Poner un punto específico de cuándo fue que una serie de sucesos hicieron que su mundo
se pusiera patas para arriba es difícil de encontrar. Pero para Roronoa Zoro, todo se había
ido al diablo cuando sus vecinos nuevos se mudaron.
Sinceramente no le prestó atención al asunto. Vivia hace menos de un año en un complejo
de departamentos de poca monta, lo que podía pagar más por el hecho de que quedaba
cerca del gimnasio que frecuentaba y la universidad. Era un edificio que tenía sus años,
nunca vió que los ascensores alguna vez hayan funcionado y cada habitáculo de los cinco
pisos que tenía era un monoambiente, una cocina casi en la entrada, un baño que al menos
cumplia su función y un balcón donde apenas había espacio para sentarse a tomar aire
fresco. Era normal que muchas personas encontrarán pequeño e incómodo. Así que se
sorprendió un poco cuando el casero le comentó que el alojamiento libre que estaba a un
lado del suyo ya iba a ser habitado por una pareja.
“Una pareja homosexual”, le susurró al de pelo verde como si le estuviera contanto el
secreto más buscado por las organizaciones [Link]ía que el casero no estaba siendo
un imbécil, quizás solo le estaba “advirtiendo” por si a él le desagradan esas cosas. Pero
Zoro, además de ser gay él mismo, no le importaba lo que la gente hiciera puertas adentro.
Mientras ingresaba a su departamento y tiraba su mochila en donde sea, solo tuvo que dar
unos pocos pasos para acostarse en el colchón en el suelo. Nami le había dicho varias
veces que debía amueblar ese lugar o al menos comprar una cama, pero para Zoro era solo
un desperdicio de dinero y espacio. De todas maneras las reuniones con sus amigos
siempre eran en la casa de Luffy, la cual era la más grande.
El lugar tenía una mesa pequeña, dos sillas, y el colchón en el suelo con un juego de
sábanas y una frazada gastada. No necesitaba más que eso. El ventanal que tenía en el
balcón servía mucho para luz natural, así que no lamparas. La mesa donde comía era
también su escritorio y ya que nunca fue alguien que mirara televisión o películas, no
necesitaba una TV.
Era pequeño pero era suyo. Con 19 años y la vida por delante, no podía pedir más.
Ni siquiera tenía ganas de cambiarse la ropa, así que solo se limitó a sacarse los zapatos y
a dormir.
A la mañana siguiente la alarma no sonó, pero al menos se las arregló para abrir los ojos y
ver que llegaba tarde, y algo bueno de dormir con la ropa puesta es que no necesitó
prepararse mucho para salir a clases. No tenía tiempo de desayunar, de todas maneras
estaba seguro que no debía tener más que té y algún pan con moho que había quedado
olvidado en algún rincón de la mini heladera.
Al salir apresurado, y bajar las escaleras velozmente, casi choca con una caja de cartón que
apareció de repente en sus narices.
Pudo esquivarla por poco pero casi hizo tropezar al sujeto que la cargaba.
Llevandose una maldición de un manchón rubio y una ceja curvina que alcanzó a ver, siguió
su camino.
Los siguientes días fueron tranquilos. A veces podía oler el humo de cigarrillo que se colaba
por su balcón. Otras veces escuchaba que el nuevo vecino hablaba por teléfono por largos
ratos, como hablaba bajo y las paredes eran muy delgadas, apenas entendía lo que decía,
tampoco es que quería invadir su privacidad. Realmente nada importante para ir a quejarse
o algo, tampoco se había encontrado con alguno de ellos en las idas y vueltas (muchas
vueltas) de la universidad y sus horarios irregulares.
Pero el punto culmine fue un domingo cualquiera donde probablemente uno de los rubios
más hermosos y calientes que había visto en su vida tocó su puerta para pedirle prestado
su cocina. Aparentemente su garrafa se había quedado sin gas y él no estaba
acostumbrado a calcular la cantidad que había usado los días pasados.
Lo dejó entrar con una cacerola y el de pelo verde se sentó a conversar con el sujeto.
Resulta que era el nuevo vecino. Le contó que su novio suele viajar muy seguido por trabajo
y él aún está en busca de lo mismo, a pesar de que ha dejado varios currículos en los
restaurantes y bares de la zona, aún no ha llegado a agarrar algo.
Una cosa llevó a la otra y cuando Sanji (este rubio) se enteró que Zoro acostumbraba a
almorzar fideos instantáneos o una lata de atún con algo de arroz y una cerveza, parecía
tan shockeado como si le había confesado de ser un asesino serial.
El rubio no dejó de insistir hasta que cocinó para ambos y almorzaron en la modesta mesa
del departamento de Zoro. Por primera vez, el peliverde si deseó tener al menos un lugar
más agradable para una visita.
Terminado la comida, se marchó satisfecho de la sonrisa de su compañero al probar comida
de dioses.
Al principio fue como pago del gas usado, pero luego de que consiguiera otra garrafa, se
empezó a hacer costumbre que Sanji cocinara para 2 personas y compartiera con su vecino
sus invenciones y comidas caseras, a veces eran almuerzos, otras veces cenas. Siempre
poniéndose de acuerdo porque había días que Zoro no regresaba de la universidad durante
todo el día, y otros donde Sanji tardaba mucho en las noches donde recorría lugares para
pedir trabajo como ayudante de cocina.
Zoro se llegó a sentir un poco culpable de comer prácticamente gratis e incluso acompañó a
Sanji al mercado un par de veces donde podía pagar algunos productos para sacar esa
carga de su conciencia.
Más allá de las comidas, Sanji no pasaba más tiempo con él. Solo cocinaba en su propio
departamento y llevaba dos platos listos para cuando Zoro le abriera la puerta y poder
comer tranquilamente en el modesto comedor/habitación del peliverde. Al terminar, el
cocinero se llevaría los platos y lo dejaría solo para que cada uno atendiera sus respectivos
asuntos. Cuando el rubio por fin le preguntó a Zoro si su color de cabello era real fue el
momento donde le contestó que era tan real como sus cejas.
El espadachín jura que fue una contestación automática, y casi se lamenta por arruinar las
cosas con el vecino, pero afortunadamente éste le contestó con algo igual de mordaz. Bello,
gran cocinero y con una boca de camionero. Ya se estaba poniendo celoso de su novio
fantasma. Quien por cierto nunca había visto, pero tampoco era su asunto. Sanji no hablaba
mucho de él y Zoro no preguntaba, era mejor dejarlo así. Los insultos juguetones siguieron
con las comidas. Y a Zoro le gustaba mucho todo aquello.
Pero la paz nunca es duradera.
Una noche de semana, Sanji no le contestó su mensaje de que no podría acompañarlo para
cenar. Zoro debía terminar un proyecto con sus amigos y se quedó en la biblioteca más
tiempo del esperado. Normalmente el rubio le mandaba un sticker o le decía que guardaría
su parte para cuando él llegara. Pero nada.
Zoro no le prestó atención, después de todo Sanji solo era su vecino. Pedirle más era un
abuso.
Estaba muy cansado cuando llegó a su departamento. Ni siquiera prendió las luces. Abrió el
ventanal del balcón para ventilar el reducido lugar e inmediatamente se quitó la ropa
excepto sus boxers y se lanzó al colchón del suelo. Acurrucado entre las sábanas, cerraba
los ojos para conciliar el sueño.
Entonces un “¡¡OH SÍ!!” con un tono barítono muy conocido resonó fuertemente. Seguido de
varios sonidos que Zoro identificó inmediatamente como jadeos y gemidos.
Una voz desconocida decía lo bien que Sanji se veía encima de él, lo bien que montaba su
verga y otras cosas más que hicieron que automáticamente el miembro del peliverde se
despertara con entusiasmo.
El rostro de Zoro debía de estar como un tomate ahora mismo, pero tanto era el shock que
no sabia como reaccionar. El sonido se escuchaba como si estuvieran teniendo sexo a su
lado. Pero claro, el departamento de Sanji también debía tener el ventanal abierto, y su
cama muy cerca de ahí, además no ayudaba que las malditas paredes fueran finas.
Cuando una neurona de Zoro por fin parecía funcionar pensó en golpear la pared y pedir
silencio, pero una parte de él, una muy avergonzada admitía que le gustaba mucho
escuchar los sonidos de placer de Sanji.
Pensó también que sería injusto de privar a Sanji de por fin reunirse con su novio después
de que amablemente le cocinara durante las últimas dos semanas. ¿Por qué no dejar que la
pasara bien?
La voz de Sanji clamando por “más fuerte” y “estoy cerca, bebé” hicieron que la mano de
Zoro fuera hacia su endurecido pene y empezara a bombearlo sin descanso, cerrando los
ojos e imaginando que era él quien tenía a Sanji rebotando encima.
Los gritos del rubio cesaron y Zoro sentía un vergonzoso pesar en su mente al sentirse
decepcionado de que haya acabado tan pronto decidió masturbarse, pero en tan solo 5 min,
se escucharon sonidos de chapoteos y jadeos. La misma voz de antes alabó la boca del
rubio y lo hábil que era con la lengua. Y esta vez Zoro no perdió el tiempo.