100% encontró este documento útil (1 voto)
616 vistas396 páginas

Untitled

Cargado por

Emi Rojas
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
616 vistas396 páginas

Untitled

Cargado por

Emi Rojas
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Contents

Título
Copyright
SINOPSIS
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
SOBRE LA AUTORA
REFERENCIAS MUSICALES
Mi Pequeño Mundo

Sonia Puente
Título original: Mi Pequeño Mundo
Autora: © Sonia Puente
Primera edición:
Diseño de portada: Nerea Pérez Expósito de [Link]
Correctora: Elisa Mayo • elisamayoescritora@[Link]
Maquetación: Roma García • romagcia@[Link]
Aviso legal: Reservados todos los derechos. Queda prohibido reproducir el contenido de este libro, total
o parcialmente, por cualquier medio analógico y digital, sin autorización previa y por escrito de los titulares
del copyright.
Todos los personajes, escenarios, eventos o sucesos de esta obra son ficticios, producto de la
imaginación de la autora, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
SINOPSIS

Bienvenidos al mundo de Sophie y Jorge.


Ella, treinta años, con el corazón herido por la maldad de su hermana y
huyendo del control de su madre. Acaba en Madrid donde, gracias a la ayuda
económica de su padre, abre un BookCafé y comienza una nueva vida. Se
tropieza con Tamara, Tammy para los amigos; una loca amiga y compañera de
piso. Con Cloe, una dulce pequeña, que le tiene robado el corazón, y su
casera, Juana, que es un gran apoyo para ellas.
Él, bombero de treinta y tres años, ejerce de padre en solitario por el
abandono de la madre de su hijo Pol; un pequeño encantador de serpientes que
lleva locos a su padre, su abuelo Eduardo, bombero retirado, y a Dani, un
policía, gran amigo de Jorge.
Un cambio de piso precipitado y un reencuentro con el pasado serán la
causa de que ellos las conozcan a ellas.
Amor, erotismo y acción es lo que vas a encontrar en esta intensa, alocada y
apasionante historia.
CAPÍTULO 1

Sophie

—Sophie, Sophie… —Aquí viene la niña de mis ojos, mi pequeña


princesa; si es que es preciosa, con esos ojos de niña buena y ese pelo tan
largo color caramelo. Pero no os engañéis, es una pequeña bruja como su
madre.
—Hola, mi princesa, ¿cómo estás? —le contesto, una vez me alcanza y se
tira a mis brazos. A lo lejos veo a Tammy, su madre, que viene hacia mí con
una sonrisa. ¡Uy, qué peligro tienen estas dos!
Tamara o Tammy, como yo la llamo, es mi compañera de apartamento; la tía
más loca que te puedas encontrar, mi amiga y mi alma gemela, esa que siempre
está ahí para todo.
La que siempre se lleva a todos los tíos de calle; con su metro sesenta y
cinco, pelo oscuro, piel morena y esos ojazos azules que dejan a los hombres
tiesos. Pero, sobre todo, una sonrisa infinita. Esa es Tammy, lo opuesto a mí.
Pero ahora ya no puedo vivir sin ella y sin Cloe, mi princesa.
—¿Qué pasa, cerebrito? ¿Ya has acabado de mover tu masa viscosa? —me
dice Tammy, y la oigo reír.
—¡Serás tonta! —le digo, mientras le tapo los oídos a Cloe para que no me
oiga insultar a su madre.
—Venimos a recogerte, tita Sophie —me dice Cloe—. ¿Sabes que vamos a
tener nuevos vecinos?
—Sí, princesa, Juana me lo dijo el otro día. Al parecer, es el hijo de un
amigo de hace años. Lo han echado de su anterior piso, quieren reformarlo, o
algo así, ¿ya lo habéis conocido? —pregunto, mirando a ambas.
—No. Bueno, hemos visto movimiento, ya están descargando cosas, pero
hay varias personas y no sabemos quién es —me dice Tammy.
—También hay un niño —comenta Cloe con mucho interés en sus ojos. Si
es que esta va a ser como su madre, se los va a llevar a todos de calle, y ella
encantada.
—Venga, vamos, que no nos va a dar tiempo de hacer las galletas —le digo
a Cloe.
—¡Yupi, tita! Pues vamos, vamos… –Y la vemos desaparecer corriendo.
Vivimos en la calle peatonal de un barrio tranquilo con poco tránsito de
coches. El edificio es de Juana. Su fachada es antigua; consta de cinco alturas,
con la entrada. Lo ha heredado de sus abuelos, pero está todo rehabilitado.
Ella vive en el ático.
Juana es una mujer que está fantástica, ya quisiera yo estar así de estupenda
cuando tenga su edad. Es como nuestra madre desde que llegamos hace siete
años. Es fabulosa y todo corazón, ha estado ahí siempre y nos apoyó al cien
por cien cuando Tammy decidió tener a su hija, aunque no hubiera padre de
por medio, que huyó despavorido cuando supo que sus renacuajos habían
hecho diana. Creo que desapareció del país como un cobarde.
—Chica, no sé quién será nuestro nuevo vecino, pero hay una colección de
machos ibéricos descargando cajas, que es para flipar. ¿Qué te parece si en
vez de hacer galletas los ayudamos secándoles ese sudor que seguro les
resbala por…?
—Para, loca, que te veo venir —corto a Tammy. Esta cuando se emociona
no hay quien la pare—. Le prometí a Cloe hacer galletas y no pienso faltar a
mi palabra por culpa de unos hombres, son todos iguales.
—Ay, niña que insulsa eres, jolín —me dice, poniendo morritos—. Algún
día tendrás que superarlo, no todos son iguales que tu ex. Mírame a mí; me
dejan tirada con el bombo y todavía estoy convencida de que voy a encontrar a
alguien que me haga feliz, a mí y a Cloe.
—Muchas pelis de princesas ves tú, lady Tamara… —le digo, sonriendo;
pero estoy convencida de que así será, o eso quiero creer, que, aunque yo no
lo pueda ser nunca, ellas serán felices y comerán perdices y todas esas cosas,
con algún macho ibérico de esos que comenta.
Y, ahora, os preguntaréis, ¿por qué no puedo ser feliz?
Pues, ¿qué pensaríais vosotros si, después de dos años con Mark (así se
llama el susodicho), todo un triunfador, metro ochenta y cinco, morenazo, ojos
azules, su barbita de tres días y un cuerpo espectacular; de esos novios que
piensas que son para toda la vida y haces planes de futuro con él… resulta
que, a falta de unos meses para ser su esposa, me empieza a mentir y a dar
largas para no quedar conmigo y, un día, me lo encuentro en mi cama, nada
más y nada menos que con mi querida hermana mayor Jana? ¿No pensaríais
como yo? Pues eso.
—Hola, mis niñas. Cuidado, no tropecéis con alguna cosa, que Jorge tiene
que guardar todavía… —nos dice Juana con su perpetua sonrisa.
—No sabes tú nada, mi Juana. Aquí, dirigiendo el tráfico, que aburrimiento,
¿verdad? Viendo pasar a todos estos hombres, cargados con cajas —dice
Tammy en voz baja para que solo la oigamos nosotras.
—No tienes remedio, eres un bicho, pero es verdad que el panorama no es
del todo malo, ¿qué dices tú, Sophie? —pregunta Juana.
—Sois unas liantas, las dos —les reprocho, señalándolas con el dedo, y en
ese momento pasa por nuestro lado alguien parecido a Thor—. ¡Oh! Pues, la
verdad… —sin palabras me he quedado, y oigo que se ríen como locas.
—Por cierto, ¿dónde está la loquita de mi hija?
—Han subido a vuestro piso, les he abierto la puerta.
—¿Han, en plural? Dios mío, ¿ya se ha ligado a algún machote, antes que
yo? —dice Tammy, dando media vuelta para subir las escaleras, con cara de
pena.
—No tiene solución... —Oigo que ríe Juana. La verdad es que Tammy no
tiene solución, pero la queremos con locura—. Ha subido con Pol, es el hijo
de Jorge, no te importa que se quede con vosotras a hacer galletas, ¿verdad?
Eres un sol mi niña —dice Juana, sin darme opción a abrir la boca. Le doy un
beso en la mejilla y, con una mueca, subo para casa.

***

Nunca pensé, hace casi siete años, cuando hui de New York, mi casa, que
podría llegar a ser tan feliz en Madrid. Cuando me enteré de la traición y
cuernos de alce, de Mark y mi hermana, quise poner tierra de por medio.
Ese motivo fue la gota que colmó el vaso, yo ya no era feliz. Vengo de una
familia con bastante poder adquisitivo; mi padre es americano y propietario de
una famosa marca de ropa deportiva, vaya, que jamás de los jamases, nos faltó
de nada, tangible, claro está. Mi madre es española, de ahí que hable
perfectamente el idioma. Es una mujer absorbente y prejuiciosa que siempre
está donde debe, independientemente de si es lo que quiere o no; en este
mundo, las apariencias lo son todo, ya os lo imagináis. Resumiendo; no
podíamos hacer nada que no estuviese estipulado por nuestra encantadora
madre. Digo podíamos porque somos tres hermanos; Jana es la mayor, de ella
no quiero hablar, después, estoy yo y, por último, el niño de mis ojos, Nico.
Ay, Nico… es todo un personaje y fue el más valiente de todos al liarse la
manta a la cabeza y hacer lo que le da la real gana, literalmente, y lleva a mi
madre por el camino de la amargura. Tiene veintiocho años y con las
hormonas a flor de piel; músico, toca la guitarra eléctrica en un grupo de rock
o heavy, no sé, la verdad es que a mí me rallan un poco la cabeza. Su cuerpo
parece un lienzo, lleva el pelo corto por los lados y, en la parte de arriba, un
tupe; ojos azules y sonrisa perpetua, porque es feliz.
Y la segunda en hacer lo que le da la gana soy yo, harta de tanta hipocresía
y un mundo de mentiras, fingiendo caras todo el día por el que dirán. Tanto mi
hermano como yo tuvimos suerte con nuestro padre, la verdad, siempre estaba
trabajando, pero nunca nos negó una charla para escuchar nuestras inquietudes;
por eso, cuando le dije que no quería hacerme cargo del legado familiar, sino
tener un BookCafé, me ayudó económicamente para poder empezar.
Así nació Mi pequeño mundo. Es mi gran proyecto profesional, uno de esos
objetivos que una tiene en la vida, que te llenan y te hacen feliz. Adentrarse en
el local, es poder disfrutar de la experiencia de leer o comprar un buen libro,
tomándose un café, té o, incluso, pastas y pasteles. Poco después de nacer
Cloe, decidí hacer obras, y adaptar una parte para los más pequeños; de ese
modo, padres e hijos pueden gozar conjuntamente de lo maravillosa que es la
lectura.
Este es mi mundo desde hace siete años, donde estoy rodeada de personas
fabulosas, hago lo que quiero y soy feliz; aunque siempre hay gente envidiosa
que no soporta la felicidad de los otros.
—Tita, tita, corre… que ya tenemos todo preparado —me dice Cloe,
mientras viene hacia mí con una cosita rubia que corre detrás de ella. ¡Oh,
Dios! ¡Creo que me he enamorado!
—Venga, vamos a por esas galletas, churri. Pero antes, ¿no me vas a
presentar a tu amigo?
—No soy su amigo, nos acabamos de conocer y todavía no podemos ser
amigos —contesta el pequeño. Parece tener cuatro o cinco añitos, rubio, con
cara de pillín… Qué renacuajo más guapo.
—Pues, tienes razón —le contesto—. Iremos poco a poco. Me llamo
Sophie y soy la tía de Cloe. —Le tiendo la mano, como si fuera mayor.
—Yo soy Pol, y soy el nuevo vecino con mi papá, Jorge. Es bombero,
¿sabes? —dice el pequeño muy resuelto y poniendo cara de «aquí estoy yo».
—Encantada, Pol, hijo del bombero —Levanto la cabeza y veo a Tammy,
apoyada en la puerta, muerta de risa. ¿Será posible que hasta con los niños del
sexo opuesto me cueste entenderme?
—Hechas las presentaciones correspondientes, ¿qué os parece si nos
ponemos con las galletas? No nos va a dar tiempo, y mañana hay cole —dice
Tammy, con su cara de madre sabelotodo.
Y así, conectando, primero, nuestro ordenador con la lista de música,
empezamos nuestra tarea de pastelería.
Jorge

—Vamos, tío, solo nos quedan unas cuantas cajas —le digo a Dani, que me
mira resignado. Los demás ya se han ido, así que estamos solos.
—Joder, estoy muerto. Ya estás llamando a tu padre para que haga de
niñero el fin de semana que viene; me vas a invitar a unas birras, y a ver si
pillamos cacho. Mi vida parece un pozo seco, colega —contesta con cara de
pena.
—Tendrás queja. ¿Qué pasó con la rubia del viernes? ¿Te salió rana?
—Sí, algo parecido. Me salió una llamada del jefe para una redada de
urgencia.
—¿Fue bien, al menos? —pregunto, ya que esas redadas son bastante
peligrosas.
—Bueno, no mal del todo. Se nos escapó uno, pero logramos coger a los
otros tres.
Dani es policía, concretamente inspector, y se le da bien. Es de los que se
implican, quizá, demasiado.
Nos conocimos hace, más o menos, diez años. Éramos muy jóvenes y
pardillos. Un día nos vimos envueltos en una pelea y cuando llegó la policía,
los dos salimos por patas, juntos; casualidades de la vida. Él dice que fue el
destino el que nos unió, tonterías de las suyas. Desde entonces, somos Zipi y
Zape, a muerte los dos, pero diferentes en todo.
—Hola, chicos, ¿cómo lo lleváis? —pregunta Juana, la propietaria del
edificio y, por lo visto, gran amiga de mi padre; cosa que nunca me había
contado. Tengo que hablar muy seriamente con él. Nos ofrece unas cervezas
fresquitas.
—Ay, doña Juana, es usted un ángel —dice Dani—. Un ángel muy…
—Y, tú, un zalamero, y te vas a llevar una colleja como vuelvas a tratarme
de doña —lo interrumpe Juana, fingiéndose ofendida.
—No le haga caso, Juana, ya lo irá conociendo; perro ladrador… Por hoy,
ya hemos acabado. Nos bebemos estas cervezas y vamos a buscar a Pol. Por
cierto, muchas gracias, por todo.
La verdad es que Juana nos está ayudando mucho; parece una mujer
estupenda y es muy guapa, se nota que hace las cosas de corazón.
—No es nada. Cuando quieras, subimos. Se ha quedado con Sophie, Tammy
y Cloe, las vecinas. Son tres cielos, ya verás. Son como mis niñas, yo no pude
tener hijos, así que ellas son un trocito de mí. Son estupendas y muy guapas,
por cierto.
—¿Y dónde dice que están esas monadas? Mire, estoy harto de cargar cajas
y muebles, y una buena visión, ahora, no me iría nada mal… —pregunta Dani.
Este chico va muy salido…
Dani es así, donde esté una mujer bonita, allí está él; hasta que le llegue la
adecuada y acabe enamorado como un tonto, aunque él diga que eso nunca
pasará. Solo espero que tenga más suerte que yo en ese aspecto.
Yo sí que me enamoré, como un tonto, de Clara. Éramos muy jóvenes, yo
tenía veinticinco y ella solo veinte años. Fue en la fiesta de un amigo, y quedé
prendado de ella nada más verla, de esa manera que, cuando la miras, solo
piensas en que tiene que ser tuya. No era muy alta, metro sesenta y ocho, pelo
largo y rubio como el trigo, ojos verdes y un cuerpo de infarto; imagino que
seguirá igual, pues hace unos cuantos años que no la veo.
Supongo que tuve suerte, pues ella también se fijó en mí, fue todo un
flechazo, por eso no fui capaz de ver cómo era en realidad. Es de una familia
bien posicionada y siempre fue la niña consentida, de esas mujeres que tienen
claro que, en la vida, lo que quieren es triunfar y ser importantes, a pesar de lo
que dejen por el camino.
Cuando yo conseguí mi sueño, seguir los pasos de mi padre y ser bombero,
a ella no le hizo mucha gracia y discutíamos muy a menudo, pero supongo que
por comodidad siempre acabábamos juntos de nuevo. Hasta que un día
tuvimos la mala suerte (para ella; buena para mí, pues no cambio a mi niño
por nada del mundo), de encontrarnos con uno de esos preservativos que se
rompen, y se quedó embarazada.
Yo sabía que éramos muy jóvenes, y fue todo un drama; fueron los peores
meses de mi vida, cada día con la misma música. Que si, «ahora no podría
hacer nada en la vida con un hijo», que «su perfecto cuerpo se iba a echar a
perder». Así, mes tras mes, uno tras otro, hasta que llegó Pol, mi ángel. Cuatro
meses después, Clara se dio cuenta, una mañana, después de dejar a Pol en la
guardería, que ser madre la superaba, que ella todavía tenía que hacer muchas
cosas, y nosotros estorbábamos para conseguir sus objetivos. Y, con un
mensaje de móvil, me informó que se largaba y nos abandonaba. Sí, esa es la
parte mala del amor, que no te deja ver de qué clase de personas te enamoras,
aunque la gente que te rodea, como mi padre o Dani, me lo intentaran hacer ver
en muchas ocasiones.
***

Por fin, habíamos acabado de guardar todas las cajas dentro del piso y nos
habíamos bebido las cervezas, así que, fuimos en busca de Pol a casa de las
vecinas.
—Juana, ¿le importaría acompañarme a recoger a Pol? Mañana hay colegio
y no me gustaría que se acostara muy tarde.
—Claro, cariño. Vamos. —Los tres subimos el piso que nos separa del
tercero, donde viven ellas.
La verdad es que siento curiosidad por ver cómo son. Juana dice que son
muy guapas, así que, quizá, son chicas jóvenes, de nuestra edad.
Cuando llegamos a su rellano, Juana llama al timbre en dos ocasiones; en el
interior se escucha música y está bastante alta. Dani y yo nos miramos, no
entendemos nada.
—Creo que hemos llegado en la fase tres de hacer galletas —nos explica y
se ríe al ver nuestra cara. Saca unas llaves para abrir la puerta—. Las chicas
tienen cuatro fases para hacer las galletas —continúa—. La primera, preparar
los ingredientes; la segunda, hacer la masa y al horno; la tercera, esperar a que
se cocinen con la danza de las galletas; y la cuarta, adornarlas. Vais a flipar,
como decís los jóvenes.
Flipar se queda corto, os cuento el panorama…
Al abrir la puerta, lo primero que siento es un olor a galletas que hace que
mis tripas rugan y me pongo rojo de golpe, me recuerdan que hoy solo he
comido un bocadillo. Lo segundo que ocurre es que la música suena cada vez
más alta a medida que nos internamos en el piso. Normal que no nos escuchara
nadie. De pronto noto una presión en el pecho. Juana mira a las chicas con una
sonrisa y cara de orgullo, y Dani y yo, pues eso, se nos queda cara de tontos
rematados. Muertos, así nos quedamos, viendo lo que tenemos delante.
La canción que suena es Shape Of You, de Ed Sheeran. Frente a nosotros
tenemos, a la derecha, a una de las chicas; pelo negro, cuerpazo y piernas
largas, un bombón en toda regla. Viste una camiseta larga hasta la rodilla
(camisola, creo que la llaman), pero blanca, y el tanga negro debe de ser muy
bonito, le debe de quedar de muerte, por lo que puedo percibir. Más o menos
de nuestra edad o un poco más joven. En el medio, aparte de Pol, que se lo
está pasando de muerte, hay una niña de unos seis años aproximadamente, con
una mirada dulce y mucho arte bailando. A la izquierda, ella… con un pantalón
muy corto y camiseta de tirantes, pelo negro y largo, recogido en una especie
de moño. Tiene pinta de medir cerca del metro setenta, parece un poco más
alta que la otra chica, y también aparenta ser algo más joven que nosotros.
Todo un panorama. Pasito para un lado, ahora para el otro, que si movemos
el culito para delante y para atrás… la verdad es que no lo hacen nada mal, y
yo empiezo a notar cierta presión en una zona concreta de mis pantalones. El
único que está un poco fuera de lugar es Pol, pobre, está alucinando; nunca ha
visto tantas mujeres juntas y tan guapas, pues casi siempre está con mi padre,
con Dani o conmigo. Dani, ese es otro. Se le cae la baba y ni siquiera
pestañea. Y yo no me quedo atrás, claro. Cuando la canción acaba, Juana
delata nuestra posición.
—Bravo, mis niñas. Cada vez lo hacéis mejor —dice orgullosa, mientras
aplaude como una loca hasta que las chicas son conscientes de nuestra visita y
se sonrojan como colegialas; no sé si de enfado o de vergüenza.
—Juana, ¿no sabes llamar antes de entrar? Jolín, qué vergüenza… —dice la
que lleva la camisola.
—Pero Tammy, corazón, si hemos llamado dos veces; te lo pueden decir los
chicos, ¿a que sí, chicos? —Nosotros solo somos capaces de mover la cabeza,
afirmando.
—Perdón por molestar, venimos a buscar a mi hijo. Pol, cariño, recoge tus
cosas que nos vamos, mañana hay que ir al cole. —No sé cómo, pero consigo
que la voz me salga para llamar a mi hijo.
—Jopelines, papi… —refunfuña mi hijo. Y que conste que lo entiendo
perfectamente, yo tampoco quiero irme.
—Por cierto, soy Jorge, el papá de Pol, y él es Daniel, un amigo —comento
para romper el hielo.
—Para vosotras, mejor Dani, mucho gusto —apunta él, alargando la mano
para saludar.
—Perdón, qué mal educadas somos. No esperábamos visita —contesta la
del pantalón, mirando a Juana con cara de «te vas a enterar cuando estemos
solas»—. Perdonad por las pintas.
—No hay problema, la verdad es que la visión es estupenda —comenta
Dani, mordiéndose el labio. Observo que con su mirada repasa a la chica de la
camisola de arriba a abajo.
—Yo soy Sophie, y ella es mi amiga Tamara; Tammy para los amigos. Y
esta pequeñaja es Cloe —se presenta la chica del pantalón corto, mientras
estrecha nuestras manos y nos mira a los ojos.
Es una mujer preciosa. De cerca se puede apreciar mucho mejor su belleza.
Ojos color chocolate, grandes, muy expresivos y unos labios carnosos, de esos
que te incitan a probar. No es española, lo digo por ese acento tan sexy que
tiene al hablar. No sé si pasan segundos o minutos cuando mi hijo me saca de
mis pensamientos.
—Papi, ya estoy. ¿Crees que podré venir otro día a hacer galletas? —
pregunta mi pequeño con cara de súplica. No sabe nada, el colega…
—Eso habrá que preguntárselo a las chicas, ¿no crees? —le digo, mientras
miro a Sophie.
—¿Puedo, puedo…? Me voy a portar súper bien, lo prometo.
—Claro que sí, cielo. Otro día le dices a papi que te traiga y haremos un
pastel —contesta Sophie con una sonrisa.
—Tita, también podría venir a la noche de palomitas y peli, ¿no? —apunta
la pequeña Cloe.
—Poco a poco, princesa. Ya iremos viendo, ¿sí? —comenta Sophie a los
pequeños.
—Bueno, chicas, ya no molestamos más, y muchas gracias por quedaros un
ratito con este diablillo. Ha sido un placer conoceros, y perdonad la
intromisión. Nos vemos en otro momento.
Doy media vuelta y salgo por la puerta con mi hijo delante. Me sigue Juana,
y cuando creo que Dani viene detrás, lo oigo decir:
—Chicas, el viernes he quedado con este explotador de amigos, para que
me devuelva el favor. Cena y cervezas, ¿os apuntáis? —La madre que lo parió,
este no pierde baza.
—Por mí bien, buscaré a alguien que se quede con Cloe y me apunto —
contesta Tammy, mientras le hace ojitos. Creo que estos dos son tal para cual.
—Dani, colega, todavía no sé si mi padre puede quedarse a Pol y tú ya
haces planes.
—No te preocupes, Jorge, si Eduardo no puede, yo me quedo con los dos
—dice Juana, como si tal cosa—. ¿Verdad, Pol? Si el yayo no puede, te
quedas con Cloe y conmigo.
Los cuatro adultos la miramos como si le hubiera salido otra cabeza; no por
el hecho de querer quedarse con los niños, lo cual me parece todo un detalle,
sino por la confianza de llamar a mi padre por su nombre. Estos dos se traen
algo entre manos, y tengo que averiguarlo.
—Con que Eduardo, ¿eh? Qué confianzas y qué calladito te lo tenías. Así
que conoces al padre de Jorge —dice Tammy, con cara de diablillo y una
sonrisa que hace que se le marquen unos hoyuelos preciosos, y dejan a Dani en
estado de shock.
—Pues sí, bonita. Nos conocimos hace muchos años. ¿Qué os pensáis? Que
yo no tengo vida, ¿o qué? La pena es no tener treinta años menos, si no, os
ibais a enterar. Y hasta ahí puedo leer. —Nos mira a los cuatro y se queda tan
ancha—. Me recojo, que mañana madrugo. Y lo dicho, si necesitáis que me
quede con los niños ya sabéis a qué puerta llamar. Hasta mañana.
—Hasta mañana —contestamos todos a la vez.
La vemos marchar hacia su piso, mientras deja una estela de misterio que
nos mantiene a todos en silencio un rato, cada cual sumido en sus
pensamientos.
—Entonces, chicas, ¿os animáis? —Dani rompe el momento—. Venga,
seguro que lo pasamos genial. Por lo menos nosotros, así nos despejamos de
esta pesadilla de mudanza. Estos dos tienen más trastos que un domingo en el
rastro.
—Vale. Estamos en contacto y quedamos en hora y lugar —responde
Sophie.
Y así, como quien no quiere la cosa, mi querido Daniel consigue, no solo,
que quedemos con mis preciosas vecinas el mismo día que nos conocemos,
sino también sus números de teléfono. Es todo un crack, ¿verdad?
—Tío, eres lo más. No me puedo creer que las acabemos de conocer y ya
quedes para cenar con ellas, pero ¿cómo lo haces? —le comento en un
susurro, ya que Pol va delante de nosotros.
—Hay que saber. Uno que tiene su encanto, pero vamos, que yo no dejo
escapar a Tamara, ni loco. Pero ¿tú has visto qué pedazo de vecinas? Creo que
me voy a venir a vivir aquí contigo, te sobra una habitación, ¿verdad? —dice
muy decidido, al entrar por la puerta.
Una vez en el salón, me doy cuenta de que nos queda muchísima faena por
hacer. El piso está lleno de cajas por todas partes, y todavía me queda por
comprar algún mueble, sobre todo, para la habitación de Pol. Le prometí una
habitación nueva.
—¿Sabes qué? —dice mi amigo, al ver el desorden y el jaleo que hay en el
piso—. Casi prefiero vivir en mi piso y, en todo, vengo a verte más a menudo,
¿te parece?
Y así acabamos un día durísimo, eso sí, con una sonrisa en la cara.
Me meto en la cama, mientras Pol ya duerme a mi lado. Va a ser difícil
conciliar el sueño, cada vez que intento cerrar los párpados, la veo a ella;
esos ojos, esa boca…
CAPÍTULO 2

Sophie
Esto no es normal, no pueden existir hombres así; los dos son muy guapos,
pero Jorge, con esa mirada verde esmeralda que me deja cautivada, y ese
rictus tan serio que parece que nunca se va a reír.
Y su cuerpo… cómo se nota que es bombero. Me gustaría poner las manos
debajo de la camiseta que llevaba, donde se le marcaban todos los músculos.
Va a ser difícil resistirse a este hombre, mis bragas se han ido volando al
verlo.
No estaría mal para una noche loca, aunque seguro que es de esos hombres
atentos que te preparan el café por las mañanas. Pero ¿qué me pasa? ¿Me he
vuelto loca?
—A ver, Sophie, no pienses cosas que no pueden ser, acuérdate de lo mal
que lo pasaste en su momento —me digo a mi misma, en voz baja, más que
nada, para ser consciente de lo que pienso.
—Florecilla. —Oigo a Tammy detrás de la puerta de mi habitación—.
¿Puedo pasar?
—Claro que sí.
—¿Estás bien? No has dicho nada desde que los vecinos se han ido. —Me
mira preocupada—. Ya sé que impresionan. ¡Madre mía!, vaya hombretones,
my love. Con estos, sí que me iba yo al fin del mundo, sobre todo con Daniel.
Me encantan sus ojos, y esa pinta de chico malo, me pierde. Seguro que es un
dios en la cama, ya te lo contaré.
—Se nota que no tienes abuela, petarda —digo, mientras pongo los ojos en
blanco—. Sí, estoy bien. Me he quedado muy cortada de que nos pillaran
mientras estábamos bailando y con estas pintas. Ya le vale a Juana. Es que a
mí se me ve todo, no dejo mucho a la imaginación.
—¿Y qué, Sophie? No pasa nada. Se lo hemos hecho pasar genial y se han
recreado la vista. Y qué vistas, ¿verdad? —lo dice contorneándose de forma
sexy. No tiene remedio.
—Sí, seguro que se han ido encantados. Pero ¿cómo los miro yo ahora a la
cara?
—Pues míralos a otro sitio, tonta.
Nos ponemos a reír como locas. Eso tiene Tammy, me encuentre en el
estado en el que me encuentre, siempre consigue sacarme una sonrisa. Al final,
vamos a despertar a Cloe con nuestras risas…

***

Me cago en el despertador. Lo odio, sobre todo cuando casi no he pegado


ojo. He pasado gran parte de la noche con la visión del rostro de Jorge en mis
sueños. ¡Qué tendrá ese hombre que me quita hasta el descanso! Nunca me ha
pasado nada igual, ni siquiera con Mark me ocurrió algo parecido. Con él
siempre fue muy fácil. Me gustas, te gusto; nos entendemos y estamos cómodos
el uno con el otro y, sobre todo, tenía el visto bueno de mi madre, parte
primordial. Pero con Jorge es distinto, nos conocemos desde hace unas horas.
¿Cómo es posible? Ni siquiera hemos mantenido una conversación, ni ningún
tipo de intimidad para que pudiera impactar tanto en mi persona como lo ha
hecho.
Resignada, me levanto de la cama para prepararme e irme a la ducha.
Antes, elijo la ropa para ir a trabajar. Siempre intento ir cómoda, pues allí
estamos muchas horas de pie. Escojo unos vaqueros pitillo con una camiseta
rosa básica y mis Converse negras. Cuando salgo hacia la cocina, huele a café.
Tammy y Cloe ya están sentadas a la mesa, con su desayuno.
—Buenos días, chicas. ¿Qué hay en la agenda de hoy? —les pregunto.
Tammy no sale hasta las siete de trabajar y, por las tardes, Juana o yo solemos
recoger a Cloe.
—Hoy me toca baile, tía Sophie.
—Sí, salen a las seis como siempre. No sé cuándo te vas a aprender las
actividades, con lo lista que tú eres…
—Qué bonito es hablar con vosotras por la mañana… —digo con cierta
ironía—. Por cierto, acuérdate de que hoy te toca ir a comprar; después te
envío un mensaje con lo que necesito.
—Cómo te gusta abusar de la amistad. Vamos, Cloe, que llegamos tarde.
¡Te quiero! —grita, después de coger sus chaquetas y verlas salir por la
puerta, lanzándome un beso.
Cuando me quiero dar cuenta, miro el reloj y veo que voy a llegar justa.
Menos mal que soy la jefa…
—Buenos días, señorita. Disculpe que la moleste. Es que no sé si estoy en
la dirección correcta. —Es un hombre de unos sesenta años, pero físicamente
está fantástico y me suena de algo—. Busco a mi hijo, Jorge, y a mi nieto, Pol.
Se mudaron ayer, y no estoy seguro de si este es el edificio donde viven ahora.
—Pues claro que me suena, se parece bastante a Jorge, el hombre que me quita
el sueño sin conocerlo.
—Pues sí, está usted en la dirección correcta. Ellos viven en el segundo.
Somos vecinos. Yo vivo en el tercero, soy Sophie, mucho gusto. —Le acerco
mi mano para saludarlo, pero me sorprende cuando se acerca y me da dos
besos. Qué hombre tan majo.
—Yo soy Eduardo, el placer es mío. Así que tú eres Sophie… Ayer, hablé
con mi nieto por teléfono y ya me ha explicado que tiene unas vecinas muy —
se queda pensativo un momento, como si buscara la palabra adecuada—
molonas, sí, eso dijo. Que erais muy molonas.
—Anda, pues yo pensé que le diría muy locas. Ayer estuvimos haciendo
galletas e, incluso, bailamos. Creo que lo impresionamos un poco, pobre. —
Nos echamos a reír. Me cae bien Eduardo, parece un gran tipo.
—Eduardo, ¿eres tú? —Oímos una voz a nuestra espalda, y nos giramos
para ver quién lo ha reconocido.
—¡Juana! Qué gusto verte. Mírate, estás guapísima, como siempre. —Qué
hombre más zalamero. ¿Será así también su hijo? No creo, él parece todo
seriedad.
—Anda, calla, bobo. ¿Has venido a ver a tu hijo? —¿Qué ha sido eso?
Caída de ojos y cara de «calla, tonto. Tú sí qué estás guapo». Aquí hay tema,
ya verás cuando se lo cuente a Tammy—. Veo que ya conoces a una de mis
niñas.
—Juana, no te equivocabas. Es una chica preciosa, seguro que siempre está
rodeada de muchachos.
—No diga esas cosas, Eduardo, que me va a sacar los colores.
—¡Por Dios, muchacha! Te aseguro que, sí tuviera treinta años menos, yo
sería uno de esos pretendientes.
Me podría llevar bien con Eduardo. Con lo poco que hemos hablado, y ya
me da la sensación de que es un gran hombre. No se me escapa cómo mira a
Juana, con esos ojitos tiernos. No le veo alianza en el dedo, así que quizá ya
no está casado. Tengo que hablar con Tammy, a ver si nos enteramos de cómo
está el tema. Hacen una bonita pareja, me encantan.
—Abu, abu… —Oímos a Pol, que ha visto a su abuelo cuando bajaba por
las escaleras—. Llegas muy tarde. Que sepas que tienes a papá enfadado y,
esta vez, es contigo, no conmigo. Hola, Sophie. Hola, Juana —nos saluda el
renacuajo, sacándonos una gran sonrisa. Es adorable y tiene mucho
desparpajo.
—Qué raro, mi vida, que tu padre esté cabreado. Le van a salir muchas
arrugas de fruncir tanto el ceño. Tendremos que hacer algo, pequeñajo —lo
dice mirándome, y me guiña un ojo. Por Dios, qué miedo me está dando, ¿que
estará tramando? Ya me ha puesto nerviosa.
—¿Qué es el ceño, abu?
—Ya veo por qué llegas tarde. Estás en muy buena compañía y, además,
criticando a tu hijo… —le dice Jorge muy serio, cuando llega a nuestra altura.
Va muy sexy con un pantalón de chándal negro, de los que se llevan ahora,
apretados en el tobillo y más anchos en la parte de la cadera; una camiseta
blanca con cuello de pico y una sudadera en la mano. Me están entrando unos
calores…
—Hola, Juana. Sophie…
—Hola, Jorge. No le hagas caso a tu padre. Que sepas que llega tarde
porque lo he pillado de charla con Sophie —dice Juana, guiñándole, ahora, el
ojo a Jorge.
—Lo siento, familia, pero tengo que irme; llego tarde al trabajo.
—Hasta luego, mi niña. Después paso por el BookCafé a verte. —Juana me
da un beso. Me despido del resto con la mano.
—¿Qué es eso del ceño, abu? —Oigo reclamar a Pol, mientras me marcho.
Niños, son tremendos.

***

Me encanta entrar en Mi pequeño mundo. Siempre que pongo un pie dentro


me embarga una tranquilidad y un bienestar que no puedo explicar con
palabras. Casi cada mañana veo las mismas caras, muchos clientes son
asiduos y mis empleados también. Hace tiempo que están conmigo, casi desde
que abrí el BookCafé. Son Trini y Carlos.
Trini es una mujer maravillosa, pasa de los cuarenta años, está casada y no
tiene hijos. Creo que no pueden y cuando se han querido dar cuenta ya era muy
tarde. No hablamos mucho del tema, a ella se le pone la mirada triste cuando
lo tocamos. Le encanta la lectura y transmite esa sensación de mujer soñadora
que vive entre libros; por eso la contraté. Me ayuda muchísimo y siempre está
dispuesta, se nota que le gusta su trabajo o, por lo menos, eso es lo que me
dice a menudo.
También está Carlos. Lo conocí, por casualidad, una tarde mientras corría
por el parque, poco después de llegar a España. Tropecé con su perro y casi
me dejo los dientes. Es un chico muy guapo y tiene un aire al actor Scott
Eastwood. Con sus treinta y cinco años, pelo castaño y ojos marrones, es el
que da un toque de alegría al lugar y, muchas veces, es por su culpa que el café
esté lleno chicas. Las hay de todas las edades, ¡qué listas somos!
—Buenos días, Trini. ¿Cómo estás? —Ella es la que abre el chiringuito
esta semana, se va turnando con Carlos y, la verdad, es que entre ellos se
entienden muy bien. Me ponen muy fácil el ser jefa.
—Buenos días, preciosa. ¿Qué tal todo? Que sepas que ya tenemos el
pedido que nos faltaba, está en el despacho. Cuando compruebes que todo está
correcto hay que avisar a Ester; llama cada día para ver si ya tiene su libro.
—Por supuesto, ahora me pongo con ello.
Me voy quitando la chaqueta para ir al despacho, es mi guarida secreta;
bueno, muy secreta no es, pero es donde paso más tiempo. A medida que paso,
saludo a los clientes y me meto en mi mundo. Cuando me doy cuenta ya es la
hora de comer. Lo sé porque mis tripas me lo recuerdan. De pronto oigo que
llaman a la puerta y doy permiso para entrar. Es Carlos.
—Hola, jefa. ¿Has visto qué hora es? ¿Has comido? —Este chico parece
mi padre, siempre preocupándose por mí. Niego con la cabeza—. Ve a comer
que estás muy delgada. —Me guiña un ojo y, con una sonrisa canalla, se da
media vuelta para salir del despacho.
Carlos es todo un personaje. Creo que le han roto el corazón en alguna
ocasión. Ha levantado una coraza y no permite a nadie entrar, así que se limita
a ir de flor en flor. Cuando nos conocimos, intentó que yo fuera una más de sus
flores, pero ya le dejé claro que entre él y yo no habría nada que implicara
sexo, por supuesto. Como empleado cumple perfectamente bien y yo estoy muy
contenta con su trabajo.
Cojo mis cosas y voy hacia la salida para ir a comer o me desmayaré. Me
pongo a rebuscar mi móvil en el bolso (siempre lo pongo en silencio cuando
estoy en mi santuario) porque quiero enviarle un mensaje a Tammy con lo que
necesito que compre. Al ir despistada, no me doy cuenta de que, al salir, a la
vez, alguien entra, y choco con un pecho duro. Suerte a que dos fuertes manos
me sujetan, si no me caigo de culo al suelo. Al levantar la mirada, veo que
quien me sujeta es Jorge.
—Jefa, cómo te gusta tropezar para llamar la atención de los hombres. —
Oigo que dice Carlos desde dentro y se echa a reír, ya que así nos conocimos
nosotros.
—Carlos, estás despedido —contesto, y dejo de oír su risa burlona.
Chúpate esa, Carlitos.
—¿Estás bien? —pregunta Jorge, pero su mirada está centrada en Carlos.
La verdad es que no es una mirada de «¿cómo estás, tío?», sino de «no te
pases ni un pelo o te reviento la cara».
—Deberías mirar por dónde vas, en vez de hundir la cabeza en ese bolso
que parece una maleta.
—Lo tendré en cuenta, gracias por salvarme la vida —contesto con ironía.
Intento soltarme de sus manos, pero al ver que no puedo, levanto la cabeza,
ya que eso es justo lo que me saca de altura, y lo veo mirarme fijamente, como
si quisiera traspasarme con la mirada. Dios, sus ojos verdes me provocan un
escalofrío que me atraviesa la espalda. Pero ¿qué me pasa con este hombre?
Me suelta poco a poco y me enseña una bolsa que lleva colgada de la muñeca.
—Me manda Juana. Me ha dicho que te dé esto, que seguramente no has
comido y que un día te vas a desmayar. Creo que tiene razón, estás algo pálida,
¿seguro que estás bien?
—Sí, es solo cansancio, no te preocupes. Justo ahora iba hacia casa a
comer, y me va de perlas no tener que cocinar, gracias por traérmelo.
—Vamos, te acompaño a casa —se ofrece, mientras pone una mano en mi
espalda para darme paso a iniciar el camino. Me encanta lo rudo que parece y
la delicadeza con la que me trata—. Así que es aquí donde pasas el día. Me ha
dicho Juana que eres la jefa. ¿Funciona bien? ¿Te puedes ganar la vida? —
pregunta con curiosidad.
—Sí, la verdad es que no me puedo quejar. Hace unos seis años que tengo
el BookCafé, me costó arrancar, pues no se estila mucho esta clase de
proyectos empresariales en España, pero funciona bien. A la gente le gusta
poder tener un sitio donde pasar el día mientras lee y aprovecha para
desayunar, merendar o tomar el simple café de sobremesa. Ayuda mucho la
zona que hemos habilitado para los más pequeños, así los niños se entretienen
y lo padres pueden desconectar un ratito. ¿Por qué no te pasas una tarde con
Pol y experimentas cómo es? Te gusta leer, ¿verdad?
—¿Insinúas algo? Los bomberos también leemos, ¿sabes? —contesta con el
ceño fruncido. Su padre va a tener razón, parece que siempre está enfadado.
—¡No! En ningún momento he querido insinuar eso. ¿Sabes qué?, mejor
dejamos el tema, cuando quieras, ya sabes dónde encontrarme. —Enfadada,
acelero el paso para llegar a mi piso y poder comer tranquila, menudo
gilipollas está hecho.
—Perdona, me he pasado. No te enfades. Sí, me gusta leer, me relaja.
Parece que no, pero mi profesión es muy estresante, mi hijo lo puede ser más,
y ya no te digo mi padre…
Cuando lo miro, veo que tiene una sonrisa de medio lado, que más que una
sonrisa parece una mueca, pero es muy sexy. Me gustaría saber más de su
vida, creo que no lo ha pasado bien del todo. Algo comentó Juana de la mamá
de Pol, pero no sé los detalles. A ver si algún día consigo que se relaje de
verdad y me explique qué pasó.
—Con el estómago vacío no soy capaz de perdonarte. ¿Qué tal si te pasas
esta tarde con Pol por el BookCafé?, a ver si después puedo hacerlo.
Le guiño un ojo. Yo, Sophie, la tía más fría de Madrid, como me llama
Tammy, a veces… ¡Le guiño el ojo a mi vecino! El bombero que me quita el
sueño y me remueve el estómago, ¿serán mariposas?
Jorge

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero todavía sigo en la acera como un


gilipollas, mientras miro hacia el portal por donde se ha ido Sophie. No me
puedo creer que haya coqueteado conmigo, ese guiño de ojo, ese contoneo de
caderas…
No entiendo nada, pero me encanta esta mujer, me gusta ver como sonríe y
como se enfada, igual que antes. Le sale una curiosa arruga en la frente que la
hace todavía más sexy, si cabe. Y como siga así de embobado voy a llegar
tarde a buscar a Pol.
Aparco el coche y me acerco al edificio para recoger a mi hijo. Voy a tener
que cambiarlo de colegio, pues este está muy lejos de nuestro nuevo hogar y
perdemos mucho tiempo. Hablaré con Juana para ver si me ayuda a buscar uno
más cercano.
Al llegar a la clase, espero mi turno para recoger a Pol. La profesora me
ve, pero me hace un gesto para que me espere al final. ¿Qué habrá hecho el
pequeño diablo esta vez? La verdad es que trato de hacer todo lo que puedo y
sé que mi padre también lo intenta, pero no sé si lo hacemos bien, es todo muy
complicado. Sé que debe de ser muy difícil para el niño criarse sin una figura
materna. Yo quería a mi madre con locura, tenía veinte años cuando el cáncer
se la llevó y la echo de menos cada día. Así que me puedo hacer una idea de
lo mal que lo pasa Pol. Pero es que es bronca tras bronca, ya no sé cómo
afrontar este tema. Me supera, ya no sé qué más puedo hacer para que sea feliz
y no haga tantas trastadas para llamar la atención.
—Buenas tardes, señor Gutiérrez, ¿tiene unos minutos para poder hablar
con usted?
—Claro, ¿qué ha hecho esta vez? —pregunto con resignación a la
profesora; creo que ya me mira con pena y todo.
—Bueno, verá… Hemos tenido un pequeño incidente esta tarde, a la hora
del recreo.
En ese momento miro a mi hijo por encima del hombro de la profesora, está
cabizbajo y con lágrimas en la cara. Me fijo en que en una de sus rodillas
lleva una tirita que esta mañana no tenía. Me acerco a él y me arrodillo,
poniéndome a su altura.
—¿Qué pasa, campeón? —No me contesta, los suspiros de pena no lo dejan
hablar.
—Se ha peleado con Mateo. Al parecer, han tenido unas palabras en el
patio…
—Ese tonto me ha dicho que no tengo mamá porque soy feo — dice mi
pequeño, y se me encoge el corazón. Ya sé que son cosas de niños, pero es mi
hijo y no puedo ser inmune a eso.
—A partir de ese comentario se han lanzado a golpes. El resultado es que
Pol tiene unos rasguños en la rodilla, que ya hemos curado, y alguna que otra
lesión que seguramente veremos en unos días por su color morado. Mateo
lleva un chichón en la frente sin más consecuencias.
—Cariño, ya sé que lo que te ha dicho Mateo es feo, pero no puedes
pelearte con todas las personas que te dicen cosas que no te gustan.
—Ya se han pedido perdón, pero están castigados dos días sin patio para
que puedan pensar en sus acciones.
—Muchas gracias.
—Hasta mañana, Pol. —Él no contesta y salimos del colegio como si
hubiéramos perdido una batalla.
—¿Sabes?, hoy me he encontrado con Sophie y nos invita a su trabajo. ¿Qué
te parece si vamos y merendamos allí?
—Vale —contesta cabizbajo. No me mira a los ojos, como suele hacer, y
hago yo también. Soy de los que cree que una mirada y una expresión puede
decir mucho de una persona—. Lo siento mucho, papi. Sé que está mal pegar a
los demás. Abu siempre me dice que no se puede pegar. Pero es que Mateo
siempre se mete conmigo porque no tengo mamá. ¿Nunca tendré mamá, papi?
—Pol, cariño, no todo el mundo tiene mamá. Yo tampoco tengo; ya sé que
sería genial, pero a veces las cosas no son como queremos. No debes estar
triste, mi vida, papa y el abu te queremos un montón. También está el tío Dani.
Todos te queremos por encima de las nubes, el sol y la luna, ¿vale? —Al
mirarlo, veo que asiente con la cabeza—. Y ahora, vamos a visitar a Sophie y
nos comemos un trozo de tarta, ¿te parece?
—Buen plan —contesta con una sonrisa, y esta vez sí me mira a los ojos.
Otra pequeña crisis superada.

***

Dejamos el coche en el aparcamiento de nuestro bloque y vamos andando


hacia Mi pequeño mundo. Está a solo dos calles, y su nombre le hace justicia,
es lo que tú quieres que sea.
Al entrar, está divido en zonas. Hacia la derecha, están las mesas para
poder leer o tomar algo. Hay unas diez y todas redondas con cuatro sillas cada
una; lo curioso es que ninguna silla es igual, las hay de plástico, de madera o
de tela. Me gusta la idea, ya que no todos somos iguales y así te sientas en la
que más cómodo estés. En la pared, hay estanterías con libros y objetos de
decoración; a los lados, hay colgados varios cuadros, tanto a la derecha como
a la izquierda. Tienen debajo un papel con un nombre y un precio. Supongo
que está pensado para la gente que le gusta pintar y quiere ganarse un dinero,
otra gran idea. Todo está decorado en tonos madera, blanco y azul, es
realmente agradable. En la zona del centro, hay varios muebles bajos con
libros; son las novedades. Una estantería más grande ocupa el espacio de la
pared central. Está dividida por géneros y hay una pequeña zona de libros en
inglés. En la parte izquierda está la zona de caja, por así decirlo. Tiene el
mostrador para pagar lo que compres, ya sean los libros o el café, y la zona de
servicio tiene todo lo necesario para hacer café o infusiones. Un mostrador
donde encuentras toda clase de tartas y bocados dulces o salados; la verdad es
que esto es el paraíso. Detrás del mostrador, veo al chico que estaba antes;
Carlos, creo que lo llamó Sophie. Tiene cara de ser un gilipollas guapo, y no
me gusta que esté tan cerca de ella. Toc, toc, ¿eso son celos? No puede ser,
¿verdad?
—Hola, quiero ver a Sophie. Tenemos una cita —dice mi hijo, todo
resuelto. ¿Será posible, este niño? Creo que pasa demasiado tiempo con Dani.
—Hola, enano. No sabes tú nada, escoges a las feas, ¿eh? Creo que está en
la parte de atrás. Ves a mirar, colega.
Y allí va mi hijo como si se acabara el mundo. Miro a Carlos, creo que se
ha dado cuenta de que no me gusta y yo a él tampoco.
—Hola, Sophie. Hemos venido a verte a tu trabajo. Me ha dicho papi que
nos habías invitado. ¡Hala! Es súper chulo y cuántos libros, ¿puedo coger uno?
—pregunta mi pequeño, con emoción. La verdad es que no me extraña. La
zona es impresionante, incluso para los adultos.
Al pasar las cortinas, la zona cambia completamente. El suelo es blando,
adaptado para los niños. En medio hay una estructura de madera en forma de
panel de abeja, en varias alturas, con cojines y muñecos para que los niños
puedan estirarse y ponerse cómodos. Por los paneles, del otro lado, se ven
varias mesas pequeñas de colorines con sus sillas, y por el resto de la sala hay
muebles con ruedas llenos de libros. Vamos, todo un paraíso.
—Hola, campeón —saluda Sophie, dándole un beso en la cabeza—. Claro,
puedes coger libros, pero antes hay que leer las normas. —Señala un papel
plastificado—. Mira, están aquí, ¿te las leo?
—Sí, porfis. Yo todavía no sé leer.
—La norma número uno es que no se puede entrar con zapatos. Es decir,
que hay que ir descalzos, pero con calcetines. Aquí hay un sitio para dejar los
zapatos.
—¿Como cuando vamos con el abu al chiquipark?
—Eso es, lo mismo. —Mi hijo se sienta en el suelo y se quita los zapatos
para dejarlos en su sitio; parece mentira que aquí sea tan organizado, en casa
no es así, os lo aseguro.
—La segunda norma es que no se puede chillar, es un sitio para pasárselo
bien, leer o mirar libros, no estamos en el parque, ¿vale?
—Sí, esta también la entiendo —contesta, mientras da saltitos por la
ansiedad de lanzarse a este mundo nuevo para él—. ¿Y la otra?
—Y la tercera norma es que los libros son para que los disfruten todos. Y
para que siempre haya libros y te lo puedas pasar chachi, hay que cuidarlos
mucho, no se pueden tirar al suelo o romper. ¿Lo entiendes, pitufo? —comenta
Sophie con una sonrisa en la cara al ver la impaciencia de mi hijo.
—Sí, alto y claro. ¿Me puedo ir ya?
—Anda, ve y disfruta. —Vemos como se aleja—. Al final te has decidido a
venir. No estarás buscando mi perdón, ¿verdad?
—¿Se me nota mucho? No me gusta estar enfadado con mis vecinas. Por
cierto, me gusta mucho el local; lo tienes bien montado —digo, mirándola para
saber cómo reacciona a mi halago—. La verdad es que es muy tú. Discreto,
pero cómodo; agradable, pero con un toque picante; íntimo y sexy, muy sexy.
—¿El BookCafé te parece sexy? ¿En serio? —contesta extrañada.
—No, tú me pareces sexy —comento, mirándola de la cabeza a los pies.
Me paro en sus labios, esos que me encantaría probar. Veo cómo se
ruboriza. Es preciosa, si yo no tuviera el corazón tan dañado… Nos miramos
el uno al otro, fijamente, a los ojos como a mí me gusta, aunque a veces se me
escapa la vista a sus labios. Nuestro momento queda interrumpido por su
teléfono, que no me he dado cuenta de que lo lleva en la mano.
—Lo siento, tengo que responder. Es Juana —se justifica—. ¿Por qué no le
pides un café a Carlos? Invita la casa. —Se gira para atender la llamada.
Le pido un café latte macchiato, pero frío. Ya estamos en el mes de mayo y,
en Madrid, ya empieza a hacer calor. También le pido un trozo de tarta de
queso que tiene una pinta buenísima. Carlos me mira de reojo, pero paso de él.
Me siento en una de las esquinas. No me había dado cuenta de que hay un
banco y tengo la visión perfecta de la televisión donde salen las imágenes de
las cámaras que hay en la sala para los niños. Veo a Pol en una de las
colmenas de abajo, mientras mira un libro, concentrado; seguro que es de
superhéroes, le encantan. Estoy tan abstraído con mi hijo, mientras remuevo mi
café, que no me doy cuenta de que Sophie se ha sentado a mi lado.
—Hola. —Me dice tímida—. Ya estoy. Como Tammy trabaja hasta las
siete, normalmente, Juana o yo recogemos a Cloe. Hoy le toca baile y me ha
dicho que la va a buscar ella. ¡Anda! Tarta de queso, ¿eh? Tienes que probar la
de chocolate, Marina las hace de muerte.
—¿Marina? —pregunto, pues ese nombre no me suena de nada. Bueno,
tampoco es raro, acabamos de aterrizar en este barrio.
—Sí, es una vecina del barrio. Le gusta mucho hacer tartas y la verdad es
que las hace muy bien, y a mí no me cuesta nada comprárselas a ella; así
colaboro para que lance su proyecto profesional.
—Eso es muy bonito. Me imagino que pasa lo mismo con los cuadros
colgados del fondo —digo, mientras los miro.
—Sí, es verdad. Los has visto, qué observador. Estoy muy agradecida,
sobre todo a la gente del barrio; me acogieron muy bien cuando llegue de
Nueva York para empezar de nuevo. —Al mirarla, veo que hay vergüenza en
su rostro, supongo que por explicarme algo tan íntimo—. Fue duro dejar todo
atrás para venir a una ciudad completamente distinta, pero ha valido la pena,
no me arrepiento de nada, al contrario, soy muy feliz con mi familia española.
Me encantaría preguntarle mil cosas. Saber qué le pasó para tener esa
mirada tan triste al hablar del pasado. Abrazarla y decirle que no dejaré que
nadie le haga daño nunca más. No sé por qué, pero creo que ella está
descongelando mi corazón, ¿por qué ella? No tengo ni idea, pero pasa algo
que yo no quería que sucediera; aunque tengo la sensación de que me va a
hacer sufrir, cosa que no me apetece en absoluto.
Por los altavoces, oigo que empieza a sonar Vivir Mi Vida, de Marc
Anthony, y la veo mirar hacia todas partes, desesperada. ¿Qué le pasa?
—Ay, no. Madre mía… —dice con tono avergonzado.
Al levantar la vista, hay un señor de la edad de mi padre que le tiende la
mano.
—No te rías, ¿vale? —me dice en un susurro.
—Querida Sophie, ¿me acompañas? —La coge de la mano y se dirigen al
centro del café.
Todos los presentes se ponen a aplaudir, supongo que esta no es la primera
vez que pasa. Y se ponen a bailar. Estoy flipando; lo hacen realmente bien, con
ese contoneo de caderas de ella, que me está poniendo cardiaco. Se les ve muy
compenetrados y se lo están pasando estupendamente; se les nota en la cara
que están disfrutando como niños.
Hablando de niños, aparece el mío, supongo que, por el barullo, y se sienta
en mi regazo, mientras mira como bailan.
—Que bien lo hacen, papi, ¿verdad?
—Pues sí, lo hacen genial.
—Sophie me cae muy bien, es muy buena y muy guapa. ¿A que sí, papi?
—Sí, cariño, es verdad. Es muy buena y muy guapa.
—Le podrías preguntar si quiere ser tu novia, a lo mejor quiere. El otro día
yo se lo pregunté a María y me dijo que sí.
—Ah, ¿sí? ¿Mi diablillo tiene novia?
—Sí —contesta con su cara de pillo—. Así que tú le preguntas a Sophie,
¿vale?
Al parecer, los niños son más listos que nosotros, o realmente ven cosas
que nosotros no llegamos a ver…
CAPÍTULO 3

Sophie

Por fin es viernes, hoy es el día en que hemos quedado con los chicos para
cenar. No he vuelto a ver a Jorge desde ayer. Madre mía, qué vergüenza
recordarlo. El señor Connor siempre suele sacarme a bailar cuando viene al
BookCafé y suena alguna canción de salsa. Somos compañeros en las clases
de baile del gimnasio.
Es un hombre encantador y, al ser también americano, hemos hecho muy
buenas migas. Normalmente, no me importa que me saque a bailar, pero
delante de Jorge… Espero que no piense que estoy loca; siempre me pilla
bailando, será posible…
Llevo delante del armario como veinte minutos, no sé qué ponerme, estoy
desesperada y casi es la hora.
—Sophie, ¿ya estás lista? Los chicos están a punto de llegar —grita Tammy,
desde la cocina. Como no le digo nada, se acerca a mi habitación.
—Pero ¿aún estás así? Eso te pasa por ser beneficiaria de semejante
armario; si solo tuvieras un vestido no habría tanto problema.
—Ay, honey, ¿qué me pongo? —La miro y hago pucheritos para que se
compadezca de mí.
Ella va fantástica, como siempre. Lleva unos leggings de cuero, un top
dorado con un escote de vértigo y unos botines negros con taconazo.
—Uy, pero ¿a ti qué te pasa? Siempre sabes qué ponerte. ¿Por qué tan
indecisa esta vez? ¿Me he perdido algo? —dice con cara de asombro. Y tiene
razón, yo nunca dudo.
—No sé qué me pasa con Jorge, Tammy. Es como si me transformara, me
deja sin palabras o, simplemente, digo tonterías. Parece que siempre quedo en
ridículo delante de él, me pone cardiaca. Cuando me mira o me toca, me entran
unos escalofríos y se me revuelve el estómago. Estoy asustada, nunca había
sentido tantas cosas por un hombre, y menos por uno que conozco de cuánto,
¿tres días?
—Ay, mi niña. Creo que ese hombre ha destruido esa coraza que tenías en
tu corazoncito desde hace tanto tiempo. Déjate llevar, cielo. Disfruta de la
vida, lo que tenga que ser, será. No te aferres a los malos momentos, no te
pierdas las cosas bonitas que seguro que el amor y, sobre todo, el sexo, te
pueden dar. Seguro que el bombero te hace mojar las bragas, ¿a que sí?
—¿Tú qué crees? Las princesas de hielo también mojamos las bragas y con
la sequía que yo llevo, aún más; creo que vuelvo a ser virgen.
Me mira seria. Intenta no soltar la carcajada que se está aguantando, pero
sin éxito, y estallamos las dos hasta que nos duele la barriga y se nos caen las
lágrimas.
—Anda, tonta, ahora tengo que volver a maquillarme, se me ha corrido todo
el rímel —dice como puede, pues todavía no hemos parado de reír.
—Venga, ¿qué me pongo para poder deslumbrar a ese bomberazo?
—Creo que ya lo tienes en el bote. Al lío, voy a meter la cabeza en este
armario, a ver si encuentro algo decente…
Al final, acabo con una minifalda elástica de color negro, una camisa verde
flúor y algo transparente, por supuesto. Debajo, llevo un sujetador matador de
La Perla, de tul bordado en color negro. Un capricho que me compré hace unos
meses. No pueden faltar unos tacones negros. Sencilla, pero sexy.
Me dejo el pelo suelto, lo tengo largo hasta media espalda y ondulado, así
que no me da mucho trabajo. No suelo maquillarme en exceso, pero como, hoy,
hay que ir a matar, aprovecho. Pinto mis ojos de forma ahumada en negro con
un toque de plateado y rímel; algo de colorete y un brillo en los labios, es la
parte que menos me gusta maquillar. Y voilà.
—¡¡Sophie!! Dani me ha enviado un mensaje, dice que nos esperan abajo,
¿estás lista?
—Sí, ya voy.
—¡Guauuuu, nena! Estás impresionante. ¡Yo sé de uno que se va a morir
cuando te vea!
—Anda, tonta. Vamos, no los hagamos esperar más.
Bajamos en el ascensor y al llegar a la calle, los vemos apoyados en un
coche. Madre, qué dos maromos, a cuál más guapo.
Daniel lleva pantalón tejano azul desgastado, con un jersey negro, fular al
cuello, botas negras y chaqueta de cuero. Con su eterna sonrisa, son tan
opuestos que supongo que por eso se llevan tan bien, les pasa, un poco, como
a nosotras.
Junto a él, está Jorge. Este hombre me quita el aliento, sobre todo cuando
cruzamos nuestras miradas, como es el caso. Está guapísimo, con un pantalón
color beis, jersey negro de pico, botas negras y lleva una chaqueta en la mano.
Dejamos de mirarnos para pasar a repasar nuestros cuerpos, la verdad es
que el panorama es espectacular. Cuando vuelvo la vista a su cara, veo que su
ojeada también le ha gustado, pues tiene esa sonrisa de medio lado que tanto
me gusta.
Nos acercamos y nos saludamos con dos besos, su aroma me embriaga y,
cuando nos separamos, echo en falta su cercanía, su calor…
—¿Qué tal todo, chicas? —pregunta Dani—. Estáis espectaculares. Esta
noche, vamos a ser los más envidiados.
—Creo que nosotras también debemos de tener cuidado con las lagartas,
¿verdad, Sophie? —me pregunta Tammy para sacarme de mi atontamiento.
—Vaya, estáis muy guapos, chicos.
—Tranquilas, hoy somos vuestros, no tenéis por qué preocuparos —
comenta Dani, cogiendo a Tammy de la cintura para acercarla a él. Yo creo
que estos dos, esta noche, no van a dormir solos—. Jorge ha reservado mesa
en Tívoli.
—Perfecto, me encanta. Es uno de mis restaurantes favoritos —comento.
Fue uno de los primeros restaurantes al que fui cuando llegué a Madrid, y
me encantó; es de tapas, y tienen unas patatas bravas de la muerte.
—Vamos, entonces —dice Dani—. Pero tenemos que ir separados, yo he
traído a mi nena.
Señala una moto impresionante, en color rojo, preciosa. A Tammy se le
salen los ojos de las órbitas; le encantan las motos.
—Sophie, tú te vas con Jorge y yo me llevo a Tammy, ¿te parece?
—Claro, por mí no hay problema si a Jorge no le importa cargar conmigo.
Tammy ya sé que está encantada de ir en la moto.
—Por mí tampoco, te cargo encantado —contesta Jorge, con expresión
traviesa.
Me subo al coche de Jorge; es de color gris, bastante nuevo, y, al girarme,
me hace gracia ver la silla de Pol y unos cuantos juguetes en el asiento.
—No te asustes, Pol es un marranito; hay cosas suyas por todas partes.
Hacemos muchos kilómetros cada día para ir al colegio, todavía no he podido
hacer las gestiones para inscribirlo en otro más cerca de casa.
—No te preocupes, es un niño. Además, no me asusto con facilidad, te
recuerdo que vivo con una princesa. Ya me dijo Juana que Pol todavía va a su
anterior colegio y que os queda bastante lejos.
—Sí, bueno, al tener que salir tan rápido no era una prioridad cambiarlo,
pero ahora… —dice con cara de preocupación, concentrado en el tráfico.
—Si quieres, te puedo echar una mano —comento de forma precavida. No
sé si le hará gracia que me meta en sus cosas, apenas nos conocemos—. Puedo
hablar con Adela, la directora del centro, suele pasarse por el BookCafé, y
concertarte una cita.
—¿En serio? Me harías un gran favor. Últimamente tengo algunos
problemillas con el pequeño y me gustaría comentárselo.
—¿Qué ha pasado? ¿Está bien de salud? —pregunto preocupada—. Perdón,
quizá me meto donde no me llaman.
—No, qué va. De salud está perfectamente. Es que creo que no he sabido
gestionar de forma correcta la ausencia femenina. Ahora que es más mayor y
se da cuenta de que no tiene madre, está como más… rabioso. El otro día se
peleó con un compañero que le dijo que no tenía madre porque era feo. Casi
cada semana nos comentan alguna incidencia de este tipo y ya no sé cómo
manejar el tema.
—Supongo que son procesos por los que tienen que pasar. Yo no creo, en
absoluto, que lo hagas mal; al contrario, veo que es un niño muy feliz y te
quiere un montón. Igualmente, si os podemos ayudar en algo, no dudes en
pedirlo, ¿vale? Ahora estáis rodeados de mujeres.
—Muchas gracias, Sophie, eres un cielo. Por cierto, todavía no te he dicho
que estás preciosa —dice, mirándome con su media sonrisa—. Ya hemos
llegado, ¿vamos?
Al salir del coche, en la entrada, ya nos esperan Dani y Tammy. Están muy
cerquita el uno del otro, de forma muy íntima y riéndose de algún comentario
que han hecho.
Cuando llego a la acera, Jorge me sorprende al cogerme de la mano para
entrar en el restaurante. Me quedo un poco parada, mientras miro nuestros
dedos unidos. Al ver que no avanzo, se gira y, al levantar la mirada, veo una
media sonrisa de orgullo en sus labios.
Entramos en el restaurante; hace tiempo que no vengo, pero no ha cambiado
mucho. En la entrada hay una barra donde esperamos a que nos indiquen la
mesa que tenemos reservada. Tiene un pasillo largo; a la izquierda, las mesas
son altas con taburetes, en cambio, a la derecha, son bajas. Tiene aspecto de
restaurante antiguo, con vigas de madera y paredes adornadas con cuadros.
Hay varios paisajes de diferentes ciudades e, incluso, esas placas metálicas de
varias marcas o alguna matrícula de otros países.
Nos sentamos en una mesa al fondo del local. Tammy se acerca a Dani, así
que no me queda mucho margen, pero la verdad es que me encanta estar al
lado de Jorge; ya echo de menos el calor de su mano mientras agarraba la mía.
Escogemos las tapas; patatas bravas, jamoncito, croquetas, chipirones…
vamos, lo normal en estos sitios, y cerveza, por supuesto.
—A ver, chicas, contadnos alguna cosa de vosotras, ¿cómo os conocisteis?
—pregunta Dani.
—Pues, yo era una mendiga, la vida no me había ido muy bien y cuando
Sophie llegó de Nueva York se apiadó de mí y me acogió —contesta Tammy
como si nada.
Dani la mira con los ojos muy abiertos, creo que se ha tragado la broma y
todo, pobre chico… Jorge me mira y calibra las palabras de mi amiga, creo
que a él no lo ha convencido.
—Es broma, tonto —le dice a Dani, partiéndose de risa—. Hasta has
perdido el color de la cara, te has quedado pálido.
—Serás cabrona —murmura por lo bajo, mientras empieza a hacerle
cosquillas.
Jorge y yo también nos reímos por el espectáculo que dan nuestros amigos.
—Cuéntalo tú, Sophie, que eres de fiar —pide Dani, mientras mira a mi
amiga con mala cara.
—Fue casualidad, la verdad. Cuando llegué de Nueva York, estuve una
temporada buscando piso hasta que un día salí a correr por el barrio y vi el
anuncio de Juana. Justo cuando lo iba a coger, una tía muy descarada me lo
quitó de las manos. Nos pusimos a discutir como dos locas hasta que apareció
Juana y puso paz. Cuando Tammy me contó el motivo de su necesidad por ese
piso me di por vencida, pues yo podía buscar otra cosa, no lo necesitaba con
tanta urgencia. Me fui y dos días después me llamó Juana para decirme que a
la otra chica no le importaba compartirlo y… hasta ahora.
—Seguro que te engañó para que le cedieras el piso —dice Dani,
mirándola, divertido.
—Pues no, listo. Me acababa de enterar de que estaba embarazada. No
quería abortar y él no quería ser padre. La solución: él se largó y yo busqué un
piso dentro de mis posibilidades. Tuve mucha suerte de encontrarla —dice
Tammy, alargando la mano para coger la mía—. Es la mejor decisión que he
tomado en mi vida junto a la de no abortar y tener a mi pequeña.
—Tonta, me vas a hacer llorar —le digo—. Sabes que ha sido mutuo,
¿verdad? Las dos nos hemos ayudado mucho. Es fantástico encontrar gente
como Tammy. En el mundo de donde yo vengo no hay gente con tanto corazón,
os lo puedo asegurar.
—Y vosotros, ¿cómo os conocisteis? —pregunta Tammy a los chicos.
—Bueno, lo nuestro no tiene mucho misterio. Nos salvamos mutuamente de
la policía hace unos diez años y… hasta ahora —comenta Jorge.
—Noooo, eso es una mentira. —Los mira, incrédula, Tammy.
—Pues no, esta vez es verdad. Jorge nunca miente. Estábamos de fiesta y
empezó una pelea muy fea; de pronto, se oyeron las sirenas y salimos por
patas. Hubo un momento en que yo, con los nervios, iba directo hacia una
patrulla. Justo cuando más apurado me vi, apareció Jorge de un callejón y
pudimos escapar.
—¿Dejaste mucho en Nueva York? —pregunta Jorge, cambiando
completamente de tema.
Este asunto no me gusta tocarlo, no suelo hablar con nadie de mi vida en
Nueva York. Solo la conoce Tammy, solo ella sabe qué me pasó y a qué se
dedican mis padres. Pero no sé si son las cervezas que llevamos o que,
realmente, estos chicos me caen muy bien, que me lío la manta en la cabeza y
les cuento lo que pasó con Mark.
—Nada importante, la verdad. Después de pillar a mi prometido en la cama
con mi hermana, podéis imaginar que lo que menos me apetecía era quedarme
allí.
—Qué cabrones. —Oigo decir a Dani—. Dame sus nombres y pongo una
alerta para que no puedan entrar en España. —comenta muy serio, y creo que
sería capaz.
De pronto, la temperatura del ambiente parece haber descendido veinte
grados, y al mirar a Jorge creo que se va a partir la mandíbula de como la
aprieta; parece que no le ha hecho mucha gracia mi comentario.
—¡¡¿¿En serio??!! ¿Cómo podemos hacerlo? —le pide Tammy a Daniel—.
¿Habría alguna manera de meterlos en una de esas cárceles de Latinoamérica?
—Claro que sí, nena, soy poli. Por los amigos puedo hacer muchas cosas.
—Sonríe socarrón.
—Chicos, estáis como cabras —les contesto, riéndome para intentar acabar
con esta tensión que se ha creado—. Todo eso es pasado y ya está olvidado.
Poco a poco, y con la ayuda de Dani y Tammy, seguimos la cena con risas y
desaparecen las tensiones. Aparte de ese rato, disfrutamos mucho de la cena.
Me encantan los momentos que Jorge intenta rozarse conmigo o cogerme la
mano con disimulo, no sé si porque, realmente, le gusto o porque siente pena
de mi historia.
Jorge

Cuando acabamos de cenar, nos acercamos a un pub que hay cerca del
restaurante. Todavía estoy un poco en shock por lo que nos ha explicado
Sophie del cabrón de su ex y su hermana. Madre mía, yo no sé si lo podría
superar; ya no solo el engaño de tu pareja, sino la traición de tu hermana, tu
familia de sangre. Con su explicación, también he averiguado de dónde sale
ese acento tan sexy que tiene.
Me encantaría poder abrazarla y decirle que no voy a permitir que le pase
nada malo nunca más. Esto es algo que, con sorpresa, se me ha pasado por la
cabeza esta noche, más de una vez. Yo, que me peleo con mi padre cada vez
que me dice que soy muy joven y tengo que rehacer mi vida, o que mando a la
mierda a Dani cada vez que quiere liarme con alguna de sus amigas…
Ahora me doy cuenta de que me gustaría que Sophie fuese mía, poder
protegerla, y sería fantástico que Pol pudiera quererla y confiar en ella como
si fuese su madre. No creo que sea amor, pero sí me gusta mucho y lo quiero
intentar.
—¿Qué vais a tomar, chicas? —pregunta Dani.
—Yo quiero un ron con Coca-Cola y Sophie un mojito. Ahora venimos,
chicos, vamos al baño —grita Tammy para que la oigamos por encima de la
música. Y vemos como se alejan.
—¿Qué pasa, colega? Estás muy callado.
—No sé qué me pasa, Dani. No sé cómo afrontar esto con Sophie. Me
encanta esta chica. No quiero estropearlo, pero es que llevo tanto tiempo
dedicado a Pol y sin que ninguna chica me guste… Ahora no sé cómo actuar, ni
cómo mantener una conversación.
—Déjate llevar, colega. No fuerces las cosas, que pase lo que tenga que
pasar. Que sepas que me gusta mucho para ti, creo que es una tía muy legal.
—Sí, eso parece. ¿Y tú qué me cuentas? Parece que te mola Tammy y, por
lo que puedo ver, ella también te hace ojitos, ¿no?
—La verdad es que está que cruje y, sí, yo le gusto. También ha quedado
claro que ninguno quiere tener una relación, así que, sin ataduras, y, por cierto,
esta noche no se me escapa —dice, guiñándome un ojo—. Mira, por ahí
vienen.
Una vez las chicas llegan del baño y cogemos nuestras bebidas,
encontramos unos sofás libres donde nos acomodamos. Yo no soy de bailar, no
me gusta demasiado, y si, encima, añades que estoy tan nervioso, que parezco
un quinceañero en su primera cita, pues… no pienso levantarme siquiera.
—Al final, ¿has podido dejar a Pol con tu padre? —me pregunta Sophie,
que se ha sentado a mi lado. Los otros dos ya están en la pista, magreándose.
—Sí, se ha quedado con el abu. Y mi padre encantado, mañana por la tarde
se va de viaje, es de un pueblo de Orense. Tiene que arreglar unos papeles y
estará fuera una semana.
—¿Y ya tienes todo organizado con Pol? ¿No tienes que trabajar esa
semana? Bueno, sé que tenéis unos horarios muy raros y si necesitas que me
quede algún día con Pol, me lo dices, ¿vale?
—Gracias, Sophie. Si necesito algo ya te lo haré saber. La verdad es que
tengo mucha suerte de contar con buenos amigos y, aunque trabaje jueves y
viernes, ya lo hemos medio organizado con Dani y Paula.
Veo que asiente con la cabeza y desvía la mirada hacía la pista, como si
tuviera vergüenza de preguntar algo, y se toca el pelo. Me he dado cuenta de
que es un gesto que hace cuando está nerviosa y, conmigo, lo hace muy a
menudo. No me gusta que esté tan nerviosa a mi lado, quiero que disfrute. Así
que decido coger su mano y acercarme un poco más a ella para ver si se
tranquiliza. Cuando hago ese gesto, levanta la mirada y me mira fijamente, veo
que hay una sonrisa en su cara, me gusta… me gusta mucho.
—¿Paula es tu chica? —pregunta con curiosidad.
—¿Mi chica? ¿Tú crees que estaría así contigo si tuviera novia? Mira,
Sophie, me gustas y mucho. Paula no es mi chica, es una gran amiga, pero nada
más. Sé que todavía no nos conocemos mucho, pero quiero que sepas que yo
no soy como tu ex —le explico, aunque mi tono de voz sale más severo de lo
que pretendo.
—Vale, lo siento, no quería incomodarte.
En ese momento, empieza a sonar la canción Despacito, de Luis Fonsi, y
veo como Tammy viene hacia nosotros y se la lleva a la pista. Antes de irse
me mira y veo que le ha dolido mi comentario; joder, no hago más que cagarla
con ella. Dani se sienta a mi lado y nos quedamos embobados, mientras
miramos como bailan. ¡Qué chicas más sexis! Vemos como se contonean de un
lado a otro y menean sus caderas.
Ya empiezan a haber moscones a su alrededor, pero ellas bailan mientras
nos miran. Presto atención a la letra y me doy cuenta de que está hecha para
nosotros; a mí también me encantaría que le enseñara a mi boca sus lugares
favoritos…
A medida que pasa la canción nos tenemos que levantar para que los
hombres no las acaparen y, sobre todo, sepan que están acompañadas. Me
pongo detrás de ella y oigo como canta la canción mientras mueve su trasero,
despacito. Lo que provoca que no pueda controlar la presión que se forma en
mis pantalones y no me cabe duda de que ella es totalmente consciente. Aun
así, no parece que le disguste, pues sigue con su contoneo.
En un momento de la canción, se da la vuelta y pone sus manos en mi
cuello. Está demasiado cerca, no sé hasta cuándo podré aguantar.
—Despacito, quiero respirar tu fuego, despacito, deja que te diga cosas
al oído, para que te acuerdes si no estás conmigo, despacito, quiero
desnudarte a besos, despacito, firmo en las paredes de tu laberinto y hacer
de tu cuerpo todo un manuscrito…
Como os podéis imaginar, después de esas palabras, ya no me queda
cordura, ni en la cabeza ni en el cuerpo.
—Lo siento —me disculpo, antes de acercar mi boca a la suya y devorarla.
El beso es devastador, por las dos partes. No es para nada como me lo
había imaginado. Noto como se me ponen los pelos de punta y no quiero que
acabe nunca; la verdad es que se nota mucho la tensión sexual que nos
envuelve. La aprieto contra mí y, agarrándola por el culo, la anclo a mi cuerpo
para que vea lo que me provoca. Me van a reventar los pantalones.
—Nena, debemos parar. Si seguimos así, te voy a follar aquí mismo;
daríamos todo un espectáculo y Dani nos tendría que encerrar por escándalo
público —le digo, apoyando mi frente en la suya.
—Tienes razón, lo siento. No sé qué me ha pasado —me contesta, bajando
la mirada.
—Eh, pequeña. No tienes que disculparte por nada. —Le cojo la barbilla
para levantar su mirada—. Vamos a llegar hasta donde tú quieras. Pero quiero
que sepas, que después de muchos años, yo estoy dispuesto a seguir. Me gustas
mucho, Sophie. Eres una chica preciosa y con un gran corazón. No sé qué me
pasa contigo, pero desde que te conozco no te he podido quitar de mi cabeza.
—Oh… vaya… no pensaba que tú… —Parece que se ha quedado sin
palabras.
—Chicos, nos vamos. Estoy muy cansada —dice Tammy con una sonrisa y
un guiño de ojo—. Iremos a casa de Dani que está más cerca.
—Dile a mi amigo que no gaste mucha energía; hemos quedado mañana
para ir a escalar. Recuérdaselo, ¿vale? Cuídamelo —le digo al oído, mientras
le doy dos besos.
—Lo mismo te digo, o te cortaré esas canicas que tienes —me contesta.
Y es capaz, no me cabe la menor duda, yo haría lo mismo por Dani; es mi
hermano, así que quien le haga daño se las tendrá que ver conmigo, y sé que es
recíproco.
—Sophie, ¿quieres quedarte o nos vamos también?
—Prefiero marcharme, mañana tengo que ir a trabajar.
—Pues vamos, te acompaño a casa, ¿te parece? —Levanto las cejas con
ironía.
—Eres todo un caballero.
—Solo porque eres tú, esto no lo hago por cualquiera —le contesto,
robándole un beso.
Llegamos al aparcamiento de nuestro edificio, no quiero separarme de ella,
creo que ella tampoco de mí. Me ha cogido la mano y no me la ha soltado en
todo el camino. Me encanta sentir la suavidad de su piel.
— ¿Quieres subir a casa a tomar la última? Cloe está con Juana y Tammy
no creo que aparezca tan pronto.
—Te iba a proponer lo mismo, pero será mejor que vayamos a tu casa, la
mía está patas arriba. Me faltan muchas cosas, todavía tengo que ir a comprar
algunos muebles, sobre todo la cama de Pol —le comento, mientras subimos
en el ascensor donde empiezo a notar el ambiente cargado.
—¿Necesitas que te eche una mano?
—Pues no estaría nada mal, ¿te atreves a ir con un hombre de compras?
—¿Por quién me tomas? Soy una guerrera; además, tengo un hermano
pequeño, así que he soportado toda clase de salidas, tanto de compras como
nocturnas.
—Vaya, no sabía que tienes un hermano —contesto, mientras ella abre la
puerta del piso—. Entonces, ¿sois tres o hay más?
—No, somos tres. Jana es la mayor, después estoy yo y el pequeño, y mi
ojo derecho, es Nico. Si lo vieras, fliparías. No tiene nada que ver conmigo —
dice con una sonrisa. Se nota que quiere mucho a su hermano, le brillan los
ojos cuando habla de él—. ¿Qué quieres beber? ¿Cerveza?
—Perfecto.
Mientras espero a que Sophie regrese de la cocina con la bebida, le echo un
vistazo al salón. Tienen un sofá grande de color azul lleno de cojines, a los
lados hay dos sillones individuales, tipo butacas. En el centro, una mesita
redonda donde hay varias revistas y algunas plantas. En la pared, detrás del
sofá, hay un cuadro grande con una foto de alguna playa con rocas; se parece a
la playa de Las Catedrales de Lugo. También hay una estantería con muchos
libros y varias fotos.
Regresa de la cocina con dos cervezas y unos frutos secos sobre una
bandeja. Son las dos de la mañana, así que nos viene que ni pintado el
piscolabis para que no se nos suba más la bebida a la cabeza. Veo que coge su
móvil y conecta la música, no muy alta para no molestar dada la hora que es.
—¿Tienes hermanos? —pregunta, acercándose a mí. Apoya su cabeza en mi
hombro, levanto mi brazo y la acerco a mí para que se apoye en mi pecho.
—De sangre no, pero tengo a Dani y a Paula que son como mis hermanos;
desde que los conozco han estado a mi lado, incluso, cuando Clara nos
abandonó.
—¿Algún día me lo explicarás? —Me besa en la mejilla.
—Supongo que sí. Cuando esté preparado. Es un tema del que no me gusta
demasiado hablar, todavía hace daño —contesto, besando su pelo.
—¿Todavía la quieres? —Su voz suena nerviosa, como si, realmente,
tuviera miedo a la respuesta.
La separo de mí para que me mire, sus ojos brillan, supongo que por culpa
del alcohol o, quizá, por la situación. En ese momento empieza a sonar la
canción Dive, de Ed Sheeran, que viene como anillo al dedo.
—No, creo que lo nuestro murió, incluso, antes de nacer Pol. Nunca sentí
con ella lo que me haces sentir tú —le digo. Cojo su rostro con mis manos—.
No lo entiendo, apenas te conozco. Acabé tan harto que cerré mi corazón, pero
tú…
No puedo continuar, Sophie ha sellado mi boca con la suya.
—No me hagas daño, por favor —susurra, mientras apoya su frente en la
mía.
—Nunca, y si así fuera, no sería intencionado, te lo prometo.
Nos volvemos a besar y me coge de la mano para llevarme a su habitación.
Al cerrar la puerta, apoyo a Sophie en ella y la elevo hasta que enrosca sus
piernas en mi cintura. Nos lanzamos con locura a besarnos, boca, cuello…
Nos tocamos desesperados como si la magia fuera a desaparecer. Me suelta el
cuello para levantar mi camiseta y quitármela. La dejo en el suelo para
desabrochar su camisa y estar en las mismas condiciones. Es preciosa,
perfecta, y quiero que sea mía.
Me siento en la cama y Sophie se sienta encima de mí. Consigo quitarle el
sujetador antes de que me empuje para caer sobre la cama. Me desabrocha los
pantalones y me los baja, acompañados de mi ropa interior hasta dejarme
desnudo. Me doy la vuelta para quedarme encima de ella y hago el mismo
proceso; le quito primero la falda, los zapatos, las medias, el tanga…
—Me encanta esta tabletita —ronronea, pasando las uñas por encima de
mis abdominales; gesto que me pone cardiaco y sigue hacia abajo poco a
poco.
—Pequeña, no sigas o no voy a aguantar mucho. —Me lanzo a su cuello
para morderlo y bajo hasta encontrarme con uno de sus pechos.
—Ah, Jorge… Hace tiempo que no estoy con un hombre y no sé si voy…
—Gime de placer.
—No te preocupes, nena. Tenemos toda la noche para disfrutarnos.
Me separo un poco de ella, recojo mi pantalón del suelo para coger un
preservativo y lo rasgo con los dientes. Ella me mira y se muerde el labio
inferior. Me lo pongo con cuidado y me agacho para besar su boca. Guío mi
erección para poder penetrarla, no necesito comprobar si está húmeda, se nota
en el placer que expresa su cara. Entro con suavidad, no quiero hacerle daño.
Escucho nuestros gemidos y yo aprieto la mandíbula para intentar controlarme,
está tan prieta.
Hacemos el amor suavemente, pero no aguantamos mucho, sobre todo, por
el tiempo que hace que los dos no tenemos relaciones sexuales y por lo que
nos deseamos el uno al otro. Repetimos dos veces más; una, en la cama con
más calma y, otra, de pie contra la pared.
Caemos rendidos, por supuesto. Nos metemos los dos en su cama y nos
abrazamos. No me quiero ir, solo lo haré si ella me lo pide, cosa que dudo
porque no han pasado ni dos minutos y ya se ha dormido entre mis brazos.
CAPÍTULO 4

Sophie

Oigo el despertador. Maldita sea, qué sueño tengo. Hoy va a ser un día
difícil. De pronto, recuerdo lo que pasó anoche y una sonrisa ilumina mi cara;
me doy la vuelta en la cama, pero está vacía. Se me encoge un poco el
corazón, ¿y si se ha arrepentido?
Me incorporo para ir al baño y empezar a prepararme. Me fijo que en la
mesita hay una nota:
«He tenido que irme pronto para recoger a Pol y rescatar a mi padre. Lo siento, me hubiera
encantado despertar contigo y repetir lo de ayer. Nos vemos después, nena».
Vuelvo a recuperar la sonrisa y hasta tengo ganas de empezar el día; este
hombre me aporta una energía increíble. Se me genera una inquietud en el
estómago por no saber qué voy a hacer cuando lo vea.
Me doy una ducha y me visto con unos tejanos gastados, una camiseta color
morado y mis Converse negras. Salgo al salón y me encuentro a mis chicas.
—Buenos días, dormilona. ¿Has tenido una noche agitada? — pregunta
Tammy con una sonrisa y un guiño de ojo.
—Buenos días, chicas —respondo, dando un beso en la cabeza a mi
princesa y un achuchón a Tammy y Juana.
—¿No te encuentras bien, mi niña? —pregunta Juana con cara inocente,
como si no supiera de qué va la cosa.
—Juana, solo estoy cansada y con un poco de resaca.
—Sí, resaca… de tanto darle…
—Por Dios, Tammy. Y tú, ¿todo bien? ¿Acabas de aterrizar?
—Todo perfecto, y no acabo de llegar, me ha traído sobre las seis, tenía que
hacer cosas…
—Tita, ¿sabes que hoy mami me va a llevar al zoo? ¿Por qué no vienes con
nosotras?
—Lo siento, mi niña, pero tengo cosas que hacer. Seguro que te lo vas a
pasar súper guay.
—Síííí, seguro que veo jirafas y tigres. A lo mejor puedo tocar un delfín…
—Cloe, ya veremos. No todos los días dejan tocar a los delfines —le
contesta su madre.
Es la hora de ir al zoo, así que las chicas se despiden de mí con besos y
abrazos, aunque mi loca ya me ha susurrado al oído que después tenemos que
hablar. Acabo de tomarme un café para poder reactivar mi cuerpo. Cojo mis
cosas y salgo del piso en el momento en que me suena el móvil. Miro la
pantalla y veo que es mi padre.
—Hola, papá, ¿cómo estás?
—Hola, mi niña. Todo bien, con mucho trabajo. Los deportistas famosos
son un poco coñazo, me tienen loco. ¿Y tú como vas, pitufa?
—Bien también, trabajando, que no es poco —le respondo, mientras bajo
por la escalera para no perder la cobertura en el ascensor.
—¿Cómo están las chicas? Tengo ganas de verlas; seguro que Cloe ya está
muy grande.
—Están muy bien…
Justo cuando llego al rellano de abajo, se abre la puerta de Jorge y este sale
con Pol.
—Cariño, ¿sigues ahí? —me pregunta mi padre al no oírme hablar.
—Sí, papá. Un momento… —le susurro—. Buenos días —le digo a los
chicos, tapando el altavoz.
—Hola, Sophie —me saluda Pol—. ¿Sabes que papá ya me ha leído el
libro que cogí en tu trabajo? ¿Crees que esta tarde puedo ir a coger otro?
—Claro que sí, cariño. Cuando quieras, puedes venir y lo cambiamos.
—Buenos días —me dice Jorge, mientras se acerca y me besa en la mejilla
—. Estás preciosa —susurra.
Veo como se alejan, y, al recomponerme, recuerdo que tengo a mi padre al
teléfono.
—Papá, ¿estás ahí?
—Sí, cariño, ¿qué ha sido eso? Tú siempre vas preciosa, pero que te lo
diga un hombre… ¿Tienes novio y no me lo has dicho?
¡Maldita sea! No me acordaba del fino oído que tiene, veo que se ha
enterado de nuestra conversación. ¿Y ahora qué le digo yo a este hombre?
—Qué va, papá. ¡Qué cosas dices! ¿Solo me llamabas para preguntar si
tengo novio? —Lo oigo reírse.
—No, pitufa. El motivo de mi llamada es que ayer me llamaron de la
residencia y, al parecer, la abuela ha empeorado bastante. Me han pedido que
estuviéramos pendientes, que no aguantará muchos días.
—¡Oh, papá! Lo siento mucho. Sé que lo estás pasando mal, pero en su
estado, quizá, es mejor que descanse tranquila, ¿no crees?
—Supongo que sí. Es muy triste ir a visitarla y que ya no me conozca. Con
la vitalidad que ella siempre ha tenido… Ya sé que no puedes venir a
despedirte en vida, pero sí me gustaría que vinieras a darle el último adiós.
¿Crees que podrías? No tendrías que preocuparte por nada, yo te enviaría el
billete de avión o te mando el jet. Sé que es duro para ti tener que volver, pero
te necesito a mi lado.
—¡Ay, papá! Por supuesto que sí, nada ni nadie me va a impedir ir a
despedirme de la yaya y estar a tu lado. Por el billete no te preocupes, de
momento, no me va mal la vida. Tú solo tienes que avisarme. Te quiero mucho,
papi.
—Yo también, cariño, muchas gracias. Estamos en contacto y te voy
informando. Adiós, mi niña.
—Adiós, papá.
Pobre, mi papi. En una de las últimas conversaciones íntimas que tuvimos,
cuando pasó todo el lío con Mark y Jana, me confesó que nunca había sido
feliz junto a mi madre. Su matrimonio fue forzado por mi abuelo y ellos nunca
se habían querido. Que sus mejores momentos fueron cuando nacimos y que, al
final, por comodidad y por nosotros, ya no se esforzó en buscar su felicidad.
Ahora que nosotros ya no estamos revoloteando por casa, se da cuenta de
que no es feliz, y está solo. La verdad es que es un hombre muy guapo y se
mantiene muy bien físicamente, seguro que tiene una larga lista de
admiradoras. Tiene cincuenta y nueve años, si él quisiera, podría encontrar a
una mujer que lo hiciera feliz de verdad. Tiene el pelo corto y canoso como su
barbita de varios días, que suele dejarse, y que a mi madre no le gusta nada.
De cuerpo está espectacular, ya quisieran muchos jovenzuelos…

***

Las horas pasan y, cuando me quiero dar cuenta, ya casi es la hora de


recoger. Entre el BookCafé y mi nuevo proyecto literario se me pasan las
horas volando. Es otra de mis aficiones, escribir. Me encanta evadirme en el
mundo de mis protagonistas y volverlos locos. No soy una afamada escritora,
pero no me va mal. Ayer, me llamó la editora y ya me ha metido prisa, quiere
leer algo lo antes posible. Qué presión, madre mía.
—¡Jefa! Tienes visita. —Oigo a Carlos desde la puerta.
—Voy. —Recojo un poco la mesa y guardo mi trabajo y mi portátil.
—¡Sophie! —Veo una cabecita rubia que corre hacia mí y se abraza a mis
piernas.
—¡Hola, campeón! ¿Cómo estás? ¿Qué has hecho hoy?
—Estoy guay. Hemos ido con papá y el tío Dani a escalar la montaña, y he
subido hasta la mitad.
—Anda, pero eso es mucho, ¿no?
—Sí, y papi dice que pronto voy a llegar arriba de todo —comenta con una
gran sonrisa en su cara y mirando a su padre.
—Hola, nena. ¿Cómo ha ido el día? —Jorge se acerca y me besa en la
mejilla.
—Todo en orden. Con mucho trabajo y liada en nuevos proyectos.
—¿Va todo bien? No tienes buena cara —me dice con una sonrisa pícara.
—Qué gracioso. Alguien me tuvo entretenida anoche.
—Siento si, esta mañana, te he interrumpido cuando hablabas por teléfono.
—No pasa nada. Era mi padre para decirme que mi abuela está bastante
mal. Tiene Alzheimer y se apaga poco a poco.
—Vaya, lo siento…
—Sí, yo también. Ahora, solo queda esperar a que nos informen del
desenlace e ir a despedirla.
En ese momento, al fondo, veo a Dani que saluda a Cloe y Tammy, que
entran por la puerta.
—Mira quién viene por ahí… —le comento a Jorge—. Hola, chicos. Hola,
princesa.
—Hola, tita Sophie. ¿Sabes…? Hemos visto un montón de animales, pero
no he podido tocar los delfines, había una cola hasta la China.
—Vaya, qué rollo —le digo, mirando a Tammy que pone los ojos en blanco
—. Otro día vamos y lo volvemos a intentar, ¿te parece?
—¡¡Síííí, guay!! Tengo mucha sed, ¿le puedo pedir un batido a Carlos?
—Claro que sí, cielo. Después, si quieres, puedes ir a la zona de los libros,
Pol está por ahí dentro, buscando uno.
—Vale. —La vemos salir disparada hacia Carlos.
Estamos entretenidos explicándonos nuestros días. Por lo visto, los chicos
han ido a escalar los tres y han hecho día de montaña. Y las chicas, pues, al
zoo.
—¿Dónde está la mujer más bonita del mundo?
Oigo que alguien chilla desde la puerta. Por supuesto, esa voz la conozco a
la perfección. Es mi niño, mi trocito de vida. Mi hermano.
—¡Oh my God! —chillo y me levanto como un rayo.
Cuando llego a junto mi hermano, me tiro a su cuerpo y lo aprieto con todas
mis fuerzas. Lo echo tanto de menos… Me hace tanta falta toda su energía, su
calor y su positividad…
—Estás preciosa, sweetie.
—Y tú, mírate… ¿Qué haces por España? ¿Por qué no me has llamado?
—¿Y perderme la cara que se te ha quedado al darte la sorpresa? Ni hablar.
—Se ríe—. ¿Se puede saber qué haces trabajando un sábado?
—Ya he acabado, tonto. Estábamos tomando algo. Ven, que te presento…
—¡Nicoooooo! —chilla Cloe y, como yo, se tira encima de él.
—Pero bueno, mírate… ¡Has crecido un montón! Estás preciosa.
—¿A que sí? Carlos dice que todavía soy una mocosa, ¿a qué no? ¿A que ya
soy grande?
—Claro que sí, princesa. Tú ni caso a Carlos, que no se entera de nada.
Sonríe y se acerca para saludarlo. Desde que se conocen, se han llevado
muy bien, se entienden a la perfección y sé que mantienen contacto muy a
menudo. Mientras ellos se saludan con esas palmadas de hombres, me giro
para mirar hacia la mesa y mis ojos se cruzan con los de Jorge, que tiene a Pol
sentado en su regazo. Está muy serio.
—Vaya, vaya… ¡Si está aquí el amor de mi vida! —dice, cuando ve a
Tammy que se levanta para abrazarlo.
—¿Cómo estás, guapísimo? ¿Qué se te ha perdido por España?
—Tengo que venir a vigilar a mis chicas. Veo que estáis muy bien
acompañadas.
—Jorge, Dani, este es mi hermano, Nico. Nico, Jorge y este campeón son
nuestros nuevos vecinos, y Dani es un amigo.
—Mucho gusto, chicos.
—Igualmente —le responden los chicos, con un apretón de manos.
—Y este chico tan guapo, ¿cómo se llama?
—Me llamo Pol. ¿Por qué llevas todos esos dibujos? —le pregunta el
pitufo, alucinado, al ver los brazos de mi hermano—. ¡Son muy chulos!
—Tengo muchos más. Si te deja tu papá, después, te los enseño, ¿vale?
—¿Me dejarás, papi? ¿Podré verlos?
—Ya veremos, solo si te portas bien.
En ese momento le suena el teléfono a Nico y se aparta para contestar. Me
encanta tener a mi hermano cerca. Tengo que preguntarle qué va a hacer
cuando la abuela fallezca. Todo sería mucho más fácil si él estuviera allí
conmigo.
—Vaya, tenías razón. Tu hermano no se parece en nada a ti —me dice
Jorge.
—No, es todo un bohemio. Le apasiona la música. Toca la guitarra en un
grupo, no me preguntes de qué; solo sé que hacen mucho ruido.
—Se te ve contenta, creo que te hace mucha ilusión tenerlo aquí, ¿verdad?
—No te haces idea. Me aporta serenidad y buen rollo. Siempre está ahí
cuando lo necesito y se desvive por mí. Aunque esté un poco loco.
Nos estamos riendo, cuando veo que mi hermano cuelga el teléfono y se
queda pensativo. Solo pone esa cara cuando habla con mi madre o mi
hermana. Así que seguro que era una de las dos.
—¿Tienes un momento? A solas, porfa... —me dice, mientras mira a Jorge
—. Ahora te la devuelvo, colega.
—¿Pasa algo? ¿Era papá? ¿Va todo bien? —le pregunto atropelladamente.
—Para, loca, para… Sí, todo está bien y no, no era papá, era Jana.
—Nico, sabes que no quiero saber nada de ella. Ahora vivo tranquila y
tengo aquí mi vida. Todo me va bien si estoy lejos de ella…
—Lo sé, pitufa. Me ha llamado para preguntar si irás cuando la abuela
fallezca.
—¿Y qué más le dará a ella si voy o no?
—A ella le importa una mierda, ya sabes cómo es… Era para que
supiéramos que sigue con Mark y que él también irá. Vamos, para meter el
dedo en la llaga, como le gusta hacer siempre.
Ella es así, le encanta joder a los demás y restregárselo por la cara en la
menor ocasión. En el colegio lo hacía siempre; nosotras somos muy diferentes,
tanto físicamente como de carácter. Jana es rubia, con unos ojazos azules como
el cielo. Es un poco más alta que yo y siempre va espectacular, en eso se
parece a mi madre. Bueno, en eso y en muchas cosas más. Entra a matar, a por
el objetivo que tenga en mente y a mí, por desgracia, siempre me tiene en su
cabeza. Nico dice que tiene envidia y de verdad que no lo entiendo. Ella es la
guapa y yo siempre quise ser como ella. Menos ahora, cuando me he dado
cuenta de que es mala de verdad, que no le importa nadie que no sea ella
misma.
—Nico, dime que tú también vendrás. Dime que no me dejarás sola en esto,
por favor.
—Haré todo lo posible, peque. Ya sabes que voy de aquí para allá y no sé
dónde estaré, pero lo intentaré —dice, abrazándome.
—Gracias, Nico.
—Por cierto, ¿qué me dices de Jorge? Lo tienes loquito, no te quita el ojo
de encima. ¿Este es el que te llama «preciosa»?
—¿Será posible? Papá es un chivato… No estarás aquí por eso, ¿verdad?
Se echa a reír. No me extrañaría que lo haya enviado mi padre para
controlarme. Vaya hombres…
Jorge

No puedo dejar de mirarla, sé que está nerviosa, se le nota por como se


toca las manos o se enreda el pelo en los dedos. Posiblemente habla con su
hermano de los días que tendrá que ir a Nueva York. No me hace gracia la
idea, no me gusta que tenga que volver. Sé que solo de pensarlo ya le supone
una inquietud. Me encantaría poder acompañarla, que supiera que estoy ahí, a
su lado; que no tiene que pasar por eso sola. Pero va a ser imposible con Pol y
los turnos del trabajo…
—¡Eh, colega, despierta! —me dice Dani—. Solo es su hermano, no te la
va a quitar.
—No es eso, imbécil. Creo que está preocupada porque tiene que volver
unos días a Nueva York, y no sé cómo ayudarla…
—Jorge, no te preocupes. Ella es muy fuerte, aunque no lo parezca. Ha sido
muy duro por todo lo que ha pasado, pero ha seguido adelante. Es una mujer
muy grande. Ten paciencia, solo es necesario que estés ahí, con ella. Con eso
ya la ayudas —interviene Tammy.
—Gracias, Tammy. Sé que la quieres mucho y te agradezco el consejo. No
sé dónde nos llevará esto, pero quiero intentarlo. Hace mucho que no siento
esta presión en el pecho. Tengo ansiedad por no poder protegerla y verla
sufrir.
Ella asiente con una sonrisa en los labios y los ojos húmedos. Sé que
también tiene muchas ganas de que Sophie sea feliz. No sé si lo conseguiré,
solo sé que voy a intentarlo con todas mis fuerzas. Oímos como Cloe llama a
Tammy y nos quedamos Dani y yo solos en la mesa. A mi amigo le extraña que
yo me sienta así y no sabe qué decirme. Él siempre dice que nunca entenderá
esto del amor, que solo hace sufrir y que él quiere disfrutar. Es decir, que el
amor no entra en sus planes. Lo que no tengo tan claro es si Tammy no ha
tocado ya un poco el corazón de mi colega. Aunque ese no creo que sea el
problema; el problema para él, realmente, es que también se lo está robando
Cloe, y eso sí que es peligroso.
—¡Tierra llamando a papi! Creo que papá está en la luna.
Oigo decir a Sophie. Se vienen riendo de mí, claro está. Ya ha encandilado
también a mi hijo. Veo que Nico le dice algo a mi hijo al oído y este se
descojona.
—¡¡Papiiiii, tengo hambre!! ¿Podemos pedir pizza y comer todos juntos? A
Cloe le gusta de jamón como a yo.
—Como a mí —lo corrijo—. Por mí bien, cariño. ¿Has preguntado si todo
el mundo puede? A lo mejor, como Nico acaba de llegar, ya tenía planes con
Sophie…
Mi hijo nos observa a todos con cara de «no puede ser que haya otros
planes mejores» y mira a Nico.
—¡Ah, no! A mí no me mires con esa cara de pena. No es justo. ¿Qué dices,
Sophie? ¿Crees que podríamos ir a comer pizza con Pol?
—Pues… Creo que es una muy buena idea, me apunto. ¡Me encanta la pizza
de atún! ¡Qué rica! —dice, haciéndole cosquillas a mi pequeño.
—¿Tu qué dices, mi princesa? —pregunta Nico a Cloe, que está encima de
Dani, siguiendo la charla.
—¡Yo sí quiero, mami, porfa! Tú también puedes, ¿verdad, Dani?
—¡Dios mío! Sois unos manipuladores, así no se puede. Estoy con Nico, no
es justo.
—Venga, todos a comer pizza —dice Nico.
—¡Sííí, qué guay! —grita mi hijo con la ayuda de Cloe que ha comenzado a
aplaudir.
Salimos del BookCafé para ir a buscar las pizzas, al final de la calle, según
las chicas, parece que hay una pizzería. Pedimos la cena y vamos de camino
hacia nuestros pisos.
Llegando, vemos que Nico se desvía en dirección a un coche, bueno, no…
Un coche es quedarse muy corto, es un cochazo; un Mercedes Benz Clase C63
Coupe de color gris mate. Se debe de ganar bien la vida, pues ese vehículo
vale una pasta. Vemos que recoge una mochila. Dani y yo nos quedamos
mirando, supongo que pensamos lo mismo, nos hemos equivocado de
profesión…

***

Finalmente, hemos decidido ir a casa de las chicas que no está tan


desordenada y pasamos la tarde de charla. La compañía es de lo mejor y la
verdad es que nos reímos mucho. Nico parece un gran tipo, hace buen equipo
con Dani, son los dos igual de payasos. Yo no pierdo la ocasión para
encontrarme con Sophie y rozar nuestras manos o piernas. Tengo unas ganas
tremendas de besarla, pero me reprimo, más que nada por Pol, es pequeño, y
no quiero que se encariñe y, después, las cosas no salgan bien y sufra.
Sophie se levanta y la miro de reojo; va hacia la cocina y, cuando creo que
todos están despistados, aprovecho para ir tras ella. Intenta coger un vaso de
un armario alto, por lo que está de puntillas, marcando ese culito que tiene. No
me resisto, me sitúo detrás para ayudarla y que note lo que me provoca.
—Hay que comer más yogures o tenerme cerca más a menudo.
—Lo primero ya lo hago, pero creo que no sirve de mucho. Lo segundo no
suena mal… —dice, girándose. Se abraza a mi cuello, mientras acaricia mi
pelo y yo la cojo por la cintura. Me encanta sentirla cerca y creo que ella lo
puede notar perfectamente—. Te he echado de menos en mi cama esta
mañana… —susurra.
—Yo te he echado de menos todo el día. No sabes las ganas de abrazarte y
besarte que tenía… —Uno mis labios con los suyos para poder besarla con
todo el anhelo que siento por ella. El roce de nuestras lenguas es el paraíso.
Esta mujer me tiene loco, definitivamente.
—Ejem… Perdón, no quiero molestar, pero no queda cerveza, hermanita.
—En la nevera, hermanito —contesta Sophie, separándose de mi cuerpo y
dejándome vacío. Me da un beso, me guiña el ojo y me deja ahí, en medio de
la cocina, con cara de bobo, la tienda de campaña montada y su hermano
mirándome. ¡Será bruja!
—Vaya, creo que te han dejado con un problema. —Nico señala mis
pantalones.
—Sí, eso parece, ya se lo haré pagar. Trae, te ayudo, ¿cuántas hay que
llevar?
—Me gusta verla feliz —dice sin contestar a mi pregunta—. Por eso no me
importa que la mires con esa cara de….
—Oye, mira, yo no….
—Espera, déjame acabar… Sé que te gusta y es normal. Es preciosa, tiene
el corazón más grande que conozco y no me voy a meter en esto que tengáis.
Pero si le haces daño, te puedo asegurar que tengo los medios suficientes para
hacerte sufrir. Mientras no sea así, todo irá bien.
—Nico, solo la conozco desde hace cuatro días. Pero sí te digo que hace
mucho tiempo que no siento por nadie lo que ella me ha despertado. Yo
también me juego mucho, te recuerdo que tengo un hijo y, para mí, es lo
primero.
—Lo entiendo, por eso mismo tenéis que hablar y sacar todas esas mierdas
que arrastráis, o la cosa no irá bien. —Vaya, es un tío muy cabal y tiene razón;
sería prudente poder sentarnos y hablar de las sogas que llevamos al cuello.
—¡Nico! Esas birras, que estamos secos… —grita Dani, desde el salón.
Sin darnos cuenta, se nos hacen las doce de la noche. Los pequeños se han
quedado dormidos en el sofá, así que decidimos recoger el campamento.
—Hermanita, me voy ya. Mañana, mi vuelo sale a las tres, por lo que no sé
si tendré tiempo para despedirme, así que aprovecho y lo hago ahora.
—Bueno, colega, ya nos informas cuando vengáis a tocar por España, para
ir a verte —le comenta Dani.
—Claro, ya se lo digo a mi hermana y os hago llegar las entradas.
—Pórtate bien, guapetón.
—Siempre, Tammy, ya lo sabes. Dale un besazo a la princesa de mi parte.
—Oye, si quieres quedarte a dormir por aquí, yo tengo una habitación libre.
La cama no es de última generación, pero para una noche sirve.
—Se agradece, Jorge, pero ya tengo reservada una habitación en el Villa
Magna. Hazla feliz —me susurra al oído.
Se acerca a su hermana y la abraza con mucho cariño. Se nota la buena
sintonía que los acompaña y que se quieren muchísimo. No sabemos qué se
dicen, ya que entramos en el piso para darles intimidad. Vuelve con cara triste
y los ojos húmedos de llorar. Sé que lo va a echar mucho de menos, tengo que
animarla y creo que tengo la forma.
—Ven aquí, nena. —La abrazo para que se desahogue—. Oye, ¿qué te
parece, si para animarte, nos acompañas mañana a dar un paseo por El Retiro
y a comer un helado? Seguro que lo pasamos genial.
—No sé, Jorge, tendría que ir a trabajar.
—Vamos, pequeña, eres la jefa, ¿no? Necesitas un respiro, parar un poco…
—Ya, pero mi editora me presiona para que le entregue algo y lo que tengo
no me convence.
—¿Estás escribiendo? ¿Eres escritora? —le pregunto asombrado, y me doy
cuenta de lo poco que sabemos el uno del otro—. ¿Por qué no sabía nada?
No sé por qué le estoy recriminando nada, incluso el tono de mi voz no ha
sido el adecuado y he sonado enfadado. Me encanta y sé que podría llegar a
ser la mujer de mi vida, pero me preocupa no saber de ella, la veo tan
hermética y me da la sensación de que me oculta cosas. Supongo que parte de
esa desconfianza, es culpa mía, que tiene que ver con lo que me ha pasado con
Clara y sus engaños. Me he vuelto más precavido y desconfiado, todo me da
miedo. Pero no lo puedo evitar, estoy harto de sufrir, estoy harto de fiarme de
la gente y que siempre me decepcionen. Se ha enfadado, no sé qué pasa por su
cabecita ahora mismo, pero no es nada bueno. Arruga el ceño y entrecierra los
ojos, de observarla me he dado cuenta de que lo hace cuando está enfadada.
—Jorge, nos conocemos desde hace… ¿cuánto?, ¿cuatro días? Yo tampoco
sé casi nada de tu vida y no te lo recrimino. Mira, es muy tarde, creo que será
mejor que nos vayamos a dormir. Estoy muy cansada y no quiero decir cosas
de las que mañana pueda arrepentirme. —Yo solo asiento, no puedo contestar
nada, tiene toda la razón.
Entro a recoger a mi pequeño guerrero que ha caído en el sofá, muerto de
cansancio. Al entrar, veo que Tammy ya ha llevado a Cloe a dormir, y Dani y
ella están apoyados en los muebles de la cocina. Los veo desde el sofá
mientras cojo a Pol. Están muy juntos. Dani la acorrala con las dos manos en
sus costados y le da un beso en el cuello. Sonríen y hablan en susurros. Tengo
que bajar la vista, por la pura envidia que siento ahora mismo. Cojo a Pol con
cuidado y me acerco para despedirme.
—Dani, colega, yo me voy. Hablamos mañana. Hasta mañana, Tammy.
—Hasta mañana, Jorge —contesta ella, dejando un beso en mi mejilla.
—Hasta mañana, tío. ¿Todo bien? —Yo asiento. Como podéis comprobar
soy un hombre parco en palabras.
Sé que han notado que ha pasado algo con Sophie, pero no tengo ganas de
hablar, ni de compasión tampoco. Solo quiero meterme en la cama, abrazar a
mi pequeño y que mi cerebro deje de pensar…

***

Me despierto con una manita que acaricia mi mejilla. Qué maravillosa


manera de comenzar el día. Abro los ojos y veo la cara de mi hijo que me mira
con ojos adormecidos. Lo voy a echar de menos cuando tenga su cama, pero es
lo que toca…
—Buenos días, mi pequeño guerrero, ¿has descansado bien?
—Hola, papi. He dormido genial. Tengo hambre, ¿nos podemos levantar
ya?
—Creo que sí. Vamos a mirar qué hora es. —Cojo mi reloj de la mesita y
veo, con sorpresa, que son las diez de la mañana—. ¡Caray! Hemos dormido
mucho. Venga, arriba, campeón.
Baja de la cama como un rayo y va hacia el baño, oigo la cisterna y, poco
después, los dibujos en la televisión. Me incorporo y me rasco la cabeza,
pensé que iba a tener resaca, por culpa de la ingesta de cerveza de anoche.
Después de pasar por el lavabo, me dirijo a la cocina para preparar el
desayuno.
—Pol, a desayunar, campeón.
—Voy, papi.
He preparado unas tostadas con mantequilla y mermelada de fresa, con un
zumo de naranja para Pol y café para mí.
—¡Jolín, papi! Yo quería chocolate. —me dice, de morros.
—Ya sé que el chocolate te gusta mucho, pero no se puede comer todos los
días. Venga, campeón, si te lo comes todo nos vamos un ratito al parque con el
patín y después nos acercamos a la estación.
No ha dejado ni las migas, las palabras parque y estación son mágicas para
mi hijo; le encanta ir a los dos sitios. Mientras se viste, yo le doy vueltas a mi
conversación de ayer con Sophie. Sé que todavía no tengo derecho a meterme
en su vida, pero me gustaría tanto que pudiera confiar en mí y me explicara sus
cosas… Ayer, al final, con la pequeña discusión, no me dijo si aceptaba mi
invitación para venir con nosotros. Por lo que decido subir a su casa para
saber qué ha decidido.
Llamamos al timbre y oímos a Cloe decir que abre ella.
—¿Quién es? —pregunta.
—Hola, Cloe. Somos Pol y Jorge. —Antes de acabar de decir mi nombre
ya nos ha abierto la puerta—. ¿Cómo estás, princesa? ¿Está Sophie?
—Hola, estaba viendo dibujos. Sophie no está.
—Cloe, ¿quién es, cariño? —pregunta Tammy que se dirige hacia la puerta
—. Buenos días, chicos.
—Buenas, Tammy. Veníamos a ver si estaba Sophie.
—Sí, vamos al parque y después a la estación de bomberos, la queríamos
invitar para que venga con nosotros —contesta Pol.
—Pues, creo que ella ha madrugado mucho más que nosotros. Ya ha salido
a correr y hace un rato que se ha ido a trabajar. ¿Por qué no le enviáis un
mensaje a ver qué os dice?
—Gracias, Tammy. —Me parece buena idea enviarle un mensaje.
Jorge:
«Hola, pequeña. Ayer me porté como un capullo, lo siento. Voy a ir con Pol al parque, ya me
dices si quieres venir. Un beso».
Veo que lo lee, así que espero impaciente la respuesta.
CAPÍTULO 5

Sophie

Leo el mensaje que me escribe Jorge, sé que ayer no lo hizo de mala fe,
pero me fastidia que me recriminen cosas. Bastantes explicaciones he tenido
que dar durante toda mi vida como para que ahora tenga que justificar mis
acciones.
Lo siento, pero hoy necesito pensar, no me puedo ir con ellos como si no
pasara nada. Además, está Pol, tenemos que pensar también en él y no ir a lo
loco.
Sé que no le va a hacer gracia, pero es lo que hay. Aprovecho y le comento
que le conseguí una cita para mañana con Adela, la directora del cole.
Sophie:
«Lo siento, pero tengo mucho lío, otro día. Por cierto, he hablado con Adela, la directora del
cole. Me ha dicho que te puedes pasar mañana, sobre las nueve y media».
Sé que soy muy seca, pero no me queda más opción, necesito aclarar mis
ideas y mis sentimientos, no quiero que me vuelvan a hacer daño. Noto que mi
teléfono vibra en mi mesa de trabajo. Llevo desde las ocho de la mañana
liada. Casi no he podido dormir, así que he madrugado y he aprovechado para
avanzar la novela. Le he dado un cambio y, ahora, estoy más contenta con el
resultado. Desbloqueo el teléfono. De fondo está sonando la canción Y Caíste
Del Cielo, de Los Rebujitos.
Jorge:
«Pequeña, no me hagas esto… Vamos a hablarlo, por favor. No sé qué hechizo me has lanzado,
que no te puedo quitar de mi cabeza. Gracias por lo de Adela, allí estaré. Te echo de menos».
Mientras leo los mensajes, escucho parte del estribillo de la canción… Mi
mundo también se para cuando él me mira y todo parece más pequeño si no
está a mi lado. ¿Entonces por qué no puedo dejarme llevar y disfrutar? Yo que
pensaba que lo tenía todo superado, no es así; parece que lo que pasó con
Mark y mi hermana lo voy a arrastrar toda mi vida. Maldita sea.
No le respondo y sigo tecleando. Me gusta tanto escribir que es lo único
que me ayuda a desconectar de todo, y de todos. Cuando miro el reloj, ya es la
hora de comer, así que recojo y cierro por hoy; es domingo, por lo que voy a
intentar pasar la tarde con mis chicas.
—Hasta mañana, Trini. Si hay cualquier cosa me llamas al móvil.
—Claro que sí, reina. Descansa, que falta te hace, tienes una carita...
Llego al portal con la inquietud de poder encontrarme con los chicos, pero
no ocurre, menos mal; todavía no estoy preparada para hablar con él.
—Hola, ¿hay alguien en casa?
—Titaaaa, mira lo que me ha comprado Juana —dice mi princesa,
enseñándome un DVD de dibujos.
—¡Qué chuli! Eso es que te has portado muy bien, ¿no?
—Bueno, tú ya sabes que no hace falta portarse muy bien para que la
malcríe, ¿verdad, Juana?
—Ay, mi niña. Yo ya no voy a ser abuela, así que ya sabes que vosotras
sois mis niñas y Cloe es como mi nieta.
Me acerco a darle un beso a las chicas. Cloe ya se ha ido a ver la nueva
película, no me ha hecho ni puñetero caso, la tía…
—Tienes mala cara, cielo, ¿no has dormido bien? —me pregunta Juana con
cara de preocupación.
—No he dormido muy bien, la verdad.
—Ayer discutió con Jorge. ¿No has hablado con él? Esta mañana ha venido
a buscarte para ir al parque.
—No, no he hablado con él, pero me ha enviado un mensaje para invitarme
a ir al parque con ellos. He aprovechado para informarlo de que hablé con
Adela y mañana puede recibirlo.
—Si estás aquí es porque no has aceptado la invitación —comenta Juana.
Niego con la cabeza—. ¿Tan grave es la pelea para que no los puedas
acompañar a dar un paseo?
—No, Juana. Ha sido una tontería. Pero estoy un poco superada por todo.
Hace tan pocos días que lo conozco y tengo la sensación de que todo va tan
rápido... Hacía mucho que no tenía estas mariposas en el estómago. Bueno,
hace tiempo que no sentía, en definitiva.
Me siento en la silla de la cocina, estoy sobrepasada, y ellas lo saben. Se
sientan a mi lado y Juana me coge la mano, dándome el apoyo que necesito, el
apoyo que da una madre.
—A ver, cielo… Se nota que os gustáis, hasta un ciego puede ver eso, se
respira en el ambiente cuando estáis cerca el uno del otro. Él es un chico
maravilloso, ha conseguido sacar adelante a un bebé. Te puedo asegurar que
no lo ha pasado nada bien. Su corazón ha sufrido mucho. ¿Y qué voy a decir de
ti, mi niña? Eres muy grande y lo sabes, pero también lo has pasado muy mal.
Sois dos personas heridas. Primero, hay que sanar el corazón dañado y
después, pasito a pasito, el tiempo y el destino dirán.
—Sophie, ya te he dicho muchas veces que no todos los hombres son como
Mark. Que tú y yo vamos a encontrar a nuestro príncipe y seremos muy felices.
Quién sabe si Juana también lo encuentra —le dice Tammy con cara de pícara.
Juana la mira con las cejas levantadas y le da un empujón como si estuviera
muy ofendida, antes de dirigirse a mí.
—Tienes que hablar con él y abrir el corazón, aclarar las cosas. Inténtalo,
cielo, solo hay que ver como se te ilumina la mirada y te sale esa sonrisa tan
bonita que tienes cuando él está cerca, esa que ocultas tan a menudo.
—Mami, tengo hambre —nos interrumpe Cloe.
—Claro, mi niña, ayúdame a poner la mesa para comernos estos
macarrones tan ricos que ha hecho Juana.
Aprovecho que montan la mesa para ir a mi habitación, ponerme cómoda y
pensar en todo lo que me han dicho las chicas. Tienen razón, me merezco ser
feliz, quiero ser feliz. Intentaré hablar con Jorge y abrir mi corazón. Lo que sí
tengo claro es que no quiero que se entere de quién es mi familia, al menos,
todavía no. No me apetece que mi madre y mi hermana se enteren de que ellos
existen y puedan llegar a estropear lo bonito que es tenerlos cerca. Ellas son
así, todo lo que tocan lo destruyen con su maldad.
Cojo el teléfono del bolso y veo que tengo un mensaje, es de Jorge. Al
abrirlo solo puedo reír, me ha enviado una foto de los dos con un helado,
haciendo muecas. Debajo de la foto leo: «Mira lo que te has perdido».
La verdad es que están muy graciosos con la cara manchada de helado y
esas muecas tan raras; hasta así están guapos, los puñeteros. Pienso en cómo
devolverle la foto y, mientras comemos, le pido a Cloe que nos manche los
morros de tomate. Tammy nos hace una foto, poniendo muecas como han hecho
ellos y se la envío, con el mensaje: «Nosotras también lo hemos pasado muy
bien, comiendo los macarrones de Juana. De la muerte ;)».
Recibo su contestación en pocos segundos.
Jorge:
«Estáis preciosas las dos, pequeña».

Ese pequeña... Me encanta que sea tan cariñoso y la verdad es que, al


verlo, no lo parece. Tiene la típica pinta de chico malo, es más bien serio. Si
no lo conoces, hasta parece que siempre esté enfadado. En cambio, es muy
dulce y, con su pequeño, es todo un padrazo.
Después de comer y recoger la cocina, me he ido a mi habitación a
descansar. La verdad es que ahora estoy realmente cansada. Me estiro un rato
y, finalmente, Morfeo me encuentra.

***

—Sophie. —Oigo a Tammy, detrás de la puerta—. ¿Todavía duermes?


—Ahora ya no, tonta, pasa.
—Qué mal despertar tienes, bonita.
—¿Qué hora es?
—Son las seis, dormilona.
Pues sí que he dormido, unas tres horas… Madre mía.
—Dani me ha enviado un mensaje. Dice que van al bar de la esquina a
tomar algo. ¿Te vienes?
—No sé, Tammy. Todavía estoy medio dormida y no estoy vestida.
—Vamos, churri, hemos quedado en media hora. Tienes tiempo de sobra
para despertarte y ponerte divina de la muerte. —Me guiña un ojo. Y sin
esperarlo, me da una cachetada en el culo—. ¡Arriba!
—¡Auuuuu! Serás guarra —me quejo, mientras le lanzo un cojín de mi
cama, que ni la roza siquiera.
Pasan cinco minutos de las seis y media, cuando vamos de camino hacia el
bar de la esquina, donde hemos quedado. A medida que nos acercamos, ya se
ven de lejos; la verdad es que dos hombres como estos es imposible que pasen
desapercibidos. Me fijo en Jorge. Madre mía, qué pedazo de hombre. Cuanto
más lo miro más guapo me parece. Lleva un tejano azul oscuro desgastado y un
poco caído en la cintura, con una camiseta negra que se le ciñe a los músculos
y una chaqueta tejana. Se ríe apoyado en la moto de Dani. De pronto, el
pequeño torbellino rubio se nos abalanza en cuanto nos ve.
—¡Hola! —dice atropellado por el esfuerzo de correr—. Mira lo que me
han dado los bomberos.
—Anda, qué pegatina más bonita.
—Papá también ha cogido una para Cloe.
Y vuelve a salir corriendo, esta vez, en dirección a su padre. Este levanta la
cabeza y nuestras miradas se encuentran. Un escalofrío me recorre el cuerpo y
se me remueve el estómago. Por Dios santo, pero ¿cómo es posible que este
hombre me afecte tanto?
—Hola, chicas. Pero bueno, hoy sí que pareces una princesa —le dice Dani
a Cloe, que se ha querido traer una corona.
—Hola, guapetones —contesta Tammy—. ¿Lleváis mucho rato esperando?
—Como una hora, más o menos —la pica él, mientras se acerca para
darnos un beso en la mejilla a cada una—. Las mujeres siempre tardáis un
mundo para todo...
—Qué graciosillo se ha levantado hoy, el sabueso... —Vaya dos, con estos
es imposible aburrirte y, además, van al pique, a ver quién puede más.
Miro a Jorge y veo que se ríe de estos dos y niega con la cabeza, dándolos
por perdidos. Se acerca para darme dos besos.
—Hola, pequeña, ¿todavía sigues enfadada conmigo? —me pregunta, con
una cara de gato que me recuerda al de Shrek y así es imposible seguir
cabreada...
—Ya no, pero no cantes victoria, ni pongas esa cara, me puedo volver a
enfadar rápidamente —le digo, señalándolo con el dedo—. ¿Cómo fue el día
de parque?
—Bien. Hemos ido con el patinete, comimos un helado, nos hemos
acercado hasta la estación para coger unos documentos y, aparte de echarte de
menos, poco más.
Después de pasar lo que quedaba de tarde tomando algo con los chicos,
hemos puesto rumbo a nuestros pisos.
Nos despedimos de Dani que tiene la moto frente al bar. Cloe va delante
con Pol, hablando de sus cosas, así que Tammy aprovecha para despedirse de
él en condiciones. Eso significa… besito, achuchón, un «no te vayas», un «me
tengo que ir», otro beso... Lo típico cuando alguien te gusta y parece que tienes
quince años. Aquí hay más que rollo.
—Pol, venga, cariño… Despídete de las chicas que mañana hay cole —le
pide Jorge, cuando llegamos a nuestro bloque.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana, campeón. Que lo pases genial en el cole. Después, si papá
quiere, vienes a verme y cambiamos el libro. ¿Te parece?
—Vale. Me cogeré uno de Iroman que me mola mucho. —Nos da un beso a
cada una y se va para dentro del piso.
—Sophie, nosotras subimos —me dice Tammy, guiñándome un ojo y se
despide de Jorge con la mano.
—Hasta mañana, chicas.
Esperamos a que suban y, cuando creemos que ya no nos pueden ver, Jorge
me arrincona contra la pared. Me mira fijamente, como si fuera a comerme,
que, si así fuera, yo me dejaría, vamos...
—Por fin solos. No te imaginas las ganas que tengo de besar esos labios —
susurra, mirándome la boca y tocándome los labios con sus dedos.
—¿Y a qué esperas?
Sinceramente, no sé quién está más ansioso por ese beso, si él o yo. Este
hombre me hace temblar las piernas y me nubla el juicio. Se acerca poco a
poco, con esa dulzura que lo caracteriza y que, a mí, ahora mismo, me está
matando. Primero, muerde mi labio inferior, haciendo una pequeña presión. Se
oye un pequeño jadeo, mío por supuesto, con el que consigue que abra la boca
y él pueda introducir su lengua para besarme como si no hubiera un mañana.
Me encantan sus besos, su sabor, su... todo él, vaya. Cuando acaba el beso,
apoya su frente en la mía y los dos estamos jadeando por el cúmulo de
sensaciones. Oímos que Pol lo llama y nos separamos, dejándome con una
sensación de frío por la falta de su cercanía.
—Ahora voy, Pol. Nena, ¿qué te parece si mañana cuando acabe la reunión
con Adela, te aviso y me acompañas a comprar unos muebles que me faltan?
—Vale, avísame y, si no hay novedades en el frente, te acompaño.
—Genial. —Vuelve a besarme los labios—. Hasta mañana, pequeña.
—Hasta mañana, nene.
Subo las escaleras con cara de tonta y una sonrisa que hacía tiempo que no
enseñaba, como dice Juana.
Jorge

Estoy contento. He ido a hablar con Adela y, por fin, hay plaza en el colegio
para Pol, así que el curso que viene ya empezará más cerca de casa. Al ser el
mismo al que va Cloe, podemos aprovechar para organizarnos mejor.
Jorge:
«Morena ya he acabado, ¿te apetece un divertido día de compras? Necesito algunas ideas y
mucho apoyo».
Le envío el mensaje a Sophie, tal y como acordamos ayer, a ver si, con un
poco de suerte, me acompaña a comprar los muebles que me faltan y le
preparo la habitación a Pol.
Sophie:
«Me apetece, pero solo si prometes comida incluida».
Menos mal, no sabe lo feliz que me hace poder tener un día con ella. La
verdad es que me siento muy cómodo cuando estoy a su lado, aparte de
tenerme loco todo el día.
Jorge:
«Dame veinte minutos y te espero en la esquina».
Así aprovecho para tomarme un café, tranquilo. En ese momento me suena
el teléfono, es mi padre.
—Hola, papá, ¿cómo estás?
—Hola, hijo, todo viento en popa. Ya casi he acabado de arreglar todos los
papeles, nos falta pasar mañana por el notario con tu tío. Creo que el viernes
ya podré estar de regreso. Y mi pequeño, ¿cómo va?
—Bien, ayer estuvimos dando un paseo por el parque y fuimos a buscar
unas hojas a la estación. Después, tomamos algo con las vecinas.
—Qué bien, hijo. Así que, con las vecinas, ¿no? —Oigo como se ríe, de
tonto no tiene un pelo.
—Vamos, no empieces que te conozco. Por cierto, cuando vuelvas me
tienes que explicar qué pasa con Juana...
—¡Ay, hijo! Cosas de mayores. Que sepas que Sophie me gusta mucho para
ti. Parece una chica estupenda y es muy guapa.
—¿Y tú cómo sabes que es Sophie y no Tammy? Ella también es una mujer
muy guapa.
—Sí, hijo, también es preciosa, pero la cara de tonto que se te pone cuando
miras a Sophie te delata; además, eres mi hijo y te conozco. —Será puñetero,
el tío. No pensaba yo que se me notaba tanto que esta mujer me tiene loco.
—Bueno, papá, te dejo que he quedado con ella para ir a comprar algunos
muebles.
—Claro que sí, hijo. Me gusta mucho verte feliz, te lo mereces, sin duda. Te
quiero, hijo. Le das un beso a mi niño, ¿vale?
—Claro, estamos en contacto.
Ni café ni puñetas, con la llamada de mi padre no he podido hacer nada
más. Así que me encuentro en la esquina, con mi coche, mientras espero a que
llegue. La veo caminar en mi dirección, está preciosa, como siempre. ¿Cuándo
no lo está? Va vestida con un tejano apretado (pitillo, creo que lo llaman), y
una camiseta blanca con los hombros descubiertos, una chaqueta tejana en la
mano y zapatillas. Lo dicho, preciosa.
—¡Hola, fireman! —me saluda, cuando se sube al coche y se acerca para
darme un beso en la mejilla, pero rozando la comisura de mis labios.
—Hola, pequeña, estás preciosa. ¿Preparada para un maratón de compras?
—Claro, ¿qué hay que comprar? ¿Ya tienes una idea?
Pasamos parte del día de tienda en tienda. Compro todos los muebles y
artículos de decoración que necesito, y que no necesito también. Hemos
comprado millones de cosas que no sé ni para qué sirven, pero con tal de
verla feliz y con esa sonrisa… Es fantástico. Lo bueno es que ya tengo la
habitación para Pol. A ver si le gusta cuando esté montada.

***

El resto de los días pasan sin pena ni gloria, consigo montar la habitación
de mi campeón y, como bien dijo Sophie, le encantó. La estructura de la cama
es de hierro y la funda nórdica de los superhéroes. Se la compró ella y está
como loco por dormir en su cama. He acoplado una estantería con cubos para
meter sus juguetes y otra para los libros que, al verla, ya me dijo que le
molaba mucho porque era como las que tenía Sophie, palabras textuales.
Como podéis comprobar esta mujer nos tiene locos a los dos.
Ya es jueves, así que hoy toca trabajar, dejo a Pol en el colegio y voy a la
estación. Entro y me pongo el uniforme. Espero que sea un día tranquilo y no
tengamos que hacer muchas salidas, eso sería lo mejor para todos.
Nada más entrar en la sala de descanso donde tenemos mesas, sillones para
descansar y la televisión, me encuentro a Oso. ¿Que por qué lo llamamos así?
Imaginaos a casi dos metros de hombre, con una espalda y unos músculos que
dan miedo y cara de «no me toques los cojones». Menos en el pelo, que no
tiene mucho y va rapado, en el resto es como ver a uno oso grizzly de pie y
enseñándote los dientes, acojona, y mucho. Lleva un tatuaje en el pectoral
derecho y, ¿a qué no sabéis qué es? Correcto, un oso.
De fondo se oye música, algo de guitarra, como si fuera flamenco. Me he
olvidado deciros que Oso es de Cádiz y siempre tiene puesta su música.
—¿Qué pasa, Oso? ¿Cómo vas? ¿Qué cojones de música estás escuchando,
tío? ¿Ya estás otra vez con tus mariconadas?
—No te pases, rubiales, que te machaco. No insultes a mis paisanos, Los
Rebujitos. Además, esta canción nos viene que ni pintada, se titula Envuelto
En Llamas, capullo.
—J, no lo chinches que tiene mal de amores —me dice Blue, que acaba de
entrar por la puerta.
—No me fastidies, Oso, ¿qué ha pasado esta vez? ¿Se acabó el amor?
—Blue y yo soltamos una carcajada. Siempre le pasa lo mismo, al pobre, tan
grande y tan bonachón.
—Joder, tío, me voy a quedar para vestir santos. Después de tres meses, me
entero de que la tía está casada. Pero se enfada con su marido y aquí está el
tonto de Manuel, que cómo es grande y asusta, nadie se mete con él —nos
comenta compungido—. El amor es una mierda y las tías también, me voy a
hacer gay. ¿Quieres salir conmigo, Blue?
—A la mierda, capullo —le contesta este.
Como podéis ver, casi todos tenemos un apodo y también somos muy mal
hablados; es lo que tiene estar tantas horas rodeados de hombres.
Noto como me vibra el teléfono en el bolsillo y veo que es el número del
colegio de Pol.
—Buenos días, ¿el señor Gutiérrez?
—Sí, yo mismo.
—Le llamamos del colegio de su hijo. Verá, tenemos a Pol en la secretaría.
Ha vomitado en varias ocasiones. ¿Cree que podría venir a buscarlo? El pobre
está llorando y quiere a su papá.
—Claro, en veinte minutos estoy allí.
—Perfecto, hasta ahora, señor Gutiérrez.
Cuelgo y me dirijo hacia mi superior para informarle de que debo salir un
momento a recoger a mi pequeño, ya que mi padre sigue fuera.
No sé qué narices voy a hacer ahora, ni dónde puedo dejarlo. Mi primera
opción es Dani, pero me dice que está fuera de la ciudad y no volverá hasta la
tarde que era cuando tenía que recogerlo del colegio. Mi segunda opción es
Paula, nos conocemos de toda la vida, pero estará en el trabajo, es pediatra.
Incluso Juana parece haber desaparecido, pues no me coge el teléfono. Así que
como último recurso se lo pido a Sophie, me da rabia molestarla, no quiero
que piense que puedo estar abusando de ella.
—¡Hola, fireman!
—Hola, pequeña, necesito un favor —le digo, y creo que mi voz suena un
poco desesperada porque ella cambia su tono jovial por uno más serio.
—Claro, ¿pasa algo? Te noto nervioso.
—Me han llamado del colegio, y voy a buscar a Pol; ha vomitado en varias
ocasiones. El problema es que hoy tengo que trabajar y no tengo con quién
dejarlo. ¿Crees que te lo puedas quedar un rato? Solo hasta que llegue Dani y
lo recoja.
—Por supuesto, no hay problema. ¿Dónde quieres que lo recoja?
—Si no te va mal, ¿puedes pasar por la estación y te lo llevas?
—Claro, nos vemos en un rato.
Apago el manos libres, aparco el coche en doble fila y corro para coger a
mi pequeño. Al entrar en la secretaría ya veo a mi guerrero. Tiene la cara
pálida.
—Hola, soy el papá de Pol —le digo a la señora del mostrador, señalando
a mi hijo.
—Pol, cariño, mira quién ha venido a buscarte.
Me acerco y lo cojo. Pobrecillo, se ve tan indefenso que se te encoge en
corazón.
—Hola, cariño, ya está aquí papá.
Me despido de la señora del colegio, dándole las gracias. De camino a la
estación, donde he quedado con Sophie, se queda dormido. Aprovecho para
llamar a la consulta de Paula, su secretaria ya me conoce y me la pasa en un
momento.
—Hola, chicarrón, ¿va todo bien? Tú solo me llamas a la consulta si pasa
algo.
—Hola, preciosa, es que he tenido que coger a Pol del cole, me han dicho
que ha vomitado en varias ocasiones y está hecho polvo.
—Vaya, pobre, mi niño. Seguramente sea una gastroenteritis. Dale mucho
líquido y si tiene fiebre, ibuprofeno. Sobre las cinco me paso por tu casa y le
echo un ojo.
—Perfecto, gracias, Paula. Oye, te paso por mensaje mi nueva dirección y
el piso, es el de Sophie, mi vecina, que se lo quedará un rato.
—Muy bien, Jorge. Nos vemos después. Un beso.
Al llegar, dejo a Pol en mi cama y le doy un poquito de agua. Él pobre está
hecho polvo y sin fuerzas, con lo movido que es, cuesta verlo así, tan parado.
—J, colega, en la entrada hay un bombón y como no te des prisa Oso se la
va a comer, tío —me dice Blue, para hacerme saber que Sophie ha llegado.
Cojo a mi pequeño y corro como si se acabara el mundo, no sé lo que le
pueden decir estos animales. Cuando llego a la entrada de la sala, veo un
corrillo de hombretones, donde imagino que, en el centro, estará Sophie.
—Pero bueno, parecéis sabuesos, ¿vosotros no habéis visto una mujer en
vuestra vida o qué? —les pregunto con tono de enfado.
La tropa se dispersa hasta que consigo ver a Sophie en medio. No tiene
cara de susto, al contrario, está sonriente y habla con Oso. Cuando ve que se
empiezan a marchar, me mira y sonríe. ¡Dios mío, es tan bonita! Seguro que ya
tengo cara de tonto como siempre que la tengo cerca.
—Tranquilo, rubiales, solo estábamos hablando. ¿Sabes que nos gusta la
misma música? Chúpate esa, sargento —me dice Oso, por haberme reído de él
antes—. Ha sido un placer conocerte Sophie, un día que tenga fiesta, ya me
pasaré por Mi pequeño mundo.
—Para mí también ha sido un placer, Oso —contesta ella, guiñándole un
ojo. Pero ¿qué narices ha sido eso?—. Allí te espero para poder seguir con
nuestra conversación.
Mi compañero se queda allí, de pie, embobado. Esta chica nos deja a todos
tontos.
—Oso, colega, creo que te llama el capitán —le digo, para ver si pilla la
indirecta.
—Sí, ya, el capitán... —Se da media vuelta y lo oigo murmurar un «será
capullo».
—Disculpa a estos cavernícolas. Espero que no hayan sido muy groseros.
—No, qué va, al contrario. Oso ha sido muy agradable conmigo. Y este
campeón, ¿cómo sigue?
—Bueno, de momento no ha vuelto a vomitar. He hablado con Paula, que es
pediatra, y me ha dado unas instrucciones. Mucho líquido y si tiene fiebre
ibuprofeno.
—Perfecto, no hay problema, tengo de todo en casa.
—Espero que no te importe, pero me ha dicho que después se pasará para
revisarlo mejor.
—Claro, allí la esperamos. Y tú… ¿cómo estás?
—Bueno, ahora mejor, la verdad es que siempre pasan estas cosas, tengo un
montón de días de fiesta y se pone enfermo el día que trabajo y el resto del
mundo está ocupado...
—Papi, tengo sed.
—Claro, campeón. Vete con Sophie y ahora te traigo un poco de agua. Oye,
tienes que irte un ratito con ella, a su casa, ¿vale? Más tarde verás a Paula y te
mirará esa barriguita para saber cómo está.
—Vale, papi. ¿Y tú cuándo vienes?
—Yo iré cuando acabe de trabajar, cariño. Después, el tío Dani se quedará
contigo por la noche.
—Pol, ahora nos pondremos en el sofá a ver dibujos. —Mi hijo asiente con
la cabeza.
—Voy a buscar agua y te lo llevas, ¿vale?
—Claro, ve.
Regreso con el agua, se la bebe y los acompaño al coche. Me despido de
mi niño con un beso en la frente y de ella con uno en la comisura de los labios.
Cada día que pasa me cuesta más tenerla tan cerca y no poder demostrarle lo
que me gusta, que no tuviera que mantener las distancias y poderla besar
cuando yo quisiera.
CAPÍTULO 6

Sophie

Dejo mi coche en el aparcamiento. La verdad es que tengo todo tan cerca


que apenas lo cojo. Yo no me lo hubiera comprado, pero ya sabéis como son
los padres y supongo que, dada la capacidad económica de los míos, pues
peor. Aunque yo no lo quiera, ellos me lo compran.
Pol se ha quedado dormido nada más ponerlo en la silla que llevo para
Cloe. La verdad es que se ve que el pobre está muy pachucho, con lo
dicharachero que es él siempre… Ni se le ha oído.
—Pol, cariño, ya hemos llegado —le digo, moviéndolo un poco para no
asustarlo—. Ya eres muy grande y pesas un montón, no te puedo llevar. Vamos,
que te ayudo a bajar del coche.
—¿Ya ha llegado Paula? Me duele mucho la barriga —me pregunta, el
pobrecito. Realmente se nota que está enfermo. Le toco la frente y está algo
caliente.
—No, cariño, vendrá un poquito más tarde. Ahora subiremos a casa,
beberás un poco de agua y tomaremos el jarabe para que te pongas bueno
pronto. Si quieres puedes dormir un poquito y cuando venga Paula te
despierto, ¿vale?
—Vale, Sophie, ¿te puedes quedar un poquito conmigo en el sofá?
—Claro, campeón, vamos.
Al llegar al piso, tumbo a Pol en el sofá, cojo un vaso de agua, le doy el
jarabe y me siento a su lado. Pone su cabeza en mis piernas y le voy peinando
el pelo, despacito, como haciendo un masaje.
—Me gusta mucho que me toques así la cabeza. A veces, papi también me
hace un masaje cuando vemos una peli en casa, pero tú me lo haces mejor
porque tienes uñas. Seguro que a papá también le gustaría que se lo hicieras
tú, a él le gusta que le toquen la cabeza.
—¿En serio? —le pregunto, riéndome.
—Sí, a veces, le toco yo y, a veces, lo hace Paula, pero ni ella ni yo
tenemos uñas, así que seguro que si se lo haces tú le gusta más.
Esa respuesta de Pol me llama la atención. Por lo visto el nivel de
intimidad entre Jorge y Paula es más grande de lo que yo pensaba. Eso hace
que, de pronto, esté triste… o enfadada, no tengo claro qué siento. Yo creo que
nunca he tenido esa intimidad ni con mi hermano Nico y eso que lo quiero con
locura. Pol se queda dormido y mi cabeza saca humo de la cantidad de
imágenes que pasan por ella. Mi nivel de celos está en lo más alto y ya sé que
lo que voy a decir está mal, pero solo me queda esperar que Paula no sea de
esas chicas guapas, simpáticas y que se llevan a todos los chicos de calle,
porque si no...
Como Pol está dormido, decido levantarme despacio para no despertarlo,
necesito hacer alguna cosa o mi cabeza estallará con todo lo que imagino de
Jorge y Paula. Él me dijo que no había nada entre ellos, pero entre todo lo que
mi corazón ha sufrido y que a Jorge casi no lo conozco, no sé si fiarme de su
palabra. Decido coger mi portátil y traerlo a la sala; así, mientras echo un ojo
a Pol, avanzo en mi libro. Como siempre que me pongo a escribir, pierdo la
noción del tiempo y reacciono cuando oigo el timbre del telefonillo del portal.
Me imagino que es Paula.
La espero en la puerta para recibirla, aunque esté rabiosa por dentro,
todavía queda rastro de esa educación que me han pagado mis padres. Y ahí
está. Guapísima, por supuesto. Es, más o menos de mi estatura, ojos color
caramelo, muy dulces, pelo castaño y algo ondulado y cuerpo de infarto. Vaya,
no tiene nada que ver con lo que mi mente quería imaginar.
—Hola, soy Paula —me saluda, estirando la mano para presentarse—. Tú
debes de ser Sophie, ¿verdad?
—Así es. Encantada, Paula —le doy la mano para acabar la presentación.
Espero que no haya notado en mi tono de voz los celos que me comen por
dentro.
—Siento no haber venido antes, pero hay un montón de niños enfermos.
¿Cómo sigue Pol?
—No pasa nada, la verdad es que, el pobre, está tan hecho polvo que se ha
quedado dormido y parece que no haya niño. Adelante, está en el sofá, en el
salón. —Paula se adentra en la sala y se sienta al lado de Pol—. Cariño, mira
quién ha venido.
—Hola, Paula. —Se tira a sus brazos, el niño también la quiere mucho, por
lo que parece.
—¿Qué ha pasado, pequeño Iroman?
—Me duele mucho la tripa y he vomitado en el cole, tres veces —contesta
él con cara de preocupación y enseñándole tres dedos.
—Bueno, pues vamos a mirar cómo sigues.
Lo estira en el sofá y levanta su camiseta para tocarle la barriga. Le hace
abrir la boca, mira los oídos, lo ausculta y, de su maletín, saca un termómetro
y le mira la fiebre. Mientras realiza todo el proceso de comprobar cómo se
encuentra el pequeño, se lanzan sonrisas y se nota la complicidad que hay
entre ellos, incluso sin decir palabra. Creo que me voy a morir de envidia y
me da mucha rabia, porque yo no soy así. Esa sería la reacción de mi hermana,
no la mía, y no quiero tener esta sensación tan amarga. No me quiero convertir
en ella.
—Perdonadme un momento —me disculpo.
Ella me mira sorprendida, pues el tono de mi voz ha dejado muy claro que
estoy molesta. Tengo que salir de aquí un rato para serenarme y analizar qué
pasa en esta cabecita. Suena mi teléfono y doy un brinco, estaba tan
concentrada en mis penas, que me he asustado como una tonta. Veo que es
Jorge, así que contesto.
—Hola, Jorge.
—Hola, nena, ¿cómo estáis?
—Bien. Paula está aquí, revisando a Pol. ¿Quieres que te la pase y que te
explique? —Mi tono vuelve a ser seco y borde.
—Claro. ¿Va todo bien, pequeña?
—Sí, solo estoy algo cansada. Espera, que te paso.
No quiero hablar con él o creo que me voy a poner a llorar. ¿Seré tonta?
Seguro que dramatizo, pero no lo puedo evitar.
—Paula, es Jorge. —Le paso el teléfono y me doy la vuelta para irme, pero
Pol me coge de la mano y no me queda otra que quedarme.
—Hola, chicarrón.
No oímos lo que le contesta, pero sí puedo ver como ella sonríe y tiene un
brillo especial en los ojos. Por un momento, nuestras miradas se cruzan y
supongo que se da cuenta de que la mía es triste.
—Jorge, pongo el altavoz y mientras te explico, guardo mis cosas. Así,
también, puedes oír a Pol y a Sophie.
—Hola, papi.
—Hola, campeón. ¿Cómo estás, cariño? ¿Cuidas bien de esas chicas tan
guapas?
—Claro que sí, papi, y ellas, también, cuidan de mí, súper. Paula me ha
dicho que, cuando me ponga bueno, podremos ir a comer un helado de esos
grandotes que tanto nos gustan y Sophie me ha hecho un masaje en la cabeza
para que me durmiera y es… ¡Uf! para flipar, porque tiene unas uñas que
molan un montón. Le tienes que pedir que te lo haga un día, ya verás qué
pasada.
Creo que estoy roja como un tomate por el comentario de Pol, pero este
pequeño bicho siempre consigue sacarme una sonrisa, y los tres nos echamos a
reír.
—Vaya, veo que te tratan como a un rey. Ya hablaré yo con Sophie para que
me haga ese masaje en la cabeza, a ver si no exageras.
—A ver, vaya par que estáis hechos. Yo estoy curada de espantos con
vosotros, pero vais a asustar a Sophie. Bueno, te explico, que me tengo que ir.
Como ya nos imaginábamos tiene una gastro. Nada importante, mientras no se
deshidrate. Como desde el medio día no ha vuelto a vomitar, pues vamos bien,
así que te hago una receta de medicamentos que hay que darle y cómo hay que
hacerlo. Yo no lo llevaría al colegio hasta el lunes y que descanse. Mañana
trabajo, pero el sábado o el domingo me puedo quedar con él, si me necesitas.
—Gracias, preciosa. Te debo otra y ya perdí la cuenta de cuántas... —Se
hace un silencio, como si los dos estuvieran pensando en qué hacer para
devolverse los favores—. Creo que mañana llega mi padre y hablaré también
con Dani, a ver si trabaja. Si necesito algo ya sé dónde localizarte, como
siempre...
—Perfecto, entonces, un besazo. Te paso con Sophie.
—Un beso, guapísima, y gracias de nuevo.
Paula quita el altavoz y me pasa el teléfono con una sonrisa de oreja a
oreja, creo que es totalmente consciente de que entre nosotros pasa algo y no
veo en su cara que le importe demasiado. Así que todavía me siento peor de lo
que me sentía; creo que mis celos me han traicionado y he pensado cosas que
no son. No he sido justa con ninguno de los dos y mi actitud no ha sido nada
correcta con Paula.
—Nena, ¿seguro que va todo bien? Oye, sobre las ocho llegará Dani a casa
y pasará a buscar a Pol. Más tarde te llamo y podemos hablar de lo que te
inquieta, sé que te pasa algo… Ya te voy conociendo.
—No es nada, de verdad, no te preocupes —le digo, mientras miro de reojo
a Paula que habla con Pol.
—Quedamos así, pequeña. Me tengo que ir, nos llaman para una salida.
Hasta luego, nena.
—Ten cuidado. Hasta luego.
Pienso que, en poco tiempo, este hombre ha calado bien hondo en mi
corazón. Ahora soy consciente de que me importa de verdad; se me encoje el
alma al pensar que le pudiera pasar algo. Dios mío, creo que me estoy
enamorando de este fireman. Cuando reacciono, me doy cuenta de que he sido
tan egoísta al pensar en mí todo el rato, que ni siquiera le he ofrecido nada de
beber a Paula.
—Perdóname, Paula, he sido una mal educada y no te he preguntado si
quieres algo para beber. ¿Un café, un refresco...?
—No te disculpes, Sophie, entiendo que estos hombres, a veces, hacen que
una pierda la cabeza y desmontan tu día en un momento. Son una parte muy
importante de mi vida, así que te puedo entender perfectamente, yo tampoco
puedo vivir sin ellos. Un refresco está bien, gracias.
No entiendo muy bien lo que me ha querido decir con esas palabras. Estoy
hecha un lío y necesito aclarar este tema de una vez por todas o me volveré
loca.
—Sophie, ¿puedo ver un ratito los dibujos?
—Claro que sí, campeón. Paula y yo estaremos en la cocina, si necesitas
cualquier cosa nos llamas, ¿vale? —Afirma con la cabeza y conecto la
televisión.
Vamos hacia la cocina, le doy su refresco y yo cojo otro.
—Oye, Paula, yo...
—Verás, Sophie...
Las dos empezamos a la vez, creo que tenemos las mismas ganas de aclarar
la situación, ya que se ha creado una tensión entre las dos que resulta
desagradable.
—Empieza tú, por favor —le pido.
Ella suspira y empieza a hablar.
—A ver, no sé por qué, pero creo que se ha creado entre nosotras un
ambiente algo tenso. Yo soy una mujer que, para bien o para mal, siempre voy
por delante y me gustan las cosas claras. Me da que tú eres muy parecida a mí
en ese sentido, ¿verdad?
—Sí, no me gusta, en absoluto, dejar las cosas a medias.
—Perfecto. Entonces vamos a aclarar las cosas para poder hacer que esta
tensión desaparezca de una vez. Conozco a Jorge de toda la vida. Hemos sido
amigos desde pequeños, con la edad de Pol, más o menos. Ha estado en casi
todos los procesos de mi vida y yo en los suyos. No te voy a negar que en más
de una ocasión he deseado que él se fijara en mí como mujer, tendría que estar
muy ciega si no fuera así. Está cañón y, con los años, ha mejorado bastante. El
problema es que cuando lo conoces a fondo, es aún mejor. Es el hombre que
toda mujer quiere a su lado; es atento, cariñoso, respetuoso, amable... bueno,
también tiene sus cosas malas, no creas que es perfecto, aunque ya sabemos
que ese tipo de hombre no existe. —La dejo continuar, no la quiero
interrumpir, pues veo que lo quiere mucho y necesito averiguar hasta dónde
llega su relación, para saber si la nuestra puede funcionar o no—. Con el paso
del tiempo, me he dado cuenta de que su amistad es lo mejor que tengo. Que no
lo cambio por nada del mundo. Nunca podríamos ser pareja, somos como
hermanos, por ese motivo voy a estar ahí siempre y no voy a permitir que le
hagan daño, ni a él ni a Pol. Creo que ya he aclarado mi parte, que es la que
generaba tu desconfianza, ¿cierto? Ahora quiero escuchar tus palabras para
saber sí también consigues aclarar la desconfianza que tengo yo hacia ti.
Vaya, me gusta esta mujer; directa, sin rodeos y está claro que los quiere
mucho. Es un cariño limpio y verdadero. Le sonrío, haciéndole ver que sus
palabras han conseguido calmar mi ansiedad.
—Bien… no sé por dónde empezar, estoy en total desventaja. Nosotros
hace una semana que nos conocemos, bueno estamos en ello. Nuestros pasados
han sido complicados y eso dificulta la tarea de poder abrir nuestros
corazones. Por el momento, solo puedo decirte que me encanta estar con ellos.
Que tener a Jorge cerca me hace recuperar la sonrisa, el brillo en los ojos y
despierta a los elefantes de mi estómago. Pero es muy pronto, y necesitamos
aclarar muchas cosas para estar bien los dos.
Me mira seria, no sé si le ha servido mi aclaración y me inquieta, sé que es
una parte importante en la vida de Jorge y tengo la necesidad de que apruebe
nuestra relación.
—Bueno, para empezar, no está mal —me dice, ahora sí, con una sonrisa—.
Creo que tú y yo nos llevaremos bien, siempre que me los cuides como
corresponde.
Yo también creo que nos podemos llevar bien.
Jorge

Por fin, la hora de salir de trabajar. Vaya mierda de día hemos tenido hoy.
Nos han llamado para tres salidas bastante complicadas, y estoy reventado.
Tengo ganas de llegar a casa, abrazar a mi niño y ver cómo está. Por la noche
se lo llevó Dani a nuestro piso a dormir y hoy han estado todo el día juntos.
Parece que ya se encuentra bastante mejor. Tengo que hablar con Sophie, no sé
qué le habrá pasado ayer por la tarde para notarla tan decaída. Al final, con el
lío que tuvimos, no la pude llamar por teléfono.
—J, colega, ¿qué vas a hacer mañana? Hemos quedado para salir a cenar,
Blue con su santa esposa, Tom y yo. ¿Por qué no te apuntas e invitas a Sophie?
—me pregunta Oso—. Puedes decirle al madero que venga con alguna amiga,
a ver si Tom y yo tenemos algo de suerte.
—No tienes cara, tú. Parece mentira, con lo grande que eres, que tengamos
que buscarte rollo para pasar la noche.
—Tío, no seas duro con él que tiene el Corazón Partío, como decía
Alejandro Sanz, ¿cómo era la canción? —Blue se pone a pensar y, de pronto,
arranca a cantar—. Quién me va a entregar sus emociones, quién me va a
pedir que nunca la abandone, quién me tapará esta noche si hace frío, quién
me va a curar el corazón partío, quién llenará de primaveras este enero y
bajará la luna para que juguemos...
Nos echamos todos a reír, mientras vemos a Oso correr, medio en pelotas,
detrás de Blue para pillarlo; estos hombres, a veces, son peores que los niños.
Me acabo de vestir y recojo todas las cosas. Me acerco a la tropa para
despedirme.
—Me voy, tíos, portaos bien. Oso, mañana te digo algo sobre el plan de
salir a cenar. Se lo comentaré a Sophie y a Dani, a ver qué les parece la idea.
—Ok, J, nos vemos mañana.

***

Llamo a mi padre para saber cómo está y cuándo vuelve, a ver si nos
podemos organizar.
—Hola, hijo, ¿cómo estás?
—Hola, papá. Todo bien, saliendo de trabajar. No hemos parado. Nos han
llamado para tres incendios de los duros y estoy molido.
—La verdad es que hace mucho calor para ser primavera y eso para
nosotros no es bueno...
—Sí, es cierto, el calor no ayuda. El primero ha sido un accidente en un
bloque de pisos y los otros… creo que han sido provocados.
—Vaya, la gente está muy loca, hijo. Ahora desconecta y vete a casa.
¿Cómo está mi pequeño?
—Por eso te llamaba. Ayer, me avisaron del colegio porque había
vomitado. Ya lo ha revisado Paula y tiene una gastro. Se quedó toda la tarde
con Sophie y hoy ha estado con Dani. ¿Sabes si llegarás mañana? Paula me ha
dicho que sería conveniente no llevarlo al colegio hasta el lunes. Necesito
saber si puedo contar contigo para organizarme.
—Ay, pobre, mi niño. ¿Por qué no me has llamado antes? Ya estaría de
vuelta, hijo. Mira, ya tengo el coche cargado, pensaba salir mañana temprano,
pero me pongo en marcha ahora mismo y haré noche por el camino. Nos vemos
mañana cuando llegue, ¿vale?
—Vale, papá, pero ven despacio, no hay prisa. Ya se encuentra mejor, así
que tómatelo con calma. Mándame un mensaje cuando pares a dormir.
—Perfecto, hijo. Hasta mañana, entonces. Un beso.
—Un beso, papá.
Llego a casa, destrozado, no puedo con mi alma y, encima, cuando llego a
la puerta, parece que tienen una fiesta montada en el interior. Oigo la música y
a alguien cantando. Me voy a cargar a Dani.
Entro por la puerta y saludo, pero nadie me contesta; no me extraña, la
música está a todo trapo. Entro en el salón y el panorama es para grabarlo.
Suena Chantaje, de Shakira y Maluma, y frente a la televisión, donde se ve el
videoclip, están Dani y Cloe, tienen algo en la mano para hacer de micro y
cantan cada uno su parte. Encima del sofá está mi hijo, que intenta bailar como
Shakira en el vídeo.
Me he quedado en la puerta, con la boca abierta, no sé si echarme a reír,
llorar o unirme a la fiesta. Noto que alguien me coge por detrás y me da un
beso en el cuello. Sé que es Sophie, la reconozco por el olor; huele a pomelo,
es un olor suave que me encanta. Creo que ya ha visto el panorama, noto como
su cuerpo tiembla de la risa. También hay una presencia a mi lado y al girarme
me encuentro con Tammy. Está como yo. Su cara es de alucine y parece que los
ojos se le van a salir de las órbitas. Nada más acabar la canción, Tammy
murmura un «la madre que me parió» que alerta a Dani. Nos mira y veo que se
sonroja. ¿Dani de color rojo pasión? Ver para creer.
—Hola, mami, estamos cantando —dice la pequeña, mientras mira a su
madre más orgullosa que si estuviera en Eurovisión.
—Ya veo, cariño, lo has hecho muy bien. Maluma no lo ha hecho tan bien,
creo que se le da mejor coger a los malos que cantar —le contesta Tammy,
mientras se ríe de Dani.
—Qué graciosilla, la morena. Que sepas que no lo haré tan bien, pero soy
bastante más guapo que él.
—Menos lobos, Caperucita...
Estos dos son increíbles, están tirándose pullas el uno al otro
constantemente y, por otro lado, se nota una electricidad a su alrededor cuando
están juntos, que no sé cómo no estamos todos electrocutados.
—Hola, papi —saluda mi pequeño. Por lo que veo, está bastante
recuperado.
—Hola, cariño. Ya te encuentras mejor, ¿verdad?
—Sí, ya estoy mucho mejor, hoy no he vomitado nada.
—Genial, pues ya es tarde, recogemos todo y a la ducha.
—Vale. —Sale corriendo hacia el baño.
—Joder, colega, qué cara traes, ¿te encuentras bien? A ver si vas a pillar
algo tú también —me dice Dani.
—Solo estoy cansado, ha sido un día muy duro. ¿Y tú qué?, ¿preparándote
para algún concurso de la televisión?
—Otro gracioso, encima que me quedo con los niños y los entretengo,
tenemos cachondeo. Voy a ayudar a Pol en la ducha y tú ponte cómodo para
descansar, pareces un cadáver.
—Oye, pero no te enfades...
Se aleja por el pasillo y veo como me enseña el dedo del medio. Creo que
a Dani no le ha hecho gracia que cierta morena de ojos azules como el mar
haya visto su parte más tierna. Ahí donde lo veis, mi colega tiene un corazón
de oro y hace el payaso como nadie.
—Bueno, nosotras también nos vamos a la bañera, Cloe. Te esperamos
arriba, Sophie.
Me quito la chaqueta y voy de cabeza a sentarme en el sofá. ¡Oh, qué
placer! Me apoyo en el respaldo y cierro los ojos. Creo que ahora mismo sería
capaz de quedarme dormido en esta posición.
—¿Día duro? Parece que vengas de la guerra, tienes cara de estar muerto
—me dice Sophie, sentándose a mi lado en el sofá.
—Estoy reventado. Creo que, en estas veinticuatro horas de trabajo, he
dormido unas tres o cuatro. Y tú, ¿cómo estás? Casi no hemos podido hablar y
tenemos una charla pendiente. Por cierto, Oso te manda saludos. Te lo has
metido en el bolsillo a él también.
—Parece un buen tío, un poco grandote, pero... —Me mira y se echa a reír.
Tiene una sonrisa preciosa. Madre mía, estoy tan cansado que parece que
estoy viendo un ángel—. Yo estoy bien, no te preocupes más por lo de ayer.
Son tonterías de mi cabeza.
La miro incrédulo, pero no quiero insistir; además, ahora mismo, no me
encuentro con ganas de querer averiguar nada, ya buscaré la forma de
enterarme, en otro momento.
—Mañana, los chicos de la estación van a cenar y me han comentado si
queríamos ir. ¿Te apetece? Se lo podemos decir también a Dani y Tammy, a
ver si se apuntan.
—Por mí bien. Mañana lo acabamos de decidir. Ahora a dormir, que ya te
toca. Ya nos encargamos nosotros de Pol.
—Gracias, Sophie, eres un cielo.
Me acerco a ella despacio, cojo su cara con mis manos y acaricio sus
mejillas. Esta mujer me tiene loco. Oigo que los chicos todavía están en el
baño, así que aprovecho para acercar mi boca a la suya. Muerdo su labio
inferior, haciendo una pequeña presión que permite que ella abra la boca. Me
adentro en su interior y es como llegar al paraíso. Me encanta besarla, me
encanta tocarla, me encanta que sea mía.
Al oír que Pol se aproxima me separo de ella, quedándome con ganas de
más, nunca me canso de ella. Mientras ellos preparan alguna cosa para cenar,
yo aprovecho para estar un ratito con mi hijo y que me explique cómo ha ido el
día. Finalmente, caigo rendido en la cama, ni la ropa me he quitado. Tampoco
he tenido ocasión de hablar con Dani para darle las gracias por todo y ver qué
grado de enfado tiene. Bueno, mañana será otro día.

***

Noto un cosquilleo en la cara, como si fuera un bicho y le doy un manotazo.


Oigo unas risas por detrás, uno es mi hijo, seguro, pero hay alguien más.
Espero que se vuelvan a acercar y cojo a mi hijo con la guardia baja.
—¡Arggg! ¡Has despertado a Dientes de Sable y ahora me voy a vengar,
Iroman! —le digo a mi hijo, tumbándolo en la cama.
—Abu, abu... —chilla, pidiendo auxilio a mi padre—. Ayúdame, que me ha
cogido con sus garras. —Le hago cosquillas mientras se ríe sin control, me
encanta oír su risa, verlo feliz.
—Cariño, el abuelo no tiene poderes como papá y como tú. Tendrás que
buscar la forma de ganar a Dientes de Sable, mientras, el abuelo va a preparar
un desayuno para superhéroes.
—Te debo una, papá. —Lo miro agradecido, mientras hago ver que mi hijo
me ha ganado la posición y se pone encima de mí—. Vaya, creo que todavía
estoy medio dormido y me has ganado. Venga, campeón, vamos con el abuelo a
desayunar o te voy a comer a ti de un bocado.
Nos levantamos y vamos hasta la cocina a la carrera, para ver quien llega
primero. Mi padre hace zumo, y encima de la mesa de la cocina hay bollos de
azúcar y chocolate, además de dos tazas de café.
—Venga, a desayunar para reponer las fuerzas de la batalla. Ya veo que mi
pequeño está mucho mejor. Así que he pensado que, este fin de semana, me lo
voy a llevar conmigo. Podríamos ir al parque. Creo que Juana también tiene
planes para ir con Cloe al parque Warner...
—¿Podemos ir nosotros también, abu? Porfa, porfa... —le pide mi hijo con
cara de pena y las manos en posición de súplica.
—Bueno, a ver qué dice papá.
—Por mí no hay problema, pero tienes que portarte bien, ¿vale?
—Me portaré súper, no… megabien. ¿Puedo ir a ver los dibujos, mientras
espero al abu?
—Anda, ve... Estos niños tienen una capacidad de recuperación alucinante,
tendrías que haberlo visto ayer, bailando en el sofá, mientras Dani y Cloe
cantaban —le comento a mi padre, mientras nos acabamos el café—. ¿Seguro
que no te importa quedarte con el niño? Yo te lo iba a pedir para esta noche,
que queríamos ir a cenar con los chicos.
—No me importa, hijo, hace una semana que no estoy con él y tengo mono
de nieto. —Se echa a reír—. ¿Sophie te va a acompañar a la cena?
—Bueno, ayer se lo comenté, pero no hemos quedado en nada. Tengo que
hablar también con Dani, a ver si se anima y quiere venir. Supongo que, si
Juana se queda con la niña, Tammy también vendrá. Y tú, ¿qué me cuentas?
—Todo en orden, hijo. La familia se ha quedado bien, que es lo importante.
Y yo he podido arreglar todos los papeles con el tío Juan. Así que más
tranquilo.
—¿Y no me vas a contar nada de lo que os traéis Juana y tú?
—Hijo, a Juana la conozco desde hace mucho tiempo, poco después de
llegar a Madrid y conocer a tu madre. Siempre fue una gran amiga nuestra y
ahora está ahí. Es una mujer muy guapa, atenta, cariñosa y dulce, como puedes
comprobar, y me gusta mucho, pero... Yo ya no estoy en edad de hacer
tonterías, nos gusta mucho la compañía que nos hacemos el uno al otro y, a
veces, también tengo alguna que otra necesidad, ya me entiendes...
Se ha puesto rojo. Supongo que no debe de ser fácil que tu hijo sepa de tus
necesidades sexuales. Todavía es un hombre joven y puedo imaginar a lo que
se refiere.
—Entiendo. Y veo que tienes muy buen gusto, Juana es una gran persona,
además de ser muy guapa. Los dos estáis solos y no molestáis a nadie, así que
no veo el problema.
—Gracias por entenderlo, hijo. Estos días, ha hecho una escapada a Orense
y hemos estado juntos por allí —me dice con cautela. Con razón ha estado
desaparecida.
—Anda, no sabes tú nada, viejo zorro. —Me río a carcajadas.
Parece que al final no va a ser tan malo que nos hayan echado del piso.
Aquí parece que los dos podemos encontrar un nuevo camino y tiene pinta de
ir más en línea recta que el anterior. Cuando mi padre y mi hijo se van,
aprovecho para recoger un poco el piso y avisar a todos de los planes para
esta noche. Por suerte, aceptan, incluso Dani, que parece que ya no está tan
enfadado conmigo, o viene porque también va Tammy, no lo tengo muy claro.
CAPÍTULO 7

Sophie

Estoy nerviosa, y solo es una cena. Así que, para no dejarme las uñas en la
espera, me pongo a navegar un poco en Internet y actualizarme con las redes
sociales. También aprovecho para enviarle un mensaje a mi hermano.
Sophie:
«Hola, brother, ¿cómo está mi hermano favorito?».
Veo que lo ha leído y está escribiendo.
Nico:
«Mi querida sister, ¿hoy se encuentra en modo payaso?
Estoy haciendo de caballero por los parajes de Escocia».

Sophie:
«OMG, qué envidia me das, yo quieroooo».
Nico:
«Pues, ya sabes, no seas tan tacaña y haz una escapadita.
Por cierto, ¿cómo va mi cuñadito?».

Sophie:
«Jaja, ¿quién está ahora en modo payaso? Por aquí todo en orden. Hoy nos vamos de cena
con los compañeros de Jorge».

Nico:
«Caramba, ya estáis en la fase de presentación en sociedad, no perdéis el tiempo, ¿eh?».

Sophie:
«Creo que los aires escoceses no te hacen bien, o ¿será tanta pelirroja...?».
Nico:
«Será eso... ni tiempo para pelirrojas tenemos. Pasadlo bien esta noche.
Te tengo que dejar, pitufa. TQM».

Sophie:
«Yo más, cuídate».
Lo echo tanto de menos...
Oigo el timbre de la puerta y como Cloe corre para abrir.
—Juanaaaa. —La oigo gritar, creo que la ha extrañado, pues llevamos sin
verla unos cuantos días—. ¿Dónde has estado? Te he echado mucho de menos.
Eso quiero saber yo también; a veces, esta mujer es todo un misterio.
—Pero bueno, mi niña, estas guapísima, hasta parece que hayas crecido y
todo... No sé si te va a servir lo que te he traído. —Cómo se nota la veteranía,
le ha dado un giro a la conversación sorprendente.
—Sí, eso, tú cambia de tema. Yo también quiero saber dónde has estado
estos días. Te has largado como si se acabara el mundo, ¿tan mal te tratamos?
—le dice Tammy.
—Hola, Juana, qué gusto verte… sana y salva. Pensábamos que te habías
fugado con un millonario y solo te veríamos en las revistas del corazón. —Se
ríe y niega con la cabeza.
—Sois unas cotillas... Toma mi regalo, princesa, a ver si te gusta.
Le entrega un paquete que Cloe tarda cero segundos en abrir. Es un bikini
de princesas como ella quería. Dice que ya es muy mayor para ir enseñando
las lolas, que eso es una guarrada y solo lo hacen los bebés. Inocencia de los
niños.
—¡Me encanta! Me lo voy a probar. —Sale corriendo, como alma que lleva
al diablo, hacia su habitación.
—Bueno, ¿nos vas a explicar qué has hecho estos días? Y rapidito, que en
una hora nos vienen a buscar los chicos —le pide, bueno no, le exige Tammy.
—He ido a despejar la cabeza unos días, y lo que no es la cabeza... —dice
picarona, y nos deja con la boca abierta; como se pasee una mosca por la
cocina, ya veremos donde acaba—. Chicas, no me miréis así que, si no, no os
cuento nada. Ya sé que tengo una edad, pero todavía no soy una vieja y tengo
unas necesidades que cubrir. Hacía mucho tiempo que estaba en dique seco,
pero ha aparecido una persona muy importante en mi vida y bueno...
—Eduardo —le digo con la boquita pequeña. Ella afirma con la cabeza—.
¿Te has ido con él estos días? ¿A Orense?
—Sí, hablamos y decidí ir allí a pasar unos días con él. ¡Ay, niñas… y qué
días!
—Noooo, por Dios, no sigas —chilla Tammy—. No quiero saber detalles,
solo de imaginármelo... Joder, Juana, que eres como mi madre. No quiero
hacerme la idea de verte cabalgando a Eduardo, qué repelús. ¿Ves?, ya me lo
estoy imaginando.
—Eres más bruta... Que sepas que es todo un lujo cabalgar a un hombre
como Eduardo. Sophie, ¿tú no me vas a decir nada? Ya que te toca un poco
más de cerca, me gustaría saber tú opinión.
—Bueno, Juana, trato de digerir la información y las imágenes de mi
cerebro —le digo con una sonrisa—. Lo único que quiero es que seas feliz,
seguro que Eduardo lo consigue, parece un buen hombre. Es muy guapo y está
muy bien físicamente, puedo entender perfectamente esa sonrisa de amazona
que llevas, sobre todo, si has podido montar todos los días.
—¿Y la que va salida soy yo? —dice Tammy, y nos echamos a reír. Así es
como nos pilla Cloe, que viene con su mochila llena de cosas y su bikini
puesto.
—Juana ya estoy preparada para irnos.
—Vamos a ver, pequeñaja, ¿adónde pretendes ir tú en bikini? Pasa a
cambiarte y a revisar esa maleta, a saber qué llevas ahí dentro... —dice su
madre.
—¡Jope! Yo quería ir así a casa de Juana.
—Venga, princesa, pórtate bien y haz caso a mamá. Te cambias, revisamos
esa mochila y, si no te quejas, a lo mejor, mañana nos vamos al parque Warner
con Pol y su abuelo. ¿Te parece?
—¡Yupiiii! Eres la más guay del mundo mundial —le dice Cloe, tirándose a
sus brazos.
—Anda, pelotera, al final, va a tener razón tu madre… Haces conmigo lo
que quieres.
Se van a la habitación a revisar la mochila y cambiarse. Cuando las
perdemos de vista, Tammy se gira y me mira.
—Creo que todavía estoy en estado de shock. Joder, con nuestra Juana, no
pierde el tiempo.
—Oye, creo que nosotras no podemos decir absolutamente nada. Hemos
caído rendidas a esos dos y, por lo menos, Juana y Eduardo ya se conocían
anteriormente, nosotras ni eso.
—Muñeca, rendida has caído tú. Te recuerdo que yo solo estoy pasándolo
bien. Tú sí que parece que vas a piñón, mona, ¿para cuándo la boda?
—Qué tonta eres. —Le saco la lengua—. Yo también lo paso bien y me
siento muy a gusto a su lado. Por lo menos, no soy hipócrita y lo reconozco, no
como otras...
—Qué sabrás tú, princesa de hielo... —contesta, mientras se va hacia su
habitación, enseñándome el dedo corazón en todo su esplendor—. Me voy a
poner divina para triunfar esta noche y tú tendrías que empezar a hacer lo
mismo. Que siempre llegamos tarde por tu culpa.
Juana ya se ha llevado a Cloe y nosotras estamos en proceso de chapa y
pintura. Yo me he decidido por un pantalón ceñido, con lentejuelas y en color
negro, una blusa en blanco con los hombros descubiertos, mis tacones rojos a
juego con mi bolso de mano y mi pelo suelto, un poquito de maquillaje,
bastante natural, y lista. No me gusta para nada ser el centro de atención, ya lo
he sido durante mucho tiempo, entre las amistades de mis padres y la prensa,
acabé un poco harta. Por eso, cuanto más discreta, mejor.
Cuando salgo al salón, Tammy me espera, mirando su teléfono. Ella va
matadora, como siempre. Viste un short brillante de color champán, una
camisa blanca transparente que no deja nada a la imaginación y un sujetador
bralette negro de encaje. Hoy, sé de un policía que se va a morir cuando la
vea.
Bajamos a la calle y nuestros demonios ya nos esperan. El madero viste un
tejano oscuro y camisa blanca con los tres primeros botones desabrochados.
El fireman, bueno, yo no soy nada objetiva en este punto, para mí estaría
guapo con cualquier cosa, pero... pantalón tejano azul desgastado, jersey de
punto azul marino con rayas rojas. Como no tiene músculos... Por Dios.
—¡Guau! Pero ¿esto qué es, chicas? Cada vez nos ponéis más difícil salir
con vosotras —dice Dani, al que se les salen los ojos, mirando las piernas de
mi amiga.
—Pues tú te lo pierdes, seguro que hay muchos chicos que estarían
encantados de acompañarnos, ¿a que sí, Sophie?
—Oye, oye, a Sophie no la metas en vuestros líos, que yo no he dicho nada
y, a no ser que ella diga lo contrario, hoy, sale conmigo —contesta Jorge,
mirándome intensamente. Dios mío, qué dura va a ser la noche—. Estás
preciosa, nena.
Se acerca más a mí y me planta un besazo intenso, de esos que te dejan las
piernas temblando. Cuando puedo recuperar mi cordura, aprovecho la
cercanía para observarlo mejor. Hacía días que no estábamos tan cerca. Su
olor y su calor me envuelven y me doy cuenta de lo loca que me tiene este
hombre. Ha conseguido descongelar mi frío corazón. Con sus manos, me
acaricia las mejillas y me vuelve a dar otro beso, no tan intenso, pero igual de
sabroso.
—Tú también estás muy guapo, fireman.
Al girarnos, un poco, para buscar a nuestros amigos, vemos que también se
comen el uno al otro. Estos mucho pelear, pero, después, no pueden mantener
sus manos y sus cuerpos quietos.
—Vaya dos, ni contigo ni sin ti. Venga, pareja, que vamos a llegar tarde —
les grita Jorge para llamar su atención.
—Qué cortarrollos eres, colega.
Por lo visto, han quedado en una pizzería que está a dos calles de nuestros
pisos, por lo que vamos dando un paseo. Hablamos de todo un poco, de cómo
nos ha ido el día y no paramos de reír de algunas anécdotas que nos comenta
Dani. Hasta que Tammy, cómo no, saca el tema clave. Ella no sabe estar
callada, ya me extrañaba a mí que hubiera aguantado tanto.
—Por cierto, Jorge, ¿ya ha llegado tu padre?
Me giro de golpe y la recrimino con la mirada. Cuando la pille se va a
enterar.
—Sí, claro, si no, no hubiera podido salir. Se ha quedado con Pol.
—¿Y le ha ido bien el viaje? ¿Ha vuelto contento?
—¿A qué viene ese interés, nena? —pregunta Dani a mi amiga con una
sonrisa.
—No he podido hablar mucho con él, parece que las gestiones que ha ido a
hacer se han podido arreglar. Y si tenemos en cuenta la sonrisa que traía y que
Juana es una mujer preciosa, entiendo que ha vuelto muy contento, sí. ¿Es eso
lo que querías saber, Tammy? —Vaya zasca le acaba de meter a mi amiga.
—Eso te pasa por chismosa —le digo en voz baja, a la cara de besugo que
se le ha quedado.
Oigo que los dos hombretones se echan a reír, por lo que puedo suponer
que Eduardo le ha explicado algo a su hijo, y este a Dani. Con esas risas,
llegamos a la puerta del restaurante. Allí ya nos esperan los compañeros de
Jorge. Puedo reconocer a Oso, al que es imposible no ver, dadas sus
dimensiones. También hay otro chico que me suena de mi visita al parque de
bomberos.
—Hombre, pero si ya ha llegado el soso de J y te has traído al madero —le
dice Oso, mientras lo estruja entre sus enormes brazos —. Y qué bien
acompañados venís, cabrones.
—Oso, no seas grosero, ¿qué van a pensar estas señoritas? —le dice Dani,
saludándolo efusivamente.
—No creo que ellas se asusten, ¿verdad, señoritas? Sophie, preciosa, qué
gusto verte de nuevo.
—Hola… ¿Oso? No sé cómo llamarte, me suena raro hacerlo así.
—Tú puedes llamarme como quieras, pero si estás más cómoda, mi nombre
es Manuel —me dice con un marcado acento andaluz—. ¿No me vais a
presentar a esta chica tan guapa? —pregunta, mirando a Tammy.
—Hola, Manuel, yo soy Tammy y soy amiga de Sophie. Por favor, ¡eres
enorme!
Todos estallamos en risas, la verdad es que tener a Oso cerca intimida. Es
una mezcla entre Vin Diesel y Dwayne Johnson. Veo que Jorge se dirige al
resto y se saludan, se nota que hay muy buen rollo entre ellos.
—Venid, chicas, que os presento —nos dice Jorge, mientras Oso y Dani se
quedan detrás, jugando como si fueran niños—. Sophie, Tammy; estos son
Blue, bueno, Pedro, y su mujer, Marta.
—Encantada de conoceros. Puede ser que tu cara me suene del otro día,
¿verdad? —Él me lo confirma con un movimiento de cabeza.
—Mucho gusto, chicas, no sabéis la ilusión que me hace poder salir a cenar
con más mujeres —nos dice Marta.
—Y él es Tom. Oso, Blue, Tom y yo llevamos varios años trabajando juntos
en los mismos turnos y la misma estación —nos aclara Jorge.
Después de todas las presentaciones, nos dirigimos a la entrada para ir
hasta nuestra mesa. La cena es maravillosa, no solo por la comida, que
también, sino por la compañía. Me duele la barriga de tanto reírme. Incluso
Jorge, con lo serio que parece, ha estado toda la noche con una sonrisa en la
cara. No me ha soltado la mano, cosa que no ha pasado desapercibida para sus
compañeros y hemos sido parte de las bromas y risas de la noche.
Casi al final de la cena, con el brindis y promesas de que esto hay que
repetirlo, Pedro y Marta nos sorprenden con la noticia de que van a ser papás.
Los chicos están muy contentos por Pedro y, sobre todo, porque va a ser el
centro de sus burlas durante los próximos meses.
Salimos de la pizzería sobre las doce y media. En la acera decidimos ir a
tomar algo y echar unos bailes. Estamos concretando si ir a una disco actual o
a un sitio de música latina, cuando me fijo en una figura que hay en la otra
acera. Hombre, metro noventa, más o menos; cabeza rapada, muy musculoso y
con traje y corbata. Levanta con disimulo la mano libre para saludarme. No
puede ser él.
Hace mucho tiempo que no lo veía, pero sé que ha estado siempre ahí.
Jorge me mira y se da cuenta de que ocurre algo. También lo ha visto, lo
demuestra la tensión de su cuerpo.
—Sophie, ¿va todo bien? Nena, ¿conoces a ese hombre? –me pregunta
preocupado.
—Eh… Sí, solo que... Ahora vengo.
No me salen las palabras y necesito respuestas. Lo dejo plantado en la
acera y cruzo. Sé que estará muy enfadado, pero...
Necesito saber qué narices hace aquí Steven.
Jorge

No me lo puedo creer, me ha dejado aquí plantado. ¿Quién cojones será ese


tío? Veo que se abrazan, por lo que parece que se conocen. Por un lado, me
quedo más tranquilo, tiene pinta de ser un hombre peligroso.
—Jorge, ¿adónde ha ido Sophie? ¿Quién es ese hombre, lo conoces?
¿Quieres que vaya a ver qué pasa? —me pregunta Dani, haciendo amago de ir
a cruzar la carretera.
Yo estoy en shock, no me puedo creer que alguien como Sophie conozca a
esta clase de hombres. ¿Qué estará ocultando?
—Dani, no vayas. Sophie lo conoce, por lo que no se encuentra en peligro
—le dice Tammy, cogiéndolo del brazo.
—¿Tú sabes quién es ese tío?
—Jorge, Sophie es mi amiga, mi hermana. Las dos sabemos muchas cosas
la una de la otra. Pero es su vida y si alguien tiene que hablar o dar
explicaciones es ella. No me corresponde a mí darlas.
Veo que no discuten, pero la tensión de su charla es visible. Ella parece
afectada por algo que le ha dicho él. La coge por el hombro para consolarla.
Le dice algo y ella sonríe, mirándome a mí.
—A ver, tíos, ¿nos vamos o qué? —nos pregunta Oso—. ¡Sophie, preciosa,
espabila, que el tren se va!
Ella se despide y se acerca hacia nosotros, me mira como disculpándose,
pero estoy tan enfadado que me doy media vuelta para no discutir y hacer un
numero delante de todos. Tammy se acerca a ella y se ponen a cuchichear. No
hay cosa que me dé más rabia que las mentiras y los secretitos. Me prometí
que no iba a volver a sufrir por una mujer y eso haré. No pienso amargarme la
noche, voy a celebrar con mis compañeros la próxima paternidad de Blue y a
pasarlo bien. Mañana será otro día.
Llegamos a una disco que tiene varias salas. Una es karaoke, la otra música
dance y la última de música latina. Lo bueno es que puedes ver dentro de
todas, pues están separadas con paredes de cristal. Veo que Sophie no para de
mirarme, intento ignorarla como ella ha hecho antes. Es difícil, pues cada día
que pasa me doy cuenta de que estoy un poco más enganchado a ella. Pero, o
se decide a contarme todo lo que hay detrás de ese tío o va a ser complicado
seguir. Los hombres nos vamos a la barra y pedimos las copas. Yo, en vez de
pedir cerveza, como hago siempre, pues no soy de beber mucho alcohol, me
pido un vodka con naranja.
—Colega, eso no te va a ayudar —me dice Dani al oído—. Las cosas se
arreglan hablando, no llenándote de alcohol.
—Hoy no tengo ganas de hablar, solo quiero pasarlo bien y celebrar con
Blue. Además, mañana no trabajo y hoy tampoco tengo que conducir.
—Está bien, pero no te pases, ¿vale?
Me da una palmada en el hombro y nos dirigimos hacia el grupo que, ahora,
parece que se ha hecho más grande. Oso ya se ha puesto a bailar, para lo
grandote que es, tiene bastante ritmo; supongo que es la sangre del sur y, claro,
rápidamente, se rodea de mujeres.
Veo que Sophie se acerca a mí para hablarme.
—Jorge, oye, yo...
—Sophie, ahora no. Voy a disfrutar con mis colegas y no tengo ganas de
escuchar tus tonterías. —Ese que habla no soy yo, es mi enfado y mi nivel de
alcohol, por supuesto.
—Ya, pero es que yo...
—¿Que parte no has entendido? Me voy al baño a ver si consigo estar
tranquilo…
Me dirijo hacia el baño para ver si puedo despejar un poco mi mente. Me
echo agua en la cara, estoy un poco mareado y necesito refrescarme.
—J, tío, ¿estás bien? —pregunta Oso, detrás de mí—. Oye, no tienes buena
cara. Mira, seguro que todo se arregla, hacéis muy buena pareja y, además, se
ven corazones de mierda cuando estáis juntos. Ahora estás enfadado y un
poquito bebido. Mañana lo verás todo más claro, así que ten cuidado con lo
que haces, ¿vale?
—Sí, claro, es solo que no suelo beber tanto. Creo que me he pasado.
Venga, vamos a disfrutar un poco de la noche.
Salimos del baño y vemos a las chicas en la sala de latino. Me sorprende
ver que con ellas hay tres chicas más. Una de ellas es Paula y, detrás, hay un
tío muy pegado a sus caderas. Lo que me faltaba, tener que ejercer ahora de
hermano mayor. Oso se dirige al centro de las chicas y se pone a bailar con
ellas. Mientras, voy a la barra, pero, esta vez, pido un agua y me dirijo a la
sala donde están todos reunidos. Dani, al ver que tengo una botella de agua en
la mano, me enseña su media sonrisa de aprobación.
Miro al grupo que está en la pista y me doy cuenta de que el tío que está
bailando con Paula es Carlos, el que trabaja en el BookCafé de Sophie. Lo que
me faltaba para rematar la noche. Cuando Paula sale de su ensoñación y se
cansa de menearle el culito al tío ese, se da cuenta de que estoy en la sala. No
penséis que estoy celoso, pues no es así, ella es como mi hermana y supongo
que nunca hay un hombre bueno para una hermana.
—Hola, chicarrón. —Se acerca para besarme la mejilla—. Qué raro que tú
estés aguantando la barra.
—Qué graciosa. Y qué raro que tú estés restregándole el culo a ese.
—Vamos, Jorge, no empecemos. Sé que estás enfadado y que te pasa algo
con Sophie, pero yo no voy a pagar tu mal de amores. Además, casi no lo
conoces para hablar así de él. Creo que ya soy bastante mayorcita para
restregar mi culo a quien yo quiera, ¿no crees? Mira, te perdono porque te
quiero mucho y porque tus ojos me dicen que te has pasado un poquito
bebiendo, porque, si no, te quedarías sin amiga.
Vaya, creo que esta noche no voy a tener suerte con las mujeres.
De pronto, se ponen todos a chillar, sobre todo Oso, que lo está dando todo
en la pista. Suena una canción muy movida que no conozco, y la gente se
mueve a mayor ritmo, menos yo, y Tom que está a mi lado. Sophie baila con
Oso, la verdad es que es todo un panorama verlos bailar; ella se ve tan
pequeña a su lado, pero se compenetran a la perfección. No recordaba yo que
Oso se moviera tan bien. Cuando se acaba la canción, todos se dirigen a la
barra para reponer fuerzas. Paso parte de la noche de charla con unos y otros,
y mirando a Sophie. Ella baila con todos, se nota que lo pasa bien, aunque sé
que está preocupada por mi enfado. La verdad, me gusta ver que se ha
entendido muy bien con todos mis compañeros y ahora que ya llevo un rato sin
beber alcohol, creo que, quizá, solo quizá, he exagerado un poco.
De pronto, me doy cuenta de que ella se acerca a mí, despacio, meneando el
cuerpo al ritmo de la música, suena Say My Name, de David Guetta, Bebe
Rexha y J. Balvin. Se arrima a mi cuerpo, bailando. Parece que el tiempo se
para a nuestro alrededor, solo estamos ella y yo. No me puedo resistir a su
energía, que me absorbe por completo y me deja sin ningún tipo de cordura;
tendría que estar enfadado, pero con ella tan cerca no me puedo resistir. La
sujeto por la cadera y ella se arrima más a mí, rodeándome el cuello con sus
brazos.
—No me gusta que estemos enfadados, Jorge. Un día, con calma, te explico
lo que necesites —me dice, acariciando mis labios.
Yo no le contesto, solo me limito a devorar su boca y acercarla a mi cuerpo
como si no hubiera un mañana. Se roza conmigo al ritmo de la melodía y me
imagino que ya puede notar la reacción que me provoca. Pongo mi mano en su
nalga para fundirme más en ella, si cabe, y eleva las piernas para enroscarlas
en mi cintura.
—Joder, me vuelves loco, me descolocas por completo. Nunca me había
pasado estar igual de cabreado que empalmado.
—Lo siento, de verdad, lo siento mucho...
—¡Parejita! —nos chilla Oso—. Las reconciliaciones en la intimidad, por
favor, que no todos tenemos miel para comer.
Nos separamos a regañadientes y la noche continua con risas, bailes,
miradas intimidatorias a Carlos y besos por parte de mi chica. Sobre las cinco
de la mañana, nos despedimos en la puerta de la disco y, como lo hemos
pasado tan bien, acordamos que habrá más salidas como esta. Tammy se va
con Dani a su casa, así que Sophie y yo nos pedimos un taxi y nos vamos a
nuestros pisos.
—¿Todavía sigues enfadado conmigo? —me pregunta, cuando entramos en
nuestro edificio.
—No tanto, pero sí, todavía sigo cabreado. Hace años una mujer me hizo
daño, me abandonó en un momento difícil de mi vida. Por eso no llevo bien
que me oculten cosas —le digo, delante de mi puerta.
—La mamá de Pol. —Asiento con la cabeza—. Te prometo que, cuando
esté preparada para contarte más de mi vida, te lo explicaré todo. Ahora no
puedo, ya sabes alguna parte de ella, mucho más que otra gente que me rodea
habitualmente. Eres muy importante para mí, estoy muy a gusto a tu lado y me
gustas mucho. Por eso quiero ir paso a paso, para que nada, ni nadie, lo pueda
estropear, ¿lo entiendes?
—Creo que sí. Yo también te prometo que, un día, con calma, te explico
toda mi historia. —Ahora es ella la que asiente con la cabeza.
—Eso significa que, ¿podemos tener una tregua y no hace falta que siga
subiendo escalones? —pregunta muy cerca de mí y con la mirada brillante—.
Quizá, puedo hacer que desaparezcan los restos de enfado y me perdones.
Su voz es muy sensual, ha desplegado todas sus armas de mujer. Todas esas
palabras las dice mientras mete su mano debajo de mi camiseta y me araña el
pecho con sus uñas. Como os podéis imaginar, mis muros, mi defensa y mi
cabreo se han aliado con mi entrepierna y se han largado; visto y no visto. No
recuerdo cómo narices abro la puerta, ni como conseguimos desnudarnos antes
de llegar al sofá; llegar a la cama es impensable. Cuando soy capaz de
reaccionar, estoy sentado en el sofá, con ella encima; cara de bobo, mientras
admiro sus pechos y muerdo sus pezones, ya que los tengo enfrente. No voy a
dejar que lloren por falta de mimos. Su movimiento de caderas y sus gemidos
pueden conmigo, aprieto los dientes para esperarla y no parecer un
adolescente.
—Sophie, nena, no puedo más. Necesito salir… no hemos cogido
preservativo.
—Tomo la píldora y, como sabes, mi vida sexual no ha sido para tirar
cohetes, estoy limpia, pero si quieres... —me dice, levantando su cuerpo para
que salga de ella.
—Espera, no, pequeña. Por mí fantástico, no hace falta que… Pero esto va
a ir muy rápido... —apenas puedo controlar lo que digo.
Me vuelve a acoger en su interior, hasta el fondo. Reinicia sus movimientos
de cadera hasta que oigo como llega a la cumbre y me dejo ir yo también,
exhausto, pero con una sonrisa de lo más boba en la cara. Son casi las siete de
la mañana, cuando decidimos ir a dormir a mi cama. Me encanta sentir el calor
de su cuerpo y como se apoya en mi pecho, mientras su mano me acaricia la
piel. Creo que sería capaz de acostumbrarme a esto el resto de mi vida.

***

Me despierto sobresaltado, hay demasiada claridad en la habitación, y


recuerdo que, al acostarnos, no bajamos la persiana. Me incorporo un poco y
la veo a mi lado, todavía duerme. Está preciosa con su pelo esparcido por la
almohada. De pronto, de fondo, oigo sonar mi teléfono, supongo que será mi
padre, así que me levanto rápido, no sea que pase algo. Ella se remueve y
levanta la cabeza.
—¿Pasa algo? —pregunta, incorporándose.
—Mi teléfono está sonando, supongo que será mi padre, ahora vuelvo.
Me agacho y le doy un beso en los labios. Poniéndome los calzoncillos por
el camino, voy a por mi móvil. En ese momento se corta la llamada y, sí, era
mi padre, pero no es la primera vez que me llama, tengo doce llamadas
perdidas. Ahora sí que estoy nervioso y no dudo ni un segundo en llamarlo.
—Papá, ¿va todo bien? —le pregunto preocupado.
—Ay, hijo, menos mal que alguien nos coge el teléfono. ¿Dónde narices os
habéis metido todos? —me chilla.
—A ver, tranquilo, explícame, ¿qué ha pasado? ¿Pol está bien?
La falta de información me angustia. Veo que, por la puerta, aparece Sophie
con mi camiseta puesta y cara de preocupación, supongo que ha oído la
conversación.
—Sí, hijo. Pol está bien. Está aquí conmigo, un poco asustado. —Lo oigo
suspirar para tranquilizarse—. El problema es Cloe. Se ha caído del tobogán y
estamos en Urgencias, creo que se ha podido romper el brazo. Juana ha
llamado a Tamara y a Sophie, pero no hemos podido contactarlas. Tú no
sabrás nada de ellas, ¿verdad?
—Sophie está conmigo, papá. Seguramente, su móvil está en silencio o sin
batería. —Tan pronto oye mis palabras, corre en busca de su teléfono.
—Dios mío, tengo un montón de llamadas perdidas de Juana. ¿Está con tu
padre? ¿Qué ha pasado, Jorge? —Su rostro expresa el miedo por la falta de
información.
—Tranquila, nena. Cloe se ha caído del tobogán y están en Urgencias, mi
padre cree que se ha podido romper el brazo.
—Ay, mi pobre niña...
—Papá, nos vamos a vestir y salimos hacia el hospital. ¿En cuál estáis?
—En La Paz, os esperamos en la entrada. Hasta ahora, hijo.
—Perfecto, hasta ahora, papá.
Entro en la habitación y la veo de espaldas, ya se ha vestido. Me acerco a
ella y la abrazo para darle consuelo.
—Todo va a estar bien, pequeña, ya lo verás. Cloe es una niña fuerte y
ellos se recuperan muy rápido. Me visto, intentamos localizar a Dani y Tammy,
y nos acercamos al hospital, ¿vale?
Ella afirma con la cabeza, se da la vuelta y me da un beso tierno en los
labios.
—Te espero en la puerta —me dice, saliendo de la habitación.
Me visto lo más rápido que puedo para llegar lo antes posible al hospital y
que mi morena se quede tranquila.
CAPÍTULO 8

Sophie

Pobre, mi niña, debe de estar muerta de miedo, menos mal que está con
Juana, aunque esta estará como loca; seguro que se siente culpable. La pobre,
hace tantas cosas por nosotras…
—Jorge, ¿podrías llamar a Dani, a ver si coge el teléfono? Yo he vuelto a
llamar a Tammy y nada —le pido a Jorge, mientras subimos al coche.
—Claro, nena, pero tienes que estar tranquila. Los niños son así, siempre
con sus aventuras; anda que no me he caído yo veces —me dice Jorge para
calmarme, mientras marca en su móvil—. Dani, colega. Oye, ¿está Tammy
contigo? ¿Le puedes pasar el teléfono? Sophie tiene que hablar con ella. —
Jorge me entrega su teléfono.
—¡Hola, mi niña! ¿Me vas a invitar a comer? Supongo que has llamado a
mi móvil, pero estoy sin batería y el cargador de Dani no me sirve.
—Anda, loca, que no tienes cara ni nada. Mira, después, sí que vamos a ir a
comer, pero ahora necesito una cosa. Primero, tienes que poner el altavoz para
que Dani también me oiga, seguro que necesito su ayuda —le pido para
intentar no soltar la noticia, así, de golpe. Conozco a Tammy y, aunque seguro
que no es nada, es su niña y el susto hasta que no la vea será importante.
—Jolín, bonita, qué misterio. ¿No me digas que ya tenéis fecha para la
boda? —Oigo reírse a Dani por el altavoz.
—Calla, boba. Hola, Dani.
—Hola, preciosa, ¿qué necesitas?
—A ver, chicos, necesito que vayáis al hospital de La Paz. Juana y Eduardo
llevan un rato intentando localizarnos.
—Mierda, Sophie, ¿qué ha pasado? ¿Es Cloe? ¿Está bien mi niña? —Su
voz ya empieza a ser de histeria.
—Dani, ahora es cuando entras tú en acción. Mira, no tenemos mucha
información, solo que se ha caído del tobogán y están en Urgencias, parece
que se ha hecho algo en el brazo. No hemos podido hablar con Juana, pero sí
con Eduardo. Están allí a la espera del resultado, pero no es más que eso, una
caída, ¿vale?
Lo único que oigo al otro lado de la línea es como mi amiga del alma llora
y la voz de Dani dándole consuelo. Me duele tanto no poder estar ahí con ella
ahora mismo y poder abrazarla.
—Vamos, nena, te tienes que tranquilizar. —Oigo a Dani—. Oye, Sophie,
salimos ahora mismo hacia el hospital. Tammy está muy nerviosa y no puede
hablar, pero todavía te escucha, ¿le quieres comentar algo más?
— Tammy, cielo, tranquilízate que, si no, no la vas a poder ayudar a ella, es
una niña y seguro que estará asustada. Pero solo es el brazo, cariño, ya verás
como solo es el susto…
—Te ha oído, Sophie. Nos vamos ya, nos vemos allí.
Concentrada en hablar con Tammy, no me he dado cuenta de que ya hemos
llegado. Bajamos del coche y en la entrada del hospital, vemos a Eduardo y
Pol. La cara de nerviosismo de Eduardo lo dice todo. Pol ya nos ha visto y
corre hacia su padre, explicándole todo lo ocurrido.
—Papi, no veas que tortazo se ha metido Cloe, ha sido por culpa de otro
niño que la ha empujado para que bajara deprisa. ¡El muy tonto! —dice el
pequeño enfadado.
—Lo siento, chicos. No los hemos perdido de vista ni un momento, pero
ese niño... —nos dice Eduardo.
—Y a ti, ¿qué te ha pasado en la frente? —le pregunta Jorge a su hijo.
—Nada, ha sido solo un golpe —le responde el niño, bajando la cabeza.
Hasta yo, que todavía no lo conozco mucho, sé que miente. Miro a Eduardo
y veo que intenta esconder una sonrisa y su cara es de orgullo total.
—¿Qué hemos dicho de las mentiras, Pol? Sabes que papá te ha dicho
muchas veces que siempre tenemos que decir la verdad y, sobre todo a la
familia, así que ya me puedes explicar qué ha pasado.
El niño levanta la mirada y la alterna entre su padre y su abuelo, este último
asiente, dándole ánimos para que diga la verdad. Es una imagen tan tierna y me
encanta ser yo la que la pueda presenciar… Estos hombres son increíbles.
—Es que... es que... —El pobre está tan nervioso que no sabe cómo decirlo
—. Era muy tonto, papá. Y le ha hecho mucho daño a Cloe, y es mi chica.
Tenía que saber que a las niñas no se les hace daño, tú siempre me lo dices,
papi; que a las mujeres hay que tratarlas muy bien. Era más mayor que
nosotros y yo solo lo empujé y le dije que le tenía que pedir perdón, pero...
pero... —explica, atropelladamente y con unas lágrimas asomando a sus ojos.
—El otro, al ser más mayor, lo ha empujado y se ha dado con el tobogán, ha
sido solo un chichón —acaba su abuelo por él.
Es increíble que tan pequeño se haya enfrentado a otro niño por hacerle
daño a su chica, como dice Pol. Su padre no cabe dentro de él, se ve como el
orgullo le crece en el pecho por tener otro héroe en la familia. Ellos, muchas
veces, han arriesgado sus vidas para salvar la de los demás; estoy convencida
de que eso se lleva en la sangre. Mientras Jorge abraza a su hijo y le da la
charla de lo bien que lo ha hecho, pero que, para la próxima vez, sería bueno
que pidiera ayuda a algún adulto; oímos el ruido de la moto de Dani y vemos
como Tammy baja de esta; bueno, no baja, salta, más bien, y sin esperar a Dani
se dirige hacia nosotros.
—¿Y mi hija? ¿Dónde está? Quiero verla —pregunta, dirigiéndose a
Eduardo. Pronto se da cuenta de que Pol también tiene una herida y,
acariciando su cabecita, le pregunta—. Y a ti, ¿qué te ha pasado?
—Después te lo explicamos, es un poco largo —le digo yo—. Vamos al
mostrador a preguntar.
—¡Tammy! —la llama el pequeño. Cuando ella se da la vuelta, él continúa
—. ¿Le puedes dar un beso de mi parte? Para que se ponga buena pronto.
—Claro que sí, cariño —le contesta con una tierna sonrisa en la cara.
Entramos en el hospital ella y yo. Dani, va detrás de nosotras, no se ha
querido quedar con los hombres. Aunque ya le hemos dicho que, al no ser de
la familia, no lo van a dejar entrar, pero, el cabezón, ahí viene. No sé cómo,
pero consigue adelantarnos y es él quien pregunta por la niña. Tammy y yo nos
miramos, sorprendidas por su reacción. Parece que el duro policía tiene su
lado tierno.
—Saben que solo pueden entrar los familiares directos. ¿Ustedes son? —
pregunta la enfermera, que tiene una cara de malas pulgas que no veas.
—Somos sus padres —le contesta Dani, y coge a Tammy por la cintura
acercándola a su cuerpo. Esta mira a la enfermera y asiente con la cabeza,
vaya dos.
—Entren por esa puerta y los acercaré al box donde está su hija.
Tammy me mira con cara de disculpa, pero sé que está encantada de que la
acompañe Dani y no yo; no sabe nada, la tía. Les digo que esperaremos fuera y
los veo desaparecer a los dos cogidos de la mano. Mientras me alejo hacia la
entrada, noto mi móvil vibrar en mi bolsillo. Es mi padre, así que no dudo en
coger la llamada.
—Hola, papá, ¿cómo estás?
—Sophie, cariño... —Su voz suena apagada, por lo que deduzco que las
noticias no son nada buenas—. Ya está, ya se ha ido. Hace diez minutos que ha
dado su último suspiro.
Se me encoge el corazón y noto como las lágrimas descienden por mis
mejillas. Mi yaya. Siempre fue un gran pilar en la familia, fue una mujer recta,
pero con un gran corazón; en eso, mi padre siempre fue como ella, se
entendían a la perfección. Aún recuerdo mi última charla con ella, fue la que
me animó a dejar todo atrás y empezar una nueva vida lejos de todo lo que allí
me hacía daño. Nunca se llevó bien con mi madre, era una mujer muy lista y la
caló rápidamente; me aconsejó que, si quería ser feliz, me alejara de ella.
Suspiro profundamente, e intento mantener la compostura y no dar un
espectáculo en la calle. Al levantar la cabeza, a lo lejos, veo a Jorge con el
pequeño y su padre riendo y, como si lo llamara con la mente, levanta la
cabeza y me mira. Supongo que se da cuenta de mi estado porque veo como
frunce el ceño. Giro mi cuerpo para romper el contacto con él y me centro en
la conversación con mi padre.
—Papá, lo siento mucho. ¿Cómo estás?
—Bien, dentro de lo que cabe. Pero necesito salir de aquí, tu madre me va
a volver loco. Ya ha empezado a mandar a todo el mundo para que el funeral
sea por todo lo alto. Estoy hasta las narices de que, para ella, siempre sea
prioritario lo que la gente diga y no los sentimientos de los demás. Necesito
sacar la cabeza de toda esta mierda, hija.
Las últimas palabras ya han adquirido un tono más elevado de lo normal.
Tiene que estar muy desesperado, pues nunca pierde la compostura, no suele
chillar ni perder los papeles; bueno, solo con mi madre. Ella tiene esa
facilidad para sacar de quicio a todo ser viviente.
—Pitufa, he pensado que, si no te importa, iré yo a buscarte con el jet, así
me alejo de todo esto y, de vuelta, podemos charlar de cómo te va todo. ¿Te
parece bien la idea? —me pregunta, un poco contenido.
Él sabe que no me gusta depender de todo ese lujo y que quiero valerme
por mí misma. Supongo que es la manera que tengo de demostrarle a mi madre
que, para vivir mi vida, no necesito todo ese mundo que se ha creado a base
de apariencias y esa frialdad que hay a su alrededor.
—Claro que es buena idea. Si es lo que necesitas, no hay más que hablar.
Dime a qué hora llegas y me preparo para volver contigo.
Me comenta que sale en una hora y, como tampoco me voy a llevar mucha
cosa porque mi estancia va a ser muy corta, tengo tiempo de sobra para
prepararme. Me despido y cierro los ojos. Intento poner en orden mis ideas y
asimilar que voy a tener que volver a mi pesadilla durante unos días, que serán
muy duros. Noto a alguien detrás de mí, creo que reconocería su olor y su
energía en cualquier sitio, mi cuerpo se reactiva y estremece con su presencia.
Me coge de la cintura, acerca mi cuerpo al suyo, pone sus manos en mi vientre
y su barbilla en mi hombro y me abraza. No se puede ni imaginar cómo
necesitaba ese abrazo.
—Todo va a ir bien, pequeña. Sabes que estoy aquí para lo que necesites y
me podrás llamar sea la hora que sea, ¿vale? —me dice, cuando me da la
vuelta y acaricia mis mejillas con sus grandes manos, mientras me limpia las
lágrimas—. Siento tú perdida, nena.
Supongo que ha escuchado parte de la conversación, pero también se ha
dado cuenta de que parte de mis lágrimas y mi inquietud es tener que volver a
casa, aunque sean unos días.
—¡Juanaaaa! —Vemos pasar a Pol, por nuestro lado, y tirarse a los brazos
de Juana que sale por la puerta—. ¿Cómo estás? Sabes que no ha sido culpa
tuya, ¿verdad?
—Lo sé, pequeño, pero ha sido un buen susto, ¿no crees? Y tu chichón,
¿cómo va? —le pregunta ella, dejándolo en el suelo.
—Bien, ya casi no me duele. ¿Cloe va a salir pronto?
—Sí, ya falta poco para que salga.
Por un momento veo que desvía la mirada a nuestra espalda y vemos que
Eduardo se acerca despacio, al llegar a su altura ella se desmorona y se tira a
sus brazos para cobijarse en su cariño. Oímos como le susurra palabras que no
entendemos, pero supongo que son para tranquilizarla. Ella levanta la cabeza y
se dan un beso en la boca, cargado de ternura y amor.
—¡Jolínnnn! Ahora ya todo el mundo sabe nuestro secreto —dice el
pequeño, señalando con las manos a toda la gente que hay en la calle—. Hasta
papá y Sophie se han enterado de que sois novios y después soy yo el chivato.
Aunque Pol está enfadado, nosotros no podemos más que reír de sus
ingeniosas salidas. Dentro de la tristeza, siempre consigue sacarnos una
sonrisa.
Media hora después, le dan el alta a Cloe. Sale con su bracito escayolado y
en los brazos de Dani, al que se ha metido en el bolsillo con la misma rapidez
que a su madre. Nos vamos todos hacia casa para comer algo y descansar un
poco de esta tensión.
Mientras estamos en la cocina, les explico a las chicas que mi abuela ha
fallecido y que me voy unos días. Sé que puedo contar con ellas para lo que
necesite y así me lo hacen saber con sus abrazos y sus palabras. Juana sabe lo
que me pasó, pero no tiene ni idea de quién es mi familia, o eso creo; yo solo
se lo conté a Tammy, por lo que intento no hablar mucho del tema. No se hacen
una idea de lo que debe de estar montando mi madre por allí. Solo espero que
no haya mucha prensa. Después de comer, mientras todos descansan, yo
preparo una maleta pequeña con mi ropa y mis cosas de aseo.
—¿Puedo pasar? —me pregunta Tammy, asomándose—. Sabes que puedes
contar conmigo, ¿verdad? No te dejes vencer por esa gente, mi princesa de
hielo, tú eres muy fuerte y cien mil veces mejor que ellos, y lo sabes.
—Lo sé, honey. Pero va a ser muy duro. No te he dicho que viene mi padre
a buscarme en el jet —le digo, mientras pongo mis ojos en blanco—. Voy a
necesitar tu ayuda para que nadie me acompañe al aeropuerto.
—Claro, cuenta con ello. ¿Y Jorge?
—Intentaré explicárselo todo cuando vuelva, de momento tengo otras cosas
que afrontar. Oye, me voy a ir al BookCafé para organizar todo por allí, ¿vale?
Te quiero, brujilla —le digo, abrazándola con todo mi cariño.
—Y yo a ti.
Salgo de casa y me voy a mi negocio para poner todo al día y dejarlo en
manos de Trini y Carlos.
Jorge

Cómo la voy a echar de menos. Sé que está preocupada por tener que
volver a Nueva York, pero espero que entienda que no está sola. Que ahora es
diferente y que no tiene de qué preocuparse. Pol y yo hemos subido a su piso
para pasar un rato con ella antes de que se vaya, pero Tammy nos ha dicho que
se ha ido a Mi pequeño mundo, así que aprovechamos y nos dirigimos allí.
Pol entra delante de mí y yo echo un vistazo. Está en una esquina, la más
discreta. Mi hijo charla con Carlos, como si fueran amigos de toda la vida. La
verdad es que el tío me cae como el culo, pero tiene buena mano con los
niños; bueno, para ser justo, con la gente en general. Me acerco a ellos y lo
saludo con la cabeza, él responde de la misma forma e informa a mi hijo de
donde se encuentra Sophie, ya que él todavía no la ha visto. Ella habla con un
hombre de unos cincuenta años, con muy buena percha; va vestido con un
pantalón de traje en color beis, camiseta blanca, chaleco gris de punto y
americana marrón. Su ropa no es de cualquier tienda, se nota que es de
calidad, por lo que debe de tener dinero. Eso no es lo que más me inquieta,
podría ser cualquier cliente, pero no es el caso; la tiene abrazada por los
hombros, la mira con cariño y admiración e, incluso, le ha dado algún beso en
la sien.
—¡Hola, Sophie! Hemos venido a pasar un ratito contigo, antes de que te
vayas —le dice mi pequeño—. ¿Y tú quién eres? ¿Quieres ser el novio de
Sophie? Pues que sepas que ella ya está ocupada.
Todo esto se lo ha dicho con los brazos cruzados y pose de «chulito». Este
es mi niño, siempre defendiendo a la familia, aun así, voy a tener una charla
con el piojo este. Oigo como Sophie y el hombre se ríen y a mí también se me
escapa la sonrisa, pero no es plan.
—Pol, hijo, eso ha sido de mala educación, pide disculpas al señor, por
favor —le pido a mi hijo que sigue enfurruñado.
El hombre me mira, recto, serio, supongo que quiere intimidarme, cosa que
no consigue, por cierto. Se arrodilla para estar a la altura de mi hijo, supongo
que, para recriminarle, por lo que mi cuerpo se pone en estado de alerta. Mi
mirada se desvía momentáneamente hacia Sophie, esta me mira y me sonríe
con la mirada tímida.
—Así que esta chica tan guapa, ¿está ocupada? —le pregunta él, en español
con un marcado acento americano. Mi hijo asiente con la cabeza, pero no dice
ni mu—. ¿Y se puede saber quién es el afortunado?
—Pues mi papá, ¿tú no ves que buena pareja hacen? Además, Sophie es
muy guapa y muy buena, me gusta mucho que esté con nosotros, la quiero
mazo.
Al hombre se le ilumina la cara y se le escapa una carcajada al oír a mi
hijo. No sé cómo tomarme eso, pero lo que hace que mi pecho se expanda para
dar cabida a mi corazón, es ver como Sophie se limpia unas lágrimas que se le
han escapado.
—Vaya, pitufa, veo que lo tengo muy difícil. Es muy complicado ganarle la
batalla a este pedazo de admirador que tienes, no sé si quiero saber cómo te
defiende el padre —le dice a Sophie, riéndose—. Bueno, vamos a aclarar el
tema, que no quiero yo llevarme un ojo morado de España. —Vuelve a
agacharse a la altura de mi hijo, que está un poco descolocado, supongo que
no se esperaba la reacción de este hombre; él quería más guerra, estoy seguro
—. Me llamo Thomas y soy el papá de Sophie. Que sepas que me encanta,
que, al estar yo tan lejos, tenga a hombres como tú aquí, cuidándola. —Le
extiende la mano para que se la estreche.
—Yo soy Pol —le responde mi hijo, correspondiendo el gesto—. Sophie,
¿puedo ir a buscar un libro?
—Claro, cielo. Ven a darme un abrazo, anda —le pide. Él le dice algo al
oído y corre hacia la zona infantil.
Intento seguirle para saber qué le pasa a mi hijo, esa reacción no es habitual
en él. Le gusta mucho hablar con la gente, es muy sociable, en eso no sale al
padre, por supuesto, y me extraña que no haya acribillado a preguntas al padre
de Sophie. Supongo que yo me he quedado como él, un poco impresionado.
Ninguno de los dos nos esperábamos que su padre estuviera aquí, ni que la
viniera a buscar a punto de enterrar a su madre, porque a eso ha venido, ¿no?
—Déjalo un rato solo, después ya iremos a hablar con él —me pide
Sophie, agarrándome del brazo—. Jorge, te presento a mi padre, Thomas.
Papá, él es Jorge, el padre de Pol, el bombero, mi vecino...
—Su chico —le digo, mirándola—. Un placer conocerlo, señor. Siento
mucho los comentarios y la actitud de mi hijo, normalmente no es así de
grosero; no sé qué le ha pasado.
—No te preocupes, chico, me ha encantado ver que mi hija está bien
protegida en mi ausencia. Y, por favor, llámame Thomas. Para mí también es
un placer conocerte, Jorge. Me han hablado mucho de ti; aunque en la
distancia, yo también cuido de mi niña —dice, dándole un beso en la cabeza a
su hija.
—Siento mucho su pérdida. ¿Ha venido a buscar a su hija?
Me parece un poco raro que venga él a recoger a Sophie desde tan lejos.
Creo que hay algo que ella no me ha contado.
—Sí, necesitaba hacerme a la idea de su pérdida y alejarme un poco. Así
que he decidido venir a por mi pequeña —me contesta Thomas.
No me ofrece más explicaciones, lo que me lleva a estar más expectante
todavía. Sé que me estoy perdiendo alguna cosa, algo me ocultan y eso me
pone de mal humor.
—¿A qué hora sale nuestro vuelo, papá? —pregunta ella.
—A las seis de la mañana. Steven y yo —dice, mira detrás de mí y allí está
el personaje de la otra noche— pasaremos la noche en el Villa Magna, así que
puedes despedirte tranquilamente. A las cinco te pasamos a buscar.
La otra noche, ese tío salió de la nada y estuvo hablando con Sophie. Hoy
su padre se presenta aquí, como si fuera lo más normal del mundo meterse
siete u ocho horas de viaje, cuando está a punto de enterrar a su madre, para
venir a buscar a su hija y con el tal Steven, como si fuera algún tipo de
guardaespaldas. ¿Qué coño pasa? ¿A qué narices se dedica la familia de
Sophie para tener que llevar guardaespaldas? Salgo de mis pensamientos
cuando Thomas se despide de mí.
—Bueno, chico, ha sido un placer. Espero que podamos tener más rato para
charlar, en otra ocasión. Despídeme de tu pequeño y cuida de mi niña cuando
regrese —me dice, extendiendo su mano.
—Eso no lo dude. El placer ha sido mío —le respondo.
Se aleja de nosotros para despedirse de Carlos, al que parece que conoce
muy bien.
—Jorge, sé que todo esto te parece muy raro, que te extraña esta situación,
pero antes tengo que lidiar con la muerte de mi abuela y todo lo que eso
conlleva. Cuando vuelva, prometo explicártelo todo —me dice, acariciando
mi pecho—. ¿Por qué no subís después a cenar con nosotras y así nos
despedimos?
—Claro, después subimos —le contesto, y beso sus labios—. Voy a buscar
a Pol.
Cuando salimos, su padre ya se ha marchado con el guardaespaldas, y nos
dirigimos a nuestro piso. Los dos vamos tristes, parecemos dos almas en pena.
No nos gusta que Sophie se aleje de nosotros, aunque sean solo unos días.
Pero el que peor lo lleva es mi pequeño.
—Papi, ¿tú crees que Sophie volverá? No me gustaría que ella se fuera
para siempre como hizo mamá —me pregunta mi hijo con los ojos llenos de
lágrimas.
—Cariño, claro que va a volver, ella tiene aquí su vida. ¿Por qué piensas
que no volverá?
—Es que ha venido su papá, desde muy lejos, a buscarla. A lo mejor la
echa mucho de menos y la convence para que se quede con él, allí, en el otro
mundo.
—¿El otro mundo? —le pregunto, riendo. Mi hijo tiene cada cosa…
—Sí, el otro día Sophie me explicó de dónde es y me dijo que estaba muy
lejos, al otro lado del mundo. Digo yo que será otro mundo diferente si está tan
lejos, ¿no?
Cuando nos damos cuenta ya son las nueve de la noche y subimos a casa de
las chicas para cenar y despedirnos. Tengo miedo, señoras y señores. Podría
hacerme el valiente y actuar de forma fría, tal y como hacemos en los
incendios, pero no puedo, estoy acojonado. Sé que no hay motivos, pero tengo
la misma inquietud que mi hijo. ¿Y si no vuelve? La cena es rara, tensa, creo
que todos estamos tristes, cada uno con sus problemas y como hoy no está
Dani, porque trabaja, pues no tenemos payaso con quien reír.
—¿Has dejado todo atado en el BookCafé? —le pregunta Tammy, en un
momento de la cena.
—Sí, ya está todo listo con Carlos y Trini. Aun así, estaremos en contacto
todos los días. Igual que con vosotros, solo hay que recordar la diferencia
horaria con Nueva York.
—Vas a volver, ¿verdad? —le pregunta mi pequeño con la cabeza
agachada.
—Claro que sí, campeón —le contesta, sentándolo en sus piernas—. Aquí
está mi casa y mi trabajo, está Tammy y Cloe, que son mi familia, y, ahora,
también estáis vosotros. ¿Cómo no voy a volver?
Mi pequeño se queda más tranquilo y después de cerrar la cena con un
riquísimo postre, nos despedimos.
—Te voy a echar mucho de menos, nena —le digo en el rellano de nuestro
piso, mientras Pol ha ido a ponerse el pijama—. Van a ser unos días muy duros
para todos, pero ya sabes que, para cualquier cosa, a la hora que sea, yo estaré
aquí, ¿vale?
—Vale. Yo también os voy a echar mucho de menos. No me hace ninguna
gracia tener que volver y ver gente que no quiero ver, pero tengo que hacerlo.
Cuando regrese tenemos una charla pendiente —me dice, acercándose a mi
pecho.
Me rodea el cuello con sus brazos y yo la abrazo a mi cuerpo. Me vuelve
loco tenerla tan cerca. Pongo mi boca en la suya y le muerdo el labio inferior
para oírla gemir. La devoro, como si no hubiera un mañana, por si no
volviera…

***

No he pegado ojo en toda la noche. Menos mal que hoy no tengo que
trabajar, porque no rendiría correctamente. Son las ocho de la mañana, así que
solo hace unas horas que Sophie se ha ido y ya la echo mucho de menos.
Despierto a mi pequeño y, después de prepararnos, nos acercamos al colegio.
Al volver a casa, decido que iré al gimnasio un rato o a correr para despejar
la cabeza y dejar de pensar tanto. Estoy hecho un lío y no paro de elucubrar
sobre la vida de Sophie. Del misterio que envuelve el viaje de su padre. De
que el tal Steven haya estado presente estos días.
No soy capaz de desconectar y en vez de seguir los planes que tenía
pensados, hago algo que nunca pensé que haría. Enciendo el ordenador, abro
Google y, como en la visita de Thomas, cuando se despidió de Carlos le oí
decir su apellido, sin pensarlo demasiado y como tengo el presentimiento de
que esto no me traerá nada bueno, tecleo Sophie Prescot.
No me puedo creer todo lo que aparece, todo lo que ven mis ojos, pero mi
mente no es capaz de asimilar. Tendría que haber esperado a que ella me
explicara. Toda esta información es superior a mí. Hay un montón de fotos de
Sophie, en algunas sola, en otras con un hombre que se repite en varias, el que
supongo que será Mark, su ex. También hay alguna con Nico y con su padre.
De su familia al completo. Vestida de gala, de calle, en cenas o fiestas varias...
Leo algún titular: «La familia Prescot ya se encuentra entre las cinco familias más
poderosas de América». «Kick, la marca más utilizada por los deportistas».
Hay fotos de la familia con deportistas muy conocidos del otro lado del
charco. Toda esta información me satura y no sé cómo voy a ser capaz de
digerir todo lo que veo y leo. Tengo tantas dudas, tantas preguntas...
¿Dónde cojones me he metido?
CAPÍTULO 9

Sophie

Ya estamos en el jet, no recordaba que fuera tan bonito, hace tanto tiempo
que no me subía... Caben diez personas más la tripulación, con sus asientos de
cuero beis; a la derecha, hay seis asientos y a la izquierda cuatro más. Las dos
zonas con su mesa en medio, de las que aprietas un botón y aparecen y
desaparecen. Por supuesto los asientos se estiran, se recogen, se mueven... Al
fondo, hay un sofá con su televisión y una puerta donde se encuentra un
dormitorio, con su cama king size y un baño completo.
Parece mentira que ahora me pueda abrumar tanto semejante lujo, después
de todos estos años alejada de todo esto me doy cuenta de que, realmente, he
conseguido ser feliz sin vivir en este mundo.
—Sophie, cariño, ¿estás bien? —me pregunta mi padre.
—Sí, papá, solo pensaba… Soy tan feliz con mi vida que no he echado de
menos nada de esto —le comento, mientras señalo a nuestro alrededor.
—Eso es estupendo, cariño. Era lo que querías, ¿no? Empezar tu vida de
forma diferente y lejos de todo ese mundo mediático de carroñeros; lejos de
las personas que tanto daño te han hecho.
—Sí, así es. Y dado que lo he conseguido, tengo tanto miedo de que me lo
puedan volver a quitar... Ya sé que soy mayor y puedo hacer lo que yo quiera,
pero tanto mamá como Jana son personas tan manipuladoras y centradas en sus
objetivos, se lleven lo que se lleven por delante, que solo pensar en que
puedan llegar a hacer daño a las personas que tanto quiero...
—¿Por eso casi nadie en España sabe quién eres realmente? —Asiento con
la cabeza—. Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites, pero
creo que a Jorge se lo tendrías que contar. Parece un gran muchacho y te mira
con esos ojos de enamorado...
—¡Papá! ¿Pero qué tonterías dices? Sí que es verdad que es un gran
hombre, es una persona que se preocupa mucho por mí y nos estamos
conociendo, pero solo hace unas semanas que estamos liados. El amor no llega
así, de un día para otro.
—Hija, el amor llega cuando llega, mírame a mí, llevo unos treinta y cinco
años con tu madre y nunca conseguí enamorarme de ella, pero... —se queda
callado, sin continuar su explicación, como si le diera vergüenza decirme
algo.
—¿Pero…? Sigue papá, sabes que puedes contarme lo que quieras. Yo solo
quiero que seas feliz —le digo, mirándolo a los ojos.
—Sé que lo que te voy a explicar, no está bien. Solo te pido que no me
juzgues antes de que acabe la explicación. Que todo esto que te cuento, solo lo
sabía la yaya, bueno, y Steven —me dice, mientras mira hacía él—. Y del
mismo modo que yo respeto que, fuera de América, reniegues de tus raíces
porque tu motivo es poderoso, también pido tu respeto hacia mi silencio.
—Por Dios, papá, eso no lo tienes ni que pedir, son tus cosas, tus
problemas, yo jamás le diría nada a nadie. —Me mira y sonríe dándome a
entender que lo sabe.
Durante un rato se hace un silencio entre nosotros, no es incómodo, pero sí
lo noto inquieto. Traga saliva y cuando pienso que ya no me va a decir nada,
rompe su silencio.
—Fue una tarde, poco después de que tú te fueras, sabes que entre tu madre
y yo nunca hubo amor, ni tan siquiera una pizca de cariño; nada. Ese día me
llamaron para los resultados de la yaya, no eran buenas noticias y, aunque lo
imaginaba, reafirmar mis dudas fue durísimo. Tú te habías ido lejos, Nico
siempre fue una alma libre y Jana… ella es otro caso aparte. —Suspira para
coger fuerzas—. Ese día llegué pronto a las oficinas y decidí ir a tomar un
café fuera de allí. Me di cuenta de que al otro lado de la calle había una
pequeña cafetería y allí acabé. Me sentía tan triste, tan solo...
—Papá, mira, si no quieres seguir contándome... —Lo noto tan triste que no
sé si quiero que continúe.
—Pitufa, déjame acabar. Necesito desahogarme. —Su expresión es
demoledora, nunca había visto así de deshecho a mi padre—. No sé si fue el
destino o qué narices, pero allí estaba ella. Fue verla y resucitar de repente,
me cautivó su sonrisa permanente, su sencillez y la calidez que desprendía.
Bueno, también tuvo que ver lo guapa que es, claro. Desde aquel primer día,
fui todos los siguientes, era verla y volver a respirar. Alison me da la
tranquilidad y la serenidad que necesito. Me hace feliz, hija. Lo que más me
duele es no poder gritar al mundo entero que es mi chica. Quiero poder salir a
cenar o pasear con ella sin tener que ocultarnos. Tengo la suerte de que me
quiere tanto que lleva aguantando así casi siete años, Sophie.
Estas últimas palabras me las ha dicho mirándome fijamente. Yo lo único
que puedo hacer, es dejar escapar mis lágrimas por la congoja que siento en
mi padre, la impotencia que se aprecia por tener que frenar la vida que tanto le
gustaría vivir y ser feliz, por fin. Él levanta la mano y seca mis lágrimas. No
sé qué decirle, estoy sin palabras, pero no por rabia o por recriminarle nada,
más bien es por la impotencia de no poder ayudarlo.
Cuando me recupero del shock, me doy cuenta de que lleva con otra mujer
muchos años y que eso es muy difícil de esconder, sobre todo, para personas
como nosotros. También siento una gran curiosidad por la mujer que hace feliz
a mi padre. Por cómo es físicamente, si es de su edad, si tiene familia...
—¿Mamá lo sabe?
Es lo primero que se me pasa por la cabeza. Sé que a ella le daría
completamente igual, mientras tenga el dinero necesario para vivir su vida, lo
demás poco le importa.
—No lo sé, hija, supongo que sí. A tu madre no se le escapa nada. Siempre
tiene un as bajo la manga. Seguro que se imagina que hay más mujeres, hace
muchos años que ni siquiera nos acercamos íntimamente. Mientras pueda
seguir con su vida...
No sé qué decir, tengo tantas cosas en la cabeza que creo que me va a
estallar. Mi padre me dice que le gustaría aprovechar mi estancia para que
pueda conocer a Alison. Me hace mucha ilusión y, la verdad, es genial ver
como le cambia la expresión y su cara es de felicidad completa cuando habla
de ella.
Después de abrir nuestras almas como hacía tiempo que no nos pasaba, nos
damos cuenta de que ya hemos llegado a Nueva York. Al ser consciente, me
vuelve a atacar la ansiedad; además, le he enviado varios mensajes a Jorge y
no he obtenido respuesta alguna. Lo echo tanto de menos que, todavía no
hemos llegado, y yo ya tengo ganas de volver.
Cuando aterrizamos en la pista, ya nos espera un coche en el que meten
nuestros equipajes. Steven me abre la puerta para subir y posteriormente se
sienta en el asiento del conductor. La verdad es que, hasta ahora, casi no he
sido consciente de que él nos acompaña. Tiene una facilidad de pasar
desapercibido y parece que nunca se entera de nada, aunque estoy segura de
que es la persona que sabe más secretos de mi familia. El día que se canse de
aguantarnos y le dé por escribir un libro, nos vamos a cagar. Me mira por el
retrovisor y me dedica su media sonrisa, parece que me haya leído el
pensamiento. Estoy tan convencida de que nunca nos traicionaría que me
jugaría mi BookCafé. Steven es un gran hombre, para mí es como mi hermano
mayor, de forma muy discreta ha estado a mi lado; siempre he tenido un abrazo
por su parte cuando más lo he necesitado y ha velado por mí en la sombra.
Estoy convencida de que, incluso, todos estos años en Madrid, él ha estado al
tanto de todo y cuidándome como siempre.
Cuando veo que estamos en la cuesta hacia la casa de mis padres, decido
llamar a Jorge para informarlo de que hemos llegado y así poder escuchar su
voz, lo echo tanto de menos... El teléfono me indica que está apagado y me
extraña, ya que por su trabajo casi nunca lo apaga. Decido enviarle un mensaje
y le pido que me se ponga en contacto conmigo para poder hablar. Aprovecho
para llamar a Tammy, allí es mediodía.
—¡Hola, nenita! ¿Ya habéis llegado? —me pregunta, nada más descolgar.
—Sí, honey. Ya estamos entrando en casa. ¿Cómo estáis? ¿Está todo bien
por ahí?
—Sí, todo en orden, empezando la semana. Por cierto, esta mañana me ha
dicho Juana que te enviara muchos besos. ¿Tú estás bien? ¿Ya has visto a tu
madre?
—Estoy, que no es poco, y no, todavía no la he visto. Más tarde te envío un
mensaje y te cuento.
—Vale, mi princesa de hielo. —La oigo reír—. Dale un beso a tu padre, de
mi parte, y un abrazo al superhéroe. Te quiero mucho.
No me da tiempo a responderle cuando ya ha colgado. Tammy es tremenda
y doy gracias, todos los días, por tenerla a mi lado. El hombre que la
conquiste va a ser muy afortunado.
—Papá, Tammy te manda un beso y a ti, superhéroe, un abrazo. —Veo por
el retrovisor como Steven sonríe y niega con la cabeza.
Como podéis imaginar, mis padres poseen varias propiedades y no todas en
Estados Unidos, pero para poder tener una vida más cómoda (nótese la
ironía), viven en una casa adosada en Upper East Side. Podría decir que, para
poneros los dientes largos, la casita dispone de siete habitaciones y cinco
baños, una biblioteca y un despacho que utiliza mi padre. Un precioso, e inútil,
ascensor para subir los cinco pisos de que dispone el edificio. Y la parte que
más me gusta a mí, su preciosa terraza en la azotea. Pues eso, pero, al tener
una madre como la mía, os puedo asegurar que esto no es nada.
Steven nos ha dejado en la parte trasera, como casi siempre, por temas de
seguridad, como él nos dice, pero también porque la puerta de delante está
llena de periodistas.
—¿Preparada, pitufa?
Me pregunta mi padre una vez hemos parado frente a la puerta. Le confirmo
que sí con la cabeza, aunque estoy muy nerviosa; si solo hubiera podido hablar
con Jorge, seguro que él sabría qué decir para tranquilizarme. Pero ni un
mensaje, ni una llamada...
—¡Por Diosito lindo! Mi niña, Sophie... —Oigo que dicen en la puerta.
Este acento mexicano, sin duda, es de mi nana, Camila.
Lleva muchos años en nuestra casa, fue la persona que siempre nos cuidó y
ahora, que no hay niños, es la mujer para todo. Nos conoce tan bien que es
imposible vivir sin ella. Emigró de su país como muchos otros, muy jovencita,
y desde entonces está con nosotros. Aun con el tiempo que lleva en Estados
Unidos, su acento es inconfundible.
—Mi nana querida. —La abrazo con cariño—. Pero ¡qué guapa estás! Por
ti no pasan los años, Camila.
—¡Ay, mi niña! Tú sí que estas rechula, mírate, estás hermosa. Yo ya ando
viejita, muchacha. Los años pasan y no perdonan, mi niña Sophie. Solo le
pido, cada día, a mi virgencita de Guadalupe que me conserve para poder
volver a ver muchachitos por esta casota. —Me abraza con fuerza. Sé que me
quiere mucho, tanto como yo a ella.
Entramos abrazadas y charlando; preguntándole cómo sigue su salud. Sé,
por papá, que ha estado algo delicada, pero me alegro mucho de que ya esté
bastante mejor. Camila también fue un pilar muy importante cuando sucedió
todo con Mark y también sé que, desde entonces, mi madre no ha sido, lo que
se dice, muy amable con ella.
—¡Vaya! Si parece que la hija desagradecida ha vuelto a su hogar... —Esa
es mi madre, todo amor. Cuando nuestras miradas se encuentran, un escalofrío
cruza mi espalda, como si me hubieran clavado un puñal.
—Marga, no empecemos —le reclama mi padre, poniéndose en medio de
las dos—. Sophie no está aquí por gusto y lo sabes. Solo os pido que, por
respeto a mi difunta madre, podamos estar en paz estos días. ¿Ha quedado
claro?
Yo asiento con la cabeza y noto como Camila presiona mi mano para darme
fuerza. Todos estamos muy nerviosos y eso se nota en la tensión que se respira
en la sala.
—¿Ya sabemos a qué hora está previsto el entierro? —pregunta mi padre.
—A las cuatro. Si hubieras estado donde tenías que estar, ya lo sabrías —le
contesta mi madre, con esa frialdad que la caracteriza.
—Me voy a duchar y a descansar un rato. Tú deberías hacer lo mismo,
Sophie. Después, nos vemos.
Santa paciencia. No sé cómo mi padre todavía la aguanta, supongo que para
no armar un escándalo y que toda su vida se vea afectada por la prensa. Yo no
llevo aquí ni quince minutos y ya estoy hasta el gorro de su pose, de su mirada
despiadada y superior, como si todo girara a su alrededor y solo ella fuera la
dueña; y, sobre todo, de su frialdad.
—Véngase, mi niña, que la acompaño a su cuarto —me indica Camila,
tirando de mi brazo.
Cuando me deja a solas en mi antiguo cuarto, me doy cuenta de que mi
madre lo ha cambiado absolutamente todo. Ahora no es el cuarto de su hija, es
el cuarto de invitados, así que me queda claro que eso es lo que soy ahora; una
invitada más. Me siento en la cama y suelto un gran suspiro para despejar toda
mi mala leche del cuerpo y darme ánimos para afrontar todos estos días.
Cómo echo de menos a los chicos. Me encantaría poder oírlos para coger
fuerzas, así que aprovecho para llamar de nuevo, a ver si tengo más suerte,
pero nada. Sigue apagado y, ahora, sí que ya no puedo retener más mis
lágrimas de rabia y tristeza. Me siento tan sola...
Jorge

Tres llamadas y cuatro mensajes, eso es lo que tengo de Sophie cuando


vuelvo a activar el teléfono. Después de todas las noticias que pude ver por
Internet, me quedé tan hecho polvo que no tengo fuerzas para hablar con ella.
¿Qué le digo? ¿Qué ya lo sé todo? ¿Qué ella ya sabe que odio la mentira y
que ya no la quiero más a mí lado? ¿Qué quiero odiarla y no puedo? ¿Que no
pasa nada, que la perdono porque la necesito tanto conmigo, que no quiero que
se aleje?
Creo que me voy a volver loco y ya no sé qué hacer. Necesito tantas
respuestas, tengo tanto que preguntarle, que parece que no llegará una vida
para que me pueda responder a todo. El timbre de la puerta me saca de mis
pensamientos. La abro y veo que es mi padre con Juana. Al ver mi cara, se da
cuenta de que algo me pasa, me conoce demasiado.
—Hola, hijo, ¿va todo bien?
—Pues no lo sé, papá. Hola, Juana, ¿cómo vas?
—Hola, cariño, yo bien, pero tú tienes una carita... Yo puedo irme un rato si
quieres hablar con tu padre tranquilamente —dice Juana. Veo que mi estado no
pasa desapercibido.
—No te preocupes, supongo que lo que le cuente a mi padre irá a parar a
tus oídos, desde que se hace mayor se ha vuelto un poco cotilla. —Agacho mi
cuerpo para no recibir la colleja que suelta mi padre.
—Y tú, un mal educado, no se falta, así, el respeto a tú padre, que yo no soy
mayor, soy un madurito sabio. Si no, pregúntale a Juana, ¿verdad, cielo? —le
pregunta, acercándola a su cuerpo—. A ver, ¿nos invitas a un café y nos cuenta
a qué se debe esa cara de acelga que llevas?
Les preparo el café que me han pedido y nos sentamos en los sofás del
salón. No sé por dónde empezar, a lo mejor tengo suerte y Juana sabe algo y
me libera de algunas dudas.
—Papá, tú sabes que desde lo que pasó con Clara, no soporto que me
oculten cosas, ni me engañen...
—Lo dices por Sophie, ¿verdad? —me pregunta Juana.
—Sí, no sé si tú estás enterada de algo, pero después de la visita de su
padre y todo el misterio que los envolvía, me quedé inquieto. Ya sé que no
tendría que haberlo hecho, pero busqué su nombre en Internet.
—Hijo, ¿ahora me vas a decir que su familia pertenece a la mafia italiana o
algo por el estilo? —me pregunta mi padre, sacándole hierro al asunto.
—Por Dios, Eduardo, mira que eres besugo a veces. ¿No ves que tu hijo lo
está pasando mal? —le recrimina Juana, mientras le propina un guantazo en el
brazo.
La verdad es que me gusta mucho ver a mi padre tan feliz al lado de Juana
y, aunque esté hecho polvo, estos dos consiguen sacarme una sonrisa que,
seguramente, era el objetivo de mi padre con sus tonterías.
—Perdón, perdón… Ya no digo nada más, disculpa, hijo. Continúa, ¿qué
has encontrado en Internet?
—Pues… Parece que la familia de Sophie es una de las más importantes de
los Estados Unidos. Tienen una empresa de material deportivo y, joder, están
forrados de dinero —les comento.
Estoy nervioso e, incluso, he elevado el tono de voz. Casi no me salen las
palabras. Creo que decirlo en voz alta me ha hecho mucho más consciente de
su poder.
— ¿Y qué es lo que te preocupa, hijo? ¿Que tengan mucho dinero o, más
bien, que Sophie no te lo haya contado? Ella nunca me dio la sensación de ser
millonaria, al contrario, creo que es una persona muy cercana, supongo que
Juana nos lo puede confirmar mejor —me dice. Juana parece ausente a nuestra
conversación—. Seguro que todo tiene una explicación, ¿has podido hablar
con ella?
Yo niego con la cabeza y pienso que es una de las preguntas que me rondan
en la cabeza, ¿por qué ella no lleva el nivel de vida adecuado al poder
adquisitivo de sus padres? Sé que huyó a España por el problema sentimental
que tuvo con su antiguo novio y con su hermana. Pero, con el dinero que tiene
su familia, podría tener un piso en propiedad, qué digo uno, incluso varios, y
no estar de alquiler.
—Sé que han llegado bien a Nueva York, pero no he tenido el valor de
hablar con ella. Estoy tan cabreado, confundido, dolido y con millones de
preguntas que no sé cómo voy a reaccionar cuando hablemos. Ahora mismo ya
tiene suficientes cosas que afrontar allí como para que me ponga a gritarle yo
también. —Hundo mi cabeza entre mis manos por la desesperación que tengo.
Creo que ahora sería capaz de ponerme a llorar, de frustración, como un
niño pequeño. Tan pronto tengo unas ganas terribles de hablar con ella y
abrazarla, como de no volver a verla más. Noto que alguien me acaricia las
manos y, al levantar la cabeza, veo que Juana está arrodillada frente a mí. Me
mira con los ojos brillantes, emocionada.
—Jorge, la quieres mucho, ¿verdad? —Yo asiento con la cabeza.
No me da vergüenza reconocerlo, es verdad, nunca me imaginé que una
mujer consiguiera desmontar mi coraza en tan poco tiempo y con tanta
facilidad, pero es que no es cualquier mujer, es Sophie.
—Mira, cielo, yo tampoco tengo mucha información, así que no te voy a
poder aclarar nada. También es verdad que no me corresponde a mí contestar
tus dudas, sino a Sophie. Lo que sí tengo claro es que, como bien dice tu
padre, detrás tiene que haber algún motivo importante para que no nos lo haya
contado. Yo también he visto cosas que me han sorprendido durante estos
años, pero nunca he preguntado. Al principio, sí que me dolía que ella no me
tuviera la confianza suficiente para poder abrirse y decirme qué pasa en su
familia para que dé la sensación de que ella se oculta. A medida que la conocí
y comprobé que es un cielo de mujer, pensé que seguramente lo oculta como
protección.
—¿Qué quieres decir con eso, Juana? ¿Crees que ella puede estar en
peligro? —le pregunta mi padre con el ceño fruncido, gesto que comparte
conmigo, aunque no lo quiera reconocer.
—No, cariño. Ahora que Jorge nos ha comentado que su familia es de
dinero, y mucho, me imagino que el despliegue de prensa en su país debe de
ser importante. Si ella consigue pasar desapercibida aquí, es probable que
pueda vivir mucho más tranquila. Me apuesto algo a que, si seguimos la
búsqueda en Internet, encontraríamos cantidad de noticias de la ruptura con su
ex y el lío con su hermana. Habla con ella, Jorge, debe de estar de los nervios
si todavía no sabe nada de ti. Sabes, tan bien como yo, que no lo debe de estar
pasando bien y ahora nos necesita. Dile lo que sabes y que cuando regrese te
debe una charla, pero no la dejes ahora, no sin escuchar sus motivos y, menos,
cuando está tan lejos…

***

Voy camino del colegio para recoger a Pol y mi cabeza da vueltas con todas
las palabras de Juana. Intento asimilar todo lo que me ha dicho, hay muchas
cosas que encajan, pero, en otras, todavía tengo dudas.
—¡Hola, papi! ¿Ha llegado ya Sophie al otro país? ¿Has podido hablar con
ella? —me pregunta mi hijo, nada más aterrizar en mis brazos y darme un
beso.
—¡Hola, campeón! Sí, Sophie ya está en Nueva York, me ha enviado un
mensaje, pero todavía no he hablado con ella.
—¿Y tú crees que podríamos llamarla desde el coche con el sin manos? —
Me echo a reír por las expresiones de mi hijo.
—Se dice manos libres, no sin manos, hijo —lo corrijo—. Podemos
intentarlo, a ver si puede hablar.
Nos dirigimos al coche y, una vez dentro, activamos el manos libres y
marcamos el número, suenan cuatro tonos y oímos como descuelga. Mi hijo,
con el ansia de hablar con ella, no la deja ni contestar.
—¡Hola, Sophie! —le chilla mi hijo… literalmente.
—¡Hola, campeón! ¿Cómo estás? ¿Ya has salido del cole?
—Sí, hoy hemos ido a la piscina a nadar. Y tú, ¿ya has llegado a tu país?
¿Es muy grande? Yo quiero que nos envíes una foto para ver si es chulo.
Sophie se ríe y se me encoge el corazón solo de pensar en no volver a oír
su risa nuevamente. Cada día que pasa, soy más consciente de lo profundo que
se ha metido en mi interior.
—Claro, os envío una foto y, a lo mejor, algún día podemos venir hasta
aquí todos y os enseño las cosas tan chulas que hay. Por cierto, ¿por qué
chillas tanto?
—Es que estás muy lejos y quiero que me oigas bien.
—Pol, cariño, Sophie está muy lejos, pero por teléfono te oye
perfectamente, no hace falta que chilles; me vas a dejar sordo.
—¿De verdad me oyes si te hablo así, de normal? —le pregunta mi hijo.
Qué poca credibilidad tengo como padre.
—Te oigo súper bien, cielo.
—Te echo mucho de menos, vas a volver, ¿verdad?
Le pregunta mi hijo con los ojos brillantes, hay que ver el cariño que le ha
cogido en tan poco tiempo. No soy el único que ha caído a sus pies.
—Claro que voy a volver, Pol, sabes que solo he venido porque mi abuelita
se ha ido al cielo y le tengo que decir adiós. Pero en unos días estoy de vuelta
e iremos a dar un paseo al parque y a comernos un helado, de esos de
chocolate que tanto nos gustan, ¿vale?
—Vale —le contesta mi hijo, recuperando ya su sonrisa—. Podremos llevar
a Cloe, ¿no?
—Claro que sí, campeón.
—Bueno, ya está bien de tanto charlar, que se nos hace tarde. Despídete de
Sophie hasta otro día, colócate en tu silla y te atas —le pido a mi hijo, que se
había sentado en mi regazo.
—Adiós, Sophie, hasta otro día.
—Adiós, cariño. Un besito muy fuerte.
Mi hijo se dirige a su silla, en la parte trasera, y comienza a atar el
cinturón. Mientras, desactivo el manos libres para recuperar un poco de
intimidad y la saludo con un escueto «hola».
—Hola, fireman, ¿cómo estás? Te he enviado mensajes y te llamé en varias
ocasiones, pero no pude hablar contigo. ¿Va todo bien?
Cierro los ojos y suspiro profundamente, recordándome que tengo a mi hijo
en el asiento trasero y me debo controlar.
—Por aquí, todo como siempre. Y tú, ¿qué tal? ¿te está tratando bien la
prensa?
Mi tono ha sido duro y seco, pero necesito que vea que sé cosas y que estoy
enfadado. Se hace un silencio que parece eterno.
—Jorge, yo... —Noto como su voz tiembla. Sé que está preocupada y
sorprendida.
—Mira, Sophie, ahora tengo que llevar a Pol a karate, que ya vamos tarde.
Después ya volvemos a hablar. —Se genera un silencio incómodo, hasta que la
oigo aclararse la garganta para contestar.
—Claro, el entierro es a las cuatro de la tarde, hora de aquí. Cuando todo
acabe y llegue a casa, te llamo con tranquilidad y hablamos.
Su voz tiene un tono triste y da la sensación de que está llorando. Se me
encoge el corazón, pero no podemos empezar con mentiras y ocultando cosas.
Después de despedirnos y dejar a mi hijo en su clase de karate, decido
llamar a Dani, mientras espero a Pol, a ver si consigo que mi cabeza deje de
pensar tanto.
—Hombre, colega ¿qué es de tu vida, que andas desaparecido?
—Eso tú, que, si yo no te llamo, no te acuerdas de que existimos, está claro
que como no tenemos dos tetas, no nos necesitas para nada, capullo.
—Jajajaja, la verdad es que he estado un poco liado y no solo con dos
tetas; sobre todo con el curro. Tenemos mucho lío. ¿Vosotros cómo vais? ¿Qué
tal llevas la ausencia de la churri?
—Joder, Dani, tengo un cabreo de cojones. —Ya he estallado—. Me he
enterado de que Sophie me engaña.
—No jodas, ¿con otro tío?
—No, capullo, no es eso. Me he enterado de que su familia tiene mucha
pasta y nos lo ha ocultado. Bueno, supongo que Tammy sí que lo sabe, pero,
incluso, Juana no tenía ni idea.
—Joder, qué susto me has dado. ¿Y qué hay de malo en que tengan pasta?
Mira, así podrás comprarte un Porsche y me llevas a dar un paseo.
—Coño, Dani, contigo no se puede hablar. Todo te lo tomas a cachondeo.
—Perdón, perdón... A ver, explícame lo que te inquieta.
—Busqué a su padre en Internet y resulta que tiene una empresa de ropa y
accesorios deportivos y son unas de las familias más ricas de América. Lo que
no sé, es por qué nos lo ha ocultado. Ya sabes lo que me molestan las mentiras
y que me oculten cosas. Joder, no quiero volver a sufrir por una tía, Dani. Tú
ya sabes lo jodido que estuve. Y tengo la sensación de que lo que sentí con
Clara, no era ni la mitad de profundo que lo que siento ahora por Sophie. Ella
sí que puede hundirme por completo.
—Vaya, colega, pues sí que estás jodido. ¿Has podido hablar con ella?
—He hablado con ella, pero estaba Pol con nosotros y solo le he dejado
caer que sabía algo. Se ha quedado cortada y me ha dicho que, después del
entierro, intentará llamarme.
—Jorge, seguro que hay un motivo para que ella no haya comentado nada
del tema. Deja que se explique, que te exponga sus motivos. No te ofusques,
que te conozco y rápido sacas conclusiones precipitadas, y después te puedes
arrepentir. —Mi amigo me conoce muy bien—. Voy a intentar hablar con
Tammy, a ver si le saco algo. Más tarde te cuento, ¿vale?
Me despido de Dani, dándole las gracias, y acordamos que si se entera de
alguna cosa me lo contará. No sé qué pensar, todo se me hace cuesta arriba y
difícil de asimilar, pero más duro se me hace pensar en no volver a besar sus
labios o notar su cuerpo desnudo junto al mío. A eso, no me hago a la idea.
CAPÍTULO 10

Sophie

Madre mía, qué mal he hecho las cosas. Resulta que todo lo que yo
intentaba que no pasase, ha pasado. No sé lo que sabrá Jorge, ni de qué tipo de
información dispone, pero se lo tenía que haber explicado yo, maldita sea,
todo me sale mal...
Me siento triste y rota, me duele tanto el corazón... Entre la despedida de mi
abuela y la posibilidad de que Jorge no quiera saber nada más de mí, con la
consecuencia de no poder ver más a Pol, con el cariño que le tengo, me mata.
No puedo dejar de llorar, estar tan lejos y no poder aclarar las cosas con él me
destroza. Así me encuentra mi padre, hecha un mar de lágrimas.
—Pitufa, mi pequeña, ¿qué te pasa? —me pregunta, sentándose a mi lado en
la cama.
Ya viene arreglado, con su traje negro de tres piezas, impecable, camisa
blanca y corbata negra, aún dadas las circunstancias tan tristes, está muy
guapo.
—Estoy tan triste, la voy a echar tanto de menos, y, además, parece que los
problemas me persiguen. Cuando ya pensaba que podía dejar todo el dolor del
pasado atrás y empezar a ser feliz, todo se tuerce. ¿Es que no me lo merezco?
Dime, ¿no crees que la vida me podría dar un respiro? Tampoco exijo tanto,
jolines...
—Mi vida, eres una de las mejores personas que conozco, eres todo
corazón y es verdad que no te mereces por todo lo que has pasado, pero, a
veces, la vida nos pone pruebas para poder disfrutar, después, de la felicidad.
Todo llega, pitufa, estoy seguro de que serás muy feliz. Conseguirás a un
hombre que te respete y te quiera por encima de todo y podrás formar una
bonita familia. Supongo que parte de esta tristeza tiene que ver con Jorge, ¿no
es así?
—Sí, parece que se ha enterado de algo, todavía no he podido saber de qué,
pero, por sus palabras y su tono, no está muy contento con lo que ha
descubierto. Bueno, supongo que el motivo de su cabreo es que se lo haya
ocultado. Su vida tampoco ha sido muy fácil y le cuesta mucho confiar en las
personas.
—Habla con él, explícale tus motivos y si, aun así, no te entiende, ni te
perdona, es que no te merece, ni te quiere como debe —me dice mi padre,
limpiando mis lágrimas de las mejillas—. Bueno, ahora hay que arreglarse,
que casi es la hora de despedir a la abuela y no podemos llegar tarde, si no,
entre tu madre y la prensa nos despellejan.
—Pero bueno, ¿mi chica preferida todavía está así? —Ese es mi hermano,
el que siempre consigue sacarme una gran sonrisa. Nos fundimos en un sentido
abrazo—. A vestirse, ponte preciosa, como a la abuela le gustaría y vamos a
dejar a todos con la boca abierta. Después, ya afrontaremos los otros
problemas; uno a uno.
Me abraza y me besa la cabeza, con su comentario, me da a entender que, el
muy cotilla, ha escuchado detrás de la puerta. Podría enfadarme por meterse
donde no lo llaman, pero con él nunca puedo.
Todo es como yo me imaginaba; un circo, dirigido por mi madre, claro.
Incluso, me había dejado la ropa preparada; un traje de falda y chaqueta negro
con la camisa blanca, todo muy sobrio. Como os podéis imaginar no le he
hecho ni caso y, claro, cuando me ha visto bajar por la escalera con mi vestido
negro, con cuello de barco, ceñido hasta la cintura y con vuelo hasta la rodilla,
casi le da un síncope. Lo que sé que la incomoda es la flor rosa que va desde
la cintura hasta el bajo de la falda. A mi abuela le hubiera encantado, así que
es un homenaje a ella, me importa un carajo lo que piense mi madre.
—¿Ni siquiera, un día como hoy, puedes seguir el protocolo y respetar a tu
abuela? —pregunta mi madre.
—Marga, por favor, tengamos el día en paz —le contesta mi padre.
—Ni Marga ni leches, esto es culpa tuya por consentirle siempre todo. Mira
lo que estamos criando, una panda de desagradecidos y mal educados —dice,
señalándome a mí y a mi hermano—. Tanto dinero gastado en su educación
para nada. Menos mal que Jana es cabal y nunca nos deja en ridículo.
Estoy a punto de reventar, las palabras me arden en la punta de la lengua,
tengo tantas ganas de decirle cuatro verdades... Pero no es el momento ni el
lugar. Y eso entiende también mi hermano, que se pone a mi lado y me agarra
de la cintura, mientras ejerce un poco más de presión de lo necesario; supongo
que, también, tiene que coger fuerzas para no estallar. A él tampoco le importa
lo que piense mi madre y, por supuesto, el resto de la humanidad. Y ya no
digamos el protocolo. Su traje no es negro, es verde botella; la camisa no es
blanca, es color café con leche; y la corbata es marrón. Este es Nico, así es él;
menos mal que no ha llegado con el pelo verde o azul... Así que la prensa va a
disfrutar mucho con nosotros. Mi madre no sabe dónde meterse, pero esto es
lo que la abuela querría, que fuéramos nosotros mismos.
Salir por la puerta es toda una odisea, está llena de periodistas que poco
respetan nuestra pena, son unos carroñeros; no todos, por supuesto, pero pocos
se salvan. Los de seguridad nos escoltan para poder salir sin sufrir
contratiempos. Después de tanto tiempo fuera, yo soy el centro de atención,
por lo que voy rodeada de Nico y Steven que me abren el camino hasta la
limusina que nos espera. Me sorprende que dentro no estén mi hermana y
Mark, parece que van a ir por su cuenta.
Salimos hasta el tanatorio, que es desde donde saldrá el féretro, y donde
tendremos que recibir las condolencias de la gente durante unas horas. Es la
una del mediodía y el entierro no es hasta las cuatro, por lo que nos quedan
unas horas para ver pasar a diferentes personas y personalidades; desde el
alcalde hasta varios deportistas famosos, o gente que nos odia, pero que, por
tener tema de conversación y poder criticar, se han acercado.
Al fondo, en la enorme sala, ya diviso el pelo rubio de mi hermana Jana y
la altura de Mark, a su lado. El corazón me da un vuelco, no por celos, por
supuesto, es rabia, cabreo. Tengo un nudo en el estómago que me produce
ganas de vomitar. Noto a alguien, por detrás, que se acerca a mi oído.
—Sophie, respire o tendrá un ataque de ansiedad y su difunta abuela se
levantará de la caja para darle un merecido azote por dejarse vencer por ellos.
Usted es una mujer muy fuerte, no lo olvide. —Son las palabras de Steven las
que me hacen reaccionar.
No me deja ni a sol ni a sombra, supongo que sigue instrucciones de mi
padre. No le contesto, solo lo miro y asiento con la cabeza para que vea que lo
he oído y que no pienso venirme abajo. Me cojo a mi hermano, que va a mi
lado, para entrar en la sala, con la cabeza bien alta. No tengo que sentirme
culpable por nada, así que, adelante, sin mirar atrás.
—Espero que sepas comportarte como Dios manda cuando te acerques a tu
hermana. No demos más que hablar, ya bastante tienen con vuestros modelitos
—me reprocha mi madre, pero sin perder la compostura en ningún momento.
—Madre, si piensa que voy a tirarme a sus brazos como si no hubiera
pasado nada, está muy equivocada. Ya sé que a usted le importa mucho más el
qué dirán que los sentimientos de sus hijos, pero yo tengo mi orgullo y no
pienso hacer nada que no desee para tenerla contenta. —Me acerco para darle
un beso en la mejilla y así susurrarle al oído—. No necesito nada de usted, ya
no me intimida.
Por supuesto, no me acerco a mi hermana, ni a Mark; cuanto más lejos
mejor. No puedo negar que los dos están impresionantes. Mark sigue siendo un
hombre muy guapo y elegante; moreno, con su pelo algo canoso, su metro
ochenta y cinco y ojos azules, casi transparentes, pero como persona deja
mucho que desear. Ya sé que soy muy tonta y, aunque me hayan hecho mucho
daño, no les deseo nada malo; al contrario, espero que sean muy felices.
Durante las horas de espera, he intercambiado unos mensajes con Tammy
que consigue, como siempre, evadirme de tantos dolores de cabeza y sacarme
unas sonrisas, que comparto con mi hermano, mientras miramos las fotos que
nos envía de ella y Cloe. La última foto es la que más me impresiona, pues en
ella salen todos menos Tammy. Eduardo y Juana, Dani con Cloe y Jorge con
Pol. En el texto pone: «Te queremos mucho y te echamos de menos». Y yo a
ellos, no se imaginan cuánto.
—Todo se arreglará, ya lo verás, pitufa —me dice mi hermano.
Deja un beso en mi cabeza cuando le enseño la foto y ve mi cara de tristeza.
Se me escapan las lágrimas, por lo que me disculpo con él, y me dirijo al
baño. Cuando salgo del habitáculo, me encuentro con la persona con la que
menos ganas tengo de hablar; mi hermana Jana está frente al espejo,
retocándose el maquillaje.
—Vaya, vaya... La hija prófuga ha vuelto a casa. ¿Ya has conseguido dejar
de llorar tus fracasos y te has dado cuenta de que no vales nada? Pobrecilla,
ha tenido que regresar a casa con el rabo entre las piernas.
—Jana, no quiero discutir contigo y, menos aún, darte explicaciones del
grado de felicidad que hay en mi vida. Disfruta la tuya y déjame en paz. ¿O es
que ahora, como ya tienes el caprichito, te aburres?
—Jamás me llegarás ni a la suela de los zapatos, por eso Mark está
conmigo, yo sí soy una mujer, yo sí he sabido darle lo que necesita. Que te
quede claro de una vez que él estuvo contigo solamente para acercarse a mí.
—La cara de mi hermana está roja y desprende una ira inhumana.
—Señorita Sophie, ¿se encuentra usted bien? Si no sale en medio minuto
tendré que entrar a buscarla. —Son palabras de Steven.
Seguro que ha visto entrar a mi hermana y ya se hace una idea de lo que
puede pasar dentro.
—Ya salgo, Steven.
He tardado más de lo debido, enfrentando la mirada de mi hermana, ya que
la puerta se abre y la cabeza del guardaespaldas se asoma.
—Eso, huye, como haces siempre. Refúgiate en las faldas del sabueso...
—Señorita Jana, vigile, no se muerda usted la lengua y se envenene —le
dice este, enfrentándola—. ¿Nos vamos, Sophie?
Yo asiento y, cuando salimos, oímos a mi hermana murmurar un «capullo»,
dirigido a Steven. Insulto de impotencia, ya que sabe perfectamente que no
tiene nada que hacer contra él.
—Gracias. No voy a tener vida suficiente para agradecerte todo lo que
haces por nosotros, sobre todo, por mí. Todos estos años has estado ahí,
¿verdad?
—Espero no haber sido muy indiscreto —me contesta con una sonrisa en la
cara—. Solo tiene una forma de compensarme: tiene que ser feliz, muy feliz.
No me ha mirado, pero sé que lo ha dicho de corazón y la verdad es que
eso es algo que yo también quiero, pero las cosas están difíciles…
La misa es muy conmovedora, sobre todo, la parte en la que mi padre le ha
dedicado unas palabras de despedida a la abuela. Nos ha hecho saltar las
lágrimas a casi todas las personas que estamos allí: bueno, menos a mi madre,
claro está. Por mi parte, también ha sido emotivo poder reencontrarme con
muchas caras conocidas. Gente de la que tuve que alejarme hace años y no
había vuelto a ver; amigas y amigos del colegio y la universidad, con los que
compartí muchas horas de estudio y de fiesta. A medida que pasa la gente, en
un momento dado, noto cierto nerviosismo en mi padre. Lo tengo al lado y me
fijo en que la cara le cambia; de pronto, baja la guardia como si hubiera
llegado aire fresco y pudiera respirar mejor.
La culpable de ese estado es una mujer de unos cincuenta años. Cabello por
los hombros, ondulado y color castaño, un rostro muy natural, casi sin
maquillaje; no lo necesita, realmente es una mujer muy guapa. Lleva un vestido
negro, sin mangas, recto y sencillo. En sus manos, un bolso y una chaqueta. La
verdad es que es de esas personas que sin decir nada transmiten energía
positiva y se nota que tienen buen corazón. Enseguida me doy cuenta de que,
seguramente, es Alison, la novia o amante (no sé cómo llamarla), de mi padre.
—Te acompaño en el sentimiento —me dice al acercarse.
—Muchas gracias —le contesto y le doy un abrazo—. Por todo.
La dejo descolocada, ya que tarda en reaccionar, y mira a mi padre,
mientras frunce un poco el ceño, pidiéndole explicaciones. Este también la
abraza y le comenta algo al oído que nadie escucha. Hacen una pareja
increíble y sé, que puedo volver tranquila, que mi padre está en buenas manos.
Me dan envidia, de la buena, por supuesto. Me hubiera encantado poder tener
a Jorge a mi lado y que pudiera abrazarme para recomponer mi corazón de
tanta tristeza y tensión. Más lágrimas vuelven a descender por mis mejillas.
El entierro es muy duro, hacerse a la idea de dejar a un ser querido
enterrado y saber que no lo vas a volver a ver, ni poder abrazar o besar nunca
más en la vida, es un paso terrible. Los últimos en irnos somos mi padre y yo.
Mi madre se fue con Jana y Mark, y Nico con sus compañeros del grupo para
atender unas gestiones que tienen pendientes. Podemos despedirnos con calma
mientras Steven nos espera. Cuando pensamos en que ya es hora de irnos, nos
acercamos al coche y, al abrir la puerta, vemos que dentro hay una persona.
Alison está en el interior, esperando a mi padre, como todos los años que
llevan juntos. A los dos se nos pone una sonrisa en la cara y sabemos que es la
mejor forma de acabar este triste proceso, rodeados de buena gente, gente que
aporta.
Jorge

—Buen trabajo, chicos. Enfriamos la zona y recogemos. Quince minutos —


nos informa nuestro superior, por radio.
Hemos tenido que realizar una salida a un incendio en una casa, casi no ha
quedado nada en pie y se pueden distinguir perfectamente los cimientos. Oso y
yo estamos en el lado derecho; por la parte de arriba, está Blue, subido a la
escalera del camión, mientras moja el tejado; el resto de los compañeros y dos
dotaciones más de bomberos, con el resto de las tareas para sofocar
completamente las llamas.
—Colega, ¿va todo bien? Andas un poco despistado y casi nos
achicharramos. Te dije que no te metieras, que la estructura estaba muy dañada
y, tú, ni puto caso. Le ha faltado poco para quedarnos debajo de las vigas —
me recrimina Oso, mientras recogemos la manguera.
—Lo siento, tío. Ya sé que no es excusa y podía haber sido muy grave, pero
tengo mil cosas en la cabeza y llevo unos días que me cuesta mucho centrarme
—le explico. Se merece una aclaración, pues podíamos haber salido los dos
mal parados, si no fuera por nuestra preparación y nuestros reflejos.
—No pasa nada, J, pero intenta centrarte o voy a pedir el cambio de
compañero, tío —contesta, dándome una palmada en el hombro—. Eso solo
puede significar una cosa: líos de faldas, ¿verdad?
—Me conoces bien —le contesto con media sonrisa—. Ya te lo contaré con
detalle, ahora estoy reventado, pero el resumen es que me he enterado de
cierta información sobre Sophie que ella no me había contado y no tengo claro
si seré capaz de asimilarlo todo y, menos, que ella me lo haya ocultado.
—Bien, vamos por partes. Nos queda una hora de servicio, que esperemos
sea tranquila. Primero, ducha para relajar músculos. Si quieres puedo
enjabonarte la espalda —me dice, marcando más su acento andaluz, con lo que
consigue arrancarme una sonrisa—. Y segundo, si no hay imprevistos, cerveza
en el bar, aunque sea media horilla, y me explicas.
Lo pienso poco, ya que es miércoles y Pol está en natación. Lo recogerá mi
padre y lo llevará a casa, así que confirmo los planes con mi amigo y
procedemos con el plan establecido. Con la suerte de no tener ninguna salida
más a la que acudir.

***
Poco después, llegamos al bar de Mario. Un bar, de estos pequeños, que
tenemos enfrente de la estación de bomberos, donde nos solemos juntar al
acabar el servicio. Vamos por la segunda bebida en la barra, cuando vemos
que queda una mesa vacía donde poder sentarnos.
—Bueno, ¿nos vas a explicar que ha pasado para que tengas más cara de
perro de lo habitual? Tío, que pareces un alma en pena... —me insiste Oso.
—Mirad. —Les acerco mi teléfono para que vean las fotos de Sophie, que
me he descargado por Internet.
—¡Joder, este es Scott Howard! El jugador de la NBA y Sophie está a su
lado. ¡Coño! Y este es el actor de cine que tanto le gusta a mi mujer —dice
Blue.
Se asombra cada vez más, mientras pasa las diferentes fotos que tengo
guardadas.
—¿Qué narices hace Sophie con toda esta gente?
—Su familia tiene una empresa de textil y accesorios deportivos. Kick, ¿os
suena?
Los dos asienten con la cabeza, ya que, aunque no es tan conocida en
Europa como en América, por aquí también se empieza a extender con rapidez.
—¿Cómo te has enterado? —me pregunta Oso.
—Eso es lo peor de todo; que me he tenido que enterar por Internet. Lo cual
me ha hecho una gracia de cojones. Después de todo lo que me pasó con
Clara, lo que menos me apetece es tener a gente con esta clase de secretos a
mi alrededor.
—Vaya tela, colega. La verdad es que a mí me pareció un encanto de mujer,
aparte de que está buenísima, claro. Si la vas a dejar ir, ¿puedo tirarle los
tejos? —me dice Oso, el cual recibe una colleja con su correspondiente
empujón por su comentario—. Es broma, J. Ahora, en serio. ¿Has podido
hablar con ella? ¿Te ha podido explicar por qué no te lo ha dicho? La conozco
muy poco, pero creo que debe de haber una razón de peso para que no haya
dicho nada.
—No he podido hablar con ella, está en Nueva York, ha fallecido su abuela
y se ha ido con su familia. Tanto Juana como mi padre me han dicho lo mismo,
que antes de darle vueltas a mi cabeza hable con ella, pero no sé si merece la
pena liar más la cosas. Todavía estoy a tiempo de sacármela de la cabeza, no
hace tanto que nos conocemos. Y también está Pol, creo que lo tiene tan loco
como a mí, no quiero que lo pase mal.
—Yo pienso como Oso, a mí me pasó algo similar con Marta, también me
enteré de cosas que ella no me había dicho y estuvimos separados unos meses.
Cuando se me pasó la mala leche y la dejé explicarse, todo tenía sentido. Deja
que se explique y después tomas una decisión —me explica Blue.
Sí, seguro que mis amigos tienen razón, en caliente no es bueno tomar
decisiones; después, siempre te arrepientes. En mis pensamientos estoy,
cuando me suena el móvil. Me lo saco del bolsillo y veo que es de la estación
de bomberos.
—¿Pasa algo? —me pregunta Oso, al verme fruncir el ceño.
—Es de la estación, qué raro. Quizá, me he dejado sin firmar algún
informe...
—Jajajaja. —Se ríen mis compañeros.
A estas alturas, ya conocen mi problema con los papeles. Descuelgo y
saludo para ver quién me llama. Es Claudio, un compañero del turno siguiente.
—J, ¿todavía estás por aquí cerca?
—Sí, en el bar de Mario, ¿qué informe me he olvidado de firmar esta vez?
—Oigo como se ríe.
—No, colega, todo está en orden. Es solo que hay aquí una persona,
buscándote.
—¿Alguien buscándome?
¿Quién puede ser? Todos mis conocidos saben mi número de teléfono y no
tengo ninguna llamada perdida.
—Sí, la verdad es que si no fuera una mujer tan guapa e insistente no te
habría molestado. Eres un capullo, tío, siempre estás rodeado de bellezas.
Pensaba que te iban más las morenas, pero veo que no le haces un feo tampoco
a las rubias, pillín...
Mi reacción no se hace esperar y me levanto de un salto de la silla, de la
fuerza, esta casi se cae al suelo y mis compañeros se levantan conmigo,
extrañados. Creo que mi cuerpo lo ha adivinado antes que mi cerebro, pues
tengo la piel de gallina y me ha recorrido un escalofrío por todo el cuerpo, que
casi hace que se me caiga el móvil al suelo.
— ¿Jorge? ¿Va todo bien? —Oigo al otro lado de la línea.
—Sí, sí. Perdona, ¿te ha dicho cómo se llama?
Tengo que salir de dudas. Solo puede ser ella, hace mucho tiempo que no
tengo ningún rollo con una rubia. Como bien ha dicho Claudio, soy más de
morenas.
—Creo que ha dicho que se llama Clara. ¿La conoces?
Mi cara debe de ser un poema y creo que me he puesto más blanco que una
hoja de papel. Oso, al ver mi reacción, me ha hecho sentarme de nuevo en la
silla por miedo a que me caiga. Casi cinco años, ¿qué narices quiere esta
mujer ahora? No puede ser, maldita sea, no la quiero cerca de nosotros, no la
quiero cerca de Pol, y espero que no se encuentre con Dani porque es capaz de
echarla del país.
—Ahora voy. Gracias por llamar, Claudio.
Al colgar la llamada, me doy cuenta de que me cuesta respirar. ¿Será
posible que esta mujer me descoloque de esta manera? Con todo lo que me ha
hecho pasar. No, no lo pienso permitir. Mi reacción es pasar del blanco
pálido, por la impresión de la noticia, al rojo fuego, de la rabia y el cabreo
que me genera la situación.
—Jorge, ¿va todo bien? ¿Quieres que te acompañemos? —me pregunta
Oso, al darse cuenta de mi cambio.
—Todo lo bien que puede ir cuando tu ex regresa, después de casi cinco
años de haberte abandonado con un hijo.
Sé que ellos no tienen la culpa y mi tono no es el más adecuado, pero dadas
las circunstancias, sé que lo pueden entender.
Me levanto de la mesa y camino hacia la estación. La sangre me arde en las
venas. Oigo como ellos me llaman, intentan frenarme; ya me conocen y se
levantan para alcanzarme. No les hago caso, por supuesto; voy directo a mi
objetivo, bastante ofuscado. Cuando entro en la estación, me dirijo a la sala
que tenemos en la entrada para las visitas y allí la veo. Está algo cambiada, su
pelo es más rubio y algo más largo, lleva un vestido ceñido azul marino que le
queda como un guante. Siempre fue una mujer muy guapa y con un cuerpo
espectacular que, por supuesto, ha recuperado muy bien después de tener un
hijo. Ese pensamiento hace que se me revuelvan las tripas y consiga recordar
el porqué de mi odio hacia ella. Con todo lo que me aporta mi hijo y todo lo
que yo lo quiero, por el que daría la vida, nunca entenderé como una madre es
capaz de abandonar a su propio hijo para disfrutar de su vida.
—¿Se puede saber qué cojones haces tú aquí? Creo recordar que, la última
vez que hablamos, quedó muy claro que no te quiero cerca de nosotros. Tú
escogiste la opción de largarte.
Mi tono de voz ha sido elevado y duro, lo que ocasiona que su cuerpo dé un
salto de estremecimiento.
—J, colega, cálmate. Creo que este no es el lugar más adecuado para
mantener este tipo de conversaciones —dice Oso.
Me sujeta del hombro, ha llegado poco después que yo, por lo que ha
podido oír todo lo que le he dicho. Y como él, el resto de los compañeros que
están fuera de la sala.
—Solo quería hablar contigo. Me voy a trasladar a Madrid y quería...
—¡Y una mierda! —La corto para que no siga—. Por tu bien, mantente
alejada de nosotros. No se te ocurra acercarte a mi hijo o conocerás una parte
de Jorge que nunca has visto y te puedo asegurar, que no se parece en nada al
gilipollas que conociste y al que utilizaste como te dio la gana.
Dicho esto, me doy media vuelta y salgo de la sala. Les digo a mis
compañeros que acompañen a la señorita hasta la salida.
—Oye, J, espera, tío. No puedes coger el coche en ese estado. O te calmas
o no te dejo ir. Cálmate, joder. Sé que no te lo esperabas, pero no le des la
satisfacción de ver cómo te altera. Mira, haremos una cosa; voy a llamar a
Dani, a ver si puede venir a buscarte. ¿Te parece?
Me pregunta Oso, frenándome con su enorme cuerpo, el cual intento
sacarme de encima sin ningún tipo de éxito. Hasta creo que pruebo de darle un
puñetazo que él esquiva sin ningún problema.
Cedo y procuro respirar con normalidad, ya que, entre la mala leche y
pelear con la resistencia de Oso, estoy agotado. Oigo como habla con Dani
por teléfono, adelantándole un poco lo que ha sucedido y dónde nos
encontramos. Mientras, abro mi coche y me siento con las piernas fuera y la
cabeza gacha entre mis manos. Así es como me encuentra Dani al cabo de
quince minutos, que es lo que ha tardado en llegar.
—Gracias por todo, Oso —le dice, dándole un abrazo.
—Estamos en contacto. Jorge, si necesitas cualquier cosa, no dudes en
llamarme, ¿vale?
Asiento con la cabeza, le debo una muy grande a Oso, es un amigo
increíble.
—Vamos, sal de ahí, que conduzco yo. —Me cambio de sitio en el coche—.
He hablado con tu padre, de camino. Me ha dicho que no te preocupes, que él
se queda con Pol.
Aprovecho el trayecto, sin preguntar adónde vamos, para enviar un mensaje
a mi padre.
Jorge:
«Estoy bien, no te preocupes. Solo necesito sacar esta rabia».
Su respuesta me llega de inmediato.
Eduardo:
«No te preocupes, hijo, tómate el tiempo que necesites. Pol está con Juana y conmigo, y vamos
a cenar. Te quiero mucho, no lo olvides».

Como mi amigo me conoce bien, acabamos en un bar, en la esquina del piso


de Dani, para desahogar mis penas. Sé que es mi paño de lágrimas como yo
soy el suyo cuando me necesita. Así que le explico todo lo que ha pasado y le
cuento cómo me siento. Todo eso acompañado de mucho alcohol. Hacía
tiempo que no bebía tanto, ya veremos mañana cómo me levanto...
Dani me pide un momento, antes de irnos, para ir al servicio. Aprovecho
para revisar mi teléfono, no es que vea mucho, pero no quiero tener alguna
llamada de urgencia de mi padre y que no me haya dado cuenta. Mi sorpresa
es ver un mensaje de Sophie, mi preciosa chica; aun con la rabia en el cuerpo,
sé que a su lado me siento bien y espero que a su regreso podamos aclarar la
cosas.
Sophie:
«Te echo de menos. Solo espero que me dejes explicarte cuando vuelva. Te necesito».
Algo se mueve dentro de mí. Ella también me necesita, seguro que tanto
como yo a ella. No soy capaz de escribir mucho, dado mi estado de
embriaguez, por lo que le adjunto una canción que va que ni pintada a mis
sentimientos actuales: Yo Sigo Aquí, de Los Rebujitos, el dúo preferido de
Oso. Al final, me gustará su música y todo. Cada semana me envía varias
canciones de las que le gustan a él. Espero que entienda el mensaje de su
letra…
«Sigo estancado entre las sombras del maldito pasado, sigo planeando cómo hacer para volver
a tu lado.
No encuentro respuestas y mis preguntas se han quedado en la nada. No percibo el tiempo y
para mí los días están congelados.
Pero yo sigo aquí. Esperándote a ti. Desgarrándome el alma. Tentando la suerte. Esperando
que vuelvas. Hoy quiero tenerte. Hoy muero por ti».
¿Captará el mensaje? A lo mejor, mañana, me arrepiento de lo que acabo de
hacer, pero es lo que siento y no lo quiero ocultar...
CAPÍTULO 11

Sophie

Ya han pasado dos días desde el entierro de la abuela. Ayer, mi padre habló
con el abogado y le informó de que el notario vendría mañana, jueves, a leer
el testamento. No hemos conseguido que viniera antes, por lo que tengo que
aguantarme. Con las ganas que tengo de volver a Madrid... Sobre todo,
después del mensaje que me ha enviado Jorge, él no es así, no es tan
dramático. No sé por qué, pero sospecho que le ha tenido que pasar alguna
cosa. Son las doce de la noche en España, por lo que tampoco puedo llamar a
Tammy.
Estoy de los nervios, así que aprovecho y bajo hasta la cocina; seguro que
Camila ya está con la cena.
—Hola, mi chamaca linda. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que te prepare algo?
—me pregunta mi nana, dirigiéndose hacia la nevera.
—No, nana, estoy algo triste y solo necesito conversación, a ver si así, me
distraigo un poco —le comento, cogiéndola de la mano—. Siéntate conmigo,
anda, y cuéntame cómo te va todo, ¿cómo sigue tu salud?
—Mi niña Sophie, no sé si es buena idea, como nos vea su mamá... —No la
dejo acabar, solo faltaba que no pudiera hablar tranquilamente con ella, con la
que he pasado más horas de mi vida y a la que quiero como si fuera mi madre,
o puede que más.
—No te inquietes, mi nana, si mi madre te echa de casa, te llevo conmigo
para España, así conocerás a toda mi gente de allí.
—Bueno, pues, qué carajo. Entonces, explícame cómo son —me pide,
sentándose a mi lado.
—¿Quieres que te diga cómo es mi familia de España? —le pregunto con
cara de felicidad.
Poder expresar lo que me hacen sentir Tammy, Cloe y Juana me encanta,
porque soy feliz a su lado.
—Claro que sí, mi niña, se te ilumina la cara al nombrarlos. Solo por eso,
seguro que son muy buena onda. Cualquier persona que haga sonreír a mi
chamaca linda ya tiene un sitio en mi corazón. Pero también quiero que me
hables de ese hombre que te ha robado el corazón. Ese que te hace brillar los
ojitos de ilusión y, a veces, de tristeza.
—Caray, nana, cómo me conoces —le digo, sacando mi teléfono.
Le he ofrecido mil veces la posibilidad de comprarle un teléfono para
poder enviarnos fotos, pero me dice que ella ya no tiene edad para aprender
estas tecnologías.
—¿Me vas a enseñar fotos?
—Claro que sí. Mira, esta morenaza de aquí es Tamara. —Le enseño un
selfie que nos hicimos una noche de fiesta, hace unos meses—. Es toda
vitalidad, alegría, optimismo. Es cariñosa y una gran amiga. Es la única que
sabe por todo lo que he pasado y siempre ha estado a mi lado. No sé qué haría
sin ella...
—Es una mujer muy bella. Esa mirada azul tan intensa transmite mucha paz,
mi niña. Se nota que os queréis mucho.
Camila es una persona que se guía mucho por la mirada de la gente, no es
que posea ningún don, simplemente, cree que la mirada transmite mucho de las
personas.
—Sí, la verdad es que siempre se lleva a los chicos —le confieso. Y nos
echamos a reír las dos—. Esta es Cloe, la hija de Tammy. Es nuestra preciosa
niña, nuestro terremoto. Con este diablo no tenemos ni un minuto de
tranquilidad.
—¿Estáis viviendo las tres solas? —me pregunta con cara de sorpresa.
—El papá de Cloe, si se le puede llamar así, huyó cuando se enteró del
embarazo. Poco después, Tammy y yo nos encontramos. Queríamos el mismo
piso y, para no pelearnos, lo cogimos juntas. Y ahí entra Juana —le digo,
enseñándole una foto de ella—. Es como nuestra madre. Siempre nos ha
ayudado un montón a las dos y se desvive por la niña.
—Mi chamaca, me alegro tanto de que allí estés rodeada de esta gente tan
buena y seas tan feliz... Siempre te he echado mucho de menos, pero la
decisión de irte ha sido lo mejor que pudiste tomar —me dice Camila,
cogiendo mis manos—. Y ahora, quiero ver a ese hombre, para quedarme con
su cara por si le hace daño a mi niña...
Me río y niego con la cabeza, pero estoy convencida de que, si pasara algo
y mi nana se lo encontrara, le liaría un buen pollo.
—Este es Jorge.
Le enseño la foto. Es un selfie que nos hicimos cuando fuimos a comprar la
cama de Pol, fue una foto que le enviamos a Tammy porque no se creía que
estuviéramos comprando muebles. Me encanta esta foto porque salimos los
dos riendo, cosa rara en Jorge.
—Caray, mi niña, que hombre tan chido y sexy —me dice, levantando las
cejas varias veces.
—¡Nana! Pero bueno... —la reprendo sorprendida. Nunca me ha hablado
así de un hombre, incluso con Mark siempre ha dicho que era un hombre
guapo, pero sexy... no—. Hace poco que nos conocemos, pero me siento muy
bien a su lado. Me llena, me hace sentir querida, me siento plena en sus
brazos, pero es complicado.
—Sophie, si el amor es puro siempre vence. Ves paso a paso, con calma.
Habla con él, explícale todo lo que te inquieta. El porqué no le has contado
todo de tu vida. Si crees que él vale la pena, sé sincera y lucha por el amor,
lucha por la felicidad.
La miro con una ceja alzada, preguntándole sin palabras, como sabe ella
todo eso que yo no le he contado.
—Tengo mis contactos —responde a mi pregunta no formulada, haciéndose
la interesante.
—No sé, nana. No solo estamos Jorge y yo, también está Pol, su hijo, es su
vida y yo no quiero que el niño sufra si después lo nuestro no funciona. La
madre del pequeño los abandonó y su vida no ha sido fácil.
—Solo te puedo decir que hables con él. Primero, te tienes de preguntar a ti
misma qué sientes por este hombre, ¿lo tienes claro?
Si hay algo claro en mi vida, ahora mismo, es lo que siento por Jorge. Antes
de venir estaba confundida, pero ahora, en la distancia, lo tengo clarísimo.
—Estoy loca por él, nana. Nunca he sentido nada igual por nadie. Si algo
tengo claro es que estoy enamorada de Jorge.
—Vaya, vaya... así que mi hermanita se ha enamorado. Qué tierno todo —
dice Jana, aplaudiendo.
Ha entrado en la cocina sin que nos demos cuenta. Mi primera reacción es
saltar de la silla, coger mi teléfono para que no pueda ver las fotos y ponerme
a la defensiva. Está claro que viene con las intenciones de siempre, hacer el
mayor daño posible.
—Veo que tu vida sigue igual de aburrida que siempre si te dedicas a
escuchar conversaciones ajenas e interesándote por la mía —le reclamo a mi
hermana—. Después nos vemos, nana. Yo no voy a cenar en casa, he quedado.
Intento salir de la cocina, pero mi hermana está en medio y me impide el
paso.
—¿No le vas a enseñar a tu hermana cómo es ese amor tuyo? Solo para
darle el visto bueno...
—Sal de mi camino o te arranco todos los pelos de la cabeza. No te
acerques a mí, ni a mi gente, o vas a conocer a la nueva Sophie y puede que
esta no te guste tanto como la anterior.
La empujo hacia un lado y salgo de la cocina, aún escuchando a mi hermana
como recrimina a mi nana.
—Camila, que no se te olvide cuál es tu lugar en esta casa o tendré que
hablar con mi madre para que te recuerde que no eres más que la sirvienta.
Podría dar la vuelta, explicarle a mi querida hermana cuatro cosas y
ponerla en su lugar, pero sé que eso, aún complicaría más la vida de Camila
en esta casa que, me imagino, por lo que me cuenta mi padre, no es muy
agradable. Todas las personas que me han apoyado o defendido en algún
momento son enemigos de mi madre y utiliza su poder sin ningún tipo de
remordimiento.

***

He quedado para cenar con unas antiguas compañeras de la universidad. La


verdad es que las cuatro nos lo pasábamos muy bien juntas. Hemos liado unas
cuantas y nos hemos reído un montón. Hace años que no nos vemos y, aunque
no tengo ganas de fiesta, les he prometido ir solo a cenar y después a casa. Me
pongo unos tejanos desgatados, una camiseta muy mona con un hombro al
descubierto, unos botines y mi chaqueta tejana, ya que por la noche refresca.
Recojo mi bolso, guardo el teléfono y salgo por la puerta de atrás donde ya me
está esperando Steven.
Cuando bajo los escalones, veo que Mark acaba de llegar y los sube, así
que no me queda más remedio que cruzarme con él. También veo que Steven,
que estaba apoyado en el coche, se ha incorporado, supongo que preparado
para defenderme si fuera necesario. Lo que no saben es que la antigua Sophie
ha desaparecido, esta es más fuerte y no se deja intimidar con tanta facilidad.
—Hola, Sophie, ¿te vas? —me pregunta.
—Eso parece —le contesto, levantando una ceja.
—Oye, me gustaría que pudiéramos hablar antes de que te vuelvas a
marchar. Creo que quedaron muchas cosas pendientes cuando te fuiste que
deberíamos aclarar.
—Mira, Mark… Primero, tú y yo no tenemos nada que aclarar. Me dejaste
muy claro qué clase de hombre y de persona eres, no creo que cuatro palabras
tuyas hagan cambiar el concepto que tengo de ti a estas alturas. Y segundo,
habla con tu novia y haced el favor de dejarme en paz de una puñetera vez. No
os quiero en mi vida ni quiero que os metáis en ella. Y, por cierto, vigila a tu
chica, que ahora que se ha enterado que estoy enamorada, no vaya a ser que
cambie de objetivo y, cuando menos te lo esperes, te deje plantado. —Me doy
la vuelta y bajo las escaleras en dirección al coche. Caray, qué bien me he
quedado.
Cuando llego, Steven me abre la puerta y me sonríe, lo que me hace saber
que me ha escuchado y le ha gustado lo que ha oído, así que vamos a intentar
pasar una noche divertida.

***

La cena ha ido de maravilla, no hemos parado de reír en toda la noche,


recordando nuestras trastadas; la verdad es que necesitaba una terapia de
risas. Son las dos de la mañana cuando llego a casa, pero no tengo sueño, así
que aprovecho para cambiarme y salgo a la terraza con una manta para revisar
las redes sociales. Estoy emocionada, mientras miro Instagram, cuando me
llega un mensaje de Tammy. Miro mi móvil calculando qué hora es en Madrid,
son las ocho y cuarto de la mañana.
Tammy:
«Hola, churri, ¿cómo te va la vida? ¿Cuándo vuelves?».
Sophie:
«Hola, honey. Por aquí todo en orden. Hoy viene el abogado. Y vosotros, ¿qué tal?».

Tammy:
«Coño, ¿qué haces despierta?».
Sophie:
«Jaja, he ido de cena con unas antiguas compañeras y ahora no tengo sueño».

Tammy:
«Ya nos has cambiado por otr@s».
Sophie:
«A vosotros no os cambio por nada ni nadie. ¿Sabes algo de Jorge?».

Tammy:
«¿Me puedes llamar? Tengo ganas de escuchar tu voz y así te explico».
Oh, oh, algo ha pasado. Tardo cero segundos en llamar a Tammy para que
me explique, a ver si puedo sacarme este nudo que se me ha puesto en el
estómago. Me coge el teléfono al segundo tono.
—¡Hola, nena!
—¡Hola, Tammy! ¿Va todo bien? Por Dios, qué angustia, sé que algo ha
pasado.
—¡Eh! Tranquila, ¿vale? Si no te calmas, no pienso explicarte nada. Ayer,
había quedado con Dani para cenar, pero a última hora lo canceló. Esta
mañana me ha llamado para contarme el motivo por el que no pudo venir. —
Hace un silencio, mientras parece coger fuerzas para hablar.
—Por favor, Tammy, me estoy quedando sin uñas de los nervios, me va a
salir una úlcera...
—Pasó la noche con Jorge. Al acabar su turno, se fue a tomar algo y lo
llamaron para que volviera porque había una persona que preguntaba por él.
Era Clara, su ex, la mamá de Pol… y parece que viene con idea de quedarse.
—¡¿Cómo?! No puede ser que vuelva después de tanto tiempo. Con razón
ayer se le notaba tan hecho polvo. Me envió una canción, era preciosa, pero
muy triste. Ya sospechaba algo, pero esto...
—Pues sí, niña, está bastante afectado y, por lo que me ha contado Dani,
creo que hoy va a tener una gran resaca. Si tienes un momento, llámalo, seguro
que le gustará oír tu voz. Dani estaba muy cabreado y, sobre todo, preocupado.
Se ha cogido unos días libres para estar pendiente de él.
—Menos mal que tiene a Dani y a su padre, a su lado. ¡Me da tanta rabia no
estar ahí! Espero que no siga tan enfadado conmigo. Hoy vienen a leer el
testamento, tan pronto quede libre, me vuelvo. Por cierto, ¿cómo sigue Cloe
del brazo?
—Esta mejor. Entre Juana y Dani no paran de mimarla todo el día. Y como
la niña no sabe nada, pues se aprovecha. Espera que te la paso, está aquí con
el desayuno.
—¡Hola, tita Sophie! ¿Cuándo vuelves? Te echamos de menos.
—¡Hola, princesa! Pronto, muy pronto. Yo también os echo mucho de
menos. Pero, cuéntame, ¿cómo va ese brazo?
—Muy bien, ya no me hace daño. Dani me ha hecho un súper dibujo y me
ha quedado muy chuli. Tita, te quiero mucho, vuelve pronto, ¿vale? Voy a
desayunar, que tengo un hambre...
—Adiós, mi niña, pásalo bien en el cole. Yo también te quiero mucho.
—Te paso a mami.
Oigo como Tammy le pide que se dé prisa, que va a llegar tarde al cole.
—Bueno, mi niña, ya me cuentas si hablas con él y me informas de cuándo
llegas, ¿vale?
—Vale, Tammy. Gracias por contármelo. Te quiero mucho, amiga.
—Y yo a ti. —Me cuelga, como hace siempre.
Me he quedado muerta, ¿para qué narices aparece esa mujer ahora, después
de tantos años sin saber nada de ella? No creo que haga esto por nada, tiene
que haber una razón para que vuelva.
Me voy a la cama, dándole vueltas a la cabeza. Si, como bien me ha dicho
Tammy, Jorge ayer se pasó con la bebida, seguro que estará durmiendo. Lo
llamaré más tarde. Quiero que sepa que voy a estar a su lado, que
afrontaremos estos problemas juntos; bueno, siempre que él no esté muy
enfadado conmigo y no quiera saber nada de mí.
Jorge

Pero ¿qué cojones bebí yo ayer? Parece que me va a estallar la cabeza. Y,


además, no ayuda en nada; te despiertas con una resaca de la muerte y los
problemas siguen ahí. Miro el despertador y veo que son las dos del mediodía.
Soy lo peor. No sé nada de mi hijo, ni de mi padre. No puedo derrumbarme de
nuevo. Ellos me necesitan. No puedo adelantarme a los acontecimientos y
desestabilizar mi vida sin saber qué quiere. Voy hacia la cocina a beber algo y
tomarme un ibuprofeno que me alivie este dolor de cabeza. Enganchadas en la
nevera hay dos notas; una de mi padre y otra de Dani.
«Descansa, hijo, todo se arreglará. Ya me encargo yo de Pol. Si me necesitas, me llamas y
hablamos. Te quiero. Papá».
Tengo tanta suerte de tenerlo a mi lado que no me llegará esta vida para
agradecérselo. Leo también la de Dani, esta no es tan emotiva. No sé cómo es
capaz de tomárselo todo tan positivamente, parece que no tiene ningún
problema en su vida y me consta que no es así.
«Capullo, ayer, por tu culpa, me perdí una noche loca con cena incluida. A ver cómo lo
arreglas. Llámame cuando despiertes».
Cojo el móvil, que está encima de la barra de la cocina; no sé cómo llegó
allí, supongo que Dani lo dejaría porque al lado está la caja de ibuprofeno. Le
envío un mensaje a mi padre para decirle que estoy bien y que, por la tarde, yo
recogeré a Pol. Insiste en acompañarme e ir a tomar algo para que podamos
hablar. También aviso a Dani de que estoy despierto y que, cuando me duela
menos la cabeza y pueda soportar la bronca que me va a echar, merecida, por
cierto, lo llamo. Cuando voy a dejar el teléfono en la encimera me entra un
mensaje. Es de Sophie. Mi preciosa morena. Con todo este lío ya no sé si
estoy enfadado con ella. Solo sé que la necesito aquí, a mi lado. Tengo tantas
ganas de tocar su cuerpo y besar esos labios para poder resurgir de nuevo.
Sophie:
«¿Estás despierto? Avísame cuando pueda llamarte».

Jorge:
«Estoy despierto. Cuando quieras me puedes llamar».

Casi no ha dado tiempo a llegar el mensaje que ya me suena el teléfono.


—Hola, Jorge.
—Hola, nena. ¿Cómo estás?
—Yo bien, con muchas ganas de volver. ¿Y tú? Mira, no te enfades, pero he
hablado con Tammy y me ha explicado...
—Pues, entonces, ya te puedes imaginar que tengo una resaca de la muerte y
la cabeza echa un lío. No sé qué cojones quiere ahora Clara, después de tantos
años. ¿Para qué narices ha vuelto? No lo entiendo.
—No lo sé, cielo. Sé que estás hecho un lío, pero debes tranquilizarte,
debes tener la cabeza fría. Hazlo por Pol.
—Es en lo único en que pienso. No quiero que aparezca en su vida y
desbarate la tranquilidad de mi hijo. Ayer, ya le dejé claro que no la quiero
cerca de nosotros. Espero que me haga caso y se largue. —No quiero pensar
más en Clara, así que cambio de tema y me centro en ella—. Pero, dime,
¿cómo te tratan por ahí?
—Bueno, la verdad es que esto es un campo de batalla. Tengo muchas ganas
de volver y dejar todo atrás, de nuevo. Os echo mucho de menos a todos y
necesito recuperar mi tranquilidad.
—Supongo que has visto a tu hermana y a tu ex. Espero que no te hayas
venido abajo. Eres una gran mujer, Sophie, no te dejes intimidar por nadie,
nunca.
—La verdad es que ya no soy la Sophie tonta que era antes, la que se
dejaba dominar por todo el mundo y hacía lo que los otros querían. He
conseguido enfrentarme a mi hermana, a Mark y a mi madre, y creo que con
bastante éxito. La primera bronca ya fue el día del entierro de la abuela, según
los protocolos de mi querida madre, ni Nico ni yo llevábamos la ropa
adecuada, así que imagínate.
—¿Qué ibais, desnudos? Porque de Nico me lo creo, pero de ti... —bromeo
para destensar un poco su preocupación.
—Qué va... ¡Qué tonto eres! ¿No has mirado en Internet las fotos que nos
hizo la prensa?
—Touché, nena. Pero no sé si me gusta esa ironía en tu voz.
Ya sé que no estuvo bien buscar información, pero tampoco ha estado bien
por su parte ocultármela.
—Vale, lo siento. Sé que tenemos una conversación pendiente y te prometo
que, tan pronto tengamos un rato, cuando vuelva, lo hablaremos. Te envío la
foto para que juzgues si había para tanto.
Me separo el teléfono y miro la foto. Lo poco que se puede ver de su ropa
es que Sophie lleva un vestido negro y Nico un traje verde. No veo nada fuera
de lugar. Recupero el teléfono para aclarar mis dudas.
—No entiendo nada, ¿cuál es el problema? Tú llevas un vestido negro, ¿no?
—Sí. —Oigo que se ríe de mi desconcierto—. El problema es que el
vestido llevaba una flor rosa en la falda; para ella era muy vulgar y no se
ceñía al protocolo de funeral, así como el color del traje de mi hermano. Casi
la matamos del disgusto, jajaja.
—¡Uf! Creo que no tengo ganas de conocer a tu madre —le comento, sin
mala fe. Dado el silencio que se ha creado entre nosotros, intento cambiar de
tema, nuevamente—. Pero dime, ¿cuándo vuelves? Empiezo a tener mono de
ti.
—Espero poder coger el vuelo mañana, a primera hora. Todavía no sé a
qué hora pasará el notario a leer el testamento. Me acabo de despertar y aún
estoy tirada en la cama y no he visto a mi padre.
—Mmm… Qué bien ha sonado eso. Parece que se me está pasando la
resaca y el dolor de cabeza. Ya soy capaz de imaginarte tirada en esa cama.
¿Estas vestida o desnuda?
—¡Jorge! —me chilla, como si estuviese avergonzada—. Pero ¿cómo eres
tan descarado? No voy a decírtelo. Tendrás que utilizar tu imaginación. ¡Qué
vergüenza, por favor!
—Vamos, nena. No me digas que te vas a hacer la recatada conmigo. Te
recuerdo que ya te he visto desnuda y he estado muy a gusto dentro de ti. Estoy
muy necesitado, pequeña.
Seguro que se ha sonrojado con mis palabras, y espero que esté apretando
los muslos de la excitación, ya que mi amigo ha empezado a dar señales de
vida y presiona con fuerza mi calzoncillo, que es lo único que llevo puesto.
Por cierto, no recuerdo si me desnudé yo o si fue Dani...
—Por favor, Jorge. ¿Y me tienes qué recordar eso ahora que estamos a
tantos kilómetros de distancia? Dime, ¿qué voy a hacer ahora con este pantalón
corto y mis braguitas mojadas? —me pregunta con voz ronca.
Creo que está tan excitada como yo ahora mismo. Me ha matado, flecha
directa al corazón. Bueno al corazón no, directamente a mi entrepierna.
—¡Vaya! ¡Joder, nena! Creo que pronto voy a tener un agujero en mis
calzoncillos. Bueno, habrá que buscar una solución tanto a tu humedad como a
mi dureza. ¿No crees? —le pregunto, mientras voy hacia mi habitación.
—¿Y qué tienes pensado, fireman?
—Para empezar, podrías quitarte ese pantalón y esas bragas húmedas y
abrirte de piernas para mí. —Oigo cómo se mueve e imagino que hace lo que
le he pedido.
—Ya está. Ya me he quitado la ropa como me has pedido y tengo las
piernas abiertas anhelando sentir tus manos, acariciándome. Qué tal si ahora
eres tú el que se quita el calzoncillo, cierras los ojos, piensas que estoy ahí,
cerca de ti y deslizas la mano arriba y abajo, acariciándote sin prisa.
¿Será posible que llegue a correrme sin ni siquiera tocarme? Me encantaría
tenerla ahora aquí y hacerle miles de cosas.
—Pequeña, creo que esto va a ir rápido. No tienes ni idea de lo que daría
por tenerte a mi lado ahora mismo y poder deslizar mis manos por todo tu
cuerpo. Primero, mimaría tus pechos, mordiendo esos pezones duros hasta
arrancarte un gemido, para después acariciarlos con mi lengua…
La oigo jadear al otro lado de la línea y eso provoca que mi mano se mueva
con más energía, mientras cierro los ojos y pienso que es la suya la que me
masturba.
—Jorge… Creo que estoy a punto de arder. Dime, ¿qué seguiría ahora? —
me susurra, con la voz entrecortada de la excitación. Sé que sus manos van
recorriendo su cuerpo tal y como le indico.
—Pues… Una vez me haya saciado de tus pechos, bajaría con mi boca para
recorrer tu cuerpo, hasta llegar a mi sitio preferido. Lo abriría con mis manos,
para poder indagar con la lengua y poder llegar a ese botón mágico y, poco a
poco, absorber tu delicioso sabor hasta oír cómo te corres...
Después de estas palabras lo único que oímos a través del auricular son
nuestros jadeos y nuestros nombres mientras descargamos nuestros orgasmos.
—¿Sigues ahí? —me pregunta, con la respiración todavía irregular.
—Sigo aquí y todavía estoy vivo. ¡Joder! No era consciente de como
necesitaba esto. Creo que parte de mi mala leche se ha ido con el orgasmo. —
La oigo reír.
—Por Dios, espero que no me haya oído nadie, mi nana ya está manos a la
obra con sus tareas, con suerte todavía no ha subido al piso de arriba.
—¿Tienes una nana? ¿No estás grandecita para eso? —Me burlo de ella.
Me encanta hacerla enfadar; ya me la imagino frunciendo el ceño mientras
arruga su boca, gestos que hace cuando no le convence lo que oye.
—¡Qué graciosillo, el fireman! Camila lleva con nosotros toda la vida. Es
como mi segunda madre y siempre ha estado a mi lado. La quiero muchísimo y
espero que algún día la puedas conocer. Me ha dicho que eres muy guapo y
muy sexy, ¿te puedes creer qué poco gusto tiene? —me replica, metiéndose
conmigo.
—¿Le has hablado de mí y le has enseñado una foto? Por Dios, mujer, no
hagas esas cosas que, después, no me puedo sacar a las chicas de encima. Por
cierto, me gusta tu nana, tiene un gran criterio para los hombres. —La vuelvo a
oír reír—. Pequeña, lo siento, pero tengo que dejarte. Voy a ir a recoger a Pol
y se me hace tarde. No te creas he olvidado que tenemos que hablar y aclarar
muchas cosas.
—Lo sé, lo sé. Y ya te he prometido que tan pronto regrese lo hablaremos.
Yo también me voy a poner en movimiento, a ver si se acaba ya todo esto y
puedo volver cuanto antes. Oye, ¿le puedes dar un beso a Pol de mi parte?
—Claro que sí. ¿Y para mí no hay nada?
—¿No has tenido suficiente con el orgasmo? Eres insaciable, nene. Un
besazo para ti también.
—Otro para ti, pequeña. Te echo de menos.
—Yo también, cuídate.
Cortamos la llamada y voy directo a la ducha. He estado tan a gusto de
charla con Sophie y, manteniendo sexo telefónico, que no he sido consciente
de lo rápido que pasa el tiempo.

***

En la puerta del colegio ya me espera mi padre. Es difícil, a veces, ser


consciente de la suerte de tener personas en las que apoyarte y saber que están
ahí siempre que las necesitas. Eso me pasa con mi padre. Lo tengo tan
asimilado, es tan fácil contar con él, que, a veces, no soy consciente del valor
que tiene eso. Nos fundimos en un sentido abrazo, sé que está preocupado por
mí. Él vivió en primera persona lo duro que fue levantar cabeza cuando Clara
se fue y, tanto él como yo, tuvimos que sacar adelante a Pol. Que ella haya
vuelto después de tantos años no es buena señal y tenemos miedo. En su día,
ya pusimos el caso en manos de un abogado, pero, aun así, no queremos que el
niño se pueda desestabilizar emocionalmente, si ella consigue meterse de
nuevo en su vida.
—¿Cómo estás, hijo?
—Pues, he tenido días mejores. Tengo una resaca de la muerte, cosa que me
merezco, por cierto. —Me mira y esboza una pequeña sonrisa—. Papá,
gracias por quedarte ayer con Pol, gracias por estar siempre ahí...
—Jorge, eres mi hijo. Mientras pueda, voy a estar aquí para lo que
necesites.
No puede seguir con su respuesta porque ya vemos a Pol venir corriendo.
—¡Papi! ¡Papi! —chilla mi hijo, tirándose a mis brazos.
—Hola, campeón. ¿Qué tal ha ido el cole? Hoy he hablado con Sophie y me
manda un beso muy grande para ti.
—¿Va a venir pronto? Tengo muchas ganísimas de verla. –Mi hijo y sus
palabras raras.
—Espero que no tarde mucho, yo también tengo ganas de verla. Oye, ¿qué
te parece si vamos los tres a merendar?
—¡Yupiiii! Vamos al sitio aquel que me lleva el abu, que tiene chiquipark,
¿vale?
Entramos en una pastelería donde hay una zona de juegos para los niños y,
mientras Pol merienda, hablamos de todo y de nada. Mi hijo nos explica cómo
le ha ido en el cole. Pasamos un rato de lo más agradable hasta que Pol sale
disparado a la zona de juegos.
—Jorge, hijo, ¿me vas a explicar qué pasó ayer con Clara? —me pregunta
mi padre con preocupación.
Le explico a mi padre la visita de Clara, de su intención de quedarse en
Madrid y de mi inquietud de tenerla tan cerca, ahora, después de tantos años.
—Hijo, esa mujer nunca fue buena persona. Debemos ir con cuidado
porque seguro que no ha vuelto para nada bueno.
—Sí, eso pienso yo también. Le dejé claro que no quiero que se acerque a
nosotros. Igualmente, mañana hablaré con la directora del colegio para que
esté informada.
—¡Hola, chicos! ¿Interrumpo algo?
Estábamos tan concentrados, de charla, que no nos hemos dado cuenta de la
llegada de Juana.
—Qué va, cielo —le responde mi padre, dándole un beso en los labios—,
estamos hablando de que no nos gusta nada la vuelta de Clara; me preocupa
que esa mujer esté cerca de nosotros.
—Bueno, vamos a esperar, a tener calma. Seguro que Dani también se ha
puesto en alerta. Hablaré con él. Si ella vuelve a aparecer, entonces ya
tomaremos medidas más serias.
—Está bien, hijo. Se hará como tú quieras.
No quiero preocupar a mi padre ni a Juana, así que delante de ellos intento
mantener la calma y procuro acabar la tarde con tranquilidad. Otro rollo bien
distinto es en mi soledad, cuando Pol ya está en la cama, y mi mente puede
navegar por todas las posibles razones de la vuelta de Clara. Solo consigo
relajarme cuando recibo un mensaje de Sophie; ella es mi paz, mi calma y a la
vez mi inquietud y desesperación. Cuánto necesito tenerla a mi lado. Cuánto la
echo de menos.
Sophie:
«Mañana vuelvo a casa. Nos vemos pronto, fireman».
CAPÍTULO 12

Sophie

Ya voy camino de Madrid, mi casa. Qué ganas tenía de salir de allí, me


estaba ahogando. La lectura del testamento ha sido un verdadero caos. La
abuela siempre fue muy lista y, como ya os expliqué anteriormente no
soportaba a mi madre, así que imaginaos. Se las ingenió perfectamente para
que dispusiera de lo mínimo. Nos lo ha dejado todo a los nietos, menos lo
relacionado con la empresa; esa parte es de mi padre, sabía que, por ahí, mi
madre, no podría sacar tanto beneficio como ella hubiera querido.
A los tres nos ha dejado una considerable cantidad de dinero, además de
sus propiedades. A Jana, su piso de Nueva York, donde vivió sus últimos
años; ese que no le gusta nada a mi hermana, siempre ha dicho que es
«demasiado pequeño y olía a viejo», palabras textuales suyas. Como os
podéis imaginar, ni el piso es pequeño, doscientos metros cuadrados y huele a
ella, a mi abuela; una mezcla de jazmín y talco. A Nico le ha dejado una casita
en Montana, donde tanto le gustaba ir a pescar a mi abuelo. Para Nico siempre
ha sido su refugio, cuando no está de gira siempre lo encontrarás allí, donde
encuentra la inspiración, como él dice. Y a mí, pues no sé cuándo, pero como
sabía que yo no tenía ninguna intención de volver a América, compró un piso
en Madrid, que ahora es mío.
Así que imaginaos la que se armó en casa, cuando el notario acabó de leer
el testamento y nos entregó toda la documentación. Mi madre casi explota de
la mala leche y la rabia al ver lo que le había dejado a mi padre, le empezó a
reprochar y faltar al respeto, y todo ese teatro acabó con los dos chillando
como locos y con mi padre informando de que tenía negocios pendientes en
España y que se venía conmigo unos días. Y aquí estamos, subidos en su jet,
camino del aeropuerto de Barajas, Steven, mi padre, Alison y yo. Parece ser
que mi padre, aparte de ir a España para negocios, va a desconectar un poco
al lado de Alison.
Lo que peor llevo de regresar es tener que dejar allí a Camila, mi pobre
nana, que se ha quedado sola ante el peligro. La despedida ha sido muy triste,
pues no creo que yo vaya a volver pronto por allí. Le he dejado apuntado mi
teléfono por si necesita cualquier cosa pueda llamarme. Espero que mi madre
no sea demasiado dura con ella y la deje vivir con tranquilidad.
—Cariño, ¿estás bien? —Mi padre me saca de mis pensamientos.
—Con muchas ganas de llegar a mi casa y abrazar a mis chicas.
—A tus chicos, ¿no? Mira que ese pequeñajo tiene carácter. —Se ríe mi
padre.
—Por supuesto. A ellos también tengo muchas ganas de verlos. La verdad
es que Pol es un pequeño muy listo y muy dulce, es difícil no cogerle cariño.
Veo que Alison se acerca y me pide permiso con la mirada para poder
sentarse al lado de mi padre, yo asiento con la cabeza.
—Al padre también ha sido fácil cogerle cariño, ¿verdad?
—¡Papá! Cómo te gusta sacarme los colores —lo regaño—. Sí, a Jorge
también ha sido muy fácil cogerle cariño, aunque siempre parece estar
enfadado con el mundo, es un hombre atento, dulce y cariñoso. Me hace sentir
especial y se preocupa por mí.
—Sophie, eso que has dicho es muy bonito. ¿Jorge es tu novio? —me
pregunta Alison.
—Bueno, hace muy poco tiempo que nos conocemos, no sé si «novio» es la
palabra correcta; sí que me gustaría intentar tener una relación, pero es algo
complicado. Su vida no ha sido un camino de rosas y yo huyo de la mía;
además, no podemos olvidar que hay un niño, al que ni él ni yo queremos
hacer sufrir.
—Supongo que el tiempo dirá. Es ir pasito a pasito. Si tú crees que lo que
sientes por él es grande y, por lo que cuentas, él también puede sentir algo
fuerte por ti, no te rindas, lucha por ese amor, seguro que vale la pena —me
dice Alison, mirando a mi padre.
Sé que ellos, por las circunstancias, no han podido disfrutar de su amor tan
profundamente como hubieran querido y por eso admiro mucho más a esta
mujer. Se nota que quiere a mucho a mi padre, después de tanto tiempo aún no
se ha rendido y eso lo dice todo. Se me hincha el pecho al verlos juntos…
Cómo se miran, cómo se veneran; ahí hay mucho amor.
Son casi las doce del mediodía cuando aterrizamos en Madrid, no nos
espera nadie pues todos piensan que salgo hoy; no se imaginan que teníamos
tantas ganas de salir de allí que hemos despegado antes. En la puerta, ya
espera un coche para llevarnos a nuestro destino. Mi padre, Alison y Steven se
quedarán unos días en el hotel Villa Magna, como siempre que vienen a
Madrid. Les he ofrecido mi nuevo piso, que no sé cómo es, ya que todavía no
he abierto el sobre con la información, pero prefieren la comodidad del hotel.
***

Hogar, dulce hogar. Lo primero que hago al entrar en nuestro piso es


pararme a respirar, cierro los ojos e inspiro profundamente para llenarme de
todos los olores conocidos, esos que me dan tranquilidad. Tengo la sensación
de que desde que salí de aquí me ha faltado el oxígeno; como si lo hubieran
puesto al mínimo, solo el suficiente para no morir. Aprovecho la tranquilidad
para deshacer mi maleta y colocar todo en el sitio que le toca. Una vez acabo
mi proceso de organización, recojo mi ropa sucia para llevarla a la cocina y
poner una lavadora. Justo cuando abro mi puerta para salir, también se abre la
puerta de enfrente, la habitación de Tammy. De ella, sale un Dani despeinado,
con cara de dormido y desnudo, como su madre lo trajo al mundo.
—¡Ostras, Dani! ¿Qué narices haces en mi piso? ¿Quieres taparte? Joder,
vas en pelotas. —Todo esto lo digo chillando y muevo mis manos como si
jugáramos a las películas y él tuviera que adivinar el título.
¡Vaya con el madero! No tiene nada que envidiarle a mi bombero… Cómo
está el cuerpo de policía. Tiene muchos abdominales, o eso parece, los tiene
tan marcados que parece que hay un montón. Me da tiempo a fijarme que, en la
cadera, cerca del oblicuo derecho, tiene un tatuaje. Es la huella de una pisada
de lobo, donde se ve la cara de este; es un tatuaje precioso.
—¡Coño, perdona! Pensé que estaba solo. ¿Te gusta lo que ves? —me
responde con burla.
Está de pie en la puerta y se tapa sus partes íntimas con las manos. No me
muevo y mi mirada está fija en su cuerpo. Consigo reaccionar y le tiro la
primera prenda que cojo de mi ropa sucia… un sujetador, será posible mi
suerte.
—¡Vaya! Parezco un cantante de los que las fans le tiran la ropa interior —
me contesta, riéndose de mi—. Pero ¿tú no volvías mañana?
—¡Trae para aquí! Tenía ganas de llegar a casa, han sido unos días
agotadores.
Recojo mi ropa interior mientras intento no centrar mi mirada en su cuerpo,
cosa que no consigo, ya que, el muy tremendo, una vez me entrega mi
sujetador, se da la vuelta y entra a vestirse; cosa que deja su trasero en primer
plano. ¡Vaya culo, sí señor!
Mientras él se pone decente, consigo llegar a la cocina. Abanicándome con
la mano intento rebajar el calor que me ha subido con la visión del policía.
—Bueno, sé de unos chicos que van a estar muy contentos de que estés
aquí. Así que eres famosilla, ¿eh? Que conste que no te estoy juzgando y le
prometí a Tamara que no me iba a meter, pero creo que Jorge se merecía
saberlo.
Me dice cuando entra en la cocina, vestido con unos tejanos y una camiseta,
sentándose en un taburete de la barra. Directo a la yugular. Estoy tan cansada
que no tengo ganas de discutir con Dani y tampoco creo que a él le deba
ninguna explicación y así se lo hago saber.
—Mira, Dani, me caes muy bien y creo que eres un tío estupendo; también
creo que a ti no tengo que darte ninguna explicación y estoy muy cansada para
ponerme a discutir. Ya sé que no he hecho bien las cosas y voy a intentar
solucionarlo. Daré las explicaciones a quien se las tenga que dar, mientras, te
agradecería que no te metas. —Dani asiente con la cabeza.
—Está bien, de momento, no voy a meterme. Solo quiero que pienses en
una cosa… ¿qué harías tú si fuera al revés, si yo estuviera haciendo daño a
Tammy? Estoy seguro de que por tu hermana —me dice, haciendo comillas en
la palabra clave—, también te meterías y me explicarías cuatro cosas, ¿me
equivoco?
Niego con la cabeza, no sé qué decir, estoy superada por los
acontecimientos de todos estos días; la despedida de mi abuela, reencontrarme
con mi hermana y Mark, mi madre, conocer a Alison, saber que Jorge se siente
engañado por mí, estar lejos de mi gente... No puedo controlar la congoja que
me entra, me tapo la cara, y me pongo a llorar como una niña pequeña, hacía
días que no era capaz de llorar, estaba bloqueada. Oigo como Dani se levanta
de la silla y se acerca a mí para darme consuelo. Me arropa en sus brazos, me
frota la espalda y me dice palabras de aliento para intentar calmarme. Así es
como nos encuentra Tammy.
—¿Has llegado antes para robarme el ligue? —me pregunta, apoyada en el
marco de la puerta de la cocina, con una enorme sonrisa.
Dani me suelta, se hace a un lado, y lo primero que hago es correr a sus
brazos. Cuánto he echado de menos a mi amiga, a mi media naranja. No puedo
parar de llorar… como no me calme me va a dar un ataque de ansiedad.
—¡Vaya, parece que no te ha hecho mucha gracia volver! ¿A qué viene tanta
llorera? —pregunta, mirándonos, alternativamente.
—Me ha visto en pelotas, creo que eso le ha creado un trauma. Lo siento,
pensé que estaba solo —le dice Dani tan tranquilo, dándole un cariñoso beso
de bienvenida.
Yo dejo de llorar de sopetón y me pongo roja como un tomate, mi amiga
rompe a reír a carcajadas, imaginándose la imagen; no puede parar y se le
caen las lágrimas de la risa.
—¿A que está bueno, el madero? —me pregunta, dándole un cariñoso azote
en el culo.
—¡Por Dios, Tammy! Ha sido una situación muy incómoda. Tú siempre te
tomas todo a cachondeo.
—Bueno, como sea, pero me debes un bombero desnudo —me señala con
el dedo—, para estar en igualdad de condiciones.
—Ni lo sueñes, nena. Lo único que vas a ver desnudo es mi cuerpo serrano,
así que consuélate con eso —replica Dani, apretándola contra su cuerpo y
dándole un señor beso.
—Chicos, chicos… que la carne es débil y yo llevo muchos días sin
mimos...
—He quedado con Jorge para comer a la una y media. Venid conmigo, así
le damos una sorpresa, y después acerco a Tammy con la moto a la oficina.
—Por mí bien. ¿Tú qué dices, Sophie? ¿Te vas a resistir a ver a tu fireman?
—me pregunta con una sonrisa pícara.
—Me apunto, solo espero que no me tire la comida por la cabeza.
Seguimos el plan de Dani, que no es otro que, cuando Jorge esté despistado,
cambiarme por él frente a su puerta y dejarnos un ratito solos, para después, si
Jorge no me descuartiza antes, reencontrarnos en el restaurante.
—¿Qué pasa, colega? ¿Estás listo? —le pregunta Dani en la puerta.
—Todavía es la una, ¿no habíamos quedado a la una y media? Qué milagro
para que llegues antes, tú siempre vas tarde. Voy a cambiarme de jersey, me
peino y nos vamos —le responde Jorge.
Aprovechamos el momento que él se interna en el piso para que Dani salga
y se vaya con Tammy, y yo me adentro en el piso. Estoy tan nerviosa que no
soy capaz de moverme de la puerta. Oigo como Jorge comenta algo, pero no
soy capaz de prestar atención y además no habla conmigo, así que...
—¡Dani, joder! ¿Me estás escuchando? —Lo oigo decir cuando aparece en
el salón.
Allí estoy yo, de pie, con mi vestido de gasa verde, con las piernas
temblando de los nervios, esperándolo. Se frena en seco y me mira de arriba
abajo. Intenta asimilar si soy real. Aprovecho estos momentos de choque para
intentar averiguar, en su mirada o en sus gestos, si sigue muy enfadado
conmigo.
—Tú no eres Dani —me dice con media sonrisa en la cara, cosa que me da
fuerza para intentar acercarme a él.
—Sé que Dani te quiere mucho, pero no creo que él tuviera tantas ganas de
verte, abrazarte o besarte como tengo yo —me lanzo.
—Ven aquí, nena. Te he echado tanto de menos...
Tira de mi mano y me abraza con fuerza, para fusionar nuestros cuerpos.
Veo su necesidad en la mirada, esa que es igual que la mía. Nos besamos,
uniendo nuestras bocas con fuerza, nos demostramos las ganas que tenemos el
uno del otro. El beso es sensual, tierno y a la vez rabioso. Mordemos nuestros
labios y hundimos nuestras lenguas hambrientas en la del otro. Nuestras manos
vuelan por nuestros cuerpos, las mías enganchadas a su cuello y tiran de su
pelo para tener mejor acceso a su boca. Las de Jorge enganchadas en mi culo,
lo que me lleva a elevar las piernas a su cintura.
—Dime que no hemos quedado con Dani —susurra, apoyándome contra la
pared—. Tengo tantas ganas de ti, que te follaría ahora mismo.
—Con Dani y con Tammy. Nos esperan en la pizzería de la esquina.
Tenemos tiempo para saciarnos, yo no me voy a ir a ningún sitio —contesto
entre ronroneos.
Apoyo mi frente en la suya, mientras intentamos normalizar la respiración.
Asiente, suspira y me deja con cuidado en el suelo. Me da un beso tierno en
los labios y sonríe; esa fantástica sonrisa que desboca mi corazón y le da un
vuelco a mi estómago. Cada día me gusta más este hombre; me llena, me hace
sentir querida. Estoy completamente segura de que estoy loca por él.
Enamorada perdida. ¿Qué va a ser de mí?
Jorge

Ya está aquí, ha vuelto. ¿Cómo me siento? Entusiasmado, emocionado,


preocupado, nervioso, contento... Vaya, no tengo ni puñetera idea.
La veo alejarse, se va un rato al BookCafé. Después de que nuestros
queridos amigos nos cortaran el rollo, comimos con ellos y pasamos un rato
muy agradable. Intentamos no tocar temas delicados. Hemos quedado más
tarde para recoger a Pol en el colegio; se va a poner muy contento cuando la
vea, casi tanto como yo. A medida que me acerco al bloque donde vivimos,
veo a mi padre de espaldas, parece nervioso, alterado. Discute con alguien
que tiene enfrente, pero que, con su constitución grande, no puedo ver. A su
lado está Juana, lo retiene por un brazo y lo intenta calmar. Acelero el paso
para ver qué provoca tal inquietud en mi padre, no es una persona que pierda
los nervios con facilidad.
—¿Qué pasa aquí? —pregunto.
—¡Hola, Jorge! —me saluda Clara.
—¿Qué cojones haces aquí? ¿Cómo sabes dónde vivimos?
Aquí está mi pesadilla. Ahora soy yo el que pierde las formas. No puedo
creer que insista. No la quiero aquí, no la quiero cerca de mi hijo.
—Jorge, por favor. Tenemos que hablar, por el bien del niño… ¡Soy su
madre!
—¿Ahora te acuerdas? ¿Qué pasó con «todo esto me supera, necesito hacer
mi vida»? Nos abandonaste, Clara, tomaste tu decisión, ¿ya lo has olvidado?
Crees que puedes aparecer después de tanto tiempo y que te perdonemos como
si no hubiera pasado nada, ¿verdad? Pues eso no va a pasar nunca, jamás.
—Jorge, por favor, hijo, cálmate, nos mira todo el mundo.
—Me importa una mierda la gente —le contesto a mi padre
He perdido los estribos, esta mujer me puede. Me acerco a ella hasta que
me quedo a pocos centímetros de su cara.
—Vete del país, desaparece otra vez, como ya lo hiciste en su día, y no
vuelvas jamás.
—Voy a luchar —me encara ella—, todavía te quiero, Jorge. Siempre fuiste
el amor de mi vida y Pol es mi hijo, aún podemos...
No acaba la frase, ya que detrás de mí ha aparecido alguien que pone
distancia entre nosotros, me empuja hacia atrás. Dani se acerca a ella y le dice
algo al oído y la mira con cara de poli malo, esa que acojona a cualquiera.
—Lárgate —le pide, señalando con la mano el camino.
—No pienso rendirme… —dice, mirándome.
—Que te largues, he dicho —insiste Dani, que no se da la vuelta hasta que
la vemos alejarse—. Y tú, ¿qué coño te pasa? ¿Tengo que detener a mi mejor
amigo por escándalo? Tira para casa, anda, y tómate una tila.
—No me jodas, Dani. No necesito una puta tila, solo necesito que me dejen
vivir tranquilo —lo encaro.
Sé que lo hacen por mi bien, pero estoy hasta las narices de no tener ni un
puñetero momento de tranquilidad. Estoy desesperado y entierro la cara en mis
manos.
—Chicos, tranquilizaos —nos sugiere Juana—, esto es lo que busca esa
mujer, desestabilizaros, que os pongáis nerviosos y perdáis los estribos. No
podéis olvidar que sois una familia y en estos momentos es cuando tenéis que
estar juntos, que es como se afrontan los problemas.
Las palabras de Juana me hacen reaccionar y levanto la mirada para
afrontar a mi padre. Su mirada es de preocupación, no hay reproche por mi
actuación, ni mis malas palabras. Es la mirada de un padre preocupado porque
su hijo sea feliz y se siente frustrado por no poder ponérselo en bandeja. Lo
entiendo, a mí me pasa muchas veces cuando pienso que a lo mejor no hago las
cosas bien con Pol y no es totalmente feliz.
—¡Caray, Juana, que palabras más sabias! —Este es Dani en estado puro
—. Usted sí que sabe, es todo un partidazo; es guapa, inteligente, simpática...
¡La invito a un café! —le propone el descarado de mi amigo, para relajar el
momento.
—Eres un zalamero —contesta ella, riéndose—. Acepto tu propuesta,
vamos al BookCafé que quiero ver a Sophie.
Se gira y le dice adiós a mi padre con la mano, cogiéndose al brazo que le
ofrece Dani.
—¿Me dejas plantado por un tío más joven? —Ella no contesta, solo se
gira y le guiña el ojo—. ¡Se ha largado con tu amigo!
Yo no puedo aguantar más y estallo en carcajadas en su cara, por lo que él
también se contagia. Quien nos haya observado pensará que estamos bastante
mal de la cabeza; tan pronto chillamos, en medio de la calle, como nos
partimos de risa.
—Vamos a tomar un café, o mejor una tila, a ver si consigo recuperar a esa
mujer —dice mi padre.
Al abrir la puerta del café, se oye una música triste, no soy muy entendido,
pero creo que es un fado. Hay un corro de personas, y en una esquina, donde
hay más sitio, dos personas que bailan, Sophie y su padre. Un baile intenso,
como un tango, un baile sentido. No entiendo muy bien el portugués, pero es
una canción que se mete en el corazón, de esas que te hacen cerrar los ojos
para sentir más intensamente las imágenes que aparecen en tu cabeza; las de la
persona que amas.
Dani está con la boca abierta mirando a la pareja. Mi padre rodea a Juana
por la cintura y se mecen mientras siguen el ritmo de la música y ella suspira.
Yo consigo enlazar mi mirada con la de mi morena. Parece que hay un hilo que
nos une, con cada vuelta que su padre le da a Sophie, ella vuelve a buscar mi
mirada de nuevo, como si estuviera cantando para mí.
«Ó, meu amor marinheiro. Ó, dono dos meu anelos. Não deixes que à noite a lua, roube a cor
aos teus cabelos». (Oh, mi amor marinero. Oh, dueño de mis anhelos. No dejes que por la noche la
luna, robe el color de tus cabellos).
«Não olhes para as estrelas. Porque elas podem roubar, o verde que há nos teus olhos. Teus
olhos, da cor do mar». (No mires a las estrellas. Porque ellas pueden robar, el verde que hay en tus
ojos. Tus ojos, del color del mar).
Meu amor marinheiro de Carminho.
Los pelos de punta y la piel de gallina, así nos han dejado a todos los
presentes que arrancamos a aplaudir por el buen espectáculo que han ofrecido.
El padre de Sophie besa su mejilla y se sienta en una mesa donde se encuentra
una mujer muy bonita, a la que le da un beso tierno en los labios. La verdad es
que me imaginaba de otra manera a la madre de Sophie. Como con más cara
de bruja, es una mujer muy guapa y no parece ser tan mala como la pinta su
hija.
—¡Juana! —la llama Sophie.
Se funden en un abrazo y se ponen a charlar. Vemos como se acercan a los
padres de Sophie y se presentan. Nosotros buscamos una mesa para sentarnos.
Una vez instalados, se nos acerca Carlos para coger nuestro pedido.
—Buenas tardes, caballeros. ¿Qué les pongo? —Dani y yo lo saludamos
con la cabeza. Este tío sigue sin ser santo de mi devoción.
—¿Qué tal, Carlos? A mí me pones un café solo y un café con leche para
Juana, de esos que le gustan a ella —pide mi padre, guiñándole un ojo. ¿Desde
cuándo son tan amigos?
—Para este, una tila. —Dani me señala con el dedo—. Y para mí una
cerveza. —Carlos me mira enarcando una ceja.
—No le hagas caso a este capullo. Un café solo, por favor.
En ese momento se acercan las chicas. Juana le da un beso en la mejilla a
Carlos y ahora soy yo el que enarco las cejas y miro a mi padre. Este se ríe y
no me hace ni caso.
—Hola de nuevo, fireman —saluda mi chica.
Me doy cuenta de que intenta adivinar mi estado de ánimo. Seguro que
Juana ya le ha comentado algo.
—Hola, nena. —Le doy un beso—. Tendría que saludar a tus padres, no
sabía que estaban aquí, ¿me acompañas?
—Claro, vamos.
Me acabo el café y me coge de la mano para levantarnos. A medio camino
se para y se gira para hablarme.
—Verás, es muy largo de explicar y lo haré, te lo prometo... —explica—,
pero la mujer que está con mi padre no es mi madre. —La miro y mi cara,
imagino, refleja la pregunta sin que las palabras salgan de mi boca—. Es su
amante. —Al ver mi cara de sorpresa, se intenta explicar—. Sé que, como
hija, no debería apoyar esto que mi padre hace, y en una situación familiar
normal, no lo haría. Te lo juro. Pero cuando te explique todo lo que tengo
pendiente lo entenderás. Sé que siempre estoy pidiéndote cosas, pero esta es
la última. Por favor, ten la mente abierta y no los juzgues antes de saber toda la
historia.
Yo asiento como un bobo. Su cercanía, esa mirada marrón tan intensa, que
me mira con tanto cariño, y cuando se muerde ese labio inferior mientras
espera indecisa mi reacción, me desmonta, hace conmigo lo que quiere.
Sophie reanuda nuestro camino hacia su padre, que está tan pegado a su
amante que no se dan cuenta de que nos hemos acercado.
—Papá, hay alguien que te quiere saludar —le dice Sophie, llamando su
atención.
—Buenas tardes, señor Prescot —saludo, con mi mano extendida.
—Buenas tardes, muchacho. ¿Cómo va todo? —Se pone en pie para
estrechar mi mano.
—Vamos haciendo, ahora que tengo a su hija más cerca, bastante mejor.
—Alison, este es Jorge, mi chico —informa Sophie en inglés—. Jorge, ella
es Alison.
—Un placer, señora.
—Igualmente —me contesta en español—, siento mi mal dominio de
vuestro idioma.
—Mi inglés es bastante pésimo, pero seguro que con el esfuerzo de los dos
conseguimos entendernos —le respondo en mi rudimentario inglés.
—¿Y el pequeño? —me pregunta Thomas—. Me gustaría volver a
saludarlo.
—Ahora vamos a por él, al colegio. Tiene muchas ganas de ver a Sophie y
no sabe que ha vuelto, así que será toda una sorpresa. Vendremos a merendar,
si todavía se encuentran por aquí, los pasamos a saludar.
—Perfecto, pues nos vemos después. Un placer volver a verte, Jorge.
—Igualmente, señor Prescot. Alison.
Nos despedimos de ellos e informamos al resto de que vamos a por Pol. El
viaje en el coche lo hacemos en silencio, no es incómodo, pero sí raro.
Aparcamos y vamos hacia la entrada para recoger a Pol. Por el camino,
saludamos a todas las madres que nos encontramos. La verdad es que, tanto mi
padre como yo, somos casi los únicos hombres que recogemos a su hijo, la
mayoría son mujeres.
—Caramba, aquí tienes muchas admiradoras, voy a tener que venir más a
menudo a recoger a Pol para tenerte controlado —me comenta Sophie, con una
sonrisa en su cara.
—Ya sabes que puedes venir siempre que quieras, pero debes estar
tranquila, yo solo tengo ojos para ti —le digo con voz melosa, acercándola a
mi cuerpo y dándole un beso en los labios.
—¡Sophie, Sophie, has vuelto! —chilla mi hijo, que me ignora por
completo y se lanza a los brazos de ella. Lo entiendo, es lo que causa en
nosotros, querer abrazarla y no soltarla jamás.
—Pero bueno, mírate, has crecido un montón. ¿Cómo ha ido todo por aquí?
¿Has cuidado bien de todo el mundo? —le dice ella.
Lo deja en el suelo y se sitúa a su altura, le remueve el pelo con dulzura y
le da un beso en la frente.
—Todo está bien. Bueno, papi ha estado algo triste, pero yo sé que ha sido
porque te ha echado de menos —susurra—. Y yo también, tenía muchas ganas
de verte. Pensaba que, a lo mejor, nos olvidabas y ya no volvías...
—¡Ay, mi niño! Eso es imposible, yo te quiero mucho y mi vida está aquí,
no pienso ir a ningún sitio.
—Bueno, ¿y para mí no hay beso y abrazo? —le pido a mi hijo para
recomponer los ánimos. Me mira y sonríe con su cara de pillo, se lanza a mis
brazos y me da un beso.

***

Llegamos al BookCafé, donde todavía está el padre de Sophie con Alison y


charlan con Carlos como si se conocieran de toda la vida. Mi padre y Juana ya
no se encuentran allí, supongo que habrán ido a recoger a Cloe.
—Mira, ¿a quién tenemos aquí? —saluda Thomas a mi hijo—. ¿Te acuerdas
de mí?
Mi hijo se ha quedado un poco parado, como me ha pasado a mí, no
esperábamos a Thomas de nuevo por aquí. Parece que se queda un poco
intimidado. Lo ha reconocido, ya que ha fruncido el ceño, como hacemos los
Gutiérrez cuando no estamos convencidos de las cosas. Bueno, yo lo frunzo
más a menudo, según mi padre.
—¿Has venido otra vez para llevarte a Sophie? —lo interroga mi hijo.
Thomas no parece ofendido por el reto de mi hijo, cosa que suma puntos a su
favor.
—No es mi intención, solo hemos venido de visita, aunque tampoco creo
que ella quisiera venir si tiene un amigo aquí como tú —le explica, guiñándole
un ojo, cosa que relaja a mi hijo—. Te hemos traído unos regalos. Un pajarito
me ha dicho que haces mucho deporte y, como nosotros tenemos una empresa
dedicada al deporte, hemos pensado que te gustarían estos regalos.
—Todo el mundo sabe que los pájaros no hablan —le dice, todo resuelto
—. Voy a natación y hago karate, ya soy cinturón amarillo. ¿Puedo, papi? —me
pregunta para coger los regalos.
Yo asiento con la cabeza, parece que poco a poco Thomas se va ganando a
mi hijo. Supongo que es la estrategia para ganarse al padre, conmigo lo tiene
más difícil, la vida me ha hecho desconfiado.
Vemos como mi hijo desenvuelve sus regalos; un kimono para karate, un kit
completo de natación y una pelota de baloncesto. Pol está encantado y nos lo
enseña todo, explicándonos lo que va a poder hacer en sus clases con el nuevo
material.
Mientras charlamos, aparece Tamara que se une a nosotros, y saluda con
efusividad a Thomas. Los miro a todos y cada uno de ellos, incluso a Carlos,
que sigue sentado con nosotros y charla animadamente con Alison. Solo puedo
pensar en lo afortunado que soy y la suerte de haber tropezado con Sophie, que
en este momento se sienta a mi lado y me da un beso cariñoso.
CAPÍTULO 13

Sophie

Qué día más intenso, estoy muerta, tengo jet lag, menos mal que en el viaje
he podido descansar. Tendría que dormir un poco, pero he echado tanto de
menos a los chicos que solo me apetece recuperar el tiempo perdido y me
apachuchen, como diría mi querida nana. Y aquí me encuentro, esperando en
el sofá a que Jorge acabe de poner a Pol en la cama y dejar que me mime un
poco, o mucho, ya veremos.
—Ya está, creo que hoy va a caer pronto. Y tú tienes cara de cansada, ¿jet
lag? —me pregunta, acercándome a su cuerpo.
—Sí, estoy reventada, demasiadas emociones, últimamente. Y tú, ¿cómo lo
llevas? Me ha comentado Juana que te has vuelto a encontrar con Clara —le
pregunto, mientras introduzco mi mano dentro de su camiseta para poder sentir
su piel.
—Esa mujer saca lo peor de mi persona, no soy capaz de controlarme
cuando está cerca. Encima, tiene la cara de decirme que todavía me quiere,
que Pol es su hijo y que no se va a rendir... —me comenta, tirando la cabeza
hacia atrás, en el sofá; gesto que aprovecho para darle un mordisco y un beso
para relajar los ánimos.
—Si te preocupa, tengo un amigo que es abogado, donde trabaja Tammy. Es
muy bueno, le puedo pedir que le eche un ojo a tu caso.
—Nena, yo no puedo pagar a esos abogados —me comenta, levantando la
cabeza para mirarme—. Eres preciosa.
—Yo podría...
—Pequeña, no quiero tu dinero, yo solo te quiero por tu cuerpo. —No me
deja acabar, sonríe y pone su dedo en mi boca para que no siga.
Seguro que se puede sentir ofendido por ofrecerle mi dinero, pero yo solo
quiero ayudarlo, no lo digo para presumir y sé perfectamente que el dinero
ayuda mucho, pero los que me conocen bien saben que no le doy tanta
importancia; yo no soy como mi madre. Salgo de mis pensamientos cuando se
estira encima de mí y noto sus manos subir por mis piernas y arrastrar mi
vestido; las caricias queman mi piel.
—Por fin solos y toda para mí —susurra cuando sus manos llegan a mis
pechos y me da un beso fogoso, necesitado.
Se nota que no solo nuestras mentes, sino también nuestros cuerpos, se han
echado de menos. Deslizo su camiseta hacia arriba para quitársela y poder
recorrer su cuerpo con mis manos, que lo reconocen al instante. Llego a sus
pezones que presiono un poco más fuerte, consigo ponerle la piel de gallina y
sacarle un gemido.
—Joder, nena, como me pones...
Mientras, interrumpe sus besos en mi cuello para sacarme el vestido. Se
incorpora un poco para mirarme intensamente y admirar mi cuerpo, se muerde
el labio inferior, gesto que me pone húmeda al instante. Aprovecho que está de
rodillas, medio incorporado, para desabrochar el cinturón y el pantalón donde
ya noto su miembro presionar, exigiendo ser liberado.
—Creo que va a ser mejor llevarte a mi habitación, no sea que a cierto
hombrecillo le dé por aparecer, nos pille en faena y coja un trauma —me dice,
poniéndome en su hombro como si fuera un saco de patatas.
De la impresión, suelto un pequeño chillido que él castiga con una palmada
en mi culo, la que provoca que mi cuerpo se estremezca de pies a cabeza y me
arranque un gemido. Madre mía, me pone tan cachonda que creo que podría
llegar a correrme solo con un soplido. Al llegar a su habitación cierra la
puerta y me suelta sobre la cama con delicadeza. Aprovecha para arrastrar las
manos por mi cuerpo y llevarse mis bragas en el descenso. Me incorporo en
mis codos para observar al pedazo de hombre que tengo enfrente, sin camiseta
y con los pantalones desabrochados. No tiene un cuerpo excesivamente fuerte,
no tipo culturista, pero sí que está definido y se le notan todos los músculos.
Me relamo los labios y pellizco el inferior entre mis dientes. Oigo como bufa,
conteniéndose las ganas de poseerme.
Me incorporo, arrastrándome por la cama hasta quedar entre sus piernas, a
la altura de su miembro. Deslizo mis manos, hago presión con mis uñas por su
pecho, bajo por sus abdominales hasta llegar a su pantalón. En el proceso,
noto como aguanta la respiración y deja caer la cabeza hacia atrás. Continúo
con mi objetivo de deshacerme de los obstáculos para poder llegar a mi
premio. Él me ayuda en el proceso, y acaba de sacar su pantalón, calzoncillos
y calcetines. Cuando se incorpora, consigo hacerme con mi amiga, a la cual
mimo con mis manos, deslizándolas arriba y abajo con cariño, con
movimientos lentos. Pongo una de mis manos en la base y amaso despacio,
mientras acerco mi boca a su erección. Empiezo tímida, con pequeños
lametones, pero rápidamente cambio el ritmo y la engullo entera, disfruto de su
sabor y su dureza. Oigo que los gemidos de Jorge son más rítmicos y como
maldice. Noto sus manos en mi espalda para desabrochar mi sujetador.
—Para, pequeña, no quiero correrme en tu boca y, si sigues así, no voy a
poder contenerme.
Me estira de nuevo en la cama, una vez se ha deshecho de mi sujetador, y
desciende con su boca, besando partes de mi cuerpo hasta llegar a mi sexo, el
cual adora con su lengua, recreándose en mi clítoris, al que da tímidos
mordisquitos que alivia de nuevo con su lengua, mientras acuna mis pechos
con sus manos. No aguanto mucho, en realidad, no aguanto nada; en un suspiro,
mi placer que se ha generado desde mis pies y ha ido subiendo con sus
atenciones, consigue hacerme estallar en un tremendo orgasmo que Jorge tiene
que acallar con sus besos para que no despierte a Pol.
—¡Joder! Te he echado tanto de menos, nena... Lo siento, pero esto va a ir
rápido —me dice, e introduce su sexo de una estocada, demostrando así su
necesidad de mí.
Acabamos los dos desmadejados, encima de la cama, mientras intentamos
que nuestras respiraciones se estabilicen. A pesar de mi cansancio, consigo
girarme para acercarme a su pecho y que me abrace, se está tan bien entre sus
brazos.
—¿Estás bien? Siento si he sido un poco brusco, pero es culpa tuya, me
vuelves loco... —pregunta, dándome un beso en la cabeza.
—Estoy bien, yo también te necesitaba...
Se crea un silencio. Cuando creo que se ha dormido, noto su mano que
acaricia mi espalda, levanto la cabeza y apoyo la barbilla en mi mano, encima
de su pecho para poder observarlo. No está tenso, pero por su ceño fruncido
sé que los engranajes de su cabeza trabajan a destajo. Estiro mi mano para
alisar las arrugas que se generan en su frente.
—¿Qué te preocupa? Deberías dejar en reposo un rato esta cabeza y
relajarte un poco.
—Solo pensaba. Hace mucho tiempo que no me sentía tan bien, tan
tranquilo y, a la vez, tan nervioso y preocupado. Es una sensación rara que no
controlo y me inquieta. ¿Me entiendes?
—Sí. Mis sensaciones son parecidas, estoy feliz y tranquila, como hace
tiempo que no estaba. Tengo claro que todo es porque estoy a tu lado. Pero, a
veces, me embarga el miedo de que todo esto que nos rodea, todo lo que
arrastramos, pueda pinchar la burbuja y se lleve mi felicidad de nuevo.
Después, analizo todo lo que he vivido estos días o veo como mi padre y
Alison viven su amor, a pesar de todos los inconvenientes, y pienso que yo
también quiero luchar así y voy a intentar ser feliz, a pesar de todo.
—Espero que, dentro de tus planes para ser feliz, tengas sitio para dos
hombres que están locos por ti.
—Por supuesto, tengo amor para todo el mundo.
—De eso no tengo ninguna duda —dice, dándome un tierno beso en los
labios.
Cuando creo que ya hemos acabado la charla y podemos descansar, hago el
intento de levantarme para vestirme e irme a mi piso; al estar Pol aquí, no creo
que sea buena idea que nos vea dormir juntos, pero no me deja incorporarme.
—¿Tienes prisa? Como ya te has saciado de mi cuerpo, ¿piensas huir? —
me pregunta, fingiéndose ofendido—. Un ratito más, anda. Explícame cómo te
ha ido por Nueva York.
Miro esa cara de pillo, a la que no puedo resistirme, con esos morritos y
ojos de pena, y acabo por ceder a su petición.
—A ver, ¿por dónde empiezo? Lo mejor de mi estancia allí ha sido poder
volver a ver a mi nana, hacía tiempo que no la veía. Hemos tenido nuestras
charlas, las he echado mucho de menos, siempre tiene buenos consejos para su
«chamaquita», como ella me llama.
—¿Lleva muchos años con vosotros?
—Media vida, mis padres la contrataron cuando nací yo. Jana tenía dos
años y la importante vida social de mis padres se les complicaba con otro
bebé. Camila debía de tener unos veinte años. La quiero mucho, ella ha sido
como mi madre, ha estado a mi lado siempre, incluso en los malos momentos.
Por este motivo, mi madre no la tiene en muy grande estima, supongo que si
sigue en casa es por mi padre, ella ya la hubiera echado, fue una aliada de sus
enemigos.
—¡Joder, con tu madre! ¿No se supone que la que tendría que apoyarte es
ella? Bueno, es tu madre. Me imagino que es complicado interceder cuando el
problema es con dos de tus hijas, pero, en este caso, tu hermana se metió
donde no debía...
—Como puedes ver, mi familia no es muy convencional. Por lo visto, no
saber retener a un hombre a mi lado y que mi hermana consiguiera quitármelo
—esta última palabra la entrecomillo con mis dedos—, no me hace una hija
digna de mi madre, así que prefiero hacer mi vida lejos de ella, de su dinero,
su frialdad y maldad. Creo que he hecho algo en otra vida que le ha molestado
mucho y se está vengando.
—¿Por eso no le has comentado a nadie quién eres?
—Por eso y por todo lo que rodea mi vida. Ya has visto, mi familia no es
una familia al uso. Tienen bastante dinero gracias a mis abuelos paternos, que
fundaron la empresa textil de deportes Kick, que ahora dirige mi padre. Por
acuerdos entre familias, lo hicieron casarse con mi madre, una mujer con alto
poder adquisitivo y perfecta para él, según mis abuelos, claro; porque entre
ellos nunca hubo amor. Tienen tres hijos, a cuál más diferente. Sus hijas se
pelean por un hombre, su hijo es un cantante lleno de tatuajes... Siempre hemos
sido carnaza para los periodistas, así que cuanto más lejos de ellos y cuanto
menos sepan mejor.
—Uf, vaya culebrón —dice, y sonríe de medio lado—. Yo soy bastante
fotogénico, aunque mi lado derecho es el mejor.
—No te burles, tonto. Esto es serio. En necesario que si, realmente, quieres
seguir con esto que tenemos, pienses que cabe la posibilidad de que, algún
día, nos tropecemos con fotógrafos o periodistas y no es una experiencia muy
agradable. Aquí no somos tan conocidos y en los años que llevo aquí, solo me
han molestado en dos ocasiones, pero...
—¿Estás intentado asustarme? —pregunta, levantando sus cejas—.
Mientras a ti no te importe ser la novia de un pobre bombero, que está loco
por tus huesos, con un hijo a cuestas y una exnovia pirada que lo persigue...
—¿Tú que crees? Estoy encantada de ser la novia de este humilde fireman,
que tiene un hijo que me ha robado el corazón y bueno, con su exnovia ya
veremos qué hacemos, juntos.
Saca a relucir esa preciosa sonrisa que enseña en contadas ocasiones al oír
mis palabras, tendría que sonreír más a menudo, es un hombre tremendamente
guapo cuando lo hace.
—Pues yo creo que podré soportar la presión de la prensa, no creo que sea
un sacrificio; por estar a tu lado haría cualquier cosa. —Me besa y acaricia
mis mejillas con sus manos—. Lo que no puedo entender es que, si tus padres
no se quieren y tu padre está con Alison, ¿por qué no se separan?
—La vida de mi madre gira entorno el dinero y el poder; ella es así, esas
son sus prioridades. Su posición social y el qué dirán es prioritario para ella.
Nunca va a permitir que mi padre se divorcie de ella; hará todo lo posible, le
exprimirá todo el dinero que pueda, antes que ceder y estar en boca de todo el
mundo por su divorcio. Por eso mi abuela, que la conocía bien, solo le ha
dejado a mi padre todo lo relacionado con la empresa, lo demás lo ha
repartido entre sus nietos. Tenías que ver la que se armó el día de la lectura
del testamento.
—O sea que, ya sé a quién te pareces, de quién has heredado esa
inteligencia. —Me guiña un ojo—. Ven aquí, anda, que te voy a enseñar de lo
que es capaz este humilde bombero para retenerte a su lado.
Es casi la una de la mañana cuando consigo que me suelte y poder llegar a
mi piso. Me he duchado con él, así que me desvisto, me pongo el pijama y
nada más poner la cabeza en la almohada me quedo dormida con una sonrisa
tonta en mi cara. Ahora todo es fantástico y lo voy a disfrutar a tope, pero
también sé que, si esto sigue adelante, mi madre va a hacer todo lo imposible
por poner trabas a mi relación. Aunque no me tenga mucha estima, no va a
permitir que una de sus hijas tenga como pareja a un bombero, no es suficiente
categoría para ella.
Lo que tengo claro es que voy a luchar con uñas y dientes por esto que
siento por Jorge. Ya no soy la pobre chica rica que hace siete años huyó para
reconstruir su corazón roto. He madurado y soy mucho más fuerte, y ahora que
he conseguido recomponer mi corazón de nuevo, no pienso rendirme
fácilmente; no sin luchar. Si algo tengo claro es que estoy loca por Jorge, que
ahora sí sé lo que es estar enamorada y que quiero ser parte de su vida y de la
de Pol.
Jorge

—Papi, ¿voy guapo así? —pregunta mi hijo, cuando aparece en el salón,


hecho un pincel.
Como mañana, domingo, casi nadie trabaja, Sophie ha decidido que sería
buena idea quedar hoy para cenar todos juntos en el BookCafé y, así, hacer las
presentaciones oportunas entre todos. No sé qué saldrá de esta reunión. Estoy
nervioso, yo ya conozco a Thomas, pero mi padre no. Es un paso importante,
una presentación entre familias, aunque un poco rara, la verdad.
—Estás que te sales, cariño. ¿Adónde vas tan guapo? Solo vamos a cenar...
—Pero van Cloe y Sophie, así que tengo que estar guapo. El abuelo
siempre dice que para triunfar con las mujeres siempre hay que estar de
presente.
—Será presentable —lo corrijo, y no puedo evitar echarme a reír.
—Pues eso, presentable. Tengo que ir guapo para que Cloe siga siendo mi
novia. ¿Sabes?, yo creo que, a Miguel, el niño que a veces vemos en el
parque, le gusta, siempre está detrás de ella, no quiero que me la quite. Y a lo
mejor, también puedo convencer a Sophie para que sea mi madre un poquito,
¿no?
A veces, como en esta ocasión, mi pequeño me deja sin palabras. Creo que
pasa demasiado tiempo con adultos para que tengamos estas charlas tan
profundas.
—Cariño, yo creo que haces bien de ir guapo para que Cloe siga siendo tu
novia, pero no solo hay que estar presentable, también hay que ser amable y
ayudarla. Sobre Sophie, yo sé que ella te quiere mucho, pero tienes que pensar
que hace muy poco tiempo que nos conocemos y tenemos que ir con calma. Yo
creo que mejor, de momento, sea tu amiga y que la conquistemos poco a poco,
no vaya a ser que se asuste al tener que estar con dos superhéroes, ¿no crees?
—Mi hijo asiente con la cabeza, pensativo. Por suerte, en ese momento, suena
el timbre de la puerta y arranca a correr.
—¡Caramba! Qué guapo estás. —Oigo decir a Juana—. Hoy vas a
conquistar a todas las chicas. Me parece que te voy a cambiar por el abuelo.
—El abu también va muy guapo —le contesta mi hijo—. Es que... no te
enfades, Juana, pero yo quiero ir con Cloe, es mi novia, y si me ve contigo,
quizá se enfada —le explica, poniendo morros.
Mi padre me mira, después se dirige a Juana y rompe a reír. Al ver como se
troncha, me contagia y le sigo en sus risas. Mi hijo es tremendo y Cloe lo tiene
loco. Pol nos mira con cara de no saber qué pasa y Juana intenta poner cara de
pena, mientras se le escapa la risa.
—Pues nada, Juana, te vas a tener que conformar con el viejo de la familia
—le dice mi padre, cuando ha podido dejar de reír.
—Parece ser que sí, pero no me quejo —contesta, dándole un beso en los
labios que mi padre corresponde encantado.
—¡Puaj, qué asco! —suelta mi hijo, tapándose los ojos.
Qué inocencia, bien que, en unos años, irá detrás de las chicas para meterle
la lengua hasta la campanilla.

***

Cuando llegamos al BookCafé, aparte de Sophie, que está preciosa con un


vestido rojo, como siempre, también está Thomas con Alison, Steven, Carlos y
Trini. Hay otro hombre que no conozco y que, supongo, será la pareja de Trini,
ya que la tiene cogida por la cintura. Sophie habla con el guardaespaldas
cuando entramos. Al girarse y ver que somos nosotros, nos regala esa
fantástica sonrisa, esa que me vuelve loco y hace que mi corazón se salte un
latido.
—Pero ¿adónde vas tú tan guapo? —le dice a mi hijo.
—¿Te gusta? —pregunta este, cortado por la cercanía de Steven.
—Por supuesto, estás hecho un pincel. Mira, este señor es Steven, un buen
amigo mío.
—Hola —le dice tímido. Tira del brazo de Sophie para que se agache un
poco—. Este señor es muy grande, creo que es más grande que Oso —susurra,
aunque conseguimos oírlo.
—Sí, es verdad —le contesta ella, riéndose del comentario—, impresionan
un poco, ¿verdad? Pero, aunque son muy grandotes, son buenos y siempre nos
ayudan.
—¿Cloe todavía no ha llegado? —pregunta mi hijo, cambiando de tema,
una vez se ha asegurado de que el gigante es inofensivo.
—No, estará a punto.
—La voy a esperar en la puerta, ¿vale, papi?
—Vale, pero no salgas a la calle. —Asiente con la cabeza y se va a esperar
a su chica.
—Hola, fireman —saluda mi morena, con un beso tímido en la mejilla que
me sabe a poco.
—Estás preciosa, nena.
—Creo que no te he presentado a Steven —me dice. Coge al gigante por el
brazo y lo acerca a nosotros—. Steven, él es Jorge, aunque me imagino que tú
ya lo sabes.
—Es mi trabajo. Un placer conocerlo en persona, Jorge.
—Igualmente —le contesto.
Correspondo a su apretón de manos, pero alucino con su comentario.
Supongo que, al ver mi cara de flipado, se ve en la necesidad de aclararme el
comentario.
—Todas las personas que están en contacto con la señorita Sophie son
investigadas —me responde, con cara de disculpa—. La seguridad de la
familia siempre es lo primero.
Yo asiento, no sé qué decir. Sophie es una persona tan normal que se me
olvida quién es su familia. Cuando consigo asimilar las palabras de Steven,
miro a Sophie y le sonrío para que se relaje y vea que no me afectan estas
pequeñas cosas que envuelven su vida. Espero que se lo crea, porque no es así
en absoluto, no sé si algún día podré llegar a acostumbrarme. Hago un repaso
a la sala, en una esquina está mi padre que habla muy animado con Carlos.
Hay otro grupo donde se encuentran Juana con Trini y su pareja. Finalmente,
está Thomas con Alison.
—Creo que ha llegado la hora de presentar a nuestros padres —le comento
a Sophie.
Ella asiente con la cabeza, pero no dice nada, creo que está tan nerviosa
como yo, esto es raro de cojones. Me acerco a mi padre y saludo a Carlos.
—Papá, te voy a presentar al padre de Sophie —le digo—. Por favor, no
preguntes demasiado, ya te explicaré —le susurro para que nadie nos oiga.
—Hola, Thomas. Alison, ¿cómo va? —saludo—. Le quiero presentar a mi
padre, Eduardo. Papá, él es Thomas, el padre de Sophie, y Alison, su... —
¿Cómo narices la presento?
—Es una amiga. —Sophie, al ver mi apuro, acude en mi ayuda.
—Un placer —dice mi padre.
—Igualmente, Eduardo.
Se crea un silencio incómodo, no sabemos qué decir, es una situación rara.
Menos mal que por la puerta entran nuestros soplos de aire, Dani y Tamara con
Cloe. Noto como mi cuerpo y el de mi chica se relajan al momento.
—Buenas noches a todo el mundo —saluda Dani—. Me han dicho que aquí
dan de cenar y después hay fiesta.
Mi amigo es único, es de esas personas que siempre quieres tener cerca por
todo el positivismo que desprende. Es de admirar, ya que me consta que su
vida no ha sido un camino de rosas. Su padre es un alcohólico que maltrataba
a su madre desde que él tiene uso de razón. Esta murió de cáncer cuando él
tenía dieciocho años y su hermana Tania solo trece. A ella la mandaron a
Sevilla con una hermana de su madre y Dani se buscó la vida. Su padre lleva
varios años en la cárcel, entra y sale por hurtos o tráfico de drogas. Que
siempre tenga una sonrisa en la cara tiene el doble de mérito. Ojalá sea muy
feliz, se lo merece.
Después de todas las presentaciones, nos sentamos y disfrutamos de una
cena deliciosa. El ambiente es muy cómodo. Nos reímos mucho con las
batallas de mi padre o de Dani, con los problemas de nuestros pequeños.
Thomas nos cuenta alguna anécdota con algún famoso o alguna valiente acción
de Steven, lo que me hace pensar que es una persona importante en sus vidas,
no solo es un simple guardaespaldas. Pasada la medianoche, recogemos para
irnos a casa, cuando, de pronto, empiezan a sonar varios teléfonos. En un
momento, se genera una inquietud generalizada; veo como el guardaespaldas
comienza a cabrearse con la persona que tiene al otro lado de la línea y su
vista no se desvía de la puerta. Mientras se levanta, se dirige a Thomas y le
pregunta a Sophie si la puerta está cerrada con llave. Ella asiente y se levanta
con movimientos tensos.
—Nena, ¿va todo bien? —le pregunto.
Todo el mundo está muy inquieto. Mientras espero su respuesta, veo como
Thomas chilla al teléfono. Steven camina de arriba abajo, como un león
enjaulado, y Carlos, que también habla por teléfono, está bastante nervioso.
—Jorge, busca a los niños e id a la parte trasera, la zona infantil —me pide
Sophie, nerviosa—. Tammy, por favor, ayuda a Jorge y desplazaos todos atrás.
—Yo de aquí no me muevo sin saber qué pasa —le exijo a Sophie.
Estoy enfadado y se nota en la tensión de mi cuerpo y en el tono de mi voz.
De pronto, noto a Dani a mi lado y como Steven, que ya ha colgado el
teléfono, se posiciona al lado de Sophie; esta asiente con la cabeza, dando
permiso al grandullón para que explique lo que pasa.
—Al parecer, alguien ha informado de que el señor Prescot se encontraba
en España y se han filtrado fotografías de él con la señorita Alison. También
se han enterado de que estamos aquí y en el exterior hay varios periodistas —
nos explica Steven.
El grupo ya se ha ampliado y todos se han enterado de lo que pasa. Estoy
muy nervioso, no me gusta nada esta situación, no quiero salir en la prensa, ni
que mi hijo se vea implicado en estas cosas. Mi cara debe de ser un poema,
estoy un poco en shock y no soy muy consciente de lo que pasa a mi lado hasta
que noto su cuerpo; siento como me abraza y me da un beso en el cuello que
me hace volver a la realidad.
—Tranquilo, Jorge, todo esto es por mi padre. Saldrá con Steven y Carlos,
se enfrentará a la prensa y se marchará. Cuando todo esté más tranquilo,
saldremos los demás, ¿vale?
—No sé cómo puedes estar tan tranquila —le pregunto, mientras acaricio
su espalda.
—Jorge, hasta hace siete años, que son los que llevo en España, mi vida
siempre ha sido así, rodeada de cámaras, periodistas y toda clase de cotilleos.
No te puedes imaginar la que se armó cuando se enteraron del lío entre Mark y
Jana. Fue un sinvivir. No pienso permitir que vuelva a pasar algo parecido,
cariño.
Dani se ofrece a pedir ayuda policial si fuera necesario, pero parece que lo
tienen todo bastante controlado. Tanto Steven como Carlos intercambian
información de diversas llamadas y lo consultan con Thomas. Ni a Dani ni a
mí nos pasa desapercibido lo involucrado que está Carlos en todo el tema y, al
mirarnos, nos damos cuenta de que hemos pensado lo mismo; no es un simple
camarero como habíamos imaginado.
Cuando ya está todo preparado, Thomas se despide de nosotros con una
disculpa y se acerca a su hija para comentarle algo; la abraza y le da un beso
en la sien. Sale con Steven delante y Carlos a su lado, escoltándolo. Vemos el
reflejo de los flashes en el exterior y el jaleo de las preguntas de los
periodistas.
Al cabo de una hora, más o menos, el teléfono de Sophie suena. Es Steven
que le pide que abra la puerta. El grandullón entra y nos comunica que ya
podemos salir, han revisado la calle y está todo despejado. Él se lleva a
Alison para dejarla en el hotel, donde parece que todavía hay periodistas.
Sophie y Trini se quedan un rato más para dejar todo en orden para mañana.
Me sorprende que, al salir con mi hijo en brazos, pues el cansancio ha podido
con los pequeños, haya varios hombres ubicados en diferentes puntos de la
calle, controlando que no pase nada fuera de lugar.
—Caray, con el señor Prescot —dice mi padre—, su vida parece todo un
circo, no sé si vale la pena tener tanto dinero.
—Después de lo que he vivido hoy, le regalo todos los millones que tiene,
solo espero que esto no nos perjudique a Sophie y a mí. Yo no puedo vivir así,
soy un simple bombero, joder...
—Jorge, no te desesperes. Ella no tiene la culpa de haber nacido en una
familia como la suya —me dice Tammy—. Te puedo asegurar que en todos
estos años nunca hemos tenido ningún problema, ni ningún acoso por parte de
la prensa, ¿verdad, Juana?
—Es verdad, mi niña. Supongo que todo tiene que ver con su padre. El lío
con Alison genera mucho morbo, creo que ese hombre no está enfocando muy
bien las cosas.
—¿Qué me decís de Carlos? Creo que ese chico no es solo un camarero —
expone mi padre.
—Eso pensamos Jorge y yo —comenta Dani, que lleva a Cloe en sus brazos
—. Creo que está para controlar que todo esté en orden con Sophie.
—No me hace ni puñetera gracia ese tío, no me gusta que esté tan cerca de
ella.
—¡Vaya, vaya! ¿El bombero tiene celos? —se burla mi amigo.
—¡Vete a la mierda! Mira quién fue a hablar, el que se pone loco cuando
Tammy baila con Oso —replico.
—Chicos, haya paz. Estas mujeres nuestras son preciosas y…
—Para el carro, Eduardo —lo interrumpe Tammy—. Yo no soy de nadie.
Que me aproveche del cuerpo del madero, no significa que sea suya, esto —
señala a Dani—, es solo placer.
Veo como la cara de mi amigo cambia al instante. Le pasa la niña a Tammy
y se despide con la excusa de que mañana tiene que madrugar. Creo que él no
comparte la misma opinión que ella. Por primera vez, desde que conozco a
Dani, le gustaría que fuera algo más que sexo, como ella ha insinuado. Mi
amigo está colado por los huesos de Tamara, está completamente enamorado
de ella, y Cloe le ha robado el corazón por completo. Su reacción me lo acaba
de confirmar.
Por fin, llego a mi casa y le pongo el pijama a mi hijo que está tan dormido
que casi es misión imposible. Cuando ya lo tengo en su cama, me estiro en la
mía; veremos si, con todo lo que tengo en la cabeza, consigo dormir algo.
CAPÍTULO 14

Sophie

Menuda cena, hemos tenido un poco de todo. No puedo entender cómo se


han enterado los periodistas de que mi padre estaba en España y, menos aún,
que estábamos cenando en el BookCafé. Todo ha sido una locura, mañana
tengo que disculparme con todos. ¿Qué habrán pensado de este circo? Menos
mal que Jorge no parece que se haya ido enfadado.
Conseguimos salir después de poner todo en orden para poder abrir
mañana. He aprovechado para disculparme con mi querida Trini y su esposo
que están un poco impresionados al enterarse de todo de una forma tan brusca.
Cuando voy hacia mi piso para poder descansar por fin, veo que Carlos me
espera para acompañarme en el camino y asegurarse de que llego sana y salva.
—¿Cómo estás, jefa? Vaya lío el de hoy, echaba en falta un poco de
acción... —comenta con media sonrisa.
Sé que él está contento y a gusto con esta vida que lleva. A pesar de que fue
casualidad cuando nos conocimos y que su objetivo era ligar conmigo,
conseguimos llegar a ser más que empleado y jefa; somos amigos. Yo
necesitaba gente y él necesitaba trabajo, así que nos ayudamos mutuamente y
empezó de camarero. Después, Steven averiguó que había trabajado en una
empresa de seguridad. Un día, hubo un tiroteo donde falleció gente. La
empresa, con sus abogados, consiguieron quedar impunes y parte de la culpa
recayó en Carlos, que decidió romper con ese mundo y cambiar de vida
completamente. Steven aprovechó que él estaba capacitado para protegerme y
ahora tiene pluriempleo.
—Pues aquí estamos, mi querido amigo, a ver si me recojo, que estoy algo
cansada. ¿Ha ido todo bien con mi padre? —le pregunto, mientras me cojo a
su brazo.
—Sí, todo en orden. Todavía quedan periodistas en el hotel, pero
conseguimos llevar a Alison sin ningún contratiempo.
—Y tú, ¿qué tal? ¿Sienta bien volver a la acción?
—Pues sí, no te lo voy a negar. El problema es que voy a tener que dar unas
cuantas explicaciones. Creo que todo el mundo se ha quedado un poco
sorprendido al enterarse de mi otro trabajo — explica con una sonrisa en la
boca—. Había quedado con Paula, después de cenar, y lo he tenido que anular.
Como te puedes imaginar, le debo una charla para aclarar el tema.
—¿Todo bien con ella? Lo poco que sé por los chicos y las veces que he
podido hablar con Paula me parece una buena chica.
—Lo es, además de preciosa —dice con cara de bobo. Ay, que mi camarero
se ha enamorado—. No hemos quedado mucho, pero las veces que nos hemos
visto, ha estado genial. Es una mujer con la que puedes charlar sin problema,
no me aburro con ella y eso para mí es muy importante. Además, es una fiera
en la cama...
—¡Stop! —le digo, poniendo mi mano en su boca—. No quiero saber nada
de tus movidas de sexo. Me alegro de que las cosas te vayan bien con ella,
pero ve con cuidado. Ya sabes que para los chicos es una persona muy
importante y como le hagas daño vas a tener problemas con un fireman, un
policeman y un pequeño diablo.
—Lo tendré en cuenta —me dice, mientras nos reímos—. Y tú, ¿qué tal con
los chicos? ¿Cómo se ha tomado Jorge lo de esta noche?
—Con ellos bien, ahora que hemos aclarado ciertas nubes que nos
rodeaban, mejor. Y por lo de esta noche… creo que no se ha ido enfadado,
pero no hemos podido charlar mucho, así que no tengo ni idea de qué me voy a
encontrar mañana. Además, tenemos a su ex merodeando a su alrededor y
Jorge está bastante preocupado.
Llegamos a mi portal y nos despedimos con un beso y un abrazo. Carlos es
como un hermano más para mí y deseo, como a todas las personas que son
importantes en mi vida, que sea muy feliz. Cuando entro en casa, veo que
todavía está encendida la luz de la cocina; me sorprende, pensaba que Tammy
ya se habría ido a dormir. Me acerco a la puerta y la veo apoyada en la barra
del desayuno. Cuando la saludo, noto que se limpia la cara; está llorando.
—Mi niña, ¿qué pasa? ¿Va todo bien? —le pregunto.
Tiene los ojos y la nariz rojos; lleva un buen rato llorando, posiblemente,
desde que ha llegado. Se lanza a mis brazos sin consuelo y la dejo que se
desahogue un rato. Me la llevo al salón, nos sentamos en el sofá y espero
paciente a que ella esté preparada para hablar. Estoy inquieta, Tammy es una
mujer muy fuerte y pocas veces la he visto en este estado.
—¡Ay, Sophie, creo que la he cagado! Soy una bocazas y no tengo filtro y,
cuando me doy cuenta, siempre hago daño a la gente que más me importa —
dice de tirón. Sus lágrimas caen por sus mejillas sin parar.
—A ver, cariño, explícate. No entiendo nada. ¿A quién le has dicho algo
que no debías?
—Veníamos todos hacía aquí, de charla. Ha habido un momento en que
Eduardo ha comentado a los chicos que sus mujeres eran preciosas,
refiriéndose a nosotras. Solo a mí se me ocurre ponerme feminista y decirle
que yo no soy de nadie y que solo estoy con Dani por el sexo.
—¡Por Dios, Tammy! ¡Cómo eres tan bruta! Me da que a Dani no le ha
hecho mucha gracia, ¿verdad?
—Ninguna. Me ha devuelto a la niña, que la llevaba él, y ha puesto de
excusa que mañana tenía cosas que hacer y se ha marchado. Al llegar, le he
enviado varios mensajes y sus respuestas han sido de lo más frías. Ni rastro
del Dani divertido y cariñoso...
—A ver, cielo, ¿cómo quieres qué esté? Yo creo que ese hombre está loco
por tus huesos y se desvive por Cloe. Solo a ti se te ocurre decirle que solo lo
quieres para tus revolcones.
—Pero ¿tú de qué lado estas? Pensaba que eras mi amiga, no me ayudas
nada. Tampoco creo que haya sido para tanto y ni que esté tan loco por mí.
Nunca dijo que fuéramos pareja, siempre quedó claro entre nosotros que lo
íbamos a pasar bien y punto, que ninguno quería atarse ni comprometerse, así
que no veo el drama —me contesta enfurruñada. Sus lágrimas han
desaparecido para dar paso a su enfado.
—Yo estoy de tu lado, Tammy, siempre, pero no por eso voy a decirte
siempre lo que quieres oír, eso ya lo sabes. Dale tiempo, a nadie le gusta que
lo traten como a un objeto sexual —le explico—. Has herido su corazón, si no,
se hubiera quedado y hubiera hecho alguna broma, piénsalo. Y si tú estás en
este estado, es porque también estás loca por él y por ese tatuaje tan sexy que
tiene...
—Sí, la verdad es que el madero es un bombón y esa sonrisa que tiene de
derritebragas... —Mi amiga se queda un rato pensativa, supongo que,
imaginándose su cuerpo desnudo, pone cara de viciosilla.
—Quita esa cara, anda, no pienses en él desnudo o vas a tener un orgasmo
—le pido, dándole una palmada en el culo—. Me voy a dormir que no puedo
más, vaya día. Dale tiempo, mi niña, ahora está dolido y, cuando puedas, habla
con él. No tengas miedo a enamorarte, si no arriesgas, nunca vas a conseguir a
tu ansiado príncipe azul.
Le doy un beso y me voy a mi habitación, dejándola con sus pensamientos.
Me pongo mi pijama y, al coger el teléfono para apagarlo, veo que tengo un
mensaje de Jorge. Las mariposas de mi estómago empiezan a despertar por la
ansiedad y las ganas que tengo de él; parezco una quinceañera.
Jorge:
«Me hubiera gustado acabar la noche de otra manera; contigo a mí lado, desnuda. Sueña
conmigo, mi morena».
Una sonrisa boba ilumina mi cara, es genial poder irme a dormir con sus
palabras como último recuerdo, no era consciente de como las necesitaba. Por
supuesto, soñaré con mi fireman.

***

Me despierto sobresaltada, me ha parecido oír gritos, al levantarme y abrir


la puerta de mi habitación, compruebo que es así. Vienen del salón, Cloe está
chillando a Tammy; no sé qué les pasará a estas dos ahora, hacía bastante
tiempo que no las oía entrar en batalla. Cloe es un cielo de niña, pero tiene un
fuerte carácter cuando estalla y, por lo que puedo escuchar, está muy enfadada.
—Me dijo que cuando me despertase, lo llamara y no entiendo por qué
ahora no puedo hacerlo —le recrimina la niña.
—Cloe, es la cuarta vez que te lo explico y empiezo a perder la paciencia.
Ayer, antes de irme, me dijo que hoy estaría muy ocupado, así que no lo vamos
a llamar y punto. Si quieres, después vamos al parque —le explica la madre.
—Yo quiero ir al parque de los patines con Dani. Él me lo prometió. No sé
por qué no me dejas llamarlo. Y no quiero ir contigo al parque para pequeños.
—Cloe da media vuelta y se mete en su habitación tras dar un portazo.
Mi amiga suspira y busca mi mirada, está a punto de derramar todas las
lágrimas que acumula en sus ojos, así que me acerco y la abrazo con fuerza, sé
que lo necesita y aquí estoy yo para que mi hermana no se derrumbe.
—¿Por qué no lo llamas y le preguntas? A lo mejor ya no está tan enfadado.
—Ayer, ya me hizo saber que no quiere saber nada más de mí, y lo que no
puedo hacer es imponerle a la niña, Sophie. Si él quiere verla solo tiene que
venir o llamar, yo no lo voy a impedir.
En ese momento suena el timbre del piso, nos miramos las dos y por la cara
de Tammy pasa, aunque fugaz, la ilusión de que pueda ser Dani. Voy a abrir la
puerta, ya que ella no está en condiciones y Cloe sigue encerrada en su
habitación.
—¡Hola, Sophie! —dice mi pequeño diablo, tirándose sobre mi cuerpo
para abrazarme.
—Hola, cariño, ¿cómo estás? —le pregunto, mientras beso su rubia cabeza.
—Bien, ¿está Cloe?
—Sí, está encerrada en su habitación; se ha enfadado con su mamá y no sé
sí estará de buen humor. A ver si te deja entrar.
El pequeño corre hacia la habitación de Cloe a probar suerte. Levanto la
cabeza y me enfrento a mi hombre de mirada verde, ese que me hace perder el
sentido. Está apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados en el
pecho, medio despeinado, como siempre, y su sonrisa matadora. Lleva unos
tejanos gastados, que se ajustan perfectamente a su cuerpo y una camiseta de
cuello en pico que se adapta a sus músculos. Y yo en pijama...
—Buenos días, ¿tenemos guerra en casa? —Me coge una mano para
acercarme a su cuerpo.
—Buenos días. Sí, hemos amanecido con una batalla campal.
Abrazo su cuerpo con mis brazos dentro de su camiseta, rodeando sus
caderas. Él enmarca mi cara con sus grandes manos y me besa, lentamente.
Nunca había tenido unos buenos días tan dulces.
—Mmm… Estás preciosa con este pijama, aunque en mis sueños estabas
desnuda —dice, el muy cabroncete, dejándome en la puerta con cara de boba.
Entramos en la cocina y vemos que Tammy prepara café. Por la expresión
de Jorge, me doy cuenta de que no le pasa desapercibido el estado de ánimo
de mi amiga.
—Buenos días, Tammy. ¿Vengo en mal momento? —pregunta, mientras
alterna su mirada entre ella y yo.
—Qué va, no te preocupes, solo tengo un mal día. ¿Queréis un café? Ya está
preparado, os podéis servir. Voy a vestirme...
La vemos salir de la cocina como si hubiera fuego. Cuando nuestras
miradas se cruzan, veo la interrogación en Jorge. No es difícil saber que algo
pasa, ya que Tammy es pura alegría y vitalidad y hoy está muy decaída.
—¿Por qué me parece que aquí hay más que un mal día y que mi amigo
tiene algo que ver? —Lo miro y frunzo el morro, dándole así mí confirmación
—. Pues creo que él no está mejor, esta mañana casi me ha mandado a la
mierda; hacía tiempo que no sacaba ese carácter arisco y frío.
—Sí, la verdad es que es difícil verlos así, ellos que son siempre pura
alegría y parece que no se enfadan nunca. En este caso, creo que Tammy ayer
metió la pata y ahora, aparte de estar arrepentida, tiene a Dani y Cloe
enfadados.
—Yo estaba cuando hizo el comentario y la verdad es que a Dani le sentó
fatal. Me da que está colado por ella, por eso se lo ha tomado tan mal. Espero
que puedan hablar y darse cuenta de lo mucho que se necesitan.
—Seguro que sí, es muy difícil estar lejos de alguien que te hace sonreír,
que hace que tu corazón palpite con fuerza o que te genera esas mariposas en
el estómago cuando lo tienes cerca —le digo, mientras me acerco a su cuerpo.
—Caray, no sabía que Tammy estuviera tan colada por él —contesta burlón.
Sabe perfectamente que me refería a mí, aunque no tengo dudas de que a mi
amiga le pasa exactamente lo mismo.
—Eres muy tonto... —Me sonríe y se acerca para darme un beso, que se ve
interrumpido por Pol.
—Papi, ¿podemos ir ya al parque? —Por su tono, viene enfadado.
—Claro, vamos. ¿Cloe no viene?
—Está enfadada, ella quería ir con Dani. Parece que conmigo no se lo pasa
tan bien —contesta el niño con resignación.
—Claro que se lo pasa bien, cariño, solo que hoy está disgustada. Ya sé
que no es lo mismo, pero ¿qué te parece si os acompaño yo y damos un paseo?
Se le ilumina la cara de nuevo, parece que mi propuesta le gusta, así que
allá voy a pasar un día trepidante con mis chicos.
Jorge

Últimamente las cosas han estado en calma. No hemos vuelto a saber nada
de Clara. Me imagino que las advertencias de Dani han hecho efecto y,
seguramente, habrá vuelto a su vida anterior, por lo que nos ha dejado en paz y
eso ha ayudado a que la relación con Sophie vaya mejor que bien. Intentamos
disfrutar el uno del otro todo lo que podemos, porque entre nuestros trabajos,
la familia y los amigos, poco tiempo nos queda. La verdad es que con ella
todo es más fácil, más llevadero y es maravilloso encontrar un ratito para
poder desatar nuestra pasión, que no es poca. Cada vez me cuesta más
alejarme de ella y no poder despertar a su lado todos los días.
Lo que peor llevamos los dos es la relación, o mejor dicho la no relación,
de nuestros amigos. Es curioso que, todos a su alrededor, veamos que están
hechos el uno para el otro, que están enamorados; y ellos no sean capaces de
verlo y poder arreglar sus diferencias. Después de la fuerte pelea que
tuvieron, se dieron una tregua, pensábamos que todo iba bien hasta que, de
pronto, hace unos diez días, volvieron los morros y las malas caras. Parece
que han cortado toda relación. La que peor lo lleva es Cloe que no entiende a
los adultos, pobre. Después de su nueva pelea, Dani me llamó y me dijo que
como le debían muchos días, iba a hacer una escapada al sur para ver a su
hermana; que necesitaba despejar la cabeza y poner su vida de nuevo en orden.
Hablamos cada día, ya sea por mensaje o por teléfono. Sé que se hace el
fuerte, pero no está bien, creo que se había hecho ilusiones con Tammy y Cloe
y, aunque él nunca lo diga, tiene ganas de asentar la cabeza. En su consciencia
sabe que Tammy es la mujer ideal para él y se siente frustrado por no poder
conseguir lo que desea.
Y así es como pasan los días, tan veloces que, cuando te quieres dar cuenta,
se van yendo los meses y casi ni nos enteramos. Ya estamos a finales de junio,
a punto de acabar el colegio y empezar las vacaciones de verano. Yo tengo
tres semanas en agosto y mi padre se va a llevar dos semanas a Pol a la playa
en julio, el resto del verano lo pasaremos en Madrid con las actividades que
hacen para los niños.
—Chico, te vas a quedar tonto de tanto pensar —me comenta Oso,
devolviéndome al presente—. ¿Va todo bien en el paraíso?
—Claro que sí, ¿por qué tendría que ir mal?
—Porque Sophie es mucha mujer para ti, capullo. Te lo he dicho mil veces,
si necesitas ayuda para tenerla contenta, me avisas, pichafloja.
Todavía no ha acabado la frase cuando sale corriendo y yo detrás de él.
Como lo enganche, por muy grandullón que sea, se va a llevar unas hostias...
Menos mal que es mi colega y sé que jamás se entrometería en mi relación con
Sophie, pero le encanta meterse conmigo. Que conste que yo jamás he sido un
hombre celoso, al revés, con mis aventuras nunca me he atado a nadie y no he
tenido necesidad de sentir celos, pero con Sophie es distinto. Ella es mía, en
el buen sentido, y parezco un desequilibrado cuando hay moscones alrededor o
me pongo enfermo de pensar que otro hombre la pueda tocar como la toco yo.
Consigo alcanzar a Oso en la sala de gimnasia que tenemos en la estación, lo
hago caer al suelo y me siento encima de su gran espalda, sujetándole la cara
contra el suelo con una mano para que no pueda levantarse. El muy cabronazo
se descojona en mi cara y mi superioridad pierde toda importancia.
—Retira lo que has dicho, capullo. A mi morena ni tocarla. Está bien
servida, de eso me encargo yo. No necesita tu pichita microscópica para nada.
—Cómo nos gusta a los hombres meternos con los miembros de los otros.
—¡Está bien, está bien! Me rindo.
—Así me gusta —le digo.
Me retiro de su cuerpo y le ofrezco mi mano para que pueda levantarse. Me
doy cuenta de que lleva un sobre del que antes no me había percatado, se ha
arrugado un poco e intenta estirarlo para que quede como estaba. Cuando
parece que tiene la forma deseada me lo ofrece.
—Toma, capullo, es para ti. Mira lo que has hecho, lo has arrugado todo,
espero que no sea nada importante...
Cojo el sobre que me ofrece y lo reviso por las dos caras para comprobar
que realmente sea para mí y no sea una broma de Oso, que no sería la primera
vez. Pone mi nombre en rotulador negro y está cerrado con celo.
—Me lo ha dado Ricardo, dice que estaba en el buzón de la entrada —
contesta a mi pregunta no formulada al darse cuenta de que lo miraba con cara
de duda.
Hago la intención de abrirlo cuando por megafonía oigo que me llaman.
Hoy me toca a mí preparar la cena y creo que los chicos tienen hambre. Oso
no dice nada, se da la vuelta y se larga a realizar sus tareas de hoy. Me dirijo
hacia la cocina y guardo el sobre en mi bolsillo del pantalón, ya lo miraré más
tarde con calma. Preparo la cena, con ayuda de Blue, y aprovecho para
preguntarle por Marta y saber cómo va su embarazo, ya casi está de cinco
meses y ahora parece que se encuentra mejor; ya no tiene tantos vómitos y no
está tan cansada.
—Y tú, ¿cómo lo llevas? Yo me acuerdo de que estaba acojonado. Cuando
nació mi pequeño y me lo dieron, no sabía ni como cogerlo, parecía que se iba
a romper. Después te acostumbras, lo ves crecer y es lo más grande del
mundo.
—La verdad es que ahora empiezo a hacerme a la idea, ya se va notando la
barriga y Marta está como loca preparándolo todo. Empezamos a ser más
conscientes del cambio que nos espera. Supongo que cuando lo vea y lo coja
en mis brazos, sí que me voy a cagar vivo.
—¿Ya sabéis si es niño o niña?
—Es un niño. La verdad es que nos daba igual, al ser el primero... Mientras
todo salga bien, no importa lo que tenga entre las piernas.
Mientras acabamos de cocinar, seguimos hablando de todo y de nada y nos
echamos unas risas. Al acabar, servimos la comida y cenamos todos juntos.
Tengo la suerte de que estoy en un grupo en el que todos nos llevamos bastante
bien y la convivencia es agradable. Cuando trabajamos, estamos muchas horas
juntos y en las salidas es primordial confiar al máximo en tu compañero, eso
es de vital importancia. Nos dan las diez de la noche y cada uno se dedica a
relajarse, ya sea a mirar la televisión, escuchar música o leer un libro. Yo
aprovecho para retirarme a mi cama y me estiro para intentar dormir un rato,
nunca sabemos cuándo puede sonar la sirena y hay que estar alerta. Mientras
intento cerrar los ojos, recuerdo que en mi bolsillo he guardado el sobre que
me dio Oso; lo saco y le vuelvo a dar vueltas para intentar averiguar que es.
Algo me dice que no me va a gustar lo que hay dentro, no sé el porqué, pero
algo no me cuadra.
Abro el sobre con cuidado, como si fuera un paquete bomba y pudiera
estallar en cualquier momento. En el interior hay un papel doblado por la
mitad y unas fotos. Saco primero el papel y lo leo.
«Ella no es tan transparente como parece, oculta muchas cosas que tendrías que saber, ándate
con ojo».
¿Qué narices significa esto? Esas líneas están escritas a ordenador y no está
firmada, por lo que no tengo ni idea de quién me lo envía. Saco las fotos del
sobre y caen todas en mi cama. Se me para el corazón y parece que me cuesta
respirar. No puede ser, no me puede pasar esto a mí. Hay cuatro fotos en total,
la primera que miro, aparece Sophie con Carlos, muy juntos y ella cogiéndolo
del brazo. En la siguiente también salen ellos. Ella le tapa la boca con la
mano. En otra, los dos se ríen, con mucha complicidad; y en la última, la que
me remata, se están besando o eso parece. Estoy tan aturdido que no me entero
de que tengo a Oso de pie a mi lado. Me mira, alternativamente, a mí y a la
cama, con cara de preocupación. Oigo como llama a alguien y en un momento
me encuentro rodeado de Oso y Blue.
—J, oye tío, ¿estás bien? —me pregunta Oso—. ¿Eso es lo que contenía el
sobre?
Yo asiento con la cabeza y le paso la hoja con la frase. Cuando la acaba de
leer se la pasa a Blue y los dos se miran sin entender nada. No soy capaz de
reaccionar, no sé si estoy cabreado, triste o decepcionado. Yo pensaba que
todo estaba bien, que nuestra relación funcionaba y resulta que siempre me la
ha jugado con el capullo de Carlos. Ya decía yo que no me caía bien. ¿Cómo
he podido estar tan ciego?, ¿cómo me he dejado engañar con tanta facilidad?,
si es que no escarmiento. No entiendo nada, no me puedo creer que, hasta
ahora, Sophie fingiera conmigo, en nuestras tardes de charla, o en las noches
de pasión. ¿Puede ser que me falte el aire?
—Oye, colega, seguro que todo esto tiene alguna explicación. Detrás de
esto hay alguien que no quiere veros juntos, está muy claro —me dice Blue—.
Un sobre que llega aquí, la carta en ordenador y las fotos... no sé, J, yo no lo
veo claro; aquí hay gato encerrado.
—¿Y quién cojones va a perder su tiempo fastidiándonos? Pero ¿tú has
visto estas fotos? Si hasta se están besando, ¿o es qué no lo veis?
—Jorge, Blue tiene razón. Ahora estás enfadado, celoso, y no ves las cosas
con claridad. Si te fijas bien en las fotos no hay nada raro, parecen dos
amigos, sin más. El beso, depende de la perspectiva desde donde sea tomada
la foto, puede parecer una cosa u otra. Antes de volverte loco, que te conozco,
habla con ella y se las enseñas, a ver qué te explica.
—A mí me parecen muy reales, no puedo entender que alguien quiera
separarnos. ¡Joder! me voy a volver loco...
—Vamos a ver, tío, te puedo hacer una lista… Clara, tu ex; el ex de Sophie,
su hermana, su madre... ¿Quieres que siga? —enumera Oso para que vea que,
realmente, hay mucha gente a la que no les hace gracia que estemos juntos—.
Me da que ahí ya hay mucha maldad junta, ¿no?
No tengo tiempo de asimilar todo esto, ya que, en ese momento, suena la
sirena y nos tenemos que ir; hay un incendio en un edificio. Intento centrarme
al máximo, no puedo ir con este lío en la cabeza. Veo como me miran Oso y
Blue, están preocupados por mí. Saben lo peligrosa que puede resultar una
salida cuando no tienes la cabeza donde debes.
—Muchachos, parece que el incendio es intenso, van varias dotaciones. Se
ha generado en un cuarto piso y se ha extendido rápidamente. Estemos alertas.
Nos comentan que los cimientos están bastante dañados ya que es un edificio
muy antiguo, ¿entendido? —informa nuestro superior.
Intento dejar mis problemas a un lado y centrarme en lo que tenemos
delante; un fuego dantesco. Nos asignan por grupos y a mí me toca con Blue y
dos compañeros más. Tenemos que entrar a buscar posibles víctimas, parece
ser que todavía queda alguien en el interior. Nos ponemos las máscaras con el
oxígeno y nos adentramos en el infierno. Encontramos a una persona en el
segundo piso, inconsciente. Avisamos por la emisora, los compañeros la
llevan hacia el exterior mientras Blue y yo seguimos con la búsqueda.
—J, creo que ahí dentro he oído algo —me comenta Blue, adentrándose en
un salón de uno de los pisos que revisamos.
—Espera, Blue, ¿estás seguro? Esto no tardará en caerse, tío, tenemos que
salir de aquí cuanto antes.
—Solo voy a mirar detrás del sofá...
Nada más acabar la frase, el techo de la esquina del piso se desprende
sobre mi compañero. Lo único que puedo pensar es que el hijo de Blue no
puede quedarse sin padre antes de nacer. Sin pensármelo dos veces, me tiro
encima de él, empujándolo para que no quede sepultado por los cascotes que
caen.
El golpe que me doy es brutal, noto como mis costillas impactan contra algo
que hay en el suelo y me deja sin respiración, algo más cae en mi brazo y el
dolor es insoportable. Lo primero que se me pasa por la cabeza es desear que
a Pol no lo pase muy mal si no salgo de esta. Veo pasar por mi mente instantes
felices que he vivido con mi padre, mi hijo, Dani o Paula e, incluso, lo feliz
que he sido con Sophie hasta ahora. Oigo a mis compañeros chillar y como se
mueven a mí alrededor; todo eso antes de desmayarme.
CAPÍTULO 15

Sophie

¿Alguna vez habéis tenido esa sensación de ser muy felices y os da miedo
pensar en ello por si las cosas se tuercen? Pues así estoy yo ahora mismo. Soy
feliz. Estoy encantada con mis chicos, las cosas no podrían ir mejor. Nos
vamos adaptando y compartimos muchas más cosas juntos. Mi pequeño rubio
me tiene loca, es un cielo de niño y me río un montón con él, tiene cada salida
tremenda. Y qué decir de mi fireman, ahí donde se ve, tan serio que, incluso, a
veces, parece de hielo, es todo un amor. Me mima muchísimo y siempre está
pendiente de mí. Lo único que enturbia mi felicidad completa es el bajón de
mi querida amiga. A veces, da la sensación de que está sumida en un pozo de
tristeza todo el día, tanto Juana como yo estamos muy preocupadas por ella.
Siempre ha sido nuestra alegría y ahora parece un alma en pena desde que se
ha vuelto a pelear con Dani.
Cuando llego a casa, me la encuentro moqueando por las esquinas con
música lenta de letras tristes a todo trapo. Ahora tiene puesta la canción de La
Estrategia, de Cali y el Dandee. Me espero apoyada en el quicio de la puerta,
observándola.
—¡Hola! —me hago notar, cuando la canción acaba—. No podemos seguir
así, mi niña. Cloe te necesita, no puedes ir todo el día llorando por las
esquinas...
—¿Y cómo lo hago? Dime. ¿Cómo me quito este vacío que tengo en el
corazón? Pensé que no sería nada, solo un rollo, como siempre. ¿Cómo
aprendo a vivir sin él? Sin sus caricias, sus charlas y su manera de hacerme
reír...
—Lo superaremos juntas, ¿vale? Ya sé que no te consuela, pero Jorge me ha
dicho que él tampoco está muy bien, se ha ido unos días a visitar a su hermana.
No podemos seguir con nuestra charla ya que una llamada en mi móvil nos
corta la conversación. Miro mi teléfono extrañada y Tammy me pregunta por
mis dudas.
—Es Jorge, es muy raro, cuando trabaja no me suele llamar —le aclaro—.
Hola, cariño, ¿va todo bien?
—Hola, Sophie, no soy Jorge. Soy Manuel, Oso —me aclara.
Por su tono de voz y que salude con su nombre, me genera un escalofrío por
la espalda. No me gusta esta sensación.
—Hola, Oso, ¿va todo bien?
—¿Estás acompañada por alguien?
—Tammy está conmigo. Por Dios, Manuel, ¿qué pasa? Me estás asustando.
—Mi amiga, al ver mi reacción, me acompaña al sofá donde me siento.
—Es Jorge. Hemos tenido una salida a un edificio en llamas. Mientras Blue
y él buscaban posibles víctimas, el techo ha cedido y lo ha pillado a él.
—Oh, por favor. Dime que está bien, que no le ha pasado nada. —La última
frase ha sido un susurro que no sé si lo habrá oído.
No puede ser. Jorge tiene que estar bien, todavía tenemos mucha vida que
compartir juntos, aún nos quedan muchas cosas por vivir. Tiene que ver crecer
a Pol, no me puede dejar sola, no ahora que lo he encontrado. ¿Qué vida me
espera si él no está a mi lado?
—Sophie, preciosa. Se lo han llevado al hospital Doce de Octubre. No
estaba bien, pero estoy seguro de que ese cabezón se recuperará —me explica
con la voz rota, sé que él también lo está pasando mal porque son buenos
amigos—. Va a salir de esta, ¿me oyes?
—Sí, no me puede dejar sola —le digo entre lágrimas y con la voz cortada
por los sollozos—. Ahora mismo nos vamos para allí. Hay que avisar a
Eduardo...
—No te preocupes por eso, ¿vale? Ya me encargo yo de avisar a todo el
mundo. Sophie, en un rato nos vemos allí.
Como puedo le explico a mi amiga lo que me ha contado Oso y, sin perder
tiempo, cogemos un taxi para que nos lleve al hospital. El trayecto se hace
eterno y la incertidumbre del estado de Jorge me mata. No saber qué me voy a
encontrar cuando llegue, me mata. Apoyo la cabeza en el asiento del taxi y
cierro los ojos mientras las lágrimas no dejan de resbalar por mi cara y pido
con todas mis fuerzas, a todos o a nadie en concreto, que Jorge esté bien, que
no haya sido nada. Necesito que me reciba con su sonrisa, esa que suele
reservar para mí y de la que tan poca gente disfruta. Noto como Tammy me
coge de la mano, transmitiéndome sus fuerzas, no dice nada; supongo que no se
atreve a darme esperanzas por lo que pueda pasar.
Al llegar, mi amiga coge el mando de la situación y se encarga de preguntar
en la recepción por el estado de Jorge; menos mal de ella, yo estoy en shock y
no me salen las palabras. Nos envían a una planta inferior y nos piden que
esperemos hasta que el médico salga a informarnos del estado de Jorge, solo
sabemos que está en el quirófano, pero no nos han dicho nada más. Me siento
en una silla de la esquina para poder apoyar la cabeza en la pared, cierro los
ojos y me centro en el vacío que siente mi estómago. Odio esperar, la falta de
información me puede. Oigo como entra gente en la sala. No quiero abrir los
ojos, no me puedo enfrentar a lo que viene, no tengo ganas de ver a nadie; solo
me gustaría despertar y que todo fuera una maldita pesadilla.
—Sophie, niña... —Noto las manos de Eduardo encima de las mías,
dándome su calor.
Su contacto me hace reaccionar y pienso en lo egoísta que soy, él es su
padre y también estará preocupado. Abro los ojos y me lanzo a sus brazos.
—¡Dios mío, Eduardo! Dime que va a estar bien, no le puede pasar nada,
tiene que estar con nosotros... —le suplico en llanto. Sé que tengo que ser
fuerte, pero no soy capaz.
—Tranquila, cielo, yo también tengo miedo, pero Jorge es fuerte y tenemos
que esperar las noticias que nos dé el médico, no vamos a adelantar
acontecimientos.
Yo asiento con la cabeza y me vuelvo a sentar en mi silla, ya que las
piernas casi no me sostienen. Al levantar la mirada y ver la sala, me doy
cuenta de que está llena de gente; hay varios bomberos, entre ellos Oso y Blue,
este último llora como un niño pequeño. También está Juana abrazada a
Eduardo, dándole todo su apoyo y cariño y, en ese momento, entran Paula con
Carlos. Este último se acerca a mí y me abraza con todas sus fuerzas.
—Jefa, ¿necesitas alguna cosa? —me dice Carlos, dándome un cariñoso
beso en la cabeza.
—No, solo quiero información, esta espera me mata.
—¿Qué cojones haces tú aquí? —Oigo decir a Oso.
Se ha acercado a nosotros. Sus palabras van dirigidas a Carlos y
desprenden una rabia increíble.
—Y tú, ¿qué problema tienes? —replica Carlos, levantándose de la silla
para enfrentarse a él.
—Oso, ¿qué coño te pasa? ¿A qué viene esto ahora? —le recrimino. Me
mira a los ojos y veo que baja la mirada, arrepentido.
—Lo siento, los nervios me han traicionado. No es el momento ni el lugar
—nos dice, con la mirada en Carlos—. Toma, guarda esta carta, le llegó a
Jorge antes de la llamada de incendio, seguro que te interesa su contenido.
Solo te pido que no la abras ahora, hazlo cuando estés algo más tranquila.
Me entrega un sobre blanco donde pone Jorge en rotulador negro. Lo miro
interrogante. Oso no es capaz de aguantarme la mirada y baja la vista, dándose
media vuelta para regresar con sus compañeros.
En ese momento se abre la puerta y vemos aparecer un médico.
—Familiares de Jorge Gutiérrez.
Nos acercamos todos en masa alrededor del doctor. Eduardo coge mi mano
con fuerza y Tammy me sostiene por la otra.
—Soy el doctor García —se presenta—. Vamos a ver, el señor Gutiérrez
llegó a Urgencias con una severa lesión en el tórax, por una fuerte caída y
traumatismo en el brazo izquierdo por un aplastamiento. Presenta tres costillas
rotas del lado derecho. Esto ha causado un neumotórax, el cual ya se está
tratando con un tubo torácico. Para facilitar su recuperación hemos procedido
a sedarlo. Con relación a su brazo izquierdo, presenta fractura en el húmero, el
radio y el cúbito. Las fracturas del húmero y el cúbito han sido limpias por las
que se curará con un tratamiento de inmovilización del miembro, reposo y
posterior rehabilitación. La fractura del radio es más complicada, ha sido
abierta, de ahí que se haya tenido que intervenir y hemos puesto tornillos
quirúrgicos. Está estable, pero con respiración asistida. Es un hombre joven y
fuerte lo que nos hace ser optimistas en su total recuperación. Estas lesiones
necesitan tiempo y paciencia. Lo tendremos en observación en la UCI, por lo
que debe