Madre mía
Lo ignoto, lo sublime, lo grande, lo profundo,
el alma de las cosas encierras en tu ser;
¡Oh madre idolatrada no hay nada en este mundo,
que iguale a tu hermosura, que iguale a tu querer!
Las musas del Parnaso, las náyades divinas,
las blancas azucenas envidian tu esplendor;
semejas en tu rostro a Dios; en tus pupilas
reflejas lo bello, idealizas el amor.
Por ti, madre querida, la patria se enaltece,
por ti resurge ardiente la ciencia y el saber,
por eso en este día el alma se enternece
y te brinda sus cantares y poemas de placer.
Tú, madre, que enjuagaste mis lágrimas de niño,
tú que compartes siempre mi llanto y mi dolor;
tú que despojas todo por darme tu cariño;
tú que si exigiera darías el corazón.
A ti vengo de hinojos postrándome a tus plantas,
trayéndote en mi canto poemas de mi amor,
depositando madre, en tu presencia santa,
envuelta en mi poema, el alma, en una flor.