Faulkner: Tragedia y Muerte en Yoknapatawpha
Faulkner: Tragedia y Muerte en Yoknapatawpha
Claudio Magris1
Menos mal que William Faulkner (en adelante Bill, que es como le llamaba su mujer y como
juventud, aunque nunca definitivamente. Perdimos a un poeta notable pero no muy original, y a
cambio ganamos al que seguramente sea el mejor novelista de todos los tiempos. Lo mejor, lo
realmente asombroso -a la vez que para sus detractores lo peor y más chocante- de Bill como
escritor es el enorme peso que se echa a la espalda a la hora de recrear el periplo humano. A cada
instante, en cada línea, sentía que había que hacer recaer el entero destino de la humanidad 2 sobre
1 El anillo de Clarisse: tradición y nihilismo en la literatura moderna, Claudio Magrís, 1984, Ediciones 62,
1993.
2 De un gran admirador suyo y paisano nuestro, Juan Benet, leído en En la penumbra, Alfaguara: “Muchas
veces he pensado cómo el destino semeja un árbol tan lastimado por el hacha del leñador como por la fuerza del
viento, cuya forma cambia tanto con la amputación de una o varias de sus ramas cuanto por el crecimiento de otras,
un acto o un pensamiento concreto en apariencia trivial, y eso el lector lo nota, vaya si lo nota,
como si el propio Bill hubiera cogido a pulso un gran fardo de lomos de una mula (aunque no era él,
según parece, muy amigo de trabajos físicos...) y se lo hubiese cargado a los hombros de sus
exégetas. Pero es que no hay, quizá, ningún otro modo realmente veraz de calibrar la exacta medida
(él, que no era muy alto...) de las fuerzas del ser humano en esta tierra, que es nada menos que lo
que se propuso mostrar mediante su vasta y abigarrada obra novelística. Es cierto que la comedia
también es un enfoque artístico y literario posible que puede servir para ofrecer una visión de la
capacidad humana cuando ésta es enfocada desde sus debilidades, tanto temperamentales como
escatológicas, pero es que esto mismo está también sobradamente representado en los relatos de
Bill. Sin duda Faulkner escribía tragedias, como se ha dicho muy a menudo, tragedias en las que
aunaba el espíritu sofocleo y el bíblico, pero con la diferencia de que no se ahorraba nada, de que
todo el espectro de prácticas humanas, por desagradables o bajas que nos parezcan ahora, estaba
recogido. Naturalmente, Bill era un hombre de su tiempo, alguien que quiso participar sin
conseguirlo en la Primera Guerra Mundial y que se hizo un largo eco, en sus últimas producciones,
de las consecuencias de la Segunda, de manera que por “ser humano” entendía primordialmente la
épica del colono norteamericano blanco y sus siervos negros en el Sur tras la Guerra de Secesión
europeos, y hacía gala de un feroz individualismo que se refleja casi párrafo a párrafo es sus textos
de ocasión o en sus escasos ensayos. Pero, en cualquier caso, pese a los muy breves momentos de
comedia de sus historias, que los hay y estallan en el momento más inesperado (eso sí: siempre en
la acción, nunca en los diálogos3), Faulkner era un fabulador esencialmente trágico, bestialmente
trágico, incluso, justamente porque tal vez sea la tragedia, exagerando por arriba, el aparato de
empero conserva su unidad, el sistema radical con el que se alimenta y la foliación que constituye se diría su última
razón de ser”.
3 Pongamos por caso la aparición en El villorio de Eula Varner, la Marilyn Monroe de Bill, descrita como “fruto
de una eyaculación de Zeus”, o, en ese mismo relato, la acometida de unos caballos que suben como locos por las
escaleras de una edificación y recorren irrefrenables sus pasillos y verandas creando un caos momentáneo pero
fantástico.
medición más fiel del tamaño y la capacidad humanos, siendo la comedia, exagerando ahora por
abajo, no más -pero tampoco menos, no se me malinterprete-, que su ocasional alivio, como ya
que es lo que voy a tratar de espigar aquí, no se mantiene, claro, estable en toda su obra como
concepto unitario y rígido, pero lo que sí es incesante y recurrente en ella son las muertes, que se
suceden fatalmente y a menudo con carácter violento. El condado de Yoknapatawpha4 es, sin duda,
uno de los lugares más difíciles para vivir que han sido creados para la ficción, incluso teniendo en
cuenta que la guerra es ya siempre cosa del pasado, aunque Bill no crea que exista el pasado, como
hace decir al abogado Gavin Stevens en Réquiem por una mujer5 -y citó, por cierto, Barack Obama
en su discurso en Filadelfia sobre la raza de 2008-: El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado.
Bill escribió algunas otras novelas que no transcurren en el legendario condado, y de las que por
tanto no vamos a tratar más que muy someramente en las siguientes líneas, pero sí que es cierto que
desde su mocedad de dandi decadentista le preocupaba la esencia del tiempo y de la muerte, algo
que resonará tanto en las unas como en las otras. Su Grand Tour por Europa le había enseñado a
rama verde versificaba cosas como estas, propias de un pre-existencialismo que no por casualidad
4 Existe un río con ese nombre que pone límite al condado de Lafayette al noroeste del Misisipi, y en chicksaw
parece que era un topónimo compuesto de yocona y petopha, o sea, “tierra dividida”, aunque Faulkner defendió en
la Universidad de Virginia que en realidad el nombre completo significaba “agua que fluye lentamente sobre la
pradera”.
5 El título de este híbrido entre obra de teatro y crónica histórica es Requiem for a nun, la secuela de Temple
Drake, que ha sido mal traducido al castellano. Sin embargo, leo en un comentario a la página web El lamento de
Portnoy una importante matización a su significado de parte de un comentarista muy sagaz pero casi anónimo. Dice
un tal “Javier dramaturgo” que “creo entender que después del famoso soliloquio de Hamlet, Shakespeare pone a su
protagonista en contra de Ofelia y mientras la increpa ¡To a nunnery you go! lo que se interpreta igualmente como
“vete a un convento” y “vete a un burdel.” Quizás el misterio de “nun” en el título de la novela resida en esa
O, poco más adelante, refiriéndose a la vida viviente, en el VIII: La furiosa esterilidad del
combate.
Entender la existencia como struggle for life y la muerte como su fatal obliteración yacía ya
oscuro” de grandes autores como Nathaniel Hawthorne o Herman Melville. Bill no hacía en esto
más que prolongar una línea que casaba bien con sus males amorosos de juventud y que se expresa
en esa célebre carta a Malcolm Cowley -el hombre que le hizo famoso extractando y cortapegando
sus novelas- en la que afirma que la vida es siempre una “carrera de caballos hacia la nada”.
También el recurrido parlamento de Jason Compson en El ruido y la furia parece abonar esa idea,
cuando se dice...
Era el reloj del abuelo y cuando papá me lo dio dijo, Quentin, te doy el mausoleo de todas
las esperanzas y deseos; será extremadamente fácil que lo uses para mejorar la reductio absurdum
de toda la experiencia humana que no puede adaptarse mejor a tus necesidades individuales de lo
que se adaptó a las suyas o a las de su padre. Te lo doy no para que recuerdes el tiempo, sino para
que puedas olvidarlo de cuando en cuando por un rato y no malgastes todos tus esfuerzos tratando
de conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana jamás, dijo. Ni siquiera son libradas. El campo de
batalla sólo revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es una ilusión de
filósofos y tontos.
O también más adelante, cuando Quentin, mientras pasea librando una gran batalla interior,
sopesa, con un gran nubarrón negro sobre su cabeza, otra de las genialidades especulativas de su
padre:
El hombre la suma de sus experiencias climáticas, dijo Padre. El hombre la suma de lo que
No es esta, sin embargo, la opinión de Bill, como se ha pensado a menudo, sino únicamente la
de Jason Compson, un señor más bien pedante que con sus tabarras termina malogrando la vida de
su hijo. Tampoco el final de Santuario, seco y duro como un árbol podrido que se cae de viejo,
justifica que Bill mantuviera mucho tiempo esa pose de pesimismo juvenil, esa especie de glosa
prematuramente cansada y todavía algo rebelde al mantra anglicano de las “cenizas a las cenizas y
el polvo al polvo”....
A las cinco y media apareció el carcelero. —Le he traído… —dijo. Introdujo torpemente el
puño cerrado entre los barrotes—. Aquí tiene el cambio de aquellos cien que nunca… Le he
traído… Son cuarenta y ocho dólares —añadió—. Espere; lo voy a contar otra vez; no lo sé con
exactitud, pero puedo darle una lista... conservo los tickets… —Guarde el dinero —dijo Popeye, sin
A las seis fueron a buscarlo. El pastor le acompañó, la mano bajo el codo de Popeye, y se
quedó rezando junto al patíbulo mientras ajustaban la soga, que al pasar sobre la acicalada y
engomada cabeza de Popeye le despeinó. Como tenía atadas las manos, empezó a mover la cabeza,
echándose el pelo para atrás cada vez que volvía a caerle sobre la frente, mientras el pastor rezaba
y los otros permanecían inmóviles en sus puestos con la cabeza inclinada. Popeye empezó a
adelantar el cuello mediante breves sacudidas. —¡Pssst! —dijo, logrando que el sonido destacara
con nitidez sobre el zumbido monótono de la voz del pastor—; ¡psssst! El sheriff le miró; Popeye
equilibrio sobre la cabeza. —Arrégleme el pelo, Jack —dijo. —Claro —dijo el sheriff—. Ahora
de la mazorca en ristre, pero que en su miseria y justamente por culpa de su miseria ha conocido el
amor el tiempo justo para que se le escurriera inmediatamente de las manos; recuerda, el pasaje, a
otro verso de La rama verde, en XXVIII: y vengan después el esplendor y la velocidad, la limpieza
de la muerte... Poco antes, en monólogo interior, Bill, decidido a hacer de Santuario su novela más
Sería mejor que se muriera esta noche, pensó Horace mientras seguía andando. Y morirme
aposento, desnudo, mortífero, donde las cosas se viesen juntas y también en perspectiva: un único
instante, a mitad de camino entre la indignación y la sorpresa, que lo borrara todo. Y también a
mí; pensando en que sería ésa la única solución. Arrancados, cauterizados del viejo y trágico
costado del mundo. Y yo también, ahora que estamos todos aislados; pensando en el suave viento
oscuro que sopla en los largos corredores del sueño; en yacer bajo un techo acogedor que puede
tocarse con la mano, oyendo indiferente el prolongado repiqueteo de la lluvia: del mal, de la
injusticia, de las lágrimas. Al final de un callejón, dos figuras en pie, cara a cara, sin tocarse; el
hombre diciendo en voz baja —en un susurro acariciante— una interminable sucesión de epítetos
muramos en ese instante en que nos damos cuenta, en que admitimos, que el mal tiene una
estructura lógica, pensó Horace, acordándose de la expresión que había visto una vez en los ojos
de un niño muerto y también en otras personas sin vida: la indignación que se enfría, la violenta
desesperación que se desvanece, dejando dos globos vacíos en cuyas profundidades acecha, en
Aunque no hay, sin duda, invectiva más radical y tremebunda contra la vida 6 en la obra de
Faulkner que Mientras agonizo, esa novelita que escribió casi de un tirón reclinado sobre una piedra
y en la que vertió tanta amargura como le fue dado acumular a su todavía poco avanzada edad, en
plena madurez creativa y casi provocando al mundo, ciscándose en él con la bilis del genio
incomprendido:
Hasta me acuerdo de cómo, cuando yo era joven, creía que la muerte era un fenómeno del
cuerpo; sin embargo, ahora sé que no es más que una función de la mente: una función de las
mentes de quienes sufren la pérdida. Los nihilistas dicen que la muerte es el final; los
funcionalistas, que el comienzo; pero en realidad no es más que un simple inquilino o familia que
Hasta aquí casi bien, porque aunque ya han tenido lugar algunos horrores, la madre
agonizante todavía no se ha pronunciado por sí misma; cuando lo hace, la novela se torna una
oración a la muerte:
6 Y en Sartoris, antes bautizado como Banderas en el polvo, no la primera novela pero sí la fundacional de
Yoknapatawpha, el último miembro de la bizarra saga familiar se despide con estas acerbas palabras que
representan exactamente el paso que va de las duras pero grandiosas vidas de los antepasados a la decadencia actual
que puebla el resto de la producción acerca del condado de nombre casi impronunciable: ¡Maldición! —profería,
extendido sobre su lecho, boca arriba, mirando por la ventana, donde nada tenía que ver, esperando el sueño, no
sabiendo si vendría o no, y fastidiándose en lo que pudiera sucederle—. Nada que ver y la larga duración de la
vida de un hombre, setenta años de arrastrar por el mundo un cuerpo obstinado y engañar sus exigencias
importunas. Setenta años decía la Biblia, ¡setenta años! El sólo tenía veintiséis. Ni un tercio siquiera, ¡maldición!
Era entonces la ocasión de pararme a recordar que, como mi padre solía decir, la finalidad
de la vida no es otra sino la de aprestarse a estar mucho tiempo muerto. Y al recapacitar que tenía
que ver día tras día a cada uno de ellos y de ellas, y todos con sus respectivas vergüenzas y
egoísmos personales, y que tal era, a lo que parecía, la única manera de disponerme a bien morir,
no podía menos de maldecir a mi padre por habérsele ocurrido engendrarme. Siempre estaba
acechando la ocasión de cogerlos en falta, para darles de latigazos. Y cuando el látigo caía sobre
sus carnes, sentía yo su escozor sobre las mías; y cuando les levantaba verdugones y ronchas en la
piel, era mi sangre la que corría, y a cada nuevo golpe que les asestaba, me decía a mí misma:
“Ahora soy algo en vuestras vidas vergonzosas y egoístas, yo, que he marcado mi sangre en la
O, el tan comentado desmentido al propio lenguaje, que se diría la herramienta del escritor:
Y cuando supe que llevaba en mis entrañas a Cash, me di cuenta de que la vida es terrible y
de que esas son las cosas que nos trae. Fue entonces cuando aprendí que las palabras no tienen
nada de bueno, pues que nunca se ajustan ni siquiera a aquello que tratan de dar a entender.
Cuando el niño nació, comprendí que la palabra “maternidad” ha tenido que ser inventada por
alguien que, por lo que fuera, la precisaba para el caso; y que a los que de verdad han tenido hijos,
nunca se les ha podido ocurrir preocuparse de si esa palabra existía o dejaba de existir. Comprendí
que la palabra “miedo” ha tenido que ser inventada por alguien que jamás lo ha pasado, y la
7 Tenemos también serios cuestionamientos del desempeño del lenguaje -casi a la manera estoica de Spinoza
cuando afirmaba aquello de “hablamos demasiado”, pero Spinoza no era ni por lo más remoto un literato- por parte
de Bill en ¡Absalón, Absalón! (Verticales, págs. 317-8): La lengua (esa hebra fina y quebradiza, dijo el abuelo,
mediante la cual la superficie y los rincones y las aristas de las vidas secretas y solitarias que llevan los hombres
pueden por un instante unirse de vez en cuando antes de hundirse de nuevo en las tinieblas en que clamó el espíritu
por primera vez sin ser oído y en que ha de declamar por última vez sin que tampoco nadie responda) y, mucho más
Estas palabras, lanzadas como un boomerang contra su propio valor comunicativo, podrían
haber constituido la coda de la carrera de Bill sino fuera porque el reconocimiento tardío, tal vez
algo avaro al principio pero sin duda creciente hasta la universalidad -y quién sabe qué otros
factores-, hicieron que el escritor, al que siempre molestó no ser más que un espectador hiperbólico
(curiosamente, y hasta donde yo conozco, Faulkner jamás emite opinión o postura alguna acerca de
la cultura, es como si nada se interpusiese entre el ser humano y el ser 8), y por tanto de la muerte,
tanto individual como colectiva, personal o animal, natural o provocada, tuya o mía. El primer
cambio se destaca, nítidamente, en el parlamento de uno de los dos personajes femeninos relevantes
—Sí —repuso Judit—, guárdela o destrúyala, como prefiera. Léala usted si quiere, o no la
lea. Uno deja tan poco rastro, ¿sabe usted? Uno nace, y ensaya un camino sin saber por qué, pero
sigue esforzándose; lo que sucede es que nacemos junto con muchísimas gentes, al mismo tiempo,
todos entremezclados; es como si uno quisiera mover los brazos y las piernas por medio de hilos, y
esos hilos se enredasen con otros brazos y otras piernas y todos los demás tratasen igualmente de
moverse, y no lo consiguiesen porque todos los hilos se traban, y es como si cuatro o cinco
personas quisieran tejer una alfombra en el mismo bastidor: cada uno quiere bordar su propio
dibujo. Claro está que todo ello carece de importancia, pues de otra manera quienes dispusieron el
tarde, en La Mansión, capítulo 10: Quizá no se necesiten siquiera tres años de libertad, de ausencia de contactos
verbales para aprender que quizá todo el dilema de la condición humana procede de la incesante cháchara de la
que el hombre vive rodeado, en la que está encerrado, aislado, de las consecuencias de su propia estupidez, las
cuales —las consecuencias, la simple tinta roja— podrían haberle permitido, a estas alturas, resolver el problema
8 En esto Faulkner remite sin pretenderlo a las grandes escuelas de pensamiento helenísticas, ninguna de las
cuales (estoicismo, epicureísmo, escepticismo y cinismo) concedía, ni apenas lo apreciaba, valor existencial alguno
a la cultura.
bastidor hubieran arreglado mejor las cosas, y a pesar de todo no deja de tener su trascendencia,
puesto que uno se esfuerza, y continúa luchando; cuando de pronto todo ha concluido y sólo nos
queda un bloque de piedra con unas inscripciones, siempre que alguien se haya acordado o haya
tenido el tiempo necesario para hacer grabar esas letras en el mármol. Pasa el tiempo, llueve y
brilla el sol y llega un día en que nadie recuerda el nombre y lo que dicen esas letras nada importa
ya. Quizá por eso, si uno puede dirigirse a alguno, cuanto más extraño mejor, y darle algo, lo que
sea: un pliego de papel o cualquier otra cosa que nada signifique por sí misma, aunque ellos no lo
sucedido y puede ser recordado, pasando de una mano a otra, de una inteligencia a otra, al menos
será un arañazo, algo que deja rastro, algor que fue una vez por la razón de que pudo morir algún
día, mientras el bloque de piedra no puede ser es porque nunca podrá llegar a ser fue porque no
Unos párrafos después el narrador agrega una suerte de corolario de lo dicho, bajo la fórmula
de que puede que la vida, cada vida, no sea más que una “marca indeleble en el rostro impávido del
olvido”.... Y esta ya no es, en mi opinión, una variante más de esa negrura que hacía ver al Bill más
joven, inmediatamente anterior, la existencia como polvo, ceniza, absurdo, carrera hacia la nada,
desahucio inminente, “propiedades impuras”, jaque mate del ser, consunción, sinsentido 10 y, al fin y
a la postre, “estéril combate”. Ahora se trata de algo muy distinto, me parece. Ese bloque de mármol
o ese pliego de papel no son, desde luego, la Divina Providencia, nada “está escrito” de antemano,
9 Traducción alternativa del último segmento de frase, sin cursivas: pues de otro modo no podría morir también;
en tanto que el bloque de mármol jamás podría ser presente, puesto que tampoco llegará a ser pasado, es incapaz
de morir o terminar…
10 No recuerdo, ciertamente, que Faulkner emplee nunca esta palabra, tan en boga después de la Segunda Guerra
Mundial, e incluso antes entre dadaístas y surrealistas, pero sin duda está implícita en el contexto del título de The
sound and the fury, como se sabe extraído de un monólogo completamente devastador del Macbeth de William
Shakespeare.
no existe designio alguno, pero tampoco son esas porciones fugaces de tiempo que se dispersan en
el vacío y de las que pudiera decirse que “no hay más vela que la que arde”. Subsiste un legado,
subsiste una herencia, aunque precaria y frágil, para la cual el combate no es ya estéril, sino cuanto
poco testimonial. En el texto del “Discurso con motivo de la aceptación del premio Andrés Bello”,
en Venezuela, ya con el Nobel bajo el brazo, Bill remarcó un motivo que le obsesionaba, y que se
repite en varios lugares de su obra de no-ficción. Dice, a propósito de la misión del artista, que por
supuesto esta es su inmortalidad, quizás la única. Quizás el propio impulso que le ha compelido a
esa dedicación sea simplemente el deseo de dejar inscrito, detrás de esa puerta final hacia el
olvido a través de la que tiene que pasar primero, las palabras: “Kilroy estuvo aquí”. Kilroy no es
nadie en particular, es un cualquiera que tal vez dejó esa pintada en la puerta de los aseos de un bar,
pero que impresionó a Faulkner. La puerta de los aseos o un arañazo en un bloque de mármol (esa
inscripción que deja en la roca Tom Hanks de su paso por la isla en Náufrago) tal vez sean el único
absoluta. Incluso Addie, la madre moribunda de la desesperanzada Mientras agonizo, reconocía que
creí que el sentido era el deber de los vivos para con la terrible sangre, la amarga sangre roja que
corre hirviente por la tierra (Cátedra, pg. 170), y sin duda algo de eso hay. Ike McCaslin, el
personaje más compasivo y atormentado de Faulkner -mucho más que la mayoría de sus pétreas e
Piensa en todo lo que ha pasado aquí, en esta tierra. Toda la sangre caliente y fuerte de vida
y de placer que ha vuelto a ella y que la ha empapado. De sufrimiento y de dolor también, desde
luego, pero que aun así ha sacado algo en limpio, ha sacado mucho, porque después de todo uno
no tiene que seguir soportando lo que considera sufrimiento; uno siempre puede elegir parar eso,
ponerle un fin. E incluso el dolor y el sufrimiento son mejores que nada; sólo hay algo peor que no
estar vivo, y eso es sentirse avergonzado. Pero no puedes vivir eternamente, y siempre gastas la
vida mucho antes de haber agotado las posibilidades de vivir. Y todo eso debe de estar en alguna
parte; todo eso no pudo haber sido inventado y creado simplemente para luego tirarlo. Y la tierra
es poco profunda; no hay mucha antes de llegar a la roca. Y la tierra no sólo quiere conservar las
cosas, atesorarlas; quiere volverlas a usar. Mira la semilla, las bellotas, lo que pasa incluso con la
carroña cuando intentas enterrarla: se niega también, hierve y lucha también hasta que vuelve a la
luz y al aire, todavía persiguiendo al sol. (Los viejos del lugar, en Desciende, Moisés, Cátedra. pg.
210)
Como se ve, ya es otro el ánimo que recorre la imaginación de Faulkner, más inclinado en
adelante a conceder una oportunidad al destino humano -aunque únicamente sea el de empecinarse
y prevalecer, como enunció en su exiguo discurso de entrega del Nobel11- en los términos de un
cierto Eterno Retorno, según el cual, si bien no cabe esperar inmortalidad personal alguna, la
intensidad de los momentos vividos no se apaga jamás, al margen que quién sea el que los
protagonice. Todo vuelve, y cuando vuelve su resplandor es tal que convierte en indiferente lo que
haya podido irse o no antes... ¿Quién sería tan cenizo, tan sombrío -como el propio Bill lo fue
antes-, de poner el acento, es decir, el valor, en lo que se va, en vez de en lo que retorna?... Así, en
Ahora: el límite absoluto sin retorno, el de dar vuelta y regresar a casa o navegar
irremisiblemente hacia adelante y o hallar tierra o precipitarse por el final atronador del mundo.
Una vocecita, una poetisa sensible y profunda de los tiempos de mi juventud dijo que el té
derramado se va con las hojas y todos los días muere un crepúsculo, una extravagancia de poeta
11 De modo semejante, anticipándose a las actuales soluciones al colapso climático propuestas por iluminados
como Elon Musk (y anticipándose también a la propia carrera espacial), en el Discurso a la Comisión Nacional de
los EEUU para la UNESCO en Denver, Colorado, de octubre de 1959, un Faulkner ya mayor aseveraba que “eso
será cuando hayamos gastado el último grano, trago y pizca de nuestros recursos naturales. Pero el mismo hombre
no estará en esa tumba. El último sonido de la tierra sin valor será el de dos seres humanos intentando lanzar una
nave espacial casera y ya peleándose acerca de dónde van a ir a continuación.” (Ensayos & Discursos, Capitán
manipulador del espejo ensimismado en su obsesión ha olvidado que la parte de atrás del espejo es
cristal también: ojalá lo fuesen, pero en vez de ello, el crepúsculo de ayer y el té de ayer son ambos
interminables pasillos de mañana, en los zapatos con los que habremos de andar y hasta las
sábanas entre las que habremos de dormir (o intentar): pues a nada se escapa, nada se elude; el
perseguidor es quien corre y la noche de mañana es sólo un largo combate insomne con las
“El propio Bill lo fue antes”, decía yo, pero en realidad no tanto. En su primera publicación
lírica de juventud, El fauno de mármol, ya tenía intuiciones como la que estamos subrayando;
verbigratia:
¡Ah, el mundo,
O...
gana con cada amanecer una muerte, y con cada ocaso un nacimiento.
Aún queda primavera, y siempre hay un mañana, aun cuando yo me haya vuelto a dormir, por
mucho tiempo. No diré que William Faulkner, el novelista experimental de ardua lectura, fuera todo
un filósofo, pero sí que sin lugar a dudas rumiaba muy a fondo lo que escribía. Mas el momento
más claro e inequívoco de esta nueva fe, por así llamarlo, no en la impotencia de la vida, sino en la
parcial impotencia de la muerte, se encuentra en El oso, un cuento largo o novela corta que se
encuadra en la colección de Desciende, Moisés y que es una obra maestra incuestionable. Allí se
dice lo siguiente:
Probablemente él sabía que yo estaba en el bosque esta mañana mucho antes de que llegase
aquí, pensó, yendo hacia el árbol que había sostenido uno de los extremos de la plataforma donde
Sam yacía cuando McCaslin y el mayor de Spain los hallaron; el árbol, la otra lata de manteca
clavada en el tronco, pero deteriorada por la intemperie, enmohecida, ajena también aunque
reconciliada ya en la armónica generalidad de la selva, sin elevar una nota disonante, y vacía, ha
tiempo vacía de la comida y el tabaco que él había puesto dentro aquel día, tan vacía de aquello
como lo sería en breve de esto que sacaba del bolsillo: el rollo de tabaco, el nuevo pañuelo de
hierbas, el pequeño paquete de caramelos de menta que a Sam le gustaban tanto; también eso
había desaparecido, casi antes de que volviese la espalda, no evaporado sino sencillamente
fundido en las miríadas de vida que llenaban el molde oscuro de estos misteriosos y sombríos
detenido, sólo había vacilado, al abandonar la loma que no era la morada de la muerte porque allí
todo fragmento de miríada, hoja y rama y partícula, aire y sol y lluvia y rocío y noche, bellota y
sucesión y, siendo miríadas, uno: también Old Ben, también Old Ben; hasta le habrían restituido su
garra, seguramente le habrían restituido su garra; luego el largo desafío y la larga caza, ningún
corazón para ser forzado y maltratado, ninguna carne para ser macerada y herida. (Traducción
“No había muerte”, traduce María Coy en Cátedra, en una interpretación ya abiertamente
naturalista y pagana del Eterno Retorno12. No hay muerte porque el bosque reabsorbe todo lo que se
corrompe en él y lo devuelve renovado después, como vimos en los anteriores versos. Lo que
vuelve no es el mismo, ese pájaro ahora cadáver, pero sí lo mismo, la parajareidad ahora viva y
cantando, por decirlo con Heidegger, coetáneo de Faulkner 13. Ni siquiera la angustia tematizada por
el propio Heidegger sería un obstáculo de ninguna clase, como no lo era tampoco para el alemán, al
Así, pues, en vez de aquello de la fantasía que pasa y “nada” queda, es el “quedar” lo que
queda siempre, lo que nunca se verá completamente libre de la vieja angustia. Porque por mucho
12 Otra prueba: Y volvió a ser como había sido antes. No. Dos veces, mil veces y nunca igual: los treinta,
eternos y simbólicos para el hombre joven, para el muchacho, cada nueva ocasión acumulativa y retroactiva al
mismo tiempo, implacablemente no repetitiva, el recuerdo de cada cual excluye la experiencia, la experiencia de
cada cual antecede el recuerdo; la habilidad sin cansancio, el conocimiento virginal hasta la saciedad, los astutos
músculos secretos que guían y controlan, del mismo modo que en las muñecas y en los codos yacía dormido el
dominio de los caballos, en el espléndido, casi milagroso Olor a verbena, recogido al término de Los invictos,
Biblioteca Edaf.
13 De hecho, la expresión Die ewige Wiederkunft des gleichen de Friedrich Nietzsche se traduce precisamente
por el “eterno retorno de lo mismo”, no de “el mismo”; es decir, no retorna Flipper, pero sí un delfín, igual que usted
y yo...
que el río de la sangre corra cada vez más despacio y el recuerdo se haga cada vez más doloroso,
la sangre, cuando menos, recordará siempre que algún día fue capaz cuando menos de angustia.
Yoknapatawpha, acerca de la muerte del aguerrido patriarca, John Sartoris (Debolsillo, pg. 38):
Y al día siguiente ya estaba muerto, como si no hubiera hecho otra cosa que esperar aquel
desenlace para librarse de la torpe limitación de huesos y aliento; como si al perder el sentimiento
de frustración producido por la propia carne, pudiera ya tensar y dar forma a lo que brotaba de él
convertido en la inevitable apariencia de su sueño, y ser así evocado, como un genio o una deidad,
por los tediosos recuerdos de un anciano analfabeto o por una pipa chamuscada de la que hasta el
No hay muerte, o no del todo. Tampoco el miedo a la muerte violenta, en combate, está del
todo justificado, desde esta perspectiva, y por eso es tan injusta la derrota del Sur en la Guerra de
Secesión, puesto que, como se recuerda en Escaramuza en Sartoris, recogido en Los invictos,
Biblioteca Edaf:
Creo que fue porque los de la partida de papá (como todos los demás soldados del Sur), a
pesar de haberse rendido y de haber reconocido que les habían dado una paliza, seguían siendo
soldados. Puede que fuera por la vieja costumbre de hacerlo todo como un solo hombre; puede que
cuando uno se ha pasado cuatro años en un mundo regido completamente por los actos de los
hombres, uno no quiera abandonar ese mundo, aunque tenga peligro y combates; puede que los
motivos sean el peligro y los combates, porque los hombres se han hecho pacifistas por todos los
ante todo el escenario de la más triste de las derrotas, que no es propiamente la de la guerra, sino
consecuencia de ella. Bill oficia de último testigo de un tiempo en que los hombres eran luminosos,
epopéyicos (ese recuerdo recurrente, ese fulgor alucinado, casi con efectos especiales, del reverendo
Hightower en Luz de Agosto14 es la quintaesencia del propio Bill), algo ridículos e hijos de perra
también, en palabras de Bill, pero inmensamente más ricos en fortaleza de ánimo y temeridad de lo
que lo serán sus desgraciados descendientes. Quentin Compson lo sabe, y por eso termina por
arrojarse a un río. Flem Snopes también lo sabe, y por eso entiende perfectamente que los viejos
caballeros del Sur son ahora arcilla en sus manos mezquinas y codiciosas. Y hasta Mink Snopes, el
tonto más obstinado que haya salido de la pluma de Bill, lo sabe también, casi inconsciente y
larvariamente, y por eso aún sigue intentándolo, aunque la muerte tire de él hacia el seno de la tierra
El algodón que llenaba a medias el fondo de la camioneta estaba cubierto con una lona
alquitranada, de manera que ni siquiera necesitó la manta. Se instaló allí muy cómodamente. Y
sobre todo no estaba en contacto con el suelo. Porque ése era el peligro, algo contra lo que había
que estar vigilante: una vez que te tumbabas sobre el suelo, la tierra empezaba de inmediato a tirar
de ti. Desde el momento mismo en que se viene al mundo saliendo del vientre materno, el poder y
o incluso alguien contratado para sujetar al recién nacido, para tenerlo en brazos, para evitar que
la tierra lo tocase, nadie llegaría a vivir ni una hora. Y uno mismo también lo sabe. Tan pronto
como puedes moverte, alzas la cabeza, aunque eso sea todo, tratando de romper la atracción,
procurando erguirte sobre las sillas y otros sitios parecidos, incluso cuando aún no puedes
14 Este título es también de traducción dudosa, pues aunque en realidad se refiera a “dar a luz” en agosto, y por
consiguiente debiera formularse como Luz en Agosto, sin embargo en el propio texto la locución se usa también en
la acepción habitual, véase: “En la luz de agosto que la noche rezagada está a punto de invadir”, pg., 464, Biblioteca
ABC.
sostenerte en pie, alejarte de la tierra, salvarte. Luego ya te sostienes y das uno o dos pasos, pero
incluso entonces, durante esos primeros años, te pasas la mitad del tiempo en el suelo, mientras la
vieja tierra que espera pacientemente te dice: «No pasa nada, no ha sido más que una caída, no te
has hecho daño, no te asustes». Más tarde ya eres adulto, un hombre fuerte, estás en la plenitud de
tus facultades; de vez en cuando te arriesgas deliberadamente a tumbarte sobre la tierra cuando
cazas en el bosque; estás demasiado lejos de casa para volver, de manera que puedes arriesgarte
incluso a dormir toda la noche sobre la tierra. Por supuesto tratarás de encontrar algo, cualquier
cosa —un tablón o unas tablas, un tronco, incluso ramas de arbustos— que se interponga entre tu
sueño, tu indefensión y la vieja tierra paciente que puede permitirse el lujo de esperar porque te
atrapará algún día, sólo que no tiene ningún sentido que te dé un quilómetro porque tú te hayas
atrevido un centímetro. Y tú lo sabes; cuando eres joven y fuerte te arriesgarás una noche, pero no
dos seguidas. Porque, incluso, si sales al campo al mediodía y te sientas bajo un árbol o junto a un
minuto no sabes siquiera dónde estás, por la excelente razón de que no estás del todo allí; incluso
en ese breve rato en que no estabas vigilando, la vieja tierra paciente que espera sin prisa su
ocasión te ha cogido suavemente una primera vez, sólo que tú has conseguido despertarte a
tiempo. De manera que, si no le hubiera quedado más remedio, Mink se habría arriesgado a
dormir en el suelo esta última noche. Pero no había tenido que hacerlo. Era como si el Viejo
Patrón en persona hubiera dicho: “No te voy a ayudar en lo más mínimo, pero tampoco te lo voy a
impedir”.
El “Viejo Patrón” es Dios, por supuesto, que en Los viejos del lugar es denominado también
“Árbitro inmortal”. Coexisten, en Faulkner, una cierta esperanza de Dios no muy acusada, no muy
llamativa, con el Eterno Retorno cismundano en que nada se aniquila enteramente. Puede que
proceda no por casualidad de esa sensibilidad hacia el paso del tiempo como abismarse en la nada
en la que insistía en sus inicios y que es tan típicamente cristiana también, pero el caso es que se
hace más visible a medida que su obra adquiere consistencia y vigor. Asoma en Luz de Agosto,
mediante la redención, bellísima, del reverendo Hightower; está, más cegadora que unos fuegos
pirotécnicos, en las metáforas crísticas de Una fábula; y está, claramente, en Réquiem por una
Temple Drake: (…) Y, mañana a esta hora, tú ya no serás nada. Pero para mí es otra cosa. Porque
para mí habrá mañana y mañana y mañana. Tu lo único que tienes que hacer es morir. Pero yo,
que Él me diga qué tengo que hacer. No: tampoco es eso; ya sé lo que tengo que hacer, ya sé lo que
haré; yo también lo descubrí aquella noche en la habitación de los niños. Pero que Él me diga
Temple Drake: ¡Qué confíe en Él! Mira lo que me ha hecho ya. Y está bien hecho; puede que lo
mereciese; al menos, yo no soy quien para criticarlo ni para darle órdenes. Pero mira lo que te ha
hecho a ti. Y a pesar de eso todavía puedes hablar así. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Acaso porque no hay
nada más?
Nancy Mannigoe: No lo sé. Pero hay que confiar en Él. Puede que ese sea el precio del sufrimiento.
Stevens: ¿El sufrimiento de quién, el precio de qué? ¿Sólo los de cada uno por sí mismo?
Nancy Mannigoe: Por los de todos. Por todos los que sufren. Por todos los pobres pecadores.
Stevens: La salvación del mundo está en el sufrimiento de los hombres. ¿Es eso lo que quieres
decir?
Poco después, la negra asesina, Nancy Mannigoe, sólo susurrará una palabra a Temple antes
de morir ejecutada: “cree”... Yo pienso que no es que Bill se haya convertido a religión ninguna,
sino que sencillamente es que siempre ha querido creer no tanto en Dios, en Jesús o en la vida de
ultratumba como en la redención. Somos, los humanos, tan hijos de perra (se recalca en La
mansión), que no puede ser que lo mucho que nos duele serlo no tenga una cierta absolución final.
En su tiempo, y sobre todo, claro, en España, las novelas de Faulkner fueron consideradas
aberrantes, escandalosas, abyectas y hasta monstruosas. Hoy nos cuesta más verlo así, y si en efecto
pulula en ellas tanto incesto, violencia, odio y crimen es porque, al igual que ocurría con Fiódr
Dostoiévsky (al que Bill elogiaba explícitamente), únicamente partiendo del barro más sucio se
puede elevar el poeta -el escritor en general, o todo escritor que no busque exclusivamente el
entretenimiento- hacia las estrellas: per aspera ad astra. Cuando su íntimo enemigo o enemigo
íntimo Ernest Hemingway recibió el premio Nobel a causa principalmente de El viejo y el mar,
Faulkner lo celebró argumentando que Hemingway en aquel relatito había descubierto a Dios 15.
seguido este método, lo ha manejado bien. Si su obra continúa, entonces va a obtener lo mejor.
Creo que su último libro, El viejo y el mar, es el mejor porque ha encontrado algo que no había
encontrado antes, que es Dios. Hasta ese momento sus personajes se desenvolvían en un vacío,
carecían de pasado, pero de repente, en El viejo y el mar, él encontró a Dios. Ahí está el gran pez:
Dios hizo el gran pez que tiene que ser capturado, Dios hizo al viejo que tiene que capturar al gran
pez, Dios hizo a los tiburones que tienen que comerse el pez, y Dios los ama a todos ellos; y si su
obra sigue avanzando a partir de ahí, será aún mejor, lo cual es algo que no todos los escritores
El problema con la muerte, tal y como yo lo veo, es que lo que llamamos “conciencia”, lo
hagamos con razón o no, es tan resplandeciente, tan completamente distinto de toda la demás vida y
entornos dinámicos que nos rodean, que se nos hace cuesta arriba aceptar que pueda haberse
cancelado de un momento a otro. Ayer hablábamos con naturalidad con alguien, como el viejo
podíamos informarle fácilmente de ello. Potencialmente, era capaz de sentir todo y de apreciar,
valorar o rechazar todo, cualquier incidente en grupo o aisladamente. Tenía la mirífica facultad,
también, de recordar el pasado y anticipar el futuro, pese a que ese don fuese motivo de angustia.
De repente muere, y ese haz de poderes increíbles desaparece de un plumazo. Lo que tienes enfrente
Faulkner respecto de la muerte no consiste en que se vaya haciendo mayor y entonces le atrape la
beatería16, consiste más bien en que no le cabe en la cabeza esa transformación que va de un núcleo
vivísimo de anhelos, frustraciones, malas pasiones y tal vez coraje a nada de nada, a un estorbo en
el suelo o en una cama que hay que retirar cuanto antes. Lo peor de la muerte no es que sea olvido
de uno mismo, lo peor es que sea olvido del mundo. Con el esfuerzo que hacemos todos por
arrostrar con las circunstancias y tratar de ser lo que mejor podamos ser dados los punzantes
obstáculos que nos encontramos -siendo el primero y principal nosotros mismos-, resulta
improbable que todo desemboque en “los ojos vueltos hacia dentro”, como dice Bill en otro poema.
Lorca, no mucho antes, había versificado en Poeta en Nueva York: “o a aquel muerto que ya no
tiene más que la cabeza y un zapato”. Lo absurdo no es la muerte en sí, como pontificarán después
Jean Paul Sartre o Albert Camus, más absurdo sería desear muy seriamente que todos nuestros
antepasados siguiesen vivos y que nosotros mismos vayamos a dar la matraca a nuestros
esfuerzo de la especie humana termine en un simple “plof”, termine como quien abandona la
habitación al decir de Faulkner. En absoluto es que se esté buscando, o incluso suplicando, una
recompensa para tanto mérito, puesto que Bill es el primero en constatar que ese mérito está
16 A no ser que le ocurriera como al director de cine Kevin Smith, que suele decir que el motivo por él que cree
en Dios es porque si no sería imposible entender que alguien como él tuviera una carrera profesional... Bill, que fue
un auténtico desastre en su primera y casi segunda juventud, tendía a pensar algo parecido a esto de vez en cuando.
compuesto en su mayor parte de ambición, hambre, rapacidad y mal17. Sencillamente es que los
No hay lugar para el amor en nuestro mundo actual, ni siquiera en Utah. Lo hemos
eliminado. Hemos necesitado mucho tiempo; pero el hombre es fértil en recursos, y su facultad
inventiva, ilimitada. Así hemos terminado de librarnos del amor, como nos hemos librado del
Cristo. Tenemos la radio para reemplazar la voz de Dios, y en lugar de ahorrar nuestra moneda
emocional durante meses, durante años, a fin de merecer una oportunidad de gastarla toda en
amor, podemos ahora dilapidarla a centavos y excitarnos delante de los puestos de periódicos o
con trozos de chicle o con tabletas de chocolate en las máquinas tragaperras... Si Jesús volviera,
habría que crucificarlo de prisa para defendernos, para justificar y preservar la civilización que
nos hemos esforzado en crear y perfeccionar a imagen del hombre, creación por la que durante dos
mil años hemos sufrido, hemos muerto chillando de rabia y de impotencia. Si Venus volviera, sería
bajo el aspecto de un piojoso vendedor de postales obscenas, en los urinarios del metro.
Parece evidente que si Faulkner consideraba el pasado como actual es porque echaba
enormemente de menos ese pasado concreto, un pasado en que se forjaban los verdaderos hombres.
Venus ya está entre nosotros, en efecto, convertida en industria del porno, mas no obstante... ¿Quién
querría hoy realmente renunciar a los chicles, los periódicos, la radio o las golosinas para retroceder
al Profundo Sur? Pues ser o no ser, esa es la cuestión. En su poemario Visión en Primavera, de
1921, Bill escribía un verso enigmático (en Canción de amor): Para el sueño es la muerte, y la
muerte no es nada excepto un sueño descifrado. Yo no sé bien lo que pudiera querer decirse allí,
pero tengo muy presente lo que el gran Bill Faulkner escribe en Luz de Agosto, como retomando sus
17 Llevándoseme los demonios porque cosas así no sólo sucedieran, sino que tuvieran que suceder, no quedara
más remedio que sucedieran si la vida tenía que continuar y la humanidad ser parte de ella, en La escapada
después, como los hombres han pensado: qué falso puede ser el más profundo de todos los libros
18 Más textos del firmante sobre la obra o la vida de William Faulkner en la revista digital Hypérbole.