Los despiadados ataques de los invencibles yuuzhan vong han
debilitado a la Nueva República. Docenas de mundos han sido
conquistados, o directamente arrasados, e incluso los Caballeros
Jedi parecen indefensos ante la amenaza.
En esa época de oscuridad, el noble Chewbacca ha caído, y su
inseparable compañero, Han Solo, lucha por recomponer las piezas
de su destrozada vida antes de perder todo lo que le queda: amigos,
familia y su propia fe.
Rehusando la ayuda de Luke y Leia, Han decide escapar de su
dolor, refugiándose en la aventura… y en la venganza. Pero el
destino le hace descubrir una terrible conspiración que amenaza el
propio corazón de la Nueva República, y cuyo objetivo principal es la
aniquilación de todos los Caballeros Jedi.
Han hará frente a sus demonios personales, y con la ayuda de un
nuevo e inesperado aliado hará honor al sacrificio de Chewbacca de
la única forma que sabe: haciendo que merezca la pena.
James Luceno
Agentes del caos I - La prueba del
héroe
La Nueva Orden Jedi 04
ePub r1.2
Ronstad 06.11.2013
Título original: Agents of Chaos I: Hero’s Trial
James Luceno, 2000
Traducción: Virginia de la Cruz Nevado
Diseño de portada: Rick Berry / Braid Media Arts
Editor digital: Ronstad
ePub base r1.0
Para mi hijo pequeño, Jake,
y para la Nueva Orden Jedi.
AGRADECIMIENTOS
Quiero extender mi profundo agradecimiento a todos los que me
mantuvieron por el buen sendero y me echaron una mano a lo largo
del camino: a Dan Wallace, que conoce este nuevo universo mejor
que nadie. A Rob Brown, cuyas sugerencias me ayudaron a dar
forma al capítulo 7; y a Alex Newbom, que me inspiró para crear un
nuevo personaje en el capítulo 14. También gracias a Mike Kogge,
Matt Olsen, Eelia Goldsmith Henderscheid, Enrique Guerrero y Kris
Boldis por sus agudos comentarios; a mis compañeros escritores
Robert Salvatore, Mike Stackpole y Kathy Tyers por su trabajo de
documentación; y a Shelly Shapiro, Sue Rostoni y Lucy Autrey
Wilson, sin las cuales no habría tomado forma La Nueva Orden Jedi.
Finalmente, mi gratitud infinita a mi difunto amigo y colaborador,
Brian Daley.
DRAMATIS PERSONAE
Nom Anor: Ejecutor (guerrero yuuzhan vong).
Malik Carr: comandante (guerrero yuuzhan vong).
Reck Desh: mercenario de la Brigada de la Paz (humano).
Droma: viajero espacial (ryn).
Elan: Sacerdotisa (yuuzhan vong).
Harrar: Sacerdote (yuuzhan vong).
Belindi Kalenda: Miembro del Servicio de Inteligencia de la Nueva
República (humana).
Raff: estratega bélico (yuuzhan vong).
Roa: capitán del Daga Afortunada (humano).
Mayor Showolter: Miembro del Servicio de Inteligencia de la Nueva
República (humano).
Luke Skywalker: Maestro Jedi (humano).
Mara Jade Skywalker: Maestra Jedi (humana).
Anakin Solo: Caballero Jedi (humano).
Han Solo: capitán del Halcón Milenario (humano).
Leia Organa Solo: embajadora de la Nueva República (humana).
Tla: comandante (yuuzhan vong).
Vergere: familiar de Elan (fosh hembra).
CAPÍTULO 1
S i la estrella primaria de aquel sistema resultó alterada por los
acontecimientos que habían ocurrido junto al cuarto de sus planetas
más cercanos, no daba señales de ello. Permanecía tan imperturbable como
antes de la batalla, inundando el espacio cercano con su dorada radiación.
Sólo había sufrido el planeta conquistado, y su castigada superficie
permanecía expuesta al firme avance de la luz del sol. Regiones que una
vez fueron verdes, azules o blancas eran ahora de un marrón rojizo o grises
como la ceniza. Bajo los bancos de aterradas nubes, el humo se elevaba de
las ciudades inmoladas y se agitaba en las extensiones de bosques tropicales
arrasados por el fuego. El vapor se alzaba desde hirvientes lechos que
fueron lagos alimentados por glaciares y mares resecados.
En las profundidades de la mortaja de cenizas y escombros del planeta
se movía la nave de guerra responsable de la devastación. Era un enorme
ovoide de coral yorik, con su accidentada superficie negra e irregular
aliviada por bandas de material más liso, lustroso como el cristal volcánico.
En los huecos que salpicaban las grietas rugosas se escondían
lanzaproyectiles y armas de plasma. Otras depresiones, más semejantes a
cráteres, albergaban a los engullidores de láseres, los dovin basal, que
movían la nave al tiempo que la escudaban de todo daño. De proa a popa se
extendían brazos cobalto de un rojo sangriento, de los que colgaban, como
apéndices, cazas con forma de asteroide. A su alrededor zumbaban
pequeñas naves, algunas reparando zonas dañadas, otras recargando los
vaciados sistemas defensivos y unas pocas descargando lo saqueado en la
agrietada superficie del planeta.
Aún más alejada del lugar de la batalla flotaba una nave de menor
tamaño, también negra, pero de superficie facetada y pulida, como una
piedra preciosa. Una luz latía a intervalos por toda la nave, iluminando
primero una faceta, y luego otra, como si transmitiera datos de un sector al
otro.
En un puesto de observación situado en la parte inferior de su anguloso
morro, una figura enjuta, sentada con las piernas cruzadas sobre cojines,
examinaba los restos que flotaban a la deriva y que una casual marea
gravitacional había acercado a la nave: fragmentos de cazas y de naves
capitanas de la Nueva República, cuerpos dentro de su traje espacial
sumidos en espeluznante reposo, proyectiles sin detonar, el fuselaje
agujereado de una nave, cuya leyenda la identificaba como el Grieta de
Penga.
A poca distancia flotaba el ennegrecido esqueleto de una plataforma de
defensa. A su lado, un crucero destrozado giraba interminablemente en
órbita de descenso, entregando su contenido al vacío, como una vaina
soltando sus semillas. Más allá, intentaba huir un transporte, enganchado
por la pica de una hinchada nave de captura que tiraba inexorablemente de
ella hacia las entrañas de la gigantesca nave de guerra.
La figura sentada contemplaba todo esto sin alegría o remordimiento.
Esa destrucción nacía de la necesidad. Se había hecho lo que debía hacerse.
En la parte trasera del puesto de mando, un acólito comunicaba los
progresos a medida que recibía las noticias mediante un dispositivo sinuoso
y vivo sujeto a su antebrazo derecho por seis patas insectoides.
—La victoria es nuestra, eminencia. Nuestras fuerzas de tierra y aire
han acabado con los principales centros de población, y tenemos un
Coordinador Bélico en la superficie. —El acólito miró el villip receptor del
brazo, cuyo suave brillo bioluminiscente aumentaba notablemente la
iluminación del puesto de observación y la penumbra de las luces del panel
—. El estratega del comandante Tla opina que las cartas de astronavegación
y los datos históricos que se almacenan aquí serán muy valiosos para
nuestra campaña.
El Sacerdote, que se llamaba Harrar, miró la nave de guerra.
—¿El estratega ha comunicado sus impresiones al comandante Tla?
La duda del acólito bastó como respuesta; pero, aun así, Harrar tuvo que
sufrir la réplica verbal.
—Nuestra llegada no complace al comandante, eminencia. No rechaza
la necesidad del sacrificio, pero dice que la campaña ha sido un éxito hasta
ahora sin necesidad de tener supervisores religiosos. Teme que nuestra
presencia sólo sirva para confundir su tarea.
—El comandante Tla no alcanza a entender que nos enfrentamos al
enemigo en varios frentes —dijo Harrar—. Cualquier contrincante puede
ser sometido a la fuerza, pero el sometimiento no garantiza que lo hayas
convencido de tus creencias.
—¿Desea que se lo comunique al comandante, eminencia?
—No te corresponde. Déjamelo a mí.
Harrar, un macho de mediana edad, se levantó y se acercó al borde de la
transparencia poligonal que conformaba la cabina. Se paró allí y se cogió
las manos de tres dedos a la espalda. Había ofrecido los dedos faltantes en
ceremonias de devoción y sacrificio ritual, como una forma de superarse a
sí mismo. Su cuerpo esbelto estaba envuelto en finas telas de pálidos
colores. Un turbante estampado de ostentoso nudo sujetaba sus largas
trenzas negras. La nuca mostraba inquietantes marcas grabadas en la piel
estirada y tirante por las prominentes vértebras.
El planeta giraba bajo él.
—¿Cómo se llama este mundo?
—Obroa-Skai, eminencia.
—Obroa-Skai —musitó Harrar en voz alta—. ¿Qué significa ese
nombre?
—El significado se desconoce por el momento. Pero sin duda
encontraremos alguna explicación entre los datos recogidos.
Harrar hizo un gesto de desprecio con la mano derecha.
—Ya no tiene importancia.
Un relampaguear de cañonazos desvió su atención hacia Obroa-Skai,
donde un artillero de coral yorik entraba en la zona luminosa, escupiendo
fuego trasero contra los cuatro cazas estelares de morro chato que
evidentemente lo habían perseguido desde el lado oscuro del planeta. Los
pequeños Ala-X se aproximaban con rapidez, con los propulsores
encendidos y la punta de las alas disparando rayos energéticos contra la
enorme nave. Harrar había oído que los pilotos de la Nueva República se
habían hecho expertos en anular a los dovin basal, alterando la frecuencia y
la intensidad de los rayos láser que disparaban los cazas. Esos cuatro
perseguían al artillero con una precisión propia de un autocontrol completo.
Semejante confianza, tan aplastante, revelaba cualidades que los yuuzhan
vong deberían tener presentes a medida que progresase la invasión.
Deberían enseñar a la casta guerrera, normalmente ajena a los matices, que
la supervivencia era tan importante para las creencias del enemigo, como la
muerte para los yuuzhan vong.
El artillero cambió de dirección y ascendió, pareciendo querer
aprovechar el amparo que le brindaba la nave de guerra del comandante
Tla. Pero los cuatro cazas estaban decididos a destruirla. Rompieron la
formación, aceleraron y rodearon el artillero, convirtiéndola en el epicentro
de su ira.
Los pilotos del Ala-X atacaron con impresionante precisión.
Descargaron rayos láser y brillantes torpedos rosas, poniendo a prueba la
habilidad de los dovin basal del artillero. Por cada vacío gravitacional que
creaban los dovin basal para engullir rayos y torpedos, otro conseguía
penetrar, abriendo fisuras en la nave de asalto y haciendo saltar en todas
direcciones pedazos de coral yorik negro rojizo. Aturdido por los incesantes
ataques, el artillero se refugiaba en sus escudos, esperando un momento de
respiro, pero los cazas no le daban cuartel. Descargas de resplandeciente
energía azotaban la nave, desviándola de su ruta. Los dovin basal
comenzaron a fallar. Con las defensas comprometidas sin remedio, la gran
nave desvió toda la energía a las armas, y contraatacó.
De una docena de cañones brotó un vengativo fuego dorado, en
desesperada demostración de fuerza, pero los cazas estelares eran
demasiado rápidos y ágiles. Hicieron una pasada tras otra, soltando fuego
hacia el repentinamente vulnerable casco de la nave. Jirones de carne
rasgada chorrearon de las profundas heridas y trincheras abiertas por los
láseres. La destrucción de un lanzador de plasma inició una serie de
explosiones en cadena en el lado de estribor. El coral yorik derretido
resbalaba de la nave como un rastro de vapor. Brillos de cegadora luz
asomaron desde su núcleo. La nave rodó sobre su vientre, perdiendo
velocidad. Entonces, agitándose en un paroxismo final, desapareció en una
breve burbuja de fuego.
Entonces pareció que los Ala-X pretendieran atacar a la nave de guerra,
pero los pilotos dieron media vuelta en el último momento. Descargas de la
nave de guerra se entrecruzaron por el espacio cercano, pero ningún misil
dio en el blanco.
Harrar miró por encima del hombro a su acólito. Su rostro escarificado
era una sombría máscara.
—Insinúa al comandante Tla que sus celosos artilleros dejen escapar a
las pequeñas naves —dijo con una tranquilidad fuera de lugar—. Después
de todo, alguien tiene que vivir para contar lo que pasó aquí.
—Los infieles lucharon bien y murieron con valor —se arriesgó a
comentar el acólito.
Harrar se giró para mirarlo frente a frente, con un brillo en los ojos que
delataba una sonrisa.
—¿Eso que percibo es respeto por ellos?
El acólito asintió en señal de deferencia.
—Sólo es una observación, eminencia. Para ganarse mi respeto tendrían
que abrazar voluntariamente la verdad que les traemos.
Un heraldo de rango menor entró en la cabina. Saludó, chocando los
puños contra los hombros contrarios.
—Belek tiu, eminencia. Le comunico que ya se han reunido los
cautivos.
—¿Cuántos son?
—Varios centenares… Y de diverso aspecto. ¿Desea supervisar la
selección para el sacrificio?
Harrar enderezó los hombros y se ajustó la caída de su elegante túnica.
—Estoy impaciente por hacerlo.
***
El diáfano cierre de las entrañas del transporte se abrió a una inmensa
bodega llena hasta los topes de prisioneros capturados en la superficie y los
cielos de Obroa-Skai. La escolta de guardias y asistentes personales de
Harrar entró en la bodega, seguida por el Sacerdote en persona, sentado
sobre un almohadón flotante, con una pierna doblada bajo él y la otra
colgando por el borde. El palpitante dovin basal con forma de corazón que
mantenía el almohadón elevado respondió al silencioso apremio de Harrar,
atrayéndose hacia el techo abovedado cuando le pidió más altura,
moviéndose hacia uno u otro mamparo lejano según el Sacerdote desease
avanzar, retroceder o desplazarse hacia un lado.
La bodega estaba bien iluminada, con parches bioluminiscentes que
recubrían paredes y techo, y había sido dividida en varios campos de
inhibición separados, dispuestos en dos filas paralelas y generados por
enormes dovin basal. Dentro de cada campo, apretados unos con otros,
había investigadores y expertos originarios de gran cantidad de planetas,
tanto humanos como de otras especies (bothanos, bith, quarren y
caamasianos), todos parloteando a la vez en una miríada de idiomas,
mientras guardianes de negro, armados con anfibastones, supervisaban el
proceso de selección. El inmenso espacio, concebido para el mantenimiento
de coralitas y no para mercancía viva, apestaba a sangre, sudor y
secreciones naturales.
Pero lo que más había en el aire era miedo.
Harrar flotaba en su almohadón, supervisando la escena desde debajo de
su capucha. Sus criados se apartaron para que él pudiera acercarse al pasillo
central e inspeccionar a los prisioneros de ambos lados. Pero para llegar a
los primeros campos de inhibición, tuvo que rodear un gran foso lleno a
rebosar de androides confiscados; cientos de ellos, amontonados en un
amasijo de miembros, apéndices y otras partes mecánicas.
Cuando Harrar ordenó detenerse junto a la pequeña montaña de
máquinas, los androides que se encontraban en lo más alto empezaron a
temblar bajo su escrutinio. Las cabezas redondeadas, rectangulares y
antropomórficas giraron con un zumbido de servomotores gripados, los
sensores de audio se alargaron e incontables fotorreceptores lo enfocaron al
tiempo. Una avalancha momentánea hizo que varias de las máquinas
cayeran, entre chillidos, a la base del montón, por debajo del nivel del
suelo.
La curiosa mirada de Harrar recayó sobre un deformado androide de
protocolo que lucía una banda de color en su brazo derecho. Ordenó al
almohadón que se acercara a la inmovilizada máquina.
—¿Por qué llevan prendas de adorno algunas de estas abominaciones?
—preguntó a su asistente en jefe.
—Al parecer tenían funciones de ayudantes de investigación, eminencia
—explicó el asistente—. Sólo los contratados por investigadores
profesionales podían acceder a las bibliotecas de Obroa-Skai. El símbolo
que se ve en la banda del brazo pertenece al llamado Instituto Obroano.
Harrar estaba horrorizado.
—¿Dices que investigadores serios trataban a estas cosas como iguales?
El asistente asintió.
—Eso parece, eminencia.
La expresión de Harrar se tornó desprecio.
—Permite que una máquina se considere tu igual, y no tardará en
creerse superior —alargó la mano, quitó la banda al androide y la tiró al
suelo—. Incluye en el sacrificio una muestra representativa de estas
monstruosidades. Incinera al resto.
—Estamos acabados —se lamentó una voz sintética y apagada entre el
montón de escombros.
Brazos vivos de varios tamaños, colores y texturas se alzaron en gesto
de súplica hacia Harrar, mientras el almohadón le transportaba hacia el
campo de inhibición más cercano. Algunos prisioneros pedían clemencia,
pero la mayoría guardaban silencio con aprensión. Harrar los contempló
indiferente hasta que vio a un humanoide peludo de cuya prominente frente
emergían un par de cuernos en forma de cono que se curvaban hacia
adentro. Sus manos y pies desnudos estaban curtidos por el intenso trabajo,
y la mirada clara de la criatura evidenciaba una gran inteligencia. El
humanoide vestía una prenda tosca, sin mangas, cuyos jirones le llegaban
hasta las rodillas, ajustada a la cintura por un cordón trenzado de fibras
naturales.
—¿A qué especie perteneces? —preguntó Harrar en un Básico perfecto.
—Soy un gotal.
Harrar señaló la túnica.
—Tu atuendo parece el de un penitente más que el de un estudioso.
¿Qué eres tú?
—Soy ambos y ninguno —dijo el gotal con una ambigüedad decidida
—. Soy un sacerdote h’kig.
Harrar se agitó animoso en el almohadón y se dirigió a su séquito.
—Qué suerte. Tenemos un santo entre nosotros —su mirada se centró
en el gotal—. Háblame de tu religión, sacerdote h’kig.
—¿Qué interés puedes tener en mis creencias?
—Lo cierto es que yo también soy ejecutor de rituales. Hablemos de
sacerdote a sacerdote.
—Los h’kig creemos en el valor de una vida sencilla —dijo el gotal,
escueto.
—Sí, pero ¿con qué fin? ¿Para conseguir cosechas abundantes,
mejoraros a vosotros mismos o aseguraros un lugar en la otra vida…?
—La virtud en sí misma es nuestra recompensa.
Harrar le miró atónito.
—¿Eso os han dicho vuestros dioses?
—Es sólo nuestra verdad… Una entre muchas.
—Una entre muchas. ¿Y qué hay de la verdad que os traen los yuuzhan
vong? Reconoce a nuestros dioses y quizá me sienta inclinado a salvarte la
vida.
El gotal le contempló con indiferencia.
—Sólo un falso dios tendría tanta sed de muerte y destrucción.
—Entonces es cierto. Temes a la muerte.
—No temo morir por la verdad, por aliviar los sufrimientos o
exterminar el mal.
—¿Sufrimientos? —Harrar se agachó amenazante sobre él—. Deja que
te explique lo que es el sufrimiento, sacerdote. El sufrimiento es el pilar de
la vida. Quienes aceptan esa verdad saben que la muerte es la liberación del
sufrimiento. Por eso acudimos animosos a la muerte, porque estamos
resignados a ella. —Miró a los otros prisioneros y alzó la voz—. No os
estamos exigiendo más de lo que nos exigimos a nosotros mismos:
compensar a los dioses por el sacrificio que realizaron al crear el universo.
Ofrecemos carne y sangre para que así pueda perdurar su obra.
—Nuestros dioses no nos piden más tributo que hacer buenas acciones
—intervino el gotal.
—Acciones que te causan callos —dijo Harrar con desdén—. Si eso es
todo lo que vuestros dioses esperan de vosotros, no me extraña que os
hayan abandonado en vuestro momento de necesidad.
—No nos han abandonado. Aún tenemos a los Jedi.
Murmullos de compañerismo se elevaron entre la multitud de
prisioneros, primero reticentes y luego con creciente convicción.
Harrar contempló los rostros dispares que tenía bajo él: los gruesos y los
de labios finos, los rugosos y los suaves, los imberbes y los hirsutos, los
cornudos y los de ceño fruncido. Los yuuzhan vong intentaron erradicar
semejante diversidad en su galaxia natal, librando guerras que se
desarrollaron durante milenios y se cobraron las vidas de pueblos y planetas
demasiado numerosos para contarlos. Pero esta vez, los yuuzhan vong
pensaban actuar de forma más cauta, destruyendo sólo aquellos pueblos y
planetas necesarios para completar la limpieza.
—¿Esos Jedi son vuestros dioses? —preguntó Harrar por fin.
El gotal tardó un momento en contestar.
—Los Caballeros Jedi son los guardianes de la paz y la justicia.
—Y esa «Fuerza» de la que he oído hablar… ¿Cómo la describirías?
El gotal esbozó media sonrisa.
—Es algo que jamás tocarás. Aunque yo diría, sin temor a equivocarme,
que vosotros provenís de su Lado Oscuro.
A Harrar le picó la curiosidad.
—¿La Fuerza contiene la luz y la oscuridad al mismo tiempo?
—Como todas las cosas.
—¿Y qué sois vosotros en relación con nosotros? ¿Tan seguro estás de
que representas la luz?
—Yo sólo sé lo que me dicta el corazón.
Harrar habló despacio.
—Entonces esta lucha es algo más que una simple guerra. Es un
combate entre dioses, en el que tú y yo sólo somos simples instrumentos.
El gotal mantuvo la cabeza bien alta.
—Quizá sea así, pero el resultado final ya está decidido.
Harrar sonrió, burlón.
—Que esa creencia te consuele en tu hora final, sacerdote… Porque te
aseguro que está cercana. —Volvió a dirigirse a la multitud—. Hasta ahora,
vuestra especie sólo se había enfrentado a guerreros y políticos yuuzhan
vong. Sabed que los verdaderos arquitectos de vuestro destino han llegado
hoy.
Hizo un gesto a su séquito para que se acercara.
—Esa Fuerza es una fe extraña y obstinada —dijo lentamente, mientras
uno de sus asistentes se acercaba al almohadón dovin basal—. Si queremos
llegar a gobernar aquí, necesitaremos comprender cómo consigue unir a
esta miríada de seres. Y habrá que exterminar de una vez por todas a los
Caballeros Jedi.
CAPÍTULO 2
E n una galaxia llena de maravillas, la convergencia de troncos de
árboles a modo de columnas y de ramas encajadas para sostener la
ciudad wookiee de Rwookrrorro disfrutaba de un puesto de honor. Vista
desde lo alto y rodeada por un bosque impenetrable, la ciudad parecía haber
sido rescatada del difícil inframundo del planeta, para ponerla a merced del
cielo de Kashyyyk, como ejemplo de extremo equilibro entre naturaleza y
tecnología.
En las afueras de la ciudad, lejos de los edificios circulares que se
elevaban sobre su esponjoso suelo y recubrían los troncos de los árboles
gigantes, sobre una gigantesca rama caída que se extendía a lo largo de
varias copas de árboles, tenía lugar una ceremonia, realizada en función del
eterno ciclo natural de la vida y la muerte.
Los participantes, entre los que había dos docenas de wookiees y
humanos de ambos sexos, formaban un círculo alrededor de una mesa de
madera, también circular. Algunos estaban de pie, otros agachados en
cuclillas o directamente sentados en el suelo; pero todos mostraban una
expresión solemne, exceptuando los dos únicos miembros mecánicos del
grupo: los androides C-3PO y R2-D2, cuya expresión metálica se mantenía
neutral en toda circunstancia.
C-3PO tenía ligeramente ladeada la ovalada cabeza, y los brazos
doblados en un ángulo que rara vez adoptaba la forma de vida a la que
imitaba. Era una postura completamente natural para el androide,
consecuencia de cómo había sido ensamblado y de las constantes
exigencias de los servomotores que le permitían gesticular y moverse. A su
lado, R2-D2 permanecía completamente inmóvil, con los puntales
locomotores firmemente plantados en la rama caída de wroshyr, y el cuerpo
echado hacia atrás.
Al pasar, C-3PO se había fijado en que la vista desde aquella rama era
francamente impresionante. La niebla se agrupaba densa entre las copas de
los árboles, ocultando los cercanos anillos de la guardería wookiee y
distorsionando la luz de la mañana como lo haría un prisma. Podría decirse,
o lo diría cualquiera menos él, que aquella vista «quitaba el aliento».
—[Estamos aquí reunidos en memoria de Chewbacca; amado hijo,
estimado compañero, devoto padre, amigo fiel y camarada de armas,
campeón y en tío de clan espiritual para todos nosotros, si bien no de la
forma tradicional.]
El portavoz wookiee se llamaba Ralrracheen, aunque C-3PO había oído
llamarlo simplemente Ralrra. Era un adulto de elevada estatura, incluso
para esa especie arbórea, pero lo que más le distinguía, más que el pelo
canoso, era su curioso defecto en el habla. En cualquier otra ocasión, C-
3PO habría recibido el encargo de servir como traductor e intérprete, pero
ninguno de los humanos presentes necesitaba sus facultades políglotas
aquella mañana.
—[El fuego del desafío brillaba con más fuerza en Chewbacca] —
prosiguió Ralrra, frunciendo la negra nariz y con los largos brazos colgando
a ambos lados del cuerpo—. [Jamás le falló el valor y la entereza en
Kashyyyk o en planetas lejanos… Era un wookiee con el corazón suficiente
de diez hombres y más fuerza que cincuenta.]
Chewbacca había muerto hacía seis meses estándar, en un
desafortunado intento de rescate en el planeta Sernpidal, marcado para su
destrucción por los yuuzhan vong. No haber podido recuperar su cadáver
era algo muy doloroso para todos; porque, de haber podido llevarlo a
Kashyyyk, se habría celebrado un funeral con él… Si bien sólo para
familiares de honor. Lo que los wookiees hacían con sus muertos era un
secreto celosamente guardado. Algunos expertos aventuraban que los
muertos eran incinerados. Otros, que eran enterrados en los huecos de los
árboles o bajados a través de las ramas kshyy hasta las oscuras
profundidades de las que había surgido la especie. Pero había quien
afirmaba que se los despedazaba con hachas ryyyk sagradas, y sus restos
eran repartidos por ramas wroshyr seleccionadas para servir de alimento a
los depredadores katarns o los pájaros kroyie.
C-3PO comprendía que había bastantes probabilidades de que no le
hubieran invitado al funeral. Todos los asistentes eran miembros de la
extensa familia de Chewbacca, y era poco probable que la filiación se
extendiera a él, y mucho menos a su compañero R2-D2. Pese a su
aceptación de las máquinas, inteligentes y no tanto, los de carne y hueso
podían ser muy posesivos en lo referente a cuestiones de parentesco y
familia.
Cerca de Ralrra, sentado en cuclillas, estaba el padre de Chewbacca,
Attichitcuk, junto a la hermana de Chewbacca, Kallabow, de pelo color
caoba. A su lado se encontraba la viuda de Chewbacca, Mallatobuck, y su
hijo, Lumpawarrump, que había tomado el nombre Lumpawaroo (y al que
solían llamar sólo Waroo) cuando completó con éxito su rito para pasar a la
edad adulta. Salpicados entre el grupo de wookiees había varios amigos,
hermanos, primos, sobrinas y sobrinos… Entre los últimos, Lowbacca, un
Caballero Jedi.
Sólo había seis humanos: el Maestro Luke, la señora Leia, el Maestro
Han, y los tres hijos Solo: Anakin, Jacen y Jaina. Era notable la ausencia de
Lando Calrissian, que, para gran inquietud del Maestro Han, había enviado
un mensaje diciendo que sucesos inesperados (y no especificados) le
impedían su asistencia. Mara, esposa del Maestro Luke, habría asistido,
pero una repentina recaída de su misteriosa dolencia la obligó a permanecer
en Coruscant.
La mesa situada en el centro del círculo estaba exquisitamente labrada y
descansaba sobre una alfombra de hojas de wroshyr. El pedestal de su base
había sido entretejido con ramas verdes oscuras de kshyy, y la tabla redonda
aparecía llena de capullos de kolvissh, frutos de wasaka, raíces de orga y los
brillantes pétalos amarillos de la planta syren. El aire fresco estaba saturado
con el aroma del ardiente incienso de resina de árbol.
—[Aquí, en Kashyyyk, el valor de Chewbacca se hizo notar a corta
edad] —prosiguió Ralrra—. [Chewbacca se escapó de los anillos de la
guardería con su difunto amigo Salporin] —se detuvo para mirar a la viuda
de Salporin, Gorrlyn—, [para aventurarse por la Senda Rryatt hacia la Fosa
de los Muertos, en el corazón del Bosque Sombrío. Armado únicamente con
una espada ryyyk, se enfrentó al shyrr, al musgo jaddyyk, al insectoaguja, al
atrapagiros y al guardián de las sombras para recolectar raíces del corazón
de la syren carnívora, ganándose así el derecho para llevar un baldric, portar
un arma y confirmar el nombre que había escogido para sí mismo. Fue
también aquí donde Chewbacca se aventuró en el gran foso de Anarrad: no
una ni dos veces, sino cinco, matando el katarn de espolones en tres de esas
incursiones, y recibiendo a cambio una herida de la bestia] —Ralrra indicó
un punto en su peludo torso—. [Aquí, en el lado izquierdo del pecho.]
»[En preparación para su matrimonio, que tuvo lugar sobre esta misma
rama, Chewbacca descendió al quinto nivel, y allí capturó un quillarat con
sus propias manos y se lo presentó a Malla en ofrenda de amor. Y cuando
llegó el momento de la iniciación de Waroo, Chewbacca no tardó en ofrecer
su apoyo y su ánimo a su hijo, en su caza del escurridizo herboso.]
Algunas de las hazañas de Chewbacca en su planeta natal eran
conocidas por C-3PO, pero en su memoria faltaba algo parecido a datos
corroborativos, por lo que recopiló recuerdos de sus propias experiencias
con el wookiee, y su memoria se inundó con una ráfaga de secuencias de
imágenes, algunas de las cuales tenían más de veinte años estándar.
La primera vez que vio a Chewbacca, de pie como una torre color
canela junto al hangar 94, en el espaciopuerto de Mos Eisley, en Tatooine…
Chewbacca, como perdedor en las partidas de dejarik…, Chewbacca, en la
Ciudad de las Nubes de Bespin, ensamblando incorrectamente la cabeza de
C-3PO después de que unos ugnaught la usaran para jugar a «Mosquear al
Wookiee»… La afirmación del Maestro Han de que Chewbacca siempre
pensaba con el estómago… Las numerosísimas ocasiones en las que alguien
se refirió a Chewbacca como «bola de pelo llena de pulgas», «trapo
descomunal», «felpudo con patas» o «bruto ruidoso», a veces el propio C-
3PO, en imitación a los humanos, por supuesto, y siempre con cariño, dado
el escrupuloso carácter de Chewbacca, y su gran tamaño.
Una agitación repentina invadió a C-3PO, que se dio cuenta de que era
incapaz de recordar más cosas. Un recalentamiento no natural y de lo más
incómodo surgió en sus circuitos y le obligó a ejecutar un programa de
diagnóstico que no reveló la causa del fallo técnico.
Ralrra siguió aullando, ladrando y bramando.
—[Su curiosidad natural obligó a Chewbacca a abandonar Kashyyyk a
temprana edad; pero, como todos nosotros, no tardó en ser esclavizado por
el Imperio. Por suerte, Chewbacca recuperó su libertad gracias a un hombre
de gran fuerza y honor…, nuestro amado hermano Han Solo. Y en
compañía de Han Solo, a quien entregó su vida, tuvo un papel clave en la
Rebelión, y en los acontecimientos que finalmente condujeron a la caída del
emperador Palpatine.]
C-3PO fijó sus fotorreceptores en el amo Han, que sujetaba la mano de
la señorita Jaina con ojos enrojecidos y entrecerrados. Los pantalones
militares de color azul oscuro del amo Han eran muy parecidos a los ajados
que había intentado salvar para la posteridad, pero el día anterior había
quedado patente que ya no servían para la ligeramente creciente cintura del
amo Han, rompiéndose de forma irreparable. C-3PO había estado presente
durante el incidente, cosa que, desde luego, avergonzó al amo Han, y le
había ayudado a fijar en los pantalones de repuesto las costuras externas de
los dos adornos laterales conocidos como Sangre Corelliana.
Detrás del padre y de la hija se encontraba el amo Jacen y la señorita
Leia, con la cabeza apoyada en el hombro de su hijo mayor y las mejillas
llenas de lágrimas. Cerca de ellos, sentado en el suelo, estaba el amo
Anakin, devastado y consternado, junto al amo Luke, que había visto la
muerte de cerca muchas veces, al perder tanto a sus padres biológicos como
a sus padres adoptivos, así como a Obi-Wan Kenobi y Yoda, dos de sus
mentores Jedi.
—[Chewbacca llegó a ser un soldado de la Nueva República] —
continuaba Ralrra en su tono rugiente—. [Colaboró en la liberación de
Kashyyyk tras la batalla de Endor. Pero Han Solo fue siempre la prioridad
en su devoción, como amigo y protector abnegado, así como guardián de la
esposa de Han Solo y de sus tres hijos] —Ralrra miró a Han—. [Chewbacca
tuvo el honor de acudir al rescate de su amigo en varias ocasiones, como
durante la reciente crisis de Yevetha, cuando liberó a Han Solo de su
cautiverio a bordo de una nave yevethana.]
Una vez más, C-3PO enfocó sus fotorreceptores en el amo Han, que
bajó la cabeza, sumido en el dolor, mientras Jaina le acariciaba los hombros.
La relación del amo Han con Chewbacca era semejante a la que tenía C-
3PO con R2-D2, aunque en ocasiones daba la impresión de que ambos
androides llevaban juntos incluso más tiempo que el humano y el wookiee.
Quizás R2-D2 también miraba al amo Han, porque el androide astro-
mecánico giró de repente su receptor monocular hacia C-3PO, y musitó un
silbido trémulo, casi como si él también sintiera una agitación repentina.
C-3PO cambió la inclinación de su cabeza.
En los últimos meses había tenido muchas oportunidades para estudiar
el sufrimiento humano, pero, por mucho que observaba, no conseguía
comprender el proceso mejor que antes de la muerte de Chewbacca en
aquel horrible planeta. Todos los seres vivos acababan muriendo, si no por
efectos de la edad, a resultas de un accidente o de enfermedades cuya
existencia se contaba por miles. La muerte era, de alguna forma, análoga a
la desactivación o al borrado de memoria, pero también era muy diferente;
significaba dejar de existir completamente, el final de todas las aventuras,
de una vez por todas. Consciente de aquello, C-3PO se vio obligado a
preguntarse si no había estado siempre equivocado con respecto a su papel
en la vida. Si, tal y como él siempre afirmaba, los androides habían sido
creados para sufrir, ¿qué ocurría con los seres de carne y hueso?
Quizá fuera mejor no saberlo.
Tal y como le habían fabricado, C-3PO era incapaz de derramar
lágrimas o de notar el corazón roto, por así decirlo; pero su programación le
permitía experimentar el sufrimiento hasta cierto punto, si bien no en la
medida que lo hacían los seres humanos y otras criaturas vivientes. Y de
repente tuvo claro que el dolor era el origen de la agitación que no le dejaba
en paz. Por mucho que lo intentara no podía tener un pensamiento claro, y
cada vez que miraba al amo Han, su dolor aumentaba.
Quizá porque era un humano, y porque había sido el mejor amigo de
Chewbacca, el amo Han parecía ser el que más sufría de todos. Pasaba de la
angustia a la ira, y del abatimiento a la agitación. El hombre al que una vez
C-3PO había considerado imposible, sufría ahora de forma inimaginable,
tan inalcanzable como encerrado en carbonita, y no parecía haber nada que
C-3PO pudiera hacer para arreglarlo. Su fluidez en millones de formas de
comunicación no le garantizaba la comprensión del comportamiento
humano, y mucho menos de los sentimientos humanos. Después de todo, C-
3PO era sólo un androide, y no estaba al tanto de semejantes cosas.
Durante el cortejo que el amo Han realizó a la entonces princesa Leia,
tuvo lugar un incidente durante el cual el amo Han apoyó la mano sobre el
hombro de C-3PO y le dijo: «Eres un buen androide, Trespeó. No hay
muchos androides que me caigan tan bien como tú». Y pidió a C-3PO
consejo sobre el amor. C-3PO le ofreció encantado un poema para que el
amo Han lo utilizara como munición en su competición contra el príncipe
Isolder, por la mano de la princesa.
Pero maldito sea mi cuerpo metálico, se dijo C-3PO a sí mismo. ¿Por
qué no le había equipado su fabricante con la programación necesaria para
acudir en ayuda del amo Han en aquel momento? En lugar de eso, lo único
que podía ofrecer era filosofía inútil.
—[La aventura es algo tan atractivo y potencialmente peligroso como el
corazón de la planta syrena] —gruñó Ralrra tristemente—. [Pero hasta el
último acto de Chewbacca fue de sacrificio, pues dio su vida para salvar la
de alguien que le era muy querido] —el anciano wookiee miró al joven
Anakin, y luego al amo Han y a la ama Leia—. [Y, como siempre, mantuvo
las garras retraídas durante el combate. Ahora, el espíritu de Chewbacca se
fusiona con el nuestro y lo sustenta, tal y como las ramas del wroshyr se
extienden y ayudan unas a otras, dándonos fuerza para soportar los retos
que aún debemos afrontar.]
La guerra llevaba tanto tiempo presente en la vida de C-3PO que ya no
le sorprendía una nueva invasión. Pero había algo diferente en los yuuzhan
vong y en la angustiosa guerra que asolaba toda la galaxia. No sólo porque
no hicieran distinciones entre especies o planetas (Nueva República,
Remanente Imperial o no alineados), o porque sus naves y armas biológicas
tuvieran un poder destructivo tan impresionante. Lo que más preocupaba a
C-3PO era que ni siquiera los androides se salvaban en ese reciente
conflicto. Y eso significaba que, le gustara o no, aún podía llegar a
comprender de verdad lo que era el dolor y la muerte.
***
La mesa circular estaba cubierta de alimentos: cuencos de caldo de
xachibik, costillas de trakkrrrn a la barbacoa, tartas de miel del bosque,
ensalada aderezada con semillas de rillrrnnn y recipientes con vino, zumo y
licor. Los humanos y los wookiees conversaban en grupos, recordando
historias sobre las hazañas de Chewbacca que hacían brotar la risa, las
lágrimas o momentos de solemne reflexión. Se había levantado una suave
brisa que agitaba las hojas y hacía sonar las campanillas colgadas de las
ramas.
Han, derrotado, se sentó en un taburete bajo de madera, apoyando los
codos en las rodillas.
—Sabes, nunca pensé que me escucharía diciendo esto, pero lo cierto es
que creo que envidio a Trespeó.
Jaina siguió la mirada de su padre hacia donde estaba el androide y su
compacto compañero, con aspecto de estar totalmente perdido.
—Estás diciendo que es mejor no tener corazón.
—En momentos así, desde luego —Han exhaló pesadamente y se pasó
la mano derecha por la cara.
Jaina se acercó a la mesa.
—Deja que te traiga algo de comer, papá. Tienes que estar muerto de
hambre.
Él intentó sonreír.
—Gracias, cariño, pero no tengo hambre.
—Aun así, deberías comer algo —dijo ella, maternal.
A Han se le iluminó la cara levemente y le cogió la mano a su hija.
—Sírvete tú, yo estoy bien.
Ella frunció el ceño.
—¿Estás seguro?
—Totalmente —él señaló con la barbilla—. Venga. Come tú por los dos.
Un tanto reacia, Jaina se dirigió a la mesa. Han la contempló un buen
rato mientras ella se mezclaba con sus hermanos, con Luke y con
Lowbacca. Al contemplarlos, se preguntó qué haría si pudiera utilizar la
Fuerza como un Jedi. ¿Se quedaría en el Lado Luminoso o se haría con los
siniestros poderes del Lado Oscuro para enseñar a los yuuzhan vong un par
de cosas sobre la venganza? Imágenes violentas y macabras aparecieron en
su mente, como explosiones; pero las interrumpió de inmediato. Llevaba
meses sufriendo aquellas imágenes y no había llegado a ningún sitio. Por
muchos pensamientos vengativos que tuviera, no conseguiría resucitar a
Chewie.
Se miró las manos y se dio cuenta de que tenía los puños cerrados. Se
había pasado los últimos seis meses aislado e impotente, a menudo sumido
en la oscuridad o escondido en algún antro de Coruscant, mientras los Jedi
plantaban cara al enemigo, y eso era exactamente lo que necesitaba hacer.
Se amonestó a sí mismo en silencio y respiró hondo, expulsando el aire
por entre los labios apretados. Aflojó las manos, se golpeó suavemente las
piernas y se puso en pie. Se dirigía hacia la mesa cuando se le acercaron
Mallatobuck y muchos otros miembros de la familia de Chewbacca. Malla
cargaba con una caja de madera de un metro de largo.
—[Han Solo] —dijo ella, sonriéndole—. [Queremos que tengas esto.]
Han alzó las cejas. Puso la caja en el taburete y abrió el fino broche de
metal. Dentro, sobre un lecho de material aislante, había una preciosa
ballesta de madera tallada. El viejo y gastado arco había sido pulido hasta
conseguir que la madera oscura brillara reluciente. Un acelerador magnético
hábilmente oculto hacía que el arma expulsara cargas explosivas a
impresionante velocidad. Estaba equipada con un objetivo y un mecanismo
de recarga que pocas manos humanas eran capaces de manejar.
—La reconozco —dijo Han, asintiendo. Apretó los labios para no dejar
escapar un lamento—. Es una de las primeras que le vi fabricar.
Malla soltó un aullido leve.
—[Chewbacca la hizo poco después de casarnos, cuando tú estabas
aquí. Hizo versiones mejores en su época, pero ésta mantiene toda la
calidez y la fuerza que le caracterizaban.]
Han cogió el arma.
—Puedo sentirlo —se giró y abrazó a Malla. Su cabeza apenas llegaba a
la barbilla de ella—. La guardaré como un tesoro.
Waroo dio a Han unas alforjas hechas de piel.
—[Esto también era de mi padre. Sé que él habría querido que lo
tuvieras.]
Han se colgó la bolsa del hombro, sabiendo que le llegaría por debajo
de las rodillas. Malla, Waroo, Lowbacca y el resto expresaron su regocijo
con aullidos que retumbaban en los tímpanos. Jaina regresó con un plato de
comida, a tiempo de unirse a las risas.
—Si Chewie te viera ahora —dijo ella, sonriendo por primera vez en
todo el día.
Han se quitó una lágrima con el dorso de la mano, sonrió y rodeó la
cintura de su hija con el brazo.
—El enorme peludo se partiría de risa.
Jowdrrl, la prima de Chewbacca con el pelo color caoba, gruñó algo a
Malla que Han no entendió. Al ver la expresión inquisitiva de Han, Malla se
lo explicó.
—[Jowdrrl pregunta cuándo volveréis tu familia y tú a Coruscant.]
Han y Jaina se miraron, encogiéndose de hombros.
—No había pensado en ello —dijo Han—. A lo largo del día de
mañana, supongo.
Jowdrrl siguió hablando.
—[Sólo lo pregunto porque Dryanta y yo necesitamos algo de tiempo
para prepararnos.]
La expresión de Han reflejó su asombro.
—¿Prepararos para qué? ¿Vais a venir con nosotros a Coruscant?
El padre de Chewbacca, Attichitcuk, habló en tono triste.
—[Jowdrrl y Dryanta prepara el banquete para la despedida de Waroo y
Lowbacca.]
—Waroo y Lowbacca —dijo Han nervioso.
—[Ellos van a asumir la deuda de vida de Chewbacca.]
Han apretó la mandíbula. Pasó la mirada de un wookiee al siguiente con
creciente preocupación.
—Pero…, pero no podéis hacer eso. Chewie está muerto. Sus deudas
están saldadas.
Attichitcuk articuló un gruñido grave y sostenido.
—[Puede que la muerte haya apagado la llama desafiante de mi hijo,
pero nuestra deuda contigo seguirá existiendo hasta que tu llama se extinga
a su vez.]
Jaina se mordió el labio inferior, y puso una mano a su padre en el
brazo, a modo de consuelo; pero éste la apartó. Han negaba vigorosamente
con la cabeza.
—No, no, no puedo aceptar esto. Chewie me salvó la vida diez veces
más que yo a él. Murió salvando la vida de Anakin —a medida que hablaba
se sentía más nervioso—. Además, soy yo quien tiene una deuda de vida
con vosotros —se quedó mirando al hijo de Dewlannamapia—. Tu madre
se portó mejor conmigo que los de mi propia especie —buscó a Gorrlyn—.
Tu marido, Salporin, dio su vida para proteger a Leia de los asesinos noghri
—miró a Jowdrrl y Dryanta—. ¡Vuestro primo, Shoran, murió a bordo del
Orgullo de Yevetha, salvándome a mí!
—[Tú también habrías muerto por ellos] —murmuró Attichitcuk, casi
mostrando los colmillos—. [En eso consiste una deuda de vida.]
Malla también miraba resplandeciente a Han.
—[Tú no difamarías la memoria de Chewbacca negándote a que su
deuda fuera saldada.]
Jaina tragó saliva.
—Mi padre no pretende deshonrar a nadie —miró a su padre—. ¿A qué
no, papá?
Han la miró un momento, con la boca abierta todavía. El gruñido
vibrante de Chewbacca le había traído a la memoria el recuerdo de un día
después de la boda, en el que Han había intentado convencer a Chewie para
que se quedara con su esposa, en lugar de acompañarle de vuelta a Nar
Shaddaa. Y también pensó en Groznik, un wookiee que se había unido a
una piloto del Escuadrón Pícaro llamada Elscol Loro, casada a su vez con
un hombre llamado Throm, con el que Groznik tenía una deuda de vida.
—Vale, vale —dijo al fin, mirando a Jaina y luego a Malla—. Me
cortaría el brazo antes de deshonrar la memoria de Chewie. Ya lo sabéis. Es
sólo que…
Todo el mundo se quedó expectante.
—Es sólo que no estoy preparado —negó con la cabeza, como para
aclararse, y luego alzó la mirada hacia Attichitcuk y el resto—. Para mí,
Chewie sigue vivo. Es sólo que no puedo permitir que sea… sustituido.
Tenéis que entenderlo. Para mí era mucho más que un protector. Era mi
mejor amigo.
Los wookiees intercambiaron miradas de entendimiento y murmullos
incomprensibles.
—[Se aferra a la memoria de mi marido] —afirmó Malla con tristeza.
—[Necesita tiempo] —gruñó Attichitcuk, aunque de alguna forma no
sonó amenazador.
—Eso es —dijo Han, agarrando unas hojas—. Necesito tiempo.
Después de lo que pareció una eternidad, el padre de Chewbacca asintió
con su enorme cabeza.
—[Entonces te daremos tiempo. La deuda de vida es mucho más que
ofrecer protección a los daños corporales. También socorre al espíritu.]
Han vio la verdad en aquellas palabras.
—Y yo necesito que eso continúe.
Malla colocó sus enormes garras en los hombros de Han.
—[Entonces, así será.]
CAPÍTULO 3
L as imágenes holográficas de los sistemas estelares y de todos los
sectores de la galaxia describían piruetas en el haz gris azulado de la
luz proyectada. Las capas resplandecientes mostraban las vías
hiperespaciales que enlazaban las distantes regiones de la galaxia. La
presión de la yema de los dedos en una pantalla táctil bastaba para obtener
información sobre planetas individuales, estrellas o rutas de velocidad
superlumínica. Puntos de luz artificial se expandían para mostrar datos
sobre especies y culturas nativas, topografía planetaria, estadísticas de
población y, en algunos casos, capacidades defensivas.
—Lamento tener que someteros a la tecnología inerte, eminencia —se
disculpó el estratega del comandante Tla—, pero tenemos que descubrir la
forma de separar los datos de las conchas metálicas que los contienen. Y
hasta que nuestros villip puedan absorber la información capturada, sólo
podemos usar las propias máquinas del enemigo. Todas han sido limpiadas
y purificadas, pero me temo que no hay forma de ocultar la vacuidad de su
espíritu.
Aunque asqueado por los dispositivos que le habían enviado, Harrar dio
la absolución al estratega.
—Aborrecer algo por desconocerlo equivale a temerlo. Una mayor
comprensión de la naturaleza de las máquinas sólo servirá para reafirmar mi
resolución de ver a todas exterminadas —repuso, agitando la mano
abreviada—. Procede.
El estratega, Raff, inclinó la cabeza tatuada en señal de respeto, y alzó
una mano huesuda y enguantada hacia el holograma animado.
—Como podéis ver, eminencia, he aquí nada menos que el retrato de la
galaxia. A grandes pinceladas, por supuesto; pero, aun así, contiene
suficientes detalles como para ayudarnos en nuestro avance hacia el Núcleo.
Su dedo huesudo hizo contacto con la pantalla táctil, y en el cono de luz
apareció una representación del sistema estelar de Obroa-Skai y de los
sistemas vecinos.
Las manos del estratega no eran lo único que sufría delgadez extrema.
Muñecas flacuchas asomaban de las voluminosas mangas de su túnica, y un
cuello larguirucho emergía de la vestimenta ancha y espaciosa como un
bastón. Raff estaba dedicado al servicio de Yun-Yammka, el dios de la
guerra, y su boca eran unas fauces manchadas de negro, que lucían un
diente desproporcionado que algunas veces interrumpía la claridad de su
habla. Pero lo que contaban eran sus poderes de reflexión y análisis. Su
frecuente relación con los Coordinadores Bélicos y los dovin basal lo
mantenían al tanto de casi todos los aspectos de la guerra, desde los detalles
sobre las naves individuales de la Nueva República hasta las estadísticas de
bajas en combate. En reflejo de sus habilidades, llevaba el cráneo calvo y
distendido, adornado con marcas que sugerían los remolinos y torbellinos
de actividad del magistral cerebro que contenía.
—Por desgracia, la mayor parte de los datos liberados son de naturaleza
histórica y de escaso valor. Obroa-Skai se dedicaba principalmente a
preservar documentos culturales en los idiomas y formatos de acceso
originales.
El estratega señaló una plataforma gravitatoria llena de textos en
duraláminas, tarjetas de datos y otros dispositivos de almacenamiento;
todos ellos llenos de sangre, esperando a ser purificados por el fuego
sagrado.
—Por eso necesitamos una cantidad tan grande de traductores y
decodificadores. Aun así, nuestro asalto al mundo de las bibliotecas estaba
justificado. Una vez traducidos al habla de los villip, estos documentos
aportarán muchísima información sobre la psicología de muchas de estas
especies, y ese conocimiento será crucial para mantener el control sobre los
territorios conquistados.
Un asistente descalzo y ataviado con una larga túnica subió por las
bastas escaleras de coral yorik de la plataforma de mando para colocar
platos con comida y una jarra con un líquido ámbar en la mesa baja que
separaba al Sacerdote del estratega. Un tatuaje morado oscuro dibujaba una
barba en la barbilla puntiaguda, y las bolsas debajo de sus ojos casi cerrados
estaban completamente tatuadas. La frente, casi cóncava a partir de las
protuberantes cejas, también estaba cubierta de signos y dibujos.
Una figura solitaria esperaba paciente en las sombras de la base de la
plataforma. Harrar hizo que el asistente preparara libaciones para él mismo,
para el estratega y para la figura que esperaba. Dio un trago a su bebida
mientras pensaba en el elogio que había hecho el estratega de los restos de
la batalla.
Generaciones de viaje por el espacio intergaláctico habían hecho mella
en muchas de las naves yuuzhan vong, tanto en las naves de guerra como en
las mundonaves. Hubo un tiempo en el que el interior de estas naves gozaba
de la calidez de suntuosas cortinas y alfombras, y la monotonía de los
puentes de mando se veía equilibrada por la riqueza de los mosaicos; pero
ahora prevalecía una frialdad austera. Los techos abovedados de los
espacios comunes seguían soportados por columnas ornamentales, pero sus
superficies estaban arañadas, apagadas y carentes de alegría. Las
formaciones bioluminosas que proporcionaban oxígeno y luz ya no eran lo
que eran, y a menudo parpadeaban como velas a punto de apagarse. Incluso
los espacios, que eran como grutas y estaban reservados para la élite, tenían
un aspecto deplorable.
—¿Y qué dicen los documentos incautados de los Jedi? —preguntó
Harrar tras una pausa.
—Curiosamente poco, eminencia. Parece como si los datos sobre los
Jedi hubieran sido excluidos a propósito de la biblioteca, o eliminados de
forma sistemática.
Harrar dejó su bebida.
—La distinción es significativa. ¿Qué interpretación te parece más
plausible?
—La segunda. Las bibliotecas están repletas de documentos sobre toda
clase de filosofías, ¿por qué excluir entonces los estudios sobre los Jedi?
—Puede que los propios Jedi vetaran esa documentación —sugirió
Harrar—. Quizá sean más partidarios del secreto de lo que nosotros
creemos.
—Eso explicaría la falta de iconografía relacionada con ellos, junto al
hecho de que la Fuerza no parece ser la manifestación de un ser superior.
—Y, aun así, tienes motivos para creer que los archivos fueron
eliminados.
—Aunque se hubiera prohibido por ley, eminencia, seguiría habiendo
historias orales o escritas, si no por un Jedi, por alguien ajeno a la Orden,
incluso alguien opuesto a ella. Una crónica de las hazañas Jedi, algo así.
—Una Orden, has dicho.
El estratega Raff miró a la figura oculta que tenían a sus pies y asintió.
—Al parecer, al principio los Jedi eran una Orden dedicada a estudios
filosóficos y teológicos. No se sabe si fueron los primeros en descubrir la
fuente de energía que ellos denominan Fuerza, o si simplemente fueron los
primeros en descubrir formas de acceder a ella. En cualquier caso, parecen
haber evolucionado gradualmente desde meditadores de abadía a sirvientes
del bien público, y durante miles de generaciones han servido como
guardianes de la justicia en toda la galaxia.
Harrar estiró sus seis dedos y se rozó los labios tatuados.
—Eso debió de requerir un ejército.
—Así es, eminencia.
—Pero no se ha enviado ningún ejército de Jedi contra nuestros
guerreros. Los informes bélicos indican encuentros con sólo unos pocos —
el Sacerdote sonrió levemente al darse cuenta—. Puede que alguien no se
limitara a purgar las bibliotecas de Obroa-Skai, sino a la propia Orden Jedi.
—Eso creo.
—Pero ¿quién?
El estratega se encogió de hombros.
—¿Defensores del llamado Lado Oscuro? ¿Aquellos a los que los Jedi
llaman Sith?
Harrar se recostó en los cojines que le acogían.
—Entonces quizá tengamos aliados en la galaxia.
—Si queda algún Sith, quizá.
Unos pasos decididos cortaron la respuesta de Harrar. Procedían de una
hembra joven, muy bella, cuyas vestimentas largas y brillantes acentuaban
su ya de por sí esbelta figura. Un turbante ocultaba casi todo su pelo negro
azabache, y unos insectos iridiscentes brillaban en los bordes de su túnica.
Largas zancadas la llevaron, desafiante, hasta la base de la plataforma
de mando, donde cruzó los brazos bajo los pechos e inclinó cabeza y
hombros con profundo respeto.
—Bienvenida, Elan —dijo Harrar amablemente.
Elan alzó su cabeza, menos protuberante que la del Sacerdote y menos
asimétrica que la del estratega. Al final de sus pómulos, su cara acababa en
una barbilla puntiaguda. Sus ojos, de un gélido azul, nadaban en un mar de
lavanda y torbellinos castaños, y su nariz era ancha y casi carente de puente.
—¿Qué desea, eminencia?
—De momento quédate con nosotros —Harrar dio unas palmaditas al
cojín que tenía a su lado, como invitación y con un ligero toque de
condescendencia—. Llegas a tiempo de presenciar el sacrificio.
Elan miró por encima del hombro.
La acompañaba una diminuta criatura de estrafalaria apariencia y gestos
peculiares. De colores moteados debido a un tocado de plumas, el torso sin
vello tenía dos extremidades delgadas rematadas en delicadas manos de
cuatro dedos. Unas orejas puntiagudas y dos antenas retorcidas surgían de
una cabeza alargada y algo desproporcionada, cuya nuca acababa en un
mechón bien arreglado. En el rostro, ligeramente cóncavo, destacaban unas
cuencas de ojos bien pronunciadas, una boca ancha y un fino bigotillo. Un
par de ancas y unos pies anchos propulsaban a la criatura en ágiles saltos.
Harrar se dio cuenta de las reticencias de Elan.
—Tu familiar también es bienvenido entre nosotros.
Elan miró al extraño que estaba junto a ella y le cogió la mano derecha.
—Ven, Vergere.
Subió las escaleras y se sentó, dejando sitio a Vergere, que se instaló
como si estuviera incubando un huevo. Entonces ella miró al Sacerdote.
—¿Por qué me ha convocado, eminencia?
Harrar fingió estar decepcionado e hizo un gesto al asistente más
cercano.
—Déjanos observar el sacrificio.
El asistente realizó una inclinación y dio una orden a un par de villip de
recepción inteligentemente ocultos, que instantáneamente emitieron un
campo óptico. Una vista general del espacio local apareció en el aire y llenó
toda la porción delantera del compartimiento, eclipsando paneles y otros
dispositivos. Era como si esa porción de la nave poligonal se hubiera vuelto
translúcida y el universo hubiera entrado en la sala.
La estrella primaria de Obroa-Skai era un caldero ardiente en el centro
del campo proyectado por los villip. Un maltrecho transporte Gallofree
capturado durante la batalla se acercaba hacia ella, y sus escudos de defensa
comenzaban a enrojecerse por el calor. Dentro de la nave en forma de vaina,
unos dos mil cautivos y androides, limpiados mediante ultrasonidos,
purificados por el incienso y apilados como leños para la hoguera, vivían lo
poco que les quedaba de vida.
Harrar, sus invitados y los asistentes permanecieron en silencio mientras
el enrojecimiento provocado por la estrella hacía que el morro del
transporte comenzara a expandirse hacia la popa, tiñendo de carmín las
aleaciones y las superestructuras que ya se deformaban el calor. Las antenas
parabólicas, los sensores y los generadores de escudos se derretían como la
cera. La carcasa exterior se arrugó y empezó a separarse de la estructura. El
casco se ampolló, se combó y finalmente cedió. La nave se convirtió en una
antorcha, una llama resplandeciente, y luego desapareció.
Harrar alzó las manos a la altura de los hombros, con las palmas hacia
afuera.
—En honor del Creador, Yun-Yuuzhan, entregamos estas vidas que no
merecían vivir, en humilde gratitud por los actos que realizó por nosotros.
Que encontremos apoyo para el reto que se nos plantea de llevar la luz a
este reino en tinieblas, y liberarlo de su ignorancia y maldad. Nos abrimos a
ti…
—Que encuentres sustento en nuestras ofrendas —murmuró el resto de
los presentes.
—Alzamos nuestros corazones…
—Que prosperes.
—Nos entregamos libremente…
—A través de ti venceremos.
El villip de transmisión que había estado siguiendo a la nave se
incineró, atrapado en la estela del fuego nuclear. Mientras el campo visual
se desestabilizaba y desaparecía, los asistentes de Harrar regresaron
gradualmente a sus actividades.
—Me ocuparé de que las imágenes sean analizadas en busca de señales
—prometió el estratega.
Harrar asintió.
—Procura también que los resultados lleguen al comandante Tla. Quizá
no le conceda mucha importancia a estas cosas, pero cuando los presagios
se ignoran, y se fracasa, nos encontramos ante los actos de un converso.
El estratega se inclinó.
—Así se hará.
De repente, el cojín de Harrar se alzó por encima de la plataforma de
mando y flotó sobre las escaleras.
—Ahora hablaremos del tema que nos ocupa —anunció.
La mirada de Elan reveló su ávido interés, y la hembra apretó la mano
de Vergere.
—Hasta ahora nuestra campaña ha sido bendecida con victorias
sencillas —comenzó el Sacerdote—. Los planetas se derrumban y sus
habitantes caen a nuestros pies. Pero, aunque no dudo que algún día
gobernaremos a esta especie, temo que encontremos muchas dificultades
para alterar su forma de pensar. Vamos a necesitar para ello algo más que un
armamento superior.
Miró a Elan.
—Nuestro mayor impedimento es un grupo que se denomina Jedi. Los
Jedi piensan que son algo así como una fuerza policial moral. Pocos en
número, pero muy influyentes.
Elan miró un momento a Vergere y le apretó un poco más la mano.
—¿A qué clase de dioses adoran esos Jedi? —preguntó ella.
—Al parecer, a ninguno. En lugar de eso extraen su fortaleza espiritual
de un depósito inagotable de energía conocido como la Fuerza.
—¿Y contáis con alguna estrategia para invertir o anular esa Fuerza?
—No, de momento. Pero quizá podamos hacer algo con respecto a los
Jedi.
Harrar señaló al extraño que esperaba al pie de las escaleras.
—Elan, éste es uno de nuestros agentes de campo, el Ejecutor Nom
Anor. No sólo fue vital a la hora de garantizar nuestra presencia en el Borde
Exterior, sino que ha conseguido reclutar agentes entre las poblaciones
nativas y llevar a cabo muchos actos de sabotaje y subversión. Está restando
tiempo a sus actividades habituales para supervisar un proyecto planificado
entre los dos.
Elan miró con admiración a Nom Anor, mientras éste subía las escaleras
hasta quedar frente a ella. De complexión atlética y altura media, no tenía
una apariencia espectacular, ni siquiera con las marcas faciales y los huesos
rotos de la cara, testigos de mucho más que los sacrificios habituales. En
algún momento había perdido o había ofrecido voluntariamente un ojo.
Aunque la cuenca era sólo un hueco negro, Elan se dio cuenta de que el
hueso había sido reconfigurado para albergar un plaeryin bol: la criatura
escupidora de veneno que se parecía a un globo ocular.
—Vestido con un enmascarador ooglith, podría pasar perfectamente por
un humano —susurró ella a Vergere.
—Es muy ambicioso, señora —susurró Vergere a modo de respuesta—.
Cuidado.
Nom Anor saludó a Harrar con una inclinación, aunque no fue todo lo
respetuosa posible.
—Antes de empezar la invasión, y para atestiguar aquello a lo que nos
enfrentábamos —dijo Nom Anor—, sembré varios planetas con una
variedad de esporas que contenían cepas de enfermedades de mi propia
creación. Un tipo de esporas, de la variedad coomb, creció sin problemas y
causó la enfermedad y la muerte de unas cien personas, a excepción de una:
una hembra Jedi. No ha desarrollado la enfermedad y tampoco ha
contagiado a otros Jedi.
Nom Anor contempló a Elan.
—Sabemos que la humana sigue gravemente enferma, pero ha
conseguido sobrevivir, supongo que gracias a la Fuerza. No obstante, su
resistencia puede llegar a ser una bendición hasta cierto punto, porque estoy
seguro de que podemos utilizarla para acercarnos a los Jedi.
—¿Te refieres a infiltrarnos? —dijo Elan.
—Asesinarlos —respondió Harrar desde su cojín—. O al menos, a
todos cuantos sea posible.
Nom Anor asintió.
—Semejante evento sería muy desmoralizador para un número
incontable de seres. Si los Jedi también pueden caer, ¿qué esperanza
quedaría para el resto? La confianza en los Jedi y en la Fuerza sufriría un
golpe irremediable. Los planetas empezarían a rendirse sin luchar. Se podría
informar al sumo señor Shimrra de que nuestra misión ha sido ejecutada
antes de tiempo, y de que esperamos su llegada.
Elan miró a Harrar y a Nom Anor, y volvió a mirar a Harrar.
—¿Y cuál es mi papel en todo esto?
El Sacerdote flotó hacia delante, hasta que estuvo flotando frente a ella.
—Un papel para el que está perfectamente preparada una Sacerdotisa
del engaño.
CAPÍTULO 4
H an estaba parado en el borde, con las puntas de sus botas de caña alta
asomando sobre el filo del puente natural. Las voces de sus amigos
estaban lo suficientemente lejos como para no distinguirlas. La niebla que
llevaba toda la mañana colgada de los árboles gigantes caía ahora como
gruesas gotas de lluvia. Le mareaba el aroma a la vez fétido y perfumado
que era el aliento del peligroso e impenetrable mundo inferior. Cerca, una
pareja de aves kroyie se elevaba alrededor de un oblicuo rayo de sol.
Han soltó deliberadamente un trozo de corteza de wroshyr que
manoseaba desde hacía un rato y lo vio caer y desaparecer. Esa sección del
puente carecía de algo parecido a una barandilla, y nada se interponía entre
el abismo y él.
—Más te vale tener cuidado con ese escalón, hombre mosca —dijo Leia
detrás de él.
Han se sobresaltó, pero no se giró.
—Lo gracioso es que el suelo siempre está mucho más cerca de lo que
uno piensa.
Los pasos de Leia se acercaron.
—Aunque eso fuera cierto, deberías pensar en comprarte un par de
botas propulsoras.
Él dedicó a su mujer una sonrisa maliciosa por encima del hombro. La
humedad de Kashyyyk había rizado la larga melena de Leia, y la brisa
jugaba con su falda de vuelo y su blusa sin mangas.
—No te preocupes, cariño. Ya estoy ahí abajo.
Leia se acercó a su lado y miró con miedo hacia el suelo.
—Y yo que pensaba que la vista desde nuestra casa era inquietante —
cogió suavemente a Han del brazo y le apartó del borde—. Me estás
poniendo nerviosa.
—Bueno, es un comienzo —él se obligó a sonreír—. Estoy bien.
Leia frunció el ceño.
—¿De verdad lo estás, Han? He oído lo que ha pasado con Malla y
Waroo.
Él negó con la cabeza, retomando su agitación.
—Tengo que acabar con esta historia de las deudas de vida de una vez
por todas.
—Dales tiempo. Lo comprenderán. ¿Recuerdas cuando yo no podía ni ir
al tocador sin que Khabarakh o alguno de los otros insistieran en
acompañarme?
—Sí, y todavía tienes a los guardaespaldas noghri. No es que quiera
quitarle mérito a lo que han hecho por ti.
—Ya sé a lo que te refieres.
Han negó con la cabeza.
—No, no sabes a lo que me refiero. Probablemente yo podría ordenar a
los noghri que se alejaran de ti, pero los wookiees son diferentes. Si crees
que Lowbacca o Waroo van a dejar pasar esto, te equivocas.
Leia se cruzó de brazos y sonrió.
—Vale. Pues en cuanto regresemos a Coruscant haré que Cal Omas o
algún otro haga una propuesta de ley que limite los términos de la deuda de
vida de los wookiees.
—¿Y arriesgarte a sufrir la ira del Canciller Triebakk? Olvídalo. Yo
resolveré esto a mi manera.
La mirada de Han frenó un poco a Leia, pero volvió a sonreír.
—No quería parecer arrogante, Han. Entiendo cómo te sientes. El día de
hoy no podía ser fácil para ti.
Él miró a otro lado.
—Ojalá yo mismo entendiera mis propios sentimientos. Pensé que la
ceremonia me ayudaría a que lo pasado se quedara en el pasado, pero sólo
ha empeorado las cosas. Quizá si hubiera recuperado el cadáver de Chewie
y se hubiera podido celebrar algo semejante a un funeral… —dejó que las
palabras quedaran suspendidas, y luego negó con la cabeza—. ¿De qué
estoy hablando? Esto es mucho más que la ausencia de un ritual.
Leia dejó que continuara.
—Sé que no puedo cambiar lo que ocurrió en Sernpidal, pero me culpo
por habernos metido en aquel embrollo.
—Intentabais salvar vidas, Han.
—Pues tampoco hicimos mucho bien a nadie.
—¿Le has contado a Anakin que comprendes que no pudiera salvar a
Chewie? —le preguntó Leia, cautelosa.
La amargura distorsionó el rostro de Han.
—Ése fue mi mayor error… Poner al chico en el asiento del piloto.
—Han…
—No digo que fuera culpa de Anakin, pero sé que yo no habría tomado
las mismas decisiones que él —soltó una especie de risa amarga—. Y ahora
estaríamos todos muertos: Chewie, Anakin, yo… Y ahora viene esa locura
de continuar la deuda de vida —Han se alejó unos pasos y se giró para
mirar a Leia—. De ninguna manera voy a ser responsable de la muerte de
otro miembro de mi familia de honor, Leia.
—Tú no fuiste responsable.
—Sí lo fui —replicó él—. Quién sabe la clase de vida que habría
podido tener Chewie si yo no le hubiera arrastrado por toda la galaxia
traficando con especias, raíz de chak o cualquier cosa que pasar de
contrabando.
Leia frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa, Han? ¿Que no debiste rescatarle de la
esclavitud?
Por lo que sabemos, Chewie habría acabado muriendo en un campo de
trabajo imperial o en algún accidente de construcción. No puedes pensar de
ese modo. Y no intentes decirme que Chewie no disfrutó con vuestras
correrías por la galaxia… Eso no tenía nada que ver con la deuda de vida.
Ya has oído lo que ha dicho Ralrra: vivir aventuras fue el principal motivo
por el que Chewie salió de Kashyyyk. Tú y él erais tal para cual.
Han apretó los labios.
—Supongo que sí. Pero, aun así… —negó despacio con la cabeza.
Leia puso los dedos bajo la barbilla de Han y le hizo girar la cabeza.
Mirándolo a los ojos, sonrió.
—¿Sabes lo que más recuerdo? La vez que Chewie me ató a su pecho
para llevarme por la parte subterránea de Rwookrrorro. Como si yo fuera un
bebé.
Han sonrió.
—Puedes considerarte afortunada. En una ocasión yo tuve que viajar en
un cabestrillo quular desde Tarkazza.
Leia se tapó la mano con la boca, pero no pudo evitar reírse.
—¿Con el padre de Katara… el de la veta de pelo dorado en la espalda?
—Con ese mismo —Han rió con ella, aunque sólo durante un breve
instante. Entonces se giró y contempló las copas de los árboles—. Parezco
superarlo por un momento, pero no tardo en acordarme otra vez de él.
¿Cuánto tiempo hará falta, Leia, para que deje de dolerme?
Ella suspiró.
—No sé cómo responder a eso sin parecer banal. La vida es un cambio
constante, Han. Mira este sitio. Las linternas luma están sustituyendo a las
linternas de fosfopulgas, los vehículos retropropulsados están sustituyendo
a los banthas… Las cosas tienen una extraña forma de cambiar de dirección
cuando uno menos se lo espera. Los enemigos se convierten en amigos, los
adversarios en aliados. Los propios noghri, que intentaron matarme, son
ahora mis protectores. Gilad Pellaeon, que en su momento llegó a este
planeta con la intención de esclavizar wookiees, luchó con nosotros en Ithor
contra los yuuzhan vong. ¿Quién habría imaginado algo así? —Leia alargó
las manos para masajear los hombros de Han—. Y al final, el dolor se
desvanece.
Los músculos de Han se contrajeron al contacto de las manos de ella.
—Ése es el problema. Que el dolor se desvanece.
Él se sentó, dejando que los pies le colgaran por el borde del puente.
Leia se puso en cuclillas a su lado y le rodeó con los brazos. Permanecieron
un momento inmóviles.
—Lo estoy perdiendo, Leia —dijo él, abatido—. Ya sé que está muerto,
pero siempre pude sentirlo a mi lado, justo fuera de mi campo de visión.
Como si pudiera pillarlo al girarme rápidamente. También podía oírlo, alto
y claro, riendo o echándome la bronca por algo. Te lo juro, he tenido
conversaciones con él que eran tan reales como ésta. Pero algo ha
cambiado. Tengo que pensar y concentrarme mucho para verlo, o
escucharlo.
—La vida sigue, Han —dijo Leia con suavidad.
Él rió con ironía.
—¿Qué la vida sigue? No lo creo. No mientras no consiga que su
muerte sirva para algo.
—Salvó a Anakin —le recordó Leia.
—No me refiero a eso. Quiero que los yuuzhan vong paguen lo que
hicieron en Sernpidal… Y todo lo que han hecho después.
Leia se quedó de piedra.
—Puedo entender eso viniendo de Anakin, Han, porque él es joven y
aún no sabe nada. Pero, por favor, no me hagas oír eso de ti.
Él se zafó de su abrazo.
—¿Y qué te hace pensar que sé mejor que Anakin lo que es la vida?
Ella dejó caer los brazos y se puso en pie.
—Eso es algo que ni había considerado, Han.
—Pues quizá deberías hacerlo —respondió él sin darse la vuelta.
***
En el mismo sitio donde momentos antes se veían las imágenes del
sacrificio, ahora se apelotonaban veinte cautivos dentro de un campo
inhibidor generado por dos pequeños dovin basal rojos como la sangre. En
el centro del grupo, compuesto por varias especies, estaba el sacerdote gotal
h’kig, al que Harrar había prometido una muerte inminente. El contorno
hemisférico del campo resplandecía como ondas del calor creciente.
Harrar, Nom Anor, Raff, Elan y su mascota se hallaban en la plataforma
de mando. Un joven guerrero yuuzhan vong que llevaba una túnica granate
entró en la sala, presentó sus respetos a su público de élite y se acercó al
campo.
—Un asesino —dijo Elan a Vergere con un murmullo de sorpresa.
—Sólo es un aprendiz —corrigió Harrar—. Dicen que no promete
demasiado… Aunque la tarea que va a ejecutar le hará escalar muchos
puestos.
La superficie inmaterial del campo de inhibición onduló mientras el
guerrero entraba por el único hueco del perímetro. Los guardias allí
situados alzaron los anfibastones, previendo una carga desesperada, pero,
por miedo o curiosidad, ninguno de los prisioneros se movió en contra del
intruso. Una vez dentro, el guerrero se limitó a girarse hacia el Sacerdote.
—No pierdas detalle —dijo Harrar a Elan.
Un sutil gesto de la mano derecha de Harrar fue la señal para que el
asesino empezara su tarea. El joven giró sobre sí mismo y vació los
pulmones en una exhalación sibilante y prolongada.
El efecto en los prisioneros fue casi inmediato. Pasaron del estupor a
darse cuenta de lo que estaba pasando, y agarrarse la garganta
agónicamente, como si el aire respirable hubiera sido extraído del campo de
inhibición. Los rostros suaves empezaron a adquirir un tono azulado. Otros
perdieron completamente el color o se ennegrecieron, como carbonizados
por un incendio. Miembros y apéndices se sacudían en espasmos, y
mechones de pelo caían por doquier. De repente, la sangre manchó la piel y
empezó a brotar y manar de capilares reventados. Algunos de los
prisioneros se desplomaron al suelo y vomitaron sangre. Los más resistentes
siguieron tambaleándose, chocando unos contra otros, hasta que cayeron al
suelo, boqueando.
El asesino fue el único que quedó en pie, pero no por mucho tiempo.
Sabía que contener el aliento no era suficiente, así que corrió para ponerse a
salvo; pero los dovin basal que mantenían el campo le cortaron el acceso.
Recorrió todo el perímetro, desesperado, con la esperanza de descubrir
algún hueco, algo que hubiera pasado desapercibido y que le permitiera
escapar. Entonces tomó conciencia de su situación y, volviéndose hacia
Harrar, se enderezó cuan alto era, cerró los puños con fuerza, se golpeó los
hombros con ellos y respiró profundamente. La sangre comenzó a manar de
su nariz y de sus ojos. Sus rasgos se contrajeron por el tormento,
convirtiéndose en una máscara macabra, pero no emitió sonido alguno. Su
cuerpo temblaba de la cabeza a los pies. Y entonces cayó al suelo.
Un instante después, el campo de inhibición empezó a bullir con cientos
de formas de vida no mucho mayores que una fosfopulga y generadas
espontáneamente. Se movieron entre los cuerpos de forma aleatoria y se
amontonaron en los bordes del campo de inhibición, buscando una salida,
como ya hizo el guerrero.
Harrar indicó a uno de sus acólitos que se moviera.
—¡Captura un espécimen y tráelo aquí! ¡Rápido!
El acólito se inclinó y corrió hacia el campo. Atravesó la barrera
invisible con una mano enguantada, cogió una de las escurridizas criaturas
entre índice y pulgar y corrió hacia la plataforma de mando. La actividad
frenética en el campo remitió incluso antes de que llegase a los escalones,
como si el enjambre hubiera consumido toda su energía y se estuviera
muriendo.
El acólito entregó el minúsculo rehén a Harrar, que cogió a la excitada
criatura entre los tres dedos de la mano derecha y la alzó para que Elan la
inspeccionara. La criatura era como un disco aplastado y ligeramente
opalescente del que salían tres pequeños pares de patas articuladas.
—Bo’tous —explicó Harrar—. Son a la vez portadoras y producto de la
toxina. Son expulsadas a la atmósfera desde el aliento del asesino. Crecen
rápidamente en presencia de oxígeno abundante, pero su vida es
extremadamente corta.
—Vuestra arma contra los Jedi —dijo Elan, asintiendo.
—Un portador entrenado puede llegar a hacer hasta cuatro exhalaciones
de bo’tous. No hay defensa posible en un entorno sellado… Ni siquiera para
el anfitrión. ¿Entiendes?
—Entiendo que el portador corre el riesgo de morir con sus víctimas.
—El efecto tóxico de la inhalación es muy breve —añadió Nom Anor
—. La portadora tendría que estar muy cerca de su objetivo.
—¿La portadora? —dijo Elan.
Harrar la miró fijamente.
—Queremos que las fuerzas de la Nueva República te capturen. El
comandante Tla, si bien no está muy de acuerdo con el plan, ha accedido
incluso a conceder una victoria al enemigo. Una vez estés en su poder,
solicitarás asilo político.
Elan le miró, escéptica.
—¿Y por qué iban a aceptarme?
—Porque les convenceremos de que vales tu peso en oro —respondió
Nom Anor.
Harrar lo confirmó asintiendo.
—Les proporcionarás información muy valiosa. Información referente a
por qué hemos venido a su galaxia y a lo que dejamos a nuestro paso.
También les contarás que hay disensiones entre los altos mandos, disputas
que forzaron tu huida, y que tienes información de carácter estratégico.
—¿El comandante Tla está al tanto de todo esto? —intervino Raff,
dudoso.
—De casi todo —replicó Harrar.
—Entonces he de protestar, eminencia. Temo que esta empresa nos
salga cara.
—Yo asumiré la responsabilidad —dijo Harrar—. Espero que esto no se
convierta en un auténtico desacuerdo, estratega.
El estratega Raff no cedió terreno.
—Eminencia, ¿no nos acaba de informar el Ejecutor Nom Anor de que
una hembra Jedi ha conseguido sobrevivir a un intento de envenenamiento?
¿Por qué, entonces, ha de ser más efectivo el bo’tous contra cualquiera de
ellos, por no decir contra todo un escuadrón Jedi? —miró a Elan—. Eso sin
mencionar el sofisticado sistema de envío que se ha planeado.
La duda nubló la expresión de Harrar.
—Eres merecedor de tu puesto, estratega. ¿Alguna sugerencia?
Raff lo pensó un momento.
—Que se proporcionen armas accesorias al infiltrado. Lo que el
Ejecutor Nom Anor considere necesario para garantizar el éxito, en caso de
que el bo’tous resulte ineficaz.
Harrar miró a Nom Anor, que hizo un gesto de desprecio con la mano.
—Innecesario. Pero fácil de resolver. Hay una especie de anfibastón que
puede modificarse e implantarse en el cuerpo con ese propósito.
Harrar asintió, satisfecho.
—Prosigue, Ejecutor.
Nom Anor se colocó frente a Elan.
—Por desgracia, no conozco de ningún accesorio que garantice tu éxito
ante el Servicio de Inteligencia de la Nueva República. Eso dependerá de ti.
Primero afirmarás tener información referente a las esporas coomb que yo
cree. Pero insistirás en dar esa información sólo a los Jedi. Pero, cuidado,
los Jedi tienen ciertas capacidades de adivinación. No tardarán en descubrir
un engaño, aunque proceda de alguien entrenado desde la niñez para la
mentira y el artificio. Por eso necesitamos una toxina de acción rápida,
portada por alguien de pensamiento rápido.
Harrar ofreció la criatura a Elan.
—Rápido, Elan, tómala en la palma de la mano y cierra el puño.
Elan se le quedó mirando.
—Si lo hiciera, me estaría comprometiendo.
Harrar le sostuvo la mirada.
—No te obligaré a aceptar esta misión, Elan. La decisión es tuya.
Elan miró a Vergere.
—¿Qué consejo me darías?
Los ojos oblicuos de Vergere se tiñeron de tristeza.
—Yo le aconsejaría que no lo aceptara, señorita, pero usted lleva tanto
tiempo deseando que la pongan a prueba, que le encomienden una misión a
la altura de sus habilidades. Entristece que no haya otro camino más seguro
para el ascenso.
Harrar miró a la exótica mascota de la Sacerdotisa.
—Llévala contigo si lo deseas, Elan. Quizás incluso sirva de ayuda.
Elan miró a Vergere una vez más.
—¿Me acompañarías?
—¿Cuándo no lo he hecho?
Elan puso la minúscula criatura en la palma de la mano y la rodeó con
sus largos dedos. Cuando relajó la mano, la cosa había sido absorbida.
—Emigrará a tus pulmones y allí madurará —dijo Nom Anor,
sonriendo—. Cuando la toxina llegue a su máxima potencia, lo sabrás.
Entonces soltarás cuatro exhalaciones contra todos los Jedi que puedas
reunir en una estancia.
Elan miró a Harrar.
—¿Y después qué, eminencia?
—¿Te refieres a qué pasará contigo? —Harrar le cogió la delicada
mano, examinando la palma que había absorbido a la criatura—. Nom Anor
y yo haremos todo lo posible por tenerte localizada, pero no puedo
prometerte el rescate, sólo la exaltación. Si tienes éxito, o bien morirás
junto a los Jedi, o te enfrentarás a la ejecución.
Elan sonrió ligeramente.
—Esa decisión también es mía.
Harrar le dio una palmadita en la mano.
—Busca tu recompensa en el más allá, Elan. Yo envidio tu inminente
partida.
***
El Halcón Milenario descansaba sobre una plataforma de aterrizaje
Thiss, rodeado de ramas de kshyy y de vigilantes de seguridad wookiees,
junto a la nave en la que Luke, Jacen, Anakin y Lowbacca habían llegado a
Kashyyyk. La plataforma estaba conformada por los restos ennegrecidos
por el fuego de un tronco de wroshyr podado cerca de la base, y estaba
situada en los límites de Rwookrrorro. Era lo bastante grande como para
albergar naves de transporte de pasajeros, pero el Halcón y la aerodinámica
nave ocupaban todo el espacio. Desde que Chewbacca llevó al Halcón a
Kashyyyk, durante la crisis yevethana, la ciudad no había conseguido atraer
tantos turistas, seguidores y curiosos. Habían venido desde Karryntora,
Northaykk, las Islas Wartaki y la lejana península de Thikkiiana, sobre todo
con la esperanza de ver a Luke, Han o Leia, pero la mayoría quería echar un
vistazo al carguero corelliano YT-1300 que habían hecho famoso
Chewbacca y Han.
Han se abrió paso, como un taurill flotando en un campo de helechos
polinizados, entre una multitud de wookiees vociferantes que intentaba
romperle la espalda a base de palmadas o fracturarle las costillas con
aplastantes abrazos. Cuando llegó al área acordonada que rodeaba el
Halcón, se sentía como si hubiera pasado demasiadas rondas en un
simulador de fuerza G. Leia, Luke, los niños y los androides lo esperaban al
pie de una rampa de acceso.
—Papá, yo pensaba que no nos íbamos hasta mañana —dijo Jaina a Han
mientras él se acercaba.
—Cambio de planes —murmuró él—. ¿Habéis trazado ya un vuelo
previo?
—Sí, pero…
—Entonces, todo el mundo a bordo y recogiendo rampas.
—¿A qué viene tanta prisa, Han? —dijo Luke, cruzándose
deliberadamente en su camino. Llevaba la capucha de la túnica recogida, y
del cinturón que ceñía su vestimenta negra colgaba el sable láser—.
¿Buscamos algo o huimos de algo?
Han se paró en seco. Vio por el rabillo del ojo que la cara de Leia
reflejaba una mueca de sufrimiento, y que se daba la vuelta.
—¿Qué dices? —preguntó a Luke.
La expresión de Luke era impenetrable.
—¿Hay algo en Coruscant que te preocupe?
Han se masajeó la mandíbula.
—Mañana, hoy, ¿qué diferencia hay? Pero si quieres saberlo te diré que
sí, tengo algo que me preocupa en Coruscant. Un pequeño problema
llamado yuuzhan vong y el destino de la galaxia.
—Han…
—¡No! —interrumpió Han. Se tragó lo que iba a decir y comenzó de
nuevo, en un tono más comedido—. Luke, ya he tenido suficientes
condolencias. Vamos a dejarlo.
—Si eso es lo que deseas, Han.
Han subió por la rampa, se detuvo y se giró.
—¿Sabes? No sé qué es peor, si los inútiles intentos de todo el mundo
para hacerme sentir mejor o la importancia que te das a ti mismo. Quizá
creas conocerme perfectamente, colega, pero no es así. Ni por asomo. Sí, ya
sé que has perdido familia y amigos, y que ahora tienes a Mara enferma y
todo eso; pero Chewie dio la vida por mi hijo, y eso lo cambia todo. No
puedes entenderlo, Luke.
—No pretendo entenderlo —dijo Luke con calma—. Pero, como tú has
dicho, sé lo que es sufrir.
Han alzó las manos.
—No me hables de la Fuerza. Ahora no. Ya te dije hace mucho que no
creo en una potencia que lo controle todo, y puede que al final yo tuviera
razón en eso.
—¿Después de todo lo que hemos pasado juntos?
—Todo lo que hemos pasado —dijo Han, señalando a Luke con el dedo
índice— tenía mucho más que ver con el fuego de una pistola láser que con
esgrimir el sable láser, y lo sabes.
—La Fuerza destruyó al Imperio.
—¿Y de qué me sirve eso? —Han miró a su alrededor; a Leia, a sus tres
hijos, a Lowbacca y a C-3PO y R2-D2, que aparentaban estar muy
incómodos—. No tengo las habilidades de un Jedi ni las funciones de
borrado de un androide. Sólo soy un tío normal con sentimientos normales
y quizá bastantes más defectos de lo normal. Yo no veo a Chewie, Luke. No
como tú afirmas haber visto a Obi-Wan, a Yoda y a tu padre. Yo no tengo la
Fuerza conmigo.
—Pues claro que sí, Han. Es lo que intento decirte. Vacía tu ira y tu
amargura y verás a Chewie.
Han abrió la boca y la cerró. Giró sobre sus talones y subió corriendo
por la rampa, sólo para detenerse y darse otra vez la vuelta.
—No estoy preparado para subir esta rampa —dijo entre dientes,
mientras pasaba por delante de Luke.
—¡Han! —gritó Leia.
Él se dio la vuelta, pero en lugar de mirar a su mujer miró a Jaina.
—Lleva el Halcón de vuelta a Coruscant.
Jaina abrió los ojos. Tragó saliva y dijo:
—¿Y qué vas a hacer tú?
—Ya encontraré la forma de volver —gritó mientras se marchaba.
***
En el centro de mando de la nave de Harrar, un bioingeniero cuatro
veces más grande que un ewok paseaba por los alrededores del campo de
inhibición, empleando su largo morro como aspirador para liberar la zona
de los cuerpos de los portadores creados a partir de la tóxica exhalación del
asesino. Los prisioneros muertos, junto con el cuerpo del asesino, todavía
no se habían retirado.
Harrar y Nom Anor estaban junto al perímetro del campo, viendo cómo
trabajaba la criatura. Elan y Vergere habían abandonado la sala.
—Veo muchos inconvenientes para que este plan tenga éxito —comentó
Harrar.
—Más de los que crees —asintió Nom Anor—. Ya no tengo el prestigio
de antes, desde el fracaso del prefecto Da’Gara en Helska.
—Yo tengo fe en ti, Ejecutor.
Nom Anor inclinó la cabeza a modo de agradecimiento.
—¿Crees que Elan elegirá morir con los Jedi, o se arriesgará a que la
Nueva República le perdone la vida?
—Yo sospecho que morirá con los Jedi.
—¿Y eso no te preocupa? Después de todo, es muy poderosa. Su padre
cuenta con la estima del sumo señor Shimrra, ¿no es así?
—Él es un Sumo Sacerdote —dijo Harrar, y suspiró largamente—. Elan
es la única que puede llevar a cabo esta tarea con éxito. Lamentaré su
muerte, pero a menudo es necesario sacrificar el cebo para cazar a la presa.
CAPÍTULO 5
E l Halcón Milenario dejó atrás el verdor de Kashyyyk. Jaina y Leia se
sentaban en la cabina, con C-3PO, más callado que de costumbre,
detrás de ellas, en el asiento del oficial de navegación. Luke había recibido
una llamada urgente de Streen e iba a llevar a todos a Yavin 4. Jaina podría
haberles acompañado, pero Leia le dijo que no quería llevar sola el Halcón
Milenario de vuelta a casa.
Mientras el ordenador de navegación calculaba las coordenadas para
saltar hacia Coruscant a velocidad luz, Jaina miró a su madre, que parecía
pequeña y frágil en el asiento enorme que Chewie había ocupado durante
tantos años. Apenas había dicho una palabra desde que dejaron la
plataforma Thiss.
—No suelo tener la oportunidad de pilotar la nave de papá —dijo Jaina
con la esperanza de iniciar una conversación.
Leia reaccionó como si la hubieran sacado de un trance.
—¿Qué?
—Digo que me sorprende que papá me pidiera pilotar el Halcón de
vuelta a casa.
Leia sonrió.
—Tienes un récord en el Capricho de Lando… y eres piloto del
Escuadrón Pícaro… Tu padre tiene en mucha consideración tus habilidades.
Jaina guardó silencio por un momento.
—Espero que él llegue a casa sin problemas.
Leia se rió.
—No te preocupes, cogerá un carguero o la nave de un comerciante, y
quizá llegue a Coruscant antes que nosotros. No necesita ayuda en ese
sentido.
—Ni en ningún otro —dijo Jaina, frunciendo el ceño.
Leia apretó los labios y cogió la mano de su hija.
—No confundas rechazar ayuda con no necesitarla.
—¿Por qué tiene que ser papá así?
—¿Cuánto tiempo tenemos? —bromeó Leia—. La respuesta corta es
que a tu padre no lo educaron como a ti y a mí. No tuvo el apoyo de una
familia o la comodidad de un hogar estable —negó con la cabeza—. Ha
sido muchas cosas: corredor de vainas, piloto, oficial de la Armada
Imperial, contrabandista… Pero todas esas ocupaciones tienen una cosa en
común: requieren una confianza extrema en uno mismo y cierta cantidad de
autosuficiencia. No creció acostumbrado a que le ayudaran, así que lo más
probable es que nunca pida ayuda.
—Pero es que actúa como si fuera el único que echa de menos a
Chewie.
—Él sabe que eso no es cierto, y sabe que lo está haciendo. Cuando los
dos regresamos a Sernpidal, tras la muerte de Chewie, me dijo que de
repente tenía la sensación de que el mundo había dejado de ser un lugar
seguro… que siempre había pensado que nuestra familia y nuestros amigos
eran casi inmunes a la tragedia, que vivíamos en una especie de burbuja.
Que hayamos sobrevivido a todo lo que nos ha pasado no deja de ser
asombroso. Pero todas esas veces que escapamos por los pelos a la muerte
sólo hicieron que Han se sintiera más invulnerable que antes. La muerte de
Chewie cambió eso. Tu padre incluso habló de la enfermedad de Mara para
argumentar lo inseguro e impredecible que se ha vuelto todo.
Leia se detuvo un momento mientras recordaba.
—Pero un tiempo después me acordé de que ya le había oído expresar
las mismas dudas en una ocasión anterior. Justo después de que a Jacen y a
ti os secuestrara Hethrir. ¿Recuerdas lo protector que se volvió?
Jaina negó con la cabeza.
—La verdad es que no.
—Bueno, erais muy pequeños. Pero, créeme, vuestro padre se pasó
meses sin perderos de vista —Leia miró a Jaina—. Le gustaría que todo el
mundo le creyera un escéptico sin remedio, pero la verdad es que sigue
adelante a base de fe.
—Entonces ¿por qué se aleja de todo el mundo?
—Porque ceder ante el dolor le haría derrumbarse y sufrir de verdad, en
vez de aislarse del mundo. Y él es demasiado hábil para eso.
—¿Por eso le pusieron su apodo[1]?
Leia negó con la cabeza.
—Ésa es otra historia.
Jaina se mordió el labio inferior.
—Mamá, va a volver a casa, ¿verdad? Quiero decir, nosotros somos
todo lo que tiene, ¿verdad?
—Claro —comenzó a decir Leia. C-3PO soltó un respingo—. Lo único
que espero es que eso sea suficiente.
***
Mif Kumas, sargento de armas calibop del Senado de la Nueva
República desde hacía dos períodos, estiró las alas mientras se levantaba del
cómodo asiento en la plataforma de la Gran Cámara de Reuniones de
Coruscant.
—Senadores, les prevengo contra interrumpir el procedimiento con
despliegues vocales o sonoras exclamaciones, vengan o no a cuento —
Kumas esperó a que todos guardaran silencio, e inclinó la cabeza hacia la
tribuna del orador situada en la plataforma opuesta, sobre el pulido suelo de
piedra del gran salón—. El director Bel-dar-Nolek, del Instituto Obroano,
tiene la palabra y merece ser escuchado.
Bel-dar-Nolek asintió cortés a Kumas para manifestar su aprecio, y
continuó con su discurso.
—Por otro lado, el Instituto es consciente de que la Nueva República ha
fracasado en cumplir con su obligación de proporcionar defensa allí donde
se necesitara.
Era un humano corpulento que lucía un traje hecho a medida y un
bastón de paseo de madera de greel tallado a mano. Le temblaban las
mandíbulas al hablar y solía puntualizar sus comentarios apuñalando el aire
con su regordete dedo índice.
—Los miembros de este organismo sabían que Obroa-Skai estaba en
peligro, pero no se hizo nada para protegernos del ataque. Los yuuzhan
vong cayeron sobre nosotros como velkeres, y arrasaron nuestras ciudades
—se detuvo para aclararse la garganta—. En ese momento yo atendía unos
asuntos en Coruscant, pero he visto los holoinformes.
Los comentarios velados, pocos de ellos halagadores, se extendieron por
la sala, obligando a Kumas a repetir su llamada al orden. Encantado por el
revuelo que habían provocado sus palabras, Bel-dar-Nolek cruzó sus
fornidos brazos y los posó sobre su desarrollado abdomen.
Filas y filas de galerías, palcos y balcones asomaban por todos lados,
alineándose hasta el techo abovedado, mientras androides de servicio, de
protocolo y de traducción se movían por las rampas, puentes y pasarelas
que las comunicaban entre sí. Aunque la posición no estaba asociada al
rango, muchos de los senadores ubicados en los niveles superiores
representaban a planetas que habían sido admitidos recientemente en la
Nueva República, y los delegados de las filas inferiores los consideraban
más miembros del público que participantes. Con objeto de tranquilizarlos,
se había hablado de equipar algunas de las galerías más alejadas con
plataformas voladoras que pudieran separarse, como las que se emplearon
en los últimos días de la Vieja República, aunque nadie daba mucho crédito
a esos rumores.
De una de esas galerías surgió la voz de Thuv Shinev, portavoz de los
175 planetas habitados de los bordes exteriores de la Hegemonía de Tion.
Al mismo tiempo, un holograma a tamaño real del senador humano se
proyectó sobre el suelo de la cámara, entre la tribuna del orador y la
plataforma del Consejo, con su estrecho arco de heterogéneos escaños.
Cualquiera que desconociera la identidad del orador podía acceder a la
información en pequeños monitores integrados en los reposabrazos de todos
los asientos de la estancia.
—Yo afirmo ante este organismo que se envió una fuerza de protección
a Obroa-Skai —discutió Shinev—. Y que se hizo todo lo posible.
Bel-dar-Nolek se dirigió al holograma de Shinev.
—Un par de plataformas de defensa golanas reformadas y unas pocas
naves de guerra antiguas apenas constituyen una fuerza de protección,
senador.
—Fue todo lo que pudimos permitirnos, director —gruñó desde su
asiento en la plataforma el Jefe de Estado bothano Borsk Fey’lya. Sus ojos
violetas resplandecieron—. Y lo que es más, me parece indignante que haga
esas recriminaciones, teniendo en cuenta los erráticos movimientos del
enemigo y lo impredecible de sus estrategias.
Bel-dar-Nolek abrió las manos para aplacar los ánimos.
—Jefe Fey’lya, yo sólo quiero que no se produzcan futuros errores de
juicio. Una cosa es ignorar los ruegos de planetas del Borde Exterior, y otra
dejar que un planeta de la importancia de Obroa-Skai caiga en manos
enemigas…
—¡Protesto ante el recalcitrante chauvinismo del director! —
interrumpió el senador de Agamar—. ¿Con qué derecho se retrata a Obroa-
Skai como blanco de todas las miradas?
Bel-dar-Nolek miró iracundo al humano y soltó las palabras sin ninguna
consideración.
—La dedicación de Obroa-Skai a la perpetuación de la diversidad
cultural lo sitúa en importancia por encima de otros planetas. Exijo que se
haga algo para rescatar lo que queda de nuestros documentos históricos
antes de que sea demasiado tarde.
—Secretario Kumas —resonó una voz femenina, profunda y meliflua
—. Pido que se me conceda la palabra.
Kumas estiró las alas.
—El Senado concede la palabra a la senadora Viqi Shesh, de Kuat.
Una mujer esbelta, atractiva y de edad indeterminada se echó la
brillante melena negra por detrás de los hombros mientras se levantaba de
su asiento en el palco. Relativamente nueva en política, Shesh había
adquirido popularidad por su habilidad para cerrar tratos, y por su talento
especial para contentar a todas las partes. Los medios le habían dedicado
mucha atención, hasta el punto de ser el centro de incesantes informaciones
que habían hecho su rostro casi tan conocido como el del Jefe de Estado
Fey’lya.
—En lo referente a recuperar información, director, tengo entendido que
una enorme cantidad de documentos fueron reubicados en las instalaciones
del Instituto de Coruscant, mucho antes del ataque a Obroa-Skai. ¿Estoy
mal informada?
—Apenas una fracción de lo que esperábamos salvar —replicó Bel-dar-
Nolek, enfadado.
Shesh frunció sus finas cejas y asintió de una manera que combinaba
seriedad y vanidad.
—Disculpe que me exprese así, pero el futuro me preocupa muchísimo
más que el pasado. Por muy terrible que haya sido la pérdida de Obroa-
Skai, las fuerzas armadas de la Nueva República no están en posición de
malgastar naves para recuperar un planeta, cuando ya emplea todo su
potencial para defender a muchos otros. Los yuuzhan vong están ampliando
su dominio de los sectores clave de los Bordes Exterior y Medio, y a menos
que se frene ese avance, llegarán a las Colonias o al Núcleo Galáctico en un
año estándar, y hasta Coruscant será vulnerable a un ataque.
Bel-dar-Nolek la miró con frialdad.
—La entiendo, senadora. Renunciaron a Obroa-Skai porque carece de
valor estratégico. Cuando las naves de los yuuzhan vong comiencen a
cercar Kuat, Chandrila y Bothawui, dudo mucho que las flotas de la Nueva
República estén ocupadas en otras cosas. El ejército se presentó en Ithor. Lo
hizo hasta el Remanente Imperial.
—Y perdimos Ithor pese a nuestros esfuerzos —dijo Shesh—. Lo
lamento mucho, director, pero la verdad es que no sé qué podríamos hacer
ahora.
Bel-dar-Nolek golpeó la mesa con la mano abierta.
—Podemos pedir a los yuuzhan vong que permitan que Obroa-Skai siga
siendo accesible a los miembros del mundo académico.
Las quejas fluyeron desde todos los rincones. Mientras Kumas intentaba
restaurar el orden, Borsk Fey’lya se puso en pie, con el pelo color crema
revuelto.
—No es política de este organismo negociar con los agresores —
pronunció de manera que no dejaba lugar a réplica.
Pero Bel-dar-Nolek no se vio afectado.
—Entonces me temo que no dejáis otra opción al Instituto Obroano,
más que forjar una paz por separado con los yuuzhan vong.
—Le desaconsejo que tome medidas semejantes, director —dijo Shesh
—. El intento más reciente de apelar al sentido de la justicia de los yuuzhan
vong acabó en el terrible asesinato de uno de los nuestros: el senador Elegos
A’Kla.
—Yo responsabilizo a Luke Skywalker y a los Jedi de la muerte del
senador A’Kla —dijo Bel-dar-Nolek con desprecio—. Y de todo lo que nos
ha ocurrido. ¿Dónde estaban cuando cayó Obroa-Skai? Lo normal hubiera
sido que acudieran sin dudarlo a proteger un centro de sabiduría.
—Ni siquiera los Jedi pueden estar en todas partes a la vez —dijo
Fey’lya.
—Aun así, les culpo. Culpo a los Jedi y al almirante de los bothanos,
Traest Kre’fey, que se ha convertido en un individuo peligroso.
—¡Exijo que se retracte! —exclamó Fey’lya, fulminante—. ¡Esos
comentarios son absolutamente ofensivos y provocativos!
—¿Qué información tenemos sobre los orígenes de esta guerra? —dijo
el director, jugando con el público—. Sólo tenemos la palabra de los Jedi de
que los yuuzhan vong eliminaron el puesto de ExGal en Belkadan y
atacaron Dubrillion y Sernpidal. ¿Pero quién dice que los yuuzhan vong no
se vieron provocados a semejantes actos por los Jedi? Quizás encontraron
hostilidad y respondieron de la misma manera. Quizás este conflicto sólo
sea la perpetuación de ese malentendido inicial, alimentado por las acciones
posteriores de los Jedi en Dantooine e Ithor, además de ciertas facciones del
ejército, incluido el almirante Kre’fey y el Escuadrón Pícaro, y otras
unidades aisladas involucradas en este conflicto.
Bel-dar-Nolek realizó una pausa para añadir dramatismo, y abrió los
brazos, dirigiéndose a toda la estancia.
—¿Y dónde están ahora los Jedi? ¿Dónde está la embajadora Organa
Solo? ¿Acaso no fue ella, senadores y representantes, la primera que llamó
su atención sobre los yuuzhan vong?
El consejero alderaaniano, Cal Omas, tomó la palabra.
—La embajadora Organa Solo está atendiendo asuntos personales.
—Y me permito recordar al director Bel-dar-Nolek y a los demás
miembros de esta asamblea que ella no es la representante de los Caballeros
Jedi —añadió Shesh.
—¿Y entonces quién es? —continuó Bel-dar-Nolek—. ¿Por qué se les
permite entrar en acción donde les venga en gana, sin tener que responder
ante esta Cámara o ante el ejército? Se supone que somos miembros de la
Nueva República, pero a mí me da la impresión de que somos más débiles
que en la Vieja República, donde al menos los Jedi estaban bajo control.
Miró a su alrededor.
—Os pregunto también a todos vosotros, ¿a qué esperan los Jedi?
¿Acaso temen a los yuuzhan vong? ¿O es que tienen sus propios planes?
Sugiero desde aquí que pongamos fin a su conducta temeraria, y que se abra
una vía de negociación con los yuuzhan vong sin contar con los Jedi, ni con
alguien relacionado con ellos, como Elegos A’Kla.
Viqi Shesh fue la primera en hablar cuando la estancia recuperó el
suficiente silencio para permitirle hacerlo.
—Senadores, al menos podemos consolarnos con el hecho de que el
director Bel-dar-Nolek no es ni político ni militar —esperó a que acabaran
las risas y los aplausos de aprobación—. No podemos permitirnos sufrir
divisiones internas, ni dejar que la caída de Ithor o de Obroa-Skai sabotee
nuestra confianza en los Jedi. Sé que estarán de acuerdo conmigo cuando
digo que el daño que se le hace a los Jedi, nos lo hacemos a nosotros
mismos.
CAPÍTULO 6
M ara se levantó del sillón para dar la bienvenida a Luke cuando éste
entró por la puerta de su apartamento en Coruscant.
—Ya era hora —dijo ella, cerrando los ojos y abrazándolo fuerte.
R2-D2 entró detrás de Luke, silbó un saludito a Mara y se dirigió
inmediatamente a la estación de recarga de la habitación.
—Habría vuelto antes si Streen no me hubiera pedido ir a Yavin 4.
—¿Problemas?
—Quizás. Ahora que los yuuzhan vong han ocupado Obroa-Skai,
podrían descubrir la academia. Y si eso ocurre, tendremos que empezar a
pensar en reubicar a los Jedi más jóvenes. Mientras tanto, Streen, Kam y
Tionne están supervisándolo todo.
Sólo llevaban separados una semana estándar, pero Luke se preocupó
ante lo delicada que parecía estar Mara. Intentó verla a través de la Fuerza,
pero le dio miedo que ella le detectara y se molestara por la intrusión. En
lugar de eso, disfrutó un rato del abrazo y dio un paso atrás sin dejar de
abrazarla.
—Deja que te mire.
—Si lo consideras necesario —dijo ella con tono sufrido.
Tenía el rostro pálido y los ojos marcados por círculos oscuros, pero sus
cabellos rojizos habían recuperado parte de su brillo, y sus ojos verdes
resplandecían con viveza ante la mirada de él.
—¿Cuál es el diagnóstico, doctor?
Luke hizo como que no había oído el temblor en la voz de su mujer,
pero Mara se dio cuenta. No había muchas cosas que pudieran ocultarse el
uno al otro, aunque uno de los aspectos más devastadores de la enfermedad
de Mara fuera su efecto negativo en la profundidad e intensidad de su
unión.
—Dímelo tú.
—No ha sido la mejor semana de mi vida. —Ella sonrió frágilmente, y
luego apretó los labios, disgustada—. Pero no sé cómo te dejé convencerme
para venir aquí… Y no me digas que me cogiste en un momento de
debilidad.
—No iba a hacerlo.
Meses antes, Mara había llegado a la conclusión de que la mejor forma
de vencer la enfermedad era permanecer activa y completamente conectada
con la Fuerza. Pero su estado había empeorado tras el brutal asesinato de
Elegos A’Kla y la devastación que presenció en Ithor. Puede que los
instintos de Luke y Mara se equivocaran y que la enfermedad no estuviera
relacionada con algo introducido en la galaxia por los yuuzhan vong, pero
su vitalidad parecía disminuir a medida que progresaba la invasión. Ella se
había fortalecido tras las pequeñas victorias de Helska y Dantooine, pero
Ithor había causado otra recaída, tanto en Mara como en todo el mundo.
Luke se quitó la capa, y los dos caminaron cogidos del brazo hacia la
sala de estar modestamente decorada. Los pantalones y la camisa negra de
Luke contrastaban con la túnica blanca de Mara. Ella se sentó en una
esquina del sofá, con las piernas cruzadas bajo ella. Se cogió la larga
melena con una mano y se apartó el pelo, mirando durante un momento por
la ventana al tráfico que pasaba. El apartamento no estaba lejos del Gran
Centro de Reuniones, pero el cristal antisonido mantenía el ruido a raya.
—¿Fuiste a ver al doctor Oolos? —le preguntó Luke finalmente.
Ella le miró.
—Sí.
—¿Y?
—Me dijo lo mismo que me dijeron hace siete meses Cilghal y Tomla
El. La enfermedad no se parece a nada que haya visto antes, y no puede
hacer nada. Pero eso te lo podría haber dicho yo… Y nos hubiéramos
ahorrado venir aquí. Oolos no iba a decirme directamente que la Fuerza es
lo único que me mantiene con vida, pero lo cierto es que lo dejó bastante
claro.
—Y el otro… enfermo —comenzó a decir Luke.
Mara negó con la cabeza.
—Murió. Justo después de que partieras hacia Kashyyyk.
Luke no pudo ocultar su desilusión. Ism Oolos, un ho’din, no era sólo
un famoso médico, sino también un célebre investigador por sus
descubrimientos sobre la plaga de la Semilla de la Muerte que doce años
antes asoló el Sector Meridian.
—¿Te dijo algo del escarabajo?
—El nefasto escarabajo de Belkadan —dijo Mara, jocosa, y negó con la
cabeza—. Nunca había visto nada parecido, pero las pruebas que llevó a
cabo no demostraron que mi enfermedad estuviera conectada a esa cosa.
Luke se tornó pensativo. Muchos años antes, el Jedi calamariano
llamado Cilghal empleó la Fuerza para curar a la Jefa de Estado Mon
Mothma de un virus nano-destructor inoculado por un asesino. Entonces,
¿por qué ella, Oolos y el curador ithoriano Tomla El no podían hacer nada
contra el desorden molecular que sufría Mara? Luke se dijo que la
enfermedad sólo podía proceder de los yuuzhan vong. En medio de un
conflicto que los afectaba a todos, Mara y él libraban su propia lucha
particular.
—¿Fue muy difícil el funeral? —dijo Mara, claramente ansiosa por
hablar de algo que no fuera su estado de salud.
Luke alzó la mirada y respiró hondo.
—No para la familia inmediata de Chewbacca. Los wookiees aceptan
muy bien la muerte. Pero Han me tiene preocupado.
Mara frunció el ceño, inquieta.
—Puede que tu hermana sea la media naranja de Han, pero Chewbacca
era su alma gemela. Le va a costar tiempo.
—Y yo contribuí a facilitarle las cosas. Cuando intenté sugerirle que se
abriera a la Fuerza no tardó en recordarme que él no era un Jedi.
—Otra razón por la que Chewbacca y él estaban tan unidos —dijo Mara
—. No tiene salida —ella se quedó silenciosa, dejó atrás sus pensamientos y
miró a Luke—. Me estaba acordando de una vez que vi a tu padre arrojar a
alguien contra una consola por mostrar falta de respeto a la Fuerza.
—No creo que ése sea el enfoque adecuado con Han —dijo Luke,
irónico.
—Pero es justo el enfoque que se supone que debemos utilizar los Jedi
con los yuuzhan vong.
—Sí. Es lo que esperan los mismos que temen que nos apoderemos de
la galaxia, o que sucumbamos al Lado Oscuro.
Mara sonrió débilmente.
—Las cosas no han salido exactamente como las planeamos, ¿verdad?
Aunque se firmó la paz, jamás dudé que habría nuevos retos a los que
enfrentarnos y que encontraríamos altibajos en el camino. Pero entonces
creí de verdad que podríamos hacer huir despavorido a cualquier enemigo
de la Nueva República. Ya no estoy tan segura.
Luke asintió, preguntándose si Mara no se referiría también a su propio
enemigo. Si era así, sus palabras sugerían que estaba perdiendo confianza
en su capacidad de curarse.
—Mon Mothma me preguntó en una ocasión si yo pensaba que mis
alumnos acabarían siendo una orden sacerdotal de élite o un grupo de
campeones. ¿Optarían los Jedi por aislarse o por actuar en ayuda de los
necesitados? ¿Seríamos parte de la ciudadanía o estaríamos al margen de
ella? —Entrecerró los ojos mientras recordaba—. En su visión de futuro,
los Jedi estaban dispuestos a todo, y estaban presentes en todos los aspectos
de la vida: medicina, derecho, política y ejército. Y ella consideraba que yo
tenía el deber de dar ejemplo, de convertirme en un auténtico líder en vez
de ser sólo una cara visible.
—Y ella sería la primera en decir que sus preocupaciones eran
infundadas.
—¿Tú crees? Obi-Wan y Yoda nunca me hablaron de lo que me
deparaba el futuro. Puede que si no me hubiera pasado los últimos años
intentando aprender a superar el ysalamiri y ajustando mi sable láser para
que pudiera cortar un núcleo del cortosis, ahora sabría qué camino deben
tomar los Jedi. El Lado Oscuro lleva constantemente a la agresión y a la
venganza… Incluso contra los yuuzhan vong. Cuanto más fuerte eres,
mayor es la tentación.
Luke miró a su esposa.
—Quizá Jacen tenga razón cuando dice que hay alternativas a la lucha.
—Desde luego, es algo que no ha sacado de su padre.
—Pues el hecho de que haya llegado solo a esa conclusión la hace más
significativa. Él piensa que presto demasiada atención a la Fuerza como
poder, a costa de perder una mayor comprensión de la Fuerza como
elemento unificador.
—Jacen todavía es joven.
—Es joven, pero es un gran pensador. Y lo que es más, tiene razón. A
mí siempre me han preocupado mucho más los acontecimientos de aquí y
ahora que el futuro. Yo no visualizo a largo plazo, y por eso no tengo
perspectiva. Lo he pasado peor luchando conmigo mismo que luchando con
mi clon.
Luke se puso en pie y se acercó a la ventana.
—Los Jedi siempre han sido pacifistas. Jamás han sido mercenarios. Por
eso he intentado proteger nuestra independencia, procurando no jurar
lealtad a la Nueva República. No somos parte de su ejército, y jamás lo
seremos.
Mara esperó hasta que estuvo segura de que él había acabado.
—Empiezas a hablar como la fallanassiana que te llevó en aquella loca
persecución yunax en busca de tu madre.
—Akanah Norand Pell —le dijo Luke—. Ojalá supiera adónde fue su
pueblo.
Mara soltó una risilla.
—Aunque los encontraras, no creo que los yuuzhan vong fueran tan
susceptibles como los yevethanos a las ilusiones creadas por los
fallanassianos.
—No, a juzgar por lo visto.
Mara se rió con ironía.
—Akanah. Akanah, Gaeriel Captison, Callista… Los amores perdidos
de Luke Skywalker. Por no mencionar la de Folor…
—Fondor —corrigió Luke—. Y no llegué a enamorarme de Tanith
Shire.
—Es igual, las conociste a todas en momentos de crisis.
—¿Y cuándo no hemos estado en crisis?
—A eso me refiero. ¿Debería preocuparme porque ahora se cruce
alguien nuevo en tu camino?
Luke se acercó a ella.
—Nuestra crisis es la que más me preocupa —le dijo él con toda
seriedad—. Necesitamos una victoria.
***
—¿Quieres saber lo que es irónico? Mi padre me contó una historia que
ocurrió aquí mismo, en el Sector Meridian, hace unos doce años estándar.
El capitán Skent Graff, humano y orgulloso de serlo, de hombros
anchos y un rostro muy atractivo, estaba sentado sobre la consola del
escáner de comunicaciones del atestado puente del Soothfast, con una de las
piernas, calzadas con botas altas, estirada hacia el suelo. Su prendado
público, apiñado en las diferentes estaciones de trabajo, lo componían los
seis integrantes de la tripulación de puente del carguero ligero. Las consolas
emitían silbidos y pitidos de forma intermitente, y se oía el retumbar de la
planta de energía damoriana de la nave. Desde los ondulantes ventanales del
vehículo en forma de lingote se veía el planeta Éxodo II, cubierto de nubes,
y su triste amago de luna; y a años luz, en la distancia, flotaban las
luminosas nubes de polvo de la nebulosa Velo de Estrellas.
—Estaba destinado en el Corbantis, más allá de la órbita de Durren,
cuando enviaron su nave a investigar un ataque pirata en Ampliquen. Lo
cierto es que nadie sabía si eran piratas o militares de Budpock violando la
tregua, pero al final todo resultó ser una pantomima ideada por Loronar
Corp, un contingente de imperiales, y un tal Ashgad, que intentaba difundir
una plaga por el sector.
—La plaga de la Semilla de la Muerte —dijo la joven sullustana del
ordenador de navegación.
—Que den una medalla a la señorita —dijo Graff con simpatía—.
Excelentes conocimientos de historia. A lo que iba, el Corbantis jamás
llegó a Ampliquen. Fue interceptado por misiles inteligentes de Loronar, y
los dieron por muertos en un abismo de hielo en Damonite Yors-B, a un tiro
de piedra de aquí. Pero entonces llegaron Han Solo y su colega, el
wookiee…
—¿Pasaban casualmente por allí? —preguntó el oficial de
comunicaciones.
—Iban buscando a la Jefa de Estado Leia Organa Solo, que había
desaparecido, pero ésa es otra historia —Graff apoyó el codo en un
androide serie R desactivado y ensamblado a la consola—. El wookiee y
Solo exploraron el Corbantis y encontraron a diecisiete supervivientes con
quemaduras, uno de ellos mi padre, y los llevaron al hospital del sector en
Bagsho, Nim Drovis. En aquella época, el hospital estaba dirigido por un
médico ho’din muy conocido, no recuerdo su nombre… Oolups, Ooploss,
algo así. Y Ooploss hacía todo lo que podía por sus pacientes. Pero el
hospital estaba lleno, y algunos supervivientes debieron reubicarse en un
anexo a pabellones de bacta. ¿Y qué creéis que ocurrió?
—Que se contagiaron con la plaga de la Semilla de la Muerte —sugirió
el oficial de navegación.
Graff asintió.
—Que se contagiaron con la plaga de la Semilla de la Muerte. Lo cual
viene a demostrar que incluso cuando crees haber engañado al destino,
sigues estando a punto de ser una baja más.
—Y aquí estás tú, años después —dijo el oficial de navegación—. Justo
donde estuvo tu padre, procurando que el espacio local sea seguro para los
empaquetadores de zwil de Drovis.
—¿Zwil? —dijo un twi’leko desde el puesto de evaluación de
amenazas.
—Es una especie de narcótico —dijo Graff.
La boca curvada del oficial de navegación dibujó una extraña sonrisa.
—Para quienes tienen vías respiratorias membranosas lo
suficientemente anchas como para…
—Capitán —interrumpió el oficial de comunicaciones—. Durren
informa de que su orbitador de hiperespacio capta radiaciones cronau en
nuestro sector. Hay muchas probabilidades de que sea una nave de gran
tamaño que ha saltado al espacio real. Los interrogadores esperan la señal
del telespondedor.
Graff se puso en pie y corrió hacia su asiento giratorio.
—¿Tenemos contacto visual?
—Todavía no, señor. El evento está muy alejado del alcance de nuestros
sensores.
Graff se volvió hacia el oficial de comunicaciones internas.
—Que el escuadrón Guantelete vaya al cuartel general.
Las sirenas empezaron a aullar por toda la nave, y una luz granate
inundó el puente.
El oficial de comunicaciones internas miró a Graff.
—Señor, los técnicos de proa informan de que han habilitado las
contramedidas, activando escudos a plena potencia.
—Ya llega información sobre el suceso —dijo el twi’leko—. Es una
nave desconocida. El radar y el ordenador ya están generando una imagen
láser.
Graff se acercó al holoproyector, donde la silueta fantasmal de un
poliedro enorme, negro como el ónice, cobraba forma.
—¿Yuuzhan vong?
—Desconocido, señor —dijo el twi’leko—. No coincide con nada de
nuestros bancos de datos.
—Dejemos la órbita estacionaria.
—Señor, los perfiles de los motores del intruso coinciden con los de una
nave de la flotilla enemiga que atacó Obroa-Skai.
—El escuadrón Guantelete acaba de partir hacia la posición de
reconocimiento.
—¿Alguna comunicación de la nave de los yuuzhan vong? —preguntó
Graff.
—Negativo, señor. No, espere. Los escáneres muestran dos naves.
Una vez más, Graff se giró para contemplar el holoproyector en el que
se formaba un segundo poliedro, más pequeño, junto al original.
—¿Eso acaba de llegar o estamos presenciando algún tipo de mitosis?
—Parece ser un componente de la nave más grande, señor. La nave
número uno está cambiando de rumbo, se dirige a la estación orbital de
Durren. Acelera para interceptar a nuestros cazas. El escuadrón Guantelete
está rompiendo la formación, dividiéndose en elementos de ataque.
—Ponme con el líder del Guantelete —ordenó Graff al oficial de
comunicaciones.
—Guantelete Uno, ¿puedes mostrarnos lo que estás viendo?
La voz del líder del escuadrón sonaba por megafonía débil, lejana y con
ruido de estática.
—Lo estoy transmitiendo. Es como si el mayor anillo decodificador de
la galaxia hubiera perdido su piedra.
—¿Pero qué es eso? —dijo alguien en el puente, mientras la imagen en
tiempo real sustituía a la holosimulación.
—Señor, en la nave pequeña se está acumulando bioenergía. Nos tienen
en su punto de mira.
Graff se puso el cinturón de seguridad del asiento.
—Preparados para el impacto.
Un resplandor dorado llenó los ventanales delanteros del Soothfast. La
nave se estremeció como si una mano gigante la agarrara y sacudiera.
—Energía de plasma —dijo el twi’leko—. Coincide con el armamento
empleado por los yuuzhan vong. Sistemas vitales sin daños. Los escudos
aguantan.
—¿Alcance?
—La nave secundaria se está acercando a nuestro alcance de tiro, señor.
Graff se bajó la visera de su gorra de mando.
—Que el escuadrón Guantelete se aparte. Quiero las baterías principales
de estribor preparadas para devolver el fuego.
El Soothfast, una nave con retropropulsión de clase Proficient y diseño
corelliano, tenía 850m de longitud, pero sólo iba armada con diez
turboláseres pesados y veinte cañones de iones. Parte del fuselaje que
inicialmente reforzaba el casco del crucero se había retirado para crear
hangares para los cazas, pero la nave de afilado morro seguía siendo un
arma meramente auxiliar.
—Guantelete ha despejado el espacio, señor.
Graff asintió.
—Preparad los torpedos de protones. Que la detonación se produzca a la
primera señal de anomalía gravitatoria.
—Señor, torpedos cargados según el nuevo protocolo.
—Preparad los turboláseres de estribor —ordenó Graff.
—Señor, turboláseres activos.
Graff miró a su oficial de armamento.
—Si esa «piedra» actúa según se espera de ella, sus vacíos se tragarán
los torpedos, pero los láseres tendrán posibilidades de dar en el blanco.
—Entendido, capitán.
Graff giró en su asiento.
—Baterías principales, abran fuego.
Los cegadores proyectiles viajaron por el espacio, seguidos por puntos
de luz verde azulada. Convergieron en la lejanía, con estallidos refulgentes.
—Blanco acertado.
—Fuego —repitió Graff.
Los torpedos y las luces que venían a continuación volvieron a brotar, y
las explosiones sacudieron la nave enemiga, compitiendo en intensidad con
las estrellas.
—Alto el fuego —Graff miró a su oficial ejecutivo—. Esperemos que
eso haya facilitado las cosas. Comandante, diga a los Guantelete que
empiecen el ataque.
El oficial envió la orden por la red de mando. La vista ampliada en la
pantalla principal del puente mostraba a los Ala-X T-65A3 y Ala-B E2
iniciando los ataques contra la nave rocosa. Estallidos de láser escarlata
surgían de los cañones de las alas de los cazas de combate, y los torpedos de
protones arrojados por los Ala-B dejaban en el espacio rastros luminosos de
tonos rosados. Pero la nave enemiga se limitó a absorber su energía,
respondiendo al ataque con géiseres de roca derretida. Las facetas
individuales del casco brillaron, cobrando vida como astillas de cristal
espejado, para desaparecer luego con un chispazo, volviéndose tan negros
como el fondo de la nave.
—Soothfast, esa cosa va a por nuestros escudos —informó Guantelete
Uno un momento después.
—Guantelete Uno, ordene a sus cazas que amplíen el campo de los
compensadores de inercia y cambien a los nuevos protocolos de escáner y
punto de mira. Y mucho cuidado con los coralitas.
—Ya lo hemos hecho, Soothfast. Pero los escudos no bastan para
compensar la fuerza de arrastre de la nave de guerra.
—Los escudos han caído —dijo otra voz—. Retirada.
—Que cada uno se quede con su compañero de vuelo —gritó
Guantelete Uno—. Mantened los láseres en ciclo rápido.
—El compensador ha fallado. Ataque abortado.
—¡Cuidado en cola, Guantelete Ocho!
—Capitán, la nave yuuzhan vong está acumulando energía.
Graff miró a su oficial ejecutivo.
—Ordene al escuadrón Guantelete que aborte la misión.
—La nave enemiga está disparando.
En la pantalla principal, el holograma en tiempo real mostró tres cazas
que se desvanecían en fugaces explosiones. El tono urgente puntuaba las
palabras de Guantelete Uno.
—Tenemos bajas… Dos, Cuatro y Cinco. Seguimos sin poder localizar
los dovin basal o a las armas.
—¿A qué se refiere? —preguntó Graff bruscamente.
El twi’leko se echó los tentáculos de la cabeza detrás de los hombros y
estudió la información de la consola.
—El ordenador de análisis bélico está en ello, señor. Las armas
enemigas y los proyectores de singularidad parecen ser móviles. Señor, es
como si todo el casco fuera capaz de disparar y crear anomalías
gravitatorias.
—Capitán, el módulo complementario vuelve a dispararnos.
El crucero sufrió un tremendo impacto en cuanto esas palabras salieron
de la boca del oficial de comunicaciones. La iluminación del puente
disminuyó, y luego aumentó, y un campo eléctrico azul bailó sobre una de
las consolas. El androide serie R cayó al suelo de la cubierta, liberado de su
agarre magnético a la consola. Los extractores se activaron, vaciando la
zona de humo.
—Nos llega la evaluación de daños de la estación técnica delantera. El
generador de energía número dos no funciona. Los escudos deflectores
están al mínimo.
—Ordene al Guantelete que se reagrupe y se retire —dijo Graff
rápidamente—. Que los equipos de emergencia estén preparados. Control
de armamento; preparados para coordinar los cañones de iones y los
turboláseres delanteros. Quiero una descarga sostenida que haga temblar a
esa nave de proa a popa —una mirada a la pantalla le mostró lo que
quedaba del escuadrón Guantelete, huyendo para salvar la vida—. ¡Fuego!
Una vez más, la energía salió disparada de la nave, pero no se
produjeron las esperadas explosiones.
Graff contempló la pantalla.
—¿Hemos fallado? —preguntó, sin poder creérselo.
—Negativo, señor. La nave enemiga parece haber absorbido la energía.
—Todas las baterías —dijo Graff—. ¡Fuego!
La luz llenó el espacio con tanta intensidad que todos los del puente
tuvieron que apartarse de los puestos de observación. Fue como si el
Soothfast hubiera sido golpeado en la barbilla por un poderoso gancho y
estuviera viendo las estrellas.
—La nave enemiga altera el rumbo con intención de huir.
—¡Fuego a discreción! —exclamó Graff.
—Impactos múltiples. Evidencia de daños. El enemigo vuelve a alterar
el rumbo, disminuyendo la velocidad.
Graff se volvió hacia el oficial de navegación.
—Mantenga la persecución. ¡No lo pierda!
Entonces, sin previo aviso, una enorme explosión brilló en la distancia,
saturando las pantallas con luz blanca. En cuanto pudo, Graff miró por el
ventanal, pero no vio ni rastro de la nave yuuzhan vong.
—¿Adónde ha ido? ¿Ha saltado?
—Negativo, señor —le dijo el twi’leko—. Los restos dan a entender la
eliminación total.
La tripulación soltó espontáneos gritos de alegría.
—¡Silencio! —exclamó Graff—. ¿Hemos tenido suerte o hemos
descubierto un punto débil?
—Respuesta desconocida, señor, pero la nave ha sido destruida por
completo. Debemos de haberla saturado, señor. La nave que generó el
módulo se aleja de la estación orbital de Durren a toda velocidad.
Graff se quitó la gorra y se rascó la cabeza.
—No lo entiendo.
—Capitán, según los informes del líder del Guantelete, la nave
destruida proyectó una cápsula de salvamento que entrará en nuestro campo
visual en cualquier momento.
Graff contempló la pantalla.
—Aumente la imagen.
El oficial de navegación señaló un punto de luz que avanzaba
rápidamente.
—Ahí la tiene, señor.
Graff observó lo que parecía ser un asteroide cilíndrico, muy alejado,
con una pequeña parte de la superficie de proa facetada.
—¿Qué rumbo lleva?
—Hacia Éxodo II.
—Ésa no sería mi primera opción —comentó Graff.
—La dirección actual lo situará al alcance del rayo tractor número dos.
Graff miró a su oficial ejecutivo.
—Podría ser una trampa, señor. Una especie de bomba programada.
Graff asintió, sombrío.
—Preparen el rayo tractor, pero sólo para mantener a raya a esa cosa.
Comandante, avise al escuadrón Guantelete. Dígale que busque armas en
esa nave, pero que guarde las distancias. No quiero que se acerque a esa
nave aunque parezca inofensiva. Y póngame con el oficial de flota.
Una nueva voz resonó en los altavoces.
—Soothfast, aquí Guantelete Tres. Definitivamente se trata de una
cápsula de salvamento, probablemente de coral yorik. No tiene armas, pero
las lecturas confirman que hay vida en su interior. Es más pequeño que un
deslizador. Retropropulsores de dovin basal rudimentarios y control de
actitud. Cabina facetada, pero transparente. Como una lámina de mica. Se
solicita permiso para investigar más de cerca.
Graff lo pensó un instante.
—Guantelete Tres, tiene luz verde para investigar. Pero tenga mucho
cuidado.
—Afirmativo, Soothfast, lo tendré.
Nadie dijo ni palabra durante un rato. Entonces, la voz resonó de nuevo.
—Soothfast, he podido mirar en el interior. Parecen ser dos, repito, dos
ocupantes. Uno es hembra. El otro… Bueno, señor, el otro a saber lo que es.
CAPÍTULO 7
H an entró con aprensión en el hangar 3733 de Puertoeste, en Coruscant,
y dio una palmadita a la barra de iluminación de la pared. Se encendió
un anillo de luz concéntrico situado en el interior del recinto de la cúpula
del hangar, inundando de luz el Halcón Milenario. La nave estaba
conectada a diversos dispositivos de diagnóstico y seguimiento, y parecía
un paciente recibiendo cuidados intensivos. El anillo luminiscente emitía un
suave zumbido, y el aire olía ligeramente a ozono. El suelo era un
muestrario de manchas de lubricante, combustible y pintura.
El hangar 3733 estaba a nombre de un tal Vyyk Drago, pero casi todos
los miembros del distrito administrativo de Coruscant sabían que el Halcón
estaba allí, pese a los intentos de Han de no llamar la atención. Al traer la
nave una semana antes, Jaina la había aparcado en el centro justo del
círculo rojo de aterrizaje de permeocemento. Han había tardado todo ese
tiempo en armarse de valor para ir allí tras lo ocurrido en Kashyyyk. Los
tres días que pasó a bordo de un carguero ruinoso no le habían ayudado a
decidirse.
Se acercó directamente al Halcón, con su marcada mandíbula
apuntando hacia él, y recordó la primera vez que vio la nave en el planeta
hutt de Nar Shaddaa, hacía casi treinta años. Era propiedad de Lando, y
contaba la leyenda que la había ganado en una partida de sabacc en la
Ciudad de las Nubes de Bespin. Aunque había visto muchísimos cargueros
corellianos YT-1300, para Han fue amor a primera vista, porque el Halcón
tenía algo singular. Además de su prometedora velocidad y
maniobrabilidad, la nave estaba pensada para la aventura y se mostraba
orgullosa de su visiblemente agitado pasado. Han supo que tenía que ser
suya, de una manera o de otra.
Irónicamente, la oportunidad le llegó en la Ciudad de las Nubes, durante
las eliminatorios de un torneo de sabacc de cuatro días de duración, en el
que Lando y Han acabaron enfrentados. Han tenía en su poder una mano de
sabacc completa contra los faroles de Lando, y la suerte del principiante.
Lando, que andaba corto de créditos, le ofreció un vale por cualquier nave
de las que tenía, algo que Han aceptó sin pensarlo. Derrotado por Han,
Lando intentó convencerle para que escogiera un modelo nuevo de YT-
2400, pero Han escogió el Halcón.
Seguía saboreando los recuerdos de sus primeros momentos en el
asiento del piloto, impresionado por la potencia de sus motores
sublumínicos y la respuesta de su hipervelocidad digna de una nave militar.
Era una nave veloz, de acuerdo, pero necesitaba músculos y potencia. Así
comenzó un proceso de ajuste y actualización que continuó durante veinte
años. Para Han, el Halcón era una tarea constante, una obra de arte que
jamás estaba completa.
Durante todos esos años, la había protegido con su vida, preocupándose
por ella como si fuera su propio hijo, echándola de menos como si fuera su
amante. Como aquella vez en que Egome Fass y J’uoch escaparon con el
Halcón en Dellalt. O cuando se quedó colgando de la torre de mando del
destructor estelar Vengador. O en aquella ocasión en la que Lando y Nien
Nunb la pilotaron contra la segunda Estrella de la Muerte.
Cuando Mara programó su Fuego de Jade para que chocara contra una
fortaleza en Nirauan, años atrás, Han fue incapaz de comprender aquella
decisión.
Mientras rodeaba la nave, Han iba identificando las señales de algunas
de las modificaciones, tanto las hechas por él como por otros. En el antro de
Shug Ninx, de la sección corelliana de Nar Shaddaa, Han y Chewie habían
instalado una antena receptora militar, un cañón láser cuádruple ventral y
cañones de misiles entre las mandíbulas delanteras. En la popa del brazo de
cubierta de estribor, Shug había macrofundido al casco una pequeña lámina
de recubrimiento del destructor estelar Liquidador.
Gracias a un grupo de mecánicos clandestinos que operaban en el Sector
Operativo, el Halcón fue una de las primeras naves en lucir escudos de
defensa aumentados, compensadores de aceleración a prueba de
sobrecargas, toberas extragrandes y un conjunto de sensores último modelo.
En aquella época, la nave tuvo el honor de saltarse la Lista de Infractores de
Rendimiento de la Autoridad del Sector Corporativo en más aspectos que
cualquier otra nave de su categoría.
Cuando el Halcón estuvo en Kashyyyk, durante la crisis yevethana,
Jowdrrl había arreglado cuatro paneles transductores ópticos transparentes
para mejorar la visibilidad a proa y a popa. El primo de Chewie también
había diseñado los controladores de armamento de autoseguimiento de la
cabina para las torretas.
Recientemente, cuando las hostilidades con las facciones del Remanente
Imperial empezaron a remitir, no por culpa de Han, el Halcón se fue
convirtiendo en una nave más amable, más amistosa. Un chequeo de rutina
a cargo de un bienintencionado, aunque algo torpe, jefe de astillero de
Coruscant había provocado algo parecido a una restauración. Los cables
habían sido etiquetados y ordenados, los mecanismos revisados, y las piezas
eléctricas equilibradas y protegidas. Se añadió un potenciador Sienar
Systems a la matriz de dirección, un generador Mark 7 a la red de rayos
tractores y un modulador Serie 401 a la hipervelocidad. Las lentes de los
sensores habían sido sustituidas, las palancas abrillantadas, los asideros
forrados de nuevo… Han estuvo a punto de enloquecer.
Le gustaba que la nave luciera todos los desconchones y arañazos que la
habían conformado, tal y como él tendría cicatrices de no ser por los
tratamientos de bacta y la sintocarne. A veces se preguntaba qué pinta
tendría si se hubiera dejado todas las cicatrices, como la que tenía en la
barbilla, resultado de un corte de navaja recibido en otro momento de su
vida.
Pero los últimos daños sufridos por el Halcón habían tenido lugar
apenas seis meses antes, cuando murió Chewie. Lo que ahora le faltaba, y
que probablemente lo mantendría varado por un tiempo indeterminado, era
algo que no podría arreglar ninguna modificación.
Abrumado por la pena repentina que le embargaba, Han se quedó
inmóvil bajo el anillo hexagonal de estribor, perdido en el tiempo. El
Halcón estaba tan cargado de recuerdos, era una crónica tan clara de sus
aventuras y desventuras con Chewie, que apenas podía contemplarlo, y
mucho menos subirse a él. Pero al cabo de un momento introdujo un código
de autorización en un mando a distancia, y la rampa de la nave descendió,
como retándolo a entrar.
Cuando lo hizo se sintió como si estuviera aprendiendo a caminar de
nuevo.
La rampa llevaba directamente al pasillo circular de la nave. Han se
detuvo en la intersección y pasó la mano por la pared inmaculada y
acolchada del pasillo. En los últimos cinco años, el Halcón se había
convertido en una nave bastante bonita. El revestimiento del suelo había
sido renovado, las luces interiores mejoradas, y siempre había algo de
comer en la despensa y algo que olía bien en el aire. Una nave que en su
momento había servido para esconder montones de especias o de gente,
albergaba ahora en sus compartimentos revestidos para el contrabando,
justo frente al pasillo de la escalera, el equipaje de la familia cuando salían
de viaje o las piezas de arte indígena que Leia adquiría para la casa familiar
en Coruscant.
Han pasó ante el pasillo que conducía al balancín de la cabina del
artillero y se adentró en la nave. Un año antes, cuando se le pasó por la
cabeza dejar el Halcón en el desguace, empezó a quitarle muchos de los
añadidos que tenía. Después de todo, el YT-1300 era un clásico casi tan
valioso como pieza de coleccionista como un 327 tipo J nubio. Y pese a
todos los ruidos extraños, los temblores y los humos, seguía estando en
buen estado. Por no mencionar su considerable interés histórico.
Una de las primeras cosas que había quitado fueron los lanzamisiles
laterales, que siempre habían interferido con el manejo de las mandíbulas
de carga. Pero eso, claro, fue antes de que los yuuzhan vong se presentaran
ante la galaxia, salidos de ninguna parte y como una nueva y terrible
amenaza. Quién sabe cuántos más habrían muerto en el Borde Exterior,
además de Chewie, si hubiera quitado los láseres cuádruples.
Han bajó a la estancia delantera principal y se desplomó en el asiento
giratorio de la consola de control. Una flamante moqueta nueva recubría
tanto el pulido suelo de la cubierta como las rejillas de babor, otro elemento
para la comodidad de los viajes familiares. Fue desde allí donde contempló
a Luke practicando técnicas de sable láser contra un flotador punzante. Se
giró para mirar el panel holográfico de dejarik, en el que Chewie se había
pasado innumerables horas, y alrededor del cual, tan sólo unos años antes,
Leia, el almirante Pellaeon y el difunto Elegos A’Kla se habían sentado a
hablar de paz.
Han se pasó la mano por la cara, como intentando borrar los recuerdos
que acudían con claridad a su mente. Después se puso en pie, cruzó el
umbral y entró en el compartimento de circuitos y mantenimiento. Allí fue
donde Leia y él compartieron su primer beso, y donde fueron bruscamente
interrumpidos por C-3PO, anunciando que había localizado el ensamblaje
del flujo de potencia inversa o quién sabe qué.
De eso hace un millón de años, se dijo Han a sí mismo.
Siguió caminando hacia popa y salió del compartimento al pasillo de
babor, frente a la sala en la cual Luke se recuperó tras perder la mano,
gracias al sable láser de su padre.
El pasillo iba por debajo de los conductos de ventilación del núcleo de
energía que llegaban a la estancia principal de popa, que había sufrido más
alteraciones que cualquier otra parte de la nave. Reducida en tamaño para
acomodar el motor de hipervelocidad, la sala había sido dividida en varias
secciones. Un aspirante a tratante de esclavos llamado Zlarb había tenido un
amargo final en aquella parte de la nave.
La ubicación de las naves de escape no había cambiado desde los días
del Sector Corporativo, pero las vainas originales en forma de cápsula,
introducidas como rejillas, habían sido sustituidas por otras, esféricas y
equipadas con elegantes escotillas irisadas.
Entró en el pasillo de estribor de popa y avanzó, pasando por la sala que
él había utilizado como camarote en tantas ocasiones, y dentro de la cual
estuvo a punto de tener un encuentro fatal con Gallandro, en aquella época
el pistolero más rápido de la galaxia.
Y ahora estaba muerto, como otros muchos de los días gloriosos.
Han abrió los brazos ante una escotilla y entró en la galería. Riendo para
sus adentros, se recordó preparando budín en conchas de cora y lengua de
aric a las finas hierbas para Leia, cuando escaparon a Dathomir en el
periodo de su loco cortejo.
Unos pasos más lo llevaron de vuelta a la puerta de carga, pero, en vez
de salir, siguió hasta la cabina y entró reacio en ella. Se metió entre los dos
asientos traseros, se apoyó con ambos brazos en el panel y miró por el
ventanal en forma de abanico a las estanterías de recambios que Chewie y
él habían levantado junto a la pared del hangar, hacía tan sólo un año.
Acabó sentándose en el gigantesco asiento del copiloto, donde
permaneció un largo rato, con los ojos cerrados y la mente en blanco.
Un mes antes le había parecido que Chewie seguía tan vivo que casi
podía oír el sonido de sus alaridos enfadados o sus alegres carcajadas
reverberando en el hangar de atraque. Sentado en el asiento del piloto, Han
podía mirar a su derecha y ver siempre allí a Chewie, mirándolo con una
ceja levantada, los brazos cruzados o las patas apoyadas en la nuca.
Chewie no era el único alienígena con que el que había volado. También
lo hizo con el togoriano Muuurgh en los años de Ylesia, pero el wookiee
había sido su único verdadero compañero y no podía imaginarse pilotando
el Halcón con nadie más. Por tanto, podía poner la nave en naftalina, como
había hecho con su pistola láser BlasTech, o donarla al Museo de la Guerra
de la Alianza de Coruscant, cosa que sus responsables llevaban pidiéndole
desde hacía quince años.
Él también debería estar en un museo, se dijo a sí mismo. Pertenecía al
pasado, como el Halcón, y ya no le resultaba útil a nadie.
Respiró hondo. La vida era como una partida de sabacc; las cartas
podían cambiar de forma aleatoria, y lo que se creía una mano ganadora
podía acabar haciendo que lo perdieras todo.
Metió instintivamente la mano debajo de la consola de control,
buscando la petaca metálica de zumo de jet destilado al vacío que Chewie y
él guardaban ahí a menudo, pero ya no estaba… Quizás alguno de los niños
la había cambiado de sitio, o se la había quedado algún mecánico
deshonesto.
Su pequeña decepción se convirtió de pronto en amarga rabia, y golpeó
la consola con el puño hasta que la mano se le quedó insensibilizada.
Entonces bajó la cabeza, la apoyó sobre los brazos y dejó que fluyeran sus
lágrimas.
—Ah, Chewie —dijo en voz alta.
***
Han iba camino del centro de transporte de Puertoeste cuando una voz
detrás de él gritó:
—¡Slick!
Han miró por encima del hombro sin aminorar el paso, se detuvo de
repente y se giró, esbozando una amplia sonrisa.
—Un nombre que hace mucho tiempo que no oía —dijo al humano
fornido y de cabello canoso que corría para alcanzarlo.
El hombre cogió la mano que Han le ofrecía y le dio un fuerte abrazo,
palmeándole la espalda. Cuando se separaron, Han seguía sonriendo.
—¿Cuánto tiempo hace, Roa…?, ¿treinta años?
—No sé decir exactamente cuándo, pero sí dónde. En la terminal de
salidas del espaciopuerto de Roonadan, en el Sector Corporativo. Una
encantadora chica morenita y tú esperabais a Ammuud a bordo del Dama
de Mindor, creo.
—Fiolla de Lorrd —dijo Han, como atrapando un nombre que flotaba
en el aire. Señaló a Roa con la barbilla—. Tú llevabas un traje blanco de
ejecutivo con una especie de faja multicolor…
—Y tú, mi joven amigo, tenías un aspecto especialmente terrible —los
ojos azules de Roa brillaban—. Me dijiste que ya no estabas en el negocio,
que tenías una agencia de recuperación. Han Solo y Asociados, ¿no era así?
Lo siguiente que oí fue que habías ganado la batalla de Yavin tú solito.
—Eso no es cierto —dijo Han—. Tuve ayuda.
Roa se frotó la bien rasurada barbilla.
—Veamos, después supe que hiciste que te congelaran en carbonita…
para la posteridad, supuse entonces.
Han entrecerró los ojos.
—La verdad es que pensaba comercializar moldes de mí mismo.
Roa se rió, y luego le ofreció una mirada de reprobación cariñosa.
—Te dije que no te acercaras a los hutt.
—Tendrías que haber advertido a Jabba que no se acercara a mí.
Han contempló con admiración el traje askajiano de Roa, los botines de
cromofunda, y los anillos que relucían en los regordetes dedos rosados. Roa
ya era un pez gordo del contrabando cuando el difunto Mako Spince se lo
presentó en Nar Shaddaa. Honrado, simpático y generoso sin límites, Roa
había iniciado a más de un joven rebelde en el negocio, incluido Han, al que
se llevó en su primera incursión a Kessel. Han incluso trabajó para él por un
tiempo. Y acompañó a Chewie, Lando, Salla Zend y unos cuantos más de
los de la pandilla de Nar Shaddaa, a la boda de Roa, tras la cual el viejo se
retiró del contrabando, ante la insistencia de su esposa.
—¿Sigues en el negocio de importación y exportación?
—Lo vendí todo… hace casi diez años.
Han le contempló con atención.
—Roa, no pareces haber envejecido ni un solo día desde Roonadan.
—Tú tampoco —dijo Roa de forma casi convincente.
Han sonrió, desganado, y se señaló los dientes.
—Implantes.
Se tocó la nariz.
—Rota y reparada tantas veces que no creo que quede tejido original.
Además, tengo toda la cara hecha un desastre. Este ojo está más alto que el
otro.
—¿Y tú crees que yo parezco joven por naturaleza? —preguntó Roa con
un ademán exagerado.
—Lo sabía, eres un clon, ¿a que sí?
Roa se rió.
—Casi mejor que eso: terapia de rejuvenecimiento, y un poco de
myostim diario —mostró su noble perfil—. Ordené a los cosmédicos que
me dejaran en la edad justa para parecer distinguido.
—Y lo pareces, vieja comadreja.
—Además, casi todos los tratamientos fueron idea de Lwyll.
Han tenía la imagen de la elegante esposa de Roa, con su voz melosa y
su melena rubia.
—¿Qué tal está?
Roa sonrió débilmente.
—Murió hace unos meses.
Han apretó los labios.
—Lo siento mucho, Roa.
Roa no respondió enseguida.
—Y yo lamenté mucho lo de Chewbacca, Han. Incluso intenté obtener
autorización para ir al funeral de Kashyyyk, pero ya sabes cómo son los
wookiees para dar permiso a los humanos.
Han asintió.
—Tienen vivo el recuerdo de lo que les hizo el Imperio.
—Y quién no.
Han se quedó callado un momento.
—¿Y qué te trae a Coruscant? Pensé que te gustaban más los espacios
abiertos.
Roa le miró fijamente.
—Si te digo la verdad, Han… tú. Tú eres la razón por la que estoy aquí.
Han sintió un escalofrío. Dada la serie de encuentros inesperados que
había tenido con Roa al cabo de los años, en sitios lejanos como Nar
Shaddaa y Roonadan, el viejo se había convertido en una de esas personas
que hacían sospechar a Han que la galaxia era mucho más pequeña de lo
que les habían hecho creer, por muy lejos que fuera en sus viajes.
—No sé cómo, pero esperaba oírte decir eso —dijo al fin.
Roa puso las manos en los hombros de Han.
—¿Qué te parece si vamos a un sitio en el que podamos hablar?
Han asintió.
—Hay un restaurante en el centro de transporte.
Recorrieron el interior del recinto, hablando de viejos amigos como
Vonzel, Tregga, Sonniod o los gemelos Briil, y de sitios que ambos
conocían, pero Han estaba visiblemente preocupado. Pese a los años
transcurridos, no había olvidado las Reglas de Roa: jamás ignores una
llamada de auxilio, toma sólo de aquellos que tengan más que tú, no
juegues al sabacc si no estás preparado para perder, no pilotes una nave
estando ebrio y mantente siempre preparado para huir de repente, lo cual no
implicaba que confiara en Roa de forma incondicional.
En el Café Espacial, un androide de cortesía les llevó a una mesa en la
terraza, donde un grupo de duros y de gotal veían un partido de bolachoque
en la Holored. Versiones edulcoradas de clásicos de jizz de veinte años
antes emanaban de altavoces ocultos. Han y Roa pidieron jarras de cerveza
ebla, una exportación de Bonadan, por los viejos tiempos. Cuando llevaban
la primera a medias, Han quiso saber por qué le andaba buscando.
—Me parece justo —dijo Roa, dejando la jarra en la mesa y secándose
los labios—. ¿Recuerdas a un contrabandista de los viejos tiempos que se
llamaba Reck Desh?
Han pensó un momento y sonrió.
—Un tío alto y nervudo. Le encantaban las marcas corporales, los
piercings y la joyería electrónica. Chewbacca y yo trabajamos con él en una
ocasión para ti, llevando agua mineral de R’alla a Rampa —Han sonrió aún
más—. Doc Vandangante estaba reparando el Halcón, así que nos dejaste tu
nave, el Caminante. Reck afirmó que era más rápida que el Halcón, y
después de la incursión en los rápidos de Rampa, echamos una carrera por
cincuenta cajas de cerveza de Gizer.
—Que seguro ganasteis el wookiee y tú.
Han asintió.
—Reck era bueno como navegante, pero jamás me impresionó como
piloto.
Roa dio un trago y se chupó los labios.
—Algunas veces sólo se reconoce a un soldado cuando se convierte en
oficial.
—¿Eso qué significa?
—Reck ha cambiado de bando.
—¿A qué bando?
—Al del enemigo, Han —dijo Roa, inclinándose hacia delante—. O al
menos al de un grupo de mercenarios que trabaja para los yuuzhan vong.
—Eso no puede ser cierto. Reck no era un traidor. Además, Chewie y él
se llevaban muy bien. Reck jamás querría relacionarse con los vong
después de lo que le hicieron a Chewie.
—Quizá no sepa lo de Chewie. O puede que los créditos sean
demasiados. —Roa hizo una pausa—. El grupo en el que está Reck se
autodenomina la Brigada de la Paz. Al parecer están difundiendo
sentimientos anti-Jedi y buscan planetas donde los yuuzhan vong puedan
repetir lo que hicieron en Sernpidal.
Han entrecerró los ojos con rabia.
—¿Por qué me cuentas esto, Roa?
Roa bajó la mirada.
—Porque Lwyll murió en uno de los planetas que la Brigada de la Paz
debilitó para la matanza.
Han se quedó sin palabras. Miró a su viejo amigo.
—Si nos hubiéramos marchado un día antes —prosiguió Roa sin mirar a
Han—. Pero yo tenía unos asuntos que resolver —rió amargamente y miró
a Han con ojos llenos de lágrimas—. Negocios, siempre negocios. Lwyll
murió en la primera invasión de los yuuzhan vong. Yo fui uno de los pocos
que salió de allí con vida.
Han apretó los ojos y golpeó la mesa con el dorso de la mano. Pero
cuando miró a Roa, su ira se aplacó al darse cuenta.
—Así que el hecho de que tú vinieras aquí… Este asunto es tanto entre
tú y Reck, como entre tú y yo.
Roa mantuvo la fría mirada de Han.
—No quiero que nadie más sufra por lo que hacen Reck y sus
compinches. Los yuuzhan vong ya son bastante poderosos como para
causar tragedias sin que los ayude la Brigada de la Paz. Si pudiera
enfrentarme solo a Reck, lo haría, Han, pero soy mucho más débil de lo que
parezco.
—Sí, ¿y quién mejor para ayudarte que yo, verdad? Un tío que acaba de
perder a su compañero.
—Diciéndolo a las claras, sí.
Han soltó una risilla.
—Jamás ignores una llamada de auxilio, ¿no, Roa?
Se puso en pie y se acercó a los elevados ventanales que daban a las
zonas de despegue del espaciopuerto. No había un momento en el que
alguna nave no despegara hacia alguna parte. Cuando regresó a la mesa, le
dio la vuelta a la silla y se sentó contra el respaldo.
—¿Dónde están ahora Reck y los suyos? —preguntó a Roa en voz baja.
—No lo sé, Han. Pero sé dónde averiguarlo. La primera parada sería…
Han alzó las manos.
—No digas nada. Es mejor que yo no sepa adónde vamos, así no podré
decírselo a nadie.
—Tenemos que salir mientras el rastro siga fresco —dijo Roa.
Han se mordió el labio inferior y pensó un momento.
—¿Tienes la nave aquí?
Roa se quedó atónito.
—Por supuesto. ¿Pero estás diciendo que yo te voy a llevar a ti? Eso sí
que es un cambio.
—¿Sí o no, Roa?
Roa hizo un gesto para calmarle.
—No me malinterpretes, hijo, para mí sería todo un placer. Es sólo que
imaginé que querrías llevarte el Halcón.
Han negó con la cabeza.
—Como dijo en cierta ocasión un androide muy inteligente que yo
conocía, el Halcón está más capacitado para huir que para acudir a un
encuentro. Además, se ha convertido en una nave fantasma.
CAPÍTULO 8
L as posturas agresivas resultan problemáticas cuando no se tiene ni la
menor idea de cuál es el plan de batalla de tu enemigo —dijo el
coronel Ixidro Legorburu a los comandantes de las Fuerzas de Defensa de
la Nueva República y a otros oficiales de alto rango—. Y es ahora, tras la
caída de treinta sistemas planetarios, la destrucción de Helska, Sernpidal e
Ithor, y la reciente pérdida de Obroa-Skai, cuando por fin empezamos a
comprender cuál es el camino que están trazando los yuuzhan vong en
nuestra galaxia.
Legorburu se había criado en el planeta agrícola de M’haeli, y eso le
proporcionaba una inteligencia aguda y una sabiduría callejera. Había
ejercido de oficial del Servicio de Inteligencia, y asistente táctico, durante la
crisis yevethana, siendo ascendido a director de la División de
Asesoramiento Bélico de la Flota Base.
—Pero, permítanme remarcar que siguen siendo un misterio tanto la
estrategia subyacente en sus ataques como sus objetivos finales.
Las circunstancias habían exigido que la reunión tuviera lugar en Kuat,
y no en Coruscant, aunque muchos oficiales y especialistas asistían por
medio de hologramas en tiempo real, tanto desde la capital de la Nueva
República como desde muchos otros planetas.
—¿Hemos llegado a alguna conclusión sobre su origen? —preguntó el
almirante Sien Sovv, piedra angular del personal de mando de las Fuerzas
de Defensa. El sullustano estaba sentado ante una consola de datos adaptada
a sus pequeñas manos, capaz de filtrar el ruido de fondo, que sin duda
habría resultado irritante para su aguzado sentido del oído.
—Como saben, el primer planeta en caer bajo el dominio de los
yuuzhan vong, o más bien debería decir bajo su crueldad, fue Belkadan,
donde la Sociedad ExGal tenía un puesto de observación —Legorburu
manipulaba un holoproyector parabólico para controlar una vista
tridimensional del Brazo Tingel de la galaxia—. Sin embargo, pese a que se
considera la posibilidad de que procedan de otra galaxia, nuestra suposición
inicial es que son nativos de algún sistema estelar local desconocido,
concretamente del Tingel central, a medio camino entre el Sector
Corporativo y el espacio del Remanente Imperial.
—¿Esa hipótesis sigue siendo viable? —preguntó el brigadier general
EtaHan A’baht.
El excomandante de la Quinta Flota también había estado involucrado
en la crisis yevethana. A’baht, un dorneano, tenía una piel curtida color
berenjena y párpados hinchados y abatidos.
Legorburu miró al representante del Instituto de Estudios de Seres
Inteligentes, con sede en Baraboo. Pero antes de que el ithoriano pudiera
responder, Sovv se puso en pie.
—Sé que hablo por todos los presentes al expresar mi más profundo
dolor ante lo sucedido en su planeta —dijo el almirante—. La galaxia ha
sufrido sin duda una gran pérdida.
Tamaab Moolis apreció las condolencias de Sovv con una inclinación de
su larga y ovalada cabeza curvada.
—Doy las gracias al almirante —dijo con una de sus dos bocas.
La simpatía sustituyó a la tristeza en sus separados ojos.
—Siguiendo la suposición de que los yuuzhan vong tuvieron su origen
en el Brazo Tingel, se hizo una búsqueda en nuestras bases de datos, pero
no encontramos nada que corroborara esa hipótesis. Un androide de
protocolo de Dubrillion afirmó que el lenguaje de los yuuzhan vong
recuerda vagamente al janguine, pero esa pista no nos ha llevado a ninguna
parte. Seguimos investigando la posibilidad de que los yuuzhan vong sean
una raza extinguida hace tiempo, nativa de nuestra galaxia, que ha
reaparecido de nuevo.
—¿Esa región del Tingel ha estado habitada alguna vez? —preguntó
Sovv.
El ithoriano contempló con respeto la presencia virtual de Been L’toth,
del Instituto de Investigación Astrográfica. Been, otro dorneano, era hijo de
Kiles L’toth, que había asumido el mando de la Quinta Flota cuando su
amigo EtaHan A’baht fue relevado del cargo.
—No creemos que una especie tan poderosa como los yuuzhan vong
haya podido salir de ahí —empezó a decir el holograma de L’toth—. Dada
la amplitud de sus recursos y el tamaño de su flota bélica, habrían tenido el
control de cientos de planetas, si no de sistemas, y es más que probable que
hubieran llamado antes nuestra atención. Como mínimo, habríamos oído
hablar de ellos a los trianii o a alguna otra especie residente en esa región
del Tingel. Pero también es cierto que el Brazo Tingel aún no ha sido objeto
de un estudio cartográfico preciso. Las primeras exploraciones fueron
interrumpidas por el inicio de las Guerras Clon. Ésa fue una de las razones
por las que el emperador Palpatine dio carta blanca a las Autoridades del
Sector Corporativo en esa zona. Actualmente nos sentimos inclinados a
pensar que los yuuzhan vong proceden realmente de otra galaxia —L’toth
hizo una pausa—. No de algún racimo estelar cercano, como los ssi-ruuk,
sino de otra galaxia.
A’baht resopló.
—Cualquier especie capaz de cruzar el espacio intergaláctico estaría
considerablemente más avanzada que nosotros. Del orden de cien
generaciones más avanzada. Pero las naves yuuzhan vong utilizan los
mismos puntos de entrada y salida del hiperespacio que las nuestras.
—Pero supongamos que llevan cientos de generaciones en tránsito —
dijo Legorburu—. Imagine por un momento una flota de naves llenando el
vacío, como las flotas de naves ithorianas, sólo que de un tamaño
considerablemente mayor.
A’baht hizo un gesto de rechazo con la mano.
—A mí me interesan los hechos, no la poesía.
Legorburu hizo un esfuerzo por no levantar el tono.
—Estamos intentando determinar si el emperador Palpatine conocía la
existencia de los yuuzhan vong, ya que sí conocía la de los ssi-ruuk. Gracias
a la generosidad del moff Ephin Sarreti, hemos tenido acceso a los registros
imperiales concernientes al Proyecto de Vuelo Exterior.
Fundado por el Senado a instancias del Maestro Jedi Jorus C’Baoth, el
Proyecto de Vuelo Exterior constituyó un intento fallido de ir más allá del
borde de la galaxia.
El holograma a tamaño real de Sarreti era transmitido desde Bastion, en
el lejano Remanente Imperial, y carecía casi de color, viéndose
interrumpido por interferencias diagonales. Un técnico aumentó el
volumen.
—… los registros imperiales no contienen mención alguna a los
yuuzhan vong. Aunque ahora se sabe que el emperador Palpatine mandó a
las Regiones Desconocidas al Gran Almirante Thrawn, que era un chiss, al
enterarse de que los chiss reforzaban sus defensas ante la amenaza de
invasión de un agresor desconocido.
Sovv y el resto de los comandantes se tomaron un tiempo en consultarse
unos a otros.
—¿Sugiere que los yuuzhan vong pudieron ser ese agresor? —preguntó
finalmente Sovv.
—Si pudiéramos establecer contacto directo con el chiss lo sabríamos
con seguridad —dijo Sarreti—, pero Jag Fel no tiene ningún interés en
servir de enlace, y ningún intento de comunicación con Nirauan ha obtenido
respuesta.
—¿Ha intentado enviar una nave? —preguntó A’baht.
Sarreti sonrió.
—¿Lo ha intentado usted, general? —cuando A’baht respondió con una
mueca, el moff añadió—: No tenemos intención de entrar en espacio chiss
sin invitación, arriesgándonos a librar una guerra en dos frentes.
—Entendido, moff Sarreti —dijo Sovv, asintiendo sombrío. Miró a
Legorburu—. Proceda con la reunión, coronel.
Legorburu proyectó una vista del Brazo Tingel en la mesa luminosa.
—Los yuuzhan vong están empleando Tingel Central como punto de
encuentro y cuartel general. Las fuerzas de reconocimiento enviadas a los
sectores cercanos, tanto aquí como en las colonias trianii, y aquí, en
Dathomir, han detectado una presencia creciente de naves
considerablemente mayores.
—Quiero cifras —dijo A’baht.
Legorburu asintió con la cabeza en dirección al tamariano Ayddar
Nylykerka, analista jefe de recursos durante la crisis yevethana, y ahora
director del Servicio de Inteligencia de la Flota.
—Basándonos en los datos que ahora tenemos, calculamos que la flota
de los yuuzhan vong asciende a mil naves capitales, agrupadas en fuerzas y
flotillas, que comprenden entre veinticinco y setenta y cinco naves.
Sovv y el resto intercambiaron miradas de asombro.
—Puede que a los presentes les agrade saber que el Senado ha ratificado
el Acta de Reclutamiento Universal —añadió Nylykerka rápidamente—, y
que los astilleros de Kuat, Bilbringi, Sluis Van y Fondor esperan duplicar su
producción de cruceros pesados para finales del próximo año.
—El próximo año —repitió Sovv—. Para entonces tendremos a los
yuuzhan vong sentados en nuestros regazos.
—Sí, señor, pero la cantidad actual de cruceros de batalla mon calamari
clase Mediator, de cruceros de asalto bothanos y de defensores estelares
corellianos de clase Viscount es suficiente para enfrentarnos a los yuuzhan
vong en multitud de frentes.
Sovv asintió.
—¿En qué se parecen las naves enemigas a las nuestras?
Nylykerka contempló sus apuntes.
—Si hablamos en términos de tamaño y armamento, la flota se
compone de análogos en naves bélicas. Cruceros, destructores, transportes
de tropas, fragatas, corbetas y artilleros, además de los análogos a nuestros
cazas, conocidos como coralitas. Los informes de reconocimiento indican
que las naves yuuzhan vong que han llegado recientemente son
comparables en tamaño y potencial armamentístico a los destructores
estelares clase Súper.
La mesa luminosa proyectó un ejemplo de nave yuuzhan vong.
—Ésta es la nave de mando de Obroa-Skai —dijo Nylykerka—. Gran
cantidad de zonas de su superficie de coral yorik son capaces de generar
una energía destructora equiparable a la que emiten nuestros turboláseres o
cañones de iones más potentes. La nave no tiene un sistema de escudos
como tal, sino que emplea anomalías gravitatorias para absorber o rechazar
cualquier proyectil que se acerque a ella. Las anomalías son controladas por
dispositivos orgánicos llamados dovin basal, que también combinan las
funciones de motores retropropulsores, de subluz y de hiperespacio.
Nylykerka empleó un puntero láser para señalar los delgados objetos
que se proyectaban a proa y popa de la nave nodriza.
—Los brazos también están equipados con cañones de plasma, sellados
en la punta con válvulas orgánicas de tres hojas. Y lo que es más, cada una
lleva el equivalente a un escuadrón de coralitas, igualmente equipados con
escudos y capaces de lanzar tanto proyectiles como plasma. En principio
pensábamos que los coralitas se manejaban a distancia, como los viejos
cazas droides de la Federación de Comercio o los CCIRs de la Corporación
Loronar, pero lo cierto es que se pilotan individualmente. Al menos hasta
cierto punto. Quiero decir que, al parecer, las estrategias de combate son
dirigidas por una criatura llamada yammosk, o Coordinador Bélico, que
hace las veces de ordenador biológico de análisis de batalla.
El puntero láser señaló las irregularidades del casco de la nave nodriza.
—No hemos podido determinar por qué algunas porciones de la nave
son regulares. Sin embargo, ciertas marcas observadas en las zonas pulidas
sugieren similitudes en los símbolos y jeroglíficos que vemos a menudo en
las naves ovoides de los monjes aing-tii. Creemos que podrían servir de
indicadores de linaje o de estatus, en vez de indicar un rango militar.
Legorburu rompió el asombrado silencio de los comandantes.
—Desde que entraron en el Brazo Tingel, los yuuzhan vong se han
estado desplazando de forma oblicua hacia el Núcleo. El ataque a Obroa-
Skai podría significar el inicio de una incursión en el Borde Medio, pero
sería prematuro realizar especulaciones al respecto.
—Pues más nos vale empezar a especular —gruñó A’baht—. No
podemos quedarnos eternamente a la defensiva.
Legorburu enganchó un dedo en el cuello del uniforme y prosiguió.
—Si los yuuzhan vong siguen con su rumbo actual, sin desviarse de
forma significativa de esta elipse, pasarán rozando la Constelación Hapes, y
quizá Kashyyyk. Pero el Sector Meridian y los espacios hutt, bothawui,
rodiano y ryloth están casi en su camino.
A’baht miró en torno suyo por la sala.
—¿Realmente hay alguien que crea que los yuuzhan vong están sólo de
paso, destruyendo mundos y sacrificando pueblos? —nadie respondió, y él
añadió—: ¿Qué opciones tenemos si se acercan al Núcleo?
Nylykerka dirigió el holoproyector para mostrar la disposición de las
flotas principales.
—El almirante Pellaeon ha ordenado a sus naves que regresen al
Remanente Imperial para protegerlas de la invasión. Hay elementos de las
Flotas Tercera y Cuarta por toda la Vía Hydiana y la Ruta Comercial
Perlemiana. Gran parte de la Segunda Flota está situada en el sector más
cercano al núcleo de la Constelación Hapes, cerca de Borleias. También hay
elementos de la Primera y de la Quinta en Coruscant, Kuat, Chandrila,
Commenor y Fondor.
—La disposición y el potencial de nuestra flota no nos llevarán muy
lejos —dijo Sovv al cabo de un momento—. Es más importante que
sepamos algo de los yuuzhan vong como especie. ¿A qué clase de seres nos
enfrentamos exactamente?
Legorburu miró los rostros de las pantallas.
—Bueno, doctora Eicroth, quizá quiera usted aclarar la pregunta del
almirante.
El holograma de Joi Eicroth hacía justicia a su resplandeciente belleza
de melena rubia. Brevemente casada con el almirante Drayson, seguía
trabajando con él como agente de Alfa Azul, una agencia secreta del
Servicio de Inteligencia de la Nueva República. Había sido de las primeras
en contemplar una Qella recuperada en Maltha Obex, y actualmente
formaba parte del equipo de xenobiólogos encargado de trazar un perfil de
los yuuzhan vong.
—Básicamente, tratamos con una especie casi humana —dijo Eicroth
—. Tanto externa como internamente… exceptuando, por el momento, a las
tropas de invasión reptiloides semi-racionales que los yuuzhan vong
emplearon en Dantooine, Garqi e Ithor. Esto lo sabemos gracias a que el
Maestro Jedi Luke Skywalker no sufrió efectos secundarios tras ponerse el
casco de un coralita y un respirador orgánico yuuzhan vong. Pero los
ejemplares en los que se han realizado autopsias presentan elementos
desconcertantes.
La representación holográfica de tres yuuzhan vong apareció sobre la
mesa luminosa, rotando lentamente mientras Eicroth continuaba hablando.
—Las distinciones que se pueden observar: la cabeza curiosamente
alargada de éste, las costillas auxiliares de este otro o las marcas profundas
realizadas en el torso de éste, pueden indicar la existencia de distintos
grupos de linaje entre los yuuzhan vong. Es evidente que se someten a lo
que deben de ser alteraciones físicas en extremo dolorosas para servir a
algún ideal religioso o guerrero. En cualquier caso, la uniformidad de las
desfiguraciones y marcas sugiere una compleja jerarquía social.
»Algo coherente con la naturaleza de la ciencia aplicada de los yuuzhan
vong, que, por lo que se ha podido determinar, se basa exclusivamente en
una forma de tecnología animada. El uso de biorreactores, neuromotores y
armas biológicas es indicativo de una especie que concede gran importancia
a la materia viva, en vez de a las innovaciones artificiales. Nosotros
inventamos máquinas, ellos crean formas de vida que cumplen la misma
función que las máquinas.
—¿Son fáciles de vencer? —pregunto A’baht por encima del murmullo
de las distintas conversaciones.
—Son más altos y de mayor envergadura que la mayoría de los
humanos —dijo Eicroth—. Son fuertes y en algunos casos esa fuerza se ve
aumentada por armaduras vivientes. Pero las armas convencionales pueden
matarlos y parece que también los sables láser Jedi. Sabemos que el polen
del árbol bafforr es un alérgico para sus armaduras, pero aún tardaremos un
tiempo en sintetizar una cantidad que pueda utilizarse de forma efectiva
como arma o agente biológico. Aun así, cada encuentro nos ha
proporcionado datos adicionales sobre sus puntos débiles… psicológicos,
anatómicos y sociales.
Se hizo el silencio hasta que el comodoro Brand, ex comandante del
crucero Indomable, de la Quinta Flota, y el más escéptico de los
comandantes capitales, tamborileó en la consola con sus gruesos dedos.
—Llevo todo este tiempo aquí sentado, escuchando estos informes, y no
dejo de preguntarme una cosa: ¿Qué quieren realmente de nosotros? ¿Es
esto una guerra territorial, de recursos, religiosa o debida a alguna injusticia
cometida en el pasado de la cual ni siquiera tenemos constancia? ¿Los
yuuzhan vong nos consideran escoria, como hacía la Liga Yevethan
Dushkan, o quieren nuestra energía vital, como los ssi-ruuk?
Cualquiera que pudiera estar formulando una respuesta se vio
interrumpido por el técnico de comunicaciones.
—Señores —dijo, dirigiéndose a Sovv y a sus colegas—, tengo al
director Scaur con un mensaje urgente que, según él, tiene que ser oído por
todos.
Sovv murmuró una maldición.
—De acuerdo. Activen el aislamiento y conéctelo.
Un holograma de medio plano del director del Servicio de Inteligencia
de la Nueva República apareció en el campo de contención sónica que
tenían los comandantes.
—Almirante, acabo de recibir noticias de un incidente que tuvo lugar
ayer por la mañana, hora estándar, en el Sector Meridian —comenzó el
cadavérico Scaur—. Las buenas noticias son que el crucero ligero Soothfast
se ha enfrentado y destruido a una nave enemiga cerca de Éxodo II. Hay
noticias mejores: dos yuuzhan vong consiguieron escapar en una nave y han
sido capturados con vida. Pero lo sorprendente es que los prisioneros han
solicitado asilo político.
Sovv se apoyó en el respaldo, con sus redondeados ojos negros más
vidriosos de lo normal, y contempló con asombro a A’baht y a Brand.
—Bueno, caballeros, parece que después de todo sabremos lo que
buscan los yuuzhan vong.
CAPÍTULO 9
S iempre supe que tenías debilidad por los lujos —comentó Roa cuando
Han y él subieron desde el taxi retropropulsor que les había llevado a la
galería de la residencia Solo, situada en una de las barriadas más exclusivas
del Distrito Administrativo.
—No te lleves a engaños —dijo Han—. Es más pequeño de lo que
parece por fuera.
Roa subió a la galería y miró hacia abajo, y luego hacia arriba. Aunque
el elegante apartamento estaba muy bien ubicado, había casi tantas plantas
por encima como por debajo.
—Vaya, estás a apenas trescientos metros de la cumbre. Es casi el ático
—sonrió a Han con picardía—. Deberías estar orgulloso de lo que has
logrado. No creo que a ninguno de mis otros aprendices le haya ido tan bien
como a ti.
—Es gracias a mi mujer —murmuró Han, avergonzado—. Su trabajo
tiene muchos beneficios marginales.
—Siempre es un placer saber a qué se destinan mis impuestos.
La puerta reconoció a Han y se abrió. C-3PO estaba en el recibidor
embaldosado, con los brazos separados del cuerpo y la cabeza ligeramente
ladeada.
—El amo Solo… y un invitado. Bienvenido a casa, señor —y dijo a Roa
—: Soy Cetrespeó, relaciones humano-cibernéticas.
Entrando en el recibidor abovedado, Roa susurró:
—Estoy esperando a oír el eco.
—Déjalo ya, por favor —dijo Han entre dientes—. Además, antes
teníamos una casa más pequeña en Torre Orowood, pero cuando los chicos
empezaron a crecer…
Roa le interrumpió.
—Por mí no hace falta que racionalices los lujos. Yo no viviría en
Coruscant ni por todos los créditos del Banco de la Nueva República, pero
puestos a residir aquí, hay que hacerlo a lo grande.
Han frunció el ceño y se volvió hacia C-3PO.
—¿Dónde está Leia?
—En el dormitorio principal, señor. Estaba ayudándola a hacer las
maletas cuando me envió a recoger esto —C-3PO alzó un pañuelo de
brilloseda que Han regaló a su mujer la última vez que viajaron a
Bimmisaari.
—¿Maletas? ¿Adónde va?
—Lo cierto, señor, es que aún no se me ha informado del destino.
—Eso dificultará la elección de la ropa —comentó Roa.
C-3PO se giró hacia él. Si hubiera tenido las partes necesarias, sus
relucientes fotorreceptores iluminados habrían parpadeado.
—¿Señor?
Roa se limitó a sonreír.
Han miró a Roa.
—Espera aquí mientras soluciono esto.
Roa asintió.
—Estoy totalmente de acuerdo.
—Amo Solo, señor, creo que tendré que acompañar a la señora Leia.
—¿Y qué? —le preguntó Han mientras se aproximaba a la escalera de
caracol.
—Bueno, señor, ya sabe lo que pienso de los viajes espaciales, y pensé
que podría intervenir en mi favor.
Han soltó una risilla.
—Lo siento mucho por ti, Trespeó.
C-3PO ladeó la cabeza con un gesto de sorpresa, encantado, ya que no
había percibido en absoluto el tono sarcástico de Han.
—Pues muchas gracias, señor. Puede que la compasión no me salve de
mis responsabilidades, pero anima mucho saber que al menos hay una
persona que se preocupa lo suficiente como para decirlo. Hace tiempo que
creo que usted es el más humano de todos los humanos. De hecho, la
semana pasada le contaba a…
El parloteo incesante del androide persiguió a Han hasta el dormitorio
principal, donde encontró a Leia colocando su ropa sobre la cama. Iba
descalza y vestía una fina túnica de brilloseda. Llevaba el pelo recogido en
la nuca, pero algunos mechones le colgaban por la cara.
—Últimamente te estás marchando cada vez que vengo. Igual deberías
dejar la maleta siempre hecha.
Ella se quedó de piedra al verlo.
—¿Dónde has estado? Llevo toda la mañana intentando hablar contigo.
Han se frotó la nariz.
—Paseando por mis recuerdos. Y de todas formas, tenía apagado el
intercomunicador —señaló la maleta abierta—. Trespeó me ha dicho que os
vais a alguna parte.
Leia se sentó en el borde de la enorme cama y se recogió un mechón de
pelo detrás de la oreja.
—Ni más ni menos que a Ord Mantell. El problema de los refugiados se
ha agravado. Escasez de comida, enfermedades, familias separadas… Y
encima ahora cuestionan los motivos que tiene la Nueva República para
ayudar. El consejo asesor me ha pedido que me reúna con los jefes de
Estado de varios planetas de los Bordes Medio e Interior para discutir
posibles soluciones.
—¿Qué sospechan?
—Mucha gente cree que, cuando nos hayamos librado de los yuuzhan
vong, la Nueva República estará en posición de anexionarse cientos de
planetas y sistemas.
—No si las cosas siguen yendo como hasta ahora.
—Lo sé —dijo Leia, preocupada.
Han contempló la maleta una vez más.
—¿No te cansas nunca de tus misiones por compasión?
—La compasión empieza por uno mismo —interrumpió C-3PO, y luego
prosiguió—: No, esperen. Creo que la frase es: «La generosidad empieza
por uno mismo». Vaya, creo que tengo interferencias. La ansiedad de hacer
las maletas para un viaje espacial…
—¡Trespeó! —dijo Han, señalándole con un dedo amenazador.
El lenguaje corporal humano era uno de los millones con los que C-3PO
estaba familiarizado, así que se calló inmediatamente.
Leia miró al androide y luego a Han.
—Las «misiones por compasión» son mi trabajo. Intento ayudar en lo
que puedo.
Han asintió con despreocupación.
—La verdad es que no puede ser más muy oportuna, porque yo también
voy a ausentarme un tiempo.
Leia se le quedó mirando.
—¿Adónde vas?
—No estoy seguro.
Leia alzó las cejas.
—¿No estás seguro?
—Así es —dijo Han, mirando hacia el salón, en el que Roa admiraba
una estatua de cristal que Leia había comprado en Vortex.
Leia siguió la mirada de Han.
—¿Quién es?
—Un viejo amigo.
—¿Tiene nombre?
—Roa.
—Bueno, es un comienzo —dijo Leia en tono jocoso—. No sé adónde
vas, pero al menos sé con quién estás… Por si acaso tengo que contactar
contigo —hizo una pausa—. ¿Te llevas el Halcón?
Han negó con la cabeza.
—Cógelo cuando quieras.
Leia le miró fijamente.
—¿Han, de qué va todo esto?
—Vamos en busca de un amigo mutuo.
—¿Y tenéis que salir ya?
Han le clavó la mirada.
—Es ahora o nunca, Leia. Es así de simple —cogió una maleta del
armario y empezó a llenarla de ropa.
Leia le miró un largo instante.
—¿No puedes quedarte al menos hasta que vuelva Anakin? Llevas toda
la semana evitándolo.
Han siguió dándole la espalda.
—Despídete tú por mí.
Leia se puso delante de él.
—Él y tú tenéis que deciros mucho más que un simple adiós. Está
confundido, Han. Dices que no debería sentirse responsable por lo que pasó
en Sernpidal, pero tu silencio y tu ira le indican todo lo contrario. Tienes
que ayudarle a recuperarse.
Han se la quedó mirando.
—¿Para qué me necesita? Tiene la Fuerza —entrecerró los ojos—. ¿Qué
me dijo Luke? Que como los niños son Jedi, yo acabaría por no poder
mantenerme a su altura. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido. Me han
sobrepasado.
—Luke no quería decir eso —Leia se acercó a él—. Han, escúchame.
La necesidad de Anakin de vengar a Chewie tiene tanto que ver con
complacerte a ti como con perdonarse a sí mismo. Necesita tu comprensión
y tu apoyo. Necesita tu amor, Han. Ni siquiera la Fuerza puede darle eso.
Han resopló.
—Si intentas hacer que me sienta culpable, lo estás consiguiendo.
—No intento hacer que te sientas culpable. Sólo intento… —se detuvo
y dejó caer los hombros—. Olvídalo, Han. ¿Sabes qué? Quizá te venga bien
alejarte por un tiempo.
Han no respondió, se acercó a la unidad de la pared y empezó a rebuscar
en uno de los cajones. Al cabo de un rato encontró su vieja pistola láser DL-
44, de treinta años. Pasó el pulgar por el núcleo del puente superior y se
metió el arma en la funda, cortada ex profeso para dejar al descubierto el
seguro del gatillo.
Leia le vio meter el arma en la maleta.
—Prométeme que eso es para un concurso de puntería —dijo ella,
preocupada.
***
A primera vista, el maletín que colgaba de la mano del humano de
complexión atlética y pantalones baratos parecía una maleta corriente, algo
en lo que no se fijarían los ladronzuelos de la terminal de Bagsho, en Nim
Drovis. La firmeza con la que agarraba el maletín podría haber revelado a
más de uno que el contenido era más valioso de lo que parecía, pero el
hombre bastaba para disuadir hasta al ladrón más desesperado. Caminaba
con total confianza, y la amplia chaqueta que llevaba no ocultaba del todo
la anchura de sus hombros. Y, además, era obvio que intentaba pasar
desapercibido a toda costa.
Cruzó la aduana sin incidentes y siguió las indicaciones hasta el
transbordador que le llevaría a las Instalaciones Médicas del Sector.
Nim Drovis había cambiado desde la época en la que Ism Oolos dirigía
el complejo. La Nueva República había financiado una estación
meteorológica para regular las abundantes y habituales lluvias, en
compensación por los efectos de la plaga de la Semilla de la Muerte durante
el reinado de Seti Ashgad, en el cercano Nam Chorios, y los Jedi habían
negociado un acuerdo entre los drovianos y las tribus gopso’o. Los líquenes
y hongos que crecían de forma descontrolada estaban ahora bajo control, y
los canales de la Ciudad Vieja ya no eran los pantanos fétidos de antaño. La
cría de babosas se había convertido en el negocio del siglo.
Cuando llegó al renovado centro médico, el hombre del maletín se
regocijó en silencio al ver la cantidad de guardias drovianos armados que se
movían por las cercanías, con los rifles láser entre los tentáculos o las
pinzas. Tras someterse al escáner de la entrada, se le permitió el acceso a la
espaciosa zona de recepción gestionada por drovianos y humanos, algunos
de los cuales podían descender de los alderaanianos que en un principio
colonizaron Nim Drovis.
El hombre se acercó a la recepcionista droviana del mostrador principal.
—Tengo una cita con el doctor Saychel.
—Dígame su nombre —dijo ella con la boca llena de zwil.
—Cof Yoly.
Ella le indicó que tomara asiento. Un rato después le pidió que volviera
al mostrador, donde una voz humana se dirigió a él desde un
intercomunicador.
—Aquí el doctor Saychel. ¿Ha preguntado por mí?
—Sí. Creo que he contraído triquinitis en Ampliquen.
—¿Y por qué no se trató allí?
—El centro médico se negó a aceptar mi seguro.
Saychel se quedó en silencio un momento.
—Entre por la puerta de la izquierda del mostrador y siga las
indicaciones para llegar al laboratorio.
Las indicaciones le hicieron pasar por delante de primitivas salas de
consulta y de operaciones, entrar y salir de edificios de madera, llevándolo
finalmente a un laberinto de pasillos medio iluminado, donde doce años
antes se pusieron en cuarentena a las víctimas de la plaga de la Semilla de la
Muerte. Saychel, el jefe de estación de Nim Drovis, llevaba un traje
anticontaminación parcialmente sellado y unas gafas de macrolente.
—Bienvenido a Bagsho, mayor Showolter —dijo Saychel
calurosamente—. Jamás pensé ver por aquí a alguien de su rango.
—Pues fui yo quien ganó al tirar la moneda —dijo Showolter.
—Creo que puedo comprender el interés de todos.
Showolter y Saychel se conocían de Coruscant, donde trabajaron juntos
en un piso franco en las entrañas del Distrito Gubernamental, codeándose
ocasionalmente con gente como Luke Skywalker, Han Solo y Lando
Calrissian. La espesa cabellera rubia de Saychel se había tornado un
blanquecino casco amarillo, y tenía las mejillas enrojecidas por los capilares
rotos.
—Estoy seguro de que eres tú —dijo Saychel—, pero quiero
comprobarlo.
Showolter asintió y abrió los brazos para someterse al escáner que
Saychel sacó de uno de los bolsillos del traje de aislamiento.
—Para eso le pagamos, profesor.
El escáner localizó rápidamente el implante que Showolter llevaba en el
bíceps derecho y verificó su identidad.
—¿Dónde están nuestros dos trofeos? —preguntó Showolter.
Saychel le condujo a través de una puerta con seguridad retinal, hasta un
enorme ventanal de transpariacero que daba a la parte trasera del
laboratorio. Los dos supuestos desertores yuuzhan vong se encontraban en
la sala a la que daba la ventana, vestidos con ropa de hospital, sentados en
camas separadas y conversando tranquilamente en lo que Showolter creía
su idioma. En la sala había también una mesa, sillas y una unidad portátil de
aseo.
Al observar a la hembra yuuzhan vong, los ojos castaños de Showolter
se abrieron interesados.
—No pensé que el enemigo fuera capaz de producir algo tan atractivo.
—Sí —asintió Saychel, mirando a través del transpariacero—, es un
espécimen atractivo.
—¿Y el otro qué es? ¿Su mascota o su compañero?
—Un poco las dos cosas, creo. En cualquier caso, son inseparables. Y la
«mascota», a falta de una palabra mejor, parece tan lista como su dueña.
—¿Tan lista? ¿Es hembra?
—Sin duda alguna. Puede que pertenezca a una especie autóctona de la
galaxia natal de los yuuzhan vong, o puede que la hayan generado de forma
artificial…, genéticamente.
—¿Algún problema con el traslado?
Saychel negó con la cabeza.
—No me preguntes de dónde los sacaron, pero el equipo del Soothfast
los sacó del pozo en una jaula de energía. Los pusimos aquí después de
terminar los escáneres y las pruebas iniciales.
—He leído los informes. ¿Alguna sorpresa?
—Nada digno de mención.
—¿Y la cápsula de salvamento?
—Es igual que los cazas yuuzhan vong, aunque carece de armamento.
Está compuesta de una especie de coral negro, y se mueve impulsada por un
dovin basal… que, por desgracia, había fallecido a su llegada —Saychel
señaló una mesa cercana donde una masa azul de un metro de ancho y en
forma de corazón flotaba en un gran recipiente lleno de líquido
conservador.
—Es más interesante que vuestro motor retropropulsor estándar.
—Bastante —dijo Saychel muy serio.
Showolter miró a un segundo recipiente, más pequeño, que contenía un
dispositivo marrón del tamaño de una cabeza humana, coronado por una
especie de cresta.
—¿Qué es esa cosa?
Saychel se acercó al recipiente.
—Se adapta a la descripción de un villip… Un comunicador orgánico.
—¿Está vivo?
—Eso parece.
—Y… ¿ha dicho algo?
—No, pero no se me ha ocurrido preguntarle nada.
Showolter frunció el ceño, masajeándose inconscientemente el bíceps
derecho, y luego miró a los prisioneros.
—¿Han recibido alimento?
—Lo normal. Aunque lo cierto es que a la pequeña parece gustarle
nuestra comida.
—Quizá sea así como ganemos esta guerra: con comida.
—He oído sugerencias más absurdas.
—¿Habéis conseguido hablar con ellas?
—La yuuzhan vong…, su nombre es Elan, por cierto, habla Básico.
Dice que aprenderlo fue parte de su formación.
—¿Formación de qué?
Saychel sonrió.
—Agárrate. Es Sacerdotisa.
Showolter arqueó las cejas.
—No puede ser cierto —miró a Elan—. Me pregunto si practicará el
celibato.
—No se me ha ocurrido preguntárselo —dijo Saychel—, pero parecía
sincera respecto a su petición de asilo político. Para pasar el rato, le hice un
análisis de tensión en la voz, y los resultados respaldan mi opinión.
—¿Han pedido algo más?
—Reunirse con los Jedi. Elan afirma tener información sobre una plaga
de esporas que los yuuzhan vong liberaron antes de iniciar su invasión.
Showolter se rascó la cabeza.
—A la mascota le gusta nuestra comida, la Sacerdotisa habla Básico,
conoce la existencia de los Jedi y quiere asilo… Y ahora me dirás que han
apostado en las finales de pelota —suspiró—. El director Scaur quiere que
los llevemos a Wayland para una reunión preliminar. Discretamente, claro
está. Ya se ha avisado a nuestros agentes noghri.
—¿Vais a organizar vosotros el traslado?
Showolter asintió.
—Es obvio que es una trampa —dijo Saychel—. Me refiero a estas dos.
—Por supuesto. Pero también podría ser nuestra única oportunidad de
interrogarlas, y no estamos en posición de dejar pasar algo semejante.
Aunque debamos concertar ese encuentro con los Jedi.
***
—Bienvenido a bordo —dijo Roa cuando Han y él llegaron al final de
la enmoquetada rampa de pasajeros del SoroSuub 3000.
Tras un vistazo rápido, le tocó el turno a Han de soltar un silbido de
admiración. Todos los modelos de serie de esa nave aerodinámica de
cabezapuntiaguda se consideraban lujosos, pero el Daga Afortunada subía
el listón. Desde las pasarelas hasta las consolas, lo que no era mobiliario en
madera había sido creado para parecerlo, y en cada agujero y saliente había
una valiosa obra de arte o un costoso holograma. El sillón de aceleración
estaba forrado con piel de crosh y brilloseda.
—¿Esto es fijisi? —preguntó Han sin poder creerlo, pasando los dedos
por el parquet.
—Lo cierto es que es uwa —dijo Roa—. Lo conseguí de un yate de
placer alderaaniano abandonado. Los piratas lo habían despojado de casi
todo lo demás.
Han miró a su alrededor, inspeccionando los detalles y negando con la
cabeza.
—¿Sabes quién solía pilotar uno de éstos? Lando Calrissian. Pero ni
siquiera el suyo estaba a la altura de éste.
—O Lando ha cambiado mucho desde la última vez que lo vi, o debió
de gastarse más en dispositivos de seguimiento y armamento que lo que me
costó a mí equipar toda esta nave.
—Es probable —Han sonrió a Roa, agradecido por volver a estar con él
tras la tensión de casa—. ¿Y a qué te dedicas? ¿Le alquilas espacio libre en
la cabina a orquestas ambulantes de jizz?
Roa se rió.
—Nunca he ocultado que los agentes de impuestos y aduanas que
empleé en Bonadan me hicieron un hombre rico. Pero ahora esta nave es lo
único que tengo.
Dio una palmada a Han en el hombro y le llevó a la estancia delantera
principal, en la que un androide plateado y reluciente salió a su encuentro
desde un compartimento.
—Disculpe, amo Roa, pero hay un extraño acercándose a la nave.
—Han, éste es Vacío —dijo Roa—. Escapó de la destrucción a manos
de algunos de los fanáticos anti-androides de Rhommamul, pero el
incidente fue tan traumático que tuvo que sufrir un borrado de memoria.
Fue una ganga, pero me costó quinientos créditos de Coruscant devolverle a
su estado normal.
Roa ordenó a Vacío que mostrara al extraño en los escáneres de
seguridad que habían apostado en el hangar. Una pantalla de la consola
mostró enseguida la imagen de un adolescente de pelo castaño y ojos azules
que llevaba una túnica blanca hasta las rodillas y pantalones marrones.
—¿Le reconoces? —preguntó Roa.
Han entrecerró los ojos.
—Es mi hijo pequeño.
***
Anakin ya estaba al pie de la rampa del Daga Afortunada cuando
apareció Han. Los escáneres habían captado la agitación del chico. Y la
intranquilidad se había tornado ahora precaución.
—Hola, papá —dijo, algo asustado.
Han bajó a zancadas por la rampa y posó las manos en las caderas con
los pulgares hacia atrás.
—¿Cómo me has encontrado?
Anakin dio un paso atrás.
—Mamá me dijo que te ibas con alguien llamado Roa, y que no te
llevarías el Halcón. No fue muy difícil localizar este hangar.
La expresión de Han se endureció.
—Espero que ella no te mandara aquí para averiguar adónde voy,
porque, como ya le dije, todavía no lo sé.
Anakin frunció el ceño.
—No me envía ella. Vine porque quise.
—Ah —dijo Han suavemente, incómodo—. Entonces…
—Tengo… tengo algo para ti —Anakin se quitó una pequeña cajita de
cuero que tenía prendida en el cinto de la túnica—. Considéralo un regalo
para el viaje.
El ligero cilindro que Han extrajo del interior de la caja era más corto
que su mano y no tenía más de cuatro dedos de ancho. Tenía marcas a lo
largo y parecía estar hecho de algún tipo de aleación de memoria.
—Me rindo —dijo al fin—. ¿Qué es?
—Una herramienta de supervivencia —con el rostro ligeramente
iluminado, Anakin cogió el dispositivo y realizó varios movimientos para
acceder a una serie de utensilios en miniatura que incluían cuchillos,
abridores, una luma y cosas así. La herramienta incluso tenía un
macrofundidor y un transpirador en miniatura.
Han se quedó sin palabras durante unos instantes.
—Mira, hijo, es un instrumento muy interesante, pero no tengo planeada
ninguna excursión campestre para el futuro cercano.
—Me la hizo Chewie —dijo Anakin, incómodo.
Han se entristeció.
—Otra razón para que no la acepte, si la hizo para ti.
Pero Anakin volvió a ponerla en la mano de su padre.
—Quiero que la tengas tú, papá —sus ojos le contemplaron nerviosos.
Han hizo amago de protesta, pero se lo pensó mejor. La herramienta era
una ofrenda de paz, y negarse a aceptarla sólo serviría para ensanchar el
abismo que les separaba desde Sernpidal.
—Primero la ballesta de Chewie y su alforja, y ahora una herramienta
de supervivencia. Ni en mi cumpleaños me han regalado tantas cosas —se
obligó a sonreír y manoseó un poco la herramienta—. Igual me resulta útil.
—Espero que sí —murmuró Anakin.
Han arqueó una ceja.
—¿Por qué me suena eso al típico comentario críptico propio de tu tío?
—Sólo quería decir que a Chewie le gustaría que utilizaras algo hecho
por él.
—Sí, la verdad es que sí —dijo Han, mirando hacia otro lado—.
Gracias, hijo.
Anakin estaba a punto de decir algo cuando Roa llamó a Han desde lo
alto de la rampa.
—Estamos listos para el despegue.
Han se volvió hacia Anakin.
—Es hora de irse.
—Claro, papá. Cuídate.
Se abrazaron de forma breve y rígida. Han se encaminó hacia el Daga
Afortunada, pero se detuvo a medio camino de la rampa y se giró hacia
Anakin.
—Todo se arreglará, ¿sabes?
Anakin le miró, pestañeando para alejar las lágrimas de los ojos.
—¿El qué…? ¿La guerra, lo mal que me siento por lo de Chewie o el
que te marches sin decir a nadie adónde vas?
CAPÍTULO 10
I mponente en tamaño, coloración y compostura, el comandante Tla
caminaba de un lado a otro a los pies de la basta plataforma de mando,
en las entrañas de la nave de Harrar. De los extremos de su ancha espalda
colgaba la larga túnica de campaña que se agitó siseante cuando se volvió
para mirar al Sacerdote y a Nom Anor.
—Destruir la nave larva fue un despilfarro —gritó Tla—. Debieron
buscar otra forma de poner a Elan en sus manos.
—Cualquier otra estratagema habría resultado incluso más costosa a
largo plazo —replicó Harrar—. Y la verdad es que la tripulación de la nave
larva aceptó de buen grado su muerte, satisfechos de verse ennoblecidos
con la importancia del sacrificio.
Tla lanzó una mirada iracunda a su estratega. Tla había sido ascendido
tras la muerte de Shedao Shai en Ithor, y llevaba su rango con irritación.
—Con el debido respeto, eminencia Harrar —dijo Raff—, pero esto no
es un juego que se gane con la astucia. Estamos librando una guerra santa.
—Ah, pero toda guerra es en parte como un juego. Necesitábamos que
la huida de Elan pareciera creíble.
Tla resopló.
—Usted es un recién llegado a este terreno, Sacerdote. Subestima a los
infieles. No tardarán en descubrir su artificio.
—¿Usted cree? Entonces le sorprenderá saber que Elan ya ha sido
puesta en custodia preventiva.
El estratega Raff miró a Harrar con gesto incrédulo.
—Le aconsejo que no saque muchas conclusiones de eso, eminencia.
Elan es la primera de nosotros que consiguen capturar con vida.
—Por supuesto. Pero sé dónde está y adónde la llevarán a continuación.
Tla se volvió hacia Nom Anor, escéptico.
—¿Es obra de sus trucos y sus agentes, Ejecutor?
Nom Anor esbozó una sonrisa, pero negó con la cabeza.
—Por desgracia no, comandante.
—Entonces, ¿cómo lo sabe? —preguntó Tla.
Harrar se acercó a uno de sus acólitos, que se adelantó portando un
villip marrón claro ligeramente chato, como si fuera un recién nacido.
Harrar cogió con cuidado el villip en sus manos y lo acunó en su brazo
izquierdo.
—Los captores de Elan fueron lo bastante estúpidos como para llevarse
con Elan el gemelo de este pequeño. Y él ha cumplido con su deber al
contárnoslo —Harrar acarició la cresta del villip con su mano derecha, que
sólo tenía tres dedos—. Vamos, pequeño, repite lo que me has contado
antes.
El comandante Tla y el estratega se acercaron interesados.
El tejido irregular del centro de la cresta se expandió, y el villip empezó
a volverse del revés. Cuando completó el proceso, intentó imitar lo mejor
que pudo los atractivos rasgos de Elan.
—Wayland —dijo la criatura—. Wayyy… land.
***
La nave civil Segue recorrió el cielo de las tierras altas y montañosas del
noreste del continente principal de Wayland. Un bosque espeso y cerrado
cubría la ladera sur del ahora truncado monte Tantiss, pero al Este había
enormes zonas deforestadas por la explosión sísmica que destruyó el
almacén del emperador Palpatine, más de quince años antes.
Uno de los tres pasajeros de la nave, Belindi Kalenda, la directora
delegada de operaciones del Servicio de Inteligencia de la Nueva
República, apoyó la cara en el cristal para apreciar el paisaje en toda su
amplitud. Mientras la nave descendía, avistaron una pequeña ciudad al pie
de las montañas.
—Qué sorpresa —comentó Kalenda a su compañera de asiento—. Me
imaginaba Nueva Nystao como una aldea.
Delgada, de coloración oscura, ojos espaciados y voz ronca, Kalenda
sólo llevaba doce años con el SINR, pero su éxito al frustrar una peligrosa
conspiración en el sistema corelliano le había facilitado el ascenso.
La xenobióloga Joi Eicroth se acercó a la ventanilla para echar un
vistazo.
—Así empezó, pero ahora son casi diez mil los que habitan la zona.
Myneyrshi, psadans y humanos, además de los quinientos o más noghri que
fundaron el lugar.
—¿Y todo el mundo se lleva bien?
—De momento.
Kalenda rió, un poco para sí misma.
—Los noghri desprecian todo lo relacionado con Palpatine, pero no les
importa vivir en un planeta al que él dio nombre.
—No se ha llegado a demostrar que Wayland fuera el nombre con el
que Palpatine denominaba al planeta —dijo el doctor Yintal desde su
asiento, tras las dos mujeres—. Yo creo que los colonos humanos
decidieron llamarlo así mucho antes de que el Emperador emplease el
monte Tantiss como bóveda del tesoro.
Yintal, analista del Servicio de Inteligencia de la Flota, era un hombre
pequeño y pensativo, y lo repentino de su intervención hizo que Kalenda y
Eicroth intercambiaran sonrisas de diversión.
—¿Y dónde iban a acumular los noghri sus desperdicios, sino en un
lugar que una vez perteneció a Palpatine? ¿Eh, doctor? —preguntó Eicroth
por encima del hombro.
—Desde luego, eso es un factor más para que estén satisfechos con este
acuerdo —comentó él con frialdad.
La nave describió un círculo y se posó en una plataforma de aterrizaje
en el centro de Nueva Nystao. Los tres pasajeros recogieron sus
pertenencias y esperaron junto a la escotilla. Wayland les dio la bienvenida
con una luz resplandeciente y una brisa dulzona y fresca.
La floreciente ciudad era un amasijo de cabañas, casas de madera y
mansiones de piedra que reflejaba su mezcla de culturas. Pero lo más
sorprendente era la abundancia de hoteles y restaurantes étnicos que
rodeaban la plataforma de aterrizaje. Kalenda estaba a punto de preguntar
algo a Eicroth, cuando el mayor Showolter llegó hasta ellos subido a la
capota de un viejo deslizador SoroSuub Corvair. Dos noghri salieron de los
compartimentos de pasajeros carentes de paneles plegables de acceso.
Showolter llevaba unas gafas de piloto ahumadas y un poncho
comprado en zona. Saludó a Kalenda y estrechó la mano de Eicroth y
Yintal. Después presentó a Mobvekar y Khakraim, del clan hakh’khar,
asignados al piso franco de la SINR. La agradable luz del sol apenas
suavizaba la salvaje musculación y la repugnancia vampírica que inspiraban
esos deformes seres grises.
Kalenda miró dubitativa el compartimento de pasajeros del maltrecho
deslizador.
—¿Hay sitio para todos en esa cosa?
—Pensaba que fuéramos caminando —dijo Showolter, haciendo que
sonara como una pregunta—. No está lejos.
Kalenda le indicó con la mano que procediera.
—Usted delante, mayor.
Los noghri insistieron en llevar las maletas. Las estrechas calles de
tierra apelmazada hormigueaban con myneyrshi larguiruchos, psadans
armados, humanos y noghri, entremezclados con pequeños grupos de
bimms, falleen, bothanos y otras especies, que se demoraban parados ante
los hoteles o tomando algo en las terrazas de los cafés.
Asombrada, Kalenda no pudo evitar preguntar.
—Un resultado casual del Acuerdo Debble —dijo Showolter mientras
caminaban—. El acuerdo estipula que cualquier obra de arte encontrada en
el monte Tantiss o alrededores, que fuera propiedad de Palpatine, puede ser
reclamada por la cultura que la creó. Desde que se aplicó esa ley,
marchantes y compradores de arte de cientos de planetas han acudido a
Wayland para recuperar objetos que sobrevivieron a la explosión y que se
han ido descubriendo desde entonces, durante la expansión de Nueva
Nystao. Obviamente, los forasteros necesitaban alojamiento y comida, así
que se abrieron hoteles y restaurantes, lo que forzó el crecimiento de la
ciudad.
—Y al descubrimiento de muchos más objetos culturales —añadió
Yintal.
Showolter asintió.
—Los buscadores de tesoros son ahora tan comunes como las culebras.
Cuando el equipo de la SINR se acercó a la zona noghri del
asentamiento, las primitivas viviendas de los myneyrshi y las fortalezas
rocosas de los psadans fueron sustituidas por unas chozas básicas pero de
construcción sólida, hechas de madera y piedra. El pueblo había sido
trasladado allí desde Honog, en cuanto empezó el saqueo del monte Tantiss.
Ascendieron por una colina baja pero muy inclinada que les llevó a una
discreta vivienda noghri situada junto a la ladera, a la sombra de unos
árboles floridos. Tanto Mobvekhar como Khakraim se quedaron fuera,
mientras Showolter llevaba a los demás a una estancia sin ventanas y
escasamente amueblada.
—La puerta de atrás da a uno de los túneles que recorren Tantiss —
explicó el mayor—. Es el lugar más resistente que encontrarás de aquí a
Borleias —señaló a una estancia lateral—. Nuestra aspirante a desertora
está ahí. Tenemos a la otra, a la mascota, en el piso de abajo.
—¿Ese término es suyo o de ella? —preguntó Eicroth.
Showolter se giró hacia ella.
—Lo que ella dijo en realidad fue que eran «familiares».
Los cuatro agentes entraron en la sala lateral, donde la hembra yuuzhan
vong estaba sentada en postura meditativa sobre un cojín que había cogido
de la cama. En lugar de su exótico atuendo, llevaba unos pantalones
deportivos y una sudadera con capucha, como había visto Kalenda en las
imágenes ópticas bidimensionales. Era incluso más impresionante y
majestuosa en persona de lo que parecía en las fotos, pese a sus
extravagantes tatuajes.
Sus ojos oblicuos, de un azul llameante, se abrieron de repente y se
fijaron en un rostro tras otro.
—Elan, éstos son algunos de mis compañeros —dijo Showolter
suavemente.
Ella le miró, agresiva.
—¿Dónde está Vergere?
—Abajo. La última vez que la vi estaba comiendo.
—Nos has separado deliberadamente.
—Sólo de momento.
—¿Qué es Vergere para ti, Elan? —dijo Eicroth, acercándose a la cama
y tomando asiento.
—Es mi familiar.
Kalenda y Eicroth intercambiaron una breve mirada.
—Comprendemos el término, pero puede que en un contexto diferente.
¿Quieres decir que Vergere es algo más que una acompañante? —preguntó
Kalenda.
—También es eso.
—Entonces, es una asistente y una amiga.
—No es una amiga. Es mi familiar —Elan se arrellanó en su cojín—.
¿Han venido a hacerme más pruebas?
Kalenda se sentó junto a Eicroth.
—Sólo unas preguntas.
—¿Preguntas que sus despreciables escáneres y analizadores no pueden
responder? —Elan sonrió maliciosa—. ¿Cómo pueden esperar que unas
máquinas se comuniquen con un ser vivo?
Kalenda sonrió.
—Digamos que esto es sólo para conocernos mejor.
—Los yuuzhan vong no tenemos esos protocolos. Sabemos quiénes son
los demás. Nuestra apariencia delata nuestra identidad —se pasó los dedos
por las marcas de las mejillas—. Lo que ven refleja lo que hay dentro. Están
locos si piensan que soy algo más que lo que mi cuerpo y mi rostro dicen
que soy. ¿Por qué se niegan a ofrecerme asilo político?
—¿Aceptarían los yuuzhan vong a uno de los nuestros sin preguntar? —
replicó Yintal.
Elan le miró con frialdad.
—Donde existe duda o sospecha, nosotros tenemos la ruptura.
—¿Qué es la ruptura? —preguntó Yintal, claramente intrigado.
—Un camino expeditivo para llegar a la verdad.
Eicroth esperó a que Elan continuara, pero, en lugar de eso, la yuuzhan
vong guardó silencio.
—Dices ser lo que pareces. ¿Te refieres a tus marcas corporales?
—¿Marcas? —repitió Elan sin ocultar su desprecio—. Soy una
Sacerdotisa de Yun-Harla —se tocó su ancha frente, y luego la barbilla
puntiaguda—. Ésta es la frente de Yun-Harla, ésta es su barbilla. Esto no
son marcas. Yo pertenezco a la élite.
—¿Y por qué iba la élite a despreciar a uno de los suyos? —preguntó
Yintal bruscamente.
Elan entrecerró los ojos, aparentemente pensando en la pregunta.
—Hay desacuerdos. No todos los yuuzhan vong querían cruzar el vacío
para venir aquí. Son muchos los que opinan que esta guerra no es deseada
por los dioses. Y yo, como Sacerdotisa de las Artes, me gustaría haceros ver
la luz de otro modo.
—¿No estás de acuerdo con los asesinatos en masa y los sacrificios que
han caracterizado vuestra campaña bélica hasta ahora? —dijo Kalenda.
Elan se giró hacia ella.
—El sacrificio es vital para la existencia. Nosotros, los yuuzhan vong,
nos sacrificamos a nosotros mismos tan a menudo como sacrificamos a los
infieles. Tanto si vuestra galaxia es la tierra elegida como si no lo es, debe
ser purificada para que sea habitable. —Hizo una pausa—. Pero lo que
queremos para vosotros no es la muerte. Sólo que aceptéis la verdad.
—La verdad que revelan vuestros dioses —dijo Eicroth.
—Los únicos dioses —le corrigió Elan.
Yintal hizo un ruido de desprecio.
—Tú no eres Sacerdotisa. Eres una espía, una infiltrada. La nave de la
que escapaste fue destruida con demasiada facilidad.
Los ojos de Elan centellearon.
—Vergere y yo ya nos habíamos ocultado en la cápsula de salvamento
cuando empezó la batalla. No sabíamos que la nave fuera a ser destruida.
Nuestro lanzamiento fue… fortuito.
—Aunque eso sea cierto, ¿por qué iban a lanzar tus líderes militares una
nave tan pequeña contra nosotros, habiendo una mucho más grande no muy
lejos?
Elan le miró, burlona.
—¿Acaso te juzgo a ti por tu tamaño, pequeño hombre? La nave menor
era la mejor armada de las dos. ¿Por qué, si no, iba a huir la más grande al
ver la destrucción de su larva?
Yintal miró a Kalenda y a Eicroth.
—Está mintiendo.
Elan suspiró cansada.
—Sois una especie muy incrédula. He venido a hacer el bien.
—¿De qué modo, Elan? —preguntó Kalenda.
—Tenéis que llevarme ante los Jedi. Puedo proporcionarles información
sobre la dolencia.
Yintal se acercó a Elan y la contempló abiertamente.
—¿Y qué sabe una Sacerdotisa de enfermedades?
Ella negó con la cabeza.
—No es una enfermedad. Es una reacción a las esporas coomb. Los Jedi
tienen que saberlo.
—¿Y por qué nos lo cuentas a nosotros? —dijo Kalenda—. ¿Por qué es
tan importante que te reúnas con los Jedi?
Elan la miró fijamente.
—Contadles lo que os he dicho y ellos lo entenderán.
Yintal se alejó de ella y luego se giró.
—Necesitamos pruebas de que has venido como benefactora, y no como
espía.
Elan abrió los brazos.
—Me estáis viendo. ¿Qué más pruebas puedo daros?
Yintal apretó los labios y se puso en cuclillas frente a ella.
—Datos militares.
El rostro de Elan se llenó de perplejidad.
—¿Es eso lo que deseáis?
—Danos algo que ofrecer a nuestros superiores —le insistió Kalenda—.
Si lo que nos das se corrobora, quizá accedamos a tu petición y
concertemos un encuentro con los Jedi.
Elan lo pensó un momento.
—Mi Orden colabora estrechamente con los guerreros para asegurarse
de que los augurios sean propicios. Nosotros predecimos las tácticas a
emplear…
—Entonces dinos dónde será el próximo ataque —exigió Yintal—. El
nombre del planeta.
Elan ya tenía la boca abierta para responder, cuando un ruido sordo
llegó procedente de la sala principal, seguido de un grito ahogado, en
Básico y en honog.
Mientras Kalenda y Eicroth se levantaban de la cama, un hombre alto y
de complexión fuerte chocó contra el dintel de la puerta y cayó al suelo,
aunque enseguida se puso en pie. Vestía atuendo espacial y se tambaleó un
momento junto a la puerta, asimilando dónde se encontraba. La sangre
manaba de sus costillas, empapando el traje, así como de los cortes que
tenía por toda la cara. Con los ojos fijos en Elan, se llevó el dedo índice a
una hendidura que tenía junto a la nariz y lanzó al cielo un aterrador grito
yuuzhan vong.
—¡Do-ro’ik vong pratte!
Entonces ocurrieron varias cosas.
La piel del hombre empezó a retirarse de su cara como si tuviera
voluntad propia, revelando una máscara macabra y repugnante a base de
bultos y líneas onduladas. Por debajo de su grito se oyeron chasquidos y
crujidos procedentes de su atuendo. Entonces, dos torrentes de fango
gelatinoso fluyeron de sus perneras, formando una masa que se alejó como
una mancha de petróleo con vida propia.
Elan se puso en pie de un salto y se apoyó contra la pared, siseando,
gruñendo al intruso y curvando sus largos dedos a modo de garras.
—¡Un asesino! —gritó ella, enseñando los dientes—. ¡Me han
encontrado!
Yintal se dio la vuelta y se situó delante del asesino, sólo para recibir un
revés en la cara que le dobló el cuello como si fuera una ramita. El
hombrecillo voló por la habitación, chocando contra Showolter y
derribándolo.
El asesino se disponía a abalanzarse contra Elan cuando, de repente, fue
atacado por la espalda por Mobvekhar y Khakraim, cuyos brazos nudosos y
cráneos irregulares mostraban cortes y hematomas. Los dos noghri
empujaron al yuuzhan vong hasta la pared lateral de la cabaña, y estuvieron
a punto de chocar contra Elan, que se agachó en el último momento y se
metió debajo de la cama.
El yuuzhan vong se dio de bruces contra la pared con una fuerza
impresionante, y, por un momento, dio la impresión de que sucumbiría al
ataque brutal de los noghri. Pero se incorporó de pronto, quitándose de
encima a sus dos contrincantes con tanta fuerza que volaron hasta las
paredes de la habitación, donde chocaron y cayeron al suelo.
El yuuzhan vong se dio la vuelta, salpicando sangre en todas
direcciones y examinando la habitación con los ojos. Se abalanzó entre
Kalenda y Eicroth, derribándolas como si fueran muñecas de trapo, y volcó
la cama con una mano, cogiendo a Elan con la otra. Sus dedos atraparon el
largo cuello de la Sacerdotisa y la levantaron del suelo, poniéndola contra la
pared.
En ese momento, Mobvekhar recuperó la consciencia. Saltó, ayudado
por sus poderosas piernas, cogió al asesino por la cintura y hundió los
dientes en la espalda de su enemigo.
El yuuzhan vong soltó un aullido. Echó a Elan a un lado y utilizó el
puño que tenía libre para asestar golpes al noghri, que no le soltaba.
Mobvekhar gruñó y gimió mientras se quedaba sin aire en los pulmones,
pero no soltó a su presa.
Aturdida, Kalenda se puso en pie trabajosamente, meneó un poco la
cabeza para despejársela y se abalanzó contra el brazo del asesino,
colgándose unos instantes de él, hasta que el yuuzhan vong se zafó de ella
como si no fuera nada. Kalenda golpeó algo sólido con la cabeza y quedó
inconsciente. Unas formas luminosas cobraron forma en la momentánea
oscuridad. Entonces vio a Showolter agazapado en una esquina de la
habitación, con el poncho enredado en el cuello, saliendo de debajo de
Yintal y cogiendo una pequeña pistola láser de una funda que llevaba bajo
el brazo.
El mayor disparó tumbado en el suelo, con sumo cuidado para no
alcanzar a Mobvekhar, que había acabado en el suelo, y acertó al yuuzhan
vong entre los omoplatos. El aire se llenó del olor a ozono y carne
quemada, pero el asesino apenas reaccionó. Showolter volvió a disparar,
acertando al yuuzhan vong en la nuca y prendiéndole fuego al pelo.
Showolter realizó un último disparo.
El asesino se quedó rígido y cayó al suelo como un árbol talado, con la
mano izquierda apresando todavía la garganta de Elan. La Sacerdotisa
separó los gruesos dedos y se dejó caer contra la pared, luchando por
respirar y sangrando por nariz y ojos.
Kalenda se levantó torpemente. Y cuando se acercó a Elan para
ayudarla, la cabaña se vio sacudida por una fuerte explosión. El
intercomunicador de Showolter dio un pitido, y éste lo sacó torpemente del
bolsillo.
—Coralitas yuuzhan vong —le informó alguien desde el otro lado de la
línea—. Una media docena, ejecutando vuelos rasantes sobre Nueva
Nystao. El Soothfast ha sido alertado. Los cazas están en camino.
Showolter cogió a Kalenda por el brazo.
—Llévatela a la zona segura —dijo con voz ronca, tosiendo sangre—.
¡Rápido!
***
En el gélido borde del sistema estelar donde orbitaba Wayland, se
encontraba un solitario artillero yuuzhan vong al acecho. En el puente, Nom
Anor estaba parado ante un campo visual creado por distantes señales villip,
observando a los coralitas y a los cazas de la Nueva República
intercambiando disparos en el cielo de Nueva Nystao.
—No os esforcéis demasiado —dijo en voz alta a los pilotos que
dirigían los coralitas—. Lo justo para que se convenzan.
CAPÍTULO 11
H an contemplaba mareado la jaspeada indiferencia del hiperespacio a
través de la cristalera que envolvía la cabina del Daga Afortunada. A
su lado, Roa dormitaba en el asiento del piloto, roncando suavemente,
mientras uno de los androides de la nave monitorizaba el ordenador de
navegación detrás de él.
Ojalá pudiera adelantarse al tiempo tan fácilmente como la luz, pensó
Han. Quizás así podría saltar hacia delante, hasta un punto en que los
recuerdos de Sernpidal fueran algo lejano, o quizá retroceder hasta antes de
aquel terrible día, para poder reconfigurar los eventos y corregir lo que
pasó.
Pero lo cierto es que vivía atrapado en un momento trágico, obligado a
revivirlo una y otra vez y otra…
El Halcón, cargando con evacuados, flotando sobre la encabritada
superficie de Sernpidal. La pequeña luna del planeta, llamada Dobido,
estaba siendo controlada por una monstruosidad yuuzhan vong y descendía
hacia la superficie del planeta.
Chewie, en el suelo, con un niño bajo cada enorme brazo y el viento
tirando de él. Chewie y Anakin empleando la Fuerza y rayos láser para
liberar los escombros caídos que retenían aquella nave atrapada.
El Halcón aguantando su posición contra un viento ensordecedor,
mientras Chewie rescata a otro niño, alzándolo hacia los brazos de un Han
colgado de la extendida rampa de descenso.
Sernpidal estremeciéndose y quebrándose.
Chewie levantando a Anakin en sus brazos. Su expresión resignada al
arrojar al chico a Han. El aterrador gemido de los motores retropropulsores
del Halcón; la nave escorándose a un lado mientras Han, con un grupo de
evacuados sujetándolo por las piernas, estiraba los brazos desesperadamente
hacia Chewie.
El suelo abriéndose y apartando a Chewie.
Anakin corriendo al puente, llevando el Halcón por entre estrechas
callejuelas, sorteando edificios que se derrumbaban. La fugaz imagen de
Chewie, dando la espalda al Halcón y alzando los brazos hacia Dobido, que
se había convertido en una estela de fuego.
La llegada de Tosi-karu.
Un viento cortante que quemó el rostro y las manos a Han, arrojando a
Chewie por los aires y derrumbando edificios. Los escudos del Halcón
gimiendo en protesta.
Y otra vez Chewie, con el pelo del cuerpo ensangrentado…,
recuperando pie…, parándose sobre una montaña de escombros, rugiendo
retador a la luna esclava, como si así pudiera devolverla a su sitio.
El Halcón, todavía pilotado por Anakin, ascendiendo hacia el espacio,
abandonando a Chewie a su destino.
Lo primero que dijo Han a su hijo: «Le abandonaste».
El recuerdo de esas palabras era tan doloroso, tan demoledor, como la
muerte de Chewie. Había sido una condena nacida del dolor, imposible de
rescindir en los meses siguientes.
Sumido en la angustia, Han apretó los ojos y cerró los puños. Cuánto
tiempo podría seguir así: colgando de la rampa del Halcón, con los brazos
extendidos hacia Chewie…
Roa se agitó a su lado, bostezó ruidosamente y estiró los brazos por
encima de la cabeza. Pestañeó y se volvió hacia el androide del ordenador
de navegación.
—¿Cuánto falta?
—La nave retornará en breve al espacio real, amo Roa.
Roa sonrió a Han.
—Como en los viejos tiempos, ¿eh, Han? Tú y yo trabajando juntos.
Han se obligó a apartar de su mente los pensamientos tristes, la sangre
corría por sus venas como si fuese ácido.
—Recuerdo aquella primera ruta de Kessel como si fuera ayer.
Roa sonrió, enigmático.
—Hablando de Kessel, llevo tiempo queriendo preguntarte algo. A ver,
soy consciente de que los rumores pueden cambiar mucho desde Tatooine a
Bonadan, pero tengo entendido que afirmaste haber hecho la ruta de Kessel
en menos de doce pársecs.
Han se quedó callado a propósito.
—¿Y bien? —insistió Roa.
—Es una vieja historia, Roa. Y la asignatura de historia siempre se me
dio mal.
—Esfuérzate un poco. Te calificaré con mano derecha.
Han mostró las palmas de las manos.
—Mira, tenía a Jabba encima porque le había perdido una carga de
especias. Chewie y yo necesitábamos aquel trabajo, y a veces se hace o se
dice lo que sea.
—Pero ¿es cierto…? ¿La hiciste en menos de doce pársecs?
Han se puso las manos en el pecho.
—¿Me inventaría yo algo así? Cuando fanfarroneo, lo hago muy en
serio.
Roa le miró un momento y luego se echó a reír.
—Vaya, Han, ¿qué fue de los viejos tiempos? ¿Qué pasó con la
búsqueda de fortuna y gloria?
—Eso ya no tiene futuro —Han negó rápidamente con la cabeza—. Aun
así, la idea de que gente decente como Reck se pase voluntariamente al
enemigo… Los yuuzhan vong hacen que los hutts parezcan gamberros de
patio de colegio. Hacen que Palpatine parezca un déspota ilustrado.
—Quizá. Pero los ganadores siempre pagan mejor —dijo Roa con
seriedad—. Además, los créditos no tienen que proceder de manos limpias
para que Reck y los suyos sepan apreciarlos.
Han sonrió.
—Con la edad te has convertido en un filósofo.
Roa se encogió de hombros.
—Cuando tu pareja muere, suele quedarte mucho tiempo para pensar —
miró a Han—. Probablemente te habrás dado cuenta.
Han se quedó callado.
El ordenador de navegación soltó un pitido.
—Amo Roa, estamos saliendo del hiperespacio —anunció el androide.
Han y Roa se volvieron hacia la consola de mando para preparar la
entrada del Daga Afortunada en velocidad subluz.
—Subluz alcanzada —dijo Roa con rapidez.
Han activó un interruptor.
—Escudos activados.
Una luz azul y alargada les devolvió al espacio real. De repente, las
líneas se convirtieron en puntos que rotaban ligeramente antes de cobrar la
forma de un campo de estrellas, y cada sol distante era como una entrada a
una realidad alternativa. La nave efectuó la transición sin problemas, con la
excepción de un breve temblor.
—Entrando en el sistema Anobis —informó el androide.
—¿Anobis? —dijo Han, sorprendido—. Este sitio está en medio de
ninguna parte. Ni Reck querría esconderse aquí.
Roa negó con la cabeza cuando Han le miró.
—Anobis es sólo una entrada lateral a nuestro destino final. Un salto
directo podría dejarnos en medio de una flota enemiga o de una patrulla del
Remanente Imperial. —Señaló al ventanal de estribor con un dedo
gordezuelo—. Mira eso.
Han se giró a la derecha. Los restos agujereados y maltrechos de un
destructor estelar flotaban casi al alcance de la mano. Estaba escorado a
babor, con la torre de mando y la punta de la gran nave reventadas, casi
tapado por sus propios restos. Las antaño relucientes placas de popa estaban
salpicadas por enormes cráteres ennegrecidos. Cables y tuberías colgaban
de sus entrañas desgarradas. Han recordó el ataque de los yuuzhan vong en
Helska-4, y el destructor estelar Renovador, que había caído con casi toda
la tripulación.
—¿Hay alguna esperanza de vencer a estos matones? —preguntó Roa.
—Los yuuzhan vong no dan cuartel —Han se apartó de la ventana—.
Entonces, ¿adónde vamos, Roa?
Roa dio unos golpecitos con el dedo índice en un mapa que apareció en
un monitor.
—A Ord Mantell.
Han se quedó boquiabierto un instante, echó la cabeza hacia atrás y se
echó a reír a carcajada limpia.
Roa le miró, intrigado.
—¿Te preocupa encontrarte con alguien del pasado?
—Con alguien del presente —murmuró Han—. Con mi mujer.
***
Ord Mantell seguía siendo el mismo planeta anodino que Han recordaba
de visitas anteriores, que habían sido muchas al cabo de los años, algunas
planeadas y otras debidas al azar. Pero se había añadido algo nuevo desde
que Han fue árbitro en la carrera de naves antibloqueo: una pequeña
estación espacial de diseño antiguo, en forma de anillo, ensamblada a partir
de piezas robadas y compradas a los hutts por un consorcio de empresas de
ingeniería del Borde Medio. Algunas partes de la estación, un par de radios
y una sección de diez grados del anillo exterior seguían incompletas, y
quizá lo estuvieran por un tiempo, ya que los equipos de construcción
abandonaron las obras a raíz de la destrucción de Ithor.
La Rueda del Jubileo, la llamaba Roa.
—La estación no tiene mucho que ver con Ord Mantell, exceptuando el
uso de su gravedad —dijo a Han desde el asiento del piloto del Daga
Afortunada—. Era un puerto franco. Y bastante exitoso, hasta que la
invasión de los yuuzhan vong se cargó el comercio. Ahora es un lugar de
tránsito, donde paran algunos de los tíos más desesperados que has podido
conocer en tu vida.
—Mientras nuestra misión no nos lleve a tierra, estoy dispuesto a todo
—dijo Han—. Ord Mantell siempre me ha traído mala suerte.
Roa asintió.
—Entonces haremos todo lo posible para no poner los pies en el
planeta.
Naves de todos los tipos hacían cola alrededor de la estación, esperando
la asignación del hangar de aterrizaje. Eran cargueros y transportes vacíos
que no tenían adónde ir, pues sus lugares de origen habían sido invadidos
por los yuuzhan vong o sus empresas habían quebrado por la guerra. En su
interior había viajeros medio muertos de hambre, atrapados en tierra de
nadie por motivos políticos. También podían encontrarse allí cruceros
diplomáticos con cincuenta años de antigüedad y naves de guerra recién
rescatadas de antiguas flotas. Sin olvidar los transportes de pasajeros,
incluyendo manadas de naves ithorianas con forma de platillos, atestadas de
seres desplazados de planetas conquistados o arrasados, en busca de un
planeta al que llamar hogar, aunque sólo fuera de modo temporal. Y
atendiendo a las necesidades de esos refugiados con créditos para gastar,
había antiguas naves de mercancías, pilotadas por piratas que vendían
sueños de una vida nueva a los ciegamente optimistas.
Roa y Han esperaron el permiso para aterrizar haciendo pruebas a los
sistemas de seguridad del SoroSuub 3000 y bloqueando las escotillas. El
atestado y repugnante hangar que se les asignó finalmente había sido
arrancado a un crucero MC80 y, de hecho, aún lucía algunos símbolos mon
calamari.
Han fue el primero en bajar la rampa, mientras Roa terminaba con los
procedimientos, y se encontró con un grupo de cinco alienígenas de una
especie que jamás había visto.
—¿Necesitas a alguien que vigile tu nave? —preguntó el portavoz del
grupo por encima del estruendo, siseando un Básico profundamente
marcado por otro acento.
Han miró al alienígena de arriba abajo.
—Necesito alguien que te vigile a ti.
El alienígena, que claramente era varón, tardó un instante en pillarlo y
echarse a reír con unas carcajadas tan contagiosas que Han estuvo a punto
de sonreír.
Era un bípedo de piernas musculosas, una cabeza más bajo que Han, y
dueño de una cola delgada que, aun así, parecía útil. Las partes de su cuerpo
que no cubrían una colorida túnica y unos pantalones estratégicamente
cortados estaban cubiertas de un vello corto y grisáceo, a excepción de los
antebrazos y la cola, donde el pelo se tornaba más oscuro, en rígidos
mechones que posiblemente podían llegar a hacer mucho daño.
Al igual que los otros dos varones del grupo, el que se acercó a Han
tenía un mostacho blanco largo que le caía hasta más abajo de la barbilla, y
una perilla del mismo color. Los ojos, dispuestos frontalmente, eran grandes
y brillantes. La nariz era un pico coralino que se curvaba hacia abajo sobre
una boca de labios delgados, y estaba perforada, como si fuera un
instrumento musical.
Las dos hembras del grupo eran ligeramente más pequeñas que los
varones, lucían curvas en sus cuerpos compactos, y estallidos de vibrantes
colores hacían destacar sus pieles aterciopeladas y grises. No tenían los
lacios bigotes y, en lugar de crestas, tenían una lustrosa melena peinada
hacia atrás que les llegaba hasta los hombros. Las puntas de sus suaves
colas parecían haber sido sumergidas en botes de pintura azul celeste.
Llevaban joyas colgando del cuello, en las pequeñas orejas y en los cinco
dedos de las manos, así como en la nariz.
—Vale, vale —dijeron con sus boquitas—. ¿Quizá prefieres que alguien
te limpie la nave y le dé un toque?
Han apoyó las manos en las caderas y se rió. Seguía sonriendo cuando
Roa bajó de la rampa seguido de dos de los miembros de la tripulación del
Daga Afortunada, Vacío y un androide supervisor EV cuya cabeza parecía
el pico curvado de un ave comefruta.
—Roa, ¿quieres contratar a esta gente para que te pasen la aspiradora y
te limpien los filtros?
Roa contempló a los alienígenas con sumo interés.
—Para eso tenemos a los androides —dijo el portavoz.
—Entonces vigilaremos la nave. Hay muchos ladrones por aquí.
—Aprecio la oferta —dijo Roa con amabilidad—, pero no, gracias.
Quizás en otra ocasión.
Los alienígenas intercambiaron unas palabras en su melódico idioma,
saludaron con una inclinación de cabeza a Han y a Roa y se acercaron a la
siguiente nave en el hangar, una vieja corbeta clase Merodeador.
—Son como una mezcla imposible entre un gato manka y un
woolamandra pasados por una licuadora —dijo Han, contemplando a los
alienígenas.
—Ryn —dijo Roa, identificando a la especie—. Solía encontrármelos
de vez en cuando en planetas que no están en la ruta del Sector Corporativo.
Ession, Ninn, Matra IV. Son nómadas. Bueno, cuando no son perseguidos
por cazadores o por tratantes de esclavos, o acosados de un sitio a otro o
convertidos en cabezas de turco de los crímenes o delitos de otros. Tienen
mala fama, por ladrones y por ser amigos de las tretas, pero yo jamás he
tenido un problema con ellos. Trabajan mucho en casi cualquier cosa, desde
el robo de piezas en desguaces hasta la fabricación artesanal de joyería. Y te
digo una cosa, Han, son los músicos más divertidos que he oído en mi vida.
Una música con la que no puedes evitar bailar.
—Estoy seguro de que sí podría —dijo Han.
—No, ni siquiera tú. No estoy hablando de jizz, ni de otra de esas
nuevas músicas. Me refiero a una música apasionada y desgarradora.
Han les miró de nuevo.
—¿A qué planeta pertenecen?
Roa negó con la cabeza.
—Nadie ha sido capaz de decírmelo nunca.
Han soltó una risilla.
—Y yo que creía haberlo visto todo.
Dejaron a los androides a cargo de la nave y se dirigieron a las aduanas,
donde largas filas compuestas por múltiples especies pasaban por el control
de documentos y los escáneres de seguridad.
Han mostró sus documentos, que le identificaban como un tal Roaky
Laamu, comerciante autónomo de láseres. Había meditado la posibilidad de
disfrazarse con sintopiel, prótesis y una barba, pero al final prefirió
limitarse a un cambio de peinado y a dejarse crecer la barba. A menudo
había empleado la misma estrategia cuando viajaba con Leia y los niños, y
normalmente le funcionaba bien. Después de todo, la mayoría de las
imágenes suyas que circulaban por ahí mostraban a un joven líder de la
Alianza con los ojos luminosos, las sienes canosas y una lustrosa melena de
color castaño.
Todo fue bien hasta que llegó a los escáneres.
—Abra su maleta —ordenó el joven agente, en respuesta a un
comentario que le hizo su compañero androide.
Han abrió la bolsa y el agente no tardó en encontrar la pistola láser, su
largo objetivo y el silenciador cónico almacenado en otra funda.
—¿Esto es un DL-44? —preguntó sin poder creérselo.
—Más o menos —dijo Han—. Le he hecho unas modificaciones
especiales…
El agente se rió y llamó a un compañero humano.
—Boz, ¿esto se clasifica como arma o como antigüedad?
—Antigüedad —respondió Boz con una gran sonrisa.
—Reíd cuanto queráis, colegas —dijo Han, aguantándose las ganas de
demostrar de lo que era capaz su pistola láser.
El agente echó un vistazo a los documentos de Han.
—Aun así, Laamu, tengo que vaciar el cargador.
Han se mordió la lengua y se encogió de hombros.
—Mientras hayas hecho eso con todas las armas que han pasado por
aquí.
—Con todas las que he encontrado —dijo el agente.
—Es un consuelo.
—Estamos buscando el Apostador —dijo Roa mientras el agente
enchufaba un vaciador al cargador.
—Si los dos tienen un espectro normal de visión, sigan el camino rojo
hasta el tranvía amarillo de Blanco Dos, después es todo recto hasta el
Shaft. No tiene pérdida.
—¿Qué le dice a los que no tienen visión cromática? —dijo Han en tono
brusco.
El agente colocó la pistola descargada dentro de la maleta y la volvió a
cerrar.
—Que se cojan un taxi.
***
Roa insistió en coger un taxi. El conductor sullustano había sido
embajador en Ithor, pero se había quedado atrapado en la Rueda del Jubileo
a la espera de recibir de su planeta los documentos de tránsito.
—Es una historia muy corriente —dijo Roa a Han cuando el taxi les
dejó en Blanco Dos—. Gente que quiere volver a casa, gente que huye de
sus casas, gente que ni siquiera tiene casa… Y rara vez hay alguien con los
documentos adecuados para salir de la estación, por no hablar de transporte
para llegar a su destino. Así que te encuentras con diplomáticos que
conducen taxis, camareros que son profesores universitarios, peces gordos
de donde sea atendiendo tu mesa o arriesgando sus ahorros en partidas de
sabacc… casi todas apañadas.
En el Shaft, se abrieron paso a través de una multitud de seres
desesperados pertenecientes a todo tipo de especies —ithorianos,
saheelindeelis, brigianos, ruurianos, bimm, dellaltianos—, refugiados de la
Vía Hydiana, con sus escasas posesiones apretadas contra el pecho o
cogiendo fuertemente a sus hijos, vagando a la deriva en busca de un
milagro que los sacara de la Rueda, que era como solían llamar a la
estación. La gente se apelotonaba en las sombras, hambrienta, atrapada y
aterrada. En otras partes acechaban aquellos que se habían beneficiado con
la guerra: soldados uniformados, expertos en reclamaciones y saqueos,
falsificadores de documentos, chatarreros, granujas, camellos y demás.
Han recordó lo que le había contado Leia sobre la situación de los
refugiados, la escasez de comida y de techo, las enfermedades y las familias
separadas, y empezó a darse cuenta de que no era el único que lo estaba
pasando mal.
Siguió pensando en ello, mientras Roa y él tomaban unas cervezas de
Gizer en el Apostador, una cafetería repleta y bastante elegante, con una
sala trasera dedicada al sabacc y otros juegos de azar.
—Ya es hora de hacer averiguaciones —anunció Roa cuando se terminó
la bebida. Se levantó y estiró los hombros—. No tardaré mucho.
Han le observó acercarse a la barra circular, y centró su atención en la
bebida azulada. Pero captó movimiento por el rabillo del ojo, y cuando alzó
la vista se encontró con dos ryn de pie frente a su mesa, más oscuros y
mejor vestidos que los que había conocido en el muelle.
—Perdone la intrusión —dijo el más alto con voz vibrante—. ¿Es usted
el recién llegado del SoroSuub 3000?
Han apoyó los brazos en los respaldos de las sillas de al lado.
—Qué rápido viajan las noticias. ¿Y qué si lo soy?
—Verá, amable señor —intervino el otro—, Cisgat y yo nos
preguntábamos si pasará cerca de Rhinnal al salir de aquí, o si podría
convencerlo mediante una suma razonable para que llevase unos pasajeros
hasta allí.
—Lo siento, chicos, pero no vamos hacia el Núcleo.
Los dos recién llegados se miraron.
—Quizá si se lo explicamos —dijo Cisgat—. Verá, es bastante urgente.
Debíamos reunirnos aquí con varios miembros de nuestra amplia familia,
pero ha debido pasar algo y no han venido.
—El plan alternativo era reunirnos en Rhinnal —añadió el otro—. Pero,
al igual que otros muchos en la Rueda, nos hemos quedado aquí atrapados,
con pocos recursos y casi ninguna esperanza de conseguir transporte hasta
el centro de la galaxia.
—Nos da miedo que el resto del clan se marche de Rhinnal sin poder
enviarnos un mensaje.
Han cruzó los brazos.
—Siento que vuestra familia se vea separada, pero ya os he dicho…
—Pagaremos bien.
—Y no causaremos ningún problema.
—Vamos a ver —dijo Han subiendo el tono—. He dicho que lo siento,
pero no estoy en el negocio del rescate, ¿entendido?
La pareja se quedó en silencio un buen rato.
—Nosotros también sentimos tener que oír eso —comentó el más alto.
Han se terminó la bebida, enfadado, mientras los ryn se alejaban. En
cuanto dejó el vaso en la mesa, Roa regresó.
—¿Qué querían?
—Que les lleváramos a Rhinnal.
Roa frunció el ceño y se sentó.
—Ya te lo dije; todo el mundo está desesperado.
—¿Te has enterado de algo?
Roa señaló con la barbilla a un viajero espacial pelirrojo y larguirucho
que se acercaba desde la barra con una bebida en la mano.
—Roaky Laamu, éste es Fasgo —dijo Roa mientras el hombre cogía
una silla y le ofrecía la mano a Han—. Asegúrate de que tienes los cinco
dedos cuando termines de dársela.
Fasgo sonrió de oreja a oreja, mostrando unos dientes manchados, y dio
un largo trago a la bebida que, obviamente, había pagado Roa.
—Fasgo fue uno de mis mejores hombres en impuestos y aduanas —
prosiguió Roa—. Pregúntaselo, él te lo dirá. Desde que no está a mi
servicio, ha tenido ocasión de trabajar con Reck Desh.
Han vio que a Fasgo se le borraba la sonrisa.
—¿Tienes idea de dónde podemos encontrar a Reck? —preguntó Roa
amablemente.
Fasgo tragó saliva.
—Mira, Roa, agradezco que me invites a una copa, pero…
—Roaky y yo lo sabemos todo sobre los nuevos jefes de Reck —le
interrumpió Roa—. Así que no hace falta que nos vengas con cuentos.
Fasgo se humedeció los labios y rió sin ganas.
—Ya conoces a Reck, Roa; se mueve por los créditos.
Han puso los codos en la mesa.
—Si el sueldo es tan bueno, ¿por qué no estás con él?
—No es mi rollo —dijo Fasgo, negando con la cabeza—. No soy un
traidor.
Han y Roa se miraron.
—¿Entonces qué pasa con Reck? —dijo Roa.
Fasgo negó con la cabeza una vez más.
—No sé dónde se encuentra ahora —ante la mirada de Han, añadió—:
Soy sincero con vosotros, tíos —miró a su alrededor y se acercó más a ellos
con gesto cómplice—. Hay alguien en la estación que podría informaros. El
que dirige el cotarro, los asuntos de los bajos fondos. Lo llaman Jefe B.
—¿Y dónde se puede encontrar al tal Jefe B? —dijo Roa.
Fasgo bajó la voz hasta que fue un susurro.
—Preguntad por ahí y él os encontrará.
Cuando el hombre estaba a punto de levantarse, Han le cogió con fuerza
del hombro.
—¿Quién dirige la empresa de Reck? ¿Quién es su superior?
Fasgo se quedó pálido.
—No quieres conocerlos, Roaky. Son de lo peor que hay.
—Dame un nombre.
—Yo nunca pregunto nombres. En serio. —Fasgo se tragó lo que le
quedaba por decir y posó la mirada en algo que Han tenía detrás.
Han se dio la vuelta y vio a tres trandoshanos acercándose hacia la
mesa. Iban armados con pistolas láser Merr-Sonn y BlasTech, y llevaban
túnicas térmicas que les llegaban a la rodilla. Dos de ellos se pararon a cada
lado de su silla, y el tercer saurio, el mayor en edad en vista de su piel
envejecida, rodeó la mesa dos veces sin apartar de Han sus ojos de pupila
negra e iris rojo. Por fin se paró ante él.
—Tu cara me suena mucho —dijo con voz ronca. Su larga lengua
emergió de entre la boca sin labios y se agitó en el aire un momento—. Y tu
sabor me resulta más familiar aún.
Han se obligó a relajarse. Era evidente que el trandoshano lo había
reconocido, pero Han no estaba seguro de si se habían conocido alguna vez.
Los asquerosos trandoshanos eran nativos de un planeta ubicado en el
mismo sistema estelar que Kashyyyk, y habían sido vitales a la hora de
convencer al Imperio de que esclavizase a los wookiees, tarea que habían
asumido ellos mismos.
—La última vez que vi una lengua así colgaba en un mercado de carne,
a modo de cazamoscas —dijo Han.
La trampa mortal que era la boca del trandoshano dibujó una
amenazadora sonrisa, y el alienígena plantó en la mesa sus manos de tres
garras.
—Lo cierto es que el humano al que te pareces se ha convertido en toda
una celebridad, pero cuando yo le conocí no era más que un contrabandista
de segunda que traficaba con especias para Jabba El Hutt y para cualquier
otro lo bastante idiota como para contratarlo.
¿Bossk?, se preguntó Han. Podría ser que…
—Seguro que en esa época eras un huevito precioso —se burló.
Las conversaciones empezaron a acallarse en las mesas vecinas; los
parroquianos intentaban determinar si era mejor quedarse sentados para ver
el resto del espectáculo o buscar refugio.
—Entre otros actos deshonrosos, esa escoria humana interfirió en una
legítima operación de trata de esclavos en Gandolo IV.
Roa se estremeció en su asiento e intervino:
—Lo pasado, pasado está, chicarrón. ¿O es que ya cazas tan poco que
debes molestar a un par de viejos amigos que se toman una copa?
El trandoshano miró iracundo a Roa, y luego a Han.
—A este gordo no le conozco, pero a ti sí… Han Solo.
—¿Solo? —dijo Fasgo, atónito.
Han mantuvo la mirada del trandoshano. Tenía que ser Bossk. Deseó
con todas sus fuerzas que la E-11A1 que el alienígena llevaba en la cintura
hubiera sido vaciada en la aduana.
—Dime, Solo, ¿sigues metiendo las narices donde no te llaman?
Han esbozó media sonrisa.
—Sólo cuando tengo la posibilidad de destrozar la nave de alguien, y de
paso humillar a su capitán.
El trandoshano se enderezó en toda su estatura.
—He oído que perdiste al wookiee, Solo. Corre el rumor de que
permitiste que le cayera una luna encima. Justo lo que yo haría de tener un
wookiee siguiéndome a todas partes.
El alienígena se mostró encantado cuando Han se levantó a por él, pero
Roa puso un brazo en el pecho a su amigo.
—No tiene sentido, Han. Acabarán regenerando cualquier cosa que les
rompamos.
El trandoshano sonrió, malévolo, y prosiguió como si nada.
—Pero qué más da un wookiee pulgoso que otro. ¿Por qué no vas y te
consigues otro?
Han lanzó el primer puñetazo que empezó la pelea.
CAPÍTULO 12
H e pasado todo el salto a Coruscant sumergido en un tanque de bacta
—informó Belindi Kalenda a los seis miembros del Consejo de
Seguridad e Inteligencia para explicar por qué tenía mejor aspecto de cómo
se sentía.
—Sus esfuerzos han ido más allá del mero cumplimiento del deber,
coronel —dijo el senador diamalano Porolo Miatamia desde el otro extremo
de la larga mesa de madera—. Debería haberse quedado a descansar en
Wayland. Podíamos habernos reunido por holoconferencia.
Kalenda sonrió débilmente.
—Wayland carece de la tecnología necesaria para una holoconferencia,
senador.
—Vayamos al grano, ¿de acuerdo? —dijo el senador Krall Praget desde
la silla más cercana a Kalenda. Poco amigo de muchas palabras, Praget,
representante de Edatha, había luchado por destituir a Leia Solo de su
puesto durante la crisis yevethana.
Entre Praget y Miatamia se encontraban los senadores Gron Marrab, de
Mon Calamari; Tolik Yar, de Oolidi; Ab’el Bogen, de Ralltiir; y Viqi Shesh,
de Kuat. También se hallaba presente Luke Skywalker, sorprendentemente
callado y completamente envuelto en su túnica Jedi, junto a su taciturno
sobrino, el adolescente Anakin Solo.
Kalenda se dirigió a los asistentes.
—Gracias por venir, Maestro Skywalker y Jedi Solo.
Skywalker se limitó a saludar con una inclinación de cabeza.
—Para empezar —dijo Kalenda, levantándose de su silla con un visible
esfuerzo—, la incursión enemiga en Wayland justifica todas las
precauciones que tomamos a la hora de trasladar a los desertores. El ataque
aéreo provocó daños considerables en Nueva Nystao, pero las bajas fueron
mínimas… Cosa que no habría sucedido de no trasladarlos a Bilbringi o
cualquier otro mundo más poblado.
Respiró con esfuerzo.
—Una de las bajas fue el doctor Yintal, del Servicio de Inteligencia de
la Flota, aunque murió a consecuencia de las heridas recibidas en el ataque
directo a Elan, la Sacerdotisa yuuzhan vong. La doctora Joi Eicroth, de Alfa
Azul, también resultó herida, pero está a punto de recuperarse
completamente; así como el mayor Showolter, que acabó con varias
costillas rotas y un pulmón perforado. Nuestros dos agentes noghri ya
andaban por su propio pie cuando salí de Wayland.
—¿Dónde se encuentran ahora las desertoras? —preguntó el senador
Shesh.
—Han sido reubicadas en Myrkr, bajo custodia, hasta que decidamos
qué hacer con ellas.
—Coronel —intervino Praget—. Tengo entendido que una de las
desertoras no parece un yuuzhan vong, y que todavía está por descubrirse
qué es.
—Así es. Aún no se ha determinado si Vergere es una especie nativa de
la galaxia de los yuuzhan vong, o si es producto de la ingeniería genética.
—¿Han podido averiguar algo más sobre lo que impulsó al enemigo a
invadir el Borde Exterior? —preguntó Miatamia.
Kalenda negó con la cabeza.
—El ataque del asesino tuvo lugar justo cuando empezamos la
entrevista. Hasta ese momento, Elan se limitó a repetir lo que ya sabíamos
sobre las motivaciones de los yuuzhan vong. Están decididos a limpiar
nuestra galaxia y/o convertirnos a su religión, en nombre de sus dioses.
Elan afirma que prefieren convertirnos, a exterminamos. Tienen a su
disposición grabaciones de la entrevista, aunque no fue muy reveladora.
Inspiró profundamente.
—Sin embargo, lo que he venido a decirles es que, tras el ataque, Elan
nos ofreció información de naturaleza secreta y con un potencial
incalculable. Si se confirma, el director Scaur y yo pediremos autorización
para traer aquí a los desertores, a Coruscant.
La voz melosa de la senadora Shesh se abrió paso entre el murmullo que
se levantó.
—¿Considera eso una decisión inteligente, teniendo en cuenta lo que
pasó en Wayland? Nueva Nystao ha exigido una compensación.
—Si he elegido Coruscant es en parte precisamente porque no se trata
de un blanco fácil. Soy la primera en admitir que no se tomaron las
precauciones necesarias para trasladar a los desertores de Nim Drovis a
Wayland. Pero eso no volverá a ocurrir. El plan que hemos trazado se
beneficiará del caos actual en el Borde Medio. Parecerá que perdemos a
Elan y a Vergere entre la multitud de refugiados, pero serán reconducidas a
Coruscant por una ruta alternativa. Asimismo, se emplearán multitud de
equipos para despistar a todo el que intente sabotear la operación.
Kalenda hizo una pausa para repartir unos documentos de un color que
indicaba que eran del más alto secreto.
—La ruta llevará a Elan y a Vergere por Bilbringi, Jagga-Dos y
Chandrila. Eso en el supuesto de que no ocurra nada, y a no ser que surjan
nuevas informaciones que den a entender que ese plan puede suponer una
amenaza para la seguridad de la Nueva República.
—Sigo sin entender el propósito de traerlas aquí —dijo Bogen, negando
con la cabeza de forma tan enérgica que casi desordena su pelo rubio
meticulosamente peinado—. Estoy de acuerdo con su afirmación de que el
ataque yuuzhan vong confirma el estatus de las desertoras. Pero puede que
ese ataque fuera sólo una maniobra pensada para convencernos de la
utilidad de Elan.
Con sumo cuidado, Kalenda volvió a tomar asiento.
—Una vez más, senador, el plan depende de que se corroboren los datos
que nos proporcionó Elan —hizo una breve pausa—. Yo tengo las mismas
sospechas que todos los presentes, que todo el mundo, pero también estoy
segura de que Elan podría sernos vital, incluso formando parte de una
trampa. No sólo afirma conocer el paradero de los agentes yuuzhan vong
infiltrados en los planetas de la Nueva República, sino que conoce la
identidad de muchos de sus agentes reclutados en células de
contrabandistas, mercenarios, piratas y demás.
»De hecho, tenemos motivos para pensar que una de esas células, la
autodenominada Brigada de la Paz, pudo ser la que informó a los yuuzhan
vong de que Elan y Vergere habían sido trasladadas a Wayland.
Kalenda repartió otro documento en el que aparecía la insignia de la
célula mercenaria: dos manos entrelazadas; una que podría ser humana, y la
otra totalmente tatuada.
—Lo que les acabo de entregar son informes sobre los miembros de la
Brigada de la Paz, junto con un breve resumen de sus supuestos actos de
subversión —miró a Luke Skywalker—. Parece ser que una de sus
especialidades es avivar los sentimientos anti-Jedi.
Skywalker asintió.
—Espero que la agencia de Inteligencia esté vigilando de cerca a este
grupo —dijo Shesh, levantando la vista de la duralámina.
—Siga leyendo —dijo Kalenda con amabilidad.
Bogen se aclaró la garganta.
—Sobre la importancia de la tal Elan…
Kalenda se volvió para mirarle.
—Además de poder identificar a los agentes, Elan sabe cómo piensan
los estrategas yuuzhan vong. No, es más que eso. Conoce los augurios y
presagios que consultan para planificar sus ataques. Quizás incluso sea
capaz de llevarnos a planetas donde se hayan establecido los Coordinadores
Bélicos.
—Un momento —intervino Tolik Yar, introduciendo un montón de
datos en un datapad—. Hay un informe, aunque no lo encuentro ahora
mismo, que sugiere que los Coordinadores Bélicos tienen habilidades
telepáticas —Yar dejó de teclear para mirar a Kalenda—. ¿Y si esa supuesta
desertora está telepáticamente conectada con las criaturas y ahora mismo
les está enviando información sobre nosotros?
—El informe al que se refiere fue redactado por una científica de ExGal
que sufrió un breve cautiverio a manos de los yuuzhan vong —añadió
Kalenda—. En cualquier caso, la posibilidad de que exista una conexión
entre las desertoras y los yuuzhan vong, ya sea telepática o de otro tipo, es
la razón por la que las hemos mantenido virtualmente aisladas. Se les ha
apartado de todo lo que pudiera resultar de valor estratégico para el
enemigo. Aunque los yuuzhan vong consiguieran recuperarlas, no tendrían
nada vital que ofrecerles.
—¿Y por qué están esos dos tan ansiosos por desertar? —preguntó la
senadora Shesh.
—Elan afirmó que existían diferencias entre los rangos de los yuuzhan
vong. Desacuerdos sobre la legitimidad de la invasión. Al parecer, quiere
ayudarnos.
—¿A cambio de qué? ¿De riquezas, de una nueva identidad, de un lugar
donde esconderse? No estoy segura de que no tengan un motivo oculto. Un
vornskr que ha perdido los dientes no pierde también su naturaleza.
Kalenda entrecerró los ojos.
—Elan ha pedido algo —miró fijamente a Skywalker—. Desea tener un
encuentro con los Caballeros Jedi.
Skywalker centró toda su atención en aquella revelación. Hasta Anakin
dio un respingo.
—¿Ha dicho por qué? —preguntó Skywalker.
—Al parecer tiene que ver con una enfermedad que los yuuzhan vong
propagaron antes de la llegada de sus mundonaves. Se negó a decir más.
Dijo que los Jedi lo entenderían.
Skywalker y su sobrino intercambiaron miradas de asombro.
—¿Eso es todo? —dijo Luke, claramente intrigado.
Kalenda negó con la cabeza.
—Como le dije al senador Miatamia, tienen a su disposición la
grabación del encuentro. De hecho, me gustaría saber qué opinan al
respecto. Quizás ustedes capten algo que a nosotros se nos ha escapado.
—Maestro Skywalker —interrumpió Gron Marrab, con uno de sus
saltones ojos fijos en los Jedi, mientras el otro observaba a Kalenda—.
Quizá no haga falta decir esto, pero quiero que quede claro que no están
ustedes obligados a nada.
—Por supuesto que no —añadió el senador Praget con una sonrisa
equívoca—. Al fin y al cabo, los Jedi tampoco están al servicio de la Nueva
República.
—No hacía falta decir eso, senador —replicó Shesh.
Pero Skywalker permaneció impasible ante el comentario de Praget.
—Eso está por discutir —dijo al fin—. Pero, personalmente, puedo
decir que estoy ansioso por reunirme con la Sacerdotisa.
Todos guardaron silencio unos instantes, y entonces Shesh tomó la
palabra una vez más.
—Coronel Kalenda, ¿qué información ha proporcionado Elan?
—El próximo objetivo de los yuuzhan vong… Ord Mantell.
***
Leia se tomó un momento, dando la espalda al mar que bañaba la costa
sur de Worlport, para mirar las columnas que se alzaban de los norteños
vertederos cubiertos de niebla, más allá de las enormes extensiones de
desperdicios que llegaban hasta la Meseta de las Diez Millas. La vista desde
el mirador de transpariacero de la Casa del Gobierno de Ord Mantell, sede
del Cónclave a favor de los Refugiados, abarcaba también buena parte de la
vertiginosa capital, con lo que antaño fueron grandes ejemplos de la
arquitectura neoclásica corelliana. Sin embargo, casi todas las agujas
ornamentales, enormes columnatas y grandes plazas, con sus arcos
elevados, dinteles monolíticos y frisos labrados, habían sido engullidos por
un frenesí de cúpulas y obeliscos del peor estilo rococó, que delataba el
terrible gusto de los jugadores y hedonistas que frecuentaban el planeta. Y
todo ello estaba surcado por un laberinto de escaleras estrechas, rampas
curvadas, puentes cubiertos y túneles húmedos.
Es fácil perderse en ese laberinto, se dijo Leia, que de hecho se había
perdido en él veinticinco años antes, al final de su periodo como princesa y
diplomática, pero antes de Hoth y Endor, y mucho antes de casarse y ser
madre. Intentó trazar mentalmente una ruta desde la Casa del Gobierno
hasta las llanuras parduzcas que se veían a lo lejos, un juego para pasar el
rato, para no pensar en los niños, o en dónde estaría Han…
—Embajadora Organa Solo —interrumpió el representante de Balmorra
—, ¿va todo bien?
Leia salió de su ensimismamiento y esbozó una leve sonrisa.
—Disculpe. ¿Me decía…?
—Le decía que no ha respondido a mi pregunta —dijo el humano
delgado en un tono ofendido—. ¿Cómo justifica la Nueva República
semejante petición, habiendo innumerables planetas que podrían acoger a
los refugiados sin temor a arriesgar el bienestar económico de su población
nativa?
Leia se esforzó por mantener su aplomo diplomático.
—Contamos con medios para transportar decenas de millones de
refugiados a todos los planetas cercanos que puedan acogerlos, pero nuestra
intención no es limitarnos a quitarnos de encima una molestia. Estamos
hablando de pueblos que contribuyen de forma significativa a la estabilidad
y prosperidad de la Nueva República, y que lo han perdido todo…: sus
hogares, sus vidas, y en muchos casos a sus familias o razas.
—¿De qué sirven esos grupos sin su mundo? —resopló uno de los
presentes en la mesa.
—Ahí voy precisamente —dijo Leia—. Lo que solicita el Comité para
Refugiados del Senado son planetas con una infraestructura intacta. No sólo
con terreno habitable, sino con defensas planetarias, espaciopuertos, redes
de transporte en superficie y comunicaciones fiables con Coruscant y los
mundos del Núcleo.
El representante de pelo rizado de Alsakan resopló.
—Un ideal digno de elogio, embajadora, pero ¿quién alimentará y
vestirá a esos miles de millones de refugiados? ¿Quién construirá los
refugios e instalará los medios para garantizar que las poblaciones nativas
estén protegidas contra cualquier enfermedad que pudieran traer los
refugiados?
—El Senado está reuniendo fondos para esos problemas concretos.
—Pero ¿durante cuánto tiempo? —preguntó el enviado de Devaron—.
Si la Nueva República se desdijera de su compromiso, o se viera obligada a
ello por las circunstancias, la responsabilidad económica recaería sobre los
planetas de acogida, que para entonces no estarán en posición de rechazar a
esos grupos que acogieron de buena fe. El resultado podría ser una
catástrofe económica.
Leia dejó que se notara su frustración.
—¿Necesito recordarles que nos hallamos en medio de una guerra que
amenaza incluso la existencia de nuestra economía? Sin mencionar las
libertades de que hemos disfrutado todos desde la derrota del Imperio.
Cuando se aseguró de que todos le prestaban atención, prosiguió:
—Estamos capacitados para trasladar poblaciones desde el Borde
Exterior hasta los planetas más cercanos al Núcleo. En caso necesario, y de
no necesitarse para otros fines, utilizaríamos transportes de gran tonelaje y
cargueros para reubicar a decenas de miles de seres a la vez. Pero antes de
que pase eso, algunos de ustedes tendrán que acoger voluntariamente a
estos pueblos, tal y como hicieron los mon calamari con los ithorianos, y
como acaba de hacer Bimmisaari con los refugiados huidos de Obroa-Skai.
»Nuestro objetivo es crear enclaves autosuficientes que puedan ser
gestionados por individuos elegidos entre los mismos refugiados.
Administradores, médicos, profesores, técnicos… Pero esos enclaves sólo
servirán como instalaciones temporales. Poco a poco, reubicaremos grupos
o especies específicas en mundos más adecuados, o quizá transportaremos
poblaciones enteras a planetas deshabitados.
—¿Enclaves individuales para cada especie? —preguntó el delegado de
Jagga-Dos.
—En la medida de lo posible —dijo Leia—. De no ser así,
intentaríamos colocar juntos a los grupos que sean compatibles.
—¿Teniendo en cuenta las diversas necesidades de esos grupos?
—Por supuesto.
—¿Y qué pasará cuando grupos antagónicos deban compartir una
misma ubicación? —preguntó el representante de un planeta repoblado en
la Constelación Koornacht.
—Resolveremos esos problemas cuando surjan.
—¿Cómo? ¿Mediante el uso de fuerzas de seguridad?
—Sí, serán necesarias.
El balmorrano se rió con sorna.
—Utiliza la palabra «enclaves», pero lo que realmente quiere decir es
«campos de concentración».
El devaroniano miró a Leia con frialdad.
—¿Y qué pasa si los yuuzhan vong obtienen el control de más planetas?
¿Cuántos refugiados tendremos que aceptar? ¿Hay algún límite a esto, o es
que la Nueva República piensa acumular la población de miles de planetas
en cientos?
—Limitaremos la cantidad —replicó Leia. Se giró hacia el
representante de Ord Mantell—. Ord Mantell podría inaugurar el plan
permitiendo que la gente que ahora se encuentra temporalmente en la Rueda
del Jubileo se establezca en campamentos temporales al norte de la ciudad.
La representante de morro chato del planeta se quedó de piedra.
—Lo siento, pero eso es imposible, embajadora. Porque, para empezar,
la zona que rodea la Meseta de las Diez Millas es una de las principales
atracciones turísticas del planeta.
—¿Atracciones turísticas? —dijo Leia sin poder creérselo—. Ord
Mantell está prácticamente en la frontera del espacio en guerra. ¿Cuántos
turistas cree que vendrán en los próximos meses?
La mujer se puso seria.
—Ord Mantell parece haberse quedado al margen de los horrores.
Esperamos un incremento turístico a corto plazo.
Leia respiró hondo.
—Entonces más al oeste —sugirió.
La mujer ridiculizó la propuesta con una risa condescendiente.
—Lo siento mucho, pero esas tierras han sido seleccionadas como
reservas para los savrip mantelianos. Vienen cazadores desde muy lejos
para practicar con esas bestias.
Leia resopló, desesperada.
—¿Es que aquí no hay nadie que dé la cara?
El representante de Gyndine y del sistema Circarpous tomó la palabra.
—Gyndine aceptará a parte de los refugiados de la Rueda del Jubileo.
—Gracias —dijo Leia.
—Y Ruan también —anunció, orgulloso, Borert Harbright, delegado de
Salliche Ag—. La Casa Harbright hará todo lo que pueda por la causa.
Leia sonrió con amabilidad, pero se vio obligada a forzar una sonrisa.
La corporación Salliche Ag, poderosa y de mucha riqueza, controlaba una
serie de planetas en el borde del Núcleo Interior, entre ellos Ruan y un
montón de mundos similares idóneos para centros de reubicación. Pero
había algo en el altanero Conde Harbright que la intranquilizaba. El engaño
parecía brillar en sus ojos negros como el carbón, y acechar detrás de su
engañosa sonrisa.
Pero Leia le dio las gracias de todas formas.
—El Consejo aplaude su propuesta en nombre de las miles de vidas que
salvará con su generosidad. —Su mirada recorrió la mesa—. Quizás ahora
el resto se convenza de la necesidad de seguir los pasos del conde.
***
Cuando la reunión se interrumpió para el almuerzo, Leia salió
apresuradamente de la sala circular, antes de que nadie pudiera
interceptarla. Olmahk, uno de sus guardaespaldas noghri, la esperaba en el
pasillo junto a C-3PO.
—Espero que la reunión fuera bien, ama Leia —dijo C-3PO, corriendo
para mantener el paso de ella.
—Tan bien como era de esperar —murmuró Leia.
Se abrieron paso hasta un turboascensor y bajaron al amplio y ostentoso
vestíbulo de la Casa del Gobierno, donde todos los androides a la vista
parecían moverse con extraña celeridad hacia las distintas salidas del
edificio.
—¿A qué viene todo esto? —Leia se detuvo para preguntar.
—No puedo ni imaginármelo —respondió C-3PO—. Pero haré todo lo
posible por averiguarlo.
C-3PO cruzó el vestíbulo, colocándose directamente en el camino de un
androide administrativo cuya cabeza tenía forma de probeta invertida. El
3D-4X se vio obligado a pararse bruscamente sobre el pulido suelo. En un
contacto imposiblemente rápido, la pareja intercambió información como
dos insectos que se encuentran en una hilera.
Un momento después, C-3PO se giró y regresó hacia Leia con la
espalda rígida y los brazos moviéndose de una manera que ella había
aprendido a relacionar con el peligro.
—Ama Leia, acabo de recibir las peores noticias —dijo C-3PO—. Al
parecer, Ord Mantell es el próximo objetivo de los yuuzhan vong.
CAPÍTULO 13
E se bruto podría haberte matado, ama —comentó Vergere en la lengua
secreta de la secta de la impostura, mientras curaba las heridas
recibidas por Elan a manos del asesino.
La Sacerdotisa apartó a Vergere para poder contemplar su imagen en el
espejo que le había proporcionado Showolter.
—Nunca temí por mi vida. Sólo temí por el desarrollo del bo’tous. Los
golpes de ese idiota podrían haber dañado a los portadores o haber retrasado
su crecimiento.
Vergere se apoyó en sus piernas articuladas al revés, y alzó las largas
orejas.
—¿Crees que han sobrevivido?
Elan se pasó la mano por el pecho y sonrió maliciosa.
—Puedo sentirlos madurando, Vergere. Me susurran cosas. Esperan las
cuatro expiraciones que los liberen. Puedo sentir su ansiedad.
—¿La suya o la tuya?
Elan se giró desde el espejo para contemplar a su familiar.
—Mi recompensa por liberar su toxina letal será grandiosa. Las noticias
llegarán a oídos del sumo señor Shimrra.
—Eso es incuestionable —le garantizó Vergere—. Pero los beneficiados
serán los miembros de tu Dominio.
Elan siguió mirándola.
—¿Tan poca fe tienes en que Harrar consiga rescatarnos después de mi
reunión con los Jedi?
El temor hizo que Vergere entrecerrara los ojos rasgados y se le
estremecieran las plumas de la nuca.
—Creo que Harrar hará todo lo que esté en su mano para encontrarte,
pero, a partir de ahora, nuestros movimientos serán menos fáciles de
controlar. Después del ataque del asesino, Showolter nos llevará de un lado
a otro hasta que estemos tan ocultos en las entrañas de la Nueva República
que ni Nom Anor será capaz de encontrarnos.
El siempre atento mayor Showolter se había cuidado muy mucho, pese
a sus heridas, de no identificar el planeta al que habían sido trasladados,
aunque todo apuntaba a que era todavía más remoto y primitivo que el
anterior. Al llegar, Elan había podido ver por un instante bosques
impenetrables de peculiares árboles. Por las escasas conversaciones que
había podido escuchar, dedujo que el planeta tenía al menos una ciudad
pequeña, pero también le quedó muy claro que estaban lejos de ella.
Elan acarició la espalda de Vergere.
—Si mi obligación requiere que muera, que así sea, mascota mía. Mi
Dominio prosperará. Mi padre será ascendido al rango de Sumo Sacerdote.
—Y el ambicioso Harrar se beneficiará de ello.
—Eso no es nuestro problema.
Vergere cruzó los brazos e inclinó su alargada cabeza.
—Yo me quedaré contigo, ama.
Elan examinó amargamente las heridas que los potentes dedos del
asesino le habían dejado en el cuello.
—Conocía al enviado de Harrar —dijo al cabo de un rato—. Fue
aprendiz de los Shai.
Vergere se apretó las manos contra los ojos y aplicó lágrimas a las
heridas de Elan.
—La misma secta del comandante Shedao, del Dominio Shai.
—El mismo. A los del Dominio Shai les encanta infligir dolor por el
dolor. Tanto a sí mismos como a los que tengan la poca fortuna de caer en
sus manos. Para los Shai no hay nada superior al tormento, «el abrazo del
dolor». El dolor es el comienzo y el fin. —Elan suspiró, aliviada—. Tus
lágrimas me calman, mascota mía.
Vergere continuó con la cura.
—El objetivo de Harrar era convencer a nuestros captores de tu
importancia, y en eso tomó una sabia decisión. Es preferible que la Nueva
República considere a los yuuzhan vong intratables y no razonables.
Elan asintió sin decir nada.
Aunque Vergere podría haber sido fruto de la manipulación genética de
los yuuzhan vong, lo cierto es que la exótica criatura había sido
transportada dos generaciones antes a la flota principal por uno de los
primeros equipos que reconocieron la galaxia de los Jedi. La expedición
había regresado a las mundonaves con docenas de especímenes, incluidos
humanos, verpines, talz y otros. Tras realizar costosos experimentos con
ellos, algunos murieron y otros fueron sacrificados, pero unos cuantos
fueron entregados como mascotas a niños de la élite, como Elan, hija
pequeña de un consejero del sumo señor Shimrra. La singularidad de
Vergere era considerada sagrada por algunos. Durante los muchos años de
viaje por el vacío galáctico, durante los muchos años que Elan pasó
entrenándose en la secta de la impostura, Vergere fue su constante
compañera, su confidente, su amiga e incluso su tutora.
—¿Te alegra volver a estar entre los tuyos? —preguntó Elan con
cuidado.
—No lo son del todo, ama.
—Bueno, entre las especies de las que procedes.
Vergere sonrió.
—Los fosh nunca nos sentimos como en casa entre ellos. Éramos
demasiado pocos. La raza humana llenó los vacíos evolutivos, provocando
la extinción de especies como la mía, que simplemente ocupaba un espacio,
un lugar dentro del continuo.
—Pero estás encantada con la comida.
—Ah, la comida —dijo Vergere entre risas—. Ésa es otra historia.
Elan se quedó seria.
—Podrías contar la verdad a Showolter y escapar a tu mundo.
Vergere cogió la mano tatuada de Elan y la acarició.
—Yo soy tu familia. De no haber sido por ti, me habrían sacrificado o se
habrían deshecho de mí. Estaremos unidas hasta la muerte de una de las
dos.
Elan respiró hondo.
—Pese a lo que digas o a lo que decidas revelar, conoces a esta especie
mejor que cualquiera… Mejor incluso que Nom Anor.
Vergere negó con la cabeza.
—La misión del Ejecutor ha sido investigarlos, conocerlos mejor que
ellos mismos. Los fosh dedicamos nuestros esfuerzos a ocultarnos.
—Bueno, entonces, con lo poco que sabes de ellos, ¿crees que me
creyeron Showolter y las mujeres que nos visitaron?
—Podría responderte con seguridad, de haber estado en la reunión. Sin
duda, la dedicación del asesino ha ayudado a disipar las dudas iniciales de
Showolter.
Elan varió el gesto.
—Es de lo más complaciente.
—Porque lo tienes hechizado…, como a todos.
—Qué vas a decir tú. Entonces ¿crees que me concederán la
oportunidad de reunirme con los Jedi?
—Es demasiado pronto para saberlo, ama. Puede que se produzca el
encuentro si el comandante Tla consigue proporcionar a la Nueva
República una victoria que corrobore los datos que les diste.
Elan pensó en silencio.
—¿Tú los conociste cuando vivías aquí?
—Como ya te he contado, los fosh nos movíamos de forma discreta,
pero claro que conocí a los Jedi. Eran muchos. Me sorprendió saber que
sólo quedan unos pocos —se detuvo un momento—. Gracias por no revelar
nada de mi pasado a Harrar, ama.
Elan se limitó a sonreír.
—¿Viste alguna vez utilizar la Fuerza a algún Jedi?
—Los Jedi consideran que la Fuerza está en todas partes, dentro de
todas las criaturas vivas. Visto así, estoy segura de que presencié la Fuerza
en acción.
—Quizá los yuuzhan vong puedan beneficiarse del aprendizaje de su
uso.
Vergere tardó un momento en responder.
—La Fuerza es una espada de doble filo, ama. Corta por uno y
vencerás. Pero si no tienes cuidado al asestar el revés, o dejas que tu mente
se descontrole, te arriesgas a tirar por la borda todo lo conseguido —miró a
Elan—. A los yuuzhan vong les conviene aprender a usar la Fuerza, sí, pero
no es para todos. Semejante poder debería estar reservado para aquellos con
fortaleza para alzar la espada y sabiduría para saber cuándo se la debe
manejar.
***
Escuadrones de Ala-X T-65A3, Ala-E e Interceptores TIE cayeron
desde el hangar de lanzamiento del Erinnic, un destructor estelar clase
Imperial II estacionado entre Ord Mantell y sus lunas.
—Los grupos de cazas están en camino —informó un oficial desde una
de las cabinas de personal situadas sobre la pasarela de mando del puente
—. Dispersándose hacia las coordenadas asignadas.
—Que la Fuerza os acompañe —dijo el vicealmirante Ark Poinar por el
micrófono a todas las unidades.
Por el rabillo del ojo vio que una sonrisa taimada se dibujaba en el
arrugado rostro del general Yald Sutel, antiguo adversario y actual aliado en
la guerra contra los yuuzhan vong.
—¿Algún problema, general? —preguntó Poinard, arqueando una
poblada ceja canosa mientras se giraba hacia Sutel.
Sutel negó con su enorme cabeza, pero siguió sonriendo.
—Es sólo que sigo sin acostumbrarme a oírte decir eso.
Poinard soltó una risita.
—Lo creas o no, yo me lo decía para mis adentros incluso cuando esta
nave sólo llevaba cazas TIE.
—No me lo creo ni por un momento —dijo Sutel.
—Pese a las apariencias, siempre he tenido a la Fuerza en alta estima.
Los dos veteranos siguieron avanzando por la estancia semicircular del
puente, frente a los ventanales triangulares y con las manos detrás de la
espalda. Para complacer tanto a la Nueva República como al Remanente
Imperial, Poinard había conservado su puesto como capitán del buque
insignia, y Sutel había sido designado comandante del escuadrón.
De las dieciséis naves que integraban el equipo, algunas volaban como
escolta del Erinnic, pero la mayoría de ellas, incluyendo un crucero de
combate calamariano clase Mediador, dos portacruceros clase Fuego
Quasar, tres fragatas de escolta y cinco artilleros clase Ranger, habían
tomado posiciones en la cara iluminada del quinto planeta del sistema
estelar. Dado que las naves procedentes del espacio ocupado por los
yuuzhan vong tendrían que saltar a las inmediaciones del planeta, se
esperaba que su ocultamiento aumentase el factor sorpresa.
Poinard se detuvo ante la cabina delantera.
—¿Hay señales de actividad? —preguntó a un técnico sentado ante un
monitor.
—Negativo, señor —la mujer observó unas lecturas y luego miró a los
dos comandantes—. La avanzadilla informa de que todo está tranquilo.
—Parece que los estrategas del almirante Sovv nos hacen trabajar de
balde —comentó Poinard a Sutel en voz baja.
—La información viene directamente del Servicio de Inteligencia —
dijo Sutel.
—Mejor me lo pones. Ord Mantell apenas tiene valor estratégico.
Sutel dejó de mirar a las estrellas y observó a Poinard.
—¿Lo tenía Ithor? ¿Lo tenía Obroa-Skai? Los yuuzhan vong libran una
guerra psicológica con nosotros. Tú deberías saberlo mejor que nadie. ¿No
fue tu hermano comandante de una división de AT-AT?
—Los transportes de tierra tenían su efecto.
—Sí, eran armas de terror —dijo Sutel—. Es obvio que los yuuzhan
vong quieren aterrorizarnos de la misma manera… Acabarán con nosotros
desmoralizándonos.
—Pero Ord Mantell… —dijo Poinard, titubeando—. A los únicos a los
que podrán desmoralizar es a jugadores y turistas.
—Almirante Poinard —interrumpió la mujer del monitor—. La
avanzadilla informa de que hay naves enemigas emergiendo del
hiperespacio y tomando velocidad. Los perfiles confirman que se trata de
naves de guerra yuuzhan vong.
Poinard se giró hacia el personal de cabina al otro lado de la pasarela,
mientras los evaluadores de peligro empezaban a comunicarse en código
informático.
—Entramos en estado de alerta total. Que todo el personal no
imprescindible se quede en sus aposentos. Activen motores subluz y pongan
rumbo directo a la luna número dos —se giró hacia la técnica de la primera
cabina—. ¿Cuántas naves son?
—Señor, los equivalentes a dos corbetas, cinco fragatas, tres cruceros
ligeros y una nave de guerra.
Alguien habló desde detrás de Poinard y Sutel.
—Señores, el comandante de escuadrón informa desde el punto de
objetivo de que los cazas han completado su formación. Espera autorización
para atacar. El puente táctico informa de que todos los sistemas están
activados.
Una holoproyección del escenario del combate apareció sobre una mesa
luminosa de la cabina delantera. Poinard y Sutel la contemplaron en
silencio.
—Parece que por una vez estamos igualados —comentó el general al
cabo de un momento.
—Salvo por una cosa —señaló Poinard—. Ellos no saben que nosotros
estamos aquí.
CAPÍTULO 14
H an apoyó el hombro derecho contra las rejas del repugnante calabozo
y se masajeó suavemente el nudillo herido de su anular izquierdo.
—Buena pelea —dijo—. La disfruté de verdad.
Fasgo y Roa estaban sentados en el asqueroso suelo, con la espalda
apoyada contra una pared igualmente sucia. El primero con la oreja derecha
cómicamente lesionada, y el segundo llamativamente inmaculado.
—Menudo desastre —dijo Roa con una sonrisa.
Fasgo se tocó suavemente la punta de la nariz.
—Creo que me la han roto —murmuró.
Roa dio una palmadita en el hombro a su ex-agente de impuestos y
aduanas.
—La próxima vez recuerda que la mejor defensa suele ser quitarse de
en medio.
—Lo único que lamento es que el grandullón no la palmara —dijo
Fasgo.
—Dale un poco de tiempo —dijo Han en voz muy alta, clavando la
mirada en los tres trandoshanos del calabozo de enfrente.
Fasgo juntó el pulgar y el índice.
—Faltó esto para que le diera la silla.
—Lo siento por el pobre bith de la mesa de al lado —dijo Han.
—Qué suerte que creyera que la silla la tiró uno de los trandoshanos —
intervino Roa.
Fasgo asintió.
—Tener a esa panda de cabezas de globo de nuestro lado nos ayudó
mucho.
—Baja la voz —aconsejó Roa con un susurro—. Sólo están dos celdas
más allá.
Fasgo agitó una mano, quitándole importancia.
—La mitad de los clientes del Apostador están aquí —miró a Han y se
rió—. La hemos liado muy gorda.
—Sí, y los de seguridad le pusieron el punto final —rió Han—. Ahora
entiendo por qué no se permiten pistolas láser en la Rueda.
Una puerta que necesitaba desesperadamente un poco de lubricante se
abrió al final del pasillo, y un fornido guardia de seguridad con uniforme
gris entró en la estancia poco después.
—Venga, vejestorios —anunció el guardia en tono burlón—. Podéis
iros.
Han, Roa y Fasgo intercambiaron miradas estupefactas.
—Creí que no se podía pagar fianza antes del juicio previo —dijo Roa.
—No habrá juicio previo —dijo el guardia—. Debéis tener amigos en
las altas esferas.
Roa miró a Han.
—Me temo que te han descubierto, «Roaky Laamu». Lo cierto es que el
trandoshano te reconoció enseguida.
Han se dio cuenta de que aquello tenía sentido. Ya se había corrido la
voz, y alguien había avisado a Leia.
La puerta del calabozo se abrió, y los tres salieron de allí. Han se detuvo
ante la celda de los trandoshanos, procurando mantenerse fuera del alcance
de las garras enemigas.
—Tenemos que repetir esto lo antes posible —dijo sonriendo.
—Cuenta con ello, Solo —dijo Bossk con voz ronca.
El guardia les guió fuera de la zona de confinamiento, les devolvió sus
pertenencias y les indicó la salida.
—Si volvéis por aquí, lo lamentaréis, con amigos o sin ellos —advirtió
el hombre.
—Un tipo encantador —murmuró Roa.
Han asintió.
—Seguro que es funcionario en sus días libres.
Un aqualish sorprendentemente bien peinado se acercó a ellos apenas
entraron en el pasillo.
—Roa, Fasgo, Roaky Laamu —empezó a decir el alienígena en un
Básico algo burdo, cortesía de sus colmillos, curvados hacia dentro—. Mi
jefe solicita el placer de su compañía.
—Jefe B —recordó Roa a Han en voz baja—. El tratante de
información.
Fasgo tragó saliva.
—¿Acaso hemos preguntado por él? —preguntó Han en tono
exageradamente teatral—. No recuerdo haber ido preguntando por él.
El aqualish, un quara, mostró las palmas de las manos.
—Vengan conmigo, caballeros. Estoy seguro de que tendrán algo de
tiempo para dedicárselo a la persona que les ha sacado de la cárcel.
El asombrado trío intercambió miradas de sorpresa.
—Bueno, en ese caso —dijo Han—. Tú delante.
Una limusina con repulsores les llevó a lo largo de noventa grados de la
Rueda, a veces maniobrando entre los remolinos de refugiados perdidos y
desanimados. La ostentosa avenida que conducía a la guarida del Jefe B
estaba flanqueada por centinelas gamorreanos de nariz chata, y el lujoso
vestíbulo estaba lleno de cobistas, sicofantes y partidarios. Dos hembras
twi’lekos con trajes ajustados de mesh se recostaban seductoras en divanes
anatómicos y se acariciaban los largos tentáculos. En otra parte, un rodiano,
un kubaz, un whiphid y dos weequays jugaban una extraña partida de laro,
mientras un aburrido bith hacía sonar escalas en un delgado instrumento de
viento.
El aqualish invitó a Han y sus amigos a sentarse en unos mullidos
sillones del salón y les ofreció unas bebidas. Han se quedó de pie.
—Guarda las cervezas para el Apostador —sugirió una aguda voz de
barítono—. Tomad una copa de reserva de Whyren.
—Ésa es una oferta que no puedo rechazar —dijo Fasgo sonriendo.
—Que sean dos —dijo Roa al aqualish.
—Tres —dijo Han vacilante, intentando averiguar la fuente de la sonora
voz. Una pared entera estaba cubierta de pantallas planas que mostraban
constantemente vistas de los distintos sectores de la Rueda. En un monitor,
Han reconoció la estación de inmigración en la que le habían descargado la
pistola láser.
—Siéntese, por favor —retumbó la voz.
Han accedió a la petición cuando llegó el whisky corelliano color
ámbar.
—Salud —dijo, dejando en el suelo su mochila y alzando el vaso al aire,
hacia su anfitrión oculto.
—Lo mismo digo —dijo Roa, uniéndose a Han en el brindis.
—Su reputación les precede, caballeros —dijo la voz.
Fasgo se pasó el dorso de la mano por la boca.
—Si te refieres al altercado del Apostador, los trandoshanos fueron
culpables de casi todo…
—Podéis echarme a mí la culpa de ello —interrumpió el Jefe B—. Yo
los mandé allí.
—¿Tú? ¿Por qué? —preguntó Han.
—¿Cómo, si no, iba a asegurarme de que aceptaríais mi hospitalidad, si
no pagaba vuestra fianza?
—No lo capto —dijo Han.
El Jefe B se rió.
—Se me informa personalmente de la llegada de personajes de buena o
mala reputación a la Rueda del Jubileo. Eso fue lo que pasó contigo, Roa.
Pero imagínate mi sorpresa cuando, tras algo de espionaje por cámara,
descubro que tu compañero de viaje no es otro que Han Solo.
Al oír aquel nombre, el bith dejó de trastabillar y la twi’leko y los
jugadores de cartas se volvieron al unísono. Han vació el vaso de un trago y
lo dejó sobre la mesa con un golpe.
El Jefe B se rió a carcajadas.
—He de decir, Solo, que te creía más joven.
—Ya, bueno, antes lo era.
—Y yo —dijo el Jefe B—. El caso es que al enterarme de que ibais
hacia el Apostador, donde sabía que estarían Bossk y sus colegas, me limité
a informar al trandoshano de que uno de sus viejos enemigos estaba en la
ciudad. No era difícil predecir lo que pasaría a continuación.
—¿Es ésa tu idea de la hospitalidad? —dijo Han.
—Vamos, Solo, tú mismo dijiste que disfrutaste de la pelea.
Han soltó una risilla.
—¿Tienes intención de dar la cara o vamos a tener que jugar al quién es
quién?
A menos de tres metros frente a Han, se disipó un campo velado,
revelando lo que podría haber sido el resultado del apareamiento entre un
hutt y un humano. Aunque el humanoide color lavanda se las arreglaba para
moverse sobre dos piernas gruesas como troncos de árboles, muy
posiblemente con la ayuda de implantes retropropulsores, tenía la anchura
de un hutt y una cabeza demasiado grande como para pasar por una
escotilla normal. Su rostro redondo era simétrico y de rasgos humanos, pero
cada uno era tan enorme que luchaban unos con otros por tener más
prominencia. Los ojos, brillantes y ligeramente protuberantes, eran del
tamaño de un puño. La nariz parecía un disco, y un bigote denso y
desordenado de color gris le cubría casi toda la boca. El pelo, desaliñado y
de color verde oscuro, coronaba su cabeza como si fuera un nido de ave
abandonado, y sus enormes orejas rosas ondeaban contra el cráneo como si
fueran alas. En sus dedos manchados de rojo llevaba un grueso cigarro de
raíz de chak.
Han casi se cae de la silla.
—¿Gran Bunji?
El humanoide gigante soltó una carcajada divertida, riéndose con la
boca llena de fragante humo.
—Jefe Bunji, Han.
Roa se rió con ganas.
—Es asombroso que no nos hayamos conocido antes, teniendo en
cuenta todos los amigos mutuos que teníamos en Etti IV y en otros lugares
del Sector Corporativo. Es un placer, después de tantos años.
Hizo un gesto hacia Fasgo y le presentó. Bunji observó al pelirrojo.
—Sí, no nos han pasado desapercibidas las pequeñas estafas de Fasgo a
bordo de la Rueda.
Fasgo tragó saliva, pero no dijo nada.
Han seguía negando con la cabeza, sin poder creérselo.
—Debo de estar a punto de morir y por eso pasa mi vida entera ante mí
—sonrió a Bunji—. Si ahora aparece Ploovo Dos-Por-Uno de repente me da
algo.
—Si Ploovo apareciera por aquí, Han, te puedo asegurar que no se
mostraría nada cortés. Pese a toda la cirugía estética a la que se ha
sometido, sigue sin recuperarse de las heridas que sufrió su probóscide a
manos del dinko que tan inteligentemente le echaste encima en el Sala de
Baile Vuelo Libre. De hecho, hubo una época en la que pagaba buenas
sumas de dinero a cualquiera que le llevara un dinko, vivo o muerto. Tenía
ejemplares disecados de esas horribles criaturas en todas sus casas, oficinas
y a bordo de sus naves. Hasta llegó a llevar una pulsera amuleto hecha de
colmillos y espolones de dinko. Creo que consiguió llevar a la especie al
borde de la extinción.
Han frunció el ceño.
—Lo siento por él, pero nunca me preocupo por la gente que intenta
robarme lo que es mío.
Bunji soltó otra carcajada, haciendo retumbar las consolas con el
estruendo.
—Eso lo sé muy bien.
—No seguirás enfadado por lo de bombardearte la cúpula presurizada
en aquel asteroide…
—Para nada —dijo Bunji—. Me lo merecía por intentar engañarte con
los encargos de raíces chak a Gaurick.
—Me has quitado las palabras de la boca —rió Han—. Manipulaste el
Halcón, provocando lo que me pasó en Gaurick. Y después intentaste
deducir los costes de la reparación de lo que me debías. Por eso fui a pedirle
un préstamo a Ploovo.
El suspiro de Bunji era como una brisa cálida.
—Uno aprende con los años, Han. Pero tú ya sabías que te había
perdonado. Y lo cierto es que estoy en deuda contigo por lo que hiciste en
Tatooine —hizo un gesto que abarcaba la sala—. Se podría decir que gran
parte de esta estación existe gracias a ti.
Han se llevó las manos al pecho.
—¿Lo que yo hice en Tatooine?
Bunji tomó una calada y sonrió.
—Para ser más preciso, lo que hizo tu mujer. Verás, Han, en ese
momento yo intentaba establecer mi negocio en Tatooine, pero Jabba me
echó. No contento con eso, el hutt me dejó sin liquidez durante varios años.
Su muerte me permitió reconstruir mi base económica, aunque tuviera que
enfrentarme a gente como Lady Valarian y unos pocos más. Unos cuantos
acuerdos inteligentes en la época de Thrawn y recuperé todo lo que era mío.
Y entonces, hace sólo un año, hice que ensamblaran la Rueda en un sistema
cercano y que la remolcaran hasta aquí, a Ord Mantell.
—¿Esto es tuyo? —dijo Han.
—Casi todo. Borga El Hutt tiene una pequeña participación. Y si ahora
la Nueva República acabase con esos yuuzhan vong…
Han se puso serio.
—Algunos intentamos hacer precisamente eso, Bunji.
—¿Es eso lo que te trae aquí? Y con una falsa identidad, nada menos…
—Han y yo buscamos a un antiguo socio nuestro —respondió Roa.
Bunji ladeó la cabeza con interés.
—¿Para acabar con él?
—Sólo localizarlo —dijo Han—. El resto dependerá de lo que nos
cuente cuando lo encontremos.
—¿De qué ex-socio se trata?
—Se llama Reck Desh.
Bunji se quedó un momento en silencio. Dio una calada al cigarro y
lanzó un anillo de humo gigantesco hacia el techo.
—¿Qué queréis de él?
—Es una larga historia —dijo Han—. Incluso más larga que la tuya.
Bunji asintió.
—Yo en tu lugar, Han, no tendría tanta prisa por encontrar a Reck Desh.
Han se echó hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas.
—¿Por qué?
—Las cosas han cambiado desde los viejos tiempos. La gente ahora se
mete en cosas que entonces no se habrían tolerado… Ni siquiera por
canallas como Bossk.
—¿Qué clase de actividades?
—Ofrecer información sobre defensas planetarias, o traficar con
refugiados para que sean sacrificados por los yuuzhan vong.
Han apretó los músculos de la mandíbula. Bunji prosiguió.
—Reck y su pandilla, que se hacen llamar la Brigada de la Paz, se tratan
con agentes de los yuuzhan vong y están difundiendo sentimientos anti-Jedi
y desestabilizando sistemas planetarios de cara a su posterior invasión. En
algunos casos hasta han llegado a convencer a planetas enteros para que se
rindan de antemano a los yuuzhan vong.
—¿Y tú no sabrás por dónde anda Reck ahora? —preguntó Roa con
gravedad.
—Según los últimos informes, la Brigada de la Paz opera en el Espacio
Hutt —dijo Bunji—, para desgracia de Borga. Si queréis, puedo hacer
algunas averiguaciones.
Han le miró con escepticismo.
—¿Por qué ibas a hacer tú eso por nosotros?
Bunji se encogió de hombros.
—Como ya te he dicho, estoy en deuda contigo. Y por si eso no te
basta, te diré que lo hago por el wookiee. Cuando me enteré de su muerte,
se me partió el corazón. Yo hubiera dado lo que fuera por tener un amigo
como Chewbacca.
Antes de que Han pudiera responder, las sirenas empezaron a aullar y la
iluminación de la bien situada guarida de Bunji comenzó a parpadear. La
Rueda del Jubileo se estremeció sin previo aviso, como si la agitara una
mano gigantesca. Uno de los secuaces de Bunji se acercó rápidamente a una
terminal próxima y solicitó unos datos que aparecieron en la pantalla.
—¡Ataque yuuzhan vong! —exclamó.
Humanos y demás se pusieron en pie rápidamente, buscando las salidas,
algún refugio y el armario donde estaba el Whyren Reserva y otras
libaciones igualmente excepcionales. Han y Fasgo cayeron derribados al
cruzarse con un whiphid aterrorizado.
Roa cogió a Han de los brazos y tiró de él para ponerlo en pie. Bunji y
los miembros más importantes de su séquito desaparecían ya por una puerta
al final de la estancia. Han se echó la mochila al hombro y se tambaleó
hacia delante, pero sólo llegó a oír el clic, mientras la puerta se cerraba en
sus narices.
—Al Daga Afortunada —dijo Roa desde la entrada—. No tengo
intención de estar en esta rueda cuando los yuuzhan vong la echen a rodar
colina abajo.
CAPÍTULO 15
L as fuerzas de la Nueva República emergieron por detrás del quinto
planeta del sistema, con la estrella amarilla de Ord Mantell detrás, y
disparando a discreción. Simultáneamente, desde los filos abruptos de la
gran luna del planeta, los escuadrones de cazas avanzaron al encuentro de
los invasores, con el resplandor de sus motores iónicos reluciendo en el
firmamento.
Las baterías de las fragatas de escolta y del crucero de combate
calamariano apuntaron a distantes objetivos y abrieron fuego. Los rayos
láser cortaron el espacio, visibles en el vacío como furiosas líneas. Se
registraron blancos en la oscuridad remota. Esferas de luminosidad que se
solapaban en la noche, floreciendo con más intensidad que un prado de
flores silvestres.
Las naves yuuzhan vong, de negro coral yorik y casco facetado,
encajaron la andanada inicial. Singularidades defensivas creadas por los
dovin basal se formaron alrededor de las naves enemigas, tragando
innumerables ergios de energía. Los disparos de respuesta de sus
aterradoras armas volaron hacia las fuerzas de la Nueva República como
proyectiles dorados que se desplazaban en espiral, grotescamente bellos
contra el cielo estrellado.
Las naves de la Nueva República mantuvieron las posiciones, desviando
energía hacia los escudos, y devolvieron la carga. La luz de los láseres y de
los misiles, cegadora como una nova, dividió la noche en una rejilla,
mientras las dos flotas se atacaban.
Ala-X, Ala-B, Ala-E e Interceptores TIE partieron de la zona de los
defensores para distraer, acosar y atacar a las naves de la avanzadilla
yuuzhan vong con sus disparos de finos rayos. Sorprendida por la andanada
inicial del crucero de combate, una pirámide de coral yorik del tamaño de
una corbeta bajó momentáneamente la guardia. Un cuarteto de Ala-B
colocó cuidadosamente una serie de torpedos de protones en puntos
vulnerables de las defensas de la nave enemiga, haciéndolos detonar contra
el casco negro como el carbón. Macabros pedazos de carne del tamaño de
cazas estelares saltaron por los aires, trazando estelas de fuego en el
espacio.
El crucero de combate, crucial para las fuerzas de la Nueva República,
alteró su rumbo para alejar la batalla de Ord Mantell y de las muchas naves
civiles estacionadas allí y cerca de la Rueda del Jubileo. Las baterías de
turboláseres y los cañones de iones se movieron y dispararon. La luz manó
de cañones de aleación ya sobrecalentada, y fogonazos cegadores
parpadearon en la distancia.
Una segunda corbeta yuuzhan vong intentó evadir la andanada, sin
éxito. Desapareció en un reluciente globo de fuego, asediada por los haces
láser.
Coralitas semejantes a asteroides, de todas formas, tamaños y colores,
avanzaron en una nube compacta, abriéndose paso por entre la lluvia de
fuego e internándose en los grupos de cazas. Las cuidadas formaciones se
rompieron al apartarse las naves y describir círculos y remolinos en furiosos
enfrentamientos con sus presas. En un combate que empezaba a ser un baño
de sangre, coralitas atacaban a cazas, y cazas a coralitas.
Los compañeros de escuadrón lucharon por permanecer juntos, pero
furiosas descargas o enfrentamientos individuales los obligaban a menudo a
separarse. Los dovin basal privaban a los cazas de la Nueva República de
sus escudos y los acosaban con los rayos de piedra derretida que emitían sus
cañones cónicos. Los Ala-X y los Ala-E cayeron por docenas al quedarse
sin defensas. Los contrincantes saltaban y daban tumbos en maniobras
evasivas mientras se enzarzaban en feroces batallas.
Los disparos de respuesta de la nave yuuzhan vong de mayor tamaño
silenciaron momentáneamente al crucero de combate. La nave calamariana
se refugió tras sus escudos y encajó una descarga tras otra de proyectiles y
de plasma, mientras la frenética electricidad bailaba y calcinaba los bordes
de las barreras invisibles de la gran nave.
El crucero esperó su oportunidad, el momento en que la nave de guerra
yuuzhan vong hiciera una pausa para recargar energías, y abrió fuego a
discreción. Rayos láser de gran potencia atravesaron la noche. Algunos
fueron engullidos por las anomalías gravitatorias, pero otros arrancaron
esquirlas del casco de coral yorik de la nave enemiga.
Dos artilleros clase Ranger entraron en combate, decididos a adelantar a
la nave de guerra. Las descargas de sus baterías principales vaporizaron
docenas de coralitas y naves de escolta. Algunos cazas yuuzhan vong se
salvaron gracias a movimientos desesperados, pero la mayoría de ellos
cayeron desintegrados o convertidos en cometas de corta vida.
Las flotillas empezaron a cerrar filas, saturando el espacio con
llameantes misiles y luces cegadoras. Un trío de cazas TIE desapareció sin
dejar rastro, víctima de fuego amigo.
Los rayos láser de una fragata de escolta de la Nueva República
traspasaron a una corbeta yuuzhan vong con sus haces, llevándose por
delante su eje, el coral, el armamento y todo lo demás, que desapareció en
una nube de fuego. A modo de respuesta, un grupo de coralitas aisló y
rodeó a un solitario artillero, dejándole sin escudos y machacándolo con
proyectiles, encendiendo un mortífero infierno que no tardó en tragarse a la
nave.
En otra parte, un escuadrón de Ala-E sorteó giratorios escombros a la
deriva para llegar hasta una nave yuuzhan vong herida y empezó a atacarla
sin piedad. Los torpedos de protones se abrieron paso entre sus reducidas
defensas y dieron de lleno en el casco. Las capas estratificadas empezaron a
pelarse de la nave, que saltó en mil pedazos, desapareciendo de la vista.
Una segunda nave, más pequeña, también fue atravesada por los disparos
láser de una forma similar, también explotó en mil pedazos, regando el
espacio cercano con motitas que brillaron durante un momento.
Cerca de la luna más lejana de Ord Mantell, rugía una refriega caótica
formada por coralitas, Ala-X y TIEs, enfrentándose unos con otros con
feroz y macabra determinación. Los cazas describían giros perfectos, daban
media vuelta y se lanzaban a por sus presas, persiguiéndolas hasta
aniquilarlas. Otras naves cambiaban de rumbo a toda velocidad, alejándose
entre nubes de fragmentos para escapar de la carnicería o reagruparse para
volver a atacar, perdiendo a veces el control.
En medio del sistema solar, el crucero de combate y la nave de guerra
avanzaron el uno hacia el otro, intercambiando andanadas y cargas.
Tormentas localizadas de relámpagos azules envolvieron a ambas naves
cuando sus escudos energéticos entraron en contacto. La nave yuuzhan
vong desató una lluvia de fuego letal contra la nave más grande, y el
crucero respondió con una andanada tras otra de luz dirigida. Una nave de
escolta atrapada entre ambos recibió un impacto directo que arrojó al
espacio sus chamuscados y deformados pedazos giratorios.
El crucero aumentó la intensidad de sus disparos como si estuviera
furioso por la pérdida. Bloques de espejado coral, grandes como peñascos,
fueron arrancados de la nave de guerra yuuzhan vong, pero eso no la hizo
rendirse. Los brazos delanteros de la nave soltaron chorros de plasma que
provocaron abrasadoras explosiones en el casco blindado del crucero.
Las armas refulgían y llameaban. El fuego chorreaba en la popa del
crucero, y la nave empezó a escorarse, disparando todavía los cañones
principales, con las antenas ardiendo. Los proyectiles siguieron penetrando
en su casco hasta que cedió, y la preciada atmósfera empezó a escapar al
exterior. Al tener deshabilitada la gravedad artificial, salieron despedidas las
escotillas y los cierres, las torretas y los cañones. Entonces, el vacío jugó su
última carta, arrojando a la gélida noche tanto a la tripulación como al
contenido de la nave.
Los Ala-X y los Ala-E acudieron enseguida en apoyo del crucero. Los
torpedos de protones encontraron puntos débiles en las maltrechas defensas
de la nave enemiga e hicieron explosión entre los brazos de la
superestructura y el puente de mando, liberando géiseres de coral hecho
añicos.
Pero los esfuerzos de los cazas llegaron demasiado tarde.
Una explosión infernal se abrió paso por una grieta del casco de la nave
calamariana, partiéndola en dos. Se lanzaron cápsulas de salvamento que
partieron en dirección a Ord Mantell como gotas de lluvia radioactiva,
mientras el crucero de batalla se convertía en una esfera incandescente antes
de explotar con gran brillantez.
El destructor estelar emergió de entre las lunas de Ord Mantell con los
motores principales y auxiliares a toda potencia. Se arrojó de cabeza a la
refriega, abriendo fuego a discreción contra la nave yuuzhan vong. Las
delgadas líneas de energía de los turboláseres de popa y los cañones de
iones, finas como agujas al lado del enorme transporte, atacaron sin piedad
a la negra nave.
El Erinnic se dispuso a encajar los disparos de respuesta, pero no le
llegaron ni el plasma ni los proyectiles.
La nave de guerra cambió de pronto el rumbo, aceleró y comenzó a
desatar toda su furia contra Ord Mantell, disparando a discreción con todos
los cañones delanteros. Misiles cegadores se volaron hacia la superficie del
planeta, abriendo túneles abrasadores en la atmósfera. Las detonaciones
contra el suelo iluminaron la parte inferior de las nubes.
Entonces, a la nave de guerra le salió un enorme gorro desde un oscuro
orificio en el casco, más monstruosidad viva que máquina. El morro chato
de gigante de piel ennegrecida percibió el olor de la cercana Rueda del
Jubileo, y se estiró, acercándose a la pequeña estación orbital, metiéndose
entre los rebaños de cargueros, naves y transportes de pasajeros.
Una cuña de Ala-X y TIEs despegó del portacruceros Thurse y atacó la
terrorífica arma como si fueran aves de presa; pero fue inútil. La titánica
criatura, todavía unida a la nave de guerra y protegida por los escudos de
sus dovin basal, golpeó la Rueda como una serpiente venenosa. La criatura
reculó y volvió a golpearla, como queriendo sacarla de su órbita, hundiendo
las fauces en el borde, y tirando de la Rueda como si fuera una rosquilla,
agitándola de un lado a otro.
***
Han, Roa y Fasgo corrían por un tramo curvado del pasillo en medio del
florido velo de las luces de emergencia, con el estruendo de las sirenas
imposibilitando oírse y con la esperanza de llegar al Daga Afortunada antes
de que lo que fuese que tuviera cogida la Rueda se decidiera a romperla.
Los temblores de la batalla que tenía lugar en el espacio les hacían
tambalearse de un lado a otro mientras corrían. A veces chocaban con
paredes acolchadas, pero otras con objetos a la deriva, liberados por las
intensas sacudidas.
Casi toda la marea de gente presa del pánico corría en dirección
contraria, pero Roa insistió en que ése era el camino más corto al hangar.
Cada temblor violento hacía que parte de la gente se cayera, deslizara o
saliera despedida por los pasillos, y muchos de ellos chocaban contra las
paredes o eran aplastados bajo el peso de cuerpos amontonados en los
rincones. Los que subieron a los taxis propulsados no tuvieron mejor suerte,
ya que los vehículos se estrellaban contra las paredes o entre ellos,
quedando boca abajo y arrojando fuera a sus ocupantes.
Con Han y Fasgo siguiéndole de cerca, Roa giró hacia la izquierda en
uno de los radios de la Rueda, bajó corriendo por una escalera helada hasta
un pasillo estrecho cuyas paredes tenían huecos excavados. Las chispas
llovían de los conductos de energía y de los paneles reventados.
Sólo llevaban diez metros de pasillo cuando la estación sufrió otra
potente sacudida que deshabilitó temporalmente los generadores de
gravedad artificial. Han y los otros caminaban entre los restos, cuando se
encontraron de repente en el aire, flotando hacia el techo parcialmente
derrumbado, como buceadores nadando hacia la superficie del mar.
Entonces, el sistema de gravedad volvió a conectarse de forma igualmente
repentina, y cayeron de cabeza al hangar.
—Esto no tiene mucho futuro —gritó Roa mientras se ponía en pie y
avanzaba a duras penas.
—El futuro es como tú haces que sea —le bramó Han, que se las arregló
para conservar la mochila y mantener el equilibrio durante un violento
temblor que derribó lo que quedaba de techo y de conductos.
Un pesado telón de acero descendió delante de ellos, sellando el camino
y obligándoles a regresar al borde exterior de la estación. Al llegar a un
pasillo central, se vieron arrastrados inmediatamente por una multitud
compuesta por criaturas de todas razas que luchaba por abrirse paso hacia
los hangares.
De pronto, la estación sufrió un golpe de una fuerza sin precedentes. Un
estruendo ensordecedor de metal rompiéndose llenó el pasillo cuando se
arrancó un enorme arco del mamparo exterior.
Y la multitud fue absorbida de forma inexorable por esa oscura grieta.
Los gritos se oyeron por encima de la estridencia metálica. La gente se
agarraba a las paredes, a los salientes y unos a otros, librando una batalla
perdida de antemano, en un esfuerzo por no ser succionados hasta las
fauces.
Han, Fasgo y Roa estaban pegados a la pared interior de la curva y
consiguieron cogerse al amasijo de hierros que una vez fue una barandilla.
Pero la barandilla se desprendió de la pared mientras luchaban por no
soltarse, con los cuerpos en paralelo al suelo por la fuerza de succión.
Los tres se vieron arrastrados durante varios metros antes de que la
barandilla se enganchara en una sección de suelo bloqueada por una
escalera, pero la brusquedad del repentino parón les hizo soltarse. Se
agarraron al primer saliente que encontraron, con las ropas agitándose al
viento, mientras personas pasaban junto a ellos en dirección a la grieta, y la
atmósfera rugía como un río furibundo.
Un androide MSE-6 del tamaño de una caja de zapatos arrastrado por
los aires dio a Fasgo en la cabeza y se lo llevó consigo entre alaridos. Han
le vio flotar hasta la grieta, con los brazos estirados y agitándose, como
arrojado desde una gran altura.
Han apartó la mirada antes de que Fasgo desapareciera.
—Creo que cogimos el camino equivocado —gritó a Roa, que estaba a
la izquierda de Han con los dedos regordetes enganchados a un
imperceptible saliente de la parte arrugada del mamparo.
Roa giró la cabeza.
—Lástima que los equipos de rejuvenecimiento no me equiparan con la
fuerza de un hombre joven, además de darme esta apariencia.
—¡No te sueltes, Roa!
—Ojalá pudiera. Pero creo que ya oigo a Lwyll llamándome.
—¡No digas eso! ¡Aguanta hasta que me ponga a tu lado!
Roa gruñó por el esfuerzo.
—La mala suerte se cuela por la escotilla que te dejas abierta, Han. La
fortuna sonríe y luego traiciona.
Han escupió una maldición.
—Vale, sigue hablando si quieres, pero aguanta.
—No puedo, Han. Lo siento. Pero no tengo fuerzas. —El rostro de Roa
denotó su esfuerzo—. Cuídate, amigo. Acaba nuestro asunto con Reck.
Sonrió con resignación, y se dejó llevar por la corriente de aire.
—¡No, Roa! —gritó Han, atreviéndose a estirar un brazo y casi siendo
arrastrado a su vez.
Han cerró los ojos, bajó la cabeza y gritó de rabia hasta que le dolió la
garganta.
Cuando recuperó el aliento, se aseguró la mochila y empezó a moverse
lentamente hacia una columna que había quedado expuesta por las láminas
arrancadas de los paneles. En cuanto rodeó la pieza estructural con los
brazos, sintió que algo le pasaba rozando la cara y se le agarraba a las
piernas con desesperación.
La columna vertebral de Han se estiró como una goma elástica, y él
gruñó de dolor. Cuando se recuperó de la sorpresa, miró hacia sus piernas y
vio que su carga no deseada era un ryn que se abrazaba a las rodillas de Han
con todas sus fuerzas, con las piernas colgando. Llevaba una gorra blanda
de cuadros rojos y azules, sin visera, ladeada sobre la cabeza.
—¿Te importa si descanso aquí un momento? —le preguntó el
alienígena en un Básico melodioso—. Si peso demasiado, me quito la gorra.
Han le miró con desdén.
—Mientras la cabeza siga dentro cuando te la quites…
—Así que prefieres que me suelte.
—Siempre que procures cerrar la puerta al salir.
—Eso de ahí no es un vacío —dijo el ryn, señalando la grieta con la
cabeza—. Hay una boca al otro lado.
—¿Una boca?
—La boca de un arma terrible de los yuuzhan vong. Para atrapar
prisioneros.
Han entendió todo de repente. La gente, los androides y los objetos que
pasaban no eran víctimas de la ausencia de gravedad. Estaban siendo
inhalados por una cosa que le había dado un bocado enorme a la Rueda.
—¿Y cómo tapamos esa bocaza? —dijo Han.
El ryn negó con la cabeza, y sus largos bigotes se agitaron de un lado a
otro.
—No creo que podamos. Pero igual hay una forma de asfixiarla.
Han siguió la mirada del ryn hacia una abertura en el techo del pasillo,
situada entre las fauces y ellos.
—¡Una puerta acorazada!
El problema era que el interruptor con forma de hongo que bajaba el
escudo estaba situado en la pared del pasillo, cinco metros más cerca de la
grieta.
—Hay un puntal de soporte justo encima de mí —dijo el ryn—. Si te
suelto, igual podría agarrarme a él. Pero, aun así, no llegaré al interruptor de
activación del escudo.
—Ve al grano —dijo Han, intentando suprimir una sensación de ahogo.
—Entonces tú tendrás que soltarte y agarrarte a mí. Eso te acercará lo
bastante como para pulsar el interruptor con el pie.
—¡Suponiendo que consiga agarrarme a ti!
El ryn soltó una risilla.
—Y en el supuesto de que yo consiga agarrarme a la viga. Si no lo
hago, bueno, supongo que sólo tendrás que preocuparte de mantenerte aquí
agarrado el tiempo suficiente. Y si no…
—Y si no, ¿qué?
El ryn sonrió.
—Y si no, te veré en el infierno.
Han le contempló atónito un instante y luego asintió sombrío.
—Trato hecho. Buena suerte.
El ryn de vello aterciopelado se fue soltando de las piernas de Han hasta
que se quedó agarrado sólo a sus tobillos, y entonces abrió las manos. Más
que verlo, Han le oyó chocar contra la viga.
—¿Estás bien? —gritó.
—Te toca a ti —gritó el ryn.
Han respiró hondo para tranquilizarse. Se fue soltando poco a poco de la
columna, y luego voló. La corriente era aún más fuerte de lo que pensaba.
Pasó por delante del ryn en un segundo, pero cuando alargó los brazos para
cogerse, sólo rozó el aire.
Ya se veía dentro de la terrible arma de los yuuzhan vong cuando algo
se le abrazó al pecho, obligándole a parar. Han tardó un momento en darse
cuenta de que el ryn le había cogido con la cola.
—¡Dale al botón! ¡Dale al botón! —gritó el alienígena con voz
entrecortada—. ¡O vete haciendo a la idea de que te llevarás parte de mí a la
criatura!
Han se echó hacia la derecha y miró el botón, que estaba casi al alcance
de su pie derecho.
—¡Balancéame hacia la derecha! —gritó.
La musculosa cola del ryn se contrajo lo suficiente como para que Han
se acercara a la pared del pasillo. Estiró el pie y dio al interruptor con la
punta de la bota.
La puerta descendió rápidamente, golpeando el hangar con un estruendo
sordo. Al mismo tiempo, Han, el ryn y todos los que quedaban en el pasillo
cayeron, golpeando el suelo como sacos de piedras.
Mientras Han luchaba por recuperar el aliento, el ryn se puso en pie y se
caló la gorra. Han contempló el resto de las coloridas vestiduras del
alienígena: la camisa, los pantaloncillos y los botines.
—¿A qué hora te encienden? —preguntó jadeando.
El ryn se rió.
—Más o menos cuando tú te vas a la cama. ¿Y ahora qué?
Han se levantó, quitándose el polvo de las manos.
—Tenemos que salir de esta estación antes de que esa cosa decida que
se ha quedado con hambre.
—Los hangares están por aquí —dijeron los dos al mismo tiempo,
aunque cada uno echó a andar en dirección contraria.
—Confía en mí —dijo el ryn antes de que Han pudiera decir nada.
Han le miró atónito, le hizo un gesto para que siguiera adelante y
caminó tras él.
Las potentes sacudidas continuaron agitando la Rueda, agitándolos de
un lado a otro. Han se detuvo a recoger a dos niños bimm que estaban
llorando y que habían sido separados de sus padres. Otros niños y adultos se
unieron a Han y al ryn, por la única razón de que al menos parecían saber
adónde iban.
—Más te vale estar en lo cierto —le advirtió Han mientras corrían.
—No te preocupes —gritó el ryn sobre su hombro—. Soy demasiado
joven para morir.
—Sí, y yo demasiado famoso.
Delante de ellos, el pasillo giró de repente hacia la derecha, y Han
empezó a reconocer el sitio. Los hangares estaban muy cerca de allí.
—¿Sabes pilotar naves? —preguntó el ryn, sin aliento.
Han sonrió con picardía.
—No te preocupes por eso…
—Te sabes un par de maniobras.
Han se indignó.
—Mira que te gusta hablar, colega.
—Intenta mantenerte despierto, de todas formas.
El ryn se detuvo abruptamente en la primera puerta del hangar y pulsó
varias veces el botón para abrirla.
—Está cerrada —anunció.
Han le empujó a un lado para ver el panel del cierre de seguridad.
—¡Date prisa! —gritó alguien entre la nerviosa multitud que les había
seguido—. ¡Tenemos que salir de aquí!
Han se giró, indignado, y estaba a punto de responder cuando el ryn
dijo:
—Está en ello, está en ello.
Han señaló con el dedo al ryn para que se callara, se dio la vuelta e
introdujo un código en el teclado. La escotilla permaneció cerrada. Intentó
otro código, y luego un tercero.
—Qué no daría yo ahora por una pistola láser cargada —musitó.
—¿Te vale con un androide serie R? —preguntó el ryn.
—Si tuviéramos uno —Han le miró sarcástico—. A menos, claro está,
de que tengas un rayo tractor de androides escondido entre todas esas luces
que llevas.
Volvió a centrarse en el teclado con la intención de probar por última
vez, cuando de entre la multitud escuchó los silbidos y chasquiditos
característicos de una unidad R2. Se giró atónito, pero vio que los ruidos
procedían del ryn, que se tapaba los agujeros del pico y lo tocaba como si
fuera una flauta.
Han se quedó mirando al ryn sin poder creérselo, y luego negó con la
cabeza.
—¿También sabes bailar y cantar?
—Sólo a cambio de créditos —sonrió el ryn con satisfacción—. A veces
incluso yo me sorprendo a mí mismo.
Han se acercó al alienígena con actitud amenazadora.
—Mira, tú…
Una melosa cascada de silbiditos y ruiditos auténticos le interrumpió,
cuando una unidad R2 de cabeza roja llegó rodando.
—Quiere saber si puede ayudar en algo —tradujo el ryn.
Han miró con incredulidad al alienígena y luego al androide, y después
señaló en silencio el cierre de seguridad de la puerta.
El androide extendió un brazo articulado desde un compartimento de la
parte superior del cuerpo, lo insertó en un puerto de acceso por encima de la
cerradura e introdujo el código. La puerta se alzó y la gente entró en tropel,
a punto de arrollar a Han en el proceso.
—Estoy seguro de que luego te lo agradecerán todos —dijo el ryn
mientras pasaba de largo.
En uno de los hangares había una lanzadera para civiles con forma de
bala y espacio suficiente para acomodar a todo el mundo. Han corrió a la
cabina mientras el ryn embarcaba a los pasajeros. Finalmente, el ryn se unió
a Han en la cabina y se arrellanó en el asiento del copiloto, poniéndose el
cinturón de seguridad pese a su larga cola.
Han encendió el interruptor que activaba los generadores del
retropropulsor y elevó la nave. La condujo por el hangar, haciéndola girar
180 grados en dirección a la zona de despegue.
El espacio estaba lleno de cazas e iluminado por fogonazos de luz
explosiva. Un grupo de coralitas pasó a toda velocidad ante la ventanilla de
contención magnética de la lanzadera, perseguido por el doble de Ala-X e
interceptores TIE, que disparaban sin cesar contra ellos.
—Aún no hemos salido de ésta —dijo Han, apretando los dientes
mientras dirigía la lanzadera hacia la abertura.
CAPÍTULO 16
L a lanzadera giraba a izquierda y derecha mientras Han tejía una
complicada ruta entre los cientos de naves estacionadas a la sombra de
la Rueda. Casi todas las naves y cargueros estaban vacíos, pero también
había otros con las mismas ganas de escapar que Han, y se movían a toda
velocidad en la dirección que mejor les parecía.
Han viró a babor, en paralelo a la curva de la estación, ascendiendo o
descendiendo en función de los escombros que surgían del interior, debido a
los efectos de la terrible arma de los yuuzhan vong. A un cuarto del camino
alrededor de la Rueda, apareció una enorme nave de guerra enemiga, negra
como la noche y con parejas de brazos de coral yorik que la hacían aún más
repugnante. Retrayéndose hacia una abertura de su casco estaba la colosal
criatura obviamente responsable de las tres enormes brechas que lucía la
cara exterior de la estación.
—Eso debe de ser la cosa que se tragó a Fasgo y a Roa —gruñó Han al
ryn—. Tú y yo podríamos estar ahora ahí dentro.
Pisó a fondo el acelerador del transbordador y se dirigió directamente
hacia la criatura, ignorando la expresión de terror de su copiloto.
—¿Qué haces? —gritó el ryn.
Han señaló con la barbilla a la ventana.
—Mis amigos están atrapados dentro de esa cosa.
El ryn se quedó sin voz por unos momentos, pero exclamó:
—¡Así no vas a poder sacarlos!
—Tú mira —dijo Han entre dientes.
—¡Estás loco!
—Dime algo que no sepa.
—Vale, ¡no tenemos armas!
Han se dio cuenta de repente de que no estaba a bordo del Halcón, y se
maldijo a sí mismo. Si estuviera solo, o aunque sólo fuera con el ryn, igual
se arriesgaba a atacar de todos modos a esa terrorífica arma. Pero el
compartimento de pasajeros estaba lleno de inocentes que ya habían
escapado a una guerra y que, definitivamente, no se merecían verse
arrojados al combate por un loco a los mandos de una lanzadera sin armas
ni escudos.
Han se dio cuenta de que estaba en la misma posición en la que se
encontraba Anakin en Sernpidal, obligado a elegir entre las vidas de un
montón de extraños o la de un único amigo. Aquella verdad se le clavó en
el corazón como una vibrocuchilla, y se juró a sí mismo que, si conseguía
llegar a casa de una pieza, arreglaría las cosas con su pobre hijo.
Aun así, Han no pudo evitar acosar a la criatura con un vuelo rasante.
Cuando el morro de la cosa estuvo casi al alcance de la mano, y el ryn
medio fuera del asiento por el susto, Han giró bruscamente a babor, con la
esperanza de que la asquerosa aberración sintiera en la boca el regusto del
combustible iónico de la nave.
El hecho de que la criatura saliera disparada de repente de la nave de
guerra y estuviera a punto de atrapar la lanzadera de un bocado dio a
entender a Han que se había cumplido su deseo.
—¡Muy bien! —gritó el ryn—. ¡Ya has conseguido llamar su atención!
Un poco atónito a su vez, Han elevó la lanzadera y luego describió toda
una serie de bucles y giros evasivos mientras la criatura continuaba
intentando atraparla.
—¡Esa maldita cosa tiene la mala leche de una babosa espacial!
—¡Sí, y nosotros somos el mynock que la ha sacado de quicio! —dijo el
ryn.
Han agarró con fuerza los controles. Apretando a fondo los pedales del
freno, tiró del timón de vacío hacia la derecha, y ejecutó una caída en
picado que hizo que la lanzadera rodeara el cuello de la rabiosa criatura
hasta situarse bajo el casco de la nave enemiga.
—¿Quién va a limpiar la cabina de pasajeros? —preguntó el ryn una
vez se hubo limpiado la boca.
—Ya pensaremos luego en eso.
Por el bien de los pasajeros, Han aumentó la actividad del compensador
de inercia y disminuyó la velocidad. El transbordador ya emergía por el otro
extremo de la nave enemiga cuando empezó a pitar el panel de
instrumentos.
Han se quedó boquiabierto.
—¿Qué? —preguntó el ryn nervioso—. ¿Qué pasa? —Miró los
indicadores—. ¿Por qué vas más despacio?
Han manipuló los mandos.
—¡Nos ha atrapado un dovin basal! ¡La nave nos está succionando!
El ryn se enderezó en el asiento y se puso a los controles auxiliares.
Mientras Han luchaba con el volante, el ryn puso al máximo los motores,
intentando que la lanzadera ascendiera a plena potencia para llegar a lo alto
de la nave de guerra y alejarse por el otro lado.
—Bien pensado —dijo Han mientras la lanzadera escapaba hacia lo que
parecía ser espacio abierto—. Menos mal que nos hemos alejado de esa
cosa…
Otro respingo del ryn hizo que Han se callara. Cuatro coralitas que
habían despegado del vientre inferior de la nave de guerra ya abrían fuego
contra ellos.
Han se echó hacia la derecha, alejándose de los coralitas e iniciando una
serie de maniobras evasivas.
—¡Se te tenía que ocurrir meterte con su mascota! —exclamó el ryn
mientras los terribles misiles pasaban rozando las naves a ambos lados.
Ante ellos, un auténtico enjambre de coralitas huía de vuelta a la nave
de guerra, seguidos de cerca por los cazas de la Nueva República. Han
frenó y viró la nave, y entonces se encontró de frente con el casco alargado
de un destructor estelar que aparecía desde detrás de una de las lunas de
Ord Mantell. Furiosas líneas azules de energía brotaron de las torretas
delanteras de la fortaleza, acosando a los coralitas que se batían en retirada,
y estuvieron a punto de dar al transbordador. Entonces, la nave de guerra
yuuzhan vong respondió con disparos de plasma tan cegadores como las
formaciones estelares.
Han aceleró y se apartó del campo de batalla, olvidando toda
precaución. Pero seguían teniendo pegados a la cola los cuatro coralitas a
los que se había enfrentado.
—No cabe duda —murmuró Han—. Mi pasado me persigue.
El ryn le miró.
—¡Será porque no corres lo suficiente!
Han apretó los labios.
—Eso lo veremos. Introduce una ruta hacia la Rueda.
—¿Vamos a volver?
—Ya me has oído.
—¿Serviría de algo que me negara?
—Deja de graznar —gruñó Han—. Desvía toda la potencia a los
motores.
El ryn puso manos a la obra sin dejar de farfullar.
—No sé por qué tiene que perseguirme tu pasado a mí.
—Debe de ser por tu gorra —dijo Han—. Además, ¿quién te pidió que
te pegaras a mí?
—Tienes razón. La próxima vez escogeré a otro.
Han llevó la lanzadera hasta el borde exterior de la Rueda, pero en el
último momento pasó por encima de ella, dejándola caer luego entre dos de
los radios tubulares de la estación. Los cuatro coralitas les siguieron, pero
sólo tres de ellos consiguieron imitar las difíciles maniobras. El piloto de la
última nave no pudo virar en el momento adecuado y chocó de frente con
uno de los radios, pulverizándose.
Ya lejos de la Rueda, Han hizo ascender la nave y se adentró en el
espacio.
—¡Proyectiles! —advirtió el ryn.
Han frenó bruscamente y viró la nave hacia un lado. Después volvió a
acelerar y giró 180 grados, conduciendo el transbordador de vuelta a la
Rueda. El trío de coralitas ni se molestó en intentar imitar la maniobra y,
cuando terminaron de girar, el transbordador volvía a estar junto al borde
exterior de la estación espacial.
Han tiró de los mandos y los empujó, llevando la lanzadera por encima
del borde. Pero esta vez, cuando estaba a punto de llegar al centro, viró
repentinamente a estribor, pasando por debajo de uno de los radios, y volvió
a girar a babor, alzando el morro para que pasara por encima del siguiente
radio. Los coralitas intentaron seguirle, perdiendo en el proceso a otro de
sus compañeros, y entonces Han dio marcha atrás, invirtiendo el rumbo y
realizando un bucle perfecto en la maniobra.
Pero al salir de debajo del borde, Han y su copiloto volvieron a
encontrarse como al principio, abriéndose paso entre un montón de naves
estacionadas, muy cerca unas de otras.
—¿Hay rastro de los coralitas? —preguntó Han en cuanto pudo.
El ryn estudió los monitores.
—Sólo quedan dos. Pero los tenemos en la cola.
Han describió un giro cerrado mientras el ryn intentaba que los retro-
motores no se colapsaran. Ya volvían hacia el anillo cuando un yate de lujo
TaggeCo de color azul y rojo salió de repente de uno de los hangares, y no
sólo iba hacia ellos sino que estaba abriendo fuego a discreción con la
intención de abrirse camino.
Han dio un grito y giró la nave, evitando por los pelos ser alcanzado por
los rayos láser, y de paso la más que probable colisión. Alzó la mirada
mientras el yate pasaba entre ellos, y por un momento pudo ver a los
ocupantes de la cabina. Dio un puñetazo en el panel.
—¡Me apuesto lo que sea a que es la nave del Gran Bunji!
—Con amigos así… —comentó el ryn.
Pero justo en ese momento, uno de los coralitas que les perseguían se
vio interceptado por uno de los láseres del yate, y explotó.
—Bueno, ahí va eso —dijo Han, negando con la cabeza y lleno de
asombro.
—Todavía nos queda uno —le recordó el ryn.
—¿Quieres apostar algo?
El transbordador saltó hacia la Rueda, pero Han no confiaba en que sus
arriesgadas maniobras pudieran dejar atrás al coralita yuuzhan vong que
quedaba. En lugar de eso, se dirigió a la porción incompleta del borde
exterior, donde las grúas de construcción, las plataformas de flotación y una
serie de naves robot inertes creaban una especie de pista de obstáculos.
Agarró los mandos con ambas manos y se lanzó en una caída vertical
que le permitiría esquivar una plataforma y luego girar a babor, para que la
nave pasara por debajo de la grúa más grande de todas. Pero cuando estaba
a medio camino, una descarga de plasma del coralita desestabilizó la grúa,
obligando a Han a virar rápidamente en dirección al eje. En el camino,
estuvo a punto de perder un ala, ante una antena que se proyectaba desde la
parte inferior de uno de los radios, pero el problema real era la nave
enemiga, tan hábil empleando las armas como Han el volante.
Han describió con la lanzadera un círculo concéntrico en torno al eje
central, con los indicadores silbando y relampagueando, en un ángulo cada
vez más cerrado, luego salió fuera de él, acelerando hacia el arco del borde
exterior.
Colocándose en el asiento, el ryn se aproximó con recelo al ventanal.
—¡No me creo que vayas a hacer eso! —soltó.
Han contempló el borde de la estación carente de piel, con los ejes
expuestos y los elementos estructurales a través de los que pensaba dirigir
la nave.
—Al otro lado tampoco hay piel —dijo con el tono más tranquilizador
que pudo emplear—. Ya lo he comprobado.
—¿Qué lo has comprobado? ¿Cuándo?
—Antes —dijo Han, arrogante—. Confía en mí, saldremos al espacio
por el otro lado. Tú sólo mira.
Los instrumentos de la nave se volvieron locos, chirriando y
parpadeando alarmas de peligro inmediato, pero Han hizo todo lo posible
por ignorarlos. Aumentó la velocidad, con el coralita pegado a la cola, y
cuando estuvo cerca del borde, hizo como que ascendía, jugueteando con
los propulsores de posición delanteros. El piloto del coralita mordió el
anzuelo y empezó a ascender. Dándose cuenta de su error, el yuuzhan vong
intentó aumentar el ángulo de su subida y ejecutar un bucle hacia atrás, pero
ya estaba demasiado cerca del borde. El coralita chocó contra una viga tras
otra, perdiendo pedazos en cada impacto, antes de escorar y chocar contra
una curva del casco que aún aguantaba en su sitio, entre un radio y el borde
de la estación.
Cinco grados a babor, fiel a su plan original, Han llevó la nave
directamente al borde, esquivando un bosque de columnas de refuerzo,
radios, vigas, andamios y puntales. Pero, tal y como él había imaginado, el
otro extremo del borde estaba también al aire y el espacio a un tiro de
piedra.
—¿Ves cómo no ha sido tan grave? —comenzó a decir, cuando algo
chocó con gran estruendo contra el ventanal de transpariacero.
Han y el ryn se llevaron instintivamente los brazos a la cara. Han estaba
seguro de que la nave había sufrido daños mayores, pero cuando miró, sólo
vio un androide de protocolo con los brazos abiertos, colgando en una
situación de vida o muerte sobre el ventanal.
—Un autoestopista —dijo el ryn.
Se les ocurrieron varias opciones para deshacerse del androide, pero
Han no llevó a cabo ninguna de ellas.
—Qué daño hace —dijo.
Mantuvo la lanzadera en rumbo fijo hasta que estuvieron a cierta
distancia de la Rueda, y después iniciaron una larga curva descendente. En
la zona no había coralitas, y la nave de guerra yuuzhan vong ya empezaba a
alejarse, con los dovin basal devorando la mayor parte de los ataques del
destructor estelar y de un grupo de cazas.
—Introduce una ruta a Ord Mantell —dijo Han al fin. Vio por el rabillo
del ojo que el ryn asentía con aprobación.
Han sonrió.
—Yo… —empezó a decir, pero se detuvo.
El ryn se le quedó mirando con gesto interrogante.
—… tengo mis momentos —terminó Han con calma, casi por rutina y
carente de toda emoción.
Pero, en nada había sido como en los viejos tiempos. Roa y Fasgo eran
prisioneros o habían muerto, y la mano con la que Han rodeaba el mando
del transbordador temblaba de forma descontrolada.
El vicealmirante Poinard y el general Sutel contemplaron desde el
puente del Erinnic cómo una lanzadera con forma de proyectil pasaba entre
los restos que rodeaban a la Rueda del Jubileo y llegar a Ord Mantell. Más
allá de las lunas del planeta, lo que quedaba de la flota de los yuuzhan vong
se batía ya en retirada.
—Señores, el mando técnico informa de que los escudos han sufrido
daños graves —dijo un técnico desde la cabina de tripulación de estribor—.
Y no aconseja, repito, no aconseja emprender la persecución.
—Afirmativo —dijo Poinard—. Dígale al mando técnico que nos
quedaremos aquí. A salvo en el cuartel general.
—Quizá sea lo mejor —comentó Sutel—. Ver a los suyos volver a casa
con el rabo entre las piernas será un duro golpe para los yuuzhan vong.
Con los ojos fijos en las naves en retirada, Poinard no respondió.
—Señores, nos están llegando los últimos informes —dijo el mismo
miembro de la tripulación—. Además del crucero, hemos perdido una
fragata de escolta y tres artilleros. —Se detuvo un momento—. Según las
estimaciones, las pérdidas del enemigo son considerablemente mayores. La
Rueda del Jubileo está en mal estado, pero sigue en pie. Ord Mantell
informa de daños graves en algunos centros de población, pero añade que
los escudos protegieron las ciudades costeras de lo peor, y los incendios
están bajo control.
Sutel se giró hacia su camarada.
—Eso debería alegrarle, almirante.
Poinard soltó un gruñido equívoco, y se alejó del puesto de observación.
—Informe al cuartel de que los datos eran correctos —informó a su
ayudante—. No sé cómo, pero hemos conseguido echarlos de aquí.
CAPÍTULO 17
R eck Desh, de pelo negro, delgado y recién tatuado, entró en el
Nebulosa Orquídea con arrogante seguridad y echó una ojeada al
lugar. La clientela del popular restaurante de Ciudad Kuat estaba compuesta
por la típica y bulliciosa mezcla de técnicos humanos y no humanos,
ingenieros y mecánicos de nave, muchos venidos de los astilleros orbitales
de Kuat con permiso de tierra, además de una docena o así de civiles. Entre
éstos había tres telbun con velo, que vestían túnicas moradas y rojas y altos
sombreros cilíndricos, compañeras pagadas de las hijas mimadas de la élite
de Kuat. Por todas partes había camareros androides y de carne y hueso,
tomando nota y sirviendo carísimos platos de comida artísticamente
dispuesta.
—¿Dónde te han dicho que esperes? —preguntó el más alto de los dos
acompañantes de Reck.
Reck señaló la cornisa iluminada situada junto a las cabinas del fondo
de la sala.
—En la número seis.
El hombre contó las cabinas en voz alta, ladeando la cabeza mientras
pasaba de izquierda a derecha ante los elevados ventanales que daban a la
calle.
—La seis está vacía.
—Empezamos bien —comentó Reck—. Lo mejor será que Ven y tú os
situéis donde podáis verme. Pero quedaos ahí. No hagáis nada a menos que
yo os lo indique.
—Vale —dijo Wotson mientras se dirigía junto a su compañero a una
mesa vacía situada en el centro de la estancia.
Reck se subió los abolsados pantalones, cruzó el local y se metió en la
cabina número seis. La cinco también estaba vacía, pero en la siete había
una telbun sola, cuyo velo le cubría toda la cara salvo los ojos. Reck se
apoyó en el respaldo acolchado, a la espera de que apareciese su misterioso
contacto. Estaba a punto de llamar a un camarero cuando le habló la telbun,
sentada espalda contra espalda con él.
—No te des la vuelta, Reck —ordenó la kuati en un tono neutro típico
de una máquina de alta tecnología para alterar la voz.
Reck estuvo a punto de girarse. Intentó recordar a la telbun por el breve
vistazo que echó al restaurante, y se reafirmó en las conclusiones que había
sacado en un principio. Las ricas vestiduras y el alto sombrero podían
ocultar a cualquier ser de cualquier especie, y el alterador de voz le
imposibilitaba saber si se trataba de varón o hembra.
—¿Eres el de verdad, o vas a una fiesta de disfraces? —preguntó Reck
al cabo de un momento.
El extraño ignoró el sarcasmo.
—Dile a tus compañeros que todo está en orden, Reck.
Reck echó la cabeza hacia atrás y casi llegó a tocar a la telbun.
—¿Qué me impide decirles que vengan y que te arranquen ese velo de
la cara?
—Nada. Pero sería una estupidez por tu parte pensar que he venido sin
apoyo.
Los ojos castaños de Reck volaron de un lado a otro, buscando el
posible apoyo. Fuera o no un farol, tampoco pasaba nada por oír lo que
tenía que decir la telbun. Se giró en su asiento e indicó con la mano a Ven y
Wotson que todo estaba bien.
—Bien hecho —dijo la telbun—. Como te dije cuando hablamos por el
intercomunicador, tengo información para ti.
—Mejor para ti —dijo Reck—. Pero antes quiero que me digas cómo
me has encontrado.
—La sencilla explicación es que hay más gente de la que crees al tanto
de las actividades y el paradero actual de la Brigada de la Paz.
Reck resopló con fuerza y negó con la cabeza, apesadumbrado.
—Eso quiere decir que estamos trabajando para la misma gente o que
tienes acceso a información privilegiada, y como dudo que estemos en el
mismo bando, debes de pertenecer a las fuerzas de seguridad del ejército o a
las del Servicio de Inteligencia de la Nueva República.
—Eso es algo que de momento no necesitas saber.
—Puede que sí y puede que no, pero he venido desde Nar Shaddaa para
esta reunión.
—Seguro que ya echas de menos a los hutts.
—Lo único que digo es que más te vale que tengas algo que merezca la
pena.
La telbun tardó un momento en responder.
—Tú operas con la Brigada de la Paz, pero respondes ante agentes de
los yuuzhan vong.
Reck también tardó un momento en reaccionar.
—Eso ya lo sabes. Si no, no me habrías pedido que viniera aquí.
—Respuesta correcta. Tengo debilidad por la sinceridad.
—Ve al grano —siseó Reck—. ¿Qué información tienes?
—Sé cómo podrías ganarte el favor de tus jefes.
—Sí, eso dijiste al llamarme. Pero ¿qué te hace pensar que no lo tengo
ya?
—El que hayas venido aquí. Cuando me puse en contacto contigo no
tenía clara tu posición, pero ahora la sé. Eres ambicioso y estás intrigado.
Reck soltó otra risilla.
—Eso te lo diré cuando termines de contármelo todo.
—La Nueva República tiene prisionera a una desertora yuuzhan vong.
Pertenece a la élite, es una especie de Sacerdotisa. Escapó de una nave
enemiga que fue destruida en el Sector Meridian. Los yuuzhan vong ya han
intentado recuperarla, y seguramente duplicarán sus esfuerzos tras lo
sucedido en Ord Mantell.
Reck frunció el ceño.
—¿Qué pasó en Ord Mantell?
—Una flota de la Nueva República venció durante un ataque yuuzhan
vong, empleando información proporcionada por la desertora.
Reck dejó escapar un silbido de asombro.
—Así que esa Sacerdotisa se ha convertido en un objeto de valor.
—Viaja con una mascota. Ambas están siendo trasladadas del Borde
Medio a Coruscant para su custodia. Y yo sé cuál es la ruta que seguirán.
Reck contuvo el impulso de darse la vuelta.
—No estoy seguro de entenderte bien.
—Piénsalo. Quien devuelva a la desertora a los yuuzhan vong, les estará
haciendo un enorme favor.
—Ya lo entiendo. Así seremos todos felices, y puede que yo me gane
una recompensa. ¿Pero qué ganas tú con esto? Querrás un trozo del pastel,
¿no?
—No, te equivocas. A cambio de eso quiero que me mantengas
informado de los futuros tratos de la Brigada de la Paz con los yuuzhan
vong.
—¿Y si me niego a mantener mi parte del trato?
—Te echaré a todo el mundo encima…, al ejército y al Servicio de
Inteligencia de la Nueva República. Con las cosas que has hecho, tendrás
suerte si te condenan a cadena perpetua en Fodurant.
—Pones tus cartas sobre la mesa, ¿eh? ¿Y por qué quieres que esa
desertora vuelva con los suyos?
La telbun soltó una risilla.
—¿Te pasaste al enemigo sólo por los créditos, Reck?
—Los créditos estafados se aprecian el doble que los que se ganan.
—Eso es muy bonito, pero no me lo trago. No dudo que los créditos
influyeran en tu decisión, pero sabes tan bien como yo que hay cosas más
importantes en juego.
—¿Qué es más importante?
—La Nueva República va a perder esta guerra, y no se gana nada
estando en el bando de los perdedores. Juega bien tus cartas, Reck, y los dos
estaremos entre los ganadores.
—Mentiría si te dijera que no me parece una oferta tentadora —dijo
Reck—, pero puesto que no te ha resultado difícil encontrarme, eso
significa que el SINR tiene a la Brigada de la Paz bajo vigilancia.
—Eso déjamelo a mí.
—A ti… ¿Y cuándo voy a saber quién eres?
—Cuando llegue el momento… y yo lo decida.
Reck respiró hondo.
—Vale —dijo al fin—. Estoy dispuesto a intentarlo.
—No lo lamentarás —la telbun hizo una breve pausa—. La desertora y
su compañera van a ser reubicadas en Bilbringi, a bordo de una vieja nave
de transporte llamada Reina del Imperio. Te daré los planes de viaje y te
mantendré informado de cualquier detalle adicional en cuanto los averigüe.
Pero sugiero que las interceptes antes de llegar a Bilbringi.
—Eso déjamelo a mí —dijo Reck, satisfecho de poder igualar el
marcador.
—Una cosa más: no digas ni una palabra sobre cómo has obtenido esta
información, ni siquiera a tus superiores yuuzhan vong. De momento, esto
debe quedar entre tú y yo, y tus dos colegas.
—Me parece bien…, al menos durante un periodo de prueba.
—Sé que no me fallarás, Reck.
Una mano tocó el hombro de Reck, se oyó el roce de la tela, y la telbun
se levantó.
—Seguiremos en contacto. Ni se te ocurra seguirme.
Reck se quedó quieto, pero no dejó de mirar de un lado a otro, buscando
a los compinches de la telbun. Al ver que nadie se levantaba para seguir a la
cubierta figura por la salida trasera del restaurante, se giró hacia Ven y
Wotson.
—¡Rápido! ¡Seguidla!
Reck iba a un paso de distancia tras ellos cuando salieron por la puerta
de atrás, para llegar a un estrecho patio completamente lleno de telbuns
idénticamente ataviadas.
***
C-3PO se apresuraba a cruzar las áreas de despegue del principal
espaciopuerto de Ord Mantell, cuando el aullido de las sirenas indicó el fin
de la alarma. Los escudos defensivos habían protegido la ciudad del ataque
aéreo, pero hacia el norte, en los conocidos vertederos del planeta, densas
columnas de humo negro se elevaban hacia el sucio cielo.
—Gracias al hacedor —murmuró C-3PO mientras caminaba—. Gracias
al hacedor.
El ama Leia se había ocultado con su leal guardaespaldas noghri, y le
había encomendado la misión de comprobar si la nave había sufrido daños
durante el ataque yuuzhan vong, y lo cierto era que no. Pero otras naves sí
habían sido alcanzadas, y la visión de sus cascos calcinados y perforados
provocó en C-3PO un temblor descontrolado.
Se estremeció al pensar en el destino que habría sufrido si la flota de la
Nueva República no hubiera repelido el ataque enemigo. Quizás habría
acabado en una montaña de escombros, o, peor aún, en el fondo de un pozo
lleno de androides incinerados, como el que había visto en Rhommamul
tras un breve pero inquietante encuentro con el difunto Nom Anor.
—Tu existencia me ofende —le había dicho el agitador político, con
una mirada conminatoria que se quedó grabada a fuego en el núcleo de
memoria de C-3PO.
Una cosa era ser evitado por los gotal, cuyos sensibles órganos
sensoriales tendían a sobrecargarse con la energía que manaba de los
androides, y otra muy distinta era ser escogido para la desactivación o la
aniquilación. Por supuesto, ha habido casos donde un androide resultó ser el
culpable de instigar sentimientos anti-androides, como cuando el androide
supervisor MerenData EV, al servicio de Lando Calrissian, en Bespin,
destruyó la cuarta parte de la población androide de la Ciudad de las Nubes.
Pero los actos repugnantes de EV-9D9 no eran típicos de un
comportamiento androide.
Y, lo que era más, ¿qué podrían haber hecho los androides, o un único
androide, para llenar de tanto odio a Nom Anor? Buscando precedentes, el
único desprecio semejante hacia los androides que recordaba C-3PO
provenía de humanos que se veían forzados a llevar prótesis. Pero también
había muchos humanos a los que no les afectaba el tener partes artificiales.
C-3PO no podía recordar ni un solo comentario del amo Luke en contra de
su mano artificial.
¡Era todo tan desconcertante!
C-3PO había estado demasiado cerca de la aniquilación en varias
ocasiones. Los guerreros tusken le habían despojado de un brazo, los
imperiales y los manifestantes de Bothawui le habían amputado
traumáticamente los miembros en la Ciudad de las Nubes, el monolagarto
kowakiano de Jabba El Hutt le había sacado un ojo… Pero siempre acababa
reensamblado tras cada calamidad. Lo habían reprogramado y regenerado,
lo habían bañado en aceite (un tanque de bacta para androides) y lo habían
pulido para devolverle su esplendor áureo.
Esas resurrecciones periódicas hacían que la desactivación fuera algo
inconcebible o, al menos, difícil de imaginar. De hecho, el fin de la
existencia era ser apagado de forma permanente… eternamente. Pero
¿cómo podía ser eso posible? ¡Qué tortura debía de ser padecer una
desactivación forzosa a manos del enemigo!
—Estamos todos malditos —murmuró C-3PO—. Sufrir es el destino
final de todos los seres vivos, metálicos o no.
¿Pero por qué resultaba tan terrible la perspectiva de ser desactivado?
¿Acaso el temor se debía al deseo desesperado de permanecer activado,
de mantener la consciencia indefinidamente y a toda costa? ¿O se debía a
un apego extraordinario a la existencia? Un apego que, de vencerse, se
llevaría consigo todo los temores a dejar de existir…
La revelación le dejó confuso durante unos momentos. Se detuvo
bruscamente en medio del campo de aterrizaje de permeocemento, lo que
provocó que otro androide de protocolo que iba detrás chocara contra él.
—¡«E chu ta» lo serás tú! —dijo C-3PO, devolviendo al otro androide
el comentario.
Los nervios, se dijo a sí mismo mientras reanudaba su camino. No
mostrar respeto ante alguien que había visto todo lo que él había visto, que
había viajado tanto, que había acumulado tanto conocimiento desde su
primer empleo como programador binario de montacargas…
Sus fotorreceptores se centraron de forma inesperada en el amo Solo.
Conversando con… un ryn, nada más y nada menos.
C-3PO se acercó rápidamente a ellos y no pudo evitar darse cuenta de
que el amo Han y el ryn tenían una pinta horrible, así como la nave de la
que evidentemente acababan de salir, acompañados por una mezcolanza de
seres abatidos y una unidad R2 de cabeza roja. De hecho, el amo Han y el
ryn no hablaban, más bien discutían.
—Nos vemos —dijo el ryn a modo de despedida cuando C-3PO se
acercó.
—No si puedo evitarlo, colega —dijo Han, dando a entender que no le
tenía en mucha estima.
—¡Amo Solo! —dijo C-3PO, saludando con el brazo estirado—. ¡Amo
Solo!
Han se dio la vuelta, lo vio y esbozó una sonrisa, ni mucho menos tan
sorprendido como C-3PO esperaba que estuviera. Después de todo, sabía
que el ama Leia y él estaban en Ord Mantell. Igual había venido en su
busca.
—Amo Solo, está usted herido —exclamó C-3PO al ver la sangre seca
en sus manos y su cara.
—Podría haber sido mucho peor —respondió Han con su habitual
aprecio por los comentarios obvios—. ¿Dónde está Leia, Trespeó?
—Pues se encuentra en el Hotel Grand en estos momentos, señor.
Han lo pensó un momento, entrecerrando los ojos al mirar a C-3PO.
—Supongo que no cabe la posibilidad de que no le menciones que te
has encontrado conmigo.
C-3PO inclinó la cabeza perplejo.
—No, supongo que no es posible —dijo Han, respondiéndose solo.
Suspiró—. En ese caso, creo que lo mejor será que me lleves ante ella.
CAPÍTULO 18
S igo sin poder creer que estés aquí —dijo Leia mientras aplicaba un
parche transdérmico de bacta a una quemadura algo fea que Han tenía
sobre la ceja derecha. Estaba sentado en el sofá de la elegante habitación de
hotel de Leia, y su mujer se inclinaba sobre él mientras C-3PO permanecía
en segundo plano, silencioso. Olmahk y Bsbakhan se habían apostado en la
puerta—. ¿Dónde está tu amigo Roa?
Han habló apretando los dientes.
—Ésa es una excelente pregunta, Leia. Fue absorbido por una especie
de serpiente gigantesca que resultó ser una nave yuuzhan vong que dio un
bocado a la Rueda del Jubileo.
Leia le puso las manos en los hombros.
—Oh, Han, lo siento.
—Quizá sólo haya sido capturado —dijo Han—, pero eso podría ser
hasta peor —apretó la mandíbula y agitó la cabeza de un lado a otro.
—¿Conseguisteis lo que teníais que hacer? —preguntó Leia, cautelosa.
Han la miró a los ojos en el espejo de la sala.
—El enemigo nos interrumpió.
—Lo siento mucho —Leia apartó la mirada y volvió a su tarea con el
parche de bacta—. ¿Qué vas a hacer ahora?
Han se levantó de repente y se alejó unos pasos, quitándose el pelo de la
cara con las manos.
—No sé. Supongo que ir a buscarlo.
Leia le contempló, incrédula.
—¿A buscarlo? ¿Y cómo piensas hacerlo?
Han negó con la cabeza.
—Todavía no lo sé —miró a Leia y frunció el ceño—. ¿Qué quieres que
haga, que finja que no ocurrió nada?
—Claro que no. Lo que quiero decir es…
Han agitó una mano.
—Tampoco espero que me entiendas.
Leia cruzó los brazos y frunció el ceño.
—¿Crees que no sé lo que significa perder a un amigo?
Han alzó la mano.
—No necesito que me cuentes otra vez lo de Alderaan o lo de Elegos
A’Kla…
La mirada de Leia relampeagueó.
—¿Te has vuelto loco? ¿Cómo te atreves a decir eso?
Han la miró a los ojos.
—Ten cuidado, Leia —le advirtió—. No estoy de humor.
Leia se agarró el cuello, preocupada.
—Y yo, claro, no quiero añadir mi nombre a la lista de gente que ha
hecho enfadar a Han Solo.
Han se giró y lanzó una mirada a C-3PO.
—Tiene bastante mal genio para lo pequeña que es, ¿no te parece,
Trespeó?
C-3PO se le quedó mirando.
—Perdone que le pregunte, señor, pero…
—¿Vas a volver a Coruscant con nosotros? —preguntó Leia,
poniéndose los puños en las caderas.
Han negó con la cabeza.
—Como ya te dije, a Roa y a mí nos interrumpieron.
—Y no tienes intención de decirme de qué va todo esto.
Han se encogió de hombros.
—¿Qué fue del hombre que prefería una pelea directa antes que andar
con secretitos?
Han frunció el ceño y abrió la boca.
—¿Quién anda con secretitos?
Ella frunció el ceño, decepcionada.
—Has cambiado, Han.
—¿De qué estás hablando? —protestó él—. Yo soy el mismo de
siempre. Resistente al tiempo, resistente al clima, inoxidable.
—¿Eso crees? —Leia le cogió por los hombros y le giró para que se
mirara en el espejo—. Mírate bien.
Han se quedó callado un momento.
—Eso no son los años, son los pársecs.
Leia resopló desesperada.
—A veces eres exasperante.
Él rió, burlón.
—Sí, supongo que hubieras preferido casarte con algún jugador
profesional de bolazona en vez de con un contrabandista, ¿no?
Leia apretó los labios enfadada.
—Para nada —señaló a la ventana—. Es un peligro que andes
vagabundeando por ahí. Por lo que sabemos, los yuuzhan vong saben quién
eres. Puede que hasta hayan puesto precio a tu cabeza.
—Yo no vagabundeo por ahí, Leia.
—Entonces cuéntame lo que estás haciendo.
Han iba a decir algo, pero se calló y comenzó de nuevo.
—Sabía que era un error venir aquí —murmuró.
Leia dio un paso atrás, totalmente abatida. Esta vez interrumpió a Han
cuando él comenzó a hablar.
—¿Sabes lo que creo, Han? Que deberías dar vueltas alrededor de
Coruscant hasta que tengas claro todo esto. En serio.
Han asintió con los labios apretados.
—Quizá tengas razón, Leia. Quizás eso sea lo mejor.
Ella no hizo amago de detenerle cuando Han cogió su mochila y salió
de la habitación. Pero apenas se cerró la puerta, se echó en la cama,
pareciendo aturdida.
—Bueno, eso sí que no estaba en mis planes —dijo en tono neutro a C-
3PO.
—¿Sus planes, señora?
Ella le miró de reojo.
—Es una expresión, Trespeó. Lo cierto es que no tenía ningún plan.
C-3PO se quedó decaído. Leia sonrió, a pesar de todo.
—El pensamiento humano no es tan maravilloso como lo pintan,
Trespeó. De hecho, a veces es mejor no saber lo que piensan los demás.
***
Han tapó la copa de cristal cuadrada para impedir que el camarero de
cuatro brazos volviera a llenarla.
—El alcohol no es la respuesta —dijo.
El codru-ji le contempló desde el otro lado del mostrador.
—¿Cuál es la pregunta?
—¿Cómo se cambia el pasado?
—Eso es fácil. Cambiando la forma en que lo recuerdas.
—Sí, supongo que podría hacer que me lavaran la memoria.
El camarero asintió comprensivo.
—Otro whisky y estarás en el buen camino para ello.
Han se pasó la mano por la barbilla sin afeitar y negó con la cabeza.
—Rumbo a ninguna parte.
El camarero se encogió de hombros.
—Tú mismo, amigo.
El bar del casino La Dama del Destino estaba casi vacío, pero las mesas
de juego estaban repletas de gente que celebraba la buena suerte de haber
escapado a la muerte…, posiblemente la mejor apuesta que puede llegar a
ganar un jugador. Han pensó que quizá también estaría de buen humor, de
no ser por lo que les había pasado a Roa y a Fasgo.
¿Pero qué sentido tenía arrastrar consigo a Leia? Ella no tenía la culpa
de la desaparición de sus amigos, como Anakin tampoco era responsable de
la muerte de Chewie… probablemente lo fueran tanto como Reck Desh. Así
que igual debía renunciar a buscar a Roa o a la tal Brigada de la Paz y
volver a Coruscant, donde tal vez consiguiera hacer algo constructivo.
Pagó la cuenta, dio una generosa propina al codru-ji y ya se dirigía
hacia la salida cuando le interceptó el teniente aqualish del Gran Bunji.
—Ya veo que conseguiste salir entero de la Rueda —dijo Han, sin
ocultar su decepción.
—Yo también me alegro de verte, Solo. El Jefe B supuso que estarías
aquí.
—Dile a Bunji que muchas gracias por dejarnos allí.
—Te envía sus disculpas. En las prisas del momento se olvidó
completamente de sus invitados.
A Han le tembló el labio superior.
—Me aseguraré de que Roa y Fasgo se enteren de eso…, suponiendo
que hayan sobrevivido a lo que los yuuzhan vong planearan para ellos.
El aqualish sonrió, inescrutable.
—Quizás esto te ayude, Solo. El jefe se ha enterado de que el humano
que buscabais, el tal Reck Desh, tiene una operación planeada en Bilbringi.
La expresión de Han pasó del enfado al interés cauteloso.
—¿Qué clase de operación?
—Desconocida. Sólo se sabe que está involucrada toda la Brigada de la
Paz.
—¿Cuándo?
—Ya.
—En Bilbringi, dices.
—Eso es lo único que se sabe.
Han se quitó el pelo de la frente y respiró hondo.
—Vale, dale las gracias a Bunji.
El aqualish se despidió con la mano y se marchó, y Han regresó a la
barra a pensar. Se suponía que el Daga Afortunada seguía en la Rueda, pero
la única forma de saber si había sobrevivido al ataque era regresando a la
estación. La alternativa era ir en transporte público a Bilbringi y averiguar
todo lo que pudiera respecto a las actividades de Reck. Probablemente, Leia
podría mover algunos hilos para que alguien le llevara hasta allí, pero no
podía pedírselo sin revelar adónde iba y no quería arriesgarse a ello. No por
el momento.
Pero C-3PO… C-3PO podía arreglar lo de sacarle un billete para una
nave rumbo a Bilbringi.
***
En cuanto recibió la discreta petición de Han, C-3PO se reunió con él en
la entrada del espaciopuerto de Ord Mantell.
—No hay nada mejor que un androide eficiente —dijo Han, sonriendo.
—He de confesar, amo Solo —respondió ansioso C-3PO—, que creo
que esto no está nada bien… Especialmente el tener que imitar la voz de
Leia para conseguir el pasaje.
—Venga, Trespeó, que ya lo has hecho antes. Lo hiciste para engañar al
ejército del Gran Almirante Thrawn.
—Eso no me tranquiliza, señor. Además, eso fue para proteger a la
princesa de unos asesinos. Esto ha sido para protegerlo a usted de… No
estoy muy seguro de qué, amo Solo.
—No te pido que mientas, Trespeó —dijo Han, arrastrando la última
palabra—. Sólo te pido que hagas la vista gorda. Si Leia no te pregunta por
mí, no tendrás necesidad de decir adónde he ido.
—Pero seguro que me lo pregunta, señor.
—Vale, pero quizá no te pregunte directamente si sabes adónde me
dirijo, o dónde estoy.
—Pero, señor, ¿y si me lo pregunta?
Han lo pensó.
—Si te lo pregunta, díselo —miró al androide un momento—. No
podrías evitarlo, ¿no?
C-3PO se puso nervioso.
—Eso escapa a mi lógica.
—Exactamente —dijo Han—. No es lógico. Pero ya sabes que a veces
es mejor que la gente no sepa ciertas cosas.
—¿Perdón?
—Algunas veces es más doloroso saber la verdad que no saberla.
C-3PO prestó atención.
—Visto así, tampoco es tan malo —comenzó a decir, pero hizo un gesto
de tristeza—. Pero toda esta cuestión de la verdad es casi tan confuso como
el de dejar de existir…
Han arqueó una ceja.
—¿Dejar de existir? ¿Qué hace un androide pensando en la muerte? Tú
no vas a morir.
—Quizá no del mismo modo que los humanos, señor, pero puedo ser
desactivado. ¿Y qué será de mis recuerdos? De todos los recuerdos que he
acumulado y de todo por lo que he pasado…
Han le miró fijamente.
—¿Te ha desajustado alguien el motivador o algo así? Si eso es lo único
que te preocupa, podemos descargar tu memoria en un almacenador de
datos —entrecerró los ojos—. De hecho, me encargaré ahora mismo de eso,
Trespeó… Sobre todo si accedes a no decir nada a Leia de lo de Bilbringi.
C-3PO ladeó la cabeza.
—Inmortalidad, Trespeó —dijo Han, tentador.
—Pero, señor…
—Será como tener un clon refrigerado. Tu mente se trasladará a otro
cuerpo, pero tú ni siquiera te enterarás.
—Oh, señor, estoy seguro de que podría adaptarme a un nuevo cuerpo.
Después de todo, soy más mente que cuerpo.
—Ése es el espíritu, chico.
—Ése es el espíritu —repitió C-3PO, animado, y luego volvió a
retraerse—. Pero, amo Solo, señor, esta nave en la que va a viajar… Hay
algo que tiene que saber…
—¿Va a Bilbringi?
—Sí, señor, pero…
—Entonces no necesito saber más. ¿De dónde sale?
—Los transbordadores saldrán del hangar 4061 a las trece horas, señor.
Pero déjeme explicarle antes…
—No hay tiempo, Trespeó —dijo Han, mirando a un reloj cercano—. Y
gracias, gracias por todo. No te arrepentirás de esto.
C-3PO alzó ambas manos por encima de la cabeza, sumamente
nervioso.
—Pero, señor —gritó mientras Han se alejaba—. Es el Reina del
Imperio… ¡La nave más gafe de la historia!
CAPÍTULO 19
S howolter hizo una mueca mientras contemplaba el enmascarador
ooglith capturado en Wayland, que se pegaba y ajustaba a Elan
extendiendo garfios microscópicos y tentáculos que se insertaban en sus
poros, glándulas sudoríparas, arrugas y pliegues de la piel. Elan estaba
desnuda y le daba la espalda, pero él podía adivinar por las contracciones y
flexiones involuntarias de sus tensos músculos que el proceso de ponerse la
prenda viviente era una tortura; «una tortura exquisita», en palabras de
Elan.
Consciente de su curiosidad, ella le pidió que estuviera presente en el
proceso, de una forma que denotaba tanto indiferencia como flirteo. Pero a
él le resultaba difícil soportar sus lamentos agonizantes, y se giró para mirar
por la ventana del piso franco, hacia unos árboles cuyo alto contenido
metálico convertía a esa zona de Myrkr en un auténtico reto para
transmisores y demás dispositivos de comunicación.
—Ya está —anunció Elan estoicamente. Showolter volvió a girarse y la
encontró vestida no sólo con su segunda piel yuuzhan vong, sino también
con la túnica que él le había dado al principio. Parecía más humana que
nunca.
Elan se frotó las mejillas, la frente y la barbilla, como para estirarse las
arrugas.
—¿Lo ve, Showolter? Ni resto de marcas, ni una señal que indique
quién o qué soy en realidad.
Showolter se dio cuenta de que había estado aguantando la respiración,
y soltó el aire.
—Esa prenda es talla única, ¿no?
—¿Por qué? ¿Quiere ponérsela?
—No —respondió él rápidamente—. Sólo me preguntaba si había
versiones masculina y femenina.
—¿Para qué habría de haberlas?
Él se rascó la cabeza.
—Bueno, supongo que no todos los yuuzhan vong tendrán tus formas.
Elan miró a Vergere, sentada a su lado en el suelo, y ambas
intercambiaron sonrisas enigmáticas. Las vestiduras de Vergere apenas eran
una prenda amplia que ocultaba su torso lleno de plumas y las piernas
articuladas a la inversa. No había que tocar mucho su exótico rostro, ya que,
con tantos evacuados del Borde Exterior, los agentes de aduanas e
inmigración se habían acostumbrado a ver todos los días una especie nueva.
—¿Qué tienen de malo mis formas, Showolter? —preguntó Elan al fin.
—Absolutamente nada —rió él, incómodo.
—Pero seguro que tienes algo que objetar con respecto a las marcas de
mi cara y mi torso.
—Adornos —dijo él, intentando que sonara gracioso.
Ella se tocó la cabeza y le observó con aplomo.
—Quizá tengas las hechuras de un yuuzhan vong… pese a ser tan reacio
a ponerte el enmascarador ooglith.
—Lo dudo. Aunque podría llegar a tatuarme.
Ella sonrió.
—Si piensas que el método yuuzhan vong es menos doloroso, estás
totalmente equivocado.
Él se encogió de hombros.
—A veces hay que sacrificarse.
—Cuánta razón tienes, Showolter —ella dejó que el comentario flotara
en el aire un momento—. Pero temo que pueda ofenderte mi aliento. Está
algo contaminado…
—Por la comida —interrumpió Vergere—. No estamos acostumbradas a
comer tanto alimento procesado.
Showolter la miró.
—Lo siento, pero no puedo hacer nada al respecto —admiró las
capacidades de camuflaje de enmascarador ooglith y negó con la cabeza,
sonriendo—. Un nerf con piel de taopari —murmuró.
Elan arqueó las finas cejas.
—Es un juego de palabras —explicó él—. Un taopari con la piel de un
nerf, es una bestia disfrazada de ganado para introducirse en el rebaño.
La mirada de Elan se iluminó al comprender la revelación.
—Así que soy ganado con piel de depredador.
—Pensaba en el asesino que enviaron los tuyos.
—Lo sé.
Showolter se aclaró la garganta y le alcanzó la ropa: un vestido sencillo,
una chaqueta y unos zapatos.
—Bueno, aquí tienes tu ropa.
Elan observó las prendas una por una.
—¿Quién se supone que soy, Showolter?
—Mi mujer. Somos refugiados, desplazados de un planeta llamado
Sernpidal, y viajamos con nuestra sirvienta.
—Ésa soy yo —dijo Vergere—. Como si lo viera.
Elan miró a Vergere y luego a Showolter.
—Carezco de entrenamiento en los deberes de esposa.
—Nadie espera que vivas el papel. Tú limítate a interpretarlo. Ya
repasaremos los detalles antes de irnos.
—¿Seremos sólo nosotros tres? —preguntó Elan.
—En la nave encontraremos refuerzos.
—¿Vamos a un planeta más habitado?
Él asintió.
—¿Me mostrarás sus paisajes?
—Eso quizá sea más difícil. Pero sí, al final, sí.
—Qué maravilla.
Showolter la dejó para que se vistiera, y fue a la habitación de al lado
para supervisar los dos equipos de tres miembros que iban a hacer de
figurantes. Los dos agentes femeninos, con remolinos pintados en el rostro
y ataviadas con modelos idénticos al que había entregado a Elan, eran lo
bastante parecidas a la Sacerdotisa yuuzhan vong como para hacerse pasar
por ella. Pero Showolter no confiaba igual en el mrlssi y el bimm elegidos
para suplantar a Vergere.
—Quizás hubiera sido mejor emplear a un par de dralls —comentó
mientras observaba a los dos alienígenas disfrazados.
—¿Qué pasa conmigo, Showolter? —preguntó, divertida, una de las
mujeres—. ¿Doy el pego como señorita Desertora? —adoptó una pose
teatral y parpadeó coqueta—. «¿Me mostrarás sus paisajes?» —dijo,
imitando la voz de Elan.
Todo el mundo se rió, excepto Showolter. En vez de eso, empezó a
distribuir armas e instrucciones de última hora, escritas en duraláminas
auto-destructibles.
—Dejaos ver en Hyllyard City —dijo a los miembros del primer equipo
—, pero no llaméis demasiado la atención. Si hay agentes yuuzhan vong, no
se dejarán engañar fácilmente. —Les dio unos billetes de viaje—. Saldréis
de Myrkr para ir a Gyndine, y de ahí a Thyferra.
Otro fajo de billetes fue para el hombre del segundo equipo.
—De Myrkr a Bimmisaari y a Kessel.
Se metió una pistola láser en la funda de la axila.
—Que todo el mundo se mantenga en contacto con el cuartel general
por los canales habituales. En cuanto nuestros informadores lleguen a
Coruscant, se os avisará para que abandonéis la farsa y volváis.
—¿Usted qué opina, Mayor? —preguntó el líder del primer equipo.
Showolter bajó las comisuras de los labios y negó con la cabeza.
—Puede que los yuuzhan vong eviten ese sector tras la derrota en Ord
Mantell. Además —añadió, abotonándose la chaqueta para ocultar la funda
del arma—, ¿qué podrían querer de una banda de refugiados que viajan en
un transporte decrépito?
***
Cuando el transbordador, lleno hasta la bandera, se detuvo junto al
antaño magnífico transporte de lujo, Han se dio cuenta de repente de lo que
C-3PO había intentado decirle en Ord Mantell.
De todas las naves del mundo, se dijo a sí mismo cuando el nombre
borrado y arañado de la leyenda pasó ante la ventanilla, me tenía que tocar
el Reina del Imperio.
Sus primeros dueños y operarios habían sido las Líneas de Transporte
Haj, una compañía cuya lealtad al Imperio y a la Alianza variaba según el
mejor postor, y el Reina había sido la nave elegida para los pasajeros que
viajaban desde Corellia hasta Gyndine, con numerosas paradas intermedias,
y ocasionalmente llegaba hasta el Borde, y hasta Nar Hekka, en Espacio
Hutt.
Ligeramente más grande que un destructor estelar imperial, la nave era
capaz de transportar decenas de miles de personas, pero había restringido su
aforo a sólo cinco mil para ofrecer, en su momento, una comodidad sin
precedentes, un servicio excepcional y más distracciones de las que
pudieran imaginarse. Piscinas específicas para cada especie, termas,
restaurantes, centros comerciales, zonas climatizadas, salas de ejercicio,
salones de depilación para los más peludos, curtideros para los de piel
delicada, garitos de jizz, salones de baile en gravedad cero, casinos,
miradores y zonas de ocio… Todo ello en más cubiertas de las que se
podían explorar en un único viaje. El más exclusivo de sus muchos clubes
nocturnos era el Vientos Estelares, donde quince rughjas tocaban el mejor
swing-bob, y los opulentos pasajeros bailaban durante horas al ritmo del
margengai-glide.
En su mejor época, el Reina había rivalizado con el más antiguo
Mensajero Quamar y el transporte de lujo calamariano Princesa Kuari,
sirviendo de modelo para nuevas naves como el Tinta Palette y la Joya de
Churba. Pero había caído en desgracia al convertirse en frecuente objetivo
de los piratas, e imán para meteoritos, y por permanecer una vez cinco días
perdido en el hiperespacio.
Han nunca había estado a bordo, pero conocía la nave gracias a Lando,
que había conocido en el Reina a Bria Tharen, primer amor de Han. Bria
era por aquel entonces un miembro de alto rango de la resistencia
corelliana, y Lando el mismo de siempre.
Han seguía profundamente sumido en sus recuerdos mientras era
trasladado al Reina, pero mientras no vio el interior no se dio cuenta de lo
bajo que había caído aquella nave.
Si bien algunos de los pasajeros, él incluido, tenían billete, la nave
estaba llena de evacuados, heridos de guerra y refugiados previamente
alojados en Ord Mantell y en la Rueda, que ahora se hallaban de camino a
los distintos planetas del Núcleo y la Colonia, en buena parte gracias a los
esfuerzos de Leia.
Los antaño enormes salones de baile del Reina se habían convertido en
campamentos temporales, una babel de idiomas y una abrumadora
amalgama de olores donde gente de cientos de especies diferentes se
amontonaba en tiendas y refugios improvisados, protegiendo con mimo a
niños, mascotas o alimentos u objetos personales que poseían. Entre ellos se
paseaban los guardias y los soldados, resolviendo supuestos robos o
disputas por el espacio, arreglando peleas causadas por motivos puramente
discriminatorios. Entre ellos también circulaban androides y vendedores de
todo tipo (muchos de ellos protegidos por guardaespaldas), ofreciendo a
precios exorbitantes comidas rápidas, suplementos dérmicos, fármacos
dudosos y tiques para los aseos portátiles de los pasillos.
Han se abrió paso entre la multitud, siguiendo las señales de la cubierta
en dirección al maloliente y cochambroso camarote que le correspondía.
Pensó en su situación tras sentarse en el borde de la pequeña cama
inclinada. El tamaño de la cabina le daba igual. Bilbringi sólo estaba a dos
saltos de distancia, y el Reina llegaría al cabo de tres días de navegación.
Han tenía allí contactos y conocidos, así que buscaría el rastro de Reck y
otros miembros de la Brigada de la Paz, y puede que hasta obtuviera alguna
información sobre lo que fue de las víctimas del ataque de los yuuzhan
vong a la Rueda del Jubileo.
Se quedó dormido un rato y se despertó con un hambre canina, lo cual
no era sorprendente, ya que no había comido nada aparte de los aperitivos
del bar del casino La Dama del Destino.
Se suponía que los pasajeros con billete tenían privilegios exclusivos
para acceder a una cafetería en la cubierta superior y al único restaurante
que no había sido convertido en espacio habilitado para los refugiados. Pero
la muchedumbre había sobrepasado los controles, si es que los hubo alguna
vez, y la cafetería había sido tomada por pasajeros hambrientos. Cuando
Han llegó, quedaba muy poca comida y ni un solo cubierto. La gente
utilizaba las manos, las garras, las pinzas o cualquier apéndice que le
hubiera dado la naturaleza.
Han intentaba adivinar si el óxido que tenía en las manos era tóxico,
cuando recordó la herramienta de supervivencia que le había regalado
Anakin, la que Chewbacca había fabricado y que, sorprendentemente,
seguía prendida a su cinturón después de todo por lo que había pasado en la
Rueda. Y, evidentemente, la herramienta incluía un tenedor.
Han contempló con admiración el inteligente utensilio y se metió entre
la gente que rodeaba la mesa del bufé. Acercándose a las bandejas calientes,
vio que sólo quedaba un filete de nerf, requemado y con mala pinta, y no
iba a dejarlo ahí. Pero al acercarse y trincharlo, el filete fue perforado al
mismo tiempo por una garra semejante a un espolón unida a una especie de
mano aterciopelada de cinco dedos.
Han se giró y se encontró frente a frente con el ryn en cuya compañía
había escapado de la Rueda. El alienígena de cola prensil llevaba los
mismos pantaloncillos de colores chillones, el chaleco y la gorra.
—¡Ja! —soltó el ryn, encantado con la sorpresa—. Te dije que nos
veríamos por ahí.
Han hizo una mueca.
—Dentro de unos cinco años hubiera sido más de mi gusto.
—Ya, pero no se puede luchar contra el destino, amigo mío.
—Puedo intentarlo —replicó Han—. ¿Qué haces aquí?
—Pues lo mismo que tú, seguir el viaje —miró fijamente la fina loncha
de carne—. ¿Quién se queda este trofeo?
—Supongo que habrá que compartirlo —dijo Han en tono resignado—.
Eso teniendo en cuenta que te corresponde todo lo que te has metido debajo
de la uña al trincharlo.
El ryn soltó una carcajada.
—Y dicen que ya no queda gente honrada.
Han colocó el filete en un plato mal lavado, y los dos encontraron sitio,
uno frente al otro, en una mesa cercana, entre un grupo de sullustanos y
bimms.
—Droma —dijo el ryn, ofreciéndole la mano al sentarse.
—Roaky Laamu —le dijo Han, estrechando su mano, reacio.
—He de decir, Roaky, que tienes mucha mejor pinta que la última vez
que te vi.
Han se rascó el rectángulo de sintocarne que Leia le había aplicado en la
frente.
—Las maravillas del bacta. Ojalá pudiera…
—… decir lo mismo de ti —completó Droma.
Han dio una palmada en la mesa y se echó hacia delante, furioso.
—Tú y yo tenemos que llegar a un acuerdo. No sé cómo lo haces, pero a
partir de ahora te vas a guardar mis pensamientos para ti, ¿entendido?
—Menudo reto —musitó Droma.
—Ése es tu problema —Han le miró fijamente un momento—. Pero
¿cómo lo haces?
—Venga, ¿no has oído decir que los ryn podemos leer las mentes y
decir la fortuna? —preguntó Droma en tono jocoso.
—Sí, ya, y yo soy un Jedi.
Droma rió.
—Eso sí que sería una sorpresa.
Han frunció el ceño y empleó el cuchillo de su herramienta de
supervivencia para cortar el filete en dos. La requemada parte de abajo lucía
el emblema del proveedor: «Consumibles Nébula».
Han se llevó un pedacito a la boca con evidente asco. Droma le miró a
la cara mientras él masticaba… o intentaba hacerlo.
—¿No es lo que te esperabas?
—Me esperaba algo comestible —dijo Han, pasándose la carne de un
lado a otro de la boca.
—¿Tan horrible es?
Droma le cogió la herramienta de supervivencia para cortar un poco de
su mitad.
Han le acercó un plato vacío.
—Puedes escupir aquí los dientes.
Droma masticó un rato antes de escupir discretamente el pedazo en la
mano y tirarlo debajo de la mesa.
Han respiró hondo.
—Oye, ¿qué te parece si probamos el restaurante? Yo invito.
Droma sonrió.
—Estaba esperando que lo dijeras.
Se fueron de la cafetería y caminaron una corta distancia por la cubierta
de paseo, hasta un comedor abarrotado que había conseguido mantener
parte de la grandeza que el resto del Reina había perdido hacía tanto
tiempo. Sin embargo, cuando estaban a punto de sentarse, el maître
klaatooiniano se dirigió a él.
—Lo lamento, señor —dijo a Han—. Pero no podemos atender al…
ryn.
Han le dedicó una mirada incrédula al humanoide de pestañas espesas y
mandíbulas alargadas.
—¿Dónde te crees que estás trabajando, en el Tinta Rainbow? ¡Esto es
una nave de refugiados!
El maître resopló.
—Aun así, tenemos nuestras normas.
Han se sintió indignado y echó el brazo para atrás, pero Droma le
detuvo.
—Una pelea no va a cambiar nada —le advirtió Droma, casi colgando
de los bíceps de Han.
—Salvo mi humor —gruñó Han.
—Pero no nuestro apetito.
Han bajó los brazos y cogió una carta a un camarero que pasaba. La
miró, señaló la especialidad del chef y la tiró a las largas manos del maître.
—Dos de esto… para llevar.
El klaatooiniano miró con desdén a Han y se alejó. Al cabo de un rato
volvió con lo que habían pedido.
Han y Droma cogieron los envases y los llevaron a unos asientos
situados ante el mirador. Comieron en silencio, mientras el Reina
maniobraba para salir del espacio de Ord Mantell, adquiriendo velocidad
para el salto a la velocidad de la luz. La luz de las estrellas se reflejaba en el
maltrecho anillo exterior de la Rueda del Jubileo. Han estaba decidido a no
pensar en Roa y en Fasgo… al menos mientras no llegara a Bilbringi.
Saciado, se apoyó en el respaldo y se puso las manos detrás de la
cabeza.
—¿De dónde proceden los ryn? —preguntó, mientras Droma se
chupaba los dedos para limpiárselos—. ¿Cuáles son sus orígenes?
Droma se alisó las puntas de su mostacho blanco.
—De un planeta del Núcleo, pero ni siquiera los ryn sabemos cuál.
—¿Os obligaron a marcharos?
—Hay dos teorías al respecto. La primera dice que descendemos de una
tribu de diez mil músicos que se donó a un planeta cercano carente de
artistas. Según la otra, descendemos de guerreros enviados a luchar contra
una amenaza del Borde Interior. Nuestro idioma contiene muchos términos
militares, como nuestra palabra para los que no son ryn, que tiene lazos
lingüísticos con la palabra «civil».
—¿Y cómo acabasteis tantos en el Sector Corporativo?
—Las circunstancias nos arrinconaron allí. Tras abandonar el Núcleo,
los ryn aprendieron técnicas agrícolas, a trabajar el metal y otros oficios,
pero en todas partes nos miraban con sospecha. Empleamos salvoconductos
falsos para establecernos en planetas remotos del espacio del Sector
Corporativo. Ayudó bastante el hecho de que nuestras técnicas de curación,
aprendidas de muchas razas distintas, le salvaran la vida a una importante
autoridad ejecutiva.
»Aun así, nuestro estilo de vida nómada, nuestro amor por la privacidad
y la falta de registros escritos, que beneficia enormemente nuestra propia
conservación, hizo pensar a algunos que practicábamos la magia negra o
que éramos unos ladrones. Se dijo que nos gustaba la carne viva, y en
algunos sectores se aprobaron leyes que permitían que se nos cazara,
esclavizara o asesinara. Nos culparon de crímenes ajenos. Se prohibió
nuestro idioma natal, y muchos de nosotros fuimos vendidos a traficantes, o
destinados a procrear niños esclavos.
Han recordó al ryn de la Rueda que se había acercado al Daga
Afortunada, y la pareja que se le había acercado personalmente en el
Apostador para pedirle que los llevara de vuelta al Núcleo.
—¿Y cómo acabaste en la Rueda del Jubileo? —preguntó.
—Estaba en una caravana de naves ryn que abandonó el Sector
Corporativo rumbo a la Constelación de Lesser Plooriod cuando los
yuuzhan vong llegaron al sistema Ottega y destruyeron Ithor.
—¿Eres piloto profesional?
—Y bastante bueno —dijo Droma—. Además soy explorador y he
viajado por todo el espacio.
—¿Y qué pasó después de Ithor?
—Nuestras naves se dispersaron, así como nuestras familias. Llevo
buscando a mi gente desde entonces, a mi hermana y a varios primos.
—Es difícil —dijo Han.
Droma asintió.
—¿Y tú, Roaky? Conduces naves con la habilidad de un piloto de cazas
de combate… o de un auténtico contrabandista. ¿Qué haces tú por aquí?
Han tardó un momento en ordenar sus pensamientos.
—Soy más mecánico que piloto. Estoy de vacaciones de mi vida normal
para intentar arreglar algunas cosas.
—¿Entonces tú también intentas volver con tu familia? —dijo Droma.
Han le miró.
—Puede que sí.
Del restaurante les llegaron los acordes de Sueños vaporosos, una
canción que se hubiera adaptado perfectamente a la voz de Bria Tharen, y
que solía cantar a menudo.
—Esta canción te recuerda algo —dijo Droma, observando a Han
fijamente.
Han sonrió sin abrir la boca.
—A los buenos y viejos tiempos.
—¿Cómo de viejos?
—Lo suficiente para ser buenos —le dijo Han.
CAPÍTULO 20
L uke miraba por el ventanal circular de transpariacero, dando la espalda
a la habitación, cuando entraron Kyp Durron, Wurth Skidder, Cilghal y
los demás Jedi a los que había pedido que acudieran a Coruscant. La
estancia ocupaba el último piso del edificio del Ministerio de Justicia, que,
si bien estaba lejos de ser el edificio más alto, seguía gozando de
majestuosas vistas de la ciudad en todas direcciones. Los cristales estaban
tintados, pero no eran impenetrables, y la luz del sol poniente bañaba la
habitación con los mismos rojos y naranjas que teñían el cielo.
Luke parecía absorbido en la contemplación del incesante flujo de
tráfico. Cuando se apartó de la ventana, los veinte Caballeros Jedi que
habían entrado ya se sentaban a la mesa redonda, o simplemente
permanecían en pie, con las capuchas bajadas, esperando a que Luke les
explicara por qué les había pedido cruzar prácticamente la mitad de la
galaxia.
—La Nueva República tiene dos desertoras enemigas bajo custodia —
anunció sin más preámbulos—. Una es una Sacerdotisa, y la otra parece ser
su mascota o su compañera. Los datos de carácter militar que nos
proporcionaron fueron buena parte del motivo por el que ganamos en Ord
Mantell. Las desertoras están siendo trasladadas a Coruscant para un
interrogatorio más a fondo.
—Ahora sí que estamos llegando a algo —dijo Kyp Durron por encima
de los comentarios de sorpresa y alegría—. Sabía que tenía que haber algún
insurrecto entre los yuuzhan vong —mostró a Luke una sonrisa ansiosa—.
¿Y cuándo podremos acceder al interrogatorio?
—Pero eso tiene que ser un truco, ¿no? —dijo Cilghal antes de que
Luke pudiera responder—. Por muchos datos estratégicos que hayan
proporcionado.
Sus manos membranosas estaban ocultas en las mangas de su túnica
Jedi, y miró a Luke y a Kyp a la vez con sus ojos saltones.
Luke asintió mientras se acercaba a la mesa.
—La Nueva República está actuando con cautela. Si las desertoras
continúan proporcionando datos auténticos, gozarán de una mayor
credibilidad.
—¿Han accedido a proporcionar más? —preguntó Wurth Skidder. No
era el único sin túnica Jedi, aunque el aspecto desaliñado de su pelo rubio
parecía indicar que había pasado todo el viaje desde Yavin 4 con la capucha
puesta.
—Con condiciones.
Los Jedi se miraron unos a otros, pero nadie dijo nada. Luke se sentó en
el borde de la mesa, con una pierna apoyada en el suelo.
—Han solicitado reunirse con nosotros.
Streen, de pelo canoso y barba, soltó una risilla.
—Es exactamente lo que suponía —miró a Luke—. ¿Y han expresado
por qué quieren hacerlo?
Luke se levantó y dio unos pasos hacia el exminero de Bespin.
—Afirman tener información sobre una enfermedad que los agentes
yuuzhan vong propagaron mucho antes de que las primeras mundonaves
aterrizaran en Helska 4.
Los presentes se quedaron mudos de asombro.
—No voy a engañaros —dijo Luke tras una pausa—. Quiero creer con
todas mis fuerzas que esa enfermedad es la misma que padece Mara, pero
eso está por ver.
—Y de ser la misma, ¿cómo saber que los yuuzhan vong saben que
Mara la padece? —dijo Cilghal, todavía un tanto sorprendido por la
revelación.
Luke apretó los labios y negó con la cabeza.
—Creo que no deberíamos precipitarnos en sacar esa conclusión.
—Pues claro que lo saben —dijo Wurth con firmeza—. Y lo que es
más, yo diría que utilizan a Mara para atacarnos, como la atacaron a ella.
—Eso no puedes saberlo —replicó Anakin al momento—. Las
desertoras han sido investigadas en busca de algo parecido, y serán
examinadas de nuevo antes de reunirse con nosotros.
Atónito, Wurth se apoyó en el respaldo y miró a Luke.
—¿Entonces ya has dado el visto bueno al encuentro?
Luke asintió.
—Como gesto de buena voluntad hacia la Nueva República, más que
nada. Para demostrarles que podemos trabajar en equipo.
Muchos se miraron entre sí con recelo.
—Entendemos tus razones, Maestro —dijo Ganner Rhysode—, pero si
vamos a hacer esto, hagámoslo por Mara y no por la Nueva República.
Después de todo lo que ha pasado, me da exactamente igual lo que piensen
el ejército o el Senado de la Nueva República.
La habitación se llenó de murmullos de asentimiento. Luke esperó a que
se hiciera el silencio.
—Mi propuesta será que Mara y yo nos reunamos a solas con ellos.
Jacen se puso en pie.
—¡Entonces crees que es una trampa!
Luke se volvió hacia él.
—No sé si lo es.
—Entonces, deja que se reúnan conmigo, con Streen o con Kam Solusar
—dijo Jacen—. Cualquiera de nosotros estaría dispuesto a arriesgar sus
vidas para salvar a Mara.
Cilghal miró a Jacen y a Luke con su gran boca ligeramente abierta.
—Tu sobrino tiene razón, Maestro. Si hay algún tipo de riesgo, Mara y
tú deberíais ser los últimos en asumirlo.
—¿Qué estáis sugiriendo, que nos reunamos todos con él?
—Podéis contar conmigo —dijo Kyp—. No hay nada que desee más
que unos minutos a solas con un yuuzhan vong.
—Lo mismo digo —dijo Wurth.
Lowbacca bramó con intensidad. Emetedé, el androide traductor
miniatura que flotaba cerca del hombro de Lowie, sobre sus propios
motores retropropulsores, dijo:
—Somos todos para uno. Juntos somos más fuertes que la suma de
nuestro potencial individual.
Construido por Chewbacca y programado por C-3PO, Emetedé hablaba
con la misma voz que el androide de protocolo, pero sin el mismo tono
afectado.
—Yo estoy con Lowbacca —dijo Streen—. Todo lo que se averigüe de
los yuuzhan vong debe ser compartido por los demás.
—Opino lo mismo —añadió Tenel Ka.
Luke se llevó las manos a la espalda y se acercó a los ventanales. La
camaradería le animaba. Recordó los primeros años de la academia, cómo
sus estudiantes se unieron para vencer el espíritu de un Jedi oscuro que
intentaba poseer Yavin 4. Algunos de los presentes estuvieron entonces allí:
Cilghal, Streen, y hasta sus sobrinos. Y algunos de los participantes en
aquel enfrentamiento habían muerto, como Cray Mingla, Nichos Marr,
Miko Reglia, Daeshara’cor…
Luke respiró lentamente, se giró y asintió.
—Informaré al Servicio de Inteligencia de la Nueva República de
nuestra decisión. Nos reuniremos con las desertoras en cuanto lleguen a
Coruscant.
***
—Una para el humano —dijo el crupier, sacando una carta chip de
sabacc de la baraja.
Un portacartas ithoriano equipado con un apéndice en lugar de brazo
retiró el delgado dispositivo de la parte inferior de la carta electrónica y la
depositó boca arriba, frente a Han.
—Seis de sables —anunció el crupier a la mesa.
Han calculó el total de las tres cartas que tenía e hizo un sutil gesto al
crupier con el dedo índice y el corazón de la mano derecha, indicando que
él se plantaba.
El crupier, un bith cuyos dedos facilitaban un hábil manejo de las cartas,
miró al sullustano sentado a la izquierda de Han, esperando sus
instrucciones. La criatura de grandes mandíbulas y orejas protuberantes
golpeó con el puño la enorme superficie pulida de la mesa y no pudo
suprimir una sonrisa cuando la carta que giró el crupier resultó ser la
Resistencia.
El bothano del asiento de al lado se retiró, así como el diminuto
chadrafan que estaba junto a él. Eso dejó a Han jugando solo contra el
sullustano de la izquierda, y un ithoriano y un rodiano, a izquierda de éste,
ambos comerciantes sin escrúpulos. Este último agarraba con fuerza las dos
cartas que se le habían repartido desde el principio, y no tenía ninguna en la
mesa.
Han se echó hacia atrás para mostrar a Droma las cartas que llevaba: el
as de monedas, que valía quince, y el uno de pentagramas, recientemente
alterada desde la carta de la Reina de Aire y la Oscuridad por el
aleatorizador de sabacc. Con el seis de sables descubierto, la mano tenía un
valor total de veintidós, a tan sólo un punto de un sabacc puro. Estaba
seguro de que el sullustano no tenía más de veinte, pese a la carta
descubierta de Resistencia. Las dos cartas descubiertas del ithoriano valían
doce, y tal como había apostado el alienígena, Han dudaba que tuviera más
de dieciocho o diecinueve. En cuanto al rodiano, sus dos cartas ciertamente
subían de veinte, pero probablemente no sumaban más de veintidós. Un
sabacc completo que había conseguido en una partida anterior le había
hecho saltar en el asiento, pero nada en su mirada cristalina de ojos saltones
indicaba otra victoria instantánea, por mucho entusiasmo que mostrara al
recibir la siguiente mano.
Nadie había fijado el valor de ninguna carta electrónica, poniéndola en
el campo de interferencia del centro de la mesa.
Todos rechazaron más cartas adicionales, y se hicieron las apuestas
finales. A menos que al aleatorizador cambiara de nuevo las cartas, Han
sabía que se llevaría el fondo.
El sullustano cerró, y todos mostraron sus cartas.
Los instintos de Han no habían fallado respecto al dinero, y ganó su
tercer fondo consecutivo. El crupier recogió las cartas, y el tesorero juntó
las ganancias de Han en montoncillos y se los acercó, deslizándolos por la
mesa ante la atenta mirada de uno de los supervisores de juego con visión
aumentada para ver skifters, cartas con el chip trucado que se colaban en las
partidas, o jugadores que intentasen ver reflejos de color por la ionización
del campo de interferencias.
La partida se desarrollaba en el único salón de juego que quedaba en el
Reina: Un par de vídeos y ruletas giraban ruidosamente al fondo, y media
docena de twi’lekos con las antenas tatuadas iban de un lado a otro con
bandejas de bebidas gratuitas, drogas transdérmicas y un montón de
sustancias fumables.
Curiosamente, Droma se había reído de la propuesta de Han de entrar en
la partida, a costa de casi todos sus créditos, incluso cuando Han lo justificó
como la mejor forma de retrasar el regreso al repugnante camarote en el que
Han había pasado, más mal que bien, la noche anterior y gran parte del día,
y ni siquiera la victoria actual consiguió evitar que el ryn mostrara su
desdén.
—Esto es algo carente de toda complejidad —comentó con arrogancia a
un Han que amontonaba cuidadosamente sus ganancias—. Y los humanos,
quizá por su buena fortuna evolutiva, parecen ser más propensos que
cualquier otra especie a dejarse engañar.
El comentario de Han fue una risilla sorda, pero no pudo evitar recordar
un sentimiento similar escuchado más de veinte años antes.
«De todas las razas que ponen en juego su bienestar a cambio de
dudosos beneficios, y estadísticamente no hay muchas, el rasgo es mucho
más abundante en los humanos, una de las formas de vida más
afortunadas».
Lo había dicho un académico ruuriano llamado Skynx que había
acompañado a Han en la búsqueda del tesoro de Xim El Déspota.
—Búrlate todo lo que quieras —dijo Han a Droma—, pero llevo
jugando desde que tenía catorce años, y el sabacc me hizo ganar una nave
en cierta ocasión, por no mencionar que también un planeta.
—Sigue siendo algo superficial —dijo Droma.
Han esbozó una caballerosa sonrisa.
—Prefiero mil veces un puñado de buena suerte antes que una carga de
sabiduría.
El bith metió otra baraja en el repartidor y mostró las palmas de las
manos, la garantía ritual de que no tenía nada en la manga, así como la
señal que marcaba el comienzo de una nueva ronda.
Las partidas tradicionales de sabacc consistían en dos jugadores que se
enfrentaban para acercarse lo más posible, en positivo o en negativo, a
veintitrés, pero sin pasarse o usar cartas que equivalieran a cero. Y aunque
el casino del Reina empleaba la típica baraja de cuatro palos y setenta y seis
cartas, con aleatorizador y campo de interferencia incluidos, la casa no sólo
exigía una fuerte suma para entrar en el juego, sino que se llevaba el veinte
por ciento de todos los fondos, o el fondo entero si se retiraban todos los
jugadores, la mitad del mismo se destinaba a un depósito especial de cara a
las partidas que se jugaban contra la casa.
El Reina también tenía normas especiales para las manos de sabacc
puro. Un veintitrés positivo valía más que un veintitrés negativo, pero un
veintitrés de dos cartas era mejor que un veintitrés de tres cartas, y no se
permitían más de tres cartas adicionales a las dos que se repartían de salida.
En la siguiente ronda, Han se encontró con un valor inicial de catorce,
luego el aleatorizador le dio un valor de veinte, y finalmente uno de trece.
Aun así, sacó el cinco de monedas, y gracias a un faroleo experto, consiguió
que tres de sus oponentes siguieran apostando hasta que se cerró la partida,
y volvió a llevarse el fondo.
La siguiente ronda fue bastante similar, aunque acabó ganando al
sullustano por un solo punto, pues tenía cartas por valor de quince. Con el
dinero de la entrada en la partida, más lo que había ganado, Han tenía casi
ocho mil créditos amontonados en la mesa.
—Si se retiran cada vez que apuestas en una buena mano, juegas ante
sus ojos —bromeó con Droma, a un volumen suficiente para que le oyeran.
Estaba a punto de ir a por otra ronda cuando Droma exclamó:
—¡Banca!
Mientras Han se quedaba boquiabierto, el supervisor de juego se acercó
para hablar en privado con el tesorero, que anunció que Han necesitaba
7800 créditos para jugar la mano contra la casa.
Con el instinto asesino reflejado en sus ojos, Han se giró hacia Droma.
—¿Es que esa horrible peluca tuya te está fundiendo el cerebro? ¡Si
pierdo me quedaré sin nada!
Droma se limitó a encogerse de hombros.
—El aleatorizador es el único oponente digno en este juego. El
aleatorizador es el destino. Juega contra eso si realmente quieres
impresionarme.
—¿Impresionarte? —repitió Han, furioso—. ¿Impresionarte a ti? Pero
tú…
—Ha llamado a la banca —le recordó el supervisor de juego en tono
amenazador—. ¿Va a jugar o no?
Todos los de la mesa miraron a Han, y una multitud de pasajeros se
reunió alrededor de la mesa. Negarse no sólo sería una cobardía, sino un
insulto a los jugadores que había dejado sin nada. Empujó los créditos hacia
el centro de la mesa.
—Banca —dijo entre dientes.
Mientras el bith repartía las cartas, los pasajeros se apretujaron para ver
mejor. Aparte de los torneos, no era frecuente ver tantos créditos encima de
la mesa en una sola partida.
Han miró con cuidado sus dos cartas y las tapó de nuevo: veintiuno.
Casi inmediatamente, el aleatorizador redujo su valor a trece.
Tiró el Comandante de redomas, que valía doce, al campo de
interferencia, justo antes de que otro golpe de aleatorizador convirtiera su as
de monedas en el Idiota, cuyo valor era cero.
Pidió otra carta y soltó el Maligno, que valía menos quince, lo que le
dejó con un valor total de menos tres. La multitud empezó a susurrar su
decepción.
La tensión aumentó mientras Han estudiaba la baraja, miraba al
aleatorizador y volvía a contemplar la baraja. Cuando anunció que se
plantaba, la audiencia se quedó de piedra. Un doce en el campo de
interferencia y un menos quince sobre la mesa; o era un jugador inspirado o
un perdedor nato.
El bith giró las dos cartas de la casa, el as de pentagramas y el
Comandante de monedas, que sumaban trece. Las normas de la casa exigían
que el crupier sacara una tercera carta si tenía doce o trece.
La mano del bith se acercó a la baraja, y la multitud congregada aguantó
la respiración. Una figura haría que la casa se pasara de veintitrés, y una
carta de menor tamaño podría hacer que la casa se quedara en negativo.
Han parecía tener una lucha interna. Un hilillo de sudor le bajó por la cara y
cayó desde su barbilla.
Pero cuando el crupier levantó la carta, Han vio su reflejo en el campo
de interferencia.
El nueve de sables.
Un veintidós para la casa.
Su corazón se detuvo por un momento.
En ese mismo momento, el aleatorizador se puso en marcha por tercera
vez, algo sin precedentes. El Maligno de Han se convirtió en la Dama de
Pentagramas, aumentando su total a veinticinco. Pero el Idiota también
cambió, a la Reina del Aire y la Oscuridad, que tenía un valor de menos
dos, lo cual daba un total de veintitrés.
Un sabacc puro.
Enderezándose nuevamente en la silla, Han mostró sus cartas. La gente
prorrumpió en aplausos. Había vuelto a ganar.
El tesorero le acercó sus ganancias y cerró la mesa. Mientras los
descorazonados jugadores se marchaban y la multitud se dispersaba (a
excepción de una twi’leko que intentaba desesperadamente llamar la
atención de Han), Han contó la importante apuesta inicial y la puso aparte
para dársela a Droma.
—Toma —sonrió, burlón—. Cómprate ropa nueva… Algo menos
chillón.
Droma sonrió y se metió los créditos en la gorra bicolor.
—Conozco gente en las cubiertas inferiores a la que le vendrá muy bien
estos créditos.
Han le perforó con la mirada.
—Tú sabías que iba a ganar.
—Quizá tuviera una corazonada —admitió Droma.
—Así que tú también juegas.
Droma negó con la cabeza.
—Pero estoy familiarizado con las cartas. Las inventaron los ryn. Los
arcanos mayores y menores.
Han hizo una mueca.
—Esto tengo que oírlo.
—Cada carta representaba un principio espiritual —prosiguió Droma—.
Lo cierto es que eran un recurso para entrenarse de cara a un crecimiento
espiritual, por así decirlo. Pero no se idearon como juego de azar.
Alargó las manos para coger una de las barajas descartadas. Sujetándola
con una mano, le quitó todas las cartas que iban del as al once, y desplegó
el resto en la mesa.
—Las figuras: el Comandante, la Dama, el Maestro y el As,
representaban individuos con una inclinación específica. Los pentagramas
se relacionaban con las iniciativas espirituales, las redomas con los estados
emocionales, los sables con las búsquedas mentales y las monedas al
bienestar material. Pero mira los ocho pares de cartas del arcano menor y
pregúntate por qué incluiría un juego nombres como Equilibrio,
Resistencia, Moderación y Muerte.
Droma cogió el Maestro de pentagramas del semicírculo y lo puso
delante de Han.
—Éste eres tú —dijo—. Un hombre moreno, de fuerza e intuición
formidables, que a menudo es demasiado brusco y egocéntrico. Pese a los
años, se lanza con valentía a cualquier aventura, independientemente del
riesgo, y algunas veces se da de bruces con las cosas. Pero lo que realmente
busca es el conocimiento.
—Religiones sentimentaloides —dijo Han en un susurro, aunque
procuró que Droma le oyera.
Sonriendo, Droma se apartó un poco, atusándose la punta del bigote.
—¿Eso crees? A ver qué averiguamos.
Dejando al Maestro de pentagramas, cogió el resto de las cartas, las
barajó con destreza, cortó con una mano y colocó la baraja en la mesa.
Cogió la primera carta y la puso boca arriba bajo el Maestro de
pentagramas.
—El Maestro de redomas —dijo Droma—. Una figura paterna, un
protector, o un amigo íntimo. Lleno de amor, de dedicación y leal hasta la
extenuación —cogió otra carta de la baraja y la puso en perpendicular sobre
el Maestro de redomas. Luego frunció el ceño—. Cruzada por el Maligno.
Puede tratarse de una adicción dañina, pero suele ser un enemigo poderoso.
Han tragó saliva pero no dijo nada.
La tercera carta, la Muerte, cruzó la carta de Han de la misma manera.
Han sintió que Droma lo miraba fijamente.
—¿Has perdido a un amigo… a un protector? —preguntó Droma.
Han puso su mejor cara de sabacc.
—Vamos, termina con tu pequeña adivinación.
Droma puso una carta a la izquierda del Maestro de pentagramas.
—El Idiota. El inicio de un viaje o una búsqueda que suele discurrir por
un camino desconocido. Una inmersión inquietante en lo desconocido —
colocó la siguiente carta sobre el Maestro—. Moderación…, pero está
invertida. Una necesidad de compensación, o de venganza.
Han asintió y se rió.
—Eres bueno, eres realmente bueno. Observas, prestas atención a lo que
dice la gente, y así te haces una idea de cómo son o por lo que están
pasando. Luego lo envuelves todo en papel de regalo —señaló las cartas—.
Y lo sueltas. Como cuando adivinas lo que va a decir alguien.
Droma puso cara de fingido asombro.
—Yo sólo estoy echando las cartas.
Han hizo un gesto de rechazo.
—Has colocado las cartas al barajarlas. O quizá las tenías en la manga.
Droma alzó las manos y señaló con la barbilla a la baraja.
—Saca las cuatro cartas que quieras y ponlas junto al Maestro de
pentagramas.
Han dudó un momento y lo hizo, pero antes de que Droma pudiera decir
nada, señaló a la primera de las cuatro.
—No me digas lo que significa, dime sólo lo que significa su ubicación.
—Alguien que podría verse afectado por tus actos.
La inquietud hizo que a Han se le tensaran las comisuras de los labios
mientras observaba la carta.
—El Comandante de sables —dijo lentamente—. Podría ser una versión
más joven del Maestro. Obstinado, inteligente…
—Y valiente —añadió Droma—. Un luchador hábil.
¿Anakin?, se preguntó a sí mismo. Señaló la siguiente carta.
—Ésa es la carta que indica las consecuencias imprevistas o el peligro
oculto —le informó Droma.
—La Reina del Aire y de la Oscuridad —musitó Han, examinando su
dibujo en busca de pistas—. Podría ser una persona ocultando algo. O un
engaño, quizá.
Droma asintió.
—Algo que está oculto —señaló la siguiente carta—. Ésta es la mejor
forma de proceder.
—El Equilibrio —dijo Han—. Poder permanecer en pie cuando las
cosas van mal y todo tiembla a tu alrededor.
—Acomodarse a lo que te depare la vida —añadió Droma—. La
persistencia frente a la adversidad. Y el poder espiritual.
Han puso el dedo en la última carta.
—¿El futuro?
Droma asintió, balanceando la cabeza.
—Un resultado probable. En este caso, lo que encontrará el Idiota.
Han hizo una mueca y observó la carta.
—La Estrella. Pero del revés… invertida —miró a Droma—. No es todo
lo que podría llegar a ser. No llega a ser un éxito completo.
Droma sonrió cálidamente y asintió.
—Felicidades, Roaky. La fortuna te ha dejado ver un resquicio de sus
designios más ocultos.
CAPÍTULO 21
L a irisada nave de Harrar flotaba sobre la abrupta superficie de Obroa-
Skai, a la sombra de la recién llegada nave de combate de coral yorik
yuuzhan vong, al mando de Malik Carr. Si una era impresionante a la vista,
la otra parecía haber sido forjada en las agitadas entrañas de algún volcán
imposible.
En el centro de mando de la nave de menor tamaño, Malik Carr, Nom
Anor, Harrar, el comandante Tla y su estratega jefe estudiaban un remolino
holográfico de sistemas estelares que había cobrado vida gracias a los datos
proporcionados al Coordinador Bélico alojado en la mutilada superficie de
Obroa-Skai, y enviados mediante villip a la facetada nave. Los asistentes y
acólitos permanecían inmóviles como estatuas en los rincones poco
iluminados de la estancia.
—Los augurios son favorables —dijo el comandante Tla a su colega—.
Nuestra campaña prosigue a buen ritmo. Además, un grupo de prisioneros
recién apresados en la estación orbital de Ord Mantell ha sido asignado a un
proyecto especial que puede proporcionarnos nueva información sobre la
especie que domina esta galaxia.
El comandante Malik Carr asintió con aprobación.
—Al maestro bélico Tsavong Lah le satisfará saberlo —era un varón de
elevada estatura cuyas marcas en rostro y torso desnudo denotaban una
ilustre carrera militar. Llevaba un colorido turbante que se adaptaba
perfectamente a su cráneo alargado. Tenía hombros y caderas abultados por
el hueso y el cartílago recién adquirido, y llevaba una impresionante túnica
de mando—. ¿Adónde nos dirigen ahora los augurios?
El estratega Raff respondió:
—El entorno está lleno de objetivos, comandante Malik Carr —ordenó
al villip que aumentara y destacara ciertos sectores dentro de un área
espacial que la Nueva República llamaba las Colonias—. El enemigo,
anticipándose a un posible ataque nuestro al Núcleo, ha ubicado sus flotas
cerca de las entradas al hiperespacio de toda esta región. Los planetas que
se encuentran justo al otro lado de nuestra frontera: Borleias, Ralltiir, Kuat
y Commenor, constituyen excelentes bases de operaciones para un ataque
final a Coruscant, el planeta capital.
—Pero los augurios sugieren actuar con precaución —intervino Harrar.
El estratega tomó la palabra.
—En este momento del proceso hay que pensar bien el plan de batalla.
Si avanzamos demasiado despacio daremos a la Nueva República la
posibilidad de iniciar un contraataque contra nuestros flancos. Pero si
avanzamos demasiado rápido correremos el riesgo de encontrar más
resistencia de la que estamos preparados para afrontar.
Malik Carr gruñó.
—Ya están en camino desde Sernpidal las naves de guerra adicionales.
Con ellas podremos enfrentarnos al enemigo y distraerlo en muchos frentes.
Por otro lado, quizá podamos encontrar un acceso más sutil a Coruscant —
miró a Nom Anor—. ¿Qué pasa con esas criaturas hutt de las que he oído
hablar, Ejecutor? ¿Son una amenaza?
Nom Anor dio un paso adelante.
—Me he reunido en varias ocasiones con Borga El Hutt, con mi disfraz
de intermediario, claro está, y es un placer para mí informarles de que los
hutts están más interesados en llegar a un acuerdo que en entrar en guerra,
ni siquiera por defender su territorio. Su sector del espacio es bastante
amplio e incluye muchos planetas, uno de los cuales han puesto ya a nuestra
disposición, que podrían modificarse fácilmente para cultivar coral yorik y
otros recursos. Por tanto, no es descartable un breve desvío por el Espacio
Hutt. También he enviado a varios de mis agentes a propagar
desinformación en vistas de vuestra llegada.
—Bien hecho —dijo el comandante de la nave de batalla—. ¿Qué pasa
con los Jedi?
Harrar esbozó una sonrisa.
—Sus días también podrían estar contados. Hemos hecho progresos
para provocar una crisis en su seno, infiltrando entre ellos a uno de los
nuestros: la Sacerdotisa Elan.
—Incluso hemos entregado unas cuantas victorias menores a la Nueva
República en el Sector Meridian y en Ord Mantell, para corroborar el
irremplazable valor de nuestra agente —añadió el comandante Tla.
Harrar interrumpió, ansioso.
—Nosotros creemos que Elan se halla ahora mismo camino de un
encuentro con los Jedi.
El Sacerdote se detuvo cuando vio un heraldo en la entrada del centro
de mando, con un villip en los brazos. El heraldo se acercó a Nom Anor,
acariciando al villip para que se activara. Nom Anor indicó que le trajeran
uno de sus villip, y lo contempló en plena transformación, adoptando el
aspecto de uno de sus inferiores en rango.
—Ejecutor —comenzó a decir la imitación del subordinado—. Un
grupo de sus agentes, los que se hacen llamar Brigada de la Paz, se han
tomado la molestia de intentar devolvernos algo que parecíamos haber
perdido.
Nom Anor abrió los ojos, sorprendido.
—No será Elan —dijo, esperando no tener razón.
—Ella misma, Ejecutor.
—¿Qué? —dijo Harrar, alarmado—. ¿Qué significa esto?
—¿Cómo es posible? —preguntó Nom Anor—. La Brigada de la Paz
nunca fue informada de la fingida deserción de Elan. Y lo que es más, tú
mismo me contaste que la Brigada de la Paz estaba de misión en el Espacio
Hutt.
—Y así era, Ejecutor… Al menos hasta que se enteraron de la deserción
y la captura de Elan.
El rostro de Nom Anor se contrajo, mortificado.
—¿Quién les informó?
—No he podido averiguarlo.
—Esto es ridículo —gritó Harrar—. ¿Y cómo planean rescatarla?
—Al parecer han sido informados del sistema que se empleará para
trasladarla a Coruscant.
El villip de Nom Anor reflejó su expresión de rencor.
—Imposible. Hasta yo tuve dificultades para desentrañar los
subterfugios de la Nueva República. La ruta que emplearán es un secreto
celosamente guardado incluso dentro del Departamento de Inteligencia.
—Yo sólo sé que la Brigada de la Paz planea atacar una nave de
pasajeros que se dirige a Bilbringi —dijo el subordinado—. Han
convencido al menos a uno de sus superiores inmediatos para que les ayude,
y tienen un dovin basal en su poder.
—Debemos hacer lo posible para que no interfieran —la furia de Harrar
fue creciendo mientras hablaba—. Cueste lo que cueste.
Nom Anor indujo a su villip a que recuperara su forma original y mandó
salir al heraldo. Los comandantes Tla y Malik Carr miraban fijamente a él y
al Sacerdote.
—¿Algo va mal, Ejecutor? —preguntó Malik Carr finalmente,
arqueando la ceja difuminada.
Nom Anor echó una rápida mirada a Harrar.
—Un posible contratiempo respecto a nuestra agente —les dijo.
Recuperó el control de su indignación, hizo un gesto negativo y clavó la
mirada en Malik Carr—. Nada que no podamos solucionar. Aunque igual
necesito su fragata más veloz, comandante.
***
—Somos marido y mujer —dijo Showolter al agente askajiano apostado
en la primera puerta de embarque de estribor del Reina del Imperio. La
nave estaba en órbita estacionaria sobre el planeta Vortex—. Evacuados
hace poco de Sernpidal.
—Allí fue donde cayó la luna, ¿no? —preguntó el agente.
—Por desgracia, sí.
—¿Cómo llamabais vosotros a esa luna? Recuerdo haberlo oído en las
noticias…
—Tosi-karu.
—Eso —el casi humano de complexión fornida miró a Vergere—. ¿Eso
va con vosotros?
—Ella —corrigió Showolter—. Es nuestra criada.
El oficial de embarque asintió sin mucha seguridad, y devolvió a
Showolter los documentos de identidad y los billetes.
—Su camarote está en la cubierta veinticuatro, en el dique doce.
Bienvenidos a bordo y que tengan buen viaje.
Showolter cogió a Elan de la mano y la guió junto a Vergere al banco de
tubos de traslado entre cubiertas más cercano: anchos cilindros que
funcionaban como turboascensores, pero sin vagones. Los pasajeros eran
absorbidos por los campos retropropulsores y podían ascender o descender
a voluntad, ya fuera por los tubos de ascenso o por los de caída.
El Reina estaba despertando de la noche relativa, y las clamorosas
multitudes de refugiados se alineaban ante los mostradores de alimento
específicos para cada especie, o buscaban comida. Los androides iban de un
lado a otro, realizando tareas que se suponía estaban por debajo de la
dignidad de los seres vivos.
Pese a embarcar sin problemas, y a lo fácil que había sido el viaje de
Myrkr a Vortex, Showolter se mantuvo alerta por si alguien los vigilaba o
seguía, ya fuesen agentes de la SINR o alguien desconocido. Vergere atraía
algunas miradas de curiosidad, pero casi todo el mundo estaba demasiado
ocupado velando su sitio en cubierta como para interesarse demasiado por
ella. Aun así, Showolter sabía que no se podría relajar mientras los agentes
de apoyo no contactaran con él.
El camarote era mucho más espacioso de lo que se esperaba, con un
saloncito de estar, un sillón, una mesa y unas sillas, además de cuatro camas
plegables. Metió a las dos desertoras en la habitación y echó un vistazo al
pasillo antes de cerrar la puerta con cerrojo.
—Hogar, dulce hogar —dijo—. Hasta mañana al menos.
—¿Y qué pasará entonces? —preguntó Elan mientras se sentaba en una
de las camas.
—Te lo diré cuando llegue el momento.
Ella negó con la cabeza sin dejar de mirarle.
—Sigues sin confiar en mí.
—No es nada personal —dijo—. Sólo sigo el procedimiento.
—Eso se lo dirás a todas tus desertoras —le dijo Vergere desde otra de
las camas, sobre la que se paró como un ave gigante.
Showolter depositó el equipaje en una esquina y se aseguró de que la
puerta que daba a la suite contigua estaba cerrada. Estaba a punto de
ponerse cómodo cuando alguien llamó a la puerta de entrada.
Sacando la pistola láser de la funda, se colocó junto al umbral.
—¿Quién es?
—Servicio de habitaciones —dijo una voz profunda en un Básico con
acento corelliano.
—No hemos pedido nada.
—Cortesía del capitán Scaur —respondió el hombre del pasillo—.
También les invita a su mesa esta noche.
—Eso puede arreglarse.
—Se lo comunicaré al capitán.
Showolter bajó el arma y abrió el cerrojo de la puerta. Entró un hombre
alto y moreno, de apariencia peligrosa, seguido de un rodiano.
—Soy Darda —anunció el hombre—. Éste es Capo.
Verde, de complexión gruesa y con una nariz casi humana, Capo tenía
cierta elegancia y un aire garboso. Al ver a Elan y a Vergere, atrajo la
atención de su compañero hacia ellas.
—¿Dónde habéis abordado? —preguntó Showolter.
—Aquí, en Vortex. Estábamos delante de vosotros en la cola de
embarque.
Showolter sonrió.
—Sí, os vi. ¿Estáis los dos solos?
—Hay otros tres a bordo —dijo Darda—. Mezclados entre los
refugiados. Seguramente los veremos en la cena.
Showolter asintió.
—¿Dónde está vuestro camarote?
Darda señaló con su barbilla cuadrada a la puerta que daba a la suite de
al lado.
—Justo a vuestro lado.
—Conveniente —dijo Showolter—. Parece que alguien en el cuartel
general hizo los deberes —miró a Capo—. ¿Dónde sueles trabajar tú, Capo?
—En Bilbringi —dijo el rodiano, apretándose las manos.
Showolter volvió a mirar a Darda.
—¿Y tú?
—Últimamente en Gamorr, pero me devolverán a Coruscant después de
esta operación.
Showolter pareció sorprenderse.
—¿De verdad? ¿Quién es vuestro nuevo jefe?
Darda abrió la boca para responder cuando se oyó a alguien llamando a
la puerta.
Showolter les indicó que guardaran silencio y alzó la pistola láser una
vez más.
—¿Quién es?
—Servicio de habitaciones —respondió una voz humana.
Los tres agentes de SINR intercambiaron miradas de desconcierto.
Showolter indicó a Darda y a Capo que se metieran en la suite de al lado, y
a Elan y Vergere que se quedaran quietas. Cuando la puerta se cerró detrás
de Capo, Showolter se acercó a la entrada.
—No hemos pedido nada.
—Cortesía del capitán Scaur —respondió el hombre del pasillo—.
También les invita a su mesa esta noche.
—Eso puede arreglarse.
—Se lo comunicaré al capitán.
Con un movimiento rápido, Showolter escondió el arma debajo de un
cojín del sillón, cogió dos sillas, las puso dando la espalda a la puerta, y
abrió. Un humano musculoso y una atractiva bothana entraron,
presentándose como Jode Tee y Saiga Bre’lya.
Astutamente, Showolter les indicó que tomaran asiento en las sillas y
les preguntó dónde habían embarcado.
—Llevamos en la nave desde Ord Mantell —dijo la bothana después de
mirar fijamente a Elan y Vergere.
—¿Estáis los dos solos?
—Se supone que hay otros dos que han embarcado en Anobis, pero
todavía no se han puesto en contacto con nosotros.
—¿Dónde está vuestro camarote? —preguntó Showolter a Jode Tee.
—A diez puertas de aquí, en el lado de estribor.
—Conveniente —Showolter se sentó en el sillón, frente a ellos,
colocando la mano disimuladamente sobre la pistola oculta—. ¿Dónde
tenéis vuestra base?
—En Bilbringi —dijo Jode Tee.
—¿Y tú, Saiga?
—En Ord Mantell.
La puerta que daba al pasillo se abrió y por ella apareció Darda con la
pistola láser levantada y agarrada con las dos manos. Showolter le miró un
momento a los ojos y soltó una carcajada para que no se oyera el ruido que
pudiera hacer la puerta al abrirse.
—¿Iba en serio lo de cenar en la mesa del capitán? —preguntó él.
—Más quisiera yo —dijo Saiga, sonriendo.
Showolter sacó la pistola con fría eficacia y disparó. El proyectil
relampagueó entre Jode Tee y la bothana, dando a Darda de pleno en el
pecho. Darda salió disparado hacia atrás como si le hubiera golpeado un
gundark, pero consiguió disparar un tiro que dio a Jode Tee en la espalda,
empujándolo hasta el sofá.
Showolter y Saiga cayeron al suelo. Al mismo tiempo, Vergere saltó de
su cama para proteger a Elan, llevándola hasta un rincón del camarote y
plantándose entre la Sacerdotisa y el peligro.
Capo cruzó la puerta, arrastrándose boca abajo, con el arma estirada
frente a él y disparando sin cesar. Los proyectiles láser rebotaban sibilantes
por el camarote. Showolter rodó por el suelo hasta que dio contra el panel
de la pared del pasillo. Sin otro sitio adonde ir, se arriesgó a disparar hacia
la puerta, pero Capo ya se había apartado de allí. Showolter rodó por donde
había llegado y consiguió ponerse de rodillas, pero Capo le tenía en la mira
y disparó. El proyectil le dio en el hombro izquierdo, justo debajo de la
clavícula, y le hizo dar un giro completo. El olor a ropa quemada y
calcinada le saturó la nariz. Pero, mientras caía al suelo, los sonidos de
disparos le indicaron que Saiga se había unido a la pelea.
Se oyó un grito desgarrador, seguido de un lamento agónico. Showolter
parpadeó, abrió los ojos y vio a un Capo herido, arrastrándose hacia la
puerta del pasillo de la suite de al lado; y a Saiga, que había caído de
espaldas, apretándose con la mano el agujero que el láser había abierto en el
centro del pecho.
Showolter se puso en pie y se acercó tambaleante al camarote contiguo,
con el arma levantada en su mano temblorosa. Capo ya estaba a medio
camino del pasillo, y lo único que consiguió el disparo de Showolter fue
que se diera todavía más prisa. Showolter se cayó contra la puerta, la cerró
y echó el cerrojo. Con el hombro humeante, volvió a meterse en su
camarote.
Sus dedos no encontraron pulso en la garganta de Jode Tee. Miró
rápidamente a Elan y a Vergere, y se arrastró hasta Saiga, que se había
apoyado en la puerta de entrada.
—¿Le ha dado, Mayor? —preguntó ella débilmente.
Showolter negó con la cabeza.
—¿Quiénes eran?
—No lo sé, pero sabían la contraseña.
La bothana abrió los ojos de par en par.
—¿Nuestro código?
—El mismo que me dieron a mí.
—¿Entonces cómo supiste que éramos nosotros?
—Uno de ellos dijo que había estado trabajando en Gamorr. Creo que el
que les dio esa información no sabía que hace mucho tiempo que dejamos
ese piso franco.
Saiga murmuró un lamento.
—Saiga —dijo Showolter rápidamente—. Dijiste que teníamos a dos
más a bordo.
Parpadeando lentamente, asintió.
—¿Quiénes son? ¿Cómo os dijeron que nos pusiéramos en contacto?
Saiga. ¡Saiga!
Ella se quedó con los ojos en blanco. Una exhalación final salió de sus
pulmones y murió.
Showolter miró a su alrededor. Se giró y se sentó en el suelo.
—Estás herido —le dijo Elan al oído, con lo que parecía auténtica
preocupación.
El Reina se estremeció levemente.
—La velocidad luz —murmuró Showolter, más para sí mismo. Intentó
centrarse en Elan—. Tengo que sacarte de aquí. Capo volverá con refuerzos
—realizó un intento inútil de ponerse en pie y señaló al equipaje—. En mi
maleta… analgésicos y vendas.
Vergere se puso detrás de él con sus ojos rasgados llenos de lágrimas.
—Déjame ayudarte —le dijo.
Ahuecando sus delicadas manitas, se las llevó a los ojos. Se frotó las
palmas de las manos y las aplicó a la herida de Showolter. Apretó la
mandíbula al sentir un dolor intenso pero pasajero, y luego cogió aire
lentamente y no sin esfuerzo.
—¿Mejor? —preguntó Vergere.
—Sí —le dijo él, completamente atónito.
—Es una curación temporal. Necesitarás atención médica.
Él asintió comprensivo, se puso en pie y recargó su arma láser.
Abriendo la puerta con precaución, escudriñó el pasillo.
—Nos vamos —dijo él—. Localizar a mis refuerzos es nuestra única
posibilidad.
—Pero tú no sabes a quién estás buscando —le recordó Elan.
Showolter asintió, sombrío.
—Espero que me reconozcan a mí.
Elan le ofreció su hombro como apoyo, y los tres se dirigieron hacia las
zonas comunes de las cubiertas inferiores.
CAPÍTULO 22
H an salió a toda velocidad de los aseos portátiles, cerrando la puerta
tras él como para impedir que algo horrible escapase de allí.
—Apuesto lo que sea a que ahí ha estado un gamorreano —gruñó a
Droma—. No pueden irse a sus propios aseos. Tienen que ensuciar los
nuestros.
—¿Sueles tener ese mal humor por las mañanas? —preguntó Droma.
Han le miró con desdén.
—No, así es como me levanto cuando no he dormido nada.
El ryn le quitó importancia al asunto con un chasquido de la lengua.
—Yo no te pedí compartir el camarote. No me importaba ir con la carga.
Han se detuvo en seco en el pasillo.
—A mí no me importa compartir el camarote. Lo que no aguanto es
tener toda la noche tu cola en mi cara.
Droma frunció el ceño.
—Los ryn nos vemos obligados a cambiar de postura a menudo. Nunca
dormimos dos veces en el mismo lugar.
—Reservaré el salón de baile para la próxima vez —dijo Han,
sarcástico—. ¿Te daría eso suficiente espacio?
—Somos un pueblo supersticioso —explicó Droma mientras
continuaban hablando—. Nunca comemos tres veces en el mismo plato, y
tenemos muchos rituales con respecto a los fluidos corporales…
Han alzó las manos.
—No quiero saberlos —miró a Droma—. ¿Pero tú por qué sigues a
bordo? Me dijiste que bajarías en Vortex.
Droma se encogió de hombros.
—Decidí que tendría más suerte si me llevaban a Ralltiir desde
Bilbringi.
—Ya —dijo Han lentamente—. Pero yo pensaba que sólo tenías billete
hasta Vortex.
Droma adoptó una mirada dócil.
—La verdad es que guardé parte de lo que ganaste en la partida de
sabacc para poder continuar a bordo.
—Muy bonito —resopló Han.
La anterior agresividad del ryn volvió a aparecer.
—¿Me negarías una modesta remuneración, cuando no te cobré nada
por la lectura de las cartas?
Han se detuvo de nuevo.
—¿Cobrarme? Pero si fuiste tú el que empezaste.
—No recuerdo que me lo impidieras en ningún momento.
—Lo hice por educación.
—Imposible —dijo Droma—. No sabes lo que es eso.
—Oye, si tú supieras la gente de la que me rodeo…
—¿Clientes ricos y famosos del negocio de mecánica de naves?
—Yo…, bueno, qué más da —dijo Han.
Poniéndose la mochila al hombro, apretó el paso, suponiendo que las
cortas piernas del ryn le impedirían seguirle. Tras veinte largas zancadas
dejó a Droma atrás, dobló una esquina en el pasillo y luego otra. Entonces
unos potentes brazos salidos de la nada le agarraron desde atrás,
apretándole con fuerza y dándole la vuelta.
—¡Han! —dijo su interceptor, agarrándose a él como si le fuera la vida
en ello—. No tengo ni idea de cómo te metió Scaur en esto, pero te aseguro
que me alegro de verte.
—¿Scaur? —dijo Han cuando finalmente se dio cuenta de quién era—.
¿Showolter? ¿Qué…?
—Nos atacaron en el camarote, Han. Agentes que trabajan para los
yuuzhan vong. Mataron a dos de los míos. Yo di a uno de ellos, pero el otro
consiguió escapar… Un rodiano de aspecto sospechoso llamado Capo.
Probablemente tenga refuerzos a bordo, y seguramente nos estarán
buscando ahora mismo. Tienes que encontrar un sitio seguro para
esconderlas.
Han vio que Showolter estaba señalando a Elan y Vergere.
—¿Y qué es tan importante…?
—Son yuuzhan vong —dijo Showolter con voz ronca—. Desertoras.
Han se quedó boquiabierto mientras las miraba con atención. Luego
volvió a centrarse en Showolter.
—¿Cómo has…?
—¿Éste es tu compañero? —preguntó el agente de la SINR.
Han se giró, vio a Droma junto a él y frunció el ceño.
—Éste es…
—Sólo hasta Bilbringi, Han —dijo Showolter con repentina debilidad.
—¿Han? —preguntó Droma ligeramente sorprendido.
Showolter se desplomó contra la pared del pasillo y se cayó al suelo, y
se quedó sentado, mientras Han se arrodillaba frente a él.
—El personal de refuerzo se reunirá contigo en Bilbringi. Ellos se
ocuparán de la siguiente etapa del traslado —gruñó el oficial, dolorido.
Han se dio cuenta de que tenía sangre en las manos y contempló el
hombro de Showolter.
—Estás herido.
Showolter negó con la cabeza.
—No tenemos tiempo. Mándame un médico, estaré bien.
Han se levantó y cogió a un duro, miembro de la tripulación, que pasaba
por allí.
—Hay que trasladar a este hombre a la enfermería —dijo—.
Inmediatamente, ¿lo entiendes?
El duro balanceó nervioso su cabeza redonda.
—Sí, señor, inmediatamente.
Han le dio un empujón para ponerle en marcha y se agachó para hablar
con Showolter.
—¿Tienes un arma?
Showolter le miró a los ojos y asintió.
—¿La necesitas?
Han cogió la mano de Showolter para impedir que sacara el arma de la
funda del hombro.
—No, la necesitas tú…, por si te encuentran.
Showolter cerró los ojos al sentir el dolor recorriendo su cuerpo.
—Vete ya, Han.
Han se volvió hacia las desertoras.
—Vosotras dos os venís conmigo. Si me dais algún problema os
encerraré a las dos en un armario hasta el final del viaje, ¿entendido?
La mujer resopló, pero la pequeña alienígena asintió.
—Estamos en tus manos.
Han alzó el dedo índice.
—Recordad bien eso.
No habían recorrido ni diez metros cuando oyó a Droma preguntar.
—¿Han?
—Es mi nombre en clave —le dijo Han sin darse la vuelta.
—¿Eres un agente secreto?
Han se detuvo y se dio la vuelta.
—Quédate al margen, Droma. Esto no tiene nada que ver con las cartas.
Droma ladeó la cabeza.
—¿Dónde vas a esconderlas? ¿En tu camarote? Conozco esta nave
mejor que tú. El único sitio seguro son las cubiertas inferiores, donde
podrás mezclarlas entre la gente.
Han lo pensó un momento y asintió sombrío.
—Vale. Vamos.
Se dirigieron al turboascensor más cercano. Estaban ya ante ellos
cuando de repente el Reina sufrió una sacudida lo bastante potente como
para que Elan perdiera pie. Mientras Droma la ayudaba a levantarse, Han se
acercó rápidamente a una ampolla de observación cercana. En lugar de ver
el caos morado y blanquecino de la velocidad luz, veía cómo el espacio
local se fracturaba en prolongadas líneas luminosas. Han vio que las líneas
se tornaban puntitos, antes de desaparecer y alargarse de nuevo. Finalmente,
los puntitos giraron y se convirtieron en un campo de estrellas. Un
planetoide grande y abrupto apareció a media distancia, a la luz de un sol
rojizo y lejano.
—Nos han desviado —dijo, no sin asombro.
Droma miró la hora en un monitor temporal de la pared del pasillo.
—Es demasiado pronto para que sea Bilbringi…
Su voz quedó ahogada por el estruendo de las sirenas. Los altavoces
retumbaron en la estancia.
—Señores pasajeros, se ruega presten atención —comenzó a decir
alguien en Básico estándar—. Les habla el capitán. Asaltantes desconocidos
nos han obligado a regresar al espacio real. Sus cómplices se encuentran a
bordo y ya han tomado el puente.
—Asaltantes —dijo Han entre dientes—. No son asaltantes, van a por
alguien en especial.
—¿Seguro? —preguntó Droma cauteloso.
Han recordó otra ocasión en la que se vio separado de Chewie y del
Halcón, mientras reservaba unos billetes para viajar en el crucero de lujo
Dama de Mindor, junto a Fiolla, una compañía mucho más agradable que el
ryn que ahora tenía al lado. Aquella nave también había sufrido un extraño
ataque pirata… dirigido por el traidor hombre de confianza de Fiolla, Magg.
—Estoy más que seguro —replicó Han.
—¡Son los míos! —dijo Elan, en un ataque de pánico—. Han traído un
dovin basal para arrastrar la nave —agarró a Han por el brazo, clavándole
las cortas uñas—. Por favor, no dejes que nos encuentren… ¡Por favor!
—Nuestros escudos han sido inutilizados —prosiguió el capitán—. Y
nuestros perseguidores están a punto de alcanzarnos. Hemos hecho
llamadas de auxilio. Estoy seguro de que alguien acudirá en nuestra ayuda.
Pero mientras tanto, mantengan la calma, por favor. Repito, es importante
que todos mantengamos la calma.
***
—No hay quién le entienda —dijo Leia, señalando a Luke y a Mara
mientras iba de un lado a otro en su apartamento de Coruscant—. Me dice
que soy incapaz de comprender su sufrimiento y no se le ocurre otra cosa
que irse a quién sabe dónde.
—Podrás sacarlo de Corellia, pero nunca podrás sacar a Corellia de él
—comentó Mara desde el sofá.
Luke sonrió débilmente.
—Leia, no es la primera vez que Han hace algo así. ¿Recuerdas cuando
él y yo nos fuimos a la Estación de Investigación Crseih?
—Esto es distinto —dijo Leia, negando con la cabeza—. Vale, quizás
extrañe los viejos tiempos, pero aquella excursión tenía más que ver con su
rechazo a un puesto en el ejército —se sentó frente a su hermano y a su
cuñada—. Lo que está haciendo no tiene nada que ver con la nostalgia o
con tener sentimientos encontrados. Lo hace por Chewie.
—Pero eso es normal —le dijo Mara, comprensiva.
—El dolor y la confusión, sí —dijo Leia—, pero creo que ahora busca
venganza —suspiró profundamente—. Vino a verle un viejo amigo, un
hombre llamado Roa. Y se fueron a Ord Mantell. ¿Por qué iban a acercarse
tanto a espacio enemigo, si no fuera porque Roa tenía algún tipo de
información?
—¿Pero de qué tipo? —preguntó Luke—. Los yuuzhan vong que
podrían considerarse responsables directos de lo sucedido en Sernpidal
están muertos. El propio Han se encargó de ello en Helska 4.
—Luke, si eso le sirviera de consuelo, ahora no andaría por ahí —dijo
Leia.
Luke se dio cuenta de que tenía razón.
—Aun así, Han no suele tomar medidas precipitadas.
Leia se mordió el labio inferior.
—Cuando Han y yo nos conocimos, casi me convenció de que era tan
temerario como parecía —prosiguió Luke—. Pero Obi-Wan dijo algo que
jamás olvidaré. Dijo que en Han había mucho más de lo que parecía a
simple vista, y que había mucha sustancia bajo su ruda superficie —sonrió
al recordarlo, y miró a Leia—. Obi-Wan dijo también que sólo alguien muy
especial podría tener a un wookiee por compañero…, y que no cualquier
wookiee se dedicaría a recorrer la galaxia en compañía de alguien como
Han.
Leia sonrió con tristeza.
—No tienes que recordarme que Han es especial. Ése es precisamente el
problema. Él necesita ese tipo de compañía. Chewie y Han, no sé, parecían
apoyarse el uno al otro. Chewie controlaba a Han —se obligó a sonreír, y se
giró hacia Mara—. Siento desahogarme con vosotros dos. Ni siquiera os he
preguntado qué tal estáis.
—Yo me siento con mucha más fuerza —dijo Mara sin añadir nada más.
Leia sonrió para sus adentros, pensando en lo mucho que le importaba
Mara. Se preguntó cómo podía haber llegado a desconfiar de ella.
—Creía que ibais a regresar a Yavin 4 —dijo al cabo de un momento.
Luke y Mara se miraron con complicidad.
—¿Te han informado de que ha desertado una yuuzhan vong?
Leia le miró con los ojos como platos.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Poco antes de que te fueras de Ord Mantell. La llevan a Coruscant
para investigarla más a fondo.
—Eso son grandes noticias —a Leia se le iluminó la cara por un
momento, y entonces miró a Luke—. ¿Y esa desertora tiene algo que ver
con el hecho de que sigáis aquí?
—Ha solicitado reunirse con algunos de nosotros.
—¿Por «nosotros» quieres decir los Jedi? —Leia se enderezó en la silla
—. Dime que te has negado.
—Afirma tener información sobre una enfermedad que los yuuzhan
vong propagaron por nuestra galaxia —respondió Mara.
Leia se llevó una mano a la boca.
—Pero, Mara…
Un gritito familiar emanó de la sala adjunta, y C-3PO apareció por la
puerta con sus torpes movimientos, reflejando su agitación interior. Detrás
de él, R2-D2 entró rodando, silbando y soltando pitidos en tono burlón.
—¡Por favor, no me desactive! —gimió C-3PO—. ¡No fue culpa mía!
¡Sólo intentaba ayudar!
R2-D2 siseó algo en broma.
—A ver si te apagas, so, so… carrito de las bebidas.
—Trespeó, cálmate —dijo Leia—. ¿Qué pasa?
Él se giró hacia ella.
—Lo acaban de decir en las noticias, ama Leia. ¡El Reina del Imperio
ha sido atacado en la región más cercana al Borde del sistema Bilbringi!
¡Han enviado una llamada de auxilio, pero la nave debe de estar siendo
abordada en este momento!
Luke miró a Leia intrigado.
—Una nave que transporta refugiados de Ord Mantell al Núcleo —
explicó ella—. Trespeó, conéctate a las noticias a ver qué más puedes
averiguar. Puede que sean piratas en lugar de yuuzhan vong.
—¡Y el amo Solo! —dijo C-3PO.
Leia le miró fijamente.
—¿Qué pasa con el amo Solo?
C-3PO alzó las manos hacia el techo.
—¡Él se encuentra en esa nave!
Leia negó con la cabeza como si no hubiera oído bien.
—Trespeó, no comprendo…
—Oh, no debería haberle hecho caso. Pero cuando repitió las mismas
palabras que usted había empleado antes, de alguna forma pensé que
aquello era lo correcto.
—¿Qué palabras?
—Que a veces es mejor no saber lo que piensan los otros. Que a veces
es menos doloroso no saber la verdad. Usted misma lo dijo, ama Leia.
R2-D2 silbó con sarcasmo.
—¡Cállate! —dijo C-3PO, al borde del desmayo.
—¿Pero qué tiene que ver todo eso con que Han esté en el Reina del
Imperio? —preguntó Leia.
—El amo Han me pidió que le sacara el billete, y lo hice fingiendo ser
usted, ama Leia…, imitando su voz, al menos. Y respecto al hecho de por
qué no mencioné dónde se encontraba el amo Han, fue porque usted nunca
me preguntó directamente si estaba al tanto de esa información. El amo
Solo me prometió que me organizaría un almacenaje de memoria, por si
acaso se me desactivaba. De esta forma podría sentir cierta indiferencia
ante…
—¡Trespeó! —le interrumpió Leia—. Estoy segura de que la culpa no
es toda tuya… No con Han de por medio. Y ahora, sé sincero conmigo:
¿por qué se ha ido a Bilbringi?
—No conozco sus razones, ama.
R2-D2 dio un giro completo con la cabeza, soltando silbiditos, en una
mezcla de reproche y sorpresa.
Leia entrecerró los ojos y miró a su hermano.
—Así que Han no era de los que toman medidas precipitadas, ¿eh?
—Trespeó —dijo Luke—. ¿Dices que la nave lanzó una llamada de
auxilio?
—Eso dicen las noticias, amo Luke.
Luke miró a Leia.
—Probablemente ya esté en camino la ayuda.
Leia negó con la cabeza, enfadada.
—¿Quién va a preocuparse por las vidas de unos miles de refugiados…,
sobre todo pudiendo caer en manos de los yuuzhan vong?
—Podríamos ir —dijo Luke.
Mara le miró titubeando.
—No conseguiríamos llegar a tiempo ni empleando el Corredor
Namadii.
Leia se levantó de un salto.
—Te olvidas de una cosa. ¡Saldremos en el pedazo de chatarra más
rápido de toda la galaxia!
CAPÍTULO 23
N o dejes que nos encuentren! —gritó Elan al oído de Han mientras se
abrían paso, no sin esfuerzo, entre la muchedumbre que abarrotaba el
pasillo.
Han inclinó la cabeza para echarle una mirada de advertencia.
—¡O te callas o te entrego yo mismo!
Elan le miró, sombría.
Han sonrió en respuesta.
—¿Es lo mejor que sabes hacer?
—Más te valdría temerme —le dijo ella.
—Guarda tus amenazas para alguien impresionable, nena. Yo sólo hago
esto porque Showolter se llevó un disparo láser por ti, lo que significa que
te considera muy importante.
—Más importante de lo que crees.
—Eso ya lo veremos. Pero ahora mismo estás a mi cargo y harás lo que
yo te diga, ¿entendido?
Ella asintió con gesto orgulloso.
Pese a la petición de calma del capitán, reinaba el desorden. Las noticias
de que estaba teniendo lugar un asalto nunca eran bienvenidas, pero el
hecho de que la mayoría de los pasajeros del Reina conocieran de primera
mano a los yuuzhan vong no hacía sino empeorar las cosas. La mayoría
buscaban un sitio en el que esconderse: en los armarios de mantenimiento,
en los conductos de ventilación y en las estrechas taquillas de los camarotes
inferiores. Por tanto, había cantidades ingentes de pasajeros y miembros de
la tripulación abarrotando los pasillos y bloqueando los accesos entre
cubiertas. Muchos habían acudido a toda prisa a las naves de escape, pero
se las encontraron cerradas. Otros corrieron a las cubiertas superiores, para
verse rechazados por contingentes armados de oficiales de la nave. Los
refugiados del Reina, claramente decididos a ignorar el hecho bien probado
de que la rendición es la mejor forma de sobrevivir a los piratas, habían
convertido el crucero en una bulliciosa catacumba.
A pesar de todo, Han y compañía consiguieron abrirse paso hasta la
cubierta de los hangares, donde al menos había menos gente y estaba
calmada. Lo peor que podía pasar, se dijo Han a sí mismo, es acabar en la
misma situación que Roa y Fasgo.
Desde una ampolla de babor se podía ver a la nave asaltante
acercándose al Reina desde atrás. Las luces de la nave sugerían que se
trataba de una nave larga y cilíndrica, de tamaño semejante al de las viejas
naves antibloqueo.
Mientras maniobraba al alcance de los focos de iluminación del Reina,
Han se sorprendió al ver que la nave era una vieja corbeta corelliana,
aunque muy modificada y pintada de negro no reflectante. Además de las
baterías turboláser estándar situadas en la popa y la parte inferior, la proa en
forma de cañón de la nave exhibía cañones Taim & Bak H9 en los laterales,
y la cúpula que normalmente contenía el dispositivo de comunicaciones
había sido ampliada para albergar lo que podía ser un formidable generador
de campos de arrastre, o el dovin basal yuuzhan vong que había sacado al
Reina del hiperespacio.
Un trío de lanzaderas clase Martial, con unos veinte años de antigüedad,
salió del hangar posterior de la corbeta y se dirigió al hangar del Reina.
Mientras los motores de la corbeta la desplazaban para ponerla en línea al
lado de babor del crucero, Han pudo ver claramente el lado de estribor,
donde el casco mate lucía el emblema de las manos entrelazadas de la
Brigada de la Paz, justo a popa del módulo de la cabina.
A su mente acudieron las palabras del teniente aqualis de Gran Bunji.
«Tienen una operación planeada en Bilbringi».
—¡Reck! —se dijo Han, atónito.
La Brigada de la Paz venía a por las desertoras. Probablemente Reck
estaría ya en el Reina. Con suerte, el mercenario sería el mismo hombre que
Showolter decía haber matado.
—¿Por qué nos quedamos aquí? —preguntó Elan, ansiosa—. El agente
que escapó estará buscándonos.
—Eso no es una nave yuuzhan vong —le dijo Han.
—Pero eso sí —dijo Droma, señalando.
Han siguió la trayectoria indicada por el fino dedo del ryn. La luz de las
estrellas delineaba una superficie abrupta, una forma oval achatada de coral
yorik acercándose a la corbeta como si esperase algo. Han sintió un
escalofrío mientras recordaba el enfrentamiento bélico contra los yuuzhan
vong ocurrido meses antes en Dubrillion y Helska.
Se giró hacia Elan.
—Retiro lo que he dicho. Tienes que ser realmente importante para que
envíen una nave de guerra.
—Tan importante para los míos como tú para los tuyos —respondió ella
rápidamente, sin ápice de arrogancia—. Tengo información vital para tus
Caballeros Jedi.
Han frunció el ceño, interesado.
—¿Respecto a qué?
—A una enfermedad que introdujeron los míos.
Antes de poder evitarlo, Han la cogió violentamente por los hombros.
—¿Esto va en serio?
Ella asintió, aparentemente pasiva ante la presión de las manos de él.
—Estoy en contra del uso de armas bacteriológicas. Semejante táctica
es un deshonor para los yuuzhan vong.
Han la apretó aún más y la miró fijamente.
—No se te ocurra engañarme. Estuve en Sernpidal y en Dubrillion. Sé
de lo que es capaz tu pueblo, y algo tan insignificante como una
enfermedad no agitaría ni por un momento la conciencia moral de los
yuuzhan vong.
Ella alzó la cabeza con insolencia.
—Fue lo que hizo que me escondiera en una cápsula de salvamento, y
que me dejara atrapar por vosotros.
Han miró a la extraña compañera de Elan.
—¿Y tú?
Vergere le miró con tranquilidad.
—Yo voy con ella.
Han soltó a Elan y señaló a Droma con el pulgar.
—Sí, bueno, él está conmigo y tampoco eso dice mucho.
—Yo no lo hubiera dicho con más delicadeza —murmuró Droma.
Vergere miró a Droma, y luego a Han.
—Soy pariente de Elan. Donde vaya ella, iré yo.
Han se pasó las manos por la cara. De repente se veía obligado a tener
que tomar otra decisión. Si se quedaba en el Reina igual podía resolver el
asunto pendiente con Reck, tal y como quería Roa; pero si Elan era quien
decía ser, llevarla sana y salva a Coruscant podría significar la curación de
Mara.
Resopló. Reck tendría que esperar.
—Quizá después de todo merezca la pena el esfuerzo —dijo al fin—.
Lo que significa que vamos a tener que conseguirte otra ropa —miró a
Droma—. ¿Crees que podrías conseguir ropa para estas dos?
Droma balanceó la cabeza de un lado a otro.
—Mientras no se pongan quisquillosas con la talla o las características.
—No pueden permitirse nada de eso —Han se detuvo para contemplar a
Elan—. ¿Ésa es tu apariencia real o llevas una de esas coberturas vivientes?
—Estoy adornada con un enmascarador ooglith.
Han asintió.
—Bueno, un yuuzhan vong con un enmascarador consiguió engañar a
los miembros del equipo ExGal en Belkadan. Veamos si funciona también
con la Brigada de la Paz.
El Reina se estremeció al sentir el choque de la corbeta uniéndose a su
lado.
—Los asaltantes se encontrarán con los supervivientes del equipo que
atacó a Showolter e iniciarán una búsqueda cubierta a cubierta —dijo Han,
con la nariz casi pegada al mirador de transpariacero—. Quizás hagan un
barrido con sensores o dosifiquen la nave con obah o algún otro gas
aturdidor —se giró desde el mirador—. Tenemos que darnos prisa.
—¿Adónde vamos? —preguntó Droma.
—Al hangar. Nuestra única esperanza es salir de aquí en una de nuestras
naves.
Un miembro de la Brigada de la Paz con pinta de matón se encontró con
Reck Desh y su escolta armada cuando salían del hangar. Reck sólo llevaba
una pistola láser, pero su escuadrón de antidisturbios llevaba bastones de
aturdimiento, redes, cerbatanas y otras armas de mano. Reck iba
acompañado del supervisor yuuzhan vong al que había convencido para que
les acompañase en la operación de rescate. Llevaba una capucha para
ocultar las marcas que delataban a su raza.
—¿El puente es seguro? —preguntó Reck mientras daba la señal de alto
a su grupo.
Su compinche asintió.
—Pero tenemos problemas. ¿Cuál quieres oír primero?
Reck miró alrededor.
—¿Dónde está Darda? ¿Las tiene en su poder?
—Darda ha muerto. El rodiano también se llevó un disparo, pero
sobrevivirá. Como Capo es el único que ha visto a las desertoras, le hemos
aislado. Te espera en la enfermería.
A Reck le subió la sangre a la cara.
—¿Intentaron enfrentarse al equipo del Servicio de Inteligencia ellos
dos solos?
—Sólo había tres agentes. Capo jura que dos de ellos están muertos, y el
tercero está muy malherido. Además, Darda insistió en ello.
—Y Capo le hizo caso —replicó Reck—. Ya hablaré luego con él.
—Se suponía que esto sería entrar y salir —dijo el enorme humano
situado a la izquierda de Reck—. No tenemos tiempo de buscar por toda la
nave. Yo digo que abortemos la misión.
Dos de los hombres gruñeron a modo de asentimiento.
—¡Silencio! —les dijo Reck—. ¿Qué más? —preguntó al portador de
malas noticias.
—Ha aparecido una nave yuuzhan vong.
—¿Qué? —preguntó Reck sin poder creérselo, y se giró hacia el
yuuzhan vong que iba con ellos.
El agente enemigo asintió.
—Me obligaron a revelar la naturaleza de esta operación a mis
superiores. Es probable que hayan enviado la nave como apoyo.
Reck comenzó a hacer gestos, completamente furioso.
—¡Esa nave atraerá a todo el ejército de la Nueva República! Ahora
tienen demasiadas preocupaciones como para intervenir en un asalto pirata.
Pero estando los yuuzhan vong involucrados…
—Esa nave podría proporcionarnos el tiempo que necesitamos para
encontrar a las desertoras —dijo el mensajero—. Aunque aparezca el
ejército de la Nueva República. Nada cambiará mientras seamos nosotros
quienes devuelvan a las desertoras, ¿no?
Reck se mordió el labio inferior, adornado con una joya, y asintió.
—Es hora de que los pasajeros sepan de qué va esto.
El mensajero señaló un intercomunicador que había en la pared.
—Podemos emplear el sistema de megafonía.
Reck cogió el intercomunicador mientras uno de sus hombres
manipulaba el selector de canales. El hombre asintió cuando encontró el
canal adecuado, y Reck encendió el dispositivo.
—Atención, señores pasajeros —comenzó a decir en Básico—. Para
tranquilidad de todos, les diré que no tenemos intención de secuestrar, robar
o entregarles a los yuuzhan vong. Buscamos dos pasajeros concretos: una
humana y una hembra no humana, probablemente en compañía de un
humano herido. Si quieren dar la cara y ahorrarle este mal trago a todo el
mundo, por favor, acudan al puente. Si alguien tiene información sobre su
paradero y está interesado en obtener una sustanciosa recompensa, que
venga también al puente.
»Si no viene nadie y nos vemos obligados a llevar a cabo una búsqueda
en cada cubierta, no tendremos miramientos con nadie, y puede que al final
hasta acaben en manos enemigas —Reck hizo una breve pausa—. Ah, un
mensaje para las dos que estamos buscando. Si creéis que podéis
esconderos o camuflaros entre la gente, pensároslo dos veces.
***
La nave personal del comandante Malik Carr, un ovoide de coral yorik
dotado de proyectiles de plasma con forma de cono e impulsada por un
dovin basal del mayor calibre, era la más rápida de la flota. Desde el puente,
Nom Anor se dirigía a los villip conectados con el comandante y con
Harrar. Las vistas del ventanal abarcaban no sólo a la corbeta de la Brigada
de la Paz y el Reina, sino también a varios planetoides cubiertos de cráteres
y al lejano sol bajo ellos.
—Tengo a mis agentes sometidos a vigilancia —les informó Nom Anor
—. Se han neutralizado las capacidades del dovin basal de la corbeta, y he
ordenado a nuestro propio dovin basal que impida que la corbeta se aparte
del crucero. Si la Brigada de la Paz consigue localizar a Elan, cualquier
intento de embarque fracasará.
—Esa corbeta podría llevar cazas que despegarían de ella —le
respondió el villip de Harrar con una mueca.
—Ya lo han hecho tres naves y han entrado en el crucero. Emplearé
nuestro dovin basal para impedir su regreso.
—Sitúa un dovin basal en una nave controlada a distancia para que haga
todas esas cosas y disponte a retirarte —le comunicó el villip de Malik Carr
—. Cuando tus agentes descubran lo sucedido, las naves de la Nueva
República ya habrán acudido al rescate del crucero.
El villip de Harrar intervino.
—Sin duda tus equivocados agentes ya son conscientes de nuestra
presencia. Cuando se den cuenta de que no pueden despegar se preguntarán
por qué no acudes en su ayuda, y quizás intenten contactar contigo.
—Que se desconcierten —soltó Nom Anor—. A mí lo único que me
interesa es convencer a la Nueva República de que las acciones de la
Brigada de la Paz son un intento más por nuestra parte de recuperar a Elan.
Se vio interrumpido por su segundo de a bordo, que le saludó haciendo
chocar los puños contra los hombros opuestos para disculparse por la
intrusión.
—Una nave está saliendo del hiperespacio, Ejecutor —el subordinado
señaló a un ventanal en dirección a la estrella primaria más cercana—.
Nuestro radar villip lo identifica como un portacruceros de la Nueva
República.
Nom Anor se dirigió a los villip.
—La llegada de esa nave simplificará las cosas. Como se me ha
sugerido, colocaré el dovin basal en una nave controlada a distancia. Los de
la Brigada de la Paz intentarán huir y serán apresados, y Elan seguirá bajo
custodia.
Se giró hacia el oficial del puente.
—Prepárate para enfrentarte también a los cazas enemigos. Puede que
no apruebes esto, subordinado, pero tendrás que aparentar que huyes.
Tienes mi palabra de que no se tendrán en cuenta tus pérdidas.
CAPÍTULO 24
E l portacruceros Thurse, recuperándose todavía de los daños sufridos en
la batalla de Ord Mantell, entró en espacio real en las inmediaciones
de Bilbringi, con los Ala-X saliendo de sus hangares de lanzamiento como
avispas de una colmena. El Reina del Imperio flotaba entre el crucero y la
lejana señal que los autentificadores identificaban como una nave de guerra
yuuzhan vong, y lo que parecía una vieja corbeta anclada a uno de los lados
del crucero.
El comandante de escuadrón Kol Eyttyn iba en la cima de la formación
de cazas que tomaba forma poco a poco, y apretó el interruptor de su casco
que abría la red de comunicación.
—Thurse, tenemos contacto visual con la nave yuuzhan vong. Un
ovoide achatado de coral. Parece ser de clase fragata o algo así. Me
recuerda a las piedras que hacía rebotar sobre la superficie del agua en los
felices días de mi juventud.
—Esperemos que no rebote hacia aquí, comandante —escuchó la voz
del capitán del portacruceros en su oído izquierdo.
—Afirmativo.
Los silbiditos de la unidad R2 que tenía detrás, en la cabina, le indicaron
que los escáneres de corto alcance habían detectado un grupo de coralitas
yuuzhan vong. Eyttyn abrió con la barbilla la red táctica.
—Las señales recibidas son naves enemigas, designadas coralitas —dijo
a los pilotos de los escuadrones reunidos—. Activad las medidas de
respuesta y los escudos deflectores. Compensadores de inercia al máximo.
Tened en mente que estamos sacrificando la protección del láser para
aumentar la potencia de tiro. Eso implica enfrentamientos a corta distancia,
así que escuchad a vuestros líderes de escuadrón y no os separéis de vuestro
compañero.
Eyttyn activó los controles del sistema de mantenimiento vital para
ampliar el campo del compensador de inercia del caza estelar. Aunque el
alcance protector del campo reforzado había sido pensado para que sirviera
para engañar al compensador, y para que tratara las anomalías gravitatorias
yuuzhan vong como cualquier otra, el campo podía verse sobrecargado por
dovin basal de mayor tamaño, o por la confluencia de singularidades, como
la que podrían crear la unión de tres o más naves.
Lo mismo pasaba con el paquete de datos del sensor, desarrollado tras
las escaramuzas del Borde Exterior. Si bien el cambio en los radares de
seguimiento aumentaban la capacidad del piloto para localizar a los
coralitas, las variantes de forma y tamaño de los cazas enemigos limitaban
la efectividad del dispositivo. Como siempre, un Ala-X sólo era tan bueno
como lo eran su piloto y su androide.
Eyttyn aumentó la recepción de los sensores y empleó el pulgar para
pasar las armas al modo láser, cuadrándolos para que los cuatro dispararan
al apretar una sola vez el gatillo de los mandos.
—Escuadrones Rojo y Verde, quedaos atrás para hacer frente a los
ataques que sufra el Thurse. Azul, en formación detrás de mí para un ataque
contra la nave de mando. Los demás romperán filas cuando lo ordene.
Eyttyn se ajustó el cinturón y esperó a que el androide confirmara que
tenía a tiro el enjambre de coralitas. Luego activó un interruptor que
bloqueaba los alerones-s del Ala-X en posición de ataque y dio la orden de
empezar.
Los coralitas abrieron fuego casi de inmediato con sus cañones
volcánicos, liberando una tormenta de letales proyectiles. Ambos bandos se
enfrentaron en una abrumadora demostración de tanteos, giros y vuelos en
picado, puntuados por torrentes de láser y corrientes de mortífero plasma.
La red táctica no dejaba de emitir ruidos de alerta, explosiones atronadoras
y gritos escalofriantes pidiendo ayuda.
—Azul Cuatro, tienes a un coralita a las seis.
—Gracias por la ayuda, Tres. Creo que podré quitármelo de encima.
—Tengo tu flanco, Cuatro.
—Azul Ocho, ¿puedes ayudar a Azul Diez?
—Negativo, Diez. Tengo esto que arde.
—Cuidado a estribor, Cinco. ¡Tres coralitas a por ti!
—¡A la derecha, Cinco, los tienes encima!
—¡No puedo quitármelos de encima! ¡Tengo los escudos al treinta por
ciento!
—¡Aguanta, Cinco, voy para allá!
Aunque los oía alto y claro, Eyttyn intentó ignorar aquellos gritos. Para
el Escuadrón Azul, la cosa consistía en evitar que les dieran y reservarse el
armamento. Se sabía que los cazas de coral yorik tenían pilotos
individuales, pero respondían, al menos en parte, a elementos orgánicos que
se hallaban en las naves de mando (lo que el enemigo llamaba yammosk, o
Coordinadores Bélicos), de una forma semejante a las naves droides de
antaño. Eyttyn sabía perfectamente que el Escuadrón Azul no podría
derribar la nave él solo, ni siquiera con torpedos de protones, pero tal y
como había demostrado repetidas veces el ejército de la Nueva República, a
menudo bastaba con distraerlos lo bastante como para desconcertar a los
pilotos de los coralitas y ralentizar las respuestas de sus naves.
De todas formas, los pilotos yuuzhan vong se apoyaban más en las
capacidades de sus dovin basal que en tácticas evasivas. Mientras
maniobraba entre el enjambre, Eyttyn sintió la influencia de esa macabra
biotecnología tirando con dedos invisibles de los escudos del Ala-X. La
unidad R2 también percibió el tirón, y silbó nerviosa un código que se
tradujo en el monitor de la cabina.
Otra cosa a ignorar, se dijo Eyttyn a sí mismo.
Con dos coralitas cerca, hizo girar su Ala-X sobre los estabilizadores y
viró a estribor. En ese mismo instante, su compañero se hizo bruscamente a
un lado y volvió a su posición para reencontrarse con Eyttyn en la
trayectoria original. Otro par de coralitas acechaban desde abajo, pero sólo
uno se lanzó en su persecución, y lo evadió sin dificultades.
Eyttyn observó el localizador de alcance. El tamaño de la fragata crecía
en su monitor, pero aún no podía abrir fuego, y probablemente no lo haría
hasta que no empezase a atacar el Escuadrón Azul.
A la izquierda de Eyttyn, Azul Cuatro empezó a vibrar bajo la
influencia de dos coralitas que se le habían pegado en cola. El compañero
de Eyttyn se acercó para disparar a una de las naves enemigas, pero la nave
se negó a morder el anzuelo. Eyttyn redujo la velocidad con la esperanza de
que el líder de los perseguidores de Azul Cuatro le siguiera a él, pero el
piloto coralita adivinó la táctica de Eyttyn y desapareció enseguida de su
vista.
En una impresionante demostración de maniobras evasivas, Azul Tres
salió de la formación para acudir raudo en ayuda de su compañero. Pero los
letales proyectiles lo buscaron y lo encontraron a medio camino, haciendo
que saltara en mil pedazos.
Los dos coralitas que perseguían a Azul Cuatro aceleraron, se pusieron
en posición de ataque y abrieron fuego. Atrapado en una elipse de misiles
llameantes, Azul Cuatro desapareció en un torbellino de fuego carmesí y
gas blanco.
Eyttyn convocó a las naves restantes para que crearan un círculo de
protección mutua. Los disparos láser de Azules Ocho y Nueve arrancaron
unos pedazos al casco de una nave enemiga. Tocada, la nave trazó una
espiral a babor y explotó.
Un instante después, Azul Seis derribó a otro, pero se vio de pronto en
medio de un intenso fuego cruzado. El Ala-X, con los escudos inutilizados,
encajó un disparo tras otro, partiéndose en cuatro pedazos antes de
desvanecerse para siempre.
Eyttyn contempló su monitor primario. La pantalla estaba llena de
relucientes puntos rojos indicando los daños.
—No os separéis de vuestros respectivos compañeros —advirtió por la
red—. Y no malgastéis munición hasta que estemos acorralados.
Describió un giro para colocar a uno de los letales yuuzhan vong ante
sus armas. Puso la nave boca abajo y giró hacia estribor, poniendo al
coralita en su mira y apretando con el dedo anular el gatillo auxiliar de los
mandos. Los láseres giraban mucho más deprisa que en modo individual, y
cada disparo brillaba con una intensidad escarlata que desmentía su
potencia reducida. Desconcertado por tener que distinguir los disparos más
potentes y letales entre la ráfaga de rayos casi inofensivos de los láseres
cuádruples, el dovin basal del coralita tuvo un fallo, y una tanda de los
dardos de energía de Eyttyn dio en el blanco.
El coralita se quebró en mil pedazos y desapareció.
Azul Seis quedó vengado, y Eyttyn atravesó la nube de restos dejados
por el yuuzhan vong para aproximarse a otro coralita. Una andanada
convergente y constante de disparos cogieron desprevenido al enemigo,
destruyéndolo de paso.
El Escuadrón Azul se había quedado con sólo nueve miembros, y
Eyttyn los agrupó en formación de flecha. Pero apenas se acercaron a la
fragata se convirtieron en objetivo instantáneo de los cañones volcánicos.
Otro Ala-X fue aniquilado, y luego otro más, pero para entonces Eyttyn
estaba en posición de hacer un vuelo rasante. Giró a babor y lanzó un par de
torpedos de protones, sólo para ver con absoluta estupefacción que las
relucientes esferas se perdían a la deriva en el espacio vacío.
Ya se había acostumbrado a ver rayos láser y torpedos engullidos por las
anomalías gravitatorias, pero aquello era muy diferente. Era como si la
propia nave hubiera desaparecido.
Miró frenéticamente a su alrededor, pensando que igual se había
desorientado y que la fragata estaba sobre él. Pero lo único que alcanzó a
ver fue la oscuridad del firmamento. Los datos que le daba la unidad R2 le
decían que, efectivamente, la nave yuuzhan vong se había marchado, pero
era evidente que debía ser un error. Ninguna nave podía moverse tan
rápido… Ni siquiera con microsaltos.
—¿Dónde está esa maldita cosa? —preguntó por la red.
—No lo sé, comandante —respondió Azul Dos—. Yo estaba a tus seis
cuando desapareció… de repente.
—¿Algún dispositivo de invisibilidad? —sugirió Azul Once.
—Bueno, desde luego se ha hecho invisible —dijo Eyttyn—, pero creo
que percibiríamos restos gravitatorios de una nave tan enorme.
—Hiperespacio —intervino Azul Diez.
—Me hubiera llevado consigo —dijo Eyttyn—. Es…
—Comandante —le interrumpió Azul Dos—. La he localizado.
Eyttyn apuntó los láseres del Ala-X a las coordenadas proporcionadas
por Azul Dos, y, desde luego, allí estaba la fragata, a dos mil kilómetros de
distancia.
Azul Once soltó un silbido de asombro.
—Esa nave ha saltado dos mil kilómetros en medio segundo.
Eyttyn respiró hondo y apretó con fuerza los mandos.
—Ajustad el rumbo —ordenó—. Si lo que quieren es jugar al escondite,
se lo concederemos.
***
El Halcón Milenario saltó al espacio real dentro del sistema de
Bilbringi, en una zona llena de entornos orbitales y planetoides
profusamente minados. Leia y Luke ocupaban los asientos delanteros, y
Mara iba detrás de Luke, en la silla que normalmente se asignaba al oficial
de comunicaciones. C-3PO iba en la silla del oficial de navegación, y R2-
D2 se había colocado en la parte de atrás de la cabina, con el brazo
mecánico conectado a una toma.
En el ventanal en forma de abanico, el Reina del Imperio quedaba a
estribor. En la zona cercana al Borde, el espacio local era una mezcla
confusa de rayos láser, radiantes proyectiles, aceleradores de fusión, y
explosiones cegadoras.
—Carguero corelliano no identificado —dijo una voz furiosa al otro
lado del comunicador—. Aquí el capitán Jorlen, del portacruceros Thurse
de la Nueva República. Han saltado al campo de batalla. Les sugiero que se
agarren bien o que vuelvan al lugar de donde proceden.
—Capitán Jorlen —dijo Leia—. Soy la embajadora Leia Organa Solo.
—Embajadora, ¿qué demonios hace usted aquí? —el capitán parecía
sorprendido, aunque no muy contento—. ¿Y cuándo va a instalar ese
marido suyo un transpondedor autorizado?
—Se lo preguntaré cuando lo vea, capitán. Está en el Reina del Imperio.
Hemos venido a echar una mano, si necesitan ayuda.
—Negativo, embajadora. Le ruego que mantengan su posición.
Tenemos una fragata yuuzhan vong saltando de un lado para otro. Por lo
que sabemos, igual salta hasta su regazo.
—Entendido, capitán, nos quedaremos aquí. Por ahora —dijo Leia casi
sin aliento—. ¿Han impuesto alguna condición los asaltantes?
—No hemos contactado con ellos —dijo Jorlen, impaciente—.
Suponemos que han venido a por pasajeros… para proveer de sacrificios a
los yuuzhan vong.
—Entonces ¿qué hace aquí la nave yuuzhan vong, capitán?
—Eso me pregunto yo —musitó Jorlen.
—Hay algo ahí fuera —dijo Luke, señalando a un lugar apartado del
crucero y de la batalla.
Al principio Leia no sabía si había percibido algo con la Fuerza o si lo
había visto, pero cuando siguió la trayectoria que indicaba su hermano vio a
lo que se refería e hizo que la vista apareciera aumentada en el monitor de
la consola. La pantalla mostró un objeto de morro chato que recordaba a un
caza de coral yorik, pero claramente reforzado por algún tipo de armadura
negra.
—¿Una nave deshabilitada? —sugirió Mara.
—Podría ser —dijo Luke sin mirar a la pantalla, sino al ventanal—.
Pero yo percibo algo más…
—¿Una mina espacial?
Luke negó con la cabeza.
—Un vacío.
Leia y Mara enfocaron la Fuerza hacia el vacío que había atraído la
percepción de Luke. El Maestro Jedi estaba a punto de hablar cuando el
panel de comunicación pitó una vez más.
—Embajadora Solo —dijo Jorlen—. Acabamos de recibir noticias del
Reina del Imperio. Los asaltantes han mandado un ultimátum. A menos que
el ejército de la Nueva República se retire, empezarán a lanzar pasajeros por
las escotillas de vacío.
—¡No puedo creerlo! —dijo C-3PO, nervioso.
R2-D2 silbó a modo de lamento.
A Leia se le nubló la vista.
—¿Cuál ha sido su respuesta, capitán?
Jorlen tardó un momento en responder.
—La política de la Nueva República es contraria a negociar con piratas,
embajadora. Siento que su marido esté a bordo, pero la batalla continúa.
Además, si los asaltantes realmente van a por los pasajeros, su amenaza es
absurda, ya que los pasajeros del Reina están de antemano destinados a
morir.
—Eso no es ningún alivio, capitán.
—Discúlpeme, embajadora. Pero no habrá negociaciones mientras la
nave de los yuuzhan vong esté presente.
—Entonces habrá que hacer algo al respecto.
En cuanto Leia cortó la comunicación, Luke dijo:
—Sea lo que sea ese objeto, de alguna manera es cómplice de los
coralitas.
—¿Un Coordinador Bélico? —sugirió Leia.
Luke apartó la mirada del ventanal para contemplar a su hermana.
—Un dovin basal.
Leia adoptó una expresión de determinación y se concentró en los
mandos.
—Está vivo. Pero no por mucho tiempo.
***
Las explosiones sacudían el Reina cuando Han se asomó por un pasillo
que daba a la escotilla de acceso al hangar. Dos hombres protegían esa
entrada armados con pistolas láser y redes aturdidoras. Han consideró la
posibilidad de sacar su propia pistola, que seguía escondida en la maleta,
pero entonces recordó que tenía el cargador vacío.
—Esto no va bien —dijo a Droma y a las yuuzhan vong disfrazadas—.
Han sellado todas las entradas. —Se apartó, se apoyó contra la pared y miró
a derecha e izquierda—. Necesitamos un agujero en el que escondernos.
Con todo lo que está ocurriendo ahí fuera no pasará mucho tiempo antes de
que la Brigada de la Paz se rinda o intente huir.
Les llevó hacia unos tubos de descenso y se asomó a uno de ellos con
precaución. Abajo se veía el suelo de una bodega de carga.
—Por si no te has dado cuenta —dijo Droma—, han desactivado los
túneles.
—Pues vamos a buscar un cable —dijo Han—. Son sólo ¿cuánto?
¿Quince metros o así hasta abajo?
Droma le miraba con una ceja arqueada.
—Como si es de aquí a Coruscant.
El sonido de pasos acercándose resolvió rápidamente el dilema.
Apartándose de los túneles de descenso, los cuatro entraron en pasillos que
se entrecruzaban, donde fueron recibidos por el sonido de más pasos, junto
con un coro de voces estruendosas. Se apresuraron a esconderse tras otra
esquina, buscando en todas partes un sitio donde hacerlo.
El ruido de pasos decididos a su izquierda fue en aumento, y un instante
después, los que hablaban a gritos entraron en su campo de visión. Han
recorrió con la vista a los asaltantes. Reck Desh era reconocible incluso
después de tantos años, con aquella pose arrogante y los brazos
completamente tatuados. Junto a él había cinco ejemplos perfectos y bien
armados de la Brigada de la Paz, y una criatura larguirucha que podría ser
un yuuzhan vong y seguramente lo era, cubierto por una capucha que le
venía demasiado grande.
Reck puso a uno de sus hombres en la intersección de los pasillos y
continuó avanzando.
Han sintió que se le alborotaba la sangre y escuchó el latido de su
propio corazón. Pensó en Chewie, en Lwyll, en Roa y en Fasgo. Dejó que la
mochila le resbalara del hombro al suelo, se agachó inmediatamente y sacó
la pistola láser descargada.
Droma le contempló con preocupación creciente.
—Pensé que la idea era robar una nave y salir del crucero.
—Eso puede esperar —gruñó Han—. Esto es personal.
—¿Personal? —susurró Droma con enfado—. Me veo obligado a
recordarte que tu arma…
—Cuéntale eso a quien le interese —le interrumpió Han.
Observó la pistola, apretando los labios con furia, soltó aire y se
levantó.
—¿Qué hace? —preguntó Elan a Droma, preocupada.
Droma se encogió de hombros con resignación.
—Tiene una necesidad irrefrenable de enfrentamiento, aunque no sea
necesaria.
Han se giró hacia ellos.
—Encontrad un sitio donde esconderos. Volveré a buscaros.
***
Han se acercó a la intersección por la que habían pasado Reck y
compañía, con precaución y el arma alzada. El hombre que Reck había
dejado no se dio cuenta de la presencia de Han hasta que notó el cañón de la
pistola apretada contra el cuello.
—No hagas ni un ruido —le advirtió Han.
El hombre se puso tenso y tragó saliva.
La mano derecha de Han cogió la pistola del asaltante.
—Te relevo de tu arma, soldado.
El hombre asintió.
—Es tu fiesta, colega.
Han sonrió.
—Qué bien lo has entendido.
—¿Y ahora qué?
Han apretó la pistola cargada contra la espalda del hombre y cogió la
suya por la empuñadura, alzándola por encima de la cabeza.
—Esto te dolerá un poco —dijo.
El hombre se giró ligeramente.
—¿El qué…?
Han golpeó con fuerza al pirata en la nuca, y éste cayó al suelo. Luego
se encaminó en la dirección por la que se había alejado Reck. Al llegar a
otra intersección, escuchó voces más adelante. Se pegó a la pared, se
agachó un poco y se asomó por la esquina. Reck y el posible yuuzhan vong
estaban a tan sólo unos diez metros. Sin más plan en mente que resolver de
una vez el asunto pendiente con Reck, Han dobló la esquina. Pero al mismo
tiempo escuchó algo detrás de él y se giró para ver qué era. Un humano
fornido vestido de viajero espacial le apuntaba con un rifle disruptor
Tenloss.
Han se echó a la derecha para esquivar un disparo. El asaltante volvió a
disparar, pero falló. Han vio a Reck por el rabillo del ojo, volviéndose hacia
él, mientras se metía por otro pasillo y se ponía justo ante el punto de mira
de las pistolas láser de otros dos miembros de la Brigada. Saltó a la
izquierda, disparando a ciegas, y después, dando una gran zancada, se lanzó
hacia el más grande de los dos. El pirata gruñó dolorido y se tambaleó hacia
atrás, soltando el arma. Pero Han se dio contra el suelo con más fuerza de la
que había planeado, y se quedó sin aliento. Cuando consiguió ponerse a
cuatro patas, ya tenía encima al otro pirata, junto con el portador del
Tenloss.
Han se revolvió, luchando con todas su fuerzas, pero no tardó en quedar
inmovilizado boca abajo, con la bota del más grande plantada en la nuca.
Con la visión parcial que tenía del pasillo, Han vio que Reck y la
criatura se acercaban rápidamente a la escena.
—Muy bien, héroe —dijo el pirata grandullón—. Levántate.
La presión de su nuca cesó, y Han soltó aire. Sintió el sabor de la sangre
y de repente se dio cuenta de que notaba un intenso dolor palpitante en la
mano derecha. Mientras se ponía en pie, apareció otro pirata, escoltando a
Droma, Elan y Vergere a punta de pistola.
—He encontrado a estos tres corriendo aterrorizados —informó a Reck.
—Estábamos buscando el baño —oyó Han decir a Droma con toda la
naturalidad—. Nunca están cerca cuando los necesitas.
Reck avanzó un par de pasos y miró a todos los presentes. Para sorpresa
de Han, Reck no pareció reconocerlo, pero quizá fuera porque estaba muy
ocupado examinando a Droma.
—¿Eres un… ryn? —dijo Reck.
Droma realizó una ligera inclinación.
—La cosa que casi nunca consigue encontrar ningún buscador de
prendas.
Reck ignoró el comentario, miró a Vergere y negó con la cabeza.
—No entiendo nada.
Vergere adoptó una expresión inocente.
—A mí eso me pasa mucho.
Reck siguió mirando y llegó hasta Elan. Poco a poco, una sonrisa de
seguridad empezó a dibujarse en sus labios. Se giró e hizo una señal a su
delgado cómplice.
El larguirucho extrajo de una pesada caja portátil, cogiéndola por los
pelos de la nuca, una criatura de dientes afilados y mal carácter que parecía
el cachorro de un ng’ok y un quillarat. Han oyó a Elan dar un respingo y vio
que se le abrían los ojos como platos cuando el larguirucho le acercó a la
cosa. De repente, una capa de piel comenzó a retirarse del cuerpo de Elan,
de su nariz, de sus mejillas, y se metió por el cuello de la camisa que Droma
le había encontrado. Abultándose mientras se retiraba de su cuerpo, la capa
de piel se separó de las costuras de su falda y se deslizó por sus piernas
desnudas para quedar en el suelo, arrastrándose en busca de refugio y
dejando a Elan con todo su esplendor tatuado a la vista.
Por el rabillo del ojo, Han vio que a Droma se le abría la boca por la
sorpresa.
—Te pillé —dijo Reck, sonriendo.
Dos hombres dieron un paso adelante para detener a Elan. Al mismo
tiempo, la criatura que había asustado al enmascarador ooglith saltó
gruñendo de las manos del hombre y se fue a por la criatura, atrapándola
entre sus dientes y agitándola como si fuera un pedazo de carne. El yuuzhan
vong se acercó, cogió a la criatura y la echó dentro de la caja, junto al
enmascarador.
Reck no podía estar más satisfecho.
—Es lo que tienen los enmascaradores ooglith —dijo a la recién
revelada Elan—. Son tan fáciles de intimidar como un…
Las palabras de Reck se quedaron en el aire cuando su mirada se posó
en Han. Entonces, él también se quedó boquiabierto, con una mezcla de
sorpresa y algo de repentina intranquilidad.
—¿Han? —dijo—. Han, ¿eres tú, verdad? Más canoso, más gordo, pero,
por todos los láseres, el mismo gesto arrogante y el mismo aspecto de rey
de las nenas.
—Hola, Reck.
Reck sonrió de oreja a oreja y señaló a la barbilla de Han.
—No recordaba esa cicatriz.
—Podría habérmela arreglado, Reck, pero me recuerda que mi pasado
es real.
Reck se quedó algo confundido, y luego se rió a carcajadas.
—Han Solo —negando con la cabeza, se giró hacia sus camaradas—.
¿Os lo podéis creer? Han Solo. —Pero cuando volvió a darse la vuelta, su
sonrisa había sido sustituida por un gesto de preocupación—. Entiendo que
te hayan puesto al cargo de estas dos.
—Eso no es exactamente lo que ha pasado, Reck.
—Seguro que no. —Señaló la caja del yuuzhan vong—. ¿Qué te parece
el desenmascarador ése?
—Sólo te diré una cosa, no sueles cometer muchos errores.
Reck soltó una risilla.
—Claro, para eso me pagan.
—¿Has echado un ojo ahí fuera, Reck? ¿Crees que te dejarán llegar muy
lejos?
—Sólo necesito llegar hasta la nave yuuzhan vong.
—Si yo fuera tú, empezaría a replantearme mis lealtades.
—¿Lealtades? —dijo Reck en tono exagerado—. ¿A cuánto se cotiza la
lealtad en el mercado? —Volvió a reírse, esta vez con mordacidad—. Los
tíos como tú me hacen gracia, Han. Ladrones sin el valor para cambiar de
bando, que de repente se llaman a sí mismos patriotas. Yo sé quién saldrá
vencedor en esta guerra, y haré todo lo que pueda para poder ser feliz por
siempre jamás.
—Estamos hablando de traición, Reck.
—Es un idioma que se me da muy bien, amigo.
Han reprimió las ganas de tirarse al cuello de Reck.
—¿Recuerdas a Chewbacca?
—¿El wookiee? Claro. De lo mejorcito que me he encontrado.
Han tragó saliva.
—Tus nuevos jefes se lo cargaron. Le tiraron una luna encima.
Reck arqueó las cejas.
—¿El wookiee estaba en Sernpidal? —dio un resoplido y negó con la
cabeza—. Siento oír eso, Han. En serio. Pero yo no tuve nada que ver con
esa operación.
—¿Y con la operación de Atzerri, Reck? Allí fue donde murió la mujer
de Roa, Lwyll, cuando la Brigada de la Paz se puso en marcha.
—¿La mujer de Roa? —Reck parpadeó e hizo un gesto, como
negándolo todo—. Esa operación no tendría que haber acabado como
acabó.
Han le clavó la mirada.
—¿Eso hace que lo soportes mejor?
Reck frunció el ceño.
—Hay que ganarse el pan.
Han se lanzó a por él, pero apenas consiguió rodear su cuello con las
manos antes de que alguien volviera a derribarlo.
—Me dan igual los chaqueteros, Reck —dijo Han, mirándole mientras
se ponía en pie—, pero no soporto a los de segunda fila. Haces que ser
mercenario tenga categoría.
La respuesta de Reck fue una sonrisa burlona. Cogió su
intercomunicador personal y lo pulsó.
—Los tenemos —dijo al dispositivo—. Vamos a volver a la nave.
—No os servirá de nada —respondió una voz entrecortada—. No
podemos separarnos de la cámara de vacío. No funciona ningún sistema, ni
la velocidad subluz ni los retropropulsores. El dovin basal no reacciona. Es
como si estuviera inutilizado.
Reck se giró hacia el que agarraba el desenmascarador, que lo miró
estupefacto.
—¿Habéis intentado contactar con la nave yuuzhan vong? —dijo Reck
al intercomunicador.
—No ha habido respuesta.
Reck soltó una maldición.
—Vale —dijo al cabo de un momento—. Les llevaré a la desertora en
mi lanzadera.
El hombre con el que estaba hablando se rió.
—Aquí fuera es el Día del Juicio Final, Reck. Tendrás suerte si
consigues salir del hangar de lanzamiento sin perder la vida.
—¿Las armas están operativas?
—Afirmativo.
—Entonces despéjame una ruta. La Nueva República no hará nada si
tenemos unos cuantos miles de rehenes. Cuando llegue a la nave yuuzhan
vong, haré que vengan a buscaros.
Reck apagó el intercomunicador. Abrió la boca para decir algo a Han,
cuando apareció corriendo otro contingente de la Brigada de la Paz, que
venía del hangar. Con ellos iba un rodiano herido, apoyándose en otros dos,
que tenía que ser Capo.
—Se supone que debíais estar en el puente —gritó Reck.
—Ésta es tu operación, Reck —respondió el de mayor tamaño—. Si
quieres quedarte y echar a los refugiados al vacío, eso es cosa tuya. Pero
nosotros nos vamos.
El hombre que había descubierto a Han y a Droma empezó a alzar el
rifle disruptor, pero Reck le hizo detenerse.
—Déjalo. Enfrentarnos entre nosotros no servirá de nada. Cogeremos
las lanzaderas e iremos a la nave yuuzhan vong.
Han sonrió con satisfacción.
—Menos mal que han aparecido, ¿eh, Reck?
Reck hizo una seña a dos de los hombres para que se ocuparan de
Vergere, y luego se volvió hacia Han.
—Sabes, me preocupa mucho menos la interferencia de esos cazas que
el hecho de posibles interferencias por tu parte.
Sacó la pistola láser y ordenó a Han que se acercara al túnel de descenso
más cercano. Droma les siguió en silencio. Ante la insistencia de la pistola,
Han se quedó arrinconado contra el borde del tubo, y se agarró al borde.
—Aquí no hay mucho aire —dijo Han.
Reck sonrió.
—Siempre has sido muy gracioso, Han.
Han se encogió de hombros.
—Ya sabes lo que dicen de que, a veces, una buena frase lapidaria es la
mejor venganza.
Reck lo pensó un momento.
—Si nos hubiéramos encontrado en cualquier otro sitio, ahora mismo
estaríamos tomándonos unas gizers heladas. Pero no puedo correr el riesgo
de que nos sigas o de que hables con tus amigos de la Nueva República.
Tienes demasiada buena suerte. Siempre la has tenido.
—Pues parece que me he quedado sin suerte —dijeron Han y Droma al
mismo tiempo.
Reck miró a uno y luego a otro, y soltó una breve risilla.
—Menuda pareja hacéis. Qué pena me da separaros. —Alzó el mango
de la pistola láser—. Para abajo, Han. Próxima parada, la bodega de carga.
Han tragó saliva.
—Venga, Reck, no tienes por qué hacer esto. Piensa en los viejos
tiempos.
—Eso hago, amigo mío. —Le hizo otra seña con la pistola láser—. Sé
buen perdedor. No me obligues a dispararte.
Han se apretó los tirantes de la mochila, pensando que igual servía para
amortiguar la caída. Estiró los hombros y respiró hondo. Mirando a Reck
con los ojos entrecerrados, dio un paso hacia atrás, hacia el abismo.
Droma dejó escapar un grito de angustia y se quedó rígido del susto.
CAPÍTULO 25
L as imágenes de la brutal batalla que se desarrollaba en la zona cercana
al Borde Exterior del sistema de Bilbringi eran transmitidas mediante
villip a Obroa-Skai, donde los comandantes Malik Carr y Tla, y el estratega
Raff y Harrar, las presenciaban en tiempo real en la nave del Sacerdote.
—La corbeta de la Brigada de la Paz ha realizado varios intentos de
ponerse en contacto con nosotros —informó un villip a Nom Anor—, pero
hemos ignorado todas sus solicitudes de socorro.
Detrás de él, en el campo visual del villip, la luz de los láseres
relampagueaba e iba de un lado a otro en el negro espacio, más allá del
puesto de observación de la fragata. De vez en cuando, un caza de morro
chato pasaba cerca del puente, descargando globos cegadores de energía
encapsulada. La mayoría eran absorbidos por las singularidades, pero
algunos explotaban contra la nave con una fuerza tremenda, alterando la
señal de entrada del villip con líneas ondulantes de interferencias, o
suspendiéndola del todo.
—Con el debido respeto, comandante Malik Carr —dijo Tla—. No me
agrada tener que abandonar aliados…, aunque antes, y sin consultarlo, se
hayan adjudicado la tarea de rescatar a las infiltradas del Ejecutor Nom
Anor. Y lo que es más, no me gusta que nuestras fuerzas salten de un lado a
otro para evitar el enfrentamiento con el enemigo.
Harrar se colocó frente al villip emisor.
—¿Le preocupa que alguien juzgue sus actos como cobardes? —
preguntó a Nom Anor.
—No, no me preocupa, sabiendo que mis actos benefician a una causa
más importante.
Tla le miró con el ceño fruncido.
—Sus opiniones no importan aquí, Ejecutor.
El comandante Malik Carr contempló por un momento a Tla y se giró
hacia el villip de transmisión.
—¿Cedería usted el mando para apaciguar la preocupación del
comandante Tla, Ejecutor?
Nom Anor ridiculizó esa idea.
—Hasta yo sé que no se debe intercambiar una indignidad menor por
otra más grande.
Desde alguna parte fuera del campo visual, les habló el subordinado al
mando del puente de la fragata.
—Ejecutor, una nave enemiga ataca al dovin basal de la nave controlada
a distancia. De momento, el dovin basal no ha sido capaz de repeler el
ataque. Actúa como si estuviera aturdido.
—Muéstranos esa nave —ordenó Nom Anor.
El villip de recepción de la nave de Harrar mostró la imagen de una
nave de color gris blanquecino, con protuberantes mandíbulas y armamento
de extraordinario potencial.
El villip de Nom Anor miró al estratega.
—Tú has estudiado las imágenes villip de nuestras batallas previas con
el ejército de la Nueva República. ¿Reconoces esa nave?
El superior cerebro de Raff se puso a trabajar. Finalmente, asintió.
—Esa nave estuvo en Helska —anunció a los presentes del centro de
mando, así como a los que estaban a bordo de la fragata—. La recordaban
los satélites villip que dejó el prefecto Da’gara.
—En Helska —dijo Malik Carr, sorprendido—. ¿Jedi? —preguntó a
Nom Anor—. ¿Es posible que hayan adivinado tus intenciones?
Nom Anor negó firmemente con la cabeza.
—Es poco probable. Y si realmente son pilotos Jedi, estarán demasiado
ocupados confundiendo al dovin basal y venciendo en este insignificante
enfrentamiento como para darse cuenta de lo que están haciendo.
—Subordinado —continuó—. No hagas nada para proteger al dovin
basal. Si esa nave consigue destruirlo, ordenarás a los coralitas que se
comporten como si de repente hubiera cundido el caos.
El estratega Raff tomó la palabra.
—Me permito señalar que la destrucción del dovin basal hará que las
naves pequeñas que abordaron el crucero puedan volver a despegar…
—El dovin basal ha sido destruido —informó el subordinado.
La imagen del villip mostró ante los presentes en la nave de Harrar a la
nave enemiga apartándose de donde estaba la nave del dovin basal.
—Tres lanzaderas han salido del crucero —informó el subordinado a
Nom Anor—. Dos han desaparecido por detrás de la nave de pasajeros, en
dirección al planeta. La otra se dirige a nuestra posición actual.
—Creo que la Brigada de la Paz ha conseguido a Elan —dijo el
comandante Malik Carr sin inflexión en la voz, rompiendo el silencio que
cayó sobre el centro de mando—. Y sospecho que intentan traerla de vuelta
a casa.
—Su corbeta sigue firmemente anclada al crucero —replicó Nom Anor
—. Puede que sólo quieran que sea su santuario.
El comandante Tla no pudo ocultar su satisfacción.
—Sea discreto —dijo Harrar al fin—, pero mantenga a raya a esa nave.
—¿Y si la Sacerdotisa Elan se encuentra realmente en esa lanzadera? —
preguntó Malik Carr.
Harrar miró el villip de Nom Anor, que respondió por el Sacerdote.
—Elan sabrá qué hacer.
Droma seguía gritando cuando finalmente Han consiguió subir a la
cubierta, trepando por la cola del ryn, no sin esfuerzo, y se tumbó en el
suelo, jadeante y manteniéndose a distancia segura del borde del túnel de
descenso desactivado.
Droma se desplomó al suelo y comenzó a gatear de un lado a otro,
gimiendo de dolor.
Han recuperó el aliento y se acercó a él.
—Tiene que haber algo que pueda hacer para ayudarte.
—Sí —dijo Droma, mirándole con los ojos llenos de lágrimas—.
Aprende a caer con más suavidad. Aprende a caer mejor.
Han se sentó como pudo, con las manos reposando sobre las rodillas
flexionadas.
—Eso es fácil de decir para alguien con cola —dejó que pasara un
momento y sonrió—. Me has salvado el cuello, Droma. No lo olvidaré.
Droma soltó una risilla.
—No podía dejarte caer. Como tú dijiste, eres demasiado famoso para
morir.
—Más te vale creerlo —dándole una palmada en la espalda, Han le
ayudó a levantarse—. Vamos, quizá todavía estemos a tiempo de
alcanzarlos.
Droma resopló con exasperación.
—Nunca te rindes, ¿no?
Han le sonrió por encima del hombro.
—Gracias a ti tengo una segunda oportunidad.
—La próxima vez me lo pensaré dos veces —murmuró Droma.
Con el ryn cojeando tras él, Han recorrió el pasillo a grandes zancadas,
hacia la puerta del hangar. Pero incluso antes de llegar estaba claro que el
mecanismo de apertura había sido inutilizado por un certero disparo láser.
A pesar de ello, Han dio unos golpecitos al asa y se giró hacia Droma,
frunciendo el ceño.
—A Reck no se le escapa nada.
Volvieron por donde habían venido y giraron varias veces a la derecha,
hasta llegar a una puerta… que también había sido inutilizada por disparos
láser. Igual sucedió con todas las puertas que accedían al hangar desde esa
parte del Reina. Pero cuando dieron la vuelta completa y llegaron a la
primera puerta, el pasillo apestaba al astringente olor del plastiacero
derretido, y alguien estaba cortando un semicírculo perfecto en la superficie
de la puerta.
—Un cortacascos —dijo Han nervioso.
Droma y él se hicieron a un lado mientras el cortador continuaba con su
tarea. Momentos después, un disco enorme de aleación cayó al suelo con un
estruendo atronador, y rodó unos metros por el pasillo, girando como una
moneda antes de acabar asentándose en el suelo. Entre nubecillas de humo
blanco agitadas por la presión diferencial surgieron doce soldados de élite
de la Nueva República con cascos negros y uniformes de combate A/KT,
llevando rifles láser E-15A y lanzagranadas.
Han y Droma se ocultaron en un hueco de la pared mientras los
soldados avanzaban en tromba por el pasillo, aparentemente ignorantes del
hecho de que la mayoría de los miembros de la Brigada de la Paz ya habían
abandonado la nave. Han señaló a Droma la abertura circular de la puerta.
En el espacioso hangar presurizado estaba la aerodinámica nave de asalto
en la que habían llegado los soldados, además de dos Ala-X.
Uno de los pilotos de los cazas salía de la cabina cuando Han se le
acercó corriendo y le preguntó si había visto alguna nave saliendo del
hangar.
El piloto se quitó el casco y se apartó la larga melena de la cara.
—Creo que han salido tres lanzaderas, pero yo no he visto ninguna —el
piloto miró a Han y a Droma con desconfianza—. ¿Quiénes sois vosotros?
Han estaba pensando qué nombre darle para poder ponerse al mando de
una nave, cuando otro transporte atravesó el campo de fuerza transparente
del hangar y se sometió al agarre de la gravedad artificial del crucero.
A Han le costó un momento aceptar que realmente se trataba del
Halcón.
Droma rió, burlón.
—Mira lo que se ha tragado el Reina.
Han se giró hacia él con las cejas arqueadas y la boca en forma de O.
—Oye, que estás hablando de mi nave.
Droma miró a Han, luego al Halcón y luego a Han otra vez.
—¿Tu nave?
Sin molestarse en explicárselo, Han se precipitó al hangar mientras el
Halcón se asentaba sobre sus enormes discos de aterrizaje. Estaba
esperando al final de la rampa de estribor cuando Luke, Mara y Leia
aparecieron. Tras ellos llegaron R2-D2 y C-3PO, que, al ver a Han, alzó los
brazos y casi se tropieza al acercarse a él.
—¡Gracias al creador, sigue usted vivo! —exclamó el androide—. ¡No
sé qué hubiera hecho si mis actos hubieran contribuido a su desaparición!
—se giró hacia su compañero—. Verás, Erredós, por muy en contra que
estén las posibilidades, siempre queda una posibilidad de vencerlas.
A Leia se le iluminó la cara. Intentó correr a los brazos de Han, pero él
la evitó con rudeza.
—¿Has visto alguna nave saliendo de aquí al llegar? —le preguntó él.
Ella negó con la cabeza.
—Nosotros…
—Leia, éste es Droma —dijo él rápidamente, arrastrando al ryn entre
ellos—. Droma, mi mujer, Leia.
Leia parpadeó.
—¿Droma? ¿Quién…?
—La corbeta —dijo Han a Luke—. ¿Se ha ido?
—No, Han…
—Reck debe de estar camino de la nave yuuzhan vong —dijo Han,
mirando fijamente a Droma.
—¿Reck? —preguntó Leia.
—La Brigada de la Paz —dijo Han, como si fuera una sola palabra—.
Han rescatado a las desertoras.
Luke le contempló con profundo interés.
—¿Desertoras?
Han se giró hacia él y hacia Mara, que tenía un aspecto delicado, y
apretó los puños al recordar lo que Elan había dicho sobre la enfermedad
propagada por los yuuzhan vong.
—No hay tiempo para explicaciones —dijo, corriendo rampa arriba.
Droma miró a Leia.
—Encantado de conocerte —dijo, y corrió también por la rampa,
arrastrando la cola rígida tras de sí.
Luke miró a Leia, atónito.
—Han, espera —comenzó a decir, pero Leia le puso una mano en el
brazo para impedirle que siguiera.
—No, Luke, déjalo —Leia miró a la rampa mientras Han y su
compinche desaparecían en el interior de la nave—. Necesita hacer esto.
***
Han se impulsó hasta la cabina delantera y cayó directamente en el
asiento del piloto. Ya estaba pulsando interruptores y palancas cuando entró
Droma.
—¿Conoces los YT-1300? —preguntó Han, mirando hacia atrás y con
ambas manos yendo de un lado a otro.
—Nuestra caravana desde el Sector Corporativo incluía varios 1300.
Pero no nos gustaba alardear de eso.
Han hizo una mueca y señaló el asiento del copiloto.
—Ponte el cinturón. De éste sí vale la pena alardear.
Droma sorteó los asientos traseros y se acomodó en la gigantesca silla a
la derecha de Han.
—Hay que ser una persona de dimensiones considerables para llenar
este asiento —dijo.
Han dejó de hacer lo que estaba haciendo y miró a Droma. Y por un
instante, tuvo una visión de Chewbacca. Sentado cuan largo era, el wookiee
tenía una sonrisa en la cara y las grandes patas colocadas detrás de la
cabeza despeinada. Su pelo color canela brillaba como recién lavado, y sus
dientes resplandecían. Se giró hacia Han y expresó su alegría con un agudo
aullido. Luego se rió a carcajadas que resonaron por toda la nave.
Han sintió una profunda calidez en el pecho y los ojos se le llenaron de
lágrimas. Tuvo que tragar saliva para poder hablar.
—Eso no lo dudes —murmuró, girándose hacia el ventanal.
Droma contempló la cabina mientras el Halcón se activaba y los
retropropulsores lo acercaban hacia la transparencia magnética del muelle,
y, más allá, al campo de estrellas.
—Pensé que me habías dicho que la gente que te rodeaba era rica.
Han soltó una risilla y señaló con un pulgar por encima del hombro.
—El tío de negro que has visto ahí es Luke Skywalker.
Droma se quedó impresionado.
—¿Skywalker, el Jedi?
—El mismo que viste y calza. Y mi mujer es Leia Organa.
Droma se rascó la cabeza.
—¿Así que tu nombre real es Han Organa?
—Solo —gruñó Han, molesto—. Han Solo —cuando vio que Droma se
le quedaba mirando como si nada, añadió—: ¿Me estás diciendo que no has
oído hablar de mí?
—Puede que sí —admitió Droma—, pero los ryn conocemos a tanta
gente.
Han dejó escapar un largo suspiro y se concentró en la tarea que tenía
por delante. El espacio local estaba ocupado por un frenesí de naves de
guerra y fuego cruzado, pero la batalla real tenía lugar bastante lejos del
crucero, allí donde el ovoide yuuzhan vong se defendía del brutal ataque de
los rayos láser y los torpedos de protones.
En el tiempo que Leia empleó en aterrizar el Halcón, la corbeta de la
Brigada de la Paz había conseguido separarse del Reina y ahora se
encontraba intercambiando disparos con cuatro Ala-X, mientras se dirigía
hacia el lado más alejado del mayor de los planetoides cercanos. Cerca de
ese planetoide, el portacruceros de la Nueva República flotaba como un
sable láser. Los cazas y los coralitas se enzarzaban igualados en tumultuosa
batalla.
—Activa el verificador de amigos y enemigos para que identifique a las
lanzaderas clase Martial de la flota de los Sistemas de Sienar —ordenó Han
a Droma mientras aumentaba la potencia de los motores del Halcón.
Droma encontró el verificador e inició la búsqueda.
—He encontrado uno —dijo casi de inmediato—. En dirección a la
nave yuuzhan vong.
Han apretó los labios. En el fragor de la batalla, los pilotos de la Nueva
República no habían reconocido a la lanzadera como enemigo.
—Ése es Reck —dijo.
—Jamás le alcanzaremos.
Han le miró de reojo.
—No te dejes engañar por la edad, colega.
Pese a la elevada presión del compensador de inercia, el repentino
aumento de velocidad del Halcón dejó pegado a Droma al respaldo del
asiento. Su estrafalaria gorra salió volando y los ojos se le abrieron como
platos por la sorpresa.
Dejó escapar un grito estridente.
—¡Madre mía, qué nave! ¡Qué maravilla!
Han se limitó a sonreír.
—Cuando recuperes el aliento, dime lo que haya sobre la lanzadera.
—Sigue acercándose a la nave enemiga —dijo Droma, emocionado.
—Vamos, rápido —apremió Han a su nave.
De repente, el sistema de comunicaciones se activó.
—Halcón Milenario, aquí el Thurse. Embajadora, creía que le había
dicho que se mantuviera al margen.
—La embajadora Organa Solo se encuentra actualmente a bordo del
Reina —dijo Han cogiendo el auricular de la consola.
—¿Eres tú, Han? Soy Mak Jorlen.
—¡Mak!
—¿Qué haces ahí, Han?
—Voy tras una lanzadera que contiene algo que quiere la Nueva
República. Mak, quizá necesite ayuda para volver en cuanto lo tenga.
—Afirmativo, Halcón Milenario. Y, Han, bienvenido otra vez a la
causa. Ahora sí que tenemos posibilidades de ganar.
Han sintió que Droma le miraba fijamente.
—Esto es cada vez más curioso —dijo Droma.
Han activó el controlador de tiro de autoseguimiento del láser cuádruple
de popa del Halcón, situó a la lanzadera en fuga dentro de la cuadrícula del
monitor y acercó la mano derecha al gatillo del mando.
Estaba a punto de disparar cuando, sin previo aviso, el Halcón pareció
hundirse en una anomalía gravitatoria. Han apenas tuvo tiempo de accionar
los propulsores para dar marcha atrás e impedir que su nave chocara contra
su presa de la peor forma posible.
De hecho, la lanzadera se había detenido bruscamente y flotaba a la
deriva en el espacio.
—Es como si hubiera chocado contra un campo repulsor —dijo Han
mientras hacía unos ajustes rápidos en los controles.
Droma asintió.
—Parece parada.
Cuando la distancia entre el Halcón y el transbordador se redujo hasta
sólo unos kilómetros, Han se quitó el cinturón y se puso en pie.
—Toma el mando —dijo a Droma—. Sitúa el Halcón a su costado.
Utiliza el rayo tractor si es necesario. Yo prepararé los ganchos de abordaje
de babor.
—¿Estás pensando en abordarlo? —soltó Droma, mirándole atónito—.
Los yuuzhan vong han de saber lo que contiene. ¿Y si esa nave nos ataca?
Han miró por el ventanal. A cierta distancia, iluminada por brillantes
explosiones esféricas, la fragata yuuzhan vong libraba una fragorosa batalla.
—Entonces tendré que actuar con rapidez —dijo Han, y salió
apresuradamente de la cabina.
***
En el puente de la fragata yuuzhan vong, Nom Anor estudiaba la
imagen aumentada del villip que mostraba a la lanzadera rechazada y
evidentemente dañada por el dovin basal. La misma nave enemiga que
había destruido al dovin basal auxiliar se había unido a la lanzadera a la
deriva, y los que hubieran subido a bordo, fueran o no Jedi, debían estar
intentando recuperar a la Sacerdotisa previamente rescatada por la Brigada
de la Paz.
Nom Anor encontró dificultades para centrarse en un único aspecto de
la batalla, mientras veía cómo diezmaban a los coralitas y acosaban la nave
personal del comandante Malik Carr. Pero tal y como había dejado muy
claro Harrar, no había nada más importante que la recaptura de Elan.
—Deje que la nave de la Nueva República siga al lado de la lanzadera
un poco más antes de comenzar la persecución —le dijo a su subalterno—.
Debe parecer creíble, pero sin llegar a alcanzarlos. Para entonces
prácticamente habrán exterminado a nuestros coralitas, y nuestro salto final
de esta farsa podrá parecer creíble.
Miró por el ventanal, hacia el caótico campo de batalla.
—Gloria a todos vosotros, guerreros —dijo en voz baja a los pilotos de
los coralitas.
***
Vestido con un traje de presión y armado con un rifle láser, Han flotó
por el tubo plegable de vapor que enlazaba magnéticamente el brazo de
babor del Halcón con el lado de estribor de la lanzadera. Utilizando los
garfios, Han se impulsó a sí mismo.
Se detuvo en la escotilla de la lanzadera para comunicarse con Droma
por el auricular del casco una última vez antes de entrar.
—¿Alguna respuesta?
—Ninguna —le dijo Droma una vez más—. Igual ha sufrido un impacto
sin que nos hayamos dado cuenta. Abróchate bien el traje.
—Ya, gracias —dijo Han.
Quitó el seguro de rifle, acercó una mano enguantada al tirador externo
de la escotilla y entró en la cámara de aire del transbordador. Cuando la
puerta se selló de nuevo, y el compartimento se recicló, alzó el rifle a la
altura de las caderas y pulsó el interruptor de apertura interno.
Nadie acudió a recibirlo a la puerta.
—Estoy dentro —dijo a Droma—. Presión, gravedad y atmósfera
operativas. Iré primero al compartimento de pasajeros.
Abrió la escotilla y se metió dentro. Una sustancia negra y granulosa,
que crujió bajo sus pies, cubría el suelo y casi todas las superficies
horizontales. Han se agachó para coger un poco entre los dedos
enguantados y lo acercó al visor del casco.
—Esto está lleno de una cosa negra —dijo por el intercomunicador—.
Como pequeñas cáscaras de nuez o algo así.
—¿Hay señales de Reck?
Han recorrió el pasillo y dio un respingo al llegar a la parte delantera.
Tres de los camaradas de Reck estaban desplomados sobre los asientos, con
los rostros terriblemente desfigurados y las camisas empapadas en sangre
que les brotaba de los ojos, los oídos y la nariz.
—¿Qué pasa? —preguntó Droma, nervioso, ante la breve exclamación
de Han.
—Tres muertos… No sé por qué causa. Parecen rupturas sanguíneas
masivas.
—¿Estás seguro de que la nave no se despresurizó?
—Aun así. Jamás he visto nada como esto —Han miró la puerta
delantera abierta—. Voy a la cabina.
En el interior encontró la misma sustancia negra, así como a Reck, Capo
y el que Han pensaba que era un yuuzhan vong, todos muertos e igualmente
desangrados. La caja que portaba el agente enemigo yacía abierta en el
suelo. Muy cerca se encontraba la repugnante criatura que había
aterrorizado al enmascarador ooglith de Elan.
—Reck está muerto —dijo Han al intercomunicador—. Están todos
muertos.
—¿Y las desertoras?
—Ni rastro. A menos que estén en la bodega.
Han miró una vez más a Reck.
—Vamos abajo —se dijo a sí mismo.
Atravesó el compartimento de pasajeros, hacia la bodega trasera, y abrió
la puerta.
—Las encontré —dijo a Droma, incluso antes de que la escotilla se
abriera del todo.
En un gran cuadrado de rejilla estaban Elan y Vergere, inconscientes,
pero sanas y salvas. En la bodega no parecía haber sustancia negra. Han
pasó el brazo por debajo de la cabeza de Elan y la incorporó suavemente.
Sus intensos ojos azules parpadearon antes de abrirse de par en par,
aterrados. Se agitó en brazos de Han, y sus movimientos repentinos hicieron
que Vergere también se estremeciera.
—¡Soy yo…, Han! —le dijo a través del altavoz interno del traje de
presión.
Elan comenzó a tranquilizarse.
—Nos drogaron —dijo ella, medio aturdida, y miró a su alrededor con
confusión—. ¿Dónde están? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué llevas un traje
espacial?
Él la ayudó a levantarse y la guió al compartimento de pasajeros. Sus
pies apenas habían rozado levemente la cosa negra cuando ella gritó y se
quedó petrificada.
—¡Bo’tous! —dijo ella, en lo que Han supuso era el idioma yuuzhan
vong—. ¡Un arma biológica! ¡Un agente sanguíneo aéreo!
—¿Esta cosa negra es… bo-lo que sea…?
Elan negó con la cabeza.
—Lo que estás viendo son los restos del bo’tous. Un residuo inofensivo
—señaló a los asientos delanteros—. Lo que les mató fue lo que inhalaron.
Vergere salió de la bodega y ahogó un grito.
—Están todos muertos menos vosotros dos —dijo Han.
Elan le miró completamente atónita.
—Pero ¿quién ha hecho esto?
—Eso me gustaría saber. ¿Es posible que la Brigada de la Paz llevara
consigo esa… cosa?
—Sí, es posible. Tenían un dovin basal y un desenmascarador. Puede
que también tuvieran bo’tous —miró a Han—. Quizá planeaban utilizarlo
contra los pasajeros del crucero.
—¿Y por qué no te afectó a ti?
—Al despegar del Reina del Imperio nos encerraron herméticamente en
el compartimento —se quedó mirando al vacío—. De todas formas, los
yuuzhan vong somos inmunes.
Han asintió, evasivo, y activó el intercomunicador.
—Droma, reúnete conmigo en el lateral de entrada. Las voy a llevar a
bordo.
—Más te vale darte prisa —respondió Droma rápidamente—. ¡La nave
de guerra viene derecha a por nosotros!
CAPÍTULO 26
L os misiles de la fragata yuuzhan vong golpeaban los escudos del
Halcón Milenario y explotaban por todas partes, mientras la nave se
dirigía a toda velocidad hacia el crucero aún inmóvil. Las baterías
principales del Thurse soltaban descargas de fuego azulado contra la
fragata, aunque no parecían hacer efecto.
—¿Me estás diciendo que recorrió toda esa distancia en un segundo? —
gritó Han a Droma mientras luchaba por estabilizar la nave.
—¡Eso es exactamente lo que te estoy diciendo! ¡Estaba allí, y un
segundo después la teníamos prácticamente encima!
Las manos de Han volaban por toda la consola.
—¡Apunta los deflectores traseros! Si no podemos dejarlos atrás, al
menos intentaremos permanecer enteros —miró por encima del hombro a
Elan y a Vergere—. ¡Poneos en el asiento de aceleración, en la bodega
delantera!
Droma esperó a que se marcharan para decir:
—Vergere no es de otra galaxia, Han. No sé cómo se llama esa especie,
pero la he visto antes.
Han le miró.
—¿Qué dices? ¿Es una impostora?
—No estoy seguro, pero esa pareja no tiene sentido.
—¿No te fías de ellas?
—¿Tú sí?
Han lo pensó un momento y negó con la cabeza.
—Hay algo que me escama. ¿Por qué iban a mandar los yuuzhan vong
una nave para apoyar a la Brigada de la Paz? Si sabían que Elan estaba en el
Reina, ellos mismos se habrían ocupado de su recuperación. Y otra cosa
más: en el supuesto de que ese arma biotecnológica yuuzhan vong se
escapara a bordo del transbordador, sigue sin estar claro por qué deceleró
repentinamente la nave.
—A menos que los yuuzhan vong la detuvieran a propósito.
Han apretó los labios.
—Es lo que creo. ¿Recuerdas que el compinche de Reck le dijo que la
corbeta estaba atrapada…, que no podían separarse del Reina?
Droma asintió.
—La corbeta sacó a la nave del hiperespacio, pero de repente no pudo
separarse de ella.
—Cosa que podría haber sucedido si los yuuzhan vong hubieran
programado al dovin basal de la corbeta para que se agarrara al Reina.
El Halcón fue sacudido por el impacto de un proyectil. Han y Droma se
estremecieron, pero había docenas más de misiles pasando a babor y
estribor.
—Me encantaría saber qué pasaría si dejamos de huir.
—Espero que no tengas demasiadas ganas —dijo Droma, preocupado.
Han gruñó.
—Ya me he enfrentado antes a naves yuuzhan vong. No suelen fallar
con tanta frecuencia. Es como si hicieran todo lo posible por convencernos
de que quieren recuperar lo suyo…
—Cuando lo que realmente quieren es que Elan y Vergere permanezcan
donde están.
Han se frotó la mandíbula.
—¿Y a qué viene esta estratagema?
—Algo que no se revela —dijo Droma—. La Reina del Aire y de la
Oscuridad.
Han hizo una mueca.
—Yo no creo en los juegos de cartas.
Droma se encogió de hombros.
—Cualquiera lo diría, viendo cómo juegas al sabacc.
Han se quedó callado un momento, cogió la mochila y sacó de ella la
pistola enfundada. Poniéndose en pie, se la abrochó a las caderas.
—Toma el control —dijo a Droma.
Se apresuró a la bodega delantera, donde Elan y Vergere se sentaban
una al lado de la otra, en el asiento de aceleración.
—¿No puedes dejar atrás a la nave de guerra? —preguntó Elan con un
tono que pretendía ser inocente.
—Puede que no —le dijo él—. Pero creo que tu gente se esforzará por
hacerme creer que sí.
Ella le dirigió una mirada interrogante.
—Digo que estoy empezando a creer que no quieren que vuelvas. Que
todo esto…: tu deserción, incluso esta batalla, es parte de un elaborado plan
de tus superiores.
—¿Y no te importa que tenga información importante para los Jedi? —
dijo ella con rudeza contenida.
Luchando contra la incertidumbre, Han paseó por la bodega.
—No sé lo que pensar —se detuvo de repente y miró a ambas—.
Supongo que podría llevaros al Reina y dejar que decida el Maestro Jedi
Skywalker.
—Sí —dijo Elan apresuradamente—. Es lo menos que puedes hacer.
Han la escuchó. Pero lo que le chocó fue la mirada de sorprendido
reconocimiento que asomó a los exóticos rasgos de Vergere.
—Tienes razón —dijo al fin—. Supongo que me estoy pasando de
suspicaz.
Se giró, como para dirigirse a la cabina, pero se detuvo y dijo:
—Esa criatura que atacó a tu enmascarador ooglith en el Reina…
¿responde sólo ante un cuidador yuuzhan vong u obedece a cualquiera?
—Sólo ante un yuuzhan vong —dijo Elan.
Han vio que ella se ponía rígida por un instante.
—Dijiste que los yuuzhan vong erais inmunes al arma biológica que se
esparció por el transbordador.
Con la cara constreñida por el odio, ella asintió.
Han sonrió.
—Te acabas de acordar de que el cuidador también estaba muerto en la
cabina. Un cuidador yuuzhan vong. Tú esparciste la sustancia por el
conducto de la bodega. Cuando la toxina se dispersó lo suficiente, saliste y
tiraste la caja del cuidador porque sabías que atraería mi atención. No te
drogaron. Eso era parte del numerito.
Han dejó de sonreír y ladeó la cabeza hacia el pasillo de estribor del
Halcón.
—¡Droma! Da la vuelta. Introduce una ruta hacia la nave yuuzhan vong.
Aunque ahogado por la distancia, se oyó el grito incrédulo de Droma.
—¿Qué?
—Ya me has oído. A menos que me equivoque, no abrirán fuego —sacó
la pistola láser y ordenó a Elan y Vergere que se levantaran del asiento—.
No pienso correr riesgos con vosotras dos.
—Estás cometiendo un error —dijo Elan.
—No sería la primera vez. Levántate y anda.
Les indicó que se dirigieran al pasillo de babor y las escoltó hacia popa,
hacia el ruidoso compartimento trasero del Halcón. Las cápsulas de
salvamento estaban situadas entre el suelo y los conductos de combustible
del rugiente núcleo de energía, a ambos lados de un túnel de acceso que en
su momento albergó un montacargas.
Los esferoides compactos de alta tecnología, a juego con el estatus del
Halcón como vehículo familiar, se lanzaban por unas escotillas situadas en
el vientre de la nave, mediante cargas explosivas separadoras, e incluían
prestaciones como asientos-g acolchados, un sofisticado paquete de
sensores, comunicaciones y control de vuelo; una boya de auxilio
automática, cohetes para maniobrar, un tren de aterrizaje, y suficientes
raciones alimenticias y equipo de supervivencia como para mantener a dos
o tres personas vivas durante un buen tiempo.
Han consideró la posibilidad de mantener encerradas a las falsas
desertoras en una de las naves, pero cambió rápidamente de idea. Por lo que
sabía, podían ser capaces de envenenar el Halcón tal y como lo habían
hecho con la lanzadera de Reck.
Se acercó a una de las cápsulas de estribor y dio un puñetazo al manillar
de apertura. Cuando la escotilla ancha y circular se abrió, Han les indicó
que entraran.
—Os volvéis a casa, señoritas, que es donde debéis estar.
Les hizo un gesto con la pistola, y Elan se encaramó ágilmente a la
nave. Vergere estaba a punto de hacerlo, cuando Elan la apartó de repente,
agarró a Han y tiró de él para meterlo en la esfera. Lo golpeó contra el
casco curvado y retrocedió hacia la escotilla aún abierta. En su boca se
dibujaba un rictus de venganza.
Han sacudió la cabeza para que sus ojos recuperaran la visión normal.
Alzó la pistola láser y apretó el gatillo, para darse cuenta de que estaba
descargada. Contemplando el objeto inútil, se quedó boquiabierto.
—Qué descuidado —dijo Elan mientras continuaba acercándose a la
escotilla—. Pero no te preocupes. Acabaré encantada con tus sufrimientos.
—¿Eh? —preguntó él, aturdido.
Ella esbozó una sonrisa maligna.
—Una exhalación para ti, y la que queda para los Jedi. Respira hondo,
Han.
Agazapada para saltar por la escotilla, Elan exhalo el aire por un tiempo
interminable. Después se volvió para saltar hacia la escotilla, pero el
Halcón, que estaba esquivando los disparos, giró bruscamente a estribor, y
la escotilla se cerró de repente. Han, de espaldas, se quedó sin respiración.
Al mismo tiempo, Elan saltó hacia la escotilla que se cerraba y rebotó en
ella.
Dominada por el terror, se puso en pie como pudo e intentó abrir la
escotilla desesperadamente. Dio puñetazos en los cristales con todas sus
fuerzas, propinó patadas expertas a la puerta y luego se tiró contra ella
repetidas veces, pero no se movió un ápice.
Aturdido y aún sin respiración, Han escuchó una voz que decía: «aire
envenenado», aunque no sabía con seguridad de quién era, o si sólo era un
pensamiento que acudió en respuesta a lo que había visto en la lanzadera.
Su mano se movió como si tuviera vida propia y cogió la herramienta de
supervivencia que llevaba sujeta al cinturón. Manipuló frenéticamente el
compartimiento del oxígeno comprimido y se las arregló para llevarse los
dos tubos a la boca y morder la pieza con forma de espátula para que
empezase a correr el oxígeno. Observó a Vergere por la escotilla de la nave,
pero no supo si intentaba abrir la puerta o asegurarla más aún.
Elan se apartó aterrada de la escotilla, con los labios fuertemente
apretados y la cara de color rojo oscuro. Miró a Han, intentó agarrarlo, pero
él se apartó y le puso la zancadilla. Cayó de bruces y le miró con odio desde
el suelo, maldiciéndole con cada célula de su cuerpo. Luego cogió aire.
Su cuerpo se puso rígido. Una tos repentina hizo que manara sangre de
su boca, ojos, orejas y nariz. Alzó la cabeza y gritó angustiada. Han se
apretó contra la pared y apartó la mirada, mientras seguía apretando con la
boca el respirador que le estaba salvando la vida. Empezó a ver puntitos y
pensó que se iba a desmayar. Entonces, los puntos comenzaron a caer y a ir
de un lado a otro de la nave.
El residuo negro de la tóxica exhalación de Elan comenzó a trepar por
Han, que se acercó tambaleante a la escotilla, dando puñetazos a la manilla
para que se abriera. Atontado, se acercó al intercomunicador de la nave,
pero no funcionaba, quizá debido a un proyectil yuuzhan vong que había
atravesado los debilitados escudos del Halcón. Se sacudió frenéticamente
las minúsculas formas de vida y aplastó unas cuantas a pisotones.
La herramienta de supervivencia empezó a emitir un sonido de alarma.
Se quedaba sin aire por momentos. Con los ojos desorbitados, dio
puñetazos en la escotilla acolchada y en el ventanuco. Estaba a punto de dar
su última bocanada cuando la escotilla se abrió de repente, y él saltó de
cabeza al suelo de la bodega.
Cogiendo aire, miró y vio a Droma sobre él.
—¿Qué te hizo venir hasta aquí? —preguntó Han entre jadeos.
—Una intuición —le dijo Droma.
Han señaló débilmente la nave.
—Los bichos…
Droma vio el cuerpo ensangrentado de Elan y se quedó petrificado.
Luego volvió a cerrar la entrada y empezó a matar con manos y pies a los
que habían conseguido escapar. Al cabo de un rato, los pocos que quedaban
comenzaron a morir, transformándose en copos frágiles como plumas.
Han se apoyó en la pared y se quitó el sudor de la frente.
—Ahora te debo dos.
—Te lo apuntaré en la cuenta —dijo Droma, jadeando.
Una explosión sacudió la nave y puso a Han en alerta.
—¿Dónde está Vergere?
Droma miró hacia el pasillo y negó con la cabeza.
—Vuelve a la cabina —dijo Han—. Yo la encontraré.
Otro potente ataque hizo que el Halcón se tambaleara, y la mascota de
Elan salió despedida por el pasillo de estribor, chocando con Han justo
cuando él se ponía en pie. La colisión hizo que él cayera justo en la
escotilla, pulsando la manilla de apertura. La puerta volvió a abrirse, y unas
pocas criaturillas salieron del interior y se abalanzaron hacia la camisa de
Han. Soltando un grito ansioso, él se las sacudió de encima y se giró hacia
Vergere, que se había colocado en medio de la bodega con los brazos
colgando a cada lado y las ancas preparadas para la acción.
—No hagas esto más difícil para ti —le advirtió Han.
Otro proyectil impactó contra la nave, provocando una enorme
sacudida. La voz de Droma aulló por los altavoces de la nave.
—¿Han, estás seguro de que no las quieren recuperar? ¡Están siendo
realmente convincentes!
Han se quedó mirando a Vergere y adoptó una postura de pelea.
—Van a tener que conformarse con la mitad —murmuró.
Vergere estiró la mano derecha, mostrando a Han un pequeño termo
que, obviamente, había cogido de la despensa. Lo apretó para vaciarlo, y de
repente se lo acercó al ojo derecho, como para succionar las rebosantes
lágrimas.
Han se abalanzó a por ella, pero Vergere ejecutó un ágil salto más allá
de su alcance, y luego otro que la depositó limpiamente dentro de la cápsula
de escape. Han se acercó a la nave, pero una maniobra evasiva de Droma
hizo que el Halcón se ladeara de nuevo. Han salió despedido más allá de la
cápsula, y cayó en medio del pasillo de babor. Cuando recuperó el
equilibrio y volvió a entrar en la bodega, Vergere ya estaba armando las
cargas de separador. Han metió la mano para alcanzarla, pero sus manos se
vieron rechazadas.
—Gracias, Han Solo, por darme la oportunidad de regresar con los míos
—le dijo ella. Sin previo aviso, le tiró el termo rellenado—. Asegúrate de
que esto llegue a los Jedi.
Pensativo, Han cogió el termo y lo tiró a un lado. Se abalanzó hacia la
escotilla, pero no llegó a tiempo. El sistema de alerta de lanzamiento de las
cápsulas empezó a sonar, y las sirenas se iluminaron en medio del
estruendo.
Han retrocedió rápidamente hacia la parte trasera de la bodega y se
apretó contra la cubierta, mientras la nave salía con un ruido sordo que hizo
que le dolieran los oídos.
—¡Maldición! —gritó, poniéndose en pie.
Corrió hacia la cabina y encontró a Droma en zigzagueante rumbo hacia
la fragata yuuzhan vong.
—¡Da la vuelta, da la vuelta! —exclamó Han, metiéndose en el asiento
del piloto.
—¡Decídete de una vez! —le respondió Droma.
Han tomó los mandos e hizo que el Halcón describiera un giro
ascendente, con la esperanza de poder ver la cápsula de salvamento en la
curva de descenso. Por un momento tuvo la esfera en la retícula de la nave,
pero la perdió justo cuando un misil yuuzhan vong pasó rozando el Halcón.
El llameante proyectil pareció prenderse a la cápsula de salvamento
como un depredador ávido por el olor de la sangre. Una explosión cegadora
obligó a Han a apartar la mirada, y cuando volvió a mirar, la cápsula ya no
estaba. Pero un segundo después creyó verla por el rabillo del ojo,
precipitándose hacia la cara no iluminada de un planetoide lleno de cráteres.
Pero también era posible que el dovin basal de la fragata la hubiera atrapado
ya, llevándola a bordo.
Una voz nerviosa emanó de la consola de comunicaciones.
—¿Han, qué diantres estás haciendo? Pensé que querías que te
cubriéramos.
—¡Lo queremos, lo queremos! —dijo Han a Mak Jorlen—. ¡Adelante,
Droma!
El Halcón se ladeó, esquivó con un giro una ráfaga de proyectiles y se
dirigió rápidamente al Thurse. Con el camino despejado, el portacruceros
abrió fuego con todas las baterías, y cogió por sorpresa a la nave yuuzhan
vong con los cañones de iones y los disparos de turboláser. Los pocos
coralitas que quedaban aptos para la batalla se lanzaron hacia el Thurse en
un ataque suicida, pero fueron pulverizados al instante. Sin defensas, la
fragata abandonó la persecución del Halcón. Después, en la retirada, realizó
un abrupto salto a la velocidad luz.
Han estabilizó la nave y Droma deceleró. El ryn y él se desplomaron en
sus asientos, como si alguien los desinflara de repente.
—¿Ha terminado ya? —preguntó Droma al cabo de un rato.
Han asintió.
—De momento sí.
Droma miró a Han y soltó una risilla.
—Me ha dado la impresión de que llevas haciendo esto toda la vida.
Han se enderezó en la silla y le dedicó una sonrisa pícara.
—¿Y qué te hace pensar que no?
CAPÍTULO 27
U na docena de nerviosos seres de todas las especies se hallaban
sentados en una larga mesa de una sala de seguridad sin ventanas,
lejos del frenético ritmo de Coruscant, en lo profundo de una grieta vertical
de la ciudad-planeta coloquialmente conocida como el Abismo. La estancia
se encontraba en el corazón de los cuarteles subterráneos del Servicio de
Inteligencia de la Nueva República, y sólo las altas esferas tenían acceso a
ella. La planta de enormes hojas que adornaba un rincón de la cámara
parecía un oasis en ese reino estéril de iluminación artificial y luz de sol
obtenida mediante conductos y espejos, así que le habían dado el nombre de
Espejismo.
Las diversas conversaciones se vieron bruscamente interrumpidas
cuando un tono autoritario resonó desde la puerta, y el director Dif Scaur
entró en la sala dando zancadas, con un fajo de duraláminas e impresiones
ópticas bajo el brazo y un androide de protocolo modificado, color gris
oscuro, pisándole los talones. Todo el mundo se puso en pie cuando llegó a
la cabecera de la mesa, pero el obvio intento de deferencia sólo consiguió
empeorar su expresión, e indicó a todos que tomaran asiento. Scaur,
exalmirante de la Cuarta Flota, era alto y de apariencia sombría, con los
ojos de un azul acuoso y una nariz pronunciada.
—Llevo toda la mañana reunido con personal de mando del Ejército —
empezó a decir en tono arisco—. Y el Consejo espera un informe completo
a última hora de la tarde. Así que cuanto antes terminemos con esto, mejor.
Scaur miró enfadado a su directora delegada de operaciones.
—Coronel Kalenda, ya que lleva usted metida en este fiasco desde el
principio, me gustaría que empezara por decirme qué partes del informe de
Han Solo se pueden considerar hechos y qué partes pueden ignorarse y
achacarse a un caso obvio de aturdimiento espacial. Francamente, para
empezar no consigo comprender ni cómo acabaron las desertoras en su
manos.
Belindi Kalenda se estremeció en su silla.
—Señor, cuando el mayor Showolter y su equipo de apoyo fueron
emboscados por la Brigada de la Paz, Showolter y las desertoras fueron en
busca de los refuerzos que sabían que estaban en el Reina del Imperio.
Cuando el mayor encontró a Han Solo, creyó que formaba parte de la
operación…
—¿Y cuándo ha trabajado Han Solo para esta agencia?
Kalenda se aclaró la garganta.
—Bueno, señor, yo contraté sus servicios durante la crisis de la Estación
Centralia.
Scaur le miró iracundo.
—Eso fue hace siete años, coronel.
Kalenda sostuvo su mirada.
—El mayor Showolter estaba en muy mal estado, señor.
La expresión del director se suavizó.
—¿Qué tal se encuentra?
—Tiene una quemadura grave en la parte superior del pecho, pero se
está recuperando.
Scaur asintió y miró a los presentes.
—Mis condolencias a todos los aquí presentes que trabajaron con Jode
Tee y Saiga Bre’lya, o con el doctor Yintal de la Flota Intel. Sus muertes y
las muertes de los agentes de respaldo de Showolter, que al parecer fueron
torturados para revelar la contraseña, sólo añaden tragedia a esta calamidad.
—Se volvió una vez más hacia Kalenda—. Así que las desertoras pasaron a
ser propiedad de Han Solo, que entonces procedió a entregarlas a la Brigada
de la Paz.
—La Brigada de la Paz tenía un modo de identificar a la llamada Elan.
La llevaron a ella y a su compañera, Vergere, a su nave, y cuando
intentaban llegar a la nave yuuzhan vong, la tripulación entera fue
aparentemente envenenada por Elan.
—Por las exhalaciones de Elan, supongo.
—Sí, señor. Solo las rescató a las dos, pero entonces se dio cuenta de
que ambas formaban parte de un intrincado plan para asesinar a todos los
Jedi posibles. Como saben, habían solicitado reunirse con los Jedi para
proporcionarles detalles sobre una enfermedad propagada por agentes
yuuzhan vong. Hemos llegado a la conclusión de que Elan probablemente
se refería a una dolencia molecular que el año pasado acabó con más de
cien vidas…, pero aún queda por saber qué tienen que ver los Jedi con esa
enfermedad.
»En cualquier caso, Solo consideró que esa oferta era parte de su plan, y
se disponía a expulsar a las desertoras de su nave cuando él mismo fue
víctima de Elan…, de las exhalaciones de Elan, señor.
Scaur se la quedó mirando un buen rato antes de contestar.
—¿Y en qué se basó Solo para determinar que eran asesinas, en lugar de
refugiadas políticas?
—Como ya le he dicho, señor, Solo se dio cuenta de que Elan había
matado a los miembros de la Brigada de la Paz para impedir que la
devolvieran con los yuuzhan vong. Las muestras de residuo que tomamos
en la lanzadera coinciden con las del que se encontró en la nave de Solo. Se
ha realizado autopsias de los hombres, incluido un agente yuuzhan vong
que han revelado que murieron de forma hemorrágica, inducida por una
toxina urticante inhalada, un agente sanguíneo de tipo desconocido.
Scaur cogió el informe de Solo de entre los documentos que había
llevado consigo, lo contempló y tamborileó con los dedos sobre él.
—Solo afirma que lo que ustedes denominan residuo estaba vivo en
algún momento. Describe a la criatura como una especie de insectos que
aparecieron salidos de la nada.
Kalenda apretó los labios.
—Señor, no voy a intentar comprender la naturaleza de la toxina o la
mecánica de su dispersión. Yo sólo sé que la intención era asesinar a Han
Solo.
—Y en lugar de eso, fue la propia Elan la que sucumbió a la toxina.
—Presumiblemente. Dentro de una cápsula de salvamento, en la que la
compañera de Elan aprovechó a su vez para escapar.
—¿Se sabe lo que ocurrió con la cápsula?
—Todavía no. Hemos investigado el planetoide, pero no hemos
encontrado nada. Es posible que la nave aún siga allí, en alguna parte,
alojada en un grieta o cueva; pero también podría haber sido recuperada por
la fragata enemiga o destruida durante el fuego cruzado entre la fragata y el
portacruceros Thurse.
—Sigo sin entender por qué tomó Solo la decisión de devolverlas —
gruñó Scaur—. No, olvídenlo. Conociendo a Solo como le conozco, esos
actos son coherentes con su carácter impulsivo.
—En defensa de las acciones de Solo, señor, diré que estaba siendo
perseguido por una nave enemiga.
—Sí, pero era obvio que el enemigo no quería recuperar a las
desertoras.
—Estaba convencido de que Elan había asesinado una vez y de que
volvería a hacerlo, puede que hasta matarlo a él para proteger su secreto,
cosa que, de hecho, intentó hacer. De haber muerto Solo y regresado Elan a
nuestro seno, quién sabe lo que habría llegado a hacer. Además, señor, esta
deserción despertó dudas desde el principio. El comandante del crucero
Soothfast puede atestiguarlo.
Scaur asintió, mirando a Kalenda.
—Seguro, coronel. Supongamos por un momento que las acciones de
Solo estuvieran justificadas; eso significa que habría que reevaluar los
éxitos de la Nueva República en el Sector Meridian, por no mencionar la
victoria de Ord Mantell —negó con la cabeza con arrepentimiento—.
Tendríamos que haber permitido que el Servicio de Inteligencia del Ejército
se ocupara de la situación. ¿Se dan cuenta de la posición en la que nos ha
dejado?
—¿Señor? —preguntó Kalenda.
—El personal de mando está convencido de que hemos hecho mal el
trabajo. Por mucha amenaza que supusiera Elan, podría haberse conseguido
mucho de tenerla como prisionera. Y lo que es más, al parecer alguien con
acceso a información de alto secreto informó a la Brigada de la Paz de los
planes para trasladar a Elan a Coruscant.
Scaur cogió otro documento en duralámina del montón y lo miró.
—Seis miembros del ejército, catorce oficiales internos, la media
docena de senadores que componen el Consejo de Seguridad e
Inteligencia… Alguno de ellos filtró la información… directamente a la
Brigada de la Paz o mediante un intermediario. —Miró alrededor de la
mesa—. ¿Cuál de estos individuos pudo filtrar algo de tal magnitud?
—Todos ellos tenían acceso a la misma información —dijo Kalenda—,
pero fuera quien fuera, no sólo se puso en contacto con la Brigada de la Paz,
sino que también consiguió infiltrarse en nuestra red e interrumpir la
vigilancia del grupo. Se está analizando esa infiltración.
—Todo eso está muy bien —comentó Scaur—, pero la pregunta que hay
que hacerse es si tenemos un traidor o un topo entre nosotros. ¿Un agente
enemigo?
—¿Alguien con un enmascarador ooglith? —preguntó un oficial mon
calamari desde el otro extremo de la mesa.
—No necesariamente. Los yuuzhan vong debieron de comprar los
servicios de la Brigada de la Paz, y eso es también aplicable a quien les
pasó la información. Podría haber miembros del Gobierno de la Nueva
República trabajando con el enemigo.
—Pero devolver a Elan a los yuuzhan vong iba contra su plan —señaló
el director delegado de Inteligencia bothano.
Scaur se mordió el labio inferior.
—Es posible que nuestro traidor no estuviera al tanto del plan, sólo de
la deserción. Nuestra aparente victoria en Ord Mantell convenció al traidor
de que Elan necesitaba ser rescatada antes de que se provocara más daño.
—Quizá fuera alguien tanteando —musitó Kalenda—. Alguien que
quería tratar con la Brigada de la Paz sin tener contacto con los yuuzhan
vong.
—Quizá la Brigada de la Paz tuviera algo que ver con el traidor —
sugirió un oficial humano—. Y el traidor sólo pretendía saldar una deuda.
Scaur apoyó los codos en la mesa.
—¿Hemos obtenido algo de los miembros de la Brigada de la Paz
capturados?
—Dos de los trece prisioneros mantienen que la única persona que tuvo
contacto con el traidor fue Reck Desh, que murió a bordo de la lanzadera de
la Brigada de la Paz. Afirman que el primer contacto fue por
intercomunicador, y que la única reunión que celebró Desh con él tuvo
lugar en Kuat, donde, al parecer, se vio con una telbun.
Scaur hizo una mueca.
—¿Una telbun?
—La telbun pudo ser una intermediaria de la persona que realmente
buscamos —dijo Kalenda.
Scaur soltó una risa burlona.
—O sea, me están diciendo que no tenemos nada.
Kalenda asintió.
—Reck Desh se llevó el secreto a la tumba gracias a Elan.
***
En las torres de Coruscant, aunque a una altura menor que la de las
agujas de los rascacielos, los obeliscos y las torres del núcleo que
desafiaban la perspectiva y aturdían a la mente, el Jedi mon calamari
Cilghal, el curandero ithoriano Tomla El y el médico ho’din Ism Oolos
esperaban expectantes a que el técnico MD-1 completara el análisis de las
lágrimas que, al parecer, Vergere había derramado en un termo en el Halcón
Milenario.
Al rato, el androide vagamente humano proyectó los resultados de la
composición química del líquido en un holograma animado, así como su
interacción con las células extraídas del interior de la mejilla de Mara Jade
Skywalker.
—La estructura química refleja lo que pueden hacer las lágrimas —dijo
Tomla El, inclinándose hacia delante sobre los enormes puntales que eran
sus pies—. Pero no hay forma de determinar si realmente es una
característica de la especie de Vergere.
—Sí, pero mirad esto —dijo Oolos, nervioso y señalando al holograma
interactivo—. Mirad cómo es absorbida la sustancia por las células, casi
como si fueran esponjas. ¡Y mirad cómo reacciona la célula! ¡Cómo una
infusión de nutrientes!
Oolos, más alto que un wookiee, pero sumamente delgado, tenía una
boca enorme sin labios y una corona de trenzas brillantes de color rojo y
violeta. Al igual que Tomla El, llevaba un largo abrigo blanco que
distinguía a los dos de Cilghal, cuya túnica y pantalones caseros eran del
color de la arena del desierto.
—A mí esto me anima —dijo Oolos a los otros dos ocupantes del
laboratorio—. Venid a verlo por vosotros mismos.
Luke y Mara se acercaron cogidos de la mano a las proyecciones
holográficas del androide y fingieron contemplarlas con la misma
cautivación científica que el ithoriano y el ho’din. Luke se dio cuenta de
que uno de los ojos saltones de Cilghal estaba más pendiente de Mara que
del monitor.
Tomla El giró su sinuosa cabeza hacia Luke y dijo con sus dos bocas:
—A mí me inquieta.
Todos esperaron a que continuara.
—La Sacerdotisa Elan era un arma enviada por los yuuzhan vong para
asesinar a los Jedi. ¿Por qué íbamos a creer que Vergere no era una
cómplice, igualmente implicada? Es evidente que Han Solo lo creyó así, o
no se habría esforzado por devolverla al enemigo.
—Han no sabía qué pensar de Vergere —dijo Cilghal, respondiendo a
Luke.
—¿Y por qué iba Elan a albergar una toxina letal, mientras su familiar
portaba el antídoto de la enfermedad de Mara?
—Puede que Vergere no fuera lo que parecía ser —dijo Luke—. Ni
siquiera ante Elan. —Hizo una pausa—. Han admite que estuvo tentado a
destruir el termo, hasta que pensó en lo que Vergere le dijo antes de huir en
la cápsula de salvamento. Le dio las gracias por darle la posibilidad de
volver con los suyos.
—Naturalmente —dijo Tomla El, en una especie de voz en estéreo—.
Los yuuzhan vong.
—Pero Han dijo que Vergere había reaccionado al oír mi nombre. Y
Droma afirmó que había visto antes a un miembro de la especie de Vergere
en el Sector Corporativo.
—Eso no significa gran cosa —replicó Tomla El—. Los primeros
agentes yuuzhan vong que se infiltraron en nuestra galaxia lo hicieron hace
cincuenta años. Puede que la especie de Vergere sea un derivado
extragaláctico de los yuuzhan vong.
—Tomla El tiene razón en una cosa —dijo Oolos, apartándose del
holograma—. No podemos estar seguros de que este supuesto regalo no
forme parte de un plan para inspirarnos una falsa confianza y de paso hacer
más daño a Mara.
Todas las miradas se posaron sobre ella. Aunque en las últimas semanas
se había debilitado mucho, seguía teniendo una actitud determinada y
desafiante.
—Encuentro muy difícil de creer que los yuuzhan vong se tomen tantas
molestias para matar a una Jedi, es decir, a mí, cuando lo que realmente
buscaba Elan era matarnos a todos.
Oolos dijo al androide MD que desactivara los hologramas. Y se sumió
por un momento en sus pensamientos.
—Debemos proceder con cautela —contempló el termo—. Ni siquiera
sabemos si este líquido se inyecta, se ingiere o se aplica.
—Tenemos una pista —dijo Luke—. Vergere utilizó sus lágrimas para
arreglar una herida de láser sufrida por un oficial de Inteligencia a bordo del
Reina del Imperio. Ella las aplicó a mano.
—Por vía tópica —aclaró Oolos.
Cilghal le miró con un ojo.
—Pero la enfermedad de Mara no es tópica, es sistémica.
De repente, Luke atrajo el termo hacia su mano mediante la Fuerza. Lo
invirtió y se lo llevó a la boca, dispuesto a echarse una gota en la lengua.
Pero Mara se lo quitó sin dudarlo y se echó unas cuantas gotas en la boca
antes de que Luke pudiera detenerla.
—¡Mara! —gritaron Oolos y Tomla El al unísono.
Pero Mara estaba bien. Cogió aire con fuerza y abrió los ojos.
—Oh, Luke —dijo asombrada—. No puedo explicar exactamente cómo
me siento, pero es como beber agua al cabo de días de no hacerlo. —Se
miró las manos, primero las palmas y luego el dorso, y se tocó la cara—.
Siento un cosquilleo en la cara y las manos.
Suavemente, Luke le quitó el termo y se puso una gota en la lengua.
—Yo no siento nada —dijo al cabo de un momento.
Mara volvió a coger el termo y lo apretó contra su pecho.
—Tú no tienes por qué sentir nada.
Luke miró a su mujer a los ojos.
—Mara, hay otra cosa que quiero que sepas. Showolter dijo que el
efecto curativo era temporal. Vergere se lo contó a él cuando acudió en su
ayuda. Él ya estaba medio inconsciente cuando encontró a Han.
—Eso no significa que en mí funcione así —dijo Mara firmemente—.
Además, en este punto, me conformo con lo temporal. —Se obligó a
respirar y cogió a Luke de la mano—. Tienes que dejarme hacer esto, Luke.
Sé que Cilghal y tú habéis intentando sanarme usando la Fuerza, y sé que
no os lo he facilitado al encerrarme en mí misma, pero esta enfermedad ha
formado parte de mí desde hace cosa de un año. Ha sido mi reto personal, y
yo he luchado contra ella de todas las formas posibles. Pero me está
ganando, Luke. Está ganando.
Alzó el termo a la altura de los ojos.
—Si esto empeora las cosas, tendré que luchar con más fuerza. Pero
todo mi interior me dice que no pasará. ¿Lo entiendes?
—Permite al menos que te hagamos un seguimiento —le aconsejó
Tomla El—. Y si algo comienza a ir mal, podríamos tomar algunas
medidas.
—No —dijo Luke, mirando a Mara fijamente—. Lo haremos a su
manera.
Ella le apretó la mano, se acercó a una mesa y derramó con cuidado
unas gotas en su mano derecha. Pero antes de que pudiera llevarse el
líquido transparente a los labios o a la cara, se desvaneció.
—Mi mano lo ha absorbido —dijo ella atónita, mostrando la palma de
la mano.
Oolos se acercó, mirándola desde su impresionante altura.
—Mara, al menos dinos cómo te sientes.
Ella tartamudeó.
—No estoy segura. Me siento aturdida, mareada. De repente es todo tan
luminoso… —dio un respingo—. ¡Está activando algo en mi interior!
Puedo…
A Mara comenzaron a temblarle los brazos y las piernas. Echó la cabeza
hacia atrás, como si estuviera luchando por respirar. Y hubiera caído al
suelo si Luke no hubiera acudido a su lado.
—Rápido, Luke, llévala a la mesa —dijo Oolos.
Luke la llevó a la mesa de diagnóstico y la depositó en ella. Con los
ojos fuertemente cerrados, Mara gruñó y se abrazó a sí misma mientras
sufría espasmos.
—Tendremos los resultados en un momento —dijo Tomla El desde la
consola de control de la mesa.
Luke no apartaba los ojos de Mara.
—Mara —susurró Luke cerca de su oído—. Mara…
Ella gruñó una vez más y se estremeció, mirando a Luke con ojos como
platos.
—No sé —dijo ella, en un susurro ronco—. No puedo explicar lo que
siento. ¿He tomado la decisión equivocada, mi amor? —su expresión se
volvió implorante—. Mírame, Luke. Mírame…
Su voz se desvaneció y se sumió en un estado de semi-inconsciencia.
Luke buscó apoyo en las miradas de Cilghal, Tomla El y Oolos, pero no lo
encontró. Volvió a mirar a Mara y la buscó en la Fuerza.
Al hacerlo, los espasmos que ella tenía en las extremidades comenzaron
a ceder, y toda su apariencia comenzó a cambiar. Su rostro se relajó y
rodaron lágrimas de sus ojos. Luke sintió cómo le subía la temperatura de la
cara, y sus ojos se humedecieron de alivio y de alegría contenida.
Mara parpadeó antes de abrir los ojos y sonrió débilmente.
—Creo que está funcionando —dijo suavemente, humedeciéndose los
labios con la lengua. Cerró los ojos una vez más, como regocijándose en lo
que experimentaba—. Puedo sentirlo en mi interior. Es como si cada célula
de mi cuerpo estuviera bañándose en luz —buscó a tientas la mano de Luke
y se la llevó al pecho—. Creo que me estoy curando, Luke. Sé que me estoy
curando.
—Oh, Mara —dijo Cilghal con lágrimas en los ojos, acercándose a la
mesa para poner una de sus manos membranosas en el hombro de ella.
Luke vio las miradas escépticas que intercambiaban Tomla El y Oolos,
pero no dijo nada. En lugar, de eso, volvió a mirar a Mara a través de la
Fuerza y la encontró resplandeciente.
Una sonrisa de absoluta satisfacción se dibujó en su rostro. Pasó un
brazo por debajo de los hombros de su mujer y la alzó cuidadosamente, lo
justo para abrazarla. Ella le rodeó el cuello con los brazos y se colgó de él,
llorando con calma y alegría.
—Ya tenemos nuestra victoria —susurró Luke.
CAPÍTULO 28
L eia corrió desde la entrada principal del apartamento al balcón de la
galería. Pero aunque estaba muy ansiosa por dar a Han y Anakin las
buenas noticias sobre Mara, se aguantó las ganas de interrumpir su
conversación.
—Hay una cosa que sigo sin entender —estaba diciendo Han—. Cómo
pude saber que el aliento de Elan era letal. Fue como una voz en mi interior
avisándome. Y entonces cogí la herramienta multiusos.
Han contemplaba el desfiladero de la ciudad con un pie apoyado en la
barandilla y la herramienta de supervivencia en la mano derecha. A sus pies
descansaba su mochila. Al ver que pasaba un rato y Anakin no respondía,
Han se giró hacia él y soltó una risilla.
—Gracias.
La mirada triste de Anakin se revistió de perplejidad.
—¿Por qué, papá?
—Por no decirme que lo que oí fue a Chewie a través de la Fuerza.
Anakin sonrió.
—Ni se me ocurriría decirte algo así.
Han alzó el dedo índice.
—Y ni se te ocurra decírselo a tu tío. Lo único que me falta es que Luke
sepa que oigo voces. Esto se queda entre tú y yo, ¿entendido? —se giró
ligeramente en la dirección de Leia—. No te ofendas, cariño.
Leia le ofreció una sonrisa claramente simulada.
—A palabras necias, oídos sordos, cariño.
Han asintió con expresión arrogante, se levantó y se acercó a Anakin.
—Sólo quiero darte las gracias por aparecer aquel día en la nave de Roa
—le ofreció la herramienta de supervivencia—. Si no hubiera sido por
esto… Bueno, ya lo sabes.
—Da las gracias a Chewie —dijo Anakin—. La hizo él.
Han negó con la cabeza.
—Ya he dado las gracias a Chewie. Esto es algo entre tú y yo —cogió a
Anakin por los hombros y le dio un fuerte abrazo.
Leia pensó que le iba a dar un ataque de ternura. Se tapó la boca con la
mano mientras intentaba no llorar.
Han apartó a Anakin, pero mantuvo las manos en los hombros de su
hijo.
—Siento lo que dije y cómo me he comportado desde la muerte de
Chewie, Anakin. En Sernpidal hicimos todo lo que pudimos, y Chewie lo
sabía. Ambos sabemos quién fue el responsable de su muerte, pero no
quiero que hagas ninguna tontería por venganza, ¿entiendes? Jacen, Jaina y
tú sois más importantes para mí de lo que podrías imaginar.
Anakin asintió y casi sonrió. Han y él se abrazaron de nuevo.
—Me tengo que ir —dijo Anakin al cabo de un rato—. El tío Luke me
espera en Yavin 4.
—Una cosa antes de que te vayas —dijo Leia, sonriendo—. El regalo de
Vergere parece haber funcionado —miró a Han—. Acabo de saber por Luke
que Mara se encuentra mejor de lo que se ha encontrado en meses. No sé lo
que contendrán esas lágrimas, pero le están haciendo efecto, y Oolos y
Tomla El esperan que Mara se cure del todo en pocas semanas.
Los tres se fundieron en un breve abrazo de alegría, que Anakin
interrumpió.
—Primero los yuuzhan vong envenenan a Mara, y luego nos envían un
asesino —dijo amargamente—. Recordaré lo que me has dicho sobre la
venganza, papá, pero están convirtiendo esta guerra en algo personal.
Leia le contempló con recelo en la mirada, y dio a Anakin otro abrazo y
un beso en la mejilla.
—Cuídate.
—Oye, chaval —gritó a Anakin cuando éste se dirigía al puente elevado
—. ¿Es posible que Lowbacca esté tan ocupado con asuntos Jedi que Waroo
y él se hayan olvidado de eso de la deuda de vida?
—No, desde la última vez que hablé con él.
—Maldición —murmuró Han—. Supongo que tendré que solucionar
eso tarde o temprano —miró a Leia y sonrió—. Así que al final Vergere era
de los buenos. —Negó con la cabeza, incrédulo—. Es curioso cómo han
salido las cosas. Vas buscando una cosa y te encuentras con otra
completamente distinta. Si no supiera que no, diría que fue la Fuerza en
acción.
Leia guardó silencio.
Han entrecerró los ojos y asintió.
—Los wookiees tienen una expresión que dice que la verdadera presa
de toda cacería es lo inesperado. Pero supongo que uno tiende a olvidarlo
cuando se lleva un tiempo fuera de juego.
Leia notó algo distinto y preocupante en su tono. Señaló la mochila.
—No has soltado eso desde que volviste —dijo ella en el tono más
casual que pudo—. ¿Vas a deshacer las maletas o piensas disecarla y
ponerla en el salón?
Han cogió la mochila.
—No tiene sentido deshacerla todavía.
Leia cruzó los brazos bajo el pecho.
—Debería haberlo supuesto. Entonces no te vas a quedar en casa.
—Últimamente he pasado demasiado tiempo en casa —él le dedicó una
sonrisa—. Pensé que estarías harta de verme siempre aquí.
Leia no se movió.
—No intentes darle la vuelta a las cosas, Han.
Él se señaló con el dedo.
—¿Quién le da la vuelta a las cosas? Yo sólo digo que aún tengo un par
de cosas pendientes.
—Como cuáles?
—Como encontrar a Roa, para empezar. Y ayudar a Droma a encontrar
a su clan. Él me salvó la vida, ¿sabes…? Dos veces.
Leia sonrió sardónica, mirando al cielo.
—No me digas ahora que tienes una deuda de vida con Droma. Eso es
demasiado, Han…, incluso para ti.
Él frunció el ceño.
—No pensarás que voy a olvidarme de Roa o que voy a dejar colgado a
Droma.
Ella dio un paso hacia él.
—¿Tienen algún refrán los wookiees que tenga que ver con correr
riesgos innecesarios? Hace un momento estaba aquí escuchando cómo
advertías a Anakin de que tuviera cuidado con hacer tonterías, y ahora me
dices que sales en busca de Roa y del clan extraviado de Droma. Decide ya
por cuál de las dos cosas te inclinas, Han.
—¿Qué tienen de malo las dos cosas?
Leia sonrió.
—Recaída completa. Saluda a tu antiguo ser, Han.
—De recaída nada. Soy el mismo con el que te casaste, cariño. Además,
mira quién habla. Mientras yo estaba aquí tirado, tú estabas en Dantooine,
en el Remanente Imperial, en todas partes, corriendo exactamente los
mismos riesgos.
—¿Me estás diciendo que si yo renuncio a ayudar a los refugiados, tú
renunciarás a tus tonteos con el pasado?
—¿Mis tonteos? —dijo él—. ¿Y cómo llamas a lo que haces tú?
Leia empezó a decir algo, pero cambió de opinión y volvió a empezar.
—La Nueva República pasa por un mal momento, Han. Me vendría
bien tu ayuda.
Él alzó las manos.
—Ya he oído eso antes.
—Y casi siempre has hecho caso.
Han paseó arriba y abajo por la galería, evitando mirarla.
—En cierto sentido, te estoy ayudando. La familia de Droma también la
componen refugiados y…
Leia se quedó callada un rato. Se sentía aliviada al ver que por fin había
superado la pena, pero no podía dejar de pensar que quería volver a
empezar de cero, tal y como había hecho toda su vida. De niño abandonado
a oficial del Imperio, de contrabandista a líder Rebelde, siempre volviendo
a recrearse. Por lo poco que sabía de Droma, parecía estar hecho de la
misma pasta. Pese a la preocupación que Droma sentía por su familia
perdida, también era un viajero y un pícaro de corazón, un adicto a la
aventura.
Leia contempló a Han yendo de un lado para otro.
—No sé cómo has podido estar así tanto tiempo —dijo ella finalmente.
Él se detuvo para mirarla.
—Así, ¿cómo?
—Sacando adelante una familia. Tan lejos de la aventura.
—Ése fue mi «tonteo» con la estabilidad —él intentó esbozar su
sonrisa, pero no funcionó—. Mira, me voy a ir, ¿vale? Tengo obligaciones.
—¿Y tus obligaciones con nosotros?
—Esto no tiene nada que ver con nosotros.
—¿Ah, no? —ella se acercó a él—. Hace mucho tiempo aprendí que
uno no puede verse atado por las ideas preconcebidas que puedan tener
otras personas respecto a quién debe ser cada uno. Y admito que me
encanta eso de ti. Pero no olvides algo, Han: yo no soy Malla. No aceptaré
que pases por aquí una vez al año, y que utilices nuestro hogar como base
para tus escapadas.
Han curvó el labio superior.
—Te equivocas.
Ella sonrió débilmente.
—Supongo que eso lo veremos.
Han frunció el ceño con tristeza y la abrazó.
—Confía en mí.
Ella se apartó un poco para mostrarle su mirada dudosa.
—Ya he oído eso antes.
Él le cogió las manos y le besó la palma.
—Guárdate esto en el bolsillo para luego.
Cogió la mochila y se fue en dirección al puente elevado, sin mirar
atrás.
***
En otro lugar del apartamento Solo, C-3PO y R2-D2 terminaban de
actualizar unos datos que les habían obligado a conectarse a la HoloRed y a
los canales de noticias. Las imágenes tridimensionales seguían brillando en
los proyectores de la HoloRed, pero los dos androides centraban más su
atención en sus propios circuitos internos que en los monitores.
—Las cosas no podrían haber salido mejor —dijo C-3PO a su compacto
compañero—. La señora Mara está en vías de recuperación, el amo Han ha
vuelto a casa y los yuuzhan vong han sufrido una gran derrota. No estaría
más contento ni con un baño reparador en unas termas de aceite.
R2-D2 rotó su hemisférica cabeza y entonó una serie de pitidos
disonantes y silbidos modulados.
C-3PO le miró un momento.
—¿Qué quieres decir con que necesito que me reinicien el procesador
neuronal? ¿Qué sabes tú que yo no sepa?
R2-D2 silbó una respuesta.
—¿El amo Han no ha vuelto a casa?
El androide astromecánico se lamentó y dirigió la atención de C-3PO a
un monitor que mostraba la entrada principal. La pantalla mostraba al amo
Han cruzando el puente en dirección a la galería de transporte público, y a
la ama Leia tapándose la boca con la mano, viendo cómo se alejaba.
—Oh, vaya, tienes razón. Pero puede que vaya a hacer un recado.
R2-D2 balbuceó algo nervioso.
—¿Y por qué voy a saber yo por qué él lleva la mochila o por qué el
ama Leia parece triste? Seguro que hay una explicación razonable.
R2-D2 soltó un silbido largo y arrogante.
—¿Pero qué dices? ¿La Nueva República fue engañada para creer que
había triunfado en Ord Mantell? —C-3PO abrió los brazos—. No sé de
dónde has sacado esa información, pero te sugiero que prestes más atención
a lo que pasa a tu alrededor y no pases tanto tiempo enchufado a la
HoloRed.
R2-D2 rotó su cabeza hacia el holograma de noticias, en el que se
emitían imágenes en tiempo real desde el Borde Medio, que mostraban
androides de todo tipo escapando a toda prisa de una multitud enfervorecida
que pretendía destruirlos.
—Oh, no —dijo C-3PO con desmayo, y luego habló en tono
malhumorado—. Veo que te empeñas en mostrar la peor cara de las cosas.
Pues tengo noticias para esos pesimistas sensores tuyos: me da igual lo que
hagas desfilar ante mis fotorreceptores, jamás me volverás a oír expresando
mi preocupación por la desactivación.
Los ruiditos de R2-D2 imitaron una risa burlona.
—Es normal que no entiendas de lo que hablo, porque no eres
consciente de que el temor a la desactivación es el resultado de una
aspiración insana a la activación ininterrumpida. Si lo miras con
perspectiva, incluso tú verás que todos esos temores desaparecen.
R2-D2 farfulló algo.
—Haz el favor de controlar tu lenguaje, barril de tuercas. Y qué si
empiezo a pensar como un ser humano. Dices eso como si fuera algo
negativo.
R2-D2 soltó unos pitidos en tono de reproche.
—Así que me recordarás todo esto cuando a ambos nos estén
destrozando para sacarnos las piezas, ¿no? ¿Y qué te hace pensar que
estarás en posición de recordar nada a nadie? De todas formas, te quiero ver
intentándolo. Para que lo sepas, el amo Han prometió almacenar toda mi
memoria, por si se daba el caso de que se destruyese mi cuerpo metálico.
Así mis pensamientos y recuerdos podrán ser transferidos a otro. Quizás
incluso a un modelo más nuevo de protocolo con el verbocerebro AAA-2
SyntheTech.
R2-D2 le soltó una perorata, cuyo significado quedó bastante claro, y se
fue por la puerta.
—¿Qué me meta una tuerca de contención por dónde? —dijo C-3PO,
asombrado—. No te preocupes, recordaré decirle al amo Luke que tus
circuitos están irreparablemente dañados. Vamos, vete rodando —dijo a la
espalda del androide astromecánico—. A ver hasta dónde llegas. Ya
volverás, y querrás saber todo lo que yo sé sobre cómo convertirse en una
persona real.
Un repentino escalofrío puso fin al discurso de C-3PO, que ladeó la
cabeza consternado. Gente de todas clases le había caracterizado a menudo
como algo afectado, timorato y quisquilloso, pero su recién descubierta
información sobre la naturaleza de la existencia parecía haber potenciado
esos rasgos de su personalidad. Si la consciencia sólo podía conseguirse a
costa de la lógica y la capacidad de razonamiento, quizá no fuera un estado
tan deseable.
—No me extraña que los seres vivos se declaren la guerra unos a otros
—dijo en voz alta mientras salía por la puerta tras R2-D2.
CAPÍTULO 29
H arrar maldijo el día en que le habían enviado a Obroa-Skai. El planeta
aún se estaba recobrando de los daños infligidos semanas antes por
las naves de guerra yuuzhan vong, y podía verse desde el centro de mando
de la joya negra que el Sacerdote tenía por nave, rodeado de grises nubes y
aparentando estar demasiado traumatizado para rotar. Harrar se veía
obligado a soportar ese paisaje mientras buscaba una posible explicación al
fracaso del plan trazado por Nom Anor y por él.
—En este momento, excelencia, no sabemos con seguridad si Elan y
Vergere han sido hechas prisioneras o si han desaparecido en combate.
—O si han muerto —dijo el comandante Tla detrás de él.
Harrar se quedó pensando en lo precisa que sería la representación que
el villip estaría haciendo de su mueca dolorida a los que estaban al otro lado
de la comunicación: el sumo sacerdote Jakan, padre de Elan, jefe de su
Dominio y consejero del sumo señor Shimrra; Nas Choka, comandante
supremo del buque insignia de la flota yuuzhan vong; y el prefecto Drathul,
administrador de la mundonave Harla. Los villip enlazados de los tres
estaban en gigantescos recipientes ovoides situados entre Harrar y el paisaje
que tanto aborrecía. Fue Jakan quien respondió al comentario de Tla.
—¿Por qué incluye la muerte en la lista de los posibles resultados de
Harrar, comandante? —aunque era algo espectacular a la vista, el villip
apenas hacía justicia al rostro completamente reformado y transfigurado del
Sumo Sacerdote, con su nariz chata y sus ojos profundos.
Tla se volvió hacia uno de los villip de transmisión.
—Pese a nuestros disparos, la nave de la Nueva República que
transportaba a Elan y a Vergere se dirigió hacia nuestra nave con la clara
intención de devolver a la Sacerdotisa. Los infieles que la pilotaban
debieron de adivinar que habíamos inmovilizado la lanzadera, y que Elan
había exterminado a la tripulación. En el último momento, antes de alterar
el rumbo y huir, la nave soltó una cápsula de salvamento, pero Nom Anor
no consiguió recuperarla.
Nom Anor apretó la mandíbula, pero no ofreció disculpa alguna.
—¿Intentaste recuperar la cápsula? —preguntó Jakan.
—Así es, excelencia —admitió Nom Anor.
—¿Pese a saber que así podrías estar condenando el plan de Harrar al
fracaso?
Nom Anor miró un instante al Sacerdote y asintió.
El villip del comandante supremo Choka tomó la palabra, invitando al
comandante Tla y a su flacucho asistente a acercarse. Los tatuajes faciales
de Choka le hacían más imponente. Su leve mostacho y escasa barba le
daban una apariencia noble.
—Tal y como yo lo veo, comandante, tu papel en esto fue el de procurar
las victorias de la Nueva República para hacerles creer que Elan tenía
información valiosa —los ojos hundidos de Choka, de enormes y azuladas
bolsas, se posaron sobre el estratega—. Pero ¿a qué precio?
—Era una empresa costosa Comandante Supremo —empezó a decir el
estratega Raff—. Se sacrificaron muchos coralitas y se destruyeron varias
naves de guerra menores. De estar repletos nuestros recursos, las pérdidas
habrían sido insignificantes; pero tenemos a Belkadan y Sernpidal
sobrecargados, y el reabastecimiento se ha aminorado. Si se quiere seguir
garantizando una defensa adecuada a la flota, habrá que canibalizar algunas
de las naves de mayor tamaño para reforzar los grupos de combate de
coralitas, o apartarnos del plan de invasión para volver a suplirnos,
preparando nuevos planetas para la producción de coral yorik.
Raff señaló a Nom Anor.
—El Ejecutor Nom Anor garantiza que tendremos una cálida
bienvenida en un sector cercano conocido como Espacio Hutt, ya que la
especie dominante, los hutts, no tienen deseos de iniciar una guerra con
nosotros.
—Nom Anor lo garantiza —dijo Choka con desprecio—. Prosiga,
estratega.
El estratega inclinó la cabeza.
—Y, por último, el ejército de la Nueva República ha situado sus flotas
para proteger el Núcleo, pero igual pretende montar una contraofensiva. Yo
confío en nuestra capacidad para repeler un ataque, pero estoy obligado a
informar de que poco a poco están aprendiendo a engañar a nuestros dovin
basal y a frustrar nuestras armas.
—No canibalizaremos partes de otras naves —dijo Choka con
brusquedad—. Pronto llegaré de los astilleros de Sernpidal con fuerzas
adicionales y un joven yammosk. Mientras tanto, la flota se desviará al
Espacio Hutt, al mando del comandante Malik Carr.
Malik Carr dio un paso adelante y saludó.
—El comandante Tla y su eminencia Harrar son aquí llamados a
regresar al Borde Exterior.
Tla y Harrar no dijeron nada.
La atención se centró en el tercer villip, que estaba conectado con el
prefecto Drathul.
—Quiero hablar en privado con el Ejecutor Nom Anor —dijo Drathul.
Una vez salieron todos del centro de mando, el rostro ancho del Prefecto
adoptó una mirada conminatoria.
—¿Qué ocurrió exactamente, Ejecutor?
Nom Anor hizo un gesto para restarle importancia.
—Harrar y Elan tienen la culpa. No tienen capacidad de improvisación.
—¿Estuvieron los Jedi involucrados en nuestra derrota?
—Quizá tuvieran algo que ver.
El villip de Drathul asintió.
—Me han llegado noticias de que algunos de sus agentes fueron
responsables.
—Intentaban proteger nuestros intereses, nada más.
Drathul lo pensó un momento.
—Por su bien, Ejecutor, eso espero. Tras el desastre de la Pretoria en el
sistema Helska, el maestro bélico Tsavong Lah no admitirá más fracasos
por nuestra parte.
Nom Anor asintió.
—Lo entiendo, Prefecto. Tengo un nuevo plan en mente, que pretendo
poner en marcha una vez se reubique la flota en el Espacio Hutt.
—No me decepcione.
—Tiene mi palabra. Y, lo que es más, quizás tengamos un aliado
potencial en Coruscant. Alguien al que aún no conocemos, aunque goza de
una elevada posición en el departamento de Inteligencia o en el ejército de
la Nueva República. Se puso en contacto con nosotros mediante nuestros
agentes.
—Interesante —admitió el prefecto Drathul—. Averigua su identidad.
—Así lo haré.
—Una última pregunta, Ejecutor. ¿Hemos subestimado a estos infieles?
Nom Anor se rió burlón.
—Sólo su ciega buena fortuna.
***
—Hemos tenido suerte —dijo Droma a Han desde lo alto del Halcón—.
Hay impactos menores en los conductos de combustible de popa, pero nada
que no pueda arreglarse con un poco de plastiacero y algo de pintura.
—No tenemos tiempo para eso —dijo Han desde el suelo, en el hangar
3733—. Además, a mí me gusta con sus arañazos e imperfecciones.
El Halcón yacía sobre su soporte, conectado a monitores de diagnóstico,
presurizadores y tanques de refrigerante y combustible de metal líquido.
Llevaban más de dos días repasando la nave, por dentro y por fuera,
haciendo reparaciones cuando era necesario y poniéndolo todo en estado de
revisión. Droma era un gran mecánico autodidacta, aunque se le daba mejor
resolver problemas de intuición que manejar hidrollaves de tuercas y
macro-fundidores.
—Pero, ahora que lo pienso, una manita de pintura no sería tan mala
idea —dijo Han un momento después—. Después de lo ocurrido en el
sistema Bilbringi, probablemente haya imágenes del Halcón pegadas en
todos los coralitas y naves de guerra yuuzhan vong.
—Mientras la mano de pintura quede mejor que tu barba…
Han frunció el ceño y se agarró la barbilla.
—Si quieres que hablemos de folículos desastrosos, te diré que como te
siga creciendo ese bigotillo tuyo te lo cortaré.
Droma se bajó del techo y saltó ágilmente al suelo. Han le tiró un trapo
y le observó limpiándose las manos y usando el vello erizado del dorso para
limpiarse el aterciopelado pelo.
Al ver que Han le miraba, Droma se detuvo.
—¿Qué? —preguntó.
Han ocultó una sonrisa.
—Nada. ¿Por qué no desenganchas los cargadores de energía exteriores
mientras yo me ocupo de las líneas de abastecimiento de combustible?
Droma se encogió de hombros.
—Vale.
—Entonces, estamos listos.
Droma le miró un momento.
—¿Va a venir Leia a despedirte?
—No lo creo.
—Qué pena. Quería decirle adiós.
—La próxima vez —dijo Han, y se apresuró a añadir—: Si es que hay
una próxima vez.
—Bueno, entonces despídete por mí… la próxima vez que la veas.
Han hizo una mueca.
—Lo único que digo es que no quiero que te pongas demasiado cómodo
en el asiento del copiloto.
—Sé que no debo hacerlo.
—Sólo quiero dejar claro que esto no es una situación permanente. Tú y
yo, quiero decir. Esto es sólo hasta que encontremos a tu familia.
Droma sonrió débilmente.
—¿Y qué pasa con tu cuenta pendiente?
—Mira, tío, los humanos no creemos en las deudas de vida. Cuando
alguien nos hace un favor, lo devolvemos y la pizarra está limpia. Yo te
ayudo a encontrar a tu clan, y luego cada uno por su lado, ¿entendido?
—Y si no, ¿qué? ¿Me quedaré volando por la galaxia contigo en esta
reliquia?
Han resopló.
—No decías eso cuando fuimos a por Reck.
—Lo dije por educación. Supuse que eras el tipo de tío al que le
gustaban los elogios a su nave.
—Ya, ya.
Se produjo un silencio incómodo, que Droma rompió.
—Iré a ver esos cargadores —se dirigía hacia popa cuando Han le
llamó.
—Oye, Droma. Encontraremos a tu hermana, ¿vale? —Han se permitió
una sonrisa—. Aunque tengamos que recorrer media galaxia.
Notas
[1]N. de la T.: Juego de palabras intraducible. «Slick» significa hábil en
inglés, y es, además, el apodo con el que se conoce a Han Solo. <<