LA FILOSOFÍA DE HUME (1711-1776)
EL ANÁLISIS DEL CONOCIMIENTO EN HUME
A diferencia del Racionalismo, que afirmaba que la razón era la fuente del conocimiento,
el Empirismo tomará la experiencia como la fuente y el límite de nuestros
conocimientos. Ello supondrá la crítica del innatismo, es decir, la negación de que
existan "ideas" o contenidos mentales que no procedan de la experiencia. Cuando
nacemos la mente es una "tabula rasa" en la que no hay nada impreso. Todos sus
contenidos dependen, pues, de la experiencia que en el caso de Hume está constituida
por un conjunto de impresiones, cuya causa desconocemos.
Al igual que el racionalismo, el empirismo tomará como punto de partida de la reflexión
filosófica el sujeto, el análisis de los contenidos de la conciencia,
1.-Los elementos del conocimiento
En la "Investigación sobre el entendimiento humano" Hume comienza la presentación
de su filosofía con el análisis de los contenidos mentales. Hume encuentra dos tipos
distintos de contenidos: las impresiones y las ideas. La diferencia que existe entre
ambas es simplemente la intensidad o vivacidad con que las percibimos, siendo las
impresiones contenidos mentales más intensos y las ideas contenidos mentales menos
intensos.
Impresión, conocimiento directo de algo a través de los sentidos. Ejemplo, cuando estoy
viendo un árbol, estoy teniendo una impresión en mi mente.
Idea, Recuerdo de una impresión. Ejemplo, cuando me acuerdo del árbol que vi.
Así, las ideas derivan de las impresiones; las impresiones son, pues, los elementos
originarios del conocimiento. De esta relación entre las impresiones y las ideas extraerá
Hume el criterio de verdad: una proposición será verdadera si las ideas que contiene
corresponden a alguna impresión; y falsa si no hay tal correspondencia.
Las impresiones, por su parte, puede ser de dos tipos: de sensación, y de reflexión. Las
impresiones de sensación las atribuimos a la acción de los sentidos, y son las que
percibimos cuando decimos que vemos, oímos, sentimos, etc. Las impresiones de
reflexión son aquellas que van asociadas a la percepción de una idea, como cuando
sentimos aversión ante la idea de frío, y casos similares. Además, las impresiones
pueden clasificarse también como simples o complejas; una impresión simple sería la
percepción de un color, por ejemplo; una impresión compleja, la percepción de una
ciudad.
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Las ideas, a su vez, pueden clasificarse en simples y complejas. Las ideas simples son la
copia de una impresión simple, como la idea de un color, por ejemplo. Las ideas
complejas pueden ser la copia de impresiones complejas, como la idea de la ciudad, o
pueden ser elaboradas por la mente a partir de otras ideas simples o complejas,
mediante la operación de mezclarlas o combinarlas según las leyes que regulan su
propio funcionamiento.
2.-Las leyes de la asociación de ideas.
La capacidad de la mente para combinar ideas parece ilimitada, nos dice Hume. Pero esa
asociación se produce siempre siguiendo determinadas leyes: la de semejanza, la de
contigüidad en el tiempo o en el espacio, y la de causa o efecto.
Cuando la mente se remonta de los objetos representados en una pintura al original, lo
hace siguiendo la ley de semejanza.
Si alguien menciona una habitación de un edificio difícilmente podremos evitar que
nuestra mente se pregunte por, o se represente, las habitaciones contiguas; del mismo
modo, el relato de un acontecimiento pasado nos llevará a preguntarnos por otros
acontecimientos de la época; en ambos casos está actuando la ley de asociación por
contigüidad: en el espacio, el primer caso; y en el tiempo, en el segundo caso.
El caso de pensar en un accidente, difícilmente podremos evitar que venga nuestra
mente la pregunta por la causa, o por las consecuencias del mismo, actuando en este
caso la ley de la causa y el efecto.
Según Hume son estas tres leyes las únicas que permiten explicar la asociación de ideas.
3.-Los tipos de conocimiento.
Hume nos dirá que existen dos tipos conocimiento en los que se engloban todos los
objetos de la razón: relaciones de ideas y cuestiones de hecho.
Los objetos de la razón pertenecientes al primer grupo, relaciones de ideas son "las
ciencias de la Geometría, Álgebra y Aritmética y, en resumen, toda afirmación que sea
intuitiva o demostrativamente cierta". La característica de estos objetos es que pueden
ser conocidos independientemente de lo que exista en cualquier parte del universo.
Dependen exclusivamente de la actividad de la razón, ya que una proposición como "el
cuadrado de la hipotenusa es igual al cuadrado de los dos lados de un triángulo
rectángulo" expresa simplemente una determinada relación que existe entre los lados
del triángulo, independientemente de que exista o no exista un triángulo en el mundo.
De ahí que Hume afirme que las verdades demostradas por Euclides conservarán
siempre su certeza.
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Las proposiciones de este tipo expresa simplemente relaciones entre ideas, de tal modo
que el principio de identidad y no contradicción sería la guía para determinar su verdad
o falsedad.
El segundo tipo de objetos de la razón, las cuestiones de hecho, no pueden ser
investigadas de la misma manera, ya que lo contrario de un hecho es, en principio,
siempre posible. No hay ninguna contradicción, dice Hume, en la proposición "el sol no
saldrá mañana", ni es menos inteligible que la proposición "el sol saldrá mañana".
No podríamos demostrar su falsedad recurriendo al principio de contradicción. ¿A qué
debemos recurrir, pues, para determinar si una cuestión de hecho es verdadera o falsa?
Todos los razonamientos sobre cuestiones de hechos parecen estar fundados, nos dice,
en la relación de causa y efecto.
Si estamos convencidos de que un hecho ha de producirse de una determinada manera,
es porque la experiencia nos lo ha presentado siempre asociado a otro hecho que le
precede o que le sigue, como su causa o efecto. Las causas y efectos, por lo tanto, no
puede ser descubiertas por la razón, sino sólo por experiencia.
El conocimiento de hechos se funda en la experiencia, pero ¿en qué se funda la
experiencia? ¿Hay alguna forma de justificar la regularidad que suponemos en la
experiencia?
4. La crítica del principio de causalidad
El principio de causalidad.
Como hemos visto, el conocimiento de hechos está fundado en la relación causa y
efecto. Esa relación se había interpretado tradicionalmente bajo la noción del principio
de causalidad, como uno de los principios fundamentales del entendimiento, y como tal
había sido profusamente utilizado por los filósofos anteriores
¿Pero, qué contiene exactamente la idea de causalidad? Según Hume, la relación causal
se ha concebido tradicionalmente como una "conexión necesaria" entre la causa y el
efecto, de tal modo que, conocida la causa, la razón puede deducir el efecto que se
seguirá, y viceversa, conocido el efecto, la razón está en condiciones de remontarse a la
causa que lo produce.
¿Qué ocurre si aplicamos el criterio de verdad establecido por Hume para determinar
si una idea es o no verdadera? Una idea será verdadera si hay una impresión que le
corresponde. ¿Hay alguna impresión que corresponda a la idea de "conexión
necesaria" y, por lo tanto, es legítimo su uso, o es una idea falsa a la que no corresponde
ninguna impresión?
Si observamos cualquier cuestión de hecho, por ejemplo el choque de dos bolas de
billar, nos dice Hume, observamos el movimiento de la primera bola y su impacto
(causa) sobre la segunda, que se pone en movimiento (efecto); en ambos casos, tanto a
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la causa como al efecto les corresponde una impresión, siendo verdaderas dichas ideas.
Estamos convencidos de que si la primera bola impacta con la segunda, ésta se
desplazará al suponer una "conexión necesaria" entre la causa y el efecto: ¿Pero hay
alguna impresión que le corresponda a esta idea de "conexión necesaria"? No, dice
Hume. Lo único que observamos es la sucesión entre el movimiento de la primera bola
y el movimiento de la segunda; de lo único que tenemos impresión es de la idea de
sucesión, pero por ninguna parte aparece una impresión que corresponda a la idea de
"conexión necesaria", por lo que hemos de concluir que la idea de que existe una
"conexión necesaria" entre la causa y el efecto es una idea falsa.
¿De dónde procede, pues, nuestro convencimiento de la necesidad de que la segunda
bola se ponga en movimiento al recibir el impacto de la primera? De la experiencia: el
hábito, o la costumbre, al haber observado siempre que los dos fenómenos se producen
uno a continuación del otro, produce en nosotros el convencimiento de que esa
sucesión es necesaria.
¿Cuál es, pues, el valor del principio de causalidad? El principio de causalidad sólo tiene
valor aplicado a la experiencia, aplicado a objetos de los que tenemos impresiones y,
por lo tanto, sólo tiene valor aplicado al pasado, dado que de los fenómenos que puedan
ocurrir en el futuro no tenemos impresión ninguna. Contamos con la predicción de
hechos futuros porque aplicamos la inferencia causal; pero esa aplicación es ilegítima,
por lo que nuestra predicción de los hechos futuros no pasa de ser una mera creencia ,
por muy razonable que pueda considerarse. Dado que la idea de "conexión necesaria"
ha resultado ser una idea falsa, sólo podemos aplicar el principio de causalidad a
aquellos objetos cuya sucesión hayamos observado: ¿Cuál es el valor, pues, de la
aplicación tradicional del principio de causalidad al conocimiento de objetos de los que
no tenemos en absoluto ninguna experiencia? Ninguno, dirá Hume. En ningún caso la
razón podrá ir más allá de la experiencia, lo que le conducirá a la crítica de los
conceptos metafísicos (Dios, mundo, alma) cuyo conocimiento estaba basado en esa
aplicación ilegítima del principio de causalidad.
5. La crítica de la idea de sustancia
La idea de sustancia
El término sustancia (o substancia), procede del latino "substantia" que es, a su vez, la
traducción del griego "ousía". Su significado más general es el de "fundamento" de la
realidad, (significado que adquiere ya de forma clara con Aristóteles), "lo que está
debajo", lo que "permanece" bajo los fenómenos, lo subsistente. En cuanto tal, la
sustancia es ante todo sujeto, lo que tiene su ser en sí, y no en otro.
Sobre el concepto de sustancia como esencia se construyen la metafísica y la
gnoseología hasta su época. La esencia no contiene nada material, por lo que es el
fundamento último de la realidad, aquello que la determina a ser lo que es.
Hume se preguntará por la validez de la idea de sustancia, y lo hará recurriendo al
criterio de verdad: una idea es verdadera si le corresponde una impresión; en caso
contrario hemos de considerarla falsa.
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Ahora bien, sólo hay dos tipos de impresiones: las impresiones de sensación y las
impresiones de reflexión.
¿Hay alguna impresión -de sensación o de reflexión- que le corresponda a la idea de
sustancia? No hay ninguna impresión de sensación que corresponda a la idea de
sustancia, ya que esta idea no contiene nada sensible. Pero tampoco hay ninguna
impresión de reflexión que corresponda a la idea de sustancia; las impresiones de
reflexión están constituidas por pasiones y por emociones.
Una idea a la que no le corresponde ninguna impresión, de acuerdo con el criterio de
Hume, es una idea falsa.
¿Cómo se produce, entonces, la idea de sustancia? La idea de sustancia es producida
por la imaginación; no es más que una "colección" de ideas simples unificadas por la
imaginación bajo un término que nos permite recordar esa colección de ideas simples,).
Para Hume la idea de sustancia es una idea falsa, tanto si es concebida como algo
material o como algo espiritual, dado que a ella no le corresponde ninguna impresión.
6. El Mundo, el Alma y Dios
En las Meditaciones Metafísicas Descartes se propone probar la existencia del Mundo,
del Alma y de Dios, las tres sustancias de las que tradicionalmente se había ocupado la
metafísica, pero deducidas ahora de principios firmes e inquebrantables, sobre los que
pretendió reconstruir el cuerpo del saber. También Hume se ocupará de estas tres
sustancias en las Investigaciones, pero llegando a conclusiones bien distintas a las que
la metafísica tradicional y la cartesiana, así como sus predecesores empiristas, habían
llegado.
El Mundo
Tenemos una tendencia natural a creer en la existencia de cuerpos independientemente
de nuestras percepciones, Esto equivale a decir que “creemos" que nuestras
percepciones están causadas por los objetos, ej,vemos un árbol porque existe el árbol
fuera de mi mente y causa mi percepción del árbol) Los objetos están fuera de nosotros,
perteneciéndoles un tipo de existencia continuada e independiente de la nuestra.
Pero si analizamos la cuestión filosóficamente, dice Hume, tal creencia se muestra
enteramente infundada. En realidad, estamos "encerrados" en nuestras percepciones,
que son de dos tipos: impresiones e ideas y no podremos nunca ir más allá de nuestras
impresiones e ideas. Si intentásemos aplicar el principio de causalidad para demostrar
que nuestras impresiones están causadas por objetos externos, incurriríamos en una
aplicación ilegítima de tal principio, porque tal inferencia rebasaría el ámbito de la
experiencia, el único en que podemos aplicar el principio de causalidad. Afirmar que
existe una realidad independiente de mis percepciones y causa de las mismas, es una
imposibilidad si solo son reales mis percepciones.
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No hay, pues, justificación racional alguna de dicha creencia, por lo que Hume recurre a
la imaginación para intentar explicarla.
El Alma
Habiendo rechazado la validez de la idea de sustancia ¿podemos seguir manteniendo
la idea de alma, de un sustrato, de un sujeto que permanece idéntico a sí mismo, pero
que es simple y distinto de sus percepciones? ¿De qué impresión podría proceder tal
idea de alma? No existen impresiones constantes e invariables entre nuestras
percepciones de las que podamos extraer tal idea del yo, del alma. No hay ninguna
impresión que pueda justificar la idea de un yo autoconsciente, como si el yo
permaneciera en un estado de autoidentidad inquebrantable:
Lo que nos induce a atribuir simplicidad e identidad al yo, a la mente, es una confusión
entre las ideas de "identidad" y "sucesión", a la que hay que sumar la acción de la
memoria. Ésta, en efecto, al permitirnos recordar impresiones pasadas, nos ofrece una
sucesión de impresiones, todas ellas distintas, que terminamos por atribuir a un
"sujeto", confundiendo así la idea de sucesión con la idea de identidad. Rechazada, pues,
la idea de alma, la pregunta por su inmortalidad resulta superflua.
Dios
Hume estudia el tema de Dios y la vida futura, teniendo en cuenta las críticas realizadas
a la idea de sustancia y al principio de causalidad. En virtud de ello, Hume no reconocerá
validez alguna a las demostraciones metafísicas de la existencia de Dios, considerando
que dicha existencia no es demostrable racionalmente.
Los argumentos "a priori", que van de la causa al efecto, (como el argumento
ontológico, tercera demostración cartesiana de la existencia de Dios) incurren en un
claro uso ilegítimo del principio de causalidad, ya que éste sólo tiene validez en el ámbito
de la experiencia, y no tenemos experiencia alguna de un ser que posee todas la
perfecciones (Dios) por lo que no podemos concluir legítimamente su existencia como
efecto de esa idea falsa.
En el mismo defecto incurren los argumentos "a posteriori", los que se remontan del
efecto a la causa, como son los dos argumentos causales cartesianos, 1º y 2º, de la
existencia de Dios. En estos argumentos se remonta del efecto (idea de ser perfecto o
idea del pensamiento) a la causa (la existencia de Dios). Ambas ideas, que actúan como
efectos, no se corresponden con ninguna impresión por lo que no podemos aplicar
legítimamente el ppio de causalidad al ser ideas falsas.
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7.- Fenomenismo y escepticismo
Otra consecuencia del empirismo de nuestro autor es, por tanto, el fenomenismo. Si
solo tenemos certeza de nuestras impresiones, la realidad se reduce al conjunto de
impresiones que se nos muestran, es decir, la realidad es un conjunto de fenómenos –
de cosas que se aparecen-. No hay una realidad –causa- que se nos muestra en nuestras
experiencias –consecuencia-. Solo hay experiencias.
A continuación Hume fundamenta su escepticismo: no podemos afirmar nada sobre lo
que vaya más allá de nuestra experiencia, es decir, de aquello de lo que tengo
impresiones aquí y ahora: ¿existe la puerta que vi al pasar a esta habitación? No lo sé.
Puedo afirmar que cuando pasé por ella, tuve impresiones que corresponden a lo que
llamo «la puerta del salón», pero no puedo afirmar si ahora sigue existiendo. Lo único
que puedo hacer es aplicar una creencia: la experiencia pasada me ha mostrado que los
objetos físicos no aparecen ni desaparecen repentinamente, sino que mantienen cierta
continuidad, por lo que concluyó que durante el período en el que no he tenido tales
impresiones, la puerta seguirá en el mismo sitio, pero ¿puedo tener la certeza de que
sigue existiendo? No.
Esta es la conclusión escéptica de Hume: nuestra certeza sobre cuestiones de hecho se
reduce a afirmar la existencia de impresiones de aquello que cae en este momento bajo
mi experiencia: el conjunto de impresiones que, por ejemplo, llamo «este folio» o «este
bolígrafo» y poco más. Ni siquiera puedo afirmar que mis impresiones son causadas por
objetos externos, ya que eso implicaría nuevamente la aplicación de una inferencia
causal, pues sería afirmar que la realidad externa es la causa de mis impresiones, una
afirmación indemostrable. Por tanto, solo tengo la certeza de mis impresiones, nada
más.
Así pues, el escepticismo es otra conclusión de la filosofía de Hume. Ahora bien, las
creencias de nuestra razón son «certezas vitales» que nos permiten vivir en medio de
este escepticismo. Esto explica la afirmación de Hume de que «la filosofía nos convertiría
por entero en escépticos, si la naturaleza no fuese demasiado fuerte para impedirlo».
Dicho de otro modo: el escepticismo sería la única salida si no fuera por el papel de las
creencias en nuestras vidas. Pero las creencias sólo son aceptables para la vida cotidiana,
nunca son pruebas que demuestren la certeza de nuestro conocimiento.
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