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June 20, 2022
Capítulo 64. ¿Revolución?
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capítulo 64
¿Revolución?
Defiendo la revolución en nuestras cabezas.
John Lennon
Una semana después, Gina se había habituado a su nueva realidad. Todos, sin
excepción, le señalaban lo favorable de su cambio en relación con la
vestimenta y accesorios. Extrañaba mucho a Rafael, si por extrañar se
entendía pensar en él todo el tiempo y escuchar a su soledad llamarlo en
silencio antes de dormirse por las noches. Habían hablado por teléfono cada
día. Él la llamaba no menos de dos veces. Conversaban, sostenía que la
echaba de menos, que ella era única y que se estaba ocupando de encontrar
el modo de volver a verla. Le pedía que siguiera confiando en él. Por
supuesto, durante el día se enviaban mensajes, pero Gina sentía que estaba
jugando a la adolescente en una relación a distancia condenada al fracaso.
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No obstante, no era capaz de cortar ese vínculo por difícil que fuera
sostenerlo, porque de verdad sentía, no sabía muy bien qué, pero allí en su
corazón se había quedado ese hombre de la voz soñada. Escucharlo seguía
siendo un modo de que el amor hiciera las palabras con el tono más seductor
que ella había escuchado jamás. ¿Cómo resistirlo luego de todo lo que habían
compartido? ¿Cómo imaginar algo real entre ellos, si todo parecía reducirse a
la magia de Cuzco?
Paul, ángel guardián de su nuevo yo, parecía más amigo de Rafael, a quien
no conocía, que de ella cuando escuchaba sus dudas y planteos.
–My darling, debes dejar el miedo de lado cuando pienses en él como una
posibilidad.
–No hay aquí ninguna posibilidad. Lo sabes.
–Si te dice que continúes creyendo en él, no hay razón para no hacerlo. Si su
lógica fuera desaparecer, ya lo habría hecho. Rafael Juárez no es un seductor
que anda suelto por el mundo. Es un hombre que fue a despedir a su amigo y
encontró al amor de su vida –afirmó.
–Tú miras mucho cine –dijo para cuestionarlo.
–Es verdad. También tú. Pero la semana que viviste en Perú no tenía nada de
ficción, según me la fuiste contando. ¿Por qué no te animas a eso para
siempre?
–Primero, porque no me ha propuesto nada, ni siquiera viajar. Segundo,
porque no volveré a casarme. No quiero otra convivencia, no…
–Detente –interrumpió–. Hablé de ser feliz en pareja, no de cumplir patrones
sociales. ¿Capito? Como tú dices.
Ambos rieron.
–Estoy fatal, ¿verdad?
–Algo intensa –dijo con humor–. Creo que lo extrañas y pretendes negarlo –
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dijo.
–Basta. ¿Cuándo podré verte?
–Cuando sea el momento, estaré allí.
–¡Tú y tus misterios! ¿Sabes? Francisco les ha contado a los chicos que está en
pareja con Amalia, ¿y qué crees?
–¿Que ninguno lo juzgó y están felices por él?
–¡Sí! Exacto.
–Gina, lo mismo ocurrirá contigo. Tus hijos son adultos. Bellos por dentro y
por fuera, según me has contado y veo en sus fotos.
–Es cierto.
–Y tú, ¿has visto a Amalia?
–No. Todo está en armonía, pero no buscaré ese encuentro.
–¿Qué harás ahora?
–Ir a trabajar, Paul. Alicia ya no va a la notaría. A mi regreso, hemos
conversado tanto. Ojalá mi madre fuera tan comprensiva como ella. Además
de ocuparse de todo, es feliz por mí. Mañana se irá de viaje con una amiga.
Yo misma la llevaré al aeropuerto.
–¡Mira qué bien! ¿A qué hora será eso? –preguntó.
–A las ocho de la noche, cuando salga de trabajar, iré a buscarla. ¿Por qué
preguntas?
–Porque soy curioso. ¿Y tus padres?, ¿fuiste a verlos al pueblo?
–No. Solo he llamado. Papá sigue sin atenderme.
–Deja que el tiempo haga su trabajo –aconsejó.
–Lo haré. No voy a exponerme. No tengo ganas.
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–Debo dejarte, ten un buen día.
–También tú.
***
Gina llegó a su oficina temprano. En la notaría el tiempo nunca era suficiente.
Siempre había algo que revisar, ordenar o pulir. El control en su máxima
expresión radicaba allí, en su trabajo donde cada tarea era el resultado de la
perfecta precisión anterior con que había sido prevista. Fueron llegando sus
empleados, tenía doce en total. Atendió consultas y volvió a reír internamente
al descubrir que sus clientes para realizar una donación, como en ese caso,
comenzaban el relato con el día de su boda. ¿Cómo era eso posible? Se
sorprendía escuchando acontecimientos que nada tenían que ver con su rol
profesional. Mientras cuestiones ajenas a su trabajo eran contadas
minuciosamente por sus interlocutores, pensó una vez más en el reloj de
arena que los abogados en Australia, daban vuelta al inicio de una consulta,
porque cobraban por hora. Entonces las personas desarrollaban una
inmediata capacidad de síntesis. Pero ella, era notaria y no cobraba consultas.
Se entregó al trabajo y disfrutó de su pequeño gran mundo de relatos
irrelevantes para sus protocolos. Fue feliz en la comodidad de su sofá.
Disfrutó de la música de fondo, de cada carpeta que con su intervención
avanzaba hacia el trámite final, de la vida misma y de los logros maravillosos
que le permitían sentirse plena.
Al final de la jornada, había hablado con todos sus hijos. Irían a una cena en
casa de Francisco. Amalia los había invitado. Tendría una noche para
relajarse.
Luego de despedir a Alicia, estaría sola, junto a su hermosa gata
sobreviviente y su incondicional perro Parker. Le gustó sentir que no estaba
triste por eso. Ni siquiera nostálgica. Pensó en Rafael. Le hubiera encantado
salir a cenar con él, pero no era ella quien podía decidir eso.
Conforme a lo previsto, buscó a Alicia en su casa, quien había insistido hasta
:
último momento en tomar un taxi para no molestarla.
–Ali, eres una madre para mí. Has hecho posible que pudiera realizar el mejor
viaje de mi vida, sin preocuparme por mi profesión y compromisos de
notaria, más allá de lo inevitable. No te dejaré sola ni para ir al aeropuerto ni
nunca.
–Una nunca deja de ser notaría del todo pero has logrado bastante en tu
ausencia a pesar de tus llamadas diarias. Te quiero, eres la hija que no tuve.
Lo sabes.
–Lo sé. También te adoro. Es cierto, mi profesión viajó conmigo y me
mantuvo en estado de alerta –ambas rieron.
–Escucha, no me has pedido consejo, pero…
–Pero me lo darás –dijo con una expresión comprensiva.
–Eres joven, linda y exitosa. No regales ese tiempo precioso a la nada. Es muy
bueno que te hayas reencontrado, celebro eso, pero la pareja adecuada
siempre suma. No la necesitas, lo sé, pero puedes elegir agregar más felicidad
a la que ya tienes. Le dará otro color a tu presente y no tiene nada que ver
con tu independencia.
–Me conoces muy bien.
–Mejor que nadie, creo. A veces me haces pensar en ti como en una
revolucionaria que ha ganado su causa y que no quiere ceder un milímetro de
su territorio para obtener más.
Gina la escuchaba con atención. Era un ser humano tan precioso. Se sentía
afortunada por tenerla.
–¿Te refieres a mi revolución interior?
–¡Exacto!
A Gina le dio risa la comparación, pero el mensaje entre líneas tocó su fibra
más resistente.
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El aeropuerto le hizo recordar su partida y su regreso. Cuando despidió a
Alicia al momento de embarcar, se sintió contenta por ella.
Caminaba por el pasillo y decidió que comería algo liviano en la confitería.
No tenía deseos de cocinar. Se ubicó en una mesa desde la que podía ver la
pista de despegue. Pidió la carta y ordenó una ensalada y un refresco.
Llamó a María Dolores.
–Hola, amiga. ¿Cómo estás?
–Bien. Pedí helado y estaba por mirar una serie.
–¿Qué miras?
–Revenge.
Ambas rieron.
–No necesitas mirar esa serie en la que todo es revancha y mentiras –agregó
con humor.
–Tú me la recomendaste.
–¡Sí, pero en otro momento de tu vida!
–Quédate tranquila. No hay en mí sed de venganza, sí de comprarme todos
los vestidos que lucen las protagonistas. Y ¿sabes? ¡Puedo hacerlo! Son las
ventajas de un buen divorcio.
–Me alegra que lo tomes así, pero deberás trabajar en algún momento por ti
misma. Ya veremos. Quizá luego de que nazca el bebé y te hayas adaptado,
puedas incorporarte a la notaría.
–¿En serio? Me encantaría.
–Yo traje a Alicia al aeropuerto. Cenaré aquí y regreso a casa. Los chicos están
en la casa de Francisco.
–¿Qué sabes de “la voz”? –solía referirse así a Rafael por lo que su voz
provocaba en Gina.
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–Hoy me ha dicho que falta menos para vernos, pero yo prefiero no
preguntar. Será lo que deba ser. Estoy bien.
Se despidieron. Gina se sirvió la bebida. Tenía sed. No podía sacar a Rafael
de su memoria. Su celular sonó. Era un mensaje de él. Lo leyó.
“¿Puedes mirar detrás de ti?”.
En ese instante, Gina rememoró la emoción de aquel mismo texto en Machu
Picchu pero la intensidad de sus latidos se multiplicó por miles de veces más.
¿Era posible? Giró de inmediato. Sin pensar. Solo sintiendo deseos de que
fuera cierto, como aquella vez inolvidable. Allí estaba él, en la mesa contigua.
Ella le daba la espalda desde su ubicación anterior. Él se puso de pie, se
acercó y dijo:
–¡Hola! No creo que debas cenar aquí sola –repetía la escena romántica de las
Ruinas.
–¿Qué haces aquí? –siguió ella en el mismo plan, sabía ese diálogo de
memoria.
–Vine a buscarte.
–¿Por qué?
–Porque pensar en ti a la distancia por más tiempo hubiera sido insoportable.
¿Puedo acompañarte?
Gina sintió que la felicidad brillaba en su expresión más y mejor que aquella
primera vez. No intentó disimular. Se puso de pie y lo besó sin pensar en
nada más. Él respondió el beso y la abrazó tan fuerte que sintió que un
precioso dolor la recorría entera.
Se sentaron enfrentados sin soltarse la mano.
–¿Cómo llegaste aquí justo en este momento? Me resisto a creer semejante
casualidad.
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–Tu amigo, Paul Bottomley.
–¿Qué tiene que ver Paul con esto? –preguntó desconcertada.
–Me comuniqué con él, el mismo día que partiste. Si alguien sabe cómo llegar
a tu corazón es Paul. No quería presionarte ni asustarte con mis planes.
–¿Qué planes? Me estás asustando ahora.
–Seré directo. Me enamoré de ti. Nunca pensé decírtelo en un aeropuerto,
pero luego la idea se transformó en perfecta. Justamente, la decisión de viajar
por diferentes motivos nos unió en Cuzco. Te he extrañado tanto, que entendí
que no es dónde, sino con quién, lo que puede definir nuestra felicidad.
Entonces llamé a mi hermana. Ella vive aquí y a través de un amigo suyo,
director de un periódico local, he conseguido empleo. Hace tiempo quiere
que me mude.
Gina sintió que se descomponía. No sabía si de emoción o de miedo. Rafael
era irresistible. Aun así y más allá de lo que su voz y sus palabras provocaban
en ella, una cosa era que la visitara y otra muy diferente que se instalara en
Bogotá. ¿Dónde iba a vivir? ¿Y sus hijas? ¿Había dicho que estaba
enamorado? Estaba confundida. Empezó por el final.
–Seré directa también. No sé qué expectativas tienes y si bien estoy feliz de
que estés aquí, quiero que sepas que no deseo vivir con nadie. He recuperado
mi independencia y… además, tus hijas ¿Abandonarás a tus hijas? Sin
mencionar que…
–¿Puedes detenerte y oír lo que dije?
–Justamente, porque te he escuchado es que estoy hablando –dijo a punto de
retomar su discurso.
–Dije que me he enamorado de ti, no que me quiero ir a vivir contigo. Dije
que te he extrañado tanto que quiero estar donde tú estés sin importar donde
sea eso. Esa es la felicidad que elijo ¡Y por supuesto no he abandonado a mis
hijas! Tienen veintitrés y veinticinco años. ¿Cuánto tiempo real crees que
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comparto con ellas? –Gina comenzó a procesar la información. Era cierto.
Nunca había hablado de ir a vivir con ella. Quizá estaba yendo muy rápido.
Quería hablar con Paul.
–Discúlpame. Debo ir al toilette –atinó a decir.
–Aquí te espero –respondió. Sabía perfectamente que ella necesitaba espacio.
Cuando salió del campo visual de Rafael, llamó a Paul.
–¿Qué has hecho? –dijo sin siquiera saludar.
–¿Qué has hecho tú, que me estás llamando en lugar de estar con ese
bombón?
–Paul… por favor. Está aquí y yo…
–Espera –la interrumpió–. Respira. Olvida tus temores. Céntrate en la Gina
que reencontraste –ella lo hizo–. ¿Qué sientes?
–Que quiero estar con él, pero no deseo cambiar todo lo demás.
–¿Qué ocurriría si regresaras a la mesa y él no estuviera allí?
–Me moriría de angustia supongo –respondió sin pensar.
–¿Entonces?
–Pero…se ha mudado aquí. Ya tiene trabajo. ¿Y si no funciona a mi manera?
–¿Y si es perfecto a la manera de ambos?
–Tengo miedo.
–Es lógico pero tienes también la oportunidad que pocos logran. Tú eliges.
Gina permaneció unos segundos en silencio.
–Te quiero, Paul. Mucho. Gracias.
–Y yo, a ti. Elige con el corazón.
Gina caminó a paso lento, pensando y sintiendo. Volvió a la mesa y allí estaba
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con una sonrisa Rafael, esperándola.
–¿Te sientes mejor?
–Me siento mejor que nunca.
Se fueron de allí luego de contarse todo lo que habían vivido durante el
tiempo que estuvieron separados. Gina fue clara en su posición. Recordó el
consejo de Alicia. Era una revolucionaria vencedora, pero no tan necia como
para no negociar algunos milímetros de su territorio emocional en beneficio
de más felicidad. Nunca pensó en conocer a un hombre en su búsqueda, pero
había ocurrido. La voz del destino había acompañado con palabras ese hecho
que se había anunciado como un presagio. ¿Quién era ella para no
escucharla? Además, si él hablaba, el mundo se detenía en una música al
ritmo de la cual ella podía danzar por siempre.
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