PARA LA CONCLUSION
5. Discusión y conclusiones Los hallazgos reportados en los estudios ya citados permiten inferir
que tanto los padres como los maestros deben estar conscientes acerca de la importancia de
evaluar el nivel de ansiedad que manifiesten los estudiantes. La asociación negativa entre
ansiedad y motivación académica durante la pandemia no deja lugar a dudas sobre la necesidad
de dotar a los profesores y estudiantes con las competencias cognitivas y actitudinales que
permitan hacer frente a la ansiedad, de manera tal que se favorezca el bienestar psicológico de los
alumnos para el fortalecimiento de sus procesos cognitivos y, consecuentemente, para el
mantenimiento de la motivación académica. Por otra parte, los hallazgos hacen suponer que los
profesores deben tomar conciencia acerca de su rol de apoyo social para los estudiantes, tanto
durante la pandemia del Covid-19, como luego de que sea superada. Para ello, el profesorado
necesita comprender cuáles son los factores que pueden favorecer u obstaculizar las trayectorias
académicas de los estudiantes, especialmente de los más vulnerables en función de sus
condiciones económicas y sociales
Dada la importancia de los apoyos para satisfacer las necesidades psicológicas básicas, y a pesar
del conocimiento acumulado sobre las condiciones que promueven el compromiso, la motivación
y el aprendizaje auténtico, muchas instituciones educativas se han visto impedidas de satisfacer las
necesidades de los estudiantes durante el repentino cambio de modalidad educativa como
producto de la pandemia del Covid-19. Obstáculos institucionales, dificultades técnicas,
deficientes apoyos y el aumento de la ansiedad, han impactado negativamente en la motivación
académica de los estudiantes y han afectado el despliegue de sus procesos cognitivos. Lo anterior,
aunado a otros factores extra-académicos como el aislamiento social, el temor al contagio, la
pérdida de fuentes de trabajo y la incertidumbre sobre el futuro, han modificado los patrones de
comportamiento y los referentes sociales de los estudiantes. Tras analizar la literatura se
desprende que ante este nuevo contexto educativo y social, no basta con que el estudiantado
posea las habilidades necesarias para realizar una tarea, sino que además se torna fundamental
mantener la actitud adecuada y la disposición para responder a las diversas demandas
académicas. En este sentido, los juicios personales sobre los niveles de autoeficacia son
determinantes, bien en sentido positivo (para mantener la motivación y favorecer un estado de
tranquilidad emocional) o por el contrario, en sentido negativo (para fomentar un estado de
inestabilidad que pudiera conducir a un eventual fracaso académico). De allí que los factores
externos como el reconocimiento, el apoyo genuino ofrecido por el docente, la confianza que se
demuestre en sus capacidades y el soporte institucional con el que cuenten, repercutirá
significativamente en la creación de un ambiente académico que reduzca la percepción de
vulnerabilidad y propenda a mantener un alto nivel de motivación de los estudiantes, incluso entre
los más desfavorecidos. En tal sentido, se sugiere la realización de nuevos estudios orientados a
identificar y analizar los predictores de la motivación académica, lo cual se torna esencial para
comprender la naturaleza de los factores que pueden condicionar las trayectorias académicas de
los estudiantes en un contexto caracterizado por las limitaciones impuestas por la pandemia. De
igual modo sería interesante realizar un estudio comparado sobre la forma como se han alterado
los procesos cognitivos entre estudiantes de diferentes niveles educativos y condiciones sociales, a
fin de comprender los factores que determinan el despliegue de los mecanismos de motivación
intrínseca. En cuanto a la motivación extrínseca se sugiere la realización de investigaciones bajo la
modalidad de estudios de casos, con un enfoque cualitativo, que permitan comprender las
prácticas llevadas a cabo por escuelas y universidades en diferentes espacios socio-contextuales.
De ese modo se espera obtener una comprensión profunda y detallada acerca de las iniciativas y
experiencias llevadas a cabo por estos centros educativos, y facilitar así la construcción de un
marco ontológico y metodológico que fundamente eventuales intentos de trasformación
institucional.
Recientemente se cumplió un año desde el primer anuncio de la suspensión de las clases
presenciales en América Latina y el Caribe. La pandemia sacudió al mundo educativo como nunca
lo hubiéramos podido imaginar.
En la actualidad el virus continúa en expansión en la región, con la presencia
de nuevas variantes como en el caso de Brasil, nuevos confinamientos como en Perú, y un acceso
muy limitado a vacunas en la gran mayoría de países. En esta coyuntura, tan similar al escenario
del 2020, la vuelta a clases presenciales se ve muy lejana en gran parte de los países.
En su momento más álgido, más de 165 millones de estudiantes de la región se vieron
afectados por la interrupción de clases presenciales por hasta casi 10 meses consecutivos. Los
efectos de la pandemia en el ámbito educativo apenas se pueden describir y contabilizar con el
paso de los meses. Las estimaciones y presunciones iniciales parecen ser insuficientes frente al
duro escenario que viven nuestros países. De lo que no cabe duda es que los efectos de la crisis
en educación no se podrán mitigar solo con la reapertura física de las escuelas.
Se espera que un número elevado de estudiantes no vuelvan a las aulas. Al menos 1,2
millones de niños, niñas y adolescentes podrían quedar excluidos de sus sistemas educativos en
América Latina y el Caribe, sumándose a los 7,7 millones que no asistían regularmente a la
escuela antes de la crisis sanitaria. Si bien los efectos de la pandemia sobre los aprendizajes
todavía no se han medido sistemáticamente en todos los países, algunos estudios iniciales
para Chile y México indican que la pérdida de aprendizajes será una constante en el eventual
regreso a clases presenciales. Otras estimaciones para América Latina muestran un escenario más
pesimista aun: la pandemia podría causar una pérdida de 0,9 años de escolaridad en promedio. A
esto se le suman los efectos sobre la salud mental de los estudiantes, padres de familia,
cuidadores y docentes.
La pandemia ha dejado expuestas como nunca las desigualdades presentes en educación.
Los sistemas educativos de la región viven un escenario cada vez más complejo, debido a tres
elementos: la incertidumbre sobre el riesgo de contagio en los centros educativos, las diversas
respuestas dadas por los gobiernos en torno a la reapertura de centros educativos y la propagación
propia del virus. Desde el inicio se percibió el efecto que la pandemia tendría en las desigualdades
educativas ya existentes. No es que se generaron nuevas: se ahondaron las previas.
Durante el 2020, los sistemas educativos reaccionaron inmediatamente al shock del cierre
generalizado de las escuelas (educación en línea, entrega de material impreso o con programas en
radio o tv). Pero las respuestas que se brindaron a la emergencia chocaron con los límites de las
capacidades institucionales existentes. En este contexto, las tareas de los gobiernos se tornan
cada vez más compleja; además, las decisiones en el sector son altamente sensibles con potencial
impacto sobre buena parte de la población. No solo la adopción de medidas, sino la ausencia de
decisiones genera una reacción inmediata en medios periodísticos y redes sociales, tornando más
difícil aún la posibilidad de generar respuestas o consensos sobre el (mejor) curso de acción a
seguir. Pensar en una posible reapertura de las escuelas, pese a ser uno de los escenarios más
deseables en los países, sigue siendo una aspiración de muchos a la vez que uno de los temas
pendientes y más álgidos en las agendas gubernamentales.
Sin embargo, los desafíos institucionales no se suscriben solo al retorno a clases
presenciales sino a los posibles cambios que se verán en varios sistemas educativos en los
próximos años. El cierre permanente de centros privados pondrá más presiones sobre el sistema
público, porque deberán absorber a los estudiantes provenientes de los centros que cierran. Los
esfuerzos por reabrir las escuelas también enfrentarán la resistencia de los gremios de maestros
ante la reapertura de las escuelas y las opiniones encontradas de los padres que temen por la
salud de sus hijos y familias, al mismo tiempo que se encuentran con la necesidad de trabajar fuera
del hogar, en especial las madres.
Dado los costos que implica tener las escuelas cerradas físicamente, urge plantearse
alternativas de política que permitan contener los efectos de la pandemia en el corto plazo y
reflexionar sobre cómo se configurará la oferta educativa a partir de la crisis ocasionada por el
COVID-19. Las agendas y discusiones educativas de este y los próximos años deberían centrarse,
como mínimo, en:
Desarrollar estrategias para identificar aquellos que están en riesgo de abandono y focalizar
las políticas para prevenir abandono y brindar conectividad a los que no logran aprender por
falta de acceso a computador/radio/televisión.
Mejorar las condiciones sanitarias de las escuelas para garantizar la seguridad de los
centros y posibilitar el distanciamiento físico. Contar con lavamanos, ventilación, distribución
de alimentos y transporte.
Mejorar la infraestructura tecnológica, el equipamiento digital y la preparación de los
docentes en habilidades digitales, así como ampliar la conectividad a internet y mejorar la
calidad del servicio en las escuelas y los hogares.
Combinar educación presencial y remota mediada por tecnología, llamado modelo de
“educación híbrida” y adaptar currículos, ajustar pedagogías y desarrollar y priorizar
contenidos para distintos modelos de educación a distancia y educación presencial.
Capacitar a los docentes para la educación a distancia, en habilidades digitales, pedagogías
para un modelo de educación remoto, con especial énfasis en identificar metodologías
efectivas de enseñanza en línea y en persona, con apoyo en el desarrollo de habilidades
socioemocionales para afrontar los desafíos de salud mental de los estudiantes.
Apoyar a los padres con herramientas y proveer estrategias de contención socioemocional a
los estudiantes.
Para disminuir el abandono escolar -previo y post-pandemia- se planten las siguientes
estrategias:
Reducir las dificultades para continuar con sus trayectorias educativas, lo cual implica
fortalecer el apoyo familiar y brindar respaldo financiero (mediante transferencias monetarias
condicionadas y becas);
Diseñar e implantar sistemas de pronta detección del riesgo de abandono;
Brindar un entorno escolar seguro y una oferta de aprendizaje flexible y
Promover la finalización de la educación secundaria entre los varones para reducir la brecha
de género en la graduación, en particular para los países del Caribe.
Como se puede apreciar, los desafíos son muchos. Los retos se agrandan si consideramos el
difícil contexto económico actual. Pero tampoco hay muchas opciones disponibles. Y menos, aún,
tiempo: el presente y futuro de una generación de niños, niñas y adolescentes depende de cómo
se afronten aquellos. Evitar una generación perdida, ese debería ser el camino de la política
educativa en LAC.