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La filosofía como búsqueda del universo

Este documento explora la naturaleza de la filosofía, definiéndola como el conocimiento del universo en su totalidad y como una búsqueda constante de la verdad absoluta a través de un sistema integral de actitudes intelectuales. La filosofía se distingue de otras ciencias al ignorar su objeto de estudio y embarcarse hacia lo desconocido.
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La filosofía como búsqueda del universo

Este documento explora la naturaleza de la filosofía, definiéndola como el conocimiento del universo en su totalidad y como una búsqueda constante de la verdad absoluta a través de un sistema integral de actitudes intelectuales. La filosofía se distingue de otras ciencias al ignorar su objeto de estudio y embarcarse hacia lo desconocido.
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¿Qué es filosofía?

José Ortega y Gasset


¿Por qué al hombre —ayer, hoy u otro día— se le ocurre filosofar? Conviene traer con
claridad a la mente esa cosa que solemos llamar filosofía, para poder luego responder al
«por qué» de su ejercicio. En esta nueva óptica reaparece nuestra ciencia con los
caracteres que ha tenido en todas sus épocas lozanas, si bien el progreso del
pensamiento modula aquéllos en forma nueva y más rigorosa. ¿Qué es a nuestros ojos la
filosofía (…)? [….] Lo primero que ocurriría decir fuera definir la filosofía como
conocimiento del Universo. Pero esta definición, sin ser errónea, puede dejarnos escapar
precisamente todo lo que hay de específico, el peculiar dramatismo y el tono de
heroicidad intelectual en que la filosofía y sólo la filosofía vive. Parece, en efecto, esa
definición un contraposto a la que podíamos dar de la física, diciendo que es conocimiento
de la materia. Pero es el caso que el filósofo no se coloca ante su objeto —el Universo—
como el físico ante el suyo, que es la materia. El físico comienza por definir el perfil de
ésta y sólo después comienza su labor e intenta conocer su estructura íntima. Lo mismo
el matemático define el número y la extensión, es decir, que todas las ciencias
particulares empiezan por acotar un trozo del Universo, por limitar su problema, que al ser
limitado deja en parte de ser problema. […]; por tanto, comienzan no con un problema,
sino con algo que dan o toman por sabido. Pero el Universo en cuya pesquisa parte
audaz el filósofo como un argonauta no se sabe lo que es. Universo es el vocablo enorme
y monolítico que como una vasta y vaga gesticulación oculta más bien que enuncia este
concepto rigoroso: todo cuanto hay. Eso es, por lo pronto, el Universo. Eso, nótenlo bien,
nada más que eso, porque cuando pensamos el concepto «todo cuanto hay» no sabemos
qué sea eso que hay; lo único que pensamos es un concepto negativo, a saber: la
negación de lo que sólo sea parte, trozo, fragmento. El filósofo, pues, a diferencia de todo
otro científico, se embarca para lo desconocido como tal. Lo más o menos conocido es
partícula, porción, esquirla de Universo. El filósofo se sitúa ante su objeto en actitud
distinta de todo otro conocedor; el filósofo ignora cuál es su objeto y de él sabe sólo:
primero, que no es ninguno de los demás objetos; segundo, que es un objeto integral, que
es el auténtico todo, el que no deja nada fuera y, por lo mismo, el único que se basta. […].
Universo es lo que radicalmente no sabemos, lo que absolutamente ignoramos en su
contenido positivo. En otro giro podíamos decir: a las demás ciencias les es dado su
objeto, pero el objeto de la filosofía como tal es precisamente el que no puede ser dado;
porque es todo, y porque no es dado tendrá que ser en un sentido muy esencial el
buscado, el perennemente buscado. […] Ella consistirá en ser también como su objeto, la
ciencia universal y absoluta que se busca. Así la llama el primer maestro de nuestra
disciplina, Aristóteles: filosofía, la ciencia que se busca. Pero tampoco en la definición
antedicha —filosofía es conocimiento del Universo— significa conocimiento lo mismo que
en las ciencias particulares. Conocimiento en su sentido estricto y primario significa
solución positiva concreta a un problema, es decir, penetración perfecta del objeto por el
intelecto de su sujeto. Ahora bien, si conocimiento fuese sólo eso la filosofía no podría
comprometerse a serlo […]. Por esta razón, yo propongo que, al definir la filosofía como
conocimiento del Universo, entendamos un sistema integral de actitudes intelectuales en
el cual se organiza metódicamente la aspiración al conocimiento absoluto. Lo decisivo,
pues, para que un conjunto de pensamientos sea filosofía, estriba en que la reacción del
intelecto ante el Universo sea también universal, integral —que sea, en suma, un sistema
absoluto. Es, pues, obligación constituyente de la filosofía tomar posición teorética,
enfrentarse con todo problema, lo cual no quiere decir resolverlo, pero sí demostrar
positivamente su insolubilidad. Esto es lo característico de la filosofía frente a las ciencias.
Cuando éstas encuentran un problema para ellas insoluble, simplemente dejan de tratarlo
[…] un problema insoluble no es un problema —y por insoluble entienden insoluble por los
métodos previamente reconocidos. La filosofía, en cambio, al partir admite la posibilidad
de que el mundo sea un problema en sí mismo insoluble. ¿De dónde viene —se
preguntará— este apetito del Universo, de integridad del mundo que es raíz de la
filosofía? Sencillamente, ese apetito que parece peculiar a la filosofía es la actitud nativa y
espontánea de nuestra mente en la vida. Confusa o claramente, al vivir vivimos hacia un
mundo en derredor que sentimos o presentimos completo. El hombre de ciencia, el
matemático, el científico es quien taja esa integridad de nuestro mundo vital y aislando un
trozo hace de él su cuestión. […] «La «verdad científica» se caracteriza por su exactitud y
el rigor de sus previsiones. Pero estas admirables cualidades son conquistadas por la
ciencia experimental a cambio de mantenerse en un plano de problemas secundarios,
dejando intactas las últimas, las decisivas cuestiones». [….] «He aquí lo que ya no está
justificado ni es plausible. Porque la ciencia experimental sea incapaz de resolver a su
manera esas cuestiones fundamentales, no es cosa de que, haciendo ante ellas un
gracioso gesto de zorra hacia uvas altaneras, las llame "mitos" y nos invite a
abandonarlas. ¿Cómo se puede vivir sordo a las postreras, dramáticas preguntas? ¿De
dónde viene el mundo, adónde va? ¿Cuál es la potencia definitiva del cosmos? ¿Cuál es
el sentido esencial de la vida?». Intentemos definir la actitud mental en que aparece un
problema práctico. […]El problema práctico es aquella actitud mental en que proyectamos
una modificación de lo real, en que premeditamos dar ser a lo que aún no es, pero nos
conviene que sea […]. Nada más diverso de esta actitud que aquélla en que surge un
problema teorético. La expresión del problema en el lenguaje es la pregunta: «¿Qué es tal
o cual cosa?» Noten lo peregrino de este hecho mental, de demanda pareja. Aquello de
quien nos preguntamos: «¿Qué es?» está ahí, es —en uno u otro sentido—, sino no se
nos ocurriría preguntarnos nada acerca de ello. Pero resulta que no nos contentamos con
que sea y esté ahí— sino, al revés, nos inquieta que sea y que sea tal y como es, nos
irrita su ser. ¿Por qué? Evidentemente porque eso que es, tal y como está ante nosotros,
no se basta a sí mismo sino que, al contrario, vemos que le falta su razón de ser, vemos
que si no es más que lo que parece ser, si no hay tras lo aparente algo más que lo
complete y sostenga, su ser es incomprensible o, dicho de otro modo, su ser es un no ser,
un pseudo-ser, algo que no debe ser. […]. La teoría […] empieza, pues, negando la
realidad, destruyendo virtualmente el mundo, aniquilándolo […].

Fragmentos de los Capítulos III y IV, Obras Completas Tomo VII, Editorial Revista de
Occidente, Madrid (1964).

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