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8-9. Guerra Colonial Y Crisis de 1898: Introdución

Este documento resume la historia de las guerras coloniales y la crisis de 1898 en España. Explica las causas de la primera guerra por la independencia de Cuba entre 1868 y 1878, incluyendo factores políticos, socioeconómicos y antagonismos ideológicos. También describe la segunda guerra por la independencia de Cuba entre 1895 y 1898, que finalmente llevó a la pérdida de Cuba y Puerto Rico.

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8-9. Guerra Colonial Y Crisis de 1898: Introdución

Este documento resume la historia de las guerras coloniales y la crisis de 1898 en España. Explica las causas de la primera guerra por la independencia de Cuba entre 1868 y 1878, incluyendo factores políticos, socioeconómicos y antagonismos ideológicos. También describe la segunda guerra por la independencia de Cuba entre 1895 y 1898, que finalmente llevó a la pérdida de Cuba y Puerto Rico.

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Historia de España. IES El Tablero (Córdoba).

Curso 2020-2021

8-9. GUERRA COLONIAL Y CRISIS DE 1898


INTRODUCIÓN

Durante las últimas décadas del XIX, España era un país de segunda fila en el contexto internacional,
aislado de las grandes potencias europeas al quedar fuera de los sistemas bismarckianos y privado de
la mayoría de las posesiones coloniales dominadas en otros tiempos. Nuevos episodios bélicos
mermarían aún más estos dominios, de modo que la derrota en las guerras de emancipación de Cuba 1
y Filipinas –el denominado “desastre del 98”- originó una profunda crisis social y política, un estado
colectivo de depresión moral en el país que supondría el punto de partida para la futura quiebra del
sistema restauracionista.

1. LOS PRIMEROS CONFLICTOS EN CUBA

1.1. Factores del conflicto

El primer conflicto se denomina la Guerra Grande (1868-1878). Iniciada sólo días después de que en
la Península se produjera la “Gloriosa Revolución”, el descontento en Cuba por la política de la
metrópoli venía de lejos, sobre todo entre los dueños de las grandes plantaciones azucareras, que
ansiaban participar directamente en la administración del territorio. A este núcleo poderoso se unió
desde mediados de siglo una alta burguesía de origen metropolitano, cuyos intereses económicos,
vinculados al sector tabaquero, pronto chocaron con los de la tradicional “sacarocracia”. Durante el
gobierno de la Unión Liberal (1858-63) se creó en España una comisión para buscar salida a este
enfrentamiento y, a la vez, estudiar las reformas que pudieran aplicarse en la isla, pero sus escasos
resultados acrecentaron un sentimiento antiespañol que llevaría a los sucesos de 1868.

En la base de este malestar se unen causas políticas -grave limitación de derechos básicos, ilegalidad
de posibles partidos políticos, labor de intelectuales criollos como José Antonio Saco o Félix Varela-
con otras socioeconómicas, tales como la alta presión fiscal, el severo control sobre el comercio que
lastraba las relaciones con otros países, en especial con los Estados Unidos, o las escasas inversiones
en la isla.

A estos motivos de fondo habría que añadir en los años previos a 1868 otros coyunturales, como los
duros efectos de las crisis económicas de 1857 y 1866, más los evidentes antagonismos ideológicos y
sociales relacionados con cuestiones como las disputas entre las clases acomodadas criollas y
peninsulares, las tensiones entre esclavistas y abolicionistas, la dicotomía entre los partidarios de
mantener la vinculación con España y los que defendían un antiespañolismo que querían fraguar en la
independencia o en la anexión a los Estados Unidos. En este agitado escenario prendería con fuerza la
llama de la sublevación.

1.2. La Guerra de los Diez Años (1868-1878)

La también denominada Guerra Grande se inició con el ‘Grito de Yara’, proclamado el 10 de octubre
de 1868 por Carlos Manuel de Céspedes y que recogía las pretensiones de los sublevados, sus objetivos
y las razones que les habían llevado a adoptar aquella decisión. La guerra puede calificarse de un
movimiento anticolonial –la liberación del dominio español y subsiguiente proclamación de la
independencia cubana- y también antiesclavista. Precisamente, este carácter hizo que, si bien la llama
revolucionaria prendió por toda la isla, los ricos hacendados de su parte más occidental se
desentendieran del conflicto, anteponiendo sus intereses económicos a la causa del independentismo.
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Los rebeldes nombraron un “gobierno en armas” y aprobaron para organizarse un texto constitucional
en la Asamblea de Guáimaro, a la vez que, con ayuda económica de los Estados Unidos desde 1872,
mantenían la guerra, ya que los intentos pacificadores del Capitán General Domingo Dulce no dieron
fruto. De este modo, el conflicto bélico se prolongó en el tiempo, desgastando por igual a ambos
contendientes, y todo ello a pesar de la superioridad de medios de la que disponían las tropas
españolas, factor que, según historiadores como Josep Fontana, quedaba compensado por su falta de
adecuación al clima y condiciones de la isla, de modo que casi un 90% de los soldados españoles
fallecidos lo hicieron aquejados de enfermedades “tropicales” y no a consecuencia de heridas de
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guerra.

Finalmente, fue decisiva la intervención para poner fin a la contienda del general Martínez Campos,
capaz de negociar con los insurgentes la Paz de Zanjón (10 de febrero de 1878), breve documento en
el que la metrópoli aceptaba la rendición de los sublevados a cambio de concesiones como una amplia
amnistía a quienes se habían alzado en armas contra España, la liberación de los esclavos que habían
formado parte de las filas de los insurrectos y la concesión a Cuba de un régimen de autonomía, que
implicaba su representación parlamentaria en las Cortes hispanas, similar a las provincias
metropolitanas, y libertades como la de prensa o la de reunión, lo que posibilitaba la formación de
partidos políticos.

1.3. La Guerra chiquita (1879-1880)

La Paz no satisfizo a parte de los insurrectos, lo que originó en primer lugar la “Protesta de Baraguá”,
en la que Antonio Maceo manifestaba su descontento al general Martínez Campos, y después, ante el
incumplimiento de buena parte de los acuerdos por los españoles, el levantamiento militar que
trascurre entre agosto de 1879 y septiembre de 1880; es la denominada “Guerra chiquita”, cuya
conclusión no supuso una reducción de la tensión, que acabaría estallando definitivamente con gran
fuerza quince años después.

2. INDEPENDENCIA DE CUBA Y PUERTO RICO

2.1. Antecedentes

Tras este primer envite, no se resolvió la cuestión de la emancipación de las últimas colonias españolas.
Años más tarde resurge, pero de forma más virulenta. Tras la firma de la Paz de Zanjón los cubanos
quedaron a la espera de las reformas prometidas por las autoridades españolas, entre las que
destacaban la participación de los cubanos en el autogobierno de su territorio, la libertad de comercio
o la abolición de la esclavitud que soportaban la mayor partes de los trabajadores negros de las
plantaciones e ingenios azucareros. Al mismo tiempo la posibilidad de constituir partidos políticos
fraguó en la creación de dos grandes formaciones, la Unión Constitucional –un partido españolista
fuertemente arraigado entre los peninsulares residentes en Cuba- y el Partido Autonomista, integrado
esencialmente por cubanos y que con un programa que reivindicaba la autonomía –no la
independencia- y las reformas económicas y políticas había conseguido una importante
representación en las Cortes madrileñas.

Sin embargo, y a pesar de proyectos notables como el abanderado por Antonio Maura cuando ocupó
el Ministerio de Ultramar, la ineptitud de los políticos españoles para profundizar en la vía de las
reformas y el autogobierno y para controlar los abusos sobre los trabajadores de las grandes
plantaciones fue radicalizando los ánimos en Cuba, donde las posiciones autonomistas se vieron
desbordadas por las de quienes abogaban por una independencia plena; a este fin apareció, impulsado
por José Martí en Nueva York, el Partido Revolucionario Cubano, defensor de la emancipación, para
lo que buscó y rápidamente encontró el apoyo de los Estados Unidos; esta aproximación fue fácil dados
los intereses americanos en la zona, fuertemente perjudicados desde la aprobación del arancel
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proteccionista de 1891, y considerando el expansionismo imperialista del gobierno de Washington,


que se volcaba a finales de siglo en la búsqueda de una hegemonía neocolonial sobre el área caribeña
y centroamericana que tenía sus bases ideológicas en teorías como la conocida doctrina “Monroe”, la
del “Destino manifiesto”, propugnada por John L. O’Sullivan y John Fiske y fundamentada en la
creencia en la superioridad moral de la Nación y en la racial “anglosajona”, o la “navalista”, abanderada
por Alfred Mahan y defensora de la necesidad del predominio en el mar.

2.2. La Guerra Necesaria (1895-1898)


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La guerra de emancipación, también denominada la Guerra Necesaria, estalla el 24 de febrero de 1895


con el ‘Grito de Baire’, instigada desde el exterior por personajes como Antonio Maceo y, sobre todo,
de Máximo Gómez y José Martí al frente del Partido Revolucionario Cubano, autores del ‘Manifiesto
de Montecristi’ firmado el 25 de marzo de 1895 en la República Dominicana. Fallecidos Martí en una
escaramuza en mayo de ese mismo año y Maceo en diciembre del año siguiente, serían Gómez y
Calixto García los principales dirigentes de los sublevados, sobre los que no causó gran efecto la política
de conciliación encomendada una vez más a Martínez Campos.

Como la contienda proseguía y las enfermedades diezmaban las tropas españolas, Cánovas, de nuevo
en el poder, encomendaba en febrero de 1896 al general Valeriano Weyler una política duramente
represiva, que incluyó la concentración de campesinos en asentamientos fuertemente custodiados
(reconcentración) y la aplicación de no pocas penas de muerte. Con estas medidas represivas y su
conocimiento de la isla, Weyler obligó a los insurrectos a refugiarse en las áreas montañosas, aunque
no logró acabar con el conflicto entre otras razones porque los guerrilleros recibían suministros y
material procedente de los Estados Unidos, país en cuya prensa el general español era presentado
como un carnicero salvaje que se ensañaba con el pueblo cubano.

Sagasta, al ocupar una vez más la Presidencia después del asesinato de Cánovas en 1897, reemplazó a
Weyler por Blanco y aprobó distintas medidas para intentar calmar los ánimos, leyes que llegaban
demasiado tarde, pues los Estados Unidos estaban a punto de desatar la guerra hispano-
estadounidense, que a la postre supondría para España la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Ya señalamos anteriormente los factores económicos e ideológicos que alentaron el intervencionismo


estadounidense, hasta el punto de haber presentado hasta cuatro ofertas de compra de la isla a España
a lo largo del siglo XIX, todas desoídas por los gobiernos de Madrid. El aumento de los intereses
norteamericanos en las empresas azucareras de Cuba en la década de los 90’ incrementó las ansias
imperialistas de Washington sobre la zona, evidenciadas durante la presidencia de Cleveland en
diversas protestas diplomáticas por la actuación autoritaria de Weyler y especialmente en la ‘Nota
Olney’ (4 de abril de 1896), propuesta de mediación en el conflicto si el gobierno de Madrid ofrecía
ciertas reformas. No obstante el Congreso norteamericano fue endureciendo su postura a lo largo de
los meses posteriores, haciendo presagiar una intervención militar directa que se haría realidad ya con
McKinley en la Casa Blanca.

El “casus belli” será la explosión del acorazado estadounidense Maine en el puerto de La Habana el 15
de febrero de 1898, en la que fallecieron más de dos centenares y medio de sus tripulantes y que la
prensa sensacionalista atribuyó sin prueba alguna a agentes españoles. Tras un último rechazo español
a una posible venta de la isla, Washington presentó un ultimátum el 20 de abril de 1898 que era en
realidad una declaración de guerra; el gobierno español, aun consciente de su inferioridad, no se
rindió, estallando un conflicto que en verdad se dilucidaría en el mar, donde el comodoro Schley acabó
con la flota española dirigida por el almirante Cervera en el puerto de Santiago de Cuba. El 12 de agosto
se firmaba el ‘Protocolo de Washington’, un armisticio previo a la capitulación definitiva en la Paz de
París.
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La guerra contra los Estados Unidos tuvo otro escenario en el Caribe: Puerto Rico; el 25 de julio de
1898 un cuerpo expedicionario norteamericano bajo las órdenes del general Nelson A. Miles
desembarcó en Guánica, luchando contra los españoles en diversos combates, como los de Yauco o
Asomante, hasta que se llegó a la rendición de España tras el reconocimiento de sus derrotas en Cuba
y Filipinas.

3. INDEPENDENCIA DE FILIPINAS
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En paralelo con el conflicto de Cuba se produjo la rebelión de las islas Filipinas; esta colonia nunca
había sido muy atractiva para la emigración peninsular y contaba además con una presencia militar
bastante reducida, aunque sí era notable el número de misioneros pertenecientes a las principales
Órdenes religiosas. Los movimientos independentistas y de protesta contra el excesivo poder de estas
Órdenes lo canalizó la ‘Liga Filipina’, fundada por el médico y escritor José Rizal en 1892 que, en un
principio, abogaría por reformas pacíficas, aunque la falta de atención por parte de los españoles la
llevó a posturas menos moderadas.

Detenido Rizal por sus actividades, otro miembro de la Liga Filipina, Andrés Bonifacio, tomaría el
testigo independentista tras fundar el Katipunan, base del ejército revolucionario que en 1896 se
alzaría tras el ‘Grito de Balintawak’; acusado de sedición y de ser uno de los instigadores de la
sublevación, Rizal sería detenido por el autoritario capitán general de Filipinas, el general Camilo García
de Polavieja, juzgado y fusilado el 30 de diciembre de aquel mismo año. Fraccionados los rebeldes por
las disputas internas entre quienes defendían el liderazgo de Emilio Aguinaldo y los que apostaban por
el propio Bonifacio -a la postre ejecutado por los primeros en mayo de 1897-, la llegada a la Capitanía
General de Filipinas de Fernando Primo de Rivera supuso una pacificación momentánea, plasmada en
el acuerdo de Biak-na-Bató (14 de septiembre de 1897), en el que se incluyó el exilio voluntario de
Aguinaldo y otros dirigentes katipuneros.

De todos modos la paz fue efímera y las hostilidades no tardaron en reanudarse; en el contexto de la
guerra hispano-estadounidense, los insurgentes filipinos volvieron a la carga, liderados de nuevo por
el retornado Aguinaldo, quien proclamó la independencia el 12 de junio de 1898, una declaración sólo
simbólica, pues, como se vería en la Paz de París, ni España ni los Estados Unidos la reconocieron,
quedando Filipinas en manos norteamericanas hasta 1946. De hecho, el principal hecho de armas será
la batalla naval de Cavite, en la que los buques del comodoro Dewey desarbolaron a las naves
españolas comandadas por el almirante Montojo. Los españoles -a pesar de episodios “románticos”
como el del sitio de Baler- capitularían el 14 de agosto de 1898.

4. EL TRATADO DE PARÍS

La rendición española se plasmó tras diferentes negociaciones en el Tratado de París (10 de diciembre
de 1898); España renunciaba definitivamente a su soberanía sobre Cuba y cedía a los Estados Unidos
Puerto Rico, la isla de Guam y las Filipina; al año siguiente el gobierno de Madrid firmaba la venta a
Alemania del resto de las Marianas, Palaos y Las Carolinas.

El Tratado supuso un gran salto adelante para el imperialismo estadounidense, aunque la actitud de
Washington defraudaría lógicamente las expectativas tanto de los independentistas portorriqueños
como muy especialmente las de los tagalos filipinos; mejor suerte corrieron los cubanos, que si bien
quedaron inicialmente sometidos a un “gobierno de intervención” norteamericano, verían como en
1902 se proclamaba la República de Cuba, con Tomás Estrada Palma como presidente, aunque de
todos modos la sombra de los americanos planearía sobre la isla durante décadas.
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En cuanto a España, la rápida derrota y la escasa resistencia ofrecida al enemigo, más la dureza de las
condiciones impuestas por los vencedores, suscitaron una profunda polémica y acentuaron el proceso
que conocemos como crisis de 1898.

5. REPERCUSIONES DE LAS GUERRAS COLONIALES

En cuanto a las consecuencias de las guerras coloniales, la derrota abrió un período de reflexión en
amplios sectores de la sociedad española, haciendo que el optimismo triunfalista que había presidido
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el desarrollismo restauracionista quedara en el olvido, reemplazado por un profundo pesimismo que
impregnó a toda la clase intelectual y política que, lógicamente, no pudo evitar preguntarse por las
causas del desastre. Cuando los estadounidenses enviaron su ultimátum se produjo en España un
estallido patriótico, alentado por la mayor parte de la prensa nacional, pero la rápida derrota causó
una conmoción inmediata.

5.1. Consecuencias militares y económicas

En los diversos frentes de combate entre 1895 y 1898 se calcula que perecieron unas 120.000
personas, la mitad de ellas soldados españoles; el cuestionamiento por la inutilidad de su sacrificio se
incardinó con fuerza en todos los grupos sociales, pero especialmente en las clases populares a las que
pertenecían la gran mayoría de los fallecidos y heridos. Económicamente, con el “desastre” se
perdieron los ingresos procedentes de las colonias y de los mercados privilegiados asociados a
productos como el azúcar, el cacao o el café;

5.2. Consecuencias políticas

En el ámbito político la crisis fue inevitable ante la incapacidad de los sucesivos gobiernos primero para
evitar y en última instancia alcanzar la victoria en los conflictos coloniales que venían sucediendo desde
1868; la pérdida de prestigio y autoridad de los líderes tradicionales fue evidente, dando lugar a la
aparición de nuevos políticos en los puestos dirigentes. De todos modos la institución más
desprestigiada fue el Ejército, que, dada la dureza de la derrota, no estaba preparado para un conflicto
como el que acababa de concluir; aunque en última instancia la responsabilidad era más de los políticos
que de los militares, el Ejército salió con una imagen muy dañada, lo que traería posteriores
consecuencias ya en el siglo XX.

5.2. Crisis moral e ideológica

Con todo, la del 98 fue esencialmente una crisis moral e ideológica, tan profunda y amplia que hizo
tambalearse al sistema de la Restauración; la sociedad y la clase política se sumieron en un estado de
frustración y desencanto ante la toma de conciencia del verdadero papel de España en el contexto
internacional; desde este momento los nacionalismos cobraron más fuerza, el republicanismo y el
movimiento obrero se generalizaron, las críticas al sistema canovista se multiplicaron e incluso se
apreció un creciente militarismo.

Pero de la derrota también surgirían nuevos impulsos, coincidentes en la necesaria modernización de


España; en este contexto se desplegó el regeneracionismo, entendido como el conjunto de
manifestaciones ideológicas y culturales nacido de la polémica tras el ‘desastre’ y cuyo principal valor
sería el intento de hallar soluciones que permitieran la superación de la crisis por encima de la
búsqueda de explicaciones del pasado más reciente. Su principal representante fue Joaquín Costa,
autor de títulos tan significativos como ‘Colectivismo agrario en España’ -1898- y, sobre todo,
‘Oligarquía y Caciquismo como la forma actual de gobierno en España’ -1901-. Otros regeneracionistas
destacados serían Lucas Mallada, Ricardo Macías Picavea, Rafael Altamira o, de modo general, los
krausistas de la Institución Libre de Enseñanza; el influjo de Costa también fue patente en los miembros
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de la Generación del 98, un grupo de literatos muy heterogéneo que convergían en el tratamiento de
los problemas de España y en la búsqueda de soluciones posibles para su resurgimiento.

De todos modos los intelectuales regeneracionistas no participaron en la vida política, por lo que,
aunque su crítica supuso un valioso revulsivo, no se concretó en un movimiento político, si bien parte
de los ideales y propuestas de los regeneracionistas influyeron en políticos destacados en los
momentos finales del XIX y los compases iniciales del XX, como Antonio Maura y, especialmente,
Francisco Silvela, autor del famoso artículo ‘España sin pulso’, publicado en “El Tiempo” el 16 de agosto
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de 1898; también se manifiesta en el pensamiento de figuras más progresistas que los anteriores,
como Santiago Alba, José Canalejas o, ya más tarde, Manuel Azaña. Pero su gestión rebasa ya el marco
cronológico de nuestra exposición.

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