aclarar las cosas con él me
destroza. Así me encuentra mi padre, hecha un mar de lágrimas.
—Pitufa, mi pequeña, ¿qué te pasa? —me pregunta, sentándose a mi lado en
la cama.
Ya viene arreglado, con su traje negro de tres piezas, impecable, camisa
blanca y corbata negra, aún dadas las circunstancias tan tristes, está muy
guapo.
—Estoy tan triste, la voy a echar tanto de menos, y, además, parece que los
problemas me persiguen. Cuando ya pensaba que podía dejar todo el dolor del
pasado atrás y empezar a ser feliz, todo se tuerce. ¿Es que no me lo merezco?
Dime, ¿no crees que la vida me podría dar un respiro? Tampoco exijo tanto,
jolines...
—Mi vida, eres una de las mejores personas que conozco, eres todo
corazón y es verdad que no te mereces por todo lo que has pasado, pero, a
veces, la vida nos pone pruebas para poder disfrutar, después, de la felicidad.
Todo llega, pitufa, estoy seguro de que serás muy feliz. Conseguirás a un
hombre que te respete y te quiera por encima de todo y podrás formar una
bonita familia. Supongo que parte de esta tristeza tiene que ver con Jorge, ¿no
es así?
—Sí, parece que se ha enterado de algo, todavía no he podido saber de qué,
pero, por sus palabras y su tono, no está muy contento con lo que ha
descubierto. Bueno, supongo que el motivo de su cabreo es que se lo haya
ocultado. Su vida tampoco ha sido muy fácil y le cuesta mucho confiar en las
personas.
—Habla con él, explícale tus motivos y si, aun así, no te entiende, ni te
perdona, es que no te merece, ni te quiere como debe —me dice mi padre,
limpiando mis lágrimas de las mejillas—. Bueno, ahora hay que arreglarse,
que casi es la hora de despedir a la abuela y no podemos llegar tarde, si no,
entre tu madre y la prensa nos despellejan.
—Pero bueno, ¿mi chica preferida todavía está así? —Ese es mi hermano,
el que siempre consigue sacarme una gran sonrisa. Nos fundimos en un sentido
abrazo—. A vestirse, ponte preciosa, como a la abuela le gustaría y vamos a
dejar a todos con la boca abierta. Después, ya afrontaremos los otros
problemas; uno a uno.
Me abraza y me besa la cabeza, con su comentario, me da a entender que, el
muy cotilla, ha escuchado detrás de la puerta. Podría enfadarme por meterse
donde no lo llaman, pero con él nunca puedo.
Todo es como yo me imaginaba; un circo, dirigido por mi madre, claro.
Incluso, me había dejado la ropa preparada; un traje de falda y chaqueta negro
con la camisa blanca, todo muy sobrio. Como os podéis imaginar no le he
hecho ni caso y, claro, cuando me ha visto bajar por la escalera con mi vestido
negro, con cuello de barco, ceñido hasta la cintura y con vuelo hasta la rodilla,
casi le da un síncope. Lo que sé que la incomoda es la flor rosa que va desde
la cintura hasta el bajo de la falda. A mi abuela le hubiera encantado, así que
es un homenaje a ella, me importa un carajo lo que piense mi madre.
—¿Ni siquiera, un día como hoy, puedes seguir el protocolo y respetar a tu
abuela? —pregunta mi madre.
—Marga, por favor, tengamos el día en paz —le contesta mi padre.
—Ni Marga ni leches, esto es culpa tuya por consentirle siempre todo. Mira
lo que estamos criando, una panda de desagradecidos y mal educados —dice,
señalándome a mí y a mi hermano—. Tanto dinero gastado en su educación
para nada. Menos mal que Jana es cabal y nunca nos deja en ridículo.
Estoy a punto de reventar, las palabras me arden en la punta de la lengua,
tengo tantas ganas de decirle cuatro verdades... Pero no es el momento ni el
lugar. Y eso entiende también mi hermano, que se pone a mi lado y me agarra
de la cintura, mientras ejerce un poco más de presión de lo necesario; supongo
que, también, tiene que coger fuerzas para no estallar. A él tampoco le importa
lo que piense mi madre y, por supuesto, el resto de la humanidad. Y ya no
digamos el protocolo. Su traje no es negro, es verde botella; la camisa no es
blanca, es color café con leche; y la corbata es marrón. Este es Nico, así es él;
menos mal que no ha llegado con el pelo verde o azul... Así que la prensa va a
disfrutar mucho con nosotros. Mi madre no sabe dónde meterse, pero esto es
lo que la abuela querría, que fuéramos nosotros mismos.
Salir por la puerta es toda una odisea, está llena de periodistas que poco
respetan nuestra pena, son unos carroñeros; no todos, por supuesto, pero pocos
se salvan. Los de seguridad nos escoltan para poder salir sin sufrir
contratiempos. Después de tanto tiempo fuera, yo soy el centro de atención,
por lo que voy rodeada de Nico y Steven que me abren el camino hasta la
limusina que nos espera. Me sorprende que dentro no estén mi hermana y
Mark, parece que van a ir por su cuenta.
Salimos hasta el tanatorio, que es desde donde saldrá el féretro, y donde
tendremos que recibir las condolencias de la gente durante unas horas. Es la
una del mediodía y el entierro no es hasta las cuatro, por lo que nos quedan
unas horas para ver pasar a diferentes personas y personalidades; desde el
alcalde hasta varios deportistas famosos, o gente que nos odia, pero que, por
tener tema de conversación y poder criticar, se han acercado.
Al fondo, en la enorme sala, ya diviso el pelo rubio de mi hermana Jana y
la altura de Mark, a su lado. El corazón me da un vuelco, no por celos, por
supuesto, es rabia, cabreo. Tengo un nudo en el estómago que me produce
ganas de vomitar. Noto a alguien, por detrás, que se acerca a mi oído.
—Sophie, respire o tendrá un ataque de ansiedad y su difunta abuela se
levantará de la caja para darle un merecido azote por dejarse vencer por ellos.
Usted es una mujer muy fuerte, no lo olvide. —Son las palabras de Steven las
que me hacen reaccionar.
No me deja ni a sol ni a sombra, supongo que sigue instrucciones de mi
padre. No le contesto, solo lo miro y asiento con la cabeza para que vea que lo
he oído y que no pienso venirme abajo. Me cojo a mi hermano, que va a mi
lado, para entrar en la sala, con la cabeza bien alta. No tengo que sentirme
culpable por nada, así que, adelante, sin mirar atrás.
—Espero que sepas comportarte como Dios manda cuando te acerques a tu
hermana. No demos más que hablar, ya bastante tienen con vuestros modelitos
—me reprocha mi madre, pero sin perder la compostura en ningún momento.
—Madre, si piensa que voy a tirarme a sus brazos como si no hubiera
pasado nada, está muy equivocada. Ya sé que a usted le importa mucho más el
qué dirán que los sentimientos de sus hijos, pero yo tengo mi orgullo y no
pienso hacer nada que no desee para tenerla contenta. —Me acerco para darle
un beso en la mejilla y así susurrarle al oído—. No necesito nada de usted, ya
no me intimida.
Por supuesto, no me acerco a mi hermana, ni a Mark; cuanto más lejos
mejor. No puedo negar que los dos están impresionantes. Mark sigue siendo un
hombre muy guapo y elegante; moreno, con su pelo algo canoso, su metro
ochenta y cinco y ojos azules, casi transparentes, pero como persona deja
mucho que desear. Ya sé que soy muy tonta y, aunque me hayan hecho mucho
daño, no les deseo nada malo; al contrario, espero que sean muy felices.
Durante las horas de espera, he intercambiado unos mensajes con Tammy
que consigue, como siempre, evadirme de tantos dolores de cabeza y sacarme
unas sonrisas, que comparto con mi hermano, mientras miramos las fotos que
nos envía de ella y Cloe. La última foto es la que más me impresiona, pues en
ella salen todos menos Tammy. Eduardo y Juana, Dani con Cloe y Jorge con
Pol. En el texto pone: «Te queremos mucho y te echamos de menos». Y yo a
ellos, no se imaginan cuánto.
—Todo se arreglará, ya lo verás, pitufa —me dice mi hermano.
Deja un beso en mi cabeza cuando le enseño la foto y ve mi cara de tristeza.
Se me escapan las lágrimas, por lo que me disculpo con él, y me dirijo al
baño. Cuando salgo del habitáculo, me encuentro con la persona con la que
menos ganas tengo de hablar; mi hermana Jana está frente al espejo,
retocándose el maquillaje.
—Vaya, vaya... La hija prófuga ha vuelto a casa. ¿Ya has conseguido dejar
de llorar tus fracasos y te has dado cuenta de que no vales nada? Pobrecilla,
ha tenido que regresar a casa con el rabo entre las piernas.
—Jana, no quiero discutir contigo y, menos aún, darte explicaciones del
grado de felicidad que hay en mi vida. Disfruta la tuya y déjame en paz. ¿O es
que ahora, como ya tienes el caprichito, te aburres?
—Jamás me llegarás ni a la suela de los zapatos, por eso Mark está
conmigo, yo sí soy una mujer, yo sí he sabido darle lo que necesita. Que te
quede claro de una vez que él estuvo contigo solamente para acercarse a mí.
—La cara de mi hermana está roja y desprende una ira inhumana.
—Señorita Sophie, ¿se encuentra usted bien? Si no sale en medio minuto
tendré que entrar a buscarla. —Son palabras de Steven.
Seguro que ha visto entrar a mi hermana y ya se hace una idea de lo que
puede pasar dentro.
—Ya salgo, Steven.
He tardado más de lo debido, enfrentando la mirada de mi hermana, ya que
la puerta se abre y la cabeza del guardaespaldas se asoma.
—Eso, huye, como haces siempre. Refúgiate en las faldas del sabueso...
—Señorita Jana, vigile, no se muerda usted la lengua y se envenene —le
dice este, enfrentándola—. ¿Nos vamos, Sophie?
Yo asiento y, cuando salimos, oímos a mi hermana murmurar un «capullo»,
dirigido a Steven. Insulto de impotencia, ya que sabe perfectamente que no
tiene nada que hacer contra él.
—Gracias. No voy a tener vida suficiente para agradecerte todo lo que
haces por nosotros, sobre todo, por mí. Todos estos años has estado ahí,
¿verdad?
—Espero no haber sido muy indiscreto —me contesta con una sonrisa en la
cara—. Solo tiene una forma de compensarme: tiene que ser feliz, muy feliz.
No me ha mirado, pero sé que lo ha dicho de corazón y la verdad es que
eso es algo que yo también quiero, pero las cosas están difíciles…
La misa es muy conmovedora, sobre todo, la parte en la que mi padre le ha
dedicado unas palabras de despedida a la abuela. Nos ha hecho saltar las
lágrimas a casi todas las personas que estamos allí: bueno, menos a mi madre,
claro está. Por mi parte, también ha sido emotivo poder reencontrarme con
muchas caras conocidas. Gente de la que tuve que alejarme hace años y no
había vuelto a ver; amigas y amigos del colegio y la universidad, con los que
compartí muchas horas de estudio y de fiesta. A medida que pasa la gente, en
un momento dado, noto cierto nerviosismo en mi padre. Lo tengo al lado y me
fijo en que la cara le cambia; de pronto, baja la guardia como si hubiera
llegado aire fresco y pudiera respirar mejor.
La culpable de ese estado es una mujer de unos cincuenta años. Cabello por
los hombros, ondulado y color castaño, un rostro muy natural, casi sin
maquillaje; no lo necesita, realmente es una mujer muy guapa. Lleva un vestido
negro, sin mangas, recto y sencillo. En sus manos, un bolso y una chaqueta. La
verdad es que es de esas personas que sin decir nada transmiten energía
positiva y se nota que tienen buen corazón. Enseguida me doy cuenta de que,
seguramente, es Alison, la novia o amante (no sé cómo llamarla), de mi padre.
—Te acompaño en el sentimiento —me dice al acercarse.
—Muchas gracias —le contesto y le doy un abrazo—. Por todo.
La dejo descolocada, ya que tarda en reaccionar, y mira a mi padre,
mientras frunce un poco el ceño, pidiéndole explicaciones. Este también la
abraza y le comenta algo al oído que nadie escucha. Hacen una pareja
increíble y sé, que puedo volver tranquila, que mi padre está en buenas manos.
Me dan envidia, de la buena, por supuesto. Me hubiera encantado poder tener
a Jorge a mi lado y que pudiera abrazarme para recomponer mi corazón de
tanta tristeza y tensión. Más lágrimas vuelven a descender por mis mejillas.
El entierro es muy duro, hacerse a la idea de dejar a un ser querido
enterrado y saber que no lo vas a volver a ver, ni poder abrazar o besar nunca
más en la vida, es un paso terrible. Los últimos en irnos somos mi padre y yo.
Mi madre se fue con Jana y Mark, y Nico con sus compañeros del grupo para
atender unas gestiones que tienen pendientes. Podemos despedirnos con calma
mientras Steven nos espera. Cuando pensamos en que ya es hora de irnos, nos
acercamos al coche y, al abrir la puerta, vemos que dentro hay una persona.
Alison está en el interior, esperando a mi padre, como todos los años que
llevan juntos. A los dos se nos pone una sonrisa en la cara y sabemos que es la
mejor forma de acabar este triste proceso, rodeados de buena gente, gente que
aporta.
Jorge
***
Poco después, llegamos al bar de Mario. Un bar, de estos pequeños, que
tenemos enfrente de la estación de bomberos, donde nos solemos juntar al
acabar el servicio. Vamos por la segunda bebida en la barra, cuando vemos
que queda una mesa vacía donde poder sentarnos.
—Bueno, ¿nos vas a explicar que ha pasado para que tengas más cara de
perro de lo habitual? Tío, que pareces un alma en pena... —me insiste Oso.
—Mirad. —Les acerco mi teléfono para que vean las fotos de Sophie, que
me he descargado por Internet.
—¡Joder, este es Scott Howard! El jugador de la NBA y Sophie está a su
lado. ¡Coño! Y este es el actor de cine que tanto le gusta a mi mujer —dice
Blue.
Se asombra cada vez más, mientras pasa las diferentes fotos que tengo
guardadas.
—¿Qué narices hace Sophie con toda esta gente?
—Su familia tiene una empresa de textil y accesorios deportivos. Kick, ¿os
suena?
Los dos asienten con la cabeza, ya que, aunque no es tan conocida en
Europa como en América, por aquí también se empieza a extender con rapidez.
—¿Cómo te has enterado? —me pregunta Oso.
—Eso es lo peor de todo; que me he tenido que enterar por Internet. Lo cual
me ha hecho una gracia de cojones. Después de todo lo que me pasó con
Clara, lo que menos me apetece es tener a gente con esta clase de secretos a
mi alrededor.
—Vaya tela, colega. La verdad es que a mí me pareció un encanto de mujer,
aparte de que está buenísima, claro. Si la vas a dejar ir, ¿puedo tirarle los
tejos? —me dice Oso, el cual recibe una colleja con su correspondiente
empujón por su comentario—. Es broma, J. Ahora, en serio. ¿Has podido
hablar con ella? ¿Te ha podido explicar por qué no te lo ha dicho? La conozco
muy poco, pero creo que debe de haber una razón de peso para que no haya
dicho nada.
—No he podido hablar con ella, está en Nueva York, ha fallecido su abuela
y se ha ido con su familia. Tanto Juana como mi padre me han dicho lo mismo,
que antes de darle vueltas a mi cabeza hable con ella, pero no sé si merece la
pena liar más la cosas. Todavía estoy a tiempo de sacármela de la cabeza, no
hace tanto que nos conocemos. Y también está Pol, creo que lo tiene tan loco
como a mí, no quiero que lo pase mal.
—Yo pienso como Oso, a mí me pasó algo similar con Marta, también me
enteré de cosas que ella no me había dicho y estuvimos separados unos meses.
Cuando se me pasó la mala leche y la dejé explicarse, todo tenía sentido. Deja
que se explique y después tomas una decisión —me explica Blue.
Sí, seguro que mis amigos tienen razón, en caliente no es bueno tomar
decisiones; después, siempre te arrepientes. En mis pensamientos estoy,
cuando me suena el móvil. Me lo saco del bolsillo y veo que es de la estación
de bomberos.
—¿Pasa algo? —me pregunta Oso, al verme fruncir el ceño.
—Es de la estación, qué raro. Quizá, me he dejado sin firmar algún
informe...
—Jajajaja. —Se ríen mis compañeros.
A estas alturas, ya conocen mi problema con los papeles. Descuelgo y
saludo para ver quién me llama. Es Claudio, un compañero del turno siguiente.
—J, ¿todavía estás por aquí cerca?
—Sí, en el bar de Mario, ¿qué informe me he olvidado de firmar esta vez?
—Oigo como se ríe.
—No, colega, todo está en orden. Es solo que hay aquí una persona,
buscándote.
—¿Alguien buscándome?
¿Quién puede ser? Todos mis conocidos saben mi número de teléfono y no
tengo ninguna llamada perdida.
—Sí, la verdad es que si no fuera una mujer tan guapa e insistente no te
habría molestado. Eres un capullo, tío, siempre estás rodeado de bellezas.
Pensaba que te iban más las morenas, pero veo que no le haces un feo tampoco
a las rubias, pillín...
Mi reacción no se hace esperar y me levanto de un salto de la silla, de la
fuerza, esta casi se cae al suelo y mis compañeros se levantan conmigo,
extrañados. Creo que mi cuerpo lo ha adivinado antes que mi cerebro, pues
tengo la piel de gallina y me ha recorrido un escalofrío por todo el cuerpo, que
casi hace que se me caiga el móvil al suelo.
— ¿Jorge? ¿Va todo bien? —Oigo al otro lado de la línea.
—Sí, sí. Perdona, ¿te ha dicho cómo se llama?
Tengo que salir de dudas. Solo puede ser ella, hace mucho tiempo que no
tengo ningún rollo con una rubia. Como bien ha dicho Claudio, soy más de
morenas.
—Creo que ha dicho que se llama Clara. ¿La conoces?
Mi cara debe de ser un poema y creo que me he puesto más blanco que una
hoja de papel. Oso, al ver mi reacción, me ha hecho sentarme de nuevo en la
silla por miedo a que me caiga. Casi cinco años, ¿qué narices quiere esta
mujer ahora? No puede ser, maldita sea, no la quiero cerca de nosotros, no la
quiero cerca de Pol, y espero que no se encuentre con Dani porque es capaz de
echarla del país.
—Ahora voy. Gracias por llamar, Claudio.
Al colgar la llamada, me doy cuenta de que me cuesta respirar. ¿Será
posible que esta mujer me descoloque de esta manera? Con todo lo que me ha
hecho pasar. No, no lo pienso permitir. Mi reacción es pasar del blanco
pálido, por la impresión de la noticia, al rojo fuego, de la rabia y el cabreo
que me genera la situación.
—Jorge, ¿va todo bien? ¿Quieres que te acompañemos? —me pregunta
Oso, al darse cuenta de mi cambio.
—Todo lo bien que puede ir cuando tu ex regresa, después de casi cinco
años de haberte abandonado con un hijo.
Sé que ellos no tienen la culpa y mi tono no es el más adecuado, pero dadas
las circunstancias, sé que lo pueden entender.
Me levanto de la mesa y camino hacia la estación. La sangre me arde en las
venas. Oigo como ellos me llaman, intentan frenarme; ya me conocen y se
levantan para alcanzarme. No les hago caso, por supuesto; voy directo a mi
objetivo, bastante ofuscado. Cuando entro en la estación, me dirijo a la sala
que tenemos en la entrada para las visitas y allí la veo. Está algo cambiada, su
pelo es más rubio y algo más largo, lleva un vestido ceñido azul marino que le
queda como un guante. Siempre fue una mujer muy guapa y con un cuerpo
espectacular que, por supuesto, ha recuperado muy bien después de tener un
hijo. Ese pensamiento hace que se me revuelvan las tripas y consiga recordar
el porqué de mi odio hacia ella. Con todo lo que me aporta mi hijo y todo lo
que yo lo quiero, por el que daría la vida, nunca entenderé como una madre es
capaz de abandonar a su propio hijo para disfrutar de su vida.
—¿Se puede saber qué cojones haces tú aquí? Creo recordar que, la última
vez que hablamos, quedó muy claro que no te quiero cerca de nosotros. Tú
escogiste la opción de largarte.
Mi tono de voz ha sido elevado y duro, lo que ocasiona que su cuerpo dé un
salto de estremecimiento.
—J, colega, cálmate. Creo que este no es el lugar más adecuado para
mantener este tipo de conversaciones —dice Oso.
Me sujeta del hombro, ha llegado poco después que yo, por lo que ha
podido oír todo lo que le he dicho. Y como él, el resto de los compañeros que
están fuera de la sala.
—Solo quería hablar contigo. Me voy a trasladar a Madrid y quería...
—¡Y una mierda! —La corto para que no siga—. Por tu bien, mantente
alejada de nosotros. No se te ocurra acercarte a mi hijo o conocerás una parte
de Jorge que nunca has visto y te puedo asegurar, que no se parece en nada al
gilipollas que conociste y al que utilizaste como te dio la gana.
Dicho esto, me doy media vuelta y salgo de la sala. Les digo a mis
compañeros que acompañen a la señorita hasta la salida.
—Oye, J, espera, tío. No puedes coger el coche en ese estado. O te calmas
o no te dejo ir. Cálmate, joder. Sé que no te lo esperabas, pero no le des la
satisfacción de ver cómo te altera. Mira, haremos una cosa; voy a llamar a
Dani, a ver si puede venir a buscarte. ¿Te parece?
Me pregunta Oso, frenándome con su enorme cuerpo, el cual intento
sacarme de encima sin ningún tipo de éxito. Hasta creo que pruebo de darle un
puñetazo que él esquiva sin ningún problema.
Cedo y procuro respirar con normalidad, ya que, entre la mala leche y
pelear con la resistencia de Oso, estoy agotado. Oigo como habla con Dani
por teléfono, adelantándole un poco lo que ha sucedido y dónde nos
encontramos. Mientras, abro mi coche y me siento con las piernas fuera y la
cabeza gacha entre mis manos. Así es como me encuentra Dani al cabo de
quince minutos, que es lo que ha tardado en llegar.
—Gracias por todo, Oso —le dice, dándole un abrazo.
—Estamos en contacto. Jorge, si necesitas cualquier cosa, no dudes en
llamarme, ¿vale?
Asiento con la cabeza, le debo una muy grande a Oso, es un amigo
increíble.
—Vamos, sal de ahí, que conduzco yo. —Me cambio de sitio en el coche—.
He hablado con tu padre, de camino. Me ha dicho que no te preocupes, que él
se queda con Pol.
Aprovecho el trayecto, sin preguntar adónde vamos, para enviar un mensaje
a mi padre.
Jorge:
«Estoy bien, no te preocupes. Solo necesito sacar esta rabia».
Su respuesta me llega de inmediato.
Eduardo:
«No te preocupes, hijo, tómate el tiempo que necesites. Pol está con Juana y conmigo, y vamos
a cenar. Te quiero mucho, no lo olvides».
Sophie
Ya han pasado dos días desde el entierro de la abuela. Ayer, mi padre habló
con el abogado y le informó de que el notario vendría mañana, jueves, a leer
el testamento. No hemos conseguido que viniera antes, por lo que tengo que
aguantarme. Con las ganas que tengo de volver a Madrid... Sobre todo,
después del mensaje que me ha enviado Jorge, él no es así, no es tan
dramático. No sé por qué, pero sospecho que le ha tenido que pasar alguna
cosa. Son las doce de la noche en España, por lo que tampoco puedo llamar a
Tammy.
Estoy de los nervios, así que aprovecho y bajo hasta la cocina; seguro que
Camila ya está con la cena.
—Hola, mi chamaca linda. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que te prepare algo?
—me pregunta mi nana, dirigiéndose hacia la nevera.
—No, nana, estoy algo triste y solo necesito conversación, a ver si así, me
distraigo un poco —le comento, cogiéndola de la mano—. Siéntate conmigo,
anda, y cuéntame cómo te va todo, ¿cómo sigue tu salud?
—Mi niña Sophie, no sé si es buena idea, como nos vea su mamá... —No la
dejo acabar, solo faltaba que no pudiera hablar tranquilamente con ella, con la
que he pasado más horas de mi vida y a la que quiero como si fuera mi madre,
o puede que más.
—No te inquietes, mi nana, si mi madre te echa de casa, te llevo conmigo
para España, así conocerás a toda mi gente de allí.
—Bueno, pues, qué carajo. Entonces, explícame cómo son —me pide,
sentándose a mi lado.
—¿Quieres que te diga cómo es mi familia de España? —le pregunto con
cara de felicidad.
Poder expresar lo que me hacen sentir Tammy, Cloe y Juana me encanta,
porque soy feliz a su lado.
—Claro que sí, mi niña, se te ilumina la cara al nombrarlos. Solo por eso,
seguro que son muy buena onda. Cualquier persona que haga sonreír a mi
chamaca linda ya tiene un sitio en mi corazón. Pero también quiero que me
hables de ese hombre que te ha robado el corazón. Ese que te hace brillar los
ojitos de ilusión y, a veces, de tristeza.
—Caray, nana, cómo me conoces —le digo, sacando mi teléfono.
Le he ofrecido mil veces la posibilidad de comprarle un teléfono para
poder enviarnos fotos, pero me dice que ella ya no tiene edad para aprender
estas tecnologías.
—¿Me vas a enseñar fotos?
—Claro que sí. Mira, esta morenaza de aquí es Tamara. —Le enseño un
selfie que nos hicimos una noche de fiesta, hace unos meses—. Es toda
vitalidad, alegría, optimismo. Es cariñosa y una gran amiga. Es la única que
sabe por todo lo que he pasado y siempre ha estado a mi lado. No sé qué haría
sin ella...
—Es una mujer muy bella. Esa mirada azul tan intensa transmite mucha paz,
mi niña. Se nota que os queréis mucho.
Camila es una persona que se guía mucho por la mirada de la gente, no es
que posea ningún don, simplemente, cree que la mirada transmite mucho de las
personas.
—Sí, la verdad es que siempre se lleva a los chicos —le confieso. Y nos
echamos a reír las dos—. Esta es Cloe, la hija de Tammy. Es nuestra preciosa
niña, nuestro terremoto. Con este diablo no tenemos ni un minuto de
tranquilidad.
—¿Estáis viviendo las tres solas? —me pregunta con cara de sorpresa.
—El papá de Cloe, si se le puede llamar así, huyó cuando se enteró del
embarazo. Poco después, Tammy y yo nos encontramos. Queríamos el mismo
piso y, para no pelearnos, lo cogimos juntas. Y ahí entra Juana —le digo,
enseñándole una foto de ella—. Es como nuestra madre. Siempre nos ha
ayudado un montón a las dos y se desvive por la niña.
—Mi chamaca, me alegro tanto de que allí estés rodeada de esta gente tan
buena y seas tan feliz... Siempre te he echado mucho de menos, pero la
decisión de irte ha sido lo mejor que pudiste tomar —me dice Camila,
cogiendo mis manos—. Y ahora, quiero ver a ese hombre, para quedarme con
su cara por si le hace daño a mi niña...
Me río y niego con la cabeza, pero estoy convencida de que, si pasara algo
y mi nana se lo encontrara, le liaría un buen pollo.
—Este es Jorge.
Le enseño la foto. Es un selfie que nos hicimos cuando fuimos a comprar la
cama de Pol, fue una foto que le enviamos a Tammy porque no se creía que
estuviéramos comprando muebles. Me encanta esta foto porque salimos los
dos riendo, cosa rara en Jorge.
—Caray, mi niña, que hombre tan chido y sexy —me dice, levantando las
cejas varias veces.
—¡Nana! Pero bueno... —la reprendo sorprendida. Nunca me ha hablado
así de un hombre, incluso con Mark siempre ha dicho que era un hombre
guapo, pero sexy... no—. Hace poco que nos conocemos, pero me siento muy
bien a su lado. Me llena, me hace sentir querida, me siento plena en sus
brazos, pero es complicado.
—Sophie, si el amor es puro siempre vence. Ves paso a paso, con calma.
Habla con él, explícale todo lo que te inquieta. El porqué no le has contado
todo de tu vida. Si crees que él vale la pena, sé sincera y lucha por el amor,
lucha por la felicidad.
La miro con una ceja alzada, preguntándole sin palabras, como sabe ella
todo eso que yo no le he contado.
—Tengo mis contactos —responde a mi pregunta no formulada, haciéndose
la interesante.
—No sé, nana. No solo estamos Jorge y yo, también está Pol, su hijo, es su
vida y yo no quiero que el niño sufra si después lo nuestro no funciona. La
madre del pequeño los abandonó y su vida no ha sido fácil.
—Solo te puedo decir que hables con él. Primero, te tienes de preguntar a ti
misma qué sientes por este hombre, ¿lo tienes claro?
Si hay algo claro en mi vida, ahora mismo, es lo que siento por Jorge. Antes
de venir estaba confundida, pero ahora, en la distancia, lo tengo clarísimo.
—Estoy loca por él, nana. Nunca he sentido nada igual por nadie. Si algo
tengo claro es que estoy enamorada de Jorge.
—Vaya, vaya... así que mi hermanita se ha enamorado. Qué tierno todo —
dice Jana, aplaudiendo.
Ha entrado en la cocina sin que nos demos cuenta. Mi primera reacción es
saltar de la silla, coger mi teléfono para que no pueda ver las fotos y ponerme
a la defensiva. Está claro que viene con las intenciones de siempre, hacer el
mayor daño posible.
—Veo que tu vida sigue igual de aburrida que siempre si te dedicas a
escuchar conversaciones ajenas e interesándote por la mía —le reclamo a mi
hermana—. Después nos vemos, nana. Yo no voy a cenar en casa, he quedado.
Intento salir de la cocina, pero mi hermana está en medio y me impide el
paso.
—¿No le vas a enseñar a tu hermana cómo es ese amor tuyo? Solo para
darle el visto bueno...
—Sal de mi camino o te arranco todos los pelos de la cabeza. No te
acerques a mí, ni a mi gente, o vas a conocer a la nueva Sophie y puede que
esta no te guste tanto como la anterior.
La empujo hacia un lado y salgo de la cocina, aún escuchando a mi hermana
como recrimina a mi nana.
—Camila, que no se te olvide cuál es tu lugar en esta casa o tendré que
hablar con mi madre para que te recuerde que no eres más que la sirvienta.
Podría dar la vuelta, explicarle a mi querida hermana cuatro cosas y
ponerla en su lugar, pero sé que eso, aún complicaría más la vida de Camila
en esta casa que, me imagino, por lo que me cuenta mi padre, no es muy
agradable. Todas las personas que me han apoyado o defendido en algún
momento son enemigos de mi madre y utiliza su poder sin ningún tipo de
remordimiento.
***
***
Tammy:
«Coño, ¿qué haces despierta?».
Sophie:
«Jaja, he ido de cena con unas antiguas compañeras y ahora no tengo sueño».
Tammy:
«Ya nos has cambiado por otr@s».
Sophie:
«A vosotros no os cambio por nada ni nadie. ¿Sabes algo de Jorge?».
Tammy:
«¿Me puedes llamar? Tengo ganas de escuchar tu voz y así te explico».
Oh, oh, algo ha pasado. Tardo cero segundos en llamar a Tammy para que
me explique, a ver si puedo sacarme este nudo que se me ha puesto en el
estómago. Me coge el teléfono al segundo tono.
—¡Hola, nena!
—¡Hola, Tammy! ¿Va todo bien? Por Dios, qué angustia, sé que algo ha
pasado.
—¡Eh! Tranquila, ¿vale? Si no te calmas, no pienso explicarte nada. Ayer,
había quedado con Dani para cenar, pero a última hora lo canceló. Esta
mañana me ha llamado para contarme el motivo por el que no pudo venir. —
Hace un silencio, mientras parece coger fuerzas para hablar.
—Por favor, Tammy, me estoy quedando sin uñas de los nervios, me va a
salir una úlcera...
—Pasó la noche con Jorge. Al acabar su turno, se fue a tomar algo y lo
llamaron para que volviera porque había una persona que preguntaba por él.
Era Clara, su ex, la mamá de Pol… y parece que viene con idea de quedarse.
—¡¿Cómo?! No puede ser que vuelva después de tanto tiempo. Con razón
ayer se le notaba tan hecho polvo. Me envió una canción, era preciosa, pero
muy triste. Ya sospechaba algo, pero esto...
—Pues sí, niña, está bastante afectado y, por lo que me ha contado Dani,
creo que hoy va a tener una gran resaca. Si tienes un momento, llámalo, seguro
que le gustará oír tu voz. Dani estaba muy cabreado y, sobre todo, preocupado.
Se ha cogido unos días libres para estar pendiente de él.
—Menos mal que tiene a Dani y a su padre, a su lado. ¡Me da tanta rabia no
estar ahí! Espero que no siga tan enfadado conmigo. Hoy vienen a leer el
testamento, tan pronto quede libre, me vuelvo. Por cierto, ¿cómo sigue Cloe
del brazo?
—Esta mejor. Entre Juana y Dani no paran de mimarla todo el día. Y como
la niña no sabe nada, pues se aprovecha. Espera que te la paso, está aquí con
el desayuno.
—¡Hola, tita Sophie! ¿Cuándo vuelves? Te echamos de menos.
—¡Hola, princesa! Pronto, muy pronto. Yo también os echo mucho de
menos. Pero, cuéntame, ¿cómo va ese brazo?
—Muy bien, ya no me hace daño. Dani me ha hecho un súper dibujo y me
ha quedado muy chuli. Tita, te quiero mucho, vuelve pronto, ¿vale? Voy a
desayunar, que tengo un hambre...
—Adiós, mi niña, pásalo bien en el cole. Yo también te quiero mucho.
—Te paso a mami.
Oigo como Tammy le pide que se dé prisa, que va a llegar tarde al cole.
—Bueno, mi niña, ya me cuentas si hablas con él y me informas de cuándo
llegas, ¿vale?
—Vale, Tammy. Gracias por contármelo. Te quiero mucho, amiga.
—Y yo a ti. —Me cuelga, como hace siempre.
Me he quedado muerta, ¿para qué narices aparece esa mujer ahora, después
de tantos años sin saber nada de ella? No creo que haga esto por nada, tiene
que haber una razón para que vuelva.
Me voy a la cama, dándole vueltas a la cabeza. Si, como bien me ha dicho
Tammy, Jorge ayer se pasó con la bebida, seguro que estará durmiendo. Lo
llamaré más tarde. Quiero que sepa que voy a estar a su lado, que
afrontaremos estos problemas juntos; bueno, siempre que él no esté muy
enfadado conmigo y no quiera saber nada de mí.
Jorge
Jorge:
«Estoy despierto. Cuando quieras me puedes llamar».
***
Sophie
***
Sophie
Qué día más intenso, estoy muerta, tengo jet lag, menos mal que en el viaje
he podido descansar. Tendría que dormir un poco, pero he echado tanto de
menos a los chicos que solo me apetece recuperar el tiempo perdido y me
apachuchen, como diría mi querida nana. Y aquí me encuentro, esperando en
el sofá a que Jorge acabe de poner a Pol en la cama y dejar que me mime un
poco, o mucho, ya veremos.
—Ya está, creo que hoy va a caer pronto. Y tú tienes cara de cansada, ¿jet
lag? —me pregunta, acercándome a su cuerpo.
—Sí, estoy reventada, demasiadas emociones, últimamente. Y tú, ¿cómo lo
llevas? Me ha comentado Juana que te has vuelto a encontrar con Clara —le
pregunto, mientras introduzco mi mano dentro de su camiseta para poder sentir
su piel.
—Esa mujer saca lo peor de mi persona, no soy capaz de controlarme
cuando está cerca. Encima, tiene la cara de decirme que todavía me quiere,
que Pol es su hijo y que no se va a rendir... —me comenta, tirando la cabeza
hacia atrás, en el sofá; gesto que aprovecho para darle un mordisco y un beso
para relajar los ánimos.
—Si te preocupa, tengo un amigo que es abogado, donde trabaja Tammy. Es
muy bueno, le puedo pedir que le eche un ojo a tu caso.
—Nena, yo no puedo pagar a esos abogados —me comenta, levantando la
cabeza para mirarme—. Eres preciosa.
—Yo podría...
—Pequeña, no quiero tu dinero, yo solo te quiero por tu cuerpo. —No me
deja acabar, sonríe y pone su dedo en mi boca para que no siga.
Seguro que se puede sentir ofendido por ofrecerle mi dinero, pero yo solo
quiero ayudarlo, no lo digo para presumir y sé perfectamente que el dinero
ayuda mucho, pero los que me conocen bien saben que no le doy tanta
importancia; yo no soy como mi madre. Salgo de mis pensamientos cuando se
estira encima de mí y noto sus manos subir por mis piernas y arrastrar mi
vestido; las caricias queman mi piel.
—Por fin solos y toda para mí —susurra cuando sus manos llegan a mis
pechos y me da un beso fogoso, necesitado.
Se nota que no solo nuestras mentes, sino también nuestros cuerpos, se han
echado de menos. Deslizo su camiseta hacia arriba para quitársela y poder
recorrer su cuerpo con mis manos, que lo reconocen al instante. Llego a sus
pezones que presiono un poco más fuerte, consigo ponerle la piel de gallina y
sacarle un gemido.
—Joder, nena, como me pones...
Mientras, interrumpe sus besos en mi cuello para sacarme el vestido. Se
incorpora un poco para mirarme intensamente y admirar mi cuerpo, se muerde
el labio inferior, gesto que me pone húmeda al instante. Aprovecho que está de
rodillas, medio incorporado, para desabrochar el cinturón y el pantalón donde
ya noto su miembro presionar, exigiendo ser liberado.
—Creo que va a ser mejor llevarte a mi habitación, no sea que a cierto
hombrecillo le dé por aparecer, nos pille en faena y coja un trauma —me dice,
poniéndome en su hombro como si fuera un saco de patatas.
De la impresión, suelto un pequeño chillido que él castiga con una palmada
en mi culo, la que provoca que mi cuerpo se estremezca de pies a cabeza y me
arranque un gemido. Madre mía, me pone tan cachonda que creo que podría
llegar a correrme solo con un soplido. Al llegar a su habitación cierra la
puerta y me suelta sobre la cama con delicadeza. Aprovecha para arrastrar las
manos por mi cuerpo y llevarse mis bragas en el descenso. Me incorporo en
mis codos para observar al pedazo de hombre que tengo enfrente, sin camiseta
y con los pantalones desabrochados. No tiene un cuerpo excesivamente fuerte,
no tipo culturista, pero sí que está definido y se le notan todos los músculos.
Me relamo los labios y pellizco el inferior entre mis dientes. Oigo como bufa,
conteniéndose las ganas de poseerme.
Me incorporo, arrastrándome por la cama hasta quedar entre sus piernas, a
la altura de su miembro. Deslizo mis manos, hago presión con mis uñas por su
pecho, bajo por sus abdominales hasta llegar a su pantalón. En el proceso,
noto como aguanta la respiración y deja caer la cabeza hacia atrás. Continúo
con mi objetivo de deshacerme de los obstáculos para poder llegar a mi
premio. Él me ayuda en el proceso, y acaba de sacar su pantalón, calzoncillos
y calcetines. Cuando se incorpora, consigo hacerme con mi amiga, a la cual
mimo con mis manos, deslizándolas arriba y abajo con cariño, con
movimientos lentos. Pongo una de mis manos en la base y amaso despacio,
mientras acerco mi boca a su erección. Empiezo tímida, con pequeños
lametones, pero rápidamente cambio el ritmo y la engullo entera, disfruto de su
sabor y su dureza. Oigo que los gemidos de Jorge son más rítmicos y como
maldice. Noto sus manos en mi espalda para desabrochar mi sujetador.
—Para, pequeña, no quiero correrme en tu boca y, si sigues así, no voy a
poder contenerme.
Me estira de nuevo en la cama, una vez se ha deshecho de mi sujetador, y
desciende con su boca, besando partes de mi cuerpo hasta llegar a mi sexo, el
cual adora con su lengua, recreándose en mi clítoris, al que da tímidos
mordisquitos que alivia de nuevo con su lengua, mientras acuna mis pechos
con sus manos. No aguanto mucho, en realidad, no aguanto nada; en un suspiro,
mi placer que se ha generado desde mis pies y ha ido subiendo con sus
atenciones, consigue hacerme estallar en un tremendo orgasmo que Jorge tiene
que acallar con sus besos para que no despierte a Pol.
—¡Joder! Te he echado tanto de menos, nena... Lo siento, pero esto va a ir
rápido —me dice, e introduce su sexo de una estocada, demostrando así su
necesidad de mí.
Acabamos los dos desmadejados, encima de la cama, mientras intentamos
que nuestras respiraciones se estabilicen. A pesar de mi cansancio, consigo
girarme para acercarme a su pecho y que me abrace, se está tan bien entre sus
brazos.
—¿Estás bien? Siento si he sido un poco brusco, pero es culpa tuya, me
vuelves loco... —pregunta, dándome un beso en la cabeza.
—Estoy bien, yo también te necesitaba...
Se crea un silencio. Cuando creo que se ha dormido, noto su mano que
acaricia mi espalda, levanto la cabeza y apoyo la barbilla en mi mano, encima
de su pecho para poder observarlo. No está tenso, pero por su ceño fruncido
sé que los engranajes de su cabeza trabajan a destajo. Estiro mi mano para
alisar las arrugas que se generan en su frente.
—¿Qué te preocupa? Deberías dejar en reposo un rato esta cabeza y
relajarte un poco.
—Solo pensaba. Hace mucho tiempo que no me sentía tan bien, tan
tranquilo y, a la vez, tan nervioso y preocupado. Es una sensación rara que no
controlo y me inquieta. ¿Me entiendes?
—Sí. Mis sensaciones son parecidas, estoy feliz y tranquila, como hace
tiempo que no estaba. Tengo claro que todo es porque estoy a tu lado. Pero, a
veces, me embarga el miedo de que todo esto que nos rodea, todo lo que
arrastramos, pueda pinchar la burbuja y se lleve mi felicidad de nuevo.
Después, analizo todo lo que he vivido estos días o veo como mi padre y
Alison viven su amor, a pesar de todos los inconvenientes, y pienso que yo
también quiero luchar así y voy a intentar ser feliz, a pesar de todo.
—Espero que, dentro de tus planes para ser feliz, tengas sitio para dos
hombres que están locos por ti.
—Por supuesto, tengo amor para todo el mundo.
—De eso no tengo ninguna duda —dice, dándome un tierno beso en los
labios.
Cuando creo que ya hemos acabado la charla y podemos descansar, hago el
intento de levantarme para vestirme e irme a mi piso; al estar Pol aquí, no creo
que sea buena idea que nos vea dormir juntos, pero no me deja incorporarme.
—¿Tienes prisa? Como ya te has saciado de mi cuerpo, ¿piensas huir? —
me pregunta, fingiéndose ofendido—. Un ratito más, anda. Explícame cómo te
ha ido por Nueva York.
Miro esa cara de pillo, a la que no puedo resistirme, con esos morritos y
ojos de pena, y acabo por ceder a su petición.
—A ver, ¿por dónde empiezo? Lo mejor de mi estancia allí ha sido poder
volver a ver a mi nana, hacía tiempo que no la veía. Hemos tenido nuestras
charlas, las he echado mucho de menos, siempre tiene buenos consejos para su
«chamaquita», como ella me llama.
—¿Lleva muchos años con vosotros?
—Media vida, mis padres la contrataron cuando nací yo. Jana tenía dos
años y la importante vida social de mis padres se les complicaba con otro
bebé. Camila debía de tener unos veinte años. La quiero mucho, ella ha sido
como mi madre, ha estado a mi lado siempre, incluso en los malos momentos.
Por este motivo, mi madre no la tiene en muy grande estima, supongo que si
sigue en casa es por mi padre, ella ya la hubiera echado, fue una aliada de sus
enemigos.
—¡Joder, con tu madre! ¿No se supone que la que tendría que apoyarte es
ella? Bueno, es tu madre. Me imagino que es complicado interceder cuando el
problema es con dos de tus hijas, pero, en este caso, tu hermana se metió
donde no debía...
—Como puedes ver, mi familia no es muy convencional. Por lo visto, no
saber retener a un hombre a mi lado y que mi hermana consiguiera quitármelo
—esta última palabra la entrecomillo con mis dedos—, no me hace una hija
digna de mi madre, así que prefiero hacer mi vida lejos de ella, de su dinero,
su frialdad y maldad. Creo que he hecho algo en otra vida que le ha molestado
mucho y se está vengando.
—¿Por eso no le has comentado a nadie quién eres?
—Por eso y por todo lo que rodea mi vida. Ya has visto, mi familia no es
una familia al uso. Tienen bastante dinero gracias a mis abuelos paternos, que
fundaron la empresa textil de deportes Kick, que ahora dirige mi padre. Por
acuerdos entre familias, lo hicieron casarse con mi madre, una mujer con alto
poder adquisitivo y perfecta para él, según mis abuelos, claro; porque entre
ellos nunca hubo amor. Tienen tres hijos, a cuál más diferente. Sus hijas se
pelean por un hombre, su hijo es un cantante lleno de tatuajes... Siempre hemos
sido carnaza para los periodistas, así que cuanto más lejos de ellos y cuanto
menos sepan mejor.
—Uf, vaya culebrón —dice, y sonríe de medio lado—. Yo soy bastante
fotogénico, aunque mi lado derecho es el mejor.
—No te burles, tonto. Esto es serio. En necesario que si, realmente, quieres
seguir con esto que tenemos, pienses que cabe la posibilidad de que, algún
día, nos tropecemos con fotógrafos o periodistas y no es una experiencia muy
agradable. Aquí no somos tan conocidos y en los años que llevo aquí, solo me
han molestado en dos ocasiones, pero...
—¿Estás intentado asustarme? —pregunta, levantando sus cejas—.
Mientras a ti no te importe ser la novia de un pobre bombero, que está loco
por tus huesos, con un hijo a cuestas y una exnovia pirada que lo persigue...
—¿Tú que crees? Estoy encantada de ser la novia de este humilde fireman,
que tiene un hijo que me ha robado el corazón y bueno, con su exnovia ya
veremos qué hacemos, juntos.
Saca a relucir esa preciosa sonrisa que enseña en contadas ocasiones al oír
mis palabras, tendría que sonreír más a menudo, es un hombre tremendamente
guapo cuando lo hace.
—Pues yo creo que podré soportar la presión de la prensa, no creo que sea
un sacrificio; por estar a tu lado haría cualquier cosa. —Me besa y acaricia
mis mejillas con sus manos—. Lo que no puedo entender es que, si tus padres
no se quieren y tu padre está con Alison, ¿por qué no se separan?
—La vida de mi madre gira entorno el dinero y el poder; ella es así, esas
son sus prioridades. Su posición social y el qué dirán es prioritario para ella.
Nunca va a permitir que mi padre se divorcie de ella; hará todo lo posible, le
exprimirá todo el dinero que pueda, antes que ceder y estar en boca de todo el
mundo por su divorcio. Por eso mi abuela, que la conocía bien, solo le ha
dejado a mi padre todo lo relacionado con la empresa, lo demás lo ha
repartido entre sus nietos. Tenías que ver la que se armó el día de la lectura
del testamento.
—O sea que, ya sé a quién te pareces, de quién has heredado esa
inteligencia. —Me guiña un ojo—. Ven aquí, anda, que te voy a enseñar de lo
que es capaz este humilde bombero para retenerte a su lado.
Es casi la una de la mañana cuando consigo que me suelte y poder llegar a
mi piso. Me he duchado con él, así que me desvisto, me pongo el pijama y
nada más poner la cabeza en la almohada me quedo dormida con una sonrisa
tonta en mi cara. Ahora todo es fantástico y lo voy a disfrutar a tope, pero
también sé que, si esto sigue adelante, mi madre va a hacer todo lo imposible
por poner trabas a mi relación. Aunque no me tenga mucha estima, no va a
permitir que una de sus hijas tenga como pareja a un bombero, no es suficiente
categoría para ella.
Lo que tengo claro es que voy a luchar con uñas y dientes por esto que
siento por Jorge. Ya no soy la pobre chica rica que hace siete años huyó para
reconstruir su corazón roto. He madurado y soy mucho más fuerte, y ahora que
he conseguido recomponer mi corazón de nuevo, no pienso rendirme
fácilmente; no sin luchar. Si algo tengo claro es que estoy loca por Jorge, que
ahora sí sé lo que es estar enamorada y que quiero ser parte de su vida y de la
de Pol.
Jorge
***
Sophie
***
Últimamente las cosas han estado en calma. No hemos vuelto a saber nada
de Clara. Me imagino que las advertencias de Dani han hecho efecto y,
seguramente, habrá vuelto a su vida anterior, por lo que nos ha dejado en paz y
eso ha ayudado a que la relación con Sophie vaya mejor que bien. Intentamos
disfrutar el uno del otro todo lo que podemos, porque entre nuestros trabajos,
la familia y los amigos, poco tiempo nos queda. La verdad es que con ella
todo es más fácil, más llevadero y es maravilloso encontrar un ratito para
poder desatar nuestra pasión, que no es poca. Cada vez me cuesta más
alejarme de ella y no poder despertar a su lado todos los días.
Lo que peor llevamos los dos es la relación, o mejor dicho la no relación,
de nuestros amigos. Es curioso que, todos a su alrededor, veamos que están
hechos el uno para el otro, que están enamorados; y ellos no sean capaces de
verlo y poder arreglar sus diferencias. Después de la fuerte pelea que
tuvieron, se dieron una tregua, pensábamos que todo iba bien hasta que, de
pronto, hace unos diez días, volvieron los morros y las malas caras. Parece
que han cortado toda relación. La que peor lo lleva es Cloe que no entiende a
los adultos, pobre. Después de su nueva pelea, Dani me llamó y me dijo que
como le debían muchos días, iba a hacer una escapada al sur para ver a su
hermana; que necesitaba despejar la cabeza y poner su vida de nuevo en orden.
Hablamos cada día, ya sea por mensaje o por teléfono. Sé que se hace el
fuerte, pero no está bien, creo que se había hecho ilusiones con Tammy y Cloe
y, aunque él nunca lo diga, tiene ganas de asentar la cabeza. En su consciencia
sabe que Tammy es la mujer ideal para él y se siente frustrado por no poder
conseguir lo que desea.
Y así es como pasan los días, tan veloces que, cuando te quieres dar cuenta,
se van yendo los meses y casi ni nos enteramos. Ya estamos a finales de junio,
a punto de acabar el colegio y empezar las vacaciones de verano. Yo tengo
tres semanas en agosto y mi padre se va a llevar dos semanas a Pol a la playa
en julio, el resto del verano lo pasaremos en Madrid con las actividades que
hacen para los niños.
—Chico, te vas a quedar tonto de tanto pensar —me comenta Oso,
devolviéndome al presente—. ¿Va todo bien en el paraíso?
—Claro que sí, ¿por qué tendría que ir mal?
—Porque Sophie es mucha mujer para ti, capullo. Te lo he dicho mil veces,
si necesitas ayuda para tenerla contenta, me avisas, pichafloja.
Todavía no ha acabado la frase cuando sale corriendo y yo detrás de él.
Como lo enganche, por muy grandullón que sea, se va a llevar unas hostias...
Menos mal que es mi colega y sé que jamás se entrometería en mi relación con
Sophie, pero le encanta meterse conmigo. Que conste que yo jamás he sido un
hombre celoso, al revés, con mis aventuras nunca me he atado a nadie y no he
tenido necesidad de sentir celos, pero con Sophie es distinto. Ella es mía, en
el buen sentido, y parezco un desequilibrado cuando hay moscones alrededor o
me pongo enfermo de pensar que otro hombre la pueda tocar como la toco yo.
Consigo alcanzar a Oso en la sala de gimnasia que tenemos en la estación, lo
hago caer al suelo y me siento encima de su gran espalda, sujetándole la cara
contra el suelo con una mano para que no pueda levantarse. El muy cabronazo
se descojona en mi cara y mi superioridad pierde toda importancia.
—Retira lo que has dicho, capullo. A mi morena ni tocarla. Está bien
servida, de eso me encargo yo. No necesita tu pichita microscópica para nada.
—Cómo nos gusta a los hombres meternos con los miembros de los otros.
—¡Está bien, está bien! Me rindo.
—Así me gusta —le digo.
Me retiro de su cuerpo y le ofrezco mi mano para que pueda levantarse. Me
doy cuenta de que lleva un sobre del que antes no me había percatado, se ha
arrugado un poco e intenta estirarlo para que quede como estaba. Cuando
parece que tiene la forma deseada me lo ofrece.
—Toma, capullo, es para ti. Mira lo que has hecho, lo has arrugado todo,
espero que no sea nada importante...
Cojo el sobre que me ofrece y lo reviso por las dos caras para comprobar
que realmente sea para mí y no sea una broma de Oso, que no sería la primera
vez. Pone mi nombre en rotulador negro y está cerrado con celo.
—Me lo ha dado Ricardo, dice que estaba en el buzón de la entrada —
contesta a mi pregunta no formulada al darse cuenta de que lo miraba con cara
de duda.
Hago la intención de abrirlo cuando por megafonía oigo que me llaman.
Hoy me toca a mí preparar la cena y creo que los chicos tienen hambre. Oso
no dice nada, se da la vuelta y se larga a realizar sus tareas de hoy. Me dirijo
hacia la cocina y guardo el sobre en mi bolsillo del pantalón, ya lo miraré más
tarde con calma. Preparo la cena, con ayuda de Blue, y aprovecho para
preguntarle por Marta y saber cómo va su embarazo, ya casi está de cinco
meses y ahora parece que se encuentra mejor; ya no tiene tantos vómitos y no
está tan cansada.
—Y tú, ¿cómo lo llevas? Yo me acuerdo de que estaba acojonado. Cuando
nació mi pequeño y me lo dieron, no sabía ni como cogerlo, parecía que se iba
a romper. Después te acostumbras, lo ves crecer y es lo más grande del
mundo.
—La verdad es que ahora empiezo a hacerme a la idea, ya se va notando la
barriga y Marta está como loca preparándolo todo. Empezamos a ser más
conscientes del cambio que nos espera. Supongo que cuando lo vea y lo coja
en mis brazos, sí que me voy a cagar vivo.
—¿Ya sabéis si es niño o niña?
—Es un niño. La verdad es que nos daba igual, al ser el primero... Mientras
todo salga bien, no importa lo que tenga entre las piernas.
Mientras acabamos de cocinar, seguimos hablando de todo y de nada y nos
echamos unas risas. Al acabar, servimos la comida y cenamos todos juntos.
Tengo la suerte de que estoy en un grupo en el que todos nos llevamos bastante
bien y la convivencia es agradable. Cuando trabajamos, estamos muchas horas
juntos y en las salidas es primordial confiar al máximo en tu compañero, eso
es de vital importancia. Nos dan las diez de la noche y cada uno se dedica a
relajarse, ya sea a mirar la televisión, escuchar música o leer un libro. Yo
aprovecho para retirarme a mi cama y me estiro para intentar dormir un rato,
nunca sabemos cuándo puede sonar la sirena y hay que estar alerta. Mientras
intento cerrar los ojos, recuerdo que en mi bolsillo he guardado el sobre que
me dio Oso; lo saco y le vuelvo a dar vueltas para intentar averiguar que es.
Algo me dice que no me va a gustar lo que hay dentro, no sé el porqué, pero
algo no me cuadra.
Abro el sobre con cuidado, como si fuera un paquete bomba y pudiera
estallar en cualquier momento. En el interior hay un papel doblado por la
mitad y unas fotos. Saco primero el papel y lo leo.
«Ella no es tan transparente como parece, oculta muchas cosas que tendrías que saber, ándate
con ojo».
¿Qué narices significa esto? Esas líneas están escritas a ordenador y no está
firmada, por lo que no tengo ni idea de quién me lo envía. Saco las fotos del
sobre y caen todas en mi cama. Se me para el corazón y parece que me cuesta
respirar. No puede ser, no me puede pasar esto a mí. Hay cuatro fotos en total,
la primera que miro, aparece Sophie con Carlos, muy juntos y ella cogiéndolo
del brazo. En la siguiente también salen ellos. Ella le tapa la boca con la
mano. En otra, los dos se ríen, con mucha complicidad; y en la última, la que
me remata, se están besando o eso parece. Estoy tan aturdido que no me entero
de que tengo a Oso de pie a mi lado. Me mira, alternativamente, a mí y a la
cama, con cara de preocupación. Oigo como llama a alguien y en un momento
me encuentro rodeado de Oso y Blue.
—J, oye tío, ¿estás bien? —me pregunta Oso—. ¿Eso es lo que contenía el
sobre?
Yo asiento con la cabeza y le paso la hoja con la frase. Cuando la acaba de
leer se la pasa a Blue y los dos se miran sin entender nada. No soy capaz de
reaccionar, no sé si estoy cabreado, triste o decepcionado. Yo pensaba que
todo estaba bien, que nuestra relación funcionaba y resulta que siempre me la
ha jugado con el capullo de Carlos. Ya decía yo que no me caía bien. ¿Cómo
he podido estar tan ciego?, ¿cómo me he dejado engañar con tanta facilidad?,
si es que no escarmiento. No entiendo nada, no me puedo creer que, hasta
ahora, Sophie fingiera conmigo, en nuestras tardes de charla, o en las noches
de pasión. ¿Puede ser que me falte el aire?
—Oye, colega, seguro que todo esto tiene alguna explicación. Detrás de
esto hay alguien que no quiere veros juntos, está muy claro —me dice Blue—.
Un sobre que llega aquí, la carta en ordenador y las fotos... no sé, J, yo no lo
veo claro; aquí hay gato encerrado.
—¿Y quién cojones va a perder su tiempo fastidiándonos? Pero ¿tú has
visto estas fotos? Si hasta se están besando, ¿o es qué no lo veis?
—Jorge, Blue tiene razón. Ahora estás enfadado, celoso, y no ves las cosas
con claridad. Si te fijas bien en las fotos no hay nada raro, parecen dos
amigos, sin más. El beso, depende de la perspectiva desde donde sea tomada
la foto, puede parecer una cosa u otra. Antes de volverte loco, que te conozco,
habla con ella y se las enseñas, a ver qué te explica.
—A mí me parecen muy reales, no puedo entender que alguien quiera
separarnos. ¡Joder! me voy a volver loco...
—Vamos a ver, tío, te puedo hacer una lista… Clara, tu ex; el ex de Sophie,
su hermana, su madre... ¿Quieres que siga? —enumera Oso para que vea que,
realmente, hay mucha gente a la que no les hace gracia que estemos juntos—.
Me da que ahí ya hay mucha maldad junta, ¿no?
No tengo tiempo de asimilar todo esto, ya que, en ese momento, suena la
sirena y nos tenemos que ir; hay un incendio en un edificio. Intento centrarme
al máximo, no puedo ir con este lío en la cabeza. Veo como me miran Oso y
Blue, están preocupados por mí. Saben lo peligrosa que puede resultar una
salida cuando no tienes la cabeza donde debes.
—Muchachos, parece que el incendio es intenso, van varias dotaciones. Se
ha generado en un cuarto piso y se ha extendido rápidamente. Estemos alertas.
Nos comentan que los cimientos están bastante dañados ya que es un edificio
muy antiguo, ¿entendido? —informa nuestro superior.
Intento dejar mis problemas a un lado y centrarme en lo que tenemos
delante; un fuego dantesco. Nos asignan por grupos y a mí me toca con Blue y
dos compañeros más. Tenemos que entrar a buscar posibles víctimas, parece
ser que todavía queda alguien en el interior. Nos ponemos las máscaras con el
oxígeno y nos adentramos en el infierno. Encontramos a una persona en el
segundo piso, inconsciente. Avisamos por la emisora, los compañeros la
llevan hacia el exterior mientras Blue y yo seguimos con la búsqueda.
—J, creo que ahí dentro he oído algo —me comenta Blue, adentrándose en
un salón de uno de los pisos que revisamos.
—Espera, Blue, ¿estás seguro? Esto no tardará en caerse, tío, tenemos que
salir de aquí cuanto antes.
—Solo voy a mirar detrás del sofá...
Nada más acabar la frase, el techo de la esquina del piso se desprende
sobre mi compañero. Lo único que puedo pensar es que el hijo de Blue no
puede quedarse sin padre antes de nacer. Sin pensármelo dos veces, me tiro
encima de él, empujándolo para que no quede sepultado por los cascotes que
caen.
El golpe que me doy es brutal, noto como mis costillas impactan contra algo
que hay en el suelo y me deja sin respiración, algo más cae en mi brazo y el
dolor es insoportable. Lo primero que se me pasa por la cabeza es desear que
a Pol no lo pase muy mal si no salgo de esta. Veo pasar por mi mente instantes
felices que he vivido con mi padre, mi hijo, Dani o Paula e, incluso, lo feliz
que he sido con Sophie hasta ahora. Oigo a mis compañeros chillar y como se
mueven a mí alrededor; todo eso antes de desmayarme.
CAPÍTULO 15
Sophie
¿Alguna vez habéis tenido esa sensación de ser muy felices y os da miedo
pensar en ello por si las cosas se tuercen? Pues así estoy yo ahora mismo. Soy
feliz. Estoy encantada con mis chicos, las cosas no podrían ir mejor. Nos
vamos adaptando y compartimos muchas más cosas juntos. Mi pequeño rubio
me tiene loca, es un cielo de niño y me río un montón con él, tiene cada salida
tremenda. Y qué decir de mi fireman, ahí donde se ve, tan serio que, incluso, a
veces, parece de hielo, es todo un amor. Me mima muchísimo y siempre está
pendiente de mí. Lo único que enturbia mi felicidad completa es el bajón de
mi querida amiga. A veces, da la sensación de que está sumida en un pozo de
tristeza todo el día, tanto Juana como yo estamos muy preocupadas por ella.
Siempre ha sido nuestra alegría y ahora parece un alma en pena desde que se
ha vuelto a pelear con Dani.
Cuando llego a casa, me la encuentro moqueando por las esquinas con
música lenta de letras tristes a todo trapo. Ahora tiene puesta la canción de La
Estrategia, de Cali y el Dandee. Me espero apoyada en el quicio de la puerta,
observándola.
—¡Hola! —me hago notar, cuando la canción acaba—. No podemos seguir
así, mi niña. Cloe te necesita, no puedes ir todo el día llorando por las
esquinas...
—¿Y cómo lo hago? Dime. ¿Cómo me quito este vacío que tengo en el
corazón? Pensé que no sería nada, solo un rollo, como siempre. ¿Cómo
aprendo a vivir sin él? Sin sus caricias, sus charlas y su manera de hacerme
reír...
—Lo superaremos juntas, ¿vale? Ya sé que no te consuela, pero Jorge me ha
dicho que él tampoco está muy bien, se ha ido unos días a visitar a su hermana.
No podemos seguir con nuestra charla ya que una llamada en mi móvil nos
corta la conversación. Miro mi teléfono extrañada y Tammy me pregunta por
mis dudas.
—Es Jorge, es muy raro, cuando trabaja no me suele llamar —le aclaro—.
Hola, cariño, ¿va todo bien?
—Hola, Sophie, no soy Jorge. Soy Manuel, Oso —me aclara.
Por su tono de voz y que salude con su nombre, me genera un escalofrío por
la espalda. No me gusta esta sensación.
—Hola, Oso, ¿va todo bien?
—¿Estás acompañada por alguien?
—Tammy está conmigo. Por Dios, Manuel, ¿qué pasa? Me estás asustando.
—Mi amiga, al ver mi reacción, me acompaña al sofá donde me siento.
—Es Jorge. Hemos tenido una salida a un edificio en llamas. Mientras Blue
y él buscaban posibles víctimas, el techo ha cedido y lo ha pillado a él.
—Oh, por favor. Dime que está bien, que no le ha pasado nada. —La última
frase ha sido un susurro que no sé si lo habrá oído.
No puede ser. Jorge tiene que estar bien, todavía tenemos mucha vida que
compartir juntos, aún nos quedan muchas cosas por vivir. Tiene que ver crecer
a Pol, no me puede dejar sola, no ahora que lo he encontrado. ¿Qué vida me
espera si él no está a mi lado?
—Sophie, preciosa. Se lo han llevado al hospital Doce de Octubre. No
estaba bien, pero estoy seguro de que ese cabezón se recuperará —me explica
con la voz rota, sé que él también lo está pasando mal porque son buenos
amigos—. Va a salir de esta, ¿me oyes?
—Sí, no me puede dejar sola —le digo entre lágrimas y con la voz cortada
por los sollozos—. Ahora mismo nos vamos para allí. Hay que avisar a
Eduardo...
—No te preocupes por eso, ¿vale? Ya me encargo yo de avisar a todo el
mundo. Sophie, en un rato nos vemos allí.
Como puedo le explico a mi amiga lo que me ha contado Oso y, sin perder
tiempo, cogemos un taxi para que nos lleve al hospital. El trayecto se hace
eterno y la incertidumbre del estado de Jorge me mata. No saber qué me voy a
encontrar cuando llegue, me mata. Apoyo la cabeza en el asiento del taxi y
cierro los ojos mientras las lágrimas no dejan de resbalar por mi cara y pido
con todas mis fuerzas, a todos o a nadie en concreto, que Jorge esté bien, que
no haya sido nada. Necesito que me reciba con su sonrisa, esa que suele
reservar para mí y de la que tan poca gente disfruta. Noto como Tammy me
coge de la mano, transmitiéndome sus fuerzas, no dice nada; supongo que no se
atreve a darme esperanzas por lo que pueda pasar.
Al llegar, mi amiga coge el mando de la situación y se encarga de preguntar
en la recepción por el estado de Jorge; menos mal de ella, yo estoy en shock y
no me salen las palabras. Nos envían a una planta inferior y nos piden que
esperemos hasta que el médico salga a informarnos del estado de Jorge, solo
sabemos que está en el quirófano, pero no nos han dicho nada más. Me siento
en una silla de la esquina para poder apoyar la cabeza en la pared, cierro los
ojos y me centro en el vacío que siente mi estómago. Odio esperar, la falta de
información me puede. Oigo como entra gente en la sala. No quiero abrir los
ojos, no me puedo enfrentar a lo que viene, no tengo ganas de ver a nadie; solo
me gustaría despertar y que todo fuera una maldita pesadilla.
—Sophie, niña... —Noto las manos de Eduardo encima de las mías,
dándome su calor.
Su contacto me hace reaccionar y pienso en lo egoísta que soy, él es su
padre y también estará preocupado. Abro los ojos y me lanzo a sus brazos.
—¡Dios mío, Eduardo! Dime que va a estar bien, no le puede pasar nada,
tiene que estar con nosotros... —le suplico en llanto. Sé que tengo que ser
fuerte, pero no soy capaz.
—Tranquila, cielo, yo también tengo miedo, pero Jorge es fuerte y tenemos
que esperar las noticias que nos dé el médico, no vamos a adelantar
acontecimientos.
Yo asiento con la cabeza y me vuelvo a sentar en mi silla, ya que las
piernas casi no me sostienen. Al levantar la mirada y ver la sala, me doy
cuenta de que está llena de gente; hay varios bomberos, entre ellos Oso y Blue,
este último llora como un niño pequeño. También está Juana abrazada a
Eduardo, dándole todo su apoyo y cariño y, en ese momento, entran Paula con
Carlos. Este último se acerca a mí y me abraza con todas sus fuerzas.
—Jefa, ¿necesitas alguna cosa? —me dice Carlos, dándome un cariñoso
beso en la cabeza.
—No, solo quiero información, esta espera me mata.
—¿Qué cojones haces tú aquí? —Oigo decir a Oso.
Se ha acercado a nosotros. Sus palabras van dirigidas a Carlos y
desprenden una rabia increíble.
—Y tú, ¿qué problema tienes? —replica Carlos, levantándose de la silla
para enfrentarse a él.
—Oso, ¿qué coño te pasa? ¿A qué viene esto ahora? —le recrimino. Me
mira a los ojos y veo que baja la mirada, arrepentido.
—Lo siento, los nervios me han traicionado. No es el momento ni el lugar
—nos dice, con la mirada en Carlos—. Toma, guarda esta carta, le llegó a
Jorge antes de la llamada de incendio, seguro que te interesa su contenido.
Solo te pido que no la abras ahora, hazlo cuando estés algo más tranquila.
Me entrega un sobre blanco donde pone Jorge en rotulador negro. Lo miro
interrogante. Oso no es capaz de aguantarme la mirada y baja la vista, dándose
media vuelta para regresar con sus compañeros.
En ese momento se abre la puerta y vemos aparecer un médico.
—Familiares de Jorge Gutiérrez.
Nos acercamos todos en masa alrededor del doctor. Eduardo coge mi mano
con fuerza y Tammy me sostiene por la otra.
—Soy el doctor García —se presenta—. Vamos a ver, el señor Gutiérrez
llegó a Urgencias con una severa lesión en el tórax, por una fuerte caída y
traumatismo en el brazo izquierdo por un aplastamiento. Presenta tres costillas
rotas del lado derecho. Esto ha causado un neumotórax, el cual ya se está
tratando con un tubo torácico. Para facilitar su recuperación hemos procedido
a sedarlo. Con relación a su brazo izquierdo, presenta fractura en el húmero, el
radio y el cúbito. Las fracturas del húmero y el cúbito han sido limpias por las
que se curará con un tratamiento de inmovilización del miembro, reposo y
posterior rehabilitación. La fractura del radio es más complicada, ha sido
abierta, de ahí que se haya tenido que intervenir y hemos puesto tornillos
quirúrgicos. Está estable, pero con respiración asistida. Es un hombre joven y
fuerte lo que nos hace ser optimistas en su total recuperación. Estas lesiones
necesitan tiempo y paciencia. Lo tendremos en observación en la UCI, por lo
que debe