Charles Taylor
La ética de la autenticidad
Introducción de Carlos Thiehaut
Ediciones Paidós
I.C.E. de la llnivl'I'sidad Autónoma de Barcelona
Barcelolla - lIUI'llOS Aires - l\léxico
Título original: TI/(~ mala/se f?(mo(/erni'.Y
Publicado en ingli's por Ilouse of AniJnsi Press Limited
Tradll('ciún dI' Pablo Carhajosa Pi'rez
Cubierta de l\lario Eskenazi
1: edición, 1994
(Jul'tlan I iguroSilllll'nte prohihidas, sin la aUlórización escrita de los titulan's
<Id "(:oppight", bajo las 'dlU"iones ('staulet"¡dils en las leyes l la n'produccü11l totill
11 !JI" ¡al dt' ('sta ohra por cualquier lIlt!lOdo o pron.·dimiclllo, compn.-'IHlidos
l.. 'ogl'afiOl )' (,1 Irilli.ll1lit'nto illfonHatico, y la distrilHlción de ejemplares de ella
111( dlallll' alquiler o préstamo publictls.
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•
1
TRES FORMAS DE MALESTAR
Quisiera referirme en lo que sigue a algunas de las for-
mas de malestar de la modernidad. Entiendo por tales aque-
llos rasgos de nuestra cultura y nuestra sociedad contempo-
ráneas que la gente experimenta como pérdida o declive, aun
a medida que se «desarrolla» nuestra civilización. La gente
tiene en ocasiones la impresión de que se ha producido un
importante declive durante los últimos años o décadas, des-
de la Segunda Guerra Mundial, o los años 50, por ejemplo.
y en algunas ocasiones, la pérdida se percibe desde un pe-
ríodo histórico mucho más largo, contemplando toda la era
moderna desde el siglo XVII como marco temporal de decli-
ve. Sin embargo, aunque la escala temporal puede variar
enormemente, existe cierta convergencia sobre la temática
del declive. A menudo se trata de variaciones sobre unas
cuantas melodías centrales. Yo deseo destacar aquí dos te-
mas centrales, para pasar luego a un tercero que se deriva
en buena medida de estos dos. Estos tres temas no agotan
en modo alguno la cuestión, pero apuntan a buena parte de
lo que nos inquieta y confunde de la sociedad moderna.
Las inquietudes a las que voy a referirme son bien cono-
cidas. No hace falta recordárselas a nadie; son continuamente
objeto de discusión, de lamentaciones, de desafío, y de argu-
mentaciones a la contra en todo tipo de medios de comuni·
cación. Esto parecería razón suficiente para no hablar más
de ellas. Pero creo que ese gran conocimiento esconde per-
plejidad; no comprendemos realmente esos cambios que nos
inquietan, el curso habitual del debate sobre los mismos en
realidad los desfigura y nos hace por tanto malinterpretar
lo que podemos hacer respecto a ellos. Los cambios que de-
finen la modernidad son hien conocidos y desconcertantes
\8 LA UICA DE LA AUTENTICIDAD
la vez, y ésa es la razón por la que todavía vale la pena ha-
'el
blar de ellos. .
(1) La primera fuente de preocupación la constituye el in-
dividualismo. Por supuesto, el individualismo también desig-
na lo que muchos considerine1Iogro más admirable de la
civilización moderna. Vivimos en un mundo en el que las per-
60nas tienen derecho a elegir por sí mismas su propia regla
de vida, a decidir en conciencia qué convicciones desean
adoptar, a determinar la configuración de sus vidas con una
completa variedad de formas sobre las que sus antepasados
no tenían control. Y estos derechos están por lo general de-
Fendidos por nuestros sistemas legales. Ya no se sacrifica,
por principio, a las personas en aras de exigencias de órde-
nes supuestamente sagrados que les transcienden.
Muy pocos desean renunciar a este logro. En realidad, mu-
chos piensan que está aún incompleto, que las disposiciones
económicas, los modelos de vida familiar o las nociones tra-
dicionales de jerarquía todavía restringen demasiado nues-
tra libertad de ser nosotros mismos. Pero muchos de noso-
tros nos mostramos también ambivalentes. La libertad
moderna se logró cuando conseguimos escapar de horizo"n-
(es morales del pasado. La gente solía considerarse como par-
te de un orden mayor. En algunas casos, se trataba de un or-
den cósmico, una «gran cadena del Ser», en la que los seres
humanos ocupaban el lugar que les correspondía junto a los
ángeles, los cuerpos celestes y las criaturas que son nues-
tros congéneres en la Tierra. Este orden jerárquico se refle-
jaba en las jerarquías de la sociedad humana. La gente se
encontraba a menudo confinada en un lugar, un papel y un
puesto determinados que eran estrictamente los suyos y de
los que era casi impensable apartarse. La libertad moderna
sobrevino gracias al descrédito de dichos órdenes.
Pero al mismo tiempo que nos limitaban, esos órdenes
daban sentido al mundo y a las actividades de la vida social.
Las cosas que nos rodean no eran tan sólo materias primas
o instrumentos potenciales para nuestros proyectos, sino que
tenían el significado que les otorgaba su lugar en la cadena
oel ser. El águila no era solamente un ave como otra cual-
TRES FORMAS DE. MALESTAR 39
quiera, sino el rey de un dominio de la vida animal. Del mis- ~,
mo modo, los rituales y normas de la sociedad tenían una i
significación que no era meramente instrumental. Al descré-
dito de esos órdenes se le ha denominado "desencantamien~
to» del mundo. Con ello, las cosas perdieron parte desli
·magia.
Durante un par de siglos se ha venido desarrollando un
enérgico debate para saber si esto suponía o no un beneficio
inequívoco. Pero no es en esto en lo que quiero centrarme
aquí. Quiero antes bien examinar lo que algunos estiman que
han sido sus consecuenCias para la vida humana y el senti-
do de la misma. Repetidas veces se ha expresado la inquie-
tud de que el individuo perdió algo importante además de
esos horizontes más amplios de acción, sociales y cósmicos.
Algunos se han referido a ello como si hablaran de la pérdi-
da de la dimensión heroica de la vida. La gente ya no tiene
fa sensación de contar con un fin más elevado, con algo por
lo que vale la pena morir. Alexis de Tocqueville hablaba a
veces de este modo en el pasado siglo, refiriéndose a los "pe-
tits et vulgaires plaisirs» que la gente tiende a buscar en épo-
cas democráticas.· Dicho de otro modo, sufrimos de falta de
pasión. Kierkegaard vió la «época presentell en esos térmi-
nos. y los "últimos hombresll de Nietzsche son el nadir fi-
nal de este declive; no les quedan más aspiraciones en la vida
que las de un «lastimoso bienestarll. 2 Esta pérdida de fina-
lidad estaba ligada a un angostamiento. La gente perdía esa
visión más amplia porque prefería centrarse en su vida indi-
vidual. La igualdad democrática, dice Tocqueville, lleva lo in-
dividual hacia sí mismo, «et menace de le renfermer enfin
tout entier dans la solitude de son propre coeur».3 En otras
palabras, el lado obscuro del individualismo supone centrar-
1. Alexis de Tocqueville, De la Démocratie en Amérique, vol. 2 (París,
Garnier·Flammarion, 1981), pág. 385 (versión castellana: La democracia en
América, Madrid, Aguilar, 1990).
2.• Erbarmliches Behagen»; Friedrich Nietzsche, Also sprach Zarathus-
tra, Prólogo de Zaratuslra, secc. 3 (versión castellana: As{ habló Zaratus·
tra, Madrid, Alianza Editorial, 1982).
3. Tocqueville, De la Démocratie. pág. 127.
tO LA fOTlCA DE LA AUTENTICIDAD
-;c en el yo, lo que aplana y estrecha a la vez nuestras vidas,
las empobrece de sentido, y las hace perder interés por los
demás o por la sociedad.
Esta inquietud ha salido recientemente a la superficie en
la preocupación por los frutos de la "sociedad permisiva»,
la conducta de la «generación del yo» o la preeminencia dd
«narcisismo», por tomar sólo tres de las formulaciones con-
temporáneas más conocidas. La sensación de que sus vidas
se han vuelto más chatas y angostas, y de que ello guarda
relación con una anormal y lamentable autoabsorción, ha re-
tornado en formas específicas de la cultura contemporánea.
Con ello queda definido el primer tema que deseo tratar.
(2) El desencantamiento del mundo se relaciona con otro
fenómeno extraordinariamente importante de la era moder-
na, que inquieta también enormemente a muchas personas.
Podriamos llamarlo primacía de la razón instrumental. Por
«razón instrumental; entiendo la clase de racionalidad de
la que nos servimos cuando calculamos la aplicación más
económica de los medios a un fin dado. La eficiencia máxi-
ma, la mejor relación coste-rendimiento, es su medida del
éxito.
Sin duda suprimir los viejos órdenes ha ampliado inmen-
samente el alcance de la razón instrumental. Una vez que la
sociedad deja de tener una estructura sagrada, una vez que
las convenciones sociales y los modos de actuar dejan dc cs-
lar asentados en el orden de las cosas o en la voluntad de
Dios, están en cierto sentido a disposición de cualquiera. Pue-
den volver a concebirse con todas sus consecuencias, tenien-
do la felicidad y el bienestar de los individuos como meta.
La norma que se aplica entonces en lo sucesivo es la de la
razón instrumental. De forma similar, una vez que las cria-
turas que nos rodean pierden el significado que correspon-
día a su lugar en la cadena del ser, están abiertas a que se
las trate como materias primas o instrumentos de nuestros
proyectos.
En cierto modo, cste cambio ha sido liberador. Pero tam-
bién existe un extendido desasosiego ante la razón instrumen-
tal de que no sólo ha aumentado su alcance, sino que ade-
z
TRES FORMAS DE MALESTAR 41
más amenaza con apoderare de nuestras vidas. El temor se
cifra en que aquellas cosas que deberían determinarse por
medio de otros criterios se decidan en términos de eficien-
cia o de análisis «coste-beneficio», que los fines independien-
tes que deberían ir guiando nuestas vidas se vean eclipsa-
dos por la exigencia de obtener el máximo rendimiento. Se
pueden señalar muchas cosas para poner en evidencia esta
preocupación: así por ejemplo, las formas en que se utiliza
el crecimiento económico para justificar la desigual distri-
bución de la riqueza y la renta, o la manera en que esas exi-
gencias nos hacen insensibles a las necesidades del medio
ambiente, hasta el punto del desastre en potencia. O si no,
podemos pensar en la forma en que buena parte de nuestra
planificación social en terrenos cruciales como la valoración
de riesgos, se ve dominada por formas de análisis costc-
beneficio que encierran cálculos grotescos, asignando una
valoración en dólares a la vida humana. 4
La primacía de la razón instrumental se hace también evi-
dcnte en el prestigio y el aura que rodea a la tecnología y
nos hace creer que deberíamos buscar soluciones tecnológi-
cas, aun cuando lo que se requiere es algo muy diferente. Con
bastante frecuencia observamos esto en el orden de la polí-
tica, tal como Bellah y sus colegas sostienen enérgicamente
en su último Iibro. s
Pero también invade otros terrenos, como el de la medi-
cina. Patricia Benner ha argumentado en una serie de im-
portantes trabajos que el enfoque tecnológico de la medicina
ha dejado a menudo de lado el tipo de atención que conlleva
tratar al paciente como una persona completa con una tra-
yectoria vital, y no como punto de un problema técnico. La
sociedad y el estamento médico con frecuencia minusvalo-
ran la aportación realizada por las enfermeras, que en la ma-
yor parte de los casos son las que proporcionan esa atención
4. Sobre lo absurdo de estos cálculos, véase R. Bcllah y otros, Tlle Good
Sociely (Bcrkcley, University of California p¡·css, 1991), págs. 114·119.
5. Bcllah y otros, Tlle Goad Sacie/y (Berkeley, University of California
Press, 1991), capítulo 4.
42 LA ÉTICA DE LA AUTENTICIDAD
sensible y humana, en contraposición a los especialistas im-
buidos de sus saberes de alta tecnología. 6
Se piepsa también que el lugar dominante que ocupa la
tecnología ha contribuido a ese aplanamiento y estrecha-
miento de nuestras vidas que he ido discutiendo en relación
con el primer tema. La gente se ha hecho eco de esa pérdida
de resonancia, profundidad o riqueza de nuestro entorno hu-
mano. Hace casi 150 años, Marx, en el Manifiesto Comunis-
ta, observó que uno de los resultados del desarrollo capita-
lista era que «todo lo que es sólido se desvanece en el aire».
La afirmación de que los objetos sólidos, duraderos, expre-
sivos, que nos servían en el pasado están siendo apartados
en beneficio de las mercancías sustituibles, rápidas y de pa-
cotilla de las que nos rodeamos. Albert Borgman habla del
«paradigma del artefacto», por el cual nos abstenemos cada
vez más del «compromiso manifiesto» con nuestro medio y,
por el contrario, pedimos y obtenemos productos destinados
a proporcionarnos un beneficio restringido. Contrapone lo
que supone tener calefacción en casa, en forma de caldera
de calefacción central, con lo que esta misma función entra-
ñaba en los tiempos de los colonizadores, cuando la familia
entera tenía que dedicarse a la tarea de cortar y recoger leña
para la estufa o el hogar. 7 Borgman parece incluso hacerse
eco de la imagen de Nietzsche de los «últimos hombres»
cuando argumenta que la primitiva promesa de liberación
de la tecnología puede degenerar en <da consecución de un
frívolo bienestar» (pág. 39). Hanna Arendt se centró en la ca-
lidad cada vez más efímera de los ~odernos objetos de uso
y sostuvo que <da realidad y fiabilidad del mundo humano
descansa primordialmente en el hecho de que estamos ro-'
deados de cosas más permanentes que la actividad por me-
6. Véase especialmente Patricia Benner y Judith Wrubel, The Primacy
of Carülg: Stress alld Coping in Health and Illness (Menlo Park, CA. Addison-
Wesley, 1989).
7. Albert Borgrnan, Teclznology and the Character of COIltemporary Life
(Chicago, University of Chicago Press, 1984), págs. 41-42.
l_..
TRES FORMAS DE MALESTAR 43
dio de la cual se producen».8 Esta permanencia se ve ame-
nazada en un mundo de mercancías modernas.
Este sentido de la amenaza se incrementa con el conoci-
miento de que esta primacía no es cosa tan sólo de orienta-
ción inconsciente, a la que nos vemos empujados y tentados
por la edad moderna. Como tal, sería bastante difícil de com-
batir, aunque cedería al menos ante la persuasión. Pero está
claro que poderosos mecanismos de la vida social nos pre-
sionan en esta dirección. Una ejecutiva de gestión puede verse
forzada por las condiciones del mercado a adoptar, a despe-
cho de su propia orientación, una estrategia maximizadora
que juzgue destructiva. Un funcionario, a despecho de su in-
tuición personal, puede verse forzado por las reglas bajo las
que trabaja a tomar una decisión que sabe que va en contra
de la humanidad y el buen sentido.
Marx y Weber y otros grandes teóricos han explorado esos
mecanismos impersonales, a los que Weber designó con el
evocador término de «la jaula de hierro». y algunos han que-
rido extraer de estos ánálisis la conclusión de que estamos
del todo desamparados frente a esas fuerzas, o como mini-
mo desamparados mientras no desmantelemos totalmente
las estructuras institucionales con las que nos hemos esta-
do desempeñando durante los últimos siglos, a saber, el mer-
cado y el Estado. Esta aspiración parece hoy tan irrealiza-
ble que es tanto como declararnos impotentes.
Quiero volver más tarde sobre esta cuestión, pero creo que
estas firmes teorías de la fatalidad son abstractas y erróneas.
Nuestro grado de libertad no es igual a cero. Tiene sentido
reflexionar sobre cuáles deberían ser nuestros fines, y si la
razón instrumental debería tener menos incidencia en nues-
tras vidas de la que tiene. Pero la verdad de estos análisis
es que no es sólo cuestión de cambiar la actitud de los indi-
viduos; no se trata tan sólo de una batalla por ganarse «los
corazones y las mentes », siendo importante como es. El cam-
8. Hannah Arendt, The Human Conditioll (Garden City, NJ, DoubleJay,
Anchor Edition, 1959), pág. 83. (versión castellana: LA cmzdición humana,
Barcelona, Paidós, 1993).
44 LA ÉTICA DE LA AUTENTICIDAD
.:....-~'v
bio en este terreno tendrá que ser también institucional, aun-
que no pueda ser tan tajante y total como el "que propusie-
ron los grandes teóricos de la revolución.
(3) Ello nos lleva al plano de la política, y a las temidas
consecuencias para la vida política del individualismo y de
la razón instrumental. Ya he mencionado una de ellas. Se tra-
ta de que las instituciones y estructuras de la sociedad'
tecnológico-industrial limitan rigurosamente nuestras opcio-
nes, que fuerzan a las sociedades tanto como a los individuos ~
a dar a la razón instrumental un peso que nunca le concede-
ríamos en una reflexión moral seria, y que incluso pued~ se;!"
enormemente destructiva. Un ejemplo pertinente lo consti-
tuyen nuestras grandes dificultades para enfrentarnos a las
amenazas vitales a nuestra existencia provenientes de desas-
tres medioambientales, como la que supone una capa de ozo-
no cada vez más tenue. Se puede observar cómo la sociedad
estructurada en torno a la razón instrumental nos impone
una gran pérdida de libertad, tanto a los individuos como
a los grupos, debido a que ~() son sólo nuestras decisionesl
las configuradas por estas fuerzas. Es difícil mantener un
e:,tilo de vida individual contra corriente. Así, por ejemplo, .
la planificación de algunas ciudades modernas hace difícill
moverse por ellas sin coche, en especial allí donde se ha ero- •
sionado el transporte público en favor del automóvil privado.)'
Pero hay otra clase de pérdida, que ha sido también am-
pliamente discutida, de forma memorable sin parangón, por
Alexis de Tocqueville. En una socied¡:¡d en la que la gente ter-
mina convirtiéndose en ese tipo de individuos que están «en-
cerrados ensus corazones», pocos querrán participar acti:
va menteen su atltogObTerno. Preferirán quedarse en casa y
gozar de las satisfacciones de la vida privada, mientras el
gobierno proporciona los medios para el logro de estas sa-
tisfacciones y los distribuye de modo general.
Con ello se abre la puerta al peligro de una nueva forma
específicamente moderna de despotismo, a la que Tocquevi="
lle llama despotismo «blando». No será una tiranía de t-úror
yopresión como las de tiempos pretéritos. El gobierno será
suave y paternalista. Puede que mantenga incluso formas de-
b
TRES FORMAS DE MALESTAR 45
mocráticas, con elecciones periódicas. Pero en realidad, todo
se regirá por un «inmenso poder tutelar»,9 sobre el que la
gente tendrá poco control. La única defensa contra ello, pien-
sa Tocqueville, consiste en una vigorosa cultura política en
la que se valore la participación, tanto en los diversos nive-
les de gobierno como en asociaciones voluntarias. Pero el ato-
mismo del individuo absorto en sí mismo milita en contra
dé esto. Cuando disminuye la participación, cuando se ex-
tTnguen las asociaciones laterales que operaban como vehí-
culo de la misma, el ciudadano individual se queda solo fren-
te al vasto Estado burocrático y se siente, con razón,
im.E2tente. Con ello se desmotiva al ciudadano aún más, y
se cierra el círculo vicioso del d'espotismo blando.
Acaso algo parecido a esta alienación de la esfera públi-
ca y la consiguiente pérdida de control político está tenien-
do lugar en nuestro mundo político, altamente centralizado
y burocrático. Muchos pensadores contemporáneos han con-
siderado profética la obra de Tocqueville. 1O Si es éste el caso,
lo que estamos en peligro de perder es el control de nuestro
destino, algo que podríamos ejercer en común como ciuda-
danos. Es a esto a lo que Tocqueville llamó «libertad políti-
ca». Laque se ve aquí amenazada es nuestra dignidad como
Ciudadanos. Los mecanismos impersonales antes menciona-
dos pueden reducir nuestro grado de libertad como socie-
dad, pero la pérdida de libertad política vendría a significar
que hasta las opciones que se nos dejan ya no serían ohjeto
de nuestra eleción como ciudadanos, sino de la de un poder //
tutelar irresponsable.
Éstas son, por lo tanto, las tres formas de malestar sobre
la modernidad que deseo discutir en este libro. El primer te-
mor estriba en lo que podríamos llamar pérdida de sentido,
la disolución de los horizontes morales. La segunda concier-
t. ne al eclipse de los fines, frente a una razón instrumental de-
9. Tocqueville, De la Dél1locratie, pág 385.
lO. Véase, por ejemplo, R. Bellah y otros, Habits of the Heart (Berkeley,
University of California Press, 1985), (versión castellana: HJbitos del cora-
zón, Madrid, Alianza Editorial, 1989).
46 LA I?TICA DE LA AUTENTICIDAD
senfrenada. Y la tercera se refiere a la pérdida de libertad. l:J
Por supuesto, estas ideas no están libres de controversia.
He hablado de inquietudes que son generales y he mencio-
nado a irifluyentes autores, pero sin llegar a ningún acuer-
do. Hasta quienes comparten en cierta forma estas preocu-
paciones discuten enérgicamente sobre la manera en que
deberían formularse. Y hay mucha gente que desea desechar-
las sin más. Los que se hallan profundamente inmersos en
la «cultura del narcisismo)} creen que quienes muestran ob-
jeciones a la misma ansían una era anterior, más opresora.
Los adeptos de la razón tecnológica moderna creen que los
críticos de la primacía de lo instrumental son reaccionarios
y obscurantistas, que proyectan negar al mundo los benefi-
cios de la cíencia. Y están los defensores de la mera libertad
negativa, que creen que el valor de la libertad política está
sobrevalorado, y que una sociedad en la que la gestión polí-
tica se combine con la máxima independencia para cada in-
dividuo es lo que debiéramos proponernos como meta. La
modernidad tiene sus detractores y defensores.
No hay acuerdo alguno en nada de esto, y el debate conti-
núa. Pero en el curso de este debate, la naturaleza esencial
de estos cambios, que son, ora censurados, ora elogiados, es
con frecuencia malentendida. Y como resultado, la natura-
leza real de las opciones morales que deben tomarse queda
oscurecida. En particular, sostendré que el camino correcto
que debe tomarse no es ni el recomendado por los defenso.
res categóricos, ni el favorecido por los detractores en tod~
regla. Tampoco nos proporcionará la respuesta un simpleiri-
tercambio entre las ventajas y el precio a pagar por el indi-
vidualismo, la tecnología y la gestión burocrática. La natu-
raleza de la cultura moderna es más sutil y compleja. Quiero
afirmar que tanto defensores como detractores tienen razón,
pero de una forma a la que no se puede hacer justicia me-
diante un simple intercambio entre ventajas y costes. En rea-
lidad hay mucho de admirable y mucho de degradado y ate-
rrador en los desarrollos que he ido describiendo, pero
comprender la relación entre ambos es comprender que la
cuestión no estriba tanto en saber qué parte del precio ha
z
TRES FORMAS DE MALESTAR 47
de pagarse en consecuencias perjudiciales por los frutos po-
sitivos, sino más bien en cómo guiar estos cambios hacia su
mayor promesa y evitar que se deslicen hacia formas ya de-
gradadas.
No dispongo ahora del espacio que necesitaría para tra-
tar estos temas tal como merecen, por lo que propongo to-
mar un atajo. Emprenderé la discusión del primer tema, re-
ferente a los peligros del individualismo y la pérdida de
sentido. Proseguiré esta discusión con cierta extensión. Ha-
biendo derivado alguna idea de cómo debería abordarse esta
cuestión, sugeriré la forma en que podría discurrir un tra-
tamiento similar de las dos restantes. La mayor parte de la
discusión se centrará por tanto en el primer eje de esta preo-
cupación. Examinemos con más detalle de qué forma apare-
ce hoy en día.
- - - - - - - -
11
. EL DEBATE INARTICULADO
Podemos encontrarlo en las páginas de un libro reciente
de ABan Bloom, de gran influencia en los Estados Unidos,
The Closing of the American Mind (El cierre de la mente mo-
derna). El libro en sí constituyó un fenómeno ciertamente no-
table: obra de un teórico político universitario acerca del cli-
ma de opinión de los estudiantes de hoy en día, se mantuvo
en la lista de libros más vendidos del New York Times du-
rante varios meses, con gran sorpresa de su autor. Había to-
cado una fibra sensible.
La posición que adoptaba se mostraba severamente crí-
tica con la juventud cultivada de hoy en día. El rasgo princi-
J pal que advertía en su visión de la vida era su aceptación de
un relativismo bastante acomodaticio. Todo el mundo tiene
sus propios «valores», y es imposible argumentar sobre los
mismos. Pero como Bloom hacía notar, no se trataba simple-
mente de una posición epistemológica, de una visión sobre
los límites de lo que la raZÓn puede dar por sentado; tam-
bién se sostenía como posición moral: no deberían ponerse
en tela de juicio los valores del otro. Eso es de su incumben-
" cia, pertenece a su elección vital y debería ser motivo de res-
peto. El relativismo se fundaba en parte en el principio de
respeto mutuo.
En otras palabras, el relativismo era en sí mismo un vás-
V tago de una forma de individualismo, cuyo principio es al-
go parecido a esto: todo el mundo tiene derecho a desarro-
llar su propia forma de vida, fundada en un sentido pro-
pio de lo que realmente tiene importancia o tiene valor. Se
les pide a las personas que sean fieles a sí mismas y bus-
quen su autorrealización. En qué consiste esto debe, en úl-
tima instancia, determinarlo cada uno para sí mismo. Nin-
50 LA ÉTICA DE LA AUTENTICIDAD
guna otra persona puede tratar de dictar su contenido.
Ésta es hoy por hoy una postura bastante conocida. Re-
fleja 10 que podríamos llamar el individualismo de la auto-
rrealización, tan extendido en nuestra época, y que se há for-
talecido especialmente en las sociedades occidentales desde
los años 60. Ha sido recogido y discutido en otros libros in-
fluyentes: Tlze Cultural Contradictions 01 Capitalism, I de Da-
niel Bel1, The Culture 01 Narcissism y The Minimal Self, de
Christopher Lasch, y L'ere du vide,2 de Gilles Lipovetsky.
El tono de preocupación es perceptible en todos ellos, aun-
que quizá con menos intensidad en Lipovetsky. Discurre si-
guiendo las líneas que esbocé a propósito de mi primer tema.
Este individualismo entraña centrarse en el yo junto a una.
v' obturación concomitante, o una inconsciencia incluso, de las
grandes cuestiones o inquietudes que trascienden al yo, sean
religiosas, políticas o históricas. Como consecuencia, la vida
se angosta y se achata. 3 Y la preocupación se desborda so-
bre ese tercer espacio que he descrito: a estos autores les in-
quietan las consecuencias políticas posiblemente extremas
de este desplazamiento cultural.
Bien es verdad que estoy de acuerdo con muchas de las
críticas que estos autores hacen a la cultura contemporánea.
Como explicaré de inmediato, c..reo que el relativismo amplia-
mente adoptado hoy en día constituye un profundo error, y
en ciertos aspectos hasta se autoanula. Parece cierto que la
cultura de la autorrealización ha llevado a muchas personas
1. Versión castellana: Las contradiciones culturales del capitalismo, Ma-
drid, Alianza Edi torial, 1977. [T.]
2. Versión castellana: La era del vacío, Barcelona, Anagrama, 1987. [T.]
3. Esta imagen aparece en Bloom, The Closing o{ the American Mind
(Nueva York, Simon and Schuster, 1987) (versión castellana: El cierre de
la mente modema, Barcelona, Plaza y Janés, 1989): -La pérdida de los Ii·
bros les ha vuelto más estrechos y más chatos. Más estrechos porque les
falta lo que es más necesario, una base real de descontento con el presente
y de conciencia de que hay alternativas al mismo. Se muestran a la vez más
satisfechos con lo que hay y desesperan de poder llegar a escapar alguna
vez de ello (...) Más chatos, porque sin la interpretación de las cosas, sin
la poesía o la actividad de la imaginación, sus almas son como espejos, no
de la naturaleza, síno de lo que les rodea» (pág. 61).
EL DEBATE INARTICULADO 51
a perder de vista aquellas preocupaciones que les transcien-
den. Y parece obvio que ha adoptado formas trivializadas y
autoindulgentes. Esto puede tener incluso como resultado
una especie de absurdidad, a medida que surgen nuevas for-
mas de conformidad entre aquellas personas que se esfuer-
t1 zan por ser ellas mismas, y más allá de ello, ~uevas formas,
l de dependencia, conforme aquellas personas inseguras de su; V
-o identidad se vuelven hacia toda suerte de expertos y guías i
autodesignados, que se envuelven en el prestigio de la cien-j
cia o en una cierta espiritualidad e x ó t i c a . -
Pero hay algo a lo que quiero, sin embargo, resistirme ante
el empuje de los argumentos que presentan estos autores. V
Aparece en Bloom de forma clarísima, quizás con máxima
contundencia\insu tono de despre-¿~Q por la cultura que está
describiendo. 'No párece reconocer qu~_~?,j~teun pº4~r2§.Q.
ideal moral ~!1 ª~cj9n, por degradada y paródica que pueda .¡
ser su expresión. ~l ideal_I!l~r.:~JJl.u.<:-~<>'S_~_~ll~_aJ~ ªlJ.t()rrsIi:-
?-ación es el d~~.~r: Uela uno.m~~II1o, en una comprensión es~
pecíficamente moderna del término. Hace un par de déca-
das, Lionel Trilling lo definió brillantemente en un libro de
gran influencia, en el que resumió esa forma moderna y la
distinguió de otras anteriores. La distinción queda expresa-
da en el título del libro, Sincerity and Authenticity, y siguien-
do a TriHing vaya utilizar el término «autenticidad» para el
ideal contemporáneo.
. ¿Qué entiend.o por ideal moral? Entiendo una descripción
d~ lo que sería un modo de vida mejor o superior, en el que .
.¡ -
«.mejor» y «superior» se definen no en función de lo que se--
nos ocurre desear o necesitar, sino de ofrecer una norma de :
lo que deberíamos desear.
-- La fuerza de términos como «narcisismo» (en palabras
de Lasch) o «hedonismo» (según la descripción de Bell) eso,
triba en dar por sentado que en ello no actúa ningún ideal v'
moral; y de hacerlo, solamente opera en la superficie, lo que
debería tomarse más bien por una pantalla que esconde la-
O autoiri.dulgencia. Tal como dice Bloom, <<la gran mayoría de
c') los estudiantes, aunque desean tener buena opinión de sí mis-
mos igual que cualquiera, son conscientes de lo atareados
52 LA f.TICA DE LA AUTENTICIDAD
que se encuentran teniendo que atender su carrera profesio-
nal y sus relaciones personales. Hay una cierta retórica de
v8utorreaLización que da una pátina de encanto a esta vida,
pero pueden darse cuenta de que no hay nada especialmen-
te noble en ello. La lucha por la supervivencia ha substitui-
do al heroismo como cualidad digna de admiración».4 No
me cabe duda de que la descripción es válida para algunas
r personas, quizá para muchas, pero constituye un gran error
J pensar que nos permite atisbar el cambio de nuestra cultu-,
ra, el poder de este ideal moral, que nos hace falta compren-
der si queremos llegar a explicar incluso por qué se utiliza
como «pátina» hipócrita por parte de los autoindulgentes.
Lo que nos hace falta comprender en este caso es la fuer-
ek za moral que respalda a nociones como la de autorrealiza-
ción. En cuanto tratamos de explicar esto simplemente como
una especie de egoísmo, o como una suerte de laxitud, una
autoindulgencia con respecto a una época anterior, más dura
y exigente, perdemos el rastro. Hablar de «permisividad» ye-
rra el blanco. Laxitud moral la hay, y nuestra época no es
singular en esto. Lo que necesitamos explicar es lo que de
peculiar tiene en nuestro tiempo. No se trata sólo de la gen-
te que sacrifica sus relaciones sentimentales y el cuidado de
J los hijos, para dedicarse a su carrera profesional. LQ impor-
tante de la cuestión estriba en que mucha gente se siente /la-:-
mada a obrar de este modo, en que cree que debe actuar así-
y tiene la impresión de que se desperdiciarían o desaprove-
charían sus vidas de no actuar de esta forma.
Así pues, lo que se pierde en esta crítica es la fuerza mo-
~ ral del ideal de autenticidad. Ésta queda de algún modo im-
plícitamente desacreditada, junto con sus formas contempo-
ráneas. Lo cual no sería tan grave si pudiéramos recurrir a
fa parte contraria en busca de defensa. Pero quedaremos de-
J fraudados en esto. Que la adhesión de la autenticidad tome
-l la forma de una suerte de relativismo fácil significa que la.
vigorosa defensa de cualquier ideal moral queda de algún
modo fuera de todo límite, puesto que sus implicaciones,. tat
4. Bloom, The Clusing o/ ¡he American Mind, pág. 84.
EL DEBATE INARTICULADO 53
l
como las he descrito anteriormente, indican que algunafor.
mas de vida son «superiores» a otras, y la cultura de la tole·
J rancia frenle a la aUlorrealización ¡odividual se relrae aoles
tales pretensiones. Esto viene a significar, tal como se ha
apuntado con frecuencia, que hay algo contradictorio y con-
traproducente en su postura, puesto que el relativismo mis-
mo se ve impulsado (al menos parcialmente) por un ideal
moral. Pero, de modo coherente o no, ésta es la postura habi-
tualmente adoptada. El ideal desciende al nivel del axioma,
algo que no se pone en tela de juicio pero que tampoco se
explica.
:J- Al adoptar el ideal, la gente de 1a cultura de la autentici·
'liad, como quiero denominarla, presta apoyo a un cierto tipo
de liberalismo, que ha sido abrazado también por muchos'
otros. Se trata del liberalismo de la neutralidad. Uno de sus
principios básicos es que una sociedad liberal debe ser neu-
tral en cuestiones que atañen a lo que constituye la vida bue-
na. La vida buena es aquello que cada individuo busca a su
manera, y un gobierno faltaría a la imparcialidad, y por tan-
to al respeto equitativo a los ciudadanos, si tomara partido
en esta cuestión. 5 Si bien muchos de los autores de esta es-
cuela son apasionados oponentes del relativismo blando
(Dworkin y Kymlicka entre ellos), et resultado de su teoria
consiste en relegar las discusiones sobre la vida buena a los_,
márgenes del discurso político.
Como resultado nos encontramos ante una extraordina·
ria incapacidad de articular uno de los ideales constitutivos
j
~~.la cultura mode.rna.6 Sus adversarios lo desprecian, y sus
5. Véase, John Rawls, A Theory 01 Justice (Cambridge, Harvard Univer-
sity Press, 1971) (versión castellana: Teoría de la Justicia, México, Fondo de
Cultura Económica, 1979) y «The Idea of an overlapping consensus., en
Philosophy and Public Alfairs 17 (1988); Ronald Dworkin, Taking Rights Se-
riously (Londres, Duckworth, 1977) (versión castellana: Los derechos etl se-
rio, Barcelona, Ariel, 1984) y A Matter 01 PrincipIe (Cambridge, Harvard Uni-
versity Press. 1985); asimismo WilI Kymlicka. Liberalism, Commmunity and
Culture (Oxford. The Clarendon Press, 1989). .
6. He escrito más detalladamente sobre dio en Sources 01 the Sell (Cam-
bridge. Harvard University Press, 1989). capítulo 3.
J
54 LA IO.TICA DE LA AUTENTICIDAD
partidarios no pueden hablar de él. El debate en su conjun-
to pugna por dejarlo en la sombra, por hacerlo invisible. Esto
tiene consecuencias perjudiciales. Pero antes de continuar
hablando' de ellas, quiero mencionar otros dos factores que
contribuyen a intensificar este silencio. C(){'SC(:.x (r(I ,J{ ~ l
() Uno de ellos es el asidero que supone efSuGJetivíimo mo-
ral en nuestra cultura. Por ello entiendo la visión segun la
cual las posturas morales no se fundan en modo alguno en .
la razón o la naturaleza de las cosas sino que en útima ins-
,ntancia son adoptadas por cada uno de nosotros porque nos
~""~~ncontramos ligados a..cllas, Según este punto de vista, la ra·
QfV" • zón no puede mediar en disputas morales. Por supuesto, uno
puede apuntar a ciertas consecuencias de una determinada
posición en los que puede que el otro no haya pensado. Así
que la crítica de la autenticidad puede apuntar a los posi-
bles resultados políticos y sociales de que cada persona bus-
o que su autorrealización. Pero si nuestro interlocutor se mano
tiene todavía en su postura inicial, nada más puede decirse
para contradecirle. .
zo;.. l!Q~. fundanlento!:i\de esta visión son complejos y van bas-
tante mása11a'de de las razones morales de un relativismo
blando, aunque el subjetivismo proporciona un claro respal-
do a este relativismo. Evidentemente, mucha de la gente in-
mersa en la cultura contemporánea de la autenticidad se sien-
te contenta de adoptar esta comprensión del papel (o
ausencia de papel) de la razón. Lo que resulta acaso más sor-
prendente, es que así se sienten también muchos de sus opo-
nentes, que se ven por tanto llevados a desesperar más si cabe
respecto a la reforma de la cultura contemporánea. Si los jó-
venes no se preocupan realmente de las causas que transcien-
den al yo, ¿qué se les puede decir entonces?
Por supuesto, hay críticos que mantienen que existen cri-
terios morales en la razón. 7 Piensan que existe algo como la
'. J. il>J~J2.Id~1f~.,
.t1>CC (¡ 'V) ,
't··t
1¡I6'íÓK(Cv")
" . " \ ~,
7. ~éase especialm n e ~rasdair MacIntyre, After Virtue (Notre Dame,
University of Notre Dame Press, 1981) (versión castellana: Tras la virtud,
Barcelona, Critica, 1987) y Whose Justice? Which Rationality? (Notre Dame,
University of Notre Dame Press, 1988).
EL DEBATE INARTICULADO 55
naturaleza humana, y que la comprensión de la misma mos-
trará que ciertas formas de vida son correctas y otras erró-
neas, que unas son superiores y mejores que otras. Las raí-
ces de esta postura se encuentran en Aristóteles. Por
~ontraposición,los subjetivistas modernos tienden a ser muy
'críticos con Aristóteles, y dicen que su « biología metafísica»
está pasada de moda y resulta del todo increible hoy en día.
Pero los filósofos que piensan de este modo han sido por ./)
lo general contrarios al ideal de autenticidad; lo han consi- J /
derado parte de una desviación errónea del modelo arraiga- i
"-
do en la naturaleza humana. No tenían razón alguna para ar-
ticular de qué se trataba, mientras que quienes lo sostenían '
desistían de hacerlo debido a sus opiniones subjetivistas.
l,Jn tercer factor que ha obscurecido la importancia de la
autenticidad como ideal moral ha sido la forma normal de
explicación de las ciencias sociales. Ésta se ha abstenido ge-
neralmente de invocar ideales morales y ha tendido a echar
mano de factores presuntamente más sólidos y prosaicos en
su explicación. Y de este modo los rasgos de la modernidad
en los que me he ido centrando aquí, el individualismo y la
expansión de la razón instrumental, a menudo se han consi-
derad~() subproductos del cambio sacian por ejemplo,
como efectos íñdirectos de la industrialización o de una ma-
yor movilidad, o de la urbanización. Hay que trazar desde
luego importantes relaciones causales, pero las descripcio-
nes que las invocan dan un rodeo completo a la cuestión de
si estos cambios de cultura y de perspectiva deben algo a su
poder intrínseco como ideales morales. La respuesta implí- .
cita es a menudo negativa. 8
Por supuesto, hay que explicar los cambios sociales que
supuestamente engendran esa nueva perspectiva, y esto con-
llevará recurrir en cierta manera a las motivaciones huma-
8. Por supuesto, para un cierto marxismo vulgar la respuesta negativa
resulta bastante explícita. Las ideas son producto de los cambios econó·
micos. Pero buena parte de las ciencias sociales no marxistas opera implí·
citamente con premisas similares. Y ello a pesar de la orientación de algu.
nos de los grandes fundadores de la ciencias sociales, como Weber, que
reconocla el papel crucial de las ideas morales y religiosas en la historia.
,
56 LA l!TlCA DE LA AUTENTICIDAD
1 ~~O"G x1tuJ(2J) }lO~1 d
nas, a menos que supongamos que a in ustna lzaClOn o e
. 1'· ., 1
crecimiento de las ciudades ocurrió enteramente en un mo·
mento de distracción. Necesitamos alguna noción que nos
explique cll!éera lo qué movía a}a gente a actuar firmemen·
te siguiendo un rumbo regular,fun rumbo que, por ejemplo,
apuntaba a una aplicación cada vez mayor de la tecnología
, a la producción, o a mayores concentraciones de población.
l>ero lo que a menudo se invoca son motivaciones que no son
de orden moral. Por ello entiendo motivaciones que puedan
il11 pulsar a las personas, sin mucha conexión con ideal mo·
ral alguno, tal como definí esto anteriormente. Así que muy'
a'menudo nos encontramos con que esos cambios sociales
se explican en función del deseo de mayor riqueza o poder,
o de medios de supervivencia o de control sobre otros. Aun·
que todas estas cosas pueden tramarse en ideales morales,
no necesitan hacerlo, y por tanto la explicación en estos tér·
minos se considera suficientemente «sólida» y "científica».
Aun cuando la libertad individual y el desarrollo de la ra·
zón instrumental se toman como ideas cuyo atractivo intrín·
senco puede ayudar a explicar su ascendiente, este atractivo
se contempla con frecuencia en términos no morales. Es de-
cir, que el poder de estas ideas a menudo se entiende no en
1 términos de fuerza moral, sino sólo a causa de las ventajas
1 q\1e parecen conferir a la gente, con independencia de su vi-
I sión moral, o incluso de si tienen o no alguna. La libertad
¡ nos permite hacer lo que queramos, y la mayor aplicación
de la razón instrumental nos consigue más de aquello que,
i(1 deseamos, sea esto lo que sea. 9
'-
9, El individualismo se ha utilizado de hecho en dos sentidos harto di·
ferentes. En uno de ellos se trata de una idea moral, una faceta que ya he
comentado. En el otro, se trata de un fenómeno amoral, algo parecido a
lo que entendemos por egoismo. El auge del individualismo en este senti·
do supone habitualmente un fenómeno de descomposición, en el que la pér·
dida de un horizonte tradicional deja tras de sí la anomía, yen el que cada
cual se las arregla por sí mismo, como sucede, por ejemplo, en los barrios
marginales, azotados por la delincuencia y formados por campesinos re·
cién llegados a las ciudades del Tercer Mundo (o del Manchester del siglo
XIX). Por supuesto, resulta catastrófico confundir estos dos tipos de indio
. vidualismo, que tienen causas y consecuencias totalmente diferentes. Ra·
m
(
EL DEBATE INARTICULADO 57
~
El resultado de todo esto ha consistido en volver más den-
~a la obscuridad que rodea al ideal moral de autenticidad.
Los críticos de la cultura contemporánea tienden a menos-
preciarlo como ideal, a confundirlo incluso con un deseo no
moral de hacer lo que se quiera sin interferencias. Los de-
r ensores de esta cultura se ven empujados a una incapaci-
dad de articular sobre la cuestión por su misma perspecti-
va.A..a fuerza general del subjetivismo en nuestro mundo
fitbsófico y el poder del liberalismo neutral intensifican la
sensación de que no se puede ni se debe hablar de estos te-
mas. y por encima de todo ello, las ciencias sociales pare-
cen estar diciéndonos que para comprender dichos fenóme-
nos como cultura contemporánea de la autenticidad, no
deberíamos recurrir en nuestras explicaciones a cosas tales
como ideales morales, sino que deberíamos considerar todo
esto en términos, digamos, de cambios recientes en el modo
de producción, 10 de nuevos patrones de~qn.sum.o ju .. vepil,. p )
de la seguridad de la opulencia. len c>;.¡? e Olí\C _'
. . . ;) PAúj J.,.') Ot'¡¡ I Lr.,l,.
f, (
</
Iú....
¿TIene esto ImportancIa? Mucha; me parece. 1V1uchas de'
las cosas que los críticos de la cultura contemporánea ata-
can son formas degradadas y pervertidas de este ideal. Es
decir, proceden de él, y quienes las ponen en práctica ape- ,
lan a él, pero de hecho no representan una auténtica {!} reali-
zacTon del mismo. El relativismo blando es pertinente en este
caso. Bloom advierte que tiene una base moral: «La relativi-
dad de la verdad no es una intuición teórica sino un postula-
do moral, la condición de una sociedad libre, o así lo creen
[los estudiantes)>>,1I Pero en realidad, me gustaría procla-
mar, la relatividad de la verdad parodia y finalmente traicio-
na esta intuición moral. /
-~ Algo similar se puede observar de esas apelaciones a la
zón por la cual Tocqueville distingue cuidadosamente entre «individualis-
mo» y «egoísmo».
10. Véase David Harvey Tite Condition of Postmodernity (Oxford, Black-
well. 1989).
11. Bloom, Tlze Closing of tite American Mind. pág. 25.
58 LA I:.TICA DE LA AUTENTICIDAD
autenticidad que sirven de justificación para hacer caso omi-
so de todo lo que trascienda al yo: del rechazo de nuestro pa-
sado por irrelevante, de la negación de las exigencias de la
ciudadanía, o de los deberes de la solidaridad, o de las nece-
sidades del medio ambiente natural. [)~for@ªpª.r~cida,jus-
tificar en nombre de la autenticidad un concepto de relación
que sirve de eficaz instrumento para la autolTealización in-
\( divi~t!al debería considerarse como una parodia que se anula
a símisma. La_élfirmación del poder de elección como un bien
qllella de maximizarse constituye un producto pervertido del
idc~l. e rílio O 12cu..u/ \
---:Ahora bien, si es cierto algo parecido a esto, entonces tie-
ne su importancia poder decirlo. Porque entonces se tiene
algo que decir, con toda razón, a aquellas personas que in-
vierten sus vidas en estas formas pervertidas. Y esto puede
suponer una diferencia en esas vidas. Se pueden oír algunas
de estas cosas. La capacidad de articulación supone aquí una
clave moral. no sólo para corregir lo que pueden ser puntos
de vista equivocados, sino también para hacer más palpable,
más vívida la fuerza de un ideal para quienes ya lo viven; y
al hacerlo más vívido, darles más fuerza para poder vivir de
acuerdo con él de forma más plena e íntegra.
Lo que vengo a sugerir es una posición distinta tanto de
la de los defensores como de la de los detractores de la cul-
tura contemporánea. Al contrario que los defensores, no creo
que todo sea como debería ser en esta cultura. En esto tien-
do a estar de acuerdo con los detractores. Pero al contrarío
que ellos, creo que la autenticidad debería tomarse en serio
como ideal moral. Difiero también de diversas posiciones in-
tennedias, que sostienen que hay algunas cosaS buenas en
esta cultura (como una mayor libertad para el individuo),
pero que éstas se consiguen a expensas de ciertos peligros
tV. /.' (como el debilitamiento del sentido de ciudadanía) de modo
\~( que la mejor política de uno mismo consiste en encontrar
(/ l el punto ideal dc intercambio entre ventajas y costos.
La dcscripción que ofrezco es más bien la de un ideal que
se ha degradado, pero que en sí mismo vale realmcnte la pena
y resulta, en efecto, imposible de repudiar por los modernos.
EL DEBATE INARTICULADO S9
De forma que lo que necesitamos no es una condena de raíz
ni una alabanza desprovista de toda crítica, ni tampoco un
intercambio cuidadosamente equilibrado. Lo que nos hace
falta es una labor de recuperación, mediante la cual este ideal
pueda ayudarnos a restaurar nuestra práctica.
Para estar de acuerdo con ello, hemos de creer en tres co-
sas, todas ellas controvertidas: (1) que la autenticidad es un
ideal válido; (2) que se puede argumentar razonadamente so-
bre los ideales y la conformidad de la práctica con estos idea-
les; y (3) que estas argumentaciones entrañan una diferen· /
cia. La primera creencia desaparece ante el sólido empuje .
de la crítica de la cultura de la autenticidad, la segunda con·,
lleva el rechazo del subjetivismo, y la tercera es incompati- i
ble con aquellas descripciones de la modernidad que nos con
sideran aprisionados en la cultura moderna por el «sistema»,
ya se defina como capitalismo, sociedad industrial o buro-
cracia! Espero poder hacer plausible algo de esto en lo que
sigue. Empezaré por el ideal. J
\Qvi J~ eh aJ4udD& CICfL¡ 'GJU?
(lJJ wY1WlIJ) Ya WfCludad JJ e,DlUf' o.R /),QIN
•"
...,-
l
111
LAS FUENTES DE LA AUTENTICIDAD
La ética de la autenticidad supone algo relativamente nue-
vo y peculiar para la cultura moderna. N¡}cida a finales del
siglQ XVlll, se erige sobre formas anteriores de individua-
lismo, tales como el individualismo. de la racionalidad no(i)
comprometida, de la -que fue pionero Descartes, cuya exigen-
ciaconsiste en que cada persona piense por si misma de for-
ma autorresronsa_~le,o el individualismo ['olilie() de l¿:>~k_~
que trataba de hacer a la persona ya su voluntad anteriores
a la obligación social.Pero la autenticidad también ha en-¡
tl.-adoen COIlf. h.·c. to en .a.. lg u.l.l. '" aspcclos '.on es t. a.' s ormas a!l- .
.1.
te~-es. Es h¡¡acrerpe¡:¡o(rO~}l~~O.qüésenlostraba cr'-
tico con la racioiuifícI3ono·coIl)prome. y con un atomis.!.!lü
que n(LEe~oIillCÍ.a 1.0s.1'.l.z.9,~. de la comu!2l~a.
Una fórma de describir su desarrollo consiste en fijar su
punto de partida s:n.la nociéJrl ºj~ochesca de que los seres
humanosestál1 dotados de senticlo nlOral, dc'Ú-ñsentimlento
iñtuitivo delóqu'e'está bien y lC:~q~eestá mal. Lá·TntCllcíOñ
óñginal de esta doctrina se difíg-ía a éornbatir. una visión ri-
val, la de que para distinguir entreeT6ie'nyel mal se debían
calcular las consecuencías, y en particular aquellas relati-
vas al eremio -..¡ al ca~1.B.9CITvinos. La noción consistía en que
comprender el bien y el mal no era cuestión de cálculo sin
más, sino que constituía algo anclado en nuestros sentimien-
tos. En cierto sentido, la moralidad posee una voz interior. l
La noción de autenticidad se desarrolla a partir de un des-
1. El desarrollo de esta doctrina, aparecida primero en la obra de Francis
HUlcheson. basada en los escritos del conde de ShaftesbuI-Y, y su relación
de oposición a la teoría de Lucke, han sido objeto de discusión más deta-
lladamente por mi parte en SOllrces of ¡he Self, capítulo t5.
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62 LA I?TlCA DE LA AUTENTICIDAD
plazamiento _c!~l acento moral de esta idea. En la visión ori-
ginal, la voz !Q.teUorjjene importancia porque nos dice qué
eSTO correcto a la hora de actuar. Estar en Ci)]1tacto con nues-
Tros séntimi~~-iCJs'~llorales tendría aquí importancia como
medio para la finalidad de actuar correctamente. 10 qu~
llamo despla¡aI11i~pto del acento m9r~Ls.~_p)~()l!UCCcLi~wº
ese contacto ad~l.,!!~re un significado moral indepeIldienl~ ?
crucial. Se convierte en algo que hemos de alcanzar c(!nJ:.l
fin de ser veruaderos y plenos seres humanos.
Para comprender lo que hay dé nuevo en ello, hemos de
considerar la analogía con anteriores visiones morales, en
las que estar en contacto con alguna fuente - por ejemplo,
Dios, o la Idea del Bien- se consideraba esencial para una
is. . L.!..IY la luent.ecOl\ b que k~~1.~S
eXist.cnci..3.... p le.n. 3. ó.l.o. que.' ab...
de~!:.':lE.~>~.QXlª.s;J.QJ;eSide..eu lo profundo de nosol ros r1i!s-
mos. Esto forma parte del pronunciado giro su})jetivo de la
cuHü¡:'áITÜ:50eí'ña,-liñaTürñlanueva de interi()ridad~1aque
te-ríninanlos~-;-pensaren nosotros mismos como en seres
investidos de una profundidad interior. En principio, esta
idea de que la fuente reside en nuestro iiltei~ll;'i-'iío excluye
nuestra ligazón con Dios o las Ideas; se puede considerar
como nuestril forma partic:ulqr de Ie-i~ción con el losf7;ñ'Ci"er-
to sentido, se puede tomar como una continuación intensi-
ficación de la evolución iniciada por san Agustín, que obser·
vó que la senda que conducía a Dios pasaba por nuestra
conciencia reflexiva respecto a nosotros mismos.
Las primeras variantes de esta nueva visión eran teístas,
o al menos panteístas. Ello queda ilustrado por el filósofo
que más contribuyó a que sobreviniera este cambio, lean-
Jacques Rousseau. Creo que Rousseau es importante no sólo
porque iniCIÓ el cambio; antes bien, sostendría que su gran
populal-idad proviene en parte de que articuló algo que ya
estaba teniendo lugar en la cultura. Rousseau presenta con
j frecuencia la cuestión de la moralidad como si se tratara de
seguir la voz de la naturaleza que surge de nuestro interior.
Esta voz queda ahogada con muchí~ima frecuencia por las
pasiones a las que nos induce nuestra dependencia de los
otros, entre las cuales el «amour propre» constituye la cla-
LAS FUE~TES DE LA AUTENTICIDAD 63
ve. Rousseau da nombre incluso al contacto íntimo con lino
-;;:;-i s 1110, más fundamental que cualquier visión moral, que
es una suerte de alegría y contento: « le sentiment de I'exis-
tence».2
Rºl.l~seau articuló también de forma sumamente influyen-
te una idea que guarda estrecha relación con la anterior. Es
la.. nociéln. g,ue guiero Ilam.ar liberta.d....3U. tod. eterI!~!.!l~<Jp.. Se tm.-)
ta de la idea de que s~xJi_bre.c~t<lJ1dode<;:ido por mí mismo
sOhre aquello que me concierne, en lugar de ser configura-
do por influencias externas. Es una norma de libertad que
va evidentemente más allá de lo que se ha llamado libertad
negativa, en la que soy libre de hacer lo que desee sin inter-
ferencia de otros porque es compatible con mi configuración
e influjo por parte de la sociedad y sus leyes de conformi-
dad. La libertad autodeterminada exige que quiebre el do-
minio de esas imposiciones externas, y decida yo solo por
mí mismo.
SU1}~E!.<:iono esto aquí no eS porque sea esencial para la
fautenticidad. Evidentemente, los dos ideales son distintos.
bP~ro se han desarrollado conjuntamente, en ~~asio!1~s
2.• Le sentiment de l'existence dépouillé de loute aulre affection est par
lui-Illeme un sellliment précíeux de contentement et de paix 'luí suffiroit
seul pour rendre cette existence chére et douce ti qui sauroit écarter de soi
toutes les impressíons sensuelles et terrestres qui viennent sans cesse nuus
en distraire et en troubler ici bas la douceur. Maís la pluspart des hOlllllles
agités de passions conlinuelles connoissent peu cel état el ne ('ayant gouté
qu'imparfaitement durant peu d'instans n'en conservent qu'une idée ohs-
cure el confuse qui lle Ieur en fait pas sentir le charme.• El sentimiento
de la existencia despojado de cualquier otro afecto es por sí mismo un sell-
timiento precioso de contento y de paz que bastaría por sí solo para con-
vertir esta existencia en cara y dulce a quien supiera apartar de sí todas
las impresiones sensuales y terrestres que vienen sin cesar a distraernos
ya inquietarnos aquí en nuestra dulzura. Pero la mayor parte de los hom-
bres agitados por continuas pasiones conocen poco este estado, y no ha-
biendo gustado de él más que imperfectamente durante algunos instantes,
no conservan más que una idea obscura y confusa que no les deja sentir'
su encanto.
Rousseau, Les Reveries dIl PromelleIlr Solitaire, Ve Promenade, en (Jet/v-
res Completes, vol. 1 (París, Gallimard, 1959) pág. 1.047) (versión castella-
na: Las ensOliaciones del paseante solitario, Madrid, Alha1l1bra, 1986}.
64 LA ÉTICA DE LA AUTENTICIDAD
J obras de los mismos autores, y sus relaciones han sido com-
1 pl~as, unas veces en disputa, otras de forma estrechamente
I entÍ-cElzada. En consecuencia, se los ha confundido a menu-
\ do, y esto.ha constituido una de las fuentes de las formas per-
U
vertidas.d.e autentic.'idad, como mant.endré cuando vuelva más
adelante a referirme a e l l o . , . ,
--La libertad autodeterminada h~ ~onstituido UIl~l idea de
inmenso poder en nuestra vida política. E~¡~ '~bra de Rous":'
s'ea'u a.9.9Jli~re formap'(;lítica ell la~n de t!n_E~Jado_4e
contrato social fundado sobre la volunta<.lgeneral, que pre-
cisamente porque se trata de nuestra libertad conl-ún no pue-
de permitir oposición alguna en nombre de la libertad. Esta
idea ha sido una de las fuentes del totalitarismo modé~;-9.t
ÍÍ1iéiáO'a;sépodí'ia-aecIr ai;guriierifáuánÚ~ñte.·-porTósjacobi-
nos. y aunque Kant reinterpretara esta Jl(?sión d..e.Jj.Q~I~a_d
en téññillos'pnfáhlerite morales, como autonomía, retorna
vel1gati\lámerite a la esfera p()!Jlica c6n"jregelj;~!v1arx.· ... -~
- Pero, vólvíeI1do al ideal de autenticida(f.""éSte se convierte
en algo de crucial iril!)o"í1anc¡a debIdo a una evolución que
tiene lugar después de Rousseau y que asocio a Herder, una
\ vez más priñeíj1ilrenur1ciador,antes que autor de la misma.
Herd(?r adelantó la iclea de c¡ue cada uno de nosotros tiene
üñaf¿~oriir~ál ue st:{Tluinan(;. su"roi-ma de expresarlo
ru~ q'ü~'-~-~Ja persona tiel~"su pl:~pia «medida».) Esta idea
ha penetraJo profundamente en la conciencia moderna. Ade-
más, resulta nueva. Con anterioridad al siglo XVIII, nadie
pensaba que las diferencias entre los seres humano§. tuvie-.__
ran esta clase de significado moral.
Existe s:l$..IJ~,J()i}ileª.~s.erhUJllano que constituye mi pra-
I pia forma. Estoy destinado a vivir mi vida ele esta fonfia, y
no a imitación de la de ningún otro. Pero con ello se concede~
\ nueva importancia al hecho ele ser fiel a uno mism().'Si nQ
3. uJnlcr Mcnsch hal cin cigcncs Mass, glcichsam cine cigene Stimmung
aller seincr sinnlichen Gdühlc zu cinandlT,» Todo hombre tiene su propia
mcdida y almislllo ticmpo una voz propia dc todos sus sentimi,ntos res-
pecto a los dcmás, Herder, IJccn, vii.l., en Hadas Siímtlicile \Verke, voL
XIII, comp. de Bcmard Suphan, 15 vols. (Berlín, Weidmann, 1877-1913), pág.
2YI.
b
LAS FUENTES DE LA AUTENIIClDAD 6'i
ser mmano ara mi.
Ésta es a po e~sa idea moral que ha llegado hasta no·
sotros. ¡\tribuye una importancia moral crucial al!J.l.a suel'.'
te de contacto con uno mismo, con mi propia naturaleza i,D-
terior, que considera en peligro de perderse, debido en parte
a las presiones para ajustarse a la conformidad exterior, pero ¡.
también porque, al adoptar una posición instrumental con-
migo mismo, puedo haber perdido la capacidad de escuchar
esta voz interior. Y.s;.sto hLtceaumentar la in:w.QI.lil.ncia de~~'
c~Jntacto con uno mismo int)oduciendo elpripcipiodeqJ:i-.
ginalidad: caua una ue nuestras voces tiene algo propi9Sl!::1e.
decir. No sólo no debería plegar mi'vida a las exigencias de
la conformiuad exterior; ni siquiera puedo encontrar fuera
de mí el modelo conforme al que vivir. Sólo puedo encon-
tI"arlo en mi interior.
Ser fiel a uno mismo significa ser fiel a la propia origi·
nalidad, yeso es algo que sólo yo puedo enunciar y descu-
brir. Al enunciarlo, me estoy definiendo a mí mismo. Estoy
realizando un potencial que es en verdad el mío propío. En
ello reside la comprensión del trasfondo del ideal moderno
de autenticidad, y de las metas de autorrealización y desa-
rrollo de uno mismo en las que habitualmente nos encerra-
mos. Es el trasfondo que otorga fuerza moral a la cultura de
la autenticidad, aún en sus formas más degradadas, absur-
das o trivializadas. Es lo que da sentido a la idea de «hacer
lo propio de cada uno» o «encontrar la forma de realizarse».
________~I
IV
HORIZONTES INELUDIBLES
Es éste un bosquejo muy rápido de los origenes de la
~¡¿tenJicidad. Habré de completarlo más adelante con ma-
yor detalle. Pero por el momento nos hasta para ver qué en-
cierra lo que aquí se razona. Y para ello quiero tomar la se-
gunda de las controvertidas afirmaCiones que hice al final
del primer capítulo. ¿ruede decirse razonadamente algo a
q~tien~~ se encuentran rol11ersos erl1'acüTfw'acoriienlporá-
-[{ea de laautéñtlCIcfáéI?¿Puede hablarse razonadamente a las
péí:'Sonas pí-~ente asentadas en un blando relativis-
mo, o a quienes no parecen aceptar lealtad más alta que su
propio desarrollo, a aquellos, por así decir, que parecen dis-
puestos a arrojar por la borda amor, hijos o solidaridad de-
mocrática por el bien del progreso de sus carreras?
Bien, ¿cómo razonamos? Razonar en cuestiones morales
significa síempre razonar con alguien. Dispoñemos de Uñrrl-
terlocutor, y p'a7t1!ñ'ü'sde donde'esapersona se sitúa, o bien
de la diferencia real entre ambos; no razonamos de ahajo a
arriba,~omo si estuviéramos habI1Üi1fQ. ~~'ie~q~-c-;;?
feconó'ciera exigenciamoral alguna. Con una persona quena
acepti7-a-e~lgencia ñ1óral alguna sería tan imposible discu-
tir sobre lo que está bien y lo que está mal como lo sería en
cuestiones empíricas con una persona que se negara a acep-
tar el mundo de la percepción que nos rodea.'
Pero estamos imaginando que discutimos con personas
que viven en la cultura contemporánea de la autenticidad.
Yeso significa que tratan de configurar sus vidas a la luz
1. He desarrollado esta visión del razonamiento moral con mayor ex-
tensión en «Explanation and Practical Reason., Wider Working Paper WP72,
World InstilUtc fOl' Dcvdopment Economics Reseal'Ch, He1sinki, 1989.
68 LA ÉTICA DE LA AUTENTICIDAD
de este ideal. No tenemos que vérnoslas simplemente con el
solo hecho de sus preferencias. Pero si partimos del ideal,
entonces podemos preguntar: GSuále~ so~ las condiciones ~e
¡ la vida h'.um:l~a I.~ar~ re.~. liza r .u. n., id e.a.} at?~tE.JiRO? ¿~ a Qllé
apctrretrdeTItaaecuadamcnte entendícIO? Estos dos tIpOS de
1 ¡Ti'egun[as s·é eíltreteje¡{ o se fu~deñ-quTzá entre sí. En el se-
l.gundo caso, tratamos de definir en qué consiste el ideal. Con
·.•e. I· primero, queremos destacar ciertos rasgos generales de
.Ia vida humana que condicionan la realización de éste o aquel
\ otro ideal.
'C:: Quiero trazar a continuación doslín~~~,dearBumentacL~n
que pueden ilustrar lo que encierra este tipo de interrogato-
rio. La argumentación será muy incompleta, más bien a la
manera de una sugerencia de lo que podría pasar por una
demostración convincente, El objetivo estribaría en otorgar
plausibilidad a mi segunda pretenSiÓn, la de que pó~1ios
argufúenTar razonadamente sobre estas cuestiones:.i''ll'i'ós-
t1"ar con ello que existe en efecto un lado práctico en tratar
dé comprender mejor en qué consiste la autenticidad. .
El rasgo general de la vida huITIana que deseo evocar es
el de su carácter fundamentahnentt;'d/(zh5t;ico. Nos converti-
nlOs en agentes humanos plenos, capaces 'd~"'comprendernos
-a-'nosotros mismos, y por ello de definir una identidad por
n1edi~~ de nuestra adquisiciÓl~~.~le-rTc'oslcl1guáTes~aeexpre-
s!óñimmana. Jl::lra los fines de esta discusiói-i;Ciúíero tomar
el « lenguaje» en su más amplio sentido, que abarca no sólo
a las palabras, sino también a otros modos de expresión por
los que nos definimos a nosotros mismos, incluyendo LQ.s
« lenguajes» dcLartb.Acl,gsstot¡;del amor, j: simi!~s._~~r:9 a
cITo nos vemos inducidos en el intercambio con los otros. Na-
die adquiere por sí mismo los h;n1iuaies necesarios para la
autoddiniciÓn. Se nos inti'ód~e en enos 01' me' los
intercambios con os os ue lenen 1m ortancia ara no- .
sotlüsJ'~iqirelTosaTos~qlíé 'eurge Her ert Mea ama a « os
óTí'os significativos».2 La génesis de la mente humana es en
2, George 1Ierbert Mead, Mil/d, Sel! allíJ Sociely, (Chicago, Chicago Uni-
VLTsity Press, 1')34) (versión castellana: Espirilu, persolla y socit!dad, Bue,
nos Aires, I'aidós, 1')72).
1I0RlZONTES INELUDIBL.ES 6')
este sentido no «monológica», y no constituye algo que caeb
cual logre por sí mismo, sino que es dialógica.
Además .no se trata só!~_~~ ':~o 9..~~S2!lJ;.ce;n la.f~21::~
sis yque puede ignorarse pQsteriouu¡;,pl,e. No se trata siJll-
pf'emente de que aprendamos los lenguajes con el diálogo,
y podamos después usarlos para nuestros propios fines pQr
nosotros mismos. Con ello se describe en cierta medida mi7-s~
tra situación en nuestra cultura. Se espera que desarrolle-
áios en una medida considerable nuestras propias opiniones,
puntos de vista y actitudes hacia las cosas mediante la refle·
xión solitaria. Pero no es así como funcionan las cosas en
el caso de las cuestiones importantes, como la definición de
nuestra identidad. Ésta queda definida siempre en diálogo,
y a veces en lucha, con las identidades que nuestros otros
significativos quieren reconocer en nosotros. Y aun cuando
damos la espalda a algunas de estos últimos -nuestros pa-
dres, por ejemplo- y desaparecen de nuestras vidas, la con-
versación con ellos continúa dentro de nosotros todo lo que
duran nuestras vidas. 3
Qe manera que la aportación de los otros significativo~,
aun cuan'do tiene lugar al comienzo de nuestras vidas, con-
tÍI1Úa a lo largo de éstas. Algunas personas podrían seguir-
me hasta este punto, y querer sin embargo ce.ñirseeal~~!!p
fOrma del ideal monológico.JE.sverdad que no podemos libe-
rarnos nunca por comple'to de aquellos cuyo amor y aten-
ción nos configuraron en lo más temprano de nuestras vi·
das, pero deberíamos esforzamos en definirnos por nosotros
mismos lo más plenamente posible, llegando a comprender
lo mejor que podamos y a lograr cierto control sobre la in-
fluencia ejercida por nuestros padres, y evitar cae¡' en cual-
quier forma de dependencia posterior de los mismos. T~
3. Este carácter dialógico interior ha sido explOl'aJo por M.M. Bajtin
y quienes se han inspirado en su ob.'a, De Bajtin, véase especialmente, Pro·
blems of Dostoyevsky's Poetics (Minneapolis, University of Minnesota Press,
1984); y también Michael Holquist y Katerina Clark, Miclwil Bllk!llill (Cam'
b.-iJge, HarvarJ University Press, 1984), y James Wertsch, Vuices uf Ihe Milld
(Cambridge, IL.lrval'd Universily Press, 1991),
_ _ _ _ _ _ _J
70 LA (;TICA DE LA AUTENTlCIOAD
dremos necesidad de relaciones para realizarnos, pno no
;i p-i~~a definimos.
>",- - Es éste UD iJeal COllll'm, peTo q'u~.~l,Lmi opinión subes,ti-
ma g raye li1l' n te el lugar de lo dialógico en};}\'ida hllm~t~
dUlcÍ';; todavía confinarlo tanto coñl() sea posible a la gl'ne-
siso Olvida cómo puede tranformarse nuestra comprl'nsi~
oo;:revIa"S' cosas buenas de la vida rOl: í11eÜiOaenues t ro di sfrüte
en común de las misnl,:IS con las personasqtreámalllm:, cúmo
alguri'os bienes se nos hacen accesibles solamente por me·
dio de ese disfrute común. Debido a ello, nos costaría un gran
esfuerzo, y probablemente muchas rupturas desgarradoras,
impedir que formen nuestra identidad aquellos a quienes
amamos. Consideremos lo que entendemos por «identidad».
Se trata de «quién» somos y «de dónde venimos». Como tal
constituye el trasfondo en el que nuestros gustos y deseos,
y opiniones y aspiraciones, cobran sentido. Si algunas de las
cosas a las que doy más valor me son accesibles sól()~e
lación a la perSOlla c¡~e anlO, entonces,e.s.apersolla~s;.c9D
V1""eí:tc en algo interior él mi idcntidad.
'A algunas pcrsonas esto po(Jl"úiparecerles una limi~~~~n,~
de la que Ul10 podría aspirar a liberarse. Ésta es una forma
dCcoil1prenderenmpulso que late en la vida del eremita,
o por tomar un caso que resulta más familiar a nuestr~'cül
tura, en la del artista solitario. Pero desde otra perspectiva,
podríamos considerar estü'Tñcltiso como algóqúc aspira a
un cierto tipo de carácter dialógico. En el caso del cremita, --
el interlocutor es Dios. En el caso del artista solitario, la obra
misma se dirige a un público f utum, acaso todavía por crear,
gracias a la obra en sí. La misma forma de una obra de arte
muestra su carácter de cosa dirigida. 4 Pero sin menoscabo
de có¡no nos sintamos respecto a ello, la formación y el sos-
tén de nuestra identidad, en ausencia de un esfuerzo heroi-
4. Véase Bajtin, «The Problem of the Tcxt in Linguistics, Philology and
the Human Sciences", en Speech Gall1es mui Otha l,ate ESSllYS, comp. de
Caryl Emerson y Michael Holquist (Austin, Texas Univcrsity Press, 1986),
pág. 126, pal'a esta noción de superdestinatario .., más allá de nuestros in-
tedocuton~s existentes.
1I01<110:\IES I:\ELLLlIBLES 71
co por romplT nuesla existencia corriellte, siguen siendo día-
lúgiCusaui largo de nuest ras vidas.
-Quiero lIldíC~Ú:"I113S adelante que este hecho central !1a
quedado reconocido en la creciente cultura de la aU!el1tici-
Ja<rPero'To que deseo hacer ahora es tomar este ':esgo dia-
lógico de iluésfra londiCiot1,'por unap~lrte, y lic'rtas e;xi~n
éias illherenks al idearckatúenticidad pur otra, y lIlos.tlllr
CJuc' las furI11as""'i'i'ITiS-egoccÍltric'á~t5'«ll~lrcísistas" lk la.fl!ltu-
Ellol1telllporáIÍ"e:.lson manifiestamente il1a~ecuadas. Mils en
particular. quie'ñ::tíí10súúr queias formas que optan por la
auturrealización sin c()J1siderar (a) las exigencias de nuestros
lazos con !os"demása'(b) las exigencias de cUél1qlliertipo¿We
emanan de algo que está más allá o fuera de los deseos o,as-
piraciones human~s son contraproducentes, destruyen las,
condiciones para realizar la autenticidad misma. Los abor·
daré en U¡:dén in\'erso, para empezar con (b), argumentando
a partir de las exigencias de la autenticidad misma como
ideal.
(1) Cuando llegamos a comprender lo que significa defi-
nirnus a nosotros mismos, determinar en qué consiste nues-
tra uriginalidad, vemos que hemus de tomar como trasfon-
do cierto sentido de lo que es significativo. Ddinirmc
significa encontrar lo que resulta significativo en mi difen:n:........
cia con respectu a los demás. Puede que yo sea la únicá~r
sona que tiene exaCt~úñeñie 3.732 pelos en la caheza, o que
sea exactamente de la misma altura que un árbol de la lla-
nura siberiana; ¿y qué? Si empiezo por decir que me defino
por mi capacidaJ de articular verdades importantes, o to-
car el clavicordio mejor que nadie, o revivir la tradición de
mis antepasados, entonces entramus en el terrenu de las au~
definiciones reconocibles. ... . , , , .
... L~~7éi1ciaesevidente. Comprendemos perfectamen-
te que estas últimas propiedades tienen una significadón
humana, o que pueden ser consideradas por la gente de n~)
Jó qué la tengan, en tanto que las primeras no: es decir,
no si no tienen algo especial que decirnos. Quizá el mime-
ro 3.732 se considere sagrado en a.ll~J.ll1a s~~da4 eñ ese
caso tener ese numero de pelos puede considerarse signi-
•
72 LA ETIeA DE LA AUTENTICIDAD
ficativo. Pero lIeganws a ello vinculándolo con lo sagrado.
Vimos antes, en el segundo capítulu, de qué modo la culo
tura contemporánea se desliza hacia un relativismo blando.
Ello otorgal!n valor adicional a una preSunción ge~J~~,:!):~~
cosas no"tienen significación en sí mismas sino porqueJ~
¡Jéí:s'onásasí lo creen, como si pudieran determinar qu~~
SígñlfiC<ltivo, bien por decisión propia, bien quizá sólo p"r·
irrie:úsí I~piensan. Esto sería algo JisparataJo.t:;J:gE9~IrÚ'·
nlosdecidir simp!cmenteque la acción más signiTIcativa con· ,.,.
siste enchapotear con los pies en.barro tibio. Sin una
expIis;aci9J1 especiaJ,llü s.~ trataríaJ.l~una pretensióI1 iiii~.
gible (como la Je los 3.732 pelos antes citada). De modo que
ñOSabríamos qué sentido atribuir a alguien que supuesta-
mente pensara que esto es así. ¿Qué podría querer dar a ell-
tellder alguien que dijera esto?
Pero si esto tiene sentido sólo después de una explicación
(quizá sea el barro el elemento del espíritu del mundo, con
el que se entra en contacto gracias a los pies), queda abierto
a la crítica. ¿Qué sucede si la explicación es falsa, si no tie-
ne éxito, o puede ser substituida por una descripción más
apropiaJa?/EI que teng~lmos cierta impresión de las cosas
nunca puede"cOnstituir ¡;ase suficiente para respetar J1l1~:s
fi'tl.posición, porque nuestra impresión no puede dt!lemzil1,gr
roque es significativo. El relativismo blando se autodestruy~.
''''Las cosas adquieren importancia contra un fondo de in-
teligibilidad. Llamaremos a esto horizonte. Se deduce que
una (k las cosas que no podemos hacer, si tenemos que defi-
nimos signmcáfívanlent~1es suprimir o negar 10s"11Ci"fizon-
fescont ~'¡l'(¡;~~(íl7~ias'cosasadquieren significación para no-
S01ros. ÉsTe'es"él ií¡)ocfepaso contraproducente que se da
con'frecuenc-íi en nuestra civilización subjetivista. Al acen-'
tuar la legitimidad de la elección entre ciertas opciones, muy
a menudo nos encontramos con que privamos a las opcio- .
nes de su significaciónfExiste, por ejemplo, un cierto discur-
só-de justificación de orientaciones sexuales no convencio-
nales. Hay personas que"aésean sostener que la monogamia
heterosexual no es la única forma de lograr la realización
sexual, que quienes se inclinan por las relaciones homose-
1I0RIZO~TES I~FLL'nIIlLES 73
xuales, por ejemplo. no deberían tener la impresión de <¡lIe
emprenden un camino secundario, menos digno de recorrer.
Esto encaja bien en la moderna comprensión de la autenti-
cidad, con SLí noción de diferencia, de originalidad, dL' acep-
tación de la din'rsidad. Intentart? ampliar estas conexiones
más adelante.;l>ero por más que lo expliquemos, está claro
que esta retóric~ del a «c1iferencia", de la«diversidad" (in-
cluso der;¡lIultíCÚTtul:;lismo·,,) resulta central para la cultu-
ra conterhporáriea <.le la autentici<.lad.
Pero en algunas de sus formas, este discurso se desliza
hacia una afirmación <.le la elección misma. Toda opción es
igualmente valiosa, porque es trut9 de la librecIección, yes
la eTecci'Oñ Ia-qUéle-¿onfiere valo·r. El principio subjetivista
que subyaceaT relati\'ismo débil se encuentra aquí presente.
ÁUI19-~et;.st'2.!,1i<;~.5L~Xplícitamentel a existencia de un hori-
zonte de significado, por el que algunas cosas valen la pena
y'otras álgo menos, y otras no valen en absoluto la pena, con-~
mucha anterioridad a la elección. Pero en ese caso la elec- ~.
ción de la orientación sexual pierde todo significado espe-
cial. Se sitúa en el mismo plano que cualquier otra prdnen-
cia, como la que se da en parejas sexuales más altas o más
bajas, o rubias o morenasf"'Lnadie se le ocurriría inclIUJ.,r
e.!U.ll.i~ios.gL~Sljl11inªIOÜos a. causa de estas preferenclas,
pero eso sucede porque todas ellas carecen de importal.lCia.
É¡'l'i'ealitladdepcnden de cuáles sean nuestros sentimientos.
1Una vez llega a asimilarse a éstos la orientación sexual, que
es lo que sucede cuando hacemos de la eleccióll la razón jus- •
tificatoria crucial, la meta primitiva, que consistía en afir-
mar que esta orientación tiene igual valor, queda sutilmen-
te frustrada. La diferencia así afirmada se convierte en
illsigHi/icalgg.j -~
Afirmar el valor de la orientación homosexual ha de ha·
cerse de manera diferente, más empíricamente se podría de·
cir, teniendo en cuenta la naturaleza real de la experiencia
y la vida horno y heterosexual. No se puede asumir simple-
mente a priori, sobre la base dé que cualquier cosa que ~S'
cojamos será correcta.
·····En este caso, la afirmación del valor qU¡;eJ:P contaminada
74 LA (;TICA DE LA AUTENTICIDAD
tras su conexión con otra idea rectora, que antes he mencio-
nado de manera estrechamente entn:itejídacon"águéITií"1ade
ttbertad autodeterminada. Es en parte responsabréJer;Z~;'to
fñlesto en la elección como consideración crucial, ylaI11bién
dé( deslizamiento hacia un blando relativismo. Volveré ~s
t~lúJe sobl'e ello, al hablar de la forma en que la mela de la
autenticidad llega a pervertirse. Pero por el momento/la lec·:
ción general es que la autenticidad no pueda defenderse con
formas que hagan desplomarse los horizontes de significª-
do. Hasta el sentido de que la significación de mi vida pro-
víenede que se elige -en cuyo caso la autenticidad se fUQ-
da realmente en la libertad autodeterminada- depende de
la comprensión de que, ilIdependientemente de mi vollllztad:-
existe algo noble, valeroso y por tanto significativo en la con~
figuración de mí propia Vida/Tenemos aquí una imagen de
cómo son los seres humanos, situados entre esta opción qe
autocreación y formas más fáciles de escabullirse, de dejar-
sé llevar por la corriente, de someterse a las masas, y demás,
imagen que se toma por verdadera, descubierta, no decidi-
da. Los horizontes constituyen algo dado.
Pero hay más: este grado mínimo del carácter de lo dado,
que sostiene la importancia de la elección, no es suficiente
como horizonte, como vimos en el caso del ejemplo de fa
orientación sexual. Puede ser importante que mi vida sea ele-
gida, tal como afirma John Stuart Mili en Sobre la libertad,S
pero a menos que ciertas opciones tengan más significado
que otras, la idea misma de autoelección cae en la triviali-
<'lady por lo tanto en la incoherencia. La autoelección como
meal tiene sentido sólo porque ciertas cuestiones son más
s1gílíficativas que otras. No podría pretender que me elijo
¡)'''nlÍ mismo, y despfegar todo un vocabulario nietzscheano
de autuformación, sólo porque prefiero escoger un filete con
5.• Si una persona posee una dosis tolerable de sentido común yexpe-
riencia. la fonlla de disponer de su existencia qlle le es propia es la mejor.
no porque lu sea en sí misma. sino porque constituye la forma que le es
propia.» 101m Sillar! Mili, Tlzree Ess!lVs (OxforJ University Pr'ess, )'175). pago
l:13 (versión castellana: Sobre la libertad. Madrid. Alianza Editorial, 1% 1).
b
HORIZONTES INELUDIBLES 75
patatas en vez de un guiso a la hora de comer. YJlué cuestiillO:'
nes son las significativas no es cosa que yo determine. Si fue-
r:a yo quien lo decidiera, ninguna cuestión sería significati- ..
va. Pero en ese caso el ideal mismo de la autoelección como
idea moral sería imposible.
--De modo que el ideal de la autoelección supone que hay!
otras cuestiones significativas más allá de la elección de uno ~
mismo. La idea no podría persistir sola, porque requiere un f •
horizonte de cuestiones de importancia, que ayuda a definir'
los aspectos en los que la autoformación es significativá. Si-"
guiendo a Nietzsche, soy ciertamente un gran filósofo si lo:·
gro rehacer la tabla de valores. 'Pero esto significa redefinir
los valores que atañen a cuestiones importantes, no confec-
cionar el nuevo menú de McDonald's, o la moda en ropa de
sport de la próxima temporada.
El agente que busca significación a la vida, tratando de
definirla, dándole un sentido, ha de existir en un horizonte
de cuestiones importantes. Es esto lo que resulta contrapro-
ducente en las formas de la""cultura contemporánea que se
concentran en la autorrealización por oposición a las exigen-
cias de la sociedad, o de la naturaleza, que se cierran a la I1Is-
foria y a los lazos de la solidaridad. Estas formas «narcisis-
tas» y egocéntricas son desde luego superficiales y
o
trivializadas; son «angostas y chatas», como dice Bloom. Pero
esto no sucede así porque pertenezcan a la cultura de la
autenticidad. Ocurre, por el contrario, porque huyen de sus
estipulaciones. Cerrarse a las exigencias que· proceden de
más allá del yo supone supriríili'predsanlenie'Tas condicio-
nes de significación, Y..EQE..~é;\n"to cortej~rt.lJ~}E.i~·:L~i~aci~n.
Eñla-ñ-redicIá en que la gente busca en esto un ideal, este
autoaprisionarse es autoanulador; destruye las condiciones
en las que puede realizarse,
Dicho de otro modo, sglo put?Ao, definir mi id.e.n.tidad cQO:
tra el tE,i,l,§fgndo dea9.'-;l.~!las cosas que tienen importancia.
_ _ • ••••• o "0 o~• • • • • • • • • • • • _ .
Pero poner entre paréntesis a la historia, lanaturaleza, la so-
ciedad, las exigencias de la solidaridad, todo salvo lo que en-
'uentro en mí, significaría eliminar a todos los candidatos
qut;;..J~ugnan por lo que tiene importancia. Sólo si existo en
76 LA ~T¡CA DE LA AUTENTICIDAD
un mundo en el que la historia, o las exigencias de la natura-
leza, o las necesidades de mi prójimo humano, o los deberes
del ciud~dano, o la llamada de Dios, o alguna otra cosa de
este tenor tiene l/na importancia que es crucial, puedo yo de·
finir una identidad para mí mismo que no sea trivial. L~
~ autenticidad no es enemiga de las exigencias que emanan~de,
¡Tías allá del yo; presupone esas exigenciéls.
.Pero si esto es así, hay algo que puede decirse a quienes
se hallan en los modos más trivializados de la cultura de la
autenticidad. La razón no carece de poder. Por supuesto que
con esto no h~mos llegado hasta ahora muy lejos; sólo lo su-
ficiente como rara mostrar que algunas cuestiones de suyo
transcendentes son indispensables [cuestión (b), supra}. No
hemos mostrado que haya de tomarse en serio a alguien en
particular. La argumentación no es hasta aquí más que un
bosquejo, y espero desarrollarla (un poco más) en los siguien-
tes capítulos. Pero por el momento quiero pasar a otra cues-
tión (a), si hayo no algo contraproducente en una forma de
realización que niega nuestros vínculos con los demás.
v
LA NECESIDAD DE RECONOCIMIENTO
(2) Otro de los ejes comunes de la crítica de la cultura de
J la autenticidad contemporánea consiste en que alienta una
comprensiónpuram.ente p_~rsoflaLde laautorreali?:<lción, con-
virtiendo las diversas asociaciones y comunidades en las que
entra el individuo en puramente instrumentales en su signi-
ficado. En un nivel social más amplio, esto resulta antitético
para cualquier compromiso más intenso con la comunidad/
Convierte especialmente la ciudadanía política, con su sen-
tido del dcber y su lealtad a la sQciedad política, en algo cada
vez más marginal. l En un plano más íntimo, nutre una vi-
sión de las relaciones en las que estas deberían supeditarse
ala realización personall La relación es secundaria a la auto~
J rrealización de los miembros.lEn esta visión, los lazos incon-
díciollales, destinados a durar de por vida, tienen poco sen-
tido. Una relación puede perdurar hasta la muerte si contim~la
sirviendo a su finalidad, pero carece de sentido declarar a
priori que debería ser de este modol
Esta filosofía quedó articulada en un libro de gran popu-
laridad de mediados de los años 70: «No puedes llevártelo
todo cuando partes para el viaje de la edad madura. Te vas
alejando. Te alejas de las demandas de las instituciones y de
los planes de otras personas. Te alejas dela$-.\lalgraciones
. y de las acreditaciones externas. Te alejas de tus moaelos-y
V te intcrnas en cl yo. Si pudiera hacer unollsc'quio de (]espe=
-aida a todo el que parte para este viaje, le regalaría una tien-
da de campaña para esta etapa de provisionalidad Un obse-
quio de arraigos personales portátiles (...) Existe para todos
1. Esta cuestión se argumenta vigorosamente en R. Bellah y otros, l/a-
bits of the lIearl.
J
78 LA ÉllCA DE LA AUTENTICIDAD
nosotros la oportunidad de renacer, autéllticamellte única,
además de la capacidad de amarnos a nosotros mismos y lle-
gar a los demás. (oo.) Los deleites del descubrimiento de uno
mismo esolán siempre a nuestra disposición. Aunque las per-
sonas amadas entren y salgan de nuestras vidas, la capaci-
dad de amar permanece».2
~
La autenticidad parece definirse una vez más de una 1'01'-
la que se centra en el yo, que nos distancia de nuestras re-
adanes con los otros. Y esto no ha pasado inadvertido a los
críticos que he mencionado anteriormente. ¿Puede decirse
algo sensato sobre esto?
. Antes de esbozar el rumbo de mi argumentación, es im-
portante observar que el ideal de autenticidad incorpora cier-
J tas nociones de sociedad, o almenas de cómo deberían vivir
juntas las personas. La autenticidad es una faceta del indi-
vidualismo moderno, y constituye un rasgo de todas las for-
mas de individualismo no sólo que acentúen la libertad del
J l1 dividuo sino también que propongan modelos de sociedad.
No alcanzamos a ver esto cuando confundimos los dos sen-
tidos bien diferenciados de individualismo que distinguí an-
teriormente. El individualismo de la anomia y de la descom-
posición no tiene por supuesto ética social algUI:a ligada a
él; pero el individualismo como principio o ideal moral debe
ofrecer un+l Cierta perspectiva sobre cómo debel'ía vivir un
individuo entre los demás.
Así pues, las grandes filosofías individualistas también
U
propusieron modelos de sociedad. El individualismo lockea-
lonas dio la teoría de la sociedad como ~ntra..!o. Formas
posteriores establecieron relaciones ligadas a nociones ele so-
beranía popular. Dos moelos de existencia social se en0tr-
iañJCliiodobastante evielente en la cultura contemporánea
ele la autorrealización. La primera se basa en la noción eler-
(krecho u..l..l iversa..l. : t~_c.I<:>~Ln:unelo ~cb:ría ,tener el derecll?
J y la capacidad ele ser uno rmsmo.E's esto to que subyace al
I~~Iativis~o blando como princi~io mo!:a~~~1~~e-
2. Gail Sheehy, l'assages: P'edi~rab/e C,ises vf Adu/r Ufe (Nu!"va York,
lLtnlam Books, 1<)76), págs. 364, 513. (En cursiva en el original.)
n
l.A SECESIDAD DE RECO!\:OCIMIENTO 79
! cho a..criticarJos valores de los dc;:más.Esto inclina 3:CLuienes
J . l'S-tfu1 imbuidos de esta cLiltui:aa-c~c-epcionesde justiciá-im)-
ce¿f¡rnent~l:-e¡ límite de la autorrealización de cualquier peí'-
sana debe ser la salvaguardia de iguales oportunidades para
os demás en esta realización.) . '._'--"
En segundo lugar, esta cultura pone gran énfasis en las
relaciones en la esfera de la intimidad, especialmente en las
relaciones sentim-e;{tálcs'~~s-~"f~'~coñ-siderae scenario primor-
dial de ~~!-0e.~p}or~c:i2!1 y autodescubrimiento y se encuen-
tran entre las formas más importantes de autorrealización.
Esta visión refleja la continuación en la cultura moderna de
una tendencia que tiene siglos de antigüedad y que coloca
I el centro de gravedad de l<l.vidabuena no en cierta 'esfera
superior, sino en lo que quiero llamar «vida corriente», que
es la vida dé la producción y de la familia, del trabajo y del
amor. 4
Anteriormente me he referido al modo en que se forman
nuestras identidades en diálogo con los demás, en el acuer-
do o en la lucha con su reconocimiento de nosotros. En cier-
to sentido, podernos decir que el descubrimiento y la articu-
lación de este hecho en su forma moderna se produjeron en
íntima!l lación con el ideal en desarrollo de la autenticidad.
Podemos distinguir dos cambios que en conjunto han he-
cho inevitable la preoctipación moderna por la identidad y
el reconocimiento. Efprimero es el derrumbamiento de las
jerarquías sociales, que solía constituir la base del honor: Uti-
lizo «honor» en el sentido del allcien régil1le enel q~le está
intrínsecamente ligado a las desigualdades. Para que algu-
nos gocen de honores es esencial en este sentido que no to-
dos puedan gozar de ellos. Es éste el sentido en el que Mon-
tesquieu lo utiliza en su descripción de la monarquía. El ho-
3. Bellah y otros. Adviértase la conexión entre este tipo de individ·ua-
lismo y la justicia procedimental en Habi/s págs. 25-26.
4. lIe discutido con más detalle tan completo giro de la cultura moder-
na en SOllrces of ¡he Self, especialmente en el capítulo \3. Sin embargo,
refleja también algo que resulta aquí importante: admitir que nuestm iden-
tidad requie¡·e el reconocimiento por parte de los demás.
s
80 LA EnCA DE LA AUTENTICIDAD
lIor es intrínsecamente una cuestión de «préférences».5
También cs el sentido en que solemos utilizarlo cuando ha-
blamos de honrar a alguien, otorgándole alguna recompensa
pública, CC1mo, por ejemplo, la Orden del Canadá. Evidente-
mente, carecería de valor si mañana decidiéramos otorgár-
scla a todos los canadienses mayores de edad.
Contraria a esta noción de honor teneIl1O.S!a noción mo-
den~;de dignidad, ahora utilizad; en un sentido lInivel~~
sallsta e igualitario, en la que hablamos de la inherente
«dignidad de los seres humanos», o de la dignidad de los ciu-
dadanos. La premisa aquí subyacente es que todo el mundo la
comparte. 6 Este concepto de dignidad es el único compati-
ble con una sociedad democrática, y resultaba inevitable que
el vicjo concepto del honor quedara arrinconado. Pero esto
ha significado tambiéD.sn!~.ªJormasdel reconocimiento en
üifrrllsñl01JTano yengan a ser e~ares'parata.etéffiocracia .
. . Por ejemplo, que deba utilizarse con todoermundoeitra-
tamiento de señor, señora o señorita, en lugar de llamar a
algunas personas por su título, y a otras simplemente por
sus apellidos o, lo que es más degradante, por sus nombres
de pila, se ha considerado crucial en algunas sociedades de-
mocráticas, como los EE.UU. y más recientemente, por ra-
zones semejantes, señora y señorita han dejado paso a un úni-
co tratamiento común.? La democracia ha introducido una
5. Montesquieu, "La nature de I'honneur est de demander des préféren·
ces el des distincli(Hls»; De l'Esprit des [,vis, Livre lIt, capítulo vii (versión
castellana: Del eS¡Jiritll de las leyes, Madrid, Teenos, 1985).
6. El significado de este paso del "honor» a la "dignidad» es objeto de
una interesante discusión por parte de Peter Berger en su "On the Obso-
\escence 01' lhe Concepl uf lIonour». en RcvisiollS: CllUll~illg Perspcctives
ill Morall'ililnsopily, comp. de Stanley lIauerwas y Alasdair MacIntyre (No-
tre Dame, University of Notre Dame Press, 1983), págs. 172·181.
7. Ese término único es en inglés «Ms», una denominación más neu-
tra, producto de los esiuerzos dd movimiento feminista de la década de
los 60, y compromiso intraducible entre señora (<<Mrs») y señorita (<<l\liss»)
con el fin de eliminar a su vez estos dos últimos. Equivalente en castellano
seria la adopción del tratamiento «señora», en caso de usarse alguno, para
todas las mujl'l'es. COII independencia de su condición, suprimiendo el de-
uigrallte «seilOrita», cuya correspollencia masculina no en vano cayó en de·
suso hace ya mucho tiempo [T.]
z
LA NECESIDAD DE RECONOCIMIENTO 81
política de reconocimiento en un plano de igualdad, que ha
adoptado formas diversas con los años y que vuelve ahora
en forma de exigencia de igual estatus para todas las cultu-
ras y los sexos.
_ Pero la importancia del reconocimiento ha quedado mo-
\dificada y se ha visto intensificada por la comprensión de
,la identidad que surge con el ideal de la autenticidad. Esto
• .1er~ en pa. rte p.r.o.. d.uc..to de. l. de.. c.lin. ar de la sociedad jerárqui-
, cal En esas sociedª.des a!1teriores, lo que ahora llamaríamos
\idenTldú'dde una persona quedaba fijada en buena medida
·¡
•
por su posición social;!.-:'_.~~~}~~eltrasfo_n~o,queci<l.basenti·
DO a lo que la persona reconocía c0!TI0 Importante estaba en
gran nlééTIda.'deter.:minado por su lugar en la sociedad yel
~per ó.élctividad ligados a esta. El advenimiento de una so-
ciedad democrática no termina por sí mismo con esto, pues-
to que las personas pueden todavía definirse por sus papeles
sociales. Pero lo que socava decisivamente esta identificación
¡socialmente derivada es el ideal mismo de autenticidad. A
:medida que aparece, como sucede por ejemplo con Herder,
me convoca a descubrir mifor ll1a de ser original. Esto iio
puede, por defíñTdón,dedvarsé s¿~ialmente sino que debe
/ ge-rierarse intúiormente.!
En la naturaleza del caso no hay nada que pueda consi-
derarse producto de una generación interior, monológica-
mente entendida, como traté de argumentar anteriormente.
Descubrir mi identidad por mí mismo no significa que yo
la elabore aisladamente sino que la negocio por medio dd
diálogo, en parte abierto, en parte introyectado, con otros. Esa
es la razón por la que el desarrollo de.1!nigeal de identidad
generada desde el interior otorga una importan<;;ia nueva y
, / ' rtrucial al reconocimiento. Mi propia identidad c!eeen&'de
V lodo Crucial de mi relación dialógica con otros.
..:.:-. La cuestión no estriba en que esta dependencia de los de-
más surgiera con la época de la autenticidad. Siempre exis-
\tió alguna forma de dependencia. La identidad socialmente
~
~rivadª..q~pendía por sllj)ropia naturaleza de "l'aso'cTe'cI~l
/ P.:.ro en épocas allteriores el reconocimiento nunca aparecía
V _9910 problema. El recol1<:>cjm~Eto social se erigía sobre la.
-
82 LA f:TlCA DE LA AUTENTICIDAD
\
identidadsocialmente derivada a partir del hecho mismo de
que se béls~b;;-tiri-~éélt~goriass~~iales que todo el mundo daba
J Pcl¡:" selltacras:-EI problema de Iaidentidad interiormente de-
I Bvada, 'Pers'onal y 06E}~al,~~que no disfr'üTá-(Je _e~.!~:s~
;nocillliellto
\ ' . ----
él priori. Ha ele ganárselo ._-_._
por_ _medio
.. ....•.•..... ....
..
{Dio, y puede f raGlsa!:.~.n el t;lnl'eño. Lo que ha advenido en
.. ~~
del intc.;rcam-
_ ,-"
--._-........--,~-
'la era moderna 110 es la Ilecesidad de reconocimiento sino.
las condiciones en que éste puede fracasar. Yésac?la razón
por la que la necesidad sere.cQ11Qfe ahora por vez primera.
En tiempos premodemos, las perso~ñonáD¡--aDai1ae'«ielen-
J lidad» 'ni de« reconocimiento», no porque no tuvieran (lo que
llamamos) idcntidadéslJ"'po¡'qu-e'no-aepen¿neran~stas
conocimiento, sino más bien porque entonces estaban demav
del r~
siado libres de conflictos para ser tematizadas como tale,s,.
No resulta sorprendente que podamos encontrar alguna
de las ideas seminales sobre la dignidad ciudadana y el re-
conocimiento universal, aunque no sea en estos términos, en
Rousseau, uno de los puntos de origen del discurso moder-
no de la autenticidad. Rousseau es un agudo crítico del ho-
nor jerárquico, de las «préférences». En un significativo pa-
saje del DisclIrso sobre la desigualdad, localiza con toda
jJrecisión el momento fatal en el que la sociedad da un giro
hacia la corrupción y la injusticia, cuando las personas em-
piezan a desear laestima prefe renci a 1.8 Por contraposiCíá'i1,
lenh sociedad republicana, en la que todos pueden partici-
'pr'-por
l
igual a la luz de la atención pública, ve la fUente
---' ---..-.
8. Rousseau describe las prime¡'as asambleas. "Chacun commcn<;a a re·
garder les aulres el a vouloir elre regardé soi·meme, el l'eslime publique
eul un prix. Cclui qui chantail ou dansail le mieux; le plus beau, le plus
fort, le plus adroil ou le plus éloquenl devint le plus considé¡'é. et ce fut
la le premier pas vers l'inégalilé, et vers le vice en meme temps.» Cada uno
comenzó a mil-al- a los demás y a querer mirase a sí mismo, la estima púo
blica tenía un precio. Aquel que cantaba o bailaba mejor; el más hermoso,
clmás fuerte, el más diestro, el más elocuente se convertía en clmás consi·
dtTado, y así se dió el primer paso hacia la desigualdad, y a la vez hacia
el vicio. lJiscours sur l'Origille et les F()//(lelllellts de 1'!llégalité parllli les
I/olllllles (París, Granier. Flammarion, 1971), pág. 210 (versión castellana:
Discurso sobre el origell y fUlldamellto de la desigualdad de los hOlllbres,
Madrid, Alhambra, 1989).
LA NECESIDAD DE RECONOCIMIENTO
de la salud. 9 El principio crucial era que no debería haber
división entre actores y espectadores, sino que todos debe-
¡rían ser vistos por todos. « Mais quels seront enfín les objets
(fes ces spectacles? Qu'y montrera-t-on? Rien, si I'on veut (...)
donnez les spectateurs en spectacles; rendez les acteurs eux-
memes; faites que chacun se voie et s'aime dans les autres,
que tous en soient mieux unis.» (Pero, ¿cuál será el objeto
de estos espectaculos? ¿Qué es lo que se mostrará? Nada, si
se quiere (...) dad a los espectadores espectáculos; convertid-
los a ellos mismos en actores; haced que cada uno se vea y.
se estime en.. los. dema.'s, que todos estén más unidos.) Sin e~
bargo, es en Hegel lO donde al tema del reconocimiento se le
da tempraríameñi'esu más influyente tratamiento.
La importancia del reconocimiento se admite hoy univer-
salmente de una u otra forma; en el plano de la intimidad
somos todos conscientes de cómo se forma y deforma la iden-
tidad en nuestro contacto con los otros significativos. En el
plano social tenemos una política incesante de reconocimien-
to en un plano de igualdad. Ambos han sido configurados
I por el creciente ideal de la autenticidad, y el reconocimien-
\ to desempeña un papel esencial en la cultura que ha surgi-
~o en torno a ello.
En el plano de la intimidad, podemos ver en qué medida
una identidad necesita y es vulnerable al reconocimiento
otorgado o negado por los otros significativos. No resulta sor-
prendente que en la cultura de la autenticidad, las relacio-
nes se consideren puntos clave del autodescubrimiento y la
autoconfirmación. Las relaciones sentimentales no son im-
portantes a causa tan sólo del énfasis general de la cultura
9. Véase, por ejemplo, el pasaje de las .Considerations sur le GOUWI"-
nement de Pologne., en las que se describe el antiguo festival público, donde
todo el mundo tomaba parte, en Dti Cotllral Social (París, Garniel', 1962),
pág. 345 (versión castellana: Del cmllralo social, Madrid, Alhambra, 1989);
y también el pasaje paralelo en .Lettre a D'Alembert sur les Spcctacles»,
ibid., págs. 224-225.
10. Véase, La fenomwologia del espiriltt (México, Fondo de Cultura Eco-
nómica, 1973), capítulo 4.
p
84 LA i?TICA DE LA AUTENTICIDAD
~
n-oderna en las satisfacciones de la vida corriente. Son tam-
bién cruciales porque son crisoles de la identidad generada
desde el interior.
e En el plano social, la comprensión de que las identida-
des se forman en diálogo abierto, no configurado por un
guión social previamente definido, ha convertido la política
del reconocimiento en un plano de igualdad en algo más cen-
tral y acentuado. De hecho, ha elevado considerablemente suSJ
intereses. El reconocimiento en un plano de igualdad no esl
solamente la forma apropiada de una sociedad democrática!
saludable. Su rechazo puede causar perjuicios a aquellos a'
quienes se les niega, de acuerdo con un punto de vista mo~
derno muy extendido. La proyección de una imagen inferior
o degJ ,dante de otro puede realmente distorsionar y opri-
mir, en la medida en que se interioriza. No solamente el fej
minismo contemporáneo, sino también las relaciones inte-
rraciales y los debates multiculturales están revestidos por
\ _Al debajo de la premisa de que la negación del reconocimiento
f"\ -..4J~.'(jI'" puede constituir una forma de opresión. Puede cuestionar-
'f/ y f se si se ha exagerado o no este factor, pero queda claro que
b la comprensión de la identidad y la autenticidad ha introdu-
1\ cido una nueva dimensión en la política del reconocimiento
(1 en un plano de igualdad, que opera ahora con algo similar
{) a su propia noción de autenticidad, al menos en la medida
en que concierne a la denuncia de las distorsiones induci-
das por otros.
A la luz de esta comprensión en desarrollo delxeconoci-
miento durante los dos últimos siglos, podemos darnos cuen-
ta de-por qué la cultura de la autenticidad ha llegado a otó~r-
I'\ gái' prioridada)os .90~_P1odosde vivirjuntos que mencioné
ánteriormente:(]) en el plano social, el principio crucial es
erdeh:~~.i1' que exige iGualda_d de oportunidades para que
er
todo mundo desarrolle su propia identidad, lo que inclu-
ye -como podemos comprender ahora con mayor claridad-
el reconocimiento universal de la diferencia, en las formas
en que esto resulte pertinente para la identidad, ya sean de
----
sexo, raciales, culturales, o estén relacionadas con la orien-
tación sexual; y (2) en la esfera de la intimidad, la relación
-- ---
LA NECESIDAD DE RECONOCIMIENTO 8S
sentimental que forma la identidad tiene una importancia
crucial/
La pregunta con la que inicié este capítulo puede quizá
formularse del si .g uiente modo: ¿.pu..ed.e.. u.n m.od.o... d.. <:_\,~~a.~~le I
se centra en ~o, entendiendoporello q.ue conlleva tratar \/
ñüestras áSOciaciones como merarr¡ente instrumentales, jus-
tificarsea la luz de la autenticidad? Quizá podemos volver
iTormuIaiT:i preguntando si estos modos de vivir juntos que
son objeto de preferencia admitirán esta clase de forma de
ser tan descastada.
(1) En el plano social, podría parecer que la respuesta es
un sí rotundo. TQdo lo que parece requerir el reconocimien-
to de la diferencÚies que aceptemos algún principio de jus-
ticia procedimental. No exige que reconozcamos una fuerte
lealtad a una república de ciudadanos o a cualquier otra for-
ma de sociedad política. Podemos «dejarlo pendiente», mien-
tras tratemos a todo el mundo de la misma manera. Desde
luego, podría a-rgumentarse incluso que cualquier sociedad
política que se base en alguna noción fuerte de bien común
respaldará ella misma por este mismo hecho las vidas de al-
gunas personas (de aquellas que apoyan su noción del bien
común) por encima de otras (las de aquellos que buscan otras
formas de bien), y negar por tanto el reconocimiento en pla-
no de igualdad. Algo parecido a esto, como ya hemos visto, 7 ,/)
:constituye la premisa fundamental de un liberalismo de la
~utralidad, que cuenta hoy en día con muchos partidarios. .) 6
Pero esto resulta demasiado sencillo. Teniendo en mente
~::~u.qm.e. _.n.et'~;;:;:/'~c.~.~o.í.~~~OI:~\~~~~~;. i:~. .E.O:t~:¡;:i1~c~;~:
u.
)~~nocei' igual valor a mooosdiferentes de ser. Es este reco-
!.nocTmientode esa igualdad el que requTe¡'~""i:ina política de
'reconocimiento de la identidad. Pero, ¿en qué se funda la
igualdad de valor? Ya vimos anteriormente que el simple he-
<cho de que las personas elijan diferentes formas de ser no
les convierte en iguales; ni tampoco el hecho de que vayan
a encontrarse a sí mismos en sexos, razas y culturas diferen-
tes. L~era diferencia no p~~~:k...~eIJ2..0r s!.J!1.í.s.rna fundamen-
to d~~lg"-tg.Q~ valor. - -
=
86 LA ÉTICA DE LA AUTENTICIDAD
Si hombres y mujeres son iguales, no es porque sean di·
Jerentes, sino porque por encima de la diferencia existen cier-
Itas propiedades, comunes o complementarias, que tienen
r cierto valór. Son seres capaces de razón, de amor, de memo-
ria o de reconocimiento dialógico. Unirse en el mutuo reco-
( nacimiento de la diferencia -es decir, del valor igual de iden-
tidades diferentes- requiere que compartamos algo más que
la creencia en este principio; hemos de compartir también I
ciertas normas de valor en las que las identidad~en,eues- C~J
tión se demuestran iguales. Debel::xistir cier!o ~~.y~xdo'fun-;", ¡
damentalsobre elvalor, ode otroll1odo el pririctpio formal tt'!
de ra igualdad estará vácío y constituirá una impostura. Po- '
deÍl1os"áJábareI reconocimiento en un pIano de igualdad oe
p-úertas .afuera, .. pero'notompartiremosl:rcomprerfston-de
rargu~adad a'inúios que compartá'm'osargo'mas.1teconocer·
fa diferencia, al igual que IaelecciÓi1 de uno mismo, requie-
re un horizonte de significación, en este caso compartido.
Esto no demuestra que tengamos que pertenecer qlJl}~.
!,sociedad política común; de otro modo no podríamos reco·
/ nacer a los extranjeros. Y no muestra por sí mismo que ha-
yamos de tomarnos en serio la sociedad política en la que
estamos. Hace falta que se cumplan más cosas. Pero ya con
ello podemos darnos cuenta de cómo podría avanzar la ar-
gumentación: cómo desarrollar y preservar los rasgos cie va-
lores comunes a nosotros se convierte en a.lgo importante,
jn y una de las formas cruciales de llevar a cabo esto consiste
§..s.Qll1l?ªEtir una vida política participativa. Las exigencias
que enJrañS:\reconocer la diferencia nos llevan en sí mismas
má'~'allá de la justiCia procedimental.
/
:r
--r2j ¿Qué hay de nuestras relaciones? ¿Podemos verlas
.;' como instrumentales para nuestra realización, y por tanto
como fundamentalmente tentativas? En esto la respuesta es
más fácil. Seguramente no, si van a formar también nuestra
identidad. Si las intensas relaciones de autoexploración van
a ser formativas de la identidad, en ese caso no pueden en
principio ser tentativas -aunque pueden, por desgracia,
romperse- y no pueden ser meramente instrumentales. De
hecho las identidades sufren cambios, pero les damos foro
LA NECESIDAD DE RECONOCIMIENTO 87
rna como identidad de una persona que en parte ya ha vivi-
do y en parte completará el vivir de toda una vida. No ddi·
no una identidad que «me sirva para 1991», sino que trato
más bien de dar significado a mi vida tal como ha sido y corno
la proyecto más allá sobre la base de lo que ha sido. Las rela-
ciones que definen mi identidad no pueden considerarse, en
principio y de antemano, como prescindibles y destinadas
a ser sustituidas. Si mi autoexploración adopta la forma de]
esas relaciones temporales en principio y en serie, entonces
no es mi identidad lo que estoy explorando, sino una moda-
lidad de placer.
A la luz del ideal de autenticidad parecería que tener re-
laciones meramente instrumentales supone actuar de una
forma que se anula a sí misma. La noción según la cual pue-
de buscarse de este modo la propia realización parece iluso-
ria, lo mismo en cierto modo que la idea de que uno puede
elegirse a sí mismo sin reconocer un horizonte de significa-
dos que va más allá de la elección.
En cualquier caso, eso es lo que esta somerísima argu-
mentación quería sugerir. No puedo pretender haber llega-
do a ello con conclusiones sólidas, pero espero haber hecho
algo para sugerir que la envergadura de la argumentación
racional es mucho mayor de lo que a menudo se supone, y
por lo tanto que esta exploración de las fuentes de la identi-
dad tiene algo de sentido.