Cuadernos de Aleph, 2018
EL MATRIMONIO ES COSA SERIA: LA NOVELA CENTROAMERICANA
DECIMONÓNICA COMO ARMA DE ADOCTRINAMIENTO SENTIMENTAL1
JULIA GONZÁLEZ-CALDERÓN
([email protected])
UNIVERSIDAD DE CALIFORNIA LOS ÁNGELES
Recibido: 15/01/2018. Aceptado: 21/04/2018.
Con la independencia de las repúblicas centroamericanas, obtenida en 1821, la
clase dirigente del Istmo se enfrenta al reto de conducir, bajo las premisas de la
democracia representativa y el capitalismo, a sus naciones hacia la modernidad y el
progreso, representados en su máximo exponente por la Europa occidental.
Benedict Anderson (2016), en su volumen clásico sobre el nacionalismo Imagined
Communities, destaca la importancia que en esta tarea tuvieron los materiales impresos:
la prensa y el folletín. La novela, sin embargo, no se queda en segunda fila a la hora de
acometer la empresa de adoctrinar al público lector en cuanto a cómo es el ciudadano
ideal y cómo se comporta: por todo el continente diversos autores, normalmente
dedicados al ejercicio de la política o las leyes y escritores de ficción solo a solo tiempo
parcial, publican con tal objetivo. Es el caso de Martín Rivas (1862) de Alberto Blest
Gana en Chile, María (1867) de Jorge Isaacs en Colombia, o Aves sin nido (1889) de
1
Una versión más breve de este trabajo fue leída durante el XLI Congreso IILI, que se celebró en Bogotá
entre el 11 y el 13 de junio de 2018.
Julia González Calderón (2018): «El matrimonio es cosa seria: La novela centroamericana
decimonónica como arma de adoctrinamiento sentimental», Cuadernos de Aleph, 10, pp. 49-59.
Pensar el afecto: Emociones en la literatura hispánica
Clorinda Matto de Turner y Blanca Sol (1889) de Mercedes Cabello de Carbonera en
Perú.
Todas estas novelas comparten una peculiaridad que Doris Sommer ha estudiado
en profundidad: todas son novelas sentimentales que funcionan como una «exhortation to
be fruitful and multiply» (Sommer, 2001: 6). Las historias románticas en que héroe y
heroína, igualmente virtuosos, luchan contra los obstáculos que tratan de impedir una
unión productiva para la nación se revelaron, en el momento, como el más apropiado para
señalar al creciente público lector la dirección hacia la que la república había de
encaminarse, gracias al método del delectando docere2 (Lander, 2003) al que se refieren
directamente los autores. Blest Gana, por ejemplo, afirma que
[l]a novela tiene un especial encanto para toda clase de inteligencias, habla el
lenguaje de todos, pinta cuadros que cada cual puede a su manera comprender y aplicar,
y lleva la civilización hasta las clases menos cultas de la sociedad, por el atractivo de
escenas de vida ordinaria contadas en un lenguaje fácil y sencillo (Corral y Klahn, 1991:
53).
Es significativo notar que no existe interés por sociabilizar (Poblete, 2003)
únicamente al ciudadano, sino también a su compañera republicana: la ciudadana. La
mujer es una pieza elemental en el engranaje de la nueva nación y debe contribuir al
progreso mediante sus funciones como madre, educadora y dirigente y gestora del entorno
doméstico. El público lector crece a lo largo de todo el siglo y cada vez más mujeres han
accedido a las letras e incluyen la lectura entre sus pasatiempos. A ellas también, por lo
tanto, van dirigidas estas obras fundacionales.
A pesar de la profusa bibliografía que sobre este tipo de ficción se viene
publicando desde hace algunos años, se ha prestado escasa atención a la novela
decimonónica centroamericana, así como al subgénero sentimental y, aunque en los
últimos años los estudios literarios centroamericanos han dejado de ubicarse en «la
marginalidad de la marginalidad» (Arias, 1998: 312) como una «vergonzosa nota a pie
de página» (Arias, 1998: 319) y se han publicado un «sinnúmero de artículos y libros
científicos» (Mackenbach, 2008: 279) en torno al tema, la crítica no ha prestado apenas
atención a las novelas que nos ocupan en este trabajo. Me propongo, pues, indagar en las
2
Los manuales de conducta, que se publican y reeditan con gran éxito en la época, supondrían la contraparte
no ficcional de este proyecto pedagógico a gran escala. Pueden consultarse los trabajos de González
Stephan (2001) y Peluffo (2016) (capítulos 5 y 6) sobre estos textos y los de Lander (2003) y Armstrong
(1987) acerca de la relación entre manuales y literatura.
50 Julia González Calderón (2018): «El matrimonio es cosa seria: La novela centroamericana
decimonónica como arma de adoctrinamiento sentimental», Cuadernos de Aleph, 10, pp. 49-59.
Cuadernos de Aleph, 2018
formas en que cuatro novelas, escritas por dos autoras centroamericanas nacidas en el
siglo XIX, se construyen como artefactos pedagógicos cuyo objetivo es el creciente
público lector de jovencitas de clase privilegiada.
Dichas autoras son la guatemalteca Vicenta Laparra de la Cerda (1831-1905) y su
joven discípula, la hondureña Lucila Gamero de Medina (1873-1964). Laparra fue la
figura central de una red intelectual de literatas y educadoras guatemaltecas dedicadas a
la tarea de regeneración moral de la república 3. Conformaban esta red, aparte de Laparra,
su hermana Jesús (1820-1887), Adelaida Cheves (1846-1921), Rafaela del Águila y
Carmen P. de Silva (1846-1932)4. De los esfuerzos de Laparra y sus colegas salieron
diversas publicaciones periódicas destinadas a las jóvenes guatemaltecas: el semanario
La Voz de la Mujer, fundado y redactado por Vicenta y Jesús Laparra y publicado entre
el 22 de agosto y el 14 de noviembre de 1885; el semanario El Ideal, que vio la luz entre
el 10 de diciembre de 1887 y el 29 de abril del año siguiente; y La Escuela Normal, la
revista semanal de la Escuela Normal para Señoritas, o Instituto Belén (Arroyo Calderón,
2013). Tanto Laparra como Gamero cosecharon grandes éxitos como autoras en su época
y fueron alabadas profusamente por la crítica contemporánea.
En este trabajo voy a centrarme específicamente en las novelas La calumnia
(1894) y Hortensia (1896), de Laparra, y Adriana y Margarita (1897) y Blanca Olmedo
(1903), de Gamero. Las cuatro novelas poseen amplias semejanzas y están construidas
bajo el paraguas genérico de la novela sentimental decimonónica. En primer lugar, todas
ellas presentan personajes planos y poco complejos que se caracterizan, bien por su virtud
intachable bajo cualquier circunstancia, bien por sus vicios y maldad. Las protagonistas
son siempre jovencitas que arrostran los obstáculos vitales que se les presentan haciendo
gala de una irreprochable virtud, «distintiva marca normativa de este tipo de discurso»
(Lander, 2003: 13) que se revela como cualidad imprescindible para triunfar en la vida
(Arroyo Calderón, 2013: 46)5.
3
En la nota previa de la autora a Blanca Olmedo, Gamero afirma que ha dedicado todas sus energías y sus
«mejores años» a una «gran obra de REGENERACIÓN moral, intelectual y material» (Gamero de
Medina,1990: s/p. La mayúscula es del original).
4
Arroyo Calderón afirma que podemos hablar de una sólida red intelectual dadas las constantes citas
mutuas y, sobre todo, por hallarse todas ellas «embarcadas en la consecución de un proyecto colaborativo
de profunda incidencia social» (Arroyo Calderón, 2013: 45).
5 Arroyo Calderón (2013: 46) nota que no se trata de un triunfo social, sino ligado a cuestiones de honor y
respetabilidad.
Julia González Calderón (2018): «El matrimonio es cosa seria: La novela centroamericana 51
decimonónica como arma de adoctrinamiento sentimental», Cuadernos de Aleph, 10, pp. 49-59.
Pensar el afecto: Emociones en la literatura hispánica
El tratamiento maniqueo y simple de las cualidades de los personajes se construye
en torno a la oposición antagónica de caracteres, que hacen resaltar aún más a su
contraparte. En el caso de Hortensia, por ejemplo, la protagonista que da nombre a la
novela contrasta fuertemente con todas las demás mujeres de la historia, especialmente
con su prima: tras un desengaño amoroso, Isabel se ha tornado cínica y es una coqueta
que juega con el corazón de los hombres. Por el contrario, tras el equívoco desengaño con
Julio, Hortensia cae enferma de gravedad y decide que, si sobrevive, se hará monja.
Arroyo Calderón (2013: 64) nota cómo este tipo de novela ofrece dos opciones para que
las mujeres vivan virtuosamente: una es el matrimonio monógamo burgués tradicional y,
la otra, la entrega a Dios. Hortensia sigue, entonces, el paradigma ideal de moralidad
femenina. Julio6 consigue aclarar el error y, finalmente, la joven pareja se casa y se
traslada al campo, donde tendrán varios hijos, resultado de su unión productiva para la
patria, y vivirán al amparo de la felicidad doméstica. Mientras, Isabel envejece solterona
y amargada.
La oposición de caracteres contrarios también sirve a los autores para representar
modelos de ciudadanía deseables, obsoletos o inválidos en el marco de la modernidad.
Esto es apreciable particularmente en Blanca Olmedo: la protagonista que da nombre a la
novela es una joven de familia de alcurnia pero injustamente arruinada que se gana la
vida como institutriz. Tiene por costumbre leer y educarse, y posee ideas propias y
modernas acerca de diversas cuestiones, como el matrimonio —que ha de ser por amor—
y la Iglesia católica —que precisa de una profunda reforma—. Todo esto no impide que
sea una jovencita educada, casta 7 y tierna con grandes deseos de casarse y ser madre.
6
El personaje de Julio representa al ideal del joven caballero centroamericano y actúa conforme dictaban
los manuales de conducta que ya hemos mencionado. El Manual de Carreño, por ejemplo, asegura que
«[p]ara el hombre bien educado no hay ningún momento en que se crea relevado del deber de ser cortés y
afable» (Carreño, 2005: 75). Véase cómo Julio aplica la lección al tratar con la madre de su novia, a quien
desprecia por poco maternal y vanidosa: «Pero Julio era hombre que jamás olvidaba la fina urbanidad y
saludó a la dueña de la casa con la exquisita galantería de un caballero culto y bien educado, que es incapaz
de cometer una grosería» (Laparra de la Cerda, 2006: 74). Del mismo modo, Blanca Olmedo asegura a su
discípula Adela que «el tratamiento mejor es el que dicta la buena educación» (Gamero de Medina, 1990:
64), y no nuestras simpatías, como sugería su alumna.
7 La inquebrantable virtud de Blanca no está reñida con cierto grado de erotismo presente en su relación
con Gustavo. Así, él califica el cuerpo de ella de «cuerpo de virgen, inmaculado y deseable…» (158). —
El lector contemporáneo debe obviar la paradoja de la sentencia: si el cuerpo de Blanca es deseable en tanto
que es virgen, una vez que la haya poseído dejaría de serlo—. Y también ella lo desea a él, con quien sueña
cuando se ha marchado a la guerra, dejándola sola: «¡Oh, mi amor! En mis noches tristes, sin sueño, pálidas,
como iluminadas con luz de luna, lo veo siempre cerca de mí; me habla, me acaricia, y despierto
satisfecha…» (292. Énfasis mío). El velado erotismo de Blanca Olmedo no es en absoluto un caso aislado:
52 Julia González Calderón (2018): «El matrimonio es cosa seria: La novela centroamericana
decimonónica como arma de adoctrinamiento sentimental», Cuadernos de Aleph, 10, pp. 49-59.
Cuadernos de Aleph, 2018
Y si Blanca es la ciudadana perfecta, su novio, el joven doctor Gustavo Moreno,
lo es en la versión masculina: también gusta de la lectura y posee ideas similares en torno
al matrimonio y la Iglesia. Significativamente, se dedica a la medicina, ciencia que avanza
notablemente a lo largo del siglo y que representa tanto el progreso como la necesidad de
dedicarse a profesiones que sean de utilidad pública. Otros personajes caracterizados de
forma positiva son la jovencita Adela, el doctor Gámez, mentor de Gustavo y protector
de Blanca, y el padre Bonilla, un anciano cura ya retirado tras haber perseguido «un ideal
de reforma y mejoramiento social e intelectual» (Gamero de Medina, 1990: 288)8.
Frente a estos personajes, preocupados por la regeneración moral y social de
Honduras, se alzan otros que vienen a simbolizar los males que aquejan a la nación e
impiden su progreso: la señora Micaela, el sacerdote Sandino, y el juez Elodio Verdolaga.
Doña Micaela representa el Antiguo Régimen social: desprecia a aquellos que no poseen
fortuna ni linaje, jamás aparece leyendo, cree las habladurías sin fundamento y es una
fanática religiosa. El cura, que se enamora de Blanca y trata por diversos medios de
hacerla su amante, representa a una Iglesia católica profundamente podrida y necesitada
de una urgente reforma. El juez, por último, personifica a «los canallas con bastón de
autoridad» (p. 120), todos aquellos funcionarios y hombres de letras que han llegado a su
posición sin reunir mérito alguno para ello, y que la usan con el único objetivo de
enriquecerse. A lo largo de la novela roba, imparte justicia parcialmente y arruina la
reputación intachable de Blanca.
Estos tres elementos —la aristocracia católica anquilosada, la Iglesia y la
corrupción de los servicios públicos— son los que impiden a Honduras acceder a la
modernidad y, al final, impedirán de forma trágica la unión de los amantes: los enemigos
de Blanca, en connivencia con doña Micaela, que ve con horror la posibilidad de que su
hijo vaya a casarse con una institutriz, consiguen enviar a Gustavo como médico a la
guerra. Durante su ausencia, doña Micaela expulsa a Blanca de su casa acusándola de
mujer perdida. Blanca enferma gravemente y una nota difamatoria en la prensa publicada
por Verdolaga supone el tiro de gracia, y la virgen muere incapaz de sobreponerse a la
el lector lo encontrará en la mayoría de novelas sentimentales de la época. Carmen de Mora (1990) ha
estudiado el tema del amor-pasión en la canónica María de Jorge Isaacs (2003), que guarda abundantes
similitudes con Blanca Olmedo (ver nota al pie 9).
8
Todas las citas de la novela han sido extraídas de la misma edición, con lo que en adelante me limito a
consignar únicamente el número de la página entre paréntesis.
Julia González Calderón (2018): «El matrimonio es cosa seria: La novela centroamericana 53
decimonónica como arma de adoctrinamiento sentimental», Cuadernos de Aleph, 10, pp. 49-59.
Pensar el afecto: Emociones en la literatura hispánica
separación de Gustavo9 y a la pérdida de su honor. Al regresar a casa y saber todo lo
ocurrido, Gustavo se suicida disparándose. La muerte de sus dos seres más queridos
supone un golpe demasiado duro para la pequeña Adela, que muere unas horas más tarde,
dejando a doña Micaela en el remordimiento para el resto de sus días. Blanca, que estaba
destinada a ser un ángel del hogar, queda reducida, por los defectos de su país, a una mera
inválida moribunda10.
El mismo destino de injusta degradación de ángel del hogar a inválida sufre
Adriana Betel en La calumnia, en cuyo final se la describe «vestida con una sencilla bata
blanca, con el cabello en desorden, bella como el ideal de un inspirado vate y próxima a
exhalar el último suspiro, […] medio tendida en un sillón» (Laparra de la Cerda, 2005:
132). Nótese cómo la descripción de la agonizante está en estrecho diálogo con la
representación visual y artística del icono de la inválida en el fin de siglo. La
convaleciente Adriana Betel en el sofá recuerda a las protagonistas de los cuadros Hoja
de rosa (1890) de Segantini, La crisis (circa 1891) y This is for remembrance (1924) de
Frank Dicksee, La inválida (o Convalecencia, 1898) de Carl Larsson, o The comforter
(1897) de Byam Shaw, entre otros muchos ejemplos.
Con frecuencia, los rasgos físicos de un personaje permiten al narrador de estas
historias hacer una lectura psicológica de su carácter, como era habitual en la novela
sentimental dieciochesca y posterior11. En los siguientes términos se describe en Blanca
Olmedo a doña Micaela, que era «de boca grande y labios delgados, hundidos, signo
seguro de egoísmo y de instintos depravados» (p. 2). Seudociencias como la frenología y
las teorías del positivismo criminológico de Cesare Lombroso, que aseguraban que ciertos
rasgos físicos se correspondían con determinados caracteres y tendencias criminales,
favorecían este tipo de descripciones entre los autores de la época.
9
Las similitudes entre el argumento de Blanca Olmedo y María de Jorge Isaacs (2003) son notables y no
pueden pasar desapercibidas: ambas jóvenes, dechados de virtud, se ven separadas de sus novios por culpa
de su padre o su madre y mueren durante la ausencia de estos.
10 Así, las referencias a la Traviata atraviesan toda la novela a modo de oscuro augurio acerca de su destino.
Si bien ambas heroínas mueren, hay que notar que Blanca, al contrario que la Traviata, lo hace con la virtud
intacta. Su honor público, sin embargo, ha sido destrozado y en ese sentido sí muere como la protagonista
de la ópera.
11
El señor Darcy juzga así a Elizabeth Bennet en Orgullo y prejuicio: «en cuanto se hubo percatado, y así
se lo comunicó a sus amigos, de que poseía agradables facciones, comenzó a tenerla por inteligente como
pocas, lo cual se manifestaba en la expresión de sus ojos negros» (Austen, 2015: 31).
54 Julia González Calderón (2018): «El matrimonio es cosa seria: La novela centroamericana
decimonónica como arma de adoctrinamiento sentimental», Cuadernos de Aleph, 10, pp. 49-59.
Cuadernos de Aleph, 2018
Los rapidísimos diagnósticos médicos, realizados apenas tras una breve
auscultación del paciente, revelan también el ambiente de positivismo científico en que
se vivía, si bien las dolencias son siempre somáticas y, a veces, de carácter hereditario:
Blanca Olmedo muere de la misma cardiopatía que su madre, aguzada por sus
desgracias 12; Hortensia está a un paso de la tumba por el desengaño que sufre con Julio,
aunque logra recuperarse; y Adriana Betel (La calumnia) enloquece por los sufrimientos
injustamente provocados a que es sometida y, aunque recobra la cordura, una cardiopatía
generada por estos mismos sufrimientos la lleva irremediablemente a su fin. Así
diagnostica el doctor Gámez la inminente defunción de Adela en Blanca Olmedo: «Esa
pobre niña dentro de una hora habrá dejado de existir… El golpe que ha recibido ha
precipitado su muerte… De tanto sufrir se le hipertrofió su corazoncito…» (p. 329).
En estas novelas, la acción transcurre dentro del reducido mundo de la clase
privilegiada y los escasos personajes que aparecen que no pertenecen a ella, como los
criados, tienen una mera función de actantes (Greimas, 1987): ayudan con sus acciones a
hacer progresar la trama, pero no hay interés alguno en el devenir de sus caracteres per
se. Las novelas pueden, sin embargo, presentar «trazas de crítica social» (Arroyo
Calderón, 2013: 57): las autoras atacan duramente las dinámicas de hipocresía social que
pueden arruinar injustamente la reputación de una persona o encumbrar a otra que no lo
merece en absoluto.
Este es precisamente el eje temático de La calumnia, de Vicenta Laparra, que
demuestra cómo la lacra de las habladurías puede acabar con la reputación y aun con la
vida de la más perfecta de las mujeres. En última instancia, don Arcadio y Bautista, los
responsables directos de la desgracia de Adriana Betel, se justifican culpando a Carlota
Aspay, quien a su vez culpa a su madre como agente definitivo del drama, pues fue esta
quien la hizo creer que no había nada mejor que casarse con un millonario, empujando a
Carlota a todo tipo de maldades en persecución de tal objetivo. El deseo desmedido de
lujo y dinero se presenta en todas estas novelas como uno de los peores defectos en una
mujer, y las culpables de este imperdonable vicio acaban siempre castigadas: Carlota
12
Una vez más, el argumento de Blanca Olmedo se cruza con el de María, que también muere aquejada de
una enfermedad que acabó con su madre. Doris Sommer (2001) (capítulo 6) ha indagado de forma brillante
sobre cuál podría ser la enfermedad de María.
Julia González Calderón (2018): «El matrimonio es cosa seria: La novela centroamericana 55
decimonónica como arma de adoctrinamiento sentimental», Cuadernos de Aleph, 10, pp. 49-59.
Pensar el afecto: Emociones en la literatura hispánica
Aspay queda arruinada tanto económica como socialmente, dándose al alcohol y la mala
vida.
Las lecciones que las jovencitas centroamericanas de la época del fin de siglo
debían aprehender de la lectura de estos textos son dos principalmente: primero, la de
valorar su virtud —en términos sexuales, esto es, su castidad— por encima de todas las
cosas, y protegerla debidamente 13. La castidad parece coronar todo el elenco de
cualidades del ángel del hogar: sin ella, no hay virtud posible. De ella se desprenden el
resto de cualidades secundarias que debe ostentar la señorita perfecta: laboriosidad,
sacrificio, ternura, amor maternal, preferencia por el hogar y la familia frente a las frívolas
diversiones de la buena sociedad, sencillez frente a vanidad, sabio manejo del dinero…
La otra gran lección que imparten estas novelas es que el matrimonio, que es «cosa
seria» (Gamero, 1997: 119), ha de ser por amor. De otro modo, está destinado a terminar
mal. Los matrimonios por conveniencia, provocados por el afán de riquezas, acaban por
poner en peligro la virtud de las mujeres —pues solo el auténtico amor garantiza
fidelidad— y, por lo tanto, la institución de la familia burguesa misma. Así lo demuestra,
además del caso de Carlota Aspay en La calumnia, la historia secundaria sobre Elena en
Hortensia, que viene a remedar muy brevemente el argumento de Blanca Sol: Elena
rechaza a su apuesto y enamorado novio por un caballero muy mayor y de apariencia
horrible pero rico14, y acaba suicidándose en París, víctima de enfermedades de
transmisión sexual tras haberse visto abocada a la prostitución. También la madre
biológica de Hortensia cometió en su juventud el error de hacer un matrimonio «sin amor
y solo por el rastrero interés» por ser «exageradamente aficionada al lujo desmedido»
(Laparra de la Cerda, 2006: 163), y acabará, como Elena o como Blanca Sol, perdida y
deshonrada.
Arroyo Calderón (2013) nota, siguiendo las ideas de Margaret Cohen (1999),
cómo a menudo el argumento de estas novelas se articula en torno a un dilema moral que
13 Encontramos a veces también, sin embargo, una suerte de crítica proto feminista que pone en entredicho
la dudosa doble moral masculina. Blanca Olmedo se queja en estos términos del sistema: «La mayor parte
de los hombres aconsejan a sus hijas ser inquebrantablemente virtuosas, y se enfurecen cuando ellos no
pueden vencer la virtud de otras mujeres. ¡Para lógicos y justos, los hombres…!» (p. 222. Énfasis del
original).
14
En Blanca Sol se equipara el matrimonio por conveniencia con la prostitución y en Hortensia se lo califica
de «venta» (Laparra de la Cerda, 2006: 95).
56 Julia González Calderón (2018): «El matrimonio es cosa seria: La novela centroamericana
decimonónica como arma de adoctrinamiento sentimental», Cuadernos de Aleph, 10, pp. 49-59.
Cuadernos de Aleph, 2018
hace elegir a la protagonista entre ceder a sus propios deseos o hacer lo que beneficia el
bien común. Un dilema de esta suerte es el conflicto en la novela Adriana y Margarita:
Adriana se enamora de Emilio, el prometido de su mejor amiga y protectora, Margarita.
Este le confiesa que su amor es correspondido, y Adriana se ve ante la disyuntiva de
traicionar a su amiga y casarse con Emilio o renunciar a la felicidad del amor. Opta por
el sacrificio de sus aspiraciones personales: los personajes de este tipo de novela «definen
su propia identidad, virtuosa y civilizada, a través de los mecanismos de negación de lo
natural; es decir, la privación y control de sus sentimientos, actitudes, movimientos e
ideas» (Lander, 2003: 19). Esto es, la virtud se articula a través del autocontrol y la
represión de los deseos. La generosidad de Adriana se verá recompensada con creces:
pronto olvida a Emilio, por quien en realidad no sentía sino un «momentáneo devaneo»
(Gamero de Medina, 1997: 100) y conoce al doctor Julio Moreno. Julio y Margarita se
enamoran perdidamente y se casan, siendo el único «matrimonio completamente feliz»
(Gamero de Medina, 1997: 119) que la narradora conoce.
A lo largo de estas páginas hemos revisado cómo a finales del siglo XIX las autoras
centroamericanas Vicenta Laparra de la Cerda y Lucila Gamero de Medina emplean la
novela sentimental como herramienta de adoctrinamiento sentimental e ideológico en el
marco de un proyecto de regeneración socio-moral de las jóvenes naciones del Istmo,
embarcadas en la tarea de acceder a la modernidad y el progreso. Estas novelas,
construidas de acuerdo con los tópicos del género en la época, muestran a las jóvenes
centroamericanas de clase alta modelos de conducta virtuosos enfrentados a antagonistas
que ostentan caracteres viciosos y que representan los males que afectan al deseado
progreso de la república. Las virtuosas protagonistas de estas historias muestran al
público lector femenino que, para llevar una vida plena, deben conducirse a través de la
virtud, el sacrificio personal en aras del bien común y de un matrimonio por amor, única
manera de lograr una unión productiva tanto para la patria como para sus corazones.
Julia González Calderón (2018): «El matrimonio es cosa seria: La novela centroamericana 57
decimonónica como arma de adoctrinamiento sentimental», Cuadernos de Aleph, 10, pp. 49-59.
Pensar el afecto: Emociones en la literatura hispánica
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