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Las Mil y Una Noche-4-10

Sherezade evitó que el Rey Shariar le cortara la cabeza contándole historias cada noche. Cada noche, Sherezade contaba una historia pero la dejaba inconclusa al amanecer, lo que obligaba al Rey a dejarla vivir otra noche para escuchar el final. De esta forma, Sherezade logró salvar su vida y la de otras doncellas del reino.
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Las Mil y Una Noche-4-10

Sherezade evitó que el Rey Shariar le cortara la cabeza contándole historias cada noche. Cada noche, Sherezade contaba una historia pero la dejaba inconclusa al amanecer, lo que obligaba al Rey a dejarla vivir otra noche para escuchar el final. De esta forma, Sherezade logró salvar su vida y la de otras doncellas del reino.
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ÍNDICE

De cómo Sherezade evitó que el Rey


le cortara la cabeza ............................................................... 5
Los Viajes de Simbad el marino . ....................................... 13
Alí Babá y los cuarenta ladrones ...................................... 37
Aladino y la lámpara maravillosa .................................... 61
De cómo Sherezade y el Rey vivieron felices .............. 91
De cómo Sherezade
evitó que el Rey
le cortar a la cabeza

ace muchísimos años, en las lejanas


tierras de Oriente, hubo un rey llamado
Shariar, amado por todos los habitantes
de su reino. Sucedió sin embargo que un día, habiendo salido
de cacería, regresó a su palacio antes de lo previsto y encontró
a su esposa apasionadamente abrazada con uno de sus jóvenes
esclavos. –¡Ay–, sollozó el rey. –¡Siento en mi corazón un fuego
que quema!–. E inmediatamente ordenó que su esposa y el
esclavo fueran degollados.

La muerte de su esposa infiel no calmó el fuego que inflamaba


el corazón del rey Shariar. Su rostro iba perdiendo el color de la
vida y se alimentaba apenas. Ya lo dijo el poeta:

Las mil y una noches • 5


Amigo: ¡no te fíes de la mujer; ríete de sus promesas! épocas remotas. Sherezade guardaba en su memoria relatos de
¡No te confíes, amigo! ¡Es inútil! poetas, de reyes y de sabios; era inteligente, prudente y astuta.
Y nunca digas: “¡Si me enamoro, evitaré las locuras de los Era muy elocuente y daba gusto oírla.
enamorados!” ¡No lo digas!
¡Sería verdaderamente un prodigio ver salir a un hombre Al ver a su padre, le habló así: –¿Por qué te veo soportando,
sano y salvo de la seducción de las mujeres! padre, tantas aflicciones?–. El visir contó a su hija cuanto había
ocurrido desde el principio al fin. Entonces le dijo Sherezade:
Convocó entonces el rey a su visir y le mandó que cada día –¡Por Alah, padre, cásame con el rey! ¡Prometo salvar de entre
hiciera venir a su palacio a una joven doncella del reino. El rey las las manos de Shariar a todas las hijas del reino o morir como
desposaba pero, con las primeras luces del amanecer, recordaba el resto de mis hermanas!–. El visir contestó: –¡Por Alah, hija!
la infidelidad de su esposa y una nube de tristeza le velaba el No te expongas nunca a tal peligro–. Pero Sherezade insistió
rostro. Entonces, hacía decapitar a las doncellas ardiendo de odio nuevamente en su ruego. Entonces el visir, sin replicar nada,
hacia todas las mujeres. hizo que preparasen el ajuar de su hija y marchó a comunicar la
noticia al rey Shariar.
Transcurrieron así los años sin que Shariar encontrara paz ni
reposo mientras, en el reino, todas las familias vivían sumidas en Mientras su padre estaba ausente, Sherezade instruyó de este
el horror, huyendo para evitar la muerte de sus hijas. modo a su hermana Doniazada: –Te mandaré llamar cuando esté
en el palacio y en cuanto llegues y veas que el rey ha terminado
Un día, el rey mandó al visir que, como de costumbre, le tra- de hablar conmigo, me dirás: “Hermana, cuenta alguna historia
jese a una joven. El visir, por más que buscó, no pudo encontrar maravillosa que nos haga pasar la noche.” Entonces yo narraré
a ninguna y regresó muy triste a su casa, con el alma llena de cuentos que, si Alah quiere, serán la causa de la salvación de las
miedo por el furor del rey: –¡El rey Shariar ordenará esta noche hijas de este reino–.
mi propia muerte!– pensó. Pero el visir tenía dos hermosas hijas,
la mayor llamada Sherezade y la menor de nombre Doniazada. Regresó poco después el visir y se dirigió con su hija mayor
hacia la morada del rey. El rey se alegró muchísimo al ver la belle-
Sherezade era una joven de delicadeza exquisita. Contaban za de Sherezade y preguntó a su padre: –¿Es esta la doncella con
en la ciudad que había leído innumerables libros y conocía las quien me desposaré esta noche?–. Y el visir respondió respetuo-
crónicas y las leyendas de los reyes antiguos y las historias de samente: –Sí, lo es–.

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Pero acabada la ceremonia nupcial, cuando el rey quiso acer-
carse a la joven, Sherezade se echó a llorar. El rey le dijo: –¿Qué te
pasa?–. Y ella exclamó: –¡Oh rey poderoso, tengo una pequeña
hermana, de la cual quisiera despedirme!–. El rey mandó buscar
a la hermana que llegó rápidamente, se acomodó a los pies del
lecho y dijo: –Hermana, cuéntanos una historia que nos haga pa-
sar la noche–.

Sherezade contestó: –De buena gana y con todo respeto, si es


que me lo permite este rey tan generoso, dotado de tan buenas
maneras–. El rey, al oír estas palabras, como no tenía ningún sue-
ño, se prestó de buen grado a escuchar el relato de Sherezade.

Aquella primera noche, Sherezade empezó a contar la


historia del mercader que, en uno de sus viajes por el desierto,
cayó en manos de un efrit que quería cortarle la cabeza. El
mercader, en su afán por salvar su vida, le contaba al genio
maligno tantos relatos maravillosos que llegó el amanecer
sin que Sherezade hubiese concluido la historia. Entonces, la
joven se calló discretamente, sin aprovecharse más del permiso
que le había concedido Shariar. Su hermana Doniazada dijo:
–¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y sabrosos son tus relatos!–.
Sherezade contestó: –Pues nada son comparados con los que os
podría contar la noche próxima, si el rey quiere conservar mi
vida–. El rey dijo para sí: –¡Por Alah! No la mataré hasta que
haya oído el final de su historia–. Y por primera vez en muchos
años durmió un sueño tranquilo.
–Hermana, cuéntanos una historia que nos haga pasar la noche.

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Al despertar, marchó el rey a presidir su tribunal. Y vio llegar Entonces el rey se entregó al descanso y marchó más tarde
al visir que llevaba debajo del brazo un sudario para Sherezade, a la sala de justicia. Entraron el visir y los oficiales y se llenó el
a quien creía muerta. Pero nada le dijo al rey porque él seguía lugar de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus
administrando justicia, designando a algunos para ciertos asuntos y dio órdenes hasta el fin del día. Luego se puso de pie y
empleos, destituyendo a otros, hasta que acabó el día. El visir volvió a su palacio y a su alcoba.
regresó a su casa perplejo, en el colmo del asombro, al saber que
su hija había sobrevivido a la noche de bodas con el rey Shariar. Doniazada dijo: –Hermana mía, te suplico que termines tu re-
lato–. Y Sherezade contestó: –Con toda la alegría de mi corazón–.
Cuando terminó sus tareas, el rey volvió a su palacio. Al lle- Y prosiguió con la historia. Como la noche anterior, supo inte-
gar por fin la segunda noche, Doniazada pidió a su hermana que rrumpir su narración justo en el momento más interesante, al
concluyera la historia del mercader y el efrit. Sherezade dijo: –De llegar el amanecer. El rey, para conocer el desenlace del cuento,
todo corazón, siempre que este rey tan generoso me lo permita–. decidió postergar nuevamente la muerte de su esposa.
Y el rey, que sentía gran curiosidad acerca del destino del merca-
der, ordenó: –Puedes hablar–. Al llegar el alba de la noche siguiente, cuando Doniazada ma-
nifestó cuán interesante había resultado el nuevo relato, respon-
Sherezade prosiguió su relato y lo hizo con tanta astucia que, dió Sherezade: –Pero es más maravillosa la historia del pescador–.
al llegar la mañana, Doniazada y el rey ya estaban escuchando Y el rey preguntó con curiosidad: –¿Qué historia del pescador es
un nuevo cuento. esa?–. –La que os contaré la noche próxima, –señaló Sherezade,
–si vivo todavía–. Entonces el rey dijo para sí: –¡Por Alah! No la
En el momento en que vio aparecer la luz del día, Sherezade mataré sin haber oído la historia del pescador, que debe ser ver-
discretamente dejó de hablar. Entonces su hermana Doniazada daderamente maravillosa–.
dijo: –¡Ah, hermana mía! ¡Cuán deliciosas son las historias que
cuentas!–. Sherezade contestó: –Nada es comparable con lo que te La misma decisión tomó el rey Shariar al día siguiente y en
contaré la noche próxima, si este rey tan generoso decide que viva los siguientes días. Sherezade anunciaba nuevas historias, las
aún–. Y el rey se dijo: –¡Por Alah! no la mataré hasta que le haya interrumpía sabiamente o las entrelazaba de tal modo que el
oído la continuación de su relato, que es asombroso–. personaje de un cuento contaba un cuento en el que un personaje

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contaba un cuento. Así, una historia llevaba a la otra en una Los viajes de Simbad
narración sin fin que iba dejando a la joven un día más de vida, el Marino
una semana más, un mes, un año tras otro año.

Transcurridas quinientas treinta y seis noches, Sherezade


empezó a narrar las aventuras de Simbad el Marino. Y las hazañas
de Simbad, ¡gracias sean dadas a Alah!, se enlazaron una con
otra durante treinta noches y llegaron a nuestros oídos tal como
podréis escucharlas ahora.

e llegado a saber, oh Rey afortunado, que


en tiempos del califa Harún Al–Rachid
vivía en la ciudad de Bagdad un hombre
llamado Simbad el Faquín. Era pobre y para ganarse la vida trans-
portaba pesados bultos sobre su cabeza de un punto a otro de la
ciudad. Un día de calor excesivo pasó por delante de la puerta de
una casa que debía pertenecer a algún mercader rico; soplaba
allí una brisa gratísima y cerca de la puerta se veía un banco para
sentarse. Al verlo, el faquín Simbad dejó su carga y se sentó. En-
tonces no pudo menos que suspirar y exclamar: “¡Gloria a Ti, oh
Alah! Por la mañana, yo, Simbad el Faquín, me levanto agotado
del trabajo del día anterior; el propietario de esta mansión, en
cambio, disfruta de sus guisos y se rodea de sonidos y aromas
delicados. ¡Oh, Alah, quiero creer que gobiernas con sabiduría!”
Simbad el Faquín se dispuso a recoger su fardo para marcharse.
Pero salió por la puerta un joven sirviente que le tomó la mano

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y dijo: –Mi señor ha escuchado tus lamentaciones y te manda pasajeros! Esta no es una isla sino un pez gigantesco dormido en
llamar. Sígueme. medio del mar. La arena se le ha ido amontonando y sobre ella ha
crecido el musgo y los árboles. Vuestras hogueras lo han despertado.
Simbad se dejó llevar, avergonzado y cabizbajo. El señor de la ¡Abandonad vuestras cosas y salvad vuestras vidas!
casa le ofreció los mejores manjares y le dijo: –He sabido que te
llamas igual que yo, porque mi nombre es Simbad el Marino. Este Los pasajeros, aterrados, echaron a correr hacia el navío. Algu-
bienestar que ves en mi vejez ha sido adquirido después de gran- nos pudieron alcanzarlo, otros no lo lograron porque el enorme pez
des fatigas. Te contaré la historia de mi vida. se había puesto ya en movimiento. Yo me vi de pronto rodeado por
las olas tumultuosas que se cerraban sobre los lomos del monstruo.
Has de saber que mi padre fue un rico comerciante. Cuando Me aferré a un tronco mientras veía alejarse al navío con aquellos
murió yo era muy joven. Me hice hacer costosos vestidos, me ro- que habían logrado alcanzarlo, ¡que Alah los perdone!
deé de servidores e invité a grandes banquetes hasta que un día
descubrí que me encontraba a las puertas de la pobreza. Vendí Me senté sobre el tronco y remé con brazos y piernas a favor
todo lo que me quedaba y adquirí mercancías para salir a co- del viento. Así pasé un día y dos noches hasta que el viento y las
merciarlas. Me embarqué junto con otros y navegamos por el río olas me arrastraron a las orillas de una isla. Allí quedé sumido en
Basora hasta salir al mar y alejarnos de las costas de la patria. un sueño profundo hasta que el ardor del sol logró despertarme.
Me arrastré hasta una llanura cercana; bebí agua dulce y comencé
Navegamos durante días y noches, de mar en mar, de isla en isla, de a alimentarme con los frutos caídos de los árboles. Poco a poco, re-
tierra en tierra y de puerto en puerto. Allí por donde pasábamos, ven- cobré mis fuerzas. Empezaba a estar harto de tanta soledad y solía
díamos y comprábamos obteniendo provecho de nuestro trabajo. recorrer la orilla del mar a la espera de algún navío que pudiera
recogerme. Una mañana, ascendí a una punta rocosa para otear
Un día llegamos a una pequeña isla que parecía un jardín. el horizonte y descubrí una vela entre las olas. Desgajé una rama
El capitán mandó echar anclas y los comerciantes que íbamos a e hice señas con ella lanzando al viento grandes alaridos. Final-
bordo desembarcamos. Unos decidieron descansar, otros recorrer el mente me vieron y se acercaron a la costa para socorrerme. En la
lugar y algunos encendieron lumbre para preparar alimentos. nave, me ofrecieron alimentos y ropas para cubrir mi desnudez y
me sentí invadido por un gran bienestar. Al día siguiente, conté mi
De repente, tembló la isla toda con una ruda sacudida. El capitán, historia y el capitán se compadeció mucho de mis penas.
que permanecía en la orilla, empezó a dar grandes voces: –¡Alerta,

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