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Cuentos Corregidos

Los tres documentos tratan sobre temas como el deseo, la pérdida de identidad y la presencia de fuerzas invisibles. El primero describe un viaje en bicicleta impulsado por el deseo sexual. El segundo habla de una persona que ha perdido su nombre y busca desesperadamente recordarlo. El tercero narra la experiencia de un niño que culpa a los "hombres invisibles" de los problemas en su casa y escuela.
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Cuentos Corregidos

Los tres documentos tratan sobre temas como el deseo, la pérdida de identidad y la presencia de fuerzas invisibles. El primero describe un viaje en bicicleta impulsado por el deseo sexual. El segundo habla de una persona que ha perdido su nombre y busca desesperadamente recordarlo. El tercero narra la experiencia de un niño que culpa a los "hombres invisibles" de los problemas en su casa y escuela.
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Des(a)tino

Pedaleaba apresurado, con la irrevocable decisión de llegar siempre a


tiempo, no fuera que lo dejaran sin parte, a la hora del almuerzo, a la
hora del sexo, y hasta a la hora de la muerte. Con esa prisa lo
sorprendió el shock; raudo, sin mirar ni sentir nada: era un deseo
pedaleando a 20 kms/h, viajando en un cuerpo ausente. Una mujer lo
impulsaba a control remoto.
La bicicleta atravesó el bulevar (7:15): abre el grifo y se funde al cuerpo
de ella; luego, giró por San Francisco (7:25): lo enjabona de arriba
hacia abajo, acariciándole el muñequito de nieve (velocidad en ascenso,
el pensamiento a millón); pasó la luz roja de la diecinueve a 30 kms/h:
se secan con las manos, con la lengua, con el trapo de la piel; ella
descendió allí donde se encontraba el deseo que era él y lo besó y lo
dejó perderse –hombrecito juguetón usurpando la mina del barro
prodigioso-; las ruedas silbando los 40 kms (7:30): hombre-sierpe,
hombre-germen, profanando los recónditos antros del origen,
agonizando en sus adentros se contrae; alguien rompió el control que
impulsaba la bicicleta, también recogió el cuerpo y lamentó el cambio
de luz (7:35): ella lo esperó hasta las 8:00 –como siempre-, reprochó el
tiempo absurdo de la espera y luego maldijo a los malparidos hombres
que son tan incumplidos.

***

Homonimia

Hace varios años he perdido mi nombre. No sé dónde pudo haber


quedado con tanto desorden que me asiste. Pudo haber sido en casa de
mamá, en casa de la abuela o en el recóndito paisaje de tantos campos
de fuga. Ahora sí creo en eso que dice mi madre: que no soy nadie.

Ando en la tarea de recordar y preguntar aquí y allá, de trastocar los


cuartos de las pensiones donde he estado, de rebuscar en todas partes,
en las gavetas de los armarios, entre el cesto grande de las ropas
sucias, en los orificios de todas las paredes que atrapan mi cuerpo y
hasta en los propios intersticios por donde cada noche mi cuerpo filtra -
indelebles- los recuerdos de tantos otros nombres que no me
pertenecen.

Ha de ser Martha, Jennifer o Gloria; tal vez Lucía. Pero no. En mí alma
no vibran esos nombres y en mi cuerpo tampoco cabrían sus historias.
Larga e inútil sería la lista para buscar un nombre que se ajuste a mi
medida.

¿Será tal vez como el nombre de mamá? Casi siempre los primeros hijos
sufrimos esa condena. Estigma malevo de repetir la marca de sus
padres. ¿Y si lo fuera? ¿Por qué no? Será acaso por eso mismo que
cuando la llamo me siento frágil y desnuda, con esta maldita sensación
de trágica noticia, de cometario apurado a la hora del almuerzo, en
estos tiempos raudos en que a nadie le alcanza el tiempo para el sorbo
del saludo.

¿Y si le pregunto? ¿Y si la llamo y le cuento mi tragedia? ¿Y si le digo


que todo empezó la otra noche después de la fiesta? Detrás del parque
y de la iglesia. Tío Andrés tan divertido. Solícito en el chiste, en la
juerga, y tan bien parecido. Tío Andrés tan diligente y comedido con la
familia, con la niña: que yo la llevo, que yo la traigo; que el besito en la
mejilla, que los secretos y los dulces; que el lobito y Rapunzel; que las
hormiguitas de allí abajo; que el osito hormiguero está muy triste; que
venga veo el ombliguito; que tan lindo por allí, que tan lindo por acá;
que sí le muestro, que no le muestro. Muestre. Tío Andrés detrás del
parque y de la iglesia; luego, detrás de tantas partes. Mamá en casa
feliz porque no hay nadie mejor que tío Andrés.

Si pudiera decirte: hola mami, recuérdame mi nombre. Quiero


escucharlo sin los labios fruncidos por esa mueca sucia de recelo, sin
ese acento grave de ¿quién será esta puta que llama a molestarme?

Sólo llamaba para decirte que no entiendo tantas cosas del mundo, de
la vida, de los hombres y las madres. Mami, es que he perdido mi
nombre. No, no sé cómo, o tal vez sí. Perdido entre los yuyitos del
parque y el manoseo del tío Andrés, hurga que hurga con esa cosa que
nada tiene de oso y con mi cuerpo que sí se ha llenado de hormigas
diminutas; destrozado con tanto parloteo de manos hambrientas que
juegan en mi cuerpo.
Y para qué contarte de cosas que no sabes, o que si sabes ya no
cuentan. También a ti te falla la memoria, también a ti te han contado
otras historias y de seguro también tuviste un buen tío como el querido
Andrés.

***

…Y siempre me lo rayaron, profe

Mamá no sabe que son cosas de los hombres invisibles. O tal vez sí.
Dice que soy tarado. A papá le dice otras cosas y todo eso que dice
cuando llega tarde o, a veces, muy temprano. Ellos son altísimos,
unos gordos y otros superflacos; los conozco bien. Ellos devoran mis
helados, me miran, se ríen, y ella culpa al sol y al viento de la tarde.
Los veo tirar el salero, pisarle la cola al perro y alejarse con su risita
burlona. El perro se sacude, gruñe, les pela los dientes y piensa lo
mismo que yo: “malditos hombres invisibles”.
Cómo empujan a papá en sus noches de alegría, o de tristeza –yo ni
sé-. Le sacuden el camino como una alfombra mágica, así como mamá
sacude las sábanas. Cómo revuelcan la casa, todo lo cambian de lugar.
Entonces mamá vuelve a reñir: dice que soy yo y dice también que fue
papá y dice que le aburre el desorden y vuelve a acomodar y vuelve a
ser feliz cuando termina de arreglar.

Creo que papá los conoce bien porque varias veces lo he escuchado
hablando con alguien cuando está solo, cuando mamá no está en casa.
Lo escucho hablando de amor, suavecito, suavecito, como si hablara con
una mujer invisible; la llama con mucha prisa, como si estuviera con
ganas de salir corriendo, así: Susanita, Susanita, Susanita; luego grita y
después la llama con pereza: … S u s a n i t a, S u s a n i t a; se calla
y no vuelve a decir nada. Pienso que son varias las mujeres invisibles
que visitan a papá porque he escuchado otros nombres; claro, ninguno
tan lindo como el de mamá.

Nunca descansan los hombres invisibles, están en todas partes; en las


noches de papá, en los días de mamá y en las clases de mi escuela. El
martes, hace ocho días, la profe de mate-mate me preguntó: ¿cuánto es
ocho por cuatro? Y yo:–shiiit, shiiiiit; que no digan nada, que no digan
nada.
–¿Ocho por cuatro? –Le devolví la pregunta.
–Sí, ¡O-CHO-POR- CUA-TRO! –Gritó con odio.
–Veintidós. –Contestaron ellos cagados de la risa. Me cambiaron el tres
por el dos y ella creyó que fui yo.
–¡Qué bruto, carajo! ¡T r e i n t a y d o s, t r e i n t a d o s! –me gritó
de nuevo.
–Bueno, señora. –le dije yo, pero ella escuchó: vieja tarúpida. Y ellos
que me lo cambian todo, otra vez me hacen reír, y ella no entiende que
yo sí sé que ocho por cuatro son treinta y dos, y yo sí sé que papá tiene
otra novia, y yo sí sé que mamá no sabe que todo esto son cosas de los
hombres invisibles.

A veces creo que papá no los conoce, porque no se ha dado cuenta de


que mientras duerme en su sillón ellos entran en su alcoba, se ponen su
piyama, se anudan su corbata y se miran en su espejo. Yo creo además
que mamá ya los ha descubierto. Ahora ella también ríe con alguien,
habla con alguien y se siente feliz de su cabello alborotado.

Mañana me voy temprano, muy temprano; no vaya a ser que los


encuentre rayándome el pupitre, y después le digan a mamá que fui yo.

***

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