Biografía
Felipe Varela, estanciero y militar argentino, líder del ú ltimo
pronunciamiento de los caudillos del interior contra la hegemonía
política conquistada por la provincia de Buenos Aires en la batalla de
Pavó n. Contrario a la Guerra del Paraguay o Guerra de la Triple
Alianza, fue apodado el Quijote de los Andes por el desafío que plantó al
gobierno central con un reducido ejército de menos de 5.000 hombres,
hizo frente a éste en la regió n andina y cuyana durante varios añ os.
Finalmente derrotado, murió exiliado en Chile.
La figura de Varela, como tantas otras de la época, resulta fuertemente
controvertida; los historiadores revisionistas han reivindicado su
oposició n a Bartolomé Mitre y a la Guerra del Paraguay. Otros autores
han apreciado la lucidez del Manifiesto con el que proclamó su
oposició n a Mitre, una de las expresiones má s acabadas y expresivas
del ideario federal.
Los partidarios de la facció n liberal, por el contrario, lo han
considerado un salvaje sanguinario, una versió n que se ha consagrado
en el texto de la zamba La Felipe Varela, de José Ríos, que reza:
"Galopa en el horizonte, / tras muerte y polvaderal; / porque Felipe
Varela / matando llega y se va."
Por otro lado, la cuarteta recogida por Juan Alfonso Carrizo expresa:
"De Chile llegó Varela, / y vino a su Patria hermosa. / Aquí ha de morir
peleando / por el Chacho Peñ aloza."
Sus inicios de combatiente
federal
Nacido en el añ o 1821, posiblemente el 11 de mayo. Fue bautizado con
el nombre de Juan Felipe por el Pbro. Francisco Jacobo de Acuñ a en la
capilla de San Isidro, actual departamento Valle Viejo, provincia de
Catamarca, el 9 de junio de1822 de 1 añ o de edad, actuando como
padrinos del futuro caudillo: Valentín Castro y una hermana del Pbro.
Acuñ a, Juana Antonia Acuñ a. Era hijo del caudillo federal Javier Varela
y de María Isabel Ruarte o Rubiano .
Varela, poseedor de tierras en Guandacol (provincia de La Rioja),
combatió contra el gobierno de Juan Manuel de Rosasen la década de
1840. La persecució n del gobernador de Buenos Aires le llevó al exilio
en Chile, donde se unió al ejército de ese país en la Revolució n de 1851;
luego de la caída de Rosas, en 1852, retornó sumá ndose al ejército de
la Confederació n, donde ocupó el cargo de segundo jefe de la frontera
en Río Cuarto.
En 1861 peleó bajo las ó rdenes de Justo José de Urquiza en la batalla
de Pavó n, que marcó el triunfo de la facció n porteñ a y el inicio de la
hegemonía mitrista. Tras la derrota se unió a las filas
del Chacho Peñ aloza en su sublevació n contra las autoridades
nacionales.
Como protegido del Chacho, fue nombrado jefe de la policía en La Rioja.
En 1863 invadió la provincia de Catamarca, y luego combatió contra las
fuerzas de Wenceslao Paunero en las batallas de Las Playas y Lomas
Blancas. Después del asesinato de Peñ aloza, Varela se refugió en Entre
Ríos, donde fue edecá n del gobernador Urquiza. Un añ o má s tarde
volvió a Chile.
Allí se puso en contacto con la llamada Unión Americana, una red de
corresponsales de los círculos intelectuales de esa época, formado para
repudiar los ataques europeos contra Perú , y que había protestado
enérgicamente por el apoyo argentino y brasileñ o a la revolució n
de Venancio Flores en el Uruguay. También acusaba al Brasil y al
gobierno argentino por causar la guerra del Paraguay.
La revolució n de los
colorados
A través de la Unió n Americana, Varela comprendió en profundidad el
proceso político en que estaba sumergido su país, y se puso a organizar
una campañ a militar para regresar. Durante muchos meses no pudo
hacer nada, ya que no tenía dinero. Pero algú n oficial chileno decidió
que atacar a la Argentina era una buena idea en ese momento, y sin
permiso superior puso a disposició n de Varela algunos soldados.
Nombró jefe de ese cuerpo a un comandante Medina, al frente de unos
150 soldados chilenos con armas automá ticas, muy pocas pero muy
efectivas.
Acérrimo opositor al gobierno de Buenos Aires, Varela percibió la
impopularidad de la guerra del Paraguay y decidió intervenir
nuevamente. Provisto de buena inteligencia sobre las decisiones
diplomá ticas tras la creació n de la Triple Alianza y las motivaciones de
Mitre, liquidó sus posesiones para equipar un par de batallones de
exiliados, así como combatientes chilenos afines a su causa. A fines
de 1866, Varela ya había decidido ingresar a su país, lo que hubiera
sido una locura sin apoyo interno. Pero en su ayuda llegó la Revolución
de los Colorados.
En noviembre estalló en Mendoza una sublevació n de las tropas que
debían partir a la guerra del Paraguay, dirigida por el coronel Juan de
Dios Videla. Liberaron a los presos de la cá rcel, entre los cuales se
hallaba el doctor Carlos Juan Rodríguez, un federal puntano a quien
Videla hizo nombrar gobernador de Mendoza. En dos días controlaron
toda la provincia. Pocos días después derrotaron al coronel Pablo
Irrazá bal, el asesino de Peñ aloza. De allí pasó Videla a la provincia de
San Juan, donde derrotó y expulsó al gobernador y ocupó su lugar a
principios de enero de 1867, y enseguida derrotó al coronel Julio
Campos, gobernador unitario de la provincia de La Rioja en la batalla
de Rinconada del Pocito.
El mando militar de la revolució n quedó en manos del coronel Felipe
Saá , que recuperó la provincia de San Luis. En muy poco tiempo habían
tomado el poder en todo Cuyo. Y contaban con el apoyo del gobernador
cordobés Mateo Luque.4
Convocando a las montoneras residuales de otros caudillos muertos en
todo el país má s combatientes chilenos, Varela marchó sobre territorio
argentino portando bandera con la consigna de ¡Federación o Muerte!.
En San José de Já chal, provincia de San Juan, lanzó el 10 de
diciembre de 1866 su proclama revolucionaria:
"¡Argentinos! El pabelló n de mayo que radiante de gloria flameó
victorioso desde los Andes hasta Ayacucho, y que en la desgraciada
jornada de Pavó n cayó fatalmente en las ineptas y febrinas manos del
caudillo Mitre, ha sido cobardemente arrastrado por los fangales
de Estero Bellaco, Tuyuty, Curuzú y Curupayty. Nuestra Nació n, tan
feliz en antecedentes, tan grande en poder, tan rica en porvenir, tan
engalanada en glorias, ha sido humillada como una esclava, quedando
empeñ ada en má s de cien millones y comprometido su alto nombre a
la vez que sus grandes destinos por el bá rbaro capricho de aquel
mismo porteñ o, que después de la derrota de Cepeda lagrimeando juró
respetarla".
"Tal es el odio que aquellos fratricidas porteñ os tienen a los
provincianos, que muchos de nuestros pueblos han sido desolados,
saqueados y asesinados por los aleves puñ ales de los degolladores de
oficio: Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazá val y otros varios
dignos de Mitre."
"¡Basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin
corazó n, sin conciencia! ¡Cincuenta mil víctimas inmoladas sin causa
justificable dan testimonio flagrante de la triste e insoportable
situació n que atravesamos y que es tiempo de contener!"
"¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores de la Patria! ¡Abajo
los mercaderes de las cruces de Uruguayana, a precio de oro, de
lá grimas y de sangre argentina y oriental! Nuestro programa es la
prá ctica estricta de la constitució n jurada, del orden comú n, la paz y la
amistad con el Paraguay, y la unió n con las demá s repú blicas
americanas."
"¡Compatriotas nacionalistas! El campo de la lid nos mostrará el
enemigo. Allí los invita a recoger los laureles del triunfo o la muerte,
vuestro jefe y amigo."
La Rioja cayó en manos federales tras una rebelió n militar contra el
comandante Irrazá bal, autor de la muerte de Chacho Peñ aloza. Al poco
tiempo se unieron a Varela otros caudillos menores, como Santos
Guayama, Sebastiá n Elizondo y Aurelio Zalazar, con los cuales llegó a
formar un ejército de má s de 4.000 hombres.
Varela ocupó el oeste de las provincias de La Rioja, luego ocupó la
ciudad de La Rioja, y volviendo hacia el oeste tras la victoria del
montonero chileno Estanislao Medina sobre el ex-gobernador
catamarqueñ o Melitó n Có rdoba, que murió en el combate, el 4 de
marzo cerca de Tinogasta, ocupó también los departamentos
occidentales de Catamarca con una fuerza de 2.000 hombres. En toda
esa zona, y en la mayor parte del interior del país predominaba un
claro sentimiento federal. Los dos batallones con los que había partido
de Chile (en los que figuraban algunos soldados y oficiales chilenos) se
habían transformado en varios miles de hombres, llegando a reunir
casi 5.000 montoneros, la fuerza má s importante que había puesto en
armas el partido federal desde la batalla de Pavó n.
Ante la tibia acogida que les dispensa Urquiza, con quien contaban
inicialmente para encabezar el alzamiento, planificaron las acciones
desde su cuartel de Já chal. Varela estaría encargado de alzar las
provincias occidentales, mientras los Saá y Videla avanzarían hacia
el litoral, donde esperaban sumar algú n dirigente federal. En la
hipó tesis má s audaz, podían llegar a contar con Timoteo Aparicio en
Uruguay, junto con el partido blanco.
El sofocamiento de la
rebelió n
La situació n era realmente peligrosa para el gobierno de Mitre, que
estaba personalmente al mando de los ejércitos aliados en el Paraguay.
Debió regresar a Rosario para organizar los ejércitos con que hacerles
frente, al frente de los cuales colocó a José Miguel
Arredondo, Wenceslao Paunero — vueltos del Paraguay — y Antonino
Taboada, hermano del gobernador de Santiago del Estero.
En marzo, el ejército al mando de Paunero recibió en Rosario el
moderno equipo retirado del frente paraguayo, y comenzó el avance
hacia Có rdoba, donde el ministro de guerra, Juliá n Martínez, se había
trasladado para imponer la autoridad civil del gobierno central.
Alertado de la marcha del ejército federal, al mando del general Juan
Saá , recién llegado desde Chile, Paunero destacó a Arredondo a
interceptarlo. En la madrugada del 1 de abril, las fuerzas de los
montoneros y sus aliados ranqueles, que habían aportado 500 lanzas a
los insurrectos, fueron derrotadas en la batalla de San Ignacio, a orillas
del río Quinto. Los federales estuvieron a punto de vencer, pero la
decisiva acció n de la infantería de Luis María Campos dio vuelta la
batalla y los federales fueron destrozados.
Todos sus dirigentes huyeron a Chile. Pero Varela estaba aú n muy lejos
como para enterarse de lo que ocurría. Avanzó hacia la ciudad
de Catamarca, pero estaba ya por llegar cuando se enteró de que
Taboada había ocupado La Rioja. Cometió entonces un error muy
grave, contramarchando hacia La Rioja para hacerle frente.
Enviando recado a Taboada para sugerirle combatir fuera de la ciudad,
con la intenció n de reducir los dañ os civiles, Varela avanzó hacia La
Rioja. Pero no tuvo en cuenta el aprovisionamiento de agua en ese
desierto, y Taboada aprovechó cabalmente ese error: se ubicó en el
llamado Pozo de Vargas, la ú nica fuente de agua entre Catamarca y La
Rioja, y allí esperó a Varela. Al llegar, éste decidió que no podía seguir
sin dar agua a sus hombres, y decidió atacar. É sta fue la batalla de Pozo
de Vargas.
La carga inicial de los federales - encabezada por el chileno Estanislao
Medina - fue exitosa, y los combates se prolongaron durante casi ocho
horas. Pero la ubicació n estratégica de los hombres de Taboada y la
superioridad de su artillería impidieron a los federales llegar a su
objetivo. Sin embargo, una astuta maniobra del capitá n
montonero Sebastiá n Elizondo se hizo con los animales y el parque de
armas de los de Taboada, pero el rédito de la misma se vio desbaratado
cuando se dio a la fuga con ellos en lugar de volver a formar filas y
entrar al combate. Con menos de 180 hombres, Varela debió retirarse,
dejando el campo al muy maltrecho ejército nacional.
La resistencia de Varela
Pocos días má s tarde llegó a Já chal. Allí se enteró de la derrota de Saá y
reunió a sus hombres con los dispersos de éste. Pero, en lugar de huir a
Chile decidió adoptar una tá ctica de guerrilla. El 21 de abril abandonó
Já chal ante el avance de Paunero, y se echó al monte. Desde allí
hostigaría a las fuerzas regulares de sus adversarios, contando con su
mejor conocimiento del terreno.
El 5 de junio, en el paraje de Las Bateas, se arrojó por sorpresa sobre el
campamento de Paunero, huyendo con la caballada y la munició n. El 16
del mismo mes, aprovechando sus pocos medios, sorprendió en la
quebrada de Miranda a un grupo de conscriptos al frente del coronel
Linares, que abandonaron el bando nacional y se le unieron
desobedeciendo a sus oficiales. Tomó prisionero a Linares y le
preguntó qué hubiese hecho si la cosa hubiera sido al revés. É ste le
contestó que lo hubiera matado como a un perro; entonces Varela lo
hizo fusilar… pero como a un hombre.
Esa clase de acciones se prolongaría durante meses, obligando al
gobierno central a mantener en constante alerta a sus tropas en la
regió n, bautizadas como Ejército Interior. Medina hizo lancear a Tristá n
Dávila, el má s rico y capaz de los jefes del partido unitario de La Rioja.
Después de Pozo de Vargas, la guerra comenzó a perder su cará cter
casi romá ntico: los asesinatos de los “nacionales” comenzaron a ser
respondidos, y pronto todo el territorio quedó sometido a campañ as
cruzadas de asesinatos y saqueos.
Apenas retirado el ejército de Taboada (que arreó cuanto ganado
encontró en su camino), las montoneras de Elizondo y Zalazar tomaron
La Rioja, y Varela ocupó la ciudad por algo má s de una semana. Pero no
se quedó a esperar a Taboada, que avanzaba nuevamente hacia el sur,
y nuevamente se retiró hacia Chilecito, siendo derrotado en camino
hacia allí.
Sin esperanza alguna, mandó a Medina de regreso a Chile y huyó hacia
la Puna. Cuando sus enemigos contaban que ya estaba asilado
en Bolivia, reapareció sin aviso en los Valles Calchaquíes, provincia de
Salta. A principios de octubre logró avanzar hacia el centro de esa
provincia, perseguido por el coronel Octaviano Navarro, un viejo aliado
del Chacho, al que (pocas semanas antes) Varela todavía confiaba en
hacer que se uniera a la revolució n. Curiosamente, Navarro lo
persiguió de cerca pero nunca lo alcanzó , ya que ninguno de los dos
quería verse obligado a la lucha.
Los habitantes de la ciudad de Salta levantaron barricadas en las
principales calles de la ciudad y se prepararon a resistir, azuzados por
el mito de la crueldad de Varela, esparcido con tesó n por los liberales.
Varela los invitó a pelear fuera de la ciudad, para que ésta no sufriera
los efectos de una lucha callejera. Pero los salteñ os rechazaron la
intimació n y tras una lucha heroica por ambas partes, que duró dos
horas y media, los federales ocuparon la ciudad. Pero perdieron en la
batalla má s de la mitad de sus hombres. La leyenda histó rica dice que
Varela saqueó a fondo la ciudad de Salta, y que hubo centenares de
asesinatos y violaciones. Pero eso es sencillamente imposible, porque
la ocupació n de la ciudad duró apenas una hora. En una hora no hubo
tiempo para violaciones. El saqueo existió , porque habían ocupado
Salta en busca de armas, pero no fue muy profundo: los testimonios
que quedaron de lo ocurrido dijeron que hubo casos de amenazas y
violencias, y robos de dinero y caballos, pero nada má s que eso. No se
pudo probar ni un solo asesinato.
Al saber que Navarro se acercaba, Varela evacuó Salta hacia el norte,
con unos cañ ones que consiguió en la ciudad y menos pó lvora que la
que había traído. Se dirigió a San Salvador de Jujuy, ciudad que ocupó
también brevemente. En los primeros días de noviembre entraba en
Bolivia, donde fue asilado por el presidente Mariano Melgarejo, se
refugió temporariamente en Potosí.
Sin embargo, los vaivenes de la política boliviana agotaron
rá pidamente su bienvenida, y en diciembre de 1868 tomó nuevamente
el camino de Salta con un par de centenares de hombres, incitado por
el fusilamiento del caudillo riojano Aurelio Zalazar. El 12 de
enero de 1869, un pequeñ o contingente nacional lo derrotó en Pastos
Grandes, en la Puna, dispersando definitivamente su tropa.
Muerte y posteridad
Enfermo de tisis y carente de apoyo, Varela se refugió en Chile. El
gobierno trasandino, poco amigo de dar albergue a un insurrecto
reincidente, lo mantuvo brevemente en observació n antes de
permitirle asentarse en Copiapó . El 4 de junio la enfermedad acabó con
su vida. El gobierno catamarqueñ o repatrió sus restos, pese a la
oposició n del Ejecutivo nacional encabezado por Domingo Faustino
Sarmiento.
En agosto de 2007, la legislatura de Catamarca solicitó al gobierno
nacional el ascenso post-mortem del coronel Felipe Varela al grado de
general de la Nació n. En junio de 2012 fue ascendido post-mortem al
grado de general de la Nació n por la presidenta Cristina Ferná ndez de
Kirchner.
la vez que sus grandes destinos por el bá rbaro capricho de aquel
mismo porteñ o, que después de la derrota de Cepeda lagrimeando juró
respetarla".
"Tal es el odio que aquellos fratricidas porteñ os tienen a los
provincianos, que muchos de nuestros pueblos han sido desolados,
saqueados y asesinados por los aleves puñ ales de los degolladores de
oficio: Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazá val y otros varios
dignos de Mitre."
"¡Basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin
corazó n, sin conciencia! ¡Cincuenta mil víctimas inmoladas sin causa
justificable dan testimonio flagrante de la triste e insoportable
situació n que atravesamos y que es tiempo de contener!"
"¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores de la Patria! ¡Abajo
los mercaderes de las cruces de Uruguayana, a precio de oro, de
lá grimas y de sangre argentina y oriental! Nuestro programa es la
prá ctica estricta de la constitució n jurada, del orden comú n, la paz y la
amistad con el Paraguay, y la unió n con las demá s repú blicas
americanas."
"¡Compatriotas nacionalistas! El campo de la lid nos mostrará el
enemigo. Allí los invita a recoger los laureles del triunfo o la muerte,
vuestro jefe y amigo."
La Rioja cayó en manos federales tras una rebelió n militar contra el
comandante Irrazá bal, autor de la muerte de Chacho Peñ aloza. Al poco
tiempo se unieron a Varela otros caudillos menores, como Santos
Guayama, Sebastiá n Elizondo y Aurelio Zalazar, con los cuales llegó a
formar un ejército de má s de 4.000 hombres.
Varela ocupó el oeste de las provincias de La Rioja, luego ocupó la
ciudad de La Rioja, y volviendo hacia el oeste tras la victoria del
montonero chileno Estanislao Medina sobre el ex-gobernador
catamarqueñ o Melitó n Có rdoba, que murió en el combate, el 4 de
marzo cerca de Tinogasta, ocupó también los departamentos
occidentales de Catamarca con una fuerza de 2.000 hombres. En toda
esa zona, y en la mayor parte del interior del país predominaba un
claro sentimiento federal. Los dos batallones con los que había partido
de Chile (en los que figuraban algunos soldados y oficiales chilenos) se
habían transformado en varios miles de hombres, llegando a reunir
casi 5.000 montoneros, la fuerza má s importante que había puesto en
armas el partido federal desde la batalla de Pavó n.