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Faulkner: Tragedia y Muerte en Yoknapatawpha

El documento resume la obra del escritor estadounidense William Faulkner, enfocándose en su representación de la muerte. Faulkner escribió tragedias que reflejaban la decadencia y violencia en el condado ficticio de Yoknapatawpha. Desde temprana edad, le preocupaban temas como el tiempo y la muerte. Aunque inicialmente adoptó una postura pesimista, su visión maduró y rechazó la noción de que la vida es una "carrera de caballos hacia la nada". Sus obras muestran la

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Faulkner: Tragedia y Muerte en Yoknapatawpha

El documento resume la obra del escritor estadounidense William Faulkner, enfocándose en su representación de la muerte. Faulkner escribió tragedias que reflejaban la decadencia y violencia en el condado ficticio de Yoknapatawpha. Desde temprana edad, le preocupaban temas como el tiempo y la muerte. Aunque inicialmente adoptó una postura pesimista, su visión maduró y rechazó la noción de que la vida es una "carrera de caballos hacia la nada". Sus obras muestran la

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Escorzos de la muerte en el condado de Yoknapatawpha

La crisis del sentido debe ser observada sin ilusiones, pero

también sin la ilusión de que esta crisis habrá terminado para

siempre el problema del sentido.

Claudio Magris1

Lo que ha pasado se va; lo que ha sido vuelve.

Martin Heidegger en carta a Viktor Frankl

Menos mal que William Faulkner (en adelante Bill, que es como le llamaba su mujer y como

él se denomina a sí mismo en un poema, con perdón de la confianza) abandonó la poesía ya en su

juventud, aunque nunca definitivamente. Perdimos a un poeta notable pero no muy original, y a

cambio ganamos al que seguramente sea el mejor novelista de todos los tiempos. Lo mejor, lo

realmente asombroso -a la vez que para sus detractores lo peor y más chocante- de Bill como

escritor es el enorme peso que se echa a la espalda a la hora de recrear el periplo humano. A cada

instante, en cada línea, sentía que había que hacer recaer el entero destino de la humanidad 2 sobre

1 El anillo de Clarisse: tradición y nihilismo en la literatura moderna, Claudio Magrís, 1984, Ediciones 62,
1993.
2 De un gran admirador suyo y paisano nuestro, Juan Benet, leído en En la penumbra, Alfaguara: “Muchas
veces he pensado cómo el destino semeja un árbol tan lastimado por el hacha del leñador como por la fuerza del

viento, cuya forma cambia tanto con la amputación de una o varias de sus ramas cuanto por el crecimiento de otras,
un acto o un pensamiento concreto en apariencia trivial, y eso el lector lo nota, vaya si lo nota,

como si el propio Bill hubiera cogido a pulso un gran fardo de lomos de una mula (aunque no era él,

según parece, muy amigo de trabajos físicos...) y se lo hubiese cargado a los hombros de sus

exégetas. Pero es que no hay, quizá, ningún otro modo realmente veraz de calibrar la exacta medida

(él, que no era muy alto...) de las fuerzas del ser humano en esta tierra, que es nada menos que lo

que se propuso mostrar mediante su vasta y abigarrada obra novelística. Es cierto que la comedia

también es un enfoque artístico y literario posible que puede servir para ofrecer una visión de la

capacidad humana cuando ésta es enfocada desde sus debilidades, tanto temperamentales como

escatológicas, pero es que esto mismo está también sobradamente representado en los relatos de

Bill. Sin duda Faulkner escribía tragedias, como se ha dicho muy a menudo, tragedias en las que

aunaba el espíritu sofocleo y el bíblico, pero con la diferencia de que no se ahorraba nada, de que

todo el espectro de prácticas humanas, por desagradables o bajas que nos parezcan ahora, estaba

recogido. Naturalmente, Bill era un hombre de su tiempo, alguien que quiso participar sin

conseguirlo en la Primera Guerra Mundial y que se hizo un largo eco, en sus últimas producciones,

de las consecuencias de la Segunda, de manera que por “ser humano” entendía primordialmente la

épica del colono norteamericano blanco y sus siervos negros en el Sur tras la Guerra de Secesión

Americana. No le gustaba lo más mínimo el colectivismo de la Unión Soviética o de los fascismos

europeos, y hacía gala de un feroz individualismo que se refleja casi párrafo a párrafo es sus textos

de ocasión o en sus escasos ensayos. Pero, en cualquier caso, pese a los muy breves momentos de

comedia de sus historias, que los hay y estallan en el momento más inesperado (eso sí: siempre en

la acción, nunca en los diálogos3), Faulkner era un fabulador esencialmente trágico, bestialmente

trágico, incluso, justamente porque tal vez sea la tragedia, exagerando por arriba, el aparato de
empero conserva su unidad, el sistema radical con el que se alimenta y la foliación que constituye se diría su última

razón de ser”.

3 Pongamos por caso la aparición en El villorio de Eula Varner, la Marilyn Monroe de Bill, descrita como “fruto

de una eyaculación de Zeus”, o, en ese mismo relato, la acometida de unos caballos que suben como locos por las

escaleras de una edificación y recorren irrefrenables sus pasillos y verandas creando un caos momentáneo pero

fantástico.
medición más fiel del tamaño y la capacidad humanos, siendo la comedia, exagerando ahora por

abajo, no más -pero tampoco menos, no se me malinterprete-, que su ocasional alivio, como ya

sucedía, por cierto, en la Atenas clásica.

Y tragedia es decadencia, desolación, opacidad y muerte. El tema de la muerte en Faulkner,

que es lo que voy a tratar de espigar aquí, no se mantiene, claro, estable en toda su obra como

concepto unitario y rígido, pero lo que sí es incesante y recurrente en ella son las muertes, que se

suceden fatalmente y a menudo con carácter violento. El condado de Yoknapatawpha4 es, sin duda,

uno de los lugares más difíciles para vivir que han sido creados para la ficción, incluso teniendo en

cuenta que la guerra es ya siempre cosa del pasado, aunque Bill no crea que exista el pasado, como

hace decir al abogado Gavin Stevens en Réquiem por una mujer5 -y citó, por cierto, Barack Obama

en su discurso en Filadelfia sobre la raza de 2008-: El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado.

Bill escribió algunas otras novelas que no transcurren en el legendario condado, y de las que por

tanto no vamos a tratar más que muy someramente en las siguientes líneas, pero sí que es cierto que

desde su mocedad de dandi decadentista le preocupaba la esencia del tiempo y de la muerte, algo

que resonará tanto en las unas como en las otras. Su Grand Tour por Europa le había enseñado a

emular la actitud de los poetas estetizantes y lúgubres, y en su colección de poemas titulada La

rama verde versificaba cosas como estas, propias de un pre-existencialismo que no por casualidad
4 Existe un río con ese nombre que pone límite al condado de Lafayette al noroeste del Misisipi, y en chicksaw

parece que era un topónimo compuesto de yocona y petopha, o sea, “tierra dividida”, aunque Faulkner defendió en

la Universidad de Virginia que en realidad el nombre completo significaba “agua que fluye lentamente sobre la

pradera”.

5 El título de este híbrido entre obra de teatro y crónica histórica es Requiem for a nun, la secuela de Temple
Drake, que ha sido mal traducido al castellano. Sin embargo, leo en un comentario a la página web El lamento de

Portnoy una importante matización a su significado de parte de un comentarista muy sagaz pero casi anónimo. Dice

un tal “Javier dramaturgo” que “creo entender que después del famoso soliloquio de Hamlet, Shakespeare pone a su

protagonista en contra de Ofelia y mientras la increpa ¡To a nunnery you go! lo que se interpreta igualmente como

“vete a un convento” y “vete a un burdel.” Quizás el misterio de “nun” en el título de la novela resida en esa

ambivalencia del término.”


tanto le aplaudió y siguió tiempo después:

(en el VII) Ahora, con Salomón, todo lo sabe:

que el aliento, a fin de cuentas, no es para el hombre

sino deseo y consunción.

O, poco más adelante, refiriéndose a la vida viviente, en el VIII: La furiosa esterilidad del

combate.

Entender la existencia como struggle for life y la muerte como su fatal obliteración yacía ya

latente en el darwinismo social, en los cuentos de Jack London o en el llamado “romanticismo

oscuro” de grandes autores como Nathaniel Hawthorne o Herman Melville. Bill no hacía en esto

más que prolongar una línea que casaba bien con sus males amorosos de juventud y que se expresa

en esa célebre carta a Malcolm Cowley -el hombre que le hizo famoso extractando y cortapegando

sus novelas- en la que afirma que la vida es siempre una “carrera de caballos hacia la nada”.

También el recurrido parlamento de Jason Compson en El ruido y la furia parece abonar esa idea,

cuando se dice...

Era el reloj del abuelo y cuando papá me lo dio dijo, Quentin, te doy el mausoleo de todas

las esperanzas y deseos; será extremadamente fácil que lo uses para mejorar la reductio absurdum

de toda la experiencia humana que no puede adaptarse mejor a tus necesidades individuales de lo

que se adaptó a las suyas o a las de su padre. Te lo doy no para que recuerdes el tiempo, sino para

que puedas olvidarlo de cuando en cuando por un rato y no malgastes todos tus esfuerzos tratando

de conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana jamás, dijo. Ni siquiera son libradas. El campo de

batalla sólo revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es una ilusión de

filósofos y tontos.
O también más adelante, cuando Quentin, mientras pasea librando una gran batalla interior,

sopesa, con un gran nubarrón negro sobre su cabeza, otra de las genialidades especulativas de su

padre:

El hombre la suma de sus experiencias climáticas, dijo Padre. El hombre la suma de lo que

te dé la gana. Un problema de propiedades impuras tediosamente arrastrado hacia una inmutable

nada: jaque mate de polvo y deseo.

No es esta, sin embargo, la opinión de Bill, como se ha pensado a menudo, sino únicamente la

de Jason Compson, un señor más bien pedante que con sus tabarras termina malogrando la vida de

su hijo. Tampoco el final de Santuario, seco y duro como un árbol podrido que se cae de viejo,

justifica que Bill mantuviera mucho tiempo esa pose de pesimismo juvenil, esa especie de glosa

prematuramente cansada y todavía algo rebelde al mantra anglicano de las “cenizas a las cenizas y

el polvo al polvo”....

A las cinco y media apareció el carcelero. —Le he traído… —dijo. Introdujo torpemente el

puño cerrado entre los barrotes—. Aquí tiene el cambio de aquellos cien que nunca… Le he

traído… Son cuarenta y ocho dólares —añadió—. Espere; lo voy a contar otra vez; no lo sé con

exactitud, pero puedo darle una lista... conservo los tickets… —Guarde el dinero —dijo Popeye, sin

moverse—, y lárguese de una vez.

A las seis fueron a buscarlo. El pastor le acompañó, la mano bajo el codo de Popeye, y se

quedó rezando junto al patíbulo mientras ajustaban la soga, que al pasar sobre la acicalada y

engomada cabeza de Popeye le despeinó. Como tenía atadas las manos, empezó a mover la cabeza,

echándose el pelo para atrás cada vez que volvía a caerle sobre la frente, mientras el pastor rezaba

y los otros permanecían inmóviles en sus puestos con la cabeza inclinada. Popeye empezó a
adelantar el cuello mediante breves sacudidas. —¡Pssst! —dijo, logrando que el sonido destacara

con nitidez sobre el zumbido monótono de la voz del pastor—; ¡psssst! El sheriff le miró; Popeye

dejó de mover el cuello y se quedó completamente rígido, como si mantuviera un huevo en

equilibrio sobre la cabeza. —Arrégleme el pelo, Jack —dijo. —Claro —dijo el sheriff—. Ahora

mismo te lo arreglo —e hizo caer la trampilla.

Cortante desenlace de la vida de un personaje completamente despreciable, Popeye, el hombre

de la mazorca en ristre, pero que en su miseria y justamente por culpa de su miseria ha conocido el

amor el tiempo justo para que se le escurriera inmediatamente de las manos; recuerda, el pasaje, a

otro verso de La rama verde, en XXVIII: y vengan después el esplendor y la velocidad, la limpieza

de la muerte... Poco antes, en monólogo interior, Bill, decidido a hacer de Santuario su novela más

rentable y terrible había escrito que

Sería mejor que se muriera esta noche, pensó Horace mientras seguía andando. Y morirme

yo también. Pensó en Temple, en Popeye, en la mujer, en el niño y en Goodwin, todos en un solo

aposento, desnudo, mortífero, donde las cosas se viesen juntas y también en perspectiva: un único

instante, a mitad de camino entre la indignación y la sorpresa, que lo borrara todo. Y también a

mí; pensando en que sería ésa la única solución. Arrancados, cauterizados del viejo y trágico

costado del mundo. Y yo también, ahora que estamos todos aislados; pensando en el suave viento

oscuro que sopla en los largos corredores del sueño; en yacer bajo un techo acogedor que puede

tocarse con la mano, oyendo indiferente el prolongado repiqueteo de la lluvia: del mal, de la

injusticia, de las lágrimas. Al final de un callejón, dos figuras en pie, cara a cara, sin tocarse; el

hombre diciendo en voz baja —en un susurro acariciante— una interminable sucesión de epítetos

obscenos, la mujer inmóvil delante de él como desfallecida en un éxtasis voluptuoso. Quizá

muramos en ese instante en que nos damos cuenta, en que admitimos, que el mal tiene una

estructura lógica, pensó Horace, acordándose de la expresión que había visto una vez en los ojos
de un niño muerto y también en otras personas sin vida: la indignación que se enfría, la violenta

desesperación que se desvanece, dejando dos globos vacíos en cuyas profundidades acecha, en

miniatura, el mundo paralizado. (Santuario, Alfaguara, pág. 218)

Aunque no hay, sin duda, invectiva más radical y tremebunda contra la vida 6 en la obra de

Faulkner que Mientras agonizo, esa novelita que escribió casi de un tirón reclinado sobre una piedra

y en la que vertió tanta amargura como le fue dado acumular a su todavía poco avanzada edad, en

plena madurez creativa y casi provocando al mundo, ciscándose en él con la bilis del genio

incomprendido:

Hasta me acuerdo de cómo, cuando yo era joven, creía que la muerte era un fenómeno del

cuerpo; sin embargo, ahora sé que no es más que una función de la mente: una función de las

mentes de quienes sufren la pérdida. Los nihilistas dicen que la muerte es el final; los

funcionalistas, que el comienzo; pero en realidad no es más que un simple inquilino o familia que

deja su habitación o su ciudad.

Hasta aquí casi bien, porque aunque ya han tenido lugar algunos horrores, la madre

agonizante todavía no se ha pronunciado por sí misma; cuando lo hace, la novela se torna una

oración a la muerte:
6 Y en Sartoris, antes bautizado como Banderas en el polvo, no la primera novela pero sí la fundacional de

Yoknapatawpha, el último miembro de la bizarra saga familiar se despide con estas acerbas palabras que

representan exactamente el paso que va de las duras pero grandiosas vidas de los antepasados a la decadencia actual

que puebla el resto de la producción acerca del condado de nombre casi impronunciable: ¡Maldición! —profería,

extendido sobre su lecho, boca arriba, mirando por la ventana, donde nada tenía que ver, esperando el sueño, no

sabiendo si vendría o no, y fastidiándose en lo que pudiera sucederle—. Nada que ver y la larga duración de la

vida de un hombre, setenta años de arrastrar por el mundo un cuerpo obstinado y engañar sus exigencias

importunas. Setenta años decía la Biblia, ¡setenta años! El sólo tenía veintiséis. Ni un tercio siquiera, ¡maldición!
Era entonces la ocasión de pararme a recordar que, como mi padre solía decir, la finalidad

de la vida no es otra sino la de aprestarse a estar mucho tiempo muerto. Y al recapacitar que tenía

que ver día tras día a cada uno de ellos y de ellas, y todos con sus respectivas vergüenzas y

egoísmos personales, y que tal era, a lo que parecía, la única manera de disponerme a bien morir,

no podía menos de maldecir a mi padre por habérsele ocurrido engendrarme. Siempre estaba

acechando la ocasión de cogerlos en falta, para darles de latigazos. Y cuando el látigo caía sobre

sus carnes, sentía yo su escozor sobre las mías; y cuando les levantaba verdugones y ronchas en la

piel, era mi sangre la que corría, y a cada nuevo golpe que les asestaba, me decía a mí misma:

“Ahora soy algo en vuestras vidas vergonzosas y egoístas, yo, que he marcado mi sangre en la

vuestra para toda la eternidad”.

O, el tan comentado desmentido al propio lenguaje, que se diría la herramienta del escritor:

Y cuando supe que llevaba en mis entrañas a Cash, me di cuenta de que la vida es terrible y

de que esas son las cosas que nos trae. Fue entonces cuando aprendí que las palabras no tienen

nada de bueno, pues que nunca se ajustan ni siquiera a aquello que tratan de dar a entender.

Cuando el niño nació, comprendí que la palabra “maternidad” ha tenido que ser inventada por

alguien que, por lo que fuera, la precisaba para el caso; y que a los que de verdad han tenido hijos,

nunca se les ha podido ocurrir preocuparse de si esa palabra existía o dejaba de existir. Comprendí

que la palabra “miedo” ha tenido que ser inventada por alguien que jamás lo ha pasado, y la

palabra “orgullo”, por alguien que nunca lo ha sentido 7

7 Tenemos también serios cuestionamientos del desempeño del lenguaje -casi a la manera estoica de Spinoza
cuando afirmaba aquello de “hablamos demasiado”, pero Spinoza no era ni por lo más remoto un literato- por parte

de Bill en ¡Absalón, Absalón! (Verticales, págs. 317-8): La lengua (esa hebra fina y quebradiza, dijo el abuelo,

mediante la cual la superficie y los rincones y las aristas de las vidas secretas y solitarias que llevan los hombres

pueden por un instante unirse de vez en cuando antes de hundirse de nuevo en las tinieblas en que clamó el espíritu

por primera vez sin ser oído y en que ha de declamar por última vez sin que tampoco nadie responda) y, mucho más
Estas palabras, lanzadas como un boomerang contra su propio valor comunicativo, podrían

haber constituido la coda de la carrera de Bill sino fuera porque el reconocimiento tardío, tal vez

algo avaro al principio pero sin duda creciente hasta la universalidad -y quién sabe qué otros

factores-, hicieron que el escritor, al que siempre molestó no ser más que un espectador hiperbólico

de su entorno, virase poco a poco su percepción de la Naturaleza, de la desnudez humana

(curiosamente, y hasta donde yo conozco, Faulkner jamás emite opinión o postura alguna acerca de

la cultura, es como si nada se interpusiese entre el ser humano y el ser 8), y por tanto de la muerte,

tanto individual como colectiva, personal o animal, natural o provocada, tuya o mía. El primer

cambio se destaca, nítidamente, en el parlamento de uno de los dos personajes femeninos relevantes

de ¡Absalón, Absalón!, la mismísima hija de Drácula...

—Sí —repuso Judit—, guárdela o destrúyala, como prefiera. Léala usted si quiere, o no la

lea. Uno deja tan poco rastro, ¿sabe usted? Uno nace, y ensaya un camino sin saber por qué, pero

sigue esforzándose; lo que sucede es que nacemos junto con muchísimas gentes, al mismo tiempo,

todos entremezclados; es como si uno quisiera mover los brazos y las piernas por medio de hilos, y

esos hilos se enredasen con otros brazos y otras piernas y todos los demás tratasen igualmente de

moverse, y no lo consiguiesen porque todos los hilos se traban, y es como si cuatro o cinco

personas quisieran tejer una alfombra en el mismo bastidor: cada uno quiere bordar su propio

dibujo. Claro está que todo ello carece de importancia, pues de otra manera quienes dispusieron el

tarde, en La Mansión, capítulo 10: Quizá no se necesiten siquiera tres años de libertad, de ausencia de contactos

verbales para aprender que quizá todo el dilema de la condición humana procede de la incesante cháchara de la

que el hombre vive rodeado, en la que está encerrado, aislado, de las consecuencias de su propia estupidez, las

cuales —las consecuencias, la simple tinta roja— podrían haberle permitido, a estas alturas, resolver el problema

de su condición y aprender a funcionar y a tener éxito.

8 En esto Faulkner remite sin pretenderlo a las grandes escuelas de pensamiento helenísticas, ninguna de las

cuales (estoicismo, epicureísmo, escepticismo y cinismo) concedía, ni apenas lo apreciaba, valor existencial alguno

a la cultura.
bastidor hubieran arreglado mejor las cosas, y a pesar de todo no deja de tener su trascendencia,

puesto que uno se esfuerza, y continúa luchando; cuando de pronto todo ha concluido y sólo nos

queda un bloque de piedra con unas inscripciones, siempre que alguien se haya acordado o haya

tenido el tiempo necesario para hacer grabar esas letras en el mármol. Pasa el tiempo, llueve y

brilla el sol y llega un día en que nadie recuerda el nombre y lo que dicen esas letras nada importa

ya. Quizá por eso, si uno puede dirigirse a alguno, cuanto más extraño mejor, y darle algo, lo que

sea: un pliego de papel o cualquier otra cosa que nada signifique por sí misma, aunque ellos no lo

lean ni lo guarden, ni se preocupen siquiera por destruirlo o arrojarlo, ya es algo porque ha

sucedido y puede ser recordado, pasando de una mano a otra, de una inteligencia a otra, al menos

será un arañazo, algo que deja rastro, algor que fue una vez por la razón de que pudo morir algún

día, mientras el bloque de piedra no puede ser es porque nunca podrá llegar a ser fue porque no

puede morir ni perecer...9

(¡Absalón, Absalón!, Verticales, pg. 157-8).

Unos párrafos después el narrador agrega una suerte de corolario de lo dicho, bajo la fórmula

de que puede que la vida, cada vida, no sea más que una “marca indeleble en el rostro impávido del

olvido”.... Y esta ya no es, en mi opinión, una variante más de esa negrura que hacía ver al Bill más

joven, inmediatamente anterior, la existencia como polvo, ceniza, absurdo, carrera hacia la nada,

desahucio inminente, “propiedades impuras”, jaque mate del ser, consunción, sinsentido 10 y, al fin y

a la postre, “estéril combate”. Ahora se trata de algo muy distinto, me parece. Ese bloque de mármol

o ese pliego de papel no son, desde luego, la Divina Providencia, nada “está escrito” de antemano,

9 Traducción alternativa del último segmento de frase, sin cursivas: pues de otro modo no podría morir también;

en tanto que el bloque de mármol jamás podría ser presente, puesto que tampoco llegará a ser pasado, es incapaz

de morir o terminar…

10 No recuerdo, ciertamente, que Faulkner emplee nunca esta palabra, tan en boga después de la Segunda Guerra

Mundial, e incluso antes entre dadaístas y surrealistas, pero sin duda está implícita en el contexto del título de The

sound and the fury, como se sabe extraído de un monólogo completamente devastador del Macbeth de William

Shakespeare.
no existe designio alguno, pero tampoco son esas porciones fugaces de tiempo que se dispersan en

el vacío y de las que pudiera decirse que “no hay más vela que la que arde”. Subsiste un legado,

subsiste una herencia, aunque precaria y frágil, para la cual el combate no es ya estéril, sino cuanto

poco testimonial. En el texto del “Discurso con motivo de la aceptación del premio Andrés Bello”,

en Venezuela, ya con el Nobel bajo el brazo, Bill remarcó un motivo que le obsesionaba, y que se

repite en varios lugares de su obra de no-ficción. Dice, a propósito de la misión del artista, que por

supuesto esta es su inmortalidad, quizás la única. Quizás el propio impulso que le ha compelido a

esa dedicación sea simplemente el deseo de dejar inscrito, detrás de esa puerta final hacia el

olvido a través de la que tiene que pasar primero, las palabras: “Kilroy estuvo aquí”. Kilroy no es

nadie en particular, es un cualquiera que tal vez dejó esa pintada en la puerta de los aseos de un bar,

pero que impresionó a Faulkner. La puerta de los aseos o un arañazo en un bloque de mármol (esa

inscripción que deja en la roca Tom Hanks de su paso por la isla en Náufrago) tal vez sean el único

sentido transcendente de nuestra andadura por la Tierra, pero es ya un sentido, y no la inanidad

absoluta. Incluso Addie, la madre moribunda de la desesperanzada Mientras agonizo, reconocía que

creí que el sentido era el deber de los vivos para con la terrible sangre, la amarga sangre roja que

corre hirviente por la tierra (Cátedra, pg. 170), y sin duda algo de eso hay. Ike McCaslin, el

personaje más compasivo y atormentado de Faulkner -mucho más que la mayoría de sus pétreas e

implacables mujeres- reflexiona entonces que...

Piensa en todo lo que ha pasado aquí, en esta tierra. Toda la sangre caliente y fuerte de vida

y de placer que ha vuelto a ella y que la ha empapado. De sufrimiento y de dolor también, desde

luego, pero que aun así ha sacado algo en limpio, ha sacado mucho, porque después de todo uno

no tiene que seguir soportando lo que considera sufrimiento; uno siempre puede elegir parar eso,

ponerle un fin. E incluso el dolor y el sufrimiento son mejores que nada; sólo hay algo peor que no

estar vivo, y eso es sentirse avergonzado. Pero no puedes vivir eternamente, y siempre gastas la

vida mucho antes de haber agotado las posibilidades de vivir. Y todo eso debe de estar en alguna
parte; todo eso no pudo haber sido inventado y creado simplemente para luego tirarlo. Y la tierra

es poco profunda; no hay mucha antes de llegar a la roca. Y la tierra no sólo quiere conservar las

cosas, atesorarlas; quiere volverlas a usar. Mira la semilla, las bellotas, lo que pasa incluso con la

carroña cuando intentas enterrarla: se niega también, hierve y lucha también hasta que vuelve a la

luz y al aire, todavía persiguiendo al sol. (Los viejos del lugar, en Desciende, Moisés, Cátedra. pg.

210)

Como se ve, ya es otro el ánimo que recorre la imaginación de Faulkner, más inclinado en

adelante a conceder una oportunidad al destino humano -aunque únicamente sea el de empecinarse

y prevalecer, como enunció en su exiguo discurso de entrega del Nobel11- en los términos de un

cierto Eterno Retorno, según el cual, si bien no cabe esperar inmortalidad personal alguna, la

intensidad de los momentos vividos no se apaga jamás, al margen que quién sea el que los

protagonice. Todo vuelve, y cuando vuelve su resplandor es tal que convierte en indiferente lo que

haya podido irse o no antes... ¿Quién sería tan cenizo, tan sombrío -como el propio Bill lo fue

antes-, de poner el acento, es decir, el valor, en lo que se va, en vez de en lo que retorna?... Así, en

Intruso en el polvo (Seix Barral, pgs. 189-90):

Ahora: el límite absoluto sin retorno, el de dar vuelta y regresar a casa o navegar

irremisiblemente hacia adelante y o hallar tierra o precipitarse por el final atronador del mundo.

Una vocecita, una poetisa sensible y profunda de los tiempos de mi juventud dijo que el té

derramado se va con las hojas y todos los días muere un crepúsculo, una extravagancia de poeta

11 De modo semejante, anticipándose a las actuales soluciones al colapso climático propuestas por iluminados

como Elon Musk (y anticipándose también a la propia carrera espacial), en el Discurso a la Comisión Nacional de

los EEUU para la UNESCO en Denver, Colorado, de octubre de 1959, un Faulkner ya mayor aseveraba que “eso

será cuando hayamos gastado el último grano, trago y pizca de nuestros recursos naturales. Pero el mismo hombre

no estará en esa tumba. El último sonido de la tierra sin valor será el de dos seres humanos intentando lanzar una

nave espacial casera y ya peleándose acerca de dónde van a ir a continuación.” (Ensayos & Discursos, Capitán

Swing, pg. 94)


que como suele acontecer revela verdad pero invertida y al revés puesto que el distraído

manipulador del espejo ensimismado en su obsesión ha olvidado que la parte de atrás del espejo es

cristal también: ojalá lo fuesen, pero en vez de ello, el crepúsculo de ayer y el té de ayer son ambos

indiferenciables de las esparcidas heces indestructibles indisolubles arrojadas por los

interminables pasillos de mañana, en los zapatos con los que habremos de andar y hasta las

sábanas entre las que habremos de dormir (o intentar): pues a nada se escapa, nada se elude; el

perseguidor es quien corre y la noche de mañana es sólo un largo combate insomne con las

omisiones y pesadumbres de ayer.

“El propio Bill lo fue antes”, decía yo, pero en realidad no tanto. En su primera publicación

lírica de juventud, El fauno de mármol, ya tenía intuiciones como la que estamos subrayando;

verbigratia:

¡Ah, el mundo,

al que los sueños de la humanidad se aferran

como una crisálida, liviano y frío,

pero que, sin embargo, nunca envejece!

O...

El día que agoniza ofrece a los que penan

la bendición que ni los reyes pueden conceder: un mañana.

Igualmente en La rama verde:

XV: Hermosa tierra y hermoso cielo

y hermoso fue el aguacero


de sol y lluvia en los manzanos

cuando yo aún dormía.

Y hermosa tierra y hermoso cielo

y hermosos serán la lluvia

y el sol entre los manzanos

cuando me haya vuelto a dormir, por mucho tiempo.

(en XXXIII): Aunque calienten a ese otro pecho, entre tinieblas,

los pechos de la Muerte, y haya olvidado dónde yacía yo,

y arrancada estén del árbol las hojas de la respiración

subsiste una hoja obstinada que no ha de morir

sino que, sin reposo en la tierra triste y amarga,

gana con cada amanecer una muerte, y con cada ocaso un nacimiento.

XLIV: Si ha de haber dolor, que sea sólo lluvia,

y ésta, por todo dolor, sólo dolor de plata

si estos verdes bosques sueñan aquí con despertarse

en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.

Pero yo dormiré, porque ¿dónde hay muerte

si en estas azules y soñolientas colinas, allí en lo alto,

tengo yo, como árbol, mi raíz? Aunque esté muerto,

esta tierra que me ciñe me ha de dar el aliento.


A lo que añadía, acto seguido, en la reelaboración titulada Colinas de Misisipi. Mi epitafio:

El árbol herido no alberga un verde nuevo para llorar

los años dorados que gastamos en comprar dolor.

Que sea esta mi condena, si olvido

que aún queda primavera para agitar y quebrar mi sueño.

Aún queda primavera, y siempre hay un mañana, aun cuando yo me haya vuelto a dormir, por

mucho tiempo. No diré que William Faulkner, el novelista experimental de ardua lectura, fuera todo

un filósofo, pero sí que sin lugar a dudas rumiaba muy a fondo lo que escribía. Mas el momento

más claro e inequívoco de esta nueva fe, por así llamarlo, no en la impotencia de la vida, sino en la

parcial impotencia de la muerte, se encuentra en El oso, un cuento largo o novela corta que se

encuadra en la colección de Desciende, Moisés y que es una obra maestra incuestionable. Allí se

dice lo siguiente:

Probablemente él sabía que yo estaba en el bosque esta mañana mucho antes de que llegase

aquí, pensó, yendo hacia el árbol que había sostenido uno de los extremos de la plataforma donde

Sam yacía cuando McCaslin y el mayor de Spain los hallaron; el árbol, la otra lata de manteca

clavada en el tronco, pero deteriorada por la intemperie, enmohecida, ajena también aunque

reconciliada ya en la armónica generalidad de la selva, sin elevar una nota disonante, y vacía, ha

tiempo vacía de la comida y el tabaco que él había puesto dentro aquel día, tan vacía de aquello

como lo sería en breve de esto que sacaba del bolsillo: el rollo de tabaco, el nuevo pañuelo de

hierbas, el pequeño paquete de caramelos de menta que a Sam le gustaban tanto; también eso

había desaparecido, casi antes de que volviese la espalda, no evaporado sino sencillamente

fundido en las miríadas de vida que llenaban el molde oscuro de estos misteriosos y sombríos

lugares de delicados y fabulosos rastros, que, respirando y esperando e inmóviles, le observaban


detrás de cada rama y cada hoja hasta que él se movió, volviendo a andar, avanzando; no se había

detenido, sólo había vacilado, al abandonar la loma que no era la morada de la muerte porque allí

no estaba la muerte, ni Lion ni Sam: no sujetados en la tierra, miríadas no difundidas todavía de

todo fragmento de miríada, hoja y rama y partícula, aire y sol y lluvia y rocío y noche, bellota y

hoja y bellota de nuevo, oscuridad y amanecer y oscuridad y amanecer de nuevo en su constante

sucesión y, siendo miríadas, uno: también Old Ben, también Old Ben; hasta le habrían restituido su

garra, seguramente le habrían restituido su garra; luego el largo desafío y la larga caza, ningún

corazón para ser forzado y maltratado, ninguna carne para ser macerada y herida. (Traducción

Ana M.ª Foronda)

“No había muerte”, traduce María Coy en Cátedra, en una interpretación ya abiertamente

naturalista y pagana del Eterno Retorno12. No hay muerte porque el bosque reabsorbe todo lo que se

corrompe en él y lo devuelve renovado después, como vimos en los anteriores versos. Lo que

vuelve no es el mismo, ese pájaro ahora cadáver, pero sí lo mismo, la parajareidad ahora viva y

cantando, por decirlo con Heidegger, coetáneo de Faulkner 13. Ni siquiera la angustia tematizada por

el propio Heidegger sería un obstáculo de ninguna clase, como no lo era tampoco para el alemán, al

Anillo del Retorno...

Así, pues, en vez de aquello de la fantasía que pasa y “nada” queda, es el “quedar” lo que

queda siempre, lo que nunca se verá completamente libre de la vieja angustia. Porque por mucho

12 Otra prueba: Y volvió a ser como había sido antes. No. Dos veces, mil veces y nunca igual: los treinta,
eternos y simbólicos para el hombre joven, para el muchacho, cada nueva ocasión acumulativa y retroactiva al

mismo tiempo, implacablemente no repetitiva, el recuerdo de cada cual excluye la experiencia, la experiencia de

cada cual antecede el recuerdo; la habilidad sin cansancio, el conocimiento virginal hasta la saciedad, los astutos

músculos secretos que guían y controlan, del mismo modo que en las muñecas y en los codos yacía dormido el

dominio de los caballos, en el espléndido, casi milagroso Olor a verbena, recogido al término de Los invictos,

Biblioteca Edaf.

13 De hecho, la expresión Die ewige Wiederkunft des gleichen de Friedrich Nietzsche se traduce precisamente

por el “eterno retorno de lo mismo”, no de “el mismo”; es decir, no retorna Flipper, pero sí un delfín, igual que usted

y yo...
que el río de la sangre corra cada vez más despacio y el recuerdo se haga cada vez más doloroso,

la sangre, cuando menos, recordará siempre que algún día fue capaz cuando menos de angustia.

(En la ciudad, pg. 123, Plaza y Janés)

Algo que ya estaba, sorprendentemente, en Sartoris, arranque y mapa sentimental de

Yoknapatawpha, acerca de la muerte del aguerrido patriarca, John Sartoris (Debolsillo, pg. 38):

Y al día siguiente ya estaba muerto, como si no hubiera hecho otra cosa que esperar aquel

desenlace para librarse de la torpe limitación de huesos y aliento; como si al perder el sentimiento

de frustración producido por la propia carne, pudiera ya tensar y dar forma a lo que brotaba de él

convertido en la inevitable apariencia de su sueño, y ser así evocado, como un genio o una deidad,

por los tediosos recuerdos de un anciano analfabeto o por una pipa chamuscada de la que hasta el

rancio olor a tabaco quemado se había esfumado muchos años antes.

No hay muerte, o no del todo. Tampoco el miedo a la muerte violenta, en combate, está del

todo justificado, desde esta perspectiva, y por eso es tan injusta la derrota del Sur en la Guerra de

Secesión, puesto que, como se recuerda en Escaramuza en Sartoris, recogido en Los invictos,

Biblioteca Edaf:

Creo que fue porque los de la partida de papá (como todos los demás soldados del Sur), a

pesar de haberse rendido y de haber reconocido que les habían dado una paliza, seguían siendo

soldados. Puede que fuera por la vieja costumbre de hacerlo todo como un solo hombre; puede que

cuando uno se ha pasado cuatro años en un mundo regido completamente por los actos de los

hombres, uno no quiera abandonar ese mundo, aunque tenga peligro y combates; puede que los

motivos sean el peligro y los combates, porque los hombres se han hecho pacifistas por todos los

motivos imaginables menos para rehuir el peligro y los combates.


El condado de Yoknapatawpha, esa región cuyo “único propietario” es William Faulkner, es

ante todo el escenario de la más triste de las derrotas, que no es propiamente la de la guerra, sino

consecuencia de ella. Bill oficia de último testigo de un tiempo en que los hombres eran luminosos,

epopéyicos (ese recuerdo recurrente, ese fulgor alucinado, casi con efectos especiales, del reverendo

Hightower en Luz de Agosto14 es la quintaesencia del propio Bill), algo ridículos e hijos de perra

también, en palabras de Bill, pero inmensamente más ricos en fortaleza de ánimo y temeridad de lo

que lo serán sus desgraciados descendientes. Quentin Compson lo sabe, y por eso termina por

arrojarse a un río. Flem Snopes también lo sabe, y por eso entiende perfectamente que los viejos

caballeros del Sur son ahora arcilla en sus manos mezquinas y codiciosas. Y hasta Mink Snopes, el

tonto más obstinado que haya salido de la pluma de Bill, lo sabe también, casi inconsciente y

larvariamente, y por eso aún sigue intentándolo, aunque la muerte tire de él hacia el seno de la tierra

(La Mansión, Alfaguara, capítulo 17):

El algodón que llenaba a medias el fondo de la camioneta estaba cubierto con una lona

alquitranada, de manera que ni siquiera necesitó la manta. Se instaló allí muy cómodamente. Y

sobre todo no estaba en contacto con el suelo. Porque ése era el peligro, algo contra lo que había

que estar vigilante: una vez que te tumbabas sobre el suelo, la tierra empezaba de inmediato a tirar

de ti. Desde el momento mismo en que se viene al mundo saliendo del vientre materno, el poder y

la atracción de la tierra empiezan a trabajar; si no hubiera otras mujeres de la familia, o vecinas,

o incluso alguien contratado para sujetar al recién nacido, para tenerlo en brazos, para evitar que

la tierra lo tocase, nadie llegaría a vivir ni una hora. Y uno mismo también lo sabe. Tan pronto

como puedes moverte, alzas la cabeza, aunque eso sea todo, tratando de romper la atracción,

procurando erguirte sobre las sillas y otros sitios parecidos, incluso cuando aún no puedes

14 Este título es también de traducción dudosa, pues aunque en realidad se refiera a “dar a luz” en agosto, y por

consiguiente debiera formularse como Luz en Agosto, sin embargo en el propio texto la locución se usa también en

la acepción habitual, véase: “En la luz de agosto que la noche rezagada está a punto de invadir”, pg., 464, Biblioteca

ABC.
sostenerte en pie, alejarte de la tierra, salvarte. Luego ya te sostienes y das uno o dos pasos, pero

incluso entonces, durante esos primeros años, te pasas la mitad del tiempo en el suelo, mientras la

vieja tierra que espera pacientemente te dice: «No pasa nada, no ha sido más que una caída, no te

has hecho daño, no te asustes». Más tarde ya eres adulto, un hombre fuerte, estás en la plenitud de

tus facultades; de vez en cuando te arriesgas deliberadamente a tumbarte sobre la tierra cuando

cazas en el bosque; estás demasiado lejos de casa para volver, de manera que puedes arriesgarte

incluso a dormir toda la noche sobre la tierra. Por supuesto tratarás de encontrar algo, cualquier

cosa —un tablón o unas tablas, un tronco, incluso ramas de arbustos— que se interponga entre tu

sueño, tu indefensión y la vieja tierra paciente que puede permitirse el lujo de esperar porque te

atrapará algún día, sólo que no tiene ningún sentido que te dé un quilómetro porque tú te hayas

atrevido un centímetro. Y tú lo sabes; cuando eres joven y fuerte te arriesgarás una noche, pero no

dos seguidas. Porque, incluso, si sales al campo al mediodía y te sientas bajo un árbol o junto a un

seto y almuerzas y luego te tumbas y descabezas un sueñecillo, cuando te despiertas durante un

minuto no sabes siquiera dónde estás, por la excelente razón de que no estás del todo allí; incluso

en ese breve rato en que no estabas vigilando, la vieja tierra paciente que espera sin prisa su

ocasión te ha cogido suavemente una primera vez, sólo que tú has conseguido despertarte a

tiempo. De manera que, si no le hubiera quedado más remedio, Mink se habría arriesgado a

dormir en el suelo esta última noche. Pero no había tenido que hacerlo. Era como si el Viejo

Patrón en persona hubiera dicho: “No te voy a ayudar en lo más mínimo, pero tampoco te lo voy a

impedir”.

El “Viejo Patrón” es Dios, por supuesto, que en Los viejos del lugar es denominado también

“Árbitro inmortal”. Coexisten, en Faulkner, una cierta esperanza de Dios no muy acusada, no muy

llamativa, con el Eterno Retorno cismundano en que nada se aniquila enteramente. Puede que

proceda no por casualidad de esa sensibilidad hacia el paso del tiempo como abismarse en la nada

en la que insistía en sus inicios y que es tan típicamente cristiana también, pero el caso es que se
hace más visible a medida que su obra adquiere consistencia y vigor. Asoma en Luz de Agosto,

mediante la redención, bellísima, del reverendo Hightower; está, más cegadora que unos fuegos

pirotécnicos, en las metáforas crísticas de Una fábula; y está, claramente, en Réquiem por una

mujer, donde tiene lugar este diálogo:

Temple Drake: (…) Y, mañana a esta hora, tú ya no serás nada. Pero para mí es otra cosa. Porque

para mí habrá mañana y mañana y mañana. Tu lo único que tienes que hacer es morir. Pero yo,

que Él me diga qué tengo que hacer. No: tampoco es eso; ya sé lo que tengo que hacer, ya sé lo que

haré; yo también lo descubrí aquella noche en la habitación de los niños. Pero que Él me diga

cómo. ¿Cómo? Mañana, mañana y todavía mañana. ¿Cómo?

Nancy Mannigoe: Confía en Él.

Temple Drake: ¡Qué confíe en Él! Mira lo que me ha hecho ya. Y está bien hecho; puede que lo

mereciese; al menos, yo no soy quien para criticarlo ni para darle órdenes. Pero mira lo que te ha

hecho a ti. Y a pesar de eso todavía puedes hablar así. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Acaso porque no hay

nada más?

Nancy Mannigoe: No lo sé. Pero hay que confiar en Él. Puede que ese sea el precio del sufrimiento.

Stevens: ¿El sufrimiento de quién, el precio de qué? ¿Sólo los de cada uno por sí mismo?

Nancy Mannigoe: Por los de todos. Por todos los que sufren. Por todos los pobres pecadores.

Stevens: La salvación del mundo está en el sufrimiento de los hombres. ¿Es eso lo que quieres

decir?

Nancy Mannigoe: Sí señor.

Poco después, la negra asesina, Nancy Mannigoe, sólo susurrará una palabra a Temple antes

de morir ejecutada: “cree”... Yo pienso que no es que Bill se haya convertido a religión ninguna,

sino que sencillamente es que siempre ha querido creer no tanto en Dios, en Jesús o en la vida de

ultratumba como en la redención. Somos, los humanos, tan hijos de perra (se recalca en La
mansión), que no puede ser que lo mucho que nos duele serlo no tenga una cierta absolución final.

En su tiempo, y sobre todo, claro, en España, las novelas de Faulkner fueron consideradas

aberrantes, escandalosas, abyectas y hasta monstruosas. Hoy nos cuesta más verlo así, y si en efecto

pulula en ellas tanto incesto, violencia, odio y crimen es porque, al igual que ocurría con Fiódr

Dostoiévsky (al que Bill elogiaba explícitamente), únicamente partiendo del barro más sucio se

puede elevar el poeta -el escritor en general, o todo escritor que no busque exclusivamente el

entretenimiento- hacia las estrellas: per aspera ad astra. Cuando su íntimo enemigo o enemigo

íntimo Ernest Hemingway recibió el premio Nobel a causa principalmente de El viejo y el mar,

Faulkner lo celebró argumentando que Hemingway en aquel relatito había descubierto a Dios 15.

Declaró entonces esto, que es bastante aplicable a sí mismo en mi opinión:

Él aprendió temprano en su vida un método con el cual podía realizar su trabajo; él ha

seguido este método, lo ha manejado bien. Si su obra continúa, entonces va a obtener lo mejor.

Creo que su último libro, El viejo y el mar, es el mejor porque ha encontrado algo que no había

encontrado antes, que es Dios. Hasta ese momento sus personajes se desenvolvían en un vacío,

carecían de pasado, pero de repente, en El viejo y el mar, él encontró a Dios. Ahí está el gran pez:

Dios hizo el gran pez que tiene que ser capturado, Dios hizo al viejo que tiene que capturar al gran

pez, Dios hizo a los tiburones que tienen que comerse el pez, y Dios los ama a todos ellos; y si su

obra sigue avanzando a partir de ahí, será aún mejor, lo cual es algo que no todos los escritores

pueden proponerse. Muchos se agotan trágicamente, cuando jóvenes, y entonces se vuelven

infelices. Eso le pasó a Scott Fitzgerald, le pasó a Sherwood Anderson. Se desmoronaron.

El problema con la muerte, tal y como yo lo veo, es que lo que llamamos “conciencia”, lo

hagamos con razón o no, es tan resplandeciente, tan completamente distinto de toda la demás vida y

entornos dinámicos que nos rodean, que se nos hace cuesta arriba aceptar que pueda haberse

cancelado de un momento a otro. Ayer hablábamos con naturalidad con alguien, como el viejo

15 Lo contaba Norberto Fuentes en El País: https://elpais.com/elpais/2019/11/19/ideas/1574182026_547130.html


coronel Sartoris, que estaba perfectamente enterado de lo que sucedía a su alrededor, o que si no

podíamos informarle fácilmente de ello. Potencialmente, era capaz de sentir todo y de apreciar,

valorar o rechazar todo, cualquier incidente en grupo o aisladamente. Tenía la mirífica facultad,

también, de recordar el pasado y anticipar el futuro, pese a que ese don fuese motivo de angustia.

De repente muere, y ese haz de poderes increíbles desaparece de un plumazo. Lo que tienes enfrente

no es el glorioso coronel Sartoris, sino un pedazo de carne en descomposición. La posición de

Faulkner respecto de la muerte no consiste en que se vaya haciendo mayor y entonces le atrape la

beatería16, consiste más bien en que no le cabe en la cabeza esa transformación que va de un núcleo

vivísimo de anhelos, frustraciones, malas pasiones y tal vez coraje a nada de nada, a un estorbo en

el suelo o en una cama que hay que retirar cuanto antes. Lo peor de la muerte no es que sea olvido

de uno mismo, lo peor es que sea olvido del mundo. Con el esfuerzo que hacemos todos por

arrostrar con las circunstancias y tratar de ser lo que mejor podamos ser dados los punzantes

obstáculos que nos encontramos -siendo el primero y principal nosotros mismos-, resulta

improbable que todo desemboque en “los ojos vueltos hacia dentro”, como dice Bill en otro poema.

Lorca, no mucho antes, había versificado en Poeta en Nueva York: “o a aquel muerto que ya no

tiene más que la cabeza y un zapato”. Lo absurdo no es la muerte en sí, como pontificarán después

Jean Paul Sartre o Albert Camus, más absurdo sería desear muy seriamente que todos nuestros

antepasados siguiesen vivos y que nosotros mismos vayamos a dar la matraca a nuestros

descendientes hasta el fin de los tiempos. No es eso, eso no es ni mínimamente respetable

filosóficamente. Lo que sí es respetable filosóficamente, a mi juicio, es dudar de que el ingente

esfuerzo de la especie humana termine en un simple “plof”, termine como quien abandona la

habitación al decir de Faulkner. En absoluto es que se esté buscando, o incluso suplicando, una

recompensa para tanto mérito, puesto que Bill es el primero en constatar que ese mérito está

16 A no ser que le ocurriera como al director de cine Kevin Smith, que suele decir que el motivo por él que cree

en Dios es porque si no sería imposible entender que alguien como él tuviera una carrera profesional... Bill, que fue

un auténtico desastre en su primera y casi segunda juventud, tendía a pensar algo parecido a esto de vez en cuando.
compuesto en su mayor parte de ambición, hambre, rapacidad y mal17. Sencillamente es que los

términos no parecen proporcionados, así de claro....

En Palmeras salvajes, el personaje de Wilbourne se dirige a McCord con este sermón:

No hay lugar para el amor en nuestro mundo actual, ni siquiera en Utah. Lo hemos

eliminado. Hemos necesitado mucho tiempo; pero el hombre es fértil en recursos, y su facultad

inventiva, ilimitada. Así hemos terminado de librarnos del amor, como nos hemos librado del

Cristo. Tenemos la radio para reemplazar la voz de Dios, y en lugar de ahorrar nuestra moneda

emocional durante meses, durante años, a fin de merecer una oportunidad de gastarla toda en

amor, podemos ahora dilapidarla a centavos y excitarnos delante de los puestos de periódicos o

con trozos de chicle o con tabletas de chocolate en las máquinas tragaperras... Si Jesús volviera,

habría que crucificarlo de prisa para defendernos, para justificar y preservar la civilización que

nos hemos esforzado en crear y perfeccionar a imagen del hombre, creación por la que durante dos

mil años hemos sufrido, hemos muerto chillando de rabia y de impotencia. Si Venus volviera, sería

bajo el aspecto de un piojoso vendedor de postales obscenas, en los urinarios del metro.

Parece evidente que si Faulkner consideraba el pasado como actual es porque echaba

enormemente de menos ese pasado concreto, un pasado en que se forjaban los verdaderos hombres.

Venus ya está entre nosotros, en efecto, convertida en industria del porno, mas no obstante... ¿Quién

querría hoy realmente renunciar a los chicles, los periódicos, la radio o las golosinas para retroceder

al Profundo Sur? Pues ser o no ser, esa es la cuestión. En su poemario Visión en Primavera, de

1921, Bill escribía un verso enigmático (en Canción de amor): Para el sueño es la muerte, y la

muerte no es nada excepto un sueño descifrado. Yo no sé bien lo que pudiera querer decirse allí,

pero tengo muy presente lo que el gran Bill Faulkner escribe en Luz de Agosto, como retomando sus

17 Llevándoseme los demonios porque cosas así no sólo sucedieran, sino que tuvieran que suceder, no quedara
más remedio que sucedieran si la vida tenía que continuar y la humanidad ser parte de ella, en La escapada

(traducción de The reivers), Debolsillo, pg. 253.


sempiternas dudas sobre la eficacia del lenguaje: pensando, como ya había pensado, como pensaría

después, como los hombres han pensado: qué falso puede ser el más profundo de todos los libros

cuando se pretende aplicarlo a la vida. (Biblioteca ABC pg. 455)

Por Óscar Sánchez18

18 Más textos del firmante sobre la obra o la vida de William Faulkner en la revista digital Hypérbole.

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