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Volver A Mí: Capítulo 56. Elegir

Este resumen describe el capítulo 56 del libro "Volver a mí". Francisco y Amalia se reencuentran y besan apasionadamente. Deciden intentar una relación juntos a pesar de las dudas de Amalia sobre si Francisco la elegirá a ella sobre su ex esposa Gina. Pasan la noche juntos en un hotel donde expresan sus sentimientos a través del sexo y Francisco la convence de que la ha elegido a ella.

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Volver A Mí: Capítulo 56. Elegir

Este resumen describe el capítulo 56 del libro "Volver a mí". Francisco y Amalia se reencuentran y besan apasionadamente. Deciden intentar una relación juntos a pesar de las dudas de Amalia sobre si Francisco la elegirá a ella sobre su ex esposa Gina. Pasan la noche juntos en un hotel donde expresan sus sentimientos a través del sexo y Francisco la convence de que la ha elegido a ella.

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Volver a mí

June 20, 2022

Capítulo 56. Elegir


Página 58 de 69

capítulo 56

Elegir
Que tus decisiones reflejen tus esperanzas, no tus miedos.

Nelson Mandela

Francisco no había podido detener los recuerdos, cuando Amalia lo besó en la


plaza frente a la facultad, en medio de esa locura adolescente de llevarla allí
para que no se fuera. Evocar el pasado en situaciones como esas, sin duda,
era un antídoto contra las partidas. Solo desearon permanecer juntos.

–Perdóname. No soy razonable. Te digo que si hay riesgo de que regreses con
Gina, no quiero verte más, y luego, te beso. ¡Soy un desastre! –dijo cuando ya
se habían sentado en la vieja banca de la plaza.

–No me pidas perdón por algo que me hizo feliz. Me alegra que lo hicieras –
respondió. Al oírse se fastidió, bien podría estar agradeciendo un obsequio.
:
No era eso lo que sentía. Ella lo miró, esperaba otras palabras. Se puso de
pie.

–Creo que debo irme… –el beso la había transportado. El amor por Francisco
seguía allí, intacto. Para ella, era todo, pero sintió que para él solo era un
detalle. No iba a exponerse a sufrir. Quizá ya fuera tarde, pero si avanzaba
sería irremediable.

–No. No quiero que te vayas –la tomó de la mano.

–Francisco, no queremos lo mismo. Mejor dicho, yo sé lo que deseo pero tú


no. Debo pensar en mí. No sé si tengo fuerzas para resistir otro abandono. Y
si las tuviera, no elijo pasar por eso nuevamente.

Francisco la miraba y solo podía imaginarla en sus brazos. Besarla otra vez y
otra y sentir esa intransferible sensación de plenitud. ¿Cómo debía actuar?
¿Qué tenía que decir? Pensó en Ignacio. Tenía que ser él mismo.

–Amalia, voy a decirte exactamente lo que siento. No sé mentir, no quiero


hacerlo. En este momento solo quiero estar contigo. No he pensado en Gina.
No he pensado en nada ni en nadie, porque tú ocupas todo lo que soy. No lo
entiendo. Supongo que no es lógico y que te genera inseguridad, pero es así.

–¿Entiendes que no quiero ser un reemplazo que llene tu vacío?

–¿Entiendes que te elijo? No quiero nada que no sea estar contigo. Es la


verdad.

–Te creo. Pero dices eso aquí, ahora. ¿Qué ocurrirá cuando ella regrese?

Francisco imaginó esa situación. Trató de recordar a Gina en sus mejores


momentos. Se imaginó frente a la alternativa de poder elegir entre ambas. No
quería hacer nada mal. Su corazón le hablaba en dos tiempos y Gina era el
ayer. Sin embargo, de cara al futuro, el rostro de Amalia era el que le sonreía.

–Amalia, no quiero convencerte de nada. Solo seré honesto. Gina siempre


formará parte de mi historia. Nuestro matrimonio terminó porque ella no era
feliz. Dudo que eso cambie pero…
:
–Está claro. Estás aquí porque eso no se modificará –la duda se adelantó.

–Déjame terminar –interrumpió–. Es cierto. Creo que ella no volverá atrás,


pero la cuestión es que acabo de darme cuenta de que también yo he
cambiado. Quizá ella tenga razón. Yo no sé si era feliz o estaba acostumbrado
a mi vida. Pero no puedo dejarte ir.

Amalia lo escuchaba con atención. Su futuro iba en la decisión que tomara.

–¿Qué ha cambiado?

–Besarte.

–No entiendo.

–Al besarte fui otro hombre. Tú me hiciste volar. Cuando hablas, no puedo
dejar de mirarte y me siento como si fuera un joven en sus primeras salidas.
Solo que tengo una gran ventaja, he vivido algo. Lo suficiente como para
reconocer que esto es verdadero. No puedo prometerte cómo será estar
conmigo, porque no lo sé. Estoy en medio de muchos cambios, pero sí soy
capaz de decirte que daré lo mejor de mí para que estemos bien. Siento ganas
de empezar algo juntos –se sorprendió a sí mismo con esa confesión. Ella solo
lo miraba–. ¿No dirás nada?

–No –dijo y lo besó.

No fue un beso extraordinario, apasionado o excitante. Fue un beso que


comenzó en sus miradas, continuó en la proximidad tímida de sus labios y los
transportó al cerrar los ojos al lugar del corazón donde se dejan partir las
dudas. Sus bocas entregaban sentimientos sinceros. Los latidos acompañaban
esa segunda oportunidad que pocas veces la vida ofrece.

–Quiero intentarlo –insistió él.

–Ya lo estamos haciendo.

Permanecieron abrazados en silencio mirando la noche caer sobre ese


comienzo. Sin dejar de acariciarse el alma.
:
De pronto, él rio.

–Tenemos un problema.

–¿Uno solo? –respondió ella que los estaba listando en su mente.

–Mi apartamento es un caos desde que me accidenté.

–Ya lo ordenarás cuando regreses allí. No veo el conflicto.

–Ángeles y Diego puede que estén en tu casa.

–Sí. ¿Y?

–Andrés y Josefina están en la mía.

–Y sí, ahí estarán hasta que se muden –dijo como si fuera algo obvio–. ¿Cuál
es el problema?

–Que deseo pasar la noche contigo.

El corazón de Amalia se le salió del cuerpo. Estalló en brillos y emociones


delante de su rostro. Bailó la danza de los que creen en la vida a pesar de sus
reveses y volvió a su lugar para responder. Pero no pudo. Francisco la besó
nuevamente. Fue diferente. Su lengua y sus labios tenían el gusto de la
urgencia. La implacable necesidad de sentirse en cuerpo y alma. Toda Amalia
respondió a esa demanda sensual potenciando el momento con sus manos y
todo su ser.

***

Un taxi que pidieron por el celular los llevó a un hotel cercano. Cuando por
fin estuvieron solos en la habitación, cada beso les daba permiso para ir por
más. Lentamente, se desvistieron con torpeza y algo de pudor. Se miraban
como si fuera la primera vez. En realidad de algún modo lo era, porque
ambos habían cambiado.

Desnudos entre las sábanas, poco a poco el deseo fue irresistible. Ella sintió
vergüenza al advertir que no podía limitar sus ganas. Francisco le quitó
:
mucho más que los prejuicios. Bebió su miedo y alentó su capacidad de
entrega multiplicando la de él en cada caricia. Quería que Amalia se sintiera
tan mujer como merecía y más aún, porque era ella la que había despertado
al hombre que había olvidado que era.

Amalia pensó en el consejo de su amiga le había dado. Se distrajo por un


instante.

–¿Qué sucede? –preguntó él–. ¿Estás bien?

–Nada es que… bueno debemos cuidarnos –dijo sin pensar.

Él la miró sonriendo.

–¡No tengo con que aquí!

–Yo sí –dijo y fue en busca del condón.

El clima se vio pausado por un instante pero la excitación no. Francisco sentía
literalmente que era un joven otra vez.

Los besos y la seguridad de sus brazos la animaron a ubicarse sobre él con el


único recaudo puesto en cuidar su pierna dañada. Sin dejar de mirarse a los
ojos, sus cuerpos se hicieron uno. Amalia no podía retener suspiros de placer.
Lo sorprendió. Luego, se balanceó lentamente disfrutando al ritmo de un
sueño cumplido.

Las manos de Francisco adivinaron todos los secretos escondidos en su


cuerpo. Segundos después ella alcanzó un orgasmo. Sin embargo, no fue su
estallido sino sus lágrimas las que lo hicieron olvidar su propio placer para
salir de su cuerpo y abrazarla.

–Mírame –pidió él.

–¿Por qué? –preguntó sin ocultar el gozo

–Porque estoy aquí contigo y me quedaré. Debes acostumbrarte a sentirme


parte de ti. Quiero que me veas y desaparezcan tus dudas.
:
Atónitos y maravillados él bebió cada lágrima. Se buscaron con sus manos, se
rozaron con los mejores recuerdos, se besaron otra vez mientras la
respiración de ambos se aquietaba. Transcurrieron los minutos del después en
silencio. Asombro y satisfacción se sumaban a imágenes que se superponían
unas a otras en un collage de pasado y presente.

–Sigues siendo increíble –dijo él pidiéndole perdón con cada caricia y


provocando sus sentidos para volver a sentirla.

–No soy la misma, lo sabes.

–No. Eres mejor. Y no hablo respecto de esto –dijo apretándola con fuerza
contra su cuerpo–. Hablo de la gran mujer que hay en ti. Esa que ha superado
a la joven que conocí.

Amalia estaba en una nube, no quería regresar. Tampoco permitiría que


pensamientos de preocupación arruinaran ese momento. Luchaba contra la
realidad. Sabía bien que era tarde para no involucrarse, pero no le importaba.

La pasión retomó su protagonismo y luego de que ella tuviera un orgasmo


más que él disfrutó como propio, Francisco sintió que era su momento de
máxima entrega y se dejó ir atravesado por el sonido de su placer.

Entre el sudor y el sentimiento de ser aliados en esa nueva oportunidad, él


salió de ella y permanecieron abrazados con los ojos cerrados y el alma
abierta. Quedaron tan relajados, que se durmieron por unos minutos.

–¿De verdad crees que va a funcionar? –preguntó ella al despertar.

–Me ocuparé de que así sea –respondió acercándola más a él.

–Tú no sabes estar solo… Tengo miedo de que estés aquí por eso.

–Casi toda mi vida he estado en pareja, es cierto, pero siempre he sido fiel.
Estoy contigo ahora. Tomé una decisión. Te elijo. Quiero ser feliz y a tu lado
descubro que lo soy. No me interesa analizar las razones. Deseo encontrarlas
junto a ti.
:
Amalia recordó que cuando Francisco había advertido su interés por Gina, le
había dicho la verdad. Nunca la había traicionado. Había preferido dejarla.
Quizá por ese motivo estaban allí.

–Creo que nunca estuve tan asustada en mi vida, pero tampoco tan feliz –
pudo decir antes de comenzar una vez más el ritual de besarse.

¿Acaso la oportunidad de vivir junto al único amor de su vida había llegado?

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