MONICION DEL DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO
MONICION DE ENTRADA
Bienvenidos hermanos una vez más a la casa del Señor, donde nos reunimos
con gozo y llenos de agradecimiento para alabar y bendecir a Dios, para
compartir el pan y escuchar su palabra. Dispongámos todo nuestro ser, para
iniciar esta santa celebración. De pie y llenos de alegría entonemos el canto de
entrada.
MONICION PRIMERA (Eclesiástico 3,17-29)
Este libro tiene una particularidad interesante. Está escrito en lengua hebrea
alrededor del año 200 a.C, por Ben Sirac, un escriba de Jerusalén, por eso
también es conocido como “Sirácida”. El Eclesiástico deja notar rasgos de la
influencia griega, y más exactamente de la filosofía estoica, pero también de la
sabiduría de Israel. Atentos escuchemos
MONICION SEGUNDA (Hebreos 12, 18-19. 22-24)
Esta lectura abre un horizonte grandioso. Después de los consejos morales del
comienzo del capítulo, aparece de manera abrupta la imagen lo que es la vida
en la comunidad de los discípulos de Jesús. Atentos escuchemos
MONICION EVANGELIO (san Lucas 14, 1.7-14)
En el capítulo 14 del Evangelio según san Lucas transcurre en casa de un
fariseo. Como lo hemos venido notando en nuestra lectura del evangelio de
Lucas en los domingos anteriores, Jesús encontraba en diversas circunstancias
de la vida cotidiana que encontraba en su camino, una para transmitir una
enseñanza. De pie entonemos el canto del aleluya.
MONICION DE OFERTORIO
Recordemos que la mejor ofrenda es nuestro ser y nuestra vida misma. Junto
con el pan y el vino, presentamos también los esfuerzos nuestros de cada día
como un sacrificio agradable al Señor.
MONICIÓN A LA COMUNIÓN
Con un espíritu humilde y contrito acerquémonos a recibir a Jesús presente en
este misterio eucarístico.
MONICIÓN DE DESPEDIDA
Seamos sencillos. La sencillez da felicidad porque demostramos que
confiamos en el hermano. Vayamos a nuestros hogares a practicar lo que hoy
hemos escuchado.
ORACIÓN PARA COMULGAR ESPIRITUALMENTE
Jesús mío, creo que Tú estás en el Santísimo Sacramento; te amo
sobre todas las cosas y deseo recibirte ahora dentro de mi alma; ya
que no te puedo recibir sacramentalmente, ven a lo menos
espiritualmente a mi corazón.
Señor, no soy digno ni merezco que entres en mi pobre morada, pero
di una sola palabra y mi alma será sana, salva y perdonada. El
Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor
Jesucristo, guarden mi alma para la vida eterna. Amén.