“La interpretación de los sueños” (1900) Cap. VII.
Punto C. Acerca del cumplimiento de deseo. pags. 552-560.
que distribuirlo entre los hermanos y otros; reconocimientos
se otorgan a menudo al oficial después de su «muerte heroi-
ca». El sueño pasa entonces a dar expresión directa a lo que
primero quiso desmentir, aunque la tendencia al cumplimien-
to de deseo se hace notable aun a través de las desfiguracio-
nes. (El cambio de lugar en este sueño ha de entenderse sin
duda como «simbolismo del umbral» en el sentido de Silbe-
rer [1912; cf. supra, pág. 500].) Todavía no vislumbra-
mos lo que presta al sueño la fuerza impulsora requerida
para ello. Ahora bien, el hijo no aparece como alguien que
«cae», sino como alguien que «trepa». Es que ha sido un
osado montañista. No está de uniforme, sino en traje depor-
tivo, vale decir, el accidente ahora temido es remplazado
por uno anterior que sufrió haciendo deportes, cuando se ca-
yó en una pista de esquí y se quebró la cadera. Pero la ma-
nera en que está vestido, tal que parece una foca, recuerda
enseguida a alguien más joven, a nuestro travieso nietecito;
los cabellos grises remiten al padre de este, nuestro yerno,
duramente castigado por la guerra. ¿Qué significa esto? Pe-
ro basta; la localización en una despensa, el armario del que
quiere sacar algo (poner algo, en el sueño), son alusiones in-
equívocas a un accidente que yo mismo me provoqué cuando
tenía más de dos años y todavía no había cumplido los tres."
En la despensa me trepé a un taburete a fin de sacar algo
bueno que estaba sobre un armario o sobre una mesa. El
taburete se volteó y su borde me golpeó tras la mandíbula
inferior. Habría podido romperme todos los dientes. Una
admonición se insinúa en esto: «Te está bien empleado»,
como una moción hostil al gallardo guerrero. La profundi-
zación del análisis me permite hallar la moción escondida
que pudo satisfacerse con el temido accidente de mi hijo.
Es la envidia a la juventud, que los mayores creen haber ex-
tirpado de raíz; y es innegable que precisamente la fuerza
de la emoción penosa en caso de que ese accidente realmente
ocurriera hace salir a luz, como su sedante, ese cumplimiento
de deseo reprimido.-'*'
Ahora puedo definir con exactitud la significación que
tiene el deseo inconciente respecto del sueño. Concedo que
existe toda una clase de sueños cuya incitación proviene de
manera predominante, y hasta exclusiva, de los restos de la
vida diurna, y opino que aun mi deseo de llegar a ser por fin
" [Cf. supra, 4, págs. 43-4«.]
10 [El posible sentido telepático de este sueño es tratado breve-
mente en «Sueño y telepatía» (Freud, Y)22a), AE, 18, págs. 189-90.]
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professor extraordinarius habría podido dejarme dormir en
paz aquella noche si el cuidado por la salud de mi amigo
no se hubiera conservado activo desde el día/^ Pero ese
cuidado no habría producido ningún sueño; la fuerza im-
pulsora que le hacía falta a este tenía que ser aportada por
un deseo; incumbía a la preocupación el procurarse tal de-
seo como fuerza impulsora. Para decirlo con un símil: Es
muy posible que un pensamiento onírico desempeñe para el
sueño el papel del empresario; pero el empresario que, co-
mo suele decirse, tiene la idea y el empuje para ponerla en
práctica, nada puede hacer sin capital; necesita de un capita-
lista que le costee el gasto, y este capitalista, que aporta el
gasto psíquico para el sueño, es en todos los casos e inevi-
tablemente, cualquiera que sea el pensamiento diurno, un
deseo que procede del inconciente.'^'^
Otras veces el capitalista mismo es el empresario; para el
sueño este caso es incluso el más usual. La actividad diurna
ha incitado un deseo inconciente, que crea entonces al sueño.
Y los procesos oníricos presentan analogías también con
respecto a todas las otras posibilidades de la relación econó-
mica que aquí usamos como ejemplo: el empresario mismo
puede aportar una cuota pequeña de capital; varios empre-
sarios pueden acudir al mismo capitalista; varios capitalistas
pueden reunir en conjunto lo que el empresario necesita.
Así existen sueños sostenidos por más de un deseo onírico,
y todas las otras variaciones semejantes que se disciernen
con facilidad y ya no tienen ningún interés para nosotros. Lo
que ha quedado incompleto en esta elucidación del deseo
onírico sólo después podrá completarse.
El tertium comparationis {tercer elemento de compara-
ción} de los símiles que hemos usado, la cantidad^' puesta
libremente a disposición en el volumen adecuado, admite to-
davía una aplicación más fina para ilustrar la estructura del
sueño. En la mayoría de los sueños puede reconocerse un
centro provisto de una particular intensidad sensible, como
se consignó en [4] pág. 311 [y 333 y sigs.]. Este es por
lo general la figuración directa del cumplimiento de deseo,
pues si enderezamos los desplazamientos producidos por el
trabajo del sueño, hallamos que la intensidad psíquica de los
elementos incluidos en los pensamientos oníricos fue susti-
11 [Cf. supra, 4, pág. 279.]
1- [Este último párrafo es citado textualmente por Freud al final
de su análisis del primer sueño de «Dora» (1905e), AE, 7, pág. 76, el
cual, según comenta, ratifica por completo lo expresado aquí.]
13 [De capital en el caso de la analogía, y de energía psíquica
en el caso del sueño.]
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tuida por la intensidad sensorial de los elementos del conte-
nido del sueño. Los elementos que están en las cercanías del
cumplimiento de deseo a menudo nada tienen que ver con
el sentido de este, sino que resultan ser retoños de pensa-
mientos penosos, contrarios al deseo; pero por su nexo con
el elemento central, establecido hartas veces de manera arti-
ficiosa, recibieron una intensidad tan grande que se vol-
vieron capaces de figuración. Así, la fuerza figurante del
cumplimiento de deseo se difunde por una cierta esfera de
nexos, dentro de la cual todos los elementos, aun los en sí
faltos de medios, son elevados a la figuración. En sueños con
varios deseos pulsionantes es fácil deslindar entre sí las es-
feras de los diversos cumplimientos de deseo, y a menudo
aun las lagunas del sueño pueden comprenderse como zonas
de frontera.-'*
Si bien mediante las observaciones precedentes hemos res-
tringido la importancia que los restos diurnos tienen para el
sueño, vale la pena prestarles todavía otro poco de atención.
Es que, no obstante, tienen que ser un ingrediente necesario
de la formación del sueño; de otro modo no se explicaría
que la experiencia pueda depararnos la sorpresa de que en
el contenido de todo sueño se identifique un anudamiento
con una impresión diurna reciente, a menudo del tipo más
indiferente. Ahora bien, aún no pudimos discernir aquello
que hace necesario este agregado a la mezcla constitutiva del
sueño (cf. [4] págs. 196-7), Lo lograremos si, reteniendo
el papel del deseo inconciente, acudimos a la psicología de
las neurosis en busca de esclarecimiento. Esta nos enseña
que la representación inconciente como tal es del todo in-
capaz de ingresar en el preconciente, y que sólo puede ex-
teriorizar ahí un efecto si entra en conexión con una re-
presentación inofensiva que ya pertenezca al preconciente,
trasfiriéndole su intensidad y dejándose encubrir por ella.
Este es el hecho de la trasferencia,^^ que explica tantos su-
1* [En «Un sueño como pieza probatoria» (Freud, 191}a) se hallará
un resumen particularmente claro sobre el papel desempeñado por los
«restos diurnos» en la consttucción del sueño.]
15 [En sus esctitos postetiores, Freud utilizó regularmente esta mis-
ma palabra «trasferencia» («Übertragung») para describir un proceso
psicológico distinto —aunque conexo—, descubierto por él en el
trascurso de los tratamientos psicoanalíticos: el proceso de «ttasfe-
rit» a un objeto contemporáneo sentimientos que el individuo aplicó
originalmente —y sigue aplicando en forma inconciente— a un
objeto infantil. (Cf., por ejemplo, «Fragmento de análisis de un caso
de histeria» (190'5e), AE, 7, págs. 101-5, y «Puntualizaciones sobre
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ceses llamativos de la vida anímica de los neuróticos. La
trasferencia puede dejar intacta esa representación oriunda
del preconciente, la cual alcanza así una intensidad inmere-
cidamente grande, o imponerle una modificación por obra
del contenido de la representación que se le trasfiere. Per-
dónese mi inclinación por los símiles tomados de la vida
cotidiana, pero estoy tentado de decir que para la represen-
tación reprimida la situación se parece a aquella en que se
encuentran en nuestra patria los odontólogos norteamerica-
nos, quienes no pueden ejercer su profesión si no se valen,
como subterfugio y como cobertura frente a la ley, de un
doctor en medicina promovido en debida forma. Y así como
no son precisamente los médicos de mayor clientela los que
pactan esas alianzas con los dentistas, tampoco en lo psíquico
se escogen para encubrir una representación reprimida aque-
llas representaciones concientes o preconcientes que han atraí-
do sobre sí en medida considerable la atención que actúa
dentro del preconciente. Lo inconciente urde sus conexiones,
de preferencia, en torno de aquellas impresiones y represen-
taciones de lo preconciente a las que se descuidó por indi-
ferentes o que, desestimadas, se sustrajeron enseguida de la
consideración. Una conocida tesis de la doctrina de las aso-
ciaciones, corroborada por toda la experiencia, dice que re-
presentaciones que han anudado una conexión muy íntima
en cierta dirección se comportan como refractarias frente a
grupos enteros de nuevas conexiones; una vez hice el inten-
to de fundar sobre esta tesis una teoría de las parálisis his-
téricas.^"
Si suponemos que también en el sueño tiene valimiento
esa misma necesidad de trasferencia por parte de las repre-
sentaciones reprimidas que nos ha enseñado el análisis de las
neurosis, se explican también de un golpe dos de los enig-
mas del sueño, a saber, que todo análisis de sueños pone
de manifiesto algún entrelazamiento de una impresión re-
ciente, y que este elemento reciente es a menudo del tipo
más indiferente .•'^ Y agregamos lo que ya tenemos apren-
dido en otro lugar:'* que si estos elementos recientes e in-
diferentes pueden llegar con tanta frecuencia al contenido
el amor de trasferencia» (1915fl), AE, 12, págs. 163 y sigs.) La palabra
aparece también en este otro sentido en la presente obra (por ejemplo,
supra, 4, págs. 199 y 214), y ya había sido usada por Freud en
Esludios sobre la histeria (Breuer y Freud, 1895), AE, 2, págs. 306-8.]
i*' [Cf. «Algunas consideraciones con miras a un estudio compara-
tivo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas» (Freud, 1893c),
AE, 1, págs. 206-10.]
" [Cf. supra, 4, págs. 195-6.]
18 [Cf. supra, 4, pág. 193.]
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del sueño, en calidad de sustitutos de los más antiguos entre
los pensamientos oníricos, ello se debe a que son, al mismo
tiempo, los que menos tienen que temer de la censura de
la resistencia. Ahora bien, mientras que su carácter de exen-
tos de censura nos esclarece sólo la preferencia por los ele-
mentos triviales, la constancia de los elementos recientes nos
deja entrever el constreñimiento a la trasferencia. Lo repri-
mido exige un material todavía libre de asociaciones; y am-
bos grupos de impresiones satisfacen ese reclamo: las indife-
rentes, porque no han ofrecido ocasión alguna a extensas co-
nexiones, y las recientes, porque les faltó tiempo para ello.
Vemos así que los restos diurnos, a los cuales tenemos el
derecho de asimilar ahora las impresiones indiferentes, no
sólo toman algo prestado del Ice cuando logran participar
en la formación del sueño —vale decir: la fuerza pulsionante
de que dispone el deseo reprimido—, sino que también
ofrecen a lo inconciente algo indispensable, el apoyo nece-
sario para adherir la trasferencia. Si quisiésemos penetrar
aquí con mayor profundidad en los procesos anímicos, ten-
dríamos que dilucidar mejor el juego de las excitaciones en-
tre preconciente e inconciente; el estudio de las psiconeuro-
sis nos impulsa a hacerlo, pero precisamente el sueño no
ofrece asidero alguno para ello.
Todavía una observación sobre los restos diurnos. No hay
duda de que los verdaderos perturbadores del dormir son
ellos, y no el sueño, que más bien se esfuerza por protegerlo.
Sobre esto volveremos luego [págs. 568 y sigs.].
Hasta ahora hemos estudiado el deseo onírico; lo deri-
vamos del ámbito del inconciente y descompusimos su víncu-
lo con los restos diurnos, que a su vez pueden ser deseos o
mociones psíquicas de cualquier otra índole, o simplemente
impresiones recientes. Así hemos hecho lugar a los eventua-
les reclamos en favor de la importancia que tiene, para la
formación del sueño, el trabajo del pensamiento de vigilia
(en toda su diversidad). Tampoco sería imposible que sobre
la base de nuestra argumentación lográsemos explicar aun
aquellos casos extremos en que el sueño, como continuador
del trabajo diurno, lleva a feliz término una tarea irresuelta
de la vigilia. ^^ No nos hace falta sino un ejemplo de esa
clase para descubrir mediante su análisis la fuente de deseo
infantil o reprimida cuya convocación vino a reforzar tan
exitosamente el empeño de la actividad preconciente. Pero
18 [Cf. supra, 4, pág. 88. Un ejemplo de esto se menciona en una
nota al pie de El yo y el ello (Freud, 1923¿), AE, 19, pág. 28.]
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no hemos dado un solo paso hacia la solución de este enig-
ma: ¿Por qué durante el sueño lo inconciente no puede
ofrecer nada más que la fuerza pulsionante para un cumpli-
miento de deseo? La respuesta a esta pregunta está destinada
a arrojar luz sobre la naturaleza psíquica del desear; debe
procurársela con el auxilio del esquema del aparato psíquico.
No tenemos dudas de que este aparato ha alcanzado su
perfección actual sólo por el camino de un largo desarrollo.
Intentemos trasladarnos retrospectivamente a una etapa más
temprana de su capacidad de operación. Supuestos que han
de fundamentarse de alguna otra manera nos dicen que
el aparato obedeció primero al afán de mantenerse en lo
posible exento de estímulos,"" y por eso en su primera cons-
trucción adoptó el esquema del aparato reflejo que le per-
mitía descargar enseguida, por vías motrices, una excitación
sensible que le llegaba desde fuera. Pero el apremio de la
vida perturba esta simple función; a él debe el aparato tam-
bién el envión para su constitución ulterior. El apremio de
la vida lo asedia primero en la forma de las grandes necesi-
dades corporales. La excitación impuesta {setz^n} por la
necesidad interior buscará un drenaje en la motilidad que
puede designarse «alteración interna» o «expresión emocio-
nal». El niño hambriento llorará o pataleará inerme. Pero
la situación se mantendrá inmutable, pues la excitación que
parte de la necesidad interna no corresponde a una fuerza
que golpea de manera momentánea, sino a una que actúa
continuadamente. Sólo puede sobrevenir un cambio cuando,
por algún camino (en el caso del niño, por el cuidado ajeno),
se hace la experiencia de la vivencia de satisfacción que can-
cela el estímulo interno. Un componente esencial de esta
vivencia es la aparición de una cierta percepción (la nutri-
ción, en nuestro ejemplo) cuya imagen mnémica queda, de
ahí en adelante, asociada a la huella que dejó en la memoria
la excitación producida por la necesidad. La próxima vez
que esta última sobrevenga, merced al enlace así estableci-
do se suscitará una moción psíquica que querrá investir de
nuevo la imagen mnémica de aquella percepción y producir
otra vez la percepción misma, vale decir, en verdad, resta-
blecer la situación de la satisfacción primera. Una moción
'^^ [El llamado «principio de constancia», que se examina en las
páginas iniciales de Más allá del principio de placer (1920g), pero ya
constituía una hipótesis fundamental en algunos de los primeros es-
critos psicológicos de Freud; por ejemplo, en su carta a Josef Breuer
del 29 de junio de 1892, publicada postumamente (Freud, 1941á).
Lo sustancial de este párrafo se enuncia ya en el «Proyecto de psi-
cología» de 1895 (Freud, 1950«), AE, 1, págs. 340-1, 362-4 y 373-5.
Véase mi «Introducción», supra, 4, págs. 8 y sigs,]
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de esa índole es lo que llamamos deseo; la reaparición de la
percepción es el cumplimiento de deseo, y el camino más
corto para este es el que lleva desde la excitación producida
por la necesidad hasta la investidura plena de la percepción.
Nada nos impide suponer un estado primitivo del aparato
psíquico en que ese camino se transitaba realmente de esa
manera, y por tanto el desear terminaba en un alucinar. Esta
primera actividad psíquica apuntaba entonces a una identi-
dad perceptiva^^ o sea, a repetir aquella percepción que está
enlazada con la satisfacción de la necesidad.
Una amarga experiencia vital tiene que haber modificado
esta primitiva actividad de pensamiento en otra, secundaria,
más acorde al fin {más adecuada}. Es que el establecimiento
de la identidad perceptiva por la corta vía regrediente en
el interior del aparato no tiene, en otro lugar, la misma
consecuencia que se asocia con la investidura de esa per-
cepción desde afuera. La satisfacción no sobreviene, la ne-
cesidad perdura. Para que la investidura interior tuviera el
mismo valor que la exterior, debería ser mantenida perma-
nentemente, como en la realidad sucede en las psicosis aluci-
natorias y en las fantasías de hambre, cuya operación psíqui-
ca se agota en la retención del objeto deseado. Para conse-
guir un empleo de la fuerza psíquica más acorde a fines, se
hace necesario detener la regresión completa de suerte que
no vaya más allá de la imagen mnémica y desde esta pueda
buscar otro camino que lleve, en definitiva, a establecer
desde el mundo exterior la identidad [perceptiva] desea-
da.^- Esta inhibición [de la regresión], así como, el desvío
de la excitación que es su consecuencia, pasan a ser el co-
metido de un segundo sistema que gobierna la motilidad
voluntaria, vale decir, que tiene a su exclusivo cargo el em-
pleo de la motilidad para fines recordados de antemano.
Ahora bien, toda la compleja actividad de pensamiento que
se urde desde la imagen mnémica hasta el establecimiento
de la identidad perceptiva por obra del mundo exterior no
es otra cosa que un rodeo para el cumplimiento de deseo,
rodeo que la experiencia ha hecho necesario.^^ Por tanto, el
pensar no es sino el sustituto del deseo alucinatorio, y en
21 [Es decir, algo perceptivi-mente idéntico a la «vivencia de sa-
tisfacción».]
22 [Nota agregada en 1919:] En otras palabras: se reconoce la
necesidad de introducir un «examen de realidad».
2S Con justicia alaba Le Lorrain [1895] el cumplimiento de deseo
del sueño: «Sans fatigue sérieuse, sans étre oblige de recourir á cette
lutte opiniátre et longue qui use et corrode les jouissances poursui-
vies» {«Sin fatiga seria, sin estar obligado a recurrir a esa lucha obsti-
nada y larga que desgasta y corroe los goces perseguidos»}.
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el acto se vuelve evidente que el suefto es un cumplimiento
de deseo, puesto que solamente un deseo puede impulsar a
trabajar a nuestro aparato anímico. El sueño, que cumple
sus deseos por el corto camino regrediente, no ha hecho
sino conservarnos un testimonio del modo de trabajo pri-
mario de nuestro aparato psíquico, que se abandonó por
inadecuado. Parece confinado a la vida nocturna lo que una
vez, cuando la vida psíquica era todavía joven y defectuosa,
dominó en la vigilia; de igual modo reencontramos en el
cuarto de los niños el arco y las flechas, esas armas de la
humanidad incipiente ahora desechadas. El soñar es un re-
brote de la vida infantil del alma, ya superada. En las psi-
cosis vuelven a imponerse estos modos de trabajo del apa-
rato psíquico que en la vigilia están sofocados en cualquier
otro caso, y entonces muestran a la luz del día su incapa-
cidad para satisfacer nuestras necesidades frente al mundo
exterior.^*
Es evidente que las mociones de deseo inconcientes aspi-
ran a regir también durante el día, y tanto el hecho de la
trasferencia como las psicosis nos enseñan que querrían
irrumpir por el camino que a través del sistema del precon-
ciente lleva hasta la conciencia y hasta el gobierno de la
motilidad. En la censura entre Ice y Prcc, que precisamente
el sueño nos obligó a suponer, hemos reconocido y honrado
entonces al guardián de nuestra salud mental. Pero, ¿no es
un descuido del guardián el que reduzca su actividad du-
rante la noche, dejando así que lleguen a expresarse las mo-
ciones sofocadas del Ice y haciendo de nuevo posible la
regresión alucinatoria? Creo que no; en efecto, cuando el
guardián crítico se entrega al reposo —y tenemos pruebas
de que no se adormece muy profundamente—, cierra tam-
bién la puerta a la motilidad. Pueden ser permitidas cuantas
mociones de lo Ice (inhibido en todo otro caso) quieran
pulular en el escenario; ellas resultan inofensivas porque no
son capaces de poner en movimiento al aparato motor, el
único que puede actuar sobre el mundo exterior trasfor-
mándolo. El estado del dormir garantiza la seguridad de la
fortaleza en custodia. Menos inofensiva es la situación cuan-
do el desplazamiento de fuerzas no es producido por la re-
-lajación nocturna del gasto de fuerzas de la censura críti-
ca, sino por un debilitamiento patológico de esta o por un
2* [.Nota agregada en 1914:] En mis «Formulaciones sobre los dos
principios del acaecer psíquico» (1911fe), trabajo referido al princi-
pio de placer y al principio de realidad, he desarrollado con detalle
esta ilación de pensamiento. [De hecho, esta idea se sigue desarro-
llando infra, págs. 587 y sigs.]
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refuerzo patológico de las excitaciones inconcientes, mien-
tras el preconciente está investido y las puertas a la moti-
lidad están abiertas. En tales casos, el guardián es yugulado,
las excitaciones inconcientes someten al Prcc, y desde ahí
gobiernan nuestra habla y nuestra acción o fuerzan la re-
gresión alucinatoria y guían el aparato, que no les está des-
tinado, en virtud de la atracción que las percepciones ejer-
cen sobre la distribución de nuestra energía psíquica. A este
estado lo llamamos psicosis.
Ahora nos encontramos en el mejor camino para seguir
construyendo los andamies psicológicos que habíamos aban-
donado con la inclusión de los dos sistemas Ice y Prcc. Pero
aún tenemos bastantes motivos para detenernos en la apre-
ciación del deseo como la única fuerza psíquica pulsionante
del sueño. Aceptamos el esclarecimiento de que el sueño es
en todos los casos un cumplimiento de deseo porque es una
operación del sistema Ice, que no conoce en su trabajo nin-
guna otra meta que el cumplimiento de deseo ni dispone de
otras fuerzas que no sean las mociones de deseo. Y si ahora
queremos arrogarnos todavía por un momento el derecho
a desarrollar, partiendo de la interpretación del sueño, espe-
culaciones de tan vasto alcance, estamos obligados a mos-
trar que con ellas insertamos al sueño dentro de una con-
catenación que puede abarcar también otras formaciones psí-
quicas. Si existe un sistema del Ice —o algo análogo a él
para nuestras elucidaciones—, entonces el sueño no puede
ser su única exteriorización; todo sueño será un cumplimien-
to de deseo, pero tiene que haber, además de los sueños,
otras formas anormales de cumplimiento de deseo. Y, en
realidad, la teoría de todos los síntomas psiconeuróticos cul-
mina en una sola tesis: También ellos tienen que ser con-
cebidos como cumplimientos de deseos de lo inconciente.'^^
En virtud del esclarecimiento que hemos dado, el sueño se
convierte en el primer eslabón, no más, de una serie en ex-
tremo importante para el psiquiatra; comprenderla significa
solucionar la parte puramente psicológica de la tarea psi-
quiátrica.^* De otros miembros de esta serie de cumplimien-
28 [No/a agregada en 1914:] Dicho más correctamente: una parte
del síntoma corresponde al cumplimiento de deseo inconciente, y
otra, a la formación reactiva contra este.
2* [Nota agregada en 1914:] Hughlings Jackson había expresado:
«Si lo descubrís todo acerca del sueño, habréis descubierto todo lo
relativo a la insania» («Find out all about dreams and you will have
found out all about insanity»). [Citado por Ernest Jones (1911c),
quien lo había oído directamente de labios de Hughlings Jackson.]
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