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Mary Mottley, futura esposa de Tocqueville (hacia 1830)

(Por cortesía de George W. Píerson)


Alexis de Tocqueville (hacia 1830)
(Por cortesía de George W. Píerson) -
JAMES T. SCHLEIFER

Cómo nació
LA DEMOCRACIA
EN AMÉRICA
de Tocqueville
T ra d u c c ió n de
R o d r ig o R oza

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA


MÉXICO
Primera edición en inglés, 1980
Primera edición en español, 1984

Titulo original:
The Makmg of Tocqueville's "Democracy in America"
© 1980, The University of North Carolina Press

D. R. © 1984, F ondo ok O ' i . ivra Económica


Av. de la Universidad, 975; 03100 México, D. F.

ISBN 968-16-1744-4

Impreso en México
PROEMIO

¿Tocqueville? En esta segunda mitad del siglo XX —en nuestra


era de ansiedades sociales y de autocuestionamientos naciona­
les—, las personas preocupadas se vuelven cada vez más hacia la
obra, compleja pero extraordinariamente esclarecedora, que el jo­
ven francés Alexis de Tocqueville compuso hace casi un siglo y
medio.
La obra se tituló La democracia en América* (De la démocra-
tie en Amérique), y apareció, según se sabe, en cuatro volúmenes.
Los dos primeros, publicados en 1835, traducidos en Inglaterra y
reimpresos en 1838 en una edición norteamericana, definen y ana­
lizan el experimento norteamericano con una claridad, un equili­
brio y una penetración asombrosos, y su aprobación general sor­
prendió y deleitó a los lectores estadounidenses. De un dia para
otro se convirtió en un clásico, impreso y reimpreso una y otra
vez, y con ediciones especiales dedicadas a las escuelas. Los otros
dos volúmenes, concluidos y traducidos sólo en 1840, parecen en­
focarse en la igualdad, o el igualitarismo, del mundo moderno, por
lo menos en igual medida que en el gobierno democrático norte­
americano. Es evidente que son más filosóficos y más distantes. Lo
que no es tan evidente, es que nosotros no estuviésemos dispues­
tos culturalmente para asimilar las proyecciones precursoras de
Tocqueville en la psicología y la sociología de las masas. Nos con­
siderábamos excepcionales, como legatarios de un destino espe­
cial. Asi, los volúmenes tercero y cuarto fueron también acepta­
dos, pero mucho menos leídos.
Los tiempos cambiaron. Después de la Guerra de Secesión, en

* H Fondo de Cultura Económica editó De la démocratie en Amérique. en


traducción de Luis R. Cuéllar y con el titulo de La democracia en América, en
1957. con sucesivas reimpresiones en 1963, 1973 y 1978: esta última es la que
se ha utilizado aqui para las transcripciones de los correspondientes pasajes de
la obra. Las citas no procedentes de ella, es decir, de borradores, notas, corres­
pondencia. etc., hasta la Parte II inclusive, están traducidas directamente del
francés, por la gentil cesión de copias de los respectivos originales hecha por
The University of North Carolina Press, editora del libro de James T. Schleifer.
(Nota deI traductor.)
10 PROEMIO

que el nacionalismo reemplazó al Federalismo, en que triunfó el in­


dustrialismo y las ciudades crecieron, las descripciones institucio­
nales de Tocqueville de lo que habia sido una república agraria
(volúmenes I y II) iban desactualizándose rápidamente, mientras
que sus preocupaciones acerca de las masas democráticas (volú­
menes III y IV) parecían refutadas por la expansión y la prosperi­
dad deslumbrantes de la nación. En 1888, James Bryce publicó
The American Commonwealth, y en poco tiempo este nuevo clási­
co reemplazo a La democracia en América en las bibliotecas es­
colares o particulares.
De tal suerte, Tocqueville cayó casi en el olvido: pero ahora se
le revive.
Esta revivificación de Tocqueville (que comenzó hacia 1938 y
que tiene grandes probabilidades de prolongarse) se debió en parte
al redescubrimiento de La democracia en América y. sobre todo,
de sus volúmenes III y IV. Lo que Tocqueville había considerado
necesario decir acerca de Norteamérica, su materialismo y su
mentalidad orientada hacia el dinero, acerca de los instintos de las
masas y de su mediocridad celosa, acerca de la tiranía de la ma­
yoría y la sofocación meramente numérica, acerca de lo que las
guerras pueden hacer para sustituir la centralización por la liber­
tad. o acerca de los peligros de despotismo por parte de una buro­
cracia democratizada, o acerca de la pérdida de la energía privada
en un estado de bienestar —en resumen, acerca de una asombrosa
serie de incomodidades y ansias contemporáneas—bastante súbi­
tos e irresistibles, después de la gran depresión y de la Segunda
Guerra Mundial, y de las desilusiones de nuestras responsabilida­
des mundiales, ha venido a parecer profético y, más que profético,
desafiante y profundamente instructivo. Asi, La democracia ha si­
do traducida nuevamente, completa o en parte, en dos importan­
tes ediciones nuevas; ha vuelto a incluirse en los programas de
nuestros colegios y universidades, y ha sido utilizada y citada por
autores de todos los partidos y convicciones (véase el elogiable
análisis de Robert Nisbet, “ Many Tocquevilles”, en American
Scholar, invierno de 1976-1977).
Otro elemento que ha contribuido a la revivificación de Toc­
queville a ambos lados del Atlántico ha sido el descubrimiento,
publicación y estudio de una fascinante variedad de manuscritos
suyos o relacionados con él. Esto comenzó con el hallazgo en los
Estados Unidos de una serie de notas de viaje, diarios y corres­
pondencia, tanto de Tocqueville como de su amigo y compañero
PROEMIO II

de viaje Gustave de Beaumont. Fui el primero en utilizarlos, en mi


libro Tocqueville and Beaumont in America, y una parte conside­
rable de dichos documentos se viene publicando en Oeuvres com­
pletes d ’Alexis de Tocqueville, una edición comenzada en 1951 y
que sigue creciendo, para la republicación de todas las obras de
Tocqueville con escritos editados e inéditos, conversaciones y car­
tas. Recientemente, el presidente del comité editorial, André Jar-
din, y yo. también hemos sacado a la luz las Lettres d ’Amérique,
1831-1832, de Beaumont. Y a lo largo de los años, en la Universi­
dad de Yale se ha venido formando una colección, que incluye, no
sólo los muchos otros escritos sobrevivientes de Beaumont, sino
también copias de materiales perdidos de Tocqueville, e incluso
los borradores y el manuscrito de trabajo originales de La demo­
cracia. De suerte que ha venido a la vida, o ha sido recuperada,
una amplia gama informativa de materiales sobre el trasfondo, las
circunstancias, la composición y la recepción de la obra maestra
de Tocqueville.
El redescubrimiento de Tocqueville —d redescubrimiento de
sus papeles— cuenta, sin embargo, con algo perdido. Los críticos
y los comentaristas lo han releído. Los intelectuales y los estu­
diantes han analizado aspectos particulares de la vida de Tocque­
ville. sus experiencias en Inglaterra o en la revolución de 1848, sus
convicciones religiosas o su pensamiento político y social, casi
hasta el punto de crear una industria del tocquevillismo, pequeña,
pero floreciente. Ello no obstante, hasta ahora, nadie ha tenido el
coraje de habérselas con la gran cantidad (debiera decir la formi­
dable masa) de notas, borradores, ensayos y manuscrito de traba­
jo de su obra maestra, difíciles y a veces indescifrables, con el fin
de averiguar cómo y por qué fue escrita. Este estudio de la manu­
factura o, mejor dicho, de la creación de La democracia es lo que
ha abordado James T. Schleifer, con resultados impresionantes.
El primer beneficio evidente, para quienes estudiamos a Toc­
queville y La democracia, es una ampliación multifacética de
nuestra información. Schleifer demuestra, no sólo cuándo Toc­
queville escribió las distintas partes de su libro —así como dónde y
bajo qué influencias o presiones de las circunstancias—, sino tam­
bién qué libros leyó, cuáles descartó o empleó, con quién consultó
acerca del contenido o del estilo, con quiénes fueron las conversa­
ciones que más le influyeron, cómo comenzó sus cuatro volúme­
nes y cómo éstos fueron creciendo y variando de enfoque, y tam­
bién con qué dificultades y frustraciones chocó el autor. Con
12 PROEMIO

la ayuda de Schleifer, cada uno de nosotros hará sus propios des­


cubrimientos, grandes y pequeños. Yo descubrí (y en este libro
está documentado) que Tocqueville usó The Federalist Papera,
de James Madison, y lo que tomó y rechazó de ellos es especial­
mente esclarecedor. Schleifer sorprenderá a más de uno con su
demostración de que el viajero francés prestó a la economía nor­
teamericana una atención mucho mayor de lo que yo y otros su­
poníamos. No sólo confirma los significados múltiples que Toc­
queville daba a sus temas claves de la democracia, el individualis­
mo, la centralización y el despotismo, puntualizando las confusiones
a que suelen dar lugar, sino que asimismo pone de relieve los be­
neficios que esta práctica le reportaba a Tocqueville. Por último,
nos es valioso el hecho de que, en el proceso de investigar la evo­
lución de determinados argumentos, Schleifer ha descubierto y
traducido una variedad de pasajes de las notas, los borradores e
incluso el manuscrito de trabajo, que nunca hasta el presente ha­
bían salido a la luz; pasajes frecuentemente iluminados, como des­
de lo alto, por las elocuentes frases de Tocqueville.
En otro orden de cosas, salimos ganando también en la com­
prensión de la mente de Tocqueville, de sus mecanismos de pensa­
miento y de trabajo. El agudo y penetrante análisis de Schleifer
demuestra incuestionablemente tanto la pluralidad de Tocqueville
(lo que Nisbet llama el carácter “compuesto” de su libro) como su
instinto para las generalizaciones y su inclinación por los tipos
ideales. Schleifer muestra a Tocqueville, a menudo, equilibrando y
oponiendo sus temas, haciendo trabajosos malabarismos con los
opuestos, o casi jugando con las paradojas y volviendo a jugar.
Vemos a Tocqueville chapucear y, a veces, corregir sus chapú­
ceos. Nos informamos de sus vacilaciones y ambigüedades, y po­
demos verificar no pocas confusiones. Encontramos ciertas refle­
xiones perturbadoras, posteriormente omitidas, y algunas convic­
ciones y posturas proféticas tempranas, que hasta ahora sólo se
habían identificado con el Tocqueville maduro de 1848 o más tar­
de. Asi, pues, el lector atento llegará paulatinamente a advertir*

* The Federalist Papers fue publicado en castellano, en 1943 y reimpreso en


1957, por el Fondo de Cultura Económica, en traducción de Gustavo R. Velas-
co, autor también del prólogo, con el titulo de El federalista, los ochenta y cin­
co ensayos que Hamilton, Madison y Jay escribieron en apoyo de la Constitu­
ción norteamericana. Las citas de esta obra que aparecerán a lo largo del libro
están tomadas de dicha reimpresión de 1957, y se aludirá a la serie de ensayos
con el titulo de El federalista. (N. del T.)
PROEMIO 13

que muchos pasajes de La democracia están mucho más carga­


dos de significación de lo que hasta ahora se habia supuesto. Por­
que si, finalmente, Tocqueville resolvió que estaban equivocadas
ciertas tesis de sus borradores, o si, del mismo modo, rechazó
ciertas interpretaciones alternativas, lo cierto seria que en el tras-
fondo de su mente seguia cargando con el peso de unas paradojas
no resueltas. En algunos casos, ciertas omisiones pueden explicar­
se por el mero cansancio, o podemos ver, para decirlo con la boni­
ta frase de Schleifer, que “les daba largas y las posponía hasta ca­
si abandonarlas”.
Cabria decir que Schleifer no ha podido, en un estudio tan den­
so y convincente, descubrir los orígenes de todos los temas de
análisis cuasi racionalizados y cuasi intuitivos del estudio de Toc­
queville sobre la democracia en Norteamérica y el igualitarismo
en el mundo moderno. Pero si ha identificado los materiales, ha
demostrado el método, ha delineado la evolución de una serie de
ideas claves y ha ejemplificado sus resultados; en resumen, ha
mostrado el camino, impulsa a seguir trabajando en los manuscri­
tos inéditos de Tocqueville y hace asomar en el horizonte, por pri­
mera vez. la posibilidad de una gran edición anotada de La demo­
cracia en A mérica, una edición que este clásico se merece y que
agradecerán los intelectuales que no se especializan en Tocque­
ville.
¿No basta con La democracia original, desnuda y sin disfra­
ces? Es mucho, en verdad, y quizá por si sola sea más de lo que
nos merecemos o que tengamos la humilde paciencia de digerir.
Puede que no sea “la obra más grande sobre un pais escrita por
un ciudadano de otro”, pero seguramente es una de las llaves
maestras para comprender a la moderna sociedad de masas. De
suerte que comprender mejor a Tocqueville es algo que nos bene­
ficia a todos.
Me vienen a la mente El federalista y los Debates de la Con­
vención Federal. ¿Es suficiente en sí misma nuestra Constitución?
¿Gobierna por si sola? Sí, por su redacción y sus pronunciamien­
tos definitivos. Sin embargo, lo hace sólo a través de la interpreta­
ción. Y cabe recordar que, al cabo de muchos años de tomar la
Constitución al pie de la letra, la Corte Suprema de Justicia ha po­
dido por fin leer los Debates que tuvieron lugar durante su redac­
ción y. a partir de entonces, nuestros jueces dejaron de ser tan
inocentes y, en realidad, se han hecho más sensatos. Porque los
Debates y Elfederalista muestran qué era lo que pensaban ios pa­
14 PROEMIO

dres de la Constitución, y por ello vistieron al documento con sig­


nificados más profundos y vastos. Le dieron a nuestra Constitu­
ción —a nuestros Diez Mandamientos, por así decirlo—una ubica­
ción y una profundidad en la historia, para ilustración y beneficio
de la nación toda.
Asi. pues, ahora estamos en condiciones de ir más allá de los
simples pronunciamientos, a veces nebulosos o incongruentes, de
La democracia, y acercarnos más a lo que tal vez Tocqueville qui­
siera realmente decir. Porque ahora podemos oir sus debates con
sus contemporáneos y, lo que es más importante, verle debatir
consigo mismo. Para quienes nos preocupa la condición humana
y que no estamos obsesionados por Freud ni infectados por el vi­
rus del marxismo, este ejercicio puede ser sumamente gratificante.
Porque Tocqueville era un hombre honrado, con una inteligencia
intuitiva que rayaba en lo genial, y profundamente preocupado
por la dignidad y la libertad del hombre.

G . W. Pierson
PREFACIO

El primer viaje de Alexis de Tocqueville a la América del Norte


concluyó d 20 de febrero de 1832, fecha en que d buque Le Havre
zarpó de Nueva York con rumbo a Francia. Pero su visita de nue­
ve meses habia sido solamente el prólogo de un segundo viaje, que
le insumiría los ocho años siguientes: la composición de La demo­
cracia en América. Hasta el presente habia quedado en gran parte
sin explorar ese prolongado tiempo de reconsideración e intros­
pección1.
Para emprender un proyecto de este tipo, la mayoría de los ma­
teriales necesarios son fáciles de conseguir. La Yale Tocqueville
Manu scripts Collection, alojada en la Beinecke Rare Book and
Manuscript Library, y culminación de la acertada recolección de
Paul Lambert White, John M. S. Allison y, especialmente, George
Wilson Pierson, contiene la totalidad de las cartas, notas, esbozos,
borradores y otros escritos relativos al trabajo del joven francés
acerca de Norteamérica. Incluso el manuscrito de trabajo origi­
nal, de puño y letra de Tocqueville, figura entre los materiales de
Y ale. En pocas palabras, dicha colección ofrece una invalorable
oportunidad de revivir detalladamente la gestación y la manera
como Tocqueville dio forma definitiva a su clásica obra2.
Pero la asequibilidad de los documentos y los papeles de traba­
jo resuelve tan sólo una de las dificultades que presenta cualquier
intento de reconstruir la progresión del libro. Más allá de la mecá­
nica de su proceso de escribir, es preciso reconsiderar totalmente
sus fuentes, sus ideas y sus métodos.
Hace tiempo que los intelectuales se han dado cuenta de que los
ingredientes de que se compone La democracia son muchos y va­
riados. Algo debe el libro al ambiente en que se movía Tocquevi­
lle, particularmente al panorama intelectual y político de la Fran­
cia de principios del siglo XIX. Exhibe los estigmas de la juventud
y la educación del autor. Se basa en las intensas experiencias de
primera mano que él y Gustave de Beaumont tuvieron de los Es­
tados Unidos del presidente Jackson. Responde asimismo a las
cartas y ensayos de amistades norteamericanas y europeas que le
ayudaron, a una larga lista de materiales impresos, a las opiniones
IS
16 PREFACIO

y críticas de parientes y amigos que leyeron los primeros borrado­


res, a sus experiencias en Francia durante la redacción de La de­
mocracia, y a sus creencias, dudas y ambiciones personales. Sin
embargo, la narración de la elaboración del libro exige una reeva­
luación general de esas fuentes y, al mismo tiempo, plantea cues­
tiones más especificas. ¿Cuándo y en qué medida, determinados
hombres, libros o acontecimientos afectaron a La democracial
Las lecturas de Tocqueville y sus conversaciones acerca de los
distintos temas, ¿eran las adecuadas? ¿Cómo conciliaba opinio­
nes e informaciones contradictorias? ¿Qué fuentes eran, en última
instancia, las más importantes? Los borradores o manuscritos de
trabajo, ¿revelan algunas raíces nuevas no sospechadas?
La recreación de su retomo mental a Norteamérica nos permi­
te también seguir la pista de ciertas ideas, desde su germinación en
notas tempranas hasta su plena maduración en los borradores de­
finitivos. ¿Cómo se desarrolló ese pensamiento? ¿Cuándo apare­
cieron por primera vez determinados conceptos y cómo evolucio­
naron? ¿Pasaron algunas de sus nociones por estadios desusados
de desarrollo? Esos escritos inéditos, ¿revelan alguna idea que
fuera olvidada o abandonada a lo largo del proceso?
La narración del segundo viaje nos ofrece también la oportuni­
dad de volver a examinar las técnicas y enfoques que caracteriza­
ron sus investigaciones, sus pensamientos y su redacción. Por
ejemplo: ¿se valia de algún método especial para estimular su
pensamiento? ¿De qué manera, exactamente, organizó su trabajo
de redacción? ¿Contaba con algún método predilecto para resol­
ver las perturbadoras incertidumbres que surgieran durante la
composición de La democracial ¿Se ajustaba a algún modelo
preestablecido de pensamiento?
Con estas y otras cuestiones y posibilidades en la mente, el pre­
sente libro comienza analizando la verdadera escritura de la obra
maestra de Tocqueville y, sucesivamente, enfoca la atención en
muchos de los principales temas de La democracia. En general, el
movimiento que se ha seguido ha sido a partir de los trozos más
tangibles de la obra hacia otros conceptos más evasivos que cons­
tituyen su meollo. Pronto se hará evidente la índole estrechamente
interrelacionada de los grandes temas de Tocqueville; sus ideas
conductoras aparecen y reaparecen en muchos contextos distintos
y vuelven a asomar en los sitios más inesperados. Pero este libro
no pretende, de ninguna manera, desenredar la totalidad de la ur­
dimbre y la trama de La democracia. Algunos hilos sólo se rozan
PREFACIO 17

de pasada; por ejemplo, el vínculo entre démocratie y materialis­


mo, y el papel que, en el pensamiento de Tocqueville, correspon­
día a la religión3.
Habría que añadir dos palabras acerca de las largas citas que
se siguen más abajo. Algunos pasajes no están tomados directa­
mente de los escritos originales, sino de transcripciones francesas
hechas hace algunas décadas. En los finales de los años de 1920,
tiempos previos a las técnicas de fotocopiado, muchos de los pa­
peles existentes en el chateau familiar de los Tocqueville fueron
copiados, por encargo de la Universidad de Yale, por el maestro
de la escuela local, monsieur Bonnel. Siempre que he podido dis­
poner de los manuscritos, los he empleado; pero, en algunos ca­
sos, los originales desaparecieron hace mucho tiempo y las versio­
nes de Yale cobraron un valor inesperado; en otros, los papeles
originales todavía están inéditos y, por ello, fuera del alcance de
quienes no estén trabajando en la nueva edición de las Oeuvres
Completes4 de Tocqueville. De suerte que, con frecuencia, no he
tenido más remedio que valerme de las copias de Yale.
También cabe una explicación acerca del problema de la tra-
ducción. Para los diarios de viaje me he valido de las versiones de
George Wilson Pierson, incluidas en su Tocqueville and Beau-
mont in America, como también de las de George Lawrence inclui­
das en Journey to America, compilado por J. P. Mayer5. Debido a
las fuentes distintas y a las preferencias y estilos de los traducto­
res, en algunos casos difieren las versiones de Pierson y Mayer. El
libro de este último es una buena forma inglesa de los diarios de
viaje de Tocqueville y está basado, dentro de lo posible, en los ori­
ginales franceses existentes. Pierson suele utilizar duplicados co­
mo punto de partida y, por ello, a veces reproduce errores atribui-
bles en primera instancia al copista. Pero, además de las extensas
selecciones de los cuadernos de apuntes norteamericanos, presen­
ta también valiosas versiones inglesas de muchas cartas y otros
escritos relacionados con el libro de Tocqueville. (Para éstas, tam­
bién a veces me he basado en sus traducciones.)
En cuanto a La democracia en América, propiamente dicha,
casi siempre cito de la más reciente edición en rústica, también
traducida por George Lawrence y revisada por J. P. Mayer6. Esta
edición, aunque la desvaloricen algunos errores y torpezas, tiene
la virtud de un inglés moderno más congruente en toda su exten­
sión. En pocos casos he reproducido la edición más vieja de Phi­
lips Bradley7. Mi criterio de elección se ha basado en la exactitud.
18 PREFACIO

la claridad y el acierto de ambas traducciones. Una o dos veces he


intentado incluso hacer una traducción totalmente nueva, de al­
gún pasaje o frase significativos; esto está indicado en cada caso.
Aparte de los extractos de los cuadernos de apuntes norteame­
ricanos, de algunas cartas variadas y dt La democracia tal como
ha sido publicada, las traducciones que aparecen en el presente
volumen son mias. He traducido todos los materiales que en él se
presentan y que se relacionan directamente con el proceso de re­
dacción de La democracia: esbozos, borradores, notas margina­
les, el manuscrito de trabajo original, la “basura” y otros escritos.
De suerte que es totalmente mia la responsabilidad de haber verti­
do convenientemente el significado y el tono de las palabras de
T ocqueville.
Querría hacer presente mi agradecimiento, en primer lugar, a
mi colega tocquevillieti George Wilson Pierson, quien, con sus
atentas lecturas de mi manuscrito en sus distintas etapas, con sus
atinados comentarios y sugerencias, y con sus niveles de intelec­
tualidad y estilo, ha dejado su cuño a todo lo largo del trabajo.
Sus consejos, apoyo, amistad e inspiración han sido invalorables
para mí.
Agradezco también a varios otros componentes de la comuni­
dad intelectual, especialmente, a André Jardín, por su disposición
para ayudar, su escrupuloso ejemplo y su cálida amistad; a Doris
Goldstein, por su interés y aliento durante toda la preparación, y
a Joseph Hamburger y Edmund S. Morgan, por haber aceptado
leer y comentar el borrador definitivo del presente libro.
También debo agradecer a varias instituciones: el departamen­
to de Historia de la Universidad de Yale que, en 1972, agració
una anterior disertación basada en las tres primeras partes de este
libro con el Premio George Washington Egleston; a la Society for
French Historical Studies y al Institut Franjáis de Washington,
quienes conjuntamente otorgaron al libro el premio de incentivo
Gilbert Chinard del año 1974; al American Council of Leamed
Societies por una plaza subvencionada que, en 1974-1975, me
permitió dedicarme de lleno, durante varios meses, al presente li­
bro, y al College of New Rochelle, el cual, aunque pequeño y po­
seedor de recursos limitados, apoyó el trabajo de erudición de su
facultad de muchas maneras y a mi, en particular, me ayudó cos­
teando la mayoría de los gastos de la copia mecanográfica defini­
tiva de este manuscrito y sufragando los costos de grandes gabe­
las no anticipadas.
i>Ri,:i,'A t‘K) 19

Por último, quiero manifestar mi agradecimiento al personal de


la Beinecke Rare Book and Manuscript Library, y en especial a la
señorita Marjory Wynne, bibliotecaria de la institución Edwin J.
Beinecke, quien intervino durante algunos años (junto a George
Wilson Pierson) en la supervisión del desarrollo de la Yale Toc-
queville Collection, asi como al personal de Servicio Público de la
oficina principal. Durante la pasada década me han ayudado con
invariable desinterés.
Para los especialistas en Tocqueville he de advertir que se ha in­
cluido una versión mecanografiada, más completa, del presente li­
bro en la Yale Tocqueville Manuscripts, en la Beinecke Library.
En ese manuscrito sin cortes, los estudiosos interesados podrán
encontrar algunos otros materiales textuales y notas más abun­
dantes y detalladas.
P a rte P rimera

EL SEGUNDO VIAJE DE TOCQUEVILLE A


NORTEAMERICA (1832-1840)
I. ESCRITURA DE LÁ PRIMERA PARTE
DE LA DEMOCRACIA

Cuándo pensó Tocqueville por primera vez en escribir un libro so­


bre los Estados Unidos es algo que nunca se ha podido esclarecer.
En 1831-1832, la misión oficial del joven juge auditeut* y de su
compañero de viaje, Gustave de Beaumont, era la de examinar los
sistemas penitenciarios norteamericanos e informar sobre ellos,
pero aún antes de salir de Francia ambos amigos habian resuelto
estudiar otras cosas, aparte de los códigos penales y los esquemas
carcelarios. “ Partimos con la intención de examinar en detalle y lo
más científicamente posible todos los mecanismos de esa vasta so­
ciedad americana de la que todos hablan y que nadie conoce. Y si
los acontecimientos nos dejan tiempo para ello, nos proponemos
llevar con nosotros los elementos de una buena obra o, por lo me­
nos, de una obra nueva, puesto que nada existe a este respecto” 1.
También Beaumont habia reconocido que sus objetivos eran
mayores: “ Meditamos grandes proyectos; primero, cumpliremos
lo mejor que podamos la misión que se nos ha encomendado (...j2;
pero, mientras estudiemos el sistema penitenciario, veremos Nor­
teamérica (...). ¿No sería un buen libro, uno que diera idea exacta
del pueblo norteamericano, expusiera extensamente su historia,
pintara a grandes rasgos su carácter, analizara su condición so­
cial y rectificara tantas opiniones sobre estos puntos que son erró­
neas?”3.
Durante mayo y junio, sus cartas desde el Nuevo Mundo se­
guían haciendo alusión a planes para un estudio conjunto. Gusta-
ve incluso se jactaba a su hermano Jules: “... estamos echando las
bases de una gran obra que algún día debiera forjar nuestra repu­
tación”4.
Quizá por temperamento, Tocqueville era más cauto: “Espero
que aqui hagamos algo bueno. Sin embargo, todavía no tenemos
que felicitarnos. El circulo parece ensancharse a medida que
avanzamos (...). [Durante los nueve años siguientes, esa misma
condición en constante incremento de sus estudios norteamerica­

* Juez auditor. (N. del /.)

23
24 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-1840)

nos le obsesionaría más de lo que hubiera imaginado.] Por lo


demás, todavia no hemos escrito ni una linea, pero reunimos gran
cantidad de materiales (...). Es cierto que la susodicha misión nos
obliga a dedicar a los presidios un tiempo enorme, que estaría me­
jor empleado en otras partes. De cualquier manera, no nos faltan
ardor ni coraje y, si no nos detiene ningún obstáculo, confío en
que concluyamos dando a luz la obra que venimos meditando
desde hace un año”5. Evidentemente, los viajeros habían contem­
plado la posibilidad de un trabajo conjunto en Norteamérica, por
lo menos, desde el verano de 1830.
Sin embargo, el previsto alumbramiento nunca tuvo lugar. En­
tre junio y septiembre de 1831, en sus misivas dejan de mencionar
el proyecto, y cuando por fin en octubre reaparecieron noticias de
sus planes, Gustave y Alexis habían decidido ya escribir sendos li­
bros, cada uno por su cuenta. Quizá una de las principales razo­
nes de ello fuera la conciencia, cada vez mayor, de la inmensidad
del designio original, porque la manera más sencilla de hacer ma­
nejable una tarea abrumadora habría sido la de dividirla. Cuales­
quiera fueran las causas, hacia finales de septiembre de 1831 el
tan esperado ouvrage nouveau se había convertido en dos6.
Tocqueviile y Beaumont, que trabajan sin hacerse ilusiones
acerca del tiempo que les sería necesario para comprender a los
Estados Unidos, habían confiado en permanecer en el país más de
nueve meses, pero, hacia noviembre de 1831, el Gobierno francés
empezó a presionarles para que concluyeran rápidamente su mi­
sión y regresaran a Francia. Obligados a marcharse antes de lo
que hubieran querido, proyectaron bruscamente sus pensamientos
hacia el futuro.

En marzo de 1832, ambos investigadores volvieron a desembar­


car en Francia, donde se encontraron urgidos por completar el in­
forme de las prisiones lo antes posible, no sólo por la presión ofi­
cial para que lo presentaran a breve plazo, sino también por sus
deseos de abocarse a escribir sus propios libros sobre Norte­
américa.
Con su habitual entusiasmo, Beaumont puso manos a la obra
inmediatamente, pero Tocqueviile, pese a sus mejores esfuerzos,
cayó en una inercia inconmovible. Todas sus esperanzas para el
futuro dependían de sus proyectos norteamericanos y, ello no obs­
tante, no lograba obligarse a trabajar, y confesaba desde París:
“... Empiezo a creer que, decididamente, me aquejó la imbecilidad
LA PRIMERA PARTE DE "LA DEMOCRACIA..." 25

en los últimos meses que pasé en Norteamérica; creimos que se


trataba de un acceso, pero cada dia la afección tiende a adquirir el
carácter de una enfermedad crónica; sigo estando donde usted me
dejó”7. Una semana más tarde reconocía que su mente seguía
negándose a moverse: “No aguarde usted a ver mis trabajos du­
rante su ausencia. No he hecho nada, o lo menos posible. Mi espí­
ritu está en letargo e ignoro completamente cuándo despertará.
Traiga, pues, coraje, ardor, entusiasmo and so orí* como para
dos”8.
Desesperado, Beaumont aceptó este consejo y cargó sobre sus
hombros la pesada tarea de escribir el informe que les habian en­
cargado. Mientras, a Tocqueville le despachaban para inspeccio­
nar Íes bagaes, los infames buques-prisiones franceses9. Conscien­
te de que habían transcurrido ya seis semanas y que su colega
bien podría perder varias más, Beaumont aducía: “ Es absoluta­
mente necesario que salga usted del embotamiento moral en que
se encuentra desde hace algún tiempo (...); por más que sea usted
por el momento un holgazán orgulloso, presiento que yo no traba­
jaría nunca bien, salvo si trabajáramos juntos. Piense en nuestro
porvenir y en la manera como nos haremos cargo de él (...)” 10.
El viajar y las ironías de su amigo impulsaron finalmente a
Tocqueville a la actividad y el 16 de noviembre de 1832 Beau­
mont estaba en condiciones de comunicar a Francis Lieber:
“ Nuestro informe sobre el sistema penitenciario norteamericano
está, por fin, concluido (...). Ahora estamos en manos del impre­
sor. Ya se han tirado diez páginas” " . Du systéme pénitentiaire
aux Etats-Unis et de son application en France (Acerca del siste­
ma penitenciario de los Estados Unidos y de su aplicación en
Francia. N. del T.), que había tardado más de ocho meses, apare­
ció finalmente en enero de 183312.
Sin embargo, otros dos acontecimientos intervinieron para de­
morar el trabajo de Tocqueville en su grand ouvrage. En los últi­
mos meses de 1832, Louis de Kergolay, un amigo de la infancia,
resultó implicado en las conspiraciones legitimistas contra la Mo­
narquía de Julio y fue enviado a presidio acusado de deslealtad.
Alexis, que tenía formación de abogado, decidió posponer su libro
para hablar en favor de Louis, y en marzo de 1833, su ingenio y
elocuencia obtuvieron un fallo exculpatorio13.
La segunda postergación —una breve visita a Inglaterra— fue

"■“ Etcétera”, “y asi sucesivamente”, en inglés. (N. deI t.)


26 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-1840)

más voluntaría. Nadie sabe exactamente por qué quiso ir al Reino


Unido en agosto y septiembre de 1833, pero quizá una frase de
Beaumont, “John Bull, padre de Jonatán”14, sea la clave de sus inten­
ciones. Aparentemente, esperaba encontrar en Inglaterra algunas
raíces de Norteamérica, asi como una comparación de excepcio­
nal valor con lo que había visto en los Estados Unidos. En cual­
quier caso, el episodio le impidió por otros dos meses empezar a
trabajar en La democracial5.
Por fin se puso de lleno al trabajo en octubre, instalándose en
una buhardilla de la Rué de Verneuil, y se abalanzó sobre Nor­
teamérica “con una especie de furor” 16. Pero, ¿por dónde empe­
zar? Ya tenia todo metódicamente preparado para su obra nor­
teamericana. Cada noche pasada en el Nuevo Mundo, el viajero
había recogido extensas relaciones de sus conversaciones y de lo
que rumiaba de ellas, en cuadernos de apuntes provisionales17.
Con frecuencia había ordenado a sus corresponsales que guarda­
ran cuidadosamente sus cartas, porque no estaban pensadas ex­
clusivamente como misivas amistosas, sino también como sustan­
ciosos registros de sus observaciones y reflexiones. Habia incluso
ordenado algunos de sus diarios de viaje por temas y alfabética­
mente18. Ahora desembalaba sus cuadernos de apuntes, recogía
sus cartas y se sentaba a releerlos19.
Volviendo a examinar sus escritos norteamericanos, es evidente
que Tocqueville se dio cuenta de que precisaban una organización
aún más escrupulosa, toda vez que una de sus primeras activida­
des consistió en la compilación de un minucioso indice de sus ma­
teriales. Las “fuentes manuscritas” , titulo que dio al catálogo,
consisten en una lista de sesenta y cuatro temas, seguido cada uno
de la remisión a la página correspondiente de sus cuadernos de
conversación y sus diarios de viaje20.
Tienen cierto interés los asuntos y episodios que decidió incluir
en esta primera etapa. Las entradas son, en gran medida, partes
especificas y fáciles de comprender de su experiencia norteameri­
cana: Convención; Duelo; Jurado; Washington; Tierras vírgenes;
Canales; Carreteras; Bancos; Tarifas; Ciudades; Prensa; Asam­
blea de la ciudad, y Pioneros, mezcladas con unas pocas palabras
o frases que, en última instancia, pasaron a ser los principios or­
ganizativos del libro en su totalidad: Centralización; Igualdad;
Soberanía del pueblo; Opinión pública; Unión:futuro; Organiza­
ción federal, y Carácter general de la nación. Además, las “fuen­
tes manuscritas” subrayan la significación especial de algunos de
LA PRIMERA PARTE DE "LA DEMOCRACIA...” 27

sus interlocutores norteamericanos. Los nombres de Joel Roberts


Poinsett y de John Hazlehurts Bonval Latrobe, por ejemplo, apa­
recen con frecuencia y bajo distintos encabezamientos.
En una elaboración ulterior, reseñó extensas bibliografías de
fuentes impresas existentes en la Bibliothéque de l’Institut. “Fuen­
tes. Indole de los libros que puedo consultar. Libros de la Biblio-
théque de 1’Institut”, con los cuales hizo una lista resumida en los
temas siguientes: Indios; Estadísticas y generalidades; Históri­
cos; Libros de derecho, y Documentos legislativos. También se
mencionan muchas obras no clasificadas, asi como una serie de
otras entradas, entre ellas, los juicios críticos, breves pero revela­
dores, del autor acerca de la reputación de cada libro y de su va­
lor21.
Cumplidos estos preliminares, Tocqueville tenia luego que es­
bozar un gran plan provisional de su trabajo22. Pronto aparece en
sus notas uno de los posibles:

Punto de partida (point de départ)


Influencia del punto de partida sobre el futuro de la sociedad.
Ideas homogéneas, moeurs*, necesidades, pasiones de los fun­
dadores de la sociedad norteamericana.
Influencia de la extensión del territorio, de la naturaleza del
país, de su situación geográfica, sus puertos, la inmigración pro­
cedente de Europa y, en el Oeste, de la propia Norteamérica.
El punto de partida ha engendrado la sociedad tal cual está or­
ganizada hoy,yb/7 primiti/***, después del cual vienen las conse­
cuencias formuladas como principios.
Sociedad política (société politique): relaciones entre los gobier­
nos federal y de los estados y (entre) el ciudadano de la Unión y
de cada estado.
Sociedad civil (société civite): Relaciones de los ciudadanos en­
tre sí.
Sociedad religiosa (société religieuse): Relaciones entre Dios y
los miembros de la sociedad, y de las sectas religiosas entre si23.

Delimitar el espacio definiendo el fa it prim itif de la República


norteamericana parecía una excelente manera de empezar, pero,
aunque a Tocqueville le preocupara la historia de los Estados Uni­
dos en el segundo capitulo de su Démocratie de 1835, “ Acerca de

• “ Costumbres”, “ usos” . (N. del t.)


** “ Hecho primitivo”. (Ai. del /.)
28 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-1840)

su punto de partida y ia importancia de éste para el futuro de los


angloamericanos”24, en ningún sitio existe una sección especial­
mente dedicada al ambiente norteamericano y a todas sus facetas
y ramificaciones. El primer capitulo, “Configuración física de
Norteamérica”, sugeriría la extensión, la fecundidad, la aislación
y la vaciedad relativa del país; sin embargo, muchos datos fi-
siográfícos sólo se mencionan mucho más tarde, y sus observacio­
nes, frecuentemente brillantes, acerca de los efectos profundos y
de largo alcance de la nature du pays*, están esparcidas como al
azar a lo largo del libro25.
Ello, no obstante, esta declaración temprana anuncia ya lo que
sería un rasgo permanente del pensamiento de Tocqueville y de su
procedimiento de escribir: la importancia capital del concepto del
point de départ.
El autor se desviaría también de su primer bosquejo, reducien­
do a dos partes el esquema tripartito proyectado: sociétépolitique
y société civile2®. Aunque este distingo nunca fue completamente
satisfactorio, marcó una linea divisoria permanente entre el prime­
ro y el segundo volúmenes de La democracia de 1835. La pre-
miére partie** analizaría los principios y las estructuras guberna­
mentales y administrativas básicos de la vida política norteameri­
cana. La deuxiéme partie*** expondría cómo influían sobre dicha
vida política, ciertas instituciones esencialmente civiles, tales co­
mo la prensa, los jurados, los cuerpos legales o la religión.
Bajo el encabezamiento de société politique, Tocqueville for­
muló el siguiente plan para su primer tomo: “Sociedad política.
Los principios constitutivos de la federación norteamericana. Es­
bozo sucinto de su constitución. Luego, observaciones: Cómo di­
fiere de todas las demás federaciones. Ventajas del sistema federal
cuando puede seguir existiendo. La manera como funciona el Go­
bierno federal. El presidente. Sus obstáculos. Futuro de la
Unión”27.
Repensando las cosas surgieron algunos cuestionamientos.
"Tal vez fuera necesario comenzar, mejor, por los grandes princi­
pios que dominan a toda la sociedad en Norteamérica. La sobera­
nía del pueblo, entre otras, antes de descender a (...)28 el Gobierno.
Habría que invertir la escala. Establecer los principios generales

* “Naturaleza del país” (N. del i.)


** “ Primera parte” . (N. del t.)
*** “Segunda parte” . (N. dei i.)
LA PRIMERA PARTE DE "LA DEMOCRACIA..." 29

de todas las leyes. Luego tomar la ciudad y a continuación el Es­


tado. Llegar a la Unión sólo al final. No se pueden comprender
los principios de la Unión si no se conoce a los Estados Uni­
dos (...). La Unión es la resultante de multitud de principios que sólo se
desarrollan en la sociedad ordinaria'’29.
“ De la soberanía del pueblo (su historia; sus desarrollos; la
marcha triunfante e irresistible de la democracia), principio gene­
rador de todas las leyes políticas de los Estados Unidos30. Su fuer­
za, su contrapeso, en las costumbres, en lo judicial. La soberanía
del pueblo aplicada a los Gobiernos. Derecho electoral. Ciudades.
Estados, asociaciones, convenciones. La soberanía del pueblo
aplicada a la dirección de las ideas. Libertad de la prensa. La so­
beranía def pueblo aplicada a la sanción de las leyes, el jurado.
(Cabria preguntarse si Tocqueville, a esta altura, no estaría con­
templando la redacción de un libro titulado De la souveraineté du
peupte aux Etats-Unis.] Concluir las instituciones políticas con
una semblanza de la República en Norteamérica. Lo que la hace
posible, su porvenir, no aristocrático, tiránico”31.
Este plan inicial del primer tomo revela —además de la desazón
ya profundamente arraigada acerca del futuro de Norteamérica—
dos aspectos interesantes de la organización que se había pro­
puesto en los últimos meses de 1833. El primero, que ya el propio
orden de los capítulos de la primera parte de La democracia de
1835 tendía a ilustrar una premisa básica de su pensamiento acer­
ca de las estructuras políticas norteamericanas. Habia decidido
que lo primero era una exposición del principio subyacente. Una
idée mere*, la soberanía del pueblo, estaba detrás de todas las ins­
tituciones políticas de los Estados Unidos. Luego, quizá recor­
dando la tesis de Jared Sparks, de que las instituciones comunales
son anteriores a las de los Estados y las de la Unión, y que consti­
tuyen el foro esencial para el ejercicio de las libertades democráti­
cas32, concibió una progresión, desde la unidad política más pe­
queña, el municipio (7a commune), pasando por los Estados, para
llegar finalmente al Gobierno federal.
El segundo, que, a esa altura, Tocqueville planeaba evidente­
mente incluir capítulos sobre la prensa, las asociaciones y el jura­
do en el primer tomo de La democracia de 1835. Estas institucio­
nes reflejan el principio central de la sociedad norteamericana tan
clara y directamente como el marco administrativo y guberna­

* “ !dea madre” , “idea matriz”, “idea conductora”. (Ai. del l.)


30 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (18)2-1840)

mental de la República. Sin embargo, más tarde estos temas serian


transferidos a la société civile y, en consecuencia, al segundo to­
ma” .
El esbozo de Tocqueville de la primera parte concluía con estas
palabras: “Terminar leyendo documentos, libros, almanaques u
otros, para buscar datos que se puedan diseminar por la obra en
apoyo de las ideas”34. Aqui da a entender que su método, como
muchos lectores han observado, era eminentemente deductivo. A
partir de las experiencias, las reflexiones y las primeras lecturas
personales, primero arribaba a los principios generales y luego
buscaba nuevos datos para reforzar sus observaciones iniciales.
Entre los primeros objetivos de su investigación en estos mate­
riales se encontraba la compilación de una base fáctica para sui
discurso acerca del surgimiento de la igualdad y para sus capítu­
los sobre la historia de la Unión. Tres páginas de borradores con­
tienen un conjunto de acontecimientos, descubrimientos, invencio­
nes y leyes de la historia francesa y europea que demuestran el
fírme avance de la igualdad. Allí está el esqueleto de la “Introduc­
ción”, tan elocuente, de Alexis33. La misma fuente contenia breves
pero abundantes notas sobre la historia colonial norteamericana,
tomadas de diversas narraciones literarias y documentos oficiales
de los primeros asentamientos. Aqui vemos por lo menos algunos
gérmenes de su capítulo acerca del point de départ36.
Durante todas estas preparaciones, el programa de Tocqueville
era extraordinariamente disciplinado37. Casi simultáneamente,
Beaumont recibía un esperado informe acerca de los progresos:
“ Mis ideas se han agrandado y generalizado. ¿Está bien o está
mal? Le aguardo para averiguarlo.” Tocqueville le anunciaba asi­
mismo que contaba con terminar un borrador de su primer tomo
para enero de 1834, una velocidad asombrosa. Pero admitía que
tal prontitud le cobraría su precio; su “monomanía norteamerica­
na” le había minado la salud, “que se resiente un poco por la ex­
trema dedicación de la mente”38.
Hacia noviembre de 1833, con un indice provisional en mano y
algunas verdades demostradas, estaba finalmente pronto para em­
pezar la verdadera composición de su grande affaire*. Metódica­
mente, dividía cada página verticalmente en dos mitades, por me­
dio de una raya. Al principio sólo escribia en la mitad derecha; la
izquierda quedaba limpia, para eventuales correcciones. También

* “Gran empresa”. (N. del t.)


LA PRIMERA PARTE DE "LA DEMOCRACIA..." 31

a la izquierda ponia breves esbozos o resúmenes de los capitulos


que se iban sucediendo, incluía ocasionalmente alguna fecha, ano­
taba descuidadas observaciones y cuestiones acerca de la obra y
registraba las opiniones de quienes oyeran o leyeran el manuscrito
en sus distintas etapas. El texto, recargado de una acumulación de
comentarios, tachaduras, entrelineas y símbolos muy variados, y
todo ello en un lado al que el mismo Tocqueville llamaba “cami­
nos de conejos”, a primera vista parece indescifrable. Sólo des­
pués de un arduo aprendizaje se hace legible la mayor parte de va­
rios centenares de páginas39.
Mientras escribía el borrador de su capitulo sobre el état so­
cial* de los norteamericanos40, se encontró con un problema que
le molestaría a lo largo de la composición de La democracia: ¿qué
significaban las expresionesétat social y démocratie? E borrador
empieza con un intento de definición de la primera. “Hablaré con
tanta frecuencia de la situación social de los angloamericanos, que
se hace necesario, ante todo, decir lo que yo entiendo por situa­
ción social. La situación social, a mi juicio, es la condición mate­
rial e intelectual en que se encuentra un pueblo en una época da­
da.” Pero un comentario marginal del manuscrito indica que un
crítico consideró esa definición como “vaga, indefinida” y sugirió
“quizá ejemplos en lugar de definiciones”. Aparentemente, si­
guiendo este consejo, Tocqueville borró ambas oraciones41.
En cuanto a la segunda expresión, démocratie, "le point sai-
llant"** de la sociedad norteamericana, empezó distinguiendo en­
tre ella y el dogma de la soberanía del pueblo y analizando su rela­
ción con el état social. “La democracia constituye la situación so­
cial. El dogma de la soberanía del pueblo [constituye) el derecho
politico. Estas dos cosas no son análogas. La democracia es la
manera de ser fundamental de una sociedad. La soberanía del
pueblo [es] una forma de gobierno.” Sin embargo, al releer lo es­
crito, se recordó a si mismo, al margen: “Adviértase que nunca
hay que confundir, en este capitulo, la situación social con las le­
yes políticas que se le derivan. La igualdad o desigualdad de las
condiciones, que son hechos, con la democracia o con la aristo­
cracia, que son leyes: volver a examinar desde este ángulo”42.
La democracia, ¿era una situación social (égalité) o una forma
de gobierno basada en dicha situación social? Tocqueville implica

* “ Situación social” . (/V. del t.)


**“ F.I punto destacado”. (N. del t.)
32 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-1840)

ambas cosas. Al volver a analizar la cuestión, tachó su afirmación


original, pero no la sustituyó por otra, y el problema quedó sin so­
lución.
Pero no pasó inadvertido. Alguien escribió al margen: “Expli­
car qué se entiende por democracia”, y después de la publicación
de la obra, los lectores siguieron cuestionando el empleo desorien­
tador de ciertas expresiones claves, especialmente de la palabra
d é m o c r a tie Su primer intento de encontrar definiciones signifi­
cativas habia fracasado y, en este caso, la reacción de Tocqueville
ante la frustración fue desgraciada: abandonó temporalmente la
investigación.

Después de quizá tres meses de esfuerzos concentrados, y a medi­


da que se enfrentaba al problema de describir y analizar las insti­
tuciones políticas de Norteamérica, Tocqueville se dio cuenta de
que necesitaba ayuda para su proyecto. Solo y atareado en la re­
dacción de la premiére partie, no le quedaban esperanzas de leer,
siquiera a vuelo de pájaro, y digerir los rimeros de materiales im­
presos que habia recogido. También precisaba de alguien que co­
nociera bien los Estados Unidos para que le sugiriera otros recur­
sos y con quien discutir las cuestiones peliagudas. Asi, en la lega­
ción norteamericana pidió nombres de algunos posibles ayudantes
y tal vez enviara por correo el siguiente anuncio: “Se desea cono­
cer a un americano de los Estados Unidos que haya recibido una
educación liberal y que esté dispuesto a hacer investigaciones so­
bre las leyes políticas y los monumentos de su país, y que, durante
dos meses, sacrifique dos o tres horas de su tiempo cada día, que­
dando en libertad de elegir las horas. Dirigirse a M. A. [Alexis] de
T. [Tocqueville], rué de V. [Verneuil], n.° 49, por la mañana antes
de las diez, o por la tarde de dos a cuatro”44.
En respuesta a sus requerimientos, dos jóvenes norteamerica­
nos, Theodore Sedgwick III y Francis J. Lippitt, aceptaron ayu­
darle durante los primeros meses de 1834 y, en última instancia,
ambos le prestaron servicios valiosos, aunque bastante diferen­
tes45. El primer caballero le consiguió libros y le proporcionó va­
rias informaciones especificas acerca de los Estados Unidos. Des­
pués de leer, por ejemplo, en el American Almanac de 1832, que
diferian los grados de crecimiento de un estado a otro, Tocqueville
anotó el siguiente recordatorio: “Preguntar a Sedwhick [s/c] la
razón: ¿por qué algunos Estados crecen tan infinitamente más rá­
pido que otros?”46. Pero fueron mucho más importantes las lar-
Página del m anuscrito original de trabajo, abierto por los párrafos del capi­
tulo titulado “ Referente a sus puntos de partida...”
(Por cortesía de la Yate Tocqueville M anuscripts Collection,
Beinecke R are B ook a n d M anuscript Library, Yate University)
Conde Hervé de Tocqueville, padre de Alexis
(Por cortesía de la Yale Tocqueville Manuscripts Collectlon,
Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University)
Gustave de Beaumont a los treinta y cinco años.
(Por cortesía de la Yale Tocqueville Manuscrípts Collection,
Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University)
D I L i

D É M O C R A T IE
a »

A L E X IS D E T O C Q C E V IL L E ,
AYOCAT A LA COVA K O I A LE DE FAIXE /

L'm im M Ai f b n >

do byetAs u fánra tmai a h í é t a t v c m .


Orné d'uAc corlo d 'A n c r im .

librairie de charles gosselin


»o* luir-uiuii-Du-nii, 9.
i ftccc m r .

(Por cortesía de la Yate Tocqueville Manuscripts Collection,


Beinecke Rare Book and Manuscript Libran, Yale University)
LA PRIMERA PARTE DE "LA DEMOCRACIA..." 33

gas conversaciones que ambos mantuvieron y que dieron a Toe-


queville la oportunidad frecuente de contrastar y desarrollar ideas
sobre una gran variedad de temas, entre ellos algunos tan impor­
tantes como el federalismo y las costumbres norteamericanas. Al
parecer, Segdwick escuchaba y respondía con energía e inteligen­
cia considerables, porque un resultado inesperado de esta expe­
riencia de enero y febrero fue una amistad nueva y perdurable.
Lippitt no tuvo tanta suerte. Su trabajo, componer resúmenes y
explicaciones breves de estanterías enteras de libros y folletos so­
bre las instituciones políticas norteamericanas, era nada más que
el de un amanuense; hasta terminó su empleo sin haber llegado a
darse cuenta de que el aristócrata que venia cada dia a inspeccio­
nar su trabajo y, a veces, a hacerle preguntas, estaba dedicado a
escribir un libro sobre los Estados Unidos. Ello no obstante, la ta­
rea, más mecánica, que realizaba Lippitt resultaba esencial, y es
posible que sus recensiones e interpretaciones hayan ejercido una
influencia significativa en el libro de Tocqueville, en particular so­
bre ciertas ideas acerca de los Estados47.
La ayuda de ambos hombres aceleró el trabajo de Tocqueville.
quien en marzo le comunicó a Nassau W. Sénior su intención de
publicar su primer volumen sobre las “instituciones norteamerica­
nas” por separado, probablemente en junio de ese año4*.
Pero, para el verano, había dejado de lado este plan y se encon­
traba en medio del segundo tomo. Un esbozo temprano incluye
los siguientes capítulos principales: “Del Gobierno de la democra­
cia en América. ¿Cuáles son los beneficios reales que la sociedad
americana recibe del imperio de la democracia? De la omnipoten­
cia de la mayoría en Norteamérica y de sus efectos nocivos. De lo
que tiende a moderar la omnipotencia de la mayoría en Nor­
teamérica y a hacer practicable la República democrática”49.
La omisión significativa de este esquema es el último capitulo
sobre el futuro de las tres razas de Norteamérica50. Este vacio da
pie a la sospecha, que luego experimentarían muchos lectores de
La democracia, de que la última sección del texto de 1835 era,
primordialmente, un agregado, seguramente de interés y valor;
pero, con todo, más bien un apéndice que una parte integrante de
la obra51.
En julio, sus esfuerzos por dominar estos temas le hacían que­
jarse asi: “Esta segunda parte me hace dar vueltas la cabeza. Casi
todo está por hacer o hay que rehacerlo. Lo que tengo no es más
34 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-1840)

que un esbozo incompleto y hay casos en que sólo se salva una


página de cada tres del manuscrito”52.
Por esa época empezó también las negociaciones con su futuro
editor. Temiendo que Gosselin pudiera sacarle algunas ventajas33,
le enviaba a Gustave descripciones detalladas de cada una de sus
entrevistas. Asi, el 14 de julio escribía: “Gosselin me ha pregunta­
do cuál seria el titulo de la obra. Yo, hasta ahora, sólo lo había
pensado muy ligeramente, de manera que me produjo cierto em­
barazo. Sin embargo, le dije que mi idea era titularlo De l’empire
de la démocratie aux Etats-Unisu . Después lo he reflexionado y
el titulo me ha parecido bueno. Expresa bien el pensamiento gene­
ral del libro y lo presenta en relieve. ¿Qué dice de ello mi juez?” Y
proseguía, para animar a Beaumont: “Más que nunca estoy deci­
dido a llegar a su casa para el 15 del mes próximo (agosto] con mi
manuscrito bajo el brazo y el fusil en bandolera. Prepárese, pues,
por anticipado, para todos los ejercicios del espíritu y del cuer­
po (...). Mientras, trabajo lo mejor que puedo con el fin de tener mu­
cho para leerle”55. “ Mi juez” tendría que desempeñar el papel de
crítico, escuchando el manuscrito de Tocqueville, controvirtiendo
sus ideas y sugiriendo revisiones56.
Otros también oirían la obra terminada durante Tines del vera­
no y el otoño de 1834, pero las respuestas orales, por si solas, no
satisfacían a Tocqueville. Hizo copiar su manuscrito con buena
letra y luego lo mandó a algunos parientes y amigos, pidiendo a
cada uno que lo criticara lo más cumplidamente posible, y por es­
crito. Puso por titulo a la colección de comentarios “Observations
critiques de mon pére, mes fréres et Beaumont, sur mon ouvra-
£?”*, y los utilizó para hacer sus revisiones definitivas en los últi­
mos meses de 183457.

Los dos primeros volúmenes de La democracia en América se pu­


blicaron en enero de 1835, menos de tres años después de su re­
greso de los Estados Unidos58. Casi la totalidad de la tarea la ha­
bía realizado entre octubre de 1833 y finales de 1834. En gran
parte, su velocidad se debe a su disciplina personal, a su voluntad
de no dispersarse y a su capacidad de llevar una existence toute de
tete** durante semanas enteras. Pero también las circunstancias

* “ Observaciones criticas de mi padre, mis amigos y Beaumont. acerca de


mi obra". (/V. de! /.)
** “ Existencia completamente mental". (N. de! t.)
LA PRIMERA PARTE DE "LA DEMOCRACIA..." 35

se dieron en favor del proyecto. Habia gozado cerca de año y me­


dio de salud relativamente buena y de libertad de sus responsabili­
dades. tanto profesionales como familiares.
En 1835. esperaba que la última parte de su obra seguiría al ca­
bo de dos d tres años; pero los dos últimos tomos no estaban des­
tinados a aparecer sino en 1840. En el lustro siguiente las circuns­
tancias se agravaron y surgieron un obstáculo tras otro entre el
autor y su meta.
II. REANUDACION DE UNA OBRA EN EXPANSION

Tocqueville había escrito la mayor parte de La democracia de


1835 en lo que Beaumont llamara “une mansarde mystérieuse”*,
muy por encima del bullicio del sexto distrito de París. Pese a sus
afirmaciones de que el campo le disgustaba y acerca de la “vie de
pomme de (erre”** del señor campesino, escribiría mucho de la
segunda parte de su obra (1840) en Baugy, una pequeña propie­
dad de su hermano Edouard. El cháteau, situado cerca de Com-
piégne, era muy poco más de una casa de campo, pero en el in­
vierno de 1834-1835 Alexis quedó inmediatamente cautivado por
su quietud y comodidad. En Baugy, Edouard y su familia reserva­
ron para el invitado “una especie de torreón o, por decirlo más
modestamente, de palomar, que me hicieron acomodar expresa­
mente, encima de la casa” 1. “ Allí”, le refería a Beaumont, “me
mostraron la alcoba de Alexis y, al lado, la de Gustave. Todo ello.
L,.ie es muy pequeño, forma un conjunto agradable; es un pe­
queño mundo aéreo, en el que espero que ‘posemos’ los dos el año
que viene”2. Suspendido en su “palomar” entre el cielo y la tierra,
Tocqueville estaría solo para escribir sin que le molestasen.
Sin embargo, en la primavera de 1835, a pesar de los encantos
de ese nido campesino, se negó a instalarse para comenzar las
partes finales de su obra. Tocqueville solia actuar siguiendo cier­
tas creencias personales, firmemente sostenidas, y estaba conven­
cido de que un autor no debiera apresurarse a volver a publicar
después de un gran éxito editorial. Pero habia también otras dos
razones para que se negara a continuar La democracia: los viajes
y el amor.
En abril viajó con Beaumont a Inglaterra, adonde siempre ha­
bia soñado regresar desde su breve visita de 1833. Habia mucho,
allende el Canal, que ver, sopesar y comparar con sus experien­
cias norteamericanas. Si los Estados Unidos eran, para Tocquevi­
lle, el símbolo de la sociedad democrática avanzada, Inglaterra
parecía el extracto de una buena aristocracia, y La democracia de
1840 estaba pensada para presentar más comparaciones de tres

* “ Un ático misterioso”. (N. del t.)


**“ V¡da de patata”. (N. del t.)

36
REANUDACION DE UNA OBRA EN EXPANSION 37

factores —Francia, Norteamérica e Inglaterra—que en los dos pri­


meros tomos.
Pero también tenia motivos personales. Hacia 1828 habia co­
nocido a una joven inglesa, Mary Mottley, quien, aunque no fuera
de buena cuna ni de fortuna, le había atraído por sus cualidades
mentales y espirituales. Ahora, pese a la terca resistencia de su fa­
milia, Tocqueville habia resuelto casarse con ella. Un segundo via­
je a Gran Bretaña le proporcionó la oportunidad de conocer a la
familia de Mary y hacer los preparativos definitivos para la boda3.
Los compañeros viajaron juntos hasta agosto, en que la esca­
sez de fondos obligó a Tocqueville a regresar a su patria. Llegado
a París en dicho mes con la intención de reanudar su empresa nor­
teamericana, le escribió al conde de Molé: “Mi único proyecto, en
este momento sería darle a mi obra sobre la democracia el último
desarrollo que siempre tuve intención de darle, si el libro se impo­
nía”4.
Esta carta dice también que, al paso que los tomos de 1835 ha­
bían tratado de ejemplificar la influencia de la égalité des condi-
tions sobre las leyes y las instituciones políticas de Norteamérica,
el dernier développement* [ 1840] analizaría los efectos de la éga­
lité sobre las ideas, las costumbres y la sociedad civil norteameri­
canas5. “ No sé si acertaré a pintar lo que he creído ver: pero por
lo menos, estoy seguro de que el tema merece análisis y que un
escritor capaz sacaría de ello material para un volumen”6. En
agosto de 1835 quería decir que sólo escribiría un tomo más. to­
davía enfocado primordialmente en Norteamérica.
Durante los últimos meses de 1835, acomodado en su torreón
de Baugy, Tocqueville repitió el procedimiento de 1833 y confec­
cionó una lista de los temas que consideraba lo bastante impor­
tantes como para constituir capítulos7. Ella incluía tres apartados
relativos a la educación norteamericana: “ 1) De las instituciones
académicas bajo la democracia; 2) De la necesidad de corpora­
ciones de sabios en la democracia; 3) De la educación en los Esta­
dos Unidos y en los países democráticos en general”8. En una no­
ta añadida declaraba: “ La influencia de la democracia sobre la
educación de los hombres, o, mejor dicho, sobre su instrucción, es
un capitulo necesario”, e indicaba que dicha pieza imprescindible
se situaría entre los capítulos acerca de las ideas norteamericanas.
Llegó incluso a intitular “Irtfluence de l’égalité sur l’éducation”**
♦"Ultimo desarrollo”. (N. del /.)
** "Influencia de la igualdad sobre la educación”. (IV. de1 1.)
38 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-1840)

a uno de los capítulos, pero el saco quedó vacio y hubo que rele­
garlo a lo que él llamaba la “basura” de sus tomos de 1840.
En un comentario garrapateado más tarde bajo el titulo, decía:
"Habría que escribir muchas cosas al respecto, pero tengo ya tan­
to en el libro que me parece que esto habrá que dejarlo de lado”9.
Evidentemente, la pura extensión de la última parte de la obra le
disuadía de introducir sus ideas acerca de la instrucción y, aunque
su Démocratie de 1840 incluiría un capitulo sobre “ Educación de
las jóvenes en los Estados Unidos” 10, no aparecería ninguna expo­
sición amplia acerca de las influencias de la democracia sobre la
educación. Un crítico, por lo menos, señaló que la falta de un tra­
tamiento generalizado de ese tipo era una debilidad importante de
La democracia
Al mismo tiempo, Tocqueville pensaba en un capítulo relativo a
los efectos de la democracia “sobre las ciencias morales” y otro,
estrechamente relacionado, “sobre la moralidad humana”, que se
proponía que fuera el último, porque era “la idea capital y con­
ductora” y porque “todo el hombre está allí”. Pero, finalmente,
abandonó ese plan, porque la exposición seria “demasiado vasta,
demasiado espinosa. Probablemente me abstendré” 12.
Durante estos primeros meses de trabajo, todavía pensaba en
función de un solo tomo añadido. Un plan preliminar proponía:
“ Dos grandes divisiones: 1) Influencia de la democracia sobre las
ideas; 2) Idem sobre los sentimientos.” Pero acto seguido se pregun­
taba: “ ¿Dónde situar las maneras, las costumbres?” Al parecer,
apuntaba a considerar por separado los usos. Sin embargo, se le
ocurrió otra posibilidad por esa época: “ Hacer una tercera divi­
sión sobre lo que no es democrático, sino norteamericano.” Toc­
queville nunca encontró una manera adecuada de distinguir entre
los rasgos democráticos y los rasgos norteamericanos, pero, por
lo menos, reconoció el problema surgido en su obra. Un bosquejo
definitivo evitaba esta complicación y concluía sencillamente:
“3." volumen. División tal vez por hacer. Efectos de la democra­
cia, 1, sobre el pensamiento; 2, sobre el corazón; 3, sobre los hábi­
tos.” Había fijado con ello la organización básica de gran parte de
La democracia de 184013.
Al comenzar 1836, Tocqueville tuvo que interrumpir su trabajo
y marcharse rápidamente a París, donde su madre yacia grave­
mente enferma. El 10 de febrero notificaba tristemente a John
Stuart Mili que la señora condesa habia muerto14. Las consecuen­
cias resultaron inesperadas. En la división del legado, a Alexis se
REANUDACION DE UNA OBRA EN EXPANSION 39

le adjudicó Tocqueville, la antigua mansión familiar de Norman-


dia, deshabitada durante mucho tiempo y con graves necesidades
de reparaciones. Esta porción destartalada y dudosa se ganó muy
pronto su afecto; para 1837, sus sentimientos para con el viejo
cháíeau llegarían a eclipsar incluso su apego a Baugy.
Tocqueville volvió a La democracia en la primavera de 1836.
Antes de ello, y a petición de Mili, había enviado un articulo a The
London Review, y el inglés, ansioso por tenerle regularmente co­
mo corresponsal, le presionaba para que enviase un segundo ensa­
yo. Pero Tocqueville, aduciendo las exigencias cada vez mayores
de su libro sobre Norteamérica, declinó el ofrecimiento. También
mencionó por primera vez su intención de publicar otros dos to­
mos en lugar de uno solo13. Los alcances de su empresa iban en
firme ensanchamiento.
Para explicar su decisión, le escribió a su traductor inglés y
amigo, Henry Reeve: “ En lugar de un solo volumen, me veré obli­
gado a escribir dos. (...) Espero presentarme en el formato más pe-
queño posible. Pero, en fin, hay un limite para la concisión y no he
podido encerrar en un solo volumen todo lo que tengo que decir.”
La primavera de 1837 sería, probablemente, la fecha. “ Para esa
época publicaré, creo, los dos nuevos volúmenes separadamente,
dejando para una época más lejana la corrección de los dos pri­
meros y la coordinación del conjunto” 16. Esto fue otra serie de es­
timaciones equivocadas.
La mente de Tocqueville estaba tan poseída por “Norteaméri­
ca” a principios de 1836, que el asunto se introducía en su corres­
pondencia incluso cuando quería escribir acerca de otras cosas.
Habiendo hecho, inadvertidamente, una referencia al tema en una
carta para Reeve, se disculpaba: “ Perdón, querido amigo, heme
aquí, vuelto a caer en la maldita Démocratie, que tengo sobre la
nariz como un par de gafas a través de las cuales veo todas las co­
sas. Un grado más y mi familia no tendrá más remedio que hacer­
me declarar incapaz y encerrarme en Charenton” 11.
Cualesquiera fueran los peligros, Tocqueville siguió con las
“gafas” puestas durante abril, mayo y junio. En mayo se fue de Pa­
rís y volvió a “posarse” en Baugy, donde, según su propio testi­
monio, se dedicaba solamente a tres cosas: dormir, comer y tra­
bajar, añadiendo que en diez días en casa de su hermano habia es­
crito más que en un mes en París18.
Sus únicas quejas se referían a las dificultades de su tarea, que
parecía irse ampliando en proporción directa a sus esfuerzos.
40 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA ( 1832-1840)

También sentía una desviación, lenta pero turbadora, que le aleja­


ba de los aspectos concretos de sus experiencias americanas y le
inclinaba hacia la abstracción de ideas generales acerca de la de­
mocracia. “ Hay momentos en que me persiguen unos como terro­
res pánicos. En la primera parte de mi obra me atenía a las leyes,
que eran puntos fijos y visibles. Aquí, a veces tengo la sensación
de estar en el aire, y que inevitablemente he de derrumbarme, y sin
poder detenerme, en lo común, lo absurdo o lo tedioso.’' Dando a
conocer sus dudas sobre sí mismo, añadia: “Felices mil veces los
que están llenos de suficiencia; es cierto que son insoportables pa­
ra los demás, pero disfrutan deliciosamente consigo mismos” 19.
Su salud siempre habia sido precaria, especialmente en virtud
de las tensiones de lapsos prolongados de trabajo concentrado,
pero en julio de 1836 fue la constitución de Marie, tan delicada
como la de su esposo, la que interrumpió la redacción de La de­
mocracia. Casi pareciera que cuando uno no estaba enfermo, lo
estaba el otro. El matrimonio resolvió visitar el lugar de descanso
de Badén, en Suiza, y allí permanecieron el resto del verano.
No fue sino en octubre cuando regresaron a Baugy. Se habían
perdido cuatro meses20, y la mente de Tocqueville, alejada tanto
tiempo de La democracia, tuvo grandes dificultades para volverse
de nuevo hacia Norteamérica. Como resultado del interludio, le
escribió a Beaumont que su obra no aparecería antes de finales de
183721.
Habia tratado de terminar sus capítulos concernientes a la in­
fluencia de la democracia en las ideas antes de partir para Suiza.
De suerte que, ahora, requería su atención la sección sobre los
sentimientos22. Venciendo la inercia, durante los tres meses si­
guientes el autor pasaba, por lo menos, ocho horas diarias senta­
do a su escritorio. Se levantaba cada dia a las seis, trabajaba has­
ta las diez, y entonces interrumpía durante tres o cuatro horas,
para comer y hacer ejercicio. Al promediar cada tarde se encon­
traba de nuevo sentado a la mesa de trabajo. Como le decía a
Reeve: “ Nunca he trabajado en nada con tanto ardor; pienso en
mi tema noche y día”23.
Pero el progreso no se equiparaba al fervor. La complejidad ca-
da vez mayor de La democracia seguia sorprendiéndole y turbán­
dole. “Nunca hubiera imaginado que un tema que ya he desarrolla­
do de tantas maneras pudiera volver a presentárseme con tantos
rostros nuevos”24. También trastornaba sus pensamientos la posi­
bilidad de que al primer triunfo siguiera un libro mediocre. Esas
Alexis de Tocqueville. litografía de León Noel
(Por cortesía de la Yale Tocqueville Manuscripts Colleclion,
Beinecke Rare Book and Manuscrípt Library, Yale University)
Vista trasera del castillo de Tocqueville (hacia 1930), que muestra la torre redonda donde,
en una de sus habitaciones, escribió las partes de 1840 de la D em ocracia.
REANUDACION DF. UNA OBRA EN EXPANSION 41

dudas le llevaban a una escrupulosidad tan extraordinaria y peno­


sa que terminó por aparecer la frustración. Sin embargo. Tocque-
ville encontraba algún consuelo en el ambiente que le rodeaba, y
al que consideraba como ideal para el trabajo, y asimismo le tran­
quilizaba pensar que, por lo menos, lo que había escrito era bue­
no. Sólo faltaba una cosa. “ Me falta”, le decía a Beaumont. “sola­
mente un buen elemento de conversación: necesitaría de usted o
de Louis. Entonces, el sistema seria perfecto”25.
Con frecuencia trataba de aclarar sus ideas exponiéndolas a los
rigores de las criticas amistosas. Para los tomos de 1835 había
confiado principalmente en la capacidad crítica de su familia y de
Beaumont. Pero durante la redacción de la segunda parte de La
democracia, su lista de “buenos instrumentos de conversación”
cambió considerablemente. Aunque, entre 1835 y 1840. Gustave
siguiera siendo el juez predilecto de Tocqueville, su hermano
Edouard, frecuentemente asequible en Baugy, probablemente cre­
ciera en su estimación. Y, lo que es más importante, la estatura de
Louis de Kergolay como lector y comentarista creció hasta el
punto de rivalizar con la de Beaumont26.
Louis de Kergolay (1804-1877), nacido apenas un año antes
que Tocqueville, y probablemente su amigo más antiguo e intimo,
habia resuelto seguir la carrera militar en lugar de la de abogado.
Había pasado a oficial en 1829, tras estudiar en la Ecole Poly-
technique y en la Ecole d’Artillerie et de Génie, y sus anteceden­
tes, su inteligencia y el prominente papel que desempeñó en el blo­
queo de Argel de 1830 parecían asegurarle un futuro brillante. Pe­
ro de pronto se produjo la Revolución de Julio. A diferencia de
Alexis. Louis se negó a prestar juramento de lealtad al nuevo régi­
men y. después de implicarse en una fallida conspiración legitimis-
ta. en 1832, abandonó toda participación en los asuntos públi­
cos27. Durante casi cuarenta años de exilio interior, publicaría
unos pocos artículos, viajaría ocasionalmente, llevaría la vida de
un señor de campo y, según Tocqueville y Beaumont, desperdicia­
ría enormemente su mente fina y sus grandes dotes. Hasta la
muerte de Alexis, en 1859, pese a sus profundas diferencias políti­
cas, ambos mantendrían una amistad muy intima.
Uno de los resultados de esa relación consistió en el esfuerzo,
en persona y por escrito, de mantener a Kergolay al tanto del de­
sarrollo de La democracia2®. “ No hay día, por asi decirlo, que no
sienta que me haces falta”, le escribió Tocqueville el 10 de no­
viembre de 1836. “Hay multitud de ideas que siguen oscuras en
42 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-18401

mi espíritu por la imposibilidad en que me encuentro de lanzarlas


en una conversación contigo y de ver cómo te las compones para
refutarlas, o por ver el nuevo aspecto que les das si las aceptas.
Hay tres hombres con quienes vivo un poco cada día. y son Pas­
cal. Montesquieu y Rousseau: me falta un cuarto, que eres tú"29.
Esta carta, además de poner de relieve la confianza de Tocque-
ville. cada vez mayor, en la camaradería intelectual de Louis. toca
también una de las partes más difíciles de abordar cuando se trata
de reconstruir la elaboración de La democracia. Especialmente a
partir de 1835, en el proceso de pensamiento y redacción de Toc-
queville empezaron a entrar con frecuencia cada vez mayor las
lecturas no relacionadas directamente con Norteamérica. Empezó
a estudiar y reestudiar una gama de obras mucho más amplia de
la que no habia tenido tiempo o necesidad de leer mientras traba­
jaba en la primera mitad de su libro. Las cartas y otros documen­
tos indican que, entre 1835 y 1840, consultó, entre las grandes
obras de filosofía o de teoría política, las de Platón. Aristóteles.
Plutarco, santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Montaigne, Ba-
con. Descartes, Pascal, Montesquieu y Rousseau. Entre otros au­
tores franceses del siglo XVII leyó a La Bruyére. Charles de
Saint-Evremond y Madame de Sevigné; y del siglo XVIII, a Fon-
tenelle, Jean-Baptiste Massillon y Malesherbes, asi como la céle­
bre Encyclopédie. Durante ese breve período parece que tuvo tiempo
para otras lecturas surtidas, como Rabelais, Cervantes, el Corán
y varios libros de sus contemporáneos, especialmente de Guizot.
Lacordaire y Frangís-Auguste Mignet.
Pero sigue siendo casi imposible demostrar alguna relación fir­
me y especifica entre estas extensas lecturas y los últimos tomos
de La democracia. A diferencia de los borradores de 1835, en los
cuales, como hemos visto, se hacían frecuentes referencias explíci­
tas a muchas obras norteamericanas, los manuscritos de 1840 ra­
ras veces sugieren cómo un escritor o un libro en particular pue­
dan haber contribuido de manera precisa en la elaboración de la
grande ajfaire de Tocqueville. De suerte que cualquier afirmación
de influencias de un autor u otro sobre La democracia de 1840
sólo puede apoyarse en el paralelismo de ideas y en otras similitu­
des igualmente latas.
En diciembre de 1836, Tocqueville regresó a Paris. Siguió tra­
bajando, pero perdiendo mucho tiempo en sus obligaciones socia­
les. Estas exigencias no le impidieron, sin embargo, reiterar su in­
tención de publicar para finales de 1837. En enero llegó incluso a
REANUDACION DE UNA OBRA EN EXPANSION 43

anunciar a Nassau W., sénior, que su manuscrito quedaría termi­


nado en el verano. ‘‘Ignoro si será bueno, pero puedo afirmarle
que yo no puedo hacerlo mejor. Le dedico todo mi tiempo y toda
mi inteligencia”30. Pero esa dedicación tampoco seria suficiente
para ponerle en condiciones de cumplir con ninguna de sus fechas
previstas de publicación. Durante 1837, las enfermedades y la po­
lítica frustrarían frecuentemente sus planes31.
Ese verano fue el primero que Alexis y Mane pasaron en el
cháteau de Normandia. La enfermedad frustró los primeros dias
de Tocqueville en su “vieillef e r m e y su restablecimiento no fue
tan completo como para permitirle trabajar. Le preocupaba cada
vez más la postergación de la fecha de publicación de La demo­
cracia. “El tiempo corre de manera terrible. Pero, ¡qué quieres! An­
te todo hay que vivir, aunque sólo fuere para tener las fuerzas pa­
ra concluir esta gran obra. Si el resultado de mi trabajo es real­
mente bueno, se abrirá paso, cualquiera sea la época de su publi­
cación; si es malo o mediocre, ¿qué importan las posibilidades
más o menos grandes de un triunfo pasajero? Esto es lo que me
repito incesantemente, para calmar ia agitación interior que me
posee cuando considero todo lo que me falta para terminar”32.
A John Stuart Mili, Tocqueville le describía detalladamente sus
dificultades, y la referencia estaba poblada de espectros familia­
res. “ Mi plan se ha ensanchado mucho”, le escribía, “y además,
las dificultades parecen crecer a medida que avanzo, y aumenta el
temor de hacer las cosas peor de lo que las he hecho. No puedo
ocultarme a mí mismo que es mucho lo que de mí se espera; esta
idea me atormenta sin cesar y me hace dedicar a los menores de­
talles un cuidado que, espero, sirva para la obra, pero que hace
más lenta su redacción.” Anotaba también que le habian afectado
varios accidentes, entre ellos, la enfermedad que le había aquejado
y la circunstancia que le consumiría la mayor parte del otoño
de 1837: “Vivo aquí m el distrito en el que quiero presentarme para
las próximas elecciones, lo que impone visitar a mis vecinos. (...)
El resultado de todo esto, querido Mili”, concluía displicente, “es
que no puedo, sin engañarme, esperar publicar antes del próximo
mes de febrero, como lo más pronto”33.
En agosto de 1837, “le bon Gustave" arribó a Normandia para
escuchar partes del manuscrito de Tocqueville. Beaumont acaba­
ba de regresar de una larga visita a las islas Británicas, donde ha-

* “ Vieja granja”. (N . d e l t.)


44 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-1840)

bia recogido materiales para un proyecto de obra sobre Irlanda.


Es indudable que los antiguos compañeros de viaje pasaron largas
horas de ese verano caminando por los campos que rodeaban el
cháteau y desgranando ideas para sus libros34.
Ese encuentro de agosto incluyó también, probablemente, con­
versaciones sobre planes políticos. En su correspondencia de
1837 aparecen repetidas referencias a los partidos y los políticos,
y para septiembre ambos amigos se escribían acerca de muy po­
cos temas que no fueran noticias políticas. Ya en el mes de mayo,
Tocqueville había especulado acerca de la posibilidad de nuevas
elecciones, de suerte que cuando éstas fueron finalmente convoca­
das para noviembre, ambos autores dejaron de lado sus libros y se
dedicaron por entero a sus campañas para conseguir sendos es­
caños en la Cámara de Diputados33.
Dado que habian resuelto presentarse como independientes, no
vinculados a ningún hombre ni partido, Tocqueville llegó incluso
a desairar las aperturas de Molé, que era el jefe del Gobierno.
Esas actitudes soberbias demostraron ser equivocadas y los resul­
tados de las elecciones enviaron a París a otros dos hombres. Po­
co después de sus derrotas, Alexis escribía para consolar y alentar
a Gustave: “ Henos ya libres, querido amigo, y no puedo decirle
con qué alegría y entusiasmo me vuelvo a lanzar a mis estudios y
mis trabajos (...). El porvenir es nuestro, créamelo. Nunca he esta­
do tan convencido de ello” 36.

A principios del invierno de 1837-1838, Tocqueville regresó a Pa­


rís. Esperaba allí volver a sumergirse en su monomanía, pero,
una vez más, la capital le frustró los planes; una convocatoria ju­
dicial le tuvo ocupado durante las dos últimas semanas de diciem­
bre. “ Estoy empezando a creer en serio que allá arriba no está es­
crito que he de terminar mi libro” 37.
En enero se escapó a Baugy y pudo por fin restablecer el ambi­
cioso esquema de trabajo que había seguido en 1836. Sin embar­
go, la insatisfacción con sus borradores volvía a atormentarle.
“¿Ha estado usted alguna vez completamente satisfecho con lo que
escribe?”, le preguntaba a Beaumont. “ Es algo que a mi nunca me
ha sucedido, que recuerde. Siempre he dado un poco por encima,
un poco por debajo, a la derecha o a la izquierda del objetivo, pe­
ro nunca de lleno en esa meta ideal que cada uno tiene eternamen­
te por delante de los ojos y que siempre huye cuando se la está
por alcanzar.” Tocqueville reconocía asi su insatisfacción míen-
REANUDACION DE UNA OBRA EN EXPANSION 45

tras simultáneamente escribía los borradores de varios capítulos


acerca de la influencia de la democracia sobre las costumbres39 y
esbozaba diversas ideas que pensaba incluir en el prefacio de los
tomos de 1840.
Habiendo resuelto ya publicar por separado los dos últimos vo­
lúmenes. y postergar un proyecto de coordinar las partes de 1835
y 1840 de La democracia, le preocupaba la posibilidad de repeti­
ciones o contradicciones entre ambas partes de su obra. Ahora
habia resuelto hacer referencia a ese peligro en el prefacio y, el 5
de noviembre de 1838, escribió: “ Poner de relieve, para mi tam­
bién, que me he visto llevado en la segunda obra a volver a abor-
d ar temas ya tocados en la primera, o a modificar algunas opinio­
nes expresadas en ésta. Resultado necesario de un trabajo tan
grande hecho en dos veces.”
Sin embargo, la mayoría de sus juicios no parecían precisar de
modificación, asi que resolvió poner también esto de manifiesto.
“ Será necesario hacer ver cómo los acontecimientos recientes jus­
tifican la mayoría de las cosas que he dicho.” Creía, en particular,
que habia que ratificar la exactitud de sus observaciones acerca
de “los indios, Texas, los negros, la necesidad de tener tropas en
las ciudades, las tendencias ultrademocráticas”41, confirmadas en
los hechos.
En cuanto a las opiniones que si necesitaban corrección, él esti­
maba que sólo una era lo bastante seria como para aludirla en el
prefacio. En 1835 habia pronosticado “el debilitamiento del
vinculo federal”, pero en 1838, en una “nota relativa al prefacio
de mi gran obra”, decía que debia “confesar mi error”43.
También resolvió reconocer el cambio de enfoque de su traba­
jo. Los alcances de La democracia de 1840 no sólo se habían ex-
pandido, sino que también se apartaban de Norteamérica hacia
unas consideraciones generales sobre la democracia. Tocqueville
se anticipaba a las criticas por esta transformación, pero confiaba
en que una advertencia a sus lectores y la demostración de su re­
conocimiento le librarían, por lo menos, de una parte de los aguijo­
nes críticos. En un fragmento titulado “Explicación del objeto de
la obra”, declaraba: “ El primer libro, más norteamericano que de­
mocrático. Este, más democrático que norteamericano”43. Ello no
obstante, en algún momento entre principios de 1838 y finales
de 1839, inexplicablemente decidió tachar cada una de estas
ideas, y ninguna de ellas aparece en en el prefacio publicado.
46 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-1840)

Hacia marzo de 1838 estaban casi terminados los capítulos acer­


ca de las costumbres, y Tocqueville empezó a bosquejar la sec­
ción final de La democracia*. Le dijo a Reeve que desearía publi­
carla en el invierno de 1838-1839, pero le prevenía de no confiar
demasiado en esos cálculos. “Cada día veo que me equivoco en
mis cálculos (...). No sé (...) nunca con antelación si lo que me
queda por hacer me llevará poco o mucho tiempo, si consumirá
mucho o poco papel”45.
Estaban bien sus precauciones, porque sus estimaciones volvie­
ron a fallar por no pensar en asignar tiempo a eventuales enferme­
dades. Después de tres meses de trabajo febril, su cerebro se negó
a seguir funcionando. Exhausto mental y emocionalmente, trató
en vano de persuadir a Beaumont de que no estaba realmente en­
fermo, pero Gustave no tuvo dificultad en avizorar lo que se ocul­
taba tras su protesta. Finalmente, con la esperanza de que un des­
canso le devolviera sus energías, resolvió, no sin renuncia, aban­
donar “ Norteamérica” por un tiempo, y después de dar unos to­
que finales a los capítulos sobre las costumbres, él y Marie viaja­
ron a París. Desde allí, pronto siguieron viaje hacia Normandia.
donde se prometían un verano tranquilo46.
Tocqueville planeaba hacer el borrador de la última parte im­
portante de su libro cómodamente instalado en el torreón de su
cháteau. Estaba sitiado por “personas tediosas y útiles de reci­
bir", que convertían sus visitas en verdaderas estancias de cinco
horas41. Cuando no aparecían visitantes, Marie, que estaba super­
visando extensas renovaciones, tenia la vieja casa en un cons­
tante tumulto. Pronto se impacientó Tocqueville con el ruido y el
desorden, y se quejó. “ El encanto de embellecer mi propiedad to­
davía no me conmueve; es posible que ello me llegue, como a tan­
tos otros a quienes veo consolarse fácilmente de todas las miserias
de la vida haciéndose un jardín inglés. Pero eso no me ha llegado
y, mientras lo espero, me corren de una habitación a otra una tur­
bamulta de obreros que, so pretexto de hacerme pronto muy agra­
dable mi permanencia en mi casa, empiezan por dejarla inhabita­
ble, o poco menos”4*. No fue sino en julio cuando pudo por fin
volver a su grande affaire.
Por último, el 19 de octubre de 1838 le anunció feliz a Beau­
mont que había escrito “la última palabra del último capitulo” .
Sin embargo, refrenó su impulso de celebrarlo, porque se daba
cuenta de que aún le quedaba por hacer la relectura y la revisión de
ambos tomos. Beaumont fue informado de que su amigo perma-
REANUDACION DE UNA OBRA EN EXPANSION 47

neceria en Normandia, por lo menos, hasta enero: “Temo a las


distracciones de París y no quiero exponerme más que cuando me
considere más o menos como el amo de mi empresa”49.
Pero ni siquiera entonces iba a ser el amo de La democracia; 1a
tarea de revisión resultó ser inmensa. Los dos primeros capítulos,
por ejemplo, estaban en condiciones tan terribles que los destruyó
y volvió a empezarlos50.
Desde octubre hasta principios de diciembre. Kergolay estuvo
a su lado y, como Tocqueville le confiara a Beaumont, “me ha si­
do muy útil en mi trabajo”51. Al parecer, las sugerencias de Louis
fueron decisivas para, por lo menos, dos problemas que surgieron
durante la reescritura.
En diciembre, mientras releía el primero de sus tomos de 1840,
Tocqueville advirtió que la mayor parte de la sección sobre les
idées contenía un cierto anticipo de ios capítulos posteriores sobre
individnalisme y jouissances maíérielles* 52. ¿Tendría que poner
primero estos últimos capítulos? Consideró reorganizar su primer
volumen, pero es evidente que Kergolay le disuadió. Tocqueville
lo observa en uno de sus borradores: “L. [Louis] piensa que, cual-
quicra fuere el interés lógico de empezar por los dos capítulos
mencionados, hay que perseverar en mantener al comienzo el ca­
pitulo del Método. Ello abre, dice, enormemente el tema y lo hace
advertir inmediatamente desde muy alto”53.
Durante el proceso de reelaboración sopesó también el destino
de un breve capitulo escrito tiempo atrás. No acertaba a decidir
dónde incluirlo, ni si sería mejor prescindir de él, y aparentemente
se inclinaba a eliminarlo54. Sin embargo, al advertir el entusiasmo
de Kergolay por el fragmento, se decidió a salvarlo del olvido: “L.
| Louis] piensa que el trozo debe incluirse necesariamente en la
obra, sea en su forma actual, sea transportando sus ideas a otra
parle. Creo que, efectivamente, tiene razón”55. Ambos amigos ig­
noraban que estaban discutiendo el destino de uno de los capítu­
los más célebres de La democracia: “ Por qué los pueblos de­
mocráticos prefieren la igualdad a la libertad”56.

Tocqueville estaba ansioso por concluir la revisión, por lo menos


del primer volumen, para mediados de enero de 1839. Por esa
época planeaba viajar a París, donde contaba con la capacidad
critica de su “querido Aristarco” , Gustave de Beaumont57. “Usted

**■Disfrutes materiales". (N. del t.)


48 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-1840)

es para mi”, le escribía, “ no solamente un buen juez, sino el públi­


co hecho hombre. La espontaneidad de sus impresiones y la ma­
nera animosa y completa como se entrega a cada una de ellas, las
¡deas y las pasiones de nuestro tiempo que usted aporta siempre
muy vivas ante la obra que se le somete hacen de usted, querido
amigo, para mi, el más apreciado de los censores. Tengo serias in­
quietudes por el destino de este libro. Sería difícil persuadirme, lo
confieso, de que no tiene nada de bueno. Pero temo que en con­
junto aburra y canse. He ahi algo que solamente usted puede de­
cirme y por lo cual ardo en deseos de interrogarle”5®.
Los servicios de Beaumont como “buen instrumento de conver­
sación” eran de capital importancia, la ayuda que prestó fue más
lejos de la obligación amistosa de juzgar los borradores de La de­
mocracia. Mientras trabajaba en una exposición de las actitudes
norteamericanas para el capitulo “Cómo la democracia modifica
las relaciones que existen entre servidor y amo”, Tocqueville se
comentaba a si mismo: “ Para hacer las cosas bien, habría que in­
tercalar aquí un pequeño panorama a la manera de las Carlas
persas [ Montesquieuj o de Los caracteres de La Bruyére. Pero
me faltan los datos.” AI lado, sin embargo, escribía: “Tal vez las
notas de Beaumont los proporcionen”59. Si con esto se refería a
los diarios de viaje de Beaumont o a los extensos apéndices de su
Marie es algo que ignoramos. Pero existirían ciertos notables pa­
ralelismos entre algunas observaciones de La democracia de 1840
y las palabras de I83S de las notas de Marie*0.
En “rubish* de los capítulos de la sociabilidad”61, Tocqueville
vuelve a recordar los materiales de Beaumont: “ Buenas cualida­
des de los norteamericanos. Defecto de susceptibilidad. Ver Beau­
mont. C. n. 6 (¿cuaderno n.° 6?]”62.
Otro ejemplo de su referencia a los escritos de su antiguo com­
pañero de viaje se produjo mientras escribía la sección titulada
“Qué clase de despotismo deben temer las naciones democráti­
cas”65. Volviendo una vez más a su idée fix e acerca de la impor­
tantísima conexión entre las leyes de la herencia y el progreso de
la igualdad. Tocqueville apuntó al margen: “Ver el pasaje de
Beaumont acerca de la propiedad en Inglaterra y, sobre todo, so­
bre el lugar inmenso que ocupa la voluntad testamentaría. 2.° to­
mo de l'Irlande”64.
De tal suerte, pareciera que Tocqueville. por lo menos, usó par-

* “Basura**. (N. del i.)


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"Demander á G. [Gustave] et L. [Louis]”, ejemplo tomado del capitule


intitulado “El estado social de los angloamericanos.”
REANUDACION DE UNA OBRA EN EXPANSION 49

te de los escritos y libros, además del consejo, de su antiguo com­


pañero.

A principios de 1839, la salud de Tocqueville, que habia sido ines­


table durante todo el invierno, empeoró, y hubo de resignarse a
aceptar la posibilidad de nuevas demoras63. Pero hacia febrero re­
cuperó sus energías. Ello no obstante, la convocatoria a nuevas
elecciones le persuadió de dedicarse al proselitismo. Esta vez
triunfó, y en marzo de 1839 fue elegido diputado por Valognes.
Una vez en la Cámara, empezó casi inmediatamente a dejar su
huella, escribiendo un informe para la abolición de la esclavitud
en las colonias francesas66. Debido a todas estas actividades, hu­
bo necesariamente que suspender el trabajo en su grand ouvrage:
“ América”, sencillamente, tuvo que esperar.
Por fin, en agosto de 1839 retornó a sus dos volúmenes y ase­
guró a Reeve que tendría en sus manos una versión pulida antes
del siguiente período de sesiones de la Cámara, el cual, según era
de presumir, empezaría a finales de diciembre67. A finales de agos­
to llegó a Normandía Jean-Jacques Ampére y leyó partes del ma­
nuscrito en preparación. Las críticas del visitante fueron tan astu­
tas, que Tocqueville le arrancó la promesa de leer todo el manus­
crito definitivo68.
Hacia mediados de noviembre, Tocqueville llegaba a París y le
anunciaba a John Stuart Mili: “ He llegado (...) a París para hacer
imprimir la obra en la que trabajo desde hace cuatro años y que
es continuación de la anterior, es l’lnfluence de l’égalité sur les
idées et les sentiments des hommes [‘Influencia de la igualdad so­
bre las ideas y los sentimientos de los hombres’]”69. Para enton­
ces, Norteamérica habia, aparentemente, retrocedido a un plano
bastante distinto.
Sólo las últimas lecturas por sus amigos se interpondrían ante
la publicación de la obra. Tocqueville ya habia prevenido a Beau-
rnont que su manuscrito “le pasará por los ojos o los oídos, como
usted quiera y pueda, para juzgarlo de un tirón. Pido de su amis­
tad este último esfuerzo”70. Unos dias más tarde anadia: “Verá en
el manuscrito incluso huellas de la importancia que atribuyo a es­
te trabajo. Encontrará, en muchos sitios, frases como ésta: No in­
corporarla sin antes haber leído a B. y a L., o esta otra: Proponer
estas dos versiones a B. y a L. y hacerles escoger. Lamentable­
mente. uno de mis consejeros me faltará. Trate, pues, de redoblar
su sabiduría”71.
50 SEGUNDO VIAJE A NORTEAMERICA (1832-1840)

Por lo menos tres capítulos contenían ahora citas similares a


las aludidas en la carta de Tocqueville: “Cómo la democracia nor­
teamericana ha modificado el idioma inglés” ; “ Acerca de la ma­
nera como los Gobiernos norteamericanos tratan con las asocia­
ciones”, y “ Cómo ve el norteamericano la igualdad entre los se­
xos”. De éstas, la segunda no aparece en el texto de 1840. Al pa­
recer. Gustave, el único crítico disponible, solamente aprobó las
otras dos72.
Además, en la portada de la sección titulada “ Por qué algunos
norteamericanos exhiben un espiritualismo tan exaltado”, Alexis
había escrito: “Capitulillo que no hará falta conservar, a menos
que se me aconseje formalmente que lo haga” 73. Probablemente
también en este caso, y puesto que Kergolay se encontraba en
Tours, fuera Beaumont quien dijera la última palabra.
Para los primeros meses de 1840 habían finalizado todas las
evaluaciones y cambios, y Tocqueville remitió su libro al impre­
sor. En abril de 1840 aparecían, por fin, los dos últimos tomos de
La democracia en América. Ya podía el autor repetir su anterior
expresión de alegría: “ Mi libro está, por fin, terminado, terminado
definitivamente: ¡aleluya!”74.
Pa r t e Segunda

¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?


OPINION DE TOCQUEVILLE ACERCA
DE CIERTAS C A U S E S P H Y S I Q U E S
III. UNA HIPOTESIS SOPESADA Y RECHAZADA

Durante los primeros cincuenta años de independencia norteame­


ricana, muchos europeos admiraban y envidiaban la prosperidad
y la tranquilidad de esa república, pero diferían cuando trataban
de explicar las razones de su éxito. En 1803, C.-F. Volney repetía
una de las explicaciones más corrientes. Tras disculparse en el
prefacio de su Tableau du climat et du sol des Etats-Unis por los
limitados alcances de su obra, recordaba su intención original de
presentar un análisis más general de la nación norteamericana,
que probaría “con hechos irrefutables (...) que los Estados Unidos
deben su prosperidad, su comodidad civil e individual, mucho más
a su posición aislada, a su distancia de cualquier vecino poderoso
y de cualquier teatro de guerra, en resumen, a la facilidad general
de sus circunstancias, que a la bondad esencial de sus leyes o a la
sabiduría de su administración” 1.
Es lamentable para Volney que se hubiera quedado tan corto
del vasto estudio que alguna vez se propusiera hacer. Su texto no
llegaba siquiera a armar el rompecabezas de la prosperidad de
Norteamérica, y mucho menos a arrimar los “hechos irrefutables”
necesarios para sostener su opinión. Pero su idea se mantuvo en
pie; al parecer, era moneda corriente para la mentalidad europea,
toda vez que muchos comentaristas posteriores opinaban de igual
manera, hasta el punto de que en 1833, dos años antes de la publi­
cación de la primera parte de La democracia de Tocqueville, The
North American Review atacaba la actitud generalizada:
Cuando nos atrevemos a adjudicarla [como una de las causas
de nuestra prosperidad] al carácter de nuestro Gobierno, los sa­
bios de Europa sonríen conscientemente superiores ante nuestra
simplicidad y nos aseguran que hemos llegado a ser lo que somos
a pesar de nuestras instituciones y no como consecuencia de ellas.
Cuando aludimos a los principios religiosos fijos, a la severa mo­
ralidad y a la perseverante ¡ndustriosidad de los padres peregrinos
de la Nueva Inglaterra, nos responden irónicos que, después de
todo, la gran masa de los pobladores originales eran la escoria de
las cárceles británicas. El único principio de nuestro acierto que
pueden admitir como real nuestros amigos del extranjero (siendo

53
54 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

uno que no nos da crédito alguno) es la inmensa extensión de


nuestro territorio.

The Review instaba a los sabios de Europa a reconsiderar sus


opiniones: “Si esta circunstancia puede por si sola hacer próspero
a un pueblo, no resulta fácil ver por qué la civilización no es tan
activa en las vastas mesetas centrales de Tartaria y México como
lo es en el valle del Mississippi”2.
Tocqueville, como sus predecesores, no escaparía a las arduas
opciones implícitas en esta controversia. Ocho dias después de
que él y Beaumont llegaran al Nuevo Mundo, le escríbia a Ernest
de Chabrol, pidiéndole una extensa exposición de sus ideas acerca
de Norteamérica. Esperando aclarar la tarea impuesta, también le
sugería varios temas de reflexión posibles, entre ellos: “ ¿A qué
causa atribuye usted la prosperidad de esta nación?”3. Está claro
que tenia en mente el antiguo enigma.
En octubre de 1829, Tocqueville le explicaba a su nuevo amigo,
Gustave de Beaumont: “ Hay una ciencia a la que he menospre­
ciado durante mucho tiempo y a la que ahora reconozco, no co­
mo útil, sino como absolutamente esencial: es la geograña. No el
conocimiento del meridiano exacto de tal ciudad, sino (...) por
ejemplo, meterse muy claramente en la cabeza la configuración de
nuestro globo en tanto ella influya en las divisiones políticas de los
pueblos y sus recursos; existe tal país que, solamente en virtud de
su posición geográfica, está llamado casi obligadamente a entrar
en tal conglomerado, o tal otro, a ejercer tal o cual influencia, a te­
ner tal o cual destino. Confieso que no es ésa la geografía que se
aprende en el colegio, pero me figuro que es la única que somos
capaces de comprender y retener”4.
De suerte que no era tan sólo el reto de una incógnita consa­
grada por el tiempo, sino también sus propias expectativas acerca
de la influencia de la géographie, las que indujeron a Tocqueville a
consagrar mucha atención, durante su períplo norteamericano, a
las ressources y a la position géographique de los Estados Unidos.

Como a la mayoría de los viajeros, a Tocqueville, el avistar tierra


al cabo de un largo viaje oceánico le pareció “un espectáculo deli­
cioso”3. Pero el 10 de mayo, una contemplación más detenida de
la costa que se extiende entre Newport y Nueva York le dio una
impresión muy diferente. Desde el estrecho de Long Island, el país
le pareció “poco seductor”. “Toda esta costa de Norteamérica”,
UNA HIPOTESIS SOPESADA Y RECHAZADA 55

escribía, “es baja y poco pintoresca”6, y en otra carta la describía


como baja y estéril7.
Tan fuerte fue aquella su primera reacción ante el continente
norteamericano, que en 1835 observaría: “Sobre la vertiente
oriental de los Alleghanys, entre el pie de sus montañas y el océa­
no Atlántico, se extiende un largo conjunto de rocas y de arena
que el mar parece haber olvidado al retirarse. (...) Sobre esta costa
inhospitalaria fue donde se concentraron al principio los esfuerzos
de la industria humana. En esa lengua de tierra árida nacieron y
crecieron las colonias inglesas, que debían llegar a convertirse un
dia en los Estados Unidos de América”*.
Sin embargo, el viaje a Rhode Istand tuvo también un resultado
más agradable. El buque de vapor que le trepidaba bajo los pies,
las distancias inmensas y, especialmente, una actitud muy pecu­
liar de los norteamericanos, cautivaron su imaginación. “Hay en
este pais un desprecio increíble por las distancias. Los ríos incon­
mensurables (...) y los canales que se han establecido [s/c] para
comunicarlos entre si, permiten viajar noche y dia a razón de cua­
tro leguas por hora, todo ello en una soberbia mansión que mar­
cha por sí sola y que es lo que menos se menea en el mundo (...)
Así, pues, no se dice que se está a cien leguas de un sitio determi­
nado, sino a veinticinco horas”9. Aquí habia un pueblo que no
pensaba en función de la distancia, sino del tiempo, y que hacia lo
imposible por acortarlo hasta hacerlo insignificante.
El 11 de mayo, los viajeros tomaron una habitación en una
pensión de Broadway. Nueva York impresionó a Tocqueville co­
mo una ciudad “abigarrada para un francés, y poco agradable” ,
pero los alrededores le arrancaron exclamaciones de admiración.
“Imagínese usted unas riberas recortadas de la manera más feliz,
pendientes cubiertas de hierba y árboles y flores que desciendo)
hasta el mar (...) y añada a ello, si puede, un mar cubierto de ve­
las” '0.
Muy pronto, una consideración más detenida —indudablemente
inspirada, en cierta medida, por sus muchos amigos de la ciu­
dad"— reemplazó a estas reacciones emotivas iniciales hacia la
géographie norteamericana. Y el 18 de mayo registraba algunas
observaciones más. En una nota de diario, primero anuncia reco­
nocer algunas realidades básicas acerca del continente norteame­
ricano: su inmensidad, su abundancia y las condiciones todavia
(relativamente) intocadas de su interior. También aquí aludía a
varios efectos más amplios de la “circunstancia accidental” : estos
56 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

republicanos eran un pueblo increíblemente trabajador, que explo­


taba al máximo una situación física que instaba al empleo pleno y
libre de las energías humanas12.
Tocqueville se enteró muy pronto de que las oportunidades
existentes remediaban, incluso, algunos problemas que durante
mucho tiempo venían atormentando a Europa. La escolaridad,
por ejemplo, no era ya una amenaza. “Se puede temer menos que
en cualquier otra parte la incomodidad que causa a un Estado una
gran cantidad de personas cuya educación les eleva por encima de
su fortuna y cuyas inquietudes pueden trastornar a la sociedad.
Aqui. los recursos que ofrece la naturaleza son todavía tan supe­
riores a todos los esfuerzos del hombre por agotarlos, que no hay
energía moral ni actividad intelectual que no encuentre alimento
fácil"1-1.
Dos semanas más tarde volvía sobre este tema y otros, en una
carta para su padre:
“ Hasta ahora, estoy lleno de dos ideas: la primera, que este
pueblo es uno de los más felices del mundo; la segunda, que debe
su inmensa prosperidad, mucho menos a sus virtudes peculiares,
menos a una forma de gobierno en si misma superior a otras for­
mas. que a la particularidad de las circunstancias en que se en­
cuentra. que son peculiares de él y que hacen que su constitución
política esté perfectamente de acuerdo con sus necesidades y su
condición social. [Cuán cerca está la primera parte de esta decla­
ración de las tesis de Volney de 1803.)
” (...) Resumiendo: cuanto más contemplo a este país, más me
confieso penetrado por su verdad: de que nada hay de absoluto en
el valor teórico de las instituciones sociales, y de que la eficiencia
de éstas depende casi siempre de las circunstancias originales y de
la condición social del pueblo al cual se aplican. Veo aquí que dan
buen resultado algunas instituciones que pondrían a Francia patas
arriba: otras que a nosotros nos convienen, serían indudablemente
nocivas en Norteamérica; y sin embargo, o mucho me equivoco, o
un hombre no es distinto ni mejor aqui que entre nosotros. Lo úni­
co es que está situado de otra manera"14.
¿Quién o qué le había sugerido a Tocqueville esta hipótesis re­
lativista? En uno de sus borradores para La democracia de 1835
escribía: “ Ideas para el prefacio. Movimiento irresistible de la de­
mocracia. Gran acontecimiento del mundo moderno. (...) Objetivo
de la obra, presentar nociones ajustadas de ese acontecimiento:
por lo demás, yo no lo juzgo. No creo siquiera que haya nada, en
UNA HIPOTESIS SOPESADA Y RECHAZADA 57
las instituciones, que sea de una bondad absoluta. Montes-
quieu” 15.
Asi. pues, posiblemente por una combinación de la observación
y el recuerdo de lecturas, el joven investigador había profundiza­
do su análisis acerca de la influencia del ambiente sobre el carác­
ter. tanto de los norteamericanos, cuanto de sus instituciones. Pe­
ro. lo que es más importante, había juzgado las diversas razones
de los buenos resultados obtenidos en la Unión, y habia adjudica­
do una importancia primordial a las “circunstancias originales” o
“particulares”, expresión vagamente definida, que, al parecer, in­
volucraba tanto la situación física como la histórica de Norteamé­
rica.
Escasamente una semana más tarde, sin embargo, compondría
otra síntesis preliminar de sus primeras impresiones acerca de las
circonsíances norteamericanas.
“Pintar (...) una sociedad formada por todas las naciones de la
tierra (...) en una palabra, una sociedad sin raices, sin memoria,
sin prejuicios, sin hábitos, sin ideas comunes, sin carácter nacio­
nal: (...) ¿Qué es lo que liga a esos distintos elementos? ¿Qué es lo
que hace de ellos un pueblo? El interés: he ahí el secreto. L 'intérét
individual que asoma a cada instante. Vintérét que, además, se
muestra abiertamente y se define a sí mismo como una teoría so­
cial16.
"Estamos muy lejos de las antiguas repúblicas, hay que admi­
tirlo. y sin embargo, este pueblo es republicano y no dudo de que
lo siga siendo durante mucho tiempo. Y la república es, para él. el
mejor de los gobiernos.
"Sólo puedo explicar este fenómeno pensando que Norteaméri­
ca se encuentra, por el momento, en una situación física tan feliz,
que el interés del individuo nunca llega a oponerse al interés de to­
dos, lo cual, desde luego, no sucede en Europa.
"¿Qué es. en general, lo que lleva a los hombres a trastornar el
Estado? Por un lado, el deseo de tomar el poder; por el otro, la di­
ficultad de crearse una existencia feliz por los medios ordinarios.
"Aquí no existe poder público y, a decir verdad, no hay necesi­
dad. Las fronteras territoriales están muy limitadas; los Estados
no tienen enemigos y, en consecuencia, tampoco tienen ejércitos,
ni impuestos, ni gobierno central; el poder del ejecutivo equivale a
nada, porque no da ni dinero ni poder. Mientras las cosas sigan
asi. ¿quién se complicará la vida para alcanzarlo?17.
"Ahora bien, examinando la otra mitad de la proposición se
58 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

llega al mismo resultado. Porque si la carrera política está casi ce­


rrada. otras mil, otras diez mil se abren a la actividad humana.
Todo el mundo, aquí, parece una sustancia maleable que el hom­
bre tuerce y moldea a placer; un inmenso terreno del cual, hasta
ahora, sólo se ha atravesado la parte más pequeña, y está abierto
a la industria. (...)18.
"Por ello, en este pais feliz nada arrastra al incansable espíritu
humano hacia las pasiones políticas; por el contrarío, todo condu­
ce hacia una actividad que no tenga nada de peligroso para el Es­
tado. (...).
"Esta última razón que acabo de dar, en mi estimación funda-
m ental explica igualmente las únicas características salientes que
distinguen a este pueblo: la mentalidad industrial y la inestabilidad
del carácter. [De tal suerte, el ambiente físico modelaría decisiva,
aunque indirectamente, la fisonomía norteamericana.]
"N ada es más fácil que enriquecerse en Norteamérica. Está cla­
ro que el espíritu humano, que precisa de una pasión predominan­
te, termina inclinando todos sus pensamientos hacia el lucro. Re­
sulta de esto que, a un primer ver, este pueblo se asemeja a una
compañía de mercaderes reunidos para negociar; y cuanto más se
ahonda en el carácter nacional de los norteamericanos, se aprecia
que han buscado el valor de todas las cosas de este mundo como
respuesta a esta única pregunta: ¿cuánto dinero rendirá?19. [Evi­
dentemente. éste era uno de los resultados de la situación física de
la república que no le gustaban a Tocqueville.]
"En cuanto a la inestabilidad del carácter, germina en mil luga­
res. Un norteamericano emprende, deja y vuelve a diez ocupacio­
nes en su vida; está constantemente cambiando de domicilio y for­
mando continuamente nuevas empresas. Menos que a cualquier
otro hombre del mundo le asusta arriesgar una fortuna adquirida,
porque sabe con cuánta facilidad puede ganar otra.
"Además, el cambio le parece el estado natural del hombre: y.
¿cómo podría no ser asi? Todo cuanto le rodea está en constante
movimiento: leyes, opiniones, funcionarios públicos, fortunas, la
tierra misma cambia aquí de aspecto de un día para otro. En me­
dio de ese movimiento universal que le rodea, el norteamericano
no podría estarse quieto”20.
Aqui. aunque todavía siguiendo su consideración de las impli­
caciones sociales, politicas y psicológicas del ambiente de la
Unión, Tocqueville introduce otro rasgo físico significativo: el ais­
lamiento de América respecto de Europa. En sus diarios de viaje
UNA HIPOTESIS SOPESADA Y RECHAZADA 59

se recogen pocas conversaciones directamente relacionadas con la


distancia de la república a Europa y con las posibles ventajas de
esa separación21. Pero tales vínculos eran aparentemente obvios,
puesto que entendía claramente que la falta de un gobierno cen­
tralizado activo, un ejecutivo poderoso22, un gran ejército o altos
impuestos, la ausencia del miedo constante de la guerra y la capa­
cidad de prosperar pese a la ineficacia y las vacilaciones del go­
bierno democrático, todo ello se debía en alguna medida a la falta
de rivales cercanos hostiles23. [Cfr.: “existe tal país que, solamente
en virtud de su posición geográfica, está llamado casi obligatoria­
mente (...) a tener tal o cual destino”.]
También reconocía que el aislamiento respecto de Europa y el
fuerte atractivo de las riquezas naturales americanas tenían gra­
ves desventajas, la principal de las cuales se relacionaba con la vi­
da política de la república. Como escribiera: “Se nos ha dicho que
es difícil conseguir hombres que trabajen en las oficinas públicas
si ello les aleja de la actividad privada. (...) El arte del gobierno,
aquí, parece estar en la infancia”24.
Y en una carta del 10 de octubre de 1831, mencionaba algunas
otras zonas oscuras del panorama norteamericano: “En los Esta­
dos Unidos no hay ni guerras, ni pestes, ni literatura, ni elocuen­
cia, ni bellas artes; pocos grandes crímenes, nada de lo que llama
la atención en Europa; se disfruta aquí de la más pálida felicidad
que imaginarse pueda”23. Lamentablemente, las ressources y la
position géographique del continente apartaban a los norteameri­
canos de aspiraciones más elevadas de la mente y el espíritu, des­
viándolos hacia metas de triunfo particular y de comodidad pla­
centera, pero descolorida.

“Todo el mundo, aquí, parece una sustancia maleable (...) la tierra


misma cambia aqui de aspecto de un dia para otro”24. Con estas
palabras, retornaba Tocqueville a un tema que habia enunciado
por primera vez el 7 de junio: el pueblo norteamericano estaba re­
formando tan rápidamente su continente, que la transformación
parecía, en si misma, una parte esencial del entorno.
“ [Aqui] a través de una singular inversión del orden habitual de
las cosas, es la naturaleza la que parece cambiar, mientras el hom­
bre se mantiene inmutable.” En Norteamérica, escribía, el mismo
hombre ha visto una tierra virgen penetrada, y luego domada; ha
sido testigo de cómo un bosque espeso se transformaba en una
granja, luego en una pequeña aldea y finalmente en una gran ciu­
60 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

dad. Se han puesto arneses a los ríos. Para el norteamericano, in­


cluso el clima parecía distinto de lo que era.
Los efectos de esto sobre la mente y la imaginación norteameri­
cana fueron inmensos. “No hay país en el mundo donde el hom­
bre se apodere con mayor confianza del futuro, donde con tanto
orgullo piense que su inteligencia le hace amo del universo, al cual
puede dar la forma que le plazca. Es un movimiento intelectual
sólo comparable al que condujo al descubrimiento del Nuevo
Mundo hace tres siglos. (...)
"Con frecuencia nacido bajo otro cielo, colocado en medio de
un escenario en constante movimiento, arrastrado él mismo por el
irresistible torrente que todo se lo lleva en torno de él, el norteame­
ricano no tiene tiempo de atarse a nada, crece acostumbrado al
cambio y termina considerándolo como el estado natural del hom­
bre. Siente la necesidad de él; más, aún: le gusta; porque la inesta­
bilidad, en lugar de significar el desastre para él, parece no obrar
más que milagros a su alrededor. (La idea de perfección, de un
mejoramiento continuo e infinito de las condiciones sociales, esta
idea se le presenta incesantemente, en todos su aspectos.)”27.

Tocqueville sabia que el movimiento hacia el Oeste constituía un


aspecto importantísimo de la conquista del continente, de suerte
que empezó a acumular información acerca de los colonos que
realmente domeñaran los yermos. Nueva York, según reveló su
investigación, era la puerta de entrada hacia el interior. “ Por allí
entran cada año miles de extranjeros que desean poblar los desier­
tos del Oeste”2*. Como la mayoría de los visitantes, todavía supo­
nía que los actores del gran drama eran europeos recién llegados a
la América del Norte.
Antes de marcharse de Manhattan, el francés dio indicios tam­
bién de su conciencia de los posibles efectos de gran alcance de
otro elemento físico: el clima. “En general, las estaciones están
mucho más diferenciadas en América que en Europa. En Nueva
Y ork, por ejemplo, se tiene el verano de Italia y el invierno de Ho­
landa.” Pero, por temor de que su maman se preocupara por su
salud, siempre delicada, Alexis se apresuraba a añadir: “El cuerpo
humano se encuentra, al parecer, de maravilla con estas transicio­
nes; por lo menos, los médicos atribuyen la longevidad de los ha­
bitantes, en gran parte, a esta causa”29. Más tarde seguirían otras
reflexiones más profundas acerca del clima.
UNA HIPOTESIS SOPESADA Y RECHAZADA 61

0 último dia de junio, Tocqueville y Beaumont embarcaron en el


vapor North American, literalmente corrieron a coger otro barco
para Albany, y luego prosiguieron en diligencia hacia Aubum y
Búllalo. ‘'Este viaje, que parece inmenso en el mapa, se hace con
una rapidez inigualable; es la forma de viajar de moda en este
país”-’0.
La llegada a Albany se produjo incluso más rápidamente de lo
que ambos amigos deseaban31, pero el viaje en diligencia hacia el
Oeste —por “ rutas tan detestables como las rutas de la Baja Bre­
taña"—, con su traqueteo, les volvió a la realidad. Sin embargo, el
viaje les mitigó un desencanto apresurado: ambos comisionados
contemplaron, entre las sacudidas, el bosque norteamericano. Por
lo menos, eso creyeron, hasta llegar a Michigan. “Creo", confesa­
ba Tocqueville el 17 de julio, “ que en una de mis cartas me he
quejado de que ya no se encuentran casi bosques en América: de­
bo hacer aqui una honrosa enmienda. No sólo se encuentran bos­
que y árboles en América, sino que incluso el país entero es un
vasto bosque, en medio del cual se han abiertos calveros"33.
Dos dias más tarde, los camaradas salían de Buffalo en el va­
por Ohio, rumbo a Detroit, y más allá. No pudieron resistir la ten­
tación de ver por sí mismos los desiertos norteamericanos.
En la frontera, Tocqueville, todavía convencido de la importan­
cia de las “circunstancias particulares”, esperaba encontrar una
demostración concluyente de la influencia ambiental sobre la so­
ciedad norteamericana; pero al concluir sus “dos semanas en el
desierto"34 hubo de cambiar radicalmente de manera de pensar.
“ El 19 de julio, a las diez de la mañana, embarcamos en el va­
por Ohio, con rumbo a Detroit. (...) navegábamos muy cerca de la
ribera sur del lago, a veces a distancia de un tiro. Estas costas
eran perfectamente llanas. (...) Inmensos bosques les daban som­
bra, formando un cinturón en torno del lago, espeso y roto en
contados tramos. Sin embargo, de tiempo en tiempo el aspecto del
pais cambia súbitamente. Al contornear un bosque se ve la ele­
gante aguja de un campanario, algunas casas de color blanco
limpio y brillante, algunas tiendas. Dos pasos más allá, la floresta,
primitiva e impenetrable, recupera su imperio y vuelve a reflejar
su follaje en las aguas del lago33.
"Los que hayan viajado por los Estados Unidos verán en este
cuadro un emblema impresionante de la sociedad norteamerica­
na. (...) Por todas partes, una civilización extremada y la naturale­
za abandonada a si misma se encuentran juntas, como cara a ca­
62 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

ra. (...) En cuanto a mí, con mis ilusiones de viajero, (...) me prometía
algo muy distinto. Había advertido que, en Europa, la situación
más o menos remota en que se encuentre una provincia o ciudad,
su riqueza o pobreza, su pequenez o grandeza, ejercen una in­
fluencia inmensa en las ideas, en las costumbres y en la civiliza­
ción toda de sus habitantes, y frecuentemente establecen una dife­
rencia de varios siglos entre las diversas partes de un mismo terri­
torio.
"Imaginaba que fuera asi, y con mayor razón, en el Nuevo
Mundo, y que un país como Norteamérica, poblado de manera in­
completa y parcial, tendría que ofrecer todas las condiciones de la
cultura y presentar la imagen de una sociedad en todas sus eda­
des. (...)16.
"Nada de este cuadro es verdadero. (...) [En Norteamérica] los
que habitan esos sitios aislados han llegado ayer; han venido con
las costumbres, las ideas y las necesidades de la civilización. Sólo
ceden a lo salvaje lo que les quita la imperiosa necesidad de las
cosas; de ahí que se produzcan los más extraños contrastes'*17.
Las ciudades fronterizas, contra lo que esperaba, no reflejaban
ni las condiciones primitivas de sus alrededores silvestres ni su
distancia de los centros civilizados del Este. No, sino que cada
ciudad, incluso cada cabaña, era un “arca de civilización perdida
en medio de un océano de hojas”1*. Las instituciones, las ideas,
las costumbres y el esfuerzo de los asentados parecían vencer los
efectos del entorno.
Tocqueville había previsto, en verdad, algo diferente, de suerte
que, habiendo propugnado temporalmente una teoría ambiental
o fronteriza de Norteamérica, allí la dejó de lado. Después de su
experiencia en las regiones incultas, nunca volvería a sostener la
importancia predominante de las causas fisiográficas.
Pero, ello no obstante, siguió siendo sensible a los efectos pro­
fundos de la situation physique de los Estados Unidos. Y en La
democracia de 1835, con ideas notablemente similares a las de
Frederíck Jackson Turner y otros abogados de la hipótesis fronte­
riza, pondría de manifiesto brillantemente los vínculos entre las
circunstancias naturales y la sociedad de Norteamérica.
“A fines del siglo pasado [el XVIII], aventureros audaces co­
menzaron a penetrar en los valles del Mississippi. Fue como un
nuevo descubrimiento de la América del Norte. Pronto, el grueso
de la emigración se dirigió allí. Viose entonces cómo sociedades
desconocidas salían de repente del desierto. (...) En el Oeste es
UNA HIPOTESIS SOPESADA Y RECHAZADA 63

donde puede observarse la democracia llegada a su límite extre­


mo. En esos estados (...) los habitantes (...). Se conocen apenas
unos a otros, y todos ignoran la historia del vecino más próximo.
[Individualismo y autosuficiencia de la frontera.] En esta parte del
continente americano la población escapa, pues, no solamente a la
influencia de los grandes nombres y de las grandes riquezas, sino
a esa natural aristocracia que emana de la ilustración y de la vir­
tud. [Igualmente fronteriza.] (...) Los nuevos estados del Oeste tie­
nen ya habitantes; pero la sociedad no existe alli todavia. [La re­
petida reconstrucción de las instituciones sociales.]”3*.
En una carta escrita en diciembre de 1831 expresaba con más
vigor esta última idea. Los norteamericanos eran “un pueblo (...)
que corta sus instituciones de la misma manera como abre vere­
das en medio de los bosques en que acababa de asentarse”40.
Las dos semanas en las tierras incultas devolvieron también a
los escritos de Tocqueville varios temas ya familiares. “Se nos ha
asegurado”, había declarado en mayo, “que las tierras incultas del
Mississippi se están poblando con rapidez aún mayor. Todos nos
dicen que es alli donde se encuentra el suelo más fértil de Nor­
teamérica y que tiene una vastedad casi infinita.” Esta visión de
las posibilidades que aguardaban en el gran valle interior se con­
vertiría en uno de sus símbolos predilectos del futuro de Nor­
teamérica. Pero, por el momento, después de su estimulante incur­
sión con Beaumont hasta el borde más lejano de civilización euro­
pea, concentró su atención en la increíble riqueza potencial de las
tierras que rodean al lago Hurón. “ Estos parajes, que no son más
que un inmenso desierto, se convertirán en uno de los países más
ricos y más poderosos del mundo. Se puede afirmar sin ser pro­
feta. Aqui, la Naturaleza lo ha hecho todo. Una tierra fértil y unas
vias de salida como no las hay iguales en el mundo. No falta más
que el hombre civilizado, y está a las puertas”41.
Este espectáculo del subyugamiento del Oeste impresionó a
Tocqueville de manera a la vez magnifica y terrible. Sin embargo,
el norteamericano, “testigo diario de estas maravillas, (...) no ve
en ellas nada de asombroso”42. “ Añádase que (...) sólo estima los
trabajos del hombre. Con todo gusto le enviará a visitar una ca­
rretera, un puente, una ciudad hermosa; pero él mismo tiene una
alta consideración por los grandes árboles y por una bella sole­
dad, que es totalmente incomprensible para él”43.
“Es esta idea de destrucción” , reflexionaba Tocqueville, “esta
concepción de cambio cercano e inevitable lo que da (...) un
64 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

carácter tan original y una belleza tan conmovedora a las soleda­


des de América. Se las contempla con melancólico placer. De al­
guna manera, uno se precipita a admirarlas. La idea de esta gran­
deza natural y silvestre que va a terminarse se mezcla con las so­
berbias imágenes que surgen a medida que la civilización avanza.
Uno siente orgullo de ser hombre, y al mismo tiempo experimenta
no sé qué amarga pena por el poder que Dios nos ha dado sobre
la Naturaleza”44.
Pero, ¿quién, en realidad, emprendió esa lucha contra la Natu­
raleza? Algo inesperado turbaba a los viajeros.
“ "Una última pregunta’ ”, prometió Tocqueville a su anfitrión
de Pontiac: “ ‘Se piensa en general, en Europa, que las tierras in­
culta; de América están siendo pobladas con la ayuda de la inmi­
gración europea. ¿A qué se debe, entonces, que desde que esta­
mos en la selva no hayamos visto ni un solo europeo?’
”Una sonrisa de condescendencia y orgullo satisfecho apareció
en el rostro de nuestro anfitrión al oír esta pregunta. [Ya había
terminado una larga exposición del capital, la capacidad y la bue­
na suerte que hacían falta para levantar una granja en medio de
las tierras incultas.] ‘No hay más que americanos’, respondió con
énfasis, ‘que tengan el coraje de someterse a semejantes miserias y
que sepan comprar la tranquilidad a semejante precio. El emi­
grante de Europa se detiene en las grandes ciudades que bordean
el mar o en los distritos cercanos a ellas. Allí se hace artesano,
peón de campo, valet, etc. Lleva una vida más fácil que en Europa
y se da por satisfecho dejando a sus hijos la misma herencia. El
americano, por el contrario, se adueña de la tierra y trata de for­
jarse con ella un gran porvenir’ ”45.
Valia la pena propagar esta noticia. Otra larga carta para Cha-
brol, fechada el 17 de agosto de 1831, revelaba que, durante ma­
yo y junio, más de cinco mil colonos nuevos se habían asentado
en Michigan. “ La magnitud de esta cifra me ha sorprendido, co­
mo puede usted imaginar, tanto más que, como es opinión genera­
lizada entre nosotros, todos estos new settlers* eran europeos. El
agente de bienes raices me ha dicho que, entre esas 5.000 perso­
nas. no había más que 200 inmigrantes europeos. Y todavía esta
proporción es superior a la habitual”46. Asi que eran los mismos
norteamericanos los agentes de civilización. Otro preconcepto que
se derrumbaba merced a los viajes de Tocqueville.

♦ “ Nuevos colonos”, “ recién establecidos” , etc. (N. del /.)


UNA HIPOTESIS SOPESADA Y RECHAZADA 65

Más tarde, este descubrimiento se incluiría dentro de un marco


más vasto y aparecería en las páginas de La democracia47.
En la misma carta para Chabrol, Tocqueville también volvía
brevemente a las implicaciones políticas de la abundancia y la ac­
tividad de las que acababa de ser testigo: “¿Cómo imaginarse una
revolución en un país donde semejante carrera está abierta a las
necesidades y a las pasiones del hombre?”4*. La estabilidad social
y política —por lo menos, en ciertos niveles—era otro de los dones
de la Naturaleza.

Asi, pues, para julio de 1831, Tocqueville había descubierto ya


muchas de las características físicas de la nación y habia empren­
dido un agudo análisis de cómo ellas influían en la Unión y en sus
habitantes. Pero más importante aún era que sus experiencias en
las tierras incultas ya le habian convencido de abandonar su anti­
gua tesis de que la géographie, en su sentido más lato, era la fuer­
za primordial que daba forma a la sociedad norteamericana.
IV. OTRAS CONSIDERACIONES
SOBRE EL AMBIENTE

Después de sus aventuras fronterizas, ambos amigos hicieron una


breve visita al Canadá y luego tomaron rumbo a Boston. Sus ex­
periencias en esa ciudad durante septiembre y octubre de 1831
dieron una preeminencia especial a ciertos rasgos físicos (algunos
ya conocidos, nuevos los otros) de los Estados Unidos, especial­
mente acerca de las actitudes moral y religiosa, la educación, la
experiencia política práctica y los orígenes e historia de los norte­
americanos1. Ello no obstante, Tocqueville recibió varías leccio­
nes importantes acerca del entorno físico.
Alguna vez habia hecho referencia al efecto presumiblemente
vigorizante del clima de Norteamérica, pero desde aquella antigua
carta habia dejado totalmente de lado el asunto. Pero todo cam­
bió de repente cuando un tal señor Clay, plantador de Georgia
que a la sazón estaba también de visita en Boston, dio a entender
al extranjero preguntador que una de las principales razones para
el empleo de esclavos en gran escala, en buena parte del Sur, se
debía a que “los blancos no pueden aclimatarse” 2.
Las posibles implicaciones de esta observación dejaron perplejo
—y escéptico—a Tocqueville. Así, el 1 de octubre requería la opi­
nión de John Quincy Adams: “(P) ¿Cree usted que, efectivamen­
te, no se pueda prescindir de los negros en el Sur? (R) Estoy con­
vencido de todo lo contrarío; los europeos cultivan la tierra en
Grecia y en Sicilia: ¿por qué no podrían hacerlo también en Virgi­
nia y las Carolinas, donde no hace más calor?”*. Con todo, la
pronta y fírme negación del ex presidente no cerraba el debate que
había comenzado en la mente del visitante, y la cuestión iba a
plantearse repetidas veces en encuentros posteriores.
De su conversación con Adams resultó algo más, de interés pa­
ra el problema del ambiente natural. El honorable caballero “pa­
recía creer que una de las mayores garantías del orden y la tran­
quilidad interiores de los Estados Unidos se encontraba en el mo­
vimiento de la población hacia el Oeste. Tasarán todavía muchas
generaciones’, añadió, ‘antes de que nos demos cabal cuenta de
que estamos superpoblados’ ”4.
66
OTRAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMBIENTE 67

Asi, pues, la recompensa casi inevitable del esfuerzo particular,


no sólo apartaba a los hombres de las carreras políticas y de las
ambiciones peligrosas —hacia tiempo que Tocqueville se había da­
do cuenta de ello—, sino que la existencia misma de zonas abier­
tas, de tierras disponibles en el Oeste, diseminaba la población y
ayudaba a los norteamericanos a evitar las fuerzas y las luchas
concentradas de las grandes ciudades5. En el Nuevo Mundo, el es­
pacio servia de válvula de seguridad para las instituciones republi­
canas6.
En noviembre, el anciano Charles Carroll daría un matiz espe­
cial a esta idea: “A mere Democracy is bul a mob* (...) Si la sopor­
tamos [a nuestra forma de gobierno] es porque cada año pode­
mos empujar hacia el Oeste a nuestros innovadores”7.
Combinando estos comentarios con otros anteriores, Tocquevi­
lle declararía, en una sección de La democracia de 183S, titulada
“ Las causas accidentales o providenciales que contribuyen al
mantenimiento de la república en los Estados Unidos” : “ En Euro­
pa. estamos habituados a mirar como un gran peligro social la in­
quietud del espíritu, el deseo inmoderado de riquezas y el amor ex­
tremado a la independencia. Todas estas cosas son precisamente
las que garantizan a las repúblicas americanas un largo y pacifico
porvenir. Sin esas pasiones inquietas, la población se concentraría
alrededor de ciertos lugares y experimentaría bien pronto, como
entre nosotros, necesidades difíciles de satisfacer. ¡Dichosa tierra
la del Nuevo Mundo, donde los vicios de los hombres son casi tan
útiles a la sociedad como sus virtudes!”8.
Varios bostonianos pusieron de relieve a sus visitantes la im­
portancia de la historia. Alexander Everett destacaba el “ punto de
partida” norteamericano, y Jared Sparks le hacia presente a Toc­
queville que la causa raigal del régimen norteamericano y de sus
maneras estaba en “ nuestros orígenes”. Los Estados Unidos eran
algo único. “ Los que pretendan imitarnos debieran considerar de­
tenidamente que nuestra historia no tiene precedentes”9.
El 20 de septiembre, en medio de otras observaciones acerca de
la historia, Josiah Quincy, presidente de la Universidad de Har­
vard, le recordó a Tocqueville una acepción del vocablo circuns­
tancia que más tarde le resultaría inmensamente valiosa. Previa-

*"U na mera democracia no es más que el populacho.” En inglés esta cita,


en el original de Tocqueville. (A'. del l.)
68 ¿COMO EXPLICA!’ NORTEAMERICA?

mente, el observador no había sido especialmente preciso al ha­


blar de “circunstancias particulares”, “accidentales” u “origina­
les". A veces, al emplear estas expresiones, tenía en mente, sobre
todo, la situación física de Norteamérica; pero a menudo también
habia aludido, por lo menos, a la inclusión de ciertas condiciones
sociales y económicas (tales como la igualdad relativa) o incluso a
algunas actitudes morales o intelectuales (por ejemplo, el respeto
por la religión, la educación y las leyes)10. Asi que las circonstan-
ces le habían servido como un revuelto cajón de sastre.
Quincy trataba de darles un empleo menos ambiguo. Después
de instar a Tocqueville a considerar la historia, observó: “Creo
que debemos más nuestra felicidad actual a circunstancias ajenas
a nuestra voluntad que a nuestra Constitución. Aqui están satisfe­
chas todas las necesidades materiales del hombre y, además, he­
mos nacido en la libertad y sólo la conocemos a ella” ". Si el oyen­
te hubiese aceptado la guia de aquel “brahmán”, desde ese mismo
momento habría incluido, en la extensión del concepto de circons-
lances, tanto las situaciones, o precondiciones, físicas como histó­
ricas de los Estados Unidos: ni más ni menos. Pero Tocqueville
transitarla muy lentamente por el camino que Quincy le indicaba.

La experiencia de Boston habia ampliado en tal medida el pensa­


miento de Tocqueville, que decidió, probablemente a principios de
octubre, enumerar las muchas explicaciones posibles que habia
anotado acerca de la feliz situación de los Estados Unidos. Des­
pués de encabezar su resumen con el título de “Causas del estado
social y del Gobierno actual de Norteamérica”, enumeró:

I ° S u origen: punto de partida excelente. Mezcla intima de la


religión y del espíritu de libertad. Raza fría y razonadora.
2. ° Su posición geográfica: no tiene vecinos.
3. ° S u actividad comercial e industria!. Todo, incluso sus vi­
cios. les son ahora favorables.
4. ° L a felicid a d m aterial de que gozan.
5. ° E l espíritu religioso que reina: religión republicana y de­
mocrática.
6. a La difusión de la educación útil.
7. ° Costumbres muy puras.
8. ° Su división en pequeños Estados. No significan nada para
uno grande.
9. ° Falta de una gran capital donde todo se concentre. Cuida­
do de evitarla.
OTRAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMBIENTE 69

10° La actividad comercial y provincial, que hace que cada


uno pueda trabajar en su casa12.

A la sazón, Tocqueville parecía todavía renuente a sopesar la


significación relativa de las diversas causas físicas y no físicas: pe­
ro las ressources (cuarto) de la nación y su position géographique
(segundo) están específicamente mencionadas en estos diez pun­
tos, y también citaba varías otras razones que se sabe que están
estrechamente vinculadas con la situación física de la república
(tercero, noveno y décimo). Asi, aunque el astuto visitante hubiera
abandonado ya la teoría de que lo que daba forma a Norteaméri­
ca era primordialmente su entorno, tampoco olvidaba que la géo-
graphie, en su sentido más amplio, influía, sin embargo, enorme­
mente en los Estados Unidos. Otras apreciaciones más complica­
das tendrían que esperar todavía.

Después de Massachusetts, los enviados regresaron a Nueva


York pasando por Connecticut y luego siguieron viaje a Filadelfía
y Baltimore. En esta última ciudad, Tocqueville volvió a plantear
el enigma de la posible relaci-' i entre el clima y la esclavitud.
“ ¿Cree usted que se puede prescindir de los esclavos en Marv-
land?” , le preguntó al señor Latrobe el 30 de octubre.
“ Si, estoy convencido de ello. La esclavitud es. en general, una
forma de cultivo costosa, pero lo es aún más según los tipos de
productos. Asi, el cultivo del trigo requiere una gran cantidad de
obreros, pero sólo en dos épocas del año, para la siembra y la re­
colección. Los esclavos son útiles en estas dos épocas. Todo el
resto del año hay que alimentarlos y mantenerlos sin ocuparlos,
por decirlo asi. (...) O sea que, en general, la esclavitud no sirve
para nada en las regiones cerealeras. Ahora bien, es precisamente
ése el caso en la mayor parte de Maryland.”
No satisfecho, Tocqueville insistió: “Pero, si el café y el azúcar
es (sic] más lucrativo [que el trigo], y la esclavitud es una manera
de cultivar más costosa que el trabajo libre, ¿viene a resultar en­
tonces que las gentes del Sur pueden conservar sus esclavos, pero
al mismo tiempo se seguiría que pueden obtener un beneficio aún
mayor de sus tierras si las cultivan por si mismos o por medio de
trabajadores libres?”
“Sin duda”, respondió Latrobe, “pero el blanco del Sur no pue­
de hacer, sin enfermarse y morir, cosas que el negro ejecuta fácil­
mente. Además, hay productos que se obtienen a mejor precio
70 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

con los esclavos que con los obreros libres. Es el caso, por ejem­
plo, del tabaco. El tabaco exige cuidados constantes; se puede
ocupar en ese cultivo a las mujeres, a los niños. (...) Su cultivo se
presta admirablemente para la esclavitud.”
Así que en la mayor parte del Sur, el tipo de agricultura daba
un impulso de importancia capital a la esclavitud. Al parecer, la
influencia del clima en esa institución en particular, merced al in­
centivo de determinados cultivos, era primordialmente indirecta.
De ello, Tocqueville estaba casi convencido.

Después de un escrupuloso estudio de las prisiones de Filadelfia,


Tocqueville y Beaumont volvieron una vez más rumbo al Oeste,
cruzaron Pennsylvania hasta Pittsburgh, y allí compraron pasajes
para otro de los peligrosos vapores norteamericanos. Ambos in­
vestigadores se proponían seguir los cursos de los ríos Ohio y
Mississippi hasta Nueva Orleáns, donde podrían comenzar un
análisis intenso del Sur (proyecto que nunca se realizó)14.
Mientras avanzaba Ohio abajo, Tocqueville resolvió volver a
averiguar cosas acerca del pioneer (precursor) norteamericano.
Casi como para verificar que ios asentamientos de Michigan no
eran casos aislados, le preguntó a “un gran terrateniente del Esta­
do de Illinois” : “ ¿Van muchos europeos para allá?”. “ No”, le res­
pondió el hombre del Oeste; “el mayor número de inmigrantes
viene del Ohio” 15.
Era otra extraña característica del éxodo hacia el Oeste. No só­
lo los colonos eran casi siempre norteamericanos, sino que tam­
bién, con frecuencia, eran los mismos hombres o los hijos varones
de hombres que ya se habían trasladado allí con anterioridad.
En 1835. Tooqueville no olvidaría esta asombrosa lección. Después
de presentar su idea de la doble migración, desde Europa a través
del Atlántico y desde las zonas costeras al Mississippi16, prosigue
diciendo: “ He hablado de la emigración de los antiguos Estados;
pero, ¿qué diría de los nuevos? No hace cincuenta años que Ohio
se fundó; el mayor número de sus habitantes no ha visto allí la luz
primera; su capital no cuenta treinta años de existencia, y una in­
mensa extensión de campos desiertos cubre aún su territorio. Sin
embargo, la población de Ohio ya se ha puesto en marcha hacia el
Oeste y la mayor parte de quienes descienden a las fértiles prade­
ras de Illinois son habitantes de Ohio. Esos hombres dejaron su
primera patria para estar bien; dejan la segunda para estar mejor
aún (...)” 17.
OTRAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMBIENTE 71

A principios de diciembre, ambos franceses llegaron a Cincin-


nati, donde quedaron alelados ante el crecimiento rápido y casi vi­
sible de la ciudad. Sin embargo, aún más sorprendente que la en­
tusiasta actividad de Ohio era el notable contraste entre ese Esta­
do y su vecino, Kentucky. En comparación con el ritmo que se
daba inmediatamente al Norte del río, el crecimiento del lado Sur
parecia avanzar lentamente o nada. Tocqueville volvió a quedarse
perplejo.
“ El Estado de Ohio está separado del de Kentucky solamente
por un rio; en ambas riberas, el suelo es igualmente fértil y la si­
tuación es favorable en la misma medida; sin embargo, todo es
distinto” 18. ¿Qué era lo que diferenciaba a ambos Estados, si sus
condiciones físicas eran las mismas? Tocqueville vio y oyó por si
mismo que el contraste era resultado de una institución particular.
“ Es imposible no atribuir estas diferencias a otra causa que la es­
clavitud. (...) Asi que nada demuestra mejor que el paralelo que
acabo de hacer, que la prosperidad humana depende mucho más
de las instituciones y de la voluntad del hombre que de las cir­
cunstancias exteriores que le rodean” 19.
La diferencia entre Ohio y Kentucky ratificó firmemente su an­
tigua afirmación acerca del entorno físico: era importante, pero
no, por si solo, decisivo.
Un ciudadano de Cincinnati, Timothy Walker, convencido de
que a toda la región le aguardaba un futuro glorioso, repetía con
encanto ya conocido: “ Ya hay 5.000.000 de habitantes en el valle
del Mississippi. No dudo que, de aqui a veinte años, la mayor po­
blación de los Estados Unidos esté al Oeste de Ohio; la mayor ri­
queza, la mayor fuerza, se encontrarán en la cuenca del Mississip­
pi y el Missouri”20.
El día de Año Nuevo de 1832, ambos camaradas llegaron a
Nueva Orleáns y también allí oyeron el mito del valle interior. El
señor Guillemin, cónsul francés en esa ciudad, tenía grandes visio­
nes. “ El destino de Nueva Orleáns es inmenso. Si se llega a derro­
tar o, por lo menos, a disminuir en buena medida el flagelo de la
fiebre amarilla, Nueva Orleáns está seguramente llamada a ser la
ciudad más grande del Nuevo Mundo. En cincuenta años, la masa
de la población norteamericana se trasladará al valle del Missis­
sippi, y nosotros tenemos aqui la puerta del río”11.
Incluso más tarde, en París, tampoco escaparía Tocqueville a la
leyenda, porque sus fuentes impresas no presentaban contradic­
ciones. El juez Joseph Story, analizando la adquisición de territo-
72 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

ríos en el Oeste, en sus Commentaries, convertía las expectativas


en hechos: “Apenas hace falta espíritu de profeta para prever que.
en pocos años, la predominancia de los números, de la población
y del poder se trasladarán inequivocamente de los viejos Estados
a los nuevos”22.
Si Tocqueville abrigaba todavía alguna sombra de duda, la
View o f the United States de William Darby seguramente se la di­
sipó. Tras analizar la distribución esparcida y el indice casi increí­
ble de crecimiento de la población norteamericana, anunciaba “la
segura transferencia del asiento del poder (...) de la vertiente atlán­
tica a la cuenca central”23.
“ La población general”, resumía Tocqueville en un primer bo­
rrador, “se ha duplicado en veintidós años. La del valle del Missis-
sippi. en diez años. Tres y cuarto por ciento para el total. Cinco
por ciento para el valle. Darby, p. 446, calcula que para 1865 la
preponderancia pasará al valle del Mississippi” 24.
Un mensaje en apariencia tan universal no podía dejar de repe­
tirse en La democracia y, en realidad, reaparecería en varias par­
tes de la obra. El primer capítulo, titulado “Configuración exterior
de la América del Norte”, contiene esta poética afirmación: “El
valle del Mississippi es, probablemente, lo mejor que Dios ha
creado para la vida y descanso del hombre.” Del otro lado de los
Apalaches “ se unen, casi en secreto, los verdaderos elementos del
gran pueblo al que pertenece sin duda el porvenir del continen­
te”25.
Y en otra sección, sopesando las probabilidades de superviven­
cia de la Unión, vuelve una vez más a hablar del destino de la
cuenca del Mississippi: “ Los Estados del Oeste (...) entregan toda­
vía un campo sin limites a la industria. La cuenca del Mississippi
es infinitamente más fértil que las costas del océano Atlántico. Es­
ta razón, añadida a todas las demás, impulsa enérgicamente a los
europeos hacia el Oeste. Esto se demuestra rigurosamente por
medio de cifras. (...) Subsistiendo la Unión, la cuenca del Missis­
sippi, por su fertilidad y su extensión, está necesariamente llama­
da a convertirse en el centro permanente del poder federal. Dentro
de treinta o cuarenta años [Darby: para 1865], la cuenca del Mis-
sissippi habrá adquirido su rango natural. (...) En unos años
más (...) la población de los valles del Mississippi dominará en los
consejos federales”26.
Además de la repetición de una leyenda, Nueva Orleáns le ofre­
ció otra oportunidad de reanudar su larga indagación acerca de la
OTRAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMBIENTE 73

relación del clima con la esclavitud. Volvió a plantear el problema


el 1 de enero de 1832.
“¿Cree usted que en la Louisiana los blancos podrían cultivar
la tierra sin esclavos?” “ No lo creo”, le respondió el señor Mazu-
reau. “Sin embargo, yo he nacido en Europa y llegué aqui con las
mismas ideas que parece tener usted a este respecto. Pero la expe­
riencia, me parece, desmiente a la teoría. Yo no creo que los euro­
peos puedan trabajar en la tierra, expuestos a este sol de los Tró­
picos. Nuestro sol es siempre malsano y a menudo mortal.” Ma-
zureau concluyó presentando el ejemplo de blancos de varios dis­
tritos de Louisiana que, impedidos de trabajar con diligencia en el
clima local, se ganaban la vida a duras penas. “ Pero su pobreza,
¿no será más atribuible a la holgazanería que al clima?”, replicó
Tocqueville. La respuesta del sureño fue rotunda: “En mi opinión,
el clima es la causa capital”27.
En el lapso de dos semanas del viaje de Tocqueville y Beau-
mont hacia Washington, se presentó otra oportunidad de prose­
guir la investigación, en la persona de Joel Poinsett: “ ¿Cuáles son
las razones [de la diferencia de condición social entre los Estados
del Sur y los del Norte]?” “ La primera” , respondió Poinsett, “es
la esclavitud; la segunda, el clima”28.
Pero, ¿cómo se enlazaban ambas razones? Todavía estaba sin
resolver una parte esencial de la cuestión. La mole de conversa­
ciones acumuladas por Tocqueville ponia en claro que el clima
ejercía un gran poder, aunque indirecto. Cualesquiera fueran las
dudas que quedaran, las resolvían las diferencias que él mismo ha­
bía verificado entre los franceses de Nueva Orleáns y los france­
ses del Canadá.
El 16 de enero de 1832 le escribía a Chabrol: “Cuando se en­
cuentre usted personas que le digan que el clima no influye para
nada en la Constitución de un pais, asegúreles que se equivocan.”
Quince grados de latitud separaban a los franceses del Canadá de
los de la Louisiana. “ Es, en verdad, la mejor razón que puedo dar
de la diferencia”29.
En gran parte a causa de su conversación con Latrobe, Toc­
queville se había inclinado anteriormente a pensar que la influen­
cia más significativa del clima sobre la esclavitud era indirecta:
impelía a realizar ciertos cultivos que, a su vez, invitaban al traba­
jo esclavo. Pese a las afirmaciones de Mazureau, los efectos direc­
tos del clima, a través del sol, el calor y la humedad, seguían sien­
do altamente sospechosos para su mente. Por tanto, el parecer de
74 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

Latrobe tenía que reflejarse en La democracia de 1835J0. Pero en


su texto tendrían igualmente eco varias de sus otras conversacio­
nes sobre el tema:

A medida que uno desciende hacia el Mediodía, es más difícil


de abolir útilmente la esclavitud. Esto resulta de varías causas
materiales que es necesario desarrollar.
La primera es el clima: es cierto que a medida que los europeos
se acercan a los trópicos, el trabajo les resulta más difícil; muchos
norteamericanos llegan hasta pretender que cierta latitud acaba
por serles mortal, en tanto que el negro se somete a ella sin peli­
gro; pero yo no creo que esta idea, tan favorable a la pereza del
hombre del Mediodía, esté fundada en la experiencia. No hace
más calor en el Sur de la Unión que en el Sur de España y de Ita­
lia; ¿por qué el europeo no puede ejecutar allí los mismos traba­
jos? [Adams]31.

En enero de 1832, sólo unas semanas antes de abandonar Nor­


teamérica, Tocqueville intentó por fin establecer el peso relativo
de las diez ideas que había avanzado en octubre:
“ Hay mi! razones que concurren para sostener la libertad repu­
blicana en los Estados Unidos, pero unas cuantas son suficientes
para explicar el problema.
“En los Estados Unidos, suele decirse, la sociedad ha sido
construida sobre una tabla rasa. (...)
“Pero en el mismo caso se encuentra toda la América del Sur, y
la república sólo ha dado resultado en los Estados Unidos.
“El territorio de la Unión ofrece un campo inmenso para la ac­
tividad humana; (...)
“Pero, ¿en qué parte del mundo se encuentran comarcas más
fértiles, (...) riquezas más inagotables y más intactas que en la
América del Sur? Y sin embargo, la América del Sur no puede
sostener la república.
“La división de la Unión en pequeños Estados concilia la pros­
peridad interior con la fuerza nacional; (...) pero México configura
una república federativa, ha adaptado la constitución de los Esta­
dos Unidos casi sin alterarla y, ello no obstante, México está toda­
vía muy lejos de prosperar. El Bajo Canadá está rodeado, como
la Nueva Inglaterra, de tierras fértiles y sin limites. Sin embargo,
hasta nuestros dias, la población francesa del Canadá, carente de
luces, se ha apiñado en un espacio demasiado estrecho para
ella. (...)
OTRAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMBIENTE 75

"Existe una gran razón que domina a todas las demás y que.
tras haberlas sopesado a todas, inclina la balanza hacia ella sola:
el pueblo norteamericano, tomado masivamente, es, no sólo el
más esclarecido del mundo, sino algo que yo sitúo muy por enci­
ma de ese mérito: es el pueblo que posee la educación política
práctica más avanzada”32.
Finalmente Tocqueville había entresacado unas pocas causas
de los buenos resultados logrados por los norteamericanos e in­
cluso había seleccionado la más significativa de entre ellas; pero
su declaración, que se limitaba a ratificar lo mismo que habia di­
cho unos meses antes, no decía nada notablemente nuevo acerca
del papel del ambiente. La evolución del pensamiento del viajero
acerca de la importancia de la situación física habría aún de espe­
rar hasta su regreso a Francia.

Durante sus nueve meses en el Nuevo Mundo, Tocqueville había


verificado muchos rasgos significativos del entorno norteamerica­
no, especialmente su belleza, variedad, extensión, fertilidad, virgi­
nidad (relativa) y aislamiento. También habia impresionado su
mente otra característica menos obvia —la transformación del
continente por las manos de un pueblo enérgico y civilizado—, y
habia descubierto y descartado una equivocación acerca de la si­
tuación física de la Unión, al enterarse, para su sorpresa, de que
eran norteamericanos los que se asentaban en el Oeste.
Pero, mientras estuvo en los Estados Unidos, habia sobrepasa­
do el mero descubrimiento de los rasgos físicos y habia intentado
también una cuidadosa consideración de los diversos efectos so­
ciales. políticos, intelectuales e incluso psicológicos del marco na­
tural de la república. Pero es más importante el que, después de
adoptar al principio una hipótesis ambiental, hubiera rechazado
esa doctrina en favor de una explicación pluralista.
Por último, pese a haber advertido varias desventajas o resulta­
dos lamentables importantes de la fisiografía del país, habia llega­
do a la conclusión de que, en términos generales, el entorno nor­
teamericano contribuía enormemente a la buena marcha de la na­
ción11. En 1835 y 1840, La democracia reflejaría fielmente esa
perspectiva básica.

Enclaustrado en su ático de la Rué de Verneuil, siguió analizando


el obsesionante enigma de las causas. “ No es por curiosidad vana
76 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

por lo que busco el predominio de las causas que permiten ser li­
bres a los pueblos”34.
Mientras compilaba el índice de sus papeles, incluyó el encabe­
zamiento “Causas que mantienen la forma actual del Gobierno en
Norteamérica” y varías otras entradas estrechamente relaciona­
das33. Resulta claro, pues, que admitía que tales influencias eran
muchas y que era inadecuada cualquier interpretación monista de
los buenos resultados logrados en ese país.
Uno de sus primeros esfuerzos por aclarar su pensamiento de­
sembocó en la siguiente lista de influencias principales: “ 1) la po­
sición geográfica, la naturaleza del país; 2) las leyes; 3) las cos­
tumbres”36. Aparentemente, los orígenes y la historia de Nor­
teamérica se resumían en las moeurs (costumbres).
Pero muy pronto, a medida que avanzaban los borradores de
La democracia, Tocqueville empezó a valerse y aun a elaborar el
concepto de Josiah Quincy de las circunstancias: “Circunstan­
cias. innumerables. Teoría por desarrollar: punto de partida. La
más importante de todas, a mi juicio, (...) igualdad, democracia
importada en germen. [¿Alexander Everett, Sparks, Quincy y
otros habian persuadido al francés de que las circunstancias cla­
ves eran los orígenes y la historia?] La holgura, resultado de la
población pequeña y de los recursos inmensos del pais. Emigra­
ción, recursos nuevos iguales a las necesidades nuevas. La ausen­
cia de vecinos, nada de guerras, nada de ejército permanente. Pais
nuevo, falta de grandes ciudades, falta de distritos manufacture­
ros. Los hombres no se acucian entre si. (...) Es una tierra que se
brinda con toda la fuerza y la fecundidad de la juventud” 37.
Una vez más, en lo que en parte pareciera una recapitulación
de las lecciones aprendidas en Norteamérica acerca de la situa­
ción física de la república, se adelanta una explicación múltiple,
no simple. Con todo, el vocablo circunstancias seguia siendo de­
masiado amplio y molesto; pero, por lo menos, Tocqueville había
restringido su empleo a los rasgos históricos y ambientales, y a
sus efectos.
Sin embargo, pese a sus mejores esfuerzos, su teoría quedaba
en cierto modo sin sustento. ¿Eran más importantes las condicio­
nes históricas o las físicas? Tocqueville nunca llegó a resolverlo.
En el borrador citado más arriba, en un comentario tachado que
se encontró en el manuscrito de trabajo38 y una vez en La demo­
cracia misma de 1835, indicaba que le point de départ o /'origine
era la circunstancia capital. “ He dicho anteriormente que veía en
OTRAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMBIENTE 77

el origen de los norteamericanos, en lo que he llamado su punto de


partida, la primera y más eficaz de todas las causas [accidentales
o providenciales] a las que se pueda atribuir la prosperidad actual
de los Estados Unidos”39. Pero en otros pasajes de su texto publi­
cado pone el marbete de causa principal y única a le choix du
pays, a la position géographique o a les causes physiques. “ Entre
las circunstancias felices que favorecieron todavía el estableci­
miento y aseguran el mantenimiento de la república democrática
en los Estados Unidos, la primera en importancia es la elección
del país mismo que los norteamericanos habitan”40.
En cualquier caso, el concepto, un tanto vago, permitió efecti­
vamente al escritor llegar a clasificar las causas fundamentales
(tanto físicas como no) que aparecen en La democracia de 1835:
“ He pensado que el mantenimiento de las instituciones políti­
cas, en todos los pueblos, se debe a tres grandes causas. La prime­
ra, completamente accidental, resulta de las circunstancias en que
la Providencia ha ubicado a los distintos hombres. La segunda
proviene de las leyes. La tercera deriva de sus hábitos y de sus
costumbres”41.
Las “ mil razones” de 1832 se reducían finalmente a tres. La
primera, les circonstances, comprende tanto el origen como el am­
biente de Norteamérica, tanto sus situaciones históricas como físi­
cas. En La democracia de 1835, Tocqueville, en lugar de las cir­
constances, habla ocasionalmente de “la nature du pays et les
faits antécédents"*.
Les lois** constituyen para Tocqueville la armazón legal, polí­
tica e institucional de la república. La frase trae a la mente absolu­
tamente todo, desde la división de poderes establecida en la Cons­
titución por los Padres Fundadores, hasta las leyes de prensa y el
derecho del voto. En particular, para Tocqueville evocaba la es­
tructura federal, las instituciones locales y la justicia indepen­
diente42.
La tercera causa principal, les moeurs, abarca todavía más fac­
tores que las otras dos. Les moeurs significan la moralidad, la in­
teligencia, la experiencia política y la actividad incesante de los
norteamericanos, asi como una larga lista de otras características.
La frase significa nada menos que la suma de los valores, las
ideas, las actitudes y las costumbres norteamericanos43.

* "La naturaleza del país y los pueblos precedentes” . (N. del t.)
**“ Las leyes”. (N. del t.)
78 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

De entre esas tres causas principales, Tocqueville entresaca


ahora la más importante. En todos los borradores de los tomos de
1835, asi como en el texto publicado, su posición era clara y sin
cambios: les moeurs constituyen la explicación aislada más im­
portante de la asombrosa prosperidad de la república norteameri­
cana44.
Pero, ¿qué papel desempeñan las circonstancesl ¿Es mayor la
influencia que ejercen la historia y el ambiente físico que la de las
leyes? En un borrador inédito del capitulo titulado “ Las causas
principales que tienden a mantener la república democrática en
los Estados Unidos”45, esboza un intento de conclusión: “ De las
tres causas, la que menos influye son las leyes”46.
Siguiendo esta linea hasta su conclusión lógica, escribió: “ De
estas tres causas, la primera [las circunstancias] es la más perma­
nente47. Las circunstancias en que se encuentra un pueblo cam­
bian. en general, menos fácilmente que sus leyes y sus costum­
bres. (...)
"De las tres causas, la que menos influye son las leyes y diría­
mos que es la única que depende del hombre. (...) Los pueblos no
pueden cambiar su ubicación ni las condiciones primarias de su
existencia. Una nación puede, a la larga, modificar sus hábitos y
sus costumbres, pero no alcanzaría a lograrlo en una generación.
Ella [una sola generación] no puede cambiar nada más que las le­
yes. Ahora bien, de las tres causas de que hablamos, la menos in­
fluyente es precisamente la que resulta de las leyes. No sólo48 el
hombre no ejerce ningún poder49 sobre lo que le rodea, sino que
tampoco lo tiene, diríamos50, sobre si mismo, y es casi completa­
mente extraño a su propia suerte”51.
Al margen de este pasaje, añadió: “ De estas tres causas no hay,
puede decirse, más que una que pueda generar el hombre” 52.
Sin embargo, en esta argumentación habia algo que le molesta­
ba. Tras releerla, se dio cuenta de que su tesis minaba seriamente
la dignidad del hombre. Si las leyes fueran la única influencia im­
portante dependiente de la voluntad del hombre y, al mismo tiem­
po, la menos importante de las causas fundamentales, ¿qué con­
trol tendría el hombre sobre su propio destino? Si el hombre se
creyera esencialmente impotente, ¿a qué quedarían reducidos su
sentido de la responsabilidad moral y sus esfuerzos? “No se debe
desdeñar al hombre”, le escribiría más tarde Alexis a Gustave, “si
se quieren extraer grandes esfuerzos de los demás y de si”53. Toc­
queville, como moralista; no podía aceptar su propio argumento.
OTRAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMBIENTE 79

asi que denegó su razonamiento original y tachó toda la sección


ofensiva.
Pronto, con palabras similares, pero con una conclusión asom­
brosamente distinta, trató nuevamente de resolver el dilema: “Asi.
de las tres causas que concurren al mantenimiento de las institu­
ciones, la menos esencial es la que los hombres no podemos [s/c]
crear a voluntad [o sea, las circunstancias], y Dios, haciendo de­
pender particularmente su felicidad de las leyes y de las costum­
bres. de alguna manera la ha puesto en sus manos’'’4.
En un añadido entre paréntesis, resumía asi su posición: “ Las
causas físicas contribuyen, pues, menos al mantenimiento de las
instituciones que las leyes, y las leyes, menos que las costum­
bres”” . Finalmente, después de muchos arranques falsos y vacila­
ciones, habia arribado a la conclusión que aparecería en el texto
publicado de La democracia de 1835. En buena parte, la perdura­
bilidad de la reputación de Tocqueville como genialidad y origina­
lidad puede atribuirse a su brillante reconocimiento de que las
moeurs son lo que más pesa en los destinos de las sociedades hu­
manas.
Pero al resolver este problema moral, Tocqueville reducía el
significado de las circonstanees, haciéndolas abarcar sólo las cau­
sas físicas. La momentánea desaparición de la historia habia he­
cho más fácil, indudablemente, rebajar la significación de las cir­
cunstancias. De tal suerte, en parte se satisfacía a si mismo cam­
biando las definiciones, aprovechando el significado indefinido de
uno de sus conceptos fundamentales. Las circonstanees, como ve­
remos, no seria el único vocablo de La democracia de una plasti­
cidad tan valiosa y conveniente.
V. ¿ES LA RAZA EXPLICACION SUFICIENTE
DEL CARACTER NORTEAMERICANO?

Las dos semanas que pasó Tocqueville en las tierras incultas, al


tiempo que transformaron sus ideas acerca de los efectos del en­
torno natural, también le alertaron contra otra posible explicación
física de la sociedad norteamericana: los norteamericanos eran lo
que eran por su herencia biológica.
“ La aldea de Saginaw”, escribía en agosto, “es el último punto
habitado por los europeos, hacia el Noroeste de la vasta península
de Michigan. Se la puede considerar como un puesto de avanza­
da, una especie de refugio que los blancos han venido a situar en­
tre las naciones indias. (...)
”(...) Treinta personas, hombres, mujeres, viejos y niños, com­
ponían en el momento de nuestro paso la totalidad de esta pe-
q ueña sociedad, escasamente formada, semilla confiada a la tierra
inculta, que la tierra inculta debe hacer fructificar.
"La casualidad, el interés o las pasiones han reunido a estas
treinta personas en ese estrecho espacio. Entre ellos no hay víncu­
lo alguno: difieren profundamente entre sí. Se podían distinguir
canadienses, norteamericanos, indios y mestizos"1. Aun los cana­
dienses y los norteamericanos, ambos de linaje europeo, eran bá­
sicamente distintos. Los primeros seguían siendo esencialmente
franceses; los últimos, completamente ingleses.
Tan profundos contrastes entre los poquísimos habitantes de
una aldehuela aislada desconcertaron a Tocqueville y le animaron
a unas reflexiones bastante radicales.
“ Los filósofos han creído que la naturaleza humana, la misma
en todas partes, sólo variaba con arreglo a las instituciones y leyes
de las distintas sociedades. Es una de esas opiniones que parecen
desmentirse en cada página de la historia del mundo. Las nacio­
nes, como los individuos, se muestran todas con su fisonomía pro­
pia. Los rasgos característicos de sus rostros se reproducen a lo
largo de todas las manifestaciones que experimentan. Las leyes,
las costumbres y las religiones cambian, los imperios y las rique­
zas vienen y van, el aspecto externo varía, la indumentaria difiere
y un prejuicio reemplaza a otro. Bajo todos estos cambios se reco­
80
¿ES LA RAZA EXPLICACION SUFICIENTE? 81

noce siempre al mismo pueblo. Se trata siempre del mismo pueblo


que crece. Algo inflexible aparece en la humana flexibilidad.” Pe­
ro, ¿qué es ese “algo” innegable que más que otras causas, deter­
mina los rasgos de una sociedad?
“(...) Asi, en este ignoto rincón del mundo, la mano de Dios ha
arrojado ya las semillas de diversas naciones. Ya, varias razas dis­
tintas (...) se encuentran cara a cara.
"Unos pocos exiliados de la gran familia humana se han encon­
trado en la inmensidad de los bosques. Sus necesidades son comu­
nes; (...) y se echan entre si .niradas de odio y sospecha. El color
de la piel, la riqueza o la pobreza, la ignorancia o el saber, ya han
establecido clasificaciones indestructibles entre ellos: prejuicios
nacionales, prejuicios de educación y nacimiento, los dividen y
aíslan.
”(...) Las profundas fronteras que el nacimiento y la opinión
han trazado entre los destinos de estos hombres no terminan junto
con la vida, sino que se extienden más allá de la tumba. Seis reli­
giones o sectas se reparten la fe de este embrión de sociedad.”
En este extenso pasaje, volvia Tocqueville a una idea que ya
había expuesto brevemente varías veces en sus diarios de viaje y
sus cartas: el concepto del carácter nacional (al que a veces llama­
ba elusivamente “raza”)2. Ya en abril de 1831, todavia a bordo del
buque, habia discutido con el señor Peter Schermerhorn el “carác­
ter nacional de los norteamericanos”3. Y entre sus primeras im­
presiones de Newport, Rhode Island, en mayo, se cuenta la si­
guiente descripción: “ Los habitantes difieren muy poco y superfi­
cialmente de los franceses. Usan la misma ropa y sus fisonomías
son tan variadas que sería difícil decir de qué razas proceden sus
rasgos. Pienso que será igual en todos los Estados Unidos”4.
Otras observaciones, más elaboradas, pero, por lo demás, si­
milares a las expresadas por Schermerhorn en Newport, aparecen
en uno de los cuadernos de apuntes alfabéticos de Tocqueville, el
29 de mayo: “Cuando se reflexiona acerca de la naturaleza de es­
ta sociedad, se ve [que] (...) la sociedad norteamericana está com­
puesta de mil elementos distintos recién reunidos. Los hombres
que viven bajo sus leyes siguen siendo ingleses, franceses, alema­
nes, holandeses. No tienen ni religión, ni costumbres, ni ideas co­
munes; hasta ahora no puede decirse que exista un carácter nor­
teamericano, a menos que se trate del no tener ninguno. No exis­
ten aquí recuerdos comunes ni vínculos nacionales. ¿Cuál puede
82 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

ser, entonces, el único nexo que une las distintas partes de este
vasto cuerpo? El interés”3.
Asi, aunque le sorprendieran e intrigaran ciertas peculiaridades,
claramente supuso desde el principio que existiria algún carácter
norteamericano identificare. Su tarea inicial fue la de aislar las
cualidades esenciales; pero, ¿con qué profundidad influían los ras­
gos nacionales de Europa en la sociedad del Nuevo Mundo? Y,
¿qué fuerzas (de sangre o herencia, de educación o costumbres
sociales) modelaban y nutrían las características norteamericanas
predominantes?
En su relato de la experiencia de Saginaw ensayó por primera
vez algunas respuestas preliminares para estas preguntas. Desde
la perspectiva de Michigan, la fisonomía peculiar que exhibía cada
nación —conformada prímordialmente por el “nacimiento”, la
“opinión” y la religión— parecía una influencia más perdurable so­
bre la sociedad que “las leyes, las costumbres y las religiones
[que] cambian, los imperios y las riquezas [que] vienen y van, el
aspecto externo [que] varía, (...) [y] un prejuicio [que] reemplaza
a otro. Bajo todos estos cambios se reconoce siempre al mismo
pueblo. (...) Algo inflexible aparece en la humana flexibilidad”6.
Cuando, un mes más tarde, los viajeros visitaron Montreal y
Quebec, se repitieron y reforzaron las lecciones de Saginaw. “ He­
mos visto en el Canadá”, recordaría más tarde Tocqueville, “a
franceses que viven desde hace setenta años bajo gobierno inglés,
y que siguen siendo absolutamente parecidos a sus antiguos com­
patriotas de Francia. En medio de ellos vive una población inglesa
que nada ha perdido de su carácter nacional”7.
La asombrosa perdurabilidad de los rasgos franceses e ingleses
reconocibles le impulsó, el 7 de septiembre, inmediatamente des­
pués de regresar a los Estados Unidos desde el Canadá, a interro­
gar a su amigo y maestro, el abate Lesueur: “¿No estaremos verda­
deramente tentados de creer que el carácter nacional de un pueblo
depende más de la sangre de la que proviene que de las institucio­
nes políticas o de la naturaleza del país?”*. Resulta claro que esta­
ba encaminándose hacia una explicación biológica de las diferen­
cias nacionales.
Sin embargo, nunca dio el último paso necesario en dirección
hacia una hipótesis basada exclusivamente en la herencia biológi­
ca. Por el contrarío, siguió avanzando hacia una concepción plu­
ralista y a explotar una variada gama de causas. “Las costumbres
norteamericanas son, creo”, aventuraba en una nota de diario el
¿ES LA RAZA EXPLICACION SUFICIENTE'.' 83

2 I de septiembre de 1831, “las más puras que existan en cualquier


nación, lo que puede, me parece, atribuirse a cinco causas princi­
pales.’’ Su primera selección fue: “La constitución física. Pertene­
cen a una raza del Norte.” Pero también ponía el acento en la reli­
gión, la preocupación por la ocupación, las actitudes especiales
respecto del matrimonio, y la educación y el carácter de las muje­
res norteamericanas9. Ninguna respuesta única serviría.
La lista de octubre de las “Razones del estado social y el go­
bierno actual de Norteamérica” incluia también, en el punto uno,
su origen: “ Raza fria y racionalista.” Pero, también en este caso,
aceptaba adecuadamente muchos otros factores10.
En noviembre de 1831, tras enterarse de la tenacidad de los ale­
manes de Pennsylvania, proseguía con sus especulaciones:

Si la naturaleza no ha dado a cada pueblo un carácter nacional


indeleble, hay que reconocer por lo menos que los hábitos que
unas causas físicas o políticas han hecho germinar en el espíritu
de un pueblo, son muy difíciles de arrancar, incluso cuando deja
de estar sometido a alguna de esas causas. (...)
“Hace cincuenta años, por lo menos, que han venido colonias
de alemanes a establecerse en Pennsylvania. Han conservado in­
tactos el espíritu y las costumbres de su patria. (...) Inmóvil en
medio de este movimiento general, el alemán limita sus deseos a
mejorar poco a poco su situación y la de su familia. Trabaja sin
cesar, pero no deja nada librado al azar. Se enriquece segura, pe­
ro lentamente: se apega al hogar doméstico, encierra su felicidad
en su horizonte y no siente curiosidad alguna por conocer lo que
hay más allá de su último surco”".

Esta expresión es más cauta de lo que habia sido su relato de


Saginaw o su pregunta al viejo sacerdote. Aqui parece inclinarse a
sustituir los hábitos y moeurs durables, pero paulatinamente cam­
biantes, por el concepto de un carácter nacional constante e impo­
sible de desarraigar. Y se cuida de decir si son causas políticas o
físicas las que más afectan a estos hábitos nacionales.
Hacia la misma época, Joel Poinsett preparaba a Tocqueville
acerca de los contrastes que encontraría entre Ohio y Kentucky
en su viaje hacia el Oeste, y sugería que las diferencias podían ex­
plicarse por las moeurs de los habitantes: Ohio habia sido poblado
en gran parte por gentes de la Nueva Inglaterra, y Kentucky, tam­
bién en gran parte, por virginianos12.
84 ■COMO EXPLICAR NORTEAMERICA''

En diciembre, sin embargo, cuando los enviados se encontraron


en el valle del Ohio, Tocqueville, con la ayuda de comentarios de
John Quincy Adams y de Timothy Walker, habia avanzado más
allá de la explicación simplista de Poinsett, para preguntarse qué
era, en primer lugar, lo que habia producido la disimilitud de ca­
racteres. Asi como los pueblos de Ohio y Kentucky compartían
el mismo ambiente favorable, también —con excepción de los ne­
gros— provenían de la misma raza. Asi que la biología no podía
suministrar una respuesta que explicara ese agudo contraste más
de lo que pudiera hacerlo la fisiografía13. Como hemos señalado,
Tocqueville se veia a la sazón obligado a mirar hacia las causas
sociales en lugar de las naturales o físicas. Específicamente, habia
decidido que la esclavitud era lo que mejor explicaba las diferen­
cias que observaba, y formuló la teoría de que la “peculiar institu­
ción” del Sur había producido sus efectos a través de la modifica­
ción gradual de las moeurs1*.
De allí en adelante no volvería nunca a considerar las lineas ge­
nealógicas como la explicación primordial, ni siquiera posible­
mente primordial, sino que, en cambio, dedicaría cada vez mayor
atención a los rasgos nacionales o moeurs y a las fuerzas huma­
nas que los habían modelado15. Unas semanas más tarde escribía:
“ Me figuro que, con frecuencia, lo que se da en llamar carácter de
un pueblo no es otra cosa que el carácter inherente a su estado so­
cial. De tal suerte, el carácter inglés bien podría ser el carácter
aristocrático. Lo que me lo hace creer es la inmensa diferencia
que existe entre los ingleses y sus descendientes de Norteaméri­
ca” 16.
Cuando, el 14 de enero, el francés emprendió un análisis ulte­
rior de “ Lo que mantiene la república en los Estados Unidos”, no
hacia mención concreta, lo cual es significativo, de la raza, y deja­
ba claramente implícito que las moeurs son “una gran razón que
domina a todas las demás” 17. Asi. Tocqueville abandonó los Esta­
dos Unidos habiendo considerado por breve tiempo, y luego re­
chazado, una explicación eminentemente biológica de las diferen­
cias nacionales.

En los años posteriores, nunca descartó por completo la idea de


que la raza desempeña algún papel en la conformación de las so­
ciedades humanas. La raza, por ejemplo, era un elemento de l'ori-
gine,s; pero, ¿qué quería decir exactamente eso de raza? Hacia el
final de su periplo por los Estados Unidos, solia pensar en función
¿ES LA RAZA EXPLICACION SUFICIENTE? 85

de la evolución, tenaz pero lenta, de las características nacionales


o moeurs, en lugar de pensar en ios rasgos biológicos hereditarios.
Sin embargo, ¿cuál era, exactamente, la Índole de la conexión en­
tre las lineas genealógicas y el carácter nacional o moeursl La­
mentablemente no llegó a poner de manifiesto los significados de
estas expresiones19. Una vez más, unos términos vagamente defi­
nidos le permitirían eludir la penosa tarea de dominar algunas
complejidades turbadoras.

Entre 1832 y 1835, mientras escribía el borrador de la primera


parte de La democracia, Tocqueville meditó y escribió poco acer­
ca tanto de las doctrinas de las razas en abstracto cuanto de las
nebulosas relaciones entre la raza, el carácter nacional y las moeurs.
Al parecer, Beaumont, impresionado más profundamente por las
malas condiciones en que se encontraban los negros y los indios,
reclamó para sí estos temas como su porción de trabajo. Su Ma-
rie, ou l’Esclavage aux Etats-Unis fue presentada, no sólo como
una exposición acerca de las razas de los Estados Unidos, sino
también como un vasto fresco de las moeurs norteamericanas20.
Por lo que hace a Tocqueville en relación con estas cuestiones,
en sus dos primeros volúmenes se concentró sobre todo en los fu­
turos contrastantes de las tres razas de Norteamérica21. (El distin­
guir entre indios, negros y angloamericanos no presentaba las
mismas posibilidades de confusión que sus anteriores compara­
ciones entre los “franceses” e “ingleses” habitantes de Saginaw, o
entre los norteamericanos de Ohio y Kentucky.) Sin embargo, in­
cluso en este caso declinó explicar los destinos divergentes de am­
bas minorías y de la mayoría blanca haciendo exclusivamente re­
ferencia a diferencias biológicas innatas. “Los hombres disemina­
dos en ese espacio [el territorio ocupado o reclamado por los Es­
tados Unidos] no forman, como en Europa, otros tantos retoños
de una misma familia. Se descubre en ellos, desde el primer vista­
zo, tres razas naturalmente distintas y podría casi decir enemigas.
La educación, el origen y hasta la forma externa de los rasgos, ha­
bían elevado entre ellas una barrera casi insuperable; la suerte las
ha reunido sobre el mismo suelo, pero las ha mezclado sin poder
confundirlas y cada una prosigue aparte su destino”22. Su larga
exposición se extiende a partir de este párrafo introductorio y con
frecuencia subraya las circunstancias radicalmente diferentes, so­
ciales, legales e históricas, de las tres razas. En ninguna parte sos­
tiene el determinismo biológico23.
86 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

Después de 1835. Tocqueville, cada vez más consciente del cre­


ciente interés por las teorías deterministas24, empezó de nuevo a
sopesar la significación de la herencia biológica en los destinos na­
cionales. Durante una visita a Suiza en 1836, por ejemplo, dio
cuenta a Claude-Frangois de Corcelle de sus reservas acerca de la
Constitución y la república suizas, y le formuló este revelador jui­
cio sobre las hipótesis raciales: “También a mi me ha impresiona­
do la escasez de vida política que reina en la población. El reino
de Inglaterra es cien veces más republicano que esta república.
Otros dirán que ello se debe a la diferencia de razas. Pero éste es
un argumento que nunca admitiré, salvo en último extremo y
cuando no me quede absolutamente nada más por decir”25.
Además, mientras componía los dos últimos tomos, redactó
por lo menos tres fragmentos acerca de las teorías raciales, que,
lamentablemente, fueron en gran parte eliminados del texto de
1840. Por ello, sus sentimientos acerca de la raza no se han rela­
cionado muy frecuentemente con la escritura de su obra maestra
sobre América.
En un borrador del capitulo titulado “Cómo la democracia ha­
ce las relaciones habituales de los norteamericanos más sencillas y
fáciles”26, definía el atractivo básico de las explicaciones bioló­
gicas:
“Se habla incesantemente, hoy en día, de la influencia que ejer­
ce la raza sobre la conducta de los hombres. (...) La raza lo expli­
ca todo en una palabra. Me parece descubrir por qué recurrimos
con tanta frecuencia a este argumento, que nuestros predecesores
no esgrimían. Es innegable que la raza a que pertenecen los hom­
bres ejerce algún poder sobre sus actos y, por otra parte, es impo­
sible precisar cuál es ese poder, de suerte que a voluntad se pueda
restringir infinitamente su acción o extenderla a todas las cosas,
según la necesidad de la exposición; preciosa ventaja, en una épo­
ca en la que se pretende razonar con poco gasto, de la misma ma­
nera como se pretende enriquecerse sin dificultades”27.
Después de releer, sin embargo, se dio cuenta: “Todo esto está
decididamente fuera de lugar. Hay que introducirlo en alguna otra
parte. (...) Pero derivar de esto la idea de la transición. Hay gente
que cree que la reserva de los ingleses les viene de sangre. El ejem­
plo de Norteamérica prueba lo contrario”2*. Así que prescindió de
ja digresión y la relegó a la “basura”. Sin embargo, todavía no ha­
bía concluido sus cavilaciones acerca de la raza.
“ Para decirlo en el prefacio, si no en el libro. Idea de raza. No
¿ES LA RAZA EXPLICACION SUFICIENTE? 87
creo que haya razas destinadas a la libertad y otras a la servidum­
bre; las unas a la felicidad y a las luces, las otras a los males y a la
ignorancia29. Son doctrinas cobardes. Doctrinas, en cualquier ca­
so. ¿Por qué? Esto se debe al vicio natural del espíritu humano de
los tiempos democráticos, y del corazón, que hace que estos pue­
blos tiendan al materialismo. Esta de la influencia invisible de la
raza es una idea esencialmente materialista. La idea matriz de este
libro es la diametralmente opuesta, toda vez que yo parto invenci­
blemente de este punto: que cualesquiera sean las tendencias del
estado social, los hombres pueden siempre modificarlas, dese­
chando las malas y apropiándose de las buenas”30.
Otro fragmento más, fechado el 12 de marzo de 1838 expresa­
ba pensamientos similares: “Tener cuidado, en los siglos de­
mocráticos, de todas las opiniones blanduzcas y cobardes que
adormecen a los hombres y les paralizan los esfuerzos, como el
sistema de las inferioridades físicas y morales de las razas”31.
Demandas tan corrientes a la libertad, la responsabilidad y la
dignidad humanas constituyen el trasfondo de estas observacio­
nes, y las convicciones morales de Tocqueville, una vez más. mo­
delan de manera significativa su grande affaire. El texto de 1840
dice: “ No ignoro que muchos de mis contemporáneos han pensa­
do que los pueblos no son jamás dueños de sus acciones, y que
obedecen a no sé qué fuerza insuperable e ininteligible, que nace
de los acontecimientos anteriores, de la raza, del suelo o del clima.
Estas son falsas y fútiles* doctrinas, que no pueden jamás dejar
de producir hombres débiles y naciones pusilánimes: la Providen­
cia no ha creado el género humano ni enteramente independiente,
ni completamente esclavo. Ha trazado, es verdad, alrededor de
cada hombre, un circulo fatal de donde no puede salir: pero, en
sus vastos limites, el hombre es poderoso y libre. Lo mismo ocu­
rre con los pueblos”32.
Pero existia ya el repudio previo de Tocqueville: “No creo que
existan razas destinadas a la libertad y otras a la servidumbre: las
unas a la felicidad y a las luces, las otras a los males y la igno­
rancia.”

Unos quince años más tarde, en octubre de 1853, Tocqueville re­


cibiría ejemplares de los dos primeros tomos del Essai sur I'inéga-
* Cabe advertir que se trata aquí de un ligero error de traducción. El original
Trances dice “ce sont la de Tausses et laches doctrines” : laches significa, indubi
lablemcntc. “cobardes” . (N. del t.)
88 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA.'

lité des races humanes, de Arthur de Gobineau33. Y sus primeras


reacciones ante las doctrinas de su protegido, expresadas en tres
magnificas cartas del 11 de octubre, el 18 de noviembre y el 20 de
diciembre de 1853, alcanzarían justa fama.
En la primera, advertía al joven: “Si bien soy un lector muy in­
clinado, por la viva amistad que le tengo, a ver su libro a través de
un cristal de hermoso color, por otra parte me arrastran a buscar­
le camorra mis ideas preexistentes sobre el tema. No soy, pues, de
ninguna manera, un juez imparcial, es decir, un buen juez. Pero,
en fin, haré lo mejor que pueda”34.
Procedía después a hacer su crítica básica del libro: “Nunca le
he ocultado a usted (...) que tenia un gran prejuicio contra la que
me parece ser su idea matriz, la cual me resulta, lo confieso, perte­
neciente a la familia de las teorías materialistas y, de ella, uno de
los miembros más peligrosos.” [Cfr.: “Esta de la influencia invisi­
ble de la raza es una idea esencialmente materialista.” ]
En noviembre, tras recibir una primera respuesta de Gobineau,
enunció osadamente: “ Le confesaré francamente que no me ha
convencido usted. Todas mis objeciones subsisten35. Con todo,
tiene usted razón al negar ser materialista. Su doctrina, en reali­
dad. es más bien una especie de fatalismo, de predestinación si lo
prefiere; (...) [Su sistema desemboca] en una restricción muy
grande, si no en una abolición total, de la libertad humana. Ahora
bien, le confieso [que] (...) estoy situado en el extremo opuesto de
estas doctrinas3*. Las creo muy verosímilmente falsas y con toda
seguridad perniciosas” 37. [Cfr.: “No ignoro que muchos de mis
contemporáneos han pensado que los pueblos no son jamás
dueños de sus acciones, y que obedecen a no sé qué fuerza insupe­
rable e ininteligible, que nace de los acontecimientos anteriores, de
la raza, del suelo o del clima.” Y también, “(...) La idea matriz de
este libro es la diametralmente opuesta.” ]
Y proseguía: “ Es creíble que haya, en cada una de las distintas
familias de que se compone la raza humana, ciertas tendencias,
ciertas aptitudes propias, nacidas de mil causas diferentes. Pero
que esas tendencias, que esas aptitudes, sean invencibles, es algo
que no solamente no se ha demostrado nunca, sino que es de por
si indemostrable, porque habría que disponer no solamente del pa­
sado, sino también del porvenir.” [Cfr.: “Es innegable que la raza
a que pertenecen los hombres ejerce algún poder sobre sus actos
y. por otra parte, es imposible precisar cuál es ese poder (...).” ]
“ Sin embargo, ¡si su doctrina (...) fuera más útil para la huma­
¿ES LA RAZA EXPLICACION SUFICIENTE? 89

nidad! Pero es evidentemente lo contrarío. ¿Qué interés puede te­


ner el persuadir a unos pueblos cobardes que viven en la barbarie,
en la molicie o en la servidumbre, de que, siendo asi por la natura­
leza de su raza, no hay nada que hacer para mejorarles la condi­
ción, cambiarles las costumbres o modificarles el gobierno!”
Tocqueville concluía su segunda misiva con un apunte pesimis­
ta: “ Nos separa un espacio demasiado grande como para que la
discusión pueda ser fructífera. Hay todo un mundo intelectual en­
tre su doctrina y la mía.”
La tercera desarrollaba la acusación de que la teoría de Gobi-
neau era incluso peor que inútil, puesto que disuadía de cualquier
esfuerzo: “ Ha adoptado usted precisamente la tesis que me ha pa­
recido siempre la más peligrosa que pudiera sostenerse en nues­
tros días. (...) El siglo pasado tenia una confianza exagerada y un
tanto pueril en el poder que ejerce el hombre sobre sí mismo y en
el de los pueblos sobre el destino. (...) Después de haber creído que
nos podíamos transformar, nos creemos incapaces de reformar­
nos; después de haber tenido un orgullo excesivo, hemos caido en
una humildad que no lo es menos; hemos creído que lo podíamos
todo y hoy en día creemos que no podemos nada, y nos place pen­
sar que la lucha y el esfuerzo son ya inútiles, y que nuestra sangre,
nuestros músculos y nuestros nervios serán siempre más fuertes
que nuestra voluntad y nuestra virtud. Esta es, propiamente, la
gran enfermedad de nuestro tiempo, enfermedad completamente
opuesta a la de nuestros padres. Su libro, cualquiera que sea la
manera como disponga las cosas, la favorece en lugar de comba­
tirla: impulsa, a pesar de usted, a la molicie, al alma de sus con­
temporáneos, ya demasiado blanda” 38. [Cfr.: “Tener cuidado, en
los siglos democráticos, de todas las opiniones blanduzcas y co­
bardes que adormecen a los hombres y les paralizan los esfuerzos,
como el sistema de las inferioridades físicas y morales de las ra­
zas.” También: “ Estas son falsas y fútiles doctrinas, que no pue­
den jamás dejar de producir hombres débiles y naciones pusiláni­
mes...” ]
Abreviando, la respuesta inicial de Tocqueville a las tesis de
Gobineau, en 1853, es asombrosamente similar, tanto en la argu­
mentación como en la redacción, a reflexiones previas manuscri­
tas, contenidas en los borradores de la segunda parte de La demo­
cracia de 1840, e incluso con el texto editado. Asi, pues, es un
error creer que su condenación plenamente desarrollada de las
doctrinas racistas apareciera por primera vez en la década de
90 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA1

1850, a raíz del epistolario con su protegido. El repudio explícito


y profundamente personal de esas teorías tiene sus raices en su ex­
periencia norteamericana y data de los años de 1830, hacia fines
de la década, cuando escribía los dos últimos tomos de su gran
obra” .
Asi, pues, el pensamiento de Tocqueville acerca de las causas
físicas experimentó una fascinante evolución. Viajó a Norteaméri­
ca con un interés especial por la géographie, y durante las prime­
ras semanas de estancia se convenció, como muchos otros, de que
el destino nacional dependía primordialmente del ambiente natu­
ral. Sus primeros meses en el Nuevo Mundo le tentaron también a
ensayar una explicación racial de las características nacionales.
En ambos casos, sin embargo, y pese a su tendencia de echar ma­
no de una sola respuesta que momentáneamente ocupara su aten­
ción. en última instancia desechó toda tesis monista.
Más. aún, se aceleró en gran medida su conversión permanente
a las explicaciones pluralistas merced a su inclinación hacia lo que
podríamos llamar el método comparativo. Una y otra vez, las
ideas de Tocqueville evolucionaban como respuesta a sus expe­
riencias norteamericanas, paralelas pero agudamente contrastan­
tes: las diferencias entre las dos “razas” de Saginaw, y luego entre
los canadienses ingleses y franceses; la yuxtaposición de Ohio y
Kentucky; los distingos entre el Norte y el Sur, e incluso entre los
dos continentes americanos; la comparación de los hombres de
Nueva Orleáns con los de Montreal, la acumulación de enseñan­
zas de estos pares de experiencias sucesivos demuestra la sabidu­
ría de uno de sus principios metodológicos básicos: “Sólo por
comparación pueden juzgarse las cosas”40.
También sus convicciones personales le ayudaron a encaminar­
se hacia algunas de sus conclusiones. Mientras dudaba entre el
significado definitivo de las circonstances o la influencia en última
instancia de la raza, volvió con frecuencia a sus firmes creencias
en la dignidad, libertad y responsabilidad del hombre. Además, su
acendrado y permanente rechazo de cualquier doctrina materialis­
ta le llevaba casi siempre a subrayar las causas no físicas, que por
lo menos un poco están sometidas al control del hombre. Asi que
sus juicios y tendencias morales se unieron a sus experiencias,
conversaciones y lecturas, para dar forma a La democracia.
Por último, cabe decir que algunas palabras claves de sus expo­
siciones de las causas físicas, como circonstances o raza, han que­
dado exasperantemente ambiguas. En distintas etapas de la evolu­
¿ES LA RAZA EXPLICACION SUFICIENTE? 91

ción de su pensamiento, Tocqueville descubrió que esa vaguedad


era una buena manera de evitar decisiones difíciles; pero, por otra
parte, la profundidad y variedad de su penetración quedaba a me­
nudo bien servida por las connotaciones, ricas aunque un tanto
imprecisas, a las que a veces dedicaba unas palabras. Tales com­
plejidades, indomeñadas pero valiosas, eran en parte lo que Toc­
queville quería decir cuando, en 1836, exclamó: “Nunca habría
imaginado que un tema que ya he desarrollado de tantas maneras
pudiera volver a presentárseme con tantos rostros nuevos”41.
VI. LA TRANSFORMACION DE UN CONTINENTE

Los comentaristas han apuntado con frecuencia que Tocqueville


no alcanzó a percibir lo que advirtieron Michel Chevalier y otros
observadores extranjeros1. De alguna manera, el autor de La de­
mocracia pasó por alto el asombroso desarrollo de los medios de
transportes y de comunicaciones que eran la marca de la revolu­
ción tecnológica norteamericana. Habia viajado en vapores, ha­
blado de vías férreas e inspeccionado canales, pero, inexplicable­
mente, no llegó a ver la transformación que la fascinación de Nor­
teamérica por las máquinas estaba imponiendo, tanto sobre la for­
ma del continente como sobre la república.
El reestudio de sus manuscritos revela, en realidad, que Toc­
queville efectivamente pasó por alto muchos de esos progresos. Su
entusiasmo ante el ferrocarril, por ejemplo, en el mejor de los ca­
sos. era moderado, y su interés por la manufacturación no era lo
bastante intenso como para arrancarle de los salones de Boston y
llevarle a las fábricas de Lowell2. Ello no obstante, sus diarios de
viaje y sus cartas revelan un interés mayor por la tecnología y su
impacto de lo que algunos críticos han dado a entender.
Aunque la tecnología nunca llegara a ser una de sus preocupa­
ciones principales, su sentido de maravilla y orgullo ante el es­
pectáculo de la dominación del continente estimularon de verdad
su interés por los instrumentos específicos de asalto de los norte­
americanos. y averiguó de los anfitriones, de virtualmente cada
rincón de los Estados Unidos datos y opiniones acerca de los
“mejoramientos” que se realizaban en el terreno.
A principios de la década de 1830, el barco de vapor y el tren
eran los dos progresos más asombrosos y significativos del trans­
porte norteamericano: el uso del vapor de agua habia revolucio­
nado la manera de viajar en el Nuevo Mundo. Ya habían apareci­
do los “palacios flotantes” en todos los ríos y lagos de la nación,
pero el tren, en cambio, estaba todavía en pañales cuando los in­
vestigadores franceses llegaron3. Aun así, el no haber reconocido
Tocqueville toda la importancia del ferrocarril es, desde luego,
una de sus más graves omisiones. En cambio, su entusiasmo se
centró en aquel otro uso más antiguo del vapor de agua, y aunque
92
LA TRANSFORMACION DE UN CONTINENTE 93

en más de una ocasión durante su estancia el navegar con esos


barcos estuvo a punto de costarles la vida a ambos4, Tocqueville
nunca pudo superar su primera fascinación por la superbe mai-
son* que los había transportado de Newport a Nueva York5.
Un asunto más general, la red de mejoramientos internos que
se iba expandiendo por toda la nación, también necesitaba com­
probación, y en Baltimore mantuvo una provechosa conversación
con William Howard a propósito de los proyectos norteamerica­
nos de canales: Uun ingeniero muy distinguido de este país”, aco­
taría en el resumen6. Hablando con Salmón P. Chase de Cincin-
nati, se enteró asimismo de que para 1831 el Gobierno del Estado
de Ohio había ya invertido nada menos que seis millones de dóla­
res en la apertura de canales7.
A los comisionados les molestó con frecuencia el deplorable es­
tado de las carreteras, pero, ello no obstante, la extensión y lo
completo de la red Ies parecieron impresionantes. Asi, antes de
marcharse de Boston a principios de octubre, le dejaron una larga
lista de preguntas a Jared Sparks. Aunque destinado en primer lu­
gar a descubrir los misterios de esa ciudad de la Nueva Inglaterra,
el cuestionario abarcaba además varías otras materias significati­
vas, entre ellas, al “Sistema de las rutas”. “ l.°) ¿Cómo es, en
Massachusetts, el sistema de rutas? Algunas rutas, puentes y ca­
nales. ¿han sido construidos por el Estado? 2.°) Cuando las rutas
están hechas por las comunas, ¿son buenas? ¿Cuál es el medio
para mantenerlas en ese estado? (...) ¿Existe alguna inspección
por parte del Estado? 3.°) ¿Puede el Estado elaborar un plan ge­
neral de una carretera o un canal?”*.
Beaumont planteó preguntas similares a B. W. Richards de F¡-
ladelfta, quien respondió: “ Nuestras rutas con pago de peaje, que
abarcan todo el Estado, han sido construidas, en su mayoría, por
particulares o sociedades anónimas.” Sin embargo, anadia, “el
Estado, en muchos casos, suscribe acciones”9.
En enero de 1832, Tocqueville interrogaba a Joel Poinsett:
“ ¿Cómo se construyen y se reparan las carreteras en Norteaméri­
ca?" Su interlocutor observó que ello implicaba “una gran cues­
tión constitucional”, pero, sin embargo, trató de responder, y el
interrogador resumió más tarde la respuesta del diplomático: “Du­
da de que el Gobierno tenga ese derecho10. A veces, por los Esta­
dos. Con mayor frecuencia, por los condados. Mal mantenidas.

* “ Soberbia mansión”. (N. del /.)


94 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

Importantes empréstitos en las localidades. Turnpike*, el mejor


sistema. Dificultad de habituar a él a un pueblo. Ineficacia de la
ley que permite ayudar a los condados” 11.
Evidentemente, no había ningún agente único que se echara a
los hombros toda la responsabilidad de los mejoramientos inter­
nos de Norteamérica, ni tampoco existia un único método de fi­
nanciación, construcción o mantenimiento. Pese a las adverten­
cias de Poinsett, el peligro de esa confusión acerca de poderes y
responsabilidades no le preocupó a Tocqueville hasta mucho más
tarde. Por el momento, más que turbarle, le fascinaban las diver­
sas formas de la actividad transportista norteamericana. La socie­
dad anónima, en particular, le era un tema frecuente de conversa­
ción.
El perspicaz francés estudió las asociaciones particulares nor­
teamericanas por muchas razones, pero una de ellas se referia in­
dudablemente ai papel que desempeñaba la sociedad anónima en
la realización de los mejoramientos internos del territorio. Cada
vez que trasladaba al papel sus primeros pensamientos acerca de
las asociaciones, relacionaba los grupos particulares con los pro­
yectos ambiciosos de Norteamérica. “ El espíritu de asociación
(...) es uno de los caracteres distintivos de Norteamérica; es por
medio de ellas como un pais, donde los capitales son raros, y cu­
yas leyes y costumbres absolutamente democráticas impiden la
acumulación de las riquezas en manos de algunos individuos, ha
logrado ya ejecutar empresas y culminar trabajos que los reyes
más absolutistas y las aristocracias más opulentas no habrían,
desde luego, podido emprender y ejecutar en el mismo espacio de
tiempo” 12. Tocqueville se habia dado de manos a boca con uno de
los hechos más significativos de los Estados Unidos del presidente
Jackson: el crecimiento de las sociedades anónimas.
Cuando, en diciembre de 1831, empezó a estudiar los cuatro
tomos de los Commentaries de James Kent, anotó minuciosamen­
te las afirmaciones del jurista acerca de las instituciones por
acciones, especialmente todas las observaciones acerca de las nue­
vas facilidades para adquirir títulos y el crecimiento de los privile­
gios y del número de tales sociedades. También avizoró la preocu­
pación que trasuntaba la obra de Kent. “ La cantidad de acciones
de asociación crece en los Estados Unidos con una rapidez que
parece alarmar a Kent. No veo por qué” ,J.

* Sistema de construcción de carreteras con pago de peaje. (N. del t.)


LA TRANSFORMACION DE UN CONTINENTE 95
Durante sus viajes por el interior del pais descubrió también va­
rias implicaciones de los transportes y comunicaciones norteame­
ricanos que iban más allá de lo constitucional e institucional. Sus
experiencias en la frontera, particularmente, le demostraron nue­
vas ventajas del sistema carretero de la República. En Michigan,
por ejemplo, se dio cuenta de que, en los Estados Unidos, los sen­
deros y carreteras precedían a los asentamientos y eran un paso
esencial para la expansión hacia el Oeste.
Mientras estuvo en Kentucky y en Tennessee, en diciembre de
1831, viajó, junto a Beaumont, “con el correo” . “Existe una circu­
lación asombrosa de cartas y periódicos por estos bosques salva­
jes. (...) No creo que en los distritos rurales más esclarecidos de
Francia se realice un movimiento intelectual tan rápido y grande
como en estos desiertos” 14. Después, recordando Michigan, afir­
maría que “en Norteamérica, una de las primeras cosas que se ha­
cen en un Estado nuevo es hacerle llegar el correo; en los bosques
de Michigan no existe cabaña tan aislada, punto del valle tan sal­
vaje, adonde las cartas y los periódicos no lleguen, por lo menos,
una vez por semana; nosotros hemos sido testigos” 13. La signifi­
cación de ese tránsito rápido de información e ideas no se les es­
capó a los dos camaradas.
Para enero de 1832, Tocqueville habia acumulado una canti­
dad considerable de información acerca de los proyectos norte­
americanos y se consideraba en condiciones de lucubrar acerca de
su importancia para el futuro de ese pais.
“ No conozco más que una manera de incrementar la prosperi­
dad de un pueblo cuya aplicación sea infalible y con la cual creo
que se puede contar en todos los países y en todos los lugares.
"Ese medio no es otro que el de multiplicar la facilidad de co­
municación entre los hombres.
"A este respecto, el espectáculo que ofrece Norteamérica es tan
curioso como instructivo.
"Las carreteras, los canales y el correo toman parte en medida
prodigiosa en la prosperidad de la Unión. Conviene analizar sus
efectos, la importancia que se Ies adjudica y el modo como se los
procura.
”(...) Norteamérica ha emprendido y completado canales in­
mensos. Tiene ya más ferrocarriles que Francia; no hay nadie que
no reconozca que el descubrimiento del vapor ha contribuido in-
crei! e a la fuerza y la prosperidad de la Unión; ello, facili-
96 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA

tando las comunicaciones rápidas entre las distintas partes de este


vasto cuerpo. (...)
"De todos los países del mundo, Norteamérica es el que tiene el
movimiento del pensamiento y de la industria humanos más conti­
nuo y más rápido.
"(...) En cuanto al medio de que se sirven para abrir las comu­
nicaciones en Norteamérica, he aquí lo que he observado al res­
pecto.
"Es creencia generalizada en Europa que la gran maxima del
Gobierno norteamericano es la de dejar hacer, de mantenerse co­
mo puro espectador de la marcha de la sociedad, cuyo gran agen­
te es el interés individual; esto es un error.
"El Gobierno norteamericano no se inmiscuye en todo, esto es
cieno, como el nuestro. No tiene la pretensión de preverlo todo y
realizarlo todo: no distribuye primas, no incentiva al comercio, no
patrocina las bellas artes ni las gayas letras. Pero, con respecto a
las grandes obras de utilidad pública, sólo muy raras veces las
deja aJ cuidado de los particulares: es él mismo quien las eje­
cuta; (...).
"Pero obsérvese que a este respecto no existen reglas. La ac­
ción de las compañías, de las comunas y de los particulares cola­
bora de mil maneras con la del Estado. Todas las empresas de
mediana capacidad o de interés reducido son obra de los munici­
pios o de las compañías. Las rutas de turnpike o de peaje a menu­
do corren paralelas a las carreteras del Estado. Los ferrocarriles
tendidos por las compañías llenan, en determinados sectores del
país, las funciones de los canales en las grandes direcciones. A las
rutas comunales las mantienen los distritos por los cuales pasan.
O sea que no se sigue exclusivamente un sistema: Norteamérica
no representa en nada el sistema de uniformidad en que se delei­
tan los espíritus superficiales y metafisicos de nuestra época**14.
Asi, pues, aún antes de empezar los borradores de La democra­
cia de 1835, Tocqueville habia ya advertido varios resultados ge­
nerales de la revolución tecnológica norteamericana. Lo que habia
visto demostraba el beneficio de encarar con flexibilidad los mejo­
ramientos públicos, en general, y de confiar en la acción privada,
en particular. (Es un tanto paradójico el hecho de que la tarea de
transformación amenazara también con un peligroso debate acer­
ca de la división adecuada de poderes y responsabilidades.) Los
mejoramientos y la aplicación del vapor estimulaban, lamentable­
mente, el materialismo y el comercialismo, que eran los obstácu­
LA TRANSFORMACION DE UN CONTINENTE 97

los de la República, pero los instrumentos del progreso norteame­


ricano también hacían posible un rápido intercambio de ideas,
alentaban la creación de una ciudadanía bien informada y auto-
consciente y ayudaban a unificar una nación enorme y diversifica­
d a 17. En suma, los adelantos en la tecnología y el transporte pare­
cían prometer un futuro poderoso y próspero para la República
norteamericana.

Mientras trabajaba en los borradores de la primera parte de su


obra, Tocqueville siguió pidiendo información acerca de los pro­
gresos internos de Norteamérica. En distintos momentos había
coleccionado seis obras importantes acerca de la situation physi-
que de la República: Amales de voyages, de Malte-Brun: Tableau
du climat et du sol des Etats-Unis, de C.-F. de Volney; relatos de
dos expediciones del mayor Stephen H. Long: Account o f an Ex-
pedition from Pittsburgh to the Rocky Mountains, y Narrative o f
an Expedition to the Source o f Saint Peter’s River; Statistical
View o f the Commerce o f the United States, de Timothy Pitkin;
Description (...) des Etats-Unis, de D. B. Warden, y View o f the
United States, de William Darby.
Las obras de Malte-Brun, Volney y Long, por envejecimiento o
intencionalidad, no suministraban información alguna sobre la
tecnología norteamericana. Tocqueville las usaba sobre todo para
obtener datos acerca de los rasgos naturales, la flora y la fauna, y
los indios. La Statistical View o f Commerce, de Pitkin, que tenia
ya casi veinte años cuando Tocqueville la leyó, era de utilidad me­
ramente marginal18. Sólo el libro de Warden, quince años ante­
rior, y el de Darby, publicado en 1828, incluían exposiciones de
los adelantos en los transportes y las comunicaciones norteameri­
canos. El breve capitulo de Warden acerca de los canales, los fe­
rrocarriles y la manufactura de los Estados Unidos aparece en el
último de los cinco tomos. Y dado que Tocqueville lo cita sólo pa­
ra las descripciones ñsicas del país, es posible que no haya leido el
último volumen19. En tal caso, pues, su principal fuente impresa
sobre los adelantos internos de los Estados Unidos habrá sido
View of the United States, de Darby.
Para cualquiera que se interesara por los transportes y comuni­
caciones de la Norteamérica de principios de la década de 1830,
el libro de Darby se contaba entre las mejores fuentes existentes.
De los documentos oficiales, periódicos y almanaques —de todo
lo cual se valió Tocqueville20— podía obtenerse mayor informa­
98 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

ción y más reciente, pero la obra de Darby constituía uno de los


pocos análisis del tema en un solo volumen.
Tan sólo las obras de Mathew Carey y Les Travaux d ’amélio-
raíions intérieures (...) de Guillaume-Tell Poussin, publicado en
París en 183421, podían equipararse en importancia a la View de
Darby. Lamentablemente, el autor de La democracia no parece
haber sabido nada de los escritos de Carey sobre la economía y la
tecnología de Norteamérica22. Sin embargo, dejó de lado el análi­
sis de Poussin de 1834 por muy otras razones. Como se sabe.
Tocqueville insistía en aislar sus ¡deas y reacciones de la influen­
cia de otros viajeros europeos, y especialmente franceses, que re­
cientemente hubieran recorrido los Estados Unidos. La condición
de Poussin de visitante extranjero, como él, necesariamente con­
denaba su obra a no ser leída.
De suerte que Tocqueville, aunque perfectamente enterado de
los puntos flojos de la obra de Darby, se valió de ella. En su pro­
pia lista de fuentes estadísticas y generales, anotó que “esta obra
es estimada, pero ya está vieja: data de 1828”23, y en 1834 llegó a
escribirle a James Gore King pidiéndole en sustitución o, por lo
menos, como agregado, “ alguna obra de estadística general, como
el Darby"24. O el norteamericano no sugirió ningún reemplazo, o
Tocqueville no siguió su recomendación.
En este asunto cometió otra grave omisión, porque, en 1833,
Darby y Theodore Dwight, Jr., habían publicado un trabajo nue­
vo, titulado A New Gazetteer o f the United States, que contenia
valiosa información sobre la manufactura norteamericana, e in­
cluso dedicaba unos cuantos párrafos a la ciudad de Lowell, Mas-
sachusetts, a la que los autores llamaban “la Manchester norte­
americana (...) destinada a ser una ciudad industrial"23.
Pese a ser anticuada, la View de Darby le proporcionó a Toc­
queville un tesoro de información acerca de los adelantos norte­
americanos. En todo el libro. Darby insta al mejoramiento de tíos,
bahías y lagos, así como a la apertura de canales y a la realización
de cualesquiera otros proyectos que beneficiaran el comercio de
su país. Dicho brevemente, el libro le presentó a Tocqueville un vi­
goroso panorama nacionalista, típico de lo que pudiera haber des­
cubierto en las obras de Mathew Carey. AI igual que éste, que
Hezekiah Niles o que Henry Clay, Darby era uno de aquellos nor­
teamericanos de las décadas de 1820 y 1830, ansiosos por cual­
quier empresa que pudiera enriquecer al pais y unir entre si a sus
habitantes. Darby, como los otros, avizoraba un continente atra­
LA TRANSFORMACION líK UN CONTINENTE 99

vesado de adelantos en todos los sentidos y una nación unida por


el comercio y la prosperidad. Es casi seguro que haya dado vigor
a la inclinación personal de Tocqueville, de concentrarse en los
adelantos comerciales y prever un futuro mercantil, más que in­
dustrial. para los Estados Unidos16.
Posiblemente como respuesta al entusiasmo de Darby, Tocque­
ville remitió pedidos de más materiales. Mientras pensaba en los
sistemas postal y carretero de Norteamérica, por ejemplo, dudaba
acerca de la manera de comparar los esfuerzos franceses y nor­
teamericanos, y se recordaba a si propio de solicitar “ a d’Au-
nay"27 y “ a N. (¿?) Roger de la Académie Franqaise”2*, informa­
ción sobre la cantidad de cartas que se repartían, las distancias
que se cubrían y los beneficios que redituaba el sistema francés.
La “gran cuestión constitucional’' de Poinsett también le turba­
ba. de suerte que fastidió a Edward Livingston y finalmente reci­
bió la siguiente nota en marzo de 1834: “ El señor Livingston, en
concordancia con su promesa, le envía al señor de Tocqueville el
volumen que contiene el mensaje del Presidente en relación con el
proyecto de ley para mejoramientos internos, y añadirá a él algu­
nos otros documentos sobre el mismo tema” ” .
Siguiendo todavía con su curiosidad acerca de las sociedades
anónimas y los canales. Tocqueville volvió a escribirle a James
Gore Ring, pidiéndole un informe sobre las empresas de ese tipo
de la ciudad de Nueva York, otro sobre las corporaciones estata­
les y un tercero de los comisionados del fondo para canales. Infor­
mes, estadísticas y otros datos acerca de la revolución tecnológica
norteamericana seguian amontonándose entre sus papeles30.
Pese a sus búsquedas documentales, los borradores de La de­
mocracia de 1835 tenían muy poco de nuevo en qué apoyarse. Se
limitaban a reiterar anteriores ideas acerca de las posibles influen­
cias futuras de la pasmosa transformación que se estaba produ­
ciendo en los Estados Unidos. Es quizá de suma importancia el
que Tocqueville no recogiera, organizara y dedicara a sus ideas
sobre el tema un capitulo aparte de su obra en preparación. Tal
vez hubiese sido éste un posible agregado significativo, que nunca
llegó a materializarse.
Pero si aparece una notable idea sobre el tema, por primera vez,
en los borradores iniciales de los primeros tomos: el temor de
Tocqueville acerca de la influencia de la industrialización sobre
las libertades democráticas. Entre algunos fragmentos recogidos
bajo el encabezamiento “ Notas diversas e importantes. (...) Dos o
100 ¿COMO EXPLICA < NORTEAMERICA"

tres nuevos capítulos para ubicar no sé dónde”, enumeraba, por


ejemplo, % ..)31 acerca de la influencia de las manufacturas sobre
la libertad democrática”32. Y, tras exponer diversas clases de éga-
lité en otro borrador, concluía: “Así, pues, mayor igualdad, no só­
lo entre todos los pueblos de razas europeas, sino entre todos los
pueblos y en todos los tiempos.” ¿Simplemente una declaración
más para poner de relieve la marcha de la igualdad? Así parecie­
ra. si no hubiera añadido una nota precautoria: “sin embargo,
manufacturas”33. En otras palabras: la igualdad avanza irresisti­
blemente: sin embargo, la industrialización puede afectarla.
Esta idea sobrevivió incluso en el manuscrito de trabajo de La
democracia de 1S35, donde, en el capítulo titulado “Estado social
de los angloamericanos”, al margen de una página escribió:
“Aqui, me parece, poner lo de la desigualdad que nace de la acumu­
lación de las riquezas muebles de las manufacturas”34. Después,
por alguna razón desconocida, resolvió no desarrollar ni incluir
este concepto en la primera parte de su obra y sólo en los borra­
dores y en el manuscrito de trabajo se encuentran estas insinua-
. 'ones de lo que pudo haber sido, sin llegar nunca a cuajar. No
fue sino hasta 1840 cuando completaría por fin su frase “sin em­
bargo, manufacturas...”, con la teoría de que la industria acumu­
laría riqueza en manos de unos pocos y, por ende, podría dar lu­
gar a otra desigualdad, más terrible, en algunos aspectos, que la
anterior35.
En sus diarios de viaje no se registra ningún comentario ni ex­
periencia de su periplo norteamericano que sugiera ese peligro. La
única conversación celebrada en los Estados Unidos acerca de los
riesgos de la industrialización tuvo lugar el 27 de octubre de 1831,
con Roberts Vaux. de Filadelfía. El norteamericano se hizo eco de
los temores, corrientes en la época, de que la industria pudiera mi­
nar las instituciones democráticas degradando a la plebe y preve­
nía contra la pobreza y el desorden público que pudieran resultar
de la expansión industrial; pero no insinuó que de la industrializa­
ción pudiera surgir otra aristocracia de la riqueza, peligrosa36.
Tampoco formularon prevenciones contra una posible élite indus­
triar las otras fuentes principales de información que Tocqueville
tuvo en Norteamérica.
Los que subrayan la brillante intuición que tuvo acerca de la in­
dustria suelen suponer que los gérmenes de su pensamiento los re­
cogió en sus viajes a Inglaterra de 1833 y 1835; sin embargo, sólo
estuvo unas semanas en ese país, en 1833, y no visitó ningún cen­
LA TRANSFORMACION DE UN CONTINENTE 101

tro industrial, y el viaje de 1835 se produjo después de haber es­


crito los prolegómenos en los primeros borradores de La demo­
cracia de 1835.
Quizás su fuente principal fuera una obra en tres tomos publi­
cada en París en 1834, escrita por Alban de Villeneuve-Barge-
mont y que Tocqueville leyó ese mismo ano mientras preparaba
un memorial sobre el pauperismo. En el primer tomo de su estu­
dio, Villeneuve-Bargemont incluía un capítulo titulado “ Acerca de
un nuevo feudalismo”, en el que se incluía el siguiente pasaje: “Se
formó un feudalismo nuevo, mil veces más duro que el feudalismo
de la Edad Media. Ese feudalismo era la aristocracia del dinero y
de la industria”38. El economista no presentaba ninguna idea no­
vedosa. El concepto de la posibilidad de una nueva aristocracia
industrial era bastante frecuente en las obras de economía política
escritas entre finales de la década de 1820 y principios de la de
1830w. Pero la lectura del tratado de Villeneuve-Bargemont pue­
de haber sido el primer detonante del pensamiento de Tocqueville
y haber engendrado sus primeros barruntos acerca de la aristo­
cracia industrial.

Los borradores de La democracia ofrecen una segunda sorpresa,


de tipo un tanto diferente. El papel que desempeñaban las socieda­
des particulares en el esfuerzo norteamericano de transformación
del continente habia intrigado a Tocqueville durante bastante
tiempo, pero se resistía a conceder mucho espacio, en sus dos pri­
meros tomos, tanto a las asociaciones civiles como a las socieda­
des anónimas. En cambio, se abocó a las asociaciones políticas y
prometió referirse a las civiles en la segunda parte de su obra40. El
texto de 1840 cumpliría esta promesa, pero, sin embargo, en él se
le dedica poca atención a la compleja relación entre las asociacio­
nes particulares y el Gobierno.
Tocqueville estudió, verdaderamente, esta relación, en los bo­
rradores de La democracia de 1840, en los que aparece un capitu­
lo, hasta ahora inédito, titulado “ De la manera como los Gobier­
nos norteamericanos atujan en relación con las asociaciones”4'.
En él. comparaba las formas como reaccionaban los gobiernos de
Inglaterra y de Norteamérica ante los grupos privados que desea­
ran emprender obras públicas, e insinuaba que la consideraba co­
mo la manera más efectiva para alentar la actividad particular
dentro de una nación.
Aun mientras escribía esta breve sección, dudaba entre incluirla
102 i,COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

o no. La página titular registra sus vacilaciones: “Este capítulo


contiene algunas buenas ideas y algunas frases buenas. En cual­
quier caso, creo que convendría suprimirlo.” Varias razones se
han aducido para explicar su decisión. El temia que fuera reiteta-
tivo. “porque entra en el orden de las ¡deas de los grandes capítu­
los políticos del fínal”, y anotaba que “es evidente, en todo caso,
que este capitulo es demasiado breve para estar solo. Hay que su­
primirlo o añadirlo a otro”. Y se hacía recordar de consultar con
“ L. y B.'\ Así que es posible que sus dos amigos vetaran el ca­
pitulo.
Pero la razón que mayor curiosidad despierta es la primera de
las anotadas. Creyó que debía eliminar el breve ensayo “porque
trata de manera demasiado breve e incompleta un asunto muy in­
teresante42, que ha elaborado extensamente otros, entre ellos por
Chevalier"41.
Tocqueville valoraba —erróneamente, tal vez— la brevedad de
su exposición en comparación con otros escritos recientes sobre
los Estados Unidos, e insistía en que este aislamiento suyo le per­
mitía decantar su propio pensamiento y mantener su integridad y
originalidad intelectuales; pero si se había hecho una norma de
evitar los informes de otros viajeros, ¿cómo sabía lo que conte­
nían los escritos de Michel Chevalier, Guillaume-Tell Poussin y
otros?
El 3 de diciembre de 1836 le escribía a Beaumont: “ Blossevi-
lle44 me ha mandado decir el otro día que había aparecido el libro
de Chevalier (...). Ya sabe usted que estoy siempre alerta cuando
se trata de Norteamérica. Ello no obstante, no quiero de ninguna
manera leer la obra de Chevalier; ya sabe que para mi es un prin­
cipio. ¿Le ha echado usted ojo y, en tal caso, qué opina? ¿Cuál es
su meollo, adonde quiere llegar? Por último, ¿qué repercusión tie­
ne en el mundo y de qué manera pudiera ser perjudicial para la
obra JUosoflcopolitica que estoy preparando? Si puede, sin dis­
traerse, responder a estas preguntas, me daría mucho placer”45.
Lamentablemente, la respuesta de Beaumont se ha perdido. Es
posible que le informara del contenido y el propósito de las Let-
tres d ’Amérique de Chevalier46. Pero, en todo caso, como eviden­
cian los comentarios manuscritos, las obras de Chevalier y otros,
por lo menos en apariencia, contribuyeron a disuadir a Tocquevi­
lle de incluir en La democracia de 1840 ese breve capitulo acerca
de las relaciones de los Gobiernos con las asociaciones particula­
res.
LA TRANSFORMACION DE UN CONTINENTE 103

Así, pues, cartas, cuadernos de apuntes y borradores demuestran


que Tocqueville tenía un conocimiento sorprendente de la meta­
morfosis industrial de Norteamérica. No alcanzó a prever el futu­
ro industrial de los Estados Unidos y, en cambio, proyectó un
destino mercantil para la joven nación. Sin embargo, dedicó mu­
cho tiempo y reflexión a los cambios en las comunicaciones y los
transportes que se estaban produciendo en los Estados Unidos.
¿Por qué, entonces, no llegó a exponer adecuadamente estas
transformaciones en La democracia?
Una explicación posible es que la aparición de obras de Cheva-
lier, Poussin y otros le disuadiera de desarrollar y publicar algu­
nas de sus ideas: dado que la revolución tecnológica de la Repúbli­
ca ya habia sido analizada tan acertadamente por otros, tai vez
decidiera que era mejor que dirigiese sus energías mentales hacia
otros problemas.
Sin embargo, la explicación más básica se relacionaría, casi con
seguridad, a su confesada intención de escribir una uobra fílosofí-
copolítica”. Para él, ciertas cuestiones parecían más interesantes e
importantes que las técnicas o económicas. Se pueden discutir sus
opciones, pero no su conocimiento.
Por estos estudios acerca del pensamiento de Tocqueville sobre
las causas físicas y los cambios de Norteamérica, podemos ver
que la mayoría de sus ideas respecto de estos temas se desarrolla­
ron de manera nada complicada a partir de los conocimientos que
acumuló por sus experiencias de viaje o por sus lecturas. Muchas
de sus observaciones más agudas de la situation physique de la
República, por ejemplo, ya se le habían ocurrido en las primeras
semanas de su estancia en el Nuevo Mundo.
Otras ideas, en cambio, tienen historias más complejas. Algu­
nas, como por ejemplo d concepto del papel de la géographie en
la determinación del destino de una nación, al principio parecía
destinada a ocupar un lugar importante en d pensamiento de Toc­
queville, pero al final le tocó una posición más humilde. La sor­
prendente revelación de que los norteamericanos mismos eran los
pioneros de la civilización en el Nuevo Mundo es un buen ejemplo
de esas ideas que fueron correcciones tardías, pero necesarias, de
presupuestos europeos erróneos. Otras, como el restarle impor­
tancia a las circonstances o el rechazar las doctrinas raciales, en
parte se deben a las convicciones morales del propio Tocqueville.
Las hay también, como la teoría de una aristocracia industrial,
que quedaron al principio enterradas en borradores tempranos
104 ¿COMO EXPLICAR NORTEAMERICA?

después descartados, para reaparecer misteriosamente en 1840. Y


otras más. por preferencias personales del autor o por su preocu­
pación por no repetirse, fueron echadas permanentemente al olvi­
do. Sus ideas sobre la tecnología norteamericana, en particular,
eran más extensas y profundas de lo que suele reconocerse: pero
éstas, como las demás, sufrieron extraños sinos.
Pa rte T ercera

TOCQUEVILLE Y LA UNION:
INDOLE Y FUTURO DEL
FEDERALISMO NORTEAMERICANO
VII. EL VINCULO ENTRE LOS ESTADOS
Y EL GOBIERNO CENTRAL

Durante sus seis primeros meses en el Nuevo Mundo, Tocqueville


habia tenido pocas oportunidades de comprender las reglas del fe­
deralismo norteamericano1. Habia oido hablar con frecuencia del
Gobierno estadual y local en los Estados Unidos, pero pocos de
sus anfitriones se extendieron acerca de las complejas relaciones
entre el Gobierno federal de Washington y los Gobiernos de los
veinticuatro Estados. Una primera impresión de que “en este afor­
tunado pais, verdaderamente no existe Gobierno”, parece aplica­
ble en particular a las autoridades centrales de la República2.
Sólo dos veces había averiguado cosas especificas acerca del
vinculo federal de Norteamérica. En una conversación sostenida
en octubre de 1831 le había dicho a un tal Mr. Clay que “su pais
está compuesto de pequeñas naciones casi completamente separa­
das”, con lo que Clay se mostró calurosa, pero desorientadora-
mente, de acuerdo. Dos meses más tarde oyó observaciones más
profundas de Timothy Walker, de Cincinnati, quien habia hecho
hincapié en la rivalidad inherente entre los Gobiernos estaduales y
el central, exponiendo algunos “ puntos de colisión” entre los Esta­
dos y la Unión y advirtiendo que “en todos los Estados existe un
fondo de celos para con el Gobierno central”3. A principios de di­
ciembre de 1831, estos dos comentarios constituían el magro
acervo de ideas consignadas que tenía Tocqueville acerca de los
Gobiernos central y estaduales norteamericanos; pero, en alguna
parte de su periplo, se habia hecho con un ejemplar de The Fede-
ralist Papers\ y para el 27 del mismo mes había empezado a re­
llenar esa brecha en sus conocimientos.
Dado que quienes han tratado el tema con anterioridad, bien
pasaron por alto o bien no dieron importancia a la investigación
de las pistas que aparecen en sus diarios de viaje, borradores y
manuscrito original de trabajo, hasta ahora se ignora qué edición
de The Federallst Papers usó Tocqueville. Varios pasajes en
inglés de los célebres ensayos, copiados en sus papeles, indican
que contaba con una edición norteamericana de la obra de “Pu-
blio”5. (En ocasiones, a estos extractos acompañan algunas tra-
107
108 TOCQUEVILLE Y LA UNION

dticcíones francesas aproximativas, pero estas versiones no se pa­


recen a ninguna edición francesa de The Federalist Papers, de
suerte que cabe presumir que sean de Tocqueville6.)
Otras pistas son las muchas referencias contenidas en sus bo­
rradores y manuscrito de trabajo a determinadas páginas de su
ejemplar. Haciendo un muestreo de todas las ediciones norteame­
ricanas anteriores a 18357 y comparándolas con las citas, ha sido
posible dar con la edición que efectivamente usaba y concluir con
una búsqueda que siempre llevara consigo la seguridad de lograr
una visión más profunda de la confianza del francés en “ Publio".
El ejemplar de Tocqueville correspondía a una impresión en un
solo tomo realizada en 1831 por Thompson & Homans. de Wash­
ington, y presentada como “A New Edition with a Table o f Con­
tenís anda Copious AIphabeticalIndex. The Numbers Written by
Mr. Madison Corrected by Himself"*. Probablemente la fecha re­
ciente, el extenso índice y el imprimatur del propio Madison con­
currieran para atraer al curioso visitante.
Del 27 al 29 de diciembre de 1831, Tocqueville leyó y tomó no­
tas de su adquisición, llenando varias páginas del cuaderno de via­
je E con observaciones y citas reunidas bajo los títulos de “Unión:
Gobierno central” y “ La soberanía del pueblo”. Mencionó en par­
ticular los ensayos números 12, 15, 21, 23 y 18. se refirió a
“otros” (probablemente los números 19 y 20, en los que prosigue la
exposición de los temas presentados en el 18) y es de presumir que
también hojeara varios otros escritos8. Vale la pena señalar que su
iniciación en el asunto provenia en gran parte de la pluma de Ale-
xander Hamilton, quien habia escrito o colaborado en todos los
ensayos que primero leyó Tocqueville y que son los que con ma­
yor vehemencia abogan por un Gobierno central fuerte y enérgi­
co9.
En los escritos del 15 al 22, con el fin de demostrar los benefi­
cios únicos que contenia la proposición de Constitución norte­
americana, los autores de El federalista reseñan las historias de las
confederaciones anteriores y hacer un balance de las desgracias
que padeció la República norteamericana en virtud de los Artícu­
los de la Confederación10. Señalan que la Constitución remediaría
las debilidades crónicas que habían enfermado a la nación duran­
te el período de los Artículos de la Confederación, merced a la

* “Nueva edición con indice de capítulos y un copioso indice alfabético. Los


números escritos por el señor Hamilton. corregidos por él mismo”. (J\f. del T.)
LOS ESTADOS Y EL GOBIERNO CENTRAL 109

adopción de un principio nuevo: el nuevo Gobierno nacional ac­


tuaría directamente sobre cada individuo.
Tocqueville captó inmediatamente el sentido de la opinión de
“PuWio”. “La vieja Unión -escribió en su cuaderno de apuntes-
gobernaba a los Estados, no a los individuos. (...) El nuevo Go­
bierno federal es, en realidad de verdad, el Gobierno de la Unión
en todo lo que cae dentro de su competencia; dirige, no a los Esta­
dos, sino a los individuos; sus órdenes están destinadas a cada
uno de los ciudadanos norteamericanos, haya nacido en Massa-
chusetts o en Georgia, y no a Massachusetts o Georgia” 11.
Al mismo tiempo, El federalista le hizo también comprender
que cada Gobierno de Norteamérica tenia su propia zona de inte­
reses, pero que dichas esferas, en los hechos, no siempre estaban
claramente delimitadas. “Si las circunstancias de nuestro país”,
escribía Hamilton, “son tales que requieren un Gobierno com­
puesto y confederado en vez de uno solo y simple, el punto esen­
cial que queda por arreglar, consiste oí distinguir, tan completa­
mente como sea posible, los ASUNTOS que corresponderán a las
diferentes jurisdicciones o departamentos del poder” 12. Así, Toc­
queville se percató en seguida de que el problema de deslindar las
responsabilidades de los Gobiernos estaduales y nacional era una
característica crónicamente perturbadora del federalismo norte­
americano.
Las lecturas de El federalista y el recuerdo de anteriores averi­
guaciones le llevaron a observar en una nota fechada el 29 de di­
ciembre de 1831:
“ Hasta aqui se puede afirmar: que sólo un pueblo muy esclare­
cido podia inventar la Constitución federal de los Estados Unidos
y que sólo un pueblo muy esclarecido y habituado al sistema re­
presentativo podia hacer funcionar una maquinaria tan complica­
da y saber mantener a los distintos poderes dentro de sus respecti­
vas esferas. (...) La Constitución de los Estados Unidos es una
obra admirable; sin embargo, cabria pensar que sus fundadores
no habrían triunfado, si los 150 años anteriores no les hubieran
dado a los distintos Estados de la Unión el gusto y la práctica de
los Gobiernos provinciales, y si, al mismo tiempo, un alto grado
de civilización no les hubiera puesto en condiciones de mantener
un Gobierno central fuerte, aunque limitado” 13.
Varias ideas ya familiares se escondían inmediatamente por de­
bajo de la superficie de estos comentarios. Tocqueville implica
aqui, ante todo, que los preceptos políticos guias del federalismo
110 TOCQUEVILLE Y LA UNION

norteamericano aparecían en todos los niveles políticos de los Es­


tados Unidos. Por ejemplo, en lo que concierne a la ardua tarea
de asignar las responsabilidades estaduales y federales, apenas el
dia anterior habia anotado que “es un axioma del derecho público
norteamericano que a cada poder se le debe conferir plena autori­
dad en su propia esfera, la cual debe definirse de manera que sea
imposible trasponerla: es éste un gran principio, digno de meditar­
lo” 14.
En segundo lugar, volvía a reconocer que dichos principios bá­
sicos estaban profundamente arraigados en la experiencia nacio­
nal. Como diría más tarde, en La democracia de 1835: “La forma
del Gobierno federal en los Estados Unidos apareció en último lu­
gar. No ha sido sino una modificación de la República, un com­
pendio de los principios políticos esparcidos en la sociedad entera
antes de ella, que subsiste independientemente dentro de la misma.
(...) Los grandes principios políticos que rigen hoy día la socie­
dad norteamericana nacieron y se desarrollaron en el Estado; no
es posible dudarlo” 13.
Por último, le parecía que los norteamericanos, en su conjunto,
constituían el pueblo más ampliamente educado y politicamente
experimentado de todos. Esta convicción, que habia enunciado
por primera vez en Boston tres meses antes16, terminaría por en­
contrar otro defensor en la persona de Joel Poinsett, quien le ob­
servó en enero de 1832: “ Los mexicanos han terminado por adop­
tar. con algunas excepciones sin importancia, la Constitución de
los Estados Unidos; pero no están lo bastante adelantados como
para emplearla igual que nosotros. Es un instrumento complicado
y difícil” 17.
Más tarde, en La democracia de 1835, Tocqueville combinaría
sus observaciones, basadas en El federalista, con los datos sumi­
nistrados por Poinsett y otros, y expondría extensamente la frágil
complejidad de la Constitución norteamericana.

(...) El Gobierno de la Unión reposa casi por entero sobre fic­


ciones legales. La Unión es una nación ideal que no existe, por de­
cirlo asi, sino en los espíritus y cuya extensión y límites sólo los
descubre la inteligencia.
Estando bien comprendida la teoría general, quedan las dificul­
tades de aplicación. Son innumerables, porque la soberanía de la
Unión está de tal manera compenetrada en la de los Estados, que
es imposible, al primer golpe de vista, percibir sus limites. Todo es
LOS ESTADOS Y EL GOBIERNO CENTRAL 111
convencional y artificial en parecido gobierno, y no podría conve­
nir sino a un pueblo habituado desde largo tiempo a dirigir por si
mismo sus negocios y en el cual la ciencia política ha descendido
hasta las últimas capas de la sociedad. (...)
La Constitución de los Estados Unidos se parece a esas bellas
creaciones de la industria humana que colman de gloría y de bie­
nes a aquellos que las inventan, pero permanecen estériles en
otras manos1'.

La segunda fuente impresa importante de información acerca


del federalismo norteamericano, que Tocqueville usó durante el
mes de diciembre, proviene del canciller James Kent, quien habia
conocido a los dos visitantes franceses en Nueva York y luego,
gentilmente, les envió los cuatro gruesos tomos de sus Comenta­
rles on American Law'9. Mientras asimilaba partes de El federa­
lista, Tocqueville también leyó los dos primeros volúmenes de la
enorme obra de Kent, que más tarde definiría como “muy respe­
table; presenta un cuadro de todos los principios contenidos en las
leyes políticas y civiles de los Estados Unidos”20.
Durante los primeros meses de su períplo norteamericano se
enteró por Albert Gallarín, John Canfíeld Spencer y otros, de que
en los Estados Unidos los jueces poseían la potestad de declarar
inconstitucionales a las leyes y, por ello, constituían una fuerza
considerable en los asuntos políticos de la nación, pues servían de
barrera contra los excesos democráticos y la agresión legislativa
contra las demás ramas del Gobierno21. Tantos norteamericanos
habían coincidido en estas ideas, que el 16 de octubre observó en
su cuaderno de apuntes sobre “ Derecho civil y criminal en Nor­
teamérica” que “las disposiciones concernientes a los poderes de
los jueces se cuentan entre los rasgos más interesantes de las
Constituciones norteamericanas”22.
Pero no fue sino al leer los tomos del canciller, en diciembre,
cuando se dio cuenta del papel, también necesario, que desem­
peñaba la magistratura en las relaciones entre los Estados y el
Gobierno federal. “Veo claramente”, escribía después de leer la
exposición de Kent sobre los conflictos de jurisdicciones, “que la
Corte de los Estados Unidos tendría el efecto de obligar a cada
Estado a someterse a las leyes de la Unión, pero solamente cuan­
do entiende en un caso; pero si hay una violación de las leyes de la
Unión y nadie apela, ¿qué pasa entonces?”23.
Asi. pues, para el día de Año Nuevo de 1832, después de ha­
112 TOCQUEVILLE Y LA UNION

berse sumergido en los escritos de “Publio” y de Kent, Tocquevi-


ile no sólo habia aprendido a apreciar la pasmosa sutileza del fe­
deralismo norteamericano y discernido el principio que distinguía
a la Unión de todas las demás confederaciones —que el Gobierno
central actuaba directamente sobre los individuos—, sino que tam­
bién captaba el principal punto flaco del sistema: la definición y
mantenimiento de vínculos apropiados entre los Gobiernos esta-
duales y el nacional. También había descubierto por entonces el
recurso, reconocidamente inadecuado, de que los jueces pudieran
declarar leyes inconstitucionales, que ios norteamericanos se ha­
bían inventado para remediar aquella peligrosa debilidad. Su men­
te habia asimilado ya todos los extremos esenciales de un profun­
do análisis del federalismo norteamericano.

Después de regresar a Francia, él y sus dos asistentes norteameri­


canos, Francis J. Lippitt y Theodore Sedgwick, comenzaron, en
los primeros meses de 1833, a dirigir una colección ya formidable
de materiales acerca de las estructuras legales y políticas de los
Estados Unidos. A la sazón habia añadido otras obras a su lista
de autoridades principales, entre ellas, dos volúmenes de los escri­
tos de Thomas Jefferson, seleccionados por L. P. Conseil y titula­
dos Mélanges politiques et philosophiques extraits des mémoires
et de la correspondence de Thomas JeffersonM, y la obra de Jo-
seph Story Commentaries on the Constitution o f the United Sta­
tes, abreviada en un solo tomo por el propio autor25. “El libro del
señor Conseil”, escribiría más tarde, “es, con seguridad, el docu­
mento más valioso que se haya publicado en Francia acerca de la
historia y la legislación de los Estados Unidos”26.
Del estudio de estas fuentes y de otras empezó a emerger un
panorama más completo del sistema federal de Norteamérica. Ya
el 3 de diciembre de 1831, Timothy Walicer habia expresado su
profunda preocupación por las rivalidades internas que ponían ti­
rantes los lazos federales, y ahora, durante una relectura de El fe ­
deralista, advertía Tocquevillc que los autores manifestaban una
ansiedad no muy distinta de la de Walker acerca del antagonismo
entre los Estados y la Unión. Habitualmente, observaba Hamii-
ton, “el poder que se tiene a raya o se reduce es siempre enemigo
y rival del poder por el que es dominado o disminuido”27. Aplica­
do a la federación norteamericana, este principio ponía a los Esta­
dos en situación de ser “un serio contrapeso del poder de la Unión
y con frecuencia en peligrosos rivales de éste”2’. Más, aún, en su
LOS ESTADOS Y EL GOBIERNO CENTRAL 113

Escrito N.° 17, Hamilton aseguraba que las ventajas de cualquier


choque entre ambos competidores naturales estaban incuestiona­
blemente del lado de los Estados: “Siempre les será más fácil a los
Gobiernos de los Estados invadir la esfera de las autoridades na­
cionales que al Gobierno nacional el usurpar la autoridad de los
Estados"29.
Era ésta una idea que iba mucho más allá del comentario de
Walker acerca del conflicto. Según Hamilton —uno de los arqui­
tectos de la Unión—, eran los Estados, y no el Gobierno nacional,
los que dominaban la federación norteamericana. Mientras reali­
zaba una ulterior revisión ue su extenso capítulo titulado “La
Constitución federal”30, Tocqaeville recordaba las palabras del es­
tadista: “ Es incluso fácil ir más lejos y es preciso decir, con el ce­
lebrado Hamilton de El federalista, que, de las dos soberanías, la
más fuerte es. ciertamente, la soberanía del Estado. Efectivamen­
te, cuanto más se analizan las Constituciones de los Estados Uni­
dos, más se piensa que si el poder del legislador ha llegado hasta
aminorar la posibilidad de una lucha entre ambas soberanías riva­
les, no ha podido garantizar que, en caso de lucha, la fuerza de la
Unión sea preponderante o siquiera igual a la de los Estados” 31.
En 1835 ofrecería una versión similar de este pasaje, pero con
dos cambios significativos. El primero es que, en La democracia
publicada, no se permitiría declarar tan lisa y llanamente que “de
las dos soberanías, la más fuerte es. ciertamente, la soberanía del
Estado” . El segundo, y el más interesante, es que eliminaría toda
mención de Hamilton y Elfederalista, por lo cual pasaría por alto
la remisión a una de sus principales fuentes de ideas acerca del po­
der y la agresividad de los Estados32.
En el N.° 17, Hamilton había también resumido las razones de
la supuesta preponderancia de los Gobiernos estaduales:
“Es una característica conocida por la naturaleza humana” , ex­
plicaba, “ el que sus afectos sean ordinariamente débiles en pro­
porción a la distancia o difusión de su objeto. Conforme al princi­
pio de que un hombre quiere más a su familia que a sus vecinos,
más a sus vecinos que a toda la comunidad, el pueblo de cada Es­
tado se inclinaría a sentir mayor parcialidad a favor del Gobierno
local que del Gobierno de la Unión; (...). Esta fuerte propensión
del corazón humano encontraría poderosos auxiliares en los obje­
tos que se regularán por los Estados.
“ La variedad de pequeños intereses que caerán necesariamente
bajo la dirección de las administraciones locales (...) formarán
114 TOCQUEVILLE Y LA UNION

otros tantos canaliilos de influencia, distribuidos por todas partes


de la sociedad, (...). Por otra parte, (...) la actuación del Gobierno
Nacional no estaría sometida a la observación directa de la masa
de ciudadanos, (...). Y como se relaciona con intereses de un
carácter más general, serán menos susceptibles de afectar los sen­
timientos del pueblo (...)”33.
Más argumentos similares aparecen en otros pasajes de El fe ­
deralista. “Muchas consideraciones (...) dejan fuera de duda que
el afecto del pueblo se inclinará primero y naturalmente hacia los
gobiernos de sus respectivos Estados”, afirmaba James Madison
en el N.° 46. “ Los intereses más personales e íntimos del pueblo
serán regulados y atendidos por obra o con intervención de los
Estados. El pueblo estará enterado en forma más familiar y deta­
llada de los negocios a cargo de éstos. La proporción del pueblo
ligado con los miembros de su Gobierno por lazos familiares, de
amistad personal o de partido será mayor; por tanto, es de espe­
rarse que la preferencia popular se incline fuertemente en favor de
ellos"34.
Aunque por ninguna parte aparece en los papeles de Tocquevi-
lle alusión alguna a estos párrafos, de Hamilton y Madison en
particular, su explicación en La democracia de 1835 de por qué
los Estados mantienen “el amor y los prejuicios del pueblo”, hace
eco a las palabras de aquéllos. Si la similitud entre sus argumentos
y los de Elfederalista no son mera coincidencia, cabe afirmar que
Tocqucville volvió a olvidarse de reconocer su deuda con “ Pu-
blio” 35.

Uno de los autores de El federalista intentó también una descrip­


ción general de la Unión Americana. “ El Gobierno de los Estados
Unidos”, escribió Tocqueville en su manuscrito, “no es, hablando
en puridad, un Gobierno federal. Es un Gobierno Nacional con
poderes limitados. Importante. Mezcla de lo nacional y lo federal
en la Constitución.” Y sigue una remisión: “Ver Federal. Federa-
list, p. I66"36.
En el Ensayo N° 39, Madison analizaba detalladamente la Ín­
dole de la Unión, arribando en la página 166 a esta conclusión:
“Como consecuencia de lo anterior, la Constitución propuesta no
es estrictamente una Constitución nacional ni federal, sino una
combinación, un acomodamiento de ambas”37.
"No. ni. sino una mezcla” no era suficiente para satisfacer a
Tocqueville. quien procedió a crear un marbete propio para califí-
LOS ESTADOS Y EL GOBIERNO CENTRAL 15

car a la federación norteamericana. Al margen del manuscrito de


trabajo, después de catalogar cuatro tipos generales de gobierno,
“ alianza temporaria: liga; alianza duradera: confederación; Go­
bierno Nacional incompleto; Gobierno nacional completo”, escri­
bió que “La Unión no es una confederación31, sino un Gobierno
Nacional incompleto”39.
Esta original definición, basada en parte en el escrito trigésimo-
nono de El federalista, aparecería en La democracia de 1835:
“ Se descubre en seguida una forma de sociedad en la cual va­
rios pueblos se funden realmente en uno solo en relación con cier­
tos intereses comunes, y permanecen separados y solamente con­
federados para todo lo demás.
”Aqu¡ el poder central obra sin intermediario sobre los gober­
nados, los administra y los juzga por si mismo, como lo hacen los
Gobiernos Nacionales; pero no actúa asi sino en el circulo restrin­
gido. Evidentemente, no es ya ése un Gobierno Federal; es un Go­
bierno Nacional incompleto. Asi se ha encontrado una forma de
Gobierno que no era precisamente ni Nacional ni Federal, pero se
han detenido alli, y la palabra nueva que debe expresar la cosa
nueva no existe todavía”40.

Los Commentaries del juez Story fortalecían ampliamente las im­


presiones que Tocqueville habia recibido del canciller Kent acerca
del papel especial de la magistratura,41 pero fue primordial y di­
rectamente de El federalista de donde obtuvo más información
acerca de cómo funcionaban los tribunales para resolver los con­
flictos entre Washington y los Estados, y de qué manera la magis­
tratura federal también influia para equilibrar los poderes rivales.
En un borrador titulado “Tribunales federales”, escribió: “Utili­
dad y necesidad de un tribunal federal. Desventajas resultantes de
lo contrario. Fed. [Federalistj, p. 93”42.
Alli, Hamilton, especial paladin de un poder judicial fuerte e in­
dependiente, escribió: “(...) una circunstancia que corona los de­
fectos de la Confederación: la falta de un poder judicial. Las leyes
son letra muerta sin tribunales que desenvuelvan y definan su ver­
dadero significado y alcance. (...) Para que haya uniformidad en
estas decisiones, deben someterse, en última instancia a un TRI­
BUNAL SUPREMO. (...) Si existe en cada Estado un tribunal
con jurisdicción de última instancia, pueden resultar tantas senten­
cias definitivas sobre el mismo asunto como tribunales haya. (...)
Para evitar la confusión que inevitablemente producirían las deci­
116 TOCQUKVILLF. Y LA UNION

siones contradictorias de una serie de magistraturas independien­


tes, todas las naciones han estimado indispensable establecer un
tribunal superior a los otros, dotado de competencia general, y fa­
cultado para fijar y declarar en última instancia las normas uni­
formes de la justicia civil.
“Esto es aún más necesario cuando la armazón del Gobierno se
halla constituida en tal forma que las leyes del todo están en peli­
gro de ser contravenidas por las leyes de las partes. Si se confiere
a los tribunales particulares la facultad de ejercer la jurisdicción
en última instancia, además de las contradicciones que hay que
esperar por las diferencias de opinión, habrá mucho que temer de
la parcialidad proveniente de las opiniones y de los prejuicios lo­
cales, y de la intromisión de la legislación regional. Cada vez que
se presentara esa intromisión, habría razón para temer que las dis­
posiciones particulares serian preferidas a las de las leyes genera­
les: (..,)”43.
Tocqueville proseguía en su manuscrito: uEs bastante cierto
que la soberanía de la Unión está circunscrita; pero cuando entra
en competencia con la soberanía de los Estados, la que decide es
una corte federal, p. 165”44.
“Es cierto”, explicaba Madison, siempre en el N° 39, “que en
las controversias relativas a la línea de demarcación entre ambas
jurisdicciones, el tribunal que ha de decidir en última instancia se
establecerá dentro del Gobierno general. (...) Un tribunal de esa Ín­
dole es claramente esencial para impedir que se recurra a la espa­
da y se disuelva el pacto; y no es probable que nadie impugne la
conveniencia de que se establezca dentro del Gobierno General
más bien que dentro de los Gobiernos Locales o, para hablar con
más propiedad, que lo único seguro es que forme parte del prime­
ro”45.
La lección es obvia. Sólo la magistratura federal asegura poner
coto al poder agresivo de los Estados sin inflamar, al mismo tiem­
po, la peligrosa rivalidad que se había creado dentro de la Unión.
La democracia de 1833 dice:
“Confiar la ejecución de las leyes de la Unión a los tribunales
instituidos por esos cuerpos políticos [los Estados], era tanto co­
mo entregar la nación a jueces extranjeros.
”Más aún, cada Estado no es solamente un extranjero en rela­
ción con la Unión, es más el adversario de todos los días, puesto
que la soberanía de la Unión no podía perder más que en prove­
cho de los Estados.
LOS ESTADOS Y EL GOBIERNO CENTRAL 117

”A1 aplicar las leyes de la Unión los tribunales de los Estados


particulares, se entregaba la nación no solamente a jueces extran­
jeros, sino a jueces parciales.
"Por otra parte, no era sólo su carácter el que hacia a los tribu­
nales incapaces de servir a un fin nacional; era sobre todo su nú­
mero.
”(••■) ¿Cómo admitir que un Estado subsista cuando sus leyes
fundamentales pueden ser interpretadas y aplicadas de veinticua­
tro maneras diferentes a la vez? Parecido sistema es tan contrario
a la razón como a las lecciones de la experiencia, (...j46
”A1 crear un tribunal federal se habia querido despojar a las
cortes de los Estados del derecho de fallar, cada una a su manera,
cuestiones de interés nacional (...). El objetivo no se habría cum­
plido si las cortes de los Estados particulares, al abstenerse de juz­
gar los procesos como federales, hubieran podido juzgarlos pre­
tendiendo que no eran federales.
”La Corte Suprema de los Estados Unidos fue revestida, pues,
del derecho a decidir en todas las cuestiones de competencia.
’'Ese fue el golpe más peligroso asestado a la soberanía de los
Estados. Se encontró así restringida, no solamente por las leyes,
sino también por la interpretación de las leyes (...). La Constitu­
ción habia señalado, es verdad, limites precisos a la soberania fe­
deral; pero cada vez que esa soberania está en competencia con la
de los Estados, un tribunal federal debe fallar el conflicto”47. He
aqui, una vez más, un reflejo silencioso de las opiniones de Hamil-
ton y Madison.

El análisis de Tocqueville de la maquinaria federal de Norteaméri­


ca tiene sus puntos flacos. A pesar de una comprensión aparente­
mente sana de las complejidades implícitas en la relación Estado-
federal48, en su obra publicada exhibe a veces una persistente con­
fusión, hablando en ocasiones de la Unión como si formara un
solo pueblo, y en otras definiéndola como una mera “ agrupación
de repúblicas confederadas”49.
Tal vez esta contradicción constante se debiera al entusiasmo
excesivo con que Clay aceptó su anterior idea de veinticuatro “na­
ciones pequeñas y casi completamente separadas” . Pero una
razón más probable es la tendencia que tenia Tocqueville a con­
centrarse, de cuando en cuando, tan intensamente en una sola fa­
ceta de un problema, que momentáneamente se quitaba de la
mente otras perspectivas. La federación norteamericana era, des­
118 TOCQUEVILLE Y LA UNION

pués de todo, como se afirma repetidas veces en La democracia,


ambas cosas: una sola nación (o una nación incompleta), y una
reunión de sociedades políticas pequeñas (o una federación, o
confederación).
Además, por lo menos en un caso. La democracia lleva los ar­
gumentos, tomados de Elfederalista y de otras fuentes, más lejos
de lo que sus autores se propusieron originalmente.
Uno de los intentos de Madison de separar los intereses legíti­
mos de los Estados, de los de la Unión, impresionó tanto a Toc­
queville, que lo citó en su texto: MLos poderes que la Constitución
delega en el Gobierno federal están definidos y son poco numero­
sos. Los que quedan a la disposición de los Estados particulares
son por el contrario indefinidos, y muy numerosos. Los primeros
se ejercen particularmente en los objetos exteriores, tales como la
paz, la guerra, las negociaciones y el comercio. Los poderes que
los Estados particulares se reservan se extienden a todos los obje­
tos que siguen el curso ordinario de los negocios, e interesan a la
vida, la libertad y la prosperidad del Estado”30*.
Es posible que haya tropezado también con las opiniones coin­
cidentes de Joseph Story y Thomas JefTerson. ‘‘Los poderes del
Gobierno general”, anunciaba el juez en sus Commentaries,
“serán, y en verdad deben serlo, empleados principalmente sobre
objetos exteriores. (...) En sus actividades interiores puede alcan­
zar a sólo unos pocos objetos. (...) Los poderes de los Estados, en
cambio, se extienden a todos los objetos que, en el curso ordinario
de los negocios, conciernen a las vidas, las libertades y la propie­
dad del pueblo”51.
Y en una carta que aparece en los volúmenes de Conseil, JefTer­
son adelantaba una tesis similar: “ A los Gobiernos de los Estados
les están reservadas la legislación y la administración totales, sólo
en los asuntos que conciernen a sus propios ciudadanos, y al Go­
bierno federal se le confiere todo lo que se refiere a los extranjeros
o a los ciudadanos de otros Estados: sólo estas funciones deben
hacerse federales. Una es la rama interior, y la otra la exterior, del
mismo Gobierno”52.
En aparente concordancia con estas voces, Tocqueville llegaría
por dos veces a una conclusión similar en su obra de 1835: ‘‘El

* Existen lógicas, aunque ligeras, diferencias de redacción de este párrafo,


entre las ediciones del FCE de La democracia y de Elfederalista. Esta traduc­
ción está tontada de la primera. (/V. del T.)
LOS ESTADOS Y EL GOBIERNO CENTRAL 119

Gobierno federal (...) no es más que una excepción y el Gobierno


de los Estados es la regla común (régle commune)”si y diría tam­
bién, en lo que parece estar en obvia concordancia con unas auto­
ridades imposibles de someter ajuicio político, “al Gobierno fede­
ral apenas le compete algo más que las relaciones exteriores; son
los Gobiernos de los Estados los que realmente controlan a la so­
ciedad norteamericana”54.
Tales conclusiones, aunque no erróneas, eran por lo menos
polémicas y más tarde recibieron críticas de los lectores de La de­
mocracia55.

Hurgando una y otra vez en el tesoro de El federalista, Tocquevi-


Ile reunió tantos argumentos e ideas que no siempre pudo separar
el pensamiento de “Publio” del propio. En 1835 elogiaría caluro­
samente y, a menudo, reconocería su deuda a los ensayos norte­
americanos, pero cabe pensar que su confianza en ellos era quizá
mayor de lo que él mismo creia, toda vez que pasa en silencio
otras muchas deudas56.
¿Qué cabe pensar, si no, de la grave acusación que hizo el juez
Story en 1840, de que La democracia contenía informaciones y
teorías en gran parte plagiadas de sus Commentaries y de Elfede­
ralista? Efectivamente, más de una vez, Tocqueville oscurecería
los nexos entre sus ideas y los orígenes de éstas, por no incluir en
La democracia algunas citas específicas que si aparecen en los
borradores o en el manuscrito de trabajo; pero las repetidas refe­
rencias a Story y a El federalista, y varias citas de ambos, ponen
en claro que no tenia la intención, en las obras publicadas, de
ocultar el intenso uso que había hecho de los dos libros. Además,
cuando Tocqueville y Beaumont visitaron los Estados Unidos, las
opiniones concordantes de “Publio” y del juez formaban parte del
conocimiento común de prácticamente todos los norteamericanos
cultos a quienes conocieran los visitantes, de suerte que éstos mal
podrían haber dejado de absorberlos57.
Más, aún, Story no percibió un alejamiento significativo del au­
tor de La democracia de la escuela “ortodoxa” de pensamiento
representada por El federalista. La opinión, aparentemente acep­
table, de que los Estados mantenían el equilibrio del poder dentro
de la Unión condujo a Tocqueville a la conclusión, más bien heré­
tica, de que la duración de la república norteamericana dependía
de la voluntad de los Estados. En este tema adoptó una idea que
repugnaba al juez y a la mayoría de los demás autores que leyó.
120 TOCQUEV1LLE V LA UNION

En su manuscrito de trabajo observa que la Unión, como otras


confederaciones, se basaba “en un contrato obligatorio para todas
las partes”3*. Pero los contratos que una parte rompe pueden ser
terminados por la otra, y en 1835 Tocqueville escribió que la
U nión se basaba en el consenso libremente otorgado por los Esta­
dos. Se atrevería asimismo a declarar que los Estados eran partes
del contrato y que, si uno o más decidieran retirarse, el Gobierno
federal no podría, constitucionalmente, impedírselo. “ La confede­
ración ha sido formada por la libre voluntad de los Estados; éstos,
al unirse, no han perdido su nacionalidad, y no se han fundido en
un solo y mismo pueblo. Si hoy dia uno de esos mismos Estados
quisiera retirar su nombre del contrato, sería bastante difícil pro­
barle que no puede hacerlo. El Gobierno federal, para combatirlo,
no se apoyaría de manera evidente, ni sobre la fuerza, ni sobre el
derecho"*9.
Ni Story ni El federalista acordaban a los Estados el derecho
de secesión; ¿dónde, pues, podía Tocqueville haber encontrado
semejante doctrina?
En 1825, William Rawle, un comentarista menos conocido, ha­
bía publicado un libro de análisis titulado A View o f the Constitu-
tion o f the United States60, y aunque entre los papeles de Tocque­
ville no hay indicio alguno de que lo hubiera leído mientras escri­
bía los borradores de La democracia, se encontraba, sin embargo,
expuesto a la explicación de Rawle, un tanto excéntrica, de la na­
turaleza de la Unión norteamericana. Las Mélanges del Conseil
contenían un breve tratado y notas sobre la Constitución de los
Estados Unidos “ tomados, en su mayoría, de la obra publicada
acerca de esta Constitución por William Rawle, L.L.D.”61, y en
una nota de pie de página, Rawle, a través de Conseil, quizá
sembró las semillas de la confusión: “Es necesario decir que los
Estados Unidos, en su forma actual, constituyen una sociedad
compuesta no sólo de un pueblo dividido en otras sociedades se­
cundarías, sino también, en ciertos aspectos, de estas mismas so­
ciedades secundarías. El Estado, como el pueblo que lo habita,
son miembros y partes integrantes de la Unión; sin embargo, no
toma parte como poder confederado”62.
Es presumible que Rawle entrara más poderosamente en el
pensamiento de Tocqueville a través de la persona de Francis J.
Lippitt. Sesenta años después de haber servido a Tocqueville re­
cordaría “ciertos detalles no totalmente mal-á-propos*'\ “ En mi
* “Inoportunas”. (M del T.)
LOS ESTADOS Y EL GOBIERNO CENTRAL 121
año superior del colegio tuvimos a Rawle para estudiar la Consti­
tución durante seis meses.” El joven norteamericano posiblemente
analizara y resumiera a Rawle en muchos de los materiales para
Tocqueville, y si él y su jefe alguna vez conversaron sobre los Es­
tados y la Unión, es casi seguro que Rawle apareciera repetidas
veces como tercer ¡nterlolocutor en sus conversaciones61.
El tratado que usó Conseil y que Lippitt estudió en Brown re­
producía. en su mayor parte, las ideas corrientes acerca de la
Constitución y de la naturaleza de la Unión tal como las veian
Story, Kent, Hamilton o Madison; pero diferia sustancialmente en
una cuestión de capital importancia. Aunque profesara el afecto
habitual a la Unión, Rawle insistía en que “los Estados (...) po­
drían retirarse completamente de la Unión”44.
Se produjo un escándalo de no muy grandes proporciones entre
los seguidores del canciller y el juez cuando descubrieron esta ex­
traña opinión al final del libro de Rawle63, pero es evidente que
Tocqueville aprobaba —por lo menos, a veces— la inusitada doc­
trina: ecos de ello suenan, en ocasiones, en La democracia de
1835.

La opinión que Tocqueville tenía de la relación entre los Gobier­


nos federal y estaduales de Norteamérica, tal como la presenta en
La democracia, era muy profunda y ajustada, especialmente si se
la compara con las explicaciones de la mayoría de los demás via­
jeros franceses que volcaron sus impresiones en el papel66. Aún
los vestigios de confusión y posibles errores de su obra palidecen
y resultan insignificantes cuando se piensa que, en 1835, los pro­
pios norteamericanos no estaban todavía muy seguros de lo que
era su Unión o de la manera como presumiblemente debía funcio­
nar67.
La total confianza de Tocqueville en la interpretación naciona­
lista predominante, tal como la exponía “ Publio”, Kent, Story y
otros, le ponía en contacto con lo mejor del pensamiento constitu­
cional norteamericano y, por lo mismo, era sumamente beneficio­
sa para su comprensión. Pero, en 1835, su affaire américaine re­
flejaría El federalista probablemente más de lo que él mismo se
daba cuenta y, con seguridad, más de lo que La democracia
revela.
También, en su uso de los famosos ensayos, Tocqueville apa­
rentemente no llegó a descubrir diferencias notables entre las re­
censiones de la Constitución de Hamilton y de Madison, o entre
122 TOCQUEVILLE Y LA UNION

sus respectivas nociones de la naturaleza de la Unión norteameri­


cana. En Hamilton encontró refuerzos para sus intuiciones acerca
de la amenaza de los Estados, la necesidad de un Gobierno cen­
tral fuerte y la deseabilidad de un poder judicial federal poderoso
e independiente. De Madison aprendió que la Unión, aunque era
claro que no se trataba de una confederación como las histórica­
mente conocidas, no era tampoco una nación unificada, sino más
bien una forma política nueva y única. Fue también Madison
quien contribuyó a convencerle de que la autoridad central era.
después de todo, un Gobierno de jurisdicción rígidamente restrin­
gida y. decididamente, la excepción y no la regla. Evidentemente,
Tocqueville no llegó a advertir que estas dos encarnaciones de
“Publio” ofrecían con frecuencia unas opiniones con énfasis signifi­
cativamente distintos.
Finalmente, en 1835, sostendría dos ideas inconciliables sobre
el derecho de secesión de los Estados. Por un lado, confiado en
sus eminentes maestros, resumiría y luego denunciaría como esen­
cialmente destructivas las teorías de John C. Calhoun acerca de la
nulificación. Pero en otros lugares les otorgaría a los Estados el
pleno derecho constitucional de retirarse de la Unión cuando les
viniera en gana. Sea porque no se diera cuenta de esta autocontra-
dicción, o sea porque no pudiera resolverla definitivamente, es ex­
traño que presente estas dos opiniones encontradas en las páginas
de su grand ouvrage.
VIII. UN PROFETA EQUIVOCADO

En marzo de 1831, cuando Tocqueville y Beaumont tomaron en


Francia el buque Le Havre, llevaban consigo una historia elemen­
tal de los Estados Unidos, quizá Histoire des Etats-Unis de Ar-
nold SchefTer, que habia aparecido en París en 1825'. En menos
de trescientas páginas, el autor pasaba ambiciosamente revista a
lo ocurrido en Norteamérica desde los viajes del Descubrimiento
hasta 1824, y aún le quedaba espacio para algún comentario in­
terpretativo. Hacia el final del libro, después de citar estadísticas
censuales y de anotar la rápida admisión y la creciente influencia
de Estados nuevos, lucubraba acerca del futuro de la república
norteamericana. “Algún dia, la enorme extensión territorial que
abarcan los Estados Unidos (...) alcanzará el limite pleno de po­
blación; es probable que, entonces, Norteamérica se divida en dos
o más repúblicas’'2. ¿Era correcta esta predicción? ¿Terminaría la
Unión norteamericana diluyéndose en varías naciones más pe­
queñas?2.
Todavía a bordo del barco, Tocqueville le preguntó a Peter
Schermerhorn, un neoyorquino acaudalado, compañero de viaje,
qué opinaba al respecto. “Cuando le hablé al señor Schermerhorn
de la posible división que pudiere tener lugar entre las provincias
[Estados], no pareció estar convencido de que ello fuera lo menos
de temer en el mundo, en el futuro inmediato.” Pero si creía el co­
merciante que “pudiera acaecer algún día, pronto"4.
Otros norteamericanos, entre ellos uno que había sido reciente­
mente presidente de los Estados Unidos, también se inclinaba en
favor de la tesis de SchefTer. “ Luego hablé (con John Quincy
Adams] acerca de los peligros más inminentes para la Unión y las
causas que pudieren conducir a su disolución. No respondió nada,
pero resultaba fácil ver que, en este asunto, no mostraba mayor
confianza en el futuro que yo”5.
Otro ciudadano dio rienda suelta con mejor voluntad a su len­
gua. Según Timothy Walker, las controversias sobre las tarifas,
las tierras públicas, la balanza que rápidamente se inclinaba hacia
el Norte respecto del Sur, y la suspicacia y resentimiento de los
123
124 TOCQUEVILLE Y LA UNION

Estados para con el Gobierno central, debilitaban peligrosamente


los vínculos federales6.
Jocl Poinsett. que disentía en parte, más tarde negaría que los
"nuüficadores”, que se multiplicaban rápidamente a raíz del asun­
to de las tarifas, amenazaran a la Unión, pero también expresaba
su preocupación por la declinación relativa del Sur y por el encar­
nizamiento cada vez mayor de las disputas sectoriales. El hombre,
oriundo de Carolina del Sur, aceptaba la observación de Tocque-
ville de que “es imposible que este estado de cosas no cree una si­
tuación de celos y suspicacia en el Sur. Los débiles no suelen creer
en la honradez de los fuertes”7.
Lo curioso, sin embargo, era que los norteamericanos mezcla­
ban a menudo una vigorosa desconfianza en el Gobierno central
con su incertidumbre acerca de la duración de la Unión. El señor
Clay, por ejemplo, expresaba un temor corriente al advertir a
Tocqueville sobre una gran flaqueza de la democracia de Francia:
la preponderancia de París*. “ Los norteamericanos”, observaría
Tocqueville no mucho después, “tienen (...) miedo de la centraliza­
ción y del poderío de las capitales”9.
Más tarde, durante la preparación de su obra y reflexionando
sobre sus experiencias en Norteamérica, recordaría: “ Más de una
vez, en los Estados Unidos, tuve ocasión de advertir (...) una ex­
traña preocupación: (...) la idea de la consolidación de la sobera­
nía en manos del Gobierno central atormenta la imaginación de
los estadistas, asi como la del pueblo” 10.
¿Qué futuro era el más probable: la desunión o la consolida­
ción? Sus anfitriones parecían empantanados en la indecisión, pe­
ro hacia el final de su visita a Norteamérica, en la mente de Toc­
queville empezó a cobrar forma un pronóstico de desintegración.
El 31 de enero de 1832, bajo el titulo de “Futuro de la Unión”, es­
cribía:
Uno de los mayores peligros que corre la Unión, que parece ser
resultado de su misma prosperidad: la rapidez con que están sur­
giendo naciones nuevas en el Oeste y el Suroeste, la ponen, efecti­
vamente. a dura prueba.
El primer resultado de este crecimiento desproporcionado es el
de alterar violentamente el equilibrio de fuerzas y de influencia
política. Los Estados poderosos se debilitaban; unos territorios
sin nombre se convertían en Estados poderosos. La riqueza, lo
mismo que la población, cambiaba de lugar. Estos cambios no
podían tener lugar sin roces de intereses, sin azuzar violentas pa­
UN PROFETA EQUIVOCADO 125

siones. La rapidez con que se producen las hace todavía cien ve­
ces más peligrosas".

Walker y Poinsett habían dejado marcas en su pensamiento.


Mientras llevaba su vida monacal en París y en Baugy, trabajan­
do en los primeros capítulos de La democracia, Tocqueville no
habría podido dejar de advertir una tesis de El federalista que pa­
recía casi destinada a confirmar sus dudas sobre la durabilidad de
los Estados Unidos. Apartándose de las consideraciones estadísti­
cas o políticas, H amil ton ofrecía un argumento basado en la es­
tructura misma de la Unión norteamericana. Las federaciones,
declaraba, se encaminan naturalmente hacia la desintegración:
“(...) en toda asociación política basada en el principio de reunir
en un interés común a varías soberanías menores existe una ten­
dencia excéntrica, peculiar a las partes subordinadas o inferiores,
por virtud de la cual se esforzarán continuamente por separarse
del centro común” 12.
En un ensayo posterior se desarrolla más extensamente la cues­
tión. “ En el transcurso de estos artículos”, escribía Madison en el
N.° 45, “ hemos esbozado algunas consideraciones que hacen po­
co creíble la suposición relativa a que la actuación del Gobierno
federal resultará gradualmente funesta para los Gobiernos de los
Estados. Cuantas más vueltas le doy al asunto, más persuadido
quedo de que el equilibrio tiene más probabilidades de romperse
debido a la preponderancia de los últimos que a la del primero.
Hemos visto en todos los ejemplos de las confederaciones anti­
guas y modernas, que la tendencia más potente que continuamen­
te se manifiesta en los miembros, es la de privar al Gobierno gene­
ral de sus facultades, en tanto que éste revela muy poca capacidad
para defenderse contra estas extralimitaciones” . Había incluso ad­
mitido que la Constitución no le garantizaba a la república nor­
teamericana una total inmunidad contra esa enfermedad histórica.
“ Aunque en la mayoría de estos ejemplos el sistema era tan distin­
to del que ahora examinamos, que se debilita seriamente cualquier
inferencia respecto al segundo que se base en la suerte que corrie­
ron las primeras, como los Estados conservarán bajo la Constitu­
ción propuesta una parte considerable de soberanía activa, no de­
be prescindirse de ella en absoluto” 13.
A medida que iba tomando forma La democracia de 1835,
Tocqueville hizo suya la premisa de “Publio” y, en un borrador ti­
tulado “ Lo que debe entenderse por la palabra soberanía y por la
126 TOCQUEVILLE Y LA UNION

expresión derechos de soberanía’ ”, teorizaba que pueden formar­


se naciones soberanas por la unión, bien de individuos, o bien de
pequeñas sociedades independientes. "Cuando el soberano se
compone de individuos [se da] una tendencia a reunir el ejercicio
de todas las acciones principales en las mismas manos. (...) Cuan­
do [el soberano está] oompuesto de naciones, [se da] la tendencia
inversa” 14.
"De suerte que la manera como se forme el soberano”, conti­
nuaba. "ejerce gran influencia sobre la división que hace de su au­
toridad. He ahí un punto de partida en el que poco se piensa11.
”(...) La tendencia natural de un pueblo (...) es de concentrar in­
definidamente las fuerzas sociales hasta llegar al puro despotismo.
La tendencia natural de las confederaciones es de dividir indefini­
damente dichas fuerzas hasta llegar al desmembramiento” 16.
Asi, la naturaleza misma de la federación norteamericana la
condenaba, aparentemente, a una existencia breve. Carente de la
fuerza necesaria para contrarrestar ese impulso centrifugo natu­
ral, la Unión seguiría existiendo únicamente a placer de los Esta­
dos17 y, aunque los intereses materiales y algunos no materiales
instaran a los Estados a adherirse a la federación1®, varias otras
fuerzas debilitaban su apego al Gobierno nacional19.
En observaciones que reflejan la ansiedad expresada en sus no­
tas de viaje de diciembre de 1831 y enero de 1832, escribia Toc-
queville en su manuscrito de trabajo: “Lo que más compromete el
sino de la Unión es su misma prosperidad, es el rápido crecimien­
to de algunas de sus partes”20. Los norteamericanos, expresaba,
eran “ un pueblo entero que viaja”21. Se enorgullecían de su largo
éxodo hacia el Oeste, pero Tocqueville anotaba, con cierto recelo,
que “ hay algo de revolucionario en ese avance”22.
Tanto los fallos de estructura como el crecimiento incontrolado
hacian, pues, inexcusable la conclusión, que resumió al margen
del manuscrito de trabajo: “ Asi que la existencia de la Unión, un
riesgo. Su desmembramiento, algo siempre posible. Algo seguro
en el tiempo”23.
En 1835, varios pasajes insinúan la desgracia prevista para
más adelante, pero en ningún lugar del texto publicado proclama­
ría tan audazmente la disolución inevitable de la nación norteame­
ricana24.

Pero un pronóstico de desunión no resolvía la indagación, porque


Tocqueviile se daba cuenta de que la muerte de la Unión podía ser
UN PROFETA EQUIVOCADO 127

resultado de una disminución gradual del vigor nacional tanto co­


mo del retiro súbito de Estados celosos y desgobernados. “Entre
las causas que pueden acelerar el desmembramiento de la Unión
se encuentra, en primer lugar, la condición de debilidad e inercia
en que pudiera caer el Gobierno federal. Si, de tal manera, el po­
der central llegara a tal estado de endeblez que no pudiera ya ser­
vir de árbitro entre los distintos intereses provinciales ni pudiera
defender eficazmente a la Unión de los extranjeros, su utilidad se­
ria dudosa y la Unión no existiría más, como no fuera sólo en los
papeles”25.
“ Publio” habia formulado la teoría de que los Estados zapa­
rían constantemente la fuerza de la Unión, pero, para averiguar si
efectivamente se estaba tornando débil el Gobierno nacional. Toc-
queville volvió a recurrir a Kent, a Story y a Conseil. a una gran
variedad de escritos oficiales y oficiosos, y a otros tres libros: A
Hislorical Sketch o f the Formation o f the Cotfederacy16 (“ Bos­
quejo histórico de la formación de la Confederación”. N. del T.).
de Joseph Blunt; Outlines o f the Constitucional Jurisprudence o f
the United States27 (“ Esbozo de la jurisprudencia constitucional
de los Estados Unidos”, N. del T .\ de William Alexander Duer. y
Constitucional Law: Being a View o f Practice and Jurisdiction o f
the Courts o f the United States and o f the Constitutional Points
Decided28 (“Derecho constitucional, que es un panorama de la
práctica y jurisdicción de los tribunales de los Estados Unidos y
de los aspectos constitucionales resueltos”, N. del T .\ de Tilomas
Sergeant.
Este último libro, que Tocqueville definió como “un comentario
excelente de la Constitución de los Estados Unidos”2*, fue el pri­
mero que recurrió a los fallos tribunalicios30 para fundamentar la
tesis de que muchas de las prerrogativas legitimas y ya acordadas
al Gobierno federal se habían perdido por timidez. Citando casos
en cada página, Sergeant afirmaba que, con su potestad de esta­
blecer oficinas de correos y tender rutas postales, y de proveer al
bienestar general, estaba claro que el Gobierno nacional tenia au­
toridad para emprender mejoras interiores, y que asi lo habia he­
cho con toda libertad hasta el veto de Monroe de 18173‘. Decia
además que una cláusula “ necesaria y apropiada” confería al Go­
bierno federal el derecho de fundar un banco nacional32. Sólo los
vetos ejecutivos y la inacción nacional habían permitido que los
Estados cuestionaran estas responsabilidades federales estableci­
das desde mucho tiempo atrás.
128 TOCQUEVILLE Y LA UNION

El libro de Joseph Blunt contenía un mensaje similar, pero lo di-


rigia a otros dos problemas. El titulo completo es: A Historical
Sketch o f the Formation o f the Confederacy Particularly with Re-
ference to the Provincial Limits and the Jurisdiction o f the Gene­
ral Government over the Indian Tribes and the Public Territory
(“Bosquejo histórico de la formación de la Confederación, con parti­
cular referencia a los limites provinciales y a la jurisdicción del
Gobierno general sobre las tribus indias y los terrenos públicos”,
N. del T.). Como a muchos de sus conciudadanos de 1825, a
Blunt le alarmaban las frecuentes acusaciones de usurpación que
se lanzaban contra el Gobierno federal, por sus políticas para con
los indios y las tierras públicas, y, con la esperanza de responder a
esas acusaciones, emprendió un minucioso estudio de ambas
cuestiones. “En este imperfecto volumen”, decía en la dedicatoria
de introducción, “me atrevo a presentar al público el resultado de
mi examen. (...) Si es correcto, no sólo reivindica al Gobierno fe­
deral de todas las acusaciones de atención indebida, sino que de­
muestra que, en su deseo de conciliar la buena voluntad de las au­
toridades estaduales, ha concedido más de lo que ellas pudieran
razonablemente pedir”33.
Tocqueville recibió un ejemplar de Outlines de su autor34 y des­
cubrió que Duer también sostenia una opinión vigorosamente na­
cionalista, basada, según el prefacio, en El federalista, en los
escritos de Kent, Story y Ravrié55, en los discursos de Daniel Webs­
ter y en las opiniones del presidente de la Corte Suprema de Justi­
cia, John Marshall36.
Estos tres libros se referían a la mayoría de las cuestiones del
período de Jackson; pero, para detalles de la controversia de las
tarifas y la nulificación, Tocqueville se vio obligado a emprender
una investigación por su cuenta; en un borrador aparece una lista
de los escritos que consultó, entre otros:
1. Documentos legislativos, 22° Congreso, 2.* sesión, N.° 30.
2. Informe elevado a la Convención de Carolina del Sur.
3. Ordenanza de Nulificación del 24 de noviembre de 1832.
4. Proclamación del gobernador Hamilton (sic) del 27 de no­
viembre de 1832.
5. 15 de diciembre de 1832. Proclamación del gob. Ham. (sic).
6. ( ...f Leyes del 20 de diciembre de 18323*.
De estas y de otras fuentes, llegó a la conclusión de que, en va­
rias de las cuestiones claves de conflicto entre los Estados y la
UN PROFETA EQUIVOCADO 129

Unión —“ Nulificación, Indios, Mejoras Internas, Tierras, Ban­


ca”39—el Gobierno federal se había batido en ignominiosa retira­
da. Más, aún, parecía que el Gobierno de Washington tuviera, en
la década de 1830, menos prerrogativas reconocidas que en 1789.
Todavia un tanto incrédulo acerca de semejante pérdida de auto­
ridad, Tocqueville se aconsejaba a sí mismo “ver en Story todos
los asuntos en que ha entendido el Gobierno federal y los que to­
davía le corresponden, a fin de averiguar si su poder (¿7)40 aumen­
ta o disminuye”41.
Es evidente que el libro del juez acalló todas sus dudas, dado
que, en otro borrador, resumía asi sus descubrimientos: “Debili­
dad de la Unión, probada por la sucesión de los acontecimientos.
(...) Todas las enmiendas de la Constitución se han hecho para
restringir el poder federal. El Gobierno federal ha abandonado, en
la práctica, ciertas prerrogativas, y no ha adquirido ninguna más.
Cada vez que un Estado ha hecho frente resueltamente a la
Unión, más o menos ha obtenido lo que deseaba”43.
“La fuerza real”, concluía brevemente, “ha quedado en los Es­
tados. Esto, probado por los hechos. (...) Durante cuarenta años,
el vínculo federal se ha ido aflojando constantemente. La Unión
pierde constantemente y no recupera”43. En La democracia de
183S afirmaría que, “ si se quiere estudiar con cuidado la historia
de los Estados Unidos desde hace cuarenta y cinco años, se con­
vencerán sin dificultad de que el poder federal decrece”44.

Convencido de que la Unión se dividiría de una manera u otra,


Tocqueville trataba con dureza, en sus borradores, a los america­
nos aterrados por lo que él consideraba el fantasma “ absurdo” de
una consolidación45. Tal vez los Commentaries de Story, escritos
mayormente como reacción contra la doctrina de John C. Cal-
houn de la nulificación46, fortalecieran su escepticismo. En la fir­
me creencia de que la verdadera amenaza contra la Unión era el
poder de los Estados, el magistrado se mofaba de los que temían a
las ambiciones federales: “ Hasta ahora, nuestra experiencia ha
demostrado la total seguridad de los Estados, bajo el funciona­
miento benigno de la Constitución. Nadie osará afirmar que el po­
der de ellos haya disminuido en relación con el de la Unión”47.
“Por lo que a mi respecta”, confesaba concordantemente Tocque­
ville, “(...) busco en vano lo que ese terror pueda tener de real y
apreciable.” En La democracia de 1833 daría una versión un tan­
to más diplomática de la misma opinión4*.
130 TOCQUEVILLE Y LA UNION

Sólo una de las grandes autoridades en que se basaba Tocque-


ville, Thomas Jefíerson, disentía claramente de esta idea. En
varías de las cartas incluidas en el libro de Conseil, el virginiano sos­
tenía que el Gobierno central ganaba en poder en lugar de perder­
lo, y que la independencia de los Estados iba en fírme disminu­
ción49. En 1825, por ejemplo, se quejaba ante William B. Gilíes:

Veo. igual que usted, y con profunda aflicción, que la rama fe­
deral de nuestro Gobierno avanza a pasos agigantados y rápida­
mente hacia la usurpación de todos los derechos reservados a los
Estados, y a la consolidación en día de todos los poderes, exterio­
res e interiores; y ello también, merced a elaboraciones que. aun­
que legitimas, no ponen coto a su poder. Considere conjuntamen­
te las decisiones de la corte federal, las doctrinas del presidente y
las elaboraciones erradas que impone al conjunto constitucional
la legislatura de la rama federa], y le resultará más que evidente
que las tres ramas gubernativas de ese sector se coluden para
arrebatar a sus colegas, las autoridades de los Estados, los pode­
res reservados a ellos, y para ejercer ellas mismas todas las fun­
ciones exteriores e interiores50.

Jefíerson proseguía explicando con cierto detalle cómo el Go­


bierno nacional usaba de su poder para regular el comercio, la
cláusula del bienestar general y otras herramientas para sojuzgar
a los Estados. Para las cualidades proféticas de Tocqueville, es de
lamentar que no atendiera a la disensión del gran demócrata.

En La democracia de 1835, fijaría vagamente la fecha del co­


mienzo de la declinación de la Unión: “A medida que el Gobierno
federal afirmaba su poder, Norteamérica ocupaba su rango entre
las naciones, la paz renacía sobre sus fronteras y el crédito públi­
co se fortalecía. A la confusión seguía un orden fijo que permitía a
la industria de los individuos seguir su marcha natural y desarro­
llarse en libertad”51.
Sin embargo, en los borradores y el manuscrito se indican mo­
mentos mucho más precisos para el comienzo de la inestabilidad
de la nación, e incluso se atribuye la responsabilidad a un estadis­
ta norteamericano en particular: “ Revelar cómo los presidentes
que se han sucedido desde Jefíerson han ido despojando continua­
mente al Gobierno federal de sus atribuciones”, resolvía en uno de
los primeros bosquejos52.
En una nota marginal del manuscrito de trabajo, aventuraba
UN PROFETA EQUIVOCADO 131

una opinión mucho más directa: “Creo, pero hay que verificarlo,
que la entrada de los republicanos en el poder federal fue el primer
paso, paso indirecto pero real, por este camino” 53.
“ El Gobierno federal”, explicaba, “se encontró desde entonces
en una situación muy crítica; sus enemigos gozaban del favor po­
pular, y fue prometiendo debilitar el Gobierno federal como gana­
ron el derecho de dirigirlo. Desde ese periodo, es fácil rastrear, en
los hechos, los sucesivos sintomas de debilitamiento del poder
central. La reacción contra el poder central empezó hacia 1800.
Todavía continúa hoy”54.
Pero antes de enviar el manuscrito al impresor, el autor, cauta­
mente, eliminó tanto el comentario al margen como la referencia
precisa al año 1800; en el texto publicado de La democracia no se
acusa a nadie en particular de la debilidad creciente de la Unión55.
De suerte que, una vez más durante el proceso de redacción, Toc-
queville decidió moderar una de sus opiniones acerca del destino
de la Unión. El texto de 1835 se abstiene de cualquier afirmación
de disolución inevitable, de cualquier rechazo irónico de los mie­
dos norteamericanos de consolidación y de cualquier condena a
Jefferson. Pueden pensarse varías explicaciones posibles de esta
retirada. Indudablemente, el autor de La democracia evitaba
ofender innecesariamente a los norteamericanos, asi que pensó
mejor, probablemente, su transparente desprecio por un tormento
común a los norteamericanos y su ataque al héroe republicano.
También era sumamente suspicaz ante los que pretendían ver el
futuro y. una vez pasada la excitación de la composición, es posi­
ble que decidiera volverse atrás en algunos de sus pronósticos más
atrevidos. Refiriéndose a los acontecimientos que pudieran dete­
ner, retardar o acelerar el debilitamiento de la Unión, concluía en
última instancia: “ El porvenir los oculta y no tengo la pretensión
de poder levantar su velo”56.
Otra explicación posible es que le persuadieran a moderarse
uno o más de sus amigos norteamericanos. Quizás aguijoneado
por Sedgwick. Lippitt, Edward Livingston y otros, se inclinara a
revisar su apreciación del papel de Jefferson. Ya en el verano de
1833, por ejemplo, mucho antes de que apareciera la primera par­
te de La democracia, había recibido de Norteamérica claros indi­
cios de que sus ¡deas acerca de "l’qffaiblissement de l’Unión”* es­
taban equivocadas.
*“EI debilitamiento de la Unión”. (N, del T.)
132 TOCQUEV1LLE V LA UNION

El 30 de agosto de 1833, Jared Sparks dedicaba parte de una


carta a narrar acontecimientos recientes:

Desde que estuvo usted en Norteamérica, ha habido un fer­


mento en nuestros asuntos políticos. La locura de la nulificación,
de Carolina del Sur, provocó alarma. Ahora está sojuzgada y to­
do está tranquilo. La voz de la nación fue tan fuerte contra las
doctrinas de los nulifícadores, que no pudieron hacer progreso al­
guno: y aún cuando éstos probablemente reaparezcan en alguna
forma, no hay temor de que la república sufra ninguna herida.
Cualesquiera intentos de desunión, provenientes de cualquier par­
te, chocarían con una oposición abrumadora. Lo que ocurra con
el tiempo es difícil de prever; pero, para muchos años por venir, la
unión de los Estados seguirá firmemente establecida17.

Menos de un mes más tarde, una carta similar de H. D. Gilpin


indicaba que la opinión de Sparks no se debia meramente a su
idiosincrasia: “Las dificultades surgidas en el Sur, confiamos en
que hayan tocado a su fin y, en tal caso, hay motivo para congra­
ciarse no poco en que, lo que nos amenazó tan gravemente, haya
pasado con los resultados esperados, de fortalecer, y no de debili­
tar, a la Unión”58.
Aunque en 1835 no diera Tocqueville mucho crédito a estas
afirmaciones optimistas de la perdurabilidad de la Unión, ya he­
mos apuntado que en 1838 terminaría por reconocer y decidirse a
admitir su error en cuanto a la declinación de la federación nor­
teamericana. “Será necesario demostrar cómo los hechos recien­
tes justifican la mayoría de las cosas que he dicho”, escribía por
esa época; pero anadia, crípticamente: “ El debilitamiento del
vinculo federal (...) admitir mi error”59. Un reconocimiento tardío
era mejor que nada; pero, en 1833, por hacer caso omiso de aque­
llas cartas de Norteamérica, habia perdido su segunda oportuni­
dad de afirmar sus cualidades de vidente.

Asi. dejó de lado sus lecturas y conversaciones para inventar un


nombre original aplicable a lo que él entendía que era la Unión
norteamericana: un gouvernement national incomplel*. Su visión
de este extraño Gobierno, perceptiva y en gran parte exacta, tam­
bién era, sin embargo, pesimista en varios aspectos significativos,
porque la veia poderosa tan sólo dentro de una esfera de autorí-

* “ Un Gobierno nacional incompleto”. (N. del T.)


UN PROFETA EQUIVOCADO 133

dad estrictamente limitada, como totalmente dependiente de los


Estados agresivos y preponderantes, y aquejada de una senilidad
progresiva y penosa, y por ello seguramente condenada, en última
instancia, a la disolución. “Asi que la existencia de la Unión, un
riesgo. Su desmembramiento, algo siempre posible. Algo seguro
en el tiempo.”
Paradójicamente, esta tenebrosa concepción de la naturaleza y
el destino de la Unión norteamericana60, salvo por su anómalo pa­
recer acerca de la secesión, era en gran parte reflejo de los escritos
de “ Publio”, Story y otros federalistas ardientes. Tocqueville nun­
ca consideró en su totalidad las implicaciones del hecho de que
esos hombres escribieran con temor de la anarquía y deseo de cal­
mar las ansiedades de sus conciudadanos, siempre temerosos de
un Gobierno central fuerte. Consiguientemente, nunca se dio
cuenta de las grandes posibilidades que existían de que sus exper­
tos, con el fin de contrarrestar una difundida desconfianza en la
autoridad central, hubieran subestimado el vigor, los poderes y las
actividades del Gobierno federsi, exagerando consecuentemente
la fortaleza, los derechos y las ?mb¡ iones de los Estados. En esto,
y sólo en esto, estribaba el error be tíco de la exposición de Toc­
queville acerca de la índole y el fyp ro de la federación norteame­
ricana.
IX. ¿QUE TAMAÑO PUEDE TENER UNA REPUBLICA?

Pese a las seguridades de “ Publio”, de que Norteamérica era un


caso único entre las repúblicas federales, Tocqueville llegó a la
conclusión de que el crecimiento numérico (tanto de habitantes
como de Estados) y las fuerzas centrífugas inherentes a las federa­
ciones hacían peligrar el futuro de la Unión. También le turbaba
la amenaza que constituía la superficie inmensa de la República.
Las jactancias de Timothy Walker, de diciembre de 1831, acerca
del veloz crecimiento de la Unirá), tanto en territorio como en po­
blación, fueron las que por primera vez sacaron a la luz la ansie­
dad de Tocqueville. Asi que le preguntó al hombre de Ohio: “¿No
teme usted que resulte imposible mantener integrado este enorme
cuerpo?” Como quiera que Walker admitiera francamente su in­
quietud, no hizo sino aumentar la preocupación de Tocqueville1.
Un mes más tarde, el señor Etienne Mazureau, de Nueva Orleáns,
también se referiría a este asunto, declarando una opinión desde
mucho tiempo arraigada: “Un Estado pequeño (...) puede siempre
gobernarse a si mismo. Las consecuencias trastornadoras de la
soberanía del pueblo apenas son de temer en las sociedades pe­
queñas” 2. Una república, pues, tan grande como los Estados Uni­
dos, ¿era connaturalmente inestable?
Más tarde, mientras escribía un borrador para un breve ensayo
sobre el problema del tamaño3, acotaría al margen: “Quizás este
capitulo haya que trasladarlo al lugar en que me referiré al futuro
de la Unión”4. Evidentemente, había decidido que el futuro de la
Unión dependía, en parte, de la respuesta a una vieja pregunta:
¿puede sostenerse mucho tiempo una república vasta?
Varias de las amistades norteamericanas de Tocqueville compar­
tían sus dudas y las de Walker acerca de la durabilidad de las re­
públicas grandes, pero al mismo tiempo insistían en que la estruc­
tura federal de la Unión superaría seguramente todos los peligros
del tamaño3. “ Lo que a mi juicio es lo que más nos favorece para
el establecimiento y mantenimiento de las instituciones republica­
nas” declaraba el señor McLean, “es nuestra división en Estados.
No creo que con nuestra democracia pudiéramos gobernar mu­
cho tiempo a toda la Unión, si estuviera formada por un solo pue­
134
¿QUE TAMAÑO PUEDE TENER UNA REPUBLICA? 135

blo. (...) Sostengo también que el sistema federal es particular­


mente favorable a la felicidad de los pueblos. (...) Merced a nues­
tra organización federal, tenemos la felicidad de un pueblo
pequeño y la fortaleza de una gran nación”6.
Después de leer, en diciembre, El federalista, Tocqueville refle­
xionaba que “la Constitución federal de los Estados Unidos me
parece el mejor y tal vez el único arreglo que permita establecer
una república vasta”7, y en enero descubriría que Joel Pinsett es­
taba de acuerdo: “ No creo”, afirmaba éste, “que una gran repú­
blica pueda sostenerse; por lo menos, a no ser que se trate de una
federación”8.
La idea de que una república federada pudiera ser extensa no
era nueva. Charles-Louís de Secondat, barón de Montesquieu. ha­
bía arribado a idéntica conclusión cerca de un siglo antes del viaje
de su compatriota a Norteamérica. “Está en la naturaleza de la
república”, decía en El espíritu de las leyes,“e1tener un territorio
pequeño y nada más; sin ello, son escasas sus probabilidades de
seguir existiendo.” Pero también añadía que existía una forma
constitucional, la única, que combinaba en si las ventajas internas
de una república con la fortaleza de una monarquía: “ Hablo de la
república federada. (...) Esta clase de república (...) puede sostener
su grandeza sin corromperse por dentro: la forma de esta socie­
dad evita todas las desventajas”9.
Habiendo discutido encarnizadamente el tamaño óptimo de
una república, durante la lucha por la ratificación de la Constitu­
ción federal, los republicanos norteamericanos estaban muy bien
enterados de las ideas de Montesquieu. Los adversarios de la
Constitución habían acudido con frecuencia a sus obras en apoyo
de su creencia de que la Unión que se proponía seria excesivamen­
te extensa, y afirmando que una república tan inmensa, bien se di­
vidiría, o bien se convertiría en una monarquía consolidada. En
vano revelaría Alexander Hamilton que sus antagonistas habian
errado lamentablemente en su interpretación de las ideas del filó­
sofo. “ Los que se oponen al plan propuesto” , escribió, “han cita­
do repetidamente y hecho circular las observaciones de Montes­
quieu sobre la necesidad de un territorio reducido para que pueda
existir el Gobierno republicano. Pero parece que no tuvieron en
cuenta los sentimientos expresados por ese gran hombre en otro
lugar de su obra”. Con extensas citas de El espíritu de las leyes,
apuntaba triunfalmente que Montesquieu “se ocupa explícitamen­
te de la R epública C onfederada como medio de extender la es-
136 T0CQUEV1LLE Y LA UNION

Pera del Gobierno popular y conciliar las ventajas de la monarquía


con las de la república” 10.
También James Madison había abordado el problema del ta­
maño en sus aportes para El federalista, aunque, a diferencia de
Hamilton, no había hecho más que limitarse a citar la opinión de
Montesquieu: invirtiendo las afirmaciones del filósofo francés,
afirmaba el norteamericano que el tamaño no amenazaba, sino
que favorecía a una república11.
En una república que responde al Gobierno de la mayoría se
puede sortear eficazmente el despotismo injusto de una minoría;
pero, ¿y si es la mayoría la que intenta oprimir?12. En la teoría de
Madison. nada más que el tamaño era la mejor salvaguardia con­
tra esa calamidad. En una república vasta, ningún interés particu­
lar o local puede inclinar a toda la nación hacia sus propósitos;
los intereses encontrados se contrarrestarían mutuamente, y sólo
permitirían la formación de una mayoría claramente dedicada a la
justicia y el bien común. Las dificultades para formar una mayo­
ría despótica aumentarían en proporción directa con el tamaño y
la diversidad de la nación. Así, pues, cualquier república lo bas­
tante grande como para abarcar una gran cantidad de iQtereses
estaría relativamente segura, y si, por un desgraciado azar, una
mayoría despótica pudiera efectivamente coaligarse en una repú­
blica extensa, el tamaño mismo de ésta seguiría impidiendo la
aplicación de planes opresivos.
Una república federal, añadía Madison, poseía una salvaguar­
dia más: puesto que cada Gobierno subordinado conservaría ce­
losamente sus prerrogativas, la división en Estados multiplicaría
automáticamente la pluralidad de intereses contenidos dentro de
la nación. De suerte que era inherente de una república extensa el
ser mejor que una pequeña, pero una gran federación era la mejor
forma republicana posible.

Durante sus viajes por el Nuevo Mundo, ningún norteamericano


le explicó a Tocqueville el argumento de Madison, ni hay constan­
cia de que en diciembre leyera, en El federalista, los ensayos que
en particular contenían las ideas del estadista13. Aparentemente,
su primer encuentro con esa inteligente tesis sólo tuvo lugar des­
pués de su retorno a Francia.
Ello no obstante, mientras escribía su libro citó cuatro veces en
sus borradores el ensayo número 51 de Madison, y en uno de
ellos llegó a copiar un pasaje14. En otro, se puso como recordato-
¿QUE TAMAÑO PUEDE TENER UNA REPUBLICA? 137

río ver la página 225 de su edición, en la que se encuentra una


concisa exposición de la teoría de Madison15: “En un Gobierno li­
bre, la seguridad de los derechos civiles debe ser la misma que la
de los religiosos. En el primer caso reside en la multiplicidad de in­
tereses y en el segundo, en la multiplicidad de sectas. El grado de
seguridad depende en ambos casos del número de intereses y de
sectas; y éste puede aventurarse que dependerá de la extensión del
país y del número de personas sometidas al mismo Gobierno.” El
ensayo concluye: “(...) cuanto más amplia sea una sociedad, con
tal de mantenerse en una esfera factible, más capacitada, se ha­
llará para gobernarse a sí misma. Y felizmente para la causa repu­
blicana, la esfera factible puede ampliarse a una gran extensión,
modificando y combinando discretamente el principio fe d era r16.
Tocqueville descubrió la misma argumentación en una de las
cartas de Thomas Jefferson, y copió un extracto en otros de sus
borradores17. La carta decía: “Sospecho que la doctrina de que
sólo los Estados pequeños pueden ser repúblicas vendrá fulmina­
da por la experiencia, lo mismo que otras brillantes falacias atri­
buidles a Montesquieu y a otros escritores políticos. Tal vez se
descubra que. para lograr una república justa, (...) tendrá que ser
tan extensa como para que los egoísmos locales nunca alcancen
su mayor parte; que en cada cuestión en particular se pueda en­
contrar, en sus consejos, una mayoría ajena a los intereses parti­
culares y capaz, por lo mismo, de uniformar la preponderancia de
los principios de justicia. Cuanto más pequeñas sean las socieda­
des, más violentos y convulsivos serán sus cismas” 18.
Tanto en el manuscrito de trabajo como en La democracia de
1835, Tocqueville afirmaría que el federalismo hace factibles las
grandes repúblicas, con lo que hacia suya una tesis adelantada
por Montesquieu, propugnada por Hamilton y reiterada por
McLean y Poinsett19. En ocasiones, su exposición de la superiori­
dad del federalismo llegaría a hacerse eco de las palabras de Ma­
dison y Jefferson. En una elaboración de la idea de que el sistema
federal contribuía a preservar la República norteamericana, apun­
taría que los Estados actuaban como barreras contra las malsa­
nas pasiones partidistas: “La confederación de todos los Estados
norteamericanos no presenta los inconvenientes ordinarios de las
numerosas aglomeraciones de hombres. (...) Las pasiones políti­
cas. en lugar de extenderse en un instante como una cortina de
fuego por toda la superficie del país, van a estrellarse contra los
intereses y las pasiones individuales de cada Estado”20. Y las ciu­
138 TOCQUEVILLE Y LA UNION

dades y condados cumplían una función similar: MLos cuerpos


municipales y las administraciones de los condados forman como
otros tantos escollos ocultos que retardan o dividen la ola de la
voluntad popular”11.
Asi, pues, Tocqueville admitía que, teóricamente, el federalismo
salvaba a las repúblicas grandes de algunos de sus peligros más
evidentes; pero aun en este caso había un limite que no podia tras­
poner: otorgaba posibilidades al federalismo, pero sólo hasta un
tamaño máximo. “ Antes de que hayan transcurrido cien años,
pienso que el territorio ocupado o reclamado por los Estados Uni­
dos estará cubierto por más de cien millones de habitantes y divi­
dido en cuarenta Estados. (...) digo que por el hecho mismo de que
son cien millones que forman cuarenta naciones distintas y desi­
gualmente poderosas, el mantenimiento del Gobierno federal no
es ya sino un accidente afortunado. (...) rehusaré creer en la dura­
ción de un Gobierno cuya tarea es mantener unidos a cuarenta
pueblos distintos, esparcidos en una superficie igual a la mitad de
Europa”21.
Una república grande, si es federal, es viable; pero una repúbli­
ca excesivamente grande, federal o no, es inconcebible. Tal vez
fuera simplemente que a Tocqueville no le cupiera en la cabeza la
idea de una nación autogobernada de cien millones de personas
desparramadas en cientos de miles de kilómetros cuadrados.
Aun a pesar de su cualificado elogio de las repúblicas federales,
el autor de La democracia, bien pasaría por alto o bien se negaría
a aceptar la novedosa tesis de Madison acerca del tamaño, y se­
guiría lamentando “los inconvenientes ordinarios de las numero­
sas aglomeraciones de personas”, y previniendo contra la vaste­
dad y el tamaño: “Lo que se puede decir con certidumbre, es que
la existencia de una gran república estará infinitamente más ex­
puesta que la de una pequeña. Todas las pasiones fatales a las re­
públicas crecen con la extensión del territorio, en tanto que las vir­
tudes que les sirven de apoyo no se acrecientan siguiendo la mis­
ma medida”23.
Los peligros que amenazan a una república grande —entre
ellos, las ambiciones personales, las pasiones partidistas, el pertur­
bador contraste entre la riqueza de los menos y la pobreza de los
más, la decadencia de la moralidad y la “complicación de los inte­
reses”— sólo pueden contrarrestarse merced al firme apoyo de la
mayoría. Es de lamentar, sin embargo, que “cuanto más numero­
so es el pueblo y más difieren la naturaleza de los espiritus y los
¿QUE TAMAÑO PUEDE TENER UNA REPUBLICA? 139

intereses, más difícil es por consiguiente formar una mayoría


compacta” 24.
De tal suerte, seguía condenando la misma característica que
Madison había aclamado. O no había comprendido o había re­
chazado la brillante observación del norteamericano, de que el ta­
maño es beneficioso por si mismo.
La argumentación de Madison tenía implicaciones, no sólo so­
bre la buena marcha de las repúblicas grandes, sino también sobre
otro problema de especial interés para Tocqueville: la tiranía de la
mayoría. Madison había apuntado que en las repúblicas extensas
—con su mayor variedad de intereses y de opiniones— era más
probable que resultara efectiva la oposición a las opiniones de la
mayoría, de suerte que su exposición de las ventajas del tamaño
era también la demostración de una salvaguardia muy significati­
va contra las mayorías despóticas. Como veremos, Tocqueville,
habitualmente tan alerta en cuanto a los posibles retáceos del po­
der de la mayoría, curiosamente no llegó a responder a la idea de
Madison. Veia cómo ios Estados, condados y ciudades sanciona­
dos por el federalismo y la descentralización norteamericanos,
servían en potencia para poner coto a mareas peligrosas de opi­
nión23, pero se le escapaba la poderosa nueva barrera contra la ti­
ranía mayoritaria señalada por Madison: el tamaño (y la varie­
dad) por sí mismo.

La valoración definitiva de Tocqueville del federalismo norteame­


ricano es curiosamente ambivalente. La federación norteamerica­
na era una forma brillante y nueva para la galería de la teoría poli-
tica (un gouvernement national incomplet); resolvía algunas de las
debilidades de las federaciones anteriores, hacia posible una repú­
blica moderadamente grande y aún servia como barrera posible
para el despotismo mayorítario; pero la Unión padecía también
defectos inherentes a su estructura, y dificultades prácticas de cre­
cimiento y tamaño que oscurecían su futuro.
Los peores malvados del cuento eran los Estados, que, en sus
celos y sus ambiciones, minaban decididamente el poder y autori­
dad del Gobierno central. Pero incluso en este aspecto la actitud
de Tocqueville era un tanto contradictoria, toda vez que si, por un
lado, los Estados amenazaban la durabilidad de la Unión, por el otro
se beneficiaban realmente con el mantenimiento de una república
justa, contribuyendo a tener a raya las “pasiones políticas” y “la
voluntad popular”.
140 TOCQUEVILLE Y LA UNION

En el tema del federalismo, Tocqueville emprendió un esfuerzo


realmente impresionante y eminentemente acertado para remediar
su falta inicial de conocimiento. Su lista de fuentes, y sobre todo
de lecturas, era extensa y de la más alta calidad. En esta empresa
se hace patente su elevada intelectualidad. Pero también hemos
visto que dependia mucho, y probablemente más de lo que él mis­
mo creyera, de una cantidad reducida de autores y amistades pre­
dilectos. En el curso de su investigación, los nombres de Sparks,
Walker y Poinssett, así como los libros de “ Publio” y de Story,
reaparecen constantemente. Por muy completo que fuera después
su análisis sus puntos de partida eran las palabras y obras de es­
tos pocos hombres.
Por último, por una diversidad de razones que analizaremos
más adelante26, es significativo que Tocqueville no pudiera llegar
a abrazar la idea, fascinante y original, de James Madison, aban­
donando con ello las enseñanzas de Montesquieu y la tradicional
desconfianza europea hacia el tamaño. Tenia una convicción, en
este aspecto, que ni siquiera “Publio” pudo sacudir.
Parte C uarta

LA DEMOCRACIA, LA DESCENTRALIZACION
Y LOS DESPOTISMOS DEMOCRATICOS
X. LA CENTRALIZACION Y LAS LIBERTADES
LOCALES

Para la gran mayoría de sus lectores, Tocqueville da lo mejor de sí


en cuanto a originalidad y osadía cuando lucha con conceptos
Fundamentales, como los de la centralización, el despotismo, la li­
bertad, el individualismo y la democracia misma. Son ideas de ca­
pital importancia, no sólo para el experimento norteamericano, si­
no también para el experimento “democrático”, más amplio, de
los siglos XIX y XX; en este caso, las cuestiones que se plantean
en el Nuevo Mundo se mezclan con las del Viejo.
En las décadas recientes, pocos temas han sido más importan­
tes y dificultosos que la relación entre centralización y libertad. Se
ha considerado a las oportunidades políticas, económicas, educa­
tivas, sociales y otras como requisitos para una libertad significa­
tiva en los Estados Unidos, y al gobierno federal como al garante
de dichas oportunidades. Sin embargo, el enorme crecimiento, en
poder y tamaño, del gobierno federal despierta dudas acerca de
la realidad de la participación ciudadana, la receptividad de los
centros de autoridad y los efectos últimos de esa influencia inva-
sora (y en constante expansión) en las vidas de los individuos.
Muchos sectores distintos del espectro político han enarbolado le­
mas acerca de un nuevo federalismo, acerca del desmán telamien-
to de la burocracia de Washington, acerca de la devolución de la
autoridad y las responsabilidades a los Estados y localidades,
acerca de la implantación del control de los vecinos, acerca de la
cesión de poderes al pueblo, etcétera.
¿Son compatibles la centralización y la libertad? Este incómo­
do dilema fue uno de los que encaró Tocqueville, y sus previsio­
nes, sus advertencias y sus sugerencias siguen teniendo vigencia a
finales del siglo XX. Pronto se dio cuenta de que la démocratie
daba alas a una gran amenaza para la libertad: la concentración
del poder. Hacia finales de la década de 1830, los temas estrecha­
mente entretejidos de la centralización y el despotismo se convir­
tieron en dos de las líneas maestras organizativas de su obra.

Durante los años de su periplo por Norteamérica y de la composi­


143
144 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOC RATICOS

ción de su libro, las críticas contra la centralización excesiva y las


proposiciones de mayor libertad de acción en los niveles local o
provincial eran parte integrante de la vida política de Francia. En
realidad, a todo lo largo del período de monarquía parlamentaría
—la restauración del Régimen de Julio (1814-1848)-, los pensado­
res Franceses se plantearon una y otra vez los posibles pros y con­
tras de la descentralización1. En 1831, por ejemplo, Le Peletier
d'Aunay, prominente figura política y primo de Tocqueville. ha­
biéndose enterado tardíamente de la partida de Alexis y Gustave
para Norteamérica, les escribió una larga carta de asesoramiento
acerca de qué, en particular, debían averiguar en los Estados Uni­
dos. Como tema principal de atención les señaló la centralización.

Analizad sobre todo —tanto respecto del Gobierno [nacional]


como de las administraciones locales— los efectos del pequeño
grado de centralización. Tanto en cómo puede favorecer la acele­
ración del despacho de los asuntos particulares, y la generación
de interés en los ayuntamientos de todas las ciudades y pueblos,
cuanto en cómo puede ser desfavorable por falta de armonía en
los asuntos que conciernen a la seguridad, y por la apertura que
da a las pasiones en cada localidad. Estad seguros de que estos te­
mas ocuparán en suma medida a Francia durante los años por ve­
nir y proveed a intervenir vosotros mismos [en tales discusiones]
con la ventaja que da el [Link] cuestión desde dos puntos de
comparación2.

Por tanto, no cabe sorprenderse de que Tocqueville, en Nor­


teamérica, no tardara en advertir las señales de autoridad relativa
de los Gobiernos general y locales, ni de que empezara casi de in­
mediato a analizar las causas y resultados de esa aparente ausen­
cia de poder centralizado.
Varías de las primeras cartas a Francia de Tocqueville y Beau-
mont reflejan su asombro ante la aparente falta de Gobierno en
Norteamérica. Se dieron cuenta de que esa apariencia de ingobier­
no surgía de la descentralización extremada, y las misivas del pri­
mero, de junio y julio, contienen frecuentes indicios de frustración
e irritación por los resultados poco satisfactorios. “ En general”, le
escribía a su padre el 3 de junio de 1831, “este país, en cuanto a
administración, me parece haberse ido al extremo exactamente
opuesto al de Francia. Entre nosotros, el Gobierno está implicado
en todo. [Aquí] no hay, o por lo menos no parece haberlo, Go­
bierno en absoluto. Todo lo bueno de la centralización parece ser
CENTRALIZACION Y UBERTADES LOCALES 145

tan ignorado como lo malo. No existe absolutamente ninguna


idea central que regule el movimiento de la máquina”3.
Otras quejas salieron a la superficie cuando los compañeros vi­
sitaron la prisión de Auburn. Temporalmente exasperado por la
Falta de una administración penal uniforme, Tocqueville observa­
ba en una carta para Chabrol que sólo unas circunstancias espe­
ciales permitían la extremada descentralización que imperaba en
los Estados Unidos. Con ello dejaba implícito que unas naciones
como Francia, que se encontraban rodeadas de poderosos enemi­
gos potenciales, y acosadas por complejas presiones exteriores,
necesitaban unas autoridade> más centralizadas, si aspiran a so­
brevivir, de lo que requería la República norteamericana4. Y aun
en ese caso, los gobiernos locales norteamericanos mostraban vi­
sibles desventajas a la hora de resolver determinados proyectos,
como las de las prisiones u otras proposiciones de reforma.
Hacia septiembre, sin embargo, unas conversaciones con bos-
tonianos eminentes, tales como Josiah Quincy y Francis Lieber,
empezaron a desviar la atención de Tocqueville, de los inconve­
nientes, a los beneficios de la descentralización.
“Una de las consecuencias más felices de la ausencia de Go­
bierno (cuando un pueblo es lo bastante dichoso como para pres­
cindir de él, una eventualidad rara) es la maduración de la fuerza
individual, que nunca deja de seguirse a ello. Cada uno aprende a
pensar y actuar por si mismo, sin contar con el apoyo de ningún
poder externo, que, por vigilante que sea, nunca puede responder
a todas las necesidades del hombre en la sociedad. El hombre,
acostumbrado asi a buscar su bienestar solamente por su propio
esfuerzo, tiene una elevada autoestima y la estima de los demás,
de suerte que, al par de fortalecerse, su alma se ensancha. El señor
Quincy dio un ejemplo de esta situación, mencionando el caso de
un hombre que habia puesto pleito a la ciudad por no haber repa­
rado la carretera pública; lo mismo vale para todo lo demás. Si un
hombre concibe la idea de una mejora social cualquiera, sea una
escuela, un hospital o una carretera, no se le ocurre dirigirse a las
autoridades. Anuncia su plan, se ofrece para llevarlo a cabo, pide
la fuerza de otros individuos para realizarlo, y lucha mano a ma­
no contra todos los obstáculos. Hay que admitir que, en realidad,
con frecuencia no lo hace tan bien como lo hubieran hecho las au­
toridades en su lugar; pero, en total, el resultado general de todos
esos esfuerzos individuales significa mucho más que el que pudie­
ra emprender cualquier administración; y, además, la influencia
146 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

de esa situación sobre el carácter político y moral del pueblo com­


pensaría todo lo inadecuado, si lo hubiere. Pero hay que volver a
decirlo: existen muy pocos pueblos que puedan arreglárselas de
esa manera sin Gobierno. (...) El cuidado más importante de un
buen Gobierno sería el de ir acostumbrando poco a poco a la gen­
te a manejarse sin él”5.
La localidad como palestra para los esfuerzos individuales y
grupales era, pues, un lugar soberbio para la educación política y
para desarrollar en la gente el sentido de responsabilidad y capaci­
dad en los asuntos públicos. Este circunscribirse a los efectos mora­
les, sociales y políticos, en lugar de los administrativos, de la des­
centralización, seguiría siendo fundamental en todas las elabora­
ciones ulteriores de Tocqueville sobre la centralización.
Exactamente al día siguiente, requirió al senador del Estado
Francis Gray más información acerca del Gobierno local en Mas-
sachusetts, y se enteró de otro rasgo básico de la administración
norteamericana: “ El principio general es que todo el pueblo, a
través de sus representantes, tiene derecho de vigilar todos los
asuntos locales, pero debe privarse de ejercer ese derecho en todo
lo que se relacione con el manejo interno de las localidades. (...)
La norma convenida es que, mientras la autoridad local actúe por
su propia cuenta y no conculque los derechos de nadie, es todopo­
derosa en su esfera”6.
Gray le advirtió también acerca de las dificultades de mantener
esa independencia local, y le previno ante cierto "espíritu” que
contribuía a apoyar d autogobierno en los Estados Unidos:
"Creo que es incluso más difícil establecer instituciones municipa­
les en el seno de un pueblo que grandes asambleas políticas.
Cuando digo instituciones municipales no me refiero a sus for­
mas, sino al espíritu mismo que las anima. El hábito de resolver
todas las cuestiones mediante la discusión y decidirlas todas, in-
cluso las más pequeñas, por el voto mayoritario, es el hábito más
difícil de adquirir; pero es sólo ese hábito el que forma Gobiernos
que sean verdaderamente libres”7.
El valor de esa actitud única merecia en particular el elogio de
Jared Sparks, quien informó a los visitantes que, en Massachu-
setts por lo menos, el Gobierno local precedía a cualquier autori­
dad central: “Casi todas las sociedades, incluso en Norteamérica,
han partido de un lugar en el cual se concentraba el Gobierno, y
luego se han extendido en torno de ese punto central. Nuestros
padres precursores, en cambio, fundaron la localidad antes que el
CENTRALIZACION Y LIBERTADES LOCALES 147

Estado. Plymouth, Salem, Charleston, existían ya antes de que


pudiera hablarse de un Gobierno de Massachusetts; sólo se unie­
ron más tarde, en un acto de voluntad deliberada. Puede verse la
Fuerza que ese punto de partida debe haber dado al espíritu de
localidad que tan eminentemente nos distingue entre otros ameri­
canos”8.
Los diarios de viaje de Tocqueville pronto revelaron su reac­
ción entusiasta ante esas ideas: “Cada persona particular, socie­
dad, comunidad o nación, en si mismos, son el único juez legal de
su propio interés y, siempre que no dañe los intereses de los
demás, nadie tiene derecho de interferir. Creo que no se debe per­
der de vista esta cuestión”9.
“Otro principio que no debe perderse de vista en la sociedad
norteamericana”, escribía al día siguiente, después de conversar
con Sparks, “es que, siendo cada individuo el juez más competen­
te de su propio interés, la sociedad no debe ser demasiado solicita
para con él, para que no termine por contar con la sociedad, a la
cual, de esa manera, se le impondría un deber que es incapaz de
cumplir. (...) Pero el significado útil de estas dos teorías es difícil
de captar. En Norteamérica, la moral (moeurs) libre ha hecho ins­
tituciones políticas libres; en Francia son las instituciones políti­
cas libres las que deben modelar la moral. Ese es el objetivo por el
cual tenemos que bregar, pero sin olvidar el punto de partida” 10.
De suerte que las descripciones de Quincy y Lieber de las acti­
vidades de la ciudad (oficiales y particulares), así como la norma
de Gray acerca de la responsabilidad para las cuestiones locales y
el concepto de Sparks de “espíritu de localidad” se aliaban para
conducir a Tocqueville a las dos ideas que constituían partes per­
manentes de sus opiniones sobre descentralización. Durante los
nueve años siguientes, y aun después, atribuiría coherentemente el
acierto de la descentralización en los Estados Unidos, prímordial-
mente, a las moeurs norteamericanas, y prescribiría repetidas veces
unas instituciones locales vigorosas para Francia, como medio
esencial de desarrollar hábitos favorables a la libertad11.
Estas sustanciosas conversaciones también instaron a Tocque­
ville a seguir indagando en la espinosa cuestión de la centraliza­
ción. Pidió a varías personas que le suministraran más detalles y
comentarios. El 1 de octubre, le dejó a Jared Sparks una larga lis­
ta de preguntas acerca de las ciudades de la Nueva Inglaterra, una
de las cuales tocaba el tema de los méritos relativos de la centrali­
zación y el control local. Joseph Tuckerman, comentando la ins­
148 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

pección de las escuelas, le había recordado, sólo tres días antes,


que la carencia de toda autoridad central llevaba consigo ciertos
defectos inevitables12. El francés preguntó entonces a Sparks: “En
los asuntos de la ciudad, ¿ha sentido usted alguna vez la necesi­
dad o utilidad de una administración central, o de lo que llama­
mos centralización? ¿Ha advertido si esa independencia de las
partes no perjudica la cohesión de la nación, entorpece la unifor­
midad del Estado e impide las empresas nacionales? En una pala­
bra, ¿cuál es el lado malo de su sistema, puesto que hasta los me­
jores sistemas lo tienen?”13.
El diario de Sparks revela las intenciones precisas de los viaje­
ros: “[Beaumont y Tocqueville] se han mostrado deseosos de co­
nocer ideas acerca de los gobiernos municipales, o de las ciuda­
des, de la Nueva Inglaterra. (...) Los principios son importantes en
cuanto a cualesquiera cambios de los regímenes municipales de
Francia que pudieren preverse” 14.
Todavía más significativo es el hecho de que, en las dos sema­
nas que siguieron a su salida de Boston, Tocqueville remitiera car­
tas a su padre, a Ch abrol y a Emest de Blosseville, pidiendo a ca­
da uno de ellos información y opiniones sobre el sistema francés
de administración. Su objetivo era el de rellenar lagunas de su co­
nocimiento, comparar a Francia con Norteamérica o lograr una
mejor comprensión de lo que había pasado a ser una preocupa­
ción de primer orden: "ce mol de centralisation"*15.
Se ha supuesto a veces que el gran interés de Tocqueville por la
administración norteamericana y sus implicaciones acerca de la
centralización constituía en gran parte una respuesta a la expe­
riencia de Boston, de septiembre y octubre16. La exposición que le
hicieran Quincy, Gray, Sparks y otros de las maravillas del Go­
bierno de la ciudad, habia estimulado evidentemente sus pregun­
tas a su padre, Chabrol y Blosseville, y le ayudó a emprender el
camino que, para 1835, llegaría a una racionalización original y
completamente desarrollada de las libertades locales; pero esta in­
terpretación puede ser exagerada. A los pensadores franceses de
la época, el tema les atraia casi inevitablemente. Ya desde princi­
pios de junio, sus cartas desde Norteamérica hacian breves refe­
rencias a la centralización y revelaban su interés en el asunto. Y
una demostración más completa y sorprendente de su curiosidad,
anterior a su estancia en Boston, por la libertad municipal, apare-

*“Esa palabra, centralización”. ^ , del T.)


CENTRALIZACION Y LIBERTADES LOCALES 149

ce en una extensa carta dirigida a Louis de Kergolay y fechada


“Yonkers, 29 de junio de 1831”. En esa epístola-ensayo daba a co­
nocer algunas de sus primeras impresiones sobre Norteamérica y
exponía la omnipresente tendencia hacia la démocratie. También
aplicaba a Francia, bastante atinadamente, algunas de sus obser­
vaciones.
“ Nos encaminamos hacia una democracia sin límites. No digo
que ello sea bueno; lo que veo en este país me convence, por el
contrario, de que Francia no se adaptará bien a ella; pero hacia
allí nos dirigimos, empujados por una fuerza irresistible. (...)
“Negarse a aceptar estas consecuencias me parece una debili­
dad y me inclino inevitablemente a pensar que los Borbones, en
lugar de tratar de fortalecer abiertamente un principio aristocráti­
co que está muriendo entre nosotros, tendrían que haber descar­
gado toda su fuerza para crear interés por el orden y la estabilidad
de la democracia.
“En mi opinión, el sistema comunal y departamental tendría
que haberles atraído toda su atención desde el principio. En lugar
de vivir dia tras día con las instituciones comunales de Bonaparte,
tendrían que haberse apresurado a modificarlas, a iniciar a la gen­
te, poco a poco, en sus asuntos, a interesarlos en ellos con tiempo;
a crear intereses locales y, por sobre todo, echar los cimientos, en
lo posible, de los hábitos y las ideas legales que, en mi opinión,
son el único contrapeso posible de la democracia” 17.
Este pasaje anuncia claramente ios temas e incluso el lenguaje
de La democracia de 1835 y 1840. Demuestra que en una época
muy temprana de su estancia en Norteamérica ya habia llegado a
ver las libertades locales como una invalorable prevención contra
los peligros de la démocratie. Este programa y esta esperanza
eran tres meses anteriores a su visita a Massachusetts y, aparente­
mente, se debían más a las preocupaciones francesas corrientes
que a su experiencia norteamericana.

En el otoño de 1831; Tocqueville siguió rumiando lo averiguado


en Boston y sopesando el valor de las libertades locales. El 25 de
octubre, por ejemplo, observaba en sus diarios: “Cuando los de­
tractores de los Gobiernos populares sostienen que, en muchos
puntos de la administración interna, el gobierno de un solo hom­
bre es mejor que el gobierno de todos, están, en mi opinión, indis­
cutiblemente en lo cierto. Efectivamente, no es raro que un Go­
bierno fuerte no demuestre mayor congruencia en sus iniciativas,
15 0 DEMOCRACIA, DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

más perseverancia, mejor visión de la totalidad y más discreción,


incluso en la elección de hombres, que la multitud. Asi, una repú­
blica no está tan bien administrada como una monarquía ilustra­
da; los republicanos que nieguen esto, yerran; pero si dicen que es
ahi donde hay que buscar las ventajas de la democracia, recupe­
rarán la iniciativa. El efecto maravilloso de los Gobiernos republi­
canos (donde pueden subsistir) no es el de presentar un panorama
de regularidad y de orden metódico en la administración de un
pueblo, sino en el modo de vida. La libertad no lleva adelante sus
empresas con la misma perfección que un despotismo inteligente,
pero a la larga produce más que éste. No siempre ni en todas las
circunstancias los pueblos se dan un Gobierno bien dotado y sin
fallas, pero éste infunde en la totalidad del cuerpo social una acti­
vidad, una fuerza y una energia que nunca existen sin aquélla, y
que obra maravillas. (...) Ahi es donde hay que buscar sus venta­
jas” 18.

Todavia no podia olvidar sus frustraciones como investigador de


prisiones ni las advertencias de hombres como Tuckerman; pero
esos defectos administrativos, aunque innegables, estaba claro
que resultaban secundarios frente a los mayores beneficios del
control local, y especialmente de las ventajas más amplias en lo
social y moral.
Estas reflexiones del 25 de octubre revelan también su cada vez
mayor conciencia de los posibles frutos económicos de la descen­
tralización; la falta de administración central, aparentemente,
contribuía a estimular la prosperidad (por lo menos, en Norteamé­
rica). Y el día de Año Nuevo de 1832, preguntaba al señor Guille-
min, cónsul de Francia en Nueva Orleáns, si la ciudad debía su
prosperidad a las instituciones libres. La respuesta de su compa­
triota fue ambigua. Guillemin empezó por recalcar que “la pros­
peridad no se debe a las instituciones políticas, sino que es inde­
pendiente de ellas”, pero concluyó declarando: “Este Gobierno
(...) tiene el mérito de ser muy débil y de no estorbar ninguna liber­
tad; pero aquí y ahora nada hay que temer en cuanto a la libertad.
Esto no sólo es aplicable a Louisiana, sino a la totalidad de los Es­
tados Unidos” 19.
Tres dias más tarde, Tocqueville escribía: “El mayor mérito del
Gobierno de los Estados Unidos es el de ser impotente y pasivo.
En la situación presente, para prosperar, Norteamérica no tiene
necesidad de dirección sabia, ni de designios profundos, ni de
CENTRALIZACION Y UBERTADES LOCALES IS1

grandes esfuerzos, sino necesidad de libertad y más libertad. A


nadie interesa abusar de ella. ¿Qué punto de comparación hay
entre esta situación y la nuestra?”20. Y pronto escribió el ensayo
titulado “ Modos de incrementar la prosperidad pública”, en el
cual, no sólo hacia resaltar la revolución de los transportes y las
comunicaciones que a la sazón tenia lugar en Norteamérica, sino
que también definía el papel que la descentralización desempeña­
ba en ese contexto: “ La actividad de las empresas, de [las ciuda­
des] y de los particulares está de mil maneras en competencia con
la del Estado. (...) Todo se adapta a la naturaleza de los hombres
y de los lugares, sin pretensión alguna de forzarlos a la estrictez
de una norma inflexible. De esta variedad surge una prosperidad
universal que se extiende a la totalidad de la nación y a cada una
de sus partes”21.
La mayoría de los norteamericanos celebraban el control local
como el pilar fundamental de la libertad, y Tocqueville no tardó
en aceptar esa concepción. El autogobierno local parecía una es­
cuela insuperable para la política y para desarrollar la compren­
sión de las responsabilidades públicas y privadas. No sólo contri­
buía a garantizar la libertad, sino que también estimulaba la ener­
gía social y promovía la prosperidad. Tocqueville se convencía de
que tal “espíritu de localidad” era algo que Francia debía emular.
“En Norteamérica, la moral (moeurs) libre ha hecho instituciones
políticas libres; en Francia son las instituciones políticas libres las
que deben modelar la moral”22.

En enero de 1832 llegó a manos de Tocqueville la primera res­


puesta extensa a sus preguntas de octubre acerca de la adminis­
tración de Francia. “Quiero agradecerte, querido padre, tu traba­
jo; me ha sido muy útil para captar los matices que pueden hacer
comprensible la administración de este país. La mente, como sa­
bes, sólo se aclara mediante la comparación. Tu memorial ha sido
ya para mi la base de multitud de cuestiones altamente pertinen­
tes”23. Pero la oportunidad de dirigir totalmente la respuesta de su
padre, asi como las de Chabrol y Blosseville, no se le presentaría
sino después de regresar a Francia.
De los tres escritos, el más largo, meditado y acuciante era, con
mucho, el de su padre, el conde Hervé de Tocqueville, quien había
sido un prefecto singularmente capaz durante la Restauración. Su
ensayo, titulado “Vistazo de la administración francesa” , empeza­
ba con grandeza (y, al parecer, dentro de una tradición común a
152 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

padre e hijo) enunciando la regla básica: ME1 principio, en Fran­


cia, es que el rey es la cabeza de la administración y la dirige. (...)
La realeza ejerce un tutelaje general sobre todas las ramas de la
administración: señala, dirige, aprueba, prohíbe”24.
A partir de allí, el conde procedía a reseñar las diversas partes
de la máquina administrativa francesa y luego a presentar sus in­
terpretaciones personales, bajo este elocuente encabezamiento:
“Centralización. Abusos por remediar.” “Vemos de lo que precede
que las distintas ramas de la administración forman una cadena
que remata en un eslabón principal, que es el Gobierno, y es im­
posible no advertir la regularidad y el orden que resulta de este
conjunto. En una monarquía rodeada de Estados potentes y celo­
sos, es necesario un centro unificador. Durante siglos, nuestros re­
yes se han esforzado por establecer esta unidad.”
La necesidad (reconocida tanto por el padre como por el hijo)
de cierto nivel de centralización, dada la particular situación
geográfica de Francia, llevaba al conde a criticar las proposicio­
nes extremistas, tales como las que formulaba la prensa legitimis-
ta, de restablecimiento de las antiguas provincias y la creación de
asambleas provinciales. “ Es probable que esas asambleas tiendan
constantemente a incrementar su propio poder y que pronto no
sea Francia más que una vasta federación, el más débil de los Go­
biernos. en medio de las monarquías compactas que la rodean.”
De tal suerte, una descentralización exagerada era peligrosa e
inaceptable; pero seguía en pie la cuestión de si la administración
francesa no estaría tal vez demasiado centralizada, de si “el poder
protector y tutelar de la corona no ha excedido, en ciertos aspec­
tos, el limite de atribuciones que debe conservar para el manteni­
miento del orden y la prosperidad del conjunto” .
El ex prefecto entendía que si. Un fallo primordial parecía ser el
que los funcionarios designados por el rey frecuentemente desco­
nocían las regiones puestas bajo su jurisdicción y, por ende, con
demasiada frecuencia comprendían mal los intereses y problemas
locales. Por si ello fuera poco, incluso los asuntos más nimios se
elevaban, inútil pero inexorablemente, al Ministerio del Interior,
para la decisión definitiva. “ [La centralización] se hace especial­
mente penosa de aguantar cuando se ejerce sobre la porción de in­
tereses particulares que se debaten y resuelven por via administra­
tiva.”
Está claro que se necesitaba alguna modificación o desmantela-
miento parcial del sistema, pero el aristócrata seguia siendo pesi­
CENTRALIZACION Y LIBERTADES LOCALES 153

mista ante la posibilidad de una reforma. “Existen demasiadas


personas que se aprovechan de la centralización, o que gozan de
una posición [en la burocracia centralizada] que en vano busca­
rían en otro sitio, como para que durante largo tiempo no se pue­
dan desarraigar estos abusos. Esta gente ha establecido como ar­
ticulo de fe que nada se hace bien, excepto por el Gobierno, y de­
fenderán obstinadamente este dogma.”
En varios aspectos de vital importancia, este ensayo coincidía
con las posiciones que más tarde adoptaría Tocqueville. En pri­
mer lugar, el conde implicaba una clara distinción entre el Gobier­
no y la administración. Y padre e hijo pronto compartirían, asi­
mismo, tanto el concepto de que la historia venia desde muy atrás
llevando a Francia hacia la centralización, como la convicción de
que ningún sistema federal, por admirable que fuera, sería adecua­
do para Francia. El rasgo de la descentralización norteamericana
que más cautivaba a Tocqueville era siempre más el vigor de las
localidades que las prerrogativas de los Estados; al parecer, creía
que el federalismo norteamericano, pese a su originalidad, depen­
día demasiado de la situación histórica y física peculiar de los Es­
tados Unidos como para que resultara útil en su pais. Padre e hijo
recalcarían también, sin embargo, que Francia se encontraba a la
sazón excesivamente centralizada y que alguna reforma modera­
da —que probablemente implicara mayores responsabilidades lo­
cales— era imperiosa para mayor bien y prosperidad de todos. Y
Alexis estaba de acuerdo con la pesimista afirmación de su padre,
de que, pese a los argumentos en favor del cambio, los burócratas
del Gobierno lucharían encarnizadamente por preservar sus creci­
das prerrogativas.
Los escritos de Chabrol y de Blosseville contenían menos gene­
ralizaciones y juicios de valor. (Blosseville, en particular, ofrecía
poco más de un catálogo desorganizado de detalles.) Pero ambos
amigos criticaban el grado de centralización existente y se mostra­
ban partidarios de una reforma. Chabrol, más específicamente,
propugnaba una simplificación de los procedimientos burocráti­
cos y recomendaba como bueno el ejemplo de Inglaterra. Tam­
bién ilustraba su queja de que el expediente perjudicaba con fre­
cuencia los intereses locales, mediante un divertido ejemplo hi­
potético:
“ Una comuna desea hacer algunas reparaciones en su iglesia o
su casa municipal. No puede hacerlo de plano. Tiene que hacer el
154 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

petitorio al subprefecto, quien luego lo elevará al prefecto, y éste


al Ministerio del Interior, acompañado de un extenso informe que
quizá haya hecho trabajar a dos o tres escribientes; en el Ministe­
rio del Interior, el informe se analiza, se discute y por último se re­
mite a un consejo especial llamado Conseil des Bátiments Civils
[Consejo de Edificios Civiles, N. del 7.]. Este consejo sigue delibe­
rando, da su opinión y por último el Ministerio ordena las repara­
ciones y devuelve [la orden] al prefecto, quien la transmite al sub­
prefecto y éste al alcalde. Y durante todas estas demoras, que son.
al parecer, inmensas, los edificios se han deteriorado más. las re­
paraciones tendrán que ser mayores y ya los fondos asignados no
serán suficientes. Imagínese que para todo es lo mismo. Añádase
que los empleados del Ministerio del Interior,, y de todos los Mi­
nisterios, no llegan a sus despachos antes de las once y se retiran a
las cuatro y que las conversaciones y la lectura de los periódicos
consumen otra buena parte de su tiempo; añádase también que
una carta, primero la escribe un rédacteur, luego la copia un expé-
ditionnaire, luego se la somete al jefe de la oficina, quien la corri­
ge, luego al segundo jefe de la división y por último ai jefe de la di­
visión, quienes también hacen sus correcciones. Imaginese todo
esto, y la cantidad de empleados de este Ministerio ya no asom­
brará. Entonces se habrán comprendido las largas demoras que
causa este proceso”2*.
El contraste entre este cuadro de cómo se reparaban los edifi­
cios de las ciudades de Francia y las descripciones que daban
Quincy y Lieber de cómo se emprendían los proyectos locales en
Norteamérica no podía ser más diametral. Después de leer la car­
ta de Chabrol, Tocqueville debe haber quedado aún más mara­
villado de la independencia local y la iniciativa privada de Nor­
teamérica.

En 1833, un capitulo de Du systéme pénitentiaire aux Etats-Unis


et de son application en France pasaba revista a algunas de las di­
ficultades que los autores temían que entorpecieran todo esfuerzo
por aplicar en Francia el sistema penitenciario norteamericano.
Entre esos inconvenientes se mencionaba “el grado extremado a
que se ha llevado el principio de centralización [entre nosotros], y
que es la base de nuestra sociedad política” . Beaumont, presumi­
blemente expresando ideas comunes a ambos compañeros, aducia
además:
“ Existen, sin duda, intereses generales, para la conservación de
CENTRALIZACION Y LIBERTADES LOCALES 155

los cuales el poder central debiera mantener toda su fuerza y uni­


dad de acción.
”Cada vez que surgiere una cuestión relativa a la defensa del
país, de su dignidad ante el extranjero y de su tranquilidad inte­
rior, el Gobierno debiera dar un impulso uniforme a todas las par­
tes del cuerpo social. Este es un derecho al que no se puede renun­
ciar si no se quiere arriesgar la seguridad pública y la independen­
cia nacional.
"Pero, por necesaria que esta dirección central pueda ser. res­
pecto de todos los asuntos de interés general, seria en igual medi­
da contraproducente, a nuestro juicio, para el desarrollo de la
prosperidad interior, que esa misma centralización se aplicara a
cuestiones de interés local. (...)
"Nuestros departamentos no poseen individualidad política al­
guna; su jurisdicción ha sido, hasta hoy, de un carácter meramen­
te administrativo. Acostumbrados al yugo de la centralización, no
tienen vida local. (...) pero es de esperar que la Vida política’ entre
más profundamente en los hábitos de los departamentos, y que los
cuidados del Gobierno tiendan cada vez más a hacerse locales”2*.
Esta tentativa de Beaumont de poner algún límite lógico a la
centralización, esta exhortación a una responsabilidad y una ini­
ciativa locales mayores, era otro fiel prolegómeno de La democra­
cia de Tocqueville de 1835.

Después de ayudar a terminar el Systémepénitentiaire, pero antes


de empezar la composición de su otro libro sobre Norteamérica.
Tocqueville visitó Inglaterra por primera vez. Vio allí por si mis­
mo el sistema inglés de descentralización. El 24 de agosto de
1833, John Bowring le dio una extensa explicación de la concep­
ción británica y es posible que también haya contribuido a enca­
minar a Tocqueville hacia una distinción que seria de vital impor­
tancia en La democracia de 1835.
“ El doctor Bowring me ha dicho hoy (...) ‘Inglaterra es el pais
de la descentralización. Tenemos un Gobierno, pero no tenemos
administración central. Cada condado, cada ciudad, cada parro­
quia cuida de sus propios intereses. (...) Estimo que nada hay más
difícil que acostumbrar a los hombres a gobernarse a si mismos.
Existe, sin embargo, el gran problema del futuro de ustedes. Su
centralización es una idea magnifica, pero irrealizable. No está en
la naturaleza de las cosas el que un Gobierno central sea capaz de
vigilar todas las necesidades de una gran nación. La descentráis
156 DEMOCRACIA, DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

zación es la causa principal del trascendente progreso que hemos


hecho en la civilización. Ustedes no podrán descentralizar nunca.
La centralización es un cebo demasiado bueno para la codicia de
los gobernantes; aun los que alguna vez predicaron la descentrali­
zación, siempre abandonan su doctrina al llegar al poder. Puede
usted estar seguro de ello’ ”27.
El caballero profundizaba asi anteriores impresiones acerca,
tanto del vínculo entre la descentralización y la prosperidad,
cuanto de la improbabilidad de que la centralización, una vez he­
cha. pudiera alguna vez deshacerse. También criticaba el hecho
de que Francia no se hubiese dado cuenta de que un sistema bue­
no en lo abstracto no se adecúa necesariamente a la realidad de
un pais extenso y variado. Por último, Bowring distinguia entre
Gobierno y administración y es probable que haya contribuido a
que Tocqueville siguiera pensando en esos términos.
Después de la conversación, Tocqueville reflexionaba: “Inglate­
rra ejemplifica una verdad que ya antes he advertido con frecuen­
cia: que la uniformidad de la pequeña legislación, en lugar de ser
un beneficio, casi siempre es un gran daño, porque son pocos los
paises cuyas partes, en su totalidad, se sometan a una legislación
única hasta sus mínimos detalles. Debajo de esta aparente diversi­
dad que impresiona al observador superficial y que tanto le mara­
villa, hay que buscar la verdadera armonía política que deriva de
un Gobierno apropiado a las necesidades de cada localidad.
“Pero, en Francia, esto no se aprecia en lo más mínimo. El ge­
nio francés exige uniformidad incluso en los menores detalles. (...)
Debiéramos dar gracias al cielo por ser libres, porque tenemos to­
das las pasiones necesarias para allanar el camino hacia la tira­
nía”2®.
No era esta la primera vez, ni seria la última, en que especularía
acerca de la relación entre la excesiva centralización administrati­
va y el despotismo.

En su casa de París, Tocqueville se zambulló en el estudio ulterior


de las estructuras administrativas y gubernamentales de Nor­
teamérica, tomando más notas de distintas colecciones de leyes
estaduales, de The Town Officer de Goodwin, del ensayo de
Sparks sobre las ciudades, de El federalista y de otras obras29.
Como se ha comentado ya, pronto decidió dar comienzo a un
análisis de la ciudad de la Nueva Inglaterra, luego encarar la cues­
tión de los Estados y finalmente considerar el sistema federal ñor-
CENTRALIZACION Y UBERTADES LOCALES 157

teamericano. La lectura y comparación de las historias, leyes y


constituciones de muchos Estados, le llevó en última instancia a
tomar cinco de ellos como modelos o tipos: Massachusetts, Nue­
va York, Pennsylvania, Virginia y Ohio30. A partir del minucioso
examen de estos cinco, y en particular de Massachusetts, Tocque-
ville trató de captar los fundamentos de la administración norte­
americana.

1. Poner en algún sitio, al principio o al final, cómo funciona la


administración en los Estados Unidos. Encajará en el gran tema
de los beneficios e inconvenientes de la descentralización.
2. Vimos que en los Estados Unidos no existe centralización
administrativa. (...) Puede incluso decirse que se ha llevado la des­
centralización hasta unos niveles que ninguna nación europea po­
dría soportar sin incomodidad, y que produce resultados nocivos,
incluso en Norteamérica11.
3. Nada de jerarquía y nada de centralización: características
de la administración norteamericana. Así,en la ciudad, más pode­
res y más funcionarios que en las communes de Francia, pero to­
dos independientes.
4. Los derechos y deberes se multiplican en la ciudad, como
una manera de mantener atados a los hombres a través de los be­
neficios, igual que hacen las religiones mediante las observancias.
La vida de la ciudad se hace sentir a cada momento. El deber es
flexible y fácil de cumplir; importancia social que ello esparce
(éparpiile)32.
5. Los europeos creen que, para alcanzar la libertad, hay que
reducir el poder en manos de quienes lo poseen, y acaban en el de­
sorden. Los norteamericanos no dism inuyen el poder, sino que lo
dividen (im portante). División del poder administrativo; concen­
tración del poder legislativo. Principio norteamericano (importan­
te)11.

De suerte que, en los Estados Unidos, los Gobiernos y los fun­


cionarios locales gozaban de gran autoridad e independencia, y en
todos los rincones del pais se distribuía la autoridad administrati­
va en cuantas manos fuera posible. El resultado no era el caos, si­
no un prodigio social y político. El que esa fragmentación del po­
der funcionara (sin costos indebidos), testimonia, no sólo la situa­
ción única de los Estados Unidos, sino también algo del espíritu
norteamericano. “Es evidente que las leyes políticas y administra­
tivas [norteamericanas] presuponen unas costumbres distintas de
las nuestras”34.
158 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

Tras destilar estos y otros principios esenciales. Tocqueville es­


cribió un breve esbozo de tres puntos, como guia para su pensa­
miento y para la redacción.

1. Diferencia entre centralización del Gobierno y centraliza­


ción administrativa.
2. Dificultad de descentralizar la administración una vez que
lo está. Europa.
3. Ventajas de la descentralización, cuando existe-*5.

Abundando en d primer punto, escribió: “Cuando hablamos de


centralización, siempre peleamos en la oscuridad, porque no dis­
tinguimos entre la centralización gubernamental y la administrati­
va”36.
En otro borrador se explayaba: “La centralización guberna­
mental y la centralización administrativa se atraen entre sí. pero,
ello no obstante, se las puede considerar por separado. En verdad,
muy a menudo lo han hecho (bajo Luis XIV. por ejemplo). Lo
que yo llamo centralización gubernamental es la concentración de
grandes poderes sociales en una sola mano o en un solo lugar. El
poder hace las leyes y la fuerza obliga a cumplirlas. Lo que llamo
centralización administrativa es la concentración en la misma ma­
no o en el mismo lugar de un poder para regular los asuntos ordi­
narios de la sociedad, para dictar y dirigir los detalles diarios de
su existencia. (...) Sin embargo, el primero es más necesario para
la sociedad que el otro. Y no puedo creer que sean inseparables.
Lo que me parece [ser] el problema es un Gobierno fuerte impe­
rando sobre un pueblo libre. (...) En los Estados Unidos hay un
Gobierno; no hay administración tal como nosotros la entende­
mos”37.
¿Cómo habia llegado Tocqueville a esta idea de las dos centra­
lizaciones? Tanto Hervé de Tocqueville como Bowring hacían un
distingo entre administración y Gobierno; pero también está claro
que las peculiaridades de la centralización y la descentralización
norteamericanas formaban parte de las reflexiones de Tocqueville.
No era que los Estados Unidos no tuvieran Gobierno (como ha­
bia declarado, demasiado apresuradamente, en sus primeras car­
tas), ni que simplemente hubiera menos centralización en la Repú­
blica del Nuevo Mundo que en Francia. La concentración de po­
deres que existía en Norteamérica era de naturaleza legislativa. La
autoridad que tan implacablemente se iba dividiendo era la ejecu­
CENTRALIZACION Y LIBERTADES LOCALES 159

tiva. “ División del poder administrativo; concentración del poder


legislativo. Principio norteamericano (importante).” Así, Tocque-
ville se inclinaba a veces a explicar la esencial diferencia, no como
gubernamental frente a administrativa, sino como legislativa fren­
te a ejecutiva (o administrativa).
Cuando Tocqueville definió lo administrativo y lo gubernamen­
tal en su libro de 1835, no puso el acento en quién ni en qué rama
tenia el poder, sino en qué poderes se ejercían. Si una asamblea
aprobaba estatutos referidos a los detalles diarios de los asuntos
locales, eso era centralización administrativa, aunque fuera legis­
lativa en su origen. Y si un ejecutivo (como Luis XIV) determina­
ba todas las cuestiones de importancia general, pero no podía go­
bernar en detalle, se daba el caso de un alto grado de centraliza­
ción gubernamental, con una centralización administrativa relati­
vamente reducida. Aparentemente, sin embargo, su percepción de
ciertas actitudes norteamericanas insólitas frente a las funciones
ejecutiva y legislativa habían contribuido a estimular la dilucida­
ción teórica de dos tipos distintos de centralización.
Las definiciones de ambas centralizaciones, contenidas en los
borradores citados más arriba, también reflejan los esfuerzos si­
multáneos de Tocqueville, al considerar el futuro de la Unión, por
diferenciar dos tipos de soberania. “ La soberanía no es otra cosa
que el derecho de libre albedrío aplicado a la sociedad en lugar de
aplicarlo al individuo. Un pueblo, como un hombre, puede hacerlo
todo por si mismo. Cada vez que un pueblo actúa, por ello mismo
ejerce un acto de soberania. (...) Lo que puede hacerse es señalar,
entre las acciones habituales del soberano, las que son más impor­
tantes de las que lo son menos. Los actos más importantes del so­
berano son los que tocan directamente a los intereses de todos los
miembros de la sociedad, tales como la paz, la guerra, los trata­
dos, los impuestos, los derechos civiles y políticos, y la justicia.
Los actos menores son los que tocan sólo a una parte de los
miembros del conglomerado, tales como la dirección de los asun­
tos provinciales y locales o, en último lugar, los asuntos individua­
les”” .
Los actos importantes de soberania reseñados no eran, al pare­
cer, más que los poderes ejercidos bajo la centralización guberna­
mental, que en sus borradores llama “grandes poderes sociales”, y
que en el texto de 1835 menciona como “ciertos intereses, como
la aplicación de las leyes y las relaciones de la nación con los ex­
tranjeros, (...) comunes a todas las partes de la nación”. Y, a su
160 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

vez, podía identificarse la administración centralizada por su con­


trol de los actos menores de soberanía: “intereses que atañen es­
pecialmente a ciertas partes de la nación, tales, por ejemplo, como
las empresas locales”39. Así que, posiblemente, este breve análisis
del viejo acertijo de la soberanía haya contribuido a conducir al
autor hacia su distingo entre centralización gubernamental y ad­
ministrativa40.
Algunos comentaristas han reprochado a Tocqueville por la
naturaleza, en última instancia poco satisfactoria, de su concepto
de dos centralizaciones41; pero resulta instructivo reconocer que
los distingos entre las funciones ejecutivas y legislativas, asi como
entre actos mayores y menores de soberanía, también se incluye­
ron [Link] las definiciones concluyentes del texto de 1835. Tocque­
ville había tenido que trabajar duro, no sólo con la centralización,
sino también con otras cuestiones, igualmente profundas, como la
soberanía y la separación de poderes. Asi, pues, es de presumir
que toda falta de precisión en las definiciones de La democracia
se deba, en parte, a una osadia intelectual rayana en la temeridad.

Tanto el segundo punto de su breve bosquejo como el borrador de


su exposición acerca de los tipos de centralización reiteran una
observación hecha por el conde de Tocqueville y por John Bow-
ring, y probada por la historia de Francia tal como el autor la en­
tendía: “ Demuestra para Europa que siempre es fácil centralizar
la administración y casi imposible descentralizarla, aunque parez­
ca fácil”42.
En un pasaje eliminado del manuscrito original de trabajo y,
por tanto, inédito hasta ahora, elucubraba:
"Además, como casi todas las cosas dañinas de este mundo, la
centralización administrativa es fácil de establecer y, una vez
constituida, es muy difícil de destruir, como no sea por el cuerpo
social mismo.
"Cuando toda la fuerza gubernamental de la nación está reuni­
da en un punto, siempre le resultará fácil a un genio emprendedor
el crear la centralización administrativa. Nosotros mismos hemos
visto producirse este fenómeno ante nuestros ojos. La Conven­
ción había centralizado el Gobierno en el más alto grado. Bona-
parte no tuvo más que desearlo para centralizar la administración.
Es cierto que en Francia, durante siglos, nuestros hábitos, nues­
tras costumbres y nuestras leyes siempre se aliaron simultánea­
CENTRALIZACION Y LIBERTADES LOCALES 161

mente en favor del establecimiento de un despotismo inteligente e


ilustrado.
"Una vez que la centralización administrativa ha durado cierto
tiempo, el mismo poder que la ha fundado, aunque más tarde qui­
siera destruirla, será siempre incapaz de llevarla a la ruina.
"En verdad, la centralización administrativa supone una orga­
nización sabia de la autoridad; forma una maquinaria complica­
da, cuyos engranajes se vinculan entre si y tienden al apoyo mu­
tuo.
"Cuando el legislador emprende la tarea de dividir esta fuerza
administrativa que ha concentrado en un punto, no sabe por dón­
de empezar, porque no puede quitar una sola pieza del ingenio sin
desordenar todo el conjunto. A cada momento advierte que es ne­
cesario cambiarlo todo o nada; pero, ¿qué mano tendrá el atre­
vimiento necesario como para romper de un solo golpe la máqui­
na administrativa de un gran pueblo? El intentarlo equivaldría a
querer introducir el desorden y la confusión en el Estado"4'.
En el margen, anotó dubitativo: “Quizá elimine todo eso. por­
que no tiene relación.” Por las razones que fuere, el pasaje sería
cortado en las etapas posteriores de revisión.

El distingo que hizo entre 1833 y 1833, entre dos variedades de


centralización, le ayudó enormemente a aclarar sus pensamientos
acerca del futuro. Había llegado entonces al tercer punto de su es­
bozo: “ Ventajas de la descentralización [administrativa] cuando
existe.” En 1833, La democracia proponía un osado programa de
libertades locales, como una parte de lo que Tocqueville deseaba
para Francia44.
En la breve sección titulada “ El sistema comunal en Norteamé­
rica”, se entusiasma: “(...) en la comuna es donde reside la fuerza
de los pueblos libres. Las instituciones comunales son a la libertad
lo que las escuelas primarías vienen a ser a la ciencia; la ponen al
alcance del pueblo; le hacen paladear su uso pacifico y lo habi­
túan a servirse de ella. Pasiones pasajeras, intereses de un momen­
to o el azar de las circunstancias, puedan darle las formas exter­
nas de la independencia; pero el despotismo concentrado en el in­
terior del cuerpo social reaparece tarde o temprano en la su­
perficie.
“Acontece a menudo, en Europa, que los gobernantes mismos
echan de menos la ausencia de espíritu comunal; porque todos
convienen en que el espíritu comunal es un gran elemento de or-
162 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

den y de tranquilidad pública, pero no saben cómo producirlo. Al


volverse la comuna fuerte e independiente, temen fragmentar el
poder social y exponer al Estado a la anarquía. Ahora bien, qui­
tad la fuerza y la independencia de la comuna y sólo encontraréis
en ella administrados y nunca ciudadanos”44.
Luego resumiría: “ Por mi parte, no puedo concebir que una na­
ción acierte a vivir y sobre todo a prosperar sin una fuerte centra­
lización gubernamental.
"Pero creo que la centralización administrativa no es propia si­
no para enervar a los pueblos que se someten a ella, porque tiende
sin cesar a disminuir en ellos el espíritu de ciudad (esprít de
citéT 47.
La centralización administrativa, insistía Tocqueville, era perni­
ciosa: abría las puertas a la tiranía y terminaría destruyendo la
fuerza individual y la nacional. Las libertades locales, en cambio,
nutrían por igual “ el gusto de la libertad y el arte de ser libre’*48.
Allí era donde Tocqueville depositaba sus esperanzas para
Francia.

Mientras daba forma a los primeros tomos de su obra, Tocquevi­


lle afrontaba todavía el difícil problema de la relación entre la cen­
tralización y la démocratie. En Norteamérica habia visto una de­
mocracia plena junto a una descentralización administrativa ex­
tremada, y en un fragmento de un borrador parecía dar a enten­
der que se proponía mostrar a la centralización y la démocratie
como mutuamente antagónicas. Mientras consideraba la índole de
la Unión y las fuerzas que ligan o desintegran a las federaciones,
manifestaba que la sociedad política norteamericana estaba soste­
nida por dos principios básicos: “El primero, la soberanía del pue­
blo, la democracia, cuyo principio divide y disuelve; el segundo, la
federación, cuyo principio une y conserva”49.
Esta visión de la démocratie como fuerza de disgregación social
es. implícitamente, de descentralización, probablemente se debiera
a su convencimiento de la corrosiva rivalidad entre los gobiernos
de los Estados y el federal. Las presiones y celos que habían debi­
litado a la Unión y que potencialmente amenazaban destruirla
eran especialmente patentes en los Estados del Oeste y Sudoeste,
donde florecía una democracia excesiva.
Pero semejante análisis tuvo corta vida. En otro borrador escri­
bió: “ No hay que engañarse con esto. Son los gobiernos de-
CENTRALIZACION Y LIBERTADES LOCALES 163

m ocráticos los más rápidos en llegar a la centralización adminis­


trativa, mientras pierden su libertad política”50.
Una posible raíz de esta convicción sería, una vez más. Elfede­
ralista. Leyendo el N.° 51, parece que Tocqueville quedara cauti­
vado por la exposición de Madison de las conexiones entre demo­
cracia, centralización y despotismo. “Cómo la democracia lleva a
la tiranía y terminará por destruir la libertad en Norteamérica.
Véase, acerca de esto, la hermosa teoría que se expone en los Fe-
deralist, 225. No es porque los poderes no estén concentrados; es
porque lo están demasiado, de suerte que las repúblicas norteame­
ricanas perecerán”51.
En La democracia de 1835 se lee:
“ Estoy convencido (...) de que no hay naciones más expuestas
a caer bajo el yugo de la centralización administrativa que aqué­
llas cuyo Estado social es democrático. (...)
”La tendencia permanente de esas naciones es la de concentrar
todo el poder gubernamental en manos del único poder que repre­
senta directamente al pueblo. (...)
"Ahora bien, cuando un mismo poder está revestido de todos
los atributos del Gobierno, le es muy difícil no tratar de penetrar
en los detalles de la administración y a la larga casi nunca deja de
encontrar ocasión de hacerlo”52.
Asi, pues, los borradores y el texto de La democracia de 1835
sostienen claramente que la democracia y la centralización avan­
zan juntas. Incluso las primeras versiones de La democracia de
1835 expresan la convicción de que la democracia propugna la
centralización —tanto gubernamental como administrativa—, y es­
ta tesis se extendería a lo largo de ambas mitades de la obra maes­
tra de Tocqueville55.
En tanto que franceses, Tocqueville y Beaumont vinieron al Nue­
vo Mundo preocupados ya por la cuestión de la centralización y,
por tanto, vigorosamente predispuestos a examinar en detalle las
estructuras gubernamental y administrativa de los Estados Uni­
dos. A diferencia de otras ideas que se debieron primordialmente
a los estímulos de la experiencia norteamericana, el problema de
la centralización parece haber absorbido el pensamiento de Toc­
queville, sobre todo, debido a preocupaciones francesas preexis­
tentes. Francia estimulaba su toma de conciencia de los perjuicios
de la centralización excesiva y, a la vez, le persuadía de la sabidu­
ría de unas reformas limitadas que, aunque utópicas para algunos,
a él le parecian bastante moderadas. Dado el contexto francés, ca­
164 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

bria señalar también que su elogio de las libertades locales no era


nada notable en si mismo; lo que hacia que sus opiniones parecie­
ran nuevas y alentadoras para los franceses de la década de 1830
era su osada teoría de que tal descentralización serviría, no como
último refugio de los privilegios aristocráticos, sino como medio
de primer orden para ampliar la participación popular y de recon­
ciliar la igualdad en marcha con la estabilidad social y política54.
Pero la fascinación de Tocqueville por la descentralización, su
original intento de distinguir dos tipos fundamentales de autoridad
centralizada, y su continuo análisis de los vínculos entre la démo-
cratie y la centralización procedían también del interés inherente a
la Índole del experimento norteamericano. (Cosa extraña para un
europeo, contemplar cómo una gran nación, aparentemente, se
arruinaba a si misma.) Fue su periplo por Norteamérica, y en par­
ticular su estancia en Boston, el que fijó irrevocablemente su aten­
ción sobre los beneficios —especialmente políticos, sociales y mo­
rales— de la libertad local y le instruyó acerca de la naturaleza
frágil, sutil y decisiva del “espíritu de ciudad”. La República del
Nuevo Mundo le había presentado una concepción novedosa de
la autoridad política: “Los norteamericanos no disminuyen el po­
der, sino que lo dividen (importante). División del poder adminis­
trativo; concentración del poder legislativo. Principio norteameri­
cano (importante).” Y la “hermosa teoría” de Madison, según pa­
rece, le ayudó a ver la manera cómo la democracia, al inducir a la
centralización, podia llevar al despotismo. Hacia 1833 o 1834,
mientras componía la primera mitad de su obra, había captado ya
el sentido de una de las más significativas tensiones de ¡a démo-
cratie: las propias libertades locales que podían contribuir a evitar
las fallas democráticas, resultaban enervadas por la afinidad de la
democracia con el poder concentrado.
XI. ¿EN DONDE HA DE ACUMULARSE EL PODER?

El conocimiento de los hechos acaecidos en Francia desde 1789


dio a Tocqueville aguda conciencia de la variedad de tiranias que
los hombres son capaces de inventar. En enero de 1832, tras ob­
servar la bien ordenada República norteamericana, recordaría:
“ Lo que [los franceses] hemos llamado república, nunca ha sido
otra cosa que una monstruosidad que no acierta uno a clasificar
(...) y, ¿qué me importa a mi que la tiranía se cubra con un manto
real o con una toga de tribuno? ¿Si yo siento que su mano me pe­
sa? Cuando Danton mandaba asesinar en las prisiones a unos in­
felices cuyo único delito era el de no pensar igual que él, ¿era eso
libertad? (...) Cuando la mayoría de la Convención proscribió a la
minoría, (...) cuando una opinión era un delito, (...) ¿era eso liber­
tad? Pero alguien podrá aducir que estoy hurgando en los anales
manchados de sangre del Terror. Pasemos por encima del tiempo
de las severidades necesarias: ¿veremos reinar la libertad en la
época en que el Directorio destruyó los periódicos (...)? Cuando
Bonaparte, como Cónsul, suplantó el poder, la tirania de un hom­
bre en lugar de la tirania de las facciones, vuelvo a preguntar, ¿era
eso libertad, era eso una república? No. En Francia hemos visto
la anarquía y el despotismo en todas sus formas, pero nada que se
pareciera a una república” 1.
Su catálogo de abusos bien podría haber incluido algunas ob­
servaciones personales más recientes acerca de la política reaccio­
naría y opresiva de Carlos X durante los últimos años de la Res­
tauración y la perturbadora transformación que sufrieron
“los hombres de 1830”, que aparentemente habían abandonado sus
principios liberales al llegar al poder. Sus experiencias con la tur­
bamulta durante la Revolución de Julio también le habían dejado
una fuerte impresión. En una carta de 1837 a Henry Reeve reac­
cionaría con escepticismo a las narraciones del entusiasmo con
que Inglaterra había recibido a la nueva reina, Victoria, y le recor­
daría sobriamente a su amigo las emociones diametralmente con­
trastantes de la multitud para con Carlos X, en 1825 y en 1830.
“ Le confieso que eso me ha dado una frialdad connatural y dura­
dera hacia las manifestaciones populares”2.
165
166 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

A principios del siglo XIX, los teóricos políticos como Benja­


mín Constant, Pierre-Paul Royer-Collard, F ran g ís Guízot y
otros también habían intentado repetidas veces alertar a sus com­
patriotas contra los peligros del Gobierno arbitrario, sea que se
disfrazara de prerrogativa regia, de soberanía popular o de cual­
quier otra cosa. Uno de los temas corrientes de los liberales y doc-
(rinaires por igual, era la limitación y el equilibrio de los poderes,
con el fin de evitar cualquier autoridad absoluta3.
Así que Tocqueville llegó a Norteamérica ya prevenido contra
los peligros de la autoridad consolidada y del potencial opresivo
de los Gobiernos caprichosos de cualquier tipo, tratárase de
asambleas, de facciones, de individuos o del populacho. Repasan­
do los últimos cuarenta años, se preguntaba si Francia estaba des­
tinada a infinitos episodios de alzamientos sociales y políticos.
¿Dónde y cuándo terminaría el ciclo de la revolución? En una
carta fechada en Cincinnati en diciembre de 1831, lucubraba en
torno de esta cuestión y, por primera vez, planteaba un dilema
que estaría en el meollo de la gestión de La democracia. "E\ hecho
más claro es que vivimos en una época de transición; pero, ¿mar­
charemos hacia algún tipo de libertad? ¿Nos encaminamos al
despotismo? Sólo Dios sabe exactamente lo que haya que pensar
al respecto”4.

Una de las curiosidades que primero impresionaron a Tocqueville


y Beaumont en los Estados Unidos —rasgo, por lo demás, relacio­
nado con el tema de la centralización—era la situación peculiar de
los funcionarios públicos, especialmente de las cabezas de los eje­
cutivos de los Estados. Para el primero de junio, observaba:
u[Los funcionarios públicos] están en absoluto pie de igualdad
con los demás ciudadanos. Se visten de la misma manera, se alo­
jan en las mismas posadas cuando salen de viaje, son asequibles
en cualquier momento y estrechan la mano a todos. Ejercen cierto
poder definido por la ley; fuera de ello, no están de ninguna mane­
ra por encima del resto”3.
Al principio, esta humildad funcionarial no hizo ano reforzar la
impresión de igualdad social general que tanto había cautivado a
ambos aristócratas. La familiaridad del ciudadano con el emplea­
do del Gobierno parecía meramente uno de los rasgos más elo­
cuentes de la situación social única de Norteamérica; pero, duran­
te el otoño y el invierno, Tocqueville empezó a vislumbrar otro
significado en este perfil del ejecutivo de baja gduación. En reali­
¿EN DONDE HA DE ACUMULARSE EL PODER'.' 167

dad, los ejecutivos norteamericanos carecían a menudo de poder


y no tenían estatura política. El gobernador de Nueva York se pa­
saba la mitad del año dirigiendo su granja. El de Massachusetts,
según le dijo Jared Sparks, “sólo tiene un poquito de poder”, y el
de Ohio no contaba, al parecer, “ absolutamente para nada”6.
La única matización sustancial de esta opinión la tuvo en octu­
bre, leyendo The Town Officer (“ El funcionario comunal”, N. del
T.), de Isaac Goodwin, en el que notó con sorpresa la gran autori­
dad de ciertos magistrados locales, dentro de su zona de compe­
tencia. “Cuando el Estado social permite a un pueblo elegir a sus
magistrados, los magistrados asi elegidos no pueden, sin perjudi­
carse, revestirse de un poder que ninguna autoridad despótica se
atrevería a conferirles. De suerte que los select men* de Nueva In­
glaterra tienen (...) un poder de censura [que] resultaría repulsivo
en la más absoluta de las monarquías. La gente, aquí, se somete
fácilmente a él. Una vez las cosas organizadas sobre tales bases,
cuanto más baja sea la cualifícación que haya que votar y más
breve el periodo en el cual el magistrado haya de ejercer su man­
dato, mayor es su poder”7.
Pero, aparentemente, los dirigentes locales se beneficiaban de
este rasgo democrático mucho más de lo que disfrutaban los jefes
de los Estados y de la Nación. Aun el presidente parecía experi­
mentar, él también, la debilidad característica de los más altos eje­
cutivos. Joel Poinsett le dijo a Tocqueville en enero que “el presi­
dente, en realidad, (...) tiene poca influencia sobre la felicidad [del
pueblo]. En realidad, de verdad, es el Congreso el que gobierna” .
El jefe del Ejecutivo, resumiría Tocqueville, se encontraba “sin
poder”*.
A medida que viajaba hacia el Oeste y el Sur, empezaba a com­
prender por qué los altos ejecutivos tenían tan poca autoridad. En
esas zonas, sus amistades empezaban a mencionar con mayor fre­
cuencia y apasionamiento los diversos peligros del sistema de­
mocrático. El hablar de “excesos democráticos” resultaba cada
vez más común. Varios ciudadanos destacados de Ohio, por
ejemplo, se quejaban de que “le hemos concedido demasiado a la
democracia aquí”, o de que “nuestra Constitución (la del Estado]
tiende a una democracia ilimitada”9. Y dos caballeros de Cincin-
nati se mostraron especialmente disconformes con la nueva atri­

* Literalmente, “ hombres selectos”, funcionarios municipales. (N. del T.)


168 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

bución de la legislatura de nombrar a los jueces10. El 3 de diciem­


bre de 1831, Timothy Walker le ampliaba estas opiniones:

Nuestra Constitución [la del Estado] se propuso en una época


en que el Partido Demócrata representado por JefTerson triunfaba
en toda la Unión. No pueden dejar de reconocerse los sentimien­
tos políticos bajo cuyo poder fue redactada. Es democrática. El
Gobierno es muchísimo más débil, más allá de los limites, que
cualquier otro. El gobernador no cuenta absolutamente para nada
y sólo se le pagan 1.200 dólares. El pueblo elige a los jueces de
paz y controla (¿?) a los jueces ordinarios. La Legislatura y el Se­
nado cambian cada año. (...)
Por el momento estamos haciendo el experimento de una de­
mocracia sin limites: todo se encamina en esa dirección: pero,
¿podemos hacerla funcionar? Nadie puede todavía afirmarlo11.

En enero, el abogado de Montgomery (Alabama) se mostraba


de acuerdo: “ Día a dia se expande entre nosotros cada vez más la
opinión errónea de que el pueblo puede hacer cualquier cosa y es
capaz de gobernar casi directamente. De esto deriva un increíble
debilitamiento de cualquier cosa que se asemeje a un poder ejecu­
tivo: he ahi la característica destacada y el defecto capital de
nuestra Constitución [del Estado], y de las de todos los Estados
nuevos del sudoeste de la Unión” 12.
La tendencia era, al parecer, de despojar al ejecutivo de todo
poder real, de minar la independencia del judicial introduciendo la
elección (directamente por el electorado o indirectamente por la
legislatura) y de someter a la legislatura al control inmediato del
pueblo a través del sufragio “ universal”, las elecciones frecuentes
y los mandatos'3. El resultado era un Gobierno cada vez más di­
recto por “el pueblo”. Y la legislatura, como instrumento de la vo­
luntad de la mayoría, se imponia cada vez más a las otras dos ra­
mas del Gobierno. Una de las marcas del sistema norteamericano
parecía ser una combinación casi obligatoria de debilidad del eje­
cutivo y supremacía del legislativo. La única excepción de esta re­
gla parecía ser la impertinente arbitrariedad de ciertos funciona­
rios locales.

Tocqueville creía que de la centralización extremada resultaría el


despotismo; pero, ¿qué manos esgrimirían esa autoridad consoli­
dada? ¿Quién o qué sería el probable tirano? En los borradores de
L a democracia se ven varías respuestas. Sus conocimientos acer­
¿EN DONDE HA DE ACUMULARSE EL PODER? 169

ca de la Convención, las observaciones que hizo en Norteamérica


y sus lecturas de E l federalista se combinaban para sugerirle un
primer tipo de despotismo democrático: la omnipotencia legislati­
va.
“Tiranía de la democracia. Confusión de todos los poderes en
manos de las asambleas. Debilidad del poder ejecutivo para reac­
cionar contra estas asambleas, para las cuales no es más que un
instrumento. Véase el curiosísimo articulo de los Federalist sobre
este tema, pp. 213, 215, 224. Además, es un resultado necesario
del reino de la democracia. Hay fuerza sólo en el pueblo; puede
haber fuerza sólo en el poder constitucional que lo representa.
“En Norteamérica, los poderes ejecutivo y judicial dependen
absolutamente del poder legislativo. Este fija los emolumentos en
general, modifica su organización y no hay nada previsto para
que aquéllos puedan resistir a sus [Link]., p. 205 [s/c:
¿p. 2I5?]” 14.
En el N° 48 de Elfederalista, Madison expone las mejores ma­
neras de hacer que las tres ramas del Gobierno sean mutuamente
independientes. En su argumentación critica a quienes elaboraron
las anteriores Constituciones de los Estados por haber desatendi­
do la amenaza de la preponderancia legislativa.
“ Procuraré (...) demostrar que a no ser que estos departamen­
tos [ejecutivo, legislativo y judicial] se hallen tan intimamente re­
lacionados y articulados que cada uno tenga injerencia constitu­
cional en los otros, el grado de separación que la máxima exige
como esencial en un Gobierno libre no puede nunca mantenerse
debidamente en la práctica. (...)
“¿Será suficiente con señalar precisamente los limites de estos
departamentos en la constitución del Gobierno y con encomendar
a estas barreras de pergamino la protección contra el espíritu
usurpador del poder?. Esta es la garantía en que parecen haber
confiado de preferencia los redactores de la mayoría de las consti­
tuciones americanas. Pero la experiencia nos enseña que se ha
concedido a la eficacia de esta providencia un valor que no tiene;
(...). El departamento legislativo está extendiendo por dondequiera
la esfera de su actividad y absorbiendo todo dominio en su impe­
tuoso torbellino.
“Los fundadores de nuestras repúblicas merecen tales elogios
por la sabiduría de que han dado prueba, que ninguna tarea puede
ser menos agradable que la de señalar los errores en que incurrie­
ron. El respeto a la verdad nos obliga, sin embargo, a observar
170 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

que no parecen haber apartado los ojos un solo instante del peli­
gro que representan para la libertad las prerrogativas desmesura­
das de un magistrado hereditario, (...). Parece que nunca tuvieron
presente el peligro de las usurpaciones legislativas, que al concen­
trar todo el poder en las mismas manos, conducen necesariamente
a la misma tiranía con que nos amenazan las invasiones del ejecu­
tivo” 15.
Los constitucionalistas norteamericanos, aparentemente, esta­
ban tan preocupados, desde la década de 1770. por evitar repeti­
ciones de lo que habían visto, como la opresión y corrupción eje­
cutivas de Jorge III y sus diversos agentes, que no llegaron a dar­
les a sus propios ejecutivos el poder suficiente para contrarrestar
las pretensiones igualmente peligrosas de las asambleas.
Para rematar su argumentación, Madison aducía los ejemplos
de Virginia y Pennsylvania y, para el primero, incluía largas citas
de las Notes on the State o f Virginia, de JefTerson. Este, además
de criticar la Constitución de ese Estado, observaba: ‘‘Todos los
poderes del Gobierno, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, con­
vergen en el cuerpo legislativo. La concentración de ellos en las
mismas manos constituye precisamente la definición del Gobierno
despótico. No atenúa la cosa el que esos poderes sean ejercidos
por muchas manos y no poruña sola. Ciento setenta y tres déspo­
tas serian sin duda tan opresores como uno solo (...)"16.
En el N° 51, Madison vuelve sobre el asunto y. una vez más.
añade un comentario acerca del principio del equilibrio de los tres
sectores, junto con una critica a las constituciones de los Estados
por no haber previsto, en la mayoría de los casos, las salvaguar­
dias necesarias. “Pero es imposible darle a cada departamento el
mismo poder de autodefensa. En el Gobierno republicano predo­
mina necesariamente la autoridad legislativa.” Luego el ensayo
propone algunos remedios para este “inconveniente”, entre ellos,
el bicameralismo, el veto cualificado y algunas conexiones especi­
ficas entre el poder ejecutivo y la Cámara alta de la legislatura. “Si
los principios en que se fundan estas observaciones son exactos.
(...) y se aplicaran como norma a las constituciones de los diver­
sos Estados, y a la Constitución federal, se vería que si la última
no se apega perfectamente a ellos, las primeras son aún menos ca­
paces de soportar una prueba de esa clase” 17.
De acuerdo con Madison, los borradores de Tocqueville tam­
bién suponen que el poder de las sociedades democráticas se con­
centra naturalmente en la asamblea (en tanto que cuerpo repre­
¿EN DONDE HA DE ACUMULARSE EL PODER? 171

sentante del pueblo) y, recordando a los Estados del Oeste y


Sudoeste, sostienen que los Estados norteamericanos han elevado
artificialmente esta tendencia y otras". Sus manuscritos concuer-
dan también, por tanto, en que, en las democracias (y particular­
mente en cada uno de los Estados norteamericanos), el despotis­
mo legislativo es una amenaza de primer orden contra la libertad.
En 1835 saldrían a la luz todas estas ideas:
“Las democracias están naturalmente inclinadas a concentrar
toda la Tuerza social en manos del cuerpo legislativo. Siendo éste
el poder que emana más directamente del pueblo, es también el
que participa más de su omnipotencia.
"Se observa, pues, en ¿I, una tendencia habitual que lo lleva a
reunir toda especie de autoridad en su seno. (...)
"Dos peligros principales amenazan la existencia de las demo­
cracias.
"La servidumbre completa del poder legislativo a las volunta­
des del cuerpo electoral.
"La concentración en el poder legislativo de todos los demás
poderes del Gobierno.
"Los legisladores de los Estados han favorecido el desarrollo de
esos peligros. Los legisladores de la Unión han hecho lo que han
podido para hacerlos menos temibles"19.
En otro lugar de La democracia de 1835 observa:
“ En Norteamérica, la legislatura de cada Estado no tiene ante
ella ningún poder capaz de resistirle. Nada podría detenerla en su
camino, ni privilegios, ni inmunidad local, ni influencia personal,
ni siquiera la autoridad de la razón, porque ella representa a la
mayoría que se pretende considerar como e¡ único orden de la
razón. No tiene, pues, otros limites, en su acción, que su propia
voluntad. (...)
"No es, como se repite a menudo, que por no haber centraliza­
ción en los Estados Unidos, las repúblicas del Nuevo Mundo pe­
recerán. Muy lejos de no estar bastante centralizados, se puede
afirmar que los Gobiernos Americanos lo están demasiado. [Cfr.
la “ hermosa teoría" de Madison]; (...). Las asambleas legislativas
absorben cada día algunos restos de los poderes gubernamentales:
tienden a reunirlos todos en si mismas, asi como lo habia hecho la
Convención"20.
Una vez más, como hemos observado, los manuscritos de Toe-
quevilie atribuyen una idea a una fuente específica, que luego no
será citada en el texto editado. Aun en el margen de su manuscrito
17 2 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION V DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

de trabajo, cerca de esta última frase sobre las usurpaciones legis­


lativas y de la Convención, observaba Tocqueville: “Más. aún. és­
te es un defecto inherente a un Gobierno de forma democrática.
Véase Federalist, página 213”21. Sólo en la obra publicada se de­
jaría de hacer mención del considerable aporte de Madison.
Como testigo final de la veracidad de su análisis. Tocqueville
—como Madison— recurriría a Jefferson: “ El poder ejecutivo, en
nuestro Gobierno, no es el único ni quizá el principal objeto de mi
solicitud. La tiranía de los legisladores es actualmente, y esto du­
rante muchos años todavía, el peligro más temible. La del poder
ejecutivo vendrá a su vez, pero en un periodo más remoto*'".
Como indican estos extractos, lo que subyace a cualquier tira­
nía posible, en una democracia, es el poder ilimitado del “pueblo".
Asi, entre 1832 y 1835, mientras tomaban forma los dos primeros
tomos de La democracia, emergía un segundo tipo de despotismo
democrático: la célebre idea de Tocqueville de la tiranía de la ma­
yoría, que más tarde abordaría por separado23.
El tercer déspota democrático, en 1835, seria el Estado. El me­
dio seria la consolidación del poder administrativo (o burocrático)
y no del legislativo o popular; pero, en todo caso, la finalidad sería
la tiranía24. Ya hemos visto que. tanto en Norteamérica como en
Inglaterra, Tocqueville meditaba a menudo sobre la vinculación
entre una administración sumamente centralizada y la tiranía. Re­
petidas veces observó que unas instituciones locales vigorosas le
parecían imprescindibles para la sociedad verdaderamente libre:
pero el concepto de libertades locales iba más allá de la mera po­
testad de las municipalidades para atender a sus propios asuntos.
Como demostraba la ciudad de la Nueva Inglaterra, la iniciativa
local, incitando el interés del ciudadano por los asuntos públicos,
también alentaba el nacimiento de toda clase de asociaciones pri­
vadas. organizaciones muy de desear en las naciones democráti­
cas. En un borrador sin fecha observaba: “Las aristocracias son
asociaciones naturales que no necesitan esclarecimiento ni planifi­
cación para resistir a la gran asociación nacional a la que llama­
mos Gobierno. A causa de dio, son más favorables a la libertad
que la democracia. En una democracia pueden también formarse
asociaciones, pero sólo mediante d esclarecimiento y el talento, y
nunca son duraderas. En general, cuando en una democracia se
h a podido formar un Gobierno opresor, no encuentra ante si más
que individuos aislados, no fuerzas colectivas. De ahí su fuerza
irresistible”25.
¿EN DONDE HA DE ACUMULARSE EL PODER? 173

Precisamente ese estímulo de la participación pública y el senti­


do de responsabilidad de los individuos es la función más valiosa
de las libertades locales. “ La centralización administrativa trabaja
en favor del despotismo y destruye la virtud cívica. El pueblo se
habitúa a vivir como extranjero, como colono en su propio pais,
diciendo: Ese no es asunto mió. Que se encargue el Gobierno”26.
En estas breves observaciones, probablemente de 1833, Tocquevi-
lle entreteje, por primera vez explícitamente, tres temas que luego
serian fundamentales: la centralización, el despotismo y el indivi-
dualisme11.
También indican más ampliamente que, lo que hace tan vulne­
rables a las sociedades democráticas a las usurpaciones por el Es­
tado, estriba, en parte, en la falta de agrupaciones sociales y políti­
cas intermedias —tales como Gobiernos y asociaciones locales, fa­
milias o clases—que pudieran servir de amortiguadores entre el
individuo y la nación en su conjunto28. Otro análisis previene más
puntualmente que las naciones consolidadas, como Francia, tien­
den naturalmente “ a concentrar indefinidamente a las fuerzas so­
ciales, hasta alcanzar el puro despotismo administrativo” 29.
La democracia de 1833 presenta, por lo menos, una visión de
esa tiranía centralizada y burocrática:
“¿Qué me importa, después de todo, que haya una autoridad
siempre en pie, que vele para que mis placeres sean tranquilos,
que camine delante de mis pasos para apartar todos los peligros,
sin que tenga yo necesidad de pensar en ellos, si esa autoridad, ai
mismo tiempo que quita las menores espinas a mi paso, es dueña
absoluta de mi libertad y de mi vida (...)?
"Hay nacionales de Europa donde el habitante se considera co­
mo una especie de colono indiferente al destino del pais que habi­
ta. Los más grandes cambios pueden acaecer en su pais sin su
concurso; no sabe con precisión lo que ha pasado, sólo lo sospe­
cha, ha oido contar el acontecimiento por casualidad. Más aún, la
fortuna de su aldea, la limpieza de su calle y la suerte de su iglesia
no le conmueven; piensa que todas estas cosas no le incumben de
ninguna manera, y que pertenecen a un extranjero poderoso que
se llama Gobierno”30.
En otro otro lugar añade: “Se comprende que la centralización
gubernamental adquiera una fuerza inmensa cuando se añade a la
centralización administrativa. De esta manera acostumbra a los
individuos a hacer abstracción completa y continua de su volun­
tad; a obedecer, no ya una vez y sobre un punto, sino en todo y
174 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

iodos los días. Entonces, no solamente los doma por la fuerza, si­
no que también los capta por sus costumbres; los aísla y se apode­
ra de ellos uno por uno entre la masa común”31.
Estos pasajes anuncian el peligro último de la tendencia de­
mocrática hacia la centralización y son un asombroso precedente
del final de La democracia de 184032. Las naciones democráticas
se deslizan inexorablemente hacia la concentración del poder en
manos del Estado. Bajo la centralización, los individuos crecen
acostumbrados a la obediencia. Cada uno empieza a sentirse ais­
lado y débil, y se pierde entre la multitud. Toda la autoridad se
acumula en algún centro. Y la libertad termina por sucumbir ante
el despotismo. Sin embargo, hay relativamente poco más, aparte
de estos pasajes, en los dos primeros tomos del libro, que apunten
a la posibilidad de la tiranía administrativa o burocrática. Esta
tercera concepción del despotismo precisaría todavía cinco años
más de reflexión para pasar al primer plano.

Otra posible encamación de la tiranía democrática, la cuarta, es


de tipo más tradicional: la reunión de todos los poderes en manos
de un solo déspota (le despotísme d ’utt seul). Dada la creciente
igualdad de condiciones, los hombres podrían, bien esforzarse por
combinar la igualdad con la libertad, o bien conformarse con la
igualdad y caer bajo “ el yugo de uno solo”33. “ ¿Cómo podemos
creer que las clases más bajas de la sociedad, casi iguales a las
demás en conocimientos y más enérgicas que ellas, puedan tolerar
el quedar excluidas del Gobierno? ¿Hay posibilidad siquiera de
imaginárselo? Quizás esto conduzca al establecimiento de la tira­
nía: por qué la democracia soporta un tirano en lugar de la supe­
rioridad de los rangos y una jerarquía. La igualdad, pasión predo­
minante de las democracias. Para concluir este trozo, los hombres
tienen una sola manera de ser libres, pero dos de ser iguales”34.
Y en 1835 declararía:
“Ahora bien, no sé más que dos maneras de hacer prevalecer la
igualdad en el mundo político: hay que dar derechos iguales a ca­
da ciudadano, o no dárselos a ninguno.
"En cuanto a los pueblos que han llegado al mismo Estado so­
cial que los angloamericanos, es muy difícil percibir un término
m edio entre la soberanía de todos y el poder absoluto de uno so­
lo”35.
Para Tocqueville, este peligro se agudizaba particularmente si
el tirano en potencia era un héroe militar (le despotísme d'un seul
¿EN DONDE HA DE ACUMULARSE EL PODER? 175

militairé). La principal inspiración de esta idea era, con toda segu­


ridad, Napoleón, pero está claro que Norteamérica fortaleció su
convicción. Durante su periplo norteamericano habia oido hablar
de la incompetencia y corrupción de Andrew Jackson y habia leí­
do acerca de sus actitudes demagógicas*6. Pero Jared Sparks le
había dicho que, aunque las personas mejor informadas se opusie­
ran a Jackson, “la mayoría está todavía a disposición del gene­
ral”37. El enigma de la atracción de Jackson no se habia resuelto
aún en enero de 1832, en una reunión celebrada en la Casa Blan­
ca; Tocqueville y Beaumont, se alejaron de la presencia de Oíd
HickonP, curiosamente, muy poco impresionados3*.
¿Cómo, entonces, un hombre que al parecer no se distinguía ni
por el carácter ni por la capacidad, podía mantener tal dominio
sobre las emociones del pueblo norteamericano? Reflexionando
sobre sus conocimientos históricos (especialmente sobre la carre­
ra de Bonaparte), Tocqueville creyó avizorar una respuesta. ¿Có­
mo se puede dudar de la influencia perniciosa de la gloría militar
en una república? ¿Qué era lo que causaba la elección del pueblo
en favor del general Jackson, quien, según parece, es un hombre
muy mediocre? ¿Qué es lo que le sigue asegurando los votos del
pueblo a pesar de la oposición de las clases esclarecidas? La bata­
lla de Nueva Orleáns” 39.
Esta era, en esencia, la respuesta superficial y unilateral que
ofrecería confiadamente a sus lectores, en 1835. Tras declarar que
ia gloria militar era el flagelo más terrible para las repúblicas, ob­
servaría:
“ ¿Cómo negar la increíble influencia que ejerce la gloria militar
sobre el espíritu del pueblo? El general Jackson, que los norteame­
ricanos eligieron dos veces para colocarlo a su cabeza, es un hom­
bre de un carácter violento y de una capacidad mediana. Nada en
todo el curso de su carrera habia probado que tuviese las cualida­
des requeridas para gobernar a un pueblo libre. Por eso la mayo­
ría de las clases ilustradas le fue siempre contraría. ¡Quién le co­
locó en el asiento del presidente y le mantiene allí todavía? El re­
cuerdo de una victoria lograda por él hace veinte años, bajo los
muros de Nueva Orleáns. Ahora bien, esa victoria de Nueva Or­
leáns es un hecho de armas muy ordinario del que no se llegarían
a ocupar largo tiempo más que en un país donde no hay batallas;
y el pueblo que se deja asi arrastrar por el prestigio de la gloría es,

* “Viejo Nogal” , mote popular del presidente Jackson. (N. de! T.)
176 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

aparentemente, el más frío, el más calculador, el menos militar y.


si puedo expresarme así, el más prosaico de los pueblos del mun­
do”40.
Como para trasladar esto a su patria. Tocqueville anadia un
ejemplo que después eliminaría de su manuscrito de trabajo: “Du­
rante nuestra estancia en Norteamérica se acuñó una medalla en
honor del general Jackson que contenia esta leyenda: ‘Lo que Cé­
sar hizo, Jackson lo superó’ ”41. Esta susceptibilidad ante el peli­
gro de nuevos Césares (o Napoleones) la mantendría Tocqueville
durante toda su vida, e influiría en la forma de La democracia,
siendo especialmente aguda después de las penosas experiencias
de 1848-185142.
La democracia de 1835 pone especial énfasis en esa amenaza
de despotismo de un solo hombre:
“(...) si fuera cierto que pronto dejaran de existir los intermedia­
rios entre el imperio de la democracia y el yugo de uno solo, ¿no
deberíamos más bien tender hacia el uno que someternos volunta­
riamente al otro? Y si fuese necesario llegar a una completa igual­
dad, ¿no valdría más dejarse nivelar por la libertad que por un
déspota? (...)
”(...) pienso que si no se logran introducir poco a poco y fundar
al fin entre nosotros instituciones democráticas, y se renuncia a
proporcionar a todos los ciudadanos ideas y sentimientos que pri­
meramente les preparen para la libertad y en seguida les permitan
su uso, no habrá independencia para nadie, ni para el burgués, ni
para el noble, ni para el pobre, ni para el rico, sino una tiranía
igual para todos; y yo preveo que si no se logra con el tiempo fun­
dar entre nosotros el imperio pacifico del mayor número, llegare­
mos tarde o temprano al poder ilimitado de uno solo"4-’.
Poco después de la publicación de la primera parte de La de­
mocracia, Tocqueville, con el fin de aclararle sus opiniones a Ker-
golay, volvería a exponerlas con mayor precisión, aunque con me­
nor elocuencia. Aparentemente, a Louis le había turbado profun­
damente lo que. a su parecer, eran ciertas implicaciones del libro
de Alexis. Asi que éste le explicaría:
“Una vez igualadas las condiciones, admito que ya no veo nin­
guna situación intermedia entre un Gobierno democrático (...) y el
Gobierno de uno solo que obra sin control. No dudo ni por un ins­
tante en que el tiempo llegará para el uno o para el otro. Pero no
deseo el segundo; si alguna vez lograra establecerse un Gobierno
absoluto en un pais democrático socialmente enfermo y desmora­
¿EN DONDE HA DE ACUMULARSE EL PODER? 177

lizado como Francia, es imposible imaginar los limites de su tira­


nía; ya hemos visto algunos claros ejemplos de este régimen bajo
Bonaparte, y si Luis Felipe tuviera las manos libres, nos haría co­
nocer otros aún más perfectos. Queda, pues, el primero. No es
que éste me guste mucho más, pero lo prefiero al otro, sobre todo
porque, si no logro alcanzar aquél, estoy seguro de que nunca es­
caparé al otro. Asi que, entre dos males, elijo el menor. Pero, ¿es
muy difícil establecer un Gobierno democrático entre nosotros?
De acuerdo. Yo tampoco lo intentaría, s¡ pudiera optar. ¿Es impo­
sible alcanzarlo? Dudo mucho que sea imposible, porque, aparte
de las razones politicas que no tengo tiempo de desarrollar, me
cuesta creer que Dios, después de empujar dos o tres millones de
hombres, durante siglos, hacia la igualdad de condiciones, termine
por conducirlos al final al despotismo de un Tiberio o un Clau­
dio*’44.
Asi, pues, algo (alguien) semejante al peor de los emperadores
romanos, le despotisme d ’un seul, era el cuarto despotismo, y el
mencionado con mayor frecuencia, que Tocqueville pudiera pre­
ver en 1835. En estos pasajes las opciones eran: un Gobierno de­
mocrático (monarquía o república) armonizado con el desarrollo
de la igualdad de condiciones, o un tirano. Sus presupuestos mo­
rales le avivaban las esperanzas en favor del primero. Para él re­
sultaba moralmente inconcebible que las todopoderosas obras de
Dios en el mundo apuntaran hacia la larga noche de la tiranía.

U na de las bases de la siempre renovada fama de Tocqueville es


su perspicaz reconocimiento de los acontecimientos nuevos y su
consciente exhortación a buscar nuevos nombres y significacio­
nes. En sus borradores se evidencia que, a la sazón, su talento ra­
zonaba en tomo del despotismo democrático. “ He aquí el retrato
de la nueva tiranía, sin contrapeso en las instituciones, en las cos­
tumbres”43. En su texto publicado repetiría; “Si el poder absoluto
llegara a establecerse de nuevo en los pueblos democráticos de
Europa, no dudo de que no tomase allí una forma nueva y que no
se mostrara bajo rasgos desconocidos a nuestros padres”43. Pero,
como acabamos de ver, cuando trató en 1835 de definir ese nuevo
despotismo buscó analogías en la historia antigua y terminó escri­
biendo acerca del despotisme d ’un seul y retratando específica­
mente un tirano militar cortado según el patrón de los emperado­
res romanos.
“Para concebir algo análogo a lo que pasaría entonces entre
178 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

nosotros, no se debería recurrir a nuestros anales: sería necesario


tal vez interrogar a los monumentos de la antigüedad, y retroce­
der a esos horrendos siglos de la tiranía romana en que. estando
corrompidas las costumbres, borrados los recuerdos, destruidos
los hábitos, vacilantes las opiniones, expulsada la libertad de las
leyes, sin saber dónde refugiarse para encontrar un asüo: donde,
no garantizando ya a los ciudadanos y los ciudadanos no garan­
tizándose ya a si mismos, se viese a los hombres burlarse de la na­
turaleza humana, y a los principes cansar la clemencia del cielo
más bien que la paciencia de sus súbditos.
"Me parecen muy ciegos quienes piensan volver a encontrar la
monarquía de Enrique IV o de Luis XIV. En cuanto a mi. cuando
considero el estado a que han llegado ya varías naciones europeas
y aquél adonde tienden todas las demás, me siento inclinado a
creer que bien pronto entre ellas no se encontrará ya lugar sino
para la libertad democrática o para la tiranía de los Césares”47.
Asi que, a pesar de admitir que posiblemente algo muy distinto
estuviera al alcance de la mano, en 1835 no emergería ninguna
imagen verdaderamente original de la “nueva tiranía”, del supues­
tamente novedoso despotismo democrático. Aunque presentara la
teoria, y aun un breve retrato, de la tiranía burocrática, en 1835
no la identificaría como el nuevo despotismo. Por el contrario, sus
esfuerzos por definir la posible opresión por venir se basarían en
ejemplos del pasado remoto y recalcarían la figura del tirano en
lugar de la burocracia todopoderosa. El Estado burocrático cen­
tralizado tendría que aguardar, para ocupar su prominente situa­
ción, a La democracia de 1840.

Asi, pues, cuatro definiciones principales aparecen en las notas,


borradores y manuscritos redactados por Tocqueville entre 1831
y 1835: la omnipotencia legislativa, la tiranía de la mayoría, el
despotismo administrativo (o burocrático) y el dominio de un tira­
no (especialmente de un héroe militar). Sin embargo, persistían las
ambigüedades. Aunque las legislaturas norteamericanas se impu­
sieran sobradamente sobre las otras dos ramas, los ejecutivos de­
mocráticos (especialmente los de nivel local) tenían una autoridad
asombrosamente arbitraría. Y el mismo poder legislativo, ¿no era
meramente la sombra del Gobierno popular? Hay más: ¿cómo
distinguir entre el “Gobierno directo del pueblo” y la “tiranía de la
mayoría” ? “Administrativo” y “burocrático”, ¿significan lo mis­
mo? ¿No puede un tirano (militar o civil) ejercer su voluntad a
¿EN DONDE HA DE ACUMULARSE EL PODER? 179

través de la administración (o burocracia) en lugar de mandar di­


recta y personalmente? Pese a estas cuestiones, Tocqueville habia
empezado a analizar los muchos significados posibles de “despo­
tismo democrático” .

De las diversas visiones del despotismo que tenia en 1835, puede


afirmarse que la de la tirania legislativa resultaba ser la menos real
(para Norteamérica). Tocqueville entendió la presidencia lo bas­
tante como para predecir acertadamente la creciente estatura del
jefe del ejecutivo, una vez que los Estados Unidos se vieran impli­
cados en grandes guerras o en asuntos exteriores importantes48.
Pero su conciencia del poder potencial del presidente no era sufi­
ciente para imponerse a su creencia —abonada por “Publio”—en
la tendencia a usurpar autoridad inherente a las legislaturas. Una
de las razones posibles era su convicción de que, en una democra­
cia. es el legislador quien verdaderamente representa al pueblo y el
que. por tanto, esgrime el poder y habla con la autoridad moral
del pueblo. De ahi el que no llegara a advertir uno de los mayores
cambios simbólicos de la presidencia de Jackson, cosa que le cos­
taría caro: advertir que al presidente se le puede considerar como
el único representante de todo el pueblo quizá habría alterado es­
pectacularmente su impresión acerca de dónde residía el peor de
los peligros de Norteamérica. Una vez más, su dependencia de El
federalista, con su tendencia a minimizar las prerrogativas del
presidente al nivel de la suspicacia del populacho ante el poder
ejecutivo, probablemente le llevaran por un rumbo errado. Tam­
bién parece probable, en este caso, que su conocimiento de la Re­
volución Francesa, y especialmente su susceptibilidad contra los
excesos de la Convención, influyeran demasiado en sus percepcio­
nes de la situación norteamericana49. Además, a pesar de su astu­
to análisis del poder judicial norteamericano y de los papeles ex­
traordinarios que desempeñaban abogados, jueces, jurados y tri­
bunales en la política de ese país, al parecer no podía imaginar
una rama judicial tan independiente y poderosa como para poder,
por sí misma, convertirse alguna vez en un instrumento efectivo
de opresión. De suerte que, en La democracia de 1835, terminaría
por proyectar la imagen, que resultó ser en gran medida ilusoria,
de un posible despotismo legislativo en los Estados Unidos.
XII. LA CENTRALIZACION ADMINISTRATIVA
Y ALGUNOS REMEDIOS

Hemos observado que los tomos de 1835 ensalzaban los benefi­


cios políticos, morales, sociales y económicos de las libertades lo­
cales; lamentaban que la democracia indujera a la centralización;
distinguían entre dos tipos de centralización, la gubernamental y
la administrativa, y advertían que la variedad administrativa mi­
naba la libertad. Entre 1835 y 1840, le siguió persiguiendo "ce
mot de centralisation” y, cuantas más vueltas le daba a la idea,
más significados le encontraba.
Poco después de aparecer la primera parte de La democracia
viajó por segunda vez a Inglaterra, ocasión en la cual la centrali­
zación volvió a ser uno de los grandes temas de sus notas de via­
je 1. El 11 de mayo de 1835, Henry Reeve confirmaba su impre­
sión de que en Inglaterra existía “una vigorosa tendencia a la
centralización”. Las conversaciones le permitieron realizar un re­
sumen breve, pero clave, de sus ideas en unas pocas frases esbo­
zadas ya mucho de la última parte de su célebre obra:
“La centralización, un instinto democrático; instinto de una so­
ciedad que ha logrado escapar al sistema individualista de la Edad
Media. Preparación para el despotismo. ¿Por qué la centraliza­
ción es tan cara a los hábitos de la democracia? Buena cuestión
para ahondar en el tercer volumen de mi obra, si puedo encajarla
en ella. Una cuestión fundam entar2.
Dos semanas más tarde, Tocqueville le preguntaba a otro ami­
go inglés, John Stuart Mili, si él también creía que Inglaterra se
encaminaba hacia la centralización y, de ser así, si esa tendencia
le preocupaba. Mili admitió la tendencia, pero negó tener alguna
preocupación importante:
“ Hasta ahora, la centralización ha sido la cosa más extraña al
temperamento inglés.
”1) Nuestros hábitos o la Índole de nuestro temperamento no
nos inclinan en lo más minimo a las ideas generales; (...). Asi que
hemos dividido al infinito las funciones administrativas y las he­
mos hecho independientes entre si. No lo hemos hecho deliberada­
180
CENTRALIZACION ADMINISTRATIVA Y ALGUNOS REMEDIOS 181

mente, sino por nuestra pura incapacidad de abarcar ideas gene­


rales en el tema del Gobierno o en cualquier otro.
"2) (...) El gusto por hacer que los demás se sometan a una ma­
nera de vivir que uno cree más útil para ellos de lo que ellos mis­
mos se creen, no es un gusto corriente en Inglaterra. Atacamos las
actuales instituciones parroquiales y provinciales porque le sirven
de herramientas a la aristocracia. Arrebatando el poder a nuestros
adversarios, naturalmente esperamos poder investir con él a nuestro
Gobierno, porque dentro de las actuales instituciones no hay nada
preparado para heredar parte de ese poder. Pero si la democracia
estuviera organizada en nuestras parroquias y condados de ma-
n era de poder asumir las tareas de Gobierno, estoy seguro de que
le dejaríamos bastante independencia respecto del poder central.
Quizás tratemos de hacerlo demasiado tarde, y mediante el com­
promiso de que el Gobierno se enriqueciera con los principales
despojos de la aristocracia.”
Pero a Tocqueville no le resultó totalmente convincente la ex­
plicación de Mili, por lo que le sugirió otra idea: “ ¿No será que lo
que usted llama temperamento inglés sea, en realidad, tempera­
mento aristocrático? ¿No formará parte del temperamento aris­
tocrático el aislarse a si mismo y, toda vez que cada uno goza de
una buena heredad, tener más temor de verse trastornado en su
propio dominio que deseos de extenderlo a los demás? ¿No es el
instinto de la democracia exactamente el opuesto, y no puede ser
que la actual tendencia que usted considera accidental sea una
consecuencia casi necesaria de una causa básica?”3.
Ambos estuvieron de acuerdo en que existía una tendencia ha­
cia una supervisión más centralizada de los asuntos particulares y
locales, pero lo que Mili entendía como una circunstancia históri­
ca, Tocqueville lo percibía como una característica del avance de
la démocratie. Más allá de esto, la conversación le recordó asimis­
mo a Tocqueville el principio estructural básico que había adverti­
do en Norteamérica casi cuatro años antes: la división o fragmen­
tación del poder administrativo. Las observaciones de Mili volvie­
ron, además, a dar nuevo énfasis a una lección de especial impor­
tancia para Francia: la necesidad de preparar a las localidades
para eventuales responsabilidades.
En tres ocasiones posteriores, Tocqueville llenó varias páginas
de sus diarios de viaje por Inglaterra con largas y significativas re­
flexiones acerca de la centralización, cada una de las cuales antici­
paba ya secciones de la última parte de su libro:
182 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

“Ideas concernientes a la centralización. (...) Cómo pueden


concebirse las obligaciones de la sociedad para con sus miembros.
"¿Está obligada la sociedad, como pensamos en Francia, a dar
garantías al individuo y a crearle su bienestar? ¿O más bien su
único deber será proporcionar al individuo unos medios fáciles y
seguros de darse garantías a si mismo y de proveer a su propio
bienestar?
"La primera idea: más sencilla, más general, más uniforme,
más fácil de captar para las mentes poco esclarecidas y superfici-
ciales.
"La segunda: más complicada, no uniforme en su aplicación,
más difícil de entender; pero la única que es cierta, la única com­
patible con la existencia de libertad política, la única que puede
crear ciudadanos, e incluso hombres.
"Aplicación de esta idea a la administración pública. Centrali­
zación, división dentro del poder administrativo. Ese es un aspec­
to de la materia que no deseo tratar por el momento, pero que,
por lo que veo en Inglaterra y he visto en Norteamérica, arroja
oleadas de luz y le permite a uno formarse ideas generales. Los
propios ingleses no se dan cuenta de la excelencia de su sistema.
Hay una mania por la centralización que ha hecho presa en el
partido democrático. ¿Por qué? Pasiones análogas a las de Fran­
cia en 1789 y debidas en gran parte a idénticos motivos. Ridiculez
de las instituciones medievales. Odio contra la aristocracia que las
ha preservado supersticiosamente y las usa en su provecho. Espí­
ritu de innovación, tendencia revolucionaria a ver abusos sola­
mente del Estado actual; tendencia general de las democracias.
"Afortunadas dificultades que obstruyen la centralización en
Inglaterra: leyes, hábitos, maneras, espíritu inglés rebelde contra
las ideas generales o uniformes, pero enamorado de las peculiari­
dades. Gusto por el quedarse en casa introducido qp la vida po­
lítica. (...)
"Principios de los ingleses4 en materia de administración públi­
ca. (...) División de las autoridades administrativas locales. No
hay jerarquías entre ellas. Intervención continua del poder judicial
para hacerlas obedecer. (...)
"Por qué el Gobierno inglés es fuerte aunque las localidades
sean independientes. Administración especial y a menudo jerár­
quica en cuestiones importantes para la totalidad del Imperio. (...)
"Aplicación de estas ideas a Francia. Que el futuro político de
la libertad depende de la solución del problema. (...) Trabajamos
CENTRALIZACION ADMINISTRATIVA Y ALGUNOS REMEDIOS 183

con vistas a la independencia de las provincias o hacia su total su­


bordinación y la destrucción de la vida municipal. (...)
"Exposición práctica de este asunto. Introducción del principio
inglés y norteamericano que, en verdad, es sólo el principio gene­
ral de los pueblos libres. Precauciones que hay que tomar para
preservar un poder central fuerte. Quizás sea la única manera de
que lo siga siendo”5.
Tucqueville tocaba brevemente en estos párrafos un tema que
pasaría a ser un capitulo aparte de su obra: las causas fortuitas
que entorpecen o favorecen la centralización en diversas nacio­
nes6. También retornaba explicitamentc, en ellos, a su investiga­
ción de los primeros principios de la administración. En todo el
pasaje —a veces directamente, a veces por implicación—compara­
ba los sistemas inglés y norteamericano de administración y con­
trastaba las estructuras de ambos “países libres” con la de Fran­
cia. “El futuro de la libertad politica” en su patria, del que tenía vi­
vida conciencia, dependía en gran medida de lo que los franceses
estuvieran dispuestos a aprender de las naciones anglófonas. Este
tipo de análisis desde tres ángulos tendría aplicación frecuente,
para una variedad de cuestiones, en La democracia de 1840, y es­
to seria otro de los motivos de por qué son “menos americanos”
los dos últimos tomos.
Al cabo de una semana, sus pensamientos volvieron al tema, y
sus notas revelan que de nuevo se interrogaba acerca de dónde de­
bía acumularse el poder y vinculaba los dos tipos de centraliza­
ción a determinadas ramas del Gobierno.
“ Hay mucha centralización en Inglaterra; pero, ¿de qué tipo?
Legislativa y no administrativa; más gubernamental que adminis­
trativa; pero, igual que entre nosotros, se extiende a veces a deta­
lles muy pequeños y pueriles. La mania de la regimentación, que
no es mania francesa, sino de los hombres y del poder, se encuen­
tra aqui por todas partes. Pero puede tener un único efecto, y pa­
sajero, y sólo imperfectamente puede lograr su objetivo.
“Ello se debe al centralizar el poder en manos de la legislatura,
no del ejecutivo.
"Consecuencias fastidiosas: Demoras, gastos, imposibilidad de
ciertas medidas, imposibilidad de inspección.
"Consecuencias afortunadas: Publicidad, respeto de los dere­
chos, obligación de acudir a las autoridades locales para la ejecu­
ción de la ley; tendencia natural a dividir la autoridad administra­
tiva, de suerte de no crear un poder rival demasiado fuerte. Cen­
184 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

tralización muy incompleta, puesto que la efectúa un cuerpo legis­


lativo; principios, más que hechos; general, a pesar del deseo de
hacerla detallada.
”Grandeza y fuerza de Inglaterra, que se explica por el poder
de centralización en ciertos asuntos.
"Prosperidad, riqueza y libertad de Inglaterra, que se explica
por su debilidad en otras mil.
"Principio de centralización y principio de elección de las auto­
ridades locales: principios en oposición directa. (...) uno es esen­
cial para el poder y existencia del Estado, el segundo para su pros­
peridad y libertad. Inglaterra no ha descubierto ningún otro secre­
to. Todo el futuro de las instituciones libres de Francia depende de
la aplicación de estas mismas ideas al genio de nuestras leyes"7.
Aunque excesivamente sucintas, estas reflexiones del 3 de julio
de 1835 son fundamentales. En ellas repite su convicción de que
la “ manía de la regimentación" estaba muy extendida, y retorna
expresamente a la importantísima distinción entre centralización
gubernamental y administrativa (punto del cual es significativo
que lo vincule con la diferencia entre las autoridades legislativa y
ejecutiva). Luego seguia un resumen de los beneficios e inconve­
nientes de la descentralización. Entre las ventajas descollaban las
económicas. Por último, aun sosteniendo que la descentralización
era imprescindible para la “prosperidad y libertad”, reconocía que
naciones como Francia e Inglaterra necesitan cierto grado de cen­
tralización para preservar “el poder y la existencia del Estado". El
problema básico era la combinación adecuada de estos dos princi­
pios. Francia necesitaba encaminarse hacia algún equilibrio entre
un Gobierno nacional efectivo y unas autoridades locales inde­
pendientes.
En otro pasaje más, Tocqueville razonaba extensamente acerca
de la posible influencia de las instituciones libres sobre la prospe­
ridad;
“ Creo que es sobre todo el espíritu y los hábitos de la libertad
lo que inspira el espíritu y los hábitos del comercio. (...)
"Para ser libres hay que tener la capacidad de planificar y de
perseverar en una empresa difícil, y de acostumbrarse a actuar
por si; para vivir en libertad, hay que crecer habituados a una vi­
da plena de agitación, cambios y peligros; estar alerta todo el
tiempo, con ojo incansable puesto sobre todo lo que nos rodea; he
ahi el precio de la libertad. Todas esas cualidades son igualmente
necesarias para triunfar en el comercio. (...)
CENTRALIZACION ADMINISTRATIVA Y ALGUNOS REMEDIOS 185

"Mirando hacia la vuelta que se ha dado en Inglaterra al espíri­


tu humano, por imperio de la vida política; viendo al inglés seguro
del apoyo de sus leyes, confiado en si mismo y desconocedor de
cualquier obstáculo excepto los límites de sus propios poderes, ac­
tuando sin restricciones; viéndolo inspirado por el sentido de que
puede hacer cualquier cosa, mirar incesantemente a lo que ahora
es, siempre en busca de lo mejor, viéndolo asi, no me corre prisa
por averiguar si la naturaleza le ha abierto puertos y le ha dotado
con carbón y hierro. La razón de su prosperidad comercial no re­
side en ello: está en él mismo.
"¡Q ueréis comprobar si un pueblo está dotado para la industria
y el comercio? No sondeéis sus puertos, ni examinéis la madera
de sus bosques ni los productos de su suelo. El espíritu emprende­
dor conseguirá todas esas cosas y, faltando él, ellas son inútiles.
Analizad si las leyes de un pueblo confieren a los hombres el cora­
je de buscar la prosperidad, la libertad para seguir en ella, el senti­
do y los hábitos para buscarla y la seguridad de recoger sus bene­
ficios”®. 0
La esencia de este discurso podría trasladarse directamente a
las páginas de La democracia de 1840’. Pero debemos advertir
dos notables fragmentos. En el pasaje transcripto arriba, Tocque-
ville enumeraba los requerimientos de la libertad: previsión, perse­
verancia, autoconfianza, adaptabilidad, coraje, vigilancia y una
pizca de descontento. Tampoco podía impedir que volviera a
emerger la vieja cuestión del ambiente. Sin embargo, volvía a afir­
mar que la dimensión moral, el “espíritu humano”, era más fuerte,
para dar forma a una sociedad, que el medio físico.
El viaje a Inglaterra de 1835 fue un añadido importante para lo
que había visto y oido en Norteamérica durante 1831 y 1832. So­
bre el tema de la centralización, gran parte no eran más que ratifi­
caciones de cosas conocidas; pero los estímulos ingleses le suma­
ron detalles significativos para inducirle a pensar y, en particular,
desde un nuevo punto de comparación. Inglaterra le sirvió en es­
pecial para confirmar ciertos juicios anteriores acerca de los bene­
ficios de las localidades vigorosas, las variedades de la centraliza­
ción, los peligros de la consolidación del poder administrativo y,
por encima de todo, la “manía de la centralización” propia de-la
democracia.
El tema de la centralización reaparecería en muchas partes de
los tomos de La democracia de 1840. En la segunda parte, “In­
fluencia de la democracia en los sentimientos de los norteamerica­
DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

nos", por ejemplo, argumenta extensamente sobre que las liberta­


des locales son esenciales para la participación del ciudadano en
los asuntos públicos y que la libertad de asociación y de prensa
son importantes salvaguardias contra la centralización adminis­
trativa10.
Pero el principal tratamiento que haría de la centralización en
1840 aparece en la parte final de la obra: “Influencia de las ideas
y sentimientos democráticos en la sociedad política". En su opi­
nión. esta última parte del libro, que al final resultó tan difícil de
escribir, era su culminación: la declaración más elocuente de su
“doctrina" y. a la vez. la mejor presentación posible de sus reco­
mendaciones para el futuro de Francia11. Su hermano Edouard re­
cibió un bosquejo de la sección en julio de 1838, cuando justa­
mente se cumplían cuatro meses de intenso trabajo.
“Te diré ante todo, para hablarte inmediatamente de mi gran
asunto, que he vuelto al trabajo y que por fin desde hace ocho
dias he vuelto a ocuparme; estoy decidido a no volver a abando­
nar hasta no haber terminado estos últimos capítulos. Ya he deli­
neado el plan; helo áqui; lo entenderás aunque sólo te diga unas
cuantas palabras, porque estás muy al corriente de mis ideas. La
idea matriz del primero de los dos capítulos que me quedan por
hacer (porque he sentido la necesidad de que sean dos) se refiere a
‘La influencia general de las ideas y sentimientos democráticos
que acaban de exponerse en este libro sobre la forma de Gobier­
no'. Empiezo demostrando cómo, teóricamente, estas ideas y sen­
timientos deben facilitar la concentración12 de los poderes. Luego
indico qué circunstancias especiales y accidentales pueden apresu­
rar o retardar esta tendencia; lo cual me lleva a demostrar que la
mayor parte de esas circunstancias no se dan en Norteamérica y
si existen en Europa. Así, me pongo a hablar de Europa y a de­
mostrar, con hechos, cómo todos los Gobiernos europeos se cen­
tralizan constantemente; cómo el poder del Estado crece siempre
y el de los individuos decrece también siempre. Eso me lleva a de­
finir el tipo de despotismo democrático que pudiera producirse en
Europa y, por último, a analizar de manera general cuáles deben
ser las tendencias de la legislación para luchar contra esta tenden­
cia de las condiciones sociales. Hay un penúltimo capítulo, en me­
dio del cual me encuentro actualmente. Confío en que, como yo,
encuentres en ello algo de riqueza y grandeza.
"El último capitulo, que, con arreglo a mi plan, sería muy bre­
ve, será un resumen oratorio de las distintas tendencias de la
CENTRALIZACION ADMINISTRATIVA Y ALGUNOS REMEDIOS 187

igualdad, de la necesidad de no competir contra esta igualdad, si­


no de valerse de ella. Esto será algo que sirva de nexo entre el final
del libro y su introducción. Todo ello tiene altura, y me excita el
contemplarlo; pero las dificultades son inmensas, y los días se van
deslizando de una manera que me desespera” 13.
Asi, pues, a la sazón planeaba dos capítulos: uno, una lar­
ga exposición acerca de la centralización y el despotismo; el otro,
un breve resumen de la totalidad del libro14. Su carta dice también
explícitamente lo que su libro de 1840 sólo implicaría: esta última
parte, quizá en mayor medida que cualquier otro fragmento, se re­
feriría primordialmente a Europa, más que a Norteamérica. Era
singular, repetía, que los Estados Unidos carecieran de muchas de
las fuerzas especiales que en Europa tendian a la concentración
del poder y a la posible caida en un despotismo democrático.
En un borrador está garrapateado un bosquejo del capitulo
principal:

Influencia general de las ideas y costumbres democráticas en el


Gobierno.
1. Cómo favorecen las ideas democráticas el establecimiento
de un Gobierno centralizado.
2. Cómo lo hacen las costumbres.
3. Causas particulares, pero relacionadas con la gran causa de
la democracia, que pueden llevar [a un Gobierno centralizado).
4. Tipo de despotismo que puede temerse. Mostrar aquí el des­
potismo administrativo y la manera como ulteriormente puede
apoderarse de la vida privada. Peligros de esta situación.
5. Remedios. Aqui, todo lo que puedo decir acerca de la aso­
ciación, de los aristócratas, de la libertad y de las grandes pasio­
nes15.

Y un esbozo de planes e ideas para el résume oratoire que se


proponía vuelve a sacar a la luz su abandono (relativo) de Nor­
teamérica y revela el tono elevado que aspiraba a alcanzar cuan­
do daba fin a su obra.
“Ideas para volver a ver. (...) Ultimo capítulo. Revisión general
del tema. Estimación general de los efectos de la igualdad. Sólo
puedo abordar este resumen de manera abierta y noble; de lo con­
trario, parecerá fuera de lugar e incompleto. Debo dar la impre­
sión de desear comprimir dentro de un marco estrecho todo el pa­
norama que acabo de pintar, borrando detalles por cerrar los ojos
ante ellos, no interesándome ya Norteamérica, que me abrió el ca­
18 8 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

mino. (...) Empezar por recordar el rumbo de los cuatro to­


mos. (...)
"Terminar el libro con un gran capitulo que trate de resumir la
totalidad del tema democrático y sacar oratoriamente las conse­
cuencias para el mundo y, en particular, para Europa y Francia.
Máximas de conciliación, o resignación, con el camino de la Pro­
videncia. de total imparcialidad. Un movimiento sencillo y solem­
ne, como el asunto. Idea esencial. Debo tratar de salirme de los
puntos de vista particulares, a fin de tomar una posición, si es po­
sible, entre las opiniones generales que no dependen del tiempo ni
del espacio. Tratar de entresacar en lo posible el pensamiento de
Dios y juzgar a partir de ahí” 16.
Asi que la estrategia que profesaba, desde la “Introducción'’
de 1835 hasta el resumen final de 1840, había sido de mantenerse
siempre neutral en lo visible, evitar el ser portavoz de ningún par­
tido y asumir una postura de alejamiento con dignidad. Esperaba
situarse del lado de lo que percibía como necesidad providencial y
persuadir a los lectores, de todas las tendencias políticas, de que
también ellos debían emplear el albedrío dado por Dios para mo­
delar el mejor futuro democrático posible17.
Otra carta para Royer-Collard, aproximadamente un mes pos­
terior a la que envió a Edouard, volvía a subrayar la importancia
que le concedía a su esfuerzo final y descubría algunas de las difi­
cultades con que tropezaba. “Es verdad que me encuentro ahora
en el lugar más difícil y delicado de toda la obra. Después de ha­
ber analizado en todo el curso del libro el hecho de que la igual­
dad influye en las opiniones y sentimientos de los hombres, que es
una idea más filosófica que política, estoy finalmente en el punto
de averiguar cómo esas opiniones y sentimientos, asi modificados,
influyen en el funcionamiento de la sociedad y del Gobierno. Este
capítulo [toda la última parte de La democracia de 1840] que de­
be rematar el libro me trae toda clase de dificultades. Una de las
mayores es la de ser conciso. Tengo más cosas por decir que es­
pacio. Me acucian perpetuamente el temor de ser demasiado fa­
rragoso y el de ser demasiado general, por querer limitarme. Eso
en cuanto a la forma. La sustancia me proporciona una cantidad
de preocupaciones diferentes: siento que allí estoy tratando la idea
más importante de nuestro tiempo; su grandeza me eleva, pero mi
inadecuación me vuelve a hacer descender. Vislumbro todo lo que
podría decirse respecto de ese asunto, pero sé que no seré yo
quien lo diga”18.
CENTRALIZACION ADMINISTRATIVA Y ALGUNOS REMEDIOS 189

Estos comentarios dirigidos a Royer-Collard revelan una faceta


más de la concepción que Tocqueville tenía de su libro. Ese último
fragmento estaba destinado en parte, a retrotraer, al autor lo mis­
mo que al lector, a los problemas de la realidad política. Mientras,
por un lado, esta parte estaba destinada a ser elevada e imparcial,
por el otro se proponía igualmente contrarrestar el nivel inexora­
blemente filosófico de las partes previas de los tomos de 1840. Pa­
ra concluir, deseaba poner los pies firmemente sobre la tierra y
enunciar específicamente algunas propuestas para reformar el
Gobierno y la sociedad franceses. La misiva expone asimismo
una aguda ansiedad por no poder mensurar su visión de la tarea
que tenia entre manos. A medida que pasaba el tiempo y sus ideas
se expandían, y crecían sus esperanzas en torno de la segunda mi­
tad de su libro, también se multiplicaban sus dudas acerca de su
propia capacidad.
Mientras trabajaba tuvo varios comienzos en falso. Su inclina­
ción por los distingos le llevó a expresar, en un fragmento encon­
trado entre la “basura” y titulado “Que la centralización es el
peor peligro al que se enfrentan las naciones democráticas de Euro­
pa” : “ Y yo te digo: el mundo tiende hacia la tiranía. Dos tenden­
cias por distinguir: 1. Una que tiende a concentrar todos los pode­
res en el Estado. 2. Otra que tiende a concentrar el ejercicio de to­
dos los poderes en el ejecutivo” 19. Es de presumir que intentara
aqui un análisis más completo de la centralización administrativa;
pero el distingo entre las concentraciones de poder en el “ Estado”
y en el “ejecutivo”, al parecer, no le resultaba satisfactorio, por­
que nunca lo elaboró más extensamente.
Sin embargo, el comentario es siempre un indicio importante
del camino recorrido, porque contrasta notablemente con una
afirmación escrita casi cinco años antes:
“ Dos peligros principales amenazan la existencia de las demo­
cracias:
” La servidumbre completa del poder legislativo a las volunta­
des del cuerpo electoral.
"La concentración, en el poder legislativo, de todos los demás
poderes del Gobierno”20.
Aún cuando, mientras escribía La democracia de 1835, a veces
le habían preocupado especialmente las concentraciones popular
y legislativa del poder, en este caso no le preocupaba la legislativa
(ni siquiera en primer lugar la ejecutiva), sino la creciente acumu­
lación de autoridad en manos del Estado (y su burocracia)21. Un
190 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

rasgo que merece destacarse de los tomos de 1840 es la casi desa­


parición de toda preocupación expresa acerca de la usurpación le­
gislativa. La identidad del temido centro del poder había cambia­
do categóricamente.
En la última parte de su obra, trataba también de señalar algu­
nas “causas particulares” significativas que aceleraban la centrali­
zación en tiempos democráticos. Una de ellas era la industrializa­
ción22. Tanto en Norteamérica como en Inglaterra habia sido tes­
tigo de los efectos benéficos de la descentralización para la vida
económica de las naciones, y en 1840 se referiría brevemente a es­
to23. Pero en 1837 y 1838 empezaron a llamarle la atención otras
relaciones. En un pasaje de un borrador, por ejemplo, explora la
compleja conexión entre la industria y la démocratie. Nótense los
cambios de concesión de importancia entre su anterior exposi­
ción, escrita en Inglaterra, a los vínculos entre la libertad y el co­
mercio. y esta otra, unos dos años posterior:
“ He demostrado en este capitulo cómo la democracia es útil
para el desarrollo de la industria. Habría podido demostrar tam­
bién cómo la industria, a su vez, acelera el desarrollo de la demo­
cracia. Porque ambas cosas funcionan juntas y reaccionan mu­
tuamente. La democracia genera el gusto por los placeres mate­
riales, que impulsan a los hombres hacia la industria, y la indus­
tria crea una multitud de fortunas intermedias y forma, en el co­
razón mismo de las naciones aristocráticas, una clase aparte, en la
cual los cuadros están poco definidos y poco preservados, en la
cual la gente se eleva y cae constantemente, en la que no gozan de
la distracción y en la que los instintos son todos democráticos.
(Dentro de esta clase se forma en el corazón de las naciones aris­
tocráticas una especie de pequeña democracia que tiene sus pro­
pios instintos, opiniones y leyes.) A medida que un pueblo expan­
de su comercio y su industria, esta clase democrática se hace más
numerosa e influyente; poco a poco sus opiniones se introducen
en las costumbres y sus ideas en las leyes, hasta que finalmente,
habiéndose hecho preponderante y, por asi decirlo, única, toma
posesión del poder, lo dirige todo a su placer y establece la demo­
cracia”24.
En el margen de este párrafo exponía estas dudas: “No sé si in­
cluir este fragmento, ni dónde hacerlo” . En última instancia resol­
vió eliminarlo.
Los acontecimientos ocurridos en Francia en 1837 y 1838 con­
tribuyeron a sugerirle la idea de que el desarrollo industrial, está-
CENTRALIZACION ADMINISTRATIVA Y ALGUNOS REMEDIOS 191

m ulado por la democracia, a su turno alentaba en gran medida a


la democracia, pero no sólo a ella, sino también al surgimiento de
la democracia centralizada. Durante esos años, los franceses de­
batieron propuestas de Gobierno concernientes a la regulación de
la minería y a la construcción de un sistema ferroviario. Los bo­
rradores de La democracia contienen repetidas alusiones a esas
cuestiones e indican que la dirección genera] de los acontecimien­
tos preocupaba a Tocqueville. “ El señor Thiers me ha dicho hoy
(27 de mayo de 1837), respecto de la comisión para el ferrocarril
de Lion a Marsella, que habia terminado por persuadir a todos
los miembros de dicha comisión de que las grandes obras públi­
cas, en Francia, deben hacerse siempre a expensas del Estado y
por sus agentes. No olvidarlo cuando hable de la tendencia ultra-
centralizadora de nuestro tiempo” 21.
Al año siguiente, en otro fragmento, manifestaba que las discu­
siones acerca de la minería le habían sugerido varías ideas, espe­
cialmente en el sentido de que el Estado se convertiría inevitable­
mente en el gran propietario industrial, controlando todas las em­
presas importantes, y con ello terminaría por ser el amo y director
de toda la sociedad26.
El 6 de abril de 1838 le observaba a Royer-Collard, siempre
con las propuestas gubernamentales corrientes en la mente: “En el
siglo actual, entregar al Gobierno la dirección de la industria es
como rendir ante él el corazón mismo de las generaciones venide­
ras. (...) Es otro gran eslabón que se añade a la larga cadena que
ya envuelve y aprieta la existencia de los individuos por todos la­
dos”27.
Entre la “basura” del capítulo concerniente a la centralización
como el peor de los peligros, hay un trozo en que expresa con ma­
yor vigor sus aprensiones: “La igualdad es la gran realidad de
nuestro tiempo. El desarrollo industrial, la segunda. Ambos au­
mentan el poder del Gobierno o, más bien, los dos son uno so­
lo”28.
Y en su manuscrito de trabajo, al final de su exposición de la in­
fluencia de la industria sobre la centralización, escribía: “Tal vez
a los lectores les parezca que me he detenido demasiado en esta
última parte. Mi excusa es su importancia: el progreso de la igual­
dad y el desarrollo de la industria son las dos grandes realidades
de nuestro tiempo. Quería mostrar cómo uno y otro contribuyen a
ampliar la esfera del poder central y a restringir cada dia la inde­
pendencia individual dentro de limites más estrechos”29.
192 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

Asi, en sus borradores y en su manuscrito de trabajo. Tocque-


ville puso durante un tiempo, osadamente, en un mismo nivel la
revolución industrial y el avance de la démocratie (definida en es­
tos pasajes como igualdad), como los dos grandes acontecimien­
tos sociales de la cultura occidental moderna. Pero en su texto
de 1840 retrocedería, para declarar, en cambio: “En las naciones
modernas de Europa, hay una gran causa que, independientemen­
te de todas las que acabo de indicar, contribuye a extender la ac­
ción del soberano o a aumentar sus prerrogativas, sin que haya fi-
jado la atención en ello. Me refiero al desarrollo de la industria
que los progresos de la igualdad favorecen. (...) Asi se apropian
los soberanos cada vez más y disponen a su voluntad de la mayor
parte de esta nueva fuerza que la industria ha creado en nuestros
tiempos, pudiéndose decir que la industria nos dirige y ellos diri­
gen la industria” 30.

En el penúltimo capitulo trata también de presentar su programa


político para incrementar los beneficios de la démocratie y reducir
sus riesgos31, pero no sin provocar cierto recelo hacia su presun­
ción. El titulo propuesto para este importante capítulo era. senci­
llamente, “Continuación de los capítulos precedentes”, y Tocque-
ville admitía en la página correspondiente de su manuscrito de tra­
bajo: “ Este titulo no significa absolutamente nada, pero todos los
que quiero poner en su lugar implican demasiado. El único [pala­
bra ilegible] título sería: ‘Lo que hay que hacer para evitar los ma­
les indicados en los capítulos precedentes’. Pero tal titulo anuncia­
ría mucho más de lo que el capitulo puede sostener. (...) En estos
casos, es mejor no decir nada que ser demasiado ambiciosos”32.
Siempre modesto y todavía temeroso de que su elefantiásico tra­
bajo no produjese más que un ratón, vacilaba en afirmar que él te­
nia las respuestas necesarias. Se consolaba observando en otra
parte: “ Remedios para los peligros que acabo de indicar. Que es
necesario dirigir todos los esfuerzos contra la centralización. Aun­
que no pudiese yo señalar los remedios, ya es algo el indicar los
peligros”33. Pero uno de los móviles principales que le llevaron a
escribir era el de relacionar sus reflexiones y advertencias con el
futuro de Francia, asi que, obviamente, no podía dejar de ofrecer
algunas recomendaciones a sus lectores:
“ Descentralizar. Desarrollar esta idea prácticamente, demos­
trar que no quiero descentralizar más allá de ciertos límites. (...)
que entiendo que hay que avanzar en esa dirección lenta y pru­
CENTRALIZACION ADMINISTRATIVA Y ALGUNOS REMEDIOS 193

dente, pero también sincera y firmemente. Sé de un Gobierno


Tuerte, rápido y ágil en un país descentralizado, y entiendo que
muestra estas características cada vez más, a medida que sus rue­
das se hacen más libres, en los detalles nimios, de la centralización
administrativa.
"Dar a los hombres intereses comunes, unirlos en los asuntos
comunes, facilitarles su asociación, dar un carácter más sencillo y
práctico a su desarrollo, tratar constantemente de acercarlos más,
elevar sus espíritus y corazones lo más posible. Gobernarlos hon­
rada y prudentemente. Puedo imaginarnos haciéndonos guardia­
nes de nuestras comunas si queremos emanciparlas. Que el Go­
bierno, si lo desea, trate a los poderes locales como niños, lo admi­
to; pero no como tontos. Sólo a los tontos se los mantiene vigila­
dos durante toda la vida”34.
Un esbozo encontrado en una hoja añadida al manuscrito de
trabajo expone sucintamente este argumento;
Empezar con una Trase que indique que lo que va a seguirse es
una especie de resumen; la moraleja de lo anterior.
Peligro de los pueblos democráticos sin libertad.
Necesidad de una libertad mayor para estos pueblos que para
otros. Los que desean libertad en tiempos democráticos no deben
ser enemigos de la igualdad, sino tratar de aprovecharla al má­
ximo.
Hay que resignarse a tener un Gobierno centralizado, más en
esos tiempos que en otros.
Maneras de prevenir la centralización excesiva. Corporaciones
secundarías. Aristócratas.
Si estos medios resultan inútiles, busquemos otros, pero hagá­
moslo con el fin de salvaguardar la dignidad humana. Buscar ta­
les medios; dirigir la atención a este aspecto. Es la idea más gene­
ral de todo el libro35.
Estos resúmenes y bosquejos replantean varios temas ya cono­
cidos. En 1840, como en 1833, Tocqueville reconocia la temeri­
dad de una reforma demasiado radical de la máquina administra­
tiva francesa. No podia ser partidario de nada que debilitara a
Francia frente a unos vecinos unificados y potencialmente hosti­
les. Por el contrarío, apuntaba a unos cambios limitados, alcanza­
dos prudente y gradualmente. Lo que proponía, en puridad, era la
distribución de más independencia y responsabilidades más am­
plias a las localidades, y la introducción de mayor facilidad y li­
bertad para la asociación de los individuos. Pero sobre todo, se
194 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

proponia obstaculizar la tendencia hacia la centralización admi­


nistrativa. Si sus recomendaciones pecaban de paternalismo, co­
mo el aristócrata privilegiado que ayuda a sus inferiores, y pare­
cían demasiadamente moderadas y resignadas, sin embargo ten­
dían a su único propósito fundamental: la preservación de la liber­
tad y la dignidad humanas.

Tocqueville advirtió rápidamente que los Estados Unidos se bene­


ficiaban de dos niveles importantes de descentralización política:
las libertades locales, tan loadas por Sparks y otros, y las caracte­
rísticas únicas del federalismo norteamericano. Pero también re­
conoció desde fecha temprana, en su períplo, que sólo el primero
de estos dos tipos de descentralización podía imitarse oí Francia
con ciertas seguridades. El federalismo reflejaba demasiado clara­
mente la situation physique de Norteamérica como para que fuera
un remedio viable para las flaquezas de la democracia en su pa­
tria. De tal suerte, aun cuando uno de los mensajes inalterados de
todo su libro era el llamamiento a ia descentralización administra­
tiva. lo que más específicamente predicaba era la necesidad de un
Gobierno local mas vigoroso.
Desde otro ángulo, sin embargo, sus recomendaciones en favor
de la descentralización iban mucho más allá de apoyar un Gobier­
no municipal activo. “Dar a los hombres intereses comunes, unir­
los en los asuntos comunes, facilitarles su asociación, (...) tratar
constantemente de acercarlos más”36. En el más vasto sentido, a
lo que instaba cuando alababa la descentralización era a una so­
ciedad pluralista. Había que complementar las libertades locales
con agrupaciones de todo tipo. “Una asociación política, indus­
trial, comercial o bien científica o literaria, es un ciudadano ilus­
trado y poderoso que no se puede sujetar a voluntad ni oprimir en
las tinieblas y que, al defender sus derechos particulares contra las
exigencias del poder, salva las libertades comunes”37.
Tocqueville estaba en favor de cualesquiera instituciones que
sirvieran de centros para nuclear a individuos que, en caso contra­
rio, permanecerían aislados, y para instarlos a participar en la vi­
da pública. Deseaba que se volvieran a crear cualesquiera corps
secondaires y personnes arlstocratiques, que fueran los sustitutos
“ artificiales” de las agrupaciones “ naturales” que antes sirvieran
de amortiguadores entre la persona en solitario y la totalidad de la
nación. En función de ello, descentralizar significaba desparramar
el poder en la sociedad. Y Tocqueville se apresuraba a ofrecer
CENTRALIZACION ADMINISTRATIVA Y ALGUNOS REMEDIOS 195

más medios de lograr esa distribución de la autoridad, que los de


meramente conceder poder a las localidades.
Como lo ejemplifica la maduración de sus ideas sobre la cen­
tralización, en la gestación de La democracia intervinieron mu­
chos más elementos que sus experiencias norteamericanas
de 1831 a 1832. Los intereses, necesidades y posibilidades franceses
contribuyeron en medida significativa a dar forma a sus actitudes.
Mucho antes de su viaje al Nuevo Mundo, el debate de 1828 de
las propuestas gubernamentales ya le habia advertido acerca del
valor de la iniciativa local3*. Y las observaciones de su padre y de
otros ilustrados acerca de la situación administrativa en su patria
también influyeron en gran medida en sus perspectivas de reforma
y, sobre todo, en su rechazo de cualquier plan de centralización ex­
tremada. También se debió en primer lugar a los acontecimientos
de Francia el que empezara paulatinamente a reconocer que la de­
mocracia había contribuido a dar rienda suelta a otra fuerza fun­
damental del mundo moderno, la industrialización, y que el creci­
miento de la industria, a su vez, traía consigo algunos de los efec­
tos nocivos de la democracia. En verdad, su perspicacia en cuanto
a que la democracia (definida como igualdad) y la industrializa­
ción eran las dos fuerzas principales que obraban en el mundo, es
otro precioso ejemplo de una idea que creció lo bastante como pa­
ra abrirse paso en los borradores de Tocqueville, y aun en su ma­
nuscrito de trabajo, pero que después (¿quizás porque hubiera
desviado la atención del meollo de su obra?) fue quitada y descar­
tada.
Los dos viajes a Inglaterra contribuyeron también a enriquecer
su pensamiento, al proporcionarle ejemplos importantes y nuevos
puntos de comparación. Inglaterra, en 1833, aparentemente con­
tribuyó a conducirle hacia la idea de las dos centralizaciones, y
en 1835 es casi seguro que aguzara su visión de la industria. Del
otro lado del Canal encontró también aportes para su idea de que
la democracia amamantaba la centralización.
Muy pronto dirigió su atención a las cuestiones gemelas de las
ventajas de la descentralización y las graves desventajas de la cen­
tralización administrativa, y a lo largo de ambas partes del libro
siguió explorando ambos temas. Lo más importante es que, du­
rante todo el periodo de redacción de La democracia —con sólo
dos o tres breves vacilaciones—, nunca se apartó de su convicción
de que uno de los grandes peligros de la démocratie era la tenden­
cia hacia la centralización del poder.
XIII. LAS CONCEPCIONES CAMBIANTES
DE TOCQUEVILLE ACERCA DEL
DESPOTISMO DEMOCRATICO

Mientras daba forma a ia última parte de su obra, Tocqueville


seguía también sopesando las posibilidades con que contaba el
despotismo y analizando sus distintas formas. En algún momento,
después de 1835, decidió consultar algunas definiciones anteriores
del despotismo, y se dirigió hacia la famosa Encyclopédie ou Dic-
tionnaire raisonné, de Diderot, D’Alembert y otros. Copió la defi­
nición, que encontró entre sus borradores, pero no sin una signifi­
cativa enmienda:
“ ‘Despotismo. Gobierno tiránico, arbitrario y absoluto de un
solo hombre*. El principio de los Estados despóticos es que una
sola persona (...) lo gobierne todo según sus deseos, no existiendo
absolutamente ninguna ley que no sea su capricho.’ Encyclopé­
die.” A esto añadía Tocqueville: “Esto se escribió antes de que
presenciáramos el despotismo de una asamblea, durante la Repú­
blica*. Es necesario añadir, ‘de un solo poder’
Los excesos de la Convención durante la Revolución seguían
recordándole tan vividamente la posibilidad de usurpaciones legis­
lativas, que se sintió obligado a añadir este matiz a la definición de
la Encyclopédie. Curiosamente, sin embargo, esa aprensión apare­
cería muy contadas veces en La democracia de 1840. Su descon­
fianza generalizada contra las asambleas aparecería en la superfi­
cie, por lo menos, una vez2; y en una ocasión en su manuscrito de
trabajo, al retornar a una descripción específica de Norteamérica,
mencionaría la omnipotencia de sus legislaturas3.
Pero del texto definitivo eliminaría incluso esas referencias al
poder legislativo; y las advertencias contra un despotismo legisla­
tivo incipiente, que habían sido tan enérgicas en 1835, casi desa­
parecerían en 1840. Tal vez pensara que la tiranía dependería prí-
mordialmente de los excesos democráticos de los Estados norte­
americanos4. Su relativa desaparición puede ser otro parámetro
más del viraje de Tocqueville, entre 1835 y 1840, de Norteaméri­
ca en particular, a la démocratie en general.
La segunda parte de La democracia trata de la tiranía de la ma-
196
LAS CONCEPCIONES CAMBIANTES DE TOCQUEVILLE 197

y oría, aunque con un aire distinto a la de 18355. Y sus dos últimos


tomos tampoco pasarían por alto el riesgo del “Gobierno tiránico,
arbitrario y absoluto de un solo hombre” . El texto de 1840 revive
la idea de que habia dos maneras de ser iguales, en la libertad o en
la servidumbre, y que un amo único sería un déspota. "Aun puede
establecerse una especie de igualdad en el mundo político, sin que
la libertad política exista; un individuo es igual a todos sus seme­
jantes, exceptuando uno, que es el señor de todos indistintamente
y que elige entre ellos a los agentes de su poder”6.
Durante una época entre 1833 y 1840, parece haberse adueña­
do de su imaginación una versión particular de este déspota, el ti­
rano militar cortado sobre el patrón de César y Napoleón. Reco­
nocía que, en términos generales, la guerra desempeñaba un papel
importante en el desgaste de la libertad de las naciones.
“El primer tirano está al llegar; ¿cómo habrá de llamársele? No
lo sé, pero se acerca. ¿Qué es lo que falta para que esa falsa ima­
gen [¿?] del orden público desaparezca y para que se vislumbre
un desorden profundo, horrendo e incurable? ¿Qué más se necesi­
ta para que esta sublime autoridad, esta providencia visible que
hemos establecido entre nosotros, pisotee las leyes más sagradas,
viole a su placer nuestros corazones y pisotee nuestras cabezas?
La guerra. La paz ha preparado el despotismo y la guerra lo esta­
blecerá. No sólo como consecuencia de la victoria, sino simple­
mente la guerra, por la necesidad de potencia y concentración que
engendra”7.
En otro lugar, añade: "Para hacer la guerra, es necesario crear
un poder central muy enérgico y casi tiránico; es necesario permi­
tirle muchos actos de violencia y arbitrariedad. El resultado de la
guerra puede poner en manos de ese poder la libertad de la na­
ción, siempre poco garantizado en las democracias, y especial­
mente en las democracias recién nacidas”8.
Pero el intenso interés de Tocqueville por la posibilidad de un
general convertido en dictador iba más allá de estas reflexiones
acerca de las influencias más vastas de la guerra. El mismo ha es­
crito que empezó a elaborar una imagen particular de despotismo
militar. Es posible que, una vez más, Louis de Kergolay le sirviese
de fuente de inspiración.
Durante los últimos meses de 1836 y los primeros de 1837,
Louis se desplazó a Alemania en viaje de estudios y observación.
Alexis, quien le habia asesorado acerca de los temas que valiera la
pena investigar y acerca de los métodos de reunir información, es­
19 8 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION V DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

tuvo siempre bien informado de su recorrido y sus reflexiones*. En


una ocasión, Louis le escribió:
“ Veo a la democracia en proceso de avance, no sólo en Fran­
cia, sino también en muchos otros países. En Norteamérica fuiste
testigo de la democracia que maneja sus propios asuntos o. por lo
menos, que tiene a su cabeza unos intrigantes tan diseminados
que ninguno es peligroso. Pero, ¿qué diremos de la democracia si.
en Europa, la viéramos implantarse en el Gobierno de uno solo
\d’un seul\ (...)?; pero entonces descubriríamos que. extrañamen­
te, los hombres habrían olvidado todas las ideas de independencia
personal, en torno de las cuales tanto ruido hicieran. Tiemblo al
ver a Europa, en el futuro cercano, gobernada en nombre de la
igualdad por los ejércitos y sus jefes (hereditarios o no), con el de­
ber de mantener el orden (détail de pólice) como se lo mantiene en
un regimiento, en un aula escolar o en una prisión. Después de
que cada hombre, hasta el menos importante, deseara ser alguien,
me los figuro a todos convertidos en niños pequeños a los que se
les da de azotes. ¿Has advertido que existen demagogos muy po­
co atemorizados ante este panorama? Muchos de ellos son tipos
astutos capaces de conducir a su pandilla de discípulos a la igual­
dad total, de poner luego a sus seguidores en manos de cualquier
Gobierno para que haga con ellos cuanto le plazca, de conseguir
para sí mismos buenas posiciones, y de decirle después a su pan­
dilla: ‘Amigos míos, debierais estar contentos porque ahora sois
iguales: ahora, salid de ésta por vosotros mismos; adiós*.
“ Para mi no hace mucha diferencia el vivir en un pais más o
menos democrático; pero me considero un enemigo resuelto, un
enemigo por naturaleza, gusto y conciencia, de una situación co­
mo la que te acabo de pintar” 10.
Kergolay describía aqui una especie un tanto distinta de despo­
tismo democrático: d Gobierno de una nación por los militares,
como si toda la sociedad fuera un regimiento.
En los borradores de la Tercera Parte de La democracia
de 1840, escritos casi con seguridad después de la recepción de esta
misiva, Tocqueville reflexionaba: “Meditar: si en lugar del despo­
tismo desordenado de la soldadesca, idea ya conocida, no seria
mejor introducir aquí d retrato de un despotismo metódico en el
que todo sucediera con tanto orden, detalle y tiranía como en los
cuarteles.” Y profetizaba con cierta renuencia: “Si me estuviera
permitido levantar el velo que oculta el futuro, no me atrevería a
hacerlo. Me aterraría ver a toda la sociedad en manos de los sol­
LAS CONCEPCIONES CAMBIANTES DE TOCQUEVILLE 199

dados. Una organización burocrática y militar, el soldado y el


funcionario. Símbolo de la sociedad futura” " .
También observó en una ocasión: uLa nueva aristocracia de los
soldados es la única que todavía me parece practicable” 12. Toda­
vía en julio de 1838, un breve esbozo de la última parte de la obra
de 1840 incluía la idea de la “aristocracia de los hombres de ar­
mas” 13.
Pero, al final, esas visiones se desviarían en gran parte a las no­
tas de pie de página. Sólo sus observaciones generales acerca de
que la guerra abre las puertas al despotismo sobrevivirían en el
cuerpo principal del texto14. Sus aprensiones más profundas se
centrarían en otros asuntos. Para 1840, un renovado terror por el
despotismo administrativo (y el Gobierno de los funcionarios)
desplazaría en gran medida a su temor por la tiranía militar (y la
aristocracia de los soldados). Ello no obstante, el panorma que le
pintaba Louis de una dictadura militar aportaría importantes ele­
mentos para el desarrollo de Tocqueville de la idea del Estado Le-
viatán.

La parte final de La democracia15 contendría la mayor parte de


sus observaciones de 1840 acerca del despotismo. Al parecer, ter­
minó la casi totalidad del trabajo de esta importante sección entre
julio y octubre de 1838, residiendo en su ch&teau de Normandia.
Un esbozo un tanto enigmático de este último fragmento, fe­
chado el 28 de julio de 1838, parece indicar que la sección entera
se centraría en un punto totalmente distinto del de 1840.

Orden de ideas para este capitulo16


1. Resumen del libro.
Que la igualdad de condiciones es un hecho irresistible y consu­
mado, que destruirá a todos quienes pretendan luchar contra 3.
La igualdad de condiciones sugiere a la vez a los hombres d
gusto por la libertad y el gusto por la igualdad; pero el uno es un
gusto superficial y temporario, y d otro es una pasión tenaz y ar­
diente.
2. Que el despotismo tiene la esperanza de establecerse sólo res­
petando la igualdad y adulando las inclinaciones democráti­
cas.
3. Que debe lanzarse a hacer un Gobierno que aspire al despotis­
mo, y los dementes de que lo proveen las ideas, hábitos e ins­
tintos de la democracia.
200 DEMOCRACIA, DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

Por qué se lleva naturalmente a les pueblos democráticos hacia


la centralización del poder. La teoría de la centralización se pre­
senta naturalmente a las mentes de los hombres cuando existe
igualdad. Dificultad de saber a quién entregar los poderes inter­
medios. Celos hacia los vecinos. (...) Todo esto, aumentado por
las revoluciones.
Gusto democrático por el bienestar material, que hace que los
hombres se vean absorbidos por procurárselo o gozarlo.
Individualismo, que hace que cada persona sólo quiera ocupar­
se en lo suyo propio.
4. Una vez que el Gobierno es el amo de todo, sólo se precisa la
guerra para destruir toda sombra de libertad.
Facilidad que [el Gobierno] tiene en un Estado social democrá­
tico para ello.
Este proceso, que establece el despotismo, posteriormente de­
pone a los déspotas; retrato análogo al de la decadencia del Impe­
rio Romano. Aristocracia de los hombres de armas.
Habiéndose llegado a este punto, nos cabe la esperanza de ver
el fin del tirano, pero no el fin de la tiranía17.

Este esbozo, aunque incompleto, combina temas de varios de


los últimos capítulos, pero se aparta notablemente del orden en
que ellas aparecerían finalmente, y concluye resaltando una visión
pesimista del caos social y el despotismo militar. Lo más notable
de él es, sin embargo, el uso explícito del despotismo como hilo
conductor. En 1840, el foco expreso de la última sección seria la
concentración del poder; el despotismo sería el compañero inevi­
table pero (casi) silencioso del Estado centralizado.
Por lo menos desde 1831, a Tocqueville le preocupaba que la
tendencia al igualitarismo condujera al despotismo. Pero, en­
tre 1835 y 1840, al tiempo que mudaba de opinión acerca del cen­
tro del poder consolidado que la democracia acarreaba, también
avizoraba un tipo distinto de despotismo. Lo que entonces había
definido con brevedad, aqui lo desarrollaba cumplidamente:
“ Durante mi permanencia en los Estados Unidos observé que
un Estado social democrático, tal como el de los norteamericanos,
ofrecía una facilidad singular para el establecimiento del despotis­
mo, y a mi regreso a Europa, vi que la mayor parte de nuestros
principes se habia servido ya de las ideas, sentimientos y necesida­
des que creaba este mismo Estado social, para extender el circulo
de su poder.
”Esto me indujo a creer que las naciones cristianas acabarían
LAS CONCEPCIONES CAMBIANTES DE TOCQUEVILLE 201

quizá por sufrir alguna opresión semejante a la de muchos otros


pueblos de la antigüedad.”
En 183S había mencionado expresamente la tiranía de los Cé­
sares y profetizado un despotisme d ’un seul; pero ahora decla­
raría:
“ Un examen más detallado del asunto, y cinco años de nuevas
meditaciones, no han disminuido mis recelos, pero han cambiado
su objeto” ".
Tras explicar de qué manera las ideas y los sentimientos de­
mocráticos favorecen naturalmente la concentración del poder y
el establecimiento de un Gobierno unificado, ubicuo y omnipoten­
te19, y de cómo diversas causas accidentales exageraban esta ten­
dencia en Europa", observaría que esa multiplicación de prerro­
gativas gubernamentales amenazaba con un tipo totalmente nue­
vo de tiranía:
“(...) Creo, pues, que la opresión de que están amenazados los
pueblos democráticos no se parece a nada de lo que ha precedido
en el mundo y que nuestros contemporáneos ni siquiera recor­
darán su imagen.
” En vano busco en mi mismo una expresión que reproduzca y
encierre exactamente la idea que me he formado de ella; las voces
antiguas de despotismo y tiranía no le convienen. Esto es nuevo, y
es preciso tratar de definirlo, puesto que no puedo darle nom­
bre”2'.
Lo que ahora avizoraba con mayor claridad era la posibilidad
de la dictadura de un Estado centralizado y burocrático:
“(...) el poder social aumenta incesantemente sus prerrogativas,
haciéndose más central, más emprendedor, más absoluto y más
extenso. Los ciudadanos están sujetos a la vigilancia de la admi­
nistración pública, y son arrastrados insensiblemente y como sin
saberlo a sacrificarle todos los dias alguna nueva parte de su inde­
pendencia individual; los mismos hombres que de cuando en
cuando derriban un trono y pisotean la autoridad de los reyes, se
someten sin resistencia cada vez más a los menores caprichos de
cualquier empleado”22.
Luego ofrece a sus lectores varias descripciones detalladas de
este Nuevo Despotismo, entre ellas, este escalofriante retrato:
“(...) veo una multitud innumerable de hombres ¡guales y seme­
jantes, que giran sin cesar sobre si mismos para procurarse place­
res ruines y vulgares, con los que llenar su alma.
“Retirado cada uno aparte, vive como extraño al destino de to­
202 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

dos los demás, y sus hijos y sus amigos particulares forman para
él toda la especie humana: se halla al lado de sus conciudadanos,
pero no los ve; los toca y no los siente; no existe sino en si mismo
y para él solo, y si bien le queda una familia, puede decirse que no
tiene patria.
"Sobre éstos se eleva un poder inmenso y tutelar que se encar­
ga sólo de asegurar sus goces y vigilar su suerte. Absoluto, minu­
cioso, regular, advertido y benigno, se asemejaria al poder pater­
no, si como él tuviese por objeto preparar a los hombres para la
edad viril; pero, al contrarío, no trata sino de fijarlos irrevocable­
mente en la infancia y quiere que los ciudadanos gocen, con tal de
que no piensen sino en gozar. Trabaja en su felicidad, mas preten­
de ser el único agente y el único árbitro de ella; provee a su seguri­
dad y a sus necesidades, facilita sus placeres, conduce sus princi­
pales negocios, dirige su industria, arregla sus sucesiones, divide
sus herencias y se lamenta de no poder evitarles el trabajo de pen­
sar y la pena dé vivir.
"De este modo, hace cada día menos útil y más raro el uso del
libre albedrío, encierra la acción de la libertad en un espacio más
estrecho, y quita poco a poco a cada ciudadano hasta el uso de si
mismo. La igualdad prepara a los hombres para todas estas co­
sas, los dispone a sufrirlas y aun frecuentemente a mirarlas como
un beneficio.
"Después de haber tomado asi alternativamente entre sus pode­
rosas manos a cada individuo y de haberlo formado a su antojo,
el soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera y cubre
su superficie de un enjambre de leyes complicadas, minuciosas y
uniformes, a través de las cuales los espíritus más raros y las al­
mas más vigorosas no pueden abrirse paso y adelantarse a la mu­
chedumbre: no destruye las voluntades, pero las ablanda, las so­
mete y dirige; obliga raras veces a obrar, pero se opone incesante­
mente a que se obre; no destruye, pero impide crear; no tiraniza,
pero oprime; mortifica, embrutece, extingue, debilita y reduce, en
fin, a cada nación, a un rebaño de animales tímidos e industriosos,
cuyo pastor es el gobernante”23.
La omnipresencia y la aparente suavidad de esta nueva tírania
son dos de sus rasgos más importantes. A diferencia de los despo­
tismos antiguos, evita la violencia y la brutalidad evidentes; pero,
aunque blanda y benigna, se esfuerza también incesantemente por
hacer dóciles a poblaciones enteras; y también enerva, primero a
los individuos, y después a toda la nación.
LAS CONCEPCIONES CAMBIANTES DE TOCQUEVILLE 203

Tocqueville definía otra importante característica del nuevo


despotismo en una hoja añadida a su manuscrito de trabajo y fe­
chada en mayo de 1838: "Mostrar claramente que el despotismo
administrativo de que hablo es independiente de las instituciones
representativas, liberales o revolucionarías, en una palabra, del
poder político; sea que el mundo de la política esté regido por un
rey absoluto o por una o varías asambleas; sea que se lo enjuicie
en nombre de la libertad o del orden, o incluso que caiga en la
anarquía, que se debilite y se parta, la administración del poder
administrativo no estará en ningún caso menos restringida, ni será
menos fuerte ni menos abrumadora. Es una verdadera diferencia.
(...) El hombre o el poder [¿7] que pongan en marcha la máquina
administrativa pueden cambiar, sin que cambie la máquina"24.
De tal suerte, la dictadura del Estado es distinta de los cambios
políticos e inmune a ellos, incluso a los aparentemente fundamen­
tales. Frente a los levantamientos políticos, la burocracia pública
seguirá tranquilamente reuniendo todo el podar y subyugando a la
nación.
Al demostrar que la tirania administrativa no significa necesa­
riamente el fin de la confusión política, Tocqueville se proponía
desengañar a muchos de sus compatriotas de una idea equivoca­
da, aunque muy extendida, de lo que el despotismo es. "Idea para
introducir en algún lugar de este capitulo, porque mis contem­
poráneos le temen más al desorden que a la servidumbre, y por­
que para llegar a ellos es necesario servirse de ese temor. Sé que el
mundo de nuestro tiempo está lleno de gentes que esclarecidamen­
te valoran la dignidad humana y que estarían dispuestas a com­
prar, con toda la libertad de la especie humana, el derecho de ven­
der sus cosechas en paz”25.
A la gente que no respondiera a las llamadas a la libertad habia
que persuadirla de que regatear la paz era mal negocio; la opre­
sión que con dio se iniciaba no sería garantía del orden social o
político que deseaban.
Esta prospección de la naturaleza peculiarmente aislada de la
tirania administrativa condujo también a Tocqueville a castigar a
sus compatriotas por sus miopes preocupaciones. "Cuando obser­
vo, desde el punto al que me ha traído d desarrollo natural de mi
tema, todo lo que ocurre en el mundo, no puedo dejar de pensar
que los hombres se preocupan extrañamente por intereses secun­
darios y que olvidan la necesidad principal del tiempo en que vi­
ven. En verdad, importa mucho menos a nuestros contemporá­
204 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

neos regular las formas exteriores de la sociedad, fundar o des­


truir dinastías, establecer repúblicas o conservar monarquías, que
el saber si cada uno de ellos seguirá conservando los privilegios
más preciosos de su raza o si caerán por debajo del nivel de la hu­
manidad”26.
¡Hasta dónde el propio Tocqueville se había alejado de sus an­
teriores preocupaciones acerca de las usurpaciones legislativas o
los nuevos Césares! Ahora veia que el peor peligro de las épocas
democráticas provenia de una tendencia mucho más fundamental
hacia la sofocación de las libertades individuales por el Estado,
cualesquiera fueran sus características estructurales o sus convic­
ciones políticas. “Podemos disputar acerca de quién maneja el
instrumento de la tirania, pero el instrumento seguirá siendo el
mismo” 27.
Esta sutil capacidad del despotismo administrativo, de florecer
bajo muchas estructuras políticas distintas le preocupaba por un
motivo más. Preveía la triste posibilidad de que una tirania tan
dúctil pudiera también revestirse de las formas exteriores de la li­
bertad y gobernar en nombre del pueblo28. De interés especial le
resultaba el intento de algunos de sus contemporáneos de legiti­
mar la centralización apelando a la soberanía del pueblo: corrían
el riesgo de caer más rápidamente en el despotismo.
“ Escucho a aquellos de mis contemporáneos que son los mayo­
res enemigos de las fuerzas populares y veo que, según ellos, la
administración pública debe intervenir en casi todo y que debe im­
poner a todos las mismas normas. (...) Dirigir y constreñir cons­
tantemente a los ciudadanos, tanto en los negocios principales co­
mo en los menores, es el papel que dios le atribuyen. De ellos pa­
so a los que creen que toda autoridad debe emanar directamente
del pueblo y les oigo sostener el mismo discurso. Y finalmente
vuelvo a dudar de si los amigos excluyentes de la libertad no son
más favorables a la centralización del poder que sus adversarios
más violentos”29.
Al parecer, algunos creían que el control popular, especialmen­
te por medio de elecciones, sanearía el crecimiento del poder del
Estado. Asi, equivocadamente propugnaban la centralización ad­
ministrativa a medida que avanzaban las formas democráticas.
Perjó Tocqueville se daba cuenta de que esos procedimientos no
háría^' más que legitimar al despotismo que más temía30. Aun
en 1835, recordando los crecientes “excesos democráticos” de los
LAS CONCEPCIONES CAMBIANTES DE TOCQUEV1LLE 205

Estados norteamericanos, observaba: “No hay nada tan irresisti­


ble como un poder tiránico que manda en nombre del pueblo, por­
que estando revestido del poder moral que pertenece a las volun­
tades del mayor número, obra al mismo tiempo con la decisión, la
prontitud y la tenacidad que tendría un solo hombre”31.
En una hoja añadida al manuscrito de trabajo, en el capitulo ti­
tulado “Qué clase de despotismo deben temer las naciones de­
mocráticas”, resume finalmente sus presentimientos acerca de lo
que más tarde habría de llamarse democracia plebiscitaria. “Ten­
demos hacia la libertad y la servidumbre al mismo tiempo. Quere­
mos combinarlas, aunque no se las pueda unir. Incapaces de ser
libres, por lo menos queremos estar oprimidos en nombre del pue­
blo. Quizá empiece toda esta parte del capitulo de esta manera,
con tono grosero y abrupto, en lugar de dejarme llevar como lo
hago. Nos rebelamos contra el tener de guardián a una clase o a
un hombre, pero voluntariamente aceptamos que el Estado lo sea.
Con tal de tener el derecho de elegir al amo, es suficiente”32.
También había escrito una vez, en el manuscrito de trabajo de
los tomos de 1835, que “una de las grandes miserias del despotis­
mo es que crea en las almas de los hombres que le están sujetos
un tipo de gusto depravado por la tranquilidad y la obediencia, y
una especie de desprecio por si mismos, que termina por hacerles
indiferentes a sus intereses y enemigos de sus propios derechos” 33.
Pero ahora dudaba si una tiranía electiva no seria motos degra­
dante, por lo menos a corto plazo. Bajo ella, el ciudadano podría
en todo caso creerse el mito de que sólo estaba sometido a sí mis­
mo. En un momento tenebroso, llegó a sugerir, al margen de su
manuscrito de trabajo de 1840, que esa libertad huera resultaba la
única que podía esperar el pueblo en tiempos democráticos. “ No
sé si, considerándolo todo, no será esto lo mejor (...) que a uno le
quepa esperar razonablemente de la igualdad y el único tipo de li­
bertad que ésta es capaz de permitir a los hombres”34. Pero ese
profundo pesimismo no iba a durar.

Durante los tiempos de démocratie, el camino hacia lati[au a 4 {a-


recia ancho y llano de manera alarmante. “En cuanKflff ii’Qlte»
cia, “veo claramente lo que se debe hacer para suj«fa$el^uriaos8Í,
la tiranía en nombre de la democracia” 33. Y en
observaría: “La primera, y en cierto modo la únip£jcorfjcrarajp
cesaría para llegar a centralizar el poder púbUctxMñluna^WKm
democrática, es amar la igualdad o hacerlo cree^^V estaltifR e,
206 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

se simplifica la ciencia del despotismo, tan complicada en otro


tiempo; se reduce, por decirlo asi, a un principio único”36.
Para Tocqueville, la mejor estrategia para un déspota o despo­
tismo en perspectiva era sencilla: ofrecer igualdad a cambio de li­
bertad. Ya en enero de 1837 escribia: “Lo que es necesario hacer
para tomar un poder despótico en los pueblos democráticos y du­
rante los siglos de transiciones democráticas. Facilidad de volver
las pasiones democráticas contra su objeto, de sacrificar la liber­
tad al ciego amor por la igualdad y a las pasiones revolucionarias
que trae consigo”37. En otro lugar inquiría: “ ¿Cuál es el peligro?
Adular los sentimientos de odio y envidia democrática, y de esa
manera hacerse con el poder. Desparramar igualdad a puñados;
en compensación, apoderarse de la libertad”38.
Para contrarrestarlo, recomendaba aferrarse ardientemente a
las libertades políticas: ésta era la mejor esperanza para escapar
del Nuevo Despotismo. “ La libertad política es el mayor remedio
contra casi todos los males con que la igualdad amenaza al hom­
bre”39. En varios pasajes de sus manuscritos se explayaba más ex­
tensamente:
“ La igualdad de condiciones, la ausencia de clases (...) dices
que son males. Empequeñecen la naturaleza humana y establecen
la mediocridad como norma para todas las cosas. Quizás tengas
razón.
“ ¿Conoces alguna manera de curar el mal por medio de su
opuesto, es decir, por el establecimiento o incluso la conservación
de la desigualdad, la clasificación permanente de los hombres?
No, en el fondo de tu corazón no crees en la posibilidad de ningu­
na de estas cosas.
“Pero, admitiendo la igualdad de condiciones como un hecho
innegable, impugnas sus consecuencias en el mundo político; y
acusas a la libertad, y llamas al despotismo en tu ayuda; y tratas
de garantizar tu seguridad actual a expensas de las razas futuras.
Y es ahí donde seguramente te equivocas. Porque sólo la demo­
cracia (con esta palabra quiero decir el autogobierno)40 puede mi­
tigar y hacer tolerables los inevitables males de un Estado social
democrático. 5 de septiembre de 1837. (...)
"¿Cómo podremos entendernos entre nosotros? Yo trato de vi­
vir con dignidad, mientras que tú sólo tratas de vivir. Lo que más
temes de la condición social democrática son los trastornos políti­
cos que trae consigo, y para mi, eso es lo que menos temo. Tú tie­
LAS CONCEPCIONES CAMBIANTES DE TOCQUEVILLE 207

nes terror de la libertad democrática, y yo del despotismo de­


mocrático.
"Mucha gente considera a las leyes civiles democráticas como
un mal, y a las leyes políticas democráticas como otro mal, y aun
mayor; en cuanto a mí, digo que el uno es el único remedio que se
puede aplicar al otro.
"Toda la idea de mi política está aquí41. (...)
"Quiero hacer entender a todos que un Estado social democrá­
tico es una necesidad inexcusable de nuestros tiempos.
"Luego, dividiendo a mis lectores entre enemigos y amigos de
la democracia, quiero hacer entender a los primeros que, para que
sea tolerable un Estado social democrático, para que produzca or­
den, progreso, en una palabra, para evitar todos, o por lo menos
los peores de los peligros que prevén, es necesario emplearse a
fondo en apresurarse a dar esclarecimiento y libertad al pueblo
que ya tiene ese estado social.
"A los segundos, quiero hacerles entender que la democracia
no puede dar los felices frutos que esperan, si no se la combina
con la moralidad, la espiritualidad, las creencias. (...)
”Así, trataría de conjugar a todas las mentes honradas y gene­
rosas en torno de unas cuantas ideas comunes.
"En cuanto a si semejante estado social es o no el mejor que
pueda tener la humanidad, dejémoslo a Dios. Sólo El puede decir­
lo”42.
Y volvería a resumir su convicción aún en otro fragmento:
KUsar a la democracia para moderar a la democracia. Es el único
camino que tenemos abierto hacia la salvación. Discernir los sen­
timientos, las ideas y las leyes que, sin ser hostiles al principio de
democracia, sin tener una incompatibilidad natural con la demo­
cracia, puedan sin embargo corregir sus penosas tendencias y se
mezclen con ella para modificarla. Más allá de eso, todo es aloca­
do e imprudente”43.

Así, pues, eran posibles o, como sostenía a veces TocqueviUe, in­


cluso probables, la centralización y el despotismo, como resultado
de la démocratie. Y cualquiera que fuere la posible tiranía de­
mocrática, consideraba a la centralización como la causa funda­
mental. El poder acumulado y no contrarrestado en ninguna parte
llevaba en si las simientes de la opresión44.
Las probabilidades distintas para el establecimiento de una u
otra de las distintas clases de despotismo, dependían primordial­
208 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOC (UTICOS

mente de la cuestión de quién o qué reunía todo el poder. Si la le­


gislatura, pues despotismo legislativo; si el pueblo, tiranía de la
mayoría; si un jefe (militar, sobre todo), despotisme d ’un seul (mi-
litaire); si la administración o burocracia, Estado Leviatán.
Pero las posibilidades de cada uno de estos despotismos depen­
dían también de otras dos cuestiones importantes: La opresión,
¿es resultado de los excesos de un Gobierno popular, o de un es­
fuerzo, a pesar de la igualdad en marcha, de resistir a la democra­
cia política? Y, probablemente más importante, ¿el ejemplo se re­
fería a Europa o a Norteamérica?
Las ideas de Tocqueville acerca del despotismo, especialmente
en 1835, parecían ser esencialmente de dos tipos. Empezaba por
presuponer el avance de la igualdad de condiciones y razonaba
que eran posibles dos respuestas básicas. La igualdad social podía
contrabalancearse con la democracia política, vale decir, con al­
gún grado de participación popular o, aún más ampliamente, con
la libertad política. En ese caso, el primer peligro consistía en en­
tregar demasiado poder, en nombre de la totalidad de la pobla­
ción, a la legislatura, la mayoría o la administración. Y de estos
posibles despotismos burocráticos, el más fundamental y amena­
zador, porque habitualmente servia de cimiento para la autoridad
legislativa o la burocrática, era la tiranía de la mayoría.
Pero la segunda respuesta, en lugar del autogobierno, era una
retirada hacia la autoridad de algún jefe que pudiera ofrecerse co­
mo refugio frente a la democracia social. En este caso, el peligro
era el advenimiento de un tirano en nombre del orden. Algunos de
los despotismos burocráticos que Tocqueville definió provenían
del apareamiento de la democracia política y social, y otros, del
frenético impulso de escapar de las consecuencias políticas de una
igualdad creciente.
La otra cuestión importante respecto de las posibles tiranias
implicaba al ambiente: ¿se refería al Viejo o al Nuevo Mundo?
Norteamérica tenia un prejuicio, peculiar pero vigoroso, contra
los ejecutivos poderosos. Y, como repetidas veces aclarase Toc­
queville en 1840, los Estados Unidos eran también en gran medi­
da inmunes a diversos factores que pudieran acelerar el adveni­
miento del Leviatán. Por tanto, en el Nuevo Mundo parecian más
probables unos despotismos que no fueran administrativos ni indi­
viduales, por lo menos, en el futuro cercano. Lo que creia era que
el peligro inmediato para ese país era más bien la tiranía mayori-
LAS CONCEPCIONES CAMBIANTES DE TOCQUEVILLE 209

taria. especialmente la ejercida a través de las legislaturas de los


Estados.
En Europa, en cambio, amenazaba un sino distinto. Especial­
mente en Francia, las tradiciones de la centralización administra­
tiva y el bonapartismo ofrecían mejores probabilidades para otros
despotismos democráticos. Asi, lo que más le aterraba al conside­
rar. en 1835. el futuro de su país, era el despoíisme d ’un seul, y
en 1840. el Estado centralizado y burocrático.
La tendencia básica de su pensamiento, entre principios de la
década de 1830 y 1840, era de circunscribirse cada vez más en el
despotismo administrativo. El texto de 1835 propone una teoría e
incluso el principio de una pintura de esa tiranía, pero los tomos
de 1840 presentan una visión totalmente desarrollada del Nuevo
Despotismo del Estado. Para 1840, su imagen del Leviatán, espe­
cialmente para Europa, había eclipsado la mayoría de sus demás
ideas de despotismos democráticos. Justamente cuando su aten­
ción se inclinaba cada vez más, del despotismo más “norteameri­
cano” —mayoritario—al más “ europeo” —burocrático—, también
toda su obra cambiaba, entre 1835 y 1840, de lo que era más con­
cretamente norteamericano a lo más teóricamente “democrático”.
Entre esos mismos años se produjeron otros dos cambios espe­
ciales de intención. La primera mitad de La democracia recalcaba
los despotismos de la sociedad como conjunto (el pueblo o la ma­
yoría) y los despotismos más tradicionales, gubernamentales o
políticos, de la asamblea o del tirano. La segunda parte, en cam­
bio. ponía el acento en una visión nueva de la tiranía democrática
del Estado. El concepto del Leviatán no era nuevo para Tocquevi-
lle, pero su idea de que era especialmente la démocratie la que nu­
tría esta forma especial de opresión era mucho más original.
Más, aún: en sus tomos de 1835, buscaba todavía los agentes
potenciales del despotismo en las sociedades democráticas; pero,
para 1840, su pensamiento había avanzado mucho más lejos de
aquellos primeros temores. Había llegado al convencimiento de
que la incesante concentración del poder en manos de la adminis­
tración pública era una amenaza contra la libertad mucho más
fundamental que cualquier usurpación potencial de la autoridad
democrática por las legislaturas, las facciones, los héroes militares
u otros individuos. Para 1840, la amenaza del Nuevo Despotismo
había hecho, en cierto sentido, que sus preocupaciones acerca de
la mayoría de las demás tiranías democráticas posibles quedaran
un tanto fuera de lugar.
210 DEMOCRACIA. DESCENTRALIZACION Y DESPOTISMOS DEMOCRATICOS

Otra medida de la vinculación, en la mente de TocqueviUe, de la


centralización con el despotismo en tiempos democráticos era la
lista casi idéntica de remedios que ofrecía para ambos. Aunque
los tomos de 1840 presentaran un programa político algo más de­
tallado, las dos mitades de La democracia hacían esencialmente
las mismas recomendaciones para combatir esos peligros gemelos
de la democracia. Entre los muchos antídotos posibles que pres­
cribía, instaba especialmente a las libertades locales, la libertad de
asociación, la libertad de prensa, el poder judicial independiente y
los derechos civiles y políticos del individuo*5. Seguía insistiendo
en que la última barrera contra cualquier amenaza de despotismo
democrático estaba en las opiniones y moeurs de un pueblo46.
Una vez más subrayaba la trascendental naturaleza de las
moeurs.
En ocasiones, durante la gestación de La democracia, Tocque-
ville, reflexionando acerca de la amenaza de los distintos tipos de
despotismo democrático, llegaba al punto de la desesperación. A
veces “temblaba” por la libertad47, a veces se entregaba a la idea
de que lo mejor que podian esperar las naciones democráticas era
una libertad hueca y simbólica. Con renuencia admitía que, de mu­
chas maneras, la démocratie era más compatible con la tiranía
que con la libertad.
Pero, en última instancia, se apartó de esos pesimismos. No po­
día hacerse a la idea de que el pronóstico, ni siquiera para Fran­
cia, fuera tan negro como para que el despotismo fuera un resulta­
do poco menos que inevitable del avance de la igualdad. Otra vez,
sus presupuestos morales personales acerca de la libertad humana
y la benevolencia de Dios le inclinaban hacia el lado de la espe­
ranza48.
Una de las atracciones perdurables de la obra de TocqueviUe es
la galería de despotismos que presentaba como resultados posi­
bles de la démocratie. Particularmente para sus contemporáneos,
una de sus ideas más seductoras era la afirmación de que lo que
los hombres tenían que temer de la democracia no era la anarquía
—el colapso de la autoridad y la desintegración social y política—,
sino el despotismo, es decir, la reunión de todos los poderes en
manos de algún símbolo de la democracia, tratárase de la mayo­
ría, de la legislatura, de un jefe o del mismo Estado. Para el si­
glo XX, sus temores acerca de la regimentación burocrática y el mili­
tarismo, así como sus visiones de la “democracia” plebiscitaria y
el Estado Leviatán, han resultado ser excesivamente proféticas.
IA S CONCEPCIONES CAMBIANTES DE TOCQUEVIU.E 211

Tal como planteaba un borrador de sus tomos de 1840 el dilema


que debía afrontar el hombre moderno: “Dos cuestiones por re­
solver. Despotismo con igualdad. Libertad con igualdad. Ahi es­
triba toda la cuestión del futuro”49.
Parte Quinta

LA DEMOCRACIA,
EL INDIVIDUO Y LAS MASAS
XIV. LA TIRANIA DE LA MAYORIA

Como demuestra el avance de su análisis de la centralización y el


despotismo, Tocqueville solía concentrarse largamente, a veces,
sobre todo en la preservación de la libertad política en tiempos de­
mocráticos. Más tarde variaba un tanto su ángulo, para centrarse,
en cambio, en la libertad intelectual. Ambas libertades no son aje­
nas entre si: las dos se conectan con lo que siempre entendió por
libertad, esto es, la dignidad y la responsabilidad del individuo.
Pero la libertad para la elaboración y exposición de ideas nuevas,
poco comunes, o ambas cosas, iba siendo cada vez más importan­
te para él. Ante el avance de la democracia, buscaba más y más la
inmunidad del individuo que se atrevía a pensar de modo distinto.
No quería ni ovejas para el pastor burocrático ni piezas idénticas
de una masa democrática.
Entre 1831 y 1840 tomó en consideración, por lo menos, cua­
tro grandes formas de despotismo burocrático. Una, la omnipo­
tencia legislativa, tuvo un sitio prominente en 1835, pero después
decayó rápidamente en importancia. Otra, la tiranía d ’un seul,
también desempeñó un papel clave en 1835, gozó de una nueva
racha de interés en 1836 y 1837, bajo las formas de la tiranía mili­
tar, y luego también quedó eclipsada. La tercera, el despotismo
administrativo, hizo una aparición breve y casi sin anunciarse
en 1835; estos modestos principios vinieron seguidos de un firme
crecimiento en su importancia hasta que, hacia 1840, su imagen
del Estado burocrático opresivo dominaría la última parte de La
democracia. La cuarta variedad asumió un lugar clave en 1835 y
luego, de manera más sutil, entró con pareja importancia en los
tomos de 1840. Esta última visión es, quizás, su concepto más co­
nocido de despotismo democrático: la tiranía de la mayoría.
Entre las primeras entradas de sus cuadernos de Norteamérica fi­
gura una conversación con Albert Gallarín. Explayándose acerca
de la profesión de legista, éste expuso varias ideas acerca de la
función política de los jueces norteamericanos y la influencia de la
opinión pública: “A los jueces (...) se los tiene en muy alta estima.
Siendo totalmente dependientes de la opinión pública, necesitan
esforzarse constantemente para conservar esa estima. (...) Consi­
215
216 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

dero a los jueces (...) como los reguladores de los movimientos


irregulares de nuestra democracia, como los que mantienen el
equilibrio del sistema”1.
Después de exponer las razones en pro del bicameralismo, John
Canfíeld Spencer, de Canandaigua, Nueva York, también centró
su atención en la relación entre los jueces y la opinión pública, pe­
ro sus observaciones fueron un poco más críticas: “Les gusta un
poquito demasiado adular a la opinión pública, y (...) no luchan
valerosamente contra ninguna opinión que les parezca que com­
parten las masas. Hemos visto varios ejemplos de ello en casos
que tienen algún cariz político”2.
En septiembre, Jared Sparks le resumió toda la cuestión, puesta
en un contexto más amplio: “El dogma político del pais es que la
mayoría siempre tiene razón. En términos generales, estamos muy
satisfechos de haberlo aceptado, pero no puede negarse que la ex­
periencia desmiente a menudo ese principio. (Mencionó varios
ejemplos de ello.) A veces, a la mayoría le gustaría oprimir a la
minoría”*. Es ésta la primera exposición de una idea que sería uno
de los temas fundamentales de La democracia.
Al dia siguiente, en respuesta a estas observaciones, Tocquevi-
lie se ñjó otro jalón intelectual en uno de sus cuadernos de bolsi­
llo. Uno de “los dos principios sociales que me parecen regir la so­
ciedad norteamericana y a los que siempre hay que recurrir para
buscar las razones de todas las leyes y los hábitos que la gobier­
nan”, era que “la mayoría puede equivocarse en algunos puntos,
pero al final siempre tiene la razón y no hay poder moral por enci­
ma de ella”. “Un Gobierno completamente democrático”, escri­
bía más abajo, recordando a Gallarín, Spencer, Sparks y otros,
“ es un instrumento tan peligroso que, incluso en Norteamérica.
los hombres se han visto obligados a tomar un montón de precau­
ciones contra los errores y pasiones de la democracia. El estable­
cimiento de dos cámaras, el veto del gobernador y, por encima de
todo, la implantación de los jueces”4.
Muy pronto, como para poner a prueba la observación de
Sparks, Tocqueville empezó a registrar casos particulares de los
peligros de la democracia y del ocasional deseo de la mayoría de
“ oprimir a la minoría”.
“ ‘El pueblo siempre tiene razón’: he ahí el dogma de la repúbli­
ca, asi como ‘el Rey no puede hacer nada perjudicial* es la religión
de los Estados monárquicos. Es una gran cuestión decidir cuál de
LA TIRANIA DE LA MAYORIA 217

los dos es más falso que d otro; pero lo que si es seguro es que ni
uno ni otro son ciertos.
”E1 señor Washington Smith me decía ayer que casi todos los
crímenes de Norteamérica se deben al abuso de las bebidas al­
cohólicas. ‘Pero’, le dije yo, ‘¿por qué no imponen ustedes un
gravamen al coñac?’
” ‘Nuestros legisladores lo han pensado frecuentemente’, me
respondió; ‘pero temen una rebelión y, además, los parlamenta­
rios que votaran una ley como ésa estarían seguros de no ser re­
elegidos, siendo mayoría los bebedores y muy poco popular la
templanza'.
”Ayer también, otro señor Smith, un cuáquero muy respetado,
me dijo: ‘Los negros tienen derecho de votar en las elecciones, pe­
ro no pueden acudir a las urnas sin que los maltraten.’
”Y yo le pregunté: ‘¿Por qué no se aplica la ley en beneficio de
ellos?’
”Me respondió: ‘Entre nosotros, las leyes carecen de fuerza si
la opinión pública no las apoya. Ahora el pueblo está imbuido de
prejuicios contra los negros, y los magistrados temen no tener
fuerzas suficientes para h aca cumplir las leyes que favorecen a
éstos’ ”5.
Los ejemplos de Pennsylvania demostraron que la mayoría po-
dia oprimir, no sólo presionando a los jueces y otros funcionarios,
ni legislando medidas injustas, sino también negándose a aplicar o
cumplir unas leyes que fueran contra los prejuicios populares. Es­
pecialmente los casos que incumbían a las minorías raciales, la so­
beranía del pueblo o el Gobierno de la mayoría, llevaban directa­
mente a grandes injusticias.
En 1835, Tocqueville combinaría esta información con otros
dos ejemplos, y concluiría: “ El pueblo, rodeado de aduladores, lo­
gra difícilmente triunfar de si mismo. Cada vez que se quiere obte­
ner de él que se imponga una privación o una molestia, aun con
una finalidad que su razón apruebe, comienza casi siempre por re­
husarse a ella. Con razón se elogia la obediencia que los norte­
americanos conceden a las leyes. Es necesario añadir que, en Nor­
teamérica, la legislación es hecha por el pueblo y para el pueblo.
En los Estados Unidos la ley se muestra, pues, favorable a aque­
llos que en otra parte cualquiera tienen mayor interés por violarla.
Así, se puede creer que una ley molesta, cuya utilidad actual no
sintiera la mayoría, no sería aprobada o no sería obedecida”6.
El 1 de noviembre de 1831, Tocqueville conversó con el doctor
218 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

Stewart, “un distinguido médico de Baltimore”, quien le dijo que


la opinión pública ejercia otras influencias más sutiles todavia. Le
explicó el poder inmenso de la religión en Norteamérica y las pre­
siones que se ejercían sobre hombres como él, considerados como
“creyentes”.
Tocqueville le interrumpió: “Esa situación, ¿no contribuye a
que haya muchos hipócritas?”
“Sí, pero, especialmente, les impide hablar. La opinión pública
hace con nosotros cosas que la Inquisición nunca hubiera he­
dió. (...) He conocido a muchos jóvenes que (...) creían haber descu­
bierto que la religión cristiana no era cierta; impulsados por el ar­
dor de la juventud, empezaron a proclamar abiertamente esa opi­
nión. (...) ¡Vaya, lo que pasó! A algunos se Ies ha obligado a salir
del país o a vegetar miserablemente en él. Otros, al darse cuenta
de que la lucha era desigual, se han visto obligados a adoptar una
actitud externa de conformidad, o por lo menos se han quedado
callados. La cantidad suprimida así por la opinión pública es con­
siderable. Aqui nunca se han publicado libros anticristianos o, en
todo caso, son muy raros”7.
Tocqueville advirtió que lo que exponía el doctor Stewart era
una forma diferente de despotismo democrático: una presión casi
irresistible sobre los individuos para que se conformaran a las
ideas de los más. Para 1835, esta fuerza terrible de la opinión pú­
blica seria el rasgo más turbador y original de su retrato de la tira­
nía de ia mayoría.
Otro episodio que le narraron en Baltimore demostraba cómo
la mayoria a veces ponía en práctica la conformidad mediante ac­
ciones violentas, las que, a su vez, estaban aprobadas y aun alen­
tadas por otras instituciones populares, tales como la milicia y el
jurado.
“ El señor Cruse, hombre de gran talento y director de uno de
los principales periódicos de Baltimore, me ha dicho hoy: ‘Entre
nosotros no existe poder ajeno al pueblo; hay que someterse a lo
que desee. La milicia misma es el pueblo, y no es ningún aval
cuando comparte o excusa las pasiones de la mayoría. Hace vein­
te años fuimos testigos de un terrible ejemplo de esto. Era la época
de la guerra contra Inglaterra, una guerra que gozaba de gran eco
popular en el Sur. Un periodista se aventuró a atacar violenta­
mente el sentimiento belicista. El pueblo se reunió, le destrozó las
prensas y atacó las casas en que se habían encerrado él y sus ami­
gos (todos ellos pertenecientes a las principales familias de la ciu­
LA TIRANIA DE LA MAYORIA 219

dad). Se hizo un intento de convocar a la milicia, pero ésta se negó


a marchar contra los alborotadores y no respondió al llamado. Lo
único que pudieron hacer las autoridades municipales para salvar
al periodista y sus amigos fue meterlos en prisión. El pueblo no
quedó satisfecho: esa noche se reunieron y marcharon contra la
cárcel. De nuevo, alguien trató de reunir a la milicia, pero tampo­
co pudo. Ocuparon violentamente el penal, a uno de los prisione­
ros lo mataron en el sitio y a los demás los dejaron por muertos.
Uno pretendió incoar procesos por homicidio, pero los jurados
absolvieron a los delincuentes’
Esta historia es un ejemplo particularmente aterrador del poder
del pueblo. Qué acertadas parecían entonces algunas considera­
ciones anteriores acerca del jurado: “El jurado es la aplicación
más poderosa y más directa del poder del pueblo. Porque el jura­
do no es otra cosa que el pueblo erigido en juez de lo que está per­
mitido y lo que está prohibido hacer contra la sociedad”9.
En diciembre, ciudadanos muy principales de Ohio le hablaron
repetidas veces de los alarmantes excesos democráticos que se
producían en ese Estado. Allí, la democracia parecía estar a nivel
de riada y seguía creciendo. “ En estos momentos estamos hacien­
do el experimento de una democracia sin limites” 10. El resultado
era una jefatura mediocre, una legislación impulsiva, una mala ad­
ministración y, lo que daba lugar a mayor zozobra, la dependen­
cia cada vez mayor del poder judicial1*.
Cuando preguntó si no era peligroso el haber dotado a la legis­
latura de la potestad de nombrar a los jueces y limitar sus atribu­
ciones, Salmón P. Chase estuvo de acuerdo en que si: “Los jue­
ces, en Norteamérica, están para mantener el equilibrio entre to­
das las partes y su función consiste particularmente en oponerse a
la impetuosidad y los errores de la democracia. [Sus opiniones re­
sultaban muy similares a las de Gallatin.] Como surgen de ella y
dependen de ella para el futuro, no pueden tener esa independen-
cia’Mí.
Una primera lectura de los Commentaries de James Kent, a fi­
nes de ese mes, dio mayor impulso a esas preocupaciones. El can­
ciller subrayaba en particular la deseabilidad de la independencia
judicial: “Es (...) saludable para proteger a la constitución y a las
leyes de las usurpaciones y la tiranía de las facciones” 11.
Dejaba implícito además que los legisladores precisaban cierto
aislamiento de los deseos inmediatos del pueblo. Una cosa que
perturbó especialmente a Tocqueville fue el leer en la obra de
220 DEMOCRACIA. INDIVIDUO V MASAS

Kent que “en varias constituciones de los Estados Unidos, se ha


reconocido el derecho de los electores de obligar a sus represen­
tantes a votar de determinada manera. Este principio lo combaten
las mejores mentes. Si se aplicara en general, daría un golpe
mortal al sistema representativo, ese gran descubrimiento de los
tiempos modernos, que parece destinado a ejercer una influencia
tan grande en el destino de la humanidad. En ese caso sería el pro­
pio pueblo el que actuaría, y los diputados serían meramente sus
agentes pasivos”14. De suerte que, en algunos Estados, el mandato
era otro medio significativo de imponer la voluntad de la mayoría.
No mucho después, otro norteamericano pasaría revista a algu­
nas Fallas básicas del Gobierno de Alabama y de “todos los Esta­
dos nuevos del Sudoeste”. “ La opinión errónea”, resumía, “de que
el pueblo todo lo puede y que está capacitado para gobernar casi
directamente, se está extendiendo más y más cada dia entre noso­
tros” 'J.

El viaje al Nuevo Mundo le habia permitido compilar una lista


formidable de las maneras por las cuales los más de entre los nor­
teamericanos ejercían su poder, extraordinario y, al parecer, cre­
ciente. La mayoría ejercía un control cada vez más directo sobre
las legislaturas, que, a su vez, cada vez más predominaban sobre
las ramas ejecutiva y judicial. Hablaba por boca de los jurados y
actuaba (o se negaba a actuar) a través de la milicia. Llegaba a
veces a coercionar a las minorías por la violencia o las amenazas
de violencia16. Tal vez lo más notable fuera la abrumadora autori­
dad que tenia la opinión pública norteamericana, no solamente so­
bre los jueces, legisladores y otros funcionarios públicos, sino
también sobre las minorías y los particulares disconformes. Era
esa presión moral, sutil pero irresistible, que hacia sufrir la mayo­
ría, y no la coerción política, legal o incluso física, la que más
preocupaba a los visitantes franceses.
Hacia la época en que Tocqueville reunió finalmente sus mate­
riales en París y empezó a escribir, había decidido ya, al parecer,
que una parte significativa de su libro tenia que ser un análisis de
esa inquietante tendencia hacia la omnipotencia popular. En su
compilación de fuentes, uno de sus temas organizadores fue: “So­
beranía del pueblo. Tiranía de la mayoría. Democracia, marcha
irresistible de la democracia. —(...) Podo' tiránico sobre la pala­
bra. Poder sin contrapeso—. Principio generador de las constitu­
ciones norteamericanas”11. Parece ser éste d primer uso escrito
LA TIRANIA DE LA MAYORIA 221

que hizo de la Frase que luego se haría tan familiar: tiranía de la


mayoría.
A medida que avanzaba la composición, también seguía am­
pliando un catálogo de obstáculos posibles contra el poderío de la
mayoría en los Estados Unidos: “Acerca de lo que puede moderar
la omnipotencia de la mayoría en Norteamérica”. “En Norteaméri­
ca existen mil causas naturales que, por asi decirlo, obran juntas y
por sí mismas para moderar la omnipotencia de la mayoría. La
ausencia de rangos18, la extremada armonía de intereses que reina
entre todos en los Estados Unidos, la prosperidad material del
país, la difusión de la ilustración (lumiéres) y la moderación de las
costumbres, que es resultado del progreso de la civilización, favo­
recen en gran medida la moderación del sistema. Ya he indicado
las distintas causas; ha llegado el momento de analizar qué barre­
ras han tenido el cuidado de levantar las instituciones mismas
contra el poder del cual provienen” 19.
Durante su viaje, había recibido una impresión sumamente ne­
gativa de la autoridad de los ejecutivos de los Estados y los nacio­
nales. En sus manuscritos declararía: “En Norteamérica, el poder
ejecutivo no es nada ni puede hacer nada. Toda la fuerza del Go­
bierno está confiada a la sociedad misma, organizada bajo la for­
ma más democrática que haya existido. En Norteamérica, todo
peligro proviene del pueblo; nunca nace fuera de él”20. Tras otras
lecturas y reflexiones, arribó a esta conclusión: como resultado de
esa debilidad ejecutiva generalizada, “el veto del Gobernador no
es una barrera para la democracia; el Gobernador procede com­
pletamente de ella”21. En este punto, por lo menos, Tocqueville
había cambiado de opinión, y había juzgado erróneamente a Ja-
red Sparks.
La significación que Sparks, los ciudadanos de Ohio, Kent,
Story y los autores de E l federalista, entre otros, concedían al
mantenimiento de la independencia judicial, asi como la elevada
consideración en que todos ellos tenían a la magistratura norte­
americana, hacían improbable que Tocqueville alguna vez quitara
importancia a “la implantación de los jueces” como limitación de
los poderes de la mayoría22. En los manuscritos de La democracia
de 1835 proseguía diciendo que “el poder judicial de los Estados
Unidos es una barrera levantada deliberadamente contra la omni­
potencia de la mayoría. Podemos considerarlo como el único
obstáculo poderoso o real que las leyes norteamericanas han
puesto al paso del pueblo”23.
222 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

En otro fragmento hada un breve esbozo del juez independien­


te que, armado de la potestad de declarar inconstitudonales las le­
yes, servia para mantener el equilibrio del sistema y preservar la
libertad.
“ Influencia que ejerce el poder judicial sobre el poder de la ma­
yoría.
"Cuando se «camina la sociedad política de los Estados Uni­
dos, al primer vistazo se advierte solamente un prindpio único
que parece unir sólidamente a todas las partes: el pueblo parece
ser el único poder. Nada parece tener fuerza para oponerse a su
voluntad o desbaratar sus planes.
"Pero hay un hombre que, en derto sentido, se presenta como
por encima dd pueblo; su mandato no proviene de ¿1; no tiene na­
da que temer, por asi decirlo, de su ira, ni nada que esperar de su
favor. Sin embargo, está investido de mayor poder que cualquiera
de los representantes del pueblo, porque, de un solo golpe, puede
hacer estéril la obra surgida de la voluntad común"24.
Pero, ¿seguirían siendo realmente independientes/los jueces
norteamericanos? Leyendo a Alexander Hamilton se enteró Toc-
queville de que la rama judicial, por su propia Índole, era débil.
“Importancia del poder judicial como barrera de la democracia.
Ver Federa list, p. 332"25.
En el articulo N.° 78, Hamilton argumentaba: “(...) el departa­
mento judicial es, sin comparación, el más débil de los tres depar­
tamentos del poder (...) por la natural debilidad del departamento
judicial, se encuentra en peligro constante de ser dominado, ate­
morizado o influido por los demás sectores (...) como nada puede
contribuir tan eficazmente a su firmeza e independencia como la es­
tabilidad en el cargo, esta cualidad ha de ser considerada con
razón como un elemento indispensable en su constitución y asi­
mismo, en gran parte, como la ciudadela de la justicia y la seguri­
dad pública” 26.
Sin embargo, el francés sabia, por conversaciones y por otras
lecturas, que precisamente en aquellos momentos se atacaba a la
independencia judicial en Norteamérica. El libro del juez Story,
por ejemplo, ya le habia advertido una vez contra la creciente ten­
dencia a someter los jueces a las elecciones populares27. Impulsa­
do por un lado a argumentar qué barrera necesaria y poderosa
era la magistratura contra las pasiones populares, y por el otro a
reconocer la debilidad inherente de los tribunales, asi como la ten­
dencia cada vez más inclinada hacia la dependencia judicial, Toe-
LA TIRANIA DE LA MAYORIA 223

queville se encontraba cogido entre dos lecciones contradictorias.


Resolvería el dilema, en un borrador, con la conclusión siguiente:
“ De suerte que las altas prerrogativas que se conceden a los ma­
gistrados norteamericanos nunca los ponen fuera del alcance de la
mayoría, ni es tal su independencia que impida que exista en el co­
razón de la sociedad un solo poder dominante, al que todos deban
someterse en última instancia. El poder judicial retrasa al pueblo,
pero no puede detenerle"1*.
En el Nuevo Mundo habia oido también muchas veces que los
Estados eran la primera palestra de los excesos populares. Las
obras de Kent y Story, leídas o releídas en Francia, volvían a re­
petir ese mensaje. También descubrió en E l federalista que Ma-
dison, en más de una ocasión, había fustigado severamente a los
Estados por graves fallas en su organización. Según este autor, la
Constitución propuesta era un marco de Gobierno superior, preci­
samente porque prevenia de muchas de las debilidades inherentes
a la mayoría de las constituciones de los Estados: ejecutivos pro­
pensos a someterse, jueces dependientes y legislaturas sin corta­
pisas” .
Cuando Tocqueville se abocó a considerar la amenaza de la ti­
ranía de la mayoría, reflexionó en un borrador: “Asi que en las re­
públicas democráticas [norteamericanas] la mayoría constituye
genuinamente el poder. (...) Sin embargo, este poder de la mayoría
puede moderarse en su ejercicio por obra del legislador. Los auto­
res de la Constitución federal trabajaron en este sentido. Trataron
de poner obstáculos a la marcha de la mayoría. En cada Estado,
por el contrarío, los hombres se ocuparon en hacerla más rápida y
más irresistible”30.
En otro lugar fue aún más enérgico: uLa Unión no puede pre­
sentar una mayoría tiránica. Cada Estado si podría hacerlo. (...)
Dos causas: 1. La .división de la soberanía [federalismo]; 2. La
partición de la administración [descentralización administrativa]"
De tal suerte, podía ponerse coto a la tiranía de la mayoría, co­
mo a otros despotismos democráticos, por medio de la descentra­
lización. “Dado que se pueden desbaratar los designios de la ma­
yoría nacional por la mayoría de los habitantes de una ciudad o
localidad, la tiranía, que puede ser muy fuerte en varios puntos,
no puede llegar a generalizarse. (...) Y dado que esas dos mayorías
pueden tener designios opuestos, la libertad siempre encuentra asi­
lo, y el despotismo que pueda ejercerse irresistiblemente en varios
lugares del territorio no puede, sin embargo, hacerse general”31.
224 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

Las expresiones de La democracia de 1835 no serían tan ca­


tegóricas, pero si observaría el autor que “cuando el pueblo nor­
teamericano se deja embriagar por sus pasiones se entrega al des­
carrío de sus ideas, los legistas le hacen sentir un freno casi invisi­
ble que lo modera y lo detiene”32.
También apuntaría en una nota: uEs inútil, según creo, advertir
al lector que aqui, como en todo el resto del capitulo” [“La omni­
potencia de la mayoría en los Estados Unidos y sus efectos” ],
“hablo, no del Gobierno federal, sino de los Gobiernos particulares
de cada Estado que la mayoría dirige despóticamente”33.
Por tanto, a base de observaciones y lecturas, se inclinaba a ve­
ces a aceptar la eficacia del federalismo norteamericano y a la
descentralización administrativa como barreras contra la tiranía
de la mayoría en el plano nacional.34 Al parecer, el pueblo no po­
día apurarse con el Gobierno central como hacia a veces con los
de los Estados. (La descentralización tendía incluso a quitar hie­
rro a la posibilidad de despotismo mayorítarío en el plano de cada
Estado.) Asi que a veces, para él, la tiranía de la mayoría —por lo
menos, en sus manifestaciones políticas y legales más concretas-
era, en gran parte, un peligro dentro de cada Estado.
Pero, para 1835, haría un importante distingo que calificaría de
manera significativa esa valoración positiva de la descentraliza­
ción y de la Constitución federal como barreras contra la opre­
sión popular. Existían peligros mayores que amenazaban a los Es­
tados. En Norteamérica, la mayoría ejercía efectivamente dos po­
deres distintos: el control legal y político ( “une inmense puissance
de fait"*) y la autoridad sobre la opinión y el pensamiento (“une
puissance d'opinion presque aussi grande"**)**.
La primera se ejercía principalmente a través de las ramas del
Gobierno (en particular por la legislatura, el instrumento especial
de la mayoría), el sistema de jurados, la forcé publique (milicia y
policía) y otras instituciones. Este era el poder que en las consti­
tuciones de los Estados se había ensanchado artificialmente y que,
por dio, podía degenerar fácilmente en tiranía.
La segunda parte, y la más original, de la concepción de Toc-
queville del despotismo mayorítarío provenía de las influencias
más sutiles que le sugiriera la narración del doctor Stewart.
En 1835 observaría:

* “Un enorme poderío real” (f/. del T.).


*♦ “Una fuerza de opinión de casi igual magnitud”. (N. del T.).
LA TIRANIA DE LA MAYORIA 225

HCuando se llega a examinar cuál es en los Estados Unidos el


ejercicio del pensamiento, es cuando se percata uno muy clara­
mente hasta qué punto el poder de la mayoría sobrepasa a todos
los poderes que conocemos en Europa.
"El pensamiento es un poder invisible y casi imponderable que
se burla de todas las tiranías. En nuestros dias, los soberanos más
absolutos de Europa no podrían impedir que ciertas ideas hostiles
a su autoridad circulen sordamente en sus Estados y hasta en el
seno de sus cortes. No sucede lo mismo en Norteamérica. En tan­
to la mayoría es dudosa, se habla; pero, desde que se ha pronun­
ciado irrevocablemente, cada uno se calla, y amigos y enemigos
parecen entonces unirse de acuerdo al mismo carro. (...)
"No conozco país alguno donde haya, en general, menos inde­
pendencia de espíritu y verdadera libertad de discusión que en
Norteamérica36. (...)
"En Norteamérica, la mayoría traza un circulo formidable en
tomo al pensamiento. Dentro de esos limites el escritor es libre,
pero, ¡ay si se atreve a salir de él! No es que tenga que temer un
auto de fe, pero está amagado de sinsabores de toda clase, de per­
secuciones todos los dias. (...)
"Cadenas y verdugos, ésos eran los instrumentos groseros que
empleaba antaño la tiranía; pero en nuestros dias la civilización
ha perfeccionado hasta el despotismo, que parecía no tener ya na­
da que aprender.
"Los príncipes habían, por decirlo asi, materializado la violen­
cia; las repúblicas democráticas de nuestros días la han vuelto tan
intelectual como la voluntad humana que quiere sojuzgar. (...)
"Las monarquías absolutas habían deshonrado el despotismo;
guardémonos de que las repúblicas democráticas lleguen a rehabi­
litarlo y que, al volverlo más pesado para algunos, le quiten, a los
ojos del mayor número, su aspecto odioso y su carácter envilece­
dor”37.
En sus borradores, Tocqueville trataba de explicar sus conclu­
siones: “ La tiranía, en Norteamérica, actúa directamente sobre el
alma y no atormenta al cuerpo, como resultado de dos causas: 1.
La ejerce una mayoría y no un hombre. Como un hombre no pue­
de nunca obtener el apoyo voluntario de las masas, no puede infli­
gir a su enemigo ese castigo moral que significan el aislamiento y
el desprecio público. Está obligado a actuar directamente para lle­
gar a él. 2. Que, en realidad, las costumbres se han morigerado y
la gente ha perfeccionado e intelectualizado el despotismo’’3*.
226 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

En algunos párrafos no publicados del manuscrito de trabajo,


del capitulo sobre la prensa en Norteamérica, también declaraba
categóricamente que, en ciertas cuestiones, el poder de la mayoría
sobre el pensamiento había destruido efectivamente la libertad de
prensa e impuesto un tipo único y altamente eficiente de censura.
“Cuando la libertad de prensa, como suele suceder, se combina
con la soberanía del pueblo, uno ve a veces que la mayoría se pro­
nuncia claramente en favor de una opinión; a partir de allí, la opi­
nión opuesta no encuentra medio de hacerse oir. (...) Algunos pen­
samientos parecen desaparecer de repente de la memoria de los
hombres. Entonces, la libertad de prensa sólo existe de nombre;
en realidad, lo que impera es una censura mil veces más poderosa
que la que cualquier poder fuera capaz de ejercer. Nota: no co­
nozco el pais en el cual, en ciertas cuestiones, existe menos liber­
tad de prensa que en los Estados Unidos. Existen ciertos países
despóticos en los cuales el censor no se inclina menos por la for­
ma que por el contenido del pensamiento; pero en Norteamérica
hay asuntos que no se pueden tocar de ninguna manera'’39.
Asi, el poder casi ilimitado de la mayoría sobre la ideas y opi­
niones abría la puerta a una temible tiranía, de tipo nuevo, suave y
engañosa. Pese a haber asegurado repetidas veces que el despotis­
mo mayoritario era de temer, sobre todo, en los Estados, las im­
plicaciones de este otro poder de la mayoría hacian de la tiranía
intelectual un peligro nacional y actual: “No hay libertad de espí­
ritu (liberté d ’esprit) en Norteamérica”40.
Casi medio siglo más tarde, en The American Commonwealth
(1888), James Bryce criticaba la idea de Tocqueville de la “tiranía
de la mayoría” basándose en que exageraba los peligros de opre­
sión activa de una minoría por la mayoría y descuidaba el verda­
dero peligro: una presión tan sutil que paralizaría la voluntad de
la mayor parte de los disidentes y, sin que casi se dieran cuenta,
les convertiría a la opinión de la mayoría. Minaría hasta el deseo
mismo de ser diferente y el resultado sería lo que Bryce llamaba el
“fatalismo de la multitud”41.
Pero pareciera que Bryce no alcanzara a captar toda la riqueza
del concepto de Tocqueville. Este, es cierto, se preocupaba por la
posibilidad de que una mayoría pudiera cometer acciones específi­
cas de opresión contra minorías o particulares disidentes. Pero
también reconocía la presión silenciosa, la influencia, benigna pe­
ro ineludible, de la autoridad moral de los más. En 1835, y des­
pués cada vez con mayor intensidad, este sesgo pasivo, engañoso
LA TIRANIA DE LA MAYORIA 227

y suave de la tiranía de la mayoría, este debilitamiento de la vo­


luntad del individuo de apartarse de la multitud, esta restricción
sumamente sutil de la libertad de pensamiento y de opinión eran
lo que más turbaba a Tocqueville.

Creía que, además de las barreras erigidas por las circunstancias,


el carácter nacional o la estructura gubernamental, existían tam­
bién limitaciones, de índole ideal o moral, del poder de la mayoría.
Gran parte de las veces, los republicanos del Nuevo Mundo pare­
cían reconocerlo.
En un borrador escribió: “Lo que suele llamarse república en
los Estados Unidos es el reinado tranquilo de la mayoría. Una vez
que la mayoría ha tenido tiempo de conocerse a si misma y verifi­
car su existencia, es la fuente de todos los poderes; pero la mayo­
ría, en sí, no es todopoderosa; por encima de ella, en el reino mo­
ral, están la humanidad y la razón. (...) La mayoría, en su omnipo­
tencia, reconoce estas dos barreras y si alguna vez las ha echado
abajo, [es porque,] como los hombres que la componen, se ha
rendido a las pasiones y se ha visto arrastrada por ellas más allá
de sus derechos”41.
En La democracia de 1835 declararía que la más alta limita­
ción del Gobierno de la mayoría es la justicia:
“Existe una ley general que ha sido hecha o por lo menos adop
tada, no por la mayoría de tal o cual pueblo, sino por la mayoría
de todos los hombres. Esa ley, es la justicia.
” La justicia forma, pues, el lindero del derecho de cada pueblo.
"Una nación es como un jurado encargado de representar a la so­
ciedad universal y de aplicar la justicia, que es su ley. El jurado,
que representa a la sociedad, ¿debe tener más poder que la socie­
dad misma cuyas ideas aplica?
"Cuando me opongo a obedecer una ley injusta, no niego a la
mayoría el derecho de mandar; apelo de la soberanía del pueblo
ante la soberanía del género humano”43.
Aun cuando estos ideales no resultaran un freno efectivo para
las pretensiones de los más, por lo menos suministraban una base
racional para cuestionar la presunta autoridad moral de cualquier
mayoría, y especialmente de una opresiva. La humanidad, la
razón y la justicia eran, pues, para Tocqueville, unas salvaguar­
dias morales significativas para cualquier minoría o individuo.

Luego resumiría los principales obstáculos para la tiranía de la


228 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

mayoría en Norteamérica. Un breve esbozo de su manuscrito de


trabajo enumera:
Omnipotencia de la mayoría.
Sus efectos tiránicos. (...)
Su contrapeso en las leyes: el poder judicial. Falta de centrali­
zación administrativa.
En las costumbres.
En las circunstancias locales.
Jurado**.
En 1835, sin embargo, achicaría esta lista y, en cambio, pon­
dría el acento en las tres principales barreras institucionales con­
tra el despotismo de los más: la descentralización administrativa,
el cuerpo legal (con su esprit légiste) y el jurado. Casi todos los
demás puntos de la lista pasarían a una elaboración más general
de lo que contribuía a mantener la república democrática en Nor­
teamérica45.
En el texto publicado, comenzaría su exposición acerca del po­
der de la mayoría con el axioma de que Gobierno democrático
signi'ica Gobierno de la mayoría: “Es esencia misma de los Go-
bier. os uemocráticos que el imperio de la mayoría sea en ellos ab-
soli o, puesto que fuera de la mayoría, en las democracias no hay
nar que resista”46. Sin embargo, en Norteamérica, el apego a la
idea de la soberanía del pueblo había conducido a una elevación
artificial del Gobierno de la mayoría en los Estados; sólo los for­
jadores de la Constitución habían tenido la sabiduría de erigir ba­
rreras contra la voluntad de la mayoría.
Según la primera parte de La democracia, la clave del poder de
la mayoría era su autoridad moral ( ‘Tempire moral de la majo-
rité”)*1, una autoridad especialmente fortalecida en los Estados
Unidos por la amplia aceptación de la doctrina de la igualdad y
por la armonía de intereses existente. Los norteamericanos pre­
sumían que la combinación de los intelectos y juicios de los más
era superior a la de los menos y que los intereses del mayor núme­
ro eran desde luego preferibles a los intereses de la minoría.
Además, la república del Nuevo Mundo no estaba dividida en
grupos de intereses inconciliables, de suerte que los privilegios y
derechos de la mayoría del momento se reconocían sin graves
disputas.
Tocqueville reseñaría también otros resultados, no por conoci­
dos menos importantes, de ese poder abrumador. La legislatura,
como voz de la mayoría, pasaba a ser la rama predominante del
LA TIRANIA DE LA MAYORIA 229

Gobierno y, al propio tiempo, reflejaba estrictamente los deseos


cambiantes de los más. Cuando surgían signos de agitación popu­
lar, se lanzaban proyectos con celo y energía, pero languidecia la
actividad cuando el interés popular se desvanecia, cosa que solia
suceder con rapidez. Dicho brevemente, existía una inestabilidad
crónica en la legislación y la administración, en todos los sitios en
que la mayoría reinaba tan sin cortapisas. Más, aún, dado que los
funcionarios norteamericanos estaban investidos de la autoridad
moral de la mayoría que les habia situado en sus empleos, con fre­
cuencia gozaban de unos poderes asombrosamente arbitrarios
dentro de sus restringidos círculos de autoridad.
La omnipotencia de la mayoría, observaría Tocqueville, influía
aún más profundamente en el carácter nacional norteamericano.
A los más habia que adularlos constantemente y fortalecerles su
presunción de superioridad. El demagogo, el hombre de pocos
principios, el adulador de multitudes, era la figura política más
viable para Norteamérica; en consecuencia, la conducción políti­
ca era de bajo nivel. Como la mayoría se resistía a que se critica­
ran sus actitudes y acciones, tanto por sus propios conductores
como por los miembros de las minorías, empapaba a la sociedad
la forma más abyecta de solicitar sus favores. Pocos estaban dis­
puestos a hablar; reinaba un conformismo complaciente.
Tan ilimitado era el poder de la mayoría en los Estados Unidos,
que amenazaba con convertirse en tirania; el texto de 1835 recal­
caba que el poder de los más era “no solamente predominante, si­
no insuperable”4*. “ La omnipotencia me parece en si una cosa
mala y peligrosa. (...) Cuando veo conceder el derecho y la facul­
tad de hacerlo todo a un poder cualquiera, llámese pueblo o rey,
democracia o aristocracia, digo: Aqui está el germen de la tirania,
y trato de ir a vivir bajo otras leyes”49.
Insistiría luego en que los Estados norteamericanos casi no pro­
veían ninguna garantía real contra el abuso por los más de su au­
toridad, ni contra la opresión de un particular o una minoría.
“Cuando un hombre o un partido sufre una injusticia en los Es­
tados Unidos, ¿a quién queréis que se dirija? ¿A la opinión públi­
ca? Es ella la que forma la mayoría. ¿Al poder ejecutivo? Es
nombrado por la mayoría y le sirve de instrumento pasivo. ¿A la
fuerza pública? La fuerza pública no es otra cosa que la mayoría
bajo las armas. ¿Al jurado? El jurado es la mayoría revestida del
derecho de pronunciar sentencias. Los jueces mismos, en ciertos
Estados, son elegidos por la mayoría. Por inicua o poco razonable
230 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

que sea la medida que os hiere, os es necesario someteros a


ella”50.
Pero también tendría el cuidado de añadir que la mayoría nor­
teamericana no abusaba, habitualmente, de su fuerza:
“ No digo que, en la época actual, se haga en Norteamérica un
frecuente uso de la tiranía; digo que no se conoce allí garantía
contra ella”51.
La omnipotencia de la mayoría no significaba necesariamente
la tiranía de la mayoría. El abuso del poder, corriente y despótico,
era todavia, sobre todo, una potencialidad y algo de temer para el
futuro de Norteamérica. Tocqueville dejó sin resolver la contra­
dicción entre esta conclusión y su insistencia en que en ese país no
existía libertad intelectual.

Entre 1835 y 1840, a medida que avanzaba el trabajo de redac­


ción de los últimos tomos de su obra» a Tocqueville le preocupaba
cada vez más la fragilidad de la libertad intelectual en tiempos de­
mocráticos. Empezó a fijar más y más su atención en lo que lla­
maba, en la primera mitad de su libro, la puissance d ’opinion, o
sea, el poder que la mayoría tenia, en Norteamérica, sobre el pen­
samiento, y no tanto en su control legal y político (puissance de
fa it). Por ello, la última parte de La democracia debería reflejar
una susceptibilidad creciente frente a la autoridad intelectual de la
multitud, y también desaparecerían de su horizonte otras facetas
de su teoría acerca de la omnipotencia y posible tírania de la ma­
yoría.
En 1840, al peligroso poder de la mayoría sobre las ideas y opi­
niones lo relacionaría estrechamente con el problema más vasto
de las relaciones entre el individuo y las masas en las sociedades
democráticas. Lo que antes habia definido casi siempre como la
omnipotencia (l’omnipotence) o la autoridad de la mayoría (l'em-
pire de la majorité) o del mayor número (leplus grand nombre), o
el poder de la opinión pública (opinión publique), ahora lo llama­
ría con mayor frecuencia la influencia de la multitud, de las masas
o del público (la foule, la masse, le publicó1. Por ejemplo, entre
las muchas consecuencias significativas que acarreaba el aisla­
miento y la debilidad del individuo, que pondría de relieve
en 1840, se contaría la tendencia de la persona solitaria a diferir inte­
lectualmente de las opiniones de sus conciudadanos. “Cuanto
más iguales se hacen las condiciones, tanto más débiles son los
hombres individualmente, con tanta más facilidad se dejan arras­
LA TIRANIA DE LA MAYORIA 231

trar por la corriente de la multitud y más trabajo les cuesta mante­


nerse solos en una opinión que ella abandona”33.
En el capitulo titulado “ La fuente principal de las creencias en
los pueblos democráticos”, señala a la influencia de los más como
una de las grandes causas de que, a la larga, “encerrase la acción
del juicio individual en limites más estrechos de lo que conviene a
la grandeza y a la felicidad de la especie humana”34.
“(...) a medida que los ciudadanos se hacen más iguales, dismi­
nuye la inclinación de cada uno a creer ciegamente a un cierto
hombre o en determinada clase. La disposición a creer en la masa
se aumenta, y viene a ser la opinión que conduce al mundo.
”La opinión común no sólo es el único guia que queda a la
razón individual en los pueblos democráticos, sino que tiene en
ellos una influencia infinitamente mayor que en ninguna otra par­
te. (...)
"Cuando el hombre que vive en los paises democráticos se
compara individualmente a todos los que le rodean, conoce con
orgullo que es igual a cada uno de ellos; pero cuando contempla
la reunión de sus semejantes y viene a colocarse al lado de este
gran cuerpo, pronto se abruma bajo su insignificancia y su flaque­
za. (...)
"El público ejerce en los pueblos democráticos un poder singu­
lar, del que las naciones aristocráticas ni siquiera tienen idea. No
persuade con sus creencias; las impone y las hace penetrar en los
ánimos, como por una suerte de presión inmensa del espíritu de
todos, sobre la inteligencia de cada uno”33.
Prosigue después restableciendo el distingo que originalmente
hiciera en 1835, a saber, entre la omnipotence politique de la ma-
joríté (aumenta por diversas leyes) y el empire (...) sur rintelligen-
ce, para argumentar que, aunque en los Estados Unidos la prime­
ra abarcaba la fuerza y el peligro del segundo, la autoridad inte­
lectual de la mayoría no tenia necesariamente que recibir el apoyo
de unas instituciones excesivamente democráticas. Eran las condi­
ciones sociales democráticas básicas, y no determinadas formas
políticas, las causas más fundamentales del dominio que la masa
ejercía sobre el pensamiento y la opinión.36
Ese capitulo concluiría con una definición de la tiranía de la
mayoría en la que haría hincapié en las consecuencias intelectua­
les, más que en las legales y políticas, de ese posible despotismo:
“(...) Y concibo cómo bajo el imperio de ciertas leyes, la demo­
cracia extinguiría la libertad intelectual que el Estado social de­
232 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

mocrático favorece, de tal suerte que después de haber roto todas


las trabas que en tiempos pasados le imponían las clases o los
hombres, el espíritu humano se encadenaría estrechamente a la
voluntad general del mayor número.
"Si a todos los poderes diversos que sujetan y retardan sin tér­
mino el vuelo de la razón individual, sustituyesen los pueblos de­
mocráticos el poder absoluto de una mayoría, el mal no haría sino
cambiar de carácter. Los hombres no habrían encontrado los me­
dios de vivir independientes; solamente habrían descubierto, cosa
difícil, una nueva fisonomía de la esclavitud. Sobre esto se debe
hacer reflexionar profundamente a aquellos que ven en la libertad
de la inteligencia una cosa santa, y que no sólo odian al déspota,
sino al despotismo. En cuanto a mi, cuando siento que la mano
del poder pesa sobre mi frente, poco me importa saber quién me
oprime; y por cierto que no me hallo más dispuesto a poner mi
frente bajo el yugo, porque me lo presenten un millón de bra­
zos”57.
Estas y otras ideas aparecían también en uno de los primeros
borradores del segundo capitulo de La democracia de 184058. El
manuscrito, hasta ahora inédito, titulado MLas causas particulares
q ue pudieran ser dañinas, en Norteamérica, para el libre desarro­
llo y la generalización del pensamiento”, era una versión muy di­
ferente, que recalcaba enfáticamente d ominoso poder de la ma­
yoría sobre el pensamiento.
Empezaba en el margen con un esbozo de las causas que en
particular obraban contra el pensamiento teórico e innovador de
Norteamérica:
“ Religión (ya lo he expuesto).
''Examinar la igualdad de condiciones. Mantenida por las con­
diciones materiales del país.
"Despotismo de la mayoría.
"Carácter exclusivamente comercial e industrial dd país. El
pueblo sólo dirige sus esfuerzos en pos de ciertas cosas.
"No hay memoria de otro Estado social y político.
"Origen de las clases medias.
"He demostrado en el capitulo precedente cómo las opiniones
dogmáticas y tradicionales que se sostienen en materia de religión
restringían la mente innovadora de los norteamericanos, diríamos,
por muchos lados. Hay otra causa, menos poderosa, pero más ge­
neral, que amenaza detener y que ya retarda el libre desarrollo
del pensamiento en los Estados Unidos. Esta causa, que ya he in­
LA TIRANIA DE LA MAYORIA 233

dicado en otra parte de esta obra, no es otra que (...)}9 el poder


que ejerce la mayoría en Norteamérica.
"Una religión es también un poder; pero sus movimientos se fi­
jan de antemano y se producen dentro de una esfera conocida; y
muchas personas creen que, en esa esfera, sus efectos son benefi­
ciosos, y que una religión dogmática va más lejos que una racio­
nal hacia la obtención de los resultados apetecidos.
”La mayoría es un (...)$0 poder que, de alguna manera, va a la
ventura y que posteriormente puede extenderse a todas las cosas.
"La religión es la ley; la omnipotencia de la mayoría es lo arbi­
trario.
” La religión inclina a la mente humana a detenerse por si mis­
ma y a brindar obediencia, la libre elección de una moral y una
existencia independiente.
"La mayoría obliga a la mente humana a detenerse, a despecho
de lo que pueda creer, y, al obligarla constantemente a obedecer,
termina por arrebatar incluso el deseo de ser libre, de actuar por
cuenta propia.
”En los Estados Unidos, la influencia perniciosa que la omnipo­
tencia de la mayoría ejerce sobre el pensamiento se nota sobre to­
do en la vida política. Es principalmente en los asuntos guberna­
mentales, en las cuestiones políticas, en las que hasta ahora se ha
formado la opinión mayorítaria; pero las leyes norteamericanas son
tales que, cualquiera sea el rumbo que tome, la mayoría hará en
cualquier caso sentir su omnipotencia.
'’De tal suerte, sus limites sólo están en su voluntad y no en la
Constitución del país. No puede ocultarse el hecho de que los nor­
teamericanos se han dejado llevar en la dirección común a los
pueblos democráticos. En las democracias, piense uno lo que pen­
sare, la mayoría y el poder que representa están dotados de una
ruda fuerza. Y aunque las leyes favorezcan en mínimo grado esta
tendencia, en lugar de combatirla, es casi imposible predecir dón­
de estarán los límites de la tiranía.
"Podría ocurrir que, en las democracias, el pueblo escapara a la
dominación de la clase, la familia o las actitudes nacionales, para
someterse a la de la mayoría. No se puede ocultar el hecho de que
ésta es la tendencia natural de las democracias. Debe combatirse-
la, no sólo por quienes no desean la tiranía política, sino también
por los que desean la libertad general del espíritu humano61. (...)
"Eh los pueblos aristocráticos, los intereses de clase impiden a
los hombres ver otra cosa que lo que tienen ante sus ojos y les
234 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

prohíben enterarse de nuevos caminos que pudieren conducirles a


la verdad. Es probable que. una vez sometidos a la omnipotencia
de la mayoría, los hombres ni siquiera traten de descubrir esas
nuevas rutas, ni que. aunque conociéndolas, las transiten62.
”Los prejuicios de todo tipo que han nacido y se mantienen en
el corazón de una aristocracia limitan al espíritu humano en cier­
tas maneras y le impiden desarrollarse siguiendo esas lineas; pero
no atacan a la libertad intelectual en principio ni de modo absolu­
to. En las democracias constituidas de la manera a que me refiero
más arriba, la mayoría de algún modo supervisa al espíritu huma­
no; comprime todo su horizonte de manera permanente y general,
y para inclinar a los hombres ante su voluntad, termina por qui­
tarle a cada uno el hábito y el gusto de pensar por si mismo. (...)
"(..•) Confio en que el pueblo sirva a la causa de la democracia,
pero deseo que cada uno lo haga como un ser moral e indepen­
diente que, aun comprometiendo su apoyo, conserve el uso de su
libertad; que el pueblo vea en la mayoría el más tolerable de los
poderes, lo comprendo; pero me gustaría que fuera su consejero,
no su cortesano. (...)
"Digo que entre los pueblos democráticos advierto claramente
dos tendencias encontradas. Una conduce a los hombres hacia
pensamientos nuevos y generales. La otra puede reducirlos, por
asi decirlo, a no pensar en absoluto63.
"Así, pues, si de pronto se me encargara enunciar leyes para un
pueblo democrático, trataría de distinguir claramente entre estas
dos tendencias y haría de modo que ninguna eliminara a la otra o,
por lo menos, que la segunda no fuera la preponderante. Dentro
de este designio, no trataría de destruir el imperio de la mayoría,
sino morigerar su aplicación. Y haría todo lo posible para garanti­
zar que, una vez que hubiera derrotado a todos los poderes riva­
les, se pusiera limites a si misma.
”He ahí por qué —para no dar un panorama completo, sino só­
lo un ejemplo—, si yo viviese en el seno de un pueblo democrático,
preferiría verlo adoptar una constitución monárquica y no una
forma republicana. Preferiría que instituyera dos asambleas legis­
lativas en lugar de una, un poder judicial inamovible en lugar de
jueces electivos, y unos poderes provinciales en lugar de una ad­
ministración centralizada. Porque todas estas instituciones pue­
den combinarse con la democracia sin alterar su esencia64.
”A medida que el Estado social se hiciera más democrático, da­
ría más de un premio por la obtención de todas o algunas de estas
LA TIRANIA DE LA MAYORIA 235

cosas. Y avanzando así, tendría a la vista, no sólo el salvaguardar


la libertad política, como he dicho en otra parte de esta obra, sino
también el progreso general del espíritu humano. Si ustedes dicen
que esas máximas son impopulares, trataré de consolarme con la
esperanza de que sean ciertas”63.
Este capitulo en borrador explica cómo las agrupaciones natu­
rales de la sociedad aristocrática tienden a restringir la libertad de
pensamiento y cómo la démocratie libera a los hombres de estas
antiguas limitaciones y, a la vez, lleva en potencia otras restriccio­
nes nuevas y más temibles. También contrasta brevemente los
modos diferentes que tienen la religión y la mayoría democrática
de limitar la exploración y el desarrollo intelectuales, e implica que
Tocqueville estaba mucho más dispuesto a otorgar algún benefi­
cio a las limitaciones religiosas de la libre indagación.
Lo más nuevo de esta variación después eliminada es, sin embar­
go, su declaración de que, hasta entonces, la conformidad de opi­
nión norteamericana era enorme en las actitudes básicas guberna­
mentales y políticas. Esta observación explícita sólo aparece en
este borrador. [Link]én merece atención el programa de remedios
que cierra el capitulo: también aquí, como en otros borradores y
en ambos textos de 1835 y 1840, pone el acento en la descentrali­
zación y en la independencia del poder judicial. Pero también ex­
presa su preferencia por una monarquía democrática en lugar d-~
una república democrática. Tampoco esta idea aparecería num a n
los textos publicados de La democracia.
Lo último y más importante es que esta variante demues->a con
claridad que Tocqueville no sólo le temía al silenciamient de las
ideas de los individuos y de las minorías, con el consiguiente con­
formismo de las opiniones; también le aterraba la posibilidad ulte­
rior de que, en tiempos democráticos, hubiera una negativa a oir
ideas nuevas y que, con ello, se produjera una detención en el
avance de la civilización. En 1840, al parecer, estos peligros inte­
lectuales eran el significado primordial de la tiranía de la mayoría
y el principal punto focal de su ansiedad personal66.
XV. LA TIRANIA DE LA MAYORIA:
ALGUNAS PARADOJAS

De James Madison, entre otros, tuvoTocqueville conocimiento de


la índole de la Unión y de su inherente debilidad estructural, de la
tendencia de las legislaturas a acumular poder y del riesgo para la
libertad que provenía de la centralización excesiva. Madison tam­
bién habia contribuido a que se enterara de cómo los Estados (de­
bido al federalismo) y los condados y municipios (por la división
de la autoridad administrativa) servían tanto para mantener una
república inmensa como para mitigar las presiones potencialmen­
te despóticas de la opinión pública: pero, como hemos visto, el es­
tadista republicano no pudo convencerle de que el tamaño mismo
era una ventaja para las sociedades libres. En La democracia se
sigue elogiando a las naciones pequeñas en detrimento de las
grandes como santuarios naturales de la libertad. Y en su análisis
de las causas y los remedios de la tiranía de la mayoría, seguía de­
positando grandes esperanzas en las localidades independientes y
responsables como centros esenciales de libertad en tiempos de­
mocráticos.
Estas creencias le condujeron a algunas extrañas paradojas, no
siendo la menos importante de días el que considerara al jurado
como una de las grandes barreras contra el despotismo mayoríta-
rio1. En 1835 elogiaba al jurado por enseñar el respeto por la ley.
la conciencia de los derechos y un sentido de responsabilidad cívi­
ca, asi como por formar el juicio y aumentar los conocimientos
prácticos del pueblo2. Sin embargo, en más de una ocasión se le
habia señalado que el jurado servia a veces como timbre de apro­
bación para excesos y prejuicios locales, en lugar de ser un freno
para ellos. “El jurado”, había dicho una vez, “no es otra cosa que
d pueblo erigido en juez de lo que está permitido y lo que está
prohibido hacer contra la sociedad”3.
El señor Cruse le habia contado la historia de un jurado, duran­
te la guerra de 1812, que habia absuelto a los alborotadores que
habían perseguido y maltratado a un periodista antibélico y sus
amigos. El populacho habia incluso asesinado a uno de los oposi­
tores de la guerra4. En enero de 1832, habia oido otro ejemplo, de
236
LA TIRANIA DE LA MAYORIA: ALGUNAS PARADOJAS 237

boca también del abogado que le había explicado la reputación


de violencia que tenia Alabama y la frecuente solución, de las
disputas, en ese Estado, mediante el cuchillo o el revólver. “Pero”,
quiso saber Tocqueville, “cuando se mata asi a un hombre, ¿no se
castiga al asesino?” “ Siempre se lo somete a juicio, y siempre lo
absuelve el jurado, a menos que existan agravantes muy serios.
(...) La violencia ha terminado por ser aceptada. Cada miembro
del jurado piensa que también él, al salir del tribunal, podría verse
en una situación similar a la del acusado, y le absuelve. (...) Asi
que es el pueblo quien se juzga a sí mismo y sus prejuicios al res­
pecto están en el camino de su sentido común.” Tras escuchar es­
te sorprendente comentario, Tocqueville no pudo dejar de pregun­
tar a su conocido qué pensaba del sistema de jurados en general.
“ Una de las desventajas de nuestros jurados” , le respondió el nor­
teamericano, “ es que se los elige en territorios muy pequeños (los
condados). Asi, los miembros conocen el asunto antes de que se
argumente sobre él. Lo juzgan antes de oírlo, y lo juzgan en una
taberna”5.
Asi, pues, tanto el señor Cruse como el abogado de Alabama
habían dado a entender que los jurados tenían un fallo importantí­
simo: no declaraban convicto a un hombre por acciones —por
atroces que fueran—que aplaudiera la mayoría local. Más, aún, el
abogado sostenía que, casi siempre, los miembros de los jurados
meramente reflejaban los prejuicios regionales y legitimaban unos
veredictos ya previamente resueltos en los bares del vecindario.
Un tercer incidente, ficticio pero tal vez sugerido por algo de
que Gustave y Alexis hubiesen sido testigos al asistir a un juicio
en Norteamérica6, tiene su desarrollo teatral en Marie, ou l’Escla-
vage aux E tais-Unís, el drama de Beaumont, compañero de La
democracia de 1835.
“ Un dia, en Nueva York”, narraba Ludovic, el protagonista,
“ asistí a una sesión de un tribunal. Entre los que esperaban ser
juzgados estaba sentado un joven mulato, acusado por un norte­
americano de acciones de violencia. ‘¡Un blanco golpeado por un
hombre de color! ¡Qué ignominia! ¡Qué perversión!’, se gritaba
por todas partes. Ó público y los propios miembros del jurado es­
taban indignados por el acusado, sin saber si era culpable o no.
No sé cómo expresarles lo embarazoso de mi impresión cuando
empezó su proceso: cada vez que el pobre mulato deseaba hablar,
le sofocaban la voz, tanto por orden del juez como por los gritos
de la multitud. Todos los testigos le maldecían. (...) Los amigos del
238 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

denunciante tenían buena memoria; los que habia hecho llamar el


acusado no recordaban nada. Se le declaró culpable sin delibera­
ción del jurado. Un ramalazo de alegría recorrió a la multitud: un
murmullo mil veces más cruel para el corazón del infeliz que la
sentencia del juez: porque al juez se le pagaba por su trabajo, pero
el odio del pueblo era gratis. Tal vez fuera culpable; pero, siendo
inocente, ¿no habría sufrido el mismo destino?”7.
El drama de Beaumont se hacia eco de las observaciones de los
dos críticos norteamericanos y volvia a plantear un fallo básico
del sistema de jurados. Esa institución no podía ser más desapa­
sionada, ni más justa, ni más imparcial que la población que apor­
taba sus miembros. Para bien o para mal, era simplemente un es­
pejo de la opinión pública y, como tal, en potencia, un instrumen­
to de la tiranía.
Asi, pues, la actitud de Tocqueville, tan sumamente favora­
ble para con el jurado, resulta un tanto extraña. Aunque en algu­
na parte escribiera que “el jurado es la mayoría resvestida del de­
recho de pronunciar sentencias”,* en su libro no llegó mayormen­
te a reconocer ni advertir a sus lectores que el jurado también po­
día ser una de las herramientas más temibles de una mayoría
opresora. Por el contrarío, La democracia de 1835 presenta una
visión esencialmente unilateral del jurado como freno importante
del despotismo mayoritarío.
Pero su valoración del jurado —una institución eminentemente
local— era sólo una parte de una paradoja mayor: su insistencia
en el valor del “espíritu de localidad”. Por un lado, uno de los me­
jores antídotos que recomendaba contra la tiranía mayorítaría era
la descentralización administrativa. Por el otro, en varías ocasio­
nes parecía reconocer que la tiranía de la mayoría era más proba­
ble y, de producirse, más virulenta, dentro de las localidades. Una
vez, por ejemplo, escribió en un borrador que el ardor de las pa­
siones locales, una vez encendido, sólo podia compararse con los
intensos odios entre hermanos.9 Y todos estos ejemplos específi­
cos de tiranía de la mayoría habían tenido lugar en las villas y ciu­
dades de Norteamérica. En ellas era donde los particulares o las
minorías disidentes se encontraban más a merced de instituciones
populares tales como la policia o el jurado, erán más vulnerables a
la violencia del populacho y estaban más expuestos a las demás
presiones sutiles e intimidaciones de las mayorías locales.
Varías partes de La democracia de 1835 parecen trasuntar la
toma de conciencia, por Tocqueville, de esta triste verdad. El prín-
LA TIRANIA DE LA MAYORIA: ALGUNAS PARADOJAS 239

ripio del libro describe, con cierto asombro, las normas morales y
religiosas de los puritanos de Massachusetts y de Connecticut. y
apenas llega a perdonar parcialmente sus leyes “extrañas o tiráni­
cas”, advirtiendo que en las comunidades de gentes de “mente pa­
recida” de la Nueva Inglaterra, esas medidas eran votadas por el
pueblo mismo.10
Al comparar las naciones grandes con las pequeñas, vuelve a
exponer escrupulosamente los peligros potenciales de la ciudad-
Estado:
"En las pequeñas naciones, la mirada de la sociedad penetra
por doquier; (...)
"Cuando la tirania llega a ejercerse en el seno de una pequeña
nación, es alli más incómoda que en cualquier parte, porque al ac­
tuar en un círculo más restringido, se extiende a todo ese circulo.
No pudiendo cebarse en algún gran, objeto, se ocupa de una mul­
titud de pequeñas cosas; se muestra a la vez violenta y vejatoria.
Del mundo politico, que es, propiamente hablando, su dominio,
penetra en la vida privada. Después de los actos, aspira a regene­
rar los gustos; después del Estado, quiere gobernar las familias” 11.
¿Qué retrato mejor del interés público en las actitudes y el com­
portamiento privado, de la pequeñez y del conformismo obligado
que suelen darse en las villas o localidades pequeñas?
Por último, la preocupación de Tocquevüle por el poder arbi­
trario del funcionario público de Norteamérica refleja también, en
parte, su admisión de la posibilidad de opresión local11. Des­
pués de estudiar The Tovm Officer, había escrito a Jared Sparks.
en diciembre de 1831, preguntando incrédulo si los select-men se­
guían teniendo la potestad de denunciar públicamente a las perso­
nas inmorales y si los condestables y los tythingmett* seguian
también teniendo el derecho de perseguir y actuar contra los blas­
femos y los que no respetaran el Sabbath**. Simplemente no podía
creer que unos funcionarios elegidos (ocalmente gozaran de tanta
autoridad para entrometerse y censurar. En respuesta, Sparks
trató de suavizar la impresión que habia sufrido el francés, ase­
gurándole que ciertas acciones especificas sólo se tomaban raras
veces y en casos particularmente flagrantes; aunque también rei­
teraba y ratificaba la premisa básica que, al parecer, tanto habia

• Jefes de cada grupo de diez vecinos. (N. del T.)


** Literalmente, en hebreo, “el dia del Señor” , en que no se puede trabajar,
sino que debe dedicarse integramente a Dios.íM del T.).
240 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

turbado a Tocqueville: era verdad que los funcionarios locales te­


nían todavía la obligación de “vigilar la moralidad (...) de los habi­
tantes” 13.
Asi era el verdadero control local, que él aplaudía como alter­
nativa de la centralización administrativa y como barrera impor­
tante contra la tiranía de la mayoría, que en realidad facilitaba
también la opresión de los individuos y minorías por las mayorías
locales. Tocqueville había arribado a una paradoja democrática
fundamental. Insistía en que un Gobierno local vigoroso era un
contrapeso necesario contra la tendencia democrática a la centra­
lización, pero era la mayoría local la que, en potencia, podía ser la
más opresora. Después de todo, la localidad era el corazón mismo
del poder físico, moral y psicológico de la mayoría. La homoge­
neidad normal y la falta de vida privada que caracterizaban a la
villa, hacian mucho más difícil y peligroso el querer ser diferentes
en ella. Y cuanto más independiente fuera la localidad, menos se­
rían las restricciones posibles de la voluntad de la mayoría local.
El florecimiento del “espíritu de localidad” significaba que un ca­
mino hacia el despotismo —por la centralización administrativa—
se cerraba, pero que otro —por la tiranía de la mayoría local—es­
taba abierto de par en par. Sin embargo, Tocqueville nunca llegó
a ver este dilema básico de la libertad local, que él mismo habia
planteado.'4
Durante el año 1841, en cartas escritas como críticas de La de­
mocracia, Jared Sparks aisló por dos veces los rasgos distintivos
del análisis de Tocqueville y planteó las que luego serían las obje­
ciones más corrientes. En una primera misiva decia que “en lo que
dice de la tiranía de la mayoría, creo que está totalmente equivo­
cado. (...) La teoría del señor De Tocqueville sólo puede ser cierta
alli donde la mayoría es un cuerpo incambiable y donde actúa so­
bre la minoría, diferenciada de ella” . Pocos meses más tarde, en
una segunda carta, añadía: “ Entiendo que se ha concedido dema­
siada confianza a las ideas de ‘tiranía de la mayoría’ del señor
De Tocqueville. A este respecto, su imaginación le aleja mucho del
buen camino. En la práctica no percibimos las consecuencias que
él supone. Si la mayoría fuera grande y estuviera siempre formada
por los mismos individuos, sería posible tal cosa; pero entre noso­
tros, como en todos los regímenes libres, (...) un hombre que en
determinado momento está en una mayoría, bien puede encon­
trarse en la minoría pocos meses más tarde. ¿Qué poder de per­
suasión puede tener una mayoría asi constituida para ser opreso­
LA TIRANIA DE LA MAYORIA: ALGUNAS PARADOJAS 241

ra? Además, el señor De Tocqueville confunde a menudo la mayo­


ría con la opinión pública” 18.
Si la teoría de Tocqueville de la tiranía de la mayoría es una de
sus ideas más famosas, también es una de las más controvertidas.
Después de Sparks, otros convinieron también en que su concepto
de la mayoría era demasiado abstracto y demasiado rígido, y en
que, por ello, no se adecuaba al sistema político norteamericano,
de compromisos, coaliciones cambiantes y poderes contrabalan­
ceados. Algunos han objetado también que lo que él llama “ma­
yoría” es, en realidad, “ opinión pública” , que gobierna todas las
sociedades, democráticas o no. Un comentarista ha llegado a ar­
güir que la “mayoría” de Tocqueville ni siquiera existe y que su te­
mor del despotismo mayorítarío era pura fantasía19.
Pero, por lo menos en un caso importante, el análisis de Toc­
queville define brillantemente la realidad norteamericana. Había
advertido, en varios Estados de la Unión, el carácter de ciudada­
nos de segunda clase que tenian los negros manumisos. Especial­
mente en los Estados que habían abolido la esclavitud, el prejuicio
y la injusticia eran dos enormes cargas para la población negra20.
En Massachusetts, por ejemplo, “es tan fuerte el prejuicio contra
ellos, que no admiten a sus hijos en las escuelas”21. Y la mayoría
blanca de Maryland, según había averiguado, restríngia abrupta­
mente los derechos políticos de los negros libres y había creado
códigos legales especiales para supervisar su comportamiento. El
señor Latrobe, de Baltimore, llegó a confesarle que “mucho temía
que la próxima legislatura pudiera aprobar leyes injustas y opre­
soras contra los negros; la gente quiere hacerles intolerable el vivir
en Maryland”22.
También en Ohio, admitía el señor Walker: “Tratamos de desa­
lentarles [a los negros manumisos] de todas las maneras posibles.
No sólo hemos hecho leyes que permiten expulsarlos a voluntad,
sino que les estorbamos de mil maneras. El negro no tiene dere­
chos políticos; no puede formar parte de un jurado; no puede ser
testigo contra un blanco. Esta última ley lleva a veces a injusticias
repugnantes”22. Aparentemente, en muchos Estados, la mayoría
blanca ejercia su poder (y, por tanto, abusaba de él) para legitimar
sus prejuicios.
La democracia de 1835 resume esas injusticias y llega a esta
conclusión:
“ El prejuicio de raza me parece más fuerte en los Estados que
han abolido la esclavitud que en aquellos donde la esclavitud sub­
242 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

siste aún, y en ninguna parte se muestra más intolerable que en los


Estados donde la servidumbre ha sido siempre desconocida.
”Es verdad que en el norte de la Unión la ley permite a los ne­
gros y a los blancos contraer alianzas legitimas; pero la opinión
declara infame al blanco que se une a una negra, y seria muy difí­
cil citar el ejemplo de un hecho semejante.
”En casi todos los Estados donde la esclavitud se ha abolido, se
le han dado al negro derechos electorales; pero, si se presenta pa­
ra votar, corre el riesgo de perder la vida. Oprimido, puede quejar­
se; pero no encuentra sino blancos entre sus jueces. La ley, sin
embargo, le abre el banco de los jurados, pero el prejuicio lo re­
chaza de él. Su hijo es excluido de la escuela donde va a instruirse
el descendiente de los europeos. En los teatros no podría, a precio
de oro, comprar el derecho de sentarse al lado de quien fue su
amo; en los hospitales, yace aparte. Se permite al negro implorar
al mismo Dios que los blancos, pero no rezarle en el mismo altar.
Tiene sus sacerdotes y sus templos. No se le cierran las puertas
del cielo; pero apenas se detiene la desigualdad al borde del otro
mundo. Cuando el negro no existe ya, se echan sus huesos aparte,
y la diferencia de condiciones se encuentra hasta en la igualdad de
la muerte.
"Asi, el negro es libre, pero no puede compartir ni los derechos,
ni los placeres, ni el trabajo, ni los dolores, ni aún la tumba de
aquel de quien ha sido declarado igual. No podría reunirse con ¿1.
ni en la vida ni en la muerte”14.
Todavía más ilustrativo de los abusos a que invitaba la Índole
permanente de la mayoría blanca en Norteamérica es un pasaje
de Marie:
“ En una sociedad en la que todos padecen miserias iguales, cre­
ce un sentimiento generalizado que impulsa a la rebelión, y algu­
nas veces nace la libertad de la opresión excesiva.
"Pero en un país donde sólo está oprimida una fracción de la
sociedad, mientras el resto goza de bastante comodidad, la mayo­
ría se las arregla para vivir a gusto a expensas de los menos; todo
está en orden y bien regimentado: bienestar por un lado y sufri­
mientos abyectos por el otro. Los infortunados pueden quejarse,
pero no se les teme, y la enfermedad, por repugnante que sea, no
se cura, porque sólo avanza en profundidad y no se difunde.
"La miseria del pueblo negro oprimido de la sociedad norte­
americana no puede compararse con la de las clases infortunadas
de otros pueblos. Por todas partes existe hostilidad entre los ricos
LA TIRANIA DE LA MAYORIA: ALGUNAS PARADOJAS 243

y el proletariado; sin embargo, ambas clases no están separadas


por ninguna barrera insalvable: el pobre puede enriquecerse y el
rico empobrecerse; ello basta para mitigar la opresión del uno so­
bre el otro. Pero cuando el norteamericano aplasta al negro con
tanto desprecio, sabe que nunca deberá temer el tener que sopor­
tar la experiencia del destino reservado al negro”25.
En una sociedad en la que todos los instrumentos del poder
opinión pública, legislatura, ejecutivo, policía y milicia, jurado, e in­
cluso los jueces en algunos Estados—responden a las presiones de
una mayoría absolutista, ¿qué recursos le quedan a la minoría
oprimida? Tocqueville rechazaba la opinión corriente de que las
democracias perecerían por la debilidad y el desorden, y pensaba,
con Madison, que el verdadero peligro es la mala utilización del
poder concentrado. Mientras lucubraba acerca de la cuestión de
In omnipotencia de la mayoría, escribió en un borrador:
"Como todos los demás imperios, el imperio moral de la mayo­
ría se pierde por el abuso. La tirania de la mayoría invita a las mi­
norías a la fuerza física. De allí se pasa a la confusión, la anarquía
y el despotismo de uno solo. Las repúblicas norteamericanas, en
la actualidad, lejos de despertar d temor por la anarquía, despier­
tan sólo d temor por el despotismo de la mayoría; la anarquía so­
brevendrá solamente como consecuencia de esta tiranía. (...)
"En Norteamérica, el imperio de la mayoría no será derrocado
porque le falte fuerza, sino sensatez. El Gobierno está centraliza­
do de tal manera que la mayoría que gobierna es todopoderosa.
No carecerá de fuerza física, sino de fuerza moral”26.
Y en su obra de 1835 profetizaría:
“(...) no creo que la naturaleza de un poder democrático sea ca­
recer de fuerza y de recursos; creo, al contrarío, que es casi siem­
pre el abuso de sus fuerzas y el mal empleo de sus recursos los
que lo hacen perecer. (...)
"Si alguna vez la libertad se pierde en Norteamérica, será nece­
sario achacarlo a la omnipotencia de la mayoría, que habrá lleva­
do a las minorías a la desesperación, forzándolas a hacer un lla­
mamiento a la fuerza material. Se precipitará entonces la anar­
quía, pero llegará como consecuencia del despotismo”27.
Cinco años más tarde, su mensaje era todavía más claro y es­
pecifico:
“Si Norteamérica sufriese alguna vez grandes revoluciones, las
acarrearían los negros; es decir, que no sería la igualdad de condi­
ciones, sino, al contrario, la desigualdad la que las haría nacer”2*.
244 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

Sin embargo, en sus capítulos acerca del poder de la mayoría,


Tocqueville no llamó especialmente la atención hacia las divisio­
nes raciales en Norteamérica. No pareció siquiera reconocer que
la situación negro/blanco era un ejemplo especialmente pertinente
de la tiranía de la mayoría. Por el contrario, insistió repetidas ve­
ces en que los Estados Unidos tenían una suerte única, por care­
cer de graves conflictos de intereses o de divisiones enconadas e
irreductibles dentro de la sociedad29. ¿Por qué?
Puede que una vez más se hubiese inhibido de hacer una aplica­
ción elaborada de sus ideas a la cuestión racial, por no estar dis­
puesto a invadir la jurisdicción de Beaumont. Tomando en
cuenta, tanto la obra de Gustave como el evidente conocimiento
de Alexis de la mala situación de la minoría negra de Norteaméri­
ca, esta explicación es, por lo menos, una posibilidad.
Pero, como han indicado algunos lectores, un motivo más facti­
ble es que los pensamientos de Tocqueville durante la composi­
ción de la mayor parte de La democracia se centraran primordial­
mente en los norteamericanos blancos y, mucho más estrictamen­
te. en los que a menudo llamaba angloamericanos. ¿Pensaría so­
bre todo en las mayorías blancas y las minorías blancas cuando
sopesaba el peligro del despotismo mayoritario? De haber sido
asi, la estrechez de sus miras le costó uno de los mejores ejemplos
posibles de este concepto. La situación racial de Norteamérica ha­
bría servido de modelo de la relación mayoría/minoría que avizo­
raba cuando exponia acerca de la omnipotencia y posible tirania
de la mayoría.
En cualquier caso, en este aspecto había puesto el dedo en otro
de los dilemas de la democracia. Dado un Gobierno que verdade­
ramente reflejara la voluntad del pueblo, ¿cómo se protegería a
los particulares o las minorías de las medidas o instituciones que
legitimaran los errores y prejuicios populares? ¿Cuándo el pueblo
sancionaría algo que le impidiera llevar a la práctica sus peores
impulsos? ¿No eran un excelente ejemplo de este peligro las nue­
vas leyes contra los negros votadas en la Norteamérica de Jack-
son?
También cabe recordar que, mientras cavilaba sobre la “ mayo­
ría” y las posibles consecuencias de su poder, su atención se incli­
naba cada vez más hacia lo que consideraba como el rasgo más
preocupante de cualquier despotismo de los más: La represión,
engañosamente suave, pero altamente efectiva, de las ideas poco
comunes u originales. Una de las preocupaciones pertinentes de
LA TIRANIA DE LA MAYORIA: ALGUNAS PARADOJAS 245

La democracia era ]a libertad, en tiempos de igualdad, de que el


individuo o el pequeño grupo pudieran mantener y expresar opi­
niones nuevas o no compartidas por el mayor número30.
Pero, lo que es más importante, su definición de la mayoría re­
calcaba primordialmente la autoridad moral básica de dicha ma­
yoría, y él se centraba en el consenso fundamental, necesario para
cualquier sociedad. Su mayoría era, por tanto, unitaria y (relativa­
mente) permanente, y lo que temía más que cualquier opresión en
particular, fuera legal, política o administrativa (que pudiera per­
petrar alguna de las coaliciones temporarias a que aludia Madi-
son) era la tiranía, sumamente sutil y profunda, sobre las ideas,
los valores y las opiniones que los más lograran establecer. Esta
era, quizás, la razón de que Tocqueville no solamente dejara de
presentar la opresión racial en función de una tiranía mayorítaría,
sino también de que no llegara a escuchar o a aceptar el argumen­
to de Madison, de que el tamaño —merced a la diversidad—dismi­
nuyera las posibilidades de opresión por una mayoría.

Dos lecciones generales de la historia norteamericana son que la


mayoría, a veces, efectivamente abusa de su poder, especialmente
para oprimir a las minorías raciales y étnicas y para congelar las
opiniones disidentes, y que la tiranía mayorítaría se ha verificado
más frecuente y fácilmente en los niveles locales, estaduales o re­
gionales que en el federal. Sobre todo en el siglo XX, han sido, en
general, las ramas del Gobierno federal las que —oponiéndose a la
inercia local, estadual o regional— han tomado la iniciativa en la
adopción de medidas que contribuyeran a garantizar la justicia
social, los derechos de las minorías y las libertades civiles31. Asi,
pues, el grave abuso del poder por los más, especialmente en las
localidades y ios Estados, no era un invento de la imaginación de
Tocqueville. Tuvo la-bastante penetración como para prever el pe­
ligro de la tiranía de la mayoría y, a la vez, para darse cuenta de
que su opresión potencial era más amenazadora en los Estados.
Lo que no llegó a ver, o a admitir, fue la posibilidad de que la
descentralización administrativa, al liberar especialmente a las lo­
calidades de gran parte de las restricciones del Gobierno federal o
el del Estado, no sólo estimularía la experiencia política práctica y
el sentido de la responsabilidad cívica, sino que también pondría a
las ciudades y condados en manos de las mayorías locales. Cuan­
to más independiente fuera la localidad, menos frenos tendría la
mayoría para imponer sus valores y opiniones a través de las
246 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

agencias de Gobierno, o de ia presión pública, o del jurado, o in­


cluso de la violencia.
De suerte que las recomendaciones de Tocqueville para el auto­
gobierno local implicaban una de esas opciones difíciles, una de
esas cuestiones ambiguas, de delicado equilibrio, que en general
advertia tan rápidamente en la sociedad democrática. Su remedio,
paradójicamente, entorpecería el surgimiento del despotismo ad­
ministrativo, pero al mismo tiempo abriría más ampliamente las
puertas a la tirania de la mayoría, precisamente donde podia ser
más absoluta: en la localidad. En este caso, aparentemente, no
llegó a ver el dilema que se habia planteado a si mismo.
También experimentaba una extraña ambivalencia en relación
con los Estados. Si bien eran elementos esenciales del federalismo
norteamericano y de la descentralización administrativa (y, por lo
mismo, contenían todos los beneficios que en su mente adjudicaba
a esos rasgos estructurales), eran asimismo los peores villanos, en
sus reflexiones acerca del destino de la Unión. (Sus celos y su agre­
sividad inexorables para con el Gobierno central eran una de las
principales razones de Tocqueville para pronosticar, en última
instancia, la disolución de la Unión.) Pero, como hemos visto, su
actitud contradictoria iba aún más allá. Aunque a veces elogiara a
los Estados por su condición de valiosas barreras contra cualquier
desborde nacional de pasiones políticas destructivas, con mayor
frecuencia los condenaba por lo inadecuado de sus constituciones
y por las facilidades que concedían a los excesos democráticos de
todo tipo. La existencia de los Estados contribuía a aislar a la
Unión de muchos despotismos democráticos, pero, paradójica­
mente, La democracia de 1835 dice reiteradas veces que era en
ellos donde con mayor facilidad podían florecer tales tiranías.
Por último, como han observando varios críticos, Tocqueville
erraba al desarrollar su idea del despotismo de la mayoría, sobre
todo por no prever la posibilidad de opresión por alguna mino­
ría-'2. Una vez más, su concentración intensa, durante un tiempo,
en un solo concepto, le hacia perder de vista otra idea parejamen­
te significativa. Su convicción de que, “en Norteamérica, la tirania
sólo puede provenir de la mayoría”33, no dejaba lugar a la posibi­
lidad de dominación por algún pequeño grupo poseedor de privile­
gios sociales, intelectuales o económicos. En la Norteamérica del
siglo XX, por lo menos, las maquinaciones de unos pocos han si­
do frecuentemente una amenaza mayor para la libertad democrá­
tica que cualesquiera abusos del poder por la mayoría.
XVI. LA DEMOCRA TIE; ¿SERA EL HERALDO
DE UNA NUEVA EDAD OSCURA?

Particularmente después de 1835, la preocupación de Tocqueville


por la tiranía de la mayoría empezó a reflejar un interés cada vez
mayor por la libertad intelectual. Temia que uno de los resultados
probables de la igualdad en marcha fuera la presión de las masas
sobre los individuos para que éstos se conformaran a los más en
cuestiones de pensamientos y opinión. Otra consecuencia que te­
mía. relacionada con ésta, pero aún más grave, podía ser la supre­
sión lisa y llana de todo pensamiento innovador. Sin ideas nuevas
ni la libertad de expresarlas, ¿en qué quedaría el progreso cultu­
ral? Sólo la posibilidad de tan desastrosa evolución le suscitaba
algunas turbadoras interrogaciones sobre el futuro.
Al definir los resultados del Nuevo Despotismo, de la igualdad
sin libertad, era frecuente que escribiera que los hombres cayeran
“ por debajo del nivel de la humanidad” (au-dessous du niveau de
l'humanité) o en “la barbarie” (la barbariey. Pero desde una épo­
ca temprana de la composición de La democracia le preocupaba
ya, también, otro tipo de “barbarie” . En noviembre de 1831, tras
reflexionar durante varios meses sobre los efectos de la igualdad
que se extendía por toda Norteamérica, estampaba esta pregunta
en uno de sus cuadernos de viaje: “ ¿Por qué, a medida que se ex­
tiende la civilización, son cada vez menos los hombres destaca­
dos? ¿Por qué, cuando los logros son obra de todos, los grandes
talentos se hacen más raros? ¿Por qué, cuando ya no existen cla­
ses bajas, tampoco hay más clases altas? (...) Norteamérica plan­
tea claramente estas preguntas, pero, ¿quién podrá responder­
las?”2.
Tales dudas no eran desusadas. Es probable que Tocqueville
supiera, ya antes de viajar al Nuevo Mundo, que, en opinión de
muchos de sus contemporáneos, la democracia era incompatible
con la civilización3. Las cuestiones transcritas revelan que, ya en
noviembre de 1831, abrigaba excesivas sospechas de que la demo­
cracia pudiera ser el preludio de una era de estancamiento intelec­
tual y cultural.
Entre 1832 y 1835, en varios de sus borradores, reafloraron sus
247
248 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

temores acerca de la amenaza de la democracia para la civiliza­


ción. Por ejemplo, tituló una página: “Influencia de la democracia
sobre las costumbres y las ideas”, y debajo escribió: “Influencia
del progreso de la igualdad sobre la inteligencia humana. Desapa­
rición de las clases intelectuales, de los talentos teóricos; posible
retorno a la barbarie por este camino”4.
Su preocupación le llevaba al extremo de comparar el avance
irresistible de la democracia con las invasiones bárbaras del Impe­
rio Romano. “ ¿Qué nueva orden saldrá de los escombros de lo
que está cayendo? ¿Quién puede decirlo? Los hombres del si­
glo IV, testigos de las invasiones de los bárbaros, se entregaron, como
nosotros, a miles de conjeturas; pero ninguno tuvo la idea de pre­
ver la erección universal del sistema feudal, que, en toda Europa,
fue el resultado de aquella invasión”5. Siguiendo con su analogía,
continuaba: “ He hablado más arriba de los hombres que presen­
ciaron la ruina del Imperio Romano. Temamos que un sino pareci­
do nos aguarde6. Pero, esta vez, los bárbaros no vendrán de las
tierras heladas del Norte; surgirán del corazón de nuestros cam­
pos y en medio mismo de nuestras ciudades”7. Aunque los bárba­
ros del siglo XIX difirieran de sus predecesores del IV, también
amenazaban con sumir al Occidente en una nueva Edad Oscura.
En un párrafo inusitadamente emotivo, rogaba a sus compatrio­
tas: “ Salvémonos de otra invasión de los bárbaros. Los bárbaros
ya están a nuestras puertas y nosotros nos entretenemos con dis­
cursos. Están en torno de nosotros. (...) Eso es lo que hay que te­
mer”8.
Sin embargo, ninguno de estos fragmentos se publicaría
en 1835 y, por ello, la primera parte de La democracia, en gran me­
dida, no llega a revelar sus graves dudas acerca de la superviven­
cia de la cultura occidental frente al avance de la democracia.
Candorosamente admitiría que Norteamérica no poseia indivi­
duos dedicados a altas especulaciones intelectuales ni clases dis­
puestas a apoyar esas empresas9. Se limitaría a apuntar que el
enorme poder que ejercía en Norteamérica la opinión mayorita-
ria inhibía la libertad de pensamiento y, en particular, el ingenio li­
terario10, y hasta admitiría que la démocratie retrasaba el desarro­
llo de ciertas ramas del conocimiento. “ La democracia (...) daña,
pues, el progreso del arte de gobernar. (...) Esto, por lo demás, no
se refiere únicamente a la ciencia administrativa. El Gobierno de­
mocrático (...) supone, sin embargo, la existencia de una sociedad
muy civilizada y muy sabia” 11.
"DEMOCRAT1E": ¿HERALDO DE UNA NUEVA EDAD OSCURA 249

Pero el libro no contendría indicación alguna de que estas fallas


pudieran tener graves implicaciones para el futuro de la civiliza­
ción en su conjunto. Un comentario irónico del manuscrito de tra­
bajo llega a aducir que los europeos debían sentirse aliviados por
el hecho de que en Norteamérica no existieran intelectos privile­
giados: “Así, pues, en Norteamérica no nos topamos con ninguno
de esos grandes centros intelectuales que proyectan calor y luz al
mismo tiempo. No sé si, quizá, no debiéramos agradecérselo al
Cielo: Norteamérica ya carga un peso inmenso en los destinos del
mundo, y quizá sólo le falten grandes escritores para derrocar vio­
lentamente a todas las viejas sociedades de Europa'"':.
En 1835, subrayando la singularidad de la nación norteameri­
cana. encontraría también una manera de disculpar, en parte, las
deficiencias culturales de los Estados Unidos. Les recordaría a sus
lectores que los primeros colonos no habian sido salvajes ignoran­
tes. sino hombres inteligentes, con firmes cimientos en la cultura
europea y, de ser necesario, los hombres del Nuevo Mundo siem­
pre podrían adoptar ideas y técnicas procedentes del Viejo. Asi­
mismo, y esto es más importante, aunque la república norteameri­
cana careciese de hombres destacados en las artes y las ciencias,
la ciudadanía en su conjunto exhibia un nivel desusado de educa­
ción, experiencia e inteligencia13.
Asi. pues, en 1835, centrándose escrupulosamente en los Esta­
dos Unidos y en su situación única14, eludiría en gran parte la difí­
cil tarea de generalizar sobre los efectos de la démocratie en el
progreso cultural. No pudiendo mitigar sus temores, ni queriendo
dar apoyo innecesario a los enemigos de la democracia, optó, al
parecer, por ocultar temporalmente sus dudas.
Hay otra razón posible para explicar su silencio. Beaumont ya
habia dedidido incluir una extensa exposición sobre “literatura y
bellas artes” en su obra Marieli. Tal vez Tocqueville. aunque de­
seara presentar algunas observaciones aisladas acerca de la vida
intelectual y cultural de Norteamérica, no quisiera, en 1835. com­
petir con su amigo, presentando un análisis propio completamente
desarrollado. Una vez más, la obra de Beaumont podía haber in­
hibido a Tocqueville en la fijación de los alcances y dimensiones
de la primera parte de La democracia.

Entre 1835 y 1840, mientras elaboraba la segunda mitad de la


obra, seguía cavilando acerca de los efectos probables de la démo­
cratie sobre la civilización. Una salida de sus aprietos podría ha­
250 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

ber sido la de desenterrar y presentar a sus lectores una floreciente


vida cultural norteamericana; la amenaza para la civilización ha­
bría sido considerablemente menos convincente si incluso la socie­
dad más democrática del mundo estimulaba las actividades artís­
ticas y literarias.
En realidad, una demostración semejante no habría sido par­
ticularmente difícil. Aun antes de terminar la década de 1830, algu­
nos comentaristas europeos habían presentado razonablemente el
vigor cultural norteamericano, basándose sobre todo o í las obras
de Washington Irving y especialmente en las de James Fenimore
Cooper16, escritores cuyos nombres y obras les eran familiares
tanto a Tocqueville como Beaumont17. Los avances acaecidos en
Nueva Inglaterra mientras esbozaba los dos últimos tomos de su
obra habrían fortalecido en gran medida su argumentación, si hu­
biese tenido suficiente conocimiento de dios11.
Pero era evidente que, como Beaumont, no se daba por satisfe­
cho con la mendón de Cooper, de Irving, de Channing ni de nin­
guna otra figura literaria19. Tales hombres eran una verdadera ex­
cepción en la sodedad norteamericana. En cambio, volvió a optar
por la combinadón de aceptar la pobreza en las artes y las letras,
con la afirmadón de que el caso de los Estados Unidos no proba­
ba nada, en términos generales, de los posibles efectos de la demo­
cracia sobre la cultura: “ La situación de los norteamericanos es,
pues, enteramente excepdonal”20.
Descartada Norteamérica por su condición de caso único, por
último se abocó a un examen más amplio de la influencia cultural
de la democracia. En una sociedad no ilustrada, diría, la démocra-
lie sería indudablemente una condena a la continuación del oscu­
rantismo. Un ensayo inédito, escrito durante la composición de
La democracia de 1840, explica las razones de esa conclusión:
“ La igualdad no les conviene a los pueblos bárbaros; les impide
ilustrarse y civilizarse. Idea para introducir tal vez en los capitulos
sobre la literatura o las dencias. (...J21.
”(...) Nunca he creído que la igualdad de condiciones convi­
niera a la infancia de las sodedades. Cuando los hombres,
además de incivilizados, son iguales entre sí, cada uno se siente
demasiado débil y limitado para buscar el conocimiento (lo lumié-
re) por su cuenta; y es casi imposible que, de común acuerdo, to­
dos se impongan al mismo tiempo la tarea de descubrirlo.
“Nada es más difícil que dar el primer paso para salir de la bar­
barie22. No dudo de que a un salvaje le exija más esfuerzo23 el des­
DEMOCRATIE": ¿HERALDO DE UNA NUEVA EDAD OSCURA? 251

cubrimiento del arte de escribir, que a un hombre civilizado el pe­


netrar en las leyes generales que rigen al mundo. Pero no es creí­
ble que los hombres imaginen la necesidad de semejante esfuerzo
si no se les muestra claramente, ni que se sometan a hacerlo sin
percibir de antemano los resultados.
”En una sociedad de bárbaros iguales entre si, la atención de
cada uno está en la misma medida absorbida por las necesidades
primarias y los intereses24 más gruesos de la vida, de manera que
la idea del progreso intelectual sólo muy difícilmente puede ocu-
rrirsele a alguno de ellos; y si por casualidad se diera el caso de
que apareciera, pronto quedaría como sofocada en medio de los
pensamientos casi instintivos que traen consigo las necesidades
corporales” insatisfechas. El salvaje carece de todo al mismo
tiempo: de la idea del estudio y de la posibilidad de entregarse a él.
”No creo que exista en la historia un solo ejemplo de pueblo de­
mocrático que se elevara, por sí mismo y paulatinamente, hasta el
conocimiento (la lumlére); y esto es fácil de entender. Hemos vis­
to que en las naciones en que reinan simultáneamente la igual­
dad26 y la barbarie es difícil que un individuo aislado desarrolle su
inteligencia27. Pero si, por circunstancias extraordinarias, lo hicie­
ra, la superioridad de su conocimiento2* le daría de pronto una
preponderancia tan grande sobre los que le rodearan29, que no
tardaría en desear prevalerse de sus nuevas ventajas, inclinando la
igualdad en su provecho.
”Si los pueblos30 siguen siendo democráticos, no se puede llevar
la civilización a su seno; y si por casualidad penetrara en ellos, de­
jarían de ser democráticos. Estoy persuadido de que la humani­
dad debe su ilustración (lumiéres) a casualidades semejantes y31
de que es bajo una aristocracia o bajo un principe en que los hom­
bres semisalvajes captan las diversas nociones que más tarde les
habrán de permitir vivir ilustrados, iguales y libres” 32.
Asi, pues, entre los semicivilizados, la démocratíe y la cultura
serian incompatibles; una sociedad compuesta de bárbaros podría
ser, bien democrática y perdurablemente ignorante, o aristocráti­
ca y progresivamente civilizada. Pero, ¿qué sucede con las nacio­
nes ya civilizadas? “Es muy necesario”, aconsejaba Tocqueville,
“guardarse de confundir a un pueblo democrático, ilustrado y li­
bre, con otro que sea ignorante y esté esclavizado”33. “Tomo a los
pueblos europeos tal como se presentan ante mis ojos, con sus an­
tiguas tradiciones, su ilustración adquirida, sus libertades”, escri­
bía en el manuscrito de La democracia de 1840, “y me pregunto
252 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

si, haciéndose democráticos, no corren el riesgo de volver a caer


en la barbarie”34. Aquí volvía a la cuestión fundamental.
En un primer esbozo del capitulo acerca de la aptitud de las na­
ciones para las artes y las ciencias aparece un "Ordre des idées"
provisional35. “Demostrar primero que siempre habrá, en nuestras
democracias, hombres que amen las ciencias, las letras y las artes.
Probado esto, me será fácil establecer que una democracia pro­
veerá a tales hombres de todo cuanto necesiten. Para saber qué
decir a este respecto, es necesario amalgamar los reproches que la
gente le hace a la democracia, cuando la acusa de extinguir la ilus­
tración”36.
Como primer paso, afirmaba que, en teoría, algunas cualidades
inherentes del ser humano inclinan a los hombres, en todas partes,
a los asuntos del espíritus. “ Está en la naturaleza misma del hom­
bre una predisposición natural y permanente que mueve su alma,
a pesar de los hábitos, de las leyes, de los usos (...) hacia la con­
templación de las cosas elevadas e intelectuales. Esta predisposi­
ción natural se encuentra tanto en las democracias como en otros
sitios”37. Llegaba incluso, en un borrador, a aducir que la démo-
cratie proporcionaba más que el estimulo habitual a los que desa­
rrollaban actividades de la mente y el espíritu. En las democra­
cias, la tendencia innata hacia las cosas más elevadas se fortalecía
“por una especie de reacción frente a lo material y lo ordinario
que abunda en esas sociedades”38.
Pero, tales impulsos intelectuales, ¿tendrían oportunidad de
fructificar? La clave estaba de nuevo en las instituciones libres.
En la “basura”, los borradores desechados de los tomos de 1840,
habia escrito: “La gran meta dei legislador en las democracias de­
be ser, por tanto, crear asuntos comunes que obliguen a los hom­
bres a ponerse en contacto entre si.
"Las leyes que producen estos resultados son útiles para todos
los pueblos; para los pueblos democráticos, son necesarias. En és­
tos, aumentan el bienestar de la sociedad, permiten que la socie­
dad sobreviva. Porque, ¿qué es la sociedad, para los seres pensan­
tes, sino la comunicación y el intercambio de las mentes y los co­
razones? (...)
”He dicho de las instituciones libres que disminuyen el egoís­
mo39, y lo que aquí cabe es demostrar que son necesarias para la
civilización en el seno de los pueblos democráticos. (...)
”(...)40 [la igualdad de condiciones] inclina a los hombres a no
"DEM0CRAT1E": ¿HERALDO DE UNA NUEVA EDAD OSCURA? 253

comunicarse entre sí. Cada uno, al estar obligado a cuidar de sus


asuntos, no tiene ni el ocio ni el gusto de salir a buscar, sin necesi­
dad, la compañía de sus conciudadanos ni de cambiar ideas con
ellos. (...)
”Si los hombres de las democracias se dejaran librados a sus
instintos, terminarían por ser casi completamente extraños unos
con otros, y se frenaría la circulación de ideas y sentimientos. (...)
”La circulación de ideas es a la civilización lo que la circulación
de la sangre es al cuerpo humano.
"Aquí, de ser posible, una semblanza impresionante”41.
Así, pues, la esperanza de las naciones democráticas residía en
cualesquiera instituciones libres (tales como las libertades y aso­
ciaciones locales) que unieran a los hombres en la resolución de
los negocios públicos42. Sólo entonces se discutirían las cuestio­
nes, se estimularían las ideas y se preservaría la vida intelectual.
Más aún: las energías que se agitarían en los pueblos democráti­
cos por tales actividades cívicas y políticas se derramarían inevi­
tablemente sobre las empresas intelectuales. "Dadle a un pueblo
democrático ilustración y libertad”, escribió en el manuscrito de
trabajo, "y no dudo de que le veréis dedicar al estudio de las cien­
cias, las letras y las artes la misma actividad febril que dedica a
todo lo demás”42.
Otro borrador revela que esta idea derivaba, particularmente,
del conocimiento de Tocqueville de la historia de los años siguien­
tes a la Revolución Francesa. En relación con los efectos de ese
acontecimiento, escribió: "Las mentes fuertemente agitadas y
puestas en movimiento por la política, después se canalizan impe­
tuosamente por otros derroteros. Las instituciones libres, siempre
en acción, producen algo parecido y sostenidamente. Despiertan
cierta agitación crónica en la mente humana, que la pone en movi­
miento para todas las cosas”44.
De suerte que en tiempos democráticos, y en los pueblos cultos,
habría hombres dotados de los intereses y capacidades intelectua­
les esenciales, activados por los impulsos y energías necesarios.
Tras alguna vacilación y una breve, pero interesante, investiga­
ción teórica, Tocqueville, teniendo presentes especialmente a las
naciones ilustradas de Europa, había llegado por fin a la conclu­
sión de que, presuponiendo la existencia de instituciones libres,
“la igualdad de condiciones me parece muy apropiada para preci­
pitar la marcha de la mente humana”45.
254 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

Pero la mayoría de estas reflexiones, más optimistas, aparecen en


diversos borradores, o “basura” , de los tomos de 1840. El texto
publicado sería notablemente más ambivalente. Especialmente en
el capitulo titulado “Por qué llegan a hacerse raras las grandes re­
voluciones”, que vuelve a considerar los efectos probables de la
igualdad sobre la innovación intelectual, sus conclusiones serían
mucho más tenebrosas. La igualdad de condiciones y otros pun­
tos de vísta similares, la preocupación y el ajetreo con las cosas
mundanas, la creencia en la igualdad intelectual, el aislamiento de
los individuos, el poder de la opinión pública y la autoridad de la
masa, diría entonces, se conjuntaban para desalentar los nuevos
descubrimientos e ideas4*.
“Cuanto más atentamente considero los efectos de la igualdad
sobre la inteligencia, más me persuado de que la anarquía intelec­
tual que presenciamos no es, como muchos suponen, el estado na­
tural de los pueblos democráticos. Creo que se debe considerar
más bien como un accidente peculiar de su juventud, y que no se
manifiesta sino en esa época pasajera (époque de passage) (...).
”Como los hombres de las democracias parecen siempre con­
movidos, inseguros, alterados, dispuestos a cambiar de voluntad y
de lugar, se imaginan algunos que van a abolir de repente sus le­
yes, a adoptar nuevas creencias y a tomar nuevas costumbres. No
se piensa que si la igualdad conduce a los hombres al cambio, les
sugiere gustos y les proporciona intereses que necesitan estabili­
dad para satisfacerse; los impele y al mismo tiempo los detiene;
los estimula y los atrae hacia la tierra, inflama sus deseos y limita
sus fuerzas.
”(...) no puedo menos de temer que los hombres lleguen a mirar
toda nueva teoría como un peligro, toda innovación como un tras­
torno, todo progreso social como el primer paso hacia una revolu­
ción y rehúsen enteramente moverse por miedo a que se les arras­
tre. (...)
”Se cree que las nuevas sociedades cambian diariamente de faz,
y yo temo que acaben por fijarse invariablemente en las mismas
leyes, preocupaciones y costumbres, de modo que el género hu­
mano se detenga y se limite; que el espíritu se encierre eternamen­
te en si mismo, sin producir ideas nuevas; que se consuma el hom­
bre en pequeños movimientos aislados y estériles, y que la huma­
nidad no adelante nada a pesar del continuo movimiento”41.
Este pasaje, además de su aroma de presagio y de una conclu­
sión mucho más pesimista que las anteriores, también es un ejem-
DEMOCRATIE": ¿HERALDO DE UNA NUEVA EDAD OSCURA? 255

pío de cómo usaba Tocqueville una herramienta mental que apa­


recería en varías ocasiones en las páginas de La democracia
de 1840: époque de transition (o de passage). Acudiendo repetidas
veces a este concepto, subrayaba su presunción de que la Francia
(y la Europa) de la década de 1830 se encontraba entre períodos
más estables, que los principios del siglo XIX eran en primer lu­
gar un estadio intermedio, una époque de transition, y por lo mis­
mo especialmente propensa a una amplia variedad de males, que
los que no piensan atribuyen, con demasiada frecuencia, a la dé-
mocratie en si. En estos dos últimos tomos, en cuanta oportuni­
dad se le presenta, recuerda a sus compatriotas que Francia, espe­
cialmente, se encontraba en medio de ese penoso proceso de ha­
cerse democrática (estaba entre dos mundos) y que ese incómodo
estado de fusión, más que de démocratie, era en gran medida res­
ponsable de la gravedad de las dificultades sociales, políticas y
morales de la nación. La idea de la époque de transition le permi­
tía, pues, no sólo explicar en parte las lamentables condiciones en
que se encontraba Francia, sino también quitar hierro a muchas
criticas desaprensivas de la tendencia a la igualdad, asi como
mantener sus esperanzas de un futuro mejor y más estable de ma­
durez democrática.

Asi, pues, en 1840 persistían sus dudas acerca de la manera exac­


ta como la démocratie afectaría al desarrollo intelectual. En cier­
tos pasajes parece avizorar la posibilidad de que, dadas unas ins­
tituciones libres en tiempos de igualdad, se produjera un floreci­
miento cultural único. En otros, seguia siendo pesimista y prede­
cía un estancamiento mental muy extendido. Pero, en cualquier
caso, por fin había hecho frente al dilema que se planteara años
antes. Aunque no descartara la posibilidad de efectos deletéreos
de la démocratie sobre el progreso cultural, su actitud de 1840 era
diferente de la que expresara en los borradores anteriores, más
emdtivos. Se habían esfumado sus intensos temores de un ascenso
de la barbarie y del inmediato colapso catastrófico de la civiliza­
ción. Después de una demora inicial —también causada, en parte,
por no ser intruso en predios ya delimitados por Beaumont—, el
repensar el problema habia terminado por convencerle de que
Europa, bajo la acometida de la igualdad en marcha, no tenia nece­
sariamente que padecer el mismo sino de Roma.
XVII. D E M O C R A T IE Y E G O lS M E

Sea señalando los cambios de actitud de Tocqueville respecto de


las causas físicas, o sus conceptos del despotismo, o la manera co­
mo entendía la tiranía de la mayoría, hemos dado repetidas veces
con lo que acaso sea la ñgura protagónica de La democracia: el
individuo independiente y moralmente responsable. Avizoraba
una tensión eterna entre el individuo y la sociedad en su conjunto
y le inquietaba especialmente averiguar de qué manera la démo-
cratie afectaría esa tensión. ¿Se podian preservar la dignidad, la
fuerza y la autoestima del individuo en tiempos democráticos? ¿O
triunfaría una psicología de insignificancia, indefensión y aisla­
miento? Para explorar esta importantísima cuestión, Tocqueville
emprendió un viaje por su cuenta. Ese viaje de exploración fue an­
terior en varios años a su viaje real al Nuevo Mundo, y se lanzó a
él, en principio, con los ojos puestos en Francia; pero, en Nor­
teamérica, hizo algunos descubrimientos claves.

En una reflexiva carta que envió a Charles StofTels alrededor de


un año antes de cruzar el Atlántico, adelantaba algunas ideas que
se convertirían en principios fundamentales para la composición
de La democracia en la década siguiente. En ella hacia una elabo­
rada distinción entre "un peuple demi-civilisé" y "1un peuple
complétement é c l a i r é y luego analizaba algunas de las conse­
cuencias de esos dos estadios de civilización. Tras presuponer la
existencia de una lucha básica entre lo que llamaba laforcé indivi-
duelle y la forcé publique, su proposición era que un Estado social
semicivilizado soportaba laforcé individuelle; en él, laforcé publi­
que “está mal organizada y la lucha entre ella y la fuerza indivi­
dual es, a menudo, desigual” 1.
En el seno de un pueblo civilizado, en cambio, Mel cuerpo social
ha provisto en todos los sentidos; el individuo padece el dolor del
nacimiento; en adelante, la sociedad lo toma de su nodriza, super­
visa su educación y le abre los caminos hacia la fortuna; le sostie-*

* “Un pueblo semicivilizado” y “un pueblo completamente esclarecido”. (N.


del T.).

256
"DEMOCRATIE" Y ÉGOÍSME" 257

ne en su marcha y ahuyenta los peligros que se ciernen sobre su


cabeza; avanza en paz bajo los ojos de esta segunda Providencia;
ese poder guardián que le protege durante su vida, llega incluso a
vigilar el reposo de sus cenizas: he ahi el destino del hombre civili­
zado. (...) El espíritu, adormecido por el largo reposo, ya no sabe
cómo despertar cuando la oportunidad se presenta; la energia in­
dividual (Vénergie individuóle) está semiagotada; las personas
confían unas en otras cuando es necesaria la actuación; por el
contrario, en todas las demás circunstancias, cada uno se retira
dentro de si mismo: es el reino del egoísmo (égoisme)”1. Pero no
dejaría de afirmar, más esperanzadoramente, que en las socieda­
des altamente civilizadas, el interés general (l’intérét général)
está mejor comprendido ( mieux entendu)3.
Varias de las ideas contenidas en esta carta de 1830 reaparece­
rían repetidas veces en las notas de viaje de Norteamérica, asi co­
mo en los muchos borradores, en el manuscrito de trabajo y en el
texto definitivo de La democracia. Incluso algunas claves termi­
nológicas de la misiva aflorarían de nuevo en los tomos de 1833
y 1840. Pero los más importantes, destinados a ser los temas básicos
de su obra, eran la noción subyacente de tensión entre cada in­
dividuo y la sociedad en su conjunto, sus preocupaciones de que
la dignidad y vitalidad del individuo pudieran conservarse frente a
una forcé publique cada vez más poderosa, y su idea de que la
forcé individuelle, que admiraba, cediera el paso al égoisme, que
deploraba.
Aunque ya en 1830 pensaba en los grandes acontecimientos
sociales, sus meditaciones se enfocaban a la sazón en el ascenso
de la “civilización” y lo que dio prometía para la humanidad. Sus
reflexiones parecían trasuntar sobre todo su reciente asistencia a
las conferencias de Frangois Guizot sobre “La historia de la civili­
zación en Francia” y su posterior lectura. La fascinación por una
fuerza distinta del mundo moderno, la démocratie, no llegaría has­
ta después de su “descubrimiento” de Norteamérica.

En sus primeras semanas de estancia en el Nuevo Mundo, Toc-


queville trató de conciliar los rasgos que había observado en la re­
pública norteamericana con algunas ideas previas, tomadas de
Montesquieu. 0 teórico del siglo XVIII había proclamado que
cada forma de Gobierno —monarquía, república (aristocrática o
democrática) y despotismo—se basaba en algún principio funda­
mental. Para las repúblicas, ese principio era la virtud (la vertu), a
258 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

la que el filósofo definía como “la renuncia a sí mismo'*. Ai res­


pecto, escribió: “Esta virtud puede definirse asi: amor por las le­
yes y amor por la patria. Este amor, que exige preferir constante­
mente el interés público al propio, produce todas las virtudes pri­
vadas; no son otra cosa que esa preferencia. (...) Todo depende,
pues, de establecer este amor en la república”4.
Pero este principio de abnegación no parecía cuadrar en la re­
pública norteamericana, de suerte que pronto se vio Tocqueville
calificando la argumentación de Montesquieu. “ El principio de las
repúblicas de la antigüedad era el de sacrificar los intereses par­
ticulares en aras del bien común. En ese sentido puede decirse que
eran virtuosas. El principio de esta otra parece ser el de armonizar
el interés particular con los intereses generales. Una especie de
egoismo refinado e inteligente (égoisme raffiné et intelligent) pare­
ce ser el pivote en tomo del cual gira toda la maquinaria. Esta
gente no se preocupa por averiguar si la virtud pública es buena,
pero si creen demostrar que es útil. Si esto último es cierto, y creo
que lo es en parte, esta sociedad puede pasar por esclarecida, pero
no por virtuosa. Pero, ¿en qué medida se pueden hacer confluir
estos dos principios del bienestar particular y el bien público?”5.
En una carta para su amigo Chabrol resumió sus lucubracio­
nes: “ ¿Qué es lo que liga a esos distintos elementos? ¿Qué es lo
que hace de ellos un pueblo? E l interés: he aquí el secreto. El in­
terés individual que asoma a cada instante, el interés que, además,
se muestra abiertamente y se define a si mismo como una teoría
social. Estamos muy lejos de las antiguas repúblicas, hay que ad­
mitirlo, y sin embargo, este pueblo es republicano, y no dudo de
que lo siga siendo durante mucho tiempo. Y la República es, para
él, el mejor de los Gobiernos”6.
De suerte que alguna visión peculiar del interés particular, “una
especie de egoísmo refinado e inteligente (égoisme raffiné et inte­
lligent)" constituía el meollo de dicha sociedad. Los norteamerica­
nos participaban en los negocios públicos (practicaban la virtud
pública), no en pos de algún beneficio abstracto, sino porque
creian que esa actividad beneficiaba sus intereses en cuanto indivi­
duos. Sobre la presunción de una armonía entre los intereses par­
ticular y público, bien entendidos, habían edificado osadamente
una teoría social y establecido un principio novedoso para su re­
pública. Tocqueville estaba perplejo y casi convencido.
En Boston, varias personas le explicaron amablemente cómo
funcionaba ese égoisme intelligent norteamericano a través del
"DEMOCRATIE" Y "ÉGOÍSME" 259

autogobierno y las asociaciones locales7. Escuchó repetidas veces


hablar de la extendida práctica de la actividad social y política,
como también del alto nivel de experiencia y sabiduría prácticas
que se daban en los Estados Unidos. Ya el 20 de septiembre
de 1831 resumia: “Una de las consecuencias más felices de la ausen­
cia de Gobierno (...) es la maduración de la fuerza individual (for­
cé individuelle) que nunca deja de seguirse a ello. Cada uno
aprende a pensar y actuar por si mismo, sin contar con el apoyo
de ningún poder externo, que, por vigilante que sea, nunca puede
responder a todas las necesidades de los hombres en la sociedad.
El hombre acostumbrado asi a buscar su bienestar solamente por
su propio esfuerzo, tiene una elevada autoestima y la estima de los
demás, de suerte que, al par de fortalecerse, su alma se ensancha.
(...) Pero hay que volver a decirlo: existen muy pocos pueblos que
puedan arreglárselas de esa manera sin Gobierno. (...) Para que el
hombre civilizado pueda hacerlo, tiene que haber alcanzado el es­
tado de sociedad en que el conocimiento permite a cada uno ver
claramente lo que es bueno para él y cuáles de sus pasiones son
las que no le impiden realizarlo”8.
He aquí otra significativa enmienda de sus teorías de 1830. Co­
mo resultado de su experiencia de Norteamérica, ahora se daba
cuenta de que ni el égovsme (de cierto tipo) ni la civilización eran
necesariamente incompatibles con la forcé individuelle. Las perso
ñas civilizadas pueden desarrollar una comprensión muy fina de
los intereses particular y público que, en realidad, acrecentaría la
fuerza de los individuos. Estaba claro que el norteamericano, por
ejemplo, exigia y gozaba de un grado inusitadamente alto de inde­
pendencia y responsabilidad personales.
El papel que desempeñaba en la república del Nuevo Mundo el
autointerés educado llevó finalmente a Tocqueville a otra matiza-
ción de la premisa de Montesquieu: “Otra cosa que Norteamérica
demuestra es que la virtud no es, como se ha sostenido durante
mucho tiempo, lo único que puede mantener a las repúblicas, sino
que es la ilustración (les lumieres), más que cualquier otra cosa, lo
que hace fácil esta condición social. Los norteamericanos son
apenas más virtuosos que otros; pero están infinitamente mejor
ilustrados (hablo de las masas) que cualquier otro pueblo que yo
conozca; no sólo quiero decir con esto que hay más personas que
saben leer y escribir (un asunto al que quizás se le atribuya más
importancia de la debida), sino que el pueblo en su conjunto tiene
comprensión de los negocios públicos, conocimiento de las leyes y
260 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

de los precedentes, sentimiento de los intereses bien entendidos


(intéréts bien entendus) de la nación, y la facultad de comprender­
los es mayor que en cualquier otra parte del mundo”9.
Asi, pues, la inteligencia práctica permitía a los norteamerica­
nos sostener su particularísima teoría social. Lo que Tocqueville
habia llamado antes “una especie de egoísmo refinado e inteligen­
te” se convertía ahora en d interés particular “bien entendido” o
ilustrado (intérét bien entendu).

En el Oeste norteamericano solían exagerarse dertos rasgos co­


munes a toda la sociedad. Por ejemplo, la condesa de Tocqueville,
madre de Alexis, se enteró por una carta enviada desde Louisville,
Kentucky, de que en la cuenca del Mississippi se estaba formando
una sociedad doblemente nueva. “Es seguramente aquí donde se
debe llegar a juzgar la situadón más impar que sin duda haya
existido bajo el sol. Un pueblo carente absolutamente de prece­
dentes, tradidones, hábitos o siquiera de ideas predominantes,
apresurándose sin vacilaciones a dejar nuevas huellas en la legis­
lación civil, política y criminal, sin mirar alrededor para anali­
zar la sabiduría de otros pueblos ni la herenda del pasado, sino
abriendo sus institudones como abre sus caminos en medio de los
bosques en que acaban de asentarse y donde seguramente no en­
contrarán límites ni obstáculos; una sociedad que todavía no tiene
ni vínculos políticos ni vínculos de jerarquía social o religiosa;
donde cada individuo es él mismo (est soí) porque le place serlo
sin que le concierna su vecino; una democracia sin limites ni ata­
duras” 10.
Más específicamente, Tocqueville y Beaumont advirtieron que
el pionero de Michigan, más que los norteamericanos de otras
partes, parecía dedicarse demasiado exclusivamente a perseguir
el éxito material. “Concentrándose en el objetivo único de labrar
su fortuna, el emigrante ha terminado por crear un modo de vida
decididamente excepcional. Aun sus sentimientos para con su fa­
milia se han mezclado en un egoísmo más vasto, y no se puede
asegurar si no considera a su mujer y a sus hijos como algo más
que una parte separada de sí mismo” 11. La república del Nuevo
Mundo, especialmente en el Oeste, era una sociedad carente de
todos los limites sociales habituales. Cada uno se lanzaba por si
mismo a hacer fortuna y se veía obligado a no contar más que
con sus propios recursos. De alguna manera, cada uno estaba te­
rriblemente aislado y solo. Ahi estaba el lado más sombrío de la
"DEMOCRATIE“ Y "ÉGOISME” 261

independencia y energía individuales que antes definiera Tocque-


ville.
Asi que, para la época en que abandonó los Estados Unidos,
reconocía que la démocratie, con su erosión de los lazos tradicio­
nales. podía tener por lo menos dos resultados, pero contrarios.
Por un lado, el pueblo podia caer en un egoismo (égoisme) estre­
cho, ignorando deliberadamente todo interés que no fuera el pro­
pio y persiguiendo obsesivamente el destino personal. Seria lo
opuesto de la virtud de Montesquieu. Por el otro, el pueblo sufi­
cientemente esclarecido podría abarcar en su ángulo de visión el
interés particular y el común de manera que permitiera nutrir a
ambos. Entonces se dedicaría en la medida necesaria a ios intere­
ses particulares o a los públicos, sabiendo que entre los dos hay,
en última instancia, una armonía. El resultado de esto sería un
egoismo inteligente (égoisme intelligent), al que a veces llamaría
interés bien entendido (intérét bien entendu), es decir, esclarecido.
Tocqueville pensaba que en Norteamérica, pese a los excesos del
Oeste, se impondría la segunda alternativa.

Aun antes de empezar realmente a escribir La democracia, apare­


cen otras ideas e impresiones sobre la responsabilidad individual y
el égoisme, en un intercambio de correspondencia con Eugéne
StoíTels. En enero de 1833, Tocqueville se dirigía con tono admo­
nitorio a su íntimo amigo (y, por extensión, a sus compatriotas
que, por las razones que fueren, se sentían por encima o por fuera
de la política de Francia): “He empezado, mi querido amigo, a
sentirme francamente molesto contigo desde que recibí tu car­
ta. (...)
“Me hablas de lo que llamas ateísmo político y me preguntas si
lo comparto. Aqui es preciso que nos entendamos. ¿Estás asquea­
do sólo de los partidos, o también de las ideas que explotan? En el
primer caso, sabes que también ha sido siempre mi opinión, más o
menos. Pero, en el segundo, de ninguna manera soy ya tu hombre.
En los tiempos que copen existe una tendencia evidente a tratar
con indiferencia todas las ideas que puedan agitar a la sociedad,
sean verdaderas o falsas, nobles o innobles. Cada uno parece ave­
nirse a considerar al Gobierno de su pais sicut ínter alios acta.
Cada uno se concentra cada vez más en el interés particular. Sólo
los hombres que aspiran al poder para sí, y no la fuerza y la gloría
para su patria, pueden regocijarse a la vista de tales sintomas. Pa­
ra contar con una tranquilidad comprada a precio semejante, es
262 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

necesario no tener una gran visión de futuro. No es una calma sa­


ludable ni viril. Es una especie de torpor apoplético que, si durara
mucho tiempo, nos llevaría inevitablemente a grandes desgracias.
(...) Lucho con todas mis fuerzas contra esta sensatez bastarda
que, en nuestros dias, socava la energía de tantas almas bellas. No
trato de construir dos mundos: uno moral, donde todavía me exci­
te lo bello y bueno, y otro político, en el cual, para oler con mayor
comodidad el estiércol sobre el que caminamos, tenga que echar­
me de bruces” 12.
La retirada política de los legitimistas y de otros que considera­
ban que actuaban en función de altos principios morales turbaba
profundamente al joven aristócrata. Veia en Francia una desgra­
ciada tendencia de los individuos —especialmente los mejores—a
retirarse a la vida privada y dejar la palestra política a los egoístas
ambiciosos. La indiferencia en ascenso y la pérdida de energía le
hacían temer por el futuro. Por ello instaba a los hombres como
Eugéne a resistir a las tentaciones de la soledad apacible. Como
escribiría en sus tomos de 1835, esas aprensiones nunca se aleja­
rían de su pensamiento.

Cuando emprendió por fin la composición de su obra sobre Nor­


teamérica, esbozó brevemente las características de tres Estados
sociales básicos.
Sistema aristocrático y monárquico. Nuestros padres.
1. Amor al Rey.
2. Aristocracia.
3. Fuerza individual contra la tiranía.
4. Creencias, devoción al deber, virtudes no civilizadas, ins­
tintos.
5. La idea del deber.
6. Tranquilidad del pueblo, debida a que no ve nada mejor.
7. Inmovilidad monárquica.
8. Fuerza y grandeza del Estado, que se logra por los esfuer­
zos constantes de pocas personas.
Sistema democrático y republicano.
1. Respeto por la ley; idea de los derechos.
2. Buena voluntad que deriva de la igualdad de derechos.
3. Asociación.
4. Interés bien entendido; ilustración.
5. Amor por la libertad.
6. Conciencia de los propios beneficios.
7. Movimiento regulado y progresivo de la democracia.
"DEMOCRAT1E" V ÉGOISME" 263

8. [Fuerza y grandeza del Estado] por los esfuerzos simultá­


neos de todos.
Situación actual.
1. Miedo a la autoridad, a la que se desprecia.
2. Guerra entre pobres y ricos; el egoísmo individual sin la
fuerza (Végoisme individuel satis la forcé).
3. Debilidad igual, sin poder colectivo (sin el poder de asocia-
ción),J.
4. Prejuicios sin creencias; ignorancia sin virtudes; doctrina
del interés sin conocimiento (7a doctrine de Vintérét sans Science);
egoísmo imbécil (égotsme imbécile).
5. Gusto por el abuso de la libertad.
6. Gente que no tiene el coraje de cambiar; la pasión de los
hombres viejos14.

Este análisis, que se proponía destinar a la “Introducción” 15,


contiene las simientes de muchos de sus posteriores argumentos
acerca del égoísme. No sólo define la alarmante debilidad y aisla­
miento del individuo de entonces, sino que también revela sus de­
seos de pasar del égotsme individuel sans laforcé y de la doctrine
de Vintérét sans la Science (o égotsme imbécile) a la conjunción de
esfuerzos y Vintérét bien entendu (o égotsme intelligent).
Pero es sumamente curioso que este fragmento retrate el “Siste­
ma democrático y republicano” incorporando las características
más positivas que Tocqueville había observado en los Estados
Unidos. En este pasaje, el régimen del égotsme no es el Systéme
démocratique, sino el état actuel. Como indicaba la carta que en­
vió a Eugéne, lo que tenia en mente eran las condiciones contem­
poráneas de Francia. Y aqui también, implícitamente, está el con­
cepto de époque de transition.

La démocratie, o sea, el movimiento hacia la igualdad de condi­


ciones, diría en su'obra de 1835, rompió los lazos sociales más
tradicionales y, con ello, minó la existencia de los cuerpos inde­
pendientes, secundarios, de la sociedad16. A medida que los indivi­
duos se iban haciendo más similares, débiles y aislados, el poder
de la sociedad en su conjunto crecía fuerte e irresistible17. La forcé
individuel se encontraba cada vez más obstaculizada.
“ Pero en nuestros dias, en que todas las clases acaban confun­
diéndose, en que el individuo desaparece cada vez más entre la
multitud y se pierde fácilmente en medio de la oscuridad común;
hoy dia, que habiendo perdido casi su imperio el honor monárqui­
264 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

co sin ser reemplazado por la virtud, nada sostiene ya al hombre


por encima de si mismo, ¿quién puede decir dónde se detendrían
las exigencias del poder y las complacencias de la debilidad? (...)
"¿Qué fuerza les queda a las costumbres de un pueblo que ha
cambiado enteramente de aspecto y que continúa cambiando in­
cesantemente, en donde todos los actos de la tiranía tienen ya un
precedente, donde todos los crímenes pueden apoyarse con un
ejemplo, donde no se podría encontrar nada lo bastante antiguo
para que se temiera destruirlo, ni concebir nada tan nuevo que no
se intente emprenderlo?
"¿Qué resistencia ofrecen unas costumbres que se han doblega­
do tantas veces?
"¿Qué puede la misma opinión pública, cuando no existen ni
veinte personas" unidas por un vinculo común, cuando no se en­
cuentra ni un hombre, ni una familia, ni un cuerpo, ni una clase, ni
una asociación, que puedan representar y hacer actuar a esa opi­
nión; cuando cada ciudadano, siendo igualmente impotente, igual­
mente pobre, y estando igualmente aislado, no puede oponer sino
su debilidad a la fuerza organizada del Gobierno?"19.
En parte a causa de este sentido de indefensión, cada individuo
se retiraba cada vez más hacia si mismo, le resultaban indiferentes
sus prójimos y su patria, y se negaba a participar en ninguna acti­
vidad pública: “En ciertos paises, el habitante sólo acepta con una
especie de repugnancia los derechos políticos que la ley le conce­
de; parece que es como robar su tiempo ocuparle de los intereses
comunes, y se encierra en un estrecho egoismo cuyo límite exacto
lo forman cuatro hoyos rematados por un seto’’20. Un fragmento
de borrador advierte sobre las posibles consecuencias de esto:
“Todo, en las leyes e instituciones, asi como en las costumbres, fa­
vorece la preparación para la servidumbre, habiendo el egoísmo
reemplazado a la virtud’’21.
Basándose en las lecciones de Norteamérica, Tocqueville pres­
cribiría dos tareas básicas para aquellos a quienes preocupaba esa
perniciosa tendencia democrática hacia el égoísme. Primero, ha­
bía que esforzarse por combinar las energías de los ciudadanos
que, aislados, son impotentes: “(...) cuando los ciudadanos son to­
dos casi iguales, les resulta difícil defender su independencia con­
tra las agresiones del poder. No siendo ninguno de ellos lo bastan­
te fuerte para luchar solo con ventaja, no hay más que la combi­
nación de las fuerzas de todos que pueda garantizar la libertad’’22.
U niendo en empresas conjuntas a los que apartados están inde­
DEMOCRATIE" Y "ÉGOÍSME" 265
fensos, confiaba en replantear y alentar un sentido de fuerza e in­
dependencia individuales.
Segundo, se podia contrarrestar el egoismo estimulando la par­
ticipación individual en los negocios públicos de la nación. En tal
caso, a cada uno se le apartaría de sus problemas particulares y
paulatinamente se le ilustraría por medio de la experiencia política
práctica.
“(...) el medio más poderoso, y quizá el único que nos queda,
para interesar a los hombres en la suerte de su patria, es el de ha­
cerles participar en su Gobierno. En nuestros dias, el espiritu local
me parece inseparable del ejercicio de los derechos políticos; y
creo que desde ahora se verá aumentar o disminuir en Europa el
número de ciudadanos en proporción a la extensión de esos dere­
chos.
"¿De dónde viene que en los Estados Unidos, donde los habi­
tantes llegaron ayer al suelo que ocupan, sin haber llevado ni usos
ni recuerdos, donde se encuentran por primera vez sin conocerse,
donde, por decirlo asi, el instinto de patria puede apenas existir:
de dónde viene que cada uno se interese en los asuntos de su co­
muna, de su cantón y del Estado como si fueran propios? Es que
cada uno, en su esfera, toma parte activa en el Gobierno de la so­
ciedad"23.
Uno de los borradores revela el razonamiento que estuvo por
detrás de este llamamiento a la participación:
“ Es porque oigo exponer los derechos de los Gobiernos por lo
que creo que debemos apresurarnos a dar derechos a los goberna­
dos. Es porque veo triunfar a la democracia por lo que deseo re­
gular a la democracia. La gente me dice que, puesto que la morali­
dad se ha relajado, nuevos derechos equivaldrían a nuevas armas:
que, puesto que los Gobiernos se han debilitado, nuevos derechos
significarían dar nuevas armas a sus enemigos; que la democracia
es ya demasiado fuerte en la sociedad como para introducirla más
profundamente en el Gobierno. A eso respondo que es porque veo
débil a la moralidad por lo que quiero ponerle la salvaguardia del
interés; es porque veo a los Gobiernos impotentes por lo que me
gustaría acostumbrar a los gobernados al hábito de respetarlos"24.
Al margen, anadia: “ Si la moralidad fuera lo bastante fuerte por si
misma, no consideraría yo tan importante apoyarse en la utilidad.
Si la idea de lo que es justo fuera más poderosa, no hablaría yo
tanto de la idea de la utilidad"23.
Para el logro de estas dos metas generales, los tomos de 1835
266 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

recomendarían varios remedios institucionales específicos, en par­


ticular, una vez más, la libertad de asociación y las libertades lo­
cales26. También endosaría el concepto del egoísmo ilustrado o
bien entendido como remedio contra el ágoísme11. Casi todos los
norteamericanos, escribiría en un fragmento, están dispuestos a
aceptar la noción de que “el autointerés ilustrado es suficiente pa­
ra inducir a los hombres a hacer lo correcto”2*.
Volviendo al problema del principio republicano de la virtud, de
Montesquieu, y su relación con los Estados Unidos, Tocqueville
escribió un breve borrador de observaciones a) que tituló “De la
virtud en las repúblicas”, en el cual también subrayaba la suma
importancia del autointerés ilustrado.
“Los norteamericanos no son un pueblo virtuoso y, sin embar­
go, son libres. Esto no desmiente de ninguna manera que la virtud,
como pensaba Montesquieu, sea esencial para la existencia de las
repúblicas. No hay que tomar la idea de Montesquieu en un senti­
do estrecho. Lo que el gran hombre quería decir es que las repú­
blicas sólo pueden sobrevivir por la acción de la sociedad sobre si
misma. Lo que llamamos virtud es d poder moral que cada indivi­
duo ejerce sobre si y que le impide violar los derechos de los
demás. Cuando esta victoria del hombre contra la tentación se de­
be a la debilidad de la tentación o a un cálculo de interés personal,
no constituye virtud para los ojos del moralista; pero cabe dentro
de la idea de Montesquieu, quien se refería más a los resultados
que a sus causas. En Norteamérica no es la virtud lo que es gran­
de, sino que la tentación es pequeña, lo que viene a ser lo mismo.
No es que el desinterés sea grande, sino que el interés está bien en­
tendido (bien entendu), lo cual, también viene a ser lo mismo. Asi
que Montesquieu tenia razón, aunque hablara de la virtud clásica,
y lo que decia de los griegos y romanos sigue siendo aplicable a
los norteamericanos”29.
Los norteamericanos practicaban una clase de virtud especial,
calculada. El autointerés ilustrado, aunque menos estrictamente
“ moral”, servia, sin embargo, con eficiencia para contrarrestar la
perniciosa tendencia democrática al égoísme.

Las tensiones entre egoismo y responsabilidad, y entre individuo y


sociedad en su conjunto, influyen profundamente en el nivel y el
tipo de ciudadanía que caracteriza a cada nación. En un bosquejo
de ideas para el apartado titulado “El espiritu público en los Esta­
dos Unidos”30, definía la existencia del “sentimiento que apega a
"DEMOCRATIE" y "ÉGOÍSME" 267

los hombres a su patria” en los tres estadios distintos de sociedad.


En la primera fase se ve “el amor instintivo por la patria. Costum­
bres. usos, recuerdos. La religión no es la pasión principal, pero da
vigor a todas las pasiones. La patria en la persona del rey”. Luego
venia “la época intermedia. Egoismo sin ilustración (lumiéres).
Los hombres ya no tienen prejuicios; todavia no tienen creen­
cias”31. Durante este periodo desaparecen las virtudes cívicas; el
individuo, carente del esprit de cité, es “un habitante pacifico, un
granjero honrado, un buen jefe de familia”. Tocqueville se decla­
raba “dispuesto a cualquier cosa, con tal de que nadie me obligue
a calificarle de ‘ciudadano’ ”32.
Durante ese tiempo, el pueblo se entrega a “la moderación sin
virtud ni coraje; a la moderación que procede de la debilidad del
corazón y no de la virtud; del cansancio, del miedo, del egoismo.
Tranquilidad que no se debe al estar bien, sino al carecer del cora­
je y la energía necesarios para buscar algo mejor”. Puede even­
tualmente convertirse en “una masa suspendida en medio de las
cosas, inerte, egoísta, sin energía, sin patriotismo, sensual, sibaríti­
ca, que sólo tiene instintos, que vive al dia, en la que cada uno es
juguete de todos los demás”33.
Este estado intermedio es reemplazado por la tercera época ca­
racterizada por “ un amor activo y esclarecido [por la patria]. (...)
quizá más reservado, más duradero, más fértil. Egoismo esclareci­
do”34. Durante este estadio, que ya existía en Norteamérica, los
hombres aprenden a “interesarse tanto en la prosperidad pública
como en la de sus familias; aplican al patriotismo toda la energía
del egoísmo individual”35. Entonces surgen ciudadanos donde an­
tes sólo había habitantes. “ Para que la democracia impere”, recal­
caba en otro borrador, “se precisan ciudadanos que se interesen
en los negocios públicos, que tengan la capacidad de comprome­
terse y que deseen hacerlo. Punto capital al que hay que volver
siempre”36.

Durante la composición de La democracia, Tocqueville buscaba


una y otra vez los modos de evitar la tendencia de la democracia a
minar la forcé individuelle y a nutrir un egoísmo ciego y destructi­
vo. Dado que la “virtud” de los antiguos parecía haberse perdido,
tenia la esperanza de descubrir nuevos modos de interesar a los
hombres por los negocios públicos y de crear individuos autocon-
fiados y autodependientes. Su periplo por Norteamérica le enseñó
a plantear el problema en función del paso del égoisme imbécile al
268 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

égoi'sme intelligent, o, más ampliamente, del égo&me al intérét


bien entendu.
Lo que finalmente llamara égoüme en los dos primeros tomos
de La democracia parecía tener dos facetas distintas: primero, la
impotencia y aislamiento cada vez mayores de los individuos; se­
gundo. el apartamiento de la vida pública y la celeridad por con­
centrarse en los negocios particulares. De suerte que égoísme sig­
nificaba, a la vez, egoismo y debilidad; quizá la frase égpi'sme in-
dividuel sans la forcé sea la que mejor expresa lo que entendía en
1835 por égoi'sme democrático. Pero en 1840 le daría otro nom­
bre a este fenómeno: individualisme.
XVIII. DEL EGOÍSM E AL INDIVIDUAL1SM E

La voz individualisme apareció por primera vez a principios de la


década de 1820, en los escritos de Joseph de Maistre y otros pen­
sadores franceses; a partir de 1825, se la encuentra con bastante
profusión en las obras de los seguidores de Saint-Simon1. Rene
Rémond ha señalado incluso que, de 1833 a 1835, algunos perio­
distas aplicaban el concepto de “individualismo” específicamente
a la república norteamericana2. Asi que el término no era, estricta­
mente hablando, una de esas palabras nuevas para definir cosas
nuevas, para las cuales Tocqueville lanzara un llamado tan elo­
cuente. Pero su uso seguia siendo relativamente raro incluso
en 1840, al punto de dar lugar a este comentario de La democracia:
“Individualismo es una expresión reciente que ha creado una idea
nueva; nuestros padres no conocían sino el egoísmo”3.
La traducción de Henry Reeve de La democracia de 1840
marcó la primera aparición del vocablo en idioma inglés. El tra­
ductor se vio obligado a incluir una nota personal, para explicar
que no podia poner un equivalente inglés conocido, y pidiendo
perdón por el neologismo. El libro de Tocqueville, junto con los de
Michel Chevalier y Friedrich List, también introdujeron la pala­
bra en Norteamérica4.
Curiosamente, en los Estados Unidos (y en menor grado en In­
glaterra), el término llegaría a tener una connotación altamente
positiva, en contra del uso típicamente despectivo que hacían Toc­
queville y la mayoría de los demás autores franceses. Para los
norteamericanos, y. especialmente a medida que avanzaba el si­
glo XIX, la palabra evocaría imágenes de libertades políticas y
económicas muy amplias. Las observaciones de Tocqueville, en
sus diarios, de la autodependencia y la independencia y responsa­
bilidad individuales, parecen haber captado algo de lo que más
tarde entenderían los norteamericanos por "individualismo. Pero,
para Tocqueville, el significado del término, congruentemente, se­
ría bastante distinto.
En 1840, Tocqueville empezaría su explicación tratando de dis­
tinguir cuidadosamente entre égovsme e individualisme:
“ El egoísmo es el amor apasionado y exagerado de si mismo,
269
270 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

que conduce al hombre a no referir nada sino a él solo y a prefe­


rirse a todo.
”E1 individualismo es un sentimiento pacífico y reflexivo que
predispone a cada ciudadano a separarse de la masa de sus seme­
jantes, a retirarse a un paraje aislado, con su familia y sus amigos;
de suerte que después de haberse creado así una pequeña sociedad
a su modo, abandona con gusto la grande.
”E1 egoísmo nace de un ciego instinto; el individualismo proce­
de de un juicio erróneo, más bien que de un sentimiento deprava­
do, y tiene su origen tanto en los defectos del espíritu como en los
vicios del corazón.
”E1 egoísmo deseca el germen de todas las virtudes; el indivi­
dualismo no agota, desde luego, sino la fuente de las virtudes pú­
blicas; mas, a la larga, ataca y destruye todas las otras y va, en
fin, a absorberse en el egoísmo.
”E1 egoísmo es un vicio que existe desde que hay mundo, y per­
tenece indistintamente a cualquier forma de sociedad.
"El individualismo es de origen democrático, y amenaza desa­
rrollarse a medida que las condiciones se igualan”6.
Son elementos claves de estas definiciones la índole pacifica y
reflexiva del individualismo y la insistencia de Tocqueville en que,
pese a su prudencia aparente, el individualismo procede de unos
juicios miopes y erróneos. También recalcaba que el individualis­
mo era algo nuevo, resultado del avance de la démocratie, y que, a
diferencia del égo'úme, que fija la atención en el “yo” solitario,
aquél estimulaba la creación de una sociedad estrecha y sacrosan­
ta de familia y amigos que después se convertía en la única preo­
cupación de cada uno.
Dos cartas entre Tocqueville y Royer-Collard arrojan más luz
sobre algunos de los rasgos de esta explicación. En el verano
de 1838, Alexis y Marie llegaron a Normandia, donde él aspiraba a
encontrar soledad y quietud para escribir, y ella planeaba supervi­
sar unas restauraciones sumamente necesarias del viejo cháteau.
Pero muy pronto, las quejas de Tocqueville, de viva voz, contra el
ruido que hacían los obreros y las incesantes interrupciones que le
imponían las visitas a los dignatarios locales, le demostraron que
había errado en sus cálculos. En medio de estos inconvenientes,
no pudo dejar de reflejar la naturaleza de aquellos visitantes pro­
vincianos. “ De nuevo he encontrado aquí mucha buena voluntad
y atenciones sin cuento. Estoy apegado a esta población, sin, al
mismo tiempo, ocultar sus defectos, que son grandes. Esta gente
DEL "EGOISME" AL “INDIVIDUALISME" 271

es honrada, inteligente, bastante religiosa, pasablemente moral,


muy firme; pero apenas tienen desinterés. Bien es cierto que el
egoismo de esta región no se parece al de París, tan violento y a
menudo tan cruel. Se trata de un amor tibio, calmo y tenaz por los
intereses particulares que, poquito a poco, va absorbiendo todos
los demás sentimientos del corazón y reseca casi todas las fuentes
de entusiasmos. A este egoismo añaden algunas virtudes privadas
y cualidades domésticas que, en su conjunto, forman hombres
respetables y malos ciudadanos. Igual les perdonaría el no ser de­
sinteresados, si alguna vez desearan creer en el desinterés. Pero no
es asi. y ello, en medio de todas sus señales de buena voluntad, me
hace sentir oprimido. Lamentablemente, sólo el tiempo puede
ayudarme a escapar de una opresión de esta clase, y yo no soy
paciente” 7.
En la respuesta, el antiguo doctrinario le recordaba a Tocquevi-
lle que lo que habia visto no era nada exclusivo de Normandia.
“A usted le irrita la comarca en que vive; pero sus normandos son
Francia, son el mundo; ese egoismo prudente e inteligente es el de
la gente honrada de nuestro tiempo, rasgo por rasgo”8.
Ese “ amor tibio, calmo y tenaz por los intereses particulares”
que contribuía a formar "hombres respetables y malos ciudada­
nos”, ese égoisme de 1838, se acercaba mucho a su posterior defi­
nición del individualisme. De suerte que, además de que las impli­
caciones de la buena burguesía de La Manche ayudaran a modelar
su imagen del individualisme, estas dos cartas plantean una cues­
tión más significativa. La adopción, en 1840, del término indivi­
dualisme, ¿significaba verdaderamente que Tocqueville habia ido
más allá de su anterior idea del égo¡sme1 ¿O simplemente daba un
nombre nuevo a un concepto que ya habia definido repetidas ve­
ces?
No es sólo que, entre 1835 y 1840, hiciera muchas definiciones
similares, sino que la lista de 1840 de remedios posibles contra
el égoisme y el individualisme, en gran parte, es una repetición de
las prescripciones de 1835*. También es significativo el hecho de
que desperdigara liberal y, al parecer, indiscriminadamente ambos
términos a lo largo de todo el texto definitivo de 184010.
Sin embargo, a pesar de las grandes semejanzas y del uso habi­
tualmente inexacto que hacia Tocqueville de las palabras claves,
el individualisme de La democracia de 1840 difiere en varios pun­
tos importantes del égoisme de 1835 e incluso del de 1838. En la
segunda mitad de su obra, define extensamente otras dos causas
272 DEMOCRACIA, INDIVIDUO Y MASAS

del individuallsme, analiza nuevas facetas intelectuales del con­


cepto y, lo que es más importante, expone concienzudamente sus
eventuales consecuencias politicas.

Tocqueville habia reconocido mucho tiempo atrás que, en una so­


ciedad, el crecimiento de la démocratie y el desarrollo gradual de
las condiciones sociales democráticas favorecían la difusión del
egoísmo y un sentimiento de indefensión del individuo, pero
en 1840 también achacaría al esprit révoiutionnaire el ser una de las
fuerzas que más exacerbaban el individúateme11. En un resumen
de ideas esenciales sobre el égoísme, escribía:
“El egoísmo. Cómo la democracia tiende a desarrollar el egoís­
mo connatural al corazón humano. Cuando las condiciones se
igualan, cuando cada uno es más o menos autosuficiente y no está
obligado a dar ni a recibir de nadie, es natural que se encierre en si
mismo y que, para él, la sociedad termine donde termina su fa­
milia.
“Sólo la difusión de la ilustración puede enseñarle la utilidad in­
directa que puede obtener de la prosperidad de todos. En ésta, co­
mo en muchas otras cosas, las instituciones democráticas pueden
corregir en parte los males que trae consigo el Estado social de­
mocrático.
“Lo que hace egoístas a las naciones democráticas no es tanto
la gran cantidad de ciudadanos que contienen, sino la gran canti­
dad de ciudadanos que constantemente van llegando a la indepen­
dencia.
“ Esta es la idea principal.
“Sentimiento de independencia que, al principio, hace presa de
una multitud de individuos y los exalta. Esto significa que el egoís­
mo será más abierto y menos ilustrado entre la gente que empieza
a ser democrática que entre los que han sido democráticos duran­
te mucho tiempo.
“En fin de cuentas, no creo que haya más egoísmo en Francia
que en Norteamérica. La única diferencia es que en Norteamérica
está esclarecido, y en Francia no. Los norteamericanos saben sa­
crificar parte de sus intereses personales para salvar el resto. No­
sotros queremos conservarlo todo, y a menudo todo se nos es­
capa.
“Es peligroso que las condiciones se igualen más rápido de lo
que se difunde la ilustración. Aquí, tal vez, una transición hacia la
doctrina del autointerés ilustrado (intérét bien entendu)”n .
DEL 'ÉGOÍSME" AL "INDIV1DUAL1SME" 273

Este pasaje, que probablemente date de los primeros meses


de 1836, vuelve a subrayar el vinculo entre démocratie y égoisme, así
como la importancia del autointerés ilustrado. También repite la
definición de égoisme como un sentimiento de apartamiento indi­
vidual y de preocupación exclusiva por los intereses particulares,
y trata de explicar algunas diferencias notables entre Francia y
Norteamérica. Al parecer, Tocqueville pensaba que su país pade­
cía de un égoisme más virulento, porque sólo muy recientemente
había pasado por una revolución (o estaba todavía en medio de
ella), mientras que Norteamérica, nacida en la igualdad, no había
necesitado de un levantamiento tan abrupto13.
A medida que avanzaba en la redacción de su obra, más se da­
ba cuenta de que existía una diferencia importante entre los cam­
bios producidos por el avance de la démocratie y los efectos de
ciertas fuerzas revolucionarias que sentía todavía activas en Fran­
cia. “Idea para expresar probablemente en el prefacio. Todos los
pueblos democráticos que existen están más o menos en un estado
de revolución; pero el estado de revolución es una situación parti­
cular que produce ciertos efectos que no deben confundirse y que
son únicos de él. La dificultad estriba en discriminar, en los pue­
blos democráticos, lo que es revolucionario y lo que es democráti­
co”14.
En otro lugar, reflexionaba: “Idea para poner muy en primer
plano. Efectos de la democracia, y particularmente efectos perni­
ciosos, que se exageran en el periodo de revolución, en el cual se
establecen la condición social democrática, las costumbres y las
leyes. (...) La gran dificultad en el estudio de la democracia es la
de distinguir lo que es democrático de lo que es revolucionario.
Esto es muy difícil porque faltan ejemplos. No hay ningún pueblo
europeo en el que la democracia esté totalmente afianzada, y Nor­
teamérica está en una situación excepcional. El estado de la litera­
tura, en Francia, no es sólo democrático, sino revolucionario. La
moralidad pública, lo mismo. Las opiniones religiosas y políticas,
lo mismo” 15.
En la “basura” de la sección final de las consecuencias políticas
de la democracia16, intentaría otro planteo del problema y una de­
finición más completa.
“Separar cuidadosamente el espiritu democrático del espíritu
revolucionario. (...) Definición del espíritu revolucionario:
274 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

"Deseo de cambios rápidos; recurso a la violencia para produ­


cirlos.
"Espíritu tiránico.
"Desdén por las formas.
"Desdén por los derechos establecidos.
"Indiferencia ante los medios en consideración de los fines.
"Doctrina de lo útil (utile).
"Satisfacción de los apetitos brutales.
”EI espíritu revolucionario, que en todas partes es el peor ene­
migo de la libertad, lo es sobre todo en los pueblos democráticos,
porque hay un vinculo natural y secreto entre él y la democracia.
Puede que a veces una revolución sea justa y necesaria; puede es­
tablecer la libertad; pero el espíritu revolucionario es siempre de­
leznable y nunca puede conducir a otra cosa que no sea la tira­
nía”' \
Asi, pues, el espiritu, mentalidad o actitud revolucionarios son
responsables de algunos de los peores abusos que se cometen en
tiempos de avances democráticos". Fue la herencia revoluciona­
ria de Francia —más que la démocratie en si— lo que ayudaba a
explicar las graves dislocaciones y el surgimiento de los proble­
mas que tan claramente afrontaba esa nación a finales de la déca­
da de 1830. Varias veces, en La democracia de 1840, recurriría
Tocqueville a esta explicación de lo que, de otra manera, no ha­
bría sido más que una desconcertante paradoja. ¿A qué se debia
el que, aunque Norteamérica fuera la nación más cumplidamente
democrática, en Francia se asistiera mayormente a los fallos y ex­
cesos de la démocratie?
La segunda parte de la obra sostiene que Francia debiera tratar
de evitar algunos de los males de la démocratie haciéndose más
democrática. Había que armonizar la vida politica francesa con la
condición social cada vez más democrática de la nación: habia
que inyectar democracia en la politica. El individualisme, verbi­
gracia, podia mitigarse con las libertades locales y la libertad de
asociación. Pero los últimos tomos también recuerdan a menudo
a los lectores la índole reciente y hasta entonces incompleta de la
revolución democrática de Francia. Eso también contribuía a ex­
plicar la intensidad de los problemas franceses, sobre todo el indi­
vidualisme aparentemente epidémico*’.

En 1835, Tocqueville sólo habia dedicado unas pocas páginas al


deseo norteamericano de bienestar material. Pero en 1840 pon­
DEL "ÉGOISME” AL iNDIVIDUALISME" 275

dría mucho mayor énfasis en el gout du bien-itre y el amor por los


placeres materiales20. Un motivo de ello, además de su creciente
susceptibilidad personal por el materialismo del tiempo, sería
quizá una visión más aguda del vinculo que existe entre los deseos
materiales y el individúateme: ambos se alientan mutuamente. El
“gusto democrático por el bienestar material”, escribía en un bo­
rrador, “lleva a los hombres a dejarse absorber por la persecución
del placer”. El individúateme “hace que cada uno quiera ocupar­
se nada más que en si mismo”21.
En La democracia de 1840, exponía la preocupación por la co­
modidad material que existia en las sociedades democráticas, y
luego procedía a-explicar el desasosiego que unos apegos tan es­
trechos le provocaban:
“(...) No acusaré a la igualdad de que arrastre a los hombres
hacia los goces prohibidos, sino de que los absorbe enteramente
en busca de los permitidos.
”Asi, será difícil establecer en el mundo una especie de materia­
lismo que no corrompa las almas, pero que las ablande y conclu­
ya por destemplar todos sus resortes secretamente”22.
Lo que temia, en parte, era la fijación gradual de los hombres
en sus pequeños intereses materiales particulares y la consiguiente
falta de contribución de tiempo y energía a problemas públicos
ñiás amplios. Asi que el materialismo democrático también acele­
raba el individúateme democrático, y el resultado final bien podía
ser la pérdida de la libertad23.
Las definiciones formales que hacia Tocqueville del individúa­
tem e (en los manuscritos y en el texto definitivo) ponian general­
mente el acento en la retirada de los individuos hacía pequeños
cuidados particulares y su indiferencia para con los asuntos socia­
les más vastos. Pero en el largo tratamiento que hacia en 1840 del
materialismo democrático añadía (aunque sólo implícitamente)
otro elemento de su definición: la inexorable búsqueda de la co­
modidad física para si y para su familia. Esta lucha unilateral por
el bienestar apartaba los talentos y energías de los individuos de la
vida pública, con tanta eficacia como cualquier sentimiento de
aislamiento o de debilidad. El individúateme, pues, tenía dos ca­
ras: una pasiva, la indefensión y la retirada, y otra activa, la pa­
sión por la comodidad material.

En la ampliación del análisis del individúateme, La democracia


de 1840 no solamente descubre otras dos causas principales, el es-
276 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

piritu revolucionario y el materialismo, sino que también explora


ios posibles resultados intelectuales de aquella tendencia. En una
página sin fecha de la “basura” de 1840 observaba que “hay en el
individualismo dos clases de efectos que hay que distinguir para
poder tratarlos por separado. 1. Los efectos morales, los corazo­
nes que se aislan en si mismos; 2. Los efectos intelectuales, las
mentes que se aislan en si mismas”24. Y en un folio suelto metido
en el manuscrito original de trabajo, en el capitulo “Método fi­
losófico de los norteamericanos” , pasa revista al desarrollo de lo
que llama “indépendance individuelle de la pensée” (“independen­
cia individual del pensamiento”. N. del T . f s.
“En la Edad Media vimos que todas las opiniones tenían que
emanar de la autoridad; en aquellos tiempos la filosofía misma,
ese antagonista natural de la autoridad, tomaba la forma de auto­
ridad; se revestía con los caracteres de una religión. Después de
haber creado ciertas opiniones por la fuerza libre e individual de
algunas mentes, imponía esas opiniones sin discusión y compelía
a la misma fuerza que le habia dado vida.
”En el siglo XVIII llegamos al extremo opuesto, es decir, pre­
tendimos llevar todas las cosas sólo a la razón individual y echar
fuera totalmente a todas las creencias dogmáticas. Y asi como en
la Edad Media le dábamos a la filosofía la forma y el estilo de una
religión, en el siglo XVIII le dábamos a la religión la forma y el es­
tilo de una filosofía.
”En nuestro tiempo, el movimiento prosigue en las mentes de
segunda fila, pero las demás [¿saben?] y admiten que las creen­
cias recibidas y descubiertas, la autoridad y la libertad, el indivi­
dualismo y la fuerza social son todas necesarias y al mismo tiem­
po. Todo el secreto está en establecer los limites de esas parejas.
”Es en él donde debo poner toda mi mente”26.
En el margen, cuidadosamente (y afortunadamente) puso la fe­
cha: “24 de abril de 1837”.
He aquí el primer uso, con fecha, que hacia Tocqueville del vo­
cablo individualisme y que hasta ahora se haya descubierto entre
el enorme fárrago de borradores y manuscritos de La democra­
cia11. Pero lo que llama más la atención en este primer ejemplo fe­
chado es el uso relativamente favorable o, por lo menos, neutral
que hace de la palabra. Aqui, al parecer, ponía al individualisme
en el mismo grupo que la libertad y los descubrimientos intelec­
tuales, en tanto que opuestos a la autoridad y las creencias im­
puestas.
DEL "ÉGOISME" AL “ INDIVIDUALISME" 277

En La democracia de 1840 afirmaría que la tendencia al indivi-


dualisme hacía que los hombres, en tiempos de democracia, aban­
donaran a las autoridades intelectuales tradicionales para confiar
más en su propio raciocinio. Su simpatía básica por una cierta in­
dependencia mental es evidente, pero le preocuparía, primero, que
la autoconftanza mental llegara demasiado lejos, y segundo, que
los hombres encontraran con demasiada rapidez un sustituto peli­
groso de las autoridades de los antiguos: el juicio del público. De
esa manera, la independencia intelectual de los individuos podia
sucumbir ante los dictados de la masa21.
Quizá su relativa aprobación del individuáosme, en el pasaje
transcrito, volviera a reflejar la profundidad de sus desvelos por la
posible pérdida de la libertad de ideas. De todas las maneras que
la masa tiene de sofocar al individuo, la supresión del pensa­
miento y la opinión personales le parecía la más terrible. Asi, en
tiempos democráticos, la orgullosa autoconftanza intelectual y la
terca defensa de la propia independencia mental no le resultaban
potencialmente tan peligrosas como otras facetas del individuáos­
me. Sólo una raison individuelle indépendante profundamente
arraigada tendría posibilidades de resistir a la enorme presión de
la sociedad en su conjunto29.

La democracia de 1835 había predicho el despotismo como resul­


tado de la lucha desigual entre “cada ciudadano (...) igualmente
impotente, igualmente pobre y estando igualmente aislado” y “la
fuerza organizada del Gobierno” 10. Pero los tomos de 1840 no
van más allá y no ofrecen un examen detallado de las relaciones
entre el individuáosme, la centralización y el despotismo11.
La declinación de la energía y el interés individuales crean un
vacio social y político que la burocracia corre a rellenar. La “ba­
sura” del extenso capitulo titulado “Cómo las ideas y sentimien­
tos que la igualdad sugiere, influyen en la constitución política”32
presenta una definición, sucinta pero reveladora, de esa tendencia.
“Individualismo: el hábito de vivir aislado de los conciudadanos,
de no preocuparse por nada que sean negocios comunes y de de­
jar ese cuidado al único representante claro y visible del interés
común, que es el Gobierno. Cada uno en su casa, cada uno para
si. (Chacun chez soi, chacun pour soi.) Este es el instinto natural,
que se puede corregir”13.
También se daba cuenta de que, al mismo tiempo, los efectos
sofocantes de un Gobierno centralizado y omnipresente llevarían,
278 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

a su vez, a desalentar aún más cualesquiera esfuerzos particula­


res. Si no se le ponía freno, ese ciclo inexorable de fortalecimiento
llevaría en último término a una “servidumbre individual” total34,
la marca de fábrica del Nuevo Despotismo. De suerte que la parte
final de su libro debía servir prímordialmente para expresar su
preocupación por la supervivencia de la indépendance individuelle
en tiempos democráticos33. “ Fijar al poder social extensos limites,
pero visibles inmóviles; dar a los particulares ciertos derechos y
garantizarles el goce tranquilo de ellos; conservar al individuo la
poca independencia, fuerza y originalidad que le quedan; elevarlo
al nivel de la sociedad, sosteniéndole frente a ella: tal me parece ser
el primer objeto del legislador en el siglo en que entramos”36.

A menudo se ha pasado por alto, en el excelente análisis de Toc-


queville de los efectos políticos de la démocratie, su exposición de
lo que él llama sus tendencias liberales. Sus aprensiones frente al
individualisme, la centralización y el despotismo serían en gran
parte el punto focal del último capitulo de su libro acerca de las
influencias negativas de la igualdad en avance. Sus torvas adver­
tencias desvian la atención de los elogios que hace de cómo la dé­
mocratie alienta la libertad.
En una hoja añadida al manuscrito de trabajo, reconocía explí­
citamente algunos rasgos que redimían a la democracia:

Las tendencias liberales a la igualdad:


Falta de respeto.
Falta de inmovilidad.
Multitud y variedad de deseos.
Movilidad del mundo político*7.

En el capitulo publicado, explica estas ideas y luego las incluye


en la premisa mayor que significa la frase “ amor por la indepen­
dencia”3*. En varios borradores hace ulteriores elaboraciones de
este aliento de la democracia a la independencia, que revelan que
aprobaba sin ambages esa tendencia. En una de las versiones es­
cribía: “Empezar por establecer la primera tendencia de la igual­
dad hacia la independencia y libertad individuales. Demostrar que
esta tendencia puede ir muy lejos, hasta la anarquía. En general,
es la tendencia democrática la que más teme el pueblo; y es la que
yo considero como el mayor elemento de salvación que la igual­
dad nos deja. Terminar indicando que, sin embargo, ésta no es la
DEL "ÉGOÍSME" AL "INDIVIDUALISME" 279

tendencia más fuerte ni más continuada que sugiere la igualdad.


Cómo, atravesando fases de anarquía (a causa del individualismo)
los pueblos tienden, sin embargo, continuadamente hacia la cen­
tralización del poder”39.
En otro borrador declaraba: “Dos tendencias contrarías, no la
igualdad sostenida, no la igualdad fuerte, sino dos tendencias.
Una hacia la independencia individual; la otra, hacia la concentra­
ción del poder. (...) En cuanto a mi, considero al gusto por la inde­
pendencia natural como el don más precioso que la igualdad ha
dado a los hombres”40.
En 1840, el texto definitivo amplia estas ideas41. Y en el penúlti­
mo capitulo añadió:
“ Los hombres que viven en los períodos democráticos que no­
sotros empezamos, tienen naturalmente el gusto de la independen­
cia. No pueden soportar la regla y, hasta el Estado que ellos pre­
fieren, los cansa. Aman el poder, pero se inclinan a despreciar y
aborrecer al que lo ejerce, escapándose fácilmente de sus manos,
a causa de su pequeñez y de su misma movilidad. Tales instintos
se encontrarán siempre, porque salen del fondo del estado social,
que no cambia.
"Impedirán por largo tiempo que se establezca el despotismo y
suministrarán nuevas armas a caída generación que quiera luchar
en favor de la libertad de los hombres.
"Tengamos, pues, ese temor saludable del porvenir, que hace
velar y combatir, y no esa especie de terror blando y pasivo que
abate los corazones y los enerva”42.
Tan fuerte era el apego de Tocqueville por lo que, en lenguaje
menos elegante, podríamos llamar el avinagrado individuo libre,
que una vez más se vio al borde de la contradicción. En un borra­
dor escribió: “ He demostrado (...) cómo, a medida que la igualdad
se hacía mayor, cada uno, encontrándose menos dependiente y
más separado de sus semejantes, se siente más inclinado a consi­
derarse apartado y a vivir en aislamiento.” En una nota que se se­
guía inmediatamente, observó: “Esto implica una contradicción
con lo que precede sobre la idea de centralización”43.
En un pasaje de su manuscrito de trabajo declaraba que “du­
rante los siglos de igualdad, cada uno, al vivir independiente de
sus semejantes, se habitúa a conducir sin cortapisas sus negocios
particulares. Cuando estos mismos hombres se reúnen en comuni­
dad, naturalmente tienen el gusto y la idea de administrarse por si
mismos. De suerte que la igualdad conduce a los hombres hacia la
280 DEMOCRACIA, INDIVIDUO Y MASAS

descentralización administrativa; pero, al mismo tiempo, genera


poderosos instintos que los apartan de ella”44.
He aqui una idea diametralmente contraria a la relación entre
démocratie y centralización que habia propuesto años atrás. Al
margen de este fragmento indicaba: “Quizá haya que guardar esto
para el lugar en que hablaré de los instintos liberales que crea la
igualdad”43. Sin embargo, en lugar de ello, simplemente prescindió
de estos pasajes en el texto definitivo. En 1840, la contradicción
implícita entre la independencia y la tendencia a la centralización
quedaría librada al juicio del lector inteligente. Toda mención ex­
plícita habia sido cuidadosamente eliminada.

En el meollo de su análisis del égoisme o el individualisme persis­


tía una paradoja cuyos orígenes podrían rastrearse, por lo menos,
hasta sus referencias de 1830 a la lucha entre laforcé individuelle
y la forcé sociale. Al tiempo que condenaba el individualisme,
Tocqueville levantaba, coherentemente, la meta de la indépendan-
ce individuelle. uEn nuestro tiempo, los que temen al exceso de in­
dividualismo tienen razón, y los que temen a la dependencia extre­
mada del individuo también la tienen. Idea para expresar necesa­
riamente en alguna parte”46.
Creia que los individuos no debian dedicarse únicamente a sus
negocios particulares e ignorar las necesidades de la sociedad; pe­
ro estaba también convencido de que tal vez el propósito más ele­
vado de una sociedad fuera el desarrollo más pleno posible de la
dignidad y la libertad del individuo. Deploraba la tendencia del in­
dividuo, en tiempos democráticos, a limitar sus esfuerzos a un es­
trecho circulo de afanes; sin embargo, también deseaba profunda­
mente, para cada uno, una esfera de acción segura e independien­
te, libre de toda intrusión innecesaria del poder político. No debía
permitirse que la sociedad democrática se tragara al individuo, y
ello no obstante a cada uno habia que conducirle a tomar mejor
conciencia de sus responsabilidades y a una saludable disposición
a tomar parte en los negocios comunes. Lo que Norteamérica le
habia enseñado eran algunas maneras de conciliar esos intereses
particulares y públicos.
Todavía hay otro borrador que contiene la esencia de esta pa­
radoja: “Sostener al individuo frente a cualquier poder social,
conservar algo de su independencia, su fuerza y su originalidad:
tal debe ser el esfuerzo constante de todos los amigos de la huma­
nidad en tiempos democráticos. Asi como en los tiempos de­
DEL “ÉGOISME” AL "1NDIVIDUALISME" 281

mocráticos es necesario elevar a la sociedad y rebajar al indivi­


duo”47.
En febrero de 1840, Tocqueville resumía sus convicciones en
una carta para Henry Reeve. “El gran peligro de las épocas de­
mocráticas, puede tener usted la seguridad, es la destrucción o el
debilitamiento excesivo de las partes del cuerpo social frente al to­
do. Todo cuanto en nuestro tiempo despierte la idea del individuo
es saludable. Todo cuanto otorgue una existencia aparte a la espe­
cie y amplié la noción del tipo es peligroso. El espíritu de nuestros
contemporáneos se inclina en esta dirección. La doctrina de los
realistas, introducida en el mundo político, facilita todos los abu­
sos de la democracia; eso es lo que permite el despotismo, la cen­
tralización, el desprecio por los derechos individuales, la doctrina
de la necesidad, todas las instituciones y todas las doctrinas que
dejan que el cuerpo social pisotee a los hombres y que hacen que
la nación lo sea todo y los ciudadanos nada.
“ Esta es una de mis opiniones fundamentales, a la que llevan
muchas de mis ideas. A este respecto he llegado a una convicción
absoluta: y el principal objeto de mi libro ha sido transmitir esta
convicción al lector”48.
Esta declaración subraya otra peculiaridad del apego de Toc­
queville a la indépendance individuelle. Para combatir al indivi­
dualismo. para preservar la fuerza y la dignidad del individuo, le
asignaba un papel predominante a “las partes del cuerpo social*' y
a los corps secondaires, principalmente a las localidades autogo-
bernadas y a las asociaciones de todo tipo. En tiempos democráti­
cos, la forcé individuelle requería nuevos medios de subsistencia49.
En pocas palabras, lo que proponía era salvar al individuo ayu­
dando al pequeño grupo o a la comunidad creada artificialmente.
El individuo saldría a flote por sus propios esfuerzos o poderes,
pero merced al apoyo de sus semejantes. De nuevo nos topamos
con una paradoja.
El afán por la integridad del individuo es una de las piedras si­
llares del libro y de la concepción de Tocqueville. Ya en 1830 es­
taba alerta ante las tensiones entre el individuo y la sociedad: y
una aguda conciencia de esa antigua lucha informaba la escritura
de todo su libro. Sea que la llamara forcé individuelle o indépen­
dance individuelle, su ansia de preservar la dignidad de cada ser
humano era en todo caso el meollo de La democracia.
La solución fundamenta] de este problema imposible de fijar
cronológicamente, según Tocqueville, consistía en buscar una
282 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

comprensión más profunda de los intereses particulares y públi­


cos, y con ello tratar de establecer una armonía nueva entre las
necesidades individuales y sociales. Este concepto básico, al que
llamaba indiferentemente égoísme intelligent o intérét bien enten-
du. era una de las muchas lecciones que había recibido en Nor­
teamérica; pero también hay que señalar que su ansiedad por la
aceleración del individualisme, lo mismo que su interés por la cen­
tralización, tal vez reflejaran más su preocupación por la situa­
ción política y social de Francia y las actitudes de los franceses en
la década de 1830 que su conocimiento de la sociedad norteameri­
cana. En realidad cabría decir que, respecto de estos asuntos, se­
guía olvidando a Norteamérica.
En los tomos de 1840 introdujo otro motivo importante del in-
dividualisme, el esprit révolutionnaire, que se convirtió en un im­
portante elemento analítico de toda la última parte de la obra. Le
sirvió para explicar, no solamente la difusión del individualisme,
sino también, por ejemplo, la tendencia cada vez mayor hacia la
centralización.
A finales de la década de 1830, Tocqueville se convencía más y
más de que la Revolución Francesa no había terminado en 1830,
sino que seguía en curso y tal vez fuera permanente50. Asi, pues,
en la segunda parte de su obra, otra fuerza histórica fundamental,
el esprit révolutionnaire, vino a sumarse a la démocratie. En reali­
dad, a lo largo de la década de 1840 y la siguiente, su atención se
apartaría cada vez más de la démocratie, para enfocarse en la re­
volución. (Este último tema, junto con el de la centralización,
siempre presente en su mente, salen claramente a primer plano en
su libro L ’Ancien Régime et la révolution.) Pero ya a finales de los
años de 1830 parecía que, en su atención, la démocratie enfrenta­
ba la competencia creciente del esprit révolutionnaire.
En 1840, acogió también específicamente y lo expuso con bre­
vedad, un tercer acontecimiento básico: la industrialización. Así
que, en la época de los borradores de la segunda parte de esta
obra maestra, convergían en su mente tres fuerzas principales: dé­
mocratie, revolución e industrialización. Seguía apuntando sobre
todo la démocratie, sus influencias y posibilidades; pero, como re­
conociera más tarde, el futuro de Francia y, más generalmente, el
de la civilización occidental, pendían en último término del juego
mutuo de estos tres elementos. Es presumible que ésta sea una de
las razones de la opinión, nada rara, de que la parte mejor y más
profunda de La democracia es el magistral tratamiento que hace
DEL “ ÉGOÍSME" AL "INDIVIDUALISME” 283

de la compleja interrelación de estas fuerzas” . Su obra y su pen­


samiento se han ampliado considerablemente. Aunque esa tenden­
cia presente algunos riesgos bien conocidos de abstracción y falta
de precisión, también le permite lograr una vez más una gran pro­
fundidad y penetración.
Así, pues, los tomos de 1840, más que los dos primeros, plan­
tean un problema permanente de equilibrio, tanto para el autor
como para el lector. No sólo recurre con mayor frecuencia a la
doble y aun triple comparación de Norteamérica, Inglaterra y
Francia, sino que también intenta, a veces desacertadamente, de
distinguir claramente entre lo que es norteamericano y lo que es
democrático, o entre lo que es democrático y lo que es revolucio­
nario32. Cuando se paran mientes en su reconocimiento cada vez
mayor de la industrialización, resulta claro que, para finales de la
década de 1830, Tocqueville se había convertido en una especie
de malabarista intelectual, ambicioso y a veces altamente diestro,
que pretendía osadamente mantener varios conceptos claves en
movimiento simultáneo.
Podemos ir más lejos, y afirmar que a Tocqueville le gustaba
pensar en términos contrarios. Sus inclinaciones a averiguar por
comparación y a hacer distingos, le llevaban al borde de la contra­
dicción, borde que incluso trasponía a veces; pero, con mayor fre­
cuencia, sus inclinaciones mentales le conducían a ver a los con­
ceptos como “culpas en tensión” (pairs en tensión). Nuestro aná­
lisis de la gestación de L a democracia ha puesto de manifiesto va­
rios ejemplos de esta característica intelectual. En diversos lugares
escribió que la démocratíe exhibía tendencias opuestas: a pensar
por sí mismo o a no pensar nada; a sospechar de la autoridad y a
concentrar d poder; a la independencia individual y al conformis­
mo y la sumisión a la multitud; a una actividad política y social
tan intensa que desembocara en empresas intelectuales y cultura­
les y a la rufianización del espíritu ante las ideas y valores impe­
rantes. La principal tarea de las personas responsables y preocu­
padas, en tiempos democráticos, era, en cierto sentido, la de “des­
cubrir los limites de estas culpas”. Las tensiones (y paradojas)
resultantes e inevitables eran la marca de fábrica no sólo de las
épocas de avance de la igualdad, sino también de la propia obra
maestra de Tocqueville.
La mayoría de los temas que abordó en su libro estaban tan in­
rrincadamente entrelazados, que encarar uno de ellos llevaba inex­
cusablemente a plantear muchos otros más. Este tramado tan
284 DEMOCRACIA. INDIVIDUO Y MASAS

ceñido resulta especialmente visible cuando se tratan las ideas tri­


ples de centralización, despotismo e indlvidtialisme. Especialmen­
te en la sección final de La democracia de 1840, la combinación
de las tres ideas resulta virtualmente inextricable. En la medida en
que Tocqueville tiene una “doctrina” propia, la centralización, el
despotismo y el indivídualisme (y sus respectivos opuestos de plu­
ralismo, libertad e indépendance individuelle) son su Trinidad, y
la démocratie es su Uno.
P arte S exta

QUE SIGNIFICABA D E M O C R A T IE
PARA TOCQUEVILLE
XIX. ALGUNOS SIGNIFICADOS DE DEMOCRATIE

Posiblemente el rasgo más desconcertante del pensamiento de


Tocqueville haya sido siempre su imposibilidad de precisar con
exactitud lo que entendía por démocratie. A muchos lectores les
ha molestado su manera variada y constantemente cambiante de
usar el término, y algunos han tratado incluso de identificar, con­
tar y analizar las principales definiciones contenidas en su clásica
obra1.
Lo interesante es que sus papeles de trabajo demuestran que
también a él le trastornaba su falta de precisión y que, a lo largo
de los ocho años de reflexión y composición, intentó repetidas ve­
ces arribar a alguna definición básica adecuada. Sus manuscritos
contienen, además, un catálogo interesante y en constante expan­
sión de las distintas facetas de la démocratie que había descubier­
to entre 1832 y 1840, mientras le daba vueltas y revueltas al con­
cepto.
En junio de 1831, al cabo de sólo unas pocas semanas de estan­
cia en Norteamérica, le escribió una larga carta a Louis de Kergo-
lay, exponiéndole sus primeras impresiones y meditaciones. Ese
texto contiene una primera definición de démocratie que, en va­
rios sentidos, es el significado más fundamental en que empleó
siempre la idea. Con los Estados Unidos en la mente, escribió:
“La democracia2 está (...) bien avanzando ampliamente en ciertos
Estados, o bien tan completamente extendida como pueda imagi­
narse, en otros. Está en las costumbres, en las leyes, en la opinión
de la mayoría.” Pero Norteamérica, se apresuraba a convencer a
Louis, no era un ejemplo solitario. “Nos encaminamos (...) hacia
una democracia sin limites. (...) hacia ella nos impulsa una fuerza
irresistible. Todo esfuerzo que el pueblo haga para frenar el movi­
miento sólo ha de lograr paradas momentáneas; (...) las riquezas
tienden cada vez más a igualarse; la clase alta, a disolverse en la
media y ésta, a hacerse inmensa y a imponer su igualdad a to­
dos. (...)} En una palabra, la democracia me parece, de ahora en ade­
lante, un hecho que un Gobierno puede creer regular, pero no de­
tener”4.
La démocratie era, pues, un hecho ineludible, una verdad brutal
287
288 QUE ERA "DEMOCRATIE" PARA TOCQUEVILLE

del mundo moderno, al que tendrían que acomodarse todos los


hombres inteligentes. Más precisamente, era una tendencia torren­
cial hacia la igualdad, que afectaba a la propiedad, a las moeurs, a
las leyes, a las opiniones y, en último término, también a todas las
demás partes de la sociedad3.
Más tarde, en los borradores de las secciones de 1835 de su
obra, compondría una relación apocalíptica de esa “marcha inevi­
table hacia la democracia”. “ (Democracia! ¿No advertís que és­
tas son las aguas del Diluvio? ¿No las veis avanzar incesantemen­
te, con esfuerzo lento e irresistible? Ya cubren los campos y las
ciudades, inundan las ruinas de los castillos y hasta bañan los es­
calones de los tronos. (...) En lugar de tratar de erigir diques im­
potentes, tratemos mejor de construir la sagrada arca guardiana
que deberá llevar a la especie humana por este océano sin limi­
tes”6.
Esa corriente irreversible tenia obvias implicaciones revolucio­
narias, y pronto escribiría Tocqueville acerca de otro sentido, es­
trechamente relacionado con éste, de la démocratie,“esta inmen­
sa revolución social”7. “La revolución social de que hablo me pa­
rece el gran acontecimiento del mundo moderno, el único que es
totalmente nuevo”*.
T ales usos de démocratle como hecho, tendencia o revolución
se conectaban intimamente con una definición todavia más am­
plia y más básica, que pronto aparecería en sus borradores. La
démocratie era un estado social (état social) especial, caracteriza­
do por el avance de la igualdad. Escribiendo sobre Norteamérica,
por ejemplo, decía: “La sociedad [de los Estados Unidos] (...) es
profundamente democrática en su religión, en sus pasiones y hábi­
tos tanto como como en sus leyes”9. Y de nuevo: “Las sociedades
norteamericanas han sido siempre democráticas por naturale­
za” 10. Con aún mayor precisión, entre diversas observaciones reu­
nidas bajo el encabezamiento de “ El estado social de los norte­
americanos”, apuntaba que “ el rasgo destacado del estado social
de los norteamericanos es el ser democrático” 11. Esa equiparación
de la démocratie con un determinado état social (y égalité) sería
uno de los temas constantes de los tomos de 183512.
Es de lamentar, sin embargo, que no alcanzara tan fácilmente
una definición general única, porque pronto tropezaba con un di­
lema que sería uno de los intríngulis permanentes de su obra. “ La
democracia constituye la situación social. El dogma de la sobera­
nía del pueblo [constituye] el derecho político. Estas dos cosas no
ALGUNOS SIGNIFICADOS DE “ DEMOCRATIE" 289

son análogas. La democracia es la manera de ser (maniére d'étre)


fundamental de una sociedad. La soberanía del pueblo [es] una
forma de Gobierno” 13.
Estas afirmaciones parecen meramente remachar la idea de dé-
mocratie como état social; pero la cuidadosa distinción entre la
manera de ser social y la forma de Gobierno sólo duró hasta que
Tocqueville añadió, en contradicción con sus comentarios inicia­
les. esto: “Adviértase que nunca hay que confundir, en este capi­
tulo. la situación social con las leyes politicas que se le derivan. La
igualdad o desigualdad de condiciones, que son hechos, con la de­
mocracia o la aristocracia, que son leyes: volver a examinar desde
este ángulo” 14.
Aunque la démocratie se relacionara indudablemente, de algu­
na manera, con la égalité, ahora se planteaba un acertijo peliagu­
do: la démocratie, ¿es “la manera de ser fundamental de una so­
ciedad” (un estado social que tiende a la igualdad), o unas “leyes
políticas”? 15. Tocqueville nunca llegaría a resolver satisfactoria­
mente este problema y, por consiguiente, sus borradores, su ma­
nuscrito y su texto publicado ofrecen siempre ambos significados,
haciendo a veces hincapié en uno, y en otras destacando el segun­
do'*.
En un deliberado intento de terminar con su confusión al res­
pecto. emprendió una investigación de las relaciones entre la
igualdad social y la igualdad política. “Es irrefutable que, donde la
igualdad social alcanza determinado nivel, los hombres se esfuer­
zan simultáneamente por la igualdad de los derechos políticos.
Donde el pueblo llega a ser consciente de su fuerza y poder, desea
tomar parte en el Gobierno del Estado” 17. Pero con esta idea no
llegó a terminar con su empleo múltiple de la voz démocratie; sin
embargo, ahora por lo menos había estipulado que la connotación
social de la palabra era más fundamental que la política. Ese jui­
cio concordaba con su inclinación general a conceder mayor peso
a las moeurs que a las lois en el destino de la humanidad. De paso,
también indicaba aquí que la démocratie tenia algo que ver con la
igualdad cívica (y el impulso hacia ella).
Pero esta definición encontraba a Tocqueville todavía muy le­
jos de agotar su análisis de las dimensiones politicas de la démo­
cratie. Entre 1833 y 1835 dedicó mucho esfuerzo mental a esa ta­
rea y logró aislar varios significados políticos distintos e impor­
tantes18. En cierto momento, como era de esperar, se inclinó por
una definición acuñada con arreglo a un principio subyacente:
290 QUE ERA "DEMOCRATIE" PARA TOCQUEVILLE

“ La democracia propiamente dicha”, decidió, significaba “el dog­


ma de la soberanía del pueblo” y “el principio de la mayoría”
(Gobierno por la mayoría)19. En otro lugar, sin embargo, distin­
guía cuidadosamente entre el principio y la realidad, llegando a la
conclusión de que “la soberanía del pueblo y la democracia son
dos palabras perfectamente correlativas; una representa la idea
teórica y la otra su realización práctica”20.
Por último, después de considerar a la démocratie en su sentido
político todavía desde otro ángulo, enunciaría que “cada vez que
el Gobierno de un pueblo es la expresión sincera y permanente de
la voluntad de los más, dicho Gobierno, cualquiera fuere su for­
ma, es democrático”21. En su manuscrito de trabajo empleaba in­
distintamente, en ocasiones, las formas “repúblicas democráti­
cas”, “Estados democráticos” y “democracias”22.
Asi, pues, la démocratie, como “leyes políticas”, era un princi­
pio (la soberanía del pueblo y d Gobierno por la mayoría), la apli­
cación de ese principio a la realidad (difusión de la participación
política e igualdad legal y cívica) y cualquier Gobierno basado en
la voluntad del pueblo (una democracia). También debemos re­
cordar que, especialmente en este último sentido, la démocratie,
tal como él la entendía, no tenia necesariamente relación con la li­
bertad; como hemos visto, se daba perfecta cuenta de que la vo­
luntad del pueblo muy bien podia apoyar al despotismo. Para él,
la democracia se inclinaba con mayor frecuencia hacia la tiranía
que hacia la libertad.
Estos significados políticos tenían también importantísimas im­
plicaciones acerca de quién gobernaba, que le llevarían a otra defi­
nición más de esta palabra clave. “ El Gobierno democrático, al
dar igual derecho a todos los ciudadanos y al hacer decidir todas
las cuestiones políticas por la mayoría, en realidad entrega el po­
der de gobernar la sociedad a las clases bajas (clases ittférieures),
puesto que estas clases deben siempre formar la mayoría. Es decir
que, bajo el imperio de la democracia (Vempire de la démocratie),
es la menos esclarecida la que guia a las que lo están más”22.
Otro borrador desarrolla el mismo tema: “Desearía que las cla­
ses altas (hautes classes) y las clases medias (classes moyennes)
de toda Europa estuvieran tan persuadidas como yo de que, de
ahora en adelante, ya no se tratará de averiguar si el pueblo (le
peuple) tomará el poder, sino de la manera como lo usará. Desea­
ría que en sus ocios se aplicaran a averiguar en qué se convertirá
la sociedad en manos de una democracia inquieta (une démocra-
ALGUNOS SIGNIFICADOS DE "DEMOCRATIE" 291

lie inquiéte) cuyos movimientos no estarán regulados ni por la si­


tuación del país, ni por las leyes, ni por la experiencia o las cos­
tumbres. (...) El gran interés, el interés capital del siglo, es la orga­
nización y educación de la democracia”24.
Aquí, por primera vez, equiparaba la démocratie y le peuple.
asi que la démocratie no era solamente una tendencia niveladora,
o un Estado social, o unos principios y Formas políticos, sino tam­
bién el pueblo mismo; pero, ¿qué queria decir, exactamente, con
le peuple!
En las ‘‘Observaciones criticas”, un lector, Beaumont tal vez,
que había conocido Norteamérica de primera mano, inquiría:
“¿Qué es el pueblo en una sociedad en donde los rangos, las fortu­
nas y la inteligencia se acercan todo lo posible a la igualdad? Se­
guramente, en el Nuevo Mundo, la palabra pueblo no tiene el mis­
mo significado que entre nosotro^’25.
Casi como anticipándose a esta pregunta, Tocqueville había
propuesto antes una explicación. “ £Vpueblo: [entiendo] esta pala­
bra en el sentido, no de una clase, sino de todas las clases de ciu­
dadanos, el pueblo” 26. Sin embargo, raras veces respetó esta
definición tan amplia; por el contrario, siguió refiriéndose a la dé­
mocratie como sinónimo de las clases bajas (les classes iqférieu-
resf11. Refiriéndose a la situación de Francia, por ejemplo, se que
jaba de que “la porción más inteligente y más moral2* de la na­
ción no ha tratado de apoderarse de ella [la democracia] y dirigir­
la. Asi, la democracia ha quedado librada a sus instintos salvajes;
ha crecido como esos niños que crecen en nuestras calles sin cui­
dados corporales y que no conocen más que los vicios y miserias
de la sociedad”29. En otro lugar argumentaba: “Si fuera cierto que
hay un modo de salvar a las razas futuras del terrible peligro30 que
las acecha, si existiera una manera de levantar los niveles morales,
de instruir y de moldear a la democracia y (...) preservarla de si
misma, ¿no sería necesario aplicarla?”31.
En el contexto de esta definición en particular, la frase l’empire
de la démocratie (citada más arriba) cobra un significado conside­
rablemente nuevo. Cabe recordar que en el verano de 1834, en
medio de sus reflexiones acerca de los significados de démocratie.
habia decidido, en realidad, titular De l’empire de la démocratie
aux Etats-Unis a sus dos primeros tomos32. Tal vez esa resolución
indicara en toda su extensión su preocupación de entonces por la
démocratie como le peuple.
292 que ERA "DEMOCRATIE" p a r a t o c q u e v il l e

En Francia y en el resto de Europa, desde mucho tiempo atrás la


democracia se relacionaba con la confusión y la anarquía33. Toc­
queville negaba que dichas relaciones fueran necesarias, pero, al
escribir su obra maestra, si que desarrolló una teoría un tanto si­
milar al empleo vulgar del término. Empezó por vincular la démo-
cratie con la actividad, el cambio y le mouvement. La idea de dé-
mocratie como movilidad (especialmente social y económica)
apareció por primera vez en los borradores de la parte inicial de
su obra (1835). Al reflexionar, por ejemplo, acerca de la propie­
dad constantemente cambiante de la riqueza y la fluidez de las
clases en Norteamérica, observaba: “Lo que es más importante
para la democracia no es que no existan grandes fortunas, sino
que las grandes fortunas no permanecen siempre en las mismas
manos. De este modo, hay personas ricas, pero no forman una
clase"34. En el texto publicado de 1835, en la sección titulada
“ Actividad que domina en todas las partes del cuerpo político en
los Estados Unidos e influencia que ejerce sobre la sociedad”33, se
hace particular hincapié en el movimiento, la energía y el bullicio
i'ue parecían ser partes integrantes de Norteamérica. Tras descri­
bir en detalle “ una especie de tumulto; un clamor confuso”, seña­
laría: “ El gran movimiento político (...) no es sino un episodio y
una especie de prolongación de ese movimiento universal que co­
mienza en las últimas filas del pueblo y gana en seguida, de trecho
en trecho, a todas las clases de ciudadanos” 36.
Ampliando la idea, añadiría: “Esta agitación renaciente sin ce­
sar que el Gobierno de la democracia ha introducido en el mundo
político pasa en seguida a la sociedad civil. (...) La democracia (...)
esparce por todo el cuerpo social una inquieta actividad, una fuer­
za abundante y una energía que no existe jamás sin ella y que, por
poco que las circunstancias sean favorables, pueden engendrar
maravillas (enfanter des merveilles)”v . Así, pues, para Tocquevi­
lle si existia una conexión intima entre esas actividad y energía, y
la démocratie; pero cuando aparecieron los dos primeros tomos,
sus observaciones se enfocaban sobre todo en los Estados Unidos.
Sólo después de 1835, el concepto de démocratie como le mouve­
ment (o movilidad) se liberaría de su contexto norteamericano y
se convertiría en una de las partes principales de su concepción de
la democracia.

El problema de definir la démocratie no concluyó con la publica­


ción de la primera parte de su obra; entre 1835 y 1840, la mayo-
ALGUNOS SIGNIFICADOS DE "DEMOCRAT1E' 293

ría de sus borradores repetían casi todos los significados que ya


hemos apuntado. Pero en sus papeles de entonces se introduce
también, por lo menos, un uso casi nuevo de la palabra, presenta
unos intentos finales de una definición comprehensiva del término
y, lo que es más importante, demuestra algunos cambios significa­
tivos de la importancia que su pensamiento atribuía a cada ele­
mento.
El empleo casi nuevo de la palabra démocratie se relacionaba
en cierto modo con el anterior debate acerca de quién era le peu-
ple. Ya en 1831, en la carta para Kergolay mencionada más arri­
ba, habia dado a entender que la démocratie tenía algo que ver
con la classe moverme1*. Hacia 1835, sin embargo, su idea se pre­
cisó mucho más; hemos observado a Tocquevitle en Inglaterra,
meditar sobre la relación entre industria y democracia, y definir
una “ clase aparte (...) en la que los instintos son todos democráti­
cos. (...) A medida que un pueblo expande su comercio y su indus­
tria. esta clase democrática se hace más numerosa e influyente;
poco a poco sus opiniones se introducen en las costumbres y sus
ideas en las leyes, hasta que finalmente, habiéndose hecho prepon­
derante y, por asi decirlo, única, toma posesión del poder, lo dirige
todo a su placer y establece la democracia”39. En los borradores y
el manuscristo de trabajo de los tomos de 1840, por lo menos una
vez llama “una inmensa democracia” a la clase media inglesa40.
Al margen de una descripción del poder y preeminencia crecientes
de la classe industrielle, o bourgeoisie, garrapateó la frase siguien­
te: “ La clase democrática por antonomasia”41. Es decir que dé-
mocratie, en ocasiones, podia también querer decir la classe mo­
verme, asi como les classes inférieures o le peuple*2.

Inmediatamente después de su aparición, en 1835, como escritor


famoso, Tocquevilte trató pacientemente de explicar sus principa­
les ideas a Kergolay, a quien habia dejado molesto, y a lo largo de
ese proceso presentó una significativa reiteración de una defini­
ción ya familiar: “ Estoy tan convencido como se pueda estarlo de
algo en este mundo, de que nuestras leyes y nuestras costumbres
nos llevan irresistiblemente hacia una igualdad total de condicio­
nes. Una vez igualadas las condiciones, admito no ver ya nada in­
termedio entre un Gobierno democrático (y por esto no entiendo
una república, sino un estado de la sociedad en que cada uno to­
me más o menos parte en los negocios públicos) y el Gobierno de
uno solo (d'un seul) que actúe sin control alguno”43.
294 QUE ERA "DEMOCRATIE" PARA TOCQUEVILLE

La explicación vuelve a diferenciar claramente la démocratie


como movimiento social profundo y la démocratie como estructu­
ra política en particular. Sin embargo, más allá de esto, indicaba
aqui su creencia de que la democracia política no exigía formas
republicanas, que no era incompatible con la monarquía. Politica­
mente, el rasgo esencial de la democracia era, según él, cierto gra­
do de participación efectiva de la ciudadanía en los negocios pú­
blicos. He aqui otra definición especifica de démocratie (en su sen­
tido político); pero el meollo, en esa carta para su amigo, estaba
en la égalité des conditions y en la tendencia hacia ella. A decir
verdad, tan frecuentemente fortalecen ese sesgo los borradores y
manuscritos de los dos tomos de 1840, que puede afirmarse que
entre 1836 y 1840 la égalité o la égalité des conditions fueron,
más que nunca, la definición singular más importante de démo­
cratie**. Una serie de capítulos puestos bajo el encabezamiento
general de “Del gusto por los placeres materiales en las democra­
cias". incluia, por ejemplo, una sección titulada “Cómo la igual­
dad de condiciones (o democracia) lleva a los norteamericanos
hacia las profesiones industriales”43.
Otra opción igualmente reveladora se produjo a la hora de ele­
gir titulo para la última sección principal del libro. En la “basura"
se contiene una frase que habla del “gran capitulo titulado 'Cómo
las ideas y sentimientos que la igualdad sugiere influyen en la
constitución política’ ” ; pero, en el texto publicado de 1840. la
cuarta parte se titularía “Influencias de las ideas y sentimientos
democráticos en la sociedad política”46.
Incluso el manuscrito de trabajo ofrece muchos ejemplos de la
pronunciada tendencia de Tocqueville, entre 183S y 1840. a usar
indistintamente las expresiones démocratie y égalité (o égalité des
conditions)*’’. Quizá fuera su creciente preocupación por este sen­
tido especial de démocratie la que le inclinara una vez más a con­
siderar un titulo distinto para su grande qffaire. En el otoño de
1839, durante un tiempo pensó titular a sus dos últimos tomos
\De\ l’influence de l'égalité sur les idées et les sentiments des
hommes en lugar de, sencillamente, De la démocratie en Améri-
que, tomos tercero y cuarto48.

Pese a su empleo frecuente de démocratie como égalité, también


se daba perfecta cuenta de que sus exposiciones a este respecto
eran meramente teóricas. “ Para hacerme comprender bien, estoy
constantemente forzado a pintar estados extremos, una aristocra­
ALGUNOS SIGNIFICADOS DE "DEMOCRATIE" 295
cia sin mezcla de democracia, una democracia sin mezcla de aris­
tocracia, una igualdad perfecta, que es un estado imaginario. Su­
cede entonces que atribuyo a uno u otro concepto unos efectos
más totales de los que en general producen, porque en general no
van solos”49. Sus inclusiones de ejemplos exagerados era un re­
curso intelectual cada vez más importante y le ayudaba a sacar
adelante sus pensamientos. Sobre todo después de 1835 descubrió
la utilidad de esa herramienta analítica, mientras luchaba por dis­
tinguir. no sólo los rasgos democráticos y aristocráticos, sino
también los norteamericanos y los democráticos, los transiciona-
les y los democráticos, y los revolucionarios y los democráticos.
(Está claro que, en su técnica, se anticipaba al uso corriente de
“modelos” o “tipos” que hacen los científicos de la actualidad.)
El reconocer los peligros que entrañaba el tratar con “estados
imaginarios” hubo de llevarle, en el verano de 1838. a intentar
una definición concluyente y más sutil de démocratie: volvió al
concepto de démocratie en tanto que movilidad.
Explicar en alguna parte lo que entiendo por siglos de
democracia90
igualdad.
No es ese tiempo quimérico en que todos los hombres son per­
fectamente parecidos e iguales, sino: 1) cuando lo sea una canti­
dad muy grande de ellos (...)" y cuando un número aún mayor
esté a veces por encima, a veces por debajo, pero no muy lejos de
la medida común; 2) cuando no haya clasificaciones permanen­
tes de casta ni clase, ni barreras infranqueables o siquiera difíciles
de franquear; de suerte que, aunque todos los hombres no sean
iguales, puedan todos aspirar al mismo punto: (...) de suerte que
se haga [sentir]92 una norma común con la cual se midan los
hombres por anticipado. Esto difunde el sentimiento de igualdad
(¡e sentiment de Végatíté) aún en un medio de condiciones desi­
guales. 22 de junio de 183891.
Asi. démocratie implicaba una sociedad abierta, sin distincio­
nes extremadas ni fijas94, y que, sobre todo, nutriera la esperanza
o la creencia de que las oportunidades existían y de que era posi­
ble la plena igualdad (le sentiment de régalité). En una nación de­
mocrática. las personas debían estar persuadidas de que. en cier­
tos respectos, todas eran iguales y de que la sociedad les ofrecía
posibilidades reales de alcanzar sus aspiraciones individuales. So­
bre la base de esas convicciones, organizarían sus esfuerzos y Ue-
296 QUE ERA "DEMOCRATIE” PARA TOCQUEVILLE

varían su vida. En la República del Nuevo Mundo, Tocqueville


había advertido que estas creencias constituían un punto central
del mito nacional33. Su reconocimiento de que los tiempos de­
mocráticos se caracterizarían por un sentimiento invasor de igual-
dad —pese a cualesquiera desigualdades reales—le condujo a otra
faceta significativa de la démocratie: su dimensión psicológica, la
inmarcesible convicción de la igualdad.
En otros borradores prosiguió enfocando la idea de démocratie
como movilidad. “ Un pueblo, una sociedad o un tiempo democrá­
ticos no significa un pueblo, una sociedad ni un tiempo en que to­
dos los hombres sean iguales, sino un pueblo, una sociedad y un
tiempo en que ya no existan castas, clases hipostasiadas, privile­
gios especiales ni derechos exclusivos, ricos permanentes, propie­
dades fijas en las manos de ciertas familias, en que todos los hom­
bres puedan subir y bajar continuamente y mezclarse de todas las
maneras. Hablo de democracia cuando me refiero al sentido polí­
tico. Cuando quiero hablar de los efectos de la igualdad, digo
igualdad”*6.
Aquí dejaba de lado el elemento psicológico importante de los
tiempos democráticos, le sentiment de Végalité, pero presentaba
un último intento de separar los sentidos políticos y social de su
concepto central. Empezaba por suponer una sociedad caracteri­
zada por la movilidad social y económica, y por una relativa
igualdad legal y cívica. Al considerar los aspectos políticos de esa
sociedad fluida, usaría el término démocratie. Cuando pensaba en
las consecuencias más generales (¿sociales?, ¿económicas?, ¿cul­
turales?, ¿intelectuales?) de tal sociedad, diría égalité. Aun siendo
todavía poco satisfactoria esta diferenciación, fue la que estuvo
más cerca de resolver el enigma que le trastornaba, por lo menos,
desde 1833.
Sin embargo, si realmente existia alguna solución única, proba­
blemente estuviera en su reiterado concepto de los dos niveles de
la démocratie: social y política. Por un lado, la democracia era un
estado social subyacente (caracterizado por la movilidad y el
avance de la igualdad). Por otro, la democracia significaba deter­
minadas formas y leyes políticas (tales como el sufragio general,
la libertad de asociación y otras libertades civiles, y unas estructu­
ras para dar expresión a la voluntad de la ciudadanía). El primero
era el hecho providencial, inevitable, con el que tenían que contar
todos los pueblos. El otro era también, quizá, igualmente inevita­
ble (puesto que la democracia social acarrea con frecuencia la de­
ALGUNOS SIGNIFICADOS DE "DEMOCRATIE” 297

mocracia política), pero, por lo menos hasta cierto punto, su inmi­


nencia o mediatez dependían del esfuerzo de los hombres.
Lo más significativo es que Tocqueville creia que la clave de la
libertad en tiempos democráticos era la combinación o el equili­
brio apropiado de estos dos sentidos fundamentales de la démo-
cratie. Una de las características de Norteamérica que le resulta­
ron más atractivas era la índole “universal” de la democracia en
la República del Nuevo Mundo; la democracia influía en todos los
aspectos de la vida norteamericana; en día, habia armonía entre
la sociedad y la política. Repetidas veces subrayó que, en Europa,
la única cura razonable para los males potendales de la democra­
cia social consistía en introducir una mayor democracia política.
“Porque sólo la democracia (con esta palabra quiero decir el auto­
gobierno) puede mitigar y hacer tolerables los inevitables males de
un Estado social democrático. 5 de septiembre de 1838”*57. Y en
otro lugar: “ Mucha gente considera a las leyes tiviles democráti­
cas como un mal, y a las leyes políticas democráticas como otro
mal, y aún mayor; en cuanto a mi, digo que el uno es el único re­
medio que se puede aplicar al otro. Toda mi idea de la política
está aquí”5*.
Esta persistente dualidad reflejaba, no sólo la dificultad casi in­
salvable de definir con precisión el “hecho” de la démocratie, sino
también su anterior distingo entre costumbres (moeurs) y leyes
(l oís), y el poder que la humanidad pudiera ejercer sobre días. La
democracia sodal (en cuanto moeurs) era más fundamental y, al
mismo tiempo, menos alterable por el esfuerzo humano. La demo­
cracia politica (en cuanto lois) era menos fundamental (aunque
siempre de suma importancia), pero podía ser moldeada por d po­
der de los hombres. De suerte que la energía humana, aconsejaba
Tocqueville, no debía encaminarse hacia ningún intento inútil de
retrasar o desviar la. democracia como hecho del estado social.
Los individuos inteligentes debian esforzarse por introdudr la de­
mocracia política y, con día, “educar” y “moldear” al pueblo.
“ Usar a la democrada para moderar a la democracia. Es el único
camino hada la salvación que tenemos abierto. (...) Más allá de
eso, todo es alocado e imprudente”19. Reaparece aquí la inmensa
carga de la responsabilidad humana, a la que Tocqueville fuera
siempre tan susceptible.

* Existe un error en el original de Schleifer: la primera vez que cita este pasa­
je aparece fechado en igual dia, pero de 1837. (N. del T.)
298 QUE ERA "DEMOCRAT1E" PARA TOCQUEVtLLE

El autor no abandonó nunca sus variados significados de démo-


cratie. A lo largo de los cuatro tomos de su obra, el concepto se­
guía conjurando una multitud de tendencias y condiciones, leyes y
actitudes, formas políticas y grupos sociales. Más, aún, dentro de
este racimo de definiciones, era frecuente que cambiara su enfo­
que de una a otra, del état-social a las lois politiques y viceversa, o
de le peuple a l'égalité, o de le sentiment de l’égalité a le rnouve-
ment. Pero estas fluctuaciones no querían decir que se hubiera ol­
vidado de los demás usos, ni que un significado, en particular, fue­
ra definitivamente el único y más importante; meramente refleja­
ban su deseo de establecer la definición más amplia y acabada
que pudiera y su reiterada tendencia, durante la redacción de los
borradores de su grande qffalre, a enfocar una sola idea, dejando
momentáneamente de lado las que compitieran con ella.
Su misma imposibilidad de definir con precisión la démocratie
explica, en parte, la brillantez de sus observaciones. Si en algún
momento hubiese dispuesto de un solo significado definitivo, ha­
bría más o menos perdido de vista a todos los demás. En seguida
se hubiese restringido su visión, estrechado su mensaje y disminui-
do su público. Su extraordinaria capacidad de imaginar y conside­
rar tantos usos diferentes, de volver y revolver continuamente la
idea en su mente, dieron como resultado la riqueza y profundidad
de su comprensión.
XX. EL REGRESO DE TOCQUEVILLE
A NORTEAMERICA

Nuestra reconstrucción del largo proceso de observación, lectura,


meditación y redacción de La democracia de Alexis de Tocquevi-
Ue nos da la posibilidad de analizar el célebre libro desde nuevos
puntos de partida. Ante todo, hemos examinado muchas de sus
fuentes y exhumado raíces nuevas o casi nuevas. Mirándole vol­
verse a sus experiencias francesas, norteamericanas, inglesas y de
nuevo francesas, hemos tenido oportunidad de volver a sopesar
los aportes de muchos de sus amigos norteamericanos, ingleses y
franceses. Hemos localizado en sus tomos muchos ecos nuevos de
declaraciones de personajes norteamericanos claves, tales como
Timothy Walker, Joel Poinsett, John Latrobe, Francis Gray y Ja-
red Sparks. Se ha destacado la significación de los comentarios de
ingleses tales como el doctor Bowring y John Stuart Mili, asi co­
mo la importante influencia de Beaumont, de su padre, de Louis
de Kergolay y de otros compatriotas suyos. Louis, en especial, hi­
zo un inmenso aporte para la forma y el contenido de La demo­
cracia; sobre todo después de 1835, su influencia rivalizaba con la
de Beaumont.
Aunque siguen en la oscuridad algunas otras conexiones preci­
sas de La democracia y algunas lecturas más amplias y profundas
realizadas durante la década de 1830, se han evidenciado otras de
sus fuentes impresas norteamericanas, especialmente los libros de
Wiiliam Darby, Isaac Goodwin, William Rawle, Joseph Story y
otros. Se han vuelto a comprobar la escrupulosidad y la calidad
de la investigación de Tocqueville, especialmente en los campos
de la historia, del derecho, de la Constitución norteamericana y en
las cuestiones particulares del período del presidente Jackson.
Sus papeles han descubierto asimismo un uso asombrosamente
intenso de ciertos ensayos de Elfederalista. Escuchó atentamente
las opiniones y argumentos de Alexander Hamilton y, especial­
mente de James Madison, cuyos aportes a La democracia resul­
tan ser, pues, mucho mayores de lo que creía la generalidad de los
lectores. Nuestro análisis de la progresión de La democracia nos
ha demostrado que “ Publio” con frecuencia le informó y estimuló,
299
300 QUE ERA "DEMOCRAT1E” PARA TOCQUEVILLE

en general le persuadió y, a veces, le desvió de la senda correcta.


Además, Tocqueville se hizo eco de las ideas de Montesquieu
acerca de determinados asuntos (como la índole relativa de las
instituciones políticas y las desventajas del tamaño) y cuestionó y
revisó las opiniones de su predecesor sobre otros (como el papel
de la virtud en las repúblicas). En temas tales como el peligro de
concentrar el poder, el valor de las libertades locales, la necesidad
de asociaciones y prensa libres, la elevación de las clases medias y
el avance de la “civilización”, sus opiniones coincidían con las de
otros personajes franceses del siglo XIX, tales como Benjamín
Constant, Pierre-Paul Royer-Collard y F rang ís Guizot.
Pero el problema de las fuentes de Tocqueville y de su obra ex­
cede el marco de sus viajes a Norteamérica e Inglaterra, de sus
amigos y de sus lecturas. La democracia en América refleja tam­
bién sus desvelos por la Francia de su tiempo. Muchos de los
asuntos que aparecen en sus páginas eran cuestiones que constan­
temente se debatían en su país a principios del siglo XIX y, por
ende, les eran familiares a sus compatriotas. ¿Estaba Francia de­
masiado centralizada? Las communes, ¿debían gozar de ma­
yor libertad para regular sus propios asuntos? Las asociaciones,
¿eran muy subversivas como para permitirlas? ¿Habia que am­
pliar la introducción de la institución del jurado? ¿Cuánta inde­
pendencia y cuántas prerrogativas eran las adecuadas para los
jueces? La prensa, ¿debia ser más libre o menos? Estas preguntas
crónicas dieron forma a uno de los objetivos de La democracia:
Tocqueville deseaba enseñar y presentar a Francia un programa
político preciso que atrajera a una parte de la opinión pública lo
bastante amplia como para llevar a la reforma.
También atrajeron su interés otros problemas contemporáneos.
Después de la Revolución de 1830 y de lo decepcionante del régi­
men de Luis Felipe, muchos individuos como Kergolay y Eugéne
Stoffels se habían retirado a un exilio interior, apartándose de
cualquier negocio público. Otros, como los votantes de su misma
tierra normanda, parecían más y más absorbidos por su autopro-
moción y los intereses materiales, y cada vez más incapaces de
apreciar las cuestiones públicas desde la perspectiva del bien co­
mún. Esos elementos contribuyeron a estimular sus pensamientos
acerca del materialismo democrático, el égotsme y, eventualmen­
te, el individualisme. La intervención cada vez mayor del Gobier­
no en la industria francesa contribuyó a alertarle sobre la vincula­
ción entre la industrialización y la centralización. Asi que ciertas
REGRESO DE TOCQUEV1LLE A NORTEAMERICA 301

partes de La democracia proceden más de Francia que de Nor­


teamérica. A veces, la inmediatez de alguna de estas preocupacio-
nes le hacia olvidar al Nuevo Continente.
Los políticos franceses de la década de 1830 también produje­
ron efectos sobre su obra. Su deseo de forjarse una reputación que
le permitiera cumplir una función en la política fue otra de sus ra­
zones para escribir La democracia; y a finales de la década men­
cionada, sus campañas políticas y sus obligaciones legislativas de­
moraron su terminación. Con mayor amplitud, sus actitudes am­
bivalentes frente a la política y los políticos de su tiempo se refle­
jan en el tono del libro. Sus sentimientos encontrados le hicieron
disociarse, tanto a él como a su obra, de cualquier partido u opi­
nión en particular, y asumir una actitud de altivo desapego: “Este
libro no se pone al servicio de nadie. Al escribirlo, no pretendí ser­
vir ni combatir a ningún partido. No quise ver desde un ángulo
distinto del de los partidos, sino más allá de lo que ellos ven; y
mientras ellos se ocupan del mañana, yo he querido pensar en el
porvenir” 1.
Otra influencia sobre su pensamiento fue la de la historia fran­
cesa. Ya hemos visto, por ejemplo, cómo su conocimiento de la
Convención le hacia poner de relieve, en 1835, los peligros del
despotismo legislativo, y cómo sus recuerdos de Napoleón le incli­
naban a sospechar siempre de los dirigentes militares. En verdad,
algunos acontecimientos del pasado francés le hicieron profundo
impacto y, a veces, le impidieron percibir peligros nuevos.

Nuestra recreación paso a paso de la elaboración de La demo­


cracia ha puesto en descubierto, además, muchos de los métodos
que tenia Tocqueville de estudiar, escribir y pensar; entre ellos,
sus primeras tareas de organizar sus materiales y planificar la com­
posición, y cómo y cuándo, verdaderamente, puso la pluma sobre
el papeL Periódicamente sentía la necesidad del estimulo de “bue­
nos instrumentos de conversación”, generalmente Beaumont y
Kergolay, ambos inestimables críticos y compañeros intelectua­
les. Y a veces modelaba y podaba La democracia con los ojos
puestos en las obras de otros, como Beaumont o Michel Cheva-
lier.
Buscó repetidas veces, para un asunto u otro en especial, cap­
tar algún principio organizador básico, la idée-mére, o exponer al­
guna precondición irreductible, el point de départ. Para resolver
algunas paradojas inherentes a la situación francesa de principios
302 QUE ERA "DEMOCRATIE" PARA [Link]

del siglo XIX, recalcó los conceptos de époque de transition y de


esprit révolutionnaire. Esta última idea se convirtió prontamente
en una eficaz herramienta mental que le ayudó a sortear algunas
dificultades teóricas de un tema importante de la última parte de
su obra. En ocasiones recurrió también a “modelos” o “tipos” pa­
ra aclarar su pensamiento; la démocratie y la aristocratie son los
ejemplos más célebres de su aplicación de esa técnica, pero en sus
borradores se han encontrado otros casos del uso de ese método.
Su interés por presentar opiniones nuevas le llevaba a veces a
crear nombres nuevos para destacar la originalidad de algunos de
sus descubrimientos. Siguiendo a Madison, señaló que la Índole
única del sistema federal norteamericano le convertía en “un Go­
bierno nacional incompleto” ; instaba a crear “una nueva ciencia
poli tica” ; llamó individualisme (en 1840 un término relativamen­
te nuevo, que él ayudó a popularizar) a determinado conjunto de
rasgos democráticos, y previno contra un nuevo despotismo.
Otro rasgo metodológico que se evidencia de los borradores su­
cesivos de La democracia era su preocupación por el estilo. Para
él, categóricamente, la forma no podía separarse del contenido.
Trabajaba en pos de un elevado ideal de artesanía literaria (y es
muy probable que tomara a Montesquieu como modelo); las cua­
lidades que perseguía eran la claridad, las formas directas, la eco­
nomía del lenguaje y, dicho brevemente, cierto apartamiento, un
estilo caracterizado por la elegancia y la precisión. Para alcanzar
esta meta pedia críticas orales y escritas a sus amigos y su familia,
y volvía una y otra vez a reformar sus palabras, oraciones, párra­
fos y capítulos, en procura del mejor empleo posible de los voca­
blos y del orden de las ideas. También a este esfuerzo se deben sus
muchas frases memorables.
Teniendo en la mente el logro de determinado estilo, también
hubo de eliminar ciertos pasajes apasionados o exagerados de sus
borradores y su manuescríto de trabajo. Gran parte del frío des­
pego de La democracia procede naturalmente de la personalidad
del autor, pero también se debe en parte a su determinación, en
más de una ocasión, de suprimir el dogmatismo y la emocionali-
dad que a veces se abrían paso en medio de la excitación de la re­
dacción. Sus papeles de trabajo revelan, por ejemplo, una suaviza-
ción de sus fuertes pronunciamientos acerca del legado político de
Jefferson y del futuro “cierto” de la Unión, una tranquilización de
sus excitadas alarmas acerca de la capacidad de le peuple y la su­
REGRESO DE TOCQUEVILLE A NORTEAMERICA 30. '

pervivencia de la civilización europea, y un aligeramiento de su


negro pesimismo por el futuro de la libertad.
Pero su compulsión a la revisión se debía a consideraciones
más que estilísticas. Era sumamente autoconsciente de su libro.
Los borradores y manuscritos de La democracia están sembrados
de comentarios que se hacia a si mismo. En los márgenes abun­
dan sus curiosas criticas, preguntas, advertencias y, sobre todo,
frases para recordarse a sí mismo algunos temas mayores y
propósitos más vastos. A medida que elaboraba el libro, se adver­
tía una intención asombrosamente constante de mantener a la vis­
ta los motivos fundamentales y una medición continua de lo que
escribía en función de las metas básicas que se proponía alcanzar.
Una de las mayores dificultades era la multiplicidad de sus objeti­
vos. ¿Trataba de describirles a sus compatriotas la República nor­
teamericana? ¿De rastrear el avance de la démocratie y sus efec­
tos? ¿De salvar a Francia indicando las maneras posibles de con­
ciliar la libertad con la igualdad? ¿De publicar una obra que ga­
rantizara un futuro prominente para Alexis de Tocqueville? El he­
cho de que, en general, tuviera en proyecto varios propósitos si­
multáneamente no hacía más que complicar la tarea de cortar to­
do cuanto pudiera ser incongruente o perjudicial para sus metas.

Aún más fundamental que su afán por la excelencia literaria es el


característico estilo de lógica o sistema de pensamiento que emer­
ge de nuestra narración de su segundo viaje. Repetidas veces.
Tocqueville aclaraba y profundizaba su pensamiento a base de
comparaciones y distingos. Oponía, por ejemplo, Ohio frente a
Kentucky, Quebec frente a Nueva Orleáns, o, sumamente impor­
tante, Francia frente a Norteamérica e Inglaterra. Separaba la
muerte súbita de la gradual de la Unión; la centralización guber­
namental de la administrativa; una variedad de despotismo de
otra; lo especifico (político y legal) de lo general (moral e intelec­
tual) de la tiranía de la mayoría; la vulnerabilidad cultural de los
pueblos semicivilizados de la civilización profundamente arraiga­
da de los europeos modernos; el égoisme antiguo de) individualis-
me actual, y la démocratie definida politicamente de la démocratie
definida socialmente.
Ese empleo frecuente de las comparaciones y los distingos res­
pondía a un rasgo más general: su tendencia a pensar en función
de contrarios o de culpas en tensión. En sus análisis de los resulta­
dos de la démocratie y de la relación entre el individuo y la socie­
304 QUE ERA "DEMOCRATIE" PARA TOCQUEVILLE

dad, verbigracia, se encontraba con casi paradojas, con casi


opuestos. Y a veces se adelantaba con demasiada osadía y caía en
verdaderas contradicciones. En ocasiones se explicaba y en otras
parecía incluso perder de vista sus propias opiniones. Asi es cómo
la gestación de La democracia parece revelar una mente caracte­
rizada por una capacidad analítica soberbia y, más allá de eso,
una más rara facilidad para las visiones originales y para los atre­
vidos saltos teóricos. Si esto solia inducirle a errores o a excederse
de las bases reales de algunas de sus ideas, los lectores debieran
considerar si sus brillantes aportes para nuestro conocimiento de
la sociedad no compensan sobradamente esas flaquezas.
Cabe considerar otro rasgo importante de su modelo mental. El
autor de La democracia daba vueltas y revueltas sin cesar a sus
¡deas: su obra está erigida sobre una larga acumulación de infor­
mación, opiniones, descubrimientos y segundos pensamientos. Es­
te interminable proceso de reconsideración no tenia lugar sólo en
la mente, sino también sobre el papel. El tiempo mismo resultó ser
un ingrediente importante en la gestación de la obra. Esa gradual,
pero incesante, elaboración de las ideas dio como consecuencia
un libro más largo y de alcances mucho más vastos de lo que el
autor originalmente concibiera.
Su constante empeño por la reconsideración le indicaba a veces
el método de la postergación cuando luchaba contra cuestiones
particularmente difíciles. Resolvía volver más tarde a esos acerti­
jos, presumiendo que el paso del tiempo produciría los nuevos en­
foques necesarios. A veces este proceder le recompensaba; pero
algunos problemas, tales como las definiciones de circonstances o
de démocratie, le resultaron insolubles aun después de rumiarlos
durante mucho tiempo. A esos casos les daba largas y los pospo­
nía hasta casi abandonarlos.
Su constante repensamiento de las ¡deas (y el mero transcurso
del tiempo) ayudan también a explicar muchas de sus ambigüeda­
des y confusiones. Mientras se concentraba en una faceta recién
advertida de algún concepto complicado (como la démocratie),
era muy difícil que, a veces, no olvidara lo descubierto anterior­
mente. Era. casi imposible tener tantas nociones a la vez en la ca­
beza.
Asi. su decisión de analizar cada idea desde todos los ángulos
posibles, de descubrirle todas las posibles dimensiones, era una
patte-impqrtantisima de su segundo viaje. Si a esta reconsidera­
ción constante hay que achacarle parte de la culpa de su reconocí-
REGRESO DE TOCQUEVILLE A NORTEAMERICA 305

da incapacidad de definir adecuadamente algunos de sus concep­


tos claves, también hay que adjudicarle el haber generado algunas
de sus ideas más clarividentes. Sobre todo, su instinto para la mi­
nuciosidad debe hacemos muy prudentes al intentar imponer de­
masiada congruencia a su pensamiento. Semejante esfuerzo por la
unidad también oscurecería las dimensiones cronológicas de sus
ideas, y no se deben pasar por alto su lenta maduración, ni sus fal­
sos comienzos, ni sus rápidas inversiones, ni sus senderos olvida­
dos. Por ello debemos abandonar toda búsqueda de sistema cohe­
rente de un filósofo y, en cambio, centrarnos en captar el pluralis­
mo y la diversidad de su mente. Estas son algunas de las cualida­
des esenciales que atraen hacia su obra al lector capaz de pensar.

Las diversas y a veces extrañas maneras que sus conceptos tenian


de elaborarse también han quedado al descubierto en nuestro aná­
lisis de La democracia. Una o dos de esas ideas no llegaron a cua­
jar totalmente (la influencia de la démocratie sobre la educación);
algunas se marchitaron pronto (el papel del medio físico, la impor­
tancia de las mejoras interiores), y otras maduraron tarde. Entre
las florecidas tardíamente, algunas habían aparecido (por lo me­
nos. en germen) en La democracia de 183S, pero para 1840 asu­
mieron una importancia mucho mayor: el Nuevo Despotismo; la
cupla égoisme/individualisme;la amenaza democrática contra la
libertad de pensamiento; la multitud o masa, y la démocratie defi­
nida como le mouvement. Otras aparecieron tardíamente, por pri­
mera vez, en los papeles de trabajo para los tomos de 1840, pero
a partir de ahí germinaron velozmente; por ejemplo, el mutuo for­
talecimiento de la démocratie y la industria, y su encuentro mental
con ese poderoso trío de fuerzas, démocratie, industrialización y
revolución.
Algunos conceptos fueron apagándose lentamente después de
un primer florecimiento en 1835 (el despotismo legislativo; la ima­
gen de un renacimiento de la tiranía de los Césares; la démocratie
en cuanto le peuple), y otras siguieron floreciendo cada vez más
en todas las etapas de gestación de La democracia (el ¡
moeurs; el valor de las asociaciones y de otros medi;
las ideas y unir las acciones de los ciudadanos aísla
cratie en tanto igualdad de condiciones). Alguna
fundamentales, que durante cerca de una décad^
casi inalteradas; el mismo avance inevitable de
tendencia a la centralización; la tensión entre el id
306 QUE ERA "DEMOCRAT1E" PARA TOCQUEVILLE

ciedad en su conjunto, y su preocupación por la libertad y la dig­


nidad de cada persona.
Algunas nociones se perdieron; entre otras: el repudio personal
de las teorías raciales que habia elaborado durante la década de
1830; su condena de la administración de JefTerson; su explícita
preferencia por la monarquía democrática, y especialmente su
creencia de que la industrialización se equiparaba a la démocraiie
como los dos grandes rasgos de la historia moderna de Occidente.
Otras más, que primero aparecieran en 1835 y que no volverían a
emerger hasta 1840, se perdieron temporalmente: el surgimiento
de una nueva aristocracia industrial y el difícil problema de la in­
fluencia de la démocratie sobre la civilización, por ejemplo.
A unque lograra arrancarse algunos preconceptos (la influencia
de la géographie y la identidad del pionero norteamericano), cier­
tas creencias estaban arraigadas demasiado profundamente como
para que las sacudiera ninguna experiencia o testimonio que las
contradijeran (los beneficios del jurado; las ventajas de las locali-
dades independientes, y el recelo por el tamaño).
También se caracteriza a veces La democracia por la existencia
de confusiones y de dilemas sin resolver: la República, ¿era una
Unión indivisible o un agrupamiento de Estados? Los Estados,
¿eran los villanos o los benefactores para el futuro norteamerica­
no? ¿Qué decir de las ambigüedades que dejaron sus intentos de
distinguir dos centralizaciones y de identificar varios despotis­
mos? ¿Cómo pueden los lectores conciliar al que desmiente que la
mayoría abusara realmente de su poder en Norteamérica, con el
que afirma que no existia allí libertad intelectual? Si la démocratie
impulsaba a amar la independencia y a desconfiar de la autoridad,
¿cómo podía también conducir tan fácilmente a la concentración
del poder? ¿Qué quería decir, definitivamente, cuando hablaba de
circonstances, de majorité, de individualisme o de démocratie?
Tampoco debemos pasar por alto las muchas paradojas de su
pensamiento, algunas de las cuales ponía de manifiesto y dejaba
libradas al juicio del lector, y otras que nunca llegó a ver. Visitó
Norteamérica, pero pensaba en Francia. Le disgustaba la política,
pero presentó un programa de reforma y llegó a ser una figura po­
lítica importante. Proponía eludir los males de la democracia in­
troduciendo más democracia y esperaba fortalecer la indépenden-
ce individuelle combatiendo al individualisme.
Su concepto de démocratie le metió en otra paradoja más, que
tal vez no resolviera nunca. Hablaba del hecho providencial del
REGRESO DE TOCQUEVILLE A NORTEAMERICA 307

avance de la democracia y parecía entender que la creciente igual­


dad de condiciones era de origen divino y, por ello, necesariamen­
te ineludible. Ello no obstante, denunciaba una y otra vez a los fa­
talistas, a los profetas de la necesidad y a la gente que, como Go-
bineau, ponían a la humanidad bajo leyes de hierro2. Insistió siem­
pre, con cierta vehemencia, en que los seres humanos eran libres
y, por ello, tenían la responsabilidad de las opciones morales. Pa­
ra él, la humanidad nunca podría ser un peón de los hados, de las
fuerzas del ambiente, de la raza, del clima o de lo que fuere, ni si­
quiera de Dios. Tal vez cuando más cerca estuvo de resolver el di­
lema de la igualdad inevitable y la capacidad humana de opción
fuera en el pasaje final de La democracia de 1840: “(..■) la Provi­
dencia no ha creado el género humano ni enteramente indepen­
diente ni completamente esclavo. Ha trazado, es verdad, alrede­
dor de cada hombre un circulo fatal de donde no puede salir; pe­
ro, en sus vastos limites, el hombre es poderoso y fuerte”3. Si esto
resuelve la cuestión o la elude simplemente, es algo que el lector
debe juzgar por si mismo.

Existe la impresión generalizada de que a Tocqueville, básicamen­


te. no le interesaban los temas económicos y tecnológicos, ni los
entendía. Con frecuencia se le crítica por no haber llegado a apre­
ciar los mayores adelantos de los siglos XIX y XX. Es claro que
sus intereses intelectuales primordiales seguían otro rumbo; su
mente, como la de Montesquieu, se inclinaba hacia la teoría políti­
ca en sus relaciones con las cuestiones más generales de Índole so­
cial, cultural, intelectual y moral. Concibió La democracia, sobre
todo, como "un ouvrage philosophico-politique". Pero esto no sig­
nificaba que ignorase o estuviese mal informado de los aconteci-
rhientos económicos. En el Nuevo Mundo, se dio perfecta cuenta
de muchos de los cambios económicos y tecnológicos importantes
que se estaban produciendo alrededor suyo. Captó la amplitud y
el significado de la transformación física que estaba experimen­
tando la Norteamérica del presidente Jackson. Señaló dos rasgos
trascendentales de la economía norteamericana que entonces em­
pezaban a tomar forma: el surgimiento de las sociedades anóni­
mas y la elaboración de un enfoque complejo y pluralista de las
actividades económicas, que combinaba la iniciativa pública (fe­
deral, estadual y local) con la privada (individuos y sociedades) en
una abigarrada variedad de maneras. También advirtió el furor de
los norteamericanos por los últimos perfeccionamientos y su par­
308 QUE ERA "DEMOCRATIE" PARA TOCQUEVILLE

ticular filosofía del desuso planificado. Y si bien en 1831 y 1832


no llegó a apreciar la importancia futura de la manufactura en Es­
tados Unidos, al final de la década no cometió el mismo error (por
lo menos, para Europa). Hacia 1838 estaba persuadido de que la
industrialización y la creciente igualdad eran las dos grandes fuer­
zas de su tiempo. Le preocupaba, ya en 1833 o 1834, el surgi­
miento de una aristocracia industrial, analizó la relación entre la
descentralización y la prosperidad económica y, a finales de la dé­
cada de 1830, advirtió y exploró las maneras como la industria, la
centralización y la démocraíie se fortalecían entre si y avanzaban
juntas inexorablemente.
Los borradores, los manuscritos de trabajo y la “basura”, lo
mismo que los textos publicados de La democracia, demuestran,
pues, en muchos lugares, que Tocqueville estaba al tanto de las di­
versas maneras como influían en la sociedad las actitudes, institu­
ciones y cambios económicos. De suerte que no hay que exagerar
la relativa falta de atención por la economía y la tecnología que se
advierte en La democracia; ni tampoco hay que atribuirla apresu­
radamente a lagunas de conocimiento o errores de enfoque. Las
opciones del autor por los temas tratados derivan de su resolución
de mantener su libro centrado en su asunto principal, de sus inte­
reses personales, de sus ideas de cómo podia hacer los aportes
más originales y, lo más importante, sus presupuestos morales
acerca de los campos de la actividad humana que eran realmente
más fundamentales4.

Para algunos lectores, sus advertencias contra el Gobierno central


omnipresente y sus inolvidables profecías acerca del régimen de
Nuevo Despotismo eclipsan, lamentablemente, su profundo apego
a lo que más admiraba de la démocraíie: sus “instintos liberales”.
La perenne falta de sumisión, el talante antiautoritario y el inex­
tinguible descontento que la democracia desarrolla, hacían las de­
licias de Tocqueville. Sabia que una sociedad democrática no era
necesariamente de orden y tranquilidad y, en los volúmenes de
1840, observa: “(...) no quiero (...) olvidar que a través del buen
orden han llegado los pueblos a la tiranía. (...) Una nación que só­
lo pide a su Gobierno la conservación del orden es esclava en el
fondo de su corazón*, es esclava de su bienestar y es fácil que

* La frase “en el fondo de su corazón” no figura en la edición del FCE. (N.


del T.).
REGRESO DE TOCQUEVILLE A NORTEAMERICA 309

aparezca el hombre que ha de encadenarla” 5. La libertad, casi


siempre, tiene cabos sueltos, confusiones, tormentas y alza­
mientos.
Para alimentar estos “instintos liberales” y, con ello, preservar
la libertad en tiempos democráticos, abogada por una mayor li­
bertad de asamblea, de asociación, de palabra y de prensa, asi co­
mo una mayor generalización del sufragio. En el contexto de su
época, era una especie de libertario civil que fielmente protegía al
individuo frente a la sociedad. “Todo cuanto en nuestro tiempo
despierta la idea del individuo es saludable. (...) La doctrina de los
realistas, introducida en el mundo político, (...) es lo que permite el
despotismo, la centralización, el desprecio por los derechos indivi­
duales, la doctrina de la necesidad, todas las instituciones y todas
las doctrinas que dejan que el cuerpo social pisotee a los hombres
y que la nación lo sea todo y los ciudadanos nada”6. Si se puede
tomar a Tocqueville como un neoconservador que criticaba a los
Gobiernos activos, también cabe considerarle como un libertario
civil que se apresuraba a intervenir donde pareciera que el indivi­
duo estaba en peligro. Pero cualquiera de estas dos concepciones
distorsiona una posición que era, a la vez, original y sumamente
compleja.

Una de las características más atractivas de La democracia es la


armonía esencial del todo, pese a su extenso lapso de crecimiento.
A despecho de algunos errores que aspiraba a corregir y de cier­
tas ideas que le interesaba revisar, casi todos los cambios sustan­
ciales de opinión que se advierten entre los libros de 1835 y 1840
se deben a la paulatina maduración del pensamiento de Tocquevi­
lle. En la década de 1830, más que invertir sus juicios, desarrolló
ideas anteriores. Es notable la cantidad de veces en que un capitu­
lo o serie entera de capítulos de la última mitad de La democracia
se encuentran ya en germen en alguna oración o párrafo de la pri­
mera7. No debemos, pues, exagerar el concepto de dos Democra­
cias, por sugerente que pueda ser en algunos aspectos8.
Esto no significa negar que algunas de las diferencias entre am­
bas partes no sean notables. El proceso de ampliación, de cons­
tante expansión, tuvo enorme importancia en la gestación de la
obra. Después de 1835, las lecturas de Tocqueville cobraron ma­
yor amplitud en tiempo y espacio. Norteamérica se iba alejando
cada vez más al último plano. En 1835 todavía tenia frescos los
recuerdos de su viaje; sus reflexiones se basaban más o menos en
310 QUE ERA "DEMOCRATIE" PARA TOCQUEVILLE

conversaciones, experiencias, impresiones e información específi­


cas. Tenía razón cuando decía que su primer trabajo era algo más
tangible y más sólido; pero, para 1840, todo lo norteamericano no
era ya más que una lejana evocación; a la sazón se entremezclaba
intimamente con lecciones nuevas de todo tipo y habia desapare­
cido mucho de lo inmediato. Por otra parte, una profundización
en el conocimiento de Inglaterra y su mayor implicación directa
en los negocios públicos de Francia hicieron que atendiera cada
vez más a menudo a estas dos naciones. Con mayor frecuencia,
sus comparaciones eran de tres puntos. Su interés se centraba ca­
da vez más en acontecimientos aparte del avance de la démocra­
tie. De suerte que su obra, no sólo se tornó menos norteamericana
v más democrática, sino que también sobrepasó los limites de una
o dos naciones y fue más allá de la démocratie, para tomar en
consideración también otras fuerzas sociales importantes. La se­
gunda mitad de La democracia, como él mismo sospechaba, re­
sultó ser mucho más abstracta, teórica y exigente.
Su tendencia a transitar por una región mental en constante ex­
pansión. a alejarse cada vez más de lo especifico, es responsable
tanto de los puntos fuertes como de las flaquezas de los tomos de
1840. Aunque la última parte de I m democracia presenta series de
deducciones largas y a veces dudosas, aunque muchos lectores se
sientan terriblemente alejados de la realidad de Norteamérica,
aunque las generalizaciones superen a veces los limites que acon­
seja la prudencia, con todo ello, los dos tomos finales despliegan
un análisis cumplido, profundo y maravillosamente acuciante del
asunto. Su ambicioso encaminarse hacia esferas cada vez más
amplias le alejó, de alguna manera, de su obra de 1835, pero los
resultados compensaron sobradamente los riesgos.

Nuestra narración del segundo viaje de Tocqueville también deja


en claro cómo le fascinaba lo que solia llamar el “espíritu” y lo
que podríamos denominar la psicología, o la actitud o enfoque
fundamental del pueblo. Una y otra vez, cuando trataba de desen­
trañar el meollo de una idea o una cuestión, pensaba, y escribía,
acerca del “espíritu”, de localidad, o de libertad, o de religión, o
comercial, o revolucionario; otro ejemplo estrechamente relacio­
nado con esto es el sentiment de i'égalité, uno de los significados
más importantes de la démocratie. Esta tendencia, fácilmente visi­
ble. formaba parte de otra inclinación más básica. Cada vez que
buscaba las causas, significados o influencia más profundos, no se
REGRESO DE TOC'QUEVILLE A NORTEAMERICA 311

dirigía a los rasgos físicos, económicos, legales, ni siquiera intelec­


tuales, sino a los elementos de lo que llamaba las moeurs: las cos­
tumbres, los valores, el modo de vida®. A lo que en última instan­
cia recurría era a las motivaciones intangibles de las creencias y el
comportamiento humanos. Uno de los aportes perdurables de su
libro es la importancia que adjudica a las moeurs: La democracia
es una de las primeras exposiciones extensas del papel protagoni­
ce que representan en la sociedad.
Esa sensibilidad ante el “ espíritu” y, más ampliamente, a las
moeurs indica de qué manera influyeron en la gestación de La de­
mocracia sus convicciones morales personales. Fuera que sopesa­
ra la significación de la raza o que optara entre las moeurs y les
lois; fuera que calculara las posibilidades de un futuro de libertad
o que decidiera cuál sentido de la démocratie (social o político)
era más básico, volvía una y otra vez a las creencias morales. Era
a la autoridad moral de la mayoría a la que adjudicaba el poder
último de los más; y era también en los limites morales en los que
creia ver la mejor barrera contra el abuso del poder. Cuando to­
maba en consideración la influencia de alguna idea o de alguna
institución, lo que más le importaba era su potencialidad de bene­
ficio o daño morales. Asi, elogiaba a las libertades locales, sobre
todo, por sus beneficios morales, condenaba durísimamente al
despotismo por la manera como minaba la autoestima y hacia
que los hombres se despreciaran a si mismos.
Por ello puede demostrarse que su preocupación más esencial
eran las condiciones morales de la humanidad. Valoraba por enci­
ma de todo la libertad y la dignidad del individuo. Lo que la démo­
cratie hiciera por ampliarlas, lo aplaudía, y temía lo que pudiera
hacer para ponerlas en peligro. Mientras escribía La democracia
tenia siempre presente que, para espolear a los hombres hacia las
grandes realizaciones, había que dejarles un campo de acción sig­
nificativo, tener una elevada consideración de sus capacidades y
abrigar grandes expectativas.
Pero, ¿le importaban primordialmente las cuestiones morales o
consideraba como lo más esencial a lo que pudiera dar resultado?
En tiempos democráticos, ¿se inclinaba en favor de cualquier co­
sa que resultara útil, para alejar los peores peligros? ¿Era del tipo
utilitario o del tipo moralista? Estas cuestiones se relacionan estre­
chamente con la ambigüedad de la actitud de Tocqueville hacia la
démocratie. ¿Admiraba secretamente a la démocratie, simpatiza­
ba con su avance y aun tenia la esperanza de apresurarlo con su
312 QUE ERA “DEMOCRATIE" PARA TOCQUEVILLE

programa político? O, por el contrario, ¿acompañaba a la démo-


cratie sólo por necesidad y resignado a tratar de mejorar una si­
tuación mala, o por lo menos, peligrosa? Y también en este caso:
¿pensaba prácticamente o moralmente?
Podemos ofrecer una posible solución para este viejo acertijo.
T ocqueville creía que, para un número cada vez mayor de sus
contemporáneos, los llamamientos a la moralidad ya no surtían
efecto, ya no tenían poder de persuasión ni de cambiar acciones.
Los todavía sensibles a las consideraciones morales las oirian y
las seguirían; pero, para todos los demás, los llamamientos debían
hacerse ahora en función de la utilidad o del autointerés. Tocque-
ville tendría a veces que argumentar a partir de posiciones cada
vez más amorales, si esperaba comprometer a la mayoría de sus
contemporáneos10.
Asi, pues, lo que Tocqueville resucitaba bajo nuevas formas en
La democracia era, en definitiva, la célebre apuesta de Pascal, con
quien había vivido un poquito cada día (por lo menos, en ciertos
periodos de mediados de la década de 1830). Algunos de los argu­
mentos más poderosos de que se valia para abrir los ojos a sus
lectores eran los posibles beneficios y trampas de la democracia; y
el inclinarlos a asegurar los primeros y evitar las segundas forma­
ba parte, como en una apuesta de un esfuerzo definitivo para per­
suadir especialmente a los más esclarecidos, los más sabios, los
más inteligentes, los “ mejores” ; apelar eficazmente a su autoin­
terés; razonar convincentemente con sus propios términos. Toc­
queville aspiraba a atraer a esa gente, por encima de todo, a que
aceptaran ia démocratie, no porque fuera un bien, sino porque to­
das las alternativas eran peores. La gente razonable y desapasio­
nada. decía, tenia que darse la oportunidad de lograr lo mejor de
la démocratie. Trabajar para ello daba, por lo menos, esperanzas;
negarse a hacerlo sólo podía llevar a un seguro desastre. Tocque­
ville tenia, como Pascal, profunda sensibilidad moral, pero comprendía
a sus contemporáneos lo bastante como para tender una red bellamen­
te apropiada a su época. Y a la nuestra.
NOTAS

Prefacio

1. Debo a George Wilson Pierson la frase y el concepto de “segundo


viaje’'. Consúltese su interesante ensayo "Le ‘second voyage’ de Tocque
villc en Amérique” (en adelante será citado como Pierson, “Second vo­
yage”) incluido en la colección conmemorativa titulada Alexis de Toc-
queville: Livre du centenaire, 1859-1959 (citado, en adelante, como
Tocqueville: centenaire). Además, Pierson ha escrito una narración so­
berbia del primer viaje de Tocqueville y una breve descripción de algu­
nos episodios del segundo en Tocqueville and Beaumont in America (en
adelante citado como Pierson, Toe. and Bt.). Su obra se puede conse­
guir también en una edición abreviada hecha por Dudley C. Lunt, en
rústica y encuadernada, titulada Tocqueville in America.
2. La colección más voluminosa de los papeles de Tocqueville se en­
cuentra en París, a cargo de la Commission nationale pour Fedition des
oeuvres d'Alexis de Tocqueville; pero, para el presente estudio, la Yale
Tocqueville Manuscrípts Collection, que contiene manuscritos o copias
de casi todos los materiales relacionados con La democracia, ha resul­
tado suficiente, oombinada con materiales publicados. Más adelante, en
los capítulos 1 y 2, se hacen referencias más amplias a la aparición e im­
portancia de muchos de los manuscritos de Yale.
3. Véase el excelente libro de Dorís Goldstein, Triol o f Faith: Reli­
gión and Politics in Tocqueville’s Thought.
4. Oeuvres, papiers et correspondences d'Alexis de Tocqueville, Edi-
tion définitive sous la direction de J. P. Mayer, sous le patronage de la
Commission nationale pour I’edition des oeuvres <FAlexis de Tocquevi­
lle; en adelante citado como O. C. (Mayer).
5. Journey to America, en adelante citado como Mayer, Journey, es
una traducción de las partes pertinentes de Vqyages en Siclle et aux
Etats-Unis, también editado por J. P. Mayer, 0. C. (Mayer), tomo V.
6. Democracy in America, citada en adelante como Democracy (Ma­
yer). La edición encuadernada, compilada conjuntamente por J. P. Ma­
yer y Max Lerner, apareció por primera vez en 1966.
7. Democracy in America, editada por Phillips Bradley, basada en la
313
314 NOTAS (PP. 23-24)

traducción de Henry Reeve, revisada por Francis Bowen, 2 vols.; en


adelante, citada como Democracy (Bradley).
Como se indica al principio, las citas textuales de La democracia en
América que contiene el presente libro están copiadas de la traducción
de Luis R. Cuéllar editada por el Fondo de Cultura Económica; en las
remisiones se indicará FCE y el número de página correspondiente.
(N. del t.)

I. Escritura de la primera parte de La democracia

1. Toe. a Eugéne StofFels, París, 21 de febrero de 1831, del volumen


titulado Correspondance et oeuvres posthumes, de las Oeuvres comple­
tes editadas por Gustave de Beaumont, 5; 411-412; en adelante, citadas
como O. C. (Bt.).
2. Todas las omisiones son mías, salvo aclaración en contrarío.
3. Bt. a su padre, a bordo del Le Havre, 25 de abril de 1831, copia,
Beaumont Letters Home: 1831*1832, Yale Tocqueville Mss. Collection.
BIb2; en adelante, citadas como Bt. Letters, Yale, BIba. Estas cartas
han sido compiladas y editadas recientemente por André Jardín y Geor-
ge Wilson Pierson, Lettres d'Amérique, 1831-1832 (en adelante, citado
como Bt. Lettres). Para el presente caso, véase Bt. Lettres, p. 28.
4. Bt. a su hermano Jules, Nueva York, 26 de mayo de 1831, copia,
Bt. letters, Yale, BIb2. Véase Bt Lettres, p. 48.
5. Toe. a su hermano Edouard, Nueva York, 20 de junio de 1831,
copia. Tocqueville’s Letters Home: 1831-1832, Yale Toe. Mss. Bla; en
adelante citadas como Toe. Letters, Yale, Bla.
6. La fecha en que decidieron escribir cada uno por su lado sigue
siendo un tema controvertido. Véase la exposición del problema que ha­
ce André Jardín en su “Introduction”, pp. 17-20, en Correspondance
d'Alexis de Tocqueville et de Gustave de Beaumont, ed. Jardín, 3 vols.
O. C. (Mayer), tomo 8, vol. 1. Este cuidadoso e invalorable trabajo se
citará en adelante como O. C. (Mayer), Jardin, 8. Su veredicto, basado
mayormente en muchas cartas que ambos amigos enviaron a sus fami­
lias y amigos de Francia, es que, en algún momento entre julio y no­
viembre de 1831, el libro único previamente proyectado se convirtió en
dos. Cfr. una opinión similar en Pierson, Toe. and Bt., pp. 31-33 y 511-
523. donde afirma que la toma de conciencia por Beaumont, en octubre
y noviembre de 1831, de los problemas raciales de Norteamérica fue el
catalizador más importante de la eventual aparición de dos libros distin­
tos. Pero véase también Tocqueville and Beaumont on Social Reform,
compilado y traducido por Seymour Drescher, pp. 210-211 (en adelante
citada como Drescher, Social Reform), donde se expone una opinión di­
vergente. También puede haber sido entre junio y septiembre cuando
ambos decidieran por primera vez que Beaumont se dedicara a las
NOTAS (PP. 25-26) 315
moeurs y Tocqueville a las leyes e instituciones norteamericanas. Para
finales de septiembre, cada uno empezó a escribir “mi" libro. Véanse las
respectivas cartas.
7. Toe. a Bt., París, 4 de abril de 1832, O. C. (Mayer), Jardín, 8:1,
pp. 111-114.
8. Toe. a Bt., Saint-Germain, 10 de abril de 1832, ibid., pp. 114-116.
9. Tocqueville estuvo en Tolón en mayo, y en junio visitó las prisio­
nes de Lausana y Ginebra. Cabe señalar también que aportó estadísti­
cas y apéndices para el informe.
10. Bt. a Toe., París, 17 de mayo de 1832, O. C. (Mayer), Jardín,
8:1, pp. 116-118. La preocupación de Beaumont por d futuro se com­
plicó con su abrupta destitución del empleo gubernamental que desem­
peñaba. Tocqueville-le contestó manifestándole, a su vez, su renuncia,
de suerte que el infausto acontecimiento, por lo menos, dejó a ambos
amigos en la libertad de concentrar todas sus energías en sus obras ofi­
ciales y personales sobre Norteamérica.
11. Bt. a Lieber, París, 16 de noviembre de 1832, Photostats of Lie-
ber Correspondence (de la Huntington Library), Yale Toe. Mss., BVa.
Lieber seria el traductor norteamericano del informe sobre las prisiones.
12. En 1833, el libro ganó el Príx Monthyon de la Académie
F ran?aise.
13. Para mayores detalles, consúltese Pierson, Toe. and Bt., pp. 685-
687.
14. Bt. a Toe., París, 7 de agosto de 1833,O. C.(Mayer), Jardín, 8:1,
pp. 685-687.
15. Para una relación completa de este viaje (y el posterior de 1835),
véase el excelente Tocqueville and England, de Drescher, asi como Pier­
son. Toe. and Bt., pp. 688-692. También son indispensables los cuader­
nos de viaje del propio Tocqueville, editados por J. P. Mayer y publica­
dos en inglés con el titulo de Journeys to England and Ireland, que
serán citados en adelante como Mayer, Journeys to England.
16. Toe. a Bt, París, 1 de noviembre de 1833,0. C.(Mayer), Jardín,
8:1. pp. 136-138.
17. Con relación a los métodos de observar y registrar que aplicaban
los dos viajeros, consúltese Pierson, Toe. and Bt., pp. 46-47 y 77-80.
18. El grueso de sus cahiers de viaje estaba sencillamente en orden
cronológico. Véase American Tríp, Diaries and Notes, copias, Yale
Toe. Mss., Blla, b; citados en adelante como American Diaries, Yale,
Bita. b. Siempre hay que cotejar estas copias con la versión definitiva
contenida en el quinto tomo de las Oeuvres completes, Voyages en Sieile
et aux Etats-Unis, compiladas por J. P. Mayer, y que en adelante será
citado como O. C. (Mayer), 5. Véase también la buena versión en inglés,
Mayer, Joumey. (Advierto que, para el presente libro, he confiado más
en las ediciones de Mayer que en las copias de los diarios conservadas
en Yale.)
316 NOTAS (PP 26 28)

19. No tengo la seguridad de que TocquevUle se dedicara a estas ac­


tividades en 1833. Es bastante posible que abordara algunos de estos te­
mas preliminares durante los breves períodos de calma que, según cabe
suponer, se produjeron a intervalos salteados entre noviembre de 1832 y
octubre de 1833.
20. “Sources manuscrites”, copia, Yale Toe. Mss., Clic, citadas en
adelante como “Sources manuscrites’', Yale, Clic.
21. Tocqueville’s Reading Lists. copia, Yale Toe. Mss., Clla, en ade­
lante citadas como Reading Lists, Yale, Clla. Existe también, con letra
de Beaumont, otra bibliografía rotulada “Ouvrages littéraires”, que con­
tiene 27 títulos. Véase Toe. Reading Lists, copia, Yale Toe. Mss., Cllb.
Consúltese también Pierson, Toe. and Bt., pp. 728-730.
22. Cabe recordar que La democracia en América aparecería en dos
partes, en 1835 y 1840, y que cada parte estaría dividida en dos tomos.
23. Manuscript Drafts (borradores manuscritos) para La democra­
cia, Yale Toe. Mss., CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 23, citados en adelante
como Drafts, Yale. CVh. Muchas notas, esbozos y fragmentos primiti­
vos de La democracia (tanto de 1835 como de 1840), así como otros
papeles, fueron copiados una vez para la Yale Toe. Mss. Collection.
Desde entonces, muchos de los originales se han perdido, de suerte que
hoy sólo existen las versiones de Yale, divididas en varios paquets y ro­
tuladas a-m. (La única excepción es el Paquet 9, CVg, del que existen
dos cajas de originales, además de las copias; Alexis llamaba “basura"
a estos materiales.) Cabe señalar que, al traducir todos los extractos iné­
ditos procedentes de los manuscritos, o del Manuscrito Original de Tra­
bajo de La democracia, Yale Toe. Mss., C Via, con frecuencia he tenido
que poner yo la puntuación necesaria. Además, y dado que la letra de
Tocqueville suele ser difícil de leer, he señalado todas las lecturas dudo­
sas. Todas las cursivas (subrayados) de las citas son de Tocqueville, sal­
vo indicación en contrario.
24. Democracv ( Mayer), pp. 31-49; La democracia (FCE), pp. 53-
66 .
25. Este es el capitulo de apertura del libro de Tocqueville; Demo-
cracy (Mayer), pp. 23-30; La democracia (FCE), pp. 47-52. Véase más
adelante, capitulo 3, una exposición más amplia de la evolución de las
actitudes de Tocqueville ante el ambiente norteamericano.
26. ¿Qué le pasó a la société réligieusel Quizás Tocqueville hubiese
dejado este asunto para Beaumont cuando decidieron repartirse el pa­
quete de Norteamérica. Tanto el texto como las extensas notas de Ma­
ne, ou l'esclavage aux Etats-Unis de Beaumont contienen largas exposi­
ciones acerca de la religión y las sectas religiosas de Norteamérica.
Aunque Tocqueville no dedicara ninguna partie aparte a la religión en
su libro de 1835, si le concedería tres secciones de un capitulo de la se­
gunda. el titulado “Las causas principales que tienden a mantener la re­
pública democrática en los Estados Unidos”; véanse los encabezamien­
NOTAS (PP. 28-30) 317

tos: “ La religión considerad! como institución política (...)”; “Influencia


indirecta* que ejercen las creencias religiosas sobre la sociedad política
en los Estados Unidos”, y “ Las principales causas que hacen poderosa
a la religión en Norteamérica”. Véase Democracy (Mayer), pp. 287-
301; La democracia (FCE), pp. 287-293. Para una excelente exposición
de este asunto, véase Goldstein, Trial of Faith, y, de la misma autora, el
articulo “The Religious Beliefs of Alexis de Tocqueville”.
27. Compárese el último capítulo de la primera parte de La demo­
cracia de 1835, “La constitución federal”, Democracy (Mayer), pp.
112-170; La democracia (FCE), pp. 117-188.
28. Nota del copista: palabra ilegible.
29. Compárese con los temas del indice de la primera parte de La de­
mocracia de 1835, especialmente los capítulos IV-VIII.
30. Véase el capitulo IV, “El principio de la soberanía del pueblo en
los Estados Unidos”, Democracy (Mayer), pp. 58-60; La democracia
(FCE). pp. 74-76.
31. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, pp. 20-22.
32. Consúltese Pierson, Toe. and Bt„ pp. 407-413. Véase también
Herbert B. Adams, “Jared Sparks and Alexis de Tocqueville”.
33. Compárese con “La libertad de prensa en los Estados Unidos”,
Democracy (Mayer), pp. 180-188; La democracia (FCE), pp. 198-205;
“La asociación política en los Estados Unidos” (Mayer), pp. 189-195;
(FCE). pp. 206-212; y, en el capitulo titulado “Lo que modera en los
Estados Unidos la tiranía de la mayoría” la sección “El jurado en los
Estados Unidos considerado como institución política” (Mayer), pp.
270-276; (FCE), pp. 273-277.
34. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 22.
35. Ibid., pp. 18-20; Para la “Introducción”, véase Democracy (Ma­
yer), pp. 9-20; La democracia (FCE), pp. 31-41.
36. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, pp. 27-28 y 64-67. El títu­
lo completo del capítulo, que es el segundo, es “Acerca del punto de
partida y su importancia para el porvenir de los angloamericanos”, De­
mocracy (Mayer), pp. 31-49; La democracia (FCE), pp. 53-66. Pierson
también ha advertido, y elogiado, la preocupación de Tocqueville por la
historia; consúltese Pierson, “Second voyage”, Tocqueville: centenaire,
pp. 73-76.
37. Toe. a Kergolay, París, ¿13? de noviembre de 1833, vol. I, p.
344, Correspondance d'Alexis de Tocqueville et Louis de Kergolay, tex­
to establecido por André Jardin, con introducción y notas de Jean-Alain
Lesourd, 2 vols., O. C. (Mayer), tomo 13, que en adelante se citará co­
mo O. C. (Mayer), Jardin y Lesourd, 13.

* La edición del FCE titula “influencia directa”, pero el error sólo está en el
encabezamiento, no en el texto. (N. del T.).
318 NOTAS (PP. 30-33)

38. Toe. a Bt., París, 1 de noviembre de 1833, O. C. (Mayer), Jar-


din, 8:1, pp. 136-138.
39. Esto es también aplicable a las dos cajas de fragmentos origina­
les. Drafts. Yale. CVg, “Rubish” (“Basura”) asi como a las cuatro cajas
del Manuscrito Original de Trabajo (Original Working Manuscript) de
La democracia, Yale Toe. Mss., CVIa. La redacción definitiva de este
último difiere sólo en detalles menores de los textos publicados en 1835
y 1840, pero el documento es invalorable como registro de los últimos
estadios del pensamiento y el procedimiento de escribir de Tocqueville.
40. Se trata del capitulo III del primer tomo de La democracia de
1835. Véase “Estado social de los angloamericanos”, Democracy (Ma­
yer). pp. 50-57; La democracia (FCE), pp. 67-73.
41. Manuscrito Original de Trabajo, Yale, CVIa, tomo I. Se ignora
la identidad del lector. Cfr. los párrafos iniciales de su descripción del
étai social; Democracy (Mayer), p. 50; La democracia (FCE), p. 67.
42. Capitulo sobre el état social. Manuscrito Origina) de Trabajo.
Yale. CVIa, tomo I.
43. El comentario del lector está escrito a lápiz y no parece ser de
puño y letra de Tocqueville; se desconoce a su autor. Más adelante, en
el capitulo 19, se hace una exposición más extensa de los significados de
démocratie.
44. Esta advertencia, sin fecha, se encuentra entre las copias de los
borradores de Tocqueville. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 2, p. 85.
45. Para la siguiente relación de la ayuda que aportaron Sedgwick y
Lippit me he basado mayormente en la exposición más completa de
Pierson; véase Pierson, Toe. and Bt., pp. 731-734 y notas. Compárese
también con un artículo acerca de la ayuda de Lippit, “Alexis de Toc­
queville and His Book on America —Sixty Years After”, de Daniel C.
Gilman.
46. Readings Lists (“Listas de Lecturas”), Yale, Clla.
47. Más adelante, en el capitulo 7, se desarrollan estos conceptos con
mayor amplitud.
48. Toe. a Sénior, 24 de marzo de 1834, de una obra compilada por
M. C. M. Simpson, titulada Correspondence and Conversations of Ale­
xis de Tocqueville with Nassau William Sénior from 1834 to 1859, 2
vols.. 1:1-2, en adelante citada como Simpson, Correspondence with Sé­
nior. Tocqueville ya le habia anticipado sus planes a Beaumont en no­
viembre de 1833; véase O. C. (Mayer), Jardín, 8:1, pp. 136-138.
49. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 5, pp. 12-13. A último mo­
mento, Tocqueville subdividiría el titulo final en dos capítulos. Compá­
rese esta lista con el contenido de la segunda parte de La democracia de
1835.
50. “Algunas consideraciones sobre el estado actual y el porvenir,
probable de tas tres razas que habitan el territorio de los Estados Uni­
NOTAS (PP. 33-34) 319

dos”, Democracy (Mayer), pp. 316-407; La democracia (FCE), 312-


378.
51. Véanse, por ejemplo, las observaciones del presbítero benedictino
Benedict Gastón Songy, “Alexis de Tocqueville and Slavery: Judge-
ments and Predictions”, p. 88; en adelante citadas como Songy, “Toe.
and Slavery”.
52. Toe. a Bt., 5 de julio de 1834, O. C. (Mayer), Jardin, 8:1, pp.
139-140.
53. Según André Jardin, parece ser que la reputación de Gosselin co­
mo hombre de negocios no era lo que se dice inmaculada: consúltense
O. C. (Mayer), Jardin, 8:1, p. 139 nota.
54. El titulo propuesto habia cambiado para enero de 1835, pero na­
die ha sido capaz de descubrir exactamente cuándo y de qué manera se
produjo la transformación. Compárese con la siguiente noticia apareci­
da entre los borradores de La democracia de 1835: UM. de Tocqueville
(...) está preparando la publicación, para el próximo mes de octubre, de
una obra en dos tomos que tiene (...) a Norteamérica como asunto. El li­
bro se titulará De l'empire de la démocratie en Amérique.” Este breve
anuncio, redactado posiblemente después de un encuentro con Gosselin,
en julio, señala todavía otro titulo distinto, así como la intención de pu­
blicar la primera parte de La democracia en octubre de 1834; Drafts,
Yale. Paquet 3, cahier 3, p. 101. Para un resumen de los cambios de ti­
tulo, véase más adelante, capítulo 2, nota 69.
55. Toe. a Bt., París, 14 de julio de 1834, O. C.(Mayer), Jardin, 8:1,
pp. 140-143.
56. Quizás los papeles que le llevara a Beaumont en agosto sean los
que se conservan como Original Working Manuscript, Yale, CVIa.
57. El original de estas “Observations critiques...”, evidentemente, se
ha perdido; pero se conserva una copia en Yale Toe. Mss. Collection;
véase “Observations critiques”, Yale, ClIIb, cahiers 1-3. Lamentable­
mente, la autoría de los diversos comentarios es hoy difícO, si no imposi­
ble, de establecer, toda vez que la pista mejor, la letra de quien los escri­
biera, desapareció junto con el original. También están incluidas en el
documento las observaciones de Kergolay sobre la “Introducción” de
Tocqueville. Las “Observations...” son, en gran medida, de carácter es­
tilístico, pero no faltan algunas que si critican el contenido. Se le solía
achacar falta de claridad, contradicciones, errores o imprudencia políti­
ca, y con frecuencia Tocqueville ofrecía redacciones alternativas, a ve­
ces extensas, para considerarlas y, en su caso, incluirlas. Me he referido
a las “Observations...” como si hubiesen sido compiladas durante la se­
gunda mitad de 1834, aunque también es posible que el manuscrito de la
primera parte de La democracia hubiese sido copiado y hecho circular
ya en la primavera de 1834.
58. Le democracia de 1835 (tomos I y II), ganó el Prix Monthyon en
320 NOTAS (PP. 36-39)

junio de 1836, y le granjeó a Tocqueville, en 1838, un escaño de la


Académie des Sciences Morales et Politiques.

II. Reanudación de una obra en expansión

1. Toe. a P. P. Royer-Collard, Baugy, 6 de diciembre de 1836. de


André Jardín, compilador, Correspondance d'Alexis de Tocqueville avec
P. P. Royer-Collard et avec J. J. Ampére, O. C. (Mayer), 11: 28-30. en
adelante citada como O. C. (Mayer), Jardin, 11.
2. Toe. a Beaumont, “lunes por la mañana” [12 de enero de 1835],
O. C. (Mayer), Jardin, 8:1, pp. 149-150.
3. Tocqueville y Mane se casaron el 26 de octubre de 1835.
4. ¿Qué habría pasado si La democracia de 1835 hubiese pasado
más inadvertida y hubiese sido menos celebrada? Aquí Tocqueville da a
entender que una mala recepción de su obra habría sido el fin de sus es­
critos sobre Norteamérica.
5. Esto parece ser, bajo nuevo ropaje, el antiguo distingo entre so-
ciété politique y société civile.
6. Toe. a Mole, París, agosto de 1835, O. C. (Bt.). 7:133-136.
Molé era un pariente lejano y figura prominente de la Monarquie de Ju­
lio.
7. Fecha incierta, pero ubicable en el otoño de 1835, en que Tocque­
ville empezó La democracia de 1840, y el verano de 1836, en que ter­
minó la primera parte de dicha obra.
8. Drafts, Yale, CVa, Paquet 8, pp. 2-3.
9. La carátula del capitulo, con el título y el comentario, que contiene
sólo la nota citada, se encuentra entre los borradores para La democra­
cia de 1840; Drafts, Yale, CVg, “Rubish”, tomo 3.
10. Democracv (Mayer), pp. 590-592; La democracia (FCE). pp.
545-546.
11. Para un ejemplo de ésto, véase Pierson, Toe. and Bt., p. 448 nota
y p. 766.
12. Drafts, Yale, CVa, Paquet 8, p. 45, y CVk, Paquet 7, cahier 2. p.
50.
13. Drafts, Yale, CVa, Paquet 8, p. 6. La mayor parte del material
de este cuaderno está fechado en 1836.
14. Toe. a John Stuart Mili, París, 10 de febrero de 1836, procedente
de J. P. Mayer y Gustave Rudler, compiladores, Correspondance d’Ale-
xis de Tocqueville avec Henry Reeve et John Stuart Mili, pp. 306-307.
tomo 6, vol. 1 de la edición de Mayer; en adelante, citada como Corres­
pondance anglaise, O. C. (Mayer), 6:1.
15. Toe. a Mili, París, 10 de abril de 1836, O. C. (Mayer). 6:1. pp.
308-309. La decisión de escribir otros dos tomos aparece también en un
NOTAS (PP. 39-41) 321
antiguo bosquejo, fechado “ 17 de mayo [¿de 1836?]”, relativo a les
moeurs; Drafts, Yale, CVa, Paquet 8, pp. 28-31.
16. Toe. a Reeve, Baugy, 5 de junio de 1836,O. C.(Mayer), 6:1, pp.
33-34. Un comentario fechado “5 de febrero de 1838” y encontrado en
uno de los borradores también presenta la idea de coordinar los cuatro
tomos de La democracia: “refundir más tarde toda la cosa”. Véase
Drafts, Yale. CVk, Paquet 7, cahier 1, p. 30.
17. Toe. a Reeve, Cherburgo, 17 de abril de 1836, O. C. (Mayer),
6:1. pp. 29-30.
18. Toe. a M. Bouchitté, Baugy, 26 de mayo de 1836, O. C. (Bt.),
7:149.
19. Ibid.
20. La estancia en Suiza no fue totalmente tiempo perdido. Lo apro­
vechó leyendo a Platón y a Maquiavelo, y escribió varias páginas de
ideas variadas, algunas de las cuales entrarían después en La democra­
cia.
21. Toe. a Bt., Baugy, 16 de octubre de 1836, O. C.(Mayer), Jardín,
8:1. pp. 168-172.
22. La democracia de 1840 tendría cuatro partes; las dos primeras
formarían el tercer tomo de la obra completa, y las otras dos, el cuarto.
La primera parte estaría constituida por los capítulos sobre las ideas:
“Influencia de la democracia en el movimiento intelectual de los Estados
Unidos”, y la segunda sería la parte relativa a les sentiments: “Influen­
cia de la democracia en los sentimientos de los norteamericanos.”
23. Toe. a Reeve, Baugy, 21 de noviembre de 1836, O. C. (Mayer),
6:1, pp. 35-36.
24. Ibid.
25. Toe. a Bt., Baugy, 22 de noviembre de 1836, O. C. (Mayer), Jar-
din. 8:1. pp. 172-175. Otro ejemplo del tipo de ayuda que le prestaron
Beaumont y Kergolay puede encontrarse en Bt. a Toe., “viernes” [ 13 de
enero de 1837], O. C. (Mayer), Jardin, 8:1, p. 178.
26. También Jean-Jacques Ampére (1800-1864) y Claude-Frangois
de Corcelle (1802-1892) leyeron (u oyeron) borradores de La democra­
cia de 1840. Tocquevijle y Ampére se habían conocido en 1832 y pron­
to se hicieron buenos amigos. En el verano de 1839, Ampére visitó a
Tocqueville en Normandia y de allí en adelante seria un asiduo invitado.
Corcelle también estrechó una buena amistad con él, y ambos serían
elegidos para la Cámara de Diputados en 1839, continuando su activi­
dad en la política francesa hasta el golpe de Estado de Luis Napoleón y
el fin de la segunda República.
27. Kergolay no abandonaría la vida privada hasta 1871, en que in­
gresó en la Asamblea Nacional.
28. “Tocqueville nunca escribió nada sin someter su trabajo a la con­
sideración de Louis de Kergolay”, escribió Beaumont en su “Notice sur
Alexis de Tocqueville”, O. C. (Bt.), 5:99-100.
322 NOTAS (PP. 42-44)

29. Toe. a Kergolay, Baugy, 10 de noviembre de 1836, O. C. (Ma-


yer). Jardín y Lesourd, 13:1, pp. 415-418. Cabe señalar que muchos co­
mentaristas han estudiado la influencia de Pascal, Montesquieu y Rous­
seau en el estilo de Tocqueville. Véase, por ejemplo, Pierson, Toe. and
Bt., pp. 742-745. Estos tres escritores pueden también haber contribui­
do a dar forma a las ideas de Tocqueville. Puede consultarse una con­
trovertida tesis acerca de la influencia de Rousseau, en Marvin Zetter-
baum. Tocqueville and the Problem o f Democracy. En cuanto a Montes-
quicu, véase especialmente el capitulo 9, más adelante.
30. Toe. a Sénior, París, 11 de enero de 1837, Simpson, Correspon-
dence with Sénior, vol. I. Compárese con la posterior carta a Reeve, Pa­
rís. 22 de marzo de 1837, en la que Tocqueville escribía que sus dos to­
mos no estarían listos para el impresor antes de diciembre de 1837; O.
C. (Mayer), 6:1, pp. 37-39.
31. Una de sus actividades políticas de 1837 fue la de escribir dos ar­
tículos. Después del éxito del informe sobre las prisiones de 1833 y de
La democracia de 1835, Tocqueville se dio cuenta de que la ocupación
de publicista sería un instrumento eficaz para adelantar en sus ambicio­
nes políticas, y en 1835 había escrito un trabajo sobre el pauperismo:
véase “Memoir on Pauperism”, en Drescher, Social Reform, pp. 1-27.
Los dos artículos de 1837 se referían a Argelia; véanse “Deux lettres sur
Algérie”, André Jardín, compilador, Ecrits el discours politiques, O. C.
(Mayer), 3: 1, pp. 129-153. Para mayores comentarios, véase A. Jardín,
“Tocqueville et 1’Algérie”.
32. Toe. al barón de Tocqueville (Edouard), Tocqueville, 13 de junio
de 1837. O. C. (Bt.), 7:152. Compárese con otra concesión a Beaumont:
Toe. a Bt., 9 de julio de 1837, O. C. (Mayer), Jardín, 8:1, pp. 205-208.
33. Toe. a Mili, Tocqueville, 24 de junio de 1837,0. C.(Mayer), 6:1,
pp. 324-326. Compárese con una carta posterior a Reeve, Tocqueville,
2 4 de julio de 1837, en la que declara que su libro no se publicaría hasta
marzo de 1838, como fecha más cercana; O. C.(Mayer), 6:1, pp. 39-40.
34. Beaumont y su esposa residieron en el cháteau durante las dos
últimas semanas de agosto. También el matrimonio Corcelle llegó a
Normandia a finales de julio, permaneciendo hasta mediados de agosto.
Gustave y Corcelle deben de haber leído u oído partes del manuscrito de
T ocqueville, discutiéndolo con él. En cuanto a las visitas de ambos ami­
gos. véase Toe. a Bt., Tocqueville, 9 de julio de 1837, y Cherburgo, 18
de julio de 1837; y Bt. a Toe., Dublin. 27 de julio de 1837. y París, 3 de
septiembre de 1837; O. C. (Mayer), Jardín, 8:1.
35. Véase la correspondencia Toc.-Bt de septiembre, octubre y no­
viembre de 1837; O. C. (Mayer), Jardín, 8:1; también Toe. a Bt., París,
26 de mayo de 1837, ibíd., pp. 191-196.
36. Toe. a Bt., Tocqueville, 12 de noviembre de 1837; O. C. (Mayer),
Jardin. 8:1, pp. 262-264.
NOTAS (PP. 44-46) 323

37. Toe. a Bt., París, 11 de diciembre de 1837,0. C.(Mayer), Jardín,


8:1, pp. 269-272.
38. Toe. a Bt., Baugy, 18 de enero de 1838, O. C. (Mayer), Jardín,
8:1, pp. 277-279. También escribió acerca del “sentimiento de imperfec­
ción” en una carta a Royer-Collard: Toe. a Royer-Collard, Baugy, 6 de
abril de 1838, O. C. (Mayer), Jardin, 11:59-61.
39. Los capítulos sobre les moeurs forman la Tercera Parte de La
democracia de 1840 (cuarto tomo): “Influencia de la democracia en las
costumbres propiamente dichas”. Tocqueville escribió borradores de
varios de estos capítulos en enero y febrero de 1838.
40. Este fragmento forma parte de una nota más extensa titulada
“ Préface” y fechada “5 de febrero de 1838”; Drafts, Yale, CVk, Paquet
7, cahier 1, p. 50.
41. “Note relative á la préface de mon grand ouvrage”, Drafts, Yale,
CVk, Paquet 7, cahier 1, p. 39. Se ignora la fecha de esta nota. La he in­
cluido aqui porque varios de los borradores preliminares del prefacio
están fechados en los primeros meses de 1838, y este fragmento figura
entre ellos. Asimismo, en lo que respecta a los negros y a las tendencias
ultrademocráticas, compárese con una carta de Tocqueville a John
Quincy Adams del 4 de diciembre de 1837, fotocopia. Toe. and Bt. Re-
lations with Americans, 1832-1840, Yale Toe. Mss., Cid, en adelante ci­
tada como Rdations with Americans 1832-1840 (“Relaciones con nor­
teamericanos, 1832-1840”), Yale, Cid.
42. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 1, p. 39, sin fecha. Drescher
ha mencionado también la decisión de Tocqueville de “admitir mi error”'
(Drescher, Tocqueville and England, p. 78), pero da a entender, en mi
opinión erróneamente, que Tocqueville repudiaba algunos de sus ante­
riores comentarios acerca de la relación entre la démocratie y la centra­
lización. Para una ulterior elaboración de estca temas, véanse más ade­
lante los capítulos relativos a la naturaleza y futuro de la Unión y a la
centralización.
43. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 1, p. 53.
44. La cuarta y última parte de La democracia de 1840 se titula “In­
fluencias de las ideas y sentimientos democráticos en la sociedad políti­
ca”. Originalmente, se proponía escribir esta sección como un solo capi­
tulo, muy extenso (véase Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 4) y,
aunque sus cartas no lo dicen, ya en marzo de 1838 habia empezado a
escribir esbozos de esta parte. Con fechas “7 de marzo de 1938” hay
varías páginas de borradores acerca del despotismo, y otras sobre la
centralización y el despotismo administrativo llevan fecha “23 de mar­
zo”. Véase el largo capitulo final, Drafts, Yale, CVg, “Rubish”, tomo 4.
Tocqueville estaba persuadido de que esta parte, además de ser la últi­
ma, era la más importante. Véase, por ejemplo, Toe. a Royer-Collard,
Tocqueville, 15 de agosto de 1838,0. C. (Mayer), Jardin, 11:66-68. Pa­
324 NOTAS PP. 46 4*>

ra una exposición más amplia acerca de esta parte, véanse más adelante
los capítulos sobre la centralización y el despotismo.
45. Toe. a Reeve, Baugy, 2 de marzo de 1838, O. C. (Mayer), 6:1,
pp. 41-42.
46. Toe. a Bt., Baugy, 21 de marzo de 1838, y Bt. a Toe., La Gran-
ge. 23 de marzo [de 1838]; O. C. (Mayer), Jardín, 8:1, pp. 283-290.
Beaumont le reconvino a Tocqueville su descuido y le prescribió varias
medidas. Por fin, en abril éste admitió que habia padecido trastornos de
salud durante semanas; véase Toe. a Bt., Baugy, 22 de abril de 1838,
ibíd., pp. 290-294.
47. Toe. a Bt., Tocqueville, 15 de junio de 1838, ibíd., pp. 303-305.
Las personas a que se refiere eran “útiles” por motivos políticos.
48. Toe. a Royer-Collard, Tocqueville, 23 de junio de 1838, O. C.
(Mayer), Jardín, 11:63-65.
49. Toe. a Bt., Tocqueville, 19 de octubre de 1838, O. C. (Mayer),
Jardín, 8:1, pp. 318-321.
50. Se trata de los capítulos “Método filosófico de los norteamerica­
nos” y “La fuente principal de las creencias en los pueblos democráti­
cos”. Véase Toe. a Bt., Tocqueville, 5 de noviembre de 1838 y 5 de di­
ciembre de 1839 [1838], O. C. (Mayer), Jardín, 8:1, pp. 325-330.
51. Ibid., p. 329.
52. Los capitulos acerca de las ideas corresponden a la Primera
Parte de La democracia de 1840, “Influencia de la democracia en el
movimiento intelectual en los Estados Unidos”. Los referidos al irtdivi-
dualisme y a las jouissances materlelles están en la Segunda Parte, “In­
fluencia de la democracia en los sentimientos de los norteamericanos”.
53. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 1, pp. 11-12, fechados “di­
ciembre de 1838”. El capitulo sobre el método es precisamente el prime­
ro de La democracia de 1840.
54. El capítulo no aparece ni en el Original Working Ms., Yale,
CVIa, ni en una lista posterior de todos los capitulos por incluir en La
democracia de 1840 (véase Drafis, Yale, CVf, Paquet 4), salvo sola­
mente como borrador, Drafts, Yale, CVg, “Rubish”, tomo 3. Luego
reapareció en el texto impreso de 1840.
55. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 2, pp. 1-2.
56. En el texto de 1840, este capitulo se titula “Por qué razón los
pueblos democráticos muestran un amor más vehemente y más durable
hacia la igualdad que en favor de la libertad”. Véase Democracy (Ma­
yer). pp. 503-506; La democracia (FCE), pp. 463-465.
57. Toe a Bt., Tocqueville, 6 de enero de 1839, y Baugy, 21 de mar­
zo de 1838 [“mon cher aristarque”], O. C. (Mayer), Jardín, 8:1, pp.
283-285 y 330-333.
58. Toe a Bt., NacqueviUe, 30 de septiembre de 1838,0 . C. (Mayer),
Jardín, 8:1, pp. 315-318.
59. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7,cahier 2, pp. 35-36. El capitulo aquí
NOTAS (PP. 48-49) 325

mencionado está en Democracy, Mayer, pp. 572-580; La democracia


(FCE), pp. 530-536.
60. Compárense, por ejemplo, algunas de las opiniones de Tocquevi-
lle sobre los sirvientes domésticos de Norteamérica, Democracy, Mayer,
p. 578; La democracia (FCE), p. 533-534, con los comentarios de
Beaumont sobre el mismo tema, “Appendix I: Note on Equality ¡n Ame­
rican Society”, Gustave de Beaumont, Marie, or Slavery in the Unites
States, p. 227, en adelante citada como Bt., Marie (Chapman).
61. Hay cuatro capítulos dedicados directamente a la urbanidad.
Véase Democracy, Mayer, pp. 561-572; La democracia (FCE), pp. 519-
529.
62. Los capítulos sobre la urbanidad, Drafts, Yale, CVg, “Rubish”,
tomo 4. Consúltese asimismo CVg, copia, Paquet 9, cahier 1, p. 99. En
1835, también Beaumont habia escrito acerca de la sociabilidad nortea­
mericana; véase “Appendix G”, Bt. Marie (Chapman), pp. 223-225.
63. Democracy, Mayer, pp. 690-695, y especialmente p. 692; La de­
mocracia (FCE), pp. 632-635, entre ellas, pp. 634-635.
64. “Qué clase de despotismo deben temer las naciones democráti­
cas”, Drafts, Yale, CVg, “Rubish”, tomo 4; consúltese también CVg,
copia, Paquet 9, cahier 2, p. 98.
65. Véanse las cartas de enero de Tocquevilie a Beaumont.
66. Beaumont, en cambio, resu’ió t! ;rrotado de nuevo. El informe le
consumió a Tocquevilie gran paite junio y julio; véase “Rapport (...)
relative aux esclaves des colonies”, O. C. (Mayer), 3:1, pp. 41-78. Para
mayor información sobre las repercusiones de este trabajo en Nor­
teamérica. consúltese Drescher, Social Reform, pp. 98-99 notas. Véase
también Songy, “Toe. and Slavery”, pp. 140-142 y 185-205.
67. Toe. a Reeve, 12 de septiembre de 1839,0. C.(Mayer), 6:1, pp.
43-46.
68. Véase Toe. a Ampére, Tocquevilie, 17 de septiembre de 1839 y 2
de noviembre de 1839, O. C. (Mayer), Jardín, 11:128-130 y 134.
69. Toe. a Mili, París, 14 de noviembre de 1839,0. C. (Mayor), 5:1,
pp. 326-327. Esta carta parece indicar otro titulo para La democracia.
De ser asi, el titulo de la obra pasó, por los siguientes cambios: (1) en
agosto de 1833, Jared Sparks le escribía que esperaba “ver d libro que
promete usted sobre las Institudones y Maneras de los Norteamerica­
nos” (citado por Pierson, “Second Voyage”, Toe. centenaire, pp. 80-
81); (2) en la primavera de 1834, el primero de los tomos se iba a publi­
car por separado, cernió Instituciones norteamericanas; (3) en el verano
de 1834 se titularían los dos primeros tomos De Vemptre de la démocra-
tie aux Etats-Unis; (4) en enero de 1835, finalmente, aparecieron, titula­
dos De la démocratie en Amérique;(S) en el otoño de 1839, los dos últi­
mos debían titularse L ’tnfluence de l'égalité sur les idees et les senti-
ments des hommes, y (6) en abril de 1840 se publicó la parte final, como
De la démocratie en Amérique, tomos 3 y 4.
326 NOTAS (PP. 49-55)

70. Toe. a Beaumont, Tocqueville, 23 de octubre de 1839, O. C.


(Mayer), Jardín, 8:1, pp. 389-390.
71. Toe. a Bt. [2 de noviembre de 1839], O. C.(Mayer), Jardin, 8:1,
pp. 389-390. Kergolay era inencontrable en esa época; véase la nota de
Jardín, p. 396. La política casi le arrebató a Tocqueville los servicios de
Beaumont, porque éste habia oido decir que en diciembre iba a haber un
comicio especial para elegir un diputado pea* Mamers. Se lanzó a la cam­
paña y, el 15 de diciembre de 1839, resultó elegido. Este inesperado
acontecimiento le demoró en la lectura del manuscrito de Tocqueville y,
en ocasiones, amenazó con impedírselo totalmente. Véase Bt. a Te., La
Grange, 10 de noviembre de 1839, O. C. (Mayer), Jardin, 8:1, pp. 397-
399.
72. Respecto del primero de estos tres capítulos: “Leer este capitulo
a hombres cualificados (hommes du mondé) y estudiar sus impresio­
nes"; Original Working Ms.; Yale, CVIa, tomo 3. El capitulo se encuen­
tra en Democracy (Mayer), pp. 477-482; La democracia (FCE) 438-
442. Sobre el segundo: “Consultar con L. y B."; Original Working Ms.,
Yale, CVIa, tomo 3. Acerca de este capitulo perdido, véase el capitulo
siguiente del presente libro. En cuanto al tercero: “Hacer copiar estas
dos versiones y mostrárselas a mis amigos" (fechado “octubre de
1839”). Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 2, p. 14. Véase Democracy
(Mayer). pp. 600-603; La democracia (FCE), pp. 554-556.
73. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 3. Véase Democracy
(Mayer), pp. 534-535; La democracia (FCE), 493-494.
74. Toe a Reeve, París, noviembre de 1839, O. C. (Mayer), 6:1, pp.
47-48.

III. Una hipótesis sopesada y rechazada

1. C. F. Volney, Tableau du ciimat et du sol des Etats-Unis, 2 vols.;


en adelante, citado como Volney, Tableau. Tocqueville leyó estos dos
tomos, pero tras regresar a Francia en 1832.
2. The North American Review 36 (enero de 1833), p. 273.
3. Toe. a Chabrol, New York, 18 de mayo de 1831; Toe. Ietters, Ya-
Ic BIa2.
4. Toe. a Bt., Gray, 25 de octubre de 1829, O. C. (Mayer), Jardin,
8:1, pp. 93-94. Esta carta está escrita antes de que a ambos se les ocu­
rriera la idea de viajar a Norteamérica, de suerte que no cabe hacer ba­
rruntos con la idea de Norteamérica y su position géographique oculta
detrás de sus palabras.
5. Toe. a su madre, a bordo de Le Havre, 26 de abril de 1831, del
fragmento fechado “9 de mayo”; Toe. Ietters, Yale, BIa2.
6. Ibíd.. del fragmento fechado “ 14 de mayo”.
NOTAS (PP. 55-57) 327

7. Toe. a Stoffels, Nueva York, 28 de junio de 1831; Toe. letters, Ya­


te, BIa2.
8. “Configuración exterior de la América del Norte”, Democracy
(Mayer), pp. 25-26;La democracia (FCE), p. 49. Está claro que sus lec­
turas fortalecían esa impresión primitiva. Véanse sus notas y apéndices
del primer capitulo de La democracia. Consúltense asimismo sus princi­
pales fuentes impresas sobre la situation physique (véase, más adelante,
capitulo 6).
9. Toe. a su madre, a bordo de Le Haire, 26 de abril de 1831, del
fragmento fechado “domingo 15 [de mayo]”; Toe. letters, Yale, Bla2.
10. Ibid., del fragmento fechado “ 14 de mayo”.
11. Para mayor información sobre su estancia en Nueva York, con­
súltese Pierson, Toe. and Bt., p. 76.
12. Consúltese Pierson, Toe. and Bt., p. 76.
13. “Instrucción pública”, Sing Sing, 1 de junio de 1831, Alphabeti-
cal Notebook 1, Mayer, Journey, p. 196. Aquí Tocqueville implicaba
que la situation physique de la república estimulaba realmente el esfuer­
zo mental; pero compárese esto con un comentario contrario que le hizo
al señor Livingston el 7 de junio de 1831, ibid., p. 19: “Me parece que la
sociedad norteamericana se resiente de tomar muy poco en cuenta las
cuestiones intelectuales.” También adviértase a este respecto un comen­
tario que le hizo a su padre: “La Naturaleza, aquí, ofrece un sustento
tan inmenso a la industria humana: que la clase de los pensadores teóri­
cos es absolutamente desconocida” ; de Pierson, Toe. and Bt.. pp. 115-
116. La última idea aparecería brevemente expuesta en La democracia
de 1835: Democracy. (Mayer), pp. 301-305, especialmente p. 301; La
democracia (FCE) pp. 299-302, en particular pp. 300-301. Mucho ma­
yor importancia le concedería en los tomos de 1840; ibid. (Mayer) 437-
441 y 459-465; ibid. (FCE), pp. 398-401 y 419-424. Más adelante, en el
capitulo 16, se desarrolla más extensamente este tema.
14. Tomo de Pierson, Toe. and Bt.. pp. 115-116. Una copia de la
carta de Toe. a su padre el conde, Sing Sing, 3 de junio de 1831, se en­
cuentra en Toe. letters, Yale. Blal, Paquet 5, pp. 5-6.
15. Drafts. Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, p. 96. Compárese con el
siguiente comentario: “Que los Gobiernos tienen un valor relativo.
Cuando Montesquieu [dice que ¿?], le admiro. Pero cuando define a la
Constitución inglesa como modelo de perfección, me parece ver por pri­
mera vez los limites de su genio”; ibid.. cahier 4. p. 91.
16. Compárese con los comentarios puestos bajo el encabezamiento
“General questions”, Sing Sing, 29 de mayo de 1831, Alphabetic Note­
book 1, Mayer, Journey, p. 211.
17. Compárese con el texto publicado en 1835: “Los norteamerica­
nos no tienen apenas vecinos, por consiguiente tampoco grandes gue­
rras, crisis financieras, destrozos ni conquista que temer. No tienen ne­
cesidad ni de grandes impuestos, ni de ejército numeroso, ni de grandes
328 NOTAS (PP. 58-59)

generales. No tienen casi nada que temer de un azote más terrible para
las repúblicas que todos ésos juntos, como es la gloria militar”; Demo-
cracy (Mayer), p. 278; La democracia (FCE), pp. 278-279.
18. La cursiva no existe en el original. La democracia de 1835 obser­
varía: “(...) el Estado material del pais ofrece tan inmenso campo a la in­
dustria. que basta dejar al hombre por si mismo para verlo realizar pro­
digios”; Democracy (Mayer), p. 177; La democracia (FCE), p. 195.
19. En La democracia de 1835 dice:
“Las repúblicas norteamericanas de nuestros dias son como com­
pañías de negociantes formadas para explotar en común las tierras de­
siertas del Nuevo Mundo, ocupadas en un comercio que prospera.”
“ Las pasiones que agitan más profundamente a los norteamericanos
son pasiones comerciales y no pasiones políticas, o más bien trasladan a
la política los hábitos del negocio.” Democracy (Mayer), p. 285; véase
también p. 283; La democracia (FCE), p. 285; véase también p. 283.
20. La cursiva no existe en el original. Tomado de Pierson, Toe. and
Bt„ pp. 119-130. Puede encontrarse una copia de la carta de Toe. a
Chabrol, Nueva York, 9 de junio de 1831, en Toe. letters, Yale, BIa2.
21. Un ejemplo puede ser la conversación de Tocqueville con el
señor Latrobe, Baltimore, 3 de noviembre de 1831, Non-Alphabetical
Notebooks 2 and 3, Mayer, Journey, p. 85.
22. Una de las comprobaciones más agudas del francés fue el descu­
brir que la debilidad de la presidencia norteamericana se debía más a las
circunstancias que a las leyes. A partir de este convencimiento llegó a
una notable profecía:
“Si el Poder Ejecutivo es menos fuerte en Norteamérica que en Fran­
cia, débese atribuir su causa a las circunstancias más todavía, tal vez,
que a las leyes.
"Es principalmente en sus relaciones con el extranjero donde el poder
ejecutivo de una nación tiene ocasión de desplegar habilidad y fuerza.”
“Si la vida de la Unión estuviera amenazada sin cesar, si sus grandes
intereses se encontraran todos los dias mezclados a los de otros pueblos
poderosos, se vería al Poder Ejecutivo crecer ante la opinión, por lo que
se podia esperar de él y por lo que ejecutara.” Democracy {Mayer), pp.
125-126; La democracia (FCE), p. 127.
23. Para las exposiciones de Tocqueville de estos asuntos, véanse las
siguientes páginas de La democracia: sobre descentralización y el prin­
cipio federalista (Mayer), pp. 167-170; (FCE), pp. 157-163; sobre la
presidencia (Mayer), pp. 125-126 y 131-132; (FCE), 123-128 y 129-
136; sobre el desusado privilegio de Norteamérica de cometer errores
(Mayer), pp. 223-224, 224-225 y 232-233; (FCE), pp. 213-216, 223-
227 y 232-233. Nótense también estos impresionantes pasajes del texto
de 1835: (Mayer), pp. 169-170 y p. 232; (FCE), pp. 162-163 y p. 232.
24. Citado de Pierson, Toe. and Bt., p. 76. Compárese con las obser­
vaciones de Edward Livingston del 7 de junio, Mayer, Journey, p. 20.
NOTAS (PP. 59-63) 329

25. Toe. a la condesa de Grancey, Nueva York, 10 de octubre de


1831, Toe. ietters, Yale, Blal, Paquet 15, p. 35.
26. Compárense estas frases de la carta del 9 de junio de 1831 a
Chabrol (citada más arriba) con la siguiente frase del texto de 1840:
“(...) [en los Estados Unidos] se diría que la inmóvil naturaleza misma
es allí móvil, al ver cómo se transforma bajo la mano del hombre*’. De-
mocracy (Mayer), p. 614; La democracia (FCE), p. 567.
27. Citado de Pierson, Toe. and Bt., p. 119. Para otros comentarios
sobre este y otros extensos extractos citados más arriba, consúltese el li­
bro de Pierson. pp. 120-131. Compárese el fragmento de arriba con el
capitulo de La democracia de 1840 titulado “Por qué se muestran tan
inquietos los norteamericanos en medio de su bienestar”.
28. Toe. a E. Stoffels, Nueva York, 28 de junio [julio] de 1831, Toe.
Ietters. Yale. BIa2. En la carta a su madre, fechada a bordo de Le Havre
el 26 de abril, y en la sección fechada “domingo 15 [de mayo|”. ofrecía
detalles más precisos: “Cada dia trae de 15 a 20 mil europeos católicos
que se diseminan por el desierto occidental.” Toe. Ietters, Yale. BIa2.
29. Toe. a su madre, Nueva York, 19 de junio de 1831. Toe. Ietters,
Yale, BIa2.
30. Ibid.
31. Para la relación de por qué Beaumont y Tocqueville no pudieron
visitar West Point, consúltese Pierson, Toe. and Bi., pp. 171-173.
32. Toe. a su madre, Auburn, 17 de julio de 1831, Toe. Ietters, Yale,
Blal, Paquet 15, pp. 14-15.
33. Ibid.
34. Titulo que dio Tocqueville a su narración, escrita en agosto de
1831. de las experiencias de los viajeros en tierras fronterizas. Se han
hecho dos traducciones al inglés: Pierson, Toe. and Bt., pp. 229-289, y
Mayer, Journey. pp. 328-376.
35. Existe otra notable descripción en Pocket Notebook Number 2,
21 de julio. Mayer. Journey. pp. 133-134.
36. George W. Pierson ha señalado que estas ideas acerca de los “es­
tadios de la historia” provienen de una antigua tradición europea y en­
traron en la historiografía norteamericana merced a los escritos de Fre-
derick Jackson Tumer, influido, a su vez, por Achille Loria. Para los an­
tecedentes de estas ideas y la relación entre Tumer y Loria, véase la pri­
mera sección de Lee Benson, Tumer and Beard: American Historical
H;riting Reconsidered.
37. Citado de Pierson, Toe. and Bt.. pp. 235-237.
38. Frase de Tocqueville, citada por Pierson en Toe. and Bt., p. 287.
Para una exposición más amplia de esta idea, consúltese el libro de Pier­
son.
39. Democracy (Mayer), p. 55; La democracia (FCE), p. 71.
40. Toe. a su madre, Louisville, 6 de diciembre de 1831, Toe. Ietters,
Yale. Blal.
330 NOTAS (PP. 63-67)

41. Las observaciones acerca del Mississippi están citadas de Pier-


son. Toe. and Bl., p. 76; compárese con una carta de Toe. a Kergolay,
18 de mayo de 1831,O. C. (Mayer), Jardín y Lesourd, 13:1, p. 224. Las
observaciones sobre el lago Hurón pertenecen a una carta que envió a
su padre el 14 de agosto de 1831, Toe. letters, Yale, Blal, Paquet 13,
p. 19.
42. De “Dos semanas en el desierto”, citado por Pierson, Toe. and
Bl.. p. 232.
43. Citado en Pierson, Toe. and Bt., p. 239. Este reconocimiento de
lo que inspiraba al norteamericano desaparecería de los escritos de Toc-
quevillc hasta 1840; compárese con un pasaje de un capitulo de la se­
gunda parte de la obra, “Algunas fuentes de la poesía en las naciones
democráticas”, Democracv (Mayer), p. 485: La democracia (FCE).
p. 443.
44. De “Dos semanas en el desierto”, citado en Pierson, Toe. and
Bt.. pp. 278-279.
45. De “ Dos semanas en el desierto”, Mayer, Journey, p. 345. Véan­
se también pp. 343-345 y los comentarios con el encabezamiento de
“Tierras vírgenes”, 22 y 25 de julio de 1831, Alphabetical Notebook I,
Mayer. Joumey, pp. 209-210.
46. Toe. a Chabrol, Búllalo. 17 de agosto de 1831,Toe. letters. Yate,
I)!;i2.
47. Democracy (Mayer), p. 281; La democracia (FCE), p. 281.
48. Toe. a Chabrol, Búllalo, 17 de agosto de 1831, Toe. letters, Yale,
Bla2.

IV. Otras consideraciones sobre el ambiente

1. Para el desarrollo del tema, véase Pierson, Toe. and Bt., pp. 349-
425. y Mayer, Journey, especialmente Non-Alphabetical Notebooks 2 y
3. pp. 49-66.
2. Conversación con el señor Clay, 18 de septiembre de 1831, Non-
Alphabetical Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 49.
3. Entrevista con el señor Adams, 1 de octubre de 1831, ibid., p. 61.
Tocqueville conocía también de primera mano el clima de Sicilia, a la
que visitó en 1827.
4. Ibid., p. 62.
5. Varios comentarios de sus diarios documentan que Tocqueville
conocía el temor de los norteamericanos por los centros metropolitanos.
Véase, por ejemplo, “Reasons for the social State and present govern-
menl in America”, Alphabetical Notebook 1, y “Centralization”, 25 de
'tubre de 1831, Alph. Notebook 2, Mayer, Journey, p. 86.
6. Una vez más se anticipaba Tocqueville a Frederick Jackson Tur-
n:r.
NOTAS (PP. 67-71) 331
7. Visita a Charles Carrol!, 5 de noviembre de 1831, Non-Alph. No-
tcbooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 86.
8. Democracv (Mayer), p. 284; La democracia (FCE), p. 284. Tam­
bién se relacionarían con esta idea las observaciones de Tocqueville
acerca de la falta de grandes cuestiones en Norteamérica y las consi­
guientes dificultades para la formación de partidos políticos; véase ibid.
(Mayer), p. 177; (FCE), p. 195.
9. Conversaciones con el señor Everett y el señor Sparks. 29 de sep­
tiembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 57-
59. La expresión point de départ ocupaba lugar destacado en el pensa­
miento de Tocqueville.
10. Para más ejemplos y comentarios véase Pierson. Toe. and Bt.,
pp. 120-125.
11. Conversación con el señor Quincy, 20 de septiembre de 1831.
Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 51.
12. “Rcasons for the social State and present government in Ameri­
ca”. sin fecha. Alph. Notebook 1, Mayer, Journey, p. 181. Una traduc­
ción algo distinta de Pierson, Toe. and Bt., p. 453, se aparta un par de
veces del original, tal como aparece en Voyages, O. C. (Mayer). 5:207.
Sin embargo, Pierson sitúa la composición de esta lista a principios de
octubre de 1831. Véase Toe. and Bt., pp. 450-454.
13. Conversación con el señor Latrobe, Baltimore, 30 de octubre de
1831. Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 76-77. Para
una amplia exposición de las ideas de Tocqueville y Beaumont sobre la
esclavitud, en general, y sobre la relación entre esa institución y el clima,
en particular, consúltense las partes correspondientes de Songy, “Toe.
and Slavery”.
14. Para relaciones detalladas de sus aventuras, véase Pierson, Toe.
and Bt.. pp. 543-616.
15. Conversación sin fecha, Pocket Notebook Number 3, Mayer,
Journey. p. 161.
16. Los dos primeros tomos identifican cuatro migraciones distintas,
importantes para los Estados Unidos: 1) Europeos procedentes del otro
lado del Atlántico; 2) Blancos o anglonorteamericanos hacia el interior;
3) Negros, hacia el Sur, a medida que se iba retirando la zona de escla­
vitud —véase Democracy ( Mayer), pp. 350-351, 353, 354-355; La de­
mocracia (FCE), pp. 333-334,335-336, 337-338—; 4) Los indios, hacia
el Oeste, empujados siempre por la linea de marcha de los blancos.
17. Democracy (Mayer), p. 283; La democracia (FCE), p. 283.
18. “Ohio”, 2 de diciembre de 1831, Notebook E, Mayer, Journey,
p. 263. Consúltense también “Second Conversation with Mr. Walker”,
3 de diciembre de 1831, y “Conversation with Mr. Macllvaine’', 9 de
diciembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp.
97-99.
19. Ibid.. p. 264. Adviértase el contraste entre esta observación y la
332 NOTAS (PP. 71-75)

actitud de Tocqueville en mayo: “Todo lo que he visto hasta ahora no


me encanta, porque lo atribuyo más a circunstancias accidentales que a
la voluntad del hombre.” (Véase capitulo 3 de este libro.)
20. “Second conversation with Mr. Walker”, 3 de diciembre de
1831. Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 95-96.
21. “Conversation with Mr. Guillemin”, 1 de enero de 1832, ibíd., p.
104.
22. Joseph Story, Commentaries on the Constitution o f the United
States, versión abreviada en un solo volumen, pp. 474-475. Para una
explicación más amplia del uso que Tocqueville hizo de esa obra, véase
más adelante, capítulo 7.
23. William Darby, View o f the United States, pp. 443-444. Para
mayor información sobre este libro, véase más adelante. Capitulo 6.
24. Drafts. Yale, C Vh, Paquet 3, cahier 1, p. 63. Véase también De-
mocracy (Mayer), p. 380; La democracia (FCE), p. 357.
25. Democracv (Mayer), p. 25 y p. 26; La democracia (FCE), p. 49.
Otros comentarios similares pueden encontrarse en (Mayer) pp. 24-25 y
30; (FCE) pp. 48-49 y 50.
26. Ibid. (Mayer), p. 380; (FCE), p. 357.
27. Conversación con el señor Mazureau, Nueva Orleáns. I de enero
de 1832, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 102.
28. Conversaciones con el señor Poinsett, 12-17 de enero de 1832,
ihid.. p. 115.
29. Toe. a Chabrol, desde Chesapeake Bay, 16 de enero de 1832.
Toe. letters, Yale, BIa2.
30. Ibid.. pp. 352-353. Compárese la opinión de Beaumont con la de
su amigo; véase Bt. Marie (Chapman), pp. 204-206.
31. Democracv (Mayer), p. 352; La democracia (FCE), p. 335. Ad­
viértanse las cualificaciones del autor sobre este tema; véanse sus notas
al pie, ibid. (Mayer), p. 352 notas; (FCE) p. 704, nn. 40 y ss.
32. Nótese la similarídad de este pasaje con el articulo de la North
American Review citado más arriba, capitulo 3. Reflexiones fechadas
“ 14 de enero de 1832”, Notebook E, Mayer, Journey, pp. ¿i*-4J3.
Véase también una versión un poco distinta en Pocket Notebooks Num-
ber 4 and 5, ibid., p. 179. Estas observaciones serian el esqueleto de una
sección de La democracia de 1835: “Que las leyes sirven más al mante­
nimiento de la república democrática en los Estados Unidos que las cau­
sas físicas, y las costumbres (moeurs) más que las leyes”, Democracy
(Mayer), pp. 305-308; La democracia (FCE), pp. 302-305. Véase espe­
cialmente la página (Mayer) 306; (FCE) 303, donde dice: “Las causas
físicas no influyen tanto como se supone sobre el destino de las nacio­
nes.”
33. La única excepción general posible de esta confiada concepción
se refiere a la vida espiritual, que sólo se beneficia en tanto y en cuanto
la actividad impulsada por los dones del continente se derrame sobre los
NOTAS (Pp. 76-78) 333

trabajos intelectuales y culturales. A este respecto, consúltese más ade­


lante, capitulo 16.
34. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, p. 48.
35. “Sources manuscrites”, Yale. Clic. Otro titulo pertinente era
“ Lo que permite la república en los Estados Unidos” y algunas de las
causas especificas: moeurs, point de départ, organización federal, etc.
36. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, p. 46.
37. Drafts, Yale, CVj, Paquet 2, cahier 2, pp. 20-21.
38. “El origen de los norteamericanos es la primera causa [acciden­
tal] de su prosperidad y su grandeza. La segunda es el lugar en que ha­
bitan.” “Causas accidentales o providenciales (...)”, Original Working
Ms.. Yale. CVIa, tomo 2.
39. Democracy (Mayer), p. 279; La democracia (FCE), p. 279.
40. Ibid.; (FCE), p. 280; véanse también (Mayer), pp. 279-280,305-
308 y especialmente 308; (FCE), pp. 279-280, 302-305 y especialmente
305.
41. Drafts. Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, p. 18. Véanse también
Drafts, Yale. CVj, Paquet 2, cahier 2, p. 19. Compárese el fragmento ci­
tado con el texto impreso de 1835; Democracy (Mayer), p. 277; La de­
mocracia (FCE), p. 278.
42. Democracy (Mayer), pp. 286-287; La democracia (FCE), p. 286.
43. C onsúltense las definiciones de Tocqueville, Democracy (Mayer),
p. 287 y p. 305 nota; La democracia (FCE), p. 287 y p. 696 notas.
También compárese con la siguiente aproximación de uno de los borra­
dores para la obra de 1835: “Por costumbres entiendo todas las disposi­
ciones que el hombre trae para la organización de la sociedad. Las cos­
tumbres (moeurs), estrictamente hablando, son las luces, los hábitos, las
ciencias”: Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, p. 58.
44. Compárese con las observaciones de Tocqueville de enero de
1832 (citadas más arriba). Consúltense asimismo los borradores si­
guientes de La democracia de 1835: Drafts, Yale, CVe, Paquet 17, p.
52; CVh, Paquet 3, cahier 4, pp. 46-47, y CVj, Paquet 2, cahier 2, p. 19.
Véase además la sección de la obra de 1835 titulada “Que las leyes sir­
ven más al mantenimiento de la república democrática en los Estados
Unidos que las causas físicas, y las costumbres (moeurs) más que las le­
yes”, Democracy (Mayer), pp. 305-308, especialmente 308; La demo­
cracia (FCE), pp. 302-305, especialmente pp. 304-305. Adviértase que,
al hacer hincapié en las moeurs, Tocqueville se anticipaba a la interpre­
tación de las sociedades humanas de William Graham Sumner. quien
también destacaría el papel de las moeurs. Véase particularmente Sum
ner, Foikways: A Study o f the SociológicaI Impórtame of Usages,
Manners, Customs, Mores, and Moráis.
45. Democracy (Mayer), pp. 277-315; La democracia (FCE), pp.
278-311.
46. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, p. 19.
334 NOTAS <PP. 78-83)

47. Encima de la palabra “permanente” está escrito “durable”, nin­


guna de las cuales está tachada.
48. “Asi. pues”, está escrito encima de “no sólo”, ninguna de las dos
expresiones tachada.
49. Originalmente había escrito “ejerce poco”, expresión tachada y
sustituida por “no ejerce ningún”.
50. Originalmente habia escrito “casi no lo tiene”, pero tachó el “ca­
si", sustituyéndolo por la expresión “diríamos”.
51. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, pp. 19*20.
52. Ibid., p. 19.
53. Toe. a Bt., Baugy, “22 de abril de 1838”, O. C.(Mayer), Jardín,
8:1. p. 292.
54. Drafts. Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, p. 49.
55. Ibid.: compárese esta afirmación con la de Democracy (Mayer),
p. 308: La democracia (FCE), pp. 304-305.

V. ¿Es la raza explicación suficiente del carácter norteamericano?

1. Este y los pasajes siguientes de “Dos semanas en el desierto”


están tomados de Pierson, Toe. and Bt., pp. 270-275. Otra traducción al
inglés se encuentra en Mayer, Joumey, pp. 364-369.
2. Para una exposición, breve pero sugerente, de los problemas y po­
sibilidades que rodean la remanida expresión de carácter nacional, con­
súltese “The Study of National Character”, en David M. Potter, People
o f Plenty: Economic Abundance and the American Character. pp. 3-72.
3. Véase Pierson, Toe. and Bt., p. 49.
4. Ibid., p. 54. Ténganse también en cuenta las impresiones de Beau-
mont sobre la ciudad y su gente, pp. 54-55.
5. “General Questions”, Sing Sing, 29 de mayo de 1831, Alphabetic
Notebook 1, Mayer, Journey, p. 211. (Compárense estos comentarios
con la carta a Chabrol del 9 de junio de 1831. citada más arriba, capi­
tulo 3.)
6. Del pasaje sobre Saginaw, “Dos semanas en el desierto”, tomado
de Pierson, Toe. and Bt., pp. 270-275.
7. 21-25 de noviembre de 1831, Pocket Notebook 3, Mayer, Jour­
ney. pp. 161-162.
8. Toe. al abate Lesueur, Albany, 7 de septiembre de 1831, Toe. let-
ters. Yale. Blal, Paquet 15, p. 21.
9. “Moráis”, sin fecha, Alph. Notebook 2, Mayer, Joumey, pp. 222-
223. Pierson data esta nota el 21 de septiembre de 1831.
10. “Reasons for the social State and present goverment in Ameri­
ca". Alph. Notebook 1, Mayer, Journey, p. 181.
11. 21-25 de noviembre de 1831, Pocket Notebook 3, Mayer, Jour­
ney, pp. 161-162.
NOTAS (PP. 83-85) 33;

12. Conversación con ei señor Poinsett, Filadelfia, 20 de noviembre


de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Joumey, p. 89.
13. Véanse: conversación con J. Q. Adams, Boston, 1 de octubre de
1831. Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Joumey, pp. 60-61; segunda
conversación con el señor Walker, Cincinnati, 3 de diciembre de 1831,
ibid., pp. 97-98, y comentarios sobre “Ohio”, 2 de diciembre de 1831,
Notebook E, ibid., p. 263.
14. Parece que también contribuyó a concentrar el pensamiento de
Tocqueville en las moeurs una comparación general entre el Norte y el
Sur: “La influencia de las costumbres (moeurs) se demuestra por las di­
ferencias mismas que existen entre el Norte y el Sur de la Unión. (...) No
es la sangre lo que establece las diferencias; tampoco lo son las leyes ni
la posición social”; Drafts, Yale, CVj, Paquet 2, cahier 2, p. 19.
13. Un golpe decisivo -aunque para entonces innecesario—contra
cualquier teoría racial posible se produjo el día de Año Nuevo de 1832,
en que Tocqueville y Beaumont llegaron a Nueva Orleáns y otra vez tu­
vieron oportunidad de encontrarse con gran cantidad de compatriotas;
pero, ¡qué diferencia había entre los franceses de la Louisiana y los de
Quebec y Montreal! Era evidente que la biología no habia triunfado so­
bre los efectos de las condiciones distintas, ambientales e institucionales.
(Véase, más arriba, capitulo 4.)
16. 26 de diciembre de 1831, Pocket Notebook 3, Mayer, Joumey, p.
163. Véase el notable cambio ocurrido desde la experiencia de Saginaw.
Los norteamericanos ya no eran simplemente ingleses trasplantados.
17. Reflexiones del 14 de enero de 1832, Notebook E. Mayer, Jour-
ner, pp. 234-235. Véanse también Pocket Notebooks 4 y 5, ibid.. p.
179.
18. En un borrador fechado en enero de 1838 se encuentra el frag­
mento siguiente: “Muchas causas particulares, como el clima, la raza o
la religión, influyen en las ideas y sentimientos de los hombres, indepen­
dientemente del estado social. El objetivo principal de este libro no es el
de negar esas influencias, sino poner en relieve la causa particular del es­
tado social (l’état social)"', Drafts, Yale, CVk, Paquet cahier 1, pp.
47-48. Pero, para 1840, su lista cambiaría y, al parecer el origen com­
prendería la raza: véase Democracy (Mayer), p. 417; La democracia
(FCEX p. 387.
19. Era típica del pensamiento europeo de principios del siglo XIX la
vaguedad acerca de la raza y el carácter nacional. Como muestra de las
definiciones superpuestas de Tocqueville, compárense los variados sig­
nificados de las moeurs (citados más arriba, capitulo 4) con la siguiente
explicación del carácter nacional: “El cariz (toumure) de las ideas y
gustos de un pueblo. Una fuerza oculta que lucha contra el tiempo y las
revoluciones. Esta fisonomía intelectual de las naciones a la que se lla­
ma carácter es visible a través de siglos de su historia y en medio de los
336 NOTAS (PP. 85-87)

innumerables cambios que tienen lugar en el estado social, en las creen­


cias y en las leyes”; Drafts, Yale, CVj, Paquet 2, cahier 2, p. 22.
20. Véase “Foreword”, Bt. Mane (Chapman), pp. 4-5; véase tam­
bién la nota de Tocqueville, Democracv(Mayer), p. 340; La democracia
(FCE), p. 703 in fine.
21. Véase el extenso capitulo titulado “Algunas consideraciones so­
bre el Estado actual y el porvenir probable de las tres razas que habitan
el territorio de los Estados Unidos”, Democracy (Mayer), pp. 316-407,
especialmente 316; La democracia (FCE), pp. 312-378, especialmente
p. 312.
22. Ibid. (Mayer), pp. 316-317; (FCE), p. 312.
23. Consúltese el capítulo de La democracia de 1835 citado arriba.
Véase también Songy, “Tocqueville and Slavery”, pp. 17-73, especial­
mente p. 28, y pp. 88-110. Para un análisis contrario, en el que se acusa
a Tocqueville de “neorracista”, véase Richard W. Resh, “Alexis de Toc­
queville and the Negro: Democracy in America Reconsidered".
24. Véanse, por ejemplo, los tomos de 1840: Democracy (Mayer), p.
417: La democracia (FCE), p. 387, y el capitulo “Algunas tendencias
particulares de los historiadores de los siglos democráticos”, (Mayer),
pp. 493-496; (FCE), pp. 453-455.
25. Toe. a Corcelíe, Berna, 27 de julio de 1836, O. C. (Bt.), 6:62-63.
26. Véase Democracy (Mayer), pp. 565-567; La democracia (FCE),
523-525.
27. “Cómo la democracia hace las relaciones (...)”, Drafts, Yale,
CVh, “ Rubish”, tomo 4. Véase también la copia de Bonnel, CVg. Pa­
quet 9. cahier 1, pp. 98-99. Cfr. las observaciones de Tocqueville sobre
los historiadores en tiempos democráticos, Democracy (Mayer), pp.
493-496; La democracia (FCE), pp. 453-455.
28. Cfr. el texto publicado de 1840, Democracy (Mayer), pp. 566-
567; La democracia (FCE), pp. 524-525.
29. El “Informe sobre la abolición” de Tocqueville dice: “Se ha su­
puesto a veces que la esclavitud de los negros tiene su fundamento y jus­
tificación en la naturaleza misma. Se ha dicho que la trata de esclavos
era beneficiosa para sus desafortunadas victimas y que el esclavo era
más feliz en la tranquilidad de sus ataduras que en la agitación y las lu­
chas que acompañan a la independencia. Gracias a Dios, la Comisión
ha refutado semejantes doctrinas falsas y odiosas. Europa las ha descar­
tado hace mucho tiempo.” Citado de Drescher, Social Reform, p. 99.
Cfr. las opiniones de Beaumont, que se expresan en Marie (Chapman),
pp. 202-204 y 214-216.
30. Sin fecha; Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 1, p. 37..
31. “ 12 de marzo de 1838”, Drafts, Yale, CVg, “Rubish”, tomo 3.
Véase también la copia de Bonnel, CVg, Paquet 9, cahier 1, pp. 143-
144.
32. Democracy (Mayer), p. 705; La democracia (FCE), p. 645. Para
NOTAS (PP. 88-90) 337

una interesante exposición acerca de las complejidades y paradojas del


pensamiento de Tocqueville sobre el determinismo, véase Richard Herr,
Tocqueville and the Oíd Regime, pp. 91-95, y especialmente p. 92.
33. Arthur de Gobineau, Essai sur l’inégalité des races humaines
(Ensayo sobre la desigualdad de las rzas humanas. Existen varias tra­
ducciones al castellano. N. del t.\ 4 vols. (París, 1853 y 1855). Tocque­
ville y Gobineau habían mantenido estrechos contactos, por lo menos,
desde 1843, en que empezaron una asidua correspondencia. Para ma­
yor información sobre sus relaciones personales y oficiales, véase la in­
troducción de Jean-Jacques Chevalier para las O. C. (Mayer), vol. 9,
Correspondance d‘Alexis de Tocqueville el d\Arthur de Gobineau, com­
pilada por Maurice Degros; en jdelante, citada como O. C. (Mayer), 9.
Consúltese también John Lukacs. compilador y traductor, Alexis de
Tocqueville: The European Revolution and Correspondence wlih Gobi­
neau, en adelante citado como Lukacs, Toe,: Gobineau.
34. Este y los siguientes extractos provienen de Toe. a Gobineau.
Saint-Cyr, II de octubre de 1853, O. C. (Mayer), 9: 199-201.
35. Tocqueville habia sido todavía más duro en una carta que le en­
vió a Beaumont a poco de recibir el tratado de Gobineau: “Se propone
demostrar que todo cuanto sucede en el mundo puede explicarse por las
diferencias raciales. No creo una palabra de ello y, sin embargo, pienso
que en cada nación, sea a consecuencia de la raza o de una educación
que ha durado siglos, existe alguna peculiaridad, tenaz si no permanen­
te. que se combina con todos los acontecimientos que le ocurren, y que
se ve con buena suerte o con mala, en todos los períodos de su historia.”
Citado de Lukacs, Toe.: Gobineau, p. 16. Para el texto original, cfr.
Toe. a Bt., 3 de noviembre de 1853,0. C.(Mayer), Jardín. 8:3, pp. 163-
165.
36. Cfr. el siguiente fragmento sin fecha: “Idea de necesidad, de fata­
lidad. Explicar cómo mi sistema difiere esencialmente del de Mignet y
compañía. (...) Explicar cómo mi sistema es perfectamente compatible
con la libertad humana. Aplicar estas ideas generales a la democracia.
He ahi un hermoso trozo para poner al principio o al final de la obra.”
Drafts. Yale, CVa, Paqúet 8, cahier unique, pp. 58-59. Fran$ois-Augus-
te Mignet ( 1796-1884), historiador, estrechamente vinculado a Guizot y
Thiers. secretario perpetuo de la Académie des Sciences Morales et Po-
litiqucs desde 1837, con no poca frecuencia fue una ayuda invalorable
para la carrera de Tocqueville.
37. Este extracto y los siguientes provienen de Toe. a Gobineau,
Saint-Cyr. 17 de noviembre de 1853, O. C. (Mayer), 9 : 201-204.
38. Toe. a Gobineau. Saint-Cyr, 20 de diciembre de 1853, ibid., pp.
205-206.
39. Para una relación muy perspicaz de las contradicciones de Toc-
quevillc en los temas de la raza y el determinismo biológico, véase Sey-
338 NOTAS (PP. 90-93)

mour Drescher, Dilemmas o f Democracy: Tocqueville and Moderniza-


lion, pp. 274-276.
40. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 1.
41. Toe. a Reeve, Baugy, 21 de noviembre de 1836, O. C.(Mayer),
6:1, pp. 35-36; citado más arriba, capitulo 2.

VI. La transformación de un continente

1. Se menciona frecuentemente, entre otros, a Guillaume-Tell Pous-


sin y a Chevalier, entre los viajeros que llegaron a captar la revolución
tecnológica norteamericana y que comprendieron sus implicaciones pa­
ra la república. Entre los comentaristas que fustigaron a Tocqueville por
no haberla apreciado puede mencionarse a Rene Rémond, Etats-Unis,
1: 384-385, y a John Wiiliam Ward, quien editó en inglés la obra de
Chevalier Society, Manners, and Politics in the United States, pp. viii-
xi. Pierson también aceptó, quizás con demasiada facilidad, los argu­
mentos al respecto de los críticos de Tocqueville; véase Toe. and Bt., pp.
762-763 y 764-765. (Pero consúltense también pp. 174-175.)
2. Sólo Bcaumont describió el ferrocarril Albany-Schenectady. Toc-
qucville. de quien cabe presumir que lo inspeccionó junto con su com­
pañero. ni siquiera lo mencionó en sus cartas a su familia. Son relativa­
mente escasas las referencias de Tocqueville a los ferrocarriles en los
diarios de viaje, cartas y borradores. Yo sólo he encontrado una en sus
cartas para Francia, Toe. a Le Peletier d’Aunay (¿?), Filadelfia, 8 de
noviembre de 1831, Toe. letters, Yale, BIa2. En cuanto a Lowell, véase
Pierson. Toe. and Bt., p. 393. También fue Beaumont quien, en sus car­
tas. tocó el tema de la ciudad manufacturera.
3. En 1831, el primer ferrocarril norteamericano verdadero tenia es­
casamente un año de edad, y el segundo todavía se estaba construyen­
do. Para una relación más completa, véase George R. Taylor, The
Transportation Revolution, 1815-1860, pp. 77-78.
4. Para detalles de estos accidentes, consúltese Pierson, Toe. and Bt.,
pp. 545-548, 574-577, 599-601 y 619-620.
5. En diciembre de 1831, mientras navegaba Mississippi abajo a bor­
do del Louisville, Tocqueville interrogó al capitán acerca de los gastos
de construcción y mantenimiento de ese vapor; Notebook E, Mayer,
Journey, p. 257. Esta conversación le permitió captar otra concepción
norteamericana que mencionaría en su texto de 1840: el anticuamiento
planificado; Democracy (Mayer), pp. 453-454; La democracia (FCE),
p. 426. En la segunda parte de su obra advertiría también otros rasgos
notables de la industria norteamericana, entre ellos, la producción en
masa (Mayer, pp. 465-468; FCE, pp. 425-428); la división del trabajo
(Mayer, pp. 555-556; FCE, 514-516); los periodos ciclicos (Mayer, p.
NOTAS (PP. 93-97) 339

SS4; FCE, p. 513), y la posibilidad de una aristocracia industrial (Ma-


yer, pp. 555-558; FCE, pp. 514-516).
6. Conversación con el señor Howard, Baltimore, 4 de noviembre de
1831. Pocket Notebook Number 3, Mayer, Journey, pp. 158-159. Por
Howard se enteró de los esfuerzos norteamericanos de unir los Grandes
Lagos con el Mississippi mediante canales.
7. Conversación con el señor Chase, Cincinnati, 2 de diciembre de
1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 92. Véase tam­
bién “Ohio-canals”, 2 de diciembre de 1831, Notebook E., ibíd., p. 265;
asimismo, las observaciones de Tocqueville acerca del canal que uniría
Pittsburgh con Eríe, Pennsylvania, 20 de julio de 1831, Pocket Note­
book 2, y “A fortnight in the wilderness” (“Dos semanas en el desier­
to”), ibíd., pp. 133 y 334.
8. “Questions left by MM. Beaumont and Tocqueville”, 1 de octubre
de 1831. de Correspondence and Relations with Americans, 1831-1832,
Yale Toe. Mss., Ble, que en adelante se citará como Relations with
Americans, 1831-1832, Yale, Ble.
9. Carta de B. W. Richards a Beaumont, Filadelfia, 2 de febrero de
1832, Relations with Americans, 1831-1832, Yale, Ble.
10. Véase cómo aborda Tocqueville este tema en d texto de 1835;
Democracy (Mayer), p. 387; La democracia (FCE), p. 362.
11. Conversación con el señor Poinsett, 13-15 de mero de 1832,
Pocket Notebooks 4 y 5, Mayer, Journey, p. 178.
12. “Associations”, Notebook E., Mayer, Journey, p. 252.
13. Notas sobre Kent y las “Associations”, ibid., pp. 232-233 y 253.
Para mayores detalles acerca de Kent, su obra y su influencia sobre
Tocqueville, véanse más adelante los capitulos 7 y 8.
14. Kentucky-Tennessee, Notebook E., Mayer, Journey, p. 268.
15. Maneras de incrementar la prosperidad pública, Notebook E,
Mayer, Journey, p. 270. Consúltese también la exposición de Pierson
sobre Tocqueville, el correo y la prosperidad, Toe. and Bt., pp. 588-592.
16. Maneras de incrementar la prosperidad pública, Notebook E,
Mayer, Journey, pp.. 270-273. Este largo pasaje está citado también en
Pierson, Toe. and Bt., pp. 588-592.
17. Véanse varios pasajes de la sección titulada “Cuáles son las pro­
babilidades de duración de la Unión norteamericana. Qué peligros la
amenazan"; Democracy (Mayer), pp. 384-386; La democracia (FCE),
pp. 344-368.
18. La edición de Pitkin de 1816 no contenia información alguna
acerca de mejoramientos internos y casi nada sobre manufactura. A
principios de la década de 1830, Pitkin se dio cuenta de las deficiencias
de su obra y, en 1835, cuando aparecieron los dos primeros tomos de
La democracia, publicó una edición ampliada y actualizada. Esta ver­
sión de 1835, ya muy tardía para que Tocqueville pudiera usarla, si in-
340 NOTAS (PP. 97-99)

cluia extensa información acerca de los mejoramientos internos, la ma­


nufactura e incluso de las factorías de Lowell.
19. Todas las citas que Tocqueville hace de Warden provienen del
primer tomo de los cinco que éste escribió.
20. Para una lista parcial de las fuentes que usó Tocqueville para los
transportes norteamericanos, además de las obras mencionadas más
arriba, habría que incluir, entre otros: variada documentación legislativa
y ejecutiva (Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, pp. 6-13); el Ameri­
can Almanac de 1831, 1832 y 1834; el National Calendarás 1833, y el
Niles Weekly Register. Pierson da una extensa lista de fuentes. Toe. and
Rt.. pp. 727-730 nota.
21. En 1836 Poussin escribió también Chemins de fer américai-
nes (...).
22. Mathew Carey (1760-1839), escritor, editor, nacionalista, econo­
mista y campeón de la industria y de los mejoramientos internos, escri­
bió muchos artículos y ensayos. Tal vez The Crisis (Filadelfia, 1823) y
Brief View o f the System o f Infernal Improvements o f Pennsylvania (F¡-
ladelfía, 1831) hayan sido de especial interés para Tocqueville. Adviér­
tase que efectivamente conocía, y citaba, las Letters on the Colonization
Society de Carey (Filadelfia, 1832); véase Democracy (Mayer), pp. 353-
354 nota y p. 359 nota; La democracia (FCE), p. 704, nota 45, y 705,
nota 48.
23. “Statisticjues et généralités”, Reading Lists, Yale, Clla.
24. “Livres a demander á M. King”, Reading Lists, Yale, Clla. Ja­
mes George King, prominente financiero de Nueva York, habia conver­
sado varias veces con los compañeros mientras estuvieron en Nor­
teamérica.
25. Oarby and Dwight, A New Gazetteer, p. 257. (En 1835 apareció
una segunda edición del libro.)
26. Consúltese la penúltima sección de La democracia de 1835, titu­
lada “Algunas consideraciones sobre las causas de la grandeza comer­
cial de los Estados Unidos”; Democracy (Mayer), pp. 400-407; La de­
mocracia (FCE), 373-378.
27. Le Peletier d’Aunay, primo de Tocqueville, fue una figura políti­
ca influyente durante la Monarquía de Julio.
28. El conde [Edouard] Roger [du Nord] (1802-1881), personaje
politico estrechamente vinculado con Thiers, fue diputado durante la
Monarquía de Julio, durante la Segunda República e incluso en la Ter­
cera República.
29. Livingston a Toe., París, 24 de marzo de 1834, Relations with
Amerícans, 1832-1840, Yale, Cid. (Edward Livingston, senador, secre­
tario de Estado de Jackson y ministro plenipotenciario en París de 1833
a 1835, ayudó mucho a Tocqueville, tanto en Norteamérica como en
Francia.) En el margen del manuscrito de trabajo, junto a la relación de
la polémica constitucional sobre los mejoramientos interiores (véase De-
NOTAS (PP. 99-102) 341

mocracy [Mayer), p. 387; La democracia [FCEJ, p. 362), Tocqueville


escribió; “Analizar aquí la serie de Mensajes de los distintos Presidentes
que han ejercido en los últimos cuarenta años’'; Original Working
Ms.. Vale, CVIa, tomo 2.
30. “Livres á demander á M. King”, Reading Lists, Yale, Clla. So­
bre el tema de las sociedades anónimas, Tocqueville leyó también diver­
sas colecciones de leyes de los Estados. En particular, copió partes de
Revised Statutes o f New York; véase Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, ca­
li¡er I, p. 103. Aún después de la publicación de La democracia de
1833. siguió procurándose información sobre los mejoramientos inter­
nos de Norteamérica. Véase, por ejemplo. Drafts, Yale, CVa, Paquet 8,
pp. 15-22.
31. Una palabra es ilegible; comentario del copista Bonnel.
32. Drafts, Yale, CVh. Paquet 3, cahier 1, p. 1.
33. Las cursivas no son originales. Ibíd., pp. 7-8.
34. En el manuscrito, esta frase está tachada. Original Working Ms.,
Yale CVIa, tomo I. El “aquí” se refiere a Democracy (Mayer), pp. 54-
55: La democracia (FCE), pp. 67-73.
35. “Cómo la aristocracia podría tener su origen en la industria”,
Democracy (Mayer), pp. 555-558; La democracia (FCE), pp. 514-518.
Beaumont adelantó esta tesis, brevemente, en su Marie (1835); véase
Marie (Chapman), p. 106.
36. Consúltese el diálogo con Vaux del 27 de octubre de 1831, Non-
Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 68-69.
37. Alban de Villeneuve-Bargemont, Economie politique chrétienne.
Seymour Drescher fue el primero que demostró que Tocqueville habia
consultado esa obra en varios tomos, pero, al parecer, no llegó a darse
cuenta de toda la influencia que pudiera haber ejercido. Tampoco sabia
que las ideas de Tocqueville acerca de una posible democracia industrial
ya aparecían en los borradores previos a 1835. En consecuencia, magni­
ficó el efecto de los viajes a Inglaterra a este respecto. Consúltese Dres­
cher, Toe. and Éngland, pp. 66 y 136, y Drescher, Social Reform, p. 3.
38. Villeneuve-Bargemont, Economie politique chrétienne, 1: 389.
39. Consúltese Albert Schatz, L'individualisme économique et so­
cial: ses origines, son évolution, ses formes contemporaines, pp. 304-
305.
40. Democracy (Mayer), pp. 189-190; La democracia (FCE), pp.
192-195.
41. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 3. Otra copia aparece
en los Drafts. Yale, CVg, “Rubish”, tomo 4. Cabe señalar que este bre­
ve capitulo no es de los que conciernen a las asociaciones, que si apare­
cen en los tomos de 1840; Democracy (Mayer), pp. 513-524; La demo­
cracia (FCE), pp. 469 y ss., y especialmente 473-476.
42. La palabra “interesante” es de lectura dudosa.
342 NOTAS (PP. 102-107)

43. Titulo del capitulo eliminado acerca de las asociaciones civiles;


Drafts, Yale, CVg, “Rubish”, tomo 4.
44. Ernest de Blosseville, amigo de Tocqueville y también de Beau-
mont.
45. Toe. a Bt., Baugy, 4 de noviembre [3 de diciembre] de 1836, O. C.
(Mayer), Jardín, 8:1, p. 176. Otra carta implica asimismo que Beau-
mont mantenía informado a su amigo de los escritos recientes, de los
que se enteraba por los viajeros que regresaban de Norteamérica; véase
Bt. a Toe., Dublin, 2 de julio de 1836, en la que se refiere al libro de Ha-
rriet Martinau; ibid., pp. 202-203.
46. En el verano de 1838, Beaumont llegó incluso a reunirse con M¡-
chel Chevalier. Véase Bt. a Toe., París, 10 de junio de 1838, ibid., pp.
301-302.

VII. El vínculo entre los Estados y el Gobierno central

1. En este capitulo y en el siguiente, he tratado de señalar algunas


fuentes precisas de ciertas ideas de Tocqueville acerca del federalismo
norteamericano. En algunos casos, sus cuadernos de viaje, borradores y
manuscrito de trabajo de La democracia contienen referencias exactas
que no aparecen en el texto publicado de 1835, lo que hace claros e in­
controvertibles los nuevos nexos entre fuentes e ideas. En otros sitios he
mencionado materiales no citados específicamente por Tocqueville, pe­
ro sin embargo contenidos en las obras que consultó. Hay que admitir
que. en este último caso, cualquier conexión entre las fuentes y las ideas
es sólo probable. Con demasiada frecuencia, esas búsquedas de los orí­
genes de las ideas no tienen en cuenta que la cita de una obra por un
autor no excluye la posibilidad de que también se apoyara en otras. He
tratado de evitar este error y, al llamar la atención hacia algunas de las
fuentes de Tocqueville, no he querido dar a entender que no se valiera
también de otras.
2. Toe. a Ernest de Chabrol, Nueva York, 20 de junio de 1831, Toe.
letters. Yale, BIa2. Véase también otra carta para Chabrol, 9 de junio
de 1831, ibid.
3. También otros norteamericanos les precisaron a Tocqueville y
Beaumont. con frecuencia, los beneficios y peligros del federalismo, pe­
ro raras veces les detallaron los mecanismos de la interrelación entre los
Estados y la nación. Para la conversación con el señor Clay, véase 2 de
octubre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Joumey, pp. 65-
66. Para el señor Walker, consúltese la segunda conversación, que Toc-
qucvillc calificó de importante, del 3 de diciembre de 1831, ibid., p. 96.
Según Eluabeth Kelley Bauer, Walker había sido discípulo del juez Jo-
seph Story y habia difundido activamente el evangelio de éste en los Es­
tados del Oeste; véase Bauer, Commentarles on the Constitution, 1790-
NOTAS (PP. 107-10») 343

¡860, pp. 162-167; en adelante será citado como Bauer, Commentaries.


4. Véanse los elogios que hace Tocqueville de los autores de Elfede­
ralista, en Democracy (Mayer), p. 115 nota; La democracia (FCE). p.
685, nota 8.
5. Véanse, por ejemplo, las citas de los diarios de viaje, Notebook E.
Mayer, Journey, pp. 247,249 y 249-250; también en las distintas etapas
de composición de La democracia, Drafts, Yale, CVh, Paquet 3. cahier
I, pp. 48 y 49, y los capítulos correspondientes del Original Working
Ms.. Yale, CVIa, tomo 1. (“Publius” es el seudónimo conjunto de Ale-
xander Hamilton, James Madison y John Jay, cada uno de los cuales es­
cribió partes de El federalista.)
6. Se pueden encontrar muestras en los capítulos correspondientes
del Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 1. Esas traducciones tam­
bién pueden deberse a Francis Lippitt.
7. Para mayor información acerca de estas ediciones, consúltese
Paul Leicester Ford, A List o f Editions o f the Federalist.
8. “Union: Central Government” y “Sovereignity of the People”. 27-
29 de diciembre de 1831, Notebook E, Mayer, Journey, pp. 245-250.
Algunos de los comentarios de Tocqueville (pp. 246-247) dan claramen­
te a entender que también leyó los números 16 y 17. aunque no los men­
cionara. Hay también en sus diarios una referencia sin fecha al número
83; véase Notebook F, ibid., p. 289 nota.
9. Para dos excelentes relaciones acerca de la autoría de Elfederalis­
ta y de las diferencias de tono entre los escritos de Hamilton y los de
Madison. véase Alpheus Thomas Masón, “The Federalist - A Split Per-
sonality”, pp. 625-643, y Douglas Adair, “The Autorship of the Dispu-
ted Federalist Papers”, pp. 97-122 y 235-264.
10. El federalista, números 15-22. Por considerarlo más convenien­
te. todas mis citas las he tomado de la edición de Mentor, fácilmente
asequible, que contiene un índice muy elaborado, una introducción y un
indice analítico de Clinton Rossiter; en adelante será citada como Fede­
ralist (Mentor). Como en el caso de La democracia, la remisión original
de Schleifer irá seguida de la remisión a la versión castellana de la obra,
editada por el Fondo de Cultura Económica, asi: Elfederalista (FCE).
11. Véase “Union: Central Government”, 28 de diciembre de 1831.
Notebook E, Mayer, Journey, p. 245. Esta idea se presenta con mayor
fuerza en el ensayo número 15, que Tocqueville cita en sus cuadernos
de viaje. En 1835, declararía: “Esta Constitución (...) descansa en
efecto sobre una teoría enteramente nueva, que debe señalar como un
gran descubrimiento la ciencia política de nuestros dias”; Democracy
(Mayer), p. 156; La democracia (FCE), p. 151.
12. Número 23, Federalist (Mentor), p. 155; B federalista (FCE). p.
94. Este pasaje está citado, de manera un tanto inexacta, en los diarios
de viaje de Tocqueville: “Union: Central Government”, 28 de diciembre
de 1831, Notebook E, Mayer, Journey, p. 247.
344 NOTAS (PP. 109-111)

13. “Union: Central Government”, 29 de diciembre de 1831, ibid., p.


248. Las cursivas son de Tocqueville. Estas observaciones recuerdan en
particular las conversaciones y enseñanzas de Boston. Véase especial­
mente “General Comments”, Boston, 18 de septiembre de 1831, Non-
Alph. Notebook 1, Mayer, Joumey, p. 48; y las conversaciones con el
señor Quincy, del 20 de septiembre de 1831, y con el señor Sparks [29
de septiembre de 1831], Non-Alph. Notebooks 2 y 3, ibid., pp. 30-52 y
58-59.
14. “Union: Central Government”, 28 de diciembre de 1831, Note­
book E, Mayer, Joumey, p. 247.
15. Democracy (Mayer), p. 61 y también p. 162; La democracia
(FCE), pp. 77 y 156. En la organización básica de La democracia de
1835 hemos encontrado ya un primer eco de estas ideas que resultó de
las muchas noticias que les proporcionaron a los visitantes en los prime­
ros meses de su periplo norteamericano. También hay un mensaje con­
tenido en el ensayo “On the Government of Towns in Massachussetts”,
que el historiador Jared Sparks escribió por encargo de Tocqueville y
Beaumont. Véanse también las observaciones de Sparks acerca del “es­
píritu de localidad”, 29 de septiembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2
y 3, Mayer, Journey, pp. 58-59. Acerca de la influencia de Sparks, con­
súltese también Pierson, Toe. and Bt„ pp. 397-416.
16. Véanse las observaciones de Tocqueville del 18 de septiembre de
1831, Non-Alph. Notebook 1, y su “Reflection” sin fecha, Non-Alph.
Notebooks 2 y 3, Mayer, Joumey, pp. 48 y 56-57, respectivamente.
Consúltese también la relación que hace Pierson de las experiencias de
Boston, Toe. and Bt., pp. 355-425.
17. Conversaciones con el señor Poinsett, 12-17 enero de 1832,
Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 118.
18. Democracy (Mayer), pp. 164-165; La democracia (FCE), p. 159.
19. Pierson, Toe. and Bt., p. 136.
20. “Sources. Nature des livres oú je puis puiser —Livres de droit”,
Reading lists, Yale, CHa. Tocqueville destinó un diario de viaje especial
para sus notas y observaciones acerca de los Commentaries de Kent:
“Notes on Kent”, sin fecha, Mayer, Jbumev, pp. 228-233. Véanse tam­
bién sus comentarios sobre la obra de Kent, bajo diversos encabeza­
mientos, en Notebook E, 27 y 29 de diciembre de 1831, ibid., p. 245, pp.
249-257, y Notebook F, 31 de diciembre de 1831, ibid., pp. 297-302.
21. Conversación con Gallatin, 10 de junio de 1831, y con Spencer,
Canadaigua, 17-18 de julio de 1831, Non-Alph. Notebook 1, Mayer,
Journey, pp. 21 y 28-29. Consúltense también las conversaciones con el
señor Gray, Boston, 21 de septiembre de 1831; con Jared Sparks, 29 de
septiembre de 1831, y con el señor Chase, 2 de diciembre de 1831;
Non-Alph. Notebooks 2 y 3, ibid., pp. 53, 59 y 93, respectivamente.
Cfr. los comentarios de Tocqueville del 30 de septiembre de 1831, Poc­
ket Notebook 3, ibid., p. 149.
NOTAS (PP. 11 l-l 15) 345

22. 16 de octubre de 1831, ibk).. p. 313.


23. “Reflection”, sin fecha. Notes on Kent, ibid., pp. 229-230.
Compárese esto con “El poder judicial en los Estados Unidos y su ac­
ción sobre la sociedad política”, Democracy (Mayer), pp. 102-103; La
democracia (FCE), pp. 106 y ss.
24. En adelante, citadas como Conseil, Mélanges.
25. En adelante, citados como Story, Commentaries. La edición
completa (3 vols.) apareció también en 1833. Pierson, Toe. and Bt., p.
729. erróneamente dice que la edición ampliada fue la que usó Tocque-
ville. pero las remisiones a páginas que hace se refieren a la versión
abreviada. También recurrió a Story, The Public and General Statutes
Passed by the Congress o f the Unites States/rom 1789-1827, en adelan­
te citados como Story, Laws.(Otros dos volúmenes de la obra aparecie­
ron en 1837 y 1847.)
26. En 1848, en la 1? edición de La democracia, Tocqueville incor­
poraría traducciones de la constitución federal y de la del Estado de
Nueva York, tomadas de la obra de Conseil, e incluiría también los elo­
gios referidos más arriba; véase Démocratie, 12éme. edition, I: 307; La
democracia (FCE), pp. 163-188.
27. Número 15, Federalist (Mentón), p. 111; El federalista (FCE).
p. 61.
28. Número 17, ibid. (Mentor), p. 120; (FCE), p. 68.
29. Ibid. (Mentor), p. 119; (FCE), p. 67; cfr. Número,45 (Mentor),
pp. 295-300; (FCE), pp. 277-280.
30. Democracv (Mayer), pp. 112-170; La democracia (FCE), pp.
I 17-188.
31. El capitulo sobre la Constitución federal. Original Working Ms.,
Yale, CVla, tomo 1.
32. Véase Democracy (Mayer), p. 166; La democracia (FCE), p.
183.
33. Número 17, Federalist (Mentor), pp. 119-120; El federalista
(FCE). pp. 67-68.
34. Número 46, ibid. (Mentor), pp. 294-295; (FCE), p. 200; cfr. Nú­
mero 45 (Mentor), pp. 290-293; (FCE), pp. 277-280.
35. Véase Democracy (Mayer), p. 167; también pp. 365-367; La De­
mocracia (FCE), p. 184; también pp. 344 y ss.
36. El capitulo sobre la Constitución federal, Original Working Ms.,
Yale, CVla, tomo 1.
37. Número 39, Federalist (Mentor), p. 246; Elfederalista (FCE), p.
163.
38. La alternativa escrita encima de “confederación” era “Gobierno
federal'’. Ninguna está borrada.
39. El capitulo sobre la Constitución federal, Original Working Ms.,
CVla, tomo 1. Compárense ésta y otras declaraciones sobre la naturale­
za de la Unión con una crítica en la que Tocqueville, en su definición de
346 NOTAS (PP. IIJ-II9 )

la estructura del Gobierno norteamericano, no llega a distinguir entre


“la forme fedérale” y “la forme confedérale”, Paul Bastid, “Tocqueville
et la doctrine constitutionnelle”, Toe.: centenaire, p. 46.
40. Democracyi Mayer), p. 157; La democracia (FCE), pp. 152-153.
He aquí otro caso de la inclinación de Tocqueville a poner nombres a
los fenómenos nuevos.
4 1. Acerca de los asuntos de la importancia de los tribunales federa­
les y de la necesidad de un poder judicial fuerte, los Commentaries de
ambos juristas son notablemente similares. Los borradores de La demo­
cracia indican que, entre 1832 y 1835, Tocqueville se apoyó más en
Story que en Kent.
42. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, pp. 39-40.
43. Número 22, Federattst (Mentor), pp. 150-151; Ei federalista
(FCE), pp. 90-91.
44. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, pp. 39-40.
45. Número 39, Federalist (Mentor), pp. 245-246; El federalista
(FCE), pp. 162-163. Compárese con el párrafo de 1835, Democracy
(Mayer), p. 115; La democracia (FCE), p. 120.
46. “Los tribunales federales”, Democracy (Mayer), p. 140; La de­
mocracia (FCE), pp. 139-140.
4 7. “Manera de fijar la competencia de los tribunales federales”, ibid.
(Mayer), pp. 142-143; (FCE), pp. 141-143. En ninguna de estas seccio­
nes acerca del poder judicial de Norteamérica citaría Tocqueville ni el
Número 22 ni el Número 39 de El federalista.
48. Existen varías exposiciones de esas complejidades en los tomos
de 1835. Democracy (Mayer), pp. 61, 114-115, 155-158 y 164-165; La
democracia (FCE), pp. 77, 119-121, 148-151 y 157-162.
49. Compárense los pasajes que contienen las frases “un solo pue­
blo” y “un solo y mismo pueblo” (Democracy [Mayer], pp. 140 y 145;
La democracia [FCE], pp. 140 y 145) con otros que hablan de “veinti­
cuatro naciones soberanas pequeñas”, de “un conjunto de repúblicas
confederadas” o de “una sociedad de naciones”, ibid. (Mayer), pp. 61,
117, 364, 376; (FCE), pp. 77, 120, 344, 368.
50. Número 45, Federalist (Mentor), pp. 292-293; El federalista
(FCE), pp. este pasaje se incluiría en La democracia de 1835 co­
mo nota de pie de página; véase Democracy (Mayer), p. 115 nota; La
democracia (FCE), p. 658, nota 8.
51. Story, Commentaries, p. 192.
52. JelTerson al mayor John Cartwright, Monticello, 5 de junio de
1824, Conseil, Mélanges, 2:404-412. La versión en inglés se encuentra
en A. A. Lipscomb y A. E. Bergh, compiladores, The Writings ofTho-
mas Jefferson, 16:47, en adelante citada como Jefferson, Memorial Ed.
53. Democracy (Mayer), p. 61; La democracia (FCE), p. 77; el se­
gundo caso aparece en (Mayer), p. 115; (FCE), p. 120.
54. Ibid. (Mayer), p. 246 nota; (FCE), no ñgura esta nota.
NOTAS (PP. 119-121) 347

53. En un polémico ensayo titulado “Tocqueville on American Fede-


ralism”, el presbitero Robert C. Hartnett, S. J., dice que el autor de La
democracia estaba irremisiblemente confundido acerca de la naturaleza
de la Unión. El artículo está contenido en William J. Schlaerth. S. J..
compilador, A Symposium on Alexis de Tocqueville’s Democracy in
America, pp. 22-30.
56. Las deudas expuestas más arriba conciernen a la relación entre
los Estados y la Unión, pero en los borradores y manuscritos de trabajo
de Tocqueville aparecen más ideas ajenas, acerca de otros aspectos con­
siderados en La democracia, tales como la amenaza de la tiranía legisla­
tiva, la necesidad de un poder judicial independiente, los poderes del
presidente y los riesgos de las elecciones frecuentes.
57. Véase Pierson, Toe. and Bt.. pp. 730-735.
58. El capitulo sobre la constitución federal, Original Working Ms..
Yate, CVIa, tomo 1. En el capítulo publicado, en ninguna parte usa
Tocqueville la palabra contrato para definir a la Unión; consúltese De­
mocracy (Mayer), pp. 112-170; La democracia (FCE). pp. 117-188. En
cambio, el vocablo aparece en otro lugar del texto de 1835: véase ibid.
(Mayer), p. 369; (FCE), p. 348.
59. Democracy (Mayer), p. 369; la cursiva es mía; La democracia
(FCE), p. 348; cfr. (Mayer) pp. 367-368, 369-370 y 383-384: (FCE).
pp. 346-347, 348-349 y 364-365. Sin embargo, en otro lugar lugar de
La democracia, al menos por extensión, Tocqueville se contradecía.
Compárese con la afirmación que precede a su repudio de la doctrina de
la nulificación de John C. Calhoun, ibid. (Mayer) pp. 390-391: (FCE) p.
364.
60. En adelante se la citará como Rawle, View. Según los Commen-
taries de Bauer, pp. 27 y 63, la obra de Rawle fue el primer trabajo so­
bre la Constitución prescrito como libro de texto para los niveles secun­
dario y de facultad de derecho, y gozó de gran popularidad.
61. Conseil, Mélanges, 1:127-128 nota.
62. Ibid., 1:129-130; cfr. Rawle, View, pp. 25-26.
63. Para una relación completa de las memorias de Lippitt. véase
Daniel C. Gilman, “Alexis de Tocqueville and His Book on America -
Sixty Years After”. Consúltese también la relación de Pierson. Toe. and
Bt., pp. 732-734 y notas.
64. Rawle, View, p. 290; cfr. pp. 288-290 y 295-301. Pierson indica­
ba que Tocqueville conoció a Rawle a través de Lippitt. pero erraba al
afirmar que Rawle no era más que otra traducción de las ideas de Storv.
Kent y El federalista; Pierson, op. dt., pp. 733-734 y notas.
65. Para una referencia a la obra de Rawle y la recepdón de que
gozó, véase Bauer, Commentaries, pp. 58-65.
66. Rémond, Etais-Unís, 1: 382; esta obra contiene una exposición
particularmente aguda de la originalidad de Tocqueville: ibid.. 1:377-
390.
348 NOTAS (PP. 121-126)

67. Para un mayor desarrollo de esta idea, consúltese Paul C. Nagel,


One Nation indivisible: The Union in American Thought, ¡776-1861.

VIII. Un profeta equivocado

1. En adelante se la citará como Scheffer, Histoire. Esta historia es la


única publicada en París en los años inmediatamente anteriores al viaje
de Tocqueville a Norteamérica, y también la menciona en sus listas de
fuentes. Véase Pierson, Toe. and Bt., p. 46.
2. Scheffer, Histoire, p. 284. En sus Commentaries, p. 718, Story ex­
presaba una opinión similar. Véase el texto de Tocqueville, Democracy
(Mayer), p. 364; La democracia (FCE), pp. 344 y ss.
3. En La democracia de 1835 distinguiría cuidadosamente entre el
futuro de la Unión como nación y su futuro como república; Demo­
cracy (Mayer), pp. 395-400; La democracia (FCE), pp. 368-373. Este
capítulo consideró solamente la primera de ambas cuestiones. (Para una
distinción idéntica entre los destinos federal y republicano, véase el en­
sayo introductorio de Conseil, Mélanges, 1: 112-114. ¿Habrá tomado
Tocqueville este concepto de la obra de Conseil?)
4. “División de Pempire américaine”, Shipboard Conversations
(“Conversaciones a bordo”), Yale, BHb. Traducido al inglés por Pierson y
citado de su Toe. and Bt., pp. 49-50. (Consúltese la relación de Pierson
de esa conversación.) Ni el original francés ni la traducción inglesa de
los diarios de viaje de Tocqueville, O. C. (Mayer), contienen ninguna de
estas notas tomadas a bordo.
5. Conversación con John Quincy Adams, Boston, l.° de octubre de
1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 60-63.
6. Segunda conversación con el señor Walker, 3 de diciembre de
1831, ibid., p. 96.
7. Conversación con el señor Poinsett, 12-17 de enero de 1832, ibid.,
pp. 113-115. Compárese con Democracy (Mayer), p. 381; La democra­
cia (FCE), pp. 346-347.
8. Conversación con el señor Clay, 2 de octubre de 1831; Non-Alph.
Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 65-66.
9. “Centralization”, 25 de octubre de 1831, Alph. Notebook 2, ibid.,
p. 216.
10. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 2, pp. 48-49. Compárese con
Democracy (Mayer), p. 381; La democracia (FCE), p. 350.
11. 31 de enero de 1832, Notebook E, Mayer, Journey, pp. 235-236.
12. Número 15, Federalist (Mentor), p. 111; El federalista (FCE),
p. 61.
13. Número 45, ibid. (Mentor), pp. 289-290; (FCE), p. 196.
14. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 76.
15. En esta exposición, Tocqueville vuelve a dejar patente su ansie­
NOTAS (PP. 126-127) 349

dad por encontrar, y emplear, un point de départ, una de sus herramien­


tas mentales predilectas.
16. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 78. Cfr. Democracy
(Mayer), pp. 364-366; La democracia (FCE), pp. 346-348.
17. Véase Democracv (Mayer), pp. 368-370 y 383-384; La democra­
cia (FCE), pp. 348-350 y 364-365.
18. Democracy (Mayer), pp. 370-374 y 384-386; La democracia
(FCE), pp. 350-353 y 365-366. Tocqueville mencionaba como intereses
materiales: diversas circunstancias geográficas, la existencia de esclavos
en el Sur y los vínculos del comercio, el transporte y las comunicacio­
nes. Como factores no materiales, las opiniones, creencias y sentimien­
tos comunes, y un creciente sentido de la nacionalidad.
19. Ibid. (Mayer), pp. 374-383; (FCE), 353-364. Según el texto de
1835. la más importante de estas fuerzas contrarías sería una que ya he­
mos señalado: el equilibrio cambiante de la riqueza y la influencia entre
los Estados y los sectores, a medida que la Unión se iba expandiendo.
Pero Tocqueville mencionaría también las pasiones y rasgos de carácter
incompatibles que creaba la esclavitud.
20. Los breves extractos siguientes proceden de la sección titulada
“Cuáles son las probabilidades de duración de la Unión norteamerica­
na”, Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 2. Inicialmente, la frase
concluía “de todas sus partes”, pero eliminó “todas”, sustituyéndola por
“algunas de”.
21. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 2.
22. Ibid. Compárense estas frases con Democracy (Mayer), p. 383;
La democracia (FCE), p. 364.
23. Origina] Working Ms., Yale, CVIa, tomo 2; la cursiva es mía.
24. Consúltese la sección titulada “Cuáles son las probabilidades de
duración de la Unión norteamericana” de La democracia de 1835 (Ma­
yer), pp. 363-395; (FCE), pp. 344-368. (Consúltese también [Mayer],
pp. 166-170; [ FCE], pp. 160-165.) Una sola vez, lo que es significativo,
se aproximaría Tocqueville a una afirmación tan directa; véase ibid.
(Mayer). p. 378; (FCE), p. 360.
25. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, pp. 80-81; compárese con
Democracy (Mayer), pp. 383-384; La democracia (FCE), p. 364-365.
26. En adelante se citará como Blunt, Historical Sketch.
27. En adelante se citará como Duer, Outlines.
28. Segunda edición revisada; en adelante se citará como Sergeant,
Constitutional Law.
29. “Sources. Nature des livres oú je puis puiser - Livres de droit”,
Reading Lists, Yale, Clla.
30. Bauer, Commentaries, pp. 27, 39 y notas.
31. Sergeant, Constitutional Law, pp. 324-328 y notas. Compárese
con la exposición de Tocqueville del mismo tema, Democracy (Mayer),
pp. 386-387; La democracia (FCE), pp. 360-361.
350 NOTAS (PP. 127-129)

32. Sergeant, ibid., pp. 353-354. En cuanto a la polémica sobre los


bancos. Tocqueville citaba también, en sus borradores, dos ediciones del
National fntelligencer, “6 de febrero de 1834” y “5 [s/c: 4\ de marzo de
1834” La primera contenia un discurso de Daniel Webster; la segunda,
uno de Henry Clay. Véanse Drafls, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 5, pp.
10-12. Consúltese también Democracy (Mayer), pp. 388-389; La demo­
cracia (FCE), pp. 363-364.
33. Blunt, Historical Sketch, pp. 5-6. Compárese con el análisis de
Tocqueville de la polémica sobre los indios, Democracy (Mayer), pp.
387-388, y sobre las tierras públicas, p. 388; La democracia (FCE), pp.
362-363 y 363, respectivamente.
34. Bauer, Commentaries, p. 101; también Pierson, Toe. and Bt., p.
279 nota.
35. Duer, sin embargo, disentía particularmente de lo que él llamaba
las “opiniones restringidas” de Rawle acerca de “la obligación perpetua
de la Constitución Federal”.
36. Duer, Outlines, Preface, pp. v-xviii. Según Bauer, Commentaries,
p. 28, Duer escribió su libro como réplica a las doctrinas de la nulifica­
ción.
37. Según el copista Bonnel, la primera palabra de esta frase resulta­
ba ilegible.
38. Drafls, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 2, pp. 61-64. Durante esa
crisis, el gobernador era Robert Y. Hayne. Quizás Tocqueville pensara
en James Hamilton, Jr., un nulificador prominente. Consúltense las no­
tas de pie de página, Democracy (Mayer), pp. 389-392, donde se citan
otros documentos, especialmente d compromiso tarifario de 1833; La
democracia (FCE), pp. 697-709.
39. Drafl. Yale, CVh, Paquet 3, cahier 2, p. 66.
40. Bonnel indicaba que la palabra siguiente a “su” resultaba ilegi­
ble; pero una lectura culta permite la deducción correcta: “poder”.
41. Drafls, ibid.
42. Drafls, ibid., pp. 80-81.
43. Drafls, ibid., pp. 52-53.
44. Democracy (Mayer), p. 386; La democracia (FCE), p. 361;
véanse también (Mayer), pp. 384-385 y 394-395; (FCE), pp. 359-360 y
367-368. Nótese que Tocqueville admitía varias circunstancias que pu­
dieran remontar la declinación del Gobierno federal: “Un cambio de
opinión, una crisis interior, una guerra, podrían volver a darle de repente
el vigor de que tiene necesidad.” (Mayer), p. 394; (FCE), p. 367 in fine.
45. Drafls, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 76.
46. Bauer, Commentaries, pp. 21 y 28.
47. Story, Commentaries, p. 193; Tocqueville no lo menciona explí­
citamente. Compárese con Democracy (Mayer), pp. 394-395; La demo­
cracia (FCE), pp. 367-368.
48. Drafls, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 2, pp. 48-49. Para la versión
NOTAS (PP. 130-134) 351

suavizada, Democracy (Mayer), p. 384; La democracia (FCE), pp. 359-


360.
49. Consefl, Mélanges, 1:84-85,232-234; 2:310-316 y 420-421. En
los papeles de Tocqueville no aparece indicio alguno de que conociera
esas cartas.
50. Conseil, ibíd., 2:240-241. Para el original inglés, véase JefTeraon
a William B. Giles, Monticdlo, 26 de diciembre de 1825, Jqfferson, Me­
morial Ed., 16:147-148.
51. Democracy (Mayer), p. 386; La democracia (FCE), p. 361.
52. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 25.
53. Este extracto y los siguientes provienen de la sección “Cuáles
son las probabilidades de duración de la Unión norteamericana”, Origi­
nal Working Ms., CVIa, tomo 2; esta frase está tachada.
54. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 2; las tres últimas fra­
ses de este párrafo están tachadas en el manuscrito. Compárese esta
cronología con Arnold Scheffer, Histoire, p. 246; véanse también pp.
251 y 252.
55. Cfr. Democracy (Mayer), p. 387; La democracia (FCE), pp.
361-362.
56. Ibíd. (Mayer), p. 395; (FCE), p. 368.
57. Carta de Sparks a Tocqueville, Boston, 30 de agosto de 1833,
Relations with Americans, 1832-1840, Yale, Cid; copia de Bonnel.
58. Carta de H. D. Gilpin a Tocqueville, Filadelfía, 24 de septiembre
de 1833, ibid.; original de Madame de Larminat.
59. Para mayor abundamiento, véase más arriba, capitulo 2.
60. Cabe recalcar que, evidentemente, esta definición tiene también
sus elementos optimistas: el predominio de la nación en Norteamérica,
su futura grandeza comercial, su riqueza aparentemente ilimitada, y
otros.

IX. ¿Qué tamaño puede tener una república?

1. Segunda conversación con el señor Walker, 3 de diciembre de


1831. Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 95-96.
2. Conversación con el señor Mazureau, Nueva Orleáns, l.° de enero
de 1832. ibid., pp. 101-102. La observación de Mazureau se hacía eco,
desde luego, de Montesquieu (véase más abajo).
3. Véase la sección “Ventajas del sistema federativo, en general, y su
utilidad especial para Norteamérica”, Democracy (Mayer), pp. 158-
163: La democracia (FCE), pp. 153-157.
4. De la sección citada en la nota anterior, Original Working Ms.,
Yale, CVIa, tomo 1.
5. El juez Story argumentaba desde una posición más empírica.
Véanse sus Commentaries, pp. 169-170.
352 NOTAS (PP. I3S-I36)

6. Conversación con el señor MacLean, 2 de diciembre, Non-Alph.


Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 93. Véanse las observaciones del
14 de enero de 1832, Notebook É, ibid., pp. 234-235. En 1835, Tocque-
ville reproduciría, en lo esencial, el comentario de MacLean; véase De-
mocracy (Mayer), p. 163; La democracia (FCE), p. 157.
7. “Union: Central Government”, 29 de diciembre de 1831, Note­
book E, Mayer, Journey, p. 248.
8. Conversaciones con el señor Poinsett, 12-17 de enero de 1832,
Non-Alph. Notebooks 2 y 3, ibid., p. 118. Poinsett, antes de formular
esta observación, citó el ejemplo de Sudaméríca; y en 1835, Tocqueville
repetiría su ejemplo; Democracy (Mayer), p. 162; La democracia
(FCE), 156.
9. De l'esprit des lois, edición cuidada por Gonzague Truc. Los pa­
sajes citados pertenecen a “Propriétés distinctives de la république”,
1:131-132, y “Comment les républiques pourvoient a leur súrété”,
1:137-138. Las traducciones al inglés son mias.
10. Número 9, Federalist (Mentor), pp. 71-76; Elfederalista (FCE),
pp. 33 y 34.
11. La brillante tesis de Madison se desarrolla principalmente en los
números 10 y 51 (véase también número 14) y sigue siendo uno de los
aportes norteamericanos más creadores a la teoría política. Para su aná­
lisis. consúltense dos artículos de Neal Riemer, “The Republicanism of
James Madison” y “James Madison’s Theory of the Self-Destructive
Features of Republican Government”; otros dos artículos de Douglas
Adair, “The Tenth Federalist Revisited” y “That Politics May Be Redu-
ced to a Science”, en los que el autor revela la deuda de Madison para
con David Hume. Otros dos estudios recientes son: Paul F. Bourke.
“The Pluralist Reading of James Madison's Tenth Federalist”, y Robert
Morgan. “Madison’s Theory of Representation ¡n the Tenth Federa­
list". También es pertinente el estudio de Robert A. Dahl y Edward R.
Tufte. Size and Democracy, especialmente pp. 34-40. En cuanto a la ca­
pacidad creadora de Madison, véase Edmund S. Morgan, “The Ameri­
can Revolution Considered as an Intelectual Movement”.
12. En cuanto a la posible aplicación de la teoría de Madison a los
temores de Tocqueville acerca del peligro de tiranía de la mayoría, véase
más adelante, capitulo 15.
13. Quizás Tocqueville hojeara el Número 10 durante diciembre de
1831. pero, si lo hizo, no ha dejado alusión alguna en sus cuadernos de
viaje.
14. Drafts, Yale. CVb, Paquet 13, p. 25 (en la que aparecen dos ci­
tas) y p. 26; CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 48. Tocqueville hace referencia
a las páginas de Elfederalista, no a sus capítulos, pero viendo la edición
con que contaba puede determinarse que el ensayo que mencionó repeti­
das veces era el Número 51; en ninguna parte de sus borradores o ma­
nuscrito de L ?democracia cita el Número 10. En 1835 citaría un pasaje
NOTAS (PP. 137-139) 353

del Número 51; pero sin ninguna indicación, eliminaría del extracto la
esencia del argumento de Madison acerca del tamaño; DemocracyiMa-
yer), p. 260; La democracia (FCE), 264 in fine.
15. Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, p. 26.
16. Número 51, Federalist (Mentor), pp. 324-325; El federalista
(FCE). pp. 222 y 223.
17. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 5, p. 2. Cita una carta de
“Jefferson a Devemois [s/c] del 6 de febrero de 1795”, pero no indica que
la misma aparecia en Conseil, Mélanges, 1:407-408. Para el original
inglés, véase la carta al señor D’Ivernois, 6 de febrero de 1795, J^ffer-
son. Memorial Ed., 9:299-300.
18. El borrador de Tocqueville contenia todo este pasaje, menos la
última frase. Nótese que, evidentemente, JefTerson desconocía todo lo
que Hamilton comentara acerca de las opiniones completas de Montes-
quieu sobre las repúblicas grandes.
19. Véase “ La influencia de las leyes sobre el mantenimiento de la re­
pública democrática en los Estados Unidos”, Original Working Ms.,
Yale. CVIa, tomo 1; y Democracyi,Mayer), p. 287 (también pp. 161-
162); La democracia (FCE), p. 286 (también pp. 156-157). Pierson,
Toe. and Bt., pp. 768-769, decía que el parecido entre Tocqueville y
Montesquieu era sobre todo exterior. Asi es en muchos aspectos, pero
en el tema del tamaño de una república el parecido es mucho más que
superficial; las ideas de ambos hombres son notablemente paralelas.
Compárense los comentarios de Tocqueville en Democracyi Mayer), pp.
158-163 ‘.L a democracia (FCE), pp. 153-157, con las observaciones de
Montesquieu en las secciones de De l’esprit des lois citadas más arriba.
Para otras opiniones sobre las similaridades entre Tocqueville y Mon­
tesquieu, véase el excelente ensayo de Melvin Richter, “The Uses of
Theory, Tocqueville’s Adaptation of Montesquieu”.
20. Democracy (Bradley), 1:170; La democracia (FCE), p. 157. Ad­
viértase el contraste entre esta ¡dea y la opinión habitualmente mala que
Tocqueville tenia de la lucha egoísta de los estados por el poder.
21. Democracy (Mayer), p. 263; véase también p. 287; La democra­
cia (FCE), p. 266; véase también p. 286 in fine.
22. Ibid. (Mayer), pp. 377-378; (FCE), pp. 355-356; véanse también
(Mayer), pp. 376-377; (FCE), pp. 354-355, y compárese con (Mayer), p.
381; (FCE), p. 360, donde Tocqueville manifiesta que puede existir una
federación grande si ninguna de las partes componentes tiene intereses
contradictorios.
23. Ibid. (Mayer), p. 159; (FCE), p. 154.
24. Ibid. (Mayer), p. 160; (FCE), pp. 154-155. Tocqueville parecía
considerar a la majorité como d apoyo subyacente con que cuenta la
sociedad para la formación y funcionamiento de su Gobierno, esto es,
algo esencial para la existencia continuada y ordenada de una nación.
354 NOTAS (PP. 139-147)

25. Véase, por ejemplo, Democracy (Mayer), pp. 262-263; La demo­


cracia (FCE), p. 266.
26. Véase, más adelante, el capítulo 15, sobre el concepto de mayoría
de Tocqueville.

X. La centralización y las libertades locales

1. Para un desarrollo de estas ideas consúltense las obras comentes


de Félix Ponteil, Les Institutions de la France de 1814 á 1870, que en
adelante se citará como Ponteil, Institutions; F. Ponteil, La Monarchie
parlamentaire: 1815-1848, que se citará como Ponteil, Monarchie par-
lementaire, y Dominique Bagge, Le cortflit des idées politiques en Fran­
ce sous la Restauration, en adelante, Bagge, Idées politiques. También
puede consultarse un libro antiguo, pero todavía útil, Edouard Laboula-
ye, L ’Etat et ses limites, el ensayo titulado “Alexis de Tocqueville”, pp.
138-201, y especialmente pp. 160-171, donde el autor analiza la origina­
lidad de las ideas tocquevilleanas sobre centralización; en adelante se lo
citará como Laboulaye, L ’Etat.
2. Le Peletier d’Aunay a Toe., agosto de 1831, copia, Letters from
French Fríends: 1831-1832, Yale Toe. Mss., BId.
3. Toe. al conde de Tocqueville, Sing Sing, 3 de junio de 1831, Toe.
letters. Yale, Blal, Paquet 15, pp. 2-3. Véase también la carta de Toc­
queville a Emest de Chabrol, Nueva York, 20 de junio de 1831, Toe.
letters, Yale, BIa2, y compárese con el texto de 1835: Democracy (Ma-
yer), p. 72; La democracia (FCE), p. 76.
4. Toe. a Emest de Chabrol, Aubum, 16 de julio de 1831, Toe. let­
ters. Yale, Bla 1. Beaumont hace un comentario similar, Bt. a su padre,
Nueva York, 16 de mayo de 1831, Bt. Lettres, pp. 39-46.
5. “Nota” a una conversación con el señor Quincy del 20 de sep­
tiembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 51-
52. Véase en el texto de 1835 una reproducción casi exacta de estas afir­
maciones: Democracy (Mayer), p. 95; La democracia (FCE), p. 100.
Compárese también una conversación con el señor Lieber del 22 de sep­
tiembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 51-
52. y su reflejo en el libro de 1835: Democracy (Mayer), p. 189; La de­
mocracia (FCE), p. 191.
6. Conversación con el señor Gray del 21 de septiembre de 1831,
Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 52.
7. 28 de septiembre de 1831, ibid., p. 57. Compárese con el texto de
1835, Democracy (Mayer), 189; La democracia (FCE), p. 191.
8. 29 de septiembre de 1831 (fecha puesta en la copia existente en
Yale), Mayer, Journey, p. 59. Cfr. Democracy (Mayer), pp. 67 y 68-70;
La democracia (FCE), pp. 79 y 81-82.
NOTAS (PP. 147-154) 355

9. 30 de septiembre de 1831, Pocket Notebook 3, Mayer, Journey, p.


149.
10. [ l.° de octubre de 1831], ibid., p. 150. Cfr. Democracy (Mayer),
p. 96; La democracia (FCE), p. 104.
11. Durante los debates para la Constitución de 1848, por ejemplo,
Tocqueville volvería a reclamar mayores libertades locales; consúltese
Edward Gargan, Alexis de Tocqueville: The Critical Years, ¡848-1851,
pp. 98-99; en adelante se citará como Gargan, Critical Years.
12. “Centralization”, 27 de septiembre de 1831, Alph. Notebook 2,
Mayer, Journey, p. 213.
13. “Questions left by MM. Beaumont and Tocqueville”, l.° de octu­
bre de 1831, Relations with Amerícans 1831-1832, Yale, Ble.
14. Citado por Herbert Baxter Adams, “Jared Sparks and Alexis de
Tocqueville'J, p. 570.
15. Toe. a su padre, Hartford, 7 de octubre de 1831, Toe. ietters, Ya­
le, Bla2. Véanse asimismo las preguntas a Chabrol, Hartford, 7 de octu­
bre de 1831, y a Blosseville, Nueva York, 10 de octubre de 1831, Toe.
Ietters, Yale, BIa2.
16. Por ejemplo, véase Pierson, Toe. and Bt., pp. 397-346, y André
Jardín. “Tocqueville et la décentralisation”, pp. 91-92, en adelante cita­
da como Jardin, “Décentralisation”.
17. Toe. a Louis de Kergolay, Yonkers, 29 de junio de 1831, O. C.
(Mayer), Jardin y Lesourd, 13:1, pp. 233-234.
18. Filadelfia, 25 de octubre de 1831, Pocket Notebook 3, Mayer,
Journey, pp. 155-156. Cfr. Democracy (Mayer), pp. 92-93; La demo­
cracia (FCE), p. 101.
19. Conversación con el señor Guillemin, Nueva Orleáns, l.° de enero
de 1832, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 104-105;
véase también “Coup d’oeil to New Orleans”, ibid., pp. 381-383.
20. 4 de enero de 1832, Pocket Notebook 3, ibid., p. 166.
21. “Means of Increasing Public Prosperíty”, Notebook E, ibid., p.
272.
22. ( l.°de octubre de 1831], Pocket Notebook 3, ibid., p. 150. Aqui
hay que destacar otra actitud norteamericana. Repetidas veces, Tocque­
ville y Beaumont observaron en los ciudadanos de ese país un profundo
temor hacia el poder centralizado y, especialmente, a las grandes ciuda­
des o capitales políticas. Más arriba, en el capítulo 8, se desarrolla más
ampliamente este tema.
23. Toe. a su padre, Washington, 24 de enero de 1832, Toe. Ietters,
Yale, Blal, Paquet 15, pp. 72-73.
24. Este pasaje y los siguientes corresponden a “Coup d’oeil sur l’ad-
ministration fran^aise”, serie de ensayos del padre, de Chabrol y de
Blosseville, Yale Toe. Mss., Cilla, Paquet 16, pp. 23-47.
25. Carta-ensayo de Chabrol, Yale, Cilla, Paquet 16, pp. 57-58. Los
356 NOTAS (TP. 155-160)

aportes completos de Chabrol y Blosseville se encuentran en pp. 48-59


y 59-69, respectivamente.
26. On the Penitentiary System in the United States and Its Applica­
tion in France, pp. 125 y 128; en adelante se citará como Penitentiary'
System. He aqui otro excelente ejemplo de lo estrechamente que colabo­
raban Tocqueville y Beaumont como equipo intelectual.
27. La cursiva es mia; “Centralization”, 24 de agosto de 1833, Ma­
yor, Journeys to England, pp. 61-62. Véase también conversación con
Lord Radnor, Longford Castle, l.° de septiembre de 1833, ibid., p. 58.
28. “Uniformity”, sin fecha, ibid., pp. 65-66. Compárense estas ob­
servaciones con Democracy (Mayer), pp. 91-92 y 161-163; La demo­
cracia (FCE), pp. 100-101 y 155-157.
29. En cierto momento planeó un solo capitulo extenso, titulado “Du
gouvernement et de l’administration aux Etats-Unis” (“El Gobierno y la
administración en los Estados Unidos”, N. del /.). Véanse Drafts, Y ale,
CVb, Paquet 13.
30. Para su estudio de los Estados, véanse Drafts, Yale, CVh, Pa­
quet 3, cahier 1, pp. 27-28, donde enumera diversos títulos de historias
de los Estados, y pp. 97-114, donde expone otras fuentes e ideas sobre
administración. Para su decisión acerca de los cinco modelos, consúl-
*' nsc pp. 85 y 91. Esta opción encerraba peligros evidentes; estaba de­
sequilibrada en función de los extremos nuevo/viejo, Este/Oeste y Nor-
te/Sur. Sólo uno de los cinco no se encontraba entre los trece primeros
Estados, pero se habían sumado a la Unión otros once. Y Tocqueville
no incluyó ninguno del extremo Sur ni del Sudoeste. En la obra de 1835,
señalaría en particular a Massachusetts; véase Democracy (Mayer), p.
63: La democracia (FCE), pp. 78-79.
31. Número 1 y 2, Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, pp. 1-2.
32. Números 3 y 4, ibid., pp. 16-17. Compárese con Democracy
(Mayer), pp. 72 y 69; La democracia (FCE), pp. 82 y 79.
33. Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, p. 15; véase también p. 12. Cfr.
Democracy (Mayer), pp. 71 y 72; La democracia (FCE), pp. 83-85.
34. Drafts, Yale. CVb, Paquet 13, p. 15.
35. Ibid., p. 24.
36. Drafts, Yale, CVb, Paquet 17, pp. 57-58. Cfr. Democracy (Ma­
yer). p. 87: La democracia (FCE), p. 87.
37. Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, pp. 11-12. Cfr. Democracy (Ma­
yer), pp. 87-88; La democracia (FCE), pp. 87-88.
38. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, pp. 78-79. Cfr. Demo­
cracy (Mayer), pp. 363-368, especialmente 364-365; La democracia
(FCE). pp. 344-350, especialmente 344-346.
39. Democracy (Mayer), p. 87; La democracia (FCE), p. 87.
40. Ponteil, ¡nstitutions, pp. 159-164, demuestra el nivel especial­
mente alto de interés, en la primera mitad de la década de 1830, por el
lema de la descentralización y acota que, al promediar ese decenio, va-
NOTAS (PP. 160-165) 357

ríos participantes del debate literario escribían acerca de los dos tipos de
centralización, la gubernamental y la administrativa. No está aclarado
si La democracia de Tocqueville, de 1835, influyó sobre esos teóricos, o
si el distingo era ya bastante corriente entre ios pensadores políticos
franceses, de quienes Tocqueville habría tomado la idea.
41. Véanse, por ejemplo, las críticas de Jardín acerca de cómo la di­
ferenciación de Tocqueville siguió siendo imprecisa; Jardin, “Décentra-
lisation”, p. 105 nota y pp. 105-106.
42. Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, pp. 11-12. Cfr. Democracy (Ma-
ver). pp. 87-89; La democracia (FCE), pp. 87-89.
43. “Los efectos políticos de la descentralización administrativa en
los Estados Unidos”, Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 1. Véase
Democracy (Mayer), pp. 88-89; La democracia (FCE), pp. 88-89.
Compárense también (Mayer) p. 97 y pp. 723-724; (FCE), p. 96 y pp.
617-618.
44. Más tarde, Laboulaye calificaría de utópico para 1835 el llamado
de Tocqueville a una mayor libertad de la commune francesa. Véase La­
boulaye L'Etat, pp. 166-170.
45. Democracy (Mayer), pp. 62-63; La democracia (FCE), p. 78.
46. Ibid. (Mayer), 68-69; (FCE), p. 83.
47. Ibid. (Mayer), p. 88; (FCE), p. 98.
48. Democracy (Bradley), 1:310; La democracia (FCE), 286.
49. Drafls, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 24; véanse también pp.
23-26.
50. Drafts, Yale, CVe, Paquet 17, p. 60.
51. Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, p. 26.
52. Democracy (Mayer), pp. 96-97; La democracia (FCE), pp. 104-
105. Consúltense también Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 77 y
cahier 2. pp. 48-49.
53. Para una opinión diferente sobre d asunto, véase Seymour Dres-
cher, Tocqueville and England. p. 78, y "Tocqueville’s Two Démocra-
ties".
54. Acerca de la originalidad de las concepciones de Tocqueville.
consúltese en particular J. J. Chevallier, “De la Distinction des sociétés
aristocratiques et des sociétés démocratiques” (“El distingo entre socie­
dades aristocráticas y sociedades democráticas”), p. 18; también La­
boulaye. L'Etat, pp. 160-171.

XI. ¿En dónde ha de acumularse d poder?

1. 12 de enero [de 1832], Mayer, Joumey, Pocket Notebooks 4 y 5,


p. 176.
2. Toe. a Reeve, Tocqueville par St. Pierre Eglise, 24 de julio [de
1837], Correspondance anglaise, O. C. (Mayer), 6: 1, p. 40.
358 NOTAS (PP. 166-170)

3. Para mayor desarrollo, véase particularmente Bagge, Idees potin­


ques. y Ponteil, Insíituíions.
4. Toe. a Hyppolyte (¿?), Cincinnati, 4 de diciembre de 1831; Toe.
letters. Yale, BIa2.
5. “Public Ofiicials”, 1 de junio de 1831, Alph. Notebook 1, Mayer,
Journey, p. 195. Véase también “American Mores**, Notebook E., ibid.,
p. 273, y “Public Ofiicials*’, Auburn, 12 de julio de 1831, Alph. Note­
book I, ibid., p. 195.
6. Nueva York: “Public Ofiicials”, Auburn, 12 de julio de 1831,
ibid.; Massachusetts: conversación con el señor Sparks, Non-Alph. No-
tebooks 2 y 3, ibid., p. 58; Ohio: segunda conversación con el señor
Walker: importante. 3 de diciembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y
3. ibid., p. 94.
7. 14 de octubre de 1831, Pocket Notebook 3, Mayer, Journey, pp.
154-155. Cfr. Democracv(Mayer), pp. 253-254; La democracia (FCE),
p. 259.
8. Conversaciones con el señor Poinsett, Mayer, Journey. pp. 118 y
178. En los tomos de 1835, véase especialmente “El poder ejecutivo”,
Democracv (Mayer), pp. 121-122; La democracia (FCE), pp. 123-125;
varias secciones sobre la presidencia, ibid. (Mayer), pp. 122-138;
(FCE), pp. 125-138, y una breve comparación del poder ejecutivo de los
Estados con el federal, ibid. (Mayer), p. 154; (FCE), pp. 156-157.
9. Conversación con el señor Storer, Cincinnati, 2 de diciembre de
1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 90; conversación
con el señor Walker, 2 de diciembre de 1831, ibid., p. 90.
10. Conversación con el señor Storer, Cincinnati, 2 de diciembre de
1831. ibid., p. 90, y conversación con el señor Chase. 2 de diciembre de
1831, ibid., p. 93.
11. Segunda conversación con el señor Walker: importante, 3 de di­
ciembre de 1831, ibid., pp. 94-95.
12. Conversación con un abogado de Montgomery, Alabama, 6 de
enero de 1832, ibid., p. 108.
13. En cuanto a los mandatos, véanse las observaciones del 27 de di­
ciembre de 1831, Notebook E., Mayer, Journey, p. 255; consúltese tam­
bién. más adelante, el capítulo 14, sobre la tiranía de la mayoría.
14. Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, p. 25; cfr. ibid., p. 26.
15. Federatist (Mentor), pp. 308-309; Elfederalista (FCE), pp. 210-
211. Consúltense también los números 47 y 49, que tratan del mismo te­
ma.
16. Ibid. (Mentor), pp. 310-311; (FCE), p. 212. Cfr. una opinión si­
milar de Tocqueville en los tomos de 1840; Democracy (Mayer), p. 436;
La democracia (FCE), pp. 396-397.
17. Federatist (Mentor), pp. 322-323; El federalista (FCE), p. 221.
Véase Democracy (Mayer), p. 260; La democracia (FCE), pp. 264-265,
donde incluye extractos del número 51.
NOTAS (PP. 171-174) 359

18. Véase, por ejemplo, Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, pp.
8 1-82.
19. Democracv (Mayer), pp. 154-155; La democracia (FCE), pp.
149-150. Cfr. ibíd. (Mayer), pp. 121-122; (FCE), pp. 121-122.
20. Ibíd. (Mayer), pp. 89-90; (FCE), pp. 98-99. Para otras alusiones
relativas a la posible tiranía legislativa, véanse ibid. (Mayer), pp. 104.
110-111, 137; (FCE), pp. 109-110, 118, 133-134.
21. “ Political Effects of Administrative Centralization”, Original
Working Ms., Yale, CVIa, tomo 1.
22. Democracv (Mayer), pp. 260-261; La democracia (FCE). p. 265.
23. Véanse, más adelante, los capítulos 14 y 15.
24. Consúltense Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, p. 25. También cfr.
Democracv ( Mayer), pp. 88-89 y 96-97; La democracia (FCE), pp. 97-
98 y 104-105.
25. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 82. Cfr. en el texto de
1835, el capitulo referente a las asociaciones, Democracv (Mayer), pp.
189-195: La democracia (FCE), pp. 206-212.
26. Drafts. Yale, CVb, p. 1. Cfr. Democracy (Mayer), pp. 93-94; La
democracia (FCE), p. 102.
27. Para mayor desarrollo de estas ideas, véanse, más adelante, los
capítulos 17 y 18 sobre el individualisme.
28. Este concepto de la necesidad de agrupaciones intermedias es no­
tablemente similar a algunas de las ¡deas de Royer-Collard, quien abo­
gaba por el reconocimiento de las libertés-résistences (entre ellas, la li­
bertad individual, la prensa libre, la educación libre y la separación de la
religión y la política) y propugnaba especialmente la reconstitución de
los corps intermédíaires, específicamente las libertades locales y las aso­
ciaciones, como amortiguadores entre el individuo y el Estado. Resultan
curiosos los muchos parecidos y las muchas diferencias importantes en­
tre las ideas de Royer-Collard y las de Tocqueville. Valdría la pena rea­
lizar un análisis comparado exhaustivo de ambos teóricos.
29. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 78. Cfr. los capítulos
anteriores acerca de la índole y el futuro de la Unión norteamericana, en
los que ha sido ya citada esta frase.
30. Democracy (Mayer), p. 93; La democracia (FCE), p. 102. Véan­
se también (Mayer), pp. 90-98; (FCE), pp. 100-106.
31. Ibíd. (Mayer), p. 87; (FCE), p. 97.
32. “Influencias de las ideas y sentimientos democráticos en la socie­
dad política”, ibid. (Mayer), pp. 665-705; (FCE), pp. 613-648.
33. Ibíd. (Mayer), p. 315; (FCE), p. 310.
34. Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, p. 28. En cuanto a esta opción en­
tre el despotismo o una república, véanse también las observaciones del
30 de noviembre de 1831, Notebook E., Mayer, Journey, p. 258.
35. Democracy (Mayer), pp. 56-57; La democracia (FCE), p. 72.
Cfr. en los tomos de 1840 el capitulo titulado “Por qué los pueblos de-
360 NOTAS (PP. 175-177)

mocráticos muestran un amor más vehemente y más durable hacia la


igualdad que en favor de la libertad” (Mayer), pp. 503-506; (FCE), pp.
463-465, y el elocuente pasaje final (Mayer), p. 705; (FCE), p. 645.
36. Véanse los siguientes ejemplos de Mayer, Journey: conversación
con el señor Sparks, 19 de septiembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2
y 3, p. 50; “Public Functions”, Daily New York Advertiser, 30 de junio
de 1830 (¿?), Alph. Notebook 1, pp. 194-195; Segunda conversación
con el señor Walker: importante, 3 de diciembre de 1831, Non-Alph.
Notebooks 2 y 3, pp. 96-97, y Vincennes Gazette, 12 de noviembre de
1831, Pocket Notebook 3, p. 161.
37. Conversación con el señor Sparks, 19 de septiembre de 1831,
Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 50. Cfr. las observacio­
nes fechadas el 25 de octubre de 1831, Pocket Notebook 3, ibid.. p. 156,
y conversación con el señor Biddle, Filadelfia, 18 de noviembre de 1831,
Non-Alph. Notebooks 2 y 3, ibid., pp. 88-89.
jf8. Acerca del encuentro con Jackson, consúltese Pierson, Toe. and
Bt., pp. 663-666.
39. Observaciones del 1 de noviembre de 1831, Pocket Notebook 3,
Mayer, Journey, pp. 157-158. Véanse también algunas ideas diversas fe­
chadas el 14 de enero [de 1832], Pocket Notebooks 4 y 5, ibid., pp.
179-180.
40. Democracy (Mayer), p. 278; La democracia (FCE), p. 279.
41. “Causas accidentales o providenciales que contribuyen a mante­
ner una república democrática”, Original Working Ms., Yale. CVIa. to­
mo 2. Cfr. Democracy ( Mayer), p. 278; La democracia (FCE) p. 278.
42. Véase Gargan, Critical Years, p. 81 nota y pp. 198-199. 215,
218-219.
43. Democracv (Mayer), pp. 314-315; La democracia (FCE), pp.
310-311.
44. Toe. a Kergolay, carta sin fecha, O. C. (Mayer), Jardín y Le-
sourd. 13:1, p. 373. Compárese con este bosquejo del manuscrito de
trabajo:
Hoy en dia.
Libertad con sus conmociones.
Despotismo con sus rigores.
No hay posibilidad intermedia.
Algo como el Imperio Romano.
De suerte que sólo hay un camino hacia la salvación. Tratar de regu­
lar la libertad, de moralizar la democracia.
Por mi parte, creo que la empresa es posible.
No digo que haya necesariamente que hacer como en Norteamérica.
No digo que los norteamericanos hayan hecho lo mejor.
¿Existe un tipo único de república? ¿Un solo tipo de realeza? De la
misma manera, hay más de una manera de hacer que impere la demo­
cracia.
NOTAS <PP. 177-181) 361

(“En otro lugar que no sea Norteamérica, ¿bastará con las leyes y las
costumbres...?. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 2.)
Compárese también con lo siguiente: “Engañarnos creyendo que po­
demos frenar la marcha de la democracia seria una locura. Quiera Dios
darnos más tiempo para dirigirla e impedir que nos lleve al despotismo,
es decir, a la forma de Gobierno más detestable que haya imaginado la
mente humana” (Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, p. 29). Y asimismo:
“creo que la tiranía es el peor de los males; la libertad, el mayor de los
bienes. Pero el saber qué es lo mejor para impedir la una y crea la otra,
y si todos los pueblos están hechos para escapar de los tiranos, ahi es
donde empiezan las dudas” (Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, p.
97).
45. Las cursivas con mías. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3 cahier 4, pp.
10-11. Entre otros ejemplos de la sensibilidad de Tocqueville para con
las cosas “nuevas” pueden mencionarse sus elaboraciones sobre el indi-
vidualisme (véanse más adelante los capítulos correspondientes), sus de­
seos de una nueva ciencia política, sus afirmaciones de ser un liberal de
nuevo tipo y sus sentimientos de que la sociedad de principios del siglo
XIX era nueva.
46. Las cursivas son mias; Democracy (Mayer), p. 312; La democra­
cia (FCE), p. 308.
47. Ibid. (Mayer), p. 314; (FCE), pp. 309-310; cfr. (Mayer), p. 263;
(FCE). p. 264.
48. Consúltese la segunda parte, Democracy (Mayer), p. 312; La de­
mocracia (FCE), p. 312.
49. A principios del siglo XIX, el recuerdo de la Convención y sus
excesos equivalía casi a una fijación mental entre los teóricos franceses;
véase, por ejemplo, Bagge, ¡dees politiques, pp. 141-144. Gargan ha
subrayado específicamente el profundo miedo de Tocqueville por la tira-
nia legislativa en 1848, cuando participó en la comisión encargada de
preparar un proyecto nuevo de Constitución para Francia; Gargan,
Critical years, pp. 100-101.

XII. La centralización administrativa y algunos remedios

1. Para mayor información sobre esta visita, consúltese Drescher,


Tocqueville and England, y Mayer, Joumeys lo England, y de éste, so­
bre todo, la “Introduction”, pp. 13-19.
2. El lector recordará que, para esa época, Tocqueville planeaba un
solo volumen para la segunda parte de su obra. Conversación con Ree-
ve. 11 de mayo de 1835, Mayer, Joumeys lo England, pp. 77-78.
3. “El mismo tema [la centralización]. Conversación con John
Stuart Mili", 26 de mayo de 1835, ibid., pp. 81-82. Respecto de la rela­
ción entre democracia y centralización, consúltense los comentarios que
362 NOTAS (PP. 182-189)

hizo Mili de La democracia de 1835 y de 1840 en la London Review, en


octubre de 1835, y la Edinburgh Review en el mismo mes de 1840. Un
jugoso ensayo en que se comparan y contrastan muchas de las ideas de
Tocqueville y Mili es el de Joseph Hamburger, “Mili and Tocqueville on
Liberty”.
4. Cfr. aquí la nota del propio Tocqueville: “Tengo que reexaminar a
los norteamericanos a la luz de esta cuestión. Principio análogo, quizás
más sencillo y más racional”.
5. “Ideas acerca de la centralización (...)”, “Deducción de ideas”,
Birmingham, 29 de junio de 1835, Mayer, Joumevs lo England, pp. 95-
98.
6. Véase Democracy (Mayer), pp. 674-679; La democracia (FCE),
pp. 619-623.
7. “Centralization”, Manchester, 3 de julio de 1835, Mayer, Jour-
neys lo England, pp. 109-110.
8. “Liberty. Trade”, Dublin, 7 de julio de 1835, ibid., pp. 115-116;
véanse también pp. 114-115.
9. Democracy (Mayer), p. 539; La democracia (FCE), p. 498.
10. Véase especialmente Democracy (Mayer), “De qué manera com­
baten los norteamericanos el individualismo con instituciones libres”,
pp. 509-513; La democracia (FCE), pp. 469-472; “El uso que hacen los
norteamericanos de la asociación en la vida civil” (Mayer), pp. 513-517;
(FCE), pp. 473-476, y “ Relación que existe entre las asociaciones y los
periódicos” (Mayer), pp. 517-520; (FCE), pp. 477-479.
11. Para esta parte, véase Democracy (Mayer), pp. 665-705; La de­
mocracia (FCE), pp. 613-645.
12. La edición de Beaumont dice “construcción”, lo cual es un error
evidente.
13. Toe. a su hermano d barón Edouard, Tocqueville, 10 de julio de
1838. O. C. (Bt.), 7:166-168.
14. El capítulo largo abarcaría casi toda la última parte; Democracy
(Mayer), pp. 665-705; La democracia (FCE), pp. 613-645; para el resu­
men. véase el capitulo final, “Aspecto general del problema” (Mayer).
pp. 702-705; (FCE), pp. 643-645.
15. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier I, pp. 73-74.
16. Ibid., cahier 2, pp. 50-52.
17. Cfr. el elocuente pasaje final de la obra de 1840; Democracy.
(Mayer), p. 705; La democracia (FCE), p. 645.
18. La traducción al inglés es mía; Toe. a Royer-Collard, Tocquevi­
lle, 15 de agosto de 1838, O. C. (Mayer), Jardin, 11:67. Véase también
De Lanzac de Laboríe, “ L’amitié de Tocqueville et de Royer-Collard:
D’aprés une correspondence inédite”, pp. 885-886.
19. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 4. Cfr. Drafts, Yale,
CVg. Paquet 9, cahier 2, pp. 68-69.
NOTAS (PP. 189-195) 363

20. Democracy (Mayer), p. 155; La democracia (FCE), p. 150. Cfr.


más arriba, capitulo 10.
21. La ultima parte de la obra de 1840 está repleta de referencias a la
“Administración Pública” y al “Estado”. Para ejemplos, véase Demo­
cracy (Mayer), pp. 675-676, 682, 688, 693 y 694, y pp. 671, 673, 677,
680, 682, 683, 684; 686 y 696, respectivamente; La democracia (FCE),
pp. 617-618, 619, 624, 632 y 636, y pp. 613, 614, 619, 621, 625, 628,
629, 631 y 638, respectivamente.
22. Consúltese Democracy (Mayer), pp. 674-689; La democracia
(FCE), pp. 617-631; acerca de la industrialización, especialmente (Ma­
yer), pp. 684-687 (FCE), pp. 627-630.
23. Ibíd. (Mayer), p. 539; (FCE), p. 498. Cfr. (Mayer), pp. 514-515;
(FCE), pp. 470-471.
24. Drafts, Yale, CVj, Paquet 2, cahier 2, pp. 16-17.
25. Ibíd., CVd, Paquet 5, p. 30; véase también p. 15.
26. Ibíd., CVg, Paquet 9, cahier 2, p. 124; para mayor elaboración
de las ideas sugeridas por la cuestión minera, consúltense pp. 122-125.
Véase también Democracy (Mayer), p. 685, nota 5; La democracia
(FCE). p. 717, nota 5.
27. Toe. a Royer-Collard, “Baugy, en este 6 de abril de 1838”, O. C.
(Mayer), Jardín, 11:60.
28. “Rubish del capitulo: esa centralización es el peor de los peligros
para las naciones democráticas de Europa”, Original Working Ms., Ya-
le. CVia, tomo 4; cfr. Drafts, CVg, Paquet 9, cahier 2, p. 145. En el tex­
to publicado en 1840, este capitulo se titularía: “Entre las naciones
europeas de nuestros días, el poder soberano crece, aunque los soberanos
sean menos estables”; Democracy (Mayer), pp. 679-689; La democra­
cia (FCE). pp. 624-631.
29. “Cómo crece el poder soberano entre las naciones europeas”.
Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 4. Cfr. Democracy (Mayer), p.
687: La democracia (FCE), pp. 629-630.
30. Democracy (Mayer), pp. 684, 687; La democracia (FCE), pp.
627, 629-630.
31. “Continuación de los capítulos precedentes”, ibíd. (Mayer), pp.
695-702; (FCE), pp. 636-642.
32. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 4.
33. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 2, pp. 42-43.
34. Ibid., CVg, Paquet 9, cahier 2, p. 139.
35. “Continuación de los capítulos precedentes”, Original Working
Ms., Yale, CVIa, tomo 4. Cfr. Democracy (Mayer), pp. 695-696; La de­
mocracia (FCE), pp. 636-637.
36. Drafts, Yale, CVg, Paquet 9, cahier 2, p. 139.
37. Democracy (Mayer), p. 697; La democracia (FCE), p. 637. Véa­
se también la obra de 1835, ibíd. (Mayer), p. 192; (FCE), p. 206.
38. En 1828, Martignac propuso algún tipo de reorganización limita­
364 NOTAS (PP. 196-199)

da de la administración al nivel local (algunos funcionarios serian elegi­


dos. no designados). Tras prolongados debates, sus propuestas, que ha­
brían aligerado levemente la centralización administrativa francesa, fue­
ron derrotadas en 1829. Para mayores detalles, consúltese Ponteil, Mo-
narchie parlamentaire; Ponteil, Institutions, y J. J. Chevallier, Hisloire
des institutions des régimes politiques de la France moderne, 1789-
1958.

XIII. Las concepciones cambiantes de Tocqueville acerca del despotis­


mo democrático

1. “Rubish de la cuarta parte, capitulo titulado ‘Qué [clase de] des­


potismo democrático deben temer las naciones’ ”, Drafts, Yale, CVg,
“Rubish”, tomo 4; cfr. CVg, copia, Paquet 9 cahier 2, p. 79.
2. Véase Democracy( Mayer), pp. 697-698; La democracia (FCE),
pp. 637-638.
3. “Por qué las ideas de los pueblos democráticos acerca del Gobier­
no favorecen naturalmente la concentración del poder”, Original Wor-
king Ms., Yale, CVIa, tomo 4. Cfr. Democracy (Mayer), p. 669; La de­
mocracia (FCE), p. 619.
4. También en Francia, a finales de la década de 1830, cualquier tipo
de despotismo legislativo era una posibilidad remota; lo que preocupaba
a Tocqueville y a otros era, en cambio, la amenaza de un régimen perso­
nalista de Luis Felipe.
5. Para un mayor desarrollo consúltense, más adelante, los dos capí­
tulos referentes a la tiranía de la mayoría.
6. Democracy (Mayer), p. 503; La democracia (FCE), p. 463.
7. Drafts, Yale, CVd, Paquet 5, p. 4. Cfr. Democracy (Mayer), pp.
649-650; La democracia (FCE), pp. 594 y ss.; también consúltese el
texto de 1835, ibid. (Mayer), p. 168; (FCE), p. 161.
8. Drafts, Yale, CVd, Paquet 5, pp. 14-15.
9. En cuanto a los consejos de Tocqueville a Kergolay y, en particu­
lar, su sugerencia de que prestara suma atención a los Gobiernos pro­
vinciales y locales de Prusia, véase una carta del primero al segundo,
Nacqueville, 10 de octubre de 1836, O. C. (Mayer), Jardín y Lesourd.
13:1, pp. 407-412.
10. Kergolay a Toe., carta sin fecha, O. C. (Mayer), Jardin y Le­
sourd, 13:1, pp. 426-427.
11. Drafts, Yale, CVa, cahier unique, p. 50; cfr. Democracy (Mayer),
p. 735; La democracia (FCE), p. 644. Tocqueville trabajó en los capítu­
los sobre la guerra y los ejércitos en las naciones democráticas a fines de
1837 o principios de 1838.
12. Drafts, Yale, CVd, Paquet 5, p. 4. Cfr. las notas de Tocqueville,
Democracy (Mayer), pp. 681 y 735; La democracia (FCE), 602 y 644.
NOTAS (PP. 199-205) 365

Por supuesto, además de las “aristocracias’1de militares y burócratas.


Tocqueville pediría una aristocracia de los capitanes de la industria;
véase su célebre capitulo “Cómo la aristocracia podría tener su origen
en la industria”, ibid., (Mayer), 555-558; (FCE), 514-516.
13. Drafts. Yale, CVd, Paquet 5, pp. 1-3.
14. Democracy(Mayer), pp. 649-651 y 677; La democracia (FCE),
pp. 595-596 y 621.
15. Cuarta Parte, titulada “Influencias de las ideas y sentimientos de­
mocráticos en la sociedad política”, ibid. (Mayer), pp. 665-705; (FCE),
pp. 613-645.
16. Al principio, Tocqueville habia planeado hacer de esta parte un
solo capitulo extenso.
17. Drafts, Yale, CVd, Paquet 5, pp. 1-3.
18. Democracy (Mayer), p. 690; La democracia (FCE), p. 632.
19. Ibid. (Mayer), pp. 665-674; (FCE), 614-623.
20. Ibid. (Mayer), pp. 674-679; (FCE), pp. 624-631.
21. Ibid. (Mayer), p. 691; (FCE), p. 633.
22. Ibid. (Mayer), p. 688; (FCE), p. 630; compárense (Mayer) pp.
688-689; (FCE), pp. 630-631.
23. Ibid. (Mayer), pp. 691-692; (FCE), pp. 633-634; cfr. capítulo
10. más arriba, la definición de 1835 del despotismo administrativo.
24. Extensa sección final sobre la sociedad política. Original Wor-
king Ms., Yale, CVIa, tomo 4; cfr. Democracy (Mayer), pp. 694-695;
La democracia (FCE), pp. 636-637.
25. Extensa sección final sobre la sociedad política. Original Wor-
king Ms., Yale, CVIa, tomo 4; cfr. Democracy (Mayer), pp. 687-689;
La democracia (FCE), pp. 627-631.
26. Extensa sección final sobre la sociedad política. Original Wor-
king Ms., Yale, CVIa, tomo 4; cfr. Democracy (Mayer), p. 702; La de­
mocracia (FCE), p. 641.
27. Extensa sección final sobre la sociedad política. Original Wor-
king Ms., Yale, CVIa, tomo 4.
28. Véase Democracy (Mayer), pp. 693-695; La democracia (FCE),
'636-642; también (Mayer) pp. 687-689; (FCE) pp. 624-631.
29. Extensa sección fínal sobre la sociedad política, Original Wor-
king Ms.. Yale, CVIa, tomo 4; cfr. Democracy (Mayer), p. 670; La de­
mocracia (FCE), p. 620.
30. Democracy (Mayer) p. 693; La democracia (FCE), p. 636.
31. Ibid. (Mayer), p. 222; (FCE), p. 234.
32. Extensa sección final sobre la sociedad política, Original Wor-
king Ms., Yale, CVIa, tomo 4. Cfr. Democracy (Mayer), pp. 690-695;
La democracia (FCE), pp. 636-642.
33. “Los efectos políticos de la descentralización administrativa”,
Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 1. Cfr. Democracy (Mayer),
pp. 88-89; La democracia (FCE), pp. 97-99.
366 NOTAS (PP. 205-216)

34. Extensa sección final sobre la sociedad política. Original Wor-


king Ms.. Yale, CVIa, tomo 4. Cfr. Democracy (Mayer), p. 693; La de­
mocracia (FCE), p. 636.
35. Drafts, Yale, CVc, Paquet 6, p. 60.
36. Democracy (Mayer), pp. 678-679; La democracia (FCE), p. 623.
37. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 2, p. 56.
38. Ibid., CVc, Paquet 6, p. 58. Cfr. Democracy (Mayer), pp. 673-
674; La democracia (FCE), pp. 623-624.
39. Extensa sección final sobre la sociedad política. Original Wor-
king Ms., CVIa. tomo 4.
40. En el manuscrito, Tocqueville escribe *self-government” (“auto­
gobierno”) en inglés.
41. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 2, pp. 53-54.
42. Ibid., pp. 55-56. Cfr. Democracy (Mayer), pp. 700-705; La de­
mocracia (FCE), pp. 643-645.
43. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 2, p. 52.
44. Véase Democracy (Mayer), p. 252; La democracia (FCE), p.
260.
45. Consúltese, ibid. (Mayer), pp. 314-315, 695-702 (especialmente
701) y 702-705; (FCE), pp. 305-307, 636-642 (especialmente 638) y
643-645.
46. Cfr., por ejemplo, ibid. (Mayer), pp. 311-315 (1835) y 693-695 y
735 (1840); (FCE) 305-307, 636-642 y 645, respectivamente. Otra sal­
vaguardia importante es, desde luego, la religión. Para una excelente ex­
posición de la importancia de la religión en el pensamiento de Tocquevi­
lle. véase Doris Goldstein, Trial o f Faith.
47. Véase el comentario de Tocqueville: “En cuanto a mí (...) tiemblo
por la libertad de mañana.” Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3,
p. 29.
48. Consúltese el célebre pasaje de conclusión, Democracy (Mayer),
p. 705; La democracia (FCE), p. 645.
49. Drafts, Yale, CVc, Paquet 6, p. 55. Cfr. Democracy (Mayer), p.
705: La democracia (FCE), p. 645.

XIV. La tiranía de la mayoría


1. Conversación con el señor Gallatin, Nueva York, 10 de junio de
1831, Non-Alph. Notebook 1, Mayer, Joumey, p. 21.
2. Conversación con el señor Spencer, Canandaigua, 17-18 de julio
de 1831, ibid., pp. 28-29.
3. La cursiva es mia. Conversación con el señor Sparks, 29 de sep­
tiembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, ibid., p. 59. Sparks tam­
bién mencionó dos recursos preventivos: d veto del gobernador y el po­
der de los jueces de declarar la ¡nconstitucionalidad de una ley.
NOTAS (PP. 216-220) 367

4. La cursiva es mía, excepto incluso en Norteamérica; 30 de sep­


tiembre de 1831, Pocket Notebook 3, ibid., p. 149.
5. 23 de octubre de 1831, ibid., p. 156. Véase el texto de 1835, donde
se relata la primera de estas conversaciones: Democracy (Mayer), p.
225; La democracia (FCE), p. 237. Compárese también con una con­
versación con el señor Roberts Vaux, en la que se analizó el ocasional
deseo de “desorden e injusticia” de la mayoría: 27 de octubre de 1831,
Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 68-69. Cabe señalar,
además, que los breves comentarios de Tocqueville acerca del “dogma
de la república” son un eco más de Royer-Collard. Compárese también
con las ideas de Benjamín Constant.
6. De la sección titulada “El poder que ejerce en general la democra­
cia norteamericana sobre si misma”, Democracy (Mayer), p. 224; La
democracia (FCE), p. 236. Los demás ejemplos citados serían la banca­
rrota norteamericana y el nada raro recurso, en ciertas regiones, al ase­
sinato y el duelo para dirimir querellas. Para una exposición un tanto di­
ferente, consúltese la sección titulada “Respeto a la ley en los Estados
Unidos”, ibid. (Mayer), pp. 240-241; (FCE), pp. 249-250.
7. La cursiva es mia. Conversación con el señor Stewart, Baltimore,
I de noviembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey,
p. 80. Cfr., en la parte de 1835, la sección titulada “El poder que ejerce
la mayoría en Norteamérica sobre el pensamiento”, Democracy (Ma­
yer). pp. 254-256, especialmente 256; La democracia (FCE), pp. 260-
262. especialmente 261-262.
8. Conversación con el señor Cruse, Baltimore, 4 de noviembre de
1831. Pocket Notebook 3, Mayer, Journey, pp. 159-160.
9. 11 de octubre de 1831, ibid., p. 153. Compárese también con algu­
nas observaciones posteriores, en las que Tocqueville apuntaría que, da­
das ciertas circunstancias, como cuando una aristocracia poderosa se
adueña de los jurados, “el jurado es el arma más terrible que pueda usar
la tirania" (12 de enero de 1832, Pocket Notebooks 4 y 5, ibid., pp. 174-
175).
10. Segunda conversación con el señor Walker, importante, 3 de di­
ciembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, ibid.. p. 95.
11. Consúltense especialmente las conversaciones con Storer, Chase
y Walker, 2 y 3 de diciembre de 1831, ibid., pp. 89-95.
12. Conversación con el señor Chase, Cincinnati, 2 de diciembre de
1831. ibid., pp. 92-93.
13. Notas sobre Kent, ibid., pp. 228-229.
14. En el Mississippi, 27 de diciembre de 1831, Notebook E, ibid., p.
255: véanse también otros comentarios sobre los mandatos, 12 de enero
de 1832. Pocket Notebooks 4 y 5, ibid., p. 173. El análisis más amplio
de esta cuestión, que presentaría Tocqueville en La democracia de
1835. llevaría el cuño del pensamiento de John Stuart Mili, quien, poste­
riormente, habría de cargar las tintas en el distingo entre democra­
368 NOTAS (PP. 220-223)

cia directa y representativa; consúltense especialmente los comentarios


de Mili sobre La democracia de 1835 y 1840; asimismo, Iris W. Mué-
ller, John Stuart Mili and French Thought.
15. Conversación con un abogado de Montgomery, Alabama, 6 de
enero de 1832. Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, p. 108.
16. El 8 de septiembre de 1834, Le Journal des Débats publicó abun­
dante información acerca de los disturbios que se habian producido en
Filadelfía, Nueva York y Charlestown durante el verano reciente. Si
Tocqueville leyó y oyó hablar de estos graves acontecimientos, segura­
mente habrían crecido sus temores ante el empleo de la violencia contra
las minorías; cfr. Rémond, Etats-Unis, 2:699-700 y notas.
17. El subrayado es de Tocqueville: “Sources manuscrites”, Yale,
Clic.
18. En el manuscrito está tachada la frase “la ausencia de rangos”.
19. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, pp. 15-17. En los tomos
de 1835. Tocqueville analizó distintas barreras institucionales, entre
ellas, el bicameralismo. las elecciones indirectas, los partidos y otras
asociaciones, la prensa y especialmente el juicio por jurados, las organi­
zaciones legales y judiciales, y la descentralización y el federalismo.
Véanse los capítulos correspondientes, especialmente el titulado “Lo
que modera en los Estados Unidos la tiranía de la mayoría”, Democracy
(Mayer), pp. 262-276; La democracia (FCE), pp. 266-277.
20. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 5, p. 21.
21. Drafts, Yale, CVb, Paquet 13, p. 15. Cfr. Democracy (Mayer),
“El poder ejecutivo del Estado”, p. 86; La democracia (FCE), p. 96;
asimismo (Mayer), pp. 154 y 246-247; (FCE), pp. 148 y 250-251.
22. La frase “la implantación de los jueces” significaba varias cosas
para Tocqueville, pero especialmente la influencia en general “conserva­
dora” de los abogados y jueces sobre la sociedad, el poder de éstos de
declarar la inconstitucionalidad de las leyes y la institución del jurado.
Véanse especialmente las secciones “El espíritu legista en los Estados
Unidos, y cómo sirve de contrapeso a la democracia” y “El jurado en
los Estados Unidos considerado como institución política”, Democracy
(Mayer), pp. 263-276; La democracia (FCE), pp. 267-277.
23. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, pp. 15-17. Cfr. ibíd., ca­
hier 5, p. 40: “El poder judicial: la parte más original, y la más difícil de
entender, de la Constitución norteamericana. En otras partes han existi­
do confederaciones, sistema representativo, democracia; pero en ningu­
na un poder judicial organizado como el de la Unión.”
24. Ibid., cahier 1, pp. 14-15.
25. Federalist (Mentor), pp. 464-472; la cita es de las pp. 465-466;
El federalista (FCE), pp. 330-336; la cita es de la p. 331.
27. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 2, pp. 9-10. Cfr. Democracy
(Mayer), p. 269; La democracia (FCE), p. 272.
28. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 5, p. 17. Compárese espe­
NOTAS (PP. 223-227) 369

cialmente Democracv (Mayer), pp. 269-270; La democracia (FCE), pp.


272-273.
29. Kent y Story, en particular, subrayaban las tendencias de los Es­
tados respecto de los mandatos y la elección popular de los jueces.
30. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, p. 14. Compárese con De-
mocracy (Mayer), p. 264 y nota 1, y pp. 154-155; La democracia
(FCE), p. 256 y p. 693 nota 1, y pp.
31. La cursiva es mia; Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, pp. 53-
54. Cfr. Democracy ( Mayer), p. 271 nota 7 y pp. 262-263; La democra­
cia (FCE), p. 277 y p. 693 nota 7, y pp. 266-267.
32. Democracy (Mayer), p. 262; La democracia (FCE), p. 271.
33. Ibid. (Mayer), p. 260 nota 6; (FCE), p. 693 nota 6.
34. Consúltese especialmente la sección “En qué la constitución fe­
deral es superior a la constitución de los Estados”, Democracy (Mayer),
pp. 151-155; La democracia (FCE), pp. 148-150. Tocqueville admitía
asimismo la posibilidad de que, por medio del Senado, una minoría pu­
diera frustrar eficazmente la voluntad de la mayoría; ibid. (Mayer), p.
119; (FCE), p. 123.
35. Ibid. (Mayer), p. 248; (FCE), p. 260.
36. Ibid. (Mayer), pp. 254-255; (FCE), p. 260; véase también toda la
sección titulada “El poder que ejerce la mayoría en Norteamérica sobre
el pensamiento” (Mayer), pp. 254-256; (FCE), pp. 260-262. Una obser­
vación similar a estos pasajes últimos se encuentra en los borradores:
“En fin de cuentas, los norteamericanos siguen siendo el pueblo del
mundo en que existe el mayor número de hombres de la misma opi­
nión”. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, pp. 35-36.
37. Democracv (Mayer) pp. 255-256; La democracia (FCE), pp.
260-261.
38. Drafts. Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, p. 59.
39. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 2, con párrafos añadi­
dos al final sobre la prensa libre. Compárese con “La libertad de prensa
en los Estados Unidos”, Democracy (Mayer), pp. 180-188; La demo­
cracia (FCE). pp. 198-205.
40. La traducción al inglés es mia. Cfr. Démocralie, O. C. (Mayer),
1:1, p. 267.
41. Véase James Bryce, The American Commonwealth, 2:335-353,
los capítulos titulados “The Tyranny of Majoríty” (“La tiranía de la
mayoría") y “The Fatalism of the Multitude” (“El fatalismo de la multi­
tud”).
42. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 2, pp. 68-69. Cfr. Demo­
cracy (Mayer), pp. 395-396; La democracia (FCE), pp. 370-371. Cfr. la
idea de Royer-Collard sobre la souveraineté de la raison (“la soberanía
de la razón”).
43. Democracy (Mayer), pp. 250-251; La democracia (FCE), p. 257
in fine.
370 NOTAS (PP. 228-234)

44. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 2; el bosquejo se en­


cuentra en la página de apertura del segundo tomo de La democracia de
1835.
45. Consúltense los capítulos titulados “Lo que modera en los Esta­
dos Unidos la tiranía de la mayoría” y “Las causas principales que tien­
den a mantener la república democrática en los Estados Unidos”, De-
mocracy (Mayer), pp. 262-276 y 277-315; La democracia (FCE), pp.
266-277 y 278-311, respectivamente.
46. Democracy (Bradley), 1:264; ¿o democracia (FCE), p. 254. Pa­
ra la exposición completa de Tocqueville, véanse sus capítulos “La om­
nipotencia de la mayoría en los Estados Unidos y sus efectos” y “Lo
que modera en los Estados Unidos la tiranía de la mayoría”, Democracy
(Mayer), pp. 246-261 y 262-276; La democracia (FCE), pp. 254-265 y
266-277, respectivamente.
47. Democracy (Mayer), p. 247; La democracia (FCE), p. 254.
48. Ibid.; véanse también (Mayer) pp. 250-253; (FCE), pp. 257-259.
49. Ibid. (Mayer), p. 252; (FCE), p. 258.
50. Ibid. (Mayer), p. 252; (FCE), pp. 258-259.
51. Ibid. (Mayer), p. 253; (FCE), p. 259.
52. Para algunos ejemplos, véanse los tomos de 1840, Democracy
(Mayer), pp. 516, 669, 704; La democracia (FCE), pp. 475,619,644; o
bien Démocralie, O. C. (Mayer), 1:2, pp. 115-116, 298, 337.
53. Democracy (Mayer), p. 520; La democracia (FCE), p. 479.
54. Ibid. (Mayer), pp. 433-436; (FCE), pp. 395-397; la cita es de
(Mayer) p. 433; (FCE) p. 397.
55. Ibid. (Mayer), p. 435; (FCE), pp. 396-397;cfr. (Mayer), pp. 643-
644; (FCE), p. 609.
56. Cfr. ibid. (Mayer), p. 436; (FCE), p. 397; y (Mayer), pp. 643-
644; (FCE), p. 609.
57. Ibid. (Mayer), p. 436; cfr. pp. 515-517; (FCE), pp. 397-398; cfr.
p. 469.
58. Véase el capitulo de 1840 titulado “La fuente principal de las
creencias en los pueblos democráticos”, Democracy (Mayer), pp. 433-
436; La democracia (FCE), pp. 395-397.
59. El copista señala una palabra ilegible.
60. El copista señala otra palabra ilegible.
61. Este párrafo está escrito en el margen.
62. Este párrafo está escrito en el margen.
63. Compárese con Democracy (Mayer), p. 436; La democracia
(FCE), p. 397.
64. En 1848, como miembro de una comisión encargada de elaborar
un proyecto de nueva Constitución, Tocqueville tuvo verdaderamente su
oportunidad de legislar. Para una relación de sus opiniones y aportes de
esa oportunidad, consúltese Gargan, Critical Years, pp. 97-113, y Pon-
teil. Institutions, pp. 269-276.
NOTAS (PP. 235-240) 371

65. Drafts, Yale, CVj, Paquet 2, cahier 1, pp. 33-42. He citado ex­
tractos.
66. Consúltese, más adelante, el capítulo 16, “La démocratie, ¿será
el heraldo de una nueva Edad Oscura?”

XV. La tiranía de la mayoría: Algunas paradojas

1. “El jurado en los Estados Unidos considerado como una institu­


ción política”, Democracy (Mayer), pp. 270-276, especialmente pp. 274-
275; L a democracia (FCE), pp. 273-277, especialmente pp. 275-276.
2. Para el desarrollo de las fuentes norteamericanas de estas ideas,
especialmente la influencia de Charles Curtís y Henry Gilpin, véase
Pierson. Toe. and Bt„ pp. 384-389 y 529-530.
3. 11 de octubre de 1831, Pocket Notebook 3, Mayer, Journey, p.
153.
4. Conversación con el señor Cruse, Baltimore, 4 de noviembre de
1831, Pocket Notebook 3, ibid., pp. 159-160.
5. Conversación con un abogado de Montgomery, Alabama, 6 de
enero de 1832, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, ibid., pp. 107-110.
6. Tocqueville y Beaumont asistieron a juicios en cinco ciudades;
véase Pierson, Toe. and Bí., pp. 723-724.
7. Bt., Marte (Chapman), pp. 74-75.
8. Democracy (Mayer), p. 252; La democracia (FCE), p. 259.
9. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 5, p. 23.
10. Democracy (Mayer). pp. 31-49, especialmente pp. 42-43; La de­
mocracia (FCE), pp. 53-66, especialmente pp. 61-62.
11. Ibid. (Mayer), pp. 158-159; (FCE), pp. 153-154.
12. Consúltese ibid. (Mayer), pp. 253-254 y 728-729, Appendix 1,
R.: (FCE), pp. 259-260.
13. Cartas de Toe. a Sparks, Cincinnati, 2 de diciembre de 1831. y
de Sparks a Toe., Boston, 2 de febrero de 1832, citadas en Herbert Bax­
ter Adams, “Jared Sparks and Alexis de Tocqueville”, pp. 571-575 y
pp. 577-583.
14. Acerca de toda esta cuestión, consúltese especialmente Robert
A. Dahl y Edward R. Tufte, Size and Democracy.
15. Véase Jardín, “Décentralisation”, pp. 106-108; también Charles
Pouthas, “Alexis de Tocqueville: Répresentant de la Manche (1837-
1851)”, Tocqueville: centenaire, pp. 17-32.
16. Véanse en los tomos de 1835 los capítulos correspondientes a la
omnipotencia y la tiranía de la mayoría; y en los de 1840, una exposi­
ción acerca de la necesidad de creencias comunes en cualquier socie­
dad; Democracv(Mayer), pp. 433-434; La democracia (FCE), pp. 397-
398.
372 NOTAS (PP. 240-24$)

17. Consúltese, más arriba, el capítulo 9, acerca del tamaño de una


república.
18. Sparks al mayor Poussin, 1 de febrero de 1841; y Sparks al pro­
fesor WUliam Smyth, 13 de octubre de 1841. Citado por Herbert Baxter
Adam, “Jared Sparks and Alexis de Tocqueville”, pp. 603-606.
19. Consúltense también estas otras relaciones criticas: David Spitz,
“On Tocqueville and ‘Tyranny’ of Public Sentinient”; Irving Zeitlin, Li­
berty, Equality and Revolution in Alexis de Tocqueville: y en cuanto a la
irrealidad de la teoría de Tocqueville, Hugh Brogan, Tocqueville, espe­
cialmente pp. 39, 40-45, 47, 59-60. Además, hay una buena compara­
ción de las opiniones de Tocqueville y Madison sobre la “mayoría”, asi
como un agudo análisis del concepto del primero sobre la tiranía de la
mayoría, en Morton Horwitz, “Tocqueville and the Tyranny of the Ma-
jority”. Compárense también las obras de James Fenimore Cooper, The
American Democrat, or Hints on the Social and Civic Relations o f the
United States o f America (1838), que analiza extensamente la posible
tiranía del “público” o de la “opinión pública”; y James Bryce, The
American Commonweaith, en la que expone su teoría del “fatalismo de
la multitud”.
20. Consúltese Mayer, Journey, pp. 77, 98, 156 y 224-226. También,
del capitulo de 1835 sobre las “tres razas”, véase Democracy (Mayer),
pp. 342-343; La democracia (FCE), pp. 328-329.
21. “Negros”, 27 de septiembre de 1831, Alph. Notebook 2. Mayer.
Journey, p. 224.
22. Conversación con el señor Latrobe. Baltimore, 30 de octubre de
1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, ibid., p. 77; y “Negros”, 4 de no­
viembre de 1831, Alph. Notebook 2, ibid., p. 98.
23. Segunda conversación con el señor Walker; important, 3 de di­
ciembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, ibid., pp. 225-226.
24. Democracy (Mayer), p. 343; La democracia (FCE), pp. 328-329.
Cfr. en la obra de 1840 otra interesante relación (Mayer), pp. 561-565;
(FCE), pp. 519-522.
25. Bt. Marie (Chapman), p. 74.
26. Drafts. Yale, CVj, Paquet 2, cahier 2, pp. 2-3.-
27. Democracy (MayerX pp. 259-260; La democracia (FCE), p. 264.
28. De la obra de 1840, Democracy (Bradley), 2:270; La democra­
cia (FCEX pp. 558-559.
29. Véase Democracy (MayerX p. 248; también pp. 174 y 177-178;
La democracia (FCEX P- 251; también pp. 159 y 162-163.
30. Esta prc cupación se demuestra repetidas veces, por el interés de
Tocqueville en el derecho de asociación y la libertad de prensa, y del uso
que hacían los norteamericanos de estos instrumentos de opinión.
31. Véanse especialmente dos obras que obligan a meditar: Henry
Steele Commager, Majority Rule and Minority Rights, sobre todo pp.
65-67 y 81, y Michael Wallace, “The Uses of Violence in American His-
NOTAS (PP. 246-248) 373

tory”, especialmente pp. 96-102. Consúltese también la excelente anto­


logía compilada por Norman A. Graebner, Freedom in America: A 200
Year Perspective, especialmente los ensayos de Henry Abraham, Paul
Conkin, Hans Morgenthau y Gordon Wood.
32. Pierson, por ejemplo, señala esta omisión, Toe. and Bt., pp. 766-
767 y nota. Sin embargo, hay que recordar que Tocqueville si que se
preocupaba por una nueva aristocracia de señores de la industria (que
constituirían un caso de tiranía de una minoría). Además, a menudo se
olvida un pasaje de los tomos de 1840 en los que prevenía contra las
consecuencias del individualismo y de un apego exagerado a los place­
res físicos: “El despotismo de los grupos no es menos temible que el de
un solo hombre. Cuando la masa de ciudadanos no quiere ocuparse si­
no de sus asuntos privados, los partidos menos numerosos no deben
perder ta esperanza de hacerse dueños de los negocios públicos”, Demo-
cracy (Mayer), pp. 540-541; La democracia (FCE), p. 499.
33. Mayer, Journeys to England, Apéndices, “On Bribery at Elec-
tions” (“Sobre el soborno en las elecciones”), del testimonio rendido por
Tocqueville ante una comisión escogida de la Cámara de los Comunes
británica, el 22 de junio de 1835, pp. 210-232; la cita es de p. 231.

XVI. La démocratie, ¿será el heraldo de una nueva Edad Oscura?

1. Para ejemplos de lo primero, véase Democracy (Mayer), p. 314


[1835] y p. 694 [1840]; La democracia (FCE), p. 313 y pp. 634-635,
respectivamente; de lo segundo, ibid. (Mayer), p. 705; (FCE), p. 645.
2. 6 de noviembre de 1831, Pocket Notebook 3, Mayer, Journey, p.
160. Consúltense también sus reflexiones después de hablar con Charles
Carroll, 5 de noviembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, ibid., pp.
86-87. Compárese con sus razonamientos de 1831, respondiendo a pre­
guntas de la Marte de Beaumont (1835): “¿Está sujeto el mundo del es­
píritu a las mismas leyes de la naturaleza física? Cuando aparecen gran­
des mentes, ¿es necesario que las masas sean ignorantes para hacerles
sombra? ¿No brillan las altas personalidades por encima de lo vulgar,
como altas montañas con sus crestas rutilantes de luz y de nieve, ergui­
das sobre oscuros precipicios?” (Bt. Marte [chapman], p. 105).
3. Rémond, Etats-Unis, 1:266 y 283-305, especialmente pp. 301-
305. Adviértase que los propugnadores de esta opinión solian citar a la
república norteamericana como prueba de sus aserciones.
4. Drafts. Yale, CVb, Paquet 13, p. 32. En La democracia de 1835
no incluiría ningún capitulo sobre esta idea; sólo la desarrollaría al bos­
quejar la segunda parte (1840).
5. Encima de “aquella invasión” aparece escrito, como alternativa,
“la caida de Roma”; ninguna de las dos frases está tachada (Drafts. Ya­
le. CVh, Paquet 3, cahier 3, p. 28).
374 NOTAS (PP. 248-250)

6. El copista anotó que había una palabra ilegible, probablemente


“aguarde”.
7. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3. cahier 3, p. 28.
8. Ibid., CVb, Paquet 13, pp. 28-29.
9. Demoeracv(Mayer), pp. 55-56 y 301-305; La democracia (FCE),
pp. 71-72 y 293-298.
10. Ibid. (Mayer), pp. 254-256; (FCE), pp. 260-262.
11. Ibid. (Mayer), p. 208; (FCE), p. 223. En el manuscrito de trabajo
aparece una declaración relacionada con esto y muy reveladora de sus
actitudes personales hacia la démocratie: “El Gobierno democrático
[es] la obra maestra de la civilización y el conocimiento”, “Inestabilidad
administrativa en los Estados Unidos”, Original Working Ms.. Yale,
CVIa, tomo 2.
12. “Inestabilidad administrativa en los Estados Unidos”, ibid.
13. Democracv (Mayer), pp. 301-305; La democracia (FCE), pp.
293-298.
14. Tocqueviile dedicó sus dos primeros tomos, con toda delibera­
ción, a Norteamérica, y no a la démocratie en general.
15. Bt., Marie (Chapman), pp. 105-116; véase también p. 95.
16. Rémond, Etats-Unis, 1:286-287 y 300-301.
17. Véase el tratamiento que da Beaumont a estos personajes, y
otros, en Marie (Chapman), p. 95, pp. 111-112 y pp. 115-116. Consúl­
tese también la relación de Picrson, de los esfuerzos de ambos compañe­
ros por visitar a otra escritora norteamericana menos conocida, Cathe-
rine Maria Sedgwick, Toe. and Bt., pp. 349-350 y notas.
18. Habia sido particularmente significativo el encubrimiento de los
trascendentalistas a partir de 1836. En 1841 apareció en Francia una
obra todavía vigente en defensa de la vitalidad cultural y literaria nor­
teamericana: Eugéne Vail, De la littérature et des hommes de lettres des
Etats-Unis d'Amérique.
19. Cfr. Bt., Marie (Chapman), pp. 111-112 nota.
20. Democracv(Mayer), p. 455; véanse también pp. 454-458; La de­
mocracia (FCE), p. 416; véanse también pp. 415-418.
21. Nota del copista: “en la hoja de la cubierta”. Los capítulos a los
que se alude corresponden a la primera parte del primero de los dos to­
mos de 1840, “Influencia de la democracia en el movimiento intelectual
de los Estados Unidos”, capítulos IX a XI y XIII a XV; véase especial­
mente el IX, “Por qué el ejemplo de los norteamericanos no prueba que
un pueblo democrático deje de tener la aptitud y el gusto para las cien­
cias, la literatura y las artes”, Democracy(Mayer), pp. 454-458: La de­
mocracia (FCE), pp. 415-418.
22. Alternativa tachada: “Los hombres necesitan hacer un prodigio­
so esfuerzo por si mismos para dar el primer paso.”
23. Alternativa tachada: “Creo que es más difícil para un salvaje."
NOTAS <PP. 251-253» 375

24. Alternativas para “intereses”: “necesidades”, “trabajos” y “cui­


dados”, todas ellas tachadas.
25. Alternativa eliminada: “de índole física”.
26. Alternativa eliminada: “igualdad de condiciones”.
27. Alternativa tachada: “mente”.
28. Alternativa no tachada: “luces” (lumiéres).
29. Alternativa no tachada: “sobre sus iguales”.
30. Alternativa eliminada: “sociedades”.
31. Alternativa para el resto de esta frase, eliminada: “y creo que es
por haber perdido su libertad por lo que los hombres han adquirido los
medios para reconquistarla”.
32. Drafts. Yale, CVk, Paquet 7, cahier 1, pp. 18-20. Cfr. Demo-
cracy (Mayer), pp. 456-457; La democracia (FCE), pp. 416-417.
33. “Por qué el ejemplo de los norteamericanos no prueba que un
pueblo democrático deje de tener la aptitud y el gusto para las ciencias,
la literatura y las artes”, Original Working Ms., Yale, CVIa. tomo 3. Es­
ta frase está escrita al margen y no tachada.
34. Ibíd. Esta frase está escrita en una hoja suelta, añadida al manus­
crito.
35. Cfr. Democracy (Mayer), pp. 433-436 y especialmente 454-458;
La democracia (FCÉ), pp. 395-397 y especialmente 415-418.
36. Drafts. Yule, CVa, Paquet 8, cahier unique, p. 8.
37. Omisión del propio Tocqueville; Drafts. Yale, CVk, Paquet 7,
cahier 1, p. 5.
38. Ibid.
39. Para el desarrollo de esta idea véanse los dos capítulos siguientes
40. Página destruida parcialmente por el agua y el moho.
41. “El uso que hacen los norteamericanos de la asociación en la vi
da civil”, Drafts, Yale, CVg, “Rubish”, tomo 3. Cfr. Democracy (Ma­
yer), pp. 513-517; La democracia (FCE), pp. 473-476.
42. Véase el capitulo titulado “El uso que hacen los norteamericanos
de la asociación en la vida civil”, ibid. (Mayer), pp. 513-517, especial­
mente pp. 514 y 517; (FCE), especialmente pp. 474 y 476.
43. “(...) la aptitud-y el gusto para las ciencias, la literatura y las ar­
tes”, Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 3. Cfr. Democracy (Ma­
yer), p. 458; La democracia (FCE), p. 418. Nótese, sin embargo, que en
1840 recalcaría que los frutos intelectuales y culturales de una democra­
cia, aunque abundantes, serían distintos de los de una aristocracia. Y si
reinara una igualdad sin libertad, preveía como probable un desastre
intelectual y cultural; véase, por ejemplo, ibíd. (Mayer), p. 436; (FCE)
p. 397.
44. Drafts, Yale, CVa, Paquet 8, cahier unique, pp. 47-48, fechados
en junio de 1838. En el margen de esta observación, Tocqueville escri­
bió: “bueno para desarrollar”, y en 1840 se explayaría en la idea, pero
sin indicar cómo le habia sido inspirada.
376 NOTAS (PP. 253-260)

45. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 1, p. 20. Adviértase, en estos


comentarios, el empleo indistinto que hacia Tocqueville de las expresio­
nes “democracia", “instituciones libres” e “igualdad de condiciones".
46. Consúltese Democracy ( Mayer). pp. 640-645; La democracia
(FCE), pp. 590 y 593.
47. Ibid.

XVII. Démocratie y ¿goi'sme

1. Estas ideas parecen reflejar la influencia de las conferencias de


Frangois Guizot sobre “Historia general de la civilización en Europa"
(1828) y, especialmente, sus conferencias sobre “Historia de la civiliza­
ción en Francia", pronunciadas entre abril de 1829 y mayo de 1830;
Tocqueville asistió a muchas de esas sesiones.
2. Compárese con el posterior concepto de Nuevo Despotismo y sus
definiciones; véanse, más arriba, los capítulos 11 y 13.
3. Toe. a Charles Stoffels, Versalles, 21 de abril de 1830, Tocqueville
and Beaumont Correspondence, 1830-abril de 1831, Yale, A VII.
4. La traducción al inglés es mía; De l’esprit des lois, 1:39.
5. “General Questions”, Sing Sing, 29 de mayo de 1831, Alph. Note-
book I, Mayer, Journey, pp. 210-211; Cfr. la traducción al inglés de
Pierson, Toe. and Bt„ p. 113. El enfoque de Tocqueville era bastante
desusado para la época. Según René Rémond, hasta comienzos de la
década de 1830 existia el convencimiento, generalizado entre los france­
ses admiradores de los Estados [Link] que Norteamérica era decha­
do de virtud en el sentido clásico; véase Rémond, Etats-Unis, 2: 556-
557.
6. Citado por Pierson, Toe. and Bt.. pp. 129-130; véase Toe. a Cha-
brol, Nueva York, 9 de junio de 1831, Toe. letters, Yale, BIa2.
7. Véanse especialmente las conversaciones con Quincy y Lieber, 20
y 22 de septiembre de 1831, respectivamente, Non-Alph. Notebooks 2 y
3, Mayer, Journey, pp. 50-52 y 54-56.
8. “Nota" de Tocqueville, de su conversación con Quincy, 20 de sep­
tiembre de 1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayo-, Journey, pp. 51-
52.
9. 30 de noviembre de 1831, Notebook E., ibid., p. 258; este pasaje
contiene por primera vez la idea de "intéréts bien entendus" que he en­
contrado entre los papeles norteamericanos de Tocqueville. Cfr., en la
obra de 1835, “ El espíritu público en los Estados Unidos”, Democracy
(Mayer), pp. 235-237; La democracia (FCE), 244-246.
10. Toe. a la condesa de Tocqueville, su madre, Louisville, 6 de di­
ciembre de 1831, Toe. letters home, Yale, Blal. Compárese con Demo­
cracy ( Mayer), pp. 55-56 y 283; La democracia (FCE), pp. 71-72 y
283.
NOTAS (PP. 260-266) 377

11. “Dos semanas en el desierto”, escrito en el vapor Superior y co­


menzado el I de agosto de 1831, Mayer, Journey, p. 339.
12. Toe. a Eugéne Stofíels, París, 12 de enero de 1833. O. C. (Bt.),
1:424-426. Esta carta no sólo demuestra que Tocqueville desaprobaba
a quienes, como su otro amigo, Louis de Kergolay, habian respondido a
la caida definitiva de los Borbones retirándose a un exilio interior, sino
también su profunda aversión por el Régimen de Julio, especialmente en
cuanto a la vida politica. Sin embargo, la misiva deja también patente
que, pese a su asco, era incapaz de mantenerse apartado de la politica.
13. “El poder de asociación” era una alternativa, eliminada, de la
frase “el poder colectivo”.
14. Drafits, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, pp. 110-111.
15. Véase Democracy (Mayer), pp. 9-20, especialmente pp. 12-16:
La democracia (FCE), pp. 31-41, especialmente pp. 37-39.
16. Cfr. ibid. (Mayer), p. 53-54, 96-97, 313-314; (FCE), pp. 69-70,
97-98, 299-301.
17. Ibid. (Mayer), pp. 57 y 87-88; (FCE), pp. 73 y 92-93.
19. La mención de veinte personas, en este pasaje, no es fortuita. En
abril de 1834, el Régimen de Julio, con el objeto de terminar con la opo­
sición de los republicanos y otros grupos, sancionó una nueva ley que
restríngia estrechamente las actividades asociativas. Era aplicable con­
tra cualquier asociación de más de veinte personas, aunque se dividera
en secciones de menos de ese número; véase Paul Bastid, Les Institu-
tions politiques de la monarchie pariamentaire franqaise, ¡814-1848,
pp. 385-388. La medida tuvo como efecto convertir a todos los grupos
en sociedades secretas; sin embargo, pese a los esfuerzos gubernamen­
tales por desalentarla, la actividad politica de las asociaciones fue muy
intensa entre los años 1830 y 1848.
19. Democracy (Mayer), pp. 313-314; La democracia (FCE), p. 309.
20. Ibid. (Mayor), p. 243; (FCE), p. 251.
21. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 14.
22. Democracy (Mayer), p. 57; La democracia (FCE), p. 73.
23. Ibid. (Mayer), pp. 236-237; (FCE), pp. 245-246.
24. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, p. 30.
25. Ibid. En cuanto a la idea de la utilidad y de cualesquiera relacio­
nes anteriores de Tocqueville con la teoría utilitarista, consúltese la bre­
ve pero enjundiosa relación de Doris Goldstein, “Alexis de Tocqueville’s
Concept of Citizenship”, pp. 39-53, especialmente p. 42.
26. Para mayor desarrollo, véanse los capítulos anteriores sobre cen­
tralización. Véase además el capitulo sobre “La asociación politica en
los Estados Unidos”, Democracy (Mayer), pp. 189-195; Lo democracia
(FCE), pp. 206-212. Para Tocqueville, la libertad de prensa se vinculaba
estrechamente con el derecho de asociación: véase “La libertad de pren­
sa en los Estados Unidos”, ibid. (Mayer), pp. 180-188 y particularmente
p. 191; (FCE), pp. 198-205 y particularmente p. 207. En la obra de
378 NOTAS (PP. 266-269)

1835 insta asimismo a la aplicación del sistema de jurados para comba­


tir el égotsme irtdividuel, al que llamaba la “carcoma” de las sociedades;
ibid. (Mayer), p. 274; (FCE), jx 276.
27. En los tomos de 1835, es raro que aparezca la expresión intérét
bien entendu; aparecía, sin embargo, en los diarios norteamericanos y
en los borradores de la primera parte. En la obra propiamente dicha, se
refiere más en general a cómo, en los Estados Unidos, las luces (lumié-
res) contrarrestaban el egoísmo, y a la ¡dea norteamericana de la armo­
nía entre los intereses privados y públicos. En 1840 usaría intérét bien
entendu con mayor frecuencia.
28. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 2, pp. 78-79.
29. Al margen de ese pasaje, Tocquevilie escribió: “concerniente al
interés bien entendido”; Drafts, Yale, CVe, Paquet 17, pp. 66-67.
30. Democracy (Mayer), pp. 235-237; La democracia (FCE). pp.
244-246; compárese también con (Mayer), p. 95; (FCE). p. 83.
31. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, p. 3. Cfr., una vez más. la
idea de époque de transition.
32. Ibid., cahier 1, pp. 2 4; cfr., cahier 3, p. 17. Acerca de lo que
T ocqueville pensaba de qué es lo que hace un ciudadano, véase Doris
Guldstein, “Alexis de Tocqueville’s Concept of Citizcnship".
33. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, pp. 36-37; cfr. en la obra
de 1835, Democracy (Mayer), pp. 87-98 y especialmente 89-94; La de­
mocracia (FCE), pp. 79-92 y especialmente 81-85. Estas definiciones
parecen volver a reflejar sus observaciones de Francia durante la déca­
da de 1830 y su disgusto por lo que veía: una sociedad caracterizada
per la miopía, el materialismo, el hastío y el ideal de la “medianía” o del
juste milieu. Acerca de esto, cfr. Vincent E. Starzinger, Middlingness.
“Juste Milieu" Polilical Theory in France and England. 1815-1848.
34. Drafls, Yale, CVh. Paquet 3. cahier 3. p. 3. Cfr. Democracy(Ma
yer), pp. 235-237; La democracia (FCE), pp. 244-246.
35. Drafls, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, p. 6.
36. La cursiva es de Tocquevilie. Drafts. Yale, CVe. Paquet 17. p.
65. Compárese con un pasaje de la “Introducción” de 1835: Demo­
cracy (Mayer), pp. 14-15; La democracia (FCE), pp. 35-36.

XVIII. Del égoisme al indhiduáiisme

I. Sobre la historia y los significados de individualisme o individua­


lismo. consúltense los siguientes artículos: Steven Lukes. “The Mea
nings o f‘Individualism* ” y “Types of Individualism”: Léo Moulin. “On
the Evolution of the Meaning of the Word 'Individualism* ”; Koenraad
W. Swart, “Individualism in the Mid-Ninctccnth Century (1826-1860)*';
también véanse dos libros: Albert Shatz, L 'individualisme économique
el social: ses origines, son évolution, ses formes contemporaines. y otro
NOTAS (PP. 269-274) 379

más reciente, que es un fino estudio de las ideas de Tocqueville sobre el


tema: Jean-Claude Lamberti, La Nolion d'individualisme chez Tocque­
ville.
2. Rémond, Etats-Unls, 2:670.
3. Democracy (Mayer), p. 506; La democracia (FCE), p. 466.
4. Véase Steven Lukes, “The Meaning of ‘Individualism’ ”, pp. 58-
63.
5. Véanse las observaciones de fecha 30 de septiembre de 1831, Poc­
ket Notebook 3, Mayer, Journey, p. 149.
6. “El individualismo en los países democráticos”, Democracy (Ma­
yer), pp. 506-507; La democracia (FCE), pp. 466-467. En la “basura”
(“rubish”) de este capítulo, Tocqueville escribió: “El individualismo, ¿no
es sencillamente la disposición que tienen los hombres a mantenerse
apartados?”, Drafts, Yale, “Rubish”, CVg. tomo 3.
7. Toe. a Royer-Collard, Tocqueville par Saint-Pierre-Eglise. 23 de
junio de 1838, O. C. (Mayer), Jardín, 11:64. La traducción al inglés es
mia.
8. Royer-Collard a Toe., Cháteauvieux, 21 de julio de 1838, ibid., p.
66. La traducción al inglés es mia.
9. Véase Democracy (Mayer), pp. 509-513; La democracia (FCE).
pp. 469-473.
10. Para ejemplos, véase ibid. (Mayer), pp. 508-509 y 509-* >0;
(FCE), pp. 468 y 469-470.
11. Consúltese, por ejemplo, “Por qué es mayor el individualismo al
salir de una revolución democrática, que en otra época”; ibid. (Mayer).
pp. 508-509; (FCE), p. 468.
12. Drafts, Yale, CVa. Paquet 8, cahier unique, pp. 7-8.
13. Cfr. la célebre tesis de Louis Hartz construida sobre la observa­
ción de Tocqueville. The Liberal Tradition in America.
14. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 2, p. 42.
15. Ibid., cahier 1, pp. 51-53.
16. La Cuarta Parte de los tomos de 1840, “Influencias de las ¡deas
y sentimientos democráticos en la sociedad política”, Democracy (Ma­
yer), pp. 665-705; La democracia (FCE), pp. 613-645.
17. Drafts, Yale, “ Rubish”, CVg, tomo 4, para el capitulo titulado
“Continuación de los capítulos precedentes”, Democracy (Mayer), pp.
695-705; La democracia (FCE), pp. 636-642.
18. El esprii révolutionnaire no sólo nutría el individualisme, sino
también la centralización; por tanto, acrecentaba en gran medida tas
posibilidades de despotismo. Para el desarrollo de los resultados posi­
bles del espíritu revolucionario véanse, en los tomos de 1835, Demo­
cracy (Mayer), pp. 59 y 97; La democracia (FCE), pp. 75 y 105; y en
los de 1840 (Mayer), pp. 432-433, 460-461, 505-506, 508-509, 548,
578-579,632, 633, 634-645,669-670,674-679,688-689 y 699-700; (FCE),
pp. 392-393, 402-403, 463-465, 468, 470-471, 506-508, 528-529, 567-
380 NOTAS (PP. 274-278)

568, 585-593, 599-601, 606-612 y 636-642. Estos esfuerzos por expli­


car la paradoja se relacionan también con el concepto de Tocqueville de
époque de transition; véase, más arriba, el capitulo relativo a otra posi­
ble Edad Oscura.
19. Democracy (Mayer), pp. 508-509; La democracia (FCE), p. 468.
20. Véase, en la obra de 1835, ibíd. (Mayer), pp. 283-286 y 375-376;
(FCE), pp. 287 y 373-374; para los de 1840, consúltese sobre todo la
Segunda Parte, “Influencia de la democracia en los sentimientos de los
norteamericanos”, capítulos X al XVI, ibíd. (Mayer), pp. 530-547;
(FCE), pp. 419-437.
21. Drafts, Yale. CVd, Paquet 5, p. 2.
22. Democracy ( Bradley), 2:141; La democracia (FCE), p. 492. Cfr.
el capítulo completo, “Los singulares efectos que produce el amor a los
goces materiales en las épocas democráticas”, Democracy (Mayer), pp.
532-534, especialmente p. 533; La democracia (FCE), pp. 491-492.
23. Para un mayor desarrollo, véase un pasaje notable, ibid. (Ma­
yer), pp. 540-541; (FCE), pp. 498-500.
24. “El uso que hacen los norteamericanos de la asociación en la vi­
da civil”, Drafts, Yale, “Rubish” CVg, tomo 3. Cfr. Democracy (Ma­
yer), pp. 509-513 y 515-516; La democracia (FCE), pp. 473-476 y480-
483.
25. Para el capitulo que da comienzo a la obra de 1840, véase Demo­
cracy (Mayer), pp. 429-433; La democracia (FCE), pp. 391-394.
26. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 3.
27. La mayoría de las demás páginas fechadas que contienen la
voz individualisme fueron escritas en 1838; véase, por ejemplo, Drafts,
Yale, CVd, Paquet 5, p. 1, 28 de julio de 1838. En uno de los borrado­
res. sin fecha, se da un caso del reemplazo de égotsme por individualis­
me: Drafts, Yale, CVa, Paquet 8, pp. 28-32, especialmente p. 29.
28. Consúltese “Método filosófico de los norteamericanos”, Demo-
cracy(Mayer), pp. 429-433; La democracia (FCE), pp. 391-394. Véase
también “ La fuente principal de las creencias en los pueblos democráti­
cos”, ibid. (Mayer), pp. 433-436; (FCE), pp. 395-397.
29. Véanse, más arriba, los capítulos 14 y 16.
30. Democracy (Mayer), p. 314; La democracia (FCE), p. 309; ya
citado más arriba.
31. Para mayor desarrollo, consúltese la parte final de los tomos de
1840, “Influencias de las ideas y sentimientos democráticos en la socie­
dad política”, ibíd. (Mayer), pp. 665-705; (FCE), pp. 613-645.
32. Este es un titulo anterior para la parte final de La democracia de
1840. Tocqueville, en principio, planeaba un solo capitulo extenso.
33. Drafts, Yale, “Rubish”, CVg, tomo 4. Cfr. Drafts, Yale, CVg,
Paquet 9, cahier 2, p. 35.
34. Democracy (Mayer), pp. 676 y 679; La democracia (FCE), pp.
619 y 624.
NOTAS (PP. 278-284) 381

35. Tocqueville solía usar indépendence individuelle y expresiones si­


milares; véase especialmente, ibid. (Mayer), pp. 679,681,688,691-692,
695-696, 699-700, 701-702 y 703-704; (FCE), pp. 619, 621, 628, 631,
633-634. 641-642, 643-644 y 645.
36. Democracy (Bradley), 2:347; La democracia (FCE), p. 641.
37. “Los hombres reciben naturalmente de la igualdad el gusto por
las instituciones libres”, Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 4.
38. Véase el capitulo cuyo título aparece en la nota anterior, Demo­
cracy (Mayer), pp. 667-668; La democracia (FCE), p. 613.
39. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 2, p. 44. Cfir. Democracy
(Mayer), pp. 667-668, 687-689 y 701-702; La democracia (FCE), pp.
613, 617-618, 619-623 y 641-642.
40. Drafts, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 2, pp. 45-46.
41. Véase, por ejemplo, Democracy (Mayer), p. 667; Democracy
(Bradley), 2:305; La democracia (FCE), p. 613.
42. Democracy {Bradley), 2:348; La democracia (FCE), pp. 641-
642.
43. Drafts, Yale, CVd, Paquet 5, pp. 9-10.
44. “Continuación de los capítulos precedentes”. Original Working
Manuscript, Yale, CVIa, tomo 4. Cfr. Democracy (Mayer), pp. 701-
702; La democracia ( FCE), pp. 636-642.
45. Democracy (Mayer), pp. 701-702; La democracia (FCE), pp.
641-642.
46. Drafts, Yale, CVg, Paquet 9, cahier 2, p. 151.
47. Ibid., CVk, Paquet 7, cahier 2, p. 41.
48. Toe. a Henry Reeve, París, 3 de febrero de 1840, Correspondan-
ce anglaise, O. C. (Mayer), 6:1, pp. 52-53.
49. Véase Democracy (Mayer), p. 696; La democracia (FCE), p.
636.
50. Después de sus experiencias de 1848 y 1849, Tocqueville se con­
vencería de que. lamentablemente, la revolución era un estado perma­
nente en Francia; véase Gargan, Critical Years. pp. 181 y 188.
51. Esta parte final se titula “Influencias de las ideas y sentimientos
democráticos en la sopiedad política”.
52. Además, Tocqueville contrastaba continuamente los modelos
“ aristocrático” y “democrático” de sociedad.

XIX. Algunos significados de Démocratie

1. Consúltense, en particular, los trabajos de Pierson, Toe. and Bl„


pp. 6-7 nota, 158-159 y nota, 165-166 y 757-758; y Jack Lively, The
Social and Political Thought of Alexis de Tocqueville. pp. 49-50. Am­
bos autores identifican más de media docena de significados importan­
tes para Tocqueville del término démocratie, y aun asi, sus respectivas
382 NOTAS (PP. 284-286)

listas no siempre coinciden. Véanse también los breves, pero valiosos es­
tudios de la cuestión, de Philips Bradley, Democracy (Bradley). 2:407-
408 nota; Marvin Zetterbaum, Tocqueville and the Problem o f Demo­
cracy, pp. 53-54, 55-56 y 69 y Seymour Drescher, Dilemmas o f Demo­
cracy: Tocqueville and Modernization, pp. 14 nota, 30-31 y especial­
mente 30-31 nota.
2. Casi siempre, desde su más temprana correspondencia, pasando
por sus borradores primeros y más tardíos, y hasta el manuscrito origi­
nal de trabajo de los últimos tomos de su obra Tocqueville escribía dé-
mocratie con mayúscula inicial; sólo en el texto definitivo publicado de­
saparecería esta peculiaridad.
3. Aquí, Tocqueville se hace eco del tema de Guizot. de la elevación
de las clases medias.
4. Toe. a Louis de Kergolay, Yonkers, 29 de junio de 1831. O. C.
(Mayer), Jardín y Lesourd, 13:1, pp. 232-234.
5. Cfr. la Famosa “Introducción” de los tomos de 1835, sobre todo
Democracy (Mayer), pp. 9 y 12-13; La democracia (FCE) pp. 33 y 35-
36.
6. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, pp. 27-28. Compárese la
emotividad de este extracto con la que aparece en los pasajes sobre la
amenaza de la barbarie (citados en el capítulo 16).
7. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, p. 28.
8. Ibíd., CVh, Paquet 3, cahier 4, p. 1.
9. Ibid., CVh, Paquet 13, p. 14.
10. Ibid., CVe, Paquet 17, p. 61. Cabe presumir que aquí tuviera
Tocqueville presente, en particular, las precondiciones históricas de los
Estados Unidos, esto es, una virtual igualdad social y económica.
11. Ibid., CVh, Paquet 3, cahier 5, pp. 8-9.
12. Véase especialmente “Introducción del autor”, Democracy (Ma­
yer), pp. 7-20; La democracia (FCE), pp. 31-41.
13. Capitulo sobre el état social, Original Working Ms., Yale, CVIa.
tomo 1. Estas frases aparecen también citadas más arriba, en el capitulo
I, donde se desarrollan las ideas con mayor amplitud.
14. Capítulo sobre el état social. Original Working Ms., Yale, CVIa.
tomo 1. Véase más arriba, capitulo 1, para el desarrollo.
15. La cuestión podia también plantearse de otra manera: “¿P or qué
démocratie no es sinónimo de égalité (o de égalité des conditions)T
16. Nótese que la indecisión de Tocqueville en cuanto a tratar a la
démocratie como un determinado état social o como una forma política
de alguna manera dependiente de la souveraineté du peuple se reflejaría
también en el texto de 1835. Consúltense los dos capítulos titulados “Es­
tado social de los angloamericanos” y “ El principio de la soberanía del
pueblo en los Estados Unidos”, Democracy (Mayer), pp. 50-57 y 58-60;
La democracia (FCE), pp. 67-73 y 74-76.
17. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, p. 32.
NOTAS (PP. 286-290) 383

18. La carta para Kergolay citada más arriba (Yonkers. 29 de junio


de 1831) también hacia una breve referencia a las definiciones políticas
posibles de démocratie. En varias partes de la misiva se referia a “Go­
bierno democrático” y en uno de los casos llegó realmente a definirlo
como “el Gobierno de la multitud”.
19. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 5, pp. 7-8.
20. Ibid., cahier 1, p. 22. Cfr. los intentos previos de Tocqueville
(mencionados más arriba) de distinguir entre démocratie y souveraineté
du peuple.
21. Ibid., cahier 3, pp. 38-39. Compárense estas observaciones con el
texto publicado en 1833, Democracy (Mayer), pp. 231-235; La demo­
cracia (FCE), pp. 241-244.
22. Para ejemplos, véase el Original Working Ms., Yale. CVIa. tomo
I, sección titulada “En qué la constitución federal es superior a la cons­
titución de los Estados”, e ibid., tomo 2, sección titulada “Actividad que
domina en todas las partes del cuerpo político en los Estados Unidos e
influencia que ejerce sobre la sociedad”.
23. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, pp. 84-85. En la copia
aparece incompleta la frase final. Las cursivas no son originales de Toc­
queville.
24. Ibid., CVh, Paquet 3, cahier 3, pp. 30-33; cursivas no originales.
Consúltense también ibid., cahier 3, p. 107; y cahier 4, pp. 42-43 y 54-
57.
25. “Observations critiques”, Yale, CUIb, cahier 2, p. 90.
26. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 1, p. 82.
27. Se encontrará un ejemplo en el Original Working Ms., Yale,
CVIa, tomo 2: véase la sección titulada “El espíritu legista en los Esta­
dos Unidos, y cómo sirve de contrapeso a la democracia”.
28. Alternativa de “porción”: “dase”.
29. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 3, p. 107.
30. Alternativa de “peligro” : “sino”.
31. Drafts, Yale, CVh, Paquet 3, cahier 4, p. 57.
32. Véase más arriba, capítulos 1 y 2.
33. Tocqueville se referiría a esta tradición en una carta dirigida a
Eugéne Stoffels, París, 21 de febrero de 1835, O. C. (Bl), 5:425-427.
34. Drafts, Yale, CVe, Paquet 17, pp. 60-6!.
35. Democracy (Mayer), pp. 241-245; La democracia (FCE), pp.
250-253.
36. Ibid., (Mayer), p. 243; (FCE), p. 251.
37. Ibid. (Mayer), pp. 243-244; (FCE), pp. 251-252.
38. También en 1831 se había referido; en sus diarios de viaje, a las
clases medias norteamericana y francesa; véanse, por ejemplo, unos
comentarios fechados del 30 de noviembre de 1831, Notebook E, Ma­
yer, Joumey, pp. 257-258.
384 NOTAS (PP 290-293)

39. Drafts, Yale, CVj, Paquet 2, cahier 2. pp. 16-17. Ya citado más
arriba, capitulo 12.
40. Ibid., CVg, Paquet 9, cahier 1, p. 171. También citado por Dres-
cher. Tocqueville and England, p. 126 nota.
41. Original Working Ms., Yale, CVIa, tomo 4, de la sección titulada
“ Entre las naciones europeas de nuestros dias, el poder soberano crece,
aunque los soberanos sean menos estables”.
42. Cfr. una clasificación, ambigua pero relacionada con esto, que
aparece en el texto de 1835, Democracy (Mayer), p. 34; La democracia
(FCE). pp. 54-55.
43. Toe. a Kergolay, carta sin fecha. O. C. (Mayer), Jardín y Le-
sourd, 13:1, p. 373.
44. Debiera quedar claro, de las observaciones hechas más arriba,
que no hubiese tenido importancia, en 1835, hacer que la démocratie
implicase laégalité. Me limito a señalar un cambio de preferencia entre
varias definiciones básicas.
45. Drafts, Yale, CVg, “ Rubish”, tomo 3. (Para la copia de Bonnel
véase ibid., CVg, Paquet 9, cahier 1, pp. 186-187.) Compárese este titu­
lo con el que aparecería en el texto de 1840: MLo que inclina a casi todos
los norteamericanos a las profesiones industriales”, Democracy (Ma­
yer), pp. 551-554; La democracia (FCE), pp. 511-513.
46. Drafts, Yale, CVg, “Rubish”, tomo 4, y Democracy (Mayer), pp.
665-705: La democracia (FCE), pp. 613-645.
47. Se encontrarán ejemplos en el Original Working Ms.. Yale.
CVIa, tomo 3, sección titulada “Algunas fuentes de la poesia en las na­
ciones democráticas”, e ibid., tomo 4, la página de titulo del “Ch. [capi­
tulo] 47”.
48. Véase más arriba, capitulo 2.
49. Drafts, Yale. CVk, Paquet 7, cahier 1, p. 51. Cfr. Jack Lively.
Social and Political Thought, donde comenta el uso de “modelos” que
hace Tocqueville.
50. Nótese la opción sin resolver, lo cual es significativo.
51. Comentario del copista: dos palabras ilegibles.
52. Comentario del copista: una palabra ilegible; “sentir” es un in­
tento mió.
53. Drafts. Yale, CVk, Paquet 7, cahier 1, pp. 45-46.
54. Drescher ya habia llamado la atención hacia este aspecto del
pensamiento de Tocqueville: véase Dilemmas of Democracy, pp. 30-31
y notas, y su cumplida exposición del uso por Tocqueville de los con­
trastes entre las sociedades aristocráticas y democráticas, pp. 25-31.
55. Véase la conversación con el señor Duponceau, 27 de octubre de
1831, Non-Alph. Notebooks 2 y 3, Mayer, Journey, pp. 69-70, en la
que el hombre de Filadelfia le dijo que “no hay nadie que no crea que
puede tener éxito [en hacerse rico y ascender en el mundo]”.
56. Draft;, Yale, CVk, Paquet 7, cahier 1, pp. 50-51. Otra versión de
NOTAS (PP 294-309) 385

este pasaje cita Drescher en Dilemmas o f Democracy, pp. 30-31 nota.


Para reflejos de esta idea en ei texto de 1840, véase especialmente De­
mocracy ( Mayer), pp. 429-430, 440, 452-454, 465-466,485-486, 537-
538 y 548; La democracia (FCE), pp. 391-392, 402-403, 415-416,
431. 449-450, 484-485 y 495-4%.
57. Drafts. YaJe, CVk. Paquet 7, cahier 2, pp. 53-54; ya citado más
arriba, capitulo 13.
58. Ibid.
59. Ibid., p. 52.

XX. El regreso de Tocqucvüle a Norteamérica

1. “Introducción del autor”, Democracy (Mayer), p. 20, La demo­


cracia (FCE), p. 41.
2. Véase, por ejemplo, el capitulo titulado “Algunas tendencias parti­
culares de los historiadores de los siglos democráticos”, ibid. (Mayer),
pp. 493-499; (FCE), 453-455.
3. Ibid. (Mayer), p. 705; (FCE). p. 645.
4. Acerca de esto, véase también Robert Nisbet. “Many Tocquevi-
lles”.
5. Democracy (Bradley), 2:150; La democracia (FCE), p. 499.
6. Toe. a Henry Reeve. París. 3 de febrero de 1840, Correspondance
anglaise. O. C. (Mayer), 6:1, pp. 52-53; ya citado más arriba, capitulo
18.
7. Ya hemos dado ejemplos significativos de este fenómeno en las ex­
posiciones acerca de los cuadros que pintaba Tocqueville del despotis­
mo administrativo y de su creciente preocupación por los efectos inte­
lectuales de una tiranía de la mayoría. Otros casos importantes se evi­
dencian si se compara el capítulo de 1840 titulado “Por qué razón los
p ueblos democráticos muestran un amor más vehemente y más durable
hacia la igualdad que en favor de la libertad” con ciertos pasajes de la
obra de 1835, Democracy (Mayer), p. 57; La democracia (FCE), pp.
72-73: asimismo, los capítulos de 1840 sobre el amor por el bienestar y
sus efectos, con distintas páginas de 1835, ibid. (Mayer), pp. 283-287:
(FCE), pp. 283-287.
8. Compárese con Seymour Drescher. “Tocqueville’s Two Démocra-
ties"
9. Para otras definiciones, véase más arriba, capitulo 4.
10. Compárese con lo siguiente, ya citado más arriba: “Si la morali­
dad fuera lo bastante fuerte por si misma, no consideraría yo tan impor­
tante apoyarse en la utilidad. Si la idea de lo que es justo fuera más po­
derosa. no hablaría yo tanto de la idea de la utilidad.” Drafts. Yale,
CVh. Paquet 3. cahier 4, p. 30.
BIBLIOGRAFIA SELECCIONADA

Materiales primarios
La colección más grande de materiales relativos a las experiencias y escri­
tos sobre Norteamérica de Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont
es la Yate Tocqueville Manuscripts Collection, que empezaron a reunir
Paul Lambert White y J. M. S. Allison, que sostuvo y engrosó con su ener­
gía George Wilson Pierson en la década de 1930 y que actualmente está
instalada en la Beinecke Rare Book and Manuscript Library de la Univer­
sidad de Yale.
La colección Yale, basada en la premisa de que las vidas de Tocqueville
y Beaumont son inseparables, contiene materiales sobre los antecedentes,
educación y carreras de ambos, además de muchos manuscritos relativos a
su empresa conjunta, Du systémepénitenciaireaux Etats-Unis y a los dos
libros de Beaumont, Mane y L ’lrelande; pero lo más importante, a los
efectos del presente estudio, es lo que posee Yale de cartas, notas de viaje,
borradores, manuscrito de trabajo y otros escritos relativos a la gestación y
crecimiento de La democracia en América.
F.l “Appendix E: Bibliography” de Tocqueville and Beaumont in Ame­
rica de George Wilson Pierson constituye una buena historia de la colec­
ción Yale. El mismo autor ha actualizado esa reseña en la “Bibliographical
Note” de la versión abreviada de su obra Tocqueville in America, 1939.
Consúltese también el “Yale Tocqueville Manuscripts Catalogue-Re-
vised" (1974), compilado por George Wilson Pierson. Existe un ejemplar
en la Beinecke Library, junto con la colección.
Para referencias más detalladas a algunos escritos en particular, véanse
los Capítulos 1y 2 del presente libro. En cuanto se refiere especialmente al
Manuscrito Original de Trabajo (Original Working Manuscript) de La
democracia, véase también George Wilson Pierson, “The Manuscript of
Tocqueville’s De la Démocratie en Amerique”, Yale University Library
Gazette, 29 (enero de. 1955), pp. 115-125.
El mayor depósito de materiales de Tocqueville, actualmente en la Biblio-
théque de I'lnstitut de París, está bajo la supervisión de la Commission natio-
nale pour l’édition des oeuvres d’Alexis de Tocqueville. Muchos de los
papeles que ha inventariado André Jardin, secretario de la Commission, se
van publicando gradualmente, a medida que avanza la edición de Oeuvres,
papiers et correspondances d ‘Alexis de Tocqueville (Oeuvres complétes),
Edition définitive, sous la direction de J. P. Mayer et sous le patronage de la
Commission nationale.
En cuanto a los planes de publicación de la Commission nationale, véase
Charles Pouthas, “Plan et programme des ‘Oeuvres, papiers et correspon­
dances d’Alexis de Tocqueville’ ”, de Alexis de Tocqueville: Livre du cen-
tenaire, 1859-1959, París, Editions du Centre nationale de la recherche
387
388 BIBLIOGRAFIA

scientifique, 1960. Hasta la fecha han aparecido los siguientes volúmenes


de las Oeuvres complétes:

Tome I:Dela Démocratie en Amerique. Con una introducción de Harold


Laski. 2 vols., París, Gallimard, 1951.
Tome II: Vol. I. L "Anden Régime et la Révolution. Introducción de Geor-
ges Lefebvre, París. Gallimard, 1953.
Vol. II. L ‘Anden Régime et la Révolution: Fragmente et notes inédites
sur la Révolution. Compilado y anotado por André Jardín, París, Galli­
mard, 1953.
Tome III: Ecrits et discours politiques. Introducción de Jean-Jacques
Chevallier y André Jardín, París, Gallimard, 1962.
(Está planeado un segundo volumen.)
Tome V: Vol. I. Voyages en Sidle et aux Etats-Unis. Prologado, compi­
lado y anotado por J. P. Mayer, París, Gallimard, 1957.
Vol. II. Voyages en Angleterre, Irelande, Suisse et Algérie. Compilado
y anotado por J. P. Mayer y André Jardin, París, Gallimard, 1958.
Tome VI: Correspondance anglaise: Correspondance d ’Alexis de Toc-
queville avec Henry Reeve et John Stuart Mili. Introducción de J. P.
Mayer. Compilado y anotado por J. P. Mayer y Gustave Rudler, París,
Gallimard, 1954.
(Está planeado un segundo volumen.)
Tome VIII: Correspondance d ’Alexis de Tocquevilleet Gustavede Beau-
mont. Prologado, compilado y anotado por André Jardin. 3 vols., París,
Gallimaid, 1967.
Tome IX: Correspondance d ’Alexis de Tocqueville et d ’Arthurde Gobi-
neau. Introducción de J. J. Chevallier. Compilado y anotado por Mau-
rice Degros, París, Gallimard, 1959.
Tome XI: Correspondance d ’Alexis de Tocqueville avec P.-P. Royer-
Collard et avec J. J. Ampére. Prologado, compilado y anotado por
André Jardin, París, Gallimard, 1970.
Tome XII: Souvenirs. Prologado, compilado y anotado por Luc Monnier,
París, Gallimard, 1964.
Tome XIII: Correspondance d ’Alexis de Tocqueville el de Louis de Ker-
golay. 2 vols. Texto establecido por André Jardin. Prologado y anotado
por Jean-Alain Lesourd, París, Gallimard, 1977.

EsX&Edition définitive superará ampliamente, en última instancia, a las


viejas Oeuvres complétes d ’Alexis de Tocqueville, 9 vols. cuidada por
Gustave de Beaumont, París, Michel Lévy, 1861-1866. Como compila­
dor, Beaumont se tomó muchas libertades con los escritos de Tocqueville.
Aun asi, su homenaje postumo al pensamiento y la carrera de su amigo
sigue siendo inmensamente valioso, con tal de que se lo lea con un saluda­
ble escepticismo y, de ser posible, se lo contraste con la nueva Edi-
tion définitive.

De las demás obras publicadas de Tocqueville y Beaumont, varias de las


ue a continuación se mencionan han quedado superadas por la Edition
3éfinitive.
BIBLIOGRAFIA 389

Tocqueville
Adams, Herbert Baxter, “Jared Sparks and Alexis de Tocqueville”, Uni­
versidad Johns Hopkins, Studies in Historical and Politica! Science 16
(diciembre de 1898), pp. 563-611. Presenta el ensayo de Sparks sobre
gobierno comunal en Nueva Inglaterra y la correspondencia entre
. ambos.
Engel-Janosi, Friedrich, “New Tocqueville Material fromJohns Hopkins
University Collections”, Universidad Johns Hopkins, Studies in Histo­
rical and Political Science 71 (1955), pp. 121-142.
Hawkins, R. L., “Unpublished Letters ofAlexis de Tocqueville”,Roman-
tic Review 19 (julio-septiembre de 1928), pp. 192-217, y 20 (octubre-
diciembre de 1929), pp. 351-356.
Lanzac de Laborie, L. de, “L’Amitié de Tocqueville et de Royer-Collaid:
d’aprés une correspondance inédite”, Reme des Deux Mondes 58(15
de agosto de 1930). Contiene extractos de la correspondencia, con
comentarios.
Lukacs, John, The European Revolution and Correspondence with Gobi-
neau. Treducciones de partes del Anden Régime y de la corresponden­
cia Tocqueville-Gobineau, Nueva York, Doubleday, 1959.
Mayer, J. P.,‘“Alexis de Tocqueville: sur la démocratie en Amérique.
Fragments inédits”, Nouvelle Revue Franqaise 76 (abril de 1959), pp.
761-768.
----------“De Tocqueville. Unpublished Fragments”, Encounter 12
(abril de 1959), pp. 17-22.
----------“Sur la démocratie en Amérique”, Revue Internationale de Pht-
losophie 13 (1959), pp. 300-312.
Pierson, George Wilson, “Alexis de Tocqueville in New Orieans, January
1-3, 1832”, Franco-American Review 1 (junio de 1936), pp. 25-42.
Schleifer, J ames T., “Alexis de Tocqueville Describes the American Cha-
racter: Two Previously Unpublished Portraits”, The South Atlantic
Quarterly 74 (primavera de 1975), pp. 244-258.
----------“How Democracy Influences Preaching: A Previously Unpubli­
shed Fragment from Tocqueville’s Democracy in America", The Yale
University Library Gazette 52 (octubre de 1977), pp. 75-79.
Simpson.M.C. M., Correspondence and Con versations o f Alexis de Toc­
queville with Nassau William Sénior, 2 vols., Londres, Henry S.
Ring, 1872.

Beaumont

Beaumont, Gustaveát,L'lrelandesociale,politiqueetreligieuse, 2 vols.


París, Gosselin, 1839.
----------Lettres d ’Amérique: 1831-1832. Texto establecido y anotado
por A. Jardín y G. w. Pierson, París, Presses Universitaires de
France, 1973.
----------Mane, ou Tesclavage aux Etats-Unis: Tableau des moeurs
américaines, 2 vols., París, Gosselin, 1835.
390 BIBLIOGRAFIA

--------Mane, or Slavery in the United States: A Novel ofJacksonian


America. Traducción de Barbara Chapman. Introducción de Alvis Tin-
nin. Stanford University Press, 1958.

Obras conjuntas

Drescher, Seymour, traductor y compilador, Tocqueville and Beaumont


on Social Rtform, Harper Torchbooks, Nueva York, Harper & Row,
1968. Es una selección de escritos sobre cuestiones sociales. Merece
especial mención el apéndice del autor: “Tocqueville and Beaumont: A
Rationale for Collective Study” (“Tocqueville y Beaumont: exposición
razonada para estudio colectivo”).
Tocqueville, Alexis de y Beaumont, Gustave de, Du Systémepénitentiaire
aux Etats-Unis et son application en France.

Fuentes impresas de Tocqueville

Para un catálogo extenso de los libros que consultó Tocqueville (basado en


las notas de La democracia,en las Reading Lists de la colección Yale y en
la biblioteca de Tocqueville), véanse las páginas 727-730de Pierson, Toc­
queville and Beaumont in America. En él se encuentran unas cien entra­
das, bajo los siguientes encabezamientos: Description, Indians, History,
Legal Commentary, Documents Legal and Political, Other Documents
and Statistics, y Miscellaneous.
Para los temas que se exponen en el presente libro, se han examinado
cuidadosamente las fuentes impresas que a continuación se mencionan.
(Para mayores comentarios sobre ciertas obras, consúltense los capítulos
correspondientes de este libro.)
The American’s Guide: Comprising the Declaration o f Independence;
the Articles o f Confederation; the Constitution o f the United States,
and the Constitutionsofthe Severa! States Composingthe Union, Fila-
delfía, Towar and Hogan, 1830. En el lomo, este libro lleva el titulo de
American Constitutions (“Constituciones norteamericanas”), y con él
aparece en las notas de Tocqueville.
Blunt, Joseph, A Histórica! Sketch o f the Formation o f the Confederacy,
Particularly with Rderence to the Provincial Limits and the Jurisdic-
tion o f the General Government over the Indian Tribes and the Public
Territory, Nueva York, George and Charles Carvill, 1825.
Conseil.L. P.,Mélangespolitiquesetphilosophiquesextraitsdesmémoi-
res et de la correspondance de Thomas Jefferson. 2 vols., París,
Paulin, 1833.
Darby, William, y Dwight Jr., Theodore,/! New Gazeteer o f the United
States, Hartfoixl, E. Hopkins, 1833. Tocqueville no usó este libro; una
oportunidad que se perdió.
Darby, William, Viewofthe United States Historical. Geographical, and
Statistical. (...), Filadelfia, H. S. Tanner, 1828.
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Goodwin, Isaac, Town Officer: Or, Laws o f Massachusetts Relating to
the Duties ofthe Municipal Officers, Worcester, Dorr & Howland, 1823.
En 1829 apareció una segunda edición revisada.
Guizot, Fran<;ois, Cours d ’historie modeme: Histoire de la civilisation en
Francedepuis la chute deVempire romainjusqu 'en 1789.5 vols., París,
Pichón et Didier, 1829-1832. Contiene las conferencias a las que asis­
tieron Tocqueville y Beaumont en 1829 y 1830.
Hatnilton, Alexander; Madison, James, y Jay, Jhon, TheFederalist on the
Constitution Wrítten in the Year 1788, Washington, D. C. Thompson
& Homans, 1831. Esta es la edición que leyó y usó Tocqueville
para La democracia.
------- The Federalist Papers. Con introducción, indice e índice analítico
de Clinton Rossiter. A Mentor Book, Nueva York, The New American
Libranr, 1961.
------- Elfederalista. Los ochenta y cinco ensayos que Hamilton, Madi­
son y Jay escribieron en apoyo de la Constitución norteamericana, tra­
ducción y prólogo de Gustavo R. Velasco, Fondo de Cultura Econó­
mica, México, D. F., 1943 (reeditado en 1957).
James, Edwin, Account o f an Expedition from Pittsburgh to the Rocky
Mountains. [Bajo el mando del mayor Stephen H. Long.) 2 vols., Fila-
delfía, H. C. Carey <£ I. Lea, 1823.
Jefferson, Thomas. Notes on the State o f Virginia. Prologado porThomas
Perkins Abemethy. Harper Torchbooks, Nueva York, Harper &
Row, 1964.
Keating, William H., Narrative o f an Expedition to the Source o f St.
Peter's River. [Bajo el mando del mayor Stephen H. Long. 12 vols., Fila-
delfia, H. C. Carey & I. Lea, 1824.
Malte-Brun, Conrad, comp., Amales de voyages, de la géographie et de
Vhistorie. (...). 24 vols., París, Brunet, 1808-1814.
Montesquieu, Charles-Louis de Secondat, barón de, De l'esprit des lois.
Compilación y prólogo de Gonzague Truc. 2 vols., París, Garnier,
1961.
Pitkin, Timothy. A Political and Civil History o f the United States of
America, 1763-1797. 2 vols., New Haven, H. Howe, Durrie &
Peck, 1828.
------- A Statistical View ofthe Commerce ofthe United States. Hartford,
C. Hosmer, 1816.
Randolph, Thomas Jefferson, comp., Memoirs, Correspondence and
Miscellaniesfrom the Papers of Thomas Jefferson. 4 vols., Charlottes-
ville, F. Carr, 1829.
Rawle, William, A View ofthe Constitution o f the United States o f Ame­
rica. Filadelfla, H. C. Carey & I. Lea, 1825.
Scheffer, Amold, Histoire des Etats-Unis de TAmérique septentrionale.
París, Raymond, 1825.
Sergeant, Thomas, Constitutional La w; Being a View o f the Practice and
Jurisdiction ofthe Courts ofthe United States and ofthe Constitutional
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Points Decided. Segunda edición revisada. Filadelfia, P. H. Nicldin &


T. Johnson, 1830.
Story, Joseph, Commentaries on the Constitution ofthe United States.
Edición abreviada en un solo volumen. Boston, Hilliard, Grey; Cam­
bridge, Mass., Brown, Shattuck, 1833. (La versión completa en tres
tomos se publicó simultáneamente, pero Tocqueville empleó la
abreviada.)
------- The Public and General Statutes Passed by the Congress o f the
United States ofAmericanfiom 1789-1827Inclusive. 3 vols., Boston,
Wells & Lilly, 1828. (Se añadiere» otros dos volúmenes en 1837 y
1847.)
Villeneuve-Bargemont, Alban de, Economie poiitique chrétienne, ou
Recherches sur la nature el les causes du paupérisme en France et en
Europe. 3 vols. París, Paulin, 1834.
Volney, C. F., Tableau du climat et du sol des Etats Unis d'Amérique. 2
vols. París, Courcier, 1803.
Warden, D. B., Description statisfique, historique etpoiitique des Etats-
Unis de VAmérique septentrionale. 5 vols. París, Rey et Gravier,
1820.
Worcester, J. E., comp., American Almanac. Boston, Gray <£ Bowen,
1831, 1832 y 1834.

Asimismo, los siguientes diarios y periódicos:


National Intelligencer, 1832-1834.
Niles Weekly Register, 1833-1834.
North American Review, 1830-1835. Tocqueville no la usó, pero sin
embargo era asequible.
Las tres obras siguientes resultaron muy útiles para desentrañar algunos
de los problemas que plantearon las fuentes impresas de Tocqueville:
Bauer, Elizabeth Kelly, Commentaries on the Constitution, 1790-1860.
Nueva York, Columbia University Press, 1952.
Ford, Paul Leicester, A List o f the Editions o f the Federalist. Broo-
klyn, 1886.
Lipscomb, A. A. y Bergh, A. E., comps., The Writings ofThomas Jeffer-
son. 20 vols. Edición auspiciada por la Thomas Jefierson Memorial
Association, Washington, D. C., 1904. Esta edición conmemorativa
quedara desde luego superada por The Papers o f Thomas Jefferson,
Julián P. Boyd, comp. jefe, Lyman H. Butterfield y Mina R. Bryan,
comps. adjuntos. 19 vols. (hasta la fecha). Princeton, N. J. Princeton
University Press, 1950. Esta edición no ha llegado todavía a los mate­
riales que he citado, asi que tuve que valerme de la anterior.

Materiales Secundarios
En los años recientes ha crecido rápidamente la cantidad de libros v ensa­
yos sobre la obra y el pensamiento de Tocqueville; prosigue sin mengua el
interés que comenzó a manifestarse en la década de 1930. Lo que sigue es
BIBLIOGRAFIA 393

una selección de obras que han resultado particularmente valiosas para la


preparación del presente libro.
Alexis de Tocqueville:Livnducentenain, 1859-1959. París. Editionsdu
Centre national de la recherche scientiflque, 1960.
Aron, Raymond, Les Etapes de la pensée sociologique. Montesquieu.
Comte. Marx. Tocqueville. Durkheim. Panto. Weber. París, Galli-
mard, 1967.
Artz, Frederick B., France under the Bourbon Restoration, 1814-1830.
Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1931.
Bagge, Dominique. Le Conflit des ideespolitiques en France sous la Res­
tauraron. París, 1952.
Barth, Niklas [Link] undderDemokratiebeiAlexis
de Tocqueville. Aarau, Suiza, Eugen Kaller, 1953.
Bastid, Paul, Les Institutions politiques de la monanhie parlementaire
franqaise (1814-1848). París, Editions du recueil Sirey, 1954.
Benson, Lee, Tumer and Beard: American Historical Writing Reconsi-
dered. Glencoe, Illinois, Free Press, 1960.
Blau, Joseph L., comp., Social Theories ofJacksonian America. Nueva
York, Liberal Arts Press, 1954.
Blumenthal, Henry, American and Fnnch Cuitan, 1800-1900: Inter-
changes in Art, Science, Literatun and Society. Baton Rouge, Loui-
siana State University Press, 1975.
Brínton, Crane, English Political Thought in the Nineteenth Century.
Harper Torchbooks, Nueva York, Harper & Row, 1962.
Brogan, Hugh, Tocqueville. Fontana, Collins, 1973.
Brunius, Teddy, Alexis de Tocqueville: The Sociológica! Aesthetician.
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Nueva York, Macmillan, 1894.
Charléty, S.,La Monanhie dejuillet. 1830-1848, vol. 5 de \a Historie de
France contemporaine depuis la Révolutionjusqu’á lapaix de 1919.
dirigida por Emest Lavisse. 10 vols. París, Hachette, 1921.
------- La Restauration, 1815-1830, vol. 4ode la Histoin de France con­
temporaine (...) arriba mencionada.
Chevalier, Michel, Society, Manners, and Polidcs in the United States.
ed. cuidada por John William Ward. Ithaca, Nueva York, Cometí Uni­
versity Press, 1961.-
Chevallier, J. J., Histoin des institutions et des régimespolitiques de la
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titulo: Alexis de Tocqueville: A Biographical Essay in Political
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corregida y aumentada con el añadido de otro ensayo: “Tocqueville
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INDICE ANALITICO

abogado de Montgomery, Alabama. 79.97,153,194,256,305,307; na­


168, 237. turaleza del país, 28, 53; situación
abogados (cueipo legal), Norteamérica. geográfica, 28,[Link].59,68-
29,179,216,227^237,368(nn. 19. 69,75,76,152,326 (n. 4); tamafio,
22). Véase también judicial, poder, 2 8 .5 4 ,5 5 ,6 0 ,6 3 ,6 7 ,7 5 ,1 2 3 .134;
abolición de la esclavitud. Véase esc) j - abundancia, 28, 55,56, 57, 59, 63,
vitud. 64, 67, 69, 70, 72. 74. 76, 328 (n.
Académie des Sciences Morales et Po- 18), 351 (n. 6Ó); vaciedad relativa,
litiques, 320 (n. 58), 337 (n. 36). 28,55,67,75,77,328 (n. 19); suelo,
Académie Franqaise, 99, 315 (n. 12). 53; efectos del, 53-54,56.57,58,59,
actividad norteamericana, 56, 67, 68, 60,61.63,64,65,66,67,68.69,74-
70, 75, 77-78, 95, 145-146, 149, 76, 76, 79, 80, 82, 86, 87, 89-91,
254,258,259,292,332 (n. 33); de­ 102-104, 134-140, 152, 185, 194,
mocracia y actividad febril, 251,252- 232, 307, 327 (n. 13), 333 (nn. 33,
253, 254, 283, 292. Véase t. norte­ 38), 335 (nn. 15,18),349(n. 18); in­
americano, carácter. terior, 54, 55, 60, 63, 67; relativa­
Adams, John Quincy, 66,74,84,123. mente intacto, 55, 57. 75; entorno
administración norteamericana, 27-28, físico, 57, 68, 71; bosques, 59, 60-
29.30,53.149,158.163,164,219, 6 1 ,6 2 ,6 3 .8 1 ,9 5 ,1 8 5 ; belleza del.
227,228-229.236,238,243,356(n. 74; variedad del, 74; fuentes de Toc-
30); francesa, 144, 148, 151, 155, queville acerca del, 97. Véase t.
160,161.194,364(n. 38); principios clima; geografía; recursos; transfor­
generales de la norteamericana, 146, mación del continente americano;
147, 148-149, 157, 158, 159, 164, desiertos.
181, 183, 223-224; inglesa. 181. amigos de Tocqueville, 16,299. Véanse
184; ejecutivo francés, 328 (n. 22). t. por sus nombres.
agricultura, 72. Ampére, Jean-Jacques, 49, 321 (n.
agrupaciones sociales, necesidad de las, 26).
172-173,193-194,264,359(n. 28); angloamericanos, 28,31,85,100,174,
necesidad de nexos, 193, 193-194, 244,331 (n. 16). Véaset. norteameri­
305; falta de vínculos sociales, 232, cano, pueblo; blancos; raza.
260,262,263-264; agrupaciones na­ Apalaches, montes, 72.
turales en las aristocracias, 235; asun­ apatía, 261-262, 264. Véase t. indi­
tos corrientes, 252. Véase /. asocia­ vidualismo.
ciones; aristocracia; localidad; loca­ Argel, sitio de (1830), 41.
les, libertades; cuerpos secundarios. Argelia, artículo de Tocqueville sobre.
Alabama. 220, 237. 322 (n. 31).
Albany, Nueva York, 61. aristocracia, 29, 31.36.94,148,163,
aldeas norteamericanas, 59, 63, 80- 166, 172, 182, 190. 229, 231, 234-
81. 144. 235, 251-252, 257, 262, 289, 294-
alemanes en Norteamérica, 81-82,83. 295,302,364 (n. 12), 367 (n. 9). 375
Alemania, 197. (n. 43), 384 (n. 54); natural, 62; ca­
almanaques, su empleo por Tocquevi- rácter aristocrático, 84; aristocracia
lle, 30, 97. de la riqueza (industrial), 101,103,
Alleghany, montes, 55. 306, 307, 338 (n. 5), 341 (nn. 35,
ambición personal en las repúblicas, 37), 365 (n. 12), 373 (n. 32); más fa­
138. vorable para la libertad que la demo­
ambiente, 28,57,68-69,71-72,75,75- cracia, 172; nobleza, 176; en Ingla-

401
402 INDICE ANALITICO

térra, 181-182; persona aristocráti­ 155; como critico, 34,41,43,47-48,


ca, 187, 193, 194-195; Tocqueville 49, 291, 301, 322 (n. 34), 326 (n.
como aristócrata, 194; aristocracia 12);L'Jrelaade, 43,48; carrera polí­
militar, 199,200,364 (n. 12). Véase tica, 44,315 (n. 10), 325 (n. 66). 326
t. clases; funcionarios, (n. 71),M ane, 48,85,237,238,242,
armonía entre condiciones sociales e 244, 249-250. 315 (n. 10), 316 (n.
instituciones políticas, 156,296-298; 26). 325 (n. 62). 330 (n. 43), 332 (n.
en Norteamérica, 56, 67, 150-151; 30), 336 (n. 29), 341 (n. 35), 373
en Francia, 274. Véase l. autointerés n. 2); viajes por Norteamérica, 54,61,
ilustrado; interés, Í 3,66,69,70/71,73,82.83.85,93,
95, 119, 123, 145, 147, 148, 166,
arte del gobierno, 59, 249.
artes, bellas, 252,253; en Norteaméri­ 175,260,334 (n. 4), 338 (n. 2); sus
ca, 59, 249-250; falta de patrocinio informes a Tocqueville acerca de las
gubernamental en Norteamérica, 96. obras de otros comentaristas, 102-
Véase t. norteamericana, cultura, 103,342(n. 45); Tocqueville y Beau­
artes en Norteamérica. Véase artes, be­ mont como equipo intelectual, 356
llas (en Norteamérica). (n. 26).
Artículos de la Confederación, 108- Beaumont, Jules de, 23.
109,115-116. bibliografías: de Tocqueville, 27, 98-
asociaciones, 193,194,195,252-253, 99; en posesión de Beaumont, 316
262,264-265,274,281,300,359(n. (n. 21).
28), 268 ( a 19). 377 (n. 18); corps Bibliothéque de VInstitut, 27.
savants. 37; libertad de asociación, bienestar, 182, 200, 242, 259, 274-
185-186. 193, 206-207, 209, 265, 275, 385 (n. 7). Véase l. materia­
274, 296, 309; definición, 195. lismo.
Atlántico, océano, 55,70,331 (n. 16); blancos. 237-238, 241-244, 331 (n.
costa atlántica, 54. 16), 372(n. 24); el clima y los,66,69,
Aubum, Nueva York, 61, 145. 72,73; en la frontera, 80-81. Véasel.
autoconfianza; en la frontera norteame­ angloamericanos; negros; raza.
ricana, 62; debida a la descentraliza­ Blosseville, Emest de, 102, 148, 151,
ción de Norteamérica, 145-148,259, 153, 342 (n. 44).
269; en Inglaterra, 184-185; intelec­ Blunt, Joseph, 127-128.
tual, 276-277. Bonaparte, Napoleón, 149, 160, 165,
autogobierno, 137, 146, 296-297. 175.176,177,197,301; bonapartis-
autointerés ilustrado, 257-267, 272- mo, 185. Véase t. historia (Francia).
273,281,374 (n. 11), 376 (n. 9), 378 Borbones, 149, 377 (n. 12). Véase l.
(n. 27). Véase i. armonía; interés. Carlos X; Restauración.
Boston, 66 ,68,92,93,110,145,148,
149, 164, 258, 343 (n. 13), 344
Badén, Suiza, 40. (n. 16).
Bagaes, les, 25, 315 (n. 9). Bowring, Dr. John, 155, 158, 160,
Baltimore, 69, 93. 218-219, 241. 299.
bancos de Norteamérica, 26; banco na­ Bretaña, 61.
cional, 127, 129, 350 (n. 32). Broadway, 55.
barbarie, 89,247,248, 250-252, 255, Brown University, 121.
382 (n. 6). Véase t. civilización, Bryce, James, 226, 372 (n. 19).
"basura”, 15,18.38,48,86,189,192, Buffalo, Nueva York, 61.
252, 254, 273, 275, 277, 294, 308, buques, conversaciones en los, 81,348
316 (n. 23), 318 (n. 39). (n. 4).
Baugy, 36. 37, 3 9 .4 0 .4 1 ,4 7 , 125. buques prisiones franceses. Véase Bag­
Beaumont, Gustave de, 11 ,30,36,37, aes, les.
40, 46-47, 48, 78. 163, 250, 255, burocracia. Véase centralización; des­
299,315 (n. 10), 321 (n. 25), 337 (n. potismo.
35); planes de trabajo conjunto en
Norteamérica, 23,24,314 (n. 6); in­ Calhoun, John C., 122, 129, 347 (n.
forme sobre las prisiones, 25, 154- 59). Véase t. nulificación; secesión.
INDICE ANALITICO 403

Canadá, 66, 73, 82. 201, 210, 239, 243. 278-280, 283,
canadienses franceses, 73, 74, 80, 82, 308,323 (n. 42); la tirania y la, 172-
85,90. 175, 180; tendencias en Inglaterra,
Canandaigua, Nueva York, 216. 180-185. Véase t despotismo.
Carey, Maithew, 98, 340 (n. 22). César, 175,178; tirania de los Césares,
Carlos X, 165, 166. Véase t. Borto­ 201, 204, 305. Véase /. Roma,
nes; Restauración. ciencias, 250,252,253\sciences mora­
Carolina del Sur, 132. les, 38.
Carolinas, 66. Cincinnati, 71, 93, 107, 166, 167.
carreteras norteamericanas, 26,60,62, clrconstances (circunstancias), efectos
63, 93-94, 98, 127, 146. Véase t. de las, 57, 90, 103. 226, 227, 249,
transporte, desarrollo del, en Norte­ 328 (n. 22); como teoría, 67-68,
américa. 75-79,87-88.90,304,306. Véase t.
Carroll, Charles, 67. circunstancias accidentales, particu­
casualidad, 85, 138, 161, 182-184. lares circunstancias,
Véase t. circunstancias accidentales. circunstancias accidentales, 55-56,67-
causas físicas de la sociedad norteame­ 68,186.254,332 (n. 19); causas ac­
ricana, 256. Véase t. ambiente; raza. cidentales, 67, 76-77, 201, 333 (n.
causas no físicas, 77,90. Véase t. cada 38). Véase t. casualidad; circonstan-
tema por separado. ces; orígenes; particulares, circuns­
censura: por los funcionarios municipa­ tancias.
les, 167,239; de la mayoría, sobre la ciudad, en Francia(7o Commune), 147-
libertad de palabra, 220, 224-225; 148, 154, 157. 161-162, 183, 193,
sobre la prensa, 225-226. Véase t. 240, 300, 357 (n. 44), 364 (n. 38).
libertad de prensa; tiranía de la ma­ ciudad, en Norteamérica, 26, 29-30,
yoría. 137, 139, 144, 145, 146, 147,148,
central, gobierno, en Norteamérica, 150, 154, 157, 158, 161-162. 172,
109, 127, 146, 151, 164; aparente 238.239,240,245,265; en las fron­
ausencia del, 57,58,107,108,144, teras, 61-62; responsabilidad del
145; su poder sobre las mejoras inte­ transporte, 94-95,97. Véaset. locali­
riores, 93-94,96; desconfianza de los dades; locales, libertades,
norteamericanos, 124, 133. Véase t. ciudad, funcionarios de la, en Norte­
centralización; federal, gobierno, en américa, 157,167,179,239; exten­
Norteamérica; federalismo (norte­ sión de su autoridad, 167-168, 228.
americano); Unión. Véase t. ejecutivo, poder, en Norte­
centralización, 26,143-164,166,171, américa.
180- 184, 185-195, 197, 200, 201, ciudadanía. 173, 175-177, 201-202,
205, 207, 209, 215, 227, 236, 277, 262-263, 264-265, 266-267, 270-
282, 300-301,305,323 (n. 44), 354 271,290,291,378 (n. 32); en Nor­
(n. 1), 361 (n. 3), 364 (n. 38), 379 (n. teamérica, 96, 145-146, 150-151,
18); temor de los norteamericanos, 172,236,240,245,265,267; en la
124,129,131, 132,330 (n. 5), 355 Norteamérica del siglo XX, 143; de­
(n. 22); opinión de Jefferson sobre la finición, 161-162. Véase t, cívico, es­
consolidación del poder, 129-1 SO­ píritu; participación en los asuntos
IS 1; compatibilidad de la centraliza­ públicos; locales, libertades,
ción con la libertad, 143; dificultad de cívico, espíritu, 162, 264-265, 266-
reformarla, 152-153,156,158,160- 267; virtud cívica, 172; responsabili­
161,195; distinción entre la guberna­ dad cívica, 235. Véase t. ciudadanía;
mental y la administrativa, 152-153, participación en los asuntos públicos,
156, 158-160, 161, 162, 164, 173, civil, sociedad (société civile), 27, 29,
180, 183-184, 185, 195, 303, 306, 30, 37, 320 (n. 5).
356 (nn. 40,41); administrativa, 156, civiles, derechos, 136-137, 159, 206-
164, 185-186, 189, 193, 194, 195, 207, 209, 262, 274, 277, 281, 289,
204,208,227,234,239,240; la de­ 290. 295-296, 308-309; libertades
mocracia y la, 162, 163, 164, 180, civiles, 245. 296. 308-309, 359 (n.
181- 182, 185, 189, 193, 195, 200, 28). Véase t. libertad de palabra; li­
404 INDICE ANALITICO

bertad; libertad de prensa; políticos, Norteamérica, 37, 181-185, 183,


derechos. 195, 283, 303; Ohio-Kentucky, 70-
civilización, 61-62,63,235, 239, 300, 71,83,90,303,335 (n. 15); Francia-
303,374 (n. 11); marcha de la, 63; su Norteamérica, 98-99,148,150-151,
progreso en Norteamérica, 221; la ti­ 152-155, 272-274. 328 (n. 22).
ranía aligerada por la, 223; efectos de Compiégne, 36.
la democracia sobre la, 247-233, comunicaciones, progreso de las, en
282,306; etapas de la, 236-257,303. Norteamérica, 92-%, 97,103,151,
Véase t. cultura. 340 (n. 20), 349 (n. 18). Véase i. in­
clase media, 176, 190, 232, 271, 287, temas, mejoras; revolución tecnoló­
290, 293, 301, 382 (n. 3), 383 (n. gica; transformación del continente
38). Véase t. clases. americano; transporte, desarrollo del.
clases. 172-173, 205, 230, 231-232. condados de Norteamérica, 94, 137,
233, 242, 247, 262, 263-264, 287, 139, 236, 237, 245.
290,291,292,293,295-296,372 (n. condiciones sociales. 31, 32, 87,256-
24); clases bajas, 174-175,290,291, 257,262-263,266-267,335 (nn. 18.
293;clase media, 176-177,233,287, 19); la centralización y las, 163,186;
290,1293, 301, 382 (n. 3). 383 (n. condiciones sociales democráticas,
38); clases ilustradas, 176,190; cla­ 177, 200, 206-207. 235, 252-253,
ses democráticas, 190,293; ausencia de 254, 272, 273, 278-279, 288-289,
rangos en Norteamérica, 221,291,292, 291, 292, 293. 297, 382 (n. 16); en
372 (n. 24); clases intelectuales, 248; Francia, 179,272-274. Véase t. de­
burguesía, 271, 293; clase superior, mocracia; igualdad,
287, 290. Véase /. aristocracia; condiciones sociales norteamericanas,
clase media. 23, 31, 32, 56,64, 73,83, 84. 100.
Claudio, 176. Véase t. Roma. 145-146, 149, 151. 174, 221. 232.
Clay, Henry, 98, 350 (n. 32). 260-261, 267, 269, 287-288, 335
Clay, plantador de Georgia, 66, 74, (n. 14), 382 (n. 10); tranquilidad, 53,
107, 117, 124. 56,57-58; causas, 67-69; nacidos en
clima. 53,59,60,73-74,87-88,89,97, la libertad, 68; nacidos en la iguali-
307, 335 (n. 18); la esclavitud y el, dad, 76,273,288; falta de ataduras,
66, 69-70, 72, 84, 330 (n. 3). 80-81,260; igualdad de funcionarios
colonos. Véase pioneros. y ciudadanos, 166; ausencia de ran­
color (de la piel), 81, 237-238. Véase gos. 221, 291, 292, 295-296, 372
t. raza. (n. 24). Véase l. norteamericana, so­
comentaristas de La democracia en ciedad; democracia; igualdad; armo­
América. 30, 33, 38. 92, 107-108, nía; interés; movilidad,
118-120, 160, 226, 240-241, 244, conformidad, 218-219,229,235,239,
246,287,338 (n. 1), 345 (n. 39), 347 247,283,369 (n. 36). Véase i. liber­
(nn. 55, 66), 357 (n. 41), 372 (n. tad intelectual; tiranía de la mayoría.
19). Congreso,129-130; poder del, 167.
comercio en Norteamérica, 55,97,98, Véase t. legislatura.
103, 117-118, 127, 130-131, 232- Connecticut, 69, 239.
233,349 (n. 18), 351 (n. 60); activi­ conocimiento útil, 68.
dad comercial norteamericana, 68, Conseil, L. P., 112 , 119 , 120,12 1, 127,
328 (n. 19); falta de aliciente guber­ 130. 348 (n. 3).
namental en Norteamérica, 96; espí­ Constant, Benjamín, 166, 300, 367
ritu de intercambio y libertad. 184- (n. 5).
185, 190-191; la democracia y el, Constitución norteamericana, 28, 75,
293. 78, 108-122, 125, 127, 129-131,
compañías, 93, 94, 96, 99, 101, 151, 170, 171, 219, 223-224, 228, 233,
307.. 246, 343 (n. 11), 347 (n. 58). 350
comparación, como método, 71,80-85, (n. 35), 368 (n. 23); cuestiones cons­
90-91,144,152,283.303,309,335 titucionales, 93-94,96,98-100; com­
(n. I4);Inglaterra-Norteamérica,25, plejidad, 109,110; mezcla de nacio­
36, 102, 185; Francia-Inglaterra- nal y federal, 114-115; compacta.
INDICE ANALITICO 405

116, 129; como contrato, 119-121; 47, 48-49, 67. 76. 86-87, 90, 94,
enmiendas, 129; discusiones, 135; 143. 181-182,187-188, 190, 191-
Ohio, 167-168; Alabama, 168; cons­ 192,193,194,195.197,198,199-
tituciones estaduales anteriores, 169- 200, 204, 205-211, 215, 221, 228,
170,171,223; Virginia, 170; Consti­ 229, 230-231, 232, 233-235, 236,
tuciones norteamericanas, 219-220. 243,245,252,254.256,257,260,
Véase t. federal, gobierno, en Nortea­ 262-263, 264. 266. 267, 270, 272-
mérica; federalismo. 274, 275, 276, 277-279, 280-283,
Convención, la, 160, 165, 168, 171, 287-298, 302, 303, 304-305, 308-
179, 196, 301, 361 (n. 49). Véase 312,337 (n. 36), 360(n. 44), 374 (n.
t. revolución. 11), 376 (n. 45), 384(n. 54); marcha
convenciones en Norteamérica, 26,29. triunfante e irresistible de la, 29,56,
conversaciones de Tocqueville. Véanse 148-149, 220. 248, 265, 287-288,
los nombres de las personas. 360 (n. 44); definiciones, 31, 32,
Cooper, James Fenimore, 250, 372 206-208.265,287-298pas*/m, 306,
(n. 19). 376 (n. 45). 382 (nn. 1,15,16), 383
Corcelle, Claude-Francois de, 86,321 (nn. 18,20), 384(n. 44); educación y,
(n. 26), 322 (n. 34). 38; moralidad y, 38; pasión dominan­
correos de Norteamérica, 95,99, 127. te, igualdad, 47, 174; en la frontera,
Corte Suprema, 111, 115-117, 128. 62; épocas democráticas, 87, 90,
129. Véase t. tribunales; jurado, 280-281, 311-312; instituciones de­
costumbres, 82, 177-178, 263, 266, mocráticas, 100, 175-178; experi­
310; norteamericanas, 38,61-62,78, mento democrático. 143; centraliza­
82. Véase I. hábitos; maneras; ción y. 162-163.164,180,181-182,
moeurs. 185. 187, 189, 190, 195, 243, 306.
Cnise, editor de Baltimore, 218, 237. 308,323 (n. 42). 361 (n. 3); tensiones
cultura, 202, 303, 373 (n. 2); norte­ de la, 164,239-240,244,245; exce­
americana, 61-62, 247, 248-249, sos de la, 167-168, 170-172, 197,
250,333 (n. 33); efectos de la demo­ 204,216,219,223,246.260.323(n.
cracia sobre la, 247-255,283,375 (n. 41); defectos del gobierno democráti­
34). Véase t. civilización; ideas; co, 171; en Inglaterra. 181-182; in­
ideas, en Norteamérica; Edad Os­ dustria y, 189-192, 195. 293, 305,
cura, nueva. 308; educar, elevar y moldear la dé­
mocratie, 193. 265. 291, 298, 360
(n. 44); democracias recién nacidas,
Chabrol, Emestde, 54,64-65,73,145, 197,254,255,272-274; leyes demo­
148, 153, 154. cráticas políticas y civiles, 206; como
Channing, William Ellery, 250. autogobierno, 206,208; social y poli-
Charenton, 40. tica, 206-208,265; definición del go­
Chariestown, Massachusetts, 147,368 bierno democrático. 228, 249, 293,
(n. 16). 296-297, 374 (n. 11), 383 (n. 18);
Chase, Salmón P. 93, 219. ideas y, 232-235.373 (n. 2). 375 (n.
Chevalier. Michel, 92.102,103,270. 43); dilemas básicos de la. 239-240,
301, 338 (n. I), 342 (n. 46). 244,245,247-248,256; civilización
y, 247-255passim , 306,375 (n. 43);
tendencia democrática hacia el egoís­
D'Alembert, Jean Le Rond, 196. mo. 263-264, 267, 270; revolución
Danton, 165. Véase t. revolución. democrática, 273-27^
Dwbjr, William, 72-73, 97, 98-99. mocrálico, 273-22)1
275; tendencias I
D’Aunay, Le Peletier, 98-99,144,340 279,308-309;*
(n. 27). va, 367 (n. 14
delito, 263; en Norteamérica, 59,217. ción; despotid
demagogos, 198; en Norteamérica, dualismo; co |
(228-229. Norteamérica^
democracia (démocratie), 33, 40, 45, democracia en AtpffK a, ¿a.-fBpósij'
406 INDICE ANALITICO

los. 23.56.147-148.188-189,192. 225-226, 231, 243, 244, 245.256,


192-[Link].306.322(n. 257, 277, 278-279, 281, 283, 290,
31),335(n. 18); primeros planes, 23- 308, 311, 323 (n. 44), 359 (n. 34),
24; índole expansiva de, 23-24, 30, 360(n.44),379(n. 18); administrati­
39,40,41,42,43,45.321 (n. 15); de­ vo o burocrático, 126.172-175,177-
cisión de escribir un libro aparte, 24, 179,187,189,190-191,192,199-205,
85.314 (n. 6); coordinación del con­ 207-210,215,245,277,323(n. 44),
junto, 39,44-45,321 (n. l6)\ouvraa 385 (n. 7); de la minoría, 136,246; de
philosophico-poiitique. 103, 307- la mayoría, 136,138-139,165,171-
308; estrategia fundamental, 188; ar­ 172, 179, 197, 207-210, 215-235
monía del conjunto, 309; diferencias passim, 236-246passim; en F rancia,
entre 1835 y 1840, 309-310, cam­ 160,165; de las asambleas, 165-166;
bios de títulos. 325(n. 69); 1835: prime­ variedades de despotismo democráti­
ros preparativos y planes, 26-30; co, 165-166, 168, 170, 172, 174,
reputación, 319-320 (nn. 4, 58); 179, 179, 186-187, 189, 198-199,
1840: planes preliminares, 38, 39; 205-206, 207-211, 215-216, 218,
prefacio, 44-45,86,273,323 (nn. 40, 223,239-240,245-246,303,306; de
41); revisión, 46-50; última sección un hombre, 165-166,170,171,174-
de 1840, la culminación, 102, 186- 179, 196, 197-198, 201, 204, 205,
189, 192, 199-200, 273-274, 277- 207-210,215,243,293,305,364(n.
278, 294, 323 (n. 44); principales 4), 373 (n. 32); de las facciones, 165-
hilos organizativos, 143; menos 166,219,373 (n. 32); de la turbamul­
“norteamericana” que la mitad de ta, 166; legislativo, 166, 172, 178,
1835, 183, 187, 197, 208-209, 374 179, 189,196, 204, 207-210, 215,
(n. 14); más filosófica, 188-189. 301, 305, 347 ín. 56), 359 (n. 20),
Véase l. comentaristas de La demo­ 361 (n. 49), 364 (n. 4); nueva forma
cracia en América; ideas de Tocque- de, 177-179, 189, 190-192, 198-
ville; métodos de Tocqueville; fuen­ 199, 200-201, 215, 248, 277, 302,
tes de Tocqueville; títulos; Tocquevi- 305,308; despotismos democráticos
lle, Alexis de. en Norteamérica, 178-179; militar,
Demócrata-Republicano, partido, 130- 198-199, 200, 207, 209, 210, 215,
131, 167-168. 301, 305; efectos morales del, 201-
Departamentos de Francia, 148-149, 202,205; arte del, 205-206. Véase t.
155. centralización; democracia; legisla­
descentralización, 68, 78, 139, 193, tura; libertad; tirania; tiranía de la
194-195, 223-224, 227, 235, 238, mayoría.
240, 245, 279, 307, 328 (n. 23), destino, 78-79,81,85,89,90.102,103,
356 (n. 40), 368 (n. 19); peligros y be­ 201-202, 208, 307. Véase t. deter-
neficios de la, 144-164passim, 184, minismo.
189. Véase t. centralización; loca­ determinismo, 85-88,88-90,306-307,
les, libertades. 337 (n. 32), 337 (n. 39); doctrina de
Descubrimiento del Nuevo Mundo, 60; la necesidad, 281, 308, 337 (n. 36).
nuevo descubrimiento de América, Véase l. herencia biológica; raza.
62. Detroit, 61.
desiertos norteamericanos, 59, 60,61- Diderot, Denis, 196.
62. 63, 70, 80-81, 95. Véase l. fron­ Dios, 72, 79, 81, 166, 176-178, 188,
teras. 207,210,242,307. Véase t. Provi­
desigualdad: nueva, nacida de la manu- dencia.
facturación, 99-101; racial, 241-242, diputados, cámara de, 44, 48.
243; debida al conocimiento, 251. Directorio, el, 165.
Véase r. igualdad. distingos de Tocqueville, 189,275,295,
desinterés. Véase egoismo; autointerés 303, 320 (n. 5); entre démocratie y
ilustrado; individualismo; interés. soberanía del pueblo y état social, 31,
despotismo, 143, 150, 156-157, 161, 32,383 (n. 20); entre Norteamérica y
163-164, i66-n9passim , 180,186- démocratie, 38, 39,283; entre tipos
187,189,196-210passim, 215,223, de centralización, 180,303; entre dos
INDICE ANALITICO 407

aspectos de la tiranía de la mayoría, ejércitos: en Norteamérica, 57,58,76,


224, 226, 230-231, 232, 303; entre 327, (n. 17), 328 (n. 23); el gobierno
démocratie y revolución, 273-274, por los, 198-199, 364 (n. 11).
283. Véase t. centralización; ideas de elección, 204, 216, 368 (n. 19); fre­
Tocqueville; métodos de Tocquevi- cuencia, 167-168, 347 (n. 56); de
Ue. autoridades locales, 184; de jueces,
doctrinarios, 166. 222, 229, 369 (n. 29).
documentos: su uso por Tocqueville, electorales, derechos: en Norteamérica,
30, 97, 99-100, 127, 128, 340 (n. 29, 216, 241. Véase t. sufragio,
20), 340 (n. 29). Véase l. métodos de elocuencia en Norteamérica, 59.
Tocqueville; fuentes de Tocqueville. Encyclopédie, 42, 196.
duelo, 84, 367 (n. 6). enemigos: falta de ellos para Norteamé­
Duer, William Alexander, 127, 128. rica, 57, 58-59, 68, 76, 145, 151-
Du systéme pénitentiaire aux E/a/s- 152,327 (n. 17). Véase/, ambiente,
Unis..., 24-25, 155, 315 (nn. 9,10, envidia democrática, 200, 206, 254.
11), 315 (n. 12), 322 (n. 31). Véase t. Enrique IV, 178.
Beaumont, Gustave de; Tocqueville, época de transición, 166,205-206,254,
Alexis de. 255, 263. 266-267, 272-274, 295,
Dwight, Jr. Theodore, 98. 302, 378 (n. 31). 380 (n. 18).
esclavitud. 232,241-242,331 (n. 16),
336 (n. 29), 349 (n. 18); informe de
Tocqueville sobre la abolición, 49,
Ecole Polytechnique, 41. 325 (n. 66). 336 (n. 29); el clima y la,
economía: interés deTocqueville por la, 66, 69-71, 72, 73, 74, 331 (n. 13);
92, 103, 307-308; norteamericana, costo de la, 69-70; influencia sobre el
97; libertad económica norteameri­ carácter, 84-85, 349 (n. 19).
cana, 269; envejecimiento planifica­ espacio. Véase ambiente.
do en Norteamérica, 338 (n. 5).
Véase t. comunicaciones, progreso de Esparta, 74.
las, en Norteamérica; compartías; espíritu, 310-311; humano, 58, 184-
transformación del continente ameri­ 185. 193,252; de libertad. 68.161,
cano; transporte, desarrollo del, en 184-185; de asociación, 94; de inno­
Norteamérica. vación, 182,184; de comercio, 184-
185; espri! légis/e. 227; revolucio­
Edad Media, 101,180,276; institucio­ nario, 272,274,275,282,302,379
nes medievales, 182. n. 18); tiránico, 373; democrático,
Edad Oscura, nueva, 201-202, 235,
247-255, 283, 375 (n. 43). Véase I.
S !73-2v4. Véaset. cívico, espíritu; es­
píritu de localidad.
civilización; cultura; ideas; libertad espíritu de localidad, 113, 146-147,
intelectual. 149, 150-152, 161. 164, 238, 240.
educación, 256-257; en Norteamé­ 344 (n. 15).
rica, 38, 56, 62, 66, 68, 74-75, 81, estadísticas y generalidades, obras de,
84, 83, 85, 96, 145, 147, 161, 241- 26.97-98, 100.
242, 249, 305; libertad de. 359 (n. estados norteamericanos, 27, 28-30,
28). Véase/, ideas, en Norteamérica. 33. 57, 97-122 passim. 143, 153,
tepismo(égoisme), 253,257-268,269- 221, 241, 242-243. 245-246. 265,
274, 280, 281, 300, 303, 305, 377 344(n. 15), 358(n. 8); índices de cre­
(nn. 26,27), 380 (n. 27); en las locali­ cimiento. 32. 71-72, 124-125, 134;
dades, 137. Véase t. individualismo, del Oeste v el Sudoeste, 62, 71-72.
ejecutivo, poden en Norteamérica, 57, 95,162,168.170; ventajas de la divi­
58, 158-160, 166-172, 179, 208, sión en Estados. 68, 75, 134-140,
217,219, 220,221,223, 228, 229, 236; rivalidades entre los, 71-72,
239,242-243,328 (n. 22), 358 (n. 8); 123-126, 349 (n. 19); responsabili­
división del, 158-159; centralización, dades en los transportes, 93-94.96,
183; jefatura mediocre, 219, 228- 100, 151, 307; como rivales del go­
229. Véase t. presidente norteameri­ bierno federal, 112-115, 116-117,
cano. 126-129, 133, 139, 162, 245-246;
408 INDICE ANALITICO

preponderancia, 112-115, 117-118, factorías: en Norteamérica, 92, 340 (n.


119, 125-126, 129, 133; poderes de 18) . Véase l. manufactura.
los, 117-118; suspicacias ante el go­ familia, 264, 267, 270, 271,272, 296;
bierno federal, 124, 139; opinión de en Norteamérica, 113-114, 260, 267;
Jefferson, 129-130; opiniones de Toc­ las familias y la centralización admi­
queville, 133, 139, 153, 245-246, nistrativa, 173; el individuo y la, 201;
306,35 3 (n. 20); cinco de ellos como la democracia y la, 233.
modelos, 157, 356 (n. 30); excesos fatalismo de la multitud, 226, 372 (n.
democráticos en los, 170, 194, 204, 19) .
216-219, 223,228,287; más vulne­ federal, gobierno, en Norteamérica, 28-
rables a la tiranía de la mayoría, 222- 29, 107-122, 125, 127, 138, 162,
224,226,228,229. Véase t. federa­ 224, 307, 349 (n. 19). 350 (n. 44);
lismo norteamericano; Unión. centro cambiante del poder federal,
Estados Unidos, 66, 74,95,143,144, 71-72,124-125; actúa sobre los indi­
179,200,208,263,265,292,376 (n. viduos, 108-109, 111, 114; poderes
5), 377 (n. 27); instituciones políti­ del, 117-118,127-128,129-131; de­
cas, 28-30, 109-130 passim, 157- clinación del poder del, 126-133,
158,217,219,221,222,226; como 139; opinión de Jefferson, 129-131;
símbolo de sociedad democrática comprobación pesimista de Tocque-
avanzada, 36, 287, 288; ambiente, ville, 133, 139; en la Norteamérica
53, 54, 55, 59, 62, 77; condición del siglo XX, 143,245. Véaset. fede­
única de los, 78,146,150,157,187, ralismo norteamericano; Estados nor­
249, 250; circunstancias de los, 68, teamericanos; Unión.
145,153,382(n. 10); la república de­ federalismo, 29, 125-126,353 (n. 22);
mocrática en los, 78,84,226,333 (n. confederaciones anteriores, 108,125,
35); futuro de los, 98 99, 103, 307; 139; inadecuado para Francia, 151-
tamaño de los, 134,136; tiranía de la 153.
mayoría en los, 204, 205, 207,208. federalismo norteamericano, 33, 45,
etapas de la civilización, 61-62, 250- 68,75,96,125,133,153,156,194,
253, 256-257; estadios de la socie­ 223-225,236.246,302,306,328 (n.
dad, 262-263, 266-267; etapas de la 23), 333 (n. 35), 342 (nn. 1 ,3), 346
historia, 329 (n. 36). (n. 39), 347 (nn. 56,58), 368 (n. 19);
Europa, 5 6 ,5 7 ,6 0 ,6 2 ,6 7 ,7 3 ,8 2 ,8 5 , organización federal, 26,77; relacio­
138, 173, 178, 186-189, 192, 198, nes entre gobiernos federal y estadua-
225, 253, 255, 265, 290, 291, 297, les, 27,107-122,124-133; obstáculos
307; inmigrantes europeos, 27, 60, para el, 29; carácter único del, 29,
64, 66, 70, 73, 80-81, 329 (n. 28), 108-109, 110, 122, 125, 132, 134,
331 (n. 16); aislamiento de Norte­ 13 9 ,153,194,302,343 (n. 11); ven­
américa respecto de 58, 59; euro­ tajas del, 29,134-135; principios del,
peos, 66, 99, 249, 273; creencias 29-30, 162; cuestiones constitucio­
europeas sobre el poder, 157; Europa nales sobre las mejoras interiores, 93-
y la centralización, 160, 161, 200, 94, 96, 98-100, 340 (n. 29); confu­
201, 209; preocupación europea por sión de poderes, 94,96,109; confu­
la civilización, 247-249, 252; ideas sión de Tocqueville acerca del, 117-
europeas sobre las razas, 335 (n. 19), 119; como antidoto del tamaño, 134-
336 (n. 29). Véase i. Viejo Mundo. 140; concepción ambivalente de Toc-
europeas, actitudes, hacia Norteaméri­ queville, 139. Véase t. Constitución;
ca. 53-54, 63-64, 92, 96, 97, 103, federal, gobierno, en Norteamérica;
121, 250, 269, 338 (n. 1), 342 (n. Estados; Unión.
45); admiradores franceses, 376 (n. Federalista. El, I01-I22passim . 125,
5). Véanse /., por sus nombres, cada 127, 134, 135-136, 139, 140, 157,
uno de los comentaristas de Norte­ 168-169, 171, 179, 222-223, 299-
américa. 300, 343 (nn. 4, 5. 9). 347 (n. 56);
Everett, Alexander, 67, 76. edición empleada por Tocqueville,
éxito, en Norteamérica, 57,75,76,78. 107-108; escuela de pensamiento,
Véase t. prosperidad. 119-121,128,133,221,347 (n. 64);
INDICE ANALITICO 409

Número51,136-137,162-163.170, to hacia el; desiertos norteamerica­


171, 352 (nn. 11, 14). Véase l. Ha- nos.
miiton, Alexander; Kent, James; Ma- fuentes de Tocqueville, 15-16,26,32,
dison. James; Jay, John; [Link]. 41-42, 97, 128, 299-301, 309-311,
felicidad, 87,88,202; en Norteamérica, 340 (n. 20), 342 (n. 1); citas elimina­
56. 57, 59, 67,68. 145. das, 113. 114. 117, 118-120, 121.
ferrocarriles: en Norteamérica. 92-93, Véase t. bibliografías; documentos; y
95-96, 97, 338 (nn. 2. 3); en Fran­ cada uno de los nombres, títulos y
cia, 167. temas.
feudalismo, 248; el nuevo feudalismo. “fuentes manuscritas’Y sou/ro manus-
101. crites), 26,76,220,316 (n. 20), 333
fiebre amarilla. 71. (n. 35).
Filadelfia, 69, 70. 93. 100, 368 (n. funcionarios, gobierno de los, 199,201;
16). aristocracia de los, 364 (n. 12).
filosofía, 42; método filosófico, 47; filó­ futuro: de Francia, 156,161,166,182-
sofos, 80-8!, 276. 184. 186, 187-188. 189. 192, 261-
francés, gobierno, 24.189. Véase t. ad­ 262.282.300 301.303; de Europa.
ministración: en Francia. 187-188, 198-199, 206, 211, 247-
francesa, política (en la década de 1830). 249, 252-255, 279. 282, 290-291,
165, 176, 203-204. 261-262. 274. 303, 310, 360 (n. 44), 366 (nn. 47-
281-282, 300-301, 320 (n. 6), 364 48).
(n. 4); actitud de Tocqueville hacia la. futuro de Norteamérica, 27,28-29,59,
361-362, 301, 377 (n. 12). 372 (n. 63,72,100,103,120-121.123-133,
33); asuntos públicos, 309; asocia­ 134-140. 160-161, 163. 186-187,
ciones, 377 (n. 18). Véase t. france­ 207-211, 229, 243, 302, 303, 306,
ses, preocupaciones de los (en la 328 (n. 22), 348 (n. 3). 351 (n. 60),
década de 1830); Julio, Monarquía 366 (n. 48); futuro de la república en
de. Norteamérica, 29, 57, 67, 95-96.
Francesa, Revolución. Véase Conven­ [Link],243.258.348(n.
ción, la; Directorio, el; revolución; 3); válvula de seguridad, 67; de Nueva
Terror, el. Orleáns, 71; del valle interior norte­
franceses, 73, 74, 80, 82, 85, 90. americano, 71-72; traslado al Oeste de
franceses, preocupaciones de los (en la la población, la riqueza y el poder, 71,
década de 1830), 166, 195, 300- 72,123,124-125, 126, 349 (n. 19);
301; interés por la descentralización, de las tres razas, 85; más mercantil
144,148-149,163,357 (n. 40), 364 que industrial, 98,103; posible divi­
(n. 38); proyectos de gobierno, 190- sión de la Unión, 123, 349 (nn. 18,
192; actitudes, 281-282; abusos le­ 19); posible consolidación de la Unión,
gislativos, 361 (n. 49), 364 (n. 4); 124,129-30. Véase t. Unión, futuro
asociaciones, 377 (n. 18). Véase t. de la.
francesa, política (en la década de
1830); Julio, Monarquía de.
Francia, 15, 16, 23, 24, 75, 81, 111, Callalin, Albert, 111, 215-216, 219.
112,123, 136,152, 154.156. 160. Geografía, 54, 65, 90, 103; influencia
161, 162, 173, 177, 181, 182, 186, de la, 54,69,306. Véase t. ambiente.
188, 192, 193, 198, 210,240, 256, Georgia, 64,109.
282, 291, 303; como punto de com­ Giles, William B., 130.
paración, 37,56,95,145, 147, 149, Gilpin, H. D., 132, 371 (n. 2).
151, 157, 158, 183, 184, 209, 283, gobernadores de Estados norteamerica­
301, 303, 306. Véase t. franceses, nos, 166-167, 168,216,221,366 (n.
preocupaciones de los; francesa, polí­ 3). Véase i. ejecutivo, poder, en Nor­
tica; Julio, Monarquía de. teamérica; y por cada Estado en par­
fronteras. 61-62,63,66.80-81,94-95, ticular.
329 (nn. 34,36); teoría de las, 62-63. gobierno, 88, 265, 288, 290, 293; in­
Véase t. ambiente; bosques; Tumer, fluencia de la démocratíe sobre el,
Frederick Jackson; Oeste, movimien­ 186, 188; gobierno e industria, 191;
410 INDICE ANALITICO

definición del gobierno democrático, gre (linajes), 82,84-85,86,89, 335


228,290.293,296-297; contra el in­ (n. 14). Véase t. raza,
dividuo, 264, 277, 280. historia, 80-81,335(n. 19), 337(n. 35);
gobierno, centralización del. Véase de Francia, 30, 152-153, 160, 165-
centralización. 166. 174, 176, 177, 178-179, 195,
gobierno norteamericano, 28-29, 53- 196, 253, 255, 262. 273-274, 301,
54,56,58-59,67,68-69,75-79,83, 361 (n. 49), 362 (n. 18); de Europa,
112, 144, 168, 226, 228-229, 231, 30,201,248,252,255.276; antigua,
232-234.235,259,265,289; activi­ 177,200-201; de Inglaterra, 181; los
dades concernientes a las mejoras historiadores de épocas democráti­
interiores, 96; tratamiento de las aso­ cas, 336 (n. 27). Véase t. Francia,
ciaciones, 101-103; particulares es­ historia norteamericana, 23,25,27-30,
feras de interés, 109-110; principios 66, 76-79, 85, 112, 123, 167-168,
básicos, 216,220,222, blandura del, 175-176, 218-219, 245-246, 273,
221. Véase t instituciones politices 317 (n. 36), 356 (n. 30), 372(n. 31),
de Norteamérica. 382 (n. 10); fundadores, 27-28, 54,
Góbineau, Arthur de, 88, 89, 90, 307, 169; colonial, 30, 55, 68, 109-110,
337 (nn. 33, 35). 146,238-239,249; ausencia de me­
Goodwin, Isaac, 156, 167, 299. morias, 57,82,232; disposición his­
Gosselin, 34, 319 (n. 53). tórica,57, 153; importancia de la 67-
granjas, en Norteamérica, 59, 64. 68; tabla rasa, 74,260; nacida en la
Gray, Francis, 146, 147, 148, 299. igualdad, 76, 273, 288; Padres Fun­
guerra, 118, 159, 350 (n. 44), 304 (n. dadores, 78,109,169-171,223; bayo
11); exención de Norteamérica de la los artículos de la Confederación,
situación de, 53, 57, 58-59, 76, 327 108-109, 115; historia del debilita­
(n. 17); efectos sobre la presidencia, miento de la Unión, 127,129, 130-
178,328 (n. 22); la libertad y la, 197- 131; despreocupación norteamerica­
199,200; guerra de 1812,135,218- na por el pasado, 260. Véase t. oríge­
219; entre clases, 262. nes; punto de partida.
Guillemin, cónsul francés en Nue va Or- Holanda, 60.
leáns, 71, 150. holandeses en Norteamérica, 81-82.
Guizot, Franfois, 42, 166, 266, 300, Howard, William, 93.
337 (n. 36), 376 (n. 1), 382 (n. 3). humanidad, 88, 201 203, 206-207,
220, 227, 247, 251, 254-255,
279, 280, 288; espíritu humano, 58,
184-185,193, 252; control humano,
hábitos,78,173,252; en Norteamérica, 63, 68, 78-79, 86-88, 89-90, 184-
39,57,83,94.146,216,260,288; en 185,210,296-297,306-307,337 (n.
Francia, 147, 149-150, 160; en In­ 36); voluntad humana, 71, 79, 88,
glaterra, 182,184-185; hábitos de li­ 89-90, 202, 225, 226, 332 (n. 19);
bertad, 184-185; la democracia y los dignidad humana, 79, 86,102, 194,
hábitos, 200,234,265.' Véase t. cos­ 203, 206, 215, 256,257,280,281,
tumbres; maneras; moeurs. 305, 311; esfuerzo humano, 79, 86-
Hamilton, Alexander, 108, 109, 121, 88, 89-90; naturaleza humana, 80-
122, 125, 135, 136, 137, 299, 34$ 81, 82, 87, 113. 205, 206, 252,
(nn. 5,9); opiniones acerca de los es­ 273.
tados, 112,113,114; acerca del po­ Hurón, lago, 63.
der judicial, 115,117. Véase t Fede­
ralista, El.
Hamilton, Jr., James, 128, 350 (n. ideas, 176-177, 335 (nn. 18, 19); in­
38). fluencia de la democracia sobre las,
Harvard, 67 38, 39, 40, 49. 186-187, 247-255.
Havre, Le (buque), 15, 123. 277, 283, 373 (n.2). 375 (n. 43);
Hayne, Robert Y., 350 (n. 38). ideas democráticas, 190, 200, 201,
herencia, leyes, 48,202. 207,293,294; peligros del estanca­
herencia biológica, 80-82,84-85; san­ miento intelectual, 202, 247-255,
INDICE ANALITICO 411

375 (n. 43); nuevas, desusadas, o am­ contradictorias, 221-222; menos ab­
bas cosas, 215, 224-225, 229-235, solutas, 223; paradojas, 236, 238-
244,246; importancia de la circula­ 240. 244, 243-244, 280-281, 283,
ción de las. 253, 305; la revolu­ 304,306-307; intensa emoción, 248,
ción y las 253; ideas políticas en 255, 288, 302-303,382 jo. 6); casi
Francia, 261-262; el individualismo contradicción, 279-280, 304; trata­
y las, 275-277. Víase t. ideas, en miento simultáneo de ideas claves,
Norteamérica; libertad intelectual; 282-283, 304, 305; cuplas de ten­
Edad Oscura, nueva, sión, 283,303-304; tipos o modelos,
ideas de Tocqueville, 15, 16, 89-90, 294- 295; inexistencia de un sistemao
299-312 passim, 318 (n. 39); plan­ doctrina coherentes, 304-305; Ro-
teamientos y replanteamientos, 41, yer-Collard y las, 359 (n. 28); op­
90,180,287,297-298,304; precon­ timismo-pesimismo, 366 (n. 48).
ceptos. 61-62, 64, 138-139; confu­ Véase t. comparación; distingos; idie
siones, 67-68,84-85,117-119.122, mire; métodos de Tocqueville; plura­
179.288- 289,297-298,304-305,306; lismo; fuentes de Tocqueville; Toc-
uso inexacto de términos claves, 79, queville, Alexis de.
[Link].288- 289,297-298, ideas, en Norteamérica, 59.62,68,78,
304-305, 306, 335 (n. 19). 376 (n. 81, 231-235, 244-245, 247, 248-
45); profundidad y variedad de análi­ 250,254,276,288,321 (n. 22), 324
sis, 90, 297-298; negativa a leer (nn. 52.53). 327 (n. 13), 330 (n. 43),
obras de otros observadores, 97,101- 332 (n. 33), 374 (n. 18); la soberanía
103,342(n. 45); imposibilidad de ar­ del pueblo y las, 29; influencia de la
ticular idearios acerca de la revolu­ égalité sobre las, 37; educación, 38,
ción tecnológica norteamericana, 100; 56; actividad intelectual alimentada
idea de la aristocracia manufacture­ por la abundancia, 56. 327 (n. 13),
ra, 99-101; integridad intelectual, 332 (n. 33); mentalidad norteameri­
102; alerta sobre Norteamérica, 341 cana, 57,59; falta de ideas comunes.
(n. 30), 342 (n. 45); originalidad. 102, 57,81,260; imaginación norteameri­
347 (n. 66), 376 (n. 5), 354 (n. 1), cana, 59,63; circulación de las, 95,
357 (n: 54); renuencia a repetir lo que 96; poder de la mayoría sobre las,
otros hablan escrito, 102-103; ideas 218-219, 224-226, 229-235, 244,
sobre las causas físicas, 102-103; 248-249; creencia en la igualdad,
contradicciones, 117,122,229,304, 295- 296. Véase L norteamericanas,
306,337 (n. 39); enfoque en una sola actitudes; norteamericana, cultura;
faceta, 117,246,297, 304; suaviza- ilustración; libertad intelectual; nor­
ción de la expresión de las, 129,130- teamericanas, opiniones.
131; admisión de su error, 132-133; ideas generales: resistencia de los ingle­
atracción ininterrumpida de las, 143; ses a las, 181-182; en Norteamérica,
interconexión de conceptos claves, 232,327 (n. 13); la democracia y las,
143,283,305,308; audacia intelec­ 333-335, 348.
tual, 160.163,304,357 (n. 44); reco­ idéefixe, 48.
nocimiento de nuevas situaciones, ¡dée mire. 29, 38, 87, 88, 186, 301.
178,302; errores acerca del despotis­ ignorancia, 81, 87, 88, 263.
mo democrático en Norteamérica, inestabilidad: del gobierno norteameri­
178-179; comparaciones a tres térmi­ cano, 58-59,228; causada por el cre­
nos, 183, 282-283, 303, 309; su cimiento, 124-125,134,139,349 (n.
“doctrina”, 186,206-207,283,304- 19); de las leyes, 219.
305; última sección del libro, más fi­ igualdad (de condiciones), 26,68, 76,
losófica, 188; altivez, 188; despegue, 163,178, 192, 228,233, 243,262,
188,301; ideas sueltas, 195; aparta­ 272,273, 283, 293,294, 297, 305,
miento de Norteamérica, 197, 209, 376 (n. 45), 382 (n. 15), 384 (n. 44);
301, 309; repensamiento del despo­ elevación de la, 30,99-100,174,177,
tismo, 200-201, 208-210, 215-216; 199, 206, 207-209, 287-288, 293,
idea de coqjunto de su política, 206- 306-307; definición de la, 31, 32,
207,296-298; resolución de lecturas 288-289; efectos de la. 37,50,186,
412 INDICE ANALITICO

188,2Al-25Spassim, 270,275,279, dustria y la democracia, 189-191,


375 (n. 43); la educación y la, 38; la 195. 293. 305, 307-308; en Norte­
libertad y la, 47,174,192,197-200, américa, 233, 338 (n. 5) Véase t.
202, 205-210, 244, 263-264, 277, manufactura.
303; las leyes de herencia y la, 99- Inglaterra, 25,36, 37,48-49,85,101,
101, 191, 195; igualdad social en 165, 195,218, 269, 283, 293,299,
Norteamérica, 166,382 (n. 10); dos 300,303,309; Islas Británicas, 43; la
modos de ser iguales, 174,175,197; centralización en, 154, 156, 172,
sentimeni de légalilé, 295-296,297 180-185, 189-190; constitución in­
310, 384 (n. 55). Véase /. democra­ glesa, 327 (n. 15). Véase t. viajes a
cia; condiciones sociales. Inglaterra; inglés, carácter,
Ilustración, 74, 86,87,172,207, 249- inglés, carácter, 84, 86, 90, 180-185,
251,262, 266-267,272,290; de los 335 (n. 16); ingleses en Norteaméri­
norteamericanos, 74, 78, 96, 109, ca, 80-82, 85-86.
110, 221, 240, 249, 258, 259, 261, inglés, idioma; modificación por la de­
266-267, 272, 291, 377 (n. 27). mocracia norteamericana, 49.
Illinois, 70. inmigración. Véase migraciones,
impuestos, en Norteamérica, 57, 58, inquietud: en Norteamérica, 56, 58,
327 (n. 17). 290,307; cómo se la consideraba en
independencia, amor por la, 67, 278- Europa, 67; el espíritu de libertad y
279, 306. Véase t. individualismo. la, 184-185. Véase i. norteameri­
indios norteamericanos, 27,45,80-81, cano, carácter.
85,97,127-128,331 (n. 16), 350(n. Inquisición, la, 218.
t ra y a
instintos, 262.267,270,277,279; de­
individualismo, 47,67, 143,145,146- mocráticos, 200, 253, 293; instinto
147, 162, 172, 173, 177, 192, 195, de patria, 26S, 267.
200, 201-202, 204, 215, 218, 220,
226, 230-232, 235, 252-253, 254, instituciones: como causa de la prospe­
255, 256, 257, 259, 267, 269-284 ridad, 7 1; marco institucional. 77-78,
passim, 300, 302, 303, 305, 306, 79; efectos. 80-81,84,252-253,254-
324 (n. 52), 361 (n. 45). 373 (n 32). 255,264,335 (n. 15); barreras para
377 (n. 12), 378 (n. 1), 379 (nn. 6, la tiranía de la mayoría, 221; institu­
18), 380 (n. 27); en la frontera, 63; en ciones libres, 252-253, 255; norte­
la Norteamérica del siglo XX, 143; americanas. 260, 314 (n. 6).
sistema individualista déla Edad Me­ interés (ñnlénét), 81-82.151,161,228,
dia, 180; la sociedad y el individuo, 240, 243, 258, 259-261, 262-263,
182, 195, 201, 255, 256-257, 263, 265, 266, 267, 270-271. 272, 280-
267, 277-278. 280-281, 304, 305, 281,311-312; como teoría social en
308,359 (n. 28); disminución del po- Norteamérica, 57, 258, 259-260,
derdel individuo, 186,187,191,201, 378 (n. 27); tamaóo e intereses, 136-
230; independencia individual (¡a 137, 138; intereses comunes, 193,
forcé individueUe), 198, 201, 231- 277; armonía de intereses en Nortea­
234, 256-257 passim, 269, 272, mérica. 221, 228, 243, 331 (n. 8);
276-277, 280-281, 282, 283, 306, armonía entre intereses públicos y
359 (n. 28), 381 (n. 35); individuos particulares en Norteamérica, 258,
no conformistas, 220,226,238; el in­ 259,261,267,280,281,378 (n. 27).
dividuo y la masa, 230-234; el indivi­ Véase t. armonía; condiciones socia­
duo independiente y moralmente res­ les norteamericanas,
ponsable. 227. 244, 248, 2S6-267 internas, mejoras: en Norteamérica, 92-
passim, 272, 277-278. 279, 280- 94,95-96.97,98,99,100,127,128,
281,305, 308-309,311; definiciones 305, 340 (n. 18), 340-341 (nn. 29.
del, 267,269-272.275,277,306; el 30); en Francia, 190-192. Véase t.
individuo y las ideas, 275-277. canales; ferrocarriles; transporte, de­
industrialización, 99-101, 103. 185, sarrollo del, en Norteamérica.
189-192, 195, 196, 202, 282-284, Irving, Washington, 250.
300-301, 305. 306, 307-308; la in­ Italia, 60, 73.
INDICE ANALITICO 413

Jackson, Andrew, 173,176. 179.350 Kentucky, 70, 71. 83, 84, 90, 95,
(n. 38). 360 (n. 38). 260, 303.
jacksoniana, Norteamérica. 16, 94, Kergolay, Louis de, 25,149,176,197-
128, 244. 299, 307. 199, 287, 293, 294,299,300,301,
Jay, John, 343 (n. 3). 321 (n. 27), 364 (n. 9), 377 (n. 12);
[Link], 131.137,167,170, como critico, 41,42,46-47,50,102,
172,302,306,353 (n. 18);ediciónde 319 (n. 57), 321 (n. 25), 321 (n. 28),
escritos, 112; opiniones sobre los 326 (nn. 71, 72).
estados, 118. 129-133; héroe repu­ Ring, James Gore. 98, 99, 340 (n. 24)
blicano, 131.
Jorge III, 170. La Bruyére, 42, 48.
jouissances metérielles, 47. Véase t. La Manche (departamento francés),
materialismo; bienestar, 240,271.
judicial, poder, 209,235; en Inglaterra,
. 182; en Francia, 300. Latrobe, John Hazlehurst Bonval, 27,
judicial, poder, en Norteamérica, 79, 69, 74. 241, 299.
111. 115-117, 122, 169, 179, 219, legación norteamericana en París, 32.
227,237-238,241. 346 (n. 41), 368 legislatura: legislatura federal, 129-130:
(nn. 22,23); contrapeso de lá sobera­ grandes asambleas políticas, 146;
nía del pueblo, 29; barrera contra los poder legislativo, 157,158-159,164,
excesos democráticos, 111, 216, 169,196,224, 236; gobierno capri­
219,222,368 (n. 19); poder de decla­ choso de las asambleas, 165-166,
rar inconstitucionalidad de leyes, 196; poder de la legislatura de desig­
111,220-221,366(n. 3), 368(n. 22); nar jueces, 167; camino cada año (en
dependencia, 167-171, 217, 219, Ohio), 168; controlada por el pueblo,
220,222,223,229,242-243.369(n. 168. 170-171. 217, 219-220, 228-
29); importancia de su independen­ 229,241-243; supremacía legislativa
cia. 219, 221-222,347 (n. 56). Véase en Norteamérica, 168-171,179,196.
l. tribunales; abogados, 208, 220, 223, 228; despotismo le­
jueces, Véase judicial, poder. gislativo, 168-171. 178-179. 189,
196,203-204,207-208.361 (n. 49);
Julio, Monarquía de, 25, 146, 320 remedios contra el dominio legisla­
(n. 6), 340 (nn. 27,28); Régimen de tivo, 170; bicatnerismo, 170, 216,
Julio,41,144,300,377 (nn. 12.18), 235,368(n. 19); centralización legis­
378 (n. 33); características, 88-90, lativa, 183. Véase t. centralización;
165, 176, 255, 263. 270-271, 272- despotismo; ejecutivo, poder, en Nor­
274. Véase i. franceses, preocupacio­ teamérica; judicial, poder, mandatos;
nes de los (en la década de 1830); soberanía del pueblo,
francesa, política (en la década de legitimistas franceses, 152, 262.
1830); individuos por sus nombres. Lesueur, abate, 82.
Julio Revolución de (1830), 41, 165- leviatán. Estado, 199, 208. 209, 210.
166,300. Véase t. revolución; Julio, Véase t. despotismo,
Monarquía de. leyes, 185, 252-253, 254, 264, 288-
jurado, 367 (n.9); en Norteamérica. 26, 289,291,293,297,310,335(n. 19);
29,30.218-219,220,224,227-228, efectos sobre la naturaleza humana,
229. 236-238. 241-243. 245. 306, 80-82, 252-253; ideas legales, 150;
368 (nn. 19. 22), 377 (n. 26); en en Francia, 160; en Inglaterra, 182;
Francia, 300. para contrarrestar el despotismo de­
justicia, 136,137,159,222,238,245, mocrático, 186; leyes democráticas.
265; injusticia, 217, 229, 241, 367 190, 206-207, 235, 273.
<n. 5). leyes norteamericanas, 4 0 ,8 1,94,111,
112,127,221, 224, 239, 260, 314
(n. 6); actitud hacia las, 29,68,217-
Kent, James. 94. 110. 111. 115. 121, 218,236; influencia de la democracia
127.128,219.221,223,344 (n. 20). sobre las, 37,287,288; efectos de las,
346 (n. 41). 53, 76-79, 85, 227, 232-234, 244.
414 INDICE ANALITICO

328 (n. 22), 335 (n. 14); inestabilidad ción y la, 274; futuro de la, 303; ins­
de las, 58, 219,228; principios bási­ tintos liberales, 308-309; ideas de
cos, 109-110,157,216, 220; acerca Tocqueville y Mili sobre la, 362
de los negros libres, 241-242, 244. (n. 3). Véase l. despotismo; locales,
liberales, 166; principios liberales, 165; lin p r t iin ^ c

instituciones liberales, 203. Lieber, F ran'cis, 25,145,147,154,315


libertad, 86-88, 88-89, 91, 158, 178, (n. 11).
180, 183, 203, 215, 231, 232-234, Lion, 191.
236, 247, 248, 252-253, 255, 264, Lippitt, Francis J., 32, 33, 112, 120-
277, 279, 280, 296, 305, 306-307, 121, 131, 343 ín. 6).
308,312,337 (n. 36), 366 (n. 47); en List, Friedrich, 269.
Norteamérica, 56,68,131,146,150, literatura, 250, 252-253; en Francia,
152, 161, 169, 185, 225, 240, 242- 273.
243,244,265,269; causas de la, 76; literatura norteamericana, 59,249-250,
la centralización y la, 143; gobierno 374 (n. 18); ausencia de patrocinio
libre, 146; en Francia, 156,184,194; del gobierno, 96; el escritor en Nor­
arte de ser libres, 162; la igualdad y teamérica, 225,374(n. 17); ausencia
la, 174, 176, 177, 178; hábitos de, de genialidad literaria, 248-249; ca­
185; libertad huera, 205, 209-210; rencia de grandes escritores, 250.
libertad de reunión, 308. Véase t. aso­ Véase t. cultura; poesía.
ciación (libertad de); despotismo; Livingston, Edward, 98, 131, 340
libertad de palabra: libertad de (n. 29).
prensa. locales, instituciones: en Norteamérica,
libertad de palabra, 308; falta de ella en 78, 107, 113, 144-164, 238, 240,
Norteamérica, 220, 224-225, 229. 245, 258-259, 307, 344 (n. 15); en
Véase /. censura; civiles, derechos. Inglaterra, 181-182, 184; en Prusia,
libertad de prensa, 29, 165, 185-186. 364(n. 4). Véase t. localidad; locales,
206-207, 209, 218-219, 225-226, libertades.
237, 300, 309, 359 (n. 28), 372 locales, libertades, 143-164 passim.
(n. 30), 377 (n. 26). Véase t prensa. 171, 172, 180, 184, 185, 193-195,
libertad en Norteamérica, 3 0 ,7 4 ,117- 206-207, 209, 239-240, 252-253,
119, 147, 150, 151, 157,161, 163, 258-259, 264-265, 281, 311; pro­
169,170,221,223,242,245,246; la grama para Francia, 161-162, 181,
igualdad y la, 47,174,199,205-206, 184,193-194,274,300,306,355(n.
210, 247, 303, 375 (n. 43); espíritu II), 359(n. 28); audacia de las ideas
norteamericano de. 68, 161, 310; de Tocqueville tomando en cuenta el
efectos de la industrialización sobre contexto francés, 163,357 (n. 44); en
la, 99-101; la democracia y la, 143, Inglaterra, 182. Véase t. centraliza­
174-177, 187, 193. 195, 203, 283, ción; despotismo; locales, institucio­
290,296,308,360 (n. 44); la centra­ nes; localidad; ciudades.
lización y la, 162-164,172,173-175, localidad. 113, 115, 136, 143, 145,
178, 203, 204, 236, 359 (n. 28); en 148-149, 152-155, 156, 159-160,
Francia, 165,190,204,303; libertad 161-162, 181, 223, 227, 236, 239,
o despotismo, 166, 197, 205, 210; 239-240,245,281; espíritu de locali­
necesidad de las asociaciones, 172; dad, 113, 145-146, 150, 151-152,
en Inglaterra, 182-185; espíritu de 161, 164, 238; egoísmos localistas,
libertad, 184-185; laguerray la liber­ 137,144; la tiranía en las sociedades
tad, 197-198; libertad intelectual, pequeñas, 239. Véase /. condados;
202, 215-216, 218-219, 224-226, locales, instituciones; locales, liber­
229-235, 244-245, 247, 248, 252- tades; ciudades.
253, 276-277, 283, 303, 305, 306, Long, mayor Stephen H., 97.
385 (n. 7); libertades políticas, 206- Long Island, estrecho de, 54.
210, 215, 235; concepción de Toc- Loria, Achille, 329 (n. 36).
queville de la, 215; amor por la, 262; Louisiana, 73, 74, 150, 335 (n. 15).
abuso de la, 263; el individualismo y Louisville, Kentucky, 260.
la, 264,275,276,278-279; la revolu­ Lowell, Massachusetts, 92, 338 (n. 2),
INDICE ANALITICO 415

339 (n. 18); la Manchester norteame­ cracia, 86; condena de Tocqueville


ricana, 98. de las teorías materialistas, 86-87,
Ludovic (protagonista de la M ane de 90; bienestar material, 200, 274-
Beaumont), 237. 275,385 (n. 7); en la década de 1830
Luis XIV, 158, 159, 178. en Francia, 378 (n. 33). Véase t.
Luis Felipe, 177, 364 (n. 4). norteamericano, carácter, democra­
Luis Napoleón, 321 (n. 26). cia; individualismo, bienestar.
• matrimonio: en Norteamérica, 83,
241; conceptos norteamericanos
MacLean, 134, 137. sobre la igualdad de los sexos, 49.
Madison, James, 108, 223, 236, 240, mayoría: su omnipotencia en Norte­
299-300, 343 (nn. 5, 9); opiniones américa, 33; mayoría blanca en Nor­
sobre la índole de la Unión, 114,115, teamérica, 85, 217, 241-245; go­
116, 117-118, 121, 122, 125. 302; bierno de la, 136, 137, 215-227,
sobre las ventajas del tamaño, 136, 227-235 passim . 237-240, 241-
137,138,139,140,352 (nn. 11,12, 246, 248-249, 289, 290, 306, 367
14); la “hermosa teoría*’ de, 162- (n.5),371(n. 16); apoyo de las, 139,
163, 164, 171, 243; sobre el peligro 240,245; decisiones de la, 146; en la
de la preponderancia legislativa, 169, Convención de Francia, 165; volun­
170; sobre la mayoría, 244-245,372 tad de la, 168, 204, 220.228,231,
(n. 19). Véase t. Federalista, E l. 234, 244, 249; representada por la
Maistre, Joseph de, 269. legislatura, 171; dominio pacifico de
Malte-Brun, Conrad, 97. la, 176, 226-228; poderío moral de
mandatos, 168, 219-220, 222, 358 la. 216, 221. 226. 227, 228, 240,
(n. 13), 369 (n. 29). 241, 244; voluntad general, 231;
maneras, 38, 67, 254; en Inglaterra, definición. 240,244-245,306,354
182. Véase t. costumbres; hábitos; (n. 24), 372 (n. 19); opinión de la,
moeurs. 287; frustrada por la minoría, 369
manufactura: en Norteamérica, 76,92, (n. 34). Véase t. despotismo; ideas
97,98,232,307,338 (nn. 2,5), 339 (en Norteamérica); pueblo; sobera­
(n. 18); aristocracia manufacturera, nía del pueblo; tiranía de la ma­
99-101, 103, 306, 307, 338 (n. 5), yoría.
341 (nn. 35,37). 364(n. 12), 373 (n. Mazureau, Etienne, 73, 74, 134.
32). Veáse t. industrialización. métodos de Tocqueville, 15-16, 90,
Manuscrito Original de Trabqjo (Origi­ 299-305,318 (n. 39); primeros pre­
nal Working Manuscript), 9,1 1 ,3 1 , parativos, 26, 315 (nn. 17,18,19);
108, 316 (n. 23), 318 (n. 39), 319 deductivo, 30; investigación, 30,32-
(n. 56), 342 (n. 1). 33, 97-100, 112, 127-128, 139,
Maquiavelo, 42, 321 (n. 20). 157,299-300; ritmo de trabajo, 30,
Marsella, 191. 34, 39-40, 186, 270, 315 (n. 10);
Marshall, John, 128. composición, 31; ayudantes norte­
Maitineau, Harriet, 342 (n. 45). americanos, 32-33, II I-I 12, 121;
Maryland, 69, 241. escrupulosidad, 41, 138; criticas
masas: democráticas, 173, 215, 216, amistosas, 41-42, 43-44; “ instru­
225,230,254,267,270,277,305, mentos de conversación", 41-42,
373 (nn. 2, 32); norteamericanas, 46-50; lecturas, 42, 97-99, 112,
259. Véase t. multitud; turbamulta 127-128,157,299-300; deseo de no
M assachusetts.69,93,109,146,157, repetir a otros observadores contem­
239, 241; gobernador de, 167. poráneos, 102-103, 301; plan para
materialismo: como concepto general, ios últimos capítulos, 186-188;
11.88-89,252,274-275.300; pla­ herramientas mentales, 255, 282;
ceres materiales, 47,190,201-202, delimitación de conceptos aparea­
267, 294, 324 (n. 52), 373 ín. 32); dos, 276, 283; posposición, 304.
norteamericano, 58, 67, 96, 260, Véase T. Beaumont, Gustave de;
274, 294; deseo inmoderado de comparación; distingos; ideas de
riqueza, 67; incitado por la demo­ Tocqueville; Kergolay, Louis de;
416 INDICE ANALITICO

fuentes de Tocqueville; Tocqueville, teamericano, carácter; costumbres;


Alexis de; tipos ideales. hábitos; maneras; valores.
México, 54, 74; mexicanos, 110. Molé, Louis Mathieu, conde de, 37,
Michigan, 61, 64, 70, 80, 82, 95, 44, 320 (n. 6).
260# monarquía, 94, 135, 149, 152, 165,
Mignet, Frangois-Auguste, 42, 337 167,169,178,201,203,217,224-
(n. 36). 225,229,235,251,257, 262,263,
migraciones: hacia el Oeste, 28, 60, 266,288,294,306,360(n. 44); pre­
62, 63-64, 67, 70, 331 fn. 16); de rrogativas regias, 166; magistratura
Europa a Norteamérica, 28,60,63- hereditaria, 169; democrática, 178;
64, 70, 76, 83, 329 (n. 28), 331 (n. principes europeos, 200.
16); de todas las naciones, 57, 81- Monroe, James, 127.
82; dobles migraciones, 331 (n. 16). Montesquieu, Charles-Louis de Se-
Véase t. Oeste, movimiento hacia condat, barón de, 42, 48, 57, 300,
el. 302, 307,322 (n. 29), 327 (n. 15),
milicia: en Norteamérica, 218-219, 353(n. 19); ideas sobre el tamaño de
220, 224, 242-243. las repúblicas, 135, 136, 137, 140,
milita.', gloria: su peligro en una repú­ 351 (n. 2), 353 (n. 18); sobre las vir­
blica, 174-176, 327 (n. 17); tiranta tudes republicanas. 257, 258, 259,
militar, 197-198. Véase t. Bona- 261, 266-267.
parte. Napoleón; despotismo; Jaclc- Montreal, 82, 90, 335 (n. 15).
son, Andrew, moralidad, 38, 266, 311-312, 385
Mili, JohnStuart.38,43,49,180,181, (n. 10); norteamericana, 54,68,78,
82-83, 226-227, 240; energía mo­
281; ideas de Tocqueville y de, 361 ral, 56; responsabilidad moral, 78,
(n. 3), 368 (n. 14), 145-146; las repúblicas y la. 138; las
minería: normativas francesas, 190- libertades locales y la. 180; combi­
191. nada con la democracia, 207; limita­
ministerio del Interior. 152, 153-154 ciones morales sobre la mayoría,
minorías: raciales, en Norteamé­ 226-227; en Francia. 271, 273;
rica, 85,217; despóticas. 136.246, efectos morales del individualismo,
373 (n. 32); las minorías bajo la 275. Véase t. norteamericano, ca­
Convención francesa, 165; en Nor­ rácter.
teamérica, 216,217,220,226,227, Mottoley, Mary (Marie), 37, 40, 43,
228, 229, 235, 238. 240-246, 368 46, 270. 320 (n. 3).
(n. 19), 369 (n. 34). Véase t. mayo­ movilidad, 58, 70, 278-279, 292, 295-
ría; Urania de la mayoría. 296,305; Norteamérica como socie­
Mississippi, cuenca del. 54,62,63,71, dad abierta (oportunidades), 64; en­
72, 260. torpecimiento de la acumulación de
Mississippi, río, 70. 71. riqueza en Norteamérica, 94; el espí­
Missouri, río, 71. ritu de libertad y la, 184; de la clase
modelos. Véase tipos ideales, democrática, 190. Véase t. migracio­
moderno, mundo. 192,195,257,288, nes; movimiento; condiciones socia­
311; hombre moderno. 210. les (en Norteamérica),
moeurs, 75-79, 178, 210, 264, 266- movimiento, 58,60,63, 83, 254,278-
268, 289, 291, 297, 305, 310-312, 279,292,295-296,305,329 (n. 26);
333 (n. 44); norteamericanas, 27, movimiento intelectual en Norteamé­
33, 37, 76, 83, 85, 147, 151, 158, rica, 95,96. Véaset. norteamericano,
221,225,227,287, 314 (n. 6), 333 carácter; movilidad; condiciones so­
(n. 35), 335 (n. 14); capítulos acerca ciales (en Norteamérica); inquietud,
de las, 38, 44, 45-46, 321 (n. 15), mujeres norteamericanas, 80, 83, 260;
323 (n. 39); definición, 85, 333 muchachas, 38; conceptos norteame­
(n. 43), 335 (n. 19); francesas, 157, ricanos acerca de la igualdad de los
160; democráticas, 187, 190, 254, sexos, 50.
273,293; influencia de la democra­ mulatos, 237-238. Véase t. negros.
cia sobre las, 248,288. Véase I. nor­ multitud(es). 166, 173,231,237-238,
INDICE ANALITICO 417

273, 283, 305. Véase i. masas; 250,283, 296, 327 (n. 13). Véase i.
turbamulta. condiciones sociales norteamericanas.
norteamericanas, actitudes, 47,55,78,
232-234, 235, 307; actitudes mora­
nacional, carácter, 80-81, 82, 83, 84- les, 66.68; fascinación por las máqui­
85, 90, 226, 334 (n. 2); definición, nas, 92. Véase t. norteamericano,
335 (n. 19),337(n. 35). Véase!, nor­ carácter, ideas: en Norteamérica;
teamericano, carácter. opiniones (norteamericanas).
nacionalismo, 265, 266, 267. norteamericanas, capitales, 68, 70,
nacionalismo norteamericano: ausen­ 124, 355 (n. 22). Véase t. urbes: en
cia de vínculos nacionales, 82; fuer­ Norteamérica.
zas en favor de la unidad nacional, 96, norteamericano, carácter. 23, 26, 54,
98, 349 (n. 18); teorías económicas 58, 6 0 .6 3 ,6 8, 78, 86.95.96, 145-
nacionalistas, 98; opinión naciona­ 146. 175-176, 258-261, 269. 272-
lista, 98, 128, 133. 273. 292, 294, 327 (n. 13). 330 (n.
Napoleón. Véase Bonaparte, Napoleón. 43), 335 (n. 16); 369 (n. 36): diligen­
negros, 45, 66, 73, 84, 85, 217, 241- cia, 54,68,328 (n. 18); ausencia de
245, 246. 323 (n. 41), 331 (n. 16). carácter nacional, 57; inestabilidad. 58,
336 (n. 29), 372(n. 24); la esclavitud, 60; mentalidad industrial 58.68,232-
el clima y los. 66, 69, 73. Véase t. 233, 294; “compañía de mercade­
raza. res”. 58, 328 (n. 19): confianza, 59;
Newport, Rhodc Island, 55, 81. 93. holgazanería de ciertos blancos, 72-
Niles. Hezckiah, 98. 74; educación política práctica, 75,
niñez: en Norteamérica, 80. 260; en 110; causas del, 80-84, 228-230;
Francia, 291, preocupación por los negocios. 83,
Normandia, 39, 43, 46, 49-50, 199. 232-233: fascinación por las máqui­
270, 271; los normandos, 271, 300. nas, 92; espíritu de asociación, 92;
Norte. 73, 90. 124, 241. 335 (n. 14). espíritu norteamericano, 157-158;
Norteamérica: nación norteamericana, esencia en la igualdad, 295-296,384
53, 126, 249; sus ventajas frente a (n. 55). Véase I. actividad norteame­
Europa. 56.57; en el siglo XX. 143; ricana: norteamericanas, actitudes;
experimento norteamericano, 143, autointerés ilustrado; Ilustración;
164; sus condiciones únicas, 150- materialismo; moeurs; opiniones
lS 1,249.250,273; su inmenso peso (norteamericanas); vida política en
en los destinos del mundo, 249; como Norteamérica; inquietud; autocon-
ejemplo, 360 (n. 44). Véase t. norte­ fianza.
americano, periplo; norteamericano, norteamericano, periplo, 15.16.23-24,
pueblo; norteamericana, sociedad; 34, 54. 73, 76, 84-86, 90, 94-95.
norteamericano, carácter: ambiente: 101, 120, 123, 135. 136, 144, 148,
futuro de Norteamérica; historia nor­ 149, 163-164, 166. 168, 174, 185,
teamericana; ideas (en Norteamérica); 189. 195, 198, 200, 220, 221,240.
Nuevo Mundo; Norteamérica sep­ 256, 257. 260, 267, 287, 300, 306,
tentrional; condiciones sociales nor­ 313 (n. 1), 340 (n. 24). 344 (n. 15),
teamericanas; Unión; Estados Unidos. 348 (n. 1); portavoces norteamerica­
Norteamérica septentrional. 28,55,60, nos, 25; experiencias, 26,36,40,89,
72, 90. 123, 351 (n. 60). 100, 102-103, 124, 149. 163, 195,
norteamericana, asociación. 28,29,94, 259, 299. 309; lecturas, 77, 264,
101-103, 138, 145, 172, 187, 258- 280,281. Véase!., por sus nombres,
259,372 (n. 30), 377 (n. 26): gobier­ lugares, temas y personas norte­
nos norteamericanos y asociaciones americanos.
particulares, 49.102-103; espíritu de norteamericano, pueblo. 49,50,62,70,
asociación, 94. Véase t. asociacio­ 77.85.98,[Link].115.
nes; compañías; participación en los 121. 123. 124. 126, 129, 131. 134,
asuntos públicos 135, 136. 164, 167-172, 185, 217,
norteamericana, sociedad. 27, 28. 29. 220, 242. 250. 265-266, 276. 327
33. 61. 80. 81. 110,146. 216. 242. (nn. 17.19), 330(n. 43), 335 (n. 16),
418 INDICE ANALITICO

342 (n. 3). 360 (n. 44), 362 (n. 4), 93. 157, 241, 303; gobernador del,
369 (n. 36). Vease t. Norteamérica; 167; democracia excesiva en el, 167-
norteamericano, carácter; condicio­ 168, 219.
nes sociales norteamericanas. Ohio, rio, 70.
norteamericanos, canales, 26, 33, 92, Ohio, valle, 84.
95. 96. 97. 98, 99, 339 (nn. 6, 7). opinión pública, 264,276-277; en Nor­
norteamericanos, diarios de viaje, 15, teamérica, 26, 58, 137, 139, 216,
17,26.55-56,68,73-75,80-85,92- 217-219, 220, 229, 230-232. 238,
96,101,146,216,247,257.315 (n. 240-246. 254, 372 (n. 19).
18), 344 (n. 20). 377 (n. 27). 383 opiniones, 209, 276-277, 288, 393;
(n. 38). norteamericanas. 58. 81, 82, 232-
North American (buque), 61. 233, 287, 349 (n. 18). 350 (n. 44),
North American Review, 53. 369 (n. 36). 372 (n. 30); en el mundo
Nueva Inglaterra, 54,74,93,147,148, antiguo, 178; influencia de la igual­
240, 250; sus pobladores, 83. dad sobre las. 188. 247; opiniones
NuevaOrleáns.70,71,72,73,90,134, democráticas. 190; poder de la mayo­
150, 303. 335 (n. 15); batalla de. ría sobre las. 224. 230. 231, 232-
175. 234,244-245.248-249; en Francia.
Nueva York, ciudad de, 15,55,60,69, 273.
93,99, 111.237. 368 (n. 16). oportunidades: en Norteamérica. 143,
Nueva York, estado de. 157; goberna­ 295. Véase t. movilidad; movimiento.
dor del, 167. orígenes. 66.67,68,76-77,83.84,85.
nuevas, cosas: nombres nuevos para, 249,333 (n. 38), 335 (n. 18), 382 (n.
302. 361 (n. 45); gobierno nacional 10); circunstancias originales, 57.
incompleto, 114-115,I33,302;nue- 67-68. Véase t. circunstancias acci­
vodespotismo, 178,201,302; indivi­ dentales; circonstances: historia nor­
dualismo, 269, 271, 302, 361 teamericana; circunstancias particu­
(n. 45). lares; punto de partida.
Nuevo Mundo, 23, 26, 54,67, 71,74,
82,90,92,103, 107,136,143,163.
195, 208, 220, 222, 226, 247, 256, París. 24,36,37.39,40,42,44,47,49.
257,291,307,341 (n. 30); república 71,97,101,123,157,220,223,240,
del Nuevo Mundo, 158, 164. 171, 313 (n. 1); preponderancia de, 124; el
228, 259, 260, 295, 296. égoisme en. 271.
nulificación, 122, 124, 128, 129, 132. participación en los asuntos públicos,
347 (n. 59), 350 (n. 38). Véase t. Cal- 185, 195, 264-265, 267, 280, 290,
houn. John C.; federalismo nortea­ 293, 294, 300. Véase t. ciudadanía;
mericano; secesión. cívico, espíritu; individualismo; loca­
les, libertades; vida política en Nor­
teamérica.
Observations critiques, 34, 291, 319 particulares, circunstancias. 55-56,57,
(n. 57). 61,67-68; circunstancias especiales.
occidental, civilización o cultura: en los 145, 186; causas particulares, 187,
tiempos modernos, 192; cristiandad. 189, 231-233. 335 (n. 18). Véase t.
200. Véase l. civilización; cultura. circunstancias accidentales.
Oeste, movimiento hacia el. 60.62,63- partidos, vinculación a los, 113-114,
64. 67, 70,95, 126, 331 (n. 16); de 229; emociones partidarias, 137,
los indios, 331 (n. 16). Véase t. 138; en Francia, 261-262.
migraciones. * Pascal, 42. 312. 322 (n. 29).
71-72, 76, 83, 124, 167, 170, 260, pasiones, 138,156,161,227,259,263,
342 (n. 3); estados del Oeste, 162. 266, 288, 328 (n. 19), 349 (n. 19);
Véase i. fronteras; Oeste, movi­ políticas, 137, 246; pasiones de
miento hacia el; desiertos; y los esta­ 1789, 182; gran pasión, 187; pasión
dos respectivos por sus nombres. por la igualdad, 199; democráticas,
Ohio (buque), 61. 205-206, 216; revolucionarias, 206;
Ohio, estado de, 70-71,83-84,85,90, de la mayoría, 219-220, 223, 227;
INDICE ANALITICO 419
populares, 222, 237-238: locales, Pontiac, Michigan, 64,
238. popular, gobierno, 135, 149-150, 207;
pauperismo: memoria de Tocqueville voluntad popular, 137; participación
sobre el, 100, 322 (n. 31), popular, 163
peculiares, instituciones. Véase escla­ [Link]-Tell, 97,102,103,
vitud . 338 (n. 1).
Pennsylvania, 70, 83, 157, 170. prejuicios, 81-82, 234, 240, 254, 262,
periódicos. Véase prensa, 266; en Norteamérica, 57, 81, 115,
pioneros (precursores), 26, 54, 60, 62, 217, 236-237, 241-245.
63-64,70,74-76,83,103.260,308. prensa, 300; en Norteamérica, 26, 28,
329 (n. 28). Véase t. Oeste, movi­ 29, 78,95, 218-219, 225-226,237,
miento hacia el. 368 (n. 19); en Francia, 165. Véasel.
Pitkin, Timothy, 97. libertad de prensa.
Pittsburgh, 70. presidente norteamericano, 29, 100,
Platón, 42, 321 (n. 20). 123, 129-130, 166, 167, 176, 179,
plebiscito(s), 204-205, 210 328 (nn. 22. 23), 340 (n. 29). 347
pluralismo, 76, 77, 82-63,90-91, 283, (n. 56), 358 (n. 8). Véase t. ejecutivo,
297*298, 305; sociedad pluralista, poder, en Norteamérica; y presiden­
194-195; mayoría pluralista, 240, tes por sus nombres,
244-245. prisiones, informe sobre las. Véase Du
población: de Norteamérica, 28. 67, svstéme pénitentiaire...
71-72, 76, 123. 124. 134. 137, prisiones, sistema norteamericano. 23-
138. 24. 70, 145, 149, 155.
pobreza: de ciertos blancos de Loui- privado, esfuerzo, 67, 102-103, 145.
siana, 72; riqueza y pobreza, 81.138; 151; éxito privado, 59; empresa pri­
causada por la manufactura, 101; los vada en Norteamérica. 93.96. Véase
pobres. 177; 242.262. l. individualismo; compañías.
poderes, equilibrio de, 78, 166. 168- Prix Monthyon (de la Académie Fran-
171. Véase i. poderes, separación 9 aise). 315 (n. 12), 319 (n. 58).
de. procesos, en Norteamérica, 213-214,
poderes, separación de, 160,169. Véa­ 336 (n. 6). Véase i. tribunales; judi­
se t. poderes, equilibrio de; ejecutivo, cial, poder; jurado.
poder, en Norteamérica; judicial, po­ profecía, 63, 71, 130, 131, 132-133,
der; legislatura. 179, 199,210, 328 (n. 22).
poesía: sus fuentes en Norteamérica, progreso, idea del, 60,185; en Norte­
63, 330 (n. 43). Véase t. cultura. américa, 126; la condición social de­
Poinsett, Joel Roberts, 26. 73, 83, 93, mocrática y el, 206-207; progreso de
167, 299; sus ideas sobre el federa­ la civilización, 221, 235, 247-255;
lismo, 94, 98. 110, 124, 125, 135, progreso de la mente humana, 235,
137, 139. 252-254. Véase l. Edad Oscura,
policía: en Norteamérica, 224, 229, nueva.
238, 242-243. proletariado, 242.
política, sociedad (societé politique), propiedad, 117-119, 287-288, 296.
27, 28, 29-30, 186,222, 320 (n. 5) prosperidad: razones de la prosperidad
política, teoría, 42; teóricos políticos, norteamericana, 53-54, 56, 58, 63,
166. 71-72,77,95-96,98,149,151,180,
políticas, instituciones, en Norteamé­ 184-185,189,307,328 (nn. 18,19),
rica, 29-30,32-33,37,53-54,56,65, 333 (n. 38); efectos de la norteameri­
68, 77-78, 82, 112, 232-233, 234- cana, 68,221; norteamericana, 119,
235, 240-241. Véase i. gobierno 267; peligro para la Unión, 124,125,
norteamericano. 134; las instituciones libres y la, 184-
políticos, derechos, 159,174,206-207, 185. Véase t. éxito, norteamericano;
209, 236, 241-242, 262, 264, 265, locales, libertades.
274, 277, 281, 289, 290, 295, 296, Providencia, 76,87,188; causas provi­
308. Véase I. civiles, derechos; l¡- denciales, 67, 77; necesidad provi­
bcitad. dencial, 188, 306-307; segunda
420 INDICE ANALITICO

Providencia (sociedad), 256-257. relativismo: del valor de las institucio­


Véase t. Dios. nes políticas, 56, 327 (n. 15).
provincias: actividad provincia), 68; religión, 29, 81, 82. 232, 235, 260,
provincias francesas, 151,153, 183; 266, 276, 317 (n. 26), 335 (n. 18),
asuntos provinciales, 159; poderes 359 (n. 28), 366 (n. 46); sociedad
provinciales, 235. religiosa (soeiété réligieuse), 27,
Prusia, 364 (n. 9). 317 (n. 26); entusiasmo espiritual,
psicología, 256, 310. Véase t. espíritu 49; actitudes religiosas norteameri­
públicas, tierras, 124, 127-128, 350 canas, 54,6 6,68,83,218,239,242,
(n. 33). 288; derechos religiosos, 136-137;
“Publio" (“P u b l i u s V é a s e Federa­ espiritualidad, 207; en Francia,
lista, El, 271, 273; católicos, 329 (n. 28).
pueblo: plebe, 101; fortalecimiento del, Rémond, Rene, 269.
143; poderes del, 163,167-173,179, representativas, instituciones, 203,
216-220, 221-222, 229, 236, 244, 219-220. Véase t. mandatos; repú­
249; autoridad moral del, 179, 217; blica norteamericana,
tiranía en nombre del, 204-205; ori­ república norteamericana, 27, 28, 53,
gen de todos los peligros en Norte­ 108, 165, 228, 249, 295, 303, 306,
américa, 221; pueblos democráticos y 314 (n. 6), 327 (n. 17), 373 (n. 3);
aristocráticos, 233-235, 252, 262- idoneidad del republicanismo para
263, 273-274, 287; le peuple, 290- Norteamérica, 5v, 258; las repúbli­
291,293,297,302-303,305. Véase cas americanas, 67, 223, 243, 328
t. mayoría; soberanía del pueblo. (n. 19); libertad republicana, 75; lo
puertos. 185; norteamericanos, 28, 55 que mantiene a la república en Nor­
punto de partida (point de départ), teamérica. 77,78,84,227-228,333
28-30,67,68,126,146-147,333(n. (n. 35); efectos del tamaño sobre la,
ÍS);fait primitif, 27; como concepto, 134-140, 236; definición. 226-227;
27, 76-T7, 301, 331 (n. 9), 348 (n. la virtud y la, 257-258,266-267.376
15). Véase t. orígenes. (n. 5); el individualismo y la, 269.
puritanos, 239; padres peregrinos, 54. Véase t. republicanismo; federalismo
Véase t. historia norteamericana. norteamericano; futurode Norteamé­
rica; Unión.
republicanismo, 75,85, 134-138, 149,
Quebec. 82, 303, 335 (n. 15). 203.229.235,293,359 (n. 34), 360
Quincy, Josiah. 67, 68, 76, 145, 147, (n. 44), 367 (n. 5); virtudes republica­
148. 154. nas, 138, 257-258, 259, 261, 265-
266, 300; idea francesa de re­
pública, 165; sistema republicano,
Rawle, William, 120, 121, 128, 299, 170, 262-263; república democrá­
347 (nn. 60, 64. 65). 350 (n. 35). tica, 178. 225, 235, 290; Primera
raza. 33. 68. 83, 217, 241, 243, 245. República francesa, 196; dogma de la
314 (n. 6), 372 (n. 24); influencia de república, 217; teorías de Montes-
la. 80-81. 82, 84, 307, 310, 335 quieu sobre la, 257-258, 259, 265-
(nn. 14, 18); concepto de, 85-90, 267, 300. Véase l. república nor­
103,305-306,335-336 (nn. 15,19, teamericana; tamaño; virtud.
23). 337 (nn. 29, 35), 337 (n. 39); repúblicas antiguas. 57. 258, 266.
destinos raciales, 87; razas euro­ respeto por la ley, 262; en Norteamé­
peas, 99, 203, 291. Véase t. heren­ rica, 29. Véase t. leyes norteameri­
cia biológica; determinismo; indios; canas.
negros; blancos. responsabilidad humana, 86, 90, 172,
razón, 171,217. 227. 276, 277. 215, 245, 259, 261, 262. 266, 269,
realistas, doctrinas de los, 281, 308. 280, 297, 306-307. Véase t. hu­
recursos norteamericanos, 5 4,56,69, manidad.
76. Véase t. ambiente. Restauración francesa. 144, 152, 165.
Reeve, Hcnry, 39, 40, 45, 49. 165. Véase t. Borbones; Carlos X;
180, 269, 281. Francia.
INDICE ANALITICO 421

revolución, 254, 282-283, 294, 305, lie y Royer-Collard, 359 (n. 28), 367
335 (n. 19); Revolución de 1848, (n. 5), 369 (n. 42).
176, 355 (n. 11), 361 (n. 49), 370
(n. 64), 381 (n. 50); su imposibilidad
en Norteamérica, 64; cambios revo­ Saginaw, 80, 82, 83, 85, 90, 335 (n.
lucionarios en Norteamérica, 126; 16).
Revolución Francesa. 165,179-180, sansimonianos, 269.
182,196,240,253,274,361 (n. 49); Scheífer. Amold. 31, 351 (n. 54).
revolución en marcha en Francia, Schermerhom, Peter, 81, 123.
166,272-274,282,381 (n. 50); acti­ secesión, 132; derecho de los estados de
tudes revolucionarias, 182; revolu­ separarse. 119-121, 122. Véase t.
ción industrial, 192; efectos de la Calhoun. John C.; federalismo nor­
revolución, 200, 253; instituciones teamericano; nulificación,
revolucionarias, 203; pasiones revo­ sectoriales, características: en Norte­
lucionarias, 206; la revolución en américa, 83-84, 349 (n. 19); disputas
Norteamérica y la opresión ra­ sectoriales, 124-125, 127, 349 (n.
cial, 242-243; grandes revoluciones, 19). Véase /. Norte; Sur; Oeste,
254¡ revolución democrática. 273, secundarios, cuerpos, 194, 195, 262-
288; espíritu revolucionario, 272- 264, 280-281. 359 (n. 28); poderes
274, 275. 282, 302. 343 (n. 18). intermedios. 200. Véase /. asociacio­
Véase t. Julio, Revolución de. nes; aristocracia: localidades; loca­
revolución tecnológica, en Norteamé­ les, libertades; agrupaciones socia­
rica. 92-93,95-96.97,102-104,338 les.
(n. 1); interés de Tocqueville por la, Sedgwick, Catherine María. 374
92-93. 94, 95-96, 307-308; efectos (n. 17).
de la, 92-93; orígenes de la, 97,99. Sed|wick, Theodore III, 32, 33, 112,
Véaset. comunicaciones, progresode
las; mejoras interiores; transforma­
ción del continente americano; trans­ Segunda República (francesa), 321 (n.
porte, desarrollo del. 26), 340 (n. 28), 355 ín. 11).
"segundo viaje", 15-18, 313 (n. 1).
Rhode Island. 55, 81. Sénior, Nassau William, 33, 42.
Richards, B. W., 93. sentimientos, 38, 39, 40, 49, 177, 185,
ríos norteamericanos, 55, 59, 70, 92- 186,252-253,294,321 (n. 22), 335
93, 98. Véanse i. por sus respec­ (n. 18); influencia de la igualdad
tivos nombres. sobre los, 188, 277; efectos de las
riqueza, 61,98,138; efectos de la, 62, condiciones sociales democráticas
81,82; en Norteamérica, 63,71,94, sobre, 200, 201, 207.
349(n. 19),351 (n.60);acumulación Sergeant, Thomas, 127.
debida a la industria, 99-101; la aris­ servidumbre, 86, 87, 88, 264; servi­
tocracia de la, 100; los ricos, 177, dumbre individual, 277. Véase t.
242, 262,292; en Inglaterra. 184; la despotismo.
democracia y la, 287,291,292,296. Sicilia, 66, 330 (n. 3).
Véase t. prosperidad. * sirvientes, 325 (n. 60); patrono y sir­
Rogcr (du Non)), Edouard, conde de. viente, 49.
98. 340 (n. 28). Smith. respetabilísimo cuáquero de
Roma, 248, 255, 373 (n. 5); empera Pennsylvania. 217.
dores romanos. 176,177-178; tiranía Smith, Washington, 217.
romana, 178,201; Imperio Romano, soberanía, 110, 112-113, 115-117,
200, 248, 360 (n. 44); los roma­ 118, 124, 125-126, 159-160, 223.
nos, 266. soberanía del pueblo, 108, 134, 174,
Rousseau. Jcan-Jacques, 42, 322 204, 225. 227; principio básico en
(n. 29). Norteamérica, 26,[Link],
Royer-Collard, Pierre-Paul, 166, 188. 220,222,288-289,382 (n. 16), 383
192, 270. 271. 300. 359 (n. 28); (n. 20); soberanía popular, 166; el
paralelismo de las ideas de Tocquevi- jurado y la, 219; soberanía de la
422 INDICE ANALITICO

mayoría, 228. Véase i. mayoría; 384 (nn. 49,54). Véase t. aristocra­


pueblo. cia; democracia; ideas de Tocquevi-
sociabilidad norteamericana, 48, 325 llc; estados.
(nn. 61, 62). Véase t. norteameri­ tiranía. 29, 156, 162-163, 169, 171-
cano, carácter. 179, 189, 197, 199, 200, 202, 207,
Sparks, Jared, 93, 132, 140, 148, 167, 244-245, 246, 262, 263, 273-274,
175,221, 239, 299; opiniones sobre 290,305,360 (n. 44), 367 (n. 9); de
las ciudades, 29,146,148,157,194, un solo hombre, 165, 178, 179; de
344 (n. 15); sobre los orígenes, 67, facciones, 165-166, 219; democrá­
76; sobre la tiranía de la mayoría, tica, 168; nueva tiranía, 178-179,
216, 217, 240. 201; en nombre del pueblo, 204-205;
Spencer, John Canfield, 111,216. el germen de la, 229; en las socieda­
Stewart, distinguido médico de Balti­ des pequeñas, 239. Véase t. despo­
more, 218, 224. tismo; tiranía de la mayoría.
StofTels, Charles, 256. tiranía de la mayoría, 136, 138-139.
StofTels, Eugéne, 261, 262, 263, 300. 165, 171-172, 179, 197, 207, 210,
Story, Joseph, 71,119, 140, 299, 342 215-235, 236-237, 238, 256, 276-
(n. í) , 345 (n. 25), 348 (n. 2). 351 277,303,306,310-311.352 (n. 12),
(n. 5); ideas sobre el federalismo. 367 (n. 5),368(nn. 16,19). 371-372
112, 118, 121, 127, 128, 129. 133; (nn. 16, 19), 385 (n. 7); el tamaño
sobre el poder judicial, 115, 221, como impedimento de la. 136-140;
222, 346 (n. 41). distingo entre dos tipos de, 224-226,
Sudamérica, 74, 90, 352 (n. 8). 230, 231, 235; criticas a la teoría de
Sudoeste, 124,162,168,170,220.356 Tocqueviile sobre la, 240-241, 246.
(n. 30). Véase l. censura; despotismo; mayo­
sufragio, 78, 296, 300, 308; “ univer­ ría; tiranía.
sal”, 168. Véase t. electorales, de­ títulos (de La democracia en América),
rechos. 33, 34, 49. 290-291, 294, 319
Suiza, 39, 85, 321 (n. 20). (n. 54), 325 (n. 69). Véase t. demo­
Sumner, William Graham, 333 (n. 44). cracia en América. La.
Sur, 70, 90. 124. 132, 167, 218, 331 Tocqueviile, Alexis de: creencias per­
(n. 16), 335 (n. 14), 356 (n. 30); la sonales. 10,36.78-79,86.87-90,91.
esclavitud y el, 66,69,72-73,84,349 97, 101-104,210.281.374(n. II),
(n. 18). Véase t. sectoriales, caracte­ 377 (n. 12), 378 (n. 33); ambición,
rísticas; esclavitud; y los estados res­ 10,41,43,301,303,322(n.31); pre­
pectivos por sus nombres. caución, 23; como abogado, 23, 25;
reputación, 23,41,43,79, 130,132,
301; ruturo, 23-25, 44, 315 (n. 10);
tamaño de las repúblicas, 134-140, salud, 30, 34,40,43,45-46,48.60,
236,300,306,352 (nn. 11,14), 353 324 (n. 46); insatisfacción durante la
(nn. 19, 22). Véase l. Madison, composición, 33, 40, 44; matrimo­
James: Montesquieu, Charles Louis nio, 35, 37, 320 (n. 3); familia, 37;
de Secondat, barón de. dudas de si mismo, 40,188,191-193,
tarifas, en Norteamérica. 26,124,128, 323 (n. 38); frustracciones durante la
350 (n. 38). composición, 41,43; carrera política.
teatro, en Norteamérica. 242. 43, 44, 46, 48, 240. 301, 303, 306,
templanza, 217. 315 (n. 10), 320 (n. 6), 321 (nn. 26,
Tennessee, 95. 31), 324 (n. 47), 325 (n. 66), 337
Terror, el, 165. Véase /. revolución. (n. 36), 355 (n. 11), 361 (n. 49), 370
Texas 45 (n. 64), 377 (n. 12), 381 (n. 50);
Thiers, Adolphe, 190,337 (n. 36), 340 como moralista, 79, 90, 103-104,
(n. 28). Véase t. franceses, preocupa­ 177, 232-234, 261-262, 265, 289,
ciones de los; francesa, política; 297, 306-307, 308, 310-312, 385
Julio, Monarquía de. (n. 10); vida posterior, 87-90; su pro­
Tiberio, 177. Véase t. Roma, grama político, 191-194. 206-207,
tipos ideales (modelos), 294-295, 302, 210, 235, 240, 264-265, 274, 277-
INDICE ANALITICO 423

278, 283, 296-297, 300, 306, 359 (n. 30), 359 (n. 29); futuro de la, 26,
(n. 28), 360 (n. 44); moderación, 28,45, 72,117,120-121, 123-133.
192-193, 266-267; patcmalismo, 134-139, 162, 168, 171, 246, 302.
194; pesimismo, 205,209-210.255, 303, 306. 348-349 (nn. 3, 18, 19),
303; estilo. 302-303, 319 (n. 57); 349 (n. 24). 350 (n. 44); principios
autoconciencia, 303. Véase t. Arge­ generales de la, 28-29; historia. 29;
lia; Beaumont, Gustave de; compara­ causas de una posible división de la.
ción; distingos; Du sysiéme péniten- 123-126, 127. 133. 134-I3S. 137-
tiaire aux Elats-Unis; fuentes de 139, 140; posible consolidación,
Tocqueville; ideas de Tocqueville; 124,129-130.135; disolución inevita­
métodos de Tocqueville; pauperismo. ble, 126,129,130-131; fuerzas que
Tocqueville, castillo de, 17,39,43,46, la mantienen. 126,131; disminución
49. 199, 270. de su vigor, 126-129, 130-133, difi­
Tocqueville, condesa de, 39,60, 260. cultad de prever su futuro, 132; reco­
Tocqueville, Edouard de, 34, 36, 41, nocimiento de Tocqueville de su error
186, 188. acerca de la, 133; su análisis pesi­
Tocqueville, Hervé, conde de, 34, 56. mista, 133; la Unión no puede tener
143, 148, 151, 153, 154. 158, 160. una mayoría tiránica, 223; visión
195, 299. optimista de Tocqueville, 351
(n.60). Véase t. federal, gobierno, en
Tocqueville, madame de (Mane). Véa­ Norteamérica; federalismo norte­
se Mottley, Mary (Mane). americano; estados,
Tours, 49. urbes: en Norteamérica, 45,55,59,64.
trasccndentalistas, 374 (n. 18). 70.71,98.144,146,148,150.218-
transformación del continente ameri­ 219,223.236,238,368(n. 16); falta
cano, 5 7 ,5 8 ,5 9 ,6 0 ,6 1 ,6 3 ,6 4 ,6 5 , de grandes urbes en Norteamérica,
75,92,100,101,103,150,307,329 67. 68, 76; centros industriales de
(n. 26); efectos de la, 59-60, 64. Inglaterra, 100; peligros de las gran­
Véase t. comunicaciones, progreso de des ciudades, 138; barbarismo de las
las; mejoras interiores; revolución grandes ciudades, 248; la democracia
tecnológica, en Norteamérica; trans­ y las, 288, 291; temor norteameri­
porte, desarrollo del. cano por las grandes urbes, 330(n. 5),
transporte, desarrollo del, en Nortea­ 355 (n. 22). Véase t. capitales,
mérica, 92-96,97.98.103,151,340 utilidad. 67. 89. 258. 259. 265. 272.
(n. 20), 349 (n. 18), Véase t. comuni­ 311-312, 377 (n. 25), 385 (n. 10).
caciones, progreso de las; mejoras
interiores; transformación del conti­
nente americano. valores, 283,310; norteamericanos, 78,
tribunales de Norteamérica, 115-118, 244-245. Véase t. norteamericano,
127, 129-131, 179. 346 (n. 41). carácter; moeurs.
Véase t. judicial, poder, Corte Su­ “válvulade seguridad”, teoría de la, 67.
prema; procesos. Véase t. fronteras; Oeste, movi­
Tuckerman, Joseph, 147-151. miento hacia el.
turbamulta, 67, 237-238, 368 (n. 16); vapor, aplicación del, en Norteamérica,
en Francia, 165-166. Véase i. multi­ 92-93, 95, 96. Véase t. revolución
tud: masas: tiranía de la mayoría. tecnológica, en Norteamérica; trans­
formación del continente americano.
vapor, buques de, 55,60,61.70,92-93,
uniformidad, sistema de la, 144, 147, 338 (nn. 4, 5).
149, 150-151, 155, 156, 182; re­ Vaux, Roberts, 100.
chazo norteamericano del, 96; nuevo Vemeuil, roe de, 25, 32, 75.
despotismo y, 202. Véase t. centra­ veto, 127, 170, 216, 221, 366 (n. 3).
lización. Véase t. ejecutivo, poder, en Norte­
Unión, 54, 57, 67, 74, 95, 108-122, américa.
162, 176, 223, 236,241, 306, 328 viajes a Inglaterra, 299, 315 (n. 15),
(n. 22), 335 (n. 14), 347 (n. 58), 356 341 (n. 37); 1833,25,101,156,194-
424 INDICE ANALITICO

195; 1835, 36. 38. 101, 180-185. virtudes, 263,264,266,270; norteame­


195. ricanas, 46, 67,258,265-266; huma­
Victoria, la reina, 165. nas. 90; republicanas, 138,257-258,
vida política en Norteamérica, 28, 29, 259, 261,265-266, 300, 376 (n. 5);
57-58,59.67,331 (n. 8); experiencia no civilizadas, 262. Véase i. norte­
política práctica, 75,77,78,96,109, americano, carácter; moeurs.
110, 145-146. 151, 161-162, 172, Volney, C. F., 53, 56, 97.
236, 240, 245, 249, 259, 264-265, voto, derecho de. Véase electorales,
267; estimulada por la descentraliza­ derechos; sufragio.
ción, 144, 145, 157, 233-234, 235,
258, 265, 292. Véase I. norteameri­
cano, carácter; participación en los Walker, Timothy, 71, 84, 134, 140,
asuntos públicos. 167-168, 241, 299; ideas sobre el
Viejo Mundo, 143, 208, 249. federalismo norteamericano, 107,
ViUeneuve-Bargemont, A Iban de, 101. 113, 124. 125, 342 (n. 3).
violencia, 45,271,273,367 (n. 6), 373 Warden, D. B., 97.
(n. 31); la tiranía de la mayoría y la, Washington, ciudad de. 73, 107, 108,
218-219, 220, 225, 237, 238, 239, 129; la burocracia en la, 143.
241, 243, 245, 368 (n. 16). Washington, George, 26.
vírgenes, tierras. 26. 55. Véase t. Webster. Daniel. 128, 350 (n. 32).
ambiente.
Virginia. 66, 157, 170; virginianos,
83. Yonkers, Nueva York, 148.
INDICE GENERAL

Proemio, de George L. Pierson 9


Prefacio

P a rte P rim era


E l segundo viaje de T ocqueville a A mérica (1832-1840)
I. Escritura de la primera parte de L a dem ocracia 23
II. Reanudación de una obra en expansión 36

P a rte S eg u n d a
¿Cómo explicar a N orteamérica? O pinión de
T ocqueville acerca de ciertas “c a u s e s p h y s /q u e s "

III. Una hipótesis sopesada y rechazada 53


IV. Otras consideraciones sobre el ambiente 66
V. ¿Es la raza explicación suficiente del carácter
norteamericano? 80
VI. La transformación de un continente 92

P a rte Tercera
T ocqueville v la U nión: índole y futuro
DEL FEDERALISMO NORTEAMERICANO

VII. El vinculo entre los Estados y el Gobierno central 107


VIII. Un profeta equivocado 123
IX. ¿Qué tamaño puede tener una República? 134

P arte C uarta
L a DEMOCRACIA, LA CENTRALIZACIÓN
Y LOS DESPOTISMOS DEMOCRÁTICOS

X. La centralización y las libertades locales 143


XI. ¿En dónde ha de acumularse el poder? 165
XII. La centralización administrativa y algunos re­
medios 180
XIII. Las concepciones cambiantes de Tocqueville
acerca del despotismo democrático 196
425
426 INDICE

Parte Quinta
La democracia, el individuo y las masas
XIV, La tiranía de la mayoría 215
XV. La tiranía de la mayoría: algunas paradojas 236
XVI. La démocratie, ¿será el heraldo de una nueva
Edad Oscura? 247
XVII. Démocratie y égoisme 256
XVIII. Del égoisme al individualisme 269

Parte Sexta
Q ué significaba - démocratie" para T ocqueville
XIX. Algunos significados de démocratie 287
XX. El regreso de Tocqueville a Norteamérica 299
Notas 313
Bibliografía seleccionada 387
Indice analítico 401
Se terminó la im p re sió n de esta obra
en el mes de noviembre de 1984, en
“1.a Impresora Azteca", S. de R. I..
Poniente 140 N" (¡81-1, Col. Indus­
tria! Vallejo, 02300, México, D. F.
Se tiraron 5,000 ejemplares
'L A D E M O C R A C IA EN A M É R IC A
DE TOCQUEVILLE

A principios del siglo X IX , los Estados Unidos W ° r-


m aban aún "e l sueño de Eu rop a". Se habían consti­
tuido en una sociedad nueva, todavía mayormente
agraria, en la que parecían haber desaparecido las
enorm es desigualdades sociales que privaban aún en
el Viejo Continente. La curiosidad que inspiraba el nue­
vo país y el deseo de dar a conocer la "n u e v a socie­
d a d " allí surgida hizo que un joven noble francés, A le­
xis de Tocqueville (1 8 0 5 -1 8 5 9 ) aprovechara una c o ­
m isión oficial, investigar el sistem a penitenciario nor­
teamericano, para "e xam inar al detalle y en la forma
m ás científica posible, todos los m ecanism os que ri­
gen esta vasta sociedad, de la cual habla todo el
m undo pero nadie conoce.Y silo s acontecim ientos nos
dan el tiempo necesario, traer los elem entos para e s­
cribir un bon ouvrage o, al menos, una obra nueva
puesto que no existe nada al resp ecto ".

FONDO DE CULTURA ECONOMICA

1 V

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