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Sobre La Denuncia de Tratados de Derechos Humanos en Relación A La Abolición de La Pena de Muerte

El documento discute la protección del derecho a la vida en tratados internacionales de derechos humanos y las restricciones a la pena de muerte. Los tratados solo permiten la pena de muerte para los delitos más graves y después de un juicio justo, y prohíben su aplicación a grupos especiales. Los tratados que prohíben la pena de muerte no permiten su denuncia, mientras que la Convención Americana sí contempla un mecanismo para ello. Solo Trinidad y Tobago ha denunciado la Convención Americana hasta la fecha.
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Sobre La Denuncia de Tratados de Derechos Humanos en Relación A La Abolición de La Pena de Muerte

El documento discute la protección del derecho a la vida en tratados internacionales de derechos humanos y las restricciones a la pena de muerte. Los tratados solo permiten la pena de muerte para los delitos más graves y después de un juicio justo, y prohíben su aplicación a grupos especiales. Los tratados que prohíben la pena de muerte no permiten su denuncia, mientras que la Convención Americana sí contempla un mecanismo para ello. Solo Trinidad y Tobago ha denunciado la Convención Americana hasta la fecha.
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| Asesoría Técnica Parlamentaria Agosto 2022

Sobre la denuncia de tratados de Derechos


Humanos en relación a la abolición de la pena de
muerte

Autora Resumen

Andrea Vargas Cárdenas La protección del derecho a la vida se encuentra establecida en tratados
internacionales de Derechos Humanos, por tanto, la pena de muerte, sentencia
Email: [email protected]
de carácter definitivo para la vida de la persona condenada, ha sido condicionada
Tel:(56)2-2 270 1871 (Stgo.) en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos solo respecto de los
delitos más graves, previa sentencia definitiva de un tribunal competente,
(56)32-226 3174 (Valpo.) excluyendo de su aplicación a grupos especiales de personas.
En el sistema universal de derechos humanos estas restricciones se encuentran
establecidas en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP),
y su Segundo Protocolo Facultativo destinado a abolir la pena de muerte. Y en el
ASESORÍA TÉCNICA contexto interamericano, en la Convención Americana sobre Derechos Humanos
(CADH) y su Protocolo relativo a la Abolición de la Pena de Muerte. Además de
PARLAMENTARIA otros tratados que contemplan la proscripción de la pena capital para grupos
especiales como menores de edad y mujeres embarazadas.
ÁREA DE GOBIERNO, DEFENSA
Y RELACIONES Por otra parte, la posibilidad de denunciar o retirarse de un tratado internacional
INTERNACIONALES para terminar la vigencia de su aplicación en una jurisdicción determinada se
encuentra establecida en la Convención de Viena sobre el Derecho de los
Nº SUP: 135532 Tratados. Allí se determina que la denuncia o retiro de un tratado procede si en
el texto del tratado existe una cláusula explícita que habilite a ello, o mediante el
consentimiento de las partes contratantes. De no existir una disposición al
respecto, el tratado no podrá ser objeto de denuncia o retiro a menos que haya
sido intención de las partes admitir esta posibilidad o que a partir de la naturaleza
del tratado se infiera la existencia del derecho a denuncia.
En lo que respecta a los tratados de derechos humanos que proscriben o
condicionan la aplicación de la pena de muerte, el PIDCP, su Segundo Protocolo
Facultativo destinado a abolir la pena de muerte, y el Protocolo de la CADH
relativo a la Abolición de la Pena de Muerte no contemplan en su texto disposición
alguna para realizar la denuncia del tratado. Por tanto, la comunidad internacional
ha interpretado que su vigencia es continua desde el momento de la ratificación.
No obstante, la CADH sí contempla un mecanismo habilitante para la denuncia
y por tanto un Estado parte puede válidamente poner fin a su participación en el
tratado siguiendo el procedimiento establecido.
A la fecha, solo Trinidad y Tobago ha realizado la denuncia de la CADH. En tanto,
la notificación de denuncia realizada por la República Popular Democrática de
Corea al Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos no fue aceptada.
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I. Introducción

En el marco de la moción presentada a la Cámara de Diputadas y Diputados, denominada Proyecto de


Ley que deroga la Ley 19.734, restableciendo la pena de muerte para los delitos respecto de los que era
aplicable antes de du entrada en vigencia, Boletín Legislativo núm.15088-07, se informa en líneas
generales sobre el desarrollo del Derecho Internacional de los Derechos Humanos respecto de la
aplicación de la pena de muerte y sus límites, así como de las condiciones establecidas en el Derecho
Internacional aplicables a la denuncia y terminación de un tratado internacional de estas características.

El documento se sustenta en los instrumentos internacionales vigentes y ratificados por Chile en la


materia, así como en la doctrina, la jurisprudencia internacional y las decisiones de los principales
órganos internacionales a los que Chile ha reconocido competencia y jurisdicción.

En la elaboración del presente informe se utilizó bibliografía especializada, los principales sitios
electrónicos de información de los órganos internacionales especializados en derechos humanos y el
informe BCN “La pena de muerte en el derecho internacional y en la legislación chilena y extranjera”
(2015).

I. El derecho a la vida en el Derecho Internacional a los Derechos Humanos


La protección de la dignidad intrínseca del ser humano, y con ello la vida de las personas, es una de las
razones fundamentales del surgimiento del Derecho Internacional de los Derechos Humanos (DIDH),
cuyo objetivo es dar respuesta de forma inmediata y concreta a situaciones de menoscabo de la persona
frente al desarrollo del Estado moderno y su monopolio del uso legítimo de la fuerza.

El derecho a la vida, como objeto de reconocimiento y protección, ha sido trascendental al progresivo


desarrollo del DIDH, y por ello se encuentra reconocido en el artículo 3 de la Declaración Universal de
Derechos Humanos (DUDH), resolución proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas
con el fin de establecer un régimen de Derecho destinado a la protección de los derechos humanos.

Así, conforme a su relevancia, el derecho a la vida y la prohibición de su privación de forma arbitraria se


encuentran establecidas en los principales tratados internacionales de Derechos Humanos. En el marco
del Sistema Universal de Derechos Humanos están consagrados en el artículo 6 del Pacto Internacional
de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP) así como en el Segundo Protocolo Facultativo del PIDCP,
destinado a abolir la pena de muerte. Y en el contexto regional, en el Sistema Interamericano de
Derechos Humanos (SIDH), se encuentran establecidos en el artículo 4 de la Convención Americana
sobre Derechos Humanos (CADH, también conocida como Pacto de San José), así como en el Protocolo
de la CADH relativo a la Abolición de la Pena de Muerte.

II. La pena de muerte en el DIDH aplicable a Chile

En términos generales, la pena de muerte se considera una violación del derecho a la vida y el consenso
internacional la observa como una sentencia incompatible con los principios fundamentales de la
dignidad de la persona y la protección a los derechos humanos, recomendando la erradicación de la
pena, ya sea mediante su abolición en el sistema jurídico o a través de la suspensión de las ejecuciones.

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La pena de muerte es una sentencia considerada capital porque determina “la privación definitiva de la
vida, el bien jurídico más fundamental para el ser humano, así como la violación de otro conjunto de
derechos fundamentales” (Valiente, 2019: 85).

Al respecto, Juan E. Méndez, ex Relator Especial de Naciones Unidas sobre la tortura, señala que existe
un vínculo entre pena de muerte y la violación a la prohibición de la tortura y otros tratos crueles,
inhumanos y degradantes, establecida también en tratados de derechos humanos:

Aunque todavía podría considerarse que la pena de muerte per se no es una violación del derecho
internacional, mi investigación sugiere que el estándar y las prácticas internacionales, de hecho,
se están moviendo en esta dirección. La capacidad de los Estados para imponer la pena de muerte
sin violar la prohibición de la tortura y los tratos crueles, inhumanos y degradantes es cada vez
más restringida. Teniendo en cuenta esto, he pedido a todos los Estados que consideren si el uso
de la pena de muerte, tal como se aplica hoy en día en el mundo real, falta en dar respeto a la
dignidad inherente de la persona humana, causa severo dolor o sufrimiento mental y físico, y
constituye una violación a la prohibición de la tortura o los tratos crueles, inhumanos y degradantes.
(Méndez, 2012: 2)

Sobre la pena capital y en términos vinculantes para Chile, el PIDCP establece en su artículo 6 lo
siguiente:

1. El derecho a la vida es inherente a la persona humana. Este derecho estará protegido por la
ley. Nadie podrá ser privado de la vida arbitrariamente.

2. En los países en que no hayan abolido la pena capital sólo podrá imponerse la pena de muerte
por los más graves delitos y de conformidad con leyes que estén en vigor en el momento de
cometerse el delito y que no sean contrarias a las disposiciones del presente Pacto ni a la
Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio. Esta pena sólo podrá imponerse
en cumplimiento de sentencia definitiva de un tribunal competente.

3. Cuando la privación de la vida constituya delito de genocidio se tendrá entendido que nada de
lo dispuesto en este artículo excusará en modo alguno a los Estados Partes del cumplimiento de
ninguna de las obligaciones asumidas en virtud de las disposiciones de la Convención para la
Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio.

4. Toda persona condenada a muerte tendrá derecho a solicitar el indulto o la conmutación de la


pena de muerte. La amnistía, el indulto o la conmutación de la pena capital podrán ser concedidos
en todos los casos.

5. No se impondrá la pena de muerte por delitos cometidos por personas de menos de 18 años de
edad, ni se la aplicará a las mujeres en estado de gravidez.

6. Ninguna disposición de este artículo podrá ser invocada por un Estado Parte en el presente
Pacto para demorar o impedir la abolición de la pena capital. (PIDCP, art. 6)

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En el mismo sentido y en el ámbito regional, la CADH establece específicamente en su artículo 4:

1. Toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por la ley
y, en general, a partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado de la vida
arbitrariamente.

2. En los países que no han abolido la pena de muerte, ésta sólo podrá imponerse por los delitos
más graves, en cumplimiento de sentencia ejecutoriada de tribunal competente y de conformidad
con una ley que establezca tal pena, dictada con anterioridad a la comisión del delito. Tampoco se
extenderá su aplicación a delitos a los cuales no se la aplique actualmente.

3. No se restablecerá la pena de muerte en los Estados que la han abolido.

4. En ningún caso se puede aplicar la pena de muerte por delitos políticos ni comunes conexos
con los políticos.

5. No se impondrá la pena de muerte a personas que, en el momento de la comisión del delito,


tuvieren menos de dieciocho años de edad o más de setenta, ni se le aplicará a las mujeres en
estado de gravidez.

6. Toda persona condenada a muerte tiene derecho a solicitar la amnistía, el indulto o la


conmutación de la pena, los cuales podrán ser concedidos en todos los casos. No se puede aplicar
la pena de muerte mientras la solicitud esté pendiente de decisión ante autoridad competente.
(CADH, art. 4).

De manera más específica inclusive, el Segundo Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos, destinado a abolir la pena de muerte, establece en su artículo 1:

1. No se ejecutará a ninguna persona sometida a la jurisdicción de un Estado Parte en el presente


Protocolo.

2. Cada uno de los Estados Partes adoptará todas las medidas necesarias para abolir la pena de
muerte en su jurisdicción. (Segundo Protocolo Facultativo, art. 1).

Así como en el marco del SIDH, el Protocolo a la Convención Americana sobre Derechos Humanos
relativo a la Abolición de la Pena de Muerte, dispone en su artículo 1:

Los Estados Partes en el presente Protocolo no aplicarán en su territorio la pena de muerte a


ninguna persona sometida a su jurisdicción. (Protocolo a la CADH relativo a la Abolición de la Pena
de Muerte, art. 1).

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Las condicionantes a la aplicación de la pena capital también se encuentran establecidas en otros
tratados de derechos humanos, como en el caso de la prohibición de aplicar la pena capital a menores
de 18 años en el artículo 37 de la Convención sobre los Derechos del Niño y respecto de población civil
y personas protegidas en los Convenios de Ginebra sobre derecho humanitario. Y en el caso del derecho
penal internacional, el Estatuto de Roma mediante el cual se establece la Corte Penal Internacional, no
determina obligaciones a los Estados parte respecto de aplicar las sanciones más graves de su
legislación interna, pero tampoco considera la pena de muerte entre las sanciones más grave de su
repertorio (Estatuto de Roma, artículo 80).

Por lo demás, en términos resolutivos no vinculantes, la Asamblea General de Naciones Unidas, a través
de diferentes resoluciones, ha exhortado a los Estados que todavía mantienen la pena de muerte a
establecer una moratoria sobre las ejecuciones, con miras a abolir la pena de muerte; a no reintroducir
dicha sanción en los casos en que ésta ya ha sido abolida; y a limitar progresivamente su uso y la
cantidad de delitos por los cuales puede ser impuesta en aquellos casos donde ésta todavía se aplica
(A/RES/62/149, 2007). En tal sentido ha relevado sistemáticamente tres elementos sobre su aplicación:
“que no hay pruebas concluyentes del valor de la pena de muerte como elemento disuasorio”, que “todo
error judicial o denegación de justicia en la ejecución de la pena de muerte es irreversible e irreparable”
y que “una moratoria del uso de la pena de muerte contribuye al respeto de la dignidad humana y al
fortalecimiento y desarrollo progresivo de los derechos humanos” (A/RES/75/183, 2020).

A su vez, la Oficina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos
(ACNUDH), ha indicado que entre los Estados miembros de la organización, la abolición de la pena
capital es la tendencia mundial en los sistemas jurídicos, culturas y tradiciones religiosas, y citando a
Ban Ki Moon, ex Secretario General de las Naciones Unidas, ha dicho que “la pena de muerte no tiene
cabida en el siglo XXI” (ACNUDH, 2022).

El ACNUDH, con su mandato de promover y proteger todos los derechos humanos, promueve la
abolición universal de la pena de muerte. Hay otras razones, además de la índole fundamental del
derecho a la vida, por las que el ACNUDH mantiene esta posición, entre ellas figuran el riesgo
inaceptable de que se ejecute a personas inocentes y la ausencia de pruebas de que la pena
capital sirve para disuadir a los delincuentes. (ACNUDH, 2022)

Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), organismo autónomo de la


Organización de los Estados Americanos (OEA) para la promoción y protección de los derechos
humanos en la región, si bien la CADH no prohíbe la imposición de la pena de muerte, sí establece
restricciones y prohibiciones específicas respecto de su aplicación, y a partir de ello en la región se han
desarrollado estándares y cambios significativos que llevan a cuestionar la pena de muerte en aquellos
países donde todavía se mantiene (CIDH, 2011).

Los instrumentos regionales e internacionales de derechos humanos imponen restricciones


orientadas a la eliminación gradual de la pena de muerte. En forma concordante, uno de los
principios de derechos humanos subyacentes a la aplicación de la pena de muerte en las Américas
–como lo demuestran la jurisprudencia examinada supra y el Protocolo a la Convención Americana
relativo a la Abolición de la Pena de Muerte— consiste en que los Estados que han abolido la pena
de muerte no pueden reintroducirla.

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Para los Estados que mantienen la pena de muerte, conforme al derecho internacional existen una
serie de restricciones y limitaciones establecidas en los instrumentos regionales con las cuales los
Estados están obligados a cumplir. (CIDH, 2011, pár. 138-139).

Por otra parte, organizaciones internacionales en materia derechos humanos de carácter no


gubernamental, como Amnistía Internacional, han señalado lo siguiente:

La pena de muerte constituye una violación de derechos humanos y, en particular, del derecho a
la vida y del derecho a no sufrir tortura ni tratos o penas crueles, inhumanos y degradantes. Estos
dos derechos están consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos, adoptada
en 1948 por las Naciones Unidas.

(…) Aunque el derecho internacional dispone que se debe restringir el uso la pena de muerte para
los “más graves delitos”, es decir, el homicidio intencional, Amnistía Internacional considera que la
pena de muerte nunca es la solución. (Amnistía Internacional, 2022).

III. La denuncia y retiro de tratados internacionales en materia de DDHH

El principio de Derecho Internacional pacta sunt servanda, traducido como “lo pactado obliga”, otorga
fuerza obligatoria e intangibilidad a los tratados, e implica que el consentimiento otorgado por un Estado
para obligarse a cumplir las condiciones previstas en un tratado internacional exige que éste se cumpla
de buena fe, contribuyendo a la seguridad jurídica del Derecho Internacional (Convención de Viena sobre
el Derecho de los Tratados de 1969, artículo 26).

Como contraparte, la terminación de un tratado según el artículo 70 de la Convención de Viena implica


que las partes quedan liberadas de la obligación de seguir cumpliendo los términos del acuerdo. Sin
embargo, para dar término a un tratado, o retirarse de éste –en caso de ser un acuerdo multilateral- se
requiere que esta condición se encuentre prevista en las disposiciones del propio texto o mediante el
consentimiento de las partes contratantes (Convención de Viena de 1969, arts. 42.2 y 54).

Por tal motivo, si estas condiciones no se cumplen, y el tratado no contempla disposiciones sobre la
terminación, la denuncia o el retiro, se procede a aplicar el artículo 56 de la Convención de Viena:

1.- Un tratado que no contenga disposiciones sobre su terminación ni prevea la denuncia o el retiro
del mismo no podrá ser objeto de denuncia o de retiro a menos:

a) que conste que fue intención de las partes admitir la posibilidad de denuncia o de retiro; o

b) que el derecho de denuncia o de retiro pueda inferirse de la naturaleza del tratado.

2.- Una parte deberá notificar con doce meses por lo menos de antelación su intención de
denunciar un tratado o de retirarse del él conforme al párrafo 1. (Convención de Viena de 1969,
art. 56)

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Asimismo, la Convención dispone que el derecho interno no puede ser utilizado como justificación del
incumplimiento de un tratado (Convención de Viena de 1969, art. 27). Y respecto de su observancia,
ningún derecho, obligación o situación jurídica creada por la ejecución de ese tratado en forma anterior
a su término podrá verse afectada por la terminación de éste (Convención de Viena de 1969, art. 70).

En lo que respecta a los tratados de derechos humanos que proscriben la aplicación de la pena de
muerte, el PIDCP, su Segundo Protocolo Facultativo destinado a abolir la pena de muerte, y el Protocolo
de la CADH relativo a la Abolición de la Pena de Muerte no contemplan en su texto disposición alguna
para realizar la denuncia del tratado.

De este modo, solo la CADH en su artículo 78, dispone los términos procedimentales para que ésta
proceda:

1. Los Estados Partes podrán denunciar esta Convención después de la expiración de un plazo
de cinco años a partir de la fecha de entrada en vigor de la misma y mediante un preaviso de un
año, notificando al Secretario General de la Organización, quien debe informar a las otras partes.

2. Dicha denuncia no tendrá por efecto desligar al Estado parte interesado de las obligaciones
contenidas en esta Convención en lo que concierne a todo hecho que, pudiendo constituir una
violación de esas obligaciones, haya sido cumplido por él anteriormente a la fecha en la cual la
denuncia produce efecto. (CADH, art. 78).

IV. Procedencia de la denuncia de tratados de derechos humanos sobre la abolición de


la pena de muerte

El hecho que tanto el PIDCP y su Segundo Protocolo Facultativo no contemplen disposiciones relativas
a la denuncia, según el Comité de Derechos Humanos, órgano de tratado encargado de supervisar su
aplicación, no es un hecho inadvertido para la comunidad internacional, sino más bien responde al
propósito deliberado de sus propios redactores de excluirlo. Esta interpretación está establecida en la
Observación General núm. 26 del Comité:

Además, es indudable que el Pacto no es un tratado que, por su naturaleza, entrañe un derecho
de denuncia. Junto con el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales,
que fue preparado y aprobado al mismo tiempo que él, el Pacto codifica en forma de tratado los
derechos humanos universales consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos,
instrumento éste que, juntamente con los otros dos, configura lo que se denomina "Carta
Internacional de Derechos Humanos". Por ello, el Pacto carece del carácter temporal propio de los
tratados en que se considera admisible el derecho de denuncia, pese a que carezca de
disposiciones concretas al respecto. (Comité de Derechos Humanos, Obs. Gral 26, párr. 3).

Por tal motivo, el Comité declara lo siguiente:

En consecuencia, el Comité tiene el firme convencimiento de que el derecho internacional no


permite que un Estado que haya ratificado el Pacto o se haya adherido a él originariamente o a
título de sucesión lo denuncie ni se retire de él. (Comité de Derechos Humanos, Obs. Gral 26, párr.
5).

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En el mismo tenor, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, órgano jurisdiccional del SIDH, ha
interpretado en su Opinión Consultiva OC-26/2020 que, debido a la naturaleza específica de los tratados
de derechos humanos, dado su objeto y fin, no les resulta estrictamente aplicables las disposiciones de
nulidad y terminación que contempla el derecho de los tratados de la Convención de Viena ya que “ha
sido postulado que los tratados de derechos humanos expresan principios axiológicos universales de
los que no debería permitirse su retirada” (Corte IDH, OC-26/2020, párr. 49).

Es claro que, si el propio tratado no prevé la posibilidad de ser denunciado, la ausencia de una
disposición expresa en este sentido resulta indicativa de que el Estado no podrá desligarse de su
compromiso adquirido y que el tratado tendrá una vigencia continua, salvo que se dé alguna de
las dos excepciones establecidas [en la Convención de Viena], esto es, que conste la intención de
las partes admitir la posibilidad de denuncia o de retiro, o que ésta pueda inferirse de la naturaleza
del tratado (Corte IDH, OC-26/2020, párr. 47).

Al respecto, la Corte advierte que ninguno de los dos Protocolos a la Convención Americana contiene
cláusula de denuncia, entre ellos el Protocolo Relativo a la Abolición de la Pena de Muerte. Y en su
consideración estima que, pese a su denominación “dichos instrumentos por su naturaleza constituyen
tratados en sí mismos” y “que contienen sus propios regímenes de vigencia, por lo que no son
meramente accesorios a la Convención Americana” (Corte IDH, OC-26/2020, párr. 86).

Sin embargo, a diferencia del Protocolo Relativo a la Abolición de la Pena de Muerte, la CADH sí
contempla un mecanismo que posibilita realizar la denuncia de la Convención aunque sin efecto
inmediato, por lo tanto un Estado que cumpla apropiadamente los procedimientos requeridos en el
artículo 78, esto es permanencia en la membresía y notificación expresa y formal, puede válidamente
poner fin a su participación en el tratado. No obstante, cabe destacar que la Corte IDH considera que la
denuncia de la CADH representa una regresión para el nivel de protección de los derechos humanos y
la universalización del sistema interamericano (Ibíd. párr. 58). Por tal motivo, exhorta a los Estados a:

(…) Hacer hincapié en que la denuncia de un tratado de derechos humanos y, en especial aquel
que establece un sistema jurisdiccional de protección de derechos humanos como la Convención
Americana, debe ser objeto de un debate plural, público y transparente al interior de los Estados,
pues se trata de una cuestión de un alto interés público, en tanto conlleva un posible cercenamiento
de derechos y, a su vez, del acceso a la justicia internacional. En este sentido, la Corte advierte
que resulta procedente recurrir al principio del paralelismo de las formas, que implica que de
haberse consagrado constitucionalmente un procedimiento para contraer obligaciones a nivel
internacional resultaría conveniente que se siga un procedimiento similar cuando se pretende
desligar de dichas obligaciones a fin de garantizar el referido debate público. (Corte IDH, OC-
26/2020, párr. 64)

Con todo, la Corte ha expresado que aun cuando la denuncia fuese manifestada de manera apropiada,
“subsistirán determinadas obligaciones internacionales en materia de derechos humanos en tanto
Estados Miembros de la OEA” (Corte IDH, párr. 114), y con ello durante todo el periodo de transición
previo al retiro del tratado, se activará como mecanismo de salvaguardia el sistema de garantía colectiva
que subyace a todo el sistema interamericano y así asegurar el cumplimiento de las decisiones
emanadas de la Corte. La garantía colectiva consiste en una obligación general de protección que tienen
los Estados Partes de la CADH y de la OEA entre sí para asegurar la efectividad de dichos instrumentos,
y que “implica un deber de los Estados de actuar conjuntamente y cooperar para proteger los derechos

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y libertades que se han comprometido internacionalmente a garantizar” de manera pacífica y por las vías
institucionales (párr.173).

En este sentido, de acuerdo a la Corte IDH, la aplicación de la garantía colectiva precisa el deber de los
Estados de cooperar en la realización de un examen sustantivo del carácter democrático de la decisión
de la denuncia y de su buena fe en vista a las condiciones del contexto interno y a la correspondencia
con los procedimientos constitucionales (párr. 171). De esta forma, la Corte señala que el alcance de la
garantía colectiva se puede manifestar en la acción de los Estados miembros para:

(1) exteriorizar de forma oportuna sus observaciones u objeciones ante cualquier denuncia de la
Convención Americana y/o de la Carta de la OEA que no resista un escrutinio a la luz del principio
democrático y afecte el interés público interamericano;

(2) asegurar que el Estado denunciante no se considere desligado de la OEA hasta tanto no haya
dado cumplimiento a las obligaciones de derechos humanos adquiridas a través de los diversos
mecanismos de protección en el marco de sus respectivas competencias y, en particular, aquellas
que se relacionan con el cumplimiento de las reparaciones ordenadas por la Corte Interamericana
hasta la conclusión del procedimiento;

(3) cooperar para lograr la investigación y juzgamiento de las graves violaciones de derechos
humanos y así erradicar la impunidad;

(4) otorgar protección internacional, de conformidad con los compromisos internacionales


derivados del derecho internacional de los derechos humanos, del derecho internacional
humanitario y del derecho de los refugiados, admitiendo al territorio a potenciales solicitantes de
asilo, garantizando el derecho a buscar y recibir asilo y el respeto del principio de no devolución,
entre otros derechos, hasta lograr una solución duradera; y

(5) realizar los esfuerzos diplomáticos bilaterales y multilaterales, así como ejercer sus buenos
oficios de forma pacífica, para que aquellos Estados que hayan efectivizado su retiro de la OEA
vuelvan a incorporarse al sistema regional. Todo ello sin perjuicio de los foros o mecanismos
universales o de otra naturaleza que pudieren prosperar. (Corte IDH, OC-26/2020, párr. 173).

Finalmente, de concretarse que un Estado se retire de la CADH como también de la Carta de la OEA,
todavía subsisten normas imperativas de derecho internacional que permanecen vinculantes para todos
los Estados, se trata del ius cogens, principios generales de derecho de carácter superior, que no
admiten disposición en contrario y por tanto no admiten derogación por la voluntad de las partes, y
respecto a los cuales su violación se considera como de la más graves del derecho internacional, tanto
en tiempos de paz como en tiempos de guerra, configurando crímenes internacionales (Drnas de
Clément, 2002).

La Comisión de Derecho Internacional en su Proyecto de Conclusiones sobre las normas imperativas


de derecho internacional general (ius cogens), en su Conclusión núm. 5 señala que “El derecho
internacional consuetudinario es la base más común de las normas imperativas de derecho internacional
general (ius cogens)” (A/74/10).

Al respecto, a través de su jurisprudencia, la Corte IDH ha reconocido, de forma no exhaustiva, que


entre las normas de ius cogens se encuentra la Prohibición absoluta de todas las formas de tortura, tanto
física como psicológica y la Prohibición de tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes (párr. 106).

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De este modo, siguiendo a Méndez mencionado en forma anterior, aunque la abolición de la pena de
muerte no se considera parte de la costumbre internacional, el estándar internacional que ya la proscribe
para determinados grupos de las población, la práctica de los Estados sobre su implementación,
moratoria y abolición, más la jurisprudencia y la opinio juris reflejarían un conflicto irreconciliable entre
la legítima imposición de esta pena y la prohibición de la tortura y otros tratos crueles, inhumanos y
degradantes, y que el desarrollo de este vínculo podría llevar a establecerla per se como una violación
a las normas imperativas de derecho internacional general (Méndez, 2012).

V. Experiencias de retiro de tratados internacionales de derechos humanos

En el marco del Sistema Universal de Derechos Humanos, la República Popular Democrática de Corea
envió a la Secretaría General de Naciones Unidas una notificación sobre su retiro del Pacto Internacional
de Derechos Civiles y Políticos en agosto del año 1997. Entre los argumentos esgrimidos para presentar
su retiro, el Estado alegó intriga y persecución por motivos políticos “que pretenden aislar y asfixiar al
país” requiriendo “dar cuentas por lo que ellos denominan "problemas de derechos humanos" que no
existen en lo absoluto en nuestro país” (CN 467.1997 Treaties 10, Annex).

El organismo respondió ante dicha presentación a través de un Aide-Mémoire, documento distribuido


también entre todos los Estados parte, con el objetivo de explicar al gobierno norcoreano la posición
jurídica internacional respecto de la posibilidad legal de denunciar el tratado (CN 467.1997 Treaties 10).

El texto del Aide-Mémoire estableció que, como el PIDCP no contempla ninguna disposición para su
denuncia, en virtud del artículo 54 de la Convención de Viena, Corea del Norte podría retirarse de la
Convención con el consentimiento de todas las partes, tras realizar consultas con todos los Estados
contrayentes (CN 467.1997, párr. 13). De este modo, el Secretario General de la Organización al
respecto concluyó acerca de la denuncia presentada por Corea del Norte que en su opinión:

a withdrawal from the Covenant would not appear possible unless all States Parties to the Covenant
agree with such a withdrawal (CN 467.1997).

Dicha declaración fue pronunciada en septiembre de 1997, y en diciembre de ese mismo año el Comité
de Derechos Humanos, emitió la Observación General núm. 36, Comentario general sobre cuestiones
relacionadas con la continuidad de las obligaciones del Pacto Internacional, donde interpretó que el
derecho internacional no permite la denuncia ni el retiro del Pacto.

A la fecha, la República Popular Democrática de Corea sigue apareciendo como Estado parte del PIDCP
en el registro del depósito de ratificaciones, según la base de datos del United Nations Treaty Collections.

Por otra parte, en el ámbito regional, la República de Trinidad y Tobago notificó en mayo de 1998 al
Secretario General de la Organización de los Estados Americanos el retiro de la ratificación otorgada a
la Convención Americana sobre Derechos Humanos, en virtud de su artículo 78, fundamentando su
decisión en el siguiente tenor:

El Gobierno de Trinidad y Tobago no está en condiciones de conceder que la incapacidad de la


Comisión [Interamericana de Derechos Humanos] para tratar en forma expedita las peticiones
relacionadas con casos de imposición de la pena capital, frustre la ejecución de esta pena legal

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con que se castiga en Trinidad y Tobago el delito de homicidio. La constitucionalidad de las
sentencias dictadas contra las personas convictas y condenadas a muerte al cabo del debido
proceso judicial, se determina ante los tribunales de Trinidad y Tobago. Por ende, existen
salvaguardias suficientes para la protección de los derechos humanos y fundamentales de los
prisioneros condenados. (Secretaría General OEA, 1998).

Y de este modo precisa que la demora excesiva en ejecutar una sentencia de pena de muerte “constituye
un castigo cruel e inusitado y es, por ende, una contravención a la Constitución de Trinidad y Tobago”
(Secretaría General OEA, 1998).

A la fecha, Trinidad y Tobago conserva su estatus como Estado Miembro de la OEA desde 1967, no
obstante, de acuerdo al registro de la Secretaría General de la OEA, ya no forma parte integrante de la
Convención Americana, ni reconoce competencia a la Corte Interamericana de Derechos Humanos,
pero aún conserva dos casos bajo supervisión de cumplimiento de sentencia dictaminada por la Corte
IDH en aplicación del artículo 65 de la CADH, y uno de ellos es por motivo de responsabilidad
internacional por imposición de pena de muerte.

Referencias

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