Carolina Repetto
Parcial domiciliario Historia de Argentina II
Argentina es, desde sus inicios, un país de dualidades enfrentadas. El campo y la ciudad,
los federales y los unitarios, los caudillos y las milicias armadas, la barbarie y la
civilización, las provincias y Buenos Aires. El proceso de unificación nacional, por lo
tanto, tenía como labor llegar a un consenso englobando todas las posturas opuestas
mencionadas anteriormente. Estos ‘treinta años de discordia’1 como bien califica Halperín
Donghi, estuvieron plagados de obstáculos y conflictos militares, sociales, económicos y
especialmente políticos. Sin embargo se pueden delinear también a través de estas tres
décadas, situaciones ventajosas o ambientes que lograron ayudar a la consolidación de la
nación argentina.
El fin del gobierno de Juan Manuel de Rosas marca un punto de inflexión en la historia
argentina; desde ese momento, bajo el mando del General Urquiza, comenzaban a
implementarse acciones rumbo a una organización nacional:
‘(…) creer que la nación debe legítimamente existir es el paso inicial y fundamental para
que realmente exista (…)’2
Bajo esta filosofía, se habían planteado varios modelos en torno a la unión definitiva de los
territorios argentinos, prevaleciendo como opciones los proyectos de Alberdi y Sarmiento.
El primero buscaba un autoritarismo progresista, que desentonaba con el hecho de que se
había depuesto a Rosas, que estaría controlado por un marco jurídico que regulara los
poderes del presidente a cargo. La versión del sanjuanino se acercaba más a las líneas de
una oligarquía política combinada con un fuerte acento en la cuestión sociocultural. Ambas
buscaban llenar el vacío político de la figura de Rosas, pero delegándole funciones de
mediador para los conflictos y deudas que debería saldar y solucionar a posteriori. La
reapertura de la libertad de imprenta fue útil para comunicar estas ideas y generar mayor
consciencia política. 3
1
Halperín Donghi, Tulio, Una nación para el desierto argentino, Buenos Aires: Ediciones Prometeo, 2005.P
75
2
Bragoni, Beatriz y Míguez, Eduardo, “De la periferia al centro: la formación de un sistema político
nacional” en Bragoni, Beatriz y Míguez, Eduardo, Un nuevo orden político. Provincias y estado nacional
1852-1880, Buenos Aires: Ed. Prometeo, 2010. P 18
3
Scobie, James, La lucha por la consolidación de la nacionalidad argentina, 1852-1862, Buenos Aires: Ed.
Solar-Hachette, 1964. P. 28
Carolina Repetto
Urquiza se instala en Buenos Aires abierto al debate con representantes de las otras
provincias, lo cual se logra en los denominados ‘Protocolos de Palermo’ en el cual se le
delega provisoriamente el control de las relaciones internacionales. Estas acciones fueron
vistas con recelo por un grupo numeroso en Buenos Aires, que estaba descolocada con la
intromisión del entrerriano y sus planes de capitalizar la provincia tras dividirla en dos,
dañando su poderío económico:
‘(…) dio lugar a dos grupos- internamente heterogéneos- que competirían públicamente
por conquistar el poder gubernamental, la hegemonía en el espacio público y las simpatías
de la población (…)’ 4
La aparición de la prensa de facciones tiene un rol vital en integrar cuestiones políticas al
ámbito de la esfera pública. Se fomentaban los debates en clubes parroquiales o meetings
que contaban con una amplia participación. Si bien no siempre se traducía directamente a la
emisión del voto, servía para captar apoyos de diferentes sectores de la sociedad. En las
elecciones de gobernador porteño, los periódicos se dividen según el apoyo al candidato.
Aun así, se puede ver incluso en el nombre de los periódicos cómo se trata de forjar la idea
de un estado-nación moderno: tenían nombres generales que buscaban abarcar la totalidad
de las provincias tales como La Nación Argentina, El Nacional o La República. No se
trataba de nombres que reforzaran las identidades provinciales, locales y regionales.
La retirada de la candidatura de Alsina puede explicarse como un movimiento estratégico
dado que no tenía el apoyo de Urquiza, que había dado a conocer su preferencia por
Vicente Lopez y Planes. Esta maniobra repercutió en la aceptación del Acuerdo de San
Nicolás, que tenía como fin convocar a un Congreso, redactar la Constitución pero que
también ponía en pie de igualdad a Buenos Aires con el resto de las provincias. Scobie
plantea el ideario de la facción urquizista en la provincia bonaerense:
‘(…) el nacionalismo más bien que el amor por la provincia de Buenos Aires era lo que
necesitaba la Argentina (…) 5
4
Sábato, Hilda, Historia de la Argentina 1852-1890, Buenos Aires: Siglo XXI, 2012. P 28
5
Scobie, Op Cit. P 46
Carolina Repetto
Estas repercusiones que atentaban contra el honor porteño se desencadenan en la revolución
del 11 de septiembre de 1852 que tiene como resultado la virtual separación política entre
Buenos Aires y la Confederación. La primera se desvincula destituyendo a los diputados en
el Congreso, tomando el manejo de las relaciones y no reconociendo el Acuerdo de San
Nicolás. La Confederación no tiene otra opción que realizar la apertura de sesiones en el
Congreso que comienzan a redactar el proyecto de una Constitución Nacional. Botana
expone que este enfrentamiento inaugura un periodo conflictivo que durará tres décadas:
‘(…) ambas partes se enfrentaban sin que ninguna lograra imponerse sobre la otra (…) un
empate inestable gobernaba las relaciones de los pueblos en armas mientras no se
consiguiera hacer del monopolio de la violencia una realidad efectiva y tangible (…)’6
El triunfo de la revolución sin embargo, se ve atenuado por la subsecuente división de
facciones en Buenos Aires. Se da a conocer un plan secreto de Alsina con el objetivo de
invadir Entre Ríos y frustrar los intentos de Urquiza para reorganizar al país. Si bien los
desmiente públicamente, se desencadena un movimiento liderado por Lagos que sitia a
Buenos Aires y genera un bloqueo naval asistido por Urquiza. Scobie plantea que:
‘(…) la revuelta de Lagos, constituyó el rechazo de la política contraria a Urquiza del
intento de dominar el destino político de la nación (…) el gobierno de Alsina había
quedado desacreditado por el fracaso de su golpe contra Urquiza (…)’7
A la par del sitio bonaerense, se sanciona en 1853 la Constitución Nacional que dota al
país, sin la participación política ni territorial de Buenos Aires, como una república federal,
representativa, con división de poderes y sufragio universal masculino.
La convivencia de las ‘dos repúblicas’8 no está absuelta de conflictos, que solamente
amplían las tensiones entre ambos centros de poder. Pactos de paz y convivencia deben
realizarse en 1854 y 1855 para asegurar la falta de intervenciones armadas mientras dos
proyectos paralelos se desarrollan. En este periodo, Urquiza fomenta la creación de
colonias de inmigrantes, nacionaliza colegios y universidades y firma tratados de amistad
con varias potencias extranjeras. Sin embargo, no es sin dificultades económicas que se
6
Botana, Natalio, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires: Edhasa,
2012 p 28
7
Scobie, Op Cit p 73
8
Sábato Op Cit p 45
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realizan dichas acciones, la aduana continuaba estando en manos de Buenos Aires y
constituía el principal ingreso. En 1857 Urquiza proclama la Ley de los Derechos
Diferenciales, cobrando un excedente a productos de provincia bonaerense y acrecentando
las tensiones entre ambas. El desenlace fatídico tiene lugar en la Batalla de Cepeda en 1859
en la cual Buenos Aires es forzosamente incorporada a la Confederación bajo una clave
mediadora por parte de Urquiza, que delineaba el esperado futuro de la nación:
‘(…) deseo que los hijos de Buenos Aires sean argentinos (…) integridad nacional,
libertad, fusión, son mis propósitos (…)9
Toma una importancia inusitada entonces la figura de Mitre, el nuevo gobernador de
Buenos Aires. Si bien fue criticado por acercarse a Urquiza y Derqui, el nuevo presidente,
logró implementar grandes ajustes en el tema de la Constitución Nacional. El partido liberal
que encabezaba comienza a actuar independientemente, generando graves conflictos en las
provincias, tal como el asesinato del gobernador de San Juan, Virasoro. El gobierno
nacional responde con una intervención, gesto que vuelve a realizarse en Córdoba. El
desacuerdo tiene un desenlace militar: la Batalla de Pavón. El enfrentamiento fue
fomentado por la prensa a un nivel impresionante para la época; la esfera pública bullía con
anuncios desde el periódico El Nacional que ‘(…) caracterizaban la lucha contra la
Confederación como una guerra entre la civilización y la barbarie (…)’10.
El resultado militar fue el triunfo de Buenos Aires, lo cual sedimenta la ambición porteña
de tener una posición hegemónica para el manejo de una nueva articulación del poder.
Como plantea Oszlak, hay una innovadora toma de posiciones respecto al manejo posterior
de las relaciones nacionales:
‘De un conflicto horizontal, entre pares (…) se pasó a una confrontación vertical, entre
desiguales. Toda movilización de fuerzas contrarias al orden establecido por los
vencedores seria calificada, de ahí en más, como ‘levantamiento’ o ‘rebelión interior’ (…)’
11
9
Sábato, Op Cit p 82
10
Rock, David, La construcción del estado y los movimientos políticos en la Argentina. 1860-1916, Buenos
Aires: Ed. Prometeo, 2008.p 47
11
Oszlak, Oscar, La formación del estado argentino, Buenos Aires: Ed. Planeta, 1999. P.96
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Esta resignificación de la nueva autoridad nacional quedaría plasmada en la figura de Mitre,
electo como presidente en 1862. Los liberales no carecían de alianzas en diversas
provincias consolidando así una red de apoyo, inestable pero presente, que brindaría auxilio
en diversas ocasiones. Es importante resaltar la dualidad de visiones en torno al rol de
Buenos Aires a la cabecera del proyecto nacional. El modelo de Bragoni y Miguez pretende
la creación de un poder central basado en las formas de gobierno preexistentes de cada
provincia (elites perpetuadas en el poder, como el caso de los Taboada en Santiago o los
conspicuos en Jujuy); habiendo un proceso de negociación entre el centro y la periferia. No
siempre la periferia es cooptada por el centro sino que las situaciones provinciales lo
conformaban en lugar de estar subordinadas a él:
‘(…) la presencia de la Nación en las provincias, entonces, no aparece como la
penetración de un actor ajeno que las va conquistando o sometiendo (…)’12
A contraposición de este modelo, se plantea la existencia de diferentes penetraciones, que
según Oszlak, pueden ser categorizadas como represiva, cooptativa e ideológica. La
primera engloba las acciones militares, tales como la intervención provincial, con el
objetivo de demostrar y consolidar el concepto estatal weberiano del monopolio de la
fuerza. El siguiente tipo de penetración incluía la concesión material de infraestructura,
fondos, préstamos que buscaban afianzar la confianza entre las provincias y el gobierno
central. Finalmente, la última noción buscaba forjar una verdadera identidad nacional
ligada al reconocimiento de ciertos símbolos tales como la bandera, el himno y la
escarapela. También es importante mencionar el hincapié que se hace en la noción de
patriotismo que, para Macías, se relacionaba especialmente con ‘(…) el sentido de la
lealtad nacional en clave militar (…)’.13
Esta postura es la sostenida por la prensa liberal, como aclara David Rock:
‘(…) solía comparar el proyecto de los Liberales de unificar a la Argentina bajo la
dirección de la provincia de Buenos Aires con el de los Liberales italianos de lograr la
unificación bajo el mando del reino de Piamonte (…)’14
12
Bragoni y Miguez, Op Cit p 27
13
Macías, Flavia, “Ciudadanía armada, identidad nacional y estad provincial. Tucumán, 1854-1870”, en
Sábato, Hilda y Lettieri, Alberto (comps.), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y
voces, Buenos Aires: FCE, 2003. P 137
14
Rock, Op Cit p 54
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Es por esta concepción que Mitre se ve imbuido en una serie de conflictos y disgregaciones
con varios actores en el plano nacional e internacional. A pesar de esto, la influencia de
estos enfrentamientos tiene una impronta decisiva a la futura conformación de un orden
estable. Es vital mencionar el poderío de ciertas elites que fueron cómplices en el proceso
de instauración de liberales en los gobiernos provinciales o que parcialmente se
beneficiaron de la situación que desplazaba a las instituciones no formales de control
político tales como los caudillos.
Estas oligarquías políticas sin embargo, se solventaban en el tiempo a través de sistemas
electorales rígidos, en los cuales el resultado estaba asegurado y la participación era un
menor acto de demostrar afinidades públicamente. Botana sostiene que la clase política
dominante es aquella que impone candidatos, es decir que plantea un cuerpo de ‘elegidos’
para votar, pero también aquella que esta imbuida en una serie de relaciones de poder
conexas a nivel nacional y provincial. 15 Ejemplos tales se demuestran en el caso de los
‘cesares de Jujuy ‘o los Sánchez Bustamante que consolidaron su poder no por ser
poseedores de grandes terrenos o fortunas, sino por un sistema de aliados. También se
puede mencionar a los Taboada, que fueron claves para la intervención en contra de las
montoneras, siendo leales a la facción mitrista.
Sin embargo, esta especie de clientelismo tuvo repercusiones positivas como plantea
Bragoni en el caso mendocino:
‘(…) los lazos que vinculaban a individuos muy diferentes (…) permiten comprender las
formas en que el sufragio logró difundirse y como el acto electoral fue aceptado mediante
reediciones periódicas que lo constituyeron en una forzosa o pactada experiencia de
aprendizaje ciudadano (…)’16
En 1863 ocurre uno de los primeros conflictos denominados como ‘insurrecciones’, es el
levantamiento de ‘Chacho’ Peñaloza ante el gobierno nacional. Los gauchos de la Rioja se
sentían amenazados por el reclutamiento forzado, que ponía en crisis su economía
doméstica ya dañada en los años de Pavón. Por esto, buscan elevar sus reclamos a un estado
15
Botana, Op Cit p 57
16
Bragoni, Beatriz ‘Los avatares de la representación. Sufragio, política y elecciones en Mendoza, 1854-
1881’ en Sábato, Hilda y Lettieri, Alberto (comps.), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas,
votos y voces, Buenos Aires: FCE, 2003.p 222
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que todavía no había consolidado métodos abarcativos para que evacuen las
preocupaciones y no tienen más opción que alinearse bajo el caudillo.
Halperín Donghi considera que los objetivos del caudillo son en esperanzas de una
resurrección del federalismo, que había pasado a segundo plano:
‘(…) no se alza tan solo en nombre de ciertos principios, sino en defensa de un sistema
institucional y legal cuya vigencia no ha sido recusada, aunque los ‘opresores y perjuros
prefieran ignorarlo (…)’17
El aplastamiento de este movimiento mediante una ‘guerra de policía’ encabezaba por
Sarmiento, que finaliza con el asesinato de Peñaloza demuestra el grado de violencia que
acepta el estado nacional. Se plantea entonces un resultado dual: si bien la insurrección es
un obstáculo en los intentos de pacificación e integración nacional, también demuestra el
poder coercitivo y el monopolio de la violencia cada vez mayor ejercidos por el estado.
Rock expone, sin embargo, que la situación provincial solo se podía mantener a raya
mediante penetraciones represivas ante sublevaciones. 18 En las cuestiones políticas más
burocráticas sin embargo, el estado nacional no siempre intervenía, o actuaba con
extremada prudencia. 19
Otro conflicto que debió enfrentar Mitre durante su presidencia fue la difamada Guerra de
la Triple Alianza. Este evento es crucial por tres razones; primero, delinea la posibilidad del
estado nacional de involucrarse en conflictos exteriores sin contar con el consenso de la
totalidad de las provincias y también demuestra como las oposiciones a acciones de tal
tenencia siguen la lógica de la ‘alza en armas’ y no la de un canal más pacífico. Finalmente,
contribuye al progresivo fraccionamiento y declive del partido liberal.
En primera instancia, Rock expone las ambiciones de Mitre al aprovecharse del conflicto
bélico latinoamericano para cumplir sus propios objetivos:
17
Halperín Donghi, Op. Cit p 98
18
Rock, Op Cit. p 35
19
González Bernaldo de Quirós, Pilar, Civilidad y política en los orígenes de la nación argentina. Las
sociabilidades en Buenos Aires, 1829-1862, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2002.
Carolina Repetto
‘(…) Mitre en particular veía a la guerra contra el Paraguay como un paso necesario para
consolidar el nuevo régimen establecido en la Argentina después de la batalla de Pavón
(…)’20
Esta postura es arduamente criticada por diversos sectores, pero los argumentos de Alberdi
son aquellos que resonaban de manera imponente. Este ridiculizaba los intentos de Buenos
Aires de justificar la entrada a la guerra en pos de la libertad y la civilización. Argüía que
en realidad el conflicto era interior, una suerte de guerra civil. El enfrentamiento contra
Paraguay desata una serie de sublevaciones, es especialmente conocida aquella llevada a
cabo por Felipe Varela en 1867. Si bien el levantamiento armado fue, en principio, para
evitar el reclutamiento forzoso, terminó aglomerando un descontento sobre el accionar
centralista, monopolista y anti provinciano de Mitre. Varela y sus seguidores fueron
duramente reprimidos, dejando a la luz los límites de los federales en su participación
política, como expone Sábato:
‘(…) si bien estos lograron movilizar a amplios sectores de la población, con redes
sociales y políticas en torno al liderazgo de dirigentes y caudillos , la aspiración de
generar una reacción más generalizada, que incluyera a Urquiza y sus dirigentes, fracasó
rotundamente (…)’21
La guerra también coincide con un declive en la popularidad no solo de Mitre sino de su
partido, que se encuentra dividido ante la situación internacional. Halperín Donghi subraya
que la erosión de la base política porteña no es el único factor que contribuye a la
decadencia del gobierno de Mitre sino que también el descubrimiento que:
‘(…) el hecho que- en el contexto institucional adoptado por la nación finalmente
unificada- esa base no bastaría para asegurar un predominio nacional no disputado (…)’22
Es decir, todavía no había un monopolio lo suficientemente amplio en un partido como para
que sea el sostén nacional. Las ganancias territoriales y la aceptación de la libre navegación
de los ríos fueron la recompensa al sacrificio de una guerra extensa y destructiva. Sin
20
Rock, Op Cit p74
21
Sábato, Op Cit p 169
22
Halperín Donghi, Op Cit p 92
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embargo, Sábato destaca que el enfrentamiento bélico tuvo beneficios en términos de la
concepción internacional de Argentina:
‘(…) el Brasil y la Argentina se consolidaron como potencias regionales (…) con lo cual se
gestó un nuevo equilibrio político entre los estados sudamericanos (…)’23
Los conflictos se habían apaciguado ya para la época de las elecciones, pero el daño a hacia
la facción política de Mitre era grave. Nuevamente se debe destacar el rol de la prensa y los
clubes políticos en la designación de candidatos. En concordancia con el concepto de
Botana de una esfera de elegidos y electores, se denota la falta de un mecanismo
institucionalizado para proceder a designar candidatos.24 Las diversas facciones estaban a
cargo de movilizar a los votantes, de preparar y confeccionar las listas de los candidatos y
de llevar a cabo la votación que era percibida como una acción grupal y no como la
posibilidad de ejercer derechos políticos individuales. La política seguía teniendo su
principal sede en las provincias, donde el manejo de temas electorales estaba bajo grupos
locales y poderosos. Según Sábato en esta época se producen varios cambios:
‘(…) la desarticulación de las redes del federalismo, la división del liberalismo y la
pérdida de influencia del presidente Mitre y sus allegados (…)’25
Es por eso que en 1868, Sarmiento le arrebata la presidencia al ‘delfín’ del expresidente:
Rufino de Elizalde. Los mayores logros durante el gobierno de Sarmiento se gestaron en
torno a la educación y la cuestión social. Con un proyecto que intentaba homogeneizar y
distribuir el conocimiento por todo el país, el sanjuanino expide proyectos que expandan la
enseñanza popular: crea bibliotecas, contrata maestras, y se articulan la Academia de Letras
con objetivos de forjar una identidad nacional mediante bienes culturales.
Sarmiento marca un viraje en el estilo de realizar política, poniendo énfasis en la voluntad
de centralizar y acrecentar el poder de un gobierno nacional por sobre los provinciales. Esto
se vislumbra en la cuestión de la Guardia Nacional. Se necesitaba subyugarla al control del
ejército regular, lo que desembocaría en una transferencia de autonomía provincial al
gobierno central, fortaleciendo su hegemonía y control militar. Si bien la Guardia Nacional
23
Sábato, Op Cit p 143
24
Bernaldo de Quiros, Op Cit
25
Sábato, Op Cit. p 177
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poseía, como plantea Macías, ‘una concepción de ciudadanía que vinculaba un conjunto de
virtudes cívicas’26 el hecho de subordinar estas virtudes ante un estado fuerte acrecentaría
los sentimientos patrióticos y de lealtad argentina. Mediante este proceso, Sarmiento logro
dislocar el predominio de ciertos líderes provinciales como los Taboada y reforzar el
innovador estilo de dirigencia más centralizado.
La rebelión de Lopez Jordán entonces, fue tomada como una grave amenaza al control que
intentaba ejercer Sarmiento en la época y no le dio un margen de maniobra extenso, tenía
que incitar a la acción. Sábato propone que el presidente:
‘(…) utilizo los recursos disponibles a fin de debilitar lo que quedaba del andamiaje
montado por su antecesor- a favor de los liberales mitristas en las provincias- y
neutralizar los restos del federalismo (…)’27
El levantamiento que finalizó con el asesinato de Urquiza fue visto como una provocación,
la última oportunidad del federalismo para reivindicarse nuevamente. Avalados por la
Constitución, que permitía las intervenciones a las provincias, el alzamiento fue reprimido
duramente, aplastando a uno de los últimos bastiones que se sublevaría en contra del orden
nacional.
El candidato predilecto para las elecciones de 1874 era Avellaneda, con una trayectoria
impecable como ministro de Sarmiento y una red de contactos provinciales fuertes. A si
mismo, había representado al ejecutivo en varias instancias y tenía un recorrido por varios
cargos que lo hacían apto para manejar los problemas a nivel nacional. De igual forma, dos
personalidades conocidas competían por el puesto de presidente: Mitre, que retornaba del
Brasil con un acuerdo beneficioso para la Argentina, como Alsina que tenía una fortaleza
política principalmente en Buenos Aires. Tejedor también se postulaba por el puesto, sin
embargo como expone Sábato, estos candidatos no serían gozaban de una popularidad
nacional:
‘En todo el país se movían las piezas para asegurar las situaciones provinciales que
beneficiaran a Avellaneda (…)’28
26
Macías, Op Cit p 150
27
Sábato Op Cit, p 220
28
Sábato Op Cit p225
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Tras varios triunfos en las urnas, Avellaneda decide formar el famoso Partido Nacional,
sellando un acuerdo con los autonomistas y con el objetivo de tener un partido que
difumine los espíritus localistas y provinciales. Cada vez fue más necesario aliarse, hecho
que culminó en el surgimiento de la Liga de Gobernadores, sistema por el cual se designaba
a algún gobernador provincial como presidente y a un líder de la política porteña como su
vicepresidente.
A la proclama de libertades violadas y acusaciones de fraude, la facción mitrista,
abandonada en la interna del Partido Nacional Autonomista, se alza en armas ante la
elección definitiva de Avellaneda como presidente. Con una victoria decisiva sobre las
tropas mitristas, donde es propicio destacar el rol del general Roca en la Batalla de Santa
Rosa, el gobierno nacional logra afirmar su predominio y poder a fines de 1874. Se expresa
una suerte de continuidad, dado que Sarmiento y Avellaneda habían estado involucrados
cercanamente en el manejo del gobierno y estaban de acuerdo en ideales y políticas a seguir
tales como la ampliación de la educación, el fomento del caudal inmigratorio y la cohesión
nacional.
Durante el mandato de Avellaneda, la cuestión de la frontera toma una impronta muy
fuerte, pero hay un cambio de estrategia en cuanto a cómo afrontarla. Si bien en estas
décadas eran comunes los malones de indios que atacaban los fortines fronterizos, la idea
detrás del plan del presidente no era exterminar al indio sino conseguir tierras. Este objetivo
se entiende si nos tornamos hacia la economía mundial de la época, que estaba sufriendo
una depresión de la cual había que salir. La idea era fomentar el modelo agroexportador y
convertir a la Argentina en una potencia integrada al mercado internacional. Mases
entonces delinea que el plan de Avellaneda era, en sus propias palabras:
‘(…) la guerra es contra el desierto para poblarlo y no contra el indio para exterminarlo
(…)’29
El plan inicial lo había cooptado Alsina, como ministro de guerra, e incluía una gradual
inserción e incorporación del indio en la sociedad argentina. Sin embargo, la muerte del
ministro genera un cambio de dirigencias, que venían con otro tipo de ideas sobre la
29
Mases, Enrique ”Estado y cuestión indígena 1878-1885” en Juan Suriano El estado y la cuestión social en
la Argentina 1870-1943, Buenos Aires: La Colmena, 2000.p 304
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cuestión fronteriza. Su sucesor, Roca, modifica las operaciones en torno a los indígenas al
tomar una postura bélica que implica el exterminio ya que se los considera como enemigos
al orden y la civilización. 30 La Conquista del Desierto comienza entonces con planes de
extender los límites fronterizos pero a la vez, debilitar y diezmar al enemigo amerindio. La
campaña tuvo una serie de consecuencias que fueron ventajosas para consolidar el poder
del estado nacional. En otras palabras, el concepto de integridad territorial de Botana
comienza a solucionarse dado que se plantea la disyuntiva de integrar o no a los indígenas o
si tratarlos como meros contrincantes (en el cual triunfa la última opción). Como
claramente explica Sábato, se logró:
‘(…) el fortalecimiento del ejercito como institución (…) y el afianzamiento de las
concepciones que asociaban la modernización de la nación a la eliminación de todos
aquellos que podían desafiar el patrón civilizatorio dominante (…)’31
Si se fortalece la institución militar, las figuras que la componen sufrirán el mismo proceso
de aumento de prestigio. Roca, que dada su gira por diversas provincias en pos de
campañas militares había conseguido varios contactos32, comienza a ser vislumbrado como
uno de los posibles sucesores de Avellaneda. La contienda electoral presentaba en estos
años un panorama inédito. La reafirmación de una nueva constelación partidaria dada por la
impronta englobadora del Partido Autonomista Nacional impulsa un realineamiento y un
recambio en las lealtades de las elites provinciales. El reavivamiento de la cultura política
no está exento de un revival de la prensa facciosa, de los debates públicos y de las
contiendas que revelaban la verdadera naturaleza confrontativa de las posturas políticas.
En 1880 los candidatos a la presidencia son Tejedor, cuya popularidad no se extiende
mucho más que en Buenos Aires y Roca, con una amplia red de votantes por todo el país
gracias a su imagen victoriosa tras la campaña. Tras ser derrotado en las primeras
elecciones en todas las provincias excepto Buenos Aires, Tejedor acusa al sistema electoral
y a los partidarios de Roca de intimidar violentamente a sus opositores. Es por eso que
llama a la reorganización de la Guardia Nacional de Buenos Aires pero Avellaneda decreta
que esta medida es ilegal dado que no fue consultada por el gobierno central. El presidente
30
Ibid p 325
31
Sábato, Op Cit p 266
32
Botana, Op Cit p 33
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actual había tomado una posición que se oponía al uso de la rebelión como mecanismo de
protesta dado que iba en contra del principio de "Nada hay dentro de la nación superior a
la Nación misma"33.
Tejedor emprende una maniobra distinta y convoca a los Bomberos Voluntarios y el Club
de Tiro para que comiencen a entrenar. Según Yablon, la prensa bonaerense toma su lado y
los define como:
‘(…) instruments for the defense of the electoral freedoms of Buenos Aires against the
impositions of President Avellaneda (…)’34
Estas asociaciones eran el canal principal de participación civil y la variedad heterogénea
de voluntarios concordaba con los diversos motivos que los incitaban a rebelarse: coerción,
clientelismo, alianzas personales, etc. La prensa también jugó un rol clave al expresar las
intenciones federales de Roca que incluían capitalizar Buenos Aires tras dividirla en dos.
Tras varias prerrogativas Avellaneda no tiene otra opción que declarar estado de sitio sobre
la ciudad, lo cual conlleva directamente a un enfrentamiento armado. Las fuerzas de
Tejedor son aplastadas en los combates de Puente Alsina y Corrales. Las consecuencias de
la derrota, desde el punto de vista de Yablon35, incluyen el declive de las noción radicales,
el fin del ‘ciudadano en armas’ y más importantemente la vinculación de políticas locales
bonaerenses a las dinámicas del gobierno federal. Tras la asunción de Roca, se buscaba
subordinar a la dirigencia porteña y finalizar con sus movilizaciones políticas mediante la
capitalización de la ciudad, lo cual se logra con la Ley 1029. Halperín Donghi destaca este
punto de inflexión final que se asocia a la conservación de un orden nacional tras las
numerosas pujas de poder entre Buenos Aires y el estado central:
“(…) la Argentina es al fin una, porque ese Estado nacional, lanzado desde Buenos Aires a
la conquista del país, en diecinueve años ha coronado esa conquista con la de Buenos
Aires (…)”36
33
Botana, Op Cit p 34
34
Yablon, Ariel “Disciplined Rebels: The Revolution of 1880 in Buenos Aires” Cambridge: Journal of Latin
American Studies, 2008.p 491
35
Ibid p 511
36
Halperín Donghi, Op Cit p 139
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El futuro mantenimiento del orden entonces, estaría sujeto a la creación de instituciones con
aval nacional para ejercer su poder y también, como delinea Botana37 a una selección de
aquellos aptos para mandar. El presidente ya no sería visto como tirano, sino como un
funcionario legítimo que actúa dentro de un marco constitucional limitado, no personal.
Varios actores y organismos tuvieron un rol vital en las tres décadas de consolidación
nacional. Si bien ciertos de ellos obstaculizaron o lentificaron el proceso, tales como los
levantamientos o las secesiones de Buenos Aires, también sirvieron a la larga para
demostrar que el poder nacional podía subordinar su autoridad. La prensa, los clubes
políticos y los debates lograron impulsar un sentimiento de nacionalismo e involucramiento
por parte de las masas que también lo encontraron en las Guardias Nacionales y en el
sistema de votación. A lo largo de los años, estas instituciones se irían afianzando a un
único poder central en vez de estar controladas parcialmente por sectores facciosos o elites
provinciales.
Bibliografía
Botana, Natalio, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916,
Buenos Aires: Edhasa, 2012.
Bragoni, Beatriz y Míguez, Eduardo, “De la periferia al centro: la formación de un
sistema político nacional” en Bragoni, Beatriz y Míguez, Eduardo, Un nuevo orden
político. Provincias y estado nacional 1852-1880, Buenos Aires: Ed. Prometeo, 2010.
González Bernaldo de Quirós, Pilar, Civilidad y política en los orígenes de la nación
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