Seguridad Pública, Proceso Penal Acusatorio y Juicio Oral
Seguridad Pública, Proceso Penal Acusatorio y Juicio Oral
INTRODUCCIÓN
Existía una crisis debido al fracaso del anterior sistema procesal penal en relación con la garantía
constitucional de la seguridad pública —entendida como la protección que se genera a partir de
los mecanismos de control penal y del mantenimiento de la paz pública, mediante acciones de
prevención y represión de ciertos delitos y faltas administrativas que la vulneren, particularmente
a partir de los sistemas de procuración e impartición de justicia y de los sistemas de policías
preventivas.
La presente charla solo busca modestamente establecer una relación entre la seguridad pública —
como razón de justificación— y el proceso penal acusatorio y oral —en especial con la audiencia
del juicio oral.
SEGURIDAD PÚBLICA
Este marco describe la denominada inseguridad pública o inseguridad ciudadana, entendida como
la sensación de peligro físico o contra los bienes personales de los miembros de una comunidad; la
presencia de una ansiedad concreta sobre el delito; la ausencia de un sentimiento generalizado de
bienestar y por el contrario, la existencia de un miedo a la violación de los derechos
fundamentales.
En ese sentido, esta figura denota una inseguridad objetiva que expresa una relación razonable
entre el miedo que experimenta el ciudadano y su nivel de exposición cierta a una o varias formas
concretas de agresión delictiva (vulnerabilidad). En segundo lugar, implica una inseguridad
subjetiva que se expresa como un miedo difuso a la delincuencia que no necesariamente se
corresponde con la vulnerabilidad, específica del ciudadano que la experimenta.
En lo que respecta a México, la inseguridad pública se agudizó con la crisis económica de 1994,
aunado a un contexto de un aumento de la oferta y demanda de drogas en relación entre México
y Estados Unidos. En la actualidad se concibe como uno de los problemas nacionales más
importantes y se puede reconocer como un riesgo a la seguridad de la nación, es decir, del
conjunto de los ciudadanos mexicanos en la medida en que afecta su calidad de vida y que
erosiona el tejido social.9
Ante este cuadro surge la necesidad, como política pública, de revertir la situación antes descrita y
lograr así la denominada seguridad pública. En efecto, para que la inseguridad haya podido
cristalizarse sobre la delincuencia o reflejarse en ella, ha tenido que haber una mala gestión en
torno al tema de la seguridad que haya preparado el terreno.10 O, en otras palabras, si una cierta
forma de vulnerabilidad social constituye el terreno sobre el cual puede prosperar la inseguridad,
su cristalización supone un tratamiento inadecuado de los problemas de seguridad.11
Así, por seguridad, y desde un aspecto subjetivo, se refiere al sentimiento de una persona que no
tiene peligro; y desde un aspecto objetivo se identifica con la ausencia real del peligro.
Ahora bien, la seguridad pública es definida como la protección que se genera a partir de los
mecanismos de control penal y del mantenimiento de la paz pública, mediante acciones de
prevención y represión de ciertos delitos y faltas administrativas que la vulneren, particularmente
a partir de los sistemas de procuración e impartición de justicia y de los sistemas de policías
preventivas.12
Por su parte, Martínez Garnelo ofrece un concepto amplio y otro restringido de seguridad pública.
Así, desde una perspectiva amplia, la seguridad pública se refiere a los programas, principios,
estamentos, niveles, formas y calidades, en que el Estado establece una gran diversidad de
aspectos legales, operativos y técnicos que redundan en la prevención, vigilancia, control, auxilio,
regulación, protección y respeto a favor de los gobernados; ya sea contra la violencia, el delito, la
delincuencia organizada, las acciones criminales, la impunidad o contra la corrupción, etcétera,
con el único y evidente propósito de establecer y prestar los mecanismos estructurales de una
supraespecialización, dentro de estos rubros, encuadrándose el conjunto de sus acciones como la
prestación de un nítido y transparente servicio de seguridad cuyo fin teleológico, lo remarca la
ciencia del derecho, dentro de un conglobante sistema de vigilancia nacional, estatal o municipal.
Por otro lado, desde una perspectiva restringida, precisa que la seguridad pública es el conjunto de
actividades, programas, medios y técnicas establecidas por el Estado, cuyo fin directo e inmediato
es el encaminar la diligenciación, valorativa y evaluativo de estos programas que representan la
regulación, la prevención y el control del delito.13
Para nosotros, la seguridad pública debe ser entendida en un doble sentido: como servicio, si el
enfoque parte de la responsabilidad del Estado; y como un derecho constitucional, si partimos de
la persona.
En efecto, la seguridad pública es, para el Estado, un servicio (artículo 21 de la Constitución Política
de los Estados Unidos Mexicanos)14 y su objetivo, ampliamente comprendido, es mantener el
orden público, proteger la integridad física de las personas y sus bienes, prevenir la comisión de
delitos e infracciones a las leyes y reglamentaciones, colaborar en la investigación y persecución
de los delitos, delincuentes e infractores, auxiliar a la población en casos de siniestros y desastres.
Asimismo, para las personas, la seguridad pública vendría a ser el derecho constitucional de gozar
de una situación de tranquilidad y estabilidad tal que les permite ejercitar de forma libre y
responsable los derechos y libertades reconocidos constitucionalmente15 (artículo 25 de la
Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos).16
Frente a ello, es responsabilidad del Estado evitar las alteraciones al orden social, y por el
contrario desplegar toda actividad social tendiente a la convivencia armónica entre los ciudadanos
y al respeto de sus derechos constitucionales. En ese sentido, su obligación es lograr el tránsito de
un estado de inseguridad a uno de seguridad; donde los ciudadanos puedan esperar una respuesta
pronta, eficaz y honesta por parte del Estado frente a cualquier situación de violencia, por más
insignificante que sea.
FINALIDADES DE LA SEGURIDAD PÚBLICA
La finalidad mediata de la seguridad pública es lograr una situación social en la que no existan
riesgos o peligros para los ciudadanos, es decir, que éstos pueden ejercer libremente sus derechos
y libertades, sin que exista obstáculo para ello; una situación donde se garantice a los ciudadanos
el libre y pleno ejercicio de todos y cada uno de sus derechos y libertades, tanto individuales como
colectivos, en el marco de la Constitución y las leyes.
En ese sentido, y sin perder de vista el aspecto preventivo-represivo que conlleva la seguridad
pública, el objetivo central de la misma, dentro de un criterio social globalizador, es el derecho de
los ciudadanos a gozar de las libertades reconocidas. Así, el jurista español Miguel Ángel Soria nos
indica que una situación de seguridad conllevará a la ausencia de peligro físico o contra los bienes
personales, ausencia de ansiedad concreta sobre el delito, sentimiento generalizado de bienestar
e inexistencia de miedo a la coerción o violación de los derechos fundamentales por parte de la
autoridad.20
Para Izu Belloso, la seguridad pública consiste en la actividad de los poderes públicos y de los
particulares, en función de colaboración de los primeros, dirigida a la protección de personas y
bienes frente a posibles agresiones violentas producidas tanto por actos humanos como por
fuerzas naturales o hechos accidentales, y comprendiendo medida de prevención, de aminoración
y de reparación de los daños.21
En efecto, la seguridad pública consiste en una actividad que ha de ser referida al Estado (en su
sentido más amplio), a partir de sus diversos órganos. Principalmente de la Administración, y
dentro de ésta mediante la policía, pero también por medio de los órganos legislativos, pues
incluye una actividad normativa. Por otra parte, ha de tenerse en cuenta que en ocasiones los
particulares participan en la seguridad pública, de forma voluntaria o forzada.22
En ese sentido, se establece un poder local que está mediado por la toma de acciones colectivas
de carácter territorial que los vecinos llevan a cabo para enfrentar la inseguridad en su espacio.
Este hecho tiene su explicación porque el Estado desatiende a sectores marginales, lo que provoca
una reacción a esta situación insatisfecha. De este modo, la acción popular colectivizada irrumpe
en el ámbito de la seguridad pública debido a la respuesta insatisfecha y de exclusión estatal en la
provisión de una verdadera seguridad material (de vigilancia policial) y psicológica (de confianza
en la policía). En esa medida, los vecinos pueden estructurar sus propios mecanismos preventivos
de manera colectiva y local, hasta ciertos puntos consensuados, para encarar la problemática de la
inseguridad ciudadana y proteger, de este modo, tanto a sus familias como al vecindario.
Ahora bien, cuáles son las razones que han originado la intervención de la población en el tema de
la seguridad pública. En principio, debemos recordar que la inseguridad pública es todo acto
agresivo o violento que actúa contra los derechos constitucionales. Partiendo de esta idea, y
teniendo en cuenta que la inseguridad ciudadana se fundamenta tanto en un dato objetivo,
determinado por la frecuencia en el ciudadano, como por otro subjetivo caracterizado por la
desprotección que la sociedad siente ante la comisión de determinados ilícitos, los cuales, dados
sus efectos perjudiciales, producen en ella intranquilidad e inquietud, la inseguridad tiene pues
una doble realidad: una objetiva, la victimización, y otra subjetiva, la sensación colectiva de
inseguridad; es una sensación ideológica, una percepción subjetiva que no se corresponde
necesariamente con las cifras.
Como indica Hurtado Martínez, la inseguridad general expresada por una colectividad o una
sociedad entera no tiene que corresponder habitualmente con los datos objetivos de lo que
ocurre en la realidad; una cosa son los verdaderos índices de criminalidad, que coinciden con las
posibilidades que tienen las personas de ser víctimas de delitos (inseguridad ciudadana objetiva), y
otra la percepción que tiene la gente de la posibilidad de ser víctima de la delincuencia
(inseguridad ciudadana subjetiva), podemos considerar como origen de la inseguridad pública
todos aquellos comportamientos delictivos que, atentando contra las normas sociales de
convivencia, son percibidos por los ciudadanos como factor de desestabilización social, aquellos
comportamientos que a consecuencia de la degradación de la calidad de vida, la pérdida de la
cohesión social y la ruptura de los vínculos sociales, dan lugar a delitos contra la propiedad, contra
la salud, contra la libertad sexual y contra la seguridad interior del Estado.24
Sin embargo, hemos de tener en cuenta que la comisión de este tipo de delito supone, en un
elevado número de ocasiones, la interrelación de estos delitos con comportamientos que, no
siendo en sí delictivos, pueden no obstante dar lugar a ellos, tal es el caso de la relación existente
entre la comisión de ilícitos contra la propiedad y el consumo de drogas. Así, como señala la
Memoria del Fiscal General del Estado (español), en un plano objetivo, el drogadicto deviene como
efecto indirecto de una necesidad, proveerse de las elevadas sumas para afrontar el pago de las
drogas, y de la angustia compulsiva que provoca la crisis de abstinencia; el toxicómano puede
convertirse en delincuente de una de estas dos maneras: para procurarse drogas o dinero con que
adquirirlas.26
Por otra parte, la crisis económica es, en nuestra opinión, una de las causas que incide en el
aumento de las infracciones penales. Aunque no puede, normalmente probarse una relación
causal, sí que puede suponerse una conexión entre desempleo y criminalidad, al menos, juvenil.
Probablemente las diferencias de socialización conducen tanto al desempleo juvenil como a la
delincuencia de las personas jóvenes.27 Recuérdese, que el espacio social como resultante de la
actividad humana, hay que considerarlo fundamentalmente como espacio de producción y de
consumo, que invita al logro de los bienes de uso, buscando a ultranza los medios para su
adquisición; dando lugar a la realización de prácticas delictivas, base de la inseguridad ciudadana.
Otro factor a ser tomado en cuenta es la concentración urbana. Como sostiene la Resolución del
Octavo Congreso de Naciones Unidas sobre la prevención y el tratamiento de la delincuencia,
celebrado en La Habana (Cuba), en 1990, es el paro, la pobreza, la ausencia de viviendas baratas y
en buenas condiciones, el creciente número de ciudadanos sin perspectivas de inserción social lo
que conlleva una agravación de las desigualdades sociales, las difíciles situaciones que provocan
en aquellos ciudadanos que emigran a las ciudades, así como la degradación del entorno urbano.
También, se debe señalar la situación de la familia, el tipo de relación que los padres tengan con
sus hijos, cómo los traten, determina la probabilidad de delinquir del joven. Asimismo, la crisis de
valores vivida por la sociedad actual, la crisis de identidad o de valores ocasionada por el éxodo
rural a la ciudad, con dificultades para adaptarse a las nuevas comunidades, ha incitado como
máximo valor el consumo o la existencia de una sociedad donde el consumo individual condiciona
no sólo el estatus, sino también nuestra propia estima personal; la sociedad ha fomentado un
excesivo individualismo y una consideración del individuo como mera unidad de consumo.
Todo ello, conlleva que el concepto de seguridad pública sea una superación del concepto de
seguridad estatal —que privilegiaba el mantenimiento del orden público como valor superlativo—
cuya prioridad es la seguridad de las personas como un derecho exigible frente al Estado. No
implica la eliminación del Estado, ni la falta de responsabilidad del mismo, sino su reordenamiento
y fortalecimiento —su recentramiento en el ciudadano en tanto ser comunitario— para enfocar
sus mejores capacidades analíticas, operativas y estratégicas.28
Deja de ser una cuestión pensada en términos de un beneficiario excluyente —el Estado-nación—
para convertirse en una política pública ciudadano-céntrica. Dentro de este tríptico entre Estado,
sociedad y ciudadano se trata de emprender una tarea que reconstruya las estructuras de
autoridad y legitimidad desde la base hacia arriba y desde arriba hacia la base, ya que es obvia la
imposibilidad de recrear una sociedad civil sin recrear, a la vez, un Estado.29
El Informe de Desarrollo Humano de 1994, precisa que, al hablar de seguridad pública se hace
alusión a una dimensión más amplia que la mera supervivencia física. La seguridad es una creación
cultural que hoy en día implica una forma igualitaria (no jerárquica) de sociabilidad, un ámbito
compartido libremente por todos. Esta forma de trato civilizado representa el fundamento para
que cada persona pueda desplegar su subjetividad en interacción con los demás. De esta manera,
frente a los hechos que afectan la seguridad de los ciudadanos está en juego no sólo la vida de la
persona individual, sino igualmente la de la sociedad.
[L] a seguridad pública es una función a cargo de la Federación, el Distrito Federal, los Estados y los
Municipios, que comprende la prevención de los delitos; la investigación y persecución para
hacerla efectiva, así como la sanción de las infracciones administrativas, en los términos de la ley,
en las respectivas competencias que esta Constitución señala. La actuación de las instituciones de
seguridad pública se regirá por los principios de legalidad, objetividad, eficiencia, profesionalismo,
honradez y respeto a los derechos humanos reconocidos en esta Constitución.
Como se puede apreciar, el logro del estado de tranquilidad entre la población se alcanza, incluso,
a partir del diseño de un proceso penal que sea eficaz y transparente, a la hora de investigar la
presunta comisión de un ilícito penal, así como de juzgar, mediante audiencia oral, a su presunto
responsable.
Es decir, el contar con un proceso punitivo que funja como marco, por un lado, del esclarecimiento
de los hechos, y por otro, el de permitir la gestión del conflicto de intereses surgido por la
comisión de un ilícito penal. En efecto, se debe trabajar con el fundamento de que, en el proceso
penal —como en todo proceso judicial— se discuten pretensiones, dado que, el delito —como
todo fenómeno jurídico— conlleva que cada uno de los involucrados presente intereses o
aspiraciones, los cuales llegan al proceso penal esperando que el órgano jurisdiccional emita una
respuesta.
En el caso del ofendido o víctima, su primer interés es que se sancione —más que una venganza—
al responsable; esta pretensión de sanción la hace suya el Ministerio Público, debido a que el ilícito
penal también repercute en el interés público o social; asimismo, presenta un segundo interés,
esto es, la reparación de los daños.
Por otro lado, el imputado también presenta como interés o pretensión la absolución; sin
embargo, presenta un segundo interés, que en el hipotético caso que sea sancionado que al
menos la misma sea mínima o reducida: pretensión de atenuación.
Ahora bien, para el logro de tales finalidades, tanto los sujetos procesales como la consecución de
la dinámica de los actos procesales, deben apuntar a una pronta y eficaz procuración y
administración de justicia —tal como señala el artículo 64 del Código de Procedimientos Penales
del Estado de México del 2009.36
Sin embargo, somos de la opinión que estos fines son instrumentos para el logro de un fin mayor o
ulterior: que todo ciudadano tenga la tranquilidad y seguridad en la eficacia e idoneidad en su
sistema de justicia penal; es decir, que de verdad se va a castigar al responsable de un delito y
declarar absuelto al inocente del mismo; que la construcción de la responsabilidad jurídico-penal
se dé sobre la base de pruebas desahogadas ante el juez y en audiencia pública y oral.
Asimismo, la seguridad pública se logrará si, además, se cuenta con un proceso penal emanado de
un sistema político democrático; dado que, ello permitirá hablar de un proceso penal democrático
donde se aseguré la participación activa de los involucrados en el drama penal en todas las etapas
o fases procedimentales: investigación, intermedia, juzgamiento, impugnación y ejecución. Al
respecto, reproducimos las palabras del jurista colombiano Cano Jaramillo:
La participación democrática es un método que sirve de manera práctica para tomar decisiones,
por cuanto en la democracia se permite la intervención del otro, hay colaboración entre iguales, se
establece una solución de conflictos en la conversación, en el respeto recíproco, en donde cada
parte ofrece ideas que son un aporte para decidir mejor. En el sistema acusatorio, el debate en el
juicio oral tiene el sentido de ofrecer al juez los aportes de la discusión.
Por tanto, la seguridad pública se relaciona con el diseño de un proceso penal, el cual, por un lado,
permita la gestión del conflicto de intereses generado por la comisión de un delito, y por otro,
permita la participación democrática de los actores del drama penal.
La reforma constitucional en materia penal del 18 de junio de 2008 estableció la adopción del
proceso acusatorio; además, y por lo establecido en la citada reforma, así como en aquellos
códigos adjetivos estatales que han asumido dicho modelo de justicia penal, se puede afirmar que
es un proceso penal con tendencia a lo adversarial. En ese sentido, el legislador, tanto federal
como estatal, ha considerado que el sistema de proceso penal más adecuado para el logro de la
seguridad pública es el acusatorio con tendencia adversarial, cuyas características desarrollaremos
en este punto.
En ese sentido, se denomina proceso penal acusatorio y oral a aquel modelo de justicia penal
donde el juez no puede proceder de oficio, ni ampliar el proceso al mismo imputado por otros
hechos, ni comprender a otras personas, sin que, previamente, el Ministerio Público haya ejercido
la acción penal y lleve su pretensión de sanción al órgano jurisdiccional tanto en la formulación de
la imputación como en la acusación.
Frente a ello, que sea acusatorio el proceso, significa que la carga de probar la responsabilidad del
procesado, más allá de una duda razonable, está en cabeza del acusador. Esto denota, ni más ni
menos, que el sistema acusatorio está soportado sobre la base de la presunción de inocencia. Por
ello, en el proceso penal acusatorio, al menos desde el punto de vista del marco teórico-
probatorio, el procesado comienza ganando la lid judicial. El Ministerio Público es algo así como el
retador en el cuadrilátero judicial.38
Ahora bien, las razones del por qué el citado modelo de proceso penal coadyuvará con los fines de
la seguridad pública, son:
1. Por la construcción de la verdad histórica. Denota una participación dinámica de todos los
sujetos involucrados en el drama penal; es decir, que tanto las partes como el órgano
jurisdiccional —incluso las fuentes de prueba— tienen como misión que, su intervención en el
proceso punitivo sea para colaborar en el entendimiento o visualización de determinados
acontecimientos que pueden recibir el calificativo de delito.
3. Porque se puede postular y garantizar la protección del inocente. Esta finalidad implica el lado
garantista del nuevo sistema de justicia penal, dado que, toda persona que está involucrada en un
proceso penal no lleva en su contra una presunción de culpabilidad, sino de inocencia; y ello
implica que sea el acusador, y no el acusado, quien tenga la carga de probar las acusaciones que
plantee contra una determinada persona.
4. Por procurar que el culpable no quede impune. Si bien el nuevo sistema de justicia penal
protege al inocente, es riguroso en la construcción de la verdad; a fin de que el responsable de un
ilícito penal responda ante la justicia por los actos que realizó. Obviamente, esta finalidad podría
colisionar con figuras tales como: los criterios de oportunidad, la justicia restaurativa y el
procedimiento abreviado; donde el sistema punitivo recibe una condena, a pesar que existen
indicios de su responsabilidad penal. No obstante, consideramos que esta finalidad descansa en la
premisa que, fuera de los casos donde la ley autoriza una salida alterna al conflicto penal o ciertos
beneficios a favor del imputado, ninguna autoridad está llamada a coludirse con la delincuencia; y
por el contrario, presentan como noble misión la pronta y eficaz procuración y administración de
justicia; y para ello, el proceso penal acusatorio y oral les va a brindar las herramientas necesarias.
5. Por buscar que los daños causados por el delito se reparen. A raíz de la reforma constitucional,
tenemos como derecho de toda víctima u ofendido la reparación de los daños originados por la
comisión de un ilícito penal. Este derecho se ve materializado a partir de la restitución o bien la
indemnización, según fuese el caso. En esa inteligencia, tanto el operador jurídico como los demás
sujetos procesales deben entender que en el nuevo proceso penal concurren tanto la acción penal
como la civil —entendida esta última al derecho a la reparación. Pero, como toda acción, necesita
ser postulada y sustentada por la parte interesada, y en ese contexto, el obtener respuesta por
parte del órgano jurisdiccional. Ni uno excluye al otro. Para concluir, todos los fines antes
señalados convergen en el objetivo mayor, el cual es garantizar la justicia en la aplicación del
derecho y contribuir a restaurar la armonía social, en un marco de respeto irrestricto a los
derechos fundamentales de las personas; donde, se entiende por derechos fundamentales de las
personas a los reconocidos en las Constituciones Federal y Local, en los tratados internacionales
ratificados por el Estado mexicano y en las leyes que de aquellas emanen.
6. Al postular la primacía del principio del acusatorio. De acuerdo con este principio, quien
sostenga la acusación tendrá la carga de determinar el hecho típico, y probar los hechos que
acrediten la responsabilidad penal de las personas, sin que los tribunales puedan asumir ni rebasar
los términos de la acusación, preservándose en todo momento la distinción entre las funciones
propias de la acusación, de la defensa y del juez o tribunal de juicio oral.40
En ese escenario, y según la doctrina procesalista consolidada, el principio del acusatorio es una de
las garantías esenciales del proceso penal, que integra el contenido esencial del debido proceso,
referida al objeto del proceso, y determina bajo qué distribución de roles y bajo qué condiciones
se realizará el enjuiciamiento del objeto procesal penal.
En ese sentido, en un procedimiento escrito las normas legales, pueden establecer la publicidad,
pero son normas de imposible cumplimiento en la práctica y sólo un proceso oral y concentrado
permite la publicidad y con ella la fiscalización popular del funcionamiento de la justicia.
Todo ello, también origina consecuencias prácticas dentro del sistema de justicia penal mexicano;
por un lado, la materialización del principio de oralidad a partir de la realización de audiencias, en
un número considerablemente mayor a las actualmente existentes (donde hay un derecho
posiblemente a afectar o restringir, o bien, donde hay una incidencia que ponga en juego la
continuación del proceso penal, entonces se deberá realizar la respectiva audiencia, a fin de
escuchar a las partes, así como, a sus órganos de prueba, con la finalidad de que el juez pueda
decidir). Como se observa, la oralidad no sólo se manifiesta en las audiencias propias de la etapa o
fase del juzgamiento (previo al dictado de la sentencia); al contrario es un principio rector que
influye en todas las etapas del proceso penal, desde la investigación hasta las incidencias propias
de la ejecución de sentencias. Por otro lado, lo dicho exige un compromiso por parte de las
autoridades judiciales en brindar la infraestructura, la logística, así como los recursos humanos y
económicos que permitan la realización de las audiencias, al igual que el despliegue de las partes
de sus estrategias y técnicas de litigación oral.
Si el proceso penal acusatorio y oral postula la protección del inocente y el castigo del culpable, en
estricta observancia de los principios de presunción de inocencia, inmediación publicidad,
oralidad, entre otros, entonces guarda armonía con el sentir de la colectividad, la cual exige al
Estado la sanción para aquel que, en forma probada, ha infringido las normas legales a partir de
una conducta calificada, normativamente, como delito —no es el castigar por castigar, sino el
imponer una sanción en forma razonada y justa, lo que genera la legitimidad de los órganos de
justicia penal.
En esa inteligencia, el proceso penal acusatorio y oral ha sido estructurado en fases cuya dinámica
permita el comprobar la existencia de un hecho delictuoso, la responsabilidad del procesado y la
magnitud de la sanción a recibir —todo ello, bajo la estricta mirada de la sociedad. Así estas etapas
o fases procesales son:
• Etapa de investigación. Es aquella que busca reunir los elementos de convicción, ya sea de cargo
o de descargo, que permitan al Ministerio Público decidir, en primer lugar, si formula o no
imputación, y en caso de hacerlo, generar una segunda decisión: el acusar o solicitar el
sobreseimiento. Y en el caso del imputado el de preparar su defensa.
• Etapa intermedia. Funge como una fase de saneamiento, tendiente a eliminar todo vicio o
defecto procesal que afecte la eficacia de todo lo actuado, y que imposibilite la realización del
futuro juicio oral.
• Finalmente, en cada una de esas etapas se deberá observar las razones esbozadas en el apartado
anterior, las cuales dotan de legitimidad al proceso penal acusatorio y oral, en la consecución de
los fines de la seguridad pública.
El juicio o debate oral, no debe ser entendido como discordia; al contrario, debe ser visualizado en
sentido positivo, constructivo, como el camino libre y dinámico de diálogo racional para llegar a la
verdad y a la justicia, en el cual se exponen argumentaciones opuestas, en las que las hipótesis son
objeto de refutación, para sacar a la luz la verdad, superar la duda, y sobre todo, resolver el
conflicto que se ha propuesto. Es el escenario por excelencia donde las pruebas se desahogan en
mérito al planteamiento metodológico o estratégico de las partes, a fin de fortalecer su versión de
los hechos y debilitar la de su contraparte.
Por tanto, el juicio oral es el instrumento más idóneo para el desarrollo de los fines del proceso
penal y de esta manera generar el estado de tranquilidad y de seguridad entre los miembros de
una sociedad en relación con la correcta y eficaz administración de justicia.
Todo proceso judicial, entre éstos el penal, denota un marco de discusión de un conflicto de
intereses.41 En efecto, el delito, como fenómeno jurídico, genera un conflicto de intereses;42 es
decir, al hablar de delito debemos pensar que detrás de ello hay una víctima y un responsable;
ambos, persiguen intereses que esperan ser amparados por la justicia penal.43
Así, la víctima tiene los siguientes intereses: a) que se imponga una sanción al responsable del
delito (pretensión punitiva, la cual, será llevada por el Ministerio Público —dado que el delito
también genera daño al interés público— al órgano jurisdiccional a partir del proceso penal); y b)
que se reparen los daños y perjuicios que ha sufrido (pretensión resarcitoria).
Frente a esta lucha de intereses, son, valga la redundancia, los interesados los llamados a
impregnar del dinamismo necesario, a fin de que el órgano jurisdiccional falle a favor de alguno de
ellos. Si lo afirmado lo trasladamos a sede de proceso penal son, entonces, las partes los llamados
a impregnar de dinamismo la actividad procesal: investigadora y de probanza, tendiente al amparo
de sus intereses o pretensiones. Ya no sería el juez el centro del proceso, sino las partes.44
La centralidad del juicio oral radica en que las partes podrán argumentar y probar sus
pretensiones frente, ya no ante un juez de control o garante (cuya actuación opera en la fase de
investigación), sino ante el juez de conocimiento, quien tiene la potestad de resolver el conflicto
suscitado. Como señala Binder, el juicio es la etapa principal del proceso penal porque es ahí
donde se resuelve o redefine de un modo definitivo —aunque revisable— el conflicto social que
subyace y da origen al proceso penal.48
Pero, el considerar al juicio oral como la etapa principal del proceso,49 también se debe al haz de
principios y garantías que le envuelven a fin de lograr una calidadde información al juzgador que le
permita resolver la litis puesta a su conocimiento. Por calidad de información se entiende como
aquel conjunto de datos, filtrados, seleccionados, depurados, tendientes a probar, por un lado, si
se ha cometido o no un ilícito penal, y por otro lado, la determinación de las consecuencias
punitivas, y si fuese el caso, civiles generadoras del delito; información que es percibida por el
juzgador de manera inmediata e imparcial, a través de una actividad contradictoria de las partes50
y con pleno respeto a la presunción de inocencia y en presencia de la comunidad. En ese sentido,
la inmediación, la contradictoriedad, la imparcialidad, el principio de inocencia y la publicidad, son
el conjunto de principios que al operar en el juicio oral permitirán que el juzgador obtenga una
información de calidad, confiable, que permita fundar su decisión en torno al conflicto suscitado
entre el ofensor y el ofendido.51
1. El juicio oral es dialógico; dado que, para obtener la información de calidad se requiere del
diálogo o comunicación entre las partes, el juez y los órganos de prueba.
2. El juicio oral es dialéctico; debido que, la información se construye a partir de proposiciones por
una de las partes (tesis) que, por regla, están en oposición con las de su contraparte (antítesis), a
fin que el juzgador arribe a una síntesis, que a su vez sea el contenido de la respuesta judicial.
a) Democratización creciente y mayor conciencia sobre los derechos humanos. Sin lugar a dudas
un factor determinante en el creciente interés por el funcionamiento de los sistemas judiciales en
el Continente y el afán de introducirles reformas modernizadoras, especialmente en materia
procesal, ha sido la revalorización del sistema democrático de gobierno, entendido también como
una forma "racional" de resolver los conflictos en todos los planos del quehacer social. La huella
dejada por décadas pasadas, con el saldo de miles de desaparecidos, entre otras atroces
violaciones a los derechos fundamentales, también sirvió para replantearse los mecanismos
internos de control a la actividad gubernamental y, especialmente, el rol y "poder" del Poder
Judicial para desempeñar eficientemente su papel.
Diversos estudios en el área han demostrado, por ejemplo, la mayor predisposición de negociar
con personas conocidas, por la facilidad para resolver informalmente potenciales conflictos, que
para hacerlo abiertamente con cualquier oferente, aun cuando con éste se pueda alcanzar un
mejor precio. Igualmente, se han podido comprobar los nocivos efectos que las inestabilidades
institucionales —de las que no quedan ajenos los poderes judiciales— causan, por ejemplo, en los
volúmenes de la inversión extranjera. Por otra parte, el propio fenómeno de la evolución
económica implica la incorporación de nuevos sujetos a la vida económica formal del país, con la
consiguiente demanda por servicios judiciales que, tal como están hoy concebidos, presentan
serias limitaciones al acceso.
c) Aumento de los problemas de seguridad pública. Las mismas circunstancias antes reseñadas,
sistemas restrictivos de gobierno que dan paso a democráticos —y evolución económica— traen
aparejados fenómenos de violencia y criminalidad urbana desconocidos con anterioridad para
algunos países del área, al menos en la magnitud que hoy se están viviendo. Las demandas que de
ahí surgen hacia el atal son crecientes. La herramienta tradicional de alzar las penas ha terminado
por desacreditarse como ineficiente e incluso contraproducente, dando lugar a formas más
sofisticadas de intervención, tales como aquellas que se plantean sobre el sistema judicial.
d) Colapso de los sistemas judiciales, dentro de un contexto de reforma y modernización del
Estado. En este contexto, el sistema judicial es percibido por la ciudadanía como lejano, oscuro y
tremendamente ineficiente. La gente no entiende qué es lo que hace, ni menos cómo lo hace. Se
les presenta como una estructura burocrática, que utiliza un lenguaje, una tecnología y una forma
de hacer las cosas sumamente anticuadas. Paralelamente, se visualiza que el resto de la
administración pública, con los múltiples problemas que aún presenta, está sosteniendo esfuerzos
serios y consistentes de racionalización y modernización de su gestión, todo lo cual alienta
procesos de reestructuración en este sector.
La acción de los dos últimos factores mencionados explica el que por primera vez exista en
América Latina una política tan coherente entre los diversos Estados en materia judicial y una
estrategia de cambio que en lo medular es bastante similar. Esto ha provocado, además, un
acercamiento entre los diversos poderes judiciales, ministerios de justicia, ONG dedicadas al tema
y expertos en la materia, que no tiene parangón.
Por otro lado, y siguiendo con la opinión de Juan Enrique Vargas Viancos, existen factores que
obstaculizan la puesta en marcha de la oralidad (y por ende del juicio oral) en el proceso penal;
estos factores son:60
En materia penal, el ejercicio del poder punitivo del Estado ha tenido también escaso control y el
poder judicial, más que un órgano independiente encargado de velar por los derechos ciudadanos
frente al accionar estatal, ha sido transformado en un eslabón más en el ejercicio de ese poder
punitivo, recayendo en él la función, característica de los sistemas inquisitivos, de lograr
efectividad en la investigación del delito.
Son estas las circunstancias que los nuevos sistemas procesales pretenden, en última instancia,
alterar. Como se verá entonces, requieren de una decisión y un compromiso muy firme de parte
principalmente del poder Ejecutivo, pero también de los restantes poderes del Estado, para poder
concretarse. En buena medida lo que un gobierno hace al apoyar estas reformas es ceder parte del
poder que hoy ejerce directamente, y entregárselo a ministerios públicos, con grados mayores de
independencia política, y a los propios tribunales. Por eso no es de extrañar que se dieran casos de
gobiernos que se han encargado de abortar iniciativas de cambio en tal sentido que ellos mismos
habían sugerido originalmente, al darse cuenta de lo que implicaban.
La voluntad política que debe acompañar la reforma debe además trasuntarse en el monto de los
recursos que se le asignen para su puesta en marcha. El mejor indicador actual para advertir la
importancia desmejorada de los sistemas judiciales en nuestros países es analizar el porcentaje del
presupuesto que se les asigna. Los aportes estatales deben a consecuencia de la reforma sufrir un
aumento de importancia. Igualmente deben estar dispuestos los gobiernos que impulsen estos
cambios a dar una larga batalla parlamentaria y de convencimiento público, con la certeza,
además, que la realización del cambio aparejará, sobre todo en los primeros momentos, serios
problemas y críticas, como por lo demás sucede con todo cambio de envergadura que se
emprenda.
b) Debilidad de los poderes judiciales. Los poderes judiciales de nuestros países han estado
históricamente alejados de cualquier esfuerzo de planificación, los cuales no tenían realmente
mucho sentido cuando las cosas se hacían con la única justificación de que "siempre se han hecho
así". Esto hace sumamente difícil emprender un cambio al interior de dichas instituciones. Esta
circunstancia inhibe también a muchos a concederle facultades y recursos a poderes judiciales con
dosis bajas de legitimidad y capacidad de gestión.
Paradójicamente, los sistemas judiciales no siempre están conscientes del mayor poder que
reciben con estos cambios y en más de alguna ocasión no lo quieren, por estar acostumbrados a
las antiguas rutinas de trabajo. Por lo que las más de las veces no sólo hay que convencer a la
sociedad de la conveniencia del cambio, sino incluso al propio poder Judicial, que no se ve a sí
mismo como el beneficiario del mismo.
c) Resistencia al cambio. A lo anterior debe agregarse la gran resistencia al cambio que existe en el
medio jurídico. La enseñanza memorística del derecho a la que estamos acostumbrados no alienta
precisamente a perspectivas creativas frente al entorno y no entrega armas para poder adaptarse
con rapidez a los cambios.
A esta circunstancia idiosincrática de los abogados debe unirse una forma de gestionarse la
profesión, acorde con el modelo escriturado, que no es económicamente eficiente ante sistemas
orales. Estos últimos alientan la formación de oficinas legales con un mayor número de
profesionales y la manutención de una menor cantidad de juicios por cada uno de ellos, por la
mayor dedicación que deben asignarle al tener necesariamente que asistir personalmente a
audiencias orales y por ende tener menos posibilidades de delegar en funcionarios como permite
el actual sistema. Indudablemente, los necesarios cambios de esta organización impactan también
en los costos de la defensa letrada.
Por ello no es de extrañar que surjan fuertes oposiciones a la realización de las reformas de parte
de las asociaciones gremiales de abogados. Otro sector con gran capacidad de ejercer presión por
morigerar la fuerza de estas en materia penal son las policías, las que en el sistema escriturado
inquisitivo poseen un grado de poder y autonomía inadmisible en un sistema acusatorio oral.
e) Desatención de ciertos elementos de la reforma. Otro problema que ha sido común en las
diversas iniciativas es la falta de una solución adecuada a la necesidad de contar con asistencia
jurídica gratuita de calidad para vastos sectores de la ciudadanía que están imposibilitados para
acceder a los servicios de abogados pagados —quienes por lo general están muy poco preparados
para el nuevo sistema. La figura tradicional de los defensores públicos allegados a los tribunales
muestra sus limitaciones tanto en cuanto a cobertura, como a la calidad y poder de éstos —
generalmente mal remunerados— sobre todo si en materia penal deben enfrentarse a fiscalías
crecientemente mejor estructuradas y con mayores facultades. La alternativa de institucionalizar
la defensoría pública, como en el caso de Chile a partir de corporaciones con un alto número de
funcionarios, tampoco ha resultado ser satisfactoria por las deficiencias de política interna y de
gestión que se notan en su interior. Sin lugar a dudas el lema de la asistencia jurídica guarda
relación fundamentalmente con los recursos que para esta función se destinen, pero no es menos
cierto que aún se encuentra pendiente una solución eficiente para la gestión y el control de la
utilización de éstos. En la reforma procesal penal, la policía ha sido un sector que no ha recibido —
o no ha podido recibir— la atención que se merece.
La adecuación de los procedimientos policiales a los estándares del nuevo modelo procesal es sin
dudas una asignatura pendiente.
REFLEXIÓN FINAL
De los temas desarrollados, se podrá colegir que la seguridad pública, ya sea como función estatal
para la prevención y combate de la delincuencia o bien como derecho de todos los gobernados de
gozar de un estado de tranquilidad para el ejercicio de sus derechos constitucionales, requiere
para su logro de un sistema de justicia penal que permita una procuración y administración de
justicia, pronta, oportuna, eficaz, transparente y democrática.
Para ello, el legislador federal, así como, el estatal, ha estimado conveniente que el logro de lo
señalado en el párrafo anterior será más viable si se adopta el proceso penal acusatorio con
tendencia a lo adversarial, y por ende el juicio oral. Ello, en función a las consecuencias harto
conocidas de haber aplicado, por un largo tiempo, un sistema de justicia penal mixto, pero con
predominancia a lo inquisitivo; donde la falta de publicidad de los actos tanto del Ministerio
Público como de los órganos jurisdiccionales, la ausencia de juzgamiento público, oral y
contradictorio, así como, la predominancia de la escritualidad, lo único que originó fue
desconfianza, por parte de la población, en la administración de justicia, así como,
pronunciamientos carentes de fundamentación y de lógica normativa, emanados bajo una práctica
del secreto y de una pobrísima participación de las partes en el proceso penal.
Con ello, tampoco se pretende afirmar que, por adoptar un nuevo modelo de proceso penal,
terminarán todos los males que aquejan al sistema de procuración y administración de justicia. Por
el contrario, pretendemos ser más humildes y simplemente opinamos que la reforma debe ser un
conjunto de respuestas, racionales y razonables, que permitan apaliar, ojalá en gran medida, a los
problemas operativos y funcionales del proceso punitivo —no aspiramos a que desaparezcan por
completo sino al menos a su combate y reducción—, y de esta manera el logro de la tan anhelada
seguridad pública.
Para graficar lo antes indicado se pondrá como ejemplo el proceso penal seguido contra el
expresidente del Perú Alberto Fujimori.61 Al respecto, en el juicio oral celebrado en el Perú contra
el citado exmandatario, se estableció que el mismo había ordenado la creación de un escuadrón
de la muerte, integrado por miembros del ejército peruano; su objetivo era la muerte,
extrajudicial, de toda persona considerada como terrorista; posteriormente, el objetivo se
extendió a todo aquel que fuese contrario al régimen. Lo indicado, se pudo establecer a partir del
desahogo de las respectivas pruebas (testimonios, peritajes, exámenes de documentos y evidencia
material), en una audiencia oral y pública, siendo transmitida por los medios de comunicación
peruanos. A raíz de la transmisión, la población —no solamente peruana, sino la del resto de los
países— pudo conocer la magnitud de los actos criminales realizados durante el gobierno de
Alberto Fujimori y autorizadas por él; en ese orden de ideas, nos preguntamos ¿similar grado de
conocimiento se pudo haber obtenido si se le hubiese juzgado al expresidente peruano mediante
un proceso penal escrito y secreto, donde el único que tomaba conocimiento era el juzgador y
resolvía en la soledad de su oficina? La respuesta, consideramos que es no, y por ende, ante la
falta de presencia de la sociedad civil, la suerte de Fujimori no necesariamente se iba a resolver
mediante las pruebas desahogadas.
En efecto, la falta de publicidad de los actos de la administración de justicia genera una ausencia
de transparencia en el accionar de la citada institución, y ello, por atracción, conlleva actos de
corrupción, o por lo menos, arbitrariedad, lentitud y falta de aplicación de la justicia. Por tanto, un
proceso penal donde rija la oralidad, la publicidad, la transparencia, la celeridad y la justicia, como
lo que postula el proceso penal acusatorio, presenta las mínimas condiciones para que la sociedad
tenga la confianza y la seguridad en torno al buen accionar de su administración de justicia. El gran
reto es entonces una puesta en marcha amplia de este modelo de justicia penal, que no solamente
se vea reducido al cambio de las normas legales, sino también a la adopción de una nueva
mentalidad en los operadores de justicia, así como, en todos los actores del drama penal.