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Volver A Mí: Capítulo 11. Aeropuerto

Gina se dirige al aeropuerto para iniciar un viaje personal a Nueva York. Antes de irse, se despide de sus hijos, amigos y mascotas. En el aeropuerto, se encuentra con su exesposo Francisco de forma inesperada. Francisco la observa en silencio sin responder a sus preguntas sobre la razón de su presencia. Gina se preocupa por el bienestar de sus hijos.

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Volver A Mí: Capítulo 11. Aeropuerto

Gina se dirige al aeropuerto para iniciar un viaje personal a Nueva York. Antes de irse, se despide de sus hijos, amigos y mascotas. En el aeropuerto, se encuentra con su exesposo Francisco de forma inesperada. Francisco la observa en silencio sin responder a sus preguntas sobre la razón de su presencia. Gina se preocupa por el bienestar de sus hijos.

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Volver a mí

June 20, 2022

Capítulo 11. Aeropuerto


Página 13 de 69

capítulo 11

Aeropuerto
Las interrupciones pueden duplicar el trabajo

que se requiere para llevar a cabo todo el proceso.

David Allen

Gina llegó al Aeropuerto Internacional El Dorado de Bogotá. Se había


despedido de sus hijos con cierto dolor a pesar de que este viaje había sido su
decisión. Ellos no entendían muy bien por qué viajaba sola. Sabían,
claramente, por qué Francisco no iría con ella, pero no entendían por qué no
la acompañaba una amiga. De todos modos, no le hicieron difícil el momento
desde la palabra. Sí, fue un esfuerzo tremendo soltarlos sabiendo sus
conflictos y rechazar la tentación de quedarse para ayudarlos a resolverlos.
Pero no. Esa era la otra Gina, la que quería dejar atrás.
:
Andrés supuso al principio que siendo Nueva York el primer destino, su
madre iba de compras. Internamente le preocupaba, pero no lo demostró.
Diego se limitó a un “tú sabrás” comprensible en el marco de una vida propia
que le imponía sus propias reflexiones, urgencias y determinaciones. Su hijo
menor la juzgaba tácitamente. Lo sabía.

Isabella la abrazó y le deseó lo mejor. Había una cercanía diferente con ella.
Le susurró al oído que le avisaría apenas tuviera novedades.

Había visitado a María Dolores, quien se veía literalmente feliz, porque desde
su AIT Manuel solo le prodigaba cuidados y no había vuelto a salir de noche.
Se había guardado sus pensamientos. Cada cual decidía dónde quería estar.
Su amiga no era la excepción.

Alicia la había abrazado muy fuerte y solo le había dicho:

–Tómate el tiempo necesario, pero reencuéntrate. Solo así podrás continuar.


Para ser felices necesitamos saber quiénes somos y qué lugar ocupamos en
nuestra lista de prioridades.

Su sabiduría mezclada con su amor incondicional le había robado unas


lágrimas de emoción.

Había besado a su gata Chloé. La amaba. Era color canela atigrada y blanco.
Entre esos tonos su rostro se dividía simétricamente debajo de sus ojos. La
habían encontrado casi sin vida, dentro de una caja en la puerta de su casa
una noche de tormenta. El amor y los cuidados la habían transformado en
una sobreviviente. Era una mascota con estilo propio que le daba cariño,
diversión y ese calor necesario que posterga las preocupaciones. Sostenerla
en sus brazos al llegar era olvidar todo durante esos instantes, para
entregarse al disfrute de sentir la incondicionalidad única que dan los
animales. Lo mismo había hecho con su perro, el viejo Parker, un callejero
tricolor, con expresión tierna que llevaba con ellos casi doce años. Lo habían
rescatado también. A él, de un basural. Era un cachorro del tamaño de un
ratoncito. Con mucha dedicación, asistencia veterinaria y cariño se había
:
convertido en un perrazo. Lo acarició y le pidió que la esperara.

Si le hubieran preguntado dónde hallar la definición de gratitud eterna, la


respuesta de Gina habría sido: en las miradas de Chloé y de Parker.

Amaba profundamente a esos animales que eran parte de su vida. Los echaría
de menos. Pero como sus hijos eran como ella en ese sentido, estarían muy
bien atendidos. Eso le permitía irse tranquila en ese aspecto. Tampoco tenía
que preocuparse por la planta de sus amores, regalo de Alicia. Su jazmín
quedaría a cargo del jardinero de la familia. Lo tenía desde que había
comprado la casa y le daba personalmente todos los cuidados a cambio de la
belleza que le regalaba y el perfume que la transportaba a su infancia. En la
casa de sus padres también había uno.

Todo estaba listo para irse, a excepción de Francisco. No se había despedido


de él, a propósito. Él sabía por sus hijos la fecha de partida. Prefirió evitar un
diálogo que seguramente opacaría su gran momento. Estaba muy ofendida
porque fue el primero en enterarse de lo que ocurría con Diego y no se
molestó en llamarla. Tampoco ella lo había hecho. No quería darle la
posibilidad de que ese tema la hiciera cambiar de planes. Sabía que Francisco
no aprobaría su ausencia. Más allá de sus diferencias era un gran padre. Él
también siempre había priorizado a sus hijos por sobre su propia vida.

No quiso que nadie fuera a despedirla. Empezaba un nuevo capítulo de su


historia y frente a la página en blanco, elegía ser la única que arrojara sobre
ella las palabras que nacieran de los primeros pasos.

Llegó en taxi. Durante el trayecto, el aire que respiraba era diferente, más
liviano. Tenía otro olor. Inspiraba amor propio. El entorno invadía sus
pensamientos, pero solo estaba allí formando parte de un escenario que
intentaba observar desde afuera. Como si pudiera separarse de ella misma,
por momentos Gina era testigo de su propia partida. No pudo evitar recordar
la mañana que había dejado su pueblo rumbo a Bogotá. Nada era igual, a
excepción de un vértigo cargado de ansiedad. Solo que a los dieciocho tenía
dudas y miedo. A los cuarenta y cinco la acompañaban certezas y preguntas.
:
Intuía que en los destinos hallaría las respuestas. No sabía dónde iría después
de Nueva York ni cuándo regresaría a Bogotá. La vida iría diciendo.

El Dorado era un aeropuerto que le gustaba. Estéticamente lindo, ordenado y


confortable. Sus tarjetas de crédito le posibilitaban el acceso a la sala vip, que
era muy cómoda. Transitaba el hall hasta el mostrador de su aerolínea para
hacer el check in y despachar su equipaje, una maleta de color verde
esmeralda que había comprado junto a Francisco en un viaje a París. Habían
adquirido el set completo. En la reciente y todavía incompleta división de
bienes, la maleta mediana había quedado en la casa que fuera el hogar de
ambos. Él había llenado la grande con parte de sus cosas. En ese instante
deseó que aprovechara su ausencia para buscar todo lo demás. La de tamaño
más pequeño la había pedido Isabella para un viaje y nunca la había
devuelto.

Su decisión la había llevado a elegir Nueva York como primer destino. Era
una ciudad que la deslumbraba. Amaba la cantidad de opciones que ofrecía.
En especial, disfrutaba recorrer el Central Park. Se imaginó leyendo allí, algo
que no había hecho antes por no haber ido nunca sola. Otras actividades sí
las había realizado antes, pero necesitaba volver a experimentarlas desde un
lugar diferente. En apariencia, era la misma Gina que todos podían ver, pero
interiormente había otra mujer. Una que pedía a gritos su lugar en el mundo.
Salir de ese cuerpo habituado a las tradiciones y la formalidad para
convertirse en alguien libre. ¿Qué era la libertad? Un concepto usado por
seres rehenes de una definición. Abanderados de un “vivo según mis reglas”.
Una mentira colectiva aceptada por todos como una costumbre certera que
no era. ¿Quién podía llamar propias a las reglas de vida impuestas según la
visión social? ¿A las exigencias personales consecuencia del “deber ser” que
sobrevuela, desde siempre, como un eterno mandato al mundo entero?
Nadie.

Gina sentía que estaba destinada a transgredir ese concepto de libertad


convertido en un ritual de sus estructuras. Buscaba a esa mujer diferente de
aquella en la que se había convertido. La que se había dado cuenta de que la
:
única libertad de la que gozaba era la de la falsa definición. No tenía claro
cómo la encontraría ni dónde. Tampoco por qué ese viaje se había alojado en
sus pensamientos hasta ser un hecho. Pero estaba convencida de que hacía lo
correcto. Sintió ventaja sobre muchas mujeres que quizá sentían lo mismo y
no tenían esa posibilidad. Agradeció haber estudiado y poder darse el lujo de
transitar esa etapa en dólares, euros o la moneda que fuera. No todas podían.

Inmersa en sus pensamientos, no advirtió que alguien la observaba a corta


distancia.

–Gina –la voz que escuchó era familiar, el tono no tanto.

Temía darse vuelta. Unos instantes que parecieron horas la enfrentaron a


debatirse entre no mirar atrás y apresurar su paso o hacerse cargo de una
conversación que no quería tener. La Gina previsible giró sobre sus pasos al
escuchar que la llamaban por segunda vez.

Allí estaba. De pie frente a ella. Francisco. Su esposo. Exesposo en realidad.


Costaba hasta a referirse a él de modo distinto.

Lo miró detenidamente. Vio al padre de sus hijos. A un hombre triste con la


autoestima baja. Vestido con ropa que habían comprado juntos y una mirada
suplicante.

Parecía que el tiempo transcurrido desde la separación hubieran sido años y


no algo más de un mes. ¿O acaso ella podía verlo de manera más real? ¿La
distancia agudizaba los sentidos? Su cuerpo era la expresión del matrimonio
acabado. Hombros caídos, como aplastados por la rutina. Mirada cansada
igual a la de alguien que trabajó intensamente sin dormir y que solo piensa
en una única preocupación. Pantalones holgados... ¡Qué ironía! Pensó que,
como a ella, le quedaban grandes. Había perdido peso. No era lo más
importante que había perdido.

Le dolió no ser permeable a su sufrimiento ni sentir empatía con su imagen


devastada. No le era indiferente, claro que no. Pero no se sentía parte de eso.
Señal clara de que ella había avanzado en el duelo mucho más velozmente.
:
Se acercó.

Francisco le dio un beso en la mejilla. Todo era raro. Ella lo miró


preguntándole en silencio qué hacía ahí, pero él no respondió al lenguaje de
su mirada. Solo la observaba. Entonces, tomó la iniciativa.

–¿Qué sucede? ¿Por qué estás acá? –de pronto pensó en sus hijos–. ¿Los
chicos están bien? ¿Isabella? –comenzó a alarmarse. No era la notaría porque
acaba de hablar con Alicia.

–No ocurrió nada con ellos. Todos están bien. Estoy acá porque necesito
decirte algo. ¿Puedo invitarte un café antes de que embarques?

–Supongo que sí –respondió cuando en verdad hubiera deseado ser capaz de


negarse.

Se ubicaron en una mesa a la que llegaron sin pronunciar palabra y con una
extraña lejanía entre ambos, aunque caminaban uno al lado del otro.
Francisco pidió lo de siempre sin consultarle. Dos cafés dobles con crema. La
crema aparte. A Gina le molestó que no le preguntara qué quería tomar, pero
pudo comprender que para él nada había cambiado, o al menos eso. Estaba
varios pasos atrás de la realidad nueva.

–Te escucho –pudo decir por fin.

–Hace algo más de un mes que no vivimos juntos y hablamos lo estrictamente


necesario. Vivo solo en un apartamento que, lejos de ir convirtiéndose en mi
hogar, se transforma día a día en un tormento al que le falta mi vida entera.
Quiero volver. Quiero darte todo lo que te haga feliz… –fue directo al punto
porque percibía que tenía poco tiempo.

–No sigas… –suplicó. Sentía una angustia agobiante.

–Tengo que hacerlo. Tienes que escucharme. Pensé mucho.

Gina no quería oírlo. No deseaba que él le generara dudas. Tampoco quería


que nada ni nadie alterara ese viaje. Sin embargo, contra todo lo que sentía,
cedió y se sometió a un momento que hubiera deseado evitar.
:
–El tiempo de pensar ya pasó, Fran. No quiero ser cruel, pero ya está.
Tomamos una decisión.

–¡No! –dijo enfático–. Tú la tomaste y yo acepté. Pero no es lo que yo quiero.


Me di cuenta de que intentaste cambiar las cosas, diciéndome que no eras
feliz, pero no lo entendí entonces. Ahora sí.

¿Cómo decirle que era tarde, era tarde?

–Francisco, estoy a pocas horas de irme de viaje, de lograr hacer algo


pensando en mí, antes que en todo lo demás. No arruines eso. Por favor.

–Puedo ir contigo. Así, con lo puesto. Darte aventura, buscar romance, lo que
sea –recordó el ejemplo de su amigo. Era cierto. Era básico: solo necesitaba
su decisión de viajar.

Gina lo miró con cara de asesina serial. En lugar de motivarla la enfureció.


¿Por qué hacía eso? ¿Por qué razón no la había escuchado antes de que
internamente lo sacara del camino? ¿Por qué en las vísperas de comenzar a
definir su nuevo destino, Francisco arrojaba sobre ella un tsunami de dudas?
Todo se le vino encima: los hijos, la familia, la historia, los tiempos en que se
había enamorado y en el instante en que la debilidad comenzaba a recorrerla
entera, respiró profundo, se puso de pie, apoyó su mano sobre la manija de la
maleta y fue lapidaria.

–No puedo negar que eres creativo y que tu intención es buena.


Probablemente sea la mejor iniciativa que tuviste en mucho tiempo, pero no.
Si bien no tengo un plan, sé que lo que haga, lo haré sola. Lo siento –caminó
dos pasos y volvió sobre ellos–. Y debiste avisarme lo de Diego –reprochó.

Francisco no pudo evitar el brillo previo que los ojos demuestran antes del
dolor. El fulgor triste de las lágrimas que no pueden dejarse ver. No podía
hablar.

–Él me pidió reserva. Deberías dejarlo crecer. Vine a hablar de nosotros –


agregó.
:
–No me digas qué debo hacer con mi hijo –retrucó enojada.

–¿Hay alguien más? –preguntó cambiando bruscamente el eje de la


conversación y sin poder creer que lo estaba haciendo.

–No entendiste nada. Claro que no hay nadie. Tendrías que hallar tus propias
respuestas. Al margen de las mías –continuó. Eso era terrible. Lo aconsejaba.
Advirtió que era alguien que estaba enfrente, en paralelo a su camino. Quizá
fuera esa la forma de concebir el término “ex”.

–Te amo –dijo él.

–Ya no lo hagas. Dame la posibilidad de seguir adelante –respondió con


suavidad. No pretendía herirlo, pero en ese momento supo que no era capaz
de sentir lo mismo. Y claramente, ya no podía decir “te amo” como una
habitualidad. No, respecto de ese tipo de amor.

Abandonó el lugar sin enfrentar su mirada. Se le caían las lágrimas. Se


concentró en el sonido de las rueditas de su equipaje y siguió. Quería evitar
esa conversación.

Aquella interrupción había dejado, como burbujas de vacío en el aire,


partículas de un futuro que podía explotar entre sus manos si seguía
escuchando.

No puedo dejar de amarte, pensó él mientras la veía alejarse, aunque


quisiera.

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