La ópera del guatón Dany y la chica Mery
a
Si no conoce la historia de la chica Mery y el
guatón Dany, póngase cómodo, mi guacho,
porque aquí hay muerte, amor, locura y
arrebato, como todo lo que habita la Villa
Francia ⸺Francialba pa los víos y usté es vío
¿sí o no?⸺, desierto oscuro, feo y doliente que
a la noche prende y sorprende con los fuegos
artificiales que corean la llegada de la merca a
todo pulmón, como para que no se te olviden
nunca los vicios, hermanito mío, ni los
manjares, ni el miedo.
Ellos estaban moraos, moracrema,
moracremísima; varias veces les dijeron que se
fueran a un motel. Caminaban por las calles de
cuncuna. Parecían lapas. De los labios, de las
lenguas, amarrados y babosos como humitas
recién sacadas de la olla, bien calientes, los dos
pasaban en la plaza cada tarde y hasta la noche
y así siempre, dándole el maso corte calentón,
mi sangre, mi sangrecita, comiéndose el peo
mutuamente, como se dice; andaba en leva ese
guatón culiao y es que quién no si era la Mery,
huón. Daba asco ese guatón enamorado, huón,
a la pulenta. Ella se ponía en sus piernas y el
guatón Dany después no se podía ni parar. Y yo
lo entiendo igual, mi bróder, si la guachita
estaba terrible rica ¿sí o no? Tenía suerte el
guatón culiao; supo disfrutarla mientas duró.
La hizo.
La vida se les iba en esa mierda, manito,
toda la tarde, hermano, sin mentirte, todos los
putos días, si ya era mucho ya; no hay espacio
pa tanto amor en este mundo, eso se sae ¿sí o
no? El guatón no la dejaba ni respirar. Allá van
los tórtolos, les decían, vayan a un motel
hueones calientes, les salía a gritarles el viejo
Cristián del almacén, y págalo voh, sapo culiao,
le respondía la Mery y es que la loquita era
piolita, bajo perfil, pero tampoco se quedaba ni
iba andar aguantándole hueás al viejo sapo hijo
e la yuta, ¿sí o no? Y el guatón se reía no más, si
él taba feliz y con la chica le daba el colin,
estaba en la cima.
Yo diría que de pura envidia, y me sumo,
cargaba verles siempre rebosantes de tanto
amor y deseo, con los labios partidos, cansados,
ya sin baba y la entrepierna con vida propia,
rey. Todos queríamos que terminaran, no voy a
mentirte, o no era que queríamos, pero todos
esperábamos ese momento, sabíamos que iba a
pasar tarde o temprano. Los quiero ver cuando
terminen, decía la vieja tuerta del quiosco del
colegio, esos no se van a querer ni mirar
después, espérate no más, volvía a sentenciar
como un oráculo o una gitana que te maldice
pal resto de la vida, aunque, claro, era un decir
no más: ni ella ni nadie quiso en serio ese final,
todos luego dijimos qué terrible, la media volá,
no merecía su historia terminar así, si hacían
tan bonita pareja. Nos hicimos los Larry. Corta.
Y la loquita sí que era bonita, huón, en serio,
tenía cara de muñeca y cuerpo menudito y un
culo que te recagai, chuchetumare, pa no
creerlo, hermano mío; sin mentirte, ella
merecía algo mejor, porque el Dany era feo,
pero feo-feo, feo con ganas, hediondo de feo el
chancho culiao, feo como levantarle la mano a
la mamá, feo como dejar tiraos a los cabros
chicos, feo como no convidar su pitiá, ¿sí no no?
¡ahhh! En parte por eso yo creo que a nadien le
pareció tan raro cuando llegó el loquito ese, que
era mino y le daba todo el corte fino, el oxicorte
galáctico a lo maldito, y -¡pah!- de una apareció
y le levantó la mina al Dany.
Fue en una fiesta cerca de los blocks de 5
de Abril. Hubo testigos, huón. La Mery lo negó
todo eso sí y hasta ella misma fue la que corrió a
contarle al guatón al otro día. Le dijo que un
loco se le había tirado al dulce en el carrete y
que ella le paró la mano de una. Que se la llevó
al baño con la excusa de sacarse algo, tusi, keta,
churry o qué sé yo, y que ahí el loco como
jugando se aprovechó y la agarró de la cintura y
tiró la trompa. Que ella le dijo qué hueá te pasa
culiao, tengo pololo, no vengai nah con hueás,
pero era mentira. Nunca dijo eso, ni cagando,
nadien tan leal en esta tierra. Todos cacharon
que se habían metido al baño y cuando salieron
no parecían haber peleado ni nada. Bailaron
toda la noche pegados de pana; el guatón
cooperó. La volaita, dijimos, esta hueá tarde o
temprano va a dejar la cagá y así fue. No hacía
falta ser adivino. Las tragedias se leen en el aire,
en los ojos y en los besos.
Siempre andaban juntos, pero ese día el Dany
no había podido ir al carrete de los blocks de 5
de abril, porque su mamita se había
descompensado y el guatón será lo que quieran,
pero mal hijo no era y se quedó a cuidarla no
más. Le dijo a la Mery que fuera, que la pasara
bien y que se cuidara no más. Y la chica le dijo
que tranquilo, que se iba a ir temprano porque
ni un brilla el carrete sin él.
El Dany era bueno con su mamita: la
atendía y le compraba las cosas; la acompañaba
a hacerse la diálisis dos veces al mes; le ponía el
canal de la monja que cocinaba antes de salir a
pololiar y, cuando salía, le decía mamita, voy
saliendo, cúidese, ¿ya?, nada de andar
comiendo dulces, pórtese bien y ella le decía ya,
mijito, me saluda a la niña y así, todas esas
cosas que hace alguien que entiende que la
mamita es lo primero. Dios me guarde la mía en
su santo reino, y a la tuya cuide, mi hermanito,
y que le queden muchos años más por vivir y
hasta la eternidad, porque puta qué duele
cuando se van.
La cosa es que la Mery le dijo al Dany
que ella le había dicho voh sale, culiao, tengo
pololo, hácela pallá, malaya culiá, y el guatón
obvio que le creyó, si ya te dije lo morao que
estaba de la chica, aparte que la chica sabía
mentir o mentía poco y por eso las mentiras
parecían verdades o eso era lo que creía el
guatón; eso era lo que creíamos todos, porque
la Mery era rebuena cabra también, ayudaba a
la abuelita en el puesto en la feria y tenía
buenas notas en el colegio y le caía bien a todo
el mundo porque saludaba y sonreía siempre y
era humilde y tenía su colin y nada de exagerar,
si era así, huón.
También acompañaba al hermano chico
en las mañanas al jardín. Visitaba a su mamá
todos los meses que estaba privada en San
Miguel por mechera, a pesar de que la vieja la
había dejado tirá con los abuelos mientras se
iba a carretear con el loco Chicho. Desaparecía
por tardes, noches, días completos, mano mío, y
así todo la Mery la quería y le llevaba cosas a la
cana. Si la loquita era rebuena persona, mi
sangre, pero eso nunca es suficiente y eso se
sabe, bróder, pa que vamos a andar con cosas,
la carne es débil y el culiao del carrete de
verdad tenía lo suyo y andaba todo tapizado,
corte italiano, y es que además era cosa de ver a
la chica Mery, la pulenta, hermano: a la legua se
notaba que quería algo mejor que ese guatón
chorizo y bonachón. Mal por él, mi sangrecita,
de verdad lo lamento, huón, pero era cuestión
de tiempo, ¿sí o no? Nadie es tan bueno en este
mundo ni ama tanto como para perderse la
oportunidad de vacilar como Dios manda: la
vida es corta y más en la Francialba que cada
tanto tiñe su blanquinegro de rojo y de dolor.
En fin. Yo me he visto y de seguro tú
también, si pa qué po. Igual todos pasan por
alto esa verdad. Nadie está ni a un metro de
olvidar: ni perdón ni olvido. Traición es traición
siempre y cuando no sean las tuyas propias
justificaciones no hay, no existen. A la pulenta.
Así no más es la hueá, y la mentira tiene las
patas cortas, como se dice, y la verdad tarde o
temprano se va a saberse y aflora y dispara y
¡pah!: la mayoría de las veces duele más que la
chucha, quedai todo botao, quedai todo
humillao, mi sangre, así es esta vida perra llena
de mentiras, de la maraca, hermano, de la
perra. No hay crepúsculo que las adorne ni
noche tan oscura que sepa dónde fondearlas. Y
ya te dije de esas luces que disparan sus
verdades, además, estate atento, mira al cielo y
apunta su mensaje antes de que te caiga la
noche, porque ahí erai. Tai claro. Déjame
decirte una cosa más aparte, mi pana, pa
dejarte pensando, pa dejarte mareado en labia,
pa darle el corte profeta a lo maldito: el día no
pasa igual en la Francialba como en el resto del
mundo, sus verdades y mentiras guerrean y
perturban el tiempo, mi hermanito, no te estoy
hueando, en serio, loco, en serio: las tardes acá
son fomes, los crepúsculos falsos y la noche solo
es buena cuando canta Leo Rey. ¡Ahhh!
¿En qué estábamos? Y eso, po. El guatón
le creyó todo y ahí mismo le dijo a la Mery que
cuando pillara al ese hijo de la maraca, le
dejaría clara la película a puros guates y ella le
rogó que no, que la dejara piola si ya era, y el
guatón envenado y bravo como él solo, optó por
el amor y la dejó pasar. Se tragó sus rabias y su
orgullo por amor. Y dime tú, huón, ¿quién no se
ha equivocado cuando elige el amor? Fue así
que el drama de los tórtolos comenzó a tejer su
final, fue así que la profecía de la vieja tuerta
del quiosco se cumplió.
El guatón Dany cantaba ópera como jugando y
una vez, cuando todavía iba en el Magallanes y
no lo habían echado por repetir tres veces el
tercero medio, fueron al colegio unos cantantes
líricos a una presentación que preparó el profe
Denisse Bustos, y el guatón, que era bueno pal
hueo, se puso a canturriarles con todo el colin y
una sonrisa burlona, para ver qué decían esos
señores de terno y de rostros pacatos. La cosa
es que uno de ellos se impresionó mucho
cuando escuchó al guatón y no lo tomó a la
broma y le dijo, con inspiración de profe o de
gurú o de longi, que podía llegar a cantar de
verdad si estudiaba un poco, que tenía eso que
se requiere, talento innato, mi sangre. La
pulenta le dijo eso, y el guatón se reía no más,
pero el tipo se lo decía con convicción y
nosotros lo celebrábamos también y le
decíamos a ver canta po, guatón, a ver canta,
aunque todos sabíamos que la cosa no podía ir
en serio, que al guatón no le importaba ni
quería ni podía, que aquí nadie nunca se
imagina vacilando en el Teatro Municipal.
Ese año yo era compañero del Dany en
su segunda repitencia en el tercero medio. Ahí
ya se sabía que el guatón no iba a ninguna
parte. Siempre se supo, por mucho que la profe
Mabel se esforzara en mantenerlo en el colegio
y le dijera mi niño y hasta un par de veces se la
viera llorando en los pasillos, en los periodos en
que el Dany desaparecía y amenazaba con
nunca volver o con matarse o con matar al
Vegeta, el inspector.
El guatón no era malo eso sí, en eso no
hay que perderse, tenía momentos de ira, pero
pocos y como todos, si era humano. Era chorizo
hamponazo, pero nunca cuentiao, vío pero
respetuoso, mi hermanito, y al final fue el amor
lo que lo llevó a su desdicha y no así su miseria
como se podría creer. La Francialba no es un
buen sitio para entregar el corazón a nadien ni
a nada. Oprime el tuyo, bróder, si te place
sobrevivir o por lo menos no hacer el puto
ridículo, oprímelo, comprímelo, exprímelo, mi
guacho perro, hasta que sus músculos estén
más duros que el mismísimo guatón Dany el día
de su descenso al infierno, el día de la masacre
en el cráneo del sapo culiao ese que después
supe se llamaba John.
Pero cantaba ópera, te decía yo, como
jugando, y ohh, decía él, ohh, decía el payaso
culiao y con la boca marcaba tanto la O que
nosotros le decíamos que tenía el molde, Dany
culiao tení el molde, le decíamos, andai
acostumbrao, oe, y nos reíamos y él también se
reía, si era puro hueveo, manito mío, nada más
que matar las horas del colegio tirando la talla y
pelusiando. Pero el músico perkin insistía y le
decía ¿a ver?, de nuevo, hace esto y di esto otro
y aprieta la guata y toda esas hueás, y el Dany lo
hacía y se ponía la mano en el abdomen y
gritaba y le salía bien al guacho culiao loco y
nosotros cagaos de la risa; si hasta le pasó una
tarjeta con su nombre y su teléfono y su correo
y página web y todo, y le dijo mándame un
correo, escríbeme y qué le iba a escribir el
guatón sin con cuea sabía juntar las letras.
Gonzalo se llamaba, Gonzalo Simonetti,
decía su tarjeta, cantante lírico de la
Universidad Católica, y cuando lo vimos le
dijimos que era monja y se rio no más, parece
que no cachó, el perkin culiao.
Yo le pedí la tarjeta al guatón pa verla
bien y él me la pasó casi sin mirarla y después
se fue a jugar a la pelota con los de cuarto. No
asistió a la presentación de los cantantes líricos.
Le daba lo mismo, jamás consideró la oferta. Al
final yo me quedé con la tarjeta del cantante,
total el guatón la hubiese botado igual o en el
mejor de los casos, la hubiera usado pa pegarse
unos saques. Su asaito al vidrio ¿sí o no?
No sé por qué la guardé, pero la guardé.
Todavía la tengo, quizá un día le escriba un
correo a ese tal Gonzalo Simonetti y le cuente la
historia del guatón que cantaba ópeta al puro
peo. Ni se va a acordar, pero igual no más, pa
cagarle la psiquis al chuchetumare ¿sí o no?
Y es que, sin mentirle, rey, entre todo ese
hueveo como que igual me dejó pensando lo
que le dijo el cantante al guatón, porque el
guatón lo hacía por huear no más, pero le salía,
po y le salía bien. Yo cacho que hasta mejor que
los hueones esos que habían estudiado toda la
vida, que venían de la Católica, que habían ido a
colegios terrible caros, que habían viajado por
el mundo y toda la hueá, y al guatón le salía por
puro hueviar, mi hermano, lo hubierai visto.
A nadie le gustaba la ópera, todo eso se
veía tan lejano, tan falso. ¿El guatón cantando
con terno como tenor? Ni cagando, imposible.
No. Nadie, hermano, nunca. Ni en funeral con
terno, ni que se estuviera casando, ni que fuera
bautizo de la bendi; no caía en la mente de
nadie una escena así, tenía que nacer de nuevo,
en otros tiempos, en otro lugar, con otra sangre,
mi sangre ¡ahh!
Lo único que cantaba en serio el guatón
Dany era Su florcita de Agrupación Marilyn,
canción que por cierto lo emocionaba hasta las
lágrimas, y que entonaba con pasión litúrgica y
no como ópera, pero sí con pena y te comentaba
la letra, porque era fuerte y porque era
verdadera y eso se sabe, aunque por supuesto la
olvidaba cuando se iban a jotear a las de
séptimo básico en los recreos. Ahí conoció a la
Mery, aunque la esperó hasta que fuera su
compañera. En volá por eso repitió tanto ¿sí o
no? Era amor y no flojera, ¡ahh! Al final lo
echaron eso sí y no alcanzaron a ser
compañeros, aunque sí pololos y se les veía
amándose 24/7, entregados el uno al otro,
fundiéndose como escupos con el asfalto
hirviendo.
Eso hasta que llegó el otro loco. Yo iba en
cuarto ese año, ellos en tercero, al guatón lo
habían echado el año anterior. Cuando
empezaron a sentarse juntos y a andar de la
mano y todo eso, sentí la obligación de contarle
al guatón la verdad.
Me enteré una mañana que en la sala
faltaba una silla y tuve que ir a buscar a otro
curso. Nos solíamos tirar las sillas, dibujarles
picos y columpiarnos por lo que no era raro
tener que ir a pechar a las otras salas. El
conserje siempre tenía pega. Torres y torres de
sillas y mesas amontonadas que debía arreglar
para que nosotros las volviéramos a hacer
mierda. Era un círculo interminable. Igual las
dejaba ahí no más el viejo culiao, porque se
volvían a romper al toque, bro. Yo creo que le
gustaba estar arreglando sillas y mesas, así
tenía una excusa para no ir a limpiar el mierdal
que eran esos baños del Magallanes.
La cosa es que abrí la puerta y pregunté
por una silla. La profe hizo una rápida
inspección y luego me apuntó un puesto vacío
en el fondo. Ahí fue que los vi, a los totorlitos de
la mano. La verdad no vi nada más
comprometedor, pero eso fue más que
suficiente. Sentí rabia por el guatón, porque el
loco no merecía eso, si el loquito era rebuena
tela. No digo que no se lo cagaran, pero esa
complicidad la encontré de la perra. Hasta la
profe Mabel cachaba y nadie había dicho nada.
Cuando entré a la sala y caminé por el
pasillo, miré a la Mery y la saludé. Ella no me
había visto y rápido le soltó la mano al loco.
Wena, me dijo y bajó la mirada. La loquita sabía
en lo que estaba, mi hermano. La loca sabía que
se le venía la noche. El hueón estaba ni ahí eso
sí, se rio de hecho el chuchetumare
irrespetuoso.
Ya habían pasado unos meses de que la
propia chica Mery le dijera al Dany lo del
carrete y que el guatón se tragara su ira y lo
dejara pasar, por lo que esa tarde, casi de
noche, fui a su casa y le conté lo que vi. No
omití detalles. Le dije que probablemente lo del
carrete sí había sido y le conté que los vi de la
manito y cagaos de la risa, muy jijijí, muy jajajá.
Me escuchó sin decir nada. En silencio como
alguien a quien le cuentan que le quedan sus
últimas horas por vivir.
Todos en el colegio habían cachado la
volá, pero por alguna razón nadie quiso
romperle el corazón al gordo. Eso o nadie quiso
meterse con el John. Yo no lo cachaba, pero
después supe que se llama así y que era hijo del
Calvera, el narco de los blocks chunchos de 5 de
abril. Yo no conocía a esos locos, porque no iba
a meterme por esos lados, porque uno es albo y
ese es terreno prohibido. Nunca había peleas
por eso, pero sí cada uno tenía su grupo y el mío
era del otro sector y lo mismo corría pal guatón
y para toda la tropa. Al papá sí lo cachábamos
porque el loco era conocido, era brígido, tenía
prestigio, el hueón meneaba hilos en ese sector,
mi sangre.
Así que partí no más: cachando a
medias, pero sabiendo lo suficiente. Llevaba la
tarjeta del cantante en mi bolsillo también, por
si acaso, como para apaciguar su dolor, como
para decirle que no todo era malo, que el
mundo no se acaba por un culo, que potos
vemos pero que corazones no sabemos o qué sé
yo. Al final no se la pasé, no tuve tiempo.
¿Quién iba a pensar que iba a terminar así?
Cuando lo vi, parecía de inmediato entender
que no eran buenas noticias lo que me llevaba
hasta su hogar. Le dije de una todo, sin
protocolos, y sus ojos se empaparon y sus
puños se cerraron como los párpados de un
niño que ve a su taita alzar la mano frente a él.
Hasta se puso a temblar de ira y de amor y de
locura. Nunca lo había visto así, nunca.
Voy a matar a ese pedazo de pelela culiá,
me dijo o dijo al viento o se prometió a sí
mismo y partió a buscarlo. Voy a matarlos a los
dos, se corrigió y ahí quedé yo, viéndolo irse
lleno de rabia a la búsqueda del loco o de la
Mery y me sentí responsable, pero algo me
impidió seguirlo, tal vez el miedo o quizás el
morbo o el relámpago de lo terrible capaz de
paralizar al perkin y al connotao. La vida es
cuática, mi sangre, ¿sí o no?, engancha el codo.
f
A mí me caía bien la chica Mery porque era
amorosa, ayudaba a su abuelita en la feria los
fines de semana y tenía buenas notas y bonita
letra. Yo nunca fui así cercano-cercano a ella,
pero me hubiera gustado ser su amigo o algo
más, pero no fue. Y era bonita, como un ángel,
si incluso cuando empezó a salir con el guatón,
ellos mismos decían que eran como la bella o la
bestia, o como Shrek y Fiona, corregía ella que
además era terrible bajo perfil.
Ella iba en segundo y el guatón en su
tercer tercero medio. Pasaban en los recreos
juntos y después se iban directo a la plaza que
era como su nido de amor, su telmo. En más de
una ocasión el Vegeta los tuvo que sacar de al
lado de la gruta, donde se ponían a atracar. Les
decía que calmaran las pasiones, que había
niños más chicos, que guardaran saliva y
aliento para las clases y ellos decían ya, profe,
perdone, nunca más y se reían también y hasta
el Vegeta se lo tomaba con humor, porque igual
hacían bonita pareja, no te voy a mentirte;
nadie se hacía mala sangre, aparte que todos
sabían que en ese colegio pasaban cosas mucho
peores.
Ese año yo me dejé de juntar con el
guatón o, mejor dicho, él dejó de juntarse con
sus amigos, porque pasaba todo el día con la
chica Mery y cuando no estaba con la Mery,
estaba cuidando a su mamita.
Cuando lo echaron del colegio por las
repitencias, el Dany dijo que iba a buscar pega
para ayudar en la casa. Creo que la
preocupación del guatón por su mamá, terminó
por enamorar a la Mery, aunque también por
impedirle ponerle fin antes a esa relación.
Duraron casi dos años, calculo yo. Y hubieran
seguido, pero al final fue más rápido el deseo y
el destino y se lo cagó.
El John había llegado ese año al
Magallanes. Iba en el mismo curso que la Mery.
Venía del Liceo 70 por lo que sé. Dicen que se
cambió por un conflicto similar, aunque no
sabría decirte si es verdad o no. Dicen que lo
echaron cuando la riña con el otro loquito pasó
a mayores y en un recreo el loco le dio cara y se
acriminó con el pajarón culiao del John. Dicen
que después fue el papá con cuática a dejar la
cagá en el colegio. Dicen que el Calavera entró a
la sala con el medio sable y que el profe no supo
qué hacer y que salieron como tres hueones
apuñalaos, huón. Dicen que al malaya le
gustaba levantarle las piernas a los hueones,
que era su afición, su debilidad, que era como
adicto, y que por lo mismo terminaba
cambiándose de colegio cuando quedaba la
zorra. Dicen que era bien tula loca y que se
aprovechaba de que el papá meneaba hilos
como patrón en la zona. Igual todo eso puede
ser puro cuento, yo no sé, pero la risita que me
soltó mirándome fijo cuando los vi me hace
creer que al loquito le gustaba harto el hueo.
Alumbrao. Farala. Dándoselas de vío hasta que
cobra.
Cuando el guatón salió esa noche a
buscarlo fue de una hacia los blocks, pero los
fuegos artificiales lo detuvieron. Estaba
envenado, pero no iba a poder hacer nada un
día como ese y se devolvió con la mierda
hirviendo. Pasó donde la Mery, pero ya era
tarde y estaba todo apagado. Al otro día había
colegio y la abuelita tenía que ir a la feria así
que se dormían temprano en la semana. El
guatón se resignó, aunque antes de irse para la
casa, le dejó su caco en la entrada como
venganza el guacho culiao loco.
Hermano, al otro día sin mentirte en el
Magallanes se sentía el aire como pesado, como
tenso, como si algo fuera a pasar, como que
estaba todo más silencioso, más callao, pero
como una cuestión de ambiente, mi sangre,
porque en verdad nadie sabía que el guatón los
había ido a buscar ni que ese tremendo mojón
que se topó en la puerta la abuelita en la
mañana era del guatón y no de un perro culiao
pesado que había ido a cagar frente al portón;
aun así como que se sentía que iba a pasar algo,
mi sangre, como una cuestión en los huesos, en
la sangre, mi sangrecita, solo que nadie sabía
cuándo.
Y fue en el segundo recreo, hermano, de
vuelta del segundo recreo el guatón llegó al
colegio. Como era conocido por todos entró sin
problema. El portero lo saludó y hasta estuvo
conversando con la secretaria que al verlo le
preguntó por la mamá, porque le habían
contado que andaba medio delicada de la salud.
Él contestó y se tomó su tiempo; pasar la noche
a solas con su rabia pareció servirle al guatón,
porque no entró de una en modo kamikaze ni
nada, fingió estar bien. De hecho, no fue directo
a la sala, sino que fue a ver al conserje que
como siempre estaba arreglado sillas, soldando
fierros y borrando picos a lo desquiciao ¡ahh!
Con la lengua el chuchetumare ¿sí o no? Ahí
estuvo el guatón, conversando un rato con él,
echando la talla, tragándose su ira o
acumulándola así como una genkidama. En una
le preguntó al tío si había visto a la Mery y él le
respondió que sí y le devolvió la pregunta
diciéndole que pensaba que habían terminado.
Ahí debe haber cachado el tío que el guatón no
estaba con él para conversar, como que la
conversa se quebró. Entonces el guatón no
esperó más y corrió a sacarle al conserje un palo
que tenía con un clavo en la punta y que usaba
para sacar los chicles pegados en las mesas. El
tío no pudo o no quiso reaccionar rápido y el
guatón partió directo a la sala de la chica Mery
a buscar al perro culiao del John. Y, hermano,
sin mentirte, fue como si todos sintiéramos esa
electricidad del conflicto atravesarnos, fue
como un charchazo de lo terrible golpeando
cada rostro de cada cabro con su mano helada,
y de a poco todas las ventanas de todos los
cursos de cada ciclo se llenaron de ojos y
escoltaron con su peso los pasos del Dany que
iba como caballo a encontrarse con su destino.
Yo abrí la puerta y lo vi pasar sin verme,
decidido, con su mirada puesta en su objetivo y
de una abrió la puerta de la sala y dijo así quería
pillarte, chuchetumare. La profe Mabel estaba
pasando lista cuando lo vio entrar. Intentó
detenerlo, pero el guatón era fuerte y de un
puro empujón la botó. Perdone, profe, alcanzó a
decir, pero va a cobrar este culiao hijo de la
tragasables y sin pensarlo dos veces empezó a
pegarle con el palo para los chicles al John. La
camisa del loco en dos tiempos empezó a
enrojecerse y todos gritaban que parara, que lo
dejara piola. La Mery también gritaba y lloraba
y decía que hicieran algo, que los separaran,
pero nadie quería acercarse y arriesgarse a
llevarse un puntazo del clavo al puro peo, po mi
guacho. El loquito solo atinó a encogerse y
poner las manos y a decir ya y a decir ya, si ya
era, pero no era, no era todavía: el guatón no
iba a parar hasta encontrar en la golpiza una
respuesta a su sensación de injusticia y de
impotencia. En eso llegó el Vegeta -que le
decían así no solo por su parecido, sino porque
hacía kung fu- y rápidamente le hizo una llave
por detrás para inmovilizarlo. Pero, mi sangre,
sin mentirte esto fue como si pasara en cámara
lenta, como si se detuviera el tiempo y el sonido
y toda la hueá, hermanito mío, no exagero, esto
es verdad: mientras el Vegeta tomaba por
detrás al guatón, el John descubrió su cara así
por una milésima de segundo para cachar qué
pasaba y el guatón cayéndose y todo con todas
sus fuerzas le pegó el último golpe. Y, hermano,
le enterró todo el clavo en la cabeza al hueón y
si hasta quebró el palo y todo de la fuerza, el
maldito culiao; estaba todo lleno de sangre, mi
hermano, la pulenta.
Llegaron los pacos, la ambulancia, la
PDI, toda la hueá, se llevaron al guatón y al loco
y ¿sabís qué?, hubiese sido mejor que muriera
ese bastardo del John, pero no murió: el guatón
le enterró el clavo con chicle en una parte del
cerebro que dejó parapléjico al loco, nunca más
movió ni un músculo. Y la familia de ese hueón
era terrible brígida, mi sangre; esa misma
noche le fueron a reventar la casa a balazos y el
guatón ni estaba, porque había quedado
detenido, entonces, mi sangre, mi sangrecita, y
esto es lo más terrible, lo más injusto de esta
historia de amor, en serio: se pitiaron a la
mamá, huón. De perro. De la perra, huón, de la
maraca, le hicieron mierda la casa, le quemaron
las plantas y bloqueron la calle con los mansos
rifles para que la ambulancia no pudiera llegar.
Después todos andaban con la pera. El
portero por haberlo dejado entrar al Dany, el tío
del aseo por dejar que tomara el palo de los
chicles, el Vegeta por no detenerlo antes y hasta
yo por haber ido a sapear. Todos, huón, todos.
Lo más cuático, bro, es que cuando los pacos
redujeron al guatón culiao, era como si se
hubiera vuelto loco, huón, no dijo nada, no dijo
suéltame, no tiró amenazas, no pataleó, no dijo
nada, hermanito, nada de lo que se dice cuando
te agarra la yuta y, cruz pal cielo, hermanito, él
hueón mientras lo esposaban se le puso a
cantarle a la Mery, huón:
porque olvidarte a ti
difícil para mí…
los recuerdos de un amor
no me dejan vivir
maldito corazón
que no te puede olvidar…
Yo después de eso no sé qué más pasó.
Nunca más volví a ver al guatón. Yo tomé mis
hueás y me fui un mes entero donde una tía en
Rancagua hasta que se calmara la hueá,
hermano, si el Calavera era cosa seria y a mí
todavía me queda por vivir, por realizarme
¡aah! Y sabe que, mi sangre, ahora que te
cuento esta historia me dan ganas de escribirle
al cantante ese y contarle toda la hueá. Esta
ópera, pa que la cante ¿sí o no? Va a comer
comía con la historia del guatón ese pajarón
culiao.