EFICIENCIA — Paul Heyne
Para los economistas, la eficiencia es una relación entre fines y medios. Cuando decimos
que una situación es ineficiente, estamos afirmando que podríamos conseguir los fines
deseados empleando menos medios, o que los medios empleados podrían producir más fines.
En este contexto menos y más se refieren necesariamente a un menor o mayor valor. Así, la
eficiencia económica se mide no por la relación existente entre cantidades físicas de los fines
y los medios, sino por la relación existente entre el valor de los fines y el valor de los
medios.
Términos tales como efïciencia técnica o eficiencia objetiva no tienen sentido. Desde un punto
de vista estrictamente técnico o físico, cada proceso es perfectamente eficiente. El promedio
entre el output físico (fines) y el input físico (medios) es necesariamente igual a uno, tal como
la ley de la termodinámica nos recuerda. Consideremos un ingeniero que juzga una máquina
más eficiente que otra porque una produce más output trabajo por unidad de input energía. El
ingeniero está implícitamente contando únicamente el trabajo útil realizado.
Útil, por supuesto, es un término valorativo. La inevitable naturaleza valorativa del concepto
suscita una pregunta fundamental para cada intento de hablar acerca de la eficiencia de
cualquier proceso o institución: ¿qué valoraciones debemos utilizar, y cómo debemos
ponderarlas? La eficiencia económica hace uso de valoraciones monetarias. Hace
referencia a la relación existente entre el valor monetario de los fines y el valor monetario de
los medios. Las valoraciones que cuentan son, por lo tanto, las valoraciones de aquellos que
desean y pueden apoyar sus preferencias ofreciendo dinero.
Desde esta perspectiva, un trozo de terreno es usado con la máxima eficiencia económica
cuando cae bajo el control de la parte que desea (y por tanto puede) pagar la mayor
cantidad de dinero para obtener este control. La prueba de que un determinado recurso está
siendo usado eficientemente es que no existe nadie dispuesto a pagar más para destinarlo a
cualquier uso distinto.
Aquellos que objetan que ésta es una definición de eficiencia extremadamente limitada, a
menudo fallan al no reconocer que cada concepto de eficiencia tiene que emplear alguna
medida de valor. La medida monetaria utilizada por la economía resulta ser a la vez amplia y
útil. Nos permite tener en cuenta y comparar las evaluaciones hechas por distintas personas y
responderles apropiadamente.
¿Qué clase de estructura debería hallarse en la esquina de la Quinta Avenida y Main? ¿Una
gasolinera, un condominio, una floristería, un restaurante? El propietario puede tomar una
decisión defendible incluso si todo el mundo en la ciudad de Nueva York tiene una
preferencia ligeramente distinta. El propietario simplemente acepta la mayor oferta monetaria
de entre las efectuadas por los diversos posibles usuarios del terreno (el florista, el
restaurador). Una cooperación social efectiva requiere comparaciones interpersonales de valor
y los valores monetarios nos aportan un común denominador que funciona
extraordinariamente bien.
Los prerrequisitos cruciales para la formación de esos valores monetarios son la
propiedad privada de los recursos y la existencia de derechos de intercambio de la
propiedad prácticamente ilimitados. Cuando se satisfacen estas condiciones, los distintos
deseos de utilización de los recursos que se hallan en competencia fijan precios monetarios
que indican el valor de cada recurso en su uso actual. Aquellos que creen que unos recursos
concretos estarían empleados de forma más valiosa (más eficiente) en cualquier otro uso
pueden subir el precio y apartarlos así de sus actuales usuarios.
En los años treinta, por ejemplo, un pequeño grupo de gente que valoraba altamente los
halcones compró una montaña en Pennsylvania, y así ésta pasó de ser una zona de caza del
halcón a una especie de santuario para los halcones. Hoy en día, las leyes protegen a los
halcones y a otros depredadores, pero en los años treinta los halcones se hallaban en peligro de
desaparición porque se les perseguía por comerse las gallinas. Si la única opción disponible
para aquellos que formaron la Asociación para la Montaña Santuario de Halcones en 1934
hubiera consistido en la presión a políticos y opinión pública para que cambiaran las leyes,
hoy en día los halcones posiblemente habrían desaparecido de esa área. La asociación fue
capaz de salvar a los halcones porque sus miembros demostraron, a través de sus ofertas
monetarias, que un santuario-refugio era el uso más eficiente (es decir, el más valioso
monetariamente) para la montaña.
Quizás la importancia de la propiedad privada en la consecución de la eficiencia económica
puede ser vista más claramente mirando qué pasa cuando tratamos de trabajar juntos sin un
sistema efectivo para asignar valores monetarios a los recursos. Tomemos el ejemplo del
tráfico automovilístico urbano. ¿Cómo podemos llegar a un juicio acerca de la eficiencia
o ineficiencia del sistema de ordenación del tráfico cuando tenemos que comparar la
conveniencia para una persona con el retraso para otra, el ahorro en el tiempo de
desplazamiento al trabajo para alguien con el monóxido de carbono que otros tienen que
inhalar, las intensas molestias para alguna persona con el placer que otros experimentan?
Descubrir si Jack valora el aire limpio más que lo que Jill valora un trayecto rápido requiere
un amplio conjunto de indicadores de valores interpersonales. El transporte urbano crea
congestión y problemas de contaminación atmosférica en nuestra sociedad porque no hemos
desarrollado un procedimiento funcional para ponderar y comparar las valoraciones positivas
y negativas de las distintas personas.
El elemento crucial que nos falta es la propiedad privada. Como muchos de los recursos
clave que los viajeros urbanos usan no son de propiedad privada, los viajeros no están
obligados a ofertar por su uso y pagar un precio que refleja su valor a los demás. Los usuarios
no pagan precios monetarios por recursos tales como el aire urbano y las calles urbanas.
Por lo tanto, tales bienes son utilizados como si fueran recursos libres (véase “La
Tragedia de los Comunes”). Pero su uso impone Costes en todos aquellos que han sido
privados de su uso. En ausencia de precios monetarios para recursos escasos tales como
las calles y el aire, los habitantes de la ciudad «son conducidos por una mano invisible a
promover un fin que no era parte de su intención», aplicando la famosa generalización
de Adam Smith. En este caso, sin embargo, el fin no es el interés público sino un
resultado que nadie desea.
Los críticos de la eficiencia económica argumentan que es una guía muy pobre para la política
pública porque ignora valores importantes que no son el dinero. Destacan, por ejemplo, que la
viuda rica que aparta la leche escasa de la madre de un bebé desnutrido para limpiar sus
diamantes estaría promoviendo la eficiencia económica. Este ejemplo es forzado, cuando
menos porque la búsqueda de la eficiencia económica casi siempre hace que la leche sea
disponible tanto para el bebé como para la viuda. Muchos economistas estarán de acuerdo en
que ejemplos tan dramáticos pueden recordarnos que la eficiencia económica no es el bien
más importante en la vida, pero esto no significa que haya que descartar el concepto.
Las intuiciones morales que nos permiten arbitrar fácilmente entre el hambre del niño y la
vanidad de la mujer no pueden resolver los innumerables problemas que surgen cada día
cuando millones de personas intentan cooperar en el uso de medios escasos con varios usos
posibles para alcanzar distintos fines. Es más, la extraordinaria proeza de la cooperación social
que, de hecho, hace que la leche entera sea disponible para los niños hambrientos muy
alejados de cualquier vaca, sería imposible en ausencia de valores monetarios que expresan y
promueven la eficiencia económica. La utilidad social de unos derechos de propiedad bien
definidos, el intercambio libre, y el sistema de precios monetarios relativos que emergen de
estas condiciones ha sido, quizás, demostrado de la forma más convincente por el fracaso
estrepitoso en el siglo veinte de aquellas sociedades que intentaron funcionar sin ellos.
DERECHOS DE PROPIEDAD — Armen A. Alchian
Uno de los requisitos más fundamentales de un sistema económico capitalista -y uno de los
conceptos más mal entendidos- es un sistema fuerte de derechos de propiedad. Durante
décadas, los críticos sociales de los Estados Unidos y de todo el mundo occidental se han
quejado de que los derechos de «propiedad» tienen a menudo preferencia sobre los derechos
«humanos», con el resultado de que la gente es tratada con desigualdad y no tienen las mismas
oportunidades. Las desigualdades existen en cualquier sociedad. Pero el supuesto conflicto
entre derechos de propiedad y derechos humanos es un espejismo: los derechos de
propiedad son derechos humanos.
La definición, adjudicación y protección de los derechos de propiedad es uno de los temas
más complejos y difíciles que cualquier sociedad tenga que resolver, pero es uno que debe
resolverse de alguna forma. En su mayor parte los críticos sociales de los derechos de
«propiedad» no desean abolir estos derechos.
Más bien desean transferirlos de la propiedad privada a la propiedad del gobierno. Algunas
transferencias a la propiedad pública lo al control, que es similar) vuelven una economía más
efectiva. Otras la vuelven menos efectiva. El peor resultado se produce con mucho cuando los
derechos de propiedad son abolidos realmente (véase La Tragedia de los Comunes).
Un derecho de propiedad es la autoridad exclusiva de determinar cómo se usa un
recurso, ya sea este recurso propiedad del gobierno o de un individuo o individuos. La
sociedad aprueba los usos seleccionados por el poseedor del derecho de propiedad con la
fuerza gubernamental administrada y con el ostracismo social. Si el recurso es propiedad del
gobierno, el agente que determina su uso tiene que actuar bajo un conjunto de reglas
determinadas, en los Estados Unidos, por el Congreso o por las agencias ejecutivas a las que
ha encargado este papel.
Los derechos de propiedad privada tienen otros dos atributos además de determinar el
uso de un recurso. Uno es el derecho exclusivo a los servicios del recurso. Así, por
ejemplo, el propietario de un apartamento con derechos de propiedad completos tiene el
derecho a determinar si alquilarlo o no y si lo hace, a qué inquilino alquilárselo; si vivir él
mismo en él; o si usarlo para cualquier otro fin pacifico. Es decir, el derecho a determinar su
uso. Si el propietario alquila el apartamento, tiene también derecho a todos los rendimientos
del alquiler de la propiedad. Es decir, el derecho a los servicios del recurso (la renta).
Finalmente, los derechos de una propiedad privada incluyen el derecho a delegar, alquilar o
vender cualquier porción de los derechos por intercambio o donación a cualquier precio que el
propietario determine (siempre que alguien esté dispuesto a pagar ese precio). Si yo no puedo
comprarle a usted algunos derechos y en consecuencia usted no tiene permitido venderme esos
derechos, los derechos de propiedad privada son reducidos. Así, los tres elementos básicos de
la propiedad privada son : 1) exclusividad de los derechos de elección del uso de un
recurso, (2) exclusividad de los derechos de los servicios de un recurso, y (3) derecho de
intercambiar el recurso bajo unos términos mutuamente aceptables.
El Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha vacilado acerca de este tercer aspecto de los
derechos de propiedad. Pero, no importa qué palabras utilice la justicia para racionalizar
recientes decisiones, el hecho es que limitaciones tales como controles de precios y
restricciones al derecho de vender a términos mutuamente aceptables son reducciones de los
derechos de propiedad privada. Muchos economistas (yo entre ellos) creen que la mayor parte
de tales restricciones sobre los derechos de propiedad van en detrimento de la sociedad. He
aquí algunas algunas razones del porqué.
Bajo un sistema de propiedad privada, los valores de mercado de una propiedad reflejan las
preferencias y las demandas del resto de la sociedad. No importa quién sea el propietario, el
uso del recurso se ve influenciado por lo que el resto del público piensa que es su uso más
valioso. La razón es que un propietario que elige algún otro uso debe desechar ese uso más
valorado, y el precio que los otros le pagarán por el recurso o por su uso. Esto crea una
interesante paradoja: aunque la propiedad recibe el nombre de «privada», las decisiones
privadas se basan en una evaluación pública, o social.
La finalidad fundamental de los derechos de propiedad, y su logro fundamental, es que
eliminan la competencia destructiva por el control de los recursos económicos. Los derechos
de propiedad bien definidos y bien protegidos reemplazan la competencia a través de la
violencia por la competencia a través de métodos pacíficos.
La extensión y el grado de los derechos de propiedad privada afectan fundamentalmente al
modo en que la gente compite por el control de los recursos. Con unos derechos de propiedad
privada más completos, los valores de intercambio del mercado se vuelven más influyentes. El
status personal y los atributos personales de la gente que compite por un recurso importan
menos debido a que su influencia puede eliminarse ajustando el precio.
En otras palabras, unos derechos de propiedad más completos hacen la discriminación más
costosa. Considere el caso de una mujer negra que desea alquilar un apartamento a un casero
blanco. Tendrá más facilidades de hacerlo cuando el casero tenga el derecho de establecer la
renta a cualquier nivel que desee.
Aunque el casero tal vez prefiriera a un inquilino blanco, la mujer negra puede eliminar esta
desventaja ofreciendo un alquiler más alto. Un casero que acepte a un inquilino blanco por un
alquiler más bajo pagará por discriminar.
Pero si el gobierno impone controles sobre los alquileres que mantienen la renta por debajo
del nivel de mercado libre, el precio que paga el casero por discriminar se reduce
posiblemente a cero. El control de la renta no reduce mágicamente la demanda de
apartamentos. En vez de ello, reduce toda habilidad del inquilino potencial de competir
ofreciendo más dinero. El casero, ahora incapaz de recibir todo el precio que se le puede
ofrecer, discriminará en favor de los inquilinos cuyas características personales -como edad,
sexo, etnia y religión- favorezca. Ahora la mujer negra que busca un apartamento no puede
eliminar la desventaja del color de su piel ofreciendo pagar un alquiler más alto.
La competencia por los apartamentos no queda eliminada por el control de los alquileres. Lo
que cambia es la «acuñación» de la competencia. La restricción de los derechos de propiedad
privada reduce la competencia basada en los intercambios monetarios para bienes y servicios e
incrementa la competencia basada en las características personales.
Más generalmente, la debilitación de los derechos de propiedad privada incrementan el papel
de las características personales induciendo a los vendedores a discriminar entre compradores
en competencia y a los compradores a discriminar entre los vendedores.
Los dos extremos en los derechos de propiedad privada debilitados son el socialismo y los
recursos de «propiedad común». Bajo el socialismo, los agentes del gobierno -asignados por el
propio gobierno- ejercen el control sobre los recursos. Los derechos de estos agentes de tomar
decisiones acerca de la propiedad que controlan se hallan altamente restringidos. La gente que
piensa que puede emplear los recursos para usos más valiosos no puede hacerlo adquiriendo
los derechos porque los derechos no están a la venta a ningún precio. Puesto que los gestores
socialistas no ganan cuando el valor de los recursos que gestionan se incrementa, y no pierden
cuando el valor disminuye, tienen pocos incentivos para efectuar cambios en los valores
revelados por el mercado. En consecuencia, el uso de los recursos se halla más influenciado
por las características y los rasgos personales de los agentes que los controlan. Consideremos,
en este caso, el gestor socialista de una granja colectiva. Trabajando todas las noches durante
una semana, podría ganar un millón de rublos de beneficios adicionales disponiendo el
transporte del trigo de la granja hasta Moscú antes de que se pudra. Pero si ni el gestor ni
aquellos que trabajan en la granja tienen derecho a siquiera una parte de este beneficio
adicional, lo más probable es que se vaya cada noche a casa temprano y deje que la cosecha se
pudra, cosa que no haría el gestor de una granja capitalista.
De un modo similar, la propiedad común de los recursos -ya sea en lo que era antiguamente la
Unión Soviética o en los Estados Unidos- no proporciona a nadie un fuerte incentivo para
conservar los recursos. Una pesquería que no pertenece a nadie, por ejemplo, se verá afectada
por un exceso de pesca. La razón es que un pescador que normalmente devuelve al agua los
peces pequeños para aguardar a que crezcan es poco probable que obtenga ningún beneficio
de esa espera. Si no lo hace él, algún otro pescador pescará el pez. Lo mismo es cierto para
otros recursos comunes, ya sean manadas de búfalos, petróleo en el subsuelo o aire limpio.
Todo será usado en exceso.
De hecho, una de las razones principales para el espectacular fracaso de las recientes reformas
económicas en la Unión Soviética es que los recursos pasaron de tacto de la propiedad del
gobierno a una propiedad común. ¿Cómo? Convirtiendo de facto las rentas del gobierno
soviético en un recurso común. El economista de Harvard Jeffrey Sachs, que actuó como
consejero del gobierno soviético, ha señalado que cuando los gestores soviéticos de las
empresas socialistas recibieron permiso para abrir sus propios negocios pero siguieron
actuando como gestores de los negocios del gobierno, sorbieron los beneficios de los negocios
del gobierno a sus compañías privadas.
Miles de gestores haciendo esto causaron un tremendo déficit presupuestario al gobierno
soviético. En este caso, el recurso que ningún gestor tenía incentivos para conservar eran las
rentas del gobierno soviético. De un modo similar, las plusvalías impropiamente adjudicadas
para los seguros de depósitos en los Estados Unidos proporcionan a los bancos y sociedades
de ahorro y crédito un incentivo para conceder créditos excesivamente arriesgados y para
tratar los fondos del seguro de depósitos como un recurso «común». Los derechos de
propiedad privada de un recurso no necesitan pertenecer a una sola persona. Pueden ser
compartidos, con cada persona compartiendo una fracción especificada del valor de mercado,
mientras que las decisiones acerca de sus usos son tomadas mediante cualquier proceso que el
grupo considere deseable. Uno de los principales ejemplos de estos derechos de propiedad
compartidos son las sociedades. En una sociedad de responsabilidad limitada, las acciones
están especificadas y los derechos a decidir cómo usar los recursos de la compañía son
delegados a su dirección. Cada accionista posee el derecho no restringido de vender su
participación. La responsabilidad limitada aísla la participación de cada accionista de las
responsabilidades de los demás accionistas, y así facilita la venta y la compra anónimas de las
acciones.
En otros tipos de empresas, especialmente donde la participación de cada miembro dependerá
únicamente del comportamiento de cada uno de los demás miembros, los derechos de
propiedad en los esfuerzos del grupo son vendibles únicamente si los miembros existentes
aprueban al comprador. Esto es típico de las llamadas a menudo joint ventures, «mutuas» y
consorcios.
Aunque los derechos de propiedad más completos son preferibles a los derechos menos
completos, cualquier sistema de derechos de propiedad entraña una considerable complejidad
y muchos temas que resultan difíciles de resolver. Si yo manejo una fábrica que emite humos,
malos olores o ácidos atmosféricos sobre las tierras de usted, ¿estoy usando sus tierras sin su
permiso? Esto resulta difícil de responder.
El coste de establecer derechos de propiedad privada -de modo que yo pueda pagarle a usted
un precio mutuamente aceptable por polucionar su aire- puede resultar demasiado caro. El
aire, las aguas subterráneas y las radiaciones electromagnéticas, por ejemplo, son caros de
monitorear y controlar. En consecuencia, una persona no goza de derechos de propiedad
privada exigibles con efectividad sobre la calidad y las condiciones de cierto volumen de aire.
La incapacidad de monitorear a un coste efectivo y controlar los usos de sus recursos significa
que los derechos de «su» propiedad sobre «su» tierra no son tan extensos y fuertes como lo
son sobre algunos otros recursos, como muebles, zapatos o automóviles. Cuando los derechos
de propiedad privada son imposibles o demasiado costosos de establecer y defender, se
necesitan medios substitutos de control. La autoridad del gobierno, expresada por los agentes
del gobierno, es uno de estos métodos más comunes. De ahí la creación de leyes
medioambientales.
Según las circunstancias, algunas acciones pueden ser consideradas invasiones de la intimidad,
transgresiones o agravios. Si yo busco refugio y seguridad para mi barco en el muelle de usted
durante una tormenta repentina y severa en un lago, ¿he invadido «sus» derechos de
propiedad, o esos derechos no incluyen el derecho de impedir ese uso? Las complejidades y
variedades de circunstancias hacen imposible una clara definición del conjunto de derechos de
propiedad de una persona con respecto a los recursos.
De un modo similar, el conjunto de recursos sobre los cuales pueden basarse los derechos de
propiedad no están bien definidos. Ideas, melodías y procesos, por ejemplo, casi no cuestan
nada de reproducir explícitamente (coste de producción cercano a cero) e implícitamente (no
se excluyen otros usos). Como resultado de ello, típicamente no están protegidos como
propiedad privada excepto para un término fijo de años bajo una patente o copyright.
Los derechos de propiedad privada no son absolutos. La regla contra las «manos muertas» o la
regla contra la perpetuidad son un ejemplo. No puedo especificar cómo serán usados los
recursos de los que soy propietario en un futuro indefinidamente distante. Bajo nuestro
sistema legal, sólo puedo especificar el uso durante un número limitado de años después de mi
muerte o de la muerte de la gente que vive actualmente. No puedo aislar el uso de un recurso
de la influencia de los valores de mercado de todas las generaciones futuras. La sociedad
reconoce los precios de mercado como mediciones de la deseabilidad relativa del uso de los
recursos. Sólo hasta el punto de que son vendibles estos derechos pueden revelarse
plenamente esos valores.
Acompañando y a la vez en conflicto con el deseo de asegurar los derechos de propiedad
privada para uno mismo está el deseo de adquirir más riqueza «tomando» de otros. Esto se
consigue a través de la conquista militar y por la reasignación forzada de derechos a recursos
(conocida también como robar). Pero esta coerción es antitética a -antes que característica de-
un sistema de derechos de propiedad privada. Una reasignación forzada significa que los
derechos existentes no han sido adecuadamente protegidos.
Los derechos de propiedad privada no entran en conflicto con los derechos humanos. Son
derechos humanos. Los derechos de propiedad privada son los derechos de los seres humanos
de usar bienes específicos y de intercambiarlos. Cualquier limitación sobre los derechos de
propiedad privada hace oscilar el equilibrio del poder de los atributos impersonales hacia los
atributos personales y hacia el comportamiento que aprueban las autoridades políticas. Esto es
una razón fundamental para la preferencia de un sistema de fuertes derechos de propiedad
privada: los derechos de propiedad privada protegen la libertad individual.
LA TRAGEDIA DE LOS COMUNES — Garrett Hardin
En 1974 el público en general obtuvo una ilustración gráfica de la «tragedia de los comunes»
en una serie de fotos de la Tierra tomadas desde un satélite. Las fotos del norte de África
mostraban una mancha oscura irregular, de mil kilómetros cuadrados de extensión. Las
investigaciones a nivel del suelo revelaron un área cercada dentro de la cual había abundancia
de hierba. Fuera, la cubierta del suelo había sido devastada.
La explicación era simple. El área cercada era una propiedad privada, subdividida en cinco
porciones. Cada año, los propietarios trasladaban a sus animales a una nueva sección. Períodos
de barbecho de cuatro años proporcionaban a los pastos tiempo para recuperarse. Las cosas se
hacían así porque los propietarios habían tenido un incentivo para cuidar de sus tierras. Pero,
fuera del rancho, nadie era propietario de la tierra. Estaba abierta a los nómadas y sus
rebaños. Aunque no sabían nada de Karl Marx, los pastores seguían su famoso consejo de
1875: «a cada cual según sus necesidades». Sus necesidades eran incontroladas y crecían con
el incremento del número de animales. Pero la oferta estaba gobernada por la naturaleza, y
decreció drásticamente durante la sequía de principios de los setenta. Los rebaños excedían la
capacidad natural de su entorno, el suelo estaba compactado y erosionado, y las malas hierbas,
no adecuadas para el consumo del ganado, reemplazaban a las plantas buenas. Mucho ganado
murió, y lo mismo ocurrió con los humanos.
La explicación racional para esta ruina se dio hace más de 150 años. En 1832 William Foster
Lloyd, un economista político de la Universidad de Oxford, examinando la recurrente
devastación de los pastos comunes (es decir, no de propiedad privada) en Inglaterra, preguntó:
«¿Por qué el ganado de un común es tan débil y atrofiado? ¿Por qué el común en sí está tan
pelado, y pastado de forma tan diferente de los cercados adjuntos?».
La respuesta de Lloyd suponía que cada explotador humano del común estaba guiado por el
egoísmo. En el punto en que se alcanzaba la capacidad máxima de los comunes, un pastor
podía preguntarse a sí mismo: «¿Debo añadir otro animal a mi rebaño?». Puesto que el
pastor era propietario de sus animales, los beneficios de hacerlo repercutirían
únicamente sobre él. Pero las pérdidas incurridas en sobrecargar los pastos serian
«comunizadas» entre todos los pastores. Puesto que el beneficio privatizado excedería de su
parte de la pérdida comunizada, un pastor egoísta añadiría otro animal a su rebaño, y
razonando de igual modo, lo mismo harían todos los demás pastores. Finalmente, la propiedad
común se vería arruinada. Incluso cuando los pastores comprenden las consecuencias a largo
plazo de sus acciones, en general son impotentes de impedir el daño sin algunos medios
coercitivos de controlar las acciones de cada individuo. Los idealistas pueden apelar a los
individuos atrapados en ese sistema, pidiéndoles que dejen que los efectos a largo plazo
gobiernen sus acciones. Pero cada individuo debe primero sobrevivir a corto plazo. Si todos
aquellos que toman decisiones fueran calculadores idealistas y no egoístas, una distribución
gobernada por la regla «a cada cual según sus necesidades» podría funcionar. Pero nuestro
mundo no es así. Como dijo James Madison en 1788, «si los hombres fueran ángeles, no seria
necesario ningún gobierno». Es decir, si todo-1 los hombres fueran ángeles. Pero, en un
mundo en el que todos los recursos son limitados, un solo no ángel en los comunes estropea el
entorno para todos.
El proceso de deterioro se produce en dos estadios. En primer lugar, el no ángel obtiene un
beneficio de su «ventaja competitiva» (perseguir su propio interés a expensas de los demás)
sobre los ángeles. Luego, cuando los hasta entonces nobles ángeles se dan cuenta de que están
perdiendo, algunos de ellos renuncian a su comportamiento angélico. Intentan obtener su parte
de los comunes antes de que lo hagan sus competidores. En otras palabras, cada sistema de
distribución funcional debe enfrentarse al desafío del egoísmo humano. Unos comunes no
gestionados en un mundo de riqueza material limitada y deseos ilimitados termina
inevitablemente en la ruina. Justifica inevitablemente el epíteto tragedia que introduje en
1968. Allá donde un sistema de distribución funciona mal, deberíamos buscar algún tipo de
comunes. Las poblaciones de peces en el océano se han visto diezmadas debido a que la gente
ha interpretado que la «libertad de los mares» incluía un derecho ilimitado a pescarlos. Los
caladeros eran, a todos los efectos, unos comunes. En los años setenta, las naciones empezaron
a afirmar su derecho único a pescar hasta una distancia de doscientas millas de sus costas (en
vez de las tradicionales tres millas). Pero estos derechos exclusivos no eliminaron el problema
de los comunes. Simplemente restringieron los comunes a naciones individuales. Cada nación
tiene todavía el problema de adjudicar derechos de pesca entre su propia gente sobre una base
no comunizada. Si cada gobierno concediera la propiedad de los peces dentro de un área
determinada, de modo que un propietario pudiera denunciar a aquellos que se inmiscuyeran en
ellos, los pescadores tendrían un incentivo para refrenarles de pescar en demasía. Pero los
gobiernos no hacen eso. En vez de ello, a menudo estiman el máximo de pesca soportable y
luego restringen pescar o bien durante un número fijado de días o una cantidad mayor que
unas capturas [ijadas. Ambos sistemas dan como resultado una enorme inversión excesiva en
barcos de pesca y equipo a medida que los pescadores individuales compiten por atrapar su
pesca lo más rápidamente posible.
Algunos de los pastos comunes de la antigua Inglaterra estaban protegidos de la ruina por la
tradición de la restricción, la limitación de cada pastor a un número fijo de animales (no
necesariamente el mismo para todos). Tales casos son conocidos como «comunes
gestionados», que es el equivalente lógico del socialismo. Visto de este modo, el socialismo
puede ser bueno o malo, según la calidad de la gestión. Como con todas las cosas humanas, no
hay garantía de una excelencia permanente. Es preciso tener constantemente en cuenta la
antigua advertencia romana: Quis custodiet ipsos custodes? «¿Quién vigila a los que vigilan?».
Bajo circunstancias especiales, incluso unos comunes no gestionados pueden funcionar
bien. El requisito principal es que no haya escasez de bienes. Los antiguos hombres de la
frontera en las colonias norteamericanas mataron tanta caza como desearon sin poner en
peligro el aprovisionamiento, pues la multiplicación de los animales mantenía un ritmo parejo
a sus necesidades. Pero a medida que creció la población humana, fue preciso gestionar la
caza. Así, la relación entre oferta y demanda es de importancia crítica. La escala de los
comunes (el número de gente que los usa) también es importante, como revela un examen de
las comunidades hutteritas. Esta gente devotamente religiosa del noroeste de los Estados
Unidos vive según la fórmula de Marx: «De cada cual según su habilidad, a cada cual según
sus necesidades». (sin embargo, no le atribuyen el crédito a Marx; un lenguaje similar puede
hallarse en distintos lugares de la Biblia) A primera vista, las colonias hutteritas parecen
comunes realmente no gestionados. Pero las apariencias son engañosas. El número de gente
implicada en las unidades de decisión es crucialmente importante. A medida que el tamaño de
una colonia se acerca a los 150, los hutteritas individuales empiezan a subcontribuir según sus
habilidades y a sobreexigir según sus necesidades. La experiencia de las comunidades
hutteritas indica que por debajo de las 150 personas, el sistema de distribución puede ser
manejado por la vergüenza; por encima de este número aproximado, la vergüenza pierde su
efectividad.
Si algún grupo puede hacer que un sistema comunístico funcione, una comunidad
ardientemente religiosa como los hutteritas debería ser capaz de ello. Pero los números son la
némesis. En términos de Madison, los miembros no angélicos corrompen entonces a los
angélicos. Siempre que el tamaño altera las propiedades de un sistema, los ingenieros hablan
de un «efecto de escala». Un efecto de escala, basado en la psicología humana, limita la
funcionalidad de los sistemas comunísticos. Incluso cuando se comprenden las limitaciones de
los comunes, hay áreas en las cuales la reforma es difícil. Nadie es propietario de la atmósfera
de la Tierra. En consecuencia, ésta es tratada como un basurero común en el cual todo el
mundo puede descargar sus desechos. Entre las consecuencias no deseadas de este
comportamiento están la lluvia ácida, el efecto invernadero, y la erosión de la capa protectora
de ozono de la Tierra. Las industrias e incluso las naciones consideran el limpiar las descargas
industriales como algo prohibitivamente caro. Los océanos también son tratados como un
basurero común. Sin embargo, seguir defendiendo la libertad de polucionar conducirá
finalmente a la ruina para todos. Las naciones apenas están empezando a desarrollar controles
para limitar este daño.
La tragedia de los comunes ha surgido también en la crisis de las entidades de ahorro y
crédito. El gobierno federal creó esta tragedia formando la Corporación Federal de Seguros de
Ahorro y Crédito (FSLIC). La FSLIC alivió a los depositarios de las entidades de ahorro y
crédito (S&L) de las preocupaciones acerca de la seguridad de su dinero garantizándoles que
utilizaría el dinero de los contribuyentes para devolverles el suyo si una S&L se declaraba en
bancarrota. A todos los efectos, el gobierno convirtió el dinero de los contribuyentes en unos
comunes que las S&L y sus depositantes podían explotar. Las S&L tenían el incentivo de
efectuar inversiones abiertamente arriesgadas, y los depositantes no tenían que preocuparse
porque no soportaban el coste. Esto, combinado con una vigilancia federal poco escrupulosa
de las S&L, condujo a una amplia serie de quiebras. Las pérdidas fueron «comunizadas» entre
los contribuyentes de la nación, con serias consecuencias para el presupuesto federal. La
congestión en las carreteras públicas que no cobran peaje es otro ejemplo de una tragedia de
los comunes creada por el gobierno. Si las carreteras fueran de propiedad privada, los
propietarios cobrarían peajes y la gente podría tener en cuenta ese peaje a la hora de decidir si
usarlas. Los propietarios de las carreteras privadas podrían establecer un llamado precio de
hora punta, cobrando precios más altos durante los momentos de mayor congestión y precios
más bajos en otros momentos. Pero debido a que el gobierno es el propietario de las carreteras
que financia con los dólares de los impuestos, normalmente no cobra peajes. El gobierno
convierte las carreteras en comunes. El resultado es congestión.
BIENES PÚBLICOS Y EXTERNALIDADES — Tyler Cowen
La mayoría de las discusiones económicas acerca de la intervención del gobierno se basan en
la idea de que el mercado no puede proporcionar bienes públicos o manejar
externalidades. Los programas de sanidad pública y de bienestar, educación, carreteras,
investigación y desarrollo, y un entorno limpio, han sido todos ellos etiquetados como
bienes públicos.
Los bienes públicos tienen dos aspectos distintos: «no exclusión» y «consumo no
competitivo». No exclusión significa que quienes no pagan no pueden ser excluidos de los
beneficios del bien o servicio. Si un empresario prepara un espectáculo de fuegos artificiales,
por ejemplo, la gente puede ver el espectáculo desde su ventana o desde su patio de atrás.
Puesto que el empresario no puede cobrar una entrada por el espectáculo, puede que los
fuegos artificiales no lleguen a celebrarse nunca, aunque la demanda del show sea grande.
El ejemplo de los fuegos artificiales ilustra el problema del «usuario gratuito». Aunque se
demuestre que los fuegos artificiales valen diez dólares por persona, nadie le pagará diez
dólares al empresario. Cada persona buscará ser un «usuario gratuito» y dejar que otros
paguen por el espectáculo, y luego lo contemplará gratis desde su patio de atrás.
Si el problema del usuario gratuito no puede resolverse, los bienes y servicios valiosos, los
que la gente desea y por los cuales estaría dispuesta a pagar, permanecerían sin producir.
El segundo aspecto de los bienes públicos es lo que los economistas llaman consumo no
competitivo. Supongamos que el empresario consigue excluir a los no contribuyentes de
contemplar el espectáculo (quizás el espectáculo sólo pueda verse desde un campo privado).
Se cobrará un precio por entrar en el campo, y la gente que no esté dispuesta a pagar este
precio será excluida. Si el campo es lo suficientemente grande, sin embargo, la exclusión será
ineficaz puesto que incluso aquellos que no paguen podrían contemplar el espectáculo sin
incrementar el coste del mismo ni disminuir la diversión de los demás. Esto es el consumo
no competitivo para ver el espectáculo.
Las externalidades se producen cuando las acciones de una persona afectan el bienestar
de otra persona y los costes y beneficios relevantes no quedan reflejados en los precios de
mercado. Una externalidad positiva surge cuando mis vecinos se benefician de que yo limpie
mi patio. Si yo no puedo cobrarles por estos beneficios, no limpiaré el patio tan a menudo
como a ellos les gustaría, (Observe que el problema del usuario gratuito y las externalidades
positivas son dos caras de la misma moneda.) Una externalidad negativa surge cuando las
acciones de una persona perjudican a otra. Cuando polucionan, los propietarios de una fábrica
puede que no tomen en consideración los costes que la polución impone a los demás. Los
debates políticos se enfocan normalmente en los problemas del usuario gratuito y las
externalidades, que son considerados problemas mucho más serios que el consumo no
competitivo.
Aunque mucha gente no es consciente de ello, los mercados resuelven a menudo los
problemas de bienes públicos y externalidades en toda una variedad de formas. Los
hombres de negocios resuelven frecuentemente los problemas del usuario gratuito
desarrollando métodos de excluir a quienes no pagan de los beneficios de un bien o servicio.
Los servicios de televisión por cable, por ejemplo, desmodulan sus transmisiones de modo
que quienes no estén suscritos no puedan recibir sus emisiones. A lo largo de toda la historia y
también hoy las carreteras privadas se han financiado cobrando peajes a sus usuarios. Otros
supuestos bienes públicos, como los servicios de protección y contra incendios, son
vendidos frecuentemente al sector privado sobre una base de tarifas.
También pueden proporcionarse bienes públicos uniéndolos a la compra de bienes privados.
Las galerías comerciales, por ejemplo, proporcionan a los compradores una variedad de
servicios que tradicionalmente son considerados bienes públicos: iluminación, servicios de
protección, bancos y salas de descanso, por ejemplo. Cobrar directamente por cada uno de
estos servicios no seria práctico.
En consecuencia, las galerías comerciales financian los servicios a través de las ventas de los
bienes privados en ellas. Los bienes públicos y privados están «unidos». Los condominios
privados y las comunidades de jubilados son también ejemplos de instituciones de mercado
que unen los bienes públicos a los servicios privados. Sus miembros pagan tarifas mensuales
que les proporcionan toda una variedad de servicios públicos.
Los faros son uno de los ejemplos más famosos que dan los economistas de bienes públicos
que no pueden ser proporcionados privadamente. Los economistas han argumentado que si los
propietarios de un faro privado intentaran cobrar a los propietarios de los barcos los servicios
de su faro, de ello se derivaría un problema de usuario gratuito.
Sin embargo, los faros a lo largo de la costa de Inglaterra en el siglo XIX eran de propiedad
privada. Los propietarios de los faros se dieron cuenta de que no podían cobrar sus servicios a
los propietarios de los barcos. Así que no intentaron hacerlo. En vez de ello, vendían sus
servicios a los propietarios y comerciantes del puerto más cercano. Los comerciantes del
puerto que no pagaban a los propietarios del faro para que encendieran las luces por la noche
tenían problemas en atraer los barcos a su puerto. Tal como estaban planteadas las cosas,
resulta que uno de los ejemplos más comúnmente utilizados por los instructores de economía
de un bien público que no puede ser proporcionado privadamente no es en absoluto un buen
ejemplo.
Otros problemas con los bienes públicos pueden resolverse definiendo los derechos de
propiedad individual en el recurso económico apropiado. Limpiar un lago polucionado, por
ejemplo, implica un problema de usuario gratuito si nadie es propietario del lago. Los
beneficios de un lago limpio son disfrutados por mucha gente, y a nadie pueden cobrarse estos
beneficios. Una vez existe un propietario, sin embargo, esa persona puede cobrar precios más
altos a pescadores, boteros, usuarios de instalaciones recreativas y otros que se benefician del
lago. Las masas de agua de propiedad privada son comunes en las Islas Británicas, donde, y
no es sorprendente, los propietarios de los lagos mantienen su calidad.
Unos derechos de propiedad bien definidos pueden resolver los problemas de los bienes
públicos en otras áreas medioambientales, como el uso de la tierra y la conservación de las
especies. El búfalo estuvo al borde de la extinción y la vaca no porque las vacas podían ser de
propiedad privada y criadas para obtener de ellas un beneficio. Hoy en día, unos derechos de
propiedad privada sobre elefantes, ballenas y otras especies podrían resolver la tragedia de su
casi extinción. En África, por ejemplo, las poblaciones de elefantes están creciendo en
Zimbabwe, Malawi, Namibia y Botswana, países que permiten la inversión comercial sobre
los elefantes. Desde 1979, la población de elefantes de Zimbabwe creció desde 30.roo hasta
casi los 70.roo de hoy y Botswana fue de los 20.roo a los 68.roo. Por otra parte, en países que
han prohibido la caza del elefante -Kenia, Tanzania y Uganda, por ejemplo-, hay pocos
incentivos para crear elefantes pero grandes incentivos para cazarlos ilegalmente. En estos
países los elefantes están desapareciendo. El resultado es que Kenia sólo tiene hoy 16.roo
elefantes, frente a los 140.roo que tenía cuando el gobierno prohibió su caza. Desde 1970, las
manadas de elefantes de Tanzania se han reducido de 250.roo ejemplares a 61.roo; en Uganda,
de 20,roo a sólo 1.600.
Los derechos de propiedad son sin embargo una solución menos efectiva a los problemas
medioambientales relativos al aire, puesto que los derechos sobre el aire no pueden definirse
ni protegerse con facilidad. Resulta difícil imaginar, por ejemplo, cómo únicamente los
mecanismos del mercado pueden impedir la disminución de la capa de ozono de la Tierra. En
tales casos, los economistas reconocen la probable necesidad de una solución reguladora o
gubernamental.
Los acuerdos contractuales pueden usarse en ocasiones para superar otros problemas
con bienes públicos y externalidades. Si las actividades de investigación y desarrollo de una
firma benefician a otras firmas de la misma industria, esas firmas pueden aunar sus recursos y
acordar un proyecto conjunto (siempre que las regulaciones antitrust lo permitan). Cada firma
pagará parte del coste, y las firmas contribuyentes compartirán los beneficios. En este
contexto, los economistas dicen que las externalidades se han «internalizado».
A veces los arreglos contractuales no consiguen resolver los problemas de bienes públicos y
externalidades. Los costes de negociar y firmar un acuerdo pueden ser muy altos. Algunas
partes del acuerdo pueden intentar conseguir un mejor trato, y el acuerdo puede derrumbarse.
En otros casos es simplemente demasiado costoso contactar y tratar con todos los beneficiarios
potenciales de un acuerdo. Una fábrica, por ejemplo, puede descubrir que es imposible
negociar directamente con cada ciudadano afectado para disminuir la polución.
Las imperfecciones de las soluciones de mercado a los problemas de los bienes públicos
deben ser sopesadas contra las imperfecciones de las soluciones del gobierno. Los
gobiernos confían en la burocracia y tienen pocos incentivos para servir a los consumidores.
En consecuencia, producen ineficientemente. Además, los políticos pueden proporcionar
«bienes» públicos de una forma que sirva a sus propios intereses, antes que a los intereses
del público; los ejemplos de gastos superfluos y proyectos puramente electorales son legión.
El gobierno crea a menudo un problema de «usuarios forzados» obligando a las personas a
apoyar proyectos que no desean. Las soluciones privadas a los problemas de los bienes
públicos, cuando son posibles, suelen ser más eficientes que las soluciones del gobierno.
EL DILEMA DEL PRISIONERO — Avinah Dixit y Barry Nalebuff
El dilema del prisionero es el juego de estrategia más conocido en ciencias sociales. Nos
ayuda a comprender qué gobierna el equilibrio entre cooperación y competencia en los
negocios, en la política y en los ambientes sociales.
En la versión tradicional del juego, la policía ha arrestado a dos sospechosos y los está
interrogando en habitaciones separadas. Cada uno puede o bien confesar (traicionar),
implicando en consecuencia al otro, o guardar silencio. No importa lo que el otro sospecha
que hace, cada uno puede mejorar su propia posición confesando (traicionando). Si el
otro confiesa, entonces será mejor que haga lo mismo para evitar la sentencia especialmente
dura que aguarda al recalcitrante. Si el otro guarda silencio, entonces puede obtener el trato de
favor concedido a un testigo del estado confesando. Así pues, la confesión (traición) es la
estrategia dominante (véase Teoría de los Juegos) para cada uno. Pero si los dos
confiesan, el resultado será peor para ambos que si los dos guardan silencio. El concepto del
dilema del prisionero fue desarrollado por los científicos de la Rand Corporation Merrill
Flood y Melvin Dresher y formalizado por un matemático de Princeton, Albert W Tucker.
El dilema del prisionero tiene aplicaciones en la economía y los negocios. Consideremos dos
firmas, digamos Coca-Cola y Pepsi, que venden productos similares. Cada una tiene que
decidir sobre una estrategia de precios. Explotarán mucho mejor su mercado conjunto si
ambas cargan un precio alto; cada una conseguirá unos beneficios de lo millones de dólares al
mes. Si una establece un precio competitivamente bajo, ganará una gran cantidad de cuentes
que robará a su rival. Supongamos que sus beneficios ascienden a 12 millones de dólares, y
que los de la rival descienden a 7 millones. Si ambas establecen precios bajos, el beneficio de
cada una será de 9 millones. Aquí, la estrategia del precio bajo es similar a la confesión del
prisionero, y el precio alto es similar a guardar silencio. Llamemos a lo primero hacer trampa,
y a lo segundo cooperación. Entonces hacer trampa es la estrategia dominante de cada firma,
pero el resultado cuando ambas «hacen trampa» es peor para cada una que el que las dos
cooperen.
Las carreras de armamentos entre superpotencias o naciones locales rivales ofrecen otro
importante ejemplo del dilema. Ambos países están mucho mejor cuando cooperan y evitan
una carrera de armamentos. Sin embargo, la estrategia dominante para cada uno es armarse
enormemente.
A nivel superficial, el dilema del prisionero parece ir en contra de la idea de Adam Smith
de la mano invisible. Cuando cada persona en el juego persigue sus intereses
particulares, no promueve los intereses colectivos del grupo. Pero a menudo la
cooperación de un grupo no se halla en los intereses de la sociedad como un conjunto. La
colusión para mantener los precios altos, por ejemplo, no entra en los intereses de la
sociedad debido a que el coste para los consumidores de la colusión es en general mayor
que el incremento del beneficio de las firmas. En consecuencia, las compañías que persiguen
sus propios intereses haciendo trampas en los acuerdos colusorios ayudan a menudo al resto
de la sociedad. De un modo similar, la cooperación entre prisioneros sometidos a
interrogatorio hace que a la policía le resulte más difícil obtener condenas. Es preciso
comprender el mecanismo de la cooperación antes de que uno pueda o bien promocionarla o
derrotarla en persecución de los intereses de una política más amplia.
¿Pueden los «prisioneros» evadirse del dilema y mantener la cooperación cuando cada uno
tiene un poderoso incentivo a hacer trampa? Y si es así, ¿cómo? El camino más común a la
cooperación surge de las repeticiones del juego. En el ejemplo Coke-Pepsi, un mes de hacer
trampas le reporta al tramposo 2 millones de dólares extras. Pero un cambio de la cooperación
mutua al engaño mutuo hace perder 1 millón. En consecuencia, si un mes de hacer trampas es
seguido por dos meses de represalias, el resultado es el tiro por la culata para el tramposo.
Cualquier castigo fuerte para alguien que haga trampas será un claro elemento disuasorio. Esta
idea necesita un cierto comentario y elaboración.
1. La recompensa al tramposo se produce de inmediato, mientras que la pérdida por el castigo
se halla en el futuro. Si los jugadores prescinden enérgicamente de rentabilidades futuras,
entonces las pérdidas pueden ser insuficientes para desalentar el hacer trampa. Así, la
cooperación es más difícil de mantener entre jugadores muy impacientes (gobiernos, por
ejemplo).
2. El castigo no funcionará a menos que las trampas puedan ser detectadas y castigadas. En
consecuencia, las compañías cooperan más cuando sus acciones son más fácilmente detectadas
(establecer precios, por ejemplo) y menos cuando sus acciones son menos fácilmente
detectadas (decidir sobre atributos de bienes que no tienen precio especificado, como garantías
de reparación). El castigo es en general más fácil de plantear en grupos pequeños y cerrados.
Así, las industrias con pocas firmas y menos amenazas de nuevas entradas tienen más
probabilidades de ser colusorias.
3. El castigo puede convertirse en automático siguiendo estrategias como «golpe por golpe»,
popularizada por el científico político Robert Axelrod de la Universidad de Michigan. Aquí,
uno hace trampa si, y tan sólo si, su rival hizo trampa en el round anterior. Pero si las acciones
inocentes del rival pueden ser mal interpretadas como hacer trampa, entonces la estrategia del
golpe por golpe corre el riesgo de establecer rounds sucesivos de injustificadas represalias.
4. Un número fijo y finito de repeticiones es lógicamente inadecuado para producir
cooperación. Algunos o todos los jugadores saben que hacer trampas es la estrategia
dominante en la última jugada. Sentado esto, cabe decir lo mismo para la penúltima jugada,
luego para la antepenúltima, y así sucesivamente. Pero en la práctica vemos alguna
cooperación en los rounds anteriores de un conjunto fijo de repeticiones. La razón puede ser o
bien que los jugadores no conocen seguro el número de rounds, o que pueden explotar la
posibilidad de la «delicadeza irracional» en provecho mutuo.
5. También puede surgir la cooperación si el grupo tiene un gran líder, que resista
personalmente el perder mucho en competencia declarada y en consecuencia ejerza
contención, aunque sepa que otros jugadores pequeños harán trampa. El papel de Arabia
Saudita como «productor oscilante» en el cártel de la OPEP es un ejemplo de esto.
COMPORTAMIENTO POLÍTICO — Richard L. Stroup
El hecho de la escasez, que existe en todas partes, garantiza que la gente competirá por los
recursos. Los mercados son una forma de organizar y canalizar esta competencia. La política
es otra. La gente utiliza tanto los mercados como la política para conseguir recursos para los
fines que desea. La actividad política, sin embargo, es sorprendentemente distinta del
intercambio voluntario en los mercados. En una democracia, los grupos pueden conseguir
muchas cosas en política que no podrían obtener en el sector privado. Algunas de ellas son
vitales para el más amplio bienestar de la comunidad, como el control de la polución del aire
que amenaza la salud, procedente de una miríada de fuentes y que afecta a millones de
individuos, o atender la defensa nacional. Otras acciones del sector público proporcionan
escasos beneficios que quedan muy por detrás de su coste.
En política democrática, las reglas proporcionan típicamente a una coalición mayoritaria
poder sobre toda la sociedad. Estas reglas sustituyen la regla del consentimiento y el
intercambio voluntarios que existen en el mercado. En política, las metas de la gente son
similares a las metas que tienen como consumidores, productores y proveedores de recursos
en el sector privado, pero la gente participa como votantes, políticos, burócratas y cabilderos.
En el sistema político, como en el mercado, la gente es a veces (pero no siempre) egoísta. En
todos los casos es de miras estrechas: cuánto saben y cuánto les importa de las metas de los
demás es algo necesariamente limitado.
Una Madre Teresa o un abogado de los sin hogar, trabajando en la arena política, suele
cabildear para conseguir fondos que ayuden a los pobres y a los enfermos. Los puntos de vista
de estas personas, aunque admirables, son seguramente estrechos. Preferirán que el gobierno
adjudique más recursos a sus objetivos aunque esto signifique menos para los objetivos de
otros en su misma situación. De un modo similar, un profesional dedicado, como el director
del Servicio de Parques Nacionales, aunque en absoluto egoísta, presiona fuertemente para
desviar fondos del gobierno de otros usos a fin de emplearlos en ampliar y mejorar el sistema
de parques nacionales. Su prioridad es conseguir que sean destinadas tierras y dólares a
parques, aunque los objetivos expuestos por otros, como el ayudar a los pobres y a los
enfermos, sufran necesariamente a causa de ello. Aquellos que favorecen otro tipo de gastos -
para la exploración espacial, la formación laboral, las artes, el prevenir enfermedades y la
defensa- tienen los mismos intensos sentimientos. Las apasionadas demandas de fondos y de
favores legislativos (inevitablemente a expensas de los objetivos de otras personas) vienen de
todas direcciones.
Las reglas políticas determinan cómo se arbitran estas demandas en competición, que exceden
con mucho la habilidad del gobierno lo incluso de la propia sociedad) de atenderlas. Las
reglas del juego político son críticas.
¿Es democrático el gobierno? ¿Es una democracia representativa? ¿Quién puede votar?
¿Sobre qué temas puede tomar decisiones el gobierno? ¿Cuánto del producto de la sociedad es
empleado para asignación política?
Las reglas proporcionan respuestas a estas cuestiones, influenciando no sólo quién obtiene qué
del producto de la sociedad, sino también lo grande que es ese producto y cuánto de él se
dedica a influenciar el juego.
¿Por qué individuos y grupos buscan a menudo sus objetivos en el sector político antes que en
los mercados? Hay varias razones:
Las soluciones políticas pueden forzar a la gente, bajo amenaza de prisión, a apoyar
políticamente las metas elegidas por la comunidad. Esto resuelve el problema financiero del
«usuario gratuito», causado por el hecho de que incluso los ciudadanos que no pagan
voluntariamente para la defensa nacional o, digamos, una escultura en la plaza de la ciudad
puedan beneficiarse del gasto de aquellos que sí lo hacen.
La acción política puede permitir a un grupo beneficiarse a expensas de los demás. Esto no
ocurre en un mercado libre, donde aquellos que pagan son quienes se benefician. (Por
supuesto, las victorias políticas pueden ser en sí mismas caras)
Las imperfecciones en la protección legal de los derechos de uno -como el derecho de estar
seguro de los perjudiciales polucionantes del aire, o incluso los derechos civiles- pueden
enfocarse políticamente. Algunos aspectos del proceso político, sin embargo, funcionan en
contra de aquellos que persiguen sus metas a través de la ruta política:
Un congreso o legislatura no puede atar al siguiente, así que una solución política -aparte la
concesión o venta de derechos privados- dura sólo tanto tiempo como el músculo político de
aquellos que la impulsaron. Cualquier programa político, concesión de tierras o tratado puede
verse invertido cuando cambien las presiones políticas. En otras palabras, no puede comprarse
una solución política, sólo alquilarse. Un acto político es inherentemente menos seguro que
una compra privada o el acuerdo de un trust.
Una actividad auténticamente innovadora es a menudo difícil de vender a la mayoría del
grupo político, como el Congreso o un comité especifico, que debe aceptar la acción
propuesta. En el mercado libre, por otra parte, las innovaciones reciben los fondos necesarios
con sólo que unos cuantos empresarios y capitalistas crean en ellas.
Para los ciudadanos ordinarios que no son políticamente activos, la actividad política tiene
consecuencias muy diferentes de la actividad del mercado. Aunque tales ciudadanos se
benefician de alguna acción política conseguida por grupos activos, se hallan ligados (y deben
pagar por ellas) por todas las acciones políticas. Se hallan fuera del proceso político excepto
cuando votan y cuando tienen intereses concentrados o especiales. Los propietarios de granjas
lecheras, por ejemplo, no saben típicamente nada sobre los costes que repercuten sobre ellos
del programa espacial.
Sin embargo, se hallan constantemente informados del programa lechero federal, que restringe
la producción de la leche y mantiene los precios altos.
Pequeños grupos cuyos miembros se benefician o sufren intermitentemente de la legislación
propuesta son a menudo muy poderosos políticamente. Considere el caso de los productores
de lana y mohair en los Estados Unidos. Durante la Segunda Guerra Mundial, los
planificadores militares descubrieron que los productores de lana de los Estados Unidos sólo
podían proporcionar la mitad de la lana que deseaban los militares. En parte por esta razón, y
en parte para proporcionar unos Ingresos suplementarios a los productores de lana, el
Congreso pasó en 1954 la Ley Nacional de la Lana. El mohair, producido por los carneros de
Angora, no tenía utilidad militar, pero fue incluido como un apéndice de la industria de la
lana. Aunque la lana fue retirada de la lista militar de materiales estratégicos en 1960, el
programa sobrevive y sigue creciendo.
Bajo la Ley de la Lana, los productores reciben cheques de subsidios para complementar lo
que reciben en el mercado por su lana.
En 1990, el índice del subsidio de la lana era de un 127%. El granjero que recibía 1.roo
dólares por vender su lana en el mercado recibía también un cheque de 1.270 dólares del
gobierno. Vender el doble significaría recibir un cheque de 2.540 dólares del gobierno. El
índice del subsidio por el mohair era un mucho mayor 387%. Los subsidios se pagan según
los aranceles de la lana importada. Estos aranceles hacen que los consumidores paguen más
por la lana importada, y también impulsa hacia arriba el precio de mercado que pagan por la
lana nacional, que es un sustituto cercano. La economía opera menos eficientemente, puesto
que se importa menos lana aunque la lana importada cueste menos. El programa de subsidios,
junto con el precio más alto causado por los aranceles sobre la lana, significa que tierras,
trabajo y recursos de capital nacionales son aplicados a la producción de la lana y del mohair
en vez de a la producción de otros bienes más altamente valorados.
Pese a todo, el Congreso sigue apoyando el programa. Miles de cheques muy pequeños son
enviados a pequeños productores de todos los estados. Casi la mitad de los pagos de 1990 eran
de menos de loo dólares. Muchos de aquellos que los reciben están dispuestos a escribir cartas
y a votar por aquellos que apoyan el programa. Casi la mitad del dinero, sin embargo, va al i%
formado por los principales productores. Los cheques más grandes -casi trescientos- tenían en
1990 una media de 98.000 dólares y representaban el 27% del coste del programa. Puede
contarse con que los receptores de estos cheques importantes contribuyan a los costes de
organización y ofrezcan donaciones para las campañas de los miembros de los comités del
Congreso críticos para la continuación del programa de subsidios. Como contraste, puesto que
los contribuyentes norteamericanos pagan solamente unos pocos dólares por familia (los
subsidios de la Ley de la Lana ascendieron a 104 millones de dólares en 1990), la mayoría no
son conscientes del programa y de cómo lo votaron sus representantes elegidos. Aunque los
contribuyentes son numerosos, y la Ley de la Lana les cuesta mucho, cada contribuyente
pierde tan poco que no llegan a organizarse ni toman conciencia del tema. Así, la Ley de la
Lana, que perjudica los intereses de la gran mayoría de votantes, ha sobrevivido.
Aunque estos grupos de interés especial se hallan a veces en línea con intereses ciudadanos
más generales, hay poco que los confine a esos intereses generales. Por ejemplo, el público en
general desea la defensa nacional, y los contratistas de armamento tienen interés en
proporcionar los medios de obtener defensa. Pero los contratistas y los propios estamentos
militares del gobierno promoverán medios de defensa mucho más elaborados que los que
promovería un ciudadano informado con intereses más amplios.
Así pues, aunque la actividad política tiene beneficios además de costes, el comportamiento
político causa algunos problemas predecibles para los ciudadanos en general:
Las votaciones de un ciudadano un voto, que son la moneda corriente en el mercado
democrático formal, no permiten a los votantes mostrar la intensidad de sus
preferencias, como lo hacen las votaciones del dólar, cuando los ciudadanos enfocan sus
presupuestos, algunos gastando más en alojamiento, otros en diversiones, educación o su
caridad preferida.
El votante adquiere un gran fardo de actuaciones políticas y no puede elegir. En un
gobierno representativo los votantes seleccionan a un solo candidato -el «paquete»- para que
los represente en muchos temas diferentes. Los votantes no pueden votar la postura de un
candidato en el tema A, la postura de otro en el tema B, y así sucesivamente, como hacen
rutinariamente cuando compran entre miles de artículos en el mercado. En una
democracia representativa, hilar fino en las expectativas de uno en las urnas es imposible.
Un votante individual no tiene virtualmente ninguna posibilidad de dar el voto decisivo
en unas elecciones. Incluso entre las más de cuatro mil elecciones celebradas cada década para
cubrir los escaños de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, una carrera decidida
por menos de un centenar de votos es de interés periodístico a nivel nacional, y normalmente
se efectúa un recuento. Más aún, el coste de un voto erróneo o desinformado que significara
alguna diferencia se vería extendido entre otros ciudadanos. Esto difiere del coste de una
compra equivocada, cuya carga completa la paga el comprador. Así, la gente tiene pocos
incentivos en pasar tiempo y esfuerzo en temas electorales, en monitorear a los políticos o
incluso en votar; en vez de ello, tienden a ser «racionalmente ignorantes» sobre la mayor parte
de los temas. Así, tiene sentido para un político prestar primariamente atención a los intereses
especiales en la mayoría de los temas, y a usar el apoyo financiero de los intereses especiales
para hacer campaña sobre temas de «imagen» en época de elecciones.
Puesto que los políticos no venden sus intereses a sus sucesores (de la misma forma que lo
hacen los propietarios de compañías, granjas y casas), tienen un incentivo para conseguir
beneficios rápidos al tiempo que retrasan los costes, siempre que es posible, a un tiempo
futuro. Tienen menos incentivos en invertir hoy para lograr beneficios futuros. Los votantes
futuros no pueden afectar las elecciones de hoy, sino que simplemente heredarán lo que los
votantes actuales les dejen, tanto deudas como activos. Como contraste, los activos privados
pueden ser vendidos o donados. Sólo los instintos caritativos entre los votantes-contribuyentes
(y quizá el cabildeo de grupos especiales de interés como los proveedores de sistemas de
armamento, o los propietarios de bienes inmuebles que puedan aumentar de valor) apoyarán
un proyecto costoso cuyos beneficios estén principalmente en el futuro. Los instintos
caritativos hacia el futuro se hallan presentes también en el sector privado (en especial en las
caridades privadas), y en el mercado se ven reforzados por el hecho de que la productividad y
los beneficios futuros se hallan reflejados en los precios de los activos actuales, entre ellos el
precio en bolsa de una compañía.
La actividad política es vista a menudo como una forma de resolver problemas que el sector
privado no maneja bien, todo desde los problemas de polución y la defensa nacional hasta la
redistribución de los ingresos a los pobres. Evidentemente, los resultados del sector privado en
cada una de estas áreas son insatisfactorios para muchos, y hay enormes y crecientes
programas políticos orientados a cada una de estas metas. Pero los problemas recién descritos
reducen la habilidad del sistema político de alcanzar los objetivos buscados.
Una creciente porción de los gastos del gobierno se emplea simplemente para transferir rentas
de los políticamente desaventajados a los políticamente aventajados. De hecho, desde
principios de los años cincuenta, todo el crecimiento de los gastos generales, como un
porcentaje del Producto Nacional Bruto (PNB), ha sido en programas de transferencia. Los
gastos federales en bienes y servicios como un porcentaje del PNB han sido constantes. Sin
embargo, sólo uno de cada seis dólares transferidos lo es en programas orientados a gente de
rentas bajas. El resto, como la enorme financiación para la Seguridad Social y para subsidios
agrarios, va a parar a miembros de grupos que están políticamente mejor organizados que la
mayoría.
Los programas de control de la polución, desde las leyes de Aire Limpio y Aguas Limpias
hasta el programa de Superfondo, han recibido un gran apoyo político. En general se admite
que el coste para la economía de los programas medioambientales es de unos 100.000
millones de dólares al año. Sin embargo, se reconoce ampliamente que la manipulación
política de cada programa ha conducido a grandes imperfecciones a la hora de manejar estos
problemas. Un caso clásico ha sido el uso político de las enmiendas de 1977 a la Ley de Aire
Limpio. Un cuidadoso análisis de la política por parte de Bruce Ackerman y William Hassler
ha mostrado que a través de la exigencia de usar caros depuradores en las centrales eléctricas
accionadas por carbón, las enmiendas protegían con toda efectividad los intereses orientales
del carbón al tiempo que perjudicaban tanto la salud como la billetera de millones de
norteamericanos. Robert Crandall, de Brookings, ha mostrado que las mismas enmiendas
fueron usadas por los intereses fabriles del este y del medio oeste para asfixiar la competencia
de las nuevas fábricas del Cinturón del Sol.
La actuación burocrática es también una seria preocupación. Las burocracias pueden
conseguir a menudo sus fines con una postura de «no puedo» en vez de la actitud de «puedo»
necesaria para el éxito en el mercado. Un caso perenne muy oportuno es la «estrategia del
Monumento a Washington» del Servicio de Parques Nacionales. En la época de los
presupuestos, el servicio amenaza con frecuencia con recortar las horas de visita de su
atracción más popular, el Monumento a Washington, si no se atienden sus peticiones de
presupuesto, y amenaza con culpar al Congreso y al proceso presupuestario cuando se quejen
los turistas.
Resulta difícil imaginar una firma privada, enfrentada a una época de recortes presupuestarios,
poniendo trabas a su más popular producto o servicio. La firma privada perdería demasiado
negocio a la competencia. Pero las agencias controladas políticamente son diferentes:
típicamente son monopolios. Un resultado es que el comportamiento perverso, como limitar
primero los servicios más valorados, es una forma tradicional de ampliar un presupuesto.
El comportamiento político en una democracia tiene tanto perspectivas como problemas que
difieren de los de la actividad privada, que es voluntaria. La acción política puede forzar a
todos los ciudadanos a aceptar las decisiones tomadas por sus representantes electos. Puesto
que se supone que estas decisiones políticas son en beneficio de todos, se exige el apoyo de
todos. Pero puesto que el voto de cada ciudadano no es decisivo, el control del voto tanto de la
intención como de la eficiencia de la acción política no es muy efectivo. La concurrencia de
los votantes es a menudo baja, y estos votantes, aunque muy inteligentes, están notablemente
desinformados.
Los norteamericanos en edad de votar no pueden, en general, nombrar siquiera a su
representante en el Congreso. Estos resultados no son tan extraños como puede parecer
cuando se examina el impacto de las reglas políticas sobre los incentivos individuales.