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Volver A Mí: Capítulo 1. Decisión

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Volver a mí

June 20, 2022

Capítulo 1. Decisión
Página 3 de 69

capítulo 1

Decisión
El matrimonio debe combatir sin tregua

un monstruo que lo devora: la costumbre.

Honoré de Balzac

Volver a dejar algo atrás. Gina Rivera armaba su maleta después de días de
reflexionar sobre ese viaje. La decisión que había tomado no había sido
precipitada. En verdad llevaba años procesando una realidad que no quería
enfrentar. Siempre la familia, las necesidades de su esposo, las estructuras
sociales arraigadas a su piel, impedían que tan siquiera pudiera pensar en lo
que finalmente había ocurrido, como una posibilidad.

Mientras elegía la ropa que llevaría, recordó a aquella joven de dieciocho


años que alguna vez también había empacado sus sueños y había dejado algo
:
detrás de sí. Pero entonces no había más mochila emocional que un pueblo
que en buena medida atosigaba con sus rumores, sus invasiones exageradas y
ese no respeto a la privacidad ajena. “Pueblo chico, infierno grande”, rezaba
la voz popular. Y así era y sería. Todos creían saber mucho acerca de las vidas
ajenas y parecían gustosos de opinar. Algunos abanderados de los
preconceptos, otros, escoltas de los juicios de valor, y los menos, divididos
entre indiferentes o profetas de cariño sincero. Convencida de que partir
hacia la Capital era la única manera de ser dueña de sus decisiones y
apartarse de la mirada controladora de una parte de esa pequeña sociedad
tóxica, se marchó sin mirar atrás. En aquellos años, esa era la única opción de
ser alguien, estudiar, crecer y tomar distancia de esa rutina detenida en el
tiempo a la vera de un pueblo que continuaría así por toda la eternidad. Eso
pensaba entonces.

También estaban sus padres, quienes deseaban lo mejor para ella y que de
algún extraño modo eran parte de ese clan pueblerino, pero tenían
arraigadas sus costumbres cuando se trataba de Gina. Su padre esperaba que
volviera diplomada para trabajar con él. Su madre deseaba que lograra lo que
ella no había podido. Por razones diferentes la apoyaban. Debía ir en busca
de su futuro, aun a pesar del gran vacío que les dejaría su ausencia y de las
altas probabilidades de que nunca regresara a vivir allí.

Había un paralelismo entre su presente y su pasado. Quizá por eso lo estaba


recordando. Era la segunda vez que armaba un equipaje y debía abrazar la
incertidumbre. No había seguridad alguna respecto de lo que sucedería. Solo
la acompañaban sus convicciones firmes y su espíritu de lucha. Ese ser
interior libre que clamaba por su lugar en el mundo era el mismo, solo
habían cambiado las circunstancias.

Aquel viaje a la Capital había moldeado su vida. Había estudiado mucho


hasta diplomarse como notaria. Mientras lo hacía, comenzó a trabajar en la
notaría de una gran mujer, Alicia Fernández, a quien le debía casi todo lo
logrado. Solo había vuelto a su pueblo de visita.
:
Demostrar su honestidad y su anhelo de aprender la definían. La humildad
que la caracterizaba junto a su inteligencia la convirtieron en una brillante
profesional en ascenso. Su independencia económica era absoluta, pero su
dependencia afectiva era todavía más fuerte.

Se había casado muy joven con Francisco, su novio de la universidad,


mientras ambos estudiaban. Finalizaron sus carreras siendo ya un
matrimonio y con dos de sus tres hijos. Él era contador público. Aunque
habían sido padres muy pronto, su vida de pareja y la familia cumplían sus
sueños. Así fue durante mucho tiempo, pero en algún momento la
depredadora rutina les había arrebatado lo que los unía.

Estaba triste pero satisfecha al mismo tiempo. Una gran paradoja. Después de
veinticinco años de matrimonio, habían decidido separarse. Más bien ella. Y
él aceptaba la decisión. No lo hicieron por alguna infidelidad, deudas o
reproches, como suele pasar. La cuestión era la falta de un proyecto en
común. Tal vez ese había sido el fatal desencadenante, y ahora solo tenían un
fabuloso pasado que los sostenía. Cada vez más débil y lejano. Una historia
compartida que había ido latiendo un pulso cada vez menos apasionado y
más costumbrista. ¿Acaso no mata el amor esa constante erosión de gestos
repetidos? ¿Estaba muerto ese vínculo o agonizaba? No lo sabía, pero la
realidad era innegable: no era feliz.

Habían reemplazado el placer de saborearse a solas por la cotidianeidad de


encuentros sociales. Pero como otras parejas vivían una situación similar,
ambos pensaron, sin decirlo, que la natural decadencia de los años
matrimoniales tomaba protagonismo, tan fervorosos en el pasado y tan vacíos
en el presente. Ninguno advirtió que el corazón había dejado de latirles al
ritmo del amor que los había unido, para ir a dormir indiferentes sobre lados
opuestos de la cama. Tampoco notaron que ya no se iban a dormir juntos a la
misma hora. Mucho menos que era tarde también para salvar la relación del
final que se insinuaba. Sin darse cuenta fueron abandonando la mirada del
alma y se dejaron alcanzar por la que ven los ojos que ya no se atraen. Esa
que sucede sin prestar atención ni detenerse.
:
La última conversación se repetía en su memoria.

–Francisco, merecemos algo mejor que esto. No soy feliz, hace tiempo que me
siento así. Lo sabes. Estoy vacía.

–Vacía es algo exagerado… A cierta edad, la felicidad es otra cosa. Ya te lo he


dicho: cambiamos pero seguimos siendo una familia.

–No. Ese es el punto: ya no quiero anteponer la familia. Quiero pensar en mí


y en ti. Ya no hay nosotros.

A Francisco le molestaba volver a hablar de esos temas, no estaba de acuerdo


y rechazaba ese análisis de la situación afectiva en su matrimonio.

–No voy a oponerme a lo que quieras, aunque no estoy convencido de tus


razones. Hemos pasado otras crisis y las superamos siempre. Ahora que
nuestros hijos están grandes no esperaba esta decisión tuya de terminar con
todo.

El diálogo dejaba entrever que eran ideas de ella. ¿Acaso los varones eran
más permeables a la comodidad de una situación al punto de negar la
verdad? ¿Sería un tema de género? No tenía respuestas, pero estaba segura
de que el presente los alcanzaba a los dos, solo que él decidía postergarlo en
beneficio de un camino más simple. Seguir. Lo que venía sucediendo desde
hacía tiempo.

–No esperabas esta decisión… ¿Qué esperabas entonces?

–No lo sé, pero no esto–respondió. En ese momento recordó todas las


conversaciones que tuvo con Gina acerca de la pareja. De pronto, le dio real
dimensión a los diferentes planteos que su esposa le hacía desde tiempo
atrás. La veía muy decidida y un temor desconocido lo recorrió entero. ¿Iba a
dejarlo?

–No es la primera vez que hablamos. Hace tiempo que te he dicho que no soy
feliz –remarcó segura de su verdad.

–Yo estoy bien y no me parece que seas infeliz.


:
Eso fastidió a Gina al extremo de sentirse invisible. No era que no la mirara,
era mucho más grave: no podía verla. Había una desconexión total. No
existía sintonía de pareja.

–¡No puedo creer lo que dices! ¿Acaso nunca me escuchaste?

–Por supuesto que te he oído cada vez, pero pensé que exagerabas–dijo con
sinceridad.

–¿Te estás escuchando? ¿Exagerar? ¿Con qué frecuencia nos deseamos en el


último tiempo? ¿Cuánto hace que no miramos la misma película o salimos
solos a cenar? ¿No pensaste que puedes estar cómodo o acostumbrado a este
matrimonio? ¡Eso no es la felicidad! –respondió subiendo el tono.

–Gina, por favor, eso no es determinante a esta edad –omitió detenerse en el


resto de las cuestiones.

–¿A esta edad? Tengo cuarenta y cinco años, y tú, cuarenta y siete. ¡La vida
no terminó! Al menos no para mí.

Francisco se acercó y la abrazó. Su modo de vencer sus enojos había sido


siempre la seguridad que le daba estar entre sus brazos. Ella se apartó
bruscamente.

–No. Hablemos –se impuso.

–Podemos hacerlo después –se insinuó como si fueran adolescentes en una


pelea sin sentido.

Entonces, Gina supo con claridad que había llegado el momento.

–Francisco, yo te quiero. Eso está fuera de discusión, pero ya no es amor. La


vida se me fue de las manos. Cada día es igual al anterior, estoy sumergida en
mi trabajo y tú, en el tuyo. No tenemos planes que nos ilusionen. Nada que
disfrutar como pareja. Me siento vacía. Nos convertimos en un modelo de
padres que desplazó al matrimonio. Creo que si no fuera por nuestros hijos
tendríamos muy poco de que hablar.
:
Francisco la observaba en silencio, trataba de comprender todo en ese
momento. Sus palabras le dolían. No podían ser ciertas, ¿o sí?

–No me parece que sea una situación así de extrema –atinó a decir.

–¡Lo es! He procurado por todos los medios que hiciéramos algo para cambiar
esta realidad, pero siempre minimizaste el tema, como ahora.

–¿Qué quieres que haga? Lo haré.

–Ya es tarde. En todo este proceso perdí mi identidad. No sé quién soy


realmente. Necesito un cambio. Descubrir qué hay más allá de mis cuarenta y
cinco años, y no puedo hacerlo a tu lado. Ya lo intenté. Me cansé de darlo
todo.

Él no era un hombre combativo o cuestionador. Su perfil era estructurado,


pero respetuoso. Aunque siempre lograba persuadirla, se sentía diferente. El
rechazo de Gina lo había hecho reaccionar y todo aquello a lo que le había
restado importancia, en ese momento lo sacudía como una realidad
irremediable que lo ubicó nuevamente frente a ella a corta distancia física.
Sin embargo, un abismo helado se interponía entre sus miradas cruzadas. Sus
palabras confirmaron que nada podía decir que la hiciera cambiar de opinión.

–Gina, no voy a discutir. Te conozco, y cuando tomas una decisión nada te


hará cambiar. Yo creo que lo tenemos todo, pero si tú necesitas distancia, es
eso lo que voy a darte. Déjame organizarme y me voy. Buscaré un
apartamento. Aquí todavía viven dos de nuestros hijos y no tengo intenciones
de que sus vidas se alteren por un tema nuestro. Tuyo en verdad, pero
nuestro en las consecuencias. Quizá sí hay algo “nuestro” después de todo –
agregó con ironía.

Esa posición de no intentar convencerla de que no se separaran le


demostraba que, de modo inconsciente, él quería lo mismo. Gina eligió
ignorar su referencia a ese doloroso “nuestro” que aludía al tema
minimizándolo. Era mejor no prolongar esa conversación.

–Francisco, creo que es lo mejor. Quiero que te vayas. Yo ya les expliqué a los
:
chicos que las cosas no están bien entre nosotros. Además, no los afectará la
decisión mientras estemos para ellos como siempre. Puedo conseguirte un
apartamento…

–Deja de pretender digitarlo todo. Yo decidiré dónde voy a vivir. Se hará a tu


manera, Gina, pero no bajo tu lupa implacable de control –agregó cortante.
Estaba molesto.

Así, habían transcurrido algunas semanas en las que ella sentía que había
hecho lo correcto y él se amoldaba a su determinación sin ninguna reflexión
aparente. Al menos no les ponía palabras a sus sentimientos. Y el muro
invisible entre ambos se tornaba infranqueable. Sus diálogos se limitaban a
cuestiones de organización familiar. Muy acorde a su profesión de contador.
Todo exacto, como si hiciera el balance de un cliente, solo que era él.
¿Pérdidas? ¿Ganancias? ¿Saldo?

Finalmente, la noche de un 20 de septiembre de 2017 se había ido. Gina se


despertó el 21 con la sensación de que era el primer día del resto de su vida.
Víctima de una rara congoja, pensaba que él extrañaría la vida cotidiana, los
chicos en el desayuno, la casa, el perro, la gata, hasta la luz que entraba por
la ventana. Esa habitualidad agradable y simple que viven las familias puertas
adentro. Eso le dolía, no le deseaba nada malo. Era su compañero de vida, el
padre de sus hijos. No era una separación convencional, de esas donde las
personas muestran lo peor de su ser. Era un final anunciado, pacífico,
silencioso y dotado de cierta melancolía.

Mientras lo imaginaba, ella miraba su casa y todo eran recuerdos. Deseaba


tener la posibilidad de cambiar ese escenario en un abrir y cerrar de ojos.
Empezando por el color de las paredes, los muebles y ese olor familiar a
nostalgia que le provocó un nudo en la garganta mientras bebía su café y
daba inicio a su nueva etapa.

Llegó a la notaría. Lucía un formal traje color celeste con una camisa azul
oscuro y sus habituales zapatos de taco. Confirmó que todo seguía su curso.
El mundo que la rodeaba no se detenía y se sumergió en él, dejando que su
:
lado profesional le ganara la pulseada a la mujer que había perdido dentro de
sí. La idea de irse, de hacer un viaje, comenzó a tomar espacio en su cabeza.

Había pasado un mes desde su separación. Faltaban días nada más para su
partida. Ya no tenía dieciocho años, ni dejaría un pueblo atrás. Tenía
cuarenta y cinco, y lo que dejaría al partir era su vida entera. Sabía que fuera
cual fuera el camino, debería volver. Aunque esperaba hacerlo siendo Gina
Rivera, la auténtica, no esa mala copia de ella misma en la que se había
convertido.

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