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Críticas al Paradigma Funcionalista en Educación

El documento describe el surgimiento de críticas al paradigma funcionalista de la educación en la década de 1970. Estas críticas cuestionaron la relación entre educación y empleo/salarios propuesta por la teoría del capital humano. Economistas como Thurow aportaron evidencia de que los aumentos en educación no siempre conducían a mayores salarios o igualdad social, y que factores como el funcionamiento del mercado laboral eran más importantes para determinar los salarios. Además, la sobreeducación y el desempleo de titulados mostraban las limitaciones de

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Críticas al Paradigma Funcionalista en Educación

El documento describe el surgimiento de críticas al paradigma funcionalista de la educación en la década de 1970. Estas críticas cuestionaron la relación entre educación y empleo/salarios propuesta por la teoría del capital humano. Economistas como Thurow aportaron evidencia de que los aumentos en educación no siempre conducían a mayores salarios o igualdad social, y que factores como el funcionamiento del mercado laboral eran más importantes para determinar los salarios. Además, la sobreeducación y el desempleo de titulados mostraban las limitaciones de

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2.5.

La crisis del paradigma funcionalista de la educación

-desencanto reformista derivado de los trabajos de Coleman o

Jencks y los primeros síntomas de desempleo de titulados y de

sobre educación abrieron, en los setenta, el espacio para la ruptura

con el paradigma funcionalista de la educación y para la aparición

de críticas a la teoría del capital humano.

Criticas:

-centraron en la redefinición de la relación entre educación y empleo

-cuestionar el papel mediador de la productividad entre ambas

instituciones

-relación entre educación y salarios.

-«desde dentro “tuvo lugar una sustitución del paradigma

académico.

* perdían fuerza las tesis funcionalistas del papel de la educación

para el desarrollo económico y para la igualdad social,

*una tesis crítica alternativa irrumpió con fuerza en la sociología de

la educación: la escuela no propicia la igualdad social, cumple la

función contraria, de reproducir las desigualdades sociales ya

existentes.

dos tipos de críticas:


-basadas en los principios que rigen el funcionamiento del mercado

de trabajo, tanto en la determinación del salario como en las

posibilidades de acceso al mercado laboral

-las que cuestionan directamente la existencia de relación entre

educación y productividad, independientemente de las fuerzas que

determinan el precio del trabajo.

La crítica de Thurow 1972, economista norteamericano escribe

una de las críticas a la teoría del capital humano.

aporta evidencias cuantitativas que refutan la teoría del capital

humano: la tendencia opuesta entre 1950 y 1970 en los países

pobres entre la evolución del nivel educativo de la población, que

aumenta en términos absolutos, y el aumento relativo de la pobreza.

la economía en los países desarrollados no ha aumentado al

mismo ritmo que lo ha hecho la tasa de población con estudios

universitarios. La valoración de los datos le permite afirmar que no

es la capacidad intelectual ni los años de educación lo que puede

explicar las diferencias salariales, sino el propio funcionamiento del

mercado de trabajo.

la teoría del capital valida el supuesto de que el mercado de trabajo

se rige por la competencia por el salario. De ahí que esta teoría

sostenga que los aumentos de educación de las clases


desfavorecidas producirán una tendencia a la igualación de las

remuneraciones entre los trabajadores más cualificados y los de

menor cualificación.

la realidad indica que se producen situaciones de paro de titulados

sin que ello repercuta en una disminución de los salarios de los

trabajadores cualificados. rechaza el principio de la competencia

salarial para afirmar que el funcionamiento del mercado de trabajo

se rige por otro principio, el de la competencia por los puestos de

trabajo. El mercado de trabajo lo que hace es posicionar a los

individuos en las distintas escalas de preparación.

Existen, «colas de empleo» en función de las cualificaciones, que

certifican las distintas capacidades de aprendizaje e,

indirectamente, indican al empresario el tiempo de formación que

requerirá el trabajador. Los años de educación, son para el

empresario un indicador de la inversión en tiempo y dinero

necesarios para el desempeño del puesto de trabajo. Thurow

consigue explicar de este modo algo que resultaba inexplicable para

la teoría del capital humano, como es la existencia de sobre

educación. En efecto, la teoría del capital humano postulaba que

cualquier exceso de oferta laboral de una cualificación determinada

produciría un ajuste automático de las relaciones entre cualificación


y salarios y de los comportamientos individuales en relación con la

demanda de educación, de tal modo que la economía siempre

tendería hacia el pleno empleo.

La teoría del filtro de Arrow (1991) refuerza este argumento, al

basarse en la imposibilidad real por parte del empresario de

conocer las productividades potenciales de los individuos en el

momento de la contratación y confiar en la educación superior como

filtro de los individuos más capaces.

a partir de la crisis económica de los setenta, la demanda de

educación disminuye, y se incrementa, los titulados con subempleo

y sin empleo.

La posición de Thurow sobre la competencia por los puestos de

trabajo permite comprender que exista sobre educación, ya que los

individuos preferirán seguir invirtiendo en educación, no a partir del

cálculo de las tasas de rendimiento, sino como «estrategia

defensiva», puesto que es preferible aguardar en la cola de los

mejores empleos, aunque nada garantice una inserción inmediata

en el mercado de trabajo. La crítica de Thurow a la teoría del capital

humano dirige la mirada hacia el empleo para comprender tanto el

acceso al mercado de trabajo como la remuneración del trabajador.


Conecta, en este sentido, con las teorías de la segmentación del

mercado de trabajo que se desarrollaron en los años setenta

(Doeringer y Piore, 1985; Edwards y otros, 1975), cuya tesis central

es que la determinación del salario depende del segmento en que

se halle el trabajador. Los mercados de trabajo primario puestos

que requieren cualificación, estables y bien remunerados- y

secundaria -constituido por empleos inestables, sin requerimiento-

os de cualificación y baja remuneración- funcionan de forma

independiente el uno del otro, tanto por lo que se refiere a la oferta y

demanda de trabajo como a la determinación del salario. Pero es

que, además, según los mismos autores, no es la educación el

factor que permite explicar las diferencias salariales, sino atributos

como el sexo, la raza o los hábitos. Al igual que en el planteamiento

de Thurow, desde las teorías de la segmentación del mercado de

trabajo se puede interpretar que los individuos inviertan en

educación como estrategia defensiva, es decir, para evitar

«quedarse» en el mercado de trabajo secundario, con pocas

expectativas de mejora económica y laboral y con la práctica

imposibilidad de acceder a otro segmento del mercado de trabajo.

Sobre la relación entre educación y productividad


Las críticas mencionadas no profundizan en la relación entre

educación y productividad más allá de asegurar que el ritmo de

crecimiento de la remuneración del trabajo no se corresponde con

el ritmo de crecimiento de los niveles educativos, o que no se

producen ajustes automáticos en el precio del trabajo en función de

la oferta y la demanda de cada nivel de cualificación. El cálculo de

la productividad, en sí mismo, es complicado, ya que, si el valor del

producto viene fijado por su precio, intervienen factores -

especialmente las relaciones de intercambio del producto- que

alteran el mismo. Es, por lo tanto, el mercado el que determina el

valor del producto. Pero la remuneración del trabajo poco tiene que

ver con el mercado. De hecho, algunos teóricos del capital humano

reconocen que las diferencias salariales pueden no ser siempre el

reflejo de las diferencias en las productividades marginales.

Bowen (1972, pág. 75), por ejemplo, se refiere a la «producción

ostentosa» cuando algunos empresarios emplean a personal

sobrecualificado, pagándoles el salario correspondiente a su

cualificación, para el desempeño de determinados empleos,

debilitándose de este modo la relación entre salario y productividad

marginal. Esto, parece poco verosímil puesto que querría decir que

los empresarios tienen motivaciones distintas a la maximización de


los beneficios a la hora de remunerar a sus empleados. Parece más

lógico pensar que la inexistencia de relación entre los salarios y la

productividad del trabajo guarda mayor relación precisamente con el

hecho de que los empresarios persigan la maximización de los

beneficios y, en consecuencia, no remuneren en función de la

productividad del trabajo.

Como han señalado Bowles y Gintis desde una perspectiva

marxista, «en la relación del trabajador con el capitalista, el

funcionamiento del mercado “es el siguiente: el aspirante a

empleado acepta poner su fuerza de trabajo a disposición del

capitalista a cambio de un salario. El trabajo real proporcionado por

el individuo no se determina, en cambio, en la esfera de las

relaciones de intercambio» . Desde el marxismo, el salario no es

expresión de la productividad del trabajador, sino que viene

determinado por la tasa de explotación del trabajador. Aun así, nada

de esto descarta que aún pueda cumplirse la primera parte de la

ecuación de la teoría del capital humano, esto es, que la educación

aumenta la productividad laboral, en la forma de otorgar

determinadas capacidades o habilidades directamente aplicables en

el proceso de trabajo. Incluso teniendo en cuenta que los

empresarios utilizan la educación superior como filtro para la


contratación (Arrow, 1991), como señal de las capacidades que

disminuye la incertidumbre (Spence, 1973), se puede asegurar que

nada tenga que ver la educación con la productividad de los

individuos. La respuesta a esta cuestión es compleja y ha dado

lugar a resultados contradictorios.

Taubman y Wales, hallaron una relación entre capacidad y salarios

a partir del segundo empleo. En su opinión, la educación superior

actuaría como filtro en el proceso de contratación, pero después los

más capacitados serían los que obtendrían mejor salario,

pudiéndose corregir así los posibles errores iniciales del proceso de

contratación. Riley, distingue entre empleos donde es fácil observar

la relación entre educación y productividad y los empleos donde no

lo es. En los segundos, la selección por educación será más

intensa, pero en los primeros la remuneración responderá a la

capacidad y, a los años de escolarización.

Con una metodología completamente distinta, Berg intentó evaluar

la relación entre educación y productividad por medio de la

observación y el cálculo de las aportaciones de diferentes grupos de

individuos. llega incluso a la conclusión inversa, de que son los

trabajadores menos cualificados los más productivos. La

imposibilidad de establecer una relación estricta y unívoca entre


educación y productividad cuestiona el supuesto «fuerte» de la

teoría del capital humano, según el cual el conocimiento adquirido

gracias a la educación proporciona la capacitación técnica que hace

al trabajador más productivo y que ésta es precisamente la causa

de un salario mayor. Sin embargo, no por no poder demostrarse

esta relación los individuos dejan de invertir en educación ni esta

inversión privada deja de ser provechosa. Sea por la segmentación

del mercado de trabajo o por los mecanismos de selección de los

empleadores, los individuos perciben el valor positivo de la inversión

educativa. diversos estudios demuestran que la educación, sobre

todo a partir de la segunda mitad del siglo xx, proporciona

beneficios monetarios y mejora los estatus ocupacionales en

términos absolutos (Carabaña, Boudon), aunque, ello no reduzca

automáticamente las desigualdades sociales. Por lo tanto, la

imposibilidad de establecer una relación entre educación y

productividad consigue explicar el fallo de la teoría del capital

humano a nivel macroeconómico (como lo demuestra el hecho de

que la tasa de crecimiento de la renta nacional sea inferior a la de la

inversión social en educación), pero no en términos

microeconómicos.
Blaug , la inversión en capital humano tiene pleno sentido desde un

punto de vista individual, porque la tasa de rendimiento es positiva,

independientemente de los factores que la expliquen (remuneración

de la productividad o acceso a las categorías socio profesionales

mejor remuneradas). Paradójicamente, la validez de la versión

«blanda» de la teoría del capital humano, que permite comprender

el fenómeno de la continua expansión de la demanda educativa y

de la sobre educación, implica que tenga sentido el gasto privado

en enseñanza, pero no así el elevado nivel de financiación pública

de los sistemas educativos. Se deteriora, uno de los argumentos

fundamentales que en los cincuenta y sesenta justificaron el

despegue del gasto público educativo en los países del capitalismo

avanzado; que la inversión pública en educación es el motor del

desarrollo y el crecimiento económico. Las implicaciones de esta

constatación son claras, tanto por lo que se refiere al giro del

discurso' político o académico, con títulos tan explícitos como La

crisis mundial de la educación (Coombs,) o, en España,

Universidad, fábrica de parados (Moreno y De Miguel, ), como por lo

que respecta a la desaceleración progresiva del gasto público

educativo.
la responsabilidad de <la educación como política social

consolidada en la década de los sesenta, provoca que cualquier

recorte en este u otro gasto social comporte un elevado precio en

términos de legitimidad del Estado (Dale, ). La actuación pública en

educación se enfrenta a una demanda educativa en expansión que

no reacciona según la «lógica de mercado» a la ruptura de la

relación entre educación y empleo, y que, a pesar del creciente paro

de titulados, intenta a través de la educación defenderse de la

proletarización.

Se produce así, específicamente en el terreno educativo, lo que

Offe denomina «crisis en la gestión de la crisis» refiriéndose a las

políticas sociales, que aparece cuando cualquier decisión

gubernamental tiene consecuencias negativas sobre la crisis fiscal

del Estado o sobre la capacidad de legitimación de este. Los

recortes en el gasto público acentúan el conflicto social, mientras

que, si el Estado responde a la presión estudiantil y de otros

movimientos sociales por medio de la expansión educativa, existirán

problemas de financiación. Además, si el mercado de trabajo no

absorbe a los titulados, la mayor sobre educación, producto de la

masificación del sistema educativo, hará aumentar el descontento

social, como lo demuestran los movimientos estudiantiles de finales


de los años sesenta. La crisis de la relación entre educación y

empleo, alteró las pautas de la racionalidad política en este terreno,

hasta entonces guiadas únicamente por la continua expansión de

los sistemas de enseñanza. La nueva situación ha impulsado a

algunos autores a considerar que, a partir de esa década, lo único

que explica el interés del Estado por la educación es el ocultamiento

del paro (Braverman,) o el mantener a los alumnos «aparcados» en

el sistema educativo (Paci,). Esta interpretación, en mi opinión,

infravalora la actuación reactiva del Estado en educación, que se

deriva directamente de la articulación y capacidad de la sociedad

civil para incidir sobre la política educativa y que plantea

importantes problemas de legitimación a la acción política. Sobre

esta cuestión volveremos más adelante, cuando nos ocupemos de

la sociología de la política educativa.

Comentarios finales

La sociología de la educación entre 1950 y 1970 se consolidó como

especialidad de la sociología. La necesidad en el período posbélico

de reestructuración económica y social de las sociedades

industriales explica además que se trate de una sociología de la

educación más estrechamente vinculada a los problemas sociales -

definidos oficialmente por los estados- que a los sociológicos.


Ello ha permitido explicar y comprender por qué el objeto de estudio

de la sociología de la educación funcionalista es el de la relación

entre educación y empleo, tanto en su dimensión técnico-

económica como en su dimensión social, tanto por lo que se refiere

a la educación como variable independiente en la explicación del

crecimiento de la renta nacional como por lo que respecta a su

capacidad estratificadora. Las críticas evaluadas y la nueva

sociología de la educación de comienzos de los setenta modificaron

el panorama de la investigación educativa, tanto desde el punto de

vista de la definición de los objetos de estudio relevantes como

desde el punto de vista metodológico.

la crisis del paradigma funcionalista de la educación, lógica y

justificada, no debe hacernos infravalorar las aportaciones

fundamentales que nos ha dejado esta orientación de la

investigación educativa.

aportaciones, avance en el uso de las técnicas de investigación

social aplicadas a la educación, conviene destacar un aspecto

fundamental que persistirá, de forma explícita o latente, en la

Sociología de la educación posterior a 1970.Se trata de la idea de la

educación como inversión, que revolucionó tanto el comportamiento

social y privado ante la educación como la propia orientación de la


investigación educativa, dando pleno sentido al estudio de la

educación desde las ciencias sociales y no solamente desde las

ciencias denominadas «de la educación». Si la educación es

inversión privada y social, la existencia de rendimiento de esta

convierte al estudio económico de la educación en fundamental, por

cuanto los costes y beneficios sociales y privados de la educación

pueden ser explicativos de los cambios en los niveles y distribución

de la renta nacional y privada. Desde un punto de vista sociológico,

la educación como inversión tiene un enorme interés porque da

lugar al estudio de la relación entre movilidad educativa y movilidad

social o al análisis de las probabilidades de acceso a la educación

de los distintos grupos sociales, sino porque, desde la sociología

crítica, se pasa a conceptualizar la educación como espacio de

relaciones de poder y de conflicto. En el capitalismo tardío la

educación es fundamental para comprender la estructura social y

los cambios en las posiciones sociales, y no solamente desde el

punto de vista económico sino también simbólico. En la terminología

de Bourdieu, la educación es constitutiva del «habitus» y, del capital

cultural de los individuos. Y esto, hace más intangibles los

beneficios de la inversión educativa, pero en ningún caso anula la

importancia del concepto, sino todo lo contrario.


Aunque el paradigma sociológico dominante cambie, debemos a la

sociología de la educación funcionalista la lucidez de identificar a

los sistemas educativos como instituciones clave para comprender

la estructura social, porque con ello cobra sentido el estudio de las

luchas por la educación y en la educación. En este sentido, las

críticas a la teoría del capital humano que se han centrado en

querer demostrar la importancia del componente de consumo de la

educación (Shaffer,), aunque no pueden considerarse

desacertadas, son ingenuas por cuanto pretenden deteriorar un

argumento que no sólo está en la base de la teoría del capital

humano, sino también en la comprensión del cambio educativo y

social de las sociedades industriales a partir de la segunda mitad

del siglo xx. las críticas hasta ahora evaluadas sobre la relación

entre educación, productividad y empleo, o acerca de la relación

entre educación e igualdad de oportunidades, son críticas «desde

dentro»; en la medida en que no se alejan de una concepción liberal

de la educación y de la estructura social ni del individualismo

metodológico. Excluyen, tanto las regularidades grupales de

comportamiento como el conflicto de clase. La crítica de Bowles y

Gintis a la teoría del capital humano es extensible a las propias

críticas hasta ahora observadas:


Al restringir su análisis a la interacción de las preferencias

individuales exógenamente dadas, las materias primas

(capacidades individuales) y las tecnologías alternativas de

producción, la teoría del capital humano excluye la importancia de la

clase y el conflicto de clase para la explicación de los fenómenos de

mercado de trabajo. Sin embargo, sólo mediante un análisis

explícito de clase se puede dar cuenta de fenómenos básicos como

la estructura de los salarios, los atributos individuales valorados en

el mercado de trabajo y las relaciones sociales del propio proceso

educativo (Bowles y Gintis ).

En la sociología funcionalista, no hay, una teoría de la reproducción

social, mientras que la teoría de la producción se reduce a

relaciones técnicas, pero no sociales. La deficiencia fundamental es

que esta omisión de la dimensión social reduce la función social de

la educación a la producción de recursos humanos útiles para el

crecimiento económico y para el cambio de estatus, e ignora tanto

el posible papel de legitimación de la educación de las

desigualdades económicas como el conflicto entre grupos para

acceder a posiciones sociales privilegiadas. Si se introduce la

consideración de que la educación I puede cumplir una función

social diferente a la asignada social y políticamente, entonces el


análisis sociológico de la educación debe cambiar totalmente: en su

aproximación teórica, en la definición del objeto y en las propias

metodologías de investigación. Esto es visible a partir de la década

de los setenta, aunque ello no significa que el cambio sea brusco ni

homogéneas las aproximaciones alternativas, tanto teórica como

empíricamente. De reflejar esta variedad nos ocuparemos en el

capítulo siguiente. Señalemos, en qué la nueva orientación de la

investigación educativa supera al paradigma funcionalista a nivel

macro y microsociológico, con lo que conseguiremos resaltar las

carencias principales de dicho enfoque. Desde un punto de vista

macrosociológico, la explicación de la relación entre educación y

sociedad incorpora tanto la dimensión social de la producción como

una teoría crítica de la relación entre educación y reproducción

social. Para la nueva aproximación, el análisis de la determinación

del salario, de las exigencias de cualificación por parte de las

empresas o de los factores condicionantes del «screening», omite la

dimensión de clase, tanto por lo que se refiere a las estrategias

como a los procesos de negociación en el mercado de trabajo. Por

otra parte, la incorporación de la variable clase social en el estudio

de la oferta y la demanda de educación -sea desde una perspectiva

neomarxista o neoweberiana- debilita el individualismo

metodológico como aproximación al estudio de los factores


explicativos del comportamiento público y privado ante la

educación. La oferta y la demanda de educación pasan a ser

consideradas críticamente, es decir, no como cálculos «racionales»

individuales o colectivos, sino como estrategias o trayectorias de

clase. En efecto, tanto desde un punto de vista material como

simbólico pueden existir comportamientos de clase que expliquen

tanto la cantidad y tipo de oferta educativa como las trayectorias de

formación de los individuos. Se parte, en consecuencia, de una

concepción del Estado completamente diferente. De la «bondad» de

la concepción del Estado liberal latente en la aproximación

funcionalista se pasa a una visión del Estado como aparato

instrumentalizado por la clase dominante o como espacio donde se

proyecta el conflicto de clases. La educación puede pasar a

entenderse como institución donde se proyectan intereses sociales,

sean éstos los de la reproducción de la propia institución o los de la

producción de la clase capitalista. En consecuencia, tanto el estudio

de qué enseñan las escuelas como de a quién enseñan debe ser

fundamental, puesto que a través de ellos pueden llegar a

dilucidarse los intereses de clase. Por otra parte, la demanda de

educación ya no puede ser entendida homogéneamente como

respuesta a las motivaciones, capacidades, aspiraciones y cálculos

racionales individuales, sino que en su definición intervienen las


estrategias de clase, cuestión especialmente importante en aquellas

clases cuya posición y reproducción social depende

fundamentalmente de la educación, tanto por lo que se refiere a la

posición económica como a los estilos de vida. Desde la nueva

aproximación al estudio sociológico de la educación el alejamiento

del paradigma funcionalista es completo, puesto que no sólo se

abandona la «bondad» de la relación entre educación e igualdad

social, sino que se identifica a la educación como institución que

contribuye a la reproducción de las posiciones de clase y, por lo

tanto, al mantenimiento de las desigualdades sociales.

Desde un punto de vista microsociológico, la teoría de la

socialización parsoniana se muestra débil tanto para el análisis de

los factores que determinan los contenidos y los mensajes en el

interior del aula, como para entender los procesos que conducen a

la motivación por el éxito o la interiorización del fracaso escolar.

Porque si la educación es un espacio de conflicto de intereses entre

los grupos o es instrumentalizada por algún grupo social, las

preferencias o las actitudes y aptitudes de los individuos no pueden

ser consideradas como exógenamente dadas, sino como procesos

que también son construidos de forma significativa en la propia

escuela. Aquello que pasa a ser relevante en el estudio de las


relaciones en el aula no es, por consiguiente, el equilibrio entre la

acción socializadora y motivadora del enseñante y los resultados

académicos, sino todo tipo de formas de reproducción de las

desigualdades que pueden estar motivadas por numerosos

factores, como el código sociolingüístico familiar, el sexo de los

individuos, los procesos de etiquetaje en el aula y las propias

expectativas del profesorado, el origen étnico del alumnado, la

socialización del profesorado, etc. La transmisión cultural en el

interior del aula, en definitiva, produce una selección en base a

criterios predefinidos y socializa con eficacia para que los individuos

interioricen su éxito o fracaso en la escuela de forma personal. La

misma idea de educación compensatoria, asociada a la privación

cultural familiar, refuerza esta idea al señalar a la familia como

causante de la falta de motivación o de las bajas aspiraciones de

los individuos. La escuela, no sólo es una institución que reproduce

las desigualdades, sino que tiene capacidad para legitimadas. Se

convierte así en una institución clave, para la reproducción sin

conflicto de las posiciones de clase. La crisis de la sociología de la

educación funcionalista, no es una crisis aislada. Coincide con la

decadencia del funcionalismo norteamericano como paradigma

dominante en la sociología (Gouldner, ), y, en general, con el

escepticismo político y académico acerca de las posibilidades del


cuantitativismo como método científico infalible. En los sesenta la

sociología experimentó un cambio, gracias al resurgimiento del

neomarxismo, sino también, un cambio epistemológico y

metodológico. La anulación funcionalista del agente perdió valor

frente a nociones más humanistas -donde destaca por su

importancia e influencia la sociología del conocimiento (Berger y

Luckman, 1988)- y de la importancia de una sociología de la acción

social que contempla el ajuste a los roles y la reproducción de la

sociedad, además de la capacidad del agente de «producir» la

sociedad a través de las relaciones sociales (Touraine, ). Desde un

punto de vista metodológico, el interaccionismo simbólico y la

fenomenología facilitaron el uso de la etnometodología y las

técnicas de análisis cualitativo dirigidas a captar las formas en que

los individuos definen la realidad social en sus interacciones

cotidianas. La «nueva sociología de la educación» de los setenta

dio respuesta a la decepción reformista de finales de la década

anterior, enfatizando el pesimismo acerca del cambio social a través

de la educación. Desde un punto de vista académico, el libro de

Michael Young, Knowledge and Control (1971), supuso un punto de

inflexión de la sociología de la educación. las direcciones de la

nueva sociología de la educación no fueron homogéneas, nada

sorprendente si tenemos en cuenta que la ruptura con el


funcionalismo se produjo tanto a nivel teórico como metodológico.

Inicialmente, la nueva sociología de la educación se ocupó mucho

más de la elaboración teórica de la relación entre educación y

sociedad que del estudio del currículum y de los procesos que

tienen lugar en el interior del aula. la segunda mitad de los setenta,

y fundamentalmente en los años ochenta, la investigación

sociológica~ de la educación, especialmente en Gran Bretaña,

«entró» en la escuela, coincidiendo con el debilitamiento de las

teorías de la reproducción. La polarización epistemológica y

metodológica entre los niveles macro y microsociológicos, la

incapacidad de establecer la relación entre ambos planos de

análisis, y el «circuito cerrado» de la idea de reproducción y su

imposibilidad para explicar el cambio educativo, acabaron por

provocar también la crisis de las teorías de la reproducción y la

aparición de nuevos planteamientos en la relación entre educación

y sociedad.

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