Un Buen Fin
Antón Chéjov
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Texto núm. 4833
Título: Un Buen Fin
Autor: Antón Chéjov
Etiquetas: Cuento
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación: 27 de septiembre de 2020
Fecha de modificación: 27 de septiembre de 2020
Edita [Link]
Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España
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Un Buen Fin
En casa del jefe de conductores Stichkin, en uno de sus días libres, está
sentada Liubof Grigorievna, señora alta y gruesa, como de cuarenta años,
que tiene varias ocupaciones y entre ellas la de arreglar casamientos.
Stichkin, algo confuso, pero, a pesar de esto, serio y grave como siempre,
pasea a lo largo de la habitación con un cigarro en la boca, diciendo:
—Me alegro mucho de conocerla. Un amigo me ha hablado de usted
desde el punto de vista de la ayuda que puede usted prestarme en un
asunto delicado, asunto del cual depende la felicidad de mi vida. Yo,
señora mía, tengo cincuenta y dos años. Hay gentes que a esta edad son
padres de hijos mayores. Ejerzo un buen empleo. No poseo gran fortuna,
pero sí lo bastante para sostener una familia. Le confieso que, además de
mi sueldo, tengo en el Banco dinero que ahorré gracias a mi vida
morigerada y sobria. Soy un hombre tranquilo, serio; no soy bebedor; me
gusta el orden, y mi vida puede servir de modelo a muchos. Lo único que
me falta es un hogar y una compañera fiel. Llevo una vida de gitano, sin
alegrías, sin tener nadie que me dé un consejo. Cuando estoy enfermo, no
tengo quien me dé un vaso de agua... Le diré también que en sociedad un
hombre casado tiene más importancia que un soltero... Soy hombre culto;
pero, con todo, ¿qué represento? Nada. Por lo dicho notará usted que me
animan deseos de contraer matrimonio con una persona digna.
—Esto es perfectamente natural—suspiró la casamentera.
—No conozco a nadie en este pueblo. ¿Adonde dirigirme si toda la gente
me es desconocida? He ahí la causa de que mi amigo me haya
aconsejado que me dirigiese a una persona especialista en estas
cuestiones, que esté consagrada a forjar la felicidad humana. Por lo tanto,
le ruego, respetable Liubof Grigorievna, que tome este asunto en sus
manos y dé nuevo rumbo a mi vida solitaria. Usted sin duda conocerá
todas las señoritas de este pueblo y no le será difícil complacerme.
—No es difícil...
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—Haga el favor... una copita...
La casamentera tomó una copita y la vació de un golpe.
—No es difícil—repitió —. Pero, ¿qué clase de novia desea usted, Nicolai
Nicolaivitch?
—¿Yo? La que la suerte me depare.
—Es cierto que esto depende de la suerte; pero unos prefieren las
morenas, a otros les placen las rubias... Cada hombre tiene su gusto.
—En este concepto tengo que advertirla—dijo Stichkin suspirando—que
soy hombre serio y positivo; para mí la hermosura y el exterior son cosas
secundarias. Usted misma comprenderá que una cara bonita y una mujer
guapa dan mucho que hacer. Yo supongo que en una mujer lo principal no
es el exterior, sino las cualidades de su interior, es decir, el alma. Una
copita, le ruego... Naturalmente, sería muy agradable tener una mujer
regordeta, pero ello no es indispensable para la felicidad conyugal. Lo
primero es el talento. O, mejor dicho, ni siquiera el talento, porque con éste
una mujer suele darse demasiada importancia y va en pos de muchos
ideales. De lo que no se puede prescindir en estos tiempos es de la
instrucción. Es muy agradable si la esposa conoce el francés, el alemán;
pero aviado estaría uno si ella, con todo su saber, no supiera coser un
botón. Yo soy de clase culta. Con el príncipe Canitelen hablo como ahora
con usted, con toda confianza, lo cual no impide que sea de costumbres
sencillas. Me hace falta una joven que me acomode y, sobre todo, que me
respete y que sepa agradecerme el honor que la dispenso.
—¡Es natural!
—Ahora hablemos de lo práctico. No busco una rica; no me permitiría
nunca la bajeza de casarme por el dinero. No quiero comer el pan de mi
mujer; quiero que ella coma el mío y que se dé cuenta de ello; empero,
una pobre no me conviene. A pesar de que soy hombre acomodado y no
me caso por interés, sino por amor, no puedo tomar una pobre. ¿Usted
misma comprende? Todo se ha puesto tan caro... y tendremos hijos.
—La encontraremos, y con dote—dijo la casamentera.
—¡Una copita... hágame el favor!
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Ambos quedáronse callados. La casamentera suspiró, observó al
conductor de reojo y le dijo:
—¿En punto de distracción? Dispongo de señoritas de gran valía... una
francesa y otra griega...
El conductor reflexionó un momento y meneó negativamente la cabeza:
—No, se lo agradezco... Ahora, en vista de sus atenciones, permítame que
me entere. ¿Cuál es el precio que me llevará usted para buscarme una
novia?
—No pediré mucho... Si me da usted veinticinco rublos y género para un
traje, como es de costumbre, me quedaré satisfecha. Por lo del dote, la
gratificación varía según su cuantía.
—Es muy caro...
—¡No es caro, Nicolai Nicolaivitch! Antes, cuando los casamientos eran
más fáciles de arreglar, tomaba menos. Pero en los tiempos que corremos
ganamos muy poco... Si el mes reporta unos cincuenta rublos podemos
estar satisfechos... y no son los casamientos los que los procuran...
Stichkin miró a la casamentera con estupefacción y se encogió de
hombros.
—¿Cómo?—exclamó—. ¿Cincuenta rublos le parecen pocos?
—¡Naturalmente, es poco! Antes me ganaba cien rublos mensuales, y a
veces más.
—¡Hum!... Nunca hubiera sospechado que este negocio fuera tan
lucrativo... ¡Cincuenta rublos! Pocos hombres hay que ganen tanto... Pero
¡una copita, hágame el favor!
La casamentera trasegó otra copita sin pestañear... Stichkin la observó
atentamente de la cabeza a los pies, y declaró:
—¡Cincuenta rublos!... Eso hace seiscientos rublos al año... ¡Una copita,
hágame el favor! Con unos dividendos semejantes, puede usted, Liubof
Grigorievna, encontrar un buen partido...
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—¿Yo?...—echóse a reír la casamentera—. Soy una vieja...
—¡Por ningún concepto!... Tiene usted una figura... y una cara... blanca,
llena...
La casamentera se turbó; Stichkin también, pero vino a sentarse a su lado.
—Usted puede gustar a cualquiera—le dijo—. Si encontrara usted un
hombre serio, positivo, cuidadoso, aquí entre nosotros, ganaría usted
bastante para convenirse mutuamente y contraer un matrimonio muy
ventajoso...
—¡Por Dios! ¿Qué es lo que me cuenta usted, Nicolai Nicolaevitch?
—Nada... es natural...
Otra vez quedáronse callados. Stichkin sonóse ruidosamente; la
casamentera ruborizóse y, mirándole confusa, le interrogó:
—¿Y usted, Nicolai Nicolaevitch, cuánto gana?
—Setenta y cinco rublos, sin contar las gratificaciones... Además, tenemos
los beneficios de las bujías y de las liebres.
—¿Le gusta la caza?
—No; llamamos liebres a los pasajeros sin billete.
Pasaron otros momentos en silencio. Stichkin levantóse agitado y
emprendió un paseo por la habitación.
—Una esposa joven no me conviene—pronunció por fin—; tengo cierta
edad... y deseo una... así... por el estilo de usted..., tranquila, razonable, y
con figura semejante...
—¡Por Dios! ¿Qué es lo que dice?—balbuceó la casamentera tapándose
el arrebolado rostro con el pañuelo.
—¡No hay que pensarlo mucho! Usted me gusta y me conviene por sus
cualidades. Soy un hombre tranquilo, sobrio, y si le gusto... ¿qué puede
ser mejor? ¡Permítame que le pida su mano!
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La casamentera reía y lloraba, y en señal de asentimiento brindó con
Stichkin.
—Y ahora—dijo Stichkin, contento y feliz—, permítame que le explique la
conducta y el modo de vida que deseo verla llevar... Soy un hombre serio,
positivo y severo; tengo sentimientos nobles, y deseo que mi mujer los
tenga iguales y comprenda que soy su bienhechor y su dueño.
Se sentó, suspiró y empezó a explicar a su novia sus gustos de vida
doméstica y los deberes de esposa.
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Antón Chéjov
Antón Pávlovich Chéjov (en ruso: ?????? ????????? ??????,
romanización: Anton Pavlovi? ?ehov), (Taganrog, 17 de enero [calendario
juliano] / 29 de enero de 1860 [calenario gregoriano] - Badenweiler, Baden-
Wurtemberg (Imperio alemán), 2 de julio / 15 de julio de 1904) fue un
médico, escritor y dramaturgo ruso. Encuadrable en la corriente más
psicológica del realismo y el naturalismo, fue un maestro del relato corto,
siendo considerado como uno de los más importantes escritores de este
género en la historia de la literatura. Como dramaturgo se enclava dentro
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del naturalismo, aunque con ciertos toques de simbolismo y escribió unas
cuantas obras, de las cuales son las más conocidas La gaviota (1896), El
tío Vania (1897), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos
(1904). En estas obras idea una nueva técnica dramática que él llamó de
“acción indirecta”, fundada en la insistencia en los detalles de
caracterización e interacción entre los personajes más que el argumento o
la acción directa, de forma que en sus obras muchos acontecimientos
dramáticos importantes tienen lugar fuera de la escena y lo que se deja sin
decir muchas veces es más importante que lo que los personajes dicen y
expresan realmente. Chéjov compaginó su carrera literaria con la
medicina; en una de sus cartas escribió al respecto:
La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante.
La mala acogida que tuvo su obra La gaviota (en ruso: "?????") en el año
1896 en el estatal (imperial) Teatro Alexandrinski de San Petersburgo casi
lo desilusiona del teatro, pero esta misma obra tuvo un gran éxito dos años
después, en 1898, gracias a la interpretación del Teatro del Arte de Moscú
dirigido por el innovador director teatral Konstantín Stanislavski, quien
repitió el éxito para el autor con Tío Vania ("???? ????"), Las tres
hermanas ("??? ??????") y El jardín de los cerezos ("????ë??? ???").
Al principio Chéjov escribía simplemente por razones económicas, pero su
ambición artística fue creciendo al introducir innovaciones que influyeron
poderosamente en la evolución del relato corto. Su originalidad consiste en
el uso de la técnica del monólogo, adoptada más tarde por James Joyce y
otros escritores del modernismo anglosajón, además del rechazo de la
finalidad moral presente en la estructura de las obras tradicionales. No le
preocupaban las dificultades que esto planteaba al lector, porque
consideraba que el papel del artista es realizar preguntas, no
responderlas.
Según el escritor estadounidense E. L. Doctorow, Chéjov posee la voz
más natural de la ficción, «sus cuentos parecen esparcirse sobre la página
sin arte, sin ninguna intención estética detrás de ellos. Y así uno ve la vida
a través de sus frases».
(Información extraída de la Wikipedia)