7. La formación del Estado español.
La monarquía
de los Reyes Católicos
La unión dinástica de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón se puede
considerar como el inicio de la España moderna. Esta unión dotó a la monarquía
de recursos financieros, burocráticos y militares que le permitieron sentar las
bases de un Estado moderno.
Aunque el rey Enrique IV de Castilla tenía una hija (Juana la Beltraneja) en la
corte se consideraba que era ilegítima, por lo que el rey llegó a transigir en la
cuestión sucesoria nombrando heredera a su hermana Isabel, con la condición de
que no se casara sin su consentimiento, pero Isabel se casó con el príncipe
Fernando de Aragón en secreto, lo que hizo a Enrique IV reconsiderar su posición.
A la muerte del monarca (1474) Isabel se proclamó reina y se desencadenó una
guerra civil en la que se enfrentaron Isabel, apoyada por parte de la nobleza, las
ciudades y Aragón, y Juana, respaldada por otra parte de la nobleza y Portugal.
El matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón posibilitó la unión
de ambas coronas, pero la unión dinástica no supuso una unión política, pues
cada corona mantuvo sus instituciones, su moneda y sus leyes. Sin embargo, sí
que se produjo una unidad de acción política. El centro de la monarquía basculó
hacia Castilla, pues era el territorio más extenso, rico y poblado, además de estar
más unido políticamente que la Corona de Aragón.
Tras la victoria en la guerra civil castellana se reanuda la guerra contra el
reino nazarí de Granada, que duraría diez años. Tras la conquista de Málaga
(1487) y Baza, solo resistía la capital, cuyo rey Boabdil acabó capitulando en 1492.
La victoria en esta guerra motivó que el papa les otorgara el título de Reyes
Católicos.
Para lograr la unidad de toda la Península faltaban Portugal y Navarra. Con
Portugal se crea una alianza matrimonial con la boda del rey Manuel I con la
princesa Isabel, hija de los Reyes Católicos. Tras la muerte de la reina Isabel
(1504) Fernando el Católico conquistaría el reino de Navarra (1512)
incorporándolo a Castilla y completando de esta forma la unidad territorial del
actual estado español.
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Los Reyes Católicos desarrollaron un modelo político de monarquía
autoritaria reforzando su poder frente a la nobleza, tendiendo a la
centralización política y creando las bases del Estado moderno, en el que las
instituciones están al servicio de la corona y supeditadas a ella. Aunque la nobleza
perdió parte de su poder político (jurisdiccional) mantuvo su poder económico e
influencia social.
En Castilla se creó la Santa Hermandad, cuerpo armado organizado por las
principales ciudades para proteger caminos contra los bandidos; se reorganizó y
perfeccionó el cobro de impuestos, aportando importantes recursos a la corona;
se generalizaron los corregidores, delegados de los reyes en las ciudades;
Fernando el Católico fue nombrado maestre de las órdenes militares (Santiago,
Calatrava y Alcántara) que pasaron a estar controladas por la corona, incluidos
su enormes recursos económicos; se reorganizó el Consejo de Castilla, que se
convirtió en la principal institución de gobierno; se crearon nuevos Consejos,
como el de Aragón, Indias, Hacienda, etc.; en el ámbito de la justicia, al a
Chancillería de Valladolid (tribunal superior de apelación) se le sumó otra sede
en Granada; los reyes recibieron del papa el derecho de presentación de obispos
(Patronato Regio), con lo que aumentó su control sobre la Iglesia española. En
cuanto a las Cortes, se limitó su capacidad de actuación y apenas fueron
convocadas por Isabel.
En Aragón, la creación del Consejo del Reino y el cargo de virrey, junto con
la pacificación de Cataluña (Sentencia Arbitral de Guadalupe, 1486)
fortalecieron el poder real. Pero la centralización fue menos importante que en
Castilla, pues se mantuvieron privilegios y fueros de cada territorio. En resumen,
el rey continuó la tradición pactista de la Corona de Aragón, a veces con duras
negociaciones con las Cortes de Aragón, Cataluña y Valencia para conseguir
financiación.
La política religiosa tendió también a la uniformidad. Las minorías
musulmana y judía eran muy importantes, pero desde el siglo XIV los judíos
habían sufrido duras persecuciones. Muchos se fueron convirtiendo al
cristianismo (conversos), aunque en privado seguían practicando su primitiva
religión. Para atajar el problema de los conversos, en 1480 se creó el Tribunal de
la Inquisición, que ya funcionaba en Aragón. En 1492 se decretó la expulsión de
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los judíos que no se convirtieran al cristianismo. Unos 150.000 judíos
abandonaron España. Con los musulmanes granadinos muy pronto se impuso
la intolerancia, lo que les llevó a la insurrección y, tras su derrota, a la conversión
forzosa (1502).
En política exterior, los Reyes Católicos utilizaron los enlaces
matrimoniales con el objetivo de la unidad peninsular (con Portugal) y el
aislamiento diplomático de Francia (con Inglaterra y Austria). La consecuencia
más importante fue la llegada de la dinastía de los Habsburgo y la conversión de
la monarquía hispánica en el eje de la política mundial.
En cuanto a escenarios, la política exterior se centró en tres frentes: Italia,
norte de África y el Atlántico.
En Italia, los Reyes Católicos poseían Cerdeña y Sicilia, pertenecientes a la
Corona de Aragón; además, Fernando el Católico estaba emparentado con los
reyes de Nápoles. Los conflictos se iniciaron por las aspiraciones de Carlos VIII
de Francia a dominar Nápoles; los franceses la invadieron en 1495, lo que
ocasionó la reacción en contra de todos los estados italianos apoyados por los
Reyes Católicos. En 1500 Fernando firmó el acuerdo con Luis XII de Francia por
el que se repartían el reino de Nápoles, pero el desacuerdo durante la ocupación
provocó de nuevo la guerra; Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán,
completó la conquista del reino para la corona española en 1503.
La política norteafricana se consideró una continuación de la Guerra de
Granada contra los musulmanes, con un espíritu de cruzada. Se realizaron
numerosas expediciones contra las costas del norte de África ocupando Melilla
(1497), Orán, Bujía o Trípoli, con la intención de garantizar la seguridad en el
Mediterráneo frente a turcos y berberiscos.
A lo largo del siglo XV el interés por el Atlántico había aumentado en los
reinos de Castilla y Portugal. El desarrollo de la navegación había posibilitado un
intenso comercio en busca de oro, azúcar y esclavos, y sobre todo con la intención
de explorar la costa africana para encontrar una ruta hacia Asia, con el objetivo
de controlar el comercio de especias. En este proceso los portugueses ocuparon
Madeira y Azores, mientras los castellanos se asentaban en Canarias.
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El Tratado de Alcaçovas (1479) había fijado los derechos de Portugal sobre el
océano Atlántico, pero en 1492 Colón firma con los Reyes Católicos las
Capitulaciones de Santa Fe, con el proyecto de cruzar el Atlántico hacia Asia
(proyecto rechazado previamente por el rey de Portugal); Colón recibió el título
de Almirante, la gobernación de las tierras que descubriera y el 10% de las
ganancias. Los Reyes Católicos proporcionaron la financiación y se convertirían
en soberanos de las tierras descubiertas. Cuando el 12 de octubre de 1492 Colón
desembarcó en América, creyó haber llegado a Asia; el nuevo continente sería
explorado y conquistado en las décadas siguientes.
Para evitar el conflicto con Portugal, en 1494 se firmó el Tratado de
Tordesillas entre ambos reinos, por el que se dividía el mundo en dos a través de
un meridiano trazado a 370 leguas al oeste de cabo Verde; la zona occidental sería
para Castilla y la oriental para Portugal.
Las consecuencias del descubrimiento de América fueron enormes.
Surgieron dos grandes imperios coloniales: España y Portugal. El eje económico
del mundo cambió del Mediterráneo al Atlántico. Se trajeron a Europa nuevos
productos como el maíz, el tabaco, el tomate o la patata. El oro y la plata
americanos impulsaron la circulación monetaria, lo que provocó una acusada
inflación. América empezó a demandar en gran cantidad productos
manufacturados europeos. También se intensificó el flujo de esclavos africanos
hacia América, con lo que se repoblaron las plantaciones españolas y portuguesas
del nuevo continente, provocando un importante mestizaje entre amerindios,
africanos y europeos.