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Siempre

contigo



Dina Reed











©Dina Reed
©Imágenes usadas para la portada: Fotolia
©Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción,
distribución, comunicación pública o transformación de la obra, solo
podrá realizarse con la autorización expresa de los titulares del copyright.

Sinopsis:
Después de una gran decepción, Megan decide dejar atrás su pasado en
Nueva York, para irse a Texas a dar clases particulares de verano a
Brandon, el sobrino de trece años del dueño del rancho “Siempre
contigo”.
Daniel, el dueño del rancho, es un joven serio y responsable que vive
centrado en su trabajo, la única razón de su existencia. Cuando recibe la
llamada de su hermano, que vive en Londres, para que acoja durante el
verano al rebelde y alocado de Brandon, que ha suspendido todo, Daniel
acepta porque entiende mejor que nadie a su sobrino. También fue en su
día el descarriado de la familia y siente que solo él puede ayudarle. Para
ello le pone a trabajar duro en su rancho y contrata a una profesora
particular.
Lo que Daniel ni imagina es que esa mujer ha llegado a su vida para
cambiarla por completo. Porque Megan esa chica de Nueva York,
desastrosa, entrometida y diferente a todas las mujeres que ha conocido
hasta entonces, que odia la vida en el rancho y con la que no para de tener
desencuentros, comienza a despertar demasiadas cosas en su duro
corazón.
¿Podrán los protagonistas dejar atrás sus respectivos pasados, heridas y
miedos? ¿Sabrán aprovechar la oportunidad que les brinda la vida para ser
felices? ¿Estarán dispuestos a cambiar sus vidas para vivir una gran
historia de amor?




Para ti que sueñas…
Para ti que luchas sin descanso
Para ti que crees en lo que haces
Para que ti que con tu esfuerzo diario
Demuestras que amas y que sientes
De verdad…

1.
Después de pasarse toda la mañana pintando con su sobrino unas vallas
bajo un sol abrasador, Daniel le ordenó mientras se retiraba el sudor de la
frente con el dorso de la mano:
—Vete a darte una ducha. A la una llega la señora Welles, será tu
maestra mientras permanezcas en el rancho, y quiero que estés
presentable.
—¿Una maestra? —protestó el joven, retirándose la gorra y
revolviéndose su pelo negro con la mano—. ¿No tienes bastante con
hacerme trabajar de sol a sol como un esclavo, que ahora también me vas
a poner a estudiar?
—¿Trabajar? ¿Llamas trabajar a mirar cómo hago las cosas?
—¡Soy tu ayudante! ¡Estoy aprendiendo! Y puedo hacerlo mucho mejor,
ya lo verás. Pero para eso debo entregarme en cuerpo y alma al trabajo y
no perder tiempo con las tonterías de los libros.
—¡Los libros no son ninguna tontería! Madrugarás, trabajarás duro, y
luego tendrás tus cinco horas de clase diarias.
—¿Cinco horas de clase? —preguntó Brandon, estrujando la gorra con
ambas manos.
—¿Prefieres siete? —replicó Daniel alzando una ceja.
—¡No quiero estudiar! ¡Odio estudiar! ¡Yo quiero ser ranchero como
tú! Quiero tener mi propio rancho, que te advierto que será el doble, no, el
triple, qué digo, será veinte veces mejor que el tuyo.
—Mejor me lo pones. Yo estudié Empresariales y mira lo que he
conseguido, así que si quieres que sea veinte veces mejor, ya estás volando
hacia la ducha.
—Seguro que has contratado a la profesora más dura, más exigente y
más fea de todo Texas. ¿Me equivoco?
—He contratado a la persona con mejor currículum, una maestra
jubilada, que cree como yo en el trabajo, el esfuerzo, la constancia y la
disciplina. Vas a recuperar en estos tres meses todo el tiempo que has
perdido durante tu pasado año escolar en Londres y además te voy a
enseñar todo lo que sé, para que seas el mejor ranchero del mundo. Me
parece que estoy siendo muy generoso contigo… —habló con una mueca
socarrona.
—Se lo voy a poner muy difícil a la tu señora Welles. No sé cómo tengo
que decirte que odio estudiar.
—No pienso discutir esto contigo. Te espero a la una en el porche. No
me hagas esperar ni un segundo…
Daniel también se fue a su habitación, se duchó y se puso su mejor
camisa blanca en señal de respeto a la señora Welles. Después de
considerar muchas candidaturas, Daniel se había decantado por ella, no
solo por su brillante currículum sino también porque tenía setenta años y
era ideal para que estuviera en el rancho conviviendo con ellos durante
tres meses. No quería correr el riesgo de tener a una mujer joven
hospedada en su casa que despertara la romántica imaginación de
Brandon. Ese muchacho se enamoraba hasta de las moscas que pasaban,
era un enamoradizo incurable, por eso lo mejor era que se pasara cinco
horas al día con una señora de pelo canoso, rictus severo y cara de pájaro.
Porque así era la foto del currículum que había enviado por correo
electrónico la señora Welles, si bien quien ahora estaba saliendo del taxi
era una joven de unos veintiocho años, de piernas largas, rostro precioso
y abundante cabellera pelirroja.
Daniel se quedó junto al porche, mientras el taxista sacaba maletas y
más maletas del maletero. ¿Qué tremenda equivocación era esta? pensó el
joven. Si bien, ella con una sonrisa de oreja a oreja se acercó hasta él, con
la mano tendida y se presentó:
—¡Buenos días! Soy Megan Welles.
Daniel la miró de arriba de abajo, le dio un fuerte apretón de manos y
luego le soltó:
—Usted no es la señora Welles de la foto —contestó muy serio, con el
ceño fruncido.
—Es mi madre —explicó ella, cordial.
—¿Se encuentra bien la señora Welles?
—¡De maravilla!
—¿Entonces? ¿Me quiere decir qué es lo que hace usted en mi rancho?
—Con mucho gusto se lo explico. Pago al taxista y le cuento…
El taxista dejó las ocho maletas en el porche y después de que Megan le
hubo pagado, se marchó dejando a la joven sola frente a una gran
aventura.
Porque para ella eso es lo que significaba ese rancho. Después de
romper con John, su socio en el despacho de abogados y su novio durante
los tres últimos años, necesitaba un cambio radical de vida, y este rancho
era justo eso: la posibilidad de dejarlo todo atrás y empezar de cero.
—No me gustan las mentiras —le dijo Daniel con un gesto grave.
—A mí tampoco. Y no le estoy mintiendo. Somos ocho hermanos, soy
la mayor, he sido la maestra de todos y con excelentes resultados. Ya verá
de lo que va a ser capaz su sobrino…
Daniel apretó los puños, agitó un poco la cabeza y después de resoplar,
habló muy serio:
—Mire, yo he contratado a una señora mayor, no a una… —Daniel
miró otra vez de arriba abajo a esa pelirroja subida a unos tacones de
infarto, con un vestido azul corto y una boca jugosa que era una tentación
para cualquiera.
—Abogada, soy abogada matrimonialista. He dejado temporalmente mi
despacho de Nueva York, pero si me necesita puedo asesorarle como
abogada —explicó con una sonrisa enorme—, así como, por supuesto, le
garantizo que seré la mejor maestra para su sobrino.
—Ni estoy casado ni pienso hacerlo jamás. Y para mi sobrino…
necesito otro perfil. Usted no me sirve —bufó severo.
Megan se aferró al asa de una de sus maletas de Louis Vuitton y le
preguntó retándole y sin que le intimidaran lo más mínimo los ásperos
modales del ranchero:
—¿Me quiere explicar por qué?
—Porque yo he contratado a una señora mayor, con años de
experiencia, no a una pelirroja de Nueva York que solo nos va a traer
problemas.
—¿Tiene algo en contra de las pelirrojas de Nueva York? —replicó
enarcando una ceja.
—Esto es Texas, la vida en un rancho es dura. No sé de qué huye, pero
este es el peor refugio para usted. No puede quedarse aquí. Lo lamento.
Daniel se cruzó de brazos, apretó los labios y sacó el móvil del bolsillo
trasero de su pantalón tejano.
—No huyo de nada. He roto con mi novio, que también era mi socio en
el bufete de abogados. Después de tres años juntos, todo ha saltado por los
aires y yo solo necesito paz. No pido más que eso.
—¿Y cree que va a encontrar la paz en un rancho de Texas intentando
enderezar a un adolescente rebelde, con las hormonas revolucionadas?
Voy a llamar a un taxi para que la lleven de regreso al aeropuerto, señorita
Welles.
—Déjeme intentarlo. Póngame a prueba una semana. Gratis. Le pagaré
mi estancia y mi comida. ¿Trato hecho? —preguntó amable.
Megan extendió su mano y Daniel, mirándole a los ojos, dijo muy
serio:
—¿Es que no lo ve? Esto solo nos puede traer problemas. Usted es terca
como una mula, yo sé lo que quiero, me gusta tener el control en todo
momento. Somos agua y aceite. ¡Lo mejor es que se marche de aquí
cuanto antes! —exclamó nervioso, llevándose las manos a la cabeza.
—Puesto que sabe qué es lo que quiere señor Danvers —habló Megan,
sin dejarse contagiar de la crispación del ranchero—, que es que su
sobrino mejore en sus estudios, debe tenerme en su rancho estos tres
meses. Le prometo resultados por escrito, sino aprueba las asignaturas le
garantizo que le devolveré hasta el último céntimo. ¿De acuerdo?
De nuevo, la pelirroja estaba tendiendo su mano y Daniel sintió no solo
ganas de estrecharla con fuerza, sino de poner sus manos en su estrecha
cintura y besarla para que dejara de hablar de una vez.
—¡No puede ser! —gritó Daniel, después de ser consciente de lo que
acababa de pasarse por su mente.
La pelirroja tenía que salir de su mente y de su vida cuanto antes… Pero
las cosas siempre pueden complicarse más, porque de pronto apareció
Brandon en el porche preguntando:
—Tío Daniel ¿todavía no ha venido la cacatúa de la señora Welles?
—Yo soy Megan Welles… —se presentó Megan, divertida.



2.
—¿Usted es la maestra que ha contratado mi tío? ¡Si me dijo que era una
vieja, mandona y gruñona!
—¡Brandon, mañana te despertaré a las cuatro de la mañana y que sepas
que vas a estar limpiando las caballerizas hasta que anochezca!
—No me importa, si al anochecer me espera la bellísima señorita
Welles para enseñarme lo que quiera enseñarme. Será el verano más
maravilloso que jamás pude imaginar… —dijo el joven suspirando.
—Su sobrino es un joven de lo más encantador, señor Danvers.
—No me parezco nada a mi tío. Yo soy un encanto, señorita Welles.
Seré el mejor alumno que haya tenido jamás.
—Eso es fácil, ¡no ha tenido ninguno! —replicó Daniel, socarrón.
—¡Eso es falso! He sido maestra de mis siete hermanos…
—Qué vergüenza, tío Daniel, no sabía que eras un mentiroso.
—No tanto como la señorita Welles que le ha usurpado la personalidad
a su madre para conseguir unas vacaciones gratis en Texas.
—¿Ha hecho eso señorita Welles? ¡Es usted mi ídola! —exclamó el
joven fascinado, con los ojos abiertos como platos.
—Reconozco que me he hecho pasar por mi madre. Con mi currículum
de abogada nadie quería contratarme, así que probé a hacerme pasar por
ella y empezaron a lloverme las ofertas. Me decanté por Texas porque
necesito un cambio radical de vida. Me urgía salir de Nueva York y
centrarme en algo que me absorba…
—¡Yo le absorbo lo que quiera, señorita Welles! —replicó Brandon
quitándose la gorra y peinándose con los dedos el flequillo hacia atrás.
—¿He dicho cuatro de la mañana? ¡Que sean las tres! Vas a estar
limpiando mierda, jovencito, hasta que regreses a Londres.
—No sea tan duro con él. Es un joven muy simpático.
—Mire, señorita Welles, si lo que necesita es un respiro para pensar
qué es lo que quiere hacer con su vida, váyase de vacaciones a los
Hamptons, seguro que tiene alguna amiga que estará encantada de pasar
con usted tres meses, hasta que decida qué quiere hacer con su vida.
—Es que no quiero irme de vacaciones. ¡Quiero trabajar! ¡Quiero hacer
algo útil!
—Váyase con una ONG a algún lugar donde se la necesite…
—¿Pero tío para que se va a ir a algún lugar cuando ya está aquí?
Además ¡yo la necesito! Jamás tuve una profesora que estuviera tan buena
como la señorita Welles. ¡Con ella voy a aprenderlo todo! ¡Te lo prometo!
Daniel miró a su sobrino con una mirada reprobatoria pero al mismo
tiempo conteniendo la sonrisa, porque lo cierto era que la señorita Welles
era una mujer muy atractiva. Su sobrino tenía buen gusto, no cabía duda,
pero también era un descarado que había que corregir antes de que se
echara a perder por completo.
—¡Pide perdón a la señorita Welles por faltarle el respeto!
—¿Por qué se lo he faltado? Si es que está muy buena. ¿Acaso no tienes
ojos, tío Daniel? Es la pelirroja más sexy que jamás he visto en mi vida…
—¡Eres muy amable, Brandon! —dijo Megan entre risas.
—¿Así es como piensa educar a mi sobrino, señorita Welles? ¿Estos
son sus métodos infalibles?
—Pues sí que lo son. Me tiene en sus manos, señorita Welles. Mándeme
lo que quiera, de matemáticas, de lengua… ¡Lo que sea! ¿Quiere que me
aprenda un poema para usted?
—¡Pero si no hay manera de que cojas un libro! —le reprochó Daniel a
su sobrino.
—Porque no he tenido la motivación adecuada, con la señorita Welles
sin embargo va a ser todo distinto. Venga que yo le ayudo con las maletas,
la señora Mary Eugene ya tiene preparado el almuerzo.
—¡Eres tan gentil, Brandon!
El joven Brandon se colocó una maleta en cada hombro y luego cargó
otras dos con las manos…
—¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo, Brandon? —preguntó
su tío con el ceño fruncido y los brazos en jarras.
—Pues hacer lo que tú deberías haber hecho hace un buen rato. Coge el
resto de las maletas y vamos a llevarlas a la habitación de la señorita
Welles.
—La señorita Welles me ha mentido y yo no tolero las mentiras.
Llamaré a un taxi para que regrese al aeropuerto y tome el destino que ella
considere más oportuno.
—¡Su destino es este! —gritó el joven encarándose con su tío.
—Además soy la hija de la señora Welles, tantos años a su lado se me
habrá pegado algo. ¿No cree?
—Yo contraté a una mujer experimentada, amante de las mismas cosas
que yo: la disciplina, el esfuerzo, el trabajo, la persistencia, la tenacidad…
En usted, perdóneme, no veo nada de eso.
—¿Y qué es lo que ve? ¿Me lo puede decir? —replicó la joven, con un
mohín de enojo en su boca, que a Daniel le pareció de lo más sexy.
—Veo a una pija de Manhattan que, derrotada ante la mínima dificultad,
sale huyendo despavorida hacia un destino que considera seguro —
respondió triunfante.
—Tío Daniel ¿qué bobadas dices? ¿Cómo va a ser un destino seguro ser
profesora de un joven que no conoce en un rancho perdido de Texas?
—Brandon ¡deja las maletas en el suelo y no salgas de tu habitación
hasta nueva orden! ¡Ya! —ordenó señalándole, furioso, con el dedo.
—Me marcho a mi habitación, pero antes dejaré las maletas de la
señorita Welles en su habitación.
—¡Haz lo que te ordeno o mañana te pongo en un vuelo de regreso a
Londres!
—¡Te odio!
El joven soltó las maletas y salió corriendo hacia la casa, mientras
Megan seguía mirándole furiosa.
—Su sobrino es un gran chico.
—Lo sé. No hace falta que me lo diga. Y ahora le ruego que se vaya, lo
que usted espera encontrar no existe.
—¿Qué se supone que espero encontrar? —espetó alzando la barbilla.
—Lo que ha leído tantas veces en las novelas, un lugar diferente,
aventura, riesgo, emoción, y un ranchero duro y noble al que domesticar a
su antojo.
—¿Dónde está el ranchero duro y noble? —preguntó Megan mirando
alrededor suyo, como si buscara a alguien.
—Esta vida es dura, de mucho trabajo y esfuerzo, de mucho sacrificio.
No tiene nada que ver con las fantasías de las escritoras de novelas rosas.
El rancho es muy exigente y créame que si la selva de Manhattan ha
podido con usted, esto que es mil veces más complicado, acabará
devorándola.
—Manhattan no ha podido conmigo, señor Danvers. Soy una buena
abogada, soy luchadora y sé lo que quiero. No me asustan los retos. Por
eso estoy aquí. Necesito solo un tiempo para poner orden en mi vida y en
mi corazón. Necesito curarme las heridas de una ruptura amorosa. Usted
no sabe lo que es eso porque no tiene corazón, si lo tuviera, sabría lo que
duele y me entendería.
Daniel miró a la joven con los ojos brillantes y la mirada severa, fría,
impenetrable, y después preguntó:
—¿Por qué aquí? ¿Por qué Texas? ¿Por qué mi rancho? ¿Por qué ser
maestra si es usted una abogada tan competente?
—Todo me recuerda a John. Necesito parar unos meses, desvincularme
de todo, hacer algo distinto, diferente y sanar mis heridas. No se me
ocurrió nada mejor que ser maestra. Es algo que siempre me ha gustado.
¿Por qué Texas? Porque es lo menos parecido a la vida que he vivido
hasta ahora que he encontrado. ¿Por qué su rancho? Porque está perdido
de la mano de Dios, porque no hay nada, absolutamente nada, que me
recuerde a John. ¿Lo entiende ahora? —repuso furiosa la joven, mientras
dos lágrimas de dolor intenso recorrían su rostro.

3.
¿La pelirroja estaba llorando? Daniel se sintió culpable y se sorprendió
a sí mismo diciendo:
—Quédese. Pero que sepa que sus lágrimas no me conmueven lo más
mínimo…
Daniel no sentía lo que decía porque entendía perfectamente el dolor de
esa mujer, ella no podía ni imaginar hasta qué punto, pero no podía
permitirse mostrarse vulnerable delante de ella, ni de nadie. Ni siquiera
ante sí mismo cada noche en su cama vacía y fría. Demasiado fría, cada
día más…
—No pretendo que lo hagan. Es pura emoción. Es lo que siento. No
puedo reprimirme.
—No tiene que darme ninguna explicación sobre lo que siente o deja de
sentir. Pase adentro porque se le está poniendo la piel enrojecida, el sol de
Texas no es el de Nueva York. Póngase crema protectora y use sombrero,
siempre. Quiero que le dé clases a Brandon cinco horas al día, de lunes a
domingo. De doce a dos, pararán una hora para comer y después de tres a
seis de la tarde. ¿Tiene algún problema?
—No. Ninguno. Estoy aquí para trabajar.
—También puede divertirse todo lo que quiera. Busque su sueño texano.
Lo que haga de seis de la tarde a doce de la mañana me da lo mismo. Tiene
un viejo Cadillac a su disposición, eso sí, usted correrá con los gastos de
cualquier desperfecto. Solo le exijo que cumpla con sus horarios. No hace
falta que esté con nosotros en la hora de las comidas, si prefiere comer en
su habitación, hágalo. Y después de las seis de la tarde, puede irse adónde
le plazca. Solo le exijo que esté en perfectas condiciones para impartir la
clase a mi sobrino al día siguiente a las doce de la mañana. Al más
mínimo retraso, o como aparezca perjudicada por el alcohol, las drogas o
las noches locas, la despediré. Sin más. Este es mi rancho y yo pongo las
reglas. Si no lo interesa, márchese ahora y los dos nos evitaremos
problemas.
Megan respiró hondo, se retiró las lágrimas con los dedos y después
dijo:
—Le repito que estoy aquí para trabajar. No me va a ver perjudicada
por nada, solo quiero centrarme en mi cometido y olvidarme de que tuve
una vida.
—Si descubre cómo se consigue, me avisa…
Daniel se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta de entrada del rancho.
—¿No me va a ayudar con las maletas? ¿Estos son los modales que se
gastan en Texas?—preguntó Megan, desconcertada por los modales toscos
del ranchero.
—Deje todo donde está que se lo llevaremos a su habitación. Voy a
avisar a Mary Eugene para que le preparen otra habitación. La que
habíamos dispuesto para la señora Welles no tiene armarios suficientes
para albergar todo lo que trae en esas maletas. Voy a pedir que la instalen
en otra habitación…
Megan bajó la vista al suelo de la vergüenza y musitó:
—Discúlpeme, es el calor y el cansancio del viaje.
—No tiene nada de qué disculparse. Mis intenciones no son del todo
gentiles, voy a pedir que la instalen en un cuarto contiguo al mío —dijo
con una sonrisa sarcástica.
Megan se mordió los labios y después, con una expresión de estupor,
dijo:
—¡Es usted…!
—Ahórrese los adjetivos —le interrumpió Daniel—. Es humor texano,
señorita Welles —añadió retirándose el pelo hacia atrás con ambas manos.
—No estoy para humor en estos momentos, señor Danvers.
—Es una pena. Tiene una sonrisa preciosa.
Megan no sabía a qué atenerse ¿seguía con su humor texano? ¿Se estaba
riendo de ella? ¿O realmente era eso lo pensaba?
—Estoy muy cansada del viaje. ¿Sería tan amable de dejarme entrar
para que pueda darme una ducha antes de almorzar?
—Déjeme antes que hable con Mary Eugene para que le acondicione la
habitación…
O sea que lo de la habitación con armarios enormes iba en serio ¿y lo
de la habitación contigua a la suya también?
La verdad es que esto último no le importaba en absoluto, pensó Megan
porque a pesar de que el joven era muy atractivo, alto, fuerte, musculoso,
moreno, sexy y varonil, sabía que no iba a pasar nada entre ellos. Era
imposible. Tenía el corazón tan roto, que apenas tenía fuerzas para lamer
sus heridas y seguir adelante, así que como para ponerse a tener flirteos
con el hombre para el que además iba a trabajar durante los próximos tres
meses.
—Se lo agradezco, señor Danvers.
—Si quiere mientras puede darse una ducha, en la primera planta al
fondo a la izquierda encontrará en cuarto de baño que será de su agrado.
Si me acompaña…
Daniel cedió el paso a Megan para entrar en la mansión y luego le pidió
que le siguiera, mientras ella no podía de dejar de sentirse incómoda, muy
incómoda. Cuando le había dejado pasar había sentido la mirada de Daniel
en su nuca, en sus hombros, en su cintura y en su culo. Y ahora que ella iba
detrás de él, lo cierto es que tampoco podía dejar de escrutarlo, de ver
perderse en su espalda ancha, en su culo duro y prieto, en su figura fuerte
y varonil. El calor texano hacía estragos… ¿Qué hacía ella mirando culos
ajenos? Apartó como pudo sus pensamientos y trató de no pensar en nada.
Aunque fue incapaz, porque era todo demasiado perfecto, la temperatura
de la mansión, la decoración y él, sobre todo él.
—¿Le gusta lo que ve señorita Welles?
Daniel se paró de pronto en el salón, moderno, diáfano y luminoso, de
techos altos y ventanales enormes con vistas a los exteriores del rancho.
—Sí. Mucho… No lo esperaba así… —respondió mirando a los ojos
brillantes y salvajes de Daniel.
—¿Y qué es lo esperaba? ¿Un rancho como el de Dallas? Estamos ya en
el XXI señorita Welles, llevamos unos cuantos años de siglo…
—Reconozco que esperaba otra decoración, más ochentera, es cierto…
Mucho más color, más recargamiento, más ostentación… No esperaba
esta atmósfera elegante, serena y tranquila. Los tonos neutros, la
decoración minimalista… Y sobre todo me encantan los ventanales tan
grandes que dan la sensación de estar fuera, en pleno contacto con la
naturaleza.
—De eso se trata, señorita Welles. Este rancho es de mi familia desde
hace muchísimos años. Ahí enfrente tiene el retrato de mis abuelos…
Megan miró un retrato que presidía la instancia sobre una chimenea
moderna y funcional, donde una pareja de jóvenes guapos y enamorados
sonreían cargados de ilusiones y sueños.
—Qué pareja tan bonita…. Se les ve tan compenetrados.
—Lo estaban. Ya no están con nosotros, mis padres tampoco. No me
queda más familia que mi hermano Andy que está en Londres, el padre de
Brandon, los echo tanto de menos… Durante un tiempo conservé la
decoración de los abuelos, pero los recuerdos llegaron a pesarme tanto
que decidí reformarlo todo y darle un aire nuevo para poder seguir
adelante.
Daniel tenía el gesto melancólico, y Megan lamentó haberle dicho antes
que no tenía corazón, porque era tremendamente injusto. Daniel era un
hombre que por la forma que hablaba de ellos adoraba a su familia, los
amaba con toda su alma y los respetaba en lo más profundo de su ser.
—La decoración es perfecta.
Daniel dio paso adelante y mirándola fijamente a los ojos le preguntó:
—¿Solo la decoración señorita Welles?
Megan se mordió los labios y sin saber si estaba bromeando con ella o
hablaba en serio, se limitó a sonreír y a decir:
—Solo la decoración.
—No sabe cuánto me alegra escuchar esas palabras. Espero y deseo que
solo sea la decoración… Y ahora sígame por favor.
¿Pero qué se había creído este ranchero pretencioso y presumido? Eso
fue lo que pensó Megan mientras seguía a Daniel por distancias estancias,
hasta que llegaron a las escaleras, subieron a la primera planta y allí
recorrieron un largo pasillo al final del cual Daniel se detuvo:
—Este es el cuarto de baño. Si desea que le enjabone la espalda, señorita
Welles, no tiene más que decírmelo…
—¿Sabe una cosa, señor Danvers, que acabo de descubrir?
Daniel, divertido, negó con la cabeza.
—Detesto el humor texano, así que por favor, en lo sucesivo, evite sus
chistes baratos conmigo. Gracias.

4.
El cuarto de baño era de ensueño, grande, con grifería dorada y una
enorme bañera redonda. Estaba decorado de forma moderna y elegante,
era el lugar perfecto para darse un relajante baño de espuma y pasarse
horas disfrutando de champán y fresas, ¿tal vez como tantas veces habría
hecho Daniel con sus amantes de turno? ¿Y a ella qué le importaba lo que
el ranchero hiciera o dejar de hacer?
Megan apartó de su mente esos pensamientos, se dio una ducha
reconfortante y luego se secó con un suave y delicado albornoz blanco.
Retiró el vaho del espejo y contempló su rostro enrojecido por el sol, y
eso que apenas había estado un rato bajo el fuerte sol texano. Sonrió a su
imagen reflejada y se dijo para sí misma: lo importante es que estás aquí,
Megan. La aventura acaba de comenzar…
La Megan de Nueva York quedaba atrás, las decepciones y las
frustraciones, tantos sueños rotos, ahora empezaba algo nuevo, distinto y
muy estimulante. Una nueva vida en un paisaje completamente diferente,
una nueva ocupación y…
Megan tuvo que interrumpir sus pensamientos porque alguien estaba
tocando con los nudillos en la puerta.
—Señorita Welles soy Mary Eugene, me he tomado la licencia de
traerle una de sus maletas para que pueda ponerse ropa limpia.
Megan abrió la puerta de inmediato y le agradeció la cortesía con una
sonrisa:
—¡Muchas gracias Mary Eugene, es usted muy amable!
Mary Eugene le tendió la maleta y Megan miró con un mal disimulado
horror que era la maleta donde había guardado la ropa más sofisticada,
por si algún día tenía que asistir a alguna fiesta.
—¿Está todo bien señorita Welles? —preguntó Mary Eugene, porque
era difícil no percatarse de que estaba pasando algo por la cabeza de la
señorita Welles.
—Sí, todo bien. Gracias.
—En veinte minutos estará listo el almuerzo. ¿Comerá con nosotros?
No me diga que no, que me daría un disgusto tremendo, señorita.
A Megan no le hacía ninguna gracia volver a encontrarse con el señor
Danvers pero era imposible decirle que no a Mary Eugene que era todo
amor y dulzura.
—Claro que sí, May Eugene. Será un placer almorzar con ustedes.
—Perfecto y ahora permita que me lleve la ropa usada.
—No hace falta que se te tome la molestia, por favor…
Y mientras decía estas palabras Mary Eugene ya estaba recogiendo la
ropa que llevaba puesta y que descansaba en el suelo del cuarto de baño,
incluida la ropa interior. Después, se marchó y la dejó sola con su maleta
de la que supuso que encontraría algo apropiado para bajar a comer. Sin
embargo, estaba más que equivocada porque al abrirla solo se encontró
con brillos y lentejuelas, ¿en qué hora se le había ocurrido meter todos
esos trapos que ni en Nochevieja se había atrevido a lucir? ¡Por no hablar
de que en esa maleta no había metido ropa interior? ¿Ahora qué hacía?
Respiró hondo y se dijo a sí misma que todo estaba bien, que
encontraría la mejor solución para salir a almorzar y luego dar su clase
con absoluta normalidad. La clave era esa: la normalidad, comportarse
como si tal cosa. Así que después de dudar entre dos vestidos: uno rojo
muy escotado y otro corto y negro de lentejuelas, optó por este último
porque consideró que sería con el que menos se notaría que no llevaba
ropa interior.
Después se secó el pelo, se maquilló discretamente con el lápiz de ojos,
el colorete y el pintalabios que llevaba en el bolso y acudió al comedor
convencida de que después de todo el resultado era perfecto. Tal vez
demasiado perfecto porque nada más verla Brandon silbó:
—Fiufiuuuuuuuuuuu. Señorita Welles ¿en Nueva York se visten tan, tan,
tan… de gala para almorzar a diario?
Megan se ruborizó. ¿Iba tan de gala? Ella creía que podía hacer pasar el
traje por un vestidito sencillo, pero el resultado no parecía ser ese.
—Brandon a la próxima pregunta indiscreta te vas a tu cuarto a
almorzar —advirtió Daniel, severo, sin quitarle ojo a Megan de encima.
—Está todo bien, señor Danvers. El vestido tal vez sea un poco…
—Inapropiado. Ridículo. Fuera de lugar —le interrumpió brusco el
señor Danvers.
—Yo lo encuentro estupendo —terció Mary Eugene que ya estaba
sentada en la mesa también.
—Señorita Welles en Texas no nos ponemos las lentejuelas para
almorzar y la ropa interior procuramos llevarla siempre —dijo con un
gesto mordaz.
Megan se puso más roja todavía ¿cómo se había podido dar cuenta de
que no llevaba ropa interior? El vestido era lo suficientemente grueso
para que no se le notara que iba desnuda por debajo. ¿Sería humor texano
de nuevo? Megan optó por reír y luego decir:
—¿Sabe que le estoy cogiendo el punto a esto del humor texano, señor
Danvers?
—No es un humor —replicó muy serio, colocando la servilleta en sus
muslos—. Le exijo que sea más decorosa señorita Welles, esto no es
Nueva York.
¿Pero qué se había creído este texano soberbio y desconsiderado, que
ella iba por la vida sin bragas ni sujetador y todo el día de lentejuelas?
Esta fue la reflexión de Megan y por supuesto que no se dejó intimidar por
los malos modales del ranchero, al contrario, levantó la barbilla y le miró
desafiante:
—A lo mejor ya va siendo hora de dar nuevos aires a esta rígida
atmósfera texana, ¿no cree señor Danvers?
—¡Aires más alegres! Diga que sí, señorita Welles —apuntó Brandon
entusiasmado.
—¡Niño como no cierres el pico, vas a estar estudiando con la señorita
Welles catorce horas diarias! —amenazó Daniel a su sobrino.
El niño se frotó las manos y con una sonrisa de oreja a oreja, replicó:
—¡Por mí, perfecto! ¿Cuándo empezamos?
—¡Por mí, genial! ¡Hecho! —replicó Megan chocando la mano del
adolescente.
Todos rompieron a reír menos Daniel que con el rostro tenso y
apretando las mandíbulas, los miraba con desdén:
—Me gusta la atmósfera de esta casa, para mí es perfecta.
—Pues para mí no —replicó la señorita Welles muerta de risa.
Daniel se removió en su silla y después muy enojado, le preguntó:
—¿Me quiere decir qué es lo que no le gusta de mi rancho?
Megan sin pensárselo dos veces respondió sin parar de reír:
—¡Usted!
Brandon estuvo a punto de caerse para atrás de la silla de la risa y
Megan pensó que no recordaba haber reído con tantas ganas desde hacía
mucho tiempo.
Daniel en cambio, con el gesto más que contrariado, se puso de pie y
mirándole fijamente a los ojos, le dijo a Megan con un tono grave y
solemne:
—Señorita Welles tengo que decirle algo…
Estaba tan serio y enfadado que Megan por un instante se asustó, temió
lo peor: perder su nuevo trabajo y la promesa de un retiro en el que
olvidar las penas…
—Dígame, por favor —dijo mordiéndose los labios por la ansiedad, y
con la sonrisa ya difuminada de su rostro.
—No ponga esa cara, señorita Welles…
—¿Qué cara estoy poniendo? —repuso ella llevándose las manos al
rostro.
—De susto. O ¿acaso se arrepiente de lo que acabo de decir?
Megan negó con la cabeza y luego añadió convencida aun a riesgo de
que pudiera poner en peligro su trabajo:
—No me arrepiento en absoluto, señor Danvers.
Daniel la miró, se mordió los labios, respiró hondo y muy serio, habló:
—Tiene usted toda la razón, lo peor de este rancho soy yo. Y ahora me
voy por un poco de tabasco a la cocina, si me disculpan…

5.
El resto del almuerzo transcurrió con normalidad, la conversación fue
distendida si bien Megan no se atrevió a mirar otra vez a los ojos de
Daniel. Le desconcertaba demasiado, le intimidaba a pesar de que ella era
una mujer de mundo y que había conocido a muchos hombres atractivos
como él. Tal vez fuera porque el ranchero era especial, era atractivo como
tantos pero tenía algo en su mirada diferente, un punto de fuego y hielo,
que le hacía sumamente irresistible. Jamás se había enfrentado a unos ojos
como esos, que la escrutaban de una forma profunda y sabia, salvaje y
tierna y a la vez. Y luego estaba su presencia imponente, ese hombre
destilaba virilidad por todos sus poros, tenía el cuerpo muy bien
trabajado, se le adivinaba a través de la camisa una musculatura perfecta, y
su piel estaba dorada por el sol de justicia texano.
Además, aparte del físico que era portentoso, ese hombre tenía carisma.
Era seguro de sí mismo, transmitía confianza y fuerza, capacidad de
mando, de lucha, una gran determinación y un absoluto autodominio.
Megan pensó que si no estuviera recuperándose de una ruptura
amorosa, tal vez habría tenido un romance de verano con Daniel, un
pasatiempo nada más, porque lo suyo con ese hombre era obvio que no
podía ir más lejos. Eran dos extremos opuestos, agua y aceite, perro y
gato, jamás podría salir nada bueno de una relación. Solo sexo. Porque el
sexo con ese hombre tenía que ser bueno, muy bueno… ¿Pero qué hacía
ella pensando en sexo?
Después de comer se retiró a su habitación, con la excusa de echarse
una siesta, para cambiarse de ropa y poder dar la clase a Brandon mucho
más cómoda.
A las tres en punto, apareció en la biblioteca del rancho, una sala
enorme repleta de miles de libros que Megan supuso que serían del abuelo
y del padre de Daniel, puesto que él no tenía aspecto de ser un gran lector,
sin embargo estaba muy equivocada.
—El tío Daniel se pasa muchas horas aquí. Me ha extrañado que nos
deje su biblioteca para que estudiemos. Él es muy celoso de este espacio.
No lo suele compartir con nadie.

—¿La biblioteca es suya? —preguntó Megan contemplando maravillada
los miles de ejemplares dispuestos en estantes de maderas nobles.
—Sí, claro. Los libros son suyos. La biblioteca la creó él, unió varias
estancias para hacerla. ¡Es el único lector de la familia!
Megan frunció los labios, extrañada, lo cierto es que no imaginaba que
el ranchero fuera un ratón de biblioteca, no le pegaba en absoluto.
—¡Pues me parece fatal! Me encantaría que tú también fueras un gran
lector, Brandon.
—Si me lo pide así, señorita Welles, yo me leo esta biblioteca entera y
ochenta más. Por usted todo…
—Me conformo con que leas unos cuantos libros este verano…
Los dos rompieron a reír y después se sentaron en una mesa de madera
de nogal, muy elegante y distinguida, en la que la señorita Welles le dejó
muy claro a su alumno los objetivos de las clases:
—Tengo los temarios de las asignaturas y he programado las clases
para que al final del trimestre hayamos visto todas las materias y todos los
temas. Vamos a trabajar muy duro, Brandon, pero te garantizo que vas a
regresar a Londres con la lección tan bien aprendida que vas a aprobar
todo y con nota.
—Señorita Welles, tengo que confesarle algo… —Brandon se frotó los
ojos con las manos y después le dijo muy serio—: yo no tenía pensado
estudiar este verano. Sabía que mi tío iba a ponerme a un profesor, pero
yo pensaba pasar olímpicamente de las clases y centrarme en lo que más
me gusta, la razón por la que he venido aquí: quiero ser un ranchero como
mis antepasados. La vida en Londres me aburre muchísimo, yo soy texano
y quiero tener un rancho mil veces mejor este…
—Este no está nada mal —repuso la señorita Welles encogiéndose de
hombros.
—¡Para mí es pequeño! Ya verá el rancho que voy a montarme señorita
Welles, ya lo verá…
—Pero para eso tienes que estudiar, Brandon, un rancho exige
conocimientos de muchas materias.
—Eso me dice mi tío y tal vez tenga razón. El caso es que no me
interesan los estudios, me aburren, me parecen una pérdida de tiempo. Es
un aburrimiento estar aquí sentados mientras se pueden hacer tantas cosas
ahí fuera. ¿No le parece?
—Pienso que hay tiempo para todo. Para el estudio y para disfrutar de
lo bueno que la vida nos ofrece.
—No estoy de acuerdo. Pero usted es distinta. No se parece a ninguna
profesora de las que he tenido y de pronto, no sé por qué, o sí, porque es
usted tan bonita señorita Welles —el joven suspiró—, que me han entrado
ganas de impresionarla. Y si para eso tengo que estudiarme la
Enciclopedia Británica, no le quepa la menor duda de que lo haré.
La señorita Welles rompió a reír y luego dijo al joven:
—Brandon tienes que estudiar por ti, porque es lo mejor que puedes
hacer por tu futuro. Me halagan tus palabras y más en este momento de mi
vida en el que me encuentro fatal, pero hazme caso: estudia por y para ti.
—¿Qué le ha pasado en este momento de su vida, señorita Welles? —
preguntó el joven mordiendo el bolígrafo por la curiosidad.
—He roto con mi novio —contestó Megan mordiéndose los labios y
con los ojos acuosos por la pena.
—Perdone la indiscreción señorita Welles ¿pero le puso los cuernos?
Megan no puedo evitar sonreír, a pesar de la indiscreción del joven…
—A tu tío no le gustaría que me hicieras esas preguntas —apuntó
Megan sin dejar de perder la sonrisa cariñosa.
—A mi tío le gustan pocas cosas. Es un cascarrabias.
—La verdad es que un poco sí.
—¡Un mucho, señorita Welles! Pero antes no era así, si le llega a
conocer antes de que Helen se marchara, era muy divertido…
Megan parpadeó de la sorpresa, ¿hubo una Helen que se marchó? De
pronto, empezó a sentir cierta empatía por el ranchero, un abandonado
como ella. Cómo le entendía…
—¿Helen? —preguntó curiosa, alzando una ceja.
—A mi tío tampoco le gustaría que hablara de ella. De hecho, desde que
se fue, dio la orden de que no volviéramos a pronunciar su nombre.
—Bueno, pues dejémoslo aquí y comencemos con unas ecuaciones…
—Helen era su esposa. Murió tras una larga enfermedad y desde
entonces mi tío vive entre tinieblas, señorita Welles. Era una joven muy
bella y muy alegre, muy cariñosa, todos la queríamos mucho. Fue una
tristeza muy grande.
Megan sintió un nudo en la garganta, ella acababa de vivir un abandono
y apenas podía tenerse en pie, no podía ni imaginarse lo que debería ser el
dolor de perder a la persona amada de esa forma tan cruel.
—Lo siento mucho, Brandon —dijo con los ojos llenos de lágrimas.
—Fue hace tres años, señorita Welles, pero mi tío todavía no se ha
repuesto del golpe.
—Lo entiendo, Brandon…
Brandon miró alrededor para asegurarse de que no había nadie y luego
en voz baja le confesó a la señorita Welles:
—¿Le puedo contar un secreto, señorita Welles?
—Sí, claro que sí.
—He aflojado en los estudios a propósito porque quiero estar aquí. Y
no solo porque quiero ser ranchero, que también, sino porque sé que mi
tío me necesita. Está muy solo, señorita Welles, yo sé que sí. Él finge que
es fuerte y que puede con todo, pero yo sé que está roto por dentro. Por
eso estoy aquí también, yo le hago sonreír de vez en cuando con mis
ocurrencias y a mí eso me hace muy feliz. ¿Me guardará el secreto
señorita Welles?
Megan tragó saliva, se retiró unas lágrimas pequeñas del rostro y luego
susurró:
—Eres un gran chico Brandon…

6.
Después de las tres horas de clase, Megan terminó agotada porque, a
pesar de que hizo varias pausas, Brandon avanzó con las materias más
rápido de lo que tenía previsto, así que tuvo que improvisar algunos temas
y eso le produjo cierta ansiedad.
El chico era muy listo, lo pillaba todo al vuelo, y si le hubiera quedado
alguna duda de que decía la verdad, que no era el caso, porque la mirada
honesta y franca del joven no daba lugar a equívocos, al ver la rapidez con
la que asimilaba conceptos, le habría quedado más que claro que no
mentía.
Lo que le había confesado era cierto, el joven había descuidado los
estudios por pura estrategia para estar junto a su tío, cosa que le honraba y
no decía más que cosas buenas de él, pero desde luego ese no era el
camino:
—Brandon tienes mucho talento, me apuesto la cabeza a que debes ser
el alumno más brillante de tu escuela.
Brandon se encogió de hombros y luego habló sin darle importancia:
—La escuela me da lo mismo, ya se lo he dicho señorita Welles.
—Pues no debería ser así. Debería importante y mucho. Tienes un gran
talento que estás obligado a potenciar.
El joven la miró extrañado, se rascó la cabeza y luego preguntó:
—¿Obligado por qué?
—Porque cuando se nos concede un don tenemos la obligación de
usarlo a conciencia. Tú eres inteligente, mucho, y deberías aplicarte
porque gracias a tu don bien canalizado muchas personas podrían verse
beneficiadas.
—Yo emplearé mi don, señorita Welles, en ser ranchero. Descuide que
haré mucho bien en la comunidad, pero de los estudios paso.
—Tengo tres meses por delante para que cambies de opinión.
—Lo dudo. Pero inténtelo. ¿Y ahora qué tal si nos vamos a la piscina a
darnos un baño?
Megan estaba agotada, pero hacía un día espléndido y la idea de flotar
durante un rato al sol y luego quedarse dormitando en una hamaca, de
pronto, le sedujo muchísimo por eso exclamó sin pensárselo.
—¡Estupendo!
Brandon miró a la señorita Welles un poco perplejo, lo cierto es que no
se esperaba que dijera un sí tan claro y rotundo.
—Es usted fascinante, señorita Welles. Una caja de sorpresas
maravillosa.
—¿Qué tiene de fascinante que quiera ir a darme un baño a la piscina?
—preguntó Megan encogiéndose de hombros.
—Las profesoras suelen ser unas estiradas, poco amantes de las piscinas
y de todo lo que suene a diversión.
—Yo no sé cómo serán el resto, yo solo sé que necesito relajarme un
poco. Así que me subo a ponerme el traje de baño, nos vemos en la
piscina…
Cuando subió a la habitación se encontró con que habían sacado toda la
ropa de sus maletas y que estaba perfectamente colocada en el gran
vestidor que albergaba la habitación. Desde luego que agradecía que le
hubieran ahorrado el trabajo, ella no estaba acostumbrada a que se
tomaran esas molestias, si bien debía de ser una costumbre texana, o eso
creyó, y como tal aceptó que una desconocida hubiera estado hurgando en
sus cosas, hasta en las más íntimas, porque hasta la ropa interior estaba
perfectamente dispuesta en varios cajones. Sin embargo, de los trajes de
baño no había ni rastro. Megan habría jurado que había metido cuatro,
muy elegantes, pues bien ahora lo único que había en uno de los cajones
del vestidor eran tres pares de bikinis diminutos que solía usar para tomar
el sol en la azotea de su casa con su amiga Amanda. Por supuesto que así
no podía presentarse en la piscina, así que decidió cambiar de planes,
tumbarse en la cama y echarse una pequeña siesta.
O esa era su intención, porque aparte de que estaba demasiado
sobrepasada por las novedades, la idea del baño refrescante no paraba de
rondarle por la cabeza. Era una tentación tan poderosa, que finalmente
saltó de la cama, se puso el bikini minúsculo y encima un vestido corto y
veraniego y se dirigió hacia la piscina.
¿Qué era lo peor que podía pasar? Nada, se dijo a sí misma. Acudiría
con el vestido puesto hasta el borde de la piscina y una vez allí se lo
quitaría rápido y se zambulliría de lleno en el agua.
Sin embargo, todo el mundo sabe que la realidad se inventó para
desbaratar nuestros planes, porque justo cuando llegó junto a la piscina, y
tras saludar con la mano al joven Brandon que estaba a punto de tirarse de
cabeza desde el extremo opuesto, se quitó el vestido rápidamente y
entonces, quien apareció frente a ella fue él: Daniel con una ceja levantada
y un gesto indescifrable.
—Señorita Welles, es evidente que usted no conoce el significado de la
palabra apropiado.
Daniel iba vestido con la misma ropa que llevaba en el almuerzo, cosa
que hizo que Megan se sintiera más desnuda que nunca. Con todo, tragó
saliva y haciendo esfuerzos ímprobos para que el señor Danvers no se
diera cuenta de lo que estaba sintiendo dijo:
—Esto es una piscina, aquí el único que va vestido de forma
inapropiada es usted.
Y acto seguido, se lanzó de cabeza a la piscina con un estilo impecable,
a pesar de que llevaba unos cuantos años sin hacerlo. Cuando salió a la
superficie, se encontró con que Daniel se estaba desabrochando la camisa,
sin dejar de mirarla.
—¿Qué hace? —preguntó ella, retirándose un mechón de pelo del
rostro.
—Tiene razón. Estoy enmendando mi error…
El señor Danvers se quitó la camisa, mientras el joven Brandon desde el
extremo opuesto de la piscina gritaba:
—¡No puedo creerlo! ¡Tío, te vas a bañar! ¡Pero si tú nunca te metes en
la piscina!
Megan, entretanto, contemplaba atónita cómo Daniel se desabrochaba el
pantalón y se quedaba en paños menores delante de ella.
—¿Te vas a bañar en calzoncillos, tío Daniel? ¡A mí nunca me dejas!
—Me voy a bañar pero sin nada…
Megan pensó que sería un farol, que no se atrevería a quedarse desnudo
estando su sobrino delante, pero lo hizo y vaya si lo hizo. De pronto, ante
sí, tenía la figura espectacular de ese hombre, repleto de músculos por
todas partes, que desnudo y sonriente, no dejaba de mirarla.
—¡Pues a mí me regañas cuando me quito el bañador! —exclamó
Daniel desde el otro lado de la piscina.
—Brandon ¡cierra el pico de una vez!
Dicho esto, Daniel se lanzó de cabeza al agua salpicando por completo
a la señorita Welles, quien le dijo enojada en cuanto salió del agua:
—Se podía haber tirado en otra parte de la piscina, señor Danvers.
—No creo que unas gotitas de agua hayan podido causarle mucho
perjuicio. Además, me he tirado junto a usted porque quiero decirle algo
que no quiero que escuche mi sobrino.
Daniel estaba muy cerca de ella, con su cuerpo duro, bronceado, fuerte,
varonil, y con una mirada impenetrable que a Megan empezó a
intimidarle.
—¿Qué es lo que tiene que decirme? —preguntó disimulando su
inquietud.
—¿Por qué está aquí realmente? —replicó escrutándola severo.
—Le he contado toda mi realidad, no hay más verdad que esa.
—No he encontrado ningún bufete Welles en Internet, ni aparece
ninguna abogada Welles en las redes sociales.
—Es que el bufete está a nombre de mi exnovio y mío, March&Welles,
y por supuesto que no va a encontrar ningún perfil mío en las redes
sociales: las detesto. ¿Alguna pregunta más, señor Danvers? —preguntó
desafiándole, con la barbilla levantada, a pesar de que estaba nerviosa.
—Voy a vigilarla estrechamente, señorita Welles —dijo dando un paso
adelante y situándose tan cerca de ella que podía hasta sentir su calor, su
aroma, su aliento.
—Haga lo que quiera. Sé quién soy y por qué estoy aquí.
—Así lo haré, voy a hacer lo quiero, que es no quitarle ojo de encima,
porque ni sé quién es, ni qué hace aquí…

7.
Daniel se zambulló de nuevo en el agua y Megan aprovechó para salir y
taparse rápido con la toalla que había dejado sobre una de las hamacas de
rayas blancas y azules. Estaba muy molesta con lo que acababa de decir el
señor Danvers, estaba cansada de sus recelos y suspicacias, si bien decidió
no entrar en su juego. Que pensara lo que quisiera, ella no tenía nada que
ocultar, iba con la verdad por delante, así que no tenía nada que temer.
Por eso, en vez de recluirse en su habitación, decidió echarse en una de
las tumbonas y disfrutar un poco de la lectura mientras sol bronceaba su
piel.
Entretanto, en la piscina Daniel hacía aguadillas a su sobrino, que no
paraba de reírse y de gritar:
—¡Señorita Welles! ¡Venga a mi rescate, se lo ruego!
La situación era muy graciosa, pero se limitó a saludar con la mano y a
centrarse en la lectura, mejor dicho, en hacer que se centraba en la lectura
del libro, porque saber que ese hombre desconfiado estaba al acecho y
desnudo, le estaba poniendo tremendamente nerviosa, cada vez más.
Si bien con un poco de suerte, el ranchero se cansaría pronto de jugar
con su sobrino y volvería de inmediato a sus ocupaciones. Solo esperaba
que cogiera sus ropas rápido y no tener que volver a contemplar su
desnudez nunca jamás. Aunque en honor a la verdad su cuerpo era el de un
Adonis, y eso siempre era una alegría para la vista, pero no podía correr
ninguna clase de riesgo teniendo a ese hombre, desnudo, cerca de ella.
Así que se aferró a su libro y esperó a desapareciera de su vista, sin
embargo lo que realmente sucedió fue que de repente apareció a su lado,
la miró con una sonrisa malévola y se tumbó en la hamaca contigua:
desnudo, completamente desnudo.
—¿Es interesante su libro, señorita Welles? —preguntó socarrón
poniéndose las manos debajo de la nuca.
—Mucho —respondió la señorita Welles sin levantar la vista del libro,
con la esperanza de que Daniel cerrara los ojos y la boca de una vez.
—¿Me permite ver de qué se trata? —preguntó el señor Danvers
incorporándose y tendiendo un brazo hacia Megan.
—No —contestó ella, cerrando el libro de golpe y aferrándolo contra
su pecho.
—¿Por qué? ¿Es algún libro erótico? ¿Me lo recomienda? —dijo
divertido.
Megan respiró hondo y sin dejar de mirarle a los ojos, de un marrón
intenso y vibrante, habló:
—Señor Danvers ya sé que está en su casa, pero le rogaría que se tapara
porque su nudismo me incomoda.
Daniel la miró de arriba abajo y después replicó irónico:
—A mí el suyo no.
—¡Es que yo no voy desnuda! —protestó airada.
—Perdóname pero lleva un bikini tan escueto que es como si lo fuera…
Y tras finalizar la frase, Daniel se echó encima una toalla grande que le
cubrió casi por completo el cuerpo.
—¿Mejor ahora señorita Welles? ¡Si quiere también me tapo la cabeza!
—exclamó entre risas.
—No sé a qué está jugando, señor Danvers, pero no me hace ni pizca de
gracia.
Daniel se pasó la lengua por los labios de una forma muy indecorosa y
luego soltó:
—¿A desenmascarar a una caza-fortunas, tal vez?
—¿Qué dice? Ya le he contado las razones por las que estoy aquí y no
pienso explicárselas más. Su sobrino tiene mucho talento y vamos a
trabajar duro porque ese muchacho va a llegar muy lejos. Es bueno,
inteligente, curioso, despierto, persistente, sagaz…
—Un momento pelirroja de Nueva York, ¿me va a explicar a mí cómo
es mi sobrino? ¿Me puede decir desde cuándo le conoce? ¿Tres horas?
—Usted no tiene ni idea de cómo es su sobrino.
Daniel frunció el gesto, se mordió los labios y tras resoplar, habló:

—Sé muy bien cómo es, yo era igual a su edad.
—Permítame que lo dude, su sobrino es un chico puro, noble y de gran
corazón, confiado y muy sensible.
—¿Me está diciendo que yo soy todo lo contrario? ¿Impuro, vil, sin
corazón, desconfiado e insensible?
—Eso lo está diciendo usted…
—Mire, señorita Welles, desde que mi esposa murió, caza-fortunas de
todas partes han intentado echarme el guante. Soy una pieza cotizada, muy
a mi pesar, y usted tiene todo el pelaje de ser una más. ¿Cree que voy a
creerme que una pelirroja atractiva de Nueva York va a decidir dejar todo
atrás para pasarse un verano en un rancho perdido dando clases a un
mocoso?
Cuando Daniel dijo la palabra atractiva, se le ruborizó el rostro, John su
exnovio era un hombre muy parco en palabras, así que hacía mucho que
nadie le decía cosas bonitas mirándola a los ojos de la forma intensa y
penetrante que lo hacía el señor Danvers.
—Señor Danvers, le confieso que detesto la vida del rancho y Texas
para mí jamás había sido un destino soñado, pero necesito olvidar y este
es el lugar perfecto para hacerlo. No vengo a cazar nada, ni a su fortuna y
menos aún a usted…
—¿Por qué sabe que poseo una fortuna? —preguntó enarcando una
ceja.
—¡Porque usted mismo me ha llamado caza-fortunas! ¡Era fácil de
deducir! ¿No le parece?
—¿Me está queriendo decir que no sabe nada de mí?
—Solo sé que buscaba un empleo y que apareció su anuncio. No tengo
idea de nada más. ¿Y me quiere explicar quién narices es usted? ¡Habla
como si fuera un magnate del petróleo!
—Lo soy —repuso Daniel sin darle importancia—. Me dedico a la
industria petrolífera, a las renovables: solar y éolica y también, por
seguir la tradición de mis antepasados y porque me apasiona, poseo un
explotación ganadera extensiva y los mejores caballos de Texas.
—Vaya… —musitó la señorita Welles.
—¿Se está haciendo la tonta?
La señorita Welles se puso de pie, enfadada, se enroscó una toalla y
dijo:
—Acaba de agotar mi paciencia, señor Danvers. Le repito por última
vez que no tenía ni idea de quién era, ¿de acuerdo? Yo me gano la vida
muy bien y no necesito la fortuna de nadie para nada. Tengo gustos
sencillos y procedo de una familia con valores y principios arraigados y
sólidos. Desde niña aprendí que lo principal de la vida no puede
comprarse, que la felicidad no la dan muchísimos ceros en la cuenta
corriente. Creo en el amor, en la familia, en la amistad, en los pequeños
placeres de cada día, en la sonrisa de un niño, en un amanecer, en una
ligera brisa que mueve las hojas de los árboles, en el primer rocío de la
mañana… Esas son las cosas que deseo en mi vida, las que me hacen feliz
y las que persigo con toda mi alma. Sus millones me dan igual, así que
esté tranquilo, yo no busco cazar una codiciada pieza, no me interesa. Yo a
lo único que aspiro es recobrar la paz y la tranquilidad en mi vida, y quien
sabe si desde ahí, ya curada, podré volver a amar otra vez. No le voy a
engañar, me encantaría encontrar un hombre bueno y puro, con el que
crear una familia preciosa y tener sueños, miles de sueños. Pero ahora
mismo, mi corazón tiene que recomponerse y por eso estoy aquí, creáme
que no le miento…
Y entonces, tal vez por tanta tensión acumulada, dos lágrimas cayeron
por el rostro de Megan…
—Está bien, señorita Welles —musitó apenado por las lágrimas de la
joven.
Y sin pensarlo dos veces, Daniel se levantó y secó con sus dedos las
lágrimas de la señorita Danvers.
—¡Déjeme se lo ruego! —susurró Megan, nerviosa otra vez, porque
ese hombre desnudo estaba tan cerca de ella que era imposible mantener el
tipo.
—Tío Daniel ¿has hecho llorar a la señorita Welles? —gritó Brandon
que contemplaba la escena desde el bordillo de la piscina.
—Tranquilo, Brandon, está todo bien. Se me había metido una cosa en
el ojo… —disimuló la señorita Welles, ansiosa ya por recogerse en su
habitación y perder de vista al señora Danvers.


8.
Megan se refugió en su habitación y solo cuando ya caía el agua de la
ducha caliente en su rostro, se permitió llorar otra vez. Todo lo que no
había llorado los meses posteriores a la ruptura con John, se lo permitió
llorar en ese instante en el que estaba dándose una ducha en un rancho
perdido de Texas.
Y sola, todas las personas que la querían le habían recomendado que se
fuera de vacaciones con amigas a algún lugar exótico, como había
insinuado Daniel, sin embargo ella sentía en lo más profundo que tomar
esa decisión habría supuesto alargar más el duelo. Ella, sin duda, estaba
convencida de que la ruptura radical con todo, y desde la soledad,
posibilitaba de verdad el gran cambio que estaba deseando que llegara a su
vida. Lo que ni sospechaba era lo que podía doler tomar ese paso, porque
no llevaba ni un día en el rancho y ya estaba extrañando demasiadas cosas.
De hecho, después de la ducha llamó a su madre para mentirle y decirle
que todo estaba perfecto, y después hizo lo mismo con Margaret, una de
sus mejores amigas. Luego, encendió su computadora portátil y se puso a
consultar su correo electrónico para ver si así lograba calmar un poco su
honda tristeza.
Si bien consiguió el efecto contrario porque lejos de sentirse mejor, las
fotos de sus amigos y familiares relajados y sonrientes, disfrutando de las
cosas buenas de la vida, terminaron por rematarla. Ella no tenía nada en
este momento. Ni familia, ni pareja, ni amigos, ¿mandaba un selfie de ella
misma con cara de pena mirando al techo? O bien ¿les escribía contando
que estaba en un rancho dando clases de verano a un jovencito con un tío
que tenía por costumbre bañarse desnudo?
Porque ¿era un costumbre o lo había hecho solo para intimidarla? Si
era por lo segundo: lo había conseguido. Además, no se podía quitar de
las retinas la imagen de ese hombre de cuerpo perfectamente trabajado
delante de ella, en todo su esplendor.
Pero Megan no le dio importancia aun cuando cualquier mujer se
habría quedado impresionada ante la belleza impactante del ranchero. No
le extrañaba que, si además poseía una fortuna, tuviera mujeres
rondándole hasta el punto de haberle vuelto un poco paranoico. Ella
también lo estaría, pensó Megan, y después deseó que pronto el señor
Danvers se convenciera de que ella no estaba en el rancho para cazarle.
A Megan el dinero siempre le había importado bien poco, además ella
sabía ganarse la vida y muy bien, así que no tenía la menor intención de
acercarse a él por interés y menos aún por amor, porque tenía casi total
convencimiento de que no volvería a enamorarse por mucho tiempo.
Con lo cual el señor Danvers no tenía nada que temer. Por eso, cuando
un rato después Mary Eugene le avisó para que acudiera a la cena, no solo
asistió, sino que apareció sin maquillar y con una camiseta blanca sencilla
y unos vaqueros.
¿Para qué iba a quedarse en su habitación cenando sola, cuando podía
pasar un rato agradable en compañía de Mary Eugene y Brandon? El
cuerpazo de Daniel le había impresionado, sus suspicacias habían sido
molestas, pero supuso que con los días todas estas asperezas acabarían
limándose y hasta podría llegar una rutina en la que encontrar el refugio y
la calma.
Sin embargo, en cuanto se sentó en la mesa el señor Danvers dijo con
una sonrisa perversa colgando de su cara:
—¿Estamos jugando al despiste, señorita Welles?
Megan parpadeó perpleja y luego replicó:
—¿A qué se refiere?
—A que dudo mucho de que una linda pelirroja de Nueva York, vaya
con la cara lavada y unas ropas sencillas. No tiene por qué disfrazarse.
Detesto la mentira y además la detecto rápido. He mirado a sus ojos antes
y he sentido su verdad, señorita Danvers. Sé que no me miente, creo las
razones que me ha dado para estar aquí. Por eso le ruego que no se vista
de lo que no es. Sea la que es y todo estará bien.
A pesar de que las palabras del ranchero eran amables, Megan se sintió
mal sobre todo por lo de “linda pelirroja de Nueva York”. ¿Qué quería
decir con eso? ¿Qué era una chica superficial y presumida que se pasaba
taconeando hasta que se metía en la cama?
—Señor Danvers ¿podría definirme lo de linda pelirroja de Nueva
York? —preguntó con una mueca de rechazo.
Brandon rompió a reír y contagió a su tío que estalló en carcajadas.
—Señorita Welles solo tiene que mirarse al espejo para ver que usted es
una mujer preciosa… —dijo entre risas Daniel.
En cambio, Megan se sentía cada vez peor y más abochornada, menos
mal que Mary Eugene intervino.
—Detesto los estereotipos ¿por qué suponemos que las personas de
determinados lugares deben ser de determinada forma? La señorita Welles
es de Nueva York, pero es una chica sencilla… ¿qué tiene de extraño?
—A la hora de la comida no es que fuera muy sencilla. Pero claro, tal
vez sea algo también normal vestir de lentejuelas a la comida y ponerte de
andar por casa en la noche.
Megan le miró fijamente y luego explicó:
—Señor Danvers, puede estar tranquilo: siempre soy la que quiero ser.
No hay trampa ni cartón. Puede confiar en mí, le aseguro que no hay
truco. Y sí, soy una chica de Nueva York, no le voy a negar que la vida en
los ranchos me parece soporífera, pero le garantizo…
El señor Danvers, tras fruncir el ceño, la interrumpió:
—¿Ha vivido alguna vez en un rancho, señorita Welles?
—No. Jamás.
—¿Entonces porque dice que le parece soporífera la vida de un rancho?
¿Por qué juzga de esa forma tan categórica algo que desconoce?
—Porque he visto muchas películas y porque me puedo hacer una ligera
idea de lo que es una vida alejada del mundanal ruido: ¡un aburrimiento!
—Se equivoca —intervino Brandon—, un rancho es de todo menos
aburrido, señorita Welles. No paran de suceder cosas a todas horas, nunca
hay descanso, es un no parar, créame.
—Sí, un no parar de limpiar cacas de caballo, un pasarse los días y las
noches en medio de la nada, repitiendo lo mismo una y otra vez, es como
vivir en un perpetuo día de la marmota. ¡Qué espanto! —Megan dio un
sorbo a su copa de vino, sintiendo que de alguna forma había puesto en su
sitio al ranchero. Se sentía bien, ahora sí.

—¿Y la vida en Nueva York no es todo el día igual? Yo también puedo
imaginarlo… Horas y horas en el despacho encerrada entre cuatro
paredes, salidas a restaurantes de moda que al final acaban cansando,
alguna exposición que siempre decepciona, un musical que no llega a
convencer, dos cines para ir a ver los últimos bodrios de estreno, ir de
tiendas los sábados para comprar gangas imponibles, y así día tras día, en
un perpetuo día de la marmota… —habló Daniel esbozando una sonrisa
triunfante: se la había devuelto a esa pelirroja rebelde y se sentía
francamente bien. ¿Quién se había creído para denostar así su maravillosa
vida de ranchero?
Megan se retiró el pelo hacia un lado y tras respirar hondo dijo:
—Empate técnico. ¿Qué tal si seguimos disfrutando de la cena?
—Por mí perfecto —repuso Daniel, encogiéndose de hombros y
partiendo un pedacito de su lubina al horno.
—Además, si me hubiera dejado terminar la frase, no habríamos tenido
que librar este asalto.
—No me importa haberlo librado. Es más, me divierte muchísimo. ¿Ve?
¡La vida en un rancho es apasionante! Dos a uno, señorita Welles… —dijo
entre risas.
—Lo que usted quiera, lo que quería decirle es que, a pesar de que no es
el estilo de vida que va conmigo, estoy en el rancho con una actitud
abierta, quiero aprender todo lo que pueda, quiero trabajar, quiero ser de
utilidad.
Daniel la miró sorprendido y tras rascarse la frente, le preguntó:
—¿Le gusta madrugar, señorita Welles?
—Apenas pego ojo últimamente…
—Eso es porque no ha trabajado lo suficientemente duro. Mañana a las
seis de la mañana viene el veterinario, tenemos dos caballos lesionados y
una vaca a punto de parir. Si quiere…
Megan sin pensárselo dos veces dijo alto y claro:
—Quiero. A las seis en punto estaré en las caballerizas…








9.
Al día siguiente, Megan no podía creer lo que acababa de hacer, había
ayudado a traer al mundo a dos terneritos y había estado ayudando a
David, el veterinario, con los vendajes de varios caballos. ¡Y jamás lo
había hecho en su vida!
Claro que mucho había contribuido David, un joven atractivo, amable y
simpático, que había facilitado muchísimo el trabajo con su
profesionalidad, buen hacer y amor absoluto por los animales.
Y David no venía solo, contaba con una ayudante más que especial:
Gemma su hija de trece años, la misma edad que Brandon, una niña alta,
delgada, de pelo muy largo, tímida, dulce y muy tierna.
Ni que decir tiene que Brandon se enamoró de ella en cuanto en la vio:
—Doctor Vincent ¿por qué no ha traído a su hija al rancho antes? —le
preguntó Brandon al veterinario cuando este recogía sus cosas para
marcharse.
La niña se ruborizó y David sonriendo respondió:
—Pues porque justo este año es cuando se le ha despertado la vocación
de veterinaria, hasta hace un mes quería ser abogada pero parece que ha
cambiado de opinión.
—Yo soy abogada —dijo Megan retirándose el sudor de la frente con el
dorso de la mano La jornada había sido tan intensa y emocionante, que
aún estaba excitada…
—Gemma estaba muy interesada en la abogacía, pero ahora parece que
le gusta más esta vida… —explicó el veterinario.
—Es una vida apasionante. Puedo decirle doctor Vincent, que ha sido
una de las experiencias más bellas de mi vida.
—Por favor, señorita Welles, puede llamarme David…
—Y tú Megan, por favor…
El veterinario sonrió en señal de gentileza, pero a Daniel esa
complicidad incipiente entre ambos le provocó como un pequeño y sutil
arrebato de… ¿celos?
Era absurdo, pensó Daniel, si esa mujer pelirroja no significaba nada
para él, qué le importaba que estuviera cruzándose sonrisitas con el
veterinario y que empezaran a tomarse unas confianzas que no se tomaba
ni por asomo con él, porque a él le seguía llamando señor Danvers y no
tenía visos de que el asunto fuera a cambiar.
Al contrario, esa mañana la señorita Welles se había mostrado más fría
que nunca, sin embargo con David era toda amabilidad, simpatía y
admiración. De hecho, durante toda la jornada no había hecho otra cosa
más que sentirse como si estuviera de más, como si fuera un convidado de
piedra en su propia casa.
Era más que obvio que la sintonía entre ellos era total, miradas
cómplices, risas compartidas, silencios cargados de intensidad, pero a él
qué le importaba lo que estaba surgiendo entre ellos. Nada.
—¿Y a Gemma se le ha comido la lengua el gato? —preguntó el niño
interrumpiendo bruscamente los pensamientos de su tío.
Gemma dio un paso atrás y se escondió detrás de su padre…
—Brandon ¿qué modales son esos? —le regañó Daniel—. ¡Vete ahora
mismo a tu cuarto a preparar las clases!
—Está todo bien —dijo el veterinario.
—No, no está bien. Voy a enseñar a este jovencito estúpido a que se
comporte como Dios manda.
—Solo he hecho una pregunta inocente. ¡Y porque soy curioso! Me
gustaría saber qué es lo que piensa Gemma sobre…
—¡Mocoso entrometido! ¿Y a ti qué diantres te importa lo que piense o
deje de pensar Gemma?
—Para mí es importante —replicó el joven encogiéndose de hombros.
—Desaparece de mi vista, ya, antes de que te imponga el castigo que se
me está viniendo a la cabeza.
—Señor Danvers —medió Megan—, creo que está siendo, una vez más,
injusto con su sobrino.
Daniel arqueó una ceja y repuso muy ofuscado:

—¿Una vez más? Mire señorita Welles, una vez más, soy yo el que se ve
obligado a recordarle que este es mi rancho y que aquí se hacen las cosas
a mi manera. Yo sé muy bien cómo tengo que educar a mi sobrino.
¿Estamos?
—Estamos, señor Danvers, pero que sepa que yo también me veo en la
obligación de recordarle que usted es injusto con su sobrino. ¿Estamos?
—soltó Megan levantando desafiante la barbilla.
El señor Danvers se llevó las manos a la cabeza y con su mirada azul
cargada de rabia, espetó:
—¡Esto es de locos! Gemma por favor —dijo hablando a la niña con un
tono dulce, tanto que a Megan le sorprendió el cambio de registro—, solo
dime una cosa y no vas a tener que responder más que sí o no con la
cabeza. ¿La pregunta de mi sobrino te ha parecido inoportuna,
impertinente y fuera de lugar?
La niña sin dudarlo ni un segundo asintió rotunda con la cabeza y
después se volvió a esconder detrás de su padre.
—¡No hay más que hablar! Brandon a tu cuarto a estudiar y señorita
Welles…
—¿A mí también me va a castigar mandándome a alguna parte? —
preguntó jocosa poniéndose en jarras.
—No estoy para bromas ahora…
—Pues deberías relajarte un poco Daniel —apuntó David—, trabajas
mucho y muy duro, y no está mal de vez en cuando unas bromas y unas
risas. Tu sobrino es un chico estupendo —dijo pasando la mano por
encima de la cabeza de Brandon que justo en ese momento estaba a su
lado.
—Usted también es un tío guay, doctor. No puedo decir lo mismo de su
hija… —Y entonces, se paró junto a ella y le sacó la lengua.
—¡Jamás he visto a una criatura más impresentable! ¿Tú crees que esa
es forma de tratar a una señorita? —dijo quitándose el sombrero y
mirando a su sobrino furioso.
—Brandon por favor… —habló la señorita Welles.
—No me diga que va a intervenir para darle la razón porque entonces
me vería en el…
Sin escuchar al señor Danvers, Megan se dirigió al niño:
—Discúlpate ahora mismo, jovencito, con Gemma. ¡Así no se trata a
una señorita!
—¡Acabáramos! ¡Al fin un poco de cordura! —exclamó Daniel
encogiéndose de hombros.
—Sí. Vale. Reconozco que es un gesto feísimo. Jamás he sacado la
lengua a ninguna chica, pero es que Gemma me gusta.
—¡Ay Señor mío! ¡Que todavía puede estropearlo más! —gritó Daniel
furioso.
—Es la verdad, tío. Y como me gusta, pierdo los papeles. Me pasa como
a ti con la señorita Welles.
La señorita Welles rompió a reír y Daniel le regañó:
—Eso ¡usted ríale las gracias! Que así vamos a educarle a las mil
maravillas… ¡A saber que cabras salvajes son sus hermanos!
—Perdone, mis hermanos son personas muy educadas, así que retire sus
palabras.
—Retiro mis palabras pero por favor, zanjemos esto de una vez.
—Señor Danvers está todo bien —dijo Gemma con un hilito de voz—.
Acepto las disculpas de Brandon y le agradezco que me entienda. No todo
el mundo lo hace, pero usted sí y eso me hace muy feliz.
Gemma volvió a ponerse roja como un tomate y Daniel con una gran
sonrisa dijo:
—Eres un ser excepcional, princesa.
—Ella es excepcional y yo soy una criatura horrenda ¿verdad? De orco
para arriba, ¿verdad tío? —preguntó Brandon sin disimular su enojo.
—Yo te voy a decir a ti lo que eres como no te marches ya.
—Nosotros también nos vamos —anunció el veterinario—. Nos
esperan en el rancho de los Pine; ha sido un placer conocerla señorita
Welles, espero volver a vernos muy pronto.
—Lo mismo digo, David…




10.
Daniel volvió a sentirlo, esa punzada de celos, algo del todo
inapropiado y que pensaba combatir con todas su fuerzas. ¿Pero qué
estúpida emoción era esa?
Cuando se quedaron solos en los establos, Megan le dijo:
—El gesto de su sobrino ha sido feo, pero lo ha provocado usted
poniéndole en evidencia.
—¿Qué? —replicó el ranchero con los ojos abiertos como platos.
—Lo de que le ha comido la lengua el gato era una chiquillada. Es
obvio que le gusta esa niña y que quería llamar su atención.
—¿Y le parece bonito que la forma de llamar la atención de la chica que
le gusta sea incomodándola?
Megan sintió que el ranchero estaba en lo cierto y, aun cuando le había
parecido una chiquillada, bien pensando, el señor Danvers tenía razón. Le
costaba reconocérselo, pero ella no era persona injusta, o por lo menos
evitaba no serlo.
—Está bien.
—¿Qué es lo que está bien, señorita Welles?
—Que tiene razón. Que la pregunta de su sobrino no era del todo
apropiada…
—¿Del todo? —preguntó frunciendo el ceño.
—No era apropiada. Sin más. ¿Está contento así? Y ahora ¿qué va a
hacer conmigo? ¿Me va a imponer también un castigo?
—Pues ahora que lo dice, sí. Tengo que ir a llevar unas cisternas con
agua para unos caballos salvajes que tenemos en el extremo sur del
rancho.
—¿Cisternas? ¿Acaso no hay manantiales cerca? —preguntó muy
intrigada Megan.
—Teníamos un manantial pero se secó… —respondió Daniel bajando
la vista al suelo.
—¿Se secó? ¿Por qué se seca un manantial de repente? ¡Es algo muy
raro!
—Señorita Welles, cómo se nota que es usted abogada, siempre está
haciendo demasiadas preguntas. ¿Viene o no?
—Usted dirá que es el que me va a castigar, si lo hace o no. Si lo
merezco o no.
Daniel resopló y luego dijo:
—Señorita Welles, es usted una pesadilla. Una pesadilla muy hermosa y
muy pelirroja, pero una pesadilla como no recuerdo.
Megan no puedo evitar sonreír, hacia tanto que nadie le decía algo
bonito, o por lo menos que ella recordara, que no pudo evitar sentir un
pellizco de alegría en su corazón, algo que hacía tiempo que tampoco
experimentaba.
Y Daniel, por su parte, estaba furioso consigo mismo. ¿Qué hacía
llamando hermosa a la señorita Welles? Era una verdad irrefutable que era
una mujer muy hermosa, pero ¿qué hacía él diciéndoselo? Se prometió a
sí mismo que esa sería la última vez que hablaba sin medir bien sus
palabras, que en lo sucesivo no volvería a decir alguna otra cosa tan fuera
de lugar como esa.
—Me muero por ver esos caballos salvajes y de camino me cuenta qué
pasó con ese manantial…
—¡Mire que es usted terca, señorita Welles! ¿Cómo se las arregla para
salirse siempre con la suya? Se supone que estamos en mi rancho y que
todo se hace a mi manera, sin embargo siempre termino haciéndolo a la
suya. ¿Me quiere explicar qué está pasando aquí?
—Me parece que ya está empezando a comprender cómo funcionarán
las cosas a partir de ahora…
Megan se echó a reír y el señor Danvers también, se río como hacía
tiempo que no lo hacía, y además se sentía muy bien de tener a esa
pelirroja preguntona y descarada en su rancho.
Ya en el vehículo en el que transportaban las cisternas, Daniel le explicó
lo sucedido con el manantial, pero sin darle excesivos detalles:

—Verá, el manantial provenía de un canal que pasa por los terrenos de
mi vecina la señorita Nolasco, ella decidió cortarlo y a mí no me cuesta
nada ir con las cisternas cada mañana…
—¡Espere un momento! —replicó Megan sin dar crédito—. ¿Me está
diciendo que su vecina le ha cortado el acceso al agua? ¡Pero eso es ilegal!
Daniel sabía que era ilegal, pero no quería problemas con Claudia.
Desde que tenía uso de razón se recordaba teniendo problemas con ella.
Una mujer con un carácter complicado, arisca, antipática, brava y
caprichosa, muy caprichosa. Era la hija única del matrimonio Nolasco,
una niña que había tardado más de quince años en llegar al hogar y que
cuando vino había sido tanta la espera, que se olvidaron que una de las
grandes obligaciones de los padres es la de poner límites. Así, vivían para
concederle hasta el último de sus caprichos, todo lo que pedía se lo daban,
a manos llenas, claro que lo peor fue que un día lo que pidió fue a Daniel
y a Daniel jamás le gustó Claudia.
Claudia era un mujer muy atractiva, morena, alta, guapa, con unos ojos
verdes que hechizaban a todos y unas piernas larguísimas por las que
suspiraban todos los hombres de Texas, realmente todos menos uno.
Sin embargo, cómo es la vida que justo ese hombre que se le había
antojado era el único que no tenía el más mínimo interés en ella, peor aún:
nulo. Y eso que Claudia lo había intentado todo, no solo le siguió hasta su
misma universidad, sino que ya cuando Daniel se ennovió con Helen
todavía siguió acosándole de mil y una formas, unas más sutiles y otras
menos. Y ni siquiera con la boda se dio por vencida, no perdía ocasión
para provocarle, para insinuarse, para proponerle… y ni que decir tiene
que cuando supo que se había quedado viudo, todos esos acercamientos
fueron a más… La última de esas provocaciones había sido precisamente
cortarle el acceso del canal de agua que regaba las tierras del sur del
rancho.
Claudia ya no sabía qué hacer para propiciar un encuentro y Daniel solo
tenía clara una cosa: que jamás caería en las redes de esa mujer soberbia y
caprichosa, aunque hacerlo sin duda podía reportarle cuantiosos
beneficios. Los dos ranchos unidos podían hacerlos más que poderosos
como el señor Nolasco se lo había hecho saber en miles de ocasiones, en
las que además le había ofrecido sabrosas tajadas en negocios un tanto
cuestionables.
Sin embargo, Daniel jamás se había movido por dinero y, aunque
amaba la tierra, deseaba para “Siempre contigo” lo mejor y una
ampliación de terrenos habría sido un gran negocio, no estaba dispuesto a
perder su identidad. Porque no le cabía duda de que en el supuesto de que
hubiera sentido amor por esa mujer, cosa imposible, dado el carácter de
Claudia, habría acabado renunciado a todas las señas identidad de su
rancho, a la esencia de los Danvers, para diluirse en el universo de los
Nolasco.
Sin duda, esa mujer era una mantis que habría terminado por hacer las
cosas a su manera y habría sepultado cientos de años de trabajo de los
Danvers, años basados en la honestidad, el trabajo y el amor a la tierra.
Los Nolasco amaban a la tierra pero de una forma que Daniel no
compartía, para ellos todo valía, su ambición era egoísta y desmedida,
para ellos el fin justificaba los medios, y no conocían eso que se llamaba
decencia ni escrúpulos. Para ellos todo se reducía a algo tan simple como
negocios, y si para lograr sus fines tenían que pasar por encima de quien
fuera, lo hacían.
Eso se manifestaba tanto en la forma en que trataban a sus empleados, a
los que pagaban mal y exigían todo, como en que no tenían reparos en
meterse en negocios de dudosa honorabilidad, o que llevaban años
jugando con las lindes de los ranchos y ofreciendo cifras de dinero
obscenas para la compra del “Siempre Contigo”.
No entendían que no todo se compra, que no todo sirve, que hay valores
tan sólidos como una montaña milenaria. Así el era el amor de Daniel por
su rancho, por su tierra, por la esencia de lo que había sido y lo que era,
un amor puro y noble, que jamás se contaminaría por los valores y
energías despreciables de los Nolasco.
Pero ¿cómo explicarle todo esto a la señorita Welles? La pelirroja de
Nueva York jamás podría llegar a entender lo que es el amor a la tierra,
ella ni por asomo habría tenido jamás un sentimiento tan fuerte de
pertenencia, así que se limitó a decir:
—Así son las cosas…





11.
—¿Cómo que así son las cosas? —replicó la pelirroja de Nueva York,
con el rostro desencajado por la perplejidad.
—Señorita Welles, limítese a disfrutar del paisaje, si deja perdida la
vista en las praderas, en el horizonte pleno, encontrará en su interior una
paz que jamás sintió en su Nueva York frenético y delirante. Hágame caso,
cierre el pico y disfrute…
No hacía falta que Daniel le dijera nada, porque Megan ya estaba
disfrutando de una suerte de paz inmensa, esas praderas que se extendían
como mares perfectos de color ocre, ese cielo azul puro y limpio, ese
olor a campo y vida invadiéndolo todo, le estaban haciendo sentir muy
bien, demasiado bien para ser una chica de asfalto que odiaba el campo,
hasta que él había venido con su “así son las cosas”, para perturbar todo su
sosiego.
—Mire, no puedo disfrutar cuando usted me está pidiendo que mire
para otro lado ante tamaña injusticia. ¿Cómo se puede conformar con
tragar? ¿Se va a pasar la vida llevando cisternas hasta el extremo sur del
rancho? Y a todo esto ¿por qué un hombre que lo posee todo hace estas
labores?
Daniel frunció el ceño y sin apartar la vista de la carretera, resopló y
permaneció en silencio. Después, encendió la radio y sonó el “All of you”
de John Legend, para espanto de la señorita Welles, que exigió:
—Apague eso.
El señor Danvers giró la cabeza, miró a la joven y luego añadió:
—Relájese, señorita Welles, disfrute…
Megan respiró hondo, tragó saliva en un vano intento de deshacer el
nudo que tenía en el estómago y musitó con los ojos llenos de lágrimas:
—No puedo…
—¿Qué le sucede? ¿Va a vomitar? ¿Se encuentra mal?
Mientras la canción seguía sonando, la misma que cada vez que la
escuchaba en Nueva York, le hacía recordar no solo lo que había perdido
con John, sino también lo que no había tenido nunca. Porque él nunca le
había amado con todo, con todas esas imperfecciones que él no paraba de
reprocharle cada día, con una insistencia desquiciante.
John nunca la había amado de verdad, siempre estaba cuestionándole
todo, su forma de vestir, sus opiniones, sus gustos, su manera de trabajar,
su forma de enfrentarse a los pleitos… Y eso que ella no solo tenía más
clientes que él, sino que también ganaba más casos, lo que ayudaba a que
ella se considerase menos poca cosa de lo que él le hacía sentir, si bien
después de una relación de cuatro años con un hombre empeñado en
recordarle a diario sus fallos y miserias, aunque fueran inventados,
habían acabado haciendo en ella una mella que dolía, dolía demasiado… Y
esa canción se lo hacía recordar de una forma tan dolorosa que rompió a
llorar y con las manos en la cara sollozó:
—Quite esa canción, se lo ruego.
Daniel no solo quitó la canción, sino que paró el jeep y sin pensárselo
dos veces, abrazó a la señorita Welles que seguía sin apartar las manos de
su cara.
—Ya pasó, señorita Welles. Discúlpeme.
Daniel estrechó entre sus brazos a la señorita Welles que temblaba
como un pajarito asustado y sintió tanta ternura que se conmovió. Sus ojos
se llenaron de lágrimas, porque ese abrazo era muy especial, muy intenso,
de hecho no había abrazado nunca a nadie así, más que a Helen… Él no
sabía expresar sus emociones, no era de esas personas que van dando
abrazos y besos a todo el mundo, ni siquiera con sus sobrinos había sido
alguna vez cariñoso. No sabía manejarse con sus emociones y
sentimientos, solo Helen había sido capaz de quitarle ese escudo en el que
se encontraba tan seguro como solo y perdido.
Por eso cuando se fue se sintió morir, de hecho vivía por y para el
rancho, era lo único que le ataba a la vida, porque se lo prometió a sus
mayores y porque se lo prometió a su esposa antes de morir. Sin esa
promesa, se habría quitado de en medio hacía mucho tiempo para regresar
a los brazos de la única mujer a la que había amado. Sin embargo, había
dado su palabra de honor y ahí estaba, vivo y coleando, en medio de la
pradera, abrazado a una pelirroja que estaba a punto de romperse por una
maldita canción…

—Disculpe, señor Danvers. Soy una tonta… —musitó con las manos
pegadas a la cara.
—Será nuestro secreto… —susurró a su oído.
Megan se apartó las manos de la cara y espetó ligeramente ofendida:
—¿Cuál secreto? ¿Mi estupidez? ¿No le contará a nadie que soy tonta?
—No diga pamplinas, señorita Welles. Usted bien sabe que no tiene un
pelo de tonta. Me refiero a que puede estar tranquila, nadie va a enterarse
del efecto que provoca en usted John Legend… —dijo con una sonrisa
cariñosa.
—Si solo fuera él, estoy en un momento de mi vida en que todo me hace
daño, señor Danvers. Cualquier música que salga de ese cacharro será un
tormento para mí, se lo aseguro.
—Vaya si le hizo daño ese abogaducho… —dijo tendiéndole un clínex
para que se secara las lágrimas.
—Gracias por el pañuelo. Me hizo trizas, me arrancó el corazón y lo
arrojó no sé adónde…
—Eso no es cierto —replico Daniel.
—¿Ah no? —respondió Megan secándose las lágrimas.
—No. Su corazón está aquí. Y yo lo siento…
El señor Danvers sin dejar de mirarla a los ojos, con su mirada azul
profunda, intensa y penetrante, puso su mano sobre el pecho de la joven a
la que, con el gesto, la respiración se le aceleró.
—Señor Danvers… yo…
Y no solo se le aceleró el corazón, sino que también se ruborizó como
no recordaba haberlo hecho nunca en su vida.
—Su corazón late y lo hace con fuerza, así que no vuelva a decir que
ese canalla se lo arrancó, porque no es cierto. Un corazón fuerte y valiente
late debajo de mi mano, creéame señorita Welles, su corazón sigue ahí,
recubierto por esas capas de dolor, de sufrimiento y de pérdida.
Los dedos del ranchero rozaban suavemente los pechos agitados por la
respiración acelerada y, lejos de incomodarla, a Megan le gustó la
sensación. Le gustaba sentir la calidez de esa palma ancha y fuerte en su
pecho, se sentía segura y protegida, y para qué negarlo también sintió una
punzada de deseo, a la que no le dio la menor importancia. Era normal que
su cuerpo reaccionara así ante la caricia de un joven sexy y atractivo, pero
tampoco convenía que durara por mucho tiempo más, a ver si el ranchero
iba a empezar a sentir cosas y la situación iba a írseles definitivamente de
las manos.
—Le agradezco sus palabras, señor Danvers. Me emocionan y me
reconfortan. Ya me siento mejor, puede continuar el trayecto…
Megan le sonrió tímidamente y Daniel siguió mirándola con su mirada
azul profunda como un lago infinito, inmenso y en paz. Tampoco apartó
la mano de su pecho, que ella sentía poderosa y fuerte, una mano que le
infundía una serenidad que le hizo emocionarse.
—¿Otra vez va a llorar, señorita Welles? —preguntó frunciendo
ligeramente el ceño.
Megan negó la cabeza, pero dos lágrimas cayeron por su rostro.
Lágrimas que Daniel retiró con sus dedos y luego, sin saber por qué, tras
mirarla a los ojos durante unos instantes, aproximó sus masculinos labios
a los de ella y los besó dulcemente. Ella se limitó a cerrar los ojos, respiró
el aroma de ese hombre, a madera, lavanda y romero, y se dejó envolver
por la delicada presión de los cálidos labios del ranchero.
¿Cuánto duró el beso? Ninguno supo decir, tan solo que se dejaron
llevar, hasta que el pitido reiterado de un vehículo les hizo separarse,
perder los labios del otro, la cercanía, en definitiva, la magia y el hechizo
del bello encuentro íntimo.
—Es Samuel, uno de los trabajadores del rancho —le informó a Megan,
mientras respondía al saludo del hombre con la mano.
Cuando perdieron el coche de vista, Daniel arrancó otra vez y
prosiguieron con la marcha como si no hubiera pasado nada. Obviamente,
ambos sabían que algo entre ellos acababa de cambiar para siempre…

12.
Daniel condujo en silencio hasta el extremo sur del rancho, mientras
Megan perdía la vista en las bellas praderas como mares de espigas. No
podía dejar de pensar que Nueva York era trepidante, una ciudad que
amaba con todo su ser y que no cambiaría jamás por ningún otro lugar del
mundo, si bien estaba empezando a sentir una especie de cariño por esas
extensiones inmensas donde la vida latía con fuerza, donde podía sentirse
la intensa llamada de la madre tierra.
¿Por qué estaba sintiendo eso si ella aborrecía el campo? ¿Por el beso
del ranchero? ¿Un beso puede trastornarte tanto como para hacerte amar a
un lugar así, de forma repentina?
La verdad era que Megan jamás había estado en Texas, y que el único
campo que había pisado era el pequeño terreno de sus tíos en Rochester, al
que le llevaban sus padres, una parcela descuidada y triste, que nada tenía
que ver con el rancho de Daniel, en la esplendorosa Texas…
Y en cuanto al beso, la señorita Welles prefirió no pensar, era algo
pequeño, ligero, sin importancia, como el aleteo de una mariposa, pero
como todo el mundo sabe el aleteo de una mariposa puede provocar
auténticas revoluciones…
Daniel no entendía qué es lo que le había llevado a besar a la pelirroja.
Era cierto que no podía soportar ver llorar a una mujer, era algo que le
descomponía, pero de ahí a besarla… ¡Jamás lo había hecho con ninguna
más que con Helen! ¿Qué le estaba pasando? Fuera lo que fuese, hasta ahí
había llegado, no eran más que dos personas con el corazón roto, muertas
de dolor, que se habían dado por unos segundos un consuelo, porque eso
es lo que había sido el beso, una forma de darse apoyo y cariño para
seguir adelante y poco más. Eso era todo, ahí había empezado y así
acababa de terminar. La señorita Welles había venido al rancho para hacer
su trabajo y pasados tres meses se iría para siempre. Por supuesto la
relación iba a ser de lo más cordial, pero no iba a ir más allá de eso,
puesto que dada la corta estancia de Megan en el rancho era imposible que
se forjara una amistad, a la que por otra parte poco iba a contribuir la
fobia de la pelirroja a la vida texana…
Y en esto se perdieron los pensamientos de ambos, hasta que por fin
Daniel paró el coche y le comunicó a Megan que habían llegado a su
destino.
La señorita Welles, nada más bajarse del auto, se quedó maravillada al
contemplar cómo un grupo de bellísimos caballos salvajes estaban
parados a escasos cincuenta metros de ellos.
—No tenga miedo señorita Welles, los caballos no se van a acercar a las
cisternas hasta que nosotros nos hayamos ido.
—No tengo miedo. Estoy fascinada. Son hermosísimos —habló
admirada de contemplar esa maravilla de la naturaleza en estado puro.
—Sí que lo son. Tengo echado el ojo a un par para llevarlos a mi
yeguada.
—¿Así? ¿Salvajes?
—Claro, sé domar caballos salvajes. Lo disfruto muchísimo además…
Daniel dijo esa frase de una forma que Megan no pudo definir, solo
supo que de pronto la sangre le ardió. ¿Qué le estaba pasando? ¿Le estaría
afectando demasiado el sol texano? Bien era cierto que el señor Danvers
era un tipo muy atractivo, pero de ahí a ponerse como se estaba poniendo
por una simple frase era el colmo. ¡Ni que fuera una adolescente en celo!
—Lo celebro —dijo en un tono cortante—. Y ahora, por favor, vamos
con lo que hemos venido a hacer…
A Daniel el cambio de humor repentino de la pelirroja le dejó un poco
sorprendido, solo un poco, porque ¿quién demonios entendía a las
mujeres? Pasaban de un estado a otro en cuestión de segundos, eran unas
puras veletas emocionales, y esa era una de las razones porque las que
sabía que después de Helen no iba a existir ninguna mujer más. ¡Solo
traían problemas y quebraderos de cabeza! ¡A la porra con ellas! Donde
estuviera su rancho que se quitaran todas las mujeres del universo,
incluida esa terca pelirroja que se empeñaba en trabajar como si fuera un
mozo más.
Además era incansable, trabajó como el más esforzado de sus peones,
le ayudó con las cisternas y ya de vuelta en el jeep todavía le pidió que le
asignara más tareas. Por eso, y aunque él lo consideraba que estaba de
más, le recordó:
—Señorita Welles, le recuerdo que su cometido en el rancho es impartir
clases a mi sobrino, no es uno de mis trabajadores del campo.
—Necesito cansarme. El cansancio me impide pensar en lo que no
quiero pensar, no le pido que me entienda, solo le ruego que me adjudique
tareas, cuanto más exigentes, mejor.
¿Cómo que no la entendía? ¡Más de lo que ella se podía figurar! ¿Cómo
se creía que había logrado sobrevivir al duelo? Gracias al trabajo duro,
soportaba cada día sin Helen, porque para él cada día sin ella, era un
infierno, vivir sin su amor era una condena que solo lograba sobrellevar
con un trabajo durísimo. De sol a sol se partía el lomo para caer rendido a
la cama y que no le doliera tanto abrazarse a la fría sombra del recuerdo
de su amada esposa.
—¿Le parece una tarea poco exigente ser la maestra del loquito de
Brandon? —replicó para distender el ambiente.
—Brandon es un muchacho extraordinario que no me exige lo más
mínimo. Al contrario, es un placer estar con él.
—No me extraña que le haya ido tan mal con los hombres, si un
jovencito de trece años ha conseguido engañarle, no quiero ni
imaginarme de lo que será capaz un tipo de treinta.
A Megan ese comentario le pareció de todo punto inapropiado, ¿quién
era el ranchero para juzgarla de esa forma tan dura? ¿Qué sabía de su
vida? ¿Qué sabía él de su relación con los hombres?
—Lo único que sé, señor Danvers, es que un tipo de treinta acaba de ser
terriblemente grosero conmigo y no pienso consentirlo.
—¿Grosero? —preguntó alzando una ceja y revolviendo con una mano
su pelo rubio que era del color de la pradera que en ese instante estaban
atravesando.
—No juzgue mi vida amorosa por mi última relación.
Después de decir estas palabras, Megan se arrepintió. ¿Qué hacía
abriéndose con ese hombre que a todas luces no quería con ella más que
una relación meramente laboral?
—Me reconforta saber que solo ha fracasado en su última relación,
aunque si las otras hubieran funcionado estaría con ellos. De lo que
deduzco que su pasado sentimental es un rotundo fracaso…
¿Pero se podía ser más impertinente? Estas últimas palabras colmaron
la paciencia de la señorita que Welles que muy enfadada le espetó:
—Lo que sea o deje de ser mi vida, no es de su incumbencia.
Daniel siguió conduciendo sin decir nada y sin entender por qué la
pelirroja se revolvía como una gata por decir algo que era una verdad
como templo. Solo cuando ya aparcó, se limitó a decir:
—Señorita Welles, es usted demasiado complicada para mí —confesó
retirándose las gafas de sol de piloto de montura dorada y dejando ver sus
preciosos ojos azules.
—Perfecto —repuso ofendida cruzándose de brazos—. Ahora resulta
que no es que usted sea un entrometido y un desconsiderado, sino que yo
soy complicada.
—Rectifico: muy complicada.
Megan resopló, abrió la puerta del jeep y, cuando ya tenía un pie en el
suelo, le soltó airada:
—No se preocupe por mí, señor Danvers, como usted bien me recuerda
cada vez que tiene ocasión, estoy aquí para trabajar. Estése tranquilo que
no estoy aquí para complicarle la existencia, no voy a molestarle lo más
mínimo con mi presencia.
—A ver si es verdad, señorita Welles, aunque por mi experiencia sé que
las pelirrojas son unas enredadoras de primera. ¡No pienso bajar la
guardia con usted!
—¡Me importa un bledo lo que haga!
Megan salió del coche y cerró la puerta dando un portazo, mientras que
Daniel se limitó a sonreír, porque se lo estaba pasando muy bien,
rematadamente bien.






13.
Megan se fue al cuarto de baño a darse una ducha, mientras no podía
dejar de pensar en lo estúpido que era el ranchero, por no hablar del error
imperdonable que había cometido con el beso tonto que se habían dado.
¿Cómo había podido perder los papeles de esa forma por una canción?
Y lo que era peor ¿cómo después de verla destrozada se atrevía a burlarse
de su dolor? Porque eso era lo que había hecho al dedicarle esas
durísimas palabras… Su vida sentimental no era un rotundo fracaso, era
una vida, sin más. Las cosas no habían salido como hubiera deseado, pero
al menos había vivido, lo había intentado… Y seguramente, cuando pasara
el dolor de la ruptura con John, volvería a intentarlo con todas sus
fuerzas, porque creía en el amor por encima de todo. Así que ¿qué hacía
ese ranchero estúpido juzgándola?
Daniel entretanto pensaba que era una suerte que la pelirroja estuviera
en su rancho, sin duda estaba siendo el verano más divertido que
recordaba desde que era viudo. Tener a esa mujer revoloteando por su
vida, como una mariposa preciosa y juguetona, le hacía sonreír de una
forma que tenía olvidada. Y lo del beso, bueno, lo del beso había sido un
mero instinto, la joven lloraba y él se limitó a abrazarla, el beso fue un
daño colateral. Sí, eso había sido, justo eso, algo que no iba a volver a
repetirse porque lo que le había dicho a Megan era cierto, era una verdad
que había aprendido desde que se topó con una pelirroja en su más tierna
infancia: las pelirrojas son siempre un peligro que hay que sortear como
sea. Y él iba a hacerlo, no pensaba dejarse caer en sus redes por nada del
mundo…
Y así, evitándose el uno al otro cuanto pudieron y dirigiéndose la
palabra lo justo por cortesía, se pasó la primera semana de Megan en el
rancho.
Le gustaba cada día más su trabajo, le encantaba dar clases a ese
muchacho tan listo y tan divertido que hacía además sus días tan
agradables, aunque bueno a veces no tanto…
—Señorita Welles ¿le puedo hacer una pregunta? —le dijo una mañana
de viernes antes de empezar las clases.

—Sí, por supuesto, para eso estoy aquí.
—¿Ha visto que cuando Gemma ha venido hoy con el veterinario no me
ha dirigido la palabra?
—Sí, solo ha hablado con tu tío…
—Mi tío la evita a usted, como Gemma a mí.
Megan se encogió de hombros, ansiosa por saber a dónde quería llegar
el muchacho con su razonamiento.
—Dime qué quieres preguntarme, Brandon.
—Nos evitan porque les gustamos ¿verdad señorita Welles? Usted tiene
más experiencia de la vida que yo, pero hay gente que cuando se sienten
atraídos por alguien lo que hacen en vez de hacerles caso es pasar de
ellos, mejor dicho fingir que no nos hacen caso, porque tanto a Gemma
como a mi tío les he pillado más de cinco veces mirándonos por el rabillo
del ojo.
El chico tenía razón, pensó Megan. Daniel se pasaba el día
esquivándola, pero en muchas ocasiones había sentido su mirada, de
hecho le había sorprendido en más de una ocasión mirándola, y había
retirado la mirada, tan evasivo como siempre. ¿Pero qué podía significar
eso? Nada…
—Gemma es una chica tímida que solo habla con tu tío porque con él se
siente segura y confiada.
—¿Pero le gusto?
—No tengo ni idea, Brandon.
—Pues yo sí sé que a mi tío le gusta usted…
—Brandon deja ya el tema o voy a tener que empezar a tratarte como tu
tío…
—Lo digo porque tengo pruebas irrefutables de ello, yo nunca hablo
por hablar, señorita Welles.
—¿Pruebas irrefutables? —preguntó ella intrigada, enarcando una ceja.
—Cuando usted está mirando para otro lado, él la mira y de qué
manera. Se le pone una cara de tonto que no puede con ella. Si es que le he
hecho fotos… Mire, por favor…
Brandon cogió su móvil y se puso a buscar fotos…
—¡Brandon te exijo que dejes el móvil y que nos centremos en dar la
clase!
—Si es solo un segundo señorita Welles, además se va a reír de la cara
de bobo que tiene…
—Brandon ¡deja el móvil ya! —ordenó furiosa señalándole con el dedo.
La verdad es que no estaba furiosa, la situación le parecía hasta
divertida, pero tenía que frenar a ese mocoso como fuera.
—¡Qué carácter, señorita! —exclamó dejando el móvil sobre la mesa—.
Entonces ¿no me va a responder a la pregunta?
—¿Quieres ver cómo es una pelirroja enfadada? —preguntó muy
irritada, resoplando.
Pero con todo, a pesar de estas chiquilladas, dar clases a Brandon era
una auténtica gozada. Estar en el rancho era un lujo. La vida en el campo
no era lo suyo, de hecho ella estaba convencida de que aquello cuando se
pasara la novedad debería ser un auténtico tormento, pero como estaba allí
de paso, lo llevaba más que bien.
De hecho, el sábado hasta bajó a cenar a la ciudad, a un restaurante
italiano encantador con David. El plan había surgido de repente, de forma
muy espontánea. El día anterior en los establos, mientras le ayudaba con el
vendaje de la pata trasera de una yegua, le propuso ir a la inauguración del
restaurante italiano de Leo Smith, un amigo de ambos hombres. Ella no
pensaba aceptar pero el señor Danvers forzó las cosas para que acabara
asistiendo:
—A mí también me han invitado, pero ¿qué diablos sabe de comida
italiana Leo Smith? —preguntó Daniel, ofuscado.
—Ha estado en Italia varios años, además te recuerdo que es nuestro
amigo y yo voy a ir a apoyarle —respondió David.
—Leo se fue a Italia siguiendo unas faldas, lo sabe todo Texas. Lo único
que ha debido aprender en Italia es anatomía femenina…
David hizo caso omiso del comentario despectivo del ranchero y
después le preguntó a la señorita Welles:
—¿Querrás acompañarme a la cena, Megan?
Daniel no soportaba que se tutearan, pero que el veterinario le
propusiera a la pelirroja una cita delante de su propias narices, le sentó tan
mal que replicó:
—Le recuerdo señorita Welles que debe estar en perfectas condiciones
para dar las clases a mi sobrino. Ha venido a Texas a trabajar de maestra,
no a inaugurar restaurantes como si fuera una chica de la farándula.
—¿Qué sandeces está diciendo, señor Danvers? —repuso ella con una
mueca de asco.
—Lo que oye. Necesito que esté en perfectas condiciones para cumplir
con su deber. Mi obligación es impedir que vaya a cenar al restaurante ese
donde solo deben cocinar ponzoña al pesto. ¡Velo por su salud! Déme las
gracias, por favor…
—Sé muy bien cuáles son mis deberes y cuáles son mis derechos, señor
Danvers. Uno de ellos es el merecido descanso y le recuerdo que en mi
tiempo libre hago lo que me da la gana. David ¿serías tan amable de venir
a recogerme las ocho? —le pidió Megan al veterinario.
—Estaré como un clavo, Megan. Vamos a pasarlo muy bien… Ya lo
verás…
—No lo dudo, David. Será genial… —dijo Megan, retando al señor
Danvers con la mirada.




14.
¿Pero qué le estaba pasando? ¿A él qué le importaba lo que hiciera la
señorita Welles en su tiempo libre? Había actuado como un imbécil y lo
que es peor con su necia actitud lo único que había logrado era que la
señorita Welles se distanciara más todavía de él. Y que se acercara al
veterinario… que no perdía ocasión para frecuentar el rancho y al que
cada día soportaba menos. Tanta risita, tanta complicidad entre la pelirroja
y David, le irritaba cada día más, y no porque estuviera celoso, porque la
señorita Welles no era nada suyo y podía hacer lo que le diera la gana,
sino porque aquel tonteo que se traían entre manos, les hacía
desconcentrarse de sus tareas: a la señorita de sus clases y al veterinario de
sus quehaceres con los animales. Él era un hombre serio y centrado, que
sabía muy bien cuándo había que trabajar y cuándo había que divertirse.
Aunque ¿hacía cuánto no se divertía? ¿Tal vez se sentía entonces tan
irritado porque realmente lo que le provocaban la pelirroja y David era
envidia pura y dura, ya que parecían pasárselo muy bien?
Qué más daba, solo pensaba en que dentro de dos meses y algo, la
pelirroja regresaría a su Nueva York y estas comederas de cabeza
estúpidas acabarían disolviéndose como el azucarillo en el café.
Por su parte, la señorita Welles se sentía cada día mejor, las clases, el
trabajo de apoyo a David, sus salidas a la ciudad con él, estaban resultando
tan entretenidas, que incluso había días en los que solo había pensado en
John un rato muy corto, cada vez más corto. ¿Llegaría pronto el olvido?
Lo que estaba claro es que la decisión de marcharse a Texas había sido
de lo más acertada, el único inconveniente, perfectamente salvable, era el
dueño. Daniel estaba cada día más tirante, más antipático y más grosero…
No solo se dirigían la palabra lo justo y necesario en las comidas, sino
que cuando se ofreció a acompañarle a llevar el agua en cisternas a los
caballos salvajes, él respondió:
—No soporto a las mujeres que se derrumban cuando escuchan
canciones de amor. Mejor quédese en casa preparando su siguiente salida
con el veterinario. Por cierto, ¿con él también se rompe cuando escucha
cancioncillas melosas? ¿O acaso es su estrategia para que el personal
masculino bese esa boca tan dulce?
Megan ni se molestó en responder, le dejó con la palabra en la boca
mientras Daniel se decía a sí mismo que no se podía ser más cretino.
¿En qué clase de tipo amargado y maleducado se estaba convirtiendo?
Sus palabras exigían una disculpa, pero se sentía tan abochornado por sus
patéticas palabras que ni se atrevía a mirarla a los ojos. Y demasiado que
esa mujer todavía seguía allí, en su rancho, porque su comportamiento era
para hacer las maletas y no volver nunca más. Pero ella no iba irse hasta
que acabara con su cometido, era obvio que adoraba a su sobrino y que no
iba a dejarle en la estacada. La señorita Welles era una mujer cumplidora y
leal, y él… Él jamás se había sentido más vil, más rastrero ni más
impresentable.
¿Tendría enmienda tanto despropósito? ¿Habría alguna forma de salir
de ese bucle de necedad y estupidez en el que había entrado y del que no
sabía cómo salir?
La respuesta vino sola y de la mano de la misma señorita Welles…
Ella no tenía ni la más sombra de duda de que el comportamiento
cavernícola y desquiciante del señor Danvers solo podía deberse a un
sentimiento: los celos. Y era tan obvio que un niño de trece años había
llegado a la misma conclusión. Bien era verdad que el niño no era un niño
cualquiera, era tan sabio como lo podía ser un viejo, pero para el caso lo
que importaba es que habían llegado al mismo razonamiento:
—Señorita Welles, ¿se ha dado cuenta de que mi tío y yo somos
víctimas de lo mismo? —dijo en un descanso de una clase, un día en el que
hacía un calor sofocante.
—¿De qué hablas ahora Brandon?
—De la más antigua de las estrategias de seducción, querida maestra…
¡Los celos! Gemma se dedica a torturarme dándome celos con mi tío, solo
le habla a él, solo ríe sus gracias, actúa como si nadie más existiera en el
planeta más que él, y usted se comporta exactamente igual con el
veterinario. ¿Podría explicarme por qué las mujeres sois tan crueles con
nosotros, míseros mortales?
Megan soltó una carcajada y luego dijo:

—Me parece que te estás tomando demasiado en serio la clase de
literatura. ¿Crees que estás dentro de un drama de Shakespeare, jovencito?
—Sería tan amable de responder usted primero a mi pregunta.
—Soy amiga del veterinario, me parece un hombre encantador, somos
amigos, converso con él, paseo con él, salgo a cenar…
—Y mi tío se muere de celos… cada día un poco más muerto.
—Tu tío no tiene más amor que el rancho —dijo dando un manotazo al
aire.
—Yo sé que le gusta, por eso se pone así de antipático con usted. Yo
hago lo mismo con Gemma, cada día la ignoro más y bien que me
encargo de que le quede muy clarito mi desprecio. ¡Es todo mentira,
señorita Welles! ¡La amo y no sé qué hacer ya para que se fije en mí! ¡Me
siento desesperado! ¡Y mi tío debe estar igual! ¡Qué triste sino el nuestro,
señorita! —dijo llevándose las manos a la cabeza en un gesto exagerado
de pena.
—Brandon mira que eres teatrero… ¿Qué tristeza ni qué ocho cuartos?
Y si te gusta esa chica tanto como dices ¿qué tal si se lo haces saber? ¡Tan
sencillo como eso!
—¿Para que se burle de mis sentimientos? No, gracias.
—¿Y cómo va a saber cuáles son tus sentimientos si solo la tratas a
coces?
—Es que ella fue la que empezó con las asperezas, lo siento señorita
Welles, pero es que ella solita se ha buscado que la trate así.
—Mira, Brandon, tú sabes que eso no es cierto. Es más, si te gusta tanto
como dices, vas a tener que esforzarte un poco en ganarte al menos la
amistad de esa joven. Sé amable con ella ¿qué tal si la haces reír en vez de
sacarla de sus casillas?
—Perdone, pero es ella la que me toca las narices a mí todo el tiempo.
—¿Qué tal si lo pruebas y me cuentas?
Brandon refunfuñó y luego añadió:
—Está bien…

—Sigamos entonces con la clase…
Megan siguió con la clase pero no pudo evitar extrapolar la relación de
los chicos a la suya con Daniel. Después de todo, Brandon tenía razón, ella
también había llegado a la conclusión de que el comportamiento hosco y
huraño del ranchero solo podía obedecer a los celos. Celos por otra parte
infundados, porque a ella David no le gustaba para nada, entre ellos no
había más que una amistad, porque ese hombre no le atraía en absoluto. ¡Y
Daniel tampoco! ¿O sí? A ver, como hombre le atraía, muchísimo, cada
vez que le veía trabajando sin camiseta en el campo, se le venían a la
mente miles de pensamientos lujuriosos, cosa que no le pasaba con el
veterinario que, aunque era atractivo, no le ponía nada. Pero luego estaba
el carácter tremendo del ranchero que era totalmente incompatible con el
suyo. Era imposible que de esa atracción surgiera nada más que eso:
atracción. Como mucho, lo que podía suceder entre ellos era sexo y ¿para
qué? No es que no le gustara el sexo, además el sexo con ese hombre
debía estar muy bien, dada su naturaleza apasionada, pero al final esos
encuentros solo iban a terminar confundiéndoles, en el supuesto de que se
acostaran juntos, alguna vez, cosa que no iba a suceder obviamente,
porque lo más sensato y prudente era que entre ellos no pasara nada y
punto.
Entendía que el ranchero sintiera por ella una atracción, como la que
ella sentía por él, y que por eso se comportaba de esa forma grosera y
tosca. Pero Megan estaba convencida de que él también sabía en lo más
profundo de su ser, como ella lo sabía, que entre ellos no podía surgir el
amor, por los caracteres tan dispares que tenían y por las formas de ver el
mundo y de amar que tenían, totalmente diferentes.
Sin embargo, la amistad si los dos ponían de su parte, tal vez podía
afianzarse día a día hasta lograr crear un lazo bonito que, por el bien de
Brandon al que dos adoraban, repercutiría en la atmósfera general de la
casa, para la dicha y el bienestar de todos.
Y es que no podían seguir mucho tiempo así, con esos tiras y aflojas,
con esas tiranteces, con esos malos gestos, que hasta la buena de Mary
Eugene se había encargado con su discreción de siempre, de recriminar al
ranchero cascarrabias…
Había que intentarlo, pensó Megan… Y para ello se le ocurrió algo que
al ranchero le iba a encantar…

15.
A pesar de que Daniel no quería que Megan realizara en el rancho más
tareas que las que se le habían encomendado, ella necesitaba trabajar duro
para no pensar, y hacía de todo. Trabajaba en los establos, ayudaba a Mary
Eugene con las comidas, cuidaba las flores del jardín o acompañaba a
Brandon a caballo en sus tareas rutinarias de vigilancia y control de las
lindes y los animales del rancho.
Caía redondo todas las noches en un sueño profundo y reparador que
cada día le estaba haciendo sentirse mejor. Ahora solo quedaba pulir las
asperezas de su relación con el señor Danvers y todo funcionaría a las mil
maravillas.
Y para lograrlo tenía un plan perfecto. Llevaba ya más de veinte días en
el rancho y aun cuando seguía detestando la vida en el campo, el cariño al
rancho iba en aumento, tanto que no soportaba ver cómo esos caballos
salvajes de la zona sur, pudiendo tener su manantial, estaban obligados a
hidratarse con el agua de las cisternas. ¿Hasta cuándo pensaba Daniel estar
transportando agua a la zona, cuando la solución era muy simple y además
la ley estaba de su lado?
Había llegado el momento de tomar las riendas de la situación, por eso
se vistió como la abogada de Nueva York que era y se plantificó a primera
hora, y sin avisar, en el rancho de los Nolasco. Se presentó como la
abogada del señor Danvers y al momento salió a recibirla una joven muy
atractiva llamada Claudia Nolasco…
—Mi padre no está —dijo Claudia escrutándola de arriba abajo—. Pero
yo soy la que lleva los asuntos del rancho. ¿En qué puedo ayudarla,
señorita Welles?
—Es muy sencillo. Vengo a pedirle que abra el canal del agua que tiene
cortado para que deje de estar seco el manantial de la zona sur del rancho
de mi cliente. Le informo de que lo que está haciendo es ilegal…
—¿Lo es? —dijo levantando una de sus finísimas cejas.
—Estamos hablando de una suma importante de dinero. Pero hoy me he
levantado generosa, he supuesto que usted no sabía que lo que estaba
haciendo era ilegal y le doy la posibilidad de que en veinticuatro horas, ni
una más, abra el canal.
—Es que hoy tengo el día muy complicado, la semana… mejor dicho
—repuso retándola con la mirada y cruzándose de brazos.
—Mire, señorita Nolasco, no sé a qué juega pero tiene ese plazo, de lo
contrario la demanda que le va a caer y la multa le van a hacer mucha
pupita. Créame…
—¿Y usted quién es? —preguntó con un deje de desprecio.
—¿Cómo que quién soy? ¡Se lo he dicho! ¡La abogada del señor
Danvers!
—Su última putita querrá decir… —dijo con una sonrisa triunfante.
Megan respiró hondo, tenía experiencia suficiente para no responder a
una provocación y habló muy segura y confiada:
—Veinticuatro horas.
—Es una más —replicó señalándola con el dedo—. Daniel tiene miles
de mujercitas como usted de usar y tirar…
—No tengo más que hablar con usted, señorita Nolasco. Que tenga un
buen día…
Megan se dio la vuelta, si bien la señorita Nolasco la tomó por el brazo
y la obligó a girarse.
—Daniel es un mal tipo. ¿No quiere saber por qué tome la decisión de
cortar el canal? ¿O acaso se ha creído su versión?
—Me da igual cómo sean mis clientes, señorita Nolasco. Y no tengo
más versión que los datos objetivos, es ilegal lo que está haciendo. No
puede cortar el acceso al agua a mi cliente, tiene veinticuatro horas de
plazo, no hay nada más que hablar…
—Sí que lo hay —insistió apretándole el brazo.
—Señorita Nolasco, le ruego que me suelte el brazo.
Claudia le soltó el brazo y señaló con el dedo índice uno de los sofás
blancos de cuero del salón, para invitarla a sentarse:
—Por favor, permítame que le invite a un café y que le explique algo
que debe saber, como abogada…
Megan resopló pero acabó aceptando por saber qué as en la manga se
estaba guardando la señorita Nolasco, puesto que su actitud no podía
obedecer a otra cosa…
—Le advierto que tengo poco tiempo, señorita Nolasco.
—Seré muy breve…
Se sentaron, y al momento una mujer muy amable y de edad avanzada,
les sirvió un café, sin que Claudia le diera ni las gracias y ya a solas le
dijo, tras dar un sorbo a su taza de café humeante:
—Conozco mis derechos y mis obligaciones. Si he procedido así con el
canal del agua es porque Daniel me ha forzado a tomar esa medida
radical. Yo no quería hacerlo señorita Welles, puedo asegurarle que soy
una persona muy paciente, pero las provocaciones del señor Danvers
llegaron a un punto en el que me vi obligada a tomar esta medida
expeditiva.
Megan no se estaba creyendo ni una sola de las palabras de Claudia,
pero prefirió tirar un poco de la goma para ver hasta dónde era capaz de
llegar con sus patrañas:
—¿De qué tipo de provocaciones estamos hablando?
—Pregunte a cualquiera de la zona, Daniel lleva toda la vida enamorado
de mí. Desde la más tierna infancia lleva intentando seducirme con todo
tipo de artes y estrategias que, por supuesto, no han surtido efecto
ninguno.
—Sé que estuvo felizmente casado…
—¿Por quién lo sabe? ¿Por él? Consulte a otras fuentes señorita Welles,
Daniel se casó con Helen por despecho, era una de mis mejores amigas y,
como no me pudo tener a mí, se quedó con el premio de consolación,
convencido de paso de que me haría mucho daño. Ya ve ¡si yo siempre he
pasado de él! De todas formas, su matrimonio me vino bien, durante un
tiempo dejó de agobiarme, pero al quedarse viudo volvió de nuevo al
ataque y esta vez con más fuerza que nunca.
Megan por deformación profesional sabía cuándo alguien mentía y sin
duda la señorita Nolasco lo estaba haciendo, la carraspera, que se tocara la
punta de la nariz unas cuantas veces, que cruzara y descruzara las piernas
sin parar, eran demasiados indicios como para tomarse sus palabras en
serio. Con todo, siguió preguntándole…
—¿Y se puede saber cómo le ha atacado el señor Danvers en esta última
etapa?
—De miles de maneras, me ha robado caballos, mueve las lindes del
rancho, me persigue a los lugares a los que voy…
—Esto último señorita Nolasco es incierto, el señor Danvers no sale, no
tiene vida social…
—Eso es desde este invierno, porque le advertí que a la próxima le
denunciaría por acoso. Parece que se amedrentó y desde entonces me ha
dejado en paz, pero sé que es algo pasajero, más pronto que tarde volverá
a la carga…
—¿Y lo del agua? ¿Me quiere explicar qué tiene que ver todo esto con
que le corte el canal del agua?
—Es para evitar que se acerque a la linde de mi rancho, es la única
manera que tengo de alejarlo de mí —dijo llevándose la mano al pecho de
una manera exagerada. La actuación no podía ser más patética…
—Pero si acude con las cisternas y jamás he visto ni que se adentre en
sus dominios ni que haya movido un solo centímetro de la linde…
—Es porque teme que le denuncie, pero tengo mucho miedo señorita
Welles, ese hombre está obsesionado conmigo y sé que no va a parar tan
fácilmente.
—A mí jamás me ha hablado de usted… —repuso apurando su café.
—Daniel sale con un montón de fulanas y furcias, pero su corazón solo
late por mí hasta el punto de la obsesión. Ya sabe cómo son estos perfiles
de acosadores, disimulan bien.
—El disimulo es un arte…
Un arte que la señorita Nolasco no dominaba porque desde luego que
Megan no se había creído para nada sus mentiras.
—Solo espero que como mujer entienda por qué he tomado la medida
con el canal de agua. Soy una mujer de principios y por supuesto que no
tengo inconveniente en abrir el paso de nuevo. Solo le diré una cosa,
señorita Welles, en el momento en el que ese hombre se propase lo más
mínimo, voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que caiga sobre él
todo el peso de la ley.
—Usted abra al paso, señorita Nolasco, porque mi cliente como no lo
haga también va hacer todo lo que esté en su mano para que caiga sobre
usted esa misma ley. ¡Que tenga un buen día y gracias por el café!

16.
Dos días después, una mañana nublada pero en la que el calor apretaba
más que nunca, Megan fue a buscar a Daniel al porche, donde se
encontraba a punto de subirse al jeep para transportar el agua hasta la zona
sur del rancho.
—¡Señor Danvers, espere!
Con la llave a punto de introducirla en la cerradura del vehículo, Daniel
resopló y después dijo de mala gana:
—Señorita Welles, ¡qué pesadita es usted! Ya le dije que prefiero ir a
llevar el agua solo. De cualquier forma, le agradezco mucho su
ofrecimiento…
Daniel abrió la puerta del coche y justo cuando iba a meterse dentro,
Megan habló:
—Ya no va a tener que llevar nunca más el agua en cisternas…
—¿Qué? —preguntó Daniel ya dentro del coche y sin cerrar la puerta.
—Como lo oye, se lo dice su abogada: la señorita Welles.
Daniel se retiró unos mechones de pelo de la frente y tras parpadear
muy rápido añadió:
—Vamos a ver, señorita Welles ¿me quiere explicar en qué lío me ha
metido sin pedirme permiso?
—¿Lío? Perdone, yo le he sacado de un lío tremendo y ya tiene agua.
¡Vamos a verlo!
Megan rodeó el coche, abrió la puerta del co-piloto y se sentó con una
amplia sonrisa…
—Señorita Welles no soporto que me manipulen y usted lo está
haciendo —explicó dando un portazo.
—Arranque y ya le cuento por el camino…
—Y ahora ¿por quién me ha tomado? ¿Por su chofer?
—Señor Danvers, por favor, relájese… Estoy aquí para ayudarle, por
cierto, ¿no cree que ya va siendo hora de que nos tuteemos?
El señor Danvers levantó una ceja y la miró perplejo…
—¿Se puede saber qué ha desayunado?
—¡Venga! ¡Si lo está deseando tanto como yo! —exclamó Megan dando
un manotazo al aire.
—¿Qué es lo que deseo que me he perdido?
—¡Tutearnos! Creo que ya va siendo hora de que entre nosotros las
cosas empiecen a fluir de otra forma.
Daniel emprendió la marcha y al rato soltó:
—Tengo la sensación de que es usted la que me evita a mí…
—¡Porque tengo la sensación de que mi presencia le incomoda!
Daniel sin quitar la vista de la carretera negó con la cabeza:
—Se equivoca. Reconozco que soy un patán, que mis modales distan
mucho de lo que usted está acostumbrada en Nueva York, pero creéame
que aprecio lo que está haciendo con mi sobrino y que me agrada que esté
con nosotros en este lugar, que para usted es un infierno.
—No, no es un infierno. ¿Pero no me vas a tutear nunca?
—Está bien. Explícame por qué no es un infierno…
Megan sonrió abiertamente y Daniel sintió un pellizco de dicha en su
corazón. Era tan hermosa cuando reía, en verdad era hermosa siempre
pero cuando sonreía se iluminaba por dentro y eso le hacía sentir
especialmente bien.
—Sois una familia maravillosa, me habéis acogido con tanta
generosidad, mi gratitud es infinita y el rancho es paz y vida. Me siento
muy a gusto aquí, me está ayudando mucho a curar mis heridas…
—Pero sigues siendo una chica de Nueva York…
Tras pronunciar esas palabras con un tono de cierta tristeza, Daniel se
arrepintió ¿a él qué le importaba lo que fuera Megan?
—Es donde está mi hogar. Allí regresaré cuando termine esta
aventura…
Y Megan tuvo que mirar por la ventana para que el ranchero no se
percatara de que se le habían llenado los ojos de lágrimas, todavía
quedaban unas cuantas semanas para disfrutar del rancho, pero la sola idea
de que algún día la experiencia terminaría, le puso un nudo en la garganta
que era difícil de aflojar.
—¿Y tiene ganas de regresar?
Daniel otra vez se maldijo a sí mismo por ser tan entrometido y tan
preguntón… ¡Si él jamás había sido cotilla! ¿Qué hacía indagando en la
vida de Megan como si fuera un chismoso cualquiera?
Megan respiró hondo y se limitó a decir la verdad:
—No. Ninguna. Me encuentro muy bien aquí.
Daniel fue entonces quien suspiró muy fuerte y luego no pudo reprimir
una gran sonrisa porque la respuesta le había gustado mucho.
—Me alegro mucho, Megan…
—¿Ya no te importa que esté por aquí enredando? —bromeó ella,
mientras se enroscaba un mechón de pelo en el dedo índice.
—Explícame lo que has hecho, seguro que no ha sido para tanto.
—Fui a visitar a la señorita Nolasco… —dijo Megan, sin darle
importancia.
Daniel dio un respingo en su asiento y luego la miró perplejo:
—¿Pero cómo se te ha podido ocurrir? ¡Esa mujer es peligrosa!
—Tranquilo que yo sé cuidarme muy bien…
—Tu no sabes quién es Claudia Nolasco…
—Me puedo hacer una idea. Y lo importante es que esa mujer está
haciendo algo ilegal. ¿Cómo puedes pretender que me quede de brazos
cruzados viendo cómo te deslomas llevando agua, cuando tiene una
solución tan sencilla como ir a hablar con esa mujer?
—Es que no quiero hablar con esa mujer. Prefiero cargar de por vida
con el agua, antes de tener que verle la cara…
—Ya se la he visto yo. Soy tu abogada y he conseguido que abra el
canal en menos de veinticuatro horas —replicó haciendo el gesto de la
victoria con los dedos.
—Sé que la ley me ampara, pero no me fío de ella. No pienso bajar la
guardia ni un solo instante.
—Vamos a comprobar si ha abierto el agua y si es así, le haré una
llamada de cortesía y le dejaré claro que estoy aquí para proteger los
intereses de mi cliente.
—¿Crees que eso le va a intimidar? —preguntó Daniel ofuscado.
Megan no sabía cómo enfocar el tema de la seria acusación de la
señorita Nolasco, sin que Daniel se molestara:
—Ella dice que…
—Sé muy bien lo que dice y de lo que me acusa. ¡Llevo evitándola
desde que tengo uso de razón!
Megan sonrió, intuía que la historia era justo al revés de cómo la
contaba la señorita Nolasco, pero escuchar esas palabras de labios de
Daniel, le reconfortó.
—Puedes estar tranquilo, Daniel. Yo estoy aquí para defenderte… No
voy a permitir que esa mujer haga acusaciones en falso. Ya va siendo hora
de que termine ese calvario para ti.
Daniel sintió una especie de alivio que necesitaba en lo más hondo de su
ser, llevaba muchos años cargando en solitario con la cruz de Claudia. Su
acoso no tenía límites y tampoco quería preocupar a su entorno. Por
supuesto que Helen lo sabía y le ayudó a sobrellevarlo, pero desde que
ella se fue, rumiaba solo todo lo que estaba padeciendo con esa pérfida
mujer que llevaba obsesionado con él desde su más tierna infancia.
—Siento una gran impotencia al respecto. ¡No hay nada que pueda hacer
para calmar la sed de venganza de esa mujer!
—Está todo bien… —dijo Megan, poniendo cariñosa su mano sobre la
mano de Daniel en el volante.
Y Daniel, contra todo pronóstico, lejos de rechazar esa mano, la apretó
con calidez y ternura y luego mirándola con los ojos húmedos por la
emoción, susurró un tímido:
—Gracias, Megan…

17.
A Daniel le dolió llegar por fin a su destino y tener que perder la mano
dulce y tierna de la pelirroja. Y a ella le sucedió tres cuartos de lo mismo,
puescuando Daniel detuvo el coche y soltó su mano, sintió un pequeño
vacío en su interior que ella achacó a los meses de soledad y dolor que
llevaba padeciendo.
Hacía tiempo que no sentía esa calidez en su mano, ese sutil roce de los
dedos, porque con John ni siquiera se acariciaban las manos en los
últimos tiempos. Es más, el último año de relación apenas habían hecho el
amor, ella lo tenía que haber tomado como una señal de que algo no
funcionaba, pero no le había dado importancia. Estaba segura de que era
solo por el cansancio provocado por el trabajo duro en el despacho, pero
que en cuanto se relajaran un poco o en cuanto se tomaran unas
vacaciones, todo volvería a la normalidad. Sin embargo, llegaron las
vacaciones y lo que sucedió es que Megan se sintió más sola que nunca,
que la comunicación no fluía, que todo eran reproches y peleas absurdas y
después… Llegó la separación. Pero no quería pensar en eso otra vez, y
más ahora que estaba a punto de disfrutar de un momento tan bello.
Daniel por su parte, tuvo que reprimir sus ganas de coger la mano de
Megan y caminar así juntos hasta el manantial. Se había sentido tan bien
con la mano de esa mujer en la suya, que era una pena no sentirla ya…
No había estado con ninguna mujer desde que Helen se fue, no podía…
Solo quería recordar y nutrirse de tantos besos y tanta felicidad
compartida. No necesitaba más, hasta la llegada de la señorita Welles
quien, con su presencia, había despertado algo que llevaba mucho tiempo
dormido.
Daniel pensaba que jamás iba a necesitar a una mujer a su lado, estaba
convencido de que con el bello recuerdo del amor vivido podría seguir
hasta el final de sus días, pero ahora… ahora deseaba tomar de la mano a
la pelirroja y llevarla a la zona de los viejos robles para besarla
locamente.
Desde el primer beso en el jeep, se había estado torturando con ese
sentimiento novedoso, por esa atracción hacia Megan inesperada y
sorprendente. Sentía mucha culpa, Helen estaba muerta y él estaba
viviendo, disfrutando y lo que era peor, despertándosele sentimientos
hacia una mujer. Era horrible. ¿Qué hacía? Al poco llegó la respuesta
porque tuvo un sueño con su amada esposa, en el que Helen le dijo
después de besarle con dulzura que tenía que vivir, que tenía que luchar
con todas sus fuerzas por ser feliz, y si eso implicaba enamorarse, bien
estaba. Contaba con su bendición siempre, porque siempre se tendrían el
uno al otro en sus corazones.
Ese sueño se repitió unas cuantas noches más, incluso esa misma noche
se había vuelto a aparecer para insistir en que viviera con todas sus
consecuencias, fueran las que fueran, que ella le iba a querer siempre.
¿Pero qué era vivir con todas las consecuencias? Llevaba desde que
había saltado de la cama dándole vueltas al asunto y era ahora cuando lo
entendía en toda su dimensión. Vivir era eso… Vivir eran esas ganas de
tomar de la mano a Megan, subirla a un caballo salvaje y después de
galopar durante un buen rato terminar haciendo el amor como dos locos.
Eso era vivir…
Pero la realidad era que los dos caminaban ahora cada uno por su lado,
hacía la zona del manantial donde de lejos Megan atisbó que…
—¡Daniel mira, están bebiendo! ¡Los caballos están bebiendo agua del
manantial!
Megan echó a correr y Daniel fue a la zaga detrás de ella, y así
corriendo como dos chiquillos llegaron hasta el manantial o casi, porque
para evitar espantar a los caballos, él la tomó por el brazo y la detuvo en
su carrera.
—Para o los asustarás…
Megan se detuvo y Daniel se quedó detrás de ella, tomándola por el
brazo. La respiración de la joven era agitada, por la carrera y porque
sentir el pecho fuerte de Daniel detrás de ella, le hizo arder la sangre…
—Perdón… —susurró maravillada al contemplar a los caballos
bebiendo el agua fresca del manantial.
—Perdón ¿por qué? —susurró él a su oído—. Soy yo el que debe
pedirte perdón por no haberte dado las gracias antes por esta bendición.
¡Mis caballos pueden beber otra vez en el manantial!
—Es tan hermoso… —repuso ella fascinada, por los animales y por
tenerle a él a su espalda, susurrando dulcemente.
—Tú lo has logrado… Yo jamás habría ido al rancho de Claudia, por
muy lícita que sea mi reivindicación.
—Soy abogada, no puedo evitarlo. En cuanto veo una causa injusta, allá
que me lanzo.
Entonces, Daniel colocó las dos manos en las caderas de la joven y
Megan suspiró profundo mientras sus rodillas se hacían gelatina.
—Imagino que habrá dicho cosas horribles sobre mí…
—No le he creído ni una sola palabra. Soy abogada. Estoy
acostumbrada tanto a que me mientan como a detectar las mentiras. No me
he creído su papel de víctima, que por cierto estaba muy mal
interpretado…
Daniel retiró a un lado la melena pelirroja y susurró al oído de la joven:
—¿Y a mí me crees?
Megan sintió un ligero mareo que achacó al fuerte sol que por fin se
asomaba a través de las nubes. Se sentía tan intimidada por la presencia de
ese hombre tan atractivo, con la camisa blanca ligeramente abierta, los
pantalones vaqueros ajustados y su sombrero puesto con tanto estilo que
prefirió lanzar el balón fuera…
—La señorita Nolasco miente y yo me siento muy feliz al ver a los
caballos disfrutar del agua fresca…
—Te estoy muy agradecido, Megan. Yo me siento muy feliz de ver
cómo te implicas con el rancho que para mí es mi vida.
—Es lo menos que podía hacer dada la maravillosa acogida con la que
me habéis dispensado.
—Eres muy generosa conmigo. No me siento muy orgulloso de cómo
me he comportado contigo…
Y tras decir estas palabras, Daniel se pegó más a ella, tanto que Megan
podía sentir el calor abrasador del pecho masculino en la espalda…
—Está todo bien, Daniel.
—No. Todavía no está del todo bien…
De un movimiento experto, certero y contundente, Daniel giró a la
joven, la puso mirando frente a él, y aferrado a sus caderas le dijo
mirándole a los ojos:
—Para que esté bien tiene que suceder una cosa…
—Qué —musitó Megan con un hilillo de voz.
Daniel aproximando sus labios a los de la joven, susurró:
—Esto.
Y entonces, sucedió. Sus bocas de nuevo volvieron a juntarse pero esta
vez el beso fue más intenso, húmedo, abrasador. Las lenguas se devoraron
y las manos volaron frenéticas por los cuerpos que estallaban de alegría
contenida, de deseo y de ganas de que ese beso fuera mucho más allá.
Daniel comenzó a desabotonar la camisa de la joven, mientras ella hacía
lo mismo con la de él… Todo era urgencia, no había dudas, ni temores,
solo un deseo infinito que los dos se morían por saciar, con sus bocas, con
sus lenguas y con sus caricias…
Cuando la camisa de la joven quedó abierta, Daniel desabrochó con
pericia el sujetador y tomó sus pechos preciosos entre sus manos.
Megan temblaba de deseo, como una flor, mientras él acariciaba con los
dedos los pezones duros de la joven. Tenía unos pechos tan hermosos,
altos, del tamaño justo, prietos y prestos a sus caricias. Megan entretanto
perdía sus manos en el torso perfectamente musculado de Daniel, ese
torso que cada vez que lo veía anhelaba devorar con su lengua y que ahora
estaba ahí al alcance de sus caricias más lascivas.
—Eres tan hermosa, Megan…
Daniel besó su cuello, siguió por las clavículas y finalmente acabó
atrapando el duro pezón de la joven en su boca. Ella gimió de placer y
luego él la premió tomando el otro pezón que mordió de una forma
exquisita.
—Daniel yo…
Megan enterró sus dedos en el pelo rubio y suave de Daniel, cerró los
ojos y no dijo más, tan solo se limitó a dejarse llevar por el placer y que
fuera lo que tuviera que ser…

18.
Cuando abrió los ojos se encontró con la espalda apoyada contra el
tronco de un viejo roble con Daniel enfrente mirándola con un deseo
infinito.
—Megan me haces enloquecer…
Megan se desprendió de la camisa y el sujetador, que quedaron tendidos
en el suelo, y él hizo lo mismo con la suya… Frente a frente, piel con piel,
se miraron unos instantes y después se abrazaron sintiendo la calidez y la
fuerza, el deseo apenas ya contenido y las ganas de algo mucho más
profundo.
Daniel recorría con sus manos la espalda suave y dulce de Megan,
mientras ella se aferraba a la musculatura perfecta de los poderosos
brazos del ranchero, curtidos bajo el sol y el trabajo duro. Ninguno de los
dos creía que eso pudiera estar sucediendo, pero allí estaban,
acariciándose con avidez y ahora buscándose de nuevo las bocas, para
perderse en besos infinitos.
Sin apenas aliento, se devoraban con ganas, las lenguas exploraban al
otro, implacables, mientras las manos pedían por más… por mucho
más…
Megan sentía la potente erección de Daniel contra su entrepierna y solo
pensaba en liberarla y en sentir toda esa fuerza dentro de ella. Él por su
parte sentía lo mismo, quería penetrar a esa mujer fascinante y hacerla
suya entre gritos que hicieran temblar a la tierra, a su tierra, la tierra de
sus ancestros y la tierra de sus descendientes….
Por eso, Daniel sin pensárselo dos veces, desabrochó el pantalón de la
joven y lo empujó hacia abajo para que cayera al suelo. Después, se
arrodilló ante ella y colocó su nariz sobre las braguitas…
—Daniel, te lo suplicó —susurró desbordada por el deseo.
Daniel obedeció, deslizó la ropa interior y se quedó extasiado frente al
sexo de la joven que se mordía los labios, mientras esperaba que ese
hombre colmara hasta el último de sus deseos. Y Daniel lo hizo…
Acarició con suavidad el pubis con sus dedos y luego fue su lengua la
que siguió dándole placer a la joven que gemía mientras se aferraba a los
hombros de Daniel.
Megan se moría de placer, no recordaba jamás haber recibido unas
caricias tan deliciosas, tan excitantes, tan arrebatadoras… Era algo muy
íntimo y sin embargo sentía que Daniel conocía su cuerpo mejor que ella,
que sabía como estimularlo para hacerle sentir las sensaciones más
intensas y más devastadoras. Se derretía de placer, pura lava se deshacía
entre sus piernas y su cuerpo gritaba pidiendo más…
Daniel se perdía entre los pliegues y sinuosidades de la mujer, era una
delicia, una flor roja abierta para él, que se entregaba sin ninguna
resistencia, puro fuego que solo pensaba en encender más y más hasta que
un orgasmo abrasador los consumiera a ambos.
—Daniel soy tuya… —musitó la joven sin importarle nada lo que
acababa de decir.
Porque era cierto. Era lo que sentía y le daba lo mismo reconocerlo.
Estaba a merced de Daniel y quería que supiera cuáles eran sus
sentimientos. Quería ser poseída, ahí mismo, y no le importaba nada más.
Ni que estuvieran al aire libre y que cualquiera pudiera sorprenderles, ni
que no dispusieran de preservativos…
Justo cuando ese pensamiento pasó por su cabeza, Daniel la penetró con
dos de sus dedos y gimió por la invasión…
—Megan eres maravillosa…
Los jóvenes se miraron, Daniel la miraba con una devoción, ternura y
deseo con la que jamás habían mirado a Megan y ella respondía con una
mirada no muy diferente, aunque ahora al sentir esa pequeña invasión tan
íntima una sombra de miedo acechaba en sus pupilas…
—Acéptame, Megan… Déjame entrar dentro de ti.
Megan se relajó un poco y los dedos masculinos comenzaron a
deslizarse en su interior, haciéndola jadear más y más… Era una locura
que no quería que terminara nunca, al contrario quería que siguiera
porque su cuerpo clamaba por un encuentro mucho más íntimo…
—Daniel, tómame…
Daniel sacó los dedos del interior de la joven y se puso de pie, de nuevo
labios contra labios, mirada contra mirada…
—Enloquezco por ti, pelirroja…
Y la devoró de nuevo, se devoraron las bocas mientras Daniel se bajaba
los pantalones, después su ropa interior y por fin liberó el miembro que
Megan tomó con sus manos.
Era grande, suave, fuerte y duro. Jamás había tenido una erección tan
potente como esa en su mano, era una maravilla ante la cual solo pudo
arrodillarse y rendirle la más amorosa de las admiraciones.
Megan introdujo el miembro en su boca, primero un poco, saboreando
el glande mojado, salado y un poco amargo, y después poco a poco,
introduciéndolo más en su boca, aceptándolo, como aceptaba todo lo que
estaba pasando entre ellos con pasión y deseo infinito.
Daniel gemía mientras acariciaba la hermosa cabellera de esa
apasionada mujer que le estaba llevando al borde del éxtasis con sus
maravillosas caricias…
Los dos estaban al borde del delirio, por eso cuando Daniel no pudo
más, le pidió con su suma delicadeza a Megan que parara y ella se puso de
pie, de nuevo, mientras su erección se aplastaba contra el pubis de rizos
rojizos de la joven…
—Megan no tengo condones, ni pensaba que esto iba a suceder ni yo
suelo hacer esto con las mujeres. Tú eres la única mujer con la que he
estado después de que Helen se fuera…
—Yo tampoco hago esto, Daniel. ¡Ni con el propio con John con el que
llevaba una buena temporada sin tener sexo!
—¿Tomas la píldora? —preguntó Daniel mientras frotaba su pene
contra el pubis de la joven.
Era tan dulce, pensaba entretanto la joven se mordía los labios de placer.
Era tan sexy y excitante, la deseaba tanto, era tan atractiva, que deseaba
hacerle el amor hasta el anochecer, esa noche y todas las que vinieran
después, con la esperanza de llenar el rancho de preciosas princesas
pelirrojas y mocosos rubios como él…
—No. No tomo nada…
Daniel quería penetrarla, poseerla ahí mismo, hacerla suya en su
rancho, en sus dominios, en su tierra que tanto amaba, hasta que el mismo
suelo se abriera, y rugiera con ellos el grito desgarrado del placer sin
límites…
Megan sentía que ya no podía poner freno a la pasión, ni a la cordura,
ni a la sensatez ni a nada. Sí, eran dos adultos que sabían perfectamente
que había que cuidarse, que había que protegerse, pero se miraban a los
ojos y la pasión y el deseo lo nublaban todo. Estaban locos de lujuria, la
necesidad del contacto más íntimo era tan acuciante, tan desesperada que si
no llega a ser porque escucharon el ruido del motor de un vehículo que se
acercaba, habrían consumado el acto allí mismo.
Daniel se giró para ver quién era…
—Tranquila, es Adam, uno de mis hombres…
—¿Nos ha visto? —preguntó ella asustada, cogiendo la camisa del
suelo y cubriéndose a toda prisa con ella.
—No —habló Daniel tranquilizándola, mientras le ayudaba a ponerse la
camisa.
—Dios mío… Esto es una locura… —musitó Megan, subiéndose los
pantalones y sin saber qué hacer.
Ninguno de los dos sabía qué hacer, se morían por seguir devorándose
pero el paso del vehículo había roto la atmósfera de intimidad y magia
que se había creado entre ellos.
—Lo es, y no quiero que termine… —replicó Daniel mientras se subía
los pantalones.
—Ni yo —susurró Megan.
Daniel se acercó a ella y la besó con pasión y dulzura, ella le devolvió
el beso apretándose fuertemente contra él. Él la abrazó con fuerza y sintió
un deseo de protección tan intenso que se vio obligado a decir:
—Pierdo la cabeza contigo, Megan. Pero dado que además estás en mi
rancho, en mi casa, debo cuidar de ti, en todos los aspectos.
—¿Qué significa eso? —preguntó ella con sus labios pegados a los
suyos.
—Que debemos hacer las cosas bien…

19.
Megan se pasó el viaje de regreso al rancho sin decir nada, Daniel
tampoco habló pero ninguno de los dos quería que aquello terminara así,
sin más… Y más cuando solo acababa de empezar, ahora bien Megan
ajena a las intenciones de Daniel no podía dejar de barruntar con ¿qué
querría decir Daniel con eso de “hacer las cosas bien”? ¿Se estaría
refiriendo a olvidarlo todo y a seguir solo como amigos? Megan no
quería eso, Megan ansiaba volver a sentir las caricias del ranchero por
todo su cuerpo, volver a florecer con sus besos, derretirse de deseo… Por
eso, cuando el joven le propuso lo siguiente, cuando ella estaba a punto de
bajarse del jeep, se le iluminó la cara:
—Esta noche no cierres la puerta de tu habitación…
Megan sonrío con los ojos brillantes de emoción, cerró la puerta y se
dirigió canturreando al rancho…
Daniel suspiró. Estaba feliz, cuando ya daba por perdido mantener
siquiera una amistad con la pelirroja, había sucedido lo que había
sucedido. Él se negaba a ponerle un nombre, pero quería vivirlo, quería
llegar hasta el final de eso que estaba empezando a latir en el fondo de su
pecho.
Y eso que tenía muchas dudas, Megan era una mujer de Nueva York, una
abogada que odiaba la vida de Texas, y a él le sucedía lo mismo en la city
así que ¿qué futuro tenían?
Claro que hablar de futuro cuando él todavía estaba haciendo el duelo y
la señorita Welles aún no se había recuperado de su reciente ruptura era un
poco osado. ¿Qué tal si vivían el momento y luego se tomaban decisiones?
Daniel era un hombre previsor, el rancho le había enseñado a ser cauto,
a tomar todo tipo de prevenciones, a trabajar con seguridades, pero lo que
estaba sintiendo, eso que estaba pujando por salir en el fondo de su
corazón no atendía a esa lógica. Era otra cosa, era vida, fuego, ansía,
deseo… ¡Y había que arriesgarse!
Eso sí, con seguridad, el sexo seguro era fundamental, así que le faltó
tiempo para ir a la farmacia más lejana y hacerse con un arsenal de
preservativos. Y se fue lejos porque era muy conocido y no quería
despertar sospechas, sobre todo con Victoire, la farmacéutica de toda la
vida que era muy amante de los chismes. ¡Si los llega a comprar ahí, a
estas alturas todo Texas estaría especulando sobre con quién iba a utilizar
los condones Daniel Danvers!
¡Y eso no le importaba a nadie! Y si volvía a tener ocasión de tener un
encuentro con la señorita Welles, porque tanto durante el almuerzo como
durante la cena se portó con él de una forma un tanto fría y tirante que
solo podía presagiar cosas malas…
¿Se estaría arrepintiendo? ¿Acaso es que no sentía el fuego arder dentro
de ella como él lo sentía?
Daniel sentía una ansiedad tremenda, la pelirroja iba a acabar con él
como no le hiciera un gesto, una señal, algo… Pero no lo obtuvo, Megan
se comportaba como si lo del campo no hubiera sucedido, como si ya
hubiera olvidado sus besos y sus caricias más íntimas y Daniel no pudo
sentir más que una profunda pena.
No quería perderla, no quería que eso acabara ahí; por eso, y a pesar de
que todos los indicios apuntaban a que Megan habría cerrado la puerta de
su habitación con doble llave, cuando dejó de escuchar ruidos en la casa y
se cercioró de que todos se habían acostado, de puntillas, muy sigiloso, se
dirigió a la habitación de la joven.
El corazón le latía a mil, Daniel no recordaba cuándo había sido la
última vez que se había sentido tan asustado, tan nervioso y tan vulnerable.
¡Maldita sea, si solo se trata de una pelirroja! Eso fue lo que se dijo para
infundirse valor y, aun cuando era cierto que en la habitación solo yacía
una joven, lo cierto es que Daniel estaba sintiendo el mismo pavor que si
en la habitación le esperase la fiera más salvaje y feroz.
Ya frente a la puerta, respiró hondo, se armó de valor, puso la mano en
el picaporte y rezando pidió al cielo que la puerta se abriera…
Megan entretanto daba vueltas y vueltas en la cama ¿el ranchero se
habría arrepentido? Estaba llena de dudas porque su comportamiento
durante el almuerzo y la cena no podía haber resultado más
desconcertante. Bien era verdad que ella había decidido tomar distancia,
para no despertar sospechas, pero es que él se estaba portando con una
frialdad que a ella le puso muy nerviosa.
¿Se lo habría pensado mejor y definitivamente hacer las cosas bien lo
que implicaba era que sus cuerpos no volvieran jamás a tocarse?
Cuando Megan ya lo daba todo por perdido, sintió unos pasos sutiles
por el pasillo que luego se pararon ante su puerta.
¿Sería Daniel? Megan rezó para que fuera, para que el picaporte se
girara de una vez y apareciera su sombra recortada en la oscuridad de su
habitación.
Y así sucedió. Daniel, sigiloso, abrió el picaporte, cerró la puerta con
cuidado y de puntillas se dirigió hasta la cama de Megan…
—Buenas noches, pelirroja… —susurró.
—Creí que ya no vendrías… —dijo tomándole de la mano y tirando de
ella para que se tumbara a su lado.
—No imaginas el miedo que he pasado, ¡has sido tan arisca conmigo
estas últimas horas!
—¡Estaba disimulando!
—La próxima vez, planeamos juntos la actuación y ahora ¿qué te parece
si retomamos por donde lo habíamos dejado en el campo?
Daniel se tumbó junto a ella, la habitación estaba a oscuras pero su vista
ya se estaba haciendo y logró atisbar sus maravillosas formas que empezó
a recorrer con las manos. Estaba desnuda, suave, dulce, entregada,
dispuesta a complacerle… Y él, él quería dárselo todo, así que le faltó
tiempo para quitarse la ropa y estrecharla entre sus brazos.
—No imaginas la de kilómetros que he hecho para comprar
condones…
Megan rompió a reír…
Daniel le mandó callar poniendo un dedo en sus labios que ella lamió
con frenesí, mientras Daniel perdió su mano entre los muslos de la
joven…
—Estás tan húmeda, Megan.
—Estoy preparada para recibirte, Daniel. Hazme el amor te lo suplico,
te necesito dentro de mí…
Daniel rasgó un condón, y sin más preámbulo se lo puso, luego besó a
la pelirroja con todas su ganas y se colocó encima de ella…
—Hace tiempo que no hago el amor, Daniel, pero no quiero que seas
cuidadoso conmigo. Quiero que me hagas el amor con la fuerza de tu
corazón, no temas hacerme daño, quiero sentirte tal y como eres…
Daniel colocó su miembro en la entrada del sexo de la joven y susurró:
—Te lo voy a dar todo, Megan. Vas a sentir mi fuerza y mi pasión hasta
en el último poro de tu piel…
El joven de un empellón entró dentro de ella, sin concesiones, hasta el
fondo y Daniel tuvo que sofocar su grito con un beso que llevó a Megan al
éxtasis. Le dolía pero sabía que tenía que ser así, quería sentirle con toda
su dureza, implacable, quería sentir en todo su ser la fuerza de un hombre
amándola hasta hacerle perder la cordura.
Y así, justo así, amaba Daniel, que empezó a hacerle el amor con
penetraciones profundas y lentas, en una tortura exquisita que a Megan
estaba haciéndole perder el sentido, era tan bueno y tan excitante, tan
irresistible que no puedo evitar arañar la espalda del ranchero que gemía
con ella…
—Eres tan dulce, Megan…
Megan elevó sus caderas para sentirle más dentro, para aceptarle por
completo, la sensación era fuerte, jamás había estado con un hombre con
un miembro tan grande como el de Daniel, aquello dolía, y mucho, jamás
se había sentido tan abierta pero al mismo tiempo tan llena, tan plena, y
quería más, mucho más, lo quería todo…
—Vamos, Megan, dámelo…
Megan puso sus manos en las nalgas duras y redondas de Daniel y las
empujó fuerte contra su pubis, para que las penetraciones fueran más
rápidas, más duras, más intensas…
Aquello era el deliro, Daniel entrando y saliendo dentro de ella,
jadeante, pujando por un orgasmo que llegó después de que cabalgara
como el más diestro de los jinetes sobre el cuerpo trémulo y anhelante de
la joven.
Un orgasmo que les conmocionó por completo…

20.
La experiencia había sido tan intensa que ambos se quedaron sudorosos
y relajados, tumbados sobre la cama, en silencio abrazados, disfrutando de
la magia del momento…
Megan tenía la cabeza apoyada en el pecho de Daniel, mientras él
acariciaba el pelo de la joven suavemente con la mano…
—Pelirroja, me fascinas…
La joven suspiró, apenas podía hablar todavía, estaba plena, colmada,
saciada, ese hombre era un dios del sexo.
—Daniel esto es…
—No digas nada —susurró después de darle un beso dulce en la mejilla.
—No puedo decir nada, me has dejado sin palabras, no creo que pueda
volver a hablar en seis meses.
—Ya lo estás haciendo. No seas exagerada. Lo que quería decir es que
vivamos esto y no nos angustiemos por nada más.
—No pensaba vivirlo de otra manera —repuso abrazándose a él.
—Llevo dándole vueltas a esto, sé que es una locura porque somos dos
personas heridas que pertenecemos además a mundos diferentes. Pero no
puedo evitar esto que siento por ti, Megan…
—Ni yo, Daniel —suspiró.
—Ninguna mujer, aparte de Helen me había hecho sentir esto que tú
estas provocando aquí —dijo llevándose la mano al corazón—. Es tan
fuerte que no puedo luchar contra ello, aunque quisiera… Y no quiero…
Porque me siento vivo otra vez, porque cuando estábamos en el campo,
pensarás que esto que te voy a decir es una chifladura, pero me han
entrado unas ganas inmensas de tener hijos contigo, de llenar el rancho de
niños pelirrojos tan preciosos como tú.
Megan sintió un vuelco al corazón, el ranchero era un hombre adorable
y le entendía porque ella en el campo había sido sentido una suerte de
felicidad en la que todos los futuros tenían cabida…
—Me pasa algo parecido, Daniel. Desde luego que no he sufrido tanto
como tú, no es lo mismo tu pérdida que mi ruptura. Mi último año con
John fue muy duro, me destrozó la autoestima, las esperanzas, los sueños
y lo que es peor hizo que dejara de confiar y de creer en el amor. Yo solo
quería olvidar para poder seguir, pero entonces apareces tú, con tu rancho
y tu forma de ser y…
—¿Cómo es mi forma de ser? —preguntó inquieto.
—No te voy a engañar, al principio no te soportaba…
—Y al final me odiabas —dijo soltando una carcajada.
—Yo estaba convencida de que eras tú el que me odiaba…
—Nunca te he odiado, pelirroja —susurró recorriendo el perfil de la
muchacha con el dedo índice.
—Me parecías un arrogante y un testarudo pero nunca he dejado de
admirarte. Desde el primer día me he sentido fascinada por ti, por lo que
eres y por tu mundo. Me gusta la forma que tienes de amar a los tuyos, a tu
tierra, a tus raíces. Me pareces un hombre sólido, honesto y bueno.
—Con muchos defectos por pulir…
—¿Quién no los tiene?
—¿Tantos como yo?
Megan se aferró fuerte al pecho de Daniel y acariciándolo con ternura
dijo:
—No puedo hacerme la idea de lo que has sufrido porque jamás he
tenido una pérdida como sea. Sé lo que duele una ruptura y es horrible, así
que no quiero ni figurarme lo que debe ser que te quiten a lo que más
amas, perderlo así de repente debe ser lo peor que te puede pasar en la
vida. Me parece que eres un hombre muy fuerte, te has aferrado a la vida
con el amor, amor a los tuyos y a esta tierra que es una prolongación de
vuestra esencia, de lo que sois. Eso es, créeme, admirable…
—Me he limitado a sobrevivir, nada más… Y lo he hecho con lo único
que tengo, el amor a la familia y a lo que somos, amo a este lugar Megan
con todas mis fuerzas. Si no llega a ser por los míos y por mi rancho, ya
estaría muerto, pero en ellos encontré la fuerza para seguir y ahora la vida
me trae el regalo de tu presencia…

—Para mí es un honor que me veas de esa forma. Tú también eres mi
regalo más inesperado, cuando ya pensaba que el amor no existía:
apareces y me entregas tanto amor a manos llenas…
—Y mucho más que tengo que entregarte, si me dejas…
—Claro que te dejo… —dijo besándole con pasión.
—Por eso te decía que vivamos esto hasta que llegue el momento de que
tengas que regresar a Nueva York…
A Daniel se le hizo un nudo en el estómago de solo pensar que tenía que
perderla, pero aceptaba lo que el destino les tuviera reservados.
—Yo también quiero vivir esto, Daniel, no sé qué nos deparará la vida
pero esto que tenemos ahora debemos disfrutarlo al máximo…
—Me quitas un peso de encima, creí que ibas a asustarte…
—No me das miedo, vaquero… —bromeó divertida.
—Pues deberías…
Daniel besó el cuello de la joven y desde ahí bajó trazando senderos con
su lengua, hasta terminar entre las piernas de ella.
—Quiero devorarte, pelirroja…
Megan abrió las piernas para aceptar la invasión, para dejarse llevar
por esas caricias tan expertas, tan intensas, tan placenteras…
—Quiero que goces, Megan, quiero que pierdas el control y vuelvas a
arañarme la espalda como una leona en celo.
Megan obedeció, se entregó a las caricias, porque ese hombre sabía
cómo tratar a una mujer en la cama, sabía muy bien dónde buscar el
placer, dónde profundizar, dónde insistir, cómo tocar…
Era tan bueno que Megan hundió sus dedos en el cabello, rubio y
revuelto por el amor, de Daniel y gimió estremecida…
—Tengo tanto para darte, Megan…
—No sé si seré capaz de resistir tanto, ranchero…
—Oh sí, claro que sí. He nacido para cuidarte ¿es que no lo ves?
Megan echó la cabeza hacia atrás y dejó que las caricias del ranchero la
invadieran por completo…
—Lo veo y lo siento. ¡Es maravilloso, Daniel! Pero déjame que yo
también te haga gozar a ti…
—Espera un poco, pelirroja…
Daniel siguió dándole placer a manos llenas, sintiendo que ese
sentimiento potente que estaba surgiendo era un regalo del cielo que iba a
disfrutar hasta sus últimas consecuencias. Megan era una delicia de mujer,
apasionada y hermosa, que se entregaba a sus caricias con una
generosidad que hacía que su corazón bailara de alegría.
Megan solo sabía que en su vida había sentido tal placer, que jamás
había conocido un amante tan perfecto, que incluso parecía conocer su
cuerpo mejor que ella. A Daniel no había que hacerle indicaciones de
ningún tipo, sabía perfectamente dónde tocar, dónde detenerse, dónde
arrancarle los gemidos más intensos…
Pero ya estaba bien de que gozase solo ella, Megan cambió de posición
y se sitúo frente a la entrepierna de Daniel, dispuesta a proporcionarle con
su boca el mismo éxtasis que ella estaba recibiendo.
—Megan eso que vas a hacer es simplemente… atómico.
Megan tomó el miembro del ranchero en su boca y comenzó a
devorarlo con las mismas ansias que él adoraba su sexo, con esas íntimas
caricias que estaban volviéndola loca.
Y Daniel gemía de placer porque esa mujer sabía darle justo lo que
necesitaba, le tomaba con su boca, lo lamía, lo aceptaba, lo disfrutaba, el
goce era absoluto.
La entrega era perfecta. Los cuerpos se acoplaban a la perfección, la
coreografía de lenguas y manos era impecable…
Todo fluía a la perfección, dos amantes generosos, dándose y
descubriéndose, entregándolo todo, hasta el final… Un final mágico que
les sorprendió a los dos, al unísono, en un orgasmo simultáneo que los
dejó temblando de emoción, deseo y dicha.
La felicidad era absoluta…

21.
Lo peor era fingir durante el resto del día que no se morían de ganas
por poseerse de nuevo el uno al otro. Así se pasaban el día como dos
adolescentes haciéndose piececitos por debajo de la mesa, dándose besos a
escondidas y Daniel sin parar de tener celos del veterinario…
Porque además no sabía cómo se las arreglaba que visitaba a diario el
rancho y siempre estaba de risas con Megan, ¿de verdad era necesario que
se pasara el día en su rancho? Desde luego si no cortaba las visitas era por
el mocoso de Brandon que estaba muy ilusionado con Gemma y a la
muchacha también parecía gustarle él, y más desde que el joven estaba
cambiando de actitud y se portaba con ella con mucha amabilidad, tanta
que había estado por llamarle la atención porque el chico no conocía la
mesura, o era grosero o se comportaba como un auténtico pringado.
Pero ahora eso no era lo que más le preocupaba a Daniel, sino el
veterinario que parecía demasiado interesado en la pelirroja… Cuando ya
no pudo más, una semana después desde la primera vez que hicieron el
amor, no pudo evitar abordarla directamente en el establo, cuando David
ya se hubo ido.
—Pelirroja… —dijo tomándola discretamente de la mano—. ¿Te puedo
hacer una pregunta?
—Sí, claro. Aunque ¿no crees que deberías soltarme de la mano?
Brandon podría vernos, se ha ido a despedir a Gemma al coche, pero
puede regresar de un momento a otro.
—Ese loquito está tan enamorado, tan en su nube que aunque nos pillara
besándonos como deseo hacerlo ni se percataría.
—Sí, parece que me hizo caso. Pero este chico no conoce el punto
medio, ahora me da miedo que Gemma se canse de él por ser demasiado
cariñoso…
—Espero que no me pase eso a mí. Y que finalmente decidas irte con
David…
Megan le miró extrañada y luego preguntó frunciendo el ceño:
—¿Qué mosca te ha picado? ¿Con David?
—La mosca de los celos, cada vez que te veo hablando con él y riéndole
las gracias, se me pone un nudo en el estómago tremendo.
—Es que es gracioso. No le río las gracias. Me río con él.
—Maldita la gracia que tiene el caballero… —replicó muy serio,
cruzándose de brazos.
—No tienes motivos para estar celoso.
—¿Ah no? —preguntó arqueando una ceja.
—Me parece un hombre bueno, inteligente, divertido, pero no es mi
tipo.
Daniel, muy intrigado, se llevó la mano a la barbilla y preguntó:
—¿Podría saber cómo es tu tipo?
—¡Alguien totalmente opuesto a ti! —exclamó muerta de risa—.
Siempre me han gustado los hombres morenos, urbanitas, delgados,
elegantes…
—No sigas por favor. O sea que me estás llamando pueblerino, tosco,
zafio, vulgar…
—Si te sirve de algo te diré que en mi vida he sentido tanto deseo por
nadie como contigo. Deseo a todas horas que hagamos el amor, jamás me
había pasado nada igual. Así que gracias a ti he descubierto que lo que de
verdad me pone es lo completamente opuesto a lo que creía que era mi
tipo…
Megan soltó una carcajada y Daniel con un deje severo en la voz,
replicó:
—O sea que yo soy el que te pone, el que metes en tu cama y el
veterinario es el interesante, el inteligente, el divertido, con el que te vas
de cena.
A Megan no le gustó la deriva que estaba tomando la conversación, por
eso se le cambió el semblante y muy seria, habló:
—Desde que pasamos las noches juntos no he vuelto a aceptar una
invitación de David…
—Hasta ahora… pero dada la complicidad que os traéis.
—Yo con quien ceno todas las noches es contigo. A ver si te enteras…
Daniel abochornado se llevó a las manos a la cabeza y balbuceó:
—Perdona, Megan, es que estoy desbordado por esto que…
—¿Por qué le estás pidiendo perdón a la señorita Welles, tío? ¿Qué le
has hecho esta vez? —preguntó Brandon que de pronto irrumpió en los
establos.
—Jovencito no seas entrometido y a ver si dejas de seguir los consejos
de la señorita porque estás hecho un auténtico pringado. ¡Si sigues
tratando así a Gemma te acabará dejando por un tipo duro!
—¡Te equivocas, tío! Y si no mira lo mal que te va a ti con la señorita
Welles, hazme caso: siendo un tío duro no te comes una rosca.
—Brandon, me parece genial —intervino Megan—, que trates de forma
más gentil a Gemma, pero eso de estar preguntándole a cada minuto si se
siente bien, agasajarla con flores y llenarle el wasap de canciones de
amor, creo que puede llegar a agobiarla.
—Pues no se queja…
—Qué poco conoces a las mujeres, muchacho —dijo Daniel—. Cuando
no se quejan es porque están rumiando cómo darte la patada.
—Permítame que te diga ranchero que tú sí que no tienes ni idea, si
Gemma no se queja es porque de momento le gusta —repuso Megan.
—¿Entonces qué hago? ¿Levanto el pie? ¿Sigo igual? ¡Me estáis
volviendo loco! ¡Además no sé por qué os hago caso si sois unos
fracasados! ¡Os morís el uno por el otro y aún ni os habéis dado un pico!
¡Sois patéticos! ¡Paso de seguir vuestros consejos!
Megan y Brandon rompieron a reír y el muchacho se encogió de
hombros:
—Reíd, reíd porque otra cosa…
—No te pases ni un pelo, mocoso, que te veo venir —ordenó Daniel
llevándose el dedo índice a los labios para indicarle que se callara—. Y en
castigo…
—¿Castigo por qué si no he hecho nada?
—Eres un irrespetuoso. Así que en castigo esta noche te quedarás a mi
lado mientras pego unos cuantos tiros…
—¡Eso es genial! ¡Qué bueno! ¡Tengo el mejor tío del mundo!
Megan se puso en jarras y con el ceño fruncido preguntó:
—¡Qué familia de locos! Daniel ¿me quieres explicar porque no
entiendo nada? ¿Qué es eso de los tiros?
—Anoche me contaron los muchachos que vieron unas sombras
rondando el rancho, no sabemos si serán unos rateros, unos gamberros,
qué se yo… Lo que solemos hacer en estos casos es tomar medidas
disuasorias.
—Es una costumbre familiar —explicó Brandon con los ojos brillantes
de la emoción—, lo hacía el abuelo y el padre de mi abuelo y así
sucesivamente hasta la caverna ¿verdad tío Daniel?
—Sí. Cuando suceden estas cosas lo que hacemos es pegar tiros al aire
y el problema suele quedar resuelto en un par de noches…
—Sí —añadió Brandon—. Y te creas una fama de loco perdido que hace
que a todo el mundo se le quite de la cabeza acercarse al rancho, ni aunque
sea para una broma. ¿Me dejarás tío Daniel pegar unos tiritos?
—No. Por supuesto que no.
—¡Eres un rollo, tío, que lo sepas!
Megan se llevó las manos a la cabeza y resopló:
—Brandon te recuerdo que eres menor…
—Es una escopeta de fogueo, vamos, señorita Welles ¡esto es Texas!
—Por favor, soy una chica de ciudad. Todo esto me sobrepasa. ¡Estáis
hablando de pegar tiros! ¡Y si ocurre una desgracia!
—¿Qué desgracia va a ocurrir? ¡Si son tiros al aire! Y solo será un par
de días. Y ya verá qué emocionante es. No se lo pierda, le va a encantar,
¿verdad tío Daniel?
—Sí, ya va siendo hora de la que señorita Welles tenga una noche
emocionante, porque hasta ahora no han podido ser más aburridas. ¿No es
cierto, pelirroja? —preguntó con una sonrisa tan pícara como irresistible.












22.
Después de la cena, Megan acompañó a Daniel y a Brandon al porche
donde se situaron junto a una baranda. No podía creer que fuera partícipe
de esa locura, Daniel iba con la escopeta de balas de fogueo en ristre y
Brandon parecía muy divertido.
—Ya verá señorita Welles lo que se va a reír…
—Es que todavía no sé qué hacemos aquí… —protestó encogiéndose de
hombros.
—¿Qué vamos a hacer? Ya te lo hemos explicado antes, esta es una
tradición en los Danvers, cuando alguien tiene la mala idea de adentrarse
en nuestros dominios, lanzamos unos cuantos tiros al aire y dejamos que
se corra el rumor de que estoy loco. ¡Es mano de santo, créeme!
—¿Y tú reputación? ¿Te da igual que todo Texas piense que eres un
loco?
—Me importa más mi rancho que mi reputación. Que piensen lo que
quieran de mí, lo único que me importa es que se lo piensen muy mucho
antes de volver a poner un pie en mi rancho…
Y tras decir estas palabras, Daniel cargó la escopeta, apuntó al cielo y
disparó unas cuantas veces, mientras Megan se tapaba los oídos…
—¡Vuestras tradiciones me van a reventar los tímpanos!
Brandon se tiraba por los suelos de la risa y Daniel cuando terminó de
disparar, volvió al rancho a dejar la escopeta en su sitio y después regresó
al porche tan campante con un refresco para el muchacho y champán para
ellos.
Megan por su parte seguía entre perpleja e indignada, cruzada de brazos
y con el gesto más que contrariado:
—¿Y ahora qué se supone que celebramos? —preguntó.
—Que estamos locos —contestó Brandon, arrebatándole el refresco a
su tío de la mano.
—¡Desde luego que sí! —replicó Megan.
—Relájate pelirroja.
Después de decir estas palabras, Daniel tendió una copa de champán a la
señorita Welles con la mirada encendida por el deseo. ¿Cómo podía ser
tan descarado? ¡Solo pedía que Brandon no se percatara de nada porque de
lo contrario estaba perdida!
—Tío, teníamos que haber invitado a Gemma a la fiesta… —dijo el
jovencito con la vista perdida en el techo.
—Tú lo que vas a hacer es irte a la cama en cuanto te tomes tu
refresco… —replicó el tío y Megan esbozó una amplia sonrisa.
Brandon estaba en su mundo, así que la señorita Welles respiró
tranquila porque su secreto, estaba de momento a salvo.
¿Hasta cuándo? Qué importaba, total solo le quedaban unas cuantas
semanas de estar en el rancho y después volvería a su vida normal, aunque
la idea de regresar a su mundo le provocaba una suerte de tristeza en la
que no quería ni pensar.
Prefirió centrarse en el presente, en la realidad que tenía antes sí, y
disfrutar de los momentos bellos que la vida le estaba ofreciendo, como
esa noche tan divertida en el porche y lo que vino después…
Porque como cada noche, Daniel acudió a su habitación y se entregaron
a los besos y a las caricias, hicieron el amor con pasión desmedida y al
alba él abandonó con sigilo su lecho, como hacía siempre.
Y luego al despertar, otra vez las rutinas maravillosas, los desayunos en
familia, los paseos por el rancho, el trabajo duro, el establo, las clases, las
comidas, la ayuda a Marie Eugene con las tareas del hogar, la diversión
por la tarde en la piscina, las cenas mágicas… Y risas, sobre todo muchas
risas, reír como hacía tiempo que no lo hacía, por todo y por nada.
Disfrutar de la vida, en suma, una vida que para su sorpresa estaba
resultando más plena de lo que jamás habría imaginado.
Megan se sentía muy bien, ya no era solo que el rancho le estuviera
ayudando a olvidar su relación fallida con John, sino que también estaba
empezando a disfrutar de lo que la vida le estaba ofreciendo…
—Después de tanto tiempo abrazando sombras, no puedo creerme que
estés tú… —le susurró Megan esa misma noche, después de hacer el amor.
—Yo ya no quiero más sombras. Solo tú. Tú lo llenas todo. Con tu
presencia lo llenas todo de luz, una luz que llena mi corazón por
completo.
Megan sintió un estremecimiento profundo, porque en su corazón
también estaba sintiendo cosas que estaban yendo mucho más allá de lo
que ella esperaba.
—Yo me siento renacer a tu lado, Daniel. Jamás pensé que me sucedería
pero siento que mi corazón late otra vez y con ganas, pero…
Megan suspiró y se abrazó a él con fuerza. Era mucho lo que les
separaba, eran de dos mundos distintos y eso era una verdad insoslayable,
pero el sentimiento entre ellos crecía con fuerza a cada instante…
—¿Recuerdas lo que dijimos la primera noche que entré en tu cama? —
susurró Daniel acariciando con el dedo índice los labios de la joven.
—Vivamos el momento.
—Eso es preciosa, vivamos, sintamos, disfrutemos de la bendición que
es este sentimiento, y ya se verá…
—Estoy sintiendo algo tan fuerte que me asusta, Daniel.
—No debes asustarte de amar —musitó a su oído.
Megan sintió una punzada en el estómago, porque eso era lo que sentía:
amor. No se había atrevido a verbalizarlo por miedo a que Daniel se
asustara pero era justamente lo que estaba sintiendo en su corazón, un
amor puro y verdadero, que ya no tenía sentido callarlo por un instante
más.
—Tenía miedo a que tú te asustaras —confesó entre suspiros.
—Yo sé lo que siento, Megan. Sé cómo me miras cuando hacemos el
amor, lo que me entregas, sé cuánto te esfuerzas por adaptarte a la vida del
rancho, admiro y valoro el amor que pones en las clases a Brandon, el
cariño que pones en todo, la alegría que nos has traído desbordante. Si no
has hecho otra cosa más que dispensarnos afecto y amor a manos llenas a
todos. Y a mí en especial, me has dado la bendición de tu amor de mujer,
el regalo que menos esperaba y que recibo con el corazón agradecido. No
me asusta tu amor, al contrario lo tomo y lo acepto emocionado.
Megan se aferró a él con más fuerza y no pudo reprimir que dos
lágrimas recorrieran su rostro:
—Yo también acepto y recibo tu amor como la más grande de las
bendiciones. Estar en tu rancho, en tu mundo y en tu cama es algo
inesperado que ha devuelto la ilusión y el sentido a mi vida. Adoro estar
aquí, señor Danvers, me gusta estar en tu rancho y en tu cama. Soy muy
feliz y voy a disfrutarlo al máximo...
Daniel besó a la joven con suma pasión, los labios se fundieron y
después fueron los cuerpos; otra vez se sumergieron el uno en el otro y la
carne se hizo una. Un solo cuerpo que buscó el placer hasta volver a yacer
extasiados el uno sobre el otro. Exhaustos, satisfechos y saciados,
escucharon como el último de sus gemidos tomaba la forma de un: “Te
quiero”.
Un “te quiero” profundo y verdadero, que dijeron los dos de la forma
más sentida que puede decirse, y así se quedaron dormidos hasta el
amanecer que Daniel regresó a su habitación para pena de ambos.
Pena porque cada vez tenían más necesidad el uno del otro, porque las
ausencias de apenas unas horas se hacían cada vez más largas, porque
necesitaban los besos y las miradas del otro a cada instante, como el aire
mismo para respirar.
Porque aquello que había empezado de una forma inesperada se estaba
haciendo cada vez más grande, más fuerte y más sólido…
¿Podría durar un verano toda una vida? Puesto que eso era justamente
lo que los dos estaban deseando...

23.
Y es que los días se sucedían felices, todo discurría con una placidez y
una armonía que a ambos le daba pavor pensar que más temprano que
tarde iba a terminarse.
Entretanto, apuraban cada momento al máximo. A la mañana siguiente,
después de decirse que se querían por primera vez, se pusieron de acuerdo
para ir a visitar el manantial del extremo sur del rancho.
Ese lugar era muy especial para ambos, porque había sido donde se
había desatado su pasión por primera vez, y porque de alguna manera
había servido para que Daniel se percatara de que Megan estaba en el
rancho implicándose hasta el fondo; y a ella le había servido para darse
cuenta de que le estaba importando más de la cuenta, el rancho y el
ranchero…
Días atrás, habían vuelto en varias ocasiones a ese lugar tan especial y
un potrillo alazán se había acercado hacia ellos. Megan siempre se
adelantaba y el potrillo lejos de asustarse, curioso y atrevido, se acercaba
a ella para sorpresa de Daniel:
—No sabía que tuvieras tanta mano con los potrillos salvajes… —dijo
quitándose el sombrero—. Aunque bien pensado no sé de qué me
sorprendo si has obrado un auténtico milagro con el mocoso de Brandon
y a mí me tienes completamente rendido…
Megan soltó una carcajada, coqueta y luego replicó:
—¡Me encantan los caballos! Si alguna vez te apuntaras a los paseos
matutinos con Brandon, ya sabrías de mi buena mano con los equinos.
—Pero estos caballos son salvajes, señorita Welles. Jamás vi esto que
estoy presenciando hoy, este potrillo se acerca a ti como si fuera un
perrillo sumiso...
—Y eso que no he traído manzanas… —contestó guiñándole un ojo.
Pero las siguientes veces, llevó manzanas y todas consiguió que el
potrillo la tomara de su mano. Como nuevamente, aquella mañana,
después de que se dijeran te quiero por primera vez…
—Me siento como ese potrillo, Megan… —confesó Daniel con los ojos
brillantes.
—¿Tienes hambre? ¿Quieres una manzana tú también? —bromeó ella.
Daniel sonrió y pensó que sí, que tenía hambre, mucha además. Hambre
de ella. De sus besos, de sus caricias, de sus risas… se moría por hacer el
amor con Megan otra vez, por tenerla otra vez en sus brazos, consumida
de placer, devorada por el deseo, que lejos de amainar, cada día
implacable crecía más y más…
—¿Quieres que te diga lo que quiero, pelirroja? —preguntó arqueando
una ceja y poniéndose otra vez el sombrero.
Megan sonrió, mientras con el brazo estirado sostenía la manzana a la
que el potrillo acababa de dar un mordisco.
—Claro que quiero ranchero.
—Quiero hacerte el amor. A todas horas, Megan. Siento algo aquí muy
fuerte —dijo llevándose la mano al corazón—, que me impide respirar,
pero que al mismo tiempo me hace sentirme más vivo que nunca. Es deseo
y es algo más profundo que crece día a día dentro de mí. Y ¿sabes qué? No
estoy asustado. Sé que debería estarlo, sé que debería estar planteándome
muchas cosas. Pero he estado muerto, Megan, yo creí que jamás volvería a
sentir esto y aquí me tienes, rendido de amor por ti.
Megan sintió miles de mariposas revolteando en su estómago, ella sabía
muy bien de lo que estaba hablando el ranchero porque estaba sintiendo
algo parecido. Bien era verdad que no había sentido una pérdida tan
grande como la de Daniel, pero jamás se le había pasado por la cabeza que
otra vez iba a sentir algo como lo que estaba sintiendo en lo más profundo
de su corazón.
Y era amor. Ella también tenía experiencia y edad suficiente para
reconocer bien eso que bullía en su interior, ese deseo, esa necesidad, ese
arrebato… Admiraba al ranchero, deseaba su compañía, sus caricias, sus
palabras, todo. Un sentimiento muy fuerte y bien reconocible se estaba
gestando dentro de ella, un sentimiento que iba a más y que la tenía
completamente sorprendida.
Ella había acudido al rancho a olvidar un amor y resultaba que la vida
le sorprendía con un amor inesperado y dulce, suave pero a la vez
abrasador. Un amor texano, como la tierra misma, fuerte, especial, con
carácter y siempre sorprendente.
Y lo mejor es que los dos, lejos de asustarse anhelaban seguir juntos,
ahondar en el sentimiento, explorarlo hasta que el verano agonizara. Lo
que pasara después, poco importaba en ese momento…
—Yo también siento algo muy fuerte por ti, Daniel…
El potrillo terminó de zamparse la manzana y dejó que Megan le tocara
las crines con ternura…
—No puedo creer lo que estoy viendo —susurró Daniel, perplejo al
contemplar la escena.
—Buen chico, Dylan, buen chico… —musitó Megan acariciando al
potrillo.
—¿Dylan? ¿Lo has llamado Dylan?
—Sí, es uno de mis cantantes favoritos. Y tiene toda la cara de llamarse
así ¿no crees?
—Si tú lo dices, pelirroja…
Daniel se echó a reír y al poco el potrillo regresó con el resto de
caballos salvajes. Después, abandonaron el lugar en el coche con las
manos entrelazadas y un deseo prendido en el fondo de sus almas.
—¿Qué te parece, pelirroja, si paro en una cabaña que tengo en el otro
lado del rancho y…?
—¿Y hacemos el amor salvajemente? —dijo Megan pícara.
—Megan necesito tenerte en mis brazos, necesito poseerte una y mil
veces. No sé qué locura es esta pero quiero gozarla al máximo…
—Vamos, vaquero: muéstrame ese lugar…
Y vaya que si se lo mostró. Estuvieron haciendo el amor hasta que llegó
la hora de la clase con Brandon, se devoraron por completo, dándoselo
todo, apurando cada beso, cada caricia, saboreando los orgasmos
maravillosos que los dejaron vencidos, exhaustos Y plenos…
Se sentían tan bien juntos, era tan formidable sentir la misma alegría, el
mismo sentimiento compartido, que ninguno de los dos daban crédito
pero se dejaban llevar hasta dónde quiera que ese amor nuevo les
llevara…
Ya en la cena, Brandon les contó que los trabajadores habían visto a
unos jóvenes rondando por el rancho…
—Serán algunos ladronzuelos —dijo Mary Eugene sin darle demasiada
importancia.
—Pues que se preparen ¿verdad tío Daniel? —replicó Brandon
removiéndose en la silla.
—Brandon que no se dispare tu imaginación desbordante, no ha pasado
nada de nada…
Sin embargo, pasó… Un rato después cuando estaban de charla animada
en el porche, Daniel atisbó una sombra y le pidió a Brandon que trajera
una sábana y una linterna…
—¿Sábana y linterna? —preguntó asustada Megan.
—¡Va a alucinar, señorita Welles! ¡Es lo más divertido que se puede
imaginar!
—Vamos, Brandon. No te demores más…
Megan se mordió los labios y luego soltó nerviosa:
—¿Me puede explicar alguien lo que está pasando aquí?
—Calla pelirroja —ordenó Daniel, llevándose el dedo índice a los
labios—. Y espera a que Brandon traiga lo que le he pedido… Solo puedo
asegurarte que te lo vas a pasar bien, muy bien… ¡Diversión texana al más
puro estilo Danvers!

24.
El muchacho regresó con la sábana y la linterna y se la pasó a su tío
divertido y entusiasmado. Megan seguía cruzada de brazos, bufando…
—No sé qué jueguito es este que os traéis entre manos, pero no contéis
conmigo para nada. Y desde luego que Brandon se lo pase pipa con estas
travesuras es más que comprensible, dado que es un adolescente, pero que
un hombre hecho y derecho como tú, Daniel, esté con estas chiquilladas
me parece el colmo…
Daniel miró muy serio a la señorita Welles, y disimuló como pudo sus
ganas de estrecharla entre sus brazos y besarla hasta dejarla sin aliento. En
vez de eso, respiró profundo y luego habló apuntándola con la linterna.
—Señorita Welles, parece mentira que te tenga que explicar esto, pero
visto que no lo entiendes, tendré que contarte conceptos que para mí son
básicos. Como bien sabes el amor es algo más que un sentimiento…
Megan se recogió el pelo en una coleta baja y, tras parpadear muy
rápido porque no daba crédito, dijo:
—¿Qué? ¿De qué me estás hablando?
¿Pero cómo se atrevía a hablar de amor delante del loquito de Brandon?
—Te hablo de que el amor es algo más que un sentimiento, es acción.
Yo amo a mi rancho y ese sentimiento puro implica acción. Sencillito ¿no
crees?
—¿Acción con una sábana y una linterna? ¡Mira no sé qué broma es esta
pero me está empezando a incomodar! ¡Y bastante! —exclamó Megan,
enojada.
—Mire señorita Welles, es algo que funciona. ¡Créame! Ya lo hemos
repetido otras veces. Se trata de que nos adentremos en la oscuridad, hasta
una roca que hay en el lateral derecho…
—Sí, porque justo en esa zona, acabo de escuchar unos ruidos… Los
rateros siempre entran por ese lado…
—¿Rateros? —preguntó Megan muy asustada.
—Chiquillos. Tranquila, señorita Welles, solo vamos a darles un susto y
no volverán en todo el verano. ¿Verdad, tío Daniel?
—Menos cháchara y más acción. Pelirroja, dame tu mano…
—¿Mi mano? ¿Para qué? —replicó Megan cruzándose de brazos.
—¡Para casarse contigo! ¡No te digo! —gritó divertido Brandon,
dándose una palmotada en el muslo.
—Jovencito, no te pases ni un pelo —habló con el ceño fruncido el
ranchero, apuntando a su sobrino con la linterna.
—¡Qué familia de locos! ¡Pero Señor dónde me he metido! —exclamó
Megan llevándose las manos a la cabeza.
—Parece mentira señorita Welles, que una pelirroja de Nueva York,
acostumbrada a una vida trepidante se asuste de unas sencillas tretas de
aburridos rancheros… —dijo Daniel, tendiendo su mano hacia la señorita
Welles.
—No pienso adentrarme en la oscuridad de la noche, precisamente
porque me he criado en Nueva York, sé que no hay que tentar a la suerte y
transitar por determinados lugares a determinadas horas.
—¡No sabía que era tan gallina, señorita Welles! —gritó Brandon entre
risas.
—Sobrino, respeta por favor…
—Pero ¡si solo digo la verdad! —se defendió el jovencito encogiéndose
de hombros.
—No soy ninguna gallina, Brandon. Lo que soy es una persona sensata
y adulta y ya que tu tío no tiene la cordura suficiente para ver que es una
temeridad meterse en la oscuridad de la noche a buscar rateros armados
con una linterna y una sábana, yo tendré que tomar las riendas de la
situación.
—Ven aquí, pelirroja…
Tras decir estas palabras, Daniel tiró de la mano de la señorita Welles
hasta que los pechos de ambos se encontraron, luego la miró a los ojos
con una intensidad que a Megan le hizo temblar las rodillas y después de
mirarla unos segundos a su hermosos labios, la besó en la boca con
posesividad y arrebato…
Megan por unos instantes se resistió, temiendo en todo momento la
reacción de Brandon, pero el beso de Daniel era demasiado y no pudo
finalmente hacer otra cosa más que devolvérselo…
Y el beso duró hasta que los aplausos y silbidos de Brandon les hicieron
separarse entre divertidos y abochornados.
—¡Tío Daniel tienes que enseñarme a hacer eso! ¡Quiero que Gemma
caiga rendida ante mí como lo ha hecho la señorita Welles! A simple vista
no parece difícil, ¿te importa volver a repetirlo para que vea bien cómo se
hace?
—Chiquillo atrevido ¡quieres cerrar la boca de una vez y concentrarte
en lo que estamos! —le regañó Daniel mientras lamía sus labios con su
lengua, para saborear bien el beso de la pelirroja.
—Pues eso hago, concentrarme en cómo hay que hacer para besar de
campeonato. Yo quiero besar a Gemma así… Y oye ¿entonces sois
novios?
—Como sigas en esa línea, Brandon, el que va a recibir un castigo de
campeonato eres tú, pequeño diablo…
—¿Yo? —dijo el jovencito encogiéndose de hombros, con cara de no
haber roto un plato jamás.
—Sí. Tú. ¡Deja de hacer preguntas impertinentes y vamos a lo que
vamos!
—No está haciendo preguntas impertinentes —apuntó Megan con una
sonrisa cómplice.
—¿Verdad que no, señorita Welles? —insistió Brandon con los ojos
muy abiertos—. ¿A que mi tío debería compartir conmigo todos sus
conocimientos sobre besos que dejan derretidas a las chicas? Porque usted
está derretida, no lo niegue…
—Brandon, vete ahora mismo a tu cuarto —le exigió Daniel
apuntándole con la linterna.
—Déjalo tranquilo —intervino Megan, bajándole el brazo con cariño
para que dejara de apuntar al chico con la linterna—. Tiene razón. Estoy
derretida, tu tío besa muy bien…

—¿Ah sí? —replicó Daniel arqueando una ceja.
—¡De maravilla! —suspiró Megan emocionada.
—¿Ves, tío? ¡Ay! ¡Yo quiero que Gemma se quede con la misma cara de
tonta que ahora tiene la señorita Welles!
Daniel de nuevo levantó el brazo con la intención de abroncar al joven,
pero Megan le tomó cariñosa la mano y rompió a reír…
—¡Así es imposible educar a un adolescente, señorita Welles! —Y tras
decir esto, el ranchero rompió a reír también.
—Pero si es que tío Daniel, no tienes nada que reprocharme, solo digo
la verdad. ¡Es lo que salta a la vista a cualquiera que tenga ojos! Y una
cosita, ya que estamos de risas, una preguntita informativa nada más. ¿Sois
novios? ¿O ha sido un beso digamos que… exploratorio? —preguntó el
chico rascándose la cabeza.
Daniel resopló, Megan le miró cariñosa para calmarle y después tomó
la palabra:
—Nos estamos conociendo, Brandon. Nos gustamos, nos encanta estar
juntos y, como tú bien has notado, hay una gran atracción entre nosotros…
—Entonces ¡sois novios! ¡Qué guay! Porque desde que usted ha vuelto
loquito de amor a mi tío, señorita Welles, y es algo evidente porque tiene
la misma cara de tonto que usted, está más enrollado que nunca.
—¿Nos guardarás el secreto, Brandon? —preguntó Megan guiñándole
un ojo.
—Depende —respondió el chico con una sonrisa traviesa.
—¡Lo que me faltaba por ver! ¡Espera que ahora nos va a chantajear y
todo! ¡Si es que eres una criatura del dem…! —gritó iracundo Daniel.
—¡Qué no! ¡Que soy una criatura de luz y de sol! ¡Que no te enteras, tío
Daniel! Que solo pongo como condición para cerrar el pico: que me
ayudéis con Gemma. ¡Quiero que sea mi novia! ¡Yo también quiero una!
—¡No quiero oír ni una palabra más! ¡O vas a estar limpiando cagadas
de caballo hasta que vayas a la Universidad! Y ahora… ¡vamos a dar una
lección a esos intrusos!

25.
Megan no podía parar de reír, la situación no podía ser más divertida, a
pesar de que Daniel le reprochaba su actitud entre dientes, mientras el
chico caminaba delante de ellos:
—Señorita Welles, me estás desautorizando, ¡cómo voy a disciplinar a
ese mocoso, si tú le ríes cada gracia que hace!
—Tranquilo. Solo tenemos que enredar un poco para que Gemma caiga
rendido a sus pies y nuestro secreto estará a salvo…
—¿Enredar un poco? ¡Esa chica es muy madura para su edad! ¡Es todo
sensatez y dulzura! Es muy sensible además. ¿Cómo se va a enamorar de
un descerebrado como mi sobrino?
—¡No hables así de Brandon! Es un chico muy sensible también y muy
listo. ¡Hacen muy buena pareja!
—Pelirroja ¿te recuerdo que tienen trece años? —repuso sin soltarla de
la mano. Era tan delicioso sentirla tan cerca, verla tan divertida, se sentía
tan bien…
—¿Te recuerdo que el amor no tiene edad?
—Ya discutiremos este asunto tú y yo… Ahora tengo que centrarme en
esta importante misión —anunció empuñando la linterna y luego
agitándola al aire.
—Te espero esta noche en mi cama, como siempre. Estoy loca por
discutir de lo que quieras…
—Esta noche voy a hacer que te corras como nunca, pelirroja. No voy a
tener piedad contigo…
Megan, con los ojos brillantes de deseo, reprimió una carcajada con la
mano y luego tras lamerse los labios con la punta de la lengua, susurró…
—Espero que así sea, señor Danvers. Además, seguro que tras verle en
acción voy a estar muy excitada…
—No imaginas cuánto, señorita Welles… —replicó guiñándole el ojo.
Daniel apretó el paso y sin soltar de la mano a la joven, se adentraron
en la oscuridad de la noche, siguiendo al chico que iba bastante
adelantado. La luna creciente apenas dejaba ver algo y solo se escuchaban
sus pasos y a las chicharras lejanas… Megan no recordaba habérselo
pasado tan bien en mucho tiempo, a pesar de que la situación a priori
debería de estar dándole miedo. Ir a la caza de intrusos armados solo de
una linterna y una sábana era como para sentir algo de congoja, pero ella
solo tenía ganas de reír y de reír…
Y así estuvieron caminando un buen trecho dentro del recinto hasta que
llegaron a la altura de Brandon, que estaba sentado sobre una piedra de un
metro de alta. Daniel le tendió la linterna y la sábana al chico, para que se
la sujetara mientras él se subía a lo alto de la piedra…
—¿Me quieres contar para qué te subes a la piedra? ¿Para otear el
horizonte? ¡Si no se ve ni un pimiento! —dijo Megan perpleja.
—Señorita Welles —susurró Daniel llevándose el dedo índice a la boca
para mandarla callar—, a partir de este momento: ver, oír y callar.
¡Brandon tú igual!
—¡Tío Daniel ya lo sé! ¡Que no soy nuevo! —protestó en voz baja el
muchacho.
—Los intrusos no deben andar lejos… Es el momento de que empiece
la Operación Fantasma… —anunció solemne Daniel.
—¿Operación qué? —preguntó Megan un poco asustada, pero sin
perder la sonrisa.
—Shhhhhhhhhhhhh.
Tío y sobrino le mandaron callar y Megan hizo el gesto de que se
cerraba los labios con cremallera.
—Buena chica, pelirroja —musitó Daniel.
Acto seguido, se colocó encima la sábana, como si fuera un fantasma y
se quedó quieto sobre lo alto de la piedra.
Megan, sin dar crédito, tuvo que romper su promesa de silencio y
mascullar al chico:
—¿Me puedes explicar a qué estamos jugando, Brandon? ¡Es que no me
entero de nada!
El muchacho puso los ojos en blanco, se llevó las manos a la cabeza y
contestó irritado:
—¿Pero no le ha dicho mi tío que vea, oiga y calle?
—¿Cómo me voy a quedar callada viendo lo que estoy viendo? ¿Crees
que es muy normal ver cómo un adulto se disfraza de fantasma en mitad
de la noche y se sube a una roca?
—No sea impaciente. Quédese calladita y agachada que en cuanto
aparezcan los intrusos lo va a entender todo…
El muchacho tiró de la mano de Megan para obligarla a acuclillarse en
el suelo, junto a él y a la joven aquello ya le pareció el colmo.
—¿No pensará tu tío que me voy a pasar la noche de cuclillas mientras
espero a que unos delincuentes vengan a asaltarnos?
—Brandon —susurró Daniel a través de la sábana—, recuérdame que
no traiga a la pelirroja a la próxima misión.
—¿Cómo? ¿Vamos a tener más misiones de estas? ¡Ni lo sueñes,
ranchero! ¡Esta es la última vez que hacéis el número este absurdo del
fantasma de noche!
—¿Por qué no traería esparadrapo? —protestó Daniel a través de la
sábana.
—Señorita Welles, por favor, ¿sería tan amable de dejar de hablar unos
minutitos? —pidió Brandon, juntando sus manos a modo de súplica.
—Unos minutos y me vuelvo a casa. ¿Entendido?
Ni el tío ni el sobrino respondieron, se limitaron a responder con un
silencio que se cernió sobre ellos como la negra sombra que los rodeaba.
Y encima el cielo, cubierto de estrellas preciosas, miles de estrellas en las
que Megan perdió su mirada. ¡Qué espectáculo tan hermoso!
Desde luego que merecía la pena estar ahí en mitad de la nada, aunque
solo fuera para contemplar ese impresionante cielo punteado de una suerte
diminutos diamantes. Era tal el prodigio que el pequeño enfado que tenía
por estar ahí, se esfumó por completo y se limitó a disfrutar del inmenso
cielo, olvidándose de todo lo demás.
Y mira que lo demás era extraño, porque ver al ranchero subido a la
piedra con la sábana puesta encima era partirse de risa y no parar en tres
meses de hacerlo, pero decidió ignorarle, a él y a su sobrino, que estaba
como un depredador con los sentidos agudizados al máximo a la caza de
cualquier ruido, de cualquier alteración de la paz de la noche.
Y pasado un buen rato sucedió, no muy lejos se escucharon unos pasos,
debían de ser tres o cuatro personas, chicos jóvenes, porque uno habló y
los demás le mandaron callar entre risas. Eran voces jóvenes que se
debieron de llevar el susto de su vida cuando Daniel encendió la linterna y
vieron iluminarse en mitad de la noche a un fantasma que salía de la
nada…
—Tíos ¿habéis visto eso? ¿Qué coño es? —gritó uno, acercándose
hacia la luz.
—Joder, parece un ¡puto fantasma! —respondió otro intentando parecer
tranquilo, pero bastante nervioso.
—Colegas, me las piro de aquí —dijo otra de las voces—. Esto me
huele muy mal…
—Espérame —habló otro muchacho—, yo también me voy. Me da muy
mala espina todo esto…
—Joder tíos ¡qué cagones soy! Pues yo voy a acercarme a ver qué
demonios es esa luz —anunció el que tenía la voz más fuerte de todos
ellos.
Entonces, Daniel comenzó a apagar y a encender al linterna y a gritar
con una voz de ultratumba que hasta a la misma Megan le puso los pelos
de punta:
—¿Quién osa a invadir mis campos? ¡Soy el viejo señor Danvers y os
voy a perseguir hasta el mismísimo infierno, pandilla de cabrones!
—¿El viejo señor Danvers? ¿El que la palmó hace mil años? Tíos
vámonos de aquí… —chilló uno de los jóvenes y los otros tres salieron
corriendo detrás de él, pegando gritos que se pudieron escuchar en toda
Texas.

26.
Cuando dejaron de escucharse las voces de los jóvenes, Brandon y
Megan ya no pudieron aguantar más y estallaron en carcajadas, que se
escucharon también en todo Texas.
—¿Queréis reíros más despacio? ¡Que nos pueden pillar! —les regañó
Daniel, después de quitarse la sábana y bajar al suelo dando un salto.
—¡Cómo no me voy a reír, si es lo más gracioso que he presenciado en
mi vida! —soltó Megan sujetándose la tripa de la risa.
—¡Yo es que me voy a hacer pis encima y todo, tío Daniel!
—Callad y regresemos con sigilo al rancho. ¿Creéis que yo no me
estaba partiendo de risa cuando me he hecho pasar por el espíritu de mi
abuelo?
—¿Tu abuelo hablaba como una criatura del averno? —preguntó
Megan sin parar de reír, llorando y doblada de la risa.
—Señorita Welles —ordenó Daniel haciendo esfuerzos ímprobos por
contener la carcajada—, como no recobre la calma, voy a tener que
cargarla en mi hombro y llevarla a cuestas, raudo y veloz, hasta su
cama…
—¿Su cama? —preguntó Brandon, con los ojos como platos—. ¿Os
vais a acostar juntos ya? ¿La primera noche? O ¿el beso de hoy no ha sido
el primero? ¿Cuánto lleváis juntos, pillines? ¡Contádselo todo al bueno de
Brandon! ¡Vuestro cómplice del amor! —exclamó el jovencito tendiendo
los brazos al aire.
—¿El bueno de Brandon? ¡Mocoso descarado! ¡Corre para la casa y
mañana te quiero a las seis en punto en los establos! ¡Como un clavo! ¿Me
oyes?
—¿A las seis? Pero si son… —refunfuñó el muchacho.
—Me da igual las horas que sean. ¡A las seis! ¡Y ahora vuela!
Brandon echó a correr y cuando Megan se cercioró de que el joven ya
no les escuchaba, le susurró entre risas:
—¿A las seis? ¿No crees que te has pasado con el castigo?
—Va ser más castigo para mí que para él. Puedes creerme, porque
pienso estar haciéndote el amor hasta esa misma hora…
Megan le dio la mano, le miró y le habló con los ojos brillantes, como
las estrellas que colgaban del cielo:
—¿Ese es mi castigo por las risas?
—Ese es tu regalo por ser la bendición más grande que tengo en mi
vida…
Tras decir esto, Daniel la cogió en volandas y así la llevó hasta la
misma cama, donde la tumbó con delicadeza y, después de ponerse un
condón y mirándola con un deseo infinito, le susurró:
—Voy a hacerte el amor, pelirroja, como jamás te lo han hecho. Voy a
amarte hasta hacerte estremecer de placer…
—Daniel quiero que lo hagas justo así porque…
Megan se calló, quería decir que porque le amaba pero cuando la
palabra empujaba en la punta de su lengua, cuando pugnaba por salir de
sus labios, tuvo la precaución de callarse.
¿Cómo podía amar a ese hombre si apenas hacía unas semanas que se
conocían? ¡Si no tenían nada que ver! ¡Eran de mundos totalmente dispares
y estaban condenados a separarse en otras tantas semanas! ¿Cómo iba a
decirle que le amaba? Aunque en ese momento su corazón latiera a mí,
aunque el deseo se agolpara en todos los poros de su piel, aunque sintiera
admiración y profundo respeto por ese hombre, no podía decirle que le
quería… Era una locura o ¿era una verdad?
Porque lo que Megan estaban sintiendo en su pecho era algo que iba
más allá del deseo, de la admiración o del respeto. Era un sentimiento muy
fuerte que le estaba removiendo en lo más profundo, eran ganas de
fundirse, de darse, de entregarse y de recibir con la misma entrega y
devoción todo lo que ese hombre estaba dispuesto a darle y eso… eso era
algo tan parecido al amor que tal vez por eso había estado a punto de que
un te amo se le escapara de los labios.
Lo que Megan jamás habría podido imaginar es que Daniel estaba
reprimiendo esas mismas palabras que, hasta que la pelirroja apareció en
su rancho, estaba convencido de que ya jamás en su vida iba a volver a
repetir. Pero ahí estaban de nuevo, dos palabras en su boca prestas a
invadir el aire que ambos respiraban, porque era lo que sentía en lo más
hondo de su alma. La pelirroja se estaba metiendo en su corazón y lo
estaba abriendo de par en par. Por supuesto que siempre llevaría a su
querida esposa en su corazón, pero Megan había llegado a su vida como
un torrente de vida, esperanza y felicidad y lo estaba invadiendo todo.
¿Cómo no iba a decirle que la amaba si estaba sintiendo tantísimo por
ella?
Le gustaba todo de esa mujer. Sus manera de caminar, de retirarse el
pelo con coquetería cuando se sentía observada por él, la forma que tenía
de morderse los labios cuando la ansiedad le invadía, la forma de respirar
lento y profundo cuando se relajaba en el campo, la manera en que trataba
con cariño a sus suyos… incluido al mocoso de Brandon… Todo en ella
era maravilloso incluso cuando se enfadaba y fruncía el ceño de una
forma muy graciosa, o cuando él decía algo inoportuno que era con
frecuencia y ella durante unos minutos hacía como que le ignoraba… Pero
luego volvía a hablarle y siempre era dulce, muy dulce con él…
Como ahora, que su cuerpo sedoso y firme se estremecía debajo de él, y
le miraba con una mirada llena de deseo. Deseaba tanto entrar dentro de
ella y fundirse otra vez, que la besó con fuerza en su boca de fresa y entró
en su cuerpo deslizando su miembro hasta el fondo…
—Daniel… —susurró ella, cuando en realidad quería decir: “te amo”.
—Megan… —repuso él, cuando en realidad quería decir que la amaba.
Daniel comenzó a moverse, a ondularse, a perderse en el interior cálido
y húmedo de la pelirroja, primero despacio y después, cuando los
gemidos de ella fueron cada vez más fuertes, con una bravura que
estremeció a toda Texas.
—Daniel por favor… —susurró ella.
Megan no quería que parase, aquello era demasiado bueno, jamás había
tenido un sexo así, duro, fuerte, caliente, electrizante… Era una delicia
exquisita que mareaba, que la elevaba al cielo, que la abrasaba y le hacía
gritar de puro placer.
—No voy a dejar de follarte, Megan.
—No quiero que lo hagas —respondió ella clavando sus uñas en los
hombros del joven.
—Quiero que lo hagamos así, quiero que me sientas, necesito que lo
hagas.
—Te lo suplico, Daniel. Hazlo… Hazme el amor hasta que me olvide de
todo…
Todo era su pasado, lo que aguardaba, su mundo que se había quedado
en suspenso en Nueva York, el lugar al que tenía que regresar cuando el
verano acabara. Pero no quería pensar en eso ahora… Cerró los ojos y se
entregó a las caricias y besos de Daniel, que ahora besaba con rabia su
boca, como si así quisiera borrar cada uno de los pensamientos que
estaban separándole de él. Luego, siguió follándola con fuerza, mientras
ella se estremecía de placer, jadeando cada vez más hasta que descendió
una de sus manos a su pubis y, acariciando con fuerza su clítoris, le
provocó un orgasmo que a él le hizo estallar dentro de ella
—Pelirroja estoy perdido... —dijo desplomándose sobre ella.
Megan todavía sin aliento, acarició el cabello del joven y con una
sonrisa de felicidad en los labios habló:
—Estás aquí. No estás perdido, vaquero.
Él alzó la cabeza y clavó su mirada azul en la de la joven, respiró hondo
y dijo con una sinceridad que no pudo contener:
—Sin ti estoy perdido, pelirroja.
—Estoy aquí, Daniel —musitó mientras acariciaba su espalda sudorosa.
—Pero el verano terminará y…
Megan puso el dedo índice sobre los labios del vaquero y luego
susurró:
—No pensemos en eso ahora… Abrázame fuerte y tengamos sueños
bonitos, Daniel…

27.
¿La pelirroja no podía entender que su único sueño era que no se fuera
de su cama jamás?
Daniel no dijo nada. Se limitó a besarla suave en los labios y a cerrar
los ojos con la esperanza de tener un dulce sueño en el que los dos juntos
en el rancho, y rodeados de muchos críos y de una felicidad que se
pudiera respirar a distancia, fueran dichosos para siempre.
Megan hizo otro tanto, cerró los ojos con el anhelo de soñar con que no
tenía más vida que esta en el rancho de Texas y con Daniel su gran amor y
su vida entera…
Y así, abrazados y con una sonrisa dulce en los labios, se quedaron
dormidos hasta que unos fuertes golpes en la puerta los despertaron:
—¡Tío Daniel! ¡Abre la puerta! ¿Pero no me ibas a despertar muy
pronto? ¡Llevo tres horas en pie y a ti aún se te pegan las sábanas! ¡Vaya
birria de ranchero estás tú hecho!
—¿Será posible? ¿Se puede ser más mono descarado que mi sobrino?
—susurró revolviéndose entre las sábanas.
—¿Qué hora será? —preguntó Megan abrazada a él.
Daniel miró su móvil y vio que eran más de las nueve de la mañana…
—¡Tenía que llevar tres horas levantado! ¡Eres muy mala influencia
para mí, pelirroja! ¡Y me encanta! —dijo besándola apasionadamente.
—Tío Daniel ¿estás ahí? —el jovencito volvió a golpear la puerta con
una insistencia irritante.
—¡Voy a darle un correctivo a este granuja que lo va a recordar toda su
vida!
Megan soltó una carcajada muy fuerte y el chico gritó:
—¿Estás con la señorita Welles? ¿Por eso no abres? ¡Pues sal rápido,
tío, que menuda hay liada en los establos! ¡Menudo follón! ¡Y tú ahí
retozando con la señorita! ¿Qué quieres que te diga? A ver que yo soy fiel
defensor del amor y celebro que seáis muy felices, pero es que tenemos
una buena en el rancho…Y sí, que el amor está muy bien, pero lo
importante es lo importante… Y…
—Megan ¿tú has visto qué impertinente? ¡Voy a dejarle las cosas bien
claras a este maleducado, grosero, delincuente…!
Daniel saltó de la cama y Megan fue detrás sin parar de reír:
—¿Adónde vas?
—¡A decirle tres cosas muy bien dichas a mi sobrino! ¿No querrás que
salga a darle palmas por su buen comportamiento?
—¿Así? —repuso Megan mirándole de arriba abajo.
Daniel cayó entonces en que estaba desnudo y se fue corriendo a taparse
con una sábana…
—Y tú pelirroja, al baño, solo me faltaba que el niño te viera desnuda…
—Es un buen chico, sé bueno con él…
—¡Demasiado bueno soy, pelirroja! ¿No ves que se me ha subido a las
barbas?
Megan le dio un beso rápido en los labios y añadió:
—Eres un tío maravilloso y Brandon el sobrino perfecto.
—¡Tú alíate con él! ¡Mi casa está llena de rebeldes! ¡Qué he hecho para
merecer este tormento! —gritó llevándose las manos a la cabeza.
—¡Abre la puerta a ver qué es lo que está pasando en los establos! —
ordenó Megan.
Cuando la señorita Welles se encerró al fin en el baño, Daniel abrió la
puerta muy enfadado.
—¿Se puede saber qué escándalo es este, pequeño terrorista? —
preguntó apuntándole con el dedo índice y el rostro contraído por el
enojo.
Brandon en vez de achicarse, rompió a reír a carcajadas… Cosa que
enfureció más aún a su tío:
—¿Se puede saber cuál es el chiste?
—¡Qué pintas! ¡Pareces un romano con la túnica! ¿Estás en bolas? —
preguntó tronchado de la risa.
Daniel echando humo por los ojos, le replico furibundo:
—Como no dejes de reírte ya, querido sobrino, vas a estar limpiando
cacas de caballo hasta que seas un viejecito sin dientes. Y créeme ¡yo
siempre cumplo mis promesas!
—¡Es que es tronchante! ¡Qué pintas! —soltó sin parar de reír.
—¡Brandon! ¡Sal de mi vista! ¡Yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! —gritó
señalando el pasillo con el dedo.
—El que tienes que salir eres tú. La señorita Nolasco está en los establos
y tiene un enfado mil veces peor que el tuyo.
—¿La señorita Nolasco? —preguntó levantando una ceja.
—Sí, dice que le han robado unos caballos y que uno de sus hombres
vieron cómo los tipos que se los llevaban se adentraron en nuestro rancho.
Exige ver los establos para comprobar que sus caballos robados no están
en nuestras cuadras.
—No sé qué disparate es este —resopló Daniel revolviéndose el pelo.
—Te repito sus palabras, no invento nada —dijo el chico encogiéndose
de hombros.
—Aunque no sé de qué me extraño, Claudia es capaz de eso y de mucho
más. Voy a vestirme, espérame aquí fuera…
—¿Le digo a Mary Eugene que le traiga ropa a la señorita Welles? —
preguntó el niño con un gesto entre preocupado, porque sabía que estaba
yendo demasiado lejos, y divertido.
—Espera aquí fuera y ¡calladito!
Daniel regresó a la habitación dando un portazo y pasó al baño para
contarle a Megan lo sucedido:
—Claudia se ha debido levantar con ganas de juerga, debe ser que se me
nota demasiado lo feliz que soy contigo, y hoy se ha propuesto
arruinarnos el día. Me acusa de haberle robado unos caballos y quiere
echar un vistazo a los establos.
Megan se llevó las manos a la cabeza y, espantada por lo que escuchaba,
replicó:
—Como tu abogada que soy te ruego que dejes este asunto en mis
manos…
Daniel negó con la cabeza y, tras darle un beso suave en los labios, dijo:
—Te lo agradezco, pelirroja, pero esto es Texas y las cosas se hacen de
otra forma.
—Daniel ¡esto es de locos! No tienes por qué aguantar los atropellos de
esa mujer…
—Créeme, cariño, estas pequeñas desavenencias entre vecinos se
resuelven entre vecinos. En Texas hacemos las cosas así y funcionan,
confía en mí.
Megan se retiró el pelo hacia atrás con ambas manos y luego repuso:
—Tu vecina es una majadera a la que hay que parar los pies, con la
justicia en la mano. Simplemente. No puedo permitir que obre como le dé
la gana, como si Texas fuera un lugar sin ley, ni orden.
—Las cosas han sido siempre así entre nosotros, no te preocupes que sé
lidiar muy bien con sus provocaciones. Acudiré a los establos y en breve
estará todo resuelto…
Daniel comenzó a vestirse y Megan sin dudarlo le anunció:
—Me voy contigo…
—No creo que sea conveniente que Claudia te vea… —apuntó Daniel
mientras se abrochaba la camisa.
—Soy tu abogada. Tengo que estar, lo quieras o no.
Daniel miró con los ojos brillantes de deseo y de orgullo a la pelirroja.
Le hacía muy feliz ver cómo sacaba los dientes y las uñas por él y por su
rancho, le gustaba verla así, brava y segura de sí misma, luchadora
incansable y compañera fiel.
—Si supieras todas las cosas que quiero, Megan…
Daniel le estrechó entre sus brazos y se quedó callado mirándola
intensamente a los ojos…
—A lo mejor se parecen a las que quiero yo… —susurró Megan
desplegando una sonrisa anchísima.
—Podría ser. Pero esta conversación tiene que quedarse por ahora aquí.
Hay una mujer furiosa en los establos que en este momento reclama toda
mi atención…

28.
Cuando llegaron a los establos se encontraron con algo que no
esperaban:
—Claudia… —dijo muy serio Daniel, en cuanto puso un pie en sus
establos.
—Verás… —respondió ella, atusándose su cabello con una mano, muy
comedida.
El cambio de actitud de la ranchera les puso más nerviosos si cabe a
Megan y Daniel, que esa mujer estuviera así de templada no auguraba nada
bueno…
—No sé qué está pasando aquí, mi sobrino ha venido a buscarme muy
alarmado porque según él me estás acusando de robarte caballos… —
habló Daniel sin más, quería acabar con este asunto cuanto antes.
—Sí —le interrumpió Claudia—. Así es, he venido a tu rancho
convencida de que esta noche habías entrado a mi rancho para arrebatarme
unos caballos…
Megan dio un paso al frente y dijo sin dudarlo:
—Eso es falso. Daniel ha pasado toda la noche conmigo. En mi cama.
Daniel sintió una punzada de deseo y de felicidad en lo más hondo de su
alma, que esa mujer pelirroja diera la cara por él de esa forma, le produjo
una dicha que no recordaba haberla sentido alguna vez.
—Lo celebro —dijo Claudia bajando la vista al suelo—. Me alegro por
vosotros, pero no hacía falta que dijeras nada, abogada, porque justo
cuando me estaba explicando David que ahora hay nuevos sistemas para
evitar que mis caballos se escapen, ha llamado mi capataz para decirme
que los caballos han aparecido.
Claudia miró a David de soslayo y después pasó la punta de la lengua
por los labios. El veterinario la miró y luego tosió de forma nerviosa.
¿Qué estaba pasando? ¿Estaba surgiendo algo entre ellos?
—Espero, Claudia, que esta sea la última vez que vienes a alterar la paz
de este rancho con tus acusaciones en falso —dijo Megan cruzándose de
brazos.
Daniel suspiró de orgullo, que esa mujer defendiera su rancho como si
fuera propio le hizo sentir de maravilla.
—Espero que aceptéis mis disculpas… —musitó Claudia batiendo sus
manos muy deprisa.
—Lo que ha sucedido ha sido una confusión —intervino David
quitándole importancia a lo sucedido—. He estado hablando con Claudia y
mañana mismo voy a visitar sus establos para organizarlos de una forma
mucho más racional. No volverá a suceder algo así, Daniel, puedes estar
tranquilo.
—Gracias, David, te estaría muy agradecida si vienes mañana… —dijo
Claudia, retirándose coqueta un mechón de pelo.
Daniel estaba muy confundido, no sabía si Claudia estaba simulando que
flirteaba para salir airosa del bochorno de la situación o si realmente
estaba empezando a sentir algo por el veterinario.
—No tienes nada que agradecerme, iré con mucho gusto a tu rancho…
Dicho esto, Claudia se despidió deprisa y abandonó los establos…
—¿Me puedes explicar qué está pasando aquí? —preguntó Daniel
perplejo al veterinario cuando Claudia se hubo marchado.
—Estaba trabajando en los establos cuando apareció esa mujer
incontrolable. No la conocía, todo el mundo me había hablado de ella pero
jamás había coincidido con Claudia Nolasco. ¡Qué mujer! Es un prodigio
de la naturaleza. Me recordó a un volcán que tuve la ocasión de ver en
erupción en Guatemala… Es puro fuego. Es brava, valiente, fuerte y muy
pasional. Gritaba, protestaba, peleaba, pero en sus ojos he visto algo…
Daniel parpadeó muy deprisa y después se llevó la mano a la cabeza…
—¡David! ¿Qué has visto? ¿Qué es una auténtica bruja?
—Es una mujer que necesita que la quieran. Necesita que la escuchen,
que la acepten como es. Tengo la sensación de que ningún hombre la ha
querido tal y como es…
—Es que para querer a esa mujer… —habló Megan resoplando.
—Es una mujer excepcional. Luchadora, vehemente, fuerte, amante de
los animales como yo… Creo que debajo de esa coraza que se ha puesto,
hay una mujer que merece la pena conocer… No se lo he dicho, con
palabras claro está, pero ella ha sabido leer mi mirada, como hacen las
potrillas salvajes que se apaciguan cuando se las acaricia con verdadero
amor.
—¡David! —gritó Daniel—. ¿Tú estás mal de la cabeza? ¡Claudia no es
una potrilla salvaje! ¡Claudia es una mujer insufrible, egoísta y vengativa
que te hará la vida imposible!
—Sé lo que has pasado con ella. Pero he visto sus ojos, he leído su
mirada, y he visto mucho más. Y algo ha sucedido porque toda su furia se
ha desvanecido en el aire y se ha relajado completamente. Hemos
empezado a hablar con mesura, el sosiego ha llegado a su alma y hemos
conectado de una forma especial.
Daniel y Megan se miraron a los ojos y después se encogieron de
hombros. Lo importante era que el asunto de momento estaba resuelto y
que Claudia estaba de regreso a su rancho. Lo que fuera a suceder entre
los dos después, eso ya no era asunto de ellos…
—David te conozco de hace poco tiempo, pero siento por ti un aprecio
especial. No me gustaría que esa mujer te hiciera daño… —habló cariñosa
Megan al veterinario.
—El cariño es mutuo, Megan. Te agradezco tu preocupación, pero
puedes estar tranquila. Sé cuidarme bien, soy un hombre prudente pero al
mismo tiempo me apasionan los retos. He visto en la mirada de esa mujer
algo que me inquieta, me turba, que necesito conocer… Sé que puedo
aportarle mucho y ella a mí. Es una intuición. Lo siento en mi pecho,
fuerte y certero. Y no voy a asustarme por esto que siento.
—Que me aspen si me llegan a decir que el veterinario, un hombre de
ciencia, se deja llevar por sentimientos así de repentinos. Además ¡tú no
crees en el flechazo! ¡Me lo has dicho muchas veces! —exclamó Daniel
estupefacto.
—No estoy hablando de flechazo. Solo de que he visto algo en la
mirada de esa mujer que me provoca mucha curiosidad, que deseo
explorar y luego creo que puedo aportarle calma y serenidad y ella a mí
puede enseñarme muchas cosas. No hay más. Por ahora no hay más, ni
menos… —El veterinario se echó a reír y después lo hicieron todos.
—Mientras nos tengas controlada a la fiera, nos damos por satisfechos
—dijo Megan sonriente.
—Creo que Claudia solo necesita que la escuchen, nada más.
—Desde luego si alguien puede domarla eres tú. David ha domado a
mis yeguas más salvajes… —dijo Daniel, bromeando.
—Claudia es una mujer excepcional. Solo necesita que la acepten tal y
como es. De hecho, me parece perfecta tal y como es… —susurró el
veterinario.
—No sé qué locura es esta, pero si sale bien… —dijo Daniel entre risas.
—Me conformaría con que me saliera la mitad de bien de lo que os está
saliendo a vosotros —replicó el veterinario.
Megan y Daniel se echaron a reír, cómplices y felices, y después no
pudieron evitar darse en un beso en los labios.
—Me alegro mucho de veros tan felices. Los dos os merecéis lo mejor.
¿Para cuándo la boda?
—David… ¡definitivamente hoy has perdido la cabeza! —protestó
Megan muerta de risa.
—¿Por qué? ¡Nunca me he sentido tan lúcido como hoy! —se defendió
el veterinario.
—A lo mejor tiene razón y eso es lo más sensato… —apuntó David
mirando a Megan con el ceño fruncido.
—¿Qué? —preguntó Megan poniéndose en jarras—. ¿Estás de broma,
no?
Daniel la miró profundamente, respiró hondo y luego dijo:
—Jamás he hablado más en serio.

























29.
Megan estaba con la boca abierta, perpleja, solo la cerró tras decir
adiós para despedirse de David, después el ranchero la tomó por la cintura
y le susurró al oído:
—En la vida hay que hacer locuras, de vez en cuando.
Megan le miró con los ojos más brillantes que nunca y le dijo
emocionada:
—Casarme contigo sería una locura irreversible. Para toda la vida.
—Eso espero —dijo él ilusionado.
—¿Cómo? —repuso ella sin salir de su asombro.
—Que quiero casarme contigo y que sea para siempre. Quiero pasarme
a tu lado lo que me reste de vida, que espero que sea mucho, si no tienes
inconveniente…
Megan rompió a reír, se retiró un mechón de pelo de la cara y luego
replicó nerviosa:
—Estás loco. ¿Lo sabes?
—¿Por qué es una locura? A mí me parece algo de lo más prudente,
tiene todo el sentido. Nos llevamos bien, estamos a gusto juntos,
funcionamos fuera y dentro de la cama, ¿para qué hacerlo más largo? Nos
casamos, tenemos hijos y somos felices. La vida es más sencilla de lo que
pensamos, pelirroja.
Megan se llevó las manos a la cabeza, respiró hondo y luego sonrió:
—En principio, no es mal plan pero…
Megan sintió una punzada en el estómago. Ella sentía cosas cada vez
más fuertes por Daniel y, a pesar de que sabía que estaba bromeando, algo
de verdad había en su propuesta. En el fondo, era cierto que estaban bien
juntos, que disfrutaban el uno con la presencia del otro, que juntos eran
mejores personas y que en la cama funcionaban de maravilla. Pero ella
tenía un vida en Nueva York, aunque se hubiera adaptado en contra de lo
previsto demasiado bien a la vida del rancho.
Texas era un lugar fascinante y había conseguido curar sus heridas, se
sentía muy bien en ese entorno, pero su vida estaba en otro lugar…
Y, como si de alguna manera lo hubiese invocado con el pensamiento,
en ese momento alguien entró en los establos.
—Buenos días, ¿podría hablar un momento con Megan?
Era un joven alto, rubio, atractivo y vestido como los chicos listos de
Manhattan: pantalones de Armani y camisa azul de corte impecable. Daniel
no tuvo dudas de quién era el intruso y sintió un malestar muy profundo
en su interior. No soportaba la presencia de ese hombre en su rancho, y
menos aún la idea de que hubiera venido a llevarse lo que más le
importaba en la vida en ese momento.
—John ¿qué haces aquí? —preguntó Megan con el rostro desencajado.
—Amor, estás preciosa. ¡Qué bien te ha sentado cambiar de aires!
Daniel sintió tanta rabia que estuvo a punto de sacar a empujones al
intruso, pero por respeto a su pelirroja decidió disimular todo lo que pudo
y decir:
—Me marcho, tengo unos asuntos que resolver en la ciudad. Nos vemos
a la hora de comer… —Y cogió a Megan por la cintura y le dio un beso
profundo, tan intenso como todo lo que estaba sintiendo en su corazón en
ese momento. Y lo que fue mejor: ella le respondió rodeándole con sus
brazos por el cuello y entregándose al beso por completo.
Luego el ranchero se marchó y los dos se quedaron a solas. John
confundido ante lo que acababa de ver y Megan con una sonrisa de
felicidad inequívoca en el rostro:
—¿Lo vuestro es teatro o es real? —atinó a decir John.
—¿Puedes decirme a qué has venido a Texas? —preguntó Megan
mordiéndose los labios, todavía temblorosos por el beso de su hombre.
—A por ti —contestó el joven sin pensárselo dos veces.
—Me dijiste que lo nuestro estaba roto, me rompiste el corazón, ¿me
puedes explicar de qué vas? ¿A qué estás jugando, John? —dijo la joven
con un nudo en la garganta, sin poder evitar recordar todo el sufrimiento
pasado.
—Vengo a pedirte perdón y a suplicarte que regreses conmigo a Nueva
York. Me he equivocado, cometí un tremendo error que espero que
todavía esté a tiempo de enmendar, Megan. —El joven tomó la mano de
Megan, pero ella lo rechazó.
—John ¿cómo puedes tener la cara dura de presentarte aquí como si no
hubiera pasado nada y pedirme que me vuelva contigo? —protestó con los
ojos llenos de lágrimas.
—Han pasado cosas, Megan. Y no sabes cuánto me arrepiento del daño
que te he causado, pero me he dado cuenta de lo importante. Yo siempre
creí que ibas a estar ahí, que te vinieras a Texas fue algo tan inesperado. Y
durante tu ausencia, he logrado comprender lo equivocado que estaba…
—No sigas, por favor —suplicó tapándose los oídos con las manos.
—Tienes que escucharme —rogó apartándole las manos de los oídos.
—John no hagas las cosas más difíciles. He sufrido muchísimo pero ya
estoy bien. Texas me ha curado, yo también me he dado cuenta de
demasiadas cosas…
—¿Texas o los revolcones con ese tipo?
Era colmo, pensó Megan. ¿Cómo se atrevía a reprocharle
absolutamente nada después de lo que le había hecho? ¿Quién era él para
entrometerse en su relación? Relación sí, porque lo suyo con el ranchero
iba mucho más allá de un mero revolcón, era algo que iba más allá de la
piel, había mucho sentimiento, era algo sagrado. ¿Quién era él para
juzgarlo?
—No sé para qué has venido…—logró decir al fin.
—Ya te lo he dicho. La pifié. Creí que necesita espacio y resulta que lo
que necesitaba era más de ti, mucho más de ti. Nos hemos centrado tanto
en el trabajo, Megan, que nos olvidamos de lo importante. Tú me amas, es
imposible que en estas semanas hayas olvidado todo lo que hemos vivido.
—Tú sabes que llevábamos tiempo mal, John. Lo nuestro hacía tiempo
que había dejado de funcionar…
—Porque nos habíamos hecho unos adictos al trabajo, vivíamos para el
bufete. Nos olvidamos de nosotros, pero aún estamos a tiempo…
John se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. Megan dio dos pasos
atrás y se apartó de él. Sentía demasiado por el ranchero como para
hacerle eso…
—No hay tiempo de nada, John. No sé para qué has venido, podías
haberte ahorrado el viaje. Lo nuestro está acabado —dijo cruzándose de
brazos.
—¿No me dirás que te has enamorado del paleto del rancho? ¡Megan no
confundas un amor de verano, con algo sólido como lo nuestro!
A Megan le hirieron tanto sus palabras que le gritó señalando con el
dedo índice la puerta:
—¡Sal de aquí!
—¡Megan! ¿Es que no ves que he venido a por ti? ¿Qué debo hacer para
que me perdones? ¿Quieres que me ponga de rodillas? ¿Es eso?
John cayó de rodillas al suelo y Megan no sintió más que desprecio por
el hombre que podía haberla tenido y había consentido dejarla escapar. No
había luchado por ella y lo que es más triste, ahora estaba empezando a
dudar de que hubiera habido entre ellos algo verdaderamente sólido y
profundo.
—Quiero que entiendas que entre nosotros no hay ninguna relación que
salvar. Ponte de pie y aún podremos salvar la amistad, John…
—¡Megan! ¡No seas necia! ¡Tú estás enganchada a un rollo de verano!
Pero esto que tienes con el paleto se acabará, además tú no eres de Texas.
Tú vida está en Nueva York, junto a mí, con nuestro bufete, tú no
perteneces a este sitio y nunca pertenecerás…
Megan sabía en el fondo de su ser que eso era cierto. Su mundo era
otro, pero lo que sentía por Daniel era verdad, era fuerte, era intenso y era
puro. Era una injuria imperdonable llamarlo rollo de verano, por eso
mirándole con desprecio le dijo:
—Vete, John. Voy a quedarme aquí hasta el final del verano. Mi sitio
ahora está aquí. Cuando regrese a Nueva York hablaremos, pero de
negocios y nada más que de negocios.
John se puso en pie, se limpió la gravilla que se había quedado adherida
a sus pantalones y luego habló con los ojos llenos de lágrimas por la
decepción:
—Me voy, pero te pido que reflexiones. Te voy a esperar, Megan. En
Nueva York espero que hablemos de algo más que de negocios.
—No, John. Ya es muy tarde.
—Te arrepentirás…
Y dicho esto, John se marchó de los establos dejando a Megan con el
corazón encogido por un mar de sentimientos…

30.
Megan entró a la casa enjugándose las lágrimas, cuando Daniel la
abordó en el salón. Parecía tenso, crispado, su rostro estaba contrariado y
en el fondo de su mirada podía atisbarse un punto de tristeza muy honda.
—¿Vienes a hacer tus maletas? —preguntó el ranchero con un nudo en
la garganta que le impedía casi hablar.
—¿Qué maletas? —replicó ella muy extrañada.
—¿Qué maletas? —soltó dando un manotazo al aire—. ¡Tu equipaje,
Megan!
—Pero si todavía no ha terminado el verano. Aún quedan días por
delante… ¿De qué me estás hablando, Daniel? —inquirió con el ceño
fruncido.
—Ese hombre ha venido a buscarte. ¿No es eso? Regresas a Nueva
York, a tu mundo, con él. Tú le has llamado para venga ¿verdad? —dijo
con los ojos llenos de lágrimas.
Megan resopló y luego agitó la cabeza, no entendía cómo el ranchero
podía estar tan ciego, pero con todo iba a dejarle las cosas muy claras.
—No le he llamado, Daniel. Se ha presentado porque le ha dado la gana.
No te voy a engañar, ha venido a pedirme perdón y a rogarme que regrese
con él. Pero no lo voy a hacer…
Megan respiró hondo y se sintió muy bien. No sentía culpa ni lástima,
estaba haciendo justo lo que debía hacer, eso que su corazón le estaba
pidiendo a gritos. ¡Era algo tan nuevo para ella! Siempre estaba haciendo
caso a su cabeza, haciendo lo correcto, lo que debía y su corazón sin
embargo lo tenía silenciado, callado, dormido… Sus verdaderos deseos
quedaban postergados por el deber y la razón, el resultado obviamente era
que no era ella, que estaba viviendo la vida que otros querían, una vida
sensata, prudente y llena de una cantidad de obligaciones que le hacían
sentir vacía.
Pero ese día sintió que era dueña de su destino, que sabía lo que quería y
que iba a luchar por ello…
—Puedes irte en cualquier momento. El contrato que tenemos firmado
no te ata en absoluto a estar aquí… Ya encontraré otra profesora para
Brandon…
Estas palabras que Daniel pronunció con su voz grave tomada por la
pena, a Megan ni le afectaron, porque sabía que salían de la mera
desesperación por el miedo a perderla.
—¡No digas tonterías, ranchero! ¡No pienso irme a ningún lado! Me
quedaré aquí hasta que el chico se marche a Inglaterra… —confesó con
una sonrisa cálida.
—Y después, regresarás a Nueva York… —susurró.
—¿Es tu deseo? ¿Una orden? ¿Qué es, Daniel? ¿Me lo puedes explicar?
Megan sentía que debía jugar un poco con el ranchero para azuzarle,
para hacerle ver cuáles eran sus verdaderos sentimientos hacia ella, para
que se atreviera al fin…
Daniel dio unos pasos hacia ella, la tomó por la cintura y la besó de tal
forma que la dejó sin aliento. Hundió la lengua en su boca y la poseyó de
la tal forma que a Megan no le cupo ni una duda de lo que ese hombre
sentía. Después, la cogió en volandas y la llevó hasta la biblioteca contigua
al salón. Cerró la puerta con el pie, corrió el pestillo y de nuevo se
abalanzó sobre ella empujándola contra la única pared que estaba desnuda
de libros:
—¿De verdad quieres que te explique lo que es, pelirroja? ¿Estás segura
de que podrás soportarlo?
Megan muerta de deseo, asintió con la cabeza, entonces el ranchero le
dio la vuelta y le subió la falda de su vestido, le bajó sus braguitas y
acarició la curva de sus glúteos.
—Daniel, le he pedido a John que se vaya. Quería que regresara con él,
pero mi sitio ya no está a su lado —musitó temblando de deseo.
—¿Y dónde está tu sitio ahora, pelirroja? —preguntó mientras se
desabrochaba el pantalón y dejaba al aire su portentosa erección que
Megan sintió sobre sus nalgas.
—Aquí, Daniel. Aquí y ahora. No tengo más que presente, más que este
momento que es todo tuyo, todo nuestro…
Daniel acarició suavemente la vulva de Megan, comprobó la tibieza de
su humedad y después deslizó el pene hasta la entrada de la vagina de la
joven. Ella sintió una punzada de deseo por todo su cuerpo que se hizo
insoportable cuando él la penetró, hasta el fondo.
—Voy a hacerte el amor para que sepas que eso que dices es cierto. Que
estás aquí y ahora, conmigo, con nadie más. ¿Lo entiendes?
Megan solo pudo gritar, porque Daniel comenzó a penetrarla con tal
fuerza que sentía que iba a romperse. Gritaba tanto que Daniel tuvo que
taparle la boca con la mano, mientras ella echaba su cabeza hacia atrás. El
ranchero le hacía el amor con desesperación y posesión, como si quisiera
convencerla de que su lugar en el mundo no estaba más que ahí, en su
rancho, entre sus brazos, sintiendo la fuerza de su deseo en lo más
profundo de su alma.
—Daniel… te lo suplico… —murmuró, sin saber qué es lo que quería
suplicarle. Aquello era un dulce tormento, le dolía tanto como le gustaba,
jamás había sentido tanto deseo, tantas ganas de fundirse con alguien y
estallar en miles de colores de placer infinito.
—No voy a parar, Megan. Porque sé que no quieres que lo haga…
Daniel deslizó sus manos por los pechos de la joven y estiró
ligeramente de sus pezones haciéndola gemir otra vez.
—Te lo ruego… —jadeó ella.
—¿Qué pelirroja, qué? ¡Dímelo!
Megan echó sus caderas hacia atrás buscando que las embestidas fueran
mucho más profundas, necesitaba sentirle más dentro, desbordarse con la
fuerza de ese hombre que estaba entregándole todo.
—¡Ámame!
—Estoy aquí. ¿Lo notas? ¡Siempre contigo! No lo olvides, Megan. Es lo
que soy, es lo que tengo. Es toda mi verdad.
Daniel entraba y salía del cuerpo dulce y caliente de Megan, se perdía en
la suavidad de sus caderas, paladeaba sus jadeos y disfrutaba de sus
exquisitos pechos que sostenía con ambas manos.
Ella se estremecía con cada caricia y con todo su cuerpo pedía más. Y
más. Y más. “Siempre contigo” era algo más que un rancho, lo estaba
sintiendo por primera vez, era una forma de estar en el mundo, dándolo
todo, con generosidad absoluta, sin reservas, ni condiciones, hasta el final.
Así amaba Daniel a su tierra, a su rancho, a los suyos y así le estaba
amando a ella, haciéndola sentir tan especial que cerró los ojos y deseó
que aquello no acabara nunca.
Daniel, mientras tanto, seguía penetrándola con pasión, intensidad y
amor, quería sumergirse en lo más profundo de ella, penetrarle el corazón
y robárselo para siempre. Ya no podía engañarse más a sí mismo, amaba a
esa mujer que se estremecía de deseo entre sus brazos. Había pasado tanto
miedo pensando que iba a perderla, que en unas cuantas horas iba a ser de
otro, que le parecía un milagro y un paraíso estar haciéndole el amor de
esa forma salvaje y tierna a la vez.
Porque Megan lo era todo y lo tenía todo. Era dulce y ardiente, tenía
fuego en la mirada, sus caderas se agitaban frenéticas, apasionadas, locas,
pero su corazón era puro y adorable, se entregaba a él con una ternura que
le tenía totalmente cautivado.
Era suyo. Y así le estaba haciendo el amor, como si no fuera a irse al
finalizar el verano, como si fuera para siempre porque así la sentía a ella.
Como su mujer, como su amante, como su confidente, Megan se había
convertido en alguien tan importante en su vida que se volvía loco solo de
pensar que pronto acabaría marchándose.
Pero ahora estaba ahí, entregada y ardiente, aceptando su invasión y
pidiendo más y más hasta que alcanzó un potente orgasmo que él sintió y
que provocó que él se corriera también gritando las dos palabras que más
amaba: “Siempre contigo”.

31.
Después de hacer el amor los dos se miraron emocionados y solo tras
darse un beso que decía demasiadas cosas, Megan se dio cuenta de algo:
—Daniel, no hemos tomado precauciones…
Daniel sonrío y suspiró de felicidad solo de imaginar que en nueve
meses lo que acababan de hacer, esa maravilla que habían gozado los dos,
pudiera tener consecuencias.
—Lo sé. Y me encanta.
—¡Daniel, sé adulto, por favor! Necesito ir a un centro médico.
Necesito tomarme una pastilla para evitar males mayores —dijo ella
ansiosa.
Daniel la tomó por la cintura y la estrechó contra él:
—Quiero todos los males mayores, contigo. ¿No te has dado cuenta
todavía? Quiero verte con una barriga inmensa, quiero que me llenes este
rancho de diablillos pelirrojos, lo quiero todo Megan, contigo. Siempre
contigo.
Megan negó con la cabeza, aunque su corazón estaba feliz porque le
gustaba que Daniel deseara darle lo más grande que puede dar un hombre.
Pero no era el momento y ellos estaban destinados a separarse en breve…
—Es muy halagador. Eres un caballero y estoy muy agradecida por
todo cuanto me das, Daniel. Pero no quiero tener bebés por ahora…Me
voy a ir al centro médico, creo que la prudencia y la sensatez son siempre
los mejores consejeros.
—¿Tú has visto lo que grita tu cuerpo cuando estoy amándote, Megan?
—Es deseo. Sí. Mucho. Pero de ahí a un proyecto de vida va un trecho y
muy grande. Daniel, no precipitemos nada. Dejemos que las cosas fluyan,
por favor…
Megan tenía los ojos vidriosos, lo que acababa de hacer era un acto de
puro amor. Se había entregado al ranchero porque le amaba, sí, claro que
le amaba, lo sentía en su corazón y era grande, cada vez más grande el
sentimiento… Pero no estaba preparada para un cambio radical en su vida,
necesitaba tiempo, nada más que tiempo, y por supuesto, un niño era lo
último que estaba en sus planes.
—Eso te digo yo, preciosa. Deja que fluya, deja que la vida siga su
curso, nos hemos dejado llevar por la pasión y el deseo y ahora dejemos
que pase lo que tenga que pasar. No vayas al centro médico, Megan… Te
lo ruego…
Daniel tomó el rostro de la joven con ambas manos y sonrió lleno de
amor.
—Daniel no puedes pedirme eso…
—Te amo. Es lo que siento, es lo que quiero, es lo que deseo —dijo alto
y claro acariciando la nuca de la joven con los fuertes dedos masculinos.
El corazón de Megan dio un vuelco, porque ella sentía lo mismo, era lo
que estaba pidiendo a gritos su corazón, pero su cabeza decía otra cosa y
era a quien debía obedecer, por eso en vez de dejar hablar a su corazón,
dijo con un par de lágrimas brotando por su rostro:
—Déjame marchar, Daniel. Por favor…
Daniel en vez de apartarse le abrazó mucho más fuerte y le habló con
contundencia y firmeza:
—Volveré a hacerte el amor, Megan. Una y mil veces, porque tú lo
deseas tanto como yo, y volverá a suceder… No te enfrentes a lo
inevitable, no tienes nada que temer conmigo, soy tu hombre…
Megan siempre había deseado tener enfrente a un hombre así. Alguien
con las ideas claras y dispuesto a todo, sin temores, generoso y entregado.
Sin embargo, había tenido la mala suerte de que apareciera en el peor
momento de su vida…
Por eso, en vez de decir soy tu esposa, tómame una y mil veces más,
hasta que conciba en mi vientre al hijo que ambos deseamos, al fruto del
amor inmenso que crece en nuestros corazones, le dijo:
—No me hagas esto más difícil, Daniel.
Y apartándole a un lado, se marchó del salón esperando en lo más
profundo de su corazón que Daniel la detuviera, si bien no lo hizo y eso le
provocó un llanto que no pudo reprimir.
No se le ocurrió nada mejor que correr hasta el vehículo que Daniel
había dispuesto para ella y salir apresuradamente del rancho, en dirección
al centro médico que no tenía ni idea de dónde estaba…
Realmente, estaba tan aturdida que no sabía cómo podía estar
manejando el auto, estaba abatida, desolada, rota de dolor… Todavía
sentía en su interior la fuerza del amor de Daniel, todavía sentía sus
caricias en su piel, su ardor en la sangre y era tan perfecto y tan sagrado
que sintió que debía detenerse y pensar…
Antes de tomar la carretera general que llevaba al centro de la ciudad,
se apartó a un lado y se echó a llorar, se sentía asustada, perdida y
profundamente triste, sin consuelo. ¿Por qué era todo tan complicado?
¿Por qué no podía hacer lo que le sugería Daniel y dejarse llevar? ¿Por
qué el deber y la razón tenían tanto peso y ahora le estaban torturando de
esa manera?
No pudo debatirse entre más dudas, porque su móvil de pronto sonó.
Era Brandon. Se retiró las lágrimas con la mano y aclarándose la voz para
que el niño no notara que estaba llorando dijo:
—Brandon, dime…
—Dígame usted, señorita Welles. Estoy esperándole para la clase de
hoy. Por mí no la daba, además Gemma está aguardándome en la piscina,
la he invitado a comer y ha aceptado…
—¿Quieres dejar de enrollarte y exigirle a la señorita que regrese a dar
su clase? —se escuchó cómo ordenaba Daniel.
Megan suspiró y sonrió, sonrío plenamente y sintió una gran felicidad.
¡Daniel había vuelto a por ella! Bueno, no era así del todo, pero estaba
claro que quería retenerla, que la quería de vuelta con él, que la necesitaba
tanto como ella lo necesitaba, porque no quería estar más sola, no quería
volver a sentir ese vacío en su interior…
Un vacío que había sentido en los últimos tiempos con John y que no
había vuelto a sentir desde que estaba en el rancho. Así que ¿qué hacía
llorando en la carretera cuando había personas que la necesitaban?
—Tío ¿te importaría ser un poco más simpático? ¡Señorita Welles no
tenga prisa en regresar! ¡Llevamos de maravilla el temario! ¡No haga caso
a mi tío que es un agonías!

—Mocoso ¿se te ha olvidado quién da las órdenes aquí? ¡Dile a la
señorita Welles que le ordene que regrese a su puesto de trabajo! ¡Ya! ¿Me
oyes? —gritó Daniel, sin que Megan no pudiera dejar de sonreír.
—¡Desde luego que te escucho! ¡Me vas a dejar sordo! Coge el teléfono
y díselo tú, puesto que eres el jefazo…
Daniel le arrebató el teléfono al muchacho y tras carraspear habló muy
serio:
—Señorita Welles ¿dónde diablos estás?
—En la carretera… —susurró mordiéndose los labios.
—¿Estás conduciendo? —preguntó asustado.
—Estoy parada en la carretera —musitó avergonzada.
—Haciendo qué ¡si puede saberse! Tu sitio está aquí, a mi lado, en mi
rancho quiero decir… —rectificó y se pudo escuchar la risita de Brandon.
—Tío ¡te pasa como a mí con Gemma! Es que no puedes estar ni un
segundito sin ella. Anda, por favor, de enamorado a enamorado: ¿me
puedes dejar que vaya a bañarme con ella a la piscina? —suplicó el niño.
—¡Calla o no vas a volverte a bañar en la piscina hasta que tengas
cincuenta años! Y tú, pelirroja, regresa al rancho. ¡Ya!
—Daniel te recuerdo que no soy una niña… —le recordó Megan.
—¡No lo parece! Arranca el coche de una maldita vez y ¡vuelve a casa!
Megan rompió a reír porque se sentía feliz y porque era cierto: el
rancho era un lugar acogedor y seguro donde se sentía como en casa…



32.
Cuando llegó al rancho, Daniel estaba esperándole en el porche muy
enojado. Megan, en cambio, seguía con la sonrisa puesta y no pensaba
quitársela jamás. Aparcó, se apeó del vehículo y caminó hacia el ranchero
sin dejar que su mirada ofuscada le intimidara.
—¡Es la última vez que abandonas este rancho de la forma que lo has
hecho hoy! ¿Cómo se te ocurre ponerte a conducir en el estado alterado en
el que te encontrabas? —le regañó Daniel, con el ceño fruncido.
—Estoy aquí. Ya pasó todo. Ahora voy a dar mi clase.
Daniel salió a su paso y la abrazó muy fuerte:
—No tienes que dar ninguna clase. He mandado a Brandon a la piscina
con Gemma, no entiendo qué ha visto esa muchacha en el malandrín de mi
sobrino, pero ya que está aquí he decidido darle la mañana libre.
Megan suspiró satisfecha y luego dio un beso en la mejilla a Daniel:
—Tu sobrino es maravilloso. Gemma es una chica lista. Me parece que
has tomado un sabia decisión, ranchero. Y ahora, si me permites…
—¿Qué? —preguntó levantando una ceja—. Dime, por favor…
—¿Es necesario que te informe de cada uno de mis pasos?
Daniel le apretó contra él, con mucha más fuerza, y sin dudar ni un
segundo replicó:
—Sí. Hoy sí. Porque necesito que antes me perdones. No he actuado
bien, te respeto muchísimo, Megan, aunque a veces no lo parezca. Y
aunque me muero por todo contigo, aunque me gustaría llenar esto de
pelirrojos revoltosos…
—Lo de revoltosos lo dirás por ti ¿no? —preguntó Megan divertida
achicando los ojos.
—¡Tú eres mucho peor que yo! ¡Válgame el cielo! ¡Y deja que termine!
Si lo que quieres es ir al centro médico, yo mismo te llevaré. Entiendo tu
postura, respeto tu punto de vista que, por otra parte, es lo más sensato que
podemos hacer. Solo te pido que me entiendas, soy un loco enamorado…
y solo puedo hablar con el corazón. La cabeza no me rige desde el primer
día que pisaste este rancho, pelirroja. Así que te lo ruego: ¡discúlpame!
—Daniel… —Logró decir, Megan.
—Dime…
—¿Te importaría abrazarme un poquito más suave?
Daniel la besó con todas su ganas en la boca y después aflojó un poco,
solo un poco, su abrazo.
—Es que tengo mucho miedo a que te vuelvas a escapar… —confesó el
ranchero.
—No voy a escapar a ninguna parte, Daniel. Mi sitio es este, hasta que
termine el verano. Y no te voy a engañar, cuando iba en dirección al
centro médico algo se ha roto dentro de mí y solo lo ha recompuesto tu
llamada…
—Lo sé —susurró suspirando profundamente.
—¿Lo sabes? —replicó él.
—Lo he sentido. Por eso, le he ordenado a Brandon que te llamara,
estaba sintiendo tu corazón, pelirroja. Siempre lo hago. Desde el primer
día que hicimos el amor. He percibido tu sufrimiento y tu soledad, sabía
que me necesitabas…
A Megan se le escaparon dos lágrimas, pero no eran tristes, no, eran de
una gran felicidad por saber que había alguien en el mundo que podía
ponerse en su piel de esa forma, de sentirla hasta ese extremo maravilloso.
—Gracias por llamarme y por sacarme de ahí, Daniel. Y ¿sabes una
cosa? No deseo ir al centro médico. Al final vas a tener razón y soy más
loquita de lo que pienso. Pero mi corazón grita demasiado fuerte como
para acallarlo, no puedo. Es imposible.
Daniel volvió a estrechar con fuerza a la pelirroja y después la besó
otra vez con muchísima pasión. Ella le devolvió el beso con el mismo
deseo y las mismas ganas y después, frente con frente, él susurró:
—¿Estás segura, Megan? Me hace muy feliz tu decisión, pero quiero
que estés segura.
—Siempre hago lo correcto, Daniel. Nunca dejo nada a la
improvisación. Soy una mujer racional y sensata. Siempre actúo con
prudencia, pero hoy algo me dice que debo obrar con mi corazón. Y sé
que si tomo el coche y voy a ese centro médico, estaré rota de dolor. Y no
quiero. No quiero sentir la pena infinita otra vez que he sentido en esa
carretera. Ha sido horrible, Daniel. No puedes imaginarte cuánto…
—Ya estás aquí, pelirroja. Estás en casa. Estás a salvo.
—Es que ha sido justo eso lo que he sentido. Ha sido ponerme de
regreso al rancho y sentir una felicidad muy profunda en mi corazón. No
pienso traicionar a ese sentimiento. La cordura y la lógica me dicen que
vaya a ese centro, pero mi corazón me dice que donde debo estar es aquí.
Así que no quiero pensar más ni necesito hacerlo. Es una decisión tomada.
Megan sonrió ampliamente y él la cogió en volandas lleno de una
felicidad que irradiaba por todo su ser.
—¡Soy el ser humano más feliz del universo! —exclamó mientras la
llevaba en volandas por el exterior del rancho.
—¡Daniel! —protestó ella entre risas—. ¿Se puede saber a dónde me
llevas, bandido?
—¡A celebrar que mi pelirroja por fin escucha a su corazón! —replicó
a gritos, mientras se dirigía con ella en brazos hasta la piscina donde se
encontraban Gemma y Brandon hablando tranquilamente.
—¡Eres peor un chiquillo! ¡Así como vas a tener autoridad con
Brandon!
—Pero si no tengo ninguna. ¡Ese mocoso hace de mí lo quiere! Y
¿sabes qué? ¡Me alegro de que así sea! ¡Gracias a ese granuja, he vuelto a
ser espontáneo, a hacer locuras, a reír con todos mis pulmones!
—¡Cómo me alegro, ranchero! —gritó Megan lanzando el puño al aire,
feliz.
—Y ahora ¿sabes cómo vamos a celebrarlo? —preguntó pletórico el
ranchero.
Megan se encogió de hombros, muerta de risa, justo antes de que Daniel
se lanzara la piscina con ella en brazos.
Salieron los dos de agua, chorreando, con los pelos mojados, y con las
miradas puestas encima de los dos niños…

—Tío Daniel ¡estás chiflado! ¿Lo sabes, verdad?
—Estoy enamorado. Cuando algún día te enamores, me entenderás… —
repuso Daniel, divertido, y después dio un beso suave en los labios a
Megan.
—Ya lo sé. Lo sé perfectamente, porque estoy enamoradísimo de
Gemma…
El jovencito tomó a la niña por la cintura y le dio un beso en los labios
dulce, breve y delicado, que a Daniel le enfureció y le enterneció a partes
iguales. Le entraron ganas de decirle de todo, pero Megan le tomó por el
brazo y se lo apretó para rogarle que no dijera nada.
¿Hay algo más hermoso que el primer beso en la vida de un ser
humano? ¿Quiénes eran ellos para arruinarle ese momento a los
muchachos?
—Y yo de ti… —susurró la niña, roja como un tomate.
Brandon abrazó a la niña con fuerza y después le dio un beso sonoro en
la mejilla.
—Soy tan feliz que si grito me van a escuchar en Alaska…
—¡Pues no grites! —le ordenó Daniel, muerto de risa.
—¿Os dais cuenta de lo afortunados que somos? ¡Estamos enamorados!
¡Los cuatro! ¿Concebís mayor felicidad? —preguntó Brandon, pletórico.
Megan rompió a reír con fuerza y Gemma hizo lo mismo, aunque
tapándose la boca. Luego, Daniel se dirigió a su sobrino y le abrazó con
mucha ternura y emoción:
—Eres el mayor granuja de toda Texas, pero cómo te quiero, sobrino.
Brandon, emocionado, le devolvió el abrazo y después le pidió a las
chicas que se unieran a ellos.
—Chicas, por favor, venid. Este momento pide a gritos un buen ¡abrazo
grupal!
Y todos se fundieron un grandísimo y divertido abrazo, que terminó en
miles de aguadillas y en una de esas tardes divertidas que no se olvidan
jamás.




33.
Los días siguientes se sucedieron felices. Por un lado, los jovencitos
empezaron a salir, compartían tardes de piscina, cines, hamburguesas,
helados y besos tímidos aquí y allá, y por otro, el ranchero y la pelirroja
continuaron amándose en todas partes, siempre y cuando podían…
Se amaban con una pasión y un deseo voraz, como si quisieran llenarse
de caricias y de besos para hacer acopio durante muchos largos inviernos.
Apuraban el momento como si fuese el último, hasta que el último día, ese
que tanto temían que llegara, llegó…
El último día de clase, Brandon abatido, le dijo a la señorita Welles:
—¿Cree que Gemma me esperará hasta el próximo verano?
—¿Y por qué no va a hacerlo? Estáis enamorados, es lo importante. No
tienes nada que temer, Brandon.
—Es tan guapa, señorita Welles, y yo no voy a estar a su lado para
quitarle a los moscones. ¿Y si otro chico me la birla?
—¡No digas tonterías, Brandon! Ella está enamorada de ti, su corazón
es tuyo. Tienes que estar tranquilo y confiar en vuestro amor. Nada más.
—Voy a estar en Inglaterra, mientras ella va a estar rodeada de cientos
de chicos texanos ansiosos por robarle el corazón. ¡Es horrible! ¡No voy a
soportarlo! No quiero regresar a Inglaterra. ¡Haga algo señorita, Welles!
¡Ayúdeme! —suplicó el muchacho angustiado.
Megan se echó el pelo hacia atrás y tras respirar hondo, dijo:
—Tienes que regresar a Inglaterra a pasar tu examen. Tus padres tienen
pensado instalarse próximamente en Texas, lo sabes tan bien como yo.
—¿Próximamente cuánto tiempo es? ¡Dos años!
—No lo sé. Pero en el peor de los casos, pronto estarás de vuelta en
Texas y podrás compartir momentos bonitos con Gemma.
—No quiero irme de Texas —confesó el niño con los ojos llenos de
lágrimas.
Y Megan le entendió tan bien, tanto que no pudo reprimir las lágrimas.
Ella tampoco quería marcharse, no quería volver a Nueva York, todavía
no. ¿Por qué el verano no duraba más, muchísimo más?
—¡No quiero ponerla triste, señorita Welles! —sollozó Brandon,
cogiéndola de la mano.
—No te preocupes, todo está bien —dijo Megan sonándose la nariz.
—¿Usted tampoco quiere irse, verdad?
Megan se mordió los labios y después habló con sinceridad:
—No, cariño, pero lo importante es lo que sentimos en el corazón.
—Yo me tengo que volver por mis exámenes, pero a usted no le
aguarda nada. ¿Por qué no se queda en el rancho, señorita?
—Porque tengo un trabajo exigente que me espera. Mi vida está en
Nueva York, Brandon. Aunque no te niego que mi corazón se va a quedar
aquí por mucho tiempo…
—Hasta el próximo verano que vuelvas a darme clases…
—Espero que no —replicó Megan.
—¿No? —preguntó el niño perplejo.
—A ver, quiero decir que espero que el próximo verano no esté aquí
porque sea tu maestra. Quiero que saques el curso y con buena nota,
Brandon. Eres un chico muy inteligente y espero que el próximo año
saques unas notas brillantes. ¡No espero menos de ti! —le rogó
señalándole con el dedo.
—Descuide, señorita. Además se lo he prometido a Gemma, es un rollo
esto de no poder estar más con ella porque tengo que estudiar. Le he
jurado que el año que viene vendré con el mejor expediente académico de
Inglaterra y que pasaremos juntos el máximo de tiempo posible. Me ha
ayudado mucho, señorita Welles. Usted siempre ha creído en mí y me ha
dado confianza para quererme, solo así he podido ganarme el amor de
Gemma. ¡Soy tan feliz! ¡Y se lo debo todo a usted! ¡Siempre estaré en
deuda con usted!
—Te equivocas, Brandon. Soy yo la que he aprendido de ti y la que te
estoy agradecida porque si no llegas a suspender, jamás habría venido a
Texas y conocido al cavernícola de tu tío.
—¡Pero le ama!
—Sí —reconoció feliz—. En este rancho he vuelto a sonreír y he vuelto
a amar, pero ahora la vida sigue, en otra parte…
—¿Y el amor?
—El amor no se acaba. Tu tío seguirá en su rancho y yo en Nueva York,
los dos necesitamos tiempo para saber hasta qué punto nos necesitamos y
si está de Dios, todo acabará bien…
—Señorita Welles, permita que le diga, pero usted no tiene idea de nada.
¿De verdad que necesita tiempo para saber cuánto si necesitan? ¡Si están
todo el día pegados! ¡No me haga reír! ¡Si yo no puedo estar separado ni
un segundo de Gemma! Sea valiente y afronte lo que siente…
Cuando Megan estaba a punto de replicar algo, Daniel entró en la
habitación…
—Tío disculpa… —musitó el niño.
—Tranquilo. Esta vez no has dicho más que cosas sensatas. El consejo
no puede ser más pertinente. ¿Se atreverá la señorita Welles a ser valiente?
Megan sonrió pero en el fondo de su corazón sintió un pellizco de
enojo. No le gustaba que la retaran y menos en asuntos del corazón.
—Alguien que acepta el reto de dar clases a un jovencito salvaje en un
rancho perdido de Texas, lo es. No tengo que demostrar nada, y ahora si
me permiten… ¡Mi clase ha terminado!
—Tengo preparada una barbacoa en el prado, a modo de fin de fiesta.
¡He invitado a Gemma también!
Brandon de un respingo, salió disparado de la habitación…
—No me ha gustado nada la pregunta que has lanzado al aire —confesó
Megan, poniéndose en pie.
—No se trata de que te guste o no. Solo tienes que responder —replicó
Daniel, abrazándola.
—Tengo que volver a Nueva York, tengo familia, tengo un bufete,
tengo clientes con pleitos por resolver, tengo un apartamento que
atender… Una cosa que se llama vida, parece mentira que te lo tenga que
recordar… —respondió ella con una media sonrisa, porque sentía una
gran pena por dentro.
—Vete a ver a tu familia, recoge tus cosas y monta tu bufete aquí. Texas
está llena de gente que necesita de una buena abogada. ¡No te faltarán
clientes! Y si no aparecen, ya me encargaré yo de traértelos,
arrastrándolos si hace falta…
Megan agitó la cabeza, suspiró y luego dijo:
—Me va a costar muchísimo irme, pero tengo que hacerlo. Debo
regresar a Nueva York y terminar de convencerme de algunas cosas.
—¿Todavía? —preguntó Daniel alzando una ceja y clavando su
erección en la entrepierna de Megan.
—Daniel estoy hablando de algo más que el sexo.
—Y yo también. Mi deseo nace de un sentimiento muy profundo que es
amor. Lo quieras creer o no.
—¡Lo creo! —repuso ella—. ¡Yo también siento amor! Pero no hay
necesidad de precipitar las cosas. Tengo una vida que no puedo de repente
cerrar así como si tal cosa.
—¿Cuánto necesitas? ¿Un par de días? ¿A lo sumo cinco?
Megan resopló y luego con los labios fruncidos por un punto de enojo,
dijo:
—Daniel, no me presiones, por favor.
Daniel la estrechó entre sus brazos y le susurró al oído:
—No puedo vivir sin ti, pelirroja. Ya no…
Megan se apartó de él y luego mirándole a los ojos fijamente habló:
—Claro que puedes. Como yo sin ti. Somos adultos, la vida nos ha
golpeado duro y sabemos que podemos resistirlo todo. Lo que se trata es
de decidir, desde el convencimiento más profundo, que queremos estar
juntos.
—Yo lo tengo, pelirroja. ¿Tú no? ¿Todavía no?
—Daniel por favor… Déjame que regrese a Nueva York y hablamos…

34.
Pero antes de irse a Nueva York, Megan disfrutó de una deliciosa
barbacoa de despedida en la pradera donde tantas tardes había ido con
Daniel a contemplar a los caballos salvajes. Adoraba a ese lugar, era
difícil no sentirse como en casa rodeada de tanta belleza y más cuando la
puesta de sol más hermosa que había visto nunca, una tarde más se
desplegó ante sus ojos como el milagro más hermoso.
Un milagro cotidiano y mágico como el amor que ahora sentía en su
corazón, y no solo el amor por Daniel, sino también el amor por
Brandon, por Mary Eugene, por los animales del rancho, por la casa, por
el paisaje, por Texas entera. Amaba todo lo que le rodeaba porque le había
dado tanto que sentía que toda la vida iba a estar en deuda con todo y con
todos.
Ella había llegado rota y perdida, desilusionada y sin ganas, y regresaba
a Nueva York con el corazón lleno y confiado, alegre y feliz,
completamente sanada. Estaba tan agradecida que jamás iba a olvidar lo
que Texas y sus gentes habían hecho por ella, y en muy especial medida a
lo que Daniel había hecho por curar las heridas profundas de su alma.
Todavía le seguía sorprendiendo cómo había sido capaz de lograrlo,
cómo ese ranchero que al principio le pareció altanero y engreído había
conseguido sanarla de esa forma, llenarla por dentro de tanta luz, paz y
amor.
Y lo que ella no sabía es que el ranchero en ese instante estaba pensando
justamente lo mismo, cómo diablos la loquita pelirroja de Nueva York,
había logrado que por fin terminara de hacer su duelo. Después de años de
sufrimiento, había logrado superar su pena tan grande y lo que jamás
pensaba iba a volver a suceder, estaba ocurriendo: amaba y de qué manera.
Él que estaba convencido de que su vida había terminado con la muerte
de su esposa querida, ahora estaba sonriendo otra vez, con el corazón
latiendo con fuerza por una pelirroja caótica y entrometida, por una
mujer por la que jamás hubiese apostado ni un céntimo a que le habría
robado el corazón como de hecho se lo había birlado.
Porque su corazón era ya de Megan, a su mujer la llevaría siempre
consigo, su recuerdo le acompañaría siempre y estaba seguro de que le
protegería desde el cielo, pero su presente y su futuro era de Megan. ¿Por
qué no lo sentía ella de la misma forma, tan intensa y veraz? ¿Por qué la
pelirroja tenía la cabeza tan dura? La miró desde el lugar donde se
encontraba, junto a la barbacoa, y agitó la cabeza, divertido.
Megan sintió la mirada profunda del ranchero y le devolvió no solo la
mirada, sino que le dedicó la mejor de sus sonrisas. Y suspiró. Los dos lo
hicieron. Lo cierto es que parecían dos enamorados adolescentes, justo
como Gemma y Brandon, que en ese momento estaban cuchicheándose
cositas que a los dos les provocaban unas carcajadas tremendas.
Megan pensó que qué pena no tener trece años y toda la vida por delante
para poder vivir el amor con esa pureza y ese relajo, dejándose llevar sin
más. Era una lástima haber conocido a Daniel tan tarde, cuando ya tenía su
vida hecha y era todo tan complejo como para empezar algo en otro lugar.
Esa reflexión, a pesar de que en el horizonte lucía un sol anaranjado
perfecto y que el cielo lo cruzaban unas bellísimas nubes rosas, le puso
muy triste, un nudo fuerte atenazaba su garganta y cuando dos lágrimas
estaban a punto de brotar, Daniel apareció por detrás y la abrazó con
fuerza.
—Pelirroja ¿puedo saber por qué no has probado mis suculentas y
famosas chuletas a la brasa?
Megan se dio la vuelta y sonrió, disimulando su pena.
—Estaba entretenida con la puesta de sol… —se excusó.
—Pensaba que ibas a decir con el espectáculo de Claudia y el
veterinario…
Los dos habían acudido a la fiesta de despedida, por deseo expreso de
David y de Brandon, pues esa era la única manera que tenía de asegurarse
que Gemma asistiría.
—Es sorprendente pero ¿por qué, no? ¡El amor hace extraños
compañeros de cama! —bromeó Megan.
—¡Como nosotros! —observó Daniel, divertido.
—¡Eres incorregible, ranchero! —espetó dando un manotazo al aire.
—Me alegro mucho por los dos. Ojalá el veterinario consiga que esa
leona sea feliz…
—Los dos se merecen ser felices…
—Y nosotros —dijo Daniel, abrazando de nuevo a Megan.
—Ha sido el mejor verano de mi vida, ranchero. Te agradezco
muchísimo lo que has hecho por mí —confesó Megan emocionada.
—Lo dices de una forma que pareciera que esto fuera una despedida y
no un hasta pronto —susurró Daniel al oído de la joven.
—Es un adiós al verano y lo que tenga que venir, ya se verá —susurró
encogiéndose de hombros.
—¡Mira que eres terca, pelirroja!
Megan soltó una carcajada y justo en ese instante el móvil del ranchero
sonó. Descolgó el teléfono y tras escuchar muy concentrado al
comunicante, colgó el teléfono y llamó a gritos a Brandon:
—¡Era tu padre! ¡Ven que tengo una gran noticia que darte!
El gesto de Daniel era indescifrable, ni por su mirada, ni por su
expresión podía deducirse absolutamente nada de lo que tenía que
transmitir a su sobrino. Todos estaban nerviosos y expectantes, pero
Brandon el que más…
—¡Desembucha de una vez, tío! ¿Qué es lo que pasa?
—Pasa que acabo de hablar con tu padre y dice que más te vale que
apruebes los exámenes…
—¡Menuda novedad! —resopló el muchacho.
—¡Te equivocas! Hay una novedad y creo que va a ser de tu interés —
explicó pellizcándose la barbilla—. Pero, por favor, solo te pido que me
prometas que vas a recibir la noticia con moderación y con mesura.
—¿Pero de qué me estás hablando? ¿Les ha pasado algo a mis padres?
—preguntó el muchacho asustado.
—¡Es una buena noticia! ¡Estate tranquilo! —le calmó Daniel,
atusándose el pelo.
—Pues si es bueno, no sé qué haces que no estás abriendo el pico de una
vez…
—Mocoso ¡controla tu lengua! —exigió—. Verás, tus padres han
decidido anticipar su vuelta a Texas. ¡En cuanto termines tus exámenes,
regresaréis a América! ¡Se acabaron tus días de estudiante inglés! En
breve, serás texano en toda regla, malandrín. ¡Estarás contento! —
exclamó alegre revolviendo el pelo del muchacho.
—¡Soy feliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiz! —gritó el muchacho, dando
después un beso en la mejilla a Gemma—. ¿Has escuchado bien, cari? ¡Ya
no tendremos que separarnos! ¡Tus rezos han dado resultado! —Brandon
cogió a la jovencita en brazos y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo.
—¡Para loquito! —exigió Daniel y todos rompieron a reír.
Brandon dejó a la niña en el suelo y todos celebraron la noticia. Y
cuando digo todos, incluyo al potrillo Dylan que, como Daniel advirtió, se
acerco a contemplar la feliz escena.
—¿Has visto, pelirroja, quién está ahí? —le susurró a Megan para que
mirara cómo el potrillo estaba cerca de la zona.
Megan sonrío, cogió una manzana y con mucho cuidado se acercó hasta
el potrillo que como siempre tomó la fruta de su mano. Luego, le acarició
las crines y el animal se marchó, sin que ella entonces pudiera contener las
lágrimas.
—Nadie quiere que te marches, pelirroja. ¿No te das cuenta que ha
venido a pedirte que no te vayas? —le susurró Daniel que, en cuanto se
hubo marchado el potrillo, acudió de nuevo a su lado para abrazarla.
—Tengo cosas pendientes en Nueva York, ranchero. Y no pueden
esperar…

35.
Lo que tenía pendiente en Nueva York, eran torres y torres de
expedientes de trabajo por sacar adelante encima de su mesa y un socio
más que cabreado:
—Estoy desbordado, he tenido que contratar a una ayudante, a Lucinda,
pero esto no marcha sin ti. Celebro que haya terminado tu locura texana y
espero que ahora recuperada la cordura te pongas a trabajar a destajo, si
quieres que todo lo logrado durante estos años no se vaya al garete.
—Trabajaré duro y me pondré al día, John. En cuanto a lo de Texas…
—Por un lado, Megan sentía que no tenía por qué darle explicaciones de
nada, pero por otro consideró que al menos una disculpa sí que le debía, si
bien John no le dejó que lo hiciera.
—No quiero saber nada más de ese maldito lugar. Acepto que lo nuestro
como pareja ha terminado y ahora como socio te exijo que saques
adelante todo el trabajo que tienes pendiente. Es lo único que tenemos que
hablar…
A ella le dolió mucho esa respuesta, después de todo lo que habían
vivido y el cariño que se tenían esa frialdad en el trató le hizo sentir fatal,
pero respiró hondo y actuó como si no le hubiera afectado.
—Está bien —musitó ella.
—Porque supongo que has venido a quedarte, obviamente.
Megan se limitó a responder:
—Voy a ponerme al día con los expedientes, John. Procuraré terminar
con ellos lo antes posible…
Y se encerró en su despacho que lo sintió tan ajeno, tan poco suyo, que
se preguntó angustiada qué hacía en ese lugar, al que ya no pertenecía. Con
todo, se centró en sacar adelante las tareas, a pesar de que era difícil
concentrarse y no pensar en Texas, en el rancho y sobre todo en Daniel, al
que echaba demasiado de menos.
No podía dejar de pensar en qué estaría haciendo en esos instantes, en su
sonrisa perfecta, en el olor de su cuerpo después de hacer el amor, en sus
caricias tan profundas y certeras, en su forma de mirarla y leer su
corazón.
Pensaba en él y luego, como podía, volvía a sus tareas que intentaba
resolver con la mayor diligencia posible. Después, regresaba a su
apartamento donde se sentía más sola y más extraña todavía y se quedaba
dormida viendo alguna película romántica que no hacía más que
recordarle a Daniel.
Pero no podía permitirse llamarle, no hasta que no acabara lo que había
venido a hacer a Nueva York. Era una tentación demasiado grande y podía
quedar todo a medias, así que lo mejor era aguantar un poco la ausencia y
la soledad y hacer las cosas bien, tal y como le habían enseñado en su casa.
Por eso, madrugaba muchísimo, trabajaba muy duro, hasta que caía
rendida en la cama con informes que consultaba hasta el último momento
de su día en la cama.
Y así un día tras otro, sin más descanso que las comidas de los
domingos en casa de sus padres, y sin recibir ni una sola llamada de
Daniel.
La única noticia que tenía de Texas había llegado desde Inglaterra…
Brandon le había escrito un mail muy cariñoso donde le decía que había
aprobado todo y que pronto regresaría a Texas, donde esperaba
encontrarla.
¿Encontrarla? ¡Si lo más probable es que Daniel a tenor de su silencio
ya la hubiese olvidado!
La sola idea de que eso fuera así, le hacía sentir tan mal, que un
domingo en casa de sus padres, su madre le dijo cuando preparaban un
pastel de carne en la cocina:
—Trabajas demasiado, Meg. Tienes unas ojeras tremendas, estás pálida
y una mirada muy triste, hija mía. ¿De verdad te hace feliz tanto trabajar?
¿Es necesario que te exijas tanto?
—Estoy bien, mamá.
—No, hija. No estás bien. Desde que regresaste de Texas, has cambiado.
La chica alegre y luminosa que me llamaba desde el rancho, vital, no tiene
nada que ver con la mujer apagada y gris en la que te has convertido. ¡Te
puedes engañar a ti misma pero no a mí! Las madres lo sabemos todo,
pequeña.
Megan no pudo contener las lágrimas y luego se abrazó a su madre.
—Le echo demasiado de menos… —le confesó a su madre.
—¡Eso es estupendo, mi niña! ¡No tienes que estar triste por eso! ¡Al
contrario, lo más hermoso que puede pasarnos es encontrar el amor! —
dijo la madre, levantando el rostro de su hija, cubierto por las lágrimas.
—Pero él no quiere saber nada de mí. No me llama, ni nada…
—Tú le dijiste que no lo hiciera, hasta que resolvieses tus asuntos en
Nueva York. ¿Qué esperas? —replicó la madre encogiéndose de hombros.
—Espero que venga a por mí y me lleve muy lejos. ¡Qué poco adulta
soy, madre! ¡Me avergüenzo de mí! —gritó rompiendo a llorar en el
hombro materno.
—No te avergüences de amar, hija mía —dijo acariciando su pelo—.
Termina de una vez con tus asuntos del bufete y regresa junto a ese
hombre. Tu destino es Texas, mi amor.
—¿Quién me lo iba a decir, madre? ¡Yo con un texano!
La madre enjugó las lágrimas de la hija con un pañuelo blanco bordado
con las iniciales de su marido y después le recordó a su hija:
—Tú siempre lo has sabido, mi amor. ¿O no recuerdas aquel traje de
novia vintage que te compraste en el Soho cuando tenías veinte años?
Megan, perpleja, miró a su madre sin recordar absolutamente nada.
Luego su progenitora le pidió que esperara un momento a que trajera la
prenda que guardaba en un viejo arcón, mientras ella se quedaba vigilando
el pastel en el horno.
Al rato apareció su madre con un vestido de novia de corte texano, con
un gran volante en el escote y volantitos en la falda, enfundado en un
plástico que colgaba de una percha.
—¡No lo puedo creer! —exclamó la joven, llevándose las manos a la
cabeza.
—Y te recuerdo que también te compraste un sombrero y botas de
cowboy, blanquísimas y relucientes —contó la madre satisfecha.

Megan entonces lo recordó todo. Se retrotrajo a un frío día de invierno,
recién salida del bufete de abogados en el que trabajaba haciendo
prácticas, y cómo le entraron unas ganas irrefrenables de caminar y
caminar. Estaba muy cansada de una jornada agotadora, pero no le
apetecía meterse en el Metro, así que se puso a caminar y terminó en el
Soho, frente a una tienda de ropa vintage. Aunque llevaba su sueldo de un
mes en el bolsillo, siempre le ingresaban la nómina en la cuenta corriente,
pero un fallo del sistema contable hizo que ese día llevara el dinero en un
sobre blanco que llevaba guardado muy cerca de su corazón, entró sin
pensamiento de comprarse nada, hasta que apareció ante ella un vestido
blanco, de novia texana, con el sombrero y las botas a juego, que valían
justo el dinero que llevaba en el bolsillo.
Por aquel entonces ni tenía pareja ni intención de casarse, pero algo
pasó cuando la dependienta le sugirió que se probara las botas y aquel
calzado le encajó como si estuviera a hecho a medida, lo mismo que le
pasó con el sombrero y el vestido.
Cuando se vio con todo el atuendo puesto en el espejo, se vio tan guapa
que no lo dudó y se lo compró todo sin sentir la más mínima culpa.
Trabajaba demasiado como para permitirse una locura por una vida vez
en su vida, un capricho que le había hecho sentir bonita y especial.
Deslumbrante y quién sabe si algún día podría llegar a servirle…
—Ahora recuerdo que cuando llegué a casa, tú me dijiste, madre, que
algún día encontraría a mi ranchero… Yo te llamé chiflada y mírame hoy
que estoy…
Megan dejó la frase a medias, porque de repente su vista se nublo y
como si hubiese perdido de pronto la energía, notó que su cuerpo caía a
plomo en el suelo.
Despertó tumbada en la cama de su cuarto, con su madre abanicándole y
su hermano pequeño tendiéndole una manzana.
—He llamado al doctor Smith, trabajas demasiado, niña. Este mareo ha
sido una señal de tu cuerpo para que pares y descanses —le regañó, con
cariño, su madre.
—No, mamá. Esta señal indica que llevo dos meses sin que me venga la
menstruación —dijo tomando la manzana que le ofrecía su hermano, con
una sonrisa triunfal en la cara.
—¿Y lo dices así como si tal cosa? —replicó la madre cogiéndola
emocionada de las manos.
—Prepárame una bolsa de manzanas como estas. ¡A Dylan le van a
encantar y se las voy a llevar hoy mismo! —dijo Megan, feliz de que
todas las piezas del puzzle hubieran acabado encajando.
—¿Dylan? ¿Quién es Dylan? —preguntó la madre, perpleja, confundida
y profundamente feliz.

36.
Por supuesto que ni ese día ni los tres siguientes su madre le permitió
ponerse camino a Texas. Solo cuando el doctor Smith confirmó el
embarazo y dio la autorización para emprender el viaje, Megan puso
rumbo al viaje más importante de su vida.
No había vuelto a tener noticias de Daniel desde que había dejado el
rancho, pero despejó de un plumazo el pensamiento de que se hubiera
olvidado de ella porque sencillamente era imposible.
Ella no podía dejar de pensar en él a todas horas, si para algo había
servido esta separación, aparte de para terminar con los pleitos que tenía
abiertos y poner fin a la sociedad que tenía con John, era para darse cuenta
de lo muchísimo que lo echaba de menos.
Pero antes de encontrarse con él, le pidió al taxista que la llevaba que se
adentrara en el rancho y la dejara en el prado, en la zona que solían
frecuentar los caballos salvajes.
Cuando llegó al lugar, aquel prado maravilloso, dorado por el sol del
otoño que empezaba, pidió al taxista que parara. Pagó la carrera y se
quedó sola con sus maletas y la bolsa de manzanas.
¿Estaría Dylan cerca? ¿Se habría olvidado de ella? Megan oteó el
horizonte buscando a los caballos y a quien encontró que venía en su jeep
fue al mismísimo Daniel.
Megan estaba temblando, emocionadísima, agitó los brazos para que
Daniel la viera. Él frenó en secó, saltó del auto y corrió hacia ella para
estrecharla entre sus brazos con tanta pasión que se quedaron apenas sin
aliento.
—¡Has vuelto, vida mía! ¡Estás aquí, pelirroja! ¡Por fin!
—Siempre contigo —dijo entre lágrimas—. ¡Ya estoy en casa!
—¿Vienes para quedarte? —preguntó Daniel, retirándose también las
lágrimas.
—Si no tienes inconveniente…
Daniel volvió a besar a la joven con pasión y después le dijo mirándola
intensamente los ojos:
—Te suplico que lo hagas, pelirroja. Quédate conmigo. Yo voy a estar
aquí. Siempre contigo.
—Traigo un traje de novia texana. ¿Puedes creer que lo compré con
veinte años porque tuve un capricho tonto?
—Bendito capricho. Nos casamos mañana. Llamaré al padre Benedict
para que nos case en la ermita.
—¿Mañana? Espera a que me dé tiempo a que avise a mi familia al
menos.
—Dentro de tres días, a lo sumo. Mi familia ya está aquí. Después de
que Brandon aprobara todo, se vinieron definitivamente. Por cierto,
gracias por todo lo que has hecho para enmendar a ese pequeño granuja.
Daniel volvió a abrazar a su chica y después puso sus manos en las
caderas…
—Es un niño muy inteligente, no tengo mérito ninguno.
—¿Has cogido peso estos meses? —preguntó Daniel, descarado y
expectante. Deseando que fuera realidad lo que tantas veces había
fantaseado.
—Daniel… No te he llamado porque quería cerrar bien las cosas. Tenía
expedientes de clientes por rematar y luego quería dejar finiquitada mi
sociedad con John. Para eso necesitaba tiempo, si hubiese estado en
contacto contigo, lo habría dejado todo a medias y ese no es mi estilo.
—Lo sé pelirroja —susurró acariciando su rostro.
—He zanjado los pleitos que tenía pendientes con mis clientes, he
liquidado mi sociedad con John y ahora vengo dispuesta a abrir el mejor
bufete de abogados de Texas.
Daniel sonrío, orgulloso de su mujer, porque aunque no se hubiesen
casado, así lo sentía y después dijo:
—No te he llamado porque sabía que ibas a volver. Llámame
presuntuoso, pero te siento, pelirroja, a todas horas, y sabía que no
dejabas de pensar en mí y en el rancho. Te he sentido tan cerca de mí, que
sabía solo era cuestión de paciencia…
—¿Y si no llego a venir no habrías venido a buscarme? —preguntó con
el gesto travieso de la niña que acaba de hacer una trastada
—¡Pelirroja! ¡He ido cuatro veces a Nueva York! ¿Tú sabes lo que me
costó no acercarme a besarte y a hacerte el amor ahí mismo?
Megan tenía el corazón alborotado de felicidad por tener la certeza de
que Daniel le amaba tanto como ella. Lo sabía, lo sentía, pero escucharlo
de su boca era una delicia que le hizo marearse…
Cuando despertó a los pocos segundos, estaba en los brazos de
Daniel…
—Pelirroja ¡qué susto! ¡Vamos ahora mismo a que te vea el doctor!
Megan sonrió, acarició la mejilla del ranchero y luego dijo con los
ojos llenos de lágrimas:
—Vamos a ser papás, Daniel.
—¿Qué? —replicó parpadeando perplejo.
—Que tu deseo de ver este rancho lleno de críos está empezando a
cumplirse. Pero hasta que no tenga el primero y vea de qué se trata eso de
parir, no te garantizo de momento más que uno…
—¡De ninguna manera! ¡Yo quiero por lo menos cinco niños! —
protestó el ranchero con una sonrisa encantadora.
—¡Ya lo iremos viendo! Y ahora ¿te importaría que fuéramos a casa y
dejara mi equipaje en mi habitación?
—¡Nuestra habitación! —le corrigió estrechándola amorosa contra su
pecho—. Megan me vas a dar el regalo más hermoso que puede darse, vas
a dar a luz a nuestro hijo. ¿Sabes lo que es eso? ¡Jamás imaginé tanta
felicidad! ¡Te amo, cielo! ¡Eres la mayor bendición de mi vida!
—Y yo te amo a ti, Daniel. Cuando el doctor me confirmó que estaba
embarazada jamás sentí tanta felicidad y alegría. Cómo celebro no haber
ido al centro médico aquel día, sé que este hijo que llevo en el vientre nos
va a hacer muy felices a los dos.
Megan se llevó las manos al vientre y Daniel las besó luego. Después le
ayudó a ponerse en pie, cogió sus maletas y le sorprendió algo:
—¿Y esas manzanas?

—Son para Dylan —explicó ella, encogiéndose de hombros.
—¿Has venido a verle a él antes que a mí, pelirroja rebelde? ¡Voy a
ponerme celoso!
—Le he echado tanto de menos, ¡casi tanto como a ti! —bromeó entre
risas.
—Y él a ti. Al poco de irte, comenzó a echarte de menos. ¿Puedes
creerlo? Te extrañaba tanto que un día me lo encontré cerca de los
establos. Jamás he visto nada parecido. Estaba triste, melancólico,
marchito, igual que yo… David me ha ayudado a domesticarlo, ha sido
francamente fácil y ahora está en los establos esperándote.
Megan abrazó a Daniel emocionada…
—¡Llévame con él! ¡Qué historia más hermosa, Daniel! Además, dentro
de unos meses podremos cabalgar a Dylan con nuestro hijo en brazos.
¿No crees que es maravilloso?
De nuevo se besaron con intensidad, deseo, locura, ternura y muchísima
pasión. El sol brillaba en lo alto, con la fuerza que rugían sus corazones,
se amaban con todas sus ganas y los dos iban a luchar para que ese amor
creciera fuerte y sano, valiente y decidido, como lo eran ellos, como lo
era el rancho, como lo era Texas.
—Te amo, Megan. ¿Estás preparada para ser la señora Danvers?
Megan asintió feliz. Suspiró y después dijo convencida de lo que
significaba y sintiéndolo en cada poro de su ser:
—Siempre contigo.
—Siempre contigo, mi amor…


EPÍLOGO:
Tres días después, Megan y Daniel celebraron su boda en la ermita del
rancho, ante la atenta mirada de los que los querían. Siete meses después,
nació para dicha de todos, Arthur, un niño regordete y guapísimo, que se
convirtió en la alegría de la casa.
Megan por su parte, montó un bufete de abogados que sin duda es el
mejor de Texas, por si alguien lo dudaba. Y por supuesto, después de ese
niño vinieron cuatro más: dos niños y dos niñas, porque Daniel
sencillamente es mucho Daniel…
Gemma y Brandon en cuanto terminaron la universidad, con el mejor
de los expedientes, se casaron, tienen un rancho enorme que se llama:
Siempre tú y tres hijos maravillosos.
Claudia y David también se casaron y tienen unos gemelos que están
enamorados de las dos hijas de menores de Megan y Daniel…
Ni que decir tiene que el amor y la felicidad campan a sus anchas. Y es
que el sol texano es así de implacable, generoso y dulce, artífice pasiones
intensas, verdaderas y profundas…
Pasiones que seguirán mientras la Tierra gire… Porque… ¡Cuántos
besos, cuántos suspiros, cuántos sueños por los que luchar aguardan a la
vuelta de la esquina!
No en vano, la vida es maravillosa, solo hace falta apostar, arriesgar,
luchar con ganas y con mucho amor, y siempre, siempre se gana. ¡Y
siempre contigo!
Así que, ¿a qué esperas? ¡Atrévete tú también a soñar!

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