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por
Fernando Barral
Fuente:
Ediciones La Memoria
Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau
La Habana
2010
Maquetación:
Demófilo
2022
Libros Libres
Para una Cultura Libre
____________________________________
Biblioteca Virtual
OMEGALFA
2022
Ω
Índice
Prólogo/ 5
Nota introductoria/ 10
Agradecimientos/ 12
Vida I
Niñez, adolescencia y juventud
en España y Argentina
Capítulo 1
Primeros años. Emiliano/ 17
Capítulo 2
Elche. Llegada a Argelia.
El campo de concentración/ 33
Capítulo 3
La travesía hasta Chile y Argentina/ 40
Vida II
Adolescencia en Argentina
Capítulo 4
En Córdoba. La escuela. Primeras amistades/ 46
Capítulo 5
En Buenos Aires.
Primeras inquietudes revolucionarias/ 51
Capítulo 6
Amores y política en Córdoba/ 58
Capítulo 7
Prisión y asilo político/ 67
Vida III
Estudiante y médico en Hungría
Capítulo 8
Nos encontramos con el socialismo/ 75
Capítulo 9
Universidad. Matrimonio. Viajes/ 81
-3-
Capítulo 10
¡Médico al fin!/ 88
Capítulo 11
El levantamiento del 56/ 97
Capítulo 12
Reaparece Ernesto, el Che/ 116
Vida IV
Médico en Cuba
Capítulo 13
En el Hospital «Calixto García»/ 123
Capítulo 14
Docencia, psiquiatría y marxismo/ 130
Capítulo 15
Nuevos retos. Ministerio del Interior/ 140
Capítulo 16
La clínica psiquiátrica
del Ministerio del Interior/ 146
Capítulo 17
Trasladado a la provincia de Oriente/ 154
Vida V
Investigador social
Capítulo 18
Investigaciones de La Cabaña y Ciego de Ávila/ 162
Capítulo 19
El caso Bejucal. Los «frikis» y el rock/ 174
Capítulo 20
En Vietnam. Encuentro con el prisionero John Sidney
McCain/ 181
Capítulo 21
Trabajo y familia: dos pasiones/ 200
Epílogo/ 208
Anexo
Elementos para una teoría de la delincuencia/ 211
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A Laly
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Prólogo
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sin embargo aún falta mucha memoria por recoger. Cada uno
de ellos tiene una vida diferente y siempre muy dura y difícil,
con procesos semejantes y con formas disímiles de adapta-
ción a sus nuevas vidas, y, al mismo tiempo, emocionantes.
Este «niño de la guerra» sufrió, como tantos otros, la primera
pérdida fundamental en la vida de todo ser humano: la pér-
dida de su padre por causa de la guerra. Y además, la pérdida
de la patria que lo vio nacer y en la que había vivido sus pri-
meros años felices, en compañía de una familia unida y culta.
A sus 11 años logran, madre e hijo, abandonar la España
franquista, para no perder en ella la vida.
Y aquí empieza su segunda vida, la del exilio. El traslado en
el vapor Winnipeg hacia América. El viaje en este vapor, tan
referido en libros y memorias de los españoles que allí se
reunieron para salir de Europa hacia tierras promisorias de
América, constituyó una gran experiencia para ese niño que
de pronto se había tenido que convertir en hombre temprana-
mente, debido a las circunstancias. Gracias al valor de su ma-
dre que lo acompañaba pudo llegar a Chile, primero, y pasar
a la Argentina, después.
La lectura de sus pasos adolescentes y juveniles en la tierra
argentina es una enseñanza de tesón, valor y entereza.
Adaptarse a esa nueva sociedad que, aunque se hablaba el
castellano, al igual que en otras tierras de América, su forma
de hablar y sus modismos modifican de tal manera la expre-
sión del lenguaje, que un joven madrileño como Barral tuvo
que adecuar, a expensas de no pocas burlas. Esta adapta-
ción la sufrieron casi todos los niños exiliados de la Guerra
Civil Española al llegar a la tierra de su destino. En edades
tempranas esto no era fácil, pues ante los demás niños de la
región de acogida, aparecían como «extraños», equivalente
de extranjeros, y esta sensación en la niñez y adolescencia
puede hacer cambiar muchas actitudes, para bien o para mal.
-7-
En el caso de Fernando fue un acicate para aprender, con-
centrado en un mayor esfuerzo como estudiante. Logró estu-
diar hasta llegar a la Universidad, en la carrera de Medicina.
Y allí se desarrollaron con gran fuerza sus ansias de justicia
y libertad, lo que le costó cárcel y deportación.
Su tercera vida, como español deportado en Hungría, es un
ejemplo de tenacidad inquebrantable. Por la narración de
esta etapa de su vida, ya estas memorias tienen razón de ser.
Solo un hombre del tesón y esfuerzo personal como él pudo
vencer la barrera del idioma húngaro, uno de los más difíciles
del planeta, para culminar sus estudios de Medicina y ejercer
su profesión en aquella sociedad. Si agregamos que vivió los
sucesos de 1956 en Hungría, y nos cuenta la visión que tuvo
de aquellos, la obra que nos ocupa tendría ya el valor de en-
señanza para las nuevas generaciones.
Pero este hombre soñador, como buen revolucionario, sintió
el llamado de la lucha por la justicia social que comenzaba en
la Cuba de 1959. Y para acá vino, a prestar su ayuda y apoyo
al movimiento popular que surgía arrolladoramente en nues-
tra Isla del Caribe.
Emociona la lectura de su relación con Ernesto Guevara, el
Che, que él no trata de aumentar, sino de disminuir, con sen-
cillez y madurez. Al final de sus memorias explica lo impor-
tante que ha sido en su vida la obra y el ejemplo del Che.
En Cuba comienza otra etapa de sus vidas sucesivas. La de
mayor madurez y responsabilidad. Toda ella es ejemplo de
servicio inteligente a la causa del pueblo cubano.
La historia de la Revolución cubana de 1959 hasta nuestros
días está por escribir aún. Los documentos que han de servir
de base a los historiadores para la elaboración de esta histo-
ria, no serían suficientes si no existiesen las memorias de los
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hombres y mujeres que, en diferentes ámbitos culturales y
sociales y en diferentes momentos, han contribuido a confor-
mar la rica y controvertida historia de estos años luminosos
de la Revolución.
Mis vidas sucesivas de Fernando Barral serán, desde ahora,
una fuente más para el estudio de la vida cotidiana y científica
de la sociedad de esos años.
En el texto aparece un Anexo, que es el resultado de una de
sus investigaciones sociales. Según el autor, lo mejor que él
ha escrito. Mi primera impresión fue la de sugerir la supresión
de este Anexo, pues me parecía que todo lo escrito hasta ese
momento iba en emotividad creciente. Y el Anexo podría dis-
minuirlo. Pensé que podría ser publicado en otro formato y no
dentro de sus memorias. Luego comencé a cambiar de opi-
nión, y deduje que si este hombre singular de 82 años consi-
deraba que los resultados de esa investigación «constituyen
lo más importante que he hecho en mi vida profesional», no
era yo quien le pediría que no se incluyese este texto en sus
memorias. Esta es la obra de su vida, de sus vidas sucesivas,
y tiene derecho a presentarla como el autor crea que es lo
mejor.
El libro de memorias que tienen en sus manos es un ejemplo
de honradez, tenacidad, valor y actitud consecuentes con las
ideas revolucionarias del autor. Me siento honrada con la pe-
tición de prologar sus memorias y me he sentido profunda-
mente emocionada al leerlas.
Gracias, Fernando, pues ya me considero tu amiga y así es-
pero que me aceptes.
ÁUREA MATILDE FERNÁNDEZ
La Habana, mayo de 2010
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Nota introductoria
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Me tocó en suerte (buena o mala) vivir diversos momentos
históricos en cuatro países diferentes, a los que me refiero,
aunque no en profundidad: no estoy escribiendo historia, sino
la historia de mi vida. Los acontecimientos y circunstancias
los menciono en la medida en que estuve envuelto en ellos e
influyeron sobre mí, o en la medida en que yo, en pequeña
escala, influí sobre ellos.
FERNANDO BARRAL
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Agradecimientos
- 12 -
cuando aprobaron la publicación del libro. Ella es la viva ex-
presión de una institución amiga y amistosa.
Estos fueron los caminos por los que transitó el libro, y esas
las personas que lo valoraron. A todos ellos les expreso mi
más sincero agradecimiento.
Ya terminado, tuve la suerte de que aceptara escribir el pró-
logo la profesora Áurea Matilde Fernández, no solo por su
currículum académico y profesional, sino por haber calado
tan hondo en el espíritu del libro, aunque confieso que al
leerlo no puedo evitar sonrojarme por las virtudes que me atri-
buye. ¡Muchas gracias!
Pero antes de llegar aquí, en el proceso de elaboración, me
fueron de ayuda muchas otras personas amigas, a quienes
debo mi reconocimiento. Esto empezó ya en los primeros bo-
rradores, cuando todavía no tenía en claro qué camino segui-
ría la narración, cuando entonces era puramente lineal. En
esta etapa de diseñar la estructura dramática me fueron de
insustituible ayuda, en primer lugar, el escritor y periodista
norteamericano radicado en Gran Bretaña, Jon Lee Ander-
son, biógrafo del Che, a quien conocí aquí en Cuba al hacer
la investigación para su libro. Él me insistía en que definiera
cuál era mi lugar en mis memorias, para que no fueran sim-
plemente eso: unas memorias.
Agradecido le estoy también a mi vieja amiga Milena, que en
los primeros tiempos de indecisión insistió para que escri-
biera estas memorias.
Ya en las etapas finales, no lograba articular el cierre, cómo
terminarlas. Aquí me fue de mucha ayuda el doctor Walfrido
López, veterinario, músico y también escritor de varios libros,
así como tuve la valiosa cooperación de un antiguo compa-
ñero e investigador: José M. Hidalgo. El punto crítico era
cómo darle contenido biográfico a la parte en que desarrollo
- 13 -
ideas novedosas sobre la delincuencia, para lo cual recibí el
apoyo del Fiscal Supervisor de Delitos Económicos, y estre-
cho colaborador, Alejandro Aldana Fong.
Tuve suerte en los aspectos históricos, especialmente el
complejo período de Hungría y el levantamiento del 56. Yo le
había enviado el manuscrito al señor János Horvát, a la sa-
zón embajador de Hungría en Cuba, a quien había conocido
en una reunión social. Él se interesó y muy amablemente se
ofreció para revisar y corregir los aspectos históricos y políti-
cos del período que viví en Hungría, lo que hizo muy eficien-
temente. No podía faltar en estos agradecimientos.
A la señora Marta Ferreira Beltrán, argentina, madre de un ex
amigo mío de la adolescencia, le debo haber podido rectificar
opiniones injustas que vertí sobre él en el libro, y hacer cons-
tar que en su juventud fue un luchador contra las dictaduras
militares y mártir de esa lucha.
Magali Martín, psicóloga y ex compañera de trabajo, me rec-
tificó fechas y circunstancias de las primeras investigaciones
sociales que realizamos en el Ministerio del Interior. Además,
como trabajo extra me hizo una revisión completa del manus-
crito de aquella etapa, con una meticulosidad de la que yo
soy incapaz. Esto era cuando aún no pensaba en editoras.
¡Bravo, Magali!
En otros aspectos históricos recibí la valiosa cooperación de
José Ramón Viadero, de España, especialmente sobre la
vida y obra de mi padre. Mi gran amigo y antiguo compañero
de luchas, Luis Azcárate Diz, me ayudó en lo concerniente a
los hechos de la República y la Guerra Civil.
Uno de los primeros en leer el manuscrito fue el compañero
Alejandro de Jongh, cibernético de gran cultura humanística,
que realizó una minuciosa lectura y me dio valiosos consejos
de estilo sobre el texto, además de su asesoramiento digital.
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Sara Mas, una periodista experimentada, me ayudó en los
comienzos del trabajo. También he recibido inestimable
apoyo informático de Carlos Gómez Rodríguez, especial-
mente con las imágenes.
La primera fotocopia que hicimos del libro fue en FotoService.
Luego diversas amistades nos han hecho copias para distri-
buir entre los amigos. Es indispensable mencionar a Merce-
des Companioni, Magali San Martín, Jeny Marbot y Maricruz
Azcárate.
Y agradezco de todo corazón a mi editora, Norma Padilla,
que ha hecho un excelente trabajo, inteligente y meticuloso,
al editar mi manuscrito. Cuánto he aprendido de ti, Norma.
He aprendido que el trabajo de edición no es simplemente
cuestión de corregir errores y mejorar la sintaxis, y que es un
trabajo en el que cada parte tiene que verse inteligentemente
en su conjunto. He aprendido que uno no debe nunca darse
por satisfecho, si no se está completamente conforme con un
párrafo, con una página, cuidando la debida ilación con los
demás. He aprendido a no dar por sentada la exactitud de
cada dato, de cada fecha, sino a buscar en fuentes confia-
bles. He aprendido de tu pasión por el trabajo, de tu minucio-
sidad, y de tu respeto hacia el autor, consultándole siempre
cada cambio y sugerencia. Esto y mucho más he aprendido
de ti, y por eso también, no solo por el libro, te expreso mi
más profundo agradecimiento.
Del círculo de «primeros lectores» surgieron opiniones valio-
sas, que no voy a glosar aquí. También alguna jocosa, como
la de un amigo, muy buen ortopédico e insaciable lector, el
doctor Antonio Luaces, quien después de leer el manuscrito
me dijo: «Mira, Fernando, lo mejor que puedes hacer es re-
coger toda tu información, buscarte un escritor, y se la das
para que te escriba el libro…» Vaya a él también mi agrade-
cimiento.
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Vida I
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Capítulo 1
- 17 -
Empezaba a anochecer y nuestro futuro aparecía sombrío e
incierto…
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mitad del taller y constituía el estudio de modelado donde po-
saban, se trabajaba el barro y se sacaban los moldes para
hacer las copias en yeso. A partir de estas copias se pasaban
de puntos para la piedra, con una especie de pantógrafo de
tres dimensiones, cuya aguja marcaba los puntos sobresa-
lientes a respetar en la piedra. Pero esto era principalmente
para los retratos o bustos. Cuando se trataba de figuras de-
corativas, a mi padre le gustaba, sobre todo, hacer la talla
directa; es decir, coger un bloque de piedra, muy a menudo
seleccionado por él mismo en las canteras (en especial la
piedra rosada de Sepúlveda), y con unos croquis al carbon-
cillo de la imagen ir desbastando la piedra hasta lograr la fi-
gura deseada. Era un gran taller y tenía posibilidades para
que un niño como yo jugara a sus anchas.
Todo esto sucedía entre 1933 y 1934, cuando ya Emiliano
Barral era una figura importante de la escultura y las bellas
artes españolas. Nos habíamos mudado allí desde la calle
Ponzano número 43, donde yo había nacido el 18 de abril de
1928, a las seis de la mañana.
Muchos y variados acontecimientos fueron moldeando mi
vida, pero en ella influyó notablemente, sobre todo durante mi
adolescencia y juventud, la figura de mi padre y su valor como
ejemplo.
Era el escultor Emiliano Barral cantero desde la infancia junto
a su padre, el abuelo Isidro, o don Isidro como todo el mundo
le llamaba en señal de un bien merecido respeto. Mi padre
hizo su primera escultura original, un relieve en piedra para
un monumento funerario (Las tres virtudes teologales), a los
12 años, y no tardó mucho en ser reconocido como una de
las principales figuras de la vanguardia realista en escultura
por los años 30, y más en general, de la primera mitad del
siglo
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XX. Nunca tuvo formación académica. Mi madre me contaba
la siguiente anécdota: cuando ya era famoso, lo iban a nom-
brar director del Museo de Arte Moderno, en Madrid, y es-
tando a punto de firmar el nombramiento, como una formali-
dad, le pidieron sus avales académicos. No los tenía y por
ese motivo no obtuvo el cargo. Leía mucho y pronto se hizo
de una cultura que le permitió alternar con personalidades re-
levantes de ese ámbito.
Lo recuerdo y lo veo en las fotos: enjuto, pero dotado de gran
fuerza en sus brazos nervudos, acostumbrados desde la in-
fancia al cincel y el martillo. Tenía frente ancha con entradas
acentuadas, ojos negros magnéticos y penetrantes, y una
gran capacidad de comunicación y persuasión.
Junto a él trabajaban sus hermanos: Martín, Pedro y Alberto,
para la faena de desbastar la piedra y sacar de puntos los
bustos que él modelaba. Todos tenían muy buen oficio, y
luego de la muerte de Emiliano se convirtieron en escultores
conocidos: Martín en Brasil; Pedro en España, donde pasó
varios años en la cárcel por sus antecedentes antifranquistas;
y Alberto en la Argentina. Todos ellos fueron parte de la gran
diáspora generada por la sangrienta victoria de Franco, con
la ayuda de la Alemania hitleriana y la Italia fascista.
Aunque los retratos eran modelados primero en barro y luego
pasados de puntos a la piedra, ya conté que a mi padre le
apasionaba la talla directa: coger un bloque de piedra e ir sa-
cando de él, a fuerza de cincel, martillo y martellina (basán-
dose apenas en unos esbozos a carboncillo), la figura que
tenía en su mente y en sus pupilas. Es más, ya dije, le gus-
taba particularmente ir él mismo a escoger los bloques de
piedra en las canteras de distintas localidades de Castilla la
Vieja, empezando por las de su pueblo natal, Sepúlveda,
donde buscaba la piedra rosada con la que, entre otros,
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esculpió el busto de don Antonio Machado en 1922 y que el
propio poeta inmortalizó en un soneto:
Y tu cincel me esculpía
En una piedra rosada,
Que lleva una aurora fría
Eternamente encantada.
Y la agria melancolía
De una soñada grandeza,
Que es lo español (fantasía
Con que adobar la pereza),
Fue surgiendo de esa roca,
Que es mi espejo,
Línea a línea, plano a plano,
Y mi boca de sed poca.
Y so el arco de mi cejo,
Dos ojos de un ver lejano,
Que yo quisiera tener
Como están en tu escultura:
Cavados en piedra dura,
En piedra, para no ver.
Sepúlveda, 1922
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los amigos de don Isidro por ver cómo iba a reaccionar este,
dados su genio vivo y su rectitud. Todo el vecindario estaba
atento en la plaza mayor de Sepúlveda, y por una larga
cuesta que llevaba a ella, veían acercarse a la pareja de la
Guardia Civil, con sus tricornios negros, y entre ellos Emili-
anito. Llegaron a la plaza e Isidro se adelantó a recibirlos.
El encuentro defraudó a muchos espectadores, que anticipa-
ban una áspera reprimenda por parte de don Isidro, pero este
se limitó a acogerlo entre sus brazos con afecto, sin un re-
gaño ni nada. Más tarde, en la taberna, uno de los amigos
comentó: «¡Coño, Isidro, yo que tú le habría dado un par de
hostias que iba a recordar toda su vida!» A lo que Isidro res-
pondió: «¡Hombre! ¡Si hubiese sido hijo tuyo, yo también…!»
Años después, a los dieciocho aproximadamente, mi padre
vendió su bicicleta y se fue de viaje nuevamente a Valencia,
Barcelona y París, por su cuenta, sin conocer a nadie ni ha-
blar el francés. Allí hizo varios trabajos de cantería y por úl-
timo entró a trabajar en el estudio de un escultor. Esto y las
visitas a los monumentos y museos, le permitieron ir perfec-
cionando su oficio. De París volvió, varios años más tarde,
hecho ya un escultor.
No conozco los detalles de su evolución política, pero cuando
ocurre el levantamiento fascista, él era ya socialista. Luchó
en el Cuartel de la Montaña, el 18 de julio de 1936, contribu-
yendo a aplastar a los sublevados. Poco después fue nom-
brado secretario de la Comisión de Protección al Tesoro Ar-
tístico Español, y recorrió los museos e iglesias para poner a
buen recaudo las obras valiosas que contenían. También es-
taban Rafael Alberti y su esposa María Teresa León. Le ha-
bían asignado un coche para ello, y yo, un niño de 8 años, lo
admiraba cuando venía de vez en cuando a vernos a casa.
Pero mi padre no era de los que se contentan con ir en coche
de un lado para el otro. Poco después, cuando los
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sublevados se acercaban a la capital, fundó las Milicias Se-
govianas, de las que fue su capitán, y se marchó a la cabeza
de ellas al Frente de Madrid, a defenderlo de los agresores
franquistas y sus aliados, las divisiones fascistas enviadas
por Mussolini a Franco.
Su hermano menor, Alberto, socialista también, era el comi-
sario político y trataba de no separarse de Emiliano para pro-
tegerlo. Pero no pudo evitar que a mi padre lo alcanzara un
obús enemigo en el Frente de Madrid, en Usera, cuando
acompañaba a unos periodistas extranjeros que estaban ha-
ciendo un reportaje, y murió pocas horas después en el hos-
pital. Era el 21 de diciembre de 1936. Sobre su muerte escri-
bió un sentido epitafio don Antonio Machado:
Cayó Emiliano Barral, capitán de las milicias de Segovia, a
las puertas de Madrid, defendiendo su patria contra un ejér-
cito de traidores, de mercenarios y de extranjeros. Era tan
gran escultor, que hasta su muerte nos dejó esculpida en un
gesto inmortal.
(JORGE MANRIQUE)
- 23 -
La muerte de Emiliano cerró lo que pudiéramos llamar un ci-
clo fatídico, pues tenía dos grandes amigos y juntos formaban
un trío: Luis de Sirval, periodista; Ignacio Carral, escritor y pe-
riodista, director del semanario Segovia, y él, Emiliano Barral.
La semejanza de los apellidos es evidente. Decían: «los tres
del AL» (tal vez «los tres del alma»). Los tres murieron en
distintas circunstancias, pero con un año de diferencia, en
este orden: 1934, 1935 y 1936. Luis de Sirval fue fusilado
cuando cubría como periodista la Huelga de Asturias, Carral
murió de un infarto cuando preparaba un trabajo periodístico,
y Barral, destrozado por un obús en el frente. En la Exposi-
ción Internacional de París, en 1937, España estuvo repre-
sentada por las obras de Pérez Mateos, también caído en la
guerra, y las de mi padre. Por cierto, las obras de Emiliano
estuvieron arrinconadas en los sótanos de un museo de Bar-
celona por 65 años, sin que ninguna de las múltiples gestio-
nes que hicimos diera resultado hasta hace apenas unos
años.
El ejemplo de mi padre estuvo presente en circunstancias
cruciales de mi vida, en las que estuve interrogándome a mí
mismo cómo habría actuado él. También recordaré siempre
el cariño y la ternura que me manifestaba.
En su corta vida tuvo como amigos a mucho de los grandes
exponentes de la cultura de la España de entonces, entre
ellos Machado, Azorín, Zuloaga, Vicente Sánchez Ocaña,
Mariano Quintanilla, Blas Zambrano, Antonio Linaje (cuyo
hijo, del mismo nombre, es amigo fiel de toda la familia),
Jorge Tudela, los doctores Marañón, Hernando y Bastos, y
muchos otros, la mayoría de los cuales concurrían al taller de
Zuloaga (donde también trabajaba Fernando Arranz, cuñado
de mi padre) e iban alguna que otra vez a las tertulias que
celebraban en la casa de Madrid los domingos. Pero no es
solo el ejemplo de mi padre. También el de mi madre, por su
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entereza, voluntad y valor. A su visión, coraje y tenacidad
debo que saliésemos de España, en muy difíciles condicio-
nes, y que yo me pudiera labrar un futuro. La fuerza de ca-
rácter que demostró a todo lo largo de su vida, como lisiada,
también me enseñaron mucho como ejemplo.
Los primeros recuerdos de mi niñez los ubico aproximada-
mente a los tres o cuatro años. Me veo, por ejemplo, acostado
durante la siesta en un jardín de la infancia (creo que finan-
ciado por el Partido Socialista), en algún punto cercano al Pa-
seo de Ronda, con su separador central entre dos hileras de
árboles, no muy lejos de nuestra casa. Por la tarde yo no po-
día dormir, no me gustaba dormir. Alguien me enseñó a hacer
animalitos con hojas de árbol dobladas, rasgándolas para
configurar la cabeza, las patas y la cola, y en eso me entre-
tenía. Y recuerdo una empleada doméstica jovencita que me
llevaba e iba a buscar. En particular tengo las imágenes de
una vez en que ella quería cruzar la calle cuando venía un
camión, y yo me resistí. Creo que esta misma doméstica fue
la que me enseñó a leer en los periódicos, a los cuatro años
y pico.
Según me han dicho mis primos hace poco, yo era la envidia
de todos ellos, porque tenía muchos juguetes. Pero yo solo
recuerdo un camioncito de madera que me hizo un vecino y
un coche de pedales que, a inicios de los años 30, debía ser
algo envidiable. También otro camioncito más pequeño, de
metal, con el que me veo jugando. Parece que los vehículos
me atraían mucho, reconocía muchas marcas de coches y
quería ser basurero, porque estos iban en un camión grande
tocando una campana. Otro recuerdo es el paso de los ca-
miones de la limpieza que arrojaban chorros de agua sobre
la fachada de las casas. Nos poníamos a buena distancia y
les gritábamos: «¡La manga riega, que aquí no llega…!» Un
entretenimiento habitual eran las pedreas contra chicos de
- 25 -
otro barrio cercano, al grito de «¡drea!» No nos rompíamos la
cabeza por un milagro.
Vivíamos entonces en el Pasaje Romero número 10, entre
Modesto Lafuente y un canalillo que corría paralelo a la Ave-
nida de la Castellana. Tenía más de media cuadra, con pocos
edificios. En el primero de ellos vivía Emilianito, un chico algo
mayor que yo, hijo del conserje, que una vez me dio una pe-
drada en la sien que por poco me mata. Todavía conservo la
cicatriz. Nuestra casa era la última de la derecha. Mi padre,
que se había forjado a sí mismo, como ya dije, se hizo escul-
tor por oficio, talento y voluntad. En Francia admiró y estudió
a Rodin y otros escultores famosos, trabajó en varios talleres
y cultivó amistades en el mundo artístico. En el período del
que estoy hablando, se había convertido en un escultor coti-
zado y de moda, había hecho varios conjuntos escultóricos
para mausoleos funerarios, para plazas públicas y para par-
ticulares, así como bustos de las personalidades más rele-
vantes de la época, cuya amistad y respeto invariablemente
se granjeaba. También obtuvo una beca en Italia, donde ad-
miró, entre otras obras, el David de Miguel Ángel. Los encar-
gos que ahora le llovían le habían permitido construir una
casa moderna, con un estudio de dos plantas y pared crista-
lera de arriba abajo, y con varios pisos donde podían vivir su
madre y sus hermanos, salvo Martín, que vivía en el extran-
jero.
Por delante del estudio estaba el taller de tallado de la piedra.
En el Pasaje, frente a la fachada, siempre había grandes pie-
dras y alguna escultura sin terminar. A la izquierda de la fa-
chada se abría una bajada que llevaba hasta el garaje, que
nunca se utilizó como tal porque no teníamos coche. La casa
apareció en un artículo ilustrado de una revista de arquitec-
tura. Por ese entonces ya se hablaba de la futura construc-
ción de los Nuevos Ministerios, muy cerca de allí.
- 26 -
No sé por qué razón, en aquel entonces yo padecía de fre-
cuentes «empachos». Tenía un médico, el doctor Cirajas, de
triste memoria. Todo lo curaba con ayuno. Recuerdo clara-
mente unas fiebres intestinales que me tuvieron postrado en
cama por más de una semana y en casi total ayuno. No podía
más del hambre. Por fin, en un descuido de mi madre, fui a la
cocina y me comí todo lo que encontré: medio bote de salsa
de tomate y media libra de chocolate. Todo el mundo quedó
consternado, pero no me pasó nada, por el contrario, me
sané. También recuerdo haber padecido difteria, que me cu-
raban con unos sueros enormes.
Otro hecho que viene a mi memoria es el de un día cuando
jugaba en las azoteas. Había una grande y otra más pe-
queña, encima, a la que se subía por una escalera de hierro.
Esa tarde yo venía bajando, cargado de juguetes, lo que me
impedía agarrar- me a la barandilla, y me caí. Mi tío Alberto,
el más joven de los hermanos de mi padre, que estaba allí
cerca, me cogió en brazos y me llevó al comedor, donde ha-
bía una tertulia dominical, diciendo: «¡Este niño se ha roto
una pierna!» Inmediatamente me llevaron, en el coche de uno
de los amigos, al médico. Ya sabía leer, porque recuerdo que
lo que más me impresionó fue la marca Autoplano escrita a
un costado del auto, y que las ruedas traseras tenían una
tapa. Me llevaron a lo del doctor Bastos, el eximio traumató-
logo, que me colocó los huesos en su lugar mientras me ha-
cía constantes bromas que me distrajeron del dolor. Me es-
cayolaron la pierna hasta encima de la rodilla y así anduve
cerca de tres meses, pero sanó perfectamente. Mi abuela
materna era católica, mientras que toda la familia de mi padre
era atea. Me acuerdo vagamente de que mi abuela materna,
Elvira López, quería adoctrinarme, enseñándome el Cate-
cismo. Me preguntaba que quién era Dios, y según me
- 27 -
contaba mi madre, yo le respondía: «Dios es un señor que no
existe».
Nunca tuve inclinación religiosa alguna.
De esa época recuerdo a mis primos, Tenio y Antina, que ya
debían cursar el bachillerato, repasando las conjugaciones
en francés y las tablas de multiplicar. Y también a mi tío Al-
berto, el más joven de los hermanos Barral, enseñándome a
dibujar las letras de molde, tan importantes en cantería.
Los primeros recuerdos de la escuela son imprecisos. Por un
tiempo debí ir a un colegio público, pero las imágenes que
tengo del lugar son totalmente borrosas. En cambio, tengo
vívidos recuerdos del Instituto Escuela, cerca del Hipódromo,
un verdadero ejemplo de pedagogía moderna, adonde con-
currí por un año aproximadamente. Todas las aulas tenían
una pared con ventanas y una puerta que daba a un pequeño
huerto o jardín, el cual cultivábamos nosotros mismos. No re-
cuerdo las clases de las asignaturas clásicas: Gramática o
Matemáticas, pero sí las de trabajo manual (carpintería), idio-
mas (francés y alemán) y las de arte (poesía y cantos). Creo
que asistí durante un corto período, fue un año antes de que
empezara la guerra. Allí aprendí canciones en francés, los
números en alemán y otras cosas más que tampoco he olvi-
dado. Recuerdo un poema inspirado en Machado, sobre «los
olivos grises, los caminos blancos, que el sol ha comido la
color del campo», que cantábamos con una melodía sencilla.
El programa del Instituto Escuela garantizaba que sus gra-
duados salieran con bachillerato y un oficio. También presta-
ban mucha atención al desarrollo social de los alumnos. To-
dos los días, dos alumnos estaban «de guardia», lo que sig-
nificaba que ese día ellos atendían el teléfono y a las visitas
que llegaban. Además, las clases no estaban cronológica-
mente atadas al año lectivo, sino al avance de los alumnos.
En el tiempo que estuve allí, me pasaron a un grado superior.
- 28 -
También había un periódico, que redactaban e imprimían los
alumnos de las clases superiores.
Tengo algunos recuerdos del Madrid de esa época: la Glo-
rieta de Cuatro Caminos, la calle de Ríos Rosas, la calle de
Hortaleza (donde vivía mi abuela materna) y la Puerta del Sol.
En esta última mis padres quisieron poner a prueba si había
asimilado las recomendaciones que me habían hecho, por si
me perdía en la calle. Se escondieron detrás de un quiosco,
y yo, ni corto ni perezoso, me monté en un taxi y le dije al
conductor: «Al Pasaje Romero 10». Para mi frustración, no
pude dar el viaje en taxi, porque mis padres aparecieron, me
felicitaron, pero me bajaron del coche. También recuerdo ha-
ber estado un día en el cine, uno muy moderno, creo que por
la Gran Vía, que me impresionó sobre todo por los chocolati-
nes que se podían obtener de una maquinita instalada en el
respaldar del asiento que estaba delante. Creo que la película
se llamaba La cabalgata del circo. Con mi tío Alberto iba a un
cine de barrio, en el que se mascaban pepitas de girasol du-
rante la función.
De la casa tengo un recuerdo bastante completo, incluyendo
el taller, con el repiqueteo de los martillos y los cinceles sobre
la piedra, y más vagamente, el estudio, donde las modelos
posaban. En el taller era digno de verse cómo manipulaban
piedras enormes con palancas, rodillos y una chinita debajo
para moverlas sin esfuerzo. El piso nuestro, con una sala co-
medor a dos niveles; el patio trasero, con una fuente que de-
rramaba el agua sobre la escultura en piedra, talla directa,
Armonía de volúmenes, que representaba a una muchacha
sonriente a la que le chorreaba el agua sobre la cabeza; y las
terrazas, a las que me he referido ya.
Recuerdo también haber pasado unas vacaciones en Sego-
via, donde los chicos se burlaban de mí por la pronunciación
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madrileña, y otro veraneo en Santander, del cual tengo bas-
tante claras algunas escenas.
A mis dos o tres años, aproximadamente, ocurrió algo que
nos marcó como familia. Mi madre me tenía en sus brazos,
en una estación del Metro, cuando se cayó delante del tren
que avanzaba. Ella quedó malherida y se salvó gracias a los
cuidados de un interno que no se separó de ella ni día ni de
noche, pero quedó inválida: perdió una pierna, la otra quedó
seriamente dañada, y la nariz deformada para siempre. Yo
únicamente sufrí una herida superficial. Mi padre, que tenía
locura por mí, se afectó mucho cuando le dieron la noticia.
Mi madre, Elvira, era una mujer sencilla pero con gran inteli-
gencia natural y notable belleza. Esta puede apreciarse en la
foto del busto en alabastro que Emiliano le hizo y que he in-
cluido en los testimonios gráficos.
Mis abuelos maternos poseían la fonda de la estación de fe-
rrocarril de Segovia. El hermano de mi madre, Fernando
Arranz, quien después emigraría a la Argentina, asistía al ta-
ller de pintura y cerámica de don Daniel Zuloaga, adonde
también iba Emiliano, quien hacía figurillas de barro que
luego Fernando Arranz esmaltaba. A partir de esta relación
entre ellos fue como se conocieron mis padres. Luego se ca-
saron, se mudaron a Madrid y pronto ella se adaptó a la in-
tensa vida cultural de Emiliano. Aprendió a apreciar las obras
de arte y a mantener conversaciones con los representantes
más selectos de la cultura española de los años 30, casi to-
dos los cuales concurrían a nuestra casa. También se ocu-
paba de poner en un álbum las fotos de todas sus obras, que
llevó consigo en el largo viaje hasta la Argentina. Pero al cabo
de unos años, las cosas no andaban bien en el matrimonio,
debido al magnetismo y poder de seducción de mi padre. Mi
madre era dura de carácter, y con una gran fuerza de
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voluntad se sobrepuso con entereza a las adversidades que
la vida le deparó.
Una noche que mi padre volvía tarde a casa, fue atracado por
unos bandoleros, los cuales le exigieron su billetera; parece
que estaban enterados de que ese día había cobrado una
cantidad considerable de uno de los encargos terminados. Mi
padre no era un devoto del dinero, pero le molestó que trata-
ran de arrebatárselo por la fuerza y se resistió. Aquellos ban-
didos le dispararon un tiro en el hígado. La prensa se hizo
eco del suceso.
Otro recuerdo que me viene ahora a la mente es el de la inau-
guración del monumento a Pablo Iglesias, el apóstol del so-
cialismo español, en la primavera de 1936. Era una obra con-
junta de mi padre con el pintor Luis Quintanilla, realizada con
una concepción moderna, como ambiente, un lugar para es-
tar, y no solamente figuras para contemplar. Conservo una
foto en la que aparezco de niño, con pantalones bombachos,
delante del conjunto escultórico de Pablo Iglesias, tallado en
granito, y hay mucha gente a nuestro alrededor. Pienso que
debió ser un día Primero de Mayo.
Este busto tuvo su historia. Cuando los franquistas entraron
en Madrid, destrozaron el monumento, situado en la Avenida
de Camoens, en el Parque del Oeste, y mutilaron el busto.
Las piedras se las llevaban para hacer no sé qué construc-
ción y para que no quedara ni rastro del monumento. Pero
dos obreros socialistas que trabajaban allí hicieron un hueco
en la tierra y enterraron el busto. No fue hasta finales de los
años 70 que se desenterró. Al emotivo acto asistió el enton-
ces vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra. Conservo
la fotocopia de una foto aparecida en el periódico en esa oca-
sión. El PSOE (Partido Socialista Obrero Español) conserva
el busto, mutilado, como testimonio de la barbarie franquista,
- 31 -
en la entrada de su sede en la Calle Ferraz, donde pude con-
templarlo hace algunos años.
Tengo en mi memoria hilachas de conversaciones en casa,
en las semanas previas a la inauguración del monumento
a Pablo Iglesias, cuando, por ejemplo, oía muy a menudo
la palabra «crisis», aunque no sabía qué significaba. Tam-
bién a mi padre, explicándole a mi madre que si lo iba a
buscar la Guardia Civil, se escondería en un pequeño baño
que había junto a la puerta, en el tercer piso, para esca-
parse cuando ellos estuvieran dentro. No tengo el recuerdo
preciso de cuándo se produjo el levantamiento fascista,
pero sí el comentario de que mi padre había ido a luchar al
Cuartel de la Montaña, donde se habían hecho fuertes los
facciosos, que eran los militares que se sublevaron contra
la República.
Después de esto, los recuerdos no están ordenados cronoló-
gicamente, son como postales sobre un fondo oscuro. En una
de las primeras veo a mi padre en un coche, en sus tareas de
salvamento de las obras de arte. No iba armado, solo llevaba
una pistola detonadora que no le habría resultado de ninguna
ayuda en caso de encontrarse con enemigos. Un día me trajo
un gorro de miliciano, que yo lucía orgullosamente, hasta que
un muchacho mayor me lo arrebató y se fue corriendo con él.
Este episodio lo tengo bien presente. Los niños en el Madrid
de la guerra estábamos muy politizados, hacíamos adornos
con piedras en la calle, con consignas tales como «UHP, la
corbeille y el martell» y «¡Uníos, Hermanos Proletarios!» Ha-
blábamos de política; de México, que nos estaba ayudando;
y de Rusia, sus cazas («chatos»), a los que veíamos en los
cielos de Madrid. Pero, antes de esto, recuerdo la noche del
primer bombardeo: todos subimos a la azotea para ver cómo
explotaban las bombas.
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Capítulo 2
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grandes, en uno de los cuales pensaba construir dos pisci-
nas. Una vez fuimos a la playa de Santa Pola, andando, y
recuerdo perfectamente los calambres que tenía al regreso.
Me parece que en aquella ocasión estaba mi padre, o mi tío
Alberto, con nosotros (uno de los dos), el caso es que admiré
lo lejos que se había ido nadando. No sé si sería influido por
esta vívida imagen, pero ya viviendo en Cuba me gustaba
nadar mar adentro.
Una de las cosas que más nos emocionó en el bancal fue
cuando cavamos una cueva en la pared del hueco, cerca de
la casa; la hicimos mis primos y yo, con pequeñas azadas,
dirigidos por el abuelo. Cabíamos todos en ella y nos reunía-
mos allí todos los chicos a jugar a las cartas, disfrutando del
frescor que había dentro.
Don Isidro era muy pintoresco, vegetariano y naturista, y se-
guía al pie de la letra las ideas corrientes de estas doctrinas,
sobre todo de la escuela alemana. Pero, aunque solo tenía
una educación elemental, había leído mucho y tenía un espí-
ritu de investigador nato: experimentaba en sí mismo la dieta
ideal, para lo cual se pasaba comiendo, por ejemplo, nada
más que tomates durante una semana, para ver si le senta-
ban, y así con otras verduras y frutos. Luego iba mezclando
dos de ellas para ver los resultados (las «compatibilidades»
de la doctrina naturista), y todo, la digestión, por ejemplo, lo
iba apuntando meticulosamente en sus cuadernos. Mirándolo
bien, en realidad eran experimentos con control riguroso de
las variables, pero el conejillo de Indias era él mismo. El re-
sultado fue una desnutrición severa que padeció años antes
del comienzo de la guerra. Entonces se asustó y cogió el tren
a Madrid, pensando que se iba a morir. La pareja de la Guar-
dia Civil que viajaba en ese, como en todos los trenes, hizo
un diagnóstico certero: le ofrecieron una chuleta con huevos
fritos y patatas fritas, y llegó a Madrid recuperado, lo que no
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le impidió volver más adelante al bancal y continuar con sus
experimentos. Ahora yo, a mi edad, mayor que él entonces,
repito un poco esos experimentos para controlar una alergia
cutánea de origen alimentario que padezco.
El abuelo tenía una biblioteca heterogénea, donde alternaban
novelas como Los miserables (que leíamos por la noche en
voz alta, a la luz de una vela), obras de Schiller y libros de
medicina naturista, anarquismo y filosofía, principalmente
alemanes, y numerosos cuadernos sobre sus observaciones,
escritos por él. Don Isidro era tan anarquista que jamás sacó
cédula de identidad, ni le puso número a la casa, no quería
saber nada del Estado.
Una anécdota famosa en la familia es de cuando los abuelos
reunieron todos los ahorros y se fueron a probar suerte en
Madrid, donde abrieron una modesta tienda de ultramarinos.
Pues bien, don Isidro, fiel a sus principios, cuando una mujer
iba a comprar café, por ejemplo, la disuadía: «Mujer, no to-
méis café, que es un veneno…» Con los caramelos, algo pa-
recido: «Pero cómo vais a darles caramelos a los niños, que
les estropean los dientes…», y así por el estilo. Resultado,
que se arruinaron y tuvieron que dejar el negocio. Indudable-
mente, don Isidro era hombre de principios muy ajenos al co-
mercio.
Cuando llegué al bancal, el abuelo tomó la decisión de que
no fuera a la escuela, porque el maestro era un «burro», de-
cía. Mi abuelo prefería que leyera sus libros, que me iban a
ser de mayor utilidad, de modo que pasé casi tres años hecho
un pequeño salvaje, descalzo y en completa libertad, leyendo
de vez en cuando filosofía alemana. Poco a poco empezó a
hacerse sentir el hambre. El último año de la guerra, prácti-
camente no comíamos otra cosa que habas, y para colmo
ese año se había helado la cosecha; a los niños ya empezaba
a notársenos la desnutrición. Pero el hambre aguza el
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ingenio. A mi madre, por ser viuda de guerra e inválida, le
dieron gran cantidad de recortes de cartón para la lumbre.
Entonces, con ellos, empecé a hacer juguetitos en miniatura
para los hijos de los campesinos: tartanas, con ruedas que se
movían y caballos; juegos de muebles para las niñas, y cosas
por el estilo, que yo cambiaba por higos secos, una verdadera
golosina en aquellos tiempos. Un día se presentó don Isidro
con un conejo desollado, que doña Isa preparó con arroz.
Luego nos enteramos de que era un gato. El abuelo era muy
cariñoso con nosotros los niños. Todavía conservo una foto
donde estamos todos los nietos con él, en la que lucía su
larga barba blanca.
Al final de la guerra, los franquistas lo encerraron en la cárcel
por varios años, lo mismo hicieron con mi tío Pedro, que so-
brevivió haciendo esculturas en la prisión. Pero don Isidro las
pasó muy mal y su salud se vio seriamente quebrantada. Al
esposo de Manola, padre de Tenio y Antina (que era sastre y
había sido durante un tiempo alcalde de Ocaña), los fascistas
lo encarcelaron y un buen día, sin juicio previo, lo fusilaron.
Cuando ya era inminente el triunfo de los franquistas, mi ma-
dre tomó la decisión de sacarme de España y tratar de llegar
a la Argentina, donde por ese entonces vivía su hermano,
Fernando Arranz, quien además era mi padrino. Fue una de-
cisión sensata. Dados los antecedentes republicanos de mi
padre y sus hermanos y cuñados, mi futuro en España no se
vislumbraba muy luminoso.
A partir de entonces comienza una larga peregrinación. Fui-
mos a parar al muelle de Alicante, viendo el barco con las
escalerillas ya levantadas y algunas personas en los alrede-
dores, desalentadas. Un tiempo después, que se me antojó
larguísimo, bajaron nuevamente la escala y pudimos subir
junto a un reducido número de personas persistentes como
nosotros. Cómo cambió mi vida gracias a aquel acto de
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empecinamiento infantil… Años más tarde me enteré de que
aquel barco había salido de puerto español el 19 de marzo
de 1939.
El African Trader era un viejo carguero que navegaba bajo
bandera inglesa, aunque, como supimos después, la tripula-
ción era griega, y se mostró muy solidaria con nosotros. Lo
único que habían hecho para adaptarlo a la carga humana
fue construir unos retretes de madera en la cubierta. En uno
de ellos encontré un montón de dinero español de la Repú-
blica, ya totalmente carente de valor. Nos dirigíamos a Orán,
en Argelia, y nos dijeron que la travesía duraba unas seis ho-
ras, pero nos demoramos casi tres días. Luego nos entera-
mos de que navegando ya en aguas internacionales, apare-
ció un buque de guerra fascista (creo recordar que era el Al-
mirante Cervera), que le ordenó al capitán regresar a puerto
español. Lo hizo, pero a la mínima velocidad, a la vez que por
radio pedía la ayuda de los barcos del Comité de No Inter-
vención, un comité internacional compuesto por más de una
veintena de países, el cual dejaba pasar a las fuerzas nazis
y fascistas italianas, pero interceptaba los envíos de la Unión
Soviética, México y otros países amigos de la República. Por
fin apareció una fragata inglesa y pudimos poner proa nueva-
mente a Orán.
Pero con esto no acabaron nuestras tribulaciones. Al llegar a
esta ciudad, el gobernador francés nos prohibió entrar a
puerto. Estábamos anclados a las afueras, mientras los bur-
gueses de la ciudad venían en lanchas a contemplar a los
«rojos». Por suerte distribuyeron alimentos: un exquisito pan
francés y una lata de sardinas en conserva por persona, que
luego del hambre pasada en España nos supieron a gloria.
Esta repentina ingesta de grasas me produjo después icteri-
cia, que mi madre me curó con tisanas de boldo. El goberna-
dor quería a toda costa que todos volviéramos a España. Al
- 37 -
final, la tripulación resolvió la situación arrojando al mar una
pieza imprescindible del motor, de modo que a los trece días
desembarcamos.
Fuimos llevados a la cárcel de Orán, donde permanecimos
tres días más, y allí separaron a los hombres por un lado y a
las mujeres y los niños por otro. Para estos últimos (mujeres
y niños), el Sindicato de Maestros de la ciudad nos cedió tem-
poralmente una colonia de vacaciones, donde estuvimos en
condiciones relativamente confortables. Los chicos pelába-
mos las patatas y las mujeres guisaban. Aparte de eso, nos
entreteníamos cazando camaleones y jugando. Esta situa-
ción idílica, sin embargo, no duró mucho. Empezaban las va-
caciones y los maestros necesitaban su balneario. Las muje-
res y los niños fuimos a parar a un campo de concentración
en Ain el Turk, Beni Hindel, al sur de Orléansville, en las es-
tribaciones de los Montes Atlas.
Era un campo raso cercado en las afueras del pueblo, donde
nos quedábamos en tiendas de campaña, mientras nos man-
tenían bajo la vigilancia de gendarmes franceses.
Por la noche se oían los aullidos de los chacales en las pro-
ximidades. También había numerosos rebaños de cabras y
ovejas por los alrededores. En el desayuno nos daban café
negro con pan duro (ambas cosas me han gustado después
toda la vida) y en las comidas un rancho del que solo re-
cuerdo los garbanzos duros como piedras, que a menudo
usábamos como proyectiles. Pero estábamos en relativa li-
bertad, en un perímetro bastante amplio donde los chicos po-
díamos corretear y jugar a nuestras anchas. Las maestras
que había entre las refugiadas organizaron pronto una escue-
lita para los niños, en la que recuerdo que nos explicaron la
teoría de la evolución de Darwin. Además, preparaban repre-
sentaciones teatrales. Recuerdo haber tomado parte en
Nuestra Natacha, de Alejandro Casona. Hacía el papel de un
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herido en una manifestación. Tiempo después, en la Argen-
tina, pude comprar el libro y lo leí con emoción, reviviendo
aquellos tiempos.
Era curioso observar a los árabes ir en burro, y la mujer de-
trás, a pie, cargando los bultos en la cabeza. También verlos
hacer abluciones y lavados íntimos en la fuente del pueblo.
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Capítulo 3
La travesía hasta Chile y Argentina
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anteriores. Este había sido fletado, creo, por el SERE (Servi-
cio de Evacuación de Refugiados Españoles). El autor de la
iniciativa había sido el poeta Pablo Neruda, por ese entonces
Cónsul Especial de Chile en Francia (del Chile durante el go-
bierno del Frente Popular que encabezaba Pedro Aguirre
Cerda). Según me dijeron, los fondos salieron del Gobierno
de la República Española en el exilio, así como de donacio-
nes privadas y de un aporte especial de cuáqueros norteame-
ricanos. Por el nombre, el barco debía ser canadiense. Ha-
bían habilitado las bodegas con seis pisos de literas como
dormitorios, donde cada persona recibió una manta y una col-
choneta. Había, además, buen servicio de comidas y de
aseo. Íbamos dos mil refugiados, más de la mitad hombres,
el resto mujeres y niños. Zarpamos de Burdeos el 4 de agosto
de 1939. Recorrí el barco de proa a popa, varias veces, y
siempre encontraba nuevos escondrijos. Este viaje fue inolvi-
dable: mi primer cruce del Atlántico y del ecuador.
La primera escala fue en la isla de Martinica, francesa.
Allí había muchos chicos nadando alrededor del barco y zam-
bulléndose para coger las monedas que les tiraban desde la
embarcación. Como iban en taparrabos, sin bolsillos, se las
metían en la boca. Mi madre compró mangos, pero estaban
verdes y no pudimos comerlos. La siguiente escala fue la ciu-
dad de Colón, a la entrada del canal de Panamá. Allí querían
dejarnos en cuarentena, no supe por qué motivo, pero se re-
solvió la situación y seguimos viaje. La travesía del canal la
recuerdo perfectamente, empezando por el paso a través de
las esclusas, que se iban rellenando para subir el nivel del
buque, remolcado por pequeñas locomotoras hasta llegar al
nivel de las aguas del lago Gatún, el paso de la Serpiente, o
de la Culebra, y de nuevo las esclusas para descender hasta
el nivel del Pacífico. Nos dirigíamos a Chile, país amigo de la
República Española y que recibía refugiados gracias al
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gobierno del Frente Popular, al contrario de Argentina. En la
primera parte de la travesía predominaba un ambiente som-
brío, por la amenaza de la inminente guerra mundial, ya que
si esta estallaba, cerrarían el canal y nos devolverían a Fran-
cia.
Pero después de salir al Pacífico, los ánimos se tornaron fes-
tivos. Todas las mañanas nos despertaba por los altavoces
un coro que cantaba el himno de la juventud soviética, del
que recuerdo algunas estrofas:
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íbamos miles en ese buque, no se pudo bautizar individual-
mente a cada uno de los que lo atravesábamos por primera
vez. La escala inicial en Chile fue en el puerto de Arica, al
norte del país, pero no recuerdo si bajamos a tierra.
La travesía del Winnipeg resultó memorable en varios aspec-
tos. Creo que fue el último barco de refugiados que atravesó
el Atlántico antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.
A bordo todo estaba perfectamente organizado y limpio. Se
formaron enseguida orfeones regionales: el coro asturiano, el
catalán y el gallego, entre otros, hasta donde recuerdo. Tam-
bién se cantaban canciones de la Guerra Civil. Aparte de
esto, se transmitían canciones populares y de la guerra por
los altavoces, sobre todo desde que salimos del canal de Pa-
namá. Y por fin llegamos a Valparaíso el 2 de septiembre de
1939, de noche, aunque desembarcaríamos en la mañana
del día 3, justo con el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
En Valparaíso el recibimiento popular fue entusiasta. Luego
de pasar por la vacunación (que según me enteré reciente-
mente fue ordenada por el ministro de Sanidad, Salvador
Allende), bajamos a tierra. Allí nos estaba esperando mi tío
Fernando, en compañía del escultor chileno Lorenzo Domín-
guez, amigo suyo y también de la República Española.
No recuerdo nada del viaje a Santiago de Chile, pero estuvi-
mos allí unos días recorriendo la ciudad gratuitamente en un
taxi (el propietario era simpatizante de la República), mientras
se hacían las gestiones para obtener una visa de entrada a
la Argentina. Por fin consiguieron una visa turística, válida por
quince días, con la que estuve en ese país por once años.
Tampoco se me ha borrado el paso de los Andes de Chile a
la Argentina, creo que fue por el paso del Aconcagua, el pico
más alto de la cordillera. Hacía poco había habido un des-
prendimiento de tierra y el ferrocarril estaba interrumpido. La
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travesía se hacía en taxis, cuyos conductores llevaban varios
días realizando ese recorrido, ida y vuelta, casi sin dormir, por
una carretera sinuosa y bordeada de precipicios de miles de
metros de profundidad. Mi tío Fernando llevaba un termo con
café y no cesaba de hablarle y ofrecerle café y cigarrillos al
chofer, para mantenerlo despierto.
La prueba de que tuvo éxito fue que llegamos sanos y salvos
a la provincia argentina de Mendoza, al pie de los Andes, y el
detalle fue uno más entre los que se graban en la mente in-
fantil.
Al llegar a la Argentina iba saliendo de la infancia como un
niño prematuramente politizado por el ejemplo de mi padre y
mis tíos, por las circunstancias de la guerra, por mi estancia
en el campo de concentración y por el viaje en el Winnipeg,
donde las simpatías hacia el socialismo no se ocultaban.
Eran vivencias que me distanciarían en años venideros de
mis compañeros de estudio y de juegos en Argentina, y me
llevarían a una toma de posición política en la temprana ju-
ventud.
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Vida II
Adolescencia en Argentina
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Capítulo 4
En Córdoba. La escuela.
Primeras amistades
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Recuerdo los comentarios de mi tío y sus amistades cuando
llegué. Yo tenía 11 años y medio (aunque parecía que tenía
8), era retraído y tenía más de cuatro años de retraso escolar:
un triste balance de la guerra y sus consecuencias, nada in-
frecuente para los niños españoles de mi generación. Y sin
embargo, un balance mucho más favorable que el de los que
siendo hijos de familias republicanas (o tildadas de serlo) no
pudieron salir de España.
Como dije, mi tío vivía en una casa en el interior del Parque
Sarmiento (un parque cercado, al menos en aquel entonces),
construida expresamente para él por gobernantes amigos, en
su calidad de director de la Escuela Provincial de Cerámica
de Córdoba, ubicada también en dicho parque. En su piscina
me enseñó a nadar él mismo, en estilo over, de lado, muy
frecuente en aquellos tiempos en que el crawl o libre apenas
estaba extendido. Poco después aprendería el pecho o
braza. La casa, muy bonita, escondida entre árboles, tenía un
solo cuarto grande, separado en dos ambientes por una cor-
tina, con un cuarto de baño en su interior y una cocinita
anexa. Era atendida por Mercedes, una negra muy bonda-
dosa que tenía un niño, Rubén, quien pronto se hizo compa-
ñero mío de correrías y juegos en la piscina y en el zoológico,
situado en un barranco cercano. También una perra callejera,
Chacha. Este era mi micromundo durante los primeros tiem-
pos de mi vida en Córdoba. Barreras idiomáticas sutiles, di-
ferencias culturales y distintas experiencias vividas, me aisla-
ban un poco de los otros niños de mi edad.
Que yo recuerde, no me hicieron ningún examen médico al
llegar, pero sí una evaluación pedagógica a cargo de la hija
de un amigo de Fernando, que era maestra. El resultado: te-
nía que aprovechar los meses que quedaban de clases para
aprobar el primer grado superior, equivalente a primer grado,
cosa que hice, y más adelante tuve que hacer dos años en
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uno, inclusive los veranos, hasta ponerme al día. Lo lograría
en 1946, siete años después, cuando ingreso a la Universi-
dad. Los escolares allí íbamos con un delantal (guardapolvo)
blanco, para que no se notaran las diferencias de nivel eco-
nómico. Recuerdo particularmente varios aspectos del cho-
que con la nueva cultura. El primero fue el idioma: tuve que
aprender a decir «Madrid» en vez de «Madriz», a lo que es-
taba habituado, por ejemplo, y acostumbrarme al voseo, al
«che» y a muchos otros modismos del país. En segundo lu-
gar, el chovinismo antiespañol, relacionado con el estudio de
las luchas por la independencia de los argentinos contra los
españoles. El otro fue alimentario. Me costó más de un año
llegar a tolerar el sabor del aceite de girasol, acostumbrado
como estaba al de oliva. Pero nunca usé gomina, ni jugué al
fútbol, ni escuché tangos, aunque estos últimos empezaron a
gustarme años después, cuando ya no estaba en ese país.
Supongo que eso se debía a los prejuicios de mi tío Fernando
contra tales costumbres.
El problema de mi retraso escolar me obligó a estudiar el se-
gundo grado durante las vacaciones y examinarlo para ingre-
sar el siguiente año a tercero. Esto se repitió en el cuarto
grado; en consecuencia, siempre era yo el mayor de la clase.
Mi maestra era hija del doctor Beltrán, un abogado amigo de
mi tío. Era una familia educada a la inglesa, en la puntualidad,
en el estricto vestir, en la cortesía formal, artificial y en el té
de las 5. Tenían varios hijos, un poco mayores que yo, pero
no nos juntábamos mucho, pues aparte de la diferencia de
edad, pertenecíamos a diferentes mundos y culturas. De la
que era mi maestra no recuerdo ni el nombre ni la cara, pero
sí un sentimiento de simpatía y gratitud por lo que hizo por
mí. El padre tenía un soberbio coche deportivo inglés, desca-
potable, en el que tiritábamos de frío cuando nos sacaba de
paseo por la sierra aledaña.
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Ya en tercer grado se ampliaron mis relaciones. Un nuevo
amigo era Oscar Frávega. Él era hijo de un profesor de la
Escuela de Veterinaria que hacía buen dinero con los caba-
llos de carreras. Aunque más importantes para mí fueron las
nuevas relaciones que establecí en la escuela. Eran los hijos
del doctor Juan González Aguilar, refugiado como nosotros,
cirujano que había sido jefe de Sanidad de la Marina de Gue-
rra de la República. Nos hicimos amigos enseguida, por la
afinidad obvia entre nuestras familias. Eran, de menor a ma-
yor, Pepe, Juan y Paco. También tenían una hermana mayor,
Carmen. El doctor Juan González Aguilar, el padre, era una
persona muy seria y ordenada. Con la ayuda de algunos ami-
gos pronto empezó a operar en Córdoba. Vestía siempre de
gris, incluyendo los zapatos. No tomaba bebidas alcohólicas
y se acostaba muy temprano cuando tenía que operar al día
siguiente. No permitía ruidos ni bullicio en su casa. Por las
tardes solía resolver los crucigramas del periódico. Por medio
de los González Aguilar hice otros amigos, de los que hablaré
más adelante. No sé por qué manía, su padre compró una
maquinilla de cortar el pelo y nos pelaba a todos nosotros al
rape. Esto nos creó problemas en la escuela, donde éramos
objeto de burlas, que dieron lugar a más de una pelea en las
que hacíamos frente común. Nos decían «bochitas peladas»,
del juego de bochas (bolas) que se practica en Argentina. Los
González Aguilar eran unos chicos expansivos y alegres,
más sociables que yo, pero lo pasábamos muy bien juntos.
Con Pepe y Carmen nos encontraríamos mucho tiempo des-
pués en Cuba. También gracias a ellos conocí a «Chichina»
Ferreira (una bella muchacha de la alta sociedad, de quien
Ernesto Guevara estuvo enamorado) y su hermano, y a Do-
lores Moyano. Estando yo en Cuba, en uno de los aniversa-
rios de la muerte de Che, salió Dolores Moyano (que para
entonces era funcionaria del gobierno norteamericano) ha-
blando por Radio Martí, la emisora subversiva subvencionada
- 49 -
por dicho gobierno, despotricando contra el Che y contra mí.
Dijo lo sectario y pesado que yo era, que solo hablaba del
Partido, etcétera. Un amigo me mostró la transcripción. Por
aquel entonces, en la boda de Carmen, bailé mucho con Ce-
lia, la hermana mayor de Ernesto, y volvimos a encontrarnos
en Cuba mucho tiempo después. Con Ernesto nos veíamos
especialmente en las vacaciones, o cuando salíamos de ex-
cursión. También conocí a su prima, la «Negrita» Córdova
Iturburu de la Serna, una muchacha muy bonita, delicada y
sensible, de la que creo llegué a estar fugazmente enamo-
rado. Pero era un amor imposible: ella vivía en Buenos Aires
y yo en Córdoba, y apenas tuvimos ocasión de encontrarnos
una o dos veces. Pero esto ocurriría años después, cuando
volví de Buenos Aires a Córdoba.
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Capítulo 5
En Buenos Aires.
Primeras inquietudes revolucionarias
- 51 -
y daba como resultado un reflejo dorado muy especial sobre
el esmalte. Recuerdo haberle oído decir que el color más di-
fícil de lograr era el rojo, para el cual utilizaba minio, un com-
puesto de plomo. Las obras de cerámica se cuecen dos ve-
ces, la primera para secar la arcilla y que se ponga dura, son
conocidas entonces como terracotas; luego se esmaltan y se
ponen otra vez en el horno para que el esmalte se funda y
tome su cualidad vidriosa. Allí pasaba yo mis tardes, después
de hacer los deberes.
Mi tío Fernando era un gran ceramista y un eximio dibujante.
Algo me enseñó de dibujo, pero no hice grandes avances.
También pasaba largos ratos en casa de una amiga de mi
madre, que vivía justo enfrente de nosotros. Era Aida la
Gorda, y sabía echar las cartas y levantar horóscopos. Me
hizo el mío y me pronosticó que toda mi vida tendría proble-
mas con las autoridades, las cárceles y las burocracias, y que
esto solo mejoraría al final de mi vida, cuando Marte (el re-
gente de Aries, mi signo cardinal), en recesión entonces, sa-
liera de la Casa número XII, que rige las prisiones, la policía,
la administración y las autoridades en general. Este horós-
copo se cumplió totalmente en mi vida: siempre tuve proble-
mas con las autoridades en los países capitalistas, y con la
administración y las burocracias en Cuba también, hasta que
me jubilé, cuando las cosas mejoraron un poco, pero no del
todo. Aida también me enseñó a echar las cartas, con lo que
solía entretener a las amistades y relaciones más fortuitas
hasta no hace muchos años, en que perdí el ángel para ha-
cerlo.
Otro entretenimiento habitual era caminar por las calles de la
ciudad, con sus famosas ochavas en las esquinas. A veces
hacía caminatas de varios kilómetros, y poco a poco fui co-
nociendo bien Buenos Aires. Me encantaba, sobre todo, el
Museo de Historia Natural, una magnífica construcción. Por
- 52 -
un tiempo estuve leyendo libros de ocultismo, quirología y te-
mas parecidos, que compraba en la Librería Kier, pero pronto
los estudios y una vida social más activa hicieron que aban-
donara esas lecturas. En Buenos Aires transcurrió mi adoles-
cencia, y eso nunca se olvida, aunque no fue una etapa fácil.
Me molestaba sobre todo seguir vistiendo de corto cuando ya
había pasado la pubertad y me aparecía el bozo. Por fin, un
amigo de Fernando me regaló un traje y pude salir en panta-
lones largos.
Fernando fue un segundo padre para mí: atento, cariñoso y
preocupado por mis cosas. Tampoco vacilaba en ponerse a
luchar conmigo en el suelo, y también jugábamos intermina-
bles partidas de ajedrez. Por otro lado, era un auténtico bohe-
mio, generoso, desprendido, que daba todo por sus amigos.
Derrochador, a veces se aparecía en la casa con cinco ami-
gos a la hora de comer, y sin haber avisado; pero mi madre,
que lo adoraba, guisaba con gusto y muy buena mano culi-
naria. Con mi tío Fernando aprendí rudimentos de dibujo y de
historia del arte, que pude aprovechar luego en mis estudios.
Y del mismo modo puede que con él hasta aprendiera a no
administrar bien el dinero, lo que era igualmente una de sus
características.
En la escuela tuve mucha suerte. Me tocó un maestro mag-
nífico, se llamaba Antonio Martínez, y poseía una colección
fabulosa de libros de aventuras de Salgari, Julio Verne, Mark
Twain, Fenimore Cooper, Alejandro Dumas, Rudyard Kipling,
Capitán Marryat, Arthur Conan Doyle, Robert Louis Steven-
son, Edgard Allan Poe y otros. Una vez me llevó a su casa y
pude contemplarla. Sabedor de mi afición por la lectura, cada
dos o tres días me llevaba a la escuela una novela que yo
devoraba en poco tiempo, para empezar la siguiente. En la
escuela no confronté problemas con el castellano, pues había
leído mucho y tenía una ortografía impecable, ni tampoco con
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las matemáticas, de modo que me daba tiempo para leer. Es-
tuve con este maestro en quinto y sexto grados, pero aún te-
nía un retraso escolar de dos grados. Cuando estábamos en
quinto, ocurrió el golpe militar del general O’Farrell, que se
hizo sentir de inmediato en las clases. Había un muchacho
que era hijo de militares y se convirtió en el chivato de la
clase. Hasta el maestro debía cuidarse de lo que decía. Ade-
más, introdujeron una serie de canciones patrioteras que te-
níamos que cantar en las clases de música. Una de ellas,
particularmente cursi, decía:
- 54 -
a una escuela privada, como libre, al segundo año, de modo
que al final del curso examinaba primero y segundo, y el
curso siguiente entraba en tercero, matriculando cuarto por
las noches. Esto dificultó mi aprendizaje de las matemáticas,
pues no había continuidad ni ilación entre lo que estudiaba
de día y de noche. Del Colegio Mariano Moreno solo recuerdo
a un profesor, cuyo nombre he olvidado. Nos enseñaba cas-
tellano, y gracias a él aprendí a usar los diccionarios y a co-
gerles el gusto. En cada clase nos ponía varias palabras para
buscar en ellos y escribir el significado de una forma determi-
nada en el cuaderno. Aún hoy es como si lo tuviera a la vista:
la palabra en rojo, y el significado en tinta, en columna aparte.
Al profesor le temíamos porque, aun de espaldas a la clase,
se daba cuenta de qué alumnos estaban hablando y los re-
prendía. Nos veía en el reflejo de sus gafas.
El quinto año por fin lo hice solo, sin tener que matricular por
las noches. Por estos tiempos tenía otros entretenimientos
también. Un amigo de mi tío Fernando, Gonzalo Losada,
dueño de la editorial del mismo nombre, me pagó la cuota de
ingreso al selecto Club Gimnasia y Esgrima, en la Avenida 9
de Julio, donde solía ir a nadar. Además, asistía a la Alianza
Francesa. Muchos años después, el conocimiento del francés
me ayudaría a viajar y conocer mundo.
Entre los amigos de mi tío Fernando iba de vez en cuando a
nuestra casa don Pío del Río Hortega, eminente histólogo,
descubridor de la microglia, el tercer elemento del sistema
nervioso. Era catedrático en Londres, pero no se sentía a
gusto en Inglaterra y emigró a la Argentina, donde trabajaba
en un modesto laboratorio, carente de recursos. Su magnitud
como científico no se apreciaba en su exterior: un hombre
menudo, frágil y tímido. Tenía gran habilidad para hacer co-
sas de papel plegado (origami, o papiroflexia), incluido un
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hexaedro perfecto que nadie adivinaba cómo se hacía, cosas
que aprendí de él con el tiempo.
Ya estábamos a mediados de la década del 40 y en el bachi-
llerato había actividades contra la dictadura. Yo tenía dos
amigos: uno socialista, que me prestó El socialismo utópico y
el socialismo científico, de Engels, y otro comunista, que me
facilitó Del materialismo histórico y dialéctico, que era el
cuarto capítulo de la Historia del Partido Comunista, bolche-
vique, escrito por Stalin. No me decidí por ninguno de los dos,
en realidad ni los leí, pero asistía a unos cursos de defensa
personal que daba un norteamericano, en una organización
judía de izquierda. También participé en actividades de pro-
paganda, y en enfrentamientos con los fascistas de la Alianza
Nacionalista Argentina (en uno de los cuales me partieron la
nariz de un puñetazo) y asistí a reuniones conspirativas sin
mayor trascendencia. En una de ellas fui elegido secretario
de actas de una organización que tuvo una vida efímera. Lo
más relevante fue la gran manifestación en el Parque Pa-
lermo, con motivo de la Liberación de París, en la que portá-
bamos pancartas contra la dictadura y les echábamos cani-
cas a las patas de los caballos de la policía montada para que
resbalaran y se cayeran.
En un escondite que hice en la casa, guardaba dos cachipo-
rras de manguera rellenas con plomo que me había fabri-
cado, y durante un tiempo, un revólver que me prestó mi
amigo Héctor, hijo de Ráurich, un marxista teórico que me
recomendaba empezar por Spencer mis lecturas de mar-
xismo. Mi familia nunca supo de mi pequeño arsenal, que, por
otra parte, jamás llegué a utilizar, aunque hacía planes fanta-
siosos de golpear a un policía para quitarle la pistola.
Tenía unos dieciséis años cuando me enamoré de una mu-
chacha conocida nuestra. Fue un amor platónico, en el que
disfrutábamos escuchando música clásica, muy cerca uno
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del otro. Un verano se fue con su familia a la playa, a Mar del
Plata. Yo no tenía dinero, nada más que lo justo para un viaje
en autobús hasta esa ciudad, pero decidí ir. Lo hice colado
en el tren, y al llegar allí les dije que estaba en casa de unos
amigos. La realidad es que dormí en la playa, envuelto en la
arena. Poco después me enamoré de su hermana mayor, ca-
sada, con quien tuve un tórrido romance que me hizo madu-
rar emocionalmente y me convirtió en hombre. Mucho le
tengo que agradecer a ella. Para ese entonces yo había ter-
minado el bachillerato, excepto la asignatura de idiomas (ita-
liano era lo que había escogido), por lo que no podía ingresar
a la Universidad en Buenos Aires. Entonces decidí irme a
Córdoba, en esa Universidad aceptaban alumnos libres, y
mientras, estudiaba el idioma que me faltaba. Me ayudó a
aprenderlo Dahlia, una bellísima italiana de la cual estuve
perdidamente enamorado, y con ella me enamoré también
del idioma. El italiano sería importante para mí en los años
siguientes. Antes, todavía en Buenos Aires, asistí a los cur-
sos de verano preparatorios para entrar a la Universidad. De
ellos solo recuerdo a una estudiante griega, cuyo perfil y nom-
bre no he olvidado: Cleopatra Triandafílide. Mi decisión de
irme para Córdoba me hizo independiente y significó el co-
mienzo de mi juventud y el abandono de la adolescencia.
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Capítulo 6
- 58 -
mi padre, y esto creaba una cierta expectativa de que siguiera
ese rumbo. Pero rápidamente decidí que no debía ser segun-
dón, pues no reconocía en mí dotes creativas. Por otro lado,
mi tío quería que fuera ingeniero químico, para ayudarlo a él
en la cerámica, con los esmaltes. Pero en mí se iba acrecen-
tando un sentido de independencia que me hizo buscar algo
totalmente distinto. En mis lecturas había desarrollado una
visión romántica de la medicina y había sido influenciado algo
por el libro de Ramón Gómez de la Serna, El doctor inverosí-
mil, que narraba los recientes descubrimientos en materia de
alergia en forma novelada, como si encontrar los alergenos
causantes de esa clase de enfermedades fuese un trabajo
detectivesco, y eso fue lo que escogí, para sorpresa de todos.
Después advertiría que la dimensión social de la medicina me
interesaba más que la puramente clínica. Me di cuenta de
esto al leer un libro de un autor alemán, Neuchslotz, titulado
La medicina como ciencia y como actividad social, que influyó
mucho en mi formación. Afortunadamente, en mi variada vida
profesional pude compaginar ambas vertientes.
Apenas llegar a Córdoba busqué una pensión donde vivir. La
encontré en la Calle Bolivia 249, por la parte de atrás de la
Escuela de Agronomía; la propietaria era doña Clarita, que
fue muy buena conmigo. La pensión incluía el desayuno. Al-
quilé un cuarto con ventana a la calle. Frente a esa ventana
puse mi mesa y ahí estudiaba por las noches. Allí también
recibía la visita de algunas vecinas jóvenes que venían a con-
versar conmigo. Durante un tiempo, un amigo me prestó un
gramófono y los discos con las sinfonías de Beethoven, que
escuchaba mientras estudiaba.
Córdoba era una ciudad próspera, con cierto desarrollo in-
dustrial y una buena urbanización, grandes avenidas diago-
nales y calles que se cruzaban en ángulo recto. En el centro,
como es de rigor, la Plaza General San Martín, y las
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estrechas calles del casco antiguo. La ciudad, que está si-
tuada en la provincia del mismo nombre y de la cual es la
capital, se encuentra en el centro del país y a una cierta altura
sobre el nivel del mar, con un clima seco y fresco debido a
una cadena montañosa que se destaca al oeste, y cuenta con
varias localidades de veraneo en sus estribaciones. Con-
trasta con Buenos Aires, cuya humedad es agobiante en ve-
rano y gélida en invierno. Si mal no recuerdo, dista unos se-
tecientos kilómetros de la capital, que se podían recorrer en
tren o en un buen servicio de ómnibus. Era, clásicamente, un
lugar de veraneo para los porteños. Sus habitantes son con-
siderados más abiertos y menos presuntuosos que los porte-
ños, cuya supuesta egolatría da lugar siempre a numerosos
chistes, justificados o no.
Al principio recibía de mi tío Fernando una mesada de 50 pe-
sos y, además, un crédito para libros de Medicina que me
había dado Losada, el editor ya mencionado, amigo de mi tío.
Pero como yo estaba comprometido en actividades políticas
que no eran del agrado de mi familia, renuncié a la mesada y
me busqué un trabajo; mejor dicho, me lo buscaron. Una
amiga de mi tío, que era secretaria del Instituto del Cáncer de
la Universidad de Medicina de Córdoba, iba a jubilarse y me
recomendó en su lugar. Además, me matriculé en las Acade-
mias Pitman para aprender mecanografía, pero no me dio
tiempo a concluir el curso antes de comenzar en mi empleo.
Como resultado, sabía escribir al tacto, pero cometía errores
(como aún me ocurre en la actualidad). El director estaba
frustrado, porque mi antecesora era una taquimeca perfecta
y las diferencias eran evidentes, pero me soportaba. Aunque,
como veremos, esto no duró mucho.
Asistía a clases por las mañanas y trabajaba por la tarde.
Pronto, en las largas aulas de la Universidad, me di cuenta
de que era corto de vista, por lo que fui a una óptica y me
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encargué unas gafas. Entonces descubrí un mundo que no
conocía; algo similar me ocurriría muchas décadas después,
cuando me puse las primeras lentillas de contacto.
Para ese entonces mis convicciones políticas se estaban de-
finiendo. Recuerdo claramente que cuando leí la Economía
Política de Novikov, su lógica me convenció y me ganó para
el marxismo. Pero todavía no sabía cómo ubicarme en el pa-
norama político argentino. Aunque ahora me avergüenzo un
poco, fue un artículo de Victorio Codovilla el que me decidió
por el Partido Comunista Argentino, pues entonces lo consi-
deré una aplicación correcta del marxismo a una situación
nacional concreta. Fui a inscribirme (entonces era legal), pero
como era estudiante, me inscribieron en la Federación Juve-
nil Comunista (la «Fede», en términos populares). En años
subsiguientes me atiborré de literatura marxista. El Partido
había sufrido una considerable merma de simpatizantes, por-
que en las elecciones de 1946 se unió al Partido Radical, que
representaba los intereses de la burguesía, y perdió el apoyo
de los trabajadores, los cuales seguían la línea populista y
antiimperialista (de nombre) del general Perón, que ganó por
gran mayoría esas elecciones con el lema «Braden o Perón».
Braden era el embajador norteamericano. Perón estaba con-
tra los norteamericanos, principalmente por sus viejas simpa-
tías con el nazismo. Su engañosa demagogia, así como el
indiscutible carisma de Evita Duarte (su esposa y secretaria
de Bienestar Social) y la legislación laboral que impulsó, die-
ron a las clases trabajadoras argentinas conciencia de sí mis-
mas y de su fuerza, lo que le hizo gozar de un fervoroso
apoyo popular. Esto se evidenció en numerosas manifesta-
ciones multitudinarias de los «descamisados», frente a las
cuales Perón y Evita eran aclamados incesantemente. El Par-
tido Comunista Argentino no supo valorar correctamente el
movimiento peronista (hermanado con su líder con el
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apelativo de «descamisados», y que era una fuerza pode-
rosa), el cual trascendió más de una generación de argenti-
nos. Por eso el Partido Comunista se quedó aislado de las
masas.
De todos modos, la pertenencia a las Juventudes Comunistas
abrió mis horizontes y amplió mis relaciones. Teníamos
reuniones, organizábamos pintadas nocturnas en las pare-
des, escribíamos carteles (utilizando una pintura disuelta en
leche, para que no se corriera), que luego nosotros mismos
pegábamos; distribuíamos propaganda, vendíamos en las
calles el periódico de la Federación Estudiantil y organizába-
mos fiestas. Recuerdo que había muchos jóvenes judíos en-
tre nosotros, partidarios del Mapam israelí y con buen nivel
intelectual. Hice muchos y buenos amigos y amigas allí. Nos
reuníamos en casa de uno u otro a hablar de política y de los
escritores norteamericanos progresistas, como John Dos
Passos, así como a cantar canciones revolucionarias rusas y
de Atahualpa Yupanqui. También tuve allí mi primera novia:
Chela Arnela, hija de un abogado que me discutía el mar-
xismo, y la segunda, una hija de rusos llamada Olga Kolesni-
kova, una belleza rubia, íntegra y apasionada, con la que te-
nía muchas afinidades, pero a quien dejé cuando me ena-
moré de una mujer casada. Durante un tiempo trabajé (sin
remuneración) como corrector de pruebas de la Gaceta Uni-
versitaria. Esta experiencia me serviría muchos años des-
pués en mis trabajos de traducción, pues aprendí la técnica
de la corrección, con sus distintos signos para marcar lo que
debe ser enmendado en un texto.
Nuestras actividades políticas eran vigiladas estrechamente
por la policía, que tenía un infiltrado en la Juventud Comu-
nista, nada menos que el secretario general de la provincia,
como supimos después. La primera vez que caí preso fue en
una de las comisarías de barrio, a propósito de unas pintadas
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en las paredes. Nos aplicaron el «teléfono» (golpes con la
palma de la mano en los oídos), pero no fue tan terrible. Lo
peor del caso fue que informaron a la Universidad y me ce-
santearon de mi trabajo en el Instituto del Cáncer. La policía
contaba, sobre todo, con dos detectives que nos perseguían:
Gordillo, un hombre regordete y dado a la violencia, que
siempre nos daba algunos golpes, y una vez me rasgó una
corbata solo porque era roja; el otro, conocido por Dante, era
más alto y frío. Se jactaba de recordar las caras de todos los
comunistas de la provincia y decía que a él no le engañaban
los disfraces, pues se fijaba en el modo de caminar, que es
propio de cada persona. Mi siguiente trabajo fue como cela-
dor en un bachillerato nocturno. Entonces seguía el régimen
de vida más irracional que uno pueda imaginar: iba por la ma-
ñana a la Universidad, por la tarde dormía, por la noche al
trabajo y luego estudiaba toda la madrugada hasta la ma-
ñana. Así y todo iba sacando mis exámenes.
Por estos años seguía encontrándome con los González
Aguilar y un vecino de ellos, Ernesto Guevara, así como su
prima, la «Negrita» Córdova Iturburu de la Serna, a quien ya
mencioné, hija del poeta y periodista Córdova Iturburu. Me
enamoré de ella a primera vista. Era una muchacha muy in-
teresante y culta, que inclusive escribía poesía. En un juego
de prendas con ellos, no recuerdo en qué lugar de las afueras
de Córdoba, perdí, y el castigo fue escribirle una declaración
de amor. Lo hice, pero dándole a entender que por debajo del
castigo había sentimientos reales. Nos carteamos durante un
tiempo (a ella le enviaba la correspondencia a Buenos Aires),
pero no llegamos a nada. Tenía mucha más madurez que yo.
Según supe después, Ernesto tuvo más éxito en llegar a su
corazón. Él era un muchacho asmático, pero con una volun-
tad de acero y temerario a más no poder. Practicaba rugby, y
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no temía tirarse, desde rocas altas, a las gélidas aguas de las
pozas de los arroyos de la Sierra.
Como yo llevaba pendiente una asignatura del bachillerato,
me había matriculado en la Facultad de Medicina de la Uni-
versidad de Córdoba en calidad de alumno libre, lo que me
permitía asistir a las clases y prácticas como todo el mundo.
A fin de año examiné el italiano y luego hice los exámenes de
primer año de Medicina, principalmente Anatomía Descriptiva
I, por el famoso Testut, voluminoso manual que era el terror
de los estudiantes de los primeros años de la carrera. Tuve
grandes dificultades para aprenderme tantos detalles anató-
micos de memoria, pero aprobé los exámenes. La mayoría
de las clases eran teóricas, hacíamos muy poca disección.
Por mis actividades políticas había conocido a los hermanos
Unsain, españoles, a través de los cuales tenía contacto con
representantes en Argentina del Partido Comunista de Es-
paña. De ellos recibía orientaciones para mi trabajo de pro-
selitismo y solidaridad con la guerrilla republicana. Mi progre-
sivo desencanto en el Partido Comunista Argentino contri-
buyó, más adelante, a que me volcara cada vez con mayor
énfasis en las tareas de solidaridad con los guerrilleros espa-
ñoles. El representante del Partido se llamaba (o decía lla-
marse) Antonio Pombo. Pero cuando muchos años después,
ya en Cuba, di su nombre en el proceso de verificación para
ingresar al Partido Comunista de Cuba, no pudieron dar con
él. Esto demoró varios años mi ingreso al Partido.
Durante esta etapa en Córdoba tenía amistad y hacía prose-
litismo con los dirigentes estudiantiles de la época: Gorriti y
los hermanos Roca (Gregorio y Gustavo), así como con dis-
tintos profesionales que hacían donaciones a la causa de la
solidaridad con la lucha antifranquista. En un momento dado,
mi trabajo en el bachillerato nocturno empezó a ser incompa-
tible con mis estudios y actividades políticas. Lo dejé y me
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dediqué a poner inyecciones a domicilio. Tenía muy buena
técnica y los pacientes me elogiaban porque no les dolía. Era
un buen momento, pues acababa de salir la penicilina, que
se ponía cada cuatro horas, y ganaba para vivir. Pero estas
obligaciones a horas fijas empezaban a verse también dificul-
tadas por mis actividades políticas, y poco a poco fui abando-
nando las inyecciones. Empecé entonces a vender libros a
domicilio, pero creo que no logré salir de ninguno. Al final,
cuando estaba ya en cuarto año de la carrera, acabé como
funcionario del Partido Comunista Argentino, realizando acti-
vidades de propaganda, fundamentalmente.
En la segunda mitad de la década del 40 fue mi romance con
la mujer casada. Aprovechaba para ir a Buenos Aires con
cualquier pretexto para verla. Me había dado una llave de su
casa, con la que entraba de noche a su dormitorio (dormía
separada de su marido), hasta que quedó embarazada.
Nunca supe si el hijo fue mío o del marido.
Esto era durante el primer año de la carrera todavía, en el
cual hicimos una huelga demandando «¡Más cadáveres para
disecar!» En ocasión de la huelga me uní a unos amigos con
ideas anarquizantes y pusimos unas bombitas en la puerta
de las casas de los rompehuelgas. Yo leía afanosamente So-
bre la marcha, de Luis Carlos Prestes, el Caballero de la Es-
peranza, en Brasil, así como la historia de la Insurrección de
Octubre en San Petersburgo y la Técnica del golpe de Es-
tado, de Curzio Malaparte. Me sentía intelectual y romántica-
mente atraído por la lucha armada. Al secretario del Partido
en la provincia de Córdoba, un veterano de las luchas sindi-
cales, no le hacía mucha gracia esto. Me citó a una reunión y
me hicieron una amonestación. Yo argumenté que debíamos
estar preparados para la lucha armada, pero él me contestó
que cuando llegara ese momento, el Partido nos prepararía.
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Por estos tiempos exhibieron en un cine de Córdoba la pri-
mera película procedente de una democracia popular, exac-
tamente Hungría. No sospechaba entonces que algún día vi-
viría en ese país. La película se llamaba En algún lugar de
Europa (Valahol Europában), y trataba el problema de los ni-
ños abandonados después de la guerra. Los jóvenes comu-
nistas nos dimos cita en el cine, en la Avenida Vélez Sarsfield,
y organizamos una manifestación relámpago, técnica que es-
taba muy de moda: nos citábamos a una hora exacta en una
esquina, por lo general, para tener más vías de escape; un
orador pronunciaba una arenga, distribuíamos octavillas y
nos disolvíamos rápidamente, antes de que llegara la policía.
En el cine, la oscuridad nos sirvió de cubierta. En aquellos
momentos yo era secretario de Propaganda de la «Fede» en
la provincia de Córdoba y tenía que ver con las pintadas, la
prensa y los actos de propaganda.
Por otro lado, los hermanos Unsain me hablaban de los gue-
rrilleros españoles que luchaban en las montañas contra el
franquismo. Poco a poco, como expresé ya, me fui desencan-
tando del Partido Comunista Argentino y mi actividad se fue
centrando mucho en la solidaridad con el pueblo español, en
forma de declaraciones, colectas de dinero y cosas pareci-
das. Mi ilusión era incorporarme alguna vez a la guerrilla re-
publicana.
Aparte de estas actividades, acudía dos veces a la semana a
un dispensario que tenía la Federación Universitaria en un
barrio pobre, donde el doctor José Géller y otros médicos y
estudiantes brindábamos atención médica a los pobladores.
Yo ponía inyecciones, hacía curaciones y tomaba la tensión
arterial. Sentía que empezaba a ser médico.
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Capítulo 7
En todos esos años caí preso varias veces, por lo general por
algunas horas o días. La última vez que me detuvieron, a fi-
nales de la década del 40, me sancionaron a 30 días en la
prisión provincial. La cárcel siempre era mejor que las comi-
sarías, o que la Brigada de Orden Político y Social. Las con-
diciones no eran malas, recibíamos visitas y teníamos libros,
dábamos seminarios y cosas por el estilo. Una madrugada,
cuando llevábamos ya varios días en prisión, vinieron unos
policías armados y nos sacaron a varios de nosotros, sin
nuestras pertenencias; nos esposaron y nos metieron en una
furgoneta, que se puso en movimiento hacia las afueras de la
ciudad. Ya pensábamos que nos iban a fusilar. Durante el
trayecto pude darle un recado al policía que nos vigilaba
atrás, para que avisara a un amigo. Por fin llegamos a un pe-
queño aeropuerto militar, nos subieron a un avión, nos enca-
denaron al fuselaje y partimos con rumbo desconocido.
A nuestra llegada a Buenos Aires nos esperaban policías de
civil armados. En varios automóviles nos trasladaron a la si-
niestra Sección Especial para la Represión del Comunismo,
donde nos metieron hacinados en pequeñas celdas indivi-
duales, a razón de ocho en cada una. Solo podíamos estar
de pie. Desde allí oíamos gritos de dolor, como de personas
a quienes estuvieran torturando, pero posiblemente fueran
grabaciones de sesiones de tortura pasadas; a nosotros no
nos torturaron. Cuando llevábamos más de una semana, a
algunos nos dieron la tarea de limpiar las oficinas, donde
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pude ver una pared llena de archivadores y leer algunos de
los rótulos con los nombres que contenían. Pero, al principio,
no puedo decir cuántas horas estuvimos hacinados en esas
celdas. Del grupo de Córdoba estaban también el Gordo Col-
man, un hombretón que siempre estaba de buen humor, na-
cido en Besarabia; Samuel Kiczkovsky, estudiante de Medi-
cina de origen polaco, y Aarón, un judío ucraniano, viejo, del-
gado y sumamente inestable y neurótico: era el eslabón más
débil de la cadena. Además, había otros procedentes del pro-
pio Buenos Aires, entre los que se encontraban pacíficos co-
merciantes, que solo contribuían económicamente al Partido;
pero todos éramos extranjeros. A Samuel tengo entendido
que lo asesinaron años después, a raíz del brote guerrillero
de Salta, pero no tengo confirmada la noticia. Las horas pa-
saban y no nos dejaban siquiera ir al baño a hacer nuestras
necesidades. Esto era aún más grave, porque nos habían
dado un rancho maloliente al que le habían echado purgante.
Yo solo comí algunos trozos sólidos de patatas y no sufrí
tanto como los que tomaron el caldo. En realidad sufrimos
maltratos verbales y la incomodidad de la celda, pero no nos
torturaron. En esas condiciones estuvimos varios días, hasta
que una mañana nos mandaron a asear y nos llevaron a una
oficina donde nos interrogaron policías uniformados. Decla-
ramos las cuestiones obvias, pero no estaban tan interesados
en obtener información como en comunicarnos que había-
mos sido puestos a disposición del Poder Ejecutivo en virtud
de la Ley 4144, que establecía la deportación a su país de
origen de los extranjeros indeseables. El cambio de trato fue
notable. Luego supimos que mi madre y otros familiares ha-
bían acudido a los jueces, ante quienes presentaron recursos
de hábeas corpus, y que un juez se había personado en la
Sección Especial para hacer una inspección visual y dar fe
de nuestra existencia y estado. La policía quería que
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firmásemos la deportación voluntaria, a lo que nos negamos,
porque esa era la política del Partido.
Entonces nos reubicaron en los calabozos de la Policía Judi-
cial, donde estuvimos dos o tres semanas. Me tocó como
compañero de celda Samuel, que era mi contrincante en el
ajedrez. Con un lápiz que yo llevaba, dibujamos un tablero en
la meseta de cemento y moldeamos las figuras con miga de
pan. Nos pasábamos el día entero jugando y el tiempo se fue
volando.
Por fin fuimos trasladados a la prisión de Villa Devoto. Esta
era una institución moderna; es decir, pocos muros y muchas
rejas, con las «comodidades» que pueden esperarse en una
prisión. Nos llevaron a la «piojera», que era el pabellón donde
recluían a los indigentes, vagabundos y pordioseros. Aunque
nosotros, que éramos veinte aproximadamente, estábamos
en una celda separada, en la parte delantera no había pare-
des sino rejas, de modo que tuvimos que acostumbrarnos al
hedor de gente que hacía años no se bañaba. Además, las
duchas estaban dentro de la «piojera». Pero las condiciones,
pese a esto, eran humanas; teníamos una litera para cada
uno y podíamos recibir visitas, no recuerdo con qué frecuen-
cia, pero eran esperadas con ansiedad. Siempre nos traían
algunas cosas. Una vez cuando el Gordo Colman tuvo visita,
me dio un tubo de pasta de dientes elaborada (me dijo) de
aceite de hígado de bacalao, por eso de las vitaminas, que
era una preocupación constante entre nosotros por la falta de
sol. La estuve usando dos días, no hacía espuma y de verdad
sabía a pescado. Por fin el Gordo no pudo más y se echó a
reír: resulta que era pasta de pescado para hacer sándwi-
ches, él le había quitado la etiqueta y me hizo la broma, de la
que se reían todos los compañeros de celda. Mientras, en la
calle, se intensificaba la campaña en favor nuestro. Mi madre
viajó al Uruguay y se entrevistó en Montevideo con el
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presidente de la República, a quien le solicitó que me brin-
dara asilo político, lo que él aceptó con la condición de que
me comprometiera por escrito a no realizar actividades políti-
cas, una condición que yo no podía aceptar. Me había hecho
traer a la cárcel unos libros de Fisioterapia, los que estudiaba
con ahínco. Pensaba dar masajes para costearme los estu-
dios una vez que saliera en libertad.
Nos turnábamos para hacer la limpieza de la celda, diaria-
mente; lavábamos nuestra ropa y jugábamos ajedrez, aparte
del estudio. En una ocasión me sorprendieron cuando daba
un seminario de filosofía marxista y me castigaron a 20 días
de reclusión solitaria en el pabellón celular, al otro extremo
de la cárcel. Conseguí llevarme escondidos un trozo de lápiz
y un poco de papel, y escribía o dibujaba en las paredes para
que el tiempo pasara más rápido. Un día oí una voz de ultra-
tumba, aunque no había nadie más que yo dentro de la celda.
La voz me orientó que me acercara al grifo de agua y lo
abriera (ponían el agua solo dos veces al día), y entonces me
di cuenta de que las cañerías del agua vacías eran un inter-
comunicador excelente. Mi vecino era un italiano al que ha-
bían detenido por no sé qué motivo. Nos pasábamos largas
horas al día conversando; él hablándome de su país, yo de
nuestra lucha. Aprendí varias canciones populares italianas
que todavía recuerdo. Él me explicaba que los compositores
más conocidos desvirtuaban las canciones populares aña-
diendo estrofas cursis. Me dio el ejemplo de De Curtis y su
canción «Partirono le rondine…», que era mala poesía para
introducir el tema popular verdadero: «Non ti scordar’ di
me…», que formaba el estribillo. Por fin decidí hacer una
huelga de hambre, y cuando llevaba dieciocho días de aisla-
miento, me levantaron el castigo. Por un tiempo estuvo preso
también, en Villa Devoto, el gran cantante y compositor
- 70 -
popular Atahualpa Yupanqui, de quien todos nosotros éra-
mos fervientes admiradores.
En la cárcel, las revisiones de las celdas eran cotidianas.
Consistían en probar las rejas, golpeándolas con una barra
de hierro. Este concierto empezaba por la mañana y duraba
hasta que terminaban, en la otra punta del edificio, por la
tarde. También había requisas frecuentes en las celdas. Te-
níamos derecho a algunas visitas esporádicamente, casi
siempre venían compañeras de las organizaciones de solida-
ridad. Por una de esas casualidades me encontré con una de
ellas en Cuba, en los años sesenta. Se acordaba de mí. Mi
familia no me vino a visitar. Mi tío era empleado gubernamen-
tal y mi detención le pudo haber costado el puesto, aunque,
por suerte para él, yo vivía aparte. La única persona que me
visitó asiduamente, aunque debía viajar desde Córdoba, era
Dahlia Camplani, una italiana de Brescia, pelirroja y de mag-
néticos ojos verdes (la que me había ayudado con el italiano).
Tenía 38 años, era divorciada, con una hija de 9 años. Nos
habíamos enamorado apasionadamente uno del otro desde
que nos conocimos en una consulta médica, donde ella tra-
bajaba como asistente; también era trabajadora social.
Aparte de las visitas, nos escribíamos interminables cartas en
italiano. Más adelante volveré a ella. La placidez de nuestra
estancia en prisión se vio interrumpida bruscamente. Sin me-
diar aviso, deportaron al Paraguay de Stroessner a un joven
de esa nacionalidad que estaba con nosotros. Poco después
se corrió la voz de que lo habían asesinado en ese país. Esto
movilizó al Partido para conseguir asilo político para los tres
españoles que estábamos en prisión bajo la 4144, ya que
nuestras vidas también corrían potencialmente peligro si nos
deportaban a la España franquista. Cuando vino a verme un
abogado que envió el Partido Comunista Argentino, le dije
que quería ir a Checoslovaquia, que era la democracia
- 71 -
popular más conocida y en cierto modo más occidental. Pero
no fue posible. Ese país acababa de recibir a muchos refu-
giados de la guerrilla griega y estaba a tope. Tenía que ser
Hungría, de la que no conocíamos nada. Pedí diccionarios,
pero solo había uno pequeño, sin gramática ni fonética. Seis
o siete años más tarde colaboraría con un lingüista húngaro
en redactar el primer diccionario español-húngaro y húngaro-
español digno de tal nombre. Aparezco como colaborador
principal. (Aquí lo tengo, a la vista.) Creo que han salido ya
numerosas ediciones.
El abogado se movía intensamente. Me consiguió un pasa-
porte español y un carnet de nacionalidad, ya que nunca me
había presentado al Consulado franquista y no tenía carné de
nacionalidad. He conservado este pasaporte. Dice mis gene-
rales, y luego se puede leer: «Motivo del Viaje: deportado por
el Gobierno Argentino. Validez: un solo viaje». Seguían mis
dificultades con la documentación y las autoridades, todo lo
cual me había augurado Aida la Gorda en el horóscopo.
Me llevaron a la Policía de Inmigración, de la que recuerdo,
sobre todo, las chinches. Un funcionario consular de la Em-
bajada de Hungría me dio la visa de entrada a ese país; mu-
chos años después me lo encontré en Hungría, donde estaba
como diplomático. Mi madre y Dahlia vinieron a despedirme
y me trajeron ropa (hasta entonces vestía el pijama que lle-
vaba puesto cuando me secuestraron de la prisión provincial
de Córdoba). Unos cantantes que estaban allí me robaron
una buena parte, pero no me preocupaba: salía en libertad,
otra vez a cruzar el Atlántico, ahora en el Santa Ana, un barco
italiano de carga y pasajeros, e iba a vivir en una de las de-
mocracias populares donde mis creencias habían triunfado y
se habían hecho realidad. Viajaba en camarote y comía en el
comedor. Iba leyendo un libro de Medicina, preparándome
para reanudar mis estudios en Hungría. En el comedor, un
- 72 -
italiano tocaba al piano una pegajosa melodía romántica que
debió componer él, pues nunca la he vuelto a oír, aunque la
recuerdo perfectamente. Él había luchado con los nazis con-
tra los soviéticos, y discutíamos mucho. Me decía que los sol-
dados soviéticos violaban a todas las mujeres cuando entra-
ban a los pueblos y las ciudades, y yo le decía que no era
verdad. Sin darme cuenta, me había vuelto sectario. Pero,
recordando bien, ya lo era con anterioridad. Había leído para
entonces los relatos del asesinato de Trotski, desde el punto
de vista de ambos bandos, pero creí la versión de los comu-
nistas ortodoxos, explicada en un libro muy bien impreso, edi-
tado en Cuba, aunque posiblemente subvencionado por los
soviéticos.
Viajaba con otros dos españoles del grupo, un gallego extro-
vertido y otro, no sé de cuál región de España, enjuto e intro-
vertido, con una guitarra. Nos habían dado un dinero para el
viaje y para los primeros días en Budapest. El barco subía
bordeando Uruguay y Brasil. Habían advertido a todos los
puertos que viajaban tres «subversivos internacionales», de
modo que al detenernos en las diferentes escalas, nos ence-
rraban en el camarote con llave, para evitar que fuéramos a
desembarcar. Así ocurrió en Montevideo y en Río de Janeiro.
En Santos, en cambio, donde la escala era un poco más
larga, unos policías gigantescos nos bajaron a tierra y nos
encerraron en un calabozo. Oíamos la sirena del barco a
punto de zarpar y no nos abrían, ya creíamos que nos iban a
dejar allí. Pero fue una falsa alarma. En Río de Janeiro subió
al barco mi tío Martín, a quien no veía desde mi infancia; me
abrazó, habló conmigo y me dio 50 dólares. Luego seguimos
directo hasta Milán, donde compramos el pasaje en tren para
Viena-Budapest. No recuerdo nada de este tramo del viaje.
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Vida III
- 74 -
Capítulo 8
- 75 -
Extranjeros (¡vaya nombrecito!), y conseguir alojamiento.
Esto último lo logramos en el Nemzeti Hotel (Hotel Nacional),
aunque el dinero nos alcanzaría solo durante unos pocos
días, debido a ello insistí varias veces en Inmigración para
que nos consiguieran trabajo. Llevaba en la mano aquel pe-
queño y primitivo diccionario que conseguí al saber el destino
de mi viaje y buscaba la palabra española que quería traducir
y les enseñaba la equivalente húngara, que no sabía pronun-
ciar. Mientras estaba en estas gestiones, que parecían infruc-
tuosas, me hice amigo de una camarera del hotel, que ha-
blaba italiano, y ella nos arrendó un cuarto diminuto para los
tres. Los de Inmigración no se daban por enterados de nues-
tra urgencia para trabajar, a fin de poder sobrevivir, pues real-
mente el dinero ya se estaba acabando.
Un día, cuando estábamos en nuestro cuarto, se aparecieron
dos visitantes, un húngaro y un español. Este último era el
camarada Vicente Arroyo (Anguiano), responsable del colec-
tivo de españoles que vivían en Budapest y también repre-
sentante del Partido Comunista de España en Hungría. Era
un viejecito de blanca cabellera, enérgico y con voz tronante.
El húngaro era el camarada János Rusz, y debía ser el res-
ponsable de España en el Departamento de Relaciones Ex-
teriores del Partido de los comunistas húngaros. Con él nos
relacionaríamos a lo largo de aquellos años. Nos explicaron
que se había demorado la notificación de nuestra llegada y
por eso no nos fueron a esperar a la estación. A la húngara
la criticaron duramente por habernos alquilado el cuarto (eso
estaba prohibido allí entonces), y nos hicieron recoger nues-
tro equipaje para llevarnos a un piso disponible y amueblado,
en Pest. También, en días sucesivos, nos hicieron un reco-
nocimiento médico completo en un policlínico.
Para hablar un poco de Budapest diré que en realidad está
compuesta por dos ciudades distintas: Buda y Pest, que
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todavía se diferencian completamente una de la otra. Las se-
para el río Danubio (que no es azul, sino de color terroso, y
corre de norte a sur), aunque hay seis puentes que unen am-
bas riberas y las comunican entre sí. Los más bellos son el
Puente de las Cadenas y el Puente Margarita. Buda es la
parte occidental. Está formada por una meseta junto a nume-
rosas pequeñas colinas, en la más alta de las cuales se en-
cuentran el Palacio Real y la Iglesia de San Matías, uno de
los reyes famosos de Hungría. A su lado se puede apreciar
la estatua de Esteban I (Szent István), el rey húngaro que
convirtió el país al cristianismo, hace algo más de mil años
atrás. También el Bastión de los Pescadores, que rememora
la parte de la ciudad amurallada, cuya defensa corría a cargo
de este gremio. Además de estos monumentos, hay numero-
sas casas en las laderas de las colinas; se trata de casas de
buena fabricación, que anteriormente debieron pertenecer a
la nobleza y la burguesía. El trazado urbanístico es irregular,
pues sigue la configuración de las colinas y los vallecitos, to-
dos cubiertos de vegetación: flores y muchos árboles frutales.
Pest se halla al este del Danubio, es plana y tiene un trazado
urbanístico moderno, con las avenidas principales formando
una semicircunferencia abierta hacia el río y las otras calles
saliendo en forma radial desde el centro. La edificación es de
tipo clase media, pero tiene casi todo el comercio de la ciu-
dad, especialmente en la calle Vörösmarty, que corre paralela
al Danubio. En Pest se encuentra el Parlamento (una gran-
diosa edificación), los ministerios, la Universidad y la mayoría
de los hospitales. También está el Metro, que fue el primero
de Europa, y va desde la Plaza Vörösmarty hasta el Parque
de los Héroes, donde tenían lugar los desfiles militares y de
masas en las efemérides patrias e internacionales, como el
Primero de Mayo, el Aniversario de la Revolución de Octubre
y otros.
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Entre esas dos ciudades, Buda y Pest, en el centro del Danu-
bio, se encuentra la isla Margarita, que tiene parques, cam-
pos deportivos y un hotel. Un lugar perfecto para pasear.
De los camaradas que nos habían buscado alojamiento, Já-
nos Rusz era un veterano de las Brigadas Internacionales
que lucharon en España. Allí lo hirieron en la cabeza, en la
que tenía una placa de metal. Era totalmente inexpresivo y
padecía frecuentes dolores de cabeza como resultado de la
herida. Apenas hablaba, lo contrario de Anguiano. Nos expli-
caron que viviríamos allí, que formaríamos parte del colectivo
de camaradas españoles y que nos darían trabajo. Creo que
nos dieron también un dinero de bolsillo, pero no puedo re-
cordar cuándo ni cuánto. Me dijeron que yo, como sabía idio-
mas (francés e italiano y algo de inglés), podría trabajar en la
Federación Mundial de las Juventudes Democráticas, que te-
nía su sede en Budapest, donde tendría buen sueldo y otras
facilidades. Pero yo, movido por un romanticismo que (por
suerte, o por desgracia) siempre llevé conmigo hasta hace
pocos años, les dije que quería ir a trabajar a una fábrica para
conocer el socialismo por dentro y, de paso, aprender el hún-
garo. Mi objetivo seguía siendo terminar la carrera, aunque
estábamos a mitad de curso y hasta septiembre no podría
matricular.
Nos pusieron a trabajar en una fábrica de medios de trans-
porte para la agricultura (Mezögazdasági Szállitóberendezé-
sek Gyára), que estaba a unas decenas de kilómetros al sur
de Budapest, por la ribera este del Danubio. Teníamos que
levantarnos a las tres de la madrugada para coger un tranvía
que nos llevara hasta la estación de trenes de las cercanías,
hacer un viaje que duraba alrededor de tres cuartos de hora,
para llegar a tiempo y marcar el reloj a las siete. Nos pusieron
a trabajar como aprendices en unas máquinas de taladrar,
por lo que recibiríamos un estipendio fijo hasta graduarnos. A
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partir de entonces cobraríamos según el rendimiento, es de-
cir, a destajo. Cuando esto ocurrió, varios meses después, mi
salario bajó drásticamente porque no había podido aprender
a afilar las mechas o trócares y perdía mucho tiempo en esta
operación. Otra experiencia novedosa fue la comida húngara,
que, desde luego, no era como la de un restaurante. Había,
sobre todo, unos platos aderezados con azúcar que para mí
eran prácticamente incomibles. Más tarde aprendería a sabo-
rear los gustosos platos húngaros, con mucha páprika (pi-
miento picante). Todos los días llevaba mi diccionario a la fá-
brica y lo ponía al lado del taladro, utilizándolo en cada oca-
sión en que tenía que comunicarme con otros obreros. Pero
no aprendí mucho, porque la fonética era tan distinta y com-
plicada que uno no reconocía los sonidos, y mucho menos
intentar vincularlos con las palabras escritas. Conocedores
de esto, los propios húngaros comentaban con chanza que el
húngaro había sido inventado por el mismísimo Diablo una
noche que estaba borracho.
Nos habían dado también los cupones de racionamiento de
los alimentos, pero pronto nos dimos cuenta de que los ten-
deros nos estafaban y dejaban de darnos productos que nos
correspondían. De ahí que, casi todas las noches, lo que co-
míamos de cena eran patatas hervidas con harina. En fin, que
nuestra primera experiencia con la distribución socialista no
fue muy gloriosa.
Por este tiempo llegaron nuevos camaradas españoles de
Francia y Córcega. Eran antiguos maquis del Partido Comu-
nista de España (guerrilleros que se enfrentaron a los nazis)
y habían sido deportados por el gobierno francés. Casi todos,
obreros sencillos y leales que se incorporaron al trabajo, prin-
cipalmente del Metro de Budapest, que estaban ampliando y
modernizando con nuevas líneas. Juntos constituimos una
célula del Partido Comunista de España, donde discutíamos
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en particular los materiales del Comité Central. De entre esos
camaradas recuerdo a Sarroca, un veterano de Matthausen,
quien después de la guerra fue indemnizado; también a la
familia Sáez, a Nieto y a Cabello. Este último era un joven
casi analfabeto y manco, pero con mucha voluntad e inteli-
gencia natural. Se inscribió en un bachillerato acelerado para
hijos de trabajadores, lo terminó y estudió Ciencias Agrope-
cuarias. Muchos años después lo encontraría en Cuba, he-
cho todo un Doctor en Ciencias Agropecuarias.
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Capítulo 9
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Luego empecé con las asignaturas que debía examinar a fin
de año y las fui dominando una por una; seguí estudiando en
el verano y examinándolas con cierto intervalo, una detrás de
la otra. Como resultado, cuando llegó el próximo septiembre
ya había examinado todas las asignaturas del tercer año y
pude matricular el cuarto. Lo estoy escribiendo, pero todavía
no sé cómo lo logré. Y algo más: al asistir a la primera clase
de cuarto año, me di cuenta de que entendía casi todo, e in-
clusive podía tomar notas en húngaro. Esto fue un salto dia-
léctico cualitativo.
Estábamos a principios de la década del 50 y se realizaba en
Budapest una reunión creo que del Consejo Mundial de la
Paz u otra organización internacional parecida. Contratar tra-
ductores simultáneos era muy caro, pero se utilizaban tam-
bién aficionados, generalmente comunistas o simpatizantes,
de diversos países. Me llamaron para traducir del francés al
español y me salió bien, de modo que traduje durante todo el
evento. No era tan difícil, porque la temática era uniforme y
conocida, y la mayoría de los oradores no eran franceses na-
tivos, por lo que su pronunciación resultaba más fácil de en-
tender. Me gustó el trabajo: uno debía desdoblarse, pres-
tando atención a lo que oía por el auricular y hablando casi
automáticamente. Así inicié una profesión paralela que me
permitió viajar y ver mundo, y asistir a numerosos congresos
y reuniones internacionales. En los años subsiguientes viajé
a distintos países para traducir. Me acuerdo de una anécdota.
Una compañera estaba traduciendo del húngaro al francés y,
de repente, no se acordó cómo se decía en este idioma
«abono químico». Entonces tradujo literalmente, y también
un poco vulgarmente, la expresión húngara, diciendo «merde
artificielle» (mierda artificial). También asistí a algunas activi-
dades internacionales como representante de las Juventudes
Socialistas Unificadas de España. En conjunto visité la Unión
- 82 -
Soviética, China, Vietnam, República Democrática Alemana,
Polonia, Suecia, Ceilán, Irak, Rumania y Bulgaria. ¡Qué más
podía pedir yo! No nos pagaban más que un dinerito de bol-
sillo, pero el viaje valía más que todo eso, teniendo en cuenta
que vivía en un país casi completamente cerrado al extran-
jero. La última tarea de este tipo (hacia 1960) fue traducir el
discurso de János Kádár, primer secretario del Partido Socia-
lista Obrero Húngaro, en el Primer Congreso de este partido.
Resultó un discurso largo y complejo, pues no era leído sino
improvisado, y por lo tanto no había traducción en ningún
idioma, de modo que tuve que traducirlo «de oído».
Por aquella época había conocido a Luis de Azcárate, repre-
sentante de las Juventudes Socialistas Unificadas en la Fe-
deración Mundial de las Juventudes Democráticas (FMJD),
con sede en Budapest. Con su mayor experiencia política y
conocimiento de mundo, se convirtió en mi mentor político y
personal. Él me aconsejó tomar una decisión que me resul-
taba difícil: Dahlia me había escrito y quería venir a Hungría,
por supuesto, con su hija. Yo dudaba, porque seguía enamo-
rado de ella. Luis me hizo ver que la diferencia de edades se
iba a acentuar con el tiempo, además de las dificultades de
adaptación para la niña. Me convenció y le escribí que no vi-
niera. Con esto zanjé una etapa en mi vida y corté el penúl-
timo lazo que me unía a la Argentina. El último era mi madre.
Cuando ya estaba estabilizado y conocía algo de húngaro, la
llevé conmigo e inmediatamente le asignaron una pensión vi-
talicia. Desde entonces, el famoso «telón de acero» me aisló
completamente de la Argentina.
Sin embargo, poco a poco me relacioné con la comunidad de
sudamericanos residentes en Budapest. Menciono especial-
mente a Judith Weiner, chilena que hacía de intérprete oficial
a visitantes, y a los argentinos Leopold Szinetár y Gábor Mar-
gittai, un muchacho de mi edad, muy hablador. Nos
- 83 -
reuníamos con frecuencia. Precisamente estábamos juntos a
poco de llegar yo a Hungría, cuando Mátyás Rákosi (el primer
secretario del Partido Comunista húngaro) pronunció un dis-
curso difundido por la radio, anunciando medidas más riguro-
sas para la población, que fue escuchado con tensa expecta-
ción por todo el mundo. Sin sospecharlo entonces, mi amiga
Judith jugó años después un papel relacionado con mi viaje
a Cuba.
La vida en Hungría está muy marcada por las estaciones del
año. En verano es un vergel, hay abundancia de frutas, en
particular las uvas, de cuyas vendimias hacen vinos excelen-
tes, y ciruelas, melocotones, albaricoques, también variedad
de verduras, y un sol que brilla radiante. Las amas de casa
aprovechan para preparar conservas, encurtidos, en primer
lugar la col agria (componente esencial de numerosos platos
húngaros), de mucho contenido vitamínico, y aguardiente
destilado (pálinka) de frutas, como el de ciruela y el de alba-
ricoque, que pueden tener hasta sesenta grados de conte-
nido alcohólico. Y tanto o más importante es el momento de
hacer acopio del carbón para calentar la casa todo el invierno
y el otoño. Las familias húngaras no están tranquilas hasta
que tienen el sótano lleno de carbón (en forma de briquetas)
y leña, es algo que han aprendido tras muchos lustros de
guerra y de privaciones. En casi todas las casas hay grandes
chimeneas de cerámica, que prácticamente no se apagan
hasta que vuelve el calor. En el otoño vienen las lluvias, los
días se acortan, pero todavía hay frutas, especialmente uvas.
En la residencia estudiantil ponían el agua caliente una vez a
la semana, que era cuando se bañaban los estudiantes. To-
dos me miraron asombrados cuando pedí que pusieran el
agua (fría) para ducharme un día entre semana, esto allí no
era costumbre. El invierno es crudo y los días se acortan de
tal manera que a las tres de la tarde ya oscurece. Es época
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de manzanas, nueces y castañas, estas últimas se venden
asadas en las calles. Tiene el incentivo de la nieve (cuando
cae), que ilumina el paisaje, y abundan el esquí y los trineos,
especialmente para los niños. En primavera se desarrolla en
la población un síndrome depresivo y carencial por la falta de
luz y vitaminas, mientras las conservas se van acabando, lo
que favorece la aparición de distintas enfermedades. Con la
llegada de la primavera lo primero que se ve en el mercado
son los cebollinos y los pimientos (páprika) verdes y blancos,
dulces o picantes, que contienen mucha vitamina C, de la que
está sediento el organismo. La gente se abalanza a los mer-
cados y paga cualquier precio por una verdura o fruta fresca.
Luego vienen las fresas y las cerezas y, más tarde, ya en
verano, las otras frutas y verduras. Al mismo tiempo, la gente
se sienta en los parques para recibir los primeros rayos de
sol en muchos meses.
Por esta época me había enamorado de una estudiante de
Medicina de mi edad, que vivía en la misma residencia, en el
pabellón de las muchachas, e iba a un curso por debajo del
mío: Isabel Dubecz. Isabel tenía muchos méritos. Era hija de
un campesino pobre que tenía unos viñedos seleccionados
en Szentendre, cerca de Budapest, y trabajaba como apren-
diza de tejedora. Por su inteligencia natural y sus méritos la-
borales, fue enviada al bachillerato acelerado, una vía corta
para que los jóvenes trabajadores accedieran a la Universi-
dad. Matriculó Medicina, y ya en segundo año mostró espe-
cial habilidad para los experimentos en Fisiología. Sin pen-
sarlo mucho, después de salir juntos varias veces, nos casa-
mos. Ya teníamos una vivienda para nosotros: la mitad de un
apartamento, que compartíamos con otra familia española.
Nuestra pieza se componía de dos habitaciones, en una vi-
víamos nosotros dos y en la otra mi madre. Estaba en Buda,
en la calle Bimbó número 2, a una cuadra de una bella
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avenida circular que une Buda y Pest. A poco de casarnos fui
designado delegado por las Juventudes Socialistas Unifica-
das (comunistas) al Festival Internacional de la Juventud, en
Bucarest. Por esas casualidades del destino, Isabel también
viajaría allí, como integrante del cuerpo de danzas folclóricas
de la Universidad, aunque en esa ciudad casi no tuvimos
tiempo de vernos, pues estábamos en distintas delegaciones
y residencias. En estos festivales se realizaban actividades
políticas (de solidaridad con la juventud de los países oprimi-
dos y con el país anfitrión) y otras de tipo cultural, que les
daba el nombre de Festivales.
El estudio de la carrera me obligó a aprender no solo el hún-
garo, como segundo idioma obligatorio se incluía el ruso,
pero a mí me lo perdonaron por ser extranjero, aunque por
voluntad propia lo estudié algo. Pero sí tuve que aprender ru-
dimentos de latín, porque era el idioma oficial para escribir los
diagnósticos en las historias clínicas, así como para hacer las
recetas; si estaban en húngaro, las farmacias no las acepta-
ban. Mientras tanto, ya dominaba el húngaro, que terminó por
gustarme, especialmente sus poetas, como Sándor Petöfi
(poeta revolucionario, líder y mártir de la revolución naciona-
lista de mediados del siglo XIX). Es una lengua del grupo
ugrofinés y la hablaban los magiares (húngaros) que vivían
en las laderas de los montes Urales (de donde emigraron
hace muchos siglos hasta ocupar su actual ubicación), y no
guarda parentesco con las lenguas latinas, ni germanas, ni
eslavas, ni orientales, pero tiene una gran ventaja para el ex-
tranjero: es totalmente fonético; es decir, se lee tal como se
escribe, aunque uno tiene que aprenderse primero los doce
sonidos vocálicos y una larga serie de sonidos consonánticos
distintos, cada uno de los cuales es denotado por una letra,
con o sin acentos en el caso de las vocales. Es una lengua
aglutinante, o sea, no tiene conjunciones ni preposiciones,
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cuyo papel lo juegan diferentes clases de sufijos. En los si-
glos XIX y XX se incorporaron al húngaro numerosos voca-
blos: unos tomados de otras lenguas, otros inventados, para
cubrir el creciente vocabulario científico y técnico. De tal ma-
nera, por cada término de origen latino o extranjero, en gene-
ral, existe una palabra húngara que expresa ese significado.
Los magiares tienen canciones folclóricas muy bonitas, yo me
aprendí unas cuantas que son como trabalenguas y que se
las enseñan a los extranjeros para ver cómo dominan el
idioma. Isabel me las enseñó. En cuanto a las canciones, las
de origen magiar son briosas y vivaces; las de origen gitano,
más bien tristes y melódicas. Me gustaba en especial la mú-
sica de los cíngaros (los gitanos de los Balkanes), por sus
melodías románticas y nostálgicas en el violín. Y a los pocos
años de vivir en Hungría, paradójicamente, empezaron a gus-
tarme los tangos.
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Capítulo 10
¡Médico al fin!
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cuenta de que tenía el corazón a la derecha; era, en latín, un
situs inversus cordi, si la memoria no me falla en la declina-
ción. Aprobé el Examen de Estado y concluí la carrera con
calificación de cum laude (con elogios), el equivalente a 4
puntos sobre 5, y me dieron el diploma de Doctor en Medicina
y Cirugía. Estábamos a mediados de 1955 y ese diploma no
tendría mucha duración, como veremos más adelante. Había
tardado casi diez años en obtener el título, y me acordé nue-
vamente de las profecías de Aida la Gorda.
De momento se trataba de escoger trabajo. Había varias op-
ciones, pero la comisión encargada de la ubicación de los re-
cién graduados insistía mucho para que aceptase un puesto
en el Instituto de Toxicología, recién creado. Como yo llevaba
diez años estudiando (desde 1946), lo que quería era curar
enfermos y no encerrarme en un instituto. Había una plaza
de médico de barrio en el municipio de Újpest, al suroeste de
la capital, y eso fue lo que escogí. Mi distrito tenía una pobla-
ción aproximada de 3 500 personas. Se trataba de un barrio
de clase media, obreros calificados, empleados y funciona-
rios, junto a numerosos jubilados, con algunos edificios de
apartamentos y muchas viviendas independientes con jardín.
Allí disponíamos de un consultorio con una asistente-enfer-
mera. Aquel espacio lo compartía con el colega del distrito
vecino, dábamos cuatro horas de consulta y el resto del
tiempo atendíamos las llamadas de urgencia o los casos que
requerían seguimiento a domicilio. Nosotros también éramos
los médicos de los seguros, es decir, los que certificábamos
las ausencias del trabajo por enfermedad. Podíamos dar
hasta siete días de licencia. Cada semana teníamos una con-
sulta especial con un médico supervisor, para examinar con-
juntamente los que estaban de licencia desde la semana an-
terior. El supervisor, en consulta conmigo, determinaba la
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duración de la licencia. Se llevaba una estadística muy rigu-
rosa de las bajas por enfermedad. La medicina allí era uni-
versal
y gratuita, todo el mundo tenía derecho a ser atendido sin
pagar, aunque sí se pagaba por los medicamentos.
El consultorio estaba adscrito a un policlínico municipal que
disponía de toda clase de consultas especializadas, rayos X,
laboratorios clínicos y farmacia. Además, una vez al mes, los
domingos, hacíamos guardias de veinticuatro horas, aten-
diendo las llamadas de todo el municipio, para lo cual ponían
un taxi a nuestra disposición, de siete de la mañana a siete
de la noche. Teníamos la orientación de resolver in situ la
mayor cantidad de problemas, porque la capacidad hospita-
laria del país era limitada. Como parte de nuestro trabajo co-
tidiano también realizábamos inspecciones sanitarias a los
establecimientos gastronómicos que había en el distrito (en
el mío había solamente uno).
Yo salía de la Universidad con los conocimientos recientes,
un gran sentido ético de la profesión y un deseo muy grande
de curar enfermos. El médico que me había precedido en ese
distrito era un colega ya un poco mayor, con los conocimien-
tos algo atrasados, y agobiado por tener que brindar atención
a la vez en dos distritos, el suyo y el que yo iba a ocupar,
donde no contaban con un médico desde hacía algún tiempo.
Pronto se corrió la voz de que venía un médico español, y
para colmo «rojo». En húngaro hay una expresión: «örult
spanyol», que significa «español loco» y que era la imagen
estereotipada que tenían de nosotros. Empezaron a venir los
trabajadores y empleados que requerían licencia por enfer-
medad, pues el otro médico no podía seguir dándosela por-
que no estaba ya en este distrito, mientras que los enfermos
crónicos preferían seguir tratándose con él. Luego empeza-
ron a venir otros, por curiosidad. Se quedaban boquiabiertos
- 90 -
porque yo hacía una anamnesis (interrogatorio médico) muy
detallada, seguida de un meticuloso examen físico y un trata-
miento completo. Pronto tuve algunos buenos resultados y se
corrió la voz de que era un buen médico.
Entonces la consulta empezó a llenarse a rebosar y aumentó
el número de llamadas a domicilio. En esta población estaban
acostumbrados a que el médico fuera a las casas. A cada
nuevo paciente lo iba a visitar diariamente hasta que le daba
de alta, y la gente empezó a sentirse satisfecha de mí. En el
distrito realmente resolvíamos casos que de ordinario van a
un hospital, como digitalizar enfermos del corazón descom-
pensados, punciones abdominales para extraer líquido ascí-
tico, introducir sondas vesicales, atender neumonías y otras
dolencias. Y sobre todo hacíamos mucho trabajo de terreno
con los niños y los pacientes geriátricos, y algo de psiquiatría,
especialidad en la cual la escuela húngara estaba poco desa-
rrollada. Con los niños, en caso de alguna enfermedad infan-
til, siempre tenía en cuenta la opinión de las abuelas, muy
experimentadas en ese campo.
Como dije antes, los médicos debíamos saber latín, porque
las recetas y los diagnósticos, entre otras cosas, se debían
escribir en este idioma. Pero esto no era tan sencillo, porque
la medicina en Hungría era fundamentalmente galénica, es
decir, había productos industriales, pero el arte terapéutico
del médico estribaba, en buena medida, en recetar fórmulas
dispensariales apropiadas para cada paciente, teniendo en
cuenta sus síntomas, la edad y otras circunstancias. Esto sig-
nificaba que uno debía saber darle al farmacéutico las ins-
trucciones precisas, con las dosis exactas, para elaborar pol-
villos, soluciones, jarabes, comprimidos y otras formas farma-
céuticas, todo en latín. Requería, además, sólidos conoci-
mientos en Farmacología. El profesor de esta especialidad,
Béla Székely, era una eminencia, y había escrito no solo el
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manual de la asignatura, sino el vademécum médico oficial
también. Como dato curioso, en este figuraba el vino de To-
kaj, dulce, como estimulante cardíaco. Es uno de los vinos
más famosos de Hungría, que solamente se produce en las
laderas de las montañas del mismo nombre, que son las que
reciben la mayor cantidad de radiación solar de toda Europa
central. Esto de la medicina galénica y la escritura en latín era
un rasgo muy tradicional, lo cual supongo se haya modificado
ya, a juzgar por la cantidad de nuevos productos farmacéuti-
cos que hay, las patentes y la escasez de medicamentos ge-
néricos. Pero a mí me gustaba mucho esta forma de recetar,
que permitía personalizar el tratamiento acorde a la edad, es-
tado, síntomas, idiosincrasia y otras características de cada
paciente.
La población del distrito no tardó mucho en abrirme los ojos
sobre otros aspectos de la profesión que yo ignoraba. Por
ejemplo, el dinero que uno recibía de los pacientes. Las ma-
más mimaban mucho a los médicos de cabecera. Para deno-
tar esta fuente de ingresos, los médicos comentaban entre
ellos mismos, denominándola parasolventia, del griego para
(al lado) y la palabra latina solventia (solvencia); es decir, di-
nero paralelo o algo así. En Cuba se dice: «por la izquierda».
Y Susana, la rubia farmacéutica, no tardó mucho en expli-
carme que si yo le hacía algunas recetas de medicamentos
caros, ella podía suministrarme gratis otros productos que yo
pudiera necesitar, como vitaminas, por ejemplo. Esta era una
práctica generalizada ya a mitad de los años cincuenta.
Mientras tanto, Isabel, mi mujer, estaba haciendo el internado
rotatorio por las cuatro especialidades principales: Medicina
Interna, Pediatría, Cirugía, y Ginecología y Obstetricia, paso
previo al Examen de Estado. Y se mantenía como alumna
ayudante en el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medi-
cina. Ella poseía muy buena manualidad para hacer los
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experimentos. Sus habilidades fueron muy útiles en Cuba
posteriormente, cuando ya trabajaba como Profesora Invi-
tada en el Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas «Victo-
ria de Girón», donde colaboró con sus experimentos en ani-
males, al inicio de la medicina de transplantes en el país ca-
ribeño.
El pueblo húngaro había tenido malas experiencias en el pa-
sado no reciente con los extranjeros, tanto con los alemanes
como con los soviéticos, durante la guerra. Pude corroborar
lo que me había dicho el italiano (compañero de viaje en el
Santa Ana): que los soldados soviéticos cometían muchas
violaciones. Luego me precisaron que eran solo los soldados
de la primera línea del frente, pues en cuanto pasaba esa
primera línea, venía la policía militar e instauraba el orden.
Por eso, al principio, existían ciertas reticencias hacia mí,
como dije antes, pero con mi trabajo y dedicación me supe
captar su confianza. Entonces comprobé que era un pueblo
muy hospitalario y generoso. Pero desde que me gané su
confianza y hablaron conmigo, una cosa resultó clara: eran
profundamente antisoviéticos en su mayoría (recordemos
que muchos miles de ellos habían estado en campamentos
de trabajo para prisioneros en la URSS, por varios años),1
aunque lo ocultaran y no lo comentaran en público.
Desde antes de graduarme, y además de mi participación
como traductor en congresos y otros eventos, por las noches
hacía también traducciones escritas (que se pagaban muy
bien) para publicaciones en español, de propaganda o de di-
vulgación (una traducción al español hecha por un español
nativo, era algo muy apreciado entonces). Algunas eran para
una revista que editaba en varias lenguas no sé qué orga-
nismo internacional con sede en Budapest. Las que me re-
sultaban más fáciles, por ejemplo, del francés al español, se
pagaban mejor, pues se suponía que para un húngaro se
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trataba de traducir de un idioma foráneo a otro. Mientras
tanto, ya dominaba el húngaro a la perfección; pocas perso-
nas se daban cuenta de que era extranjero, a no ser que es-
tuviera dominado por alguna emoción, ya que el húngaro se
habla muy lentamente; lo que no me ocurrió en Argentina
(donde mi acento español nativo me delataba), ni en Cuba,
por idénticas razones. Pero, es más, ahora en España me
dicen que tengo acento cubano. Allí en Hungría llevaba alre-
dedor de seis años sin apenas hablar en español, no leía
nada en este idioma y me daba cuenta de que había palabras
específicas que no las recordaba. Qué falta me hacía en
aquel tiempo aunque fuera un periódico en español, con in-
formación deportiva, por ejemplo; pero solamente recibíamos
de vez en cuando el Mundo Obrero, órgano del Partido Co-
munista de España, que se limitaba a la terminología política
y marxista. Lo mismo pasaba con el periódico ¡Por una paz
duradera, por una democracia popular!, del KOMINFORM
(órgano consultivo que sustituyó a la III Internacional), el cual
se publicaba en Belgrado en varios idiomas.
Los dirigentes comunistas húngaros, en su mayoría, habían
vivido largos años emigrados en la Unión Soviética y pensa-
ban más en ruso que en húngaro. La presencia de divisiones
soviéticas en el país ejercía una dirección casi absoluta sobre
las fuerzas de seguridad. Se imitaba a la Unión Soviética en
todo, hasta el punto de que los propios soviéticos pedían que
no los imitaran tan al pie de la letra. Ahí va un ejemplo: en la
Unión Soviética se había aprobado una legislación para la
formación de los Doctores en Ciencias, un grado científico
superior, inmediatamente por debajo del grado de Acadé-
mico. Allí esto no causó ningún problema, porque no había
costumbre de llamar doctores a los médicos, sino simple-
mente médicos. Ni cortos ni perezosos, los gobernantes hún-
garos instauraron también la categoría científica de Doctor, y
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para evitar confusiones, nos quitaron el título de Doctor a los
médicos. Nos retiraron los diplomas y nos dieron en su lugar
un librito que nos certificaba como Médico Diplomado. Pero
no habían previsto las consecuencias: principalmente, el pro-
pio malestar de los médicos, que en Hungría siempre han
sido llamados doctores, al revés que en Rusia. En las farma-
cias no querían aceptar las recetas y les decían a los pacien-
tes que buscaran a un doctor. Entonces empezó una cadena
de rumores diciendo que nosotros éramos médicos «improvi-
sados», formados a la carrera. Ya para esa época me había
dado cuenta de que el régimen político en Hungría (al frente
del cual se hallaba su máximo dirigente, Mátyás Rákosi) era
autoritario. Cómo sería la situación, que una de las principa-
les consignas reivindicativas en la manifestación masiva del
22 de octubre de 1956 (la cual acabó con el Gobierno hún-
garo) era:
«¡Devuélvannos el título de Doctor!» En 1957, unos meses
después de restablecida la calma, y en tácito reconocimiento
de su error, nos entregaron sendos diplomas en forma de per-
gamino, en latín, con el título de Doctor en Medicina y Cirugía.
Naturalmente, todavía lo conservo.
En la psicología popular se dice que los húngaros nunca se
quedan en el medio, sino que van siempre de un extremo a
otro. En efecto, en Hungría surgió la primera revolución co-
munista después de la revolución soviética, y sin la ayuda de
esta: fue la República de los Consejos (Soviets) de 1919, di-
rigida por Béla Kun. Pero fue también el país donde surgió el
primer régimen fascista: el del Almirante Horthy, pocos me-
ses después. Este gobierno fue verdaderamente sanguinario
y tiránico, persiguió con saña a los comunistas y a los judíos,
a quienes durante la Segunda Guerra Mundial enviaban sin
contemplaciones a los campos de la muerte en Alemania. En
esa contienda mundial, el ejército húngaro fue un sólido
- 95 -
aliado de Hitler en la lucha contra la Unión Soviética, y los
húngaros combatieron con fiereza contra las tropas soviéti-
cas, lo que no fue óbice para que se convirtiera en el país de
Democracia Popular más estalinista de todos. También los
cubanos suelen decir algo parecido de sí mismos: «o no lle-
gan, o se pasan», lo que aparece en el Diario de Campaña
del Generalísimo Máximo Gómez, jefe militar de las luchas
anticolonialistas contra España en el siglo XIX.
- 96 -
Capítulo 11
El levantamiento del 56
- 97 -
de otros países, excepto Checoslovaquia (como fue el caso
de Rudolf Slánsky),1 muchos de los acusados habían sido
torturados y condenados a muerte.
Ya estando a mediados de los 50, por ese entonces se había
producido la rehabilitación de László Rajk, un conocido y po-
pular dirigente del Partido y ministro del Interior (uno de los
pocos dirigentes que se habían quedado en Hungría cuando
la ocupación nazi, luchando en la clandestinidad), quien ha-
bía sido sentenciado en uno de estos juicios y ejecutado por
supuesta traición. Lo más extraño de todo es que en el juicio
se declaró culpable de todos los cargos, aunque hubo rumo-
res de que se le había pedido que lo hiciera así para compro-
meter a los imperialistas. Al mismo tiempo, le prometieron in-
munidad y una nueva identidad en la Unión Soviética. Nada
de esto quedó aclarado en el tiempo en que viví en Hungría,
pero sí es cierto que fue rehabilitado con todos los honores
en un acto solemne en el cementerio, que reunió a una mu-
chedumbre sombría y silenciosa. Aproximadamente por esos
tiempos fue puesto en libertad, rehabilitado y reaceptado al
Comité Central del Partido otro sancionado en aquellos jui-
cios, János Kádár, posteriormente designado secretario del
Partido de Budapest. Se dice que a Kádár le arrancaron las
uñas en el curso de los interrogatorios, durante su juicio.
Al mismo tiempo que ocurrían estos hechos, los rumores cir-
culaban libremente. Se hablaba de pasadas torturas y desa-
pariciones en el Cuartel General de la Seguridad (ÁVH:
Államvédelmi Hatoság, o Servicio de Defensa del Estado),
pero sin ninguna información oficial al respecto. Había un es-
tado de opinión bastante generalizado contra los soviéticos,
criticando que se llevaban el petróleo, el uranio y la carne del
país. Mientras que los soviéticos aducían que los húngaros
habían peleado fuertemente junto a los nazis contra el Ejér-
cito Rojo, como para justificar las indemnizaciones. (Durante
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la guerra, cuando los alemanes se hicieron fuertes en el Cas-
tillo de Buda, el Vár, bajó una orden directa de Stalin para que
no se bombardeara esa zona, donde radicaban monumentos
históricos centenarios, y allí muchos soldados soviéticos pe-
recieron en las cargas a la bayoneta a manos de los defen-
sores alemanes y húngaros.)
Por otro lado, La Gaceta Literaria (Irodalmi Újság) empezó a
publicar editoriales críticos hacia el gobierno comunista. La
publicación corría de mano en mano y se pagaban precios
exorbitantes por cada ejemplar. También comenzaron a fun-
cionar los Círculos Petöfi,1 en los que se discutían problemas
de actualidad del país y a los que asistía numeroso público.
En ellos se formulaban propuestas de medidas políticas, edu-
cacionales y económicas al Gobierno. Poco a poco se iban
delineando algunas reivindicaciones populares, aunque no
llegaban a expresarse claramente. El clímax de esta situación
sobrevino el 22 de octubre de 1956. Ese día, las organizacio-
nes juveniles habían solicitado permiso para organizar una
manifestación por un céntrico bulevar de Budapest. Tras una
primera negativa oficial, vino una contraorden y la manifesta-
ción tuvo lugar. Yo también asistí, como la mayoría de los
jóvenes de la capital. Entre las pancartas reivindicativas que
portaban en la manifestación, podía leerse:
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«¡Reinstauración de Imre Nagy en el Gobierno!»
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En el periódico del Partido, Népszabadság (La Libertad del
Pueblo), se publicó un editorial que saludaba el movimiento
que pretendía subsanar los errores del socialismo burocrático
y sectario. Después los sucesos se precipitaron y sería muy
difícil detallarlos en orden cronológico. Varios fueron los he-
chos que más me llamaron la atención entonces.
Nagy fue organizando poco a poco su gabinete, en el cual
incluyó a una ex dirigente socialdemócrata, Anna Kéthly, que
estaba ya marginada de la vida política, y a János Kádár,
quien jugaría un papel relevante en las próximas semanas.
Se abrieron las puertas de las cárceles y salieron en libertad
todos los presos: fascistas, comunistas y delincuentes comu-
nes. Entre los liberados se encontraba el cardenal Mind-
szenty, obispo de Esztergom y líder espiritual de los católicos
húngaros, quien había sido condenado a cadena perpetua en
1949. Apenas libre, pronunció un discurso violentamente an-
ticomunista, y cuando entraron las tropas soviéticas, se refu-
gió en la Embajada de Estados Unidos, donde permaneció
durante unos años. Allí estacionaron varios coches de la Se-
guridad (entre ellos un Tatra checo nuevo, con un potente
motor de coche deportivo inglés, según me contó años des-
pués un chofer de la Seguridad que conducía para Nicolás
Guillén), y se mantuvieron vigilando constantemente la sede
para evitar que el Cardenal se escabullera.
Los policías habían desaparecido de las calles.
Las fronteras se abrieron, quedando desguarnecidas, lo que
provocó un éxodo inmediato hacia Austria, el único país ca-
pitalista que tenía fronteras con Hungría. Se dice que dos-
cientas mil personas salieron del país por esta frontera hasta
el fin de año.
Los obreros fueron los más lúcidos y prácticos: inmediata-
mente ocuparon todas las fábricas y formaron Comisiones
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Obreras en todos los centros de trabajo para proteger los me-
dios de producción.
En el desarrollo de este movimiento de las masas húngaras
jugaron un papel activo los escritores y otros intelectuales.
En resumen, como causa y a la vez consecuencia de todo
esto, se había producido un total vacío de poder: el régimen
de Rákosi se había desmoronado por completo, las tropas
soviéticas no tenían órdenes de intervenir y el gobierno de
Nagy aún no había logrado consolidarse.
El entusiasmo de la población era extremo, se sentía la ale-
gría del pueblo, que gozaba por primera vez de libertad des-
pués de varios lustros. Había una disciplina ciudadana ejem-
plar. Muestra de ello fue una colecta popular que se organizó,
no recuerdo para qué, y la gente donaba su dinero en la calle,
donde se amontonaba en vasijas puestas al efecto, sin que
nadie tratara de robar ni un céntimo. Al mismo tiempo había
preocupación por la presencia de las tropas soviéticas en las
inmediaciones de Budapest.
El primer ministro Imre Nagy comenzó las negociaciones con
los soviéticos, que pronto abandonaron la ciudad, aunque es-
tablecieron sus cuarteles en los alrededores. Entre
los negociadores que envió Nagy, se encontraba el coronel
Pál Malétér, su ministro de Defensa, un militar de carrera que
también organizó la defensa de los principales cuarteles de
la capital contra las tropas soviéticas. János Kádár era minis-
tro sin cartera. Su última aparición pública ocurrió el 31 de
octubre, cuando pronunció un discurso. Luego desapareció.
Ya veremos después dónde estaba. Mientras el pueblo cele-
braba, fuerzas oscuras comenzaron a moverse. Tampoco
aquí es posible seguir un orden cronológico; menciono los
hechos sobre la base de los recuerdos, en el orden que me
vienen a la mente.
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Como renaciendo de sus propias cenizas, los antiguos parti-
dos políticos comenzaron a formarse otra vez, entre ellos el
Socialdemócrata, y el de los Pequeños Campesinos. Teóri-
camente, ambos se habían fundido con el Partido Comunista
después de la liberación del país, pero sus dirigentes queda-
ron fuera, o simplemente fueron encarcelados.
Empezaron los ajustes de cuentas, como los de ex presos
que reencontraban a sus torturadores y en un motín espon-
táneo los linchaban. Se perseguía inclusive a los que calza-
ban botas como las usadas por los guardias de seguridad.
Aunque a mí no me consta personalmente, parece que du-
rante el tiempo en que estuvieron abiertas las fronteras, en-
traron al país cargamentos de armas, elementos contrarrevo-
lucionarios y agentes de la CIA. El antisovietismo y anticomu-
nismo se acentuaban en la población y en la prensa. El go-
bierno de Nagy se fue orientando cada vez más a la derecha,
pero sin que lograra formar un aparato de poder.
Todo este proceso fue ocurriendo paulatinamente en el lapso
que va desde el 23 de octubre hasta el 3 de noviembre de
1956. La vida había vuelto a la normalidad casi por completo,
había pan, luz, agua, prensa; pero no producción ni transpor-
tes. Yo seguía visitando a mis pacientes, aunque tenía que
recorrer a pie unos cuatro kilómetros de ida y cuatro de
vuelta, hasta mi distrito. Este era un reflejo de la sociedad de
esos momentos. Debo señalar que pese al anticomunismo
creciente en una sociedad que evolucionaba, o involucionaba
espontáneamente, y aun cuando todo el mundo en el distrito
sabía que yo era comunista, no fui objeto de ningún ataque,
físico o verbal, ni de ninguna clase de discriminación.
En determinado momento, el camarada Rusz nos anunció
que había un barco en el Danubio que nos llevaría a la Unión
Soviética. Yo le dije que me quedaba. Hungría me había
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salvado de las mazmorras franquistas y yo no la iba a aban-
donar en los momentos difíciles. La evolución posterior de la
situación hizo innecesaria la huida.
Mientras, las negociaciones con los soviéticos permanecían
estancadas y las tropas se habían hecho fuertes en los alre-
dedores de Budapest. Más tarde nos enteraríamos de que las
divisiones que llevaban años en Hungría, y por lo tanto tenían
vínculos con la población, habían sido reemplazadas por tro-
pas frescas procedentes del Asia central. El coronel Malétér
no volvió de una de las negociaciones y, por lo menos mien-
tras estuve en el país, no se supo más de él. Hungría seguía
orientándose rápidamente hacia la derecha. Apareció la
prensa sensacionalista y reaccionaria, y tuvo lugar el ataque
a la sede del Comité Central del Partido, donde supuesta-
mente varios militantes, incluyendo al capitán József Papp,
se preparaban para la lucha armada. Poco tiempo después
me acordaría de este nombre, como veremos más adelante.
Pero también hubo un episodio, delante de esa misma sede
del Partido, que recibió mucha cobertura de prensa. Empezó
a circular la especie de que debajo de ese local había una
fosa llena de cadáveres de opositores al régimen comunista.
Llevaron grandes excavadoras que hicieron un hueco pro-
fundo, sin encontrar nada; pero ya se había sembrado la ci-
zaña y la prensa divulgó de manera sensacionalista la bús-
queda. Ese rumor puede haber sido fácilmente una operación
«sucia» de la CIA.
En esas estábamos cuando en la madrugada del 3 de no-
viembre se oyó una emisión radial que no procedía de nin-
guno de los canales habituales. Era una alocución de János
Kádár, quien hasta hacía unos días formaba parte del go-
bierno de Imre Nagy. En ella anunciaba la formación de un
gobierno revolucionario de los trabajadores, para acabar con
el rumbo derechista del país, informando también que habían
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solicitado la cooperación de las tropas soviéticas. Nosotros
estábamos jugando a la canasta en esos momentos, re-
cuerdo, y poco después se empezaron a oír cañonazos. Era
una columna de blindados soviéticos que estaba entrando
por las principales avenidas de Budapest, disparando caño-
nazos a diestra y siniestra, que demolían los edificios como
si fueran castillos de naipes. Al día siguiente, el humor popu-
lar empezó a llamarlos «el ascensor de Zhukov», porque ba-
jaban del último piso a la planta baja en cuestión de segun-
dos. La población civil no se defendió, pero hubo focos de
resistencia armada en la Estación del Sur y en uno de los
cuarteles, que fueron dominados sin dificultad.
En uno de los tanques, detrás de las tropas soviéticas, venía
Kádár, el nuevo gobernante, que se instaló en el Parlamento
con una defensa circular de blindados. Se decía que eran los
«taxis de Kádár», porque en ellos iba y venía del Parlamento,
sede del Gobierno, a su residencia.
La Unión Soviética había demorado once días en intervenir,
desde que el gobierno saliente pidió su ayuda y hasta que
entraron en Budapest las primeras unidades. Al parecer ha-
bía discrepancias en el gobierno sobre cómo proceder. Se-
gún versiones, el Mariscal Zhukov, ministro de Defensa so-
viético y famoso por sus victorias frente a los nazis, era parti-
dario de intervenir. Mientras que Andropov, embajador sovié-
tico en Hungría y posiblemente la cabeza del KGB (Comité
de Seguridad) en ese país, estaba a favor de las negociacio-
nes. Estas se iban desenvolviendo, pero sin avance apa-
rente. Por fin ocurrió algo que desvió la atención pública mun-
dial de Hungría: la invasión del Líbano por las tropas inglesas
y norteamericanas, lo que les dio la coyuntura a los soviéticos
para intervenir. Eso ocurrió la noche del 3 al 4 de noviembre
de 1956, en horas de la madrugada. Tanto es así que las tro-
pas frescas que recién llegaban del Asia central, tropas sin
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conocimientos geográficos, políticos o históricos, cuando
veían el Danubio preguntaban si era el Nilo, como resultado
del confuso adoctrinamiento recibido antes del combate.
En sus alocuciones radiales, Kádár decía que era necesario
sustituir el régimen entreguista de Nagy y con este fin había
solicitado la intervención de las tropas soviéticas. Desgracia-
damente no he podido leer la copiosa literatura que hay sobre
este período de la historia de Hungría, pero parece lógico su-
poner que los soviéticos lo pusieron entre la espada y la pa-
red, posiblemente chantajeándole con declaraciones suyas
en los juicios de Hungría, o mediante alguna otra medida. Al-
gún día se sabrá la historia verdadera, desconocida hasta la
actualidad.
Ante el avance de las tropas soviéticas, Nagy hizo un dramá-
tico llamado por radio declarando la neutralidad del país y pi-
diendo la intervención de tropas de las Naciones Unidas. Esto
selló su destino: había solicitado asilo político para él y sus
colaboradores más cercanos en la Embajada yugoslava, el
que le fue concedido. Luego pidieron salvoconducto para salir
del país en un autobús. Los soviéticos accedieron, pero el
autobús fue interceptado por ellos. Unos meses después sa-
lió una nota oficial (no recuerdo si de Kádár, o de los soviéti-
cos), anunciando que se les había concedido asilo en Ruma-
nia, país comunista para ese entonces, donde radicarían un
tiempo. En junio de 1958 apareció otro comunicado diciendo
que habían sido juzgados y condenados a la pena capital, y
que la sanción había sido ejecutada (¡!).
En los primeros días de la segunda intervención soviética,
cuando todavía había focos aislados de resistencia en la Es-
tación del Sur y en las proximidades de la Universidad, Isabel
estaba haciendo sus prácticas de Obstetricia en la Clínica
Universitaria. A unas cuadras de distancia había un tanque
soviético, y justo debajo de las ventanas había unos chiquillos
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con fusiles disparando contra el tanque. Era un peligro
grande, porque este podía responder con un cañonazo. Pero
a la sazón se asomó a la ventana una de las enfermeras y
con voz de trueno les gritó a los chicos que se fueran. Enton-
ces ellos, que no le tenían miedo al tanque, se asustaron de
ella y se marcharon. Es un ejemplo de que entre los de la
resistencia había adolescentes que en el ardor del combate
no les tenían miedo a las balas, pero sí al regaño de una per-
sona mayor.
En Budapest se instaló un jefe militar soviético, que implantó
el toque de queda de seis de la tarde a seis de la mañana, y
situaron un asesor soviético en cada oficina del gobierno.
Luego empezaron a llamar a los distintos funcionarios a sus
puestos de trabajo, donde estaban los asesores soviéticos,
que eran los que tomaban las decisiones, y a menudo utiliza-
ban intérpretes. Esta situación era de conocimiento común y
la pudo comprobar el director del policlínico de mi municipio
cuando fue convocado a la oficina del ministro de Salubridad
para recibir la orden de que no permitirían, bajo ningún con-
cepto, una huelga de médicos.
Esto se debió a que las Comisiones Obreras de las fábricas,
ahora coordinadas por una Comisión Central, habían decla-
rado la huelga general, y nada funcionaba, salvo las panade-
rías, la salud pública y la luz eléctrica. Como en razón de mi
trabajo yo debía moverme por la ciudad después del toque
de queda, me extendieron un salvoconducto escrito en ruso
y en húngaro, con mi nombre y profesión, que me autorizaba
a ello, firmado por el jefe soviético de la plaza. Todavía lo
conservo.
Durante los días anteriores, en mi distrito yo había atendido
a pacientes de las más diversas corrientes políticas, desde el
presidente de una Comisión Obrera hasta un coronel de la
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Seguridad que convalecía de un infarto y tenía miedo de ser
ajusticiado en el hospital.
El baluarte de las Comisiones Obreras estaba en la isla de
Csepel, al sur de Budapest, un fuerte núcleo industrial. Pero
también mi barrio, Újpest, tenía grandes fábricas, como la
Orion, con capital extranjero, que igualmente se mantenía
firme. Los obreros de empresas como esta, que tenían ac-
ceso a divisas extranjeras, cobraban sueldos superiores al
resto de los trabajadores, por lo que había una alta demanda
de estos empleos.
El Boulevard Lenin, la arteria principal de la ciudad, mostraba
las ruinas de numerosos edificios derrumbados por los tan-
ques, aunque había señales del ataque en casi todos los pun-
tos. El sentir general de la población era que Budapest, solo
después de un largo plazo, volvería a su antiguo esplendor.
Pero se equivocaban.
Entretanto, Kádár trataba de poner en marcha el país nego-
ciando con las Comisiones Obreras, proceso que demoró
más de un mes, durante el cual la producción estuvo parali-
zada. La Unión Soviética envió a Hungría centenares de tre-
nes con alimentos, materiales de construcción y mercancías
de todo tipo, y algunos años después la ciudad estaba como
antes de la invasión.
Se persiguió y reprimió a los que se habían levantado en ar-
mas contra los soviéticos; aunque, al inicio, no contra los
miembros de las Comisiones Obreras. Pero no se reintegró a
sus cargos a los dirigentes administrativos que habían sim-
patizado con el gobierno de Nagy. La represión se fue ha-
ciendo paulatinamente, en proporción a la ampliación de la
base social del gobierno. Y la readmisión de los cuadros y
funcionarios a sus cargos se condicionaba a su aceptación
de ingresar al nuevo Partido, lo que favoreció el acceso de
- 108 -
oportunistas y la repetición posterior de errores semejantes a
los del gobierno de Rákosi. Esto había ido debilitando las ba-
ses del nuevo régimen. Pero la situación fue normalizándose
poco a poco, con la rápida mejoría de las condiciones econó-
micas, y a los dos años ya nadie hablaba del levantamiento y
la invasión.
Recuerdo claramente todo lo ocurrido en aquel período, no
solo por el impacto emocional de las vivencias, sino también
porque me dediqué a recopilar los artículos de prensa (inclui-
dos los editoriales de La Gaceta Literaria de antes del levan-
tamiento), así como las octavillas diseminadas por la ciudad
y varias de las órdenes del jefe soviético de la plaza. Luego
traduje todo eso en dos ejemplares y formé sendos álbumes:
uno lo entregué a la dirección del Partido Comunista de Es-
paña y el otro lo traje a Cuba y se lo entregué a Che Guevara.
Tengo que hablar del colectivo de españoles y del Partido
Comunista de España en relación con el levantamiento del
56 y la posterior intervención soviética.
Ya en años anteriores, los españoles que trabajaban en el
Metro informaron al Partido que había descontento entre los
obreros, y que a ellos les decían que no trabajaran tanto,
pues luego subirían las normas. Los trabajadores españoles
vislumbraban el mal y la crisis del régimen, pero el Partido no
les hizo caso, ni los camaradas húngaros tampoco, sino que
les dieron una reprimenda por diseminar infundios. Durante
los días que transcurrieron entre las dos intervenciones so-
viéticas, esos españoles se mantenían por lo general en
casa, ya que no se trabajaba y no entendían lo que estaba
pasando, por su desconocimiento del idioma. Entonces, unos
quince o veinte días después de que cesaron los combates,
el secretario de nuestra célula fue citado a Praga, donde se
encontraba la dirección del Partido. A los cuatro días volvió
con la «explicación» total de lo ocurrido, según la versión de
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los soviéticos. Yo, por mi parte, hablé sobre lo que había
leído, y lo que había visto y oído en la calle, por lo que fui
criticado duramente por el general Líster.1 Me defendí, di-
ciendo que nosotros, como comunistas españoles, debíamos
analizar el caso a fin de sacar experiencias útiles para nues-
tra lucha en España, aunque internacionalmente hubiera que
dar una versión más depurada de los hechos; pero no se me
hizo caso y casi fui sancionado. El horóscopo continuaba
cumpliéndose.
Mientras tanto, seguía atendiendo a mis pacientes, aunque
iba a pie desde el otro extremo de la ciudad. Ellos lo recono-
cieron y solicitaron al Ayuntamiento Municipal que me dieran
un apartamento cerca del distrito. Me dieron justamente el
que había pertenecido al capitán József Papp, asesinado en
el local del Partido de Budapest. Mi nuevo apartamento es-
taba ubicado en el número 18 de la calle que rebautizaron
con su nombre. En mi relación con los pacientes fue sur-
giendo un nuevo elemento del que no tenía idea. Fue así:
como al año de estar trabajando en el distrito, algunas perso-
nas (especialmente señoras mayores), después que curaba
al paciente, querían darme dinero. Yo me ofendía y lo recha-
zaba de plano, diciendo que era mi trabajo, por el que me
pagaban. Pero ellas argumentaban que estaban muy conten-
tas con mi atención y que mi sueldo no estaba a la altura del
trabajo que hacía. Estábamos en ese tira y afloja, y ellas a
veces lo dejaban caer en el bolsillo de mi abrigo, colgado en
la percha, sin que me diera cuenta. Hasta un día que me lla-
maron a una casa, donde se había reunido un grupo de cua-
tro o cinco pacientes, y me hicieron sentar y me obligaron a
escucharlas. Entonces me explicaron que allí la costumbre
había sido siempre atenderse por un médico particular que
fuera a sus casas. Es más, que pasara de vez en cuando,
aunque no me llamaran, para chequear cómo estaban los
- 110 -
ancianos y los niños; es decir, un concepto muy claro de lo
que debe ser un médico de familia. Además, me aclararon
que si no aceptaba el dinero, me lo iban a pasar por debajo
de la puerta de mi apartamento. Al final tuve que ceder, pero
lo que hice fue iniciar poco después una consulta particular
(autorizadas luego de los hechos del 56, junto con la restitu-
ción del título de Doctor) para salvar mi conciencia.
Pero también ocurrieron otras novedades. Una de mis prime-
ras pacientes fue Agnes (Agi, más familiarmente), mujer de
original belleza y elegancia en el andar, los gestos y los mo-
vimientos, con labios trémulos y ojos azules brillantes, húme-
dos y expresivos, con una voz melódica. Era una mujer de 34
años bien llevados, a la cual consultaba por determinadas do-
lencias crónicas que el médico anterior no había acertado a
curarle, y la trataban en un hospital. Su esposo era econo-
mista y trabajaba en una fábrica. Ella anteriormente no traba-
jaba, pero en esa época era profesora de alemán, idioma que
dominaba como el propio. No voy a negarlo, desde el primer
momento una especie de corriente magnética se estableció
entre ambos, aunque dentro de los límites del decoro y de la
relación profesional. Pero el tiempo fue pasando, yo acudía
varias veces a la semana a aplicarle unas inyecciones que le
habían recetado en el hospital, ella siempre muy amable con-
migo, enseñándome modismos y costumbres húngaras que
la Universidad no me había enseñado. Inclusive nos invitaron
a comer un domingo y no paraba de tener atenciones con-
migo. Su estado de salud mejoraba ostensiblemente y todo
el mundo estaba satisfecho, inclusive el esposo. Pero ocurrió
lo inevitable: nos enamoramos perdidamente uno del otro, y
ese amor perduró hasta el momento de viajar a Cuba.
Con muchas dificultades y cuidado, pero con mucho ardor,
con verdadera pasión. Todo el tiempo de mi estancia como
médico de barrio, aunque tuve alguna que otra aventurita
- 111 -
mientras, fue el tiempo de nuestro amor, que no declinaba
con el trans- currir de los meses y los años. Durante la revo-
lución del 56 ella floreció, pues rememoraba los viejos tiem-
pos, su época de oro, en medio de una sociedad que ya no
existía. Su marido se incorporó a las Comisiones Obreras,
aunque, prudentemente, no se comprometió mucho. Ella tra-
taba de explicarme las razones que movían a los húngaros
en esos meses de octubre y noviembre del 56.
Ya en los finales de la década del 50, parece ser que los so-
viéticos y el Gobierno húngaro habían decidido mantener sa-
tisfecho al pueblo, porque la situación mejoró de manera ra-
dical en todos los aspectos, principalmente en el orden mate-
rial: había buenos sueldos, las tiendas estaban abarrotadas
y abrieron numerosos restaurantes y otros establecimientos
de comidas y bebidas, lo que mantenía satisfecha a la pobla-
ción. Pero los estímulos materiales habían desatado un mer-
cantilismo feroz y había que dar propina por adelantado para
todo, inclusive para que le echaran la norma de café a un
expreso, o para conseguir una mesa en un restaurante.
Un día me llamó mi amiga Judith Weiner y me dijo que había
un profesor latinista que quería componer un diccionario hún-
garo-español y español-húngaro, y quería hablar conmigo.
Se trataba del profesor László Gáldi. Cuando fui a verlo me
habló en un español correcto, pero con horrible pronuncia-
ción, y examinó mis conocimientos de ambos idiomas. Quedó
complacido y me dio el trabajo. Aun cuando lo consideré mal
retribuido, era muy interesante y lo hice con gusto, creo que
duró poco más de un año. Consistía en lo siguiente: él con-
feccionaba las fichas, una para cada acepción de cada pala-
bra, y yo las revisaba después completando las omisiones, o
haciendo rectificaciones cuando así lo consideraba. Muchas
cuestiones las discutíamos entre ambos. Las fichas estaban
colocadas en cajas alargadas, como las de los catálogos de
- 112 -
las bibliotecas. Cada semana le llevaba una caja terminada y
traía otra. Solo podía trabajar en esto por las noches, y a me-
nudo me quedaba hasta tarde, pero sentí una gran alegría
cuando lo imprimieron. Me regaló un ejemplar dedicado.
De entre mis pacientes siempre recordaré al matrimonio
Boldog, ancianos ambos. Él era un hombre robusto y pletó-
rico de sangre, con tendencia a la hipertensión arterial, pero
bastante saludable. Ella era una mujercita endeble que re-
quería cuidados constantes. Aunque no me llamaran, yo iba
a visitarlos cada dos o tres semanas. Y en la primavera hún-
gara, cuando no hay frutas ni verduras frescas, ni radiación
solar, le inyectaba a ella una tanda de vitaminas que eleva-
ban sus defensas y le permitían pasar un nuevo año, indicán-
dole también sus medicamentos específicos. Ella me quería
mucho. Cuando se empezó a correr la noticia de que yo via-
jaba a Cuba, quedó desolada y me preguntó que cuándo vol-
vería. Por primera vez le mentí y le dije que en un año. Luego
me contaron que apenas sobrevivió poco más de ese plazo.
Su recuerdo, matizado de cierto sentimiento de culpa, no se
me borra de la mente. Tampoco Gabriella (Gaby), una mujer
sumamente bella e interesante, que entonces trabajaba en
una fábrica. Por ella conocí numerosos manjares de la cocina
húngara y muchos matices del idioma.
Para mis visitas yo llevaba un maletín con todo lo que pudiera
necesitar en una emergencia: el estetoscopio, el aparato de
la presión, unos tubos especiales de acero cromo que conte-
nían jeringuillas esterilizadas, una caja de metal que servía
para hervir las jeringuillas en el lugar, alcohol, algodón y am-
polletas de las medicinas más necesarias para las distintas
emergencias médicas, todo dentro de un estuche de cuero
especial. A los pacientes les impresionaba cuando abría el
maletín y me veían sacar el esfigmomanómetro, el estetos-
copio, jeringuillas en estuches esterilizados y ámpulas de
- 113 -
medicinas que me permitían resolver las distintas situaciones
sin pérdida de tiempo.
Por ese entonces nuestra situación económica había mejo-
rado francamente: teníamos nuestros dos sueldos, más la
consulta privada y las traducciones, que hacían ya una suma
considerable. Podíamos ir a los balnearios a orillas del Bala-
tón a veranear, teníamos un abono a la Ópera y comíamos a
menudo en restaurantes caros, de modo que decidimos com-
prar un coche, que el Estado estaba vendiendo a la población
según una lista de peticiones. Vendían dos clases de coches:
los Wartburg de la República Democrática Alemana, con mo-
tor de dos tiempos, y los Skoda checos, con motor de cuatro
tiempos. Me apunté para uno de estos últimos. Una de mis
pacientes, que era secretaria del director de la Compañía Im-
portadora y Distribuidora de Automóviles, me adelantó en el
escalafón. Durante las semanas que duró la espera me fui
fijando en los choferes de taxi y de autobús, en cómo mane-
jaban, y lo iba practicando mentalmente. De tal modo pude
salir con mi flamante Skoda Octavia manejándolo yo mismo,
hasta llegar a casa y meterlo en un garaje que había alqui-
lado. En Hungría, por el frío, durante el invierno no se pueden
dejar los autos en la calle por las noches, porque se congela
la grasa del diferencial, y aunque tenga líquido anticongelante
en el radiador, no arrancan. Luego aprendí a manejar correc-
tamente con un mecánico amigo.
No obstante las comodidades de que disfrutaba, o tal vez de-
bido a ellas, no me sentía bien moralmente. Ya no era el re-
volucionario romántico de mi juventud, y mis preocupaciones
se parecían más a las de un pequeñoburgués. Poco después
el destino me depararía la ocasión de volver a ser yo mismo.
A mediados de 1960 empezaba a cansarme del distrito: era
un trabajo agotador y no tenía posibilidades de superación.
Intenté trabajar en un hospital, pero las regulaciones legales
- 114 -
me lo impedían: como médico de distrito tenía un sueldo su-
perior al del personal hospitalario y no podían trasladarme a
una plaza con ingresos inferiores. Entonces leí un aviso de la
Empresa de Medicamentos Medimpex: pedían un médico
con dominio del español como asesor científico. Me acepta-
ron enseguida, el trabajo consistía en redactar folletos de di-
vulgación de los medicamentos de Hungría, que no eran po-
cos, pues el país tenía una fuerte industria farmacéutica. Allí
aprendía bastante y me sentía bien. Por las tardes seguía
atendiendo mi consulta privada.
Pero también, como dije antes, me empezaba a sentir dife-
rente de lo que había sido en mi juventud: me daba cuenta
de que mi vida se encaminaba solo al bienestar material, y
mis antiguos ideales habían palidecido. En otras palabras,
me estaba aburguesando.
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Capítulo 12
- 116 -
burocrática que reinaba en Hungría. Al saber que yo había
vivido en Argentina, me contaron que entre los dirigentes re-
volucionarios cubanos había un argentino, Ernesto Che Gue-
vara, que era médico. No estaba seguro de si sería el mismo
Ernesto de mi adolescencia, porque nuestros caminos se ha-
bían separado y ni siquiera sabía que hubiera estudiado Me-
dicina, y así lo comenté con ellos.
Según me enteré después, un periodista que estaba con la
delegación le hizo una entrevista a Guevara en Praga y le
habló de mí. En diciembre de 1960, Judith Weiner, mi buena
amiga traductora, me llamó para decirme que el Che había
pasado por Budapest, donde estuvo solo unas pocas horas,
que me habían llamado por teléfono a mi casa pero yo no
estaba y que ella tenía algo para mí. Fui a visitarla y me dio
una carta manuscrita de él, una minúscula esquela que escri-
bió en la tarjeta que indicaba su lugar en no sé qué negocia-
ciones, o en un banquete. Estaba escrita con letra menuda,
pero perfectamente legible. Conservo la fotocopia, el original
lo entregué al museo. Decía:
- 117 -
La carta me emocionó e incrementó mi interés en la Revolu-
ción cubana, a lo que contribuían los visitantes que venían de
allá, así como los materiales que traducía.
Hay que agregar que el mercado cubano, con sus pagos en
dólares, despertó una fiebre de ventas en las empresas hún-
garas y tuve que traducir prospectos y libros de texto. Tam-
bién me dieron a traducir el libro de un ex emigrado que había
retornado al país. Este libro, titulado Profesión: emigrado,
cuyo autor, si mal no recuerdo, era István Szabó, narraba las
miserias y desgracias de la sociedad capitalista (en Cuba lo
vi en las librerías.) Me llamó la atención cuando lo traducía,
que el manuscrito, que cambiaba cada día, estaba escrito con
distintas letras y corregido muchas veces, como si se tratase
de un agente que está siendo interrogado o entrevistado por
diversas personas.
Poco a poco fui conociendo más sobre Cuba. Entre otras co-
sas, que había una gran necesidad de médicos, pues la in-
mensa mayoría de ellos, con clientela burguesa o pequeño-
burguesa, había seguido la vía del exilio hacia los Estados
Unidos. Aumentó mi curiosidad e interés por la Revolución
cubana y tomé la decisión de viajar a ese país para prestar
mis servicios como médico. Le escribí a Che en este sentido,
al Banco Nacional, del cual era presidente. Al mismo tiempo
le escribí otra carta al Comité Central del Partido Comunista
de España, comunicándole mis deseos. Argumentaba el viaje
con la mención de Che Guevara y con que sentía que me
estaba aburguesando en Hungría. La respuesta se demo-
raba, mientras el Partido Español ponía trabas a mi viaje: al-
gunas ideológicas, como que no se trataba de una revolución
socialista sino pequeñoburguesa; otras de índole práctica,
como que había que tener primero un contrato para poder
viajar. Volví a escribirle a Che y mi carta posiblemente dejara
- 118 -
entrever estas dudas. Su respuesta, en papel con el mem-
brete del Presidente del Banco Nacional de Cuba, decía:
Querido Fernando:
Es verdaderamente una lástima no habernos podido ver
aunque fuera unos minutos. Te escribo con la precipita-
ción y la concisión que demandan en mí muchas ocupa-
ciones diversas; espero lo comprendas.
Concretamente, aunque no lo dices específicamente en tu
última carta y sí en la anterior, creo que tienes deseos de
venir a trabajar por estas tierras. Desde ya te puedo decir
que aquí tienes trabajo para ti y tu mujer. Que el sueldo
será decoroso, sin permitir mayores lujos y que la expe-
riencia de la Revolución Cubana es algo que me parece
muy interesante para personas, que como tú, tienen algún
día que empezar de nuevo en la patria de origen. Por su-
puesto, podrías traer a tu madre y aquí se te conseguirían
las comodidades de tipo personal necesarias para tu tra-
bajo. La Universidad se está reestructurando y hay campo
para trabajar aquí si les interesa.
Naturalmente, aquí encontrarás más cosas irracionales
que en ese país pues una revolución lo conmueve todo, lo
trastoca todo y poco a poco hay que poner a cada uno en
el puesto que mejor pueda desempeñar. Lo único impor-
tante es que no se obstaculiza el trabajo de nadie.
Para resumir, aquí está tu casa, si quieres venir lo avisas
en la forma que mejor creas y me explicas los trámites que
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habría que hacer, si fuera necesario alguno, para traer a
tu mujer. Como hemos seguido rumbos tan distintos
desde hace muchos años, te comunico a manera de infor-
mación personal que estoy casado, tengo dos hijas y que
tuve algunas noticias de los viejos amigos por mamá, que
estuvo a visitarnos hace algunos meses.
Recibe el fraterno abrazo de tu amigo,
Che
- 120 -
productos que no veíamos en Hungría, a precios de ganga.
Seleccionamos algunas cosas, pero cuando fuimos a pagar
en coro- nas checas, no nos aceptaron el dinero. Así nos to-
pamos con la primera tienda
«Tuzex», que vendía en moneda convertible, y de las que no
teníamos idea. Luego supimos que muchas muchachas che-
cas hacían lo indecible por obtener cupones para dichas tien-
das.
- 121 -
Vida IV
Médico en Cuba
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Capítulo 13
- 123 -
que pareciese de inicio. El pueblo idolatraba a sus dirigentes,
quienes vivían muy cerca de él, eran muy visibles. Era posible
encontrar a Fidel en la calle, en los más diversos lugares. La
gente les hablaba de tú a Fidel y a Che cuando los veía por
las calles y en los actos públicos, que eran muchos, y con un
entusiasmo desbordante. Esto no ocurría por azar, ni por la
indudable fuerza oratoria de Fidel. Era el reconocimiento sin-
cero por todo lo que el pueblo había recibido de la Revolu-
ción: la Reforma Agraria, la Reforma Urbana, el castigo de
todos los torturadores y los politicastros ladrones que forma-
ban las capas dirigentes de la sociedad bajo el régimen del
tirano Batista y los corruptos gobiernos que le precedieron en
el poder. Por eso el pueblo se sentía dignificado y mostraba
su agradecimiento a los «barbudos», a los guerrilleros que,
encabezados por Fidel, habían expulsado a los cabecillas del
régimen anterior e instaurado uno revolucionario, del cual se
sentían protagonistas. De ahí su entusiasmo, el fervor con
que acudían a los mítines a escuchar a Fidel y a Che. Todo
esto contrastaba agudamente con la sociedad húngara, bu-
rocratizada, con abismos insalvables entre pueblo y dirigen-
tes, y un estado todopoderoso e inasequible. En Cuba había
una verdadera revolución, y una revolución joven. En pocos
años, con las conquistas sociales que la población iba obte-
niendo y los discursos de Fidel, la mentalidad del pueblo fue
cambiando radi- calmente: antes admiraba a los Estados Uni-
dos, luego se convirtió en antiimperialista.
En las semanas siguientes a nuestra llegada visité varios
hospitales y me reuní con numerosos médicos, a los que
ofrecí explicaciones sobre los productos farmacéuticos hún-
garos, que tenían buen renombre internacional, en particular
los de la fábrica Gedeon Richter. Mientras, Isabel visitaba por
su cuenta la Cátedra de Fisiología y demostraba sus experi-
mentos ante alumnos y profesores, para asombro de
- 124 -
muchos, ya que esta disciplina estaba poco desarrollada ex-
perimentalmente en la Universidad prerrevolucionaria, mien-
tras que Hungría tenía buena tradición médica y experimen-
tal.
A los pocos días de estar en La Habana se celebraba un par-
tido de fútbol entre un equipo argentino y uno cubano, y fui-
mos a verlo. Cuál sería mi sorpresa al ver, en una de las tri-
bunas, a Che. Nos acercamos a él y enseguida me reconoció
y me dio un abrazo. Después del partido nos llevó a su des-
pacho en el Ministerio de Industrias, del cual era ministro en-
tonces. Íbamos a través de un mar de gente, en un Chevrolet
Impala del año 60, sin columnas, pero en peores condiciones
que el del agregado comercial húngaro, mientras la multitud
que salía del encuentro deportivo lo aclamaba. Gozaba de
indiscutible popularidad. Manejaba despacio, sereno y son-
riente, mientras fumaba un puro, sin ninguna precaución por
su seguridad, aunque dos guardaespaldas iban sentados en
los guardafangos, atentos, sobre todo, a que en el tumulto
nadie se hiciera atropellar por el coche.
El Ministerio de Industrias estaba instalado en dos edificios
de diez pisos, uno al lado del otro, ocupados actualmente por
el Ministerio del Interior, enfrente del monumento a José
Martí, en la Plaza de la Revolución, donde se congregaban
las multitudes para escuchar los largos discursos de Fidel
Castro. El despacho de Che, hoy convertido en museo, es-
taba en el noveno piso, justo frente a un elevador privado que
iba directo a ese piso desde el aparcamiento, lo que me
asombró, pues nunca había visto una cosa así. Estaba tan
emocionado por el encuentro que casi no recuerdo de qué
hablamos, aunque nos contamos uno al otro algo de nuestras
respectivas vidas. También me dijo que fuera a ver al doctor
Piedra, decano de la Facultad de Medicina, para lo de mi tra-
bajo.
- 125 -
Al mes, aproximadamente, di por terminado mi encargo para
los húngaros y le entregué el informe al agregado comercial,
quien valoró como buena mi actividad. En mis conclusiones
resaltaba el hecho de que Cuba estaba en proceso de indus-
trialización y que era preferible venderle materias primas y
medicamentos genéricos para que pudiera desarrollar su pro-
pia industria farmacéutica, en vez de medicamentos patenta-
dos, más caros, y que las negociaciones las hicieran con el
Comandante Guevara, de quien dependía esta industria. Por
ese entonces, en Cuba se hallaba Celia madre, la mamá de
Che, y él vino con ella y Aleyda, su esposa, a comer a casa.
Por cierto, vivíamos en el mismo edificio que Orlando Bo-
rrego, su segundo en el Ministerio de Industrias y futuro mi-
nistro de la Industria Azucarera.
Poco tiempo después Isabel quedó contratada como Profe-
sora Invitada de Fisiología, pues ya la habían visto realizar
sus experimentos. Ahora me tocaba a mí buscar trabajo. El
doctor Piedra estaba en un viaje largo por Europa, y los fun-
cionarios que me atendieron en su lugar me parecieron per-
fectos burócratas que no estaban interesados en resolver mi
problema, pero la solución salió de forma inesperada. A mi
llegada, yo me había presentado ante el grupo de camaradas
del Partido Comunista de España, y allí conocí a un médico
hispano-soviético, el doctor Florencio Villa Landa. Él daba
clases en el Departamento de Psiquiatría del Hospital Univer-
sitario «Calixto García», el más grande del país, con nume-
rosos pabellones separados por verdaderas calles. Villa
Landa me invitó a ir allí para que hablara con los profesores.
Todos tenían mucha curiosidad por la medicina en Hungría,
el socialismo, el levantamiento del 56 y otros temas. Me dije-
ron que había una plaza como médico general y que si me
interesaba, podía trabajar allí. Acepté de inmediato y ellos me
hicieron los trámites. El director del Departamento era el
- 126 -
doctor José Galigarcía, un eminente psiquiatra y bellísima
persona, que aunque era de posición acomodada, se quedó
por conciencia en la Cuba revolucionaria. De inmediato me
puse a estudiar Psiquiatría, sobre la que tenía solo conoci-
mientos empíricos. En particular estudiaba Psicoanálisis y
Psicología Dinámica, el primero vedado totalmente en la
Unión Soviética y en Hungría; la segunda, poco utilizada en
la psiquiatría de aquellos países, ya que en el bloque socia-
lista predominaba un enfoque organicista absoluto acerca de
las enfermedades psiquiátricas. En una librería de segunda
mano encontré lo que nunca hubiera soñado hallar en Hun-
gría, en cuanto a variedad de títulos y de enfoques.
Estábamos contratados como profesionales extranjeros y, en
esta condición, percibíamos sueldos más elevados que los
cubanos y teníamos derecho a una vivienda. En nuestro
caso, esto era una necesidad imperiosa, porque el pago del
hotel se llevaba buena parte de nuestros salarios, además de
que ya me sentía claustrofóbico de pasar tanto tiempo estu-
diando en la habitación del hotel, más apta para lunas de miel
que para estudiar en ellas. Después de visitar varias veces al
compañero encargado de estos asuntos en el Ministerio de
Salud Pública, nos dieron un modesto apartamento de dos
cuartos en una zona céntrica, próxima a 12 y 23, la esquina
desde la cual Fidel proclamó el carácter socialista de la Re-
volución en vísperas de la invasión mercenaria por Playa Gi-
rón, en abril de 1961.
Ya con trabajo ambos y con vivienda, mandamos a venir a mi
madre, que se había quedado con el temor de que a lo mejor
la dejábamos allí, en Hungría. Nos acomodamos en el apar-
tamento, pero un buen día se presentó un funcionario de la
Universidad y le dijo a Isabel que ella, como era Profesora
Invitada, tenía derecho a una vivienda mejor, y efectiva-
mente, nos dieron un amplio apartamento de tres
- 127 -
habitaciones y dos terrazas en el otrora exclusivo barrio de
Miramar, al oeste de La Habana. También me vendieron un
coche, a plazos. Era usado, uno de los tantos que dejaron los
que se fueron del país y que se vendían preferentemente a
los técnicos extranjeros, a los médicos y a otros profesiona-
les. Escogí un Opel Kapitan, todo un lujo después del Skoda
que manejaba en Hungría.
En realidad, aunque en Hungría llevábamos una vida acomo-
dada, en Cuba, en nuestra condición de técnicos extranjeros,
disponíamos de un confort superior, porque había todavía
tiendas particulares que ofertaban pequeños lujos y comodi-
dades heredadas del período prerrevolucionario, y subsistían
desigualdades que nos permitían, por ejemplo, tener una em-
pleada doméstica (a través de la misma Empresa para la
Atención a Técnicos Extranjeros) y adquirir coches occiden-
tales. También comprábamos en tiendas especiales, mejor
surtidas que las otras y con entrega a domicilio, aunque esto
no duró mucho. Esta atención especial a los técnicos extran-
jeros era comprensible por la sangría que había sufrido el
país con la huida de los médicos y otros profesionales, asus-
tados por el fantasma del comunismo y las campañas propa-
gandísticas de los Estados Unidos contra Cuba. Aunque en
algo sí acertaron: la Revolución se encaminaba realmente
hacia el comunismo, tal vez más deprisa por el bloqueo y los
ataques de la gran potencia del [Link]én disfrutábamos
de las magníficas playas. Con frecuencia íbamos al círculo
de los médicos, en la playa de Santa María, al este de la Ha-
bana, que permaneció exclusivo para estos todavía un año
más, aproximadamente. Un día habíamos ido a esa playa en
compañía de mi amigo Luis Azcárate (ya mencionado, que
ahora trabajaba en Cuba como ingeniero en la industria side-
romecánica) y una de sus hijas, cuando Fidel, rodeado por
algunos guardaespaldas, se metió en el agua por donde
- 128 -
estábamos nosotros y nos saludó, nos preguntó que de
dónde éramos y entablamos una breve conversación. Tam-
bién lo veíamos frecuentemente en el hotel. Situaciones
como esta eran inimaginables en Hungría, donde los dirigen-
tes vivían muy aislados de la población.
En Cuba se estaba realizando entonces uno de esos empe-
ños que parecen imposibles: alfabetizar a toda la población.
Se hizo una campaña bien organizada. Y los alfabetizadores,
con su uniforme y una lámpara incandescente de keroseno,
se dirigieron a todos los rincones del país (inclusive a las zo-
nas campesinas más atrasadas), donde estuvieron cerca de
un año conviviendo con los campesinos en sus bohíos (casas
rústicas con piso de tierra y techo de guano, que son hojas
de la palma). Con unas cartillas confeccionadas al efecto, en-
señaron a leer y a escribir a todos los analfabetos. Lo mismo
se hizo en las ciudades. Quienes lo hacían eran no solo los
maestros, sino los alumnos de secundaria y miles de otros
voluntarios. El 22 de diciembre de 1961, cuando se dio por
finalizada la campaña, decenas de miles de alfabetizadores,
portando banderas y lápices gigantes, desfilaron frente a la
tribuna de la Plaza de la Revolución, gritando: «¡Fidel, Fidel,
dinos qué otra cosa debemos hacer!» Isabel y yo estábamos
en la tribuna de los invitados. Yolanda Pérez, una amiga de
los tiempos de Hungría que trabajaba en la atención a los
extranjeros, nos había dado las entradas. En la tribuna cen-
tral, cerca de Fidel, se hallaba el Che.
- 129 -
Capítulo 14
- 130 -
de sus cuadros y se decide allí unánimemente el cambio de
nombre por el de Partido Comunista de Cuba, con Fidel como
primer secretario y Raúl como segundo. Los periódicos na-
cionales Hoy (órgano del PSP) y Revolución (partidario del
Movimiento 26 de Julio) fueron convertidos en uno: el
Granma, situación que se ha mantenido hasta el presente.
En estos años ocurre un hecho inolvidable para mí, la Crisis
de los Misiles (octubre de 1962), cuando los aviones espías
norteamericanos fotografiaron un silo de cohetes soviéticos
casi operacional en la región de San Cristóbal, en la provincia
de Pinar del Río, al oeste de La Habana. En realidad, ya
desde antes era un secreto a voces en Cuba que camiones
cargados con largos y voluminosos tubos circulaban por la
noche, y también otros camiones cargados con jóvenes ru-
bios no uniformados, aunque sí vestidos de la misma manera,
pero que se notaba a la legua que no eran cubanos. Fidel,
por su parte, explicaba en sus discursos que las armas que
tenía Cuba eran de índole defensiva, necesarias por las ame-
nazas norteamericanas contra la Revolución. Unos técnicos
chilenos que trabajaban en la Universidad se asustaron y se
fueron. Pero el pueblo cubano no se arredró ante el inminente
peligro que lo acechaba, estaba unánimemente al lado de Fi-
del, el Comandante en Jefe. Pocas veces en la historia de los
pueblos se ha registrado una identificación entre pueblo y di-
rigentes de manera tan estrecha y entusiasta como la de
aquellos días. La gran mayoría estaba unida, junto a Fidel, y
cumpliendo las tareas que se les había encomendado: en la
defensa unos, en la producción los otros.
Inmediatamente, cuando se declaró la Crisis de los Misiles,
nos acuartelaron en el hospital, pero no hacíamos nada. Isa-
bel y yo queríamos participar más activamente en la movili-
zación de todo el pueblo y nos presentamos en un centro de
reclutamiento. Resultó ser una división organizada por el
- 131 -
Ministerio del Interior. Isabel estaba en esos momentos em-
barazada, de modo que la destinaron a vacunar a las tropas;
y a mí, como jefe del puesto médico de uno de los batallones.
Me sentí orgulloso cuando vestí por primera vez el uniforme
de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Me dieron una mo-
chila con medicinas y equipos de curación, y después de una
escala temporal nos atrincheramos en un barrio del sureste
de la ciudad: el Reparto Eléctrico. Se había formado un cerco
defensivo rodeando La Habana.
Allí dormíamos en un bohío, y hacía un frío horrible para es-
tas latitudes. En realidad fue uno de los inviernos más fríos
de los últimos años, y con el clima húmedo se sentía mucho
más. Apenas podía dormir en la hamaca, pues no estaba
acostumbrado a ella y el frío me lo impedía. En el campa-
mento me ocupaba de la purificación del agua y de atender
las pequeñas dolencias que suelen aparecer en una tropa
cuando no participa en combate. También encontré a un si-
mulador, quien fingía un dolor inexistente en el hombro, lo
que le «impedía» cavar trincheras. Le apliqué un tratamiento
de 30 microinyecciones de Novocaína (no era una tortura, si
el dolor fuera real se lo habría quitado; como era fingido, solo
sintió los 30 pinchazos), que lo mantuvieron alejado de la en-
fermería a todo lo largo de la movilización. Por ambulancia
tenía un tosco camión soviético que aprendí a manejar rápi-
damente. Allí me hice amigo de Lucindo, un detective que
teóricamente sería el chofer de la ambulancia que no llegué
a tener. La amistad perdura en la actualidad.
Los aviones norteamericanos pasaban en vuelo rasante so-
bre nuestras cabezas, pero teníamos órdenes estrictas de no
dispararles. Había una gran tensión, pues estábamos bajo la
amenaza de un golpe nuclear, pero ni la tropa ni la población
tenían miedo. Albergaban una fe inagotable en Fidel y afron-
taban el futuro con serenidad. Permanecí movilizado poco
- 132 -
más de veinte días, y luego volví satisfecho a mi trabajo en el
hospital, con una hoja de reconocimiento en el bolsillo.
Unos dos meses después me llamó a su despacho el jefe de
Servicios Médicos del Ministerio del Interior, quien me había
reclutado en la Crisis de Octubre, para decirme que tenían un
batallón luchando contra los alzados en la provincia de Ma-
tanzas, al centro del país, y que su médico se había enfer-
mado. Me preguntó si yo podría reemplazarlo. Acepté inme-
diatamente, y unos días después me presenté en el campa-
mento. El jefe del batallón era el mismo que tuve durante la
Crisis de Octubre, al que por su vocabulario llamaban «Te-
niente Coj…»
Esta unidad era más numerosa que la anterior y estaba fo-
gueada. La jefatura del batallón tenía un jeep soviético y ha-
bía además varios camiones para la tropa, pues nos movili-
zábamos de operaciones a distintos lugares, según las infor-
maciones que se recibían de la presencia de los alzados. Pri-
mero acampamos en las inmediaciones de Jagüey Grande,
en medio de un naranjal que dejamos pelado. Contábamos
con unas cuantas tiendas de campaña (yo tenía una, que ha-
cía las veces de enfermería) y para brindar atención me au-
xiliaban un enfermero y dos sanitarios o camilleros. Me abu-
rría estar allí, de modo que le pedí al teniente participar en las
operaciones, a lo que accedió. Me dieron una metralleta
checa, fácil de manejar. Era un arma para distancias cortas,
los buenos tiradores portaban fusiles FAL belgas.
Las operaciones consistían fundamentalmente en acciones
de cerco y «peine»: la jefatura recibía una información de la
Seguridad, en el sentido de que había bandidos en una zona
o caserío determinado, y entonces salíamos de noche, antes
de la madrugada, en los camiones que nos iban dejando a
unos diez metros de distancia unos de otros, en perfecto si-
lencio, rodeando el lugar en cuestión. Una vez que ya estaba
- 133 -
el cerco tendido, entraba el «peine» desde el otro lado, cada
soldado más próximo uno al otro, empujando a los alzados
contra el cerco en una operación de pinzas. Algunas opera-
ciones eran difíciles, como «peinar» un campo de caña es-
peso a pleno sol. Tendimos otro cerco en la Ciénaga de Za-
pata, más al sur, donde abundaban los mosquitos y los terri-
bles jejenes, esos minúsculos insectos que penetraban a tra-
vés de la gasa con la que nos cubríamos la cara.
Muchas veces no lográbamos resultados, pero pronto se
aclaró el misterio. Los campesinos que daban cobijo a los
bandidos solían cavar huecos dentro de sus viviendas, donde
los ocultaban, con la entrada bien camuflada, mientras per-
manecían en absoluto silencio. Buscábamos sobre todo a la
banda de un forajido, el Pichi, que había cometido varios ase-
sinatos en la provincia.
Al final rodeamos al Pichi y sus secuaces cerca de la costa
norte, en una elevación cercana a la localidad de Limonar;
pretendían escapar a los Estados Unidos en un barco, pero
no lo lograron. Fue un combate con todas las de la ley, porque
se habían hecho fuertes detrás de unas rocas, y yo me en-
frentaba por primera vez con una situación de guerra real.
Hubo heridos de ambas partes. A uno de los nuestros, con
una herida en el pecho, lo llevé hasta la ambulancia, cubrién-
dolo con la camisa de mi uniforme. La ambulancia lo trasladó
al Hospital Militar de Matanzas.
Más de treinta años después, estaba yo en una de mis cami-
natas de jubilado por La Habana, cerca del río Almendares
(que separa El Vedado de Playa), cuando un guardia de se-
guridad que había frente a un establecimiento comercial me
reconoció: era compañero de aquella batalla y me dio detalles
que yo casi no recordaba. Me puso por las nubes y me pre-
guntó si me habían otorgado la Medalla de la Lucha contra
Bandidos. Le dije que no, y él se ofreció y me entregó luego
- 134 -
un aval en el que certificaba mi comportamiento entonces.
Para mi asombro, unos meses después me la concedieron.
Yo estaba de viaje por el interior y mi hijo Fernando fue a
recogerla. Es la única medalla que tengo.
Por entonces yo portaba una pistola, lo que en aquellos mo-
mentos era un símbolo de estatus, pues como oficial debía
llevar arma corta, aunque en aquella época no se había intro-
ducido todavía la estructura militar en el MININT. La pistola
era una Walther P38 alemana, como las que usaba la Ges-
tapo (policía secreta de los nazis). Cuando me llamaron en el
62 para combatir contra los bandidos, no pensé en nada más
que lo que me dijeron: que el médico se había enfermado. En
años posteriores, y ya con más experiencia, caí en la cuenta
de que había sido una prueba a la que me sometían, pues
tenían planes futuros para mí.
Concluido mi compromiso en Matanzas, regresé al hospital
con la satisfacción del deber cumplido, como suele decirse.
Me había puesto a prueba una vez más, y la había pasado.
Poco después, el 29 de abril de 1963, Isabel dio a luz. Fue
una niña, a la que pusimos Ana María, y también tendría va-
rias vidas sucesivas. Isabel no había querido tener hijos
mientras estuvimos en Hungría, principalmente a causa de su
trabajo, pero aquí en Cuba por fin nos decidimos. Ya era hora,
ambos teníamos 35 años.
En el Departamento de Psiquiatría, entretanto, me habían
nombrado Profesor Auxiliar: tenía que dar clases a los estu-
diantes en su rotación por esta especialidad, y entonces no
me imaginaba qué consecuencias tendría para toda mi vida.
Las clases las daba a pequeños grupos de diez o quince es-
tudiantes, y me quedaba afónico, porque mi voz tenía que
competir con el estruendo de un compresor eléctrico que es-
taba justo debajo de la ventana. Además de las clases, hacía
- 135 -
demostraciones prá- cticas de hipnosis, que despertaban la
curiosidad de los estudiantes.
Un día la práctica era una visita al Hospital Psiquiátrico de La
Habana, conocido como Mazorra, una institución para pa-
cientes crónicos, la que antes de la Revolución era una ver-
dadera cárcel, donde los enfermos estaban sucios, desnu-
dos, acostados en el suelo y sin ningún tratamiento. La Re-
volución, en la persona del doctor Bernabé Ordaz (quien ha-
bía estado en la Sierra Maestra con el Ejército Rebelde y os-
tentaba el grado de Comandante, máxima jerarquía militar
que se otorgaba allí), lo convirtió en una institución humana y
científica, que logró grandes éxitos utilizando inteligente-
mente la terapia ocupacional y las actividades deportivas y
culturales, aparte de los tratamientos convencionales moder-
nos. Pero seguía siendo un establecimiento de enfermos cró-
nicos. En nuestra visita observamos a un paciente en estado
catatónico, es decir, inmóvil, rígido y sin contacto con la reali-
dad que le rodeaba desde hacía más de veinticuatro horas.
Quise poner a prueba mis conocimientos de psicoterapia y
me agaché para hablarle al oído. En estos casos oyen más
el cuchicheo que los gritos. Me puse en su lugar y le dije lo
que a mí me hubiera gustado oír de estar en semejante situa-
ción. Para asombro de todos, y de mí mismo, a los diez mi-
nutos se despertó, se levantó y comenzó a conversar. Fue
todo un éxito.
Tuve otros éxitos terapéuticos más, entre ellos el caso de un
estudiante de ingeniería que entró en una psicosis profunda,
pero pude sacarlo de ella y reanudó sus estudios. Años des-
pués me lo encontré en la calle perfectamente restablecido.
Y el de un detective joven, quien por el mucho trabajo, la falta
de sueño, el estrés, los estimulantes y el alcohol, se psicotizó,
y que logré volverlo a la realidad. Posteriormente estudió Me-
dicina y practicó Ortopedia, aunque quedó emocionalmente
- 136 -
inestable, de modo que aconsejaron jubilarlo por enferme-
dad. Todavía lo veo de vez en cuando. Tuve también fraca-
sos, pero, falto de modestia, no voy a hablar de ellos aquí.
Ocurría también por esos años sesenta que los psiquiatras
tenían curiosidad por conocer el marxismo y las particularida-
des de la especialidad en los países socialistas. Buena parte
de ellos poseían una formación psicoanalítica, aunque pocos
eran psicoanalistas ortodoxos. Por el otro lado estaban los
que procedían del antiguo partido comunista (Partido Socia-
lista Popular), por entonces familiarizados con las doctrinas
en boga en la Unión Soviética, conocidas como «Reflexolo-
gía», y las defendían a ultranza. Se trataba de una doctrina
de Estado, altamente especulativa, que según ellos era la
aplicación de los descubrimientos del insigne fisiólogo ruso
Iván Pavlov sobre los reflejos condicionados, sacadas de su
contexto experimental y aplicadas a la psiquiatría, campo en
el que Pavlov jamás incursionó. La divulgación de estas doc-
trinas como representativas del marxismo más puro, junto al
ataque contra todas las numerosas corrientes de la psiquia-
tría occidental, tachándolas de idealistas, creó una gran con-
fusión ideológica, a la vez que una división peligrosa entre
profesionales que apoyaban unánimemente a la Revolución
y que, por otro lado, los estigmatizaban como antimarxistas.
Como si esto fuera poco, en esos años aterrizaron en La Ha-
bana, en calidad de invitados, dos profesores rusos: Viktorov
e Isaiev, que eran la quintaesencia del sectarismo y la esco-
lástica, y echaron más leña al fuego.
Lo más curioso del caso de la «Reflexología» es que solo te-
nía una existencia virtual, en algunas publicaciones teóricas
y para el extranjero. Pero los psiquiatras rusos, como los hún-
garos que yo conocía tan bien, eran organicistas, seguían la
escuela alemana que achacaba todas las perturbaciones de
la conducta a lesiones en el cerebro.
- 137 -
El Hospital Psiquiátrico de La Habana, donde predominaban
estas concepciones, dio gran publicidad a la visita de los pro-
fesores soviéticos, que eran agresivos en las polémicas e in-
crementaron la confusión entre los psiquiatras.
Yo, que venía del campo socialista (ya sabía de la pobreza
teórica y clínica de la psiquiatría en estos países) y había co-
nocido en Cuba la riqueza y variedad de los conocimientos
psiquiátricos de Occidente, participaba en la medida de mis
posibilidades para evitar esas divisiones y buscar una articu-
lación teórica entre la psiquiatría y el marxismo. En la Argen-
tina había leído un valioso libro de don Ramón Turró (eximio
fisiólogo y filósofo catalán), titulado Los orígenes del conoci-
miento: el hambre, escrito con gran rigor científico y filosófico,
que contenía implícita una crítica a las concepciones soviéti-
cas que se desarrollaron después, y que me ayudó conside-
rablemente a rebatir la concepción mecanicista que tanto
tiempo imperó en la Unión Soviética, la «Reflexología», ba-
sada en la teoría del reflejo leninista. Con ese fin escribí un
folleto con el pomposo título de El materialismo dialéctico y la
medicina, que la Universidad me publicó, aunque con la acla-
ración de que no compartían mis puntos de vista. Poco des-
pués de su publicación fui citado al Departamento de Filoso-
fía de la Universidad, donde casi me hicieron un juicio inqui-
sitorial por mis afirmaciones. Ellos no me conocían y creían
que yo era un intelectual trasnochado y diversionista, pero
aquello no llegó a mayores.
Poco a poco las cosas volvieron a su cauce y se dejó de ha-
blar de la «Reflexología» en el campo psiquiátrico. Durante
este período había habido una dualidad en la línea de la Re-
volución, en el campo de la intelectualidad. El concepto rector
de la política revolucionaria en materia cultural, a propósito
de una reunión con los intelectuales (1961), había sido un
pensamiento de Fidel: «Dentro de la Revolución, todo; contra
- 138 -
la Revolución, nada». En 1967 se había creado el Instituto
del Libro, para el que se destinaron fuertes recursos, que pu-
blicó centenares de obras científicas y técnicas norteameri-
canas, sin pagar por los derechos de autor: eran los libros
«fusilados», como luego los conoció la población, que se des-
tinaban a los estudiantes univer- sitarios. Y en concordancia
con aquel concepto rector, también en las librerías se podían
comprar libros de Antonio Gramsci, de ideólogos de la iz-
quierda europea y de autores renombrados en el campo de
la filosofía, la sociología y la antropología, entre otros, y se
publicaba mensualmente por aquel mismo Departamento de
Filosofía de la Universidad de La Habana la revista Pensa-
miento Crítico, abierta a autores de diversas tendencias. No
duraría mucho, un tiempo después fue cerrada. Poco a poco
fueron desapareciendo de las librerías los libros no ortodoxos
desde el punto de vista marxista.
Mientras tanto, el país seguía adelante, después de aplicar
las leyes de nacionalización, la Reforma Agraria y Urbana,
que favorecían al pueblo. Pero ya se hacía sentir la escasez
en el abastecimiento de víveres, lo que había obligado a es-
tablecer un racionamiento, «la libreta», que aseguraba una
distribución equitativa de lo que había, que no era mucho.
Todo esto requeriría una explicación más larga y documen-
tada, ya que la historia de la Revolución no fue un proceso
lineal, sino lleno de fracturas y contradicciones, que no cabe
describir en estas memorias. Me limito a lo esencial para dar
una idea del clima que me rodeaba en aquellos años.
- 139 -
Capítulo 15
- 140 -
especiales norteamericanos en un lugar de Virginia, conocido
como La Granja (The Farm), para evaluar y seleccionar a sus
agentes. Un psicólogo amigo que estudió en los Estados Uni-
dos me lo había recomendado, lo mandé a comprar en ese
país y me fue muy útil. Más adelante acordé, con el mencio-
nado funcionario, que trabajaría de manera compartida: seis
horas para el hospital y la Facultad, y dos horas en las tareas
del MININT, lo que me facultaba para ir de uniforme.
Cuando comencé a trabajar en el MININT me di de baja del
Partido Comunista de España, pues en esas circunstancias
no me parecía ético seguir perteneciendo a sus filas mientras,
por otro lado, debía acatar la disciplina militar de este país.
Ya había tenido mis discrepancias con ellos por su posición
filosoviética a ultranza y sus críticas veladas a la dirección del
proceso revolucionario cubano. Me había hecho el propósito
de ganarme la militancia en el Partido cubano por mis propios
méritos y no por haber estado antes en el Partido Comunista
de España. No sabía entonces lo largo y difícil que me resul-
taría conseguirlo.
Mientras esto ocurría, sucedieron otras cosas importantes en
mi vida: me enamoré. Laly era una de las estudiantes de mi
grupo, de ojos y cabellos negros, que se destacaba por su
belleza, inteligencia y simpatía. Además, tenía una marcada
personalidad. Nunca olvidaré un día en que le llamé la aten-
ción por llegar tarde a la clase y se defendió elegantemente
aduciendo la estética: había ido al dentista a arreglarse un
diente partido, ¿cómo iba a presentarse en clase con un
diente partido? Me convenció. Era muy activa en las clases y
empezamos a simpatizar.
Un día nos encontramos fuera del hospital, nos pusimos a
conversar y me pareció que la situación estaba madura para
una cita. La invité a comer en la Casa Potín, en Línea y Pa-
seo, con un vino clarete, y luego salimos a pasear en el
- 141 -
coche. Eso ocurrió el 23 de agosto de 1963, y por largos años
celebramos en la intimidad este aniversario secreto. Habla-
mos mucho de nosotros mismos, nos fuimos conociendo y
cada vez me atraía más. Concluimos besándonos y citándo-
nos para otra vez. Me dijo que tenía novio, un médico, y que
estaban haciendo preparativos para casarse. Pero nuestro
amor se encendía más con cada día que pasaba y decidió
romper con él, para disgusto de sus padres, lo cual se acre-
centó cuando se enteraron de que estaba enamorada de un
hombre casado, y para colmo militar. Nos veíamos todos los
días y hablábamos por teléfono de noche y de madrugada.
Llegó un momento en que no soportaba la doble vida y me
fui de mi casa, aunque iba por allí a ver a la niña, que era
atendida por mi madre y la doméstica que había en la casa,
en las horas de trabajo de Isabel. Yo no tenía dónde vivir,
pero el Ministerio de Salud Pública me dio en alquiler una
casa en el barrio de los técnicos extranjeros, en Alamar, al
este de La Habana, que resultaba muy cara. Los domingos
Laly iba a visitarme en autobús desde el otro extremo de la
ciudad, y a veces me llevaba unos sabrosos flanes que, se-
gún me dijo, hacía ella, pero yo sospechaba que eran elabo-
rados por su mamá.
Mi madre no me perdonó nunca que abandonara a Isabel,
pero un matrimonio sin amor no sirve para nada.
Por esta época (corría 1965) ya estaba trabajando a tiempo
total en el MININT, de modo que le informé al jefe de Servi-
cios Médicos mi propósito de casarme, diciéndole, como era
reglamentario, el nombre de la novia, del que tomó nota.
Unos días después me convocó nuevamente y, en tono muy
serio, me comunicó que no podía casarme con ella porque
había sospechas de que estaba siendo «manejada por el
enemigo», que debía cortar inmediatamente la relación y no
podía decirle la causa. Me quedé frío, pero les pedí que me
- 142 -
mostraran las pruebas, a lo cual tenía derecho, porque me
parecía improbable tal cosa. De todos modos, siguiendo la
disciplina militar, corté mi relación con ella y no le dije la ra-
zón. A los pocos días me citó otra vez el jefe de Servicios
Médicos. Estaban presentes un oficial de la Seguridad del
Estado y el agente que había aportado la información. El caso
es que este agente, que se presentó ante ella como contra-
rrevolucionario, la fue a ver en una ocasión cuando estaba
ingresada en el hospital y le dijo que estaba siendo perse-
guido por la Seguridad, que le guardara la pistola por unos
días. Ella supuestamente aceptó, lo que demostraba (me di-
jeron) que estaba ayudando a los contrarrevolucionarios.
A mí no me convenció la historia, en primer lugar porque no
conocía que ella hubiera estado ingresada en un hospital, de
modo que empecé a investigar por mi cuenta. Su mejor
amiga, María del Carmen, vivía cerca de mi casa y la fui a
ver, tuve varias conversaciones con ella, tratando disimula-
damente de averiguar si había estado ingresada. Por fin me
enteré de los hechos. Resulta que Laly tenía una prima de
aproximadamente la misma edad, el mismo apellido y apa-
riencia física semejante, que sí había estado ingresada en el
hospital que el agente decía (el «Calixto García»). Con estos
elementos en la mano, pedí una nueva reunión con los mis-
mos participantes y les expuse los hechos. No tuvieron más
remedio que admitir su error, que trataron de justificar con el
exceso de trabajo y la pobre confección de los informes. Se
levantó el veto. Pero no dejé de pensar en cuántos casos po-
día haber ocurrido algo similar en el torbellino de los primeros
años de la Revolución.
Cuando se levantó la prohibición, llamé enseguida a Laly,
quien al principio no quería saber de mí, pero poco a poco se
reconcilió conmigo e hicimos planes de matrimonio. Me pidió
que fuera a pedirle la mano a su padre, cosa que hice,
- 143 -
asegurándole que estaba en trámites de divorcio, como era
cierto. Así llegamos a mayo de 1965. El divorcio se firmó el
día 13 y el papel me llegó poco antes del 18, cuando nos ca-
samos en una notaría de la Habana Vieja. Hicimos una pe-
queña celebración en su casa, a la que asistieron los amigos
más cercanos, entre ellos el jefe de Servicios Médicos. Luego
nos fuimos al Hotel Habana Libre, que siempre permitía hacer
reservaciones de tres días para los recién casados. Pero,
mientras, habían pasado otras cosas.
Una de ellas era que mi madre había recibido una carta de
los parientes en España. Yo, como miembro del MININT, no
podía tener correspondencia con ningún extranjero, aunque
fuera familiar mío. Mis parientes contaban que habían ga-
nado un juicio sobre mi herencia, que ascendía a unos cien
mil dólares (de aquellos tiempos), más un apartamento en
Madrid. En mi posición no podía imaginarme a mí mismo po-
seyendo esa herencia y decidí donarla al Gobierno revolucio-
nario. Pedí a cambio un apartamento para mi madre (pues
Isabel retornaba pronto a Hungría, después de casarse con
el embajador de ese país) y que se le otorgara una pensión,
porque ella no tenía ingresos propios. Y para mí solicité un
coche, el modelo más barato de Volkswagen. Hice los pode-
res en el Ministerio de Relaciones Exteriores y escribí una
carta explicativa a mis primos. Pero los diplomáticos fueron
muy rápidos, y antes de que llegara mi carta, ya se habían
personado en su casa con los poderes, interviniendo todo,
revisando todas las facturas y cuentas, hasta el punto de que
mis parientes no sabían a qué atenerse, pensaban que sería
un amigo mío que recogía las cosas en mi nombre, cuando
no era otra persona que el abogado del Consulado cubano
en Madrid. El disgusto fue mayúsculo y solo muchos años
después, en 1998, ya jubilado y con la ciudadanía española
recuperada, pude viajar y explicarles personalmente lo
- 144 -
ocurrido. Por cierto, en ningún momento recibí comprobante
alguno de mi donación.
- 145 -
Capítulo 16
La clínica psiquiátrica
del Ministerio del Interior
- 146 -
psiquiátrica y «locura». Pero no era esta la patología domi-
nante en el MININT ni mucho menos, sino problemas neuró-
ticos, de personalidad, de estrés, agotamiento y otros trastor-
nos ocupacionales principalmente. Aunque en los jóvenes re-
clutas del Servicio Militar, que no habían sido admitidos me-
diante una evaluación profunda, podían presentarse cuadros
más graves. Para combatir el prejuicio, impartí conferencias
y charlas a grupos de oficiales, jefes y personal llano.
El otro paso que debía dar era crear un servicio abierto, sin
enclaustramiento. La población que tratábamos era personal
selecto, que cumplía responsabilidades sociales muy serias
y no podíamos despojarlos de su conciencia y autoestima en-
cerrándolos bajo llave, aislándolos de sus familias y de sus
compañeros. Fue el primer servicio psiquiátrico abierto del
país, situado, además, en una zona residencial. A tenor de
esto, hablamos primero con los vecinos para explicarles qué
clase de institución estábamos formando.
Otro problema serio era la carencia de personal especiali-
zado. Al principio estaba yo solo con dos enfermeras, luego
se me unieron dos estudiantes de los últimos años, que eran
miembros del propio Ministerio. Y por último estaba el pro-
blema del acondicionamiento de los locales. Había que hacer
arreglos e instalaciones, y eso llevaba tiempo. Mientras, em-
pezaban a llegar enfermos que había que tratar y devolver a
su trabajo. Posteriormente se incorporarían una residente de
Psiquiatría, dos internos de la misma especialidad y una psi-
cóloga. La residente, doctora Yodalia Leyva, era «prestada»,
pero en los años que estuvo allí nos brindó una magnífica
ayuda.
Poco a poco había ido redondeando la idea de lo que sería la
clínica y elevé el programa a mis superiores para su aproba-
ción, partiendo de que debía haber una proporción y articula-
ción entre la vertiente puramente clínica y la social y laboral.
- 147 -
Para esto me sirvió de algo la experiencia como médico de
los seguros en mi distrito de Budapest, donde aprendí a va-
lorar el papel del estrés laboral y de la familia, por ejemplo, y
mis lecturas sobre comunidades terapéuticas en distintos paí-
ses. También articulaba la vertiente terapéutica o curativa
con la preventiva. Sin entrar en muchos detalles, que no vie-
nen al caso, diré que nos fijábamos en la procedencia de los
pacientes, es decir, en qué órganos trabajaban, para estadís-
ticamente investigar dónde había más enfermos; es decir,
una mayor tasa de morbilidad. Luego hablábamos con los je-
fes de estos órganos para conocer las condiciones de trabajo
y los factores estresantes que pudieran ser el origen de sus
trastornos, a fin de tomar medidas para precaverlos. También
hacíamos estudios epidemiológicos de muestras del personal
de distintos órganos, para detectar patología latente: los que
no habían acudido a la consulta aun necesitándolo. Esto nos
daba un mapa de las áreas más conflictivas, que era útil para
la superioridad también. Para elaborar esta información usá-
bamos tarjetas manuales precodificadas, que estábamos a
punto de reemplazar por otras perforadas, pero procesadas
manualmente. Muy a lo lejos soñábamos con utilizar compu-
tadoras, pero esos tiempos aún no habían llegado. Estoy ha-
blando del año 1965.
Del mismo modo, a veces encontrábamos pacientes que no
hubieran debido ingresar al Ministerio por motivos psicológi-
cos o neurológicos, lo que comunicábamos al departamento
de personal para que perfeccionara sus métodos de selec-
ción. Por último, en la clínica se hacían actividades culturales,
psicoterapias de grupo y reuniones con los pacientes y el per-
sonal, para discutir sobre el funcionamiento de la clínica. En
estos intercambios intervenían los pacientes, lo que les daba
un sentido de responsabilidad y de participación en las deci-
siones, y evitaba que cayeran en un limbo psiquiátrico. A todo
- 148 -
esto lo llamábamos Comunidad Socioterapéutica. En el Sexto
Congreso Médico Nacional, la doctora Leyva presentó un tra-
bajo con este título, exponiendo su concepción y funciona-
miento, lo que despertó el interés de los asistentes.
Otra de las prácticas que introduje fue que siempre atendía,
personalmente, a los pacientes nuevos. Les hacía una entre-
vista y un examen exhaustivos, que me llevaban una hora y
media o más, y anotaba en la historia clínica mis hallazgos y
conclusiones diagnósticas preliminares, apuntando orienta-
ciones al psicólogo (en realidad era una psicóloga) sobre qué
aspectos seguir explorando y qué tratamientos coadyuvantes
se indicaban: ventilación de conflictos, relajación, etcétera;
así como observaciones al personal que haría los exámenes
complementarios. Con todos estos elementos hacíamos una
discusión diagnóstica y decidíamos quién tomaría en sus ma-
nos el tratamiento y seguimiento del caso. Las historias clíni-
cas eran la clave para un control efectivo del trabajo asisten-
cial. Yo las revisaba todos los días para conocer los nuevos
elementos y discutíamos colectivamente la evolución de los
casos. El sistema funcionaba, pues permitía una uniformidad
en la atención a los pacientes, a la vez que se valoraba el
aporte de los distintos profesionales. Yo era muy exigente
con el personal y algunos no me lo perdonaron. Luego les
llegaría el tiempo del desquite. Pero también logré cultivar
amistades duraderas. La institución que continuó el trabajo
de esta clínica (ahora ubicada en otro lugar, más amplia y
dotada de personal altamente calificado) es en la actualidad
uno de los mejores centros psiquiátricos del país, si no el me-
jor.
En la etapa que narro, simultaneé mi trabajo al frente de la
clínica con varias investigaciones sociales, como una reali-
zada a los cubanos que emigraban hacia los Estados Unidos,
para conocer desde entonces sus verdaderas motivaciones.
- 149 -
Esta investigación fue iniciada por profesoras de la Facultad
de Psicología de la Universidad de La Habana.
Al mismo tiempo, algo que despertaba todo mi interés era la
teoría de sistemas y la cibernética, aunque yo no poseía base
matemática. Empezamos, como dije, con tarjetas precodifi-
cadas, de uso manual, donde apuntábamos las principales
variables clínicas y sociales (institucionales) de cada pa-
ciente, para elaborar análisis mensuales de ambas vertien-
tes. También elaboré un documento en el que se abordaba la
concepción de la labor de los distintos órganos del MININT
como flujos de información y nudos de decisión y retroalimen-
tación. Creo que empleé un lenguaje demasiado teórico, por-
que no tuvo ningún éxito.
Una de las condiciones más favorables de nuestro trabajo es
que no estábamos atados por esquemas, y teníamos acceso
a la literatura científica que se necesitaba y que consultába-
mos en la Biblioteca de la Facultad de Medicina.
En la clínica trabajaba desde temprano en la mañana hasta
la madrugada, por lo que necesitaba vivir lo más cerca posi-
ble. En fecha coincidente con mi boda, el Ministerio del Inte-
rior nos otorgó una vivienda, bajo las condiciones estableci-
das en la Ley de la Vivienda sancionada por el Gobierno re-
volucionario; es decir, se pagaba de alquiler el diez por ciento
de los ingresos totales de los que vivían en ella. En este caso,
como Laly no se había graduado todavía, era el diez por
ciento de mi salario. En su mayoría, estas viviendas eran las
que habían dejado los que se iban del país, que todavía eran
muchos, así que estaban amuebladas, y por los muebles se
pagaba otro tanto hasta el valor fijado en la tasación que se
hacía antes de firmar el contrato. Posteriormente, en los años
90, se promulgó una nueva Ley de la Vivienda que permitía
obtener la propiedad del inmueble una vez amortizado el va-
lor fijado en la tasación. Esto benefició a centenares de miles
- 150 -
de cubanos que hoy disfrutan de vivienda propia, y que pue-
den dar en herencia a sus descendientes. Pero tiene una
cláusula restrictiva: no se puede vender a terceros, para evi-
tar el enriquecimiento ilícito, sino solamente al Estado, por el
precio que se pagó por ella.
Después de la boda pasamos una corta luna de miel en Hun-
gría. Aproveché que necesitaba liquidar el apartamento de-
jado allá y resolver otros asuntos pendientes en Budapest,
para hacer este viaje, que duró unos cinco días. Mientras, la
familia de Laly nos limpió y pintó el apartamento, que estaba
en el piso catorce de un edificio cercano a la clínica. Cons-
taba de dos habitaciones, baño, sala comedor, cocina, un pe-
queño pasillo y un balcón relativamente amplio.
Al ingresar al MININT, automáticamente cesé en mi condición
de técnico extranjero, con las discretas prerrogativas que to-
davía suponía.
Fue alrededor de 1965 (un año intenso para mí) que también
me hicieron llegar, para que la estudiase, la fotocopia del acta
de una sesión del Congreso chileno que contenía la transcrip-
ción casi completa del Plan Camelot, proyecto norteameri-
cano de inteligencia sociológica y militar que se iba a aplicar
en varios países latinoamericanos, incluido Chile, y que fue
denunciado por un sociólogo de ese país, quien había inte-
grado el grupo de colaboradores. Inmediatamente se suspen-
dió su aplicación y se inició una investigación parlamentaria.
El libro contenía todo el modelo teórico del proyecto, dise-
ñado por eminentes sociólogos norteamericanos, con las fór-
mulas para volcar en ellas los datos de las encuestas, así
como las indicaciones para procesarlos por computadora, y
muchos de los cuestionarios, además de otros instrumentos.
Lo devoré con ansia y se convirtió por varios años en mi pri-
mer e inseparable manual de sociología aplicada. De pocos
libros he aprendido tanto como de ese.
- 151 -
El proyecto me sugería la idea de elaborar una especie de
imagen especular del mismo, aplicable a la situación de
Cuba, para detectar posibles focos de descontento o subver-
sión en el país. Pero la idea era demasiado futurista para los
pragmáticos jefes que yo tenía, y no logré éxito alguno en
aquel momento.
Aproximadamente en 1966, a raíz de alguna amenaza del
Gobierno de los Estados Unidos, Cuba decretó una moviliza-
ción general de sus tropas, y el Ministerio del Interior también
se movilizó y estableció varias unidades de combate en dis-
tintos puntos de la periferia de La Habana, sin desatender sus
funciones específicas. Las fuerzas del MININT constituían
una división compuesta por varios batallones, aunque, por
supuesto, con efectivos reducidos. En esta movilización a mí
me tocó ser jefe de los Servicios Médicos de las unidades de
combate; es decir, de las tropas movilizadas. A tenor de mi
responsabilidad, tenía que visitar los distintos batallones dis-
locados en los alrededores de La Habana, cada uno de los
cuales tenía su propio oficial médico. Debía supervisar las
condiciones médico-sanitarias de las unidades, la vacuna-
ción, el estado de los botiquines y otras cuestiones. En una
de las unidades, la fosa de aguas negras estaba desbordada,
con un riesgo grande de que se desatara una epidemia. El
médico a cargo no había tomado ninguna medida, lo que era
una negligencia grave, por lo que le di de baja del batallón y
trasladé este a otro emplazamiento. Con la finalidad de medir
el estado de la moral de la tropa, confeccioné un sistema de
indicadores a partir de la información de los servicios médicos
y la de indisciplinas, que se analizaban en las reuniones del
Estado Mayor de la División, lo cual constituyó una de las pri-
meras investigaciones institucionales que realizó la clínica.
Por otra parte, en el MININT las cosas no eran del todo fáciles
para mí. Quiérase o no, era un extranjero con un pasado
- 152 -
complicado, y esto creaba recelo en algunos jefes, aunque
contaba con el apoyo de otros. A veces los casos delicados
no me los remitían a mí, sino al residente, que era miembro
antiguo del organismo; es decir, no seguían el «conducto re-
glamentario», regla de oro en las instituciones armadas.
Mientras tanto, habían cambiado al jefe de Servicios Médi-
cos, y con el nuevo no tenía ni la misma confianza ni el mismo
apoyo. El nuevo dejó de atenderme directamente y delegó en
otro, un médico general, la atención a la clínica. Todas las
cosas se demoraban más, y cada día había nuevas regula-
ciones, pues estaban formando unos servicios médicos mo-
dernos y profesionales, con más planificación y menos lugar
para la iniciativa individual. Dejé de sentir la confianza de mis
superiores, una condición básica para el trabajo eficiente y la
satisfacción personal en un instituto armado. La clínica fun-
cionaba eficientemente, estaba dotada de personal calificado
y yo no era ya tan necesario. Creo que estaban esperando a
que cometiera un error para poner un sucesor más dócil. Y lo
cometí: uno de los jefes superiores me encargó un estudio, y
cuando lo concluí, le remití el informe. Entonces mis jefes in-
mediatos en la línea de mando pusieron el grito en el cielo,
porque no se lo había enviado a ellos primero, violando así el
«conducto reglamentario», el mismo que ellos violaban con
respecto a mí. En consecuencia, a mediados de 1966 me re-
levaron de la dirección de la clínica y me enviaron a trabajar
como médico de base, por seis meses, a la antigua provincia
de Oriente, en el otro extremo de la Isla (años después,
cuando trazaron la nueva división político-administrativa de
Cuba, quedó dividida en cinco provincias, tan grande era su
extensión).
- 153 -
Capítulo 17
- 154 -
la solución de su caso. Pero atravesé momentos difíciles: el
Ministerio del Interior había empezado la construcción del
Partido entre sus miembros, lo que se hacía por el método de
asambleas abiertas; es decir, reuniones en las que cada cual
decía sus opiniones sobre todos los demás. Yo era extran-
jero, no era nada ortodoxo y algunas veces había reprendido
a mis subordinados: fui blanco fácil de algunos envidiosos y
litigantes; otros, en cambio, me defendieron con fuerza, como
se demostraría a lo largo del proceso.
Para celebrar el inicio de la construcción del Partido en el Mi-
nisterio del Interior se organizó una subida al pico Turquino,
el más elevado de Cuba, con poco menos de dos mil metros
de altura, en plena Sierra Maestra, escenario de las principa-
les luchas del Ejército Rebelde contra las fuerzas batistianas.
Muy cerca del Turquino había estado situada la Comandan-
cia de Fidel durante la guerra, por lo que tenía un significado
simbólico, y por diversos años varias graduaciones de profe-
sionales se celebraron en la cúspide, donde hay un busto de
José Martí, el Héroe Nacional cubano. Ese busto lo llevaron
allá Celia Sánchez, una estrecha colaboradora de Fidel, y su
padre, unos años antes de la gesta revolucionaria. Hicimos la
subida por la ladera sur, la más empinada y abrupta (eleva-
ción que cae con gran inclinación sobre el mar Caribe y se
continúa bajo el agua formando la fosa de Barttle, de varios
miles de metros de profundidad), por lo que la escalada era
extremadamente difícil. Nos levantamos a las tres de la ma-
drugada y llegamos a la cima después del mediodía, salvo
algunos con buen entrenamiento que llegaron antes. Yo no
estaba en forma deportiva, por mi trabajo llevaba una vida
muy sedentaria y tuve que hacer un gran esfuerzo; pero apo-
yado en dos varas logré llegar a la cima, si no entre los pri-
meros, tampoco entre los últimos. Lo peor, sin embargo, no
había pasado. Toda la noche estuve temblando, en parte por
- 155 -
el frío, en parte por el esfuerzo. Y la bajada, con las piernas
entumecidas, fue casi tan mala como la subida.
Santiago de Cuba fue una de las primeras ciudades fundadas
por Diego Velázquez a principios del siglo XVI. De ahí partió
Hernán Cortés a la conquista de México, así como otras nu-
merosas expediciones. La casa de Velázquez todavía se con-
serva, en un punto elevado de la ciudad, desde la cual se
contempla la bahía de Santiago, de aguas profundas y con
boca estrecha, lo que la hace sumamente protegida.
En Santiago hace más calor que en La Habana, y al mediodía
era difícil de soportar. Cuántas veces estando en la calle En-
ramadas tomaba granizado tras granizado, ese refresco con
hielo frapé que se agradece tanto cuando hace mucho calor.
Otras veces cogía el coche y subía hasta la Gran Piedra, una
elevación de unos mil doscientos metros de altura, próxima a
la ciudad, que posee un microclima fresco, por encima de las
nubes que la rodean. En el trabajo en realidad iban surgiendo
aspectos de interés. Pude observar que debido a la pobre
condición socioeconómica de los campesinos antes de la Re-
volución y a la deficiente atención a los niños derivada de
aquellas condiciones, había proporcionalmente más casos
de trastornos orgánicos, genéticos, alimentarios o por trau-
matismos que en La Habana. Todo esto lo reflejé en mis in-
formes.
Por la condición de mi trabajo viajaba mucho en mi Skoda,
recorriendo todos los rincones de la provincia para atender
las consultas. También hacía inspecciones sanitarias en uni-
dades del MININT. Fue durante una de estas visitas a una
granja de presos que descubrí un brote de hipovitaminosis B,
debido a una alimentación deficiente, para lo cual indiqué las
medidas apropiadas.
- 156 -
Pero las noches eran muy aburridas en el policlínico del MI-
NINT en Santiago, donde estaba alojado. Un día leí en la
prensa la convocatoria de un Concurso de Ensayo sobre el
tema «La actitud del intelectual revolucionario». Se hacía en
honor del intelectual izquierdista francés Régis Debray, cuyo
libro Revolución en la Revolución había sido un éxito editorial
en Cuba. (Debray más tarde sería apresado y torturado por
el Ejército boliviano, después de entrevistarse con el Che en
la guerrilla.) El primer premio del concurso era la publicación
de la obra y un viaje por 40 días a Vietnam, cuyo pueblo es-
taba luchando heroicamente contra los agresores norteame-
ricanos y gozaba de la total solidaridad de Cuba. Decidí pro-
bar suerte, estimulado sobre todo por la perspectiva del viaje.
Yo había estado una vez allí, en 1958, como traductor en un
evento juvenil, pero solo permanecimos unos días en Hanoi
y en la bahía de Ha Long, donde me impresionaron sus pin-
torescos mogotes emergiendo del mar. Movido por el propó-
sito de volver a ese país, todas las noches me sentaba a es-
cribir en la Biblioteca Municipal «Elvira Cape», de Santiago.
Cuando lo terminé se lo di a Laly, que lo mandó a mecano-
grafiar y lo presentó a la sede del concurso, en La Habana.
Llegamos al 9 de octubre de 1967, fecha del asesinato del
Che en Bolivia, sobre el cual se han escrito decenas de libros
y miles de artículos, por lo que no voy a extenderme, pues no
tengo nada nuevo que aportar. Todo el pueblo estaba cons-
ternado, y nosotros, en el policlínico de Santiago, escuchába-
mos la radio pendientes de detalles. De repente se recibe una
llamada desde La Habana. Era el jefe de Servicios Médicos,
dándome la orden de tomar el primer vuelo del día siguiente
y viajar a La Habana, donde me estarían esperando en el ae-
ropuerto. Así lo hice, carcomido por la curiosidad. Efectiva-
mente, a la llegada me esperaba un periodista, Aldo Isidrón
del Valle, con un coche de la prensa. Me llevó a mi casa a
- 157 -
dejar la maleta y de inmediato me condujo a un local en Línea
y 12, donde entramos a lo que después supe era la Oficina
de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, dirigida por el
teniente Pacheco, un ex combatiente de la Sierra. Es un edi-
ficio de una sola planta, con grandes ventanales. Una cuadra
detrás, en la calle 11, vivía Celia Sánchez, a quien Fidel visi-
taba con frecuencia. El periodista todavía no había dicho
nada. Nos sentamos en un local, con un magnetófono sobre
la mesa, y me dijo que le hablara del Che. No podía darme
cuenta de qué querían de mí. Expliqué que eran recuerdos
muy lejanos y que no había tenido una relación estrecha con
él, pero me dijo que no importaba, que hablara según venían
las ideas a mi mente. Parecía la técnica psicoanalítica de las
asociaciones libres y pensé que habría algún detalle oculto
en la juventud del Che que ahora, sabe Dios por qué razón,
resultaba importante aclarar. Le dije que mi amigo Pepe Gon-
zález Aguilar, que residía en Cuba también, había estado
más próximo a él, pero me contestó que ya habían hablado
con él. El periodista creía que por haberme escrito dos cartas
personales, nuestra relación debía haber sido más estrecha.
Yo hablaba y trataba de adivinar por qué él se había acordado
de mí y me escribió. Por fin, cuando había terminado, me dijo
que esperara allí, y se fue con el magnetófono y sus notas.
Volvió con la versión mecanografiada y me dijo que la había
revisado con Fidel y que al día siguiente aparecería en el pe-
riódico Granma. Entonces me asusté, porque había hablado
«por la libre», como él me había pedido, y había cosas que
eran suposiciones mías. A falta de recuerdos exactos, lo re-
pasé como pude, tratando de ceñirme lo más posible a los
hechos, y ahí quedó todo. Al día siguiente aparecieron en el
Granma tres artículos sobre el Che: uno de Eduardo Grana-
dos, que había sido su amigo de la adolescencia y compa-
ñero de aventuras en moto por toda Sudamérica; otro de
Pepe González Aguilar, bajo el título «El joven Che», si mal
- 158 -
no recuerdo, y el que aparecía firmado por mí, que llevaba
por título «Che estudiante», aunque él y yo no habíamos coin-
cidido nunca en una misma escuela. La cosa no paró ahí,
pues en el proceso del Partido algunos me acusaron de ser
«autosuficiente», es decir, vanidoso, engreído (en cubano),
por haber hablado de mí mismo en lo que creían era un ar-
tículo escrito por mí.
Volví a Santiago y seguí realizando mi trabajo hasta que un
día, cerca de fin de año, Laly me llamó para decirme que ha-
bía recibido un telegrama del Consejo Nacional de Cultura,
en el cual me informaban que había alcanzado el primer pre-
mio en el concurso y debía presentarme en La Habana para
recibirlo y asistir luego, como invitado, a las sesiones del Con-
greso de Intelectuales que se celebraría a principios de año
en el Hotel Habana Libre. En una sencilla ceremonia, el poeta
y crítico Luis Suardíaz me hizo entrega del premio. El viaje a
Vietnam debía posponerse, debido a los bombardeos norte-
americanos a Hanoi. Lo haría a finales de 1969. El ensayo se
publicó en la revista Revolución y Cultura. Por el congreso
desfilaron los más des- tacados intelectuales de izquierda de
la época. El profesor Aníbal Rodríguez, de la Escuela de Psi-
cología, y yo presentamos una ponencia sobre los tanques
pensantes norteamericanos y la política de contrainsurgencia
en América Latina.
Durante los días del congreso había dejado parqueado mi ca-
rro en el garaje del Ministerio. En realidad, la sede del evento
me quedaba muy cerca de casa y no tenía sentido movilizar
el vehículo. Pero al día siguiente de terminado el congreso,
al ir a recoger el carro, me encontré que ya no estaba. Como
efecto colateral, con el coche se fue también mi maletín de
médico, porque lo había dejado dentro. El entonces ministro
del Interior, Ramiro Valdés, había tomado la decisión de de-
volver al Estado todos los carros asignados a su personal,
- 159 -
inclusive él mismo se movió en motocicleta a partir de ese
momento. Pasaron dos años antes de volver a tener vehículo
asignado, pero el maletín de médico no lo recuperé nunca.
Ya había cumplido el término de mi sanción y me quedé en
La Habana. Pero no volví a la clínica: consideraba que se
había cometido una injusticia conmigo, pues yo envié el in-
forme en cuestión a quien me lo ordenó. Solicité que me tras-
ladaran de Servicios Médicos y así lo hicieron. Fue una deci-
sión que tomé sin pensarlo mucho, en realidad podía haber
planteado mi baja y seguir trabajando como psiquiatra en la
vida civil, pero no tomé en cuenta esta alternativa; simple-
mente, quemé las naos.
Ahí terminó mi vida como médico y empecé una nueva vida,
también me iniciaba en una nueva profesión, aunque aún no
lo sabía.
- 160 -
Vida V
Investigador social
CARLOS MARX
La ideología alemana
- 161 -
Capítulo 18
Investigaciones de La Cabaña
y Ciego de Ávila
- 162 -
eco de estos criterios en ocasiones, como expliqué al hablar
de la psiquiatría. Esto era particularmente notorio en el
campo de la investigación social. Era una herencia que ha-
bíamos recibido de la Unión Soviética, donde por aquellos
años todavía se conceptuaban las investigaciones sociológi-
cas de desviaciones ideológicas, partiendo de que la socie-
dad soviética era una sociedad justa, que no necesitaba ser
investigada. Del mismo modo se calificaba en las revistas
teóricas soviéticas a la cibernética; aunque, mientras, los or-
ganismos de la defensa la aplicaban intensamente en la in-
vestigación cósmica, atómica y coheteril. Era una especie de
desinformación, o mashkirovka; es decir, hacerles creer ellos
a los Estados Unidos que estaban atrasados en esas discipli-
nas, tan importantes. Pero nosotros no estábamos en esa
liga, no teníamos que disimular nada, sino utilizar los adelan-
tos de la ciencia en beneficio de la sociedad. Sobre todo en
las ciencias sociales, que permitían detectar y corregir cual-
quier anomalía y fenómeno negativo en nuestro tejido social.
Esto lleva de la mano, forzosamente, el estudio de las institu-
ciones en el lugar investigado, cuyas deficiencias pueden
propiciar esos fenómenos negativos y cuya solución pasa por
rectificarlas.
En el Ministerio del Interior existían oficiales y jefes que se
habían incorporado en los tiempos de su constitución, lo
mismo procedentes del Partido Socialista Popular, como del
Movimiento 26 de Julio y del Directorio Nacional Revolucio-
nario, y algunos conservaban en su ideología algo de las con-
cepciones soviéticas de la época del dogmatismo y del sec-
tarismo. Es natural que estos compañeros vieran con descon-
fianza la aplicación de teorías y métodos criticados en los ma-
nuales marxistas de su época. Y ahí es donde la autoridad
del Ministro contribuía a limar asperezas y disolver prejuicios.
- 163 -
El trabajo más importante que realizamos fue la investigación
en la prisión de La Cabaña, una cárcel para presos políticos
que se hallaba en la fortaleza del mismo nombre, situada so-
bre la costa este de la bahía de La Habana. En la actualidad
es una locación de las Oficinas del Historiador de La Habana,
donde se celebra todas las noches la ceremonia del «caño-
nazo» del Morro, con un espectáculo que recuerda la época
colonial.
La situación por la que requerían del grupo, según nos la ex-
puso el viceministro de Orden Interior, era la siguiente:
La mencionada prisión era la que tenía la mayor población de
presos contrarrevolucionarios del país. Desde hacía unos
días los presos estaban insubordinados, o como se decía en
la jerga carcelaria: «plantados». Para comprender la situa-
ción era menester tener en cuenta algunos pormenores, que
el viceministro nos explicó.
Desde el principio de la Revolución, los presos comunes
(sancionados por delitos comunes) se habían distinguido de
los presos contrarrevolucionarios. Estos últimos se conside-
ran a sí mismo presos «políticos», aunque en realidad esta-
ban presos por delitos de tipo subversivo: bandidismo, terro-
rismo, atentados y otros. La distinción entre unos y otros pre-
sos se expresaba visualmente en el uso de uniformes distin-
tos: los presos comunes llevaban un uniforme de tela de al-
godón azul, como los jeans, y los contrarrevolucionarios un
uniforme color amarillo ocre. Había un grupo de presos inte-
grados al llamado Plan de Reeducación: realizaban trabajos
productivos en la prisión, recibían clases culturales y políti-
cas, etcétera. Otro grupo de «recalcitrantes» se negaban al
trabajo, a las clases y a todo lo demás.
En determinado momento se llegó a la conclusión de que en
realidad no existían presos «políticos», sino que los
- 164 -
autodenominados como tales solo eran delincuentes comu-
nes que habían cometido delitos contra la seguridad del Es-
tado, o sea, su prisión no estaba condicionada por sus ideas
políticas o la expresión pacífica de estas, sino por intentos
concretos de subvertir el poder de las instituciones del Estado
y sus dirigentes. Como consecuencia de esta conclusión, re-
sultaba evidente que a todos los presos les correspondía el
uniforme azul, y como tal, se adoptó la política de vestirlos
igual.
Pero en La Cabaña los presos contrarrevolucionarios se ne-
garon a vestirse de azul y andaban en calzoncillos por las
celdas. Entonces un funcionario superior del Departamento
de Prisiones decidió dar un escarmiento ejemplarizante. Co-
gieron a uno de los cabecillas de los «recalcitrantes» y, en
medio del patio, ante la vista de toda la población penal, le
pusieron a la fuerza el uniforme azul. Como es lógico prever,
esto provocó una verdadera revuelta: gritos, golpes en los ba-
rrotes, y todos los presos contrarrevolucionarios, incluidos los
que estaban en el Plan de Reeducación, se quitaron el uni-
forme azul y se quedaron en calzoncillos. Abandonaron el tra-
bajo y la producción se paralizó en la prisión. Las autoridades
no sabían qué hacer. En estas circunstancias entramos no-
sotros.
Lo primero que hicimos fue reunirnos con las autoridades de
la prisión, así como con el personal raso, sobre todo con los
que tenían más experiencia en el trabajo con reclusos, para
analizar la situación. Pronto llegamos a la conclusión de que
aquel acto de fuerza y prepotencia había sido un error, y ha-
bía que rectificarlo pronto.
Les planteamos a las autoridades del Departamento de Pri-
siones la necesidad de que por un tiempo no aparecieran por
allí los jefes y guardias implicados en los hechos. Era preciso
mostrar que había ocurrido un cambio, pero cuidando de no
- 165 -
debilitar la disciplina necesaria en una institución de ese tipo,
y de manera paralela demostrarles a los reclusos que la su-
perioridad estaba interesada en conocer sus condiciones de
vida para mejorarlas. Se requería también hacer una investi-
gación, aunque no una simple encuesta con preguntas y res-
puestas para marcar en un papel, sino una investigación que,
además de brindarnos información, actuara sobre los entre-
vistados en el sentido que deseábamos: bajar la tensión y
mejorar las relaciones entre los reclusos y el personal. Pero
existía una dificultad: éramos solo cuatro personas, en reali-
dad tres (mi acento peninsular no era adecuado para el caso),
y los reclusos eran centenares. Entonces decidimos tomar a
los alumnos de un curso de reeducadores que estaban estu-
diando en esos momentos, entrenarlos en seminarios teórico-
prácticos y utilizarlos como entrevistadores. Tenían la ventaja
de que conocían bien las condiciones carcelarias. A estos
alumnos se sumaron estudiantes de la Facultad de Psicolo-
gía, que actuaron también como entrevistadores.
El primer paso fue confeccionar el guión de la entrevista. Era
un guión detallado, que empezaba por las condiciones del
penal y de su vida carcelaria, hasta ir poco a poco llegando
al foco de tensión. También nos extendíamos a la vida ante-
rior del preso.
Los entrevistadores debían aprenderse el guión de memoria
y no atenerse al orden escrito, sino seguir las vueltas de la
asociación de ideas y de la conversación. Los puntos que
quedaban fuera eran retomados posteriormente en un mo-
mento oportuno de la conversación.
Cada entrevistador hacía una sola entrevista al día, calculada
en dos o tres horas, luego iba a una oficina y escribía el in-
forme, subrayando las cuestiones de mayor interés.
- 166 -
Tomamos medidas para evitar la contaminación, es decir, el
que sale de la entrevista no debe contarle al siguiente de qué
trató, influyendo así, involuntariamente, en las respuestas de
este último. Cuando concluían la entrevista, los reclusos eran
trasladados a otros pabellones.
Los entrevistadores recibieron orientaciones en el sentido de
mostrar comprensión («comprensión empática» es la expre-
sión psiquiátrica para este proceso) hacia lo expuesto por los
reclusos, lo que tenía el efecto de producir cierta relajación
de las tensiones. Esto se hacía de acuerdo con las dificulta-
des y desaprobaciones que ellos manifestaban.
Recibieron orientaciones también en el sentido de no inte-
rrumpir las respuestas, o las conversaciones espontáneas
que surgían durante la entrevista, sino seguirles el curso; por
ahí a veces se encontraban informaciones interesantes no
contempladas en el guión, las que en muchas ocasiones die-
ron lugar a aclaraciones de casos, e inclusive a rectificacio-
nes de condenas. Estas investigaciones se extendieron a la
prisión de mujeres de Guanabacoa y a la de Guanajay.
En resumen, cuando concluimos las entrevistas y su análisis,
el panorama se había calmado. Poco a poco los reclusos que
estaban en el Plan de Reeducación volvieron al trabajo y se
normalizó la situación.
Los resultados y las medidas que debían adoptarse se anali-
zaron con el viceministro y las autoridades de prisiones, quie-
nes elevaron al Ministro una serie de propuestas, entre ellas
la de crear establecimientos abiertos, en forma de granjas,
con un mínimo de seguridad para los reclusos del Plan de
Reeducación; y para los «recalcitrantes», que estaban tan
envenenados en sí mismos que no creían lo que decía la ra-
dio y la prensa escrita, se organizaron «visitas demostrati-
vas» por los nuevos barrios y obras de la ciudad, inclusive a
- 167 -
Coppelia, medidas todas que fueron aprobadas e implemen-
tadas en breve tiempo.
También elaboramos un informe teórico con los principales
conceptos que habíamos desarrollado a partir de esta expe-
riencia. Entre ellos estaba el referido a sistemas antagónicos
interdependientes; o sea, el sistema de los guardias y el de
los presos, antagónicos pero dependientes uno del otro, que
hacía muy tensas las relaciones entre una y otra población, o
subsistema.
Igualmente desarrollamos el concepto de alienación institu-
cional, con el cual denotamos el comportamiento cognosci-
tivo de la población penal y, concomitantemente, del subsis-
tema formado por el personal penitenciario. Ambos veían al
otro bando con un sesgo notable, en el sentido negativo, en
lo perceptual y lo afectivo, lo que predisponía fácilmente a la
producción de choques entre ellos.
Hasta aquí la investigación, aunque la cosa no acabó ahí. Por
ese entonces hubo un cambio de ministro y nos citaron a una
reunión del Alto Mando para dar a conocer los resultados.
Para mi desgracia, comencé con el informe teórico, hasta
que, al llegar a la «alienación institucional», el jefe que presi-
día la reunión se levantó y se fue, dejando todo en suspenso.
El informe no volví a verlo, y si no fue destruido debe estar
aún guardado en un archivo, con muchos otros.
Si hubo algo frustrante en mi trabajo en el MININT fue el no
poder discutir los resultados de las investigaciones con otros
colegas.
El cambio de ministro tuvo otras consecuencias también. La
más importante de ellas fue que el grupo de investigaciones
sociales fue disuelto, y nosotros, sus integrantes, enviados a
distintas dependencias, Yo «caí», junto con Nora Carcassés,
en la Dirección de Información. Para la temporada de la zafra
- 168 -
1969-1970 se había planificado todo a fin de alcanzar diez
millones de toneladas de azúcar, cifra sin precedentes en la
historia. Con ello se pretendía llegar a una autarquía econó-
mica basada en la caña de azúcar. Solo un hombre se opuso,
planteando que esa cifra no era alcanzable, y fue justamente
el ministro del Azúcar, Orlando Borrego, quien fue destituido
un tiempo después. La zafra se organizó como una operación
militar, comenzando la planificación año y medio antes. Se
plantó toda la superficie posible, inclusive a costa de otros
cultivos históricos como frutas y el tabaco, por solo citar algu-
nos, y todo el mundo, empezando por Fidel, cortaba caña.
No recuerdo en qué mes de 1969, cuando yo estaba cortando
en los campos alrededor de La Habana, recibí una notifica-
ción de que me personara urgentemente en mi oficina. Allí
tenía la citación para presentarme a uno de los jefes, y en la
reunión me plantearon un trabajo urgente: estudiar la compo-
sición social de los que se iban por un puente aéreo acordado
entre los Gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Este puente
se remontaba a los sucesos de Camarioca, cuando gran can-
tidad de cubanos residentes en los Estados Unidos vinieron
en pequeñas embarcaciones a este puerto de la provincia de
Matanzas con el fin de recoger a los familiares que deseaban
emigrar. Era una operación legal, que luego se continuó con
un acuerdo migratorio para que pudieran viajar en avión. Por
este puente salieron miles de cubanos disconformes con la
Revolución. Se trataba de saber con exactitud cuál era la
composición social de este flujo migratorio. Tabulando las
planillas de inmigración y mediante entrevistas especial-
mente diseñadas a una muestra de los emigrantes, llegamos
a la conclusión de que gran parte de los que se estaban
yendo eran obreros, calificados muchos de ellos, así como
técnicos, que en su mayoría no habían tenido contradicción
alguna con la Revolución, o sea, que era una emigración
- 169 -
económica y familiar, no política. La mera posibilidad de salir,
actuaba como incentivo para hacerlo. No sé si los resultados
de este estudio llegaron al Gobierno, pero lo cierto es que un
tiempo después se suspendió el puente aéreo. En los años
de Revolución se han producido cíclicamente episodios de
emigración masiva, creo que esto ha contribuido a que no
existan tensiones graves en el seno de la población, ya que
las personas desafectas abandonan el país.
En algún otro momento de 1969 me dieron las conclusiones
del proceso partidista, en una asamblea muy formal. Se me
señalaron las críticas que diversos compañeros me habían
hecho por supuestos problemas de carácter y vanidad inte-
lectual, y el hecho de que no pudieron confirmar en Buenos
Aires las referencias que yo había dado del Partido español.
En realidad fue un error mío dar esas referencias, en vez de
las de la Juventud Comunista Argentina, donde sí tenía un
expediente claro. Finalmente, varios años después de ini-
ciado el proceso, se me concedió la condición de Aspirante,
de un año de duración, procedimiento que entonces formaba
parte del proceso para obtener la militancia. (Esto sería en
1980.) Podría asistir a las reuniones con voz, pero sin voto.
Al año se me volvería a evaluar, y una de dos, o me daban la
militancia o quedaba fuera de las filas del Partido.
En la Dirección de Información existía un pequeño grupo de
investigaciones sociales del que formábamos parte Nora y
yo. En 1969 se planteó organizar una investigación acerca de
las condiciones que suscitaban malestar en la población. Se
acudió a la Universidad de La Habana, donde pusieron a
nuestra disposición un grupo de profesores y estudiantes,
aparte de oficiales del propio Ministerio del Interior, con los
que organizamos una gran investigación sobre el terreno, en
los lugares más críticos.
- 170 -
Escogimos un central azucarero como zona industrial; una
cooperativa pesquera como entidad de pequeños propieta-
rios y una granja colectiva como zona campesina, todas en la
región central del país. Por allí se producían sabotajes y otras
actividades contrarrevolucionarias más graves y con mayor
frecuencia que en otros lugares. Hicimos un estudio prepara-
torio de todos los casos de actividad realizados en la zona,
analizando las características de los autores de estos delitos,
cuando eran conocidos. Después estudiamos las caracterís-
ticas históricas, geográficas y culturales de la región y prepa-
ramos los instrumentos para las encuestas en el terreno. Es-
tos los confeccionamos en un grupo de trabajo con algunos
de los profesores y estudiantes universitarios seleccionados,
dedicándole a este trabajo varias semanas, e hicimos largos
cuestionarios especializados para cada área. Formulamos al-
gunas hipótesis iniciales, pero dejamos los cuestionarios
abiertos a nuevas variables, según fueran surgiendo en las
entrevistas. Luego nos fuimos a la región seleccionada y en-
trevistamos a los dirigentes del Partido y de la administración
local, así como a los funcionarios del Ministerio del Interior de
la región, sobre la situación en general y los problemas exis-
tentes. También recogimos sus opiniones sobre las posibles
causas de las actividades contrarrevolucionarias. Estos crite-
rios igualmente los consideramos en los instrumentos de las
encuestas. Insistimos en la importancia de lograr entrevistas
significativas, es decir, no formales, lo que exigía ganarnos la
confianza de los entrevistados.
El estudio se desarrolló sin dificultades, salvo el tedioso tra-
bajo de completar los cuestionarios después de las entrevis-
tas. Ante los entrevistados nos presentábamos como un
grupo de investigadores que quería conocer los problemas
que confrontaban los trabajadores de la zona. A mí me pres-
taron un jeep para recorrer los distintos lugares donde se
- 171 -
hacía el trabajo de campo. Por la falta de descanso y el polvo
de los caminos contra las lentillas de contacto (a insistencia
de Laly me las había puesto), padecí de una inflamación en
la córnea que al regresar a La Habana me hizo andar con un
ojo tapado durante una semana. Pero las lentillas no he
vuelto a quitármelas desde entonces.
Por fin pudimos aislar unas cuantas variables que parecían
relevantes en el desarrollo de la actividad contrarrevoluciona-
ria en la región. He aquí las principales, hasta donde re-
cuerdo:
-Influencia de familiares en los Estados Unidos, por diver-
sas vías de comunicación, mostrando su bienestar allí.
-Contacto de los pesqueros con barcos de ese país, con
objeto de canje y lucro.
-Deficiencias y autoritarismo en los órganos del poder lo-
cal (entonces no eran elegidos por la población y no con-
taban siempre con su respaldo).
-Poca atención a las condiciones de trabajo de los obreros
en el central azucarero.
-Problemas con las normas de trabajo: algunas muy laxas,
otras excesivamente rigurosas.
-Escucha de las emisoras de radio de los Estados Unidos,
cuyas ondas entraban fácilmente en esa zona, cercana a
la costa norte de la Isla.
-Influencia ideológica de miembros de la denominación
Testigos de Jehová, que tenían una actitud de ayuda a los
necesitados y un sentido de la solidaridad que, en aque-
llos tiempos, los pobladores no percibían en los dirigentes
del poder local.
- 172 -
-Indiferencia de las autoridades ante símbolos del lugar,
como el famoso Gallo de Morón, una escultura pública li-
gada a tradiciones lugareñas, que había sido desmante-
lada.
- 173 -
Capítulo 19
- 174 -
ideal. Por otro lado, se había autorizado un presupuesto para
comprar en México los libros de las temáticas de interés, que
seleccionamos por los catálogos ISBN, y todos estudiábamos
con ahínco. En cambio, no pude lograr que estudiaran inglés,
lo que me parecía una necesidad, dada la bibliografía exis-
tente en esa lengua. Unos años después nos asignaron dos
ordenadores, de los primeros fabricados en Cuba, para pro-
cesar la información e imprimir los informes de nuestras in-
vestigaciones.
La primera tarea que nos dieron, en 1981, fue investigar so-
bre un confuso episodio a raíz de un concierto de música rock
realizado en la Casa de la Cultura de la vecina localidad de
Bejucal, al sur de la Habana. Conocimos, además, que como
resultado de este hecho, hubo varios heridos e intentos de
ataque a una comisaría de policía. Necesitábamos esclarecer
qué había pasado en realidad y por qué causas. Por esos
años aún existía un prejuicio bastante arraigado entre las ge-
neraciones mayores y entre las propias autoridades contra la
música rock. Inclusive la música de los Beatles estuvo au-
sente de las programaciones radiales y televisivas durante
bastante tiempo. Mucho antes de ocurrir el hecho que fue ob-
jeto de nuestra investigación, cuentan que habían llevado a
la unidad de policía a un muchacho que iba a depositar flores
a John Lennon (en el primer aniversario de su muerte) ¡en el
Cementerio de Colón, en la capital! No puedo asegurar la ve-
racidad del hecho, pero me parecía creíble en aquel enton-
ces, sobre todo si el joven tenía el pelo largo, teniendo en
cuenta que la policía solía hostigar a los «melenudos», que
fueron los primeros fanáticos del rock en Cuba.
Como sospeché que el caso que entonces nos ocupaba sería
complejo y difícil de plasmar en un seco informe, decidí gra-
bar todo el proceso de las entrevistas y las conclusiones en
Betamax, el sistema de vídeo entonces en uso. Para realizar
- 175 -
este trabajo nos habilitaron los locales de la Feria Agropecua-
ria, entonces cerrada, donde hicimos entrevistas individuales
y dinámicas grupales. También entrevistamos a los familiares
de las personas involucradas, a la directora de la Casa de la
Cultura y a los policías que habían intervenido. Editamos las
grabaciones y quedó un vídeo bastante claro y elocuente. Pu-
dimos esclarecer los siguientes hechos:
-Gran parte del público (todos adolescentes y jóvenes)
procedía de otros municipios de la capital, desde donde
se trasladaron al concierto atraídos por el grupo que to-
caba música rock.
-Una parte menor de los concurrentes eran vecinos del lu-
gar, no roqueros, sino escandalosos, y algunos con histo-
rial de participación anterior en actividades antisociales.
-El concierto debió efectuarse más temprano, según es-
taba anunciado, pero empezó horas más tarde. Mientras,
entre los muchachos que esperaban en la plaza del pue-
blo, hubo muchos que ingirieron bebidas alcohólicas y al-
gunas drogas («empastillamiento», en la jerga popular).
-La directora de la Casa de la Cultura no había coordinado
oportunamente con la policía para que estuviera presente
y garantizara el orden.
-El local era sumamente pequeño para el público asis-
tente, por lo que estaban hacinados y bailaban con dema-
siada proximidad unos contra otros.
- 176 -
En esta situación, la directora llamó a la policía, que envió un
carro patrulla al lugar, sin tener una idea clara de lo que es-
taba ocurriendo. Al llegar allí vieron que un jovencito (cono-
cido como «Leoncito», por su cabellera rubia encrespada),
posiblemente influido por alguna droga, se tiraba desde un
balcón y era recogido por sus compañeros al caer. Sin pen-
sarlo más, lo metieron en el coche patrulla a la fuerza y se lo
llevaron a la unidad de policía de la localidad, en medio de
las protestas e insultos de sus compañeros.
Los muchachos salieron corriendo detrás del coche patrulla
para «liberarlo», llegando casi hasta la unidad policial. Enton-
ces uno del grupo se detuvo y arengó a la multitud, diciéndo-
les que regresaran a sus casas. Esto evitó males mayores.
En el desorden, ya pasada la medianoche, los elementos de-
lincuenciales que se habían mezclado con los roqueros, bajo
el influjo de la bebida y la exaltación del momento, se pelea-
ron y se hirieron de levedad con arma blanca. Los roqueros
se autodelimitaban claramente de estos elementos antisocia-
les, a los que calificaban de «guaposos» (bravucones).
De las conversaciones, dinámicas y entrevistas sacamos al-
gunas conclusiones. Las principales eran las siguientes:
- 177 -
-Imitaban a sus ídolos, dejándose crecer la melena, deco-
lorándose el pelo algunos y utilizando, como aditamentos
a su vestuario, crucifijos y otros objetos que veían en ellos.
-Estos muchachos, varones en su mayoría, pertenecían a
distintas categorías sociales: algunos estudiaban, otros
trabajaban, y había quienes no hacían ni lo uno ni lo otro.
Uno de ellos era electricista calificado y ganaba un buen
salario,
con el que había podido comprar un buen equipo de mú-
sica, adornado con luces psicodélicas. Era el líder del
grupo, según supimos por el sociograma y las entrevistas.
-Como los grupos que más admiraban eran de los Estados
Unidos, algunos de ellos ostentaban en sus vestimentas
atributos de este país, como la bandera. Extendían su ad-
miración por el rock, al país y sus instituciones.
-La poca oferta de conciertos de rock les hacía vivir pen-
dientes de las radioemisoras extranjeras, lo que producía
efectos ideológicos indeseables en aquel entonces, pues
se tornaban inmunes a la prédica de la Revolución.
-Pudimos demostrar que las heridas habían sido produci-
das por jóvenes maleantes, que resultaron también las
víctimas, ajenos todos ellos al grupo de roqueros.
- 178 -
radioemisoras norteamericanas) no siguiera limitándose a los
recovecos de nuestra sociedad.
En cuanto a los muchachos participantes (algunos de los cua-
les habían sido encausados por distintos delitos menores),
propusimos para ellos una atención social y no carcelaria.
Los que estaban detenidos fueron puestos en libertad. Hici-
mos un seguimiento de todos ellos durante un año, pues,
salvo excepciones, estaban desvinculados de los estudios o
del trabajo. Este seguimiento incluía atención por trabajado-
res sociales y gestiones laborales o educacionales.
Acuñamos la expresión «proceso grupal» para denotar fenó-
menos como este, de naturaleza grupal, pero sin estructura-
ción definida, con una dinámica muy fluida, y a veces volátil,
aunque con la presencia de algún líder natural, generalmente
el que más conocía de rock, o el que tenía equipos de música
relativamente más sofisticados. (Después tuvimos ocasión de
estudiar varios fenómenos parecidos en diversos lugares del
país.)
En resumen, fue una investigación novedosa por sus méto-
dos no ortodoxos de estudiar un fenómeno y por la forma de
hacerlo, en vídeo, el que fue luego difundido ampliamente en
el Partido provincial, el MININT y en otras instituciones.
En años subsiguientes se produjo un poderoso movimiento
de rock cubano, no sé si como consecuencia indirecta de
nuestro estudio, o por el desarrollo natural de la cultura mu-
sical en el país.
En los meses sucesivos investigamos otros dos «procesos
tumultuarios», uno en Santiago de Cuba y el otro en Isla de
Pinos (Isla de la Juventud). Ambos tenían características si-
milares: una actuación policial inadecuada en el seno o las
proximidades de un proceso social vecinal que tenía algún
motivo de descontento, y la concurrencia de un líder natural
- 179 -
que canalizaba el descontento colectivo contra la policía. Ig-
noro qué consecuencias tuvieron estos estudios (si las tuvie-
ron) para la política del MININT.
Mientras tanto, la Revolución seguía adelante. El pueblo, al
principio, llamaba Fidel a su líder, pero paulatinamente la de-
nominación pasó a ser Comandante en Jefe, o simplemente
Comandante, como distinción única, aunque desde su origen
había numerosos comandantes. Son matices que solo se
pueden interpretar correctamente aquí en Cuba.
- 180 -
Capítulo 20
ESTUDIO DE LA RETAGUARDIA
- 181 -
medio de las aguas, situado casi en el mismo centro de la
ciudad. Y en Hanoi pude apreciar sus construcciones, forma-
das particularmente por edificios que datan de la época de
los colonialistas franceses.
Al llegar a Vietnam hacía realidad el sueño de muchos cuba-
nos y ciudadanos de diversos países, por lo que significaba
viajar a un país que era ejemplo de heroísmo en la lucha con-
tra los norteamericanos.
En Hanoi me presenté ante el Encargado de la Embajada de
Cuba, quien me presentó a Vu Quoc Vy, vicepresidente del
Departamento de Relaciones Culturales con el Extranjero. Él
me recibió en su oficina y me hizo una introducción general a
Vietnam. Para mi asombro, me trataban como a un escritor
(aunque lo único que había escrito en mi vida era un pequeño
ensayo de menos de cien páginas), y me preguntaron qué
quería conocer. Yo ya sabía lo que quería y les dije que es-
taba interesado en estudiar las bases sociológicas de la soli-
dez de la retaguardia, apoyo logístico efectivo de las tropas
en el Sur, pese a que recibía constantemente los ataques de
la aviación norteamericana, sin quebranto de ninguna clase.
Les expliqué que quería hacer un estudio directo en la pobla-
ción, una investigación en el terreno, y no un estudio acadé-
mico o estadístico.
Mientras esperaba que me avisasen, me fui de paseo por las
calles, donde observé con atención, especialmente, los refu-
gios individuales, casi uno al lado del otro en las aceras, for-
mados por anchos tubos de hormigón enterrados en el suelo,
con su tapa al lado. Otro detalle de interés era la cantidad de
bicicletas, con variantes curiosas, usadas como transporte in-
dividual y colectivo, así como de carga. Y en tercer lugar, que
apenas se veían hombres. La calle estaba llena de mujeres,
muchas de ellas jóvenes, pues los hombres estaban todos en
el ejército, tanto en Vietnam del Norte como en el Sur, en la
- 182 -
guerrilla, y en funciones de aseguramiento. Pero no había ex-
presión de temor en sus rostros, sino de firme determinación
de vencer. Esto lo confirmaría en el curso de mi estancia en
el país.
Ellos me elaboraron un plan de visitas a la provincia de
Quang Binh y a una pequeña región independiente, Vinh
Linh, próxima al paralelo 17, línea que dividía el país en dos
partes: Vietnam del Norte y Vietnam del Sur.
Al día siguiente me llevaron a visitar el Museo Histórico, que
mostraba la historia milenaria de este pueblo. Me llamó la
atención que el centro de las explicaciones eran las relacio-
nes entre Vietnam y China, que había ocupado el país du-
rante unos siete siglos. Ponían mucho énfasis en el aspecto
de que a pesar de la dominación de los emperadores chinos,
el pueblo vietnamita había conservado su lengua, su alfabeto
y su cultura, y al final se había liberado. (No pude menos que
proyectar esa visión histórica a los momentos que corrían,
cuando había serios problemas en las relaciones entre am-
bos países.) Y me lo hicieron saber sin pronunciar una sola
palabra en contra del Gobierno, o del pueblo de China. De-
bido a las tensiones existentes entre ambos países, Vietnam
del Norte no recibía armamento chino, sino de la Unión So-
viética, cuyos cohetes SAM derribaron centenares de aviones
norteamericanos. A los pocos días de esta visita, emprendí
viaje por el interior del país.
- 183 -
transcurría en medio de la jungla. En esas casas de visita
había un cocinero, pero salvo legumbres, la comida se lle-
vaba desde Hanoi en el jeep, pues en el campo no había
nada más que arroz y tubérculos, especialmente yuca. En
Vinh Linh me recibió Nguyen Binh Anh, del Comité del Par-
tido. Él me dio una explicación general de la zona que con-
trolaban y de la situación de la guerra en ese lugar, así como
de la producción. Luego hice visitas a pequeñas localidades,
es decir, aldeas y cooperativas. Casi todos los trabajos ha-
bían quedado en manos de las mujeres, pues los hombres,
salvo los ancianos o los enfermos, estaban en el frente: bien
en las unidades del ejército regular de Vietnam del Norte,
bien con los guerrilleros en las selvas del Sur. Las mujeres
tenían que realizar su trabajo y al mismo tiempo atender a los
niños, ancianos y enfermos. Además, recibían entrenamiento
militar, y casi todas ellas tenían fusiles en sus casas.
Para poder compaginar todas esas tareas con las labores do-
mésticas (me explicaban ellas), existía una célula organiza-
tiva que agrupaba a los habitantes por cada cinco casas, a la
cual llamaban «grupo pentafamiliar», que contaba con una
responsable. Entre esas cinco familias centralizaban una se-
rie de tareas, como la atención a los niños y ancianos, la co-
cina y la atención al corral, mientras los demás estaban tra-
bajando en los campos, o en misiones de vigilancia antiaérea.
Cuando terminé mi visita quisieron festejarme y prepararon
una pequeña despedida, con cantos y la elaboración de algu-
nos alimentos. Como los pobladores sabían que había un cu-
bano, esto significaba una gran alegría para ellos, pues Cuba
era el país que en la medida de sus modestas posibilidades
mostraba mayor solidaridad con su lucha. Entonces decidie-
ron homenajearme con el manjar más exquisito para sus pa-
ladares, al que atribuían, además, propiedades vigorizantes.
Se trataba de huevos de pato enterrados en el suelo no sé
- 184 -
por cuánto tiempo, hasta que entraban en putrefacción y en-
tonces despedían un olor repugnante. En pro de la solidari-
dad tuve que hacer de tripas corazón y comerme cuatro de
esos huevos.
Como pude averiguar a medida que avanzaba en el terreno,
la estructura básica en el campo era la aldea. Esto se re-
monta a más de dos mil años de antigüedad y tiene que ver
con la geografía del país, concretamente la orografía y la hi-
drografía, al menos en el Norte, en la cuenca del río Rojo,
que fluye del noroeste al sureste y atraviesa Hanoi, la capital.
Este río se caracteriza por sus crecidas anuales, que anegan
buena parte del territorio, dejando únicamente las pequeñas
elevaciones y colinas fuera del agua, en las cuales se esta-
blecieron las poblaciones. El agua del río se utiliza desde
tiempos inmemoriales para cultivar arroz, pero requiere de
obras de contención, acequias y diques, que deben ser aten-
didos. La población se congregó siempre en las aldeas, y te-
nían un gran espíritu colectivo, surgido de la necesidad de
emprender obras y atender sembrados que excedían las po-
sibilidades de las familias aisladas. Esto desarrolló una auto-
ridad milenaria y sumamente respetada por todos los pobla-
dores, así como un espíritu colectivista también surgido de
esas necesidades económicas. En esta estructura se basa-
ron después las organizaciones populares.
La población de Vinh Linh sufrió mucho bajo el dominio de los
franceses. En esa época tenían un per cápita de arroz (ali-
mento principal) de 50 kg al año, vestían harapos, y algunas
familias tenían un solo pantalón para el hombre y la mujer,
por lo que ambos no podían salir al mismo tiempo. Pero con
la liberación, mejoraron sensiblemente tanto las condiciones
de vida como las higiénico-sanitarias, y se eliminó el analfa-
betismo. En 1963 la provincia tenía un hospital de 150 camas,
con todas las especialidades.
- 185 -
Los norteamericanos empezaron su agresión con operacio-
nes de guerra psicológica, pero pronto pasaron a los bombar-
deos con B52 y con los cañones de la 7ª Flota.
En tierra existían los refugios y las zanjas de comunicación,
que permitían llegar rápidamente a ellos, con lo cual se pro-
tegían muchas vidas. Además, los refugios eran solo para
dos o tres personas, de modo que los proyectiles únicamente
cayendo justo encima podrían ocasionar víctimas. En otros
casos lo que ocurría era que quedaban enterrados, y el pro-
blema era acudir lo más rápidamente posible a rescatarlos.
Para acelerar el salvamento se usaban varios métodos:
-En cada refugio se situaban algunas herramientas.
-Al llegar a un refugio, no desenterraban de inmediato a
sus ocupantes, sino que abrían un respiradero, o introdu-
cían una caña de bambú con ese mismo fin, para dirigirse
rápidamente a otro.
-Precisaban bien la ubicación de cada refugio, pues luego
de un bombardeo no se distinguían del entorno.
-Pese a la vida subterránea, trataban de mantener la lim-
pieza y la higiene. Y se desarrolló un movimiento para
construir refugios más seguros y con mejores condiciones
de higiene y respiración.
- 186 -
Como pude comprobar, la familia había sufrido una profunda
transformación como resultado de la guerra. En primer lugar,
porque el padre se hallaba ausente (en el frente), de modo
que la madre debía asumir las principales tareas domésticas,
productivas y educativas. Se aplicaba un rigor familiar, pero
no se castigaba a los hijos, quienes también colaboraban en
las tareas que tenía que efectuar la madre. Si una madre po-
seía muchos hijos, los vecinos la ayudaban, existía un ele-
vado sentido de la solidaridad. En cuanto a la alimentación
de los niños menores, luego del destete, la comuna les sumi-
nistraba leche de búfala para apoyar su nutrición. Toda esta
ayuda se realizaba a nivel de base, de la comuna, o del
«grupo pentafamiliar», para no recargar a la cooperativa.
También ayudaban a los niños en la escuela. En la comuna
que visité, ningún niño había repetido grado escolar alguno.
En resumen, la madre jugaba el principal papel en la educa-
ción de los niños.
Me viene a la mente un caso especial: se trataba de una ma-
dre de seis hijos. Dos de ellos murieron en la lucha contra los
franceses, y otros tres estaban en ese momento en el frente.
El Partido intervino para que el único hijo que le quedaba a
esta madre en casa no fuera movilizado al frente, pues ya esa
familia había dado un aporte excesivo de vidas a la lucha.
Esto no era una excepción, sino la regla: la cooperativa o la
comuna atendían a las familias que habían tenido víctimas de
guerra.
Otra señora con la que hablé tenía 41 años. Su hija mayor
tenía 19 y estudiaba en un instituto tecnológico, la muchacha
quería ser médico. La madre hubiera deseado que el se-
gundo hijo fuera tractorista, mas se alistó, aunque su ideal
era ser operador mecánico.
- 187 -
Como se puede apreciar, a la mujer le estaba reservado un
importante papel en la defensa y el aseguramiento de la re-
taguardia, por ejemplo:
-Reemplazar a los hombres en sus labores habituales,
para que estos pudieran cumplir siempre sus tareas en la
defensa.
-Hacerse cargo de la familia, y estimular al marido, así
como a los hijos, para que pudieran desempeñar sus la-
bores en el frente.
-Prestar servicios o participar en los combates cuando
fuera necesario.
- 188 -
los primeros auxilios, pero ella no podía ya hacer las labores
del parto, por lo que tuvieron que extraer al niño con fórceps.
La madre murió pocos minutos después y al niño lo llevaron
a otro salón, también subterráneo, donde le dieron las aten-
ciones que requieren los recién nacidos. Al día siguiente vi-
nieron los familiares a buscarlo. Ella lo entregó con mucha
pena, porque ese niño no tendría madre, y les dio los certifi-
cados de constancia para la familia, y para la leche y otros
alimentos. Ella misma y una enfermera estuvieron atendiendo
al bebé hasta que creció y se puso fuerte.
Esta doctora también me explicó otras secuelas de los bom-
bardeos: disminución de la agudeza visual (por la permanen-
cia en la oscuridad), afecciones reumáticas, debidas a la hu-
medad, y trastornos menstruales.
- 189 -
Por su cercanía al mar, la comuna estaba expuesta a los obu-
ses de los barcos de guerra norteamericanos, y en efecto, fue
arrasada por los agresores yanquis, que no dejaron ni una
vivienda en pie, ni ninguna otra edificación: todo lo que ha-
bían construido en los diez años de paz fue destruido. Como
promedio, cayeron 42 bombas y proyectiles diversos por ha-
bitante. En 1966, al arreciar los ataques, 1 500 personas fue-
ron evacuadas del lugar.
La organización de la vida estaba regida por normas senci-
llas, por ejemplo, en cada casa debía haber:
-Un refugio.
-Ganado y aves de corral.
-Cultivos para la familia y los animales.
Casas de huérfanos
- 190 -
con la edad y el nivel, y se incorporaron maestras que garan-
tizaban su adecuada atención.
Exogamia
Herencia
Iniciación
- 191 -
Al término de mi recorrido por la provincia, vino a despedirme
el compañero Dang Gia Tat, dirigente del Partido en Quang
Binh, considerada como:
- 192 -
En los lugares que visité tenían maquetas reducidas con los
perfiles de los aviones más utilizados por los norteamerica-
nos, a fin de que los campesinos, todos armados, pudieran
reconocerlos y mantuvieran la actitud de no huir del avión,
sino enfrentarse a él disparándole cuando se lanzaba en pi-
cada. Esto condujo un tiempo después a que los pilotos nor-
teamericanos les tuvieran miedo a las misiones sobre el terri-
torio de Vietnam: en las alturas se encontraban con los cohe-
tes SAM soviéticos, a media distancia con las piezas de arti-
llería convencionales, mientras que a baja altura se enfrenta-
ban con las armas de infantería, y todas podían tener un
efecto letal. La experiencia fue analizada en el Estado Mayor
y en el Partido, y se decidió organizar un movimiento ideoló-
gico con esa consigna, que se extendió a toda una serie de
situaciones y campañas.
En resumen, pude sacar algunas conclusiones sobre la soli-
dez de la retaguardia en Vietnam, y en qué factores radicaba.
Sin embargo, nada más lejos de mis propósitos que ofrecer
una receta válida para otros países, pues son razones pro-
fundas, arraigadas en el pueblo durante muchas guerras y
conquistas de que ha sido objeto, además de que entre ellos
existe un factor de unión hombre-medio, muy especial tam-
bién.
Hechas estas salvedades, paso a exponer muy someramente
lo que encontré durante mis cuarenta días en Vietnam del
Norte.
El primer factor radicaba en el pasado de luchas y guerras de
conquista de que ha sido objeto el pueblo vietnamita, y siem-
pre por enemigos más fuertes. En el curso de estas conquis-
tas habían tenido ocasión de luchar con diversos métodos,
contra enemigos muy diversos, de los cuales también habían
aprendido. Simultáneamente, en estas situaciones adversas
habían sido capaces de conservar su lengua, sus costumbres
- 193 -
y su cultura, lo que demostraba la fortaleza y unidad que
siempre han acompañado a este pueblo.
En segundo lugar, y no independiente del anterior, que se
trataba de un pueblo muy valiente, que ha sabido templar
más aún esa valentía natural con un profundo esfuerzo edu-
cativo e ideológico extendido a todos los sectores y grupos
de la población. Este trabajo lo había venido realizando el
Partido Comunista de Vietnam, sin dogmatismos ni sectaris-
mos, y aprendiendo siempre del pueblo, con el oído puesto
de manera permanente en lo que este piensa y siente.
Otro factor importante lo constituía la capacidad de adapta-
ción a las condiciones naturales del medio, fundiéndose con
la naturaleza, obteniendo de ella refugio y alimentos, y ha-
ciéndose invisibles inclusive para las poderosas armas de de-
tección que poseía el enemigo.
De igual modo, nunca combatieron las estructuras sociales
tradicionales, ni la organización de la economía que a lo largo
de muchos siglos hizo posible la manutención y autorregula-
ción de la población. Se limitaron a eliminar a los señores
feudales y a los colonialistas extranjeros, pero dejaron en pie
la estructura vital de la sociedad.
No solo eso, sino que adaptaron la organización de la pro-
ducción y de la vida social, y todo este accionar con el estí-
mulo y control del Partido.
Por otro lado, han sabido convocar y movilizar inteligente-
mente a toda la población en las tareas del combate, la pro-
ducción y la vida social.
Y han demostrado una creatividad rayana en lo genial, ejem-
plo de lo cual fue la construcción de los túneles, que en el
Norte fueron de carácter defensivo, de protección, pero en el
Sur jugaron un papel ofensivo y de movilización de las tropas.
- 194 -
Algo parecido ocurrió cuando, en la lucha contra los france-
ses, pasaron los cañones a fuerza de brazos a través de las
montañas, para emplazarlos a tiro en Dien Bien Phu, obli-
gando así a los franceses a rendirse.
La unión entre el Sur y el Norte fue la clave estratégica que
obligó a los norteamericanos a evacuar Vietnam.
Han sido también maestros en influenciar la retaguardia del
enemigo, prueba de ello fueron las campañas que en contra
de la guerra se desataron en los propios Estados Unidos, lo
cual contribuyó oportunamente al retiro de las tropas.
ENTREVISTA A MCCAIN
- 195 -
lugar junto a una mesita donde había tazas de café, manda-
rinas y dulces. El prisionero entró envuelto en una especie de
bata o mono gris, con una toalla alrededor del cuello. Estába-
mos en invierno y el húmedo frío de Hanoi calaba los huesos.
Yo me presenté por mi nombre, diciéndole que era un psi-
quiatra español que estaba de visita en Vietnam, lo cual co-
rrespondía a la verdad. El embajador cubano me había pres-
tado su reloj y su estilográfica Parker para estar más a tono
con mi identidad. El prisionero aceptó la entrevista. Luego me
dijo que hablaba algo de español, porque lo había estudiado
en el colegio y debido a que, además, había hecho varios
viajes a España, en uno de los cuales había visitado la Aca-
demia Naval de ese país y también, según me contó, había
conocido al infante Juan Carlos (hoy Rey de España).
El comandante McCain era un hombre de unos 30 años, pre-
maturamente encanecido. En ese momento cojeaba (ayu-
dándose con una muleta), como consecuencia de las heridas
sufridas al ser derribado su avión sobre Hanoi, el 26 de octu-
bre de 1967, cuando sobrevolaba esta ciudad para atacar
una planta energética. En el aire, al catapultarse, chocó con-
tra los restos del avión y sufrió múltiples fracturas en brazos
y piernas antes de caer a las aguas del lago que se halla en
Hanoi. Las heridas le fueron atendidas en un hospital militar
de la ciudad. El avión era un A4E, con base en el portaavio-
nes US Oriscany.
La conversación se desarrolló en francés, con ayuda de un
intérprete vietnamita que traducía de este idioma al inglés.
Pero McCain introducía muchas palabras en español, sobre
todo cuando le parecía que el vietnamita no encontraba el
vocablo apropiado. Al hablarme de sus heridas le hice un so-
mero reconocimiento físico general y además le examiné la
pierna. Solo encontré una pequeña limitación de movimientos
en la flexión del codo derecho. Mentalmente estaba alerta y
- 196 -
sosegado, en plena conciencia. No mostraba inquietud, ni de-
presión, inclusive tuvo manifestaciones de ironía y humor, lo
que revelaba un buen equilibrio psíquico. Dijo también que él
jamás pensó que caería prisionero; iba a mucha altura, en un
buen avión, y él era considerado uno de los mejores pilotos,
de modo que se sentía seguro. Parece que su propio senti-
miento de superioridad le daba ánimos para cumplir sus mor-
tíferas misiones de bombardeo contra el pueblo vietnamita.
El derribo ocurrió en pleno centro de Hanoi, a la vista de sus
pobladores, que acudieron en grupos a rescatarlo de las
aguas y lo apresaron. Ellos le salvaron la vida, pues como el
mismo McCain expuso, estaba paralizado por las heridas y
no podía nadar ni mantenerse en la superficie.
En un momento de la conversación me habló de su mujer, de
la cual recibía algunas cartas. A él le permitían enviarle pos-
tales de felicitación. Le dije que esta entrevista se iba a publi-
car, por si quería transmitir algún mensaje a su familia. Me
dijo que su esposa se llamaba Carol y me dio una dirección
en Palo Alto, California, que escribió él mismo, de su puño y
letra, en mi libreta de notas (la que todavía conservo). «Dí-
gale que estoy bien, que le deseo felicidades y que no se
preocupe por mí», me dijo. Mencionó también que aunque su
padre era superior en mando al general Abrams (jefe del
Cuerpo Expedicionario Norteamericano en Saigón), el presi-
dente Johnson a veces pasaba por encima de él y le daba a
este último las órdenes directas. Estaba muy orgulloso de la
tradición militar de su familia, que se remontaba a varias ge-
neraciones, y de su propia carrera como piloto. Tenía un nú-
mero de horas de vuelo considerablemente superior a las re-
queridas, pero se esforzaba porque quería ser piloto de prue-
bas y cosmonauta. La guerra se lo impidió. Algunos años
después de la guerra, McCain regresó de visita a Vietnam y
- 197 -
contempló un monumento erigido en Hanoi, que rememora
su captura.
La conversación se desarrolló en un clima cordial, McCain no
daba la impresión de ser un prisionero de guerra, pues estaba
relajado, sonriente y despreocupado. No expuso ninguna
queja sobre sus captores, o sobre el trato recibido, salvo
mencionar que en el hospital lo atendieron muy bien. En mi
opinión la entrevista fue reveladora por lo que dijo (la osten-
tación de sus títulos familiares, varios almirantes entre sus
antepasados directos, y que lamentaba el derribo, pues de no
haber ocurrido hubiera sido el almirante más joven de la Ma-
rina), así como por el lenguaje extraverbal, sereno y relajado
que manifestó en todo momento.
En la conversación previa que tuve con el oficial del Ministerio
de Defensa para coordinar la entrevista, este me narró algu-
nos detalles interesantes. Contó, por ejemplo, que cuando
socorrieron a McCain, lo primero que dijo a sus captores fue
que su padre era jefe del Comando Pacífico de la Marina Nor-
teamericana, lo cual no me asombró, pues en la entrevista
mencionó el hecho varias veces. También habló de sus con-
quistas amorosas, que según él incluían a una hija del minis-
tro de Defensa de Brasil, entre otras personalidades.
La entrevista fue publicada íntegramente en el periódico
Granma (La Habana, 24 de enero de 1970) por recomenda-
ción de Melba Hernández, a quien se la di a leer y valorar en
su condición de presidenta del Comité de Solidaridad Cuba-
Vietnam. Luego la reprodujo la prensa vietnamita, de modo
que estoy seguro de que el mensaje llegó a su destino. La
versión de la entrevista apareció también en un documento
secreto del FBI desclasificado hace algunos años.
Después de la guerra, en 1973, McCain fue liberado, regresó
a los Estados Unidos como un héroe y, luego de ser tratado
- 198 -
de las secuelas de sus heridas, siguió la carrera política.
Tiene una activa vida como parlamentario, y al momento de
escribir estas páginas, despuntaba como el candidato repu-
blicano a la presidencia de los Estados Unidos.
Cuando John McCain se hizo famoso por su campaña elec-
toral, se me ocurrió colgar una fotocopia de mi entrevista en
la pared del comedor de la modesta «paladar»1 de mi hijo
Fernando en La Habana, y pronto se enteraron los periodis-
tas, que me asediaron por más de dos semanas. The Wa-
shington Post, El Mundo, CNN, Saint Petersburg Times y
otros más, incluyendo el Népszabadság, de Budapest, me hi-
cieron entrevistas. Luego, todo volvió a la normalidad.
El Ministerio del Interior no mostró el más mínimo interés por
mi viaje a Vietnam, parece que lo consideraban un asunto
puramente personal. No me dieron licencia de trabajo para
poner en orden mis abundantes notas y publicar un libro,
como los compañeros vietnamitas esperaban de mí, ni se
mencionó en mi expediente. Nada. Apenas pude sacar un ar-
tículo, por gestión propia, en la revista Moncada (publicación
mensual a colores que editaba entonces el MININT), y que
titulé
«Organización, heroísmo, eficiencia».
- 199 -
Capítulo 21
- 200 -
evaluadas y aprobadas por la Comisión, formaban parte del
Plan de Investigaciones Sociales del organismo y eran objeto
de supervisión por la Comisión.
Como resultado de los análisis que habían sido objeto del
tema, escribí dos folletos titulados «Modelación sociológica
de la delincuencia», de 1989 y «La mercantilización de la de-
lincuencia en Cuba: características, desarrollo y peligros fu-
turos», este de 1990.
El primero fue acerbamente criticado por los criminólogos de
la Universidad; el segundo fue ignorado, aunque recibí opi-
niones muy favorables de algunos amigos que lo leyeron.
Pero ninguno fue publicado o incorporado a los centros de
documentación de Ciencias Sociales. Otro tanto había pa-
sado con el «Informe científico del tema Delincuencia y Ju-
ventud, a la Academia de Ciencias», de 1989.
Esta situación de aislamiento y censura me parecía absurda
y no beneficiaba a nadie, de modo que acudí al Consejo de
Estado, el que me respaldó y le encargó al presidente de la
Sociedad Cubana de Criminología y Derecho Penal que di-
vulgara mis trabajos. Así lo hizo durante un año, aproximada-
mente. Me hicieron miembro de la Sociedad y me organiza-
ron algunas conferencias y charlas. Luego todo quedó igual.
Por ese entonces me llamaron de la Unión de Jóvenes Co-
munistas. Su primer secretario me dijo que en la FEU de la
Universidad Central (Santa Clara) habían leído mi análisis del
concepto de delincuencia que se enseñaba en los textos y
querían que fuera personalmente a exponerlo. Cuando viajé
a esa ciudad desarrollé reuniones, seminarios y conferencias
ante estudiantes y profesores de ese centro de altos estudios.
Más adelante, en 1992, en colaboración con un profesor de
Economía, Bienvenido Cuéllar, y una estudiante de la Facul-
tad de Derecho, escribí una monografía titulada «Economía
- 201 -
subterránea y mercado negro delincuencial en Cuba», que
tampoco se publicó, ni existe en los Centros de Documenta-
ción de Ciencias Sociales ni de Criminología.
Pero las relaciones científicas con los profesores de la Uni-
versidad Central prosiguieron. Una profesora de Sociología,
Celia Marta Riera, que había pasado un entrenamiento de
varias semanas en el Focsa, creó posteriormente la Facultad
de Prevención, donde, entre otros, se utilizan trabajos míos
como base material de estudios.
También en este período asesoré una maestría del jurista
Alejandro Aldana Fong, que resultó una experiencia extraor-
dinaria. Él elaboró una tesis brillante, que incluía algunas de
las ideas que he desarrollado. Desde entonces se ha conver-
tido en colaborador y amigo.
Por esos años escribí un polémico folleto, que titulé ambicio-
samente «Dogmatismo y burocratismo en las ciencias socia-
les y, particularmente, en la criminología», que desde luego
no fue publicado, lo cual no lamento. Tuve en cuenta para ello
los ejemplos de Lisenko y la «Reflexología», además de la
negación, en su tiempo, de la cibernética y las encuestas so-
ciales, ya que, según la concepción dominante, «la sociedad
soviética no tenía por qué ser investigada». Mi tesis era que
en la criminología cubana todavía había rastros visibles de
ese fenómeno. Aparte de las lecturas y la experiencia profe-
sional directa, consulté también varios trabajos y cartas de
Che que tocan el tema.
Los años transcurridos desde mi retiro han sido pródigos en
trabajo y en resultados. Pero también he chocado con la dura
realidad de que las ideas nuevas no se abren camino por sí
solas, ni son fácilmente aceptadas. Me queda proseguir el
esfuerzo de divulgación, fomentar la investigación ulterior de
los problemas menos estudiados, como el de la delincuencia
- 202 -
ocupacional y la corrupción, así como desarrollar modelos de
acción para transformar la situación, además de una continua
investigación que retroalimente la práctica. Deseo escribir un
libro que exponga sistemáticamente estas ideas, emanadas
de las realidades de la delincuencia en Cuba a partir de las
investigaciones y generalizaciones desarrolladas aquí, que
ayude a estudiantes y profesionales a comprender y enfrentar
este fenómeno en su actividad práctica. Espero tener tiempo
y ayuda para ello.
- 203 -
ayudando a mucha gente, aparte de su labor profesional. Y
por los hijos y los nietos siente verdadera adoración, la misma
que sentía por sus padres, cuya memoria venera.
De nuestros hijos, Ernesto es el primogénito. Busqué un nom-
bre alusivo, no quería ligarlo desde el nacimiento al mío. Fue
un modelo en la escuela y en diversas actividades sociales y
militares, que le encantaban. Él estudió Medicina, se espe-
cializó primero en medicina militar, en la Marina, pero no le
gustaba y pidió la baja, fue a parar a un policlínico. Le gustaba
mucho practicar windsurfing y era muy hábil en este deporte.
Practicaba todo el tiempo que podía en las playas de Mira-
mar, cerca de donde vivimos.
Un día soleado, como tantos días hermosos y soleados del
cielo cubano, nos llevamos un susto. Eran las ocho de la no-
che y todavía no había llegado, cosa extraña en él. Recorri-
mos las casas de sus amigos y compañeros de surfing, y nos
dijeron que a eso de las dos de la tarde tomó rumbo Norte y
se perdió en el horizonte.
Eran los días del éxodo de los balseros, cuando los guarda-
fronteras permitían salir del país a todo el que quisiera, con
cualquier clase de embarcación rústica. Enseguida pensa-
mos lo peor, máxime que no se había llevado nada consigo,
ni siquiera agua, solo el bañador y el reloj.
Estábamos sobresaltados, la madre lloraba desconsolada-
mente y yo no cabía en la casa. Por fin, a eso de las dos de
la madrugada, una vecina tocó a nuestra puerta. Había es-
tado escuchando Radio Martí, donde anunciaban todos los
cubanos que tocaban costa en los Estados Unidos, y oyó su
nombre entre ellos. En ese país, él tuvo que realizar nuevos
estudios de la carrera y esforzarse estudiando, mientras tra-
bajaba de noche para mantener a su familia.
- 204 -
Quince años después, es un médico pediatra con una mo-
derna y próspera consulta en una ciudad de la costa atlántica
de la Florida. Con su esposa Elena, que lo siguió a Estados
Unidos apenas pudo, nos ha dado tres bellos nietos, posee
una casa cómoda y un motovelero, que es su pasión y su
solaz. En las elecciones vota republicano.
La historia de Fernando difiere en algunos detalles de la de
Ernesto. Él se hizo ingeniero mecánico y se ha dedicado
desde hace años a restaurar automóviles clásicos. Actual-
mente pertenece a una asociación de propietarios de estos
coches.
Desde pequeño se distinguió por su creatividad, su pensa-
miento original y su sentido práctico, aunque de niño era muy
travieso, y en nuestras semanales excursiones al Parque Es-
caleras de Jaruco a montar caballo, frecuentemente volvía
castigado. Aprendió a montar muy de niño, no llegaba a los
estribos, pero se mantenía en perfecto equilibrio. Estas cua-
lidades se le desarrollaron más con la edad; era el que resol-
vía (y resuelve) cualquier problema en la casa. Al faltar el her-
mano mayor, dio un paso al frente y se hizo cargo de la fami-
lia. Él ha sido y es el puntal de la casa, tanto cuando vivían
los padres de Laly como después de su fallecimiento. Ha sido
el sostén, la mano servicial que siempre está dispuesta a ayu-
dar, con prontitud y eficacia, sea cual sea el problema de que
se trate.
De él fue la idea de abrir una «paladar» en 1995 para afrontar
la dura situación económica, y desde los primeros instantes
se hizo cargo de esta y la administra eficazmente, aunque yo
presté el nombre para obtener la licencia. Fernando posee la
«sabiduría de la calle». Es apolítico. Tiene un hijo que es un
dechado de cualidades, inteligencia y simpatía.
- 205 -
Ana María, mi hija húngara, es fruto de mi primer matrimonio
con Isabel Dubecz, compañera de estudios en la Facultad de
Medicina de Budapest. Aunque nació en Cuba, apenas la co-
nocí de niña. La vi dos vacaciones, una allí y otra aquí en
Cuba. De pequeña era dulce y una lectora voraz, todas las
semanas sacaba cuatro o cinco libros de la biblioteca cercana
y se los leía. Además, le gustaba mucho dibujar vestidos de
moda e historietas. Recuerdo una de ellas, en que había va-
rias personas leyendo legajos interminables, y en la que ro-
tuló, ella misma: «El Ministerio del Chisme», jamás sabré por
qué.
Después de divorciarnos, su mamá se casó con un húngaro
y los tres regresaron a Hungría. Ana María terminó allí el ba-
chillerato, pero tomó la decisión de venir a Cuba a seguir la
Universidad, y se especializó en Bioquímica, que era su vo-
cación desde los tiempos del bachillerato. Aquí vivía con mi
madre, que la adoraba.
Ha sido la más independiente de los tres, haciéndose su pro-
pia vida desde jovencita. Tiene una veta rebelde y luchadora.
Cuando terminó la carrera estuvo diez años trabajando en el
Instituto de Oncología como investigadora y docente. En
1995, ya con familia, se fue a Suecia para completar el doc-
torado. Defendió su tesis en 2001, y decidió hacer estudios
postdoctorales en San Diego, California, donde reside actual-
mente. Tras unos años en una empresa farmacéutica, se
cansó del mercantilismo imperante y el trabajo rutinario, y
ahora se dedica a la docencia. Como buena representante de
la cultura californiana de izquierda, es activa en causas so-
ciales como el Proyecto Alternativas contra la Violencia, pero
también disfruta de la cultura playera, actividades físicas y
buena música. Tiene un hijo de 18 años que sigue sus pasos
en cuanto al interés en justicia social y el medio ambiente.
Ana María gusta decir, creo que con razón, que de todos, ella
- 206 -
es la que más ha heredado el legado de ideales sociales de
los Barral.
Pero los tres, a pesar de sus diferencias, tienen un rasgo co-
mún: ser buenos padres y buenos hijos.
- 207 -
Epílogo
- 208 -
investigador social (Vida V). El período vivido en este her-
moso país ha sido, con mucho, el más fructífero de mi vida,
toda una vida, podría decir, en la que desarrollé dos profesio-
nes y en ambas obtuve resultados, aunque no siempre reco-
nocidos.
Vine a Cuba con una visión romántica e idealista de la Revo-
lución, pese a que Che me había advertido en su carta de
invitación:
Naturalmente, aquí encontrarás más cosas irracionales que
en ese país [Hungría] pues una revolución lo conmueve todo,
lo trastoca todo y poco a poco hay que poner a cada uno en
el puesto que mejor pueda desempeñar. Lo único importante
es que no se obstaculiza el trabajo de nadie.
- 209 -
escritos, en sus numerosas cartas, en las actas del Consejo
de Dirección del Ministerio de Industrias y en otros trabajos,
previsoramente recogidos y publicados por Orlando Borrego
en su inigualable recopilación en siete tomos El Che en la
Revolución cubana, donde se aprecia su vuelo filosófico, sus
concepciones siempre socialistas y marxistas, su crítica al
dogmatismo, su humor, cáustico a veces pero siempre chis-
peante.
En Mis vidas…, en Cuba, ha estado siempre una presencia
cercana que me ha hecho amar este país, romper «la maldi-
ción de los once años». Ella me ha compensado y compren-
dido, dándome amor e hijos admirables: Laly, mi esposa, a
quien dedico este libro.
- 210 -
Anexo
Elementos para una teoría
de la delincuencia
- 211 -
constituyen para mí lo más importante que he hecho en mi
vida profesional. Era justo, pues, que estuvieran aquí.
Entre 1979 y 1980, como expresé en el capítulo anterior, fui
informado de que participaría con mi grupo en las tareas del
Programa de Investigaciones Sociales sobre la Juventud, que
desarrollaría la Academia de Ciencias de Cuba. Este pro-
grama estaría dirigido por un Comité de Expertos y yo tendría
a mi cargo el ya citado tema «Delincuencia y Juventud».
En la primera reunión del Comité nos dieron unas directivas
de la propia presidenta de la Academia de Ciencias, doctora
Rosa Elena Simeón, las cuales establecían que debíamos
presentar tablas estadísticas sobre la delincuencia juvenil,
desglosadas por distintas variables sociodemográficas, todas
estadísticamente validadas.
Por supuesto, no existía una estadística sobre la delincuencia
juvenil, porque esta no era una categoría estadística, sino
que había delincuentes jóvenes (sancionados por los tribuna-
les) y menores con conducta antisocial (atendidos por los
Consejos de Menores, órganos no judiciales). Por eso fuimos
a la prisión Combinado del Este y allí conformamos tablas
sobre la base de los reclusos jóvenes que estaban presos.
Otro tanto hicimos con los adolescentes atendidos por el
Consejo de Menores.
Ese enfoque estadístico de la delincuencia no era nuevo,
como comprobaría poco después. Lo primero que hicimos fue
acudir a la Policía y al Órgano de Menores, para recoger la
experiencia viva de los expertos, así como lo que se hubiera
escrito al respecto.
- 212 -
CONCEPTO DE DELINCUENCIA
EN LA CRIMINOLOGÍA CUBANA
- 213 -
delincuencia como fenómeno social, que está en contraposi-
ción antagónica con la sociedad.
Nuestra primera presentación al Comité de Expertos fue, jus-
tamente, la
CRÍTICA DE LA DEFINICIÓN DE DELINCUENCIA EN LA CRIMINOLO-
GÍA SOCIALISTA.
- 214 -
frente a una heladería de moda, cuando le sorprendió ver allí
un coche con todos los
«extras» y «adornos» que en aquel entonces eran caracterís-
ticos de los coches de los dirigentes. Luego el Ministro del
Interior mandó quitar los cristales tintados, las antenas llama-
tivas y otros implementos que indicaban «estatus»). Al oficial
le entró la curiosidad y llamó por la planta para que le dijeran
a quién pertenecía el coche. Para su sorpresa, el dueño era
el administrador de la propia heladería. ¡Había que averiguar
cómo un simple administrador podía comprar un coche así, y
rodearlo de lujos!
Por ahí empezó la investigación, que duró más de un mes, y
se obtuvieron los resultados. El asunto es que el administra-
dor había retirado los cucharones dispensadores de las bolas
de helado, y en su lugar mandó hacer otros con menor capa-
cidad, y se podía vender más con la misma cantidad de he-
lado recibido. La diferencia se la distribuían entre los emplea-
dos, en proporción directa al cargo de cada uno, de modo que
el administrador se hizo «millonario». Las cosas no termina-
ban ahí, por supuesto, con tanto dinero en el bolsillo podía
comprar lo que quería, generalmente en la bolsa negra, o en-
cargar exquisiteces.
Continuando nuestra búsqueda de información, también acu-
dimos al Órgano de Menores, una institución no penal que
atiende a los adolescentes menores de 16 años que habían
cometido algún delito y, por ser menores de edad, no podían
ser procesados policíaca ni judicialmente, así como aquellos
que habían abandonado sus estudios y manifestaban una
conducta antisocial. Ahí hablamos con los especialistas, mu-
chos de ellos psicólogos de distintas especialidades y soció-
logos, para com- penetrarnos con el modo de vida y relacio-
nes de esos adolescentes, y estudiamos expedientes de ca-
sos significativos.
- 215 -
Una de mis colaboradoras hizo un estudio en el terreno de un
barrio marginal: el Romerillo, y obtuvo una cuantiosa informa-
ción sobre la vida, familia y actividades delictivas y antisocia-
les que tenían lugar allí, o en otros barrios marginales cerca-
nos. Todo esto nos permitió delimitar el modo de vida antiso-
cial y el papel que jugaban en él los delincuentes y sus fami-
liares, y en especial cómo los adolescentes de estas familias
poco a poco se incorporaban a ese modo de vida y termina-
ban cometiendo delitos ellos mismos.
Otra colaboradora permaneció varios meses en una planta
procesadora de café y, mediante el método de la observación
participante, pudo establecer la forma en que se desarrolla-
ban las actividades delictivas en el seno de la empresa,
donde no pocos empleados se aprovechaban para sustraer
a veces cantidades considerables de café.
A otro colaborador, criminalista, le encargué hacer un estudio
de hechos violentos y homicidios, así como de casos de he-
chos tumultuarios.
También hicimos estudios de casos de familias antisociales.
A esto hay que añadir el seguimiento que habíamos realizado
recientemente a los jóvenes y adolescentes del caso Bejucal.
De esta forma, cada miembro del equipo (psicólogos en su
mayoría y con buen entrenamiento en entrevistas y en méto-
dos de análisis de documentos escritos) exploraba una parte
del universo delincuencial. Sánchez Montero, el matemático,
se encargaba de los análisis estadísticos de las variables.
Así fuimos reuniendo evidencia empírica, identificando varia-
bles y relaciones para analizarlo todo en conjunto. Yo no me
había asignado ningún proyecto particular, sino la elabora-
ción general y la síntesis resultante. Con toda esa riqueza de
- 216 -
informaciones ya no podíamos servirnos en absoluto de las
definiciones de la criminología socialista.
Quería llegar a una SÍNTESIS TEÓRICA CONCRETA DE LA DELIN-
CUENCIA, no una definición abstracta y en el fondo de corte
penal, no criminológico.
Pero la delincuencia, como empezábamos a verla, era algo
verdaderamente complejo, de modo que nos pusimos a ana-
lizar esa complejidad, a ver de qué dependía.
Pronto llegamos a una primera conclusión: que hay una serie
de delincuentes que no encajan en ninguna parte, ni caben
en ninguna clasificación. Por suerte no eran muchos, y se tra-
taba generalmente de «delincuentes de un solo delito». De-
bido a esto, corté por lo sano y formé un grupo pequeño al
que llamamos «criminalidad aislada», el cual dejamos para
estudios posteriores.
El resto del mundo delincuencial se interrelacionaba estre-
chamente y constituía una complejidad sociológica que no
podía ser analizada con instrumentos tan endebles como la
estadística penal. Había que buscar nuevas categorías. Las
encontramos en la sociología y la economía política marxista.
De todo esto, y al cabo de dos o tres años, salió nuestra pró-
xima entrega al Comité de Expertos:
- 217 -
Lo que encontramos fue que (excluyendo la «criminalidad
aislada») la delincuencia constituye un grupo social, un gran
grupo social, aunque un grupo abierto, un sistema complejo
abierto. Ya por ahí teníamos la llave para entrar en el análisis.
Pero ese gran grupo no era homogéneo, no se correspondía
plenamente con el concepto de lumpenproletariado acuñado
por Marx, puesto que había delincuentes que habían traba-
jado toda su vida, y delinquían.
Analizando el material empírico encontramos dos subgrupos.
Uno de ellos tenía las siguientes características:
-Cometen los delitos fuera de las relaciones de produc-
ción, en la calle, en lugares públicos, en viviendas, en
vehículos. Podría llamársele, por tal motivo: «delincuencia
callejera», pero no es lo suficientemente exacta. El hecho
es que su vinculación laboral es pobre, abundando entre
ellos los desocupados parciales.
-Son delincuentes generalmente jóvenes, inclusive ado-
lescentes.
-Pueden cometer sus delitos solos, o con algún cómplice.
-Los delitos en que más frecuentemente incurren son el
hurto, el robo, el asalto, lesiones, homicidios, asesinatos,
violaciones, estafas, delitos de droga, etcétera.
-Con frecuencia proceden de un medio marginal, bien en
el barrio, o en la familia, y sus características sociales y
psicológicas son francamente marginales.
-Tienen pobre desenvolvimiento escolar, muchos de ellos
han dejado la escuela.
-Tienen tendencia a reincidir y con frecuencia han pasado
un tiempo en Centros de Reeducación para menores, o
en la cárcel, según la edad.
- 218 -
-Por todas estas características, a este grupo sociológica
y penalmente bastante homogéneo lo designamos como
«delincuencia marginal».
- 219 -
Generalmente se buscan uno al otro para hacer «negocios»
que les pueden reportar beneficios. Puede que el ocupacio-
nal, con dinero, quiera conseguir algún artículo que no se en-
cuentra fácilmente en el mercado, o bien que el marginal, co-
nociéndolo, se aproxime a él para hacerle alguna «oferta» de
venta. Por todo esto podemos hablar de una especie de con-
vergencia entre la delincuencia marginal y la ocupacional.
- 220 -
trabajo cuando tengan edad, y si no se modifica su modo de
vida antisocial, se convierten en delincuentes marginales
adultos.
Ese modo de vida antisocial, con su escala de valores des-
viada, su sistema de actitudes individualista, es producto y a
la vez causa de la delincuencia marginal.
De esto se desprende que para prevenir la delincuencia mar-
ginal, hay que prevenir su etapa anterior; es decir, la etapa
juvenil. Porque, además, cuanto más joven, menos «encalle-
cido» está y más eficaz será el trabajo de reorientación y re-
educación.
Este razonamiento nos llevó a elaborar una «estrategia de
prevención precoz de la delincuencia juvenil», que expondre-
mos más adelante, porque antes hay que describir otro pro-
ceso dialéctico que interviene en la lucha contra la delincuen-
cia. Nos referimos al «proceso de criminalización secunda-
ria».
- 221 -
menudo se convierten en administradores de las migajas de
poder que logran asir, bien en forma de bienes (cigarros, dro-
gas, cuando logran introducirlas), bien en la obtención de fa-
vores sexuales de otros reclusos.
A este reforzamiento de la mentalidad delictiva en las prisio-
nes y centros correccionales, se contraponen los planes de
reeducación que existen en ambas instituciones, donde par-
ticipan en trabajos socialmente útiles y reciben clases cultu-
rales, además de la influencia personal del reeducador. Pero
la policía tiene que investigar y vencer las reservas de los
delincuentes, lo que no deja de producir cierto grado de re-
sentimiento social hacia las autoridades.
En este sentido, para muchos delincuentes que han pasado
por prisión, o centros de reeducación, la reincidencia suele
ser un mérito en el mundo delincuencial, y esto se refleja en
su sistema de valores y de actitudes.
En el caso de los delincuentes adultos es difícil, aunque no
imposible (con trabajo educativo paciente y ganándose su
confianza), evitar este «encallecimiento» institucional, que
obra contra su reeducación. El problema es más delicado en
el caso de los adolescentes, de por sí más influenciables por
unos y otros. Ya veremos qué papel juega esto en la llamada
«estrategia de prevención temprana».
- 222 -
Ya señalamos anteriormente que la delincuencia juvenil no
es más que una etapa en el proceso de reproducción de la
delincuencia marginal. La delincuencia ocupacional, por su
parte, exige como condición sine qua non que los delincuen-
tes tengan la edad laboral (como mínimo) para poder estar
trabajando y cometer delitos en sus relaciones sociales labo-
rales.
Los adolescentes y jóvenes del grupo marginal, por su parte,
reciben influencias antisociales de algún miembro de su fa-
milia, o de amigos o vecinos en el barrio; sobre todo si es un
barrio marginal, o viven en condiciones marginales en zonas
aisladas de un vecindario. Muchas veces, cuando esos ado-
lescentes llegan a la mayoría de edad (que en Cuba, para
muchos efectos, es a los 16 años), tienen ya una mentalidad
antisocial y delictiva, en no pocos casos bien arraigada, y han
tenido experiencias con la policía en ocasión de algún delito,
o inclusive pueden haber estado recluidos en un Centro de
Reeducación de menores. En no pocos de estos casos son
ya «huesos duros de roer».
A partir de esta situación empíricamente conocida, nos plan-
teamos elaborar una estrategia preventiva que actuara sobre
los adolescentes antes de que incurran en experiencias de
ese tipo.
Esta estrategia preventiva se caracterizaba por actuar sobre
los menores en situación de riesgo, pero que no eran objeto
todavía de atención o acciones por parte de los Órganos de
Menores, de la Policía, o de la Comisión Nacional de Preven-
ción, entre otros.
Un punto de vista importante es la familia, pues investigacio-
nes y encuestas previas han demostrado que alrededor del
60 o 70 % de estos menores proceden de familias con ante-
cedentes delictivos o antisociales. Este criterio serviría de
- 223 -
base, pues, para seleccionar una buena parte de los menores
en riesgo, aunque no manifestaran abiertamente conducta
antisocial ni cometieran actos delictivos.
Otro pilar de esta estrategia es el enfoque grupal. No se trata
de tomar a un menor en riesgo antisocial y tratarlo individual-
mente, a solas, sino de ejercer una acción integral sobre el
menor, la familia y su medio ambiente, en cada caso a través
de las instituciones adecuadas.
Muy especial atención hay que dedicar al menor cuando se
inicia en la vida escolar, teniendo en cuenta que la familia a
menudo carece del nivel cultural y educacional adecuado
para ayudarle, lo que requiere apoyo especial del maestro y
de algún vecino de suficiente nivel educacional y voluntad de
ayudar. Se precisa de un esfuerzo pedagógico extra para que
el niño se adapte bien a la escuela.
En ocasiones alguno de los progenitores puede necesitar
ayuda profesional: consulta con un psicólogo o un psicope-
dagogo, por ejemplo.
Un factor determinante es el de evitar la criminalización se-
cundaria. Para esto, los menores que incurren por primera
vez en un acto delictivo, no deberían ser tratados por el pro-
cedimiento habitual, sino ser atendidos por instructores espe-
cializados que hayan recibido una formación psicológica adi-
cional, o contar con la ayuda de algún psicólogo. Y deberá
evitarse por todos los medios que el menor sea enviado a un
Centro de Reeducación, donde sus tendencias negativas
pueden ser reforzadas por la psicología grupal de la pobla-
ción penal.
Todo lo anterior requiere un estudio de la población menor de
15 años, para detectar cuáles son los que están en situación
de riesgo. Esto es perfectamente posible con la infraestruc-
tura de organizaciones sociales de que dispone el país.
- 224 -
Cuando presentamos la estrategia, prestábamos especial
atención al médico de la familia, en tanto ellos constituían una
red que llegaba a todos los hogares. Actualmente ya no es
así, pero se ha adquirido una gran experiencia con los traba-
jadores sociales, quienes pueden ser formados con este
nuevo perfil. Aparte de eso, están los Comités de Defensa, la
Federación de Mujeres Cubanas y la Comisión Nacional de
Prevención Social, que tiene fines más amplios.
Muchas de las acciones que se proponían en la estrategia,
se realizan por las citadas organizaciones, pero con la dife-
rencia esencial de que todo cuanto se propone en la misma,
es tratar a los menores que están todavía en situación de
riesgo, para evitar que cometan actos delictivos. Esto no re-
emplaza la acción de las autoridades ante hechos consuma-
dos por adolescentes o jóvenes ya antisociales.
Esta estrategia está fundamentada teóricamente, pero no
surgió de las nubes, ni de elucubraciones puramente teóri-
cas. Sus puntos principales fueron sometidos a un pilotaje de
factibilidad en un barrio populoso del Municipio Playa, en el
cual abundaban, sin ser mayoría, las familias con riesgo an-
tisocial. Con el análisis de los resultados de este pilotaje,
ajustamos la propuesta de estrategia. El diagnóstico social
debe preceder a las acciones preventivas. Este nos indicará
sobre qué institución (la escuela, la familia, o simplemente la
calle, el barrio) debe ejercerse la acción correctora, y sobre
qué adolescentes en particular.
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empezaban a superar en número a los de carácter violento,
pasional, exentos de interés material. Desde entonces esta
tendencia se ha intensificado más. Pero no nos referimos
solo a los ladrones aislados, sino al conjunto de relaciones
económicas que se forma en y en torno a la delincuencia.
Podemos considerar que la acción más simple del ladrón, de
cualquier tipo que sea, es cuando se apropia de algo (un valor
de uso) que luego consume él mismo: es el ciclo elemental
de apropiación-consumo. Pero esto no constituye todavía
una relación económica, porque no existe un intercambio, ya
que el ladrón no le ha entregado nada a la víctima por lo que
le robó.
Una relación más compleja es cuando lo sustraído es dinero,
que el ladrón utiliza para comprar una mercancía, o pagar un
servicio; bien en el marco de la economía oficial, bien cuando
se le compra a un particular. De hecho, lo más frecuente para
un ladrón ocasional es que sustraiga lo que encuentre, dinero
o mercancías.
Los revendedores
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Tampoco puede (o no le conviene) tener en posesión largo
tiempo la mercancía robada, porque se incrementa el riesgo
de ser capturado.
Puede tropezar con dificultades a la hora de encontrar un
comprador que no entre en sospechas.
Por estas razones no está en posición fuerte para negociar la
venta.
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de la actividad de los ladrones y de los compradores o recep-
tadores, y que tiende a:
Incrementar las ventas.
Minimizar los precios de compra a los ladrones.
Maximizar los precios de venta a los compradores-recepta-
dores.
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productos de consumo, generalmente con la complicidad de
un empleado (delincuente ocupacional), mientras otro delin-
cuente ocupacional (por ejemplo, el administrador de una
tienda) los saca a la venta como si fueran parte de la distribu-
ción normal. Aquí, el «ocupacional» efectúa también una ope-
ración de «lavado» del producto, legalizándolo mediante la
venta oficial.
En fin, todos estos procesos van ampliando el número de per-
sonas involucradas, una intensificación de las actividades de-
lictivas (en cantidad y en valor) y una mayor autorregulación
de la criminalidad a través del mercado negro.
Estos hechos son conocidos, a nivel casuístico, por los inves-
tigadores, pero no han sido objeto de una generalización teó-
rica como la que intentamos en este capítulo de nuestra in-
vestigación, necesaria para adoptar medidas eficaces. La
prueba es que la mercantilización ha seguido fortaleciéndose,
inclusive con vínculos con el extranjero, tanto cuando se ha
aplicado una política penal severa, como durante la despena-
lización.
Como consecuencia de la intensificación mercantil de la cri-
minalidad, esta entra en un proceso de reproducción am-
pliada de sí misma, en una especie de creciente aceleración,
como es visible en casi todos los países del mundo.
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La escasa receptividad oficial a mis trabajos se vio compen-
sada por la actitud de aceptación por parte de otros medios
profesionales. Así, por ejemplo, existe una fuerte ramificación
de mis estudios en la Universidad de las Villas (tarea enca-
bezada por la profesora de Sociología, Celia Marta Riera),
donde han elaborado varios trabajos académicos y llevado
las concepciones a la práctica en un barrio marginal de Santa
Clara. Entre paréntesis, fue una estudiante de Derecho de
esa Universidad la primera en advertir la importancia de mi
crítica de la definición de delincuencia de la criminología so-
cialista, lo que motivó que me invitaran a dar unas conferen-
cias en dicho centro de estudios. En La Habana, el fiscal Ale-
jandro Aldana Fong ha divulgado mis trabajos y los ha desa-
rrollado creativamente en el ámbito del derecho penal, espe-
cialmente en relación con el delito económico. Y desde el
punto de vista epistemológico, entre otras cosas, en una
maestría muy meritoria, ha tutorado varias tesis de diploma
relacionadas con mis estudios (por lo que le estoy muy agra-
decido). En general, ha hecho buena divulgación de nuestros
resultados.
En Cuba, por tratarse de una economía socialista, muy cen-
tralizada, los bienes se encuentran en usufructo de las insti-
tuciones económicas: ministerios, direcciones, uniones de
empresas, empresas, establecimientos, y en menor grado en
las cooperativas y en los escasos establecimientos privados
que operan. El mal manejo de estos bienes, según han seña-
lado fuentes oficiales, no tiene lugar bajo un estricto control
financiero centralizado. Ahora acaba de crearse, justamente,
la Contraloría General de la República. Pero en todos estos
años había un gran poder discrecional sobre los bienes esta-
tales y empresariales por parte de los diversos niveles de la
administración del Estado.
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Esto ha resultado caldo de cultivo propicio para la delincuen-
cia ocupacional, como pudimos apreciar en el caso «Millona-
rio», en el comienzo de nuestros estudios. Allí prácticamente
existían dos instituciones estrechamente imbricadas: la insti-
tución formal (es decir, la oficial) y la institución «sumergida»,
que funcionaba en paralelo y extraía de los fondos oficiales
un monto de dinero que se distribuía proporcionalmente, se-
gún la jerarquía de los empleados, y el director, era quien re-
cibía el máximo.
DELINCUENCIA OCUPACIONAL
Y CORRUPCIÓN EN CUBA
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Todo este entramado de relaciones delictivas se conoce co-
loquialmente como corrupción. Pero sin llamar a las cosas
por su nombre, son relaciones delincuenciales ocupacionales
(sea cual fuere el monto de los bienes mal habidos), y no sim-
plemente un problema «moral». Y no se trata de «personas
corruptas», sino de relaciones delincuenciales que implican
siempre a varios (o muchos) actores.
Y como decíamos ya en 1990 (Fernando Barral: «La mercan-
tilización de la delincuencia en Cuba: características, desa-
rrollo y peligros futuros» [1990], sin publicar), la dinámica de
las relaciones económicas va moviendo paulatinamente las
relaciones sociológicas, y por ende amenaza con problemas
en la esfera ideológica y en las relaciones políticas. Ya Marx
nos enseñó que la sociedad es un sistema complejo en el que
los distintos planos interactúan entre sí.
El problema de la corrupción es un fenómeno planetario, y
aunque en nuestro país no alcanza las proporciones, por
ejemplo, de los Estados Unidos, no por eso debemos restarle
importancia. Aunque sí debemos tener en cuenta que es un
sistema que se autorreproduce, y que cortando solo las con-
secuencias más visibles, no se erradica. Hay que estudiarlo,
pero con instrumentos teóricos adecuados. El Derecho Penal
carece de esos instrumentos teóricos, pues solo ve los casos
individuales, una vez conocido y comprobado el delito. Esto
no es más que el vértice del problema.
La delincuencia ocupacional es un antisistema; es decir, un
sistema dinámico opuesto a la sociedad en general. Tiene
movimiento propio, y en ausencia de una oposición política
marcada, es el principal antisistema del socialismo cubano. Y
lo es porque posee bienes financieros y materiales, posee re-
laciones delincuenciales, y otras que todavía no lo son fran-
camente, pero hacen favores, tienen información económica
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y política, y relaciones personales y políticas no delincuencia-
les, y que por tanto pueden ayudarlos en caso de necesidad.
Ya dijimos que en el seno de esta delincuencia ocupacional,
las relaciones económicas son las decisivas, pero no son las
únicas. Las demás esferas de la vida social se engranan. En
primer lugar, las ya mencionadas relaciones sociales, institu-
cionales y grupales, que actúan directamente sobre la ideo-
logía y la moral, la ética. Pero ¡ojo!, también están las relacio-
nes políticas. Y entre los delincuentes ocupacionales no es
de extrañar que surjan afinidades de posición para quienes
están ya apartándose de las prácticas y principios socialistas.
Así como a nivel global de la delincuencia ocupacional se in-
terconectan las diversas esferas, relaciones y acciones (eco-
nómicas, políticas, financieras, institucionales, ideológicas,
jurídicas, etcétera), en el nivel personal existen también ma-
nifestaciones materiales, morales, ideológicas, políticas, jurí-
dicas y grupales de pequeñas asociaciones, que en su con-
junto conforman el modo de vida corrupto. Tanto este modo
de vida, como quienes incurren en esta práctica, ofrecen un
amplio campo de estudio para los diversos especialistas de
las disciplinas correspondientes, como economistas, conta-
bles, psicólogos sociales, institucionales y clínicos, sociólo-
gos, investigadores políticos, especialistas en ética, etcétera,
con el objetivo de analizar y sistematizar toda esa informa-
ción.
Este estudio debe hacerse transversalmente, graficando re-
des, relaciones y procesos de propagación horizontal de la
corrupción (cómo se expande). Pero también longitudinal-
mente, es decir, cómo se reproduce a sí misma (por capta-
ción de nuevos individuos, o al influir sobre la descendencia),
revelando las regularidades y los procesos dinámicos causa-
les (retroactivos).
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Todo lo expuesto hasta aquí, en este Anexo, versa sobre los
distintos aspectos estudiados a lo largo de diferentes perío-
dos de mi labor investigativa. Estos han sido el producto de
conclusiones teóricas sobre las investigaciones en las que
pude participar con la colaboración de otros especialistas y
compañeros, y que por considerarlo un aporte necesario a la
sociedad, continuaré realizando en la medida de mis posibili-
dades.
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