Repaso de lo visto
¿Qué vimos hasta el momento?
Trabajamos con las páginas 140 y 141 del libro de lengua.
Ortografía: Uso de otros signos: Admiración (¡!), pregunta (¿?) y puntos
suspensivos (…) página 155.
La exposición oral
Leemos y resolvemos las páginas 100 y 101.
Seguimos trabajando con la exposición oral
Leer la página 102 del libro.
Responde:
a) ¿Qué se tiene en cuenta al realizar una exposición oral?
b) ¿Cuáles son los momentos de la exposición? Explicá cada uno.
c) Resolvé el Vale saber y hacer de la página 102.
Entonces…
Planificar la exposición
Leemos la página 103 del libro.
Responde:
a. ¿Qué implica planificar la exposición?
b. ¿Qué son los apoyos visuales? ¿De qué tipos pueden ser?
c. Resolvé las actividades de la página 103.
Entonces…
Trabajamos de a dos
“Exponer un tema oralmente”
Trabajamos con la página 105 del libro.
Recordá:
Explorar ideas con otros.
Planificar la oralidad.
Ensayar y revisar
Otro tipo de texto
o Leemos: LA MIEL SILVESTRE.
o Resolvemos las actividades de la página 29.
El cuento de terror
Leemos la página 30 del libro.
Respondé:
¿Qué son los cuentos de terror?
¿Qué características presentan?
¿Qué son los personajes estáticos y dinámico?
Resolvé las actividades de la página 30 del libro.
La descripción literaria
Para pensar ¿Qué significa describir?
Armamos una definición entre todos.
Leemos el libro de lengua página 31.
Responde:
a) ¿Qué definición nos da el libro sobre la descripción?
b) ¿Qué predomina en ella?
c) ¿Qué tipo de descripciones hay?
d) ¿Qué modos podemos generar para dar miedo o darle un clima de suspenso?
e) Resolvé las actividades de la página 31 del vale saber y hacer.
Leemos: “Manos” de Elsa Bornemann
Montones de veces —y a mi pedido— mi inolvidable tío Tomás me contó esta historia "de miedo" cuando
yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano. Me aseguraba que había sucedido en un
pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía... No recuerdo con exactitud
este dato ni la fecha cuando ocurrió tal acontecimiento y —lamentablemente— hace años que él ya no
está para aclararme las dudas. Lo que sí recuerdo es que —de entre todos los que el tío solía narrarme
mientras sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas— este relato era uno
de mis preferidos. — ¡Te pone los pelos de punta y —sin embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién
entiende a esta sobrina? —me decía el tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo
cuento otra vez a cambio de tu promesa... Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto,
que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si
no podía dormir más tarde cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.
Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos —como tantas otras que sospecho
eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y otra vez. Y una y
otra vez la conté yo misma —años después— a mis propios "sobrinhijos" así como — ahora— me
dispongo a contártela: como si —también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo y me
pidieras: —¡Dale, tía; dale, mami, un cuento "de miedo"! Y bien. Aquí va: Martina, Camila y Oriana eran
amigas amiguísimas. No sólo concurrían a la misma escuela sino que —también— se encontraban fuera
de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar tareas escolares y otras, simplemente para estar
juntas. De otoño a primavera, las tres solían pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la
familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad. ¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire
libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer... Aquel sábado de pleno invierno —por
ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas se prolongaba —aún— durante
la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir
a dormir les iba a enseñar unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído
especialmente para esa ocasión. Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía.
Siempre dinámica, coqueta, de buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de "tap"1.
Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que bailara con ellas. — ¿Por qué no lo dejan para
mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un minuto en todo el
día. Debe de estar agotada. La mamá de Martina trató —en vano— de convencerlas para que se fueran a
dormir a las cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella
jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata
se ubicaban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la
función casera de zapateo americano. Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía:
silbaba con intensidad entre los árboles. Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras
espesos nubarrones. La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente
como para que Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de "tap" y la abuela
se quedara exhausta y muy acalorada. Pronto, todos se retiraron a sus cuartos. Alrededor de la casa, la
noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la función. Las tres nenas ya se
habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportunidad que pasaban en esa casa.
Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero
del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como
aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo todo). En el cuarto había tres
camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz. En la
cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha,
Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana. En la cama del medio, Oriana, porque era miedosa
y decía que así se sentía protegida por sus amigas. Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó
—de repente— la voz del padre. Terminaba de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía:
—La abuela se descompuso. Nada grave —creemos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo
para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a
levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego. ¿Dormir? ¿Quién podía dormir
después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas como se quedaban por la salud de la
querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos después de que oyeron el ruido del auto del padre,
saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos ruidos de la
tormenta que —finalmente— había decidido desmelenarse sobre la noche. Truenos y rayos que
conmovían el corazón. Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas. El viento, volcándose
como pocas veces antes. — ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente. Las otras dos
también lo tenían pero permanecían calladas, tragándose la inquietud. Martina trató de calmar a su
amiguita (y de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo. La cama de
Oriana fue —entonces— la más iluminada de las tres ya que —al estar en el medio de las otras— recibía
la luz directa de dos veladores. —No pasa nada. La tormenta empeora la situación, eso es todo —decía
Martina, dándose ánimo ella también con sus propios argumentos. —Enseguida van a volver con la
abuela. Seguro —opinaba Camila. Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de
las amigas más corajudas— transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes. Cuando el de
la sala —grande y de péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían
logrado tranquilizarse bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable. Las luces
se apagaron de golpe. — ¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra
vez, malditas! —y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas. Sólo encontró
las manos de sus amigas, haciendo lo propio. — ¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila. — ¡Se
habrá cortado la luz! —supuso Martina. Y así era nomás. Demasiada electricidad haciendo travesuras en
el cielo y nada allí —en la casa— donde tanto se la necesitaba en esos momentos... Oriana se echó a
llorar, desconsolada. — ¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar
fósforos y velas! ¡O una linterna! —"¡Hay que!" "¡Hay que!" ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh?
¿Quién?—se enojó Camila—. Yo, ¡ni loca! — ¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que
soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que
no nos levantáramos, ¿recuerdan? Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada. —
Buaaaah... ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas... Sean
buenitas... Buaaah... Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más
chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera una hermana
mayor. —Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila... Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa
para no tener más miedo, ¿sí? — ¿Q--ué..? —balbuceó Oriana. —¿Qué cosa? —Camila también se mostró
interesada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar). Martina continuó con su
explicación: —Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia
afuera, hasta darnos las manos. Enseguida, lo hicieron. Obviamente, Oriana fue la que se sintió más
amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en
ambas manos. — ¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila. —Desde tu cama se recibe compañía de los
dos lados... —En cambio, nosotras... —completó Martina— sólo con una mano... Y así —de manos
fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos. Al rato, todas
dormían. Afuera, la tormenta empezaba a despedirse. Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien —les
contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y
dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas—. Fue sólo un susto. Como —a su regreso—
las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles
que todo estaba en orden. ¡Qué alegría! —Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las
besó y les prometió servirles el desayuno en la cama, para mimarlas un poco, después de la noche de
nervios que habían pasado. —No tan valientes, señora... Al menos, yo no... —susurró Oriana, algo
avergonzada por su comportamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos...
Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse
demasiado. Entonces, las tres amiguitas les contaron: —Nos tapamos bien, cada una en su cama como
ahora... —Estirarnos los brazos así, como ahora... —Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora...
¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se
libraron ni los padres ni la abuela. Resulta que por más que se esforzaron —estirando los brazos a más no
poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera. ¡Y había que correr las camas laterales unos
diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los
dedos! Sin embargo, las tres habían —realmente— sentido que sus manos les eran estrechadas por otras,
no bien llevaron a la acción la propuesta de Martina. — ¿Las manos de quién??? —exclamaron entonces,
mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de horror. — ¿De quiénes??? —
corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de ambas manos! Manos. Cuatro
manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de
otras, en busca de aferrarse entre sí. Manos humanas. Manos espectrales. (Acaso ——a veces, de tanto
en tanto— los fantasmas también tengan miedo... y nos necesiten...)
Actividades:
• La autora introduce «Manos» haciendo referencia a los cuentos «de miedo» que le
contaba su tío Tomás.
Conversen sobre esta frase: «-¡Te pone los pelos de punta y –sin embargo–
encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina?»
A ustedes, ¿les sucede algo parecido cuando escuchan cuentos «de
miedo»?
¿Qué sensaciones les producen? ¿Cuándo prefieren leer o escuchar
este clase de relatos? ¿En qué situaciones?
• Vayamos al relato:
Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas. Aquel sábado
la abuela Odila les preparó una sorpresa: antes de ir a dormir les
iba a enseñar unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos
discos. Pero algo sucede... Y las chicas deben pasar la noche solas
en la casa familiar.
¿Qué pasó con los padres de Martina y la abuela Odila? ¿Qué
otros factores contribuyeron a crear un clima de temor y asustar a
las chicas? Ubiquen en el texto palabras o frases que den cuenta de
ese ambiente.
Y ahora sí, ¡resuelvan los siguientes desafíos! Actividad 1
«Martina sintió pena por su amiga. -Bueno, bueno; no llores más,
Ori. Tranquila… Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa
¿Qué se le ocurrió a Martina para no tener miedo?
• Marquen la respuesta correcta:
ir a buscar velas y fósforos a la cocina.
tomarse de las manos.
mandarles un mensaje a sus papás.
prender las luces de la habitación.
Actividad 2
«Y así –de manos fuertemente entrelazadas– las tres niñas lograron vencer buena
parte de sus miedos. Al rato, todas dormían. Afuera, la tormenta empezaba a
disiparse.»
• Unan con flechas teniendo en cuenta quién hizo cada comentario
- La abuela ya se siente bien. Fue solo un susto. la abuela
- Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito. Oriana
- Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos. la madre
Para pensar en grupo: ¿qué hubieran hecho si les pasaba lo mismo que
a Martina, Camila y Oriana? Escriban sus opiniones y compartan con el
resto del curso.
Actividad 3
• Completen el crucigrama:
S
O
C
O
R
R
O
Referencias
S Plural. Parte del cuerpo humano unida a la extremidad del antebrazo
y que comprende desde la muñeca inclusive hasta la punta de los
dedos.
O Sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso.
C Fantasma.
O Falta de luz.
R Nombre de una de las chicas del cuento «Manos».
R Nombre del autor del prólogo de ¡Socorro!
O Palabra con la que Elsa Bornemann se dirigía a sus lectores.
• Con al menos cuatro (4) palabras del crucigrama, escriban una reseña para
«Manos».
Seguimos trabajando
Leemos las páginas 32 y 33 del libro de lengua.
Trabajamos de a dos resolviendo las actividades del Vale saber y hacer
de la página 33.
Textos de estudio: El texto expositivo
- Leemos el texto sobre el sistema solar de las páginas 94 y 95 del
libro.
- Resolvé los puntos 1 y 3 de la página 95.
Actividades:
1. ¿Dónde encontramos los textos explicativos?
2. Realiza un cuadro sinóptico donde se presenten las características de los
textos explicativos y los recursos.
3. Resuelvan de a cuatro las actividades del vale saber y hacer de las páginas
96 y 97.
Técnicas estudio: Buscar en el diccionario e identificar tema y subtema
Trabajamos con las páginas 112 y 113 del libro.
Analizamos el qué y el cómo de ambas técnicas de estudio con las cuáles estamos
trabajando .
Armamos nuestro propio diccionario.
La microficción o el microrrelato
o Leemos el siguiente texto:
o Luego de leer los textos, respondé:
a) ¿Qué le sucede a quién bebe el filtro del amor?
b) ¿Qué cosa extraña ocurre en “Felinos”?
c) ¿Qué tienen ambos textos en común?
d) Elegí uno de estos temas y escribí un cuento muy breve como los que leíste:
Las sensaciones de una persona a la que le dieron de tomar el filtro
de amor.
Lo que ocurre en “Felinos” desde el punto de vista del gato.
Seguimos trabajando
Leemos los textos del libro páginas 32 y 33.
Resolvemos el “ vale comprender ¡y más!
Lee las páginas 34 y 35 del libro. Realizá un mapa conceptual. Tené en cuanta los
siguientes temas a los que tenes que apuntar:
¿Qué es un microrrelato o microficción?
¿Qué características tiene?
¿Qué temas utiliza? ¿Y qué recursos?
Más actividades
Los pronombres personales, posesivos y demostrativos.
1. Observá la imagen y completá a quiénes se refieren las palabras en rojo, como
en el ejemplo:
2. Explicá por qué las palabras vos y yo no se refieren siempre a la misma
persona.
Entonces…
Los pronombres son palabras que adquieren significado según la situación
comunicativa en la que se emplean. Es decir que su referencia cambia.
Muchas veces se utilizan para evitar repeticiones en los textos.
3. Reescribí las oraciones usando pronombres para evitar las repeticiones.
Ejemplo:
El gato buscó el antídoto para el monstruo. El gato llevó el antídoto al monstruo al
sillón.
El gato buscó el antídoto para el monstruo. Él se lo llevo al sillón.
a) Ana María escribe microrrelatos. Ana María publica microrrelatos en
diferentes lugares.
b) Me olvidé un cuaderno en el aula fantasma. El fantasma me cuidó el cuaderno.
4. Leé el resto del diálogo entre el monstruo y el gato y completá la tabla con los
pronombres resaltados:
- Monstruo, este problema ya lo tuvimos. A nosotros en esta casa nos pasan cosas
raras.
Nuestro problema es que ella inventa pociones nuevas todo el tiempo.
- Mi opinión es que vos tendrías que decirle que yo estaba enamorado de antes
¡Resolvemos eso y listo!
Personales Demostrativos Posesivos
Ortografía: Uso de la B y V…
Trabajamos con el libro páginas 161 y 162 .Resolvemos el Vale saber y hacer.