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Volver A Mí: Capítulo 18. Cambio

Este documento narra la historia de Gina, una mujer que viaja a Nueva York para alejarse de su pasado y experimentar un cambio. Al llegar a su hotel, se compra ropa cómoda y casual en lugar de su estilo formal habitual. Más tarde, cuando le roban su bolso nuevo, un hombre la ayuda a recuperarlo y un policía detiene rápidamente al ladrón. Gina se da cuenta de que está experimentando cambios internos y en la forma en que se presenta al mundo.

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Volver A Mí: Capítulo 18. Cambio

Este documento narra la historia de Gina, una mujer que viaja a Nueva York para alejarse de su pasado y experimentar un cambio. Al llegar a su hotel, se compra ropa cómoda y casual en lugar de su estilo formal habitual. Más tarde, cuando le roban su bolso nuevo, un hombre la ayuda a recuperarlo y un policía detiene rápidamente al ladrón. Gina se da cuenta de que está experimentando cambios internos y en la forma en que se presenta al mundo.

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Volver a mí

June 20, 2022

Capítulo 18. Cambio


Página 20 de 69

capítulo 18

Cambio
No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente,

sino la que responde mejor al cambio.

Charles Darwin

Gina se alojó en el Hotel Park Central, a exactamente 322 metros del Central
Park. Lo había elegido porque no tenía pasado que la vinculara a ese lugar.
No quería recuerdos, quería construir un presente propio, ajeno a todo y a
todos en la medida de sus posibilidades.

Se había permitido organizar solo el primer destino, sabía que tendría una
habitación en suite con televisión de pantalla plana de cuarenta y seis
pulgadas, escritorio y caja fuerte.

El Redeye Grill del hotel preparaba platos de diferentes cocinas y en el Park


:
Lounge podría beber cócteles.

Como huésped, podía asistir a un concierto en el Carnegie Hall o ver un


espectáculo de Broadway en alguno de los teatros que había a menos de un
kilómetro. Estaba ubicado muy cerca del Museo de Arte Moderno. Hasta en
eso había pensado.

Al entrar en la habitación no se sorprendió al ver que era muy semejante a las


imágenes que había mirado por internet. Una decoración minimalista.
Edredones blancos, somier de primera calidad. Paredes grises combinadas en
gris plomo y gris perla, con cortinas estampadas en las mismas tonalidades.
Un escritorio. Ventanales grandes desde los que podía observar el corazón de
la ciudad y un cuadro que llamó su atención, porque mostraba la estatua de
la Libertad de espaldas. No pudo evitar sonreír, nada más oportuno que una
libertad que no le mostraba el rostro. Simbólico. Le gustó el ambiente.
Pasaría allí algún tiempo, eso creía.

Se dirigió al baño y la sorprendió el cuadro que lo presidía. Una cara de


mujer con múltiples tonalidades, estilo moderno y una mirada profunda. Si
hubiera hablado, le habría dicho Gina, ¿qué estás esperando? Volvió a sonreír
de su ocurrencia. Estaba disfrutando de la pintura. Eso también era algo que
había perdido.

Sintió que le agradaba estar allí, sola. Despojada de todo y de todos. Abrió su
equipaje, ordenó parte de él en el armario y se recostó en la cama. Suspiró
frente a un cielo raso testigo de su incertidumbre.

Minutos después escuchó los mensajes de WhatsApp pendientes y se sintió


tranquila por Isabella, no así por Diego. Les respondió a todos brevemente
que había llegado bien y que saldría a pasear. Era posible que no tuviera wifi
para comunicarse. Había decidido no pagar un servicio especial para su móvil
en el exterior, porque justamente deseaba no estar pendiente de él. El celular
la mantenía anclada a la Gina que quería dejar atrás, al menos por un tiempo.

Se vistió de manera casual, pero elegante. Un pantalón negro, una camisa


:
blanca y altos zuecos negros. Se dirigió al vestíbulo del hotel y salió de allí
rezumando optimismo. Era ese el primer día de muchos otros. Su aventura
diseñada a la luz de un cambio cuyo proceso desconocía, se había iniciado en
el avión y continuaba en ese primer día en la Gran Manzana.

Caminó por el parque, observó a las personas, imaginó sus historias y se


sentó en una banca en la que bebió un refresco. Respiraba un aire distinto.
Reflexionó acerca de por qué lo sentía así, ya que no era más puro. Sin
embargo, era sanador. Volvió a pensar en ello y advirtió la razón. Ese aire era
más liviano, más suave y más dócil, porque no cargaba en su esencia la
preocupación. Había logrado no pensar en nada más que en su presente.
Sonrió desde el alma frente a ese hallazgo paradójicamente pequeño y
gigante a la vez.

Después de un rato, sacó de su bolso el libro que la acompañaba. Había


comenzado El intenso calor de la luna, de Gioconda Belli. Sentía cierta
empatía con Emma, su protagonista, no tanto por su preocupación acerca de
una inminente menopausia sino por el modo en que analizaba su imagen.
Ambas querían cambios y deseaban saber cómo eran vistas por otros. Gina
leía todo tipo de libros, pero elegía aquellos en los que, entre sus páginas,
descubría algo de ella misma. Le gustaban las descripciones de sentimientos y
de situaciones de la vida misma. No tenía paciencia para novelas históricas,
enseguida se situaba en el momento y le sobraba mucha información que se
extendía sobre lo mismo. Emma, en cambio, la divertía. Leía una desopilante
escena de un accidente, cuando sintió apetito.

Se levantó y caminó en búsqueda de un lugar para almorzar. De pronto, algo


la molestaba. Estaba incómoda. ¿Qué era?

Sus zapatos. ¿Por qué caminaba con tacos por Nueva York, sola, sin ningún
evento al que asistir? Caminó. Siguió caminando indignada. Cada paso le
marcaba ese enlace con su manera de vestirse, siempre impecable, casi
inmaculada y discreta. Eligiera los tonos que fueran, de día o de noche, Gina
era una modelo. ¿Quería en medio de esa búsqueda continuar con esa
:
vestimenta formal? Los pasos se sumaron unos a otros y sus pensamientos se
cruzaban con esa sensación de ahogo y de calor en sus pies. Había caminado
mucho. ¿Sería esa la causa? En Colombia casi no caminaba. Siempre utilizaba
su auto. Sin saber muy bien en cuánto tiempo, el apetito había desaparecido
y ella estaba de pie delante de Massimo Dutti, una tienda de varios pisos en
la Quinta Avenida que parecía invitarla a pasar. Lo hizo.

Guiada más por instinto que por convicción estaba eligiendo un calzado
cómodo. La empleada, en un perfecto inglés, le contó que el nombre del
diseño era Bamba serpiente. Se trataba de un calzado deportivo de
diseñador, estampado de reptil con tres tiras que se sujetaban con un abrojo.
Se enamoró de ellas. Al probarlas, sintió un inmenso placer. De inmediato
eligió un bolso que combinaba. Era un modelo amplio y desestructurado.
Jamás hubiera comprado ninguna de las dos cosas en Colombia. Luego se dio
cuenta de que tampoco quería su pantalón negro ni su camisa. Decidida,
entró en el cambiador, después de pedirle a la vendedora un jean y una
camiseta que combinaran. Le acercó varias en diferentes colores. Se probó y
todas le gustaron. Agregó además otro jean blanco y dos shorts para
combinar las distintas variables.

Miró la imagen que le devolvía el espejo con cada conjunto. ¿Quién era? No
se reconoció allí, pero le provocó placer lo que vio. Entonces, sus ojos se
detuvieron en un maniquí estupendo. Una figura de mujer feliz lucía un
vestido con flores azules sobre un fondo claro. Además, un sombrero color
marfil y gafas. Se sintió irremediablemente atraída por esa moda informal.
Ella nunca compraba ese estilo de prendas. ¿Sería capaz de usarlas? Fue
entonces cuando la empleada, advirtió su interés y la instó a probárselo
augurando una gran venta. Cuando Gina se observó, sonrió ante su nuevo yo.
Se sentía estupenda. Decidió que, así como su interior comenzaba a descubrir
el placer de sentirse libre, también lo que le mostraba al mundo tenía que
cambiar. Compró el conjunto completo también.

–¿No quiere ver algún otro vestido? –le ofreció la vendedora con una sonrisa.
:
–Me parece bien, tráeme el que creas que debería usar –respondió. La
empleada era joven y lo que le trajera le diría como la veía. Se divertiría con
eso. Pocos minutos después, la joven regresó con un vestido rojo con muchos
pliegues en la falda de manera superpuesta. Ajustado y sin escote. Era un
color vivo sin ser exagerado. Se lo probó y la sorpresa fue descubrir que tenía
la espalda descubierta. Se reía de sí misma imaginando adónde podía ir con
un vestido así. Sin embargo, algo la impulsó a llevarlo también, lo peor que
podía suceder era que no se animara a usarlo.

Un rato después, había comprado un sombrero más chico y otro par de lentes
de sol, además de otro vestido bordado en tonalidades de verde con un
pronunciado escote.

Después de haber pagado, le pidió a la vendedora que le quitara las etiquetas


a lo que iba a llevarse puesto y que embolsara lo demás. Cambió sus objetos
personales de bolso.

Una mujer interesante, con determinación y actitud diferente, salió de la


tienda llena de bolsas vistiendo ropa cómoda y simple pero con estilo. Algo
más se subvertía en ella. Sentirse distinta y renovada le daba una nueva
energía. Brillaba su mirada... Al salir de la tienda, el aire era todavía más
liviano. ¿Era eso posible?

Caminaba segura de sí misma. Disfrutando de una rara sensación de


plenitud, distraída del entorno, del mundo interno y del futuro. Su
pensamiento la enredaba en un “aquí y ahora”. Almorzó en un bar de
comidas rápidas y salió de allí para continuar recorriendo a pie la ciudad.
Sumergida en ese nuevo lugar que comenzaba a ocupar en el mundo, a pocos
metros de distancia, reaccionó de golpe cuando alguien que no pudo ver le
arrebató su bolso nuevo y salió corriendo en dirección al lugar donde había
almorzado. Cuando el ladrón pasaba por delante de la puerta, un hombre
salió apresurado. Gina gritaba en español olvidando que debía hacerlo en
inglés. Sin embargo, su salvador advirtió de inmediato lo que ocurría, justo
cuando el joven lo llevaba por delante, tropezaba y caía al suelo.
:
Gina soltó las bolsas que traía y corrió hacia allí para recuperar lo que le
pertenecía. No era el bolso. Era el arrebato lo que la impulsaba. Ya nadie iba
a quitarle nada que fuera suyo. Ni siquiera ese delincuente en Nueva York.
Agradeció su calzado. Llegó casi exhausta. Su salvador había recuperado el
bolso y un policía aprehendía al muchacho. Todo funcionaba en Estados
Unidos. ¿Cómo ese policía había llegado allí tan rápido? ¿O acaso estaba y
ella no lo había visto?

Agitada y ya adoptando el idioma del lugar, que sabía hablar muy bien, se
acercó al hombre que sonreía con su bolso en la mano.

–Creo que esto le pertenece –dijo.

–Así es, acabo de comprarlo –agregó mientras recuperaba el aire–. ¡Gracias!

–No he sido justamente un héroe señora. Más bien el azar me puso en medio
en el momento justo –explicó–. No hubiera podido perseguirlo –dijo y miró su
abultado abdomen–. Él simplemente chocó contra mí, tropezó y cayó. En el
bar había un policía que se hizo cargo enseguida de controlar la situación.

A Gina le agradó la simpleza de ese hombre quien, lejos de pretender que


había hecho algo importante, solo lo interpretaba como una jugada del
destino en su favor.

–Bueno, del modo que haya sido, le agradezco. De no haber estado usted allí,
yo no habría recuperado mi bolso.

–¿Cree que podemos compartir un refresco? –preguntó sorprendiéndola–.


¿Cómo es su nombre?

–Gina –respondió. Pensó en la amabilidad neoyorquina. Luego se dijo que eso


era otra cosa. Claramente le había gustado a ese extraño. ¿Debía aceptar?
¿Por qué no? Después de todo era solo una bebida.

–¿Debo tomar su silencio como un sí? ¿Es mi día de suerte? ¡Recupero casi
sin saber cómo el bolso de una bella dama y ella acepta compartir un trago
conmigo! –luego de escucharse y sin que Gina pronunciara palabra
:
continuó–. Disculpe, no suelo ser así de atrevido. No hay ninguna razón para
que alguien como usted se fije en alguien como yo –afirmó.

La autoestima tan baja de ese hombre anónimo le dio pena. Quizá porque con
su accionar había llevado la suya muy alto. Se había sentido atractiva.

–No iré a beber un refresco con usted, pero quiero que sepa que le ha dado a
este día algo que siempre recordaré. Tampoco lo olvidaré a usted.

–¿Qué le he dado? –preguntó con curiosidad.

–Me dio el impulso de correr por lo que es mío y la espontaneidad de sus


palabras. Créame si le digo que había perdido eso.

El hombre sonrió.

–Mi nombre es John y cada día regreso a este lugar a la misma hora. Si
alguna vez cambia de opinión la invitación sigue en pie.

–Muchas gracias.

–¡Muy lindo su calzado! –agregó.

Gina se sintió profundamente halagada. Todo había sido una gran decisión.
En ese momento, una joven le alcanzó las bolsas que había dejado caer al
iniciar la corrida.

Regresó al hotel. Era feliz. No había pensado en nada más que en ella.
Recordó a Paul. ¿Era una buena idea cenar con él? Buscó en el bolso la
tarjeta con su número telefónico.

Se sintió libre al no haber utilizado su móvil para nada.

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