Gastón H.
Guevara
La literatura:
pórtico de la Belleza
Montjoie!
Gastón H. Guevara
La literatura: pórtico de Belleza
Montjoie!
L
a penumbra comienza a ganar los rincones de la habitación, aunque
quedan colgados aquí y allá algunos dorados fulgores que se resisten
en desaparecer; se oye el tic tac del reloj que lleva paso firme e
indefectible, parece que nada lo detiene en su fugaz huida hacia adelante.
Mientras tanto en el rincón derecho, contiguo a la ventana que da al jardín
donde se encuentra un floreciente ciruelo, se halla un pequeñuelo leyendo. Sus
dilatadas pupilas dan cuenta de la escasez de luz; apenas puede divisar los
ínfimos y negros caracteres del libro cobijado en sus manos; sin embargo, el
bosque de altos árboles -que parecen arropar el cielo en sus copas- por donde se
adentra la Compañía del Anillo, está bañado por la luz de una purpúrea puesta
de sol.
Su madre lo llama insistentemente a cenar, pero todo es en vano, él no está
allí, ha franqueado el umbral del mundo, está junto al Nimrodel escuchando el
dulce y afligido canto de Légolas; su alma, que es la medida del movimiento y
por eso acusa un ritmo variable frente a lo que acontece, se ha dilatado y ya no
gobierna en ella las vicisitudes espacio-temporales de esa realidad que no es la
del libro; para él será el atardecer de una jornada bajo los dorados y áureos
bosques de Lothlorien donde el tiempo se desliza lentamente y toda herida se
cura y toda aflicción muda en gozo.
¿Qué es lo que acontece aquí? ¿Acaso no se ha percatado de la crepuscular
situación en la que se encuentra? ¿Cómo podemos explicar que ni siquiera uno
de sus músculos se haya agitado frente al llamado de su madre a cenar?
Aventuramos en apuntar que en esta lectura, así como en Lórien, hay una
suspensión del tiempo cronológico. Este concepto -el de suspensión- tiene al
menos dos acepciones posibles, la primera hace referencia a un remansar el
tiempo, detenerse momentáneamente en el devenir enloquecido de cambios y
acontecimientos; la segunda, da cuenta de un levantarse o colocarse por encima
del tiempo, o lo que es lo mismo, salirse del río del tiempo. Ambas acepciones
nos sirven para comprender el sino de la lectura. Veamos.
“Salir” acomete entonces un “ir más allá” del tiempo, evadirse1 de la
dispersión del tiempo, de la opresión del mundo del trabajo e ingresar en un
reposo. Un reposo -inquieto- en la medida en que es posible aquí en el tiempo 2,
pues, allende del tiempo donde es verdaderamente posible un reposo
ininterrumpido está la eternidad. Luego, en el tiempo se nos participa de algún
modo algo del reposo de la eternidad.
El lector se preguntará con razón si es dable (y cómo) divisar la eternidad
desde lo mudable del tiempo, y si en cierta medida podemos aquí en la tierra
reposar. Es válida dicha interrogación3. Tratemos de acercarnos a una respuesta
sirviéndonos de una analogía.
***
En el Evangelio según san Mateo, capítulo 17, se nos narra cómo los tres
discípulos predilectos fueron testigos de la Transfiguración del Señor. Ellos
pudieron contemplar, aunque no sea más que momentáneamente, un atisbo de su
Gloria sobre el Tabor: “Brilló su rostro como el sol, y sus vestidos se volvieron
blancos como la luz” y Pedro, en un arrebato, exclamó: “¡Qué bien estamos aquí!”
y ofreció al Señor levantar tres tiendas.
Esta temblorosa y asimismo jubilosa expresión de Pedro, por pura analogía
–repetimos-, nos resume nuestra situación frente a una buena lectura, pues
1
Tomamos el concepto de evasión que utiliza Tolkien al referirse a los cuentos de hadas: evadir no es
desertar, sino huir como el prisionero que quiere verse libre de los barrotes carcelarios. Para
profundizar en este tema: TOLKIEN, J.R.R. Árbol y Hoja. Minotauro, Bs. As., 2007, p. 74 y ss.
2
Cuando decimos reposo, nos referimos a aquel reposo del espíritu que solo se da en la contemplación,
pero que a su vez mantiene, agustinianamente expresado, inquieto el corazón, pues desea un reposo
completo, total.
3
Tras ella se distinguen los trazos que interpelan acerca de sí es posible a través de ciertas
experiencias, como la lectura, lo que se ha dicho sobre la contemplación. Si esto es así, y teniendo en
cuenta que lo común a toda contemplación es la mirada amorosa y el deseo de felicidad, entonces
hemos puesto un pie en el camino hacia la beatitud.
todo lo bello de aquende tiene su correspondencia allende. Y como los apóstoles,
quisiéramos levantar nuestra carpa, establecer nuestra morada porque la
eternidad se nos ha mostrado en toda su hermosura (al menos la que podemos
soportar) y, como las flores cuando abren sus capullos en primavera, nos ha
embriagado con sus perfumes.
Una imagen que no podemos pasar por alto en el relato de la
Transfiguración, y que por cierto es un símbolo de envergadura en la Historia
de la salvación y que podríamos denominar pedagogía telúrica, es la subida al
Monte. El monte, simbólicamente, es un lugar de ascensión:
circunstancialmente es ascenso físico, esencialmente es elevación espiritual. Es
también símbolo de nobleza y bondad por oposición a lo bajo que es ruin y
malicioso. Es suspensión del ajetreo cotidiano, es arcada de ingreso a un tiempo
remansado, es pórtico a un silencio contemplativo que “nos insta hacia un
descanso infinitamente más profundo, inconcebible”4.
Transliterado lo dicho, podemos decir que el ascenso espiritual producido
por la lectura nos devuelve transfigurados5, pero a diferencia del Señor que
entregaba su propia luz, porque es Luz de Luz, nosotros refractamos, como
Moisés (Ex. 34, 29) la luz de la Belleza en nuestro rostro que se vuelve más
terso y brillante; y descendemos con las alforjas llenas de los frutos de esa
lectura, que son del todo gratuitos. Sin darnos cuenta somos formados en la
belleza y por la belleza, y mutamos nuestra vida. Ya no es, ya no puede ser la
vida del ganado que se conforma con el pajar del establo, porque sabemos que
al levantar la mirada de rumiante nos erguimos como verdaderos hombres y
podemos atisbar a través de la ventana del espíritu la holgura del cielo, la
altura de la montaña y la profundidad del mar y en ellos captamos el
resplandor y la imperturbabilidad temporal de la Belleza.
4
PIEPER, Josef. Felicidad y contemplación. Librería Córdoba, Bs. As., 2012, p. 65.
5
Lo dijimos con anterioridad, citando a Lain Entralgo: “Siempre que merced a un libro hemos vagado
por el campo del ensueño (…) volvemos a nosotros mismos más jóvenes, más ágiles, mejor dispuestos
para la vida que no es un sueño; en una palabra, recreados”.
El pasmoso balbuceo del mayor de los discípulos nos puede dar aún otra
clave de interpretación. La contemplación del luminoso, sereno, níveo y pulcro
rostro del Señor lo llevó a un éxtasis, fue alcanzado y atrapado por esa luz
indescriptible e indecible; y frente a tamaño misterio los labios callan,
enmudecen, porque es imposible recogerlo en el torpe lenguaje humano, y si lo
intentamos, fallamos. Diferente, a nuestro entender, fue la actitud de Pedro.
Él habló, es cierto, pero en su hablar no intento contener lo que veía en el
exiguo recipiente de la palabra; por el contrario, manifestó un anonadamiento
frente al inconmensurable misterio que se le mostraba, y la palabra fue medio
para, primero, confesar el estado del espíritu en el cual se encontraba y,
segundo, el deseo de establecer residencia allí. Las dos expresiones entrañan
una y la misma cosa pues solo el que se siente cómodo en un lugar quiere
quedarse allí. Asimismo se acentúa la disposición interior a la contemplación:
hay un olvido de las necesidades básicas inmediatas y un anhelo de reposo
espiritual.
Igualmente un buen libro puede cumplir en su ámbito las condiciones
precedentes. Una obra literaria, que ha sabido inmortalizarse, se ha hecho
perenne porque ha registrado lo eterno, o un poco de ello, en lo fugaz; en lo
temporal ha hallado las huellas de lo imperecedero, arrojando sobre la realidad
un haz de su luz; o pudiera ser a la inversa, la realidad se le ha mostrado
luminosa y el autor ha podido imprimir esa porción de claridad en su obra,
pues el artista “explicita la Belleza implícita de ciertos objetos (…). Él lo vive y
nosotros lo podemos vivir a través de él”6.
El artista que escribe bellamente, describe, en la medida que puede traducir
lo insondable de la belleza, lo profundo de las cosas hasta entonces velado. Es
un decodificador de los signos que develan la Belleza que se encuentra en la
realidad. Y el lector, que ve la belleza refractada que atisba en y a través de la
obra del artista, goza con la belleza.
6
El tiempo y la eternidad. Lecciones de antropología filosófica. Ediciones Sabiduría Cristiana, Bs. As., 2003,
p. 235.
Luego, continuando y ampliando lo dicho de la mano de Maritain 7, el artista
por la belleza de su obra “conduce a Dios las almas rectas y les manifiesta las cosas
invisibles por la visibles”, enseñándole “a los hombres las delectaciones del espíritu”,
ya que el arte se adapta a la naturaleza humana y “puede muy bien conducirlos a
algo aún más noble que él”, porque el fin del hombre es otro que el de la obra
realizada, que en este sentido es medio para alcanzar “algo más amado”.
A modo de ejemplo de lo dicho hasta aquí leamos, con ánimo sosegado, este
pasaje
“Y mi padre envío un cantor a esa humanidad de putrefacción. El cantor se
sentó por la tarde en la plaza y comenzó a cantar. Cantó las cosas que resonaban
las unas en las otras. Cantó a la princesa maravillosa a la que se llega después de
cien días de marcha en la arena, sin pozos, bajo el sol. Y la ausencia de pozos se
transformaba en embriaguez de amor y sacrificio. Y el agua de los odres se
transformaba en plegaria porque conducía a la amada. Decía: „Deseo el palmar y
la lluvia tierna…, pero principalmente a aquella de la que esperaba que me
recibiera con su sonrisa… y ya no sabía distinguir mi fiebre de mi amor…‟”8
Si provoca delectación intelectual por la sobreabundancia de belleza que
posee9 implica que existe “la celebración de la „simple mirada contemplativa‟” 10, y
teniendo en cuenta que ésta es un trascendental, su remate es un éxtasis, es
decir, un salir de sí mismo, e intuir en el llamado de la belleza al Llamador que
es la Belleza.
Belleza entre gozo y nostalgia
El momento ha pasado, el Señor y los discípulos descienden del Tabor, y
aunque ese tiempo allí arriba les pareció eterno y a pesar de que no querían que
7
MARITAIN, Jacques, op. cit., pp. 49, 100 y 93.
8
SAINT-EXUPÉRY, Antoine de. Ciudadela. Trad. Hellen Ferro, Goncourt, Bs. As., 1966, p. 57.
9
Cabe aclarar que no necesariamente todos hallen en el pasaje citado un rastro de belleza, esto se debe
a que la belleza es relativa, “no con respecto a las disposiciones del sujeto (…), sino con respecto a las
condiciones formales bajo cuales se las toma (…). Puede parecer bella a unos y no a otros, porque
solamente es bella bajo ciertos aspectos, que los unos descubren y los otros no ven”. En: MARITAIN,
Jacques. Arte y Escolástica. Club de Lectores, Bs. As., 1972, p. 39
10
PIEPER, Josef. Felicidad…, op. cit. p. 69.
se pasara, pasó. Lo mismo le sucede a aquel que inmerso en ese mundo que
cabe todo completo en las manos debe volver a la realidad; debe abrirse camino
por ramas devenidas en abrigos y salir por la puerta de un ropero al interior de
una habitación cualquiera que le parece fría y vacía. El chrónos impertinente
los jala y los lanza nuevamente al suelo de lo que pasa y perece, cosa que
parece inevitable pues estamos en el tiempo; la tristeza por lo perdido nos
invade, la nostalgia del retorno nos apremia, el recuerdo de lo visto nos asalta.
Hay, en quien así lo percibe, un anhelo por la vida perfecta: deseamos ascender
nuevamente al Tabor; ambicionamos otra vez ingresar al ropero mágico que
nos transporta a un tiempo imperecedero.
La Belleza aquí en el tiempo tiene una mezcla de gozo y de nostalgia.
Baudelaire, que algo sabía (es decir que lo había gustado y saboreado), expresa:
“Es a la vez por la poesía y a través de la poesía, por y a través de la música
(por y a través de la lectura, decimos nosotros), cómo el alma entrevé los
esplendores situados más allá de la tumba; y cuando un poema exquisito hace asomar
las lágrimas de los ojos, esas lágrimas no son la prueba de un exceso de gozo, sino
más bien son el testimonio de una melancolía irritada, de una exigencia de los
nervios, de una naturaleza exiliada en lo imperfecto y que quisiera entrar en
posesión inmediata, ya sobre esta misma tierra, de un paraíso revelado” 11.
Baudelaire le da primacía a la nostalgia, a la añoranza del retorno a ese locus
pulcro y admirable, pero como aquí no se puede habitar ese lugar se siente
herido, empero esa herida es en realidad un hilo invisible que ata el alma para
que tienda a la Belleza que es la única que puede curar el corazón herido del
hombre.
Miradas bien las cosas cuando somos asaltados por la Belleza es indudable
que hay una alegría inusitada, primigenia, pueril, y queda de manifiesto en el
sentirse animado, y en el contento que le producen estas cosas. Pero esta
alegría prontamente se troca; se nos muestra el envés de la condición humana,
11
L‟Art romantique. Citado por MARITAIN, Jacques, op. cit., p. 42.
más profunda, más radical: esta alegría parece efímera, fugaz, precaria.
Resuena en las honduras y rincones de nuestra alma esta postrimera
interrogación: ¿acaso hemos perdido algo? La nostalgia irrumpe en el alma, una
paradojal experiencia se cierne sobre nosotros; estamos alegres y contentos,
pero a la vez presentimos una falta, una ausencia, estamos insatisfechos.
La nostalgia se convierte en un llamado. En algunos se presenta como un
susurro, en otros en una voz clara que llama (muchas veces desde el dolor).
Mas, en ambos casos es presentir un “algo” o “alguien” detrás de esa voz y que
nos provoca este ambivalente sentimiento de alegría y melancolía. Aquí la
vocación se dirime entre dos posturas totalmente contrapuestas: acudir al
llamado o rechazarlo. O en otras palabras, la nostalgia se puede convertir en
gozosa esperanza o en enfermiza angustia.
Observemos que en ambas situaciones se ha escuchado el llamado, se ha
intuido que hay algo más pero, en la última situación, al no poder conocer
“quién” llama se cae en la desesperación. En estas circunstancias se encuentran
una cantidad innumerable de poetas, filósofos y artistas –y por qué no
lectores- que, aun escuchando el llamado más claro del Llamador, prefieren no
acudir, prefieren desentenderse, evitarlo, pero por ello mismo no pueden
negarlo, y entonces elevan sus puños y lanzan sus gritos de odio contra el cielo
pidiendo que se los deje en paz.
Muchas son las obras que se dirimen entre ambas situaciones. Obras donde
la alegría del llamado es manifestada constantemente; otras que en medio de
las turbulencias angustiosas de la vida ven un destello de luz divina y dirigen
su navío al buen puerto; y las hay también, que se desgajan de la anterior, cuya
cerrazón no les permite ver el cielo por sobre el techo que los oprime y mueren
desconsolados.
Estos últimos se privan de la alegría, porque la alegría “es la respuesta -dice
Pieper- a la obtención de un bien”. Fueron llamados de mil y un maneras, pero no
quisieron responder. Se han privado voluntariamente del bien, del más alto y
único bien capaz de hacer feliz al hombre.
Los primeros son sorprendidos por la alegría, pero en un estado de “todavía
no”. Se les ha mostrado el objeto que causa dicha alegría, pero no se les ha
dado aún posesión de ella. Sobre la situación de estos, pero también de los
segundos, podemos llegar a comprender que “lo auténtico de la belleza no
radicaría (…) en darnos satisfacción (…) saciedad, contento y placer, sino mucho más
la provocación de una espera; nos encontramos inducidos a algo todavía no presente”12.
Participamos de una promesa, “que posiblemente no llegue a cumplirse en el ámbito
de la existencia corporal” 13. Será por eso que santa Teresa, y con ella todos los
cristianos, exclamaba: Muero, porque no muero.
12
PIEPER, Josef. Entusiasmo y delirio divino. Sobre el diálogo platónico Fedro. Rialp, Madrid, 1965, p. 130.
13
Ídem.