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Meditaciones del Vía Crucis de Ratzinger

Este documento presenta las meditaciones y oraciones del Cardenal Joseph Ratzinger para la primera estación de la Vía Crucis. Comienza con una oración inicial en la que se pide ayuda para seguir a Jesús en su camino de entrega y sacrificio. Luego presenta las meditaciones y oraciones para las primeras tres estaciones: Jesús condenado a muerte, Jesús cargando la cruz y Jesús cayendo por primera vez bajo el peso de la cruz. En cada estación se reflexiona sobre el significado del sufrimiento de Jesús y se pide fortaleza

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Meditaciones del Vía Crucis de Ratzinger

Este documento presenta las meditaciones y oraciones del Cardenal Joseph Ratzinger para la primera estación de la Vía Crucis. Comienza con una oración inicial en la que se pide ayuda para seguir a Jesús en su camino de entrega y sacrificio. Luego presenta las meditaciones y oraciones para las primeras tres estaciones: Jesús condenado a muerte, Jesús cargando la cruz y Jesús cayendo por primera vez bajo el peso de la cruz. En cada estación se reflexiona sobre el significado del sufrimiento de Jesús y se pide fortaleza

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VÍA CRUCIS

Meditaciones y oraciones
del Cardenal Joseph Ratzinger

ORACIÓN INICIAL

V/. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.


R/. Amén.

Señor Jesucristo, por nosotros aceptaste correr la suerte del grano de trigo que cae en tierra
y muere para producir mucho fruto (Jn 12,24). Tú nos invitas a seguirte cuando dices: «El
que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se
guardará para la vida eterna» (Jn 12,25). Sin embargo, nosotros nos aferramos a nuestra
vida. No queremos abandonarla, sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla,
no ofrecerla, pero tú te adelantas y nos muestras que sólo entregándola salvamos nuestra
vida. Mediante este ir contigo en el Vía Crucis quieres guiarnos hacia el proceso del grano
de trigo, hacia el camino que conduce a la eternidad. La cruz -la entrega de nosotros
mismos- nos pesa mucho. Pero en tu Vía Crucis tú has cargado también con mi cruz, y no
lo has hecho en un momento del pasado, porque tu amor es contemporáneo a mi vida. La
llevas hoy conmigo y por mí y, de una manera admirable, quieres que ahora también yo,
como entonces Simón de Cirene, lleve contigo tu cruz y que, acompañándote, me ponga
contigo al servicio de la redención del mundo.

Ayúdame para que mi Vía Crucis no se reduzca a un momentáneo sentimiento de devoción.


Ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, sino a recorrer tu camino con el
corazón, más aún, con los pasos concretos de nuestra vida cotidiana. Ayúdanos a
encaminarnos con todo nuestro ser por la senda de la cruz y a seguir siempre tus huellas.
Líbranos del temor a la cruz, del miedo a las burlas de los demás, del miedo a que se nos
pueda escapar nuestra vida si no aprovechamos con afán todo lo que nos ofrece. Ayúdanos
a desenmascarar las tentaciones que prometen vida, pero cuyos resultados, al final, sólo nos
dejan vacíos y frustrados. Ayúdanos a no apoderarnos de la vida, sino a darla. Ayúdanos, al
acompañarte en este itinerario del grano de trigo, a encontrar, en el «perder la vida», la vía
del amor, la vía que verdaderamente nos da la vida, y vida en abundancia (Jn 10,10).

PRIMERA ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según san Mateo 27,22-23.26:

Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡Que
lo crucifiquen!» Pilato insistió: «pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte:
«¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo
entregó para que lo crucificaran.

MEDITACIÓN

El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e
indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este
condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final
prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan
y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de
Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús
Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros (...), lo matasteis en una cruz por manos de los
impíos» (Hch 2,22 ss). Pero en aquel momento estaban sometidos a la influencia de la
muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es
pisoteada por la vileza, por la pusilanimidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad
dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La
indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.

ORACIÓN

Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha sofocado la voz de
la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia; los inocentes son maltratados,
condenados y asesinados. ¡Cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la
verdad, nuestra reputación a la justicia! Fortalece en nuestra vida la sutil voz de la
conciencia, tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu
mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de
Pentecostés has conmovido el corazón e infundido el don de la conversión a los que el
Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos
también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.

Todos: Padre nuestro...

SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús con la cruz a cuestas

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según san Mateo 27,27-31:

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a


toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una
corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y
doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego
lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla,
le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

MEDITACIÓN

Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge
cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de
este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! ¡Cuántas
veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras
pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al
servicio del bien! Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del
sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44,7). El precio de la justicia es
el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino
a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz,
el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo
encontrar el camino para la vida eterna.

ORACIÓN

Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los que se burlan de
quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los humillados y
marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del mundo cuando se ridiculiza la
obediencia a tu voluntad. Tú has llevado la cruz y nos has invitado a seguirte por ese
camino (Mt 10,38). Danos fuerza para aceptar la cruz, sin rechazarla; para no lamentarnos
ni dejar que nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida. Anímanos a
recorrer el camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la verdadera alegría.

Todos: Padre nuestro...

TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del profeta Isaías 53,4-6:

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos


leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por
nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron.
Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él
todos nuestros crímenes.

MEDITACIÓN
El hombre ha caído y cae siempre de nuevo. ¡Cuántas veces se convierte en una caricatura
de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador! ¿No es acaso la imagen
por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de
los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino?
Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio
resalta algo más profundo, como dice san Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de
su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su
rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un
hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz»
(Flp 2,6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su
humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de
nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo
nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de
nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros
propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La
humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza.
Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso
afán de autonomía y aprendamos de él, que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera
grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.

ORACIÓN

Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado, el peso de
nuestra soberbia te derriba. Pero tu caída no es signo de un destino adverso, no es la pura y
simple debilidad de quien es despreciado. Has querido venir a socorrernos porque a causa
de nuestra soberbia yacemos en tierra. La soberbia de pensar que podemos forjarnos a
nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía, que se puede
comprar y vender, una reserva de material para nuestros experimentos, con los cuales
esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en realidad, no hacemos
más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana. Señor, ayúdanos
porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia destructiva y, aprendiendo de
tu humildad, a levantarnos de nuevo.

Todos: Padre nuestro...

CUARTA ESTACIÓN
Jesús se encuentra con su Madre

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según san Lucas 2, 34-35.51:


Simeón dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y
se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y
a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

MEDITACIÓN

En el Vía Crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública tuvo que
retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos.
También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?...
El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi
madre» (Mt 12,48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el
cuerpo, sino también en el corazón. Porque, incluso antes de haberlo concebido en el
vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás
en tu vientre y darás a luz un hijo... Será grande..., el Señor Dios le dará el trono de David
su padre» (Lc 1,31 ss). Pero poco más tarde el anciano Simeón le diría también: «Y a ti,
una espada te traspasará el alma» (Lc 2,35). Esto le haría recordar palabras de los profetas
como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero
llevado al matadero» (s 53,7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado
siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María»
(Lc 1,30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la
fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad:
«Bendita tú que has creído» (Lc 1,45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará
esta fe en la tierra?» (Lc 18,8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo
en aquellos momentos.

ORACIÓN

Santa María, Madre del Señor, permaneciste fiel cuando los discípulos huyeron. Al igual
que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía increíble -que serías la madre del
Altísimo-, también has creído en el momento de su mayor humillación. Por eso, en la hora
de la cruz, en la hora de la noche más oscura del mundo, te han convertido en la Madre de
los creyentes, Madre de la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos ayudes para
que la fe nos impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe compartir el
sufrimiento.

Todos: Padre nuestro...

QUINTA ESTACIÓN
El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según san Mateo 27,32; 16,24:


Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la
cruz.
Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo,
que cargue con su cruz y me siga».

MEDITACIÓN

Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con
aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados
usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe
haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados!
Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista san Marcos
menciona también a sus hijos, evidentemente conocidos como cristianos, como miembros
de aquella comunidad (Mc 15,21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe.
Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era
una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús
sufriente y mudo le llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y
puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que
aún falta a sus padecimientos (Col 1,24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien
sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a
llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la
salvación del mundo.

ORACIÓN

Señor, a Simón de Cirene le abriste los ojos y el corazón, dándole, al compartir la cruz, la
gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque esto contraste con
nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la gracia de reconocer como un don el
poder compartir la cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo. Danos la
gracia de reconocer con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y los
sufrimientos de este mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos
ayudar a construir tu cuerpo, la Iglesia.

Todos: Padre nuestro...

SEXTA ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del profeta Isaías 53,2-3:


No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los
hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan
los rostros; despreciado y desestimado.

Del libro de los Salmos 26,8-9:

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu


rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me
abandones, Dios de mi salvación.

MEDITACIÓN

«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (Sal 26,8-9). Verónica -Berenice,
según la tradición griega- encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres piadosos
del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en
principio, en el Vía Crucis de Jesús, no hace más que prestar un servicio de bondad
femenina: ofrece un lienzo a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los
soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena
que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin
permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón -había
dicho el Señor en el Sermón de la montaña-, porque verán a Dios» (Mt 5,8). Inicialmente,
Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor
imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre
y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor
más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos
deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor
mismo.

ORACIÓN

Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del
corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos
permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de realizar grandes
cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para
que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.

Todos: Padre nuestro...

SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del libro de las Lamentaciones 3,1-2.9.16:


Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. Él me ha llevado y me
ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha
torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.

MEDITACIÓN

La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de
Adán -en nuestra condición de seres humanos caídos- y en el misterio de la participación de
Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia formas siempre nuevas. En su primera
carta, san Juan habla de una triple caída del hombre: la concupiscencia de la carne, la
concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la
perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del
hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la
historia más reciente, como cansándose de la fe, ha abandonado al Señor: las grandes
ideologías, lo mismo que la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja
llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor
que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre.
El hombre, pues, yace por tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a
nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es nuestra carga la que te
hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos alzarnos del polvo. Líbranos del
poder de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra, danos de nuevo un corazón
de carne, un corazón capaz de ver. Destruye el poder de las ideologías, para que los
hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del
materialismo llegue a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios
y vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las necesidades
interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder levantar a los
demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de
esperanza para el mundo.

Todos: Padre nuestro...

OCTAVA ESTACIÓN
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según san Lucas 23,28-31:


Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por
vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «Dichosas las
estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces
empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas:
«Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

MEDITACIÓN

Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos
hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad
puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve
compadecer con palabras y sentimentalmente los sufrimientos de este mundo, si nuestra
vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos
nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante,
todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no
estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la
imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos, quizás, únicamente el
aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio?
¿Cómo podrá Dios -pensamos- hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente
hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo
debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir trivializando el mal al
contemplar la imagen del Señor que sufre. También a nosotros él nos dice: «No lloréis por
mí; llorad más bien por vosotros... porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el
seco?».

ORACIÓN

Señor, a las mujeres que lloraban les hablaste de penitencia, del día del Juicio, cuando nos
encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas a salir de la
trivialización del mal con la que nos tranquilizamos para poder así continuar nuestra vida
de siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de que se nos
encuentre culpables y estériles en el Juicio. Haz que no nos limitemos a caminar junto a ti,
ofreciéndote sólo palabras de compasión.

Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas que, al final, nos quedemos como el leño
seco, sino que lleguemos a ser sarmientos vivos en ti, la vid verdadera, y que produzcamos
frutos para la vida eterna (cf. Jn 15,1-10).

Todos: Padre nuestro...

NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Del libro de las Lamentaciones 3,27-32:

Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y
silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizás haya
esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor
no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso
amor.

MEDITACIÓN

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace
pensar en la caída de los hombres en general, en que muchos se alejan de Cristo, en la
tendencia a un secularismo sin Dios. Pero ¿no deberíamos pensar también en lo que debe
sufrir Cristo en su propia Iglesia? ¡Cuántas veces se abusa del santo sacramento de su
presencia, en qué vacío y maldad de corazón entra él con frecuencia! ¡Cuántas veces
celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta siquiera de él! ¡Cuántas veces se deforma y se
abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta
suciedad en la Iglesia y también entre los que, por su sacerdocio, deberían estar
completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco
respetamos el sacramento de la reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de
nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la
recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre es ciertamente el mayor dolor del Redentor,
el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo más profundo del
alma: Kyrie, eleison - «Señor, sálvanos» (cf. Mt 8,25).

ORACIÓN

Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace agua
por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su
atuendo y su rostro tan sucios. Pero los ensuciamos nosotros mismos. Nosotros somos
quienes te traicionamos, no obstante, los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten
piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, te
arrastramos a tierra, y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos;
espera que tú, arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te
levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a
tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.

Todos: Padre nuestro...

DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Del Evangelio según San Mateo 27,33-36:

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a
beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo,
se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.

MEDITACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social;
indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que
Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de
despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el
esplendor de Dios y ahora se encuentra en el mundo desnudo y al descubierto, y se
avergüenza. Jesús, de esta forma, asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús
despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por
tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras
pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo
21,19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según
las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de
Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de
la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante, su amargura, son un paso de
la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa
el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19,23).
Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una
sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de
hecho el verdadero sumo sacerdote.

ORACIÓN

Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra, expulsado de la
sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado con los
sufrimientos y necesidades de los pobres, de los excluidos del mundo. Pero es exactamente,
así como cumples la palabra de los profetas. Es así como das significado a lo que aparece
sin significado. Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene en sus manos, a ti, a
nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto hacia el hombre en todas las fases de
su existencia y en todas las situaciones en las cuales lo encontramos. Revístenos de la luz
de tu gracia.

Todos: Padre nuestro...

UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es clavado en la cruz

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según san Mateo 27,37-42:

Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de los
judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que
pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo
reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A
otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz
y le creeremos».

MEDITACIÓN

Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la
increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron:
asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Todo su cuerpo está martirizado; se
han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la
gente, desprecio del pueblo» (Sal 21,27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era
despreciado... Y con todo, eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores
los que soportaba» (Is 53,3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de
Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de nuestra satisfacción y gozo, para aprender a
respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales.
Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así
estamos cerca de Dios.

Tratemos de descubrir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor


condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien
soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio
de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe
inquebrantable: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz
del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, sin ceder a ninguna tentación de
apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible crueldad de este
dolor, la destrucción de tu cuerpo y de tu dignidad. Te has dejado clavar, has sufrido sin
evasivas ni compromisos. Ayúdanos a no desertar ante lo que debemos hacer. A unirnos
estrechamente a ti. A desenmascarar la falsa libertad que nos quiere alejar de ti. Ayúdanos a
aceptar tu libertad «comprometida» y a encontrar en la estrecha unión contigo la verdadera
libertad.

Todos: Padre nuestro...


DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según san Juan 19,19-20:

Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el


Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos; estaba cerca de la
ciudad el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

Del Evangelio según San Mateo 27,45-50.54:

Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A
media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abandonado?». Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama
éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y,
sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a
salvarlo». Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que
custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente
éste era Hijo de Dios».

MEDITACIÓN

Sobre la cruz -en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua
del pueblo elegido, el hebreo- está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo
prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión
pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de
Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero
ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. En efecto, él es
verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su
descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha
cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al
Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza.
Jesús reza el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abandonado?» (Sal 21,2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la
humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a
Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es
un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la
muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El
centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él
triunfa siempre de nuevo.

ORACIÓN
Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol. Constantemente estás siendo
clavado en la cruz. Precisamente en este momento histórico vivimos en la oscuridad de
Dios. Por el gran sufrimiento, y por la maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro,
aparece difuminado, irreconocible. Pero en la cruz te has hecho reconocer. Porque eres el
que sufre y el que ama, eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado.
En esta hora de oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en ti y a
seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo al mundo en
esta hora. Haz que se manifieste tu salvación.

Todos: Padre nuestro...

DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz
y entregado a su Madre

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según san Mateo 27,54-55:

El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba
dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que
miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.

MEDITACIÓN

Jesús está muerto; de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y
agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de
los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no
le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el
verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf. Ex 12,46). Y
ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del
poder del odio y de la vileza, él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María,
su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba.
Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja,
porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín:
donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había
sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro
en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega
también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del
renacer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay
alguien que cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran
luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la
esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la
noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de
Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.

ORACIÓN

Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por manos
piadosas y envuelto en una sábana limpia (cf. Mt 27,59). La fe no ha muerto del todo, el sol
no se ha puesto totalmente. ¡Cuántas veces parece que estés durmiendo! ¡Qué fácil es que
nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto!
Haz que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú estás presente. No nos dejes solos
cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que
resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema,
como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los
ricos, a los sencillos y a los sabios, a ver a través de sus miedos y sus prejuicios, y a
ofrecerte nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín en el
cual pueda tener lugar la resurrección.

Todos: Padre nuestro...

DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es puesto en el sepulcro

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R/. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según san Mateo 27,59-61:

José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro
nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro
y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del
sepulcro.

MEDITACIÓN

Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores.
Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante
perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se
manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la
«sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de
Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es
lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (cf. Mt 5,20). Pero es necesario
recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en
todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos (...) el buen olor de Cristo» (2
Co 2,14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el
perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a
realizarse la palabra de Jesús: «En verdad, en verdad os digo: Si el grano de trigo no cae en
tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12,24). Jesús es el
grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del
pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar
sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios,
que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el
sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del grano de trigo, te
has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso del tiempo, hasta la
eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del que
procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo. La Palabra
eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en
nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y
produzca fruto. Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también
nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también
nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada vez más tu
misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo. Ayúdanos a
ser tu «perfume», a hacer perceptibles las huellas de tu vida en este mundo. Al igual que el
grano de trigo se alza de la tierra como retoño y espiga, así también tú no podías
permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque él -el Padre- no te «entregó a la
muerte, ni tu carne conoció la corrupción» (Hch 2,31; Sal 15,10). No, tú no has conocido la
corrupción. Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz
que podamos alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de
este modo testigos de tu resurrección.

Todos: Padre nuestro...

Oración Final 
Te suplico, Señor, que me concedas, 
por intercesión de tu Madre la Virgen, 
que cada vez que medite tu Pasión, 
quede grabado en mí 
con marca de actualidad constante, 
lo que Tú has hecho por mí 
y tus constantes beneficios.
Haz, Señor, que me acompañe, 
durante toda mi vida, 
un agradecimiento inmenso a tu Bondad. Amén

V/. El Señor este con ustedes


R/. Y con tu Espíritu

V/. La bendición de Dios Todopoderoso + Padre, Hijo y Espíritu Santo.


R/. Amén

V/. Bendigamos al Señor


R/. Demos gracias a Dios

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