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Bienvenido, Bob: Juan Carlos Onetti

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Juan Carlos Onetti

(Montevideo, 1909 - Madrid, 1994)

Bienvenido, Bob

Originalmente publicado en el diario La Nación [Buenos Aires]

(12 de noviembre de 1944, 2ª sección, 2 y 4);

Un sueño realizado, y otros cuentos

Prólogo de Mario Benedetti

(Montevideo: Número, 1951, 66 págs.)

Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio
colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala,
murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara,
cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin
un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas
la solapa de sus trajes claros.

Igualmente lejos —ahora que se llama Roberto y se emborracha con cualquier cosa,
protegiéndose la boca con la mano sucia cuando tose— del Bob que tomaba cerveza, dos vasos solamente
en la más larga de las noches, con una pila de monedas de diez sobre su mesa de la cantina del club, para
gastar en la máquina de discos. Casi siempre solo, escuchando jazz, la cara soñolienta, dichosa y pálida,
moviendo apenas la cabeza para saludarme cuando yo pasaba, siguiéndome con los ojos tanto tiempo
como yo me quedara, tanto tiempo como me fuera posible soportar su mirada azul detenida
incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el intenso desprecio y la burla más suave. También
con algún otro muchacho, los sábados, alguno tan rabiosamente joven como él, con quien conversaba de
solos, trompas y coros y de la infinita ciudad que Bob construiría sobre la costa cuando fuera arquitecto.
Se interrumpía al verme pasar para hacerme el breve saludo y no sacar los ojos de mi cara, resbalando
palabras apagadas y sonrisas por una punta de la boca hacia el compañero que terminaba siempre por
mirarme y duplicar en silencio el silencio y la burla.

A veces me sentía fuerte y trataba de mirarlo: apoyaba la cara en una mano y fumaba encima de
mi copa mirándolo sin pestañear, sin apartar la atención de mi rostro que debía sostenerse frío, un poco
melancólico. En aquel tiempo Bob era muy parecido a Inés; podía ver algo de ella en su cara a través del
salón del club, y acaso alguna noche lo haya mirado como la miraba a ella. Pero casi siempre prefería
olvidar los ojos de Bob y me sentaba de espaldas a él y miraba las bocas de los que hablaban en mi mesa,
a aveces callado y triste para que él supiera que había en mí algo más que aquello por lo que había
juzgado, algo próximo a él; a veces me ayudaba con unas copas y pensaba “querido Bob, andá a
contárselo a tu hermanita”, mientas acariciaba las manos de las muchachas que estaban sentadas a mi
mesa o estiraba una teoría sobre cualquier cosa, para que ellas rieran y Bob lo oyera.

Pero ni la actitud ni la mirada de Bob mostraban ninguna alteración en aquel tiempo, hiciera yo
lo que hiciera. Sólo recuerdo esto como prueba de que él anotaba mis comedias en la cantina. Tenía un
impermeable cerrado hasta el cuello, las manos en los bolsillos. Me saludó moviendo la cabeza, miró
alrededor enseguida y avanzó en la habitación como si me hubiera suprimido con la rápida cabezada: lo
vi moverse dando vueltas a la mesa, sobre la alfombra, andando sobre ella con sus amarillentos zapatos
de goma. Tocó una flor con un dedo, se sentó en el borde de la mesa y se puso a fumar mirando el florero,
el sereno perfil puesto hacia mí, un poco inclinado, flojo y pensativo. Imprudentemente —yo estaba de
pie recostado contra el piano— empuje con mi mano izquierda una tecla grave y quedé ya obligado a
repetir el sonido cada tres segundos, mirándolo.

Yo no tenía por él más que odio y un vergonzante respeto, y seguí hundiendo la tecla, clavándola
con una cobarde ferocidad en el silencio de la casa, hasta que repentinamente quedé situado afuera,
observando la escena como si estuviera en lo alto de la escalera o en la puerta, viéndolo y sintiéndolo a él,
Bob, silencioso y ausente junto al hilo de humo de su cigarrillo que subía temblando; sintiéndome a mí,
alto y rígido, un poco patético, un poco ridículo en la penumbra, golpeando cada tres exactos segundos la
tecla grave con mi índice. Pensé entonces que no estaba haciendo sonar el piano por una incomprensible
bravata, sino que lo estaba llamando; que la profunda nota que tenazmente hacía renacer mi dedo en el
borde de cada última vibración era, al fin encontrada, la única palabra pordiosera con que podía pedir
tolerancia y comprensión a su juventud implacable. Él continuó inmóvil hasta que Inés golpeó la puerta
del dormitorio antes de bajar a juntarse conmigo. Entonces Bob se enderezó y vino caminando con
pereza hasta el otro extremo del piano, apoyó un codo, me moró un momento y después dijo con una
hermosa sonrisa: “Esta noche es una noche de lecho o de whisky? ¿Ímpetu de salvación o salto en el
vacío?”.

No podía contestarle nada, no podía deshacerle la cara de un golpe; dejé de tocar y fui retirando
lentamente la mano del piano. Inés estaba en la mitad de la escalera cundo él me dijo: “Bueno, puede ser
que usted improvise”.

El duelo duró tres o cuatro meses, y yo no podía dejar de ir por las noches al club —recuerdo, de
paso, que había campeonato de tenis por aquel tiempo— porque cuando me estaba por algún tiempo sin
aparecer por allí, Bob saludaba mi regreso aumentando el desdén y la ironía en sus ojos y se acomodaba
en el asiento con una mueca feliz.

Cuando llegó el momento de que yo no pudiera desear otra solución que casarme con Inés
cuanto antes, Bob y su táctica cambiaron. No sé cómo supo mi necesidad de casarme con su hermana y
de cómo yo había abrazado esa necesidad con todas las fuerzas que me quedaban. Mi amor por aquella
necesidad había suprimido el pasado y toda atadura con el presente. No reparaba entonces en Bob; pero
poco tiempo después hube de recordar cómo había cambiado en aquella época y alguna vez quedé
inmóvil, de pie en la esquina, insultándolo entre dientes, comprendiendo que entonces su cara había
dejado de ser burlona y me enfrentaba con seriedad y un intenso cálculo, como se mira un peligro o una
tarea compleja, como se trata de valorar el obstáculo y medirlo con las fuerzas de uno. Pero yo no le daba
ya importancia y hasta llegué a pensar que en su cara inmóvil y fija estaba naciendo la comprensión por
lo fundamental mío, por un viejo pasado de limpieza que la adorada necesidad de casarme con Inés
extraía de debajo de los años y sucesos para acercarme a él.

Después vi que estaba esperando la noche; pero lo vi recién cuando aquella noche llegó Bob y
vino a sentarse a la mesa donde yo estaba solo y despidió al mozo con una seña. Esperé un rato
mirándolo, era tan parecido a ella cuando movía las cejas; y la punta de la nariz, como a Inés, se le
aplastaba un poco cuando conversaba. “Usted no va a casarse con Inés”, dijo después. Lo miré, sonreí,
dejé de mirarlo. “No, no se va a casar con ella porque una cosa así se puede evitar si hay alguien de veras
resuelto a que se haga”. Volví a sonreírme. “Hace unos años —le dije— eso me hubiera dado muchas
ganas de casarme con Inés. Ahora no agrega ni saca. Pero puedo oírlo, si quiere explicarme...”. Enderezó
la cabeza y continuó mirándome en silencio; acaso tuviera prontas las frases y esperaba a que yo
completara la mía para decirlas. “Si quiere explicarme por qué no quiere que yo me case con ella”,
pregunté lentamente y me recosté en la pared. Vi enseguida que yo no había sospechado nunca cuánto y
con cuanta resolución me odiaba; tenía la cara pálida, con una sonrisa sujeta y apretada con los labios y
dientes. “Habría que dividirlo por capítulos —dijo—, no terminaría en la noche”.

“Pero se puede decir en dos o tres palabras. Usted no se va a casar con ella porque usted es viejo
y ella es joven. No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho,
es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios”. Chupó el cigarrillo
apagado, miró hacia la calle y volvió a mirarme; mi cabeza estaba apoyada contra la pared y seguía
esperando. “Claro que usted tiene motivos para creer en lo extraordinario suyo. Creer que ha salvado
muchas cosas del naufragio. Pero no es cierto”. Me puse a fumar de perfil a él; me molestaba, pero no le
creía; me provocaba un tibio odio, pero yo estaba seguro de que nada me haría dudar de mí mismo
después de haber conocido la necesidad de casarme con Inés. No; estábamos en la misma mesa y yo era
tan limpio y tan joven como él. “usted puede equivocarse —le dije—. Si usted quiere nombrar algo de lo
que hay deshecho en mí...”. “No, no —dijo rápidamente—, no soy tan niño. No entro en ese juego. Usted
es egoísta; es sensual de una sucia manera. Está atado a cosas miserables y son las cosas las que lo
arrastran. No va a ninguna parte, no lo desea realmente. Es eso, nada más; usted es viejo y ella es joven.
Ni siquiera debo pensar en ella frente a usted. Y usted pretende...”. Tampoco entonces podía yo romperle
la cara, así que resolví prescindir de él, fui al aparto de música, marqué cualquier cosa y puse una
moneda. Volví despacio al asiento y escuché. La música era poco fuerte; alguien cantaba dulcemente en
el interior de grandes pausas. A mi lado Bob estaba diciendo que ni siquiera él, alguien como él, era
digno de mirar a Inés a los ojos. Pobre chico, pensé con admiración. Estuvo diciendo que en aquello que
él llama vejez, lo más repugnante, lo que determinaba la descomposición era pensar por conceptos,
englobar a las mujeres en la palabra mujer, empujarlas sin cuidado para que pudieran amoldarse al
concepto hecho por una pobre experiencia. Pero —decía también— tampoco la palabra experiencia era
exacta. No había ya experiencias, nada más que costumbre y repeticiones, nombres marchitos para ir
poniendo a las cosas y un poco crearlas. Más o menos eso estuvo diciendo. Y yo pensaba suavemente si él
caería muerto o encontraría la manera de matarme, allí mismo y enseguida, si yo le contara las imágenes
que removía en mí al decir que ni siquiera él merecía tocar a Inés con la punta de un dedo, el pobre chico,
o besar el extremo de sus vestidos, la huella de sus pasos o cosas así. Después de una pausa —la música
había terminado y el aparato apagó las luces aumentando el silencio—, Bob dijo “nada más”, y se fue con
el andar de siempre, seguro, ni rápido ni lento.

Si aquella noche el rostro de Inés se me mostró en las facciones de Bob, si en algún momento el
fraternal parecido pudo aprovechar la trampa de un gesto para darme a Inés por Bob, fue aquella,
entonces, la última vez que vi a la muchacha. Es cierto que volví a estar con ella dos noches después en la
entrevista habitual, y un mediodía en un encuentro impuesto por mi desesperación, inútil, sabiendo de
antemano que todo recurso de palabra y presencia sería inútil, que todos mis machacantes ruegos
morirían de manera asombrosa, como si no hubieran sido nunca, disueltos en el enorme aire azul de la
plaza, bajo el follaje de verde apacible en mitad de la buena estación.

Las pequeñas y rápidas partes del rostro de Inés que me había mostrado aquella noche Bob,
aunque dirigidas contra mí, unidas a la agresión, participaban del entusiasmo y el candor de la
muchacha. Pero cómo hablar a Inés, cómo tocarla, convencerla a través de la repentina mujer apática de
las dos últimas entrevistas. Cómo reconocerla o siquiera evocarla mirando a la mujer de largo cuerpo
rígido en el sillón de su casa y en el banco de la plaza, de una igual rigidez resuelta y mantenida en las dos
distintas horas y los dos parajes; la mujer de cuello tenso, los ojos hacia delante, la boca muerta, las
manos plantadas en el regazo. Yo la miraba y era “no”, sabía que era “no” todo el aire que la estaba
rodeando.

Nunca supe cuál fue la anécdota elegida por Bob para aquello; en todo caso, estoy seguro de que
no mintió, de que entonces nada —ni Inés— podía hacerlo mentir. No vi más a Inés ni tampoco a su
forma vacía y endurecida; supe que se casó y que no vive ya en Buenos Aires. Por entonces, en medio del
odio y del sufrimiento me gustaba imaginar a Bob imaginando mis hechos y eligiendo la cosa justa o el
conjunto de cosas que fue capaz de matarme en Inés y matarla a ella para mí.

Ahora hace cerca de un uño que veo a Bob casi diariamente, en el mismo café, rodeado de la
misma gente. Cuando nos presentaron —hoy se llama Roberto— comprendí que el pasado no tiene
tiempo y el ayer se junta allí con la fecha de diez años atrás. Algún gastado rastro de Inés había aún en su
cara, y un movimiento de la boca de Bob alcanzó para que yo volviera a ver el alargado cuerpo de la
muchacha, sus calmosos y desenvueltos pasos, y para que los mismos inalterados ojos azules volvieran a
mirarme bajo un flojo peinado de cruzaba y sujetaba una cinta roja. Ausente y perdida para siempre,
podía conservarse viviente e intacta, definitivamente inconfundible, idéntica a lo esencial suyo. Pero era
trabajoso escarbar en la cara, las palabras y los gestos de Roberto para encontrar a Bob y poder odiarlo.
La tarde del primer encuentro esperé durante horas a que se quedara solo o saliera para hablarle y
golpearlo. Quieto y silencioso, espiando a veces su cara o evocando a Inés en las ventanas brillantes del
café, compuse mañosamente las frases del insulto y encontré el paciente tono con que iba a decírselas,
elegí el situio de su cuerpo donde dar el primer golpe. Pero se fue al anochecer acmpañado por tres
amigos, y resolví esperar, como había esperado él años atrás, la noche propicia en que estuviera solo.

Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca,
dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y
que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas
las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras
pueda seguir viviendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y
enfurecida, un día y otro. Hablo con él, sonrío, fumo, tomo café. Todo el tiempo pensando en Bob, en su
pureza, su fe, en la audacia de sus pasados sueños. Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob
que planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza para
cinco millones de habitantes, a lo largo de la costa del río; el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que
proclamaba la lucha de los jóvenes contra los viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo. Pensando
minucioso y plácido en todo eso frente al hombre de dedos sucios de tabaco llamado Roberto, que lleva
una vida grotesca, trabajando en cualquier hedionda oficina, casado con una mujer a quien nombra
“miseñora”; el hombre que se pasa estos largos domingos hundido en el asiento del café, examinando
diarios y jugando a las carreras por teléfono.

Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su definitiva manera de
estar hundido en la sucia vida de los hombres. Nadie se arrobó de amor como yo lo hago ante sus fugaces
sobresaltos, los proyectos sin convicción que un destruido y lejano Bob le dicta algunas veces y que sólo
sirven para que mida con exactitud hasta donde está emporcado para siempre.

No sé si nunca en el pasado he dado la bienvenida a Inés con tanta alegría y amor como
diariamente le doy la bienvenida a Bob al tenebroso y maloliente mundo de los adultos. Es todavía un
recién llegado y de vez en cuando sufre sus crisis de nostalgia. Lo he visto lloroso y borracho,
insultándose y jurando el inminente regreso a los días de Bob. Puedo asegurar que entonces mi corazón
desborda de amor y se hace sensible y cariñoso como el de una madre. En el fondo sé que no se irá nunca
porque no tiene sitio donde ir; pero me hago delicado y paciente y trato de conformarlo. Como ese
puñado de tierra natal, o esas fotografías de calles y monumentos, o las canciones que gustan traer
consigo los inmigrantes, voy construyendo para él planes, creencias y mañanas distintos que tienen luz y
el sabor del país de juventud de donde él llegó hace un tiempo. Y él acepta; protesta siempre para que yo
redoble mis promesas, pero termina por decir que sí, acaba por muequear una sonrisa creyendo que
algún día habrá de regresar al mundo de las horas de Bob y queda en paz en medio de sus treinta años,
moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas
repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de
pies inevitables.

1944

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