Diogneto Con
Diogneto Con
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DOI: 10.13140/RG.2.2.33111.14246
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S
i la denominada literatura «apostó- ción de un criterio fabulador contrario a lo
lica» es sorprendente en innumera- que de verdad se relata dentro de los pro-
bles aspectos, como estamos pios textos. Una falsa categoría, en defini-
observando en esta obra, el texto conocido tiva (y me explico con claridad), que
como Discurso a Diogneto (o Epístola a presupone, imagina y fantasea en torno a
Diogneto), lejos de producir admiración, un principio generador (el de «los apósto-
estupefacción o sorpresa, como ocurre con les» tras las huellas de un Cristo descen-
otros textos similares, lo que evidencia es dido) que no es tal: que en la dinámica
algo mucho más profundo, elocuente y temporal real y en la estricta diacrónica de
desgarrador. Este texto pone de relieve los textos no aparece por ninguna parte ni
una irreparable ruptura con las interpreta- tiene visos de realidad. En consecuencia,
ciones tradicionales y los cánones herme- considero que, inmersas todas estas fabula-
néuticos sostenidos en estereotipos ciones tradicionales en un vicioso y sofís-
eclesiásticos y remendados a base de fábu- tico círculo hermenéutico, no me queda
las, presuposiciones y leyendas. Pues, aun- otra alternativa que poner frente al espejo
que todavía no lo he dicho, debo decirlo esa inevitable petición de principio que
antes de concluir este apartado donde sostiene todas las presuposiciones de par-
agrupo esos textos no canónicos admitidos tida, y acometer la reconstrucción de los
por la Iglesia que, supuestamente, estuvie- orígenes cristianos desde lo que de verdad
ron en circulación en los ámbitos de la cris- cuentan los textos de finales del siglo pri-
tiandad antes de la edición y redacción mero.
definitiva de los textos del Nuevo Testa- He citado en innumerables ocasiones a
mento, a finales del siglo segundo. Se trata Rudolf Bultmann, a Wilhelm Bousset y a
de los textos de los «padres apostólicos»: otros heterodoxos y bestias negras de la
una categoría que, hablando con claridad, crítica textual de principios del siglo
carece de todo valor científico y de toda en- veinte; pero en esta ocasión, y para que no
tidad veritativa, ya que se establece en fun- se me acuse injustamente de corrosivo y di-
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ELISEO FERRER / Sobre el «Discurso a Diogneto».
solvente, voy a respaldar mis afirmaciones parte cuando alguno de los integrantes de
con una cita de Aldolf von Harnack, a esa pléyade de autores sobre la que sos-
quien los católicos (poco lectores de doc- tengo mi teoría del cristianismo (católicos,
trina y teología) nunca han condenado al luteranos y ateos, entre otras tribus culte-
fuego eterno, a pesar de su condición de ranas), hace en sus obras equilibrios de fu-
luterano y de sus críticas revelaciones nambulista sobre el alambre para, con la
sobre los orígenes del cristianismo. Y he mejor y más noble de las intenciones, des-
aquí lo que decía Harnack sobre «los após- velar el misterio y explicar lo inexplicable.
toles» y, por derivación, de esa categoría Pues, lo cierto es que (a pesar de que los
«apostólica» sobre la que estamos ha- mantengo en mi nómina bibliográfica) nin-
blando en estas páginas: «La historia de la guno de ellos hizo tabla rasa de la tradición
misión en los primeros tiempos estuvo se- eclesiástica, como hacemos ya algunos au-
pultada bajo un montón de leyendas; o, tores en este siglo veintiuno; y, claro está,
mejor dicho, se creó a propósito una histo- como poco recomendables arquitectos que
ria tendenciosa, según la cual, en pocos no se desprendieron de lo superfluo e inú-
decenios, el Evangelio había sido anun- til, construyeron sus edificios sobre los ci-
ciado en todos los países del mundo. En mientos de ruinas arcaicas poco
esta invención se trabajó por más de un mi- consistentes y muy erosionadas por los hu-
lenio, ya que la leyenda sobre la misión de racanes y tempestades de las pasiones hu-
los apóstoles comenzó a formarse a finales manas.
del primer siglo, floreció en la edad media Volví a experimentar esa sensación de
y llegó hasta los tiempos modernos; hoy, su tristeza recientemente, frente a las páginas
carácter fantástico y tendencioso es univer- de mi respetado y admirado Robert M.
salmente reconocido».1 Grant, un profesor de la Universidad de
A lo cual, he de añadir que, cien años Chicago con una muy recomendable obra
después de haber sido realizadas estas afir- sobre los orígenes cristianos, que en los
maciones, yo no veo que el optimismo des- años sesenta del siglo pasado se formulaba,
mitificador del erudito alemán fructifique y sin embargo, cuestiones que hoy me pro-
se manifieste por parte alguna: ni entre ca- ducen melancolía y un cierto decaimiento
tólicos ni entre protestantes; ni entre la de ánimo. Ajeno a la brillantez de otras de
clerigalla ni entre todos aquellos ignoran- sus muchas páginas, en uno de esos textos
tes descreídos que no saben de lo que ha- revisados recientemente2 Grant parecía no
blan; ni entre aficionados ni entre los querer entender la proliferación de doce-
muchísimos profesores cuyos textos pro- tismos, primitivos gnosticismos, filosofis-
vocan más compasión y misericordia que mos y misticismos cristianos
decepción y vergüenza. Es más, he tenido documentados en las últimas décadas del
que contener las lágrimas en muchas oca- siglo primero y principios del siglo se-
siones, taparme la nariz y mirar hacia otra gundo; posiciones «heréticas» anteriores a
1
Adolf von Harnack. Missione e propagatiione del crestianesimo nei tre primi secoli. La obra original en alemán
lleva por título: Die Mission und Ausbreitung des Christentums in der ersten drei Jahrhunderien. 2 Vols. Leipzig,
1924. Citado por D. Ruiz Bueno. Padres apostólicos. Madrid, 1950. p. 815.
2
Robert M. Grant. Le Dieu des premiers chrétiens. París, 1971. Original en inglés: The early christian doctrine of
God. Charlottesville-Chapel Hill, 1966. pp. 22-24.
3
El griego Evémero de Mesina (330-250 antes de nuestra era) opinaba que los dioses habían sido hombres de la
antigüedad que la tradición había divinizado con el paso del tiempo.
estudio de los textos, más allá de la ideolo- católicos de la asamblea romana; que,
gizada e interesada interpretación del mi- dicho sea de paso, no hizo acto de presen-
drash evangélico, editado a finales del siglo cia dentro de la historia objetiva hasta la se-
segundo, es precisamente lo que no apa- gunda mitad del siglo segundo. Es decir, y
rece ni se afirma dentro de sus páginas (es aclaro para los lectores más refractarios a la
decir, el vacío de la fábula eclesiástica), novedad y más anclados en la psicología
como vamos a ver en este estudio dedicado del dogma: la «tradición apostólica» no
al Discurso a Diogneto. apareció hasta unas fechas muy tardías, si
Yo no invento nada: los textos, mejor o dejamos de lado y excluimos (como se ha
peor traducidos, están ahí, al alcance de hecho durante mil ochocientos años) la tra-
todo el mundo… Y de lo que hablaron los dición apostólica del marcionismo y la tra-
textos de las diferentes sectas cristianas dición apostólica del gnosticismo
durante siglo y medio fue del mito protog- cristiano, derivadas ambas del apostolado
nóstico (de carácter platónico y filoniano) de Pablo de Tarso. Si hacemos caso a los
del descenso y la encarnación del Hijo de heresiólogos de la Iglesia, el gnóstico Va-
Dios; jamás de un Jesús de Nazaret nacido lentín reconocía que «la enseñanza secreta
en Belén ni de ninguno de los elementos de Pablo de Tarso la había aprendido de
narrativos derivados del midrash evangé- Teudas, uno de sus discípulos. Y mantenía
lico y del mito asociado de la Pasión. Como que su tradición apostólica (gnóstica) pro-
vamos a ver, este escrito a Diogneto, junto cedía del mismo Pablo, que no tuvo nada
a prácticamente todos los demás textos de que ver con los doce apóstoles de la tradi-
la denominada «literatura apostólica», pre- ción evangélica, que los obispos católicos
senta una buena prueba de las incontesta- convirtieron finalmente en autoridad de
bles evidencias que nadie quiere ver ni todas las corrientes de la Iglesia».4
escuchar. En segundo lugar, la otra de las razo-
nes, que nos conduce a una irreparable
Un cristianismo místico ruptura con las interpretaciones tradicio-
(y platónico) frente al paganismo nales y con los cánones hermenéuticos sos-
y el judaísmo. tenidos en estereotipos y prejuicios,
Todo este comentario previo viene mo- consiste en que en el texto del Discurso a
tivado, en primer lugar, y principalmente, Diogneto encontramos una teológica alta-
por la necesidad de enfrentar al lector con mente elaborada en términos literarios y fi-
esa falsa categoría (lo «apostólico» ro- losóficos (sustentada sobre los
mano), que ha determinado en una direc- fundamentos del ubicuo mito de la encar-
ción equivocada toda la investigación nación y el descenso al mundo de la divini-
sobre los orígenes cristianos hasta los pri- dad), que carece por completo de
meros años del presente siglo. Una catego- leyendas, fabulaciones y estériles compo-
ría que, por cierto, no apareció con su nendas narrativas. Y con ello entramos ya
significado tradicional hasta los textos ins- en materia; pues solo el mito del descenso
titucionalmente elaborados por los obispos del Hijo de Dios y de su encarnación sir-
4
Eliseo Ferrer. Sacrificio y drama del Rey Sagrado. Genealogía, antropología e historia del mito de Cristo. Madrid,
2021. p. 497.
mundo antiguo, fuese hallado en una pes- entre cristianos y judíos en los siglos pri-
cadería de Constantinopla, en 1436, desti- mero y segundo de nuestra era: una pri-
nado al envoltorio de mercancía; junto al mera fase de inconsciencia y no asunción
hecho de que Eusebio de Cesarea, en el del problema por parte de los cristianos y
siglo cuarto, no hablase de esta epístola, y de ignorancia completa por parte de los ju-
junto a las vicisitudes, azares y contratiem- díos; una segunda fase (Bernabé y Diog-
pos por las que atravesó su manuscrito ori- neto) de rechazo del judaísmo por parte de
ginal y las copias que de él se hicieron,7 ciertos sectores cristianos y de ignorancia
forma parte de toda esa hojarasca retórica plena por parte de los judíos; y una tercera
que alimenta la voracidad de los eruditos y fase de conciliación de la Iglesia con la teo-
en la que no voy a entrar bajo ningún con- logía y la cosmología judaicas y de perseve-
cepto. Hojarasca y farfolla sustentada en la rante ignorancia de los diferentes
perenne confusión terminológica y en el cristianismos por parte del judaísmo rabí-
frívolo juego de anacronismos que ha ser- nico. Así, situada la misiva a Diogneto en
vido generalmente para matar el aburri- ese segundo periodo, su rechazo del ju-
miento de los clérigos que se han ocupado daísmo normativo aparecía, precisamente,
de esta obra; para afianzar en el escalafón como uno de los rasgos más destacados de
académico a muchos funcionarios, y para su anónimo discurso, que el autor plan-
desviar la atención del verdadero motivo de teaba después de haber rechazado las
interés de este escrito: su singularidad, su creencias y los ritos del paganismo.
exclusivismo, su altísima calidad literaria y Digamos que esta obra presenta hoy
su completo y absoluto alejamiento del dos partes perfectamente diferenciadas,
cristianismo católico que hemos heredado debido a una manipulación tardía llevada a
de los tiempos de la Iglesia de Ireneo. cabo por la Iglesia y que, en la actualidad,
Como ya hemos visto en el capítulo de- nadie sensato discute y casi todo el mundo
dicado a la Epístola de Bernabé, y al igual acepta. La primera de ellas es la correspon-
que ocurría en aquella carta, el Discurso a diente al contenido genuino de la obra,
Diogneto fue también una obra manifiesta- que abarca desde el capítulo primero al ca-
mente antijudía. Dos obras que yo incluyo pítulo décimo. Y la segunda, que de mo-
en esa «segunda fase», dentro de esos «tres mento nos interesa mucho menos y
tiempos» en los que sitúo las relaciones dejamos para el final, es un agregado pro-
7
Lamentablemente, no queda ni un solo manuscrito original de esta carta-discurso. El único manuscrito existente,
hallado en 1436 en una pescadería de Constantinopla por Tomás de Arezzo, fue destruido durante la guerra
franco-prusiana de 1870 en el incendio de la biblioteca de Estrasburgo. El manuscrito, del siglo XIII o XIV, conte-
nía esta misiva a Diogneto, y se encontraba entre varias obras espurias atribuidas a Justino Mártir: se trataba de un
corpus apologeticum griego que contenía veintidós obras (Codex Argentoratensis Graecus 9). Todas las ediciones
se basan en este manuscrito desaparecido. Pero hay que destacar que antes de ser trasladado a la biblioteca de Es-
trasburgo, había pertenecido a la biblioteca del monasterio alsaciano de Maursmuenster.
Antes de finalizar el siglo XVI se hicieron tres copias del manuscrito (cito Wikipedia): «La primera fue realizada en
1579 por Bernard Haus por encargo de Martin Crusius, profesor de la universidad de Tubinga, en cuya biblioteca
universitaria se encuentra actualmente. La segunda copia fue realizada por un impresor francés Henri Estienne,
que la utilizó para preparar en 1592 la editio princeps de la obra. Dicha copia acabó en la biblioteca universitaria de
Leiden por intermedio de un destacado coleccionista. Una tercera copia, realizada por J.J. Beurer, en 1590, desa-
pareció».
bablemente de finales del siglo segundo o dar paso, de esta forma, a la parte final en la
del siglo tercero (o incluso posterior), re- que exponía su soteriología y su modelo de
alizado con la finalidad de armonizar el moralidad basado en la caridad y el amor.
texto con la doctrina de la Iglesia; corres- En la primera parte de la obra genuina
pondiente éste al epílogo formado por los el autor criticaba al paganismo, basándose
capítulos undécimo y duodécimo. Además, en su práctica de la idolatría y en su sistema
hecha esta división previa, hay que distin- de sacrificios. La idolatría, según él, res-
guir dentro de los primeros diez capítulos pondía a la adoración de objetos materiales
del texto legítimo dos partes también clara- (oro, hierro, arcilla o madera) que carecían
mente diferenciadas, desde mi punto de de un origen divino por haber sido fabrica-
vista; pues se trata de una obra no extensa y dos por artesanos, carpinteros o alfareros.
excelentemente armada tanto en términos Objetos, en definitiva, que tenían un ori-
literarios y expresivos como en términos gen material y que estaban fatalmente des-
conceptuales e ideográficos. tinados a convertirse, con el tiempo,
Por eso, fiel a lo prometido a Diogneto, nuevamente en materia. La crítica a sus sa-
el autor comenzaba explicando quiénes crificios, por otro lado, la basaba el autor
eran aquellos seres «celestes»8 que habita- en que el paganismo se exhibía a través de
ban la tierra como forasteros, los cristia- rituales construidos sobre la sangre y la
nos; y por qué habían aparecido en aquél y grasa de animales, asimismo elementos
no en otro tiempo. Lo que argumentaba materiales ajenos a la mística y a la espiri-
señalando el cumplimiento del envío del tualidad con la que el Hijo daba a conocer
Hijo a la Tierra por parte de Dios Padre: su al Padre entre los cristianos.
encarnación, en suma, dentro de los estric- De esta forma, tras la crítica al paga-
tos cánones semánticos del mito pregnós- nismo, el autor acometía la crítica de la re-
tico cristiano y del emanantismo platónico ligión judía, a la que atribuía, por un lado,
heredado de Filón de Alejandría. Así, hasta un aspecto no criticable9 (el poseer «un
el capítulo quinto, el autor situaba socioló- solo Dios soberano y dueño del
gica y culturalmente a los cristianos, para universo»)10 y, por otro, un aspecto muy
diferenciarlos del paganismo y del ju- negativo,11 resultado de una adoración su-
daísmo, antes de definirlos filosófica- persticiosa e insensata, al estilo de la ritua-
mente, en el capítulo sexto y punto lidad de los griegos y los paganos; con un
intermedio de la obra, como el alma del sistema de sacrificios similar, encuadrado
mundo descendida del cielo y prisionera dentro de un excesivo y formalista lega-
en la materia del cosmos. Un acendrado lismo.
platonismo el de la parte central del texto Por lo demás, no creo que tengas necesi-
que le servía de base al autor para funda- dad de que te informe yo sobre su escrú-
mentar el leit motiv de su teología, que de- pulo respecto a las comidas, su
sarrollaba en el capítulo séptimo, y para superstición acerca de los sábados, su or-
8
Pablo de Tarso también utilizaba esta misma terminología en Filipenses. 3.20.
9
J.J. Ayán. Op. Cit. 542.
10
Dg. III.2.
11
Johannes Quasten. Patrología I. Madrid, 2004. p. 247. «Extremado formalismo externo del culto de los judíos».
base (no «cristológica», como afirman con los que el autor presentaba el mito del
todos aquellos desvergonzados autores), el descenso a la Tierra del Hijo de Dios,
discurso presentaba la necesidad de la ve- eterno y preexistente, su encarnación en el
nida del enviado de la divinidad, pues mundo y su proceso de salvación de los
«antes de ella, ningún hombre había cono- hombres; enseñanzas que empezaban por
cido a Dios».28 Así era como el autor des- el verdadero conocimiento de Dios35 y cul-
cribía el plan divino de una salvación minaban con la redención (por el bien y la
orientada al conocimiento de Dios; un plan entrega del Hijo) frente al mal y la iniqui-
«concebido por Dios y comunicado a su dad.36 Un proceso salvífico al que los seres
Hijo»,29 para que, a través de él, llegase a humanos debían contribuir con la fe,
los hombres. Pues parece ser, según el «única a quien se le concedía ver a Dios».37
texto, que Dios había ocultado su bondad y Y una virtud la de la fe que aquí no aparecía
sabiduría al mundo, permitiendo al hom- acompañada por la gracia,38 pero que debía
bre obrar a su libre arbitrio30 y soportando verse reforzada con el amor39 y la
con paciencia sus pecados e iniquidad. caridad;40 de tal manera que los hombres
Pero ocurrió finalmente que, llegado el (con el auxilio divino) pudiesen entrar en
tiempo en que el mal y la perversidad se hi- el reino de Dios por el camino de la
cieron insoportables, ya no les quedaban a virtud.41
los hombres más que «el castigo y la Únicamente añadir mi sorpresa, una
muerte»,31 y el Hijo Unigénito fue enviado vez más, ante la fortaleza de esa ideología
«para cubrir nuestros pecados»,32 «justifi- apocalíptica que sobrevivió en el cristia-
car a los impíos»33 y erradicar el mal. nismo de Pablo de Tarso, sobrevivió en al-
gunas sectas del cristianismo gnóstico,
¡Oh dulce trueque, oh obra insondable, sobrevivió en el cristianismo católico de la
oh beneficios inesperados! ¡Que la ini-
Iglesia y sobrevivió también en este impe-
quidad de muchos quedara oculta en un
solo Justo y la justicia de uno solo justifi- cable Discurso a Diogneto; un texto que
cara a muchos inicuos!34 describía un cristianismo filosófico al que
no se le puede encontrar parangón, a no
Poco más puedo añadir a la claridad ser que lo situemos en los prolegómenos
conceptual y al insuperable estilo literario de las doctrinas de Marción o en un gnosti-
28
Dg. VIII.5. Por lo que vemos que el Dios de esta obra no tuvo nada que ver con el Yahvé bíblico.
29
Op. Cit. VIII.9.
30
Op. Cit. IX.1.
31
Op. Cit. IX.2.
32
Op. Cit. IX.3.
33
Op. Cit. IX.4.
34
Op. Cit. IX.5.
35
Op. Cit. X.1.
36
Op. Cit. IX.2-5.
37
Op. Cit. VIII.6.
38
El Discurso a Diogneto no apelaba a la gracia divina. Se hablaba, sí, en cinco ocasiones, de la «gracia»; pero esto
solo ocurría en el capítulo XI del Epílogo, que se trataba de un añadido del cristianismo católico de la Iglesia.
39
Dg. I. Exordio. IX.2, X.8 y XI.8,
40
Op. Cit. X,6.
41
Op. Cit. IX.1.
cismo primitivo y muy desdibujado por el corazón de los seres humanos.44 Pero en
tiempo. Pues, repito: el mito de la encarna- un futuro inconcreto (que era solidario del
ción de este texto aludía a temas de un tiempo mítico de la encarnación), Dios en-
gnosticismo de carácter muy arcaico que viaría a su Hijo como juez, para juzgar y
nada tuvo que ver con las fabulaciones castigar… Y entonces, se preguntaba el
eclesiásticas de una intromisión divina autor, «¿quién resistirá su presencia?»
(que no mera intervención) como protago-
nista en el curso «efectivo y real» de la his- Añadido eclesiástico y embrión
toria herodiana.42 Pero dentro del cual, y de la dualidad teo-mitológica
más allá del mito de la encarnación, se alu- posterior.
día de manera breve y no muy explícita a Como ya se ha dicho, los dos últimos
una venida del Hijo de Dios al final de los capítulos de la obra (undécimo y duodé-
tiempos: cimo) fueron resultado de un evidente
agregado textual con el que se intentó res-
[Dios] Lo envió para llamar, no para casti- catar su contendido y normalizarlo dentro
gar; le envío, en fin, para amar, no para
juzgar. [Y] Le mandará, sí, un día, como
de los cánones de la «ortodoxia» eclesiás-
juez, y ¿quién resistirá su presencia? 43 tica. Posiblemente fue realizado muy a fi-
nales del siglo segundo, en el siglo tercero
Pero, mucho cuidado, que nadie vea en y con más probabilidad, creo yo, en los
esta última insinuación una propuesta si- tiempos posteriores a Eusebio de Cesarea;
tuada en un marco temporal diacrónico pues este autor amigo de Constantino, que
(como habitualmente hace la artificial his- habló de todos los textos del cristianismo
toricidad eclesiástica) allí donde no hay primitivo,45 no dijo absolutamente nada
otra cosa que la sincronía de una singular del Discurso a Diogneto. Si bien, y lejos de
estructura mítica que funde la encarnación lo que ocurre con otras interpolaciones,
gnóstica con la tácita sugerencia de un enmiendas, correcciones y añadidos ecle-
apocalíptico final de los tiempos. Como siásticos sobre textos más antiguos, que
hizo toda la literatura cristiana primitiva generalmente denotan una invasión bár-
anterior a la llegada de la Iglesia, presente y bara y grosera de creaciones ajenas, el aña-
futuro se acomodaban a un tiempo mítico dido de este discurso fue realizado por un
completamente ajeno a la historia y a la di- remendón egregio y de una gran cultura,
námica de los acontecimientos humanos. que conocía a fondo la filosofía y la teología
En el momento de la encarnación, que evi- de la época; pues tuvo un meticuloso cui-
dentemente había que entender en térmi- dado en armonizar el contenido ideológico
nos alegóricos y místicos, el Hijo no venía del añadido con el contenido original del
a juzgar ni a castigar; venía a amar y a des- texto, y se esforzó en ofrecer al epílogo el
cubrir a Dios (como Logos sagrado) en el nivel y la armonía literaria que exhibía todo
42
En esta obra, Dios se manifestaba a los hombres en abstracto; es decir, a través del mito de la encarnación del
Hijo. (VIII.5,6 y 9). Pero no presentaba una confusión categorial, como realmente ocurrió con el cristianismo ecle-
siástico, que amalgamó las categorías míticas y metafísicas con las categorías de la historia.
43
Dg. VII.5,6.
44
Op. Cit. VII.2.
45
Cf. Eusebio de Cesarea. Historia Eclesiástica. Madrid, 2010.
el cuerpo del discurso primigenio. Es- Eva.52 Pero lo más notable de estos dos úl-
fuerzo que, dicho sea de paso, conquistó timos capítulos (epílogo) consistía, desde
un excelente estilismo literario; aunque, mi punto vista, en que el interpolador cató-
claro está, sin lograr unificar el estilo del lico había sido plenamente consciente de
escrito original con su propio sello perso- que el autor anónimo del discurso había
nal al servicio de la Iglesia. estado identificando al Hijo de Dios con el
Todo esto es algo de lo que no se ha du- Verbo-Logos a lo largo de todo el texto,
dado desde hace siglos, y de una evidencia aunque solo hubiese utilizado el sintagma
tan palmaria que hoy casi nadie pone en «λόγος» en una sola ocasión. Lo que
duda ni cuestiona. En definitiva, resulta aprovechaba y le servía de pretexto para
enormemente sorprendente que en un hablar del «Verbo» (Logos) en nueve oca-
texto en el que no se hablaba de Jesús de siones diferentes a lo largo de estos dos úl-
Nazaret, en el que no se hablaba de Cristo timos capítulos.
y en el que no había muerte ni resurrección Por otra parte, dentro de la externalidad
de Jesucristo, en sus dos últimos capítulos y superficialidad que yo encuentro en las
se hablase en dos ocasiones de la Iglesia46 innumerables investigaciones que he cote-
como administradora de la gracia divina jado sobre esta obra, un asunto recurrente
(que «saltaba jubilosa»),47 y se hablase en para muchos investigadores ha sido siem-
cinco ocasiones de esa misma «gracia» en pre el de las dos lagunas o fisuras que pre-
relación con la institución eclesiástica.48 senta el texto. Uno de ellos, el más
Unos párrafos realmente condensados y importante, es el que aparece dentro del
muy significativos en los que, en muy capítulo séptimo, entre los parágrafos
pocas líneas, contradecía todo lo que origi- sexto y séptimo, que dio lugar, a partir de
nalmente se había dicho sobre el judaísmo, las elucubraciones de Dom P. Andriessen,
al tiempo que proponía la conciliación a toda una serie de fabulaciones hermenéu-
eclesiástica con la Ley y los profetas;49 se ticas en las que no voy a entrar y que con-
asentaba «la fe de los evangelios», y se ins- virtieron al apologista Cuadrato53 en el
taba a la salvaguarda de «la tradición de los autor de este singularísimo texto. Digamos
apóstoles».50 En el capítulo duodécimo el que Andriessen comenzó suponiendo, a
ilustre amanuense eclesiástico elucubraba partir del fragmento citado por Eusebio54
sobre la ciencia («que hincha») y sobre la de la apología hoy perdida de Cuadrato, di-
caridad («que edifica»);51 abordaba el mito rigida al emperador Adriano, que el hiato
de Paraíso y la expulsión de Adán y Eva del del capítulo séptimo bien podría parecerse
mismo, y terminaba considerando virgen a a la referencia citada por Eusebio del apo-
46
Dg. XI.5 y 6.
47
Op. Cit. XI.6.
48
Op. Cit. XI.5-7.
49
Op. Cit. XI.6.
50
Op. Cit. XI.6.
51
Op. Cit. XII.5.
52
Op. Cit. XII.8.
53
Cuadrado de Atenas, o Cuadrato, fue un escritor cristiano y obispo de Atenas del siglo segundo. Cf. D. Ruiz
Bueno. Op. Cit. 823-831.
54
Eusebio. HE. IV.3.1,2,3.
logista griego. Luego, comparó ese frag- texto: la incertidumbre, la zozobra y hasta
mento citado por Eusebio con el texto del el vértigo que ha producido y sigue produ-
Discurso a Diogneto, entre los que encon- ciendo una obra de estas características
tró las grandes similitudes que previa- (huérfana de toda etiqueta y ajena por com-
mente buscaba. Y finalmente conjeturó pleto a todo encasillamiento); que habla de
que el emperador Adriano bien podría lo que habla, es decir, del primitivo mito
haber sido conocido en ambientes familia- gnóstico derivado de Sabiduría y del Logos
res o cercanos como «Diogneto». Con de Filón; que omite lo esencial de la doc-
todo lo cual armó un vicioso círculo her- trina de Iglesia; que no fue referenciada
menéutico, cuyos puntos, independiente- por Eusebio de Cesarea, y cuyo autor
mente de la dirección que se tomase y del sigue y seguirá siendo anónimo, por más
lugar por donde se accediese al mismo, que se empeñen la mayoría de los investi-
siempre conducían a la misma «verdad» gadores en buscarle al texto un acomodo
que había derivado de su suposición origi- dentro de los estereotipos y las etiquetas
naria. Es decir, Cuadrato era el autor de eclesiásticas. Ciertamente, y puestos a ele-
esta carta y Diogneto era el apodo con el gir dentro del extenso catálogo de posibles
que se conocía al emperador Adriano… autores56 que nos ofrece la indiferenciada
A pesar de estas inadmisibles y nada tradición académica y eclesiástica, y tras
fundadas hipótesis, las propuestas de An- descartar una posible falsificación medie-
driessen tuvieron una amplísima difusión val,57 yo optaría por trabajos mucho más
en la Europa posterior a la segunda Guerra serios y sugestivos, como, los del francés
mundial; encontrando en España a Daniel Henri I. Marrou; quien atribuyó la autoría
Ruiz Bueno55 entre sus más decididos y del texto a la escuela catequética de Pan-
fieles propagandistas. A lo que debo añadir teno58 (siglo segundo), maestro de Cle-
que, desde mi punto de vista, lo importante mente de Alejandría y perfectamente
del fenómeno Andriessen no fue el conte- ubicado en la tradición del filósofo judío
nido de sus disparatadas propuestas, sino Filón de Alejandría, del neoplatonismo y
el hecho de haberse convertido en la más de la gnosis cristiana alejandrina.
evidente manifestación de una sintomato- Este fenómeno de incertidumbre y zo-
logía que arrastra tras de sí a la mayoría de zobra ante semejante inconcreción textual
los investigadores que se acercan a este es lo que ha dado lugar en todo momento a
55
D. Ruiz Bueno. Op. Cit. 813-860.
56
Tillemont (siglo XVII) supone autor de la carta a un discípulo de los Apóstoles anterior al año 70; Gallandi (siglo
XVIII) concreta ese discípulo en el alejandrino Apolo, el compañero de San Pablo; Baratier (1740) indica a San
Clemente Romano; Dorner, citado por Kihn, nombra al apologista Cuadrato, que vivió en tiempo de Adriano (117-
138); Doulcet y Kihn optaron por Arístides, contemporáneo de Cuadrato; Bunsen, por Marción; Dráseke, si-
guiendo a Bunsen, por un discípulo de Marción, Apeles; etc. etc. Cf. D. Ruiz Bueno. Op. Cit. 819, 820.
57
Autores como P. Thomsen hablan de falsificación medieval. Incluso, Donaldson la considera una falsificación re-
nacentista. Propuestas que yo descarto, a pesar de su aparente verosimilitud, ya que entiendo que el Discurso a
Diogneto presenta un texto griego perfectamente ubicable en los años finales del siglo primero o muy a principios
del siglo segundo. Un cristianismo medieval o renacentista nunca se hubiera expresado con la desnudez que lo hace
nuestro importante escrito.
58
Cf. Henri-Irénée Marrou. A Diognète. París, 1965. Recomendable también: Henri-Irénée Marrou. Teología de
la historia. Madrid, 1978. pp. 169 y 191. Y J.J. Ayán. Op. Cit. 537.
esa externalidad en la que se pierden la ma- cielos, por quien encerró al mar en sus
yoría de los autores que se acercan a las pá- propias lindes; Aquel cuyo misterio guar-
ginas de esta obra; buscando siempre dan fielmente todos los elementos; de
cuya mano recibió el sol las medidas que
relaciones nominales y referencias a la ine- ha de guardar en sus carreras del día; a
xistente seguridad intencional que se le quien obedece la luna cuando le manda
ofrece de antemano al texto, y omitiendo lucir durante la noche; a quien obedecen
las diminutas perlas de incalculable valor también las estrellas que forman el sé-
que contiene. Sobre toda esa externalidad quito de la luna en su carrera: Aquel, en
en la que se pierden muchos literatos de fin, por quien todo fue ordenado, defi-
nido y sometido.62
ocasión, dejo a los lectores que curioseen
en Internet, donde encontrarán a buen se-
guro cientos de páginas de inútil hojarasca Ya he dicho que el Discurso a Diogneto
con las que ilustrar abigarrados e ideologi- identificó al Hijo Unigénito con la Palabra
zados ensayos, mostrencas recensiones, o Sabiduría del Génesis (el Logos creador,
estériles tesis doctorales y tratados de todo según la traducción de la Biblia griega de
tipo y condición. Lo que no he encontrado Alejandría). Y también he dicho que, en
jamás por ningún lugar es una propuesta definitiva, identificó al Hijo Unigénito con
seria de investigación sobre esos parágra- el Logos Primogénito de Filón… Por su-
fos cenitales en los que el autor proponía a puesto, no etiquetándolo con ninguna re-
Diogneto el descenso del Logos divino y ferencia escrituraria, porque, como hemos
una identificación del Hijo Unigénito con visto, el autor se había manifestado en con-
el Logos primogénito de Filón,59 con la Sa- tra de las tradiciones del judaísmo. A dife-
biduría de Proverbios (como coarquitecto rencia de lo que había hecho el filósofo
del mundo)60 y con el Demiurgo platónico, judío Filón de Alejandría, que había identi-
ordenador y formalizador de la materia del ficado al Logos con Moisés (primogénito
universo.61 de Dios);63 o a diferencia de la fusión que
implícitamente llevó a cabo Pablo de Tarso
Él mismo hizo bajar de los cielos su Ver- con la transformación de Sabiduría en un
dad y su Palabra santa e incomprensible
transcendente Mesías-Christós (que identi-
[Logos] y la aposentó en los hombres y
sólidamente la asentó en sus corazones. Y fico con Josué-Jesús), el autor del Discurso
eso, no mandándoles a los hombres, a Diogneto utilizó una idea de carácter teo-
como alguien pudiera imaginar, alguno lógico y a la vez transcultural (λόγος),
de sus servidores, o a un ángel, o príncipe que, a través de su polisemia, desbordaba
alguno de los que gobiernan las cosas te-
los límites del judaísmo y del paganismo
rrestres, o alguno de los que tienen enco-
mendadas las administraciones de los griego, para asociarla al Hijo de Dios; pero
cielos, sino al mismo Artífice y Creador omitiendo cualquier denominación perso-
del universo. Aquel por quien creó los nal escrituraria (Moisés, Josué-Jesús, He-
59
Filón de Alejandría. Obras completas. Buenos Aires, 1976. La confusión de las lenguas. 146-147. Et passim.
60
Proverbios. 8.22-30.
61
Cf. Platón. Timeo. Diálogos. Vol. 6. Madrid, 1997.
62
Dg. VII.2.
63
«Primogénito» porque fue engendrado en la mente de Dios antes que el hijo segundo, que fue el mundo material
y sensible.