Vida y Virtudes de La Esclarecida Virgen y Solitaria Anacoreta Santa Rosalía, Patrona de Palermo
Vida y Virtudes de La Esclarecida Virgen y Solitaria Anacoreta Santa Rosalía, Patrona de Palermo
de la esclarecida virgen
y solitaria anacoreta
santa Rosalía, patrona
de Palermo
Poema lírico de Juan José
de Arriola
Dirección Editorial
Vida y virtudes
de la esclarecida virgen
y solitaria anacoreta
santa Rosalía, patrona
de Palermo
Poema lírico de Juan José
de Arriola
Dirección Editorial
Universidad Veracruzana
ISBN: 978-607-502-906-1
Índice
Agradecimientos 7
Prólogo 8
Estudio introductorio 17
Una vida que te debo, con otra vida te pago: memorias
de Juan José de Arriola 17
Santa Rosalía en Nueva España: devoción, arte y literatura 41
La Vida de santa Rosalía escrita por Juan José de Arriola 71
Epílogo 107
Variantes 425
Bibliografía 491
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Agradecimientos
Son varias las personas que hicieron posible que este libro llegara a buen tér-
mino. Quisiera agradecer, en principio, a María Águeda Méndez (In memoriam),
asesora, mecenas, profesora y amiga, por sus innumerables sugerencias, su
lectura atenta, su disposición, sus consejos y, en fin, por su calidad humana. Sé
que le hubiera dado un gusto enorme ver estas páginas publicadas. Agradezco
también a los lectores de este trabajo, por sus comentarios siempre atinados y
enriquecedores: Martha Elena Venier (In memoriam) y Aurelio González. Vaya un
agradecimiento especial a Ángel José Fernández, por su entereza, generosidad
y deseo de compartir su conocimiento; asimismo, a Dolores Bravo, por su deter-
minación y tenacidad; a Alejandro Higashi, por confiar en la culminación de esta
publicación; también a Martha Lilia Tenorio, por la pasión con la que siempre
lee y comenta; y por su apoyo incondicional, a mis amigos Claudia Gutiérrez,
Jazmín Tapia, Julia Negrete, Tatiana Suárez, Laura Puc, Cynthia Alarcón, Martha
Rebolledo, Bárbara Ailstock, Francisco Morales y, por supuesto, a Jericó Luna.
Agradezco al personal de los diversos archivos, fondos y bibliotecas que
consulté, por su amable apoyo en la revisión de libros y manuscritos: Archivo
General de la Nación; Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México;
Biblioteca “José María Lafragua” de Puebla, en especial a Fermín Campos Pé-
rez y a Marcos Erasto Cruz; Archivo Histórico de la Provincia de México de
7 la Compañía de Jesús, particularmente a Andrés Pérez; Biblioteca del Museo 7
Nacional de Antropología e Historia; Archidiócesis de San Luis Potosí, princi-
palmente a Mons. Luis Morales Reyes; Biblioteca de México, en especial a Ja-
vier Castrejón Acosta, coordinador de la Biblioteca Personal de Antonio Castro
Leal, y a Ángel Acevedo Rodríguez; Biblioteca Central de la Región Siciliana;
Biblioteca Nacional de España y, finalmente, Biblioteca de La Sorbona.
Cabe destacar que esta investigación comenzó como una tesis doctoral
en El Colegio de México, la cual –el 26 de junio de 2014– obtuvo el “Premio a
la mejor tesis de doctorado en Humanidades 2013”, que otorga la Comisión
de Premios de la Academia Mexicana de Ciencias. Su conversión en libro y la
reincorporación de nuevo y diverso material bibliohemerográfico, localizado
sobre todo en bibliotecas extranjeras, se realizó mientras hacía una retención,
auspiciada por el programa de Retenciones-Repatriaciones de Conacyt (2016-
2017), y en el transcurso de mi primer año como Investigadora de Tiempo
Completo en el Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Univer-
sidad Veracruzana, durante 2017-2018. La investigadora anfitriona en el IIL-L
fue la doctora Leticia Mora Perdomo, a quien doy las gracias infinitamente por
su cálida bienvenida y por acogerme en el Cuerpo Académico “Diálogos Inter-
disciplinarios en la Literatura Hispanoamericana” (UV-CA-262). Después de
recibir los dictámenes a doble ciego, las correcciones, enmiendas y los cuida-
dos de la edición se han extendido de manera intermitente a lo largo de 2019 y
2020, por lo que agradezco muchísimo a los lectores de los borradores y prue-
bas finas de este libro, en especial a Diego Lima, Leonor Torio, Laura Jácome y
al personal editor de la Biblioteca Digital de Humanidades.
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Prólogo
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encontrada en unas cartas del jesuita José Joaquín Izquierdo sobre la inten-
ción de la Compañía de publicar el poema de santa Rosalía hacia 1764. Esta
referencia, hasta ahora inédita, prueba que con este fin se mandó a elaborar el
panegírico que abre la hagiografía. Gracias a estos datos también se pueden
fechar algunos manuscritos, sobre todo aquellos que contienen la apología
que elaboró Izquierdo.
En el segundo capítulo, “Santa Rosalía en Nueva España: devoción, arte
y literatura”, se exponen los antecedentes del culto a la santa y cómo se pre-
sentó su fervor en territorio novohispano. En Sicilia y en otras ciudades de
Europa se ha investigado sobre las manifestaciones artísticas y religiosas que
surgieron en torno a la anacoreta; entre estas investigaciones destacan las de
Paolo Collura y María Concetta Di Natale. No ha sucedido lo mismo en México,
donde se conservan varias pinturas, esculturas, grabados,7 sermones y diver-
sas novenas de Rosalía, expresiones que florecieron en el periodo virreinal y
que no han sido analizadas ni estudiadas a fondo. Aquí reside el interés por
dichas manifestaciones, pues el poema de Arriola no es una obra aislada que
se haya producido de manera espontánea, es el resultado de un fenómeno
religioso-artístico que se originó en Sicilia y en el que la Compañía de Jesús
tuvo un papel destacado.
Así como las expresiones plásticas de santa Rosalía han sido igno-
radas en México, también falta documentar la historia de su culto en Nueva
España y América, como sí se ha hecho en Sicilia y España. En nuestro terri-
10 torio, el único trabajo que hace aportaciones considerables sobre el tema es 10
el artículo de Luisa Elena Alcalá, “La obra del pintor novohispano Francisco
Martínez”. Allí se mencionan dos posibles motivos por los que la santa fue
venerada en Nueva España: el culto promovido por jesuitas sicilianos y la
necesidad novohispana de asirse a un santo que los protegiera de las epide-
mias que azotaban la región. Las intuiciones e hipótesis de Alcalá, quien ha
dedicado gran parte de su trabajo académico a las advocaciones marianas
promovidas por los jesuitas, son acertadas y se han podido corroborar al
hacer el presente estudio. A partir de múltiples noticias, datos, textos y ma-
teriales iconográficos, aquí se pudo trazar una cartografía de la evolución de
esta devoción en tierras novohispanas.
A finales de 2011 tuve la oportunidad de viajar a Sicilia, donde el culto
a la “Santuzza” –como suelen llamarla los sicilianos– sigue celebrándose y
cada año es motivo de procesiones, festivales y diversos festejos. En esa isla,
que durante algunos siglos fue colonia española, aún se pueden contemplar
varias de las expresiones que los panormitanos dedicaron a la santa y, por
supuesto, se continúa haciendo el peregrinaje hacia el Monte Pellegrino (Pere-
grino), ese “membrudo jayán de roca”, a decir de Arriola, que sirvió de morada
a la ermitaña. En la Biblioteca Central de la Región Siciliana, y sobre todo en su
fondo antiguo, pude consultar diversos libros y documentos sobre la anacore-
ta, inconseguibles en México. Con este material y algunos manuscritos (mss.)
7. Sobre las obras plásticas, aquí no estudiadas, he preparado un artículo que próximamente verá la
luz, en el que se analizan las pinturas y esculturas novohispanas sobre santa Rosalía.
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En las décimas, Méndez Plancarte observó influencias de Góngora –por los con-
trastes pictóricos–, Calderón, sor Juana, Quevedo, Jorge Manrique, santa Teresa
e Isidro de Sariñana. El editor también presentaba Vida como “la [obra] capital”
del poeta, pues es de “sostenida calidad estética”,17 ya que renueva “imágenes
pocas veces nuevas, y a menudo ya tópicas y aun triviales”;18 además,
14. Alfonso Méndez Plancarte, El corazón de Cristo en la Nueva España, México, Buena Prensa, 1951,
pp. 145-149.
15. Arriola, 1955, pp. 7-87.
16. Ibid., p. 100.
17. Ibid., p. 99.
18. Ibid., p. 103.
19. Ibid., pp. 103-104.
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ca” del poema. Por último, cabe señalar que el título original de la hagiografía
(Vida y virtudes…), aunque el investigador lo consideraba “primitivo –ingenuo
y arcaico–”20 y por ese motivo decidió cambiarlo a Décimas de Santa Rosalía,
apela a una tradición hagiográfica que no se debe obviar, pues invita al lector
a hacer una relación entre el poema y otras leyendas de la virgen panormitana,
lo que enriquece la lectura de la obra. En esta edición se conservan los títulos
y subtítulos propuestos por Arriola.
Otra edición de Vida surgió en 1999, cuando Beatriz Huerta Gutiérrez
elaboró su tesis de maestría, “Décimas de Santa Rosalía, de Juan José de
Arriola. Estudio y edición de un manuscrito del siglo xviii”.21 Ahí, la investi-
gadora recuperó el título propuesto por Méndez Plancarte y además hizo un
esbozo de la vida de Arriola, en el que retomaba a Beristáin, Gutiérrez Casillas
y otras fuentes documentales del siglo xviii. También incluyó el primer libro
del poema y dejó de lado los dos últimos que componen la obra; la edición
partía de un cuarto manuscrito, resguardado en la Biblioteca “José María
Lafragua” de Puebla, ciudad donde residió Arriola durante muchos años y en
la que murió. La tesis hizo varias aportaciones: la principal fue que propuso
como fuente literaria de Arriola la Vida y milagros de Santa Rosalía Virgen
(1663), de Juan de San Bernardo,22 obra que circuló en Nueva España. Según
Huerta Gutiérrez, Vida “se deriva o toma como base la información del texto
de Juan de San Bernardo”,23 por ello dedicó un apartado para mostrar la re-
lación existente entre el “Capítulo primero” del franciscano y el primer libro
14 del poema. La investigadora concluyó que el escrito de San Bernardo sólo 14
“presenta la historia [de la virgen] en prosa y con un lenguaje muy sencillo”,
mientras que el del jesuita al incluir “algunos recursos propios de la poesía
[…] origina un mayor impacto estético”.24
La autora también ofreció un análisis del narrador, personajes, algunas
figuras poéticas y la métrica, aunque su estudio siempre partió del primer li-
bro, por lo que ahora es necesario que el lector o estudioso haga una revisión
completa del poema, pues tratándose de la vida ejemplar de santa Rosalía, se
deben considerar los tres libros escritos por Arriola, sólo así se puede tener
una visión integral de la obra. Al tomar en cuenta las tres partes, se eviden-
cian distintas relaciones –estilísticas y de contenido– que se escapan si sólo
se revisa un fragmento de la hagiografía; por ejemplo, en el segundo libro es
donde aparecen los cantos más atractivos del poema y de los cuales los crí-
ticos, incluyendo a Huerta Gutiérrez, no han hecho mención. Así, en el canto
decimoquinto se reactualiza el milagro de lactación, en el que la Virgen María
ofrece su seno para que Rosalía beba la leche con la que habrá de alimentar su
cuerpo mortificado; este episodio está cargado de sensualidad y propone una
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Estudio introductorio
Una vida que te debo, con otra vida te pago: memorias de Juan
José de Arriola
Durante los dos años que duraba este noviciado, Juan debió dedicarse a los
Ejercicios espirituales, creados por san Ignacio de Loyola con el fin de “prepa-
rar y disponer el ánima […] para buscar y hallar la voluntad divina en la disposi-
ción de [la] vida”;29 los Ejercicios incluían meditación, contemplación, oración y
examen de conciencia para alcanzar la salud espiritual. Un elemento esencial
25. Libro de bautismos (años 1694-1699), Partida sin número, f. 97 r, Archivo de la Parroquia de
Nuestra Señora de Guanajuato, Guanajuato, 1694. De este libro manuscrito, así como de los otros
manuscritos e impresos novohispanos utilizados en este estudio, se modernizó la ortografía y cam-
bió la puntuación, siempre respetando el sentido del texto. El Dr. Ángel Fernández localizó la partida
de bautizo de Arriola, agradezco que me haya compartido esa valiosa información. José Gutiérrez
Casillas (op. cit., 1977a p. 198), por error, señala que Arriola nació el “2 de octubre”.
26. Idem.
27. Ibid., f. 31r.
28. Libro de bautizados, casados y muertos enterrados en la Parroquia Antigua de Xalapa, extractado
a la letra del Libro Ministral, que estaba muy maltratado, y comprende 166 fojas (comenzó en 15 de
agosto de 1710 y finalizó en 3 de diciembre de 1723), Acta sin número, f. 133 r, Sagrario Metropoli-
tano de Xalapa, Veracruz, 1710.
29. Ignacio de Loyola, Obras completas, Ignacio Iparraguirre y Cándido de Dalmases, (transc., intr. y
notas), 3ª ed., Madrid, Católica, Biblioteca de Autores Cristianos, 1977, p. 207.
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El mismo día, Arriola, con 17 años cumplidos, y López, un año menor, entraron
al noviciado; ahí, Juan José, a decir de su connovicio, se destacó por su inge-
nio, memoria, entendimiento y juicio, cualidades necesarias para ser un buen
orador y que la Compañía celebraba porque buscaba formar predicadores ilus-
tres. Al terminar el noviciado, quizá a finales de 1717, Arriola se convirtió en
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un escolar, es decir, aquel que se está formando para ser sacerdote y que ya
emitió sus primeros votos de pobreza, castidad y obediencia.34 En calidad de
escolar fue entonces condiscípulo de Juan Francisco. Juntos cursaron parte
de las clases inferiores –Humanidades y Retórica– y todas las superiores –Fi-
losofía y Teología– del plan de estudios jesuitas, la Ratio studiorum.35 Arriola
y López no estudiaron juntos Gramática, que era el primer curso de las clases
inferiores, porque ya habían adquirido los conocimientos necesarios de morfo-
logía y sintaxis latina antes de entrar al noviciado: el primero en el Real Colegio
de San Pedro, San Pablo y San Ildefonso de México, y el segundo en el colegio
jesuita de Veracruz. Así, ambos fueron condiscípulos a partir de sus estudios
de Humanidades y Retórica.36 Después de concluir los cursos elementales,
los escolares comenzaron sus “cursos de filosofía –con una duración de tres
años– en los que se enfrenta[ron] a las obras aristotélicas sobre lógica [primer
año], física [segundo] y metafísica [tercero]”.37 Hacia 1719, Juan Francisco y
Juan José estudiaban Lógica en el Colegio de San Ildefonso de Puebla.38 Al
finalizar las materias de Filosofía, Arriola y López tendrían que cursar Teología,
para después poder recibir las órdenes sacerdotales.
Acerca de “las religiosas estrecheces” con que se comunicaban, habría
que agregar que Juan Francisco tenía una “maravillosa facilidad en tratar con
gente de todos los países, con la que alternaba de manera agradable y natural”
y gozaba de “aquel desparpajo en conversar con personas de dondequiera y
de cualquier alcurnia”;39 por lo que muy probablemente hiciera sólida amistad
19 con Arriola. Además, se debe tener en cuenta que durante el noviciado los 19
maestros jesuitas fomentaban “la convivencia y colaboración entre todos los
novicios para que se cono[cieran] y ayud[aran] a estimar y realizar su propia
34. Charles E. O’Neill y Joaquín Ma. Domínguez, op. cit., p. 3238. Los jesuitas, a diferencia de otras
órdenes, hacían doble voto de obediencia. El primer voto se consideraba una virtud religiosa, pues
era la promesa de cumplir la voluntad de Dios y, por ende, de la religión; el jesuita, tal como Jesús
obedeció a su Padre, debía atender totalmente a los mandatos de su superior, quien buscaba ejecu-
tar los designios divinos y esta “obediencia deb[ía] ser ciega, la persona que obedece debe ser como
un bastón en manos de un anciano, como un cadáver” (Joh W. O’Malley, Los primeros jesuitas, Juan
Antonio Montero Moreno [trad.], Bilbao-Santander, Mensajero-Sal Terrae, 1995, p. 427). El segundo
voto de obediencia era “esencialmente un voto de movilidad, es decir, un compromiso de viajar a
cualquier parte del mundo para «ayudar a las ánimas»” y como el papa era el vicario directo de Cristo
y “tenía la […] visión necesaria para el despliegue efectivo en la «viña del Señor»”, los jesuitas debían
estar dispuestos a obedecer cualquier orden que él mandara (Ibid., p. 365).
35. La Ratio atque institutio studiorum es el texto que contiene el método pedagógico de los jesuitas;
se promulgó “en 1599 para todas las provincias y […] estuvo vigente hasta 1832” (Pilar Gonzalbo,
Historia de la educación en la época colonial. La educación de los criollos y la vida urbana, México, El
Colegio de México, 1999, pp. 134-135).
36. Félix Osores (op. cit., p. 62) señala que Arriola vistió “el manto y beca de San Ildefonso de México”
antes de ingresar al noviciado. Sobre los primeros estudios de López, Maneiro indica que Juan Fran-
cisco después de concluir el noviciado y pronunciar los votos, “pasó al estudio de las letras”, es decir,
los cursos de humanidades y retórica (Juan Luis Maneiro, Vidas de algunos mexicanos ilustres, Alberto
Valenzuela Rodarte [trad.], T. 1, Ignacio Osorio Romero [Intr. y apéndice], México, unam, 1988, p. 344).
37. Elsa Cecilia Frost, “Los colegios jesuitas”, en Historia de la vida cotidiana en México. La ciudad
barroca, Antonio Rubial García (coord.), T. 2, El Colegio de México-fce, 2005, p. 313.
38. José Gutiérrez Casillas, op. cit., p. 198 y José Gutiérrez Casillas, Diccionario bio-bibliográfico de
la Compañía de Jesús en México, T. 16, México, Jus, 1977b, pp. 70-71.
39. Juan Luis Maneiro, op. cit., p. 343.
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vocación”,40 lo cual facilitaba las relaciones fraternales entre ellos. Cabe des-
tacar que Juan Francisco se refiere a Arriola como “Juan José” y no sólo por el
único nombre que se lee en su partida de bautizo: Juan. Parece ser que el gua-
najuatense prefería ser llamado Juan José por sus amigos (así lo evidencian
Juan Francisco López y Andrés García); con ese mismo apelativo firmó sus
obras maduras, como la Vida de santa Rosalía (en varios manuscritos se en-
cuentra “Juan José de Arriola”) y su sermón panegírico. En cambio, dejó “Juan
de Arriola” para los asuntos oficiales, así se halla en los catálogos jesuitas y
también en su impreso de la “Canción famosa” de 1724. Muy seguramente
Arriola adoptó el nombre de José debido a la intersección de este santo en
algún momento decisivo en su vida, como lo hicieron algunos religiosos de
la época con el nombre de algún santo o beato en su honor cuando éstos les
hicieron un milagro: Félix de Sebastián da cuenta de ello en sus Memorias.
Regresando a los estudios jesuitas, conviene subrayar que los autores
tratados en las clases de Humanidades, Retórica y Poesía impartidas en los
colegios eran “Cicerón, Ovidio y Catulo (estos últimos expurgados), Virgilio,
César, Salustio, Tito Livio, Horacio, Quintiliano y en filosofía el omnipresente
Aristóteles”.41 Se leían y analizaban obras de estos escritores, con el objetivo
de dominar la lengua clásica y de forjar “sacerdotes bien preparados”, con
los conocimientos necesarios y suficientes para transmitir la palabra divina.
López, según su biógrafo Maneiro, además de conocer a los autores clásicos,
leyó también a escritores españoles:
20 20
Juan Francisco leyó y gustó la poesía española. Pero le tocó en su ju-
ventud ver admirado el preciosismo que encandiló a Italia como a Es-
paña. […] no puede negarse que, sobre todo en sus primeros años, inci-
dió en el pecado culterano, aprendido de aquellos maestros cuyo mal
no radicó en su genio, sino en el tiempo en que nacieron. A Góngora
sobre todo se quemaba incienso. Góngora, cordobés, fue en el parnaso
español lo que su paisano Séneca en la elocuencia. Abrió camino insó-
lito a los poetas aquél, como éste a los oradores. Y ambos abundan en
defectos que halagan. En ambos se hallarán maravillosos modos de
decir, mezclados con toques de mal gusto, pero indisolublemente uni-
dos en un todo. No es raro que, a quien sus contemporáneos miraban
arrobados, Juan Francisco se lo supiera de memoria.42
Si Juan Francisco leía a Luis de Góngora y “lo repetía de coro, por gusto o para
vindicarlo de injustas acusaciones”,43 no es osado pensar que Arriola se rela-
40. Charles E. O’Neill y Joaquín Ma. Domínguez, Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús. Bio-
gráfico-temático, T. 4, Roma-Madrid, Institutum Historicum-Universidad Pontificia Comillas, 2001d,
p. 3237.
41. Elsa Cecilia Frost, op. cit., p. 313.
42. Juan Luis Maneiro, op. cit., p. 344.
43. Ibid., p. 356. Se refiere a la polémica que motivaron las Soledades, la cual inició en el siglo xvii y
continuó en el xviii. El hilo conductor de la polémica fue el tema de la oscuridad, la cual era causada,
según sus detractores, por la “demasía de tropos [...] y otras figuras artificiosas y bizarras”, como
el hipérbaton, metáforas, neologismos, perífrasis, sinécdoques, cultismos, etcétera (Ana Martínez
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cionó con la obra del cordobés a partir de sus estudios de letras en el colegio
y más aún si contaba con un colega tan apasionado por el escritor de las So-
ledades. En este “pecado”, es decir, la lectura de la obra gongorina, incidieron
varios jesuitas durante su juventud; así también, Diego José Abad, a decir de
su biógrafo Manuel Fabri, “había pecado por excesivo refinamiento y ampulo-
sidad y por los falsos ornatos de la expresión”,44 pues “hacia ese tiempo [los
años juveniles] era seducido miserablemente por la lectura de Juan Barclay y
de Góngora”;45 sin embargo, a diferencia de Juan Francisco, quien siguió fiel a
Góngora aún en su vejez, Abad cambió de parecer, ya que “quería él después,
hecho mayor, que estuvieran alejados [Barclay y Góngora] lo más posible de
las manos de la juventud, recomendando única e intensamente a Garcilaso”.46
Esta mudanza en sus gustos literarios es entendible si se consideran ciertas
ideas del pensamiento ilustrado dieciochesco acerca del arte, en el que cobra
mayor importancia la claridad y utilidad de la poesía frente al delectare; por
esta razón, la escritura de Góngora –acusada de oscura– es vituperada y re-
chazada por los nuevos ilustrados y humanistas.
Arriola, como resultado del don de poesía que manifestó desde muy
joven y de su contacto con autores del Siglo de Oro, sobre todo Góngora y
Calderón, y con poetas novohispanos, escribe, quizá alrededor de los 25 años,
su “Canción famosa a un desengaño”, con la cual interviene en un “certamen
intemporal” –como lo define Alfonso Méndez Plancarte– de “Canciones fa-
mosas”47 que duraría más de un siglo y que inicia con otro jesuita distinguido:
21 Matías de Bocanegra, quien compone la primera canción a mediados del siglo 21
xvii. Esta serie de poemas, escritos por Bocanegra, Arriola, José Manuel Colón
y Machado, Antonio Valdés y Munguía, Tomás Cayetano de Ochoa, por men-
cionar a algunos,48 evidencia la práctica de la imitatio poética, tan fructífera
para la creación de nuevos textos. La obra de Arriola, al igual que la de otros
autores novohispanos, debe leerse a la luz de este recurso, en el que se une el
ingenio, el artificio y la memoria del poeta. La imitatio va más allá de una sim-
ple operación mecánica que copia o remeda, debe entenderse como:
Arancón, La batalla en torno a Góngora, Barcelona, Antonio Bosch, 1978, p. 17). A mediados y finales
del xviii se siguió culpando a la obra gongorina de afectada, artificiosa e ininteligible. Entre los de-
tractores del xviii se halla Ignacio de Luzán, quien, en su Poética o reglas de la poesía, refleja la acti-
tud de sus contemporáneos hacia Góngora: “se deberá también apreciar más un soneto afectuoso
de Garcilaso, o de Lupercio Leonardo, o de otro cualquier poeta de buen gusto, que todos los concep-
tos y toda la afectación de Góngora, o de otros poetas del mismo estilo” (Ignacio de Luzán, Poética
o reglas de la poesía, Luigi de Filippo [Estudio], T. 1, Barcelona, Selecciones Bibliófilas, 1956, p. 109).
44. Juan Luis Maneiro y Manuel Fabri, Vidas de mexicanos ilustres del siglo xviii, Bernabé Navarro B.
(Pról., sel., trad. y notas), México, unam, 1956, p. 189.
45. Juan Barclay (1582-1621) fue un poeta satírico inglés, autor del célebre poema Argenis (1622), una
alegoría satírica que se burla de la corte francesa (Juan Luis Maneiro y Manuel Fabri, op. cit., p. 189).
46. Idem.
47. Juan José de Arriola, Décimas de Santa Rosalía, Alfonso Méndez Plancarte (sel. y notas), México,
Los Presentes, 1955, p. 94. Alfonso Méndez Plancarte aseguraba tener en sus manos un “impreso
rarísimo” de la “Canción”, fechado en 1724: “Canción famosa a un Desengaño, por el M. R. P. Juan
de Arriola, de la Sagrada Compañía de Jesús (reimpresa en Méjico, en la Imprenta de la Biblioteca
del Lic. D. Joseph Jáuregui, Calle de San Bernardo, año de 1724)” (Idem.), por lo que se deduce que
Arriola escribió el poema antes o en ese año.
48. Alicia de Colombí, “La Canción famosa a un desengaño del padre Juan de Arriola, S. I. Textos y con-
textos imitativos”, Anuario de Letras, núm. 20, 1982, pp. 215 y 230; Martha Lilia Tenorio, “La «Canción
famosa»: fama y fortuna”, Nueva Revista de Filología Hispánica, núm. 40, 1992, pp. 523-541.
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Así, el lector o crítico, además de identificar los modelos de los que parte el es-
critor, debe juzgar la obra por el tratamiento de los motivos, tópicos o lugares
que imita, por la pertinencia de su uso y por la habilidad para adecuarlos a una
nueva circunstancia. La “Canción” de Arriola es un ejemplo claro del éxito que
un texto puede alcanzar por medio de este recurso, pues si bien el autor parte
de la “Canción” de Bocanegra, crea un discurso “atractivo [...], que conjuga la
profusión metafórica, el temido y apreciadísimo «gongorismo», con la ligereza
del romance y la exhortación de la prédica”;50 de ahí que su poema se haya pu-
blicado en numerosas ocasiones durante el siglo xviii.51 En su “Canción” apa-
recen algunos de los motivos que utilizaría en sus obras posteriores: la rosa,
22 aunada al tópico del jardín, el desengaño del mundo y el monólogo de Segis- 22
mundo en La vida es sueño (1636), en el que se cuestiona sobre la libertad. 52
Su gusto por la poesía española y su devoción a los santos de la Com-
pañía también lo impulsaron a componer una glosa del Soneto del gran após-
tol de la India san Francisco Xavier [No me mueve mi Dios para quererte] que
trovó [Arriola] en catorce sonetos y el Panegírico de san Ignacio de Loyola en
verso castellano.53 Los “raros talentos” de Juan José, ya sea para la oratoria o
la poesía, fueron elogiados por López, quien decía:
49. Arnulfo Herrera, “Calderón en México”, en 400 años de Calderón, Aurelio González (coord.) Méxi-
co, unam, 2001, p. 76.
50. Martha Lilia Tenorio, op. cit., p. 536.
51. La biblioteca del Centro de Estudios de Historia de México carso guarda un impreso de 1755,
que es el más antiguo que se conserva: “canción famosa a un desengaño. Por el m. r. p. Juan de
Arriola de la Sagrada Compañía de Jesús, Ingenio Mexicano // Impresa en México en la Imprenta de
la Biblioteca Mexicana, Año de 1755. Se hallará en la Librería de D. Miguel de Cueto, en la Calle de la
Monterilla”. En la Biblioteca Nacional de México se localiza un ejemplar de 1767. José Toribio Me-
dina, en La imprenta en la Puebla de los Ángeles (1640-1821), da cuenta de una impresión de 1776
(México, unam, 1991, p. 468) y en La imprenta en México (1539-1821) registra una más de 1782, al
parecer la última reimpresión durante el siglo xviii (edición facsimilar, México, unam,1986, p. 349).
Por último, la Biblioteca Nacional de España conserva un ms. de la canción: “Juan José de Arriola.
Canción famosa a un desengaño [Manuscrito]: una apacible tarde / en que hizo abril de su matriz
alarde. Ca. 1760. 20 h.” (MSS 12932 / 37).
52. Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño, José M. Ruano de la Haza (ed., intr. y notas), Madrid,
Castalia, 1994, vv. 102-172.
53. Hasta la fecha no se han encontrado ejemplares del Panegírico; Beristáin y Osores lo situaban en
la Biblioteca de la Universidad de México, donde no se ha hallado. Sobre la glosa, estoy preparando,
en coautoría con el Dr. Fernández Arriola, una edición.
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las cosas tan preciosas, como los talentos del padre Arriola, a quie-
nes parece no haber producido la naturaleza sino para su ornamento,
nunca pierden la belleza que una vez les dio. Y que los ventajosos
ingenios, como el del padre Juan, o son como el oro, las perlas y los
diamantes, que conservan sus brillos, su oriente y sus aguas tan lar-
go tiempo, como el ser, o son como el fénix, que, a lo que se dice,
muere con su primitiva hermosura para resucitar con ella.54
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58. Félix Osores y Sotomayor, Historia de todos los colegios de la Ciudad de México desde la con-
quista hasta 1780, México, Talleres Gráficos de la Nación, 1929, pp. 131-139.
59. Elsa Cecilia Frost, “Festividades jesuitas”, en Fiesta y celebración: discurso y espacio novohispa-
nos, María Águeda Méndez (ed.), México, El Colegio de México, 2009, p. 75.
60. Idem.
61. Beristáin y Osores registran esta obra de Arriola; ambos mencionan una impresión en México,
“sin nombre de su autor” y sin fecha (José Mariano Beristáin, Biblioteca hispanoamericana septen-
trional, México, unam-Claustro de Sor Juana, edición facsimilar, 1980 [(1816], p. 117; Félix Osores,
op. cit., 1908, p. 63). En esta investigación se descubrió que La Biblioteca Nacional de España, bajo
la signatura MSS 16290, resguarda un manuscrito de esta obra, la cual, gracias a una digitalización
que solicité en 2009, hoy se puede consultar en su página web. Otro ejemplar se encontró en 2009,
con el título: “Comedia famosa. No hay mayor mal que los zelos. Su Autor el Padre Arriola”, el cual
fue subastado en la página web The Philadelphia Rare Book and Manuscripts Company (véase Juan
José de Arriola, “Comedia famosa. No hay mayor mal que los zelos”, reproducido en The Philadelphia
Rare Book and Manuscripts Company, 2009). Durante la subasta, la Manuscripts Company presentó
varias digitalizaciones del contenido del ms., las cuales fueron de gran utilidad para conocer el texto.
62. Juan José de Arriola, No hay mayor mal que los zelos. Comedia famosa de un yngenio de esta
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corte, colección Manuscritos, Ms. 16290, Madrid, Biblioteca Nacional de España, s. a., p. 14.
63. Elsa Cecilia Frost, op. cit., 2005, p. 317.
64. José Gutiérrez, op. cit., 1977a, p. 198. Las órdenes menores se dividen en cuatro grados: ostia-
riado, lectorado, exorcistado y acolitado. El ordenado en cualquiera de los grados menores no podía
oficiar misa. Las órdenes mayores son tres y completan el proceso de ordenación sacerdotal (María
Luisa Candau, La carrera eclesiástica en el siglo xviii, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1993, p. 399).
65. Al respecto se puede revisar “Joannes Arriola” en “Seminarium Angelopolitanum S. P. N. Ignatii”
del Catalogus de 1730, p. 25, núm. 286 (por lo regular, en los catálogos solían aparecer dos listas: la
primera donde se asentaba el nombre, patria, edad, fuerza, tiempo en la sociedad, oficios o cargos,
grado en letras y grado en la sociedad, y la segunda contenía las cualidades del jesuita, como el
ingenio, juicio, prudencia, experiencia, aptitud en letras, complexión y talentos; en ambas listas se
le asignaba al integrante de la Compañía un número de entrada y bajo éste se debía buscar en el
catálogo). En lo sucesivo mencionaré el término catálogo y su año de edición, seguido de la página
y el número donde se encuentra la información de “Juan de Arriola” o “Joannes Arriola” (así puesto
en los catálogos en latín).
66. Catalogus Jus. Provinciae Mexicanae a P. Joanne Antonio de Oviedo Provinciali Confectus et ad
R. admodum P. N. Generalem missus die 1 Marty, anno 1737, ahpm, sección ii: Catálogo, p. 30, núm.
340, 1737.
67. Félix de Sebastián, Memorias de los Padres y Hermanos de la Compañía de Jesús de la Provincia
de Nueva España, difuntos después del arresto acaecido en la Capital de México el día 25 de junio de
1767, ahpm, sección vi, 1767, pp. 81 y 82.
68. José Gutiérrez, op. cit., 1977b, p. 70.
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74. Mateo de la Cruz con su Relación de la milagrosa aparición de la santa imagen de la Virgen de
Guadalupe (1660), Francisco de Florencia con La Estrella del Norte (1688), Juan de Goicoechea con
La maravillosa inmarcesible y milagro continuado de María Santísima Señora Nuestra en su prodi-
giosa imagen de Guadalupe de México (1709), Francisco Javier Carranza con La transmigración de
la Iglesia a Guadalupe (1748), Francisco Javier Lazcano con Sermón panegírico al ínclito patronato
de María Señora Nuestra en su milagrosísima imagen de Guadalupana sobre la universal Septentrio-
nal América (1758) y Juan José Ruiz de Castañeda con Sermón panegírico en glorias de María San-
tísima bajo el título de Guadalupe (1765) (véase David A. Brading, La virgen de Guadalupe. Imagen y
Tradición, Aura Levy y Aurelio Major (trad.), México, Taurus, 2002, pp. 129-137 y 166-174; y Juan de
Goicoechea, op. cit., pp. 51-83, 189 y 280).
75. Vv. 1-4 y vv. 1-8. Cito por esta edición de Vida. En adelante colocaré entre paréntesis el número de
verso o versos (o sólo el número de la décima citada), seguidos del libro al que pertenece. Cuando el
número del libro no aparezca, indica que los versos corresponden a las composiciones que introducen la
obra: la dedicatoria, protesta, el anagrama y las composiciones panegíricas de José Joaquín Izquierdo.
76. Rafael de Zelis, Catálogo de los sujetos de la Compañía de Jesús que formaban la Provincia de
México el día del arresto, 25 de junio de 1767, México, Imprenta de I. Escalante, 1871, p. 71.
77. “Carta del Señor Obispo Doctor Don Juan Joseph de Escalona”, Archivo Histórico de la Provincia
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De esta carta y otras entre el obispo y el rector se desprende que Arriola estuvo
en calidad de profesor de Gramática o de Filosofía en el Colegio de Valladolid
de 1734 a 1736.78 Al año siguiente fue enviado a Guadalajara, donde, como
ya se señaló, dio clases de Teología. A partir de 1737, Arriola –según el Ca-
tálogo jesuita de ese mismo año– comenzó a manifestar una debilidad en su
condición física que, con el tiempo, se acentuó hasta quebrantar su salud por
completo,79 lo cual lo haría incapaz de realizar sus actividades en la Compañía,
pero antes de esto, alcanzaría su mayor esplendor en la cátedra y en el minis-
terio, sobre todo como orador sagrado.
de México de la Compañía de Jesús (ahpm), sección III: Documentos Antiguos (Caja 39, doc. 1593,
2 ff), 1734, f. [1r-1v].
78. Ibid., ff. [1r-10v].
79. Jus. Provinciae Mexicanae a P. Joanne Antonio de Oviedo Provinciali Confectus et ad R. admo-
dum P. N. Generalem missus die 1 Marty, anno 1737, ahpm, sección ii: Catálogo, p. 30, núm. 340,
1737. Los catálogos de los años siguientes (1741, 1744, 1748, 1751, 1755 y 1761) siguen señalando
su frágil condición. A partir de 1755, su salud se describe como “fracta”, quebrantada, y para 1761,
sus superiores lo consideran agotado y abatido (véase Catalogus Jus. Provinciae Mexicanae a P.
Ignatio Calderon Provinciali confectus, et ad R. admodum P. N. Generalem missus die 19 Januarii,
anno 1755, ahpm, sección ii: Catálogo, p. 26, núm. 366, 1755; y Catalogus Jus. Provinciae Mexicanae
a P. Petro Reales Provinciali confectus, et ad R. admodum P. N. Generalem missus die 12 July 1761,
ahpm, sección ii: Catálogo, p. 23, núm. 273, 1761).
80. Gerard Decorme, La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial 1572-1767, T. 1,
México, Antigua Librería Robredo, 1941, pp. 79-80.
81. Elsa Cecilia Frost, op. cit., 2005, p. 312.
82. Catalogus Jus. Provinciae Mexicanae a P. Mattaeo Ansaldo Provinciali Confectus et ad R. admodum
P. N. Generalem missus die 31 January anno 1741, ahpm, sección ii: Catálogo, p. 29, núm. 329, 1741.
83. Primo Feliciano Velázquez, Historia de San Luis Potosí. Bajo el dominio español, San Luis Potosí,
Gobierno de San Luis Potosí-Archivo Histórico del Estado-Academia de Historia Potosina, 1982, pp.
380-382.
84. Félix de Sebastián, op. cit., p. 83.
85. Catalogus, 1741, op. cit., y Catalogus, Jus. Provinciae Mexicanae a P. Chistophoro de Escobar
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Provinciali Confectus et ad R. admodum P. N. Generalem missus die 18 May anno 1744, ahpm, sec-
ción ii: Catálogo, p. 28, núm. 320, 1744. Dentro de las congregaciones marianas existían dos tipos
de prefectos: el primero, conocido como padre prefecto o prefecto superior, era “un cargo vitalicio”; y
el segundo, el prefecto de la “mesa directiva”, era “un cargo anual de jerarquía menor” (véase María
Águeda Méndez, “Literatura religiosa, poder y mentalidad novohispana en algunas obras de Antonio
Núñez de Miranda”. Tesis [inédita] de Doctorado en Literatura Hispánica. El Colegio de México, 2006,
p. 140). Por las funciones que cumplía y por el tiempo que ejerció como prefecto de la Congregación
de la Asunción, alrededor de 15 años, se deduce que Juan José de Arriola era prefecto superior, cuyo
puesto tuvo que dejar debido a su enfermedad, que le impidió seguir cumpliendo con sus actividades
y fue llevado, como se verá adelante, a Puebla.
86. Charles E. O’Neill y Joaquín Ma. Domínguez, Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús. Biográ-
fico-temático, T. 3, Roma-Madrid, Institutum Historicum-Universidad Pontificia Comillas, 2001c, p. 2871.
87. Isauro Rionda Arreguin, La Compañía de Jesús en la Provincia Guanajuatense. 1590-1767, Gua-
najuato, Universidad de Guanajuato, 1996, p. 288.
88. Dorothy Tanck de Estrada, “Tensión en la Torre de Marfil. La educación en la segunda mitad del
siglo xviii novohispano”, en Ensayos sobre historia de la educación en México, 2ª ed., México, El
Colegio de México, 1999, p. 31.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
89. Javier Martínez Naranjo, “Las congregaciones marianas de la Compañía de Jesús y su contribu-
ción a la práctica de la caridad (ss. xvi-xviii)”, Revista de Historia Moderna, Anales de la Universidad
de Alicante, núm. 21, 2003, p. 9.
90. Elsa Cecilia Frost, op. cit., 2005, p. 317.
91. Javier Martínez Naranjo, op. cit., p. 26.
92. Elsa Cecilia Frost, op. cit., 2005, p. 317.
93. María Águeda Méndez, op. cit., p. 150.
94. Javier Martínez Naranjo, op. cit., p. 32.
95. Andrés Javier García nació el 3 de diciembre de 1686 en Beturia, Extremadura de España. El 27 de
enero de 1705 ingresó al noviciado; en 1707 viajó a Nueva España y fue rector de diversos colegios
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de México y Puebla. En marzo de 1747 se le nombró Provincial 65 de Nueva España y como parte
de sus actividades hizo visitas canónicas a cada casa de su provincia y el colegio de San Luis Potosí
estaba dentro de ésta. En agosto de 1751 cesó su función de provincial (José Gutiérrez Casillas, op.
cit., 1977a, pp. 650-657). Murió en el Colegio de San Gregorio de México en 1764, donde se desem-
peñaba como operario.
96. Andrés Javier García, “Legajo de visita a colegios de 1747 a 1749”, ahpm (Caja 35, doc. 1425, ff.
90v-92v), 1747, [f. 92r].
97. María Águeda Méndez, op. cit., p. 150.
98. Gerard Decorme, op. cit., pp. 80 y 93.
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99. Congregación del Padre Señor San Pedro, año de 1742-1801, Archivo de la Parroquia del Sagrario
Metropolitano de San Luis Potosí, sección Cofradías, 1742, f. 1r.
100. Alfonso Martínez Rosales, “Los patronos jurados de la ciudad de San Luis Potosí”, en Manifes-
taciones religiosas en el mundo colonial americano, Clara García Ayluardo y Manuel Ramos Medina
(coords.), v. 1: Espiritualidad barroca colonial. Santos y demonios en América, 2ª ed., México, Univer-
sidad Iberoamericana-Centro de Estudios de Historia de México Condumex-inah, 1997 pp. 107-123.
101. Congregación, op. cit., f. 1v.
102. Ibid., f. 2r. “La mayoría de las cofradías exigía además una cuota semanal o mensual llamada
cornadillo (pequeña moneda) o jornalillo (parte del jornal diario). Estas cuotas servían para sostener
los gastos de tipo religioso y extrarreligioso de la comunidad” (Asunción Lavrin, “La Congregación
de San Pedro –una cofradía urbana del México colonial– 1604-1730”, Historia Mexicana, núm. 29,
1980, pp. 563-564).
103. Alfonso Martínez Rosales, “Fray Nicolás de Jesús María, un carmelita del siglo xviii”, Historia
Mexicana, núm. 32, 1983, p. 333.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam. No han dicho lo que es Pedro,
porque es tan excelente su grandeza, que sólo han dicho lo que no es. No es
rey, porque es mayor que los reyes, no príncipe, porque excede a los príncipes,
no mayorazgo, porque es superior a los mayorazgos, no comendador, porque
aventaja a los comendadores, no en fin, catedrático, porque es aún más que
catedrático. Pues si no es catedrático san Pedro ¿qué será? La misma cátedra
de Cristo. Esto es Pedro, señores, esto es. [...] Cristo se sienta sobre esa piedra
[...] ese Pedro hecho la silla, el asiento y la cátedra del mismo Cristo”.104
El sermón del padre Juan José pertenece al género panegírico, que
consiste en alabar al titular de una fiesta y comentar el evangelio. Este tipo
de homilías, según Félix Herrero Salgado, son primordiales para conocer la
oratoria sagrada, pues “son los más retóricos, los más intencionadamente li-
terarios”.105 La cátedra de Cristo sigue la estructura de los sermones de un
solo tema, por lo que consta de cuatro partes: exordio (exordium), narración
(narratio), confirmación (confirmatio) y epílogo (clausio). El exordio incluye el
tema, prothema o introducción y la salutación o petición de gracia. Como se
pudo observar en el fragmento citado, el tema del sermón es la cátedra de san
Pedro. El prothema, que es una cita bíblica o un prólogo usado para introducir
el tema, procede de san Mateo 16:18: Tu es Petrus, et super hanc petram ae-
dificabo Ecclesiam meam. Finalmente, el exordio cierra con la petición de gra-
cias y la salutación a la Virgen, en la que el religioso solicita la gracia necesaria
para llevar a buen término su empresa y después reza, junto con el público, el
33 “Ave María”: “y así para hacerme cargo en la presente solemnidad, no sólo de 33
mi padre san Pedro, sino también de su cátedra, predicaré cátedra de Cristo a
san Pedro. Asunto grave a la verdad, y que para promoverlo es necesaria mu-
cha gracia. Ave María”.106
El predicador solía exponer el exordio en un plazo no mayor a 15 minu-
tos, en el que buscaba atraer la atención del público; luego planteaba la narra-
ción, donde declaraba determinadas sentencias o proposiciones que habían
de regir la predicativa religiosa. La narratio en el sermón de Arriola es que la
piedra de la Iglesia, san Pedro, es la cátedra de Jesús, lo cual probará a lo largo
de su prédica con ayuda de las Escrituras y de diversas comparaciones, ejem-
plos y del recurso de la interrogación. La fundamentación de esta propuesta
o narratio constituye la confirmación y en La cátedra de Cristo inicia con la
visión de san Juan Evangelista sobre una fiesta en el cielo, donde parecía que
24 ancianos veneraban a un cordero sentado en una gran silla.107 El cordero
simboliza a Jesús, y la silla, siguiendo la argumentación de Juan José, a san
Pedro, pues la silla era de jaspe y “todos saben, que en el jaspe está simboli-
zado san Pedro”.108 Pero para Arriola los 24 ancianos, que eran sacerdotes, no
veneraban al cordero, sino a la silla: “aquella congregación [...] a quien dedi-
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
caba los obsequios era al trono, a quien rendía reverentes adoraciones era a
la silla, a quien tributaba los más humildes rendimientos era a la cátedra”.109
La razón de esta nueva lectura, que se aleja de la tradicional, en la que se
afirma que los ancianos veneran directamente al cordero, es que “hay días en
que deben celebrarse los tronos, las sillas y las cátedras”110 y si los ancianos
adoran esa cátedra, que simboliza a san Pedro, es porque Dios pronuncia sus
palabras y sus designios a través de ella y porque es “el asiento que le sirve a
su eterna sabiduría [...] para enseñar”.111
Arriola continúa su predicación recordando las palabras de Cristo, quien
en otra ocasión llama a Pedro su cruz; entonces el jesuita se dedica a explicar
por qué la cruz es la cátedra desde donde se enseña a los discípulos los sacra-
mentos y la ciencia de Dios. Más adelante recurre al rey David, que en una de sus
profecías vio a Dios hecho hombre poner sobre el sol su trono, su cátedra, por lo
que se pregunta Arriola: “¿pues qué tiene Pedro de sol?”, a lo que responde con
cinco semejanzas que encuentra entre el astro y el apóstol. He aquí una de ellas:
Esta comparación, la segunda señalada por Arriola, alude al mito de Faetón, así
como a la tarea de su padre Helio, dios del sol, quien cada mañana emprendía
una travesía con su carro por los cielos y que al atardecer terminaba en las aguas
del mar, donde sus caballos se bañaban. Pedro, al negar tres veces a Jesús, asu-
me la figura de ese Faetón que, siendo sol, se precipita sobre “las amargas aguas
del mar” (nótese la aliteración): amargas lágrimas debido a la culpa que lo acosa.
Juan José recurre a la amplificatio para desarrollar cada una de las compara-
ciones que le sirven para demostrar que Pedro es la cátedra de Cristo; con este
mismo fin también emplea la metáfora, el símbolo y la alegoría. Usa todos estos
recursos con la intención de deleitar y mover el ánimo del público; así presenta
el sermón de la manera más grata y atractiva posible. Su predicación cierra con
una petición ingeniosa: si Diego, otro nombre para designar al apóstol Santiago, y
Juan, su hermano, habían pedido a Cristo “las dos primeras sillas de su trono”113
109. Idem.
110. Idem.
111. Ibid., p. 9.
112. Ibid., p. 16.
113. Marcos 10: 35.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
Salida de San Luis Potosí e ingreso al Colegio del Espíritu Santo de Puebla
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
Este dramático cuadro escrito por Félix de Sebastián muestra la vida ejemplar
y virtuosa que llevó Arriola desde joven hasta el final de sus días, anteponiendo
siempre la labor religiosa a su salud. Uno de los propósitos de Sebastián al
escribir las Memorias de los jesuitas desterrados era representar “gloriosas
vidas” para que sirvieran “a los postreros de edificación y ejemplo”;120 de ahí
que el final de la vida de Juan José se describa con tal intensidad que conmue-
ve por el valor y resignación con que afronta la enfermedad, lo cual impulsa al
lector, si no a emular sus acciones, objetivo principal e idóneo, sí a admirarlas.
Este final muestra que las Memorias de Sebastián, además de enseñar y delei-
tar, también conmueven, cumpliendo con el objetivo primordial de la oratoria
sagrada: el movere. El énfasis en los males que aquejaban a los jesuitas justo
antes de morir se volvió un lugar común en las biografías escritas por los igna-
36 cianos desterrados: se halla tanto en las Memorias de Sebastián como en las 36
Vidas de Maneiro, pues ambos querían evidenciar las consecuencias nefastas
que trajo la orden despiadada de exilio, hecha por Carlos III. Así, detrás de esas
muertes ejemplares descritas por los biógrafos hay también una intención ve-
lada de denuncia y desacuerdo con la ideología imperante.
Juan José de Arriola, hacia 1761, sólo tenía el oficio de operario en el
Colegio del Espíritu Santo de Puebla,121 establecido en 1578 y que había alcan-
zado el esplendor de los colegios de la Ciudad de México gracias a sus profe-
sores, confesores y guías espirituales.122 Debido a la enfermedad del jesuita,
los superiores le habían reducido sus actividades, ya no eran las múltiples
tareas que desempeñaba en el Colegio de San Luis Potosí; aun así, como indi-
ca Sebastián, él trataba de cumplir con sus trabajos sacerdotales: predicar y
confesar. Ahí volvió a encontrar a su amigo de juventud, Juan Francisco López,
quien en ese momento era rector del colegio de Puebla.123
En mayo de 1762, la peste del matlazáhuatl se extendió en Puebla y
durante seis meses, conjugada con la viruela que desde enero de 1761 había
provocado diversos brotes esporádicos, causó una mortandad vertiginosa.124
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
decer. La basura, el agua y la muerte en la Puebla de los Ángeles. 1650-1925, Rosalva Loreto y
Francisco J. Cervantes (coords.), México, Claves Latinoamericanas-buap-Centro de Estudios Mexi-
canos y Centroamericanos-Colegio de Puebla, 1994, pp. 69-115; y Miguel Ángel Cuenya, “La crisis de
mortalidad en Nueva España”, en Puebla de los Ángeles en tiempos de una peste colonial, México, El
Colegio de Michoacán-buap, 1999, pp. 47-55.
125. Cuenya, op. cit., 1994, p. 103.
126. América Molina del Villar, Por voluntad divina: escasez, epidemias y otras calamidades en la Ciu-
dad de México, 1700-1762, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología
Social, 1996, pp. 99-119.
127. No descarto la idea de que esta misma décima pueda ser un mero recurso retórico y sirva
de exemplum en la obra; o bien podrían ser las dos situaciones. Vida se presenta como un exvoto,
pues en su deseo de agradecer un supuesto milagro que la virgen obró en él, el poeta escribe esta
hagiografía. La deuda del jesuita con la santa sirve para abrir y cerrar el poema de manera circular,
ya que a la idea de obsequiar una vida: “una vida que te debo/ con otra vida te pago” (vv. 45-50, I) se
contrapone la de arrebatar o terminar con ésta: “Mas sirva de desagravio,/ si te ofendió mi osadía,/
quejarte de mi Talía,/ que si tu vida acabé,/ ¡feliz mil veces seré/ como tú acabes con la mía!” (vv.
3888-3890, iii). Este motivo es el pretexto perfecto para que el autor encadene y cuente las vivencias
y virtudes de la anacoreta.
128. Vv. 41-50, I; las cursivas son mías.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
De esta carta se obtienen datos interesantes: por un lado, que la obra de Arrio-
la se iba a publicar en la Ciudad de México y que ya se contaba con un impre-
sor para desempeñar tal tarea; por el otro, que el padre Izquierdo escribió el
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
133. Ibid., ff. 402 y 416. Antes de visitar la Ciudad de México, el jesuita se hallaba en el colegio de
Oaxaca, desempeñaba la labor de operario y era profesor de Filosofía (José Gutiérrez Casillas, op.
cit., 1977b, p. 788).
134. “Cartas dirigidas al P. José Joaquín Izquierdo…” , op. cit., f. 426.
135. Entre las comedias para las que escribió loas se encuentran tres de Calderón de la Barca: Basta
callar, Las amazonas y Dar tiempo al tiempo (“Cartas dirigidas al P. José Joaquín Izquierdo…”, 1761-
1767, f. 337r); también compuso textos laudatorios para la Iglesia de la Trinidad de Guanajuato,
para santa Genoveva (1761-1767, ff. 334r y 335r) y san Ignacio de Loyola. Este último panegírico lo
elaboró hacia 1760 (José Mariano Beristáin, op. cit., p. 130).
136. “Cartas dirigidas al P. José Joaquín Izquierdo…”, op. cit., f. 321r.
137. Pilar Gonzalbo Aizpuru, “Las devociones marianas en la vieja provincia de la Compañía de Je-
sús”, en Manifestaciones religiosas en el mundo colonial americano, Clara García Ayluardo y Manuel
Ramos Medina (coords.), v. 2. Mujeres, instituciones y culto a María, 2ª ed., México, Universidad
Iberoamericana-Centro de Estudios de Historia de México Condumex-inah, 1997, p. 263.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
138. Esteban J. Palomera, La obra educativa de los jesuitas en Puebla (1578-1945), México, Univer-
sidad Iberoamericana-Instituto Oriente-buap, 1999, p. 216.
139. Luis Ángel Rodríguez, Carlos iii. El rey católico que decretó la expulsión de los jesuitas, México,
Hispano-Mexicana, 1944, p. 151.
140. Francisco Javier Alegre, Memorias para la historia de la provincia que tuvo la Compañía de
Jesús en Nueva España, T. 2, México, Porrúa, 1941, p. 219.
141. Ibid., pp. 219-220.
142. Félix de Sebastián, op. cit., p. 83.
143. Francisco Javier Alegre, op. cit., p. 220.
144. Félix de Sebastián, op. cit., p. 83.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
El culto a santa Rosalía tiene sus raíces en la Edad Media, pero es hasta el siglo
xvii cuando alcanza gran difusión en Europa y el Nuevo Mundo. Durante esta
centuria, la curia romana proclama a Rosalía como la santa protectora con-
tra la peste y más tarde también se le adjudica el poder para proteger de los
sismos. La devoción mundial hacia esta virgen se desarrolla en el tiempo de
la Contrarreforma, por lo que buena parte de las manifestaciones religiosas y
artísticas que surgen en torno a ella reflejan el nuevo pensamiento de la Iglesia
católica respecto a los santos, que a partir del Concilio de Trento (1545-1564)
fortalece la visión doctrinal que antaño le daba a estos seres y establece una
serie de pautas para controlar su estatuto y sus actividades dentro de la Igle-
sia.145 Los jesuitas, abanderados de la Contrarreforma, fueron los encargados
de divulgar su culto más allá de Palermo; así, lo llevan a Nápoles, Roma, París,
Amberes, Madrid y Sevilla. La misma Compañía impulsó su devoción en las
Antillas, Nueva España y el virreinato de Perú, donde el fervor hacia la santa
tuvo mayor repercusión en la primera mitad del siglo xviii.
A medida que se divulgaron el nombre y los milagros de santa Rosalía,
diversas manifestaciones artísticas y literarias aparecieron en su honor: ha-
giografías, óperas, comedias, poemas, sermones, novenas y oraciones sur-
gieron a la par que pinturas, grabados, esculturas y orfebrería. Varias de estas
expresiones formaron parte de un programa que los ignacianos implantaron
41 para promover el culto a la virgen, en el que cada obra –ya fuera plástica, escé- 41
nica, musical o literaria– contribuyó al fortalecimiento de una nueva práctica
devocional. Sobre algunas de éstas se elabora el siguiente capítulo, en el que
se expondrán los antecedentes del culto a la virgen panormitana y cómo se
extendió su fervor en territorio novohispano.
Las primeras manifestaciones que aparecen de Rosalía en Nueva Es-
paña ocurren en la pintura; artistas reconocidos, como Juan Tinoco y su dis-
cípulo Juan Villalobos, le dedican algunas obras que más tarde se colocan en
conventos de Puebla. Sin embargo, pese a que la santa fue motivo socorrido
en el arte visual del siglo xvii en la Colonia, la verdadera campaña para difundir
su culto y sus milagros se presentó en el siglo xviii, cuando los jesuitas, prin-
cipalmente los de origen siciliano, se encargaron de exaltar sus virtudes en
tierra novohispana; de ahí que Luisa Elena Alcalá señale que la veneración a la
panormitana “se explica por dos razones. Como rescatadora de plagas, podía
cumplir una función consoladora durante las epidemias que sufrió la ciudad
de México en 1727, 1734 y 1736. En segundo lugar, como patrona de Palermo
y después de Sicilia, era importante para el gran número de jesuitas italianos,
muchos sicilianos, residentes en Nueva España”.146
145. Jean-Robert Armogathe, “La fábrica de los santos. Causas españolas y procesos romanos de
Urbano viii a Benedicto xiv (siglos xvii y xviii)”, en Homenaje a Henri Guerreiro: la hagiografía entre
historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Marc Vitse (coord.), Madrid,
Iberoamericana, 2005, pp. 150-151.
146. Luisa Elena Alcalá, “La obra del pintor novohispano Francisco Martínez”, Anales del Museo de
América, núm. 7, 1999, pp. 184-185.
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147. Lucas del Rincón, Oración Panegýrica a Glorias de Santa Rosalía de Palermo, que el día quinze
de Julio en la anniversaria memoria de la invención de sus Sagradas Reliquias, y en fiesta particular,
que se celebró en el Colegio Máximo de S. Pedro, y S. Pablo de la Compañía de Jesús, México, Here-
deros de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio, 1724, f. 5v.
148. Lenice Rivera Hernández, “La novísima imagen de la Madre Santísima de la Luz. Origen, pro-
grama, sistema y función de una devoción jesuita, 1717-1732”. (Tesis [inédita] de Licenciatura en
Historia. unam, 2010), pp. 1-20.
149. Joanne Stiltingo, Acta S. Rosaliae virginis solitariae, eximiae contra pestem patronae, Antuer-
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se disponía a morir y después de haber recibido los santos óleos, había tenido
una visión de una “bellisima giovanetta, vestita da monaca, la quale era intenta
ad ornare ed accendere le lampade dell’altare”.161 Esta joven se había presen-
tado como Rosalía y le había dicho a Giroloma que se salvaría si hacía voto
de visitar el Monte Pellegrino, donde le indicaría el lugar en que descansaban
sus restos. Se hicieron las excavaciones en el sitio indicado por la virgen y se
encontró primero su cráneo y después el resto del esqueleto, que estaba prác-
ticamente completo.
Los implicados –La Gattuta, los franciscanos y otros testigos– avisa-
ron inmediatamente a las autoridades; no obstante, a pesar de la prudencia y
precaución, el rumor del hallazgo se expandió con rapidez. Entonces, el carde-
nal y arzobispo de Palermo Giannettino Doria (1573-1642) ordenó a un grupo
de médicos y teólogos hacer el reconocimiento del cuerpo. Aunque la comi-
sión de teólogos se mostró favorable y estaba convencida de que la osamenta
pertenecía a Rosalía, la revisión hecha por los médicos fue negativa y des-
alentadora, pues el cráneo de la supuesta virgen era tan grande que simulaba
el de un gigante, por lo cual se negaron a reconocerlo como humano. Entre
los teólogos designados se hallaba el jesuita Giordano Cascini (1565-1635),
quien, ante la opinión de los médicos, pidió examinar los restos por sí mismo.
Después de estudiarlos cuidadosamente, descubrió que el cráneo gigante no
era tal, sino que presentaba un recubrimiento calcáreo que, con ayuda de un
escalpelo, se podía retirar, lo que hizo sin demora. Ante tal acierto y después
47 de una segunda revisión por parte de la comisión médico-anatómica, se deter- 47
minó que los vestigios eran auténticos y que pertenecían a una mujer. Varios
meses transcurrieron para que los médicos dieran su fallo a favor de santa
Rosalía, desde julio de 1624 hasta el 18 de febrero de 1625.
La leyenda devocional cuenta que ante tanta duda y expectación sobre
la autenticidad de las reliquias, Rosalía se apareció a un cazador llamado Vin-
cenzo Bonelli, quien, desesperado por la muerte de su esposa –víctima de la
peste–, salió con su escopeta y su perro en dirección del Monte Pellegrino; su
intención era lanzarse de un acantilado. Pero antes de lograr su cometido tuvo
una visión en la que una joven, identificada como Rosalía, lo persuadió de no
suicidarse y lo condujo a la gruta donde se habían encontrado sus restos; ahí
le indicó que ésa era su habitación de peregrina y que los huesos desenterra-
dos eran suyos. Además, le pidió que se lo revelara al cardenal Doria y, como
señal de verdad, predijo que cuando se confesara y comunicara lo que se le
había mostrado, moriría de peste. Tres días después de recibir el sacramento y
de confesar lo referido al arzobispo Doria, falleció, el 13 de febrero de 1625.162
Giannettino Doria convocó entonces a la comisión de teólogos y médicos para
informarles sobre el nuevo milagro; también propuso que los teólogos escri-
bieran sobre la invención de las reliquias, los milagros y la intercesión de santa
Rosalía. Los médicos se encargaron de liberar el cuerpo de las incrustacio-
161. Giovanni Stiltingi, Gli atti di Santa Rosalia Vergine palermitana. Esimia protettrice contro la peste,
Michelangelo Civiletti (trad.), Giovanni Stiltingo (ilustr., commento ed annotazione), Palermo, Tipo-
grafia della Forbice, 1879, p. 111.
162. Paolo Collura, op. cit., p. 80.
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163. Carlo Pàstena, Antonino Perniciaro y Enza Zacco, L’Angelo del Monte Pellegrino. Saggio biblio-
grafico sulla “Santuzza”, presentazione Adele Mormino, Regione siciliana, Assessorato regionale dei
beni culturali ed ambientali e della pubblica istruzione, Palermo, 1997, pp. 29-30.
164. Giordano Cascini, Di S. Rosalia vergine palermitana Libri Tre, Palermo, Apresso i Cirilli, 1651, p.
[ii].
165. Según los especialistas, los modelos de Van Dyck para crear a su Rosalía pudieron ser el San
Francisco del italiano Guido Reni y la iconografía tradicional de María Magdalena (Ana Diéguez, “Dos
obras de Anton Van Dyck del Alcázar de Madrid en la Alte Pinakothek de Munich”, Archivo Español
de Arte, núm. 79, 2006, pp. 199-200). Poco o nada se ha dicho sobre la posibilidad de que el pintor
flamenco pudiera estar en contacto con las primeras representaciones sobre Rosalía durante su
estancia en Palermo y que tal vez reincorporó en su obra pictórica varios de los atributos de Rosalía
que aparecían en la primera época iconográfica. Elementos que, sin duda, él elevó y magnificó al
integrarlos a su propia estética y concepción de la santa. Al contrario de esto, se ha subrayado que él
es “el encargado de establecer la iconografía de santa Rosalía” (Ibid., p. 199), afirmación que debería
matizarse, pues de otra forma se estarían haciendo a un lado diversas obras de la santa que no co-
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Estas medidas respondían a las fuertes críticas que la Reforma había hecho
a la Iglesia católica, pues la acusaba de sobreproducción de santos. El Tribu-
nal del Santo Oficio pronto estableció normas de control para los procesos de
beatificación, que concluían con un permiso de devoción local o transitorio, y
para las causas de canonización, que finalizaban con la autorización universal
y definitiva para practicar un culto. Estas pautas se reunieron y publicaron bajo
el nombre de “Decretos de Urbano viii”, título que recibieron por haber sido
emitidas durante el pontificado del papa Urbano viii (Maffeo Vicente Barberini,
papa durante 1623-1644). Según Armogathe, una de las reglas más impor-
tantes de estos decretos “para las causas más recientes” fue la instauración
del certificado non cultu, que consistía en demostrar que nunca había existi-
do culto público hacia el personaje postulado para beatificación o canoniza-
ción; sólo de esta manera se podía abrir un nuevo proceso, el cual constaba
de varias fases y para iniciarlo debían correr 50 años después de la muerte del
aspirante: “Urbano VIII le pedía luego al obispo de la diócesis en que se abría
la causa que reuniera todos los escritos del candidato para someterlos a la
Congregación de Ritos (lo que daba lugar al proceso ordinario o informativo).
A raíz del cual podía empezar el proceso curial (o apostólico), con el examen
de la vida, virtudes y milagros”.167
rresponden con los modelos planteados por Van Dyck.
166. Jean-Robert Armogathe, op. cit., p. 151.
167. Ibid., p. 153.
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quina para venerar a santa Rosalía, quien, según la leyenda local, comenzó su
viaje como ermitaña por esos lares.172 Algunos historiadores modernos, entre
ellos Paolo Collura, niegan ese pasaje de la vida de la santa,173 pero, debido a
la influencia de Cascini, desde el siglo xvii se volvió un motivo recurrente en la
literatura religiosa el relato de la ermitaña viviendo en la cueva de Quisquina,
como se advierte en el “Libro segundo” del poema de Juan José de Arriola, en
el que se describe con detalle la belleza del Monte de Quisquina y, al mismo
tiempo, la hostilidad de la naturaleza que rodea la gruta, donde tienen lugar los
episodios místicos más relevantes de la virgen.
A diferencia de la primera época de culto, en la que se privilegió al ana-
coreta monacal, durante este segundo periodo se asoció a santa Rosalía con
un eremitismo puro y más antiguo, cuyas manifestaciones sucedieron entre
los siglos v al x. Durante ese tiempo, varios hombres decidieron retirarse a
espacios completamente aislados, sobre todo bosques, para vivir en soledad,
pobreza y sentir una mayor comunión con Dios.174 Paralela a la disputa que
se mantuvo en Sicilia en el siglo xvii para esclarecer si Rosalía había sido una
monja basiliana o benedictina, se entabló otra sobre si la virgen había sido
monja o sólo una ermitaña, pues la historia que se estaba propagando y ga-
nando terreno tanto en Sicilia como en Europa era la de Cascini, en la que se
ensalza un eremitismo puro, que acerca a la santa a la vida de ermitañas como
María Magdalena y María Egipciaca. La versión de Cascini es la que llega a
Nueva España y la que aparece, a grandes rasgos, en la hagiografía de Arriola,
51 en la que nada se menciona sobre la vida monacal que llevó santa Rosalía. In- 51
cluso el título de su poema, con los términos “solitaria anacoreta”, sólo apunta
a una vida en soledad, entregada a la contemplación y a la penitencia, sin alu-
dir al recogimiento en algún convento. Esta última discusión, ¿virgen anacore-
ta o monja?, tuvo auge durante las primeras décadas del siglo xviii, en las que
la controversia trascendió los límites sicilianos y alcanzó a España y Amberes.
En Amberes, el padre Stilting, quien pertenecía al grupo de los bolandis-
tas (jesuitas encargados de recabar datos, informes y testimonios históricos
sobre los santos católicos, así como de examinar de manera crítica las ha-
giografías existentes), publicó en 1748 el Acta S. Rosaliae virginis solitariae,
eximiae contra pestem patronae, en la que dedica tres capítulos para exponer
las razones a favor y en contra de los dos puntos de vista: el que aboga por
una vida monjil y el que defiende una vida ermitaña.175 Stilting concluye que
Rosalía perteneció a los basilianos, con los que llevó una vida solitaria y con-
templativa. Unos años después, en Madrid, el 6 de octubre de 1752, Ignacio de
Luzán entregaba a Juan de Iriarte, encargado de la Real Biblioteca de Madrid,
un manuscrito que había copiado de la obra De vita sanctae Rosaliae Virginis
Anachoretidis ex antiquis monumentis certisque Auctoribus collectâ. Narra-
tio Compendiaria, del jesuita Gerónimo Justiniano, quien fuera su maestro de
172. Véase Santuario Santa Rosalía. Montepellegrino, Supplemento al bollettino periódico Santuario
S. Rosalia, Genova, Marconi Arti Grafiche, 2009, p. 6.
173. Paolo Collura, op. cit., pp. 47-50.
174. Claudio Riveros Ferrada, op. cit., p. 14.
175. Joanne Stiltingo, op. cit., pp. 45-97.
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Dos motivos habían llevado a Luzán a copiar el texto: en primer lugar, deseaba
difundir la obra de su maestro, a quien consideraba “uno de los más sabios
literatos de Palermo”;177 y en segundo, porque los bolandistas, autores de las
famosas Acta Sanctorum, habían utilizado la obra de Justiniano, lo cual la ha-
52 cía más estimable, y con el manuscrito que dejaba en la Real Biblioteca se po- 52
día “cotejar lo que los bolandistas tomaron y lo que omitieron de él”.178 El tema
de santa Rosalía era común a Luzán, pues hacia 1726 compuso una elegía en
su honor debido al terremoto que ocurrió en Palermo ese mismo año. Resulta
interesante la información de Luzán, porque evidencia lo que ya antes se ha
apuntado, que la versión de Cascini sobre la vida de santa Rosalía fue la que
circuló en España y la que se defendía cerca de 1752. Varias de las hagiogra-
fías españolas de la santa difundieron la historia de Rosalía como una mujer
laica, que decidió vivir como ermitaña. Dado que una buena parte de testimo-
nios históricos aludían a ella como laica, es entendible la elección de Cascini
de divulgar esa parte de la leyenda; además, esta imagen concuerda con el
tipo de santos que venía promoviendo la Contrarreforma: santos con una vida
ascética y virtuosa, dóciles y sobre todo de obediencia ejemplar.179
En Nueva España, hacia el siglo xvii, el ermitaño era sólo una figura mo-
délica, pues los eremitas reales habían desaparecido debido a que “el proceso
de secularización en la sociedad y los ideales de la Ilustración eran contrarios
a la existencia de una vida solitaria”.180 A pesar de su desaparición, las vidas de
176. Girolamo Giustiniani, De vita sanctae Rosaliae Virginis Anachoretidis ex antiquis monumentis
certisque Auctoribus collectâ. Narratio Compendiaria, Colección Manuscritos. Ms. 1230, Madrid, Bi-
blioteca Nacional de España, 1722, ff. 45r-46v.
177. Ibid., f. 45r.
178. Ibid., f. 46v.
179. Jean-Robert Armogathe, op. cit., p. 163.
180. Antonio Rubial García, Profetisas y solitarios. Espacios y mensajes de una religión dirigida por
ermitaños y beatas laicos en las ciudades de Nueva España, México, unam-fce, 2006, p. 84.
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ermitaños antiguos, como san Antonio y las santas María Magdalena y María
Egipciaca, se continuaron difundiendo, ya que presentaban varios rasgos que
se podían imitar y porque promovían el arrepentimiento y el perdón. Paralela
a la exaltación de estos anacoretas, se impulsaron otros modelos femeninos,
entre los que destacaron santa Catalina de Siena, Rosa de Viterbo y santa
Rosalía. A decir de Antonio Rubial, “estos modelos eran muy atractivos para
mujeres que vivían en el mundo y no en un monasterio, aunque estuvieran de-
dicadas a la penitencia y a la oración”.181 Mujeres laicas y beatas encontraron
en estas vidas ejemplos de comportamiento, por las virtudes que profesaban:
fe, esperanza, caridad, humildad, fortaleza, templanza y obediencia.
Esa exaltación de la vida eremítica también se manifestó en la pintura,
prueba de ello es el retablo ubicado en la sacristía del templo conventual de
Nuestra Señora de la Soledad de la ciudad de Puebla; éste se sitúa al sur de
la sacristía y está dedicado a ocho santas, cuyas historias se caracterizan
por una existencia ascética. El retablo alberga 10 pinturas, distribuidas de la
siguiente manera: en el cuerpo superior se hallan santa María Magdalena (iz-
quierda), Nuestra Señora del Prado (centro) y santa Genoveva (derecha). Para
el segundo cuerpo se tomaron en cuenta los elementos arquitectónicos del
muro: las ventanas, y a partir de éstas se dispusieron las imágenes de Tais
de Alejandría y María Egipciaca. En el cuerpo inferior se encuentran, a la de-
recha, Rosa de Lima y Rosa de Viterbo, y, a la izquierda, Margarita de Cortona
y santa Rosalía; las imágenes del tercer cuerpo se separan por finas pilastras
53 con cariátides. Al centro del retablo y ocupando el lugar principal, se ubica el 53
Verdadero Retrato de Jesús, que en su tiempo gozó de fama por preciarse de
“haber encontrado los rasgos auténticos del Salvador así como de su Santa
Madre”.182 Salvo el cuadro de Nuestra Señora del Prado, cuyo autor es José
Rubí de Marimón (1698), todos los demás fueron pintados por el poblano Juan
Tinoco, el maestro del claroscuro.
La historia sinuosa del edificio conventual, destinado desde un principio
a las carmelitas descalzas (1748), aunque por un tiempo alojó a las niñas mer-
cedarias (1731-1748), explica la diversidad de su acervo y también la abundan-
cia de imágenes con modelos femeninos, sobre todo de la Virgen María. En el
retablo sur, el cuadro de la imagen milagrosa de Nuestra Señora del Prado, una
advocación mariana que es patrona y abogada de Castilla, discrepa con la ico-
nología que propone el retablo,183 el cual se puede interpretar de esta manera:
Jesús, por ser el protagonista de la “primera gran biografía”,184 ocupa el centro y
tiene un séquito de ocho mujeres que imitaron sus acciones, pues como mujeres
santas debían complementar y repetir la primera gran hagiografía: la de Cristo.
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que vivían, pues imitaban a los primeros ermitaños del Monte Carmelo; y los
monjes del convento de san Agustín, quienes debían seguir las enseñanzas
del grupo cenobita que fundó su orden. Las dos comunidades promovían el
ideal eremítico, en el que la penitencia, además de la oración, se consideraba
como el primer paso para alcanzar la unión con Dios, pues por medio de la
purificación de vicios y pecados el alma quedaba limpia, purgada, dispuesta
a entregarse a la voluntad divina, a lo que aspiraban estas congregaciones.
En su poema, Arriola dedica varios cantos para exponer las distintas vías
que llevan a la virgen a conseguir la unión con Cristo, desde la purgativa
(flagelación y mortificación) hasta la unitiva (los raptos místicos y los dis-
tintos obsequios que Jesús le ofrece como galardón por sus sacrificios). La
penitencia es uno de los temas más tratados en las hagiografías de la santa
y en las representaciones pictóricas se le alude con frecuencia por medio de
los elementos iconográficos.
El modelo de la virgen que ofrece Tinoco tuvo repercusiones en la pin-
tura novohispana, ya que otros artistas, como Juan de Villalobos y Juan Co-
rrea, se inspiraron en él para elaborar sus cuadros. De Villalobos, discípulo
de Tinoco, se conserva una Santa Rosalía en el Museo de Santa Mónica de la
ciudad de Puebla, ejecutada a finales del siglo xvii,187 y de Correa subsiste otra
en el Santuario de Jesús Nazareno, en Atotonilco, Guanajuato, que se creó a
principios del xviii y hoy se encuentra en malas condiciones.188 Las pinturas
de Tinoco evidencian los orígenes de la devoción hacia Rosalía en territorio
55 novohispano. 55
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191. Cristina Rodríguez García et al., El grabado. Historia y trascendencia, México, uam Xochimilco,
1989, p. 25.
192. Mónica Martí Cotarelo, Miguel Cabrera, un pintor de su tiempo, México, Círculo de Arte, 1999, p. 21.
193. Las imágenes de Cascini de 1627 fueron reimpresas en la hagiografía de 1651 y en el Acta
Sanctorum de Stilting, texto publicado en Amberes en 1748. Los grabados no tienen firma o marca
de autor, por lo que se le atribuyen al jesuita.
194. Ejemplo de algunas recreaciones: Francisco Martínez con su Santa Rosalía, ubicada en el Mu-
seo Nacional del Virreinato, Tepotzotlán; Miguel Cabrera con su Santa Rosalía, resguardada en la
Capilla de Aránzazu, en San Luis Potosí; Luis Berrueco con su Santa Rosalía peregrina, localizada en
el Museo Universitario de la buap; y Manuel Talavera con su Santa Rosalía (ca. 1734), conservada en
la Pinacoteca Virreinal, Ciudad de México.
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de los artistas que recrearon en sus pinturas el momento en que los ángeles
conducían a Rosalía a su nueva morada.
Francisco Martínez hizo diferentes trabajos para la Compañía y dos de
los lienzos que pintó sobre santa Rosalía estaban destinados para el noviciado
de Tepotzotlán (Museo Nacional del Virreinato), los cuales se caracterizaron
por la vestidura fina y lujosa que usaba la anacoreta, que remitía a su noble
linaje, y por acentuar el motivo de la rosa en su atuendo y en el espacio que
la rodeaba. Las obras plásticas de santa Rosalía en Tepotzotlán muestran el
afecto de los jesuitas por la santa, a quien representaron con ricas túnicas
para evidenciar su ascendencia. Como en estas manifestaciones artísticas,
Arriola dedica los primeros dos cantos de su Vida a describir la patria, paren-
tesco, nacimiento y vida cortesana de la virgen. Esto se debe al afán del autor
por mostrar las virtudes de la joven, pues ésta, a pesar de su linaje y riquezas,
renunció a una vida holgada y placentera en palacio.195
No es casualidad que dentro del noviciado hubiera varias creaciones
en honor de Rosalía, ya que se intentaba que los jóvenes desde su formación
tuvieran cierto apego y predilección por la ermitaña, así como por otros mo-
delos de vida. Desde 1753 se dedicó un retablo a la panormitana en la iglesia
del noviciado, lo cual habla del esfuerzo de la Compañía por difundir su culto a
mediados del siglo xviii.196 También recuérdese que, a partir del siglo xviii, en
los colegios jesuitas se comenzó a celebrar a la anacoreta y se le dedicó un día
de fiesta, con la intención de que los estudiantes la identificaran y veneraran,
57 como se señaló en el primer capítulo. 57
Otro de los grabados de Cascini que sienta un elemento que se repro-
duce en obras posteriores europeas y novohispanas es el que trata de la su-
puesta escritura de Rosalía, encontrada a finales de agosto de 1624 por unos
albañiles en una de las paredes de la cueva de Quisquina, donde la virgen vivió
como ermitaña después de dejar el palacio. En la imagen de Cascini, Rosalía
aparece cincelando su nombre y su decisión de habitar en la gruta. La ins-
cripción en latín Ego Rosalia Sinibaldi Quisquine et Rosarum domini filia amo-
re Domini mei Jesv Christi ini hoc antro habitari decrevi, que debe traducirse
como “Yo Rosalía, hija de Sinibaldo, señor de Quisquina y de las Rosas, por
amor a mi Señor Jesucristo decidí vivir en esta cueva”, se presenta en diversas
pinturas y grabados de los siglos xvii y xviii; en éstos, aunque el paisaje cam-
bia y la virgen está en distinta postura, la leyenda aparece en una roca, en la
cueva o en los laterales. Este fragmento sirvió a Cascini para destacar algunas
de las virtudes de Rosalía, pues, a decir del jesuita, ella no escribía por vanidad
o amor propio, sino por amor a Jesús, para mostrar su gloria y edificar a su
Iglesia: “Non Scrisse S. Rosalia in questa pietra per lasciare a i posteri dise me-
moria vana, ma consolatione, e documento, Scrisse per volontà e gloria diuina
195. Al conocerse los antecedentes de la santa, tiene un mayor impacto en el lector o espectador el
momento de la conversión, pues sorprende que Rosalía abandone todos los bienes para irse a vivir a
una cueva. En la pintura y escultura se presenta la conversión mediante los atributos del peregrino, y
en literatura, por medio de la descripción del espacio, vestuario y penitencias de la virgen.
196. Luisa Elena Alcalá, op. cit., p. 184.
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come sogliono fare i santi”.197 Por ese mismo amor decidió vivir solitaria en la
cueva y su férrea voluntad le permitió lograr tal empresa; de ahí que Cascini
celebre su humildad, determinación y fortaleza.
Esta inscripción también se reproduce en hagiografías posteriores a la
de Cascini, y a Juan José de Arriola le sirve de motivo para desarrollar el canto
quinto y sexto del “Libro segundo” de su poema, donde interpreta y justifica
ciertas palabras en latín que en la escritura de Rosalía aparecen mal escritas,
y señala que no fueron erratas, sino pura voluntad de la virgen. Cabe señalar
que Cascini reproduce fielmente la escritura hallada en la cueva, pero el texto,
sin los solecismos, debería escribirse: Ego Rosalia, Sinibaldi Quisquine et Ro-
sarum Domini filia, amore, Domini mei Jesuchristi, in [en] hoc antro habitare
[habitar] decrevi.198 La traducción del texto corregido es la misma que se le
ha dado al alterado y que ya se proporcionó. Arriola también conserva el ini
con el sentido de “en” más “y”,199 y el habitari con el significado de “ser habi-
tada”,200 en su hagiografía. En principio, estos cambios hacen parecer que la
joven no sabe escribir latín correctamente e incluso se sugiere que esto se
debe a que es mujer –discurso común en la época; sin embargo, esa “voz que
suena a barbarismo,/ voz que sabe a solecismo”201 no es tal, ya que el poeta
pronto encuentra una explicación para los errores gramaticales ahí expuestos
y propone que en vez de juzgarlos como yerros, se haga una lectura distinta
de esa escritura, no una lectura literal y denotativa, sino connotativa, cargada
de metáforas.
58 Para el lector o espectador, el significado literal e inmediato de la ins- 58
cripción indicaría que Rosalía quiere habitar el espacio físico de la cueva de
Quisquina: “Yo Rosalía [...] me determiné a vivir en esta cueva”. Ésta sería una
primera traducción de la escritura. Ahora bien, si se pone atención en las fun-
ciones del infinitivo pasivo habitari y de la doble i como conjunción, se descu-
brirá un sentido connotativo del texto, el cual revelaría que la joven deseaba
ser habitada por Jesucristo, más que habitar la cueva, como indica la décima
118 del segundo libro: “Al que habitari idiotismo/ juzgó, la razón le falta,/ que
en gramática más alta/ fue su inteligencia abismo./ En ella suena lo mismo,/
que siendo amantes los dos,/ cuando va de Dios en pos/ y Dios el alma le
lleva,/ quiso Rosalía en su cueva/ ser habitada de Dios”.202 Según esta inter-
pretación, Rosalía anhelaba entregarse a Cristo para que la habitara y colmara
de su gracia y amor, por lo que se muestra que la voluntad de la virgen se regía
por el deseo de la unión divina. Este sentido no anula la lectura denotativa que
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El último honor del que da cuenta Cascini es el que hizo Urbano viii,
quien el 26 de enero de 1630 confirmó la santidad de la anacoreta Rosalía y la
insertó en el Martirologium. La pompa con que se festejaba a Rosalía hubie-
ra ofendido la sencillez y sobriedad de los protestantes, pero los devotos de
la virgen ermitaña no se recataban al momento de demostrar su fervor. Para
aquel protestantismo parco, los panormitanos hubieran contestado como el
jesuita Petrus Canisius: “Los innovadores nos acusan de prodigalidad en la
ornamentación de las iglesias; se parecen a Judas reprochando a María Mag-
dalena derramar perfumes sobre la cabeza de Cristo”.208 Si bien esta vez no se
trataba de la cabeza de Cristo, sí era la de una santa que se había convertido
en la protectora y favorita de Sicilia; prueba de esto era la obra hagiográfica
de Cascini, que después de casi tres décadas (1627-1651) seguía difundiendo
las bondades que la virgen había obrado por los habitantes de la isla. Las tres
hagiografías de Cascini, desde 1627 hasta 1651, contribuyeron a impulsar el
culto tanto de sus reliquias como de su figura en Palermo y Roma; después
de su muerte, la Compañía continuó su quehacer y propagó la devoción en di-
versas ciudades italianas, entre las que sobresalen Nápoles y Niza, las cuales
también declararon patrona a santa Rosalía.
El culto a santa Rosalía en Nápoles se debía a varias razones y repercu-
tió en el siglo xvii en la creación de diversas obras. En esta ciudad se recono-
cía su poder desde la revolución napolitana de Masaniello, ocurrida entre 1647
y 1648, en la que, según la creencia, la virgen había intercedido para que los
61 españoles lograran sofocar los levantamientos populares que habían iniciado 61
en Nápoles y habían llegado hasta Palermo. Debido a que Nápoles y Sicilia por
ese entonces formaban parte de la Corona española, se puede entender por
qué los napolitanos recibieron con apego a Rosalía, lo cual también facilitó la
tarea de los jesuitas de promover su culto fuera de la isla, pues al ser Nápoles
y Sicilia virreinatos españoles, las relaciones comerciales, culturales e intelec-
tuales era fluidas y constantes. Pasaron ocho años para que la virgen obrara
otro milagro en favor de los napolitanos; así, en 1656 repitió el prodigio, es
decir, acabó con la peste que asolaba a los habitantes de Nápoles, quienes en
agradecimiento hicieron varios exvotos y los colocaron en distintas iglesias
de la ciudad; además, en los años siguientes comenzaron a festejarla el 4 de
septiembre.
Respecto a las obras literarias en su honor, desde 1664 se acostum-
braba celebrar en el palacio virreinal de Nápoles el cumpleaños del rey con la
representación de un melodrama religioso. En 1670 tocó al libretista Giusep-
pe Castaldo y al músico Francesco Provenzale llevar al escenario la ópera La
colomba ferita, que narraba la vida de santa Rosalía. Sobre esta ópera sacra,
Esther Borrego Gutiérrez indica que es:
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209. Esther Borrego Gutiérrez, “La vida de santa Rosalía: de la ópera sacra italiana a la comedia
de santos española”, en Homenaje a Henri Guerreiro: la hagiografía entre historia y literatura en la
España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Marc Vitse (coord.). Madrid, Iberoamericana, 2005, pp.
314-315.
210. Ibid., p. 319.
211. Dinko Fabris, Music in Seventeenth-Century Naples. Francesco Provenzale (1624-1704), Gran
Bretaña, Ashgate Publishing, 2004, p. 134.
212. Vv. 1-4; Agustín de Salazar y Torres, La gran comedia. La mejor flor de Sicilia Santa Rosalía,
Sevilla, Herederos de Tomás López de Haro, s. a., p. 40.
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barcan [...] sólo por hurtar con devota correría tierra de su sepulcro o
piedras del monte, dejando en prenda de su devoción limosnas co-
piosas. Ni pasa por allá esquadra de moros que dejase de hacer salva
a la venerable gruta.216
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220. Idem.
221. Ibid., pp. [iv-v].
222. Carlos F. Nogales Márquez, “Las fiestas de inauguración del Convento de Religiosas Capuchi-
nas de Santa Rosalía de Sevilla en 1763”, en La clausura femenina en España. Actas del simposium,
Francisco Javier Campos Fernández de Sevilla (coord.), San Lorenzo de El Escorial, Real Centro Uni-
versitario Escorial-María Cristina, 2004, p. 575.
223. Entre otras reediciones se encuentran las de 1689, 1695, 1707, 1731, 1743 y 1778. Hay ejem-
plares de 1707 y 1778 en la Biblioteca Nacional de México, y en la Biblioteca “José María Lafragua”
de Puebla se localiza una edición de 1731.
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224. Joanne Stiltingo, op. cit., pp. 367-368; Louis Réau, op. cit., p. 155.
225. Joanne Stiltingo, op. cit., p. 406.
226. Lucas del Rincón, op. cit., f. 5v.
227. Joanne Stiltingo, op. cit., p. 405; Luis González Rodríguez, “Testimonios sobre la destrucción
de las misiones tarahumares y pimas en 1690”, Estudios de Historia Novohispana, núm. 10, 1991,
p. 230.
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Píccolo y el jesuita milanés Juan María Salvatierra fueron los grandes explora-
67 dores, fundadores y evangelizadores de las misiones de Baja California. A Sal- 67
vatierra se debe la instauración de la misión de Mulegé, pues, en 1705, antes
de salir de su estimada California hacia la Ciudad de México para cumplir con
sus funciones de provincial, encargó al michoacano Juan Manuel Basaldúa le-
vantar una misión en el paraje que los indígenas llamaban “Caaman Cagaleja”,
es decir, “Río entre rocas”. Basaldúa cumplió ese mismo año con lo ordenado
por Salvatierra y en atención a sus patrocinadores y benefactores, don Nico-
lás de Arteaga y su esposa, bautizó el lugar como Santa Rosalía de Mulegé
y estuvo a su cargo durante cuatro años. En 1709 se contagió de viruela y
abandonó la región, por lo que se designó a Píccolo como su sucesor, quien
se encontró al frente de la misión de 1709 a 1718; en este último año, debido
a su edad y ceguera, fue sustituido por Sebastián de Sistiaga. Sistiaga estuvo
en Mulegé hasta 1727, año en que, por su desempeño, fue nombrado Superior
de Misiones, por lo que se trasladó a Loreto, y el guanajuatense Juan Bautista
Luyando, jesuita misionero que recién había llegado a Baja California y había
patrocinado el nuevo asentamiento de San Ignacio de Kadakaamán, ocupó su
puesto en Santa Rosalía hasta 1734, cuando, por enfermedad, fue destituido y
llevado a Tepotzotlán.229 Una década después, Luyando y Juan José de Arriola
se encontraron en el Colegio de San Luis Potosí, donde el primero era rector
y Arriola su consultor y admonitor. Ambas vidas quedaron enlazadas por la
228. Antonio Ponce Aguilar, Misioneros jesuitas en Baja California. 1683-1768, p. 67. Consultado en
http://es.scribd.com/doc/26966660/6/Basaldua-Juan-Manuel
229. Sobre la trayectoria de estos jesuitas, véase Ponce, op. cit., pp. 44-63, 64-79, 101-103, 151-155
y 174-181.
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doble para santa Rosalía, el más solemne con que la Iglesia Católica podía
celebrar a un santo, que demuestra la importancia de la ermitaña para los
jesuitas de la Colonia.232
En suma, las distintas manifestaciones en torno a la anacoreta surgidas
en Nueva España en el siglo xviii revelan que la devoción se desarrolló de esta
manera: en una primera etapa sólo se le solicitaba salud y se recordaban sus
principales prodigios (como se observa en la Oración y la pintura de Santa Ro-
salía peregrina de Luis Berrueco). En un segundo momento, varios creyentes
confirmaban la potestad de Rosalía (la obra pictórica de Manuel Talavera y la
Novena); y, finalmente, se ensalza su figura por sus virtudes, que reflejaban
su santidad, y se le rinden varios honores (los cuadros de Francisco Martínez,
Miguel Cabrera, el grabado de Joseph Nava y el poema de Francisco Javier
Alegre). El punto álgido de esta trayectoria inconclusa lo ocuparía el poema de
Arriola, pues, al ya ser Rosalía conocida por sus milagros, entre los cuales se
encuentra la salvación del guanajuatense de las garras de la muerte, era nece-
sario presentar su vida a profundidad para mostrar a los lectores y oyentes no-
vohispanos qué acciones y virtudes le habían asegurado la entrada al cielo y la
gracia divina. Indico inconclusa, porque a diferencia de otros reinos, provincias
o misiones jesuitas, en el centro de Nueva España no culminó su culto con el
levantamiento de una capilla o una iglesia en su honor, sino las expresiones en
torno a ella tuvieron un carácter menor; además, la expulsión de los jesuitas
coartó los alcances que la devoción pudo tener. Tampoco se logró publicar la
69 hagiografía de Arriola, como sí ocurrió en Palermo, Roma, Amberes y Madrid 69
con las obras de Cascini, Van Dyck y Spucces, donde la impresión de la vida de
la virgen venía a coronar los esfuerzos de la Compañía.
Para finalizar este capítulo conviene señalar que pocos autores se han
preguntado por qué los jesuitas mostraron tanto interés por santa Rosalía.
Según Borrego Gutiérrez, los jesuitas alentaron y dirigieron el culto a la vir-
gen luego de que algunas órdenes religiosas de Palermo, incluyendo a la
Compañía, estuvieron buscando por algún tiempo “un santo al que asignar
el papel de protector de la ciudad”233 y el redescubrimiento de Rosalía fue el
momento oportuno para dárselo a los panormitanos. Desafortunadamente,
la investigadora no desarrolla más esta idea: la necesidad de la virgen como
protectora de la ciudad, que al ponerla en su contexto tiene sentido. Cabe
aclarar que contrario a lo que se ha difundido, el interés de los jesuitas por
la santa era anterior a 1624, pues como se ha mencionado, ya desde 1619
Octavio Caietani preparaba sus noticias sobre Rosalía y dos años antes, en
1617, había publicado su Idea operis de vitis Siculorum Sanctorum, que con-
tenía varios datos de las vidas y obras apostólicas de los santos sicilianos,
entre ellos, la ermitaña.
Si se toma en cuenta que los panormitanos enfrentaban año con año
constantes catástrofes naturales –incendios, sequías, terremotos, erupcio-
nes del Etna, hambrunas y epidemias–, se entiende por qué necesitaban un
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ser que los resguardara y por qué distintas órdenes religiosas buscaban un
santo protector para la ciudad, pues como apunta Lenice Rivera, “más que
los problemas políticos y de gobierno, las mayores preocupaciones de los
sicilianos giraban en torno a las dificultades económicas y los desastres na-
turales”.234 La peste no era un fenómeno nuevo para Palermo; los terremotos
también eran frecuentes: en 1693 se presentó el más nefasto para Sicilia,
por el que santa Rosalía se hizo acreedora al título de protectora contra los
sismos, ya que se invocó su ayuda en el desastre natural ocurrido el 11 de
enero de ese año. En las primeras décadas del siglo xviii se siguió evocando
este suceso y se compusieron oraciones para solicitar su intercesión duran-
te tales desastres. El hallazgo de las reliquias encajó perfectamente con las
necesidades de los panormitanos, ávidos de un sostén religioso, y coincidió
con las indagaciones de la Compañía, iniciadas años atrás en Palermo, en
las que se intentaba rescatar y divulgar aquellas vidas santas, virtuosas y
ejemplares sicilianas que impulsaran la fe y fueran un soporte espiritual para
el hombre. La propagación de este tipo de modelos era intrínseca a la orden,
ya que los ignacianos promovían con ahínco una vida virtuosa para alcanzar
la salvación.
A partir de estos datos, la idea de Borrego cobra sentido, pues las di-
ficultades de los panormitanos eran las que movían a las diferentes órdenes
de la época para encontrar un santo protector, y agregaría que, en el caso de
los jesuitas, esta búsqueda también respondía al programa que seguía su or-
70 den: difundir vidas ejemplares y modelos de comportamiento. La situación no 70
era diferente en Nueva España, en especial en la Ciudad de México y Puebla,
donde apareció la mayor cantidad de demostraciones de fervor en torno a la
ermitaña, debido a que ambas ciudades estuvieron a merced de distintas epi-
demias y temblores a lo largo del siglo xviii, por lo que las facultades de la san-
ta coincidieron exactamente con las necesidades de diversos novohispanos.
Asimismo, por sus virtudes, sirvió como modelo de vida para distintas órdenes
de Nueva España. Monjas, beatas y mujeres laicas se identificaron con la vida
de la anacoreta, ya que profesaba el silencio, la obediencia y la penitencia. La
Vida de Arriola se centraba en las virtudes de Rosalía, en vez de sus milagros,
ya que, según su ideología, la práctica de diversos ejercicios que manifestaran
las virtudes del ser humano aseguraba su salvación.
Otra de las razones por las que los jesuitas pudieron impulsar el culto
de la ermitaña es que la Compañía fue una de las agrupaciones más activas
en las reformas católicas y siempre se mostró leal al pontífice, por lo que su
proceder en el culto de santa Rosalía pudo ser un medio para llevar el pensa-
miento de la Contrarreforma a distintas partes de Europa y de América; de esta
forma ganaban terreno frente al protestantismo, que cuestionaba la función
de los santos y la de ciertos ritos de la Iglesia católica (por ejemplo, la euca-
ristía). Con sus acciones, los ignacianos fortalecían la visión de los santos
como modelos de santidad e intercesores de los hombres propugnada por el
Concilio de Trento. Las manifestaciones religiosas, artísticas y literarias sobre
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236. Para analizar la estructura de Vida me baso en la propuesta de Fernando Baños Vallejo (Las
vidas de santos en la literatura medieval española, Madrid, Laberinto, 2003, pp. 108-109), quien a
partir del análisis de varias hagiografías propone un armazón básico del relato hagiográfico, en el
que sigue el modelo secuencial de Claude Bremond (“La lógica de los posibles narrativos”, en Aná-
lisis estructural del relato, 6ª ed., México, Coyoacán, 2002). La secuencia es la unidad superior que
integra las funciones o motivemas, es decir, los rasgos o funciones invariables en una historia. Se
compone de tres partes: la primera abre la posibilidad del proceso; la segunda realiza la virtualidad
en forma de conducta o en acto, es decir, se desarrollan esas posibilidades; la tercera y final cierra el
proceso, donde se observan los resultados alcanzados. Baños Vallejo presenta varias hagiografías
con una sola secuencia, como las de santo Domingo de Silos, san Ildefonso y santo Domingo de
Guzmán; y otras, sobre todo en las que la protagonista es una mujer, con dos secuencias: es el caso
de las leyendas de María Magdalena y María Egipciaca. Según Bremond, las secuencias se pueden
unir mediante tres posibilidades: unión por continuidad, por enclave y por enlace (véase Bremond,
op. cit., pp. 100-101). En las vidas de dos secuencias que Baños estudia sólo muestra relaciones por
continuidad, no por enclave ni por enlace. Al primer tipo de unión corresponde el poema de Arriola y
la estructura de su Vida es similar a las leyendas de Magdalena y María Egipciaca.
237. Fernando Baños Vallejo, op. cit., p. 109.
238. Véase déc. 13, i.
239. Vv. 229-230, i.
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altares a Dios.240 Por si fuera poco, las primeras palabras que salieron de su
boca fueron Jesús y María.241 En esta caracterización de su niñez está presen-
te el tópico del “niño viejo”, que consiste en mostrar a los infantes más sabios
que los adultos, interesados en el estudio o la oración más que en juegos y
risas. Cabe indicar que el autor es muy preciso al momento de señalar la fecha
en que nació la virgen, 6 de octubre de 1129, y los años que transcurren hasta
que deja la niñez.242 A partir de ahí, la información sobre el tiempo empieza a
ser vaga. Por su padre Sinibaldo se sabe que aún no había cumplido 15 años
cuando escapó de palacio y decidió vivir en Quisquina.243
En la juventud de Rosalía244 es cuando esas señales de virtud desapa-
recen para dar lugar a su vida licenciosa, pues la costumbre que tenían sus
progenitores de adornarla y vestirla ricamente pronto encontró gusto en el co-
razón de la joven.245 La secuencia que se origina a partir del apego de Rosalía
a los adornos se puede representar de la siguiente manera:
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1.1.1 Jesús le pide que reciba la Eucaristía, renuncie a la vanidad y haga voto
de castidad (déc. 66, I)
2. Proceso de perfeccionamiento (canto cuarto del primer libro hasta el décimo
del tercero)
2.1 Desprecio de galas y adorno. Cambia su traje por uno varonil, sin aderezos
(décs. 85-86, I); además se corta el pelo (décs. 80-84, I)
2.2 Confesión de sus culpas para recibir la comunión (déc. 100, I)
2.3 Ascesis:
2.3.1 Primer retiro: una habitación de palacio, alejada de la vida cortesana
(déc. 162, I)
Medios: oración y negación al matrimonio con Balduino
2.3.2 Segundo retiro: cueva de Quisquina (“Libro segundo”)
Medios: soledad, contemplación, oración, ayuno, inclemencias y
alabanzas
2.3.3 Tercer retiro: cueva del Pellegrino (“Libro tercero”)
Medios: penitencia (disciplinas y cilicio), dormir poco, oración, ayuno,
soledad y enfermedad
2.4 Práctica de virtudes: obediencia, humildad, paciencia, fe, esperanza, tem-
planza y fortaleza
2.5 Enfrentamientos con el Diablo
3. Éxito. Santidad probada
3.1 La Virgen permite a Rosalía cargar al niño Jesús (décs. 213-214, I)
74 3.2 Dos ángeles la transportan de palacio a Quisquina y uno de Quisquina 74
hacia la gruta del Pellegrino (primeros cantos del libro segundo y tercero)
3.3 Ángel de la guarda cura sus heridas (canto 12, II)
3.4 Jesús ofrece su cuerpo y sangre (cantos 10 y 14, II)
3.5 Lactación de Rosalía (canto 14, II)
3.6 Ángeles le sirven manjares (canto 9, III)
3.7 Extremaunción por Cirilo, quien constata su santidad (canto 12, III)
3.8 Muerte: en brazos de María y de la mano de Jesús (canto 15, III)
246. Esta vía consiste en “el esfuerzo personal y fatigoso que, sostenido por la gracia de Dios, el
cristiano debe llevar a cabo para alcanzar la perfección sobrenatural” (Ermanno Ancilli, Diccionario
de espiritualidad, Barcelona, Herder, 1987, p. 172), perfección que indica la unión con Dios.
247. Ibid., p. 173.
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quia un anillo, símbolo de sus nupcias, por las que la virgen se compromete a
serle fiel a su amado.248 En ese desposorio, que tiene lugar en el canto quinto,
Rosalía se entrega a Cristo: todo su ser, cuerpo, alma y voluntad son ahora
de su Esposo. La sublimación amorosa, comparada con el lazo matrimonial,
viene de una larga tradición y los escritores recurrían a ella para exaltar la
entrega total de los desposados. La nueva vida implica la modificación de sus
costumbres y también la práctica constante de la penitencia y la mortificación.
Su lucha se dilata hasta el día de su muerte: lucha contra el mundo terrenal, la
voluntad de sus padres, el Diablo, etcétera.
En ese proceso de perfeccionamiento, la penitencia es el instrumento
para el perdón de los pecados; mientras la mortificación frena la natural in-
clinación del hombre al deseo de satisfacción, tendencia que lleva al pecado
y a la imperfección. Ambos, penitencia y mortificación, son manifestaciones
del ascetismo, camino que la virgen elige para lograr el perdón y la salvación
de su alma. La reclusión y el eremitismo de Rosalía derivan de su necesidad
de expiar sus culpas y también de su afán por disciplinar su cuerpo para po-
der alcanzar la perfección. Ante la oposición de sus padres, para quienes la
exaltación de la belleza y el matrimonio son las normas que debe seguir una
mujer de alcurnia, Rosalía decide aislarse en una habitación de palacio con
el objetivo de alejarse de las costumbres cortesanas, fuentes de tentación,
y también se niega al matrimonio que le impone Sinibaldo. En ese recinto se
dedica a la oración, que practica para abandonarse en el Señor. El ascetismo
75 de la virgen se manifiesta en mayor medida en su peregrinación por las cuevas 75
de Quisquina –segundo retiro– y la del Pellegrino –tercero. Esa vida errante
tiene una función purificadora, pues Rosalía renuncia voluntariamente a una
vida placentera al lado de su familia y acepta aquellos sufrimientos que Dios le
ha asignado; por su abandono, confianza y esperanza, la voluntad del Creador
la purificará y liberará su cuerpo de las tentaciones terrenales.
Las palabras de Jesús: “yo te busco solitaria / y anacoreta te quiero”,249
también indicadas en el título del poema: “solitaria anacoreta”, son las pre-
misas bajo las cuales Rosalía estructura su vida peregrina, y en la decisión
de abandonar el palacio muestra una de sus mayores virtudes: la obediencia
(recuérdese que ésta era uno de los preceptos fundamentales de los jesuitas).
Las prácticas penitenciales a las que la ermitaña recurre son el ayuno, la vigi-
lia, disciplinas, cilicio y exposición de su cuerpo a las inclemencias del espacio
(dureza del lecho, animales ponzoñosos, maleza) y del clima de las cuevas
(frío y oscuridad). La penitencia y mortificación ayudan a alcanzar la santi-
dad a Rosalía y favorecen la exteriorización de sus virtudes. Aquellas tenden-
cias malas de su espíritu –su orgullo y amor propio– se anulan y aflora su fe,
humildad y obediencia. Asimismo, dominar sus sentidos, pasiones y corazón
propicia su templanza, fortaleza y paciencia. El ascetismo de Rosalía tiene sus
recompensas, pues, debido a sus sacrificios, su alma se vuelve sensible a la
presencia divina y recibe diversos obsequios de Jesús y María; entonces tiene
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je) hacen de Arriola un narrador muy moderno, pues entra y sale de la narra-
ción cuando lo desea. A lo largo del poema, su carácter omnisciente le permi-
te insertar diversas máximas jesuitas referentes a la obediencia, humildad y
efectividad de la retórica del llanto, con la intención de edificar a sus lectores.
Por el título y el contenido de la obra, ésta se ubica dentro del tipo de
hagiografías que, a decir de Antonio Rubial, buscan la ejemplaridad por me-
dio de “comportamientos morales”.253 Las leyendas anteriores de la santa se
ocupaban tanto de su vida como de sus milagros y reliquias (recuérdense los
textos de Cascini, Spucces, Calasibeta, San Bernardo y Rincón), pero a Arriola
le interesaba más destacar aquellos episodios que reflejaban sus virtudes; por
ello la obra no se centra en los milagros post mortem254 ni en las reliquias. Él
intentaba hacer un modelo para “enseñar y promover acciones virtuosas”255
en los lectores u oyentes novohispanos. El poema se aparta de un segundo
tipo de “vidas” que muestra numerosos milagros con la intención de impulsar
la veneración de un santo: “los conventos, repartidores y poseedores de las
reliquias milagrosas y principales beneficiarios del carisma de los siervos de
Dios, fueron los principales promotores de este tipo”.256 Cuando Arriola com-
puso su poema, Rosalía ya era reconocida como la protectora contra la peste
y los temblores en Europa y Nueva España, por eso no era necesario divulgar
sus milagros y alabar sus reliquias.
Si bien en la décima 5 del primer libro se indica que la protección de la
santa evitó la muerte de Arriola, por lo que en agradecimiento el guanajuaten-
77 se compone la obra; así, una vida que le debía con otra le pagaba; éste es el 77
único milagro post mortem que aparece en el poema, en el que la anacoreta
se vuelve una intermediaria para que el jesuita reciba un beneficio. En el texto
aparece otra clase de milagros, en los que Jesús y María ayudan a Rosalía
como resultado y obsequio de su vida virtuosa y penitente, pero Rosalía no
opera ningún milagro a terceros in vita. Los prodigios que realiza vienen des-
pués de su muerte y por lo regular están asociados a sus reliquias; de estos
milagros se ocupan otras obras, como ya se ha indicado, mas no la de Arriola.
La elección de la décima para exponer la vida y virtudes de la anacore-
ta apoya el carácter didáctico y edificante que Arriola buscaba en su poema,
pues como señala Rudolf Baehr, la décima, aunque “no está limitada a deter-
minados asuntos”, “representa una forma de poesía didáctica y dramática”.257
Además, al poder usarse “como unidad estrófica en conjuntos extensos”,258
posibilitó a Arriola tejer y desarrollar con agilidad varios episodios de la vida
de la virgen. La obra pretendía enseñar y educar a un público religioso y laico,
en el que se encontraban los jesuitas –los receptores inmediatos del poema–,
253. Antonio Rubial García, La santidad controvertida. Hagiografía y conciencia criolla alrededor de
los venerables no canonizados de Nueva España, México, unam-fce, 1999, p. 77.
254. Los milagros son beneficios extraordinarios o sobrenaturales recibidos por algún individuo o
colectividad debido a la intervención de un santo o la Virgen María. Los hay in vita –en vida– y post
mortem –después de la muerte (Fernando Baños Vallejo, op. cit., pp. 71-76).
255. Antonio Rubial García, op. cit., 1999, p. 74.
256. Idem.
257. Rudolf Baehr, Manual de versificación española, Madrid, Gredos, 1997, p. 301.
258. Idem.
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aquella manera ingeniosa con que el poeta dice las cosas, la cual
pende [...] del ingenio y de la fantasía del mismo poeta; y si quere-
mos ahondar más en la esencia del artificio, hallaremos que todo
consiste en los tropos y figuras bien manejados. Una viva metá-
fora, una alegoría bien aplicada, una comparación expresiva, una
repetición oportuna, una apóstrofe, una interrogación y otras cosas
semejantes bastan para adornar vistosamente la materia y hacerla
bella y deleitosa.260
259. Las marcas de fuego en los manuscritos existentes de la Vida de Arriola indican que estuvieron
en las bibliotecas de los dieguinos (ms. M) y de la Congregación de San Felipe Neri (ms. L).
260. Ignacio de Luzán, op. cit., p. 141.
261. San Agustín de Hipona, Doctrina cristiana. Obras, T. 15, Madrid, Católica, Biblioteca de Autores
Cristianos, 1959, pp. 263-267.
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269. V. 461.
270. Vv. 471-480, I.
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49
Destrenzó el rubio cabello
cuyas enrizadas hebras,
o son doradas culebras
que iban a enredarse al cuello,
o son hermoso destello
de tanto rayo lucido
que a costa de lo encendido,
en no pocas ocasiones,
para abrasar corazones
guarda en su aljaba Cupido.
50
El pelo en ondas deshecho,
que a orden rendirse no sabe,
surcaba dentada nave,
de la mano el timón hecho;
la quilla en rumbo derecho,
82 que hace en su fineza ensayos, 82
deja sin temer desmayos
ni sentir sutiles quiebras,
o la luz deshecha en hebras
o el sol liquidado en rayos.271
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
272. Mateo de Vendôme, “Matthew of Vendôme: Introductory treatise on the art of poetry”, Proce-
edings of the American Philosophical Society, Ernest Gallo (ed. y trad.), núm. 118, 1974, p. 52 y 67.
273. Vv. 501-510, I.
274. Real Academia Española, Diccionario de Autoridades [en adelante, DA], (1726-1739), s. v. bayal.
Consultado en http://buscon.rae.es/ntlle/Srvlt GUIMenuNtlle?cmd=Lema&sec=1.1.0.0.0.
275. Véase nota al verso 504, I.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
su Retórica, elogia el uso que Isaías hace de la enumeración, pues, para aver-
gonzar la vanidad de las mujeres de Jerusalén, su “agregamiento” de cosas es
“igualmente hermoso que penetrante”:276
276. Gregorio Mayans y Siscar, Retórica, Antonio Mestre Sanchis (ed.), Jesús Gutiérrez, (Pról.), T. 3,
Valencia, Ayuntamiento de Oliva, 1984, p. 424.
277. Isaías 3:16-23.
278. Juan Formento, Vida, milagros y invención del sagrado cuerpo de la Real Águila Panormitana
Santa Rosalía, Palermo, Andrea Colicchia, 1663, p. 11.
279. Juan de San Bernardo, op. cit., p. 15.
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280. Vv. 1-4; Luis de Góngora, Sonetos completos, Madrid: Castalia, 1985, p. 125.
281. Juan de San Bernardo, op. cit., p. V.
282. San Agustín de Hipona, op. cit., p. 311.
283. Lucas del Rincón, op. cit., p. 7.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
53
Puso en el cristal los ojos
y, en vez de mirarse a sí,
miró en rojo carmesí
tintos sangrientos despojos.
Miró entre corales rojos
correr tormenta a su dueño,
mas, aunque vio en el diseño
un leño, como era afrenta,
sacó que fue en la tormenta
su mayor borrasca el leño.
54
En un madero clavado
vio a Cristo, entre los cristales,
vertiendo rubios corales
86 de manos, pies, y costado. 86
¡Válgame Dios, qué turbado
quedaría su pecho!, al fin,
viendo en tan triste jardín,
que labraron golpes crueles,
brotar purpúreos claveles
entre nevado jazmín.285
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
que tocaran los afectos del auditorio y para eso el escritor debía dominar di-
versos recursos retóricos, pues tenía que describir las cosas con expresiones
tan vivas como si se estuvieran viendo, ya que estremece más lo que se ve,
que lo que se oye. Arriola elabora una pintura vívida de la crucifixión de Jesús.
Del tópico de “Jesús crucificado”, el poeta retoma las partes que simbolizan la
Pasión de Cristo: manos, pies y costado. La figura clavada en la cruz descon-
cierta y altera a Rosalía, pues, a decir de Lucas Rincón, “no se le apareció glo-
rioso por no enamorarla con su gloria; mostrósele sí herido, que los tormentos
son el crisol de la fineza, y sola la muerte de un Dios pudiera rendir aquel noble
corazón”.286 La presencia lacerante de Jesús busca mover el espíritu de la pro-
tagonista. En los versos 535-540 se repite el tema del jardín para representar
la condición lastimosa de Jesús: los claveles simbolizan su sangre y el jazmín
su blanca piel. A lo largo de Vida, Arriola recurre a diversos juegos cromáticos,
muy del estilo de Góngora; privilegia los colores que contrastan, como el rojo
sobre el blanco que se encuentra en los últimos dos versos de la décima 54. El
mismo tópico reaparece en la décima 57, donde la piel de Jesús se simboliza
con una azucena cubierta por un clavel rojo: su sangre.287
El discurso de reprensión de Jesús comprende cuatro décimas y se
apoya en la anáfora. La repetición de “mira” al inicio de cada décima o en
la parte media tiene la finalidad de captar la atención de Rosalía y dirigir su
mirada hacia el cuerpo herido de Jesús. Además, la anáfora permite a Arriola
hilar el discurso y hacerlo armonioso. A decir de Mayans, la anáfora de ver-
87 bos es de las más elegantes y efectivas;288 así, el verbo “mirar”, conjugado en 87
imperativo, da fuerza y gravedad a las sentencias pronunciadas por Jesús,
manera en que su juicio se vuelve incuestionable y obliga a Rosalía a cam-
biar su conducta. El discurso inicia con un reclamo, en el que se califica de
ingrata la actitud de la virgen:
56
“Cruel (dijo) desconocida,
que estás a tus gustos dada,
de mi dolor olvidada
y en tus placeres hundida.
Mírate bien, por tu vida
desleal, infiel, sin consejo,
en este quebrado espejo,
y en sus fragmentos verás
que a los golpes que me das
con justa razón me quejo.
57
”Mira esta púrpura roja,
que desangrando las venas
286. Lucas del Rincón, op. cit., p. 7.
287. Vv. 562-564, I.
288. Gregorio Mayans y Siscar, op. cit., p. 436.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
61
“¡Oh, mi Dios!”, rompió los labios,
y dijo: “bien considero,
que en este tosco madero
os han puesto mis agravios.
Vuestros pensamientos sabios
bien conocerán –decía
casi sin voz Rosalía–
que quiero entregarme a vos,
y por ser vuestra, mi Dios,
quiero dejar de ser mía.295
64
”Señor, tu gusto ignorarlo
no es mi gusto, para hacerlo,
que cuanto tú en proponerlo,
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
tardaré en ejecutarlo.
Mi albedrío al tuyo ajustarlo
deseo, para que el mal huya,
que como tu gracia influya,
mejorando de albedrío,
tu querer ha de ser mío
y mi voluntad, la tuya.296
65
”Por cierto puedes tener,
salvo mi infeliz desgracia,
que si me ayuda tu gracia,
te tengo de obedecer.
Mujer soy, pero mujer
que sabré honrar tus altares,
que soy débil no repares;
tu gusto será mi asunto,
y no he de salir un punto
de lo que tú me mandares”.297
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
Manuscritos
300. Luis Astey V., Procedimientos de edición para la Biblioteca Novohispana, México, El Colegio de
México, 1985, p. 14.
301. Por economía, a cada ms. se le asignó una letra, que corresponde con el nombre de la biblioteca
donde se encuentra el documento. También al fragmento impreso se le asignó una sigla que coinci-
de con la primera letra del apellido del editor.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
Ms. J: Jesús García Gutiérrez, “Visión que tuvo Santa Rosalía al mirarse en un
espejo”, en Poesía religiosa en México (siglos xvi a xix) (pp. 82-87),
México, cvltura, 1919. Las décimas editadas pertenecen al primer
libro: décimas 53-62.
Se deben sumar a los anteriores tres códices más que se supone existen, se-
gún Klaus Schreiber, en la Biblioteca del Estado y Universitaria de Hessen (Ale-
mania), bajo la signatura Hs 2313, Hs 2314 y Hs 2569.302 Aunque se intentó dar
con el paradero de los manuscritos, hasta ahora los únicos datos que se han
hallado sobre éstos proceden de la descripción de Schreiber, quien también
sitúa otro códice de Vida en Butler Library de la Universidad de Columbia, en
Nueva York.303
92 Para conocer sobre la materialidad de los testimonios utilizados en la 92
edición, a continuación se anotan algunas de las características codicológicas
más significativas de los nueve manuscritos.304 Así, el manuscrito A se halla en
la Colección Federico Gómez Orozco de la Biblioteca del Museo Nacional de
Antropología e Historia “Doctor Eusebio Dávalos Hurtado”, con la clasificación
“Ms. G. O. 102”; consta de 127 folios, cuya numeración se hizo recientemente
con lápiz. Data de la segunda mitad del siglo xviii y, según el exlibris que tiene,
perteneció al bibliófilo José Fernando Ramírez y más tarde, de acuerdo con
la nota de la cubierta, al librero José María Andrade, quien heredó parte de
su biblioteca a su sobrino, el canónigo Vicente de P. Andrade. Posteriormente
pasó a manos de Federico Gómez Orozco, quien compró parte de la biblioteca
al canónigo. Es posible que las anotaciones con bolígrafo azul en el ms. se re-
monten al tiempo en que Gómez Orozco lo tuvo –durante la primera mitad del
siglo xx–, pues su ms. sirvió de base para la edición Décimas de Santa Rosalía,
de Alfonso Méndez Plancarte. Con bolígrafo azul se escribió y sobrescribió al
margen de los versos o en algunas palabras del ms., ya para modificar el orden
de los términos o para cambiar su sentido.305 A la muerte de Gómez Orozco, la
302. Manuel I. Pérez Alonso (ed.), La Compañía de Jesús en México: cuatro siglos de labor cultural,
México, Jus, 1972, pp. 521-524.
303. En el catálogo en línea de la Biblioteca de la Universidad de Columbia no aparece registrado el
ms. de Arriola.
304. Para la descripción codicológica utilicé los manuales de Elisa Ruiz García, Manual de codico-
logía, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1988; e Introducción a la codicología, Madrid,
Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2002.
305. Por ejemplo, en la décima 248 del primer libro se anota sobre el último verso “3 1 2”, de manera
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
que “comenzó la estrella a oler”, se debe leer “la estrella comenzó a oler”; en la décima 250 del mismo
libro, en el séptimo verso se sobrescribe “en” arriba de “des”, así se lee “enojos”, en vez de “despojos”.
306. Magnus Lundberg, “Las actas de los tres primeros concilios mexicanos. Historia diplomática y
estudio de su itinerario”, AHIg, núm. 15, 2006, pp. 259-268; Felipe Meneses Tello, “La problemática
de las bibliotecas personales de insignes estudiosos mexicanos”, reproducido en Coordinación Ge-
neral de Estudios de Posgrado unam, 2012, pp. [3-4]. Consultado en http://www.posgrado.unam.mx/
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
publicaciones/ant_omnia/27/11.pdf
307. Los datos que a continuación apunto sobre los mss. B1 y B2 proceden de su respectiva ficha de
catalogación, disponible en la página web de la Biblioteca Bancroft, y de la copia microfilmada que
solicité a la Universidad de California para esta publicación.
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
sola mano, de un copista con oficio que utilizó pocas grafías duplicadas, mí-
nimos arcaísmos gráficos, abreviaturas y cultismos. Se usó tinta negra en el
testimonio, ahora degradada a color café oscuro en la mayoría de los folios y
en otros, a sepia.
El manuscrito G se halla en la Biblioteca de la Sociedad Mexicana de
Geografía e Historia “Benito Juárez”, bajo la signatura “Ms. 92: 20 A”; tiene 96
folios, aunque se encuentra sin foliar. Desde hace algunos años, esta biblio-
teca se encuentra cerrada, por lo que resulta difícil consultar directamente el
ms.; sin embargo, gracias a la gentileza del doctor Ángel Fernández, quien en-
contró este ms. en ese fondo mientras hacía una investigación sobre literatura
mexicana y, con la autorización correspondiente, lo fotocopió en octubre de
1999 y febrero de 2001, pude consultar una copia clara. También a él se deben
los siguientes datos sobre el origen del ms., así como el informe acerca del es-
tado del códice: en 1955, la Sociedad compró la biblioteca del presbítero José
Castillo y Piña; entre los bienes de su biblioteca se encontraba este ms. Desde
entonces, forma parte del acervo de la biblioteca de la Sociedad, como lo in-
dican los sellos “biblioteca | de la | sociedad de geografía y estadística |
―de― | méxico” y “biblioteca | -de la- | -sociedad mexicana de- | geografía
y estadística | méxico, -d.f.”, que se hallan en los ff. [1r], [2r], [3r], [4r], [5r], [6r],
[7v], [13r], [16v], [17r], [24r], [52r], [56r], [61v], [66r], [94v] y [95v]. En el margen
superior externo del f. [1r] aparece la clasificación, “92: 20 A [escrita a mano]”,
y en el margen superior interno, el número de registro del ms. y la fecha en que
95 se registró, “23970 | 1963 [escrito a mano]”. Ambos datos se encuentran en el 95
f. [2r], en la misma disposición, más un sello con la fecha “11 mayo 1990”, que
aparece debajo de la clasificación, en forma vertical. A la mitad de los ff. [1v] y
[37r] aparece otro sello, con la siguiente signatura: “21785”, seguramente otro
número de registro del ms. El soporte del códice es papel de trapo (in 4º; me-
didas 192 x 140 mm. aproximadamente). Es un ms. completo y se encuentra
sin encuadernar, sólo está cosido. Tiene tinta negra, con letra humanística y de
una sola mano; se usan abreviaturas, algunos cultismos y arcaísmos gráficos.
Las composiciones dentro de los ff. están bien distribuidas y cuidadas, lo cual
evidencia un copista experimentado. La portada y los títulos están decorados,
ya sea con sombreados, remates, subrayados, cursivas o alternancia de ma-
yúsculas y minúsculas. La organización de cada una de las partes del poema,
incluyendo el panegírico, así como los datos apuntados en la portada, remiten
a la disposición que se hacía de esos elementos en un impreso de la época. La
apariencia del ms. sugiere que así podría haberse presentado el texto que la
Compañía de Jesús deseaba publicar.
El manuscrito L se encuentra en la Biblioteca “José María Lafragua”, con
la clasificación “Ms. 41132”; tiene 194 folios y conserva foliación original. Data
de mediados del siglo xviii, aunque se ignora la fecha exacta de elaboración;
por las fechas de las ilustraciones que lo acompañan (1757 [imagen de santa
Rosalía] y 1766 [imagen de la Virgen de Guadalupe])308 debió ser creado en la
segunda mitad de esa centuria. El ms. perteneció al acervo de la congregación
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
de San Felipe Neri, según la marca de fuego situada en la cabeza del ms. (arri-
ba corona de tres picos y abajo un corazón). Luego pasó al Colegio Carolino,
que, en 1825, cambió de nombre y asumió el de Colegio del Estado de Pue-
bla,309 cuyo sello aparece en los ff. 3r, 100v y 191v. El sello es de forma ovalada
y tiene la siguiente leyenda: “librería del colegio | del estado | de puebla”.
En 1885, la biblioteca del Colegio del Estado recibió el nombre de Biblioteca
“José María Lafragua” y desde entonces el manuscrito ha estado en su poder.
El ms. se encuentra completo y es uno de los testimonios mejor conservados;
el soporte es papel de trapo (in 4º; medidas: 205 x 150mm), con una filigrana
de pegasos constante en todo el papel, lo cual sugiere que la ejecución de esta
copia fue planeada, pues el copista desde el principio se proveyó de un mismo
tipo de papel y tenía la cantidad suficiente para preparar la transcripción. El
códice cuenta con una encuadernación de cubiertas flexibles de pergamino
color café claro (medidas: 210 x 155 mm. 30 mm). Tiene vestigios de tiras de
cuero para cerrar el ejemplar y posee foliación original escrita con pluma en
tinta negra, ahora degradada a color café oscuro, con números arábigos en el
margen superior externo. El análisis paleográfico reveló que la letra es huma-
nística y de una sola mano, de un copista avezado que conocía bien su oficio,
pues organiza cuidadosamente el contenido en sus ff.; además, usa de mane-
ra uniforme diversas abreviaturas, cultismos y arcaísmos gráficos.
El manuscrito M se ubica en el Fondo Reservado de la Biblioteca Na-
cional de México, en la Colección Manuscritos, bajo la signatura “Ms. 1784”;
96 cuenta con 184 folios y aún conserva foliación original. Data del siglo xviii y 96
perteneció a la biblioteca del Convento de San Diego de la Ciudad de México,
según la marca de fuego en la cabeza y el pie (“So D”).310 Debido a la Ley de
Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos, la biblioteca de los dieguinos se
remitió a la Biblioteca Nacional de México en 1859;311 desde entonces, el ma-
nuscrito ha formado parte de su acervo, como lo indica el sello “Biblioteca
Nacional. || México.” que se encuentra en los ff. 2, 13, 20, 30, 40, 51, 52, 60, 66,
76, 80, 86, 90, 91, 100, 113, 118, 127, 133, 136, 138, 147, 157, 167, 177 y 183. En
el margen superior externo del f. 1r hay una signatura, “009320 | Inv. 83”, que
señala la fecha en que se catalogó el manuscrito: 1983. El análisis del soporte
del códice revela que es papel de trapo (in 4º; medidas: 204 x 150 mm); asi-
mismo, que tiene tres filigranas distintivas: una de corona y dos de círculos,
lo cual muestra que el manuscrito se elaboró con distintos tipos de papel.
Hay marcas de polilla en la parte superior, media e inferior de los ff., desde el
f. 1r hasta la contraguarda; y marcas de oxidación en los márgenes externos
de los ff. El ms. fue refinado y debido a esto se perdió parte de la numeración
309. Ignacio Osorio Romero, Historia de las bibliotecas novohispanas, México, Secretaría de Edu-
cación Pública, 1986, pp. 204-205; Ignacio Osorio Romero, Historia de las bibliotecas en Puebla,
México, Secretaría de Educación Pública, 1988, pp. 71-73 y 87-89.
310. Véase tercera marca en Carlos Manuel Krausse, “Convento de San Diego. Ciudad de México”,
Marcas de fuego. Catálogo, México, Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, 1989, p. 66.
311. Juan Ramón de la Fuente et al., La Biblioteca Nacional, triunfo de la República, México, unam,
2006, pp. 57-68; Minerva Elena Guerrero Martínez, Catálogo de la Biblioteca del Convento de San Die-
go de México, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia-Universidad Nacional Autónoma
de México, 1991, p. 17.
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
original, que fue hecha con pluma de tinta negra, degradada a sepia, con nú-
meros arábigos en el margen superior externo. Aparece también una foliación
moderna con números arábigos en el mismo margen y regularmente debajo de
la numeración original; se hizo con color rojo. Respecto a la encuadernación,
tiene cubiertas rígidas de piel sobre cartón, de color marrón con pinceladas
irregulares de un color café oscuro que sirven de decoración (medidas: 210
x 155 mm). Los tres cantos conservan la pintura dorada con la que fueron
teñidos y tienen grabados de flores, lo cual indica que se trata de un ms. bien
conservado, cuidado y que fue elaborado para uso de un grupo selecto. Según
el análisis paleográfico, la letra es humanística y de una sola mano; en este
testimonio se usan numerosas abreviaturas de la época, cultismos, arcaísmos
gráficos y acentos agudos y circunflejos, lo cual sugiere que el copista era
experimentado y culto.
El fragmento manuscrito N es un legajo sin coser que se ubica en el
Archivo General de la Nación, en el ramo Temporalidades, con clasificación
“2018-3” y que consta de tres folios. Los documentos que se localizan en este
ramo tratan sobre la expulsión de los jesuitas y la ocupación de sus tempo-
ralidades, es decir, sus bienes materiales, por lo cual se puede inferir que este
fragmento es un intento inconcluso por copiar la Vida de Arriola antes de la ex-
pulsión de la Compañía de Jesús. La tinta del fragmento es negra, degradada a
café oscuro; la letra es humanística y de una sola mano; la escritura está apo-
yada sobre renglón y presenta ornamentaciones, como realces y decorados
97 con sombreados, remates, cursivas o alternancia de distintos tamaños de le- 97
tra; además de esto, el uso de abreviaturas, de cultismos y arcaísmos gráficos,
así como la distribución adecuada de las 11 décimas transcritas, muestran a
un copista experimentado.
El manuscrito S se localiza en la Bibliothèque de La Sorbonne, en París,
con la signatura “M 1500”; tiene 98 folios con foliación moderna, hecha a lápiz.
Por las notas que aparecen en el ms. también se asumió que este testimonio
era el del Colegio de San Gregorio de México, que consignó Beristáin, e incluso
con tinta y una letra ya casi ilegible se puede leer “agosto 25 de 181[6]”. Lo
curioso de este ms. y que apoyaría la hipótesis de que se trata del ms. de San
Gregorio, es que contiene, junto al poema de santa Rosalía, otra obra de Arriola
que se creía perdida, su glosa al famoso soneto “No me mueve mi Dios para
quererte” (ff. 99-102), lo cual supondría que este volumen estuvo muy cerca
de los originales de Arriola, al punto que dos de las obras del guanajuatense se
pudieron salvar por un copista avezado que las transcribió y conservó juntas.
La cara interior de la cubierta anterior tiene una estampa blanca con la clasi-
ficación del manuscrito: “Bibl. / De /l’université / MS. /1500”; además, hay un
sello en color morado que dice: “biblioteque / de l’université / de france”,
en los ff. 1r y 102v, y en el mismo f. 1r aparece otro sello con la inscripción:
“adquisitions / N2 24515”. Asimismo, en la guarda anterior se indica “Lon-
dres (1880). V. Ramírez 6.th” (con lápiz), lo cual remite a su procedencia: el ms.
fue posesión del bibliófilo José Fernando Ramírez, cuya segunda biblioteca
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
Familia α Familia β
L M A B1 B2 C G S
Portada x x √ √ √ √ √ √
Dedicatoria √ √ √ √ √ √ √ √
312. Erasmo Sáenz Carrete, “José Fernando Ramírez: su último exilio europeo y la suerte de su últi-
ma biblioteca”, Signos históricos, núm. 25, 2011, p. 106.
313. Las cruces indican que el elemento enunciado se omite en el manuscrito que se cita y las palo-
mas que dicho elemento sí se encuentra.
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Nombre del √ √ √ x √ x x x
autor
Protesta √ √ √ √ √ √ √ √
Anagrama de x x √ x √ √ √ √
Arriola
Epigrama de x x √ x √ √ √ √
Arriola
Panegírico √ √ √ x √ x √ √
al inicio o al (final) (final) (ini- (inicio) (inicio) (inicio)
final de la cio)
obra
Título √ √ x √ x √ √ √
Primer libro √ (341 √ (341 √ (342 √ (329 √ (334 √ (334 √ (321 √ (334
con 14 cantos décs.) décs.) décs.) décs.) décs.) décs.) décs.) décs.)
3 sonetos √ √ √ √ √ √ √ √
al final del (final (final (final (final (final (final (final (final
primer libro o del del de la de la de la de la de la de la
al final de la libro I) libro I) obra) obra) obra) obra) obra) obra)
obra
Segundo libro √ (326 √ (326 √ (326 √ (326 √ (325 √ (326 √ (326 √ (326
con 15 cantos décs.) décs.) décs.) décs.) décs.) décs.) décs.) décs.)
99 99
Tercer libro √ (387 √ (386 √ (389 √ (389 √ (389 √ (389 √ (390 √ (389
con 15 cantos décs.) décs.) décs.) décs.) décs.) décs.) décs.) décs.)
Los errores comunes separativos entre las dos familias son los siguientes:
la familia β tiene portadas, lo que no sucede en α; tres décimas más que α
(Vuelve la pluma y retoca, décima 41 en el primer libro; ¿Tú, mi Dios –decía–,
inocente, décima 31 en el tercer libro; Viste soberbio el disfraz, décima 238
en el tercer libro); dos composiciones de Arriola sobre su obra, que tampoco
se presentan en α: “Del autor de la vida en alabanza de tan peregrina Rosa” y
“Del mismo autor Epigramma”; y, finalmente, β distribuye de diferente manera
los tres sonetos y el panegírico. También hay errores comunes conjuntivos en
las dos familias: dedicatoria, protesta, título, división en tres libros, 45 cantos,
tres sonetos y apología se conservan en ambas familias, aunque, como ya se
señaló, en distinto orden; no se conserva el nombre del autor en cuatro inte-
grantes de la familia β, aunque sí aparece en A y B2.
Los miembros de la familia α tienen, a su vez, errores comunes sepa-
rativos, pero son mínimos: una décima más (Madre, Virgen, que en pureza,
núm. 366) en el tercer libro de L, por lo que éste tiene 1 054 décimas en total y
M consta de 1 053; la falta de numeración en las décimas de M, mientras que
L numera todas; el único error de L en la numeración es que omite el número
377 en el tercer libro, así que se salta del 376 al 378, por lo que la numeración
se corre y al cerrar el tercer libro, éste consta de 388 décimas, cuando en rea-
lidad son 387. L y M forman una familia porque tienen más errores comunes
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C Índice
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ser puntual y detallar estos atributos, ofrece una impresión general de la fi-
gura de la joven, a manera de suma o resumen (déc. 40), que desarrolla con
precisión en las tres décimas siguientes (41-43). Sin la déc. 41 la descripción
de Rosalía queda trunca y sobre todo se aparta del modelo tradicional que los
poetas del Barroco seguían para exponer la belleza de la mujer; además, sin
esta composición, los versos 411-412 de la déc. 42 no tienen referente, pues
en ellos se alude a los dos soles que la virgen tiene como ojos, metáfora que
sólo aparece en la décima anterior. No sólo la estructura y el tema justifican
la necesidad de reincorporar la déc. 41 al poema, también el hecho de que ésa
misma aparezca en otra creación del poeta, en su obra de teatro No hay mayor
mal que los celos, donde se encuentran repetidas las décs. 41 y 42 con ligeras
variantes,315 lo cual viene a corroborar que se trata de una composición de la
mano de Arriola y no de un posible añadido hecho por algún copista. Por estos
motivos debe restituirse la décima 41 a su lugar original, como se presenta en
la familia β. Cabe señalar que Arriola suele utilizar en su hagiografía algunas
décimas que ya había usado en su comedia, es el caso de las décimas antes
citadas y de seis más del tercer libro (373 a 378). Algunas presentan cambios,
aunque éstos son mínimos, y otras pasan íntegras de un texto a otro; se trata
de una práctica de intratextualidad (relación entre un texto con otras creacio-
nes del mismo escritor) que solía hacer el guanajuatense.
En el segundo caso, la décima 31 ¿Tú, mi Dios –decía–, inocente del
tercer libro introduce el tema de la décima siguiente (32); en ambas, en un dis-
101 curso directo, Rosalía, mientras se flagela, se cuestiona sobre la injusticia del 101
sacrificio de Jesús en la cruz, lo cual intensifica el pasaje de penitencia que el
poeta viene describiendo en el canto segundo, pues a cada golpe que la joven
se inflige para lavar sus culpas (décs. 29-30 y 33-37) también lamenta, con
mucho dolor e inconformidad, la pena de su Esposo divino (décs. 31-32). La
presencia de la décima 31 en el libro tercero se justifica por el tema (la culpa
del pecador frente a la inocencia y sacrificio de Cristo) y porque en esta com-
posición, al igual que en la siguiente, Arriola recurre a una fórmula de la que
gusta mucho: presentar dos elementos que contrastan, a manera de antítesis,
para mostrar la situación de la protagonista y de su interlocutor: “tú inocente/
yo pecadora; tú padeciendo/ yo delincuente; yo con alma/ tú sin vida” (décs.
31-32). Esta forma la usa en versos anteriores (3091-3092, ii) y posteriores
(1901-1902, iii), por lo que el modus scribendi revela que la décima 31 es de
mano del guanajuatense y no una falsa atribución hecha por la familia β.
Finalmente, la décima 238 Viste soberbio el disfraz del tercer libro mues-
tra al sujeto de la décima 239; sin los referentes del tigre y el lobo, disfraces que
usa el Diablo para atemorizar a Rosalía y que aparecen en la composición 238,
los versos de la siguiente décima no tienen sentido: “Y dos, dice, que es violar/
315. Las variantes entre la décima 41 de Vida y la décima de la obra de teatro se centran en el tercero
y cuarto verso de la composición. En la hagiografía, la preposición “en” que se encuentra en los ver-
sos 403-404 cambia por una “a” en los versos 208-209 de la comedia. El cambio de preposiciones
obedece a una modificación del sujeto de enunciación, pues en Vida es el yo poético quien describe
a Rosalía y en la comedia es el príncipe César quien recuerda la belleza de Rosaura. Por el mismo
motivo, la décima 42 presenta otras variantes en los versos 412, 416 y 418 de Vida y los versos 217,
221 y 223 de la obra de teatro.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
este sagrado que Dios,/ por confundir a los dos,/ quiso para mí labrar”;316 tam-
poco lo tendría el discurso ingenioso que Rosalía usa para alejar a estas bestias
de la cueva, en el que se alude a la voracidad del lobo y las rayas del tigre, atribu-
tos que el poeta había destacado en la décima 238. Para la voracidad del prime-
ro y las rayas del segundo, la ermitaña señala que en su morada no tienen lugar
la gula ni las manchas impuras. Como se ha podido observar, las tres décimas
que omite la familia α son necesarias para comprender tres pasajes de la vida
de santa Rosalía (la descripción de su belleza, su penitencia y su enfrentamiento
con el Diablo), por lo que se deben regresar a su respectivo lugar.
La familia β también tiene errores comunes conjuntivos: portadas, tres
décimas extras y, salvo B1, dos composiciones de Arriola. A su vez, β tiene erro-
res comunes separativos: G, B1 y S no tienen el nombre del autor dentro del
manuscrito, sólo en la portada; A y B2 omiten el título de la obra (debería estar
antes del primer libro, como aparece en los otros testimonios); A reorganiza la
apología de diferente forma, lo que no sucede en otros manuscritos; B1, C y S
no tienen numeradas las décimas y, finalmente, cada códice tiene una cantidad
diferente de composiciones. Como se puede advertir, los testimonios de esta
familia presentan muchas más variantes y diferencias entre sí que la familia α.
Por una nota que aparece al margen inferior del f. 109v de A, se concluye
que este testimonio y G son copias del mismo manuscrito, que aquí denomino
X2: “Nota. La décima 284 está mal colocada aquí, su verdadero lugar es des-
pués de la 293. En el original está duplicada, puesta en uno y otro paraje; pero
102 de aquí se debe quitar, conforme a lo que alumbra el curso del asunto –que lle- 102
van las antecedentes– propuesto” (f. 109v). G duplica la décima La cruel voraz
calentura (iii, 293) como se encontraba en X2; mientras que el copista de A se
percata de esta duplicación y corrige el error del copista de X2. El manuscrito
X2 funge como un subarquetipo de A y G, de ahí que ambos compartan varios
errores comunes conjuntivos. La lección innovadora de A permitió detectar su
vínculo directo con G; sin embargo, debido a que X2 es una copia con varios
errores, lo que evidencia la collatio codicum, el copista de A trata de resarcir-
los, por lo que a su texto se suman nuevos errores.
Los errores separativos más evidentes entre A y G son las omisiones
de décimas que realiza G: en el primer libro, el copista excluye 21 décimas
(243, 245-259, 312-316); en el segundo intentaba hacer la misma operación,
lo que se nota al observar que después de la décima 121 coloca la 146 (Luz-
bel con audaz locura), la cual tiene el número 122 en el margen superior, así
como unas líneas que indican la anulación y una nota al margen que dice “no
vale”. El copista quería suprimir 25 décimas, cantidad similar a la que eliminó
en el primer libro, pero se detiene y regresa a la distribución del manuscrito
X2. En el tercer libro se observa la misma operación que en el segundo: ahora
intenta eliminar 60 décimas; así, después de la décima 10 coloca la 71 (Bate
el aire sin recelo), con el número 11 en el margen superior. Esta décima, al
igual que la del segundo libro, está tachada y con otra nota que dice “no
vale”. La intención de quitar tantas décimas del manuscrito obedece a que
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
el sistema del copista está muy alejado del sistema de texto y de autor del
original o arquetipo, pues entre ambos media una copia. Por las supresiones
realizadas, G tiene un total de 1 036 décimas, no contando la duplicada (se-
rían entonces 1 037). A, que no suprime, tiene 1 057 décimas; éste es el ms.
más completo (de ambas familias).
El copista de B2, que sigue la misma disposición de la familia β respecto
a la apología y los sonetos, y que no omite las tres décimas faltantes en la fa-
milia α, se toma las mismas licencias que G, pues suprime varias décimas: ocho
faltan en el “Libro primero” (250-252, 311-315) y la décima 232 en el segundo.
El copista de B1 también omite algunas del primer libro: 13 composiciones (164,
249-255, 311-315). Debido a las omisiones, B1 tiene un total de 1 044 décimas y
B2, 1 048. C y S carecen de las mismas ocho décimas (251-253, 312-316) y am-
bos quedan con un total de 1 049. Existe en ambas familias al menos un códice
que no numera las décimas (M, B1, C y S)317 y cuando sí lo hacen, la numeración
está alterada (L, A, B2 y G), lo cual revela que el poema circuló de las dos formas
y en ambas sufrió los yerros de los copistas; la cantidad de composiciones que
tenía el original (1 057) exigía una numeración corrida para mantener organiza-
das y ordenadas las décimas de cada libro; sin embargo, por las supresiones,
aclaraciones y saltos, los amanuenses, lejos de regularlas, deturparon este sis-
tema, por lo que es necesario devolverle al texto su orden inicial, lo cual se hace
en la presente edición, en la que se toman en cuenta los errores de los testimo-
nios compulsados para numerar correctamente cada décima.
103 Los pocos errores comunes separativos en la familia α manifiestan que 103
existen, tanto en L como en M, sólo tres sistemas que rigen la copia: el sistema
del texto, que procede del arquetipo, el sistema del subarquetipo que da origen
a la familia α y el sistema del copista; de ahí que sean pocos los errores sepa-
rativos entre M y L, y sean mayores los conjuntivos. En cambio, en la familia β,
debido a que A y G no proceden directamente del arquetipo, sino de una copia,
existen más sistemas que influyen en la transmisión del texto. A y G, al ser
copias de otra copia –pues proceden del manuscrito X2, que, a su vez, copia a
un subarquetipo, del que se desprenden los manuscritos B1, B2, C, J, N y S de
la familia β–, operan de entrada con un diasistema anterior, al que le suman su
nuevo sistema de copia.
La collatio externa evidencia que los copistas de B1, B2 y G recurrieron
a la omisión para abreviar la obra; esto se puede deber a la carencia de papel
que había en Nueva España o también, como ya señalé, a la distancia temporal
que existe entre su copia y el arquetipo o entre el copista y la noción del autor
como autoridad, que en la familia β se trastoca. A muestra lecciones innova-
doras, como fue la de corregir la duplicación de la décima 293, que existía en la
copia de la que parte; también, como se ve en la collatio codicum, al modificar
algunos versos.
En la collatio codicum se incluyeron el fragmento impreso y nueve ma-
nuscritos: A, B1, B2, C, G, L, M, N y S. Entre los errores comunes separativos de
las familias α y β se encuentran:318
317. El fragmento ms. N tampoco numera las décimas.
318. En adelante, se coloca un asterisco al final del término para indicar que ésa es la lección correc-
ta. Asimismo, las palomas indican que los manuscritos concuerdan con la variante ofrecida por L o
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
Familia α Familia β
v. L M A B1 B2 C G J N S
19 ley*2 √ luz √ √ √ √ √
41 hacer √ dar* √ √ √ √ √
55 ejemplo √ expensas* √ √ √ √ √
59 cerro √ carro* √ √ √ √ √
Los errores separativos entre las dos familias son varios (se pueden consul-
tar las listas de variantes de los tres libros) y confirman la existencia de dos
familias en los testimonios, como ya se había observado en la collatio exter-
na; en cambio, los errores conjuntivos que presentan J y N, que permitieron
afiliarlos a la familia β, son pocos, pero suficientes para demostrar que los
manuscritos base de N y J proceden de dicha familia, lo cual demuestra que la
por A; las cruces señalan que los manuscritos no concuerdan con la variante ofrecida por A, sino con
la familia α. Debido a que la numeración se reinicia en cada nuevo libro, coloco números romanos
para especificar de qué libro se trata.
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Ω
α β
M L B1 S C B2 X2 J N
A G
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía
106 106
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía C1
Epílogo
Difícilmente se puede dar una conclusión tajante y decisiva sobre una obra
que hasta hace poco era prácticamente inédita, la cual espera ser escudriñada
por nuevos lectores y, sobre todo, soportar el juicio de la crítica contempo-
ránea. Ante esta situación, lo que sí se puede mencionar es lo que falta por
hacer. A lo largo del estudio introductorio se ha intentado destacar el valor
artístico e histórico de la hagiografía escrita por Juan José de Arriola, pero aún
queda un gran trecho por recorrer. En la Vida de santa Rosalía confluyen diver-
sos motivos e intereses, los cuales obedecen a las inclinaciones personales
del guanajuatense y a los programas impulsados por la Compañía de Jesús.
Aunque este poema no surge en el Siglo de Oro, comparte varios rasgos con
el Barroco y se puede analizar bajo el binomio inseparable ingenio-artificio;
sin la conjugación de ambos elementos difícilmente la obra hubiera podido
concretarse, tampoco habría alcanzado el éxito que tuvo en el ámbito jesuita y
entre otras órdenes y congregaciones. No de balde, Méndez Plancarte la llamó
obra “capital” de Arriola.
El jesuita conocía bien su oficio, pues en Vida despliega su bagaje cul-
tural, sus conocimientos sobre religión, literatura y hagiografía. Todos estos
107 elementos se funden con la finalidad de crear un texto edificante, que des- 107
taque y exhiba las virtudes de la anacoreta, en especial las de obediencia y
humildad, que iban de la mano con la ideología de la época y con la forma de
comportamiento que se esperaba de la mujer; de ahí que entre los receptores
del texto se hallaran monjas, beatas y mujeres laicas, pues el modelo de vida
que proponía Rosalía, a pesar de ser una ermitaña refugiada en cuevas, no
era muy distante de lo que se deseaba de una mujer novohispana: encierro,
obediencia, humildad y, para las que no aspiraban a casarse, castidad. La obra
muestra en diversos momentos la mentalidad de aquellos siglos en torno a la
mujer: su afán por los lujos y adornos, su debilidad o poca voluntad, su dificul-
tad para aprender algunas materias, como el latín, etcétera. En las décimas se
manifiesta una visión social del sexo femenino y una necesidad por encauzar-
lo al camino correcto. A pesar de ese carácter didáctico y edificante, Vida no
desmerece; al contrario, ilustra cómo el buen manejo de los recursos literarios
y retóricos es capaz de mover el espíritu humano, no de manera forzada, sino
seduciendo con la palabra y deleitando los oídos y la vista, lo que los contem-
poráneos de Arriola pudieron apreciar y ensalzar, y que hoy el lector o estudio-
so puede comprobar a partir de la edición del poema que se propone. El buen
manejo de estos recursos posibilita que en la hagiografía se perciba realmente
la belleza física y moral de santa Rosalía, que se descubran diversos espacios
asombrosos y abrumadores, que se reconozca la necesidad de virtudes como
la justicia, la bondad y la misericordia.
José Joaquín Izquierdo, al calificar las décimas de “conceptuosas”, no
sólo reveló la forma en que se leyeron en su momento, también ofreció un
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía C1
319. Plinio, Historia natural, Jerónimo de Huerta (trad.), Madrid, Luis Sánchez, 1624.
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110 110
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Criterios de edición
Texto editado
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía C2
Disposición de texto
Aparato crítico
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía C2
Aparato de notas
2. Se respeta la grafía de las fuentes que se utilizan para anotar cuando son de
los siglos xx al xxi, pero cuando la cita procede de documentos o diccionarios
del siglo xix o anteriores, se moderniza la ortografía. En las notas, si lo amerita,
se colocan los añadidos entre corchetes.
Siglas321
Manuscritos
113 113
A: Biblioteca del Museo Nacional de Antropología e Historia “Doctor Eusebio
Dávalos Hurtado”
B1: Bancroft Library, Hubert Howe Bancroft Collection (M-M 14)
B2: Bancroft Library, Hubert Howe Bancroft Collection (M-M 15)
C: Biblioteca de México, Biblioteca Personal Antonio Castro Leal
G: Biblioteca de la Sociedad Mexicana de Geografía e Historia “Benito Juárez”
L: Biblioteca “José María Lafragua” de Puebla
M: Biblioteca Nacional de México
N: Archivo General de la Nación (fragmento manuscrito de las primeras 11
décimas del “Libro primero”)
S: Bibliothèque de La Sorbonne
321. Las referencias completas de cada manuscrito se encuentran en el capítulo “Perdona el tosco
pincel: manuscritos de doctos y no tan doctos” y en la bibliografía final.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía C3
Dedicatoria
A María santísima Señora nuestra de GuadalupeII
¿A quién si no es a ti, Virgen sagrada,
pudiera recurrir mi atrevimiento,
por ver a nobles plantas consagrada
la Rosa que copió mi pensamiento?
5 Sólo en mirarse a tu deidad postrada
Rosa es que en busca va del lucimiento,
pues si es vergel tu imagen milagrosa,
¿cuándo ha faltado del jardín la Rosa?322
114 Recíbela a tu amparo, Virgen pura, 114
10 que –aunque es de sus fragancias un resumen,
y ha merecido siempre su ternura
ser blanco airoso de mayor volumen–
harta desgracia tuvo su hermosura
en ser copiada de mi tosco numen,323
15 que al ser Rosa entre rosas peregrinas,
no heredó de mi numen más que espinas.
En ese lienzo, que de flores bellas
lo recamó324 el artífice divino,
trasladando la ley de las estrellas325
20 de amor Apeles326 a grosero lino,
tengan lugar, de Rosa, las centellas
C Índice
Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía C3
327. El Monte Peregrino se encuentra al norte de Palermo, aproximadamente a tres millas (Pedro
Murillo Velarde, Geografía histórica de Francia, Italia y sus islas, T. 3, Madrid, Oficina de D. Gabriel
Ramírez, 1752, p. 384).
328. Esfera: “Cielo u esfera celeste [compuesta por el firmamento y los orbes de los planetas]”; “Me-
tafóricamente vale calidad, estado y condición” (Real Academia Española, DA, s. v.).
329. Arcano: “Oculto, misterioso, profundo y recóndito” (Idem.).
330. A lo largo del poema, Arriola se refiere a Vesta como una diosa de la naturaleza y las flores, por
lo que se puede suponer que el poeta sólo atiende a la tradición que ubica a esta deidad como la
representación de la tierra; por ende, adornada y vestida de plantas y flores (Joaquín Delago y David,
Nociones de mitología. Ritos y costumbres de los antiguos romanos, Valladolid, maxtor, 2009, p.
134). Sin embargo, estos atributos son más cercanos a la diosa romana Flora, a la que Arriola con
frecuencia alude y cuya figura parece que alterna con la de Vesta, tal vez por ser dos deidades aso-
ciadas a la vegetación.
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331. Alusión al carro de Helio, el dios griego del sol, quien sirve a Zeus y “todos los días emprende
para él una carrera en el cielo: precedido de la Aurora, aparece cada mañana por oriente montado en
un carro de fuego tirado por caballos luminosos, aureolada su cabeza con rayos de oro. Atraviesa
así el cielo hasta llegar al caer la tarde al océano, donde sus caballos se bañan. Durante la noche
recorre a bordo de una barca el océano que rodea el mundo” (René Martin, Diccionario de la mitología
clásica, Alegría Gallardo Laurel [trad.], Madrid, Espasa-Calpe, 1998, p. 62). Por lo anterior, se entiende
que Juan Diego llegó al amanecer.
332. Breña: “Los matorrales, malezas o espesuras” (Real Academia Española, DA, s. v.).
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía C3
333. Urbano: el papa Urbano viii (1568-1644), en su decreto del 13 de marzo de 1625, prescribió
algunas reglas sobre la beatificación y canonización que debían seguirse puntualmente; entre éstas
se encontraban varias que incumbían a los autores de las vidas, virtudes y milagros de los siervos de
Dios, como la de escribir una protesta al inicio de sus obras, donde asentaran que no reconocían “por
santos, beatos o verdaderos mártires más que a los que conced[í]a estos títulos la santa sede apos-
tólica” y declararan “que todos los hechos referidos en [ese] libro sólo tienen una autoridad privada
y que no pueden adquirir una verdadera autenticidad, sino después de haber sido aprobados por el
juicio del soberano pontífice” (Isidro de la Pastora, Diccionario de Derecho Canónico, T. 3, Madrid,
Imprenta de D. José C. de la Peña, 1848, p. 275).
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía C3
Arriolas es el cabal
(gloria de la estirpe mía)
del nombre de Rosalía,
tan claro como el cristal,
135 timbre y blasón inmortal,
que en Rosalía se sella
118 con feliz dichosa estrella, 118
porque, en tus sílabas solas,
Rosalía está en los Arriolas
140 y los Arriolas, en ella.
334. Traducción: “No sólo desea habitar, sino más bien ser habitada por Jesucristo, pues la mis-
ma casa tuvo que cincelar in ini, en la roca de la cueva [que] Rosa había esculpido, mientras vivía
unida en doble unión con Dios. ¿Quieres ser habitada y que Dios colme todo tu corazón? Las más
recónditas entrañas de la montaña pedregosa [tuvieron que cincelar] ini. Rosa, ¿por qué repites la
I? La repites, pues la I hiere las heridas del amor y en la I está el dardo del dulce amor”. Agradezco a
la Dra. Lourdes Santiago, quien, en el Seminario de Latín de El Colegio de México, me asesoró en la
traducción de este epigrama y los siguientes. Éste es una suma del argumento de los cantos quinto
y sexto del “Libro segundo” del poema, en los que se interpretan y justifican las palabras mal escritas
en latín por Rosalía.
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Vida y virtudes de la esclarecida virgen y solitaria anacoreta santa Rosalía C3