Cuentos de Rudyard Kipling: Clásicos y Místicos
Cuentos de Rudyard Kipling: Clásicos y Místicos
hombre que pudo reinar y otros cuentos reúne cuatro de las mejores historias de
Rudyard Kipling pertenecientes a diferentes etapas de su vida creativa: El hombre
que pudo reinar (1888), obra maestra del relato de aventuras —publicada
originalmente en el volumen The Phantom Rickshaw— que dio pie a otra obra
maestra, en este caso cinematográfica, con la película de igual título del director
norteamericano John Huston; La historia más bella del mundo (1891), perteneciente
a Many Inventions; Ellos (1904), extraída de Traffics and Discoveries; y El toro que
pensaba (1924), de su última etapa, aparecida en Debts and Credits.
La edición se completa con una semblanza de Kipling realizada por el escritor Henry
James y publicada como introducción a la colección de cuentos El hándicap de la
vida (1891), en la que el consagrado autor norteamericano alababa «la prodigiosa
facilidad, el temperamento desenvuelto, el talento versátil, el amor por la perspectiva
interior» de un jovencísimo Kipling. «Nuestro autor —continuaba James— siempre
nos hace acordarnos de que la India es ante todo la tierra del misterio, de la magia
irresistible de soles abrasadores, imperios sojuzgados, religiones enigmáticas,
guarniciones inseguras y mujeres cubiertas; del calor y el colorido y el peligro y el
polvo».
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Rudyard Kipling
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Título original: Tha Man Who Would Be King (1890); The Finest Story in the World (1893); They
(1904); The Bull that Thought (1926)
Rudyard Kipling, 2003
Traducción: Fernando Jadraque
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.0
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Índice de contenido
«Ellos»
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RUDYARD KIPKING por HENRY JAMES
Sería difícil contestar a la interrogante general de si los libros del mundo, conforme
se multiplican, mejoran tanto en calidad como cabría esperar gracias a la lección de
tal derroche de experimentos proliferando perpetuamente a sus espaldas. En un
sentido, empero, no hay duda de que nos beneficiamos de esa pedagogía: nos
hayamos vuelto o no más sabios a la hora de crear, lo que sí nos hemos vuelto es más
penetrantes a la hora de disfrutar. Hemos tomado conciencia de que hay una cualidad
concreta más preciosa que todas las demás: tan preciosa que nos hace preguntarnos
dónde, a este ritmo, podrá encontrarla nuestra posteridad y cuánto habrá de pagar por
ella. Tras haber degustado muchísimos sabores opinamos que la lozanía es el más
sabroso. La anhelamos, la aguardamos y la acechamos, y cuando la atrapamos por el
ala (así de escurridiza se muestra) celebramos nuestra captura con un entusiasmo
ilimitado. Nos damos cuenta de que después de tantísimas cosas como ya hemos visto
es una proeza cada vez mayor y todo un tour de force aparecer lozano. El lado
torturante de este fenómeno es que, en cualquier tono en que se manifieste, no puede
tener lugar más que una vez… merced a un desdichado defecto de la ley que gobierna
la repetición de las cosas buenas. Terriblemente es cuestión de espontaneidad: la
emulación y la imitación tienen un efecto fatal sobre la lozanía. Es fácil entender, por
consiguiente, cuantísima importancia puede atribuir el gastrónomo al breve instante
de esa floración. Mientras este dura, todos somos gastrónomos.
Esto ayuda a explicar, creo, la inequívoca intensidad del extendido apetito por
Rudyard Kipling. Su floración dura, un mes tras otro, de un modo casi
sorprendente… con lo cual quiero decir que no ha desgastado ni siquiera con el
frecuente uso la propiedad especial que logró que todos, más de un año atrás, lo
abandonáramos todo tan precipitadamente para prestarle atención. Kipling tiene
muchas otras propiedades que sin duda conservará siempre; pero parte del atractivo
ejercido por su lozanía, lo que la vuelve tan apasionante como el desarrollo de un
sorteo, es nuestra convicción instintiva de que es imposible, por la propia naturaleza
de las cosas, que la conserve; conque nuestro disfrute de él, mientras el milagro no se
desvanece, tiene tanto el hechizo de la revelación como el hechizo del suspense. Y
luego está el hechizo adicional, en Kipling, de que su mismísima lozanía es
sumamente insólita aun dentro de su especie: tan enrarecida y variopinta y cínica y,
en ciertos aspectos, tan incompatible consigo misma. Tan envidiable es la frescura
extrema de su inspiración como asombroso el indicio que sus producciones brindan
de que se siente a sus anchas, acostumbrado e iniciado, en este mundo inicuo y
fatigoso. A veces, Kipling nos parece chocantemente precoz; otras, serenamente
sabio. En conjunto se presenta como un joven extrañamente hábil que ha robado la
máscara terrible de la madurez y corretea de un lado para otro sobresaltando a la
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gente con los sonidos hondos, las juguetonas exageraciones de tono, que hace brotar
de los labios artificiales. Tiene este marchamo de una vocación acertada: que
espectadores diferentes pueden apreciarlo —deben apreciarlo, casi diría yo— por
motivos diferentes; así como este refinamiento de seducción: que a quienes
reflexionan incluso sobre sus propios placeres tiene tanto que ofrecerles como a
quienes jamás reflexionan sobre nada. A decir verdad, hay cierta dosis de legítima
sorpresa en que, siendo Kipling hasta tal punto la clase de figura que al crítico
experimentado le gusta encontrar, asimismo sea la clase de figura que inspira
confianza a la multitud… pues una apariencia compleja es, por regla general, la
última cosa que logra esto.
Con lo del crítico al cual le gusta encontrar un aventurero tan brioso como
Kipling me refiero naturalmente al crítico para quien el feliz hallazgo de un carácter,
cualquiera que sea la forma que este adopte, es un mayor soborno para el interés que
la promisión de algún carácter teóricamente potencial, las trazas de justificar algún
juicio aventurado sobre lo que cierto escritor o cierto libro puede, en el sentido
ruskiniano, «llegar a ser»; me refiero, en suma, al crítico que no tiene, a priori,
ninguna regla sobre las producciones literarias excepto que deben poseer vida
genuina. Un tal crítico (que se beneficia de sus oportunidades, opino, mucho más que
cualquier crítico de otra laya) aprecia a un escritor en la medida en que constituya un
reto, un desafío a la interpretación, a la inteligencia, al ingenio, a lo que hay de
amoldable en la mente crítica… ciertamente en la medida en que constituya una
contradicción a las cosas consabidas y dadas por supuestas. En un caso así, el crítico
advierte cuánto mayor placer y diversión lo aguardan.
Kipling, pues, tiene el carácter que proporciona gran cantidad de placer y de
experiencia vicaria, y que hace que cualquier lector perspicaz prevea un lujo
infrecuente. Tiene el gran mérito de ser una ilustración firme y útil de cuál es la más
segura fuente de interés en cualquier pintor de la vida: la de tener una personalidad
tan definida como el marco de una ventana. Kipling es una de las ilustraciones, y de
primera mano, que ayudan a despejar el debatido problema, en la novelística o la
cuentística, de los estilos, los preceptos, las escuelas, los géneros, lo correcto y lo
incorrecto: contribuye resueltísimamente a demostrar que hay igual número de
estilos, de procedimientos, de formas y grados de lo «correcto», que de temples
personales. La ventaja del arte que él practica consiste en que está hecho de
experiencia condicionada, infinitamente, de este modo personal, que es el montante
del sentimiento de la vida tal como se refleja en reacciones innumerables, unas
reacciones que perciben gracias a todas sus variabilidades, informan gracias a todas
sus disparidades. Dichas variabilidades, que integran la personalidad, son del
individuo; forman el canal por el cual la vida circula a través de él, y la cantidad de
vida que él es capaz de proporcionarnos —en otras palabras, su capacidad de
conmovernos— depende de que lo formen de manera sólida.
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Esta robustez del conducto, cimentado con seguridad inaudita, es quizá el rasgo
más impresionante de Kipling; y lo que lo hace más notable es esa característica de su
juventud extrema que, puestos a hablar realmente de él, no podemos fingir ignorar.
No estoy en condiciones de pretender ofrecer una biografía o una cronología del autor
de Tres soldados, mas no puedo soslayar el notorio hecho global de que, por muy
confiadamente que le haya cogido el truco y calado la intención a este mundo
engañoso, no lleva mucho tiempo habitándolo. A decir verdad, su juventud extrema
es lo que puedo calificar como la barandilla de su ventana: el soporte sobre el cual
nuestro autor se apoya con alguna insolencia mientras contempla con la pipa en la
boca el escenario humano. Asimismo, otras de sus características (por mencionar solo
algunas de ellas) son: su prodigiosa facilidad, que solo es superada por su severa
exigencia; su temperamento desenvuelto; su talento versátil; su desparpajo propio del
salón de fumar; su amistad íntima con la India, tan rápidamente trabada y tan
completamente bajo su control; su afición a la violencia; su «desvergüenza» respecto
de las mujeres… así como respecto de los hombres y de toda cosa; su resolución de
no ser ingenuo; su madera «imperial»; su amor por la perspectiva interior, el soldado
raso y el hombre primitivo. Aún he de agregar a esta lista de alicientes la manera
notable en que nos hace percatarnos de que ha sido puesto al corriente de todo
directamente por la vida (milagrosamente, antes de cumplir los veinte años) y no por
informaciones de otros. Estos elementos, y muchos más, configuran un pequeño
carácter literario singularmente sólido (nuestro uso del diminutivo es exclusivamente
un signo de afecto y de gozo), que, aunque exhiba el ímpetu desmedido de la
jovialidad y de ningún modo sea circunspecto o modesto, ofrece una justificación
copiosísima en su buena fe y su fertilidad inmediata. La fertilidad de Kipling se
manifiesta antes de que los más prudentes hayan tenido tiempo de decidir si lo
aprecian o no, y si uno ha presenciado el espectáculo una vez es seguro que deseará
volver a él de nuevo. Nos hace aguzar los oídos ante la estupenda noticia de que
también en el salón de fumar puede haber artistas; así como ante una insinuación
todavía más grata: que, además, el último grito en modernidad puede consistir, de la
manera más exitosa, en que el artista astuto haga bajar la guardia a su víctima
mediante la añagaza de afectar ser (superficialmente, claro está) el vivo retrato de un
amateur.
Estas, pues, son algunas de las razones por las que Kipling puede hacerse querer
de los analíticos lo mismo que, como dice Monsieur Renan, de los simples. Los
simples pueden apreciarlo porque es maravilloso al tratar sobre la India, y la India
aún no había sido «plasmada»; en tanto que para el lector patológico hay mucho
agrado en las sorpresas de su destreza y la fioriture de su estilo, que en él
extrañamente no tienen nada que ver con ninguna ostentación campanudamente
literaria, ninguna resonancia libresca. En calidad de lector patológico es como quien
esto escribe (que sin duda delata vergonzosamente su propia condición) confiesa
haber sucumbido anuentemente a la fascinación. Si bien se mira, la lozanía propia de
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un tema que —por suerte, mi propósito no es infravalorar— aún no había sido
«plasmado» es menor motivo de albricias que la lozanía inherente a la aptitud de un
artista. De veras bienaventurado es Kipling, que dispone de tantísima lozanía de
ambos tipos. Todavía en calidad de lector patológico, sin duda —es decir, en calidad
de uno de esos que son capaces de permanecer levantados toda la noche para recibir
una impresión novedosa de talento, de batir un campo hollado en busca de una brizna
de hierba—, es como se me antoja que nuestro joven autor resulta sumamente curioso
debido a su apariencia (y no solo debido a su apariencia sino también a su capacidad
obviamente muy auténtica) de conocer a fondo la vida. Curioso en grado sumo y
merecedor de gran atención es un tal rasgo en un joven anglosajón. Lo hallamos con
harta frecuencia en los talentos incipientes de Francia, y ello nos sobrecoge y pasma
durante un rato. Una vez transcurrido ese rato, empero, el misterio tiende a disiparse,
pues averiguamos que tan portentosa iniciación no es global en modo alguno, más
bien es extraordinariamente específica, y muy a menudo es, incluso dentro de los
límites de esta restricción, bastante convencional. En una palabra, sobre las mujeres
es sobre lo que el joven francés lo sabe todo, y más concretamente sobre mujeres
seleccionadas expresamente para que semejante pose aparezca creíble. Cuando ellas
lo abandonan, las vaguedades se enseñorean de él con excesiva frecuencia. Pero en
Kipling no hay vaguedades por ninguna parte, y aunque, en verdad, sus mujeres son
brutalmente nítidas, no constituyen sino notas intensas dentro de una sonoridad
general. Esta sonoridad sacia los oídos de los admiradores de Kipling (le falta
dulzura, no hay duda, en opinión de quienes no forman parte de este grupo), y lo
cierto es que hay un único son que está ausente de la misma: la voz, por así decirlo,
del hombre refinado… en lo cual, naturalmente, incluyo también la mujer refinada.
Pero es este un componente que uno no echa de menos por ahora, tan claras y exactas
son todas las demás notas.
Una consecuencia de la satisfacción que este autor nos depara es que nos mueve a
especular sobre si llegará a completar hasta el final su fresco (esto es lo más lejos que
osamos inmiscuirnos en la cuestión de su futuro) sin incluir en él almas complejas. El
día en que se ponga a ello, si lo realiza con algo semejante a la habilidad que ha
evidenciado ya, las expectativas de sus amigos avanzarán un paso de gigante.
Mientras tanto, en cualquier caso, tenemos a Mulvaney, y, al fin y al cabo, Mulvaney
es aceptablemente complejo. No es sino un recluta irlandés borrachín de dos metros
de altura, pero representa una considerable promesa de creaciones venideras. ¿Acaso
Mulvaney no tiene, por cierto, una lengua de sirena ronca, y acaso no encierra
asimismo misterios e infinitudes casi carlylescos? Ya que hablo de él, bien puedo
decir que, en cuanto figura, probablemente ha arrobado a aquellos lectores de Kipling
que habían opuesto más resistencia. Constituye un retrato de la calidad más grandiosa
y vivida, que crece cada vez más entre las manos del pintor sin nunca írsele de las
mismas. No puedo evitar considerarlo, en cierto sentido, la deidad tutelar de Kipling:
un hito en la dirección en que le es factible hacer incursiones más provechosas. Solo
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con que nuestro autor vaya tan lejos en dicha dirección como Mulvaney es capaz de
llevarlo (y este irlandés impar es, al igual que el Habacuc de Voltaire, capable de
tout), todavía puede encontrar un tesoro y recibir una gratificación en pago de los
favores que le ha hecho al conquistador de Dinah Shadd. Me apresuro a agregar que,
a buen seguro, el lector genuinamente sensible no hallará nada en contra del elemento
de primitivismo de las narraciones de Kipling o en contra de lo que, a falta de un
nombre mejor, puedo denominar su afición a la vida sucia. ¿Qué es eso sino
esencialmente parte de su lozanía? Y ¿por cuál parte de su lozanía le estamos
precisamente más agradecidos que por este mismísimo golpe contundente que le
asesta a la vieja superstición estúpida según la cual la simpatía de un autor es la
simpatía de los personajes que pinta, y según la cual la vulgaridad de estos, o su
depravación, o su cursilería, o su necedad, implican idénticos atributos en el propio
pintor? Esta filosofía pueril recibe un mentís del cual no se recobrará con facilidad,
patentemente, cuando William Dean Howells aborda, con la más distinguida destreza
y toda la impasibilidad de un maestro, algunas de las cosas más groseras, más crudas,
más humanas de la vida… confutando así indudablemente a los aficionados al teatro
frecuentadores del gallinero que abuchean al actor que encarna al villano cuando
saluda después de la caída del telón.
No hay nada más estimulante que esta imparcial consciencia activa de lo real; sin
duda es la cualidad a causa de cuya escasez nuestra literatura de ficción inglesa y
norteamericana se ha vuelto tan tristemente rancia. Estamos constreñidos por los
viejos tópicos sobre la personalidad e intolerantes decoros de observancia: por las
bobas recetas infantiles (para expresarlo sucintamente) referentes al cuadro y la
temática. Kipling tiene pinta de estar dispuesto a sacar del jardín de infancia todo este
asunto, y de estar quizá aún más capacitado que dispuesto. Desde luego, uno debe
apresurarse a aclarar entre paréntesis que no hay, intrínsecamente, ni una pizca más
de luminosidad en tratar sobre la vida sucia y el hombre primitivo que en tratar sobre
aquellos a quienes la educación ha hecho de una pasta más fina; en ambos casos la
única luminosidad depende de la inteligencia con que haya sido forjada la obra. Mas
resulta que, entre nosotros, el punto de vista franco y abarcador, cuando enfoca al
populacho vulgar, a los toscos bordes exteriores del panorama social, irradia encanto
por lo que tiene de novedoso: un encanto que, sin ir más lejos, por culpa de la
repetición ya se ha esfumado entre los franceses… los desventurados franceses que
cargan con las desventajas no menos que gozan de las ventajas de vivir
intelectualmente mucho más rápido que nosotros. El lado más inexorable de nuestro
destino humano es que terminamos cansándonos de todo, conque a su debido tiempo,
lógicamente, nosotros llegaremos a cansarnos incluso de lo que los exploradores
vengan a contarnos sobre el gran país de lo mugriento o, con ejemplos y pormenores
inauditos, sobre la zona grisácea que lo circunda ennegreciéndose conforme más se
estrecha. Pero, seguramente, los exploradores, ¡benditos sean!, todavía tendrán que
hacer mucho antes de que ello ocurra; aún es temprano para preocuparse de cambios,
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así que debemos concederles el beneficio de toda suposición favorable. Nos sentimos
agradecidos por cualquier intrepidez y cualquier curiosidad diligente, y esa es la
razón de que nos sintamos agradecidos por el arrojo constante de Kipling y por la
mayoría de sus expediciones.
Muchas de estas, cierto es, han sido a una región que a primera vista no puede
calificarse como turbia, aunque, en realidad, nuestro autor siempre nos hace
acordarnos de que la India es ante todo la tierra del misterio. Sin duda que una buena
parte de su jovialidad, y de la nuestra, proviene del entretenimiento de un material tan
vivido y heterogéneo, de la magia irresistible de soles abrasadores, imperios
sojuzgados, religiones enigmáticas, guarniciones inseguras y mujeres enteramente
cubiertas; del calor y el colorido y el peligro y el polvo. La India es un paisaje
prodigioso, y nos sentimos debidamente temerosos ante las familiaridades del trato
que le dispensa Kipling y la impunidad maravillosa, la clase de suerte que favorece a
los valientes, de su carencia de temor. La humildad abyecta no es el punto fuerte de
nuestro autor, mas este nos brinda algo a cambio: vividez y exotismo, la visión y la
emoción de muchas cosas, el patetismo y la rareza de la mayoría de ellas, la
sensación íntima de un centenar de extrañas relaciones y riesgos. Y además, a falta de
respeto, Kipling exhibe conocimiento sobrado, y aunque el conocimiento le fallara
seguiríamos teniendo inventiva sobrada. Aparte, si alguna vez le fallara la inventiva,
aún nos quedaría la nota lírica y el acorde patriótico, que él sabe tocar de manera
admirable; conque puede decirse que es todo un hombre de recursos. Lo que Kipling
nos brinda, por encima de todo, es un reflejo de la civilización inglesa y la sangre
inglesa en condiciones que dicha civilización y dicha sangre han hecho suyas a la vez
en tanta y en tan poca medida… con consecuencias bastante grotescas en algunos de
sus cuadros satíricos y hondamente conmovedoras en algunas de sus anécdotas sobre
la responsabilidad individual.
Sus impresiones hindúes se dividen en tres grupos, uno de los cuales, opino,
descuella mucho más que los otros dos. Primeramente citemos los cuentos de la vida
nativa, curiosos atisbos de costumbres y supersticiones, oscuros asuntos ignotos de la
mayoría, para los cuales nuestro autor posee un flair notable. Luego vienen los
bosquejos sociales angloindios, los estudios de personajes administrativos y militares
y de las extraordinarias damas enérgicas y decididas que, en Simia y demás
asentamientos tediosos, van en busca de maridos y amantes… a menudo, por lo visto,
los maridos y amantes ajenos. El grupo más brillante está dedicado por entero al
soldado común, y se me antoja que ningún elogio sobre esta serie puede resultar
excesivo. Aquí, Kipling, pese a su brusquedad, es un maestro completo; pues somos
cautivados no tanto por la mayor o menor rareza de cada historieta —a veces no se
trata de una historieta, sino de algo mucho menos artificial— cuanto por la actitud
vigorosa del narrador, que jamás adorna o embellece o sofística, sino que se entrega
sin reparos a lo ordinario y lo característico. Ya he mencionado la gran estima en que
tengo a Mulvaney, indisputablemente un hombre entrañable y cualificado para más
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altos menesteres. Mulvaney es una creación de la cual es lícito sentirse orgulloso, y
sus dos camaradas se sostienen sobre sus respectivos pies con idéntica firmeza. A
despecho de las posibilidades espirituales de Mulvaney, los tres son unos perfectos
bárbaros; pero tal perfección es justamente lo que nos deleita. Cualquier cosa que
Kipling narre acerca de ellos tendrá siempre lectores no menos devotos que incapaces
de explicar plenamente su fe.
A fin de cuentas, ¿acaso los placeres literarios más intensos no son los más
perversos y caprichosos y aun indefendibles? Tienen su lógica por alguna parte, pero
a menudo está sumergida más abajo del alcance de la plomada de la crítica. Puede ser
débil el hechizo de un escritor que cumpla todos los requisitos exigibles y
reglamentarios, e irresistible el de otro que haga gala de un estilo comparable a un
sombrero estrafalario. Un sombrero elegante es mejor que uno estrafalario, pero un
mago puede ponerse indistintamente ambos. Más de un lector será siempre incapaz
de especificar qué secreta fuerza humana lo subyuga cuando el soldado Ortheris, tras
haber rezongado «calladamente contra el cielo azul», enloquece de nostalgia junto al
río amarillo y añora frenéticamente las más infames imágenes y sonidos de Londres.
Yo mismo apenas sé decir por qué considero que La conquista de Dinah Shadd es
una obra maestra (si bien, a decir verdad, puedo conjeturar sensatamente una de las
razones), ni quizá merezca la pena intentar racionalizar pareja afirmación con
respecto a Greenhow Hill… y mucho menos importunar al paciente lector de estos
comentarios con una constatación de por cuántas más realizaciones del tipo de Al
final del callejón (aun concediendo que tal vez no constituyan el máximo nivel
alcanzable por Kipling) soy consciente de sentir un fervor oculto. Servidor bien
puede admitir, de paso, haber llorado abundantemente con Los tambores del Popa y
Proa, la historia del «valor holandés»[1] de dos muchachitos terribles que, frente a
afganos solo un poco más terribles, salvan la reputación de su regimiento y perecen,
del modo menos sensiblero del mundo, en medio de un encarnizamiento belicoso
incomparablemente expresado. No es preciso que los lectores poseedores de un
carácter sumamente pacífico y que no tienen sobre su conciencia ningún
derramamiento de sangre se hagan los remilgados a la hora de reconocer el atractivo
que sobre ellos ejerce el intenso militarismo de Kipling y cuán sorprendente y
contagioso les parece, pese a su tonalidad nada romántica, el modo como rebosa de
toda especie de brutalidades y tecnicismos. Quizá por ello es por lo que aprecio
incluso Los Gadsby… ya que los Gadsby están tan relacionados (incómodamente,
cierto es) con el Ejército. Hay una violencia tremenda —o un peligro tremendo de
que se desencadene— en El hombre que pudo reinar; ¿es esa la razón de que
quedemos hondamente impresionados por este relato extraordinario? Es una de ellas,
sin duda, pues Kipling tiene, al fin y al cabo, muchas razones a su favor, si bien no
todas están igualmente dispuestas a dejarse formular.
He de agregar, sea como fuere, otra más en estos comentarios deslavazados: la
que hablé de conjeturar sensatamente a propósito de La conquista de Dinah Shadd. El
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talento que produce un cuento así es un talento eminentemente en sintonía con el
relato breve, y el relato breve es, a este lado del Canal y del Atlántico, una mina aún
casi sin explotar. Admirable es la claridad con que Kipling percibe esto: las
posibilidades innumerables que hay en el cuento, posibilidades de abordar la vida en
un millar de puntos disímiles, desmenuzándola en fragmentos innumerables, cada
uno un ejemplo y una ilustración. En una palabra, sabe la valía de un episodio, y hay
indicios que demuestran que esta pericia, en conjunto, será duradera. Comprobará
que el condensable «caso» desgajado es una forma literaria admirable y elástica; el
cultivo de la cual puede muy bien incrementar la desconfianza ya sentida por Kipling,
si no nos engañan las apariencias, hacia lo que hay de artificioso y desangelado en la
técnica tradicional de la «trama». Ello lo afianzará en la convicción de que una viñeta
vivida tiene mayor poder comunicativo que un puzle chino. Hay bastante poca
«trama» en una obrita tan perfecta de rigurosa figuratividad como es Al final del
callejón, por mencionar nuevamente solo el ejemplo más destacado de entre una
veintena.
Pero estoy poniéndome a hablar del futuro de nuestro autor, lo cual es la licencia
que yo había hecho propósito de no tomarme… precisamente porque tal cuestión es
harto seductora. En el mundo no hay nada tan delicioso (para un profeta) como
profetizar, pero, ya que tampoco hay nada tan inconsistente, la propensión debe ser
reprimida en razón directa a las oportunidades que se le ofrezcan. Hay cierta falta de
deferencia hacia un presente especialmente actual aun en especular, con una docena
de precauciones corteses, sobre la cuestión de lo que a última hora del día ocurrirá
con un talento que se ha levantado tan temprano. La bibliografía actual de Kipling es
como un paseo enorme antes del desayuno, que consigue que uno apetezca más las
viandas, pero también que considere con cierta alarma el rato que aún queda para que
sean servidas. No obstante, aunque el desayuno de Kipling todavía no ha sido
servido, los indicios apuntan a que después de que lo haya tomado se mostrará más
activo que nunca. Entre dichos indicios figuran el carácter infatigable de su caminar y
la excelente forma en que se encuentra, como se dice en círculos atléticos, para
recorrer el terreno. No lo observamos trastabillar; por el contrario, avanza a pasos tan
rápidos como en el primer instante y aún más firmes. En él hay algo a la vez
entusiástico y profesional que indica que siente tanto placer como responsabilidad.
Un insolente lector fantasioso, obsesionado por el recuerdo de todas las buenas
trayectorias que ha visto ir a menos —por la conciencia de lo miserable o, como
mínimo, lo inferior de muchísimas continuaciones y finales—, es casi capaz de
tergiversar la idea de justicia poética a fin de pensar que para un creador tan
asombroso resultaría incluso meritorio quedar simplemente como el venturoso,
sugestivo, no culminado y no coronado artífice de lo que ya ha logrado hasta ahora.
Siempre podremos remitirnos a eso.
Introducción a El hándicap de la vida
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United States Book Company, Nueva York, 1891
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EL HOMBRE QUE PUDO REINAR
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capital ocho anas en efectivo, que necesitaba para su cena, y yo no llevaba una sola, a
causa del Déficit antes mencionado. Además, yo iba a un desierto donde, aunque
retomaría contacto con Tesorería, no había oficinas telegráficas. Me hallaba, por
consiguiente, en un caso de imposibilidad material para prestarle cualquier servicio.
—Queda el recurso de que amenacemos a un jefe de estación y que lo obliguemos
a enviar el telegrama de fiado —dijo mi amigo—, pero esto nos sujetaría al embrollo
de pesquisas, y yo necesito tener libertad de acción en estos días. Creo haber
entendido que usted volverá por esta misma vía pasados unos días.
—Dentro de diez —dije.
—¿Podrían ser ocho? —dijo—. Mi asunto es algo urgente.
—Puedo mandar su telegrama dentro de diez días si eso le sirve de algo —dije.
—Hallo inconveniente en el empleo del telégrafo ahora que lo pienso con
detenimiento. Las cosas son así. Él sale de Delhi el 23 con dirección a Bombay. Eso
significa que pasará por Ajmir hacia la noche del 23.
—Pero yo voy al desierto índico —expliqué.
—Eso está muy bien —dijo—. Usted cambiará de tren en el empalme de Marwar
para ir al territorio de Jodhpore (tiene usted que hacerlo por fuerza), y él pasará por el
empalme de Marwar en la madrugada del 24 en el correo de Bombay. ¿Puede usted
estar en el empalme de Marwar en ese momento? No le causará ningún trastorno
porque sé bien que en estos Estados de la India central la caza es mala y rara… aun
cuando uno se finja representante del Backwoodsman.
—¿Usted ha intentado ya esa treta? —pregunté.
—Una y otra vez, pero le caen a uno encima los corresponsales residentes, y hay
que volver con escolta a la frontera antes de que se les pueda meter una hoja de
navaja en las entrañas. Vamos al asunto de mi amigo. Yo necesito que tenga noticia
verbal de mí, o de lo contrario no sabrá qué camino debe tomar. Será muy señalado el
servicio que usted me preste si vuelve de la India central a tiempo para verse con él
en el empalme de Marwar y decirle: «Ha ido al sur durante la semana». Él sabrá lo
que eso significa. Es un hombre alto, corpulento, de barba roja. Lo encontrará usted
durmiendo como un caballero rodeado de todo su equipaje en un compartimento de
segunda. Pero que esto no lo intimide a usted. Baje la ventanilla y diga: «Ha ido al
sur durante la semana», que él se hará cargo. Estará usted solo dos días menos en
aquellos parajes. Pide este favor un extraño… que va al oeste. —Pronunció
enfáticamente las últimas palabras.
—¿De dónde viene usted? —dije.
—Del este —dijo—, y espero que usted le dará la noticia lealmente… por la
memoria de mi madre y de la de usted.
Los ingleses no son seres tiernos que se ablandan con esas invocaciones
sentimentales, pero por ciertas causas, que más adelante se aclararán, creí
conveniente deferir.
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—Se trata de algo más que de una minucia —dijo—, y por eso le he pedido a
usted el favor… y ahora sé que puedo confiar en que lo hará. Vagón de segunda clase
en el empalme de Marwar, caballero pelirrojo que irá durmiendo. Asegúrese de no
olvidarlo. Yo me bajo en la próxima estación y allí tendré que quedarme hasta que él
venga o me envíe lo que necesito.
—Si pasa le daré el recado —dije—, y por la madre de usted y por la mía voy a
permitirme darle un consejo. No vaya usted a los Estados centrales de la India, por lo
menos ahora, como corresponsal del Backwoodsman. Hay un verdadero corresponsal
que pudiera sacar las uñas.
—Gracias —dijo con llaneza—, y ¿cuándo se largará ese cochino? No es justo
que yo me muera de hambre solo porque a él se le ha antojado venir a inutilizar mis
esfuerzos. Yo quería afianzar al rajá de Degumber explotando el asunto de la viuda de
su padre, y darle así un buen susto.
—Pues ¿qué asunto es ese de la viuda del padre?
—Le rellenó el buche de pimienta roja y le facilitó la muerte colgándola de una
viga. Yo descubrí el hecho personalmente, y soy el único que se atreverá a ir para
sacar dinero por mi silencio. Intentarán envenenarme, como cuando fui a Chortumna
para hacer un poco de fortuna por allí. Pero ¿dará usted mi recado al hombre del
empalme de Marwar?
Se apeó en una estación de ínfima clase, y yo reflexioné. Había oído, más de una
vez, que ciertos individuos se dicen corresponsales de periódicos y sangran a los
pequeños Estados mediante amenazas de hacer revelaciones infamantes, pero jamás
hasta entonces había dado con uno de esos pájaros. Su existencia es muy penosa y,
generalmente, su muerte es en extremo rápida. Los Estados nativos tienen un santo
horror a los periódicos ingleses, que pueden arrojar luz sobre sus métodos peculiares
de gobierno, y para acallar a los corresponsales los ahogan en champaña o los hacen
ver todo de color de rosa desde la altura de un elegante birlocho. Ignoran que a nadie
se le da un comino de cómo se administran los Estados nativos, en tanto que la
opresión y el crimen no traspasan unos límites decentes, y en tanto que el gobernante
no está enmorfinado, alcoholizado o inutilizado de punta a cabo del año. Esos
Estados son los puntos negros de la tierra, saturados de una crueldad inimaginable, y
por una parte tienen contacto con el telégrafo y el ferrocarril, y viven, por la otra, en
los tiempos de Harun-al-Raschid. Cuando llegué a mi destino tuve que ver con
algunos reyes, y a lo largo de ocho días experimenté constantes cambios de vida. A
veces me veía vestido de etiqueta codeándome con príncipes y políticos, bebiendo en
copas de Bohemia y comiendo en vajillas de plata. A veces dormía sobre el duro
suelo y devoraba lo que podía encontrar, sirviéndome de platos hechos con hojas, y
bebía el agua de los charcos, y para dormir me cubría con la misma manta que mi
criado. Tal es el oficio.
Luego me dirigí al gran desierto indio en la fecha indicada, tal como había
prometido, y el tren correo de la noche me dejó en el empalme de Marwar, de donde
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parte la línea de Jodhpore: línea curiosa, cómica, del tres al cuarto, manejada por
nativos. El correo de Delhi a Bombay efectúa una parada breve en Marwar. Llegó en
el preciso momento de mi arribo, y apenas tuve tiempo de apresurarme al andén y de
recorrer la línea de vagones. Había solo uno de segunda ciase. Bajé la ventanilla y vi
que en el interior iba una barba roja llameante, medio cubierta por una manta de
viaje. Era mi hombre, dormido profundamente, y lo toqué con suavidad en las
costillas. Despertó con un gruñido y vi su rostro a la luz de las lámparas. Era un
rostro ancho y radiante.
—¿Otra vez el billete? —dijo.
—No —dije—. Vengo para decirle a usted que ha ido al sur durante la semana.
¡Ha ido al sur durante la semana!
Ya el tren había comenzado a moverse. El hombre de la barba roja se frotaba los
ojos.
—Ha ido al sur durante la semana —hizo de eco—. Nada iguala su desvergüenza.
¿Le dijo a usted que yo había de pagarlo? Porque no pienso hacerlo.
—Nada me dijo —contesté, y bajé y me quedé viendo las lucecitas rojas que se
perdían en la noche. Hacía un frío espantoso porque el viento soplaba de los arenales.
Tomé mi propio tren —esta vez ya no en intermedia— y me eché a dormir.
Si el hombre de la barba roja me hubiera dado una rupia, yo la habría guardado
como recuerdo de un curioso incidente. Pero mi única recompensa fue la conciencia
del deber cumplido.
Más tarde reflexioné que dos caballeros como aquellos amigos míos no podían
hacer nada bueno presentándose en calidad de corresponsales de periódicos, y que
podían, en el caso de que extorsionaran a los estaduchos de la India central o del
Rajputana meridional, verse envueltos en serios apuros. Por consiguiente hice cuanto
pude para describirles con fidelidad sus personas a quienes podían estar interesados
en su deportación; y gracias a mí, según supe después, se los hizo volver de las
fronteras de Degumber.
Luego me volví persona respetable, y retorné a una Oficina donde no había reyes
ni incidentes extraños a la diaria redacción de un periódico. La oficina de un
periódico parece atraer a toda clase imaginable de personas, en detrimento de la
disciplina. Llegan señoras misioneras de la zenana, y quieren que el redactor jefe
abandone al instante todas sus obligaciones para que se ocupe en la minuciosa
descripción de una entrega de premios de las escuelas cristianas en una casa de
vecindad de un villorrio perfectamente inaccesible; coroneles postergados toman
asiento y esbozan el plan para una serie de diez, doce o veinticuatro artículos de
fondo sobre la Antigüedad versus la Elección; misioneros desean saber por qué no se
permite la piadosa pretensión de que el Nosotros del periódico sirva para las flechas
envenenadas con que quieren asesinar a un cofrade; compañías teatrales en malas
circunstancias acuden para explicar que no están en condiciones de pagarse anuncios,
pero que en cuanto vuelvan de Nueva Zelanda o Tahití pagarán la deuda con los
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intereses; inventores de máquinas para accionar punkahs, de pernos para carruajes, de
espadas irrompibles, de ejes, llevan los bolsillos repletos de especificaciones y
abundan en tiempo disponible; representantes de las compañías de té entran y
redactan con las plumas de la oficina los prospectos del negocio; secretarios de
comités coreográficos claman al cielo porque el periódico no ha descrito con
suficiente detalle las excelencias del último baile de sociedad; damas muy extrañas
entran haciendo frufrú de sedas y dicen: «Quiero que impriman en el acto un centenar
de tarjetas de visita, por favor», cosa que manifiestamente forma parte de los deberes
de un jefe de redacción; y no hay haragán disoluto de los que recorren la línea del
gran ferrocarril Troncal para quien sea cosa desusada solicitar empleo de corrector de
pruebas. Y, todo el rato, la campana del teléfono repica con locura, y los reyes
mueren asesinados en el continente, y los imperios dicen: «Eso lo serás tú», y el señor
Gladstone echa regueros de azufre sobre los Dominios británicos, y los negritos de la
imprenta pasan gritando con movimiento de abejas fatigadas: «kaa-pi chay-ba-yeh»,
que quiere decir que se necesita original para las cajas, y el periódico está todavía tan
falto de lectura como el escudo de Mordred.
Pero esa es la parte entretenida del año. Hay otros seis meses en que nadie llama a
la puerta, y el termómetro sube por pulgadas hasta que el mercurio llega al tope, y en
la oficina hay escasamente la luz imprescindible para leer, y las prensas están rojas
por la acción de la temperatura, y nadie escribe nada salvo lo relativo a la sección
necrológica y a las crónicas mundanas de las estaciones veraniegas situadas en las
colinas. Entonces el teléfono se convierte en un cencerro aterrador, pues no habla
sino de muertes repentinas de hombres y mujeres de vuestra intimidad, y las cálidas
púas del calor rodean vuestro cuerpo y os sentáis para escribir: «Se nos comunica que
ha habido un ligerísimo incremento en la curva de las enfermedades en el distrito de
Khuda Janta Khan. No se trata sino de un brote de naturaleza esporádica, y gracias a
los vigorosos esfuerzos de las autoridades ha tocado casi a su fin. Tenemos, no
obstante, el doloroso deber de informar que ha muerto…».
Después se desata de verdad la epidemia, y cuanto menos se escriba y se informe
sobre ella, tanto mejor para la paz de los suscriptores. Pero los imperios y los reyes
continúan en sus eternas distracciones características de su egoísmo, y el regente de
la imprenta cree que para que un periódico sea realmente un diario debe salir cada
veinticuatro horas, y todos los veraneantes de las colinas dicen sin dejar un momento
sus placeres: «¡Dios mío! ¡Parece mentira que este periódico no diga nada de lo que
aquí pasa! Si diera noticia de nuestra vida social sería la hoja más brillante del
universo».
Esa es la cara oculta de la luna y, como dice la publicidad, «hay que probarla para
apreciarla».
Era en esa estación, una estación que se distinguió entre todas por los daños que
trajo consigo, cuando se adoptó la costumbre de hacer el último número de la
semana, el de la noche del sábado, en la madrugada del domingo, como lo practicaba
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un periódico de Londres. Estas horas eran muy convenientes, pues no bien iba el
periódico a las prensas, el termómetro bajaba con la aurora de 44 grados a casi 38
grados durante media hora, y a favor de aquella temperatura invernal —si decís que
es insensato hablar de frío con 38 grados os objetaré que no tenéis idea de lo que son
38 grados sino cuando habéis pedido esa temperatura como un don de misericordia
—, la fatiga nos traía el sueño hasta que una nueva ola de calor nos despertaba.
Un sábado por la noche desempeñaba yo el delicioso deber de llevar el periódico
a la prensa, y no había otros redactores en la oficina. Un rey o un cortesano o una
cortesana o una comunidad estaba a las puertas de la muerte o iba a votar una nueva
Constitución, o realizar algún hecho importante en el otro extremo del mundo, y el
periódico tenía que quedar abierto para aprovechar el telegrama del último minuto.
La noche era negra como la boca del lobo, todo lo bochornosa que puede ser una
noche de junio, y el loo, viento abrasador que sopla del oeste, cantaba entre los
árboles más secos que la yesca y fingía que la lluvia lo seguiría de cerca. Una que
otra vez caía una gota de agua casi hirviente y se precipitaba en el polvo como una
rana en el estanque, pero nuestras ánimas atribuladas sabían que aquello era un
simulacro. La sala de las prensas tenía un poquitín de ventaja de temperatura respecto
de la oficina de los redactores, conque yo estaba sentado allí, oyendo el golpe seco de
las letras y sintiendo el cosquilleo de un arrullo con aquel ruido metálico, y las
chotacabras ululaban en las ventanas, y los cajistas casi desnudos se limpiaban el
sudor de la frente y solicitaban agua. La noticia que nos retenía, fuera la que fuese, no
llegaba, aunque ya el loo había callado y ya se había compuesto el último renglón, y
la entera tierra redonda estaba detenida en su eje y abrumada por el calor, con un
dedo en los labios en espera del acontecimiento. Yo dormitaba, considerando el pro y
el contra de la invención del telégrafo, y haciendo conjeturas sobre si el prócer
agonizante o el pueblo en lucha serían conscientes de los inconvenientes de este
retardo a nuestro periódico. Fuera del calor no había causa especial que me produjese
un estado de tensión, pero, cuando las manecillas del reloj marcaron las tres y las
máquinas movieron dos o tres veces sus volantes para que se viera si todo estaba listo
para comenzar la faena, justo antes de dar yo la voz correspondiente, habría podido
aullar.
Entonces el estruendo y el traqueteo de las ruedas hicieron añicos la quietud. Me
levanté para salir, pero dos hombres vestidos de blanco estaban frente a mí. El
primero de ellos dijo:
—¡Es él!
El segundo dijo:
—¡Sí que lo es!
Y ambos rieron tan estrepitosamente que su risa casi dominó el fragor de las
máquinas, y se enjugaron la frente.
—Vimos la luz desde la acera de enfrente, y estábamos durmiendo en esa cuneta
por el calor, y yo le dije a este amigo: «La oficina está abierta. Vamos a hablar con el
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que nos hizo volver del Estado de Degumber» —dijo el menos alto de los dos. Era el
mismo a quien yo conocí en el tren de Mhow y su compañero era el barbarroja del
empalme de Marwar. Nadie podría olvidar ni confundir las cejas del uno o las barbas
del otro.
A mí me complacía muy poco la visita, pues deseaba dormir, y no reñir con
haraganes.
—¿Qué desean? —pregunté.
—Hablar media hora con usted, al fresco y sin molestias, en la oficina —dijo el
de la barba roja—. Quisiéramos un trago (todavía no comienza el Contrato, Peachey,
conque no me mires así), pero lo que más necesitamos es consejo. Dinero no.
Queremos un favor, porque descubrimos la mala pasada que usted nos jugó en el
asunto del Estado de Degumber.
Los guie de la sala de prensas a la sofocante oficina con los mapas en las paredes,
y el pelirrojo se frotaba las manos.
—Está muy bien esto —dijo—. Había que venir a una oficina así. Ahora, señor,
permítame que le presente al Hermano Peachey Carnehan, que es él, y al Hermano
Daniel Dravot, que soy yo, y de nuestras profesiones, cuanto menos se diga, mejor,
pues hemos sido cuanto puede uno ser. Soldados, marineros, cajistas, fotógrafos,
correctores de pruebas, predicadores ambulantes y corresponsales del Backwoodsman
cuando creímos que el periódico los necesitaba. Carnehan está sobrio y yo también.
Examínenos usted y verá que no lo engañamos. Eso le impedirá interrumpirme.
Tomaremos uno de sus cigarros por cabeza y verá cómo los encendemos.
Contemplé la prueba. Ambos estaban absolutamente sobrios, conque les di un
tibio whisky con soda.
—Eso está muy bien —dijo Carnehan, el de las cejas, limpiándose las gotas que le
quedaron en el bigote—. Ahora déjame hablar a mí, Dan. Hemos recorrido toda la
India, y casi siempre a pie. Hemos sido caldereros, maquinistas, subcontratistas y
hemos hecho cuanto se puede hacer, y hemos decidido que la India es muy estrecha
para nosotros.
Ciertamente eran demasiado grandes para la oficina. La mitad de su capacidad
quedaba llena con las barbas de Dravot, y en la otra mitad no cabían los hombros de
Carnehan, mientras estaban sentados sobre la gran mesa. Carnehan continuó:
—No se hace nada en este país porque los que gobiernan no permiten que uno lo
toque. Ellos emplean todo su dichoso tiempo en gobernarlo, y no puede uno mover la
pala, ni barrenar una roca, ni buscar petróleo, ni hacer algo de provecho, en suma, sin
que el Gobierno entero diga: «Deja eso y no impidas que gobernemos». Por
consiguiente, tal como están las cosas, abandonaremos el país a su suerte y
elegiremos otro camino para vivir donde el hombre no se vea acosado y pueda
obtener ventajas. Nosotros no somos poca cosa y a nada le tenemos miedo, como no
sea a la maldita Bebida, y hemos celebrado un Contrato a este respecto. Por
consiguiente vamos a ser reyes.
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—Reyes por derecho propio —musitó Dravot.
—Sí, claro —dije—. Han estado ustedes todo el día expuestos a los rayos del sol
y la noche es calurosísima, conque ¿por qué no lo consultan con la almohada?
Vuelvan mañana.
—No tenemos insolación ni estamos ebrios —dijo Dravot—. Medio año hace que
venimos madurando este plan, y necesitamos consultar Libros y Atlas, y hemos
llegado a la conclusión de que ahora mismo hay un único lugar en el mundo en que
dos hombres fuertes pueden sentar sus reales. Es ese que llaman Kafiristán. Yo creo
que es el que está en el rincón de arriba de Afganistán a mano derecha, a no más de
cuatrocientos cincuenta kilómetros de Peshawar. Tienen allí treinta y dos ídolos
paganos, y nosotros seremos el treinta y tres y el treinta y cuatro. El país es
montañoso, y las mujeres de aquellas regiones son muy hermosas.
—Pero eso está prohibido en el Contrato —dijo Carnehan—. Ni mujeres ni
alcohol, Daniel.
—Y a eso se reduce lo que sabemos, excepto que nadie ha ido allí, y que luchan,
y, donde hay lucha, un hombre que sabe adiestrar a los demás puede siempre ser rey.
Nosotros iremos a esas regiones y les diremos a todos los reyes que hallemos al paso:
«¿Quiere usted derrotar a sus enemigos?», y enseñaremos a cada tribu la disciplina
militar; pues eso sí lo sabemos mejor que ninguna otra cosa. Después derrocaremos a
ese rey y tomaremos su Trono y estableceremos una Dinastía.
—Antes de que ustedes hayan avanzado ochenta kilómetros desde la línea
fronteriza los harán picadillo —dije—. Tienen que atravesar todo Afganistán para
llegar a ese país. Es una masa de montañas y picos y glaciares, y ningún inglés ha
pasado por allí. Los habitantes son como animales irracionales, y aunque llegaran
ustedes no harían cosa de provecho.
—Excelente —dijo Carnehan—. Si usted nos cree todavía más necios nos dará
más gusto. Hemos venido para informarnos de ese país, para leer un libro en que se
hable de él y para que nos muestre los mapas. Queremos que nos llame necios y nos
enseñe sus libros. —Se dirigió hacia los anaqueles.
—Pero ¿es serio eso? —dije.
—Algo hay de verdad en ello —dijo Dravot con amabilidad—. Queremos un
mapa muy grande, aunque esté en blanco todo lo de Kafiristán, y queremos todos los
libros que usted tenga sobre el asunto. Sabemos leer, aunque no seamos muy
instruidos.
Yo extraje de su estuche el mapa de la India, con escala de una pulgada por treinta
y dos millas, y dos mapas fronterizos menos grandes, saqué el tomo INF-KAN de la
Enciclopedia Británica, y mis visitantes se aplicaron a consultarlos.
—¡Mire aquí! —dijo Dravot, con el dedo en un punto del mapa—. Hasta
Jagdallak, Peachey y yo conocemos el camino. Fuimos con el ejército de Roberts.
Tenemos que tomar a la derecha de Jagdallak por el territorio de Laghmann. Después
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atravesaremos las montañas (a más de tres mil metros o a cuatro mil); el trabajo será
duro, pero aquí, en el mapa, no parece muy lejos.
Le di Las fuentes del Oxo de Wood. Carnehan estaba enfrascado en la lectura de
la Enciclopedia.
—Está muy confuso esto —dijo Dravot reflexivamente—; y no nos servirá para
conocer los nombres de esas tribus. Cuanto mayor sea el número de tribus habrá más
guerras, y nosotros sacaremos más ventajas. De Jagdallak a Ashang, ¡uhmm!
—Pero todo lo que se dice del país es muy de brocha gorda y muy inexacto —
protesté—. En realidad, nadie sabe una palabra de aquello. Aquí está el expediente
del Instituto de Servicios Unidos. Lea usted lo que dice Bellew.
—¡Al diablo con Bellew! —dijo Carnehan—. Dan, aquello es un hormiguero de
paganos, pero aquí en este libro se dice que creen estar emparentados con nosotros
los ingleses.
Yo fumaba mientras los dos se entretenían con Raverty, Wood, los mapas y la
Enciclopedia.
—No tiene usted para qué molestarse —dijo Dravot cortésmente—. Van a dar las
cuatro. Si usted quiere dormir nos iremos antes de las seis y no robaremos ninguno de
los papeles. No se alarme. Somos dos lunáticos inofensivos, y si mañana por la noche
va al bazar le diremos adiós.
—Ustedes son dos necios —contesté—. Se los hará volver de la frontera, o serán
reducidos a polvo cuando pongan el pie en Afganistán. ¿Quieren ustedes dinero o una
recomendación para el sur? Yo les prestaré mi ayuda para encontrar algo en que
trabajar la semana próxima.
—La semana próxima tendremos mucho trabajo, gracias —dijo Dravot—. No es
tan fácil como parece llegar y hacerse rey. Cuando nuestro reino esté ya bien
arreglado se lo avisaremos, y usted podrá ir a ayudarnos a gobernarlo.
—¿Dos lunáticos hacen un Contrato como este? —dijo Carnehan con un
sentimiento de orgullo contenido, mientras me mostraba una hoja de papel grasiento
en la cual estaban escritas las estipulaciones. Las copié, allí mismo, como una
curiosidad:
Este Contrato, que hacemos tú y yo poniendo como testigo a Dios… Amén y todo eso.
Uno. Yo y tú arreglaremos este asunto unidos; a saber, seremos reyes de Kafiristán.
Dos. Tú y yo no nos entregaremos al alcohol ni a una mujer, sea negra, blanca o
bronceada, para que no vayamos a tener tal o cual dificultad mientras se arregla el asunto de
Kafiristán.
Tres. Que nos conduciremos con Dignidad y Discreción, y si uno de nosotros tiene
dificultades, el otro lo ayudará.
Firmado por ti y por mí hoy.
Peachey Taliaferro Carnehan,
Daniel Dravot.
LOS DOS, CABALLEROS CUMPLIDOS.
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—No era necesaria la última frase —dijo Carnehan ruborizándose modestamente
—; pero se ve que está hecho con todas las formalidades. Ahora bien, ya sabe usted
lo que son los ganapanes (somos ganapanes, Dan, mientras no salgamos de la India) y
¿no cree usted que no firmaríamos un Contrato como este si no nos halláramos
resueltos a obrar con toda la formalidad del caso? Nos hemos abstenido de las dos
cosas que le dan valor a esta vida.
—La vida no les durará mucho tiempo si se obstinan en emprender esta aventura
de idiotas. No incendien la oficina —dije— y márchense antes de las nueve.
Los dejé ocupados en el examen de los mapas y tomando notas al dorso del
«Contrato».
—No falte usted mañana al bazar —fueron sus últimas palabras.
El bazar Kumharsen es el gran albañal humano cuadrangular donde se atan y
desatancas cuerdas de camellos y caballos del norte. Allí se reúnen individuos de
cuantos pueblos hay en el Asia central, y casi todo el resto de la India acude a ese
sitio. Bengala y Bombay estrechan la mano de Balkh y la de Bokhara, y procuran
hincarse el diente. En el bazar Kumharsen podéis comprar caballos, turquesas, gatos
persas, alforjas para jinetes, ovejas de rabo grueso, almizcle y mil cosas más, que
recibiréis casi como regalo. Por la tarde acudí para ver si mis amigos cumplían la
palabra dada o estaban durmiendo con una borrachera de primer orden.
Un sacerdote vestido con cintajos y jirones salió a mi encuentro, meneando
gravemente una perinola para niños. A su alcance iba su criado, que casi no podía dar
un paso, abrumado por una cesta de juguetes de barro. Ambos se ocupaban en cargar
dos camellos, y los habitantes del bazar los contemplaban desternillándose de risa.
—Ese sacerdote está loco —me dijo un chalán—. Va a Kabul para venderle
juguetes al emir. O se le rendirán honores o se lo decapitará. Vino hoy por la mañana,
y desde que llegó ha dado señales evidentes de no estar en su juicio.
—Dios protege a los locos —balbució un tártaro mofletudo hablando una jerga
india muy incorrecta—. Dicen la buenaventura.
—¡Habrían podido vaticinar que mi caravana sería atacada por los shinwaris casi
a la vista del Paso! —gruñó malhumorado el agente eusufzai de una casa de comercio
de Rajputana, cuyas mercancías habían caído en manos de ladrones al ir a pasar la
frontera, y cuyas desventuras eran el tema regocijado del bazar—. Oye, sacerdote,
¿de dónde vienes y adónde vas?
—De Rumania he venido —gritó el sacerdote bailando la perinola—; ¡de
Rumania, atravesando el mar en alas del soplo de cien demonios! ¡Oh ladrones,
bandidos, embusteros, la bendición de Pir Khan caiga sobre los cerdos, los perros y
los perjuros! ¿Quién llevará al Protegido de Dios y lo conducirá al norte para vender
al emir amuletos cuyo encanto no cesa jamás? Los camellos no se fatigarán, los hijos
no se enfermarán y las mujeres guardarán fidelidad a los maridos ausentes; todas las
bendiciones referidas caerán sobre quienes me reciban en su caravana. ¿Quién me
ayudará a calzar en los pies del rey de los Roos la sandalia de oro con tacón de plata?
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¡Que la protección de Pir Khan bendiga sus trabajos! —Extendió el paño de su
gabardina y comenzó a hacer cabriolas por entre las hileras de caballos atados.
—Hay una caravana que partirá de Peshawar para Kabul dentro de veinte días,
Huzrut —dijo el comerciante eusufzai—. Mis camellos irán con ella. Acompáñanos y
nos comunicarás las virtudes que posees.
—¡Yo debo partir hoy mismo! —exclamó el sacerdote—. ¡Yo partiré en mis
camellos alados y llegaré en un día a Peshawar! ¡Oh! Hazar Mir Khan —le gritó a su
criado—, saca los camellos, pero deja que yo monte primero en el mío.
Saltó para colocarse sobre el lomo de su bestia cuando esta dobló la rodilla, y
volviendo a mí la cara chilló:
—Ven tú también, sahib, y acompáñame un corto trecho y te venderé un amuleto:
un amuleto que te hará rey de Kafiristán.
Entonces se me iluminó la mente y seguí a los dos camellos hasta que nos
encontramos fuera del bazar, en campo abierto, donde se detuvo el sacerdote.
—¿Qué le ha parecido? —dijo en inglés—. Carnehan no sabe hablar la jerga de
esta gente, conque lo he hecho mi criado. Es un criado perfecto. No en vano he
andado de aquí para allá por este país durante catorce años. ¿No cree que hablo bien?
En Peshawar nos incorporaremos a una caravana y seguiremos con ella hasta
Jagdallak, y allí procuraremos trocar nuestros camellos por asnos, y llegaremos a
Kafiristán. ¡Perinolas para el emir, oh señor! Meta usted la mano debajo de las
alforjas y dígame lo que palpa.
Palpé un rifle Martini, y otro, y otro.
—Hay veinte —dijo Dravot con voz placentera—. Veinte y las correspondientes
municiones, todo bien oculto bajo las perinolas y los juguetes de barro.
—¡El cielo los asista si les descubren sus efectos! —dije—. Un Martini vale su
peso en plata entre los patanes.
—Mil quinientas rupias de capital (hasta la última rupia que pudimos haber por
donación, préstamo o robo) están invertidas en estos dos camellos —dijo Dravot—.
No vamos a dejarnos coger. Pasaremos el Khaiber con una caravana. ¿Quién se
meterá con un pobre sacerdote loco?
—¿Llevan ustedes todo lo necesario? —pregunté sin volver de mi asombro.
—Todavía no, pero todo vendrá muy pronto. Ahora denos usted un recuerdo de su
gentileza, Hermano. Usted me hizo un servicio ayer y aquel de Marwar. La mitad de
mi reino será para usted, como reza el refrán. —Desprendí un amuleto en forma de
compás que llevaba en la cadena de mi reloj y se lo di al sacerdote.
—Adiós —dijo Dravot tendiéndome la mano con cautela—. Es la última vez que
estrechamos la mano de un inglés quizá por mucho tiempo. ¡Estréchasela tú,
Carnehan! —exclamó cuando el segundo camello pasaba junto a mí.
Carnehan se inclinó y me dio la mano. Luego los camellos se perdieron entre la
polvareda del camino y quedé solo meditando asombrado. Mi ojo no hallaba defecto
en los disfraces. La escena del bazar probaba que eran verosímiles para las mentes
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indígenas. Cabía la probabilidad, por consiguiente, de que Carnehan y Dravot
cruzaran Afganistán sin tropiezo. Pero más allá los aguardaba la muerte, una muerte
cierta y espantosa.
Diez días después, un corresponsal indígena —que me comunicaba las noticias
del día en Peshawar— concluía su carta con: «Ha dado mucho que reír aquí cierto
sacerdote loco que, según cree, va a vender a S. A. el emir de Bukhara baratijas
consideradas por él como poderosos amuletos. Pasó por Peshawar y se incorporó a la
segunda caravana estival que va a Kabul. Los comerciantes se han quedado
encantados porque creen supersticiosamente que esos locos traen buena suerte».
Los dos, pues, pasaron la frontera. Yo habría dirigido una oración al cielo por
ellos, pero esa noche acaeció la muerte de un verdadero rey en Europa y tuve que
escribir el artículo necrológico.
La rueda del mundo gira atravesando las mismas fases una y otra vez. Pasó el verano,
y el invierno también pasó, para volver nuevamente uno y otro y pasar de nuevo. El
periódico seguía apareciendo diariamente, y yo trabajando en él, y en una noche
cálida del tercer verano había que esperar hasta última hora cierta noticia que debía
telegrafiarse desde el otro extremo del mundo, exactamente como en la noche de
aquel sábado a que me referí. Varios grandes hombres habían muerto en los últimos
dos años, las máquinas de nuestras prensas producían mayor estruendo, y en nuestro
jardín habían crecido un poco más algunos árboles. Pero, por lo demás, el mundo era
el mismo de siempre.
Me dirigí a la sala de prensas y se repitió casi idénticamente la escena que antes
describí. La tensión nerviosa era mayor que la de dos años atrás y yo sufría más a
causa del calor. A las tres de la madrugada grité: «¡A imprimir!», y ya daba media
vuelta para salir cuando se acercó al sitio en que yo estaba algo como un despojo
humano. Su espalda se encorvaba trazando un círculo, tenía la cabeza hundida entre
los hombros, y movía los pies uno sobre otro a la manera de los osos. No acertaba yo
a decir si andaba o se arrastraba aquel conjunto de harapos colgados de un cuerpo
paralítico que me llamaba por mi nombre, gritando que había regresado.
—¿Puede usted darme una copa? —murmuró con voz plañidera—. ¡Por Dios,
deme usted una copa!
Regresé a la oficina, seguido por el hombre que daba quejidos, y encendí la
lámpara.
—¿No se acuerda de mí? —boqueó, dejándose caer en un asiento, y volvió su
rostro enflaquecido, coronado por un matorral de cabellos canos, a la luz.
Lo examiné atentamente. Recordé haber visto aquellas cejas que formaban una
sola banda negra, ancha y espesa, sobre la nariz, pero ni por lo más remoto sabía
decir dónde.
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—No sé quién es usted —dije alargando la copa de whisky—. ¿En qué puedo
servirle?
Dio un trago ávidamente, y se estremeció a pesar del calor sofocante.
—He regresado —repitió—; y fui rey de Kafiristán… yo y Dravot. ¡Fuimos
coronados reyes! En esta oficina se fraguó: usted estaba sentado allí y nos daba los
libros. Yo soy Peachey: Peachey Taliaferro Carnehan… y usted ha seguido aquí
sentado desde entonces. ¡Oh Dios mío!
Mi sorpresa era mayúscula y di expresión a mis sentimientos.
—Es verdad —dijo Carnehan, sonriendo tristemente, a la vez que se cogía los
pies, envueltos en trapos—. Es verdad como un evangelio. Fuimos reyes, con corona
en la cabeza, yo y Dravot: ¡el pobre Dan, oh el pobre, pobre Dan, que no aceptó mis
consejos, aunque yo se lo supliqué!
—Beba usted ese whisky —dije— y tómese su tiempo. Cuénteme todo lo que
pueda recordar desde el principio hasta el fin. Cruzaron ustedes la frontera en sus
camellos: Dravot disfrazado de sacerdote loco, y usted como criado suyo. ¿Lo
recuerda usted?
—Yo no estoy loco… todavía, pero poco me falta. Claro que lo recuerdo. No
aparte usted la vista de mí, o acaso mis palabras se disgreguen. Míreme bien y no me
interrumpa.
Me incliné hacia él y clavé los ojos en su rostro con la mayor atención que me fue
posible. Dejó caer una mano sobre la mesa y yo se la sujeté por la muñeca. Estaba
contraída como garra de ave y en el dorso tenía una cicatriz romboidal.
—No, no mire usted eso. Míreme a mí —dijo Carnehan—. De eso trataremos
después, pero, por Dios, no me distraiga. Salimos con aquella caravana: yo y Dravot
haciendo toda clase de extravagancias para divertir a nuestros compañeros. Dravot
nos hacía reír por las noches cuando todos los expedicionarios se ocupaban en
preparar su cena…, preparando su cena, y… ¿qué hacían entonces? Sus fogatas
despedían chispas que volaban a la barba de Dravot, y esto nos causaba tanta risa que
era cosa de morirse. Las chispas rojas de la barba roja de Dravot… qué divertido. —
Apartó sus ojos de los míos y empezó a reír como un loco.
—Llegaron ustedes hasta Jagdallak con esa caravana —dije al azar— después de
encender esas fogatas. Hasta Jagdallak, donde torcieron para entrar en Kafiristán.
—No, nada de eso. ¿Qué está usted diciendo? Torcimos antes de llegar a
Jagdallak, porque se nos dijo que los caminos eran buenos. Pero no eran lo bastante
buenos para nuestros dos camellos: el mío y el de Dravot. Al separarnos de la
caravana, Dravot se quitó sus vestidos y también me quitó los míos, y dijo que
teníamos que hacernos paganos, porque los kafires no querrían cruzar su palabra con
gente sometida a la ley de Mahoma. Así que adoptamos otros disfraces, y fueron tales
que no he visto ni espero ver una facha como la de Daniel Dravot. Se quemó la mitad
de la barba, y se echó sobre los hombros una piel de carnero, y se atusó el pelo de un
modo fantástico. A mí también me dio una trasquilada ignominiosa y me sometió a
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todos los ultrajes de un disfraz que se acomodara a la idea que él tenía de un pagano.
Estábamos en un territorio muy montañoso y los camellos ya no podían avanzar más
a causa de las montañas. Eran altas y negras, y al volver las vi luchando como cabras
montesas; hay infinidad de cabras en Kafiristán. Y las montañas son tan inquietas
como las cabras. Siempre están en lucha, hasta el grado de no ser posible dormir
durante la noche.
—Beba otro trago de whisky —dije con voz lentísima—. ¿Qué hicieron usted y
Daniel Dravot cuando los camellos no pudieron avanzar más por la naturaleza
montañosa del terreno que llevaba a Kafiristán?
—¿Qué hicimos quiénes? Iba en compañía de Dravot un tal Peachey Taliaferro
Carnehan. ¿Le hablaré a usted de él? Murió en aquel frío país. ¡Cómo cayó del puente
el pobre Peachey, dando vueltas por el aire lo mismo que una perinola de un penique
de las que llevaba para venderlas al emir! No; pero esas perinolas eran de las que dan
a razón de dos por tres medios peniques, y si no es así me engaño mucho y lo siento
mucho… Y esos camellos no tenían ninguna utilidad, y Peachey le dijo a Dravot:
«Por Dios, vámonos de aquí antes de que nos corten la cabeza», y tras eso mataron
sus camellos en mitad de las montañas, no teniendo otra cosa que comer, aunque
antes descargaron las cajas con los rifles y las municiones, hasta que llegaron dos
hombres con cuatro mulas. Dravot se levanta y comienza a bailar delante de ellos,
cantando: «Véndanme cuatro mulas». Dice el primero de los hombres: «Si tiene usted
bastante dinero para comprar es que tiene bastante dinero para ser robado»; pero
antes de que el hombre pudiera llevarse la mano al cuchillo, Dravot le rompe el
pescuezo contra su rodilla y el otro corre. Así que Carnehan cargó las mulas con los
rifles que habían llevado los camellos y juntos nos adentramos en la parte más fría de
las montañas, donde los caminos son menos anchos que la palma de la mano.
Interrumpió su relato un instante y le pregunté si podía recordar la naturaleza del
país que había atravesado.
—Yo le cuento las cosas lo mejor que puedo, pero no está mi cabeza del todo
bien. Fue necesario que me la abrieran a escoplo para que entendiera cómo murió
Dravot. El país era montañoso y las mulas muy tercas, los habitantes andaban
dispersos y solitarios. Subían los dos y bajaban, y aquel otro compañero, Carnehan,
imploraba de Dravot que no cantara ni silbara con tanta fuerza, por el temor de que
cayeran tremendos aludes. Pero Dravot decía que si un rey no puede cantar no valdría
la pena de serlo, y daba azotes a las mulas en las ancas, y no hizo caso de nada
durante diez días de frío crudelísimo. Llegamos a un valle muy apacible que está
entre las montañas y las mulas estaban medio muertas, conque las matamos, pues no
tenían ellas ni nosotros cosa especial para comer. Nos sentamos sobre las cajas y nos
pusimos a jugar a pares y nones con los cartuchos que saltaron de las mismas.
»Aparecieron entonces diez hombres con arcos y flechas, en persecución de
veinte hombres con arcos y flechas, y la lucha fue tremenda. Eran hombres blancos
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(más blancos que usted y que yo), de pelo amarillo y complexión muy recia. Dice
Dravot, sacando los fusiles de sus cajas:
»—Aquí empieza la danza. Vamos a pelear por los diez.
»Y al decirlo hace fuego con dos rifles contra los veinte, y cae uno a doscientos
metros de la roca donde estaba sentado. Los demás echaron a correr, pero Carnehan y
Dravot, sentados sobre las cajas, fueron disparando en todas direcciones sobre los
hombres que corrían por el valle. Luego vamos hacia los diez que habían corrido por
el ventisquero, y nos arrojan una pequeña flecha. Dravot les hace un disparo al aire y
todos se echan de bruces al suelo. Él va y les da patadas, y después los levanta y les
estrecha las manos a todos para volverlos amistosos. Los llama y les da las cajas para
que las lleven, y saluda con la mano en su derredor lo mismo que si ya fuera un rey
verdadero. Los diez hombres cargan las cajas, y va Dravot con ellos por el valle y
sube a la montaña, donde hay un bosque de pinos que la corona, y allí tienen aquellos
hombres media docena de grandísimos ídolos de piedra. Dravot se va directo al más
grande (uno a quien llaman Imbra) y coloca un rifle y un cartucho a sus pies,
frotándole respetuosamente la nariz con su propia nariz, dándole palmadas en la
frente, y haciendo reverencias delante de él. Vuelve la vista a los hombres, inclina la
cabeza y dice:
»—Está bien. Ya sé lo que debo hacer, y todos estos fantasmones son amigos
míos.
»Entonces abre la boca y señala dentro, y cuando el primero de los hombres se le
acerca y le lleva comida, él dice: “No”; y cuando el segundo le lleva comida, él dice:
“No”; pero cuando uno de los viejos sacerdotes del pueblo le lleva comida y va
también el jefe de la aldea, él dice con mucha altanería: “Sí”, y la come muy
despacio. Así fue como llegamos a nuestro primer poblado, sin dificultad, cual si
hubiéramos bajado del cielo. Pero caímos de uno de esos malditos puentes de
cuerdas, ¿sabe usted?, y… después de eso no le quedan a un hombre muchas ganas de
reír en todo el resto de sus días».
—Beba más whisky y continúe —dije—. Ese fue el primer poblado que
encontraron ustedes. ¿Cómo se hizo usted rey?
—Yo no fui rey —dijo Carnehan—. Dravot fue el rey, y tenía un aspecto
espléndido con corona de oro en la frente y todo. Él y su compañero se quedaron en
aquel poblado y, todas las mañanas, Dravot iba a sentarse junto al viejo Imbra, y el
pueblo acudía a adorarlos. Era orden de Dravot. Después llegaron muchos hombres al
valle, y Carnehan y Dravot los arrojaron con los rifles antes de que se dieran cuenta
del peligro, y bajaron al valle, subieron por el otro lado y encontraron otro poblado
como el primero, y todos los habitantes se echaron al suelo, y Dravot dice: «A ver,
¿qué pasa entre estos dos poblados?», y la gente señala a una mujer, tan blanca como
usted y como yo, que había sido raptada, y Dravot la devuelve al primer poblado y
cuenta los muertos: eran ocho. Por cada muerto, Dravot derrama una pequeña
cantidad de leche en el suelo y mueve los brazos como perinolas, y dice: «Ya está
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arreglado». Entonces, él y Carnehan toman del brazo a los jefes de cada poblado y los
llevan hasta el fondo del valle, y les enseñan cómo se traza una línea con una lanza, y
le dan a cada uno un terrón de cada lado de la línea. Todos bajan al instante y
vociferan como demonios, y Dravot dice: «Id y labrad la tierra y creced y
multiplicaos», lo cual hicieron, aunque no comprendían. Entonces preguntamos los
nombres de las cosas en su lengua, pan y agua y fuego e ídolos y así, y Dravot va y se
lleva al sacerdote de cada poblado en presencia del ídolo, y dice que debe sentarse
allí y juzgar a los hombres, y matar a los que no caminen por el sendero de la justicia.
»Una semana después, todo estaba en el valle como si fuera una colmena, y
mucho mejor, y los sacerdotes escuchaban todas las quejas y le decían por señas a
Dravot todo lo necesario.
»—Este es solo el comienzo —dice Dravot—. Ya creen que somos dioses.
»Él y Carnehan escogen veinte hombres de los mejores y los enseñan a manejar
los rifles, y a formar de cuatro en cuatro, y a avanzar en línea, y eso les causaba
mucho agrado y tenían inteligencia para ver los resultados. Entonces, él saca su pipa
y su morral y deja un hombre en un pueblo y otro en el otro, y pasamos a ver lo que
se puede hacer en el siguiente valle. Todo era roca, y encontramos una aldehuela, y
Carnehan dice: “Mándalos a sembrar en el otro valle”, y se los llevan, y les dan una
tierra que no era de nadie. Eran muy felices, y los ungimos con la sangre de un
cabrito antes de permitirles que se establecieran en el nuevo reino. Era para
impresionar a todos, y se asentaron pacíficamente en sus tierras, y Carnehan fue a
unirse a Dravot, que se había ido a otro valle, todo nieve y hielo y muy montañoso.
Allí no había habitantes y el ejército tuvo miedo, conque Dravot fusila a un soldado,
y prosigue hasta que encuentra gente en un poblado, y el ejército explica que si no
quieren morir será mejor que no disparen sus mosquetes de mecha… pues tenían
mosquetes. Nos hacemos amigos del sacerdote, y yo me quedo con dos del ejército,
enseñando a los hombres del poblado los movimientos militares, y un gran Jefe viene
por los nevados con tambores y tocando cuernos, porque le han dicho que hay un
nuevo dios. Carnehan apunta a la mancha negra de los hombres que llegan, cuando
están a ochocientos metros, y cae uno en la nieve. Entonces le manda al Jefe el
mensaje de que si no quiere morir venga a estrecharle la mano, dejando atrás todas
las armas. Primero se acerca el Jefe solo y Carnehan le estrecha la mano y le hace los
movimientos de brazos que acostumbra Dravot, y el Jefe está muy azorado y me toca
las cejas. Entonces, Carnehan va a entrevistarse con el Jefe, y le pregunta por señas si
tiene algún enemigo a quien odie.
»—Tengo uno —dice el Jefe.
»Entonces, Carnehan escoge lo más granado y designa a dos de su ejército para
que les enseñen la maniobra, y al cabo de dos semanas los soldados del Jefe hacen
maniobra como si fueran de un cuerpo de voluntarios. Así es que marcha con el Jefe a
una gran planicie que está en la cumbre de una montaña, y los soldados del Jefe van y
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toman el poblado, con solo tres disparos de Martini que dirigimos al enemigo. Así
tomamos ese poblado también, y le doy al Jefe un jirón de mi guerrera y digo:
»—Ocupa este poblado hasta que yo vuelva.
»Eso era como una escritura. A título de recuerdo, cuando el ejército y yo estamos
a dos kilómetros, o menos, disparo una bala, que cae sobre la nieve, cerca de él, y
todos se echan por tierra. Entonces mando una carta a Dravot, dondequiera que esté,
por mar o por tierra».
Aun a riesgo de que tuviese dificultades para reanudarla le interrumpí la
narración:
—¿Cómo podía usted escribir cartas allá?
—¿La carta? ¡Ah, sí, la carta! No aparte usted la vista de mis ojos, por favor. Era
una carta con cordeles, según el sistema que nos había enseñado un mendigo ciego en
el Punjab.
Recuerdo que en una ocasión vino a la oficina un ciego que traía una varita de
mimbre nudosa y una cuerda que ataba en torno a la varita según cierta clave propia
de él. Podía, al cabo de horas y aun días, repetir una frase con solo pasar las manos
por la cuerda. Había reducido el alfabeto a once sonidos elementales, y quiso
enseñarme su método, pero yo no pude entenderlo.
—Envié esa carta a Dravot —dijo Carnehan—; y le dije que viniera adonde yo
estaba, porque el reino crecía mucho y se me iba de las manos, y entonces me dirigí
al primer valle para ver cómo se portaban los sacerdotes. El primer poblado que
tomamos se llamaba Er-Heb, y el que tomamos con el Jefe se llamaba Bashkai. Los
sacerdotes de Er-Heb se conducían perfectamente bien, pero tenían muchos litigios
pendientes sobre la tierra que yo debía resolver, y algunos hombres de otro poblado
disparaban flechas por la noche. Fui a practicar un reconocimiento en ese poblado, y
disparé cuatro balazos a distancia de un kilómetro. Yo no quería consumir más
cartuchos, y esperé a Dravot, que había estado ausente dos o tres meses, y conservé la
paz pública.
»Una mañana oí un ruido infernal de tambores y cuernos, y Dan Dravot aparece
por la pendiente de la montaña con su ejército y con una comitiva de centenares de
hombres, y, lo que era más sorprendente, llevando una corona de oro en la cabeza.
»—Por Dios, Carnehan —dice Daniel—, este es un negocio colosal y ya hemos
hecho cuantas conquistas necesitamos. ¡Soy hijo de Alejandro y de la reina
Semiramis, y tú eres mi hermano menor, y también eres un dios! No hemos visto cosa
igual. Durante seis semanas he avanzado y combatido al frente de mi ejército, y no
hay pueblucho en más de ochenta kilómetros que no acudiera a nosotros con júbilo;
¡y, más aún, ya tengo en mis manos la llave de la situación, como verás con tus
propios ojos, y llevo una corona para ti! Mandé que hicieran dos coronas en un lugar
llamado Shu, donde hay tanto oro en las rocas como sebo en la carne de cordero. He
visto oro y he desencajado turquesas de los riscos a puntapiés, y hay granates en las
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arenas del río, y aquí tengo un trozo de ámbar que me trajo un hombre. Reúne a todos
los sacerdotes y corónate aquí mismo.
»Uno de los hombres abre un saco hecho de pelo negro, y yo tomo la corona. Me
venía pequeña y pesaba demasiado, pero me la puse por la gloria. La habían trabajado
a martillo, con oro, y pesaba dos kilos, tanto como un aro de tonel.
»—Peachey —dice Dravot—, no creas que vamos a necesitar más guerra. ¡Todo
depende de la Masonería; así, pues, tienes que ayudarme! —Y va y me pone delante
al mismo Jefe a quien yo dejé en Bashkai: terminamos llamándolo Billy Fish, porque
se parecía a aquel Billy Fish que conducía la locomotora en Mach-on-the-Bolan, hace
años—. Dale la mano —dice Dravot, y yo se la di y casi me desmayé, pues Billy Fish
me hizo la seña masónica. Yo nada dije, pero usé el Apretón del Hermano en la
Orden. Contesta perfectamente» y le di el Apretón de Maestre, pero no respondió.
»—¡Es un Hermano en la Orden! —le digo a Dan—. Pero ¿conoce la palabra?
»—Sí —dice Dan—, y todos los sacerdotes la conocen. ¡Es un milagro! Los jefes
y los sacerdotes pueden hacer los trabajos de una logia, como nosotros, y han grabado
los signos en las rocas, pero no conocen el tercer grado, y viven para que se les haga
la revelación. Es la verdad de Dios. Yo sabía desde hace años que en Afganistán se
conocía el primer grado, pero lo de aquí es un milagro. Yo soy un dios y un gran
maestre de la masonería, y voy a fundar una logia del tercer grado y se lo
concederemos a los sacerdotes y a los jefes de los poblados.
»—Va contra toda la ley —digo— el fundar una logia sin la respectiva
autorización; y tú bien sabes que nunca hemos oficiado en ninguna logia.
»—Esta es una jugada política maestra —dice Dravot—. Significa que
manejaremos el país tan fácilmente como un carruaje de cuatro ruedas en un camino
de bajada. Si nos ponemos a hacer las cosas de otro modo se nos sublevan. Tengo
cuarenta jefes a mis pies, e iré elevándolos y dándoles grados según sus méritos.
Anota a estos de los poblados y ve cómo establecemos nuestra logia. Podemos
instalarla en el templo de Imbra. Ya les dirás a las mujeres cómo se hacen los
mandiles. Voy a hacer un llamamiento a los jefes y mañana tendremos logia.
»Yo estaba muy receloso, pero no era un necio para ignorar lo que la logia
significaba en el impulso del negocio. Enseñé a las familias de los sacerdotes todo lo
relativo a los mandiles de los grados, pero el de Dravot se hizo poniendo en un cuero,
en lugar de en un paño, los ribetes e insignias azules con turquesas. Para la silla del
venerable tomamos una gran piedra cuadrada que había en el templo, y llevamos
otras pequeñas para los hermanos vigilantes y demás funcionarios, así como para los
compañeros y aprendices, y pintamos cuadrados blancos en el pavimento negro, y se
hizo lo posible para regularizar la fundación.
»En la ceremonia de besamanos que hubo esa noche en la ladera de la montaña
con grandes fogatas, Dravot proclama que él y yo éramos dioses e hijos de Alejandro
y grandes maestres en la masonería, y que habíamos ido a Kafiristán con el fin de que
todos sus habitantes comiesen en paz y bebiesen sin inquietud, y especialmente para
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que se nos obedeciese. Entonces los jefes vienen uno a uno y nos estrechan la mano,
y como tenían mucha barba y eran tan blancos y tan rubios parecía que estábamos en
un círculo de viejos amigos. Les pusimos nombres según su semejanza con personas
a quienes habíamos conocido en la India: Billy Fish, Holly Dilworth, Pikky Kergan,
el del bazar de Mhow cuando yo estaba allí, y así sucesivamente, y así
sucesivamente.
»Los milagros más asombrosos fueron los de la logia en la siguiente noche. Uno
de los viejos sacerdotes no nos quitaba el ojo de encima, y yo estaba inquieto, pues
sabía que sería preciso que inventáramos mucho del ritual, e ignoraba si aquel
hombre se hallaba enterado. El viejo sacerdote era un desconocido venido de más allá
del poblado de Bashkai. Justo cuando Dravot se puso el mandil que le habían hecho
las muchachas, el sacerdote da un grito y un rugido y quiere voltear la piedra en que
estaba sentado Dravot.
»—¡Ya sucedió! —digo yo—. ¡Eso viene por meterse con la masonería sin tener
permiso!
»Dravot no pestañeó, aun después de que diez sacerdotes tomaron y empinaron la
silla del venerable, o sea, la piedra de Imbra. Los sacerdotes comienzan a frotar la
parte inferior de la piedra para quitarle el lodo negro que la cubre, y enseguida el más
viejo de ellos muestra a los demás sacerdotes el signo de gran maestre grabado en la
piedra. Era el mismo que llevaba el mandil de Dravot, y ni aun los sacerdotes del
templo de Imbra sabían que estaba allí. El anciano cae postrado en tierra a los pies de
Dravot y se los besa.
»—Seguimos estando de suerte —me dice Dravot desde la otra punta de la logia
—; aseguran que es el Signo Perdido cuya significación nadie puede dar. Nuestra
situación es ya perfectamente sólida. —Como no había mazo presidencial, Dravot
emplea la culata de su rifle y dice—: ¡Por virtud de la autoridad de que estoy
investido y que me viene de mi mano derecha y de la cooperación de Peachey, me
declaro Gran Maestre de toda la francmasonería de Kafiristán en esta Logia central
del país, y rey de Kafiristán en compañía de Peachey!
»Él se ciñe su corona y yo la mía (desempeñaba yo las funciones de primer
vigilante) y abrimos la logia en más amplia forma. ¡Fue un milagro asombroso! Los
sacerdotes hacían todos los movimientos rituales y ceremonias de los dos primeros
grados sin que hubiera casi necesidad de hacerles indicaciones, como si les volviese
un recuerdo perdido. Después, Peachey y Dravot promovieron a los más dignos: el
alto sacerdocio y los jefes de poblados distantes. A Billy Fish le tocó el primer
ascenso, y puedo asegurar que casi lo desollamos en la ceremonia. No se efectuó esta
según las reglas estrictas del ritual, pero sirvió para nuestros propósitos. Solo
otorgamos la gracia a diez de los personajes más caracterizados, pues no entraba en
nuestra política vulgarizar el grado. Y muchos clamaban por la distinción.
»—Dentro de otros seis meses —dice Dravot— habrá otra Comunicación, y
veremos cómo estáis trabajando. —Después les pide informes acerca de sus
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poblados, y se entera de que luchan unos contra otros, y de que ya los cansaba esa
vida. Y cuando no se desgarraban en contiendas locales las tenían con los
mahometanos—. A estos los combatiremos cuando vengan a nuestro territorio —dice
Dravot—. Escoged uno de cada diez hombres de vuestras tribus para formar la
guardia de la frontera, y que haya aquí constantemente doscientos para el ejercicio
militar. A nadie se lo fusilará ni se lo alanceará mientras se porte bien, y yo sé que no
vais a engañarme, porque sois de raza blanca, hijos de Alejandro, y no como esos
vulgares negros mahometanos. ¡Vosotros sois mi pueblo y, por Dios —dice hablando
en inglés al final—, os constituiré en una nación espléndida o moriré en el empeño!
»Me es imposible referir todo cuanto hicimos durante los seis meses que
siguieron, porque a la obra de Dravot no se le veía el fin, y aprendió la lengua con
una perfección que yo no pude alcanzar. Mi tarea era dirigir los trabajos de labranza y
de cuando en cuando salía con algunos de los del ejército para ver lo que se hacía en
los otros poblados, y para que tendieran puentes de cuerdas sobre los abismos que
cortan este hórrido país. Dravot era muy bondadoso conmigo, pero cuando se paseaba
por los pinares mesándose la barba roja como la sangre era señal de que ideaba planes
en los cuales mi opinión carecía de objeto, y yo me limitaba en tales casos a esperar
sus órdenes.
»Mas Dravot nunca me mostró poco miramiento en presencia del pueblo. Todos
me temían y temían al ejército, pero Dan era amado. Era el mejor de los amigos para
los sacerdotes y los jefes; pero cualquiera podía acudir con sus quejas, y Dravot lo
escuchaba, y convocaba en consulta a cuatro sacerdotes para resolver lo que se
debería hacer. Llamaba también a Billy Fish de Bashkai, y a Pikky Kergan de Shu, y
a un viejo jefe a quien llamábamos Kafuzelum (así, más o menos, sonaba su nombre
auténtico), y celebraba con ellos consejos para los combates que era necesario librar
en los poblados. Estos hombres formaban su Consejo de Guerra, y los cuatro
sacerdotes de Bashkai, Shu, Khawak y Madora formaban el Consejo Privado. Todos
estos consejeros acordaron mandarme con cuarenta hombres y veinte rifles, y otros
sesenta hombres cargados de turquesas, para que comprara en el país de Ghorband
los rifles Martini hechos a mano que salen de los talleres del emir en Kabul, pues los
regimientos del emir son capaces de dar hasta los dientes de sus soldados a cambio de
turquesas.
»Permanecí un mes en Ghorband, y con mis mejores turquesas soborné al
gobernador, y corrompí al coronel del regimiento con otras turquesas, y puse de
acuerdo a los dos y, auxiliado por los jefes de tribu, saqué de allí más de cien Martinis
fabricados a mano, cien buenos Kohat Jezails, de un alcance de seiscientos metros, y
cuarenta cargas de pésimas municiones para los rifles. Volví con mis efectos y los
distribuí entre los hombres que los jefes me enviaron para su instrucción militar.
Dravot estaba muy ocupado para dedicarse a estos trabajos, pero el primer ejército
que habíamos organizado me prestó una inmensa ayuda, y en poco tiempo
adiestramos quinientos hombres capaces de maniobrar y doscientos que sabían el
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manejo de las armas. Incluso aquellos malditos fusiles, que parecían sacacorchos, les
produjeron el efecto de máquinas maravillosas. Dravot entreveía grandes planes para
establecer talleres mientras se paseaba por los pinares al tiempo que el invierno se
aproximaba.
»—No quiero fundar una Nación —dice—. ¡Quiero fundar un Imperio! Estos
hombres no son negros; ¡son ingleses! Mira sus ojos, mira sus bocas. Mira cómo se
yerguen. Se sientan en sillas en sus propias casas. Son las Tribus Perdidas, o algo así,
y han acabado siendo inglesas. Si los sacerdotes no se asustan haré un censo en la
primavera. Debe de haber dos millones largos de habitantes en estas montañas. Los
poblados están llenos de niños. Dos millones de habitantes (un ejército de doscientos
cincuenta mil hombres), ¡y todos ingleses! No necesitan sino rifles y ejercitarse en la
táctica. ¡Doscientos cincuenta mil hombres, preparados para cortar el flanco derecho
de Rusia cuando esta se lance sobre la India! Peachey, amigo —dice mordiéndose la
barba—, seremos emperadores, ¡los emperadores de la Tierra! El rajá Brooke será
como un niño de pecho en comparación con nosotros. El virrey y yo hablaremos de
igual a igual. Le pediré que me mande doce ingleses muy escogidos… pues
necesitamos colaboradores en el Gobierno. Está Mackray, el sargento jubilado de
Segowli, y por cierto que él me dio de comer muchas veces y que su esposa me
obsequió con un pantalón. Está Donkin, el alcaide de la cárcel de Tounghoo. Hay
centenares de hombres de quienes echaría mano si estuviera en la India. El virrey lo
hará por mí. Voy a enviar un hombre en la primavera para que los traiga, y pediré
dispensa a la masonería por lo que he hecho como gran maestre. Eso… y que me
manden todas las armas de sistema Sniders que sean inutilizadas cuando las tropas
nativas de la India adopten el Martini. Estarán viejas y malas, pero en estas montañas
nos servirán admirablemente para nuestras empresas militares. Doce ingleses, cien
mil Sniders que nos enviarán por el país del emir en pequeñas partidas (me contentaré
con veinte mil durante el primer año), y ya somos imperio. Cuando todo esté a flote,
yo cederé mi corona (esta corona que llevo en la cabeza) y me arrodillaré ante la
reina Victoria, y ella me dirá: “Levantaos, sir Daniel Dravot”. ¡Oh, eso es grandeza!
¡Es llegar a las alturas, te lo digo yo! Pero hay tanto que hacer en todas partes:
Bashkai, Khawak, Shu, y todos los demás sitios.
»—Y ¿qué ocupación me queda? —digo—. Ya no falta dar instrucción militar en
este otoño. Mira esos nubarrones. Van a traernos mucha nieve.
»—Si no es eso —dice Daniel poniéndome la mano con fuerza sobre el hombro
—; y no quiero decir nada contra ti, pues no hay nadie que me hubiera seguido y
secundado como tú lo has hecho. Tú eres un comandante en jefe de primer orden y ya
todo el pueblo lo sabe, pero… el país es grande y tú no puedes ayudarme, Peachey,
como yo quiero que se me ayude.
»—Pues que te ayuden tus condenados sacerdotes —dije, y lo lamenté tras hacer
este comentario, pero no podía dejar de sentirme dolido al ver ese aire de
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superioridad con que me trataba Daniel, cuando yo había enseñado la disciplina al
ejército y me prestaba a todo de tan buena voluntad.
»—No discutamos, Peachey —dice Daniel sin lanzar una sola blasfemia—. Tú
eres rey como yo y la mitad de este reino te pertenece; pero ¿no te haces cargo,
Peachey, de que ahora necesitamos hombres más inteligentes que nosotros? Bastará
que tengamos tres o cuatro como virreyes. Es un Estado inmenso y muchas veces no
sé lo que conviene decir y hacer, y no tengo tiempo para hacer todo lo que se
necesita, y el invierno se nos echa encima, y muchas cosas más. —Se metió en la
boca la mitad de la barba, toda roja como el oro de su corona.
»—Lo siento, Daniel —digo yo—. He hecho cuanto he podido. He enseñado a
formar y a marchar y cuidado de que se hagan las siembras con todas las reglas de la
agricultura, y he traído esos tubos de hojalata de Ghorband… pero ya sé lo que te
pasa. Conozco las tribulaciones de los reyes.
»—Hay también otra cosa —dice Dravot paseándose con agitación—. El invierno
se aproxima y estos no nos han de dar trabajo para dominarlos, y aunque nos lo den
será imposible ir a campaña. Necesito esposa.
»—¡Por Dios, quítate de pensar en mujeres! —digo—. Los dos hacemos lo que se
puede, aunque yo sea un necio. Acuérdate del Contrato y no pienses en mujeres.
»—El Contrato fue válido solo hasta que nos hicimos reyes; y reyes hemos sido
durante todos estos meses pasados —dice Dravot sopesando su corona—. Y tú
también vas a casarte, Peachey, con una moza rolliza y alta que te caliente en
invierno. Son más bonitas que las inglesas, y podemos escoger lo mejor. Con una o
dos pasadas que les demos por agua caliente saldrán como pollo con jamón.
»—¡No me tientes! —digo—. Yo no quiero tratos con mujer hasta que nos
hayamos consolidado más de lo que estamos. Yo he trabajado como dos y tú como
tres. Démonos un respiro y pensemos en tener el mejor tabaco del país afgano, y
también algo de alcohol del bueno; pero nada de mujeres.
»—¿Quién habla de mujeres? —dice Dravot—. Yo he dicho esposa: una reina
para perpetuar la dinastía. Una reina salida de la tribu más fuerte, para emparentar
con la nobleza y para que los individuos de la misma sangre de la soberana se unan a
nuestra causa y nos digan lo que el pueblo piensa y desea. A eso me refiero.
»—¿Recuerdas aquella bengalesa que yo tenía en Mogul cuando trabajaba allí
como asentador del ferrocarril? —digo—. Era muy buena. Me enseñó el idioma y una
o dos cosas más; pero ¿qué sucedió? Se fue con el criado del jefe de estación y se
llevó una quincena de mi salario. Después anduvo en el empalme de Dadur con un
mestizo y tuvo la desvergüenza de decir que yo era su marido, y lo contaba a todos
los empleados de la estación.
»—Eso es agua pasada —dice Dravot—; aquí hay mujeres más blancas que tú y
que yo, y he de tener una reina para el invierno.
»—Te lo pido por última vez, Dan, no lo hagas —digo—. Tan solo nos traerá
complicaciones. La Biblia manda que los reyes no malgasten sus fuerzas a causa de
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las mujeres, especialmente cuando tienen que gobernar un reino nuevo en bruto.
»—Y por última vez contesto que lo quiero y lo haré —dijo Dravot, y se alejó por
los pinares como un gran diablo rojo, pues el sol le iluminaba la corona y las barbas y
todo.
»Pero conseguir esposa no era tan fácil como pensaba Dan. Expuso su plan en el
Consejo y nadie contestó hasta que Billy Fish dijo que se dirigiera a las interesadas.
Dravot dijo horrores de todos los ministros.
»—¿Qué tengo yo? —grita de pie junto al ídolo Imbra—. ¿Se me cree acaso un
perro o no soy digno de vuestras mujerzuelas? ¿No he extendido la sombra de mi
mano sobre este país? ¿Quién lo defendió contra la última incursión afgana? —Yo era
el verdadero héroe de aquella lucha, pero Dravot estaba demasiado irritado para
acordarse—. ¿Quién os ha traído armas? ¿Quién ha reparado los puentes? ¿Quién es
el gran maestre del signo grabado en la piedra? —dice, y golpeó con la mano la
piedra en que tomó asiento para fundar la logia, y que le servía también para presidir
los consejos, que se abrían siempre como tenidas de logia. Billy Fish guardó silencio,
e igualmente los otros.
»—Cálmate, Dan —dije yo—; y dirige tus pretensiones a las jóvenes casaderas.
Así se hace en Inglaterra, y estos son completamente ingleses.
»—El matrimonio del rey es un asunto de Estado —dice Dan en un acceso de
rabia, pues podía sentir, espero, que obraba contra las tendencias de su mejor juicio.
Salió de la sala del Consejo, en tanto que sus ministros permanecían en silencio, con
los ojos clavados en el suelo.
»—Billy Fish —le digo yo al Jefe de Bashkai—, ¿qué pasa aquí y cuál es la
dificultad? Dé usted una respuesta franca como cumple entre buenos amigos.
»—Ya lo sabe usted —dice Billy Fish—. ¿Cómo ha de ignorarlo el que todo lo
sabe? ¿Pueden por ventura las hijas de los hombres casarse con dioses o demonios?
No es conveniente.
»Yo recordaba haber leído algo semejante en la Biblia; pero si, después de
conocernos tan a fondo, aquellas gentes persistían en creernos dioses, no iba a ser yo
quien las sacara de su error.
»—Un dios lo puede todo —digo yo—. Si el rey quiere a una muchacha no
permitirá que esta muera.
»—Ella tendrá que morir —dijo Billy Fish—. Hay muchas clases de dioses y de
diablos en estas montañas, y de vez en cuando una muchacha se casa con uno de ellos
y no volvemos a verla. Además, ustedes conocen el Signo grabado en la piedra. Eso
es atributo de los dioses. Nosotros creímos que ustedes eran hombres hasta que nos
mostraron el signo del maestre.
»Yo habría querido explicarle la pérdida de los secretos auténticos de la
masonería; pero guardé silencio. Toda esa noche se oyó el sonido de los cuernos en
un adoratorio sombrío que estaba a media ladera, y oí también los lamentos de una
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muchacha que se preparaba a morir. Una de los sacerdotes nos dijo que era la
destinada a casarse con el rey.
»—Dejémonos de necedades de ese estilo —dice Dan—. No alteraré vuestras
costumbres, pero deseo tomar esposa a mi antojo.
»—La muchacha está algo atemorizada —dice el sacerdote—. Cree que va a
morir y la están confortando en el templo.
»—Pues confortadla con más ternura —dice Dravot— o yo os confortaré con la
culata de un rifle hasta que no tengáis necesidad de otros consuelos.
»Dan se relamió los labios y estuvo paseándose más de la mitad de la noche,
pensando en la esposa que iba a tener por la mañana. Yo no me sentía muy tranquilo,
pues sabía que los tratos con mujeres en el extranjero, aunque estuviera uno veinte
veces ungido como rey, no podían sino ser arriesgados. Me levanté muy temprano
mientras Dravot estaba dormido, y vi que los sacerdotes hablaban en susurros, y los
jefes también, mirándome de reojo.
»—¿Qué pasa, Fish? —le digo al de Bashkai, quien estaba muy arrebujado en su
zalea y presentaba el más espléndido aspecto de guerrero.
»—No sabría decirlo exactamente —dice—, pero si persuade usted al rey de que
no piense en esa tontería del matrimonio me prestarán ustedes un servicio muy
grande y se lo harán a sí mismos.
»—Esa es también mi opinión —digo—. Pero ya sabe usted, Billy, tan bien como
yo, puesto que se ha batido contra y con nosotros, que el rey y yo somos nada más
que dos de los hombres más notables que ha creado el Supremo Hacedor. Nada más,
yo se lo aseguro.
»—Bien puede ser —dice Billy Fish—, y, sin embargo, yo lo sentiría mucho si así
fuera. —Hunde la cabeza entre los vellones de su zalea y reflexiona un breve lapso
—. Rey —dice—, ya sean ustedes hombres, dioses o diablos, yo me pondré a su lado
en este día de prueba. Tengo aquí veinte de los míos, y me seguirán. Nos retiraremos
a Bashkai hasta que pase esta turbonada.
»Había nevado durante la noche y todo era blanco menos los nubarrones grises
que avanzaban del norte. Dravot salió con su corona en la cabeza, moviendo los
brazos y haciendo cabriolas, más contento que un truhán de feria.
»—Por última vez te lo digo: hay que renunciar a eso, Dan —digo en voz muy
baja y discreta—. Aquí está Billy Fish y asegura que tendremos un zafarrancho.
»—¡Disturbios en mi reino y entre mis súbditos! —dice Dravot—. No lo creas,
Peachey, eres un necio por no casarte también. ¿Dónde está la muchacha? —dice con
una voz como un rebuzno de garañón—. Convoca a todos los jefes y sacerdotes para
que el emperador vea en su presencia a la esposa que le ha sido destinada y diga si es
de su agrado.
»No era menester hacer convocatoria alguna. Todos estaban allí apoyando las
manos en las bocas de sus rifles o en el regatón de sus picas, rodeando el claro que
había en el centro del pinar. Un grupo de sacerdotes avanzó hacia el templo para traer
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a la muchacha, y las trompetas de cuerno sonaron con tal estrépito como para
despertar a los muertos. Billy Fish da un rodeo y se coloca lo más cerca posible de
Daniel, con sus veinte arcabuceros. Ninguno de esos hombres tenía menos de un
metro noventa. Yo estaba junto a Dravot, y detrás de mí había veinte hombres del
ejército de línea. Sale la muchacha, que era una moza muy garrida, toda cubierta de
plata y de turquesas, pero pálida como la muerte y dirigiendo constantemente miradas
a los sacerdotes.
»—De primera —dijo Dan, examinándola de pies a cabeza—. ¿Por qué tienes
miedo, mozuela? Ven y dame un beso. —La abraza. Ella cierra los ojos, da un grito y
hunde la cabeza en el costado de la llameante barba roja de Dan—. ¡La muy puerca
me ha mordido! —dice este llevándose la mano al cuello y retirándola cubierta de
sangre. Billy Fish y dos de sus arcabuceros cogen a Dan por los hombros y se lo
llevan al grupo de Bashkai, mientras los sacerdotes dan aullidos y gritan en su lengua:
“¡No es dios, ni es diablo, sino hombre!”. Yo fui arrojado hacia atrás, pues un
sacerdote se me interpuso, y el ejército de línea rompió fuego contra los soldados de
Bashkai.
»—¡Dios Todopoderoso! —dice Dan—. ¿Qué es esto?
»—¡Atrás! ¡Salga usted! —dice Billy Fish—. Se le han sublevado y es la ruina.
Veamos si es posible abrirnos paso y retirarnos a Bashkai.
»Yo intentaba dar órdenes a mis soldados (los del ejército regular), pero fue
imposible lograr que se me obedeciera, conque disparé con un Martini auténtico
contra ellos y atravesé a tres de aquellos badulaques en fila. Todo el valle resonaba
con los alaridos y maldiciones de los salvajes, que no cesaban de dar voces diciendo:
“¡No es dios, ni es diablo, sino hombre!”. Las tropas de Bashkai hicieron prodigios de
fidelidad a Billy Fish, pero sus arcabuces no eran ni la mitad de buenos que los
cargadores de recámara de Kabul, y cuatro de los de Bashkai cayeron. Dan bramaba
como un toro, pues estaba furiosísimo; y Billy Fish se las veía y se las deseaba para
impedir que se lanzase fuera de filas.
»—¡No podemos sostenernos! —dice Billy Fish—. ¡Emprendamos una retirada
por la cuesta y el valle! Toda la localidad está contra nosotros.
»Los arcabuceros echaron a correr y bajamos hacia el valle a pesar de la
resistencia de Dravot. Blasfemaba este como un condenado y gritaba que él era el rey.
Los sacerdotes echaban a rodar grandes rocas por la pendiente, y el ejército regular
nos hacía un fuego graneado, y después de pasar revista en el fondo del valle vimos
que habíamos llegado con vida nada más que seis soldados, Dan, Billy Fish y Yo.
»Entonces suspendieron el fuego y volvieron a resonar en el templo los acentos
de las trompetas de cuerno.
»—¡Huyamos, por Dios, huyamos! —dice Billy Fish—. Ya mandan emisarios a
todos los poblados para que nos corten el paso. Yo los protegeré a ustedes en
Bashkai, pero aquí nada puedo hacer.
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»Para mí, Dan ya estaba loco desde aquel momento. Miraba a derecha e izquierda
con ojos de cerdo degollado. Intentaba volver solo a matar con sus propias manos a
los sacerdotes; lo cual habría sido capaz de hacer.
»—Soy emperador —dice Daniel— y dentro de un año seré elevado a la dignidad
de par por Su Majestad la Reina.
»—Sí, es verdad, Dan —digo—, pero ven y salvémonos aprovechando los breves
instantes que nos quedan.
»—Todo es culpa tuya —dice— por desatender al ejército. Estaba minado por el
espíritu de la rebelión y tú no lo sabías; eres un desgraciado, un maquinista, un
empleaducho de ferrocarriles, un cualquiera…
»Se dejó caer sobre un pedrusco y me espetó cuanto insulto le vino a la boca. Yo
tenía el corazón en un puño, y poco se me daba de aquella andanada de ultrajes, pues
era evidente la causa de nuestro fracaso debido solo a su necedad.
»—Siento decírtelo, Dan —digo—, pero no puede uno contar con los indígenas.
Esto que nos pasa es nuestra sublevación de los cipayos. Tal vez podamos aún
dominar la rebelión si nos es posible llegar a Bashkai.
»—¡Vayamos a Bashkai, pues —dice Dan—, y por Dios juro que a mi vuelta no
quedará vivo uno solo de esos miserables insectos del valle!
»Caminamos durante todo aquel día, y Daniel pasó toda aquella noche dando
paseos por la llanura cubierta de nieve, mordiéndose la barba y hablando consigo
mismo.
»—No hay esperanzas de salir a terreno seguro —dijo Billy Fish—. Los
sacerdotes ya habrán enviado emisarios a los poblados para decirles que ustedes son
simples mortales. ¿Por qué no se sostuvieron en su posición de dioses hasta que el
Gobierno se hubiera consolidado? Soy hombre muerto —dice Billy Fish, y se deja
caer postrado sobre la nieve y comienza a implorar auxilio de sus dioses.
»A la mañana siguiente nos encontramos en unas tierras muy crueles, en que todo
se volvía subidas y bajadas, sin una sola llanura ni recursos para la subsistencia. Los
seis soldados de Bashkai miraban a Billy Fish con caras de hambre como si quisieran
preguntar algo, pero no despegaron los labios. Al mediodía nos encontramos en la
meseta de una alta montaña cubierta de nieve, y no bien habíamos trepado para llegar
a ella divisamos (¡oh maravilla!) un ejército en orden de batalla.
»—Los emisarios no se han dormido —dice Billy Fish con una risilla—. Esos que
están allí nos esperan.
»Tres o cuatro hombres del enemigo comenzaron a disparar, y uno de ellos hirió a
Daniel en la pantorrilla. Esto lo volvió a la realidad. Mira el ejército que estaba allí
formado y reconoce los rifles que nosotros mismos habíamos llevado al país.
»—Estamos perdidos —dice—. Esos son ingleses, no cabe duda, y mi maldita
necedad os ha traído a esta situación. Retírese, Billy Fish, con su gente; ha hecho
cuanto ha podido, y ahora sálvese. Carnehan —dice—, dame la mano y vete con
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Billy. Tal vez no os maten. Yo voy a hacerles frente a solas. Yo soy el autor de todo.
¡Yo, el rey!
»—¡Irme! —digo—. ¡Vete al infierno, Dan! Aquí me tienes a tu lado. Billy Fish,
despeje usted el campo y déjenos para entendernos con toda esa gente.
»—Yo soy un Jefe —dice Billy Fish con gran calma—. Yo estoy aquí al lado de
ustedes. Mis soldados pueden irse.
»Los soldados de Bashkai no aguardaron a que se repitiese la invitación, sino que
emprendieron la fuga a todo correr, y Dan y Yo y Billy Fish avanzamos adonde
sonaban los tambores y los cuernos. Hacía frío, un frío insoportable. Todo ese frío me
queda todavía dentro de la cabeza. Un poco a lo menos».
Los culis encargados del punkah se habían ido a dormir. Dos lámparas de petróleo
ardían en la oficina y mi frente sudaba tanto que caían las gotas sobre el papel secante
mientras estaba inclinado hacia adelante. Carnehan tiritaba, y yo temía que le diese
un ataque. Me enjugué el sudor, estreché más aún las manos lastimosamente
mutiladas del narrador y dije:
—¿Qué pasó después?
El fluir de sus recuerdos se había cortado por la momentánea ausencia de la
mirada que yo clavaba en él.
—¿Qué es lo que dice usted? —preguntó Carnehan con voz quejumbrosa—. Se
los llevaron muy silenciosamente por la llanura cubierta de nieve, sin hablar una sola
palabra. Nada les dijeron, a pesar de que el rey derribó de un golpe al primero que se
acercó para prenderlo, y a pesar de que el bueno de Peachey estuvo haciendo fuego
hasta que se le acabaron las municiones. Esos cochinos no hablaban. Nada más que
apretaban, y sus correas eran muy duras. Había allí uno que se llamaba Billy Fish,
muy amigo de nosotros, y lo degollaron, señor, allí mismo, como si fuera un cerdo; y
el rey patea sobre la nieve ensangrentada y dice:
»—Hasta ahora no va mal. ¿Qué sigue?
»Pero Peachey, Peachey Taliaferro, le digo a usted, señor, en confianza entre dos
amigos, ese sí perdió la cabeza, señor. No, ninguno de los dos perdió la cabeza. El rey
sí la perdió, al pasar por uno de esos puentes de cuerdas que tienen un abismo y un
río abajo. Présteme usted la plegadera, señor. Tenían esta inclinación. Se lo llevaron
más de un kilómetro por la nieve hacia uno de esos puentes sobre el río. Ya los ha de
haber visto usted. Lo llevaban pinchándolo por detrás como si fuera un buey.
»—¡Maldita canalla! —dice el rey—. ¿Creéis que no sé morir como un caballero?
—Se dirigió a Peachey, a Peachey que lloraba como un niño—. Por mí te ves en
estas, Peachey —dice—. Yo te saqué de tu feliz existencia para que te maten en
Kafiristán, donde has sido comandante en jefe de las fuerzas del emperador. Di que
me perdonas, Peachey.
»—Te perdono —dice Peachey—. Te perdono libremente y de todo corazón, Dan.
»—Dame la mano, Peachey —dice—. Ya me voy. —Y se va sin mirar a derecha
ni a izquierda, y cuando estuvo en medio del puente de vertiginosas cuerdas que
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bailaban grita—: Cortad, granujas. —Y ellos cortan las cuerdas, y el buen Dan cayó,
dando volteretas y volteretas y volteretas, treinta mil kilómetros, pues tardó media
hora en llegar al agua, y yo vi su cuerpo sobre una roca con la corona de oro a un
lado.
»Pero ¿sabe usted lo que le hicieron a Peachey entre dos pinos? Lo crucificaron,
señor, como puede verse en la mano de Peachey. Le taladraron las manos y los pies
con estacas; y no murió. Estuvo allí todo un día dando gritos y lo bajaron al día
siguiente, y decían que por un milagro no había muerto. Lo bajaron… al pobre viejo
Peachey que nada les había hecho, que nada les había…».
Los sollozos sacudieron su cuerpo y lloró con amargura, limpiándose las lágrimas
con el dorso de su mano mutilada y gimiendo como un niño durante cerca de diez
minutos.
—Fue muy cruel que se lo llevaran al templo y lo mantuvieran allí, porque decían
que él era más dios que el buen Daniel, que era un hombre. Después lo sacaron a la
nieve y le dijeron que se fuera a su patria, y Peachey tardó en el camino un año,
mendigando para vivir sin que nadie le hiciese daño; pues Daniel Dravot iba delante
y decía: «Adelante, Peachey. Nuestra empresa es grandiosa». Por la noche bailaban
las montañas, y las montañas querían precipitarse sobre la cabeza de Peachey, pero
Daniel levantaba la mano y Peachey seguía adelante más encorvado. Siempre tenía la
protección de la mano de Dan y su cabeza lo guiaba. En el templo se la dieron como
un regalo, para recordarle que no volviera a aquel país, y aunque la corona era de oro
puro, y Peachey pasaba muchísima hambre, Peachey nunca la vendió. ¡Usted conoció
a Dravot, señor! ¡Usted conoció a Su Gracia el Hermano Dravot! ¡Mírelo usted!
Hurgó en el amasijo de harapos del encorvado pecho; sacó una bolsa negra de
cerda de caballo bordada con hilo de plata, y arrojó sobre mi mesa… ¡la amojamada
cabeza de Daniel Dravot! La luz del sol, que había vencido a la de las dos lámparas,
iluminó con sus rayos la barba roja y los ojos apagados; arrancó reflejos también a un
pesado círculo de oro tachonado de turquesas que Carnehan colocó tiernamente sobre
las sienes mustias.
—Vea usted ahora —dijo Carnehan— al emperador tal como era cuando vivía; el
rey de Kafiristán ciñendo su corona. ¡El pobre Daniel que una vez fue monarca!
Yo me estremecí, pues a pesar sus múltiples desfiguraciones reconocí la cabeza
del hombre del empalme de Marwar. Carnehan se levantó para salir. Intenté
detenerlo. Era imposible que saliera en aquel estado.
—Permítame usted llevarme el whisky y deme algo de dinero —dijo con voz
apagada—. Yo fui rey una vez. Iré a la Comisaría para que se me dé un lugar en el
asilo mientras recobro la salud. No, gracias, no me es posible esperar hasta que usted
envíe por un carruaje. Tengo asuntos privados urgentes… en el sur… en Marwar.
Salió casi arrastrándose y se encaminó en dirección a la Comisaría. Ese mediodía
tuve que pasar por la Avenida y su calor cegador, y vi a un hombre encorvado que se
arrastraba sobre el polvo blanco de la calzada, con el sombrero en la mano,
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canturreando tristemente como los artistas callejeros de la madre patria. No había un
alma en toda la extensión de la plaza, y nadie podía escucharlo desde las casas que
había en torno. Y él canturreaba moviendo la cabeza de derecha a izquierda:
El Hijo del Hombre marcha a la guerra;
Hay una corona dorada por ganar;
Su estandarte rojo como la sangre ondea en lontananza.
¿Quién lo seguirá?
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LA HISTORIA MÁS BELLA DEL MUNDO
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grande, ya sabes». Quizá yo lo alentaba en exceso, pues cierta tarde me vino a ver,
llameantes los ojos por la emoción; y dijo trémulo:
—¿Te importa…, me permites quedarme aquí para escribir toda la tarde? No te
interrumpiré, de verdad. En casa no tengo donde escribir.
—¿Cuál es el problema? —dije, sabiendo muy bien cuál era el problema.
—Tengo en la cabeza una idea que puede convertirse en la historia más bella
jamás escrita. Déjame escribirla aquí. ¡Es tal idea!
Imposible resistirse a semejante llamamiento. Le preparé una mesa; apenas si me
dio las gracias, sino que se enfrascó de inmediato en su tarea. Durante media hora la
pluma corrió sin interrupción. Entonces, Charlie dejó escapar un suspiro y se tiró de
los pelos. La pluma corrió más despacio, las tachaduras se multiplicaron, y al final la
escritura cesó. La historia más bella del mundo no salía.
—Ahora parece una sarta de tonterías —dijo apesadumbrado—. Y sin embargo
parecía tan bueno cuando lo estaba desenvolviendo en mi imaginación. ¿Qué pasa?
No podía descorazonarlo diciendo la verdad. Así que contesté:
—Quizá no estés inspirado para escribir.
—Sí que lo estoy…, menos cuando miro lo que me sale. ¡Puaf!
—Léeme lo que has escrito —dije.
Lo leyó, y era colosalmente malo, y hacía una pausa después de todas las frases
más ampulosas, como para darme tiempo a expresar mi aprobación; pues estaba
orgulloso de tales frases, como era de esperar.
—Haría falta condensarlo —sugerí cautamente.
—Me revienta mutilar mis obras. No creo que aquí se pudiese alterar una palabra
sin estropear el sentido. Suena mejor leyéndolo en voz alta que mientras lo escribía.
—Charlie, adoleces de una enfermedad alarmante que aflige a una clase
numerosa. Deja a un lado lo que has hecho y revísalo dentro de una semana.
—Lo quiero hacer enseguida. ¿Qué opinión te merece?
—¿Cómo formarme opinión por un relato a medio escribir? Cuéntame la historia
tal como te la imaginas.
Charlie la contó y en su narración estaba todo lo que su torpeza había tenido muy
buen cuidado de que no saliese a relucir en el relato escrito. Lo miré, preguntándome
si era posible que no percibiera lo original, lo poderosa que era la idea con la que se
había topado. Era inconfundiblemente una Idea entre ideas. Algunos hombres se
habían henchido de orgullo al alumbrar ideas diez veces menos excelentes y
practicables. Pero Charlie seguía barbotando serenamente, interrumpiendo el fluir de
pura fantasía con muestras de frases abominables que pensaba emplear. Lo escuché
hasta el fin. Sería una insensatez abandonar aquella noción a sus torpes manos
cuando yo podía hacer tanto con ella. No todo lo que podía hacerse, desde luego; pero
¡ah, tanto!
—¿Qué opinas? —dijo por último—. Estoy por titularla Historia de un barco.
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—Creo que la idea está bastante bien; pero tú no podrás con ella siendo tan largo
su desarrollo. Ahora bien, yo…
—¿Te serviría a ti de algo? ¿Quieres tomarla? Sería un honor para mí —se
apresuró a decir Charlie.
Pocas cosas hay más dulces en este mundo que la admiración inocente, fanática,
irrefrenable, espontánea, de quien es más joven que uno. Incluso la mujer más
ciegamente leal no acompasa su andar al del hombre al que adora, ni ladea su cofia al
ángulo de su sombrero, ni salpica su conversación con los juramentos predilectos de
él. Y Charlie hacía todas estas cosas. Aun así me era preciso tranquilizar la
conciencia antes de apropiarme de los pensamientos de Charlie.
—Hagamos un trato. Te doy un billete de cinco libras por la idea —le dije.
Charlie se convirtió instantáneamente en un empleado de banco:
—Ah, eso es imposible. Entre camaradas, ya sabes, si es que puedo darte ese
nombre, y hablándote como un hombre de mundo, no podría aceptar. Quédate con la
idea si puede servirte de algo. Yo tengo montones.
Sí que las tenía —nadie lo sabía mejor que yo—, pero eran ideas ajenas.
—Míratelo como una cuestión de negocios entre hombres de mundo —repliqué
—. Con cinco libras puedes comprar cantidad de libros de poesía. Los negocios son
los negocios, y puedes tener la seguridad de que no te abonaría esa suma a menos
que…
—Oh, si lo expresas así-dijo Charlie, visiblemente impresionado por la
perspectiva de los libros. El trato se cerró con el acuerdo de que vendría a verme
periódicamente con todas las ideas de que fuera poseedor, que dispondría de una
mesa para él solo donde poder escribir, y el derecho incontestable de infligirme todos
sus poemas y fragmentos de poemas. Después dije:
—Ahora cuéntame cómo te topaste con esta idea.
—Se presentó sola. —Los ojos de Charlie se agrandaron un poco.
—Bueno, pero me has explicado muchas cosas acerca del protagonista que antes
has tenido que leer en alguna parte.
—No tengo tiempo para leer, excepto cuando me permites quedarme aquí, y los
domingos salgo en bicicleta o bajo al río el día entero. En el protagonista no hay nada
que no esté bien, ¿verdad?
—Vuelve a contármelo y lo entenderé mejor. Dices que tu protagonista se lanzó a
la vida de pirata. ¿Cómo vivía?
—Estaba en la cubierta inferior de esta especie de barco del cual te he estado
hablando.
—¿Qué clase de barco?
—Era de los que se mueven a fuerza de remos, y el mar entra a chorros por los
agujeros de los remos y los hombres reman sentados con el agua hasta las rodillas
Luego hay una tarima que se extiende a lo largo entre las dos hileras de remeros, y un
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capataz con un látigo se pasea de punta a punta de la tarima para hacer que los
hombres trabajen.
—¿Cómo sabes eso?
—Está en el cuento. Por encima de la cabeza del capataz corre una cuerda,
asegurada a la cubierta de arriba, para que pueda agarrarse a ella cuando el barco se
balancea. Cuando, una vez, el capataz no acierta a cogerla y cae entre los remeros,
acuérdate de que el protagonista se ríe de él y es azotado por ello. Está encadenado a
su remo, como es natural… el protagonista, quiero decir.
—¿De qué forma está encadenado?
—Con un cinturón de hierro que va fijado al banco donde está sentado, y con una
especie de esposa en su muñeca izquierda que lo sujeta al remo. Está en la cubierta
inferior, allí donde confinan a los peores, y la única luz entra por las escotillas y por
los agujeros de los remos. ¿No te imaginas la luz del sol que se filtra justo entre la
empuñadura y el agujero y va oscilando al moverse el barco?
—Yo sí, pero no te imagino a ti imaginándolo.
—¿Cómo podría ser de otro modo? Ahora escúchame. Los remos largos de la
cubierta superior los manejan cuatro hombres por banco, los de las intermedias tres, y
los de abajo dos. Recuerda que reina la oscuridad en la cubierta inferior y que, allí,
todos los hombres acaban locos. Cuando muere un remero de esa cubierta no lo tiran
por la borda, sino que lo despedazan sin sacarlo de sus cadenas y luego echan fixera
los trozos embutiéndolos por el agujero del remo.
—¿Por qué? —demandé, asombrado no tanto de la información cuanto del tono
de autoridad en que era enunciada.
—Para ahorrarse trabajo y para atemorizar a los demás. Se precisan dos capataces
para arrastrar el cadáver de un hombre hasta la cubierta de arriba; y, si a los remeros
de la cubierta inferior los dejasen solos, por supuesto dejarían de remar y tratarían de
arrancar los bancos irguiéndose a un tiempo y haciendo fuerza con las cadenas.
—Tienes una imaginación desbordante. ¿Dónde has leído últimamente cosas de
galeras y galeotes?
—En ninguna parte, que yo recuerde. Remo un poco cuando se me ofrece
ocasión. Pero tal vez, si tú lo dices, sí habré leído algo.
Se marchó poco después para ir a tratar con libreros y yo me pregunté con
admiración cómo un empleado de banco de veinte años había podido poner en mis
manos con tan pródiga abundancia de pormenores, dados todos ellos con absoluta
seguridad, aquel relato de aventuras exorbitantes, de motines sanguinarios, de
piratería y muerte en mares sin nombre. Había conducido a su protagonista a través
de un sinfín de dificultades, a su sublevación contra los capataces, al mando de un
barco propio y finalmente a la fundación de un reino en una isla «por algún lugar del
océano, ya sabes»; y, encantado con mis cinco insignificantes libras, había salido a
comprar las ideas de otros hombres, a fin de que ellas lo enseñasen a escribir. Me
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quedaba el consuelo de saber que esta idea era mía por derecho de compra y creía
poder sacarle algún partido.
La siguiente vez que vino a verme estaba ebrio, completamente ebrio de los
muchos poetas que le habían sido revelados por primera vez. Tenía las pupilas
dilatadas, hablaba atropelladamente y se cubría de citas, como un mendigo que se
envolviese en la púrpura de los emperadores. Sobre todo estaba ebrio de Longfellow.
—¡¿Verdad que es espléndido?! ¡¿Verdad que es soberbio?! —exclamó después
de saludarme apresuradamente—. Escucha esto:
¿Del mar —preguntó el timonero—
Tú el secreto quieres aprender?
Solo quien arrostra sus peligros
Llega su misterio a comprender.
—¡Demonio!
Solo quien arrostra sus peligros
Llega su misterio a comprender
Me sacudió por el hombro para hacerme comprender la pasión que lo sacudía a él.
—Cuando se desencadena esa tormenta —prosiguió— creo que todos los remos
del barco del cual te hablé se quiebran, y las empuñaduras de los remos se estrellan
contra los torsos de los remeros, hiriéndolos. A propósito, ¿has empezado ya a
trabajar sobre aquella idea mía?
—No. Estaba esperando que me contases más cosas. Dime cómo diantres estás
tan seguro de todos los enseres que contiene el barco. Tú no sabes una palabra de
barcos.
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—Lo ignoro. Es algo que me resulta tan real como lo que más hasta que intento
ponerlo por escrito. Precisamente anoche estaba en la cama pensando en ello, a raíz
de haberme tú prestado La Isla del Tesoro y me inventé muchas más cosas para
meterlas en la historia.
—¿Qué clase de cosas?
—Sobre lo que comían los remeros: higos podridos y judías negras y vino de un
odre que se va pasando de banco en banco.
—¿Tanto tiempo hace que se construyó el barco?
—¿Tanto tiempo? Ignoro si hace mucho tiempo o no. Se trata solo de una idea,
pero en ocasiones parece tan real como si fuese verdad. ¿Te aburro hablándote de
ello?
—Ni mucho menos. ¿Te inventaste alguna otra cosa?
—Sí, pero es un disparate. —Charlie se sonrojó un poco.
—No importa; veamos de qué se trata.
—Pues estaba pensando en el relato y al rato me levanté de la cama y escribí en
una hoja lo que podría suponerse que los hombres grababan en los remos con el filo
de las esposas. Me pareció que el asunto quedaba más verosímil. Para mí lo manto,
ya sabes.
—¿Llevas la hoja encima?
—Mmm… sí, pero ¿qué se adelanta con que te la enseñe? Son solo unos
garabatos. De todos modos, quizá podríamos reproducirlos en la portada del libro.
—Ya me ocuparé de esos detalles. Muéstrame lo que escribían tus remeros.
Extrajo del bolsillo una hoja de papel de cartas, con un solo renglón garabateado,
y me la guardé cuidadosamente.
—¿Qué se supone que significa en inglés? —dije.
—Ah, no sé. Yo quiero que signifique «Estoy que reviento de fatiga». Es un
grandísimo disparate —repitió—, pero todos esos hombres del barco me parecen tan
reales como las personas de carne y hueso. A ver si aprovechas pronto la idea para
escribir algo; me gustaría verlo escrito e impreso.
—Pero con todo lo que me has contado saldría un libro muy extenso.
—Hazlo, pues. No tienes más que sentarte y escribirlo.
—Dame tiempo. ¿Tienes más ideas?
—Por ahora no. Estoy leyendo todos los libros que me he comprado. Son
espléndidos.
Cuando se hubo marchado examiné la hoja en la que se veía la inscripción. Luego
me cogí cuidadosamente la cabeza con ambas manos, para asegurarme de que no me
daba vueltas ni se me estaba desprendiendo. Luego… pero pareció no haber
transición entre salir de mi alojamiento y encontrarme discutiendo con un policía
frente a una puerta con el rótulo de «Prohibida la entrada» en un corredor del Museo
Británico. Yo me limitaba a preguntar, lo más cortésmente que podía, por «el
especialista en antigüedades griegas». El policía no sabía nada fuera de los
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reglamentos del museo, y fue preciso explorar todos los pabellones y oficinas del
recinto. Un caballero de edad que había tenido que interrumpir su almuerzo puso
término a mi búsqueda tomando la hoja entre el índice y el pulgar y examinándola
con desdén.
—¿Que qué significa esto? Hum —dijo—. Si no me engaño se trata de una
tentativa de escribir en un griego extraordinariamente corrupto por parte de —aquí
me dirigió una fría mirada cargada de intención— una persona extraordinariamente…
ah… iletrada. —Leyó despacio las cuatro palabras escritas (Pollock, Erckmann,
Tauchnitz, Henniker) que ya me eran familiares.
—¿Puede decirme lo que significan los vulgarismos: el intríngulis del asunto? —
pregunté.
—Ocupado en este menester… he sido… muchas veces… vencido por la fatiga.
Ese es su significado. —Me devolvió la hoja, y hui sin una palabra de
agradecimiento, explicación o disculpa.
Mi olvido era perdonable. A mí, entre todos los hombres, me había sido otorgada
la oportunidad de escribir la historia más bella del mundo, nada menos que la historia
de un galeote griego contada por él mismo. No era de extrañar que las ensoñaciones
de Charlie le hubiesen producido una impresión de realidad. Las Parcas, que con
tanto cuidado cierran detrás de nosotros las puertas de cada una de nuestras sucesivas
vidas, en este caso habían sido negligentes, y Charlie miraba, a pesar de que él no lo
sabía, donde nunca se le había permitido al hombre mirar con pleno conocimiento
desde el principio de los tiempos. Sobre todo era enteramente ignorante del
conocimiento que me había vendido por cinco libras; y perseveraría en esa
ignorancia, pues los empleados de banco no comprenden la metempsícosis y una
sólida formación comercial no incluye el estudio del griego. Me proveería —aquí
brinqué por entre los mudos dioses de Egipto y me reí en sus narices maltrechas— de
material con el que yo daría verosimilitud a mi relato: una verosimilitud tan grande
que el mundo lo aplaudiría creyéndolo una atrevida fantasía improvisada. Y yo, solo
yo sabría que era absoluta y literalmente cierto. ¡Yo, solo yo tenía en la mano esta
joya para tallarla y pulirla! Por consiguiente me puse otra vez a bailar por entre los
dioses de la Sala Egipcia hasta que un policía me vio y empezó a acercarse.
Ya solo me quedaba estimular a Charlie para que hablara, y esto no presentaba
dificultad. Pero había olvidado aquellos malditos libros de poesía. Me vino a ver una
y otra vez, tan inútil como un fonógrafo sobrecargado, ebrio de Byron, Shelley o
Keats. Como yo sabía ahora lo que el muchacho había sido en sus vidas anteriores y
estaba vivísimamente interesado en no perder ni una palabra de su parloteo, no podía
ocultarle mi respeto y curiosidad. Él interpretó mal ambas cosas, creyéndolas respeto
por el alma actual de Charlie Mears, para quien la vida era tan nueva como lo fue
para Adán, y curiosidad por sus lecturas; y puso a prueba mi paciencia hasta casi
agotarla recitándome poesías: esta vez no las suyas, sino las de otros. Deseé obliterar
a todo poeta inglés de la memoria de la humanidad. Maldije a los nombres más
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ilustres de la lírica por haber desviado a Charlie fuera de la senda de la narración
directa y porque más tarde lo espolearían a imitarlos; pero sofrené mi impaciencia en
espera de que la primera oleada de entusiasmo remitiese y el muchacho volviese a sus
ensoñaciones.
—¿Qué se adelanta con que te cuente lo que pienso yo, cuando estos hombres
escribían cosas como para ser leídas por los ángeles? —refunfuñó una tarde—. ¿Por
qué no escribes algo que se parezca a lo de ellos?
—Creo que no te portas muy bien conmigo —dije dominándome mucho.
—Te he dado el argumento —dijo con sequedad, volviendo a embeberse en la
lectura de Lara.
—Pero necesito los detalles.
—¿Las cosas que me invento sobre ese maldito barco que llamas una galera? Son
facilísimas. Bien puedes inventártelas tú mismo. Sube un poco más el gas, que quiero
seguir leyendo.
Le habría roto la lámpara de gas en la cabeza por ser tan rematadamente necio.
Ciertamente que yo habría podido inventarme cosas si solo hubiera sabido lo que
Charlie no sabía que sabía. Pero, como las puertas estaban cerradas detrás de mí, lo
único que podía hacer era aceptar sus caprichos y esforzarme en tenerlo de buen
humor. Bajar la guardia un solo instante podía significar la pérdida de una revelación
preciosa: de cuando en cuando apartaba a un lado sus libros —los guardaba en mi
alojamiento, pues a su madre la habría escandalizado ver en qué se gastaba el dinero
— y se lanzaba a sus sueños marítimos. De nuevo maldije a todos los poetas de
Inglaterra. La maleable imaginación del empleado de banco se hallaba saturada,
coloreada y deformada por sus lecturas y, como consecuencia, sus palabras eran una
confusión enmarañada de voces ajenas, algo parecidísimo al murmullo y al runruneo
de un teléfono de la City a la hora de mayor actividad.
Habló de la galera —que era la suya aunque él lo ignorase— con imágenes
copiadas de La novia de Abydos. Aderezó el relato de las experiencias de su
protagonista con citas tomadas de El corsario, e intercaló profundas y desesperadas
reflexiones morales de Caín y Manfredo, con la intención de que yo las aprovechase.
Solo cuando la conversación recaía en Longfellow enmudecían las interferencias y yo
sabía que Charlie estaba contando la verdad tal como la recordaba.
—¿Qué opinas de esto? —le dije cierta tarde, en cuanto hube comprendido cuál
era el ambiente que facilitaba el trabajo de su memoria, ¡y antes de que pudiese poner
inconvenientes le leí La Saga del rey Olaf casi en su totalidad!
Escuchó atónito, ruborizado, batiendo palmas contra el respaldo del sofá donde
estaba echado, hasta que llegué al Cantar de Einar Tamberskelver y a la estrofa:
Y Einat entonces retira
La flecha del arco flojo,
Y al rey dice: “¡Esta es Noruega
Que se aparta de tu trono!”.
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Dio un grito sofocado de puro deleite.
—¿Es esto un poco mejor que Byron? —aventuré.
—¿Mejor? ¡Caramba, esto es verdad! ¿Cómo pudo él saberlo?
Volví atrás y repetí:
Olaf, en pie en el alcázar,
Lanza el grito de “¿Qué es eso?
Un ruido oí que parece
De barco roto y deshecho”.
—¿Cómo pudo saber cómo chocan los barcos y los remos se desgarran en toda la
línea sucesivamente? Si la otra noche sin ir más lejos… Pero retrocede, por favor, y
vuelve a leer El arrecife de los chillidos.
—No, estoy fatigado. Charlemos. ¿Qué pasó la otra noche?
—Tuve una pesadilla acerca de nuestra dichosa galera. Soñé que me ahogaba en
el transcurso de un combate. Verás; avanzamos hasta encontrarnos al costado de otro
barco en el puerto. El agua estaba inmóvil como una balsa de aceite, salvo allí donde
nuestros remos la batían. ¿Sabes qué puesto ocupo siempre en la galera? —Hablaba
vacilando al principio, con ese noble miedo al ridículo que siente el inglés.
—No, Esa es una novedad para mí —contesté mansamente, aunque mi corazón
empezaba a acelerar sus latidos.
—Contando a partir de la proa, en el cuarto remo del lado derecho de la cubierta
superior. Éramos cuatro los que estábamos encadenados a ese remo. Recuerdo que
estaba mirando el agua y que traté de arrancarme las esposas antes de que empezase
el jaleo. Entonces nos arrimamos al otro barco y todos sus guerreros saltaron por
encima de nuestras amuradas, y mi banco se rompió y me encontré inmovilizado, con
los otros tres hombres echados encima de mí y el gran remo atascado sobre nuestras
espaldas.
—¿Y bien? —Los ojos de Charlie estaban animados y encendidos. Miraba la
pared detrás de mi asiento.
—No sé cómo peleamos. Me pisoteaban la espalda, y me quedé quieto. Entonces,
nuestros remeros del lado izquierdo (atados a sus remos, ya sabes) empezaron a dar
alaridos y a remar hacia atrás. Yo oía el chapoteo del agua, y nos dimos la vuelta
como un abejorro y adiviné, tumbado como estaba, que una galera se nos acercaba
para embestirnos con el espolón por el lado izquierdo. Podía levantar la cabeza lo
justo para distinguir su velamen por encima de las amuradas. Nosotros queríamos
hacerle frente también por la proa pero era demasiado tarde. Solo pudimos girar un
poco porque la galera que estaba a nuestra derecha se nos había enganchado y nos
impedía movernos. Entonces, ¡caramba, qué encontronazo! Nuestros remos de la
izquierda empezaron a saltar en pedazos al meter la nariz por entre ellos la otra
galera, la que se movía, ya sabes. Entonces los remos de la cubierta de abajo
reventaron la tablazón de la cubierta, con el cabo para arriba, y uno de ellos salió
disparado por los aires y vino a caer junto a mi cabeza.
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—¿Cómo sucedió eso?
—La proa de la galera que se movía los empujaba hacia adentro por sus propios
agujeros, y de las cubiertas de abajo subía un estruendo ensordecedor. Entonces el
espolón nos dio un topetazo casi en el medio y nos escoramos, y los tipos de la galera
de la derecha desengancharon sus garfios y sus amarras y empezaron a lanzar cosas a
nuestra cubierta superior (flechas, y brea caliente o algo que quemaba) y nuestro lado
izquierdo subió y subió y subió en tanto que el derecho se sumergía, y giré la cabeza
y vi cómo el agua se quedaba quieta en el momento de nivelarse con las amuradas de
la derecha, y entonces formó una ola y se desplomó sobre todos los que estábamos en
el lado derecho y noté cómo el agua me golpeaba la espalda y me desperté.
—Un momento, Charlie. Cuando el mar llegó al nivel de las amuradas, ¿qué
aspecto presentaba? —Tenía mis razones para preguntárselo. En una ocasión un
conocido mío había naufragado en un barco que había hecho agua estando el mar en
calma, y había visto el nivel del agua detenerse un momento antes de precipitarse
sobre la cubierta.
—Era igual que la cuerda tirante de un banjo, y pareció detenerse allí años enteros
—dijo Charlie.
¡Exacto! El otro había dicho: «Parecía un alambre de plata estirado a lo largo de
las amuradas, y creí que no iba a romper nunca». Había pagado esta mínima
sapiencia sin valor con todo lo que tenía menos la vida, y yo había viajado diez mil
fatigosas millas para conocerlo y adquirir de segunda mano su saber. Pero Charlie, el
empleado de banco que ganaba veinticinco chelines a la semana, el que nunca se
había alejado de los caminos trillados, ese lo sabía bien. No me valía de consuelo
saber que en una de sus vidas había tenido que morir a cambio de sus ganancias. Yo
también debí de haber muerto cantidad de veces, pero detrás de mí, porque yo habría
podido servirme de mi saber, las puertas estaban cerradas.
—¿Y luego? —dije, esforzándome por alejar al demonio de la envidia.
—Lo raro es que, sin embargo, en ningún momento del combate experimenté la
menor sensación de sorpresa o miedo. Parecía como si ya hubiera estado en muchos,
porque eso le dije al remero que tenía a mi lado cuando empezó este. Pero aquel
canalla de capataz que había en mi cubierta no quería soltarnos las cadenas y darnos
una oportunidad. Siempre decía que después de una batalla nos libertarían a todos,
pero nunca lo hacían; nunca lo hacían. —Charlie hizo un ademán afligido con la
cabeza.
—¡Qué sinvergüenza!
—Desde luego que lo era. Nunca nos daba de comer lo suficiente, y a veces
teníamos tanta sed que bebíamos agua salada. Aún me parece sentir el regusto de
aquella agua.
—Ahora dime algo sobre el puerto donde se libró la batalla.
—No soñé con él. Sé que era un puerto, sin embargo; porque estábamos
amarrados a la argolla de una pared blanca y toda la superficie de piedra bajo el agua
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se hallaba revestida de madera para evitar que nuestro espolón se astillase cuando
cabeceábamos a causa de la marea.
—Muy curioso. Nuestro protagonista estaba al mando de la galera, ¿no es así?
—¡Y de qué manera! Estaba de pie en la proa y gritaba de firme. Él fue quien
mató al capataz.
—Pero todos vosotros os ahogasteis, Charlie, ¿no es cierto?
—Eso no me acaba de encajar —dijo con expresión perpleja—. La galera debió
de hundirse con toda la tripulación, y sin embargo creo que el protagonista siguió
viviendo. Quizá saltó al barco atacante. Yo eso no lo vería, claro está. Yo estaba
muerto, ya sabes.
Tuvo un ligero escalofrío y objetó que ya no se acordaba de nada más.
No quise insistir, pero para cerciorarme de que él ignoraba el funcionamiento de
su propia mente le di a conocer la Transmigración de Mortimer Collins, y antes de
que abriese el libro hice un esbozo de su argumento.
—¡Cuántas majaderías! —dijo con franqueza al cabo de una hora—. No alcanzo a
comprender estos disparates sobre el Rojo Planeta Marte y el Rey y todo lo demás.
Anda, pásame el Longfellow.
Le entregué el libro y me puse a escribir cuanto recordaba de su descripción de la
batalla naval, consultándolo de cuando en cuando para que corroborase tal o cual
hecho o detalle. Él contestaba sin alzar los ojos del libro, con tanta seguridad como si
cuanto sabía se hallase ante él en la página impresa. Yo hablaba en un tono de voz
más bajo que el normal para que la corriente no se interrumpiese, y sabía que él no
era consciente de lo que decía, pues sus pensamientos navegaban por los mares en
compañía de Longfellow.
—Charlie —pregunté—, cuando los remeros de las galeras se amotinaron, ¿de
qué manera mataron a sus capataces?
—Arrancaron de cuajo los bancos y les rompieron la crisma. Eso pasó cuando
había una mar muy gruesa. Uno de los capataces de la cubierta inferior resbaló de la
tarima central y cayó entre los remeros. Sin hacer apenas ruido lo estrangularon
contra el costado del barco con las manos encadenadas, y había demasiada oscuridad
para que el otro capataz viese lo que había pasado. Cuando preguntó lo hicieron caer
y lo estrangularon a él también, y entonces fueron subiendo y luchando de cubierta en
cubierta, con los pedazos de los bancos rotos sonando tras ellos. ¡Qué manera de
vociferar la suya!
—Y ¿qué pasó después?
—Lo ignoro. El protagonista se marchó: desapareció con su pelo rojo y su barba
roja y demás. Eso fue después de que hubo capturado nuestra galera, creo.
Lo irritaba el sonido de mi voz e hizo un leve ademán con la mano izquierda
como hace aquel a quien molesta una interrupción.
—Nunca me habías dicho que fuese pelirrojo, ni tampoco que hubiese capturado
vuestra galera —dije tras un intervalo prudente.
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Charlie no alzó los ojos.
—Era tan pelirrojo como un oso de pelo rojo —dijo ensimismado—. Procedía del
norte; así lo dijeron en la galera cuando buscaba remeros: no forzados, sino hombres
libres. Más tarde… años y años más tarde… otro barco nos trajo noticias suyas, o
volvió él…
Sus labios se movían en silencio. Estaba redegustando con delectación algún
poema que tenía ante sí.
—¿Dónde había estado, pues? —Casi lo dije en un susurro para que la frase
llegara con Suavidad a aquella sección del cerebro de Charlie que estaba operando a
mi favor.
—En las Playas… ¡Las Largas y Prodigiosas Playas! —fue la respuesta tras un
rato de silencio.
—¿En Furdurstrandi? —pregunté, sintiendo un hormigueo de la cabeza a los pies.
—Sí, en Furdurstrandi —pronunció la palabra de una forma nueva—. Y yo vi
también… —La voz se extinguió.
—¿Sabes lo que acabas de decir? —grité sin ninguna cautela.
Alzó los ojos, ya despierto del todo.
—¡No! —espetó—. ¡Por qué no dejas que servidor lea tranquilo! Escucha esto:
Pero Othere, el viejo capitán,
Calmado, no hizo interrupción
Mientras el rey escuchó.
De nuevo entonces la pluma retomó
Y todas las palabras al punto transcribió.
Y al rey de los sajones,
En prenda de su verdad,
Su noble testa alzando,
La curtida mano tendió, y dijo:
«¡Contempla este colmillo de morsa!».
¡Por Júpiter, menudos tipos debieron de ser aquellos para navegar por todos los
mares sin saber cuándo tocarían tierra! ¡Ja!
—Charlie —supliqué—, sé razonable durante uno o dos minutos y yo me encargo
de que nuestro protagonista de nuestro relato no desmerezca en nada de Othere.
—¡Buf! Ese poema lo escribió Longfellow. Ya no me apetece escribir obras.
Quiero leer. —Él estaba completamente inservible ahora, y maldiciendo mi mala
suerte lo dejé.
Imaginaos ante la puerta que da acceso a los tesoros del mundo, custodiados por
un niño —un perezoso niño irresponsable que juega a las tabas— de cuyo capricho
depende el don de la llave, y concebiréis la mitad de mi tormento. Hasta esa tarde,
Charlie no había hablado de nada que no pudiese caer dentro del ámbito de hechos
sucedidos a un galeote griego. Pero ahora, o bien todos los libros mentían, o bien
había hablado de alguna aventura temeraria de los vikingos, de la expedición
marítima de Thorfin Karlsefne a la Tierra del Vino, que es América, en el siglo IX o X.
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Había presenciado la batalla del puerto… y había referido su propia muerte. Pero esta
era una zambullida en el pasado mucho más asombrosa. ¿Acaso se había saltado
media docena de vidas y recordaba vagamente algún episodio sucedido mil años
después? Aquello era un revoltijo inextricable, y lo peor del caso resultaba que
Charlie Mears en su estado normal era, de todas las personas del mundo, la más
incapaz de desembrollarlo. Yo no podía hacer otra cosa que esperar y acechar, pero
aquella noche me acosté lleno de las más extravagantes suposiciones. Nada era
imposible, siempre que no fallase la detestable memoria de Charlie.
Podría quizá volver a escribir la Saga de Thorfin Karlsefne como nunca antes se
la había escrito, podría quizá relatar la historia del primer descubrimiento de
América, siendo yo mismo el descubridor. Pero estaba enteramente a merced de
Charlie, y mientras tuviese al alcance de su mano un volumen de Bohn de a tres
chelines con seis peniques, Charlie no hablaría. No osaba maldecirlo abiertamente;
apenas me atrevía a refrescarle la memoria, pues tenía que vérmelas con las
experiencias de hace mil años narradas por boca de un muchacho de hoy; y un
muchacho de hoy se deja traer y llevar por cada cambio de tono y cada ráfaga de
opinión, viéndose obligado a mentir incluso cuando más desea decir la verdad.
Estuve casi una semana sin ver a Charlie. Me lo encontré en Gracechurch Street
con un libro de cobros atado a la cintura. Por cuestiones de su trabajo tenía que
atravesar el Puente de Londres, y lo acompañé. Iba muy ufano con su libro de cobros
y exageraba su importancia. Al cruzar el Támesis nos detuvimos a mirar cómo
descargaban grandes lajas de mármol blanco y negro de un buque de vapor. Una
barcaza se deslizó bajo la popa del buque y a bordo de ella mugió una vaca solitaria.
El rostro de Charlie cambió del de empleado de banco al de un hombre desconocido y
—aunque él no lo habría creído— mucho más sagaz. Extendió el brazo sobre el pretil
del puente, y riendo estrepitosamente dijo:
—¡Cuando oyeron mugir a nuestros toros, los Skroelings huyeron!
Solo dejé pasar un instante, pero la gabarra y la vaca habían desaparecido bajo la
proa del buque antes de que pudiera replicar.
—Charlie, ¿qué crees que son los Skroelings?
—Nunca he oído la palabra. Parece el nombre de una especie nueva de gaviotas.
¡Haces cada pregunta! —contestó—. Tengo que ir un poco más allá, a ver al cajero de
la Compañía de Ómnibus. ¿Me esperas y vamos luego a almorzar juntos a algún
restaurante? Tengo una idea para un poema.
—No, gracias. Me marcho. ¿Seguro que no sabes nada de Skroelings?
—No, a menos que lo hayan inscrito en la carrera de obstáculos de Liverpool. —
Me hizo un saludo con la cabeza y desapareció entre la multitud.
Ahora bien, en la Saga de Eric el Rojo o en la de Thorfin Karlsefne está escrito
que hace novecientos años, cuando las galeras de Karlsefne llegaron a las barracas de
Leif, que este había erigido en la tierra desconocida llamada Markland, que pudiera
ser el actual Rhode Island, los Skroelings —y Dios sabe quiénes p^ dieron ser estos
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— se acercaron para traficar con los vikingos, y huyeron porque se aterraron al oír
mugir el ganado que Thorfin se había traído consigo en las naves. Pero ¿qué diantres
podía saber un esclavo griego de ese asunto? Erré por las calles tratando de
desenmarañar el misterio, pero cuanto más lo consideraba, mayor era mi confusión.
Solo una cosa parecía cierta, y esa certidumbre me dejó sin resuello por el momento.
Si de algo llegaba a tener pleno conocimiento no sería de una vida del alma que había
en el cuerpo de Charlie Mears, sino de media docena… ¡media docena de existencias
distintas vividas sobre las aguas azules en el amanecer del mundo!
Examiné entonces la situación.
Estaba claro que el utilizar mi saber me convertiría en un ser sobresaliente e
inabordable hasta que todos los demás fuesen tan sabios como yo. Eso ya sería algo
pero, hombre al fin, yo era ingrato. Parecía amarga injusticia que la memoria de
Charlie me fallase cuando más la precisaba. Grandes Poderes de los Cielos —levanté
la vista hacia ellos a través del humo y la neblina—, ¿sabían los Señores de la Vida y
la Muerte lo que esto significaba para mí? Nada menos que la fama eterna más
excelente, la que procede de Uno, y de la que participa uno solo. Me contentaría —
acordándome de Clive me maravillé de mi moderación— con el simple derecho a
relatar una historia, a elaborar una pequeña contribución a la literatura de
entretenimiento de mi época. Si a Charlie le fuese concedido recordar íntegramente
durante una hora —sesenta breves minutos— las vidas que habían abarcado un
periodo de mil años, yo renunciaría a cuantos beneficios u honores pudieran derivarse
de lo que escribiría a partir de sus palabras. No participaría en el revuelo que
sobrevendría en todo ese rincón del planeta que se llama a sí mismo «el mundo». El
escrito se publicaría anónimamente. Más aún, haría que otros hombres llegasen a
creer que eran ellos quienes lo habían escrito. Pagarían los servicios de ufanos
ingleses de piel coriácea para que lo vociferaran por el extranjero. Los moralistas
fundarían una nueva ética basada en él, jurando que era original y que habían
apartado a toda la humanidad del miedo a la muerte. Cada orientalista de Europa lo
confirmaría verbosamente con textos sánscritos y palis. Mujeres atroces inventarían
variantes inmundas de la creencia de los hombres para la elevación de sus hermanas.
Iglesias y religiones disputarían a causa de él. Entre el momento de parar a un
ómnibus y aquel en que volvió a desplazarse, preví las refriegas que se alzarían entre
media docena de sectas, todas las cuales profesarían «la doctrina de la Verdadera
Metempsícosis aplicada al mundo y a la Nueva Era»; y vi, asimismo, cómo los
periódicos ingleses respetables se inhibirían, lo mismo que vacas asustadizas, ante la
hermosa sencillez del relato. La imaginación dio un salto hacia adelante de cien,
doscientos, mil años. Vi con pesar que los hombres mutilarían y falsearían la historia;
que los credos rivales la tergiversarían hasta que, al final, el mundo occidental, que se
aferra al miedo a la muerte con mayores ansias que a la esperanza de la vida, la
desecharía, considerándola una superstición interesante, para lanzarse a correr tras
alguna fe tanto tiempo olvidada que parecería completamente nueva. En estas,
[Link] - Página 57
modifiqué los términos del pacto que llevaría a cabo con los Señores de la Vida y la
Muerte. Que me sea permitido solo conocer, solo escribir, la historia con la certeza de
que registré la verdad, y quemaría el manuscrito a modo de sacrificio solemne. Cinco
minutos después de redactar el último renglón lo destruiría todo. Pero era preciso que
se me permitiese escribirlo con absoluta certeza.
No hubo respuesta. Los colores violentos de un cartelón del Aquarium atrajeron
mi atención, y me pregunté si sería acertado o prudente intentar poner a Charlie en
manos del hipnotizador profesional de allí, y si al estar bajo su poder hablaría de sus
vidas pasadas. Si lo hiciera, y si la gente lo creyera… pero Charlie se asustaría y se
pondría nervioso, o se envanecería con las entrevistas. En cualquier caso, empezaría a
mentir por miedo o vanidad. Estaba más seguro en mis propias manos.
—Sois unos tontos muy graciosos, vosotros los ingleses —dijo una voz junto a
mí, y volviéndome reconocí a un conocido mío, un joven bengalí estudiante de
Derecho llamado Grish Chunder, cuyo padre lo había enviado a Inglaterra para que se
civilizase. El viejo era un funcionario hindú jubilado, y con una renta de cinco libras
al mes se las ingeniaba para facilitarle a su hijo doscientas libras al año y plena
licencia en una ciudad donde podía fingir que era el hijo menor de una casa real, y
contar historias de los brutales burócratas indios que estrujaban al máximo a los
pobres.
Grish Chuxider era un bengalí joven, grueso y corpulento, vestido
impecablemente con levita, sombrero de copa, pantalones claros y guantes color
canela. Pero yo lo había conocido en los días en que el brutal gobierno indio costeaba
su educación universitaria, mientras él escribía artículos de sedición barata para el
Sachi Durpan y tenía amores con las esposas de sus condiscípulos quinceañeros.
—Eso es muy gracioso y muy tonto —dijo señalando el cartelón—. Voy al Club
Northbrook. ¿Quieres acompañarme?
Anduve a su lado durante un rato.
—Tú no estás bien —dijo—. ¿En qué piensas? No hablas.
—Grish Chunder, eres demasiado culto para creer en un Dios, ¿no es cierto?
—¡Oh, sí, aquí! Pero cuando regrese a mi país deberé conciliar la superstición
popular, y cumplir con las ceremonias de purificación, y mis esposas ungirán ídolos.
—Y adornarán con tulsi y festejarán el purohit, y te reintegrarán a tu casta y harán
que un librepensador avanzado como tú vuelva a ser un buen khuttri. Y comerás
alimento desi y disfrutarás de todo ello, desde el olor del patio hasta el aceite de
mostaza con el cual te untarán.
—Disfrutaré mucho —dijo sin tapujos Grish Chunder—. Quien nace hindú,
siempre lo será. Pero me gusta saber lo que los ingleses creen que saben.
—Te contaré una cosa que sabe un inglés. Para ti será una vieja historia.
Empecé a contar la historia de Charlie en inglés; pero Grish Chunder formuló una
pregunta en su lengua vernácula y desde ese momento el relato prosiguió en el
idioma más apto para contarlo. Pensándolo bien, nunca habría podido contarse en
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inglés. Grish Chunder me escuchó, asintiendo de tanto en tanto, y luego subió a mi
alojamiento, donde concluí el relato.
—Beshak —dijo filosóficamente—. Lekin darwaza band hai. (Sin duda; pero la
puerta está cerrada). Entre mi gente he oído hablar de estos recuerdos de vidas
anteriores. Claro que para nosotros es una vieja historia, pero sucederle a un inglés, a
un Mlechh alimentado con vaca, a un descastado… ¡Por Júpiter, eso es sumamente
extraño!
—¡Descastado lo serás tú, Grish Chunder! Todos los días comes carne de vaca.
Pensemos en el asunto. El muchacho recuerda sus encarnaciones.
—¿Tiene conciencia de ello? —preguntó tranquilamente Grish Chunder,
balanceando las piernas sentado en mi mesa. Ahora hablaba en inglés.
—Él lo ignora todo. ¿Te lo hubiese yo contado en caso contrario? ¡Continúa!
—No hay ninguna continuación. Si les cuentas eso a tus amigos dirán que estás
loco y lo publicarán en los diarios. Supón, ahora bien, que los demandas por
calumnia.
—Dejemos eso aparte. ¿Hay alguna posibilidad de que se lo pueda hacer hablar?
—Hay alguna posibilidad. ¡Oh, sí! Pero si hablara, eso significaría que todo este
mundo se acabaría ahora… instanto… se te caería encima. Estas cosas no están
permitidas, ¿sabes? Como he dicho, la puerta está cerrada.
—¿Ni la más remota posibilidad?
—¿Cómo puede haberla? Tú eres cristiano y está prohibido, en vuestros libros,
comer del Árbol de la Vida, o de lo contrario nunca moriríais. ¿Cómo vais a temer a
la muerte si llegáis a saber lo que tu amigo no sabe que sabe? Yo tengo miedo de que
me den un puntapié, pero no tengo miedo de morirme, porque sé lo que sé. Vosotros
no tenéis miedo al puntapié pero tenéis miedo de morir. Si no lo tuvierais, ¡por Dios!,
los ingleses armaríais en el acto un gran revuelo, perturbando los equilibrios de poder
y sembrando el desorden. No sería bueno. Pero no hay peligro. Irá recordando cada
vez menos, y los calificará de sueños. Luego olvidará del todo. Cuando pasé mi
examen de bachillerato en Calcuta, todo esto estaba en el libro sobre los textos de
Wordsworth. «Estela de nubes gloriosas», ya sabes.
—Esta parece ser una excepción a la regla.
—Las reglas no tienen excepciones. Algunas no parecen tan rígidas como otras,
pero todas son iguales vistas de cerca. Si este amigo tuyo dijera esto y lo otro y lo de
más allá, indicando que recordaba todas sus vidas pasadas, o un episodio de una vida
pasada, no podría quedarse en el banco ni un minuto más. Lo despedirían por loco y
lo enviarían a un manicomio. Bien lo sabes, amigo mío.
—Claro que sí, pero no pensaba en él. Su nombre no tiene por qué aparecer en la
historia.
—¡Ah! Entiendo. Esa historia nunca se escribirá. Puedes intentarlo.
—Voy a hacerlo.
—Por la gloria y por el dinero, claro.
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—No. Por el solo hecho de escribir la historia. A fe mía que no pasaré de ahí.
—Aun así no hay ninguna posibilidad. No se puede jugar con los dioses. Ahora es
una historia muy bonita. Como suele decirse, conténtate con eso. Y obra rápido; tu
amigo no durará mucho.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que digo. Nunca ha pensado, hasta ahora, en una mujer.
—¡Sí, sí lo ha hecho! —Recordaba algunas de las confidencias de Charlie.
—Quiero decir que ninguna mujer ha pensado en él. Cuando eso llegue… bus…
hogya… ¡se acabó! Lo sé. Hay millones de mujeres aquí. Las criadas, por ejemplo. Te
besan detrás de las puertas.
Me estremecí al pensar que una criada podía desbaratarme la historia. Y, sin
embargo, nada era más probable.
Grish Chunder sonrió:
—Sí… y también muchachas bonitas… primas suyas o quizá que no sean suyas.
Un beso que él devuelva y que recuerde lo sanará de todas estas locuras, o bien…
—O bien ¿qué? Recuerda que él no sabe que sabe.
—Ya lo sé. O bien, si nada sucede, lo irá absorbiendo el trabajo y la especulación
financiera como a los demás. Así sucederá. Tú mismo ves que así sucederá. Pero la
mujer llegará primero, creo yo.
Se oyeron unos golpecitos secos a la puerta y Charlie irrumpió en la habitación.
Había salido de la oficina y por la expresión de sus ojos vi que venía para una larga
charla… probablemente con poesías en los bolsillos. Las poesías de Charlie eran
pesadísimas, pero alguna vez lo llevaban a hablar de la galera.
Grish Chunder se quedó mirándolo agudamente durante unos momentos.
—Perdón —dijo Charlie, incómodo—; ignoraba que tuvieses visita.
—Ya me marcho —dijo Grish Chunder.
Al retirarse me empujó hasta el vestíbulo.
—Ese es tu hombre —me dijo deprisa—. Te aseguro que nunca dirá todo lo que
tú deseas. Olvida esas tonterías. Pero sería muy apto para hacerlo ver cosas. ¿Qué te
parece si, fingiendo que es broma —nunca había visto a Grish Chunder tan
apasionado—, lo hacemos mirar el espejo de tinta en la mano? Eh, ¿qué te parece? Te
digo que podría ver cualquier cosa que un hombre sea capaz de ver. Voy a buscar la
tinta y el alcanfor. Es un vidente y nos revelará muchas cosas.
—Podrá ser todo lo que tú dices, pero no voy a ponerlo en manos de tus dioses y
demonios.
—Ningún daño sufrirá con ello. Únicamente se sentirá un poco atontado y torpe
cuando despierte. Tú ya has presenciado a muchachos mirar el espejo de tinta.
—Precisamente por eso no quiero presenciarlo más. Márchate ya, Grish Chunder.
Se marchó, no sin insistir escaleras abajo en que eso era desperdiciar mi única
oportunidad de conocer el futuro.
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No me inmuté, pues a mí me interesaba el pasado, y de ningún provecho me
serviría en ese empeño el hacer mirar espejos de tinta a muchachos hipnotizados.
Pero comprendí el punto de vista de Grish Chunder.
—¡Vaya un animalote moreno era ese! —dijo Charlie cuando volví adentro—.
Bueno, mira, acabo de hacer un poema; lo he escrito después de almorzar, en vez de
jugar al dominó. ¿Te lo leo?
—Déjame leerlo a mí para mis adentros.
—Pero así te perderás la entonación adecuada. Además, tú siempre haces que mis
escritos suenen como si las rimas estuviesen todas mal.
—Léelo en voz alta, pues. Eres igual que los demás.
Charlie me declamó su poesía, y no era muy inferior al término medio de su
producción en verso. Había leído sus libros con aplicación, pero no le agradó que le
dijese que yo prefería a Longfellow incontaminado de Charlie.
Luego nos pusimos a recorrer el manuscrito línea por línea, y Charlie esquivaba
cada objeción y corrección con la frase: «Sí, así quizá esté mejor, pero tú no te das
cuenta de lo que quiero decir». Charlie era, en un aspecto al menos, muy parecido a
un cierto tipo de poeta.
En el reverso de la hoja había unas palabras garabateadas en lápiz, y dije:
—¿Qué es esto?
—Ah, eso no es poesía ni nada que se le parezca. Son bobadas que escribí anoche
antes de acostarme, y era una lata andar buscando rimas; conque en vez de ello hice
una especie de versos libres.
Aquí están los «versos libres» de Charlie:
Hicimos avanzar vuestro barco a fuerza de remos con el viento en contra y las velas de
cubierta al ras.
¿Cuándo nos daréis la libertad?
Comimos pan con cebolla cuando os apoderabais de las ciudades, o corríamos a bordo
cuando el enemigo iba a ganar.
Paseaban los capitanes por la cubierta cantando canciones cuando el tiempo era hermoso,
pero nosotros estábamos bajo el capataz.
Nos desmayábamos con el mentón contra los remos y no advertíais que estábamos
ociosos, pues seguíamos balanceándonos de aquí para allá.
¿Cuándo nos daréis la libertad?
Por efecto de la sal las empuñaduras de los remos se volvían ásperas como la piel de los
tiburones; teníamos las rodillas ajadas hasta el hueso por el agua salada; el cabello pegado a
nuestras frentes; y los labios cortados hasta las encías, y nos azotabais porque nos faltaban
fuerzas para remar.
¿Cuándo nos daréis la libertad?
Pero en breve escaparemos por las portañolas igual que el agua resbala a lo largo de la
pala del remo, y aunque ordenéis a los otros que nos persigan remando, no nos prenderéis
hasta que prendáis lo que aventa el remo y atéis los vientos en la panza de las velas. ¡Ajá!
¿Cuándo nos daréis la libertad?.
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ganancias?
—De ti mismo depende. Si desde el comienzo me hubieses contado más cosas del
protagonista, a estas alturas quizá ya estaría concluida. Pero tienes unas ideas tan
imprecisas.
—Solo pretendo darte la idea general… el rodar de aquí para allá y las luchas y
todo eso. ¿No puedes suplir tú lo que falta? Haz que el protagonista salve de los
piratas a una muchacha y se case con ella o algo por el estilo.
—Eres realmente de gran ayuda como colaborador. Supongo que el protagonista
correría unas cuantas aventuras antes de casarse.
—Bueno, pues entonces haz de él un tipo astuto, más bien rastrero, una especie de
hombre político que iba por ahí haciendo tratados y rompiéndolos, un individuo de
pelo negro que se escondía detrás del mástil cuando empezaba el combate.
—Pero el otro día dijiste que era pelirrojo.
—No pude decir tal cosa. Hazlo moreno, desde luego. Careces de imaginación.
Al percatarme de que acababa de descubrir los principios íntegros sobre los
cuales se basa esa vaga memoria falsamente llamada imaginación me sentí con
derecho a reírme, pero me contuve por mor del relato.
—Tienes razón. Tú eres quien tiene imaginación. Un tipo moreno en una
embarcación de tres cubiertas —dije.
—No, una embarcación descubierta… como una especie de barca grande.
Era para volverse loco.
—Tu barco ha sido construido y diseñado como un barco cerrado y con cubiertas;
lo dijiste tú mismo —protesté.
—No, no, ese barco no. Ese era abierto o semiabierto porque… Por Júpiter, tienes
razón. Me has hecho representarme al protagonista como un tipo pelirrojo. Pero,
claro, si fuese pelirrojo, el barco sería uno abierto con las velas pintadas.
Sin duda, pensé, ahora recordaría que había servido al menos en dos galeras: en
una galera griega de tres cubiertas, bajo el «hombre político» de pelo negro, y
también en una serpiente-de-mar vikinga, abierta, bajo el hombre «pelirrojo como un
oso» que arribó a Markland. El Demonio me impulsó a hablar.
—¿Por qué «claro», Charlie? —dije.
—No sé. ¿Te burlas de mí?
Por el momento la corriente se había cortado. Eché mano de una libreta y simulé
que apuntaba gran cantidad de cosas.
—Es un placer trabajar con un muchacho imaginativo como tú —dije al cabo de
una pausa—. La manera como has redondeado el personaje del protagonista es
sencillamente estupenda.
—¿De veras lo crees? —repuso sonrojándose de satisfacción—. A menudo me
digo que llevo dentro más de lo que mi ma…, de lo que la gente piensa.
—Llevas dentro una suma enorme de cosas.
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—Entonces, ¿me dejarás enviar a Tit-Bits un artículo sobre Las costumbres de los
empleados de banco y ganar el premio de una guinea?
—No me refería precisamente a eso; amigo, quizá valdría más esperar un poco y
adelantar la historia de la galera.
—Ah, pero el mérito de eso no me lo atribuirán a mí. Tit-Bits publicaría mi
nombre y dirección si gano. ¿De qué te sonríes? Lo publicaría.
—Ya lo sé. Anda, ve a dar un paseo. Quiero revisar los apuntes que tengo de
nuestra historia.
Así, pues, este vituperable joven que se marchó algo dolido y desconcertado
podía perfectamente haber formado parte de la tripulación del Argo, y ciertamente
había sido esclavo o camarada de Thorfin Karlsefne. Por consiguiente estaba
hondamente interesado en los concursos de a guinea. Recordando lo que había dicho
Grish Chunder me reí en voz alta. Los Señores de la Vida y la Muerte nunca
permitirían que Charlie Mears hablara de sus pasados con pleno conocimiento, y yo
incluso me veía obligado a ir completando los retazos que me había contado con mis
precarias invenciones mientras Charlie escribía acerca de las costumbres de los
empleados de banco.
Junté y coloqué en una misma carpeta todos mis apuntes; y el resultado no fue
alentador. Los leí una segunda vez. No había nada que no hubiese podido compilarse
de segunda mano a partir de los libros de otros… excepto, quizás, el episodio de la
batalla en el puerto. Las aventuras de un vikingo habían sido noveladas muchas veces
con anterioridad; la historia de un galeote griego no era ninguna novedad; y aunque
yo escribiese ambas cosas, ¿quién sería capaz de confirmar o impugnar la veracidad
de los detalles? Para el caso, lo mismo daba contar el relato de algo que iba a suceder
dentro de dos mil años. Los Señores de la Vida y la Muerte eran todo lo astutos que
había insinuado Grish Chunder. No permitirían que trascendiese nada capaz de
conturbar o apaciguar el ánimo de los hombres. Aun cuando estaba convencido de
esto, sin embargo no podía dejar de entre las manos el relato. La exaltación sucedió al
abatimiento no una, sino veinte veces en el transcurso de las semanas que siguieron.
Mis ánimos eran tan variables como el sol de marzo y las nubes volanderas. De noche
o en la belleza de una mañana primaveral sentía que era capaz de escribir ese relato y,
por tanto, de mover continentes. En las húmedas tardes ventosas veía que el relato
podía, en efecto, llegar a escribirse, pero que al final no sería más que una muestra
del estilo de Wardour Street, una imitación engañosamente barnizada, un fraude lleno
de herrumbre. Entonces maldecía profusamente a Charlie… aunque la culpa no era
suya. Parecía estar atareado con los certámenes literarios, y lo fui viendo cada vez
con menos frecuencia a medida que pasaban las semanas y la tierra, agrietándose,
maduraba para recibir a la primavera y los pimpollos se dilataban dentro de sus
vainas. Él no tenía ganas de leer ni de hablar de lo que había leído, y su voz resonaba
con un aplomo nuevo. Yo no ponía demasiado interés en recordarle la galera cuando
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nos veíamos; pero Charlie hacía alusión a ella en toda ocasión, siempre como una
historia que podía dar dinero.
—Creo que merezco al menos el veinticinco por ciento, ¿no? —dijo con una
franqueza encantadora—. Yo suministré todas las ideas, ¿no es así?
Esta codicia de dinero era una faceta nueva de su personalidad. Supuse que se
habría desarrollado en la City, donde a Charlie se le estaba pegando la curiosa habla
lenta, arrastrada y nasal propia del vulgo que trabaja allí.
—Cuando esté concluida, ya habláremos de ello. De momento no consigo
adelantar. Tan difíciles resultan los protagonistas pelirrojos como los morenos.
Se había sentado junto al fuego y miraba los carbones encendidos.
—Yo no entiendo qué es lo que encuentras tan difícil. Para mí está más claro que
el agua —repuso. Una vaharada de gas brotó por entre las barras de hierro, se
incendió y produjo un leve silbido—. ¿Y si empezásemos por las aventuras del
protagonista pelirrojo, desde el momento en que llegó desde el norte a mi galera y la
capturó y navegó hasta las Playas?
Ahora me cuidé muy bien de interrumpir a Charlie. No tenía a mano papel ni
pluma, y no me atrevía a moverme por no romper la corriente. Las vaharadas de gas
proferían un soplido quejumbroso, la voz de Charlie descendió casi hasta el susurro, y
refirió un relato de la navegación hacia Furdurstrandi de una galera abierta, de
puestas de sol en alta mar, vistas bajo la curva de la única vela, atardecer tras
atardecer, cuando el espolón de la galera apuntaba al centro del disco que iba
sumergiéndose, pues, en palabras de Charlie, «así navegábamos orientados, pues no
disponíamos de ningún otro guía». Habló de un desembarco en una isla y de
exploraciones por sus bosques, en los cuales la tripulación mató a tres hombres que
encontraron durmiendo bajo los pinos. Sus fantasmas, dijo Charlie, siguieron a nado a
la galera y la tripulación, después de echarlo a suertes, arrojó por la borda a uno de
los suyos como sacrificio a los dioses desconocidos a los cuales habían ofendido.
Luego se alimentaron de algas marinas al agotárseles las provisiones, y se les hincha
ron las piernas, y su jefe, el hombre de pelo rojo, mató a dos remeros amotinados, y al
cabo de un año entre los bosques levaron anclas rumbo a la patria, y un viento
incesante los condujo con tal seguridad que por las noches dormían todos. Esto, y
mucho más, contó Charlie. A veces bajaba tanto la voz que yo no lograba percibir las
palabras, aun estando con cada nervio en tensión. Habló de su jefe, el hombre
pelirrojo, como un pagano habla de su Dios; pues era él quien los animaba o los
mataba con total imparcialidad según creyese que era lo más conveniente para ellos
en cada momento; y fue él quien timoneó la embarcación durante los tres días en que
navegaron por entre hielos flotantes, cuando en cada témpano se apiñaban extrañas
fieras que «trataban de navegar con nosotros», dijo Charlie, «y nosotros las
rechazábamos golpeándolas con las empuñaduras de los remos».
Las vaharadas de gas se extinguieron, una brasa cedió y el fuego se desplomó en
el fondo del hogar con un estallido diminuto. Charlie dejó de hablar y yo no
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pronuncié palabra.
—¡Por Júpiter! —dijo al fin sacudiendo la cabeza—. Me he quedado mirando el
fuego hasta marearme. ¿Qué iba a decir?
—Algo acerca del libro de la galera.
—Ya lo recuerdo. Será el veinticinco por ciento de los beneficios, ¿verdad?
—Será lo que tú quieras cuando haya concluido el relato.
—Quería estar seguro. Ahora he de marcharme. Tengo… tengo una cita. —Y se
marchó.
Si yo no hubiera tenido los ojos vendados, bien habría podido suponer que aquel
entrecortado murmullo junto al fuego era el canto de cisne de Charlie Mears. Pero lo
creí el preludio a una revelación total. ¡Por fin, por fin burlaría a los Señores de la
Vida y la Muerte!
La próxima vez que Charlie vino a verme lo recibí entusiasmado. Él estaba
nervioso y azorado, pero tenía los ojos resplandecientes y los labios entreabiertos.
—He hecho un poema —dijo; y agregó con rapidez—: Es el mejor que he hecho
nunca. Léelo. —Me lo plantó en la mano y se retiró hacia la ventana.
Gemí en mi fuero interno. Sería cuestión de media hora el criticar —es decir, el
elogiar— el poema lo suficiente para satisfacer a Charlie. Entonces tuve una buena
razón para gemir, pues Charlie, abandonando sus kilométricos metros favoritos, había
ensayado un verso más breve y cantarín, un verso, además, con una idea de fondo. He
aquí lo que leí:
¡Qué hermoso es el día, qué jocundo el viento
Detrás de la colina vocea,
Allí do el bosque doblega a su antojo
Y al arbolito zarandea!
¡Amotínate, viento; llevo yo en el alma
Algo que no se aviene a verte en calma!
Ella me hizo don de sí misma; ¡cielos y tierra,
Mar gris, ella es ya solo mía!
Que oigan mi grito los hoscos peñascos
Y se alegren de mi alegría.
¡Tierra, la he ganado y es mía;
Regocíjate, que es primavera!
¡Regocíjate! ¡Mi amor bien se merece
Los dones de tu entraña entera!
¡Que el mozo que te labra sienta mi alborozo
Por las aradas tempraneras!
—Sí, son las aradas tempraneras, no hay duda —dije con el alma empavorecida.
Charlie sonrió, pero no dijo nada.
Roja nube del ocaso, dilo al mundo.
¡Dame albricias por mi fortuna,
Oh sol! ¡Señor soy absoluto
Del alma de una mujer, de una!
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—¿Y bien? —dijo Charlie, inclinándose por encima de mi hombro.
Pensé que estaba lejísimos de estar bien, que estaba rematadamente mal, cuando
en silencio depositó una fotografía encima del papel: la fotografía de una muchacha
de cabellos ensortijados y flácida boca estúpida.
—¿Verdad que es… verdad que es maravilloso? —murmuró, ruborizado hasta la
punta de las orejas, envuelto en el sonrosado misterio del primer amor—. Yo no
sabía… no pensaba… llegó como un rayo.
—Sí. Llega como un rayo. ¿Eres muy feliz, Charlie?
—¡Dios mío… ella… ella me quiere! —Se sentó repitiéndose a sí mismo las
últimas palabras. Miré el rostro lampiño, la estrecha espalda ya encorvada por el
trabajo de escritorio, y me pregunté cuándo, dónde y cómo había amado en sus vidas
anteriores.
—¿Qué dirá tu madre? —pregunté bienhumoradamente.
—¡Maldito lo que me importa lo que diga!
A los veinte años son muchas, debidamente, las cosas que maldito nos han de
importar, pero a las madres no deberíamos incluirlas en la lista. Se lo dije
apaciblemente; y él se puso a describirla a Ella como Adán debió de describir la
gloria y la ternura y la belleza de Eva a los animales recién nombrados. De pasada me
enteré de que Ella era una dependienta de estanco con debilidad por la moda y de que
le había dicho ya cuatro o cinco veces que nunca la había besado un hombre
anteriormente.
Charlie seguía hablando sin parar; mientras tanto, yo, separado de él por millares
de años, meditaba sobre el comienzo de las cosas. Ahora comprendía por qué los
Señores de la Vida y la Muerte cierran las puertas con tanto cuidado detrás de
nosotros. Es para que no recordemos nuestros primeros y más bellos
enamoramientos. De no ser así, nuestro mundo se quedaría despoblado en cosa de
cien años.
—Bueno, y volviendo a la historia de la galera… —dije, aún más jovialmente,
aprovechando una pausa en el torrente de su palabreo.
Charlie alzó los ojos como si hubiese recibido un golpe.
—La galera… ¿qué galera? ¡Santo cielo, hombre, no bromees! ¡Esto es serio! ¡No
sabes lo serio que es!
Grish Chunder estaba en lo cierto. Charlie había probado el amor de mujer que
mata el recuerdo, y la historia más bella del mundo nunca se escribiría.
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«ELLOS»
Un paisaje me llevaba a otro; la cima de una colina, a otra cercana, en la mitad del
condado, y ya que no tenía más dificultad que empujar una palanca dejé que el
condado fluyera bajo mis ruedas. Los llanos del este tachonados de orquídeas dieron
paso al tomillo, los acebos y la hierba grisácea de los promontorios Calizos del sur; y
estos a los maizales feraces y las higueras de la costa baja, donde se lleva a mano
izquierda el batir de la marea a lo largo de veinticinco kilómetros inalterables; y
cuando por último torcí tierra adentro a través de un racimo de colinas redondeadas y
bosques me encontré con que había perdido todos mis puntos de referencia. Más allá
de la mismísima aldea que presume de madrina de la capital de Estados Unidos
encontré villorrios perdidos donde las abejas, lo único despierto, zumbaban alrededor
de tilos de veinticinco metros de altura que se cernían sobre grises iglesias
normandas; arroyos milagrosos que se deslizaban bajo puentes de piedra construidos
para un tráfico más pesado que el que jamás volvería a hollarlos; graneros diezmales
más grandes que sus respectivas iglesias, y una vieja fragua que pregonaba con voz
potente haber sido antaño una sala de los templarios. Encontré gitanos en un ejido
donde la aulaga, el brezo y el helecho decidían su predominio en una batalla de más
de un kilómetro de carretera romana; y algo más lejos espanté a un zorro rojo que se
revolcaba a la manera de los perros bajo la luz desnuda del sol.
Viéndome encerrado entre colinas boscosas me erguí dentro del auto para
orientarme y busqué aquel gran promontorio cuya cima anillada es como un mojón
para ochenta kilómetros a la redonda de comarcas bajas. Por la estructura del terreno
juzgué que acabaría dando con alguna carretera que discurriese, rumbo al este, hasta
sus pies, pero no había contado con el velo desorientador de los bosques. Una curva
cerrada me sumergió primero en un verde terreno rebajado repleto de líquida luz
solar, y después en un túnel lóbrego donde las hojas muertas del año anterior
formaron un alboroto de susurros alrededor de mis neumáticos. Los vigorosos
avellanos que se entrecruzaban sobre mi cabeza llevaban por lo menos dos
generaciones sin ser podados, y ni una sola hacha había ayudado al roble y al haya,
podridos de musgo, a retoñar por encima de ellos. Aquí la carretera se convirtió
francamente en una vereda alfombrada sobre cuyo terciopelo pardo brotaban como
jade matas de prímulas marchitas, y unas cuantas campánulas azules cabeceaban al
unísono, enfermizas, sobre sus tallos blancos. Como la pendiente me era favorable
apagué el motor y me dejé llevar entre la hojarasca, esperando a cada momento
encontrarme con algún guardabosques; pero no oí más que un grajo, a lo lejos,
disputando con el silencio bajo el crepúsculo de los árboles.
El sendero seguía bajando. A punto estaba de invertir el sentido de la marcha y
hacer un esfuerzo para volver en segunda antes de ir a dar en una ciénaga, cuando vi
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luz solar a través de la maraña de vegetación que me cubría y solté el freno.
Cuesta abajo de nuevo. Como el sol me daba en la cara, mis ruedas delanteras
invadieron el césped de una gran pradera silenciosa de la cual surgían jinetes de tres
metros de altura blandiendo lanzas, monstruosos pavos reales y elegantes doncellas
de honor con la cabeza redondeaba —azules, negras y relucientes—, todo ello en tejo
recortado. Al otro extremo de la pradera —las tropas arbóreas de los bosques la
sitiaban por tres lados— se alzaba una antigua casa de piedra cubierta de liquen y
trabajada por la intemperie, con ventanas con parteluz y un tejado de color rojo
rosado. Estaba flanqueada por muros semicirculares, también de color rojo rosado,
que cerraban la pradera por el cuarto lado, y a sus pies crecía un seto de boj de la
altura de un hombre. En el tejado había palomas rondando las esbeltas chimeneas de
ladrillo, y tuve un atisbo de un palomar octogonal detrás del muro de defensa.
Allí, entonces, me paré; la lanza verde de un jinete apuntaba a mi pecho; me
retenía la belleza excelsa de aquella joya en aquel enclave.
«Si no me expulsan por intruso, o si este caballero no se arroja sobre mí —pensé
—, por lo menos Shakespeare y la reina Isabel deberían salir de esa puerta
entreabierta del jardín para invitarme a tomar el té».
Se asomó una niña en una de las ventanas de la planta alta y me pareció que la
criaturita saludaba amistosamente con la mano. Pero era para llamar a un compañero,
pues enseguida se dejó ver otra cabeza brillante. Oí entonces una risa entre los pavos
reales de tejo, y volviéndome para cerciorarme (hasta entonces había estado
observando solo la casa) vi la plata de una fuente tras un seto erigido contra el sol.
Las palomas del tejado arrullaban al agua arrulladora; pero entre las dos melodías me
llegó la risita de felicidad total de un niño entregado a alguna pequeña travesura.
La puerta del jardín —roble macizo encajado en la robustez del muro— se abrió
un poco más: una mujer rocada con un gran sombrero de faena puso los pies despacio
sobre el escalón de piedra erosionada, e igual de despacio echó a andar por el césped.
Estaba yo pensando en qué excusa dar cuando alzó la cabeza y vi que era ciega.
—Lo he oído —dijo—. ¿No es un automóvil?
—Me temo que me he equivocado de ruta. Debí desviarme más arriba… Nunca
imaginé… —rompí a hablar.
—Pero si me alegro mucho. ¡Figúrese un automóvil entrando en el jardín! Es tal
acontecimiento… —Se dio la vuelta e hizo como si lanzara una mirada en su
derredor—. No habrá… no habrá usted visto a nadie, ¿verdad?
—A nadie con quien haya podido hablar, pero a cierta distancia los niños parecían
interesados.
—¿Qué niños?
—Hace nada he visto a un par en la ventana de arriba, y creo haber oído a un
chavalillo por aquí por el jardín.
—¡Oh, hombre afortunado! —exclamó, y se le iluminó el semblante—. Yo los
oigo, por supuesto, pero eso es todo. ¿Usted los ha visto y oído?
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—Sí —respondí—. Y, si algo entiendo de niños, hay uno que se está divirtiendo
de lo lindo ahí en la fuente. Ha huido, supongo.
—¿Le gustan los niños?
Le di una o dos razones por las cuales no los odiaba precisamente.
—Claro, claro —dijo—. Entonces lo entenderá. Entonces no creerá que estoy mal
de la cabeza si le pido que dé con el auto una o dos vueltas por el jardín… muy
despacio. Seguro que los encantará verlo. Ven tan pocas cosas, los pobrecitos. Una
trata de hacerles grata la vida, pero… —Extendió las manos en dirección al bosque
—. Aquí estamos tan apartados del mundo.
—¡Será algo espléndido! —dije—. Pero lo que no querría es estropearle el
césped.
Se volvió hacia la derecha.
—Espere un momento —dijo—. Estamos en la puerta sur, ¿no? Detrás de esos
pavos reales hay un sendero de losas. Lo llamamos el Paseo de los Pavos Reales.
Desde aquí no se ve, me dicen, pero si consigue usted conducir arrimado al borde del
bosque podrá doblar cuando encuentre el primer pavo real y meterse en el sendero.
Era un sacrilegio desvelar el sueño de aquella fachada con el estruendo de la
maquinaria, pero di un giro brusco para evitar el césped, pasé rozando el borde del
bosque y me metí en el ancho sendero empedrado donde se hallaba la taza de la
fuente como un zafiro astral.
—¿Puedo ir yo también? —gritó—. No, por favor, no me ayude. Les gustará más
si me ven a mí.
Tanteó el camino hacia la parte delantera del auto, y con un pie en el estribo
llamó:
—¡Niños, eh, niños! ¡Venid a ver!
La voz habría hecho salir almas extraviadas del Abismo, por el anhelo que
matizaba su dulzura, y no me sorprendió oír un grito de respuesta más allá de los
tejos. Debía de ser el niño de la fuente, pero en cuanto nos acercamos voló, dejando
un barquichuelo en el agua. Vi el destello de su camisa azul entre los jinetes
inmóviles.
Con gran majestad desfilamos por todo el paseo y a requerimiento de ella
volvimos a hacerlo en dirección contraria. Esta vez el niño había dominado el pánico,
pero se mantenía lejos y vacilante.
—El muchachito nos está observando —dije—. Me pregunto si le apetecería dar
una vuelta.
—Son aún timidísimos. Timidísimos. Pero ¡oh, qué afortunado es usted que
puede verlos! Escuchemos.
Detuve el motor de inmediato, y la húmeda quietud, grávida con el aroma del boj,
nos envolvió como una capa. Oí las tijeras de algún jardinero que podaba, un
murmullo de abejas y de voces quebradas que muy bien podían ser de las palomas.
—¡Oh, antipáticos! —dijo fastidiada.
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—Acaso solo les da miedo el automóvil. La chiquilla de la ventana parece
enormemente interesada.
—¿Sí? —Levantó la cabeza—. Ha sido un error de mi parte decir lo que he dicho.
En realidad me quieren. Es lo único que hace la vida digna de ser vivida: que nos
quieran de verdad, ¿no le parece? No me atrevo a imaginar cómo sería este sitio sin
ellos. Por cierto, ¿es hermoso?
—Creo que es el sitio más hermoso que he visto en mi vida.
—Es lo que dice todo el mundo. Yo puedo sentirlo, desde luego, pero no es
exactamente lo mismo.
—Entonces, ¿usted nunca…? —empecé, pero me interrumpí avergonzado.
—No, que yo recuerde. Ocurrió cuando apenas tenía unos meses, me dicen. Y, no
obstante, algo sí debo de recordar; de lo contrario, ¿cómo podría soñar en color? En
mis sueños veo luz, y colores, pero a ellos nunca. Solo los oigo, como cuando estoy
despierta.
—Es difícil ver caras en los sueños. Algunas personas pueden, pero la mayoría no
tenemos el don —proseguí, alzando la mirada hacia la ventana donde la niña seguía
casi escondida.
—También yo lo he escuchado decir —dijo—. Y me dicen que en sueños nunca
se ve la cara de alguien que ha muerto. ¿Es verdad?
—Creo que sí, ahora que lo pienso.
—Pero usted… ¿usted ha visto alguna? —Los ojos ciegos se volvieron hacia mí.
—Jamás he visto en sueños las caras de mis muertos —contesté.
—Entonces debe de ser tan malo como ser ciego.
El sol se había sumergido detrás de los bosques y las largas sombras iban
apoderándose de los jinetes insolentes uno por uno. Observé extinguirse la luz en el
extremo de una lanza cubierta de hojas brillantes y todo el bravo verde intenso
diluirse en suave negrura. La casa, aceptando el final de otro día, como había
aceptado un centenar de miles ya idos, parecía arraigar más profundamente en su
descanso umbrío.
—¿Alguna vez lo ha deseado? —dijo después del silencio.
—A veces mucho —contesté. La niña había abandonado la ventana en cuanto las
sombras se cerraron sobre ella.
~¡Ah! Yo también, pero creo que no está permitido… ¿Dónde vive usted?
—Justo al otro extremo del condado: a más de noventa kilómetros, y ya tendría
que estar regresando. He venido sin los faros grandes.
—Pero todavía no está oscuro. Lo noto.
—Me temo que lo estará para cuando llegue a casa. ¿Podría mandar conmigo a
alguien que me indicara el camino? Estoy totalmente desorientado.
—Mandaré a Madden con usted hasta el cruce. Estamos tan apartados del mundo;
¡no me extraña que se haya desorientado! Yo lo guiaré hasta la fachada de la casa;
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pero irá despacio, ¿verdad?, hasta que salga del jardín. No creerá que digo ninguna
tontería, ¿eh?
—Le prometo que iré así —dije, y dejé que el auto bajara por su propia inercia
por la pendiente del sendero de losas.
Rodeamos el ala izquierda de la casa, cuyas gárgolas de plomo de fundición
primorosa bien valían por sí solas todo un viaje; traspusimos un gran arco cubierto de
rosales que se abría en el muro rojo y después doblamos hacia la fachada principal de
la mansión, que en belleza y majestuosidad superaba a la de atrás igual que a todas
las otras que había visto.
—¿Tan hermosa es? —me preguntó melancólica cuando escuchó mis arrebatos
—. Y ¿también le gustan las figuras de plomo? Detrás está el viejo jardín de las
azaleas. Dicen que este es un sitio que debieron de construir para los niños. ¿Me
ayuda a salir, por favor? Me gustaría acompañarlo hasta el cruce, pero no puedo
abandonarlos. ¿Eres tú, Madden? Quiero que le indiques a este señor el camino hasta
el cruce. Se ha perdido, pero… los ha visto.
Un mayordomo apareció sin hacer el menor ruido en aquel portento de roble
antiguo que debían llamar la puerta principal, y se deslizó hacia un costado para
tomar su sombrero. Ella me miraba con aquellos ojos, azules abiertos que no veían
nada, y por primera vez advertí que era guapa.
—Recuerde —me dijo con sosiego—, si le gustan volverá. —Y desapareció en el
interior de la casa.
En el auto el mayordomo no dijo nada hasta que nos aproximamos a la verja de
entrada, donde, al atisbo de una camisa azul en un matorral, me desvié
generosamente para que el demonio que impulsa a los niños a jugar no me convirtiera
en un infanticida.
—Perdone —preguntó de pronto—, pero ¿por qué ha hecho esto, señor?
—Por el niño de allí.
—¿Nuestro señorito de azul?
—Claro.
—Corretea mucho. ¿Lo vio usted junto a la fuente, señor?
—Oh, sí, varias veces. ¿Doblamos por aquí?
—Sí, señor. Y ¿por casualidad no los habrá visto también en la planta alta?
—¿En la ventana? Sí.
—¿Antes de que la señora saliera a hablar con usted, señor?
—Un poquito antes. ¿Por qué está interesado en saberlo?
Hizo una breve pausa.
—Solo para asegurarme de que… de que ellos habrían visto el auto, señor, porque
con niños rondando por aquí, aunque estoy seguro de que usted conduce con especial
cuidado, podría producirse un accidente. Solo para eso, señor. Hemos llegado al
cruce. Desde aquí ya no puede perder el camino. Gracias, señor, pero no es nuestra
costumbre, no con…
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—Lo siento —dije, y me guardé la plata británica.
—Oh, como norma, es lo que se estila con los demás. Adiós, señor.
Se recluyó en la torre fortificada de su casta y se alejó. Evidentemente un
mayordomo cuidadoso del honor de su casa e interesado, probablemente por
mediación de una doncella, en las labores de crianza.
Cuando hube pasado los postes del cruce miré hacia atrás, pero las colinas
apeñuscadas se entrelazaban con tanto celo que no fui capaz de distinguir el
emplazamiento de la mansión. Cuando pregunté su nombre en una casita que
encontré en la carretera, la mujerona que allí vendía confites me dio a entender que
los poseedores de automóviles apenas tenían derecho a vivir… y mucho menos a «ir
por ahí charlando como quien va en coche de caballos». No era una comunidad muy
afable.
Cuando aquella noche reconstruí mi ruta sobre el mapa adquirí un poco más de
sabiduría. Antigua Granja de Hawkin parecía ser la denominación catastral, y la vieja
County Gazetteer, por lo común tan exhaustiva, no la mencionaba. La gran mansión
de aquellos parajes era Hodnington Hall, georgiana con adornos del primer periodo
Victoriano, según testimoniaba un horrendo grabado en acero. Trasladé mis
dificultades a un vecino —un árbol de profunda raigambre en aquella región— y me
dio el nombre de una familia sin ningún poder de evocación.
Más o menos un mes más tarde… volví, o tal vez fue mi auto quien tomó la
carretera en un acto de volición. Pasó los promontorios estériles del sur, se abrió paso
entre todos y cada uno de los recodos del laberinto de senderos a los pies de las
colinas, se manejó a través de los bosques cercados hasta arriba, impenetrables en la
plenitud de su foliación, salió al cruce donde me había dejado el mayordomo, y un
poco después desarrolló cierto trastorno interior que me obligó a desviarlo hasta un
claro herboso en un bosque de avellanos sumido en el silencio estival. En la medida
en que podía estar seguro gracias al sol y a un mapa del Estado Mayor, aquella tenía
que ser la carretera que flanqueaba el bosque que la otra vez había explorado
viniendo de la cima de las colinas. Convertí mis reparaciones en un asunto de
auténtica trascendencia, y en un deslumbrante taller mi equipo de herramientas, llaves
inglesas, bombas de aire y demás, que esparcí con orden sobre una manta de viaje.
Era una trampa para cazar a toda la chiquillería, pues en semejante día, argüí, los
niños no debían de andar lejos. Mientras hacía pausas en la labor prestaba atención,
pero el verano resonaba tan profusamente en el bosque (aunque las aves se habían
apareado ya) que en un primer momento fui incapaz de percibir el paso de unos
piececitos cautelosos que se deslizaban sobre la hojarasca. Toqué la bocina a modo de
reclamo seductor, pero los pies volaron, conque me arrepentí, pues para un niño no
hay mayor terror que el de un ruido imprevisto. Debía de llevar media hora manos a
la obra cuando oí en el bosque la voz de la ciega gritando:
—Niños, eh, niños, ¿dónde os habéis metido? —Y el silencio se tornó más lento
para coronar la perfección del grito. Ella se dirigía hacia mí, medio tanteando el
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camino entre los troncos de los árboles, y aunque llevaba, al parecer, a un niño
pegado a las faldas, al acercarse más se escabulló este como un conejo en la espesura.
—¿Es usted? —dijo—. ¿El del otro extremo del condado?
—Sí, soy el del otro extremo del condado.
—Entonces, ¿por qué no ha venido por los bosques de las colinas? Ellos estaban
allí ahora mismo.
—Estuvieron aquí hace unos minutos. Creo que se enteraron de que tenía una
avería y vinieron a ver el espectáculo.
—No se tratará de algo grave, espero. ¿Cómo se averían los autos?
—De cincuenta formas distintas. Solo que el mío ha escogido la cincuenta y una.
Rio alegremente la pequeña chanza, con carcajada arrulladora y deliciosa, y se
echó el sombrero hacia atrás.
—Déjeme escuchar —dijo.
—Un momento —repuse—, que le traeré un almohadón.
Puso los pies en la manta cubierta de piezas desmontadas y se inclinó sobre ellas
con ilusión.
—¡Qué cosas tan encantadoras! —Las manos con las que veía exploraron el
terreno irregularmente iluminado por el sol—. Aquí hay una caja… ¡y aquí otra!
¡Caramba, las ha acomodado usted como en una juguetería!
—Ahora confieso que las saqué para atraerlos. Lo cierto es que no necesito ni la
mitad de todo esto.
—¡Qué amable por su parte! Oí su bocina desde el bosque de la colina. ¿Dice
usted que antes de eso estaban aquí?
—Estoy seguro. ¿Por qué son tan tímidos? El chiquillo de azul que venía ahora
mismo con usted debería haber superado ya su miedo. Me ha estado observando
como un piel roja.
—Habrá sido la bocina —dijo—. Oí a uno de ellos pasar por mi lado todo
nervioso cuando venía hacia aquí. Son tímidos… mucho, incluso conmigo. —Volvió
la cabeza sobre el hombro y gritó de nuevo—: ¡Niños! ¡Eh, niños! ¡Venid a ver!
—Habrán ido todos a ocuparse de sus cosas —sugerí, pues a nuestras espaldas sé
oía un murmullo de voces apagadas salpicado por las agudas risitas súbitas de la
niñez. Volví a mis chapuzas y ella se inclinó hacia adelante, apoyado el mentón en
una mano, atento el oído.
—¿Cuántos son? —dije al fin. El trabajo estaba terminado, pero no veía razón
para marcharme.
Ella arrugó un poco el entrecejo, pensativa.
—En realidad lo ignoro —dijo sinceramente—. A veces más, a veces menos.
Vienen y se quedan conmigo porque los quiero, ya lo ve.
—Debe de ser graciosísimo —dije, poniendo un cajón en su sitio, y mientras lo
decía reparé en la inanidad de mi comentario.
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—¡¿No… no se estará riendo de mí?! —exclamó—. Yo… yo no tengo hijos
propios. Nunca me casé. A veces la gente se ríe de mí a causa de ellos porque…
porque…
—Porque son unos salvajes —afirmé—. No hay por qué soliviantarse. Los de esa
ralea se ríen de todo lo que no sea sus satisfechas vidas.
—No lo sé. ¿Cómo iba a saberlo? Es solo que no me gusta que se rían de mí a
causa de ellos. Duele; y cuando una no ve… No querría parecer tonta —la barbilla le
temblaba como a un niño mientras hablaba—, pero los ciegos solo tenemos una piel,
en mi opinión. Todo lo de fuera nos golpea directamente en el alma. Con ustedes es
distinto. Ustedes tienen unas defensas excelentes en los ojos; antes de que alguien
pueda herirlos de veras en el alma pueden verlo. Con nosotros la gente se olvida de
eso.
Permanecí en silencio, mientras pasaba revista a aquella cuestión inagotable: la
brutalidad, no solo heredada (pues es también escrupulosamente enseñada), de los
pueblos cristianos, en comparación con la cual es limpia y mesurada la simple
idolatría del negro de la Costa Occidental. Esto me llevó muy lejos dentro de mí.
—¡No haga eso! —dijo de pronto, cubriéndose los ojos con las manos.
—¿El qué?
Hizo un ademán.
—¡Eso! Es… es todo púrpura y negro. ¡No lo haga! Ese color lastima.
—¡Pero ¿cómo diantres conoce los colores?! —exclamé, pues esto encerraba toda
una revelación.
—¿Los colores en cuanto colores? —preguntó.
—No. Esos Colores que acaba usted de ver.
—Usted lo sabe tan bien como yo —dijo riendo— o de lo contrario no habría
hecho esa pregunta. No están en el mundo. Están en usted… cuando se ha puesto tan
furioso.
—¿Se refiere a algo así como una mancha de un tenue color púrpura, como vino
de oporto mezclado con tinta? —dije.
—Nunca he visto ni tinta ni oporto, pero los colores no están mezclados. Están
separados… bien separados.
—¿Se refiere a algo así como rayas y motas negras sobre el púrpura?
Asintió.
—Sí… si es que son así —y de nuevo trazó un zigzag con el dedo—, pero es más
rojo que púrpura ese color malo.
—Y ¿cuáles son los colores que ocupan el primer puesto en… lo que sea que
usted ve?
Se agachó despacio y trazó sobre la manta la figura del Huevo.
—Así los veo —dijo señalando con un tallo de hierba—, blanco, verde, amarillo,
rojo, púrpura, y cuando la gente está enojada o es mala, negro sobre rojo… como
usted ahora.
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—¿Quién le habló de estas cosas… en un principio? —demandé.
—¿De los colores? Nadie. Cuando era pequeña preguntaba de qué color eran
manteles y cortinas y alfombras, ¿sabe?, porque algunos me lastimaban y otros me
ponían contenta. La gente me lo decía; y cuando me hice mayor fue así como vi a las
personas. —Otra vez trazó la silueta del Huevo que solo a unos pocos nos es dado
ver.
—¿Todo usted sola? —insistí.
—Todo yo sola. No tenía a nadie más. Solo más tarde descubriría que hay otras
personas que no ven los Colores.
Estaba recostada en el tronco de un árbol trenzando y destrenzando tallitos de
hierba arrancados al azar. Los niños del bosque se habían acercado. Los veía por el
rabillo del ojo jugueteando como ardillas.
—Ahora estoy segura de que usted jamás se reirá de mí —prosiguió después de
una larga pausa—. Ni de ellos.
—¡Por el amor de Dios! ¡No! —exclamé arrancado de golpe a mis pensamientos
—. ¡Un hombre que se ríe de un niño (a menos que el niño se ría también) es un
pagano!
—No era eso lo que yo quería decir, por descontado. Usted nunca se reiría de un
niño, pero pensé… antes pensaba… que tal vez sí podría reírse sobre ellos. Conque
ahora le pido disculpas… ¿De qué está por reírse?
No salió de mí el menor sonido, pero ella sabía.
—De la sola idea de que me pida disculpas. Si usted hubiera cumplido con su
deber como pilar del Estado y terrateniente, habría debido denunciarme por violación
de propiedad cuando irrumpí en sus bosques el otro día. Fue vergonzoso por mi parte,
imperdonable.
Me miró, con la cabeza apoyada en el árbol, larga y fijamente: esta mujer que
podía ver el alma al desnudo.
—Qué curioso —dijo en un susurro—. Qué curioso de veras.
—Pues ¿qué he hecho?
—No entiende… y sin embargo sí entiende los Colores. ¿No entiende?
Hablaba con una pasión que nada había justificado, y la miré perplejo mientras se
ponía de pie. Los niños se habían reunido en corro detrás de un zarzal. Una cabeza
lustrosa se inclinó sobre algo más pequeño, y por la posición de los hombritos deduje
que tenía los dedos sobre los labios. También ellos tenían algún terrible secreto
infantil. Solo yo estaba perdido sin ninguna esperanza bajo la luz del ancho sol.
—No —dije, y negué con la cabeza como si los ojos sin vida pudieran advertirlo
—. Sea lo que fuere, no lo entiendo todavía. Tal vez lo entienda más adelante… si me
permite volver.
—Volverá —respondió—. Seguro que volverá a pasear por el bosque.
—Quizá para entonces los niños me conozcan lo bastante para dejarme jugar con
ellos… como un favor. Ya sabe cómo son los niños.
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—No es cuestión de favor sino de derecho —replicó, y mientras yo me
preguntaba qué querría decir, una mujer desgreñada apareció corriendo en el recodo
de la carretera, revueltos los cabellos, rojo el semblante, casi agonizando por la
carrera. Era mi gorda amiga maleducada de la confitería. La ciega escuchó y avanzó
un paso—. ¿Quién es? ¿La señora Madehurst? —preguntó.
La mujer se llevó con violencia el delantal a la cara y literalmente se arrastró por
el polvo, lloriqueando que su nieto estaba enfermo de muerte, que el médico de la
localidad estaba de pesca, que Jenny la madre estaba fuera de sí, y así sucesivamente,
con reiteraciones y clamores.
—¿Dónde se puede encontrar a otro médico por aquí cerca? —pregunté entre dos
paroxismos.
—Madden se lo indicará. Vaya a la casa y lléveselo con usted. Yo me ocuparé de
esto. ¡Dese prisa! —Sostuvo a medias a la gorda y se la llevó a la sombra. Dos
minutos después hacía sonar yo todas las trompetas de Jericó ante la fachada de la
Casa Hermosa, y Madden, desde la despensa, acudió a la crisis como un mayordomo
y como un hombre.
Un cuarto de hora a velocidad ilegal nos proporcionó un médico después de ocho
kilómetros. Otro cuarto de hora después lo depositábamos, interesadísimo en los
automóviles, a la puerta de la confitería, y nos quedamos en la carretera a aguardar el
veredicto.
—Cosas útiles los autos —dijo Madden, todo hombre y nada mayordomo—. Si
hubiera tenido uno cuando la mía enfermó, no habría muerto.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
—Garrotillo. La señora Madden no estaba. Nadie sabía qué hacer. Recorrí doce
kilómetros en un carro de carga en busca del médico. Se había asfixiado cuando
volvimos. Este auto la habría salvado. Ahora tendría casi diez años.
—Lo lamento —dije—. Sabía cuánto le gustaban los niños por lo que me dijo
camino del cruce el otro día.
—¿Ha vuelto a verlos, señor… esta mañana?
—Sí, pero ven un auto y echan a correr. No logré que uno solo se acercara a
menos de veinte metros de él.
Me miró con atención de la misma manera que un explorador examina a un
desconocido… no como un sirviente debería alzar la vista ante el superior adjudicado
a él por la divinidad.
—Me pregunto por qué —dijo mientras respiraba hondo.
Seguimos esperando. Una ligera brisa marina erraba de un lado a otro de la larga
sucesión de bosques, y la hierba de la orilla de la carretera, ya blanqueada de polvo
estival, se erguía y curvaba en oleadas cetrinas.
Una mujer, sacudiéndose el jabón de los brazos, salió de la casa contigua a la
confitería.
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—He estado escuchando desde el patio de atrás —dijo con animación—. Dice
que Arthur está terriblemente mal. ¿Lo oyeron gritar hace un momento?
Terriblemente mal. Sospecho que la semana que viene le llegará a Jenny el turno de
pasear por el bosque, señor Madden.
—Disculpe, señor, pero se le escurre la manta del regazo —dijo deferente
Madden. La mujer se sobresaltó, hizo una reverencia y se marchó corriendo.
—¿Qué quiere decir con eso de «pasear por el bosque»? —pregunté.
—Debe de ser un modismo de estos andurriales. Yo soy de Norfolk —dijo
Madden—. En este condado son gente muy independiente. Lo tomó por un chófer,
señor.
Vi que el médico salía de la casa seguido por una muchacha desaliñada que se
colgaba de su brazo como si él pudiera interceder en un pacto con la Muerte.
—Estos niños —plañía— son para nosotras que los tenemos igual que si fueran
hijos legítimos. ¡Igual igual! Y Dios se alegraría tanto si salvara a uno de ellos,
doctor. No me lo quite. La señorita Florence le dirá lo mismo. ¡No lo abandone,
doctor!
—Ya sé, ya sé —dijo el hombre—, pero ahora va a quedarse tranquilo un rato.
Traeremos a la enfermera y los medicamentos cuanto antes. —Me hizo una seña para
que me acercara con el auto, y yo me esforcé en desentenderme de lo que iba a
seguir; pero vi el rostro de la muchacha, cuarteado y helado por el dolor, y noté su
mano sin anillo tratando de aferrarse a mis rodillas justo cuando arrancábamos.
El médico era hombre de cierto carácter, pues recuerdo que requirió mi auto
amparándose en el juramento de Esculapio, y se valió de él y de mí sin misericordia.
En primer lugar trasladamos a la señora Madehurst y a la ciega a casa del enfermo
para que lo velaran hasta que llegase la enfermera. A continuación invadimos una
bonita población en busca de medicamentos (el médico dijo que se trataba de
meningitis cerebroespinal), y cuando el Hospital del Condado, rodeado y flanqueado
por reses de mercado asustadas, se declaró carente de enfermeras por el momento,
literalmente nos lanzamos sobre todo el condado. Conferenciamos con propietarios
de grandes mansiones, magnates al final de arboledas abovedadas cuyas huesudas
hembras abandonaban sus mesas de té para escuchar al imperioso doctor. Finalmente,
una dama de cabellera blanca sentada bajo un cedro del Líbano y rodeada por una
corte magnificente de galgos rusos —todos ellos hostiles a los automóviles— le dio
al médico, que las recibió como de manos de una princesa, órdenes escritas que
portamos a velocidad máxima durante muchos kilómetros, a través de una hacienda,
hasta un convento de monjas francesas, donde recibimos a cambio una hermana
pálida y temblorosa. Se arrodilló al fondo del asiento trasero pasando las cuentas de
su rosario sin pausa hasta que, utilizando atajos de la invención personal del médico,
llegamos a la confitería una vez más. Fue una tarde prolongada repleta de episodios
demenciales que se levantaban y disolvían como el polvo de nuestras ruedas;
fragmentos de vidas remotas e incomprensibles por las cuales acelerábamos girando
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en ángulo recto; y volví a casa ya de anochecida, extenuado, y soñé con un fragor de
reses cornudas; con monjas de ojos redondos paseando por un jardín de tumbas; con
tés deliciosos a la sombra de los árboles; con los corredores pintados de gris, que
olían a ácido fénico, del Hospital del Condado; con pasos de niños tímidos en el
bosque, y con manos que se aferraban a mis rodillas al arrancar el automóvil.
Tenía intención de volver al cabo de uno o dos días, pero al Destino lo complugo
mantenerme alejado de esa parte del condado, con muchos pretextos, hasta que el
saúco y el rosal silvestre dieron su fruto. Llegó al fin un día resplandeciente,
despejado por el viento del sudoeste, que me puso las colinas al alcance de la mano:
un día de corrientes inestables y altas nubes tenues. Sin mérito alguno por mi parte
estaba libre, y por tercera vez conduje el auto por la carretera que ya conocía. Al
llegar a las cimas de los promontorios del sur sentí que la suave brisa cambiaba, la vi
ponerse vidriosa bajo el sol; y mirando abajo hacia el mar contemplé en aquel
instante el azul del Canal tornándose de plata bruñida, luego de acero mate, y
finalmente de peltre deslucido. Un carguero de carbón que bordeaba la costa ponía
rumbo a aguas más profundas, y a través de una calina cobriza vi desplegar una vela
tras otra en la anclada flota pesquera. En un valle boscoso y profundo a mis espaldas
tamborileaba un remolino súbito de viento al abrigo de los robles y levantaba los
primeros ejemplares de hojarasca otoñal. Cuando llegué a la carretera de la playa, la
niebla marina se extendía sobre el empedrado y la marea contaba a todos los
rompeolas el ventarrón que venía de más allá de Ushant. En menos de una hora la
Inglaterra estival se desvaneció en un escalofrío gris. Éramos otra vez la isla cerrada
del norte, con todos los barcos del mundo vociferando ante nuestras peligrosas
puertas; y entre su vocerío sonaban los chillidos de las gaviotas asombradas. Mi gorra
rezumaba humedad, los pliegues de la manta la acumulaban en charquitos o la vertían
en hilillos, y la escarcha salada se me adhería a los labios.
Tierra adentro, el aroma del otoño impregnaba la niebla espesa entre los árboles,
y la llovizna se transformó en un chaparrón continuo. No obstante, las flores tardías
—la malva de la orilla del camino, la escabiosa del campo y la dalia del jardín—
manifestaban un poco de alegría entre la bruma, y, en todo cuanto quedaba lejos del
soplo del mar, pocos signos de falta de lozanía se observaban entre las hojas. En las
aldeas, de todos modos, las casas estaban abiertas de par en par, y niños de piernas
desnudas y cabeza descubierta se sentaban a sus anchas en los húmedos escalones de
los portales para gritar «pip-pip» al forastero.
Me armé de valor para llamar a la puerta de la confitería, donde la señora
Madehurst me recibió con las lágrimas hospitalarias de una mujer gorda. El hijo de
Jenny, dijo, había muerto dos días después de la llegada de la monja. Mejor así, creía
ella, mejor sin él, a pesar de que las compañías de seguros, por motivos que ella no
pretendía comprender, rehusaban asegurar vidas tan extraviadas. «Y no crea, que
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Jenny cuidó a Arthur como si fuera a quedar bien del todo al primer año… tan bien
como Jenny misma». Gracias a la señorita Florence, el niño había tenido un entierro
con una pompa que, en opinión de la señora Madehurst, tapaba con creces la pequeña
irregularidad de su nacimiento. Describió el ataúd, por dentro y por fuera, el coche
fúnebre de cristales y el ornato de siemprevivas de la tumba.
—Pero ¿cómo está la madre? —pregunté.
—¿Jenny? Oh, lo superará. Yo tuve que pasar lo mismo con uno o dos de los
míos. Lo superará. Ahora pasea por el bosque.
—¿Con este tiempo?
La señora Madehurst me miró desde detrás del mostrador entrecerrando los ojos.
—No lo sé, pero es algo que abre el corazón, ¿sabe usted? Sí, abre el corazón.
Allí es donde perder y concebir se vuelven a la larga la misma cosa, decimos
nosotros.
Ahora bien, la sabiduría de las viejas matronas es mayor que la de todos los
Padres, y este último oráculo me dejó tan profundamente reflexivo mientras enfilaba
la carretera que a punto estuve de atropellar a una mujer y a un niño en la boscosa
revuelta próxima a la verja de entrada de la Casa Hermosa.
—¡Qué mal tiempo! —exclamé, disminuyendo la marcha para coger la curva.
—No es tan malo —replicó con placidez la mujer saliendo de la niebla—. El mío
está acostumbrado. Los de usted estarán adentro, supongo.
Adentro, Madden me recibió con cortesía profesional y un amable interés por la
salud del automóvil, el cual llevó a cubierto.
Aguardé en un salón silencioso de color nuez, adornado con bonitas flores tardías
y caldeado por un fuego de leños delicioso: un sitio de buenos auspicios y gran paz.
(Los hombres y las mujeres pueden a veces, tras grandes esfuerzos, hacer creíble una
mentira; pero una casa, que es su templo, no puede decir nada que no sea la verdad
sobre quienes han vivido en ella). Un carrito de juguete y una muñeca descansaban en
el suelo blanco y negro, donde había una alfombra arrugada. Comprendí que los
niños acababan de huir —casi seguramente para esconderse— por los múltiples
recodos de la gran escalera de madera labrada que ascendía sin claudicaciones desde
la sala, o para espiarme agazapados tras los leones y rosas esculpidos de la galería de
la planta alta. Oí entonces la voz de ella desde arriba cantando como cantan los
ciegos, con el alma:
En los hermosos huertos cercados.
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¡Es más propio de nuestra condición!
La vi apoyada en la galería, con sus enclavijadas manos blancas como una perla
contra el roble.
—¿Es usted… el del otro extremo del condado? —llamó.
—Sí, yo el del otro extremo del condado —respondí riendo.
—Cuánto tiempo se ha tomado para volver. —Bajó deprisa la escalera, tocando
apenas con una mano el ancho pasamanos—. Hace dos meses y cuatro días. ¡Ha
pasado el verano!
—Quise venir antes, pero el Destino lo impidió.
—Lo sabía. Por favor, haga algo con ese fuego. No me dejan tocarlo, pero sé que
se está portando mal. ¡Atícelo!
Miré a ambos lados de la profunda chimenea y solo encontré una estaca de seto
medio chamuscada con la cual empujé un leño negro hasta las llamas.
—Nunca lo apagamos, ni de noche ni de día —dijo a modo de explicación—. Por
si llega alguien con los pies helados, ya sabe.
—Es aún más bonita por dentro que por fuera —murmuré. La luz roja se derramó
en todos los paneles de madera oscura pulidos por el tiempo, hasta que las rosas
Tudor y los leones de la galería cobraron color y movimiento. Un antiguo espejo
convexo rematado por un águila conjugaba los elementos del cuadro en su corazón
misterioso, deformando aún más las ya deformadas sombras y curvando las líneas de
la galería en las curvas propias de un barco. El día se cerraba en un medio vendaval
en tanto que la niebla se deshacía en flecos. A través de los parteluces sin cortinas del
amplio ventanal veía yo los valientes jinetes de la pradera retrocediendo y avanzando
ante el viento que los escarnecía con legiones de hojas muertas.
—Sí, debe de ser bonita —dijo—. ¿Le gustaría recorrer la casa? Todavía hay luz
suficiente.
La seguí por la impávida escalera, ancha como un vagón, a la galería, donde abrió
las puertas isabelinas de estrías finas.
—Vea a qué baja altura están los picaportes, por mor de los niños. —Abrió una
puerta liviana hacia el interior de una habitación.
—A propósito, ¿dónde están? —pregunté—. Hoy ni siquiera los he oído.
No respondió enseguida. Luego repuso con suavidad:
—Yo solo puedo oírlos. Esta es una de sus habitaciones; todo está dispuesto, vea.
Indicaba una habitación toda revestida de gruesos paneles de madera. Había
mesitas plegables bajas y sillas de niño. Delante de una casa de muñecas, con la
fachada medio despegada, había un gran caballo de balancín, moteado, desde cuya
silla almohadillada cualquier niño podría cubrir de un salto el espacio hasta el asiento
amplio de la ventana que miraba a la pradera. Una escopeta de juguete yacía en un
rincón al lado de un cañón de madera dorada.
—Seguramente se acaban de ir —susurré. En la luz menguante crujió una puerta
con cautela. Oí el frufrú de un vestido y el golpeteo de unos pies… unos pies veloces
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que cruzaban otra habitación.
—Lo he oído —exclamó triunfante—. ¿Y usted? Niños, eh, niños, ¿dónde estáis?
La voz resonó en las paredes, que la sostuvieron amorosamente hasta la última
nota perfecta, pero no se escuchó ningún grito de respuesta como el que yo había
oído en el jardín. Corrimos de una habitación a otra por pisos pavimentados de roble;
un peldaño arriba aquí, tres peldaños abajo allá; entre un laberinto de pasillos;
burlados siempre por nuestra presa. Era como si hubiéramos tratado de invadir una
madriguera abierta de conejos con un solo hurón. Había bocas innumerables, huecos
en las paredes, alféizares de ventanas hundidas en lo más hondo, desde donde podían
ponerse en pie de un salto a nuestras espaldas; y chimeneas que no se usaban,
cavadas dos metros dentro de la mampostería, así como una maraña de puertas de
comunicación. Sobre todo, ellos tenían el crepúsculo como aliado suyo en nuestro
juego. Habían llegado a mis oídos una o dos jocosas risitas evasivas, y una o dos
veces había visto la silueta de un vestido infantil recortada contra una de las ventanas
en penumbra en el extremo de un pasillo; pero regresamos a la galería con las manos
vacías, justo cuando una mujer de edad madura colocaba una lámpara en su
hornacina.
—No, yo tampoco la he visto esta tarde, señorita Florence —la escuché decir—,
pero ese tal Turpin dice que desea verla por lo de su establo.
—Oh, seguro que el señor Turpin está apuradísimo por verme. Dígale que pase al
salón, señora Madden.
Miré abajo hacia el salón, cuya única iluminación era el fuego mortecino, y en lo
profundo de la sombra los vi por fin. Debían de haber bajado sin hacer ruido mientras
nosotros recorríamos los pasillos, y ahora se creían perfectamente ocultos detrás de
un biombo antiguo de cuero dorado. Con arreglo a la ley de los niños, mi persecución
infructuosa valía como una presentación en regla, pero en vista de las molestias que
me había tomado resolví obligarlos a salir recurriendo al sencillo truco, que los niños
detestan, de fingir no hacerles caso. Estaban cerca, en un corrillo: nada más que
sombras excepto cuando una breve llamarada delataba uno de sus perfiles.
—Y ahora tomaremos un poco de té —dijo—. Me parece que debí ofrecérselo
antes, pero una nunca llega a saber lo que son los modales, en cierta medida, cuando
vive sola y es considerada… uhm… peculiar. —Y con sorna evidente añadió—:
¿Quiere una lámpara para ver lo que come?
—El fuego de la chimenea es más agradable, opino. —Descendimos a aquella
penumbra deliciosa y Madden sirvió el té.
Tomé asiento de espaldas al biombo a fin de poder pillar, o ser pillado, según se
desarrollara el juego, por sorpresa a los niños, y, con el permiso de mi anfitriona, pues
el fuego del hogar siempre es sagrado, me agaché para remover las brasas.
—¿De dónde saca estos leños cortos tan preciosos? —pregunté ociosamente—.
¡Pero si son tarjas!
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—Pues claro —dijo—. Como no puedo leer ni escribir he tenido que volver a las
antiguas tarjas inglesas para mis cuentas. Deme una y le diré lo que pone.
Le alcancé una tarja de avellano que aún no había ido a parar al fuego, casi de
treinta centímetros de largo, y ella deslizó el pulgar por las muescas.
—Esta es la partida de leche para la granja correspondiente al mes de abril del
año pasado, en galones —dijo—. No sé lo que habría sido de mí sin las tarjas. Uno de
mis antiguos guardabosques me enseñó el sistema. Ahora resulta anticuado para todo
el mundo; pero mis arrendatarios lo respetan. Acaba de llegar para verme uno de
ellos. Oh, no se preocupe. Él nada tiene que hacer aquí fuera de las horas de
despacho. Es un hombre codicioso e ignorante… muy codicioso, o de lo contrario…
no vendría aquí después del anochecer.
—¿Posee usted muchas tierras, pues?
—Solo un par de cientos de acres dependen personalmente de mí, a Dios gracias.
Los otros seiscientos están casi todos arrendados a familias que conocieron a mi
familia antes que a mí, pero este Turpin es completamente nuevo… y un salteador de
caminos.
—Pero ¿está usted segura de que no seré…?
—Ciertamente no. Usted está en su derecho. Él no tiene niños.
—¡Ah, los niños! —dije, y deslicé hacia atrás mi silla baja hasta casi tocar el
biombo que los ocultaba—. Me pregunto si saldrán a conocerme.
Hubo un murmullo de voces —la de Madden y otra más grave— en la baja y
oscura puerta lateral, y un gigantón pelirrojo con polainas de lona, ejemplar
inequívoco de granjero arrendatario, entró dando un traspié, o bien de un empujón.
—Acérquese al fuego, señor Turpin —dijo ella.
—Si… si no le importa, señorita, prefiero… prefiero quedarme junto a la puerta.
—Se aferró al picaporte mientras hablaba, como un niño aterrado. De improviso me
di cuenta de que era presa de un pánico casi indominable.
—¿Y bien?
—El establo nuevo para las reses jóvenes: solo quería hablarle de eso. Estas
primeras tormentas de otoño no cesan… pero ya volveré otro día, señorita. —Sus
dientes no castañeteaban mucho más que el picaporte.
—Me parece mejor que no —repuso ella llanamente—. El establo nuevo…
uhm… ¿Qué le escribió mi apoderado el día 15?
—Yo… pensé que tal vez si venía a verla… de hom… de hombre a hombre,
señorita… pero…
Sus ojos recorrían todos los rincones de la sala, desorbitados de espanto.
Entreabrió la puerta por donde había entrado, pero luego la vi cerrada otra vez: desde
afuera y con firmeza.
—Mi apoderado le escribió lo que yo le dije que escribiera —prosiguió—. Ya
tiene usted reses en exceso. Dunnett’s Farm nunca mantuvo más de cincuenta
terneros, ni siquiera en tiempos del señor Wright. Y él estercolaba. Usted tiene
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sesenta y siete y no estercola. Ha incumplido el contrato en ese respecto. Le está
chupando la sangre a la granja.
—Yo… yo voy a traer fertilizantes… superfosfatos… la semana próxima. Ya he
pedido que me manden un carro lleno. Mañana iré a la estación de carga para arreglar
eso. Puedo venir después a verla de hombre a hombre, señorita, a la luz del día…
Este caballero no se marcha, ¿verdad? —Casi lo gritó.
Yo me había limitado a deslizar la silla un poco más atrás, hasta tocar ligeramente
el cuero del biombo, pero él saltó como una rata.
—No. Por favor, présteme atención, señor Turpin. —Ella se volvió hacia él en su
asiento y lo enfrentó mientras él seguía con la espalda contra la puerta. Fue una
estratagema vieja y sórdida lo que ella lo obligó a confesar: la construcción de un
establo nuevo a expensas de la arrendadora, con lo cual él podría pagar de sobra la
renta del año siguiente con el importe del estiércol protegido, como ella dejó claro,
después de haber exprimido hasta la médula los pastizales fertilizados. No pude sino
admirar la intensidad de su codicia al verlo arrostrar en pro de sus beneficios el
pánico que corría goteando por su frente.
Dejé de tocar el cuero —de hecho estaba calculando el coste del establo— y
entonces noté las manos suaves de un niño que asían y daban con suavidad la vuelta a
mi mano relajada. Así que por fin había triunfado. Dentro de un instante me daría la
vuelta y conocería a aquellos vagabundos escurridizos…
Un beso breve acarició el centro de la palma de mi mano: como un regalo que
esperase, por una vez, que los dedos se cerraran sobre él: como la señal, toda fe,
mitad reproche, de un niño que espera y que no está acostumbrado a la desatención
incluso cuando los mayores están más ocupados… un fragmento de un código tácito
de tan antigua invención.
Entonces supe. Y fue como si hubiera sabido desde el primer día cuando desde la
pradera miré a la ventana de la planta alta.
Oí que se cerraba la puerta. La mujer se volvió hacia mí en silencio y comprendí
que ella sabía.
Cuánto tiempo pasó después de esto, no lo sabría decir. Me despabiló un leño que
caía, y maquinalmente me levanté para volver a colocarlo en su sitio. Volví luego a
mi asiento cerquísima del biombo.
—Ahora entiende —susurró ella desde las tupidas sombras.
—Sí, entiendo… ahora. Gracias.
—Yo… yo solo los oigo. —Bajó la cabeza y la escondió entre las manos—. No
tengo ningún derecho, ¿sabe?… ningún otro derecho. Ni los he concebido ni los he
perdido… ¡ni concebido ni perdido!
—Alégrese mucho, pues —dije, pues se me había desgarrado el alma.
—¡Perdóneme!
Guardó silencio, y yo volví a mi pena y mi gozo.
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—Fue porque yo los quería tanto —dijo por fin con voz entrecortada—. Fue por
eso y incluso desde el momento en que empezó… antes incluso de que supiera que
ellos… qué ellos eran todo cuanto tendría alguna vez. ¡Y los quería tanto!
Extendió los brazos hacia la sombra y hacia las sombras dentro de la sombra.
—Vinieron porque los quería, porque los necesitaba. Yo… yo debo de haber sido
quien los hizo venir. ¿Hice mal, cree usted?
—No, no.
—Le… le aseguro que los juguetes y… y todo ese tipo de cosas eran una tontería,
pero… pero yo misma odiaba tanto las habitaciones vacías cuando era niña. —Señaló
la galería—. Y los pasillos todos vacíos… Y ¿cómo habría podido tolerar que la
puerta del jardín permaneciera cerrada? Suponga que…
—¡No! ¡Por piedad, no! —grité. El crepúsculo había traído una lluvia fría con
ráfagas ventosas que tiraban de las ventanas emplomadas.
—Y lo mismo con lo de tener el fuego encendido toda la noche. A mí no me
parece tan demencial, ¿y a usted?
Contemplé la gran chimenea de ladrillo, vi, creo que a través de lágrimas, que no
había ningún guardafuego de hierro en la boca ni cerca de ella, y agaché la cabeza.
—Hice todo eso y otras muchas cosas… solo por fingir. Entonces vinieron ellos.
Los oía, pero no supe que no eran míos por derecho hasta que la señora Madden me
dijo…
—¿La esposa del mayordomo? ¿El qué?
—A una de ellos… yo la oí… ella la vio… y supimos. ¡Suya! No para mí. Yo lo
ignoraba al principio. Tal vez estuviera envidiosa. Después empecé a comprender que
solo era porque los quería, no porque… Oh, hay que concebir o perder —dijo
lastimera—. No hay otra forma… y, sin embargo, ellos me quieren. ¡Deben
quererme! ¿No?
No sonaba en la sala otro ruido que las voces chisporroteantes del fuego, pero los
dos escuchamos abstraídos, y al menos para ella fue consolador lo que escuchó. Se
rehízo y se incorporó a medias. Yo permanecí sentado inmóvil en la silla al lado del
biombo.
—No me considere una desgraciada por lamentarme de mí misma de este modo,
pero… pero yo vivo solo en la oscuridad, ya lo sabe, y usted puede ver.
En verdad podía ver, y mi visión me fortaleció en mi resolución, aunque era una
verdadera dicotomía de espíritu y carne. Sin embargo quise quedarme un poco más
porque era la última vez.
—¿Cree usted que está mal, pues? —preguntó con intensidad, aunque yo no había
dicho nada.
—En su caso no. Mil veces no. En su caso está bien… No hay palabras para
expresarle mi gratitud. En mi caso estaría mal. Únicamente en mi caso…
—¿Por qué? —dijo, pero se pasó la mano por la cara igual que en nuestro
segundo encuentro en el bosque—. Ah, ya veo —continuó sin más, como un niño—.
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En su caso estaría mal. —Y con una risita contenida añadió—: Y, ¿se acuerda?, yo lo
llamé hombre afortunado… una vez… al principio. ¡A usted que no debe volver aquí
jamás!
Permitió que siguiese sentado junto al biombo un rato más, y escuché morir el
sonido de sus pasos en la galería de la planta alta.
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EL TORO QUE PENSABA
De una población situada en las bocas del Ródano parte hacia el oeste una carretera
tan matemáticamente recta, tan barométricamente rasa, que figura entre las millas
medidas del mundo y los automovilistas la utilizan para establecer récords.
Yo había acometido la distancia varias veces, pero siempre soplando el mistral o
cuando el ganado vacuno de esa zona rondaba peligrosamente cerca. Pero en una
ocasión, viniendo del este, hacia una puesta de sol estratificada, casi egipcia, hubo
una noche que habría sido pecado desaprovechar. Era cálida con el aliento del verano
anticipado; iluminada por la luna de tal modo que hasta la sombra de cada guijarro
redondo y ciprés puntiagudo, pantalla contra el viento, yacía como algo sólido en
aquel vasto yermo de suelo liso; y el señor Leggatt, que había salido a cerciorarse,
informó de que la superficie de la carretera estaba sin mácula.
—Ahora —sugirió— sí podríamos ver lo que es capaz de hacer con la carretera
en condiciones buenas. Ha tirado todo el día como el Blue de Luxe. O mucho me
equivoco o es su gran noche.
Concertamos la prueba para después de la cena; treinta kilómetros lo más rápido
posible; y veintidós de ellos sin siquiera un paso a nivel.
Se sentaba a mi lado en la table d’hôte un francés barbado y de edad que llevaba
puesta la escarapela de no precisamente el grado más ínfimo de la Legión de Honor y
que había llegado en un Citroën parlanchín. Inferí que había pasado buena parte de su
vida en el servicio colonial francés en Anam y Tonkin. Cuando llegó la guerra,
excluido del frente por su edad, había supervisado a los leñadores chinos que con
hacha y dinamita despoblaron de árboles el centro de Francia para cavar trincheras.
Me dijo que mi chófer le había contado que yo proyectaba hacer un experimento. Lo
interesaban los automóviles, había admirado el mío y me quedaría agradecidísimo, en
suma, si le permitía participar en calidad de observador. Costaba negarse; y
conociendo al señor Leggatt se me ocurrió pensar que asimismo podría haber una
apuesta en juego.
Mientras él iba en busca de su abrigo pregunté su nombre al dueño.
—Voiron, Monsieur André Voiron —fue la respuesta.
—Y ¿a qué se dedica?
—Mon Dieu! ¡Es Voiron! ¡Es todas esas cosas, mire!
El dueño agitó las manos señalando brillantes carteles publicitarios sobre las
paredes del comedor, que declaraban que los Hermanos Voiron comerciaban en vinos,
maquinaria agrícola, abonos químicos, comestibles y otros productos del agro en toda
aquella zona del globo.
Habló poco durante los cinco primeros minutos de nuestro viaje, y nada en
absoluto durante los diez siguientes, siendo, como había intuido Leggatt, la gran
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noche de Esmeralda. Pero, cuando el indicador alcanzó cierta cifra y se mantuvo en
ella tres cegadores kilómetros, se declaró satisfecho y me propuso que celebrásemos
el acontecimiento en el hotel.
—Allí guardo —dijo— un vino sobre el cual apreciaría su opinión.
A nuestro regreso desapareció durante unos minutos y lo oí trajinar en una
bodega. Enseguida el dueño me invitó a pasar al comedor, donde debajo de una luz
frugal había sido dispuesta una mesa con platos locales de renombre. Había también
una botella de tamaño mayor que los habituales, con una marca negra sobre rojo y
una fecha. Monsieur Voiron la abrió y brindamos a la salud de mi automóvil. El licor
perfumado, aterciopelado, de un color entre la gamuza y el topacio, ni demasiado
dulce ni demasiado seco, espumaba en su copa generosa. Pero yo no conocía ningún
vino compuesto del susurro de las alas de los ángeles, el aliento del Edén y la espuma
y la cadencia de la Juventud renacida. Conque pregunté qué podía ser.
—Es champaña —dijo él con gravedad.
—Entonces, ¿qué he estado bebiendo toda mi vida?
—Si tuvo suerte, antes de la guerra, y pagó treinta chelines la botella, es posible
que haya bebido alguna de nuestras tisanes de mejor clase.
—Y ¿dónde se consigue esto?
—Aquí, celebro decirlo. En otras partes quizá no sea tan fácil. Los cultivadores
intercambiamos entre nosotros estos vinos regios.
Incliné la cabeza en signo de admiración, rendición y gozo. Allí estaba la enorme
botella y no eran aún las once de la noche. Se cerraron puertas y retumbaron postigos
en todo el establecimiento. Algún criado rezagado bostezaba camino de la cama.
Monsieur Voiron abrió una ventana y la luz de la luna entró a raudales desde un
pequeño patio de gravilla. Casi se escuchaba a la ciudad de Chambres respirando en
su primer sueño. Enseguida sonó un rumor denso en el aire: el tráfico de pies y
cascos, mugidos y uno o dos ladridos sofocados. El polvo se elevó por encima de la
pared del patio, seguido de un intenso olor a ganado.
—Están trasladando algunas cabezas —dijo Monsieur Voiron aguzando un oído
—. Mías, me parece. Sí, oigo a Christophe. A nuestro ganado no le gustan los
automóviles; conque los desplazamos de noche. ¿No conoce nuestra región: el Crau,
donde estamos, o la Camargue? Yo era… vuelvo a serlo… de aquí. Toda Francia está
bien; pero esto es lo mejor.
Hablaba, como solo sabe hacerlo un francés, de la parte amada de su hermoso
país.
—Personalmente, si no estuviera tan comprometido con todos estos negocios —
señaló los anuncios— viviría en nuestra granja con mi ganado y lo adoraría como un
hindú. ¿Conoce nuestro ganado de la Camargue, monsieur? ¿No? No es una relación
con la cual se pueda tratar a la ligera. No hay reses como ellas. Tienen una
mentalidad superior a la de las demás. Pastan y rumian, por gusto, de cara a nuestro
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mistral, que es más de lo que pueden hacer algunos automóviles. También tienen la
potencialidad del pensamiento, y cuando una res piensa… ya he visto lo que sucede.
—¿Tan inteligentes son? —pregunté ociosamente.
—Monsieur, cuando vuestro chófer bromista ha camuflado su limusina para que
pareciese una camioneta de su Ejército no he creído en sus capacidades. Le aposté…
ah… dos a uno… que no llegaría a los noventa kilómetros. Se ha demostrado que
llega. No puedo aportarle pruebas, pero ¿me creerá si le digo lo que puede hacer una
res que piensa?
—Después de la guerra —dije espaciosamente—, todo es creíble.
—¡Cierto! Todo lo inconcebible ha sucedido; pero seguimos sin aprender ni creer
nada. Cuando yo era niño en casa de mi padre (antes de convertirme en administrador
colonial) dirigía mi interés y mi afecto a nuestro ganado. Los de la vieja cepa vivimos
aquí, ¿ha visto?, en granjas grandes como castillos. En realidad puede ser que algunas
hayan sido sarracenas. Alrededor se agrupan los establos: grandes establos de paredes
blancas, y corrales sólidos como nuestras casas. Una puerta lo encierra todo. Es un
mundo aparte; una administración de todo lo relativo al ganado vacuno. Allí fue
donde aprendí algo de reses. ¿Sabe?, son nuestros juguetes en la Camargue y el Crau.
El mozo mide su fuerza contra el ternero que lo embiste jugando entre los montones
de estiércol. Trata constantemente con las vacas, que son… no tan simpáticas.
Cabalga con el mayoral al aire libre conduciendo la manada. Tarde o temprano ve
convertirse en toros a los becerritos que lo derribaban. Esa fue mi historia… hasta
que se me hizo necesario partir a nuestras colonias. —Rio—. Muy necesario. Hay un
buen momento de la juventud, monsieur, en que uno hace esas cosas que
escandalizan a nuestros padres. ¿Por qué será siempre el padre el más escandalizado
y quien jamás ha oído hablar de semejantes cosas… y la madre quien proporcioná las
excusas? Y cuando mi hermano mayor (que se quedó y fundó el negocio) me rogó
que volviese para ayudarlo, abandoné bien gustoso mi carrera colonial. Regresé a
nuestras propias tierras y a mis queridas y resabiadas^reses blancas y amarillas de la
Camargue y el Crau. A fe mía que podría hablar de ellas toda la noche, pues es asunto
que desata el corazón, sin arrepentirme mañana por la mañana… ¡Sí! La cosa ocurrió
después de la guerra. Había un ternero, entre Dios sabe cuántos otros, una criatura
que no se distinguía de sus compañeros. Estaba enfermo y lo habían llevado con su
madre al corral grande de la casa. Por supuesto, los chicos de nuestros vaqueros
practicaron con él desde el principio. Lo llevan en la sangre. Los españoles
convierten en un culto la corrida. Nuestros diablillos de aquí azuzan a los toros tan
espontáneamente como un mocoso inglés lanza o da puntapiés a una pelota. Este
novillo los perseguía con los ojos abiertos, como una vaca cuando embiste a un
hombre. Ellos se refugiaban detrás de nuestros tractores y carretas de vino en el
centro del corral: él los acosaba una y otra vez como un perro a las ratas. Más que
eso, estudiaba la psicología de los chicos, mirándolos a los ojos. Sí, observaba sus
rostros para adivinar hacia qué lado correrían. Él, a su vez, a veces fingía que cargaba
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directamente contra uno. Entonces giraba a la derecha o a la izquierda (nunca se
sabía) y revolcaba a algún niño que se creía a salvo arrimado contra una pared.
Después se quedaba quieto encima de él, sabiendo que sus compañeros acudirían en
su auxilio; y cuando estaban todos juntos, agitando sus blusones por delante de sus
ojos y tirándole del rabo, los dispersaba, ¡pero cómo lo hacía! Coceaba, también, de
lado como una vaca. Conocía las distancias de tiro tan bien como nuestros artilleros,
y era tan rápido de remos como nuestro Carpentier. Lo observé a menudo. Christophe
(el hombre que acaba de pasar), nuestro mayoral, que me había enseñado a llevar el
ganado cuando yo tenía diez años, Christophe me dijo que descendía de una vaca
amarilla de aquellos tiempos que nos había perseguido una vez hasta hacernos entrar
en los pantanos. «Cocea igualito que ella —dijo Christophe—. Sabe cocear de
costado al mismo tiempo que salta. ¿Se ha fijado, además, en que no se deja engañar
por un blusón cuando un mozo lo agita? Lo usa para localizar al mozo. Ellos creen
que lo tientan. Es él quien los tienta siempre. Ese bicho piensa». Yo había llegado a la
misma conclusión. Sí: el animal era un pensador para las mañas necesarias a su
oficio; y también era un humorista, como tantos asesinos natos. Se da esa tipología
entre las reses no menos que entre los hombres. Tiene una curiosa hilaridad
truculenta… casi indecente pero infaliblemente reveladora…
Monsieur Voiron llenó nuestras copas con el magnífico vino que mejoraba
conforme descendía.
—Lo tuvieron algún tiempo en los corrales para practicar con él. Naturalmente se
volvió un poco brutal; conque Christophe lo sacó para que aprendiera modales entre
sus iguales en los pastos, donde la Camargue se une al Crau. ¿Qué edad tenía
entonces? Unos ocho o nueve meses, creo. Volvimos a vernos unos meses después: él
y yo. Montaba uno de nuestros caballos medio salvajes, por un sendero del Crau,
cuando de pronto estuve a punto de caerme de la silla. ¡Era él! Se había escondido al
otro lado de una empalizada contra el viento hasta que pasamos, y luego había
embestido a mi caballo por detrás. ¡Sí, había engañado incluso a mi montura! Pero lo
reconocí. Le asesté un fustazo en el hocico y dije: «¡Apis, por esto vas a ir a Arles!
Ha sido indigno de ti, dicho sea entre nosotros dos». Pero aquel astado carecía de
vergüenza. Se marchó riéndose, como un truhán. Si me hubiera desmontado no creo
que me habría reído… añal como él era.
—¿Por qué quiso enviarlo a Arlés? —pregunté.
—A la plaza de toros. Cuando sus encantadores turistas nos abandonan
organizamos allí nuestras pequeñas diversiones. No es una corrida auténtica,
entiéndame, sino novillos con los cuernos acolchados, y nuestros mozos de la ciudad
y sus inmediaciones van a jugar con ellos. Claro está que antes de enviarlos los
ponemos a prueba en nuestros corrales. Así que sacamos a Apis de sus pastos. Al
punto supo que se encontraba entre los amigos de su juventud, casi les estrechó la
mano, y se sometió como un bendito al enguatado de los cuernos. Examinó las
carretas y los tractores de los corrales, para elegir su estrategia de defensa y ataque. Y
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luego… embistió con tal élan y se defendió con tal tenacidad y previsión que nos
entusiasmó. En verdad estábamos tan complacidos que me temo que abusamos de su
paciencia. Queríamos que se repitiese, lo cual no tolerará ningún verdadero artista.
Pero nos dio un aviso claro. Salió al centro del corral, donde había algo de tierra seca;
se arrodilló y… ¿ha visto alguna vez a un ternero que afila sus astas arremetiendo y
clavándolas en la ribera de un río? Pues eso hizo él, muy concienzudamente, hasta
que se hubo quitado el almohadillado de los cuernos. Luego se levantó, bailando
sobre aquellos remos maravillosos que tintineaban, y dijo: «Ahora, amigos míos, ya
está quitado el botón del florete. ¿Quién empieza?». Comprendimos. Desistimos en el
acto. Fue devuelto a los pastos hasta que llegara el momento de entretener a los
mozos en nuestra pequeña metrópoli. Pero, algún tiempo antes de ir a Arlés (sí, creo
que recuerdo bien), Christophe, que había estado ausente en el Crau, me informó de
que Apis había asesinado a un novillo que había dado indicios de erigirse en rival.
Estas cosas ocurren, por supuesto, y nuestros vaqueros deberían evitarlas. Pero Apis
había matado a su estilo, al anochecer, emboscado detrás de una empalizada para el
viento, por medio de una acometida oblicua por detrás, que derribó a la otra res.
Luego la había desventrado. Todo muy posible, pero, consumado el crimen, Apis fue
al terraplén de una empalizada, se arrodilló y, cuidadosamente, como había hecho en
el corral, se limpió los cuernos en la tierra. Christophe, que en su vida había visto
semejante cosa, se apresuró a tomar prestada (¿sabe usted que es más eficaz
expresado de este modo?) un poco de agua bendita de la capillita de nuestros pastos,
asperjó a Apis (a quien no lo afectó) y vino en su caballo a contármelo. Era evidente
que un pensador como aquel toro sería también meticuloso en su aseo; de modo que
cuando fue enviado a Arles previne a los consignatarios de que tuvieran precaución
con él. Por fortuna, el cambio de escenario, la música, la atención general y el
reencuentro con viejos amigos (acudieron todos nuestros mozos más granujas) lo
distrajeron agradablemente. Por un rato volvió a ser un farceur puro; pero sus giros,
sus acometidas, su caza de ratas eran más soberbias que nunca. En ellas había ahora,
fíjese, una calidad técnica que brota del arte razonado y, por encima de todo, la
pasión que llega después de la experiencia. ¡Lo que había aprendido en el Crau! Al
final de su pequeña exhibición se acordó, conforme a las reglas locales, que sería
lidiado en todas las suertes menos en la espada, que era una vara, como un toro
profesional que debe morir en el ruedo. Lo indujeron a adoptar, o la adoptó por sí
mismo, la actitud adecuada; ejecutó su embestida; recibió la vara en la paletilla y a
continuación… se dio media vuelta y regresó al trote corto hacia la puerta por la cual
había entrado en la arena. Dijo al mundo: «Amigos míos, la representación ha
terminado. Gracias por los aplausos. Voy a reposar». Pero nuestros arlesianos, que
son… no tan listos como otros, pidieron un bis, y Apis fue sacado de nuevo. Los de
esta comarca sabíamos lo que ocurriría. Fue al centro del ruedo, se arrodilló y,
despacio, con pleno alarde, hincó los pitones alternativamente en la tierra hasta
arrancarse el acolchado. Christophe grita: «¡Dejadlo en paz, imbéciles narizotas!
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Dejadlo antes de que sea tarde». Pero el público exigía emoción; pues Roma siempre
había corrompido a su amada provincia con panem et circenses. Estaba hecho. ¿Ha
visto alguna vez, monsieur, a un criado, con escoba y recogedor, barriendo alrededor
del zócalo de una habitación? En medio minuto, Apis había barrido a todos
haciéndolos saltar por encima de la barrera. Luego reclama nuevamente que le abran
la puerta del chiquero. La abren y se retira, por así decirlo (lo cual en verdad es el
caso), cargado de laureles.
Monsieur Voiron llenó de nuevo las copas y se concedió un pitillo, del cual dio
bocanadas durante un rato.
—¿Y después? —dije.
—Lo estoy ordenando en mi memoria. Cuesta hacerle justicia. Después (sí,
después), Apis volvió a sus pastos y a sus concubinas y yo a mis negocios. Ya no soy
el antiguo sportif escandaloso que en mangas de camisa alienta a gritos al hijo de una
vaca. Vuelvo a ser el Voiron de Voiron Frères: vinos, abonos químicos, etcétera. Y al
año siguiente, en virtud de alguna triquiñuela que no tengo tiempo de desentrañar, y
también gracias a nuestro sistema patriarcal de pagar a los hombres más antiguos con
el incremento de las manadas, el viejo Christophe se convirtió en dueño de Apis. Oh,
sí, lo demuestra apelando a la descendencia de cierta vaca que mi padre le había dado
al suyo antes de la República. ¡Guárdese, monsieur, de la memoria de los
analfabetos! Un antepasado de Christophe había sido soldado a las órdenes de nuestro
mariscal Soult contra el Beresford de ustedes, cerca de Bayona. Cayó en manos de
guerrillas españolas. Christophe y su esposa solían contarme los detalles algunos días
de Todos los Santos cuando yo era un niño. Ahora bien, comparada con nuestra
guerra reciente, la campaña de Soult y la retirada a través del Bidasoa…
—Pero ¿permitió usted a Christophe que se adueñara del toro? —demandé.
—Usted no conoce a Christophe. Lo había vendido a los españoles antes de
informarme. Los hispanos pagan en metálico: duros de plata purísima. Nuestros
campesinos desconfían de nuestro papel. Ya sabe el dicho: «Un papel de mil francos;
metal de ochocientos y la vaca es suya». Sí, Christophe vendió a Apis, que entonces
tenía dos años y medio y, que Christophe supiera, por lo menos tres muertes en su
haber.
—¿Cómo fue eso? —dije.
—Oh, solo con ejemplares de su especie; y siempre, según me dijo Christophe,
con la misma embestida oblicua por detrás, el mismo derribo lateral y el mismo
destripamiento raudo, seguido de aquella levítica limpieza de pitones. En la vida
humana, este minotauro habría tenido un manicuro. Así, pues, Apis desaparece de
nuestro país. Eso no me inquieta. Sé que en su momento seré informado. ¿Por qué?
Porque en esta tierra, monsieur, ni un casco se mueve entre Berre y las Saintes Maries
sin el conocimiento de especialistas como Christophe. Las reses son para ellos la
substancia y el drama de su vida. Conque cuando Christophe me notifica, poco antes
del Domingo de Resurrección, que Apis debuta en la plaza de una pequeña localidad
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catalana en la carretera hacia Barcelona, al momento avío mi automóvil y cruzo la
frontera con el mayoral. El lugar carecía de importancia y de industrias, pero era la
cuna de un matador de cierta reputación, que había condescendido a exhibir su arte en
su patria chica. Hasta habían puesto un tren especial para llegar a ella. Ahora bien,
nuestro sistema ferroviario francés es ciertamente execrable, pero el español…
—Usted fue por carretera, ¿no? —dije.
—Naturalmente. No era demasiado buena. El torero se llamaba Villamartí.
Pensaba matar dos toros en honor de su lugar de nacimiento. Apis, según me dijo
Christophe, sería su segundo. Fue un viaje interesante y aquella poblacioncita junto al
mar era preciosa. Su plaza de toros data de mediados del siglo XVII. Desborda
sentimiento. Y el ceremonial también; cuando los jinetes entran y piden al alcalde que
arroje desde su palco las llaves del toril; una liturgia exquisita. Verá usted, si las
llaves caen dentro del sombrero del alguacilillo se considera un buen presagio.
Cayeron en el sitio exacto. Nuestras localidades estaban en la fila delantera junto a las
puertas por donde entran los toros, así que lo vimos todo.
»Villamartí no despachó mal a su primer toro. El segundo diestro, de cuyo
nombre no puedo acordarme, mató al suyo sin distinción: un realce para su
compañero de cartel. Y el tercero, Chisto, un esforzado profesional de edad madura
que nunca había rebasado una cierta aptitud gris, pertenecía igualmente al montón.
¡Oh, esos matadores son tan celosos como las muchachas de la Comédie Française!
La cuadrilla de Villamartí estaba presta para su segunda res. Se abrieron las puertas y
vimos a Apis, hermosamente equilibrado sobre sus remos, lanzar una mirada coqueta
alrededor, lo mismo que si estuviera en casa. Un picador (un hombre a caballo con la
vara larga) estaba cerca de la barrera, a su derecha. Ni siquiera se había tomado la
molestia de girar a su montura, pues los de la cuadrilla avanzaban con sus capas a
tentar a Apis: a tantear su psicología e intenciones, según las normas hechas para
toros que no piensan… ¡No me percaté del asesinato hasta que estuvo consumado! El
giro, la carrera, la acometida oblicua por detrás, la caída del hombre y del caballo
fueron todo uno. Apis saltó por encima del bruto, contra el cual no tenía nada, y
aterrizó, con las cuatro patas juntas (era suficiente), entre los hombros del picador,
enderezó sus bellos remos sobre el cuerpo y se alejó, fingiendo que casi se caía de
hocico. ¿Me sigue? En aquel instante, por aquel traspié produjo la impresión de que
su adorable homicidio había sido una mera pifia bestial. Entonces, monsieur, empecé
a comprender que tratábamos con todo un artista. No se quedó encima del cuerpo
para atraer al resto de la cuadrilla. Prefirió reservarse esa argucia. Dejó que retiraran
al muerto y siguió divirtiéndose con los cuadrilleros. Ahora bien, para Apis,
adiestrado por nuestros chicos en los corrales, la capa no era más que una guía para el
muchacho que estaba detrás. Perseguía, ¿me entiende?, a la persona, no a la
propaganda; al propietario, no al periódico. ¡Si un tercio de nuestro electorado
francés fuera tan avispado, amigo mío…! Pero él lo hacía pausadamente, con humor
y un toque de truculencia. Retozaba detrás de la capa como un perro torpe, pero
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observé que mantenía al hombre en su terrible flanco izquierdo. Christophe me
susurró: “Mire el quiebro de su madre. Lo va a hacer cuando el torero se haya
confiado”. Lo hizo en mitad de un brinco. ¡Dios mío! Atacó en el aire mientras
saltaba. El hombre se desplomó como un saco, levantó una mano un poco hacia la
cabeza y… nada más. Así que, ya ve, otra vez tenía un cuerpo a su disposición; por
segunda vez las capas corrieron al quite, pero, por segunda vez, Apis rehusó su gran
escena. Por segunda vez fingió que su crimen había sido un accidente y… ¡convenció
al respetable! Era como si hubiera derribado por error la compuerta de un puente en
los pantanos. ¿Increíble? Yo lo vi».
El recuerdo empujó de nuevo hacia el champaña a Monsieur Voiron, y yo lo
secundé.
—Pero Apis no era el único artista presente. Dicen que Villamartí procede de una
familia de actores. Lo vi mirar a Apis de un modo distinto. Él también empezó a
entender. Cogió la capa y salió a trastearlo antes de que saliera un nuevo picador. Era
un diestro de prestigio. Quizá Apis lo supo. Quizá Villamartí le recordaba a algún
chico con el cual había practicado en casa. En cualquier caso, Apis se dejó hacer…
hasta un cierto punto: pero no cedió el escenario a Villamartí. Le puso todo género de
trabas. Humilló la testa y acometió torpe y lentamente, pero siempre con peligro y
arrimando. Vimos que el hombre se supeditaba al toro, no el toro ál hombre; pues
Apis lo estaba llevando al centro del ruedo, y, enseguida (yo le vi la cara), Villamartí
lo supo. Pero no supe prever la intención del bicho. «Espere —dijo el viejo
Christophe—. Quiere allí al picador del caballo blanco. Cuando esté a la distancia
exacta lo enganchará. Usa a Villamartí de tapadera. Cierta vez hizo lo mismo
conmigo». ¡Y así fue, amigo mío! Con el mismo estampido que hace uno de nuestros
rifles del setenta y cinco, Apis apartó a Villamartí con el pecho y ya estaba junto a su
objetivo cerca de la barrera. La misma embestida oblicua; la testa baja para el barrido
de pitones; la aparatosa caída lateral del caballo, con los remos rotos y medio
paralizado; el hombre sin sentido en la arena y… miré a Apis entre ellos, con los
cuartos traseros contra la barrera, su costado derecho protegido por el caballo y el
izquierdo por el cuerpo del hombre a sus pies. ¡Qué simplicidad! A falta de las
carretas y tractores de su antigua plaza de armas, el animal, que era un genio, había
improvisado con los materiales a su alcance y había entrado en la liza. La cuadrilla se
acercó otra vez, con el ala izquierda rota por el pataleo de la montura y la derecha
inmovilizada por el picador tendido al cual Apis franqueó con arrogancia. Villamartí
casi se arrojó entre los cuernos, pero fue más una llamada que un ataque. Apis lo
rechazó. Mantuvo su terreno. Le mandaron un picador… forzosamente de frente, el
único lado abierto. Apis embistió, ¡él, que hasta entonces, fíjese, no había usado las
astas! El caballo volcó patas arriba y casi aplastó a su jinete. Apis se detuvo, le clavó
el cuerno debajo del corazón y lo lanzó contra la barrera. Escuchamos el choque de la
cabeza, pero estaba muerto antes de estrellarse contra la madera. El público no
reaccionó. ¡Él también había empezado a reconocer a este Foch de los toros! De
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nuevo los de la plaza tuvieron que ocuparse de un cadáver. Dos de la cuadrilla
trataron de darle unos pases indecisos, ¡Dios sabe con qué esperanza!, pero él se
retiró al centro del ruedo. «¡Mire! —dijo Christophe—. Ahora va a limpiarse. Eso
siempre me ha aterrado». El bicho se arrodilló; comenzó a limpiarse las astas. La
tierra era dura. Se consagró a su incómoda tarea en un éxtasis de ensimismamiento.
Al tiempo que movía la cabeza y agitaba las orejas, parecía estar interrogando a los
mismísimos Demonios acerca de sus secretos, diciendo con impaciencia: «Sí, eso lo
sé, y eso, ¡y eso! Decidme más, ¡más!». En el silencio que nos envolvía, una mujer
gritó: «¡Está cavando una tumba! ¡Santo cielo, está cavando una tumba!». Algunos
corearon este grito, en voz baja, como una ola resuena en una gruta del mar.
»Y cuando tuvo los pitones limpios se levantó y estudió a la pobre cuadrilla de
Villamartí, mirándolos a los ojos, uno por uno, con la gravedad de un igual en
intelecto y la resolución distante y despiadada de un maestro en su arte. Fue más
aterrador que su aseo».
—¿Y ellos, los hombres de Villamartí? —pregunté.
—Al igual que el público, estaban dominados. Habían dejado de citarlo, de dar la
pisada en el suelo o de dirigirle insultos. Se le sometían. Los otros dos matadores se
miraron. Solo Chisto, el más viejo, rompió el silencio con alguna llamada, y Apis
volvió la testa hacia él. Por lo demás estaba aislado, inmóvil…, sombrío, meditando
sobre los que estaban a su merced. ¡Ah!
»Por alguna razón sonó la trompeta para el tercio de banderillas, esas alegres
saetas ganchudas que se plantan en el lomo de los toros que no piensan, después de
que los músculos del cuello se han fatigado levantando caballos. Cuando esos toros
sienten el dolor se detienen un instante: un instante que el banderillero aprovecha
para hacerse grácilmente a un lado. El de Villamartí respondió a la trompeta
maquinalmente… como un condenado. Se adelantó, alzó las picas y tartamudeó la
invitación acostumbrada… ¿Y después? No diré que Apis se encogió de hombros,
pero redujo el episodio a sus elementos ínfimos, como solo podría un toro de la Galia.
En su truculencia había siempre (debido a lo corto de su rabo) un cierto abandono
rabelaisiano, sobre todo mirado desde atrás. Christophe lo había comentado a
menudo. Ahora, Apis puso esta cualidad en juego. Circuló en torno a aquel
muchacho, obligándolo a romper sus bellas poses. Lo examinó desde varios ángulos,
como un fotógrafo incompetente. Le ofreció cada porción de su anatomía excepto las
paletillas. A intervalos fingió una acometida. ¡Dios mío, fue cruel! Pero su intención
era evidente. Buscaba una carcajada de los espectadores que sincronizase con la
fractura de la moral humana. Lo consiguió. El muchacho dio media vuelta y corrió
hacia la barrera. Apis fue tras él antes de que la risa cesara; lo rebasó, lo encaminó,
¿qué digo?, lo desvió como a una oveja hacia la izquierda, con los cuernos al lado y
un poco más adelantados que su pecho: quería impedirle que buscara refugio.
Algunos de la cuadrilla habrían ido al quite, pero Villamartí gritó: “Si quiere matarlo
lo matará. ¡Quietos!”. No se movieron. No pude ver si el muchacho resbaló o si Apis
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lo tumbó con el hocico. Pero se derrumbó sollozando. Apis se detuvo como un
automóvil de cuatro frenos, adoptó una pose, lo olisqueó de arriba abajo y se alejó.
Fue un desprecio más ignominioso que la degradación en presencia del batallón
propio. La representación había terminado. Solo restaba que Apis despejara de escena
a los personajes secundarios.
»¡Ah! ¡Qué gesto puso entonces! Tuvo un desplante dramático aquel Cyrano de la
Camargue, lo mismo que si los viera por primera vez. Avanzó. El centelleo de los
hermosos pantalones de la fiesta asomó por un segundo sobre el borde de la barrera.
¡Estaba solo en escena! ¡Pero Christophe y yo temblamos! Pues fíjese en que ahora se
había comprometido en un drama formidable cuyo tercer acto podía proporcionarlo
solo él. Y, con excepción del público, en el filo de la emoción, había agotado su
material. Hasta Molière (hemos olvidado, amigo mío, brindar a la salud de aquel gran
espíritu) se habría sentido desorientado. Y la Tragedia se halla a un solo paso del
Fracaso. Veíamos a los cuatros cinco guardias civiles, que siempre están presentes
para mantener el orden, tocando ya la recámara de sus fusiles. No esperaban sino una
palabra del alcalde para disparar contra la res, como a veces hacen contra el toro que
salta la barrera hacia los espectadores. Habrían, por supuesto, matado o herido a
varias personas… pero ello no habría salvado tampoco a Apis».
Monsieur Voiron ahogó el pensamiento al punto y se secó la barba.
—En aquel momento, la Fortuna (el genio de Francia, si se quiere) designó la
intervención en el incomparable epílogo de nada menos que Chisto, el más viejo, y
yo habría dicho (¡pero nunca jamás volveré a juzgar!) que el menos inspirado de
todos; la mediocridad personificada, pero en el fondo, y es el fondo lo que conquista
siempre, amigo mío, en el fondo un artista. Entró erguido en el ruedo, solo y sereno.
Apis lo miró directamente a los ojos. El hombre tomó postura con la capa y citó al
toro como a un igual: «Ahora, señor, juntos vamos a enseñarles algo a estos
honorables caballeros». Avanzó de este modo hacia el pensador, que, de una
acometida, una coz, un empellón, habría podido, todos lo sabíamos, liquidarlo. Mi
querido amigo, ojalá fuera capaz de transmitirle algo de la bonhomie espontánea, el
humor, la delicadeza, la consideración rayana incluso en respeto, con que Apis, el
artista supremo, respondió a su invitación. Era el Maestro, fatigado después de una
hora extenuante en el taller, desabrochado y a gusto con un discípulo no inexperto
pero limitado. La telepatía fue instantánea entre ellos. ¡Y con razón! Christophe me
dijo: «Todo va bien. Ese Chisto empezó entre toros. Lo he visto claro al escucharlo
citar. Ha sido mayoral. Hará faena». Hubo un poco de tanteo y ajuste, al principio, de
las distancias y concesiones mutuas.
»¡Ah, sí! Y en esas se produjo una impertinencia burda de Villamartí. Al cabo de
un intervalo había seguido a Chisto, para recobrar su reputación. ¡Palabra de honor!
Puedo imaginarme a Dumas padre cerrando la puerta en las narices a un intruso
exactamente como hizo Apis. En el acto obligó a Villamartí a correr en busca de
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refugio. Dio una patada en tierra delante del burladero y resopló: “¡Vete! Estoy
ocupado con un artista”. Villamartí se fue, con su prestigio abandonado para siempre.
»Apis volvió adonde Chisto diciendo: “Disculpa la interrupción. No siempre soy
dueño de mi tiempo, pero ¿ibas a decir, querido colega?”. Entonces empezó el juego.
Por deferencia hacia Chisto, Apis escogió como objetivo (cada toro varía en este
respecto) la arista interna de la capa, la más próxima al cuerpo del torero. Esto
permite tan solo unos milímetros de margen en la embestida. Pero Apis confiaba en sí
mismo tanto como Chisto confiaba en él, y esta vez se supeditó al hombre, con juicio
y temple inimitables. Consintió en que lo llevase al sol o a la sombra, conforme
exigiese el público deleitado. Rabió enormemente; fingió derrota; se entregó a un
abandono estatuario, y de ahí pasó a nuevos paroxismos de ira, pero siempre con el
despego del artista verdadero que sabe que no es más que el vehículo de una emoción
que otros, no él, deben absorber. Y ni un segundo olvidó que la honrada capa de
Chisto era para él el indicador para no tocarle siquiera un pelo de la piel. También
inspiró a Chisto. ¡Dios! En aquel meritorio matarife de bueyes renació la juventud: el
deseo, la gracia y la belleza de sus sueños de antaño. Casi se podía ver a aquella
muchacha del pasado por la cual él se elevaba, se elevaba a aquellas cimas presentes
de destreza y audacia. Era su hora también, una hora milagrosa de alba que retorna
para dorar el crepúsculo. Todo su saber estaba a disposición de Apis. Apis expresó su
reconocimiento con cuanto había aprendido en casa, en Arlés y en sus crímenes
solitarios en nuestra tierra de pastos. Fluyó en torno a Chisto como un río de muerte,
en torno a sus rodillas, saltando hasta sus hombros, coceando a escasos centímetros
de un costado u otro de la cabeza del hombre; pasándole por la espalda, silbando al
rozarlo; y una o dos veces, ¡inimitable!, se alzó enteramente mientras Chisto
retrocedía ante la avalancha de aquel cuerpo ejercitado. La pareja, querido amigo
mío, hizo enmudecer a cinco mil personas que no exhalaban más sonido que el de su
respiración, regular como una bomba de agua. Era insufrible. Animal y humano
comprendieron que necesitábamos un cambio de tono: una détente. Lo rebajaron
hasta la pura bufonada. Chisto se replegó y le habló insultantemente. Apis fingió no
haber escuchado nunca semejante lenguaje. El público aullaba de júbilo. Chisto lo
abofeteó; se tomó libertades con su rabo corto, agarrado a él mientras Apis giraba; lo
trasteó en todas las posturas; era de nuevo el jinete de dehesa: zafio, descuidado,
brutal, pero comprensivo. Y Apis fue en todo momento el payaso más consumado.
Todo aquel tiempo (Christophe y yo lo vimos), Apis se encaminó hacia las puertas
del toril por donde salen tantos toros, pero ¿ha oído hablar de alguno que volviera?
Nosotros sabíamos que Apis sabía que del mismo modo que había salvado a Chisto,
Chisto lo salvaría a él. La vida es dulce para todos nosotros; dulcísima para el artista
que vive muchas vidas en una. Chisto no le falló. Por último, cuando ya nadie podía
más de risa, el torero tendió su capa sobre la grupa del toro y le estrechó el cuello con
el brazo. Levantó una mano en dirección a la puerta, como habría podido levantarla
Villamartí, joven y dominador pero no vaquero, y gritó: “Caballeros, abran el
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chiquero para mí y mi honorable mulito”. Abrieron, ¡juzgué mal a los españoles en
mi época!; aquellas puertas se abrieron para el torero y el toro, y se cerraron tras
ellos. ¿Y después? Desde el alcalde hasta la Guardia Civil, todos enloquecieron
durante cinco minutos, hasta que sonaron las trompetas y salió a la plaza el quinto de
la tarde: un andaluz negro que no pensaba. Supongo que lo mató alguien. Amigo mío,
queridísimo amigo mío, a quien he abierto mi corazón, confieso que no miré.
Christophe y yo estábamos llorando juntos como hijos de la misma Madre. ¿Bebemos
a la salud de Ella?».
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Notas del traductor
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[1] Expresión inglesa que alude al valor debido a la influencia de la bebida. <<
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